© Libro N° 5585.
Los Consejos Obreros. Pannekoek, Anton.
Emancipación. Enero 19 de 2019.
Título
original: © Los Consejos Obreros. Anton Pannekoek
Versión Original: © Los Consejos Obreros. Anton
Pannekoek
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A
CRÍTICA TODA LA CULTURA
LOS
CONSEJOS OBREROS
Anton Pannekoek
CONTENIDO
Presentación, por Chantal
López y Omar Cortés.
Capítulo 1
La tarea.
1. El trabajo.
2. El derecho y la
propiedad.
3. La organización de las
fábricas.
4. La organización social.
5. Las objeciones.
6. Las dificultades.
7. La organización de
consejos.
8. El desarrollo.
Capítulo 2
La lucha.
1. El sindicalismo.
2. La acción directa.
3. La ocupación de las
fábricas.
4. Las huelgas políticas.
5. La Revolución Rusa.
6. La revolución de los
trabajadores.
Capítulo 3
El pensamiento.
1. Las ideologías.
2. Pensamiento y acción.
Presentación
La importancia otorgada por
Pannekoek al grado de desarrollo de las fuerzas de producción que debe privar
en la sociedad madura para la
puesta en práctica del sovietismo
o consejismo, pone en tela de
juicio la validez de esta alternativa en las sociedades no desarrolladas
plenamente. Y si bien este argumento se complementa a la perfección con la idea marxista de la revolución
concebida no como la conjunción de una suma de actos volitivos sino, por el
contrario, como la lógica y fatal conclusión del proceso dialéctico de las
fuerzas de producción, en la práctica ha demostrado su poca viabilidad, habida
cuenta de que, hasta el momento, no ha habido sociedad desarrollada en la que
se haya implementado ese tipo de revolución sovietista o consejista
promovida o, mejor dicho, alentada por Pannekoek.
Es, pues, importante tomar
lo anterior en cuenta, con el objeto de intentar sacar el máximo provecho de lo
expresado por Pannekoek en este ensayo evitando, hasta donde sea posible, su ideologización.
No hay duda de que el
escrito de Pannekoek es interesante además de atrayente, máxime en los momentos
actuales en los que es previsible un resurgimiento
de las corrientes alternativas, de cara al evidente fracaso social del tan
cacareado proceso de globalización,
y sobre todo a sus devastadores efectos en los países en proceso de desarrollo, efectos que como mortífero bumerang se están revirtiendo a las
sociedades desarrolladas. Aunque, y es necesario precisarlo, nos parece que el
autor, quizá de manera inconsciente, cae en un olvido que de ninguna manera podemos considerar involuntario, al no hacer la menor
mención de las experiencias realizadas durante el proceso revolucionario
hispano de 1936.
Ese silencio resulta
aterrador, sobre todo porque las experiencias autogestionarias realizadas
durante la revolución española, constituyen una clara demostración del
planteamiento que desarrolla en su ensayo Los consejos obreros. Pero parece que
el aspecto ideológico resultó dominante para que Pannekoek hiciera mutis sobre ello, lo que, desde un
análisis histórico consecuente, independientemente de la corriente política del
historiador, es inaceptable.
Aseveramos lo anterior
porque resulta poco creible que él no estuviese al corriente de lo ocurrido en
España, en cambio lo que si es muy probable es que al haber sido tales
experiencias promovidas y alentadas por un organismo de tendencia anarquista
sindicalista, como lo fue la Confederación Nacional del Trabajo, hayan influido
las telarañas marxistas diseminadas en su cerebro. ¡Ni modo! Bien señala el
dicho de que al mejor cazador se le
escapa la liebre.
En fin, el ensayo, no
obstante lo señalado, tiene su valía, de ello no nos cabe duda. Ahora, te
corresponde a tí, lectora o lector, valorar Los consejos obreros de Anton
Pannekoek.
Chantal López y Omar Cortés
Capítulo Primero
La tarea
1. El trabajo
En la época actual y la que
se avecina, cuando Europa está devastada y la humanidad empobrecida por la guerra
mundial, corresponde a los trabajadores del mundo la misión de organizar la
industria para liberarse a sí mismos de la miseria y de la explotación. Será
tarea suya tomar en sus propias manos la organización de la producción de
bienes. Para llevar a cabo esta imensa y difícil tarea será necesario
comprender plenamente el actual carácter del trabajo. Cuanto mejor conozcan a
la sociedad y la posición que ocupa en ella el trabajo, menos dificultades,
desaliento y retrocesos encontrarán en este esfuerzo.
La base de la sociedad es la
producción de todos los bienes necesarios para la vida. Esta producción, en su
parte más importante, ocurre por medio de técnicas muy desarrolladas en grandes
fábricas y plantas donde se emplean máquinas complicadas. Este desarrollo de
las técnicas, desde las pequeñas herramientas que podía manejar un solo hombre
hasta grandes máquinas manejadas por amplios conjuntos de trabajadores de
diferentes calificaciones, ocurrió en los últimos siglos. Aunque aún se emplean
como accesorios pequeñas herramientas, y existen todavía muchos talleres
pequeños, éstos difícilmente desempeñan un rol de consideración en lo que
respecta al grueso de la producción.
Cada fábrica es una
organización cuidadosamente adaptada a sus fines; una organización de fuerzas
muertas y también vivas, de instrumentos y trabajadores. Las formas y el
carácter de esta organización están detenninadas por los propósitos a los que
tiene que servir. ¿Cuáles son estos propósitos?
En la época actual, la
producción está dominada por el capital. El capitalista, poseedor del dinero,
fundó las fábricas, compró las máquinas y las materias primas, contrata a los
trabajadores y les hace producir bienes que se pueden vender. Es decir, compra
la fuerza de trabajo de los operarios, que se gasta en su tarea diaria, y les
paga su valor, es decir, los salarios mediante los cuales éstos pueden
procurarse lo que necesitan para vivir y para restaurar continuamente su fuerza
de trabajo. El valor que un operario crea en su trabajo diario al agregado al
valor de las materias primas, es mayor que lo que necesita para vivir y que lo
que recibe por su fuerza de trabajo. La diferencia que queda en manos del
capitalista cuando se vende el producto, o sea la plusvalía, constituye la
ganancia de éste, que, en la medida en que no se consume, se acumula en forma
de nuevo capital. La fuerza de trabajo de la clase trabajadora puede compararse
con una mina de minerales, que en la explotación da un producto que excede el
costo invertido en ella. Por ende, se habla de explotación del trabajo por el
capital. El capital mismo es el producto del trabajo: en su totalidad es
plusvalía acumulada.
El capital es dueño de la
producción. Tiene la fábrica, las máquinas, los bienes producidos. Los obreros
trabajan a sus órdenes. Sus propósitos dominan el trabajo y determinan el
carácter de la organización. El propósito del capital es acumular ganancias. El
capitalista no está impulsado por el deseo de proveer a las necesidades de la
vida de sus congéneres; lo mueve la necesidad de hacer dinero. Si tiene una
fábrica de zapatos no lo anima la compasión por el dolor de pies que pueden
tener los demás; lo anima el conocimiento de que su empresa debe arrojar
ganancias y de que él irá a la bancarrota si sus ganancias son insuficientes.
Por supuesto, la manera normal de hacer ganancias consiste en producir bienes
que puedan venderse a buen precio, y sólo se los puede vender normalmente
cuapdo son bienes de consumo necesarios y prácticos para los compradores. Así,
el zapatero, para lograr ganancias, tiene que producir zapatos adecuados para
el uso, mejores o más baratos que los que fabrican los demás. Por lo tanto, la
producción capitalista logra normalmente lo que debería ser el fin de la
producción, o sea, satisfacer las necesidades vitales de la humanidad. Pero los
muchos casos en que es más provechoso producir objetos superfluos de lujo para
los ricos o baratijas para los pobres, o vender toda la planta a un competidor
que puede cerrarla, muestran que el objetivo principal de la producción actual
es el beneficio del capitalista.
Este objetivo determina el
carácter de la organización del trabajo en los talleres. En primer lugar, pone
el mando en manos de un dueño absoluto. Si es el propietario mismo, debe cuidar
de no perder su capital; por el contrario, debe acrecentarlo. Su interés domina
el trabajo; los trabajadores son sus manos,
y tienen que obedecer. Ese interés determina la parte y la función que cabe al
capitalista en el trabajo. Si los trabajadores se quejan de las largas y
fatigosas horas de tareas que deben cumplir, el capitalista señala que él
también cumple la suya y que además las preocupaciones lo mantienen despierto
hasta altas horas de la noche, después que los obreros se han ido a su casa sin
preocuparse de nada más. El capitalista olvida decir -cosa que difícilmente
comprenda- que todo su trabajo, a menudo esforzado, y la preocupación que lo
mantiene despierto de noche, sólo sirven a la ganancia, no a la producción
misma. Se refieren a problemas acerca de la manera de vender sus productos, de
superar a sus competidores, de hacer ingresar a su caja fuerte la mayor parte
posible de la plusvalía total. El trabajo del capitalista no es productivo; sus
esfuerzos en la lucha con sus competidores son inútiles para la sociedad. Pero
él es el dueño y la fábrica se dirige según sus propósitos.
Si no es el propietario sino
el director, sabe que lo han designado para producir beneficios para los
accionistas. Si no se las arregla para logrado, lo echan y lo reemplazan por
otra persona. Por supuesto, debe ser un buen experto, debe entender las técnicas
de su especialidad y ser capaz de dirigir el trabajo de producción. Pero debe
ser aún más experto en realizar ganancias. En primer lugar, tiene que conocer
las técnicas que se utilizan para aumentar la ganancia neta, descubriendo el
modo de producir a costo mínimo, de vender con el máximo de éxito, y de
derrotar a sus rivales. Esto lo sabe cualquier director. Es el factor que
determina la dirección del negocio. También determina la organización dentro de
la fábrica.
La organización de la
producción dentro de la fábrica se realiza siguiendo dos líneas: de
organización técnica y de organización comercial. El rápido desarrollo de las
técnicas, ocurrido en el último siglo, basado en un asombroso crecimiento de la
ciencia, ha mejorado los métodos de trabajo en todos los sectores. El uso de
mejores técnicas es la mejor arma en la competencia, porque asegura un
beneficio extra a costa de los rivales. Este desarrollo aumentó la
productividad del trabajo, abarató los bienes de uso y consumo, los hizo más
abundantes y variados, acrecentó los medios de comodidad y, al rebajar el costo
de la vida, es decir, el valor de la fuerza de trabajo, elevó enormemente el
beneficio del capital. Este elevado estadio de desarrollo técnico incorporó a
la fábrica un número en rápido crecimiento de expertos, ingenieros, químicos,
físicos, bien versados por su entrenamiento en las universidades y laboratorios
científicos. Estas personas son necesarias para dirigir los intrincados
procesos técnicos y para mejorarlos mediante la aplicación regular de nuevos
descubrimientos científicos. Bajo su supervisión actúan técnicos y trabajadores
especializados. Así, la organización técnica muestra una colaboración
cuidadosamente regulada de diversas categorías de trabajadores, una pequeña
cantidad de especialistas formados en las universidades, un número mayor de
profesionales calificados y de operarios especializados, además de una gran
masa de obreros no especializados que realizan el trabajo manual. Se requieren
sus esfuerzos combinados para hacer caminar las máquinas y producir los bienes.
La organización comercial
tiene que ocuparse de la venta del producto. Estudia los mercados y ios
precios, realiza propaganda, forma agentes que estimulen las compras. Incluye
la así llamada administración
científica, que reduce los costos distribuyendo hombres y medios,
inventa incentivos para estimular a los trabajadores a realizar esfuerzos más
intensos, transforma la propaganda en una especie de ciencia que se enseña
incluso en las universidades. Para los dueños capitalistas no es menos, sino
incluso más importante, que la técnica; es el arma principal que emplean en su
lucha mutua. Sin embargo, desde el punto de vista de la atención de las
necesidades vitales, implica un desperdicio totalmente inútil de capacidades.
Pero también las formas de
organización técnica están determinadas por el mismo motivo de beneficio. De
aquí la estricta limitación de los expertos científicos mejor pagados a un
pequeño número, combinado con una masa de trabajo barato no especializado. De
aquí la estructura de la sociedad en general, por una parte masas con baja paga
y deficiente educación; por otra, una minoría científicamente formada con mayor
paga -así como mayores exigencias educacionales para que se cubran
constantemente las filas.
Estos funcionarios técnicos
no tienen sólo a su cargo el cuidado de los procesos técnicos de producción.
Bajo el capitalismo actúan también como capataces de los trabajadores. Puesto
que en el capitalismo la producción de bienes está inseparablemente vinculada
con la producción de ganancia, y ambas son una y la misma acción, los dos
caracteres de los funcionarios de fábrica, de líderes científicos de la
producción y de auxiliadores de la explotación, están íntimamente combinados.
Así, su posición resulta ambigua. Por un lado, son colaboradores de los
trabajadores manuales mediante su conocimiento científico que dirige el proceso
de transformación de los materiales, mediante su capacidad técnica que
acrecienta las ganancias; también son explotados por el capital. Por otro lado,
son los subordinados del capital, designados para acosar a los trabajadores y
para ayudar al capitalista a explotarlos.
Puede parecer que hay
sectores donde los trabajadores no son explotados de esta manera por el
capital. En las empresas de servicios públicos, por ejemplo, o en las
cooperativas de producción. Aunque dejemos de lado el hecho de que las
primeras, por su ganancia, deben contribuir a menudo a los fondos públicos,
aliviando así las cargas impositivas de las clases propietarias, la diferencia
con las demás actividades comerciales no es esencial. Por regla general, las
cooperativas tienen que competir con las empresas privadas; y los servicios
públicos son controlados por el público capitalista mediante atentas críticas.
El capital, genéralmente tomado a préstamo, que se requiere en los negocios,
exige su interés, que debe extraerse de las ganancias. Como en el caso de otras
empresas, existen el mando personal de un director y la imposición del ritmo de
trabajo. Hay la misma explotación que en cualquier empresa capitalista. Puede
existir upa diferencia de grado; parte de lo que de otra manera sería ganancia
puede emplearse para aumentar los salarios y mejorar las condiciones de
trabajo. Pero pronto se llega a un límite. En este respecto, se las puede
comparar con empresas privadas modelo donde directores dotados de sensibilidad y espíritu amplio procuran ganarse a
los obreros con un trato mejor, dándoles la impresión de que ocupan una
posición privilegiada, y se ven así recompensados por una mejor producción y un
aumento de los beneficios. Pero está fuera de cuestión el hecho de que los
trabajadores en este caso, o en los servicios públicos o en las cooperativas,
deben considerarse como servidores de una comunidad, a la cual dedican todas
sus energías. Los directores y los trabajadores viven en el ambiente social y
los sentimientos de sus respectivas clases. El trabajo tiene aquí el mismo
carácter capitalista que en todos los demás sectores; esto constituye su
naturaleza esencial más profunda, por debajo de las diferencias superficiales
que implican las condiciones un poco mejores o peores de trabajo.
El trabajo bajo el
capitalismo, en su naturaleza esencial, es un sistema en el cual se exprime al
obrero al máximo. Hay que impulsar a los trabajadores a que realicen el máximo
esfuerzo, hasta el límite de su capacidad, sea mediante severa coacción o con
las artes más suaves de la persuasión. El capital mismo se ve coaccionado; si
no puede competir, si las ganancias son inadecuadas, el negocio se hunde.
Contra esta presión los trabajadores se defienden mediante una resistencia
instintiva permanente. Si no lo hicieran, si se entregaran voluntariamente, les
sacarían todavía más que su capacidad de trabajo diario. El capitalista se
apoderaría de sus reservas de capacidad corporal y su poder vital se agotaría
antes de tiempo, como ocurre en cierta medida en la actualidad; el resultado
sería la degeneración, la aniquilación de la salud y la fuerza, tanto de los
obreros mismos como de su prole. De modo que deben resistir. Así, todo taller,
toda empresa, aun fuera de épocas de conflictos agudos, de huelgas o reducciones
de salarios, es escena de una constante guerra silenciosa, de una perpetua
lucha, de presión y contrapresión. Con altibajos, debido a esta lucha se
establece una cierta norma de salarios, horarios y ritmos de trabajo, que
mantiene a los obreros justo en el límite de lo que es tolerable e intolerable
(si es intolerable, se afecta al total de la producción). De aquí que las dos
clases, los trabajadores y los capitalistas, aunque tengan que tolerarse
recíprocamente en el curso diario del trabajo, en su más profunda esencia,
debido a sus opuestos intereses, serán enemigos implacables, que viven, cuando
no luchan, en una especie de paz armada.
El trabajo en sí mismo no es
repulsivo. El trabajo para atender a las propias necesidades es algo impuesto
al hombre por la naturaleza. Como todos los otros seres vivientes, el hombre
tiene que emplear sus fuerzas para procurarse alimentos. La naturaleza le ha
dado órganos corporales y capacidad mental, músculos, nervios y cerebro para
satisfacer esta necesidad. Las necesidades y medios están armoniosamente
adaptados entre sí en el curso regular de la vida. De modo que el trabajo, como
el uso normal de los miembros y de sus capacidades, es un impulso normal, tanto
para el hombre como para el animal. Sin duda, en la necesidad de procurarse
alimento y protección hay un elemento de coacción. La libre espontaneidad en el
uso de los músculos y los nervios, todos a su turno y según la ocurrencia del
momento, en el trabajo o en el juego, reside en el fondo de la naturaleza
humana. La coacción que ejercen las necesidades obliga al hombre a realizar
regularmente su trabajo, a suprimir el impulso del momento, a emplear a fondo
sus capacidades, a mostrar una paciente perseverancia y control de sí mismo.
Pero este autocontrol, necesario como es para la preservación de uno mismo, de
la familia y de la comunidad, proporciona la satisfacción de vencer los
impedimentos que se encuentran en uno mismo o en el ambiente circundante, y
procura la orgullosa sensación de que se logran los fines que uno mismo se ha
impuesto. Fijado por su carácter social, por la práctica y la costumbre en la
familia, la tribu o la aldea, el hábito del trabajo regular llega a
transformarse a su vez en una núeva naturateza, en un modo natural de vida, en
una unidad armoniosa de necesidades y capacidades, de deberes y disposiciones.
Así, en el caso de las actividades agrícolas, la naturaleza circundante se
transforma en un hogar seguro mediante un trabajo vitalicio pesado o plácido.
Así, en todos los pueblos, cada uno en su manera individual, la vieja artesanía
dio a los a anos el goce de aplicar su habilidad y fantasía a la confección de
cosas buenas y hermosas para el uso.
Todo esto murió desde que el
capital se hizo dueño del trabajo. En la producción para el mercado, para la
venta, los bienes son mercancías que aparte de su utilidad para el comprador,
tienen un valor de cambio que incluye el trabajo que costó hacerlos; este valor
de cambio determina el dinero que estos bienes producen. Anteriormente un
obrero en una cantidad moderada de horas -que dejaban tiempo para esfuerzos
intensos ocasionales- podía producir lo suficiente para vivir. Pero el
beneficio del capital consiste en lo que el trabajador puede producir por
añadidura a lo que necesita para vivir. Cuanto más valor produce y menos es el
valor de lo que consume, tanto mayor es la plusvalía de que se apodera el
capitalista. Por consiguiente, se reducen las necesidades vitales del obrero,
se rebaja al menor nivel posible su estándar de vida, se aumenta su horario de
trabajo y se acelera el ritmo de la tarea. Entonces el trabajo pierde del todo
su viejo carácter de uso placentero del cuerpo y los miembros. Entonces el trabajo
se vuelve una maldición y un ultraje. Y éste sigue siendo su verdadero
carácter, por más que se lo mitigue con leyes sociales y la acción de los
sindicatos, resultados de la desesperada resistencia de los trabajadores contra
su insoportable degradación. Lo que ellos pueden obtener es evitar que el
capitalismo se abuse crudamente y forzarlo a una explotación normal. Aun
entonces el trabajo, al realizarse bajo el capitalismo, conserva su carácter
profundo de labor inhumana: los obreros compelidos por la amenaza del hambre a
extremar sus esfuerzos a órdenes de otros, para provecho de otros, sin un
genuino interés, en la fabricación monótona de cosas carentes de atractivo o
malas, impulsados al máximo de lo que puede soportar un cuerpo agotado por el
trabajo, se desgastan totalmente a edad temprana. Economistas ignorantes, no
familiarizados con la naturaleza del capitalismo, al observar la fuerte
aversión de los trabajadores ante su tarea concluyen que el trabajo productivo,
por su naturaleza misma, es repulsivo al hombre y se lo debe imponer mediante
severos recursos de coerción a una humanidad no dispuesta a realizarlo.
Por supuesto, los
trabajadores no perciben siempre conscientemente este carácter de su trabajo. A
veces la naturaleza original del trabajo, como un ansia impulsiva de acción que
produce contentamiento, se afirma a sí misma. Especialmente en el caso de los
jóvenes, ignorantes de la naturaleza del capitalismo y ansiosos por mostrar su
capacidad como trabajadores plenamente calificados, que se sienten además como
poseedores de una fuerza de trabajo inagotable. El capitalismo tiene sus
astutas maneras de explotar esta disposición. Posteriormente, al aumentar las
solicitaciones y deberes respecto de la familia, el trabajador se encuentra
atrapado entre la presión de la coerción y el límite de su capacidad, como si
tuviera grillos cada vez más apretados de los que no logra deshacerse. Y al
final, cuando siente que sus fuerzas decaen a una edad que para el hombre de la
clase media es la época de capacidad plena y madura, tiene que sufrir la
explotación con una resignación tácita y temiendo continuamente que lo hagan a
un lado como una herramienta agotada.
Por malo y condenable que
sea el trabajo bajo el capitalismo, es peor aún la falta de trabajo. Como
cualquier otra mercancía, la fuerza de trabajo a veces no encuentra comprador.
La libertad problemática del trabajador para elegir su patrón va apareada a la
libertad del capitalista para contratar o despedir a sus operarios. En el
continuo desarrollo del capitalismo, en la fundación de nuevas empresas y la
declinación o colapso de las viejas, los trabajadores se ven llevados de aquí
para allá, se los acumula en un lado y se los despide de otro. Así, deben
considerarse bastante afortunados cuando se les permite dejarse explotar.
Entonces perciben que están a merced del capital. Que sólo con el
consentimiento de los dueños tienen acceso a las máquinas que esperan que ellos
las manejen.
El desempleo es el peor
flagelo de la clase trabajadora bajo el capitalismo. Es inherente al
capitalismo. Como un rasgo que se repite permanentemente acompaña a las crisis
y depresiones periódicas, que durante todo el reinado del capitalismo
devastaron a la sociedad a intervalos regulares. Estas crisis son consecuencia
del desorden de la producción capitalista. Cada capitalista como dueño
independiente de su empresa está en libertad para manejada a su voluntad, para
producir lo que considera provechoso o para cerrar la fábrica cuando disminuyen
sus ganancias. En contradicción con la cuidadosa organización que reina dentro
de la fábrica, hay una completa falta de organización en la totalidad de la
producción social. El rápido aumento del capital a través de las ganancias
acumuladas, la necesidad de lograr beneficios también para el nuevo capital,
impulsa un rápido crecimiento de la producción, que inunda el mercado con
bienes invendibles. Entonces ocurre el colapso, que no sólo reduce los
beneficios y destruye el capital superfluo, sino que también elimina de las
fábricas a la multitud acumulada de trabajadores, forzándolos a depender de sus
propios recursos o de una mezquina caridad. Entonces bajan los salarios, las
huelgas son ineficaces, las masas de los desocupados pesan como una fuerte
carga sobre las condiciones de trabajo. Lo que se ganó con duras luchas en
épocas de prosperidad se pierde a menudo en épocas de depresión. El desempleo
fue siempre el principal impedimento que se opuso a una elevación continua del
estándar de vida de la clase trabajadora.
Ha habido economistas que
alegaron que mediante el desarrollo contemporáneo de las grandes empresas
comerciales desaparecería esta perniciosa alternancia de crisis y prosperidad.
Esos economistas esperaban que los carteles y los trusts, que monopolizan grandes
ramas de la industria, aportarían un cierto monto de organización que
contrarrestaría el desorden de la producción y reduciría su irregularidad. No
tomaron en cuenta que subsiste la causa principal, es decir, la avidez de
ganancia, que impulsa a los grupos organizados a entablar una competencia más
encarnizada, ahora con fuerzas más poderosas. La incapacidad del capitalismo
contemporáneo para remediar su desorden apareció con siniestra luz en la crisis
mundial de 1930. Durante largos años la producción parecía haberse arruinado
definitivamente. En todo el mundo millones de trabajadores, de campesinos e
incluso de intelectuales quedaron reducidos a vivir de la asistencia social que
los gobiernos se vieron obligados a proveer. En esta crisis de producción se
originó la actual crisis bélica.
En esta crisis la humanidad
pudo percibir a plena luz el verdadero carácter del capitalismo y la
imposibilidad de mantenerlo. Había millones de personas que carecían de los
medios necesarios para atender sus necesidades vitales. Había millones de
trabajadores con fuertes brazos, deseosos de trabajar; había máquinas en miles
de talleres, listas para entrar en funcionamiento y producir abundancia de
mercancías. Pero no era permitido. La propiedad capitalista de los medios de
producción se interponía entre los trabajadores y las máquinas. Esta propiedad,
afirmada en caso necesario mediante el poder de la policía y del Estado,
impidió que los operarios tocaran las máquinas y produjeran todo lo que ellos
mismos y la sociedad necesitaban para su existencia. Las máquinas tenían que
permanecer detenidas oxidándose, y los trabajadores tenían que permanecer
ociosos y sufrir necesidad. ¿Por qué? Porque el capitalismo es incapaz de
manejar los poderosos recursos técnicos y productivos de la humanidad para que
cumplan con su finalidad original, que es la de proveer a las necesidades de la
sociedad.
Sin duda, el capitalismo
está tratando ahora de introducir alguna clase de organización y de
planeamiento de la producción. Su avidez insaciable de ganancia no puede
satisfacerse dentro de los viejos dominios; se ve impulsado a expandirse por
todo el mundo, a apoderarse de los recursos, a abrir los mercados, a someter a
los pueblos de otros continentes. En una feroz competencia cada uno de los
grupos capitalistas debe tratar de conquistar o conservar para sí mismos las
regiones más ricas del mundo. Mientras la clase capitalista en Inglaterra,
Francia, Holanda realizó fáciles ganancias mediante la explotación de ricas
colonias, conquistadas en guerras anteriores, el capitalismo alemán con su
energía, sus capacidades, su rápido desarrollo, como había llegado demasiado
tarde a la división del mundo colonial sólo podía lograr su parte esforzándose
por conseguir el poder mundial mediante la preparación para la guerra mundial.
Tenía que ser el agresor, mientras los otros eran los defensores. Así fue el
primero en poner en acción y organizar todos los poderes de la sociedad con
este propósito; y luego los demás tuvieron que seguir su ejemplo.
En esta lucha por la vida
entre las grandes potencias capitalistas ya no podía permitirse que persistiera
la ineficiencia del capitalismo privado. El desempleo era entonces un
desperdicio insensato, más aún, criminal, de mano de obra que se necesitaba angustiosamente.
Una organización estricta y prolija debía asegurar el pleno uso de toda la
fuerza de trabajo y de la capacidad de lucha de la nación. En ese momento se
mostró también desde otro ángulo igualmente siniestro el carácter insostenible
del capitalismo. El desempleo se transformó en su opuesto, el trabajo
compulsivo. El trabajo compulsivo y la lucha en las fronteras, donde millones
de hombres fuertes y jóvenes, mediante los medios más refinados de destrucción,
se mutilan, matan, exterminan, aniquilan unos a otros, en bien del poder
mundial de sus patrones capitalistas. El trabajo compulsivo en las fábricas
donde todo el resto, mujeres y niños incluidos, están produciendo asiduamente
cada vez más cantidad de estas máquinas de muerte, mientras la producción de
los bienes necesarios para la vida se ve reducida al mínimo absoluto. ¡La
escasez y la falta de todo lo que es necesario para la vida y el retroceso a
las formas más pobres y tremendas de barbarie es el resultado del gran
desarrollo de la ciencia y la técnica, es el fruto glorioso del pensamiento y
del trabajo de tantas generaciones! ¿Por qué? Porque pese a toda la cháchara
engañosa acerca de la comunidad y la camaradería, el capitalismo organizado es
además incapaz de manejar las ricas potencialidades productivas de la humanidad
para su verdadero propósito, y las emplea en cambio para la destrucción.
Así, la clase trabajadora se
ve enfrentada con la necesidad de tomar ella misma la producción en sus manos.
Hay que sustraer el dominio sobre las máquinas y sobre los medios de producción
de las indignas manos que abusan de él. Esta es la causa común de todos los
productores, de todos los que realizan el real trabajo productivo en la
sociedad, los obreros, los técnicos, los campesinos. Pero de los trabajadores,
que son los que sufren sobre todo y en forma permanente por la acción del
sistema capitalista, y, además, constituyen la mayoría de la población, depende
la liberación de ellos mismos y del mundo y la liquidación de esta plaga. Deben
administrar los medios de producción. Deben ser dueños de las fábricas, dueños
de su propio trabajo, para poder orientarlo a su voluntad. Entonces las
máquinas se aplicarán a su verdadero uso, que es la producción de una
abundancia de bienes para proveer a las necesidades vitales de todos.
Esta es la tarea de los
trabajadores en los días futuros. Este es el único camino hacia la libertad,
ésta es la revolución para la cual la sociedad está madurando. Mediante tal
revolución se invertirá del todo el carácter de la producción; nuevos principios
formarán la base de la sociedad. En primer lugar, porque cesará la explotación.
La producción del trabajo común (pertenecerá a) todos los que tomen parte en
él. No habrá más plusvalía para el capital; se terminará con la pretensión de
los superfluos capitalistas de disponer de una parte de lo que se produce.
Más importante aún que la
cesación de su parte en la producción, es la cesación de su mando sobre la
producción. Una vez que los operarios sean dueños de los talleres, los
capitalistas perderán su poder de dejar en desuso las máquinas, esas riquezas
de la humanidad, precioso producto del esfuerzo mental y manual de tantas
generaciones de trabajadores y pensadores. Con los capitalistas desaparecerá su
poder de dictar qué lujos superfluos o qué fruslerías se producirán. Cuando los
trabajadores tengan bajo su mando las máquinas, las utilizarán para la
producción de todo lo que requiere la vida de la sociedad.
Esto sólo será posible
combinando todas las fábricas, como miembros separados de un solo cuerpo, para
formar un sistema bien organizado de producción. La vinculación que bajo el
capitalismo es resultado fortuito de la competencia y la comercialización a ciegas,
dependiente de la compra y la venta, será entonces objeto de planeamiento
consciente. Además, en lugar de los intentos parciales e imperfectos de
organización del capitalismo contemporáneo, que sólo llevan a una lucha y una
destrucción más encarnizadas, habrá una organización perfecta de la producción,
que se traducirá en un sistema de colaboración a nivel mundial, pues las clases
productorils no pueden ser competidoras, sino sólo colaboradoras.
Estas tres características
de la nueva producción significan un nuevo mundo. La cesación del beneficio
para el capital, la cesación del desempleo de máquinas y hombres, la adecuada
regulación consciente de la producción, el aumento de ésta mediante una organización
eficiente, darán a cada trabajador una mayor cantidad de producto con menos
trabajo. Entonces estará expedito el camino para un mayor desarrollo de la
productividad. Mediante la aplicación de todos los progresos técnicos la
producción aumentará en tal medida que la abundancia para todos se unirá a la
desaparición del trabajo penoso.
2. El derecho y la propiedad
Tal cambio en el sistema de
trabajo significa un cambio en el derecho. No se trata, por supuesto, de que
los parlamentos o congresos deban aprobar primero nuevas leyes. Concierne a
cambios en la profundidad de la sociedad (en las costumbres y prácticas
sociales), mucho más allá del alcance de cosas temporarias tales como las leyes
parlamentarias. Se relaciona con leyes fundamentales no de un solo país, sino
de la sociedad humana, fundada en las convicciones del hombre acerca del
Derecho y la Justicia.
Estas leyes no son
inmutables. Sin duda, las clases gobernantes de todas las épocas han tratado de
perpetuar la estructura jurídica existente proclamando que se basa en la
naturaleza, que está fundada en los derechos eternos del hombre o santificada
por la religión. Esto, con el fin de mantener sus prerrogativas y condenar a
las clases explotadas a una perpetua esclavitud. La evidencia histórica, por el
contrario, muestra que las leyes cambiaron continuamente según los cambiantes
sentimientos acerca de lo que era justo e injusto.
El sentido de lo justo y lo
injusto, la conciencia de la justicia en los hombres, no es accidental. Se
desarrolla irresistiblemente, por naturaleza, a partir de lo que ellos
experimentan como condiciones fundamentales de su vida. La sociedad debe vivir;
así, las relaciones de los hombres deben reglamentarse de manera -y a esto
provee la ley- que la producción de lo necesario para la vida siga adelante sin
impedimentos. Lo justo es lo esencialmente bueno y necesario para la vida. No
sólo útil para el momento, sino necesario en general; no para la vida de
individuos en particular sino para los pueblos en general, para la comunidad;
no para beneficio de intereses personales o temporales, sino para el bienestar
común y duradero. Si cambian las condiciones de vida, si el sistema de
producción se desarrolla y adopta nuevas formas, cambiarán las relaciones entre
los hombres, junto con ellas cambiará el sentimiento de éstos acerca de lo que
es justo e injusto y tendrá que alterarse la estructura jurídica.
Esto se ve muy claramente en
el caso de las leyes que reglamentan el derecho de propiedad. En el estado
original salvaje y bárbaro, la tierra se consideraba como perteneciente a la
tribu que vivía en ella cazando o apacentando sus rebaños. Expresándolo en
nuestros términos deberíamos decir que la tierra era propiedad común de la
tribu, que la utilizaba para obtener su sustento y la defendía contra otras
tribus. Las armas y herramientas de factura personal eran accesorios del
individuo, y por lo tanto constituían una especie de propiedad privada -aunque
no en el sentido consciente y exclusivo que damos nosotros a esta palabra-,
como consecuencia de los fuertes vínculos mutuos que existían entre los hombres
de la tribu. No las leyes, sino el uso y la costumbre regulaban sus relaciones
mutuas. Esos pueblos primitivos, incluso los pueblos agrícolas de épocas
posteriores (como los campesinos rusos de antes de 1860), no podían concebir la
idea de la propiedad privada de un trozo de tierra, tal como nosotros no podemos
concebir la idea de la propiedad privada de una región del aire.
Estas reglamentaciones
tuvieron que cambiar cuando las tribus se asentaron y expandieron, despejaron
los bosques y se disolvieron en individuos separados (es decir, familias), cada
uno de los cuales trabajaba un lote por su cuenta. Cambiaron aún más cuando la
artesanía se separó de la agricultura, cuando pasó de ser el trabajo casual de
todos a ser el trabajo continuo de algunos; cuando los productos se
transformaron en mercancías que se vendían en comercio regular y estaban
destinados a ser consumidos por otras personas que no eran sus productores. Es
muy natural que entre el campesino que trabajaba un trozo de tierra, que lo
mejoraba, que realizaba su tarea según su propia voluntad sin interferencia de
otros, tuviera la libre disposición de la tierra y de las herramientas; que el
producto fuera suyo; que la tierra y el producto fueran su propiedad. Podía ser
necesario imponer restricciones. para la defensa, en la Edad Media, en forma de
obligaciones feudales contingentes. Es muy natural que el artesano, por ser el
único que manejaba sus herramientas, tuviera disposición exclusiva de ellas,
así como de las cosas que fabricaba; que fuera el único dueño.
Así, la propiedad privada se
transformó en la ley fundamental de una sociedad fundada en unidades laborales
de pequeña escala. Sin que se lo formulara expresamente, se sentía como un
derecho necesario que cualquiera que manejara en forma exclusiva las herramientas,
la tierra, el producto, debiera ser dueño de ellos, tener libre disposición de
ellos. La propiedad privada de los medios de producción pertenece como atributo
jurídico necesario al pequeño comercio.
Siguió siendo así cuando el
capitalismo llegó a constituirse en dueño de la industria. Se lo expresó en
forma aún más consciente, y la Revolución Francesa proclamó la libertad, la
igualdad y la propiedad como Derechos fundamentales del ciudadano. Se aplicó
simplemente el concepto de propiedad privada de los medios de producción,
cuando en lugar de algunos aprendices, el maestro artesano contrataba a una
cantidad mayor de servidores para que lo asistieran, trabajaran con sus
herramientas e hicieran productos para que él los vendiera. Mediante la
explotación del poder de trabajo de los operarios, las fábricas y las máquinas,
como propiedad privada del capitalista, llegaron a constituir la fuente de un
aumento inmenso y cada vez mayor del capital. En este caso la propiedad privada
cumplía una nueva función en la sociedad. Como propiedad capitalista, aportó un
creciente poder y riqueza a la nueva clase gobernante, los capitalistas, y les
permitió desarrollar acentuadamente la productividad del trabajo y ampliar su
dominio sobre la tierra. Así, esta institución jurídica, pese a la degradación
y miseria de los trabajadores explotados, se considero como buena y
beneficiosa, e incluso necesaria, pues parecía prometer un progreso ilimitado a
la sociedad.
Sin embargo, este desarrollo
fue cambiando gradualmente el carácter íntimo del sistema social. Y con ello
cambió una vez más la función de la propiedad privada. Al inventarse las
compañías por acciones se extinguió el carácter dual del capitalista propietario
de fábrica, que dirigía la producción y a la vez embolsaba la plusvalía. El
trabajo y la propiedad, que en tiempos antiguos estaban íntimamente vinculados,
quedaron separados. Los propietarios son los tenedores de las acciones, que
viven fuera del proceso de producción, ociosos en residencias campestres
distantes y quizá jugando a la bolsa. Un accionista no tiene ninguna
vinculación directa con el trabajo. Su propiedad no consiste en herramientas
con las que trabaje. Su propiedad consiste solamente en trozos de papel, en
acciones de empresas de las que ni siquiera sabe dónde están. Su función en la
sociedad es la de un parásito. Su propiedad no significa que mande y dirija las
máquinas; esto es derecho exclusivo del director. Sólo significa que puede reclamar
un cierto monto de dinero sin haber trabajado para ganarlo. La propiedad que
tiene en su mano, sus acciones, son certificados que testimonian su derecho
-garantizado por la ley y el gobierno, por los tribunales y la policía- a
participar en los beneficios; título de pertenencia como miembro a esa gran Sociedad para la Explotación del Mundo,
que es el capitalismo.
El trabajo en las fábricas
se realiza totalmente aparte de los accionistas. En este dominio el director y
su equipo se preocupan cotidianamente de regular, inspeccionar, pensar en todo,
mientras que los operarios trabajan y se afanan de la mañana a la noche,
apresurados y maltratados. Todo el mundo tiene que esforzarse al máximo para
rendir el mayor producto posible. Pero el producto de su trabajo común no es
para quienes lo realizaron. Así como en los tiempos viejos los burgueses eran
saqueados por pandillas de asaltantes de caminos, también ahora personas
totalmente extrañas a la producción se presentan y sobre la base del crédito de
los papeles que poseen (como propietarios registrados de una póliza), se
apoderan de la parte principal de la producción. No lo hacen por la violencia;
sin tener que mover un dedo lo encuentran acreditado en su cuenta
automáticamente. A quienes hicieron en conjunto el trabajo de producción sólo
les queda un pobre jornal o un moderado salario; todo el resto es dividendo que
va a parar a los accionistas. ¿Es esto una locura? Es la nueva función de la
propiedad privada de los medios de producción. Es simplemente la praxis de la
vieja ley heredada, aplicada a las nuevas formas de trabajo a las que ya no se
adapta.
Vemos aquí cómo la función
social de una institución jurídica como consecuencia del cambio gradual de la
forma de producción, sirve a un propósito que es precisamente el inverso del
original. La propiedad privada que constituía al comienzo un medio para proporcionar
a todos la posibilidad de realizar un trabajo productivo, se está transformando
ahora en el medio de impedir que los trabajadores utilicen libremente los
instrumentos de producción. Mientras era originariamente un medio para asegurar
a los trabajadores los frutos de su trabajo, se ha transformado ahora en un
medio para privar a los trabajadores del fruto de su labor, en beneficio de una
clase de parásitos inútiles.
¿Cómo es posible, entonces,
que una ley tan anticuada tenga aún tal preponderancia sobre la sociedad? En
primer lugar, porque la numerosa clase media y la gente de los pequeños
negocios, los campesinos y los artesanos independientes se aferran a ella, en
la creencia de que les asegura su pequeña propiedad y su nivel de vida; pero
con el resultado de que a menudo, con sus posesiones hipotecadas, son víctimas
de la usura y del capital bancario. Cuando dicen: soy mi propio dueño, quieren decir: no tengo que obedecer a un dueño extraño; la comunidad en el
trabajo, en forma de iguales que colaboran entre sí, escapa de lejos a su
imaginación. En segundo lugar y principalmente, sin embargo, porque el poder
del Estado, con su fuerza militar y policial, mantiene en vigencia la vieja ley
en beneficio de la clase gobernante, es decir, de los capitalistas.
Ahora bien, en la clase
trabajadora la conciencia de esta contradicción está surgiendo en forma de un
nuevo sentido del Derecho y de la Justicia. El viejo derecho, a través del
desarrollo del pequeño comercio hasta llegar al gran comercio, se ha transformado
en injusticia, y como tal se lo siente. Contradice la regla obvia de que
quienes hacen el trabajo y manejan el equipo deben disponer de él para ordenar
y ejecutar la tarea de la mejor manera posible. La pequeña herramienta, el
pequeño lote podía manejarse y laborarse por la acción de una sola persona
junto con su familia. Así, (esa persona que disponía) del instrumento o del
lote, era su propietario. Las grandes máquinas, las fábricas, las grandes
empresas, sólo pueden manejarse y trabajarse por obra de un cuerpo organizado
de operarios, una comunidad de fuerzas en colaboración. Este cuerpo, la
comunidad, debe disponer entonces de ellas para ordenar el trabajo de acuerdo
con su voluntad común. Esta propiedad común no significa una propiedad en el
viejo sentido de la palabra, como el derecho de usar o abusar a voluntad. Cada
empresa es (sólo parte) del aparato productivo total de la sociedad, de modo
que el derecho de cada cuerpo o comunidad de productores está limitado por el
derecho superior de la sociedad y tiene que ejercerse en vinculación regular
con los demás.
La propiedad común no debe
confundirse con la propiedad pública. En la propiedad pública, defendida a
menudo por notables reformadores sociales, el Estado u otro cuerpo político es
dueño de la producción. Los trabajadores no son los dueños de su trabajo, sino
que reciben órdenes de funcionarios estatales, que lideran y dirigen la
producción. Cualesquiera sean las condiciones de trabajo, por más humano y
considerado que sea el trato, el hecho fundamental es que no son los
trabajadores, sino los funcionarios, los que disponen de los medios de
producción y del producto, manejan todo el proceso, deciden qué parte del
producto se reservará para innovación, para mejoras, para gastos sociales, y
qué parte les tocará a los trabajadores y qué parte a ellos mismos. En
síntesis, los trabajadores aún reciben salarios, una parte del producto
determinada por los dueños. Bajo la propiedad pública de los medios de
producción, los trabajadores están aún sujetos a la clase dominante y son
explotados por ésta. La propiedad pública es un programa de la clase media que
propugna una forma modernizada y disfrazada de capitalismo. La propiedad común
en manos de los productores es la única meta posible de los trabajadores.
Así, la revolución del
sistema de producción se vincula Íntimamente con una revolución en el plano del
derecho. Se basa en un cambio en las convicciones más profundas acerca del
Derecho y la Justicia. Cada sistema de producción consiste en la aplicación de
una cierta técnica, combinada con una cierta Ley que regula las relaciones de
los hombres en su trabajo fijando sus derechos y obligaciones. La técnica de
las pequeñas herramientas combinada con la propiedad privada significa una
sociedad de pequeños productores en competencia libre y pareja. La técnica de
las grandes máquinas, combinada con la propiedad privada, significa
capitalismo. La técnica de las grandes máquinas, combinada con la propiedad
común, significa una humanidad que colabora libremente. Así, el capitalismo es
un sistema intermedio, una forma transicional que resulta de la aplicación del
viejo derecho a las nuevas técnicas. Mientras el desarrollo técnico acrecentó
enormemente los poderes del hombre, el derecho heredado que reglamentaba el uso
de estos poderes subsistió casi sin cambio. No es sorprendente que resultara
inadecuado, y que la sociedad se viera expuesta a tales zozobras. Este es el
sentido más profundo de la actual crisis social. La humanidad simplemente
omitió adaptar a tiempo su viejo derecho a sus nuevos poderes técnicos. Por lo
tanto, sufre ahora de ruinas y destrucción.
La técnica es un determinado
poder. Sin embargo, su rápido desarrollo es obra del hombre, resultado natural
del pensamiento sobre el trabajo, de la experiencia y el experimento, del
esfuerzo y la competencia. Pero una vez establecida, su aplicación es automática,
escapa a nuestra libre elección y se impone como una determinada fuerza de la
naturaleza. No podemos volver atrás, como hubieran deseado los poetas, y
retrotraemos al uso general de las pequeñas herramientas de nuestros
predecesores. El derecho, en cambio, debe instituirlo el hombre con un designio
consciente. Según se lo estatuye, determina la libertad o la esclavitud del
hombre respecto del hombre y de su equipamiento técnico.
Como el derecho heredado, a
consecuencia del silencioso desarrollo de la técnica, se transformó en un medio
de explotación y opresión, llegó a convertirse en un objeto de discordia entre
las clases sociales, o sea la clase explotadora y la explotada. Mientras la
clase explotada reconoce obedientemente la ley en vigencia como Derecho y
Justicia, su explotación sigue siendo legal y no cuestionada. Cuando va
surgiendo luego gradualmente en las masas una creciente conciencia de su
explotación, despiertan al mismo (tiempo) en ellas nuevas concepciones de lo
Justo. Con el creciente sentimiento de que la ley existente es contraria a la
justicia, las masas se sienten movidas a cambiarla y a hacer que sus
convicciones acerca de lo justo y de la justicia constituyan la ley de la
sociedad. Eso significa que no basta el sentimiento de que uno padece
injusticia. Sólo cuando en las grandes masas de trabajadores este sentimiento
se desarrolle y transforme en convicciones claras y profundas acerca de lo
Justo, que se difundan por todo su ser llenándolo de una firme determinación y
un enérgico entusiasmo, podrán éstas desarrollar la fuerza necesaria para
revolucionar la estructura social. Y aun esto sólo será la condición
preliminar. Para establecer el nuevo orden se requerirá una dura y larga lucha
con el fin de superar la resistencia de la clase capitalista, que defiende su
dominio con todas sus fuerzas.
3. La organización de las fábricas
La idea de la propiedad
común de los medios de producción está entonces comenzando a penetrar en el
espíritu de los trabajadores. Una vez que perciban que el nuevo orden, su
propio dominio sobre el trabajo, es una cuestión de necesidad y de justicia,
todos sus pensamientos y todas sus acciones se consagrarán a su realización.
Saben que no se lo pueqe lograr enseguida; será inevitable pasar por un largo
período de lucha. Para quebrar la empecinada resistencia de las clases
dominantes los trabajadores tendrán que aplicar sus máximas fuerzas. Deben
desarrollar todos los poderes de espíritu y carácter, de organización y
conocimiento, que sean capaces de reunir, y ante todo deben tener en claro
ellos mismos cuál es el fin que persiguen y qué significa este nuevo orden.
El hombre, cuando tiene que
hacer un trabajo, primero lo concibe en su mente como un plan, como un designio
más o menos consciente. Esto distingue las acciones del hombres de las acciones
instintivas de los animales. Esto también vale en principio, respecto de las
luchas comunes, de las acciones revolucionarias de las clases sociales. No
enteramente, sin duda; hay una gran cantidad de impulsos espontáneos no
premeditados en sus estallidos de apasionada revuelta. Los trabajadores en
lucha no son un ejército conducido según un plan netamente concebido de acción
por un equipo de líderes capaces. Son una masa de personas que surgen
gradualmente de la sumisión y de la ignorancia y llegan poco a poco a cobrar
conciencia de su explotación, impulsados una y otra vez a luchar en pos de
mejores condiciones de vida, y que desarrollan gradualmente su capacidad.
Surgen en sus corazones nuevos sentimientos, nuevos pensamientos en su cabeza
acerca de la manera en que podría y debería estructurarse el mundo. Nuevos
deseos, nuevos ideales, nuevos propósitos llenan su mente y dirigen su voluntad
y acción. Sus propósitos toman gradualmente una forma más concisa. Al comienzo
sólo se trata de la simple lucha por mejores condiciones de trabajo, pero luego
los propósitos se van transformando en la idea de que es necesario reorganizar
fundamentalmente la sociedad. Hace ya varias generaciones que el ideal de un
mundo sin explotación y sin opresión se ha posesionado de la mente de los
trabajadores. En la actualidad la concepción de que los trabajadores dominen
los medios de producción y dirijan por sí mismos su trabajo, surge en forma
cada vez más intensa en su espíritu.
A esta nueVa organización
del trabajo debemos dedicar nuestra investigación y esclarecimiento para
nosotros mismos y para los demás, consagrándole las mejores capacidades de
nuestra mente. No podemos idearla como una fantasía; la derivamos de las reales
condiciones y necesidades del trabajo actual y de los obreros actuales. No
podemos, por supuesto, describirla en detalle; no conocemos las futuras
condiciones que determinarán sus formas precisas. Estas formas se configurarán
en la mente de los trabajadores cuando éstos enfrenten la tarea. Debemos
contentamos por ahora con rastrear sólo los lineamientos generales, las ideas
conductoras que dirigirán las acciones de la clase trabajadora. Serán como
estrellas guía que en todas las vicisitudes de la victoria y la adversidad en
la lucha, del éxito y el fracaso en la organización orientarán permanentemente
la vista hacia la gran meta. Hay que dilucidarlas no con descripciones
minuciosas en detalle, sino sobre todo comparando los principios del nuevo
mundo con las formas conocidas de las organizaciones existentes.
Cuando los obreros se
apoderen de las fábricas para organizar el trabajo surgirá ante ellos una
inmensidad de problemas nuevos y difíciles. Pero también dispondrán de una
inmensidad de nuevos poderes. Un nuevo sistema de producción nunca es una
estructura artificial que se implante a voluntad. Surge como un proceso
irresistible de la naturaleza, como una convulsión que conmueve a la sociedad
en sus más profundas entrañas, evocando las fuerzas y pasiones más poderosas
del hombre. Es el resultado de una lucha de clases tenaz y probablemente larga.
Las fuerzas requeridas para la construcción sólo pueden desarrollarse y crecer
plenamente en esta lucha.
¿Cuáles son los fundamentos
de la nueva sociedad? Son las fuerzas sociales de la camaradería y la
solidaridad, de la disciplina y el entusiasmo, las fuerzas morales del
sacrificio de sí mismo y la devoción a la comunidad, las fuerzas espirituales
del conocimiento, del valor y la perseverancia, la firme organización que liga
a todas estas fuerzas en una unidad de propósitos, y todo el conjunto es el
resultado de la lucha de clases. No se las puede preparar deliberadamente de
antemano. Sus primeros rastros surgen en forma espontánea en los trabajadores a
raíz de su situación de explotación común; y luego crecen incesantemente a
través de las necesidades de la lucha, bajo la influencia de la experiencia y
de la inducción e instrucción mutuas. Deben crecer porque su plenitud trae la
victoria y su deficiencia la derrota. Pero aun después de un éxito en la lucha,
los intentos de nueva construcción fracasarán en la medida en que las fuerzas
sociales sean insuficientes y en que los nuevos principios no ocupen enteramente
el corazón y la mente de los trabajadores. Y en este caso, puesto que la
humanidad debe vivir, puesto que la producción debe proseguir, otros poderes,
poderes de coerción, fuerzas dominantes y represoras, tomarán en sus manos la
producción. Así, la lucha tendrá que recomenzarse hasta que las fuerzas
sociales de la clase trabajadora hayan alcanzado la altura suficiente como para
ser capaces de convertirse en dueñas de la sociedad y gobernarse a sí mismas.
La gran tarea de los
trabajadores consiste en la organización de la producción sobre una nueva base.
Tiene que comenzar con la organización dentro de la fábrica. El capitalismo
también tenía una organización fabril cuidadosamente planeada; pero los principios
de la nueva organización son totalmente distintos. La base técnica es la misma
en ambos casos; es la disciplina de trabajo impuesta por la marcha regular de
las máquinas. Pero la base social, las relaciones mutuas entre los hombres, son
el opuesto exacto de lo que fueron. La colaboración de compañeros en un nivel
de igualdad reemplaza al mando de los patrones y a la obediencia de los
seguidores. El sentimiento del deber, la devoción a la comunidad, el elogio o
reproche de los camaradas según los esfuerzos y logros, toman como incentivo el
lugar que ocupan el temor del hambre y el perpetuo riesgo de perder el trabajo.
En lugar de ser utensilios pasivos y víctimas del capital, los trabajadores se
transforman en dueños y organizadores de la producción confiados en sí mismos,
exaltados por el orgulloso sentimiento de estar cooperando activamente para que
surja una nueva humanidad.
El cuerpo dominante en esta
organización fabril es todo el conjunto de los trabajadores que colaboran en
ella. Se reúnen para discutir los asuntos y en esas reuniones toman sus
decisiones. Todos los que toman parte en el trabajo participan entonces en la
regulación de las tareas comunes. Todo esto es evidente por sí mismo y normal,
y el método parece ser idéntico al que se siguió cuando bajo el capitalismo
grupos o sindicatos de trabajadores tenían que decidir por votación acerca de
los asuntos comunes. Pero existen diferencias esenciales. En los sindicatos
había virtualmente una división de tareas entre los funcionarios y los
miembros; los funcionarios preparaban e ideaban las propuestas y los miembros
votaban. Con el cuerpo fatigado y la mente agotada los trabajadores tenían que
dejar a otros la concepción de las ideas; sólo en parte o en apariencia
manejaban sus propios asuntos. Sin embargo, en el manejo común de los talleres,
los operarios tienen que hacerlo todo por sí mismos, la concepción, la ideación
y también la decisión. La devoción y la emulación desempeñan no sólo su papel
en la tarea laboral de cada uno, sino que son aún más esenciales en la tarea
común de regular el conjunto. En primer lugar, porque ésta es la causa común
más importante, que ellos no pueden dejar a otros. En segundo lugar, porque
trata de las relaciones mutuas que se establecen en su propio trabajo, tema en
el cual todos están interesados y tienen competencia, y que por lo tanto exige
profundas consideraciones por parte de ellos y una discusión exhaustiva para
esclarecerlo. Así, no es sólo el esfuerzo corporal, sino aún más el esfuerzo
mental que cada uno aporta al participar en la regulación general, lo que
constituye el objeto de competencia y apreciación. Además, la discusión debe
asumir un carácter distinto del que tiene en las sociedades y sindicatos bajo
el capitalismo, donde hay siempre diferencias de interés personal. En este
último caso, cada uno se preocupa, en su más profunda conciencia, de su propia
salvaguardia, y las discusiones tienen que ajustar y suavizar estas diferencias
en la acción común. En cambio, en la nueva comunidad laboral todos los
intereses son esencialmente los mismos y todos los pensamientos se dirigen al
propósito común de la organización cooperativa eficaz.
En las grandes fábricas y
plantas los trabajadores son demasiado numerosos como para reunirlos en una
sola asamblea, y su concurrencia simuitánea no permitiría una discusión real y
exhaustiva. En este caso las decisiones sólo pueden tomarse en dos pasos,
mediante la acción combinada de asambleas de las distintas secciones de la
planta, y asambleas de comités centrales de delegados. Las funciones y la
práctica de estos comités no pueden establecerse con exactitud por adelantado;
son enteramente nuevos y constituyen una parte esencial de la nueva estructura
económica. Cuando enfrenten las necesidades prácticas, los trabajadores
desarrollarán la estructura práctica. Sin embargo, parte de su carácter puede
derivarse, en líneas generales, comparándolos con los cuerpos y organizaciones
que conocemos.
En el viejo mundo
capitalista los comités centrales de delegados son una institución bien
conocida. Los tenemos en los parlamentos, en toda clase de cuerpos políticos, y
en las juntas directivas de las sociedades y de los sindicatos. Están
investidos de autoridad sobre sus electores, o incluso los gobiernan como
dueños suyos. Con tales características, están de acuerdo con un sistema social
en que hay una masa trabajadora de personas explotadas y mandadas por una
minoría dirigente. Ahora, sin embargo, la tarea consiste en construir una forma
de organización para un cuerpo de libres productores que colaboran entre sí y
controlan real y mentalmente su acción productiva común, regulándola como
iguales según su propia voluntad; en una palabra, un sistema social totalmente
distinto. También en el mundo viejo tenemos consejos sindicales que administran
los asuntos corrientes después que los miembros, reunidos a grandes intervalos,
fijan la política general. Estos consejos tienen por misión tratar bagatelas
cotidianas, no cuestiones vitales. Ahora, sin embargo, se trata de la base y
esencia de la vida misma, del trabajo productivo, que ocupan y han ocupado
continuamente la mente de todos como uno de los máximos objetivos de sus
pensamientos.
Las nuevas condiciones de
trabajo hacen que estos comités de fábrica sean algo totalmente diferente de
cualquier otra cosa que conozcamos en el mundo capitalista. Son cuerpos
centrales pero no gobernantes, y no hay ninguna junta de gobierno. Los delegados
que los constituyen fueron enviados por asambleas seccionales con instrucciones
especiales; vuelven a estas asambleas a informar acerca de la discusión y de su
resultado, y después de una mayor deliberación los mismos delegados, u otros,
pueden retornar a la instancia superior con nuevas instrucciones. De tal manera
actúan como vínculos entre el personal de las distintas secciones. Tampoco hay
cuerpos de comités de fábrica formados por expertos que provean las
reglamentaciones directivas para la multitud no experta. Por supuesto, serán
necesarios los expertos individualmente o en cuerpos, para que se ocupen de
problemas especiales, de carácter técnico y científico. Sin embargo, los
comités de fábrica tienen que encargarse de los trámites cotidianos, las relaciones
mutuas, la reglamentación del trabajo, en que todo el mundo es experto, y, al
mismo tiempo, parte interesada. Entre otras cosas, les corresponde poner en
práctica lo que sugieren los expertos especializados. Tampoco son los comités
de fábrica los cuerpos responsables por el buen manejo del conjunto, pues de
ese modo todos los miembros podrían derivar su parte de responsabilidad y
descargarla en una colectividad impersonal. Por el contmrio, como este manejo
incumbe a todos en común, pueden consignarse a determinadas personas tareas
especiales a cumplir con su entera capacidad, con plena responsabilidad, en
tanto cosechan los honores de lo que logren realizar.
Todos los miembros del
personal, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, que toman parte en el trabajo
como compañeros en un pie de igualdad, participan también en esta organización
de fábrica, tanto en el trabajo real como en la regulación general. Por supuesto,
habrá mucha diferencia en lo que respecta a las tareas personales, más fáciles
o difíciles de acuerdo con la fuerza y capacidades, de carácter distinto según
la inclinación y las especiales habilidades de cada uno. Y, por supuesto, las
diferencias en lo que respecta a perspicacia en general servirán de base para
dar preponderancia al consejo de los más inteligentes. Al comienzo, cuando
haya, como herencia del capitalismo, grandes diferencias de educación y
formación, la falta de buenos conocimientos técnicos y generales de las masas
se sentirá como una grave deficiencia. Entonces el pequeño número de técnicos y
científicos profesionales muy entrenados deben actuar como líderes técnicos,
sin adquirir por ello una posición de mando o liderazgo social, sin obtener
privilegios que no sean la estimación de sus compañeros y la autoridad moral
que siempre se atribuyen a la capacidad y el conocimiento.
La organización de una
fábrica es el ordenamiento consciente y la vinculación de todos los
procedimientos separados para formar un conjunto. Todas estas interconexiones
de operaciones mutuamente adaptadas pueden representarse en un esquema bien
ordenado, una imagen mental del proceso real. Tal imagen estuvo presente en la
primera planificación y en los mejoramientos y ampliaciones posteriores;
también debe estar presente en la mente de todos los operarios que colaboran
entre sí y deben familiarizarse cabalmente con lo que constituye un asunto de
interés común. Tal como un mapa o un gráfico fijan o muestran en una imagen
clara e inteligible para todos las conexiones que existen en una totalidad
complicada, también en este caso el estado de la empresa total en cada momento,
en todos sus desarrollos, debe hacerse visible mediante representaciones
adecuadas. En forma numérica esto se hace mediante las anotaciones contables.
La contabilidad registra y fija todo lo que ocurre en el proceso, de
producción: qué materias primas entran a la fábrica, qué máquinas se adquieren,
qué productos rinden, cuánto trabajo se aplica a los productos, cuántas horas
trabaja cada operario, qué producto resulta. La contabilidad sigue y describe
el flujo de los materiales a través del proceso de producción. Permite comparar
continuamente, en informes globales, los resultados con las estimaciones
previas realizadas durante la planificación. Así, la producción de la fábrica
se transforma en un proceso mentalmente controlado.
El manejo capitalista de las
empresas conoce también el control mental de la producción. También en este
caso los procedimientos se representan mediante cálculos y procedimientos
contables. Pero hay esta diferencia fundamental: el cálculo capitalista se adapta
enteramente al punto de vista de la producción de ganancia. Maneja los precios
y costos como datos fundamentales; el trabajo y los salarios son sólo factores
en el cálculo de la ganancia resultante en el balance anual. En el nuevo
sistema de producción, en cambio, las horas de trabajo constituyen el dato
fundamental, sea que aún se las exprese, al comienzo, en unidades monetarias, o
en su verdadera forma. En la producción capitalista, el cálculo y la
contabilidad es un secreto de la dirección, de la oficina. No interesa a los
trabajadores; éstos son los objetos de la explotación, son sólo factores en el
cálculo del costo y el producto, accesorios que se agregan a las máquinas. En
la producción bajo propiedad común, la contabilidad es cosa pública; está expuesta
a la vista de todos. Los trabajadores tienen siempre una visión completa del
curso que sigue todo el proceso. Sólo de esta manera están en condiciones de
discutir diversas cuestiones en las asambleas seccionales y en los comités de
fábrica, y de decidir sobre lo que hay que hacer. Además, los resultados
numéricos se hacen visibles mediante tablas, estadísticas, gráficos y cuadros
que despliegan la situación ante la vista. Esta información no se limita al
personal de la fábrica; es una cuestión pública, abierta a toda la gente ajena.
Cada fábrica es sólo un miembro en la producción social, y también la conexión
de sus acciones con el trabajo exterior se expresa en la contabilidad. Así, el
conocimiento pormenorizado de la producción que se está procesando en cada
empresa es materia de conocimiento común para todos los productores.
4. La organización social
El trabajo es un proceso
social. Cada empresa forma parte del cuerpo productivo de la sociedad. La
producción social total se forma por la conexión y colaboración de todas las
empresas. Como las células que constituyen un organismo viviente, las empresas
no pueden existir aisladas y amputadas del cuerpo. Así, la organización del
trabajo dentro de la fábrica es sólo la mitad de la tarea de los obreros. Por
encima de ella, y como tarea aún más importante, está la unión de las empresas
separadas, su combinación es una organización social.
Mientras que la organización
dentro de la fábrica ya existía bajo el capitalismo y sólo había que
reemplazarla por otra, basada en un nuevo fundamento, la organización social de
todos los talleres en un conjunto es, o fue hasta años recientes, algo enteramente
nuevo, sin precedentes. Tan profundamente nuevo, que durante todo el siglo XIX
el establecimiento de esta organización, bajo el nombre de socialismo, se consideró como la
tarea principal de la clase trabajadora. El capitalismo consistía en una masa
no organizada de empresas independientes -una multitud de empleadores privados separados que avanzan a los
codazos, como dice el programa del Partido Laborista-, vinculadas sólo
por relaciones azarosas de mercados y competencia, con el resultado de las
bancarrotas, la superproducción y la crisis, el desempleo y un enorme
desperdicio de materiales y mano de obra. Para abolir esta situación, la clase
trabajadora debía conquistar el poder político y utilizarlo para organizar la
industria y la producción. Este socialismo de Estado se consideraba, entonces,
como el primer paso hacia un nuevo desarrollo.
En los últimos años la
situación ha cambiado hasta el punto de que el capitalismo mismo ha dado un
primer paso con las organizaciones dirigidas por el Estado. Se ve impulsado a
ello no sólo por el simple deseo de aumentar la productividad y los beneficios
mediante una planificación racional de la producción. En Rusia hubo la
necesidad de remediar el retraso del desarrollo económico mediante una
deliberada y rápida organización de la industria que realizó el gobierno
bolchevique. En Alemania se produjo la lucha por el poder mundial, que impulsó
al control estatal de la producción y a la organización estatal de la
industria. Esta lucha constituía una tarea tan pesada que sólo concentrando en
manos del Estado el poder sobre todas las fuerzas productivas pudo la clase
capitalista alemana tener una posibilidad de éxito. En la organización
nacionalsocialista la propiedad y los beneficios -aunque fuertemente reducidos
a raíz de las necesidades estatales- siguen estando en manos de los
capitalistas privados, pero la disposición de los medios de producción, su
dirección y manejo fue asumido por funcionarios oficiales. Mediante una
organización eficiente se asegura al capital y al Estado que no se deteriore la
producción de beneficios. Esta organización de la producción en gran escala se
funda sobre los mismos principios que la organización dentro de la fábrica, es
decir, sobre las órdenes personales del director general de la sociedad, el
líder, la cabeza del Estado. Cuando el gobierno toma el control de la industria,
la autoridad y la coerción ocupan el lugar de la anterior libertad de los
productores capitalistas. El poder político de los funcionarios oficiales se ve
grandemente robustecido por su poder económico, por su facultad de disponer
acerca de los bienes de producción, que constituyen el fundamento de la
sociedad.
El principio de la clase
trabajadora es, en todos los respectos, exactamente el opuesto. La organización
de la producción por los trabajadores se funda en la libre colaboración: no hay
dueños ni servidores. La combinación de todas las empresas en una sola
organización social ocurre según el mismo principio. El mecanismo para lograr
este propósito deben construirlo los trabajadores.
Dada la imposibilidad de
reunir a los trabajadores de todas las fábricas en una sola asamblea, el único
medio que les queda para expresar su voluntad es la designación de delegados.
Ha llegado a utilizarse en época reciente el nombre de consejos obreros para designar a tales cuerpos de delegados.
Cada grupo o personal que trabaja en colaboración designa los miembros que en
las asambleas del consejo deben expresar su opinión y su deseo. Estos tomaron
parte activa en las deliberaciones de este grupo y llegaron a primer plano como
defensores capaces de los puntos de vista que suscitaron el apoyo de la
mayoría. Ahora se los envía como portavoces del grupo para confrontar estos
puntos de vista con los de otros grupos, con el fin de llegar a una decisión
colectiva. Aunque la capacidad personal de esos delegados desempeña un papel en
lo que respecta a persuadir a los colegas y esclarecer los problemas, su peso
no reside en su fuerza individual, sino en las fuerzas de la comunidad que los
ha delegado. Lo que tiene peso no son las simples opiniones, sino aún más la
voluntad y disposición del grupo a proceder de acuerdo con ellas. Diferentes
personas actuarán como delegados según las diferentes cuestiones que surjan y
los problemas que se vayan presentando.
El principal problema, que
constituye la base de todo el resto, es la producción misma. Su organización
tiene dos aspectos: el establecimiento de reglas y normas generales, y el
trabajo práctico mismo. Deben establecerse normas y reglas generales para las
relaciones mutuas en el trabajo, para los derechos y obligaciones. Bajo el
capitalismo, la norma consiste en la orden del dueño, del director. Bajo el
capitalismo de Estado consiste en la orden más poderosa del Líder, del gobierno
central. Pero en la nueva sociedad todos los productores serán libres e
iguales. En el campo económico del trabajo ocurrirá el mismo cambio que se
produjo en siglos anteriores en el campo político, con el surgimiento de la
clase media. Cuando el gobierno de los ciudadanos llegó a ocupar el lugar del
monarca absoluto, esto no pudo significar que se substituía la voluntad
arbitraria de éste por la voluntad arbitraria de todos. Significaba que en lo
sucesivo leyes establecidas por la voluntad común regularían los derechos y
deberes públicos. Así ahora, en el dominio del trabajo, la orden del dueño
cederá el paso a las reglas fijadas en común, para regular los derechos y
obligaciones sociales en la producción y el consumo. Formularlas será la
primera tarea de los consejos obreros. No se trata de una tarea difícil ni de
una cuestión de profundo estudio o seria discordancia. A cada trabajador le
surgirán inmediatamente en la conciencia estas reglas como base natural de la
nueva sociedad: el deber de cada uno de tomar parte en la producción de acuerdo
con sus fuerzas y capacidad, el derecho de cada uno de gozar de su parte
adecuada del producto colectivo.
¿Cómo se medirán las
cantidades de trabajo invertido y las cantidades de producto a que cada uno
tiene derecho? En una sociedad donde los bienes se producen directamente para
el consumo no hay mercado para intercambiarlos; y ningún valor se establece automáticamente
como expresión del trabajo contenido en ellos, a partir de los procesos de
compra y venta. En este caso el trabajo invertido debe expresarse de una manera
directa mediante el número de horas. La administración lleva un libro
(registro) de horas de trabajo incluidas en cada pieza o cantidad de unidades
del producto, así como de las horas invertidas por cada uno de los
trabajadores. En los promedios respecto de todos los operarios de una fábrica,
y finalmente, de todas las fábricas de la misma categoría, se atenúan las
diferencias personales y los resultados personales se vuelven comparabIes entre
sí.
En eI primer período de
transición, cuando hay que reparar muchas devastaciones, el primer problema
consiste en construir eI aparato de producción y mantener viva a la gente. Es
muy posibIe que el hábito impuesto por Ia guerra y el hambre, de distribuir sin
distinción las sustancias alimenticias indispensables, continúe simpIemente sin
modificaciones. Es muy probable que en tiempos de reconstrucción, cuando deben
emplearse las fuerzas al máximo, cuando además Ios nuevos principios moraIes de
trabajo común sólo se están formando gradualmente, el derecho de consumo se
equipare al rendimiento deI trabajo. El viejo dicho popular, de que el que no trabaja no debe comer,
expresa un sentimiento instintivo de justicia. En este precepto se encuentra no
sólo eI reconocimiento de que el trabajo es la base de toda vida humana, sino
también la proclamación de que ha terminado la explotaci6n capitalista y la
apropiación de Ios frutos del trabajo ajeno mediante los títulos de propiedad
de una clase ociosa.
Esto no significa, por
supuesto, que se distribuya eI producto totaI entre los productores, de acuerdo
con el tiempo que cada uno dedica. O, expresado de otra manera, que cada
trabajador reciba, en forma de producto, exactamente la cantidad de horas invertidas
en el trabajo. Debe dedicarse una considerable parte del trabajo a la propiedad
común, al perfeccionamiento y ampliación del aparato productivo. Bajo el
capitalismo parte de la plusvalía servía a este prop6sito; eI capitalismo tenía
que utilizar parte de su ganancia, acumulada en forma de nuevo capital, para
innovar, ampliar y modernizar su equipo técnico, impulsado en su caso por la
necesidad de no ser superado por sus competidores. Así, el progreso en Ia
técnica ocurrió en formas de explotación. En la nueva forma de producción, este
progreso es de interés común para los trabajadores. Lo más inmediato es que se
mantengan vivos, pero construir las bases de la producción futura es la parte
más gloriosa de su tarea. Tendrán que establecer qué parte del trabajo total se
gastará en la fabricación de mejores máquinas y herramientas más eficientes, en
la investigación y la experimentación, para facilitar el trabajo y mejorar la
producción.
Además, parte del tiempo y
trabajo total de la sociedad debe gastarse en actividades no productivas pero
necesarias, en administración general, en educación, en servicios médicos. Los
niños y los viejos recibirán su parte del producto sin los correspondientes
aportes. Hay que mantener a las personas incapaces de trabajar; y especialmente
en los primeros tiempos habrá una gran cantidad de desechos humanos dejados por
el ex mundo capitalista. Probablemente prevalecerá la regla de que el trabajo
productivo es la tarea de la parte más joven de los adultos; o, en otras
palabras, es la tarea de todos durante el período de la vida en que tanto la
tendencia a la actividad vigorosa como la capacidad para ella son máximas.
Mediante el rápido crecimiento de la productividad del trabajo esta parte, o
sea el tiempo necesario para producir todos los bienes que la subsistencia
requiere, decrecerá continuamente, y una parte cada vez mayor de la vida
quedará disponible para otros propósitos y actividades.
La base de la organización
social de la producción consiste en una administración cuidadosa, en forma de
estadísticas y contabilidad. La estadística del consumo de todos los diferentes
bienes, la estadística de la capacidad de las plantas industriales, de las
máquinas, del suelo, de las minas, de los medios de transporte, la estadística
de la población y de los recursos de las ciudades, distritos y países,
constituyen en conjunto el fundamento de todo el proceso económico en filas
bien ordenadas de datos numéricos. Bajo el capitalismo ya se conocían las
estadísticas de los procesos económicos; pero eran imperfectas debido a la
independencia y a la visión estrecha de los comerciantes privados, y sólo
encontraban una aplicación limitada. En la nueva sociedad constituirán el punto
de partida en la organización de la producción; para producir la cantidad
correcta de bienes, hay que conocer la cantidad utilizada o deseada. Al mismo
tiempo, la estadística como resultado comprimido del registro numérico del proceso
de producción, el sumario global de la contabilidad, expresa el curso del
desarrollo.
La contabilidad general, que
comprende y abarca las administraciones de las distintas empresas, las combina
en una representación del proceso económico de la sociedad. En diferentes
grados de rango registra todo el proceso de transformación de la materia,
siguiéndolo desde las materias primas en su origen, a través de todas las
fábricas, de todas las manos, hasta llegar a los bienes listos para el consumo.
Al unir los resultados de las empresas de un determinado tipo que cooperan
entre sí, reuniéndolos en un todo, se compara su eficiencia, se promedian las
horas de trabajo necesarias y se orienta la atención hacia los caminos que se
abren al progreso. Una vez llevada a cabo la organización de la producción, la
administración es la tarea comparativamente simple de una red de oficinas
interconectadas al cómputo. Cada empresa, cada grupo vinculado de empresas,
cada rama de la producción, cada municipio o distrito, tiene su oficina para la
producción y para el consumo, encargada de la administración, de reunir, procesar
y discutir las cifras y ponerlas luego en forma perspicua para que sea fácil
abarcar el conjunto. Su trabajo combinado hace que la base material de la vida
sea un proceso dominado por la mente. Como imagen numérica clara e inteligible,
el proceso de producción queda expuesto a la vista de todo el mundo. Mediante
este sistema la humanidad puede contemplar y controlar su propia vida. Lo que
los trabajadores y sus consejos idean y planean en la colaboración organizada
se muestra, en su carácter y resultado, en las cifras de la contabilidad. Sólo
si se las mantiene continuamente ante los ojos de cada trabajador se hará
posible la dirección de la producción social por los productores.
Esta organización de la vida
económica es totalmente distinta de las formas de organización desarrolladas
bajo el capitalismo; es más perfecta y más simple. Las complicaciones y
dificultades de la organización capitalista, para la cual fue necesaria la contribución
muy celebrada del genio de grandes comerciantes, se referían siempre a su lucha
mutua, con las artes y triquiñuelas de la guerra capitalista, destinadas a
someter o aniquilar a los competidores. Todo eso habrá desaparecido. El
propósito franco, que es proveer a las necesidades vitales de la humanidad,
hará que toda la estructura resulte abierta y directa. La administración de
grandes cantidades no es fundamentalmente más difícil o complicada que la de
pequeñas cantidades; sólo hay que agregar un par de cifras a los números
anteriores. La rica y multiforme diversidad de necesidades y deseos que en
pequeños grupos de personas difícilmente sea menor que en grandes masas, cuando
adquiera carácter masivo podrá procurarse con mayor facilidad y en forma más
completa.
La función y el lugar que la
administración numérica ocupa en la sociedad depende del carácter de esta
sociedad. La administración financiera de los Estados formó siempre parte
necesaria del gobierno central, y los funcionarios encargados de los cálculos
fueron servidores subordinados de los reyes o de otros gobernantes. En el
capitalismo contemporáneo, como la producción está sujeta a una organización
central que la abarca, quienes tienen en sus inanos la administración central
son los directores que guían la economía y crean una burocracia gobernante.
Cuando en Rusia la revolución de 1917 llevó a una rápida expansión de la
industria y multitudes de trabajadores aún imbuidos de la ignorancia bárbara de
las aldeas se apiñaron en las nuevas fábricas, carecian del poder para
controlar el creciente predominio de la burocracia que se estaba organizando
entonces en una nueva clase gobernante. Cuando en Alemania, en 1933, un partido
rigurosamente organizado conquistó el poder estatal, como órgano de su administración
central tomó en sus manos la organización de todas las fuerzas del capitalismo.
Las condiciones serán
totalmente distintas cuando los trabajadores sean los dueños de su trabajo y
como libres productores organicen la producción. La administración mediante la
contabilidad y la computación será una tarea especial de ciertas personas, así
como el forjar acero o el hornear pan será tarea especial de otras personas,
todas igualmente útiles y necesarias. Los trabajadores de las oficinas de
cómputo no serán sirvientes ni señores. No serán funcionarios al servicio de
los consejos obreros, que tienen que cumplir obedientemente sus órdenes, sino
grupos de trabajadores, que como otros grupos regulan ellos mismos en forma
colectiva su propio trabajo, disponen de sus implementos, cumplen sus
obligaciones como lo hacen todos los grupos, en vinculación continua con las
necesidades del conjunto. Son los expertos que tienen que proporcionar los
datos básicos de las discusiones y las decisiones en las asambleas de los
trabajadores y de los consejos. Tienen que reunir los datos, presentarIos en
una forma fácilmente inteligible de tablas, gráficos o cuadros, de modo que
cada trabajador en todo momento tenga una clara imagen del estado de cosas. Su
conocimiento no es una propiedad privada que les da poder; no son un cuerpo con
conocimiento administrativo exclusivo que pueda ejercer por ello una decidida
influencia. El producto de su trabajo, la capacidad de percepción numérica
requerida para el progreso de la tarea, está disponible para todos. Este
conocimiento general es el fundamento de todas las discusiones y decisiones de
los trabajadores y de sus consejos, mediante las cuales se logra la
organización del trabajo.
Por primera vez en la
historia de la vida económica, en general y en detalle, habrá un libro abierto
puesto ante los ojos de la humanidad. Los fundamentos de la sociedad, que bajo
el capitalismo constituían una enorme masa oculta en las oscuras profundidades,
apenas alumbradas aquí y allá por estadísticas sobre comercio y producción,
quedarán a plena luz y mostrarán su estructura en detalle. Disponemos entonces
de una ciencia de la sociedad que consiste en un conocimiento bien ordenado de
hechos, mediante el cual se captan fácilmente las relaciones causales
fundamentales. Esa ciencia formará la base de la organización social del
trabajo, tal como el conocimiento de los hechos de la naturaleza, condensados a
su vez en relaciones causal es, constituye la base de la organización técnica
del trabajo. Como conocimiento de los hechos simples y comunes de la vida
diaria estará disponible para todos y les permitirá ver de una ojeada y captar
de inmediato las necesidades del conjunto, así como la parte que cada uno ocupa
en él. Formará el equipo espiritual mediante el cual los productores podrán
dirigir la producción y controlar su mundo.
5. Las objeciones
Los principios de la nueva
estructura de la sociedad parecen tan naturales y evidentes por sí mismos, que
parecería haber poco lugar para dudas u objeciones. Las dudas provienen de las
viejas tradiciones que llenan las mentes de telarañas, mientras el fresco
viento de tormenta de la actividad social no las despeja. Las objeciones las
formulan las otras clases que ahora dirigen la sociedad. Así, tenemos que
considerar primero las objeciones de la burguesía, que es la clase gobernante
de los capitalistas.
Alguien podría decir que las
objeciones de los miembros de la clase capitalista no importan. No podemos
convencerlos, ni es necesario. Sus ideas y convicciones, como las nuestras, son
ideas de clase, determinadas por condiciones de clase, diferentes de las
nuestras a raíz de la diferencia que existe en las condiciones de vida y en la
función social. No tenemos que convencerlos razonando, sino derrotarlos por la
fuerza.
Pero no debemos olvidar que
el poder capitalista es en gran medida de carácter espiritual, es decir, se
ejerce sobre la mente de los trabajadores. Las ideas de la clase gobernante
dominan la sociedad y de ellas está imbuida la mente de las clases explotadas.
Están fijadas en ellas, fundamentalmente, por la fuerza y necesidad íntimas del
sistema de producción; se las implanta de hecho en la mente de los trabajadores
mediante la educación y la propaganda, por la influencia de las escuelas, la
iglesia, la prensa, la literatura, la radiotelefonía y el cine. En la medida en
que esto es cierto, la clase trabajadora, que carece de conciencia de su
condición de clase y asiente a la explotación como condición normal de la vida,
no piensa en rebelarse y no puede luchar. Las mentes sometidas a las doctrinas
de los dueños na tienen esperanza de lograr la libertad. Deben superar el
influjo espiritual del capitalismo antes de poder deshacerse realmente de su
yugo. El capitalismo debe ser derrotado teóricamente antes de que se lo pueda
abatir materialmente. En efecto, sólo entonces la absoluta certeza de la verdad
de sus opiniones, así como de la justicia de sus propósitos, dará a los
trabajadores la confianza que necesitan para la victoria. Sólo entonces la
vacilación y los recelos desconcertarán a las fuerzas del enemigo. Sólo
entonces los grupos medios cuya posición oscila, en lugar de luchar por el
capitalismo pueden concebir, en cierta medida, la necesidad de la
transformación social y los beneficios que aportará el nuevo orden.
Tenemos pues que enfrentar
las objeciones formuladas por el sector de la clase capitalista. Proceden
directamente de su cosmovisión. Para la burguesía el capitalismo es el único
sistema social posible y natural, o, por lo menos, puesto que lo han precedido
formas más primitivas, su forma final más desarrollada. De aquí que todos los
fenómenos presentados por el capitalismo no se consideren como temporarios sino
como fenómenos naturales fundados en la naturaleza eterna del hombre. La clase
capitalista percibe la profunda aversión de los trabajadores contra su tarea
diaria; y cómo sólo se resignan a ella por la dura necesidad. Concluye que los
hombres, en su mayor parte, sienten una natural aversión por el trabajo
productivo regular, y por esa razón están destinados a la pobreza, con
excepción de una minoría enérgica, industriosa y capaz, que ama el trabajo y de
la cual provienen los líderes, directores y capitalistas. Entonces se sigue que
si los trabajadores fueran colectivamente dueños de la producción, sin el
principio competitivo de la recompensa personal por el esfuerzo personal, la
mayoría desidiosa hará lo menos posible tratando de vivir de lo que realiza una
minoría más industriosa; y el resultado inevitable será la pobreza universal.
Todo el maravilloso progreso, toda la abundancia que el capitalismo ha
producido en el último siglo se perderían entonces, cuando se eliminara el
estímulo del interés personal, y la humanidad retrocedería hasta hundirse en la
barbarie.
Para refutar tales
objeciones, es suficiente señalar que constituyen el punto de vista natural del
otro bando de la sociedad, de la clase explotadora. Nunca en la historia los
viejos señores fueron capaces de reconocer la capacidad de una nueva clase en surgimiento;
esperaron un inevitable fracaso tan pronto como ésta tuviera que manejar los
asuntos; y la nueva clase, consciente de sus fuerzas, sólo pudo mostrarlas al
conquistar el poder y después de haberlo conquistado. También ahora los
trabajadores van cobrando conciencia de la íntima fuerza de su clase; su
superior conocimiento de la estructura de la sociedad, del carácter del trabajo
productivo, les demuestra la futilidad del punto de vista capitalista. Tendrán
que probar, por cierto, sus capacidades. Pero no en forma de una prueba que
deberán superar de antemano. Su prueba será su lucha y su victoria.
Esto no equivale a
argumentar con la clase capitalista, sino que está destinado a los compañeros
trabajadores. Las ideas de la clase media, que aún predominan en grandes masas
de la clase obrera, consisten, sobre todo, en la duda y desconfianza de sus propias
fuerzas. Mientras una clase no crea en sí misma, no puede esperar que otros
grupos crean en ella. Esta falta de confianza en sí misma de la clase obrera,
que constituye hoy su principal debilidad, no podrá eliminarse enteramente bajo
el capitalismo, por sus muchas influencias degradantes y empobrecedoras. Sin
embargo, en tiempos de emergencia, de crisis mundial y de ruina inminente, al
obligar a la clase trabajadora a rebelarse y luchar se la obligará también, una
vez que haya triunfado, a tomar a su cargo el control de la producción. Luego
el imperio de la dura necesidad desbaratará la temerosa desconfianza implantada
en los trabajadores acerca de sus propias fuerzas, y la tarea que se les
imponga despertará inesperadas energías. Cualesquiera sean las vacilaciones o
dudas que abriguen en su mente, saben con seguridad una cosa: que ellos, mejor
que la gente ociosa dueña de la propiedad, conocen lo que es el trabajo, que
ellos pueden trabajar y que lo harán. Las fútiles objeciones de la clase
capitalista se hundirán junto con esta clase misma.
Objeciones más serias
provienen de otros sectores. De quienes se consideran a sí mismos y son
considerados como amigos, como aliados o portavoces de la clase trabajadora. En
las últimas etapas del capitalismo predomina la opinión ampliamente difundida
entre los intelectuales y los reformadores sociales, entre los líderes
sindicales y los socialdemócratas, de que la producción para la ganancia es
mala y tiene que desaparecer, y de que debe dejar lugar a alguna clase de
sistema socialista de producción. La organización de la producción, según
dicen, es el medio de producir abundancia para todos. El desorden capitalista
de la totalidad de la producción debe abolirse imitando el orden organizado que
reina dentro de la fábrica. Como en el caso de una empresa bien dirigida, donde
la marcha perfecta de todos los detalles y la máxima eficiencia del conjunto se
logra por la acción de la autoridad central del director y del personal de la
gerencia, así también en la estructura social aun más complicada la interacción
y vinculación correcta de todas sus partes sólo se logrará mediante un poder
central que ejerza el liderazgo.
La falta de tal poder de
gobierno, dicen quienes así razonan, es lo que debe objetarse al sistema de
organización basado en los consejos obreros. Ellos argumentan que en la
actualidad la producción no consiste en el manejo de simples herramientas, cuyo
funcionamiento todos pueden abarcar fácilmente, como en los días pasados de
nuestros predecesores, sino en la aplicación de las ciencias más abstractas,
que sólo son accesibles a una mente capaz y bien instruida. Dicen que la
visualización clara de una intrincada estructura y de su manejo eficaz requiere
talentos de los que sólo están dotados unos pocos; que lo que no se percibe es
que la mayoría de las personas están dominadas por un estrecho egoísmo y
carecen de la capacidad e incluso del interés necesario para asumir estas
amplias responsabilidades. Y si los trabajadores, con estúpida presunción
rechazan el liderazgo de los más capaces y tratan de dirigir la producción y la
sociedad por la acción de sus propias masas, entonces, por más industriosos que
sean, su fracaso resultará inevitable: cada fábrica sería pronto un caos y se
produciría como resultado la decadencia. Los obreros tienen que fracasar porque
no pueden reunir un poder de liderazgo de suficiente autoridad como para
imponer la obediencia y asegurar así un funcionamiento sin obstáculos de una
organización complicada.
¿Dónde encontrar tal poder
central? Elíos argumentan que ya lo tenemos y que es el gobierno estatal. Hasta
ahora el gobierno limitó sus funciones a los asuntos políticos; tendrá que
extenderlas a las cuestiones económicas -como ya se ha visto obligado a hacerlo
en algunos casos menores-, al manejo general de la producción y la
distribución. En efecto, ¿no es la guerra contra el hambre y la miseria
igualmente importante, y aún más, que la guerra contra enemigos externos?
Si el Estado dirige las
actividades económicas, actúa como cuerpo central de la comunidad. Los
productores son dueños de la producción, no en pequeños grupos por separado
sino que lo son en su totalidad, como clase, como conjunto del pueblo. La
propiedad pública de los medios de producción, en su parte más importante,
significa sociedad estatal, puesto que la totalidad del pueblo está
representada por el Estado. Por el Estado
democrático, por supuesto, donde el pueblo elije a sus gobernantes. Una
organización social y política donde las masas elijan a sus líderes, en todas
partes, en las fábricas, en los sindicatos, en el Estado, puede llamarse democracia universal. Una vez
elegidos, estos líderes deben ser por supuesto estrictamente obedecidos, pues
sólo de esta manera, mediante la obediencia al mando de líderes capaces de la
producción, puede funcionar sin obstáculos y satisfactoriamente la
organización.
Tales son las ideas de los
portavoces del socialismo de Estado. Está claro que este plan de organización
social es totalmente distinto de aquel en que los productores disponen
realmente de su producción. Sólo de nombre los obreros son dueños de su trabajo,
tal como sólo de nombre el pueblo es dueño del Estado. En las así llamadas democracias, que reciben ese nombre
porque los parlamentos son elegidos por sufragio universal, los gobiernos no
son en absoluto delegados designados por la población como ejecutores de su
voluntad. Todo el mundo sabe que en cada país el gobierno está en manos de
pequeños grupos, a menudo hereditarios y aristocráticos, de políticos y altos
funcionarios. Los parlamentarios, el conjunto de quienes los apoyan, no los
selecciona el electorado como mandatarios que deben cumplir su voluntad. Los
votantes sólo tienen prácticamente que elegir entre dos conjuntos de políticos,
seleccionados, presentados y propagandeados ante ellos por los dos partidos
políticos principales, cuyos líderes, según el resultado, forman el gabinete
gobernante, o como oposición leal,
quedan a la espera de su turno. Los funcionarios estatales, que manejan los
asuntos, tampoco son seleccionados por el pueblo; se los designa desde arriba,
y lo hace el gobierno. Aunque una astuta propaganda les llame servidores del pueblo, en realidad
son sus gobernantes, sus dueños. En el sistema del socialismo de Estado, es
esta burocracia de funcionarios la que, considerablemente ampliada, dirige la
producción. Estos disponen de los medios de producción, tienen el comando
supremo del trabajo. Deben ocuparse de que todo marche bien, administran el
proceso de producción y determinan la distribución del producto. Así, los
trabajadores han encontrado nuevos dueños, que les asignan sus salarios y
guardan a su disposición el resto de la producción. Esto significa que los
trabajadores aún son explotados; el socialismo de Estado puede llamarse también
con razón capitalismo de Estado,
de acuerdo con el énfasis que se dé a sus diferentes partes, y con la mayor o
menor influencia que se adjudique a los trabajadores.
El socialismo de Estado es
un plan para reconstruir la sociedad sobre la base de una clase trabajadora tal
como la clase media la ve y conoce bajo el capitalismo. En lo que se llama sistema socialista de producción se
conserva la estructura básica del capitalismo, pues los trabajadores manejan
las máquinas a órdenes de los líderes; pero se lo ha provisto de un plano
superior mejorado, de una clase dirigente de reformadores con sentimientos
humanos, en lugar de los capitalistas, hambrientos de ganancia. Esos
reformadores, como verdaderos benefactores de la humanidad, aplican su
capacidad a la tarea ideal de liberar a las clases trabajadoras de la necesidad
y la miseria.
Se comprende fácilmente que
durante el siglo XIX, cuando los trabajadores sólo comenzaban a resistir y a
luchar, pero aún no eran capaces de conquistar el poder sobre la sociedad, este
ideal socialista encontraba muchos adherentes. No sólo entre gente de la clase
media con sensibilidad social, que simpatizaba con el sufrimiento de las masas,
sino también entre los trabajadores mismos. En efecto, asomaba ante ellos una
perspectiva de liberación de su yugo mediante el simple recurso de expresar su
opinión en los comicios, por el uso del poder político de su boleta electoral,
que les permitiría llevar al gobierno a sus redentores en lugar de sus
opresores. Y en verdad, si fuera sólo cosa de tranquila discusión y libre
elección entre capitalismo y socialismo por parte de las masas, el socialismo
tendría una buena oportunidad.
Pero la realidad es
diferente. El capitalismo está en el poder y defiende su poder. ¿Puede alguien
abrigar la ilusión de que la clase capitalista abandonará su mando, su dominio,
sus beneficios, la base de su existencia, y por ende, su existencia misma, como
resultado de una votación? O más aún, ¿cederá a una campaña de argumentos
publicitarios, de opinión pública demostrada en reuniones masivas o
manifestaciones callejeras? Por supuesto, luchará convencida de sus derechos.
Sabemos que aun para las reformas, incluso de menor alcance, hubo que luchar en
el sistema capitalista. No hasta el extremo, sin duda; no, o raramente,
mediante la guerra civil y el derramamiento de sangre, puesto que la opinión
pública, en gran medida de la clase media, preocupada por la decidida
resistencia de los trabajadores, comprendió que en las demandas de éstos no
estaba comprometido en su esencia el capitalismo mismo, que la ganancia como
tal no corría peligro, que el capitalismo más bien se consolidaría, pues las
reformas apaciguarían a los trabajadores y los harían adherirse más firmemente
al sistema en vigencia.
Sin embargo, si estuviera en
juego la existencia de la clase capitalista misma, como clase gobernante y
explotadora, toda la clase media la respaldaría. Si se amenazara su dominio, su
explotación, no mediante una falsa revolución de apariencias externas, sino
mediante una revolución real de los fundamentos de la sociedad, podemos estar
seguros de que ésta resistiría con todas sus fuerzas. ¿Dónde está entonces el
poder para derrotarla? Los irrefutables argumentos y las buenas intenciones de
los reformadores de noble inspiración, todo ello no es capaz de doblegar, y aun
menos de destruir, su sólida fuerza. Hay sólo un poder en el mundo capaz de
vencer al capitalismo: el poder de la clase trabajadora. A la clase trabajadora
no pueden liberarla otros; sólo puede liberarse por sí misma.
Pero la lucha será larga y
difícil, pues el poder de la clase capitalista es enorme. Esta se ha
atrincherado firmemente en la estructura del Estado y del gobierno y tiene a su
disposición todas las instituciones y recursos de éstos, su autoridad moral así
como sus medios físicos de represión. Dispone de todos los tesoros de la tierra
y puede gastar cantidades ilimitadas de dinero para reclutar, pagar y organizar
defensores, y para atraerse a la opinión pública. Sus ideas y opiniones
penetran toda la sociedad, llenan libros y diarios y dominan la mente incluso
de los trabajadores. Aquí reside la principal debilidad de las masas. Contra
ella la clase trabajadora tiene por cierto su entidad numérica, pues ya
constituye la mayoría de la población en los países capitalistas. Tiene su
importante función económica, su posesión directa de las máquinas, su poder de
hacerlas andar o detenerlas. Pero esto no servirá de nada mientras la mente de
los obreros dependa de las ideas de los dueños y se llenen de ellas, mientras
los trabajadores sean individuos separados, egoístas, estrechos de espíritu y
en competencia recíproca. El número y la importancia económica por sí sola son
como los poderes de un gigante dormido; hay que despertarIos primero y
activarlos mediante la lucha práctica. El conocimiento y la unidad deben
convertirlos en un poder activo. Mediante la lucha por la existencia, contra la
explotación y la miseria, contra el poder de la clase capitalista y del Estado,
mediante la lucha por el dominio sobre los medios de producción, los
trabajadores deben adquirir la conciencia de su posición, la independencia de
pensamiento, el conocimiento de la sociedad, la solidaridad y devoción a su
comunidad, la fuerte unidad de clase que les permitirá derrocar al poder
capitalista.
No podemos prever qué
remolinos de la política mundial los despertará. Pero podemos estar seguros de
que no es cuestión de unos pocos años solamente, de una breve lucha
revolucionaria. Es un proceso histórico que requiere toda una época de
altibajos, de luchas y adormecimiento, pero sin embargo de progreso incesante.
Es una transformación intrínseca de la sociedad, no sólo porque se invierten
las relaciones de poder de las clases, porque cambian las relaciones de
propiedad, porque la producción se reorganiza sobre una nueva base, sino sobre
todo -base decisiva de estas tres cosas-, porque la clase trabajadora misma se
transforma en su carácter más profundo. Los obreros se transforman de súbditos
obedientes en dueños libres y confiados de su propio destino capaces de
construir y manejar su nuevo mundo.
Fue el gran socialista
humanitario Robert Owen quien nos enseñó que para instaurar una verdadera
sociedad socialista debe cambiar el carácter del hombre, y que ese carácter
cambia según el ambiente y la educación. Fue el gran comunista científico Karl
Marx quien, completando la teoría de su predecesor, nos enseñó que la humanidad
misma tiene que cambiar su ambiente y educarse mediante la lucha, la lucha de
clase contra la explotación y la opresión. La teoría del socialismo de Estado
mediante la reforma es una doctrina mecánica y árida en su creencia de que para
una revolución social es suficiente un cambio de las instituciones políticas,
de las condiciones externas de la vida, sin la transformación íntima del
hombre, por la cuaI esclavos sometidos se vuelven luchadores plenos de orgullo
y aliento. El socialismo de Estado fue el programa político de la
socialdemocracia, utópico, porque pretendió instaurar un nuevo sistema de
producción valiéndose del simple recurso de convertir a la gente a las nuevas
opiniones políticas mediante la propaganda. La socialdemocracia no fue capaz de
conducir a la clase trabajadora a una real lucha revolucionaria ni estuvo
dispuesta a ello. Así, se vino abajo cuando el desarrollo contemporáneo del
gran capitalismo transformó al socialismo conquistado mediante las elecciones
en una anticuada ilusión.
Sin embargo, las ideas
socialistas tienen aún su importancia, aunque ahora de un modo distinto. Están
difundidas por toda la sociedad, entre personas de la clase media con
sensibilidad social y también entre las masas trabajadoras. Expresan el anhelo
de up mundo sin explotación, combinado, en el caso de los trabajadores, con la
falta de confianza en su propio poder. Este estado de espíritu no desaparecerá
enseguida luego de los primeros éxitos, porque es entonces cuando los
trabajadores percibirán la inmensidad de su tarea, los poderes aún formidables
del capital, y cómo todas las tradiciones e instituciones del antiguo mundo
están obstaculizando el camino. Cuando estén vacilando de esta manera, el
socialismo señalará lo que parece ser un camino más fácil, no obstaculizado por
tales dificultades insuperables y sacrificios sin término. Justamente entonces,
a consecuencia de su éxito, una cantidad de reformadores con sensibilidad
social se unirán a sus filas como aliados y amigos capaces, que pondrán su voluntad
al servicio de la clase que accede al primer plano y reclamarán, por supuesto,
importantes posiciones para actuar y liderar el movimiento según sus ideas. Si
los trabajadores les dan los cargos, si instalan o apoyan un gobierno
socialista, la poderosa maquinaria existente del Estado estará disponible para
el nuevo propósito y se la podrá utilizar para abolir la explotación
capitalista y establecer por ley la libertad. ¡Cuánto más atractivo es este
modo de acción que la implacable guerra de clases! Sí, por cierto. Con el mismo
resultado que se produjo en los movimientos revolucionarios del siglo XIX,
cuando las masas que derrotaron al viejo régimen en las calles fueron luego
invitadas a marcharse a sus casas, a retornar a su trabajo y confiar en el gobierno provisional de políticos,
que se había designado a sí mismo y estaba preparado para tomar en sus manos la
situación.
La propaganda de la doctrina
socialista tiene tendencia a crear dudas en la mente de los trabajadores, a
provocar o robustecer la desconfianza en sus propias capacidades, y a oscurecer
la conciencia de su tarea y potencialidades. Esa es hoy la función social del
socialismo, y lo será en todo momento de éxito de los trabajadores en las
luchas que se avecinan. Se tratará de seducir a los trabajadores con el suave
brillo de una nueva y benévola servidumbre para alejados de la dura lucha por
la libertad que se vislumbra en el horizonte. Especialmente cuando el
capitalismo reciba un grave golpe, todos los que desconfían de la libertad
irrestricta de las masas y la temen, todos los que desean preservar la
distinción entre señores y siervos, entre clases altas y bajas, se reunirán en
torno de esta bandera. Se fraguarán rápidamente las palabras que servirán de
apropiado santo y seña: orden y
autoridad contra caos, socialismo y organización contra anarquía. En verdad, un sistema
económico en que los trabajadores mismos sean dueños y líderes de su trabajo,
es idéntico para el pensamiento de la clase media a la anarquía y el caos. Por
consiguiente, el único rol que el socialismo puede desempeñar en el futuro será
actuar como impedimento en el camino de la lucha de los trabajadores por
conquistar la libertad.
En síntesis, el plan
socialista de reconstrucción, promovido por reformadores, debe fracasar,
primero porque no tienen medios de producir las fuerzas necesarias para vencer
el poder del capitalismo. Segundo, porque sólo los trabajadores mismos pueden
hacerlo. Exclusivamente mediante su propia lucha lograrán éstos desarrollar la
gran fuerza necesaria para tal tarea. Esta es la lucha que el socialismo trata
de impedir. Y una vez que los trabajadores hayan derrotado al poder capitalista
y conquistado la libertad, ¿por qué deberían abandonar la lucha y someterse a
nuevos dueños?
Hay una teoría para explicar
por qué tienen que hacerlo, más aún, deben hacerlo: la teoría de la desigualdad
real de los hombres. Según esta teoría la naturaleza misma los _hizo
diferentes: una minoría capaz, enérgica y dotada de talento surge de una mayoría
incapaz, torpe y lenta. Pese a todas las teorías y disposiciones que instituyen
la igualdad formal y legal de los hombres, la minoría enérgica y dotada de
talento toma la guía y la mayoría incapaz la sigue y obedece.
No es la primera vez que una
clase dirigente trata de explicar, y así de perpetuar, su dominio como
consecuencia de una diferencia innata entre dos clases de personas, una
destinada por naturaleza a mandar y la otra a ser mandada. La aristocracia
terrateniente de los siglos pasados defendía su posición privilegiada
jactándose de provenir de una raza más noble de conquistadores que había
sometido a la raza inferior de la gente común. Los grandes capitalistas
explican su lugar dominante afirmando que ellos tienen cerebro y las demás
personas no lo tienen. De la misma manera ahora especialmente los
intelectuales, que se consideran los gobernantes por derecho del futuro,
proclaman su superioridad intelectual. Ellos forman la clase en rápido aumento
de funcionarios con formación universitaria y profesionales liberales,
especializados en trabajo mental, en estudio de libros y de ciencias, y se
consideran como los más dotados de intelecto. Por lo tanto, están destinados a
ser líderes de la producción, mientras que la masa no dotada ejecutará el
trabajo manual, para el cual no hace falta cerebro. Ellos no son defensores del
capitalismo; no el capital, sino el intelecto debe dirigir el trabajo. Esto es
tanto más así, puesto que actualmente la sociedad tiene una estructura tan
complicada, basada en ciencia abstracta y difícil, que sólo la agudeza
intelectual máxima es capaz de abarcarla, captarla y manejarla. Si las masas
trabajadoras, por falta de visión, no reconocen esta necesidad de una guía
intelectual superior, y tratan torpemente de tomar en sus manos la actividad
directiva, el caos y la ruina serán la consecuencia inevitable.
Ahora bien, debemos destacar
que el término intelectual no
significa aquí poseedor del intelecto. Intelectual
designa a una clase con funciones especiales en la vida social y económica,
para las cuales se requiere muy particularmente tener formación universitaria.
El intelecto, la buena comprensión, se encuentra en personas de todas clases,
entre los capitalistas y los artesanos, entre los campesinos y los
trabajadores. Lo que tienen los intelectuales
no es una inteligencia superior, sino una especial capacidad para manejar
abstraciones y fórmulas científicas, a menudo meramente de memorizadas y
combinarlas, por lo común con una idea limitada de otros dominios de la vida.
En su autocomplacencia aparece un estrecho intelectualismo ignorante de las
muchas otras cualidades que desempeñan un importante papel en todas las
actividades humanas. Hay en el hombre una rica y variada multitud de
disposiciones, diferentes en su carácter y grado: en unos el poder teórico de
abstracción, en otros la habilidad práctica, una aguda comprensión, rica
fantasía, rapidez de captación, sesuda meditación, paciente perseverancia de
propósitos, arrojada espontaneidad, indomable coraje en la acción y la lucha,
filantropía ética de alcance universal. Todo esto es necesario en la vida social;
a su turno, según las circunstancias, estas cualidades ocupan el lugar
preponderante en las exigencias de la práctica y el trabajo. Sería tonto
distinguir a algunas de ellas como superiores y a otras como inferiores. Su
diferencia implica la predilección y calificación de las personas para los más
variados tipos de actividad. Entre ellas la capacidad para los estudios
abstractos o científicos, degenerada a menudo bajo el capitalismo en una
formación limitada, toma su importante lugar en la atención y dirección de los
procesos técnicos; pero sólo como una entre muchas otras capacidades. Por
cierto, no hay motivo alguno para que estas personas miren desde arriba a las
masas no intelectuales. ¿No habló el historiador Trevalyan, al tratar hechos de
hace alrededor de tres siglos, de la
riqueza de imaginación, la profundidad de emoción, el vigor y la variedad de
intelecto que se podían encontrar entre los pobres ... una vez que despertaban
al uso de su mente?
Por supuesto, algunas
personas están más dotadas que otras de estas cualidades; hombres y mujeres de
talento o genio sobresalen entre sus congéneres. Probablemente sean aún más
numerosos de lo que parecen ahora: bajo el capitalismo, pues éste descuida, explota
y abusa de las cualidades humanas. La humanidal libré empleará el talento de
esos hombres para el mejor uso; y a ellos la conciencia dc promover con sus
mejores fuerzas la causa común les dará una mayor satisfacción que cualquier
privilegio material que pueda obtenerse en un mundo de explotación.
Consideremos la pretensión
de la clase intelectual, el predominio del trabajo espiritual sobre el trabajo
manual. ¿No debe la mente dominar al cuerpo, a las actividades corporales? Sin
duda alguna. La mente humana es el producto más excelso de la naturaleza; sus
capacidades intelectuales elevan al hombre por encima de los animales. La mente
es el capital más valioso del hombre; lo hace señor del universo. Lo que
distingue el trabajo humano de las actividades de los animales es este dominio
mismo de la mente, el pensar exhaustivamente los problemas, el meditar y
planear antes de realizar. Este predominio de la teoría, de los poderes de la
mente sobre el trabajo práctico, se vuelve cada vez más fuerte, a raíz de la
creciente complicación de los procesos productivos y de su dependencia cada vez
mayor respecto de la ciencia.
Esto no significa, sin
embargo, que los trabajadores espirituales deban predominar sobre los
trabajadores manuales. La contradicción entre trabajo espiritual y manual no se
funda en la naturaleza, sino en la sociedad; es una distinción artificial
nacida del sistema de clases. Todo trabajo. aun el más simple, es tanto
espiritual como manual. Para todos los tipos de trabajo, hasta que se vuelvan
automáticos por la repetición, es necesario el pensamiento; esta combinación de
pensamiento y acción constituye el encanto de toda actividad humana. También
bajo la división natural del trabajo, como consecuencia de diferencias de
predilección y capacidad, subsiste este encanto. El capitalismo, sin embargo,
ha viciado estas condiciones naturales. Para aumentar la ganancia exageró la
división del trabajo hasta llegar al extremo de la especialización unilateral.
Hace tres siglos, a comienzos del sistema manufacturero, ya la incesante
repetición de manipulaciones limitadas que eran siempre las mismas transformó
el trabajo en una rutina monótona en la cual, a raíz de la indebida
ejercitación de algunos miembros y facultades a costa de otros, se estropeó el
cuerpo y la mente. De la misma manera, el capitalismo actual, para aumentar la
productividad y la ganancia, ha separado la parte mental y la manual del
trabajo e hizo de cada una de ellas el objeto de una formación especializada, a
costa de las otras capacidades. Transformó los dos aspectos que juntos
constituyen el trabajo natural, en tarea exclusiva de ocupaciones separadas y
clases sociales diferentes. Los obreros manuales, fatigados por largas horas de
trabajo, carentes de estímulo en ambientes sucios, no son capaces de
desarrollar las capacidades de su mente. Los intelectuales, por otra parte, a
raíz de su formación teórica, alejados del trabajo práctico y de la actividad
natural del cuerpo, deben recurrir a sustitutos artificiosos. En ambos grupos
se ha mutilado la plena dotación humana. Una de estas clases, suponiendo que
esta degeneración capitalista es la naturaleza humana permanente, proclama
ahora su superioridad y predominio sobre la otra.
Pero la pretensión de la
clase intelectual, de ejercer el liderazgo espiritual y por ende social, se
apoya además en otra línea de argumentación. Algunos eruditos han señalado que
todo el progreso de la humanidad se debe a unos pocos genios. Fue este limitado
número de descubridores, de inventores, de pensadores, el que construyó la
ciencia, el que mejoró la técnica, el que concibió nuevas ideas y abrió nuevos
caminos por los cuales luego las masas de sus congéneres los siguieron e
imitaron. Toda la civilización está fundada en este pequeño número de cerebros
eminentes. Así, el futuro de la humanidad, el posterior progreso de la cultura,
depende de la crianza y selección de tales personas superiores, y correría
peligro si se realizara un nivelamiento general.
Supongamos que esta
afirmación fuera verdadera. Se podrá replicar, con apropiada ironía, que el
resultado de estos cerebros superiores, este lamentable mundo nuestro, está en
verdad de acuerdo con una base tan estrecha, y no es ningún motivo de orgullo. Si
esos grandes precursores pudieran ver lo que se ha hecho con sus
descubrimientos, no se sentirían muy orgullosos. Si no fuéramos capaces de
hacer algo mejor, deberíamos desesperar de la humanidad.
Pero aquella afirmación no
es cierta. Cualquiera que estudie detenidamente algunos de los grandes
descubrimientos de la ciencia, la técnica o cualquier otra actividad, se
sorprenderá por la gran cantidad de nombres vinculados con él. Sin embargo, en
textos históricos posteriores abreviados y de difusión, fuente de tantas
concepciones erróneas y superficiales, sólo se preservan y exaltan unos pocos
nombres prominentes, como si tuvieran todo el crédito. De modo que estas
personas habrían nacido con cualidades excepcionales de genialidad. En
realidad, todo gran progreso ha procedido de un ambiente social que en cierto
modo estaba preñado de él, donde por todas partes surgían las nuevas ideas, las
sugerencias, las perspectivas penetrantes. Ninguno de los grandes hombres
exaltados por la historia debido a los avances decisivos y sobresalientes que
aportaron, podría haberlo hecho si no fuera por la obra de una gran cantidad de
precursores en cuyos logros se basó. Y además, estos pensadores de gran
talento, elogiados en siglos posteriores cómo autores del progreso del mundo,
no fueron de ninguna manera los líderes espirituales de su tiempo. A menudo los
desconocieron sus contemporáneos, y esos hombres trabajaron silenciosamente en
el retiro: en su mayor parte pertenecían a la clase sometida y a veces incluso
fueron perseguidos por los gobernantes. Sus equivalentes actuales no son esos
ruidosos individuos que proclaman sus derechos al liderazgo intelectual, sino
una vez más trabajadores silenciosos, casi desconocidos, burlados quizás o
perseguidos. Sólo en una sociedad de libres productores, que sean capaces de
apreciar la importancia de los logros espirituales y estén ansiosos de
aplicarlos para el bienestar de todos, el genio creador será reconocido y
estimado en su pleno valor por sus contemporáneos.
¿Por qué ocurre que toda una
vida dedicada al trabajo por esos hombres de genio en el pasado no resultó nada
mejor que el capitalismo actual? Lo que ellos lograron hacer fue establecer los
fundamentos científicos y técnicos de una elevada productividad del trabajo.
Por causas que estaban más allá de ellos, esto se transformó en la fuente de
inmenso poder y riquezas para la minoría gobernante, que logró monopolizar los
frutos de este progreso. Sin embargo, no puede instaurarse una sociedad de
libertad y abundancia para todos valiéndose de la superioridad en algún aspecto
de unos pocos individuos eminentes. Ello no depende del cerebro de unos pocos,
sino del carácter de la mayoría. En la medida en que depende de la ciencia y de
la técnica crear abundancia, éstos son ya suficientes. Lo que falta son las
fuerzas sociales que vinculen a las masas de trabajadores en una sólida unidad
de organización. La base de la nueva sociedad no consiste en qué conocimiento
pueden adoptar y qué técnicas pueden imitar de otros, sino en qué sentimiento
comunitario y qué actividad organizada pueden promover en sí mismos. Este nuevo
carácter no lo pueden infundir otros, no puede proceder de la obediencia a
ningún amo. Sólo puede brotar de la acción independiente, de la lucha por la
libertad, de la rebelión contra los amos. Todo el genio de los individuos
superiores no sirve de nada en este caso.
El gran paso decisivo en el
progreso de la humanidad, la transformación de la sociedad que está ahora en
ciernes, consiste esencialmente en una transformación de las masas
trabajadoras. Sólo se la puede realizar mediante la acción, mediante la
rebelión, por el esfuerzo de las masas mismas. Su naturaleza esencial es la
autoliberación de la humanidad. Desde este punto de vista está claro que ningún
liderazgo de una élite intelectual puede resultar útil en este caso. Cualquier
intento de imponerlo sólo podría ser dañino al retardar, como lo hace, el
necesario progreso, y, por ende, actuar como una fuerza reaccionaria. Las
objeciones provenientes de los intelectuales, basadas en la actual inadecuación
de la clase trabajadora, encontrarán en la práctica su refutación cuando las
condiciones mundiales obliguen a las masas a asumir la lucha por la revolución
mundial.
6. Las dificultades
Las dificultades más
esenciales en la reconstrucción de la sociedad surgen de las diferencias de
perspectiva que acompañan a las diferencias de desarrollo y tamaño de las
empresas.
Desde el punto de vista técnico
y económico la sociedad está dominada por las grandes empresas, por el gran
capital. Sin embargo, los grandes capitalistas mismos sólo son una pequeña
minoría de la clase propietaria. Tienen detrás de ellos, sin duda, a toda la
clase de los rentistas y accionistas. Pero éstos, como meros parásitos, no
pueden prestar un sólido apoyo en la lucha de clases. Así, el gran capital
estaría en una posición embarazosa si no lo respaldara la pequeña burguesía,
toda la clase de los comerciantes más pequeños. En su dominio de la sociedad,
el gran capital extrae ventajas de las ideas y modos de sentir surgidos del
mundo del pequeño comercio, que ocupan la mente tanto de los dueños como de los
trabajadores consagrados a esas actividades. La clase trabajadora tiene que
prestar atenta consideración a estas ideas, puesto que su tarea y su finalidad,
concebidas sobre la base de los desarrollos del gran capitalismo, se conciben y
juzgan en estos círculos según las condiciones que son familiares en el pequeño
comercio.
En los pequeños negocios
capitalistas el patrón es por lo general el dueño, y a veces dueño único; o si
no, los accionistas son unos pocos amigos o parientes. El dueño es su propio
director y habitualmente el mejor experto técnico. En su persona las dos funciones,
de líder técnico y de capitalista lucrativo, no están separadas y casi no se
distinguen. Su ganancia parece proceder no de su capital, sino de su trabajo,
no de la explotación de los trabajadores, sino de las capacidades técnicas del
empleador. Sus operarios, hayan sido tomados en pequeño número, como ayudantes
especializados o como obreros comunes no especializados, se dan perfecta cuenta
de la experiencia y de la capacidad técnica generalmente mayor del patrón. Lo
que en la gran empresa, con su liderazgo técnico ejercido por funcionarios
asalariados, es una medida obvia de la eficiencia práctica -la exclusión de
todos los intereses propietarios-, tomaría en este caso la forma retrógrada de
la eliminación del mejor experto técnico, con lo cual se confiaría el trabajo a
los menos expertos o incompetentes.
Debe resultar claro que no
se trata aquí de una real dificultad que amenaza a la organización técnica de
la industria. Es casi inimaginable que los trabajadores de un pequeño taller
deseen echar al mejor experto, aunque se trate del ex patrón, si éste desea
honestamente cooperar en el trabajo con toda su capacidad en un pie de
igualdad. ¿No es esto contrario a la base y la doctrina del nuevo mundo, la
exclusión del capitalista? La clase trabajadora, cuando reorganiza la sociedad
sobre una nueva base, no está sujeta a aplicar alguna doctrina teórica, sino
que para orientar sus medidas prácticas posee un gran principio rector. El
principio, que es la piedra de toque de la practicabilidad para una mente con
clara visión, proclama que quienes hacen el trabajo deben reglamentarIo, y que
todos los que colaboran prácticamente en la producción disponen de los medios
de producción, excluyéndose todos los intereses de la propiedad o del capital.
Sobre la base de este principio los trabajadores enfrentarán todos los problemas
y dificultades en la organización de la producción y lograrán solucionarlos.
Sin duda las ramas
técnicamente retrasadas de la producción, que practican el pequeño comercio,
ofrecerán dificultades especiales pero no esenciales. El problema de cómo
organizarlas mediante asociaciones que se autogobiernen y cómo vincularlas con
el cuerpo principal de la organización social, deben resolverIo sobre todo los
trabajadores ocupados en estas ramas, aunque puedan recibir la colaboración de
otros sectores. Una vez que el poder político y social esté firmemente en manos
de la clase trabajadora y sus ideas de reconstrucción dominen las mentes,
parece obvio que quienes estén dispuestos a cooperar en la comunidad laboral
serán bienvenidos y encontrarán el lugar y la tarea apropiados para sus
capacidades. Además, como consecuencia del creciente sentimiento comunitario y
del deseo de realizar con eficiencia el trabajo, las unidades de producción no
se mantendrán aisladas como los diminutos talleres de tiempos anteriores.
Las dificultades esenciales
residen en la disposición espiritual, en el modo de pensar producido por las
características del pequeño comercio en todos lo que se ocupan en ese sector,
tanto dueños como artesanos y trabajadores. Ese modo de pensar les impide ver
el problema del gran capitalismo y de la gran empresa y percibir que es el
verdadero y principal problema. Se entiende fácilmente, sin embargo, que las
características del pequeño comercio, que constituyen la base de sus ideas, no
pueden determinar una transformación de la sociedad que tenga su origen y su
fuerza impulsora en el gran capitalismo. Pero está igualmente claro que tal
disparidad de perspectiva general puede constituir una amplia fuente de
discordia y de lucha, de incomprensiones y dificultades. Dificultades en la
lucha, y dificultades en el trabajo constructivo. En las circunstancias que
predominan en el pequeño comercio, las cualidades sociales y morales se
desarrollan de modo distinto que en las grandes empresas; la organización no domina
la mente en el mismo grado. Si bien los trabajadores pueden, ser más tercos y
menos sometidos, también son menores los impulsos de camaradería y solidaridad.
Por consiguiente, la propaganda tiene que desempeñar un papel más importante en
este caso; no en el sentido de imponer una doctrina te6rica, sino en su puro.
sentida de exponer puntos de vista más amplios sobre la sociedad en general, de
modo que las ideas estén determinadas no por la estrecha experiencia de sus
propias condiciones de trabajo, sino por las condiciones más amplias y
esenciales del trabajo capitalista en general.
Esto vale aún más en el caso
de la agricultura, donde es mayor el número e importancia de las pequeñas
empresas. Además, hay una diferencia material, porque en este caso la extensión
limitada de suelo ha dado vida a un parásito más. La absoluta necesidad del
suelo como espacio vital y para la producción de alimentos permite que sus
dueños saquen un tributo de todos los que quieran utilizarlo: lo que en
economía política se llama renta. Así, tenemos aquí desde antiguos tiempos una
propiedad no basada en el trabajo, y protegida por el poder y la ley del
Estado; una propiedad que sólo consiste en certificados, en títulos, que
aseguran pretensiones sobre una parte a menudo grande del trabajo de la
sociedad. El campesino que paga las rentas al terrateniente o el interés al
banco hipotecario, el ciudadano, seaa capitalista o trabajador, que paga en su
alquiler altos precios por terreno estéril, son todos explotados por los
terratenientes. Hace un siglo, en tiempos del pequeño capitalismo, la
diferencia entre las dos formas de renta -la renta ociosa del terrateniente en
contraste con los ingresos del comerciante, el trabajador y el artesano, que
los lograban con duro esfuerzo- se sentía tan fuertemente como un robo
indebido, que se presentaron reiteradamente proyectos para abolir el primer
tipo de renta mediante la nacionalización del suelo. Posterionnente, cuando la
propiedad capitalista tomó cada vez más la misma forma de certificados que
impone una renta sin trabajo, no se habló más de tales reformas. El antagonismo
entre capitalista y terrateniente, entre ganancia y renta, desapareció; la
propiedad de bienes raíces es ahora simplemente una de las múltiples formas de
la propiedad capitalista.
El granjero que trabaja su
propio suelo combina el carácter de tres clases, y sus ingresos se componen
indiscriminadamente de los salarios por su propio trabajo, la ganancia que
recibe al dirigir su granja y explotar a sus peones, y el alquiler de su propiedad.
En las condiciones originales que vive aún en parte como tradición de un pasado
idealizado, el granjero producía casi todos los bienes necesarios para él mismo
y para su familia en su propio suelo o en terreno alquilado. En la época actual
la agricultura tiene que proveer también alimentos para la población
industrial, que en todas partes y cada vez más en los países capitalistas, va
constituyendo gradualmente la mayoría. En recompensa las clases rurales reciben
los productos de la industria, que necesitan para satisfacer necesidades cada
vez mayores. Este no es del todo un asunto de política interna. El grueso de la
necesidad de cereales del mundo lo abastecen grandes empresas, en suelo virgen
de los nuevos continentes, según principios capitalistas, con lo cual agotaron
la intacta fertilidad de esas vastas llanuras y deprimieron, con la competencia
a menor precio, la renta de los bienes raíces europeos, hasta provocar crisis
agrarias. Pero también en las viejas tierras de Europa la producción agraria es
actualmente una producción de bienes para el mercado; los granjeros venden la
parte principal de sus productos y compran lo que necesitan para vivir. De modo
que están sujetos a las vicisitudes de la competición capitalista, unas veces
oprimidos por los bajos precios, hipotecados o arruinados, y otras aprovechando
las condiciones favorables. Puesto que todo aumento de la renta tiende a
petrificarse en precios superiores de la tierra, los precios en ascenso del
producto hacen del ex propietario un rentista, mientras que el próximo
propietario, que comienza con expensas más onerosas, sufre la ruina en caso de
que bajen los precios. Por consiguiente, se ha debilitado en general la
posición de la clase agrícola. En conjunto, su condición y perspectiva respecto
de la sociedad contemporánea es similar en cierto modo a la de los pequeños
capitalistas o comerciantes independientes de la industria.
Hay diferencias, sin
embargo, debido a que la extensión del suelo es limitada. Mientras que en la
industria o el comercio cualquiera que tenga un pequeño capital puede
aventurarse a comenzar una actividad y luchar contra sus competidores, el
granjero no puede entrar a competir cuando otros ocupan la tierra que él
necesita. Para poder producir debe tener primero el terreno necesario. En la
sociedad capitalista la libre disposición del suelo es posible en forma de
propiedad; si uno no es terrateniente sólo puede trabajar y aplicar su
conocimiento y capacidad permitiendo que lo explote el poseedor del suelo. De
modo que propiedad y trabajo están íntimamente vinculados en su mente; esto
constituye la raíz del fanatismo propietario de los granjeros, tan a menudo
criticado. La propiedad les permite ganarse la vida durante todo el tiempo
mediante un pesado trabajo. Con el sistema de arriendo o de venta de su
propiedad, y por lo tanto viviendo de la renta de propietario ocioso, la
propiedad les permite también gozar en su ancianidad del sustento a que todo
trabajador debería tener derecho después de una vida de esfuerzo. La continua
lucha contra las versátiles fuerzas de la naturaleza y el clima, con técnicas
que sólo están comenzando a ser dirigidas por la ciencia moderna, y por ende
dependen en gran medida de métodos tradicionales y capacidad personal, se
agrava por la presión creada por las condiciones capitalistas. Esta lucha ha
producido un fuerte y obstinado individualismo que hace que los granjeros
constituyan una clase especial con una mentalidad y una perspectiva peculiar,
extraña a las ideas y propósitos de la clase trabajadora.
Además, el desarrollo
contemporáneo ha producido también en este sector un considerable cambio. El
poder tiránico de los grandes intereses capitalistas, de los bancos
hipotecarios y de los magnates ferrocarrileros de los cuales dependen los
granjeros para obtener crédito y transporte, los expoliaron y arruinaron, y a
veces los llevaron hasta el borde de la rebelión. Por otra parte, la necesidad
de asegurar algunas de las ventajas de la gran empresa para el comercio en
pequeña escala contribuyó mucho a imponer la cooperación, tanto para la compra
de fertilizantes y materiales como para procurar las sustancias alimenticias
necesarias para la acumulada población urbana. En este sector, la demanda de un
producto uniforme y estandarizado, por ejemplo, en la producción lechera, exige
rígidas prescripciones y controles, a los cuales tienen que someterse las
distintas granjas. De modo que los granjeros aprenden así un poco de
sentimiento comunitario, y su áspero individualismo tiene que hacer muchas
concesiones. Pero esta inclusión de su trabajo en una totalidad social supone
la forma capitalista de sometimiento a un poder dominante extraño, y estimula
así los sentimientos de independencia de este sector.
Todas estas condiciones
determinan la actitud de la clase rural respecto de la reorganización de la
sociedad por parte de los trabajadores. Los granjeros, aunque como directores
independientes de sus propias empresas son comparables a los capitalistas industriales,
toman habitualmente ellos mismos parte en el trabajo productivo, que depende,
en gran medida, de su capacidad y conocimiento profesional. Aunque embolsan la
renta como terratenientes, su existencia está ligada a su esforzada actividad
productiva. Su (dirección y control) del suelo en su carácter de productores,
de trabajadores, en común con los campesinos, está totalmente de acuerdo con
los principios del nuevo orden. Su (control) sobre el suelo en su carácter de
terratenientes es enteramente contrario a estos principios. Ellos nunca
aprendieron, sin embargo, a distinguir entre estos aspectos totalmente
diferentes de su posición. Además, la disposición del suelo como productores,
de acuerdo con el nuevo principio, es una función social, un mandato de la
sociedad, un servicio destinado a proveer a sus congéneres de sustancias
alimenticias y materias primas, mientras la vieja tradición y el egoísmo
capitalista tienden a considerarla como un derecho personal exclusivo.
Tales diferencias de
perspectiva pueden originar muchas disensiones y dificultades entre las clases
productoras de la industria y la agricultura. Los trabajadores deben adherirse
con absoluta estrictez al principio de la exclusión de todos los intereses explotadores
de la propiedad; sólo admiten intereses basados en el trabajo productivo.
Además, para los trabajadores industriales, que constituyen la mayoría de la
población, el hecho de ser privados de la producción agraria significa
consunción, que ellos no pueden tolerar. Para los países muy industrializados
de Europa el tráfico transoceánico, el intercambio con otros continentes
productores de alimentos, desempeña por cierto un importante papel. Pero no
cabe duda de que debe establecerse, de alguna manera, una organización común de
la producción industrial y agrícola en cada país.
La cuestión consiste en que
entre los trabajadores industriales y los granjeros, entre la ciudad y el
campo, hay considerables diferencias de perspectiva e ideas, pero no
diferencias reales o conflictos de interés. Por ende, habrá muchas dificultades
e incomprensiones, fuentes de disenso y lucha, pero no se producirán guerras
cruentas como entre la clase trabajadora y el capital. Aunque hasta ahora la
mayoría de los granjeros, llevados por consignas políticas tradicionales y
puntos de vista sociales estrechos, como defensores de los intereses
propietarios han estado del lado del capital contra los trabajadores -y esto
puede ser aún así en el futuro-, la lógica de sus propios intereses reales debe
ubicados finalmente contra el capital. Sin embargo, esto no es suficiente. Como
pequeños comerciantes pueden estar satisfechos de liberarse de la presión y
explotación mediante una victoria de los trabajadores con o sin su ayuda. Pero
entonces, de acuerdo con sus ideas, habrá una revolución que los hará poseedores
absolutos, privados y libres del suelo, similar a las anteriores revoluciones
de la clase media. Contra esta tendencia los trabajadores deben oponer en su
intensa propaganda los nuevos principios: la producción como función social, la
comunidad de todos los productores dueña de su trabajo, y también su firme
voluntad de establecer esta comunidad de producción industrial y agrícola.
Mientras los productores rurales serán sus propios dueños en lo que respecta a
la regulación y dirección de su trabajo bajo su propia responsabilidad, la
intervinculación que tendrán con la parte industrial de la producción será una
causa común de todos los trabajadores y de sus consejos centrales. Su continuo
y mutuo intercambio proporcionará a la agricultura todos los medios técnicos y
científicos y los métodos de organización disponibles para acrecentar la
eficiencia y productividad del trabajo.
Los problemas con que se
enfrenta la organización de la producción agrícola son en parte de la misma
clase que los de la industria. En las grandes empresas, tales como las extensas
plantaciones de maíz, trigo y otros granos de producción masiva con ayuda de
elementos motorizados, la regulación del trabajo la hará la comunidad de
trabajadores y sus consejos. Cuando se requiera un cuidadoso tratamiento de
detalle de pequeñas unidades de producción, la cooperación desempeñará un
importante papel. El número y diversidad de las granjas en pequeña escala
ofrecerá el mismo tipo de problemas que la industria en pequeña escala, y su
manejo será tarea de asociaciones que se autogobiemen. Tales comunidades
locales de granjas similares y sin embargo individualmente distintas, serán
probablemente necesarias para facilitar el manejo social en conjunto
aliviándolo de la tarea de tratar y llevar el control de cada unidad por
separado. Ninguna de estas formas de organización puede imaginarse de antemano;
se las ideará y construirá por la acción de los productores, cuando éstos se
enfrenten en la práctica con las necesidades.
7. La organización de consejos
El sistema social que aquí
consideramos podría denominarse como una
forma de comunismo, salvo que ese nombre, por la propaganda del Partido Comunista a nivel mundial, se
utiliza para designar un sistema de socialismo de Estado bajo la dictadura
partidaria. Pero, ¿qué es un nombre? Siempre se abusa de los nombres para
engañar a las masas, pues los sonidos familiares les impiden utilizar
críticamente su cerebro y reconocer claramente la realidad. Más conveniente,
por lo tanto, que buscar el nombre correcto, será examinar más de cerca las
características principales del sistema constituido por la organización de
consejos.
Los consejos obreros son la
forma de autogobierno que en tiempos futuros reemplazará a las formas de
gobierno del viejo mundo. Por supuesto, no para todo el futuro; ninguna forma
de éstas se crea para la eternidad. Cuando la vida y el trabajo en la comunidad
sean un hábito natural, cuando la humanidad controle enteramente su propia
vida, la necesidad cederá el paso a la libertad y las reglas estrictas de la
justicia establecidas con anterioridad se disolverán en formas de conducta
espontánea. Los Consejos Obreros son la forma de organización durante el
período de transición en el cual la clase trabajadora está luchando por el
predominio, está destruyendo al capitalismo y organizando la producdón social.
Para conocer su verdadero carácter será conveniente comparados con las formas
existentes de organización y gobierno, tal como están fijadas por la costumbre
y resultan evidentes por sí mismas en la mente del pueblo.
Las comunidades que son
demasiado grandes como para reunirse en una sola asamblea regulan siempre sus
asuntos mediante representantes, delegados. Así, los burgueses de las ciudades
medievales libres se gobernaban por consejos de ciudad, y la clase media de
todos los países modernos, siguiendo el ejemplo de Inglaterra, tiene sus
parlamentos. Cuando hablamos de administración de los asuntos por delegados
elegidos pensamos siempre en parlamentos; por ende, tenemos que comparar
especialmente con un parlamento a los consejos obreros para discernir los
rasgos predominantes de éstos. Es razonable pensar que con las amplias
diferencias existentes entre las clases y los propósitos que éstas persiguen,
también sus cuerpos representativos deban ser esencialmente distintos.
La siguiente diferencia
salta en seguida a la vista: los consejos obreros se ocupan del trabajo, tienen
que regular la producción, mientras que los parlamentos son cuerpos políticos
que examinan y deciden las leyes y los asuntos estatales. Sin embargo, la
política y la economía no ocupan campos totalmente desvinculados entre sí. Bajo
el capitalismo, el Estado y el parlamento tomaron las medidas y aprobaron las
leyes necesarias para el curso sin tropiezos de la producción; entre ellas
estaban las imprescindibles para asegurar el tráfico y los tratos comerciales,
para proteger el comercio y la industria, los negocios y los viajes en el
interior y el exterior de los países, para la administración de justicia, la
acuñación de monedas y la adopción de pesas y medidas uniformes. Y también su
trabajo político, que a primera vista no se vincula con la actividad económica,
se ocupó de las condiciones generales de la sociedad, de las relaciones entre
las diferentes clases, que constituyen el fundamento del sistema de producción.
Así, la política, la actividad de los parlamentos, puede considerarse en un
sentido más amplio como auxiliar de la producción.
¿Cuál es entonces bajo el
capitalismo la distinción existente entre política y economía? Se comparan
entre sí como la reglamentación general se compara con la práctica real. La
tarea de la política es establecer las condiciones sociales y legales en que el
trabajo productivo puede realizarse sin obstáculos; el trabajo productivo mismo
es la tarea de los ciudadanos. Así, hay una división del trabajo. Las
reglamentaciones generales, aunque constituyen fundamentos necesarios, forman
sólo una parte menor de la actividad social, accesoria del trabajo propiamente
dicho, y se las puede confiar a una minoría de políticos gobernantes. El
trabajo productivo mismo, base y contenido de la vida social, consiste en las
actividades separadas de numerosos productores y llena totalmente la vida de
éstos. La parte esencial de la actividad social es la tarea personal. Si todo
el mundo se ocupa de su propia actividad y realiza bien su tarea, la sociedad
en su conjunto marchará bien. Cada tanto, a intervalos regulares, en días de
elección parlamentaria, los ciudadanos tienen que prestar atención a las
reglamentaciones generales. Sólo en tiempos de crisis social, de decisiones
fundamentales y graves litigios, de guerra civil y revolución, la masa de los
ciudadanos tiene que dedicar todo su tiempo y sus fuerzas a estas
reglamentaciones generales. Una vez decididos los aspectos fundamentales, los
ciudadanos podrían volver a su ocupación privada y dejar confiados una vez más
estos asuntos generales a la minoría, a los jurisconsultos y los políticos, al
parlamento y al gobierno.
Totalmente distinta es la
organización de la producción común mediante los consejos obreros. La
producción social no se divide en una cantidad de empresas separadas, cada una
de las cuales constituye la tarea vital restringida de una persona o grupo; forma,
en cambio, una totalidad intervinculada, un objeto de cuidado para todos los
trabajadores, que ocupa sus mentes como tarea común de todos ellos. La
reglamentación general no es una cuestión accesoria que queda a cargo de un
pequeño grupo de especialistas; es la cuestión principal, que requiere la
atención de todos en conjunto. No hay ninguna separación entre la política y la
economía como actividades cotidianas de un cuerpo de especialistas y del grueso
de los productores. Para la comunidad única de productores la política y la
economía se han fundido en la unidad de reglamentación general y trabajo
productivo práctico. Su carácter unitario es el objeto esencial para todos.
Este carácter se refleja en
la práctica de todos los procedimientos. Los consejos no son políticos, no son
gobierno. Son mensajeros, que transmiten e intercambian las opiniones, las
intenciones, la voluntad de los grupos de trabajadores. No, en verdad, como los
mensajeros indiferentes que llevan apáticos las cartas o mensajes de las que
ellos mismos no saben nada. Los mensajeros de los obreros han tomado parte en
las discusiones, se destacaron como los fogosos portavoces que representaban
las opiniones predominantes. Así luego, como delegados del grupo, serán no sólo
capaces de defenderlos en la reunión del consejo, sino, al mismo tiempo,
tendrán la suficiente imparcialidad como para ser accesibles a los demás
argumentos y para informar a su grupo acerca de las opiniones que recibieron
mayor adhesión. Por lo tanto, ellos serán los órganos del intercambio y la
discusión social.
La práctica de los
parlamentos es exactamente la contraria. En este caso los delegados tienen que
decidir sin pedir instrucciones a sus votantes, sin tener ningún mandato
coactivo. Aunque el miembro del parlamento, para mantener su fidelidad, puede
dignarse hablarle y exponerles su línea de conducta, lo hace como dueño de sus
propias acciones. Vota como el honor y la conciencia se lo dictan, de acuerdo
con sus propias opiniones, por supuesto, ya que él es el experto en política,
el especialista en cuestiones legislativas, y no puede dejar que lo dirijan
mediante instrucciones provenientes de personas ignorantes. Su tarea es la
producción, los negocios privados, su tarea es la política, las
reglamentaciones generales. Tiene que guiarse por elevados principios políticos
y no debe dejarse influir por el estrecho egoísmo de sus intereses privados. De
esta manera se hizo posible que en el capitalismo democrático los políticos,
elegidos por una mayoría de trabajadores, puedan servir a los intereses de la
clase capitalista.
En el movimiento laboral
también lograron hacer pie los principios del parlamentarismo. En las
organizaciones masivas de los sindicatos, o en organizaciones políticas
gigantescas tales como el Partido Socialdemócrata alemán, los funcionarios de
las juntas directivas, como una especie de gobierno, tomaron poder sobre los
miembros, y sus congresos anuales asumieron el carácter de parlamentos. Los
líderes los llamaban orgullosamente así, parlamentos
de trabajo, para acentuar su importancia; y los observadores críticos
señalaron la lucha de facciones, la demagogia de los líderes y la intriga por
detrás del escenario. como indicios de la misma degeneración que se observaba
en los parlamentos reales. En verdad, eran parlamentos en su carácter
fundamental. No en el comienzo, cuando los sindicatos eran pequeños, y miembros
esforzados hacían todo el trabajo por sí mismos, en la mayoría de los casos
gratuitamente. Pero con el aumento del número de miembros se produjo la misma
división del trabajo que en la sociedad más amplia. Las masas trabajadoras
tuvieron que prestar toda su atención a sus intereses personales separados, a
la manera de conseguir y conservar su trabajo, que eran los principales
contenidos de su vida y de su mente. Sólo de una manera muy general tuvieron
además que decidir mediante el voto acerca de su clase común y sus intereses de
grupo. La práctica de detalle quedó a cargo de los expertos, los funcionarios
sindicales y líderes partidarios, que sabían cómo tratar con los patrones
capitalistas y las secretarías de Estado. Y sólo una minoría de líderes locales
estaba suficientemente familiarizada con estos intereses generales como para
poder asistir con carácter de delegados a los congresos, donde pese a los
mandatos a menudo categ6ricos, tenían en la realidad que votar según su propio
juicio.
En la organización de
consejos desaparece el predominio de los delegados sobre su electorado, porque
también desaparece la base de ese predominio, que es la división de las tareas.
La organización social del trabajo obliga a cada trabajador a prestar toda su
atención a la causa común, a la totalidad de la producción. La producción de
los bienes necesarios para la vida como base de ésta ocupa totalmente, como
antes, la mente de los trabajadores. Pero ello no ocurre en la forma de
preocupación por la propia empresa, el propio trabajo, la competencia con los
demás. La vida y la producción sólo pueden asegurarse mediante la colaboración,
el trabajo colectivo con los compañeros. Por consiguiente, este trabajo
colectivo es lo predominante en el pensamiento de cada uno. La conciencia
comunitaria es el fondo, la base de todo sentimiento y pensamiento.
Esto implica una revolución
total en la vida espiritual del hombre. El hombre aprende a ver la sociedad, a
conocer la comunidad. En épocas anteriores, bajo el capitalismo, su visión se
concentraba en la pequeña parte relacionada con su negocio, su trabajo, él
mismo y su familia. Esto era imperativo para su vida, para su existencia. La
sociedad se asomaba por detrás de su pequeño mundo visible como un fondo oscuro
y desconocido. El hombre experimentaba, sin duda, las poderosas fuerzas de
ésta, que determinaban el éxito o el fracaso como resultado de su trabajo; pero
guiado por la religión, las veía como la acción de Potencias Supremas
sobrenaturales. Ahora, por el contrario, la sociedad está a plena luz,
transparente y cognoscible, la estructura del proceso social del trabajo está
expuesta ante los ojos de los hombres, la vista de éstos se dirige a la
totalidad de la producción. Esto es imperativo para su vida, para su
existencia. La producción social es objeto de reglamentación consciente. La
sociedad es una cosa manejada, manipulada por el hombre, y por lo tanto
comprendida en su carácter esencial. Así, el mundo de los consejos obreros
transforma la mente.
Para el parlamentarismo,
para el sistema político del negocio separado, el pueblo era una multitud de
personas separadas, a lo sumo, en la teoría democrática, cada una supuestamente
dotada de los mismos derechos naturales. Para elegir sus delegados se agrupaban
de acuerdo con su residencia. En tiempos del pequeño capitalismo podía
suponerse que los vecinos que habitaban en la misma ciudad o aldea tenían una
cierta comunidad de intereses. En el capitalismo posterior este supuesto se
transformó cada vez más en una ficción sin sentido. Los artesanos, los dueños
de negocios, los capitalistas, los trabajadores que viven en el mismo barrio de
una ciudad, tienen intereses distintos y opuestos, dan habitualmente su voto a
diferentes partidos, y se imponen mayorías que se forman por azar. Aunque la
teoría parlamentaria considera al hombre elegido como representante del
electorado, es evidente que todos estos votantes no constituyen juntos un grupo
que lo envía como delegado a representar sus deseos.
La organización de los
consejos, en este respecto, es totalmente lo opuesto del parlamentarismo. En
este caso los grupos naturales, los obreros que colaboran entre sí, el personal
de las fábricas, actúan como unidades y designan a sus delegados. Puesto que
tienen intereses comunes y participan en la praxis de la vida diaria, pueden
enviar a algunos de ellos como representantes y portavoces reales. La
democracia completa se realiza en este caso mediante los iguales derechos de
cada uno de los que participan en el trabajo. Por supuesto, quien se excluye
del trabajo no tiene voz en su reglamentación. No puede considerarse como una
falta de democracia el hecho de que en este mundo de autogobiemo de los grupos
que colaboran, todos los que no tengan ningún interés en el trabajo -el
capitalismo dejará gran cantidad de ellos: explotadores, parásitos, rentistas-,
no tomen parte en las decisiones.
Hace setenta años Marx
señaló que entre el dominio del capitalismo y la organización final de una
humanidad libre habría un tiempo de transición en el cual la clase trabajadora
sería dueña de la sociedad, pero la burguesía no habría desaparecido aún. Marx
llamaba a este estado de cosas dictadura
del proletariado. En esa época esta palabra no tenía aún el sonido
ominoso de los actuales sistemas despóticos, ni se la podía uqlizar
equívocamente para designar la dictadura de un partido gobernante, como ocurrió
después en Rusia. Significaba simplemente que el poder dominante sobre la
sociedad se transfería de los capitalistas a la clase trabajadora. Con
posterioridad el pueblo, enteramente confinado dentro de las ideas del
parlamentarismo, trataría de materializar esta concepción suprimiendo el
derecho de las clases propietarias a integrar los cuerpos políticos. Es
evidente que al violar, como lo hizo, el sentimiento instintivo de la igualdad
de derechos, entraba en contradicción con la democracia. Vemos ahora que la
organización de consejos pone en práctica lo que Marx anticipó teóricamente,
salvo que en esa época no podía aún imaginarse la forma práctica. Cuando los
productores mismos reglamentan la producción, la ex clase explotadora queda
automáticamente excluida de tomar parte en las decisiones, sin necesidad de que
esto se estipule artificialmente. La concepción de Marx de la dictadura del
proletariado resulta ahora idéntica a la democracia laboral de la organización
de consejos.
Esta democracia laboral es
totalmente distinta de la democracia política del anterior sistema social. La
así llamada democracia política
bajo el capitalismo era una parodia, un sistema artificioso concebido para
enmascarar el real dominio del pueblo por una minoría gobernante. La
organización de consejos es una democracia real, la democracia del trabajo, que
hace que quienes trabajan sean dueños de su trabajo. Bajo la organización de
consejos desaparece la democracia política, porque la política misma desaparece
y deja su lugar a la economía social. La actividad de los consejos, puesta en
acción por los trabajadores como órganos de colaboración, guiada por el
permanente estudio y la tensa atención a las circunstancias y necesidades,
abarca todo el campo de la sociedad. Todas las medidas se toman en medio de
constante intercambio, por la deliberación en los consejos y la discusión en
los grupos y los talleres, por acciones en los talleres y decisiones en los
consejos. Lo que se hace en tales condiciones nunca podría ser producto de
órdenes venidas de arriba y proclamadas por la voluntad de un gobierno. Procede
de la voluntad común de todas las personas interesadas, puesto que se funda en
la experiencia laboral y el conocimiento de todos, e influye profundamente en
la vida de todos. Las medidas sólo pueden ejecutarse de manera tal que las
masas las pongan en práctica como su propia resolución y voluntad; la coerción
externa no puede imponerlas, simplemente porque le falta esa fuerza. Los
consejos no son un gobierno; ni siquiera los consejos más centrales tienen un
carácter gubernamental. En efecto, no disponen de ningún medio para imponer su
voluntad sobre las masas; no tienen órgano alguno de poder. Todo el poder
social está en manos de los trabajadores mismos. Cuando se requiera el uso del
poder contra perturbaciones o ataques que afecten al orden existente, éste
procederá de las colectividades de trabajadores de las fábricas y se mantendrá
bajo su control.
Los gobiernos eran
necesarios, durante todo el período de la civilización hasta la actualidad,
como instrumentos de la clase dominante para mantener oprimidas a las masas
explotadas. Esos gobiernos se arrogaban también funciones administrativas en
medida creciente, pero su carácter principal, como estructuras de poder, estaba
determinado por la necesidad de mantener la dominación de clase. Una vez
desvanecida esa necesidad, también desaparecerá el instrumento. Lo que
subsistirá es administración, uno de los muchos tipos de trabajo, la tarea de
clases especiales de trabajadores; lo que vendrá en su lugar, el espíritu vital
de la organización, es la constante deliberación de los trabajadores en el
pensamiento común que sirve a su causa común. Lo que impone el cumplimiento de
las decisiones de los consejos es la autoridad moral de éstos. Pero la
autoridad moral en tal sociedad tendrá un poder más imperativo que cualquier
orden o medida. coercitiva por parte de un gobierno.
Cuando en la época
precedente de los gobiernos sobre el pueblo había que conceder poder político
al pueblo y a sus parlamentos, se hacía una separación entre la parte
legislativa y ejecutiva del gobierno, completada a veces con la judicial como
tercer poder independiente. La confección de las leyes era tarea de los
parlamentos, pero la aplicación, la ejecución, el gobierno diario quedaba
reservado a un pequeño grupo privilegiado de gobernantes. En la comunidad
laboral de la nueva sociedad desaparecerá esta distinción. La decisión y la
realización estarán íntimamente vinculadas. Quienes tienen que hacer el trabajo
deben décidir, y lo que ellos deciden en común ellos mismos tienen que
ejecutarlo en común. En el caso de grandes masas, los consejos serán sus órganos
de decisión. Cuando la tarea ejecutiva se confiaba a cuerpos centrales, éstos
debían tener el poder de mando, debían ser los gobiernos. Como la tarea
ejecutiva corresponderá a las masas mismas, este carácter estará ausente en los
consejos. Además, de acuerdo con los variados problemas y objetos de
reglamentación y decisión, se delegarán y reunirán diferentes personas en
diferentes combinaciones. En el campo de la producción misma, todas las plantas
tienen no sólo que organizar cuidadosamente su propio rango extensivo de
actividades, sino también que vinculado horizontalmente con empresas similares
y verticalmente con quienes los proveen de materiales o utilizan sus productos.
En la dependencia e intervinculación mutua de las empresas, en su conjunción con
las ramas de la producción, los consejos de discusión y decisión abarcarán
dominios cada vez más amplios, hasta llegar a la organización central que
agrupa a toda la producción. En cambio, la organización del consumo, la
distribución de todos los artículos necesarios para el consumidor, requerirá
sus propios consejos de delegados de todas las personas interesadas, y tendrá
un carácter más local o regional.
Aparte de esta organización
de la vida material de la humanidad hay un amplio sector de actividades
culturales, y de otras no directamente productivas, que son de primera
necesidad para la sociedad, tales como la educación de los niños o el cuidado
de la salud de todos. En este dominio vale el mismo principio, el principio de
la autorreglamentación de estos campos de trabajo por quienes trabajan en
ellos. Parece totalmente natural que en el cuidado de la salud universal, así
como en la organización de la educación, todos los que toman parte activamente,
en un caso los médicos y en otro los maestros, reglamenten y organicen mediante
sus asociaciones todos los servicios que prestan. Bajo el capitalismo, cuando
éstos tenían que hacer profesión y vivir de la enfermedad humana o de instruir
a los niños, su vinculación con la sociedad en general tomaba la forma de
negocio competitivo o de reglamentación y órdenes por parte del gobierno. En la
nueva sociedad, como consecuencia de la vinculación mucho más íntima existente
entre salud y trabajo, y entre educación y trabajo, quienes se ocupen de esas
tareas tendrán que reglamentarIas en estrecho contacto y permanente
colaboración de sus órganos de intercambio, o sea de sus consejos, con otros
consejos obreros.
Debe señalarse aquí que la
vida cultural, el dominio de las artes y las ciencias, por su naturaleza misma
está tan íntimamente vinculado ban la inclinación y el esfuerzo individual, que
sólo la libre iniciativa de las personas no abrumadas por el peso del trabajo
incesante puede asegurar su florecimiento. Esta verdad no queda refutada por el
hecho de que durante los siglos pasados de la sociedad clasista los príncipes y
los gobiernos protegieran y dirigieran las artes y las ciencias, proponiéndose
por supuesto utilizarlas como utensilios para su gloria y para la preservación
de su dominio. Hablando en general, hay una disparidad fundamental tanto en lo
que respecta a las actividades culturales como a todas las otras no productivas
y productivas, entre la organización impuesta desde arriba por un cuerpo
gobernante y la organización lograda mediante la libre colaboración de colegas
y camaradas. La organización centralmente dirigida consiste en una
reglamentación lo más uniforme posible sobre todo el dominio; de otro modo no
podría supervisárselo y dirigirlo desde un centro. En el caso de la
autorreglamentación realizada por todos los interesados, la iniciativa de
numerosos expertos, todos los cuales escudriñan cuidadosamente su propio
trabajo y lo perfeccionan emulándose, imitándose y consultándose entre sí en
constante intercambio, debe dar por resultado una rica diversidad de modos y
medios. Cuando la vida espiritual depende de las órdenes centrales de un
gobierno, debe caer en una obtusa monotonía; cuando la inspira la libre
espontaneidad del impulso humano masivo, debe desplegarse en brillante
variedad. El principio de los consejos proporciona la posibilidad de descubrir
las formas apropiadas de organización.
Por consiguiente, la
organización de consejos teje una matizada red de cuerpos que colaboran a
través de la sociedad regulando su vida y progreso de acuerdo con su propia y
libre iniciativa; y todo lo que se discute y decide en los consejos adquiere su
poder real por la comprensión, la voluntad, la acción de la humanidad
trabajadora misma.
8. El desarrollo
Cuando la clase trabajadora
obtenga su victoria en la difícil lucha contra el capital, en la cual surgieron
y se desarrollaron los consejos obreros, deberá tomar a su cargo la tarea que
le es propia, es decir, la organización de la producción.
Sabemos, por supuesto, que
la victoria no consistirá en un acontecimiento único que ponga fin a la lucha e
introduzca a renglón seguido un período de reconstrucción. Sabemos que la lucha
social y la construcción económica no andarán separadas, sino que se asociarán
como una serie de sucesos en la lucha y de comienzos de la nueva organización,
interrumpidos quizá por períodos de estancamiento o reacción social. Los
consejos obreros, desarrollados como órganos de lucha, serán al mismo tiempo
los órganos de la reconstrucción. Sin embargo, para lograr una clara
comprensión distinguiremos estas dos tareas como si fueran cosas separadas que
vienen una después de otra. Para percibir el verdadero carácter de la
transformación de la sociedad, debemos tratarlo, de una manera esquemática,
como un proceso uniforme y continuo que comienza el día después de la victoria.
Tan pronto como los
trabajadores sean dueños de las fábricas, dueños de la sociedad, pondrán las
máquinas a trabajar. Ellos saben que esto no puede esperar; vivir es la primera
necesidad, y su propia vida, la vida de la sociedad, depende de su trabajo. A
partir del caos producido por el desmoronamiento del capitalismo, los consejos
deben crear el primer orden laboral, innumerables dificultades se interpondran
en su camino: tendrán que vencer resistencias de toda clase, nacidas de la
hostilidad, la incomprensión, la ignorancia. Pero habrán cobrado vida nuevas e
insospechadas fuerzas, las fuerzas del entusiasmo, de la devoción, de la
comprensión. Hay que batir a la hostilidad mediante una acción resuelta, a la
incomprensión mediante la persuasión paciente, y a la ignorancia mediante una
incesante propaganda y enseñanza. Haciendo que la vinculación entre las
fábricas sea cada vez más estrecha, incluyendo dominios cada vez más amplios de
la producción, haciendo evaluaciones y estimaciones cada vez más precisas en
los planeamientos, la reglamentación de los procesos de producción progresará
en forma continua. De esta manera, paso a paso, la economía social irá
creciendo hasta constituir una organización conscientemente dominada, capaz de
asegurar los bienes de la vida para todos los hombres.
Con la realización de este
programa no termina la tarea de los consejos obreros. Por el contrario, esto
constituye sólo la introducción a su verdadero trabajo, más amplio e
importante. Comenzará en seguida un período de rápido desarrollo. Tan pronto
como los trabajadores perciban que son dueños de su trabajo, libres para
desenvolver sus propias fuerzas, su primer impulso será la decidida voluntad de
eliminar toda la miseria y la perversidad, terminar con la escasez y los
abusos, destruir toda pobreza y barbarie que como herencia del capitalismo
constituyen la desgracia de la tierra. Hay que compensar un enorme retroceso;
lo que las masas obtuvieron estuvo muy por debajo de lo que podían y debían
obtener en las condiciones existentes. Al presentarse la posibilidad de
satisfacer sus necesidades, éstas aumentarán a niveles más elevados; la altura
de la cultura de un pueblo se mide por la extensión y calidad de sus exigencias
vitales. Utilizando simplemente los medios y métodos de trabajo disponibles, la
cantidad y calidad de las casas, del alimento y de la vestimenta para todos
pueden elevarse a un nivel correspondiente a la productividad existente del
trabajo. Toda la fuerza productiva que en la anterior sociedad se desperdiciaba
o utilizaba para el lujo de los gobernantes, podrá emplearse para satisfacer
las mayores necesidades de las masas. Así, como primera innovación de la
sociedad, surgirá una prosperidad general.
Pero también el retraso en
los métodos de producción recibirá desde el comienzo la atención de los
trabajadores. Estos se rehusarán a ser atormentados y fatigados con
herramientas primitivas y métodos anticuados de trabajo. Si los métodos
técnicos y las máquinas mejoran mediante la aplicación sistemática de todos los
inventos conocidos de los técnicos y de los descubrimientos de la ciencia,
podrá aumentar considerablemente la productividad del trabajo. Esta técnica
será accesible para todos; la inclusión en el trabajo productivo de las muchas
personas que anteriormente tenían que desperdiciar sus fuerzas en las
triquiñuelas del pequeño comercio, porque el capitalismo no tenía medios de
utilizarlas, o en el servicio personal de la clase propietaria, ayudará a
disminuir las horas necesarias de trabajo para todos. Así, esta será una época
de suprema actividad creativa. Esto tiene que partir de la iniciativa de los
productores expertos de las empresas, pero sólo tendrá lugar mediante la
continua deliberación, la colaboración, la inspiración y emulación mutuas. Por
consiguiente, los órganos de colaboración, los consejos, tienen que actuar en
forma (incesante). En esta nueva construcción y organización de un aparato
productivo cada vez más excelente, los consejos obreros, como vías nerviosas
vinculadoras de la sociedad, llegarán a adquirir la plenitud de sus facultades.
Mientras la abundancia de bienes necesarios para la vida, la prosperidad
universal, representa el aspecto pasivo de la nueva vida, la innovación del trabajo
mismo como su aspecto activo hace de la vida una delicia de espléndida
experiencia creadora.
Cambiará todo el aspecto de
la vida social, también en su apariencia exterior, en el ambiente y los
utensilios, que mostrarán en su creciente armonía y belleza la nobleza del
trabajo que los ha configurado. Lo que dijo William Morris al hablar de las técnicas
de otros tiempos con sus simples herramientas: que la belleza de sus productos
se debía a que el trabajo era motivo de goce para el hombre -por consiguiente,
se extinguió en los aspectos repulsivos del capitalismo- se afirmará de nuevo,
pero en el nivel más alto del dominio sobre las técnicas más perfectas. William
Morris amaba la herramienta del artesano y odiaba la máquina del capitalista.
Para el trabajador libre del futuro el manejo de la máquina perfectamente
construida, al proporcionar una tensión de agudeza, será fuente de exaltación
mental, de goce espiritual, de belleza intelectual.
La técnica hace que el
hombre sea libre dueño de su propia vida y destino. La técnica, en un penoso
proceso de crecimiento durante muchos millares de años de trabajo y lucha, se
desarrolló hasta alcanzar las alturas actuales, y pondrá fin a toda el hambre y
la pobreza, a todo trabajo agotador y a la esclavitud. La técnica puso todas
las fuerzas de la naturaleza al servicio de la humanidad y de sus necesidades.
El desarrollo de la ciencia de la naturaleza abre al hombre nuevas formas y
posibilidades de vida, tan ricas y múltiples, que sobrepasan de lejos lo que
podamos imaginar hoy. Pero la técnica por sí sola no lo logra. Sólo la técnica
en manos de una humanidad que se haya vinculado conscientemente mediante
estrechos lazos de hermandad en una comunidad trabajadora que controle su
propia vida. Juntas e indisolublemente vinculadas, la técnica como base
material y poder visible y la comunidad como base y conciencia ética,
determinarán toda la renovación del trabajo.
Y con su trabajo el hombre
mismo irá cambiando. Un nuevo sentimiento se apoderará de él, el sentimiento de
seguridad. Llegará por fin el momento en que la inquietante solicitud por la
vida deje de acosar a la humanidad. Durante todos los siglos pasados, desde el
original estado de salvajismo hasta la civilización actual, la vida no fue
segura. El hombre no era dueño de su subsistencia. Siempre, incluso en tiempos
de prosperidad y aun en el caso de las personas más pudientes, por detrás de la
ilusión del perpetuo bienestar, en la subconsciencia se asomaba una
preocupación silenciosa por el futuro. Esta ansiedad estaba en lo profundo del
corazón de los hombres como una permanente opresión, pesaba fuertemente sobre
el cerebro y dañaba el desarrollo del libre pensamiento. Para nosotros, que
también vivimos bajo esta presión, es imposible imaginar el profundo cambio de
perspectiva, de cosmovisión, de carácter, la desaparición de toda ansiedad
respecto de la vida, que se producirá. Los antiguos engaños y supersticiones
que en épocas pasadas tenían que contribuir a sostener a la humanidad en su
desesperanza espiritual, quedarán descartados. Cuando el hombre sienta con
seguridad que es verdadero dueño de su vida, el lugar de esas supersticiones lo
ocupará el conocimiento accesible a todos, la belleza intelectual de una
cosmovisión científica que abarcará toda la realidad.
Aún más que en el trabajo
mismo, la innovación de la vida aparecerá en la preparación del futuro trabajo,
en la educación y formación de la generación próxima. Es claro que como cada
organización de la sociedad tiene su sistema especial de educación adaptado a
sus necesidades, este cambio fundamental en el sistema de producción debe ir
inmediatamente acompañado por un cambio fundamental en la educación. En la
economía originaria del pequeño comercio, en el mundo de los granjeros y los
artesanos, la familia con su natural división del trabajo constituía el
elemento básico de la sociedad y de la producción. En ese medio los niños
crecían y aprendían los métodos de trabajo tomando gradualmente su parte en la
tarea. Luego, bajo el capitalismo, la familia perdió su base económica porque
el trabajo productivo se transfirió cada vez más a las fábricas. El trabajo se
transformó en un proceso social con una base teórica más amplia. Hubo necesidad
entonces de un conocimiento más vasto y de una educación más intelectual para
todos. Por lo tanto, se fundaron escuelas, tal como nosotros las conocemos:
masas de niños, educados en pequeñas casas aisladas sin ninguna vinculación con
el trabajo, se concentran en las escuelas para aprender el conocimiento
abstracto que necesita la sociedad, otra vez sin ningún contacto directo con la
tarea viva y diferente, por supuesto, según las clases sociales. Para los hijos
de la burguesía, para los futuros funcionarios e intelectuales, existe una
buena educación teórica y científica que los capacita para dirigir y gobernar
la sociedad. Para los hijos de los granjeros y de la clase trabajadora sólo hay
un mínimo indispensable: lectura, escritura, cálculo, que necesitan para su
trabajo, completados por historia y religión, para mantenerlos obedientes y
respetuosos hacia sus amos y gobernantes. Eruditos autores de textos de
pedagogía, no familiarizados con la base capitalista de estas condiciones que
ellos suponen que serán duraderas, tratan vanamente de explicar y suavizar los
conflictos que proceden de esta separación de trabajo productivo y educación,
de la contradicción que existe entre el estrecho aislamiento familiar y el
carácter social de la producción.
En el nuevo mundo de
producción en colaboración desaparecerán estas contradicciones y se
restablecerá la armonía entre la vida y el trabajo, sobre la amplia base de la
sociedad en su conjunto. La educación de los jóvenes consistirá de nuevo en el
aprendizaje de métodos de trabajo y de sus fundamentos mediante la
participación gradual en el proceso productivo. No en el aislamiento familiar;
cuando la provisión material de lo necesario para la vida sea algo asumido por
la comunidad, aparte de su función como productora la familia perderá el
carácter de unidad consumidora. La vida comunitaria, en correspondencia con los
impulsos más fuertes de los niños mismos, tendrá un espacio mucho más amplio;
fuera de los pequeños hogares los niños entrarán en la amplia atmósfera de la
sociedad. La combinación híbrida de hogar y escuela cederá el paso a las
comunidades de niños, que en gran parte regularán su propia vida bajo la
cuidadosa guía de educadores adultos. La educación, en lugar de técnicas de
absorción pasiva de materiales provenientes desde arriba, será sobre todo una
actividad personal, dirigida hacia el trabajo social y en vinculación con éste.
Los sentimientos sociales, como herencia de tiempos primigenios, vivos en todos
los hombres pero extremadamente fuertes en los niños, podrán desarrollarse sin
que los reprima la necesidad del egoísmo de la lucha capitalista por la vida.
Mientras las formas de
educación estarán determinadas por la comunidad y la propia actividad, su
contenido lo fijará el carácter del sistema de producción, para el cual esa
educación prepara. Este sistema de producción se basó cada vez más,
especialmente en el último siglo, en la aplicación de la ciencia a la técnica.
La ciencia dio al hombre dominio sobre las fuerzas de la naturaleza; este
dominio hizo posible la revolución social y proporciona la base de la nueva
sociedad. Los productores sólo pueden ser dueños de su trabajo, de la
producción, si dominan estas ciencias. Por consiguiente, la generación que
ahora se desarrolla debe ser instruida, en primer lugar, en la ciencia de la
naturaleza y su aplicación. La ciencia ya no será, como bajo el capitalismo,
monopolio de una pequeña minoría de intelectuales, y las masas no instruidas no
se limitarán a realizar actividades subordinadas. La ciencia en su plena
extensión estará al alcance de todos. En lugar de la división entre trabajo
manual unilateral y trabajo mental unilateral como especialidades de dos
clases, se establecerá la combinación armoniosa de trabajo manual y mental para
todos. Esto será también necesario para el mayor desarrollo de la productividad
del trabajo, que depende del mayor progreso de sus fundamentos, es decir, de la
ciencia y de la técnica. No habrá meramente una minoría de intelectuales
instruidos, sino que la educación estará al alcance de todos los buenos
cerebros del pueblo, preparados por la formación más cuidadosa, que se ocuparán
de la creación de conocimientos y de su aplicación en el trabajo. Podemos
esperar entonces una época de progreso en el desarrollo de la ciencia y la
técnica, en comparación con la cual sólo fue un pobre comienzo el progreso tan
cacareado del capitalismo.
Bajo el capitalismo hay una
diferencia distintiva entre las tareas de los jóvenes y las de los adultos. La
juventud tiene que aprender, los adultos tienen que trabajar. Es evidente que
mientras el trabajo sea una pesada tarea al servicio ajeno (con un fin que se
opone al bienestar y a la comodidad de los trabajadores), para producir la
máxima ganancia en beneficio del capital, toda capacidad, una vez adquirida,
debe utilizarse hasta el límite extremo de tiempo y esfuerzo. No debe emplearse
el tiempo de un trabajador para que aprenda permanentemente cosas nuevas. Sólo
un adulto excepcional tiene la posibilidad, y con menos frecuencia aún el deber
de instruirse regularmente durante el resto de su vida. En la nueva sociedad
esta diferencia desaparecerá. En la juventud, el aprendizaje consistirá en
participar, en medida creciente según pasan los años, en el trabajo productivo.
Y entonces, con el aumento de la productividad y la ausencia de la explotación,
los adultos tendrán cada vez más tiempo libre disponible para actividades
espirituales. Esto les permitirá mantenerse al tanto del rápido desarrollo de
los métodos de trabajo. Esto es en verdad necesario para ellos. Tomar parte en
las discusiones y decisiones sólo es posible cuando se pueden estudiar los
problemas de la técnica que incitan y estimulan continuamente la atención. El
gran desarrollo de la sociedad mediante el despliegue de técnicas y
conocimientos científicos, de seguridad y abundancia, de poder sobre la
naturaleza y vida, sólo podrá verificarse mediante el desarrollo de la
capacidad y el conocimiento de todos los que participan en ella. Esto dará
nuevos contenidos de excitante actividad a su vida, elevará la existencia y
hará que la empeñosa participación en el progreso espiritual y práctico del nuevo
mundo constituya un consciente deleite.
Agregadas a estas ciencias
de la naturaleza estarán ahora las nuevas ciencias de la sociedad que faltan
bajo el capitalismo. El rasgo distintivo especial del nuevo sistema de
producción consiste en que el hombre dominará las fuerzas sociales que determinan
sus ideas e impulsos. La dominación práctica debe encontrar su expresión en la
dominación teórica, en el conocimiento de los fenómenos y de las fuerzas
determinantes de la acción y la vida humana, del pensamiento y el sentimiento.
En épocas anteriores, cuando a raíz de la ignorancia acerca de la sociedad se
desconocían sus orígenes sociales, su poder se atribuía al carácter
sobrenatural del espíritu, a un misterioso poder de la mente, y las disciplinas
que las trataban, las así llamadas humanidades, se titulaban ciencias del
espíritu: psicología, filosofía, ética, historia, sociología, estética. Como en
el caso de todas las ciencias, sus comienzos estuvieron llenos de misticismo
primitivo y de tradición; pero a diferencia de las ciencias de la naturaleza, su
elevación a una altura realmente científica fue obstruida por el capitalismo.
Estas ciencias no podían encontrar una base sólida porque bajo el capitalismo
procedían del ser humano aislado con su mente individual, porque en esos
tiempos de individualismo no se sabía que el hombre es esencialmente un ser
social, que todas sus facultades emanan de la sociedad y están determinadas por
ésta. Sin embargo, cuando la sociedad esté expuesta a la vista del hombre, como
organismo de seres humanos mutuamente vinculados, y cuando la mente humana se
entienda como su principal órgano de intervinculación, estas ciencias podrán
desarrollarse hasta adquirir realmente ese carácter.
Y la importancia práctica de
estas ciencias para la nueva comunidad no es menor que la de las ciencias de la
naturaleza. Tratan de fuerzas que residen en el hombre y determinan sus
relaciones con sus congéneres y con el mundo, instigan sus acciones en la vida
social, aparecen en los eventos de la historia pasada y presente. Como
poderosas pasiones y ciegos impulsos actuaron en las grandes luchas sociales de
la humanidad, llevando unas veces al hombre a realizar vigorosas hazañas y
manteniéndolo otras veces, por la acción de tradiciones igualmente ciegas, en
una sumisión apática, siempre en forma espontánea, no regida, desconocida. La
nueva ciencia del hombre y la sociedad revelará estas fuerzas y permitirá al
hombre controlarlas mediante el conocimiento consciente. De dueñas que lo
impulsan mediante instintos pasivos, se transformarán en servidoras, manejadas
por la continencia, dirigidas por el hombre hacia sus propósitos bien
concebidos.
La instrucción de la actual
generación en el conocimiento de estas fuerzas sociales y espirituales, y su
formación para que pueda dirigirlas conscientemente, será una de las
principales tareas educacionales de la nueva sociedad. Así, los jóvenes estarán
capacitados para desarrollar todas las dotes de pasión y capacidad de voluntad,
de inteligencia y entusiasmo, y para aplicarlas en una actividad eficiente. Es
una educación tanto del carácter como del conocimiento. Esta educación
cuidadosa de la nueva generación, tanto teórica como práctica, en la ciencia
natural y en la conciencia social, constituirá un elemento fundamental en el
nuevo sistema de producción. Sólo de esta manera se asegurará una progresión
sin deterioros de la vida social. Y también de esta manera el sistema de
producción se desarrollará hasta alcanzar formas cada vez más elevadas. Así,
mediante el dominio teórico de las ciencias de la natuarleza y de la sociedad,
y mediante su aplicación práctica en el trabajo y la vida, los trabajadores harán
de la tierra una feliz residencia para la humanidad libre.
Capítulo 2
La lucha
1. El Sindicalismo
Debemos considerar ahora la
tarea que espera a la clase trabajadora cuando tome en sus manos la producción
y comience a organizarla. Para llevar a cabo la lucha es necesario ver el fin
que perseguimos en forma clara y distinta. Pero la lucha, la conquista del
poder sobre la producción, es la parte principal y mas difícil de la tarea.
Durante esta lucha se crearan los consejos obreros.
No podemos prever
exactamente las formas futuras de la lucha que libraran los trabajadores por la
libertad. Esas formas dependen de condiciones sociales y deben cambiar junto
con el creciente poder de la clase trabajadora. Sera necesario, por lo tanto, examinar
cómo hasta ahora (ha) luchado abriéndose camino hacia arriba, adaptando sus
modos de acción a la variación de las circunstancias. Sólo aprendiendo de la
experiencia de nuestros predecesores y considerandola en forma crítica seremos
capaces, a nuestro turno, de enfrentar las exigencias de la hora. En toda
sociedad que depende de la explotación de una (clase) trabajadora por parte de
una clase dirigente, hay una continua lucha acerca de la división del producto
total del trabajo, o, en otras palabras: acerca del grado de explotación. Así,
la época medieval y también los siglos posteriores estan llenos de incesantes
luchas y furiosas batallas entre terratenientes y granjeros. Al mismo tiempo,
vemos la lucha de la naciente clase burguesa contra la nobleza y la monarquía,
para conquistar el poder sobre la sociedad. Este era un tipo diferente de lucha
de clases, vinculado con el surgimiento de un nuevo sistema de producción que
procedía del desarrollo de la técnica, la industria y él comercio. Se libró
entre los dueños de la tierra y los dueños del capital, entre el sistema feudal
que declinaba y el sistema capitalista que surgía. En una serie de convulsiones
sociales, de revoluciones y guerras políticas, en Inglaterra, en Francia y
consecutivamente en otros países, la clase capitalista obtuvo el dominio
completo sobre la sociedad.
La clase trabajadora bajo el
capitalismo tiene que realizar ambos tipos de lucha contra el capital. Debe
mantener una lucha continua para mitigar la pesada presión de la explotación,
para aumentar los salarios, para ampliar o mantener su parte en el producto
total. Además, al ir adquiriendo mayor fuerza, tiene que conquistar dominio
sobre la sociedad para derrocar al capitalismo e instaurar un nuevo sistema de
producción.
Cuando por primera vez, a
comienzos de la Revolución Industrial en Inglaterra, se introdujeron las
máquinas de hilar y luego de tejer, nos enteramos de que los trabajadores
sublevados destruyeron las máquinas. No eran obreros en el sentido moderno, no
eran asalariados. Eran pequeños artesanos, que antes vivían en forma
independiente y luego se vieron reducidos a la inanición por la competencia de
las máquinas que producían a bajo precio, y trataron en vano de eliminar la
causa de su miseria. Con posterioridad, cuando ellos con sus hijos se
transformaron en obreros asalariados que manejaban las máquinas, su posición
fue diferente. Lo mismo ocurrió con una multitud de hombres provenientes del
campo, que durante el siglo XIX, de creciente industrialización, se amontonaron
en las ciudades, atraídos por lo que les parecía buenos salarios. En la época
contemporánea son cada vez más los hijos de los trabajadores los que llenan las
fábricas.
Para todos ellos es de
inmediata necesidad la lucha por obtener mejores condiciones de trabajo. Los
empleadores, bajo la presión de la competencia, para aumentar sus ganancias,
tratan de rebajar los salarios y de aumentar las horas de trabajo en la medida
de lo posible. Al comienzo los trabajadores, indefensos por la coacción del
hambre, tuvieron que someterse en silencio. Luego estalló la rebelión en la
única forma posible, que era rehusarse al trabajo, es decir, la huelga. En la
huelga los trabajadores descubren por primera vez su fuerza, en la huelga surge
su poder de lucha. De la huelga nace la asociación de todos los trabajadores de
la fábrica, de la rama de industria, del país. De la huelga brota la
solidaridad, el sentimiento de fraternidad con los camaradas de trabajo, de
unidad con toda la clase: el primer despuntar de lo que algún día será el sol
dador de vida de la nueva sociedad. La ayuda mutua, que al comienzo aparece en
colectas de dinero espontáneas y esporádicas, toma pronto la forma duradera del
sindicato (l).
Para que haya un buen
desarrollo del sindicalismo se requieren ciertas condiciones. El áspero terreno
de la ilegalidad, de la arbitrariedad policial y de las prohibiciones,
heredadas en su mayor parte de épocas precapitalistas, debe alisarse antes de
poder erigir en él sólidos edificios. Habitualmente los trabajadores mismos
tuvieron que procurarse estas condiciones. En Inglaterra fue la campaña
revolucionaria del Cartismo; en Alemania, medio siglo después, fue la lucha de
la Socialdemocracia, que al imponer el reconocimiento social de los
trabajadores echó los fundamentos del desarrollo de los sindicatos.
En la actualidad se
constituyen fuertes organizaciones que incluyen a los trabajadores del mismo
ramo en todo el país y tienen conexiones con otros ramos, e internacionalmente
con sindicatos de todo el mundo. El pago regular de elevadas cuotas proporciona
considerables fondos que permiten apoyar a los huelguistas, cuando hay que
forzar a los capitalistas, poco dispuestos a ello, a conceder condiciones
decentes de trabajo. Se designa como funcionarios asalariados a los más capaces
de los compañeros, a veces víctimas de la cólera del enemigo a raíz de batallas
anteriores que libraron, y éstos, como portavoces independientes y externos de
los trabajadores, pueden negociar con los empleadores capitalistas. Mediante la
huelga realizada en el momento oportuno y apoyada por todo el poder del
sindicato, y mediante las negociaciones subsiguientes, pueden lograrse acuerdos
para obtener salarios mejores y más uniformes y horarios de trabajo más
llevaderos, en la medida en que estos últimos no estén aún fijados por la ley.
Así, los trabajadores ya no
son individuos inermes, forzados por el hambre a vender su fuerza de trabajo a
cualquier precio. Están ahora protegidos por su sindicato, por el poder de su
propia solidaridad y cooperación. En efecto, cada miembro no sólo da parte de
sus ingresos para los compañeros, sino que está también dispuesto a arriesgar
su trabajo para defender la organización, o sea, su comunidad. Por
consiguiente, se alcanza un cierto equilibrio entre el poder de los empleadores
y el de los trabajadores. Las condiciones de trabajo ya no están dictadas por
intereses capitalistas todopoderosos. Se reconoce gradualmente a los sindicatos
como representantes de los intereses obreros; aunque siempre es necesario
volver a luchar, los sinndicatos se transforman en un poder que participa en
las decisiones. No en todos los ramos de la industria, seguramente, y no a la
vez en todas partes. Habitualmente los artesanos especializados son los
primeros en constituir sus sindicatos. Las masas no especializadas de las grandes
fábricas, que se enfrentan con empleadores más poderosos, ocupan en general el
segundo lugar; sus sindicatos comenzaron a menudo con súbitos estallidos de
grandes luchas. Y contra los dueños monopolistas de empresas gigantescas los
sindicatos tienen pocas posibilidades; estos capitalistas todopoderosos desean
ser dueños absolutos, y en su arrogancia difícilmente permiten ni siquiera los
sindicatos amarillos serviles.
Aparte de esta restricción,
y aun suponiendo que el sindicalismo esté plenamente desarrollado y controle
toda la industria, esto no significa que se ha abolido la explotación, que se
ha reprimido al capitalismo. Lo que se ha reprimido es la arbitrariedad del
capitalista individual; lo que se ha abolido son los peores abusos de la
explotación. Y esto interesa además a los grupos capitalistas -para protegerlos
de una competencia desleal- y al capitalismo en general. Mediante el poder de
los sindicatos se normaliza el capitalismo; se establece universalmente una
cierta norma de explotación. Una norma de salarios, que satisfaga las
exigencias vitales más modestas, de modo que los trabajadores no se vean
empujados una y otra vez a rebelarse por hambre, es cosa necesaria para que la
producción no se interrumpa. Una norma de horas de trabajo que no sea
totalmente agotadora de la vitaÍidad de la clase trabajadora -aunque la
reducción de horario se neutraliza en gran medida por la aceleración del ritmo
y el esfuerzo más intenso-, es cosa necesaria para el capitalismo mismo, para
preservar en condiciones de uso a una clase trabajadora como base de la
explotación futura. Fue la clase trabajadora la que mediante su lucha contra la
mezquina avidez del capitalista tuvo que establecer las condiciones del
capitalismo normal. Y tiene que volver a luchar sin cesar para preservar ese
incierto equilibrio. En esta lucha los sindicatos son los instrumentos. Por lo
tanto, los sindicatos cumplen una función indispensable en el capitalismo. Los
empleadores de mentalidad limitada no perciben este hecho, pero sus líderes
políticos, de más amplias miras, saben perfectamente que los sindicatos son un
elemento esencial del capitalismo, que sin ellos como normalizador el
capitalismo no está completo. Aunque los sindicatos son producto de la lucha de
los trabajadores y se mantienen mediante el sufrimiento y los esfuerzos de
éstos, son al mismo tiempo órganos de la sociedad capitalista.
Con el desarrollo del
capitalismo, sin embargo, las condiciones se volvieron gradualmente más
desfavorables para los trabajadores. El gran capital crece, siente su poder y
desea ser dueño en su casa. Los capitalistas también han aprendido a percibir
el poder de la asociación; se organizan en sindicatos de empleadores. Así, en
lugar de la igualdad de fuerzas surge un nuevo influjo del capital. Las huelgas
(se contrarrestan) con paros patronales (lock-outs) que drenan los fondos de
los sindicatos obreros. El dinero de los trabajadores no puede competir con el
de los capitalistas. En las negociaciones acerca de salarios y condiciones de
trabajo los sindicatos constituyen más que nunca la parte más débil, porque
tienen que temer, y por ende deben tratar de evitar las grandes luchas que
agotan las reservas y con ello ponen en peligro la existencia segura de la
organización y de sus funcionarios. En las negociaciones los funcionarios
sindicales tienen que aceptar a menudo una disminución de sus exigencias para evitar
la lucha. Para ellos esto es inevitable y evidente por sí mismo, porque
comprenden que al cambiar las condiciones ha disminuido el poder relativo de
lucha de su organización.
Sin embargo, para los
trabajadores no es evidente que tengan que aceptar en silencio condiciones más
duras de trabajo y de vida. Los trabajadores desean luchar. Así surge una
contradición de puntos de vista. Los funcionarios parecen tener de su lado el sentido
común; saben que los sindicatos están en posición desventajosa y que la lucha
debe dar por resultado la derrota. Pero los trabajadores sienten por instinto
que hay aún ocultos en las masas grandes poderes de lucha; bastaría con que
supieran hacer uso de ellos. Comprenden correctamente que al ceder una y otra
vez su posición tiene que empeorar, que esto sólo puede impedirse luchando.
Deben surgir entonces conflictos en los sindicatos entre los funcionarios y los
miembros. Los miembros protestan contra los nuevos (laudos) salariales,
favorables a los empleadores; los funcionarios defienden los acuerdos logrados
mediante largas y difíciles negociaciones y tratan de hacerlos ratificar. Por
lo tanto, tienen que actuar a menudo como portavoces de los intereses
capitalistas contra los intereses de los trabajadores. Y puesto que son quienes
influyen en el manejo de los sindicatos al volcar de su lado todo el peso del
poder y la autoridad, puede decirse que en sus manos los sindicatos se
transforman en órganos del capital.
El desarrollo del
capitalismo, el aumento del número de trabajadores, la urgente necesidad de
asociación, hacen que los sindicatos se transformen en organizaciones
gigantescas que requieren un equipo cada vez mayor de funcionarios y líderes.
Estos llegan a constituir una burocracia que administra todo el negocio, un
poder dominante sobre los miembros, porque tienen en sus manos todos los
factores de poder. Como expertos preparan y manejan todos los asuntos,
administran las finanzas y la inversión del dinero con diferentes propósitos,
son directores de los diarios sindicales, mediante los cuales pueden imponer
sus propias ideas y puntos de vista a los miembros. Prevalece una democracia
formal: los miembros en sus asambleas, los delegados elegidos en los congresos,
tienen que decidir, así como el pueblo decide la política en el parlamento y el
Estado. Pero las mismas influencias que hacen que el parlamento y el Estado se
transformen en señores del pueblo, operan también en estos parlamentos del
trabajo. Estos transforman a la burocracia alerta de funcionarios expertos en
una especie de gobierno sindical, que maneja a los miembros absorbidos por su
trabajo y preocupaciones diarias. A éstos se les pide no solidaridad, que es la
virtud proletaria, sino disciplina y obediencia a las decisiones. Así surge una
diferencia de punto de vista, un contraste de opiniones respecto de diversas
cuestio,nes. Ese contraste se ve fortalecido por la diferencia que existe en lo
que respecta a condiciones de vida: la inseguridad de trabajo de los obreros,
siempre amenazado por las fuerzas de la depresión y por el desempleo, en
contraste con la seguridad que necesitan los funcionarios para manejar
adecuadamente los asuntos sindicales.
Fue tarea y función del
sindicalismo, mediante su lucha mancomunada, sacar a los trabajadores de su
desesperada miseria y conquistar para ellos un lugar reconocido en la sociedad
capitalista. El sindicalismo tuvo que defender a los trabajadores contra la
explotación cada vez mayor por parte del capital. Ahora, cuando el gran capital
se consolida más que nunca en un poder monopolista de los bancos y de los
intereses industriales, esta función anterior del sindicalismo (ha terminado).
Su poder resulta escaso en comparación con el formidable poder del capital. Los
sindicatos son ahora organizaciones gigantes, con su lugar reconocido en la
sociedad; su posición está reglamentada por la ley, y los acuerdos de las
comisiones que laudan acerca de los salarios tienen fuerza legal coactiva para
toda la industria. Sus líderes aspiran a formar parte del poder que rige las
condiciones industriales. Ellos son el aparato mediante el cual el capital
monopolista impone sus condiciones a toda la clase trabajadora. Para este capital,
ahora todopoderoso, es normalmente mucho más preferible disfrazar su dominio en
formas democráticas y constitucionales, que mostrado en la desnuda brutalidad
de la dictadura. Las condiciones de trabajo que el capital considera adecuadas
para los trabajadores serán aceptadas y obedecidas mucho más fácilmente en
forma de acuerdos celebrados por los sindicatos que en forma de dictados
impuestos con arrogancia. En primer lugar, porque a los trabajadores les queda
la ilusión de que son dueños de sus propios intereses. En segundo lugar, porque
todos los vínculos de adhesión, que como su propia creación, la creación de sus
sacrificios, de su lucha, de su exaÍtación, hacen que los sindicatos sean
queridos para los trabajadores, están ahora al servicio de los dueños. Así, en
las condiciones actuales los sindicatos se han transformado más que nunca en
órganos del dominio del capital monopolista sobre la clase trabajadora.
Notas
(1) El idioma inglés
expresa la diferencia entre trade unions y syndicates, aunque
ambos se traducen, generalmente, por sindicatos. Los primeros son
organizaciones de mera defensa de los derechos económicos; los otros, que
aparecieron particularmente en los países latinos, se pretendían una especie de
intento de organización obrera para cambiar la sociedad. En todo este capítulo
se habla de la forma trade unions. Subrayaremos aun que, en el inglés
corriente, el término syndicate designa a los sindicatos patronales.
2. La acción directa
Como instrumento de lucha de
la clase trabajadora contra el capital, los sindicatos están perdiendo su
importancia. Pero la lucha misma no puede cesar. Las tendencias represivas se
hacen más fuertes bajo el gran capitalismo, y por lo tanto la resistencia de
los trabajadores también debe ser más enérgica. Las crisis económicas se hacen
cada vez más destructivas y socavan un progreso aparentemente asegurado. La
explotación se intensifica, para retrasar la disminución de la tasa de
beneficio que percibe el capital, en rápido aumento. Así se provoca una y otra
vez a los trabajadores a que opongan resistencia. Pero contra el poder
grandemente acrecentado del capital ya no pueden servir los viejos métodos de
lucha. Se requieren nuevos métodos, y muy pronto comienzan a aparecer por sí
mismos. Brotan espontáneamente en la huelga (ilegal) salvaje, en la acción
directa.
La acción directa significa
acción de los trabajadores mismos sin intermediación de los funcionarios
sindicales. Una huelga se llama salvaje (ilegal o no oficial), por contraste
con la huelga declarada por el sindicato de acuerdo con las disposiciones y
reglamentaciones. Los trabajadores saben que esta última no produce ningún
efecto, pues los funcionarios se ven forzados a declararla contra su propia
voluntad y punto de vista, pensando quizá que una derrota será una lección
saludable para los insensatos trabajadores, y tratando, en todo caso, de
ponerle término lo antes posible. Así, cuando la presión es demasiado intensa,
cuando las negociaciones con los directores se prolongan sin ningún resultado,
al final en grupos más pequeños o más grandes irrumpe la exasperación y se
desencadena la huelga salvaje.
La lucha de los trabajadores
contra el capital no es posible sin organización. Y la organización surge en
forma espontánea, inmediata. No por supuesto en la forma en que se funda un
nuevo sindicato, con una junta elegida y reglamentos formulados en párrafos
ordenados. A veces, sin duda, se lo ha hecho de esta manera; al atribuir la
ineficacia a deficiencias personales de los viejos líderes, y en su amargura
contra el viejo sindicato, los trabajadores fundaron uno nuevo y pusieron a su
frente a sus hombres más capaces y enérgicos. Entonces sí que al comienzo todo
fue energía y febril acción; pero a la larga el nuevo sindicato, si sigue
siendo pequeño carece de poder no obstante su actividad, y si crece y se
agranda, desarrolla necesariamente las mismas características que el sindicato
anterior. Luego de tales experiencias los trabajadores seguirán al final el
camino inverso, de mantener enteramente en sus propias manos la dirección de su
lucha.
La dirección en las propias
manos, llamada también su propio
liderazgo, significa que toda iniciativa, todas las decisiones, proceden
de los trabajadores mismos. Aunque haya un comité de huelga, porque todo no lo
pueden hacer siempre juntos, lo que se hace lo deciden los huelguistas;
continuamente en contacto entre sí distribuyen el trabajo, planean todas las
medidas y deciden directamente todas las acciones. Decisión y acción, ambas
colectivas, son una sola cosa.
La primera y más importante
tarea es la propaganda para ampliar la huelga. Debe intensificarse la presión
sobre el capital. Contra el enorme poder del capital están inermes no sólo los
obreros individuales, sino también los grupos separados. El único poder que
equipara al capital es la firme unidad de toda la clase trabajadora. Los
capitalistas saben o sienten esto perfectamente bien, y así lo único que los
induce a hacer concesiones es el temor de que la huelga pueda difundirse y
llegar a ser general. Cuanto más manifiestamente decidida sea la voluntad de
los trabajadores, cuanto mayor sea el número de ellos que toma parte en la
huelga, tanto más probable será el éxito.
Tal extensión es posible
porque no se trata de la huelga de un grupo retrasado, en peores condiciones
que otro, que trata de elevarse al nivel general. En las nuevas circunstancias
el descontento será universal; todos los obreros se sentirán oprimidos bajo la
superioridad capitalista; el combustible de las explosiones se habrá acumulado
por todas partes. Si los obreros se unen a la lucha no será para otros sino
para sí mismos. Mientras se sientan aislados, temerosos de perder su trabajo,
inseguros respecto de lo que harán sus camaradas, sin firme unidad, se
abstendrán de la acción. Sin embargo, asumirán nuevamente la lucha, cambiarán
su vieja personalidad pqr una nueva; el miedo egoísta retrocederá al último
plano y saldrán a la luz las fuerzas de la comunidad, la solidaridad y la
abnegación, alentando el coraje y la perseverancia. Estas son contagiosas; el
ejemplo de la actividad combativa provoca en otros, que sienten en sí idénticas
fuerzas, el espíritu de la confianza recíproca y en sí mismos. Así, la huelga
espontánea como el incendio de una pradera puede propagarse a las otras
empresas y envolver masas cada vez más grandes de trabajadores.
Esto no puede ser trabajo de
un pequeño número de líderes, se trate de funcionarios sindicales o de nuevos
portavoces que se impongan por sí mismos, aunque el empuje de unos pocos
camaradas intrépidos, por supuesto, puede dar fuerte impulso a los demás. Tiene
que ser la voluntad y el trabajo de todos, en iniciativa común. Los
trabajadores deben no sólo hacer, sino también idear, meditar cuidadosamente,
decidido todo por sí mismos. No pueden derivar la decisión y la responsabilidad
a un cuerpo a un sindicato, que se ocupe de ellas. Ellos son los enteramente
responsables de su lucha, y el éxito o fracaso depende de ellos mismos. De
pasivos se han transformado en seres activos, que toman con decisión su destino
en sus propias manos. De individuos separados que se preocupan cada uno por sí
mismo, se han transformado en una unidad sólida firmemente aglutinada.
Tales huelgas espontáneas
presentan además otro aspecto importante; se borra la división de los
trabajadores en sindicatos diferentes y separados. En el mundo sindical las
tradiciones provenientes de la anterior época pequeño-capitalista desempeñan un
importante papel en la separación de los trabajadores en corporaciones que a
menudo compiten entre sí, se tienen celos y polemizan. En algunos países las
diferencias religiosas y políticas actúan como planos de fractura en el
establecimiento de sindicatos separados de tendencia liberal, católica,
socialista u otras. En el taller, los miembros de los diferentes sindicatos
están uno junto a otro. Pero incluso en las huelgas se los mantiene separados
como para que no se infecten con demasiadas ideas de unidad, y la concordancia
en la acción y en la negociación sólo se mantiene por obra de las juntas y los
funcionarios sindicales. Sin embargo, en el caso de las acciones directas,
estas diferencias de afiliación a sindicatos distintos se vuelven irreales y
son como etiquetas meramente exteriores. Para tales luchas espontáneas lo
primero que se requiere es la unidad; y hay unidad, pues de otra manera no se
podría luchar. Todos los que están juntos en una fábrica, en la misma posición,
como asociados directos sometidos a la misma explotación, contra el mismo
dueño, se mantienen juntos en la acción común. Su comunidad real es el taller;
son personal de la misma empresa, forman una unión natural de trabajo común,
suerte común e intereses comunes. Como espectros del pasado, las viejas
distinciones de diferentes afiliaciones pierden nitidez, casi olvidadas en la
nueva realidad viviente de los camaradas que libran una lucha común. La vívida
conciencia de la nueva unidad realza el entusiasmo y el sentimiento de poder.
Así, en estas huelgas
espontáneas aparecen algunas características de las próximas formas que asumirá
la lucha: primero, la acción por propia iniciativa, manteniendo en las propias
manos toda la actividad y la decisión; y luego la unidad, sin distinción de
antiguas afiliaciones, de acuerdo con el agrupamiento natural de las empresas.
Estas formas se presentan no por un cuidadoso planeamiento, sino en forma
espontánea, irresistible, impuestas por el pesado poder superior del capital
contra el cual las viejas organizaciones ya no pueden luchar seriamente. Por
consiguiente, esto no significa que ahora se haya dado vuelta la tortilla, que
ahora ganen los trabajadores. También las huelgas salvajes terminan
generalmente en una derrota. Su ámbito es demasiado estrecho. Sólo en algunos
casos favorables tienen éxito, cuando se proponen impedir una degradación en
las condiciones de trabajo. Su importancia consiste en que demuestran un nuevo
espíritu de lucha que no puede ser reprimido. De los más profundos instintos de
autoconservación, de deber frente a la familia y a los camaradas surge
reiteradamente la voluntad de afirmarse a sí mismo. Hay una ventaja en el
aumento de la confianza en sí mismo y en el sentimiento de clase. Tales
disposiciones de ánimo presagian luchas de mayor alcance, cuando las grandes
emergencias sociales, al ejercer una mayor presión y producir una desazón más
profunda, impulsen a las masas a actuar con mayor energía.
Cuando irrumpen huelgas
salvajes en gran escala, que incluyen grandes masas de trabajadores, ramas
enteras de la industria, ciudades o distritos, la organización tiene que tomar
nuevas formas. Es imposible deliberar en una sola asamblea; pero más que nunca
es necesaria la comprensión mutua para la acción común. Se forman comités de
huelga sobre la base de los delegados del personal de todas las fábricas, para
que examinen continuamente todas las circunstancias. Tales comités de huelga
son por completo distintos de las comisiones directivas de funcionarios de los
sindicatos; ya muestran las características de los consejos obreros. Surgen de
la lucha, para dade unidad de dirección. Pero no son líderes en el viejo
sentido, no tienen ningún poder directo. Los delegados, que son a menudo
personas diferentes, se reúnen para expresar la opinión y la voluntad de los
(grupos) de personal que los han enviado. En efecto, ese personal defiende la
acción en que se manifiesta la voluntad. Sin embargo, los delegados no son simples
mensajeros de sus grupos mandantes; toman una parte preponderante en la
discusión, encarnan las convicciones predominantes. En las asambleas de comité
se discuten las opiniones y se las somete a la prueba de las circunstancias del
momento; los delegados vuelven a llevar los resultados y las resoluciones a las
asambleas de (grupos) de personal. A través de estos intermediarios los
personales de las fábricas participan en las deliberaciones y decisiones. Así,
se asegura la unidad de acción de grandes masas de trabajadores.
Esto no ocurre, sin duda, de
modo que cada grupo se incline obediente ante las decisiones del comité. No hay
ningún párrafo que le confiera tal poder sobre los grupos. La unidad en la
lucha colectiva no es el resultado de una juiciosa reglamentación de competencias,
sino de las necesidades espontáneas que surgen en una esfera de apasionada
acción. Los trabajadores mismos deciden, no porque se les acuerde tal derecho
en reglamentaciones aceptadas, sino porque deciden realmente, mediante sus
acciones. Puede ocurrir que un grupo no logre convencer a otros grupos por
medio de argumentos, pero que lo arrastre mediante su acción y su ejemplo. La
autodeterminación de los trabajadores acerca de la acción de lucha no es un
requerimiento planteado por la teoría, por argumentos de practicabilidad, sino
afirmación de un hecho que surge de la práctica. Ocurrió a menudo en grandes
movimientos sociales -y ocurrirá sin duda de nuevo- que las acciones no se
compadecieron con las decisiones. A veces los comités centrales llamaron a una
huelga general y sólo los siguieron, aquí y allá, pequeños grupos. En otros
casos, los comités pesaron escrupulosamente la situación sin aventurarse a una
decisión, y los trabajadores desencadenaron una lucha masiva. Puede ser incluso
posible que los mismos trabajadores que resolvieron con entusiasmo declarar la
huelga retrocedan cuando se enfrentan con los hechos. O, inversamente, que una
prudente vacilación rija las decisiones y, sin embargo, estalle
irresistiblemente una huelga no resuelta, impulsada por fuerzas internas.
Mientras en su pensamiento consciente viejas consignas y teorías desempeñan un
papel y determinan argumentos y opiniones, en el momento de la decisión, de la
cual depende el bienestar o el infortunio, se abre paso una fuerte intuición de
las condiciones reales, y determina las acciones. Esto no significa que tal
intuición guíe siempre a los trabajadores en forma correcta; la gente puede
equivocarse en su impresión acerca de las condiciones externas. Pero esa
intuición decide; no se la puede reemplazar por un liderazgo externo, por
guardianes que dirijan a los trabajadores, por más sagaces que aquéllos sean.
Con sus propias experiencias en la lucha, en el éxito y la adversidad, los
trabajadores deben adquirir la capacidad necesaria para cuidar correctamente de
sus intereses.
Así, las dos formas de
organización y lucha están en contraste, la antigua de los sindicatos y las
huelgas reglamentarias, y la nueva de la huelga espontánea y los consejos
obreros. Esto no significa que el mecanismo anterior sea simplemente
sustituido, en algún momento, por el otro, como única alternativa. Pueden
concebirse formas intermedias, intentos de corregir los males y la debilidad
del sindicalismo y preservar sus principios correctos, de evitar el liderazgo
de una burocracia de funcionarios, de evitar la separación por obra de un
estrecho criterio según las especialidades y los intereses comerciales, y de
preservar y utilizar las experiencias adquiridas en luchas anteriores. Esto
podría hacerse manteniendo unido, después de una gran lucha, a un núcleo de los
mejores luchadores, en un único sindicato general. Cuando una huelga estalle
espontáneamente, este sindicato se presentará con sus propagandistas y
organizadores fogueados, para ayudar a las masas inexpertas con su consejo,
para instruirlas, organizadas y defenderlas. De esta manera cada lucha
significará un progreso de organización, no en el sentido de conjunto de
miembros que pagan una cuota, sino en el sentido de una creciente unidad de
clase.
Un ejemplo de tal sindicato
podría encontarse en el gran sindicato norteamericano Industrial Workers of the
World (1. A fines del siglo pasado,
en contraste con los sindicatos conservadores de obreros especializados bien
pagados, unidos en la American Federation of Labor (2), se desarroIló aquella organización debido a las
especiales condiciones que reinaban en los Estados Unidos, en parte a raíz de
encarnizadas luchas de mineros y leñadores, pioneros independientes en las
tierras vírgenes del Lejano Oeste,
contra el gran capital que había monopolizado las riquezas en madera y suelo
productivo apoderándose de eIlas, y en parte por las huelgas de hambre de las
masas miserables de inmigrantes que provenían de Europa oriental y Europa del
sur, apiñadas y explotadas en las fábricas de las ciudades del Este y en las
minas de carbón, despreciadas y descuidadas por los viejos sindicatos. La I. W.
W. les proporcionó líderes y organizadores expertos en huelgas que les
mostraron cómo enfrentar el terrorismo policial, que los defendieron ante la
opinión pública y los tribunales, que les enseñaron la práctica de la
solidaridad y la unidad y les abrieron perspectivas más amplias acerca de la
sociedad, el capitalismo y la lucha de clases. En tales luchas de gran
importancia decenas de millares de nuevos miembros se afiliaron a la I. W. W.,
de los cuales sólo se mantuvo en ella una pequeña fracci6n. Este gran sindicato único se adaptaba al
desenfrenado desarrollo del capitalismo norteamericano en los días en que éste
construy6 su poder sometiendo a las masas de pioneros independientes.
Formas similares de lucha y
organizaci6n pueden propagarse y surgir en todas partes, cuando los
trabajadores se levantan en grandes huelgas, sin tener aún la completa
confianza en sí mismos como para tomar enteramente las cosas en sus propias
manos. Pero sólo como formas temporarias de transición. Hay una fundamental
diferencia entre las condiciones de la lucha futura en la gran industria y las
de los Estados Unidos en el pasado. En este último caso se trataba del
surgimiento, y ahora del ocaso del capitalismo. Antes, la ruda experiencia de
los pioneros o el egoísmo primitivo de la lucha por la existencia de los
inmigrantes eran la expresión de un individualismo de la clase media al que
había que doblegar bajo el yugo de la explotación capitalista. Ahora, las masas
entrenadas en la disciplina durante toda su vida por las máquinas y el capital,
vinculadas por fuertes lazos técnicos y espirituales con el aparato productivo,
organizarán su utilización sobre la nueva base de la colaboración. Estos
trabajadores son cabalmente proletarios, pues todo remanente del individualismo
de clase media fue desgastado y borrado desde hace largo tiempo por el hábito
del trabajo en colaboración. Las fuerzas de la solidaridad y la devoción
ocultas en ellos sólo esperan a que aparezca la perspectiva de grandes luchas
para transformarse en un principio predominante de la vida. Además, incluso las
capas más reprimidas de la clase trabajadora, que sólo se unen a sus camaradas
en forma vacilante deseando apoyarse en su ejemplo, sentirán pronto que también
crecen en ellas las nuevas fuerzas de la comunidad, y percibirán también que la
lucha por la libertad les pide no sólo su adhesión sino el desarrollo de todos
los poderes de actividad aut6noma y confianza en sí mismos de que dispongan.
Así, superando todas las formas intermedias de autodeterminación parcial, el
progreso seguirá decididamente el camino de la organización de consejos.
Notas
(1) I. W. W., Los
Obreros Industriales del Mundo. Fundado oficialmente en 1905, este
sindicato existe aún. En 1949, cuando no contaba con más de 1.500 miembros, fue
la primera organización obrera anotada en la lista subversiva del
Congreso norteamericano, que abría, así, el período llamado Maccarthista.
(2) A. F. L., Federación
Norteamericana del Trabajo. Creada en 1886, este sindicato tuvo una
historia accidentada. Una serie de expulsiones y escisiones, que se extendieron
de 1936 a 1938, culmina en 1938 con la creación de un sindicato rival, el Congress
of Industrial Organisations (C. I. O.). La reunificación -que tuvo lugar en
1955- da nacimiento a la A.F.L.-C.I.O., que agrupa a 14.000.000 de miembros y
que es, sin duda, el sindicato más poderoso del mundo.
3. La ocupación de las fábricas
En las nuevas condiciones
del capitalismo surgió una nueva forma de lucha para lograr mejores condiciones
de trabajo: la ocupación de las fábricas, llamada generalmente huelga de brazos caídos, pues los
trabajadores abandonan la tarea pero no se retiran de la fábrica. Esa actitud
no es un invento te6rico, sino que surgió en forma espontánea de las
necesidades prácticas; la teoría no puede sino explicar a posteriori sus causas y consecuencias. En la gran crisis
mundial de 1930 el desempleo fue tan universal y duradero que surgió una
especie de antagonismo de clase entre el privilegiado número de gente con
empleo y las masas desocupadas. Se hizo imposible cualquier huelga regular
contra las reducciones de salarios, porque después que los huelguistas abandonaban
los talleres éstos eran invadidos de inmediato por las masas de desocupados.
Así, el rechazo a trabajar en peores condiciones debía combinarse,
necesariamente, con la permanencia en el lugar de trabajo mediante la ocupación
de la fábrica.
Sin embargo, al haber
surgido en estas circunstancias especiales, la huelga de brazos caídos muestra
algunas características que vale la pena considerar más atentamente como
expresión de una forma más desarrollada de lucha. Manifiesta la formación de
una unidad más sólida. En la antigua forma de huelga la comunidad trabajadora
del personal se disolvía cuando éste abandonaba la fábrica. Los obreros
dispersados por las calles y en sus hogares y entre otras personas, estaban
separados en individuos aislados. Para discutir y decidir como un cuerpo tenían
entonces que reunirse en salones de asamblea, en las calles y en las plazas.
Por más que a menudo la policía y las autoridades trataran de obstaculizar, o
incluso de prohibir esas reuniones, los operarios defendían con firmeza su
derecho a realizarlas, a causa de la conciencia que tenían de que estaban
luchando con medios legítimos para fines legítimos. La legalidad de la práctica
sindical era en general reconocida por la opinión pública.
Sin embargo, cuando esta
legalidad no se reconoce, cuando el creciente poder del gran capital sobre las
autoridades estatales discute el uso de salones y plazas para realizar
asambleas, los trabajadores, si desean luchar, tienen que afirmar sus derechos tomándoselos.
En los Estados Unidos todas las grandes huelgas fueron acompañadas en general
por una continua lucha con la policía por el uso de las calles y lugares
cerrados para las reuniones. La huelga de brazos caídos libera a los
trabajadores de esta necesidad, pues se toman el derecho de reunirse en el
lugar adecuado, es decir, en el taller. Al mismo tiempo la huelga se hace
realmente eficaz debido a la imposibilidad en que se encuentran los
rompehuelgas de tomar los lugares de aquéllos.
Por supuesto, esto trae
consigo una nueva y difícil lucha. Los capitalistas, como dueños de la fábrica,
consideran que la ocupación por los huelguistas es una violación de su derecho
de propiedad, y basados en este argumento jurídico llaman a la policía para
expulsar a los trabajadores. En verdad, desde el punto de vista estrictamente
jurídico la ocupación de una fábrica está en conflicto con la ley formal.
Exactamente como la huelga está en conflicto con la ley formal. Y de hecho el
empleador apeló regularmente a esta ley formal como arma de lucha
estigmatizando a los huelguistas por violar las cláusulas del contrato, lo cual
le da derecho a designar nuevos obreros en lugar de los rebeldes. Pero contra
esta lógica jurídica han persistido y se han desarrollado las huelgas como
forma de lucha, porque eran necesarias.
La ley formal no representa,
en verdad, la realidad intima del capitalismo, sino sólo sus formas exteriores,
a las que se atiene la clase media y la opinión jurídica. El capitalismo no es
en realidad un mundo de individuos iguales que celebran contratos, sino un
mundo de clases en lucha. Cuando el poder de los trabajadores era demasiado
pequeño prevalecía la opinión de la clase media basada en la ley formal, y los
huelguistas eran desalojados por haber roto sus contratos y reemplazados por
otros. En cambio, cuando la lucha sindical hubo conquistado su lugar, se afirmó
una concepción jurídica nueva y más verdadera: una huelga no es una
interrupción ni una cesación, sino una suspensión temporaria del contrato de
trabajo, para resolver una disputa acerca de condiciones de trabajo. Los
legisladores pueden no aceptar teóricamente este punto de vista, pero la
sociedad lo acepta prácticamente.
De la misma manera, la
ocupación de las fábricas se afirmó como método de lucha cuando fue necesario y
en los casos en que los trabajadores fueron capaces de tomar esa actitud. Los
capitalistas y los legisladores podían seguir charlando acerca de la violación
de los derechos de propiedad. Para los trabajadores, sin embargo, era una
acción que no atacaba los derechos de propiedad, sino que suspendía
temporariamente sus efectos. La ocupación de una fábrica no equivale a su
expropiación. Es sólo una suspensión momentánea de la disposición de la
propiedad por parte del capitalista. Después de resuelto el conflicto, éste es
dueño y propietario indiscutido como antes.
Sin embargo, al mismo
tiempo, la ocupación es algo más. En ella, como en un relámpago que brilla en
el horizonte, surge un atisbo del desarrollo futuro. Mediante la ocupación de
las fábricas los trabajadores demuestran, involuntariamente, que su lucha ha
entrado en una nueva fase. Cuando toman esa actitud aparece clara su firme y
recíproca unión como organización de fábrica, en una unidad natural que no se
disuelve en individuos aislados. Los trabajadores cobran conciencia de su
íntima vinculación con la fábrica. Para ellos no es el edificio de otro donde
sólo van a trabajar a las órdenes de éste y para él, hasta que los echa. Para
ellos la fábrica con sus máquinas es un aparato productivo que ellos manejan,
un órgano que sólo forma parte viviente de la sociedad gracias a su trabajo. No
es nada que les sea extraño; se sienten como en su casa, mucho más que los
propietarios jurídicos, que los accionistas, que ni siquiera saben dónde queda
la fábrica. En el taller los obreros cobran conciencia del contenido de su
vida, de su trabajo productivo, de su comunidad laboral como una colectividad
que se convierte en un organismo vivo, en un elemento de la totalidad de la
sociedad. Con la ocupación de las fábricas surge un vago sentimiento de que los
obreros deberían ser dueños totales de la producción, que deberían expulsar a
los ajenos indignos, a los capitalistas que dan las órdenes, que abusan de ella
derrochando las riquezas de la humanidad y devastando la tierra. Y en la
encarnizada lucha que será necesaria, los talleres desempeñarán nuevamente un
rol principal como unidades de organización, de acción común y quizá como
apoyos y baluartes, ejes de fuerza y objetivos de lucha. Comparada con la
vinculación natural de los trabajadores con los talleres, el mando del capital
aparece como una dominación artificial y externa, aún poderosa pero con los
pies en el aire, mientras que el creciente dominio de los trabajadores está
firmemente enraizado en la tierra. Así, en la ocupación de las fábricas el
futuro proyecta su luz en la progresiva conciencia de que las fábricas
pertenecen a los trabajadores, de que junto con ellos constituyen una armoniosa
unidad, y de que la lucha por la libertad se librará en las fábricas y por
medio de ellas.
4. Las huelgas políticas
No todas las grandes huelgas
de los trabajadores ocurridas en el siglo pasado se libraron por motivos de
salarios y condiciones de trabajo. Aparte de las llamadas huelgas económicas,
ocurrieron huelgas políticas. Su objetivo era la promoción o la prevención de
una medida política. No estaban dirigidas contra los empleadores sino contra el
gobierno estatal, para inducido a conceder a los trabajadores más derechos
políticos, o para disuadirlo de actos dañinos. Así, podía ocurrir que los
empleadores coincidieran con los propósitos y promovieran la huelga.
En el capitalismo es
necesario un cierto monto de igualdad social y de derechos políticos para la
clase trabajadora. La producción industrial contemporánea se basa en una
intrincada técnica, producto de un conocimiento muy desarrollado, y requiere
una cuidadosa colaboración y capacidad personal por parte de los trabajadores.
El ejercicio más extremo de las fuerzas no puede, como en el caso de los culis o los esclavos, imponerse por
medio de la brutal compulsión física, con el látigo o la violencia; ello provocaría
la venganza, que se traduciría en un maltrato igualmente rudo de las máquinas y
herramientas. La obligación debe provenir de motivos internos, de medios
morales de presión basados en la responsabilidad individual. Los trabajadores
no deben sentirse como esclavos impotentes y amargados; deben tener los medios
para oponerse a las injusticias que se les infligen. Tienen que sentirse como
libres vendedores de su capacidad de trabajo, que ponen en juego todas sus
fuerzas, porque formal y aparentemente están determinando su propia suerte en
la competición general. Para mantenerse como clase trabajadora necesitan no
sólo la libertad personal y la igualdad legal proclamadas por las leyes de la
clase media, sino también derechos y libertades especiales que aseguren estas
posibilidades: el derecho de asociación, el de reunión, el de agremiación, la
libertad de pensamiento y de prensa. Y todos estos derechos políticos deben
protegerse mediante el sufragio universal, para que los trabajadores afirmen su
influencia sobre el parlamento y la ley.
El capitalismo comenzó
negando estos derechos, asistido para ello por el despotismo heredado y el
carácter retrógrado de los gobiernos existentes, y trató de hacer de los
trabajadores víctimas impotentes de su explotación. Sólo en fonna gradual, como
consecuencia de encarnizada lucha contra la opresión inhumana, se fueron
conquistando algunos derechos. Puesto que en su primera etapa el capitalismo
temía la hostilidad de las clases más bajas, de los artesanos empobrecidos por
su competencia y de los trabajadores hambreados por los bajos salarios, el
sufragio se mantuvo restringido a las clases adineradas. Sólo en épocas
posteriores, cuando el capitalismo echó firmes raíces, cuando sus ganancias
fueron grandes y su dominio quedó asegurado, se eliminaron gradualmente las
restricciones al derecho electoral. Pero sólo bajo una fuerte presión, y a
menudo con dura lucha por parte de los trabajadores. La lucha por la democracia
llena la historia de la política interna de los países durante el siglo XIX,
primero en Inglaterra y luego en todos los países donde se introdujo el
capitalismo.
En Inglaterra el sufragio
universal fue uno de los principales puntos del pliego de exigencias presentado
por los trabajadores ingleses en el movimiento Cartista, su primero y más
glorioso período de lucha. Su agitación había sido poderoso motivo de persuasión
de la clase terrateniente dominante para que ésta cediera a la presión del
movimiento simultáneo de Reforma, nacido de los capitalistas industriales que
iban surgiendo. Así, por la Ley de Reforma de 1832 los empleadores industriales
obtuvieron su parte en el poder político, pero los trabajadores tuvieron que
volver a sus casas con las manos vacías y continuar su esforzada lucha. Luego,
en el período culminante del Cartismo se proyectó un mes sagrado, en 1839, en que se detendría todo el trabajo hasta
que se concedieran las demandas. De esa manera, los trabajadores ingleses
fueron los primeros en proclamar la huelga política como arma de lucha. Pero no
pudieron llevarla a cabo, y en ocasión de un estallido (1842) tuvieron que
interrumpirla sin éxito; no se podía doblegar por ese medio el poder superior
de la clase de los terratenientes y la de los propietarios de fábricas, que se
habían combinado para ejercer su dominio. Hubo que esperar una generación, y
cuando después de un período de prosperidad y expansión industrial sin
precedentes se reanudó una vez más la propaganda, en este caso por acción
combinada de los sindicatos en la Asociación Internacional de Trabajadores (la
Primera Internacional de Marx y Engels), la opinión pública de la clase media se
mostró dispuesta a extender, en etapas consecutivas, el sufragio a la clase
trabajadora.
En Francia el sufragio
universal formó parte, desde 1848, de la constitución republicana, pues tal
gobierno dependió siempre del apoyo de los trabajadores. En Alemania la
fundación del Imperio, en los años 1866-70, producto de un febril desarrollo
capitalista que impulsó a toda la población, trajo consigo el sufragio
universal como garantía de contacto continuado con las masas populares. Pero en
muchos otros países la clase propietaria, y a menudo sólo una parte
privilegiada de ésta, se mantuvo aferrada a su monopolio de la influencia
política. En este caso la campaña en favor de los derechos electorales, que
constituirían obviamente la puerta de acceso al poder y la libertad política,
movió a sectores cada vez más amplios de la clase trabajadora a participar,
organizarse y realizar actividad política. Inversamente, el temor de la clases
propietarias, que veían con aprensión el dominio político del proletariado,
agudizó su resistencia. Formalmente la cuestión parecía desesperada para las
masas; el sufragio universal tenía que imponerlo legalmente un parlamento
elegido por la minoría privilegiada, e invitado, por lo tanto, a destruir sus
propios fundamentos. Esto implica que sólo por medios extraordinarios, por la
presión ejercida desde afuera y finalmente mediante huelgas políticas masivas
podía lograrse tal fin. Puede comprenderse lo que ocurrió con el ejemplo
clásico de la huelga que se declaró en Bélgica, en 1893, en favor de la
extensión de los derechos electorales.
En Bélgica, mediante un
sistema de empadronamiento limitado el gobierno se encontraba perpetuamente en
manos de una pequeña camarilla de conservadores del partido clerical. Las
condiciones de trabajo en las minas de carbón y en las fábricas se encontraban
notoriamente entre las peores de Europa y llevaron a explosiones que se
tradujeron en frecuentes huelgas. La extensión del sufragio como un modo de
reforma social, propuesta frecuentemente por unos pocos parlamentarios
liberales, fue derrotada, una y otra vez, por la mayoría conservadora. Entonces
el Partido Obrero, que conducía la agitación, se organizaba y preparaba desde
hacía muchos años, decidió declarar una huelga general. Tal huelga tenía que
ejercer presión política durante la discusión parlamentaria acerca de una nueva
propuesta electoral. Debía demostrar el intenso interés y la obstinada voluntad
de las masas, que abandonaron su trabajo para prestar toda su atención a este
problema fundamental. Tenía que mover a todos los elementos indiferentes que
había entre los trabajadores y los pequeños comerciantes, para que tomaran
parte en lo que era para todos ellos un interés vital. Tenía que mostrar a los
gobernantes de estrechas miras el poder social de la clase trabajadora, para
que se persuadieran de que esa clase se rehusaba a seguir permaneciendo bajo
tutela. Al principio, por supuesto, la mayoría parlamentaria tomó una actitud,
se rehusó a que la obligaran por la presión ejercida desde afuera, pues deseaba
decidir según su propia voluntad y conciencia; y así eliminó de los asuntos a
tratar la ley de sufragio y comenzó ostensiblemente a discutir otras
cuestiones. Pero entretanto prosiguió la huelga y se extendió cada vez más,
hasta que la producción se detuvo, cesó el tráfico e incluso se produjo inquietud
entre el personal de servicios públicos esenciales. El aparato gubernamental
mismo se vio dañado en sus funciones y en el mundo comercial, con el creciente
sentimiento de incertidumbre, se expresaba en voz alta la opinión de que
conceder la demanda era menos peligroso que provocar una catástrofe. Así
comenzó a tambalear la determinación de los parlamentarios; éstos percibieron
que tenían que elegir entre ceder o aplastar la huelga con el empleo de fuerzas
militares. Pero, ¿podía confiarse en tal caso en los soldados? Así, los
parlamentarios debieron ceder; hubo que revisar la voluntad y conciencia, y
aceptar y aprobar finalmente las propuestas. Los trabajadores, mediante una
huelga política, habían logrado su propósito y conquistado un derecho político fundamental.
Después de tal éxito muchos
trabajadores y sus portavoces supusieron que esta nueva y poderosa arma podía
utilizarse más a menudo para lograr importantes reformas. Pero en esto se
vieron defraudados; la historia del movimiento laboral conoce más fracasos que
éxitos en las huelgas políticas. Tal huelga trata de imponer la voluntad de los
trabajadores sobre un gobierno de la clase capitalista. Es una especie de
revuelta, una revolución, y despierta en esa clase los instintos de autodefensa
y los impulsos de represión. Estos instintos estuvieron reprimidos cuando parte
de la burguesía misma se sintió molesta por el carácter retrógrado de las
instituciones políticas y percibió la necesidad de reformas novedosas. Entonces
la acción masiva de los obreros fue un instrumento de modernización del
capitalismo. Puesto que los trabajadores estaban unidos y plenos de entusiasmo,
mientras que la clase propietaria en todo caso estaba dividida, la huelga tuvo
éxito. Pudo tenerlo no debido a la debilidad de la clase capitalista, sino a
causa de la fortaleza del capitalismo. El capitalismo se robustece cuando sus
raíces, por obra del sufragio universal que asegura por lo menos la igualdad
política, se hunden más profundamente en la clase trabajadora. El sufragio de
los trabajadores pertenece al capitalismo desarrollado, porque los trabajadores
necesitan del sufragio, así como de los sindicatos, para mantenerse en su
función dentro del capitalismo.
Sin embargo, si bien en
puntos menores deben suponerse capaces de imponer su voluntad contra los reales
intereses de los capitalistas, esta clase constituye un sólido (bloque) contra
ellos. Los trabajadores lo sienten como por instinto, y mientras no son
arrastrados por un gran propósito inspirador que neutralice todas las
vacilaciones, siguen en la incertidumbre y divididos. Cada grupo, al ver que la
huelga no es universal, vacila a su vez. Los voluntarios de las otras clases se
ofrecen para los servicios y el tráfico más necesarios; aunque no sean
realmente capaces de sostener la producción, su actividad por lo menos
desalienta a los huelguistas. La prohibición de las asambleas, el despliegue de
fuerzas armadas, la ley marcial pueden demostrar aún más el poder del gobierno
y la voluntad de utilizado. Así, la huelga comienza a tambalear y hay que
interrumpirla, a menudo con pérdidas considerables y desilusión para las
organizaciones derrotadas. En experiencias como éstas los trabajadores
descubrieron que por su solidez interna el capitalismo es capaz de resistir
incluso ataques bien organizados y masivos. Pero al mismo tiempo se sintieron
seguros de que en las huelgas masivas, siempre que se las realizara en el
momento debido, los trabajadores poseen una poderosa arma.
Este punto de vista se vio
confirmado en la primera Revolución Rusa de 1905. En esa ocasión se mostró un
carácter enteramente nuevo en las huelgas de masas. En Rusia sólo se
manifestaban en esa época los comienzos del capitalismo: unas pocas fábricas
grandes en las ciudades importantes, apoyadas sobre todo por el capital foráneo
con subsidios del Estado, donde campesinos agotados se apiñaban para trabajar
como obreros industriales. Estaban prohibidos los sindicatos y las huelgas; el
gobierno era primitivo y despótico. El Partido Socialista, que se componía de
intelectuales y obreros, tenía que luchar para conquistar lo que las
revoluciones de la clase media ya habían establecido en Europa occidental: la
destrucción del absolutismo y la introducción de derechos constitucionales y de
leyes. Por consiguiente, la lucha de los trabajadores rusos estaba destinada a
ser espontánea y caótica. La lucha se manifestó primero con huelgas de protesta
contra las miserables condiciones de trabajo, con severa represión por parte de
los cosacos y la policía, y luego adquirió un carácter político, con
manifestaciones y el despliegue de banderas rojas en las calles. Cuando la
guerra ruso-japonesa de 1905 debilitó al movimiento zarista y mostró su
podredumbre interna, irrumpió la revolución como una serie de huelgas salvajes
a escala gigantesca. Se encendió la llamarada que se propagó como un relámpago
de una fábrica a otra, de una ciudad a otra, hasta que produjo la detención de
toda la industria; luego las huelgas se disolvieron en conflictos de carácter
menor, hasta que se extinguieron después de algunas concesiones por parte de
los empleadores, o siguieron latentes hasta el momento en que se produjeron
nuevos estallidos. Había a menudo manifestaciones callejeras y luchas contra la
policía y los soldados. Llegaron días de victoria, en que los delegados de las
fábricas se reunieron sin que nadie los molestara para examinar la situación, y
luego se unieron con delegaciones de otros grupos, incluso de soldados
rebeldes, que les expresaban su simpatía, mientras las autoridades mantenían un
actitud pasiva. Después el gobierno hizo de nuevo un movimiento y arrestó a
todo el cuerpo de delegados, y la huelga terminó en la apatía. Hasta que al
final, en una serie de luchas de barricada, en las ciudades capitales, el
movimiento fue aplastado por la fuerza militar.
En Europa occidental las
huelgas políticas habían constituido acciones cuidadosamente premeditadas para
fines especialmente indicados, y las habían dirigido líderes sindicales o
pertenecientes al Partido Socialista. En Rusia el movimiento huelguista fue la
revolución de una humanidad gravemente ultrajada, no se lo pudo controlar y se
abrió paso por la fuerza como una tormenta o un torrente. No fue la lucha de
trabajadores organizados que reclaman un derecho que les fue negado durante
largo tiempo; fue el surgimiento de una masa oprimida que se elevó al nivel de
la conciencia humana, en la única forma posible de lucha. En este caso no podía
ser cuestión de éxito o fracaso, pues el hecho de un estallido ya era una
victoria que no se rectificaría, el comienzo de una nueva época. En su
apariencia exterior el movimiento fue aplastado y el gobierno zarista recuperó
el dominio. Pero en la realidad estas huelgas habían asestado al zarismo un
golpe del cual éste no se pudo recuperar. Se introdujeron algunas reformas, políticas,
industriales y agrarias. Pero no podía modernizarse toda la estructura del
Estado con su despotismo arbitrario de mandarines incapaces y tuvo que
desaparecer. Esta revolución preparó la siguiente, en la cual se destruiría
toda la vieja Rusia bárbara.
La primera Revoluci6n Rusa
influyó profundamente sobre las ideas de los trabajadores de Europa central y
occidental. En esas regiones se había desarrollado un nuevo capitalismo que
hizo sentir la necesidad de nuevos y más poderosos métodos de lucha, tanto para
la defensa como para el ataque. La prosperidad económica que comenzó en la
década de 1890 y duró hasta la Primera Guerra Mundial, produjo un aumento sin
precedentes de la producción y la riqueza. Se expandió la industria,
especialmente la del hierro y el acero, se abrieron nuevos mercados, se
construyeron ferrocarriles y fábricas en países extranjeros y en otros
continentes; por primera vez el capitalismo se difundió por toda la tierra. Los
Estados Unidos y Alemania fueron escena del más rápido desarrollo industrial.
Se elevaron los salarios, casi desapareció la desocupación, los sindicatos
evolucionaron hasta transformarse en organizaciones de masa. Los trabajadores
estaban plenos de esperanzas de progreso continuo en lo que respecta a
prosperidad e influencia y se entreveía la proximidad de una época de
democracia industrial.
Pero entonces, en el otro
bando de la sociedad, vieron otra imagen. El gran capital concentró la
producción y las finanzas, la riqueza y el poder en unas pocas manos y
construyó fuertes intereses industriales y asociaciones capitalistas. Su
necesidad de expansión, de disponer de mercados extranjeros y materias primas,
inauguró la política del imperialismo, una política de vínculos más fuertes con
las viejas colonias y la conquista de nuevas -una política de creciente
antagonismo entre las clases capitalistas de diferentes países y de creciente
armamentismo-. Los viejos ideales pacíficos del movimiento de los Little Englanders que se oponían a la
política imperial, fueron ridiculizados y cedieron el paso a nuevos ideales de
grandeza y poder nacional. Estallaron guerras en todos los continentes, en el
Transvaal, en China, Cuba y las Filipinas, en los Balcanes. Inglaterra consolidó
su Imperio, y Alemania, que reclamaba su parte en el poder mundial, se
preparaba para la guerra mundial. El gran capital con su creciente poder
determinaba cada vez más el carácter y las opiniones de toda la burguesía
llenándola con su espíritu antidemocrático de violencia. Aunque algunas veces
trató de engatusar a los trabajadores con la perspectiva de hacerlos participar
de los despojos, mostró en general menos inclinación que en épocas anteriores a
hacer concesiones a la fuerza de trabajo. Todas las huelgas por mejores
salarios, declaradas para poder alcanzar a los precios que iban subiendo,
encontraron una resistencia más tenaz. Se apoderaron de la clase dominante
tendencias reaccionarias y aristocráticas. Ya no se hablaba de extensión sino
de restricción de los derechos populares, y se escuchaban amenazas,
especialmente en los países de Europa continental, de reprimir el descontento
de los trabajadores por medios violentos.
De modo que las
circunstancias habían cambiado y estaban cambiando cada vez más. El poder de la
clase trabajadora se había acrecentado por su organización y su acción
política. Pero el poder de la clase capitalista había aumentado aún más. Esto
significa que podían esperarse choques más graves entre las dos clases. Así,
los trabajadores tenían que buscar otros métodos de lucha, más eficaces que los
anteriores. ¿Qué podían hacer si lo regular era que aun las huelgas más
justificadas se enfrentaran con grandes lock-outs,
o si sus derechos parlamentarios se reducían o burlaban, o si el gobierno
capitalista quería hacer la guerra pese a sus vehementes protestas?
Se ve fácilmente que en
tales condiciones los elementos más avanzados de la clase trabajadora pensaban
y discutían a fondo la acción masiva y la huelga política, y que la huelga
general se propagó como un medio de lucha contra el estallido de la guerra. Estudiando
los ejemplos de acciones tales como la huelga belga y la rusa, los trabajadores
tenían que considerar las condiciones, las posibilidades y las consecuencias de
las acciones masivas y de las huelgas políticas en los países capitalistas más
desarrollados con gobiernos fuertes y clases capitalistas poderosas. Era
evidente que las posibilidades resultaban francamente adversas. Lo que no podía
haber ocurrido en Bélgica y en Rusia sería, en este caso, el resultado
inmediato: la aniquilación de sus organizaciones. Si la combinación de
sindicatos con los partidos socialistas o los partidos obreros proclamaran una
huelga general el gobierno, seguro del apoyo de toda la clase dirigente y de la
clase media, lograría sin duda encarcelar a los líderes, perseguir a las
organizaciones por poner en peligro la seguridad del Estado, reprimir a sus
periódicos, impedir con el estado de sitio todos los contactos mutuos de los
huelguistas, y afirmar con la movilización de fuerzas militares su indiscutido
poder público. Contra este despliegue de poder los trabajadores, aislados,
expuestos a las amenazas y calumnias, descorazonados por la información
distorsionada de la prensa, no tendrían posibilidad alguna. Sus organizaciones
serían disueltas y se desintegrarían. Y una vez perdidas las organizaciones, se
destruirían todos los frutos de años de empecinada lucha.
Esto es lo que afirmaban los
líderes políticos y los sindicatos. En verdad, para ellos, con su enfoque
totalmente limitado a los confines de las formas actuales de organización, las
cosas debían ser de esa manera. Por ese motivo se oponían fundamentalmente a
las huelgas políticas. Esto significa que en esta forma, como acciones
premeditadas y bien decididas de las organizaciones existentes, dirigidas por
sus líderes, tales huelgas políticas no son posibles. Tan imposibles como una
tormenta eléctrica en una atmósfera plácida. Puede ser cierto que para fines
especiales enteramente dentro del sistema capitalista, una huelga política siga
estando por entero dentro de los límites del orden legal, de modo que después
que ésta termine el capitalismo reanude su curso ordinario. Pero esta verdad no
impide que la clase dominante sienta aguda cólera contra todo despliegue de
poder de los trabajadores, ni que las huelgas políticas tengan consecuencias
que van mucho más allá de sus propósitos inmediatos. Cuando las condiciones
sociales se tornan intolerables para los trabajadores, cuando las crisis
sociales o políticas los amenazan con la ruina, es inevitable que se abran paso
espontáneamente acciones masivas y huelgas gigantescas como la forma natural de
lucha, pese a las objeciones y la resistencia de los sindicatos existentes, de
un modo arrollador, como tormentas eléctricas que surgen de una pesada tensión
de la atmósfera. Y una vez más los trabajadores enfrentan el problema de saber
si tienen alguna chance contra el poder del Estado y del capital.
No es cierto que con una
represión hecha por la fuerza contra sus organizaciones todo se pierda. Estas
son sólo la forma exterior de lo que vive en su esencia dentro de ellas. ¡Cómo
creer que por tales medidas gubernamentales los trabajadores se transformarán
repentinamente en los individuos egoístas, de estrechas miras, aislados, de los
viejos tiempos! En su corazón todos los poderes de la solidaridad, de la
camaradería, de la devoción a su clase siguen viviendo, se vuelven cada vez más
intensos ante las condiciones adversas; y se afirmarán en otras formas. Si
estos poderes son suficientemente sólidos no hay fuerza de arriba que pueda
quebrar la unidad de los huelguistas. Cuando sufran una derrota, ello ocurrirá
sobre todo por desaliento. Ningún poder gubernamental puede forzarlos a
trabajar; sólo puede prohibir acciones abiertas; no puede hacer más que
amenazarlos y tratar de intimidarlos, intentar disolver su unidad por medio del
temor. El éxito de la acción de los trabajadores depende de su energía íntima,
del espíritu de organización que haya en ellos. Por cierto que esto plantea
duras exigencias a las cualidades sociales y morales, pero justamente por esa
razón estas cualidades se forzarán hasta el tono más elevado posible y se
endurecerán como el acero en el fuego.
No es cosa de una sola
acción, de una sola huelga. En toda contienda de esta clase se pone a prueba la
fuerza de los trabajadores, para saber si su unidad es suficientemente fuerte y
puede resistir los intentos de los poderes dominantes que pretenden quebrantarla.
Toda contienda suscita nuevos y acentuados esfuerzos para fortalecer esa unidad
de modo que no se quiebre. Y cuando los trabajadores se mantienen realmente
firmes, cuando pese a todos los actos de intimación, de represión, de
aislamiento, se sostienen sin cejar, cuando ningún grupo se rinde, es en el
otro bando donde se hacen manifiestos los efectos de la huelga. La sociedad se
paraliza, la producción y el tráfico se detienen o se reducen a un mínimo, se
deteriora el funcionamiento de toda vida pública, las clases medias se alarman
y pueden comenzar a aconsejar que se hagan concesiones. Está conmovida la
autoridad del gobierno, incapaz de restablecer el viejo orden. Su poder siempre
consistió en la sólida organización de todos los funcionarios y empleados,
dirigidos por la unidad de propósitos encarnada en una sola voluntad segura de
sí misma, todos ellos acostumbrados por deber y convicción a seguir las
intenciones e instrucciones de las autoridades centrales. Sin embargo, cuando
esa autoridad se enfrenta con la masa del pueblo, se siente cada vez más como
lo que realmente es, una minoría gobernante, que sólo inspira temor mientras
parece todopoderosa, sólo es poderosa mientras nadie le discute su poder,
mientras es el único cuerpo sólidamente organizado en un océano de individuos
desorganizados. Pero si la mayoría también está sólidamente organizada, no en
formas exteriores sino en su unidad interna, el gobierno, enfrentado con la
tarea imposible de imponer su voluntad sobre una población rebelde, cae en la
incertidumbre, se divide, actúa con nerviosidad y prueba diferentes caminos.
Además, la huelga impide la intercomunicación de las autoridades en todo el
país, aisla a los jefes locales y los hace depender de sus propios recursos.
Así comienza a perder su fuerza y solidez interna la organización del poder
estatal. Tampoco el uso de las fuerzas armadas puede ayudar de otro modo que
por medio de amenazas más violentas. En última instancia, el ejército está
integrado por trabajadores, con diferente traje y bajo la amenaza de una ley
más estricta, pero no destinados a que se los utilice contra sus camaradas; o
lo compone una minoría que se opone a todo el pueblo. Si se lo somete a la
tensión de tener que disparar sobre ciudadanos y camaradas desarmados, es fatal
que a la larga desaparezca la disciplina impuesta. Y entonces el poder estatal,
aparte de su autoridad moral, habría perdido su arma material más poderosa para
mantener la obediencia de las masas.
Tales consideraciones acerca
de las importantes consecuencias de la huelga masiva una vez que grandes crisis
sociales excitan a las masas a una lucha desesperada, podrían no significar
nada más, por supuesto, que la visión de un posible futuro. Por el momento,
bajo los efectos enervantes de la prosperidad industrial, no había fuerzas
bastante sólidas como para impulsar a los trabajadores a realizar tales
acciones. Contra la amenaza de guerra (1), sus sindicatos y partidos se limitaron a
manifestar su pacifismo y sus sentimientos internacionales, sin tener la
voluntad ni la osadía necesaria como para llamar a las masas a una resistencia
desesperada. De esta manera, la clase dominante pudo forzar a los trabajadores
a su acción masiva capitalista, es decir, a la guerra mundial. Fue el colapso
de las apariencias e ilusiones del poder de la clase trabajadora de la época,
que por debajo de su autocomplacencia mostró su íntima debilidad e
insuficiencia.
Uno de los elementos de
debilidad fue la ausencia de una meta precisa. No había, y no podía haber,
ninguna idea clara acerca de lo que vendría después de las acciones masivas
exitosas. Los efectos de las huelgas masivas parecían entonces solamente destructivas,
no constructivas. Esto no era cierto, sin duda; cualidades íntimas decisivas,
que son la base de una nueva sociedad, se desarrollan por medio de las luchas.
Pero no se conocían las formas exteriores en que esas cualidades tomarían
forma; nadie había oído hablar de los consejos obreros en el mundo capitalista
de esos tiempos. Las huelgas políticas sólo pueden ser una forma pasajera de
lucha; después de la huelga, el trabajo constructivo tiene que satisfacer la
necesidad de permanencia.
Notas
(1) Se trata de la
Primera Guerra Mundial.
5. La Revolución Rusa
La Revolución Rusa fue un
episodio muy importante en el desarrollo del movimiento de la clase
trabajadora. En primer lugar, como ya hemos mencionado, por medio del
despliegue de nuevas formas de huelga política, instrumentos de la revolución.
Además, en mayor medida, por la primera aparición de nuevas formas de
autoorganización de los trabajadores en lucha, conocidas con el nombre de soviets, es decir, consejos. En 1905 sólo se los conocía
como fenómeno especial y desaparecieron junto con la actividad revolucionaria
misma. En 1917 reaparecieron con mayor poder; los trabajadores de Europa
occidental reconocieron su importancia, y los soviets desempeñaron entonces un papel en las luchas de clase
después de la Primera Guerra Mundial.
Los soviets eran esencialmente simples comités de huelga, como
surgen siempre en las huelgas salvajes. Puesto que las huelgas en Rusia se
produjeron en grandes fábricas y se extendieron rápidamente por ciudades y
distritos, los trabajadores tenían que mantenerse en continuo contacto. En las
fábricas se reunían los trabajadores y discutían regularmente una vez terminado
su trabajo, o incluso en forma continua, durante todo el día, en épocas de
tensión. Enviaban sus delegados a otras fábricas y a los comités centrales,
donde se tomaban decisiones y se planeaban nuevas tareas.
Pero las tareas resultaron
de mayor alcance que en las huelgas ordinarias. Los trabajadores tenían que
deshacerse de la pesada opresión del zarismo; sentían que por medio de su
acción la sociedad rusa iba cambiando en sus fundamentos. Debían considerar no
sólo los salarios y las condiciones de trabajo que reinaban en sus talleres,
sino todas las cuestiones vinculadas con la sociedad en sentido amplio. Tenían
que encontrar su propio camino en estos dominios y tomar decisiones en
cuestiones políticas. Cuando la huelga estalló, se extendió a todo el país,
detuvo a toda la industria y el tráfico y paralizó las funciones del gobierno,
los soviets se enfrentaron con
nuevos problemas. Tenían que regular la vida pública, atender a la seguridad y
el orden, proveer a la marcha de las empresas de servicios públicos
indispensables. Debían cumplir funciones gubernamentales; lo que ellos decidían
lo ejecutaban los trabajadores, mientras el gobierno y la policía se mantenían
apartados, conscientes de su impotencia contra las masas sublevadas. Entonces
los delegados de otros grupos, de los intelectuales, de los campesinos, de los
soldados, que vinieron a unirse a los soviets
centrales, tomaron parte en las discusiones y decisiones. Pero todo este poder
fue como un relámpago, como un meteoro que pasa. Cuando al final el movimiento
zarista concentró sus fuerzas militares y derrotó al movimiento, desaparecieron
los soviets.
Así ocurrio en 1905. En 1917
la guerra había debilitado al gobierno a raíz de las derrotas que éste sufrió
en el frente de batalla y del hambre que acosaba a las ciudades, y los
soldados, en su mayoría campesinos, tomaron entonces parte en la acción. Aparte
de los consejos obreros que se formaron en las ciudades, también se
constituyeron consejos de soldados en el ejército; los oficiales eran fusilados
cuando no estaban de acuerdo con que los soviets
tomaran todo el poder en sus manos para impedir el desorden total. Después de
medio año de vanas tentativas por parte de los políticos y comandantes
militares para imponer nuevos gobiernos, los soviets, apoyados por los partidos socialistas, se hicieron
dueños de la sociedad.
Entonces se encontraron ante
una nueva tarea. Se habían transformado de órganos de la revolución en órganos
de la reconstrucción. Las masas eran dueñas y, por supuesto, comenzaron a
construir la producción de acuerdo con sus necesidades e intereses vitales. Lo
que ellas deseaban e hicieron no estaba determinado, como siempre ocurre en
tales casos, por doctrinas inculcadas, sino por su propio carácter de clase,
por sus condiciones de vida. ¿Cuáles eran estas condiciones? Rusia era un país
agrario primitivo que sólo comenzaba su desarrollo industrial. Las masas
populares estaban formadas por campesinos no civilizados e ignorantes,
dominados espiritualmente por una iglesia que resplandecía de oro, e incluso
los trabajadores industriales estaban estrechamente vinculados con sus antiguas
aldeas. Los soviets de las
aldeas, que surgían por todas partes, fueron comités de campesinos que se
gobernaban a sí mismos. Se apoderaron de vastos establecimientos rurales que
antes estaban en poder de grandes terratenientes, y los dividieron. El
desarrollo se orientó hacia la distribución con carácter de propiedad privada
de pequeños dominios, y ya presentaba las distinciones entre propiedades
mayores y menores, entre granjeros influyentes y adinerados y otros pobres y
más humildes.
En las ciudades, en cambio,
no podía haber desarrollo alguno hacia la industria capitalista privada porque
no había ningún sector burgués que tuviera alguna importancia. Los trabajadores
deseaban alguna forma de producción socialista, la única posible en estas
condiciones. Pero por su mentalidad y carácter, como sólo los había rozado
superficialmente el comienzo del capitalismo, era difícil que fueran adecuados
para la tarea de regular ellos mismos la producción. Así, sus líderes más
destacados, los socialistas del Partido Bolchevique, organizados y endurecidos
por años de denodada lucha, sus guías en la revolución, se transformaron en los
líderes de la reconstrucción. Además, para que estas tendencias de la clase
trabajadora no se ahogaran en la marejada de aspiraciones hacia la propiedad
privada que venían del campo, era preciso constituir un fuerte gobierno
central, capaz de frenar las tendencias de los campesinos. En esta pesada tarea
de organizar la industria, de organizar la guerra defensiva contra los ataques
contrarrevolucionarios, de doblegar la resistencia de las tendencias
capitalistas entre los campesinos y de educarlos para que adoptaran ideas
científicas modernas en lugar de sus viejas creencias, todos los elementos
capaces que había entre los trabajadores -los intelectuales, con el agregado de
los ex funcionarios y los ex oficiales que estaban dispuestos a cooperar-
tuvieron que combinarse dentro del Partido Bolchevique como cuerpo directivo.
Este formó el nuevo gobierno. Los soviets
fueron eliminados gradualmente como órganos de autogobierno, y reducidos al
nivel de órganos subordinados del aparato gubernamental. Sin embargo, se
preservó como camuflaje el nombre de República Soviética, y el partido
gobernante retuvo el nombre de Partido Comunista.
El sistema de producción
desarrollado en Rusia es el socialismo de Estado. Es la producción organizada
con el Estado como el empleador universal, dueño de todo el aparato de
producción. Los trabajadores no son más dueños de los medios de producción que
bajo el régimen capitalista occidental. Reciben sus salarios y son explotados
por el Estado que es el único mamut capitalista. De modo que el nombre de capitalismo de Estado puede aplicarse
exactamente con el mismo significado. La totalidad de la burocracia que manda y
dirige, compuesta por los funcionarios, es la dueña real de la fábrica, o sea
la clase poseedora. No separadamente, cada uno como una parte, sino juntos,
colectivamente, son los poseedores del conjunto. Su función y tarea consistía
en hacer lo que la burguesía hizo en Europa occidental y los Estados Unidos:
desarrollar la industria y la productividad del trabajo. Tenían que transformar
a Rusia convirtiéndola de un país primitivo y bárbaro de campesinos en un país
moderno y civilizado de gran industria. Y antes de que transcurriera mucho
tiempo, en una lucha de clases librada a menudo con crueldad entre los
campesinos y los gobernantes, las grandes empresas agrarias controladas por el
Estado reemplazaron a las pequeñas granjas atrasadas.
Por lo tanto, la revolución
no hizo de Rusia, como pretende una propaganda engañosa, una tierra donde los
trabajadores son dueños y donde reina el comunismo. Sin embargo, implicó un
progreso de enorme significación. Se la puede comparar con la gran Revolución
Francesa: destruyó el poder del monarca y de los terratenientes feudales,
comenzó otorgando la tierra a los campesinos y convirtió a los dueños de la
industria en gobernantes del Estado. Así como en aquella oportunidad en Francia
las masas se trañsformaron de una canaille
despreciada, en ciudadanos libres reconocidos incluso en su pobreza y
dependencia económica como personalidades con posibilidad de surgir y elevarse,
también en Rusia las masas se elevaron de un barbarismo no evolutivo a una
corriente de progreso mundial, donde los hombres podían actuar como
personalidades. La dictadura política como forma de gobierno no puede impedir
este desarrollo una vez que ha comenzado, como tampoco la dictadura militar de
Napoleón lo coartó en Francia. Tal como entonces en Francia de los ciudadanos y
campesinos surgieron los capitalistas y los comandantes militares, en una lucha
ascendente de competencia mutua, por buenos y malos medios, mediante la energía
y el talento, con intrigas y engaño, así ocurrió también en Rusia. Todos los
buenos cerebros existentes entre los hijos de los trabajadores y de los
campesinos se precipitaron a las escuelas técnicas y agrícolas, llegaron a ser
ingenieros, oficiales del ejército, jefes técnicos y militares. El futuro
estaba abierto ante ellos y suscitó inmensas tensiones de energía; mediante el
estudio y el tenaz esfuerzo, con la astucia y la intriga se ingeniaron para
afirmar su lugar en la nueva clase gobernante -que gobernaba, también en este
caso, sobre una clase miserable y explotada de proletarios-. Y tal como en
aquel tiempo en Francia surgió un fuerte nacionalismo que proclamó la necesidad
de llevar la nueva libertad a toda Europa, como un breve ensueño de eterna
gloria, también Rusia proclamó orgullosamente su misión, de liberar a todos los
pueblos del capitalismo por medio de la revolución mundial.
Para la clase trabajadora la
significación de la Revolución Rusa debe buscarse en direcciones por completo
diferentes. Rusia mostró a los trabajadores europeos y norteamericanos,
confinados dentro de sus ideas y su práctica reformista, cómo una clase trabajadora
industrial es capaz, mediante una gigantesca acción masiva de huelgas salvajes,
de socavar y destruir a un poder estatal obsoleto; y además, cómo en tales
acciones los comités de huelga se transforman en consejos obreros, órganos de
lucha y de autogobierno que asumen tareas y funciones políticas. Para
comprender la influencia que ejerció el ejemplo ruso sobre las ideas y las
acciones de la clase trabajadora después de la Primera Guerra Mundial, tenemos
que retroceder un poco.
El estallido de la guerra de
1914 significó una quiebra inesperada del movimiento laboral en toda la Europa
capitalista. La aquiescencia obediente de los trabajadores bajo los poderes
militares, la vehemente adhesión, en todos los países, de los líderes sindicales
y de los del partido socialista a sus gobiernos como cómplices en la represión
de los obreros, la ausencia de toda protesta significativa, había llevado a un
profundo desaliento a todos los que antes pusieron sus esperanzas de liberación
en el socialismo proletario. Pero gradualmente los más avanzados de los
trabajadores llegaron a cobrar conciencia de que lo que se había quebrado era
sobre todo la ilusión de una fácil liberación por medio de la reforma
parlamentaria. Esos obreros veían que las masas desangradas y explotadas se
iban rebelando bajo los sufrimientos de la opresión y la carnicería, y, en
alianza con los revolucionarios rusos, esperaban que la revolución mundial
destruyera al capitalismo como consecuencia del caos de la guerra. Rechazaron
el vergonzoso nombre de socialismo
y se llamaron comunistas, que
era el viejo título de los revolucionarios de la clase trabajadora.
Entonces, como una brillante
estrella en el cielo oscuro, la Revolución Rusa se encendió y brilló sobre la
Tierra. Y en todas partes las masas se sintieron henchidas de presentimientos y
comenzaron a inquietarse, al oír el llamado de los revolucionarios en favor de
la terminación de la guerra, de la hermandad de los trabajadores de todos los
países, de la revolución mundial contra el capitalismo. Aún apegados a sus
viejas doctrinas socialistas y a sus organizaciones las masas, inseguras bajo
la marea de calumnias que derramaba la prensa, se quedaron esperando,
vacilantes, para ver si el cuento se convertía en realidad. Grupos más
pequeños, especialmente entre los trabajadores jóvenes, se reunían en todas
partes para formar un movimiento comunista cada vez más amplio. Constituían la
vanguardia en los movimientos que después de la terminación de la guerra
irrumpieron en todos los países, y en forma más acentuada en Europa central,
derrotada y exhausta.
Era una nueva doctrina, un
nuevo sistema de ideas, una nueva táctica de lucha, este comunismo que con los
poderosos medios de propaganda gubernamental, que eran entonces nuevos, se
propagó desde Rusia. Se refería a la teoría de Marx, de la destrucción del
capitalismo mediante la lucha de clase de los obreros. Llamaba a una lucha
contra el capital mundial, concentrado sobre todo en Inglaterra y los Estados
Unidos, que explotaba a todos los pueblos y a todos los continentes. Convocaba
no sólo a todos los trabajadores industriales de Europa y de Norteamérica, sino
también a los pueblos sometidos de Asia y Africa, para que se levantaran en una
lucha común contra el capitalismo. Como toda guerra, ésta sólo podía ganarse
por medio de la organización, mediante la concentración de poderes y por una
buena disciplina. En los partidos comunistas, incluidos los luchadores más
gallardos y capaces, ya había los núcleos y los equipos dirigentes: éstos
tenían que asumir la guía, y a su llamado las masas debían levantarse y atacar
a los gobiernos capitalistas. En la crisis política y económica del mundo no
podemos esperar hasta que las masas, mediante una paciente enseñanza se hayan
vuelto todas comunistas. Tampoco es esto necesario; si están convencidas de que
sólo el comunismo es la salvación, si depositan su confianza en el Partido
Comunista, siguen sus directivas, lo llevan al poder, el Partido, que será el
nuevo gobierno, estabiecerá el nuevo orden. Así lo hizo en Rusia, y este
ejemplo debe seguirse en todas partes. Pero entonces, en respuesta a la pesada
tarea y a la devoción de los líderes, son imperativas una estricta obediencia y
disciplina de las masas, de éstas hacia el partido y de los miembros del
partido hacia los líderes. Lo que Marx había llamado la dictadura del proletariado sólo puede realizarse como la dictadura del Partido Comunista.
En el Partido está encarnada la clase trabajadora, el Partido es su
representante.
En esta forma de doctrina
comunista era claramente visible el origen ruso. En Rusia, con su pequeña
industria y su clase trabajadora no desarrollada, sólo había que derrotar a un
despotismo asiático ya muy descompuesto. En Europa y en los Estados Unidos una
clase trabajadora numerosa y muy desarrollada, entrenada por una poderosa
industria, se enfrenta con una poderosa clase capitalista que dispone de todos
los recursos del mundo. Por ende, la doctrina de la dictadura del partido y de
la obediencia ciega encontraron en esos países una fuerte oposición. Si en
Alemania los movimientos revolucionarios después de la terminación de la
Primera Guerra hubieran llevado a una victoria de la clase trabajadora y ese
país se hubiera unido a Rusia, la influencia de esta clase, producto del
desarrollo capitalista e industrial más elevado, habría sobrepasado rápidamente
las características rusas. Grande habría sido su influencia sobre los
trabajadores ingleses y norteamericanos, y habría arrastrado a Rusia misma
hacia nuevos caminos. Pero en Alemania la revolución fracasó; las masas se
mantuvieron apartadas por acción de sus líderes socialistas y sindicales,
mediante relatos de atrocidades y promesas de felicidad socialista bien
ordenada, mientras eran exterminadas sus vanguardias y asesinados sus mejores
portavoces por las fuerzas militares bajo la protección del gobierno
socialista. Así, los grupos opositores de comunistas alemanes no pudieron
ejercer influencia alguna; fueron expulsados del partido. En su lugar, los grupos
socialistas descontentos fueron inducidos a unirse a la Internacional
moscovita, atraídos por la nueva política oportunista de ésta al apoyar al
parlamentarismo, con lo cual esperaba conquistar el poder en los países
capitalistas.
De este modo la revolución mundial se transformó de
grito de guerra en una mera expresión verbal. Los líderes rusos imaginaban la
revolución mundial como una extensión e imitación en gran escala de la
Revolución Rusa. Sólo conocían al capitalismo en su forma rusa, como un poder
explotador foráneo que empobrecía a los habitantes y se llevaba todos los
beneficios fuera del país. No conocían al capitalismo como el gran poder organizador, que con su
riqueza producía la base de un nuevo mundo aún más rico. Como resulta claro por
sus escritos, no conocían el enorme poder de la burguesía, frente al cual todas
las capacidades de líderes abnegados y de un partido disciplinado resultan
insuficientes. No conocían las fuentes de energía que yacen ocultas en la clase
trabajadora de hoy. De ahí las formas primitivas de ruidosa propaganda y
terrorismo partidario, no sólo espiritual, sino también físico, contra los
puntos de vista disidentes. Fue un anacronismo que Rusia, que recién entraba en
la era industrial saliendo de su primitiva barbarie, tomara el mando de la
clase trabajadora de Europa y los Estados Unidos, enfrentada con la tarea de
transformar a un capitalismo industrial muy desarrollado en una forma aún
superior de organización.
La vieja Rusía ha sido
esencialmente, en lo que respecta a su estructura económica, un país asiático.
En toda Asia vivían millones de campesinos que practicaban una agricultura
primitiva en pequeña escala, restringidos a su aldea, bajo señores despóticos
muy distantes con los cuales no tenían vinculación alguna, salvo el pago de los
impuestos. En la época contemporánea estos impuestos se transformaron en un
tributo cada vez más pesado en favor del capitalismo occidental. La Revolución
Rusa, al repudiar las deudas zaristas, significó la liberación de los
campesinos rusos de esta forma de explotación que beneficiaba al capital
occidental. Con eIlo excitó a todos los pueblos reprimidos y explotados de
Oriente a seguir su ejemplo, a unirse a la lucha y arrojar el yugo de sus
déspotas, instrumentos del rapaz capital mundial. Y el llamado se oyó a lo
largo y lo ancho del mundo, en China y Persia, en la India y Africa. Se
formaron partidos comunistas, compuestos de intelectuales radicalizados, de
campesinos rebelados contra los terratenientes feudales, de jornaleros y
artesanos, que llevaron a centenares de millones de hombres el mensaje de
liberación. Como en Rusia, significó para todos estos pueblos la apertura del
camino hacia el desarrollo industrial moderno, y a veces, como en China, en
alianza con una burguesía industrial progresista. De esta manera la
Internacional moscovita más aún que institución europea, llegó a ser una
institución asiática. Esto acentuó su carácter de movimiento de la clase media,
e hizo revivir en sus seguidores europeos las viejas tradiciones de las
revoluciones de las clases medias, con la preponderancia de grandes líderes, de
sonoras consignas, de conspiraciones, complots y revueltas militares.
La consolidación del
capitalismo de Estado en Rusia misma fue la base decisiva que determinó el
carácter del Partido Comunista. Aunque en su propaganda exterior el partido
siguió hablando de comunismo y revolución mundial, vituperando al capitalismo,
convocando a los trabajadores a unirse a la lucha por la libertad, los obreros
en Rusia constituían una clase sometida y explotada, que vivía en su mayor
parte en condiciones laborales miserables, bajo un dominio dictatorial duro y
opresivo, sin libertad de expresión, de prensa, de asociación, mucho más
esclavizada que sus hermanos bajo el capitalismo occidental. Así, una falsedad
esencial debía ser característica de la política y las enseñanzas de ese
partido. Aunque era un instrumento del gobierno ruso en su política exterior,
logró mediante su verbalismo revolucionario captar todos los impulsos rebeldes
surgidos en jóvenes entusiastas del mundo occidental, acosado por las crisis.
Pero sólo lo hizo para volcarlos en simulacros abortados de lucha o en una política
oportunista -unas veces contra los partidos socialistas tildados de traidores o socialfascistas, y otras
buscando su alianza en los denominadas frente rojo o frente popular-, lo que
hizo que los mejores adherentes lo abandonaran disgustados. La doctrina que el
partido enseñó bajo el nombre de marxismo
no era la teoría del derrocamiento de un capitalismo muy desarrollado por obta
de una clase trabajadora muy desarrollada, sino su caricatura, producto de un
mundo de primitivismo bárbaro, donde la lucha contra las supersticiones
religiosas era progreso espiritual y el industrialismo modernizado era progreso
económico -con el ateísmo como filosofía, el dominio partidario como objetivo y
la obediencia a la dictadura como máximo imperativo-.
El Partido Comunista no se
proponía hacer de los trabajadores luchadores independientes, capaces por su
fuerza de penetración mental de construir por sí mismos su nuevo mundo, sino de
convertirlos en obedientes seguidores prontos a poner al partido en el poder.
Así se oscureció la luz que
había iluminado al mundo; las masas que habían saludado su llegada quedaron en
una noche más negra, y por desaliento se alejaron de la lucha o siguieron
combatiendo para encontrar nuevos y mejores caminos. La Revolución Rusa había
dado al comienzo un poderoso impulso a la lucha de la clase trabajadora, por
sus acciones masivas directas y sus nuevas formas de organización sobre la base
de los consejos -esto se expresó en el amplio surgimiento del movimiento
comunista en todo el mundo-. Pero cuando luego la Revolución se asentó y se
tradujo en un nuevo orden, un nuevo dominio de clase, una nueva forma de
gobierno, el capitalismo de Estado bajo la dictadura de una nueva clase
explotadora, el Partido Comunista asumió necesariamente un carácter ambiguo.
Así, en el curso de los eventos siguientes se convirtió en algo muy ruinoso
para la lucha de la clase trabajadora, que sólo puede vivir y crecer en la
pureza del pensamiento claro, los hechos desembozados y los tratos honestos.
Con su vana charla acerca de la revolución mundial, el partido obstaculizó la
nueva orientación de medios y fines, que tan urgente era. Promoviendo y
enseñando bajo el nombre de disciplina
el vicio de la sumisión -el principal vicio de que deben despojarse los
trabajadores-, suprimiendo todo rastro de pensamiento crítico independiente,
impidió el desarrollo de un poder real de la clase trabajadora. Al usurpar el
nombre de comunismo para su
sistema de explotación de los trabajadores y su política de persecución de los
adversarios, a menudo cruel, hizo de este nombre, que hasta entonces había sido
expresión de elevados ideales, un objeto de oprobio, aversión y odio incluso
entre los trabajadores. En Alemania, donde las crisis políticas y económicas
habían agudizado al máximo los antagonismos de clase, el partido redujo la dura
lucha de clases a una pueril escaramuza de jóvenes armados contra bandas
nacionalistas similares. Y entonces, cuando la marea del nacionalismo alcanzó
gran altura y resultó muy fuerte, gran parte de ellos, sólo educados para
derrotar a los adversarios de sus líderes, cambiaron simplemente de bando. Así,
el Partido Comunista contribuyó grandemente, con su teoría y práctica, a
preparar la victoria del fascismo.
6. La revolución de los trabajadores
La revolución por la cual la
clase trabajadora ganará el dominio y la libertad no es un solo evento de
duración limitada. Es un proceso de organización, de autoeducación, en el cual
los trabajadores desarrollan en forma gradual, a veces en ascenso progresivo y
otras por pasos y saltos, la fuerza necesaria para vencer a la burguesía,
destruir al capitalismo y construir su sistema de producción colectiva. Este
proceso llenará una época de la historia de desconocida longitud, en cuyos
inicios nos encontramos ahora. Aunque los detalles de su curso no pueden
preverse, algunas de sus condiciones y circunstancias pueden ser tema actual de
discusión.
Esta lucha no es comparable
con una guerra regular entre potencias antagónicas similares. ¡Las fuerzas de
los trabajadores son como un ejército que se reúne durante la batalla! Deben
crecer por obra de la lucha misma, no se las puede determinar de antemano, y
sólo pueden plantearse y alcanzar metas parciales. Si observamos
retrospectivamente ia historia, discernimos una serie de acciones que como
intentos de toma del poder parecen constituir otros tantos fracasos: desde el
Cartismo, pasando por 1848, por la Comuna de París, hasta llegar a las
revoluciones en Rusia y Alemania en 1917-1918. Pero hay una línea de progreso;
cada intento sucesivo muestra un estadio superior de conciencia y fuerza. Sin
embargo, si observamos la historia del movimiento obrero, vemos que en la lucha
continua de la clase trabajadora hay altibajos, relacionados en su mayor parte
con cambios en lo que respecta a la prosperidad industrial. Cuando comenzó a
surgir la industria, cada crisis produjo miseria y movimientos de rebelión. La
Revolución de 1848 en el continente europeo fue consecuencia de una grave
depresión comercial combinada con malas cosechas. La depresión industrial de
1867 produjo una resurrección de la acción política en Inglaterra. La larga
crisis de la década de 1880, con sus dramáticas cifras de desempleo, provocó
acciones masivas, el surgimiento de la socialdemocracia en el continente
europeo y el nuevo sindicalismo
en Inglaterra. Pero en los años intermedios de prosperidad industrial, como son
los períodos de 1850-70 y de 1895-1914, desapareció todo este espíritu de
rebelión. Cuando florece el capitalismo y extiende su dominio en febril
actividad, cuando abunda el trabajo y la actividad sindical es capaz de hacer
elevar los salarios, los trabajadores no piensan en introducir ningún cambio en
el sistema social. La clase capitalista va aumentando su riqueza y poder y está
llena de confianza en sí misma, prevalece sobre los trabajadores y logra
imbuirlos de su espíritu de nacionalismo. Formalmente los trabajadores pueden
atenerse a las viejas consignas revolucionarias, pero en su subconsciente están
contentos con el capitalismo, su visión se ha limitado; por lo tanto, aunque su
número aumente, su poder declina. Esto continúa hasta que una nueva crisis los
encuentra desprevenidos y tiene que volver a estimularlos a la lucha.
Así se plantea el problema
de si la sociedad y la clase trabajadora estarán alguna vez maduras para la
revolución, visto que el poder de lucha adquirido previamente se deteriora una
y otra vez por el contentamiento que producen las sucesivas prosperidades. Para
responder a esta pregunta es necesaajo examinar más detenidamente el desarrollo
del capitalismo.
La alternancia de depresión
y prosperidad en la industria no es una simple oscilación de aquí para allá.
Cada movimiento oscilatorio va acompañado por una expansión. Después de cada
quebranto en una crisis, el capitalismo fue capaz de rehacerse de nuevo expandiendo
su dominio, sus mercados, su masa de producción y el producto. Mientras el
capitalismo pueda expandirse aún más por el mundo y aumentar su volumen, será
capaz de dar empleo a la masa de la población. Y mientras pueda satisfacer la
primera demanda de un sistema de producción, o sea procurar medios de vida a
sus miembros, logrará mantenerse, porque la dura necesidad no obligará a los
trabajadores a ponerle término. Si el capitalismo pudiera seguir prosperando en
su estadio más elevado de extensión, la revolución sería imposible y también
innecesaria, pues sólo habría entonces la esperanza de que un aumento gradual
de la cultura general corrigiera sus deficiencias.
Sin embargo, el capitalismo
no es un sistema de producción normal o, en todo caso, estable. El capitalismo
europeo, y luego el norteamericano, pudo aumentar la producción en forma tan
continua y rápida porque estaba rodeado por un amplio mundo exterior no
capitalista de producción en pequeña escala, fuente de materias primas y de
mercados para sus productos. Se trataba de un estado de cosas artificial en el
que había una separación entre un núcleo capitalista activo y un entorno
dependiente y pasivo. Pero el núcleo se ha ido expandiendo cada vez más. La
esencia de la economía capitalista es el crecimiento, la actividad, la
expansión; toda pausa significa colapso y crisis. La razón consiste en que las
ganancias se acumulan continuamente y forman nuevo capital, y éste busca
invertirse para producir nuevas ganancias, de modo que la masa del capitalismo
y la masa de los productos aumentan cada vez más rápidamente y se buscan
febrilmente mercados. El capitalismo es entonces el gran poder revolucionador,
que subvierte en todas partes las viejas condiciones de vida y va cambiando el
aspecto de la tierra. Cada vez son más los millones de personas que salen de su
producción doméstica aislada, autosuficiente, que se repitió durante largos
siglos sin cambios notables, y entran en el remolino del comercio mundial. El
capitalismo mismo, la explotación industrial, se introdujo en esas regiones, y
pronto los clientes se volvieron competidores. En el siglo XIX de Inglaterra
avanzó hacia Francia, Alemania, los Estados Unidos, Japón, y luego, en el siglo
XX, invadió los grandes territorios asiáticos. Y primero como individuos en
competencia, luego como Estados nacionales organizados, los capitalistas
emprendieron la lucha por los mercados, las colonias y el poder mundial. Así se
van incorporando al proceso y revolucionando dominios cada vez más amplios.
Pero la tierra es un globo,
de extensión limitada. El descubrimiento de su dimensión finita acompañó al
surgimiento del capitalismo hace cuatro siglos, y la comprensión de su
dimensión finita marca ahora el fin del capitalismo. La población a someter es limitada.
Una vez incorporados a los confines del capitalismo los centenares de millones
de seres humanos que pueblan las fértiles llanuras de China y la India, la
tarea principal de éste está terminada. Luego no quedarán grandes masas humanas
que puedan ser objeto de sumisión. Quedan, sí, vastas zonas desiertas que hay
que incorporar a los dominios del cultivo humano. Pero su explotación requiere
la colaboración consciente de la humanidad organizada; los duros métodos de
rapiña del capitalismo -el saqueo de
la tierra que destruyó la fertiliaad- no sirven de nada en este caso. Su
expansión posterior queda entonces detenida. No en forma de un impedimento
súbito, sino gradualmente, como una dificultad creciente de vender sus
productos e invertir capital. El ritmo del desarrollo se relaja, la producción
va disminuyendo, el desempleo se transforma en una enfermedad vergonzosa.
Entonces la lucha mutua de los capitalistas por el dominio mundial se hace más
encarnizada, con guerras mundiales en ciernes.
De modo que difícilmente
haya dudas de que cabe excluir una expansión ilimitada del capitalismo, que
ofrezca posibilidades de vida duraderas para la población, debido al carácter
económico mismo del sistema. Y de que llegará un tiempo en que el mal de la
depresión, las calamidades del desempleo y los terrores de la guerra sean cada
vez más fuertes. Entonces la clase trabajadora, aunque aún no se rebele, deberá
despertar y luchar. Entonces los trabajadores deberán elegir entre sucumbir
inertes o luchar con energía para conquistar la libertad. Entonces tendrán que
asumir su tarea de crear un mundo mejor partiendo del caos del capitalismo en
decadencia.
¿Lucharán? La historia
humana es una serie incesante de luchas; y Clausewitz, el conocido teórico
alemán de la guerra, afirmaba sobre la base de la historia que el hombre es, en
su íntima naturaleza, un ser guerrero. Pero otros, tanto escépticos como esforzados
revolucionarios, ante la timidez, la sumisión y la indiferencia de las masas,
desesperan a menudo del futuro. De modo que tendremos que examinar un poco más
profundamente las fuerzas y efectos psicológicos.
El impulso dominante y más
profundo del hombre, como de todo ser viviente, es el de conservación. Este lo
obliga a defender su vida con todas sus fuerzas. El temor y la sumisión son
también efecto de este instinto, pues ofrecen las mejores posibilidades de
conservación frente a dueños poderosos. Entre las variadas disposiciones del
hombre, las más adecuadas para preservar la vida en las circunstancias
existentes serán las que prevalecerán y se desarrollarán. En la vida diaria del
capitalismo es impráctico, e incluso peligroso, que un trabajador abrigue
sentimientos de independencia y orgullo. Cuanto más los reprima y obedezca en
silencio, tanto menos difícil le resultará encontrar trabajo y conservado. Las
normas de conducta enseñadas por los servidores de la clase dominante estimulan
esta disposición. Y sólo unos pocos espíritus independientes desafían estas
tendencias y están dispuestos a enfrentar las dificultades consiguientes.
Sin embargo, cuando en
tiempos de crisis y peligro social toda esta sumisión, este buen
comportamiento, no sirven para preservar la vida, cuando sólo puede ayudar la
lucha, aquella actitud se cambia en su contraria y deja paso al espíritu de
rebelión y a la valentía. Los osados dan el ejemplo y los tímidos descubren con
sorpresa de qué hechos heroicos son capaces. En ellos despierta entonces la
confianza en sí mismos y la gallardía, que se van desarrollando porque de ellas
dependen sus posibilidades de vida y felicidad. Y en seguida, por instinto y
por experiencia, comprenden que sólo la colaboración y la unión pueden
robustecerlos como masa. Cuando perciben luego qué fuerzas existen en ellos
mismos y en sus camaradas, cuando sienten la felicidad de este despertar del
orgullo nacido del respeto de sí y de la abnegada hermandad, cuando anticipan
un futuro de victoria, cuando ven surgir ante ellos la imagen de la nueva
sociedad que ayudan a construir, el entusiasmo y el ardor van adquiriendo un
poder irresistible. Entonces la clase trabajadora comienza a estar madura para
la revolución. Entonces el capitalismo comienza a estar maduro para el colapso.
Así va surgiendo una nueva
humanidad. Los historiadores se asombran a menudo cuando observan los rápidos
cambios que ocurren en el carácter del pueblo en época de revolución. Parece un
milagro; pero simplemente muestra cuántos rasgos residen ocultos en las masas,
reprimidos porque no servían de nada. Ahora irrumpen, quizá sólo
temporariamente; pero si su utilidad es duradera, se transforman en cualidades
dominantes que transforman al hombre adaptándolo a las nuevas circunstancias y
requerimientos.
El cambio primero y más
notable es el desarrollo del sentimiento comunitario. Sus primeras
manifestaciones surgieron con el capitalismo mismo, a partir del trabajo común
y la lucha común. Se robusteció con la conciencia y la experiencia de que el
trabajador aislado es impotente contra el capital, y de que sólo una firme
solidaridad puede asegurar condiciones tolerables de vida. Cuando la lucha se
vuelve más amplia y encarnizada, y se agranda para transformarse en una lucha
por el dominio sobre el trabajo y la sociedad, del cual dependen la vida y el
futuro, la solidaridad debe transformarse en una unidad indisoluble que lo
abarque todo. El nuevo sentimiento comunitario, al extenderse sobre toda la
clase trabajadora, suprime el viejo egoísmo del mundo capitalista.
Esto no es totalmente nuevo.
En los tiempos primigenios, en la tribu con sus formas simples y en su mayoría
comunistas de trabajo, predominaba el sentimiento comunitario. El hombre estaba
completamente ligado a la tribu; separado de ella no era nada. En todas sus
acciones el individuo se sentía como nada en comparación con el bienestar y el
honor de la comunidad. El hombre primitivo, que formaba una unidad inextricable
con la tribu, aún no había llegado a desarrollarse para constituir una
personalidad. Cuando luego los hombres se separaron y se transformaron en
productores independientes en pequeña escala, se esfumó el sentimiento
comunitario y dej6 su lugar al individualismo, que hace de la propia persona el
centro de todos los intereses y sentimientos. En los muchos siglos de
súrgimiento de la clase media, de producción de bienes y de capitalismo, el
sentimiento de personalidad individual despertó y se fue transformando cada vez
más acentuadamente en un nuevo carácter. Se trata de una adquisici6n que ya no puede
perderse. Sin duda, también en esta época el hombre era un ser social, dominado
por la sociedad, y en los momentos críticos de revolución y guerra se imponía
temporariamente el sentimiento comunitario como un deber moral inusitado. Pero
en la vida ordinaria quedaba reprimido bajo la orgullosa fantasía de la
independencia personal.
Lo que ahora se está
desarrollando en la clase trabajadora no es un cambio a la inversa, como
tampoco las condiciones de vida son un retorno a formas pretéritas. Es la
fusión del individualismo y el sentimiento comunitario para formar una unidad
superior. Es la subordinación consciente de todas las fuerzas personales al
servicio de la comunidad. En su manejo de las poderosas fuerzas productivas los
trabajadores, como dueños más poderosos de éstas, desarrollan su personalidad
para alcanzar un estadio aún más alto. La conciencia de su íntima conexión con
la sociedad une al sentimiento de personalidad con el todopoderoso sentimiento
social, para constituir una nueva aprehensión vital basada en la comprensión de
que la sociedad es la fuente de todo el ser del hombre.
El sentimiento comunitario
es desde el comienzo la fuerza principal que hace progresar la revolución. Este
progreso es el desarrollo de la solidaridad, de la vinculación mutua, de la
unidad de los trabajadores. Su organización, su nuevo y creciente poder, es un
nuevo carácter adquirido mediante la lucha, es un cambio en su ser íntimo, es
una nueva moralidad. Lo que los tratadistas de temas militares pueden decir
acerca de la guerra ordinaria, es decir, que las fuerzas morales desempeñan en
ella un papel predominante, es aún más cierto en el caso de la guerra de
clases. En esta guerra están en juego cuestiones de mayor categoría. Las
guerras fueron siempre contiendas entre potencias similares en competencia, y
la estructura más profunda de la sociedad siguió siendo la misma, ganara uno u
otro bando. Las contiendas de clases son luchas por nuevos principios y la
victoria de la clase en surgimiento transfiere a la sociedad a un estadio
superior de desarrollo. Por ende, en comparación con la guerra real, las fuerzas
morales son de un tipo superior: la colaboración abnegada y voluntaria en lugar
de la obediencia ciega, la fe en los ideales en lugar de la fidelidad a los
comandantes, el amor por los compañeros de clase, por Ía humanidad, en lugar
del patriotismo. Su práctica esencial no es la violencia armada, el asesinato,
sino el mantenerse firmes, el soportar, perseverar, persuadir, organizar; su
propósito no consiste en aplastar cráneos sino en abrir cerebros. Con
seguridad, la acción armada desempeñará también un papel en la lucha de las
clases; la violencia armada de los señores no podrá vencerse a la manera
tolstoiana, mediante el sufrimiento paciente. Hay que derrotada por la fuerza,
pero por una fuerza animada por una profunda convicción moral.
Ha habido guerras que
tuvieron algo de este carácter. Tales guerras fueron un tipo de revolución o
formaron parte de revoluciones, en la lucha por la libertad de la clase media.
Cuando la burguesía naciente luchó por el predominio contra los poderes feudales
internos y externos de la monarquía y los terratenientes -como ocurrió en
Grecia en la antigüedad, en Italia y Flandes en la Edad Media, en Holanda,
Inglaterra y Francia en siglos posteriores-, el idealismo y el entusiasmo,
nacidos de profundos sentimientos de las necesidades de clase, produjeron
grandes hechos de heroísmo y autosacrificio. Estos episodios, tales como los
que en tiempos modernos encontramos en la Revolución Francesa, o en la
liberación de Italia por los partidarios de Garibaldi, cuentan entre las
páginas más hermosas de la historia humana. Los historiadores los glorificaron
y los poetas los cantaron como épocas de grandeza, idas para siempre, porque la
secuela de la liberación, la práctica de la nueva sociedad, el dominio del
capital, el contraste entre el lujo desvergonzado y la pobreza miserable, la
avaricia y codicia de los comerciantes, la caza de empleos de los funcionarios,
todo este espectáculo de bajo egoísmo cayó como un frío desaliento sobre la
siguiente generación. En las revoluciones de la clase media el egoísmo y la
ambición de las personalidades fuertes desempeñan un importante rol; por regla
general, se sacrifica a los idealistas y los personajes deleznables llegan a la
riqueza y al poder. En la burguesía todo el mundo debe tratar de elevarse
pisoteando a los otros. Las virtudes del sentimiento comunitario eran una
necesidad sólo temporaria, para conquistar el dominio para su clase; una vez
alcanzado este fin, dejan paso a la despiadada lucha competitiva de todos
contra todos.
Tenemos aquí la diferencia
fundamental entre las anteriores revoluciones de la clase media y la revolución
de los obreros que ahora se aproxima. Para los trabajadores el fuerte
sentimiento comunitario que nace de su lucha por el poder y la libertad es, al
mismo tiempo, la base de su nueva sociedad. Las virtudes de la solidaridad y la
abnegación, el impulso hacia la acción común en firme unidad, generados en la
lucha social, son los fundamentos del nuevo sistema económico de trabajo común
y se perpetuarán e intensificarán mediante su práctica. La lucha configurará a
la nueva humanidad, necesitada del nuevo sistema de trabajo. El fuerte
individualismo del hombre encontrará una manera mejor de afirmarse que en el
anhelo de poder personal sobre otros. Al aplicar su plena fuerza a la
liberación de la clase, se desplegará más plenamente y en forma más noble que
en la prosecución de fines personales.
El sentimiento comunitario y
la organización no bastan para derrotar al capitalismo. El dominio espiritual
de la burguesía, al mantener sometida a la clase trabajadora, tiene la misma
importancia que su poder físico. La ignorancia es un impedimento para la
libertad. Los viejos pensamientos y tradiciones presionan fuertemente los
cerebros, aunque éstos estén ya tocados por las nuevas ideas. Entonces los
fines se ven en su forma más limitada, se aceptan consignas rimbombantes sin
ningún espíritu crítico, la ilusión de un éxito fácil y las medidas tibias y
las falsas promesas orientan hacia un camino errado. Así queda en evidencia la
importancia que tiene para los trabajadores el poder intelectual. El
conocimiento y la perspicacia constituyen un factor esencial en el surgimiento
de la clase obrera.
La revolución de los
trabajadores no será el resultado del poder físico bruto, sino una victoria de
la mente. Será producto del poder masivo de los trabajadores, sin duda, pero
este poder es ante todo espiritual. Los trabajadores no triunfarán porque tengan
puños fuertes; los puños son dirigidos fácilmente por los cerebros astutos de
otros, incluso contra la propia causa. Tampoco ganarán porque sean la mayoría.
Las mayorías ignorantes y desorganizadas se mantuvieron regularmente sometidas,
impotentes, por obra de minorías bien instruidas y organizadas. La mayoría sólo
triunfará porque robustas fuerzas morales e intelectuales la hacen surgir por
encima del poder de sus señores. Las revoluciones en la historia tuvieron éxito
porque nuevas fuerzas espirituales habían despertado en las masas. La fuerza
física bruta y estúpida no puede hacer nada sino destruir. Las revoluciones,
sin embargo, son las épocas constructivas en la evolución de la humanidad. Y
más que cualquier otra anterior, la revolución que hará a los trabajadores
dueños del mundo requiere las más elevadas cualidades morales e intelectuales.
¿Pueden responder los
trabajadores a estos requerimientos? ¿Cómo pueden adquirir el conocimiento
necesario? No en las escuelas, donde se empapa a los niños de todas las ideas
falsas acerca de la sociedad que la clase dominante desea que tengan. No en los
diarios, en manos de los capitalistas que los poseen y dirigen, o de grupos que
están tratando de alcanzar el liderazgo. No por la prédica desde el púlpito,
escuela de servilismo donde son extremadamente raros los hombres como John Ball
(1). No por la radio, donde -a diferencia de las
discusiones públicas de épocas anteriores, que fueron para los ciudadanos un
poderoso medio de formar su mente en los asuntos públicos- las asignaciones
unilaterales de los espacios tienden a embrutecer a los oyentes pasivos, y con
su incesante y agresivo ruido no permiten pensar con calma. No a través del
cine que -a diferencia del teatro, que fue en los primeros días para la clase
burguesa en ascenso un medio de instrucción y a veces incluso de lucha- sólo
apela a la impresión visual, nunca al pensamiento o a la inteligencia. Todos
éstos son poderosos instrumentos de la clase dominante para mantener
espiritualmente esclavizada a la clase obrera. Con instintiva astucia y
consciente deliberación se los usa para ese propósito. Y las masas trabajadoras
se someten sin sospecharlo a su influencia. Se dejan engañar por artificiosas
palabras y apariencias externas. Aun quienes conocen su clase y la lucha dejan
los asuntos a los líderes y hombres de Estado, y los aplauden cuando éstos pronuncian
las viejas y queridas palabras de la tradición. Las masas pasan su tiempo libre
persiguiendo pueriles placeres, sin darse cuenta de los grandes problemas
sociales de los que depende su existencia y la de sus hijos. Parece un problema
insoluble el de cómo llegará alguna vez a producirse y triunfar una revolución
de trabajadores, cuando a raíz de la sagacidad de los gobernantes y de la
indiferencia de los gobernados siguen ausentes las condiciones espirituales que
la posibilitarán.
Pero las fuerzas del
capitalismo están trabajando en las profundidades de la sociedad, agitando las
viejas condiciones y empujando a la gente adelante, aun contra su voluntad. Sus
efectos incitadores son reprimidos mientras es posible, para salvar las viejas
posibilidades de seguir viviendo, y almacenados en el subconsciente sólo
intensifican las tensiones íntimas, hasta que al final, en la crisis, en el
punto más alto de necesidad irrumpen y se traducen en acción, en rebelión. La
acción no es el resultado de una intención deliberada, sino que se produce como
un hecho espontáneo, irresistiblemente. En tal acción espontánea el hombre se
revela a sí mismo de qué es capaz, y queda sorprendido. Y puesto que la acción
es siempre acción colectiva, le revela a cada uno que las fuerzas que
oscuramente siente en sí están presentes en todos. El descubrimiento de las
sólidas fuerzas de la clase unida en una voluntad común suscita confianza y
coraje, y esos sentimientos estimulan y arrastran a masas cada vez más amplias.
Las acciones irrumpen
espontáneamente, impuestas por el capitalismo a los trabajadores que no
desearían realizadas. No son tanto resultado como punto de partida del
desarrollo espiritual de éstos. Una vez que los trabajadores emprenden la lucha
deben seguir atacando y defendiéndose, empleando todas sus fuerzas al máximo.
Se borra entonces la indiferencia, que era sólo una forma de resistencia ante
requerimientos que se sentían incapaces de satisfacer. Comienza un período de
intenso esfuerzo mental. Al enfrentarse a las poderosas fuerzas del
capitalismo, los trabajadores ven que sólo mediante sus máximos esfuerzos,
desarrollando todas sus potencias, pueden tener esperanza de triunfar. Lo que
en toda lucha aparece en sus primeros rastros se despliega entonces
ampliamente; despiertan y se ponen en movimiento todas las fuerzas ocultas en
las masas. Este es el trabajo creador de la revolución. La necesidad de una
firme unidad se graba en su conciencia, a cada momento sienten la necesidad del
conocimiento. Cualquier clase de ignorancia, de ilusión acerca del carácter y
fuerza del enemigo, de debilidad en la resistencia a las artimañas de éste, de
incapacidad de refutar sus argumentos y calumnias, se castiga con el fracaso y
la derrota. El deseo activo, mediante fuertes impulsos nacidos de dentro,
incita entonces a los trabajadores a utilizar su cerebro. Las nuevas
esperanzas, las nuevas visiones del futuro inspiran la mente, la transforman en
un poder viviente que no rehúye ningún sufrimiento si se trata de buscar la
verdad, de adquirir conocimiento.
¿Dónde encontrarán los
trabajadores el conocimiento que necesitan? Las fuentes abundan; ya existe una
amplia literatura científica de libros y folletos que explican los hechos y las
teorías básicas de la sociedad y el trabajo, y les seguirán otros más. Pero
esos libros muestran la máxima diversidad de opinión con respecto a lo que hay
que hacer, y los trabajadores mismos tienen que elegir y distinguir lo que es
verdadero y correcto. Deben usar su propio cerebro en laborioso pensamiento e
intentar el debate, pues enfrentan nuevos problemas, una vez más, para los
cuales los viejos libros no pueden dar ninguna solución. Esos libros sólo
pueden proporcionar un conocimiento general acerca de la sociedad y el capital,
presentar principios y teorías que abarcan la experiencia anterior. Aplicarlos
a situaciones siempre nuevas es nuestra tarea.
La penetración mental que se
requiere no puede obtenerse en forma de instrucción de una masa ignorante por
maestros instruidos, poseedores de la ciencia, como si se tratara de instilar
conocimiento en alumnos pasivos. Sólo se la puede adquirir mediante la
autoeducación, con una actividad propia, esforzada, que tensiona el cerebro en
un denodado deseo de entender el mundo. Sería muy fácil si la clase trabajadora
sólo tuviera que aceptar la verdad establecida de quienes la conocen. Pero la
verdad que los trabajadores necesitan no existe en ninguna parte del mundo
fuera de ellos; deben construirla dentro de sí mismos. Por ende, lo que de esto
resutta no pretende ser la verdad final establecida que hay que aprender de
memoria. Es un sistema de ideas conquistado mediante una atenta experienda de
la sociedad y del movimiento obrero, formulado para inducir a otros a meditar y
discutir los problemas del trabajo y de su organización. Hay centenares de
pensadores que abren nuevos puntos de vista, hay millares de trabajadores
inteligentes que, una vez que presten atenci6n a ellos, serán capaces, basados
en su íntimo conocimiento, de concebir mejor y más detalladamente la
organización de su lucha y la de su trabajo. Lo que aquí se dice puede ser la
chispa que encienda el fuego en su mente.
Hay grupos y partidos que
pretenden estar en exclusiva posesión de la verdad, que tratan de conquistar a
los trabajadores mediante su propaganda con exclusión de las demás opiniones.
Por medio de la coacción moral y, cuando pueden, física, tratan de imponer sus
puntos de vista a las masas. Debe estár claro que la enseñanza unilateral de un
solo sistema de doctrinas sólo puede servir, y en verdad sólo sirve, para criar
seguidores obedientes, y por lo tanto para defender la vieja dominación o
preparar la nueva. La autoliberaci6n de las masas trabajadoras implica
pensamiento autónomo, conocimiento aut6nomo, reconocimiento de la verdad y el
error mediante el propio esfuerzo mental. Ejercitar el cerebro es mucho más
difícil y fatigoso que ejercitar los músculos. Pero hay que hacerla, porque el
cerebro rige a los músculos; si no lo hace el cerebro de uno, lo harán los de
otros.
Por lo tanto, una ilimitada
libertad de discusión, de expresión de las opiniones, es el aire vital de la
lucha de los trabajadores. Hace más de un siglo que contra un gobierno
desp6tico Shelley, el más grande poeta de Inglaterra en el siglo XIX, el amigo del pobre sin amigos,
reivindicó para todos el derecho de libre expresión de sus opiniones. Un hombre
tiene derecho a la libertad sin restricciones para la discusión. Un hombre
tiene no sólo derecho a expresar sus pensamientos, sino que es su deber hacerlo
..., ningún acto de legislación puede destruir ese derecho. ShelIey procedía de
una filosofía que proclamaba los derechos naturales del hombre. En nuestro
caso, proclamamos la libertad de expresión y de prensa porque es necesaria para
la liberación de la clase obrera. Restringir la libertad de discusión equivale
a impedir que los trabajadores adquieran el conocimiento que necesitan. Todo
viejo despotismo, toda dictadura contemporánea comenzó persiguiendo o
prohibiendo la libertad de prensa. Toda restricción de esta libertad es el
primer paso para poner a los trabajadores bajo el dominio de alguna clase de
señores, ¿No es necesario entonces que las masas estén protegidas contra las
falsedades, las representaciones erróneas, la seductora propaganda de sus enemigos?
Así como en la educación el mantener cuidadosamente apartadas las influencias
malignas no sirve para desarrollar la facultad de resistirla y vencerlas,
tampoco se puede educar a la clase obrera para la libertad mediante la tutela
espiritual. Cuando los enemigos se presentan bajo el disfraz de amigos, y en la
diversidad de opiniones cada sector se inclina a considerar a los otros como un
peligro para la clase, ¿quién decidirá? Los trabajadores, por cierto; deben
luchar para abrirse camino también en este dominio. Pero los trabajadores de
hoy podrían, con honesta convicción, condenar como dañinas opiniones que luego
resultarán ser la base del nuevo progreso. Sólo permaneciendo abierta a todas
las ideas que el surgimiento de un nuevo mundo genera en la mente de los
hombres, probándolas y seleccionándolas, juzgándolas y aplicándolas con su
propia capacidad mental, podrá la clase trabajadora obtener la superioridad
espiritual necesaria para suprimir el poder del capitalismo y erigir la nueva
sociedad.
Toda revolución en la
historia fue una época de la más ferviente actividad espiritual. Por centenares
y millares los folletos y periódicos políticos aparecieron como agentes de una
intensa autoeducación de las masas. En la revolución proletaria que se avecina
no ocurirrá de otra manera. Es una ilusión pensar que, una vez despiertas de la
sumisión, las masas serán dirigidas por un solo modo de ver común y claro y
recorrerán su camino sin vacilaciones, en unanimidad de opinión. La historia
muestra que en tal despertar brota en el hombre una abundancia de nuevos
pensamientos de máxima diversidad, expresión del nuevo mundo, como una errante
búsqueda de la humanidad en el terreno de posibilidades recién abierto, como
floreciente riqueza de vida espiritual. Sólo en la lucha mutua de todas estas
ideas cristalizarán los principios rectores que son esenciales para las nuevas
tareas. Los primeros grandes éxitos, resultado de la acción espontánea y unida,
al destruir los impedimentos previos, no hacen sino abrir de golpe las puertas
de la prisión; los trabajadores, mediante su propio esfuerzo, deben descubrir
luego la nueva orientación hacia un mayor progreso.
Esto significa que estos
grandes tiempos estarán llenos del ruido de las luchas partidarias. Quienes
tienen las mismas ideas formarán grupos para discutirlas entre ellos y
propagarlas para ilustración de sus camaradas. Tales grupos de opinión común
pueden llamarse partidos, aunque su carácter será enteramente distinto del de
los partidos políticos del mundo anterior. Bajo el parlamentarismo estos
partidos eran los órganos de intereses de clase diferentes y opuestos. En el
movimiento de la clase obrera fueron organizaciones que asumieron el liderazgo
de la clase, actuaron como sus portavoces y representantes y aspiraron a la
guía y el dominio. Ahora su función será sólo de lucha espiritual. La clase
trabajadora no tiene aplicación alguna que darles en su acción práctica. Ella
ha creado sus nuevos órganos de acción, los consejos. En la organización de
fábrica, en la organización basada en los consejos, son todos los trabajadores
los que actúan, los que dicen lo que hay que hacer. En las asambleas de fábrica
y en los consejos se exponen y defienden opiniones diferentes y opuestas, y de
la contienda entre éstas debe proceder la decisión y la acción unánime. La
unidad de propósito sólo puede lograrse mediante la contienda espiritual entre
puntos de vista disidentes. La función importante de los partidos consiste
entonces en organizar la opinión, dar forma concisa a las nuevas iaeas que van
surgiendo mediante su discusión mutua, esclarecerlas, exhibir los argumentos en
una forma comprensible y, mediante su propaganda, llevarlos a conocimiento de
todos. Sólo de esta manera los trabajadores en sus asambleas y consejos podrán
juzgar su verdad, sus méritos, su practicabilidad en cada situación, y tomar la
decisión sobre la base de una comprensión clara. Así las fuerzas espirituales
de las nuevas ideas que brotan al acaso en todas las cabezas, se organizarán y
configurarán de modo de ser utilizables como instrumentos de la clase. Esta es
la gran tarea de la contienda partidaria en la lucha de los trabajadores por la
libertad, mucho más noble que el empeño de los viejos partidos, de conquistar
el dominio para sí mismos.
La transición de la
supremacía de una clase a otra, que como en todas las revoluciones anteriores
es la esencia de la revolución de los trabajadores, no depende de las
oportunidades al azar de acontecimientos accidentales. Aunque sus detalles, sus
altibajos, dependan del albur de diversas condiciones y acontecimientos que no
podemos prever, con visión panorámica se observa un curso decididamente
progresivo, que puede ser objeto de consideración por anticipado. Se trata del
aumento de poder social de la clase en surgimiento y de la pérdida de poder
social de la clase que va declinando. Los cambios rápidos y visibles en lo que
respecta al poder constituyen el carácter esencial de las revoluciones
sociales. De modo que tenemos que considerar un poco más detenidamente los
elementos, los factores que constituyen el poder de cada una de las clases que
contienden entre sí.
El poder de la clase
capitalista consiste ante todo en la posesión del capital. Es dueña de todas
las fábricas, las máquinas, las minas, dueña de todo el aparato productivo de
la sociedad, de modo que la sociedad depende de esa clase para trabajar y vivir.
Con su poder monetario puede comprar no sólo servidores para su atención
personal; cuando está amenazada puede comprar un número ilimitado de jóvenes
vigorosos que defiendan su dominio, organizarIos en grupos de combate bien
armados y darles una posición social. Puede comprar, asegurándoles posiciones
destacadas y buenos salarios, artistas, escritores e intelectuales, no sólo
para entretener y servir a los señores, sino también para alabarIos y
glorificar su dominio, y para defender, con la astucia y la erudición, su
dominio contra las críticas.
Sin embargo, el poder
espiritual de la clase capitalista tiene raíces más profundas que el intelecto
que ella puede comprar. La clase media, de la cual surgieron los capitalistas
como su capa superior, fue siempre una clase ilustrada, confiada en sí misma
por su amplia concepción del mundo, basada, tanto en lo referente a sí como a
su trabajo y al sistema de producción, en la cultura y el conocimiento. Sus
principios de propiedad y responsabilidad personal, de progreso por el propio
esfuerzo y energía individual, están difundidos por toda la sociedad. Estas
ideas los trabajadores las han traído consigo, de su origen a partir de los
estratos empobrecidos de la clase media; y se ponen en funcionamiento todos los
medios espirituales y físicos disponibles para preservar e intensificar las
ideas de la clase media en las masas. Así, la dominación de la clase
capitalista está firmemente enraizada en el pensamiento y el sentimiento de la
mayoría dominada.
Sin embargo, el más sólido
factor de poder de la clase capitalista es su organización política, el poder
estatal. Sólo mediante una firme organización puede una minoría gobernar a una
mayoría. La unidad y continuidad de plan y voluntad en el gobierno central, la
disciplina de la burocracia de funcionarios que se difunde por la sociedad como
el sistema nervioso recorre el cuerpo, y está animada y dirigida por un
espíritu común, la disposición, además, en caso necesario, de una fuerza
armada, aseguran su incuestionado dominio sobre la población. Tal como la
solidez de una fortaleza consolida las fuerzas físicas de una guarnición y les
confiere poder indomable sobre un país, así también el poder estatal consolida
las fuerzas físicas y espirituales de la clase gobernante y les confiere una
inexpugnable solidez. El respeto que los ciudadanos sienten hacia las
autoridades, por un sentimiento de necesidad, por costumbre y educación,
aseguran regularmente el funcionamiento sin tropiezos del aparato. Y aunque el
descontento haga rebelar a la gente, ¿qué puede hacer ésta, inerme y
desorganizada, centra las fuerzas armadas del gobierno, firmemente organizadas
y disciplinadas? Con el desarrollo del capitalismo, cuando el poder de una
clase media numerosa se concentró cada vez más en un pequeño número de grandes
capitalistas, el Estado también concentró su poder y con el aumento de sus
funciones adquirió un dominio cada vez mayor sobre la sociedad.
¿Qué tiene la clase
trabajadora para oponer a estos fonnidables factores de poder?
La clase trabajadora
constituye cada vez más la mayoría, y en los países más avanzados la gran
mayoría de la población, concentrada, en este caso, en enormes empresas
industriales. No legal sino realmente tiene en sus manos las máquinas, el
aparato productivo de la sociedad. Los capitalistas son los propietarios y
dueños, sin duda, pero no pueden hacer más que mandar. Si la clase trabajadora
no atiende a sus órdenes, ellos no pueden hacer funcionar las máquinas. Los
trabajadores sí pueden. Los trabajadores son los dueños directos y reales de
las máquinas; como quiera que actúen, por obediencia o por propia voluntad,
pueden hacerlas funcionar y detenerlas. La suya es la función económica más
importante: su trabajo sostiene a la sociedad.
Este poder económico es un
poder dormido mientras los trabajadores están atrapados en el pensamiento de la
clase media. Se transforma en poder real mediante la conciencia de clase. Por
la práctica de la vida y el trabajo los obreros descubren que son una clase
especial, explotada por el capital, que tienen que luchar para liberarse de la
explotación. Su lucha los obliga a comprender la estructura del sistema
económico, a adquirir conocimiento de la sociedad. Pese a toda la propaganda en
contrario, este nuevo conocimiento disipa las ideas de clase media heredadas
porque se basa en la verdad de la realidad cotidiana experimentada, mientras
que las viejas ideas expresan las realidades pasadas de un mundo pretérito.
El poder económico y
espiritual se vuelve activo mediante la organización. Liga a todas las
diferentes voluntades en una unidad de propósitos y combina las fuerzas
individuales en una poderosa unidad de acción. Sus formas exteriores pueden
diferir y cambiar según las circunstancias, pero su esencia es su nuevo
carácter moral, la solidaridad, el fuerte sentimiento comunitario, la
abnegación y el espíritu de sacrificio, la disciplina que uno mismo se impone.
La organización es el principio vital de la clase trabajadora, la condición de
la liberación. Una minoría que gobierna mediante su sólida organización sólo
puede ser vencida, y por cierto lo será, mediante la organización de la
mayoría.
Así, los elementos que
constituyen el poder de las clases en conflicto se enfrentan entre sí. Los de
la burguesía son grandes y poderosos, como que son fuerzas existentes y
dominadoras, mientras los de la clase obrera deben desarrollarse a partir de
pequeños comienzos, como una nueva vida que va creciendo. El número y la
importancia económica aumentan automáticamente por acción del capitalismo, pero
los otros factores, la comprensión y la organización, dependen de los esfuerzos
de los trabajadores mismos. Puesto que son las condiciones para una lucha
eficiente, son resultado de la lucha; todo retroceso tensa los nervios y los
cerebros que tratan de remediarlo, todo éxito inunda los corazones de nueva y
esforzada confianza. El despertar de la conciencia de clase, el creciente
conocimiento de la sociedad y de su desarrollo, significan la liberación de la
servidumbre espiritual, el despertar del embotamiento a la fuerza espiritual,
la ascensión de las masas a una verdadera humanidad. Su unión para una lucha común
significa ya, fundamentalmente, liberación social; los trabajadores, confinados
en la servidumbré del capital, recobran su libertad de acción. Es el despertar
de la sumisión a la independencia, colectivamente, en una unión organizada que
desafía a los dominadores. El progreso de la clase obrera significa el progreso
en lo que respecta a estos factores de poder. Lo que puede ganarse en lo
referente a mejoramiento de las condiciones de trabajo y de vida depende del
poder que los trabajadores hayan adquirido. Cuando por insuficiencia de sus
acciones, por falta de penetración o de esfuerzo, o por inevitables cambios
sociales su poder declina en comparación con el poder capitalista, esto
repercute en sus condiciones de trabajo. No hay más que un solo criterio para
juzgar toda forma de acción, de táctica, los métodos de lucha y las formas de
organización: ¿acrecientan éstas el poder de los trabajadores? ¿Para el
presente, pero aún más esencial, para el futuro, para la meta suprema de la
aniquilación del capitalismo? En el pasado, el sindicalismo dio forma a los
sentimientos de solidaridad y unidad, y robusteció el poder de lucha de los
trabajadores mediante una organización eficiente. Sin embargo, cuando en épocas
posteriores tuvo que reprimir el espíritu de lucha, y planteó la demanda de
disciplina hacia los líderes contra el impulso de la solidaridad de clase, se
impidió el desarrollo de ese poder. El trabajo de los partidos socialistas en
el pasado contribuyó sobremanera a acrecentar la comprensión y el interés político
de las masas. Sin embargo, cuando trató de restringir su actividad a los
límites del parlamentarismo y las ilusiones de la democracia política, se
transformó en una fuente de debilidad.
A partir de estas
debilidades pasajeras la clase trabajadora tiene que elevar su poder en las
acciones de los tiempos venideros. Aunque debemos esperar una epoca de crisis y
lucha, ésta puede alternar con tiempos más tranquilos de recaída o
consolidación. Entonces las tradiciones y las ilusiones podrán actuar
temporariamente como influencias debilitadoras. Pero también entonces, tomando
a estos períodos como tiempos de preparación, las nuevas ideas de autogobierno
y de organización por consejos prenderán mejor en los trabajadores mediante una
propaganda permanente. En ese momento, como ahora, habrá una tarea para cada
trabajador una vez que se apodere de éste la visión de la liberación de su
clase, que consistirá en propagar estos pensamientos entre sus camaradas,
despertarlos de la indiferencia, abrirles los ojos. Tal propaganda es esencial
para el futuro. La realización práctica de una idea no es posible mientras no
haya penetrado en la mente de las masas con suficiente profundidad.
Sin embargo, la lucha es
siempre la fuente inagotable de poder para una clase en surgimiento. No podemos
prever ahora qué formas tomará esta lucha de los trabajadores por su libertad.
Según los tiempos y lugares puede tomar la áspera forma de la guerra civil, tan
común en anteriores revoluciones, cuando de ella dependían las decisiones. En
este caso las probabilidades contra los trabajadores son muy grandes, puesto
que el gobierno y los capitalistas, con su dinero y autoridad, pueden reclutar
fuerzas armadas en número ilimitado. En verdad, la fuerza de la clase
trabajadora no está en este plano, en la contienda sangrienta de las masacres y
asesinatos. Su fuerza real reposa en el dominio del trabajo, en su tarea
productiva, y en su superioridad mental y de carácter. No obstante, aun en la
contienda armada la superioridad capitalista no es inconcusa. La producción de
armas está en manos de los trabajadores; las tropas mercenarias dependen de su
trabajo. Si tales tropas son limitadas en número, cuando toda la clase
trabajadora unida y sin temor se yerga contra ellas, serán impotentes y las
superará la mera cantidad. Y si son numerosas, se compondrán también de
trabajadores reclutados, accesibles al llamado de la solidaridad de clase.
La clase trabajadora tiene
que descubrir y desarrollar las formas de lucha adaptadas a sus necesidades. La
lucha significa que la clase sigue su propio camino de acuerdo con su libre
elección, dirigida por sus intereses de clase, independiente de sus antiguos
amos y, por lo tanto, opuesta a ellos. En la lucha se afirman sus facultades
creadoras encontrando vías y medios. Tal como en el pasado esa clase ideó y
practicó espontáneamente sus formas de acción -la huelga, el voto, las
manifestaciones callejeras, los mitines de masa, los volantes de propaganda, la
huelga política-, también lo hará en el futuro. Cualesquiera sean las formas,
el carácter, el propósito y el efecto serán los mismos para todos: realzar los
propios elementos de poder, debilitar y disolver el poder del enemigo. La
experiencia muestra que hasta ahora las huelgas políticas masivas tienen los
efectos más fuertes, y en el futuro pueden ser aún más poderosas. En estas
huelgas, nacidas de crisis agudas y fuertes tensiones, los impulsos son demasiado
violentos, los problemas son demasiado profundos como para que puedan
dirigirlas los sindicatos o los partidos, o comités, o los cuadros de
funcionarios. Tienen el carácter de acciones directas de las masas. Los
trabajadores no se declaran en huelga individualmente, sino como fábrica, como
personal que decide colectivamente su acción. Inmediatamente se instalan
comités de huelga, donde se reúnen los delegados de todas las empresas, que
asumen ya el carácter de consejos obreros. Estos tienen que unificar la acción,
y, en la medida de lo posible, las ideas y métodos, mediante una interacción
continua entre los impulsos en pugna de las asambleas de fábrica y las
discusiones en las reuniones de consejo. Así los trabajadores crean sus propios
órganos en oposición a los órganos de la clase gobernante.
Tal huelga política es una
especie de rebelión, aunque en forma legal, contra el gobierno, mediante la
paralización de la producción y el tráfico en un intento de ejercer una presión
suficientemente fuerte sobre las autoridades como para que éstas cedan a las
exigencias de los trabajadores. El gobierno, por su parte, mediante medidas
políticas; prohibiendo las reuniones, suspendiendo la libertad de prensa,
reclutando fuerzas armadas, y por ende, transformando su autoridad legal en
poder arbitrario, aunque real, trata de quebrar la determinación de los
huelguistas. Lo apoya la clase dominante misma, que con su monopolio de prensa
dicta la opinión pública y desarrolla una intensa propaganda de calumnias para
aislar y desalentar a los huelguistas. Proporciona voluntarios no sólo para
mantener de alguna manera el tráfico y los servicios sino, también, para
integrar bandas armadas que aterroricen a los trabajadores y traten de
convertir la huelga en una especie de guerra civil, más simpática para la
burguesía. Puesto que una huelga no puede durar indefinidamente, una de las
partes, con menor cohesión interna, cederá.
Las acciones de masa y las
huelgas universales son la lucha de dos clases, de dos organizaciones, cada una
de las cuales trata mediante su solidez de doblegar y finalmente quebrantar a
la otra. Esto no puede decidirse en una sola acción; requiere una serie de
luchas que constituyen una época de revolución social, pues cada una de las
clases en conflicto dispone de fuentes más profundas de poder que le permiten
restaurarse después de la derrota. Aunque en un determinado momento los
trabajadores puedan ser derrotados y desalentados, sus organizaciones
destruidas y sus derechos abolidos, aun así las fuerzas irritantes del
capitalismo, las propias fuerzas internas de los obreros y la indestructible
voluntad de vivir los pondrán de nuevo en condiciones de lucha. Tampoco se
puede destruir al capitalismo de un solo golpe; aunque se destruya y demuela su
fortaleza, o sea el Poder Estatal, la clase misma dispone aún de gran parte de
su poder físico y espiritual. La historia muestra ejemplos de cómo gobiernos
enteramente incapacitados y postrados por la guerra y la revolución se
regeneraron mediante el poder económico, el dinero, la capacidad intelectual,
la habilidad paciente, la conciencia de clase -en forma de ardiente sentimiento
nacional- de la burguesía. Pero finalmente la clase que forma la mayoría del
pueblo, que sostiene a la sociedad con su trabajo, que tiene a su disposición
directa el aparato productivo, debe triunfar, de modo que la firme organización
de la clase mayoritaria disuelva y desmenuce el poder estatal, que es la más
sólida organización de la clase capitalista.
Cuando la acción de los
trabajadores sea tan poderosa que los órganos mismos del gobierno estén
paralizados, los consejos tendrán que cumplir funciones políticas. Los
trabajadores tendrán que proveer al orden y la seguridad pública, cuidar que la
vida siga adelante, y en esta tarea los consejos son sus órganos. Lo que se
decide en los consejos lo cumplen los trabajadores, de modo que éstos se
transforman en órganos de la revolución social. Y con el progreso de la
revolución sus tareas se hacen cada vez más amplias. Al mismo tiempo que las
clases están luchando por la supremacía, y cada una, con la solidez de su
organización, trata de quebrar la de la otra clase, la sociedad debe seguir
viviendo. Aunque en la tensión de los momentos críticos la sociedad puede vivir
de las provisiones almacenadas, la producción no puede detenerse por largo
tiempo. Este es el motivo por el cual los trabajadores, si sus fuerzas internas
de organización son deficientes, se ven forzados por el hambre a volver a
someterse al viejo yugo. Este es el motivo por el cual, si su organización es
suficientemente fuerte y han desafiado, repelido y desintegrado al Estado, si
han rechazado su violencia, si son dueños de las fábricas, deben preocuparse de
inmediato de la producción. La posesión de las fábricas significa al mismo
tiempo organización de la producción. La organización para la lucha, es decir,
los consejos, es al mismo tiempo organización para la reconstrucción.
Se dice que los judíos de
los viejos tiempos, que construían las murallas de Jerusalén, luchaban con la
espada en una mano y la llana en la otra. En nuestro caso, en cambio, la espada
y la llana son una sola cosa. El establecimiento de la organización de la
producción es el arma más sólida, más aún, la única duradera para la
destrucción del capitalismo. Cuando los trabajadores hayan irrumpido en los
talleres y tomado posesión de las máquinas, deben comenzar enseguida a
organizar el trabajo. Luego de desaparecida la dirección capitalista de las
fábricas, cuando ya no se la tenga en cuenta y sea impotente, los trabajadores
deben construir la producción sobre la nueva base. En su acción práctica
establecerán el nuevo derecho y la nueva ley. No pueden esperar hasta que
finalice la lucha en todas partes; el nuevo orden tiene que crecer desde abajo,
desde las fábricas, con trabajo y lucha simultáneos.
Entonces, al mismo tiempo,
los órganos del capitalismo y el gobierno declinarán hasta convertirse en
funciones no esenciales, extrañas y superfluas. Pueden conservar aún su poder
de dañar, pero habrán perdido la autoridad de instituciones útiles y necesarias.
Se habrán invertido los papeles, en forma cada vez más manifiesta para todos.
La clase obrera, con sus órganos, los consejos, será el poder de orden; la vida
y prosperidad de todo el pueblo se basará en su trabajo, en su organización.
Las medidas y regulaciones decididas en los consejos, ejecutadas y seguidas por
las masas trabajadoras, serán reconocidas y respetadas como autoridad legítima.
En cambio los viejos cuerpos gubernamentales se atenuarán hasta constituir
fuerzas ajenas al proceso, que tratarán meramente de impedir la estabilización
del nuevo orden. Las bandas armadas de la burguesía, aunque sean aún poderosas,
tomarán cada vez más el carácter de grupos de perturbadores al margen de la
ley, de destructores dañinos en el nuevo mundo del trabajo. Como agentes del
desorden, se los someterá y disolverá.
Esta es, en la medida que
hoy podemos prever, la manera en que desaparecerá el poder estatal, junto con
la desaparición del capitalismo mismo. En tiempos pasados prevalecían ideas
diferentes acerca de la futura revolución social. Primero, la clase obrera
tenía que conquistar el poder político logrando mediante las elecciones una
mayoría en el parlamento, ayudada eventualmente por contiendas armadas o
huelgas políticas. Luego, el nuevo gobierno, compuesto de portavoces, líderes y
politicos, tenía que expropiar mediante sus leyes a la clase capitalista y
organizar la producción. De modo que los trabajadores mismos sólo tenían que
hacer la mitad del trabajo, la parte menos esencial; el trabajo real, la
reconstrucción de la sociedad, la organización del trabajo, tenían que
realizarla los políticos y funcionarios socialistas. Esta concepción refleja la
debilidad de la clase trabajadora de esa época; pobre y miserable, sin poder
económico, tenía que ser guiada a la tierra prometida de la abundancia por
otros, por líderes capaces, por un gobierno benigno. Y además, por supuesto,
permanecer sometida, pues la libertad no se puede dar, sólo se puede
conquistar. Esta fácil ilusión se esfumó por obra del crecimiento del poder
capitalista. Los trabajadores deben comprender ahora que sólo elevando su poder
al nivel más alto posible pueden esperar la conquista de la libertad; que el
dominio político, el mando sobre la sociedad, debe basarse en el poder
económico, el mando sobre el trabajo.
La conquista del poder
politico por los trabajadores, la abolición del capitalismo, el establecimiento
de la nueva ley, la expropiación de las empresas, la reconstrucción de la
sociedad, la construcción de un nuevo sistema de producción no son eventos diferentes
y consecutivos. Son contemporáneos, concurrentes en un proceso de sucesos y
transformaciones sociales. O, más precisamente, son idénticos. Son las
diferentes caras, indicadas con diferentes nombres, de una sola gran revolución
social: la organización del trabajo por la humanidad trabajadora.
Notas
(1) Cura del condado de
York, John Ball predica durante veinte años la revuelta campesina y el
comunismo organizado. Después de la derrota del movimiento de los Kentistas en
1831, fue ahorcado.
Capítulo 3
El pensamiento
1. Las ideologías
Toda lucha social es también
una lucha de ideas, de concepciones, de pensamientos. Por otra parte, así es
como esa lucha comienza y así como continúa.
El hombre se distingue del
animal por su conciencia, por el pensamiento consciente, por la acción
consciente. En general, la reflexión y la deliberación preceden a sus acciones.
Pero el hombre no escapa sin duda al hecho de que sus acciones están determinadas
por las necesidades de su existencia y marcadas por sus contactos con el mundo
exterior, del cual él extrae sus medios de subsistencia, es decir, todo lo
necesario para mantener su vida. Mas en el hombre la influencia del mundo
exterior, transmitida por intermedio de los sentidos, se ejerce por un rodeo;
asume en primer lugar la forma de pensamientos, de imágenes mentales, y puede
alcanzar el nivel de un conocimiento, de una comprensión; los pensamientos, las
imágenes mentales, los conocimientos y la comprensión determinan después la
voluntad y los actos del hombre.
Sin embargo, no todo ocurre
exactamente de esta manera. No hay una diferencia tan tajante entre el hombre y
el animal; con algunas modificaciones, lo que vale respecto de uno vale también
respecto del otro. Como ocurre con todos los organismos, la mayor parte de las
acciones cotidianas del hombre se realizan automáticamente; constituyen una
reacción inmediata a las impresiones exteriores o derivan de costumbres
asimiladas desde la infancia, y no hacen intervenir explícitamente al cerebro.
Y ni siquiera todas las acciones que los hombres realizan de manera no
automática son objeto de profunda reflexión ni decididas por una deducción
consciente a partir de la experiencia. Todo lo que los hombres han vivido, todo
lo que han conocido influye sobre su espíritu, pero a menudo sin que ello sea
consciente; todo eso se acumula en forma de experiencia, determina sus
opiniones y sus actitudes vitales, domina su subconsciente. Y más tarde, todo
eso reaparece de pronto en forma de acciones espontáneas o de opiniones intuitivas,
que no se basan en ningún razonamiento explícito pero que se admiten de
inmediato, sin duda ni vacilación. Sin embargo, además de esas intuiciones, el
hombre tiene también el pensamiento consciente. Cada vez que debe escoger bajo
la acción de influencias contradictorias o en el curso de transformaciones y de
luchas, cada vez que vacila o duda, cada vez que se da cuenta de que su acción
ha sido espontánea, irreflexiva, se pone a pensar conscientemente. Y a las
imágenes mentales, a las ideas que desarrolla en esas ocasiones, las reúne, las
compara entre sí y termina por hacerIes tomar una forma coherente, la forma de
un sistema de ideas, de una ideología.
La ideología de un hombre
forma parte de su concepción del mundo. Esta concepción del mundo constituye
una suma, una práctica vital, cierta actitud frente a la existencia y a los
otros hombres que se manifiesta de manera inconsciente en todos sus actos, en
todos sus hábitos; es una visión de la sociedad y del trabajo que luego, bajo
una forma más consciente, se reconoce en sus ideas, sus concepciones del
derecho, sus opiniones políticas, su religión. En la vida práctica, el hombre
adquiere la experiencia de lo que le es, en general, útil y necesario: eso es
lo que considera bueno. Realiza también la experiencia de la manera en que debe
comportarse en sus relaciones con los otros hombres: eso es lo que designa con
los nombres de costumbre y de moral.
El hombre realiza esta experiencia de manera más o menos consciente, y esta
conciencia depende de la medida en que conoce las fuerzas más o menos
generales, y a menudo muy poderosas, cuya acción no puede prever pero que
determinan su suerte. Está en la naturaleza del espíritu humano considerar como
esencial lo que ve que se repite de la misma manera a intervalos regulares y lo
que es permanente, pues a partir de ello puede calcular y determinar sus
acciones ulteriores. Así, a partir de la experiencia vital se forman nociones
acerca de lo que es en general, y por consiguiente de manera esencial y
permanente, bueno, malo, justo, moral. Así se forman las ideas generales sobre
las fuerzas que dominan el mundo, que deciden acerca de la vida y de la suerte
del hombre, del pasado y del porvenir, de los objetivos y del sentido de la
vida. Y todas estas nociones se desarrollan y reúnen, constituyen una
ideología, que se mantendrá sólida mientras el modo de producción, por
consiguiente las formas de existencia de las que ella proviene, sean buenos y
pennanezcan sin cambio durante largo tiempo. Pero entonces la ideología se
convierte en una suma de verdades intocables, sagradas, y se esclerosa. Ello no
impide que se continúen enseñando esas verdades a la juventud, que se las presente
ante ella como la herencia espiritual de la sabiduría de sus antepasados, que
se le exija que se impregne de ellas para adaptarse más rápida y fácilmente al
sistema social vigente.
Pero la sociedad se
desarrolla, y en el curso de los siglos recientes este proceso ha ocurrido con
una rapidez cada vez mayor; las formas de trabajo se modifican. Las relaciones
entre los hombres, su actitud hacia el trabajo, hacia la naturaleza, la sociedad,
las fuerzas superiores que los dominan, también evolucionan. Y esto determina
una evolución de los puntos de vista acerca de la vida y del mundo. Nacen
nuevas relaciones en las mentes y, lo que es más importante, las viejas
concepciones tradicionales entran en conflicto con las ideas nuevas, que se
ordenan en una concepción del mundo enteramente original. Cuando nació la
burguesía se enfrentaron de esta manera las viejas concepciones de solidaridad
social (fidelidad y lealtad al señor, obligaciones con las corporaciones) y las
nuevas ideas sobre la libertad del individuo y el desarrollo de la personalidad
(libre disposición de la vida y de la propia suerte, reivindicación de los
derechos del hombre y del ciudadano). Y en este caso no se trataba de algunas
ideas nuevas aisladas, sino práctica y fundamentalmente de un conjunto de
nuevas leyes y de nuevas instituciones indispensables para la satisfacción de
las nuevas necesidades sociales. Y justamente para instaurarlas comenzó la
lucha práctica. Tanto la necesidad que uno experimenta como el objetivo que se
fija, origen de la lucha por un cambio en la política y el derecho y fuente de
fuerzas de esa misma lucha, están anclados en la práctica. Pero los objetivos
que los hombres quieren alcanzar prácticamente en la política y el derecho sólo
los ven como una consecuencia de las ideas nuevas.
Así, la lucha para instalar
una sociedad nueva, un nuevo modo de producción, toma la forma de una lucha de
ideas, de una lucha entre concepciones del mundo. Y la concepción nueva no está
ligada, para sus partidarios, a una aplicación práctica, y por tanto limitada:
les aparece como una verdad absoluta, siempre buena y definitivamente general.
Pero pese a esto, no se trata de una abstracción estéril. Las ideas nuevas
brotan como una flor fresca y plena de savia, a partir de una realidad bien
viva. Y la nueva concepción del mundo se yergue frente a la vieja ideología,
completamente esterilizada, transformada en una especie de objeto sagrado, que
pretende ser la verdad absoluta, inmutable, y que trata de utilizar su
autoridad para prevenir todas las modificaciones, no obstante necesarias, de
las instituciones sociales. Las viejas ideologías son verdades de ayer, hoy
esclerosadas, que se oponen a la verdad nueva pues continúan considerándose a
sí mismas como la verdad absoluta y, por ende, eterna.
En el curso del desarrollo
de las sociedades humanas, la lucha de una clase para establecer un modo de
producción nuevo fue siempre, simultáneamente, una lucha para hacer triunfar
ideas generales nuevas. Y a los ojos de los hombres esta lucha aparece a menudo
como una simple lucha de ideas. Para la burguesía se trataba de una lucha entre
una nueva concepción del derecho y de la libertad, y la antigua doctrina, que
se apoyaba sobre la religión y sobre una forma específica de la solidaridad
social. Pero no se olvidaba, naturalmente, ni por un instante, el contenido
material verdadero, los objetivos económicos. En el curso de la Revolución
Francesa, por ejemplo, la burguesía se aplicaba -y ésta era la cuestión más
importante- a la instauración de leyes que garantizaran las libertades que le
permitían ejercer sus actividades, restringieran, cuando era necesario, la
libertad de los demás (por ejemplo, de los trabajadores), y destruyeran las
instituciones feudales que trababan su libertad de acción. Pero la realización
de estos objetivos prácticos aparecía como la aplicación de principios
generales nuevos que en ese momento eran concebidos como una verdad
prestigiosa.
Este revestimiento
ideológico bajo el cual se disimulan los intereses de clase, lo volvemos a
encontrar en el siglo XIX, pero resulta tanto más irreconocible porque entonces
se mezclan con él consignas del pasado, enteramente abstractas, porque la lucha
de la clase burguesa disminuía en intensidad. Pero en las ocasiones en que esta
lucha seguía siendo suficientemente intensa como para dominar aún a la
sociedad, los partidos políticos expresaban claramente los intereses en lucha.
Sin embargo los principios, las consignas a las cuales se referían sus
programas, habían tomado la forma de ideas abstractas y generales, se referían
a concepciones del mundo, por lo demás completamente divergentes. Los liberales
representaban a la burguesía, y más particularmente a la burguesía industrial,
y reivindicaban la libertad, el acceso al conocimiento, el progreso. Los
conservadores representaban la propiedad inmueble y la riqueza al antiguo modo,
y junto con los partidos cristianos, pequeñoburgueses y campesinos, exigían el
mantenimiento de la autoridad, promovían la obediencia, defendían la fe y la
tradición. Junto a ellos los socialistas, portavoces de los obreros, hablaban
de la teoría de Marx, de la abolición de toda explotación por el desarrollo de
la lucha de clases. Todos se batían en nombre de la verdad, de la realidad de
sus ideas generales y abstractas; cada uno, apoyándose sobre el modo de vida de
su propia clase, estaba convencido de tener razón, y en todo esto el fundamento
económico subyacente, la esencia profunda, el verdadero fin de la lucha,
permanecía en segundo plano.
Pero había además una
diferencia muy característica entre la clase dominante y la clase explotada.
Para la burguesía, ubicada a la cabeza por obra del desarrollo económico, en
plena posesión de su poderío, dueña del porvenir, la ideología y la práctica estaban
en perfecta armonía. Sabía perfectamente asegurar la defensa de sus intereses
en la puesta en ejercicio práctico de sus principios. Para la pequeña
burguesía, en cambio, no había salida: primero la burguesía comenzó por
instalar el capitalismo, y una vez establecido este sistema, la pequeña
burguesía debió plegarse a la competencia, conoció los fracasos y resultó
incapaz de resistir a la burguesía. Es por ello que su ideología no podía ser
sino una teoría -abstracta, y cuyo carácter abstracto iría acentuándose hasta
aislarse completamente del mundo real. En cuanto a los obreros, que formaban
una clase naciente, la lucha ideológica sólo era una parte de su lenta y
progresiva toma de conciencia de lo que ellos eran. La clase obrera acababa de
formarse a partir de elementos arruinados de la pequeña burguesía y del
campesinado, que traían consigo las creencias y las convicciones de su medio
paterno. Lentamente, bajo la influencia de su nuevo modo de vida, se volvían
receptivos a nuevas ideas, adoptaban nuevas concepciones que expresaban su
situación nueva y sus nuevos intereses de clase. Pero mientras la lucha
política se limitaba principalmente a la ideología, éstos eran sólo principios
generales, una lucha entre una tradición que se seguía estimando e ideas nuevas
qué se aceptan vacilando y que, por consiguiente, sólo progresan muy
lentamente.
Hoy la ideología se ha
transformado en un factor de peso en la lucha de clases. Para la clase
dominante es muy importante limitar esta lucha al terreno ideológico. En
efecto, todas las tradiciones, todo el poderío de las antiguas fórmulas, todos
los hábitos de pensamiento actúan entonces en su favor porque impiden a los
obreros considerar la situación nueva sin prejuicios. La fuerza de los obreros,
por el contrario, resulta de una comprensión clara de las realidades nuevas de
la vida. Las antiguas ideologías ligan a los hombres y los oponen en grupos que
no tienen nada que ver con las diferencias de clase y los intereses reales de
la vida. Explotadores y explotados se encuentran así en una misma iglesia, en
un mismo partido, en una misma nación, y se comportan como extranjeros y
enemigos frente a otras iglesias, partidos y naciones, que también agrupan a
explotadores y explotados. Los obreros sólo podrán emplear su poderío si
realizan su unidad de clase por encima de estas divisiones del pasado y contra
ellas. Pero los obreros no forman una masa homogénea que tenga un pensamiento
uniforme. Sus orígenes, su pasado hacen que haya diferencias religiosas y
políticas en el seno de la clase obrera. Mientras los obreros estén divididos,
disputen sobre cuestiones de religión, de liberalismo, de anarquismo, de
socialismo, carecerán de fuerza. Es por ello que la clase dominante, guiada por
su instinto, trata de mantener esta división presentando las diferencias
ideológicas como algo de primordial importancia. Y de inmediato estas
diferencias, aunque están privadas de todo apoyo real y se remontan al pasado,
son trasladadas a primer plano para quebrar la unidad de los obreros. La unidad
de la clase obrera sólo puede reforzarse cuando toda la atención se dirige
hacia la realidad y los obreros se aplican a su grande y única tarea: la
transformación económica de la sociedad. Deben hacer que la producción quede
bajo su control, tienen que hacerse dueños de su trabajo y de sus medios de
trabajo, antes de poder producir la opulencia para todos: y esta es una tarea
práctica, que no tiene nada que ver con las ideologías tradicionales,
cualesquiera sean. Los intereses prácticos y las necesidades de la vida, ésas
son las fuerzas que impulsan a los obreros a asociarse y a formar finalmente
una sólida unidad.
La clase obrera que lucha
por su liberación se encuentra en una situación más favorable que las clases
que antes luchaban por el poder -por ejemplo, la burguesía-, porque tiene la
posibilidad de comprender claramente el origen de las ideas y de las ideologías.
En efecto, el dominio de las fuerzas sociales exige que los hombres se hayan
hecho dueños ellos mismos de todas estas fuerzas, y que por consiguiente las
comprendan. El dominio práctico, real, está indisolublemente ligado al dominio
intelectual y espiritual. La ciencia de la que ellos disponen enseña que es la
sociedad la que determina la conciencia. El pensamiento no se anticipa a la
realidad, sino que es una consecuencia de ésta. Y esto no solamente en el
sentido de que sólo la sociedad, las relaciones entre los hombres en la vida y
el trabajo, pueden hacer nacer el deseo, la idea y la voluntad de cambiar el
trabajo y la sociedad, sino también en el sentido de que las necesidades
prácticas inmediatas fuerzan a actuar y a reaccionar, a efectuar una evaluación
simple de lo que es útil y realizable, y que ello influye sobre la estimación
que uno puede hacer de sus propios actos. En la lucha por la economía nueva,
por la organización de la producción por los productores mismos, se pueden
abandonar todas las diferencias ideológicas. Nada tienen que hacer en esa
lucha. La fuerza de los obreros no consiste en tratar de ganarse a sus
camaradas en favor de ideas abstractas acerca de las cuales pueden estar aún
muy divididos, sino de ganarlos para ideas sociales prácticas sobre las cuales
todos deben tener una misma opinión.
Pero esta práctica misma,
esta manera de luchar no deja de influir sobre las viejas ideologías; y
justamente porque no se ocupa de ellas. Precisamente porque las viejas
ideologías están fuera de la práctica de la vida, ocurre un hecho muy
importante: esas ideologías pierden su fuerza. Aunque sean herederas de un
pasado lejano, no dejaron de ser utilizadas en la práctica: el obrero pobre
encontraba a menudo, en su miseria, una ayuda espiritual y material en el seno
de su comunidad religiosa; además, cuando al ser sometido a la opresión del
empresario todopoderoso, estaba reducido a la impotencia y privado de todo
derecho cívico, pudo encontrar un cierto sostén en los filántropos y los
políticos burgueses radicalizados que tomaban en serio el ideal de la libertad
burguesa. Pero desde que los obreros comienzan a luchar por sí mismos todo
cambia. Aprenden a tener confianza en su propia fuerza, es decir, en la fuerza
de la comunidad y de la solidaridad. Ven que sus condiciones de vida determinan
su ser verdadero; ven que la causa de su miseria es una cierta estructura
económica; ven que la abolición de esta miseria requiere una revolución
económica, y que ésta es realizable; ven las causas materiales que determinan
realmente sus vidas y las fuerzas que actúan y se dan cuenta de que ellos
pueden dominarlas. Las antiguas maneras de pensar, sea que se relacionen con
una potencia superior que dirige el mundo, o que promuevan la idea de una
libertad abstracta y magnífica, no sirven de nada. Heredadas del pasado, están
enteramente fuera de la práctica real y predominante en la vida de los obreros:
no son utilizadas ni utilizables en los problemas que plantea su trabajo, en
todas las dificultades que plantean las decisiones a tomar y que en ese momento
ocupan toda su actividad consciente. Subsiste aún un pequeñísimo rincón de su
conciencia donde se mantiene un recuerdo de la costumbre antigua, pero esto ya
no tiene nada que ver con la vida, viva y activa. Un órgano corporal se atrofia
si no se lo utiliza, se vuelve impotente, se agosta, y, a la larga, termina por
desaparecer; lo mismo ocurre con los modos de pensamiento no utilizados.
He aquí cómo mueren las
viejas ideologías. Sin embargo, si se quiere acelerar este proceso natural, sea
por la represión o por la interdicción, se llega de hecho a darle una nueva
vida, porque se promueven de nuevo los viejos argumentos, se los vuelve a repetir,
lo que equivale a hacerlos revivir, pues esos argumentos encuentran en la
supervivencia de las situaciones del pasado bastantes bases concretas a las
cuales adherirse. Pero cuando reina una atmósfera donde la conciencia puede
desarrollarse libremente, y también la discusión -atmósfera tan importante para
una clase que asciende como la atmósfera de opresión y de censura para la clase
dominante que declina-, las viejas ideologías son impotentes para impedir el
desarrollo de nuevas ideas que nacen en la cabeza de los hombres.
La transformación del modo
de producción no exige nada más, desde el punto de vista liberal, que una
comprensión clara y neta de la utilidad y de la necesidad de instaurar nuevas
formas de trabajo y de propiedad. Pero estas nuevas formas significan una revolución
tan profunda del mundo entero, que exigen una lucha mundial que ponga en juego
todas las fuerzas y toda la pasión de los hombres. Es en esta lucha, que
presenta tantas dificultades en las decisiones a tomar, que implica elecciones
de máxima importancia, en la tensión que crea la acción, en los problemas que
suscita la construcción nueva, en las discusiones donde se revelan tantas
divergencias profundas entre las opiniones, que el pensamiento resulta
estimulado, que apunta a conclusiones cuyo alcance es cada vez mayor, que se
van formulando ideas cada vez más fundamentales. Entonces florecen millares de
ideas nuevas. Y estas ideas terminan por unirse en un conjunto coherente:
entonces nace una nueva concepción del mundo. Pero no se trata de una teoría
completa, cerrada, que deba reinar como un nuevo sistema de pensamiento o
incluso ser impuesta por la fuerza, pues en esta atmósfera de desarrollo sin
fronteras, donde aparecen sin cesar impulsos siempre nuevos, nuevas maneras de
sentir y de pensar, sólo se observa un crecimiento espontáneo, una floración de
la actividad espiritual de los hombres: la vida espiritual se enriquece, la
actitud frente a la vida se vuelve más armoniosa. En el extremo opuesto de la
esclavitud espiritual en la que las generaciones de antes creían que debían
encerrarse para preservar su seguridad, se va abriendo paso, a partir de esta
libertad espiritual que es indispensable para resolver los problemas sociales,
toda una multitud de formas de vida cultural, sin trabas, tal como se
desarrolla irresistiblemente una planta a la que se traslada de un lugar oscuro
al pleno sol. Y este cambio corresponde también a un cambio económico que no es
impuesto por un orden venido del exterior, sino que es resultado de la
autodeterminación de la humanidad trabajadora, que con toda libertad reglamenta
el modo de producción según su propia concepción.
Al comienzo, cuando los
obreros se encuentran aún abrumadoramente doblegados bajo el yugo capitalista,
hacen la experiencia de una vida sentimental nueva que nace de la solidaridad
que se forma y que debe reforzarse cada vez más a partir de la experiencia que
cada uno hace, y que muestra que cuando uno permanece aislado es impotente
frente al capital, y que justamente es sólo esta solidaridad la que da fuerzas
suficientes para obtener condiciones de vida soportables. Y a medida que la
lucha se vuelve más ardorosa, que exige más de cada uno, es decir, que se
transforma en una lucha librada para hacerse dueño de la sociedad y del
trabajo, dominio del cual dependen la vida y el porvenir, la cohesión entre los
trabajadores, cuya ausencia acarrearía la derrota y la destrucción, debe
transformarse en una unidad indestructible en la cual cada uno se pone al
servicio de todos y se sacrifica por la comunidad. Aparece entonces un carácter
enteramente nuevo: el sentimiento social; y este sentimiento se extiende a toda
la clase y lo domina todo: hace extinguir el antiguo egoísmo del mundo burgués.
Es el nacimiento balbuceante del hombre nuevo.
Pero este carácter no es
enteramente nuevo. En otro tiempo, en el amanecer del mundo, las tribus, donde
existían formas comunistas primitivas de trabajo, conocían un sentimiento
intenso de solidaridad. El individuo estaba por entero ligado a la tribu; no
era nada fuera de ella. Es por ello que en el curso de sus acciones, su persona
debía borrarse ante el interés y el honor de su tribu; instintivamente todas
las fuerzas individuales se ponían al servicio de la comunidad. Pero en esa
época el hombre estaba todavía poco evolucionado y la naturaleza hacía de él un
miembro de la tribu y nada más, ligado estrictamente a esta base natural. Desde
entonces, los hombres se dispersaron, se separaron unos de otros; se
transformaron en productores independientes que trabajaban en el seno de
pequeñas empresas. El sentimiento de solidaridad declinó entonces, luego cedió
su lugar a un poderoso individualismo que quiere que el individuo sea su propio
dueño y el objeto central al cual se vinculen todos los intereses y sentimientos.
Este poderoso sentimiento de la personalidad, que representa un nuevo tipo de
conciencia, se desarrolló durante siglos de producción burguesa. Y no
desaparecerá nunca, porque cuando los productores dominen las fuerzas de la
producción y se hagan dueños de ellas, desarrollarán su personalidad y la
conciencia que de ella tienen en una medida jamás alcanzada. Aparecerá entonces
un nuevo carácter, que realizará la fusión entre la personalidad individual y
el sentimiento comunitario. Sin duda, en el período burgués el hombre fue un
ser social, pero de una manera inconsciente, enmascarada por la afirmación
orgullosa de su personalidad y de su independencia. Pero ahora se desarrollará
la conciencia de que existe coherencia entre la sociedad y el hombre, conciencia
que enriquecerá y perfeccionará la concepción que éste tiene del mundo. Y esto
ocurre al comienzo instintivamente, en la práctica, y toma la forma de una
especie de sentimiento, el de la fraternidad entre todos los miembros de la
humanidad. Pero también ocurre conscientemente; y en el plano teórico, la
comprensión clara de la manera en que todas las fuerzas que determinan la
personalidad resultan de una interacción entre el individuo y la sociedad.
El sacrificio entusiasta del
individuo por la salvación de su clase, del cual la revolución obrera nos da
ejemplo, tampoco es cosa del todo nueva. Hemos podido ver sacrificios tales en
el curso de las revoluciones pasadas: por ejemplo, en el caso de las revoluciones
burguesas. El entusiasmo inflamado, la audacia heroica, el sacrificio sin
vacilaciones por nuevas ideas -en realidad, por los intereses fundamentales de
la comunidad de clase- hacen que tales períodos -como por ejemplo la Revolución
Francesa o más tarde la reunificación italiana con los ejércitos de Garibaldi-,
constituyan los momentos más hermosos de la historia burguesa. Llevados a las
nubes por los teóricos que vivieron más tarde, cantados por los poetas, éstos
son períodos magníficos, pero pasados para siempre, pues en la práctica la
sociedad burguesa que resultó de esas revoluciones instaló la dominación del
Capital, con la oposición entre la riqueza más insolente y la miseria más
sórdida, con la persecución de la ganancia como actividad esencial de los
burgueses, con el profesionalismo como fin de la vida de los intelectuales, en
una palabra, con el reino del egoísmo y la decepción de una cantidad de
generaciones. Y es ésta una diferencia fundamental entre el nacimiento de la
burguesía y la lucha de la clase obrera, que acaba de comenzar. Para la
burguesía el sentimiento de solidaridad era sólo una necesidad temporaria, que
no valía más que en el período de la conquista del poder y cedió su lugar a una
lucha encarnizada y destructora de unos contra otros. Para la clase obrera el
sentimiento de solidaridad que nace en la lucha por su liberación es el
fundamento de una producción común, que refuerza además estas cualidades y las
exalta.
Cuando el modo de producción
nueva se instale sólidamente, cuando la victoria se obtenga o aparezca en el
horizonte, nacerá un nuevo sentimiento que cambiará y renovará toda la
concepción de la vida. Es el sentimiento de que la vida está asegurada. La humanidad
se verá por fin liberada de la preocupación permanente que representaba el
mantenimiento de la vida. Durante todos los siglos pasados la vida no estuvo
nunca asegurada; incluso durante los períodos de prosperidad temporaria, por
detrás de la ilusión de un bienestar permanente quedaba en el fondo del
subconsciente una inquietud por el porvenir. Esta inquietud, que pesaba
gravemente sobre el desarrollo del pensamiento libre y trababa el
desenvolvimiento de todas las fuerzas espirituales, caracterizó durante siglos
la actividad cerebral. Nosotros, que aún nos encontramos bajo su influencia, no
podemos imaginar cómo su desaparición cambiará la concepción de la vida. Junto
con la angustia desaparecerán las ilusiones que servían ayer al hombre para
disminuir esta angustia. Todas las viejas ideologías que en el pasado ceñían
como una armadura la vida intelectual y sentimental del hombre, se fundirán
como la nieve al sol de la primavera. En su lugar florecerán la conciencia y la
certidumbre de que el hombre es verdaderamente dueño de su existencia y de su
suerte, de que la ciencia es accesible a todos y trabaja por el bien de todos,
y florecerá también esa belleza intelectual que es una concepción universal del
mundo.
Para la clase obrera el
proceso de declinación de las viejas ideologías coincide con la toma gradual de
conciencia de la tarea que le aguarda, con el crecimiento natural de su unidad
y de su fuerza. Por consiguiente, no es necesario hacer un estudio especial de
la ideología y de su influencia sobre la lucha de clases, como si fuera una
fuerza independiente. Pero la situación es totalmente distinta cuando se trata
de otras clases y no de la clase obrera. Para las clases burguesas, que viven y
trabajan aún en la esfera de la pequeña empresa y del pequeño capibll, la vida
espiritual es sin duda de un tipo completamente burgués y está determinada por
la ideología burguesa. Es cierto que la práctica económica de estas clases está
sometida a la defensa de sus intereses materiales reales, pero en la expresión
de su política se trata sólo de concepciones de otra época y de viejas
consignas. He aquí por qué esas clases son tan fácilmente una presa para el
gran capital, que debe utilizarlas para mantener el dominio capitalista. Tanto
para la pequeña burguesía como para el campesinado la propiedad individual es
sacrosanta y ese punto de vista domina todas sus ideas, sin contar que está
además reforzado por la religión. Hay que agregar el hecho de que los
intelectuales y los pequeños burgueses se encuentran del lado del gran capital
y se oponen a la clase obrera cada vez que apelan a su ideal, a su ideología
nacionalista.
¿Cómo puede ocurrir que
estas clases actúen contra sus intereses reales? Las ideologías y los
principios expresan lo que hay de esencial y de general en las experiencias
vividas y en los intereses que uno defiende. Se trata de intereses permanentes
de toda la clase en su conjunto, que se expresan en una forma abstracta,
idealizada, y que pueden entrar en conflicto con los interesés temporarios de
ciertas personas o con las conclusiones que éstas pueden extraer de una
experiencia particular. Las ideologías y los principios ocupan así el lugar más
elevado en la conciencia humana: los intereses personales, las obligaciones
temporarias, todas estas contingencias vulgares deben cederles el paso. Esto
explica el papel conservador de las ideologías en la lucha social. ¿El gran
capital pisotea los intereses de los pequeños burgueses y los campesinos? Se
les dice que sus intereses personales y contingentes deben sacrificarse en el
altar de los principios sagrados y eternos, para el mayor bien del orden moral
y universal, que prescribe la obediencia y el respeto por la propiedad privada.
O bien se proclama que para la grandeza de la patria, para la causa de la
nación, ningún sacrificio es bastante grande. Este papel de la ideología, que
consiste en evitar una transformación fundamental del mundo, sólo puede
combatirse en forma eficaz examinando la opresión que reina hoy y la lucha que
se desarrolla contra ella a la luz del desarrollo general, y teniendo en cuenta
los grandes intereses; dicho de otra manera, utilizando el conocimiento de la
sociedad. Pero ¿las clases de que aquí se trata aceptarán estas conclusiones?
¿No cederán más bien a un fanatismo ciego, forma en la cual se expresan las
viejas ideologías que quieren obstruir la ruta del progreso?
En efecto, la historia nos
enseña que a menudo, durante los períodos revolucionarios, el fanatismo -muy a
menudo religioso- de masas de hombres pobres y estúpidas fue utilizado por los
antiguos dominadores para impedir todo progreso, y que esta fuerza reaccionaria
sólo podía ser vencida al precio de pesados sacrificios y de muchas víctimas.
Los relatos históricos sólo nos conservaron consignas apasionadas, destinadas a
inflamar a cada una de las partes en lucha, a empujarlas al sacrificio, al odio
del enemigo: en unos casos la libertad y la patria, en otros el rey y la
religión. Y se descubre con tristeza que no era sólo una ceguera fanática que
se oponía al progreso y defendía ciertos intereses, pues el nuevo orden y las
nuevas vías han lesionado de hecho gravemente, e incluso llevado a la desdicha
irremediable, a quienes vivían según los viejos hábitos. La historia burguesa
no podría decir explícitamente que la finalidad de las revoluciones burguesas
era instalar una forma nueva, a menudo más despiadada, de explotación, que
conducía a la derrota y a la miseria de las clases más débiles. Es por ello
que, lo que a primera vista puede parecer una adhesión fanática e imbécil a las
viejas ideologías, aparece si se mira bien como una intuición justa del hecho
de que las cosas nuevas no eran buenas del todo, como una protesta espontánea
contra la nueva opresión.
Es por ello que se puede
preguntar si las enseñanzas acerca del papel de las ideologías que es posible
extraer de las revoluciones pasadas son muy útiles para la revolución obrera
que se aproxima. Esta no desembocará en una nueva dominación de clase ni en una
nueva forma de explotación y opresión. La transformación de la sociedad que
hará a las clases productoras dueñas de la producción es una liberación
colectiva que se extiende a todos los hombres: sólo las clases explotadoras
serán atacadas, y sólo lo serán en sus intereses de explotadores. Tal es la
diferencia fundamental entre la revolución obrera futura y las revoluciones
burguesas del pasado.
Naturalmente, esto no quiere
decir que haya que abrigar la ilusión de que se podrá evitar una lucha entre la
clase pequeñoburguesa y la clase obrera. La pequeña burguesía se precipitará
también a la lucha; aportará a ella todo lo que posee en armas y bagajes
espirituales, que están dominados por dogmas fijados, modos de pensamiento
burgués, viejas ideologías, y que permanecen en la ignorancia completa del
funcionamiento de la sociedad. Así como la clase obrera sólo llegará a la
unidad y a la comprensión clara de sus fines a través de un largo período de
lucha en que hará su propia educación, la pequeña burguesía sólo comprenderá
dónde reside su verdadero interés, frente al gran capital, pasando por un
período de aprendizaje, de experiencias penosas y de decepciones crueles. Y ya
será mucho si permanece neutral en la lucha entre la clase obrera y el gran
capital, sin comprometerse ciegamente al servicio de este último. En efecto, a
causa de su manera de pensar, perseguirá con frecuencia objetivos falaces que no
corresponden al desarrollo social necesario; y también habrá que luchar mucho
contra eso. Y una vez más se verá que en el dominio de la lucha ideológica,
donde unas doctrinas se enfrentan con otras, las viejas ideologías recuperan su
vigor porque se promueven los viejos argumentos, sé agudizan las
contradicciones por causa de la incomprensión, lo que hace que la lucha resulte
aún más amarga. Sin embargo, si una propaganda metódica desentraña claramente
la realidad social, muestra dónde están los intereses económicos, insiste sobre
la cohesión del mundo del trabajo y hace ver que el desarrolIo de éste puede
llevar a una verdadera comunidad de los trabajadores, y si, por otra parte, la
práctica de los obreros coincide con esta propaganda, y si existe una verdadera
comunidad de intereses, nacerá entonces la conciencia de esa comunidad: la
clase obrera, que está a la cabeza del desarrollo y que representa el porvenir,
vencerá, ella sola, al poder de la ideología partiendo, en todos sus actos y en
todas sus teorías, de la realidad.
2. Pensamiento y acción
El movimiento obrero da la
imagen de un cambio perpetuo, de períodos ascendentes seguidos por períodos de
declinación, en ciclos que van del entusiasmo y de la fuerza a la impotencia
completa. Y ciertos trabajadores no dejarán de formularse esta pregunta
desalentadora: ¿y si los sacrificios de los mejores hijos de la clase obrera se
hubieran hecho en vano? ¿Y si estos sacrificios sólo llevaran a una esclavitud
peor aún e imposible de destruir? Es necesario entonces plantearse, y
seriamente, otra pregunta: ¿por qué ocurrió este desarrollo? Sin duda se
responderá: porque los obreros eran aún demasiado débiles. Pero entonces, ¿por
qué no se ve que sus fuerzas crezcan continuamente? ¿Por qué hay épocas en que
parecían fuertes o más débiles de lo que eran en realidad? ¿Por qué ocurrió
cada vez esta rápida declinación?
Vemos nacer sin
interrupción, en el seno de las masas de hombres que forman juntos las clases
sociales, acciones y fuerzas producidas por la sociedad y por las cuales ellos
sufren y viven; pero cuando existe una coacción que viene de lo alto, estas
acciones y fuerzas no alcanzan el nivel de la conciencia; quedan en el nivel de
lo subconsciente. Hasta que sean como despertadas y reveladas a la conciencia y
se transformen así en fuerzas espirituales; hasta que las posibilidades
potenciales de una fuerza aún aletargada, como inflamadas con una idea, den
nacimiento a una fuerza real y actuante; hasta que sean como un fuego que arde
bajo la ceniza pero que se transforma de tiempo en tiempo en una llama
brillante y ardiente. Se sabe que el hombre, en circunstancias críticas, puede
obtener de su cuerpo mucho más que en condiciones normales, y esto cada vez que
una fuerza imperativa lo estimula con suficiente tensión y lo prepara así a
cumplir su tarea del momento. Además, en la sociedad, durante los períodos críticos,
no se pueden vencer las resistencias enormes que se encuentran sino cuando la
tensión es suficiente, cuando, las ideas entusiastas se apoderan de todos. Pero
cuando esas ideas muestran su fuerza, cuando cada uno está persuadido de que
eran indispensables, se instalan como verdades primeras. Se dogmatizan
transformándose en verdades (supuestamente) absolutas y eternas: se transforman
en ideologías que hacen a las personas incapaces de apreciar en circunstancias
nuevas e incapaces de cumplir sus tareas nuevas. Y he aquí como comienza la
declinación.
La respuesta a todas las
preguntas que hemos formulado se encuentra en la actividad del espíritu humano,
en la capacidad suprema que ubica al hombre por encima de los animales. Forma
parte de la naturaleza del espíritu humano admitir como verdad general lo que
fue experimentado una vez como parte de la verdad, admitir como bueno y útil en
toda generalidad lo que fue experimentado como bueno y útil en circunstancias
particulares: se atribuye a estas observaciones particulares una validez
general, absoluta, vigente en todo tiempo y lugar. El espíritu es un órgano de
lo general: trata de desentrañar del gran número de fenómenos y de su
complejidad, regularidades, caracteres generales, lo esencial, todo lo que le
permitirá determinar sus propias acciones. Pero cuando olvida los límites de su
experiencia real comienza a extraviarse y a menudo, más tarde, la realidad lo
castiga severamente por sus errores. El error no es lo contrario de la verdad;
es en realidad una verdad limitada a la que se atribuye sin razón una
importancia demasiado grande, una validez demasiado general. Lo malo no es lo
contrario de lo bueno; es lo que podría ser bueno en otras circunstancias, pero
que se pone en práctica donde no conviene.
Esto quiere decir que es
necesario ver y aceptar la relatividad de las cosas, que hay que aprender a
luchar por verdades que se sabe que no son absolutas, que hay que poner en
acción las propias fuerzas para servir necesidades temporarias, que hay que aprender
sin caer ciegamente en ilusiones, que hay que sacrificarse con el máximo
entusiasmo en el cumplimiento de una tarea temporaria. Por otra parte, se
percibirá más tarde que el cumplimiento de esta tarea temporaria ha decidido,
en cada ocasión, el porvenir.
Esto es cierto respecto de
las luchas futuras. Las clases se ven forzadas a actuar por las necesidades
inmediatas, y se sirven del conocimiento que han adquirido en su experiencia de
la vida. En principio y en los hechos, la tarea de la clase obrera es un
problema a la vez simple y práctico: tomar en sus manos la producción social y
organizar el trabajo. Uno se pregunta cómo pueden surgir aquí dudas y
vacilaciones. Resultan del hecho de que esta tarea simple está vinculada con
todo un mundo y con la construcción de un mundo nuevo. Y es necesario que ese
mundo nuevo exista primero en forma de pensamiento y de voluntad, antes de que
sea posible cualquier acto creador. Hay que vencer enormes resistencias
internas, y vencer también el enorme poder del enemigo, poder material que se
une a un poder espiritual. Las viejas ideologías gravitan pesadamente sobre el
cerebro de los hombres, influyen siempre en su pensamiento, aun cuando éstos
estén movidos por ideas nuevas. Entonces los objetivos se ven de manera limitada
y restringida; se aceptan las nuevas consignas como una religión y las
ilusiones frenan la acción eficaz. Casi siempre las derrotas de la clase obrera
en el pasado fueron provocadas por ilusiones: ilusión de una victoria fácil y
rápida, ilusión sobre la debilidad del enemigo, ilusión sobre la significación
de medidas tibias, ilusión sobre el valor de las hermosas palabras paz y unidad; y donde se veía
aparecer una desconfianza instintiva y justificada, algunos ensayaban
-naturalmente en vano- compensar la falta de fuerza interna y de confianza en
sí mismos por métodos externos, por una coacción dura y cruel.
He aquí por qué el
conocimiento y la comprensión son tan importantes para los obreros. El
desarrollo espiritual es el factor más importante para la toma del poder por el
proletariado. La revolución proletaria no es producto de una fuerza brutal,
física; es una victoria del espíritu. Resulta de la puesta en marcha de las
fuerzas de las masas obreras, pero estas fuerzas son también espirituales. Los
obreros no vencerán porque tengan grandes puños: los grandes puños se dejan
engañar fácilmente por un cerebro astuto, por los estafadores, y se vuelven
fácilmente contra sí mismos. Las masas no vencerán porque sean la mayoría: sin
organización, sin saber, esta mayoría es impotente frente a una minoría bien
organizada, capaz y consciente de sus fines. Sólo vencerán porque la mayoría
que ellas constituyen desarrollará su poderío moral e intelectual hasta un
nivel más elevado que el enemigo. Cada gran revolución de la historia sólo
triunfó porque nacían en las masas nuevas fuerzas espirituales. Una fuerza
bruta e imbécil sólo puede destruir. Las revoluciones, por el contrario, son
construcciones nuevas que resultan de formas nuevas de organización y de
pensamiento. Las revoluciones son períodos constructivos de la evolución de la
humanidad. Y más aún que todas las revoluciones del pasado, la transformación
que convertirá a los obreros en dueños de la sociedad, la instalación de una
organización del trabajo en el mundo entero, exigirán enormemente la
contribución de su espíritu y de su fuerza moral.
Esto la clase dominante lo
sabe tan bien como nosotros. Lo sabe de manera más instintiva. Hace lo posible
por evitar que las masas lleguen a esta comprensión y la ayuda a ello la apatía
de las masas mismas. He aquí cómo se plantea el problema: una revolución nunca
podrá vencer si no se satisfacen de antemano estas condiciones necesarias. La
solución se encuentra en las posibilidades que abre el intercambio recíproco
entre acción y pensamiento, es decir, la autoeducación revolucionaria de las
masas.
Al comienzo, se dice, era la
acción. Pero esto no quiere decir que nada la preceda. El hombre está
continuamente expuesto a impresiones, sin relación con sus acciones inmediatas
pero resultantes de su vida anterior, de la acción de su ambiente, y que como
tales son fuerzas sociales. Estas impresiones se acumulan, quedan en reserva en
el subconsciente del hombre porque éste no es capaz de utilizarlas en forma
práctica, porque no tienen posibilidades de entrar en acción y, por
consiguiente, no pueden influir sobre su voluntad. Pero estas impresiones
provocan tensiones, reprimidas a menudo por la costumbre, por un sentimiento
instintivo de impotencia, e incluso a veces por una coacción impuesta sobre sí
mismo. Y esto ocurre hasta que su presión llega a ser demasiado fuerte, y en
condiciones favorables la tensión sube a un nivel suficiente como para provocar
una descarga: la acción. Esta acción no se reflexiona por anticipado, y aunque
esté precedida por una lucha interior, no la decide conscientemente el hombre a
partir de lo que conoce y lo que comprende: brota espontáneamente, impulsada
por fuerzas que se hunden en lo profundo del subconsciente y que dominan en ese
momento a la voluntad. Brota sorprendiendo a todo el mundo, incluido el que la
ejecuta. En la acción el hombre se manifiesta de golpe a sí mismo: así toma
conciencia de lo que es capaz, de lo que jamás habría creído que podía
realizar. Una vez ejecutada la acción, el hombre trata de darse cuenta de los
motivos que lo impulsaron. Entonces hace su aparición la reflexión consciente
sobre las causas y las consecuencias. Puesto que la acción misma ha engendrado
una comprensión nueva, hizo manifiestas las causas y consecuencias que hasta
ayer el hombre no podía reconocer. Entonces tendrá que atreverse a pensar, cosa
que no se atrevía a hacer antes por temor a las consecuencias. Por ende, la
acción precede porque resulta de fuerzas que residen en el seno del
subconsciente.
Con la clase ocurre lo mismo
que con el individuo. Y no solamente porque todos los obreros sigan
individualmente, más o menos de la misma manera, el proceso descripto más
arriba; de hecho lo que hemos descripto es quizás aún más valedero para la
clase que para el individuo. Y ello porque las fuerzas de la clase, las fuerzas
de la comunidad, que crecen en cada individuo, son percibidas por él más o
menos vagamente y sin que se dé cuenta de que las mismas fuerzas actúan en
otros. De aquí proviene el sentimiento de impotencia y el hecho de que el
instinto de conservación reprima los sentimientos de solidaridad. Y esta
situación subsiste hasta que la necesidad de resistir se vuelve tan imperativa
que ocurre una explosión, al comienzo en pequeños grupos donde la tensión era
más fuerte, para extenderse luego a grandes masas. Y no se trata de una recua
de seguidores, desprovistos de pensamiento, dóciles o copiones, como se
complacen en describirlos los escritores burgueses en su pretendida psicología
de las masas. Se trata, por el contrario, del descubrimiento que hace cada uno
de la intensidad con la que se manifiestan en los demás las fuerzas que uno
abriga en sí mismo: es la toma de conciencia de que se trata en realidad de
fuerzas de clase, de la fuerza de las masas, que se basan en un sostén
recíproco, sobre la solidaridad, y que se apoyan en un sentimiento comunitario.
Y así ha ocurrido en las revoluciones burguesas cuando los ciudadanos
comprobaron, en ocasión del estallido de los primeros grandes movimientos revolucionarios,
que formaban de hecho una masa, de ideas parecidas, con la misma voluntad, tal
que cada uno podía contar con el otro, y, por consiguiente, que permitía
presentar reivindicaciones con audacia y fuerza. Así ocurre también con los
obreros, y en medida aún más acentuada, porque para ellos la solidaridad, la
unidad de clase, son condiciones primeras del éxito y constituyen la base en la
que se apoyan todos sus pensamientos y sentimientos.
Y por ello es necesario que
cada uno comparta una cierta uniformidad en la manera de sentir, una cierta
comunidad de pensamiento, que experimente deseos parecidos, todo lo cual se
expresa en consignas generales referidas a objetivos muy concretos, nacidos de
la experiencia común de la vida, pero resultantes también de la propaganda de
ideas que de ella deriva. En 1871, por ejemplo, los artesanos, los obreros y
los pequeñoburgueses parisienses participaban de la conciencia general de que
frente a la burguesía explotadora tenían que tomar en sus manos su propia
suerte política, hacer de ella una Comuna.
Del mismo modo en 1918, en Alemania, la conciencia general de los obreros los
llevaba a pensar que el socialismo, es decir la organización del trabajo, debía
poner fin a la explotación. Se seguía de ello que el acto revolucionario podía
surgir, realizarse en tanto que hecho histórico. Pero esta conciencia era
limitada y sus límites resultaron decisivos por los topes que impusieron a la
acción y, finalmente, por el contragolpe que resultó de ello y que acarreó la
derrota. En 1871, sólo existía la conciencia del carácter político de la
revolución, y la ausencia de una conciencia de la necesidad de una organización
económica sólida resultaba de esta situación pequeñoburguesa, ligada a un
desarrollo industrial restringido y limitada a la ciudad de París. En 1918
predominaba la creencia de que el socialismo, la organización, la fuerza misma
de la lucha, debían venir de lo alto, del Partido, de sus dirigentes. Pero
cuando nazca en la clase obrera la conciencia, todavía vaga al comienzo, de que
hay que hacerlo todo por sí mismo, que la organización del trabajo debe ser
obra de los trabajadores mismos y efectuarse sobre la base de las empresas,
resultará una acción que será el comienzo de un desarrollo nuevo y sólido.
Hacer despertar esa
conciencia: tal es la tarea principal que debe realizar la propaganda;
propaganda que es secretada por individuos y pequeños grupos que han llegado a
esta comprensión antes que los otros. Por más difícil que pueda ser al
comienzo, producirá frutos más tarde, cuando corresponda a la propia
experiencia de los obreros. Entonces ese pensamiento se apoderará de las masas
como una llama y mostrará la dirección que deben tomar sus acciones. En los
casos en que el retraso político y económico provoque la falta de esta
conciencia, el desarrollo experimentará forzosamente dificultades mucho más
fuertes, con altibajos.
Así, en el principio era la
acción. Pero la acción es sólo el comienzo. El verdadero trabajo está aún por
cumplirse; el camino se abre; se han destruido algunas barreras; pero el
trabajo creador de la revolución, la organización y la construcción de la sociedad
nueva, requieren ahora todas las fuerzas que las masas, puestas a la acción,
sean capaces de proporcionar. Ahora se han desembarazado de su antigua apatía,
que era una forma de resistencia contra reivindicaciones para las cuales no
estaban aún maduras. Ahora se abre un período de intensa actividad espiritual.
Y ello porque los obreros se enfrentan con una serie inmensa de problemas y de
dificultades que tienen que atacar, resolver y superar. Y no se trata solamente
de problemas de su propia organización, sino, sobre todo, de problemas de lucha
contra la clase dominante que aún tiene el poder. Y para lograr este objetivo
particular tienen que vencer a las antiguas ideologías y desenmascarar a las
nuevas, desentrañar su núcleo material, el de los intereses de clase. Toda
inconsciencia, toda ilusión sobre la esencia, sobre el fin, sobre la fuerza del
adversario, se traduce en desdicha y derrota e instaura una nueva esclavitud.
Toda la experiencia extraída de la lucha y del desarrollo del pasado, tal como
se encuentra concentrada en la teoría y la historia, es ahora algo necesario.
Pero más necesario aún es ejercer sobre ella ese trabajo libre de todo el
poderío del pensamiento, despertado y puesto en acción. El pensamiento creador
se consagra ahora, sin reservas, a la lucha.
La comprensión que necesitan
los obreros en la lucha y en la construcción de la sociedad nueva no se puede
obtener por una enseñanza realizada por los
que saben, ni por un aporte exterior de conciencia a seres que se
mantienen pasivos. Sólo mediante la autoeducación puede adquirirse esta
comprensión, mediante la actividad intensiva de cada cerebro, por la conciencia
de que hay que buscar por doquiera el conocimiento que es necesario poseer.
Esto sería muy fácil si a los obreros les bastara aceptar con la boca abierta
la verdad proporcionada por quienes hacen profesión de poseerla. Pero
justamente esta verdad que ellos necesitan, no existe fuera de ellos. Deben
construida en sí mismos y por sí mismos. En particular, todo lo que decimos en
este libro no tiene de ninguna manera la pretensión de ser la verdad que hay
que absorber. Es una opinión en forma de un todo, surgida de una cierta
experiencia y de un estudio atento de la sociedad y de las luchas obreras,
puesta aquí por escrito con el fin de hacer pensar a otras personas, de
hacerlas reflexionar acerca de los problemas del trabajo y del mundo. Hay
centenares de pensadores capaces de desentrañar nuevos puntos de vista; hay
millares de trabajadores inteligentes que a partir de sus conocimientos
prácticos y cuando se dan cuenta de sus propias capacidades, pueden tener
pensamientos más completos sobre la organización de su lucha y de su trabajo.
¡Que lo que lean aquí pueda ser la chispa que encienda la llama en su espíritu!
Hay grupos y partidos que
pretenden tener el monopolio de la verdad y que intentan ganarse a los obreros
mediante la propaganda. Utilizando presiones morales y, cuando les es posible, presiones
materiales, intentan imponer a las masas sus teorías, desterrar todas las otras
maneras de pensar, provocar en ellas reacciones pasionales bautizando con
nombres odiosos a esos otros modos de pensamiento (como por ejemplo:
reaccionario, anarquista, capitalista, burgués, fascista, etcétera). Está claro
que este adoctrinamiento unilateral por una corriente única sólo puede, y en
realidad sólo busca, hacer discípulos aborregados y preparar así una nueva
esclavitud. La autoliberación de las masas trabajadores exige que se reúnan en
ella: el pensamiento por sí mismo, el conocimiento adquirido por sí mismo, el
aprendizaje por sí mismo del método para distinguir lo que es verdadero y
bueno. Hacer trabajar el propio cerebro es más difícil que hacer trabajar los
músculos. Pero hay que lograrlo, pues es el cerebro el que domina los músculos:
y si uno no lo hace, serán los cerebros de otros los que los dominarán.
Libertad de discusión sin
límite: tal es la condición vital para el desarrollo de la lucha de los
obreros. Limitar esta libertad, censurar la prensa, equivale a impedir que los
obreros adquieran la conciencia para alcanzar la liberación. Cada despotismo,
cada dictadura, de ayer o de hoy, ha comenzado limitando esta libertad o
incluso aboliéndola; cada limitación de esta libertad constituye en realidad un
paso en el camino que lleva a los obreros al yugo. Sin embargo, se dirá, hay
que proteger a los obreros contra las mentiras, los venenos y las tentaciones
de una propaganda enemiga, o incluso ellos mismos deben evitar exponerse al
contagio. Como si se pudiera, mediante una celosa protección contra las malas
influencias y recurriendo a una tutela espiritual, aumentar la propias fuerzas
y lograr así la capacidad necesaria para vencer. ¡Es justamente todo lo
contrario! El conocimiento de las otras opiniones, incluida la de los enemigos,
y a partir de fuentes directas, desempeña un papel clarificador porque estimula
el cerebro y lo obliga a desarrollar su fuerza de pensamiento. Pero si ocurre
también que el enemigo se presenta como un
amigo, que las diversas corrientes se acusan unas a otras de ser un
peligro para la clase obrera ¿quién debería separar lo verdadero de lo falso?
Sin ninguna duda los obreros mismos: ellos deben descubrir por sí cuál es su
camino entre todos los caminos posibles. Podría ocurrir que los obreros de hoy,
con toda conciencia y honestidad, condenaran ciertas opiniones por
considerarlas malas, mientras que mañana esas opiniones servirán de base a un
progreso. Pero esto no impide que sólo abriendo de par en par puertas y
ventanas para dejar entrar todas las ideas que existan en el mundo, ejercitando
el cerebro en compararlas unas con otras, y eligiendo entre ellas por sí mismo,
se sentarán las bases que permitirán a la clase obrera obtener la superioridad
espiritual que necesita para vencer al capitalismo.
Algunos se complacen en
imaginar que las masas, una vez salidas de la esclavitud, esclarecidas por las
ideas nuevas, movidas por una voluntad única, guiadas por una misma conciencia,
unificadas, sin divergencias, encontrarán sin dificultad su camino. La historia
de todas las grandes revoluciones nos enseña que sin duda las cosas no
ocurrirán así. Cada época revolucionaria fue mi momento de afiebrada actividad
espiritual; por centenares aparecen los escritos políticos, los periódicos y
folletos, instrumentos de la autoeducación de las masas. En el curso de la
revolución que hará a la clase obrera dueña del mundo, ocurrirá lo mismo. La
historia nos enseña que durante el despertar revolucionario se ve surgir la más
grande multitud de pensamientos nuevos, venidos de hombres diversos, que
reflejan nuevas opiniones más o menos puras, cada una de las cuales expresa a
su manera las necesidades nuevas. Pues en este caso la humanidad avanza a
tientas en busca de una dirección aún desconocida, explora nuevos caminos, se
entrega al asalto de opiniones diversas, que luchan en el espíritu de cada uno
y se oponen allí unas a otras. Sólo por esta floración espontánea de la
actividad espiritual pueden cristalizar y tomar forma las grandes ideas útiles
que expresan la verdad de los tiempos nuevos. Sólo por esta competencia pueden
formarse y desarrollarse las opiniones que como una luz clara cada vez más
brillante penetran en las masas y las estimulan. Y en cada uno de estos
pensamientos diversos se encuentra de hecho una parcela de la verdad, más o
menos grande. A primera vista se podría compartir la ilusión seductora de que
la clase obrera íntegra absorberá la verdad que le aportan quienes la conocen
(o creen conocerla), y que luego esta verdad será puesta en práctica continuamente
y por acción unánime de todos. Pero eso no es posible ni bueno. Sólo lo
conquistado con esforzada lucha y con pena tiene un efecto duradero. Lo que la
clase obrera hace en el curso de sus primeras acciones importantes y
unificadas, apoyándose sobre lo que subsiste ya en ella de un objetivo
colectivo pero vago, es derrocar la vieja dominación y abrir el camino a un
desarrollo de los pensamientos y de las acciones futuras.
Esto equivale a decir que el
período de las primeras grandes victorias estará al mismo tiempo pleno del
fragor de la lucha entre los diversos partidos.
Pues automáticamente, por sí mismos, se unirán los que comparten las mismas
opiniones, a la vez para precisarlas, para desarrollarlas, para desentrañar su
verdad, luchar por ella, defenderla y propagarla. Pero estos partidos -o grupos
de discusiones, o ligas de propaganda, poco importa el nombre con que se los
designe- tienen un carácter totalmente distinto de esta organización en
partidos políticos que hemos conocido en el pasado. Pues ayer, en el seno del
parlamentarismo burgués los partidos eran portadores de los intereses de las
clases en lucha, y en el movimiento obrero naciente eran grupos que pretendían
la dirección de la clase. En la actualidad los grupos a los que nos referimos
aquí, no pueden ser sino organizaciones de opinión, ligas que defienden un
punto de vista común: ya no se trata de que puedan substituir a la clase. Los partidos ya no pueden, como antes,
imaginar que son los órganos, los representantes y los jefes de la clase
obrera, ni arrogarse tal función. La lucha de los partidos ya no es una lucha por el poder, sino por el desarrollo
de la conciencia. La clase obrera ha descubierto sus propios órganos por
intermedio de los cuales actúa: las organizaciones de fábrica, la organización
en consejos obreros. Los obreros los forman por sí mismos, y éstos son los
órganos que se encargan de la acción, que deben decidir a cada instante lo que
es necesario hacer. Todas las opiniones, comunes u opuestas, contradictorias o
no, incluidas las que son propagadas o defendidas por tal o cual sector o
partido, deben ser confrontadas unas con otras en el seno de las organizaciones
de fábricas y de los consejos y fundirse finalmente en una resolución, una
decisión, una acción común. Mientras los pensamientos sean vagos y confusos,
las decisiones serán vacilantes y la acción carecerá de fuerza. La tarea
importante que deben cumplir las organizaciones de opinión es justamente la de
formular de una manera clara los diversos puntos de vista, poner en orden y
organizar las fuerzas espirituales para que se transformen en útiles de los
cuales pueda servirse la clase obrera. Así cumplirán una función fructífera en
el desarrollo de las nuevas acciones. Así la revolución proletaria tomará la
forma de una interacción permanente del pensamiento y de la acción que se
estimulan recíprocamente.
No hay que creer que se
trata de una complejidad de pensamiento puramente temporaria, que corresponde a
un tiempo de error y extravío, y que desaparecerá después de la victoria para
ceder su lugar a una uniformización cada vez mayor. Es cierto que sólo en los
primeros tiempos las diversas divisiones entre las opiniones heredadas del
viejo mundo, y las diferencias entre medios de trabajo -por ejemplo, entre
trabajadores de pequeñas y grandes empresas, entre habitantes de la ciudad y
campesinos, entre labriegos e ingenieros- darán origen a oposiciones, a
fricciones dolorosas, e incluso a menudo, a conflictos graves. Pero con el
progreso de la revolución, con el aumento de la unidad, con el desarrollo de
las organizaciones, estas dificultades se irán superando progresivamente. Y más
tarde los modos de vida y los medios de trabajo serán de la mayor diversidad:
así se crearán las fuentes y las bases de una rica y múltiple vida del
espíritu. Todo lo que en el mundo capitalista llevaba a la uniformización
mortal de la vida espiritual de los grupos y de las clases -limitación de la
instrucción y del saber, limitación en el trabajo, que se reducía a efectuar
siempre la misma manipulación sobre la misma pieza, a vivir toda la vida en la
misma rutina, y por añadidura con jornadas de trabajo demasiado largas y
fatigosas-, todo eso desaparecerá. Y con esta desaparición el espíritu humano
podrá comenzar a florecer.
Y ahí reside la gran
contradicción entre una organización por arriba, decretada por una autoridad
central, impuesta por la fuerza, y una organización por la base, que reposa
sobre la colaboración de los productores libres. En el primer tipo se trata de
una reglamentación lo más uniforme posible de todos los aspectos: por un
decreto vigente para todos se pretende hacer funcionar a la sociedad de la
misma manera en todas partes, pues si no sería imposible controlarla y
reglamentar su evolución a partir de un solo centro de comando. En el otro
tipo, por el contrario, es la iniciativa de millares de hombres que piensan por
sí mismos y dirigen ellos mismos su propio trabajo, en millares de talleres,
que mediante una discusión permanente se adaptan entre sí, que se transmiten
mutuamente ideas, y que con sus intercambios recíprocos forman colectivamente
la organización más eficaz. Su trabajo presenta infinitas diferencias y todos
tratan con su razón práctica, su reflexión científica, su imaginación
artística, de perfeccionar su trabajo, de hacerlo más eficaz, más satisfactorio
y más bello. Lo común a todos es poder tener de nuevo una visión de conjunto,
una perspectiva amplia de la sociedad, de la unidad de la producción, y esto
resulta de la nueva organización de su trabajo.
La vida espiritual refleja
ahora las condiciones de trabajo y las impulsa. Donde existe una autoridad
central que gobierna desde arriba, tiene que haber también una dirección que
reglamente la vida espiritual, y esto se traduce en un empobrecimiento y una
uniformización. En el mundo de los trabajadores libres la vida espiritual debe
desarrollarse como el trabajo y producir una brillante multiplicidad. Los
talentos de los hombres son de una riqueza infinita y difieren infinitamente
entre sí. El mundo es infinitamente rico y presenta tantos aspectos que nadie
puede aprehenderlo en su trabajo y asimilárselo de la misma manera, ni en todos
sus detalles. La vida espiritual, tal como surge del talento y de la práctica
social, presenta una multiplicidad, una diversidad mayor aún. La influencia
recíproca entre vida espiritual y proceso del trabajo se hace aún más íntima e
importante: desarrolla dos aspectos de una misma relación, la del hombre y el
mundo. Junto con la opresión del pasado, que frenaba a los hombres hasta que se
producía una explosión, desaparecerán las tensiones. Y en su lugar se
desarrollará la acción recíproca, que lleva a la unidad del pensamiento y la
acción.

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