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© Libro N° 5584. La Fábrica De Hombres Y Otros Relatos. Panizza, Oskar. Emancipación. Enero 19  de 2019.

Título original: © La Fábrica De Hombres Y Otros Relatos. Oskar Panizza

 

Versión Original: © La Fábrica De Hombres Y Otros Relatos. Oskar Panizza

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

Libros Tauro

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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LA FÁBRICA DE HOMBRES Y OTROS RELATOS

Oskar Panizza

 

 

 

 

 

 

 

 

Indice

 

Oskar Panizza. 5

La fábrica de hombres. 6

La posada de la Trinidad. 27

La iglesia de Zinsblech. 47

El sapo amarillo. 54

 


Oskar Panizza

Oskar Panizza (1853-1921) es un caso curioso dé la historia de las letras germánicas. Aunque era médico psiquiatra y se dedicó a esta profesión durante algunos años, su vocación por la literatura fue determinante en su vida, ya que por la aparición de El concilio del Amor en octubre de 1894 fue procesado y condenado a un año de prisión, a pesar de padecer una enfermedad grave en las piernas. En esta obra dramática aparece en escena un Dios decrépito, una Virgen María lasciva y un Jesucristo lánguido y tísico que deciden castigar a la humanidad mandándole la sífilis, al enterarse de la vida tan desenfrenada que llevaba el Papa Alejandro VI (Rodrigo Borgia) y su corte a finales del siglo V. Este drama se incluye en una tendencia literaria puramente satírica que desarrolla el autor en esa época. A partir de ese momento sufrirá la persecución policial y familiar hasta límites intolerables. A finales del siglo es expulsado de Zurich, donde había editado la mayoría de sus libros, y marcha a París. Allí vivirá de forma penosa, aislado y en sus condiciones económicas precarias. La represión policial y familiar que no cesó en ningún momento consiguieron que en 1906, desprovisto de recursos, regresara a Alemania para entregarse a las autoridades, éstas, con el beneplácito de los familiares, lo declararon incapaz por transtornos mentales. Oskar Panizza pasó el resto de sus días en diversos hospitales psiquiátricos en los que siguió escribiendo, su último seudónimo fue «Pazjent» (paciente).

Su escritura es muy particular y esta particularidad se manifiesta en la sintaxis, semántica, ortografía y puntuación. Sigue un esquema lingüístico personal, asistemático, que se aparta en todo momento de la norma. Los cuentos que conforman esta selección tienen una fuerte carga satírica y crítica, fundamentalmente hacia el catolicismo dogmático de la Baviera de la época. También poseen una dimensión fantástica, aunque su manera de exposición sugiere en ocasiones explicaciones racionales que terminan creando una cierta «realidad» de lo sobrenatural; esta ambigüedad será alimentada hasta el final de las narraciones de modo que el lector tenga que sacar sus propias conclusiones.


La fábrica de hombres

A menudo me siento totalmente confundido. Los hombres que me rodean palidecen hasta convertirse en sombras, que como muñecas baratas se tambalean de un lado para otro, y un nuevo género humano de colores, convocado por mi imaginación, asciende desde el suelo mirándome con ojos aterrorizados.

Tieck

Quien ha viajado mucho a pie adquiere poco a poco tanta experiencia en apreciar el curso del sol, así como las distancias en el mapa, que sabe exactamente cuándo tiene que salir de un sitio para llegar a salvo, antes del anochecer, al pueblo o a la ciudad que ha escogido para pasar la noche. No le ocurrió así al autor de este relato unos años atrás, cuando hacía poco tiempo que había empuñado el bastón de caminante y una tarde se vio sorprendido por la caída de la noche, y, sin poder consultar un mapa o la brújula, llevaba dos horas andando mecánicamente por la carretera, desamparado, cansado, hambriento, solitario y sin rumbo. Estaba en la parte oriental de Alemania central y ya no sabía ciertamente en qué provincia, o cerca de qué gran ciudad me encontraba, lo cual no tiene la más mínima importancia para apreciar la siguiente comedia.

Después de haber llegado a la conclusión de que pararse no conducía a ninguna parte y de que la humedad del suelo impedía dormir al aire libre, decidí seguir caminando sin parar, aunque fuera toda la noche, conservando mis fuerzas en lo posible. Dada la densidad de población en Alemania, tenía que encontrarme tarde o temprano con algún lugar habitado. Mi perseverancia fue coronada por el éxito, es decir, encontré lo que buscaba: un sitio para dormir. Si semejante albergue podía llamarse un éxito, o si habría sido preferible que el autor pasara la noche en el charco más sucio de la carretera, que lo juzgue el amable lector al término de este relato, ya que sólo los acontecimientos fatales de esa única noche serán el objeto de las páginas siguientes.

Era más o menos un poco antes de las doce de la noche cuando, caminando con la cabeza inclinada hacia el suelo, de repente vi aparecer ante mí un enorme edificio negro, a pocos pasos de la carretera. Éste parecía, en la medida en que la oscuridad permitía observar, muy sólido y compuesto de inmensas piedras labradas, tenía varios pisos y disponía de diversas construcciones anejas, cobertizos para herramientas y material, salas con máquinas, chimeneas; total, una instalación evidentemente industrial, de grandes dimensiones. No vi ninguna luz; a _ pesar de ello, estaba firmemente decidido a anunciarme; un camino de gravilla fina conducía de la carretera a la entrada. Bellos jardines, a izquierda y derecha, revelaban cierta posición económica del dueño así como su sentido artístico y amor a la naturaleza. Llamé. Un sonido chirriante y agudo recorrió toda la casa, cuyos pasillos y corredores debían de ser enormes según se podía deducir por el eco. «¡Esto va a armar un buen alboroto!», pensé. Pero para mi gran sorpresa, enseguida oí unos pasos muy cerca de mí; se abrió una puerta, sonó un llavero, y un momento después se abrió el pesado portón de la entrada pintado de marrón y apareció ante mis ojos un hombrecito pequeño, oscuro, con cara amable y bien afeitada, y me preguntó con un gesto mudo qué deseaba.

—Perdone que le moleste tan tarde, a estas horas de la noche dije ¿pero qué clase de casa es ésta?

—Una fábrica de hombres.

Ahora pido al lector, antes de seguir adelante, que nada, ninguna pregunta, respuesta u observación, aunque fuera la más descabellada, le detenga en su lectura hasta el final de esta historia. Oímos, vemos o leemos a menudo en la vida muchas cosas extrañas, como parece dar a entender la respuesta de más arriba, sin salir por ello corriendo o cerrar el libro de un golpe. Lo más importante es no perder la cabeza, dejar reposar los hechos y luego intentar comprenderlos. Me gustaría observar respecto a esta cuestión que, cuando en un sustantivo compuesto una palabra sirve para determinar o explicar la otra, esta última funciona como un sujeto, mientras que la primera se expresa de la mejor manera por una oración relativa. Ya que no tenía motivos para suponer que en esta extraña casa reinasen reglas gramaticales distintas de las del resto de Alemania, entendí por «Fábrica de hombres» una fábrica en la que se fabrican hombres. Y esto era correcto. Y ahora no quiero seguir interrumpiendo el curso del relato. Me quedé sin habla y como fulminado ante el pequeño hombrecito, casi incapaz de concebir un pensamiento, y mucho menos de pronunciar unas palabras apropiadas, hasta que el amable viejo, que no estaba en absoluto furioso por mi vacilación, me invitó con un gesto de la mano a entrar. Entonces penetré en el pasillo. Reuniendo todas mis fuerzas, conseguí mirarle a los ojos y observar muy cortésmente:

—¿Habla usted metafóricamente? ¡Usted no quiere decir con ello que fabrica hombres!

—Sí, hacemos hombres.

—¿Usted fabrica hombres? ¿Qué significa esto? —exclamé entonces extremadamente excitado.

Pero en secreto me vino la idea de que había algo anormal en el hombre o en la casa. El viejo no parecía darse cuenta o fijarse en mi asombro, sino que dijo, señalando una puerta de cristal a donde habíamos llegado entretanto siguiendo nuestro camino:

—Por favor, ¿quiere entrar usted ahí?

—¡Hombres! —exclamé—. No se puede tomar al pie de la letra, es una metáfora, una figura retórica, es imposible que usted quiera hacer hombres como se hace pan.

—Efectivamente —exclamó el viejecito casi con alegría y sin la menor muestra de irritación, con un tono parecido al de un vigilante de "museo cuando dice: «Sí, el cuadro famoso por el que pregunta lo tenemos aquí»—; de hecho, acepto su comparación: hacemos hombres como se hace pan.

Habíamos llegado a un corredor con anchas baldosas; en los miradores que daban al patio, había dispuestas grandes escupideras de madera, llenas de serrín blando, como copos de nieve. Se podía deducir que de día pasaba mucha gente por aquí: en todo estaba impreso el carácter de la sabiduría y la explotación racional; las paredes estaban recién blanqueadas con una pintura sencilla, pero hecha con esmero.

Miré otra vez al hombre: parecía tan racional, diligente y benévolo; su edad y su mesura parecían excluir toda tendencia a lo fantástico o a las bromas estúpidas. Me rasqué la oreja para ver si había un filtro que deformase las palabras y su significado. «Hombres», me dije a mí mismo.

—¿Usted hace hombres? —dije luego en voz alta—; pero, ¿para qué? ¿Con qué fin? De acuerdo, usted los hace, pero ¿para qué hacer hombres si nacen diariamente cientos de hombres sin ningún coste? ¿De qué tipo son sus hombres? ¿Cómo ha llegado usted a una idea tan monstruosa? ¿Quién es usted? ¿Es usted hombre extravagante que se ha quedado en la Edad Media y cavila sobre los teoremas mágicos de un Doctor Fausto que la Edad Moderna ha olvidado hace tiempo? ¿Adónde he venido a parar? ¿He andado demasiado hacia el Este y he llegado a un laboratorio mágico oriental? ¿O estoy en un manicomio occidental? ¡Hable! ¡Repita su respuesta! ¿Qué clase de casa es ésta?

Mi acompañante no parecía desconcertado lo más mínimo por el aluvión de mis preguntas agitadas; miraba con tranquilidad hacia el suelo, como si inspeccionara la exactitud del trabajo del solador; una actitud indiferente que me ponía más nervioso y receloso. Luego me dijo con cierto comedimiento:

—Usted hace muchas preguntas seguidas. Voy a intentar responder a ellas empezando por la última, pero desde ahora le advierto que viendo y observando usted podrá durante la visita comprender y conocer mucho más de lo que yo pueda explicarle y usted preguntar. Le repito: ¡esta casa es una fábrica!

—¿Y usted fabrica...? —añadí casi jadeando.

—Hombres.

Hombres, hombres, dice el viejo con tranquilidad imperturbable. Me sumí en una profunda melancolía, y mi compañero era lo bastante complaciente como para no molestarme. Las miles de preguntas que encadena una expresión como «fábrica de hombres» cuando se le echa a uno encima en medio del camino, cruzaban atropelladamente por mi cabeza, porque la lengua no podía dominarlas con suficiente rapidez. Hombres, me decía a mí mismo, ¡vale! La idea no es mala, pero ¿para qué fabricarlos, y con qué medios? Mi acompañante me cogió suavemente por el brazo para entrar en la primera sala.

—Espere, otra pregunta —exclamé antes de seguir—, ¿piensan sus hombres?

—No —exclamó sin vacilar, con un tono de absoluta seguridad y no sin una expresión de agitado júbilo, como si hubiera esperado la pregunta o estuviera contento de responder negativamente—. ¡No! —exclamó—, afortunadamente eso lo hemos conseguido abolir.

—Con eso su innovación gana extraordinariamente en interés para mí —observé, y enseguida continué—: Conocía a un hombre que debía pensar, estaba obligado a pensar contre coeur, sin sentirse inclinado hacia ello, y ejercer una profesión que lo exigía, es decir, obligado a pensar cosas que no quería él sino su cabeza, o sea, no por necesidad externa sino por un impulso interior con el que tenía que identificarse igual que con sus pensamientos; debía aceptar sus pensamientos contre coeur, le aseguro: una complicación...

—Ya sé —interrumpió el hombrecito que se había animado de repente—, ya sé, lo conozco, estamos completamente orientados en torno a las exigencias del siglo, sabemos de lo que carece nuestra raza, tenemos lo último...

Este último giro de comerciante me devolvió a la sensatez, me puso de mal humor y me produjo desconfianza. Entramos en una de las grandes salas de la planta baja, de donde emanaban vapores calientes. Todo estaba bien iluminado. En los rincones había varios hornos de forma capsular con ventanillas, manchados de barro. Antes de que hubiéramos llegado al centro de la sala, salió de la habitación de al lado un obrero con un traje polvoriento y una linterna en la mano, y sin asombrarse lo más mínimo por mi presencia, dijo:

—Señor director, acabamos de sacar el chino.

—¡Ah! —respondió mi acompañante con ternura casi paternal—. ¿Han salido bien los ojos achinados?

—Un poco vidriosos —opinó el obrero.

—¿Vidriosos? —respondió el viejecito sorprendido, pero sin aspereza—. Lo siento. De momento deje que se recupere, luego veremos lo que se puede hacer con los ojos.

El obrero se alejó moviendo afirmativamente la cabeza.

—Parece que usted trabaja toda la noche —dije con un tono de horror por lo que acababa de oír.

—¡El procedimiento no permite interrupciones! —replicó el hombrecito.

—Y parece que usted no se conforma con imitar a la gente de su propia nación o de los pueblos occidentales. ¡Usted pone la mano hasta en Oriente!

—Últimamente tienen mucho éxito.

—Éxito, dice usted, ¿qué insinúa? ¡Éxito! No querrá decir con ello que su infame producto es bien aceptado entre los hombres antiguos.

Y después de una pausa, interrumpí con renovada vehemencia:

—¡Por el amor de Dios! Dígame qué quiere decir todo esto. ¿No teme usted al omnipotente creador del universo? ¿Quiere hacer la competencia a Dios? ¿No se presentará este producto insolente como una parodia? ¿Con qué caras deben encontrarse en la calle los descendientes de dos razas de índole tan diferente? ¿No debe ser el contraste más grande y, sobre todo, más horroroso que entre un blanco y un polinesio, ambos criaturas de Dios? ¡Con qué desconfianza debe acercarse un hombre de la vieja tierra a semejante ser nuevo y creado artificialmente, olerle y palparle para descubrir sus fuerzas secretas! Y si la nueva raza está hecha según un plan determinado y concienzudamente pensado, tal vez posea mayores capacidades que nosotros y se revele superior a los viejos habitantes de la tierra en la lucha por la vida. ¡Tiene que producirse un horrible enfrentamiento! Si la nueva raza no piensa, como usted mencionó antes, si sólo actúa según su constitución específica que le ha sido inculcada como a una máquina, ¡cómo se le puede responsabilizar de sus errores! Deja de existir la moral como fundamento de nuestros pensamientos y acciones. ¡Deben promulgarse nuevas leyes! ¡Será inevitable el exterminio mutuo de ambas clases! ¿Qué ha hecho usted? ¿Qué ha emprendido usted? ¿Cuál es su fin? ¡La subversión del actual orden social!

Después de esta nueva avalancha de preguntas me miró con ternura, tranquilizándome, y observó al cabo de un rato:

—La nueva raza, puede estar seguro de ello, no se expandirá por el mundo y no competirá con sus hermanos y hermanas de ascendencia más noble. Se quedará sentada en los salones de ustedes, con modestia y sin exigencias. Y ustedes, los viejos hombres, al mirar divertidos a estos seres brillantes recién hechos, se sentirán entusiasmados y elevados. Por eso, lo único que le puedo aconsejar es que adquiera un número no pequeño de estas criaturas tan delicadas.

—¡Adquirir! —repliqué—. ¿Cómo se puede hacer eso?

—Los vendemos. ¿Para qué serviría la fábrica si no? ¿Cómo se mantendría en pie, puesto que la raza que fabricamos no trabaja, no gana nada, y su producción sale sin embargo relativamente cara?

Me tranquilicé bastante con esta explicación, y casi me avergoncé por las preguntas explosivas que acababa de hacer. Nos dirigimos hacia uno de los hornos más grandes del rincón.

—¡Naturalmente —dijo mi acompañante—, el proceso es un secreto! Cogemos barro, como el creador de la primera pareja humana en el paraíso, lo mezclamos, lo manipulamos, lo exponemos a distintas temperaturas... todo esto se lo puedo mostrar, pero el verdadero punto crucial, la vivicación y especialmente el despertar de nuestros hombres es un secreto de la fábrica.

—No quiero conocer su técnica infernal —repliqué—, y me gustaría que usted tampoco la conociera —añadí—. Dar luz cada año a miles de criaturas que no son nada más que vagos...

—Por favor, fíjese en estas formas —me interrumpió el pequeño director, sin considerar mi última observación.

Miré a través de la ventanilla. En un cuarto de baño que, al parecer, estaba caliente, húmedo y herméticamente cerrado yacía una chica maravillosa que parecía dormir, medio vestida y apoyada sobre un césped artificial, pero completamente blanco, como si estuviera recién hecho de barro húmedo y, por lo visto, inacabado; formas, postura, telas, piececitos, zapatos, medias y volante de encaje, todo encantadoramente armónico y de una perfección artística.

—Si tiene algo más que criticar —dijo el director desde otra ventanilla delante de la cual se había colocado—, aún está a tiempo. Todo está blando y se puede modelar todavía; una vez terminados los ojos, aparece en sus mejillas el rubor, que proviene del latido del corazón; cuando se despierta es demasiado tarde. Entonces llegará a ser lo que es: una chica alegre, caprichosa, coqueta, cabezona, gorda, delgada, negra, morena, con todos los defectos de fabricación.

Me llamó la atención que sus vestidos estuvieran firmemente unidos al cuerpo. Comuniqué mi objeción al director, observándole que sería difícil para la pobre niña encontrar vestidos apropiados, a causa de la rigidez de sus formas.

—No hacen falta vestidos —respondió.

—¡Cómo! Usted debería permitir que se cambie de ropa interior.

—Producimos la ropa interior y los vestidos en el mismo acto creador de una vez y para siempre.

—¡Es la cosa más descabellada que he oído en mi vida! ¿Entonces crea usted hombres vestidos?

 —Exacto.

—¿Y los hombres creados de este modo se quedan vestidos para toda la vida?

—¡Naturalmente! ¡Así es más fácil! ¡Los vestidos forman parte de la constitución general!

—Piense usted en la transpiración, por no referirnos a las demás cuestiones.

—La hemos reducido a un mínimo. Por lo demás, no puedo dar más detalles sobre este punto, ya que toca el aspecto central, por decirlo de alguna manera, el principio vital de nuestros hombres.

Nos alejamos con pasos lentos del horno; yo pensativo y casi perturbado, como siempre.

—Pensándolo bien —observé finalmente—, los principios de su producción de hombres no son malos del todo. Usted confiere a cada uno de sus hombres en el acto creador un determinado número de cualidades corporales y mentales, y se los deja inmutables.

—¡Naturalmente! —me interrumpió el viejecito casi apasionadamente y como satisfecho de que yo hubiera comprendido por fin su idea central—. ¡Naturalmente! Teniendo en cuenta la situación de inseguridad de nuestra época, la informalidad de la mayoría de los hombres, la manía de dudar, la dificultad de la elección de la profesión, la indecisión y vacilación en todos los campos, tuvo que hacerse sentir finalmente la necesidad de tener hombres de quienes se sabe lo que son, qué constitución poseen, hacia qué temperamento se inclinan, y ambos, constitución y temperamento, permanecen invariables. Conferimos a nuestros hombres, en el nacimiento, una serie de cualidades mentales y físicas, concebidas de acuerdo a los mejores modelos, y esta serie perdura bajo toda circunstancia. Le aseguro, aquí entre nosotros, que me gustan más nuestros hombres producidos artificialmente que la vieja y archiconocida raza humana.

—Pero el libre albedrío... —repliqué.

—Mi raza tampoco siente esa pérdida.

—Los filósofos, los filósofos... —observé desaprobando con la cabeza—; si usted abole el pensamiento, los filósofos no podrán ser partidarios del trabajo de su fábrica.

—¿No ha dicho usted mismo, distinguido amigo, hace un cuarto de hora, que el pensamiento es una de las operaciones más pesadas de la vieja raza?

—¡Sí, sí, a menudo es amargo, pero, a pesar de todo, bello!

—Usted es un soñador, un idealista sin sólidos principios comerciales —observó el viejo secamente, y avanzó unos pasos por delante de mí, insinuándome con ello que deseaba dejar el tema.

Atravesamos algunas salas, que olían mucho a alcanfor, a hierbas y esencias, y donde algunos instrumentos esparcidos, de aspecto muy extraño, indicaban que aquí se trabajaba continua y diligentemente. Me sorprendió particularmente una caja de cristal cuidadosamente cerrada, en la que se podían ver miembros y órganos prefabricados: corazones, orejas, dedos, como formados de la sustancia elemental, semejante a la argamasa. Pero, junto a ellos, se encontraban, curiosamente, atributos, símbolos, como flechas, coronas, armas, rayos y cosas por el estilo.

Pero entonces surgió un cuadro totalmente diferente: en el quinto o sexto departamento, pasada la sala de los hornos, nos saludó un grupo de niños preciosos y alegres. Serían ocho o diez, todos con ojos radiantes de alegría desbordante y frescas mejillas rojas. Estuve a punto de pensar que eran los hijos del director, pero reparé en que sus caras eran algo rígidas; también me llamó la atención que algunos se mantuvieran en pie por sí mismos o estuvieran sentados en pequeñas sillas finas, mientras que otros reposaban sobre un pedestal y se podían ver salpicaduras de argamasa alrededor.

—Le presento ahora a mis niños —se dirigió a mi acompañante.

—¿Qué? —exclamé horrorizado— ¿Es que son sus propios hijos?

—Pues sí —respondió, con cierta sequedad.

—Sus propios hijos... quiero decir que usted mismo los ha engendrado —añadí vivamente.

—No según el viejo método; es mi producto; pero eso da lo mismo. ¡Éstos son incluso más hermosos!

—Por el amor de Dios —repliqué—. ¿Cómo se le ha ocurrido hacer también niños artificiales?

—La gran miseria de nuestros matrimonios actuales me dio la idea.

—¡Qué! ¿No querrá poner en tela de juicio nuestro actual género humano y su modo de reproducción?

—Sólo queríamos introducir algunas mejoras.

—¡Introducir algunas mejoras en el género humano! ¿Entonces no siente usted el horror y la monstruosidad de la frase que pronuncia sin pestañear?

(El otro se encoge de hombros.)

—¿Se encoge usted de hombros? ¿Acaso quiere romper el vínculo entre padres e hijos?

—¡Estos se venden muy bien! —respondió el viejo, imperturbable, señalando hacia su producto.

—¡A dónde quiere llevar al género humano! —continué con pasión—. ¿Qué diría Hegel al respecto? ¿No sabe usted que Hegel ha concebido toda la humanidad, desde los tiempos más remotos hasta nuestros días, como la expresión sucesiva de la «Idea Absoluta» y, con sabia precisión, continuó sus cálculos hasta finales del diecinueve, prescribiendo así a los hombres un camino seguro de perfección moral y espiritual? ¿Qué diría de su criminal intento de suplantar al género humano por otro artificial, privado del libre albedrío?

—En ningún caso podemos tener en cuenta a nuestros .competidores.

¡Hegel no era de la competencia! ¡No era ningún fabricante! Se conformaba con describir el mundo, la naturaleza y los hombres en sus manifestaciones más significativas, y exponerlo en un sistema ideado, en el cual todo parece haberse formado de una manera necesaria.

Continué hablando durante mucho tiempo en este estilo pomposo, pero enseguida noté que mi acompañante hurgaba, totalmente indiferente a mi exposición, en el delantal de un niño que había salido un poco descolorido.

—Usted ve aquí, mi distinguido amigo —empezó después de algún tiempo, como si lo anterior no hubiera sido dicho—, otro proceso de fabricación de nuestros productos. Aunque, evidentemente, todavía no se puede hablar de una vida, ya aparece todo sin embargo más vivo, más radiante, casi palpitante. En cuanto a la forma, aquí todo es ya perfecto y definitivo. Las cualidades que estas preciosas criaturitas llevan consigo no pueden ser añadidas en el caso de que el jefe del taller se hubiera olvidado de algo; pero las que están permanecen invariables, se quedan también en ese estadio; esta encantadora manera de ser de los niños se les queda toda la vida. He aprendido bastantes cosas de Fröbel en este campo. Fíjese en esta pupila azul. Nuestros ojos de niño tienen mucho prestigio.

Me callé ante estas explicaciones blasfemas y abandonamos la sala, que ya no daba a más habitaciones en esa dirección. Siguiendo el corredor, llegamos primero a varias salas subterráneas con puertas dobles de hierro, muy bien cerradas, de donde subía un tremendo bramido y una especie de burbujeo. A menudo se cruzaban obreros en nuestro camino, que marchaban de dos en dos, muy deprisa, con la frente enrojecida, y una carga bastante pesada en una sábana plegada de la que salían lloriqueos.

—Aquí le ruego —observó el viejo, mirándome de hito en hito— que no se demore y no vuelva la vista atrás. Ésta es la parte de la fábrica donde se trabaja sin interrupción, y donde una puerta, dejada abierta por imprudencia, podría hacerle perder la razón fácilmente. ¡Prefiero que echemos una mirada al almacén de mis hombres acabados!

Durante un largo rato caminamos juntos en silencio. El almacén se encontraba en uno de los edificios anejos de la parte posterior. Todos los departamentos de la fábrica estaban comunicados entre sí por pasillos cubiertos, evidentemente para ponerlos a salvo, en la medida de lo posible, de influencias atmosféricas. En todas partes se respiraba un aire vegetal caliente saturado de humedad.

No conseguía quitarme a los niños de la cabeza. En fin, uno podría resignarse a que siempre fueran niños. Era una idea descabellada de este mejorador de hombres: igual que dar aguardiente a los perritos y a los jokeys para que se queden pequeños. Pero la falta de cualquier disposición moral, su risa y gracia infantil mecánicas, la carencia de cualquier tendencia educable, en una palabra, la no existencia de un fundamento moral que les permita preguntar «¿por qué?, ¿por qué razón?», y distinguir el mal y el bien era para mí, un protestante, algo insoportable. Pensando que no era posible ofender el alma mezquina del director, le solté sin rodeos:

—¿Entonces puede usted, señor director —comencé—, permitir de buena fe que estos niños, que vimos en la última sala, se degeneren totalmente?

—¡Ellos no degeneran —dijo muy tranquilo— mientras no caigan en las manos de una torpe criada!

—No me refería a esto —repliqué irritado—, quiero decir, si no se le ha ocurrido introducir una pizca de moral en los corazones de estas pobres criaturitas. Y ya que usted construye todo rígida y mecánicamente: ¿dónde les ha colocado el fundamento moral a los pequeños? ¿En la cabeza? ¿En el pecho?

—¡Ay, distinguido señor, esto es difícil; ese fundamento no se notaría! Aparte de que nos conformamos con lograr la fabricación de una raza cuyo aspecto exterior aparente hombres agradables 3 nobles.

—¡Hombres agradables y nobles! —repetí— ¡Como si esta fuera la meta que nos hemos propuesto! Hombres honrados y sinceros, ¿no sería esto mucho mejor? Pues mire usted, señor director, si hubiera actuado en esta dirección —hablaba muy agitado y gesticulaba continuamente con la mano derecha—, si hubiera creado hombres con impulsos más bien morales; una... ¿cómo expresarlo?, raza moral, que en base a un instinto implantado, artificial pero con solidado con los años, sólo supiera actuar moral mente; sí, en ese caso le respetaría; una raza que su pieza exhibir su pureza y su moral en todas partes cuyos hermanos y hermanas de carne débil los tu vieran siempre como ejemplo luminoso ante sus: ojos...

—¡Eso no se vendería lo más mínimo!

—No importa; el gobierno debería comprarlos cargo del Estado, como se compran y se exponen públicamente cuadros excelentes para que sean imita dos. ¡Imagínese usted qué progreso para la formación ética de nuestro género humano, cuya mora actualmente ya deja de desear!

—¡Es usted un idealista! —observó el viejo secamente—. No consigo seguir su razonamiento. Veo el mundo tal como es; nos hemos conformado con imitar a los hombres tal como andan por el mundo actual. Le puedo asegurar que la tarea no ha sido fácil, nos hemos esmerado mucho y hemos invertido mucho dinero.

Este enfoque mercantil me hizo callar de nuevo. Me di cuenta del enorme abismo que nos separaba. Lo que quería este especulador con sus hombres era sobre todo sacar dinero. Todo lo demás era secundario. Y de nuevo caminamos en silencio durante un rato.

—Sólo hay una cosa que no entiendo —volví a tomar la palabra al cabo de un tiempo—; si quiere hacer hombres, debe tener conocimientos muy exactos de anatomía y psicología. Prometeo hizo hombres a partir de una especie de lodo elemental, pero fue Palas Atenea quien les insufló después el aliento vital. ¿Qué puede hacerle prescindir de la ayuda divina?

—Gracias a la química y a la física podemos pasar hoy en día de muchas cosas.

—De acuerdo, hemos llegado a un nivel sorprendente en el conocimiento de las leyes de la naturaleza, pero ¿cómo aplicarlas al cuerpo humano, regido por leyes muy distintas de las de la naturaleza caótica? Considere, por ejemplo, la profusión de sentimientos complicados que se agitan en un pecho humano, ¿cómo...?

—¡Los imitamos todos! —interrumpió rápidamente el hombrecito, que se había animado de nuevo.

—Pero ¿cómo? —repliqué—. ¿Cómo consigue usted por ejemplo las sensaciones estéticas, según las describen Herbart o Lotze?

—¿Son hamburgueses? ¿O una empresa berlinesa?

—Ni son hamburgueses ni berlineses —dije furioso—: son filósofos alemanes, que han constatado para siempre las leyes fundamentales de la psicología, ¡fuera de las cuales cualquier sentimiento humano es inconcebible!

—Distinguido amigo, usted imagina la fabricación de hombres como algo demasiado difícil —respondió el viejo un poco avergonzado. .

—¡Demasiado difícil! —exclamé fuera de quicio por estas palabras triviales, y me detuve en medio del pasillo para obligar de este modo a mi acompañante a enfrentarse conmigo—. ¡Claro...! ¡Si usted quita al hombre sus bienes más preciosos: el pensamiento y las sensaciones!

—¿Acaso llevaban cabezas de yeso los niños que ha visto? —preguntó el viejo en un tono igualmente irritado.

—No, debo reconocer que me quedé impresionado por su autenticidad y vitalidad, pero...

—¿Cómo que «pero»? ¡No debe olvidar que una producción innovadora exige también la transformación de las condiciones de producción! Lo que sus señores Lebert y Kotze[1], o como se llamen, que tomaba al principio por una empresa de la competencia, han escrito en sus libros es posible que valga para el viejo género humano, ¡pero no para la raza de mi fábrica!

Esta objeción era, exceptuando la difamación de mis filósofos preferidos, aceptable. Me puse a reflexionar. Continuamos nuestro camino despacio y pensativos. A nuestra derecha rugían y ronroneaban todo tipo de máquinas y fuelles.

—Pero —comencé a hablar poco después—, y no es mi intención penetrar en el secreto de su fábrica, usted debe tener un determinado método, para que sus hombres puedan expresar los movimientos del alma.

—Los fijamos.

—¿Fija?

—Sí, fijar.

—¿Qué quiere decir con fijar?

—Nos hemos esmerado para que una determinada sensación, dominante en mi hombre, se manifieste siempre en la misma dirección, tonalidad y matiz, para evitar la incómoda vacilación, la oscilación de deseos y aspiraciones, la indecisión...

—Pero usted, extraño fabricante... en eso reside el encanto de la vida humana, en que el impulso de nuestra voluntad sea el resultado de los más diversos motivos e inclinaciones; hoy así, mañana de la otra forma, y la observación del yo en esta lucha es justo lo que llamamos la vida.

—¡Pero eso causa cantidad de contrariedades! A la disminución de entusiasmo sigue el asco, al cese de placer la indiferencia, luego el asco...

—Bien, pero justo este cambio...

—Este cambio es la causa de nuestro actual desamparo; debemos llegar a la estabilidad.

—¡Pero así engendra usted una estirpe esclavizada, indigna de llamarse humana!

—¡Pero tiene mucho éxito! —dijo el viejo con sequedad, y se metió una toma de rape.

—¿Éxito? ¿Con quién?

—¡Con nuestros clientes!

¿Pero tiene usted compradores oficiales para su engendro?

—¿«Engendro»? ¡Señor, le ruego un poco de formalidad!

—Bueno, entonces para su especie.

—Exacto, si no ¿quién financiaría los costes de fabricación? Recientemente hemos enviado a la condesa Tschitschikoff una caja con...

—¿Caja? ¿Es que usted empaqueta a sus hombres como mercancías?

—¡Ah! Nuestra raza es inofensiva y acomodaticia. Sólo exigen cierto espacio. Este tiene que ser del mismo tamaño siempre para que puedan ejecutar su determinado gesto respectivo; todo lo demás les resulta indiferente. Claro, debe ponerse «frágil» en el tren; también hacemos los envíos sólo «bajo previo pago y a riesgo» del cliente.

—¡Oh! —respondí indignado—. ¿Por qué no deja libres a las criaturas de Dios?

—Por favor, señor mío —me interrumpió mi acompañante algo desdeñoso—, ¡son mis criaturas!

Empecé a marearme. Este contraste entre dos razas humanas, este proceder diabólico y egoísta de un especulador taimado: la lucha previsible cuando suelte a sus hombres-máquinas como perros contra el viejo y noble género hecho a la imagen de Dios —pero tal vez no tan hábil—; y este hombre, que asistía a todo esto tomando rape. Esta constelación que esbozaba interiormente me hacía perder la razón; me oprimí la frente con las manos y empecé a tambalearme.

—¿Adónde he venido a parar? —exclamé en un acceso casi de desesperación—. ¡Lejos de esta horrible casa, de este antro de asesinos, de esta aniquilación de todo lo bello y noble! —Y eché a correr a ciegas sin saber hacia dónde.

—¡Alto, querido amigo! —gritó el pequeño director, jadeando detrás de mí—. ¡Tenga cuidado! ¡Ahí está mi chino!

—Me volví. En la pared se encontraba una criatura temblorosa y brillante, vestida de una forma exageradamente pomposa, con ojitos achinados que hacían guiños, y no dejaba de sacar y meter la lengua roja y puntiaguda.

—¿Cómo ha llegado hasta aquí? pregunté, algo más repuesto.

—Acaba de salir.

—¿De China?

—¡Del horno!

—¿No es auténtico?

—Sí, cómo no; es decir, es mi producto. Nos ha salido precioso.

Me había tranquilizado un poco. Se me había pasado ya el acceso, pero decidí no dejarme enredar en más discusiones.

—Nos encontramos en la entrada de la exposición de nuestros hombres terminados —dijo el viejecito, y abrió la puerta con batientes que daba a una gran sala.

Entramos. Aquí había reunida una espléndida compañía. Caballeros y damas procedentes de todos los estamentos y capas sociales. Algunos sentados, otros en pie o descansando en cojines confortables; las caras un poco esmaltadas. Algunos levantaban la mirada somnolientos; todos estaban encerrados en enormes cajas de cristal; muchos estaban sentados y parecían conversar, otros se reían, algunos bromeaban y saltaban; pero el gesto parecía como paralizado en un determinado momento, y el movimiento como congelado; una tristeza, una indecible tristeza se leía en todas las caras, a pesar de la vívida mímica; una estirpe cansada de vivir, que no tenía derecho a moverse como quería, sino a esperar la llave que les pusiera en marcha. Todos los movimientos, la cortesía, emociones, constelaciones espontáneas en los encuentros, posiciones, etc., habían sido imitados a la perfección. Estaban representados todos los trajes, todas las modas, todo tipo de adornos, todos los símbolos.

—La mayoría de ellos está en un estado próximo al sueño —observó mi guía—. Cuando recibimos un encargo, damos antes los últimos retoques y realizamos un control de calidad.

No respondí, decidido a no dejarme enredar más. En silencio, pasé a través de estas filas frías y paralizadas. Incluso yo estaba casi entristecido por la existencia melancólica que llevaba un género humano forzado a vivir una vida aparente, hasta que me detuve en el fondo de una sala ante una hermosa joven. Al principio la tomé por una criada que quitaba el polvo en esta sala reluciente. En la mano llevaba una pequeña cesta con un pañuelo azul, un llavero, labores de ganchillo, que sobresalían en su interior. Su comportamiento, su forma de vestir, revelaban decencia y delicadeza; un traje corto estampado con flores y un pliegue ligeramente desprendido, como por casualidad, que dejaba ver el borde blanco de la combinación; medias de un blanco deslumbrante y negros zapatos de hebillas; un pequeño delantal de encaje, una pequeña cofia con cintas rosas. Dos espléndidos ojos azules, que hasta entonces habían mirado a lo lejos, se clavaron súbitamente en mí, cuando me detuve ante ella.

—A ti, maravillosa niña —susurré para mí en voz baja—, podría amarte; por ti sacrificaría todo. Junto a ti podría olvidar la conducta del auténtico género humano y de su imitación, que me son igualmente odiosos. Y tú. —continué—, ¿serías capaz de responder a mi amor...?

En ese momento bajó los párpados de grandes pestañas y ambas mejillas se enrojecieron visible y ardientemente. Me asusté y retrocedí; detrás de mí estaba el director, que se había acercado sigilosamente con cara burlona.

—¡Usted, repugnante fabricante! —grité—. ¡Ha robado hasta el rubor, la más delicada y pura de las sensaciones humanas para parodiar la raza humana de Dios!

Y eché a correr lleno de asco. Sentí que mi acceso de antes iba a repetirse.

—¡Es sólo cochinilla! —exclamó el frío hombrecito, jadeando detrás de mí.¡Es sólo cochinilla!

En la salida estuve a punto de tirar a un segundo chino, semejante al que estaba en la entrada. Recorrí a toda prisa los corredores sin detenerme, pasando junto a todas las salas rugientes y humeantes. El director me seguía con mucha dificultad; todo permanecía iluminado, pero se veía que empezaba a romper el día. Enseguida me vi obligado a ir más despacio.

Entonces, ¿no quiere comprar nada? —oí a lo lejos la voz del viejo—. ¿No se quiere llevar algunos de mis hombres?

—¡No! —respondí furioso—. ¡Quiero salir de esta casa! ¡No quiero tener nada que ver con su criminal producto!

Nos encontramos en la salida de la casa, bajo el gran arco del portón.

—Un marco —cotorreaba para sí el pequeño directorzuelo, como un autómata en marcha—. Un marco, un marco cuesta la visita a la fábrica. Saqué el monedero y pagué.

—Otra pregunta antes de separarnos —dije—: ¿pertenece usted, señor director, al género humano engendrado de forma natural o a esa raza artificial, blanca como la tiza, rígida y pintada?

—Es cierto —empezó a decir, y parecía prepararse para un largo excurso—; me he sentido bastante identificado con la raza de mi fábrica; sin embargo, a su pregunta...

—¡No! —grité—. ¡No quiero oír nada más! —Y me precipité a través del portón.

Un viento matinal, frío y cortante, me golpeó la cara. Estaba agotado por haber pasado la noche en vela, y mucho más por lo que había vivido. El sol no había salido todavía, pero parecía que iba a ser un magnífico día. Me apresuré a alejarme de este lúgubre paraje. Además estaba hambriento. No tenía ni idea de a qué distancia se encontraba el pueblo más cercano. Después de dejar el camino de gravilla y llegar de nuevo a la carretera, volví una vez más la vista atrás para contemplar la extraña casa. Casi me caí de espaldas del susto: en las ventanas de la parte baja y de todo el primer piso estaban asomados, apretujándose, cientos de aquellos hombres blancos y preciosos, con sus ojos vidriosos y extáticos, que me miraban y parecían burlarse de mí. Volví la vista y me alejé corriendo de esa maldita casa.

Pero, como suele ocurrir, las impresiones vivas y aterradoras se condensan en nosotros hasta cobrar vida, convirtiéndose en palabras, acciones y sonidos. Y así tuve la impresión de oír, como si me persiguiera, mientras seguía caminando a buena marcha, la siguiente conversación de la compañía vidriosa del primer piso:

—Mirad, ahí va. Mirad, es uno de esa extraña raza que tiene sangre en el cuerpo y piensa. Mirad cómo anda, cómo se mueve, cómo puede adoptar diversas posturas. Mirad cómo se transforma su cara. Ahora ríe, ahora se vuelve a poner serio. Estas extrañas criaturas son como de goma, pueden ponerse en cualquier posición y sentir también cada sentimiento en su corazón; luego su cara se transforma, se estremece y chasca la lengua, enrojece como la púrpura y palidece como la cal. Mirad cómo anda; los tubos —piernas de lana—, que sólo son envolturas para ocultar los fatales movimientos, se bambolean de un lado para otro. ¡Una raza magnífica! Hay que ver cómo a menudo van caminando por la calle, guiñan el ojo y luego se paran de repente y miran a través de una gran luna transparente y leen títulos de libros; cómo más tarde se quedan rígidos de pronto, se les salen los ojos de las órbitas y todo su exterior traiciona que un horrible cambio se está produciendo en su interior; entonces tienen que pensar lo que su cabeza ordena y sentir lo que prescribe una roja bola de goma, situada en el pecho, y se mueven al arbitrio de ambos. Hay que ver cómo saltan, chascan la lengua y retuercen el cuello; se tiran a un lado y a otro, sacan el pecho, jadean y vuelven a hacer una reverencia... ¡es demasiado grotesco!

Corrí todo lo rápido que pude; me resultaba inquietante. A pesar del frío viento matinal, me caían gotas de sudor, como perlas, de la frente. El sol debía haber salido ya. A lo lejos apareció un castillo reluciente, bañado por los rayos del sol, y enseguida, en una curva del camino, vi ante mí una pequeña ciudad hospitalaria, con iglesias y jardines. Tenía la impresión de volver de una excursión horrorosa por el reino de las sombras al mundo, que habría abrazado con entusiasmo a pesar de todas sus miserias. Apenas había avanzado cien pasos, cuando vi a un campesino atareado con un rastrillo a la espalda, que venía a mi encuentro. Enseguida me di cuenta de que se trataba de un hombre como yo, creado por fecundación natural. No pertenecía a ninguna raza artificial, ya que cogía de vez en cuando la pipa que llevaba en la boca, se ajustaba el sombrero, miraba hacia el cielo, y comprobaba de dónde soplaba el viento; en resumen, realizaba movimientos naturales.

—Querido amigo —dije cuando estuvimos cerca—, ¿puede decirme qué clase de casa es esa de ahí detrás, a apenas cien pasos de la carretera?

—¡Ay, señor! —exclamó el hombre, en quien reconocí enseguida a un representante de la tribu más amable de Alemania, a un sajón—. Querido señor mío, eso se lo puedo decir muy bien, es la célebre real fábrica sajona de porcelana de Meissen.


La posada de la Trinidad

Érase una vez, hace unos dos mil años, un hombre rico con una mujer hermosa, que se querían mucho pero que no tenían hijos y deseaban mucho tenerlos, y la mujer rezaba día y noche por ello, pero no los tuvieron.

—¡Ay! —dijo la mujer con dolor—. Si tuviera un hijo rojo como la sangre y blanco como la nieve. Después de nueve meses tuvo un hijo blanco como la nieve y rojo como la sangre. El hijo fue varón. Y cuando vio esto, se alegró mucho.

Hermanos Grima
Cuentos de hadas para niños

Estaría en Francia, cuando hace varios años, en una de mis caminatas invernales, llegué hacia el atardecer a una larga carretera helada, que parecía no tener fin. Ninguna columna de humo que indicara la proximidad de un poblado humano. Anochecía. No se veía luz alguna. Mi mochila estaba vacía. Había comido el último bocado sobre el mediodía. Sería noviembre, y hasta donde alcanzaba la mirada, los bosques y campos se veían cubiertos con una dura capa de hielo y nieve. La mala costumbre de no llevar nunca un mapa conmigo, ni de calcular las horas de camino, ni de reparar en las fincas y pueblos cercanos parecía querer vengarse de mí despiadadamente en esta ocasión.

Las personas cuya fuerza imaginativa es más poderosa que su entendimiento, no deberían viajar nunca a pie en solitario. Absortas siempre en sus pensamientos, ven jarras llenas de cerveza y tabernas repletas de seres humanos vociferantes, donde el mapa no señala ninguna posada en tres horas a la redonda. Y la auténtica realidad los castiga entonces de la manera más penosa por sus imaginaciones secretas e ilícitas. Tales hombres no deberían emprender ninguna empresa mundana, ni construir casas, ni comprar Valores del Estado; que especulen sobre lo sobrenatural, allí las pérdidas no son tan terribles.

Ocupado en tales pensamientos, nadie se alegró tanto como yo cuando, siguiendo por la interminable carretera, vi acercarse a un viajero con pesadas raquetas de nieve. Me miró sorprendido cuando nos encontramos y preguntó:

—¿Cómo viene por aquí a una hora tan tardía, donde no hay un poblado a varias horas a la redonda? Yo, por mi parte, sólo viajo en el crepúsculo y de noche, porque mis ojos no soportan la luz del día y estoy muy familiarizado con el camino. ¡Pero usted se perdería!

Como yo no respondí nada, el desconocido, cuyas incisivas palabras me habían inspirado respeto, continuó:

—El cielo se ha preocupado esta vez por usted. Justo detrás de esta colina, a la que llegará en diez minutos, se encuentra una posada, de la que vengo ahora mismo. Es totalmente desconocida, así que usted no podía esperar encontrarla. A pesar de ello se encuentra en este camino; no viene en ningún mapa y yo poseo los mejores; yo mismo la vi hoy por primera vez, y sin embargo es muy antigua. «La posada de la Trinidad»; la gente parece bien instalada, aunque de maneras anticuadas y lentas. Allí le atenderán perfectamente. ¡Que le vaya bien!

Mientras pronunciaba las últimas palabras, pisoteó repetidamente el helado y duro suelo, ya que parecía tener mucho frío. Se despidió rápidamente, nos separamos y nos fuimos cada uno por nuestro lado.

—¿Me permite una última pregunta? —le grité—. ¿Qué vende usted? ¡Su mochila parece llena y pesada!

—¡Devocionarios! ¡Devocionarios! —respondió precipitadamente—. Pero ya no por mucho tiempo, ya no por mucho tiempo... es que esta época...

No pude entender el final de la frase, el viento se la llevó de la boca. Me apresuré, y de hecho, después de haber alcanzado la cima de la siguiente colina que avanzaba hacia la carretera, divisé una pequeña hondonada, en la cual se encontraba una casita escondida y retirada. Un débil resplandor salía de las pequeñas ventanas de la planta baja. El primer piso, que terminaba en un tejado puntiagudo, parecido a los de las granjas de la comarca, estaba oscuro. Cuando me acerqué, descubrí encima de la baja puerta de madera, pintada de marrón, las delgadas letras de un rótulo sobre un fondo blanco: Posada de la Trinidad. No pude distinguir otro letrero que indicase que se trataba de una posada. No había ningún brazo que sobresaliese con la enseña o con la jarra llena de cerveza espumosa. Aparte de esto, no había nada en el entorno que me hubiera podido llamar la atención. Detrás de la casita un estercolero mostraba que esta gente se dedicaba a la agricultura. Un pequeño jardín vallado. Unos campos deslindados con siembra de otoño. Y delante de la casita, un alto y hermoso palomar, cuya aguja gótica parecía que había sido trabajada con mucho detalle. Por lo demás, ya se había hecho casi de noche. Un viento del este fuerte y seco traspasaba mi ligera levita. Me dirigí a la puerta y llamé. Al cabo de un rato, oí unos pies que se arrastraban ruidosamente por el pasillo, y un anciano con cabellos blancos que apoyaba una mano temblorosa en una muleta abrió la puerta.

—¡Por fin llega usted! —gritó, sin mirarme de cerca, como se trata a viejos conocidos—. Usted ha pasado mucho tiempo en España, ha atravesado toda Francia y ha viajado por Inglaterra; una vez quiso ir a Noruega, lleva todo el año vagando por Alemania, conoce todas las ciudades y aldeas y contempla cada campanario, mira cada ciénaga y por fin llega a Franconia, a la pequeña posada de la Trinidad, apartada del mundo al que tenía que llegar... ¡Llevo tanto tiempo esperándole!

El decrépito anciano que me habló de forma tan extraña había abierto entretanto la puerta de la sala y entré en una habitación al estilo de las posadas rurales, con una mesa grande y tosca, sillas marrones y nudosas, una gran estufa de cerámica, un reloj de pared, cuadros de santos y batallas, y un crucifijo.

—Voy a llamar enseguida a mi querido hijo —añadió—. Se alegrará de verle. Estará arriba, estudiando; desgraciadamente estudia demasiado para mi gusto.

Al decir esto, abrió la puerta y gritó hacia el piso de arriba:

—¡Christian! Christian, querido hijo, baja un momento, ya ha llegado el joven al que hemos esperado tantos, tantos años.

No me sorprendió poco esta extraña bienvenida. Estaba a punto de expresar este sentimiento haciendo una pregunta al anciano cuando se abrió la puerta de arriba con un leve ruido. Se oyeron unos pasos temerosos por las escaleras y poco después entró en la habitación un joven pálido de rasgos extraordinariamente hermosos. Era tímido y de un recato casi femenino. Llevaba un largo manto blanco, atado con una cuerda sencilla alrededor de la cintura, a la manera de los monjes. Con la mano extendida y una mirada inefablemente amistosa vino hacia mí.

—Dios le bendiga —dijo señalando hacia el anciano con la mano.

—¡Christian! —exclamó éste con voz sollozante, dejando caer su muleta y dando una palmada con ambas manos—. ¡Christian, hijo mío, qué aspecto tienes! ¡Has pasado otra vez toda la noche despierto, estudiando y consumiéndote! ¡Dios mío, si te me murieras! Christian, si te nos murieras y nos dejaras a tu madre y a mí, todo estaría perdido; todas nuestras esperanzas aniquiladas; ¡todo el negocio se iría al Diablo!

En ese momento oí afuera, detrás de la casa, una carcajada sorda, horrible, sarcástica, que procedía de un cuarto estrecho y cerrado, mitad gruñido, mitad balido, como de un macho cabrío, pero capaz de dar una expresión humana a su voz.

Todos empalidecieron en la habitación, y yo también retrocedí un poco, impresionado por la humanidad de la voz, y miré al viejo, interrogándole.

—Procede de la pocilga —dijo éste, como para tranquilizarme—. Tenemos encerrado allí a un tipo que se burla de nosotros y a quien damos de comer para que no provoque daños en otros lugares, en los campos y aldeas de la comarca. Por lo demás es inofensivo.

—¡Padre! —exclamó enseguida el joven implorando con voz suplicante—. ¡Padre, querido padre deja de pronunciar su nombre, te lo ruego, ya sabe; que quiere nuestra ruina!

—No me preocupa —replicó el anciano, que había recogido de nuevo su muleta mientras tanto—. Pero tú sí que me preocupas; ahora vete, sal a ver tu madre y dile que sirva la cena, y que tenemos huésped.

El joven salió de la habitación arrastrando su blanco manto, con la cabeza gacha y pasos lentos y solemnes. El anciano y yo nos volvimos a quedar solos.

—El joven me preocupa —insistió éste de nuevo cojeando de un lado para otro—; es tierno como una planta joven; no es de extrañar por la vida que lleva; en lugar de salir al campo y trabajar como los demás, se queda arriba encerrado, estudiando Concordancias y Vulgatas. Tiene las mejillas pálidas y chupadas, el pecho hundido y débil; tose a menudo, da pena. El chico me preocupa.

Estaba tan impresionado y perturbado por todo lo que había visto y oído hasta ese momento que no sabía por dónde empezar para resumirlo en una síntesis razonable. Estaba firmemente convencido de que el anciano me tomaba por otra persona, pues esta acogida habría sido inconcebible. Por otro lado, debía reconocer que muchas de las cosas que me había dicho en la puerta eran ciertas hasta en los mínimos detalles. También me pareció muy sospechosa la forma amistosa, casi, solemne, con la que el joven tísico, envuelto en su hábito blanco, me saludó. Tenía algo tan infantil y distraído en su mirada, algo tan lánguido y romántico, como si estuviera fuera del mundo, y al mismo tiempo algo tan afectuoso, que estaba convencido de que cualquier otro en mi lugar habría sido recibido de la misma forma. De ahí deduje el estado mental del joven y no llegué a ninguna conclusión halagadora. Quiero decir que el tierno joven no me pareció lo suficientemente resistente para este mundo. Tampoco me resultó clara la relación familiar entre el «Padre» y el «Hijo». Era imposible que el anciano fuese el padre del joven. Estaba dando vueltas a todo esto mientras el viejo iba de un lado para otro de la habitación arrastrándose y haciendo ruido.

Habría hecho alguna pregunta para orientarme si el miedo a empeorar mi situación, preguntando demasiado y descubriendo la verdad sobre mi persona, no me hubiera retenido. Hasta ahora me había recibido bien y con cordialidad. Si ocurriera algo que mostrara que el viejo se había equivocado en cuanto a mí, estoy seguro de que esta familia tan rara me pondría en la puerta. Tenía claro desde hacía tiempo que el albergue donde había encallado era sospechoso, y no pude dejar de evocar aquellas sórdidas escenas de «La Posada del Spessart» y recordar los métodos más horribles todavía de aquel posadero clásico de la Antigüedad, Procrustes, con sus fatales camas, cuando se abrió la puerta y entró una joven con una gran fuente humeante. El anciano dejó de ir de un lado para otro, miró a la recién llegada de soslayo y dijo dirigiéndose a mí:

—Esta es María, mi hija María...

Entonces carraspeó, como si quisiera continuar, pero reprimió sus palabras y siguió paseando ruidosamente por la habitación. Miré a la joven. Su rostro presentaba rasgos judíos muy acusados; cejas juntas, pómulos algo prominentes, pero sin romper la armonía de la cara, de no reducidas facciones; nariz noble, ojos en forma de almendra, con pupilas semejantes a cerezas negras que se fundían, y también dos labios fuertes y carnosos que revelaban una sensualidad pronunciada; cabellos de azabache, ondulados y muy desordenados, completaban el tipo oriental; pero, sobre todo, esa somnolencia general que su rostro expresaba, como si una mano blanda le hubiera acariciado la cara de arriba abajo.

Respondió a mi mirada escrutadora y curiosa con gestos pícaros y burlones, como una persona que reconoce encontrarse en una situación indigna de sí misma pero que no quiere admitirla y se conforma con mostrar un desdén artificial hacia los demás. La joven estaba de hecho casi envuelta en trapos y parecía hacer el trabajo de una criada. No se podía afirmar hasta qué punto tenía que ver la negligencia y el desarreglo personales con su forma de vestir.

Lo que había traído la joven era una fuente con apetitosas patatas humeantes cocidas con la piel, que había dejado al lado, en una especie de aparador. Abrió el cajón de la mesa grande y pesada y sacó la vajilla, cuchillos, tenedores y el salero. Después de poner la mesa y dejar la gran fuente en el centro de la misma, María salió de la habitación y pude constatar en ese momento que la parte posterior de su aseo era todavía más desastrosa que la anterior.

—La muchacha —dijo el viejo, que permaneció conmigo— es una maldición para mi casa.

—¿Por qué? —pregunté ingenuamente—. ¿Guisa mal?

¡Ah, no! El pan ácimo lo hace bastante bien, pero, por lo demás... ¡ah, Dios! Las muchachas, cuando son un poco guapas, son todas así, tienen el diablo en el cuerpo.

¡Ja, ja, ja, ja, ja! —gruñó y rió alguien en ese momento desde detrás de la casa, en la pocilga, dándose golpes, como si tuviera miembros de hierro, de tal forma que me estremecí de horror. También el viejo se quedó mirando fijamente con aspecto embrutecido, mientras que al poco tiempo llegaron unos fuertes sollozos desde la cocina, probablemente del sensible joven.

—¡Dios mío! —dije—. En esta casa anda el diablo, aquí no se puede estar a gusto.

Al oír estas palabras, el viejo volvió a mirar con ojos vidriosos y saltones, de un azul claro, de manera que ya no me atreví a responder nada. Por fortuna, al poco tiempo se abrió la puerta y entró María con una jarra de agua y un poco de pan, mientras que el joven tísico, que apareció detrás de ella con los ojos hinchados por el llanto, trajo otro cubierto para mí. Entonces todos se sentaron y empezó en silencio la cena frugal. Se comportaron como si no hubiera invitados. Ningún intento de hacerme participar en la conversación. A pesar de ello, invitaron al huésped repetidamente a servirse. De esta forma no se entabló ninguna conversación. El viejo, que hasta entonces había sido el más abierto conmigo, parecía enmudecer en presencia de los otros. Tampoco hablaron entre ellos. No tenía claro si este comportamiento era normal o si se debía a una reserva respecto a mí. La comida era muy pobre y mínimamente preparada. Antes de la cena, el viejo gimoteó mecánicamente algunas frases hebreas, acompañadas por muecas extrañas y sonidos agudos como es costumbre, según creo, entre los judíos, y luego atacó con precipitación las patatas que ya había observado con interés mientras decía su liturgia. En cambio, el joven tísico, ajeno a todo lo mundano y dirigiendo con exaltación los brazos hacia el cielo, pronunció con gran fervor unas pocas oraciones que se correspondían más con nuestra oración protestante «Ven Señor, sé nuestro huésped...» Mientras tanto, la desaseada judía observaba todo con gran indiferencia. Se sentó también de mal humor y con poco apetito en su sitio. Durante un buen rato sólo se oyó masticar monótonamente, sin cesar. Por fin, el viejo retomó la palabra y se disculpó por una cena tan frugal, pero era lo único que tenían en casa, se les había acabado la carne ahumada.

—El hambre —respondí es el mejor cocinero. Por supuesto, en Francia se suelen comer las patatas cocidas con cerdo grasiento en gelatina.

Al oír esto, los tres se quedaron de piedra, y —ji, ji, ji, ji— baló y berreó de nuevo alguien desde la pocilga; parecía disfrutar mucho revolcándose en el estiércol.

Cada vez tenía más miedo de esa horrible criatura.

—Señor —me dijo el joven vestido de blanco con indecible suavidad—, no vuelva a pronunciar la palabra. Para el puro todo es puro. Pero el malvado enemigo vigila todos nuestros pensamientos para pervertirnos.

A partir de ese momento me di cuenta de que esta casa guardaba un horrible secreto. El tipo que estaba encerrado en la pocilga ejercía un grotesco control sobre todo lo que hacía esta gente, era una especie de maldición que perseguía constantemente a los tres. Pero ¿quiénes eran estos tres? ¿A qué se dedicaban? ¿A qué se debía la diferencia de su aspecto físico y su carácter? Me llamó la atención que, cuando se quedaron un momento solos, hablaban en hebreo y gesticulaban profusamente, doblando la espalda y los brazos, bamboleándose de un lado para otro; también sacaban la barriga y se encogían de hombros, emitiendo sonidos guturales y sonoros, como hacen los orientales cuando regatean o se excusan. La más exaltada era, con diferencia, María, y la mayoría de las veces no tardaban en comunicarse mediante estas formas de expresión tan variadas. Entonces me miraban rápidamente para ver si por casualidad les entendía o adivinaba sus pensamientos. Christian, el apacible tísico en su blanco hábito parecía ser el que en menor medida adoptaba estos gestos. Sin embargo, a menudo también él adelantaba el labio inferior, sacaba la mandíbula y movía el tronco hacia atrás, como si fuera a emitir uno de esos sonidos hebreos inarticulados que parecen expresar una frase completa, pero se limitaba a hacer estos movimientos, que habría adquirido en este ambiente por imitación. Cuando daba rienda suelta a una de sus exaltadas explosiones de sentimientos, hablaba un alemán realmente bello, y parecía extasiado; cruzaba los brazos, parpadeaba y dirigía su cuerpo con ansiedad hacia el cielo, de una forma más moderna y protestante de lo que se pudiera imaginar, que se oponía claramente a los movimientos serpenteantes, groseros y obscenos de los demás.

Christian era rubio y tenía la piel clara de los germanos, pero los rasgos eran semejantes a los de María y parecían, por así decirlo, calcados. Si suponía que el joven y simpático muchacho tenía veintiún años y María treinta y cinco, era muy probable que ésta fuera la madre del pobre tísico. Según esto, la madre quedó embarazada a edad muy temprana, pero no insólita entre los orientales. Así podían explicarse ciertas caricias secretas que María prodigaba al joven. Hasta este punto me satisfacían mis indagaciones en cuanto a las caras y los acontecimientos de este salón extraño. Pero ¿qué pasaba con el viejo? No dejaba de llamar a Christian su querido hijo. ¿Se podía entender esta relación sólo en sentido simbólico? Ya me había presentado a María como a su hija. El viejo no estaba lejos de los ochenta y todavía mostraba cierto vigor y un temperamento muy apasionado. ¿Seria posible que un hombre tan mayor fuera el padre de Christian y de una chica tan joven como María debería ser entonces? ¡A la que llamaba expresamente su hija! ¡También el joven llamaba padre al viejo! Desde luego, en su forma excesivamente sentimental de dirigirse a él, este «padre» sonaba como un saludo idealizado y lleno de veneración. Aquí nada encajaba. Y yo desesperaba de llegar a una solución de esta complicada relación de parentesco.

Ya habían retirado la comida. Christian estaba afuera con María, en la cocina, donde se oía el ruido de los platos que estaban fregando. En la habitación se había hecho el silencio. El reloj de la pared producía un monótono tic-tac. El viejo, mientras masticaba una corteza de pan con la muela que le quedaba, volvía a arrastrar las zapatillas de un lado para otro, gruñendo y meneando de vez en cuando la cana cabeza como si quisiera apartar algún pensamiento.

—No —exclamó por fin—, esto no puede seguir así. De esta forma el negocio se me viene abajo. El joven, el querido, dulce y tierno joven, en quien he puesto todas mis esperanzas, se me muere con este aire nórdico tan frío.

—¿Es su hijo? —le pregunté rápidamente para no dejar escapar la ocasión.

El viejo se detuvo y me miró.

—¿Hijo? —repitió—. Es mi querido hijo, en quien me complazco. No es mi hijo carnal —añadió en voz baja, exhortándome a bajar la voz y aconsejando precaución mientras señalaba hacia la cocina, de donde seguían llegando ruidos de platos y del agua del fregadero—; es el hijo de la muchacha de ahí afuera, a quien recogí en mi casa cuando tenía catorce años.

Al decir estas palabras, su cara adquirió una expresión de rabia, como si este hecho le produjese todo menos satisfacción, y el brazo que señalaba hacia allí se convirtió en un puño amenazador.

Iba a añadir otra pregunta con voz apagada por la prudencia, pero me hizo una señal enérgica con la mano y, sin dejar de hacerme la señal, apuntó con la otra mano, sosteniendo la muleta, hacia la cocina para darme a entender que permaneciese en silencio. Se tapó la boca cerrada tres o cuatro veces con la mano; yo hice lo mismo para indicarle que le había entendido bien; entonces se tranquilizó y me dirigí en silencio hacia mi sitio en la mesa.

Al cabo de un rato, el viejo vino hacia mí cojeando y me preguntó al oído:

—¿Habla usted armenio?

—No —respondí.

—Maldita sea —replicó el viejo—, en ese caso no podemos conversar sin ser molestados. De todas formas, estos dos se van a acostar pronto. Son ya alrededor de las tres.

De hecho, poco después entró el joven, y extendiendo arrebatado los brazos y posando su brillante mirada sobre los que estábamos en la habitación, exclamó:

—¡Os saludo y os bendigo para el resto de la noche! ¡Quedad protegidos y a salvo durante la oscuridad de la noche! ¡Que el ángel de la paz vele sobre todos nosotros!

Mientras tanto, la astuta judía permanecía detrás de él y observaba qué impresión causaban sus palabras. Le sacó de la habitación cogiéndole del vestido, y poco después se oyó que ambos abandonaban la planta baja de la casa y se dirigían hacia arriba subiendo las escaleras.

Entonces todo quedó sumido en el silencio. Una lámpara de aceite humeante lanzó un opaco resplandor amarillo sobre los cantos angulosos y prominencias de los muebles de la habitación, mezclado profusamente con amplias sombras negras. La estufa verde de cerámica del rincón todavía difundía un calor agradable. Apaciblemente continuaba el tic-tac del reloj, que había enronquecido; apaciblemente, sumido en sus pensamientos, arrastraba el viejo sus zapatillas de aquí para allá, envuelto en su bata abierta y forrada con piel de oveja.

—Me agrada —dijo de repente, sacando del aparador una jarra grande y pesada llena de vino, y dos vasos, que me trajo a la mesa— que se encuentre usted hoy aquí, ya que eso me permite volver a tomar un vasito y olvidar mi desgracia. La verdad es que el doctor me lo ha prohibido; si no, yacería borracho a la mañana siguiente debajo de la mesa, como Noé. El vino procede de la región y escasea, pero es puro y está en plena fermentación; por eso, sea precavido.

Mientras tanto, el viejo se había sentado a la mesa conmigo y llenado los dos vasos. Era un mosto blanco y lechoso con un tono ligeramente verdoso del cual se desprendieron abundantes emanaciones mefíticas. En esta ocasión, me di cuenta de que las manos del viejo temblaban tanto que temí por el contenido de la jarra cuando la cogió en la mano; pero con cada' vaso sus manos y su discurso se iban haciendo más seguros.

—Los jóvenes —intenté trabar conversación— se acuestan temprano.

—¡Ah! —respondió el viejo dejando la muleta y asegurándose en la silla—. ¡Es una familia dentro de la familia! Los dos se quedan juntos, se separan de mí, cocinan y cuchichean entre ellos, intrigan contra mí y siento cómo cada día se me escapan más las riendas. Si me faltara la furia, habría perdido el mando hace mucho tiempo. ¿Se deduce de esto que María no posee sentimientos de gratitud? Yo recogí en mi casa a esta chica hace veinte años, cuando todavía llevaba faldas cortas, y ahora cargo también con el chaval.

¿María es la madre de Christian? —me aventuré a preguntar con rapidez.

—¡Beba, joven! —interrumpió el viejo precipitadamente, llenando su vaso, ya que el mío seguía lleno, mientras el pico de la jarra de barro chocó estrepitosamente con el borde del vaso; pero procuré no perturbarme por ello.

—El hermoso joven —empecé de nuevo— se parece muchísimo a la judía.

¿A la judía? —preguntó el viejo con desconfianza, acentuando la palabra «judía»—. ¿Qué quiere decir con esto? Yo también soy judío. No ofenda a mi raza.

—Nada más lejos de mis intenciones —le aseguré—; la he llamado judía porque sus rasgos lo sugieren.

—Sí —retomó el viejo la palabra—, era una de las más hermosas de su estirpe; pero la mocosa, que según pensamos en este país casi no era núbil, me viene con el chaval... a quien por lo demás le he tomado mucho afecto ahora y trato como a mi propio hijo...

¿Con quién ha tenido María el hijo? —pregunté con desenvoltura.

—Sí —repitió el viejo con una mezcla de escarnio y amargura, como si lamentara que no fuera suyo—, ¿con quién ha tenido María el hijo?

—¡El joven tiene que tener un padre! —me apresuré a decir con la esperanza de imprimir más fluidez a la conversación, dándole un tono humorístico.

—...tiene que tener un padre —repitió mi anfitrión pensativo, de una forma mecánica.

—El chico es rubio —empecé de nuevo—, tiene la piel blanca, es una auténtica criatura del Norte. Tal vez un rubio artesano ambulante, que pasara por aquí la noche por azar, igual que yo ahora, haya seducido a la judía.

—¡Por el amor de Dios! La pequeña tenía en esa época catorce años como mucho.

Al oír estas palabras, percibí con claridad ruidos que procedían de la pocilga. El viejo también los percibió y apretó con fuerza el vaso de vino.

—Entonces fue violada —añadí.

El viejo se levantó y negó vehementemente con la mano. Se dirigió hacia la puerta y se puso a escuchar. Como todo permanecía en silencio, volvió, se sentó de nuevo y me preguntó:

—¿No habla usted algo de hebreo?

—Ni una palabra —respondí.

—Si usted hablara algo de hebreo podríamos comunicarnos con más facilidad. ¡Las cosas de las que se tratan aquí son de una naturaleza tan complicada...!

—¡Santo cielo! —repliqué—. Las cosas de las que estamos hablando son las mismas en todos los idiomas y en todos los países del mundo. La cuestión es, ¿quién engendró al hermoso muchacho?

—María afirma que no ha sido un hombre.

—Ja, ja, ja, ja, ja —vociferó y chasqueó la lengua de nuevo alguien en la pocilga, y pareció dar volteretas.

Me levanté de mi asiento sobresaltado; no podía decir qué me produjo más asco y angustia, si la respuesta del viejo o la voz de aquel monstruo invisible. Mi anfitrión se quedó callado, abatido y sombrío, miró hacia abajo y se agarró a la jarra de barro con desesperación. En la casa reinaba un silencio de muerte; sólo el reloj continuaba haciendo tic-tac ininterrumpidamente. Volví a sentarme, despacio. Durante mucho tiempo nadie pronunció palabra; finalmente prevaleció mi curiosidad y la seguridad de que sólo una cierta dosis de coraje podría arrancar al viejo su secreto.

—¡No ha sido ningún hombre! —comencé a decir con voz apagada, dirigiéndome al viejo con tono escrutador—. Si no ha sido un hombre, ¿qué ha sido entonces?

El viejo se encogió de hombros confundido, como si no quisiera o no pudiera responder, y miró perplejo a su vaso, algo ebrio y a punto de llorar.

—Si no ha sido un hombre —repetí con voz inquisitiva—, ¿qué ha sido entonces?

—Algo —masculló mi anfitrión cohibido y en voz baja.

—¿Qué clase de algo? —interrumpí a tempo. Volvió a encogerse de hombros.

—Tal vez un soplo, un aliento, algo invisible, una fuerza —comenzó a decir el viejo, que parecía más excitado y apasionado—, ¡quién sabe! María me contó que una tarde se había quedado dormida en su habitación. Hacía calor, las ventanas estaban abiertas, las persianas bajadas; entonces llevaba pocas semanas en mi casa; yo no sabía si mentía; los niños mienten a menudo y entonces apenas era una niña, tan joven, tan joven...

El viejo se detuvo.

—Siga, siga, ¿qué ocurrió? —pregunté, apremiándole.

—María se había desnudado, y de repente, según me contó, oyó, probablemente en sueños, un viento huracanado que se abatía sobre la casa; una de las persianas se levantó y de repente...

(Pausa)

—Y de repente ¿qué? ¡De repente... ¡siga!

—De repente —retomó el viejo la palabra— vio ante sí una figura blanca y poderosa, de cabellos luminosos, que se inclinó sobre ella, le susurró algo y le causó dolor hasta que la muchacha gritó súbitamente. Entonces se desvaneció; cuando se levantó, sus vestidos estaban en desorden y la habitación llena de vapores sulfurosos; afuera brillaba el sol. ¡Al cabo de nueve meses la muchacha me trajo al chico rubio! —En ese momento se detuvo el viejo y vació con gran satisfacción el vaso lleno de un trago.

—¿No tenía en esa época ningún criado a su servicio? —pregunté bruscamente, a propósito, para terminar de una vez con el tono ebrio y sentimental.

—No había nadie en la casa ni en los alrededores; no sucede a menudo que alguien se aventure a venir por aquí, ¡puesto que tenemos mala fama!

—¿Sigue sosteniendo la muchacha que se quedó embarazada sin culpa y sin haber tenido trato consciente con hombre alguno?

—No sólo eso —aseguró el viejo—, cada vez da más bombo al asunto; no quiere comunicar a nadie las palabras que la criatura incomprensible le susurró; considera que todo esto es un milagro y que el chico es una criatura milagrosa, y quien lo ve debe asentir a ello.

—¿Y usted cree en todo esto? —le pregunté lleno de asombro.

—No me quedaba más remedio —enfatizó el viejo—; habría perdido mi posición en la casa y la fama en la vecindad; y ahora —añadió mi anfitrión con énfasis—, después de veinte años, mi posición en la casa se iría al diablo si dejara de creerla; ahora que no puedo valerme por mí mismo, tengo que conformarme con que me soporten.

—¿Así que es un milagro por conveniencia? —pregunté casi indignado.

—El asunto se me ha escapado de las manos —exclamó el viejo golpeándose las rodillas con ambas manos, lleno de desesperación—. Ya no se puede volver atrás; un milagro es un milagro; la muchacha cree en él, el hijo cree en él, y yo también; la vecindad cree en él, a pesar de que se ríen a escondidas y se guiñan el ojo. Y lo mejor de todo es que la muchacha espera cada año, el mismo día, a la misma hora y con los mismos vestidos la vuelta de ese ser misterioso. ¡Y acabará viniendo!

Entretanto, se había hecho tarde. El viejo no parecía dispuesto a acostarse, al contrario, volvió a llenarse el vaso después de su largo discurso, y sólo ahora que había alcanzado una posición firme, parecía encontrarse con ánimo de afrontar otra discusión enérgica. Yo sí estaba cansado, en parte por la caminata, en parte por el curso del debate. Con este viejo no había ninguna esperanza de llegar a una interpretación del asunto más serena y razonable. Porque, si le acosara demasiado con los llamados argumentos razonables, se pondría furioso; y ésta era su fuerza. Así que me levanté y pedí al viejo que me indicara un lugar para dormir.

—Olvídese de ello —observó éste y agarró la muleta—; sí, joven, espere a ser mayor. ¡Usted cree que el aire no contiene nada porque puede mirar a través de él! Entre nosotros y el cielo existen miles de cosas, pero hay que saber verlas.

Renuncié a comentar estas palabras. El viejo encendió una vela y salió delante de mí por la puerta, cojeando y carraspeando.

En el pasillo, a la derecha, pasamos al lado de la cocina, que tenía un aspecto descuidado y estaba negra por el humo. Luego seguimos hasta la escalera que conducía al piso superior haciendo un ángulo agudo. Junto a la escalera había una puerta de dimensiones reducidas.

—Esta es —observó el viejo señalando hacia la entrada con la muleta— la habitación donde aconteció lo incomprensible hace más de veinte años... joven, ¡estaría tal vez contento si algún día poseyera una habitación tan estrecha y minúscula!

Después subimos haciendo ruido y jadeando.

—Además —observó el viejo una vez arriba, cogiéndome por los hombros torpemente—, no le dé más vueltas al asunto; y mañana por la mañana no diga nada a mi hija y a mi querido hijo, esto les desagrada. Todo está demasiado reciente... Y ahora duerma usted bien... Allí está su habitación. ¡Coja la vela!

Me apresuré a coger la vela, que vacilaba con violencia en el aire, y entré en el aposento indicado, donde no observé nada fuera de lo común. Un cuarto pintado de azul, provisto de cortinas de tafetán verde con dibujos. Una mesa coja e inclinada, con viejas manchas de tinta; una pequeña estufa de hierro con un tubo doblado; una armadura de cama pintada de amarillo sobre cuatro patas altas y delgadas, con sábanas suaves y un edredón muy pesado a cuadros, de color rojizo; una mesita de noche con un orinal amarillo y una silla con una funda floreada ya rota.

Hacía frío y me acosté tiritando en la cama que crujía. Todavía escuché algún alboroto abajo y después un silencio de muerte invadió toda la casa.

Pero no conseguía dormirme. El secreto de estas tres personas, la extraña relación que tenían entre ellos, la circunstancia de que el viejo, que antes era el dueño absoluto en su pequeño dominio, fuera vencido por las intrigas de la astuta judía, ocupaba sin cesar mi alma. Era natural, me decía a mí mismo, que el joven hubiera crecido totalmente bajo la influencia de la madre; toda madre hace de su hijo lo que quiere; pero lo que no se puede enseñar es la excentricidad y el misticismo del joven, que parecía siempre ausente. ¿De dónde lo había recibido, puesto que nadie en la casa tenía ese carácter o se comportaba de esa forma? Supongamos que el joven tuviese que hacer el servicio militar, ¿acabaría reformado a causa de la perversión mental? Y por otro lado, ¿qué se podía decir sobre su misterioso nacimiento? Es posible que una jovencita haga creer una cosa así a los demás, pero no todos están dispuestos a creer tal cosa. Sin embargo, la muchacha debía, también en el caso de un hijo natural, declarar quién era el padre. ¿Qué declaró ella entonces? ¿Podría ser el mismo viejo quien...? ¿Y por miedo, a causa de la minoría de edad de la persona, podría haber inventado esta fantasía? Habría sido más fácil haber echado la culpa a un artesano ambulante. Total, aquí no encajaba nada. ¿Y qué era el monstruo encerrado en la pocilga? Otra vez me representé todo el episodio tal como me lo cuenta el viejo. Tuve que reconocer que había sido inventado de un modo ingenioso. Es característico de las mujeres mezclar hasta tal punto lo real y lo fantástico que uno no sabe dónde empieza una cosa y dónde termina la otra, de modo que hay que aceptar toda la historia o rechazarla por completo. A nadie le extrañará que una joven en una tarde calurosa se medio desnude y se acueste en su cuarto con las persianas echadas.

Me acordé del cuarto que el viejo me había señalado al subir las escaleras. Me dije: si te vas ahora de esta casa y cuentas por todas partes esta extraña historia, cualquiera te preguntará por este cuarto. Ya que a la mañana siguiente apenas tendría tiempo, ni oportunidad de verlo, decidí bajar en el acto. Me levanté y poco después me encontré en calcetines en el pasillo.

¿Si me descubrieran? Ya tenía pensado un pretexto para justificar el hecho de haber salido en plena noche.

Mis botas seguían en la puerta tal como las había dejado. Ningún ruido en toda la casa. Avancé en calcetines hasta la escalera. El primer escalón crujió perceptiblemente. Sin embargo; seguí. Llegué abajo a salvo; palpé la pared y encontré el picaporte. Lo bajé, la puerta estaba cerrada, no había ninguna llave. Me enfurecí y decidí penetrar en el cuarto a toda costa. Ya arriba, en mi habitación, me había llamado la atención el mal estado de la cerradura; es decir, la cerradura estaba en el mismo estado que los muebles, las paredes, los utensilios y toda la casa. Sin embargo, esta cerradura de abajo parecía más sólida. Levanté la puerta para ver si podía sacarla de este modo del quicio. Esto también fue inútil. Pero cuando me apoyé en la escalera para volver a forzar la cerradura que, como pude comprobar, estaba mal fabricada y poco sujeta, la puerta se abrió de golpe, a pesar de los hierros, y me precipité en el cuarto, envuelto en una corriente helada, mientras un palomo huía por la ventana medio abierta, arrullando furiosamente y dando violentos aletazos. La luna estaba a este lado de la casa y proyectaba un rayo frío y azulado que entraba por el hueco de la ventana. Cuando me había recuperado de la sorpresa, vi una habitación tan sencilla como casi todas las de la casa. En el rincón, frente a la ventana, se encontraba una cama con una colcha de un rojo encendido que estaba arrugada y desordenada, como si alguien hubiera estado echado en ella; y la manta, igual que el suelo, estaba totalmente cubierta de palomina. De unos clavos en la puerta colgaban unos vestidos azules de arpillera raídos, y la pollera roja de lana que suelen llevar las mozas campesinas de Franconia. En la pared se podía ver el trozo de un espejo roto y deslustrado. Muera, a través del batiente abierto de la ventana, vi cómo los rayos helados y azulados de la luna iluminaban el suelo endurecido. Detrás de la casa, desde un lugar invisible para mí, oí un furioso arrullo reprimido que procedía del palomar. Pero distinguí otra presencia que no tardó en dejarse oír también: la pocilga quedaba a unos veinte metros delante de mí. Y no sé si por el exasperante claro de luna o por el estruendo que había provocado al hacer saltar la puerta, la bestia que estaba allí encerrada había sacado la cabeza por un ventanuco, por encima de la puerta. Y allí lloriqueaba enloquecida, dirigiéndose hacia la luna o hacia mí. No pude distinguir claramente la cabeza porque la luna llena proyectaba la negra sombra del techo del establo sobre el ventanuco. Pero distinguí los ojos amarillentos y oí que el cráneo duro y pesado chocaba repetidamente contra el techo; y el mugido exasperado, que llegaba hasta mí a través del nocturno silencio de muerte, se confundía con aquellos gruñidos y ladridos escarnecedores que ya durante la cena, en el salón, tanto me habían horrorizado. Tiritando de frío y lleno de repulsión abandoné la habitación y cerré la puerta como pude. Me volví a acostar y dormí mal e inquieto el resto de la noche.

Cuando me levanté, vi que el sol ya entraba en mi habitación, y desde la cocina subía un olor caliente y asqueroso. Me vestí rápidamente, cansado e irritado por las experiencias de la tarde anterior y de la pasada noche. Después de todo tuve que decirme: los moradores de esta posada son tan interesantes como sus habitaciones y su comida son deficientes, y, aunque como viajero a pie que era, no solía ser demasiado exigente, apreciaba sin embargo una buena cama y una sopa sustanciosa. Con estos pensamientos salí de la habitación para recoger las botas. Estaban sin limpiar. Entonces me enfadé.

—¡Christian! —grité autoritariamente por el pasillo—. ¡Christian!

Y cuando éste subió las escaleras le dije:

—¡Ni siquiera me han limpiado las botas! ¡Vaya posada!

El joven había subido en su blanco hábito, y mientras intentaba quitarme las botas de las manos, con voz dolorida y patética, exclamó sollozando:

—Sus preocupaciones, señor, giran en torno a un par de botas y a su brillo, pero yo, señor, tengo clavadas en la carne las espinas de una locura insaciable. La inmundicia de toda la humanidad roe mi corazón, y la compasión por el mundo entero ya no quiere abandonarme... Lléveme con usted, señor, me pudro en esta casa; la basura y el egoísmo me asfixian; lléveme con usted, señor, al mundo, para que muera por ellos..

Al decir esto, el joven, que en ese momento irradiaba una belleza angelical, se tiró al suelo y se agarró a mis rodillas. Vi entonces que el pobre joven estaba enfermo; le quité rápidamente las botas y volví a mi habitación.

Un cuarto de hora más tarde estaba sentado en el salón tomando café amargo de bellota y un trozo de pan duro como una piedra. La judía no se dejó ver, pero la oí trajinando en la cocina. El viejo estaba sentado en la butaca temblando y balbuceando, totalmente incapaz de coordinar sus movimientos; los ojos hinchados y húmedos. Intentó hacerme hablar. Pero yo evité todo tipo de conversación. Sentí el impetuoso impulso de abandonar esta maldita casa. Cuando mi mochila estuvo preparada, pagué el alojamiento y la comida. Debo confesar que la suma era ridícula. El viejo me devolvió unas monedas que, como vi más tarde con un poco de asombro por mi parte, eran monedas extranjeras acuñadas con retratos del rey Herodes y del emperador romano Augusto. El viejo me balbuceó algunas palabras más al estrecharle la mano para despedirme. La judía cerró de un golpe la puerta cuando me asomé al pasillo, y oí que el joven seguía sollozando arriba, desesperadamente, cuando abrí la puerta de la casa.

Muera todo me parecía más prosaico y banal que la tarde anterior. Hacía un día claro y frío que apartaba de la mente toda fantasía. Entonces no pude impedir enfadarme por todo lo que había vivido y cavilado. Avancé deprisa sin volver la vista atrás. Y pronto llegué a la carretera. Soplaba un viento helado del Este. No más allá de veinte pasos, pero en dirección contraria a la mía, estaba sentado un picapedrero, dedicado a su trabajo, picando con fuerza. No pude evitar acercarme a él.

—¡Eh, viejo! —le grité—. ¿Conoce usted la posada que está ahí detrás, en el bosque?

—Sí, sí —respondió con el mejor acento de Franconia—, es un desolladero.

—¿Un desolladero? —le pregunté asombrado—. ¿Qué quiere decir con desolladero?

—Pues eso, donde se mata a los viejos caballos y los perros sarnosos —observó y se rió burlándose de mi ignorancia mientras seguía hablando—. No es nada honesto, la gente lo llama el emponzoñadero.

—¿El emponzoñadero? —pregunté—. ¿Por qué?

—Pues eso, que de allí no sale nada bueno y no entra nada bueno.

Cuando me detuve sorprendido y le miré, siguió hablando de esta forma:

—De esa gente no se sabe de dónde vienen y de qué viven.

—A pesar de todo —repliqué—, yo he conseguido salvar el pellejo.

—Mejor para usted —exclamó el picapedrero, y agitó el martillo cubierto de polvo blanco—, mejor para usted; siga su camino, no vuelva la vista atrás, ¡y olvídese del matadero...!

—Ja, ja, ja, ja, ja —se oyó un balido como el de la pocilga, que procedía del interior del bosque.

Instintivamente, me puse en camino. Saludé al picapedrero y seguí por la carretera a buena marcha, sin volver la vista atrás durante una hora.


La iglesia de Zinsblech

Tienen un aspecto agradable vestidos y desnudos, pero un color mortal; suben la plaza en dos filas, sólo se pueden ver como si fueran una aparición, no hablan, y al poco tiempo descienden de nuevo a la tumba.

El Misterio de Lucerna
La Resurrección de los Muertos

En una de mis solitarias caminatas por el Tirol me perdí al atardecer. Como consecuencia de haber seguido una señal oblicua por la tarde, me encontraba todavía en medio del bosque, ya muy entrada la noche, teniendo que haber llegado a mi destino a la caída del sol. Finalmente llegué a un pueblo, que sin embargo no suponía que estuviera en esta región, ni recordaba que viniera en uno de mis mapas. Serían entonces las once de la noche. Todas las puertas estaban cerradas, los cristales de las ventanas sumidos en la oscuridad. Buscando un lugar para pasar la noche, llamé a una de estas puertas, cuyo ruido de plomo formaba las palabras «¡Zinsblech! ¡Zinsblech!» Pero éste era sólo el sonido de los pequeños cristales redondos, engastados en plomo; los cristales grandes, donde llamé para que me dejaran entrar sonaban: «¡Pinzgau!» «¡Pinzgau!»

En ninguna parte la respuesta de una voz humana. Después de unos pocos pasos, me encontré donde parecía brillar la única luz del lugar, gracias a cuyo resplandor conseguí leer: Municipio de Zinsblech; partido judicial de Pinzgau. Seguían algunas indicaciones sobre la zona de reclutamiento, recaudación de impuestos, etc., y al final decía: «El regalo del pueblo se puede conseguir en la casa número 666.»

Después de haber caminado por varias calles totalmente desiertas, llamando —«¡Zinsblech!» «¡Pinzgau!»—, de haber tenido la desgracia de romper un cristal, que respondió al asesinato de su propio yo con un estertor ruidoso: «¡Grinzsau!», llegué a la iglesia. Un edificio alargado de sobrio estilo románico y formas imponentes; por fuera de tosca argamasa; el tejado de pizarra; en el extremo una alta torre con el tejado del campanario dentado, sobre cuya aguja puntiaguda había una cruz dorada, y sobre ésta un gallo. Curiosamente, la puerta de la iglesia, pintada de verde de Schweinfurt, estaba abierta de par en par. Entré, y después de haber chocado con un incensario de cobre que me respondió con un sonido desvaído: «¡Prinzfrech!», fui acercándome con prudencia a través de las sillas hasta el altar. Reinaba un silencio absoluto. Estaba tan cansado que me acosté provisionalmente.

A pesar de que cuando entré estaba todo completamente oscuro, pude, después de poco tiempo, distinguir siluetas, huecos y prominencias a grandes rasgos. Los altares estaban decorados, según las costumbres de las iglesias del país, con bandejas enmarcadas, sobre las cuales había escritas sentencias latinas, con candelabros plateados y campanillas, todo de un aspecto muy sencillo y modesto. A lo largo de las paredes encaladas se erguían sobre pedestales apóstoles, mártires y santos locales, con sus instrumentos y símbolos característicos en la mano. Las caras, posturas y trajes estaban representados de una manera exageradamente pomposa y patética, que el tardío rococó de mediados de siglo había llevado hasta la última iglesia rural. A la derecha de la larga ventana, en la cual se había clavado mi mirada involuntariamente antes de dormirme, se encontraba una imagen de San Pedro con una cabeza barbuda, vuelta hacia un lado, cuyos extraños rasgos sarcásticos expresaban orgullo y picardía al mismo tiempo. Parecía mirar a Jeremías, que se encontraba en la ventana de enfrente sosteniendo, confundido y triste, su rollo de papel con el brazo caído; parecía mirar también a través de la ventana, tendiendo su gran llave negra convenientemente hacia la luz de la luna, que se deslizaba a lo largo del techo y recorría lentamente una de las naves laterales de la iglesia. Con esta visión me dormí.

No puedo decir cuánto tiempo estuve dormido; de repente recibí un golpe en el costado que parecía causado por un objeto duro, y, despertándome, vi ante mí un hombre vestido con un traje largo y rojo, que llevaba bajo el brazo una gran cruz de madera retorcida; era esta cruz la que me había golpeado. El hombre no reparó en mí en absoluto, sino que se encaminó, grave y solemne, hacia el altar. Y entonces me di cuenta de que sólo era uno de los muchos que salían entre las sillas, formando una larga fila que se dirigía hacia el altar. Toda la iglesia estaba suntuosamente iluminada, clara como el día. En todos los altares ardían velas. En el coro, el órgano emitía un zumbido adormecedor. El incienso y el humo de las velas se condensaba en capas grises entre las columnas encaladas y la bóveda. En la misteriosa y sigilosa procesión distinguí numerosas figuras extrañas. Al frente de ella caminaba una espléndida mujer con un vestido azul y estrellado, los pechos libres, el izquierdo medio descubierto; pecho y vestido estaban atravesados por una espada, de tal modo que ésta, clavada en el extremo de la tela, parecía destinada a impedir que se cayera el vestido. Miraba fijamente hacia el techo encalado con una sonrisa extática, llevaba los brazos cruzados sobre el pecho con un gesto fervoroso, de modo que causaba la impresión de sentir regocijo interiormente por algún pensamiento (vuelvo a hacer notar que la espada estaba clavada hasta el puño cerca de la axila izquierda).

Iba la primera. En la fila siguiente no pocos llamaban la atención por sus extrañas indumentarias. La mayoría llevaba algún objeto en la mano. Uno, una sierra; otro una cruz; un tercero una llave; un cuarto un libro; otro, incluso, un águila; y otro un cordero en los brazos. Nadie se asombraba de los demás. Nadie hablaba con nadie. Tres escalones conducían de la nave al estrado donde se encontraba el altar. Cada uno esperaba sosteniendo un objeto de una forma determinada, hasta que el que le precedía había subido los tres escalones para no tropezar con él. Lo que más me extrañó es que nadie se extrañara de mi presencia. Permanecí totalmente ignorado. Y hasta el hombre que me había golpeado con su cruz retorcida parecía no haberse dado cuenta de ello en absoluto. Una segunda persona femenina destacaba en la procesión por su actitud patética: una mujer rubia, ya entrada en años, con rasgos bonitos, pero apergaminados y marchitos. Llevaba un traje totalmente blanco, sin pliegues ni galones, y la cintura atada con una cuerda. Esta cuerda era dorada; los pechos estaban totalmente descubiertos; sin embargo, nadie se fijaba en estos pechos turgentes. Amplios mechones rubios, sueltos, caían ondulados por toda la espalda. Llevaba la cabeza hundida sobre el pecho y miraba con desesperación sus manos, que no estaban cruzadas como es costumbre, sino abiertas hacia delante (como lo hacen en el teatro los desesperados.) Lágrimas brotaban sin cesar de sus pestañas, que caían desde allí directamente sobre sus pechos, desde aquí sobre el vestido e incluso sobre los pies, que de vez en cuando se dejaban ver debajo del vestido.

Sería imposible enumerar a todos los que iban subiendo en silencio y con naturalidad, como si se tratara de un ejercicio habitual. Pero el hombre de la mueca retorcida, que al principio tendía tan enérgicamente las llaves hacia la luz de la luna y a quien antes de dormirme había observado sobre su pedestal sin querer, estaba también con ellos. A pesar dé la música monótona del órgano, no había dejado de percibir desde que me desperté un extraño ruido chirriante a mis espaldas, en el altar. Volví la vista y observé a un hombre muy alto vestido completamente de blanco; susurraba sin cesar hacia la procesión que pasaba a su lado y que a veces se paraba ante él: «¡Tomad y comed! ¡Tomad y comed!» Era una figura indescriptiblemente fina; delgada, de miembros gráciles, perfil espiritual, nariz griega y amplios rizos ondulados y oscuros que caían sobre las sienes, las orejas y la nuca; un vello transparente y pueril crecía alrededor de la barbilla y los labios. Observé, sin embargo, que sus manos estaban ensangrentadas. Se encontraba en el extremo izquierdo del altar y ponía una pieza redonda pintada de blanco en la boca de los hombres de la procesión, que de dos en dos se detenían ante él, se arrodillaban en un reclinatorio rojo y miraban hacia el techo, parpadeando extasiados; y seguía susurrando: «¡Tomad y comed! ¡Tomad y comed!», y, detrás del altar, las paredes cóncavas repetían: « ¡Tomad y comed!»

Hasta aquí todo iba bien. Sin embargo me intrigaba saber de dónde sacaba este hombre las piezas blancas y redondas. Era cierto que metía la mano sin cesar en el peto de su vestido; pero era imposible que allí hubiera un almacén, un bolso o algo parecido de monedas blancas. Por un lado porque el reparto seguía eternamente y no tocaba a su fin; por otro, porque no llevaba ropa interior, como claramente se podía ver; y, finalmente, porque el pecho de este hombre consumido era tan raquítico que lo que se podía percibir de perfil tenía que formar parte necesariamente del cuerpo. También hundía tanto la mano fina y extremadamente delgada que no me cabía ninguna duda, a no ser que mis sentidos me engañaran, de que sacaba monedas de doce cruzados de su propio cuerpo.

Como decía, hasta aquí todo iba bien: la gente, la mujer con la espada clavada en el pecho —que marchaba al frente de la procesión—, daba la vuelta al altar para volver por la derecha a sus sitios en los bancos de la iglesia. ¿Pero qué ocurría en el lado derecho?

Allí se encontraba un hombre análogo —más Pegaso mitológico que ser humano— con una sotana negra de predicador protestante y el babero cuadrado y blanco en el pecho, detrás del cual aparecía un cuello oscuro y peludo; la sotana del predicador se abría a la altura del trasero, de donde salía una negra cola prensil, parecida a la de los monos, de una longitud tan respetable que pasaba a lo ancho del altar y tocaba sin cesar la espalda del hombre blanco que ejercía su oficio en el lado izquierdo. Debajo de la sotana se podían ver dos pies parecidos a pezuñas, y arriba, en el cuello del predicador, reposaba una cabeza cuya cabellera salvaje, unida al color amarillento de la piel, a sus rasgos arrugados de pensador, a una nariz aplastada, no se quedaba muy atrás de una cara de profesor alemán en cuanto a su fealdad. Unas gafas doradas completaban esta fisonomía, compuesta de irritación, amargura y asco. Era extraño que hiciera, a la manera de un péndulo, casi los mismos movimientos que su vis-à-vis blanco —o espalda a espalda— en el otro lado del altar.

Sostenía una copa negra en la mano, de la cual daba a beber a su comunidad, que desfilaba ante él de una manera semejante a la del otro lado. Al hacer esto, gritaban con voz ronca y estrepitosa cada vez que una persona se arrodillaba ante él: «¡Tomad y bebed!» Y cada vez daba una vuelta a la copa por la espalda, pasando por el trasero, para posarla después en los labios de la persona siguiente. ¿De qué clase de comunidad se trataba en este lado derecho? Una comunidad extraña y de una naturaleza totalmente diferente a la del otro lado. Al frente se encontraba un hombre con nariz larga y barbilla roma, un tricornio en la cabeza, el cuerpo extenuado y embutido en un uniforme francés à la Louis XV, un faldón rojo plegado hacia atrás, una espada en el costado, una muleta en la mano derecha, y por añadidura, una flauta bajo el brazo izquierdo; llevaba siempre la cabeza ladeada, tenía la mirada muy expresiva y parecía saber exactamente lo que hacía.

Además, había un tipo distinguido y elegante, vestido con traje español, camiseta casi hasta la cintura, calzones bombachos, jubón acolchado semejante a un caparazón, y encima de todo, una capa corta, bordada en oro, á la Philipp II, zapatos de hebillas, sombrero de terciopelo con plumas de avestruz; la cara envejecida, pero de expresión pícara.

Subía los tres escalones del altar bailoteando con la espada reluciente y desenvainada y canturreando el aria del Champán de Mozart, mientas se preparaba de buena gana para las ceremonias del predicador de la negra cola. Entre las mujeres observé a una con un traje griego blanco con volante dorado, brazos desnudos y brazaletes de oro, y pechos seductores medio descubiertos; sobre la cabeza, rubia y fina, una diadema real, y bajo el brazo una lira; con su conducta alegre y casi desenvuelta hacía un fuerte contraste con la rubia sollozante del otro lado.

Había todavía más tipos extraños, que parecían llegados de todas las regiones y épocas. Había uno que arrastraba un traje de maestro largo y oscuro, una gorra encima de una cara grave, sombría y cavilosa, de escolástico, debajo del brazo un libro misterioso con letras bohemias, que iba en la fila silencioso con la mirada clavada en el suelo. Justo detrás de él iba una chica de rostro suave y blando, que llevaba una barbuda cabeza cortada en una fuente. La cabeza parecía de un pensador, la chica sonreía y parecía ocupada en pensamientos alegres. Pero la figura que más destacaba con diferencia en toda la procesión era un hombre bajo y corpulento de fuertes huesos, cara redonda y bien afeitada, cuello de toro, vestido con un traje negro de predicador (el mismo que llevaba el hombre de la cola que estaba a la derecha del altar), que andaba con la cabeza levantada y expresión altiva; bajo el brazo izquierdo, una biblia; bajo el derecho, una monja. Esta era la única pareja en toda la procesión.

Como ya decía más arriba, hasta aquí la cosa iba bastante bien. Y la cosa hubiera seguido yendo bastante bien: la procesión de la izquierda marchaba, como suponía, dando la vuelta al altar por la derecha, y la de la derecha por la izquierda, para regresar de este modo a sus sillas respectivas. Pero ¿qué podría pasar si estas dos procesiones de índole tan heterogénea se encontraban detrás del altar? ¡Y tenían que acabar haciéndolo!

Desgraciadamente yo me perdí este encuentro. Mientras seguía ocupado examinando sobre todo la procesión de la derecha, oí de repente una carcajada ronca y aguda. Me volví y vi al hombre de la cola negra, que estaba en el lado derecho ofreciendo la copa con el contenido sospechoso, volver la vista con una mueca llena de escarnio hacia el otro lado, donde estaba el hombre tierno y pálido, rígido como un muerto. Detrás del altar vi los extremos de ambas procesiones, que se observaban con expresiones de desconfianza. En ese momento se apagaron todas las velas; un denso vapor sulfuroso se expandió por toda la casa abovedada; el sonido adormecedor del órgano fue interrumpido por un grito agudo y agrio, semejante a un acorde metálico, como si hubieran destrozado un tubo del órgano con un hacha. Se formó un horrible tumulto. Se oyeron caer objetos duros, chocar instrumentos contra el suelo, candelabros y fuentes, gemidos femeninos y juramentos masculinos, risas y gritos, mezclado todo ello con una voz gutural y burlona (que, según creo, pertenecía al hombre negro), con un extraño acento judío: «Sí, sí, ¡Tomad y comed! Sí, sí ¡Tomad y bebed!»

Por miedo a que me matasen a palos, y en parte por la imposibilidad de seguir respirando en ese aire sofocante, anduve a tientas en la oscuridad hacia la salida que, como sabía, se encontraba a la derecha Avanzando, rocé el incensario, que se despidió de mí con un «Springsau», y llegué a salvo al aire libre.

Seguía siendo de noche; sin embargo se veía romper el alba por el este. Recorrí lo más rápido que pude los callejones, por donde creía que saldría cuanto antes del pueblo; paré delante de una ventana iluminada; los panaderos estaban metiendo en hornos la masa de pan sobre planchas largas; me alegré de encontrarme de nuevo en compañía terrestre; sin embargo, me apresuré a salir del pueblo; una vez llegado a la carretera, aceleré la marcha, y después de una caminata de varias horas, llegué hacia el amanecer a un pueblecito de aspecto inofensivo, con gente amable, puertas abiertas en todas partes, una iglesia menos imponente y una posada insuperable, donde no tardé en restablecerme.

Ocho días después leí, ya en la cabeza de partido, en el periódico local el siguiente aviso:

Anoche se produjeron en la iglesia local horribles destrozos. Derribaron de sus pedestales las imágenes de santos y apóstoles, rompieron los símbolos que sostenían en las manos, arrancaron brazos y piernas, etc. Ya que no han tocado el cepillo, que era de bastante fácil acceso, y no han robado nada de valor, todo se presenta como un acto de vandalismo y de perversidad moral. Se sospecha de un joven artesano ambulante que había llegado al pueblo muy entrada la noche y lo abandonó por la mañana en dirección de***. Se ruega que se preste atención a todo forastero, y en caso de que sea localizado el artesano, del que no se dispone de más señales personales, se proceda a arrestarlo y conducirlo hasta aquí.

Municipio dé Zinsblech. Partido judicial de Pinzgau.

(Fecha)


El sapo amarillo

Eran los mismos seres que había visto bajo el Dios de Israel junto al río Quebar, y supe que se llamaban querubines.

Ezequiel 10, 20

Viajaba en un gran barco.

Para salvarme de la horrible monotonía de los domingos londinenses, me embarqué en un vapor, en Southwark, y me dirigí hacia el mar. Era temprano. Muy temprano. Las calles londinenses me habían bostezado en la cara, mientras las atravesaba, como si fueran las hileras de una ciudad de tumbas. Por muchas leguas alrededor, en medio de la city, yo era el único hombre, allí donde normalmente se atropellan miles. Y este único hombre, un extranjero que no se plegaba a las costumbres del país. Dentro de las casas, los londinenses estaban ocupados con los Salmos de David, y las chicas de labios blancos cecean con cofias blancas, y los chicos vestidos con sus Spenser de domingo, cortos y negros, murmuran: Great is the Lord, and highly to be praised, y a través de todas las innumerables iglesias ronronea el recitativo fantástico e interminable de Salomón, al unísono, en quintas, en octavas, hasta que tu cabeza se vuelve loca y parece destrozada por martillos. Para huir del pietismo me voy al mar. Allí esperaba encontrar menos monotonía y algo distinto de la eterna melodía hebrea.

Los rayos del sol caían sobre el Támesis. Al principio despacio, después a mayor velocidad, pasamos junto a las lanchas de remolque, barcos de carga, astilleros, boyas y puentes, evitándolos con cuidado. Los camarotes e instrumentos estaban cubiertos por sábanas negras. El ambiente de los salmos y la festividad del domingo estaba también presente sobre el Támesis. Éramos una pequeña compañía poco común. Debía de ser un vapor de placer. Era un día luminoso y hacía buen tiempo. Era junio. El pasaje barato. Pero la respectability prohibía embarcar a esa hora en que toda Inglaterra cantaba salmos. Por eso éramos un pequeño grupo variopinto, donde nadie se conocía y todos se escrutaban con la mirada: ¿Qué motivos tienes hoy para bajar navegando por el Támesis?

Poco a poco las vistas se hacían más amplias. Las orillas llanas con verdes arbustos se acercaban. El Londres negro y ahumado desapareció. La naturaleza, con su inefable encanto, se anunciaba humilde al alma. El primer trozo de hierba salvaje nos encantó después de abandonar el excesivo intelectualismo de la ciudad de piedra. A la derecha apareció Greenwich, el célebre observatorio inglés. Y media hora después, Woolwich, el gran arsenal. El río se hizo más ancho y majestuoso. Nos cruzábamos con grandes vapores que volvían del país de las naranjas o del florido país de las alfombras, ya que el mar no conoce el domingo.

Algunos bajaron a los camarotes a tomar algo de comer y subieron con un resto de pan en la mano. Gaviotas, que nos habían seguido desde lejos, se pusieron encima del barco, adoptando la posición del Espíritu Santo, y anunciaron con quejidos y gruñidos que tenían hambre. Estos animales conocen a los viajeros del Támesis y sus costumbres. Observan sus mandíbulas y saben interpretar como nosotros los gestos inusuales de nuestros semejantes. Saben que los hombres que suben del camarote con el estómago lleno tienen tendencia a la compasión. Y todo el mundo, adultos y niños, les tiran trozos de pan. Raramente, lo que se tira alcanza la superficie del agua. Con la elegancia de un representante de comercio, cogen al vuelo lo que les ofrecen y después vuelven a adoptar su posición vivaz, precipitándose sobre nuestras cabezas.

Saqué el mapa y me pregunté hasta dónde quería ir. Tenía un miedo tremendo de marearme. Y olas que se dirigían ondulándose hacia nosotros, anunciaban que el mar estaba cerca.

Decidí ir hasta Gravesend, la verdadera desembocadura del Támesis. Desde allí quería coger el tren o uno de los barcos que regresaban. Permanecí mucho tiempo en la popa, mirando hacia Londres, que iba desapareciendo. Me invadió cierta inquietud. ¡Debería haber ido a la iglesia!, me, dije. Sin embargo, ¡no crees en Dios! No, pero, a pesar de ello, ¡la gente va a la iglesia! ¿Para qué? ¿Para hacer una buena obra, un opus operatum según la doctrina mecánica de la iglesia católica, y luego ponerse a sus anchas el resto del domingo, con la satisfacción del deber cumplido? No, se va a la iglesia y se toma una ración del ambiente. Ah, á la bonne heure! O un hueso espiritual para roerlo el resto del día. ¡Excelente! ¡Y luego los salmos! Ya que hay salmos, también se toman. No es que los canten mal del todo; esa forma recitativa, cantada al unísono por cientos de voces blancas femeninas... ¡encantador, encantador! Entonces, ¿por qué no has ido a la iglesia? Es que quería salir a ver la naturaleza, el mar, no hacer lo que hacen los demás. Bueno, ¿por qué te afliges entonces? No me aflijo, sólo lo comento. No, amigo, el primer golpe de mar, el primer balanceo del barco te ha empujado la bilis hacia lo moral y ahora lloriqueas como Ulises y construyes andamios teísticos para apoyar tu alma mareada.

Así me torturaba en la popa del barco. Y las gaviotas volaban sobre mi cabeza tan rápido como el barco y bajaban dirigiendo sus fuertes picos hacia mí. De esta manera persigue el pensamiento al que se acusa a sí mismo.

Las orillas se ensanchaban cada vez más, perdiéndose de vista. Se veían lejanas fajas verdes y puntas de tierra. En el horizonte, muy lejos, una nube negruzca y marrón: el bullicioso Londres. Cada vez más agua; cada vez más agua. ¿Cuándo llegaremos a Gravesend? Gravesend está situado en la desembocadura del Támesis, en el Mar del Norte. El capitán describirá una curva para encontrar el lugar de atraque. Gritarán el nombre de la Estación.

Miré al agua. Allí se mezclaban dos colores. El color del Támesis y el del mar. Dos corrientes se encontraban: la del curso del Támesis y la del océano, que se acercaba rugiendo. Y nuestro vapor cortaba ambas. Y despacio, pero claramente perceptibles, empezaron entonces aquellos inquietantes balanceos del coloso de vapor, que nos indicaban que a pesar de toda la velocidad, todo el avance, todo el vapor y la espuma, silbidos y gemidos, a pesar del giro de las paletas y del ruido ensordecedor, el vapor, nuestra casa, es un juguete de las olas y una fuerza inquietante lo mece de un lado para otro. Seguí estas oscilaciones con horror. Nuestro barco se deslizaba majestuosamente, volaba como una gaviota, escupía el agua que sobraba, cabalgaba subiendo y bajando sobre olas que venían a su encuentro como un caballito de madera hacia delante y hacia atrás; era de fiar y bueno. Pero, junto a éstos, se producía un tercer movimiento circular, como el de una peonza, y éste era incomprensible, como si el grueso casco oscilara a pesar de la velocidad, con un movimiento suplementario, semejante al de una nuez que baila sobre el mar. Me imaginé ese movimiento en un barco teórico, que acelerara, y resultó una imagen horriblemente grotesca, como si un vapor borracho patinara sobre el mar. ¿Cuándo llegaríamos a Gravesend?

Permanecí en la popa mirando fijamente el mar. Cuando nos sentimos excitados por una multitud de ruidos idénticos e impresiones visuales que se repiten sin cesar, los sentidos externos tardan cierto tiempo en insensibilizarse; entonces surge de nuestro interior una especie de «visión cristalina», una fuerza autónoma, un tercer movimiento que ya no podemos dirigir aparece en escena como el «libre albedrío», se burla de nosotros, y al mismo tiempo toda la bendición y la maldición de la herencia, lo que pensaban nuestros antepasados, actúa sobre nosotros con inexorable violencia y la bestia que vive en nosotros formula sus grandes exigencias.

¿Cuándo llegaremos a Gravesend? Las misteriosas oscilaciones del casco del barco me inquietaban profunda e inexplicablemente. No pensaba que se tratara de un mareo. No tenía náuseas, ni ganas de vomitar. No se trataba de una situación meramente exterior. Ya había viajado por mar unas doce veces. Era un profundo dolor interior, al cual me había abandonado. Eran también las olas del mar que acosaban al barco, que no podía con ellas. Y sentí entonces que la pusilanimidad empezaba a adueñarse de mi espíritu.

Un hombre se acercó desde atrás y se puso a mi lado. Era un empleado del barco en uniforme. Quería preguntarle dónde nos encontrábamos, pero mi congoja interior era demasiado poderosa. Me resultaba infinitamente difícil hablar inglés en ese momento. No podía superarlo. Sin embargo, finalmente me sobrepuse y le pregunté:

—¿Cuando llegamos a Gravesend?

—¡Oh, distinguido señor! —respondió el hombre, que era el cobrador—. Gravesend está a cuatro millas detrás de nosotros. ¡Mire allí!

Me di la vuelta. ¡Qué horror! Un horror azul. Un inmenso campo azul. El horizonte azul se extendía enorme hasta tocar las olas de esta inefable distancia, y, debajo de mí, vi un campo sin estructura, escamoso, de un azul metálico intenso, poblado hasta muy lejos por miles de puntos blancos y rizados, hasta muy, muy lejos. Un colosal tablero de ajedrez blanco y azul. Estábamos en alta mar. El sol grandioso, como un ojo ardiente, abarcaba todo con su mirada luminosa. Aparte del cielo azul, del mar azul, de las blancas olas, no se veía nada. Y nuestro barco avanzaba como azotado a una velocidad vertiginosa.

Mientras los encantos exteriores tan luminosos, me asaltaban, mi alma se volvió con súbita amargura hacia Londres. Vi en mí, en mi memoria, a las numerosas niñas de la iglesia del Hospital de Foundling recitando los salmos a una velocidad admirable. Estaban sentadas rígidas con sus blancas cofias, con la piedad tintineante sobre sus delgados labios. Y afuera, ante mí, yacían miles de blancas crestas con su eterno hacerse y deshacerse. Aquí, la naturaleza con su entusiasmo fabuloso; allí, la piedad dominada, domada, rígida en los labios, con su influencia paralizadora en el corazón y en el ánimo.

De repente se dejó sentir un golpe violento en el casco de la embarcación, que empujó hacia un lado a todo el coloso con una facilidad inquietante e hizo que la chimenea describiera una gran curva en el horizonte. ¡El tercer movimiento! Me puse malo por dentro hasta reventar. No era mareo, sino trastorno mental.

¡Podías haberte quedado en Londres y haber escuchado los sosos salmos con los demás! Sentí que estas olas, estas crestas blancas eran la analogía de los salmos eclesiásticos. Y como éstos irrumpen siempre en mi ánimo indefenso, así me encontraba yo ahora, a merced de aquéllas. Pero, ¿realmente había peligro? ¡Ni pensarlo! Un buen barco, una máquina impecable, un tiempo estupendo, un mar en calma, bonanza, un día tan magnífico como sólo Dios lo puede crear. Pero el tercer movimiento... Algo incontrolable. Una psique repleta hasta devolver. ¡Una producción interior, espiritual, a punto de explotar! Y, a todo esto, enfermo. ¡Ay! ¡Tan enfermo interiormente!

En ese momento el barco cortaba rápido como una flecha, silbando, el desierto azul. Ya no hacía falta tener cuidado, como antes en el Támesis, para dejar paso a los otros barcos y tomar las curvas. Las aguas verdes quedaban detrás de nosotros. Nos recibía un azul radiante, azul sobre azul, como si alrededor de nosotros se hubieran disuelto masas de zafiro. Y duro como el acero soplaba contra nosotros el aire claro y transparente. Pero, después de cincuenta, o cien, o doscientos metros, el barco se echó hacia un lado, en plena navegación; una inclinación hacia un lado, como una enorme reverencia, a pesar del oleaje, un colosal memento.

Me dirigí al capitán.

¿Cuándo es la próxima parada? ¿Adónde vamos?

—Vamos a Clacton on Sea. Allí da la vuelta el barco enseguida y va de regreso. Desde allí también puede coger usted el rápido de la tarde a Londres.

Me senté en un banco, mirando hacia Francia, ya que allí estaba Francia, y esperé a que pasara lo que hubiera de pasar. Algo tenía que pasar. No estaba mareado. Pero estaba lleno por dentro hasta parir. Un miedo horrible yacía en el fondo de mi alma.

¡Y de repente llegó! De repente, en medio del aire claro que se agitaba a nuestro alrededor, como paños azules en medio del mar azul transparente como el cristal, surgió un barco. Un vapor impetuoso. Totalmente iluminado por el sol de mediodía. Iba tan rápido como nosotros. Justo delante de nosotros. De color pajizo como un limón. Pintado como ya nadie puede pintar un barco. Y ya que íbamos casi a la misma velocidad, me equivoqué en cuanto a su verdadero movimiento. Y con las oscuras piezas superpuestas como verrugas —las ventanillas de los camarotes—, se acercó el monstruo de color chillón, como un sapo amarillo, un anfibio enorme y venenoso. En cuanto lo vi me sentí aliviado. Tenía entonces un objeto horrible para agarrarme a él. Y toda la apariencia era a pesar de su monstruosidad tan magnífica, de tan grandes dimensiones y fantástica que miré como un poseído a este ídolo fabuloso. Las paletas amarillas trabajaban agitando la espuma. Y la marea azul se mezclaba con los ejes y mástiles amarillos en un mondongo verde. Por todas partes nos rodeaba una maravilla de tiempo. Un azul, como si veinte cielos hubieran dado lo mejor de ellos; como si se tratara de endulzar el estado de ánimo de un criminal. Lejos, enormemente lejos, sólo las fajas y cintas azules de tierra, azules curvas, techos y secciones de esferas. Y todo transparente como una eternidad, ilimitada como un alma. Y abajo, envolviendo el barco, la masa violeta, como hierro azul fundido, como si durante días sólo hubiera llovido azul desde este firmamento, en este horizonte, bajo este cielo. Y seguían los millones de salpicaduras sobre esta masa azul, las cabezas blancas de las olas... Una colosal tormenta de liberación invadió mi alma...

Entonces, una sacudida, y el monstruo amarillo desnudo se nos echó encima, muy cerca, como si quisiera olernos. Oí entonces el siseo y pataleo de las ruedas laterales. De hecho, era totalmente amarillo. La chimenea, salvo una pequeña raya negra en la parte superior, estaba pintada de un intenso amarillo de salamandra hasta el vientre. De una manera inquietante, avanzaba con rapidez la tosca cubeta sucia, sin avanzar realmente, ya que siempre estábamos a la misma altura. De pronto, otra leve sacudida, y entonces... entonces la cosa estaba como mucho a diez metros de nosotros, en el mar, muy cerca, se podía tocar, de modo que otro cambio de rumbo tendría como consecuencia, sin duda, un choque. No pude evitar mirar a mí alrededor para buscar al capitán y cerciorarme de que en caso de emergencia se darían señales al osado vapor. Pero, para mi sorpresa, todo lo que me rodeaba, pasajeros y tripulación, se encontraban tumbados, abúlicos y somnolientos, en el suelo o en los bancos, tomando el sol envueltos en el aire blando.

Me vino la idea de que esta aparición tenía algún significado. Me vino la idea obsesiva de que todo estaba ahí a causa de mí. Como un holandés supersticioso que se encuentra ante un animal repugnante, me advertí a mí mismo que el ataque podía estar dirigido contra mí. Toda la cubierta del otro barco era lisa, como rasurada. Vi las estrechas planchas de madera unidas por alquitrán. En ninguna parte un capitán. En ninguna parte un timonel. Todo dirigido subterráneamente desde la cámara de calderas. ¿Y si el barco fuera una alucinación mía? Esto estaba descartado, ya que sentí en mi propio barco la oscilación del oleaje que provocaba el vapor sospechoso. Y vi cómo cambiaban los reflejos del sol en el casco cuan-do se producían pequeños movimientos en el barco amarillo. Como un animal furioso se arrastraba el cacharro en ebullición, sin avanzar mucho en realidad. No se veía a nadie en las ventanillas. Las trampillas de la bodega estaban obstruidas y cerradas. Como una locomotora enloquecida cuyo maquinista hubiera sido arrojado en una curva.

Y sobre este barco solitario que nos había alcanzado y navegaba incansable paralelo a nosotros, una viejecita estaba sentada atrás, escondida en un banco estrecho, vestida con un traje antiguo y una bufanda amarilla con flores, lo que se llamaba una bufanda persa, que se llevaba hace más de treinta años como una joya pero que ahora se considera de un mal gusto insoportable. Estaba sentada allí tranquila, ensimismada, como siempre estuvo, ya que yo conocía a esta viejecita. En el regazo tenía, cogido por el brazo derecho, un pequeño bolso de cuero raído, y la mano derecha parecía contar viejas monedas de plata, el precio del pasaje. ¿Cómo había llegado esta pobre vieja hasta aquí? En un barco que navega desde el Canal de la Mancha, o desde Francia, o desde donde sea, hacia el norte, tal vez a Noruega. No tenía confianza en mi percepción. Entonces supe que era dudoso que los demás pasajeros vieran ese vapor amarillo alucinante. ¿Pero qué son nuestras ideas y reflexiones ante semejante monstruo devorador, que vuela salpicando y rugiendo a pocos metros, como un animal sediento? ¿Qué es nuestra voluntad frente a tal apariencia poderosa? ¿Y existe una diferencia tan grande entre un vapor producto de la alucinación y uno real? ¿No están los dos en nuestra cabeza? ¡Y justo ese vapor, sólo ése, acaso producto de la alucinación, me concierne sólo a mí, especialmente a mí! ¡Es la expresión de mis sentidos, de una fuerza desconocida dentro de mí, que no puedo percibir de otra manera! ¡Sólo yo podía conocer a esa viejecita! De repente, fui arrastrado en mi interior y no pude seguir analizando. No pude resistirme. Las ideas huyen... Toda la miseria de mi juventud irrumpió en ese momento como una sucia marea amarilla en mi alma. Toda la letanía de las sempiternas amonestaciones morales, sentencias bíblicas, exámenes de conciencia pietistas y los pequeños temas del catecismo, con los que me torturaban y atormentaban día tras día, surgió en ese momento y empezó a silbar: ¡el sexto mandamiento! ¡No desearás la mujer de tu prójimo! ¿Qué es esto? Debemos temer y amar a Dios, que vivamos castos y decentes de obra y de palabra... ¡Oh, Dios! ¿Es entonces nuestra alma un organillo que reproduce inexorablemente lo que una vez le inculcaron gritando? Y esta viejecita era la que siempre me había gritado. ¡Qué viejecita tan cumplidora! Había muerto hace tiempo, descansaba en algún lugar de Alemania, encerrada en un ataúd de segunda clase, un metro y medio debajo de la gravilla. Y ahora estaba sentada ahí, contando dinero y guiñándome el ojo. Y así estaba siempre sentada, y me contaba las perragordas cuando me iba de viaje. Me inundaban entonces avalanchas enteras de amonestaciones y lecciones. ¡Excelentes palabritas! ¡Con el dinero que cuestas! Así serás un hombre capaz, que inspire respeto...

Miré hacia allí con una mezcla de compasión y horror. Allí estaba sentado un trozo de mi pasado con el que ya no quería tener nada que ver en absoluto y al que, sin embargo, no podía negar. Y justo aquí se apodera de mí este horrible fantasma y se viste del color de la vulgar repugnancia y me obliga, a causa de un momento sentimental, a reconocerlo. ¡Dios! ¡En qué mezquinos límites estamos encerrados! Con espíritu libre salimos al mar para rehuir sosos y monótonos salmos de la iglesia, y allá fuera, en el mar, nos alcanza un fantasma vengativo, se construye a partir de nuestra propia alma invisible, se hincha con el clamor de nuestros días de infancia y boga hasta aquí, surge del Canal de la Mancha, se planta ante nosotros, se mofa de nosotros y nos obliga a pactar.

Cuando me había empapado de toda la amargura de este fatal fenómeno casi hasta la última gota —ya estaba a punto de tirarme por la borda para evitar la aparición—, de repente el sapo amarillo dio la vuelta, como sacudido, y se alejó suavemente en dirección a la costa francesa. Sentí que el proceso había pasado. Y súbitamente hundí la cara en las dos manos, como en un acceso de agotamiento, y escuché a mi fuero interior como si supiera que allí estaba el sapo amarillo y no sobre el mar, el fantasma que tanto me torturaba.

Y así estuve disfrutando largo tiempo. Entonces me vi rápidamente y abrí los ojos. Inmóviles yacían mis compañeros de viaje, en los bancos, en el suelo, y se entregaban a los rayos de sol. Nadie parecía haber visto el barco amarillo que tan cerca había estado de nosotros.

Very nice day today, sir! —dijo de repente el capitán a mi lado.

Sí, efectivamente era un día maravilloso. Sólo entonces, cuando me dirigieron la palabra, me di cuenta de que el acceso había pasado realmente. Ante nosotros, a la izquierda, se extendía la costa inglesa, verde, preciosa, serena, feliz como una piedra preciosa.

—Clacton on Sea —anunció el capitán al cabo de un rato.

Nos avisaron de que el vapor sólo se detendría unos pocos minutos y regresaría inmediatamente a Londres.

—¿Quiere venir con nosotros? —me preguntaron. —No —declaré—, me voy a bajar.

Oh, it's a beautiful day today, sir! —repitió el capitán.

Cada vez me sentía más aliviado. Segundo tras segundo ascendí desde los abismos de la locura y despojé a mi alma de las capas feas del engaño sufrido. Con júbilo y alegría observé las pequeñas maniobras para atracar, así como los signos de mi reconciliación con el mundo externo, sano y seguro.

—Clacton on Sea.

Era' uno de los balnearios recién creados, cuya costa daba por completo al sur, donde les gustaba a los ingleses, especialmente en invierno, disfrutar al aire libre de la luz durante unos días.

Me bajé, y apenas di diez pasos desde el embarcadero, cuando vi al pastor alto y flaco del lugar con un armonio, en medio de una pradera verde, rodeado de una pequeña y alegre comunidad de fieles que se había reunido para la misa. Pronunció un discurso solemne y cordial, y yo me encontraba tan enfermo y débil que me quité el sombrero y me uní a ellos.

Más tarde estaba sentado en la costa y miré durante horas al mar, hacia Alemania, y contemplé los millones de crestas blancas sobre aquel fondo incomparablemente azul. El vapor había partido hacía mucho tiempo. Los dos vapores habían partido hacía mucho tiempo. La gigantesca superficie estaba libre para pensamientos ilimitados, ilimitados como el mar con su colosal monotonía.

 

 



[1] Leber: hígado. Kotze: devuelto. (N. del T.)

*** El alcalde.

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