© Libro N° 5583. Metamorfosis. Ovidio. Emancipación.
Enero 19 de 2019.
Título original: © Metamorfosis. Publio
Ovidio Nasón
Traducción: Ana Pérez Vega.
Versión Original: © Metamorfosis. Ovidio
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© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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CRÍTICA TODA LA CULTURA
METAMORFOSIS
Ovidio
Libro primero
___
Invocación
Me lleva lleva el ánimo a decir las
mutadas formas
a nuevos
cuerpos: dioses, estas empresas mías –pues vosotros los mutasteis–
aspirad, y,
desde el primer origen del cosmos
hasta mis
tiempos, perpetuo desarrollad mi poema.
El origen del mundo
5Antes del mar y de las tierras
y, el que lo cubre todo, el cielo,
uno solo era
de la naturaleza el rostro en todo el orbe,
al que dijeron
Caos, ruda y desordenada mole
y no otra cosa
sino peso inerte, y, acumuladas en él,
unas discordes
simientes de cosas no bien unidas.
10Ningún Titán todavía al mundo ofrecía luces,
ni nuevos, en
creciendo, reiteraba sus cuernos Febe,
ni en su
circunfuso aire estaba suspendida la tierra,
por los pesos
equilibrada suyos, ni sus brazos por el largo
margen de las
tierras había extendido Anfitrite,
15y por donde había tierra, allí también ponto y aire:
así, era
inestable la tierra, innadable la onda,
de luz carente
el aire: ninguno su forma mantenía,
y estorbaba a
los otros cada uno, porque en un cuerpo solo
lo frío
pugnaba con lo caliente, lo humedecido con lo seco,
20lo mullido con lo duro, lo sin peso con lo que tenía
peso.
Tal lid un dios y una mejor naturaleza
dirimió,
pues del cielo
las tierras, y de las tierras escindió las ondas,
y el fluente
cielo segregó del aire espeso.
Estas cosas,
después de que las separó y eximió de su ciega acumulación,
25disociadas por lugares, con una concorde paz las ligó.
La fuerza
ígnea y sin peso del convexo cielo
rieló y un
lugar se hizo en el supremo recinto.
Próximo está
el aire a ella en levedad y en lugar.
Más densa que
ellos, la tierra, los elementos grandes arrastró
30y presa fue de la gravedad suya; el circunfluente
humor
lo último
poseyó y contuvo al sólido orbe.
Así cuando dispuesta estuvo, quien quiera
que fuera aquel, de los dioses,
esta
acumulación sajó, y sajada en miembros la rehizo.
En el
principio a la tierra, para que no desigual por ninguna
35parte fuera, en forma la aglomeró de gran orbe;
entonces a los
estrechos difundirse, y que por arrebatadores vientos se entumecieran
ordenó y que
de la rodeada tierra circundaran los litorales.
Añadió también
fontanas y pantanos inmensos y lagos,
y las
corrientes declinantes ciñó de oblicuas riberas,
40las cuales, diversas por sus lugares, en parte son
sorbidas por ella,
al mar arriban
en parte, y en tal llano recibidas
de más libre
agua, en vez de riberas, sus litorales baten.
Ordenó también
que se extendieran los llanos, que se sumieran los valles,
que de fronda
se cubrieran las espesuras, lapídeos que se elevaran los montes.
45Y, como dos por la derecha y otras tantas por su
siniestra
parte, el
cielo cortan unas fajas –la quinta es más ardiente que aquéllas–,
igualmente la
carga en él incluida la distinguió con el número mismo
el cuidado del
dios, y otras tantas llagas en la tierra se marcan.
De las cuales
la que en medio está no es habitable por el calor.
50Nieve cubre, alta, a dos; otras tantas entre ambas
colocó
y templanza
les dio, mezclada con el frío la llama.
Domina sobre
ellas el aire, el cual, en cuanto es, que el peso de la tierra,
su peso, que
el del agua, más ligero, en tanto es más pesado que el fuego.
Allí también
las nieblas, allí aposentarse las nubes
55ordenó, y los que habrían de conmover, los truenos,
las humanas mentes,
y con los
rayos, hacedores de relámpagos, los vientos.
A ellos
también no por todas partes el artífice del mundo que tuvieran
el aire les
permitió. Apenas ahora se les puede impedir a ellos,
cuando cada
uno gobierna sus soplos por diverso trecho,
60que destrocen el cosmos: tan grande es la discordia de
los hermanos.
El Euro a la
Aurora y a los nabateos reinos se retiró,
y a Persia, y
a las cimas sometidas a los rayos matutinos.
El Anochecer y
los litorales que con el caduco sol se templan,
próximos están
al Céfiro; Escitia y los Siete Triones
65horrendo los invadió el Bóreas. La contraria tierra
con nubes
asiduas y lluvia la humedece el Austro.
De ello encima
impuso, fluido y de gravedad carente,
el éter, y que
nada de la terrena hez tiene.
Apenas así con lindes había cercado todo
ciertas,
70cuando, las que presa mucho tiempo habían sido de una
calina ciega,
las estrellas
empezaron a hervir por todo el cielo,
y para que
región no hubiera ninguna de sus vivientes huérfana,
los astros
poseen el celeste suelo, y con ellos las formas de los dioses;
cedieron para
ser habitadas a los nítidos peces las ondas,
75la tierra a las fieras acogió, a los voladores el
agitable aire.
Más santo que ellos un viviente, y de una
mente alta más capaz,
faltaba
todavía, y que dominar en los demás pudiera:
nacido el
hombre fue, sea que a él con divina simiente lo hizo
aquel artesano
de las cosas, de un mundo mejor el origen,
80sea que reciente la tierra, y apartada poco antes del
alto
éter, retenía
simientes de su pariente el cielo;
a ella, el
linaje de Jápeto, mezclada con pluviales ondas,
la modeló en
la efigie de los que gobiernan todo, los dioses,
y aunque
inclinados contemplen los demás vivientes la tierra,
85una boca sublime al hombre dio y el cielo ver
le ordenó y a
las estrellas levantar erguido su semblante.
Así, la que
poco antes había sido ruda y sin imagen, la tierra
se vistió de
las desconocidas figuras, transformada, de los hombres.
Las edades del hombre
Áurea la primera edad engendrada fue, que
sin defensor ninguno,
90por sí misma, sin ley, la confianza y lo recto
honraba.
Castigo y
miedo no habían, ni palabras amenazantes en el fijado
bronce se
leían, ni la suplicante multitud temía
la boca del
juez suyo, sino que estaban sin defensor seguros.
Todavía,
cortado de sus montes para visitar el extranjero
95orbe, a las fluentes ondas el pino no había
descendido,
y ningunos los
mortales, excepto sus litorales, conocían.
Todavía
vertiginosas no ceñían a las fortalezas sus fosas.
No la tuba de
derecho bronce, no de bronce curvado los cuernos,
no las gáleas,
no la espada existía. Sin uso de soldado
100sus blandos ocios seguras
pasaban las gentes.
Ella misma
también, inmune, y de rastrillo intacta, y de ningunas
rejas herida,
por sí lo daba todo la tierra,
y,
contentándose con unos alimentos sin que nadie los obligara creados,
las crías del
madroño y las montanas fresas recogían,
105y cornejos, y en los duros
zarzales prendidas las moras
y, las que se
habían desprendido del anchuroso árbol de Júpiter, bellotas.
Una primavera
era eterna, y plácidos con sus cálidas brisas
acariciaban
los céfiros, nacidas sin semilla, a las flores.
Pronto,
incluso, frutos la tierra no arada llevaba,
110y no renovado el campo
canecía de grávidas aristas.
Corrientes ya
de leche, ya corrientes de néctar pasaban,
y flavas desde
la verde encina goteaban las mieles.
Después de que, Saturno a los tenebrosos
Tártaros enviado,
bajo Júpiter
el cosmos estaba, apareció la plateada prole,
115que el oro inferior, más
preciosa que el bermejo bronce.
Júpiter contrajo
los tiempos de la antigua primavera
y a través de
inviernos y veranos y desiguales otoños
y una breve
primavera, por cuatro espacios condujo el año.
Entonces por
primera vez con secos hervores el aire quemado
120se encandeció, y por los
vientos el hielo rígido quedó suspendido.
Entonces por
primera vez entraron en casas, casas las cavernas fueron,
y los densos
arbustos, y atadas con corteza varas.
Simientes
entonces por primera vez, de Ceres, en largos surcos
sepultadas
fueron, y hundidos por el yugo gimieron los novillos.
125Tercera tras aquella sucedió
la broncínea prole,
más salvaje de
ingenios y a las hórridas armas más pronta,
no criminal,
aun así; es la última de duro hierro.
En seguida
irrumpió a ese tiempo, de vena peor,
toda impiedad:
huyeron el pudor y la verdad y la confianza,
130en cuyo lugar aparecieron
los fraudes y los engaños
y las insidias
y la fuerza y el amor criminal de poseer.
Velas daba a
los vientos, y todavía bien no los conocía
el marinero, y
las que largo tiempo se habían alzado en los montes altos
en oleajes
desconocidos cabriolaron, las quillas,
135y común antes, cual las
luces del sol y las auras,
el suelo,
cauto lo señaló con larga linde el medidor.
Y no sólo
sembrados y sus alimentos debidos se demandaba
al rico suelo,
sino que se entró hasta las entrañas de la tierra,
y las que ella
había reservado y apartado junto a las estigias sombras,
140se excavan esas riquezas,
aguijadas de desgracias.
Y ya el dañino
hierro, y que el hierro más dañino el oro
había brotado:
brota la guerra que lucha por ambos,
y con su
sanguínea mano golpea crepitantes armas.
Se vive al
asalto: no el huésped de su huésped está a salvo,
145no el suegro de su yerno, de
los hermanos también la gracia rara es.
Acecha para la
perdición el hombre de su esposa, ella del marido,
cetrinos
acónitos mezclan terribles madrastras,
el hijo antes
de su día inquiere en los años del padre.
Vencida yace
la piedad, y la Virgen, de matanza mojadas,
150la última de los celestes,
la Astrea, las tierras abandona.
La Gigantomaquia
Y para que no estuviera que las tierras
más seguro el arduo éter,
que aspiraron
dicen al reino celeste los Gigantes,
y que
acumulados levantaron hacia las altas estrellas sus montes.
Entonces el
padre omnipotente enviándoles un rayo resquebrajó
155el Olimpo y sacudió el
Pelión del Osa, a él sometido;
sepultados por
la mole suya, al quedar sus cuerpos siniestros yacentes,
regada de la
mucha sangre de sus hijos dicen
que la Tierra
se impregnó, y que ese caliente crúor alentó,
y para que de
su estirpe todo recuerdo no desapareciera,
160que a una faz los tornó de
hombres. Pero también aquel ramo
despreciador
de los altísimos y salvaje y avidísimo de matanza
y violento
fue: bien sabrías que de sangre habían nacido.
El concilio de los dioses (i)
Lo cual el padre cuando vio, el Saturnio,
en su supremo recinto,
gime hondo, y,
todavía no divulgados por recién cometidos,
165los impuros banquetes recordando
de la mesa de Licaón,
ingentes en su
ánimo y dignas de Júpiter concibió unas iras,
y el consejo
convoca; no retuvo demora ninguna a los convocados.
Hay una vía
sublime, manifiesta en el cielo sereno:
Láctea de
nombre tiene, por su candor mismo notable.
170Por ella el camino es de los
altísimos hacia los techos del gran Tonante
y su real
casa: a derecha e izquierda los atrios
de los dioses
nobles van concurriéndose por sus compuertas abiertas,
la plebe
habita otros, por sus lugares opuestos: en esta parte los poderosos
celestiales y
preclaros pusieron sus penates.
175Éste lugar es, al que, si a
las palabras la audacia se diera,
yo no temería
haber llamado los Palacios del gran cielo.
Así pues, cuando los altísimos se sentaron
en su marmóreo receso,
más excelso él
por su lugar, y apoyado en su cetro marfileño,
terrorífica,
de su cabeza sacudió tres y cuatro veces
180la cabellera, con la que la
tierra, el mar, las estrellas mueve;
de tales modos
después su boca indignada libera:
“No yo por el
gobierno del cosmos más ansioso en aquella
ocasión
estuve, en la que cada uno se disponía a lanzar,
de los
angüípedes, sus cien brazos contra el cautivo cielo,
185pues aunque fiero el enemigo
era, aun así, aquélla de un solo
cuerpo y de un
solo origen pendía, aquella guerra;
ahora yo, por
doquiera Nereo rodeándolo hace resonar todo el orbe,
al género
mortal de perder he: por las corrientes juro
infernales,
que bajo las tierras se deslizan a la estigia floresta,
190que todo antes se ha
intentado, pero un incurable cuerpo
a espada se ha
de sajar, por que la parte limpia no arrastre.
Tengo
semidioses, tengo, rústicos númenes, Ninfas
y Faunos y
Sátiros y montañeses Silvanos,
a los cuales,
puesto que del cielo todavía no dignamos con el honor,
195las que les dimos
ciertamente, las tierras, habitar permitamos.
¿O acaso, oh
altísimos, que bastante seguros estarán ellos creéis,
cuando contra
mí, que el rayo, que a vosotros os tengo y gobierno,
ha levantado
sus insidias, conocido por su fiereza, Licaón?”
Murmuraron todos, y con afán ardido al que
osó
200tal reclaman: así, cuando
una mano impía se ensañó
con la sangre
de César para extinguir de Roma el nombre,
atónito por el
gran terror de esta súbita ruina
el humano
género queda y todo se horrorizó el orbe,
y no para ti
menos grata la piedad, Augusto, de los tuyos es
205que fue aquélla para
Júpiter. El cual, después de que con la voz y la mano
los murmullos
reprimió, guardaron silencios todos.
Cuando se
detuvo el clamor, hundido del peso del soberano,
Júpiter de
nuevo con este discurso los silencios rompió:
Licaón
“Él, ciertamente, sus castigos –el cuidado
ese perded– ha cumplido.
210Mas qué lo cometido, cuál
sea su satisfacción, os haré saber.
Había
alcanzado la infamia de ese tiempo nuestros oídos;
deseándola
falsa desciendo del supremo Olimpo
y, dios bajo
humana imagen, lustro las tierras.
Larga demora
es de cuánto mal se hallaba por todos lados
215enumerar: menor fue la
propia infamia que la verdad.
El Ménalo
había atravesado, por sus guaridas horrendo de fieras,
y con Cilene
los pinares del helado Liceo:
del Árcade a
partir de ahí en las sedes, y en los inhóspitos techos del tirano
penetro,
cuando traían los tardíos crepúsculos la noche.
220Señales di de que había
llegado un dios y el pueblo a suplicar
había
empezado: se burla primero de esos piadosos votos Licaón,
luego dice:
“Comprobaré si dios éste o si sea mortal
con una
distinción abierta, y no será dudable la verdad.”
De noche,
pesado por el sueño, con una inopinada muerte a perderme
225se dispone: tal comprobación
a él le place de la verdad.
Y no se
contenta con ello: de un enviado de la nación
molosa, de un
rehén, su garganta a punta tajó
y, así,
semimuertos, parte en hirvientes aguas
sus miembros
ablanda, parte los tuesta, sometiéndolos a fuego.
230Lo cual una vez impuso a las
mesas, yo con mi justiciera llama
sobre unos
penates dignos de su dueño torné sus techos.
Aterrado él
huye y alcanzando los silencios del campo
aúlla y en
vano hablar intenta; de sí mismo
recaba su boca
la rabia, y el deseo de su acostumbrada matanza
235usa contra los ganados, y
ahora también en la sangre se goza.
En vellos se
vuelven sus ropas, en patas sus brazos:
se hace lobo y
conserva las huellas de su vieja forma.
La canicie la
misma es, la misma la violencia de su rostro,
los mismos
ojos lucen, la misma de la fiereza la imagen es.
240Cayó una sola casa, pero no
una casa sola de perecer
digna fue. Por
doquiera la tierra se expande, fiera reina la Erinis.
Para el delito
que se han conjurado creerías; cumplan rápido todos,
los que
merecieron padecer, así consta mi sentencia, sus castigos.”
El concilio de los dioses (ii)
Las palabras de Júpiter parte con su voz,
murmurando, aprueban e incitamentos
245añaden. Otros sus partes con
asentimientos cumplen.
Es, aun así,
la perdición del humano género causa de dolor
para todos, y
cuál habrá de ser de la tierra la forma,
de los
mortales huérfana, preguntan, quién habrá de llevar a sus aras
inciensos, y
si a las fieras, para que las pillen, se dispone a entregar las tierras.
250A los que tal preguntaban
–puesto que él se preocuparía de lo demás–
el rey de los
altísimos turbarse prohíbe, y un brote al anterior
pueblo
desemejante promete, de origen maravilloso.
El diluvio
Y ya iba sobre todas las tierras a
esparcir sus rayos;
pero temió que
acaso el sagrado éter por causa de tantos fuegos
255no concibiera llamas, y que
el lejano eje ardiera.
Que está
también en los hados, recuerda, que llegará un tiempo
en el que el
mar, en el que la tierra y arrebatados los palacios del cielo
ardan y del
mundo la mole, afanosa, sufra.
Esas armas
vuelven a su sitio, por manos fabricadas de los Cíclopes:
260un castigo place inverso, al
género mortal bajo las ondas
perder, y
borrascas lanzar desde todo el cielo.
En seguida al Aquilón encierra en las
eolias cavernas,
y a cuantos
soplos ahuyentan congregadas a las nubes,
y suelta al
Noto: con sus mojadas alas el Noto vuela,
265su terrible rostro cubierto
de una bruma como la pez:
la barba
pesada de borrascas, fluye agua de sus canos cabellos,
en su frente
se asientan nieblas, roran sus alas y senos.
Y cuando con
su mano, a lo ancho suspendidas, las nubes apretó,
se hace un
fragor: entonces densas se derraman desde el éter las borrascas.
270La mensajera de Juno, de
variados colores vestida,
concibe, Iris,
aguas, y alimentos a las nubes allega:
póstranse los
sembrados, y llorados por los colonos
sus votos
yacen, y perece el trabajo frustrado de un largo año.
Y no al cielo
suyo se limitó de Júpiter la ira, sino que a él
275su azul hermano le ayuda con
auxiliares ondas.
Convoca éste a
los caudales. Los cuales, después de que en los techos
de su tirano
entraron: “Una arenga larga ahora de usar”,
dice, “no he:
las fuerzas derramad vuestras.
Así menester
es. Abrid vuestras casas y, la mole apartada,
280a las corrientes vuestras
todas soltad las riendas.”
Había
ordenado; ellos regresan, y de sus fontanas las bocas relajan,
y en
desenfrenada carrera ruedan a las superficies.
Él mismo con
el tridente suyo la tierra golpeó, mas ella
tembló y con
su movimiento vías franqueó de aguas.
285Desorbitadas se lanzan por
los abiertos campos las corrientes
y, con los
sembrados, arbustos al propio tiempo y rebaños y hombres
y techos, y
con sus penetrales arrebatan sus sacramentos.
Si alguna casa
quedó y pudo resistir a tan gran
mal no
desplomada, la cúpula, aun así, más alta de ella,
290la onda la cubre, y hundidas
se esconden bajo el abismo sus torres.
Y ya el mar y
la tierra ninguna distinción tenían:
todas las
cosas ponto eran, faltaban incluso litorales al ponto.
Ocupa éste un
collado, en una barca se sienta otro combada
y lleva los
remos allí donde hace poco arara.
295Aquél sobre los sembrados o
las cúpulas de una sumergida villa
navega, éste
un pez sorprende en lo alto de un olmo;
se clava en un
verde prado, si la suerte lo deja, el ancla,
o, a ellas
sometidos, curvas quillas trillan viñedos,
y por donde
hace poco, gráciles, grama arrancaban las cabritas,
300ahora allí deformes ponen
sus cuerpos las focas.
Admiran bajo
el agua florestas y ciudades y casas
las Nereides,
y las espesuras las poseen los delfines y entre sus altas
ramas corren y
zarandeando sus troncos las baten.
Nada el lobo
entre las ovejas, bermejos leones lleva la onda,
305la onda lleva tigres, y ni
sus fuerzas de rayo al jabalí,
ni sus patas
veloces, arrebatado, sirven al ciervo,
y buscadas
largo tiempo tierras donde posarse pudiera,
al mar,
fatigadas sus alas, el pájaro errante ha caído.
Había
sepultado túmulos la inmensa licencia del ponto,
310y batían las montanas
cumbres unos nuevos oleajes.
La mayor parte
por la onda fue arrebatada: a los que la onda perdonó,
largos ayunos
los doman, por causa del indigente sustento.
Deucalión y Pirra
Separa la Fócide los aonios de los eteos
campos,
tierra feraz
mientras tierra fue, pero en el tiempo aquel
315parte del mar y ancha
llanura de súbitas aguas.
Un monte allí
busca arduo los astros con sus dos vértices,
por nombre el
Parnaso, y superan sus cumbres las nubes.
Aquí cuando
Deucalión –pues lo demás lo había cubierto la superficie–
con la
consorte de su lecho, en una pequeña balsa llevado, se aferró,
320a las corícidas ninfas y a
los númenes del monte oran
y a la
fatídica Temis, que entonces esos oráculos tenía:
no que él
mejor ninguno, ni más amante de lo justo,
hombre hubo, o
que ella más temerosa ninguna de los dioses.
Júpiter,
cuando de fluentes lagos que estaba empantanado el orbe,
325y que quedaba un hombre de
tantos miles hacía poco, uno,
y que quedaba,
ve, de tantas miles hacía poco, una,
inocuos ambos,
cultivadores de la divinidad ambos,
las nubes
desgarró y, habiéndose las borrascas con el aquilón alejado,
al cielo las
tierras mostró, y el éter a las tierras.
330Tampoco del mar la ira
permanece y, dejada su tricúspide arma,
calma las
aguas el regidor del piélago, y al que sobre el profundo
emerge y sus
hombros con su innato múrice cubre,
al azul Tritón
llama, y en su concha sonante
soplar le
ordena, y los oleajes y las corrientes ya
335revocar, su señal dando: su
hueca bocina toma él,
tórcil, que en
ancho crece desde su remolino inferior,
bocina, la
cual, en medio del ponto cuando concibió aire,
los litorales
con su voz llena, que bajo uno y otro Febo yacen.
Entonces
también, cuando ella la boca del dios, por su húmeda barba rorante,
340tocó, y cantó henchida las
ordenadas retretas,
por todas las
ondas oída fue de la tierra y de la superficie,
y por las que
olas fue oída, contuvo a todas.
Ya el mar
litoral tiene, plenos acoge el álveo a sus caudales,
las corrientes
se asientan y los collados salir parecen.
345Surge la tierra, crecen los
lugares al decrecer las ondas,
y, después de
día largo, sus desnudadas copas las espesuras
muestran y
limo retienen que en su fronda ha quedado.
Había retornado el orbe; el cual, después
de que lo vio vacío,
y que
desoladas las tierras hacían hondos silencios,
350Deucalión con lágrimas
brotadas así a Pirra se dirige:
“Oh hermana,
oh esposa, oh hembra sola sobreviviente,
a la que a mí
una común estirpe y un origen de primos,
después un
lecho unió, ahora nuestros propios peligros unen,
de las tierras
cuantas ven el ocaso y el orto
355nosotros dos la multitud
somos: posee lo demás el ponto.
Esta tampoco
todavía de la vida nuestra es garantía
cierta
bastante; aterran todavía ahora nublados nuestra mente.
¿Cuál si sin
mí de los hados arrebatada hubieras sido
ahora tu
ánimo, triste de ti, sería? ¿De qué modo sola
360el temor soportar podrías?
¿Con consuelo de quién te dolerías?
Porque yo,
créeme, si a ti también el ponto te tuviera,
te seguiría,
esposa, y a mí también el ponto me tendría.
Oh, ojalá
pudiera yo los pueblos restituir con las paternas
artes, y
alientos infundir a la conformada tierra.
365Ahora el género mortal resta
en nosotros dos
–así pareció a
los altísimos– y de los hombres como ejemplos quedamos.”
Había dicho, y
lloraban; decidieron al celeste numen
suplicar y
auxilio por medio buscar de las sagradas venturas.
Ninguna demora
hay: acuden a la par a las cefísidas ondas,
370como todavía no líquidas,
así ya sus vados conocidos cortando.
De allí,
cuando licores de él tomados rociaron
sobre sus
ropas y cabeza, doblan sus pasos hacia el santuario
de la sagrada
diosa, cuyas cúspides de indecente
musgo
palidecían, y se alzaban sin fuegos sus aras.
375Cuando del templo tocaron
los peldaños se postró cada uno
inclinado al
suelo, y atemorizado besó la helada roca,
y así: “Si con
sus plegarias justas”, dijeron, “los númenes vencidos
se enternecen,
si se doblega la ira de los dioses,
di, Temis, por
qué arte la merma del género nuestro
380reparable es, y presta
ayuda, clementísima, a estos sumergidos estados.”
Conmovida la
diosa fue y su ventura dio: “Retiraos del templo
y velaos la
cabeza, y soltaos vuestros ceñidos vestidos,
y los huesos
tras vuestra espalda arrojad de vuestra gran madre.”
Quedaron suspendidos largo tiempo, y
rompió los silencios con su voz
385Pirra primera, y los
mandatos de la diosa obedecer rehúsa,
y tanto que la
perdone con aterrada boca ruega, como se aterra
de herir,
arrojando sus huesos, las maternas sombras.
Entre tanto
repasan, por sus ciegas latencias oscuras,
las palabras
de la dada ventura, y para entre sí les dan vueltas.
390Tras ello el Prometida a la
Epimetida con plácidas palabras
calma, y: “O
falaz”, dice, “es mi astucia para nosotros,
o –píos son y
a ninguna abominación los oráculos persuaden–
esa gran madre
la tierra es: piedras en el cuerpo de la tierra
a los huesos
calculo que se llama; arrojarlas tras nuestra espalda se nos ordena.”
395De su esposo por el augurio aunque la Titania se conmovió,
su esperanza,
aun así, en duda está: hasta tal punto ambos desconfían
de las
celestes admoniciones. Pero, ¿qué intentarlo dañará?
Se retiran y
velan su cabeza y las túnicas se desciñen,
y las
ordenadas piedras tras sus plantas envían.
400Las rocas –¿quién lo
creería, si no estuviera por testigo la antigüedad?–
a dejar su
dureza comenzaron, y su rigor
a mullir, y
con el tiempo, mullidas, a tomar forma.
Luego, cuando
crecieron y una naturaleza más tierna
les alcanzó,
como sí semejante, del mismo modo manifiesta parecer no puede
405la forma de un humano, sino,
como de mármol comenzada,
no terminada
lo bastante, a las rudas estatuas muy semejante era.
La parte aun
así de ellas que húmeda de algún jugo
y terrosa era,
vuelta fue en uso de cuerpo.
Lo que sólido
es y doblarse no puede, se muta en huesos,
410la que ahora poco vena fue,
bajo el mismo nombre quedó;
y en breve
espacio, por el numen de los altísimos, las rocas
enviadas por
las manos del hombre la faz tomaron de hombres,
y del femenino
lanzamiento restituida fue la mujer.
De ahí que un
género duro somos y avezado en sufrimientos
415y pruebas damos del origen
de que hemos nacido.
A los demás seres la tierra con diversas
formas
por sí misma
los parió después de que el viejo humor por el fuego
se caldeó del
sol, y el cieno y los húmedos charcos
se
entumecieron por su hervor, y las fecundas simientes de las cosas,
420por el vivaz suelo nutridas,
como de una madre en la matriz
crecieron y
faz alguna cobraron con el pasar del tiempo.
Así, cuando
abandonó mojados los campos el séptuple fluir
del Nilo, y a
su antiguo seno hizo volver sus corrientes,
y merced a la
etérea estrella, reciente, ardió hasta secarse el limo,
425muchos seres sus
cultivadores al volver los terrones
encuentran y
entre ellos a algunos apenas comenzados, en el propio
espacio de su
nacimiento, algunos inacabados y truncos
los ven de sus
proporciones, y en el mismo cuerpo a menudo
una parte
vive, es la parte otra ruda tierra.
430Porque es que cuando una
templanza han tomado el humor y el calor,
conciben, y de
ellos dos se originan todas las cosas
y, aunque sea
el fuego para el agua pugnaz, el vapor húmedo todas
las cosas
crea, y la discorde concordia para las crías apta es.
Así pues,
cuando del diluvio reciente la tierra enlodada
435con los soles etéreos se
encandeció y con su alto hervor,
dio a luz
innumerables especies y en parte sus figuras
les devolvió
antiguas, en parte nuevos prodigios creó.
La sierpe Pitón
Ella ciertamente no lo querría, pero a ti
también, máximo Pitón,
entonces te
engendró, y de los pueblos nuevos, desconocida sierpe,
440el terror eras: tan grande
espacio de un monte ocupabas.
A él el dios
señor del arco, y que nunca tales armas
antes sino en
los gamos y corzas fugaces había usado,
hundido por
mil disparos, exhausta casi su aljaba,
lo perdió,
derramándose por sus heridas negras su veneno.
445Y para que de esa obra la
fama no pudiera destruir la antigüedad,
instituyó,
sagrados, de reiterado certamen, unos juegos,
Pitios con el
nombre de la domada serpiente llamados.
Ése de los
jóvenes quien con su mano, sus pies o a rueda
venciera, de
fronda de encina cobraba un galardón.
450Todavía laurel no había y,
hermosas con su largo pelo,
sus sienes
ceñía de cualquier árbol Febo.
Apolo y Dafne
El primer amor de Febo: Dafne la Peneia,
el cual no
el azar
ignorante se lo dio, sino la salvaje ira de Cupido.
El Delio a él
hacía poco, por su vencida sierpe soberbio,
455le había visto doblando los
cuernos al tensarle el nervio,
y: “¿Qué
tienes tú que ver, travieso niño, con las fuertes armas?”,
había dicho;
“ellas son cargamentos decorosos para los hombros nuestros,
que darlas
certeras a una fiera, dar heridas podemos al enemigo,
que, al que
ahora poco con su calamitoso vientre tantas yugadas hundía,
460hemos derribado, de
innumerables saetas henchido, a Pitón.
Tú con tu
antorcha no sé qué amores conténtate
con irritar, y
las alabanzas no reclames nuestras.”
El hijo a él
de Venus: “Atraviese el tuyo todo, Febo,
a ti mi arco”,
dice, “y en cuanto los seres ceden
465todos al dios, en tanto
menor es tu gloria a la nuestra.”
Dijo, y
rasgando el aire a golpes de sus alas,
diligente, en
el sombreado recinto del Parnaso se posó,
y de su
saetífera aljaba aprestó dos dardos
de opuestas
obras: ahuyenta éste, causa aquél el amor.
470El que lo causa de oro es y
en su cúspide fulge aguda.
El que lo
ahuyenta obtuso es y tiene bajo la caña plomo.
Éste el dios
en la ninfa Peneide clavó, mas con aquél
hirió de
Apolo, pasados a través sus huesos, las médulas.
En seguida el
uno ama, huye la otra del nombre de un amante,
475de las guaridas de las
espesuras, y de los despojos de las cautivas
fieras
gozando, y émula de la innupta Febe.
Con una cinta
sujetaba, sueltos sin ley, sus cabellos.
Muchos la
pretendieron; ella, evitando a los pretendientes,
sin soportar
ni conocer varón, bosques inaccesibles lustra
480y de qué sea el Himeneo, qué
el amor, qué el matrimonio, no cura.
A menudo su
padre le dijo: “Un yerno, hija, me debes.”
A menudo su
padre le dijo: “Me debes, niña, unos nietos.”
Ella, que como
un crimen odiaba las antorchas conyugales,
su bello
rostro teñía de un verecundo rubor
485y de su padre en el cuello
prendiéndose con tiernos brazos:
“Concédeme,
genitor queridísimo” le dijo, “de una perpetua
virginidad
disfrutar: lo concedió su padre antes a Diana.”
Él,
ciertamente, obedece; pero a ti el decor este, lo que deseas
que sea,
prohíbe, y con tu voto tu hermosura pugna.
490Febo ama, y al verla desea
las nupcias de Dafne,
y lo que desea
espera, y sus propios oráculos a él le engañan;
y como las
leves pajas sahúman, despojadas de sus aristas,
como con las
antorchas los cercados arden, las que acaso un caminante
o demasiado
les acercó o ya a la luz abandonó,
495así el dios en llamas se
vuelve, así en su pecho todo
él se abrasa y
estéril, en esperando, nutre un amor.
Contempla no
ornados de su cuello pender los cabellos
y “¿Qué si se
los arreglara?”, dice. Ve de fuego rielantes,
a estrellas
parecidos sus ojos, ve sus labios, que no
500es con haber visto bastante.
Alaba sus dedos y manos
y brazos, y
desnudos en más de media parte sus hombros:
lo que oculto
está, mejor lo supone. Huye más veloz que el aura
ella, leve, y
no a estas palabras del que la revoca se detiene:
“¡Ninfa, te lo ruego, del Peneo, espera!
No te sigue un enemigo;
505¡ninfa, espera! Así la
cordera del lobo, así la cierva del león,
así del águila
con ala temblorosa huyen las palomas,
de los
enemigos cada uno suyos; el amor es para mí la causa de seguirte.
Triste de mí,
no de bruces te caigas o indignas de ser heridas
tus piernas
señalen las zarzas, y sea yo para ti causa de dolor.
510Ásperos, por los que te
apresuras, los lugares son: más despacio te lo ruego
corre y tu
fuga modera, que más despacio te persiga yo.
A quién
complaces pregunta, aun así; no un paisano del monte,
no yo soy un
pastor, no aquí ganados y rebaños,
hórrido,
vigilo. No sabes, temeraria, no sabes
515de quién huyes y por eso
huyes. A mí la délfica tierra,
y Claros, y
Ténedos, y los palacios de Pátara me sirven;
Júpiter es mi
padre. Por mí lo que será, y ha sido,
y es se
manifiesta; por mí concuerdan las canciones con los nervios.
Certera,
realmente, la nuestra es; que la nuestra, con todo, una saeta
520más certera hay, la que en
mi vacío pecho estas heridas hizo.
Hallazgo la
medicina mío es, y auxiliador por el orbe
se me llama, y
el poder de las hierbas sometido está a nos:
ay de mí, que
por ningunas hierbas el amor es sanable,
y no sirven a
su dueño las artes que sirven a todos.”
525Del que más iba a hablar con tímida carrera la Peneia
huye, y con él
mismo sus palabras inconclusas deja atrás,
entonces
también pareciendo hermosa; desnudaban su cuerpo los vientos,
y las brisas a
su encuentro hacían vibrar sus ropas, contrarias a ellas,
y leve el aura
atrás daba, empujándolos, sus cabellos,
530y acrecióse su hermosura con
la huida. Pero entonces no soporta más
perder sus
ternuras el joven dios y, como aconsejaba
el propio
amor, a tendido paso sigue sus plantas.
Como el perro
en un vacío campo cuando una liebre, el galgo,
ve, y éste su
presa con los pies busca, aquélla su salvación:
535el uno, como que está al
cogerla, ya, ya tenerla
espera, y con
su extendido morro roza sus plantas;
la otra en la
ignorancia está de si ha sido apresada, y de los propios
mordiscos se
arranca y la boca que le toca atrás deja:
así el dios y
la virgen; es él por la esperanza raudo, ella por el temor.
540Aun así el que persigue, por
las alas ayudado del amor,
más veloz es,
y el descanso niega, y la espalda de la fugitiva
acecha, y
sobre su pelo, esparcido por su cuello, alienta.
Sus fuerzas ya
consumidas palideció ella y, vencida
por la fatiga
de la rápida huida, contemplando las peneidas ondas:
545“Préstame, padre”, dice,
“ayuda; si las corrientes numen tenéis,
por la que
demasiado he complacido, mutándola pierde mi figura.”
Apenas la
plegaria acabó un entumecimiento pesado ocupa su organismo,
se ciñe de una
tenue corteza su blando tórax,
550en fronda sus pelos, en
ramas sus brazos crecen,
el pie, hace
poco tan veloz, con morosas raíces se prende,
su cara copa
posee: permanece su nitor solo en ella.
A ésta también
Febo la ama, y puesta en su madero su diestra
siente todavía
trepidar bajo la nueva corteza su pecho,
555y estrechando con sus brazos
esas ramas, como a miembros,
besos da al
leño; rehúye, aun así, sus besos el leño.
Al cual el
dios: “Mas puesto que esposa mía no puedes ser,
el árbol
serás, ciertamente”, dijo, “mío. Siempre te tendrán
a ti mi pelo,
a ti mis cítaras, a ti, laurel, nuestras aljabas.
560Tú a los generales lacios
asistirás cuando su alegre voz
el triunfo
cante, y divisen los Capitolios las largas pompas.
En las jambas
augustas tú misma, fidelísisma guardiana,
ante sus
puertas te apostarás, y la encina central guardarás,
y como mi
cabeza es juvenil por sus intonsos cabellos,
565tú también perpetuos siempre
lleva de la fronda los honores.”
Había acabado
Peán: con sus recién hechas ramas la láurea
asiente y,
como una cabeza, pareció agitar su copa.
Júpiter e Ío (i)
Hay un bosque en la Hemonia al que por
todos lados cierra, acantilada,
una espesura:
le llaman Tempe. Por ellos el Peneo, desde el profundo
570Pindo derramándose, merced a
sus espumosas ondas, rueda,
y en su caer
pesado nubes que agitan tenues
humos
congrega, y sobre sus supremas espesuras con su aspersión
llueve, y con
su sonar más que a la vecindad fatiga.
Ésta la casa,
ésta la sede, éstos son los penetrales del gran
575caudal; en ellos aposentado,
en su caverna hecha de escollos,
a sus ondas
leyes daba, y a las ninfas que honran sus ondas.
Se reúnen allá
las paisanas corrientes primero,
ignorando si
deben felicitar o consolar al padre:
rico en álamos
el Esperquío y el irrequieto Enipeo
580y el Apídano viejo y el lene
Anfriso y el Eante,
y pronto los
caudales otros que, por donde los llevara su ímpetu a ellos,
hacia el mar
abajan, cansadas de su errar, sus ondas.
El Ínaco solo falta y, en su profunda
caverna recóndito,
con sus
llantos aumenta sus aguas y a su hija, tristísimo, a Ío,
585plañe como perdida; no sabe
si de vida goza
o si está
entre los manes, pero a la que no encuentra en ningún sitio
estar cree en
ningún sitio y en su ánimo lo peor teme.
La había visto, de la paterna corriente
regresando, Júpiter
a ella y: “Oh
virgen de Júpiter digna y que feliz con tu
590lecho ignoro a quién has de
hacer, busca”, le había dicho, “las sombras
de esos altos
bosques”, y de los bosques le había mostrado las sombras,
“mientras hace
calor y en medio el sol está, altísimo, de su orbe,
que si sola
temes en las guaridas entrar de las fieras,
segura con la
protección de un dios, de los bosques el secreto alcanzarás,
595y no de la plebe un dios,
sino el que los celestes cetros
en mi magna
mano sostengo, pero el que los errantes rayos lanzo:
no me huye”,
pues huía. Ya los pastos de Lerna,
y, sembrados
de árboles, de Lirceo había dejado atrás los campos,
cuando el
dios, produciendo una calina, las anchas tierras
600ocultó, y detuvo su fuga, y
le arrebató su pudor.
Entre tanto
Juno abajo miró en medio de los campos
y de que la
faz de la noche hubieran causado unas nieblas voladoras
en el
esplendor del día admirada, no que de una corriente ellas
fueran, ni sintió
que de la humedecida tierra fueran despedidas,
605y su esposo dónde esté busca
en derredor, como la que
ya conociera,
sorprendido tantas veces, los hurtos de su marido.
Al cual,
después de que en el cielo no halló: “O yo me engaño
o se me
ofende”, dice, y deslizándose del éter supremo
se posó en las
tierras y a las nieblas retirarse ordenó.
610De su esposa la llegada
había presentido, y en una lustrosa
novilla la
apariencia de la Ináquida había mutado él
–de res
también hermosa es–: la belleza la Saturnia de la vaca
aunque
contrariada aprueba, y de quién, y de dónde, o de qué manada
era, de la
verdad como desconocedora, no deja de preguntar.
615Júpiter de la tierra
engendrada la miente, para que su autor
deje de
averiguar: la pide a ella la Saturnia de regalo.
¿Qué iba a
hacer? Cruel cosa adjudicarle sus amores,
no dárselos
sospechoso es: el pudor es quien persuade de aquello,
de esto
disuade el amor. Vencido el pudor habría sido por el amor,
620pero si el leve regalo, a su
compañera de linaje y de lecho,
de una vaca le
negara, pudiera no una vaca parecer.
Su rival ya
regalada no en seguida se despojó la divina
de todo miedo,
y temió de Júpiter, y estuvo ansiosa de su hurto
hasta que al
Arestórida para ser custodiada la entregó, a Argos.
Argos
625De cien luces ceñida su
cabeza Argos tenía,
de donde por
sus turnos tomaban, de dos en dos, descanso,
los demás
vigilaban y en posta se mantenían.
Como quiera
que se apostara miraba hacia Ío:
ante sus ojos
a Ío, aun vuelto de espaldas, tenía.
630A la luz la deja pacer;
cuando el sol bajo la tierra alta está,
la encierra, y
circunda de cadenas, indigno, su cuello.
De frondas de
árbol y de amarga hierba se apacienta,
y, en vez de
en un lecho, en una tierra que no siempre grama tiene
se recuesta la
infeliz y limosas corrientes bebe.
635Ella, incluso, suplicante a
Argos cuando sus brazos quisiera
tender, no
tuvo qué brazos tendiera a Argos,
e intentando
quejarse, mugidos salían de su boca,
y se llenó de
temor de esos sonidos y de su propia voz aterróse.
Llegó también a las riberas donde jugar a
menudo solía,
640del Ínaco a las riberas, y
cuando contempló en su onda
sus nuevos
cuernos, se llenó de temor y de sí misma enloquecida huyó.
Las náyades
ignoran, ignora también Ínaco mismo
quién es; mas
ella a su padre sigue y sigue a sus hermanas
y se deja
tocar y a sus admiraciones se ofrece.
645Por él arrancadas el más
anciano le había acercado, Ínaco, hierbas:
ella sus manos
lame y da besos de su padre a las palmas
y no retiene
las lágrimas y, si sólo las palabras le obedecieran,
le rogara
auxilio y el nombre suyo y sus casos le dijera.
Su letra, en
vez de palabras, que su pie en el polvo trazó,
650de indicio amargo de su
cuerpo mutado actuó.
“Triste de
mí”, exclama el padre Ínaco, y en los cuernos
de la que
gemía, y colgándose en la cerviz de la nívea novilla:
“Triste de
mí”, reitera; “¿Tú eres, buscada por todas
las tierras,
mi hija? Tú no encontrada que hallada
655un luto eras más leve.
Callas y mutuas a las nuestras
palabras no
respondes, sólo suspiros sacas de tu alto
pecho y, lo
que solo puedes, a mis palabras remuges.
Mas a ti yo,
sin saber, tálamos y teas te preparaba
y esperanza
tuve de un yerno la primera, la segunda de nietos.
660De la grey ahora tú un
marido, y de la grey hijo has de tener.
Y concluir no
puedo yo con mi muerte tan grandes dolores,
sino que mal
me hace ser dios, y cerrada la puerta de la muerte
nuestros lutos
extiende a una eterna edad.”
Mientras de
tal se afligía, lo aparta el constelado Argos
665y, arrancada a su padre, a
lejanos pastos a su hija
arrastra; él
mismo, lejos, de un monte la sublime cima
ocupa, desde
donde sentado otea hacia todas partes.
Tampoco de los altísimos el regidor los
males tan grandes de la Forónide
más tiempo
soportar puede y a su hijo llama, al que la lúcida Pléyade
670de su vientre había parido,
y que a la muerte dé, le impera, a Argos.
Pequeña la
demora es la de las alas para sus pies, y la vara somnífera
para su
potente mano tomar, y el cobertor para sus cabellos.
Ello cuando
dispuso, de Júpiter el nacido desde el paterno recinto
salta a las
tierras. Allí, tanto su cobertor se quitó
675como depuso sus alas, de
modo que sólo la vara retuvo:
con ella
lleva, como un pastor, por desviados campos unas cabritas
que mientras
venía había reunido, y con unas ensambladas avenas canta.
Por esa voz
nueva, y cautivado el guardián de Juno por su arte:
“Mas tú, quien
quiera que eres, podrías conmigo sentarte en esta roca”,
680Argos dice, “pues tampoco
para el rebaño más fecunda en ningún
lugar hierba
hay, y apta ves para los pastores esta sombra.”
Se sienta el
Atlantíada, y al que se marchaba, de muchas cosas hablando
detuvo con su
discurso, al día, y cantando con sus unidas
cañas vencer
sus vigilantes luces intenta.
685Él, aun así, pugna por
vencer sobre los blandos sueños
y aunque el
sopor en parte de sus ojos se ha alojado,
en parte, aun
así, vigila; pregunta también, pues descubierta
la flauta
hacía poco había sido, en razón de qué fue descubierta.
Pan y Siringe
Entonces el dios: “De la Arcadia en los
helados montes”, dice,
690“entre las hamadríadas muy
célebre, las Nonacrinas,
náyade una
hubo; las ninfas Siringe la llamaban.
No una vez, no
ya a los sátiros había burlado ella, que la seguían,
sino a cuantos
dioses la sombreada espesura y el feraz
campo hospeda;
a la Ortigia en sus aficiones y con su propia virginidad
695honraba, a la diosa; según
el rito también ceñida de Diana,
engañaría y
podría creérsela la Latonia, si no
de cuerno el
arco de ésta, si no fuera áureo el de aquélla;
así también
engañaba. Volviendo ella del collado Liceo,
Pan la ve, y
de pino agudo ceñido en su cabeza
700tales palabras refiere....”
Restaba sus palabras referir,
y que
despreciadas sus súplicas había huido por lo intransitable la ninfa,
hasta que del
arenoso Ladón al plácido caudal
llegó: que
aquí ella, su carrera al impedirle sus ondas,
que la mutaran
a sus líquidas hermanas les había rogado,
705y que Pan, cuando presa de
él ya a Siringa creía,
en vez del
cuerpo de la ninfa, cálamos sostenía lacustres,
y, mientras
allí suspira, que movidos dentro de la caña los vientos
efectuaron un
sonido tenue y semejante al de quien se lamenta;
que por esa
nueva arte y de su voz por la dulzura el dios cautivado:
710“Este coloquio a mí
contigo”, había dicho, “me quedará”,
y que así, los
desparejos cálamos con la trabazón de la cera
entre sí
unidos, el nombre retuvieron de la muchacha.
Júpiter e Ío (ii)
Tales cosas cuando iba a decir ve el
Cilenio que todos
los ojos se
habían postrado, y cubiertas sus luces por el sueño.
715Apaga al instante su voz y
afirma su sopor,
sus lánguidas
luces acariciando con la ungüentada vara.
Y, sin demora,
con su falcada espada mientras cabeceaba le hiere
por donde al
cuello es confín la cabeza, y de su roca, cruento,
abajo lo
lanza, y mancha con su sangre la acantilada peña.
720Argos, yaces, y la que para
tantas luces luz tenías
extinguido se
ha, y cien ojos una noche ocupa sola.
Los recoge, y
del ave suya la Saturnia en sus plumas
los coloca, y
de gemas consteladas su cola llena.
En seguida se inflamó y los tiempos de su
ira no difirió
725y, horrenda, ante los ojos y
el ánimo de su rival argólica
le echó a la
Erinis, y aguijadas en su pecho ciegas
escondió, y
prófuga por todo el orbe la aterró.
Último
restabas, Nilo, a su inmensa labor;
a él, en
cuanto lo alcanzó y, puestas en el margen de su ribera
730sus rodillas, se postró, y
alzada ella de levantar el cuello,
elevando a las
estrellas los semblantes que sólo pudo,
con su gemido,
y lágrimas, y luctuoso mugido
con Júpiter
pareció quejarse, y el final rogar de sus males.
De su esposa
él estrechando el cuello con sus brazos,
735que concluya sus castigos de
una vez le ruega y: “Para el futuro
deja tus
miedos”, dice; “nunca para ti causa de dolor
ella será”, y
a las estigias lagunas ordena que esto oigan.
Cuando
aplacado la diosa se hubo, sus rasgos cobra ella anteriores
y se hace lo
que antes fue: huyen del cuerpo las cerdas,
740los cuernos decrecen, se
hace de su luz más estrecho el orbe,
se contrae su
comisura, vuelven sus hombros y manos,
y su pezuña,
disipada, se subsume en cinco uñas:
de la res nada
queda a su figura, salvo el blancor en ella,
y al servicio
de sus dos pies la ninfa limitándose
745se yergue, y teme hablar, no
a la manera de la novilla
muja, y
tímidamente las palabras interrumpidas reintenta.
Ahora como diosa la honra, celebradísima,
la multitud vestida de lino.
Ahora que
Épafo generado fue de la simiente del gran Júpiter por fin
se cree, y por
las ciudades, juntos a los de su madre,
750templos posee.
Faetón (i)
Tuvo éste en
ánimos un igual, y en años,
del Sol
engendrado, Faetón; al cual, un día, que grandes cosas decía
y que ante él
no cedía, de que fuera Febo su padre soberbio,
no lo soportó
el Ináquida y “A tu madre”, dice, “todo como demente
crees y estás
henchido de la imagen de un genitor falso.”
755Enrojeció Faetón y su ira
por el pudor reprimió,
y llevó a su
madre Clímene los insultos de Épafo,
y “Para que
más te duelas, mi genetriz”, dice, “yo, ese libre,
ese fiero me callé.
Me avergüenza que estos oprobios a nos
sí decirse han
podido, y no se han podido desmentir.
760Mas tú, si es que he sido de
celeste estirpe creado,
dame una señal
de tan gran linaje y reclámame al cielo.”
Dijo y enredó sus brazos en el materno
cuello,
y por la suya
y la cabeza de Mérope y las teas de sus hermanas,
que le
trasmitiera a él, le rogó, signos de su verdadero padre.
765Ambiguo si Clímene por las
súplicas de Faetón o por la ira
movida más del
crimen dicho contra ella, ambos brazos al cielo
extendió y
mirando hacia las luces del Sol:
“Por el
resplandor este”, dice, “de sus rayos coruscos insigne,
hijo, a ti te
juro, que nos oye y que nos ve,
770que de éste tú, al que tú
miras, de éste tú, que templa el orbe,
del Sol, has
sido engendrado. Si mentiras digo, niéguese él a ser visto
de mí y sea
para los ojos nuestros la luz esta la postrera.
Y no larga
labor es para ti conocer los patrios penates.
De donde él se
levanta la casa es confín a la tierra nuestra:
775si es que te lleva tu ánimo,
camina y averígualo de él mismo.”
Brinca al instante, contento después de
tales
palabras de la
madre suya, Faetón, y concibe éter en su mente,
y por los
etíopes suyos y, puestos bajo los fuegos estelares,
por los indos
atraviesa, y de su padre acude diligente a los ortos.
Libro
segundo
___
Faetón (ii)
El real del Sol era, por sus sublimes
columnas, alto,
claro por su
rielante oro y, que a las llamas imita, por su piropo,
cuyo marfil
nítido las cúspides supremas cubría;
de plata sus
bivalvas puertas radiaban de su luz.
5A la materia superaba su obra; pues Múlciber allí
las
superficies había cincelado, que ciñen sus intermedias tierras,
y de esas
tierras el orbe, y el cielo, que domina el orbe.
Azules tiene
la onda sus dioses: a Tritón el canoro,
a Proteo el
ambiguo, y de las ballenas apretando,
10a Egeón, las inabarcables espaldas con sus brazos,
a Doris y a
sus nacidas, de las cuales, parte nadar parece,
parte, en una
mole sentada, sus verdes cabellos secar;
de un pez
remolcarse algunas; su faz no es de todas una misma,
no distante,
aun así, cual decoroso es entre hermanas.
15La tierra hombres y ciudades lleva, y espesuras y
fieras
y corrientes y
ninfas y los restantes númenes del campo.
De ello
encima, impuesta fue del fulgente cielo la imagen,
y signos seis
en las puertas diestras y otros tantos en las siniestras.
Adonde, en cuanto por su ascendente senda
de Clímene la prole
20llegó y entró de su dudado padre en los techos,
en seguida
hacia los patrios rostros lleva sus plantas,
y se apostó
lejos, pues no más cercanas soportaba
sus luces: de
una purpúrea vestidura velado, sentábase
en el solio
Febo, luciente de sus claras esmeraldas.
25A diestra e izquierda el Día y el Mes y el Año,
y los Siglos,
y puestas en espacios iguales las Horas,
y la Primavera
nueva estaba, ceñida de floreciente corona,
estaba desnudo
el Verano y coronas de espigas llevaba;
estaba también
el Otoño, de las pisadas uvas sucio,
30y glacial el Invierno, arrecidos sus canos cabellos.
Desde ahí,
central según su lugar, por la novedad de las cosas atemorizado
al joven el
Sol con sus ojos, con los que divisa todo, ve,
y “¿Cuál de tu
ruta es la causa? ¿A qué en este recinto”, dice, “acudías,
progenie,
Faetón, que tu padre no ha de negar?”
35Él responde: “Oh luz pública del inmenso mundo,
Febo padre, si
me das el uso del nombre este
y Clímene una
culpa bajo esa falsa imagen no esconde:
prendas dame,
genitor, por las que verdadera rama tuya
se me crea y
el error arranca del corazón nuestro.”
40Había dicho, mas su genitor, alrededor de su cabeza
toda rielantes
se quitó los
rayos, y más cerca avanzar le ordenó
y un abrazo
dándole: “Tú de que se niegue que eres mío
digno no eres,
y Clímene tus verdaderos” dice “orígenes te ha revelado,
y para que
menos lo dudes, cualquier regalo pide, que,
45pues te lo otorgaré, lo tendrás. De mis promesas
testigo sea,
por la que los
dioses han de jurar, la laguna desconocida para los ojos nuestros.”
No bien había
cesado, los carros le ruega él paternos,
y, para un
día, el mando y gobierno de los alípedes caballos.
Le pesó el haberlo jurado al padre, el
cual, tres y cuatro veces
50sacudiendo su ilustre cabeza: “Temeraria”, dijo,
“la voz mía
por la tuya se ha hecho. Ojalá mis promesas pudiera
no conceder.
Confieso que sólo esto a ti, mi nacido, te negaría;
pero
disuadirte me es dado: no es tu voluntad segura.
55esas convienen ni a tan pueriles años.
La suerte tuya
mortal: no es mortal lo que deseas.
A más incluso
de lo que los altísimos alcanzar pueden,
ignorante,
aspiras; aunque pueda a sí mismo cada uno complacerse,
ninguno, aun
así, es capaz de asentarse en el eje
60portador del fuego, yo exceptuado. También el regidor
del vasto Olimpo,
que fieros
rayos lanza con su terrible diestra,
no llevará
estos carros, y qué que Júpiter mayor tenemos.
Ardua la primera vía es y con la que
apenas de mañana, frescos,
pugnan los
caballos; en medio está la más alta del cielo,
65desde donde el mar y las tierras a mí mismo muchas
veces ver
me dé temor, y
de pávido espanto tiemble mi pecho;
la última,
inclinada vía es, y precisa de manejo cierto:
entonces,
incluso la que me recibe en sus sometidas olas,
que yo no
caiga de cabeza, Tetis misma, suele temer.
70Añade que de una continua rotación se arrebata el
cielo
y sus
estrellas altas arrastra y en una rápida órbita las vira.
Pugno yo en
contra, y no el ímpetu que a lo demás a mí me
vence, y
contrario circulo a ese rápido orbe.
Figúrate que
se te han dado los carros. ¿Qué harás? ¿Podrías
75en contra ir de los rotantes polos para que no te
arrebate el veloz eje?
Acaso,
también, las florestas allí y las ciudades de los dioses
concibas en tu
ánimo que están, y sus santuarios ricos
en dones. A
través de insidias el camino es, y de formas de fieras,
y aunque tu
ruta mantengas y ningún error te arrastre,
80a través, aun así, de los cuernos pasarás del adverso
Toro,
y de los
hemonios arcos, y la boca del violento León,
y del que sus
salvajes brazos curva en un circuito largo,
el Escorpión,
y del que de otro modo curva sus brazos, el Cangrejo.
Tampoco mis
cuadrípedes, ardidos por los fuegos esos
85que en su pecho tienen, que por su boca y narinas
exhalan,
a tu alcance
gobernar está: apenas a mí me sufren cuando sus agrios
ánimos se
enardecen, y su cerviz rechaza las riendas.
Mas tú, de que
no sea yo para ti el autor de este funesto regalo,
mi nacido,
cuida y, mientras la cosa lo permite, tus votos corrige.
90Claro es que para que de nuestra sangre tú engendrado
te creas
unas prendas
ciertas pides: te doy unas prendas ciertas temiendo,
y con el
paterno miedo que tu padre soy pruebo. Mira los rostros
aquí míos, y
ojalá tus ojos en mi pecho pudieras
inserir y
dentro desprender los paternos cuidados.
95Y, por último, cuanto tiene el rico cosmos mira en
derredor,
y de tantos y
tan grandes bienes del cielo y la tierra
y el mar
demanda algo: ninguna negativa sufrirás.
Te disuado de
esto solo, que por verdadero nombre un castigo,
no un honor
es: un castigo, Faetón, en vez de un regalo demandas.
100¿Por qué mi cuello
sostienes, ignorante, con tus blandos brazos?
No lo dudes,
se te concederá –las estigias ondas hemos jurado–
aquello que
pidas. Pero tú con más sabiduría pide.
Había acabado sus advertencias. Sus
palabras, aun así, él rechaza
y su propósito
apremia y flagra en el deseo del carro.
105Así pues, lo que podía, su
genitor, irresoluto, a los altos
conduce al
joven, de Vulcano regalos, carros.
Áureo el eje
era, el timón áureo, áurea la curvatura
de la extrema
rueda, de los radios argénteo el orden.
Por los yugos
unos crisólitos y, puestas en orden, unas gemas,
110claras devolvían sus luces,
reverberante, a Febo.
Y mientras de
ello, henchido, Faetón se admira y su obra
escruta, he
aquí que vigilante abrió desde el nítido orto
la Aurora sus
purpúreas puertas, y plenos de rosas
sus atrios. Se
dispersan las estrellas, cuyas columnas conduce
115el Lucero, y de su posta del
cielo el postrero sale:
al cual cuando
buscar las tierras, y que el cosmos enrojecía, vio,
y los cuernos
como desvanecerse de la extrema luna,
uncir los
caballos el Titán impera a las veloces Horas.
Sus órdenes
las diosas rápidas cumplen y, fuego vomitando
120y de jugo de ambrosia
saciados, de sus pesebres altos
a los
cuadrípedes sacan, y les añaden sus sonantes frenos.
Entonces el
padre la cara de su nacido con una sagrada droga
tocó y la hizo
paciente de la arrebatadora llama
e impuso a su
pelo los rayos, y, présagos del luto,
125de su pecho angustiado
reiterando suspiros, dijo:
“Si puedes a estas advertencias al menos
obedecer de tu padre,
sé parco,
chico, con las aguijadas, y más fuerte usa las bridas.
Por sí mismos
se apresuran: la labor es inhibirles tal deseo.
Y no a ti te
plazca la ruta, derechos, a través de los cinco arcos.
130Cortada en oblicuo hay, de
ancha curvatura, una senda,
y, con la
frontera de tres zonas contentándose, del polo
rehúye austral
y, vecina a los aquilones, de la Osa.
Por aquí sea
tu camino: manifiestas de mi rueda las huellas divisarás;
y para que
soporten los justos el cielo y la tierra calores,
135ni hundas ni yergas por los
extremos del éter el carro.
Más alto
pasando los celestes techos quemarás,
más bajo, las
tierras: por el medio segurísimo irás.
Tampoco a ti
la más diestra te decline hacia la torcida Serpiente,
ni tu más
siniestra rueda te lleve, hundido, al Ara.
140Entre ambos manténte. A la
Fortuna lo demás encomiendo,
la cual te
ayude, y que mejor que tú por ti vele, deseo.
Mientras
hablo, puestas en el vespertino litoral, sus metas
la húmeda
noche ha tocado; no es la demora libre para nos.
Se nos
reclama, y fulge, las tinieblas ahuyentadas, la Aurora.
145Coge en la mano las riendas,
o, si un mudable pecho
es el tuyo,
los consejos, no los carros usa nuestros.
Mientras
puedes y en unas sólidas sedes todavía estás,
y mientras,
mal deseados, todavía no pisas, ignorándolos, mis ejes,
las que tú
seguro contemples, déjame dar, las luces a las tierras.”
150Ocupa él con su juvenil
cuerpo el leve carro
y se aposta
encima, y de que a sus manos las leves riendas hayan tocado
se goza, y las
gracias da de ello a su contrariado padre.
Entre tanto,
voladores, Pirois, y Eoo y Eton,
del Sol los
caballos, y el cuarto, Flegonte, con sus relinchos llameantes
155las auras llenan y con sus
pies las barreras baten.
Las cuales,
después de que Tetis, de los hados ignorante de su nieto,
retiró, y
hecha les fue provisión del inmenso cielo,
cogen la ruta
y sus pies por el aire moviendo
a ellos
opuestas hienden las nubes, y con sus plumas levitando
160atrás dejan, nacidos de esas
mismas partes, a los Euros.
Pero leve el
peso era y no el que conocer pudieran
del Sol los
caballos, y de su acostumbrado peso el yugo carecía,
y como se
escoran, curvas, sin su justo peso las naves,
y por el mar,
inestables por su excesiva ligereza, vanse,
165así, de su carga
acostumbrada vacío, da en el aire saltos
y es sacudido
hondamente, y semejante es el carro a uno inane.
Lo cual en cuanto sintieron, se lanzan, y
el trillado espacio
abandonan los
cuadríyugos, y no en el que antes orden corren.
Él se asusta,
y no por dónde dobla las riendas a él encomendadas,
170ni sabe por dónde sea el
camino, ni si lo supiera se lo imperaría a ellos.
Entonces por
primera vez con rayos se calentaron los helados Triones
y, vedada, en
vano intentaron en la superficie bañarse,
y la que
puesta está al polo glacial próxima, la Serpiente,
del frío yerta
antes y no espantable para nadie,
175se calentó y tomó nuevas con
esos hervores unas iras.
Tú también que
turbado huiste cuentan, Boyero,
aunque tardo
eras y tus carretas a ti te retenían.
Pero cuando
desde el supremo éter contempló las tierras
el infeliz
Faetón, que a lo hondo, y a lo hondo, yacían,
180palideció y sus rodillas se
estremecieron del súbito temor,
y le fueron a
sus ojos tinieblas en medio de tanta luz brotadas,
y ya quisiera
los caballos nunca haber tocado paternos,
ya de haber
conocido su linaje le pesa, y de haber prevalecido en su ruego.
Ya, de Mérope
decirse deseando, igual es arrastrado que un pino
185llevado por el vertiginoso
bóreas, al que vencidos sus frenos
ha soltado su
propio regidor, y al que a los dioses y a los rezos ha abandonado.
¿Qué haría?
Mucho cielo a sus espaldas ha dejado;
ante sus ojos
más hay. Con el ánimo mide los dos;
y, ya, los que
su hado alcanzar no es,
190delante mira los ocasos; a
las veces detrás mira los ortos,
y, de qué
hacer ignorante, suspendido está, y ni los frenos suelta
ni de
retenerlos es capaz, ni los nombres conoce de los caballos.
Esparcidas
también en el variado cielo por todos lados maravillas,
y ve,
tembloroso, los simulacros de las vastas fieras.
195Hay un lugar, donde en
gemelos arcos sus brazos concava
el Escorpión,
y con su cola, y dobladas a ambos lados sus pinzas,
alarga en
espacio los miembros de sus dos signos:
a éste el
muchacho, cuando, húmedo del sudor de su negro veneno,
y heridas
amenazando con su curvada cúspide, ve,
200de la razón privado por el
helado espanto las bridas soltó.
Las cuales,
después de que tocaron postradas lo alto de sus espaldas,
se desorbitan
los caballos y, nadie reteniéndolos, por las auras
de una ignota
región van, y por donde su ímpetu les lleva,
por allá sin
ley se lanzan, y bajo el alto éter se precipitan
205contra las fijas estrellas y
arrebatan por lo inaccesible el carro,
y ya lo más
alto buscan, ya en pendiente y por rutas
vertiginosas a
un espacio a la tierra más cercano vanse,
y de que más
bajo que los suyos corran los fraternos caballos
la Luna se
admira, y abrasadas las nubes humean.
210Se prende en llamas, según
lo que está más alto, la tierra,
y hendida
produce grietas, y de sus jugos privada se deseca.
Los pastos
canecen, con sus frondas se quema el árbol,
y materia
presta para su propia perdición el sembrado árido.
De poco me quejo: grandes perecen, con sus
murallas, ciudades,
215y con sus pueblos los
incendios a enteras naciones
en ceniza
tornan; las espesuras con sus montes arden,
arde el Atos y
el Tauro cílice y el Tmolo y el Oete
y, entonces
seco, antes abundantísimo de fontanas, el Ide,
y el virgíneo
Helicón y todavía no de Eagro el Hemo.
220Arde a lo inmenso con
geminados fuegos el Etna
y el Parnaso
bicéfalo y el Érix y el Cinto y el Otris
y, que por fin
de nieves carecería, el Ródope, y el Mimas
y el Díndima y
el Mícale y nacido para lo sagrado el Citerón,
y no le
aprovechan a Escitia sus fríos: el Cáucaso arde
225y el Osa con el Pindo y
mayor que ambos el Olimpo,
y los aéreos
Alpes y el nubífero Apenino.
Entonces en verdad Faetón por todas partes
el orbe
mira
incendiado, y no soporta tan grandes calores,
e hirvientes
auras, como de una fragua profunda,
230con la boca atrae, y los
carros suyos encandecerse siente;
y no ya las
cenizas, y de ellas arrojada la brasa,
soportar
puede, y envuelto está por todos lados de caliente humo,
y a dónde vaya
o dónde esté, por una calina como de pez cubierto,
no sabe, y al
arbitrio de los voladores caballos es arrebatado.
235De su sangre, entonces,
creen, al exterior de sus cuerpos llamada,
que los
pueblos de los etíopes trajeron su negro color.
Entonces se
hizo Libia, arrebatados sus humores con ese bullir,
árida,
entonces las ninfas, con sueltos cabellos, a sus fontanas
y lagos
lloraron: busca Beocia a su Dirce,
240Argos a Amímone, Éfire a las
pirénidas ondas.
Y tampoco las
corrientes, las agraciadas con riberas distantes de lugar,
seguras
permanecen: en mitad el Tanais humeaba de sus ondas,
y también
Peneo el viejo y el teutranteo Caíco
y el veloz
Ismeno con el fegíaco Erimanto
245y el que habría de arder de
nuevo, el Janto, y el flavo Licormas
y el que
juega, el Meandro, entre sus recurvadas ondas,
y el migdonio
Melas y el tenario Eurotas.
Ardió también
el Eufrates babilonio, ardió el Orontes
y el
Termodonte raudo y el Ganges y el Fasis y el Histro.
250Bulle el Alfeo, las riberas
del Esperquío arden,
y el que en su
caudal el Tajo lleva, fluye, por los fuegos, el oro,
y las que
frecuentaban con su canción las meonias riberas,
sus fluviales
aves, se caldean en mitad del Caístro.
El Nilo al
extremo huye, aterrorizado, del orbe,
255y se tapó la cabeza, que
todavía está escondida; sus siete embocaduras,
polvorientas,
están vacías, siete, sin su corriente, valles.
El azar mismo
los ismarios Hebro y Estrimón seca,
y los
Vespertinos caudales del Rin, el Ródano y el Po,
y al que fue
de todas las cosas prometido el poder, al Tíber.
260Saltó en pedazos todo el
suelo y penetra en los Tártaros por las grietas
la luz, y
aterra, con su esposa, al infernal rey;
y el mar se
contrae, y es un llano de seca arena
lo que poco
antes ponto era, y, los que alta cubría la superficie,
sobresalen
esos montes y las esparcidas Cícladas ellos acrecen.
265Lo profundo buscan los peces
y no sobre las superficies, curvos,
a elevarse se
atreven los delfines hacia sus acostumbradas auras;
los cuerpos de
las focas, de espaldas sobre lo extremo del profundo,
exánimes,
nadan; el mismo incluso Nereo, fama es,
y Doris y sus
nacidas, que se ocultaron bajo tibias cavernas.
270Tres veces Neptuno, de las
aguas, sus brazos con torvo semblante
a extraer se
atrevió, tres veces no soportó del aire los fuegos.
La nutricia
Tierra, aun así, como estaba circundada de ponto,
entre las
aguas del piélago y, contraídas por todos lados, sus fontanas,
que se habían
escondido en las vísceras de su opaca madre,
275sostuvo hasta el cuello,
árida, su devastado rostro
y opuso su
mano a su frente, y con un gran temblor
todo
sacudiendo, un poco se asentó y más abajo
de lo que
suele estar quedó, y así con seca voz habló:
“Si te place
esto y lo he merecido, ¿a qué, oh, tus rayos cesan,
280supremo de los dioses? Pueda
la que ha de perecer por las fuerzas del fuego,
por el fuego
perecer tuyo, y su calamidad por su autor aliviar.
Apenas yo,
ciertamente, mis fauces para estas mismas palabras libero”
–le oprimía la
boca el vapor– “quemados, ay, mira mis cabellos,
y en mis ojos
tanta, tanta sobre mi cara brasa.
285¿Estos frutos a mí, este
premio de mi fertilidad
y de mi
servicio me devuelves, porque las heridas del combado arado
y de los
rastrillos soporto, y todo se me hostiga el año,
porque al
ganado frondas, y alimentos tiernos, los granos,
al humano
género, a vosotros también inciensos, suministro?
290Pero aun así, este final pon
que yo he merecido ¿Qué las ondas,
qué ha
merecido tu hermano? ¿Por qué, a él entregadas en suerte,
las
superficies decrecen y del éter más lejos se marchan?
Y si ni la de
tu hermano, ni a ti mi gracia te conmueve,
mas del cielo
compadécete tuyo. Mira a ambos lados:
295humea uno y otro polo, los
cuales si viciara el fuego,
los atrios
vuestros se desplomarán. Atlante, ay, mismo padece,
y apenas en
sus hombros candente sostiene el eje.
Si los
estrechos, si las tierras perecen, si el real del cielo:
en el caos
antiguo nos confundimos. Arrebata a las llamas
300cuanto todavía quede y vela
por la suma de las cosas.”
Había dicho esto la Tierra, puesto que ni
tolerar el vapor
más allá pudo
ni decir más, y la boca
suya se
devolvió a sí misma, y a sus cavernas a los manes más cercanas.
Mas el padre omnipotente, los altísimos
poniendo por testigos y a aquél mismo
305que había dado sus carros,
de que, si ayuda él no prestara, todas las cosas de un hado
desaparecerían
grave, acude, arduo, al supremo recinto
desde donde
suele las nubes congregar sobre las anchas tierras,
desde donde
mueve los truenos, y sus blandidos rayos lanza.
Pero ni las
que pudiera sobre las tierras congregar, nubes
310entonces tuvo, ni las que
del cielo mandara, lluvias:
truena, y
balanceando un rayo desde su diestra oreja
lo mandó al
auriga y, al par, de su aliento y de sus ruedas
lo expelió, y
apacentó con salvajes fuegos los fuegos.
Constérnanse
los caballos, y un salto dando en contrario
315sus cuellos del yugo
arrebatan, y sus rotas correas abandonan:
por allí los
frenos yacen, por allí, del timón arrancado,
el eje, en
esta parte los radios de las quebradas ruedas,
y esparcidos
quedan anchamente los vestigios del lacerado carro.
Mas Faetón, con llama devastándole sus
rútilos cabellos,
320rodando cae en picado, y en
un largo trecho por los aires
va, como a las
veces desde el cielo una estrella, sereno,
aunque no ha
caído, puede que ha caído parecer.
Al cual, lejos
de su patria, en el opuesto orbe, el máximo
Erídano lo
recibió, y le lavó, humeante, la cara.
325Las náyades Vespertinas, por
la trífida llama humeante,
su cuerpo dan
a un túmulo, e inscriben también con esta canción la roca:
Aquí ·
sito · queda · Faetón · del · carro · auriga · paterno
que · si · no · lo · dominó · aun · así · sucumbió · a · unas · grandes ·
osadías
Pues su padre, cubiertos por su luto
afligido, digno de compasión,
330había escondido sus
semblantes, y si es que lo creemos, que un único
día pasó sin
sol refieren; los incendios luz
prestaban, y
algún uso hubo en el mal aquel.
Clímene
Mas Clímene, después de que dijo cuanto
hubo
en tan grandes
males de ser dicho, lúgubre y amente,
335y rasgándose los senos, todo
registró el orbe,
y sus exánimes
miembros primero, luego sus huesos buscando,
los halló,
aunque huesos, en una peregrina ribera escondidos.
Y se postró en
ese lugar, y su nombre, en el mármol leído,
regó de
lágrimas, y con su abierto pecho lo calentó.
Las Helíades
340Y no menos las Helíades le
plañen y, inanes ofrendas
a la muerte,
le dan lágrimas, e hiriéndose los pechos con sus palmas,
a quien no
oiría sus tristes quejas, a Faetón,
noche y día
llaman y se prosternan al sepulcro.
La luna cuatro
veces había llenado, juntos sus cuernos, su orbe:
345ellas, con la costumbre suya
–pues costumbre lo hiciera el uso–,
sus golpes de
duelo se habían dado; de las cuales Faetusa, de las hermanas
la mayor,
cuando quisiera en tierra postrarse, se quejó
de que
rigentes estaban sus pies, a la cual intentando llegarse
la cándida
Lampetie, por una súbita raíz retenida fue;
350la tercera, cuando con las
manos su pelo a desgarrar se disponía,
arranca
frondas; ésta, de que un tronco sus piernas retiene,
aquélla se
duele de que se han hecho sus brazos largas ramas;
y mientras de
ello se admiran, se abraza a sus ingles una corteza
y por sus
plantas, útero y pecho y hombros y manos,
355las rodea, y restaban sólo
sus bocas llamando a su madre.
¿Qué iba a
hacer su madre, sino, adonde la trae su ímpetu a ella,
para acá ir y
para allá, y, mientras puede, su boca unirles?
No bastante
es: de los troncos arrancar sus cuerpos intenta,
y tiernas con
sus manos sus ramas rompe; mas de ahí
360sanguíneas manan, como de
una herida, gotas.
“Cesa, te lo
suplico, madre”, aquélla que es herida grita,
“cesa, te lo
suplico: se lacera en el árbol nuestro cuerpo.
Y ya adiós….”
La corteza a sus palabras postreras llega.
Después fluyen
lágrimas, y, destilados, con el sol se endurecen,
365de sus ramas nuevas,
electros, los cuales el lúcido caudal
recibe, y a
las nueras los manda, para que los lleven, latinas.
Cigno
Asistió a este prodigio, prole de
Esténelo, Cigno,
el cual a ti,
aunque por la sangre materna unido,
en la mente
aun así, Faetón, más cercano estaba. Él, tras abandonar
370–pues de los lígures los
pueblos y sus grandes ciudades regía–
su gobierno,
las riberas verdes y el caudal Erídano
de sus quejas
había llenado, y la espesura, por sus hermanas acrecida;
cuando su voz
se adelgazó para la de un hombre, y canas plumas
sus cabellos
disimulan, y el cuello del pecho lejos
375se extiende, y sus dedos
rojecientes liga una unión,
un ala su
costado vela, tiene su cara, sin punta, un pico.
Se vuelve
nueva Cigno una ave, y no él al cielo y a Júpiter
se confía,
como acordado del fuego injustamente enviado desde él;
a los pantanos
acude y a los anchurosos lagos, y el fuego odiando,
380las que honrara eligió,
contrarias a las llamas, las corrientes.
Demacrado entre tanto el genitor de
Faetón, y privado
él de su
propio decor, con tal orbe cual cuando falta
estar suele,
la luz odia y a sí mismo él, y al día,
y da su ánimo
a los lutos, y a los lutos añade ira,
385y su servicio niega al
cosmos. “Bastante”, dice, “desde los principios
del tiempo la
suerte mía ha sido irrequieta, y me pesa
de estos,
cumplidos sin fin por mí, sin honor, trabajos.
Cualquier otro
lleve, portadores de las luces, los carros.
Si nadie hay y
todos los dioses que no pueden confiesan,
390que él mismo los lleve, para
que al menos mientras prueba nuestras riendas,
los que han de
orfanar a los padres, alguna vez los rayos suelte.
Entonces
sabrá, las fuerzas experimentando de los caballos de pies de fuego,
que no merecía
la muerte quien no bien los gobernara a ellos.”
Al que tal
decía circundan, al Sol, todos
395los númenes, y que no quiera
las tinieblas congregar sobre las cosas
con suplicante
voz ruegan; sus enviados fuegos también Júpiter
excusa, y a
sus súplicas amenazas, regiamente, añade.
Reúne amentes
y todavía de terror espantados
Febo los
caballos, y con la aguijada, doliente, y el látigo se encona
400–pues enconado está– y de su
nacido les acusa e imputa a ellos.
Júpiter y Calisto
Mas el padre omnipotente las ingentes
murallas del cielo
rodea y que no
haya algo vacilante, por las fuerzas del fuego
derruido,
explora. Las cuales, después de que firmes y con su reciedumbre
propia que
están ve, las tierras y los trabajos de los hombres
405indaga. El de la Arcadia
suya, aun así, es su más precioso
cuidado, y sus
fontanas y, las que todavía no osaban bajar,
sus corrientes
restituye, da a la tierra gramas, frondas
a los árboles,
y ordena retoñar, lastimadas, a las espesuras.
Mientras
vuelve y va incesante, en una virgen nonacrina
410quedó prendido, y encajados
caldearon bajo sus huesos unos fuegos.
No era de ella
obra la lana mullir tirando,
ni de
disposición variar los cabellos: cuando un broche su vestido,
una cinta
sujetara blanca sus descuidados cabellos,
y ora en la
mano una leve jabalina, ora tomara el arco,
415un soldado era de Febe, y no
al Ménalo alcanzó alguna
más grata que
ella a Trivia. Pero ninguna potencia larga es.
Más allá de medio su espacio el sol alto
ocupaba,
cuando alcanza
ella un bosque que ninguna edad había cortado.
Despojó aquí
su hombro de su aljaba y los flexibles arcos
420destensó, y en el suelo, que
cubriera la hierba, yacía,
y su pinta
aljaba, con su cuello puesto, hundía.
Júpiter cuando
la vio, cansada y de custodia libre:
“Este hurto,
ciertamente, la esposa mía no sabrá”, dice,
“o si lo
vuelve a saber, son, oh, son unas disputas por tanto….”
425Al punto se viste de la faz
y el culto de Diana
y dice: “Oh,
de las acompañantes mías, virgen, parte única,
¿en qué
sierras has cazado?” Del césped la virgen
se eleva y:
“Salud, numen a mi juicio”, dijo,
“aunque lo
oiga él mismo, mayor que Júpiter.” Ríe y oye,
430y de que a él, a sí mismo,
se prefiera se goza y besos le une
ni moderados
bastante, ni que así una virgen deba dar.
En qué
espesura cazado hubiera a la que a narrar se disponía,
la impide él
con su abrazo, y no sin crimen se delata.
Ella,
ciertamente, en contra, cuanto, sólo una mujer, pudiera
435–ojalá lo contemplaras,
Saturnia, más compasiva serías–,
ella,
ciertamente, lucha, pero ¿a quién vencer una muchacha,
o quién a
Júpiter podría? Al éter de los altísimos acude vencedor
Júpiter: para
ella causa de odio el bosque es y la cómplice espesura,
de donde, su
pie al retirar, casi se olvidó de coger
440su aljaba con las flechas y,
que había suspendido, su arco.
He aquí que de su coro acompañada Dictina
por el alto
Ménalo
entrando, y de su matanza orgullosa de fieras,
la vio a ella
y vista la llama: llamada ella rehúye
y temió a lo
primero que Júpiter estuviera en ella,
445pero después de que al par a
las ninfas avanzar vio,
sintió que no
había engaños y al número accedió de ellas.
Ay, qué
difícil es el crimen no delatar con el rostro.
Apenas los
ojos levanta de la tierra, y no, como antes solía,
junta de la
diosa al costado está, ni de todo es el grupo la primera,
450sino que calla y da signos
con su rubor de su lastimado pudor
y, salvo
porque virgen es, podría sentir Diana
en mil señales
su culpa –las ninfas que lo notaron refieren–.
En su orbe
noveno resurgían de la luna cuernos,
cuando la
diosa, de la cacería bajo las fraternas llamas lánguida,
455alcanzado había un bosque
helado desde el que con su murmullo bajando
iba, y sus
trilladas arenas viraba un río;
cuando esos
lugares alabó, lo alto con el pie tocó de sus ondas.
Ellas también
alabadas, “Lejos queda”, dijo, “árbitro todo;
desnudos,
sumergidos en las linfas bañemos nuestros cuerpos.”
460La Parráside rojeció; todas
sus velos dejan;
una demoras
busca; a la que dudaba su vestido quitado le es,
el cual
dejado, se hizo patente, con su desnudo cuerpo, su delito.
A ella,
atónita, y con sus manos el útero esconder queriendo:
“Vete lejos de
aquí”, le dijo Cintia, “y estas sagradas fontanas
465no mancilles”, y de su unión
le ordenó separarse.
Había sentido esto hacía tiempo la matrona
del gran Tonante,
y había
diferido, graves, hasta idóneos tiempos los castigos.
Causa de
demora ninguna hay, y ya el niño Árcade –esto mismo
dolió a Juno–
había de su rival nacido.
470Al cual nada más volvió su
salvaje mente junto con su luz:
“Claro es que
esto también restaba, adúltera”, dijo,
“que fecunda
fueras y se hiciera tu injuria por tu parto
conocida y del
Júpiter mío testimoniado el desdoro fuera.
No impunemente
lo harás, puesto que te arrancaré a ti la figura
475en la que a ti misma, y en
la que complaces, importuna, a nuestro marido”,
dijo, y de su
frente, a ella opuesta, prendiéndole los cabellos,
la postra en
el suelo de bruces; tendía sus brazos suplicantes:
sus brazos
empezaron a erizarse de negros vellos
y a curvarse
sus manos y a crecer en combadas uñas
480y el servicio de los pies a
cumplir, y alabada un día
su cara por
Júpiter, a hacerse deforme en una ancha comisura,
y para que sus
súplicas los ánimos, y sus palabras suplicantes, no dobleguen,
el poder
hablar le es arrebatado: una voz iracunda y amenazante
y llena de
terror de su ronca garganta sale.
485Su mente antigua le queda
–también permaneció en la osa hecha–,
y con su
asiduo gemido atestiguando sus dolores,
cuales ellas
son, sus manos al cielo y a las estrellas alza,
e ingrato a
Júpiter, aunque no pueda decirlo, siente.
Ay, cuántas
veces, no osando descansar en la sola espesura,
490delante de su casa y, otro
tiempo suyos, vagó por los campos.
Ay, cuántas
veces por las rocas los ladridos de los perros la llevaron,
y la cazadora,
por el miedo de los cazadores aterrada, huyó.
Muchas veces
fieras se escondió al ver, olvidada de qué era,
y, la osa, de
ver en los montes osos se horrorizó,
495y temió a los lobos, aunque
su padre estuviese entre ellos.
He aquí que su prole, desconocedor de su
Licaonia madre,
Árcade, llega,
por tercera vez sus quintos casi cumpleaños pasados,
y mientras
fieras persigue, mientras los sotos elige aptos
y de nodosas
mallas las espesuras del Erimanto rodea,
500cae sobre su madre, la cual
se detuvo Árcade al ver
y como aquella
que lo conociera se quedó. Él rehúye,
y de quien
inmóviles sus ojos en él sin fin tenía
sin saber tuvo
miedo y a quien más cerca avanzar ansiaba
hubiera
atravesado el pecho con una heridora flecha.
505Lo evitó el omnipotente, y
al par a ellos y su abominación
contuvo, y, al
par, arrebatados por el vacío merced al viento,
los impuso en
el cielo, y vecinas estrellas los hizo.
Se inflamó Juno después que entre las
estrellas su rival
fulgió, y
hasta la cana Tetis descendió a las superficies,
510y al Océano viejo, cuya
reverencia conmueve
a menudo a los
dioses, y a aquéllos que la causa de su ruta preguntaban, empieza:
“¿Preguntáis
por qué, reina de los dioses, de las etéreas
sedes aquí
vengo? En vez de mí tiene otra el cielo.
Miento si
cuando oscuro la noche haya hecho el orbe,
515recién honoradas –mis
heridas– con el supremo cielo,
no vierais
unas estrellas allí, donde el círculo último,
por su espacio
el más breve, el eje postrero rodea.
¿Hay en verdad
razón por que alguien a Juno herir no quiera,
y ofendida le
trema, la que sola beneficio daño haciendo?
520¡Oh, yo, qué cosa grande he
hecho! ¡Cuán vasta la potencia nuestra es!
Ser humana le
veté: hecho se ha diosa. Así yo los castigos
a los
culpables impongo, así es mi gran potestad.
Que le reclame
su antigua hermosura y los rasgos ferinos
le detraiga,
lo cual antes en la argólica Forónide hizo.
525¿Por qué no también, echada
Juno, se la lleva
y la coloca en
mi tálamo y por suegro a Licaón toma?
Mas vosotros,
si os mueve el desprecio de vuestra herida ahijada,
del abismo
azul prohibid a los Siete Triones,
y esas
estrellas, en el cielo en pago de un estupro recibidas,
530rechazad, para que no se
bañe en la superficie pura una rival.”
Los dioses del mar habían asentido: en su
manejable carro la Saturnia
ingresa en el
fluente éter con sus pavones pintados.
El cuervo
Tan recién pintados sus pavones del
asesinado Argos,
como tú
recientemente fuiste, cuando cándido antes fueras,
535cuervo locuaz, en alas
vuelto súbitamente ennegrecidas.
Pues fue ésta
un día, por sus níveas alas plateada
un ave, como
para igualar, todas sin fallo, a las palomas,
y a los que
salvarían los Capitolios con su vigilante voz
no ceder, a
los ánsares, ni amante de las corrientes al cisne.
540Su lengua fue su perdición,
la lengua haciendo esa, locuaz,
que el color
que blanco era, ahora es contrario al blanco.
Apolo y Coronis
Más bella en ella toda que la larísea
Coronis
no la hubo, en
la Hemonia: te agradó a ti, Délfico, ciertamente,
mientras o
casta fue, o inobservada, pero el ave
545de Febo sintió el adulterio,
y para descubrir
la culpa
escondida, no exorable delator,
hacia su señor
tomaba el camino;
La corneja; Nictímene
al cual, gárrula, moviendo
sus alas, le
sigue, para averiguarlo todo, la corneja,
y oída de su
ruta la causa: “No útil coges”,
550dice, “un camino: no
desprecia los presagios de mi lengua.
Qué fuera yo y
qué sea, mira, y el mérito pregunta.
Encontrarás
que daño me hizo mi lealtad. Pues en cierto tiempo
Palas a
Erictonio, prole sin madre creada,
había
encerrado, tejida de acteo mimbre, en una cesta,
Las hijas de Cécrope
555y a vírgenes tres, del
geminado Cécrope nacidas,
con la ley lo
había entregado, de que sus secretos no vieran.
Escondida en
su fronda leve oteaba yo desde un denso olmo
qué hacían:
sus cometidos dos sin fraude guardan,
Pándrosos y
Herse; miedosas llama sola a sus hermanas
560Áglauros y los nudos con su
mano separa, y dentro
al pequeño ven
y, al lado tendido, un dragón.
Los hechos a
la diosa refiero, a cambio de lo cual a mí gracia tal
se me
devuelve, que se me dice de la guardia expulsada de Minerva,
y se me pone
por detrás del ave de la noche. Mi castigo a las aves
565advertir puede de que con su
voz peligros no busquen.
Mas, pienso,
no voluntariamente ni que algo tal pedía
a mí acudió.
Lo puedes a la misma Palas preguntar:
aunque furiosa
está, no esto furiosa negará.
Pues a mí en
la focaica tierra el claro Coroneo
570–cosas conocidas digo– me
engendró, y había sido yo una regia virgen
y por ricos
pretendientes –no me desprecia– era pretendida.
Mi hermosura
me dañó: pues, cuando por los litorales con lentos
pasos, como
suelo, paseaba por encima de la arena,
me vio y se
encendió del piélago el dios, y como suplicando
575con blandas palabras tiempos
inanes consumió,
la fuerza
dispone y me persigue; huyo y denso dejo
el litoral, y
en la mullida arena me fatigo en vano.
Después a
dioses y hombres llamo, y no alcanza la voz
mía a mortal
alguno: se conmovió por una virgen la virgen
580y auxilio me ofreció. Tendía
los brazos al cielo:
mis brazos
empezaron de leves plumas a negrecer;
por rechazar
de mis hombros esa veste pugnaba, mas ella
pluma era y en
mi piel raíces había hecho hondas;
golpes de
duelo dar en mis desnudos pechos intentaba con mis palmas,
585pero ni ya palmas ni pechos
desnudos llevaba;
corría, y no
como antes mis pies retenía la arena,
sino que de lo
alto de la tierra me elevaba; luego, llevada por las auras
avanzo y dada
soy, inculpada, de acompañante, a Minerva.
¿De qué, aun
así, esto me sirve, si, hecha ave por un siniestro
590crimen, Nictímene nos
sucedió en el honor nuestro?
¿O acaso la
que cosa es por toda Lesbos conocidísima,
no oída por ti
ha sido, de que profanó el dormitorio patrio
Nictímene? Ave
ella, ciertamente, pero sabedora de su culpa,
de la vista y
la luz huye, y en las tinieblas su pudor
595esconde y, a una, expulsada
es del éter todo.”
Apolo y Coronis (ii)
A quien tal decía: “Para tu mal”, dice el
cuervo,
“las
disuasiones estas sean, suplico yo: nos el vano agüero despreciamos”,
y no suelta
emprendido el camino y a su dueño, que yaciendo
ella con un
joven hemonio había visto, a Coronis, narra.
600La láurea se resbaló, oído
el crimen, al amante,
y al par su
expresión, del dios, y su plectro y su color,
se desprendió,
y según su ánimo hervía de henchida ira,
sus armas
acostumbradas coge y, doblado por sus cuernos, el arco
tiende, y
aquellos, tantas veces con su pecho unidos,
605con una inevitada flecha
atravesó, sus pechos.
Golpeada dio
un gemido, y al ser sacado de su cuerpo el hierro
sus cándidos
miembros regó de crúor carmesí,
y dijo: “Pude
mis castigos a ti, Febo, haber cumplido,
pero haber
parido antes. Dos ahora moriremos en una.”
610Hasta aquí, y al par su vida
con su sangre vertió.
A su cuerpo,
inane de aliento, un frío letal siguió.
Le pesa, ay, tarde de su castigo cruel al
amante,
y a sí mismo,
porque oyera, porque así ardiera se odia;
odia al ave
por la cual el crimen y la causa de su dolor
615a saber obligado fue, y no
menos su arco y su mano odia,
y, con su
mano, temerarios dardos, las saetas,
y a la abatida
conforta, y con tardía ayuda por vencer esos hados
pugna, y
médicas ejerce inanemente sus artes.
Lo cual,
después de que en vano intentarse, y la hoguera aprestarse
620sintió, y que arderían en
los supremos fuegos sus miembros,
entonces en
verdad gemidos –puesto que no las celestes caras
bañarse pueden
en lágrimas–, de su alto corazón acudidos,
emitió, no de
otro modo que cuando, viéndolo la novilla,
de su lactante
becerrito, balanceado desde la diestra oreja,
625las sienes cóncavas destrozó
el mazo con un claro golpe.
Aun así,
cuando ingratos sobre sus pechos derramó los olores
y le dio
abrazos, y con lo injustamente justo cumplió,
no soportó
Febo que a las cenizas mismas cayeran
sus simientes,
sino a su nacido de las llamas y del útero de su madre
630arrebató, y del geminado
Quirón lo llevó a la caverna,
y al que
esperaba para sí los premios de su no falsa lengua,
entre las aves
blancas vetó asentarse, al cuervo.
Ocírroe
El mediofiera, entre tanto, de su ahijado
de divina estirpe
alegre estaba
y, mezclado a su carga, se gozaba del honor.
635He aquí que llega,
protegiendo sus hombros con sus rútilos cabellos,
la hija del
Centauro, a la que un día la ninfa Cariclo,
en las riberas
de una corriente arrebatadora por haberla parido, llamó
Ocírroe; no
ella con haber aprendido las artes paternas
se contentó: de los hados los arcanos cantaba.
640Así pues, cuando los
vatícinos furores concibió en su mente,
y se enardeció
del dios que encerrado en su pecho tenía,
miró al
pequeño y: “Para todo el orbe saludador,
crece, niño”,
dijo, “a ti los mortales cuerpos muchas veces
se deberán;
los alientos arrancados para ti devolver
645lícito será, y habiendo esto
osado tú una sola vez, por la indignación de los dioses,
poder
concederlo de nuevo tu llama atávica te prohibirá,
y, de dios,
cuerpo exangüe te volverás, y dios
quien poco
antes cuerpo eras, y dos veces tus hados renovarás.
Tú también,
querido padre, ahora inmortal, y para que
650por las edades todas
permanezcas, según la ley de tu nacimiento creado,
poder morir
desearás entonces, cuando seas torturado por la sangre
de una
siniestra serpiente, a través de tus heridos miembros recibida,
y a ti, de
eterno, sufridor de la muerte las divinidades
te harán, y
las tríplices diosas tus hilos desatarán.”
655Restaba a los hados algo:
suspira desde sus hondos
pechos y
lágrimas por sus mejillas resbalan brotadas,
y así: “Se me
anticipan”, dijo, “a mí mis hados y se me impide
más decir, y
de la voz mía se antecierra el uso.
No hubieran
sido estas artes tan valiosas que del numen la ira
660me contrajeran: preferiría
desconocer lo futuro.
Ya a mí
sustraérseme la faz humana parece,
ya por
alimento la hierba me place, ya de correr por los anchos llanos
el ímpetu
tengo: en yegua y a mí emparentados cuerpos me vuelvo.
¿Toda, aun
así, por qué? El padre es mío en verdad biforme.”
665A la que tal decía la parte
fuele extrema de su queja
entendida
poco, y confusas sus palabras fueron.
Pronto ni
palabras siquiera, ni de yegua, el sonido aquel parece,
sino del que
imitara a una yegua, y en pequeño tiempo ciertos
relinchos
emitió, y sus brazos movió a las hierbas.
670Entonces sus dedos se unen y
quíntuples enlaza sus uñas,
de perpetuo
cuerno, un leve casco, crece también de su cara
y su cuello el
espacio, la parte máxima de su largo manto
cola se hace,
y según vagos los cabellos por su cuello yacían,
en diestras
crines acaban, y al par renovada fue
675su voz y su faz: nombre
también esos prodigios le dieron.
Mercurio y Bato
Lloraba, y la ayuda tuya en vano de
Fíliras el héroe,
Délfico,
demandaba. Pues ni rescindir las órdenes
del gran
Júpiter podías ni, si rescindirlas pudieras,
entonces allí
estabas: la Élide y los mesenios campos honrabas.
680Aquel era el tiempo en el
que a ti una pastoril piel
te cubrió y
carga fue un báculo silvestre de tu siniestra,
de la otra,
dispar de sus septenas cañas, la flauta;
y mientras el
amor es tu cuidado, mientras a ti tu flauta te calma,
incustodiadas
se recuerdan tus reses que en los campos
685se adentraron de Pilos. Las
ve de la Atlántide Maya
el nacido, y
con el arte suya en las espesuras las oculta sustraídas.
Sintiera este
hurto nadie, salvo, conocido en aquel
campo, un
anciano: Bato la vecindad toda le llamaban.
Él los sotos y
los herbosos pastos del rico Neleo
690y las greyes de sus nobles
yeguas como custodio guardaba.
De él temió, y
con blanda mano lo apartó, y a él:
“Quien quiera
que eres, huésped”, dice, “si acaso las manadas
buscara estas
alguien, haberlas visto niega, y por que no con gracia ninguna
tu acción se
recompense: toma de premios esta nítida vaca”,
695y la dio. Aceptada, las
voces estas devolvió: “Huésped,
seguro vayas.
La piedra esta antes tus hurtos dirá”,
y una piedra
mostró. Simula de Júpiter el nacido que se marcha.
Luego vuelve,
y tornada al par con su voz su figura:
“Campesino, si
has visto por esta linde”, le dijo, “pasar
700algunas reses, préstame
ayuda, y al hurto sus silencios quita.
Junto a su
toro al par se te dará una hembra.”
Pero el más
anciano, después de que se hubo el salario duplicado: “Bajo esos
montes”, dice,
“estarán”, y estaban bajo los montes esos.
Rió el
Atlantíada y: “¿A mí a mí mismo, pérfido, delatas?
705¿A mí a mí mismo delatas?”,
dice, y sus perjuros pechos torna
en un duro
sílice, que ahora también se dice delator,
y, en la que
nada mereció, una vieja infamia hay, en esa roca.
Áglauro, Mercurio y Herse
Desde aquí se había elevado en sus parejas
alas el Portador del caduceo
y volando los
muniquios campos y la tierra grata
710a Minerva abajo contemplaba,
y los arbustos del culto Liceo.
En aquel día,
por azar, unas castas de costumbre muchachas,
la cabeza
puesta bajo ellos, hacia los festivos recintos de Palas
puros
sacrificios portaban en coronados canastos.
De ahí al
volver ellas, el dios las ve alado y su camino
715no hace recto, sino que en
el orbe lo curva mismo.
Como volador
el rapacísimo milano, al ver unas entrañas,
mientras teme
y densos rodean los sacrificios los ministros
dobla en
espiral, y no más lejos osa partir,
y la esperanza
suya ávido circunvuela moviendo las alas,
720así sobre los acteos
recintos ávido el Cilenio
inclina su
curso y las mismas auras cercena.
Cuanto más
espléndido que las demás estrellas fulge
el Lucero, y
cuanto que el Lucero la áurea Febe,
tanto que las
vírgenes más prestante todas Herse
725iba, y era el decor de la
pompa y de las acompañantes suyas.
Quedó pasmado
de su hermosura de Júpiter el nacido y, en el éter suspendido,
no de otro
modo ardió que cuando la baleárica honda
el plomo
lanza: vuela éste y se encandece en su ida
y, los que no
tenía, fuegos bajo las nubes encuentra.
730Torna su camino y el cielo
abandonado acude a lo terreno
y no se
disfraza: tanta es su confianza en su hermosura.
La cual aunque
la justa es, con su cuidado aun así la ayuda:
y se aquieta
los cabellos, y la clámide para que cuelgue aptamente
coloca, de
modo que la orla y todo parezca su oro,
735que bruñida en su diestra,
la que los sueños trae y veta,
su vara esté,
que brillen sus talares en sus tersas plantas.
Una parte
secreta de la casa, de marfil y tortuga ornados,
tres tálamos
tenía, de los que tú, Pándrosos, el diestro,
Áglauros el
izquierdo, el central poseía Herse.
740La que tenía el izquierdo,
al venir él, la primera notó
a Mercurio y
el nombre del dios averiguar osó
y la causa de
su venida. A la cual así respondió: “El Atlantíada
y de Pléyone
el nieto yo soy, el que por las auras las ordenadas
palabras de mi
padre porto, padre es para mí Júpiter mismo.
745Y no fingiré las causas:
basta que tú fiel a tu hermana
ser quieras y
de la prole mía tía materna llamarte:
Herse la causa
de mi ruta; que favorezcas, te rogamos, al amante.”
Lo contempló a
él con los ojos mismos con los que escondidos poco antes
viera Áglauros
los secretos de la flava Minerva,
750y a cambio de su ministerio
para sí de gran peso un oro
postula: entre
tanto de sus techos a retirarse le obliga.
Torna a ella
la diosa guerrera de su torva mirada el orbe,
y de lo hondo
trajo unos suspiros, con tan gran movimiento,
que al par su
pecho y, puesta en su pecho fuerte,
755la égida sacudiera. Recuerda
que ella sus arcanos con profana
mano
descubrió, entonces, cuando sin madre creada,
del Lemnícola
la estirpe contra los dados pactos vio,
y que grata al
dios iba a ser ya, y grata a su hermana,
y rica al
coger, que avara había demandado, el oro.
La Envidia
760En seguida de la Envidia,
sucios de negra podre,
a los techos
acude: la casa está de ella en unos hondos valles
apartada, de
sol privada, no transitable para ningún viento,
triste y
llenísima de indolente frío, y cual
de fuego
carezca siempre, en calina siempre abunde.
765Aquí cuando llegó, de la
batalla la temible heroína,
se apostó ante
la casa –puesto que acceder a esos techos
lícito no le
es– y los postes con el extremo de su cúspide sacude.
Golpeadas se
abrieron las puertas: ve dentro, comiendo
viborinas
carnes, alimentos de los vicios suyos,
770a la Envidia, y vista los
ojos volvió; mas ella
se levanta de
la tierra, despaciosa, y de las semicomidas serpientes
deja los
cuerpos, y con paso avanza inerte,
y cuando a la
diosa vio, por su forma y sus armas hermosa,
gimió hondo, y
semblante para esos hondos suspiros puso.
775La palidez en su rostro se
asienta, delgadez en todo el cuerpo,
a ninguna
parte recta su mirada, lívidos están de orín sus dientes,
sus pechos de
hiel verdecen, su lengua está inundada de veneno.
Risa no tiene,
salvo la que movieron vistos los dolores,
y no disfruta
de sueño, despierta por las vigilativas angustias,
780sino que ve los ingratos –y
se consume al verlos–
éxitos de los
hombres, y corroe y corróese a una,
y su suplicio
el suyo es. Aun así, aunque la odiaba a ella,
con tales
palabras se le dirigió brevemente la Tritonia:
“Infecta de la
podre tuya de las nacidas de Cécrope a una:
785así menester es. Áglauros
ella es.” No más diciendo
huye, y la
tierra repele apoyando su asta.
Ella, a la diosa que huía con su oblicua
luz contemplando,
unos murmullos
pequeños dio y de lo que bien saldría a Minerva
se dolió, y su
báculo toma, al que entero ligaduras
790de espinas ceñían, y
cubierta de nubes negras
por donde
quiera que pasa, postra florecientes los campos
y quema las
hierbas y lo alto de las amapolas rae
y con el
aflato suyo pueblos y ciudades y casas
mancilla, y
por fin de la Tritónide contempla el recinto,
795de talentos y de recursos y
de festiva paz verdeciente,
y apenas
contiene las lágrimas porque nada lacrimoso divisa.
Áglauro
Pero después de que en los tálamos penetró
de la nacida de Cécrope,
lo ordenado
hace y su pecho con una mano de orín teñida
toca y de
arponadas zarzas su tórax llena,
800y le insufla un dañino jugo,
y como la pez por sus huesos
disipa y por
mitad esparce de su pulmón un veneno,
y para que de
su mal las causas por un espacio más ancho no vaguen,
a su germana
ante sus ojos, y de su hermana el afortunado
matrimonio, y
al dios bajo su bella imagen, pone,
805y todo grande lo hace; con
lo cual excitada, por un dolor
oculto la
Cecrópide es mordida, y ansiosa de noche,
ansiosa a la
luz gime, y en una lenta podre, tristísima,
se disuelve,
como el hielo herido por un incierto sol,
y por los
bienes no más lenemente se abrasa de la feliz Herse,
810que cuando a las espinosas
hierbas fuego se les abaja,
las cuales,
como no dan llamas, sí con suave tibieza se creman.
Muchas veces
morir quiso, para algo tal no ver,
muchas veces,
como un crimen, narrarlo a su rígido padre.
Por fin en el
umbral opuesto al que llegaba se sentó,
815para excluirlo, al dios; a
quien, mientras blandimientos y súplicas
y palabras le
lanzaba suavísimas: “Cesa”, le dijo.
“De aquí yo no
me he de mover sino cuando te haya rechazado.”
“Estemos”,
dice el veloz Cilenio, “en el pacto este.”
Y con su
celeste vara las puertas abrió, mas a ella,
820cuando levantar intentaba
las partes que al sentarse
dobla, no
pueden, por una indolente pesadez, moverse.
Ella pugna
ciertamente por elevarse, recto el tronco,
pero de las
rodillas la juntura rigente está y un frío por sus uñas
se desliza y
palidecen, perdida la sangre, sus venas,
825y como anchamente suele,
incurable, malo un cáncer,
serpear, y a
las ilesas añadir las viciadas partes,
así un letal
invierno poco a poco a su pecho llega
y las vitales
vías y los respiraderos cierra,
y ni intentó
hablar ni si intentado lo hubiera
830de voz tenía camino; una
roca ya sus cuellos poseía
y su cara se
había endurecido y estatua exangüe sentada estaba,
y no su piedra
blanca era: su mente la había inficionado a ella.
Júpiter y Europa
Cuando estos castigos de sus palabras y de
su mente profana
cobró el
Atlantíada, dichas por Palas esas tierras
835abandona, e ingresa en el
éter sacudiendo sus alas.
Lo llama
aparte a él su genitor y la causa sin confesar de su amor:
“Fiel
ministro”, dice, “de las órdenes, mi nacido, mías,
rechaza la
demora y raudo con tu acostumbrada carrera desciende,
y la tierra
que a tu madre por la parte siniestra
840mira –sus nativos Sidónide
por nombre le dicen–,
a ella acude,
y el que, lejos, de montana grama apacentarse,
ganado real,
ves, a los litorales torna.”
Dijo, y
expulsados al instante del monte los novillos,
a los
litorales ordenados acuden, donde la hija del gran rey
845jugar, de las vírgenes
tirias acompañada, solía.
No bien se
avienen ni en una sola sede moran
la majestad y
el amor: del cetro la gravedad abandonada
aquel padre y
regidor de los dioses, cuya diestra de los trisulcos
fuegos armada
está, quien con un ademán sacude el orbe,
850se viste de la faz de un
toro y mezclado con los novillos
muge, y entre
las tiernas hierbas hermoso deambula.
Cierto que su
color el de la nieve es, que ni las plantas
de duro pie
han hollado ni ha disuelto el acuático austro.
En su cuello
toros sobresalen, por sus brazos las papadas penden;
855sus cuernos pequeños,
ciertamente, pero cuales contender
podrías que
hechos a mano, y más perlúcidos que pura una gema.
Ninguna
amenaza en su frente, ni formidable su luz:
paz su rostro
tiene. Se admira de Agenor la nacida
porque tan
hermoso, porque combate ninguno amenace,
860pero aunque tuvo miedo de
tocarlo, manso, a lo primero,
pronto se
acerca y flores a su cándida boca le extiende.
Se goza el
amante, y mientras llegue el esperado placer,
besos da a sus
manos; apenas ya, apenas el resto difiere,
y ahora al
lado juega y salta en la verde hierba,
865ahora su costado níveo en
las bermejas arenas depone.
Y poco a poco,
el miedo quitado, ora sus pechos le presta
para que con
su virgínea mano lo palme, ora los cuernos, para que guirnaldas
los impidan
nuevas. Se atrevió también la regia virgen,
ignorante de a
quién montaba, en la espalda sentarse del toro:
870cuando el dios, de la tierra
y del seco litoral, insensiblemente,
las falsas
plantas de sus pies a lo primero pone en las ondas;
de allí se va
más lejos, y por las superficies de mitad del ponto
se lleva su
botín. Se asusta ella y, arrancada a su litoral abandonado,
vuelve a él
sus ojos, y con la diestra un cuerno tiene, la otra al dorso
875impuesta está; trémulas
ondulan con la brisa sus ropas.
Libro
tercero
___
Cadmo
Y ya el dios, dejada del falaz toro la
imagen,
él se había
confesado, y los dicteos campos tenía;
cuando su
padre, de ello ignorante, a Cadmo perquirir a la raptada
impera, y de
castigo, si no la encontrara, añade
5el exilio, por tal hecho él piadoso, y execrable él
por el mismo.
Todo el orbe
lustrado (¿pues quién sorprender pueda
los hurtos de
Júpiter?), prófugo, su patria y la ira de su padre
evita el
Agenórida, y de Febo los oráculos suplicante
consulta, y
cuál sea la tierra que ha de habitar requiere:
10“Una res”, Febo dice, “a tu encuentro saldrá en unos
solitarios campos,
sin haber
sufrido ningún yugo, y de curvo arado inmune.
Con ella de
guía coge las rutas y, en la hierba que descanse,
unas murallas
ponte a fundar y beocias las llama.”
No bien Cadmo
había descendido de la castalia caverna,
15incustodiada, lentamente ve ir a una novilla,
sin que ningún
signo de servidumbre en su cerviz llevara.
La sigue, y,
marcado, lee las huellas de su paso,
y al autor de
su ruta, a Febo, taciturno, adora.
Ya los vados
del Cefiso, y de Pánope había evadido los campos:
20la res se detuvo y levantando, especiosa con sus
cuernos altos,
al cielo su
frente, con mugidos impulsó las auras,
y así,
volviéndose a mirar a los acompañantes que sus espaldas seguían,
se postró, y
su costado abajó en la tierna hierba.
Cadmo da las
gracias y a esa peregrina tierra besos
25une, y desconocidos montes y campos saluda.
Sus
sacrificios a Júpiter a hacer iba: manda ir a unos ministros
y buscar, las
que libaran, de las vivas fontanas ondas.
Una espesura vieja se alzaba, por ninguna
segur violada,
y una gruta en
el medio, de varas y mimbre densa,
30efectuando, humilde en sus ensambladuras de piedra, un
arco,
fecunda en
fértiles aguas; donde, escondida en su caverna,
una serpiente
de Marte había, por sus crestas insigne y su oro:
de fuego
rielan sus ojos, su cuerpo henchido todo de veneno,
y tres rielan
sus lenguas, en tríplice orden se alzan sus dientes.
35Esta floresta, después de que los marchados del pueblo
tirio
con infausto
paso tocaron, y, bajada a las ondas,
la urna hizo
un sonido, la cabeza sacó de su larga caverna
la azulada
serpiente y horrendos silbidos lanzó.
Se derramaron
las urnas de sus manos, y la sangre abandonó
40su cuerpo y un súbito temblor ocupa atónitos sus
miembros.
Ella,
escamosos, en volubles nexos sus orbes
tuerce, y de
un salto se curva en inmensos arcos,
y en más de
media parte erguida hacia las leves auras
bajo sí
contempla todo el bosque y de tan grande cuerpo es, cuanto,
45si toda la contemplas, la que separa a las gemelas
Osas.
Y no hay
demora, a los fenicios, ya si para ella las armas preparaban
ya si la
huida, ya si el mismo temor les prohibía ambas cosas,
ocupa: a éstos
de un mordisco, de largos abrazos a aquéllos,
a éstos mata
con el aflato de su funesto –de su podre– veneno.
50Había hecho exiguas ya el
sol, altísimo, las sombras:
qué demora sea
la de sus compañeros asombra de Agenor al nacido,
y rastrea a
los hombres. Su cobertor, desgarrado de un león,
el pellejo
era, su arma una láncea de esplendente hierro,
y una
jabalina, y, más prestante que arma alguna, su ánimo.
55Cuando al bosque entró y matados sus cuerpos vio
y vencedor
sobre ellos, de espacioso cuerpo, al enemigo,
sus tristes
heridas lamiendo con sanguínea lengua:
“O el
vengador, fidelísimos cuerpos, de vuestra muerte,
o su
compañero”, dice, “seré.” Así dijo, y con la diestra una molar
60levantó y, grande, con gran conato se la mandó.
De ella con el
empuje, aunque, arduas con sus torres excelsas,
murallas
movido se habrían, la serpiente sin herida quedó,
de una loriga
al modo por sus escamas defendida, y de su negro
pellejo con la
dureza, vigorosos, con la piel repelió los golpes.
65Mas no con la dureza misma la jabalina también venció,
la cual, en
mitad de la curvatura de su flexible espina clavada,
se irguió y
todo descendió en sus ijares su hierro.
Ella, del
dolor feroz, la cabeza para sus espaldas retorció
y sus heridas
miró y el clavado astil mordió,
70y éste, cuando con fuerza mucha lo hubo inclinado a
parte toda,
apenas de su
espalda lo arrebató; el hierro, aun así, en sus huesos quedó prendido.
Entonces, en
verdad, después de que a sus acostumbradas iras se allegó
un motivo
reciente, se hincharon sus gargantas de sus llenas venas,
y una espuma
blanquecina circunfluye por sus pestíferas comisuras,
75y la tierra suena raída por sus escamas, y el hálito
que sale
negro de su
boca estigia, corrompidas, infecta las auras.
Ella, ora en
espiras que un inmenso orbe hacen
se ciñe, a las
veces, que una larga viga más recta se yergue,
con una
embestida ahora vasta, cual concitado por las lluvias un caudal,
80muévese, y, a ella opuestas, arrasa con su pecho las
espesuras.
Se retira el
Agenórida un poco, y con el despojo del león
sostiene sus
incursos y su acosante boca retarda,
su cúspide
tendiéndole delante; se enfurece ella e inanes heridas
da al duro
hierro y clava en la punta los dientes.
85Y ya de su venenífero paladar sangre a manar
había
empezado, y con su aspersión había bañado, verdes, las hierbas.
Pero leve la
herida era, porque que ella a sí se retraía del golpe
y sus heridos
cuellos daba atrás, y que tajo asestara
retirándose
impedía, y no más lejos ir permitía,
90hasta que el Agenórida, puesto el hierro en la
garganta,
sin dejar de
seguirla la empujó, mientras, yendo ella hacia atrás, una encina
le cerró el
paso, y clavada quedó al par, con el madero, su cerviz.
Del peso de la
serpiente curvóse el árbol, y por la parte
inferior al
ser flagelada de la cola, su madera gimió.
95Mientras el espacio el vencedor considera de su
vencido enemigo,
una voz de
repente oída fue, y no estaba reconocer de dónde
al alcance,
pero oída fue: “¿Por qué, de Agenor el nacido, la perecida
serpiente
miras? También tú mirado serás como serpiente.”
Él, largo tiempo asustado, al par con la
mente el color
100había perdido, y de gélido
terror sus cabellos se arreciaron:
he aquí que de
este varón la bienhechora, deslizándose por las superiores auras,
Palas llega, y
removida ordena someter a la tierra
los viborinos
dientes, incrementos del pueblo futuro.
Obedece, y
cuando un surco hubo abierto, hundido el arado
105esparce en la tierra,
mortales simientes, los ordenados dientes.
Después –que
la fe cosa mayor– los terrones empezaron a moverse,
y primera de
los surcos el filo apareció de un asta,
las coberturas
luego de sus cabezas, cabeceando con su pintado cono,
luego los
hombros y el pecho y cargados los brazos de armas
110sobresalen, y crece un
sembrado, escudado, de varones:
así, cuando se
retiran los tapices de los festivos teatros,
surgir las
estatuas suelen, y primero mostrar los rostros,
lo demás poco
a poco, y en plácido tenor sacadas,
enteras quedan
a la vista, y en el inferior margen sus pies ponen.
115Aterrado por este enemigo
nuevo, Cadmo a empuñar las armas se preparaba:
“No empuña”,
de este pueblo, al que la tierra había creado, uno
exclama, “y no
en civiles guerras te mezcla.”
Y así, de sus
terrígenas hermanos a uno, de cerca,
con su rígida
espada hiere; por una jabalina cae, de lejos, él mismo.
120Este también que a la muerte
le diera, no más largo que aquél
vive, y expira
las auras que ora recibiera,
y con ejemplo
parejo se enfurece toda la multitud, y por su propio
Marte caen por
sus mutuas heridas los súbitos hermanos.
Y ya, con tal
espacio de breve vida la agraciada juventud,
125a su sanguínea madre golpes
de duelo daba en su tibio pecho,
cinco los
sobrevivientes: de los cuales fue uno Equíon.
Él sus armas
arrojó al suelo por consejo de la Tritónide,
y de fraterna
paz palabra pidió y dio.
Éstos de su
obra por acompañantes tuvo el sidonio huésped,
130cuando puso, ordenado por
las venturas de Febo, la ciudad.
Ya se alzaba Tebas; pudieras ya, Cadmo,
parecer
en tu exilio
feliz: suegros a ti Marte y Venus
te habían
tocado; aquí añade la alcurnia de esposa tan grande,
tantas hijas e
hijos y, prendas queridas, tus nietos,
135éstos también, ya jóvenes;
pero claro es que su último día
siempre de
aguardar el hombre ha, y decirse dichoso
antes de su
óbito nadie, y de sus supremos funerales, debe.
Diana y Acteón
La primera tu nieto, entre tantas cosas
para ti, Cadmo, propicias,
causa fue de
luto, y unos ajenos cuernos a su frente
140añadidos; y vosotras, canes
saciadas de una sangre dueña vuestra.
Mas, bien si
buscas, de la fortuna un crimen en ello,
no una
abominación hallarás, pues, ¿qué abominación un error tenía?
El monte estaba infecto de la matanza de
variadas fieras,
y, ya el día
mediado, de las cosas había contraído las sombras,
145y el sol por igual de sus
metas distaba ambas,
cuando el
joven, por desviadas guaridas a los que vagaban,
a los
partícipes de sus trabajos, con plácida boca llama, el hiantio:
“Los linos
chorrean, compañeros, y el hierro, de crúor de fieras,
y fortuna el
día tuvo bastante. La siguiente Aurora
150cuando, transportada por sus
zafranadas ruedas, la luz reitere,
el propuesto
trabajo retomaremos; ahora Febo de ambas
tierras lo
mismo dista, y hiende con sus vapores los campos.
Detened el
trabajo presente y nudosos levantad los linos.”
Las órdenes
los hombres hacen e interrumpen su labor.
155Un valle había, de píceas y
agudo ciprés denso,
por nombre
Gargafie, a la ceñida Diana consagrado,
del cual en su
extremo receso hay una caverna boscosa,
por arte
ninguna labrada: había imitado al arte
con el ingenio
la naturaleza suyo, pues, con pómez viva
160y leves tobas, un nativo
arco había trazado.
Un manantial
suena a diestra, por su tenue onda perlúcido,
y por una
margen de grama estaba él en sus anchurosas aberturas ceñido.
Aquí la diosa
de las espesuras, de la caza cansada, solía
sus virgíneos
miembros con líquido rocío regar.
165El cual después que alcanzó,
de sus ninfas entregó a una,
la armera, su
jabalina y su aljaba y sus arcos destensados.
Otra ofreció
al depuesto manto sus brazos.
Las ligaduras
dos de sus pies quitan; pues más docta que ellas
la isménide
Crócale, esparcidos por el cuello sus cabellos,
170los traba en un nudo, aunque
los había ella sueltos.
Recogen licor
Néfele y Híale y Ránide,
y Psécade, y
Fíale, y lo vierten en sus capaces urnas.
Y mientras
allí se lava la Titania en su acostumbrada linfa,
he aquí que el
nieto de Cadmo, diferida parte de sus labores,
175por un bosque desconocido
con no certeros pasos errante,
llega a esa
floresta: así a él sus hados lo llevaban.
El cual, una
vez entró, rorantes de sus manantiales, en esas cavernas,
como ellas
estaban, desnudas sus pechos las ninfas se golpearon
al verle un
hombre, y con súbitos aullidos todo
180llenaron el bosque, y a su
alrededor derramadas a Diana
con los
cuerpos cubrieron suyos; aun así, más alta que ellas
la propia
diosa es, y hasta el cuello sobresale a todas.
El color que,
teñidas del contrario sol por el golpe,
el de las
nubes ser suele, o de la purpúrea aurora,
185tal fue en el rostro, vista
sin vestido, de Diana.
La cual,
aunque de las compañeras por la multitud rodeada suyas,
a un lado
oblicuo aun así se estuvo y su cara atrás
dobló y,
aunque quisiera prontas haber tenido sus saetas,
las que tuvo,
así cogió aguas y el rostro viril
190regó con ellas, y asperjando
sus cabellos con vengadoras ondas,
añadió estas,
del desastre futuro prenunciadoras, palabras:
“Ahora para
ti, que me has visto dejado mi atuendo, que narres
–si pudieras
narrar– lícito es.” Y sin más amenazar,
da a su
asperjada cabeza del vivaz ciervo los cuernos,
195da espacio a su cuello y lo
alto aguza de sus orejas,
y con pies sus
manos, con largas patas muta
sus brazos, y
vela de maculado vellón su cuerpo;
añadido
también el pavor le fue. Huye de Autónoe el héroe,
y de sí, tan
raudo, en la carrera se sorprende misma.
200Pero cuando sus rasgos y sus
cuernos vio en la onda:
“Triste de
mí”, a decir iba: voz ninguna le siguió.
Gimió hondo:
su voz aquélla fue, y lágrimas por una cara
no suya
fluyeron; su mente solamente prístina permaneció.
¿Qué haría?
¿Volvería, pues, a su casa y a sus reales techos,
205o se escondería en los
bosques? El temor esto, el pudor le impide aquello.
Mientras duda,
lo vieron los canes, y el primero Melampo
e Icnóbates el
sagaz con su ladrido señales dieron:
gnosio
Icnóbates, de la espartana gente Melampo.
Después se
lanzan los otros, que la arrebatadora brisa más rápido,
210Pánfago y Dorceo y Oríbaso,
árcades todos,
y Nebrófono el
vigoroso y el atroz, con Lélape, Terón,
y por sus pies
Ptérelas, y por sus narices útil Agre,
e Hileo el
feroz, recién golpeado por un jabalí,
y de un lobo
concebida Nape, y de ganados perseguidora
215Pémenis, y de sus nacidos
escoltada Harpía dos,
y atados
llevando sus ijares el sicionio Ladón,
y Dromas y
Cánaque y Esticte y Tigre y Alce,
y de níveos
Leucón, y de vellos Ásbolo negros,
y el muy
vigoroso Lacón, y en la carrera fuerte Aelo,
220y Too y veloz, con su
chipriota hermano, Licisca,
y en su negra
frente distinguido en su mitad con un blanco,
Hárpalo, y
Melaneo, e hirsuta de cuerpo Lacne,
y de padre
dicteo pero de madre lacónide nacidos
Labro y
Agriodunte, y de aguda voz Hiláctor,
225y cuantos referir largo es:
esa multitud, con deseo de presa,
por
acantilados y peñas y de acceso carentes rocas,
y por donde
quiera que es difícil, o por donde no hay ruta alguna, le persiguen.
Él huye por
los lugares que él había muchas veces perseguido,
ay, de los
servidores huye él suyos. Gritar ansiaba:
230“¡Acteón yo soy, al dueño
conoced vuestro!”
Palabras a su
ánimo faltan: resuena de ladridos el éter.
Las primeras
heridas Melanquetes en su espalda hizo,
las próximas
Teródamas, Oresítropo prendióse en su antebrazo:
más tarde
había salido, pero por los atajos del monte
235anticipada la ruta fue; a
ellos, que a su dueño retenían,
la restante
multitud se une y acumula en su cuerpo sus dientes.
Ya lugares
para las heridas faltan; gime él, y un sonido,
aunque no de
un hombre, cual no, aun así, emitir pueda
un ciervo,
tiene, y de afligidas quejas llena los cerros conocidos,
240y con las rodillas
inclinadas, suplicante, semejante al que ruega,
alrededor
lleva, tácito, como brazos, su rostro.
Mas sus
compañeros la rabiosa columna con sus acostumbrados apremios,
ignorantes,
instigan, y con los ojos a Acteón buscan,
y, como
ausente, a porfía a Acteón llaman
245–a su nombre la cabeza él
vuelve– y de que no esté se quejan
y de que no
coja, perezoso, el espectáculo de la ofrecida presa.
Querría no
estar, ciertamente, pero está, y querría ver,
no también
sentir, de los perros suyos los fieros hechos.
Por todos
lados le rodean, y hundidos en su cuerpo los hocicos
250despedazan a su dueño bajo
la imagen de un falso ciervo,
y no, sino
terminada por las muchas heridas su vida,
la ira se
cuenta saciada, ceñida de aljaba, de Diana.
Júpiter, Sémele y Baco
El rumor en ambiguo está: a algunos más
violenta de lo justo
les pareció la
diosa, otros la alaban y digna de su severa
255virginidad la llaman; las
partes encuentran cada una sus causas.
Sola de
Júpiter la esposa no tanto de si lo culpa o lo aprueba
diserta,
cuanto del desastre de la casa nacida de Agenor
se goza, y, de
su tiria rival recabado, transfiere
de su estirpe
a los socios su odio: sobreviene, he aquí, que a la previa,
260una causa reciente, y se
duele de que grávida de la simiente del del gran
Júpiter esté
Sémele. Entonces su lengua en disputas desata:
“¿He
conseguido qué, pues, tantas veces con las disputas?”, dijo.
“A ella misma
de buscar yo he; a ella, si máxima Juno
ritualmente me
llamo, la perderé, si a mí con mi diestra, de gemas guarnecidos,
265los cetros sostener me
honra, si soy reina, y de Júpiter
la hermana y
la esposa –cierto la hermana–. Mas, pienso yo, ‘con el hurto se ha
contentado
ella, y del tálamo breve es la injuria nuestro’:
ha concebido,
esto faltaba, y manifiestos los crímenes lleva
en su útero
pleno, y madre, lo que apenas a mí me ha tocado, del único
270Júpiter quiere hacerse:
tanta es su confianza en su hermosura.
Que la engañe
a ella haré, y no soy Saturnia, si no,
por el Júpiter
suyo sumergida, penetra en las estigias ondas.”
Se levanta tras esto de su solio y en una
fulva nube recóndita
al umbral
acude de Sémele y no las nubes antes eliminó
275de simularse una vieja y de
ponerse a las sienes canas
y surcarse la
piel de arrugas y curvados con tembloroso
paso sus
miembros llevar; su voz también la hizo de vieja,
y la propia
era Béroe, de Sémele la epidauria nodriza.
Así pues,
cuando buscada conversación y mucho tiempo hablando
280al nombre vinieron de
Júpiter, suspira y: “Pido
Júpiter que
sea”, dice, “temo, aun así, todo: muchos
en nombre de
los divinos en tálamos entraron pudorosos.
Y no, aun así,
que sea Júpiter bastante es; dé una prenda de su amor,
si sólo el
verdadero éste es, y tan grande y cual por la alta
285Juno es recibido, tan grande
y tal, pedirásle,
te dé a ti sus
abrazos, y sus insignias antes coja.”
Con tales palabras a la ignorante Cadmeida
Juno
había formado:
le ruega ella a Júpiter, sin nombre, un regalo.
A la cual el
dios: “Elige”, le dice, “ningún rechazo sufrirás,
290y para que más lo creas, del
estigio torrente también cómplices
han de ser los
númenes: el temor y el dios él de los dioses es.”
Alegre con su
mal y demasiado pudiendo y próxima a morir de su amante
por la
complacencia, Sémele: “Cual la Saturnia”, dijo,
“te suele
abrazar, de Venus cuando al pacto entráis,
295date a mí tal.” Quiso el
dios la boca de quien hablaba
tapar: había
salido ya su voz apresurada bajo las auras.
Gimió hondo, y
puesto que ni ella no haber deseado, ni él
no haber
jurado puede, así pues, afligidísimo, al alto
éter ascendió
y con su rostro obedientes a las nubes
300arrastró, a las que
borrascas, y mezclados relámpagos con vientos
añadió y
truenos y el inevitable rayo.
Con todo,
hasta donde puede, fuerzas a sí quitarse intenta
y no con el
fuego que al centímano había derribado, a Tifeo,
ahora ármase
con ése: demasiada fiereza en él hay.
305Hay otro más leve rayo, al
que la diestra de los Cíclopes
de violencia y
de llama menos, menos añadió de ira:
armas segundas
los llaman los altísimos; los empuña a ellos y en la casa
entra
Agenórea. El cuerpo mortal los tumultos
no soportó
etéreos, y con los dones conyugales ardió.
310Inacabado todavía el
pequeño, del vientre de su genetriz
es arrebatado
y, tierno, si de creer digno es, cóselo dentro
de su paterno
muslo y los maternos tiempos completa.
Furtivamente a
él en sus primeras cunas Ino, su tía materna,
lo cría,
después, dado a ellas, las ninfas Niseidas en las cavernas
315lo ocultaron suyas y de
leche alimentos le dieron.
Tiresias
Y mientras estas cosas por las tierras,
según fatal ley, pasan,
y seguros del
dos veces nacido están los paños de cuña, de Baco,
por azar que
Júpiter, recuerdan, disipado él por el néctar, sus cuidados
había apartado
graves, y con la desocupada Juno agitaba
320remisos juegos, y: “Mayor el
vuestro en efecto es,
que el que
toca a los varones”, dijo, “el placer.”
Ella lo niega;
les pareció bien cuál fuera la sentencia preguntar
del docto
Tiresias: Venus para él era, una y otra, conocida,
pues de unas
grandes serpientes, uniéndose en la verde
325espesura, sus dos cuerpos a
golpe de su báculo había violentado,
y, de varón,
cosa admirable, hecho hembra, siete
otoños pasó;
al octavo de nuevo las mismas
vio y: “Es si
tanta la potencia de vuestra llaga”,
dijo, “que de
su autor la suerte en lo contrario mude:
330ahora también os heriré.”
Golpeadas las culebras mismas,
su forma
anterior regresa y nativa vuelve su imagen.
El árbitro
este, pues, tomado sobre la lid jocosa,
las palabras
de Júpiter afirma; más gravemente la Saturnia de lo justo,
y no en razón
de la materia, cuéntase que se dolió,
335y de su juez con una eterna
noche dañó las luces.
Mas el padre
omnipotente –puesto que no es lícito vanos a ningún
dios los
hechos hacer de un dios–, por la luz arrebatada,
saber el
futuro le dio y un castigo alivió con un honor.
Narciso y Eco
Él, por las aonias ciudades, por su fama
celebradísimo,
340irreprochables daba al
pueblo que las pedía sus respuestas.
La primera, de
su voz, por su cumplimiento ratificada, hizo la comprobación
la azul
Liríope, a la que un día en su corriente curva
estrechó, y
encerrada el Cefiso en sus ondas
fuerza le
hizo. Expulsó de su útero pleno bellísima
345un pequeño la ninfa, ya
entonces que podría ser amado,
y Narciso lo
llama, del cual consultado si habría
los tiempos
largos de ver de una madura senectud,
el fatídico
vate: “Si a sí no se conociera”, dijo.
Vana largo
tiempo parecióle la voz del augur: el resultado a ella,
350y la realidad, la hace
buena, y de su muerte el género, y la novedad de su furor.
Pues a su
tercer quinquenio un año el Cefisio
había añadido
y pudiera un muchacho como un joven parecer.
Muchos jóvenes
a él, muchas muchachas lo desearon.
Pero –hubo en
su tierna hermosura tan dura soberbia–
355ninguno a él, de los
jóvenes, ninguna lo conmovió, de las muchachas.
Lo contempla a
él, cuando temblorosos azuzaba a las redes a unos ciervos,
la vocal nifa,
la que ni a callar ante quien habla,
ni primero
ella a hablar había aprendido, la resonante Eco.
Un cuerpo
todavía Eco, no voz era, y aun así, un uso,
360gárrula, no distinto de su
boca que ahora tiene tenía:
que devolver,
de las muchas, las palabras postreras pudiese.
Había hecho
esto Juno, porque, cuando sorpender pudiese
bajo el
Júpiter suyo muchas veces a ninfas en el monte yaciendo,
ella a la
diosa, prudente, con un largo discurso retenía
365mientras huyeran las ninfas.
Después de que esto la Saturnia sintió:
“De esa”,
dice, “lengua, por la que he sido burlada, una potestad
pequeña a ti
se te dará y de la voz brevísimo uso.”
Y con la
realidad las amenazas confirma; aun así ella, en el final del hablar,
gemina las
voces y las oídas palabras reporta.
370Así pues, cuando a Narciso,
que por desviados campos vagaba,
vio y se
encendió, sigue sus huellas furtivamente,
y mientras más
le sigue, con una llama más cercana se enciende,
no de otro
modo que cuando, untados en lo alto de las teas,
a ellos
acercadas, arrebatan los vivaces azufres las llamas.
375Oh cuántas veces quiso con
blandas palabras acercársele
y dirigirle
tiernas súplicas. Su naturaleza en contra pugna,
y no permite
que empiece; pero, lo que permite, ella dispuesta está
a esperar
sonidos a los que sus palabras remita.
Por azar el
muchacho, del grupo fiel de sus compañeros apartado
380había dicho: “¿Alguien
hay?”, y “hay”, había respondido Eco.
Él quédase
suspendido y cuando su penetrante vista a todas partes dirige,
con voz
grande: “Ven”, clama; llama ella a aquel que llama.
Vuelve la
vista y, de nuevo, nadie al venir: “¿Por qué”, dice,
“me huyes?”, y
tantas, cuantas dijo, palabras recibe.
385Persiste y, engañado de la
alterna voz por la imagen:
“Aquí
unámonos”, dice, y ella, que con más gusto nunca
respondería a
ningún sonido: “Unámonos”, respondió Eco,
y las palabras
secunda ella suyas, y saliendo del bosque
caminaba para
echar sus brazos al esperado cuello.
Él huye, y al
huir: “¡Tus manos de mis abrazos quita!
Antes”, dice,
“pereceré, de que tú dispongas de nos.”
Repite ella
nada sino: “tú dispongas de nos.”
Despreciada se
esconde en las espesuras, y pudibunda con frondas su cara
protege, y
solas desde aquello vive en las cavernas.
395Pero, aun así, prendido
tiene el amor, y crece por el dolor del rechazo,
y atenúan,
vigilantes, su cuerpo desgraciado las ansias,
y contrae su
piel la delgadez y al aire el jugo
todo de su
cuerpo se marcha; voz tan solo y huesos restan:
la voz queda,
los huesos cuentan que de la piedra cogieron la figura.
400Desde entonces se esconde en
las espesuras y por nadie en el monte es vista,
por todos oída
es: el sonido es el que vive en ella.
Así a ésta, así a las otras, ninfas en las
ondas o en los montes
originadas,
había burlado él, así las uniones antes masculinas.
De ahí las
manos uno, desdeñado, al éter levantando:
405“Que así aunque ame él, así
no posea lo que ha amado.”
Había dicho.
Asintió a esas súplicas la Ramnusia, justas.
Un manantial
había impoluto, de nítidas ondas argénteo,
que ni los
pastores ni sus cabritas pastadas en el monte
habían tocado,
u otro ganado, que ningún ave
410ni fiera había turbado ni
caída de su árbol una rama;
grama había
alrededor, a la que el próximo humor alimentaba,
y una espesura
que no había de tolerar que este lugar se templara por sol alguno.
Aquí el
muchacho, del esfuerzo de cazar cansado y del calor,
se postró, por
la belleza del lugar y por el manantial llevado,
415y mientras su sed sedar
desea, sed otra le creció,
y mientras
bebe, al verla, arrebatado por la imagen de su hermosura,
una esperanza
sin cuerpo ama: cuerpo cree ser lo que onda es.
Quédase
suspendido él de sí mismo y, inmóvil con el rostro mismo,
queda
prendido, como de pario mármol formada una estatua.
420Contempla, en el suelo
echado, una geminada –sus luces– estrella,
y dignos de
Baco, dignos también de Apolo unos cabellos,
y unas
impúberas mejillas, y el marfileño cuello, y el decor
de la boca y
en el níveo candor mezclado un rubor,
y todas las
cosas admira por las que es admirable él.
425A sí se desea, imprudente, y
el que aprueba, él mismo apruébase,
y mientras
busca búscase, y al par enciende y arde.
Cuántas veces,
inútiles, dio besos al falaz manantial.
En mitad de
ellas visto, cuántas veces sus brazos que coger intentaban
su cuello
sumergió en las aguas, y no se atrapó en ellas.
430Qué vea no sabe, pero lo que
ve, se abrasa en ello,
y a sus ojos
el mismo error que los engaña los incita.
Crédulo, ¿por
qué en vano unas apariencias fugaces coger intentas?
Lo que buscas
está en ninguna parte, lo que amas, vuélvete: lo pierdes.
Ésa que ves,
de una reverberada imagen la sombra es:
435nada tiene ella de sí.
Contigo llega y se queda,
contigo se
retirará, si tú retirarte puedas.
No a él de
Ceres, no a él cuidado de descanso
abstraerlo de
ahí puede, sino que en la opaca hierba derramado
contempla con
no colmada luz la mendaz forma
440y por los ojos muere él
suyos, y un poco alzándose,
a las
circunstantes espesuras tendiendo sus brazos:
“¿Es que
alguien, io espesuras, más
cruelmente”, dijo, “ha amado?
Pues lo
sabéis, y para muchos guaridas oportunas fuisteis.
¿Es que a
alguien, cuando de la vida vuestra tantos siglos pasan,
445que así se consumiera,
recordáis, en el largo tiempo?
Me place, y lo
veo, pero lo que veo y me place,
no, aun así,
hallo: tan gran error tiene al amante.
Y por que más
yo duela, no a nosotros un mar separa ingente,
ni una ruta,
ni montañas, ni murallas de cerradas puertas.
450Exigua nos prohíbe un agua.
Desea él tenido ser,
pues cuantas
veces, fluentes, hemos acercado besos a las linfas,
él tantas
veces hacia mí, vuelta hacia arriba, se afana con su boca.
Que puede
tocarse creerías: mínimo es lo que a los amantes obsta.
Quien quiera
que eres, aquí sal, ¿por qué, muchacho único, me engañas,
455o a dónde, buscado, marchas?
Ciertamente ni una figura ni una edad
es la mía de
la que huyas, y me amaron a mí también ninfas.
Una esperanza
no sé cuál con rostro prometes amigo,
y cuando yo he
acercado a ti los brazos, los acercas de grado,
cuando he
reído sonríes; lágrimas también a menudo he notado
460yo al llorar tuyas;
asintiendo también señas remites
y, cuanto por
el movimiento de tu hermosa boca sospecho,
palabras
contestas que a los oídos no llegan nuestros…
Éste yo soy.
Lo he sentido, y no me engaña a mí imagen mía:
me abraso en
amor de mí, llamas muevo y llamas llevo.
465¿Qué he de hacer? ¿Sea yo
rogado o ruegue? ¿Qué desde ahora rogaré?
Lo que deseo
conmigo está: pobre a mí mi provisión me hace.
Oh, ojalá de
nuestro cuerpo separarme yo pudiera,
voto en un
amante nuevo: quisiera que lo que amamos estuviera ausente…
Y ya el dolor
de fuerzas me priva y no tiempos a la vida
470mía largos restan, y en lo
primero me extingo de mi tiempo,
y no para mí
la muerte grave es, que he de dejar con la muerte los dolores.
Éste, el que
es querido, quisiera más duradero fuese.
Ahora dos,
concordes, en un aliento moriremos solo.”
Dijo, y al rostro mismo regresó, mal sano,
475y con lágrimas turbó las
aguas, y oscura, movido
el lago, le
devolvió su figura, la cual como viese marcharse:
“¿A dónde
rehúyes? Quédate y no a mí, cruel, tu amante,
me abandona”,
clamó. “Pueda yo, lo que tocar no es,
contemplar, y
a mi desgraciado furor dar alimento.”
480Y mientras se duele, la ropa
se sacó arriba desde la orilla
y con
marmóreas palmas se sacudió su desnudo pecho.
Su pecho sacó,
sacudido, de rosa un rubor,
no de otro
modo que las frutas suelen, que, cándidas en parte,
en parte
rojean, o como suele la uva en los varios racimos
485llevar purpúreo, todavía no
madura, un color.
Lo cual una
vez contempló, transparente de nuevo, en la onda,
no lo soportó
más allá, sino como consumirse, flavas,
con un fuego
leve las ceras, y las matutinas escarchas,
el sol al
templarlas, suelen, así, atenuado por el amor,
490se diluye y poco a poco
cárpese por su tapado fuego,
y ni ya su
color es el de, mezclado al rubor, candor,
ni su vigor y
sus fuerzas, y lo que ahora poco visto complacía,
ni tampoco su
cuerpo queda, un día el que amara Eco.
La cual, aun
así, cuando lo vio, aunque airada y memoriosa,
495hondo se dolió, y cuantas
veces el muchacho desgraciado: “Ahay”,
había dicho,
ella con resonantes voces iteraba, “ahay.”
Y cuando con
las manos se había sacudido él los brazos suyos,
ella también
devolvía ese sonido, de golpe de duelo, mismo.
La última voz
fue ésta del que se contemplaba en la acostumbrada onda:
500“Ay, en vano querido
muchacho”, y tantas otras palabras
remitió el
lugar, y díchose adiós, “adiós” dice también Eco.
Él su cabeza
cansada en la verde hierba abajó,
sus luces la
muerte cerró, que admiraban de su dueño la figura.
Entonces
también, a sí, después que fue en la infierna sede recibido,
505en la estigia agua se
contemplaba. En duelo se golpearon sus hermanas
las Náyades, y
a su hermano depositaron sus cortados cabellos,
en duelo se
golpearon las Dríades: sus golpes asuena Eco.
Y ya la pira y
las agitadas antorchas y el féretro preparaban:
en ninguna
parte el cuerpo estaba; zafranada, en vez de cuerpo, una flor
510encuentran, a la que hojas
en su mitad ceñían blancas.
Penteo y Baco (i)
Conocida la cosa, una merecida fama al
adivino por las acaidas
ciudades
aportó, y el nombre era del augur ingente;
le desdeñó el
Equiónida, aun así, a él, de todos el único,
despreciador
de los altísimos, Penteo, y de las présagas palabras
515se ríe del viejo y sus
tinieblas y la calamidad de su luz arrancada
le imputa. Él,
moviendo sus blanqueantes sienes de canas:
“Qué feliz
serías si tú también de la luz esta
huérfano”,
dice, “quedaras, y los báquicos sacrificios no vieras.
Pues un día
llegará, que no lejos auguro que está,
520en el que nuevo aquí venga,
prole de Sémele, Líber,
al cual, si no
de sus templos hubieres dignado con el honor,
por mil
lugares destrozado te esparcirás y de sangre las espesuras
mancharás, y a
la madre tuya, y de tu madre a las hermanas.
Ocurrirá,
puesto que no dignarás al numen con su honor,
525y de que yo, en estas
tinieblas, demasiado he visto te quejarás.”
Al que tal
decía empuja de Equíon el nacido;
a sus palabras
la confirmación sigue, y las respuestas del adivino suceden.
Líber llega, y con festivos alaridos rugen
los campos:
la multitud se
lanza y, mezcladas con los hombres madres y nueras,
530pueblo y próceres a los
desconocidos sacrificios vanse.
“¿Qué furor,
hijos de la serpiente, prole de Mavorte, las mentes
ha suspendido
vuestras?”, Penteo dice; “¿los bronces tanto,
con bronces
percutidos, pueden, y de combado cuerno la tibia
y los mágicos
engaños, que a quienes no la bélica espada,
535no la tuba aterrara, no de
empuñadas armas las columnas,
voces
femeninas y movida una insania del vino
y obscenos
rebaños e inanes tímpanos venzan?
¿A vosotros,
ancianos, he de admirar, quienes, por largas superficies viajando
en esta sede
vuestra Tiro, en ésta vuestros prófugos penates pusisteis,
540ahora permitís que sin Marte
se os cautive? ¿O a vosotros, más áspera edad,
oh, jovénes, y
más cercana a la mía, a los que armas sostener,
no tirsos, y
de gálea cubriros, no de fronda, decoroso era?
Tened, os
ruego, presente, de qué estirpe fuisteis creados
y ánimos
cobrad de aquella, que a muchos perdió ella sola,
545la serpiente. Por sus
manantiales ella y su lago
pereció: mas
vosotros por la fama venced vuestra.
Ella dio a la
muerte a valientes; vosotros rechazad a unos débiles
y el honor
retened patrio. Si los hados vedaban
que se alce
largo tiempo Tebas, ojalá que máquinas y hombres
550sus murallas derruyeran, y
hierro y fuego sonaran.
Seríamos
desgraciados sin crimen y nuestra suerte de lamentar,
no de esconder
habríamos, y nuestras lágrimas de pudor carecerían;
mas ahora
Tebas es cautivada por un muchacho inerme,
al que ni las
guerras agradan ni las armas ni el uso de caballos,
555sino empapado de mirra el
pelo y las muelles coronas
y la púrpura y
entretejido en las pintas ropas el oro,
al cual,
ciertamente, yo ahora mismo –vosotros sólo apartaos– obligaré
a que supuesto
a su padre, e inventados sus sacrificios, confiese.
¿Es que
bastante valor Acrisio tiene para desdeñar el vano
560numen, y las argólicas
puertas, al venir, cerrarle,
y a Penteo
aterrorizará, con toda Tebas, ese extranjero?
Id rápidos –a
sus sirvientes esto impera–, id y a su jefe
atraed aquí
atado. De mis órdenes la demora lenta se aparte.”
A él su abuelo, a él Atamante, a él la
restante multitud de los suyos
565lo corren con sus razones y
en vano por contenerlo se esfuerzan;
más áspera con
la advertencia es, y se excita retenida
y crece su
rabia, y las moderaciones mismas perjudiciales eran:
así yo al
torrente, por donde nada se le oponía al él pasar,
más dulcemente
y con módico estrépito bajar he visto;
570mas, por donde quiera que un
tronco o en contra erigidas rocas lo sujetaban,
espúmeo e
hirviente y por el impedimento más salvaje iba.
He aquí que cruentos vuelven y, Baco dónde
estuviera,
a su señor,
que preguntaba, que a Baco habían visto negaron.
“A éste”,
dijeron, “aun así, su compañero y servidor de sus sacrificios
575capturamos”, y entregan, las
manos tras la espalda atadas,
los
sacrificios del dios a uno, del tirreno pueblo, que había seguido.
Lo contempla a él Penteo, con ojos que la
ira estremecedores
hiciera, y
aunque de los castigos apenas los tiempos difiere:
“Oh, quien has
de morir y que con la muerte tuya has de dar enseñanza a otros”,
580dice, “revela tu nombre y el
nombre de tus padres
y tu patria,
y, de costumbre nueva, por qué estos sacrificios frecuentas.”
Los navegantes tirrenos
Él, de miedo vacío: “El nombre mío”, dijo,
“Acetes,
mi patria
Meonia es, de la humilde plebe mis padres.
No a mí, que
duros novillos cultivaran, mi padre campos,
585o lanadas greyes, no manadas
algunas me dejó;
pobre también
él fue y con lino solía y anzuelos
engañar, y con
cálamo coger, saltarines peces.
Esta arte suya
su hacienda era; al transmitirme su arte:
“Recibe, las
que tengo, de mi esfuerzo sucesor y heredero”,
590dijo, “estas riquezas”, y al
morir a mí nada él me dejó
salvo aguas:
sólo esto puedo denominar paterno.
Pronto yo,
para no en las peñas quedarme siempre mismas,
aprendí además
el gobernalle de la quilla, por mi diestra moderado,
a guiar, y de
la Cabra Olenia la estrella pluvial,
595y Taígete y las Híadas y en
mis ojos la Ursa anoté,
y de los
vientos las casas, y los puertos para las popas aptos.
Por azar yendo
a Delos, de la quía tierra a las orillas
me acoplo, y
me acerco a los litorales con diestros remos,
y doy unos
leves saltos y me meto en la húmeda arena:
600la noche cuando consumida
fue –la Aurora a rojecer a lo primero
empezaba–, me
levanto, y linfas que traigan recientes
encomiendo, y
les muestro la ruta que lleve a esas ondas;
yo, qué el
aura a mí prometa, desde un túmulo alto
exploro, y a
los compañeros llamo y regreso a la quilla.
605“Aquí estamos”, dice de los
socios el primero, Ofeltes,
y, según cree
que botín en el desierto campo hallado ha,
de virgínea
hermosura a un muchacho conduce por los litorales.
Él, de vino
puro y sueño pesado, titubar parece,
y apenas
seguirle; miro su ornato, su faz y su paso:
610nada allí que creerse
pudiera mortal veía.
Lo sentí y lo
dije a mis socios: “Qué numen en este
cuerpo hay,
dudo; pero en el cuerpo este una divinidad hay.
Quien quiera
que eres, oh, sénos propicio, y nuestros afanes asiste;
a estos
también des tu venia.” “Por nosotros deja de suplicar”,
615Dictis dice, que él no otro
en ascender a lo alto
de las entenas
más raudo, y estrechando la escota descender;
esto Libis,
esto el flavo, de la proa tutela, Melanto,
esto aprueba
Alcimedonte y quien descanso y ritmo
con su voz
daba a los remos, de los ánimos estímulo, Epopeo,
620esto todos los otros: de
botín tan ciego el deseo es.
“No, aun así,
que este pino se viole con su sagrado peso
toleraré”,
dije; “la parte mía aquí la mayor es del derecho”,
y en la
entrada me opongo a ellos. Se enfurece el más audaz de todo
el grupo,
Licabas, que expulsado de su toscana ciudad,
625exilio como castigo por un
siniestro asesinato cumplía.
Él a mí,
mientras resisto, con su juvenil puño la garganta
me rompió, y
golpeado me habría mandado a las superficies si no
me hubiera yo
quedado, aunque amente, en una cuerda retenido.
La impía
multitud aprueba el hecho; entonces por fin Baco,
630pues Baco fuera, cual si por
el clamor disipado
sea el sopor,
y del vino vuelvan a su pecho sus sentidos,
“¿Qué hacéis?
¿Cuál este clamor?”, dice. “Por qué medio, decid,
aquí he
arribado? ¿A dónde a llevarme os disponéis?”
“Deja tu
miedo”, Proreo, “y qué puertos alcanzar,
635di, quieres”, dijo, “en la
tierra pedida se te dejará.”
“A Naxos”,
dice Líber, “los cursos volved vuestros.
Aquella la
casa mía es, para vosotros será hospitalaria tierra.”
Por el mar,
falaces, y por todos los númenes juran
que así sería,
y a mí me ordenan a la pinta quilla dar velas.
640Diestra Naxos estaba: por la
diestra a mí, que linos daba:
“¿Qué haces,
oh demente? ¿Qué furor hay en ti” dice, “Acetes?”
Por sí cada
uno teme: “A la izquierda ve.” La mayor parte
con un gesto
me indica, parte qué quiere en el oído me susurra.
Quedéme
suspendido y: “Coja alguno los gobernalles”, dije,
645y del ministerio de la
impiedad y del de mi arte me privé.
Me increpan
todos, y todo murmura el grupo,
de los cuales
Etalión: “Así es que toda en ti solo
nuestra
salvación depositada está”, dice, y sube y él mismo la obra
cumple mía y
Naxos abandonada, marcha a lo opuesto.
650Entonces el dios,
burlándose, como si ahora al fin el engaño
sintiera,
desde la popa combada el ponto explora,
y al que llora
semejante: “No estos litorales, marineros”,
“a mí me
prometisteis”, dice, “no esta tierra por mí rogada ha sido”
¿Por qué hecho
he merecido este castigo? ¿Cuál la gloria vuestra es,
655si a un muchacho unos
jóvenes, si muchos engañáis a uno?”
Hacía tiempo
lloraba yo: de las lágrimas nuestras ese puñado impío
se ríe y
empuja las superficies con apresurados remos.
Por él mismo a
ti ahora –y no más presente que él
hay un dios–
te juro, que tan verdaderas cosas yo a ti te refiero
660como mayores que de la
verdad la fe: se quedó quieta en la superficie la popa
no de otro
modo que si su seco astillero la retuviera.
Ellos,
asombrándose, de los remos en el golpe persisten
y las velas
bajan, y con geminada ayuda correr intentan.
Impiden
hiedras los remos y con su nexo recurvo
665serpean y con grávidos
corimbos separan las velas.
Él, de
racimadas uvas su frente circundado,
agita su
velada asta de pampíneas frondas;
del cual
alrededor, tigres y apariencias inanes de linces,
y de pintas
panteras yacen los fieros cuerpos.
670Fuera saltaron los hombres,
bien si esto la insania hizo
o si el temor,
y el primero Medón a negrecer empezó
por el cuerpo
y en una prominente curvatura de su espina a doblarse
empieza. A
éste Licabas: “¿En qué portentos”, dijo,
“te tornas?”,
y anchas las comisuras y encorvada del que hablaba
675la nariz era y escama su
piel endurecida sacaba.
Mas Libis, que
se resistían, mientras quiere revolver los remos,
a un espacio
breve atrás saltar sus manos vio, y que ellas
ya no eran
manos, que ya aletas podían llamarse.
Otro, a las
enroscadas cuerdas deseando echar los brazos,
680brazos no tenía y,
recorvado, con un trunco cuerpo
a las olas
saltó: falcada en lo postrero su cola es,
cuales de la
demediada luna se curvan los cuernos.
Por todos
lados dan saltos y con su mucha aspersión todo rocían
y emergen otra
vez y regresan bajo las superficies de nuevo
685y de un coro en la
apariencia juegan y retozones lanzan
sus cuerpos y
el recibido mar por sus anchas narinas exhalan.
De hace poco
veinte –pues tantos la balsa aquella llevaba–
quedaba solo
yo: pávido y helado, temblándome
el cuerpo, y
apenas en mí, me afirma el dios, “Sacude”, diciendo,
690“de tu corazón el miedo y
Día alcanza.” Arribado a ella
accedí a sus
sacrificios y los báqueos sacrificios frecuento.”
Penteo y Baco (ii)
“Hemos prestado a tus largos”, Penteo,
“rodeos oídos”
dice, “para
que mi ira con la demora fuerzas soltar pudiera.
De cabeza,
servidores, llevaos a éste, y tras ser torturados con siniestros
695tormentos sus miembros,
bajadlos a estigia noche.”
En seguida,
arrastrado el tirreno Acetes, en sólidos
techos es
encerrado; y mientras los crueles instrumentos
de la ordenada
muerte y hierro y fuegos se preparan,
por sí mismas
se abrieron las puertas y deslizáronse de sus brazos,
700por sí mismas, fama es, sin
que nadie las soltara, sus cadenas.
Persiste el Equiónida y no ya ordena ir,
sino que él mismo
camina adonde,
elegido para hacerse los sacrificios, el Citerón
con cantos y
clara de las bacantes la voz sonaba.
Como brama
áspero el caballo cuando, bélico, con su bronce canoro,
705señales dio el trompeta, y
de la batalla cobra el amor,
a Penteo así,
herido por los largos aullidos, el éter
conmueve, y
oído el clamor de nuevo se encandeció su ira.
Del monte casi en la mitad hay, con
espesuras los extremos ciñendo,
puro de
árboles, visible de todas partes, un llano:
710Aquí a él, que con ojos
profanos contemplaba los sacrificios,
la primera
vio, la primera arrojóse con insana carrera,
la primera al
Penteo suyo violentó arrojándole su tirso
su madre y:
“Oh, gemelas hermanas”, clamó, “acudid.
Ese jabalí que
en nuestros campos vaga, inmenso,
715ese jabalí yo de herir he.”
Se lanza toda contra uno solo
la multitud
enfurecida, todas se unen y tembloroso le persiguen,
ya tembloroso,
ya palabras menos violentas diciendo,
ya a sí
condenándose, ya que él había pecado confesando.
Herido él, aun
así: “Préstame ayuda, tía”, dijo,
720“Autónoe. Muevan tus ánimos
de Acteón las sombras.”
Ella qué
Acteón no sabe y la diestra del que suplicaba
arrancó, de
Ino lacerada fue la otra por el rapto.
No tiene,
infeliz, qué brazos a su madre tender,
sino truncas
mostrando las heridas de los arrebatados miembros:
725“Contémplame, madre”, dice.
A aquello que vio aulló Ágave
y su cuello
agitó y movió por los aires su melena,
y arrancándole
la cabeza, a ella abrazada con dedos cruentos
clama: “Io, compañeras, esta obra la victoria
nuestra es.”
No más rápido
unas frondas, por el frío del otoño tocadas,
730y ya mal sujetas, las
arrebata de su alto árbol el viento,
que fueron los
miembros del hombre por manos nefandas despedazados.
Con tales ejemplos advertidas los nuevos
sacrificios frecuentan
e inciensos
dan y honran las Isménides las santas aras.
Libro
cuarto
___
Las hijas de Minias (i)
Mas no Alcítoe la Mineia estima que las
orgias
deban acogerse
del dios, sino que todavía, temeraria, que Baco
progenie sea
de Júpiter niega y socias a sus hermanas
de su impiedad
tiene. La fiesta celebrar el sacerdote
5–y, descargadas de los trabajos suyos, a las
sirvientas y sus dueñas
sus pechos con
piel cubrirse, sus cintas para el pelo desatarse,
guirnaldas en
su melena, en sus manos poner frondosos tirsos–
había
ordenado, y que salvaje sería del dios ofendido la ira
vaticinado
había: obedecen madres y nueras
10y sus telas y cestos y los no hechos pesos de hilo
guardan,
e inciensos
dan, y a Baco llaman, y a Bromio, y a Lieo,
y al hijo del
fuego y al engendrado dos veces y al único bimadre;
se añade a
éstos Niseo, e intonsurado Tioneo
y, con Leneo,
el natal plantador de la uva
15y Nictelio y padre Eleleo y Iaco y Euhan
y cuantos
además, numerosos, por los griegos pueblos
nombres,
Líber, tienes; pues tuya la inagotable juventud es,
tú muchacho
eterno, tú el más hermoso en el alto cielo
contemplado
eres; cuando sin cuernos estás, virgínea
20la cabeza tuya es; el Oriente por ti fue vencido,
hasta allí,
donde la
decolor India se ciñe del extremo Ganges.
A Penteo tú,
venerando, y a Licurgo, el de hacha de doble ala,
sacrílegos,
inmolas, y los cuerpos de los tirrenos mandas
al mar, tú,
insignes por sus pintos frenos, de tus biyugues
25linces los cuellos oprimes. Las Bacas y los Sátiros te
siguen,
y el viejo que
con la caña, ebrio, sus titubantes miembros
sostiene, y no
fuertemente se sujeta a su encorvado burrito.
Por donde
quiera que entras, un clamor juvenil y, a una,
femeninas
voces y tímpanos pulsados por palmas,
30y cóncavos bronces suenan, y de largo taladro el boj.
“Plácido y suave”, ruegan las Isménides,
“vengas”,
y los
ordenados sacrificios honran; solas las Mineides, dentro,
turbando las
fiestas con intempestiva Minerva,
o sacan lanas
o las hebras con el pulgar viran
35o prendidas están de la tela, y a sus sirvientas con
labores urgen;
de las cuales
una, haciendo bajar el hilo con su ligero pulgar:
“Mientras
cesan otras e inventados sacrificios frecuentan,
nosotras
también a quienes Palas, mejor diosa, detiene”, dice,
“la útil obra
de las manos con varia conversación aliviemos
40y por turnos algo, que los tiempos largos parecer
no permita, en
medio contemos para nuestros vacíos oídos.”
Lo dicho
aprueban y la primera le mandan narrar sus hermanas.
Ella qué, de
entre muchas cosas, cuente –pues muchísimas conocía–
considera, y
en duda está de si de ti, babilonia, narrar,
45Dércetis, quien los Palestinos creen que, tornada su
figura,
con escamas
que cubrían sus miembros removió los pantanos,
o más bien de
cómo la hija de aquélla, asumiendo alas,
sus extremos
años en las altas torres pasara,
o acaso cómo
una náyade con su canto y sus demasiado poderosas hierbas
50tornara unos juveniles cuerpos en tácitos peces
hasta que lo
mismo padeció ella, o, acaso, el que frutos blancos llevaba,
cómo ahora
negros los lleva por contacto de la sangre, ese árbol:
esto elige;
ésta, puesto que una vulgar fábula no es,
de tales modos
comenzó, mientras la lana sus hilos seguía:
Píramo y Tisbe
55“Píramo y Tisbe, de los jóvenes el más bello el uno,
la otra, de
las que el Oriente tuvo, preferida entre las muchachas,
contiguas
tuvieron sus casas, donde se dice que
con cerámicos
muros ciñó Semíramis su alta ciudad.
El
conocimiento y los primeros pasos la vecindad los hizo,
60con el tiempo creció el amor; y sus teas también,
según derecho, se hubieran unido
pero lo
vetaron sus padres; lo que no pudieron vetar:
por igual
ardían, cautivas sus mentes, ambos.
Cómplice
alguno no hay; por gesto y señales hablan,
y mientras más
se tapa, tapado más bulle el fuego.
65Hendida estaba por una tenue rendija, que ella había
producido en otro tiempo,
cuando se
hacía, la pared común de una y otra casa.
Tal defecto,
por nadie a través de siglos largos notado
–¿qué no
siente el amor?–, los primeros lo visteis los amantes
y de la voz lo
hicisteis camino, y seguras por él
70en murmullo mínimo vuestras ternuras atravesar solían.
Muchas veces,
cuando estaban apostados de aquí Tisbe, Píramo de allí,
y por turnos
fuera buscado el anhélito de la boca:
“Envidiosa”,
decían, “pared, ¿por qué a los amantes te opones?
¿Cuánto era
que permitieses que con todo el cuerpo nos uniéramos,
75o esto si demasiado es, siquier que, para que besos
nos diéramos, te abrieras?
Y no somos
ingratos: que a ti nosotros debemos confesamos,
el que dado
fue el tránsito a nuestras palabras hasta los oídos amigos.
Tales cosas desde su opuesta sede en vano
diciendo,
al anochecer
dijeron “adiós” y a la parte suya dieron
80unos besos cada uno que no arribarían en contra.
La siguiente
Aurora había retirado los nocturnos fuegos,
y el sol las
pruinosas hierbas con sus rayos había secado.
Junto al
acostumbrado lugar se unieron. Entonces con un murmullo pequeño,
de muchas
cosas antes quejándose, establecen que en la noche silente
85burlar a los guardas y de sus puertas fuera salir
intenten,
y que cuando
de la casa hayan salido, de la ciudad también los techos abandonen,
y para que no
hayan de vagar recorriendo un ancho campo,
que se reúnan
junto al crematorio de Nino y se escondan bajo la sombra
del árbol: un
árbol allí, fecundísimo de níveas frutas,
90un arduo moral, había, colindante a una helada
fontana.
Los acuerdos
aprueban; y la luz, que tarde les pareció marcharse,
se precipita a
las aguas, y de las aguas mismas sale la noche.
Astuta, por las tinieblas, girando el
gozne, Tisbe
sale y burla a
los suyos y, cubierto su rostro,
95llega al túmulo, y bajo el árbol dicho se sienta.
Audaz la hacía
el amor. He aquí que llega una leona,
de la reciente
matanza de unas reses manchadas sus espumantes comisuras,
que iba a
deshacerse de su sed en la onda del vecino hontanar;
a ella, de
lejos, a los rayos de la luna, la babilonia Tisbe
100la ve, y con tímido pie huye
a una oscura caverna
y mientras
huye, de su espalda resbalados, sus velos abandona.
Cuando la
leona salvaje su sed con mucha onda contuvo,
mientras
vuelve a las espesuras, encontrados por azar sin ella misma,
con su boca
cruenta desgarró los tenues atuendos.
105Él, que más tarde había
salido, huellas vio en el alto
polvo ciertas
de fiera y en todo su rostro palideció
Príamo; pero
cuando la prenda también, de sangre teñida,
encontró: “Una
misma noche a los dos”, dice, “amantes perderá,
de quienes
ella fue la más digna de una larga vida;
110mi vida dañina es. Yo,
triste de ti, te he perdido,
que a lugares
llenos de miedo hice que de noche vinieras
y no el
primero aquí llegué. ¡Destrozad mi cuerpo
y mis malditas
entrañas devorad con fiero mordisco,
oh, cuantos
leones habitáis bajo esta peña!
115Pero de un cobarde es pedir
la muerte.” Los velos de Tisbe
recoge, y del
pactado árbol a la sombra consigo los lleva,
y cuando dio
lágrimas, dio besos a la conocida prenda:
“Recibe ahora”
dice “ también de nuestra sangre el sorbo”,
y, del que
estaba ceñido, se hundió en los costados su hierro,
120y sin demora, muriendo, de
su hirviente herida lo sacó,
y quedó
tendido de espalda al suelo: su crúor fulgura alto,
no de otro
modo que cuando un caño de plomo defectuoso
se hiende, y
por el tenue, estridente taladro, largas
aguas lanza y
con sus golpes los aires rompe.
125Las crías del árbol, por la
aspersión de la sangría, en negra
faz se tornan,
y humedecida de sangre su raíz,
de un purpúreo
color tiñe las colgantes moras.
He aquí que, su miedo aún no dejado, por
no burlar a su amante,
ella vuelve, y
al joven con sus ojos y ánimo busca,
130y por narrarle qué grandes
peligros ha evitado está ansiosa;
y aunque el
lugar reconoce, y en el visto árbol su forma,
igualmente la
hace dudar del fruto el color: fija se queda en si él es.
Mientras duda,
unos trémulos miembros ve palpitar
en el cruento
suelo y atrás su pie lleva, y una cara que el boj
135más pálida portando se
estremece, de la superficie en el modo,
que tiembla
cuando lo más alto de ella una exigua aura toca.
Pero después
de que, demorada, los amores reconoció suyos,
sacude con
sonoro golpe, indignos, sus brazos
y
desgarrándose el cabello y abrazando el cuerpo amado
140sus heridas colmó de
lágrimas, y con su llanto el crúor
mezcló, y en
su helado rostro besos prendiendo:
“Píramo”,
clamó, “¿qué azar a ti de mí te ha arrancado?
Píramo,
responde. La Tisbe tuya a ti, queridísimo,
te nombra;
escucha, y tu rostro yacente levanta.”
145Al nombre de Tisbe sus ojos,
ya por la muerte pesados,
Píramo irguió,
y vista ella los volvió a velar.
La cual, después de que la prenda suya
reconoció y vacío
de su espada
vio el marfil: “Tu propia a ti mano”, dice, “y el amor,
te ha perdido,
desdichado. Hay también en mí, fuerte para solo
150esto, una mano, hay también
amor: dará él para las heridas fuerzas.
Seguiré al
extinguido, y de la muerte tuya tristísima se me dirá
causa y
compañera, y quien de mí con la muerte sola
serme
arrancado, ay, podías, habrás podido ni con la muerte serme arrancado.
Esto, aun así,
con las palabras de ambos sed rogados,
155oh, muy tristes padres mío y
de él,
que a los que
un seguro amor, a los que la hora postrera unió,
de
depositarles en un túmulo mismo no os enojéis;
mas tú, árbol
que con tus ramas el lamentable cuerpo
ahora cubres
de uno solo –pronto has de cubrir de dos–,
160las señales mantén de la
sangría, y endrinas, y para los lutos aptas,
siempre ten
tus crías, testimonios del gemelo crúor”,
dijo, y
ajustada la punta bajo lo hondo de su pecho
se postró
sobre el hierro que todavía de la sangría estaba tibio.
Sus votos, aun
así, conmovieron a los dioses, conmovieron a los padres,
165pues el color en el fruto
es, cuando ya ha madurado, negro,
y lo que a sus
piras resta descansa en una sola urna.”
Los amores del Sol. Marte y Venus.
Leucótoe. Clítie
Había cesado, e intermedio hubo un breve
tiempo, y empezó
a hablar
Leucónoe; su voz contuvieron las hermanas.
“A éste
también, que templa todas las cosas con su sidérea luz,
170cautivó el amor, al Sol: del
Sol contaremos los amores.
El primero que
el adulterio de Venus con Marte vio
se cree este
dios; ve este dios todas las cosas el primero.
Hondo se dolió
del hecho y al marido, descendencia de Juno,
los hurtos de
su lecho y del hurto el lugar mostró; mas a aquél,
175su razón y la obra que su
fabril diestra sostenía,
se le cayeron:
al punto gráciles de bronce unas cadenas,
y redes y
lazos que las luces burlar pudieran
lima –no
aquella obra vencerían las más tenues
hebras, no la
que cuelga de la más alta viga telaraña–
180y que a los ligeros tactos
pequeños movimientos obedezcan
consigue, y el
lecho circundando las coloca con arte.
Cuando
llegaron a este lecho, al mismo, su esposa y el adúltero,
con el arte
del marido y las ataduras preparadas de novedosa manera,
en mitad de
sus abrazos ambos sorprendidos quedan.
185El Lemnio al punto sus
puertas marfileñas abrió
y admitió a
los dioses; ellos yacían enlazados
indecentemente,
y algunos de entre los dioses no tristes desea
así hacerse
indecente... Los altísimos rieron y largo tiempo
ésta fue
conocidísima hablilla en todo el cielo.
190“Lleva a cabo la Citereia,
de la de delación, un castigo vengador,
y, por turnos,
a aquél que hirió sus escondidos amores
hiere con amor
semejante. ¿De qué ahora, de Hiperión el nacido,
tu hermosura y
tu color a ti, y tus radiadas luces te sirven?
Así es que tú,
quien con tus fuegos todas las tierras abrasas,
195abrásaste con un fuego
nuevo, y quien todas las cosas divisar debes,
a Leucótoe
contemplas y clavas en una doncella sola,
los que al
cosmos debes, ojos: ya te levantas más tempranamente
del auroral
cielo, ya más tarde caes a las ondas,
y por tu
demora en contemplarla alargas las invernales horas;
200desfalleces a las veces, y
el mal de tu mente a tus luces
pasa, y,
oscuro, los mortales pechos aterras,
y no porque a
ti de la luna la imagen más cercana a las tierras
se haya
opuesto palideces: hace tal color el amor este.
Quieres a ésta
sola, y no a ti Clímene, y Rodas,
205ni te retiene la genetriz,
bellísima, de la Eea Circe,
y la que tus
concúbitos, Clitie, aunque despreciada
buscaba, y que
en el mismo tiempo aquel una grave herida
tenía:
Leucótoe, de muchas, los olvidos hizo,
a la cual, del
pueblo aromático, en parto dio a luz,
210hermosísima, Eurínome; pero
después de que la hija creció,
cuanto la
madre a todas, tanto a la madre la hija vencía.
Rigió las
aquemenias ciudades su padre Órcamo y él
el séptimo
desde su primitivo origen, desde Belo, se numera.
Bajo el eje
Vespertino están los pastos de los caballos del Sol:
215ambrosia en vez de hierba
tienen; ella sus cansados miembros
de los diurnos
menesteres nutre y los repara para su labor.
Y mientras los
cuadrípedes allí celestes pastos arrancan
y la noche su
turno cumple, en los tálamos el dios penetra amados,
tornado en la
faz de Eurínome, la genetriz, y entre
220una docena de sirvientas, a
Leucótoe, a las luces, divisa,
que ligeras
hebras sacaba, girando el huso.
Así pues,
cuando cual una madre hubo dado besos a su querida hija:
“Un asunto”,
dice “arcano es: sirvientas, retiraos, y no
arrebatad el
arbitrio a una madre de cosas secretas hablar.”
225Habían obedecido, y el dios,
el tálamo sin testigo dejado:
“Aquel yo
soy”, dijo, “que mido el largo año,
todas las
cosas quien veo, por quien ve todo la tierra,
del cosmos el
ojo: a mí, créeme, complaces.” Se asusta ella y del miedo
la rueca y el
huso cayeron de sus dedos remisos.
230El propio temor decor le
fue, y no más largamente él demorándose
a su verdadero
aspecto regresó y a su acostumbrado nitor;
mas la virgen,
aunque aterrada por la inesperada visión,
vencida por el
nitor del dios, dejando su lamento, su fuerza sufrió.
“Se enojó Clitie, pues tampoco moderado
había sido
235en ella del Sol el amor, y
acuciada de la rival por la ira,
divulga el
adulterio y a la difamada ante su padre
acusa; él,
feroz e implacable, a la que suplicaba
y tendía las
manos a las luces del Sol y que: “Él
fuerza me hizo
contra mi voluntad”, decía, la sepultó, sanguinario,
240bajo alta tierra y un túmulo
encima añade de pesada arena.
Lo disipa con
sus rayos de Hiperión el nacido y camino
te da a ti por
donde puedas sacar tu sepultado rostro;
y tú ya no
podías, matada tu cabeza por el peso de la tierra,
ninfa,
levantarla, y cuerpo exangüe yacías:
245nada que aquello más
doliente se cuenta que el moderador de los voladores
caballos,
después de los fuegos de Faetonte, había visto.
Él ciertamente
los gélidos miembros intenta, si pueda,
de sus radios
con las fuerzas, retornar al vivo calor;
pero, puesto
que a tan grandes intentos el hado se opone,
250con néctar aromado asperjó
su cuerpo y el lugar,
y de muchas
cosas antes lamentándose: “Tocarás, aun así, el éter”, dijo.
En seguida,
imbuido del celeste néctar el cuerpo
se licueció y
la tierra humedeció con su aroma,
y una vara a
través de los terrones, insensiblemente, con raíces en ella hechas,
255de incienso, se irguió, y el
túmulo con su punta rompió.
Mas a Clitie, aunque el amor excusar su
dolor,
y su delación
el dolor podía, no más veces el autor de la luz
acudió y de
Venus la moderación a sí mismo se hizo en ella.
Se consumió
desde de aquello, demencialmente de sus amores haciendo uso,
260sin soportar ella a las
ninfas, y bajo Júpiter noche y día
se sentó en el
suelo desnuda, desnudos, despeinada, sus cabellos,
y durante
nueve luces sin probar agua ni alimento,
con mero rocío
y las lágrimas suyas sus ayunos cebó
y no se movió
del suelo; sólo contemplaba del dios
265el rostro al pasar y los
semblantes suyos giraba a él.
Sus miembros,
cuentan, se prendieron al suelo, y una lívida palidez
vertió parte
de su color a las exangües hierbas;
tiene en parte
un rubor, y su cara una flor muy semejante a la violeta cubre.
Ella, aunque
por una raíz está retenida, al Sol
270se vuelve suyo y mutada
conserva su amor.”
Las hijas de Minias (ii)
Había dicho, y el hecho admirable había
cautivado los oídos.
Parte que
ocurrir pudiera niegan, parte, que todo los verdaderos
dioses pueden,
recuerdan: pero no también Baco entre ellos.
Se reclama a Alcítoe, después de que
callaron sus hermanas.
275La cual, por el radio
haciendo correr las hebras de la tela puesta:
“Por
divulgados callo”, dijo, “del pastor Dafnis del
Ida los
amores, a quien su ninfa por la ira de su rival
confirió a una
roca: tan gran dolor abrasa a los amantes;
y no hablo de
cómo en otro tiempo, innovada la ley de la naturaleza,
280ambiguo fuera, ora hombre,
ora mujer Sitón.
A ti también,
ahora acero, en otro tiempo fidelísimo al pequeño
Júpiter,
Celmis, y a los Curetes, engendrados por larga lluvia,
y a Croco, en
pequeñas flores, con Esmílace, tornado:
a todos dejo
de lado, y vuestros ánimos con una dulce novedad retendré.
Sálmacis y Hermafrodito
285De dónde que infame sea, por
qué con sus poco fuertes ondas
Sálmacis
enerva y ablanda los miembros por ella tocados,
aprended. La
causa se ignora; el poder es conocidísimo del manantial.
A un niño, de
Mercurio y la divina Citereide nacido,
las náyades
nutrieron bajo las cavernas del Ida,
290del cual era la faz en la
que su madre y padre
conocerse
pudieran; su nombre también trajo de ellos.
Él, en cuanto
los tres quinquenios hizo, los montes
abandonó
patrios y, el Ida, su nodriza, dejado atrás,
de errar por
desconocidos lugares, de desconocidas corrientes
295ver, gozaba, su interés
aminorando la fatiga.
Él incluso a
las licias ciudades, y a Licia cercanos, los carios
llega: ve aquí
un pantano, de una linfa diáfana
hasta el
profundo suelo. No allí caña palustre,
ni estériles
ovas, ni de aguda cúspide juncos:
300perspicuo licor es; lo
último, aun así, del pantano, de vivo
césped se
ciñe, y de siempre verdeantes hierbas.
Una ninfa lo
honra, pero ni para las cacerías apta ni que los arcos
doblar suela
ni que competir en la carrera,
y única de las
náyades no conocida para la veloz Diana. 305
305A menudo a ella, fama es, le
dijeron sus hermanas:
“Sálmacis, o
la jabalina o las pintas aljabas coge,
y con duras
cacerías tus ocios mezcla.”
Ni la jabalina
coge ni las pintas ella aljabas,
ni con duras
cacerías sus ocios mezcla,
310sino ora en la fontana suya
sus hermosos miembros lava,
a menudo con
peine del Citoro alisa sus cabellos
y qué le
sienta bien consulta a las ondas que contempla,
ahora,
circundando su cuerpo de un muy diáfano atuendo,
bien en las
mullidas hojas, bien en las mullidas se postra hierbas,
315a menudo coge flores. Y
entonces también por azar las cogía
cuando al
muchacho vio, y visto deseó tenerlo.
Aun así, no antes se acercó, aunque tenía
prisa por acercarse,
de que se hubo
compuesto, de que alrededor se contempló los atuendos,
y fingió su
rostro, y mereció el hermosa parecer.
320Entonces, así empezando a
hablar: “Muchacho, oh, dignísimo de que se crea
que eres un
dios, o si tú dios eres, puedes ser Cupido,
o si eres
mortal, quienes te engendraron dichosos,
y tu hermano
feliz, y afortunada seguro
si alguna tú
hermana tienes, y la que te dio sus pechos, tu nodriza;
325pero mucho más que todos, y
mucho más dichosa aquélla,
si alguna tú
prometida tienes, si a alguna dignarás con tu antorcha,
ésta tú, si es
que alguna tienes, sea furtivo mi placer,
o si ninguna
tienes, yo lo sea, y en el tálamo mismo entremos.”
La náyade
después de esto calló; del muchacho un rubor la cara señaló
330–pues no sabe qué el amor–,
pero también enrojecer para su decor era.
Ese color el
de los suspendidos frutos de un soleado árbol,
o el del
marfil teñido es, o, en su candor, cuando en vano
resuenan los
bronces auxiliares, el de la rojeciente luna.
A la ninfa,
que reclamaba sin fin de hermana, al menos,
335besos, y ya las manos a su
cuello de marfil le echaba:
“¿Cesas, o
huyo, y contigo”, dice él, “esto dejo?”
Sálmacis se
atemorizó y: “Los lugares estos a ti libres te entrego,
huésped”,
dice, y simula marcharse su paso tornando;
entonces
también, mirando atrás, y recóndita ella de arbustos en una espesura,
340se ocultó y en doblando la
rodilla se abajó. Mas él,
claro está,
como inobservado y en las vacías hierbas,
aquí va y allá
y acullá, y en las retozonas ondas
las solas
plantas de sus pies y hasta el tobillo baña;
sin demora,
por la templanza de las blandas aguas cautivado,
345sus suaves vestimentas de su
tierno cuerpo desprende.
Entonces en
verdad complació él, y de su desnuda figura por el deseo
Sálmacis se
abrasó; flagran también los ojos de la ninfa
no de otro
modo que cuando nitidísimo en el puro orbe
en la opuesta
imagen de un espejo se refleja Febo;
350y apenas la demora soporta,
apenas ya sus goces difiere,
ya desea
abrazarle, ya a sí misma mal se contiene, amente.
Él, veloz, con
huecas palmas palmeándose su cuerpo
abajo
salta, y a las linfas alternos brazos
llevando
en las
líquidas aguas se trasluce, como si alguien unas marfileñas
355estatuas cubra, o cándidos
lirios, con un claro vidrio.
“Hemos vencido
y mío es” exclama la náyade, y toda
ropa lejos
lanzando, en mitad se mete de las ondas
y al que lucha
retiene y disputados besos le arranca
y le sujeta
las manos y su involuntario pecho toca,
360y ahora por aquí del joven
alrededor, ahora se derrama por allá;
finalmente,
debatiéndose él en contra y desasirse queriendo,
lo abraza como
una serpiente, a la que sostiene la regia ave y
elevada la
arrebata: colgando, la cabeza ella y los pies
le enlaza y
con la cola le abraza las expandidas alas;
365o como suelen las hiedras
entretejer los largos troncos
y como bajo
las superficies el pulpo su apresado enemigo
contiene, de
toda parte enviándole sus flagelos.
Persiste el
Atlantíada y sus esperados goces a la ninfa
deniega; ella
aprieta, y acoplada con el cuerpo todo,
370tal como estaba prendida:
“Aunque luches, malvado”, dijo,
“no, aun así,
escaparás. Así, dioses, lo ordenéis, y a él
ningún día de
mí, ni a mí separe de él.”
Los votos
tuvieron sus dioses, pues, mezclados, de los dos
los cuerpos se
unieron y una faz se introduce en ellos
375única; como si alguien, que
juntos conduce en una corteza unas ramas,
al crecer,
juntarse ellas, y al par desarrollarse contempla,
así, cuando en
un abrazo tenaz se unieron sus miembros,
ni dos son,
sino su forma doble, ni que mujer decirse
ni que
muchacho, pueda, y ni lo uno y lo otro, y también lo uno y lo otro, parece.
380Así pues, cuando a él las
fluentes ondas, adonde hombre había descendido,
ve que
semihombre lo habían hecho, y que se ablandaron en ellas
sus miembros,
sus manos tendiendo, pero ya no con voz viril,
el
Hermafrodito dice: “Al nacido dad vuestro de regalos,
padre y
también genetriz, que de ambos el nombre tiene,
385que quien quiera que a estas
fontanas hombre llegara, salga de ahí
semihombre y
súbitamente se ablande, tocadas, en las aguas.”
Conmovidos
ambos padres, de su nacido biforme válidas las palabras
hicieron y con
una incierta droga la fontana tiñeron.”
Las hijas de Minias (iii)
El fin era de sus palabras, y todavía de
Minias la prole
390apresura la tarea y
desprecia al dios y su fiesta profana,
cuando unos
tímpanos súbitamente, no visibles, con roncos
sonidos en
contra rugen, y la flauta de combado cuerno,
y tintineantes
bronces suenan; aroman las mirras y los azafranes
y, cosa que el
crédito mayor, empezaron a verdecer las telas
395y, de hiedra en la faz, a
cubrirse de frondas la veste suspendida;
parte acaba en
vides, y los que poco antes hilos fueron,
en sarmiento
se mutan; de la hebra un pámpano sale;
la púrpura su
fulgor acomoda a las pintas uvas.
Y ya el día
pasado había y el tiempo llegaba
400al que tú ni tinieblas, ni
le pudieras decir luz,
sino con la
luz, aun así, los confines de la dudosa noche:
los techos de
repente ser sacudidos, y las grasas lámparas arder
parecen, y con
rútilos fuegos resplandecer las mansiones,
y falsos
espectros de salvajes fieras aullar:
405y ya hace tiempo se esconden
por las humeantes estancias las hermanas
y por diversos
lugares los fuegos y las luces evitan,
y mientras
buscan las tinieblas, una membrana por sus pequeñas articulaciones
se extiende e
incluye sus brazos en una tenue ala;
y, de qué en
razón hayan perdido su vieja figura,
410saber no permiten las
tinieblas. No a ellas pluma las elevaba,
a sí se
sostenían, aun así, con perlúcidas alas,
y al intentar
hablar, mínima y según su cuerpo una voz
emiten, y
realizan sus leves lamentos con un estridor,
y los techos,
no las espesuras frecuentan, y la luz odiando,
415de noche vuelan y de la
avanzada tarde tienen el nombre.
Atamante e Ino
Entonces en verdad por toda Tebas de Baco
memorable
el numen era y
las grandes fuerzas del nuevo dios
su tía materna
narra por todas partes, y de tantas hermanas, ajena
ella sola al
dolor era: salvo al que le hicieron sus hermanas.
420Reparó en ella –que por sus
nacidos y el tálamo de Atamante tenía
subidos los
ánimos, y por su prohijado numen– Juno,
y no lo
soportó, y para sí: “¿Ha podido de una rival el nacido
tornar a los
meonios marineros y en el piélago sumergirlos,
y, para que
sean destrozadas, a su madre dar de su hijo las entrañas,
425y a las triples Mineides
cubrir con nuevas alas?
¿Nada habrá
podido Juno, sino no vengados llorar sus dolores?
¿Y esto para
mí bastante es? ¿Esta sola la potencia nuestra es?
Él mismo
enseña qué haga yo –lícito es también del enemigo aprender–,
y qué el furor
pueda, de Penteo con el asesinato bastante
430y de más ha mostrado: ¿por
qué no aguijonearle y que vaya
por los
consanguíneos ejemplos con sus propios furores Ino?
Hay una vía declive, nublada por el funesto
tejo:
lleva, a
través de mudos silencios, a las infiernas sedes;
la Estige
nieblas exhala, inerte, y las sombras recientes
435descienden allí y espectros
que han cumplido con sus sepulcros:
la palidez y
el invierno poseen ampliamente esos lugares espinosos y, nuevos,
por dónde sea
el camino, los manes ignoran, el que lleva a la estigia
ciudad, dónde
esté la fiera regia del negro Dis.
Mil entradas
la capaz ciudad, y abiertas por todos lados sus puertas
440tiene, y como los mares de
toda la tierra los ríos,
así todas las
almas el lugar acoge este, y no para pueblo
alguno exiguo
es, o que una multitud ingresa, siente.
Vagan
exangües, sin cuerpo y sin huesos, las sombras,
y una parte el
foro frecuentan, parte los techos del más bajo tirano,
445una parte algunas artes,
imitaciones de su antigua vida,
ejercen, a
otra parte una condena coerce.
Soporta ir allí, su sede celeste dejada
–tanto a sus
odios y a su ira daba–, la Saturnia Juno;
adonde una vez
que entró y por su sagrado cuerpo oprimido
450gimió el umbral, sus tres
caras Cérbero sacó
y tres
ladridos a la vez dio; ella a las Hermanas,
de la Noche
engendradas, llama, grave e implacable numen:
de la cárcel
ante las puertas cerradas con acero estaban sentadas,
y de sus
cabellos peinaban negras serpientes.
455A la cual una vez
reconocieron entre las sombras de la calina,
se pusieron de
pie las diosas; Sede Maldita se llama:
sus entrañas
ofrecía Titio para ser desgarradas, y sobre nueve
yugadas se
extendía; por ti, Tántalo, ningunas
aguas pueden
aprehenderse, y el que asoma huye, ese árbol;
460o buscas o empujas la que ha
de retornar, Sísifo, roca;
se gira Ixíon
y a sí mismo se persigue y huye,
y las que
preparar la muerte de sus primos osaron,
asiduas ondas,
que perderán, vuelven a buscar, las Bélides.
A los cuales todos después de que con una
mirada torva la Saturnia
465vio y antes de todos a
Ixíon, de vuelta desde aquél
a Sísifo
mirando: “¿Por qué éste, de sus hermanos”, dice,
“perpetuos
sufre castigos? A Atamante, el soberbio,
una regia rica
le tiene, quien a mí, con su esposa, siempre
me ha
despreciado”, y expone las causas de su odio y su camino
470y qué quiera: lo que querría
era que la regia de Cadmo
no siguiera en
pie y que a la fechoría arrastraran, a Atamante, unos furores.
Gobierno,
promesas, súplicas confunde en uno,
y solivianta a
las diosas: así, esto Juno habiendo dicho,
Tisífone, con
sus canos cabellos, como estaba, turbados,
475los movió y rechazó de su
cara las culebras que la estorbaban
y así: “no de
largos rodeos menester es”, dijo;
“hecho
considera cuanto ordenas; el inamable reino
abandona y
vuélvete de un cielo mejor a las auras.”
Alegre regresa
Juno, a la cual, en el cielo a entrar disponiéndose,
480con roradas aguas lustró la
Taumantíade Iris.
Y sin demora Tisífone, la importuna,
humedecida de sangre
toma una
antorcha, y de fluido crúor rojeciente
se pone el
manto, y con una torcida sierpe se enciñe,
y sale de la
casa. El Luto la acompaña a su paso
485y el Pavor y el Terror y con
tembloroso rostro la Insania.
En el umbral
se había apostado: las jambas que temblaron se cuenta
del Eolio, y
una palidez inficionó las puertas de arce,
y el Sol del
lugar huye. Ante esos prodigios, aterrada la esposa,
aterrado quedó
Atamante, y de su techo a salir se aprestaban:
490se opuso la infausta Erinis
y la entrada sitió,
y sus brazos
distendiendo, uncidos de viperinos nudos,
su cabellera
sacudió: movidas sonaron las culebras,
y parte yacen
por sus hombros, parte, alrededor de sus pechos resbaladas,
silbidos dan y
suero vomitan y sus lenguas vibran.
495De ahí dos serpientes sajó,
de en medio de sus cabellos,
y con su
calamitosa mano, las que había arrebatado, les arrojó; mas ellas
de Ino los
senos, y de Atamante, recorren
y les insuflan
graves alientos, y heridas a sus miembros
ningunas
hacen: su mente es la que los siniestros golpes siente.
500Había traído consigo también
portentos de fluente veneno,
de la boca de
Cérbero espumas, y jugos de Equidna,
y desvaríos
erráticos, y de la ciega mente olvidos,
y crimen y
lágrimas y rabia y de la sangría el amor,
todo molido a
la vez, lo cual, con sangre mezclado reciente,
505había cocido en un bronce
cavo, revuelto con verde cicuta;
y mientras
espantados están ellos, vierte este veneno de furia
en el pecho de
ambos y sus entrañas más íntimas turba.
Entonces, una
antorcha agitando por el mismo orbe muchas veces,
alcanza con
los fuegos, velozmente movidos, los fuegos.
510Así, vencedora, y de lo
ordenado dueña, a los inanes
reinos vuelve
del gran Dis y se desciñe de la serpiente que cogiera.
En seguida el Eólida furibundo en mitad de
su corte
clama: “Io, compañeros, las redes tended en
estos bosques.
Aquí ahora con
su gemela prole visto he a una leona”,
515y, como de una fiera, sigue
las huellas de su esposa, amente,
y del seno de
su madre, riendo y sus pequeños brazos tendiéndole,
a Learco
arrebata, y dos y tres veces por las auras
al modo lo
rueda de una honda, y en una rígida roca su boca,
que aún no
hablaba, despedaza feroz; entonces, en fin, excitada la madre,
520–si el dolor esto hizo, o
del veneno esparcido causa–,
aúlla, y con
los cabellos sueltos huye mal sana,
y a ti
llevándote, pequeño, en sus desnudos brazos, Melicertes:
“Evohé, Baco”, grita: de Baco bajo el
nombre Juno
rio y: “Estos
servicios te preste a ti”, dijo, “tu prohijado.”
525Suspendida hay sobre las
superficies un risco; su parte inferior socavada está
por los
oleajes y a las ondas que cubre defiende de las lluvias,
la superior
rígida está y su frente a la abierta superficie extiende;
se apodera de
él –fuerzas la insania le daba– Ino
y a sí misma
sobre el ponto, sin que ningún temor la retarde,
530se lanza y a su carga;
golpeada la onda se encandeció.
Mas Venus, de los sufrimientos compadecida
de su nieta, que no los merecía,
así al tío
suyo enterneció: “Oh, numen de las aguas,
ante quien
cedió, siguiente al del cielo, Neptuno, el poder,
grandes cosas,
ciertamente, reclamo, pero tú compadécete de los míos,
535que lanzados ves en el Jonio
inmenso,
y a los dioses
añádelos tuyos. Alguna también yo estima en el ponto tengo,
si es cierto
que un día, en medio del profundo, compacta
espuma fui y
mi griego nombre queda de ella.”
Asiente a la
que ruega Neptuno y arrebató de ellos
540lo que mortal fue, y una
majestad verenda
les impuso y
su nombre al mismo tiempo que su aspecto les innovó,
y con
Leucotea, su madre, al dios Palemón llamó.
Las compañeras de Ino
Sus sidonias compañeras, cuanto pudieron
siguiendo
las señales de
sus pies, en lo primero de la roca vieron, las más recientes,
545y sin duda de su muerte
cercioradas, a la Cadmeida casa
con sus palmas
hicieron duelo, rasgándose, con la ropa, sus cabellos,
y como poco
justa y demasiado con su rival cruel
achares
hicieron a la diosa; estos reproches Juno
no soportó y:
“Os haré a vosotras mismas máximos”, dijo,
550“exponentes de la crueldad
mía”; el hecho a los dichos siguió.
Pues la que
principalmente había sido devota: “Seguiré”, dice,
“a los
estrechos a la reina” y un salto al ir a dar, moverse
a parte alguna
no pudo y al risco fija quedó adherida;
otra, mientras
con el acostumbrado golpe intenta herir
555sus pechos, sintió que los
que lo intentaban quedaron rígidos, sus brazos;
aquélla que
las manos por azar había tendido del mar a las ondas,
en piedra
vuelta, las manos a las mismas ondas alarga;
de una, cuando
arrebataba y rasgaba de su cabeza su pelo,
endurecidos
súbitamente los dedos en el pelo vieras:
560en el gesto en que cada una
sorprendida fue, se queda en él.
Parte aves se
hicieron; las que ahora también en la garganta aquella
las
superficies cortan con lo extremo de sus alas, las Isménides.
Cadmo y Harmonía
Desconoce el Agenórida que su nacida y su
pequeño nieto
de la
superficie son dioses; por el luto y la sucesión de sus males
565vencido, y por los ostentos
que numerosos había visto, sale,
su fundador,
de la ciudad suya, como si la fortuna de esos lugares,
no la suya lo
empujara, y por su largo vagar llevado,
alcanza las
ilíricas fronteras con su prófuga esposa.
Y ya de males
y de años cargados, mientras los primeros hados
570coligen de su casa, y
repasan en su conversación sus sufrimientos:
“¿Y si sagrada
aquella serpiente atravesada por mi cúspide”,
Cadmo dice,
“fuera, entonces, cuando de Sidón saliendo
sus vipéreos
dientes esparcí por la tierra, novedosas simientes?
A la cual, si
el celo de los dioses con tan certera ira vindica,
575yo mismo, lo suplico, como
serpiente sobre mi largo vientre me extienda”,
dijo, y como
serpiente sobre su largo vientre se tiende
y a su
endurecida piel que escamas le crecen siente
y que su negro
cuerpo se variega con azules gotas
y sobre su
pecho cae de bruces, y reunidas en una sola,
580poco a poco se atenúan en
una redondeada punta sus piernas.
Los brazos ya
le restan: los que le restan, los brazos tiende
y con lágrimas
por su todavía humana cara manando:
“Acércate, oh,
esposa, acércate, tristísima”, dijo,
“y mientras
algo queda de mí, me toca, y mi mano
585coge, mientras mano es,
mientras no todo lo ocupa la serpiente.”
Él sin duda
quiere más decir, pero su lengua de repente
en partes se
hendió dos, y no las palabras al que habla
abastan, y
cuantas veces se dispone a decir lamentos
silba: esa voz
a él su naturaleza le ha dejado.
590Sus desnudos pechos con la
mano hiriendo exclama la esposa:
“Cadmo,
espera, desdichado, y despójate de estos prodigios.
Cadmo, ¿Qué
esto, dónde tu pie, dónde están tus brazos y manos
y tu color y
tu faz y, mientras hablo, todo? ¿Por qué no
a mí también,
celestes, en la misma sierpe me tornáis?”
595Había dicho, él de su esposa
lamía la cara,
y a sus senos
queridos, como si los reconociera, iba,
y le daba
abrazos y su acostumbrado cuello buscaba.
Todo el que
está presente –estaban presentes los cortesanos– se aterra; mas ella
los lúbricos
cuellos acaricia del crestado reptil
600y súbitamente dos son y,
junta su espiral, serpean,
hasta que de
un vecino bosque a las guaridas llegaron.
Ahora también,
ni huyen del hombre ni de herida le hieren,
y qué antes
habían sido recuerdan, plácidos, los reptiles.
Perseo y Atlas
Pero aun así a ambos consuelos grandes de
su tornada
605figura su nieto les había
dado, a quien, por él debelada, honraba
la India, a
quien celebraba la Acaya en los templos a él puestos.
Sólo el
Abantíada, de su mismo origen creado,
Acrisio,
queda, que de las murallas lo aleje de la ciudad
de Argos y
contra el dios lleve las armas; y su estirpe
610no cree que sea de dioses;
pues tampoco de Júpiter ser creía
a Perseo, a
quien Dánae había concebido de pluvial oro.
Pronto, aun
así, a Acrisio –tan grande es la presencia de la verdad–
tanto haber
ultrajado al dios como no haber reconocido a su nieto
le pesa:
impuesto ya en el cielo está el uno, mas el otro,
615devolviendo el despojo
memorable del vipéreo portento,
el aire tierno
rasgaba con sus estridentes alas,
y cuando sobre
las líbicas arenas, vencedor, estaba suspendido,
de la cabeza
de la Górgona unas gotas cayeron cruentas,
que, por ella
recogidas, la tierra animó en forma de variegadas serpientes,
620de ahí que concurrida ella
está, e infesta esa tierra de culebras.
Desde ahí, a través del infinito por
vientos discordes llevado,
ahora aquí
ahora allí, al ejemplo de la nube acuosa
se mueve, y de
la alta superficie retiradas largamente
contempla las
tierras y todo sobrevuela el orbe.
625Tres veces las heladas
Ursas, tres veces del cangrejo los brazos ve,
muchas veces
para los ocasos, muchas veces es arrebatado a los ortos,
y ya cayendo
el día, temiendo confiarse a la noche,
se posó,
reinos de Atlas, en el Vespertino círculo,
y un exiguo
descanso busca mientras el Lucero los fuegos
630convoque de la Aurora, y la
Aurora los carros diurnos.
Aquí, de los
hombres a todos con su ingente cuerpo superando,
el Japetiónida
Atlas estuvo: la última de las tierras
bajo el rey
este, y el ponto estaba, que a los jadeantes caballos
del Sol sus
superficies somete y acoge sus fatigados ejes.
635Mil greyes para él y otras
tantas vacadas por sus hierbas
erraban y su
tierra vecindad ninguna oprimía;
las arbóreas
frondas, que de su oro radiante brillaban,
de oro sus
ramas, de oro sus frutos, cubrían.
“Huésped”, le
dice Perseo a él, “si a ti la gloria te conmueve
640de un linaje grande, del
linaje mío Júpiter el autor;
o si eres
admirador de las gestas, admirarás las de nos;
hospedaje y
descanso busco.” Memorioso él de la vetusta
ventura era
–Temis esta ventura le había dado, la Parnasia–:
“Un tiempo,
Atlas, vendrá en el que será expoliado de su oro el árbol
645tuyo, y del botín el título
este de Júpiter un nacido tendrá.”
Esto temiendo,
con sólidos montes sus pomares había cerrado
Atlas, y a un
vasto reptil los había dado a guardar,
y alejaba de
sus fronteras a los extraños todos.
A éste
también: “Márchate fuera, no sea que lejos la gloria de las gestas
650que finges”, dijo, “lejos de
ti Júpiter quede”,
y fuerza a sus
amenazas añade, y con sus manos expulsar intenta
al que tardaba
y al que con las plácidas mezclaba fuertes palabras.
En fuerzas
inferior –pues quién parejo sería de Atlas
a las
fuerzas–: “Mas, puesto que poco para ti la estima nuestra vale,
655coge este regalo”, dice, y
de la izquierda parte, él mismo
de espalda
vuelto, de Medusa la macilenta cara le sacó.
Cuan grande él era,
un monte se hizo Atlas: pues la barba y la melena
a ser bosques
pasan, cimas son sus hombros y brazos,
lo que cabeza
antes fue, es en lo alto del monte cima,
660los huesos piedra se hacen;
entonces, alto, hacia partes todas
creció al
infinito, así los dioses lo establecisteis, y todo
–con tantas
estrellas– el cielo, descansó en él.
Perseo y Andrómeda
Había encerrado el Hipótada en su eterna
cárcel a los vientos
e, invitador a
los quehaceres, clarísimo en el alto cielo,
665el Lucero había surgido: con
sus alas retomadas ata él
por ambas
partes sus pies y de su arma arponada se ciñe
y el fluente
aire, movidos sus talares, hiende.
Gentes
innumerables alrededor y debajo había dejado:
de los etíopes
los pueblos y los campos cefeos divisa.
670Allí, sin ella merecerlo,
expiar los castigos de la lengua
de su madre a
Andrómeda, injusto, había ordenado Amón;
a la cual, una
vez que a unos duros arrecifes atados sus brazos
la vio el
Abantíada –si no porque una leve brisa le había movido
los cabellos,
y de tibio llanto manaban sus luces,
675de mármol una obra la habría
considerado–, contrae sin él saber unos fuegos
y se queda
suspendido y, arrebatado por la imagen de la vista hermosura,
casi de agitar
se olvidó en el aire sus plumas.
Cuando estuvo
de pie: “Oh”, dijo, “mujer no digna, de estas cadenas,
sino de esas
con las que entre sí se unen los deseosos amantes,
680revélame, que te lo
pregunto, el nombre de tu tierra y el tuyo
y por qué
ataduras llevas.” Primero calla ella y no se atreve
a dirigirse a
un hombre, una virgen, y con sus manos su modesto
rostro habría
tapado si no atada hubiera estado;
sus luces, lo
que pudo, de lágrimas llenó brotadas.
685Al que más veces la instaba,
para que delitos suyos confesar
no pareciera
que ella no quería, el nombre de su tierra y el suyo,
y cuánta fuera
la arrogancia de la materna hermosura
revela, y
todavía no recordadas todas las cosas, la onda
resonó, y
llegando un monstruo por el inmenso ponto
690se eleva sobre él y ancha
superficie bajo su pecho ocupa.
Grita la virgen: su genitor lúgubre, y a
la vez
su madre está
allí, ambos desgraciados, pero más justamente ella,
y no consigo
auxilio sino, dignos del momento, sus llantos
y golpes de
pecho llevan y en el cuerpo atado están prendidos,
695cuando así el huésped dice:
“De lágrimas largos tiempos
quedar a
vosotros podrían; para ayuda prestarle breve la hora es.
A ella yo, si
la pidiera, Perseo, de Júpiter nacido y de aquélla
a la que
encerrada llenó Júpiter con fecundo oro,
de la Górgona
de cabellos de serpiente, Perseo, el vencedor, y el que sus alas
700batiendo osa ir a través de
las etéreas auras,
sería
preferido a todos ciertamente como yerno; añadir a tan grandes
dotes también
el mérito, favorézcanme sólo los dioses, intento:
que mía sea
salvada por mi virtud, con vosotros acuerdo.”
Aceptan su ley
–pues quién lo dudaría– y suplican
705y prometen encima un reino
como dote los padres.
He aquí que igual que una nave con su
antepuesto espolón lanzada
surca las
aguas, de los jóvenes por los sudorosos brazos movida:
así la fiera,
dividiendo las ondas al empuje de su pecho,
tanto distaba
de los riscos cuanto una baleárica honda,
710girado el plomo, puede atravesar
de medio cielo,
cuando
súbitamente el joven, con sus pies la tierra repelida,
arduo hacia
las nubes salió: cuando de la superficie en lo alto
la sombra del
varón avistada fue, en la avistada sombra la fiera se ensaña,
y como de
Júpiter el ave, cuando en el vacío campo vio,
715ofreciendo a Febo sus
lívidas espaldas, un reptil,
se apodera de
él vuelto, y para que no retuerza su salvaje boca,
en sus
escamosas cervices clava sus ávidas uñas,
así, en rápido
vuelo lanzándose en picado por el vacío,
las espaldas
de la fiera oprime, y de ella, bramante, en su diestro ijar
720el Ináquida su hierro hasta
su curvo arpón hundió.
Por su herida
grave dañada, ora sublime a las auras
se levanta,
ora se somete a las aguas, ora al modo de un feroz jabalí
se revuelve,
al que el tropel de los perros alrededor sonando aterra.
Él los ávidos
mordiscos con sus veloces alas rehúye
725y por donde acceso le da,
ahora sus espaldas, de cóncavas conchas por encima sembradas,
ahora de sus
lomos las costillas, ahora por donde su tenuísima cola
acaba en pez,
con su espada en forma de hoz, hiere.
El monstruo,
con bermellón sangre mezclados, oleajes
de su boca
vomita; se mojaron, pesadas por la aspersión, sus plumas,
730y no en sus embebidos
talares más allá Perseo osando
confiar,
divisó un risco que con lo alto de su vértice
de las quietas
aguas emerge: se cubre con el mar movido.
Apoyado en él
y de la peña sosteniendo las crestas primeras con su izquierda,
tres veces,
cuatro veces pasó por sus ijares, una y otra vez buscados, su hierro.
735Los litorales el aplauso y
el clamor llenaron, y las superiores
moradas de los
dioses: gozan y a su yerno saludan
y auxilio de
su casa y su salvador le confiesan
Casíope y
Cefeo, el padre; liberada de sus cadenas
avanza la
virgen, precio y causa de su trabajo.
740Él sus manos vencedoras agua
cogiendo lustra,
y con la dura
arena para no dañar la serpentífera cabeza,
mulle la
tierra con hojas y, nacidas bajo la superficie, unas ramas
tiende, y les
impone de la Forcínide Medusa la cabeza.
La rama
reciente, todavía viva, con su bebedora médula
745fuerza arrebató del portento
y al tacto se endureció de él
y percibió un
nuevo rigor en sus ramas y fronda.
Mas del
piélago las ninfas ese hecho admirable ensayan
en muchas
ramas, y de que lo mismo acontezca gozan,
y las
simientes de aquéllas iteran lanzadas por las ondas:
750ahora también en los corales
la misma naturaleza permaneció,
que dureza
obtengan del aire que tocan, y lo que
mimbre en la
superficie era, se haga, sobre la superficie, roca.
Para dioses tres él otros tantos fuegos de
césped pone;
el izquierdo
para Mercurio, el diestro para ti, belicosa virgen,
755el ara de Júpiter la central
es; se inmola una vaca a Minerva,
al de pies
alados un novillo, un toro a ti, supremo de los dioses.
En seguida a
Andrómeda, sin dote, y las recompensas de tan gran
proeza
arrebata: sus teas Himeneo y Amor
delante
agitan, de largos aromas se sacian los fuegos
760y guirnaldas penden de los
techos, y por todos lados liras
y tibia y
cantos, del ánimo alegre felices
argumentos,
suenan; desatrancadas sus puertas los áureos
atrios todos
quedan abiertos, y con bello aparato instruidos
los cefenios
próceres entran en los convites del rey.
765Después de que, acabados los
banquetes, con el regalo de un generoso baco
expandieron
sus ánimos, por el cultivo y el hábito de esos lugares
pregunta el
Abantíada; al que preguntaba en seguida el único
[narra el
Lincida las costumbres y los hábitos de sus hombres];
el cual, una
vez lo hubo instruido: “Ahora, oh valerosísimo”, dijo,
770“di, te lo suplico, Perseo,
con cuánta virtud y por qué
artes
arrebataste la cabeza crinada de dragones.”
Perseo y Medusa
Narra el Agenórida que bajo el helado
Atlas yacente
hay un lugar,
seguro por la defensa de su sólida mole;
que de él en
la avenida habitaron las gemelas hermanas
775Fórcides, que compartían de
una sola luz el uso;
que de éste
él, con habilidosa astucia, furtivamente, mientras se lo traspasan,
se apoderó,
poniendo debajo su mano; y que a través de unas roquedas lejos
escondidas, y
desviadas, y erizadas de espesuras fragosas
alcanzó de las
Górgonas las casas, y que por todos lados, a través de los campos
780y a través de las rutas, vio
espectros de hombres y de fieras
que, de su
antiguo ser, en pedernal convertidos fueron al ver a la Medusa.
Que él, aun
así, de la horrenda Medusa la figura había contemplado
en el bronce
repercutido del escudo que su izquierda llevaba,
y mientras un
grave sueño a sus culebras y a ella misma ocupaba
785le arrancó la cabeza de su
cuello, y que, por sus plumas fugaz,
Pégaso, y su
hermano, de la sangre de su madre nacidos fueron.
Añadió también de su largo recorrido los
no falsos peligros,
qué estrechos,
que tierras bajo sí había visto desde el alto,
y qué
estrellas había tocado agitando sus alas;
790antes de lo deseado calló,
aun así; toma la palabra uno
del número de
los próceres preguntando por qué ella sola de sus hermanas
llevaba
entremezcladas alternas sierpes con sus cabellos.
El huésped
dice: “Puesto que saber deseas cosas dignas de relato,
recibe de lo
preguntado la causa. Clarísima por su hermosura
795y de muchos pretendientes
fue la esperanza envidiada
ella, y en
todo su ser más atractiva ninguna parte que sus cabellos
era: he
encontrado quien haberlos visto refiera.
A ella del
piélago el regidor, que en el templo la pervirtió de Minerva,
se dice:
tornóse ella, y su casto rostro con la égida,
800la nacida de Júpiter, se
tapó, y para que no esto impune quedara,
su pelo de
Górgona mutó en indecentes hidras.
Ahora también,
cuando atónitos de espanto aterra a sus enemigos,
en su pecho
adverso, las que hizo, sostiene a esas serpientes.
Libro
quinto
___
Perseo y Fineo
Y mientras estas cosas, de los cefenos en
medio del grupo, de Dánae
el héroe conmemora, de una
bronca multitud los reales
atrios se llenan, y el que
unas conyugales
fiestas cante no es su
clamor, sino el que anuncie fieras armas,
5y en repentinos tumultos los
convites tornados,
asemejarlos a un estrecho
podrías, al que, quieto, la salvaje
rabia de los vientos
removiendo sus ondas exaspera.
Primero entre ellos, Fineo,
de esa guerra el temerario autor,
agitando un astil de fresno
con cúspide de bronce:
10“Heme aquí”, dice, “heme
aquí de mi esposa antes de tiempo arrebatada vengador;
y ni de mí a ti tus plumas,
ni en falso oro tornado
Júpiter te arrebatará.” A
él, que intentaba disparar, Cefeo:
“¿Qué haces?”, exclama,
“¿Qué cabeza a ti, germano,
enloquecido, te mueve a este
delito? ¿No es por unos tan grandes méritos que esta gracia
15se devuelve? ¿Con esta dote
la vida de la rescatada pagas?
La cual a ti, no Perseo, la
verdad si buscas, te quita,
sino de las Nereidas el
grave numen, sino el cornado Amón,
sino el monstruo del ponto
que de las entrañas venía
a saciarse mías; en ese
tiempo a ti arrebatada te fue,
20en el que a morir iba, a no
ser que, cruel, esto precisamente
exijas, que muera, y que tú
con el luto te consueles nuestro.
Claro que no bastante es
que, tú mirando, haya sido desatada,
y que ninguna ayuda tú, su
tío o su prometido, le prestaste:
¿encima, de que por un otro
haya sido salvada te dolerás,
25y sus premios le
arrebatarás? Ellos si a ti grandes te parecen,
de aquellos escollos donde
fijos estaban los hubieses buscado.
Ahora deja que quien la
buscó, por quien no es huérfana esta vejez,
se lleve lo que por sus
méritos y con la voz se ha pactado, y que él
no a ti, sino a una cierta
muerte antepuesto fue, entiende”
30Él nada repuso, sino que
tanto a él como a Perseo con rostro
alternativo mirando, si
acuda a éste ignora o a aquél,
y demorándose brevemente,
blandida con las fuerzas su asta
cuantas la ira le daba,
inútilmente, a Perseo le manda.
Cuando quedó de pie ella en
el diván, de los cobertores entonces por fin Perseo
35saltó y, esa arma
devolviéndole, feroz, su enemigo
pecho le hubiera roto si no
tras los altares Fineo
se hubiese ido, y, cosa
indigna, a un maldito le fue de provecho un ara.
En la frente, aun así, de
Reto, no defraudada su cúspide se clavó,
el cual, después que cayó y
el hierro de su hueso fue arrancado,
40convulsiona, y asperja de
sangre las puestas mesas.
Entonces en verdad arde la
masa en indómitas iras
y sus dardos allí
concentran, y hay quienes que Cefeo dicen,
con su yerno, debe morir;
pero del umbral de su morada
había salido Cefeo, poniendo
por testigos el derecho, la lealtad,
45y del hospedaje a los
dioses, de que aquello con su prohibición se promovía.
La bélica Palas asiste y protege con su
égida a su hermano
y le da ánimos. Había un
indo, Atis, a quien de la corriente del Ganges
una nacida, Limnee, bajo sus
vítreas ondas había parido
según se cree, egregio por
su hermosura, que con su rico atavío
50él acrecía, todavía íntegro
en sus dos veces octavos años,
vistiendo clámide tiria, que
una orla recorría
áurea; ornaban gargantillas
de oro su cuello
y, rezumantes de mirra, un
curvado pasador sus cabellos;
él ciertamente, lanzándoles
la jabalina, cosas, aun distantes,
55en atravesar docto era, pero
en tender más docto los arcos.
Entonces también a él, que
con flexible mano doblaba los cuernos, Perseo
con un palo que en medio
puesto del ara humeaba
lo derribó, y entre sus quebrados
huesos confundió su cara.
A él, cuando su alabado
rostro agitando en la sangre
60el asirio lo vio Licabante,
unidísimo a él
y su compañero y de su
verdadero amor no disimulador,
después que al que exhalaba
la vida bajo su amarga herida
lloró, a Atis, esos arcos
que él había tensado
arrebató y: “Conmigo sean
tus combates”, dijo,
65“y no largo te alegrarás del
hado de un muchacho, por el que más
deshonra que gloria tienes.”
Esto todo todavía no
había dicho: rieló de su
nervio un penetrante dardo,
y, evitado, aun así, de su
ondulado vestido quedó colgando.
Torna contra él su arpón,
contemplado en la muerte de Medusa,
70el Acrisioníada, y lo entra
en su pecho; mas él,
ya muriendo, con ojos que
nadaban bajo una noche negra
alrededor buscó a Atis, y se
inclinó hacia él,
y se llevó a los manes los
consuelos de su unida muerte.
He aquí que el sienita Forbas, nacido de
Metíon,
75y el libio Anfimedonte,
ávidos de acometer la lucha,
con la sangre con la que
ampliamente la tierra humedecida se templaba
habían caído resbalando; al
levantarse se lo impide una espada,
del uno en su costado, de
Forbas en la garganta traspasada.
Mas no al Actórida Érito,
cuya arma una ancha
80segur bifronte era, Perseo
busca acercándole su espada, sino que, con altos
relieves protuberante y por
el peso de su mucha masa
ingente, con las dos manos
levanta una cratera,
y se la estrella al hombre;
vomita él rútilo crúor,
y hacia atrás cayendo la
tierra con su moribunda cabeza golpea.
85Después a Polidegmon, de la
sangre de Semíramis nacido,
y al caucasio Ábaris y al
Esperquionida Liceto
e intonso de pelo a Hélice,
y a Flegias y a Clito
abate y los erigidos
montones de murientes pisa.
Y Fineo, no osando correr cuerpo a cuerpo
hacia su enemigo,
90blande una jabalina: a ella
su vagar hizo caer en Ida,
que no participaba, en vano,
en esa guerra, y ninguna de las dos armas seguía.
Él, vigilando con ojos
torvos al inclemente Fineo:
“Visto que sin duda a los
partidos”, dice, “se me arrastra, recibe Fineo
el enemigo que tú has hecho
y paga con esta herida la herida.”
95Y ya cuando iba a devolver,
sacado de su herida, el dardo,
sobre sus miembros cayó
desplomado, de sangre faltos.
También entonces, después del rey cefeno
el primero Hodita
por la espada yace de
Clímeno; a Protoénor lo abate Hipseo,
a Hipseo el Lincida. Estuvo
también el muy anciano entre ellos
100Ematión, de lo justo amante
y temeroso de los dioses,
el cual, puesto que le
prohíben sus años combatir, hablando
lucha, y avanza, y las
criminales armas maldice;
a él Cromis, abrazado con
temblorosas palmas a los altares,
le tajó con la espada la
cabeza, la cual hacia delante cayó al ara,
105y allí con su casi exánime
lengua palabras execratorias
dejó salir y en medio de los
fuegos expiró su aliento.
Después de eso los gemelos hermanos
Broteas y Amón, con los cestos
invictos –si vencerse
pudieran con los cestos las espadas–,
de Fineo por mano cayeron, y
de Ceres el sacerdote
110Ámpico, velado en sus sienes
por la blanqueciente cinta.
Tú también Lampétida, que no
debiste ser tomado para estos servicios,
sino quien, de la paz obra,
la cítara al par de la voz movías,
encargado habías sido de
celebrar los manjares y la fiesta cantando;
al cual, lejos retirado y el
plectro no belicoso sosteniendo,
115Pétalo, burlándose: “A los
estigios manes cántales”, dijo,
“el resto”, y en la
izquierda sien su punta le clavó;
cayó, y con dedos moribundos
él vuelve a tocar
los hilos de la lira y por
acaso fue triste canción, la suya.
Y no deja que éste
impunemente haya caído, feroz, Licormas,
120y arrebatando del diestro
poste el robusto cerrojo
contra los huesos de la
mitad de su cerviz lo estrelló, mas él
se postró en tierra, de un
novillo inmolado a la manera.
Arrancar intentaba también
del poste izquierdo el roble
el cinifio Pélates:
intentándolo, su derecha atravesada fue
125por la cúspide del marmárida
Córito y con el leño se quedó prendido;
allí sujeto su costado vació
Abante, y no se derrumbó él,
sino que del poste que le
retenía, muriendo, su mano colgaba.
Tendido está también
Melaneo, de los cuarteles de Perseo seguidor,
y riquísimo en campo
nasamoníaco Dórilas,
130el rico en campo Dórilas,
que él no había poseído otro
más extensión, o los mismos
elevaba montones de incienso.
En su ingle, oblicuamente,
un disparado hierro se le quedó apostado:
mortífero ese lugar; al
cual, después que de su herida el autor,
estertorando su aliento y
volviendo sus luces, le vio,
135el bactrio Halcioneo: “Eso
que oprimes”, dice, “ten,
de tantos campos, de tierra”
y su cuerpo exangüe abandonó.
Blande contra éste su astil,
de la caliente herida arrebatada,
vengador, el Abantíada; la
cual, en mitad de la nariz recibida
por su nuca atravesó y por
ambas partes sobresale;
140y mientras a su mano la
fortuna favorece, a Clitio y Clanis,
en una madre engendrados
sola, con una opuesta herida derribó,
pues a través de los dos
muslos de Clitio, blandido con su grave
brazo, un fresno hizo pasar;
una jabalina Clanis con la boca mordió.
Cayó también Celadón el
mendesio, cayó Astreo,
145de madre palestina, de
dudoso padre creado,
y Etíon, sagaz en otro
tiempo para el porvenir ver,
entonces engañado por un ave
falsa, y Toactes, del rey
el armero, e infame por
haber asesinado a su genitor Agirtes.
Más, aun así, que lo
concluido queda; y puesto que de todos el deseo
150el de a uno solo aplastar
es, conjuradas de todas partes pugnan
tropas por la causa que el
mérito y la palabra dada impugna;
por esta parte el suegro, en
vano piadoso, y la nueva esposa
con su genetriz apoyan, y
con sus alaridos los atrios llenan,
pero el sonido de las armas
los supera, y los gemidos de los que están cayendo,
155y una vez manchados de ella,
con mucha sangre Belona
sus penates anega, y
renovados combates mezcla.
Rodean a uno solo Fineo y los mil que
siguen
a Fineo: los dardos vuelan,
que el invernal granizo más numerosos,
cerca de ambos costados y
cerca de su luz y sus orejas.
160Acopla él sus hombros a las
rocas de una gran columna,
y seguras las espaldas
teniendo y a las adversas tropas vuelto,
resiste a los que le acosan:
le acosaba por la parte siniestra
el caonio Molpeo, por la
diestra el nabateo Equemon.
Como una tigresa al oír en
los extremos de un valle los mugidos
165de dos manadas, aguijoneada
por el hambre,
no sabe a cuál de ambos
mejor lanzarse y por lanzarse arde a ambos,
así dudoso Perseo de si a
diestra o a izquierda irse,
a Molpeo con una herida
atravesando la pierna aparta,
y contento con su huida
quedó, puesto que no le da tiempo Etemon,
170sino que enloquecido está;
y, ansiando hacerle heridas en lo alto de su cuello,
con no circunspectas fuerzas
lanzando la espada
la rompió, y en la externa
parte de la columna golpeada
la lámina saltó despedida y
de su dueño en la garganta se clavó.
No, aun así, para la muerte
causas bastante vigorosas aquella
175llaga le dio; tembloroso, y
sus inertes brazos en vano
tendiendo, Perseo lo perforó
con su cilénida alfanje.
Pero cuando su virtud a la multitud
sucumbir vio:
“Auxilio”, Perseo dijo,
“puesto que así lo forzáis
vosotros mismos, del enemigo
buscaré: los rostros volved vuestros,
180si algún amigo hay presente”
y de la Górgona sacó la cara.
“Busca a otro a quien
impresionen tus oráculos”, dijo
Téscelo, y cuando con su
mano una jabalina fatal se preparaba
a mandar, en ese gesto
quedó, estatua de mármol.
Próximo a él Ámplice,
plenísimo de su magno ánimo,
185el pecho del Lincida busca:
y en el buscarle
su derecha se arreció y no
más acá se movió ni más allá.
Mas Nileo, el que engendrado
del séptuple Nilo
se había mentido y en su
escudo incluso sus corrientes siete,
en plata en parte, en parte
había cincelado en oro:
190“Contempla”, dice, “Perseo,
los primordios de nuestra familia:
grandes consuelos te
llevarás a las tácitas sombras de la muerte
por tan gran hombre al haber
caído”; la parte última de su voz
en mitad de su sonido quedó
suprimida y, entreabierta, querer
su boca hablar creerías, y
no es ella transitable a las palabras.
195Les increpa a ellos Érice y:
“Por falta de ánimo, no por sus fuerzas
de Górgona”, dice, “estáis
paralizados; atacadle conmigo
y postrad en tierra a ese
joven que mágicas armas mueve.”
A atacarle iba: retuvo sus
plantas la tierra
e inmovilizado sílice
permaneció su armada imagen.
200Ellos, aun así, por cuanto
habían merecido los castigos tuvieron, pero uno solo
el soldado era de Perseo:
por él mientras lucha, Aconteo,
la Górgona contemplando, en
una surgida roca se consolidó;
a él, creyendo Astíages que
todavía vivía, con su larga
espada lo hiere: resonó con
tintineos agudos la espada.
205Mientras queda suspendido
Astíages la naturaleza contrajo misma
y en su marmórea cara
permanece su rostro de asombro.
Larga demora es los nombres
de la mitad de esa muchedumbre de varones
decir: dos veces cien
cuerpos restaban al combate,
la Górgona al ver, dos veces
cien cuerpos se arreciaron.
210Se arrepiente entonces al
cabo Fineo de su injusta guerra,
pero ¿qué puede hacer? Los
simulacros ve en diversas posturas,
y reconoce a los suyos, y
por su nombre cada uno llamado,
le reclama ayuda y,
creyéndolo poco, los cuerpos a sí próximos
toca: mármol eran; se aparta
y así suplicante
215sus confesas manos y
oblicuos sus brazos tendiéndole:
“Vences”, dice, “Perseo.
Aparta tus prodigios, y el petrificador
rostro quita de quien quiera
que ella sea, tu Medusa:
quítalo. No a nos el odio y
del poder el deseo
nos ha impulsado a esta
guerra; por una esposa movimos las armas.
220La causa fue tuya por sus
méritos mejor, por su tiempo la nuestra:
no haber cedido me pesa:
nada, oh valerosísimo, excepto
este aliento concédeme; tuyo
lo demás sea.”
Al que tal decía y no a él,
a quien con su voz rogaba,
a mirar se atrevía: “Lo que
yo”, dice, “temerosísimo Fineo,
225sí puedo otorgarte y un gran
regalo es para un hombre inerte,
deja tu miedo, te otorgaré:
ningún hierro te hará violencia;
pero además te daré un
recordatorio que permanecerá por los siglos,
y en la casa del suegro
siempre se te contemplará, del nuestro,
para que se solace mi esposa
de su prometido con la imagen.”
230Dijo y a la parte trasladó a
la Forcínide a aquella
a la que Fineo con su
temblorosa cara se había vuelto.
Entonces también, al que
intentaba sus luces tornar, el cuello
se arreció, y, en roca, de
sus ojos el humor se endureció,
pero aun así su cara
temerosa y su rostro, en mármol suplicante,
235y sus sumisas manos y su faz
culpable permaneció.
Otras hazañas de Perseo
Vencedor el Abantíada en las murallas
patrias con su esposa
entra y de un padre defensor
y vengador, que no lo merecía,
ataca a Preto: pues puesto
en fuga su hermano mediante las armas,
Preto se había apoderado de
los acrisióneos recintos.
240Pero ni con la ayuda de las
armas ni con el que mal había capturado, el recinto,
las torvas luces superó del
prodigio portador de culebras.
A ti, aun así, oh de la pequeña Serifos
regidor, Polidectes,
ni de este joven la virtud,
a través de tantas pruebas contemplada,
ni sus desgracias te habían
ablandado, sino que un inexorable odio,
245duro de ti, ejerces y un
final en tu injusta ira no hay.
Detractas incluso su gloria
y fingida de Medusa
arguyes que es la muerte.
“Te daremos a ti prendas de la verdad.
Salvad vuestras luces”,
Perseo dice, y la cara del rey
con la cara de Medusa
pedernal sin sangre hizo.
Pégaso
250Hasta aquí a su hermano,
nacido del oro, como acompañante
la Tritonia se ofreció;
después, circundada de una cóncava nube, Serifon
abandonó, a diestra Citnos y
Gíaros dejados,
y por donde sobre el ponto
el camino parecía el más breve, a Tebas
y el virgíneo Helicón acude;
monte que, cuando alcanzó,
255en él se apostó y así se
dirigió a sus doctas hermanas:
“La fama de un nuevo
manantial ha arribado hasta nuestros oídos,
el que la dura pezuña del
alado hijo de Medusa ha quebrado.
Él la causa de mi camino: he
querido el admirable hecho
contemplar; lo vi a él de la
materna sangre nacer.”
260Toma la palabra Urania:
“Cualquiera que es la causa para ti
de ver estas casas, divina,
al ánimo gratísima nuestro eres.
Verdadera, aun así, la
noticia es: es Pégaso el origen de este
manantial”, y a los licores
sagrados condujo a Palas.
Quien admirando mucho
tiempo, hechas a golpes de pie, las ondas,
265de espesuras antiguas las
florestas alrededor contempló,
y las cavernas y las hierbas
adornadas por innumerables flores,
y felices llama al par por
su estudio y su lugar
a las Memnónides; a ella así
se dirigió una de las hermanas:
Pireneo
“Oh tú, que si tu valentía a obras mayores
no te llevara
270al partido vendrías,
Tritonia, de nuestro coro,
verdades dices y con mérito
apruebas nuestras artes y lugar,
y una grata suerte, con que
seguras sólo estemos, tenemos.
Pero –hasta tal punto vedado
está al crimen nada– todo aterra
estas virgíneas mentes, y
siniestro ante mi cara Piréneo
275ronda y todavía en toda mi
mente no me he recobrado.
La Dáulide y los campos
foceos con su tracio soldado
había hecho cautivos ese
feroz, y unos injustos reinos retenía.
A nuestros templos nos
dirigíamos parnasios: nos vio cuando marchábamos,
y nuestros númenes venerando
con falaz rostro:
280“Memnónides”, pues nos había
reconocido, “deteneos”, dijo,
“y no dudéis, os suplico,
bajo el techo mío esta grave estrella y esta lluvia”
–lluvia había– “en evitar:
entraron en menores cabañas
a menudo los altísimos.” Por
sus palabras y por el tiempo movidas,
asentimos a aquel hombre y
hasta lo primero entramos de su morada.
285Habían cesado las lluvias, y
vencido por los aquilones el austro,
las hoscas nubes huían del
nuevamente purgado cielo.
Nuestra intención marchar
fue: cerró sus techos Piréneo
y una fuerza prepara que
nosotras rehuimos tomando nuestras alas.
Él, al perseguidor
semejante, se apostó arduo en su fortaleza
290y: “Por donde el camino es
vuestro, será también el mío”, dijo, “el mismo”,
y se lanza fuera de sí desde
el culmen de la más alta torre
y cae de rostro y estallados
los huesos de su cara
bate una tierra, muriendo,
de su maldita sangre teñida.”
Las Piérides (i)
La Musa decía: unas plumas sonaron por las
auras
295y la voz de los que saludan
llegaba de las ramas altas.
Levanta la mirada y busca de
dónde unas lenguas que tan claro
hablan suenen, y un humano
cree la hija de Júpiter que ha hablado.
Un ave era, y en número de
nueve, de sus hados quejándose,
se habían establecido sobre
las ramas, imitándolo todo, unas picazas.
300A la admirada diosa, así le
comenzó la diosa: “Hace poco también éstas
acrecieron de los voladores
la multitud, vencidas en un certamen.
Píeros las engendró, rico en
peleos campos,
y la peonia Evipe su madre
fue: ella a la poderosa
Lucina nueve veces, nueve
veces al ir a parir, invocó.
305Henchidas estaban de su
número esta multitud de estúpidas hermanas
y a través de tantas
hemonias, a través de tantas acaidas ciudades,
aquí llegan, y con tal voz
entablan los combates:
“Cesad al indocto pueblo con
esa vana dulzura
de engañar. Con nosotras, si
alguna es la confianza vuestra,
310Tespíades, contended,
diosas. Ni en voz ni en arte
seremos vencidas, y otras
tantas somos. O retiraos vencidas
del manantial de Medusa y de
la hiantea Aganipe,
o nosotras de los ematios
llanos hasta donde los peonios
nivosos nos retiraremos.
Diriman las contiendas las ninfas.”
315Vergonzoso ciertamente
contender era, pero ceder pareció
más vergonzoso. Las elegidas
juran por sus corrientes, las ninfas,
y, hechos de viva roca,
ocuparon sus asientos.
Metamorfosis de dioses
Entonces, sin sorteo, la que primera
declaró que ellas competirían,
las guerras canta de los
altísimos, y en un falso honor a los Gigantes
320pone y atenúa los hechos de
los grandes dioses;
que salido de la más honda
sede de la tierra Tifeo
a los celestes causó miedo,
y que todos dieron
la espalda para la huida,
hasta que, cansados, la egipcia tierra
los acogió, y en siete
puertos dividido el Nilo.
325Que allí también el nacido
de la Tierra, Tifeo, llegó, narra,
y que los altísimos se
escondieron en mentidas figuras.
“Y conductor de rebaño”,
dijo, “se vuelve Júpiter, de donde con recurvos
cuernos ahora todavía se
representa al libio Amón;
el Delio en un cuervo está,
la prole de Sémele en un macho cabrío,
330en una gata la hermana de
Febo, la Saturnia en una nívea vaca,
en un pez se esconde Venus,
el Cilenio de un ibis en las alas.”
El rapto de Prosérpina
Hasta aquí al son de la cítara había
movido su habladora boca:
se nos demanda a las
Aónides... Pero quizás ocios no tengas,
ni para prestar a nuestros
cantos oídos estés desocupada.”
335“No lo duda, y vuestra
canción a mí refiere por su orden”,
Palas dice, y del bosque se
sienta en la leve sombra.
La Musa relata: “Dimos la
suma del certamen a una sola;
se levanta y, con hiedra
recogidos sus sueltos cabellos,
Calíope antes templa,
quejumbrosas, con el pulgar las cuerdas
340y estas canciones somete a
los percutidos nervios:
“La primera Ceres el terrón dividió con el
corvo arado,
la primera dio granos y
alimentos suaves a las tierras,
la primera dio sus leyes; de
Ceres son todas las cosas regalo,
a ella de cantar yo he;
ojalá tan sólo decir pudiera
345canciones dignas de la
diosa. Ciertamente la diosa de canción digna es.
Vasta, sobre unos miembros de Gigantes
echada fue una isla,
la Trinácride, y, sometido a
sus grandes moles, empuja
a quien osó las etéreas
sedes esperar, a Tifeo.
Se afana él ciertamente, y
pugna por volver a levantarse muchas veces,
350pero su diestra mano está
sujeta al ausonio Peloro,
la izquierda, Paquino, a ti,
y del Lilibeo sus piernas son presa,
su cabeza hunde el Etna,
bajo el cual, de espaldas, arenas
escupe, y llama, feroz,
vomita de su boca Tifeo.
Muchas veces por rechazar
lucha los pesos de la tierra
355y las ciudades y los grandes
montes rodar de su cuerpo:
entonces tiembla la tierra y
el rey teme mismo de los silentes
que se abra el suelo y que
por una ancha hendidura se destape,
y que entrometido el día, a
las temblorosas sombras aterre.
Este desastre temiendo, de
su tenebrosa sede el tirano
360había salido, y en su carro
de negros caballos llevado
rodeaba cauto de la sícula
tierra los cimientos.
Después que explorado
bastante hubo que lugar ninguno vacilaba,
y dejado su miedo, lo ve a
él la Ericina en su vagar,
en el monte suyo sentada, y
a su nacido abrazando volador:
365“Armas y manos mías, mi
nacido, mi poder”, dijo,
“ésos con los que superas a
todos, coge tus dardos, Cupido,
y al pecho del dios rápidas
tensa tus saetas
al que cedió la fortuna lo
postrero del triple reino.
Tú a los altísimos y al
mismo Júpiter domas, tú a los númenes del ponto,
370por ti vencidos, y al mismo
que rige los númenes del ponto.
¿Los Tártaros a qué esperan?
¿Por qué no el de tu madre y tu imperio
extiendes? Se trata de la
parte tercera del mundo,
y, aun así, en el cielo
–cuál ya el sufrimiento nuestro es–
se nos desprecia y conmigo
las fuerzas se disminuyen del Amor.
375¿A Palas no ves y a la
lanceadora Diana
apartarse de mí? De Ceres
también la hija, virgen,
si lo toleramos, será, pues
las esperanzas persigue mismas.
Mas tú, por nuestro socio
reino, si alguna estima es ésta,
une a esa diosa con su tío”,
dijo Venus; él su aljaba
380desata y según el arbitrio
su madre de mil saetas
una separó, pero que la
cual, ni más aguda ninguna,
ni menos fallida es, ni que
más oiga al arco,
y oponiéndole la rodilla
curvó el flexible cuerno
y hasta el corazón con su
arponada caña atravesó a Dis.
385“No lejos de las heneas
murallas un lago hay, de alta
–por nombre Pergo– agua: no
que él más numerosas el Caístro
las canciones de los cisnes
en el deslizarse escucha de sus olas.
Una espesura corona sus
aguas ciñéndole todo costado y con sus
frondas, como por un velo,
de Febo rechaza las heridas;
390fríos dan sus ramas, flores
de Tiro su humus húmedo:
perpetua primavera es. En la
cual floresta, mientras Prosérpina
juega y violas o cándidos
lirios corta,
y mientras con afán de niña
canastos y su seno
llena y a sus iguales lucha
por superar recogiendo,
395casi a la vez que vista fue,
amada y raptada por Dis,
hasta tal punto fue
presuroso el amor. La diosa, aterrada, con afligida
boca a su madre y a sus
acompañantes, pero a su madre más veces,
clama, y como desde su
superior orilla el vestido había desgarrado,
las colectadas flores de su
túnica aflojada cayeron,
400y –tanta simplicidad a sus
pueriles años acompañaba–
esta pérdida también movió
su virginal dolor.
Su raptor lleva los carros y
por su nombre a cada uno llamando
exhorta a sus caballos, de
los cuales, por su cuello y crines
sacude de oscura herrumbre
teñidas las riendas,
405y por los lagos altos, y por
los pantanos que huelen a azufre
vase de los Palicos,
hirvientes en la rota tierra,
y por donde los baquíadas,
la raza nacida en Corinto, la de dos mares,
entre desiguales puertos
pusieron sus murallas.
Hay, intermedio de Cíane y de Aretusa de
Pisa,
410que une entre sus estrechos
cuernos el incluido en él, un mar:
aquí estuvo, de cuyo nombre
también el pantano se denomina,
entre las sicélidas ninfas
celebradísima, Cíane;
la cual, de su abismo en
medio hasta la mitad se alzó del vientre,
y reconoció a la diosa, y:
“No iréis más lejos”, dice;
415“no puedes de la
involuntaria Ceres yerno ser: pedida,
no raptada debió ser, y si
comparar con las grandes
las pequeñas cosas para mí
lícito es, también a mí me eligió Anapis;
implorada, aun así, y no
como ésta, aterrada, me puse yo el velo.”
Dijo, y hacia partes
opuestas sus brazos tendiendo,
420se les opone. No más allá
contuvo el Saturnio su ira,
y a sus terribles caballos
incitando en lo profundo del abismo,
blandido con su vigoroso
brazo el cetro real
ocultó; la herida tierra
camino hacia los Tártaros hizo
y los inclinados carros en
mitad de la cratera recibió.
425“Mas Cíane, por la raptada
diosa y las despreciadas leyes
del manantial suyo afligida,
una inconsolable herida
en su mente callada lleva y
en lágrimas se consume toda
y de las que había sido su
gran numen poco antes, en esas
aguas se extenúa: ablandarse
sus miembros hubieras visto,
430sus huesos poder doblarse,
sus uñas deponer su rigidez;
y lo primero de ella toda,
cuanto era tenue, se licuece:
sus azules cabellos y sus
dedos y sus piernas y pies,
pues breve el tránsito es
hacia las heladas ondas
de los reducidos miembros;
después de esto los hombros y piel y costado
435y los pechos se vuelven,
desvanecidos, en tenues riachos;
finalmente en vez de viva
sangre por sus viciadas venas
linfa pasa, y resta nada que
aprehender puedas.
Mientras tanto asustada en vano su madre a
su hija
por todas las tierras, todo
busca el profundo:
440a ella la Aurora al llegar,
con sus húmedos cabellos,
descansando no la vio, no el
Héspero; ella para sus dos
manos unos llameantes pinos
ha encendido del Etna,
y por las escarchadas
tinieblas los lleva incesante;
de nuevo, cuando el nutricio
día había embotado las estrellas, a su nacida
445desde el ocaso del sol
buscaba hasta sus nacimientos.
Agotada de su labor sed
había concebido, y su boca ningunos
manantiales habían lavado,
cuando cubierta de paja vio
por azar una cabaña y sus
pequeñas puertas pulsó; mas entonces
sale una anciana y a la
divina ve, y a quien linfa pedía,
450algo dulce le dio que había
cubierto antes con tostada polenta.
Mientras bebe ella lo dado,
un chico de boca dura y atrevido
se detuvo ante la diosa y se
rió y ávida la llamó.
Se ofendió ella, y con la
todavía no bebida parte, al que hablaba,
con la polenta mezclada con
su líquido regó la divina.
455Absorbió su cara las manchas
y los brazos que ahora poco llevara
los lleva de piernas, una
cola se añadió a sus mutados miembros
y en una breve forma, para
que no sea su capacidad grande de dañar,
se contrae, y que una
pequeña lagartija menor su medida es.
De la asombrada y llorosa y
a tocar aquellos prodigios dispuesta
460anciana huye, y del
escondite gusta, y adecuado a su color
el nombre tiene, constelado
su cuerpo de variegadas gotas.
A través de qué tierras la diosa, y qué
ondas errara,
de decir larga la demora es:
en su búsqueda le faltó orbe.
A Sicania vuelve, y mientras
todo lustra en su caminar
465llegó también hasta Cíane.
Ella, de no mutada haber sido,
todo se lo habría narrado,
pero boca y lengua al querer
decir no ayudaban, ni con
que hablara tenía.
Señales, aun así,
manifiestas dio, y, conocido para su madre,
en ese lugar en que por azar
se le había desprendido, en el abismo sagrado,
470de Perséfone el ceñidor
encima mostró de las ondas.
El cual una vez reconoció,
como si entonces al fin raptada
la hubiera sabido, sus no
ornados cabellos se desgarró la divina,
y una y otra vez golpeó con
sus palmas sus pechos.
No sabe todavía dónde está;
a las tierras, aun así, increpa todas
475e ingratas las llama y no
del regalo de sus frutos dignas,
a Trinacria ante las otras,
en la que las huellas de su pérdida
ha hallado. Así pues allí
con salvaje mano los arados que vuelven
los terrones quebró, y a una
semejante muerte, llena de ira,
a los colonos y a los
agrícolas bueyes entregó, y a los campos ordenó
480que defraudaran su depósito
y fallidas las simientes hizo.
La fertilidad de esta
tierra, divulgada por el ancho orbe,
falsa yace: mueren los
sembrados en sus primeras hierbas
y ya el sol excesivo,
excesiva ya la lluvia los arrebata,
y las estrellas y vientos
las dañan y ávidas aves
485las simientes arrasadas
recogen; la cizaña y los tríbulos fatigan
las cosechas de trigo, y la
inexpugnable grama.
Entonces su cabeza la Alfeia
sacó de las eleas ondas
y su rorante pelo de su
frente apartó a sus orejas,
y dice: “Oh de la virgen
buscada por todo el orbe
490y de los granos genetriz,
tus inmensos trabajos detén,
y no tengas ira, violenta,
contra una tierra a ti fiel.
La tierra nada ha merecido y
se abrió involuntaria a esa rapiña.
Y no soy por mi patria
suplicante: aquí como huéspeda he venido.
Pisa mi patria es y de la
Élide traemos los orígenes,
495la Sicania como extranjera
honro, pero más grata que cualquier
suelo esta para mí tierra
es: estos penates ahora, Aretusa,
esta sede tengo; la cual tú,
suavísima, salva.
Mudado de lugar por qué me
he, y por las ondas de tanta superficie
sea transportada a Ortigia,
llegará para esas narraciones mías
500una hora tempestiva, cuando
tú de tu inquietud aliviado te hayas
y semblante mejor tengas. A
mí la transitable tierra
me ofrece camino, y por
debajo de profundas cavernas arrastrada,
aquí la cabeza saco y unas
desacostumbradas estrellas diviso.
Así es que, mientras por el
estigio abismo bajo las tierras me deslizo,
505vista fue con los ojos
nuestros allí tu Prosérpina:
ella ciertamente triste, y
no todavía sin terror su rostro,
pero reina, aun así, pero la
más grande del opaco mundo,
pero aun así la poderosa
matrona del tirano infernal.”
La madre a las oídas voces quedó
suspendida y cual de piedra
510y como atónita largo tiempo
pareció, y, cuando por el dolor
grave su grave ausencia
sacudida fue, con sus carros sale
hacia las auras etéreas.
Allí, nublado todo su rostro,
ante Júpiter con los
cabellos sueltos se detuvo enojada,
y: “Por mi sangre he venido
suplicante a ti, Júpiter”, dice,
515“y por la tuya: si ninguna
es la estima de una madre,
su nacida a un padre mueva,
y no sea tu inquietud, suplicamos,
más vil por ella porque de
nuestro parto fue dada a luz.
He aquí que buscada largo
tiempo al fin yo a mi nacida he encontrado,
si encontrar llamas a perder
más ciertamente, o si
520a saber dónde está encontrar
llamas. Que raptada fue, lo llevaremos,
en tanto la devuelva a ella,
puesto que no de un saqueador marido
la hija digna tuya es, si ya
mi hija no es.”
Júpiter tomó la palabra:
“Común es prenda y carga
esta hija para mí contigo;
pero si sólo sus nombres verdaderos
525a las cosas de dar gustamos,
no este hecho una injuria,
pero es amor; y no será para
nosotros el yerno ese una vergüenza,
si tú sólo, divina,
quisieras. Aunque faltara lo demás, cuánto es
ser de Júpiter el hermano.
Qué decir de que no lo demás falta
y no cede sino en su suerte
a mí. Pero si tan grande tu deseo
530de su separación es, volverá
a subir Prosérpina al cielo,
con una ley, aun así,
cierta: si ningunos alimentos ha tocado allí
con su boca, pues así de las
Parcas en el pacto precavido se ha.”
Había dicho, mas para Ceres lo cierto es
sacar a su nacida.
No así los hados lo
permiten, porque de sus ayunos la virgen
535se había liberado y mientras
ingenua vaga entre los cultivados huertos,
carmesí una fruta arrancó de
un árbol curvado de ellos,
y cogiendo siete granos de
su pálida corteza
los apretó en su boca; y
solo de todos aquello
Ascálafo vio, a quien un día
se dice que Orfne,
540entre las Avernales ninfas
no la más desconocida,
del Aqueronte suyo parió en
sus espesuras negras;
lo vio y, con su delación,
del regreso, cruel, la privó.
Gimió hondo la reina del
Erebo, y al testigo una profana
ave hizo, y asperjada su
cabeza con linfa del Flegetonte
545en pico y plumas y grandes
ojos la convirtió.
Él, de sí privado, de fulvas
alas se viste
y en cabeza crece y se
encorva a largas uñas,
y apenas mueve esas plumas
nacidas por sus inertes brazos
y un feo pájaro se vuelve,
nuncio del venidero luto,
550el indolente búho, siniestro
presagio para los mortales.
“Éste, aun así, por su
delación un castigo, y por su lengua, parecer
que mereció puede: a
vosotras, Aqueloides, ¿de dónde que
pluma y pies de aves, cuando
de virgen cara lleváis?
¿Acaso porque cuando recogía
Prosérpina primaverales flores,
555de sus acompañantes en el
número, doctas Sirenas, estabais?
A la cual, después que en
vano la buscasteis en todo el orbe,
a continuación, para que
sintieran las superficies vuestra inquietud,
poder sobre los oleajes con
los remos de vuestras alas sentaros
deseasteis, y propicios
dioses tuvisteis, y las extremidades
560visteis vuestras dorarse con
súbitas plumas.
Aun así, para que aquel
cantar, para serenar oídos nacido,
y tan grande dote de vuestra
boca no perdiera del todo su uso de la lengua,
los virgíneos rostros y la
voz humana permaneció.
Mas, en medio del hermano suyo y de su
afligida hermana,
565Júpiter por igual divide el
rodar del año:
ahora la diosa, numen común
de los dos reinos,
con su madre está los
mismos, los mismos meses con su esposo;
se torna al instante la faz,
tanto de su mente como de su cara,
pues la que hace poco podía
a un Dis incluso afligida parecer,
570alegre de la diosa la frente
es, como un sol que cubierto de acuosas
nubes antes estuvo, de esas
vencidas nubes sale.
Aretusa
Demanda la nutricia Ceres, tranquila por
su nacida recuperada,
cuál la causa de tu huida,
por qué seas, Aretusa, un sagrado manantial.
Callaron las ondas, de cuyo
alto manantial la diosa levantó
575su cabeza y sus verdes
cabellos con la mano secando
del caudal Eleo narró los
viejos amores.
“Parte yo de las ninfas que
hay en la Acaide”, dijo,
“una fui: y no que yo con
más celo otra los sotos
repasaba ni ponía con más
celo otra las mallas.
580Pero aunque de mi hermosura
nunca yo fama busqué,
aunque fuerte era, de
hermosa nombre tenía,
y no mi faz a mí, demasiado
alabada, me agradaba,
y de la que otras gozar
suelen, yo, rústica, de la dote
de mi cuerpo me sonrojaba y
un delito el gustar consideraba.
585Cansada regresaba, recuerdo,
de la estinfálide espesura.
Hacía calor y la fatiga
duplicaba el gran calor.
Encuentro sin un remolino
unas aguas, sin un murmullo pasando,
perspicuas hasta su suelo, a
través de las que computable, a lo hondo,
cada guijarro era: cuales tú
apenas que pasaban creerías.
590Canos sauces daban, y
nutrido el álamo por su onda,
espontáneamente nacidas
sombras a sus riberas inclinadas.
Me acerqué y primero del pie
las plantas mojé,
hasta la corva luego, y no
con ello contenta, me desciño
y mis suaves vestiduras
impongo a un sauce curvo
595y desnuda me sumerjo en las
aguas. Las cuales, mientras las hiero y traigo,
de mil modos deslizándome y
mis extendidos brazos lanzo,
no sé qué murmullo sentí en
mitad del abismo
y aterrada me puse de pie en
la más cercana margen del manantial.
“¿A dónde te apresuras,
Aretusa?”, el Alfeo desde sus ondas,
600“¿A dónde te apresuras?”, de
nuevo con su ronca boca me había dicho.
Tal como estaba huyo sin mis
vestidos: la otra ribera
los vestidos míos tenía.
Tanto más me acosa y arde,
y porque desnuda estaba le
parecí más dispuesta para él.
Así yo corría, así a mí el
fiero aquel me apremiaba
605como huir al azor, su pluma
temblorosa, las palomas,
como suele el azor urgir a
las trémulas palomas.
Hasta cerca de Orcómeno y de
Psófide y del Cilene
y los menalios senos y el
helado Erimanto y la Élide
correr aguanté, y no que yo
más veloz él.
610Pero tolerar más tiempo las
carreras yo, en fuerzas desigual,
no podía; capaz de soportar
era él un largo esfuerzo.
Aun así, también por llanos,
por montes cubiertos de árbol,
por rocas incluso y peñas, y
por donde camino alguno había, corrí.
El sol estaba a la espalda.
Vi preceder, larga,
615ante mis pies su sombra si
no es que mi temor aquello veía,
pero con seguridad el sonido
de sus pies me aterraba y el ingente
anhélito de su boca soplaba
mis cintas del pelo.
Fatigada por el esfuerzo de
la huida: “Ayúdame: préndese”, digo,
“a la armera, Diana, tuya, a
la que muchas veces diste
620a llevar tus arcos y metidas
en tu aljaba las flechas.”
Conmovida la diosa fue, y de
entre las espesas nubes cogiendo una,
de mí encima la echó: lustra
a la que por tal calina estaba cubierta
el caudal y en su ignorancia
alrededor de la hueca nube busca,
dos veces el lugar en donde
la diosa me había tapado sin él saberlo rodea
625y dos veces: “Io Aretusa, io Aretusa.”, me llamó.
¿Cuánto ánimo entonces el
mío, triste de mí, fue? ¿No el que una cordera puede tener
que a los lobos oye
alrededor de los establos altos bramando,
o el de la liebre que en la
zarza escondida las hostiles bocas
divisa de los perros y no se
atreve a dar a su cuerpo ningún movimiento?
630No, aun así, se marchó, y
puesto que huellas no divisa
más lejos ningunas de pie,
vigila la nube y su lugar.
Se apodera de los asediados
miembros míos un sudor frío
y azules caen gotas de todo
mi cuerpo,
y por donde quiera que el
pie movía mana un lago, y de mis cabellos
635rocío cae y más rápido que
ahora los hechos a ti recuento
en licores me muto. Pero
entonces reconoce sus amadas
aguas el caudal, y depuesto
el rostro que había tomado de hombre
se torna en sus propias
ondas para unirse a mí.
La Delia quebró la tierra, y
en ciegas cavernas yo sumergida,
640soy transportada a Ortigia,
la cual a mí, por el cognomen de la divina
mía grata, hacia las
superiores auras la primera me sacó.”
Triptólemo
Hasta aquí Aretusa; dos gemelas sierpes la
diosa fértil
a sus carros acercó y con
los frenos sujetó sus bocas,
y por medio del cielo y de
la tierra, por los aires se hizo llevar,
645y su ligero carro hacia la
ciudad tritónida envió
y a Triptólemo en parte a la
ruda tierra unas semillas por ella dadas
le ordenó esparcir, en parte
en la tierra tras tiempos largos de nuevo cultivada.
Ya sobre Europa sublime el
joven y de Asia
la tierra se había hecho
llevar: a las escíticas costas regresa.
650El rey allí Linco era; del
rey alcanza él los penates.
De dónde venía y la causa de
su camino y su nombre preguntado,
y su patria: “Patria es para
mí la clara”, dijo, “Atenas,
Triptólemo mi nombre; he
venido, ni en una popa a través de las ondas,
ni a pie por las tierras: se
abrió para mí, transitable, el éter.
655Dones llevo de Ceres que
esparcidos por los anchos campos
fructíferos sembrados y
alimentos suaves devuelvan.”
El bárbaro se enojó, y para
que el autor de tan gran regalo
él mismo pudiera ser, en
hospitalidad lo recibió y del sueño presa
lo atacó a hierro: cuando
intentaba atravesarle el pecho
660un lince Ceres lo hizo, y de
nuevo por los aires ordenó
al mopsopio joven que
condujera su sagrada yunta.”
Las Piérides (ii)
Había finalizado sus doctos cantos de
nosotras la mayor;
mas las ninfas, que habían
vencido las diosas que el Helicón honran
con concorde voz dijeron:
como insultos las vencidas
665lanzaran: “Puesto que”,
dijo, “por el certamen a vosotras
una humillación haber
merecido poco es, y maldiciones a vuestra culpa
añadís, y no es la paciencia
libre para nosotras,
pasaremos a los castigos y
adonde la ira nos llama iremos.”
Ríen las Emátides y
desprecian las amenazadoras palabras,
670y al intentar a nuestros
ojos con gran clamor tender
sus contumaces manos, plumas
salir por las uñas
contemplaron suyas, cubrirse
sus brazos de plumón,
y la una con un rígido pico
endurecerse la cara
de la otra ve, y unos
pájaros nuevos acceder a las espesuras,
675y mientras quieren darse
golpes de pecho, por sus movidos brazos suspendidas
en el aire quedaron, de los
bosques insultos, la picazas.
Ahora también en estos
alados su locuacidad primitiva ha permanecido
y su ronca
garrulidad y el afán desmedido de hablar.
Libro
sexto
___
Aracne
Había prestado a relatos tales la Tritonia
oídos,
y las canciones de las
Aónides y su justa ira había aprobado.
Entonces, entre sí: “Alabar
poco es: seamos alabadas también nos misma
y los númenes nuestros que
sean despreciados sin castigo no permitamos.”
5Y de la meonia Aracne a los
hados su ánimo dirige,
la cual, que a ella no cedía
en sus alabanzas en el arte de hacer la lana,
había oído. No ella por su
lugar ni por el origen de su familia
ilustre, sino por su arte
fue; el padre suyo, el colofonio Idmón,
con focaico múrice teñía las
bebedoras lanas;
10había muerto su madre, pero
también ella de la plebe, a su marido
igual, había sido; aun así
ella por las lidias ciudades
se había buscado con su
ejercicio un nombre memorable, aunque
surgida de una casa pequeña,
y en la pequeña habitaba Hipepa.
De ella la obra admirable
para contemplar, a menudo
15abandonaron las ninfas los
viñedos de su Timolo,
abandonaron las ninfas
Pactólides sus propias aguas.
Y no hechos sólo los
vestidos contemplar agradaba;
entonces también, mientras
se hacían: tanto decor acompañaba a su arte,
bien si la ruda lana
aglomeraba en los primeros círculos
20o ya si con los dedos hacía
subir la obra y, buscados largo trecho,
unos vellones ablandaba que
igualaban a las nubes,
o si con ligero pulgar
giraba el pulido huso,
o si cosía a aguja; la
sabrías por Palas instruida,
lo cual, aun así, ella
niega, y de tan gran maestra ofendida:
25“Compita”, dice, “conmigo:
nada hay que yo vencida rehúse”
Palas una vieja simula, y falsas canas en
las sienes
se añade y unos infirmes
miembros con un bastón también sostiene.
Entonces así comenzó a
hablar: “No todas las cosas la más avanzada edad
que debamos huir tiene;
viene la experiencia de los tardíos años.
30El consejo no desprecia mío.
Tú la fama has de buscar
máxima de hacer entre los
mortales lana;
cede ante la diosa y perdón
por tus palabras, temeraria,
con suplicante voz ruega; su
perdón dará ella a quien lo ruega.”
La contempla a ella, y con
torvo semblante los emprendidos hilos deja
35y apenas su mano conteniendo
y confesando en tal semblante su ira
con tales palabras replicó a
la oscura Palas:
“De tu razón privada y por
tu larga vejez vienes acabada,
y demasiado largo tiempo
haber vivido te hace mal. Las oiga,
si tú una nuera tienes, si
tienes tú una hija, esas palabras.
40Consejo bastante tengo en mí
yo, y advirtiéndome
útil haberme sido no creas:
la misma es la opinión nuestra.
¿Por qué no ella misma
viene? ¿Por qué estos certámenes evita?”
Entonces la diosa: “Ha
venido”, dice, y de su figura se despojó de vieja
y a Palas exhibió.
Reverencian sus númenes las ninfas
45y las migdónides nueras;
sola quedó no aterrada esta virgen,
pero aun así se sonrojó y,
súbito, su involuntaria cara
señaló un rubor, y de nuevo
se desvaneció, como suele el aire
purpúreo hacerse en cuanto
la Aurora se mueve,
y breve tiempo después
encandecerse, del sol al nacimiento.
50Persiste en su empresa y de
una estúpida palma por el deseo
a sus propios hados se
lanza, pues tampoco de Júpiter la nacida rehúsa
ni le advierte más allá ni
ya los certámenes difiere.
Sin demora se colocan en
opuestas partes ambas
y con grácil urdimbre tensan
parejas telas:
55la tela al yugo unido se ha,
la caña divide la urdimbre,
se insertan en mitad de la
trama los radios agudos,
la cual los dedos desenredan
y, entre las urdimbres metida,
los entallados dientes la
nivelan del peine al golpear.
Ambas se apresuran y,
ceñidos al pecho sus vestidos,
60sus brazos doctos mueven
mientras el celo engaña a la fatiga.
Por allí, esa púrpura que
sintió al caldero tirio
se teje, y también tenues
sombras de pequeño matiz,
cual suele el Arco, los
soles por la lluvia al ser atravesados,
manchar con su ingente
curvatura el largo cielo,
65en el cual, diversos aunque
brillen mil colores,
su tránsito mismo, aun así,
a los ojos que lo contemplan engaña:
hasta tal punto los que se
tocan lo mismo son, sin embargo los últimos distan.
Por allí también dúctil en
los hilos se entremete el oro,
y un viejo argumento a las
telas se lleva.
70Palas la peña de Marte en el
cecropio recinto
pinta, y la antigua lid
sobre el nombre de esa tierra.
Una docena de celestiales,
con Júpiter en medio, en sus sedes altas
con augusta gravedad están
sentados; su faz a cada uno
de los dioses lo inscribe:
la de Júpiter es una regia imagen;
75apostado hace que el dios
del piélago esté, y que con su largo
tridente hiera unas ásperas
rocas y que de la mitad de la herida de la roca
brote un estrecho, prenda
con la que pueda reclamar la ciudad;
mas a sí misma se da el
escudo, se da de aguda cúspide el astil,
se da la gálea para su
cabeza, se defiende con la égida el pecho,
80y, golpeada de su cúspide,
simula que la tierra
produce, con sus bayas, la
cría de la caneciente oliva,
y que lo admiran los dioses;
de su obra la
Aun así, para que con
ejemplos entienda la émula de su gloria
qué premio ha de esperar por
una osadía tan de una furia,
85por sus cuatro partes
certámenes cuatro añade,
claros por el color suyo,
por sus breves figurillas distinguidas.
A la tracia Ródope contiene
el ángulo uno, y a su Hemo,
ahora helados montes,
mortales cuerpos un día,
que los nombres de los
supremos dioses a sí mismos se atribuyeron.
90La otra parte tiene el hado
lamentable de la pigmea
madre; a ella Juno, vencida
en certamen, le mandó
ser grulla y a los pueblos
suyos declarar la guerra.
Pintó también a Antígona, la
que osó contender un día
con la consorte del gran
Júpiter, a la cual la regia Juno
95en ave convirtió, y no le
fue de provecho Ilión a ella,
o Laomedonte su padre, para
que, cándida con sus adoptadas alas,
no a sí misma se aplauda
ella, con su crepitante pico, la cigüeña.
El que queda único, a
Cíniras tiene ese ángulo, huérfano,
y él, los peldaños del
templo –de las nacidas suyas los miembros–
100abrazando y en esta roca
yacente, llorar parece.
Rodea las extremas orillas
con olivos de la paz
–esta la medida justa
es– y de la obra suya hace con su árbol
el término.
La Meónide a la engañada representa por la
imagen de un toro,
a Europa. Verdadero el toro,
los estrechos verdaderos creerías.
105Ella misma parecía las
tierras abandonadas contemplar
y a sus acompañantes clamar
y el contacto temer
del agua que hacia ella
saltaba y sus temerosas plantas querer retornar.
Hizo también que Asterie por
un águila luchadora fuera sostenida,
hizo que de un cisne Leda se
acostara bajo las alas.
110Añadió cómo de un sátiro
escondido en la imagen, a la bella
Nicteide Júpiter llenara de
un gemelo parto,
Anfitrión fuera cuando a ti,
Tirintia, te cautivó,
cómo áureo a Dánae, a la
Esópide engañara siendo fuego,
a Mnemósine pastor, a la
Deoide variegada serpiente.
115A ti también, mutado,
Neptuno, en torvo novillo,
en la virgen eolia te puso;
tú pareciendo Enipeo
engendras a los Aloidas,
carnero a la Bisáltide engañas,
y la flava de cabellos, de
los frutos la suavísima madre,
te sintió caballo, te sintió
volador la de melena de culebras,
120madre del caballo volador,
te sintió delfín Melanto.
A todos estos la faz suya y
la faz de sus lugares
devolvió. Está allí, agreste
en su imagen Febo,
y cómo ora de azor alas, ora
lomos de león
llevara, cómo de pastor a la
Macareide Ise burlara,
125cómo Líber a Erígone con
falsa uva engañara,
cómo Saturno de caballo al
geminado Quirón creó.
La última parte de la tela,
circundada por un tenue limbo,
con néxiles hiedras contiene
flores entretejidas.
No en ésta Palas, no en esta obra la
Envidia
130podría cebarse: se dolió de
su éxito la flava guerrera
y rompió las pintadas
–celestiales delitos– vestes,
y tal como el radio del citoríaco monte sostenía,
tres, cuatro veces la frente
golpeó de la Idmonia Aracne.
No lo soportó la infeliz y
con un lazo, ardida, se ligó
135su garganta: a la que así
colgaba, Palas compadecida la alivió
y así: “Vive pues, pero
cuelga, aun así, malvada” dijo,
“y esta ley misma de tu
castigo, para que no estés libre de inquietud en el futuro,
declarada para tu
descendencia y tus tardíos nietos sea.”
Después de eso, cuando se marchaba, con
jugos de la hierba de Hécate
140la asperjó: y al instante,
por la triste droga tocados,
se derramaron sus pelos, con
los cuales también su nariz y sus orejas,
y se hace su cabeza mínima;
en todo su cuerpo también pequeña es,
en su costado sus
descarnados dedos, en vez de piernas se adhieren,
el resto el vientre lo
ocupa, del cual, aun así, ella remite
145una urdimbre y sus antiguas
telas trabaja, la araña.
Níobe
La Lidia entera brama y de Frigia por las
fortalezas la noticia
del hecho va, y el gran orbe
con esos discursos ocupa.
Antes Níobe de sus tálamos
la había conocido a ella,
por el tiempo en que, de
virgen, Meonia y el Sípilo habitaba;
150y no, aun así, advertida
quedó con el castigo de su paisana Aracne
de ceder ante los
celestiales y de palabras menores usar.
Muchas cosas le daban
arrestos; pero ni de su esposo las artes
ni la familia de ambos y de
su gran reino el poderío
así la placían –aunque ello
todo le pluguiera–
155como su progenie; y la más
feliz de las madres
dicha hubiera sido Níobe, si
no a sí misma se lo hubiera parecido.
Pues la simiente de
Tiresias, del porvenir présaga, Manto,
por mitad de las calles,
excitada por una divina fuerza,
había vaticinado:
“Isménides, marchad incesantes
160y dad a Latona y a los dos
hijos de Latona
con su plegaria inciensos
píos, y con laurel enlazaos el pelo.
Por la boca mía Latona lo
ordena.” Se obedece, y todas
las tebaides con las
ordenadas frondas sus sienes ornan
e inciensos dan a los santos
–y palabras suplicantes– fuegos.
165He aquí que viene
rodeadísima Níobe de la multitud de sus acompañantes,
por sus vestidos frigios de
oro entretejido vistosa
y, cuanto su ira permite,
hermosa; y, moviendo con su agraciada
cabeza sueltos por ambos
hombros sus cabellos,
se detuvo, y cuando sus ojos
soberbios alrededor hubo llevado, alta:
170“¿Qué furor, unos oídos
dioses”, dijo, “anteponer
a los vistos, o por qué se
honra a Latona por las aras,
cuando el numen todavía mío
sin incienso está? Tántalo el autor mío,
único al que fue permitido
de los altísimos tocar las mesas;
de las Pléyades hermana es
la genetriz mía; el máximo Atlas
175es mi abuelo, el que lleva
sobre su cuello el etéreo eje;
Júpiter mi otro abuelo; como
suegro también me glorío de él.
A mí los pueblos me temen de
Frigia; debajo de mí, su dueña,
el real de Cadmo está, y
reunidas por las liras de mi esposo,
estas murallas con sus
pueblos por mí y mi marido son regidas.
180A cualquier parte de mi casa
al volver mis ojos
inmensas riquezas vense;
adviene a esto mismo,
digna de una diosa, mi faz;
aquí mis nacidas pon, siete,
y otros tantos jóvenes, y
pronto yernos y nueras.
Preguntad ahora qué causa
tenga nuestra soberbia,
185a la simiente de no sé qué
Ceo atreveos, a la Titánide
Latona, a preferir a mí, a
la cual la máxima tierra un día
una exigua sede cuando iba a
parir le negó.
Ni en el cielo ni en el
suelo ni en las aguas la diosa vuestra recibida fue:
una desterrada era del
cosmos hasta que compadecida de su vagar:
190“Huésped tú por las tierras
vas errante: yo”, dijo Delos,
“en las ondas” y un
inestable lugar le dio. Ella de dos
se hizo madre: del útero
nuestro la parte esta es la séptima.
Soy feliz –pues quién niegue
esto– y feliz permaneceré
–esto también quién lo
dude–: segura a mí mi abundancia me hizo.
195Mayor soy que a quien pueda
la Fortuna dañar,
y mucho aunque me
arrebatara, que mucho a mí más me quedará.
Han excedido al miedo ya mis
bienes: fingid que quitarse
algo a este pueblo de los
nacidos míos pudiera:
no, aun así, al número de
dos me reduciría expoliada,
200de Latona la multitud, la
cual, cuánto dista de una huérfana.
Dejad † deprisa estos
sacrificios † y el laurel de los cabellos
quitaos.” Se lo quitan y los
sacrificios inconclusos abandonan,
y, lo que lícito es, con
tácito murmullo veneran su numen.
Indignóse la diosa y en el sumo vértice
del Cinto
205con tales palabras a su
gemela prole habló:
“Heme yo, vuestra madre, de
vosotros ardida, mis criaturas,
y que si no a Juno a ninguna
cedería de las diosas,
si una diosa soy se duda y,
a través de todos los siglos adoradas,
se me aparta, oh mis
nacidos, si vosotros no me socorréis, de mis aras.
210Y no el dolor este solo: a
su siniestra acción insultos
la Tantálide ha añadido y a
vosotros posponer a los nacidos
suyos se ha atrevido y a mí
–lo cual en ella recaiga– huérfana
me ha dicho y ha exhibido la
lengua, maldita, paterna.”
Añadido súplicas habría la
Latona a estos relatos:
215“Deja”, Febo dice. “Del
castigo dilación una larga queja es.”
Dijo lo mismo Febe, y en
rápida caída por el aire
alcanzaron, cubiertos por
unas nubes, de Cadmo el recinto.
Plana había, y a lo ancho
abriéndose cerca de las murallas, una llanura,
por asiduos caballos batida,
donde una multitud de ruedas
220y dura pezuña había mullido
los terrones a ellos sometidos.
Una parte allí de los siete
engendrados de Anfíon en fuertes
caballos montan y,
rojecientes de tirio jugo,
sus lomos hunden y de oro
pesadas moderan sus riendas.
De los cuales Ismeno, que
para la madre suya el fardo un día
225primero había sido, mientras
dobla en un certero círculo
de su cuadrípede el curso y
su espumante boca somete:
“¡Ay de mí!”, clama, y en
mitad del pecho clavadas
unas flechas lleva y los
frenos su mano moribunda soltando,
hacia el costado poco a poco
él se derrama desde el diestro ijar.
230Próximo a él, tras oír un
sonido de aljaba a través del vacío,
los frenos soltaba Sípilo,
igual que cuando barruntando lluvias
al ver una nube huye, y
dejándolas colgar por todas partes su gobernador,
los linos arría para que ni
una leve aura efluya:
los frenos, aun así,
soltando, no evitable, una flecha
235lo alcanza y en lo alto de
su nuca temblorosa una saeta
se queda clavada y
sobresalía desnudo de su garganta el hierro;
él, como estaba, inclinado
hacia adelante, por la cruz liberada y crines
se rueda, y con su cálida
sangre la tierra mancha.
Fédimo, el infeliz, y del
nombre de su abuelo el heredero,
240Tántalo, una vez que fin
pusieron al acostumbrado trabajo,
habían pasado a la obra
juvenil de la nítida palestra.
Y ya habían confrontado,
luchando en estrecho nudo,
pecho con pecho, cuando
disparada por el tenso nervio
como estaban, unidos,
atravesó a uno y otro una saeta.
245Gimieron a la vez, a la vez
encorvados por el dolor
sus miembros en el suelo
pusieron, a la vez sus supremas luces
giraron, yacentes, su
aliento a la vez exhalaron.
Los contempla Alfénor y su
desgarrado pecho golpeando
a ellos vuela para con sus
abrazos aliviar sus helados miembros,
250y en el piadoso servicio
cae; pues el Delio a él
lo íntimo de su torso rompió
con un mortífero hierro.
El cual, una vez que sacado
fue, parte fue del pulmón en sus arpones
extraída y con su aliento su
crúor se difundió a las auras.
Mas no al intonso Damasicton
una simple herida
255infligió: herido había sido
por donde el muslo a serlo empieza, y por donde
su blanda articulación hace
la nervosa corva,
y mientras con la mano
intenta sacar la fúnebre flecha
otra saeta a través de la
garganta hasta las plumas le entró.
Expulsó a ésta la sangre,
que proyectándose a lo alto
260riela y, largamente por ella
horadada el aura, saltando sube.
El último Ilioneo, rezando,
unos brazos que no le habían
de aprovechar había elevado
y: “Dioses oh, en común, todos”,
había dicho, sin él saber
que no todos debían ser rogados,
“guardadme.” Conmovido se
había, cuando ya revocable la flecha
265no era, el señor del arco;
de una mínima herida aun así muere él,
no profundamente perforado
su corazón por la saeta.
La noticia de ese mal y de su pueblo el
dolor y las lágrimas
de los suyos a la madre de
tan súbita ruina cercioraron,
admirada de que hubieran
podido, y enconada de que se hubieran
270a ello atrevido los
altísimos, de que tan gran poder tuvieran;
pues el padre, Anfíon, su
hierro a través del pecho empujando
había puesto fin, muriendo,
juntamente con la luz, a su dolor.
Ay, cuánto esta Níobe de la
Níobe distaba aquella
que ahora poco a su pueblo
había apartado de las Latoas aras
275y por mitad de su ciudad
había llevado sus pasos, alta la cabeza,
malquerida para los suyos,
mas ahora digna de compasión incluso para su oponente.
Sobre sus cuerpos helados se
postra y sin orden ninguno
besos dispensa, los
supremos, por sus nacidos todos,
desde los cuales al cielo
sus lívidos brazos levantando:
280“Cébate, cruel, de nuestro
dolor, Latona,
cébate”, dice, “y sacia tu
pecho de mi luto
y tu corazón fiero sacia”,
dijo. “Mediante funerales siete
a mí me llevan: exulta, y,
vencedora enemiga, triunfa.
¿Pero por qué vencedora? A
mí desgraciada más me quedan
285que a ti feliz; después de
tantos funerales también venzo.”
Había dicho, y sonó desde su tensado arco
un nervio,
el cual, excepto a Níobe
sola, aterró a todos.
Ella en su mal es audaz.
Apostadas estaban con sus ropas negras
ante los lechos de sus
hermanos, suelto el pelo, sus hermanas,
290de las cuales una, sacándose
unas flechas clavadas en su vientre,
impuesto sobre su hermano,
moribunda, el rostro, languidece;
la segunda, consolar a su
desgraciada madre intentando
calló súbitamente y
doblegada por una herida ciega quedó
[y su boca no cerró sino
después que su espíritu se fuera].
295Ésta en vano huyendo se
desploma, aquélla sobre su hermana
muere; se esconde ésta,
aquélla temblar habrías visto.
Y seis dadas ya a la muerte
y diversas heridas padeciendo
la última restaba; a la cual
con todo su cuerpo su madre,
con todo su vestido
cubriendo: “Ésta sola y la más pequeña deja;
300de muchas la más pequeña te
pido”, clamaba, “y ella sola”,
y mientras suplicaba la que
rogaba muere. Huérfana se sentó,
entre sus exánimes nacidos y
nacidas y marido,
y rigente quedó por sus
males; cabellos mueve la brisa ningunos,
en su rostro el color es sin
sangre, sus luces en sus afligidas
305mejillas están inmóviles,
nada hay en su imagen vivo.
Su propia lengua también
interiormente con su duro paladar
unida se congela y las venas
desisten de poder moverse;
ni doblarse su cuello, ni
sus brazos hacer movimientos,
ni su pie andar puede; por
dentro también de sus entrañas roca es.
310Llora aun así y circundada
por un torbellino de vigoroso viento
hasta su patria es
arrebatada; allí, fija a la cima de un monte
se licuece y lágrimas
todavía ahora sus mármoles manan.
Los paisanos licios
Entonces verdaderamente todos la
manifiesta ira de su numen,
mujer y hombre, temen, y con
el culto más afanosamente todos
315los grandes númenes veneran
de la divina madre de los gemelos;
y, como se suele, según el
hecho más reciente los anteriores se vuelven a narrar.
De los cuales uno dice: “De
la Licia fértil también por los campos
no impunemente a la diosa
los viejos colonos despreciaron.
Cosa oscura ciertamente es
por la falta de nobleza de sus hombres,
320admirable, aun así. Vi en
persona el pantano y su lugar,
por el prodigio conocido;
pues ya mayor de edad
e incapaz de soportar el
viaje, a mí mi genitor traer unos escogidos
bueyes me había encargado de
allí, y del pueblo aquel al irme
él mismo un guía me había
dado, con el cual, mientras esos pastos lustro,
325he aquí que del lago en
medio, negro del rescoldo de sus sacrificios
un ara vieja se alzaba, de
trémulas cañas rodeada.
Se detuvo y con pávido
murmullo: “Propicio a mí seas”, dijo
el guía mío, y con semejante
murmullo: “Propicio a mí”, yo dije.
Si de las Náyades o de Fauno
fuera, aun así, el ara, le preguntaba,
330o si de un indígena dios,
cuando tal cosa me refirió mi huésped:
“No en este ara, oh joven,
un montano numen hay;
aquélla suya la llama a
quien un día la regia esposa
el orbe le vetó, a quien
apenas la errática Delos,
suplicante, la acogió
cuando, leve isla, nadaba;
335allí recostándose, junto con
el árbol de Palas, en una palmera,
dio a luz a sus gemelos
–contra la voluntad de la madrastra– Latona.
De allí también que huyó de
Juno la recién parida se refiere
y que en su seno llevó, dos
númenes, a sus nacidos.
Y ya cuando un sol grave
quemaba los campos en los confines
340de Licia, la autora de la
Quimera, la diosa, de su larga fatiga cansada
y desecada del calor
estelar, sed contrajo,
y sus pechos lactantes los
habían agotado ávidos sus hijos.
Por azar en un lago de
mediana agua reparó, en unos profundos
valles; unos paisanos allí
leñosos mimbres
345recogían, y con ellos juncos
y, grata a los pantanos, ova.
Se acercó, y bajando la
rodilla la Titania en la tierra
la apoyó para sacar helados
licores que bebiera.
La rústica multitud lo
impide; la diosa así se dirigió a los que la impedían:
“¿Por qué prohibís las
aguas? Un uso compartido el de las aguas es
350y ni el sol privado la
naturaleza, ni el aire hizo,
ni las tenues ondas: a
públicos beneficios he venido;
los cuales, aun así, que me
deis, suplicante os pido. No yo nuestros
cuerpos a lavar aquí y
cansados miembros me disponía,
sino a aliviar la sed.
Carece la boca de quien os habla de humedad
355y la garganta seca tengo y
apenas hay camino de la voz en ellas.
Un sorbo de agua para mí
néctar será y la vida confesaré
que he recibido a la vez: la
vida me daríais en el agua.
Éstos también os conmuevan,
los que en nuestro seno sus brazos
pequeños tienden”, y por
acaso tendían los brazos sus nacidos.
360¿A quién no las tiernas
palabras de la diosa hubieran podido conmover?
Ellos, aun así, a quien
rogaba persisten en prohibirlas, y amenazas,
si no lejos se retira, e
insultos encima añaden.
Y no bastante es; los
propios incluso lagos con pies
y mano enturbiaron y desde
el profundo abismo el blando
365limo aquí y allá con saltos
malignos removieron.
Difirió la ira la sed, y no,
pues, ya, la hija de Ceo
suplica a unos indignos, ni
decir sostiene por más tiempo
palabras menores la diosa, y
levantando a las estrellas sus palmas:
“Eternamente en el pantano”,
dijo, “este viváis.”
370Suceden los deseos de la
diosa: gustan de estar bajo las ondas
y ora todo su cuerpo
sumergir en la cóncava laguna,
ahora sacar la cabeza, ora
por lo alto del abismo nadar,
a menudo sobre la ribera del
pantano sentarse, a menudo
a los helados lagos volver a
brincar; pero ahora también sus torpes
375lenguas en disputas
ejercitan y haciendo a un lado el pudor,
aunque estén bajo agua, bajo
agua maldecir intentan.
Su voz también ya ronca es y
sus inflados cuellos hinchan
y sus propios voceríos les
dilatan las anchas comisuras.
Sus espaldas la cabeza
tocan, los cuellos sustraídos parecen,
380su espinazo verdea, su
vientre, la parte más grande del cuerpo, blanquea,
y en el limoso abismo
saltan, nuevas, las ranas.”
Marsias
Así, cuando no sé quién hubo referido de
los hombres
del pueblo licio la
destrucción, del sátiro se acuerda el otro,
al cual el Latoo, con su
Tritoníaca caña venciéndole,
385le deparó un castigo. “¿Por
qué a mí de mí me arrancas?”, dice;
“ay, me pesa, ay, no vale”,
clamaba, “la tibia tanto.”
Al que clamaba la piel le
fue arrancada de lo sumo de sus miembros,
y nada sino herida él era;
crúor de todas partes mana,
y destapados se ven sus
nervios y trémulas sin ninguna
390piel rielan sus venas; sus
palpitantes vísceras podrías
enumerar, y diáfanas en su
pecho las fibras.
A él los campestres faunos,
de las espesuras númenes,
y sus sátiros hermanos, y su
entonces también querido Olimpo,
y las ninfas le lloraron, y
quien quiera que en los montes aquellos
395lanados rebaños y ganados
astados apacentaba.
Fértil se humedeció, y
humedecida la tierra caducas
lágrimas concibió, y con sus
venas más profundas las embebió;
las cuales, cuando las hizo
agua, a las vacías auras las emitió.
Desde entonces el que busca
rápido por sus riberas inclinadas la superficie
400por Marsias su nombre tiene,
de Frigia el más límpido caudal.
Pélope
Con tales relatos al instante vuelve a lo
presente
la gente y al extinguido
Anfíon, con su estirpe, hace duelo.
La madre en inquina cae: a
ella entonces también se dice que una persona
le lloró, Pélope, y en su
hombro, después que las ropas
405se quitó del pecho, el
marfil mostró, en el siniestro.
De concorde color este
hombro en el momento de su nacimiento que el diestro,
y corpóreo, había sido; por
las manos paternas luego cortados
sus miembros, cuentan que
los unieron los dioses, y aunque los otros encontraron,
el lugar que está intermedio
entre la garganta y la parte superior del brazo
410faltaba: impuesto le fue en
uso de la parte
que no comparecía ese
marfil, y por el hecho ese Pélope quedó entero.
Tereo, Progne y Filomela
Los vecinos aristócratas se reúnen y las
ciudades próximas
rogaron a sus reyes que
fueran a los consuelos,
y Argos y Esparta y la
Pelópide Micenas
415y todavía no para la torva
Diana Calidón odiosa
y Orcómenos la feraz y noble
por su bronce Corinto
y Mesene la feroz y Patras y
la humilde Cleonas,
y la Nelea Pilos y todavía
no piteia Trecén
y las ciudades otras que por
el Istmo están encerradas, el de dos mares,
420y las que fuera situadas por
el Istmo son contempladas, el de dos mares.
Creerlo quién podría, sola
tú no cumpliste, Atenas.
Se opuso a ese deber la
guerra, y transportadas por el ponto
bárbaras columnas aterraban
los mopsopios muros.
El tracio Tereo a ellas con sus auxiliares
armas
425las había dispersado y un
claro nombre por vencer tenía;
al cual consigo Pandíon, en
riquezas y hombres poderoso,
y que su linaje traía desde
acaso el gran
con la boda de su Progne,
unió. No la prónuba Juno,
no Himeneo asiste, no la
430Las Euménides sostuvieron
esas antorchas, de un funeral robadas,
las Euménides tendieron el
diván y sobre su techo se recostó,
profano, un búho, y del
tálamo en el culmen se sentó.
Con esta ave uniéronse
Progne y Tereo, padres
con esa ave hechos fueron;
les agradeció, claro está, a ellos
435la Tracia, y a los dioses
mismos ellos las gracias dieron, y a ese día
en el que dada fue de
Pandíon la nacida al preclaro tirano,
y en el que había nacido
Itis, festivo ordenaron que se dijera.
–hasta tal punto se oculta
el provecho–. Ya los tiempos del repetido
año el Titán a través de
cinco otoños había conducido,
440cuando, enterneciendo a su
marido Progne: “Si estima”, dijo,
“alguna la mía es, o a mí a
ver envíame a mi hermana
o que mi hermana aquí venga.
Que ha de volver en tiempo pequeño
prometerás a tu suegro. De
un gran regalo a mí, en la traza,
a mi germana el haber visto
me darás.” Ordena él las quillas
445a los estrechos bajar y a
vela y remo en los puertos
cecropios entra y del Pireo
los litorales toca.
En cuanto de su suegro
estuvo en presencia, la derecha a la diestra
se une, y con ese fausto
presagio se acomete la conversación.
Había empezado, de su
llegada el motivo, los encargos a referir
450de su esposa, y rápidos
retornos de la enviada a prometer:
he aquí que llega, en gran
aparato rica, Filomela,
más rica en hermosura,
cuales oír solemos
que las náyades y las
dríades por mitad avanzan de las espesuras
si sólo les des a ellas
adornos y semejantes aparatos.
455No de otro modo se abrasó,
contemplada la virgen, Tereo,
que si uno bajo las canas
espigas fuego ponga,
o si frondas, y puestas en
los heniles, crema hierbas.
Digna ciertamente su
hermosura, pero también a él su innata lujuria
lo estimula, e inclinada la
raza de las regiones aquellas
460a Venus es; flagra por el
vicio de su raza y el suyo propio.
El impulso es de él el celo
de su cortejo corromper
y de su nodriza la
fidelidad, y no poco con ingentes a ella misma
dádivas inquietarla y todo
su reino dilapidar,
o raptarla y con salvaje
guerra raptada defenderla,
465y nada hay que, cautivado
por ese desenfrenado amor,
no osara, y no abarca las
llamas su pecho en él encerradas.
Y ya las demoras mal lleva y
con deseosa boca se vuelve
a los encargos de Progne y
hace sus votos bajo ella.
Elocuente lo hacía el amor,
y cuantas veces rogaba
470más allá de lo justo, que
Progne así lo quería decía.
Añadió también lágrimas,
como si las hubiese encargado también a ellas.
Ay, altísimos, cuánto los
mortales pechos de ciega
noche tienen. Por la propia
instrucción de la maldad a Tereo
piadoso se le cree y gloria
de su crimen obtiene.
475Y qué decir de que lo mismo
Filomela ansía, y que de su padre los hombros
con sus brazos, tierna,
sosteniendo, que pueda ir a ver a su hermana,
y que por la suya, y contra
su salud, pide ella.
La contempla a ella Tereo y
de antemano la toca al mirarla
y su boca y su cuello y sus
circundados brazos divisando,
480todo por estímulos y
antorchas y cebo de su furor
toma, y cuantas veces se
abraza ella a su padre
ser su padre quisiera, pues
no menos impío sería.
Vence al genitor la súplica
de ambas: se goza y le da
ella al padre las gracias, y
que ha salido bien para las dos
485esto cree la infeliz, que
será lúgubre para las dos.
Ya labor exigua a Febo restaba, y sus
caballos
pulsaban con sus pies el
espacio del declinante Olimpo.
Regios manjares en las mesas
y Baco en oro
se pone; después al plácido
sueño se dan sus cuerpos.
490Mas el rey odrisio, aunque
se retiró, en ella
arde, y recordando su faz y
movimientos y manos
cuales las quiere imagina
las cosas que todavía no ha visto y los fuegos
suyos él mismo nutre,
mientras esa inquietud le aleja el sopor.
La luz llega, y de su yerno
la diestra estrechando que marchaba,
495Pandíon a su compañera con
lágrimas le encomienda brotadas:
“A ella yo, querido yerno,
porque una piadosa causa me obliga
y lo quisieron ambas, lo
quisiste tú también, Tereo,
te doy a ti, y por tu
lealtad y tu pecho a mí emparentado suplicante,
y por los altísimos, te
ruego que con amor de padre la guardes,
500y que a mí, angustiado, este
alivio dulce de mi vejez
cuanto antes –cualquiera
será para mí una demora larga–, me devuelvas.
Tú también cuanto antes
–bastante es que lejos esté tu hermana–,
si piedad alguna tienes, a
mí, Filomela, vuelve.”
Le encargaba, y al par daba
besos a la nacida suya
505y lágrimas suaves entre los
encargos caían;
y de fe como prenda las
diestras de cada uno demandó
y entre sí dadas las unió, y
que a su nacida y nieto
ausentes por él con
memorativa boca saluden, pide;
y el supremo adiós, llena de
sollozos la boca,
510apenas dijo, y temió los
presagios de su mente.
Una vez que impuesta fue Filomela sobre la
pintada quilla
y removido el estrecho a
remos, y la tierra despedida fue:
“Hemos vencido”, clama,
“conmigo mis votos vienen”,
y exulta y apenas en su
ánimo sus gozos difiere
515el bárbaro, y a ningún lugar
la vista separa de ella,
no de otro modo que cuando
con sus pies corvos, predador,
depositó en su nido alto una
liebre, de Júpiter el ave:
ninguna huida hay para el
cautivo; contempla su premio el raptor.
Y ya el camino concluido, y ya a sus
litorales de las fatigadas
520popas habían salido, cuando
el rey, de Pandíon a la nacida
a unos establos altos
arrastra, oscuros de sus espesuras vetustas,
y allí, palideciente y
temblorosa y todo temiendo
y ya con lágrimas dónde esté
su germana preguntando,
la encerró y confesando la
abominación, y virgen ella y una sola,
525por la fuerza la somete, en
vano llamando unas veces a su padre,
otras a la hermana suya, a
los grandes divinos sobre todas las cosas.
Ella tiembla, como una
cordera asustada que, herida, de la boca
de un cano lobo se ha
sacudido, y todavía a sí misma a salvo no se cree,
o como una paloma,
humedecidas de su propia sangre sus plumas,
530se horroriza todavía y tiene
miedo de esas ávidas uñas con las que la cogieron.
Luego, cuando en sí volvió,
desgarrando sus sueltos cabellos,
a la que una muerte plañe
semejante, heridos a su golpe sus brazos,
tendiéndole las palmas: “Oh
por tus siniestros hechos bárbaro,
oh cruel”, dijo, “ni a ti
los encargos de un padre
535con sus lágrimas piadosas te
han conmovido, ni tu cuidado de mi hermana,
ni mi virginidad, ni las
matrimoniales leyes.
Todo lo has turbado: rival
yo hecha he sido de mi hermana,
tú, doble esposo. Como
enemigo yo hubiera debido tal castigo.
¿Por qué no el aliento este,
para que ninguna fechoría a ti, perjuro, te reste,
540me arrebatas? Y ojalá lo
hubieras hecho antes de estos execrables
concúbitos. Vacías hubiese
tenido de crimen yo mis sombras.
Si, aun así, esto los
altísimos contemplan, si los númenes de los divinos
son algo, si no se perdieron
todas las cosas conmigo,
alguna vez tus castigos me
pagarás. Yo misma el pudor
545rechazando tus hechos diré,
si ocasión tengo
de llegar a gentes; si en
estas espesuras encerrada me quedo
llenaré estas espesuras y a
estas piedras, testigos, conmoveré.
Oirá esto el éter y si dios
alguno en él hay.”
Con tales cosas después que la ira del
fiero tirano conmovida,
550y, no menor que ella, su
miedo fue, por ambos motivos acuciado,
de la que estaba ceñido, de
su vaina libera la espada,
y arrebatándola por el pelo
y doblados tras su espalda los brazos,
a padecer cadenas la obligó;
su garganta Filomela aprestaba,
y esperanza de su muerte al
ver la espada había concebido.
555Él, ésa que estaba indignada
y por su nombre al padre sin cesar llamaba
y luchaba por hablar,
cogiéndosela con una tenazas, su lengua,
se la arrancó con su espada fiera. La raíz
riela última de su lengua.
Ésta en sí, yace, y a la
tierra negra, temblando, murmura,
y, como saltar suele la cola
de una mutilada culebra,
560palpita, y muriendo de su
dueña las plantas busca.
Después también de esta
fechoría –apenas me atrevería a creerlo– se cuenta
que a menudo por su lujuria
volvió a buscar el lacerado cuerpo.
Es capaz, después de tales hechos, de
volver a Progne,
la cual al ver al esposo por
su germana pregunta, mas él
565da unos gemidos fingidos y
unos inventados funerales narra
y sus lágrimas hicieron el
crédito. Sus vestimentas Progne
destrozó desde sus hombros,
de oro ancho fulgentes,
y se cubre de negros
vestidos y un inane sepulcro
instruyó y a unos falsos
manes expiaciones ofreció,
570y plañe los hados de una
hermana que no así de plañirse había.
Su doble senario de signos el dios había
revistado, pasado un año.
¿Qué hacía Filomela? La
huida una custodia le cierra,
construidos se erigen en
sólida roca los muros de los establos,
su boca muda carece de
delator del hecho.
575el ingenio, y acude la
astucia a las desgraciadas situaciones.
Una urdimbre suspende,
experta, del bárbaro telar,
y unas purpúreas notas
entretejió en los hilos blancos,
indicio de la abominación, y
concluido se lo entregó a una,
y que lo lleve a su dueña
con el gesto le ruega. Ella lo rogado
580llevó hasta Progne: no sabe
qué entregue en ello.
Desplegó las ropas la
matrona del salvaje tirano
y de la fortuna suya la
canción deplorable lee,
y, milagro que pudiera,
calla. El dolor su boca reprimió,
y palabras bastante
indignadas a la lengua que las buscaba
585faltaron, y no a llorar
tiempo entrega, sino que lo piadoso y lo impío
a fundir se lanza y del
castigo en la imagen toda está.
El tiempo era en que los sacrificios
trienales suelen de Baco
celebrar las sitonias
nueras: la noche es cómplice de los sacrificios,
de noche suena el Ródope con
los tintineos del bronce agudo,
590de noche de su casa salió la
reina y para los ritos
del dios se equipa y coge de
furia unas armas.
Con vid la cabeza se cubre,
de su costado siniestro vellones
de ciervo penden, en su
hombro una leve asta descansa.
Precipitándose por las
espesuras, de la multitud acompañada de las suyas,
595terrible Progne, y por las
furias agitada del dolor,
Baco, las tuyas simula.
Llega a los establos inaccesibles al fin
y aúlla y el euhoé hace sonar, y las puertas destroza
y a su germana rapta, y a la
raptada de las enseñas de Baco
inviste, y su rostro con
frondas de hiedra le esconde,
600y arrastrándola atónita
hasta dentro de sus murallas la conduce.
Cuando sintió que había tocado la casa
nefanda Filomela
se horrorizó la infeliz y en
todo palideció el rostro.
Alcanzando un lugar Progne,
de los sacrificios las prendas le quita
y la cara descubre
avergonzada de su desgraciada hermana
605y estrecharla intenta; pero
no levantar en contra
soporta ella sus ojos, rival
a sí misma viéndose de su hermana,
y bajado a tierra el rostro,
al querer ella jurar
y por testigos poner a los
dioses de que por la fuerza a ella la deshonra aquella
inferida fue, por voz su
mano estuvo. Arde y la ira suya
610no abarca la propia Progne,
y el llanto de su hermana
conteniendo: “No se ha con
lágrimas esto”, dice, “de tratar,
sino con hierro, sino si
algo tienes que vencer al hierro
pueda. Para toda abominación
yo, germana, me he preparado:
o yo, cuando con antorchas
estos reales techos creme
615a su artífice echaré, a
Tereo, en medio de las llamas,
o su lengua o sus ojos y los
miembros que a ti el pudor
te arrebataron a hierro le
arrancaré, o por heridas mil
su culpable aliento le
expulsaré. Para cualquier cosa grande me he preparado;
qué sea, todavía dudo.”
Mientras concluye tales cosas Progne
620a su madre venía Itis. De
qué era capaz por él
advertida fue, y con ojos
mirándolo inclementes: “Ah, cuán
eres parecido a tu padre”,
dijo y no más hablando
la triste fechoría prepara y
se consume en callada ira.
Cuando aun así se le acercó
su nacido y a su madre su saludo
625ofreció y con sus pequeños
brazos se acercó a su cuello,
y mezclados con ternuras de
niño su boca le unió,
conmovida ciertamente fue su
genetriz, y quebrantada se detuvo su ira,
y sus involuntarios ojos se
humedecieron de lágrimas obligadas.
Pero una vez que por su
excesiva piedad su mente vacilar
630sintió, desde él otra vez al
rostro se tornó de su hermana,
y por turno mirando a ambos:
“¿Por qué me hace llegar”, dice,
“el uno sus ternuras y calla
la otra, arrancada su lengua?
A la que llama él madre ¿por
qué no llama aquélla hermana?
Con qué marido te hayas
casado, vélo, de Pandíon la nacida.
635Le desmereces: la
abominación es piedad en tu esposo Tereo.”
No hay demora, coge a Itis,
igual que del Ganges una tigresa
la cría lactante de una
cierva por las espesuras opacas,
y cuando de la casa alta una
parte alcanzaron remota
a él, tendiéndole sus manos
y ya sus hados viendo
640y “madre, madre” clamando y
su cuello buscando,
a espada hiere Progne, por
donde al costado el pecho se une,
y no el rostro torna;
bastante a él para sus hados incluso una
herida era: la garganta a
hierro Filomela le tajó,
y vivos aún y de aliento
algo reteniendo sus miembros
645le despedazan. Una parte de
ahí bulle en los cavos calderos,
parte en asadores chirrían.
Manan los penetrales de sueros.
Con estas mesas acoge la esposa al
ignorante Tereo,
y un sacrificio al uso de su
patria mintiendo, al que solo
lícito sea asistir al
marido, a cortesanos y sirvientes retira.
650Él mismo, sentado en su
solio ancestral Tereo alto,
se ceba y en su vientre sus
entrañas acumula y
–tanta la noche de su ánimo
es–: “A Itis aquí traedme”, dijo.
Disimular no puede sus
crueles goces Progne,
y ya deseosa de erigirse en
mensajera de su propia calamidad:
655“Dentro tienes a quien
reclamas”, dice. Alrededor mira él
y dónde esté pregunta:
mientras lo busca y de nuevo lo llama,
como ella estaba, asperjados
de su sangría de furia sus cabellos
se abalanzó y de Itis la
cabeza cruenta Filomela
le lanzó a la cara de su
padre y en ningún momento más quiso
660poder hablar y con las
merecidas palabras testimoniar sus gozos.
El tracio con un ingente
alarido las mesas repelió
y a las vipéreas hermanas
mueve del estigio valle,
y ora, si pudiera, por sacar
abriéndose el pecho los siniestros
manjares de allí, y sus
engullidas entrañas, arde,
665ya llora, y a sí mismo se
llama pira desgraciada de su nacido,
ahora persigue con el
desnudo hierro a las engendradas de Pandíon.
Los cuerpos de las
Cecrópides con alas volar pensarías:
volaban con alas, de las
cuales acude la una a las espesuras,
la otra en los techos se
mete, y no todavía de su pecho se han desprendido
670las marcas de la matanza, y
sellada con sangre su pluma está.
Él por el dolor suyo y de
castigo por el ansia veloz,
se torna en pájaro, al que
se alzan en su coronilla crestas.
Le sobresale, inmódico, en
vez de su larga cúspide un pico.
Su nombre abubilla de ave,
su porte armado parece.
Bóreas y Oritía
675Este dolor antes de su día y
de los extremos tiempos de una larga
vejez a las
tartáreas sombras a Pandíon envió.
Los cetros del
lugar, y del estado el gobierno toma Erecteo,
si por su
justicia en duda, o más poderoso por sus vigorosas armas.
Cuatro
muchachos él, ciertamente, y otras tantas había creado
680de suerte femenina, pero era
par la belleza de dos de ellas.
De las cuales
el Eólida Céfalo contigo como esposa, feliz,
Procris, fue;
a Bóreas Tereo y sus tracios daño hacían,
y de su
elegida mucho tiempo careció el dios, de Oritía,
mientras le
ruega, y de plegarias prefiere que de las fuerzas servirse.
685Mas cuando con ternuras no
se hace nada, hórrido de ira,
cual la
acostumbrada es en él y demasiado familiar en ese viento:
“Y con razón”,
dijo, “pues ¿por qué mis armas he abandonado,
la fiereza y
las fuerzas e ira y arrestos amenazantes,
y he empleado
súplicas, de las cuales a mí me desmerece el uso?
690Apta a mí la fuerza es: por
la fuerza las tristes nubes expulso,
por la fuerza
los estrechos sacudo y nudosos robles vuelco
y endurezco
las nieves y las tierras con granizo bato.
El mismo, yo,
cuando a mis hermanos en el cielo abierto encuentro
–pues mi
llanura él es– con tanto ahínco lucho
695que en medio de nuestros
ataques resuene el éter
y salten
despedidos de las cóncavas nubes fuegos.
El mismo, yo,
cuando entro a las convexas perforaciones de la tierra
y he puesto,
feroz, mi espalda bajo las profundas cavernas
angustio a los
manes, y con mis temblores a todo el orbe.
700Con esta ayuda debiera mis
tálamos haber buscado, y suegro
no he debido
rogar que él fuera mío, sino hacerlo, a Erecteo.”
Estas cosas Bóreas, o que éstas no
inferiores diciendo,
sacudió sus
alas, con cuyas sacudidas toda
aventada fue
la tierra, y el ancho mar estremeció,
705y su polvorienta capa
llevando por las altas cimas
barre la
tierra y, pávida de miedo, por una calina cubierto,
a Oritía
amando, en sus fulvas alas la estrecha.
Mientras vuela
ardieron agitados más fuertemente sus fuegos,
y no antes las
riendas reprimió de su aérea carrera
710que de los Cícones alcanzó
los pueblos y sus murallas el raptor.
Allí del
helado tirano esposa la Actea,
y también
genetriz hecha fue, y partos gemelos dio a luz,
que el resto
de la madre, las alas del genitor tuvieran.
No, aun así,
éstas al par, recuerdan, con el cuerpo nacidas fueron,
715y mientras barba faltaba
bajo sus rútilos cabellos
implumes
Calais el niño y Zetes fueron.
Luego, al par
las alas empezaron, al modo de las aves,
a ceñirles
ambos costados, al par a dorarse sus mejillas.
Así pues,
cuando cedió el tiempo infantil a su juventud,
720los vellones con los minias,
de nítido vello radiantes,
por un mar no
conocido con la primera quilla buscaron.
Libro
séptimo
___
Medea y Jasón
Y ya el
estrecho los Minias con la Pagasea popa cortaban
y bajo una perpetua noche llevando su desvalida vejez
a Fineo visto habían, y los jóvenes de Aquilón creados
las virginales aves de la boca del desgraciado viejo
habían ahuyentado,
5y tras muchas
peripecias bajo el claro Jasón finalmente
habían alcanzado, robadoras, del limoso Fasis las
ondas.
Y mientras acuden al rey y de Frixo los vellones le
demandan
† y la condición es dada a su números, † horrenda, de
grandes trabajos,
concibe entre tanto la Eetíade unos vigorosos fuegos,
10y tras
combatirlos mucho tiempo, después que con la razón su furor
vencer no pudo: “En vano, Medea, resistes.
No sé qué dios se opone”, dice, “y milagro si no esto
es,
o algo ciertamente semejante a esto, a lo que amar se
llama.
Pues, ¿por qué las órdenes de mi padre demasiado a mí
duras me parecen?
15Son también
duras demasiado. ¿Por qué a quien ahora poco recién he visto
de que muera tengo miedo? ¿Cuál la causa de tan gran
temor?
Sacude de tu virgíneo pecho las concebidas llamas,
si puedes, infeliz. Si pudiera más sana estaría.
Pero me arrastra, involuntaria, una nueva fuerza, y
una cosa deseo,
20la mente de
otra me persuade. Veo lo mejor y lo apruebo,
lo peor sigo. ¿Por qué en un huésped, regia virgen,
te abrasas y tálamos de un extraño mundo concibes?
Esta tierra también puede lo que ames darte. Viva o él
muera, en los dioses está. Viva, aun así, y esto
suplicarse
25incluso sin
amor lícito es, pues ¿qué ha cometido Jasón?
¿A quién sino a un cruel no conmueva de Jasón la edad
y su estirpe y su virtud? ¿A quién no, aunque lo demás
falte,
su rostro conmover puede? Ciertamente mi pecho ha
conmovido.
Mas si ayuda no le presto la boca de los toros a él le
soplará,
30y correrá
contra su propio sembrado –los enemigos por la tierra
creados–, o al ávido dragón será entregado como fiera
presa.
Esto yo, si lo tolero, entonces yo de una tigresa
nacida,
entonces que hierro y peñas llevo en el corazón
confesaré.
¿Por qué no también lo miro morir y mis ojos al verlo
35contamino?
¿Por qué no los toros instigo contra él,
y a los hijos de la tierra fieros, y al insomne
dragón?
Los dioses mejor lo quieran. Aunque no esto he de
rogar,
sino de hacer yo. ¿Y traicionaré yo los reinos de mi
padre
y por la ayuda nuestra no sé qué recién llegado se
salvará,
40para que, por
mí salvado, sin mí dé sus lienzos a los vientos
y el marido sea de otra, para el castigo Medea quede?
Si hacer esto, o a otra puede anteponernos a nos,
muera el ingrato. Pero no tal el rostro en él,
no tal la nobleza de su ánimo es, tal la gracia de su
hermosura,
45que tema su
engaño, y del mérito nuestro los olvidos.
Y dará antes su fe y obligaré a que en esos pactos
testigos
sean los dioses ¿Qué segura temes? Cíñete y toda
demora desecha: a ti él siempre se deberá, Jasón,
a ti con antorcha solemne se unirá y por las pelasgas
50ciudades como
su salvadora te celebrará la multitud de las madres.
¿Así pues yo a mi germana y hermano, y padre y dioses
y mi natal suelo, por los vientos llevada, he de
dejar?
Naturalmente mi padre cruel, naturalmente es la mía
una bárbara tierra,
mi hermano todavía un bebé. Están conmigo los votos de
mi hermana,
55el más grande
dios dentro de mí está. No grandes cosas atrás dejaré,
grandes cosas seguiré: el título de haber salvado la
juventud aquea
y el conocimiento de un lugar mejor y fortalezas cuya
fama
aquí
incluso florece, y el cultivo y artes de esos lugares,
y
aquél que yo con las cosas que todo posee el orbe,
60el
Esónida, mutar querría, con el cual, como esposo, feliz
y
querida a los dioses se me diga y con mi cabeza las estrellas toque.
¿Y
qué decir de no sé qué montes que se dice que en medio
de
las ondas atacan, y, de las naves enemiga, Caribdis,
que
ahora sorbe el estrecho, ahora lo devuelve, y, ceñida de salvajes
65perros,
de una Escila rapaz, que en el profundo siciliano ladra?
Naturalmente
reteniendo lo que amo y a su regazo en Jasón sujeta
por
estrechos largos iré. Nada a él abrazada temeré
o
si de algo tengo miedo, tendré miedo de mi esposo solo.
¿Acaso
matrimonio lo crees y unos especiosos nombres a la culpa,
70Medea,
tuya, impones? Es más, mira a qué gran
impiedad
avanzas, y mientras lícito es, huye del crimen.”
Dijo
y ante sus ojos lo recto y la piedad y pudor
se
erigían, y con la vencida daba ya la espalda Cupido.
Marchaba junto a unas antiguas aras, de
Hécate la Perseide,
75las
cuales un bosque sombrío y una secreta espesura cubría,
y
ya fuerte era, y rechazado se resedaba su ardor,
cuando
ve al Esónida, y la extinguida llama reluce.
Enrojecieron
sus mejillas y en todo se recandeció su rostro
y
como suele con los vientos alimentos cobrar y, la que
80pequeña
bajo el acumulado rescoldo se escondía, la brasa,
crecer,
y hasta sus viejas fuerzas, agitada, resurgir,
así
ya lene su amor, ya cual languidecer creerías,
cuando
vio al joven, con la hermosura de él presente, se enardeció
y,
por acaso, de lo acostumbrado más hermoso de Esón el nacido
85en
aquella luz estaba: podrías perdonar a la enamorada.
Lo
mira, y en su rostro, como entonces al fin visto,
sus
luces fijas mantiene, y no que ella un mortal
rostro
ve, demente, cree, ni se desvía de él.
Cuando
empero empezó a hablar y la diestra le prende
90el
huésped y auxilio con sumisa voz le rogó
y
le prometió su lecho, con lágrimas dice ella desbordadas:
“Qué
haré, veo, y no a mí la ignorancia de la verdad
me
engañará, sino el amor. Salvado serás por regalo de nos:
salvado
lo prometido me darás.” Por los misterios de la triforme
95diosa,
él, y el numen que estuviera en aquella floresta,
y
por el padre de su suegro futuro, que divisa todas las cosas,
y
los eventos suyos y tan grandes peligros jura.
Creído
recibe en seguida unas encantadas hierbas
y
aprende su uso y alegre a sus techos se retiró.
100La posterior Aurora había
despedido a las estrellas rielantes.
Se
reúnen los pueblos en el sagrado campo de Marte
y
se instalan en sus cimas. En medio el rey mismo se aposenta
del
grupo, en púrpura, y por su cetro marfileño insigne.
He
aquí que por sus aceradas narinas vulcano soplan
105los
toros de pies de bronce, y tocadas por sus vapores las hierbas
arden,
y como suelen llenas resonar las chimeneas,
o
cuando en un horno de tierra los sílices sueltos
conciben
fuego con la aspersión en ellos de límpidas aguas,
sus
pechos así, por dentro revolviendo las encerradas llamas,
110y
su garganta quemada, suenan. Aun así, de ellos, el nacido de Esón
al
encuentro va. Volvieron bravíos a la cara del que llegaba
sus
terribles rostros y sus cuernos, prefijados con hierro,
y
el polvoriento suelo con su pie bipartido pulsaron
y
de humeantes mugidos el lugar llenaron.
115Rígidos
de miedo quedaron los Minias; se acerca él y no lo que ellos
exhalan
siente –tanto las drogas pueden–,
y
sus colgantes papadas acaricia con audaz diestra,
y
abajo puestos del yugo el peso grave les obliga del arado
a
llevar, y el desacostumbrado campo a hierro hender.
120Se
admiran los colcos, los Minias con sus clamores le acrecen
y
suman arrestos. De su gálea de bronce entonces toma
los
vipéreos dientes y en los arados campos los esparce.
Esas
semillas ablanda la tierra, de un vigoroso veneno antes teñida,
y
crecen y se hacen los sembrados dientes nuevos cuerpos
125y
como su aspecto humano toma en el materno vientre
y
en sus proporciones dentro se compone el bebé,
y
no, sino maduro, sale a las comunes auras,
así,
cuando en las entrañas de la grávida tierra su imagen
completada
fue de hombre, en ese campo preñado surge,
130y
lo que más milagroso es, al par dadas a la luz, sacude sus armas.
A
los cuales cuando vieron, para blandir preparados sus astas
de
puntiaguda cúspide contra la cabeza del hemonio joven,
bajaron
de miedo su rostro y su ánimo los pelasgos.
Ella
también se aterró, la que seguro lo había hecho a él,
135y
cuando que acudían vio al joven tantos enemigos, uno él,
palideció
y súbitamente sin sangre, fría, sentada estaba,
y
para que no poco puedan las gramas por ella dadas, una canción
auxiliar
canta y sus secretas artes invoca.
Él,
un pesado sílice lanzando en medio de los enemigos
140un
Marte de sí despedido vuelve contra ellos.
Los
hijos de la tierra perecen por mutuas heridas, los hermanos,
y
en civil columna caen. Le felicitan los aqueos
y
al vencedor sostienen y en ávidos abrazos lo estrechan.
Tú
también al vencedor abrazar, bárbara, quisieras.
145Pero
a ti, para que no lo hicieras, te contuvo el temor de tu fama:
se
opuso a tu intento el pudor; mas abrazado lo hubieras.
Lo
que se puede, con afecto tácito te alegras y das
a
tus canciones las gracias y a los dioses autores de ellos.
Al siempre vigilante dragón queda con
hierbas dormir,
150el
que con su cresta y lenguas tres insigne, y con sus corvos
dientes
horrendo, el guardián era del árbol áureo.
A
él, después que lo asperjó con grama de leteo jugo
y
las palabras tres veces dijo hacedoras de los plácidos sueños,
las
que el mar turbado, las que los lanzados ríos asientan:
155cuando
el sueño a unos desconocidos ojos llegó, y del oro
el
héroe Esonio se apodera, y del despojo, orgulloso,
a
la autora del regalo consigo –despojos segundos– portando,
vencedor
tocó con su esposa de Iolco los puertos.
Medea y Esón
Las hemonias madres por sus hijos
recobrados, dones,
160y
los padres de avanzada edad, ofrecen, y amontonados en la llama
inciensos
licuecen, y cubiertos sus cuernos de oro
una
víctima los votos hace, pero falta entre los agradecidos Esón
ya
más cercano a la muerte y cansado en sus seniles años,
cuando
así el Esónida: “Oh a quien deber mi salvación
165confieso,
esposa, aunque a mí todas las cosas me has dado
y
ha excedido a lo creíble la suma de los méritos tuyos,
si,
aun así, esto pueden –pues qué no tus canciones pueden–,
quítame
de mis años, y los quitados añade a mi padre”,
y
no contuvo las lágrimas: conmovióse ella de la piedad del que rogaba
170y
a su desemejante ánimo acudió el Eetes que ella abandonó.
Y
no, aun así, afectos tales confesando: “¿Qué abominación”,
dice,
“ha salido de la boca tuya, esposo? ¿Así, que yo puedo
a
alguien, crees, transcribir un espacio de tu vida?
Ni
permita esto Hécate ni tú pides algo justo, pero que esto
175que
pides mayor, probaré a darte un regalo, Jasón.
Con
el arte mía la larga edad de mi suegro intentaremos,
no
con los años tuyos, renovar, sólo con que la divina triforme
me
ayude y presente consienta estos ingentes atrevimientos.
Tres noches faltaban para que sus cuernos
todos se unieran
180y
efectuaran su círculo: después de que llenísima fulgió
y
con su sólida imagen las tierras miró la luna,
sale
de los techos, de ropas desceñidas vestida,
desnuda
de pie, desnudos sus cabellos por los hombros derramados,
y
lleva errantes por los mudos silencios de la media noche
185no
acompañada sus pasos. A hombres y pájaros y fieras
había
relajado una alta quietud. Sin ningún murmullo serpea ella:
a
la que está dormida semejante, sin ningún murmullo, la serpiente.
Inmóviles
callan las frondas, calla el húmedo aire.
Las
estrellas solas rielan, a las cuales sus brazos tendiendo
tres
veces se torna, tres veces con aguas cogidas de la corriente
190el
pelo se roró y en ternas de aullidos su boca
libera,
y en la dura tierra puesta de hinojos:
“Noche”,
dice, “a los arcanos fidelísima, y los que áureos
sucedéis,
con la luna, a los diurnos, astros,
y
tú tricéfala Hécate, que cómplice de nuestras empresas
195y
fautora vienes, y cantos y artes de los magos,
y
la que a los magos, Tierra, de potentes hierbas equipas,
y
auras y vientos y montes y caudales y lagos
y
dioses todos de los bosques, y dioses todos de la noche, asistid,
con
cuya ayuda cuando lo quise ante sus asombradas riberas los caudales
200a
los manantiales retornaron suyos; y agitados calmo,
y
quietos agito con mi canto los estrechos; las nubes expulso
y
las nubes congrego, los vientos ahuyento y llamo,
vipéreas
fauces rompo con mis palabras y canción,
y
vivas rocas y convulsos robles de su tierra,
205y
espesuras muevo y mando temblar los montes
y
mugir el suelo y a los manes salir de sus sepulcros.
A
ti también, Luna, te arrastro, aunque de Témesa los bronces
las
fatigas tuyas minoren, el carro también con la canción nuestra
palidece
de mi abuelo, palidece la Aurora con nuestros venenos.
210Vosotros
para mí de los toros las llamas embotasteis, y con el corvo
arado
su cuello ignorante de carga hundisteis,
vosotros
a los nacidos de serpiente contra sí fieras guerras disteis,
y
al centinela rudo de sueño dormisteis, y el oro,
a
su defensor engañando, mandasteis a las griegas ciudades.
215Ahora
menester es de jugos, por los cuales renovada la senectud,
a
la flor vuelva y sus primeros años recolecte,
y
los daréis, pues ni rielaron las estrellas en vano
ni
en vano por el cuello de voladores dragones tirado
mi
carro aquí está.” Estaba allí, descendido del éter, su carro.
220Al
cual una vez hubo ascendido y los enfrenados cuellos de los dragones
acarició
y con sus manos sacudió las leves riendas,
sublime
es arrebatada y sometido el tesalio Tempe
abajo
mira y a arcillosas regiones acopla sus sierpes:
y
las que el Osa ofrece, las hierbas que el alto Pelión,
225y
el Otris y el Pindo, y que el Pindo mayor el Olimpo,
observa,
y las que complacen, parte de raíz saca,
parte
abate con la curvatura de su hoz de bronce.
Muchas
también le pluguieron, gramas de las riberas del Apídano,
muchas
también del Anfriso, y no eras tú inmune, Enipeo,
230y
no dejó el Peneo, no dejaron del Esperquío las ondas
de
contribuir algo, y los juncosos litorales del Bebe.
Cogió
también de la eubea Antédona vivaz grama,
todavía
no vulgar por el cuerpo mutado de Glauco.
Y
ya el noveno día con su carro y alas de dragones,
235y
la novena noche todos los campos lustrar la habían visto,
cuando
regresó, y no habían sido tocados sino del olor los dragones,
y
aun así de su añosa vejez la piel dejaron.
Se detuvo al llegar más acá del umbral y
las puertas,
y
sólo del cielo se cubre, y rehúye los masculinos
240contactos,
e instituye unas aras de césped, en número de dos,
la
más diestra de Hécate, mas por la izquierda parte de Juventa.
Éstas
cuando de verbenas y de espesura agreste hubo ceñido,
no
lejos sacando tierra de dos hoyos,
sus
sacrificios hace, y cuchillos a unas gargantas de vellón negro
245lanza,
y las anchurosas fosas inunda de sangre.
Entonces,
encima vertiendo unas vasijas de transparente vino,
y
otras vasijas vertiendo de tibia leche,
palabras
a la vez derrama y los terrenos númenes aplaca
y
de las sombras ruega, con su raptada esposa, al rey,
250que
no se apresuren esos miembros a defraudar de su aliento senil.
A
los cuales, cuando los hubo aplacado con sus plegarias y un murmullo largo,
que
el cuerpo agotado de Esón fuera sacado a las auras
ordenó,
y a él, relajado por su canción en plenos sueños,
a
un muerto semejante, lo extendió en un lecho de hierbas.
255De
allí lejos al Esónida, lejos de allí ordena marchar a los sirvientes,
y
les advierte que de los arcanos quiten sus ojos profanos.
Se
dispersan, así ordenados. Sueltos Medea sus cabellos,
de
las bacantes al rito, las flagrantes aras circunda
y
antorchas de múltiples hendiduras en la fosa de sangre negra
260tiñe,
y manchadas las enciende en las gemelas aras,
y
tres veces al anciano con llama, tres veces con agua, tres veces con azufre
lustra.
Mientras tanto una vigorosa droga en un
dispuesto caldero
hierve,
y bulle, y de espumas henchidas blanquea.
Allí
las raíces en el valle hemonio cortadas
265y
las semillas y flores y jugos negros cuece.
Añade
piedras en el extremo Oriente buscadas,
y,
que el mar refluente del Océano lavó, arenas.
Añade
también, recogidas en una trasnochadora luna, escarchas,
y
de un búho infame, junto a sus mismas carnes, las alas,
270y
del que solía en hombre mutar sus rostros ferinos,
de
un ambiguo lobo, las entrañas; y no faltó a esas cosas
la
escamosa membrana de una cinifia, tenue, fétida hidra,
y
de un vivaz ciervo el hígado, a los cuales encima añade
la
boca y cabeza de una corneja que nueve generaciones había pasado.
275Después
que con éstas y mil otras cosas sin nombre
un
propósito instruyó la bárbara más grande que lo mortal,
con
una rama, árida desde hacía mucho tiempo, de clemente olivo
todo
lo confundió y con lo de más arriba mezcló lo más profundo.
He
aquí que el viejo palo que daba vueltas en el caliente caldero
280se
hace verde a lo primero, y en no largo tiempo de frondas
se
viste, y súbitamente de grávidas olivas se carga;
mas
por donde quiera que del cavo caldero espumas lanzó
el
fuego y a la tierra gotas cayeron calientes,
retoña
la tierra y flores y mullidas pajas surgen.
285Lo
cual una vez que vio, empuñando Medea la espada
abre
la garganta del anciano, y el viejo crúor dejando
salir,
rellena con sus jugos; los cuales, después que los embebió Esón
o
por la boca acogidos o por la herida, la barba y los cabellos,
la
canicie depuesta, un negro color arrebataron,
290expulsada
huye la delgadez, se van la palidez y la decrepitud
y
con añadido cuerpo se suplen las cavas arrugas
y
sus miembros exuberan: Esón se asombra y en otro tiempo,
antes
cuatro decenas de años, que tal era él, recuerda.
Había visto desde lo alto las maravillas
de tan gran portento
295Líber
y advertido de que sus jóvenes años a las nodrizas suyas
podían
devolverse, toma este regalo de la Cólquide.
Medea y Pelias
Y para que no sus engaños cesen, un odio
contra su esposo falso
la
Fasíade simula, y de Pelias a los umbrales suplicante
huye,
y a ella, puesto que abrumado él por la vejez está,
300la
reciben sus nacidas; a las cuales la astuta cólquide, en un tiempo
pequeño,
de una amistad mendaz con la imagen, atrapa,
y
mientras relata entre los máximos de sus méritos haber quitado
a
Esón la decrepitud y en esta parte se demora,
la
esperanza ha introducido entre las vírgenes de Pelias creadas
305de
que por arte pareja rejuvenecer podría el padre suyo,
y
esto buscan, y un precio le ordenan que sin límite pacte.
Ella
por breve espacio calla y dudar parece
y
suspende los ánimos, fingiendo gravedad, de las que le rogaban.
Luego,
cuando su propuesta hace: “Para que sea la fe más grande
310del
regalo este”, dice, “el que mayor en edad es,
el
jefe de la grey entre las ovejas vuestras, cordero con mi droga se hará.”
En seguida, agotado por sus incontables
años un lanado
traen,
curvado su cuerno alrededor de sus cavas sienes;
del
cual, cuando con su cuchillo hemonio su marchita garganta
315perforó
y de su exigua sangre manchó el hierro,
los
miembros a la vez de la res y unos vigorosos jugos la envenenadora
sumerge
en un caldero cavo: disminuye esto las articulaciones de su cuerpo,
sus
cuernos se esfuman y no menos, con sus cuernos, sus años,
y
tierno se oye un balido en medio del caldero,
320y
sin demora, a las que del balido se asombran, les salta un cordero
y
retoza en su huida y unas ubres lecheras quiere.
Pasmáronse las engendradas de Pelias, y
después que las promesas
exhibían
su fe, entonces en verdad más encarecidamente la instan.
Tres
veces los yugos Febo a sus caballos, en la ibérica corriente sumergidos,
325había
quitado, y en la cuarta noche radiantes rielaban
las
estrellas, cuando a un arrebatador fuego la falaz Eetíade
impone
puro líquido y sin fuerzas unas hierbas.
Y
ya a la muerte parecido el sueño, relajado su cuerpo,
del
rey, y con el rey suyo de sus centinelas, se había apoderado,
330al
cual los habían entregado sus cantos y la potencia de su mágica lengua;
habían
entrado al serles ordenado, junto con la cólquide, en los umbrales sus nacidas
y
rodeaban el lecho: “¿Por qué ahora dudáis, inertes?
Empuñad”,
dice, “las espadas y el viejo crúor sacadle,
que
yo rellene las vacías venas con juvenil sangre.
335En
las manos vuestras la vida está y la edad de vuestro padre.
Si
piedad alguna hay y no unas esperanzas tenéis vanas,
servicio
prestad a vuestro padre y con las armas la vejez
sacadle
y su pus extraedle aunando vuestro hierro.”
Con
tales apremios, según cada una de piadosa es, la impía primera es,
340y
para no ser abominable, hace una abominación. Aun así, los golpes
suyos
ninguna contemplar puede y sus ojos vuelven
y
ciegas heridas dan, vueltas de espalda, con sus salvajes diestras.
Él,
crúor manando, sobre su codo, aun así, levanta el cuerpo,
y
semidesgarrado del lecho intenta levantarse, y en medio
345de
tantas espadas sus palidecientes brazos tendiendo:
“¿Qué
hacéis, mis nacidas? ¿Quién para los hados de un padre
os
arma?”, dice. Cayeron en ellas arrestos y manos.
Al
que más iba a decir, junto con sus palabras la garganta la cólquide
le
cortó, y despedazado lo sumergió en las calientes aguas,
350que
si con sus aladas serpientes no se hubiese ido a las auras,
no
exenta hubiera quedado de castigo:
Huida de Medea
huye alta sobre el Pelión
sombrío,
del Filireo los techos, y sobre el Otris,
y
por el suceso del viejo Cerambo esos lugares conocidos:
él,
con ayuda de las ninfas sostenido en el aire con alas,
355cuando
la pesada tierra fuera enterrada por el ponto que la inundaba,
huyó,
él no enterrado, de las ondas de Deucalión.
La eolia Pítane por la parte izquierda
deja,
y
hechos de piedra los simulacros de un largo dragón,
y
del Ida el bosque, en el que los hurtos de su nacido, un novillo,
360ocultó
Líber bajo la imagen de un falso ciervo,
y
en donde el padre de Córito enterrado en un poco de arena fue,
y
los campos que Mera con su nuevo ladrido aterrorizó,
y
de Eurípilo la ciudad, en donde las madres de Cos cuernos
llevaron,
entonces, cuando se alejaba de Hércules la tropa,
365y
la Rodas de Febo, y de Iáliso los Telquines,
cuyos
ojos, que con su misma visión arruinaban todas las cosas,
Júpiter
lleno de odio a las ondas de su hermano sometió.
Atravesó
también las murallas carteas de la antigua Cea,
en
donde su padre Alcidamante se habría de asombrar de que pudiera
370nacer
plácida, del cuerpo de su hija, un paloma.
Desde
ahí el lago de Hirie la ve, y de Cigno el Tempe,
que
un súbito cisne frecuentó: pues Filio allí,
por
mandato del muchacho, unas aves y un fiero león
había
entregado domados; a un toro también vencer siéndole ordenado
375lo
había vencido, y enconado por su amor tantas veces despreciado,
al
que esos premios supremos demandaba del toro, le negaba.
Él
indignado: “Desearás dármelo”, dijo y de su alta
roca
saltó. Todos que había caído muerto creían:
hecho
cisne con unas níveas alas se suspendía en el aire.
380Mas
su genetriz Hirie, de su salvación ignorante, llorando
se
delicueció y un pantano de su nombre se hizo.
Junta
yace a ello Pleurón, en la cual con trepidantes alas
la
Ofíade huyó, Combe, de las heridas de sus nacidos.
De ahí de Calaurea los campos la Letoide
contempla,
385de
ese rey, vuelto ave junto con su esposa, cómplices.
Diestra
Cilene está, en la cual con su madre Menefron
de
acostarse había, al modo de las salvajes fieras.
Al
Cefiso lejos de aquí, que lloraba los hados de su nieto,
vuelve
su mirada, en una henchida foca por Apolo convertido,
390y
de Eumelo a la casa, haciendo duelo en el aire de su nacido.
Finalmente con sus vipéreas plumas la Éfira Pirénide,
alcanza: aquí
los antiguos divulgaron que en la edad primera
mortales
cuerpos de unos pluviales hongos habían nacido.
Medea y Teseo
Pero después que con los colcos venenos
ardió la recién casada
395y flagrante la casa del rey
vieron los mares ambos,
con la sangre
de sus nacidos se inunda su impía espada
y vengándose a
sí misma mal la madre, de las armas de Jasón huyó.
De aquí, por
los dragones arrebatada del Titán, entra
en los
recintos de Palas, los que a ti, justísima Fene,
400y a ti, anciano Périfas, al
par os vieron volando,
y apoyada en
unas nuevas alas a la nieta de Polipemon.
La acoge a
ella Egeo, sólo por este hecho condenable,
y no bastante
la hospitalidad es, del tálamo también con la alianza a él la une.
Y
ya estaba allí Teseo, prole ignorada para su padre,
405y,
por la virtud suya, el de dos mares había pacificado, el Istmo.
De
él para la perdición mezcla Medea el que un día
había
traído consigo de las escíticas orillas, ese acónito.
Aquel
recuerdan que de los dientes de la equidnea perra
surgido
fue: una gruta hay, por su tenebrosa abertura ciega,
410hay
un camino declinante, por el cual el tirintio héroe
al
que se resistía y contra el día y sus rayos rielantes
sesgaba
sus ojos, con cadenas unidas a acero,
a
Cérbero, arrastró, el cual, su rabiosa ira concitada,
llenó
al par con sus ternas de ladridos las auras
415y
asperjó los verdes campos de sus espumas blanqueantes.
Que
éstas se solidificaron creen, y que obteniendo alimentos de su feraz
y
fecundo suelo, las fuerzas cobraron de hacer daño;
a
los cuales, puesto que nacen vivaces en los duros escollos,
los
rústicos acónitos los llaman; éstos por astucia de su esposa
420su
propio padre, Egeo, a su nacido extendió como a enemigo.
Había
cogido con ignorante diestra Teseo las dadas copas,
cuando
su padre en el puño de marfil de su espada conoció
las
señales de su familia y la fechoría sacudió de su boca.
Escapó
ella de la muerte con unas nubes mediante sus canciones movidas.
425Mas su genitor, aunque se
alegra de su salvo nacido,
atónito aun
así está de que una ingente abominación, por tan poca
distancia,
cometerse pudo: templa con fuegos las aras
y de presentes
a los dioses colma y hieren las segures
los cuellos
torosos de bovinos, atados sus cuernos con cintas.
430Ninguno entre los Erectidas
se dice que más celebrado que aquel
día lució;
preparan convites los padres
y el medio
pueblo, y canciones –el vino su ingenio
haciendo– no
dejan de cantar: “De ti, máximo Teseo,
se ha admirado
Maratón por la sangre del creteo toro,
435y que, a salvo del cerdo,
ara su Cromión el colono,
regalo y obra
tuya es; la tierra epidauria por ti
vio, portadora
de la maza, sucumbir de Vulcano a la prole,
vio también al
inclemente Procrustes la cefisíade orilla;
de Cerción la
muerte vio la Cereal Eleusis.
440Cayó aquel Sinis, que de sus
grandes fuerzas mal se sirvió,
el que podía
curvar los troncos, y bajaba desde lo alto
a la tierra
los que a lo ancho habían de esparcir cuerpos: unos pinos.
Segura hasta
Alcátoe, lelegeias murallas, una senda,
una vez
terminó con Escirón, se abre, y dispersos la tierra
445les niega una sede, una sede
le niega a sus huesos de ladrón la onda,
los cuales,
agitados mucho tiempo, se dice que los endureció su vejez
en escollos;
de escollos el nombre de Escirón está prendido.
Si tus glorias
y los años tuyos contar quisiéramos,
tus hechos
someterían a tus años. Por ti, valerosísimo, estos votos
450públicos asumimos, de Baco
por ti tomamos estos sorbos.”
Resuena, del
asentimiento del pueblo y las súplicas de los fautores,
el real, y
lugar triste alguno en toda la ciudad no hay.
Minos y Céfalo (i)
Aun así –hasta
tal punto ningún placer es limpio
e
inquietud alguna en las alegrías interviene–, Egeo
455unos
goces no percibió íntegros por su nacido recobrado:
guerras
prepara Minos, el cual, aunque en soldado, aunque
por
su armada es fuerte, aun así por su paterna ira es firmísimo
y
del asesinato de Androgeo se venga con justas armas.
Antes,
con todo, para la guerra busca fuerzas amigas
460y
con la que poderoso es considerado, con su voladora armada, los estrechos
recorre.
Por
aquí a Anafe se adhiere y los reinos de Astipalea
–con
promesas a Anafe, los reinos de Astipalea con la guerra–,
por
aquí la humilde Míconos, y los arcillosos campos de Cimolos,
y
floreciente de tomillo a Citnos, y la plana Serifos,
465y
la marmórea Paros, y a la que impía traicionó Arne,
†
Siton † : recibido el oro, que avara había demandado,
mutada
fue en un ave que ahora también ama el oro,
negra
de pies, de negras plumas velada, la corneja.
Mas no Olíaros y Dídime y Tenos y Andros
470y
Gíaros y de su nítida oliva feraz Peparetos
a
las naves ayudaron de Gnosos. De allí por su costado siniestro
a
Enopia Minos acude, de los Eácidas los reinos:
Enopia
los antiguos la llamaron, pero el propio
Éaco
Egina, de su genetriz con el nombre, le llamó.
475La
multitud se lanza y de tanta fama a un hombre conocer
ansía;
al encuentro corren de él Telamón y menor
que
Telamón Peleo y, la prole tercera, Foco;
el
mismo también sale, tardo por la pesadez senil,
Éaco,
y cuál sea de su venida la causa pregunta.
480Al
serle recordado de su padre el luto suspira y a él
palabras
le refiere tales el regidor de los cien pueblos:
“Que
estas armas favorezcas te pido, por mi nacido tomadas, y de esta piadosa
milicia
parte seas: para su túmulo consuelos demando.”
A
él el Asopíada: “Pides cosa inútil”, dijo, “y que la ciudad
485no
ha de hacer mía; pues no más unida ninguna
tierra
a los cecrópides que ésta está: tales las alianzas nuestras.”
Triste
se va y: “Se mantendrán para ti tus pactos a alto precio”,
dijo,
y más útil una guerra amenazar piensa que es,
que
hacerla, y sus fuerzas allí previamente consumir.
490La armada lictia desde los
enopios muros todavía
contemplarse
podía, cuando a plena vela lanzada
una
ática popa llega y en esos puertos amigos entra,
la
cual a Céfalo, y de la patria a la vez unos encargos, llevaba.
Los
Eácidas jóvenes, después de largo tiempo visto,
495reconocieron,
aun así, a Céfalo y sus diestras le dieron
y
de su padre a la casa lo condujeron. Digno de ver el héroe,
y
de su vieja hermosura reteniendo todavía ahora las prendas
avanza,
y una rama sosteniendo de su paisana oliva
a
su diestra y su siniestra a dos de edad menor,
500él
el mayor, tiene, a Clito y Butes, por Palante creados.
Después que sus encuentros primeros sus palabras propias llevaron,
del Cecrópida
los encargos Céfalo cumple y le ruega
auxilio y el
pacto le recuerda y las leyes de sus padres
y que el
dominio se pretende de toda la Acaya añade.
505Así, cuando la encargada
causa su elocuencia hubo alentado,
Éaco, en el
puño de su cetro su mano siniestra apoyando:
“Auxilio no
pedid, sino tomadlo”, dijo, “oh Atenas,
y sin dudar
las fuerzas que esta isla tiene, vuestras
decidlas, y
todo lo que de las cosas mías el estado es.
510Reciedumbre no falta: me
sobra a mí soldado y hueste.
“Mejor que así
sea”, Céfalo: “Que crezca tu urbe en ciudadanos
te deseo”,
dice. “Llegando yo, ciertamente, ahora poco, gozos sentí
cuando una tan
bella, tan semejante en edad, esta juventud
515a mi encuentro avanzaba;
muchos, aun así, entre ellos echo de menos,
a los que un
día vi en vuestra ciudad anteriormente al ser recibido.”
La peste de Egina
Éaco gimió hondo y con triste voz así
hablando:
“A un luctuoso
principio una mejor fortuna ha seguido.
Ésta ojalá
pudiera a vosotros remembraros sin aquél.
520Por su orden ahora lo
recordaré y para no con un largo rodeo deteneros:
huesos y
cenizas yacen los que con memorativa mente echas de menos,
y cuánta
parte, ellos, del estado mío, perecieron.
Una siniestra peste por la ira injusta de
Juno sobre estos pueblos
cayó, al odiar
ella, dichas por su rival, estas tierras.
525Mientras pareció mortal la
desgracia y de tan gran calamidad
se escondía la
causa dañina, combatióse con el arte médica;
la perdición
superaba al remedio, que vencido yacía.
Al principio
el cielo una espesa bruma sobre las tierras
puso y unos
perezosos ardores encerró entre esas nubes,
530y mientras cuatro veces
juntando sus cuernos completó su círculo
la Luna,
cuatro veces su pleno círculo, atenuándose, destejió,
con mortíferos
ardores soplaron los calientes austros.
Consta que
también hasta los manantiales el daño llegó, y los lagos,
y muchos miles
de serpientes por los incultivados campos
535vagaron y con sus venenos
los ríos profanaron.
En el estrago
de los perros primero, y de las aves y ovejas y bueyes
y entre las
fieras, de la súbita enfermedad se captó la potencia.
De que caigan
el infeliz labrador se maravilla, vigorosos,
entre la
labor, los toros, y en mitad se tumben del surco.
540De las lanadas greyes,
balidos dando dolientes,
por sí mismas
las lanas caen y sus cuerpos se consumen.
El acre
caballo un día y de gran fama en el polvo,
desmerece de
sus palmas, y de sus viejos honores olvidado
junto al
pesebre gime a punto de morir de enfermedad inerte;
545no el jabalí de su ira se
acuerda, no de confiar en su carrera
la cierva, ni
contra los fuertes ganados de correr los osos.
Todo el
languor lo posee y en las espesuras y campos y caminos
cuerpos feos
yacen y vician con sus olores las auras.
Maravillas
diré: no los perros y las ávidas aves,
550no los canos lobos a ellos
los tocaron; caídos se licuecen
y con su aflato dañan y llevan sus contagios a
lo ancho.
“Llega
a los pobres colonos con daño más grave
la
peste y en las murallas señorea de la gran ciudad.
Las
vísceras se queman a lo primero, y de la llama escondida
555indicio
el rubor es y el producido anhélito.
Áspera
la lengua se hincha, y por esos tibios vientos árida
la
boca se abre, y auras graves se reciben por la comisura.
No
la cama, no ropas soportarse algunas pueden,
sino
en la dura tierra ponen sus torsos, y no se vuelve
560el
cuerpo de la tierra helado, sino la tierra de ese cuerpo hierve,
y
moderador no hay, y entre los mismos que la medican salvaje
irrumpe
la calamidad, y en contra están de sus autores sus artes.
Cuanto
más cercano alguien está y sirve más fielmente a un enfermo,
al
partido de la muerte más pronto llega, y cuando de salvación
565la
esperanza se ha ido y el fin ven en el funeral de la enfermedad,
ceden
a sus ánimos y ninguna por qué sea útil su preocupación es,
pues
útil nada es. Por todos lados, dejado el pudor,
a
los manantiales y ríos y pozos espaciosos se aferran
y
no la sed es extinguida antes que su vida al beber;
570de
ahí, pesados, muchos no pueden levantarse y dentro de las mismas
aguas
mueren; alguno aun así toma también de ellas.
Y,
tan grande es para los desgraciados el hastío del odiado lecho,
de
él saltan, o si les prohíben sostenerse sus fuerzas,
sus
cuerpos ruedan a tierra y huye de los penates
575cada
uno suyos, y a cada uno su casa funesta le parece,
y
puesto que la causa está oculta, su lugar pequeño está bajo acusación.
Medio
muertos errar por las calles, mientras estar de pie podían,
los
vieras, llorando a otros y en tierra yacentes
y
sus agotadas luces volviendo en su supremo movimiento,
580y
sus miembros a las estrellas tienden del suspendido cielo,
por
aquí y allá, donde la muerte los sorprendiera, expirando.
Cuánto yo entonces ánimo tuve, o cuánto
debí de tener,
que
la vida odiara y deseara parte ser de los míos.
Adonde
quiera que la mirada de mis ojos se volvía, por allí
585gente
había tendida, como cuando las pútridas frutas
caen
al moverse sus ramas y al agitarse su encina las bellotas.
Unos
templos ves enfrente, sublimes con sus peldaños largos
–Júpiter
los tiene–: ¿quién no a los altares esos
defraudados
inciensos dio? ¿Cuántas veces por un cónyuge su cónyuge,
590por
su nacido el genitor, mientras palabras suplicantes dice,
en
esas no exorables aras su vida terminó,
y
en su mano del incienso parte, no consumida, encontrada fue?
¿Llevados
cuántas veces a los templos, mientras los votos el sacerdote
concibe
y derrama puro entre sus cuernos vino,
595de
una no esperada herida cayeron los toros?
Yo
mismo, sus sacrificios a Júpiter por mí, mi patria y mis tres
nacidos
cuando hacía, mugidos siniestros la víctima
dejó
escapar, y, súbitamente derrumbándose sin golpes algunos,
de
su exigua sangre tiñó, puestos bajo ella, los cuchillos.
600Sus
entrañas también enfermas las señas de la verdad y las advertencias de los
dioses
habían
perdido: tristes penetran hasta las vísceras las enfermedades.
Delante
de los sagrados postes vi arrojados cadáveres,
delante
de las mismas –para que la muerte trajera más inquina– aras.
Parte
su aliento con el lazo cierran y de la muerte el temor
605con
la muerte ahuyentan y voluntariamente llaman a unos hados que se acercan.
Los
cuerpos enviados a la muerte en ningún funeral, como de costumbre,
se
llevan, pues tampoco abarcaban los funerales las puertas;
o
no sepultados pesan sobre las tierras o son dados a las altas
piras,
no dotados. Y ya reverencia ninguna hay
610y
acerca de las piras pelean y en ajenos fuegos arden.
Quienes
les lloren no hay, y no lloradas vagan
de
los nacidos y hombres las ánimas, y de jóvenes y viejos,
y
ni lugar para los túmulos, ni bastante árbol hay para los fuegos.
Atónito por tan gran torbellino de
desgraciadas cosas:
615“Júpiter,
oh”, dije, “si que tú, relatos no falsos
cuentan,
a los abrazos de Egina, la Esópide, fuiste,
ni
tú, gran padre, nuestro padre te avergüenzas de ser,
o
a mí devuelve a los míos, o a mí también guárdame en el sepulcro.”
Él
una señal con el relámpago dio, y el trueno siguiente.
620“Los
acojo y sean éstos, te ruego, felices signos
de
la mente tuya”, dije; “el presagio que me das tomo por prenda.”
Por
acaso había allí junto, de anchurosas ramas ralísima,
consagrada
a Júpiter, una encina de simiente de Dodona.
Aquí
nos unas recolectoras observamos, en fila larga,
625una
gran carga en su exigua boca, unas hormigas, llevando,
que
por la rugosa corteza preservaban su calle.
Mientras
su número admiro: “Otros tantos, padre óptimo”, dije,
“tú
a mí dame, y estas vacías murallas suple.”
Se
estremeció y, sus ramas moviéndose sin brisa, un sonido
630la
alta encina dio: de pavoroso temor el cuerpo mío
se
estremeció y erizado tenía el pelo; aun así, besos a la tierra
y
a los robles di, y que yo tenía esperanzas no confesaba;
tenía
esperanzas, aun así, y con mi ánimo mis votos alentaba.
La
noche llega y, hostigados por las inquietudes, de los cuerpos el sueño
635se
apodera: ante mis ojos la misma encina a mí que estaba,
y
que prometía lo mismo, y los mismos animales en las ramas
suyas
llevaba, me pareció, y que parejamente temblaba con aquel movimiento,
y
que la recolectora fila esparcía en sus subyacentes campos;
que
crece de súbito, y mayor y mayor parece,
640y
se levanta en la tierra y en un recto tronco se asienta
y
su delgadez y su número de pies y negro color
depone
y que la humana forma a su miembros introduce.
El sueño se va. Condeno despierto mis
propias visiones y me lamento
de
que en los altísimos de ayuda no haya nada; mas en las estancias un ingente
645murmullo
había y voces de hombres oír me parecía,
ya
para mí desacostumbradas. Mientras sospecho que ellas también del sueño
son,
viene Telamón presto y, abriéndose las puertas:
“Que
la esperanza y la fe, padre”, dijo, “cosas mayores verás.
Sal.”
Salgo y, cuales en la imagen del sueño
650me
pareció haber visto unos hombres, por su orden tales
los
contemplo y reconozco: se acercan y a su rey saludan.
Mis
votos a Júpiter cumplo y a estos pueblos recientes la ciudad
reparto
y, vacíos de sus primitivos cultivadores, los campos,
y
mirmidones los llamo, y de su origen sus nombres no privo.
655Sus
cuerpos has visto; sus costumbres, las que antes tenían,
ahora
también tienen: parca su raza es y sufridora de fatigas
y
de su ganancia tenaz y que lo ganado conserve.
Éstos
a ti a tus guerras, parejos en años y ánimos, te seguirán,
tan
pronto como el que a ti felizmente te ha traído, el euro”
660–pues
el euro le había traído– “háyase mutado en austros.”
Céfalo (ii)
Con tales y otros discursos ellos llenaron
el
largo día: de la luz la parte última a la mesa,
fue
dada, la noche a los sueños. Su resplandor el áureo Sol había levantado;
soplaba
todavía el euro y unas velas que habían de regresar retenía.
665A
Céfalo los engendrados de Palante, cuya edad mayor era,
al
rey, Céfalo junto a los creados de Palante,
acuden,
pero todavía al rey un sopor alto retenía.
Los
recibe un Eácida a ellos en la entrada, Foco,
pues
Telamón y su hermano los hombres para la guerra elegían.
670Foco
a un más interior espacio y a unos bellos recesos
a
los Cecrópidas conduce, con los que a la vez él se sienta.
Observa que el Eólida, de un desconocido
árbol hecha,
lleva
en la mano una jabalina, de la cual fuera áurea la cúspide.
Pocas
cosas antes en las intermedias conversaciones habiendo dicho:
675“Soy
a los bosques aficionado”, dice, “y a la matanza de fieras.
De
qué espesura, aun así, tengas ese astil cortado
hace
tiempo que dudo. Ciertamente si de fresno fuera
de
bermejo color sería; si cornejo, nudo en medio tendría.
De
dónde sea lo ignoro, pero no más hermosa que ella
680han
visto los ojos nuestros un arma arrojadiza.”
Toma
la palabra de los acteos hermanos el otro, y: “Un uso
mayor
que su hermosura admirarás”, dijo, “en él.
Alcanza
cuanto busca y la fortuna, cuando es lanzado,
a
él no le rige, y vuelve volando, sin que nadie lo traiga, cruento.”
685Entonces
verdaderamente el joven Nereio todo pregunta,
por
qué le fue y de dónde dado, quien de tan gran regalo el autor.
Céfalo (iii)
y Procris
Lo
que pide él relata, pero lo que narrar pudor le da,
por
qué merced lo obtuvo, guarda silencio, y tocado del dolor
de
su esposa perdida, así, con lágrimas brotadas, habla:
690“Ésta,
nacido de una diosa –¿quién podría creerlo?–
esta
arma llorar me hace y lo hará por mucho tiempo, si vivir a nos
los
hados por mucho tiempo dieran: ella a mí, con mi esposa querida,
me
perdió: de éste regalo ojalá hubiera carecido siempre.
Procris era, si acaso más ha arribado a
los oídos tuyos
695Oritía,
hermana de la raptada Oritía.
Si
la hermosura y el carácter quisieras comparar de las dos,
más
digna ella de ser raptada. Su padre a ella a mí la unió, Erecteo,
a
ella a mí la unió el amor: feliz se me decía y era.
No
así a los dioses les pareció, o ahora también quizás yo lo sería.
700El
segundo mes pasaba, después de los sacrificios conyugales,
cuando
a mí, que a los cornados ciervos tendía redes,
desde
el vértice supremo del siempre floreciente Himeto,
ocre
por la mañana, me ve la Aurora, ahuyentadas las tinieblas,
y
contra mi voluntad me rapta. Lícito me sea la verdad referir,
705con
la venia de la diosa: aunque sea por su cara de rosa digna de admirar,
aunque
tenga los de la luz, tenga los confines de la noche,
aunque
de nectáreas aguas se alimente, yo a Procris amaba.
En
mi pecho Procris estaba, Procris siempre en mi boca.
De
los sacramentos del diván y de las uniones nuevas y tálamos recientes
710y
primeros pactos le contaba de mi abandonado lecho.
Conmovióse
la diosa y: “Detén, ingrato, tus lamentos.
A
Procris ten”, dijo, “que si la mía providente mente es,
no
haberla tenido querrás.” Y a mí a ella, llena de ira, me remitió.
Mientras
vuelvo y conmigo las advertencias de la diosa repaso,
715a
existir el miedo empezó de que las leyes conyugales mi esposa
no
bien hubiera guardado. Su hermosura y su edad me ordenaban
creer
en su adulterio. Me prohibían creerlo sus costumbres.
Pero
aun así yo había estado ausente, pero también ésta era, de donde volvía,
de
ese crimen ejemplo, pero todo tememos los enamorados.
720Indagar
por lo que me duela decido, y con regalos su púdica
fidelidad
inquietar. Alienta este temor la Aurora
y
transmuta –me parece haberlo sentido– mi figura.
A
la Paladia Atenas llego no reconocible
y
entro en mi casa: de culpa la casa misma carecía
725y
castas señales daba y por su dueño raptado estaba angustiada:
apenas
acceso, por mil engaños, a la Eréctide fue logrado.
Cuando
la vi me quedé suspendido y casi abandoné las premeditadas
tentaciones
a su fidelidad. Mal, para no confesarle la verdad,
me
contuve, mal para –como oportuno era– besos no ofrecerle.
730Triste
estaba, pero ninguna aun así más hermosa que ella
triste
haber puede, y por la nostalgia se dolía
de
su esposo arrebatado. Tú colige cuál en ella,
Foco,
la gracia sería, a quien así el dolor mismo la agraciaba.
Para
qué referir cuántas veces las tentaciones nuestras su púdico
735carácter
rechazara, cuántas veces: “Yo”, había dicho, “para uno solo
me
reservo. Donde quiera que esté, para uno solo mis goces reservo.”
¿Para
quién en su sano juicio bastante esta comprobación de su fidelidad
grande
no sería? No me quedé contento y contra mis propias heridas
pugno,
mientras diciéndole que fortunas le daría yo por una noche,
740y
los regalos aumentando, al fin a dudar la obligué.
Grito
yo, en mala hora farsante: “Delante tienes en mala hora fingido a un adúltero:
tu
verdadero esposo era yo: conmigo, perjura, como testigo has sido cogida”;
ella
nada; en su callado pudor únicamente vencida,
de
esos insidiosos umbrales, y con ellos de su esposo en mala hora, huye,
745y
ofendida del mío, por todo el género llena de odio de los hombres,
por
los montes erraba a los afanes dedicada de Diana.
Entonces
a mí, abandonado, más violento un fuego hasta los huesos
me
llega. Rogaba su perdón y haber pecado confesaba
y
que hubiera podido, dados esos regalos, sucumbir a semejante
750culpa
yo también, si regalos tan grandes se me dieran.
A
mí, que tales cosas confesaba, su herido pudor antes vengando,
regresa
ella, y dulces en concordia pasó los años.
Me
da a mí además, como si consigo pequeños dones
me
hubiese dado, un perro de regalo, el cual, cuando se lo entregara a ella
755su
Cintia: “Corriendo superará”, había dicho, “a todos.”
Me
da a la vez también la jabalina que nos, como ves, tenemos.
El perro de caza y la fiera
¿De este regalo otro cuál sea la fortuna,
quieres saber?
Escucha
cosa admirable. Por la novedad te conmoverás del hecho.
Canciones el Láiada no comprendidas por
los talentos
760de
sus predecesores había resuelto, y despeñada yacía,
olvidada
de los ambages suyos, la vate oscura.
[Claro
es que la nutricia Temis no tales cosas deja sin venganza.]
En
seguida a la aonia Tebas se envía una segunda
peste,
y por la destrucción de sus ganados muchos payeses,
765y
la suya propia, tuvieron miedo de la
fiera. La juventud vecina
acudimos,
y los anchos campos en ojeo ceñimos.
Ella,
por su ligero salto veloz, superaba las redes
y
lo alto de los linos traspasaba de las puestas redes.
Su
cópula se quita a los perros, de los que ella, que la perseguían,
770huye,
y su contacto no más lenta que un ave burla.
Se
me demanda a mí por consenso grande a mi Lelaps:
de
mi regalo, éste el nombre; ya hace tiempo que de sus ataduras lucha
por
despojarse él mismo, y con el cuello, al ellas retenerlo, las tensa.
No
bien soltado fue, y ya no podíamos dónde estaba
775saber.
De sus pies las huellas el polvo caliente tenía,
él
de nuestros ojos se había arrancado: no más rápida que él
una
asta, ni sacudidas de la arremolinada honda las balas,
ni
el cálamo leve sale de un arco de Gortina.
De
mitad de una colina el pico emerge sobre los campos a ella sometidos.
780Me
alzo a él y percibo el espectáculo de una novedosa carrera
en
la que ora ser cogida, ora sustraerse de la misma
herida
la fiera parece, y no por una senda recta, astuta,
y
a un espacio huye, sino que burla la boca de su perseguidor
y
vuelve en redondo, para que no mantenga su ímpetu su enemigo.
785La
acosa éste, y la sigue pareja y, semejante al que la tuviera,
no
la tiene y vanos repite en el aire sus mordiscos.
A
la ayuda me volvía yo de mi jabalina, la cual, mientras la derecha mía
la
balancea, mientras los dedos en sus correas aplicar intento,
mis
luces giré, y, revocadas de nuevo, al mismo sitio
790las
había devuelto: en medio –asombroso– del llano dos mármoles
contemplo.
Huir éste, aquél ladrar creerías.
Claro
es que invictos ambos en la disputa de esa carrera
que
quedaran un dios quiso, si algún dios les asistió a ellos.”
Muerte de Procris
Hasta aquí, y calló: “¿Y en la jabalina
propia, qué crimen hay?”,
795Foco
dice. Y de la jabalina así los crímenes recontó él:
“Nuestros goces el principio son, Foco, de
nuestro dolor:
ellos
antes te contaré. Agrada, oh, acordarse de ese feliz
tiempo,
Eácida, en el que durante los primeros años, como es rito,
con
mi cónyuge era feliz, feliz era ella con su marido.
800Una
mutua inquietud a los dos y un amor común nos tenía,
y
ni de Júpiter ella a mi amor los tálamos preferiría,
ni
a mí que me atrapara, no si Venus misma viniera,
alguna
había. Iguales abrasaban llamas nuestros pechos.
Con
el sol apenas con sus radios primeros hiriendo las cumbres
805de
caza a las espesuras juvenilmente ir yo solía,
ni
conmigo sirvientes ni caballos ni de narinas acres
ir
perros, ni los linos nudosos seguirme solían:
seguro
estaba con la jabalina. Pero cuando saciado de matanza
de
fieras mi derecha se había, regresaba yo al frío y las sombras,
810y,
la que de los helados valles salía, aura.
Esa
aura buscaba lene en medio yo del calor,
esa
aura ansiaba, descanso era ella para la fatiga.
“Aura”,
pues, recuerdo, “vengas tú”, cantar solía,
“y
a mí me confortes y entres en los senos, gratísima, nuestros
815y,
como haces, volver a aliviar quieras, con los que ardemos, estos calores.”
Quizás
añadiera –así a mí mis hados me arrastraban–
ternuras
más, y: “Tú para mí gran placer”,
decir
habría solido, “tú me repones y alientas,
tú
haces que las espesuras, que ame estos lugares solos:
820el
aliento este tuyo siempre sea buscado por mi boca.”
A
estas voces ambiguas engañado oído prestó
no
sé quién, y el nombre del aura, tan a menudo invocado,
ser
cree de una ninfa, a una ninfa cree que yo amo.
Al
instante, de ese crimen fingido temerario delator,
825a
Procris acude y con su lengua refiere los oídos susurros.
Crédula
cosa el amor es. Por el súbito dolor desvanecida,
según
a mí se narra, cayó, y tras largo tiempo
reponiéndose,
desgraciada ella, ella de un hado inicuo se dijo
y
de mi fidelidad se lamentó, y por un crimen incitada vano,
830de
lo que nada es tuvo miedo, tuvo miedo sin cuerpo de un nombre,
y
se duele la infeliz como de una rival verdadera.
Muchas
veces aun así duda y espera, desgraciadísima, engañarse
y
de la delación la veracidad niega y, si no los viera ella misma,
de
condenar no ha los delitos de su marido.
835Las siguientes luces habían
ahuyentado de la Aurora a la noche.
Salgo
y a las espesuras acudo, y vencedor por las hierbas:
“Aura,
ven”, dije, “y nuestra fatiga remedia”,
y
súbitamente unos gemidos entre mis palabras me pareció,
no
sé cuáles, haber oído: “Ven”, aun así, “la mejor”, mientras yo decía,
840una
fronda caduca un leve crujido de nuevo al hacer,
consideré
que era una fiera y mi dardo volátil le lancé.
Procris
era, y en medio sosteniendo de su pecho su herida:
“¡Ay
de mí!”, clama. La voz cuando fue conocida de mi fiel
cónyuge
a su voz en picado y amente corrí.
845Medio
muerta y sus asperjadas ropas ensuciando la sangre,
y
sus regalos, triste de mí, de la herida sacando
la
encuentro, y su cuerpo, que el mío para mí más querido, con codos
blandos
levanto y desgarrándome desde el pecho la ropa
sus
heridas salvajes ligo e intento inhibir el crúor,
850y
que no a mí, por la muerte suya abominable, me abandone, le imploro.
De
fuerzas ella carente y ya moribunda se obligó
a
estas pocas palabras decir: “Por los pactos de nuestro lecho
y
por los dioses suplicante te imploro, por los altísimos y los míos,
por
lo que quiera que he merecido de ti bien y por el que permanece
855ahora
también, cuando muero, causa para mí de muerte, mi amor,
en
los tálamos nuestros que Aura entre no toleres como esposa”,
dijo,
y el error entonces por fin que había de un nombre
sentí
y le mostré. ¿Pero qué mostrarlo ayudaba?
Se
resbala y sus pocas fuerzas huyen con su sangre,
860y
mientras algo mirar puede, a mí me mira y en mí
su
infeliz aliento, y en mi boca, exhala.
Pero,
por su semblante mejor, morir tranquila parece.”
Céfalo (iv)
A quienes lloraban estas cosas, llorando
el héroe, remembraba, y he aquí
que
Éaco entra con su doble prole y el nuevo
865ejército;
el cual recibe Céfalo, junto con sus fuertes armas.
Libro
octavo
___
Céfalo (v)
Ya el nítido día cuando hubo descubierto
el Lucero, y ahuyentado
de la noche
los tiempos, cae el Euro y las húmedas nubes
se levantan:
dan curso, plácidos, a los que regresan los Austros,
a los Eácidas
y a Céfalo, por los cuales, felizmente llevados,
5antes de lo esperado los puertos buscados tuvieron.
Escila y Minos
Entre tanto Minos los lelegeos litorales
devasta
y pone a
prueba las fuerzas de su mavorte en la ciudad
de Alcátoo,
que Niso tiene, el cual, entre sus honoradas canas,
en medio de su
cabeza, un solo cabello, esplendente de púrpura,
10tenía prendido: garante de su gran reino.
Los sextos cuernos resurgían de la naciente luna
y en suspenso
estaba aún la fortuna de la guerra y largo tiempo
entre uno y
otro vuela con dudosas alas la
Una regia
torre había adosada a sus vocales murallas,
15en las cuales su áurea lira se dice que la prole
de Leto
depuso: a su roca el sonido de ella quedó prendido.
Muchas veces
allí solió ascender la hija de Niso,
y alcanzar con
una exigua piedrecita esas resonantes rocas,
entonces,
cuando paz hubiera; en la guerra también muchas veces solía
20contemplar desde ella las disputas del riguroso Marte;
y ya por la
demora de la guerra de los próceres también los nombres conocía
y sus armas y
caballos y hábitos y sus cidóneas aljabas.
Conocía antes
que los otros la faz del jefe hijo de Europa,
más aún de lo
que conocer bastante es. Con ella de juez, Minos,
25si su cabeza había escondido en su crestado yelmo de
plumas,
en gálea
hermoso era, o si había cogido, por su bronce
fulgente, su
escudo, su escudo haber cogido le agraciaba.
Había blandido
tensando los brazos sus astiles flexibles,
alababa la
virgen, unida con sus fuerzas, su arte.
30Imponiéndoles un cálamo había curvado los abiertos
arcos:
que así Febo,
juraba, se apostaba cuando cogía sus saetas.
Pero cuando su
faz desnudaba quitándose el bronce,
y purpúreo
montaba las espaldas de su blanco caballo, insignes
por sus pintas
gualdrapas, y sus espumantes bocas regía,
35apenas suya, apenas dueña de su sana mente la virgen
Niseide era:
feliz la jabalina que tocara él,
y los que con
su mano estrechara felices a esos frenos llamaba.
El impulso es
de ella, lícito sea sólo, llevar por la fila
enemiga sus
virgíneos pasos, es el impulso de ella
40de las torres desde lo más alto hacia los gnosios
cuarteles lanzar
su cuerpo, o
las broncíneas puertas al enemigo abrir
o cualquier
otra cosa que Minos quiera. Y cuando estaba sentada
las blancas
tiendas contemplando del dicteo rey:
“Si me
alegre”, dice, “o me duela de que se haga esta lacrimosa guerra
45en duda está. Me duele porque Minos enemigo de quien
le ama es.
Pero si estas
guerras no fueran, nunca yo conocido le habría.
De ser yo, aun
así, aceptada como rehén, podría él deponer
la guerra: a
mí de compañera, a mí de prenda de paz me tendría.
Si la que a ti
te parió tal fue, el más bello
50de los reyes, cual eres tú, con motivo el dios ardió
en ella.
Oh, yo, tres
veces feliz si con alas bajando por las auras
pudiera en los
cuarteles detenerme del gnosíaco rey
y confesándome
ser yo, y las llamas mías, con qué dote, le preguntara,
querría que
fuera comprada, sólo con que los patrios recintos no me demandara,
55pues perezcan mejor mis esperados lechos, a que sea
por la
traición poderosa. Aunque muchas veces la clemencia
de su vencedor
plácido útil hizo el ser vencidos para muchos.
Justas hace
ciertamente por su nacido extinguido estas guerras
y por su causa
prevalece, y por las armas que su causa sostienen,
60y, creo, seremos vencidos. ¿Qué salida, pues, queda a
la ciudad?
¿Por qué su
mavorte estas murallas mías a él le ha de abrir,
y no nuestro
amor? Mejor sin matanza y demora,
y sin el coste
podría vencer de su crúor.
No temeré
realmente que alguien tu pecho, Minos,
65hiera, en su imprudencia, ¿pues quién tan duro que a
ti
a dirigir se
atreva, si no es sin saberlo, una despiadada asta?
Estas empresas
placen y consta mi decisión de entregar conmigo
como dote a la
patria y un fin imponer a la guerra.
Empero querer
poco es. Los accesos una custodia los guarda
70y los cerrojos de las puertas mi genitor los tiene: a
él yo, solo,
infeliz de mí,
temo, solo él mis deseos demora.
Los dioses
hicieran que sin padre yo fuera. Para sí mismo cada uno en efecto
es el dios:
las perezosas súplicas la Fortuna rechaza.
Otra ya hace
tiempo, inflamada por un deseo tan grande,
75en destruir se gozaría cuanto se opusiera a su amor.
¿Y por qué
alguna sería que yo más valiente? A ir por entre fuegos
y espadas me
atrevería, y no en esto, aun así, de fuegos algunos
o de espadas
menester es: menester es para mí del cabello paterno.
Él para mí es
que el oro más precioso, esa púrpura
80dichosa a mí me ha de hacer, y de mi deseo dueña.”
A la que tal decía, máxima nodriza de las
ansias,
la noche, le
sobrevino, y con las tinieblas su audacia creció.
El primer
descanso había llegado, en el cual, de sus ansias diurnas cansados,
los pechos el
sueño tiene: en los tálamos paternos taciturna
85entra y –ay, mala acción–, su nacida al padre suyo
del cabello de
sus hados despoja, y de esa presa nefanda apoderada,
lleva consigo
el despojo de su abominación y saliendo de su puerta,
por mitad de
los enemigos –en su mérito confianza tan grande tiene–
llega hasta el
rey, al que así se dirigió, asustado:
90“Me persuadió el amor de la acción: prole yo, regia,
de Niso,
Escila, a ti
te entrego los de mi patria y mis penates.
Premios
ningunos pido salvo a ti. Coge, prenda de mi amor,
el purpúreo
cabello, y no que yo ahora te entrego un cabello,
sino de mi
padre la cabeza a ti, cree”, y su criminal diestra
95los regalos extendió. Minos lo extendido rehúye,
y turbado por
la imagen de este nuevo hecho responde:
“Que los
dioses te sustraigan, oh infamia de nuestro siglo,
del orbe suyo,
y la tierra a ti y el ponto se nieguen.
De seguro yo
no sufriré que a Creta, de Júpiter la cuna,
100que mi mundo es, tan gran
monstruo le toque.”
Dijo y, cuando sus leyes a los cautivos
enemigos, justísimo
autor de
ellas, hubo impuesto, que las amarras de su armada soltadas fueran
ordenó, y las
broncíneas popas empujadas a remo.
Escila,
después que al estrecho bajadas nadar las quillas,
105y que no le aprestaba ese
general los premios a ella de su crimen, vio,
consumidas las
súplicas, a una violenta ira pasó
y tendiendo
sus manos, furibunda, esparcidos sus cabellos:
“¿A dónde
huyes”, exclama, “a la autora de estos méritos abandonando,
oh, antepuesto
a la patria mía, antepuesto a mi padre?
110¿A dónde huyes, despiadado,
cuya victoria nuestro
crimen y
también mérito es? ¿Ni a ti los dados regalos ni a ti
nuestro amor
te ha conmovido, ni que mi esperanza toda en solo
tú reunida
está? ¿Pues a dónde, abandonada, me volvería?
¿A la patria?
Vencida yace. Pero supón que me quedo:
115por la traición mía cerrado
se me ha a mí. ¿De mi padre a la cara,
el cual a ti
te doné? Los ciudadanos odian a quien lo merece,
los vecinos
del ejemplo tienen miedo: expósita soy, huérfana
de tierras, de
modo que a nos Creta sola se abriera.
En ella
también, si nos prohíbes, y a nos, ingrato, abandonas,
120no la genetriz Europa tuya
es, sino la inhóspita Sirte
y de Armenia
una tigresa y por el austro agitada Caribdis,
ni de Júpiter
tú nacido, ni tu madre por la imagen de un toro
arrastrada
fue: de tu generación falsa es esa fábula; verdadero
y fiero, y no
cautivado por el amor de novilla alguna,
125el que te engendró un toro
fue. ¡Exige los castigos,
Niso padre!,
¡gozaos de los males, recién traicionadas murallas,
nuestros! Pues
lo confieso, lo he merecido y soy digna de morir.
Pero que aun
así alguno de ésos a los que impía herí
me extinga.
¿Por qué, quien venciste por el crimen nuestro,
130persigues ese crimen?
Abominación éste para mi patria y mi padre,
servicio para
ti sea. De ti en verdad como esposo digna es
la que
adúltera en el leño engañó al torvo toro
y ese discorde
feto en el útero llevó. ¿Es que a los oídos
tuyos no
llegan mis palabras? ¿Acaso inanes palabras
135los vientos llevan, y los
mismos, ingrato, tus quillas?
Ya, ya no es
admirable que Pasífae un toro
haya
antepuesto a ti: tú más fiereza tenías.
Pobre de mí,
apresurarse ordena y convulsa por los remos
la onda suena;
y conmigo a la vez, ah, mi tierra se le aleja.
140Nada haces, oh, en vano
olvidado de los méritos nuestros:
te seguiré,
involuntario, y a tu popa abrazada recurva
por los
estrechos largos me haré llevar.” Apenas lo dijera, adentro saltó de las ondas
y alcanza las
naves, haciéndole el deseo las fuerzas,
y de la
gnosíaca quilla prendida queda, compañera odiosa.
145A la cual su padre cuando la
vio, pues ya estaba suspendido en el aura
y recién
convertido se había, de fulvas alas, en el águila marina,
a ella iba
para, prendida, con su pico lacerarla corvo.
Ella de miedo
la popa soltó, y el aura leve al ella caer,
que la sostuvo
–para que no tocara los mares– parecía.
150Su pluma fue: por esas
plumas en ave mutada se la llama
ciris y de su
tonsurado cabello ha este nombre tomado.
Sus votos a Júpiter Minos –los cuerpos de
toros cien–
cumplió
cuando, saliendo de sus naves, la curétide tierra
tocó, y con
los despojos a ella fijados decorado fue su real.
El laberinto, el Minotauro y Ariadna
155Había crecido el oprobio de
su generación, y vergonzoso se manifestaba
de esa madre
el adulterio por la novedad del monstruo biforme.
Decide Minos
este pudor de su tálamo suprimir
y en una
múltiple casa y ciegos techos encerrarle.
Dédalo, por su
talento del fabril arte celebradísimo,
160pone la obra, y conturba las
señales y a las luces con el torcido
rodeo de sus
variadas vías conduce a error.
No de otro
modo que el frigio Meandro en las límpidas ondas
juega y con su
ambiguo caer refluye y fluye
y corriendo a
su encuentro mira las ondas que han de venir
165y ahora hacia sus
manantiales, ahora hacia el mar abierto vuelto,
sus inciertas
aguas fatiga: así Dédalo llena,
innumerables
de error, sus vías, y apenas él regresar
al umbral
pudo: tanta es la falacia de ese techo.
En el cual,
después que la geminada figura de toro y joven
170encerró y al monstruo, con
actea sangre dos veces pastado,
el tercer
sorteo lo dominó, repetido a los novenos años,
y cuando con
ayuda virgínea fue encontrada, no reiterada
por ninguno de
los anteriores, esa puerta difícil con el hilo recogido,
al punto el
Egida, raptada la Minoide, a Día
175velas dio, y a la
acompañante suya, cruel, en aquel
litoral
abandonó. A ella, abandonada y de muchas cosas lamentándose,
sus abrazos y
su ayuda Líber le ofreció, y para que por una perenne
estrella clara
fuera, cogida de su frente su corona,
la envió al
cielo. Vuela ella por las tenues auras
180y mientras vuela sus gemas
se tornan en nítidos fuegos
y se detienen
en un lugar –el aspecto permaneciendo de corona–,
que medio del
que se apoya en su rodilla está, y del que la sierpe tiene.
Dédalo e Ícaro
Dédalo entre tanto, por Creta y su largo
exilio
lleno de odio,
y tocado por el amor de su lugar natal,
185encerrado estaba en el
piélago. “Aunque tierras”, dice, “y ondas
me oponga, mas
el cielo ciertamente se abre; iremos por allá.
Todo que
posea, no posee el aire Minos.”
Dijo y su
ánimo remite a unas ignotas artes
y la
naturaleza innova. Pues pone en orden unas plumas,
190por la menor empezadas, a
una larga una más breve siguiendo,
de modo que en
pendiente que habían crecido pienses: así la rústica fístula
un día
paulatinamente surge, con sus dispares avenas.
Luego con lino
las de en medio, con ceras aliga las de más abajo,
y así,
compuestas en una pequeña curvatura, las dobla
195para que a verdaderas aves
imite. El niño Ícaro a una
estaba, e
ignorando que trataban sus propios peligros,
ora con cara
brillante, las que la vagarosa aura había movido,
intentaba
apoderarse de esas plumas, ora la flava cera con el pulgar
mullía, y con
el juego suyo la admirable obra
200de su padre impedía. Después
que la mano última a su empresa
impuesto se
hubo, su artesano balanceó en sus gemelas alas
su propio
cuerpo, y en el aura por él movida quedó suspendido.
Instruye
también a su nacido y: “Por la mitad de la senda que corras,
Ícaro”, dice,
“te advierto, para que no, si más abatido irás,
205la onda grave tus plumas, si
más elevado, el fuego las abrase.
Entre lo uno y
lo otro vuela, y que no mires el Boyero
o la Ursa te
mando, y la empuñada de Orión espada.
Conmigo de
guía coge el camino.” Al par los preceptos del volar
le entrega y
desconocidas para sus hombros le acomoda las alas.
210Entre esta obra y los
consejos, su mejillas se mojaron de anciano,
y sus manos
paternas le temblaron. Dio unos besos al nacido suyo
que de nuevo
no había de repetir, y con sus alas elevado
delante vuela
y por su acompañante teme, como la pájara que desde el alto,
a su tierna
prole ha empujado a los aires, del nido,
215y les exhorta a seguirla e
instruye en las dañinas artes.
También mueve
él las suyas, y las alas de su nacido se vuelve para mirar.
A ellos
alguno, mientras intenta capturar con su trémula caña unos peces,
o un pastor
con su cayado, o en su esteva apoyado un arador,
los vio y
quedó suspendido, y los que el éter coger podían
220creyó que eran dioses. Y ya
la junonia Samos
por la
izquierda parte –habían sido Delos y Paros abandonadas–,
diestra
Lebinto estaba, y fecunda en miel Calimna,
cuando el niño
empezó a gozar de una audaz voladura
y abandonó a
su guía y por el deseo de cielo
arrastrado
225más alto hizo su camino: del
robador sol la vecindad
mulló–de las
plumas sujeción– las perfumadas ceras.
Se habían
deshecho esas ceras. Desnudos agita el los brazos,
y de remeros
carente, no percibe auras algunas
y su boca, el
paterno nombre gritando, azul
230la recoge un agua que el
nombre saca de él.
Mas el padre
infeliz, y no ya padre: “¡Ícaro!”, dijo,
“¡Ícaro!”,
dijo, “¿Dónde estás? ¿Por qué región a ti he de buscarte?
¡Ícaro!”,
decía. Las plumas divisó en las ondas,
y maldijo sus
propias artes, y su cuerpo en un sepulcro
235encerró, también tierra por
el nombre dicha del sepultado.
Perdiz
A él, mientras en el túmulo ponía el
cuerpo de su pobre nacido,
gárrula desde
una limosa encina lo contempló una perdiz
y aplaudió con
sus alas y atestiguados su gozos por su canto fueron,
única entonces
esa ave y no vista en los anteriores años,
240y, recién convertida en ave,
largo crimen para ti, Dédalo, fue.
Pues a éste le
había entregado –de sus hados ella ignorante–, para que él le enseñara,
al engendrado
suyo su germana: sus cumpleaños pasados
una docena de
veces un chico, de ánimo para los preceptos capaz.
Él incluso,
las espinas que en medio de un pez se señalan,
245las sacó para ejemplo y en
un hierro agudo talló
unos perpetuos
dientes y de la sierra encontró el uso.
El primero él
también dos brazos de hierro con un solo nudo
vinculó para
que, por un igual espacio distantes ellos,
una parte
quedara parada, la parte otra trazara un círculo.
250Dédalo lo envidió, y del
sagrado recinto de Minerva
de cabeza lo
envió, resbalado mintiéndole; mas a él,
la que alienta
los ingenios, lo acogió Palas y ave
lo devolvió, y
por mitad lo veló del aire de plumas,
pero el vigor
de su ingenio, un día veloz, a sus alas
255y a sus pies se marchó. El
nombre, el que también antes, permaneció.
No, aun así,
esta ave alto su cuerpo levanta
ni hace en las
ramas y la alta copa sus nidos.
Cerca de la
tierra revolotea y pone en los setos sus huevos,
y, memoriosa
de su antigua caída, tiene miedo a las alturas.
Meleagro y el jabalí de Calidón
260Y ya fatigado la tierra del
Etna había recibido
a Dédalo, y,
al coger las armas a favor de un suplicante, Cócalo
por compasivo
era tenido; ya Atenas de pagar
había cesado,
por la gloria de Teseo, su lamentable tributo:
los templos se
coronan, a la guerreadora Minerva
265con Júpiter invocan, y los
dioses otros, a los que con la sangre prometida
y sus
presentes dándoles y sus acervos de incienso, honoran.
Había
esparcido la errante fama por las argólicas ciudades el nombre
de Teseo, y
los pueblos que la rica Acaya cogía,
de él la ayuda
habían implorado en sus grandes peligros,
270de él la ayuda Calidón
–aunque a Meleagro tuviera–
con angustiado
ruego, suplicante, había pedido. La causa de la petición
un cerdo era,
sirviente y defensor de la hostil Diana.
Pues cuentan
que Eneo, de un año de prosperidad pleno,
las primicias
de los frutos a Ceres, sus vinos a Lieo,
275los Paladios licores a la
flava Minerva había ofrendado.
Empezando por
los campestres, a todos los altísimos arribó
su ambicionado
honor. Solas sin incienso dejadas,
preteridas,
que cesaron cuentan de la Latoide las aras.
Toca también
la ira a los dioses: “Mas no impunemente lo llevaremos,
280y, la que no honorada, no
también se nos dirá no vengada”,
dice, y,
despreciada, por los campos Olenios mandó
un vengador
jabalí, cuanto mayores toros la herbosa
Epiros no
tiene, pero los tienen los sículos campos menores.
De sangre y
fuego rielan sus ojos, rígida está su erizada cerviz,
285también sus cerdas
semejantes a rígidos astiles se erizan,
[y se yerguen
como una empalizada, como altos astiles, sus cerdas].
Hirviente,
junto con su bronco rugido, por sus anchas espaldillas
la espuma le
fluye, sus dientes se igualan a los dientes indos,
un rayo de su
boca viene, las frondas con sus aflatos arden.
290Él, ora los crecientes
sembrados pisotea, aún en hierba,
ahora los
maduros votos siega de un colono que habrá de llorarlos,
y a Ceres en
espigas la intercepta, la era en vano,
y en vano
aguardan los hórreos las prometidas mieses.
Postradas
yacen grávidas junto con su largo sarmiento las crías
295y la baya con las ramas de
la siempre frondosa oliva.
Se encarniza
también en los rebaños: no a ellas el pastor o el perro,
no a las
vacadas, bravos, las pueden defender los toros.
Se dispersan
los pueblos y no sino en las murallas de la ciudad
estar creen a
salvo, hasta que Meleagro y un solo
300selecto puñado de jóvenes se
unieron en su deseo de alabanza:
los Tindárides
gemelos, digno de ver en las cestas el uno,
el otro a
caballo, y de la primera nave el constructor, Jasón,
y con Pirítoo
–feliz concordia– Teseo,
y los dos
Testíadas y, prole de Alfareo, Linceo,
305y el veloz Idas y ya no
mujer Ceneo
y Leucipo el
feroz y por su jabalina insigne Acasto
e Hipótoo y
Dríade y, descendido de Amíntor, Fénix
y los
Actóridas parejos, y enviado desde la Élide Fileo.
Tampoco
Telamón faltaba y el creador del magno Aquiles
310y con el Feretíada y el
hianteo Iolao
el diligente
Euritión y en la carrera invicto Equíon
y el naricio
Lélex y Panopeo e Hileo y el feroz
Hípaso y en
sus primeros años tadavía Néstor
y a los que
Hipocoonte mandó desde la antigua Amiclas
315y de Penélope el suegro con
el parrasio Anceo
y Ampícida el
sagaz y todavía de su esposa a salvo
el Eclida, y,
gracia del bosque liceo, la Tegeea.
Un bruñido
alfiler a ella le mordía lo alto del vestido,
su pelo iba
sencillo, recogido en un nudo solo;
320de su hombro colgando
izquierdo resonaba la marfileña
guardesa de
sus flechas, el arco también su izquierda lo tenía.
Tal era por su
arreglo su belleza, que decirla verdaderamente
virgínea en un
jovencito, juvenil en una virgen, pudieras.
A ella al par
que la vio, al par el calidonio héroe
325la eligió, renuente el dios,
y unas llamas escondidas
apuró y: “Oh
feliz él si a alguno dignara”, dice,
“esta mujer
por esposo”, y no más permite el tiempo y el pudor
decir: la
mayor obra del gran certamen urge.
Un bosque concurrido de troncos, que
ninguna edad había tumbado,
330empieza desde un plano e
inclinados contempla unos campos;
al cual
después que llegaron esos varones, parte las redes tienden,
sus ligaduras
parte quitan a los perros, parte impresas siguen
las señales de
los pies y desean hallar su propio peligro.
Un cóncavo
valle había, en el que dejarse caer unos arroyos
335solían, de pluvial agua.
Posee lo hondo de la laguna
el flexible
sauce y ovas livianas y juncos palustres
y mimbres y
bajo la larga enea pequeñas cañas.
De aquí el
jabalí lanzándose violento en mitad de sus enemigos
sale, como de
las sacudidas nubes expelidos los fuegos.
340Se postra por su carrera el
bosque y un estruendo propulsada
la espesura
hace: gritan los jóvenes y preparadas en su fuerte
diestra tienen
las armas vibrantes con su ancho hierro.
Él se lanza y
esparce los perros según cada uno a él, enloquecido,
se le opone, y
con su oblicuo golpe, ladrando, los disipa.
345La cúspide blandida en
primer lugar por el brazo de Equíon
vana fue y en
un tronco hizo una leve herida de arce.
La próxima, si
de las demasiadas fuerzas de su lanzador uso
no hubiera
ella hecho, en la espalda buscada pareció que iba a clavarse.
Más lejos va.
El autor del arma el pagaseo Jasón.
350“Febo”, dice el Ampícida,
“si a ti te honré y te honró
dame, el que
es buscado, con certera arma alcanzar.”
En lo que pudo
a estas súplicas el dios asintió; golpeado por él fue,
pero sin
herida, el jabalí. Su hierro Diana de la jabalina
en vuelo había
arrebatado. Leño sin punta llegó.
355La ira del fiero se excitó y
no que el rayo más lene ardió.
Riela de sus
ojos, espira también por su pecho llama
y como vuela
la mole disparada por el tensado nervio
cuando busca o
las murallas o llenas de soldado las torres,
contra los
jóvenes con su certera así embestida el hiriente cerdo
360váse y a Hipalmo y Pelagón
que los diestros flancos
guadaban
postra: sus compañeros arrebataron a los caídos.
Mas no de sus
mortíferos golpes escapó Enésimo,
de Hipocoonte
simiente. Temblando y sus espaldas aprestando
a volver,
segada su corva, le abandonaron sus nervios.
365Quizás también el Pilio
anteriormente a los troyanos tiempos
hubiera
desaparecido, pero tomando impulso de su lanza puesta en el suelo
saltó, de un
árbol que se erguía próximo, a sus ramas,
y abajo miró,
seguro en ese lugar, del que había huido, al enemigo.
Con sus
dientes aquel feroz, en un tronco de encina estregados,
370se cierne para la
destrucción y confiando en sus recientes armas
del Euritida
magno el muslo apuró con su pico corvo.
Mas los
gemelos hermanos, todavía no celestes estrellas,
ambos
conspicuos, en caballos que la nieve más cándidos
ambos eran
portados, ambos, blandiéndolas por las auras
375de sus astas batían las
guijas con trémulo movimiento.
Heridas
hubieran hecho, de no ser porque el cerdoso animal entre unas opacas
espesuras se
hubiese ido, ni para las jabalinas ni para el caballo lugares transitables.
Lo persigue
Telamón e incauto en su afán por ir,
de bruces por
una raíz de un árbol cayó retenido.
380Mientras lo levanta a éste
Peleo una rápida saeta la Tegeea
impuso a su
nervio y la expelió de su curvado arco.
Fijada bajo la
oreja del fiero desgarró la caña lo alto
de su cuerpo y
de sangre enrojeció exigua sus cerdas,
y no, aun así,
ella más contenta del éxito de su golpe
385que Meleagro estaba: el
primero se cree que lo vio,
y el primero
que a sus compañeros visto mostró el crúor
y que:
“Merecido”, dijo, “llevarás de tu virtud el honor.”
Enrojecieron
los varones y a sí mismos se exhortan y añaden
con clamor
ánimos y lanzan sin orden sus armas:
390su multitud perjudica a los
lanzamientos y los impactos que busca impide.
He aquí que
enfurecido, contra sus hados el Arcadio, el de hacha bifronte:
“Aprended,
frente a las femeninas, cuánto las armas viriles aventajan,
oh jóvenes, y
a la obra mía ceded”, dijo.
“Aunque la
propia Latonia a él con sus armas lo proteja,
395contra la voluntad, aun así,
de Diana lo destruirá mi diestra.”
Tales cosas
con grandilocuente boca, henchido, había remembrado
y su bicéfala
segur levantando con ambas manos
se había
erguido en sus dedos, suspendido sobre el principio de sus articulaciones:
se apodera del
que tal osaba y por donde es la ruta vecina a la muerte,
400a lo alto de las ingles el
fiero le enderezó sus gemelos dientes.
Cae Anceo y
hacinadas con mucha sangre
sus vísceras
resbalándose fluyen. Humedecida la tierra de crúor queda.
Iba contra el
adverso enemigo la prole de Ixíon,
Pirítoo, con
su vigorosa diestra batiendo unos venablos;
405al cual: “Lejos”, el Egida,
“oh que yo para mí más querido”, dice,
“parte del
alma mía, detente. Pueden fuera de alcance estar
los fuertes. A
Anceo le dañó su temeraria virtud”,
dijo, y de
broncínea cúspide blandió un pesado cornejo;
el cual, bien
balanceado y que de su voto apoderado se habría,
410se lo impidió, de su árbol
de encina frondosa, una rama.
Envió también
el Esónida una jabalina que el acaso, desde él,
volvió hacia
el hado de un perro ladrador que lo desmerecía, y a través
de sus ijares
disparada, en la tierra, a través de los ijares, clavada quedó.
Mas la mano
del Enida varía y enviándole dos,
415el asta primera en la
tierra, en mitad de la espalda se irguió la otra,
y sin demora,
mientras se encarniza, mientras su cuerpo hace girar en círculo
y rugiente
espuma con nueva sangre derrama,
de la herida
el autor acude y a su enemigo irrita a la ira
y unos
espléndidos venablos esconde en sus adversas espaldillas.
420Sus gozos atestiguan los
socios con el clamor favorable
y la vencedora
diestra buscan a su diestra juntar,
y el
inabarcable fiero, en mucha tierra tendido,
admirados
contemplan y todavía tocarlo seguro
no creen que
sea, pero las armas suyas aun así cada cual ensangrienta.
425Él, con su pie impuesto, la
cabeza mortífera pisa
y así: “Toma
el botín, Nonacria, de mi jurisdicción”,
dijo, “y que
en parte vaya mi gloria contigo.”
En seguida los
despojos, las erizadas espaldas de rigurosas
cerdas, le da
e insigne por sus grandes dientes su rostro.
430Para ella alegría es, con el
regalo, del regalo su autor.
Lo envidiaron
los otros y en todo el grupo había un murmullo.
De los cuales,
tendiendo sus brazos con su ingente voz:
“Déjalo, va, y
no interceptes, mujer, los títulos nuestros”,
los Testíadas
claman, “y no a ti la confianza de tu hermosura
435te engañe, no esté lejos de
ti, cautivado de amor,
su autor”, y a
ella arrebatan el regalo, la jurisdicción del regalo a él.
No lo soportó,
y rechinando de henchida ira el Mavortio:
“Aprended,
robadores del ajeno honor”, dijo,
los hechos de
las amenazas cuanto distan”, y apuró con nefando
440hierro el pecho de Plexipo,
que nada tal temía.
A Tóxeo, sobre
qué hacer en duda, y al par queriendo
vengar a su
hermano y los fraternos hados temiendo,
no sufre que
dude mucho tiempo, y cálido del anterior
asesinato
recalienta de consorte sangre su arma.
Altea y Meleagro
445Sus dones al dios en los
templos por su hijo vencedor llevaba,
cuando ve
Altea que extinguidos sus hermanos de vuelta traen.
La cual, golpe
de duelo dándose, de afligidos gritos la ciudad
llena y con
las vestiduras de oro mutó unas negras.
Mas una vez
que hubo el autor de la muerte a la luz salido, desaparece todo
450el luto, y de las lágrimas
éste se vuelve al amor del castigo.
Un tronco había, el cual, cuando –su parto
ya dado a luz– estaba acostada
la Testíade,
en llamas pusieron las triples hermanas,
y sus hebras
fatales, apretándolas con el pulgar, hilando:
“Los tiempos”,
dijeron, “mismos al leño y a ti,
455oh, ora nacido, damos.” La
cual canción dicha después que
se retiraron
las diosas, la flagrante rama la madre
del fuego
retiró y la asperjó con fluidas aguas.
Ella largo
tiempo había estado en los penetrales escondida más profundos
y, preservada,
joven, había preservado tus años.
460La sacó a ella la genetriz,
y teas y virutas que se dispongan
impera, y
dispuestas enemigos fuegos les acerca.
Entonces,
intentando cuatro veces a las llamas imponer la rama,
su empresa
cuatro veces contuvo. Lucha la madre y la hermana,
y diversos
tiran dos nombres de un solo pecho.
465Muchas veces del miedo de su
crimen futuro palidecía su rostro,
muchas veces,
hirviente, a sus ojos daba la ira su propio rubor,
y ora
semejante al que amenaza no sé qué cosa cruel
su rostro era,
ora al que compadecerse creer podrías;
y cuando las
lágrimas de su ánimo había secado su fiero ardor,
470se encontraban lágrimas aun
así, y como la quilla,
a la que el
viento y, al viento contrario, arrastra el bullir del mar,
una fuerza
gemela siente y obedece sin tino a las dos cosas,
la Testíade no
de otra forma por dudosos afectos va errante
y por turnos
depone y depuesta resucita su ira.
475Empieza a ser aun así mejor
germana que madre
y como sus
consanguíneas sombras con sangre aplaque,
por su
impiedad pía es; pues después que el calamitoso fuego
convaleció:
“La pira esta creme mis entrañas”, dijo,
y como en su
mano ominosa el leño fatal tenía,
480ante esas sepulcrales aras
infeliz se apostó
y: “Diosas
triples de los castigos”, dice, “a estos sacrificios
de furia,
Euménides, los rostros volved vuestros.
Tomo venganza
y hago una abominación. La muerte con la muerte de expiar se ha,
a un crimen de
añadirse un crimen ha, a los funerales un funeral.
485Coacervados, perezca esta
casa impía mediante lutos.
¿Acaso feliz
Eneo de su nacido vencedor disfrutará,
y Testio
huérfano estará? Mejor plañiréis ambos.
Vosotros ora,
fraternos manes y ánimas recientes,
el servicio
sentid mío y a lo grande preparados,
490aceptad estos sacrificios de
ultratumba, las malas prendas del útero nuestro.
¡Ay de mí! ¿A
dónde me arrebato? Hermanos, perdonad a una madre.
Desertan de la
empresa mis manos. Que ha merecido él, confesamos,
por qué muera.
De su muerte a mí no place la autora.
¿Así que
impunemente lo llevará y vivo y vencedor y por su mismo
495éxito henchido el reino de
Calidón tendrá,
vosotros,
ceniza exigua y heladas sombras yaceréis?
No yo
ciertamente lo sufriré. Perezca el criminal y él
la esperanza
de un padre y el reino arrastre y de la patria la ruina.
¿La mente
dónde materna está? ¿Dónde están las pías leyes de los padres
500y los que sostuve una decena
de meses, afanes?
Oh, ojalá en
los primeros fuegos hubieras ardido aún bebé
y tal yo
sufrido hubiera. Viviste por regalo nuestro,
ahora por el
mérito morirás tuyo. Coge los premios de lo hecho,
y dos veces
dado, primero por el parto y luego por el tronco arrebatado,
505devuelve tu aliento, o a mí
me añade a los fraternos sepulcros.
Y lo deseo y
no puedo. ¿Qué haga yo? Ora las heridas de mis hermanos
ante los ojos
tengo y de tan gran sangría la imagen,
ahora mi ánimo
la piedad y los maternos nombres quiebran.
Pobre de mí.
Mal venceréis, pero venced, hermanos,
510en tanto que, la que os los
habré de dar, a esos consuelos y a vosotros
yo misma
siga.” Dijo y con una diestra, vuelta ella de espaldas, temblorosa,
el fúnebre
tizón arrojó en medio de los fuegos.
O dio o
pareció que un gemido aquel tronco
había dado, y
arrebatado por esos involuntarios fuegos ardió.
515Inconsciente y ausente,
Meleagro por la llama aquella
se quema y por
ciegos fuegos tostarse sus entrañas
siente y
grandes dolores supera por su virtud.
Aun así, que
por una cobarde muerte él caiga y sin sangre
le aflige, y
las de Anceo felices heridas dice
520y a su padre de edad
avanzada y hermanos y pías hermanas
con un gemido,
y a la compañera de su lecho llama con boca postrera;
quizás también
a su madre. Crecen el fuego y el dolor,
y languidecen
otra vez. Al mismo tiempo se extinguió uno y otro
y hacia las
leves auras marchó poco a poco su espíritu,
525poco a poco la brasa
cubriendo, cana, la ceniza.
Las hermanas de Meleagro
La alta Calidón yace. Plañen jóvenes y
viejos,
y el vulgo y
los nobles gimen, y rasgándose los cabellos
golpes de
duelo se dan las madres Calídonides Eveninas.
De polvo su
canicie el genitor y su rostro senil
530mancha, por el suelo
derramado, y su espaciosa edad increpa,
pues, en
cuanto a la madre, la mano para ella cómplice del siniestro hecho
le exigió los
castigos, pasando por sus entrañas el hierro.
No a mí si
cien bocas un dios, sonando con sus lenguas,
y un ingenio
capaz y todo el Helicón me hubiera dado,
535los tristes votos
conseguiría de sus pobres hermanas.
Olvidadas de
su decor sus lívidos pechos tunden,
y mientras le
queda cuerpo, su cuerpo reaniman y animan,
besos le dan a
él, dispuesto dan besos al lecho.
Después de
ceniza, sus cenizas apuradas a su pecho aprietan
540y derramadas yacen junto al
túmulo, y a sus nombres
inscritos en
la roca abrazadas, lágrimas sobre sus nombres derraman.
A las cuales
finalmente la Latonia, del desastre de la Pataonia
casa saciada,
excepto a Gorge y a la nuera
de la noble
Alcmena, nacidas en su cuerpo plumas,
545las aligera, y largas por
sus brazos les extiende unas alas
y córneas sus
bocas hace y tornadas por el aire las manda.
Teseo y Aqueloo (i)
Entre tanto Teseo, su parte de la obra
común
tras cumplir,
a los erecteos recintos iba de la Tritónide.
Le cerró el
camino y le causó demoras el Aqueloo al marchar,
550de lluvia henchido:
“Acércate a los techos”, le dice, “míos, ilustre
Cecrópida, y
no te encomiendes a las robadoras ondas.
Llevar troncos
sólidos y oblicuas rocas hacer rodar
con su gran
murmullo suelen. He visto, lindando a su ribera,
con sus greyes
establos altos ser arrastrados, y ni fuertes allí
555les sirvió ser a las vacadas
ni a los caballos veloces.
Muchos también
este torrente, las nieves desde el monte liberadas,
muchos cuerpos
juveniles en su arremolinado abismo sumergió.
Más seguro es
el descanso, mientras sus caudales corran por su acostumbrada
linde,
mientras tenues acoja su seno las ondas.
560Asintió el Egida y: “Haré
uso, Aqueloo, de la casa
y del consejo
tuyo”, respondió; y uso de ambos hizo.
De pómez
multicava y no lisas tobas a unos atrios
construidos
entra: la tierra estaba húmeda de blando musgo,
las alturas
artesonaban, con alterno múrice, conchas.
565Y ya dos partes de la luz
Hiperión habiendo medido,
se recostaron
en unos divanes Teseo y sus compañeros de fatigas,
por ésta el
Ixiónida, por aquella parte el héroe
treceno,
Lélex, de raras canas ya asperjadas sus sienes,
y a los otros
que con parejo honor había dignado
570el caudal de los acarnanes,
contentísimo de huésped tanto.
En seguida
unas ninfas desnudas de plantas instruyeron
con manjares
acercadas las mesas, y el festín retirado,
en gema
pusieron vino puro.
Las Equínades; Perimele
Entonces el más grande héroe
las
superficies mirando a sus ojos sometidas: “Qué lugar”, dijo,
575“aquél”, y con el dedo lo
muestra, “y la isla nombre cuál
lleva aquella,
enséñanos; aunque no una parece.”
El caudal a
esto: “No es”, dice, “lo que divisáis una cosa:
cinco tierras
yacen. El espacio las distancias burla.
Y por que
menos el hecho te admire, despreciada, de Diana,
580unas náyades ellas habían
sido, las cuales, una decena de novillos
habiendo
sacrificado y del campo a los dioses a los sacrificios habiendo invitado,
olvidadas de
nos, sus festivos coros hicieron.
Me entumecí de
ira y cuan grande fluyo cuando máximo alguna vez,
tan grande
era, y al par por mis ánimos y ondas inabarcable,
585de las espesuras, espesuras,
y de los campos, campos arrancaba,
y con su lugar
a las ninfas, acordadas entonces al fin de nos,
a los mares
arramblé. El flujo nuestro y del mar
esa tierra
distrajo continua, y sus partes desligó
en otras
tantas cuantas Equínades divisas en medio de las ondas.
590Como aun así tú mismo ves,
lejos, ay, lejos una isla
se apartó,
grata a mí. Perimele el navegante la llama.
A ella yo su
virgíneo nombre, mi elegida, le quité,
lo cual su
padre Hipodamante amargamente sufrió y al profundo
arrojó desde
una peña el cuerpo de su hija, que iba a morir.
595La recogí, y mientras nadaba
sosteniéndola: “Oh, agraciado con los reinos
próximos del
cosmos, los de la vagabunda onda”, dije, “portador del tridente,
[en quien
acabamos, al que sagrados corremos los caudales,
ven aquí y oye
plácido, Neptuno, a quien te suplica.
A ésta yo, a
la que porto, he hecho daño. Si tierno y justo,
600si padre Hipodamante, o si
menos impío fuera,
600a debió de ella compadecerse,
perdonarnos a nos:
600b a quien un día la tierra se
cerró por la fiereza paterna]
préstale
ayuda, y a ella, ahogada, te lo ruego, por la fiereza paterna,
dale, Neptuno,
un lugar; o que sea el lugar ella, lícito será:
[así también
la estrecharé.” Movió la cabeza el marino rey
y sacudió con
sus asentimientos todas las ondas.
605Sintió temor la ninfa:
nadaba aun así; yo mismo el pecho
de ella, que
nadaba, rozaba, latiendo en tembloroso movimiento.
Y mientras lo
toco, todo endurecerse sentí
su cuerpo, y
que en las tierras que lo cubrían se escondía su torso.
Mientras hablo
rodeó sus miembros una nueva tierra, nadando ellos,
610y, pesada, dentro creció una
isla de su mutado cuerpo.”
Filemon y Baucis
El caudal tras esto calló; el hecho
admirable a todos
había
conmovido: se burla de los que lo creen, y cual de los dioses
despreciador
era y de mente feroz, de Ixíon el nacido:
“Mentiras
cuentas y demasiado crees, Aqueloo, poderosos,
615que son los dioses”, dijo,
“si dan y quitan las figuras.”
Quedaron
suspendidos todos y tales dichos no aprobaron,
y antes que
todos Lélex, de ánimo maduro y de edad,
así dice:
“Inmenso es, y límite el poderío del cielo
no tiene, y
cuanto los altísimos quisieron realizado fue.
620Y para que menos lo dudes, a
un tilo contigua una encina
en las colinas
frigias hay, circundada por un intermedio muro.
Yo mismo el
lugar vi, pues a mí a los pelopeos campos
Piteo me
envió, un día reinados por su padre.
No lejos de
aquí un pantano hay, tierra habitable en otro tiempo,
625ahora, concurridas de mergos
y fochas palustres, ondas.
Júpiter acá,
en aspecto mortal, y con su padre
vino el
Atlantíada, el portador del caduceo, dejadas sus alas.
A mil casas
acudieron, lugar y descanso pidiendo,
mil casas
cerraron sus trancas; aun así una los recibió,
630pequeña, ciertamente, de
varas y caña palustre cubierta,
pero la
piadosa anciana Baucis y de pareja edad Filemon
en ella se
unieron en sus años juveniles, en aquella
cabaña
envejecieron y su pobreza confesando
la hicieron
leve, y no con inicua mente llevándola.
635No hace al caso que señores
allí o fámulos busques:
toda la casa
dos son, los mismos obedecen y mandan.
Así pues,
cuando los celestiales esos pequeños penates tocaron
y bajando la
cabeza entraron en esos humildes postes,
sus cuerpos el
anciano, poniéndoles un asiento, les mandó aliviar,
640al cual sobrepuso un tejido
rudo, diligente, Baucis
y en el fogón
la tibia ceniza retiró y los fuegos
suscita de la
víspera y con hojas y corteza seca
lo nutre y las
llamas con su aliento senil alarga
y muy
astilladas antorchas y ramajos áridos del techo
645bajó y los desmenuzó y
acercó a un pequeño caldero
y, la que su
esposo había recogido del bien regado huerto,
troncha a esa
hortaliza sus hojas; con una horquilla iza ella, de dos cuernos,
unas sucias
espaldas de cerdo que colgaban de una negra viga,
y reservado
largo tiempo saja de su cuero una parte
650exigua, y sajada la doma en
las hirvientes ondas.
Mientras tanto
las intermedias horas burlan con sus conversaciones
y que sea
sentida la demora prohíben. Había un seno allí
de haya, por
un clavo suspendido de su dura asa.
Él de tibias
aguas se llena y unos miembros que entibiar
655acoge. En el medio un diván
de mullidas ovas
ha sido
impuesto, en un lecho de armazón y pies de sauce.
655a Y sacuden ese diván de muelles ovas de río,
656a sobre el impuesto lecho de armazón y pies de
sauce;
con unas ropas
lo velan que no, sino en tiempos de fiesta,
a tender
acostumbraban, pero también ella vil y vieja
ropa era, que
a un lecho de sauce no ofendería:
660se recostaron los dioses. La
mesa, remangada y temblorosa
la anciana, la
pone, pero de la mesa era el pie tercero dispar:
una teja par
lo hizo; la cual, después que a él sometida su inclinación
sostuvo,
igualada, unas mentas verdeantes la limpiaron.
Se pone aquí,
bicolor, la baya de la pura Minerva
665y, guardados en el líquido
poso, unos cornejos de otoño,
y endibia y
rábano y masa de leche cuajada
y huevos
levemente revueltos en no acre rescoldo,
todo en lozas;
después de esto, cincelada en la misma plata,
se coloca una
cratera, y, fabricadas de haya,
670unas copas, por donde
cóncavas son, de flavas ceras untadas.
Pequeña la
demora es, y las viandas los fogones remitieron calientes,
y, no de larga
vejez, de vuelta se llevan los vinos
y dan lugar,
poco tiempo retirados, a las mesas segundas.
Aquí nuez,
aquí mezclados cabrahígos con rugosos dátiles
675y ciruelas y fragantes
manzanas en anchos canastos
y de purpúreas
vides recolectadas uvas,
cándido, en el
medio un panal hay: sobre todas las cosas unos rostros
acudieron
buenos y una no inerte y pobre voluntad.
Entre tanto, tantas veces apurada, la
cratera rellenarse
680por voluntad propia, y por
sí mismos ven recrecerse los vinos:
atónitos por
la novedad se asustan y con las manos hacia arriba
conciben
Baucis plegarias y, temeroso, Filemon,
y venia por
los festines y los ningunos aderezos ruegan.
Un único ganso
había, custodia de la mínima villa,
685el cual, para los dioses sus
huéspedes los dueños a sacrificar se aprestaban.
Él, rápido de
ala, a ellos, lentos por su edad, fatiga,
y los elude
largo tiempo y finalmente pareció que en los propios
dioses se
había refugiado: los altísimos vetaron que se le matara
y: “Dioses
somos, y sus merecidos castigos pagará esta vecindad
690impía”, dijeron. “A vosotros
inmunes de este
mal ser se os
dará. Sólo vuestros techos abandonad
y nuestros
pasos acompañad, y a lo arduo del monte
marchad a la
vez.” Obedecen ambos, y con sus bastones aliviados
se afanan por
sus plantas poner en la larga cuesta.
695Tanto distaban de lo alto
cuanto de una vez marchar una saeta
enviada puede:
volvieron sus ojos y sumergido en una laguna
todo lo demás
contemplan, que sólo sus techos quedan;
y mientras de
ello se admiran, mientras lloran los hados de los suyos,
aquella vieja,
para sus dueños dos incluso cabaña pequeña,
700se convierte en un templo:
las horquillas las sustituyeron columnas,
las pajas se
doran, y cubierta de mármol la tierra
y cinceladas
las puertas, y de oro cubiertos los techos parecen.
Tales cosas
entonces de su plácida boca el Saturnio dejó salir:
“Decid, justo
anciano y mujer de su esposo justo
705digna, qué deseáis.” Con
Baucis tras unas pocas cosas hablar,
su juicio
común a los altísimos abre Filemon:
“Ser sus
sacerdotes, y los santuarios vuestros guardar
solicitamos, y
puesto que concordes hemos pasado los años,
nos lleve una
hora a los dos misma, y no de la esposa
mía
710alguna vez las hogueras yo
vea, ni haya de ser sepultado yo por ella.”
A sus deseos
la confirmación sigue: del templo tutela fueron
mientras vida
dada les fue; de sus años y edad cansados,
ante los
peldaños sagrados cuando estaban un día y del lugar
narraban los
casos, retoñar a Filemon vio Baucis,
715a Baucis contempló, más
viejo, retoñar Filemon.
Y ya sobre sus
gemelos rostros creciendo una copa,
mutuas
palabras mientras pudieron se devolvían y: “Adiós,
mi cónyuge”,
dijeron a la vez, a la vez, escondidas, cubrió
sus bocas
arbusto: muestra todavía el tineio, de allí
720paisano, de un gemelo cuerpo
unos vecinos troncos.
Esto a mí, no
vanos –y no había por qué burlarme quisieran–
me narraron
unos ancianos; yo ciertamente colgando vi
unas
guirnaldas sobre sus ramas, y poniendo unas recientes dije:
“El cuidado de
los dioses, dioses sean, y los que adoraron, se adoren.”
Erisicton y su hija
725Había acabado y a todos la
cosa había conmovido, y su autor,
a Teseo
principalmente; al cual, pues los hechos oír quería
milagrosos de
los dioses, apoyado sobre su codo el calidonio caudal,
con tales
cosas se dirige: “Los hay, oh valerosísimo,
cuya forma una
vez movido se ha, y en esta renovación ha permanecido;
730los hay que a más figuras el
derecho tienen de pasar,
como tú, del
mar que abraza a la tierra paisano, Proteo.
Pues ora a ti
como un joven, ora te vieron un león,
ahora violento
jabalí, ahora, a la que tocar temieran,
una serpiente
eras, ora te hacían unos cuernos toro.
735Muchas veces piedra podías,
árbol también a menudo, parecer;
a veces, la
faz imitando de las líquidas aguas,
una corriente
eras, a veces, a las ondas contrario, fuego.
Y no menos, de Autólico la esposa, de
Erisicton la nacida,
potestad
tiene. Padre de ella era quien los númenes de los divinos
740despreciara y ningunos
olores a las aras sahumara.
Él, incluso,
un bosque de Ceres, que violó a segur
se dice, y que
sus florestas a hierro ultrajó, vetustas.
Se apostaba en
ellas, ingente de su añosa robustez, una encina,
sola un
bosque; bandas en su mitad y memorativas tabillas
745y guirnaldas la ceñían,
argumentos de un voto poderoso.
A menudo bajo
ella las dríades sus festivos coros condujeron,
a menudo
incluso, sus manos enlazadas por orden, del tronco
habían rodeado
la medida, y la dimensión de su robustez una quincena
de codos
completaba; y no menos, también, la restante espesura,
750en tanto más baja toda que
ella estaba, cuanto la hierba debajo de este todo.
No, aun así,
por esto su hierro el Triopeio de ella
abstuvo, y a
sus sirvientes ordena talar su sagrada
robustez y,
como a los así ordenados que dudaban vio, de uno
arrebatada su
segur, emitió, criminal, estas palabras:
755“No dilecta de la diosa
solamente, sino incluso si ella pudiera
ser la diosa,
ya tocará con su frondosa copa la tierra.”
Dijo y, en
oblicuos golpes mientras el arma balancea,
toda tembló, y
un gemido dio la Deoia encina,
y al par sus
frondas, al par a palidecer sus bellotas
760comenzaron, y sus largas
ramas esa palidez a tomar.
En cuyo
tronco, cuando hizo su mano impía una herida,
no de otro
modo fluyó al ser astillada su corteza la sangre,
que suele ante
las aras, cuando un ingente toro como víctima
cae, de su
truncada cerviz crúor derramarse.
765Quedaron atónitos todos, y
alguno de todos ellos osa
disuadirle de
la impiedad e inhibirle su salvaje hacha bifronte.
Le miró y: “De
tu mente bondadosa coge los premios”, dijo
el tésalo, y
contra el hombre volvió del árbol el hierro
y destronca su
cabeza, y, volviendo a buscar la robustez, la hiere,
770y emitido de en medio de su
robustez un sonido fue tal:
“Una ninfa
bajo este leño yo soy, gratísima a Ceres,
quien a ti,
que los castigos de estos hechos tuyos te acechan,
vaticino al
morir, solaces de nuestra muerte.”
Prosigue la
atrocidad él suya, y oscilando finalmente
775a golpes innúmeros, y
reducido con cuerdas el árbol,
sucumbe y
postró con su peso mucha espesura.
“Atónitas la dríades por el daño de los
bosques y el suyo,
todas las
germanas ante Ceres, con vestiduras negras,
afligidas
acuden y un castigo para Erisicton oran.
780Asiente a ellas y de la
cabeza suya, bellísima, con un movimiento,
sacudió,
cargados de grávidas mieses, los campos
y le depara un
género de castigo digno de compasión, de no ser
porque él era
para nadie digno de compasión por sus actos:
lacerarlo con
la calamitosa Hambre. A la cual, en tanto que ella misma,
785la diosa, no ha de acceder
–pues no a Ceres y Hambre
los hados
reunirse permiten–, de las de numen montano a una,
con tales
palabras, a una agreste oréade, apela:
“Hay un lugar
en las extremas orillas de la Escitia glacial,
triste suelo,
estéril –sin fruto, sin árbol– tierra.
790El frío inerte allí habitan
y la Palidez y el Temblor,
y la ayuna
Hambre: que ella a sí misma en las entrañas se esconda,
criminales,
del sacrílego, ordénale, y que la abundancia de las cosas
no la venza a
ella, y supere en certamen a mis fuerzas;
y para que del
camino el espacio no te aterre, coge mis carros,
795coge, a quienes con sus
frenos en lo alto gobiernes, mis dragones.”
Y los dio.
Ella, con el dado carro sostenida por el aire,
deviene a
Escitia, y de un rígido monte en la cima
–Cáucaso lo
llaman– de las serpientes los cuellos alivió,
y a la buscada
Hambre vio en un pedregoso campo:
800con sus uñas, y arrancando
con los dientes unas escasas hierbas,
basto era su
pelo, hundidos sus ojos, palor en la cara,
labios canos
de saburra, ásperas de asiento sus fauces,
dura la piel,
a través de la que contemplarse sus vísceras podían,
sus huesos
emergían áridos bajo sus encorvados lomos.
805Del vientre tenía, en vez
del vientre, el lugar; pender creerías
su pecho y que
únicamente por el armazón del espinazo se tenía.
Había
aumentado sus articulaciones la escualidez y de las rodillas henchíase
el círculo y
en desmedida protuberancia sobresalían los tobillos.
A ella de
lejos cuando la vio –pues no a acercársele junto
810se atrevió– le refiere los
mandados de la diosa, y poco tiempo demorada,
aunque distaba
largamente, aunque ora había llegado allí,
parecióle aun
así haber sentido hambre, y para atrás sus dragones
llevó a la
Hemonia, tornando, sublime, las riendas.
Las palabras el Hambre de Ceres –aunque
contraria siempre
815de ella es a la obra–
cumplió, y por el aire con el viento
a la casa
ordenada descendió y en seguida entra
del sacrílego
en los tálamos y a él, en un alto sopor relajado
–pues de la
noche era el tiempo–, con sus gemelos codos lo estrecha,
y a sí misma
en el hombre se inspira, y sus fauces y pecho y cara
820sopla y en sus vacías venas
esparce ayunos.
Y, cumplido el
encargo, desierto deja, fecundo, ese orbe
y a sus casas
indigentes, sus acostumbradas cuevas, regresa.
Lene todavía el Sueño con sus plácidas
alas a Erisicton
acariciaba.
Busca él festines bajo la imagen de un sueño
825y su boca vana mueve y
diente en el diente fatiga,
y cansa, por
una comida inane engañada, su garganta,
y en vez de
banquetes, tenues, para nada, devora auras.
Pero cuando
expulsado fue el descanso, se enfurece su ardor por comer
y por sus
ávidas fauces y sus incendiadas entrañas reina.
830No hay demora, lo que el
ponto, lo que la tierra, lo que produce el aire
demanda y se
queja de sus ayunos con las mesas puestas,
y entre los
banquetes banquetes pide y lo que para ciudades,
y lo que
bastante podría ser para un pueblo, no es suficiente a uno solo,
y más desea
cuanto más al vientre abaja suyo,
835y como el mar recibe de toda
la tierra las corrientes
y no se sacia
de aguas y peregrinos caudales bebe,
y como robador
el fuego ninguna vez alimentos rehúsa
e innumerables
troncos crema, y cuanto provisión mayor
le es dada,
más quiere y por su multitud misma más voraz es:
840así los banquetes todos de
Erisicton la boca, el profano,
acoge, y
demanda al mismo tiempo: alimento todo en él
causa de
alimento es, y el lugar queda inane, comiendo.
Y ya de hambre y por la vorágine de su
alto vientre
había atenuado
sus riquezas patrias, pero inatenuada permanecía
845entonces también su
siniestra hambre y de su inaplacada gola
seguía vigente
la llama; al fin, tras abajarse a las entrañas su hacienda,
una hija le
quedaba, no de ese padre digna.
A ella también
la vende indigente: un dueño, noble ella, rehúsa,
y, vecinas,
tendiendo sobre las superficies sus palmas:
850“Arrebátame a mí de un
dueño, el que los premios tienes de la virginidad
a nos
arrebatada”, dice; esto Neptuno tenía,
el cual, su
súplica no despreciada, aunque recién vista fuera
por su amo que
la seguía, su forma le renueva y un semblante viril
le inviste y
de atuendos para los que el pez capturan aptos.
855A ella su dueño
contemplándola: “Oh quien los suspendidos bronces
con un pequeño
cebo escondes, moderador de la caña”, dice,
“así el mar
compuesto, así te sea el pez en la onda
crédulo y
ningunos, sino clavado, sienta los anzuelos:
una que ora
con pobre vestido, turbados los cabellos,
860en el litoral este se
apostaba, pues apostada en el litoral la he visto,
dime dónde
esté, pues no sus huellas más lejos emergen.”
Ella, que del
dios el regalo bien paraba, sintió, y de que por sí misma
a sí le
inquirieran gozándose, con esto replicó al que le preguntaba:
“Quien quiera
que eres, disculpa: a ninguna parte mis ojos
865desde el abismo este he
girado, y con ardor operando, en él estaba prendido.
Y por que
menos lo dudes, así estas artes el dios de la superficie
ayude, que
ninguno ya hace tiempo en el litoral este,
yo exceptuado,
ni mujer se ha apostado alguna.”
Lo creyó, y
vuelto su dueño el pie, con él hundió la arena,
870y burlado partió: a ella su
forma devuelta le fue.
Mas cuando
sintió que la suya poseía unos transformables cuerpos,
muchas veces
su padre a dueños a la Triopeide la entregó, mas ella,
ahora yegua,
ahora pájaro, ora vaca, ora ciervo partía,
y le
aprestaba, ávido, no justos alimentos a su padre.
875La fuerza aquella, aun así,
de su mal, después que hubo consumido toda
su materia, y
había dado nuevos pastos a su grave enfermedad,
él mismo, su
organismo, con lacerante mordisco a desgarrar
empezó, e,
infeliz, minorándolo, su cuerpo alimentaba.
“¿A qué demorarme en extraños? También
para mí, la de muchas veces renovar
880mi cuerpo, oh joven, fue en
número limitada, mi potestad:
pues ora el
que ahora soy parezco, ora me giro en sierpe,
de la manada
ora el dirigente, mis fuerzas en los cuernos asumo...
Cuernos
mientras pude. Ahora esta parte otra carece del arma
de la frente, como
tú mismo ves.” Gemidos siguieron a esas palabras
Libro
noveno
___
Teseo y Aqueloo (ii): Aqueloo y Hércules
Cuál de su gemido, al dios el Neptunio
héroe pregunta,
y de su trunca
frente la causa, cuando así el calidonio caudal
comenzó,
coronado de arundo en sus no ornados cabellos:
“Triste ofrenda pides, pues quién sus
batallas, vencido,
5conmemorar quiere. Lo referiré aun así por su orden,
pues no tan
indecente fue
el ser vencido cual haber contendido decoroso es,
y grandes
consuelos da a nos un tan grande vencedor.
Por el nombre
suyo, si una tal finalmente ha arribado a los oídos
tuyos,
Deyanira, un día la más bella virgen,
10y de muchos pretendientes fue la esperanza envidiosa;
con los
cuales, cuando del suegro pretendido en la casa entramos:
“Recíbeme a mí
de yerno”, dije, “de Partaón el nacido”.
Lo dijo
también el Alcida. Los otros cedieron a los dos.
Él, que a
Júpiter por suegro daba él, y la fama de sus labores,
15y superadas contaba las órdenes de su madrastra.
Por contra yo:
“Indecente que un dios a un mortal ceda”, dije
–todavía no
era él dios–: “el dueño a mí me ves de las aguas
que con sus
cursos oblicuos por entre tus dominios fluyo;
y no un yerno
huésped, a ti mandado desde extrañas orillas,
20sino paisano seré y del estado tuyo parte una.
Tan sólo no
sea para mi mal que a mí la regia Juno
no me odia y
todo castigo me falta de las ordenadas labores.
Pues del que
te jactas, de Alcmena el hijo, engendrado,
Júpiter, o
falso padre es, o por delito el verdadero.
25De una madre por el adulterio un padre pretendes:
elige si fingido
que sea
Júpiter prefieres, o que tú por desdoro hayas nacido.”
A mí que tal
decía ya hacía tiempo que con luz torva
él me
contempla y, encendida, no es fuerte de imperar sobre su ira
y palabras
tantas devuelve: “Mejor en mí la diestra que la lengua.
30En tanto que luchando gane, tú vence hablando”,
y ataca feroz.
Me dio vergüenza, recién esas grandes cosas dichas,
de ceder:
rechacé de mi cuerpo su verde vestidura
y mis brazos
le opuse y sostuve desde mi pecho zambas
en posta las
manos y para la lucha mis miembros preparé.
35Él, con sus huecas palmas recogido, me asperja de
polvo,
y a su vez al
contacto de la fulva arena amarillece él,
y ya el
cuello, ya las piernas centelleantes intenta apresarme,
o que lo
intentaba dirías, y por todos lados me acosa.
A mí mi
pesadez me defendía y en vano se me buscaba,
40no de otro modo que una mole a la que con gran
murmullo los oleajes
combaten:
resiste ella y por su peso está segura.
Nos
distanciamos un poco y de nuevo nos juntamos a las guerras,
y en un paso
estábamos apostados, seguros de no ceder, y estaba
con el pie el
pie junto, y yo, inclinado sobre todo mi pecho,
45los dedos con los dedos y la frente con la frente le
apretaba.
No de otro
modo he visto, fuertes, correr en contra a los toros
cuando, botín
de su lucha, de todo el soto la más espléndida
ansía de
esposa; lo contempla la manada, y tienen miedo
sin ella saber
a quién quedará la victoria de tan gran reino.
50Tres veces sin provecho quiso en contra
desprender de
sí, esplendente, mi pecho, a la cuarta
se sacude de
mi abrazo y a él juntados desata mis brazos
y golpeándome
con la mano –pues he decidido confesar la verdad–
en seguida me
da la vuelta y a mi espalda pesadamente se prende.
55Si crédito hay, pues la gloria con fingida voz
no busco,
hundido por un monte a mí impuesto me creía.
Apenas pude
insertar, aun así, chorreando mucho sudor,
los brazos,
apenas desatar de mi cuerpo sus duras cadenas.
Me oprime
asfixiándome y me impide retomar mis fuerzas
60y de mi cerviz se apodera. Entonces por fin hunde
la tierra la
rodilla nuestra y las arenas con la boca mordí.
Inferior en
virtud me refugio en mis artes
y me escurro
de este hombre figurado en una larga serpiente.
El cual,
después que curvé mi cuerpo en retorcidos círculos
65y cuando moví con fiera estridencia mi lengua
bifurcada,
se rió, y
burlándose el tirintio de mis artes:
“De mis cunas
es tarea el superar serpientes”,
dijo, “y
aunque venzas, Aqueloo, a otros dragones,
¿parte cuánta
de la de Lerna hidra serás, una sola serpiente?
70De sus propias heridas era ella fecunda y ni una
cabeza,
de cien en
número, fue cortada impunemente
sin que con un
gemelo heredero su cerviz más fuerte se hiciera.
A ella yo,
ramosa de las culebras nacidas de la matanza
y que crecía
con su desgracia, la domé y domada la recluí.
75¿Qué confías que ha de ser de ti, que convertido en
una serpiente
falsa, armas
ajenas mueves, a quien una forma precaria esconde?”
Había dicho, y
a lo alto de mi cuello arroja las cadenas
de sus dedos:
me asfixiaba, como apretada mi garganta por unas tenazas,
y de sus
pulgares pugnaba por arrancar mis fauces.
80Así también, vencido, me quedaba la tercera,
la forma de
toro asesino: en toro mutado mis miembros rebelo.
Reviste él con
sus toros por la izquierda parte mis brazos
y tirando de
mí, a la carrera, me sigue y bajándome los cuernos
los clava en
la dura tierra y a mí me tumba en la alta arena.
85Y no bastante había sido esto: con su fiera diestra,
mientras sostiene
rígido mi
cuerno, lo quiebra y de mi trunca frente lo arranca.
Las náyades,
de frutos y olorosa flor relleno,
lo
consagraron; y rica es la Buena Abundancia por mi cuerno.”
Partida de Teseo
Había dicho, y una ninfa, remangada al
rito de Diana,
90una de sus ministras, derramados a ambas partes sus
cabellos,
entró y trajo
en ese muy rico cuerno todo
un otoño, y
las mesas –frutos felices– segundas.
La luz llega y con el primer sol hiriendo
las cimas
se marchan los
jóvenes; y no esperan, pues, mientras paz
95y plácido discurrir tengan, y todas vuelvan
a asentarse
las aguas. Su rostro el Aqueloo agreste
y su cabeza
lacerada de un cuerno esconde en medio de las aguas.
Hércules, Neso y Deyanira
Sin embargo, a éste que domó la pérdida de
su arrebatada gracia,
el resto salvo
lo tiene. De su cabeza el daño, además, con fronda
100de sauce o sobrepuesta caña
lo esconde.
Mas a ti, Neso
fiero, tu ardor por esa misma doncella
te había
perdido, atravesado en tu espalda por una voladora saeta.
Pues
regresando con su nueva esposa a los muros patrios
había llegado,
rápidas del Eveno, el hijo de Júpiter a sus ondas.
105Más abundante de lo
acostumbrado, por las borrascas invernales acrecido,
concurrido
estaba de torbellinos e intransitable ese caudal.
A él, no
temeroso por sí mismo, pero preocupado por su esposa,
Neso se acerca
y, fuerte de cuerpo y conocedor de sus vados:
“Por servicio
mío será ella depositada en aquella
110orilla,” dice, “Alcida. Tú
usa tus fuerzas nadando.”
Y a ella,
palideciente de miedo y al propio río temiendo,
se la entregó
el Aonio, a la asustada Calidonia, a Neso.
En seguida,
como estaba y cargado con la aljaba y el despojo del león
–pues la clava
y los curvos arcos a la otra orilla había lanzado–:
115“Puesto que lo he empezado,
venzamos a las corrientes”, dijo,
y no duda, ni
por dónde es más clemente su caudal
busca y
desprecia ser llevado a complacencia de las aguas.
Y ya teniendo
la orilla, cuando levantaba los arcos por él lanzados,
de su esposa
conoció la voz, y a Neso, que se disponía
120a defraudar su depósito: “¿A
dónde te arrastra”, le clama,
“tu confianza
vana, violento, en tus pies? A ti, Neso biforme,
te decimos.
Escucha bien y no las cosas interceptes nuestras.
Si no te mueve
temor ninguno de mí, mas las ruedas
de tu padre
podrían disuadirte de esos concúbitos prohibidos.
125No escaparás, aun así,
aunque confíes en tu recurso de caballo;
a herida, no a
pie te daré alcance.” Sus últimas palabras
con los hechos
prueba y lanzando a sus fugitivas espaldas una saeta
los traspasa:
sobresalía corvo de su pecho el hierro.
El cual, no
bien fue arrancado, sangre por uno y otro orificio
130rielaba, mezclada con la
sanguaza del veneno de Lerna.
La recoge
Neso; “Mas no moriremos sin vengarnos”,
dice entre sí
y unos velos teñidos de su sangre caliente
da de regalo a
su secuestrada como si fuera un excitante de amor.
Muerte y apoteosis de Hércules
Larga fue la demora del tiempo intermedio,
y los hechos del gran
135Hércules habían colmado las
tierras y el odio de su madrastra.
Vencedor,
desde Ecalia, preparaba unos sacrificios votados
a Júpiter
Ceneo, cuando la Fama locuaz se anticipó hasta los oídos,
Deyanira,
tuyos, la que a la verdad se goza de añadir
mentiras y
desde lo más pequeño crece merced a sus mentiras,
140de que el Anfitrionida era
presa del fuego de Iole.
Lo cree su
enamorada, y aterrada por la fama de esa nueva Venus
condescendió,
a lo primero, a las lágrimas, y llorando disipó,
digna de
compasión, el dolor suyo. Justo después: “¿Por qué empero
lloramos?”,
dice. “Mi rival se alegrará de estas lágrimas.
145La cual, puesto que va a
llegar, algo habré de apresurar e inventar,
mientras se
puede, y en tanto aún no tiene otra mis tálamos.
¿Me quejaré o
callaré? ¿Volveré a Calidón o me demoraré?
¿Saldré de
estos techos o, si otra cosa no, me opondré a ellos?
¿Qué si
acordada, Meleagro, de que soy tu hermana
150acaso preparo un crimen y
cuánto la injuria pueda,
y mi femíneo
dolor, degollando a mi rival atesto?”
En cursos
varios marcha su ánimo. A todos ellos
prefirió,
embebida de la sangre de Neso, una veste
enviarle que
las fuerzas le devuelva de su repudiado amor,
155y a Licas, que lo ignora,
sin ella saber qué entrega, sus lutos
propios ella
entrega, y que con tiernas palabras, la muy desgraciada,
dé los regalos
esos a su esposo, le encarga. Los coge el héroe, sin él saber,
y se inviste
por los hombros el jugo de la hidra de Lerna.
Inciensos daba
y palabras suplicantes a las primeras llamas,
160y vinos de una pátera vertía
en las marmóreas aras.
Se calentó la
fuerza aquella del mal y, desatada por las llamas,
marcha
ampliamente difundida de Hércules por los miembros.
Mientras pudo
con su acostumbrada virtud su gemido reprimió.
Después que
vencido por los males fue su sufrimiento, empujó las aras
165y llenó de sus voces el
nemoroso Eta.
Y no hay
demora, intenta rasgar su mortífera vestidura:
por donde
tira, tira ella de la piel, y horrible de contar,
o se prende a
su cuerpo en vano intentándosela arrancar,
o lacerados
miembros y grandes descubre huesos.
170El propio crúor, igual que
un día la lámina candente
mojada en la
helada cuba, rechina y se cuece del ardiente veneno,
y medida no
hay, sorben ávidas sus entrañas la llamas
y azul mana de
todo su cuerpo un sudor
y quemados
resuenan sus nervios y, derretidas las médulas
175de esa ciega sanguaza,
levantando a las estrellas sus palmas:
“De las
calamidades”, grita, “Saturnia, cébate nuestras,
cébate y esta
plaga contempla, cruel, desde el alto,
y tu corazón
fiero sacia. O si digno yo de compasión hasta para un enemigo,
esto es, si
para ti lo soy, de siniestros tormentos mi enfermo
180y odiado aliento y nacido
para las penalidades, llévate.
La muerte me
será un regalo. Decoroso es estos dones dar a una madrastra.
¿Así que yo al
que manchaba sus templos con crúor extranjero,
a Busiris he
sometido, y al salvaje Anteo arrebaté
el alimento de
su madre, y ni a mí del pastor ibero
185su forma triple, ni la forma
triple tuya, Cérbero, me movió,
y ¿ acaso
vosotras, manos, no agarrasteis los cuernos del fuerte toro?
¿Vuestra obra
Elis tiene, vuestra las estinfálides ondas
y el partenio
bosque? ¿Por vuestra virtud devuelto,
en oro del
Termodonte labrado, el tahalí,
190y las frutas concustodiadas
por el insomne dragón,
y no a mí los
Centauros me pudieron resistir, ni a mí
el devastador
jabalí de la Arcadia, ni le sirvió a la hidra
el crecer
merced a su merma y retomar geminadas fuerzas?
¿Y qué de
cuando los caballos del tracio vi, cebados de sangre humana,
195y llenos de cuerpos truncos
sus pesebres vi
y vistos los
derribé y a su dueño y ellos di muerte?
Por estos
brazos golpeada yace la mole de Nemea,
197a[por éstos Caco. Horrendo
monstruo del litoral tiberino],
en este cuello
llevé el cielo. De dar órdenes se agotó
la salvaje
esposa de Júpiter: yo no me he agotado al realizarlas.
200Pero esta nueva plaga llega,
a la cual ni con virtud
ni con armas y
armaduras resistírsele puede. Por los pulmones profundos
vaga un fuego
voraz y se ceba por todos los miembros.
Mas vivo está
Euristeo, ¿y hay quienes creer puedan
que hay
dioses?”, dijo, y por el alto Eta herido
205no de otro modo camina que
si venablos un toro
en su cuerpo
clavado lleva y al autor del acto rehuyera.
Lo vieras a él
muchas veces dejando escapar gemidos, muchas veces
bramando,
muchas veces reintentando quebrantar esas vestiduras
todas, y
tumbando troncos, y enconándose
210en los montes, o tendiendo
los brazos al cielo de su padre.
He aquí que a Licas, escondido tembloroso
en una peña ahuecada,
divisa, y como
el dolor había reunido toda su rabia:
“¿No has sido
tú, Licas”, dijo, “el que estos funerarios dones me has dado?
¿No has de ser
tú el autor de mi muerte?” Tiembla él y se estremece,
215pálido, y tímidamente
palabras exculpatorias dice.
En
diciéndolas, y mientras se disponía a llevar las manos a las rodillas de él,
lo agarra el
Alcida y rotándolo tres y cuatro veces
lo lanza más
fuerte que en el tormento de la catapulta hacia las ondas eubeas.
Él, suspendido
por las aéreas auras se puso rígido,
220y como dicen que las lluvias
se endurecen con los helados vientos,
de donde se
hacen las nieves, y también, blando, de las nieves al rotar,
se astriñe y
se aglomera su cuerpo en denso granizo,
que así él,
lanzado a través del vacío por esos vigorosos brazos
y exangüe de
miedo y sin tener líquido alguno,
225en rígidas piedras fue él
convertido, cuenta la anterior edad.
Ahora también
en el profundo euboico, en el abismo, una peña breve
emerge, y de
su humana forma conserva las huellas,
al cual, como
si lo fuera a sentir, los navegantes hollar temen,
y le llaman
Licas. Mas tú, célebre hijo de Júpiter,
230cortados los árboles que
llevara el arduo Eta
e instruidos
en una pira, que tu arco y tu aljaba capaz,
y las que
habrían de ver de nuevo los reinos troyanos, esas saetas,
ordenas que
las lleve al hijo de Peante, por servicio del cual fue aplicada
la llama, y
mientras de ávidos fuegos se prende toda esa empalizada
235en lo alto del montón de
bosque tiendes tu vellón
de Nemea e
imponiendo tu cuello en la clava te recuestas,
no con otro
rostro que si cual comensal yacieras
entre copas
llenas de vino puro, coronado de guirnaldas.
Y ya vigorosa y derramándose por todos
lados sonaba,
240y sus tranquilos miembros y
a su despreciador buscaba
la llama:
temieron los dioses por su defensor en la tierra.
A los cuales
así –pues lo notó– con alegre boca se dirige
el Saturnio
Júpiter: “Para nuestro agrado es el temor este,
oh altísimos,
y pláceme en todo mi pecho y agradezco
245que de un pueblo atento se
me dice soberano y padre,
y también mi
descendencia por vuestro favor está a salvo.
Pues aunque
ello se concede a los ingentes hechos de él mismo,
obligado estoy
yo también. Pero no se atemoricen, pues, vuestros fieles
pechos por un
miedo vano: despreciad las eteas llamas.
250El que todo lo ha vencido
vencerá, los que veis, a esos fuegos,
y no, sino en
su parte materna, sentirá al poderoso
Vulcano:
eterno es lo que sacó de mí y ajeno
e inmune a la
muerte y no domable por ninguna llama,
y ello yo,
cuando él haya acabado en la tierra, en las celestes orillas
255lo recibiré, y en que a
todos los dioses placentero será
mi acto
confío; si alguno, aun así, de Hércules, si alguno
acaso se habrá
de doler de él como dios, no querrá que estos premios se le hayan dado,
pero sabrá que
ha merecido que se le den y contra su voluntad lo aprobará.”
Asintieron los dioses; la esposa regia
también pareció
260que lo demás con no duro
semblante, con duro las últimas
palabras,
había admitido, y que se dolía hondo de que se la señalara.
Mientras
tanto, cuanto fue devastable a la llama, Múlciber se lo llevó,
y no
reconocible quedó la efigie de Hércules y nada sacado de la imagen
265de su madre posee y sólo las
huellas de Júpiter conserva;
y como una
serpiente nueva cuando, depuesta su piel vieja,
exuberar suele
y resplandecer con su escama reciente,
así, cuando el
tirintio se despoja de sus miembros mortales
la parte mejor
de sí cobra vigor y empieza él a parecer
270más grande y a volverse por
su augusta gravedad temible.
Al cual su
padre el todopoderoso, arrebatándolo entre las cóncavas nubes
con su
cuadriyugo carro lo indujo entre los radiantes astros.
Galántide
Sintió Atlas el peso, y todavía el
Esteneleio no había desatado
sus iras,
Euristeo, y atroz ejercía en su descendiente el odio
275de su padre; mas, angustiada
por sus largas inquietudes,
la argólide
Alcmena, donde poner sus lamentos de vieja,
a quien contar
las penalidades de su hijo, atestiguados en el mundo,
o a quien sus
propios casos, a Iole tiene; a ella por los mandatos
de Hércules en
su tálamo y en su ánimo había acogido Hilo,
280y le había llenado el
vientre de su noble simiente, cuando así
empieza
Alcmena: “Favorézcante a ti las divinidades al menos,
y abrevien las
demoras cuando madura invoques
a quien
preside a las temerosas parturientas, a Ilitía,
esa a la que a
mí me hizo contraria la influencia de Juno.
285Pues del sufridor de las
penalidades, de Hércules, cuando ya era
el tiempo de
su nacimiento y por la décima constelación pasaba la estrella,
me extendía su
peso el vientre y lo que llevaba
tan grande era
que bien podrías decir que el autor del encerrado
peso, era
Júpiter, y ya tolerar esas fatigas
290más allá yo no podía: como
que ahora también mis miembros, mientras
hablo, ocupa
un frío horror, y una parte es recordarlo de ese dolor.
Atormentada
durante siete noches y otros tantos días,
agotada por
mis males y tendiendo al cielo los brazos, llamaba
yo a grandes
gritos a Lucina y a los parejos Nixos.
295Ella ciertamente vino, pero
previamente corrompida,
y queriendo
regalarle mi cabeza a la inicua Juno.
Y cuando oyó
mis gemidos se sentó en aquella
ara de delante
de las puertas y apretándose con la corva derecha
la rodilla
izquierda y con los dedos entre sí juntados en peine
300contenía mis partos; con
tácita voz también dijo
unos encantos
y retuvieron esos encantos los emprendidos partos.
Pujo y digo al
ingrato Júpiter, fuera de mí, insultos
vanos, y deseo
morirme y en palabras que habrían de mover
a las duras
piedras me lamento; las madres Cadmeides me asisten
305y mis votos sostienen y
animan a la doliente.
Una de mis
sirvientas, de la media plebe, Galántide,
flava de pelo,
allí asistía, diligente en hacer mis mandatos,
querida por
sus propios servicios. Ella sintió que alguna cosa
pasaba por
causa de la inicua Juno, y mientras sale y entra
310sin cesar por las puertas, a
la divina allí sentada vio en el ara,
y los brazos
en las rodillas, y sus dedos enlazados manteniendo,
y: “Quien
quiera que eres”, dice, “felicita a la señora. Aliviado se ha
la argólide
Alcmena y es dueña, recién parida, de su voto.”
Se sobresaltó
y aflojó sus manos juntas, llena de temor,
315la divina señora del
vientre, de mis cadenas me alivio yo al aflojarse ellas.
Engañada su
divinidad, fama es que se rió Galántide;
riendo y
cogida por su propio pelo la diosa salvaje
la arrastró y,
queriendo ella de la tierra levantar el cuerpo,
se lo impidió
y sus brazos mutó en patas delanteras.
320Su diligencia antigua
permanece, ni sus espaldas su color
perdieron: su
hermosura, a la anterior, es ahora opuesta.
La cual,
puesto que con mentirosa boca ayudó a una parturienta,
por la boca
pare y nuestras casas, como también antes, frecuenta.”
Dríope
Dijo, y conmovida por el recuerdo de su
vieja sirvienta
325gimió hondo. A la cual en su
dolor así se dirigió su nuera:
“A ti con
todo, oh madre, la belleza arrebatada de una persona
ajena a
nuestra sangre te conmueve. ¿Qué si a ti los hados portentosos
de mi propia
hermana te refiriera? Aunque las lágrimas y el dolor
me impiden y
me prohíben hablar. Fue única para su madre
330–a mí mi padre me engendró
de otra–, la más notable por su hermosura
de entre las
Ecálides, Dríope. A la cual, careciendo de su virginidad
y habiendo
sufrido violencia del dios que Delfos y Delos tiene,
la acoge
Andremon y se le tiene por feliz de esa esposa.
Hay un lago
que cuesta arriba hace, por su declinante margen,
335la forma de un litoral; su
altura mirtales la coronan.
Había venido
aquí Dríope, ignorante de sus hados, y para que
te indignes
más, para llevarle a las ninfas unas coronas;
y en el seno
su niño, que aún no había cumplido un año,
llevaba de
dulce carga, y por medio de tibia leche lo alimentaba.
340No lejos de ese pantano,
remedando los tirios colores,
en esperanza
de bayas florecía un acuático loto.
Había cogido
de ahí Dríope, que de entretenimiento a su hijo
extendiera,
unas flores, y lo mismo me parecía que iba a hacer yo
–pues presente
yo estaba–: vi unas gotas caer de la flor,
345cruentas, y las ramas
moverse en tembloroso horror.
Claro era,
como cuentan ahora por fin, tarde, los agrestes lugareños,
que Lótide, la
ninfa, huyendo de las obscenidades de Priapo,
a ella había
conferido, salvando su nombre, su transformado aspecto.
No sabía mi
hermana esto; la cual, cuando aterrada quiso
350irse hacia atrás, y
retirarse ya adoradas de las ninfas,
prendidos
quedaron de una raíz sus pies; por arrancarlos pugna
y no otra cosa
sino su parte más alta mueve. Le crece desde abajo
y poco a poco
le aprieta todas las ingles una flexible corteza.
Cuando lo vio,
intentando con la mano mesarse los cabellos,
355de fronda su mano llenó:
frondas su cabeza toda ocupaban.
Mas el niño
Anfiso –pues tal nombre su abuelo Éurito a él
le había
añadido– siente que se endurecen los pechos
de su madre y
no obedece al que lo saca el lácteo humor.
Espectadora
asistía yo de ese hado cruel, y ayuda
360no podía a ti ofrecerte,
hermana, y cuanto podían mis fuerzas,
creciente el
tronco y sus ramas, los detenía estrechándolos y,
lo confieso,
bajo la misma corteza quise esconderme.
He aquí que su
marido Andremon y su padre desgraciadísimo llegan
y buscan a
Dríope: a Dríope, a los que la buscaban,
365se la mostré de loto. A su
tibio leño dan besos
y derramándose
por las raíces de su querido árbol a él quedan prendidos.
Nada sino ya
su rostro, que no fuera árbol, tenía
mi qurida
hermana: sus lágrimas entre las hojas formadas de su desgraciado
cuerpo roran,
y mientras puede y su boca ofrece
370de voz un camino, tales
derrama al aire sus lamentos:
“Si alguna fe
se da a los desgraciados, por las divinidades juro
que yo no he
merecido esta impiedad; sufro sin culpa un castigo.
Vivimos
inocente; si miento, que árida pierda
las frondas
que tengo y cortada a segures se me queme.
375Mas quitad a este niño de
las maternas ramas
y dadlo a una
nodriza, y bajo mi árbol muchas veces
su leche haced
que beba, y que bajo nuestro árbol juegue,
y cuando pueda
hablar, a su madre haced que salude
y triste diga:
‘Se oculta en este tronco mi madre’.
380Pero que los estanques tema
y no coja del árbol sus flores,
de los retoños
todos piense que el cuerpo son de dioses.
Querido
esposo, adiós, y tú, germana, y padre:
si es que
tenéis piedad, de la herida de la aguda hoz,
del mordisco
del rebaño defended mis frondas,
385y puesto que a mí lícito
inclinarme a vosotros no me es,
erigid aquí
los brazos y a mis besos venid,
mientras ser
tocados pueden, y levantad a mi pequeño nacido.
Más cosas
decir no puedo. Pues ya por mi blanco cuello una blanda
corteza serpea
y en lo alto de una copa me escondo.
390Quitad de mis ojos las
manos. Sin la ofrenda vuestra
tape la
corteza que los va cubriendo mis moribundos ojos.”
Dejó a la vez
su boca de hablar, a la vez de existir, y mucho tiempo
en su cuerpo
mutado sus ramas recientes se mantuvieron tibias.”
Iolao y los hijos de Calírroe; rejuvenecimientos
Y mientras cuenta Iole ese hecho
portentoso, y mientras
395las lágrimas de la Eurítide
allegándole su pulgar le seca
Alcmena –llora
también ella– contuvo toda
tristeza una
cosa nueva. Pues en el alto umbral se detuvo,
casi un niño,
cubriéndose de un dudoso bozo sus mejillas,
devuelto su
rostro a sus primeros años, Iolao.
400Eso le había dado a él de
regalo la Junonia Hebe,
vencida por
las súplicas de su marido; la cual, cuando a jurar se disponía
que dones
tales no habría de atribuir ella, después de éste, a nadie,
no lo permitió
Temis: “Pues ya mueve Tebas
las
desavenidas guerras”, dijo, “y Capaneo, sino por Júpiter, no podría
405ser vencido, y resultarán
parejos en heridas los hermanos
y, sustraída
la tierra, sus propios manes verá
–vivo todavía–
el profeta, y habrá de vengar a su padre con su padre
su hijo,
piadoso y criminal por el mismo hecho,
y, atónito por
sus desgracias, desterrado de su mente y de su casa,
410por los rostros de las
Euménides y de su madre las sombras será acosado
hasta que a él
su esposa le demande el oro fatal,
y su costado
beba –su pariente–la espada de Fegeo.
Sólo entonces
pretenderá del gran Júpiter la Aqueloide
suplicante,
Calírroe, estos años para sus hijos pequeños;
415para no dejar que la muerte
del vencedor quede largo tiempo sin vengar,
Júpiter, por
ello conmovido, proveerá estos dones a su hijastra
y a su nuera y
los hará hombres en sus impúberes años.”
Cuando esto con su fatícana boca,
pronosticadora del avenir,
hubo dicho
Temis, con diversa opinión rumoreaban los altísimos,
420y por qué no a otros estaba
permitido conceder los mismos dones
su murmullo
era: se lamenta la Palantíade de que viejos los años
de su esposo
sean, se lamenta de que encanezca su Iasíon
la tierna
Ceres, una repetida edad demanda
Múlciber para
Erictonio, a Venus también le alcanza el cuidado
425del fururo, y los años de
Anquises estipula que se renueven.
Por quién
afanarse dios todo tiene; y crece con el favor
la túrbida
sedición, hasta que su boca Júpiter
libera y: “Oh,
de nos si tenéis algún temor”, dijo,
“¿a dónde os
lanzáis? ¿Acaso tanto se cree alguno que puede
430que incluso a los hados
supere? Por los hados ha vuelto
Iolao a los
años que pasó, por los hados rejuvenecer deben
de Calírroe
los engendrados, no por ambición ni armas.
A vosotros
también, y para que lo admitáis con un ánimo mejor,
incluso a mí
los hados me rigen, los cuales, si para mudarlos tuviera fuerza,
435no encorvarían a mi querido
Éaco sus tardíos años,
y perpetua la
flor de su edad, con el Minos mío, Radamanto
tendría, al
cual, a causa de los amargos pesos
de la vejez,
se le desprecia y no en el orden que antes reina.”
Las palabras
de Júpiter conmovieron a los dioses y ninguno puede,
440al ver agotados a Radamantis
y a Éaco de sus años,
y a Minos,
quejarse; el cual, mientras estuvo intacto de su edad,
había aterrado
a grandiosos pueblos incluso con su solo nombre;
entonces
hallábase inválido, y del Diónida, en el vigor
de su
juventud, de Mileto, soberbio de su padre Febo,
445tenía miedo, y creyendo que
se alzaba contra sus reinos
no, aun así,
alejarle de sus penates patrios osó.
Por tu
voluntad, Mileto, propia huyes, y en una rápida quilla
mides las
aguas egeas, y en la tierra asiática
constituyes
unas murallas que tienen el nombre de su ponedor.
Biblis
450Aquí tú, mientras sigue ella
las curvaturas de su ribera paterna,
la hija de
Menandro, el que tantas veces regresa a sí mismo,
cuando la
conociste, a Ciánea, de prestante hermosura su cuerpo,
a Biblis junto
con Cauno parió ella, prole gemela.
Biblis de
ejemplo está para que amen lo concedido las niñas:
455Biblis, arrebatada por el
deseo de su hermano, el descendiente de Apolo:
no como una
hermana a su hermano, ni por donde debía, le amaba.
Ella realmente
al principio no los entendió fuegos ningunos,
ni pecar
considera el que tantas veces sus labios le una,
el que de su
hermano circunden sus brazos el cuello,
460y mucho tiempo se engaña de
la piedad con la mendaz sombra.
Poco a poco
declina el amor, y a ver a su hermano
arreglada
viene y demasiado desea hermosa parecer,
y si alguna
hay allí más hermosa, se enoja de ella.
Pero todavía
no se es manifiesta a sí misma y bajo aquel fuego
465no hace ningún voto, empero
bulle por dentro.
Ya dueño le
llama, ya los nombres de la sangre odia,
Biblis ya
prefiere, a que la llame él hermana.
Pero
esperanzas obscenas a su corazón no se atreve
a condescender
despierta; relajada en el descanso plácido,
470a menudo ve lo que ama: le
pareció incluso que unía a su hermano
su cuerpo y
enrojeció aunque dormida yacía.
El sueño
marcha. Calla ella largo tiempo y recuerda del descanso
ella suyo la
imagen y con dubitativo corazón así habla:
“Desgraciada
de mí, ¿qué pretende esta imagen de la callada noche,
475cual no quisiera yo que
ratificado fuera? ¿Por qué he visto esos sueños?
Él realmente
es hermoso a los ojos, aun los inicuos,
y gusta, y
podría yo, si no fuera mi hermano, amarle,
y de mí digno
era; pero para mi mal soy su hermana.
En tanto que
nada tal despierta acometer intente,
480puede muchas veces volver
bajo semejante imagen el sueño.
Testigo no
tiene el sueño y no poco tiene de imitado placer.
Por Venus y
con su tierna madre el volador Cupido,
goces cuán
grandes sentí, cuán manifiesto deleite
me ha
alcanzado, cuán relajada hasta en las médulas he quedado,
485cómo acordarse agrada.
Aunque breve ese placer,
y la noche fue
precipitada, y envidiosa de lo emprendido en mí.
“Oh yo, si
lícito sea, mutado el nombre, unirnos,
qué bien,
Cauno, podría la nuera ser de tu padre,
qué bien,
Cauno, podrías el yerno ser de mi padre.
490Todo –los dioses lo
hicieran– sería común para nosotros,
excepto los
abuelos: tú, que yo, quisiera que más noble fueras.
No sé a quién
harás pues, bellísimo, madre,
mas para mí,
la que mal he sido agraciada con los padres que tú,
nada sino
hermano serás. Que lo impide, esto tendremos solo.
495¿Qué me indican entonces mis
visiones? Aunque qué peso
tienen los
sueños. ¿O es que tienen también los sueños peso?
Los dioses
mejor lo quieran... Los dioses, por cierto, suyas hicieron a sus hermanas.
Así Saturno a
Ops, unida a él por sangre, la tomó,
Océano a
Tetís, a Juno el regidor del Olimpo.
500Tienen los altísimos sus
propias leyes. ¿Por qué los ritos humanos
hacia los
celestiales y opuestos pactos intento pasar?
O, prohibido,
de mi corazón se ha de ahuyentar este ardor,
o si esto no
puedo, perezca yo, suplico, antes, y que en el lecho
muerta se
componga y depositada me dé de su boca besos mi hermano.
505Y aun así del arbitrio de
dos requiere un tal asunto.
Supón que me
place a mí: crimen le parecerá que es a él.
Mas no
temieron los Eólidas los tálamos de sus hermanas.
¿Pero de dónde
conozco a ésos? ¿Por qué he preparado estos ejemplos?
¿A dónde me
llevo? Obscenas llamas, marchad lejos de aquí,
510y no, sino por donde es
lícito a una hermana, mi hermano sea amado.
Pero, si él
mismo de mi amor el primero hubiera sido cautivado,
quizás al de
él podría yo condescender, a su loco amor.
¿Así pues yo,
lo que no habría de rechazar a su pretendiente,
debería yo
misma pretender? ¿Podrás hablar? ¿Podrás confesar?
515Obligará el amor, podré. O,
si el pudor mi boca tiene,
una carta
arcana confesara mis fuegos escondidos.”
Esto decide, esta decisión venció su
dubitativo corazón;
hacia un lado
se yergue y apoyada en su codo izquierdo:
“Él verá”,
dice. “Malsanos, confesemos estos amores.
520Ay de mí, ¿en qué estoy
cayendo? ¿Cuál el fuego que ha concebido mi mente?”
Y las
meditadas palabras compone con mano temblorosa.
Su diestra
sostiene un hierro, la cera vacía sostiene la otra.
Empieza y duda, escribe y condena las
tablillas,
y anota y
borra, cambia e inculpa y aprueba
525y en turnos cogidas las deja
y dejadas las retoma.
Qué cosa
quiere, no sabe. Cuanto le parece que va a hacer,
le desplace.
En su rostro está la audacia mezclada con el pudor.
Escrita “Tu
hermana” estaba: le pareció borrar a la hermana,
y palabras
grabar en las corregidas ceras tales:
530“La que si tú no le dieras
no ha de tener ella, salud
te manda tu
enamorada. Le avergüenza, ay, le avergüenza revelar su nombre
y si qué deseo
quieres saber, sin mi nombre quisiera
que pudiera
llevarse mi causa, y que no conocida antes
Biblis fuera,
de que la esperanza de mis votos certera hubiese sido.
535De mi herido pecho,
realmente, serte podía el delator
mi color, mi
delgadez y mi rostro, y húmedos tantas veces
mis ojos, y
mis suspiros movidos por causa no patente,
y los
continuos abrazos, y los besos –si acaso notaste–
que sentirse
podían que no eran los de una hermana.
540Yo misma, aun así, aunque en
mi ánimo una grave herida tenía,
aunque en mi
interior había un furor de fuego, todo lo hice
–me son los
dioses testigos– para que por fin más sana estuviera,
y pugné mucho
tiempo por ahuyentar, violentas, las armas
de Cupido,
infeliz, y más de lo que creerías que puede soportar
545una muchacha, dura, yo lo he
soportado. A confesarme vencida
obligada me
veo, y la ayuda tuya a implorar con temerosos votos:
tú puedes
salvar, tú perder el único a tu amante.
Elige qué de
ambas cosas harás. No una enemiga tal te suplica,
sino la que,
aunque a ti esté unidísima, más unida estar
550ansía y con un lazo contigo
más cercano atarse.
Las leyes
conozcan los viejos y, qué sea lícito y sacrílego
y piadoso sea,
ellos inquieran, y de las leyes los fieles observen.
Conveniente
Venus es la temeraria a los años nuestros.
Qué sea lícito
ignoramos aún, y todo lícito
555creemos y seguimos de los
grandes dioses el ejemplo.
Y no un duro
padre o el temor de la fama
o el miedo se
nos opondrá; aunque haya motivo de temor:
dulce, bajo el
nombre fraterno, nuestros hurtos esconderemos.
Tengo la
libertad de hablar contigo en secreto,
560y nos damos abrazos y unimos
los labios en público.
¿Cuánto es lo
que falta? Compadécete de quien confiesa su amor
y no lo habría
de confesar si no la obligara el último ardor,
y no merezcas
ser suscrito como causa en mi sepulcro.”
La cera abandonó, llena, a su mano que en
ella surcaba en vano
565tales cosas, y en el margen
quedó prendido el supremo verso.
En seguida
firma sus delitos imprimiéndoles su gema,
la cual tiñó
de sus lágrimas –a su lengua había abandonado su humor–,
y de sus
criados a uno, pudorosa, llamó
y –asustado de
ello– lisonjeándolo: “Llévalas, el más fiel, a nuestro...”
570dijo, y añadió tras largo
tiempo, “hermano.”
Al dárselas,
escurriéndosele de las manos cayeron las tablillas;
por el
presagio quedó turbada, las mandó aun así. El sirviente, cuando halló
unos tiempos
aptos, se acerca y le entrega las ocultas palabras.
Atónito, con
súbita ira el joven Meandrio
575tiró las tablillas
recibidas, leída una parte,
y apenas
conteniendo su mano de la cara del tembloroso sirviente:
“Mientras
puedes, oh criminal autor de este vedado placer,
huye”, dice,
“que si tus hados no se llevaran
consigo mi
pudor, tus castigos me habrías pagado con tu muerte.”
580Él huye espantado y a su
dueña las feroces palabras
de Cauno
refiere. Palideces, Biblis, al oír su repulsa,
y se espanta
asediado por un glacial frío tu cuerpo.
Pero cuando en
sí volvió su mente al par volvieron sus furores
y su lengua
apenas dio al aire, por ellas herido, palabras tales:
585“Y con razón, pues ¿por qué,
temeraria, de la herida esta
he hecho
delación? ¿Por qué, las que esconder se hubieron,
tan rápido
encomendé a unas apresuradas tablillas, mis palabras?
Antes con
ambiguas frases debí sondear el designio
de su corazón.
Para que no dejara de seguirme en mi camino,
590en parte alguna de la vela
hubiera debido notar cuál sería la brisa,
y por un mar
seguro correr quien ahora
por no
explorados vientos he llenado mis lienzos.
Me veo
arrastrada a los escollos pues, y volcada me cubre
el océano
todo, y no tienen mis velas retornos.
595Y qué de que con presagios
ciertos se me prohibía
condescender
al amor mío, ya entonces, cuando al ordenar llevarla
se me cayó e
hizo la cera caducas nuestras esperanzas.
¿Acaso no
debió ser o aquel día o toda mi voluntad
–pero mejor el
día– cambiado? Un dios mismo me amonestaba
600y señales ciertas me daba:
de no haber estado mal sana.
Aun así yo
misma hablar, y no encomendarme a la cera,
había debido,
y presente descubrir mis locos amores.
Hubiese visto
él mis lágrimas, mi rostro hubiese visto de amante,
más cosas
decir podía que las que las tablillas cogieron.
605Contra su voluntad pude
circundar mis brazos a su cuello
y si fuera
rechazada pudo vérseme casi morir,
y abrazarme a
sus pies, y allí derramada demandarle la vida.
Todo lo
hubiese hecho, de entre lo cual, si cada cosa su dura
mente doblegar
no pudiera, lo hubiese podido todo junto.
610Quizás incluso sea también
alguna la culpa del sirviente que envié:
no se acercó
apropiadamente, ni eligió, creo, idóneos
los tiempos,
ni buscó la hora y el ánimo desocupado.
Esto es lo que
me hizo mal; pues de una tigresa no ha nacido,
ni rigurosas
piedras o sólido en su pecho el hierro
615o acero lleva, ni la leche
bebió él de una leona.
Será vencido.
Habrá de buscársele nuevamente, ni cansancio alguno
admitiré de lo
emprendido mientras el aliento este permanezca.
Pues lo
primero era, si lo que he hecho se pudiera revocar,
no haber
empezado: lo empezado expugnar es lo segundo.
620Es lo cierto que él no
puede, aunque ya abandonara mis votos,
no acordarse
para siempre, con todo, de mi osadía.
Y, porque he
desistido, más livianamente pareceré
que lo he
querido, o incluso que a él lo he tentado, o que con insidias lo he buscado:
o incluso
realmente que no por éste que omnipresente empuja y quema
625el pecho nuestro, por este
dios, sino por el mero deseo me creerá vencida.
Finalmente, ya
no puedo nada haber cometido nefando;
le he escrito
y lo he pretendido: mancillada está mi voluntad;
aunque nada
añada no puedo no culpable ser llamada.
Lo que resta
mucho es para mis votos, para mis delitos poco.”
630Dijo y –tanta es la
discordia de su incierta mente–
aunque le pesa
el haberlo intentado, gusta de intentarlo, y de la medida
se excede e
infeliz acomete muchas veces el que se la rechace.
Luego, cuando
ya no tiene un final, de su patria huye él y de la abominación,
y en una
tierra extraña pone unas nuevas murallas.
635Entonces verdaderamente
dicen que la afligida Milétide de toda
su mente se
apartó, entonces verdaderamente de su pecho se rasgó
el vestido, y
se golpeó en duelo furibunda sus propios brazos,
y ya
abiertamente está fuera de sí misma, y de la no concedida Venus
confiesa su
esperanza, sin la cual, su patria y sus odiados penates
640abandona y sigue las huellas
de su prófugo hermano,
e igual que
movidas por tu tirso, vástago de Sémele,
las ismarias
bacantes celebran tus reiterados trienios,
a Biblis no de
otro modo aullar por los anchos campos
vieron las
nueras de Búbaso; las cuales dejadas,
645anda errante ella por toda
la Caria y los acorazados Léleges, y Licia.
Ya el Crago y
Límira había dejado atrás, y del Janto las ondas,
y la cima en
que la Quimera por sus partes de en medio, fuego,
pecho y rostro
de leona, cola de serpiente poseía:
te abandonan
los bosques cuando tú, agotada de la persecución,
650caes al suelo, y puestos en
la dura tierra tus cabellos,
Biblis, quedas
tendida, y sobre las frondas tu cara pones, caducas.
Muchas veces a
ella las nifas con sus tiernos brazos, las Lelégides,
levantarla
intentaron, muchas veces de que remedie su amor
la aperciben y
allegan consuelos a su sorda mente.
655Muda yace, y verdes hierbas
retiene en sus uñas
Biblis y
humedece las gramas con el río de sus lágrimas.
Las Naides a
ellas una vena que nunca secarse pudiera
dicen que
debajo le pusieron. Pues ¿qué más grande que darle habían?
En seguida,
como de la cortada corteza de una pícea las gotas,
660o como tenaz de la grávida
tierra mana el betún,
y como al
adviento del favonio, que sopla lene,
con el sol se
ablanda de nuevo la onda que el frío detuvo,
así de sus
lágrimas consumida la Febeia Biblis
se torna en
manantial, el cual ahora todavía en los valles aquellos
665el nombre tiene de su dueña,
y bajo una negra encina mana.
Ifis
La fama de ese nuevo portento las cien
ciudades quizás
de Creta
hubiese llenado, si los prodigios poco antes
de Ifis
mutada, más cercanos, no hubiese sufrido Creta.
Próxima al
reino gnosíaco, en efecto, en otro tiempo, la tierra
670de Festo engendró, de nombre
desconocido, a Ligdo,
hombre de la
plebe libre, y no su hacienda en él
mayor era que
su nobleza, pero su vida –y su crédito–
inculpada fue.
El cual, a los oídos de su grávida esposa,
con las
palabras estas le advertía cuando ya cerca se hallaba el parto:
675“Lo que yo encomendaría dos
cosas son: que con el mínimo dolor te alivies,
y que un varón
paras. Más onerosa la otra suerte es
y fuerzas la
fortuna le niega. Cosa que abomino, así pues,
si ha de salir
acaso una hembra de tu parto,
–contra mi
voluntad te lo encargo: piedad, perdónamelo– se la matará.”
680Había dicho, y de lágrimas
profusas su rostro bañaron
tanto el que
lo encargaba como a la que los encargos eran dados.
Pero aun así
incluso, Teletusa a su marido con las vanas
súplicas
inquieta de que no le ponga a ella su esperanza en esa angostura;
cierta la
decisión suya es, de Ligdo. Y ya de llevar
685apenas capaz era ella su
vientre grave de su maduro peso,
cuando en
medio del espacio de la noche, bajo la imagen de un sueño
la Ináquida
ante su lecho, cortejada de la pompa de sus sacramentos,
o estaba o lo
parecía: puestos en su frente estaban sus cuernos
lunares, con
espigas rutilantes de nítido oro,
690y con su regio ornato; con
ella el ladrador Anubis
y la santa
Bubastis, variegado de colores Apisa,
y el que
reprime la voz y con el dedo a los silencios persuade;
y los sistros
estaban, y nunca bastante buscado Osiris,
y plena la
serpiente extranjera de somníferos venenos.
695entonces, como a una que se
hubiera sacudido el sueño y viera lo manifiesto,
así se le
dirigió la diosa: “Parte, oh Teletusa, de mis seguidoras,
deja tus
graves pesares y a los mandados de tu marido falta;
y no duda,
cuando de tu parto Lucina te aligere,
en recoger lo
que ello sea. Soy la diosa del auxilio, y ayuda
700cuando se me implora llevo,
y no te lamentarás de haber adorado
a un numen
ingrato.” Le aconsejó, y se retiró de su tálamo.
Contenta se levanta del lecho y levantando
sus puras manos
suplicante la
cretense a las estrellas, que sus visiones sean confirmadas suplica.
Cuando el
dolor creció y a sí mismo se expulsó su propio peso
705a las auras, y nació una
hembra, sin saberlo el padre,
ordenó que se
le alimentara su madre mintiéndola niño; crédito
la cosa tuvo y
no era del fingimiento cómplice sino la nodriza.
Sus votos el
padre cumple y el nombre le impone de su abuelo:
Ifis el abuelo
había sido. Se alegró del nombre la madre
710porque común era y a nadie
se engañaría con él.
Desde ahí
emprendidas las mentiras, en ese piadoso fraude quedaron ocultas:
su tocado era
el de un niño, su cara la que si a una niña,
o si la dieras
a un niño, fuera hermoso uno y la otra.
El tercer año
mientras tanto al décimo había sucedido,
715cuando tu padre, Ifis, te
promete a la rubia Iante,
entre las
Festíadas, la que más alabada por la dote
de su
hermosura fue, la virgen, nacida del dicteo Telestes.
Pareja la
edad, pareja su hermosura era, y las primeras artes
recibieron de
unos maestros –los rudimentos de su edad– comunes;
720de aquí que el amor de ambas
alcanzara su inexperto pecho, y una igual
herida a las
dos hizo, pero era su confianza dispar:
el matrimonio
y los tiempos de la pactada antorcha ansía,
y la que
hombre piensa que es, que su hombre será cree Iante;
Ifis ama a una
de quien poder gozar no espera, y aumenta
725por ello mismo sus llamas y
arde por la virgen una virgen,
y apenas
conteniendo las lágrimas: “¿Qué salida me espera”, dice,
“de quien
conocida por nadie, de quien el prodigioso pesar de una desconocida
Venus se ha
adueñado? Si los dioses me querían salvar,
salvar me
habían debido, si no, y perderme querían,
730un mal natural al menos y de
costumbre me hubiesen dado.
Y a la vaca no
el de la vaca, y a las yeguas el amor de las yeguas no abrasa;
abrasa a las
ovejas el carnero, sigue su hembra al ciervo;
así también se
unen las aves, y, entre los seres vivos todos,
hembra
arrebatada por el deseo de una hembra ninguna hay.
735Quisiera que ninguna yo
fuera. Para que no dejara Creta, aun así,
de criar todos
los portentos, a un toro amó la hija del Sol,
hembra desde
luego a un macho: es más furioso que aquel,
si la verdad
profeso, el amor mío; aun así, ella seguía
una esperanza
de esa Venus; aun así ella, con engaños y la imagen de una vaca,
740sintió al toro, y había, al
que se engañara, un adúltero.
Aquí, aunque
de todo el orbe la destreza confluyera,
aunque el
mismo Dédalo revolara con sus enceradas alas,
¿qué había de
hacer? ¿Acaso a mí muchacho, de doncella, con sus doctas
artes me
volviera? ¿Acaso a ti te mutaría, Iante?
745Por qué no afirmas tu ánimo
y tú misma te recompones, Ifis,
y carentes de
consejo y estúpidos rechazas unos fuegos.
Qué hayas
nacido, ve, si no es que a ti misma también te engañas,
y busca lo que
lícito es y ama lo que mujer debes.
La esperanza
es quien lo capta, la esperanza es quien alimenta al amor:
750de ella a ti la realidad te
priva: no te aparta una custodia del querido
abrazo, ni de
un cauto marido el cuidado,
no de un padre
la aspereza, no al tú rogarla ella misma a sí se niega,
y no, aun así,
has de poseerla tú, y no, aunque todo ocurriera,
puedes ser
feliz, aunque dioses y hombres se afanen.
755Ahora incluso, de mis votos,
ninguna parte hay vana
y los dioses a
mí propicios cuanto pudieron me han dado.
Lo que yo
quiere mi padre, quiere ella misma, y mi suegro futuro;
mas no quiere
la naturaleza, más potente que todo esto,
la que sola a
mí me hace mal. He aquí que llega un deseable tiempo
760y la luz conyugal se acerca,
y ya mía se hará Iante...
Y no me
alcanzará: tendremos sed en medio de las ondas.
¿Por qué,
Prónuba Juno, por qué, Himeneo, venís
a estos
sacrificios, en los que quien nos lleve falta, donde somos novias ambas?”
Calló tras
esto su voz. Y no más lene la otra virgen
765se abrasa, y que rápido
llegues, Himeneo, suplica.
Lo que pide, a
ello temiendo Teletusa, ya difiere los tiempos,
ahora con
fingida postración la demora alarga, augurios muchas veces
y visiones
pretexta; pero ya había consumido toda
materia de
mentira y, dilatados, los tiempos de la antorcha
770apremiaban, y un solo día
restaba: mas ella
la venda del
pelo a su hija y a sí misma de la cabeza
detrae y
sueltos, al ara abrazada, los cabellos:
“Isis, el
paretonio y los mareóticos campos y Faros,
tú, que
honras, y distribuidos en siete cuernos el Nilo,
775presta, te suplico”, dice,
“tu ayuda y remedia nuestro temor.
A ti, diosa, a
ti misma hace tiempo, y tuyas estas enseñas, vi,
y todo lo he
reconocido, el sonido y el séquito de bronce...
De los sistros
y en mi memorativo corazón tus mandatos inscribí.
El que ella
vea esta luz, el que yo no sufra castigo, he aquí
780que consejo y regalo tuyo
es. Compadécete de las dos,
y con tu
auxilio nos ayuda.” Lágrimas siguieron a esas palabras.
Pareció la
diosa que movió –y había movido– sus aras,
y del templo
temblaron las puertas, y que remedan a la luna,
fulgieron sus
cuernos, y crepitó el sonable sistro.
785No tranquila, ciertamente,
pero del fausto augurio contenta,
la madre sale
del templo; la sigue su acompañante, Ifis, al ella marchar,
de lo
acostumbrado con paso más grande, y no su albor en su rostro
permanece, y
sus fuerzas se acrecen, y más acre su mismo
rostro es, y
más breve la medida de sus no acicalados cabellos,
790y más vigor le asiste que
tuvo de mujer. Pues la que
mujer poco
antes eras, un muchacho eres. Dad ofrendas a los templos,
y no con
tímida confianza alegraos. Dan ofrendas a los templos,
añaden también
un título; el título una breve canción tenía:
“Estos · dones · de · muchacho · cumplió · que ·
de · mujer · votó · Ifis”
795La posterior luz con sus
rayos había revelado el ancho orbe,
cuando Venus y
Juno e Himeneo a los sociales fuegos
concurren, y
posee, de muchacho, Ifis a su Iante.
Libro
décimo
___
Orfeo y Eurídice
De ahí por el inmenso éter, velado de su
atuendo
de azafrán, se
aleja, y a las orillas de los cícones Himeneo
tiende, y no
en vano por la voz de Orfeo es invocado.
Asistió él,
ciertamente, pero ni solemnes palabras,
5ni alegre rostro, ni feliz aportó su augurio;
la antorcha
también, que sostenía, hasta ella era estridente de lacrimoso humo,
y no halló en
sus movimientos fuegos ningunos.
El resultado,
más grave que su auspicio. Pues por las hierbas, mientras
la nueva
novia, cortejada por la multitud de las náyades, deambula,
10muere al recibir en el tobillo el diente de una
serpiente.
A la cual, a
las altísimas auras después que el rodopeio bastante hubo llorado,
el vate, para
no dejar de intentar también las sombras,
a la Estige
osó descender por la puerta del Ténaro,
y a través de
los leves pueblos y de los espectros que cumplieran con el sepulcro,
15a Perséfone acude y al que los inamenos reinos posee,
de las sombras
el señor, y pulsados al son de sus cantos los nervios,
así dice: “Oh
divinidades del mundo puesto bajo el cosmos,
al que
volvemos a caer cuanto mortal somos creados,
si me es
lícito, y, dejando los rodeos de una falsa boca,
20la verdad decir dejáis, no aquí para ver los opacos
Tártaros he
descendido, ni para encadenar las triples
gargantas,
vellosas de culebras, del monstruo de Medusa.
Causa de mi
camino es mi esposa, en la cual, pisada,
su veneno
derramó una víbora y le arrebató sus crecientes años.
25Poder soportarlo quise y no negaré que lo he
intentado:
me venció
Amor. En la altísima orilla el dios este bien conocido es.
Si lo es
también aquí lo dudo, pero también aquí, aun así, auguro que lo es
y si no es
mentida la fama de tu antiguo rapto,
a vosotros
también os unió Amor. Por estos lugares yo, llenos de temor,
30por el Caos este ingente y los silencios del vasto
reino,
os imploro, de
Eurídice detened sus apresurados hados.
Todas las
cosas os somos debidas, y un poco de tiempo demorados,
más tarde o
más pronto a la sede nos apresuramos única.
Aquí nos
encaminamos todos, esta es la casa última y vosotros
35los más largos reinados poseéis del género humano.
Ella también,
cuando sus justos años, madura, haya pasado,
de la potestad
vuestra será: por regalo os demando su disfrute.
Y si los hados
niega la venia por mi esposa, decidido he
que no querré
volver tampoco yo. De la muerte de los dos gozaos.”
40Al que tal decía y sus nervios al son de sus palabras
movía,
exangües le
lloraban las ánimas; y Tántalo no siguió buscando
la onda
rehuida, y atónita quedó la rueda de Ixíon,
ni desgarraron
el hígado las aves, y de sus arcas libraron
las Bélides, y
en tu roca, Sísifo, tú te sentaste.
45Entonces por primera vez con sus lágrimas, vencidas
por esa canción, fama es
que se
humedecieron las mejillas de las Euménides, y tampoco la regia esposa
puede
sostener, ni el que gobierna las profundidades, decir que no a esos ruegos,
y a Eurídice
llaman: de las sombras recientes estaba ella
en medio, y
avanzó con un paso de la herida tardo.
50A ella, junto con la condición, la recibe el rodopeio
héroe,
de que no gire
atrás sus ojos hasta que los valles haya dejado
del Averno, o
defraudados sus dones han de ser.
Se coge cuesta
arriba por los mudos silencios un sendero,
arduo, oscuro,
de bruma opaca denso,
55y no mucho distaban de la margen de la suprema tierra.
Aquí, que no
abandonara ella temiendo y ávido de verla,
giró el amante
sus ojos, y en seguida ella se volvió a bajar de nuevo,
y ella, sus
brazos tendiendo y por ser sostenida y sostenerse contendiendo,
nada, sino las
que cedían, la infeliz agarró auras.
60Y ya por segunda vez muriendo no hubo, de su esposo,
de qué
quejarse, pues de qué se quejara, sino de haber sido amada,
y su supremo
adiós, cual ya apenas con sus oídos él
alcanzara, le
dijo, y se rodó de nuevo adonde mismo.
No de otro
modo quedó suspendido por la geminada muerte de su esposa Orfeo
65que el que temeroso de ellos, el de en medio portando
las cadenas,
los tres
cuellos vio del perro, al cual no antes le abandonó su espanto
que su
naturaleza anterior, al brotarle roca a través de su cuerpo;
y el que hacia
sí atrajo el crimen y quiso parecer,
Óleno, que era
culpable; y tú, oh confiada en tu figura,
70infeliz Letea, las tuyas, corazones unidísimos
en otro
tiempo, ahora piedras a las que húmedo sostiene el Ida.
Implorante, y
en vano otra vez atravesar queriendo,
el barquero le
vetó: siete días, aun así él,
sucio en esa
ribera, de Ceres sin la ofrenda estuvo sentado.
75El pesar y el dolor del ánimo y lágrimas sus alimentos
fueron.
De que eran
los dioses del Érebo crueles habiéndose lamentado, hacia el alto
Ródope se
recogió y, golpeado de los aquilones, al Hemo.
Al año, concluido por los marinos Peces,
el tercer
Titán le había
dado fin, y rehuía Orfeo de toda
80Venus femenina, ya sea porque mal le había parado a
él,
o fuera porque
su palabra había dado; de muchas, aun así, el ardor
se había
apoderado de unirse al vate: muchas se dolían de su rechazo.
Él también,
para los pueblos de los tracios, fue el autor de transferir
el amor hacia
los tiernos varones, y más acá de la juventud
85de su edad, la breve primavera cortar y sus primeras
flores.
Catálogo de árboles; Cipariso
Una colina había, y sobre la colina,
llanísima, una era
de campo, a la
que verde hacían de grama sus hierbas.
De sombra el
lugar carecía; parte en la cual, después que se sentara,
el vate nacido
de los dioses, y de que sus hilos sonantes puso en movimiento,
90sombra al lugar llegó: no faltó de Caón el árbol,
no bosque de
las Helíades, no de frondas altas la encina,
ni tilos
mullidos, ni haya e innúbil láurea,
y avellanos
frágiles y fresno útil para las astas,
y sin nudo el
abeto, y curvada de bellotas la encina
95y el plátano natalicio, y el arce de colores desigual,
y, los que
honráis las corrientes, juntos los sauces y el acuático loto,
y
perpetuamente vigoroso el boj y los tenues tamariscos,
y bicolor el
mirto, y de sus bayas azul la higuera.
Vosotras
también, de flexible pie las hiedras, vinisteis y, a una,
100las pampíneas vides, y
vestidos de esa vid los olmos,
y los fresnos
y las píceas, y de su fruto rojeciente cargado
el madroño, y
dúctiles, del vencedor los premios, las palmas,
y recogido su
pelo y de erizada coronilla el pino,
grato de los
dioses a la madre, si realmente el
Cibeleio Atis
105se despojó en ella de su ser
humano y de endurecerse hubo en aquel tronco.
Asistió a esta multitud, a las metas
imitando, el ciprés,
ahora árbol,
muchacho antes, del dios aquel amado
que la cítara
a los nervios, a los nervios templa el arco.
Pues sagrado
para las ninfas que poseen de la Cartea los campos,
110un ingente ciervo había, y
con sus cuernos, ampliamente manifiestos,
él a su propia
cabeza altas se ofrecía sus sombras;
sus cuernos
fulgían de oro, y bajando a sus espaldillas,
colgaban
enjoyados collares en su torneado cuello;
una borla
sobre su frente, argentina, con pequeñas cinchas
115atada se le movía, y de
pareja edad, brillaban
desde sus
gemelas orejas alrededor de sus cóncavas sienes, unas perlas.
Y él, de miedo
libre y depuesto su natural
temor,
frecuentar las casas y ofrecer para acariciar su cuello,
a cualesquiera
desconocidas manos, acostumbraba.
120Pero, aun así, antes que a
otros, oh el más bello de las gentes de Ceos,
grato te era,
Cipariso, a ti. Tú hasta los pastos nuevos
a ese ciervo,
tú lo llevabas del líquido manantial hasta su onda,
tú ora le
tejías variegadas por sus cuernos unas flores,
ahora, cual su
jinete, en su espalda sentado para acá y para allá contento
125blanda moderabas su boca con
purpurinos cabestros.
El calor era,
y mediado el día, y del vapor del sol,
cóncavos
hervían los brazos del ribereño Cáncer.
Fatigado, en
la herbosa tierra depositó su cuerpo
el ciervo, y
de la arboleada sombra se llevaba el frío.
130A él el muchacho,
imprudente, Cipariso, le clavó una jabalina
aguda, y
cuando lo vio a él muriendo de la salvaje herida
decidió que él
quería morir. Qué consuelos no le dijo Febo
y cúanto le
advirtió que ligeramente y con relación a su motivo
se doliera.
Gime él, aun así, y de presente supremo
135esto pide de los altísimos,
que luto él sintiera en todo tiempo.
Y ya agotada
su sangre por los inmensos llantos
hacia un verde
color empezaron a tornarse sus miembros
y los que
ahora poco de su nívea frente colgaban, sus cabellos,
a volverse una
erizada melena y, asumida una rigidez,
140a contemplar, estrellado,
con su grácil copa el cielo.
Gimió hondo y
triste el dios: “Luto serás para nos,
y luto serán
para ti otros, y asistirás a los dolientes”, dice.
Tal bosque el poeta se había atraído y en
el concilio
de las fieras,
central él de su multitud y de los pájaros, estaba sentado;
145cuando bastante hubo
templado pulsadas con su pulgar las cuerdas
y sintió que
variados, aunque diversos sonaran,
concordaban
sus ritmos, con esta canción acompasó su voz:
Canción de Orfeo: proemio
“Desde Júpiter, oh Musa madre –ceden todas
las cosas al gobierno de Júpiter–,
entona los
cantos nuestros. De Júpiter muchas veces su poderío
150he dicho antes: canté con
plectro más grave a los Gigantes
y esparcidos
por los campos de Flegra sus vencedores rayos.
Ahora menester
es de una más liviana lira, a los muchachos cantemos
amados de los
altísimos, y a las niñas que atónitas
por no
concedidos fuegos, merecieron por su deseo un castigo.
Ganimedes
155El rey de los altísimos, un
día, del frigio Ganimedes en el amor
ardió, y
hallado fue algo que Júpiter ser prefiriera,
antes que lo
que él era. En ninguna ave, aun así, convertirse
se digna, sino
la que pudiera soportar sus rayos.
Y no hay
demora, batido con sus mendaces alas el aire,
160robó al Ilíada, el cual
ahora también copas le mezcla,
y, de Juno a
pesar, a Júpiter el néctar administra.
Jacinto
“A ti también, Amiclida, te hubiese puesto
en el éter Febo,
triste, si
espacio para ponerte tus hados te hubiesen dado;
lo que se
puede, eterno aun así eres, y cuantas veces rechaza
165la primavera el invierno, y
al Pez acuoso el Carnero sucede,
tú tantas
veces naces, y verdes en el césped las flores.
A ti el
genitor mío ante todos te amó y, del mundo
en su centro,
abandonada careció de su soberano Delfos,
mientras tal
dios el Eurotas y no fortificada frecuenta
170a Esparta. Y ni las cítaras,
ni están en su honor las saetas:
olvidado él
aun de sí mismo, no las redes llevar rehúsa,
no haber
sujetado a los perros, no por las crestas del monte inicuo
ir de comitiva
y, con tal larga costumbre, alimenta él sus llamas.
Y ya casi
central el Titán, de la sucesiva y de la pasada
175noche, estaba, y en espacio
parejo distaba de ambos puntos.
Sus cuerpos de
ropa aligeran y con el jugo del pingüe olivo
resplandecen y
del ancho disco inician las competiciones,
el cual,
primero balanceado, Febo lo envía a las aéreas auras
y desgarró con
su peso, a él opuestas, las nubes.
180Recayó sólida tras largo
tiempo en la tierra
su peso, y
había exhibido él su arte, unido con sus fuerzas.
En seguida,
imprudente, y movido por la pasión del juego,
a coger el
Tenárida su círculo se apresuraba, mas a él,
dura, devuelto
el golpe de su herida, lo lanzó la tierra
185contra el rostro, Jacinto,
tuyo. Palideció, e igualmente
que el
muchacho el mismo dios, y colapsados recogió tus miembros,
y ya te
reanima, ya tristes tus heridas seca,
ahora tu
aliento, que huye, sostiene aplicándole sus hierbas.
Nada
aprovechan su artes; era inmedicable herida.
190Como si alguien sus violas o
la rígida adormidera en un huerto
y los lirios
quebrara, de sus rubias lenguas erizados,
que marchitas
bajaran súbitamente su cabeza ajada ellas,
y no se
sostuvieran y miraran con su cúspide la tierra;
así su rostro
muriendo yace y traicionando su vigor
195su mismo cuello para él un
peso es, y sobre su hombro se recuesta.
“Te derrumbas,
Ebálida, en tu primera juventud defraudado”,
Febo dice, “y
veo yo –mis culpas– la herida tuya.”
Tú eres mi
dolor y el crimen mío; mi diestra en tu muerte
ha de ser
inscrita. Yo soy de tu funeral el aurtor.
200Cuál mi culpa, aun así,
salvo si al haber jugado llamársele
culpa puede,
salvo si culpa puede, también a haberte amado, llamarse.
Y ojalá
contigo morir y por ti mi vida rendir posible
fuera. De lo
cual, puesto que por una fatal condición se nos retiene,
siempre
estarás conmigo y, memorativa, prendido estarás en mi boca.
205Tú de mi lira, tocada por mi
mano, tú de las canciones nuestras serás el sonido
y, flor nueva,
en tu escrito imitarás los gemidos nuestros.
Y el tiempo
aquél llegará en que a sí mismo un valerosísimo héroe
se añada a
esta flor, y en su misma hoja se lea.”
Tales cosas,
mientras las menciona la verdadera boca de Apolo,
210he aquí que el crúor que
derramada por el suelo había señalado las hierbas,
deja de ser
crúor, y más nítida que de Tiro la ostra,
una flor surge
y la forma toma de los lirios, si no
purpurino el
color suyo, mas argentino, en ellos.
No bastante es
tal para Febo –pues él había sido el autor de tal honor–:
215él mismo sus gemidos en las
hojas inscribe y “ai ai”
la flor tiene
inscrito, y esa funesta letra trazada fue.
Y no de
haberle engendrado se avergüenza Esparta, a Jacinto, y su honor
perdura hasta
esta generación, y, para celebrarse al uso de los antiguos,
anuales
vuelven las Jacintias, con su antepuesta procesión.
Las Propétides y los Cerastas
220“Mas si acaso preguntaras,
fecunda en metales, a Amatunta,
si haber
engendrado quisiera a las Propétides, con un gesto lo negará,
igualmente que
a aquellos cuya frente áspera en otro tiempo por su geminado
cuerno era, de
donde además su nombre tomaron, los Cerastas.
Ante las
puertas de éstos estaba el altar de Júpiter Huésped.
225†De un no
luctuoso crimen† el cual
altar, si algún recién llegado teñido
hubiese visto
de sangre, inmolados creería haberse allí
a unos
terneros lechales, y de Amatunte sus ovejas bidentes.
Un huésped
había sido asesinado. Ofendida por esos sacrificios nefandos,
sus propias
ciudades y de Ofiusa los campos se disponía
230a dejar desiertos la
nutricia Venus. “Pero, ¿qué estos lugares a mí gratos,
qué han pecado
las ciudades mías? ¿Qué delito”, dijo, “en ellas?
Con el exilio
su condena mejor su gente impía pague
o con la
muerte o si algo medio hay entre la muerte y la huida.
Y ello ¿qué
puede ser, sino el castigo de su tornada figura?”
235Mientras duda en qué
mutarlos a sus cuernos giró
su rostro y
acordada fue de que tales se les podían a ellos dejar,
y, grandes sus
miembros, los transforma en torvos novillos.
“Atrevido se habían, aun así, las obscenas
Propétides a negar
que Venus
fuera diosa; merced a lo cual, por la ira de su divinidad,
240sus cuerpos, junto con su
hermosura, cuentan que ellas las primeras fueron en hacer públicos,
y cuando su
pudor cedió y la sangre de su rostro se endureció,
en rígida
piedra, con poca distinción, se las convirtió.
Pigmalión
“A las cuales, porque Pigmalión las había
visto pasando su vida a través
de esa culpa,
ofendido por los vicios que numerosos a la mente
245femínea la naturaleza dio,
célibe de esposa
vivía y de una
consorte de su lecho por largo tiempo carecía.
Entre tanto,
níveo, con arte felizmente milagroso,
esculpió un
marfil, y una forma le dio con la que ninguna mujer
nacer puede, y
de su obra concibió él amor.
250De una virgen verdadera es
su faz, a la que vivir creerías,
y si no lo
impidiera el respeto, que quería moverse:
el arte hasta
tal punto escondido queda en el arte suyo. Admira y apura
en su pecho
Pigmalión del simulado cuerpo unos fuegos.
Muchas veces
las manos a su obra allega, tanteando ellas si sea
255cuerpo o aquello marfil, y
todavía que marfil es no confiesa.
Los labios le
besa, y que se le devuelve cree y le habla y la sostiene
y está
persuadido de que sus dedos se asientan en esos miembros por ellos tocados,
y tiene miedo
de que, oprimidos, no le venga lividez a sus miembros,
y ora ternuras
le dedica, ora, gratos a las niñas,
260presentes le lleva a ella de
conchas y torneadas piedrecillas
y pequeñas
aves y flores mil de colores,
y lirios y
pintadas pelotas y, de su árbol caídas,
lágrimas de
las Helíades; orna también con vestidos su cuerpo:
da a sus dedos
gemas, da largos colgantes a su cuello;
265en su oreja ligeras perlas,
cordoncillos de su pecho cuelgan:
todo decoroso
es; ni desnuda menos hermosa parece.
La coloca a
ella en unas sábanas de concha de Sidón teñidas,
y la llama
compañera de su lecho, y su cuello,
reclinado, en
plumas mullidas, como si de sentirlas hubiera, recuesta.
270“El
festivo día de Venus, de toda Chipre el más celebrado,
había llegado, y recubiertos
sus curvos cuernos de oro,
habían caído golpeadas en su
nívea cerviz las novillas
y los inciensos humaban,
cuando, tras cumplir él su ofrenda, ante las aras
se detuvo y tímidamente:
“Si, dioses, dar todo podéis,
275que sea la esposa mía,
deseo” –sin atreverse a “la virgen
de marfil” decir– Pigmalión,
“semejante”, dijo, “a la de marfil.”
Sintió, como que ella misma
asistía, Venus áurea, a sus fiestas,
los votos aquellos qué
querían, y, en augurio de su amiga divinidad,
la llama tres veces se
acreció y su punta por los aires trujo.
280Cuando volvió, los remedos
busca él de su niña
y echándose en su diván le
besó los labios: que estaba templada le pareció;
le allega la boca de nuevo,
con sus manos también los pechos le toca.
Tocado se ablanda el marfil
y depuesto su rigor
en él se asientan sus dedos
y cede, como la del Himeto al sol,
285se reblandece la cera y
manejada con el pulgar se torna
en muchas figuras y por su
propio uso se hace usable.
Mientras está suspendido y
en duda se alegra y engañarse teme,
de nuevo su amante y de
nuevo con la mano, sus votos vuelve a tocar;
un cuerpo era: laten
tentadas con el pulgar las venas.
290Entonces en verdad el Pafio,
plenísimas, concibió el héroe
palabras con las que a Venus
diera las gracias, y sobre esa boca
finalmente no falsa su boca
puso y, por él dados, esos besos la virgen
sintió y enrojeció y su
tímida luz hacia las luces
levantando, a la vez, con el
cielo, vio a su amante.
295A la boda, que ella había
hecho, asiste la diosa, y ya cerrados
los cuernos lunares en su
pleno círculo nueve veces,
ella a Pafos dio a luz, de
la cual tiene la isla el nombre.
Mirra
“Nacido de ella aquel fue, quien, si sin
descendencia hubiese sido,
entre los felices Cíniras se
podría haber contado.
300Siniestras cosas he de
cantar: lejos de aquí, hijas, lejos estad, padres,
o si mis canciones las
mentes vuestras han de seducir,
fálteme en esta parte
vuestra fe y no deis crédito al hecho,
o si lo creéis, del tal
hecho también creed el castigo.
Si, aun así, admisible
permite esto la naturaleza que parezca,
305a los pueblos ismarios y a
nuestro mundo felicito,
felicito a esta tierra
porque dista de las regiones esas
que tan gran abominación han
engendrado: sea rica en amomo
y cinamomo, y el costo suyo,
y sudados de su leño
inciensos críe y flores
otras la tierra de Panquea,
310mientras que críe también la
mirra: de tal precio no era digno el nuevo árbol.
El mismo Cupido niega que te
hayan dañado a ti sus armas,
Mirra, y las antorchas suyas
del delito ese defiende:
con el tronco estigio a ti,
y con sus henchidas víboras, hacia ti sopló
de las tres una hermana.
Crimen es odiar a un padre;
315este amor es, que el odio,
mayor crimen. De todas partes
selectos te desean los
aristócratas y desde todo el Oriente la juventud
de tu tálamo a la contienda
asiste. De entre todos un hombre
elige, Mirra, solo, mientras
no esté entre todos este uno.
Ella ciertamente lo siente,
y lucha contra su repugnante amor
320y para sí: “¿A dónde en mi
mente me lanzo? ¿Qué preparo?”, dice.
“Dioses, yo os suplico, y
Piedad, y sagradas leyes de los padres,
esta abominación prohibid y
oponeos al crimen nuestro,
si aun así esto crimen es.
Pero es que a condenar esta Venus
la piedad se niega, y se
unen los animales otros
325sin ningún delito, ni se
tiene por indecente para la novilla
el llevar a su padre en su
espalda; se hace la hija del caballo su esposa,
y en las que engendró entra,
en esos ganados, el cabrío, y por la simiente
que concebida fue, de la
misma concibe, la pájara.
Felices a los que tal lícito
es. El humano cuidado
330ha dado unas malignas leyes,
y lo que la naturaleza permite,
envidiosas, sus leyes lo
niegan. Pueblos, aun así, que hay se cuenta
en los cuales al nacido la
madre, como la nacida al padre,
se une y la piedad con ese
geminado amor se acrece.
Desgraciada de mí que nacer
no me alcanzó allí
335y por la fortuna del lugar
herida quedo. ¿Por qué a esto regreso?
él, pero como padre, es. Así
pues, si hija del gran
Cíniras no fuese, con
Cíniras yacer podría;
ahora, porque ya mío es, no
es mío, y para mi daño es
340mi proximidad; ajena más
poderosa sería.
Irme quiero lejos de aquí, y
de la patria abandonar las fronteras,
mientras del crimen así
huya. Retiene este mal ardor a la enamorada,
para que presente contemple
a Cíniras, y a él le toque y hable,
y mis labios le acerque si
nada se concede más allá.
345¿Pero más allá esperar algo
puedes, impía virgen?
¿Es que cuántas leyes y
nombres confundirías acaso sientes?
¿No serás de tu madre la
rival y la adúltera de tu padre?
¿Tú no la hermana de tu
nacido y la madre te llamarás de tu hermano?
¿Y no temerás, crinadas de
negra serpiente, a las hermanas,
350a las que con antorchas
salvajes, sus ojos y sus rostros buscando,
los dañosos corazones ven?
Mas tú, mientras en tu cuerpo no has
sufrido esa abominación, en
tu ánimo no la concibe, o, con un concúbito
vedado, de la poderosa
naturaleza no mancilles la ley.
Que él quiere supón: la
realidad misma lo veta. Piadoso él y consciente es
355de las normas... y oh,
quisiera que similar delirio hubiera en él.”
“Había dicho, mas Cíniras, al que la digna
abundancia de pretendientes
qué debe hacer hace dudar,
interroga a ella misma,
dichos sus nombres, de cuál
marido quiere ser.
Ella guarda silencio al
principio, y de su padre en el rostro prendida
360arde, y de un tibio rocío
inunda sus luces.
El de una doncella Cíniras
creyendo que tal era el temor,
llorar le veta, y le seca
las mejillas, y besos de su boca le une.
Mirra de ellos dados
demasiado se goza y consultada cuál
desea tener, por marido:
“Semejante a ti”, dijo, mas él
365esas palabras no entendidas
alaba y: “Sé
tan piadosa siempre”, dice.
De la piedad el nombre dicho
bajó ella el rostro, de su
crimen para sí misma cómplice la doncella.
“De la noche era la mitad, y las angustias
y cuerpos el sueño
había liberado; mas a la
doncella Cinireide, insomne, ese fuego
370la desgarra, indómito, y sus
delirantes votos retoma,
y ora desespera, ora quiere
probarlo, y se avergüenza
y lo desea, y qué hacer no
halla, y como de una segur
herido un tronco ingente,
cuando el golpe supremo resta
con el que caiga, en duda
está y por parte toda se teme,
375así su ánimo por esa varia
herida debilitado titubea,
aquí y allá, liviano, e
impulso toma hacia ambos lados,
y no mesura y descanso, sino
la muerte, encuentra de ese amor:
la muerte place. Se levanta,
y con un lazo anudar su garganta
determina, y su cinturón, de
lo más elevado de una jamba atando:
380“Querido Cíniras, adiós, y
el motivo de mi muerte entiende”,
dijo, y estaba ajustando a
su palideciente cuello las ligaduras.
“Los murmullos de esas palabras de la
nodriza a los fieles oídos
que llegaron cuentan, que el
umbral guardaba de su ahijada.
Se levanta la anciana y
desatranca las puertas, y de la muerte dispuesta
385los instrumentos viendo, en
un mismo espacio grita,
y a sí se hiere, y se
desgarra los senos, y arrancadas de su cuello
sus ligaduras destroza.
Entonces finalmente de llorar tuvo ocasión,
de darle abrazos, y del lazo
inquirir la causa.
Muda guarda silencio la
doncella y la tierra inmóvil mira
390y, sorprendidos sus
intentos, se duele de su demorada muerte.
La apremia la anciana y las
canas suyas desnudando y sus vacíos
pechos, por sus cunas y
alimentos primeros le suplica
que a ella le confíe de
cuanto se duele: ella, dando la espalda
a quien tal preguntaba,
gime; decidida está a averiguarlo la nodriza
395y no compromete su sola
palabra. “Dime”, le dice, “y ayuda
déjame que te preste; no es
perezosa la vejez mía:
o si delirio es, tengo lo
que con un encantamiento te sanará y con hierbas;
o si alguno te ha hecho
daño, se te purificará con un mágico rito;
ira de los dioses si ello
es, con sacrificios aplacable es esa ira.
400¿Qué calcule más allá?
Ciertamente tu fortuna y tu casa
a salvo y en su curso está:
viven tu madre y tu padre.”
Mirra, su padre al oír,
suspiros sacó de lo hondo
de su pecho, y la nodriza,
como todavía no concibe en su mente
ninguna abominación, sí
presiente, aun así, algún amor,
405y en su propósito tenaz,
cualquier cosa que ello sea le ruega que a ella
revele y en su regazo de
anciana, llorando ella, la levanta
y así rodeando con sus
débiles brazos su cuerpo:
“Lo sentimos”, dice: “estás
enamorada. También en esto, deja tu temor,
mi diligencia te será útil y
no notará nunca
410tal tu padre.” Saltó de su
regazo furibunda y hundió
en su cama el rostro; al
apremiarla: “Retírate o cesa”, dijo,
“de preguntarme de qué
sufro: un crimen es lo que por saber te afanas.”
Se horroriza la anciana y
sus temblorosas manos, de los años y del miedo,
415le tiende y ante los pies
suplicante se postra, de su ahijada,
y ya la enternece, ya, si no
la hace cómplice,
la aterra y con la delación
de su lazo y de la emprendida muerte
la amenaza, y su servicio le
promete para ese amor, siéndole a ella confiado.
Saca ella su cabeza y de sus
lágrimas llenó, brotadas,
420el pecho de la nodriza, e
intentando muchas veces confesar,
muchas veces contiene su
voz, y su pudoroso rostro con sus vestidos
tapó y: Oh”, dijo, “madre,
feliz de tu esposo.”
Hasta aquí, y sollozaba.
Helado, en los miembros de la nodriza
y en sus huesos, pues lo
sintió, penetra un temblor y blanca en toda
425su cabeza su canicie se
irguió, rígidos sus cabellos
y muchas cosas para que
expulsara sus siniestros –si pudiera– amores
añadió. Mas la doncella sabe
que no falsas cosas le aconseja:
decidida a morir aun así
está si no posee su amor.
“Vive”, le dice ella,
“poseerás a tu” y no osando decir
430padre calló, y sus promesas
con una divinidad confirma.
“Las fiestas de la piadosa Ceres, anuales,
celebraban las madres,
aquéllas, en que con nívea
veste velando sus cuerpos,
las primicias dan de sus
cosechas, de espiga en guirnaldas,
y por nueve noches la Venus
y los contactos masculinos
435entre las cosas vedadas se
numeran. En la multitud esa Cencreide,
del rey la esposa, se halla
y los arcanos sacrificios frecuenta.
Así pues, de su legítima
esposa mientras vacío está su lecho,
al encontrarse ella muy
cargado de vino a Cíniras, mal diligente la nodriza,
con un nombre mentido,
verdaderos le expone unos amores
440y su faz alaba; al
preguntársele de la doncella los años:
“Pareja”, dice, “es a
Mirra.” A la cual, después que conducirla a su presencia
se le ordenó y cuando volvió
al palacio: “Alégrate”, dijo, “mi ahijada:
hemos vencido.” Infeliz, no
en todo su pecho siente
alegría la doncella, y su
présago pecho está afligido,
445pero aun así también se
alegra: tan grande es la discordia de su mente.
“El tiempo era en el que todas las cosas
callan, y entre los Triones
había girado, oblicuo el
timón, su carro el Boyero.
Hacia la fechoría suya llega
ella. Huye áurea del cielo
la luna, cubren negras a
unas guarecidas estrellas las nubes.
450La noche carece de su fuego
propio. Primero cubres tú, Ícaro, tu rostro,
y Erígone, por tu piadoso
amor de tu padre consagrada.
Tres veces por la señal de
su pie tropezado fue disuadida, tres veces su omen
un fúnebre búho con su letal
canto hizo.
Va ella, aun así, y las
tinieblas minoran y la noche negra su pudor,
455y de la nodriza la mano con
la suya izquierda tiene, la otra con su movimiento
el ciego camino explora. Del
tálamo ya los umbrales toca,
y ya las puertas abre, ya se
mete dentro, mas a ella,
al doblar las rodillas le
temblaban las corvas y huyen
color y sangre y su ánimo la
abandona al ella marchar.
460Y cuanto más cerca de su
propio crimen está, más se horroriza y de su osadía
le pesa y quisiera, no
conocida, poder retornar.
A ella que dudaba, la de la
larga edad de la mano la hace bajar y acercada
al alto lecho, cuando la
entregaba: “Recíbela”, dijo,
ésta tuya es, Cíniras” y
unió su malditos cuerpos.
465“Recibe en el obsceno lecho
su padre a sus entrañas
y de doncella sus miedos
alivia y la anima en su temor.
Quizás, el de su edad,
también con el nombre de hija la llamó,
lo llamó también ella padre,
para que al crimen sus nombres no faltaran.
Llena de su padre de sus
tálamos se retira e impías en su siniestro
470vientre lleva sus semillas y
sus concebidas culpas porta.
La posterior noche la
fechoría duplica y un fin en ella no hay,
cuando finalmente Cíniras,
ávido de conocer a su amante
después de tantos
concúbitos, acercándole una luz vio
su crimen y a su nacida, y
retenidas por el dolor las palabras
475de su vaina suspendida
arranca su nítida espada.
Mirra huye, y con las
tinieblas y por regalo de la ciega noche
robada le fue a la muerte y,
tras vagar por los anchos campos,
los palmíferos árabes y de
Panquea los sembrados atrás deja
y durante nueve cuernos
anduvo errante de la reiterada luna,
480cuando finalmente descansó
agotada en la tierra Saba,
y apenas de su útero portaba
la carga. Entonces, ignorante ella de su voto
y de la muerte entre los
miedos y los hastíos de su vida,
entrelazó tales plegarias:
“Oh divinidades si algunas
os ofrecéis a los confesos,
he merecido y triste no rehúso
485mi suplicio, pero para que
yo no ofenda sobreviviente a los vivos
y a los extinguidos muerta,
de ambos reinos expulsadme
y a mí, mutada, la vida y la
muerte negadme.”
Divinidad para los confesos
alguna se ofrece: sus últimos votos,
ciertamente, sus sus dioses
tuvieron, pues sobre las piernas de la que hablaba
490tierra sobrevino y oblicua a
través de sus uñas por ella rotas
se extiende una raíz, de su
largo tronco los firmamentos,
y sus huesos robustez toman,
y en medio quedando la médula,
la sangre se vuelve en
jugos, en grandes ramas los brazos,
en pequeñas los dedos, se
endurece en corteza la piel.
495Y ya su grávido útero en
creciendo le había constreñido el árbol,
y su pecho había enterrado,
y su cuello a cubrirle se disponía:
no soportó ella esa demora y
yendo contraria al leño
bajo él se asentó y sumergió
en su corteza su rostro.
La cual, aunque perdió con
su cuerpo sus viejos sentidos,
500llora aun así, y tibias
manan del árbol gotas.
Tienen su honor también las
lágrimas y destilada de su corteza la mirra
el nombre de su dueña
mantiene y en ninguna edad de ella se callará.
Venus y Adonis (i)
“Mas, mal
concebido, bajo su robustez había crecido ese bebé
y buscaba la vía por la que,
a su madre abandonando,
505pudiera salir él. En la
mitad del árbol grávido se hincha su vientre.
Tensa su carga a la madre, y
no tienen sus palabras esos dolores,
ni a Lucina puede de la
parturienta la voz invocar.
A una que pujara, aun así,
se asemeja y curvado incesantes
da gemidos el árbol y de
lágrimas que le van cayendo mojado está.
510Se detiene junto a sus
ramas, dolientes, la compasiva Lucina
y le acercó sus manos y las
palabras puérperas le dijo:
el árbol hace unas grietas
y, hendida su corteza, viva
restituye su carga y sus
vagidos da el niño. Al cual, sobre las mullidas hierbas
las náyades imponiéndolo,
con lágrimas lo ungieron de su madre.
515Podría alabar su belleza la
Envidia incluso, pues cuales
los cuerpos de los desnudos
Amores en un cuadro se pintan,
tal era, pero, para que no
haga distinción su aderezo,
o a éste añádelas, leves, o
a aquéllos quita las aljabas.
“Discurre ocultamente y engaña la volátil
edad,
520y nada hay que los años más
veloz. Él, de su hermana nacido
y del abuelo suyo, que,
escondido en un árbol ahora poco,
ahora poco había nacido, ora
hermosísimo bebé,
ya joven, ya hombre, ya que
sí más hermoso mismo es,
ya complace incluso a Venus,
y de su madre venga los fuegos.
525Pues, vestido de aljaba,
mientras besa el niño la boca a su madre,
sin darse cuenta con una
sobresaliente caña rasgó su pecho.
Herida, con la mano a su
nacido la diosa rechaza: más profundamente llegado
la herida había que su
aspecto, y al principio a ella misma había engañado.
Cautivada de tal hombre por
la hermosura, ya no cura de las playas
530de Citera, no, de su
profundo mar ceñida, vuelve a Pafos,
y a la rica en peces Gnido,
o a Amatunta, grávida de metales.
Se abstiene también del
cielo: al cielo antepone a Adonis.
A él retiene, de él séquito
es, y acostumbrando simpre en la sombra
a permitirse estar y su
belleza a aumentar cultivándola,
535por las cimas, por los
bosques y espinosas rocas deambula,
con el vestido al límite de
la rodilla, remangada al rito de Diana,
y anima a los perros, y
animales de segura presa persigue:
o las liebres abalanzadas, o
elevado hacia sus cuernos el ciervo,
o los gamos. De los
valientes jabalíes se abstiene
540y a los lobos robadores, y
armados de uña a los osos
evita y saturados de su
matanza de la manada a los leones.
A ti también que de ellos
temas, si de algo servirte aconsejando
pueda, Adonis, te aconseja
y: “Valiente con los que huyen sé”,
dice, “contra los audaces no
es la audacia segura.
545Cesa de ser, oh joven,
temerario para el peligro mío,
y a las fieras a las que
armas dio la naturaleza no hieras,
no me resulte a mí cara tu
gloria. No conmueve la edad,
ni la hermosura, ni lo que a
Venus ha movido, a los leones,
y a los cerdosos jabalíes y
a los ojos y ánimos de las fieras.
550Un rayo tienen en sus corvos
dientes esos agrios cerdos,
su ímpetu tienen, rubios, y
su vasta ira los leones
y odiosa me es esa raza.”
Cuál el motivo, a quien lo preguntaba:
“Te lo diré”, dice, “y de la
monstruosidad te maravillarás de una antigua culpa.
Pero este esfuerzo
desacostumbrado ya me ha cansado, y he aquí que
555con su sombra nos seduce
oportuno este álamo
y nos presta un lecho el
césped: me apetece en ella descansar contigo
–y descansa– en este suelo”
y se echa en el césped, y en él
y en el seno del joven
dejado su cuello, reclinado él,
así dice, y en medio
intercala besos de sus palabras:
Hipómenes y Atalanta
560“Quizás hayas oído de una
mujer que en el certamen de la carrera
superó a los veloces
hombres. No una habladuría el rumor
aquel fue, pues los
superaba, y decir no podrías
si por la gloria de sus
pies, o de su hermosura por el bien, más destacada fuera.
Al interrogarle ella sobre
su esposo, el dios: “De esposo”, dijo,
565“no has menester, Atalanta,
tú. Huye del uso de un esposo.
Y aun así no le huirás y de
ti misma, viva tú, carecerás.”
Aterrada por la ventura del
dios, por los opacos bosques innúbil
vive y a la acuciante turba
de sus pretendientes, violenta,
con una condición ahuyenta
y: “Poseída no he de ser, salvo”, dice,
570“vencida primero en la
carrera. Con los pies contended conmigo.
De premios al veloz esposa y
tálamos se le darán;
la muerte el precio para los
tardos. Tal la ley del certamen sea.”
Ella ciertamente dura, pero
–tan grande el poder de la hermosura es–
acude a tal ley, temeraria,
una multitud de pretendientes.
575Se había sentado Hipómenes
de la carrera inicua como espectador,
y: “¿Puede alguien buscar
por medio de tantos peligros esposa?”,
había dicho, y excesivos
había condenado de esos jóvenes sus amores,
cuando su faz, y dejado su
velo, su cuerpo vio,
cual el mío, o cual el tuyo,
si mujer te hicieras:
580quedó suspendido y
levantando las manos: “Perdonadme”,
dijo, “los que ora he
recriminado. Todavía los premios conocidos,
que buscabais, no me eran.”
En elogiándola concibe fuegos,
y que ninguno de los jóvenes
corra más veloz desea
y con envidia teme: “¿Pero
por qué del certamen este
585no tentada la fortuna he de
dejar?”, dice.
“A los osados un dios mismo
ayuda.” Mientras tal consigo mismo
trata Hipómenes, con paso
vuela alado la doncella.
La cual, aunque avanzar no
menos que una saeta escita
pareció al joven aonio, aun
así él de su gracia
590se admira más: incluso la
carrera misma la agraciaba.
El aura echa atrás,
arrebatados por sus rápidas plantas, sus talares,
y por sus espaldas de marfil
se agita su pelo, y las rodilleras
que sus corvas llevaban con
su pintada orla
y en su candor de jovencita
su cuerpo había producido
595un rubor, no de otro modo
que cuando sobre los atrios cándidos
un velo de púrpura simuladas
tiñe las sombras.
Mientras nota tal el huésped
recorrida la última meta fue
y es cubierta, vencedora
Atalanta, de una festiva corona.
Un gemido dan los vencidos y
pagan, según el pacto, sus condenas.
600“No, aun así, por el destino
de ellos aterrado, el joven
se apostó en medio y su
rostro en la doncella fijo:
“¿Por qué un fácil título
buscas venciendo a unos inertes.
Conmigo compárate”, dice,
“o, si a mí la fortuna poderoso
me ha de hacer, por alguien
tan grande no serás indigna de ser vencida.
605Pues el padre mío, Megáreo
de Onquesto; de él
es Neptuno el abuelo,
bisnieto yo del rey de las aguas,
ni mi virtud por detrás de
mi linaje está. O si vencido soy, obtendrás,
Hipómenes vencido, un grande
y memorable nombre.”
Al que tal decía con tierno
rostro la Esqueneide
610lo contempla y duda si ser
superada o vencer prefiera,
y así: “¿Qué dios a éste,
para los hermosos –dice– injusto,
perder quiere y con el
riesgo le ordena de su amada vida
este matrimonio perseguir?
No merezco, a juicio mío, tanto.
Y no su hermosura me
conmueve –podía aun así de ella también conmoverme–,
615sino el que todavía un niño
es. No me conmueve de él sino su edad.
Qué el que tiene virtud y
una mente impertérrita de la muerte.
Qué el que de su marino
origen se compute el cuarto.
Qué el que está enamorado y
en tanto estima la boda nuestra
que moriría si a mí la
fortuna, a él dura, le negara.
620Mientras puedes, huésped,
vete y estos tálamos deja atrás cruentos.
Matrimonio cruel el mío es,
contigo casarse ninguna no querrá
y ser deseado puedes por una
inteligente niña.
Por qué, aun así, siento
pesar por ti, cuando tantos ya antes han muerto.
Él verá. Que perezca puesto
que con tanta muerte de pretendientes
625advertido no fue y se deja
llevar a los hastíos de la vida.
¿Caerá él, así pues, porque
quiso vivir conmigo,
y el de una indigna muerte
por precio sufrirá de su amor?
Inquina no nos ha de traer
la victoria nuestra.
Pero culpa mía no es. Ojalá
desistir quisieras,
630o puesto que en tu juicio no
estás, ojalá más veloz fueses.
Mas cuán virginal en su cara
de niño su rostro es.
Ay, triste Hipómenes, no
quisiera por ti vista haber sido.
De vivir digno eras, que si
más feliz yo fuera
y a mí el matrimonio mis
hados importunos no me negaran,
635el único eras con quien
asociar mi lecho querría.”
Había dicho y, como inexperta y por su
primer deseo tocada,
de que lo está ignorante,
está enamorada, y no lo siente amor.
“Ya las acostumbradas
carreras demandan pueblo y padre,
cuando a mí, con angustiada
voz, el descendiente de Neptuno
640me invoca, Hipómenes, y:
“Citerea, suplico, a las osadías asista nuestras”,
dice, “y los que ella dio,
ayude a esos fuegos.”
Bajó una brisa no envidiosa
hasta mí esas súplicas tiernas.
Conmovida quedé, lo
confieso, y una demora larga para el socorro no se me daba.
Hay un campo, los nativos
tamaseno por nombre le dan,
645de la tierra chipriota la
parte mejor, el cual a mí los ancianos
de antaño me consagraron y
que a mis templos se sumara
dote tal ordenaron. En la
mitad brilla un árbol de ese campo,
rubio de cabello, de rubio
oro sus ramas crepitantes.
De allí volviendo yo al
acaso, llevaba, en número de tres, arrancadas
650de mi mano, unas frutas de
oro, y sin que nadie ver me pudiera, salvo él mismo,
a Hipómenes me acerqué y le
instruí de qué su uso en ellas.
Sus señales las tubas habían
dado, cuando de la barrera abalanzado uno y otro
centellea y la suprema arena
con rápido pie pizca:
poder los creerías a ellos,
con seco paso, rasar el mar,
655y de una mies cana, ella en
pie, recorrer las aristas.
Le añaden ánimos al joven el
clamor y el favor y las
palabras de quienes decían:
Ahora, ahora de aligerar es el tiempo,
Hipómene, apresura, ahora de
tus fuerzas usa todas.
Rechaza la demora:
vencerás.” En duda si el héroe de Megareo
660se alegre o la doncella más,
la Esqueneia, de estas palabras.
Oh cuántas veces, cuando ya
podía pasarlo, demoróse,
y contemplado mucho tiempo
su rostro a su pesar lo dejó atrás.
Árido, de su fatigada boca
le llegaba su anhélito,
y la meta estaba lejos.
Entonces al fin de los tres uno,
665de los retoños del árbol,
envió el descendiente de Neptuno.
Quedó suspendida la
doncella, y del nítido fruto por el deseo
declina su carrera y el oro
voluble recoge.
La deja atrás Hipómenes:
resuenan las gradas del aplauso.
Ella su demora con rápida
carrera, y los cesados tiempos,
670corrige, y de nuevo al joven
tras sus espaldas deja.
Y de nuevo, con el
lanzamiento de un fruto demorada, del segundo,
es alcanzada, y pasa ella al
varón. La parte última de la carrera
restaba. “Ahora”, dice,
“acude, diosa, autora de este regalo.”
Y a un costado del campo,
para que más tarde ella volviera,
675lanza oblicuamente, nítido,
juvenilmente, el oro.
Si lo buscaría la doncella
pareció dudar, la obligué
a recogerla y añadí, por
ella levantada, pesos a la manzana
y la impedí a la par por el
peso de su carga y la demora,
y para que mi discurso que
la propia carrera no sea más lento,
680atrás dejada fue la
doncella: se llevó sus premios el vencedor.
“¿Digna de que las gracias me diera, de
que del incienso el honor
me llevara, Adonis, no fui?
Ni las gracias, olvidado, me dio
ni inciensos a mí me puso. A
una súbita ira me torno
y, dolida por el desprecio,
de no ser despreciada por los venideros,
685con un ejemplo me cuido y a
mí misma yo me incito contra ambos.
Por unos templos que a la madre de los
dioses en otro tiempo el claro Equíon
había hecho por exvoto,
merced a unos nemorosos bosques escondidos,
atravesaban ellos, y el
camino largo a descansar les persuadió.
Allí, el intempestivo deseo
de yacer con ella
690se apodera de Hipómenes,
excitado por la divinidad nuestra.
De luz exigua había cerca de
esos templos un receso,
a una caverna semejante, de
nativa pómez cubierto,
por una religión primitiva
sagrado, adonde su sacerdote,
de leño, había llevado
muchas representaciones de viejos dioses.
695Aquí entra y con ese vedado
oprobio ultraja los sagrarios.
Los sagrados objetos
volvieron sus ojos, y coronada de torres la Madre
en la estigia onda a los
pecadores duda si sumergir.
Condena leve le pareció. Así
pues, unas rubias crines velan,
poco antes tersos, sus
cuellos, sus dedos se curvan en uñas,
700de sus hombros unas
espaldillas se hacen, hacia su pecho todo
su peso se va, las supremas
arenas barridas son de su cola.
Ira su rostro tiene, en vez
de palabras murmullos hacen,
en vez de sus tálamos
frecuentan los bosques y, para otros de temer,
con su diente domado
aprietan de Cíbeles los frenos, los leones.
705De ellos tú, querido mío, y
con ellos del género todo de las fieras,
el que no sus espaldas a la
huida, sino a la lucha su pecho ofrece,
rehúye, no sea la virtud
tuya dañosa para nosotros dos.”
Venus y Adonis (ii): muerte de Adonis
“Ella ciertamente tal le aconsejó y,
juntos por los aires sus cisnes,
emprende el camino. Pero se
alza a los consejos contraria la virtud.
710Un cerdo fuera de sus
guaridas, sus huellas ciertas siguiendo,
dieron en sacar los perros,
y de las espesuras a salir cuando se dispone,
le atravesó el joven
Cinireio con un oblicuo golpe.
En seguida sacudió con su
curvo hocico los venablos,
de sangre teñidos, y a él,
tembloroso y la seguridad buscando,
715el sangriento jabalí le
sigue y enteros bajo la ingle los dientes
le hunde y en la rubia
arena, moribundo, lo dejó tendido.
Llevada en su leve carro por
mitad de las auras Citerea,
a Chipre con las cígneas
alas todavía no había llegado.
Reconoció de lejos el gemido
de aquel que moría y blancas
720allí giró sus aves, y cuando
desde el éter alto lo vio,
exánime, y en su propia
sangre agitando su cuerpo,
saltó abajo y al par su seno
y al par su cabellos
quebró y golpeó, indignas,
su pecho con sus palmas,
y lamentándose con los
hados: “Mas no, aun así, todas las cosas de vuestra
725jurisdicción han de ser”,
dijo. “De este luto los recuerdos permanecerán
siempre, Adonis, del luto
mío y la imagen repetida de tu muerte
anuales remedos hará de los
golpes del duelo nuestro.
Mas tu crúor en flor se
mutará, ¿o es que a ti en otro tiempo
un femíneo cuerpo convertir
en olientes mentas,
730Perséfone, te fue concedido,
y mal se verá que por mí
sea mutado el héroe
Cinireio?” Así diciendo su crúor
con néctar perfumado
asperjó, la cual, teñido de él,
se hinchó así como en el
rubio cieno totalmente traslúcida
levantarse una burbuja
suele, y no más larga que una hora plena
735resultó la demora, cuando
una flor, de la sangre concolor, surgió,
cual los que esconden bajo
su tersa corteza su grano, los bermellones
granados llevar suelen.
Breve es aun así su uso en él,
pues mal prendido y por su
excesiva levedad caduco,
lo sacuden los mismos que le prestan sus nombres, los vientos.”
Libro
undécimo
___
Muerte de Orfeo
Mientras con un canto tal los bosques y
los ánimos de las fieras,
de Tracia el vate, y las
rocas siguiéndole, lleva,
he aquí que las nueras de
los cícones, cubiertas en su vesanos
pechos de vellones ferinos,
desde la cima de un promontorio divisan
5a Orfeo, a los percutidos
nervios acompasando sus canciones.
De las cuales una, agitando
su pelo por las auras leves:
“Ay”, dice, “ay, éste es el
despreciador nuestro”, y su lanza
envió del vate hijo de Apolo
contra la boca,
la cual, de hojas cosida,
una señal sin herida hizo.
10El segundo disparo una
piedra es, la cual enviada, en el mismo
aire por el concento vencida
de su voz y su lira fue,
y como suplicante por unas
osadías tan furiosas,
ante sus pies quedó tendida.
Pero temerarias crecen
esas guerras y la mesura
falta e insana reina la Erinis,
15y todos los disparos
hubieran sido por el canto enternecidos, pero el ingente
clamor, y de quebrado cuerno
la berecintia flauta,
y los tímpanos, y los
aplausos, y los báquicos aullidos
ahogaron la cítara con su
sonar: entonces finalmente las piedras
enrojecieron del no oído
vate con su sangre
20y primero, atónitos todavía
por la voz del cantor,
a los innumerables pájaros y
serpientes y el tropel de fieras,
las Ménades a título del
triunfo de Orfeo destrozaron.
Después ensangrentadas
vuelven contra Orfeo sus diestras
y allí se unen como las
aves, cuando acaso durante la luz vagando,
25al ave de la noche divisan,
y, edificado para ambas cosas ese teatro,
como el ciervo que en la
arena matutina ha de morir
presa de los perros, y al
vate buscan, y verdes de fronda
le tiran sus tirsos, no para
este cumplido hechos.
Éstas terrones, aquéllas sus
ramas de un árbol desgajadas,
30parte blanden pedernales; y
para que no falten armas a su delirio
era el caso que unos bueyes
con su reja hundida levantaban la tierra,
y no lejos de ahí, con su
mucho sudor deparando el fruto,
sus duros campos,
musculosos, perforaban los paisanos,
los cuales, al ver ese
tropel huyen y de su labor abandonan
35las armas, y por los campos
vacíos yacen dispersos
los escardillos, los rastros
pesados y los largos azadones.
Los cuales, después que los
arrebataron aquellas fieras y amenazadores con su cuerno
despedazaron a los bueyes,
del vate a los hados de nuevo corren,
y tendiéndoles él sus manos
y en ese momento por primera vez
40vanas cosas diciéndoles y
para nada con su voz conmoviéndolas,
esas sacrílegas le dan
muerte, y a través de la boca –por Júpiter– aquella,
oída por las rocas,
entendida por los sentidos
de las fieras, a los vientos
exhalada, su ánima se aleja.
A ti las afligidas aves,
Orfeo, a ti la multitud de las fieras,
45a ti los rígidos pedernales,
que tus canciones muchas veces habían seguido,
a ti te lloraron los
bosques. Depuestas por ti sus frondas el árbol,
tonsurado de cabellos, luto
lució. De lágrimas también los caudales suyas
dicen que crecieron, y
forzados sus tules al negro
las naides y las dríades, y
sueltos su cabellos tuvieron.
50Sus miembros yacen distantes
de lugar. Su cabeza, Hebro, y su lira
tú acoges y, milagro,
mientras baja por mitad de tu corriente
un algo lúgubre lamenta su
lira, lúgubre su lengua
murmura exánime, responden
lúgubre un algo las riberas.
Y ya ellas al mar llevadas
su caudal paisano dejan,
55y de la metimnea Lesbos
alcanzan el litoral.
Aquí una fiera serpiente ese
busto expuesto en las peregrinas
arenas ataca y, asperjados
de goteante rocío, sus cabellos.
Finalmente Febo le asiste y,
cuando sus mordiscos a inferirle se disponía,
la contiene y en piedra las
comisuras abiertas de la sierpe
60congela y anchurosa, cual
estaba, endurece su comisura.
Su sombra alcanza las
tierras, y esos lugares que había visto antes,
todos reconoce, y buscando
por los sembrados de los piadosos
encuentra a Eurídice y entre
sus deseosos brazos la estrecha.
Aquí ya pasean, conjuntados
sus pasos, ambos,
65ora a la que le precede él
sigue, ora va delante anticipado,
y a la Eurídide suya, ya en
seguro, se vuelve para mirarla Orfeo.
No impunemente, aun así, el crimen este
deja que quede Lieo,
y por el perdido vate de sus
sacrificios doliéndose,
al punto en los bosques a
las madres Edónides todas,
70las que vieron esa
abominación, con una retorcida raíz las ató.
Así que de los pies a los
dedos su camino –el que entonces había cada una seguido–
alarga y en la sólida tierra
sus puntas precipita,
e igual que cuando con los
lazos, los que astuto escondió el pajarero,
su pata ha enredado el
pájaro y la siente retenida,
75golpes de duelo se da y
agitándose se aprieta las ataduras con su movimiento,
así, cuando cada una de
ellas al suelo fijada queda prendida,
consternada, la fuga en vano
intenta, mas a ella
dúctil la retiene una raíz y
su exaltación doblega,
y mientras dónde estén sus
dedos, mientras su pie dónde se pregunta y uñas,
80contempla que por sus tersas
pantorrillas un leño le sube
e intentando su muslo
golpear en duelo con su afligida diestra,
su madera golpeó, de su
pecho también madera se hace,
madera son sus hombros, y
nudosos sus brazos verdaderas
ramas creerías que eran, y
no te engañarías creyéndolo.
Midas (i)
85Y no bastante esto para Baco
es. Esos mismos campos también abandona
y con un coro mejor los
viñedos de su Timolo
y el Pactolo busca, aunque
no de oro en aquel
tiempo, ni por sus caras
arenas envidiado era.
A él su acostumbrada
cohorte, sátiros y bacantes le frecuentan,
90mas Sileno falta.
Tambaleante de años y de vino
unos aldeanos lo cautivaron,
frigios, y atado con guirnaldas
al rey lo condujeron, Midas,
a quien el tracio Orfeo
en sus orgias había
iniciado, junto con el cecropio Eumolpo.
El cual, cuanto hubo
reconocido a su aliado y camarada de sacrificios,
95de tal huésped por la
llegada una fiesta generosamente dio
durante una decena de días,
y a ellos unidas por su orden sus noches.
Y ya de las
estrellas el sublime tropel careaba
el Lucero undécimo, cuando a
los lidios campos alegre
el rey llega, y su joven
ahijado le devuelve a Sileno.
100A éste el dios le dio el
grato pero inútil arbitrio
de pedir un presente,
contento de haber recuperado a su ayo.
Él, que mal había de usar de
estos dones: “Haz que cuanto
con mi cuerpo toque se
convierta en bermejo oro.”
Asiente a sus deseos y de
esos presentes, que para daño de él serían, se libera
105Líber, y hondo se dolió de
que no hubiera pretendido mejores cosas.
Contento se marcha y se goza
de su mal de Berecinto el héroe,
y de lo prometido la fe,
tocando cada cosa, prueba,
y apenas a sí mismo
creyendo, no con alta fronda ella verdeante,
de una encina arrancó una
vara: vara de oro se hizo.
110Recoge del suelo una roca:
la roca también palideció de oro.
Toca también un terrón: con
su contacto poderoso el terrón
masa se torna. De Ceres
desgaja unas áridas aristas:
áurea la mies era. Arrancado
sostiene de un árbol su fruto:
las Hespérides haberlo
donado creyeras. Si a los batientes altos
115acercó los dedos, los
batientes irradiar parecen.
Él, además, cuando sus
palmas había lavado en las líquidas ondas,
la onda fluente en sus
palmas a Dánae burlar podría.
Apenas las esperanzas suyas
él en su ánimo abarca, de oro al fingirlo
todo. Al que de tal se
gozaba las mesas le pusieron sus sirvientes
120guarnecidas de festines y no
de tostado grano faltas.
Entonces en verdad, ya si él
con la diestra las ofrendas
de Ceres había tocado, de
Ceres los dones rígidos quedaban,
ya si los festines con ávido
diente a desgarrar se aprestaba,
una lámina rubia a esos
festines, acercádoles el diente, ceñía.
125Había mezclado con puras
ondas al autor de ese obsequio:
fúsil por sus comisuras el
oro fluir vieras.
Atónito por la novedad de
ese mal, y rico y mísero,
escapar desea de esas
riquezas, y lo que ahora poco había pedido, odia.
Abundancia ninguna su hambre
alivia. De sed árida su garganta
130arde y como ha merecido le
tortura el oro malquerido,
y al cielo sus manos y sus
espléndidos brazos levantando:
“Dame tu venia, padre Leneo:
hemos pecado”, dice,
“pero conmisérate, te lo
suplico, y arrebátame este especioso daño.
Tierno el numen de los
dioses. Baco al que haber pecado confesaba
135restituyó y libera a los
obsequios por él dados del cumplimiento de lo pactado,
y: “Para que no permanezcas
embadurnado de tu mal deseado oro,
ve”, dice, “al vecino caudal
de la gran Sardes,
y por su cima subiendo,
contrario al bajar de sus olas,
coge el camino, hasta que
llegues del río a sus nacimientos
140y en su espumador manantial,
por donde más abundante sale,
hunde tu cabeza, y tu cuerpo
a la vez, a la vez tu culpa lava.”
El rey sube al agua
ordenada: su fuerza áurea tiñó la corriente
y de su humano cuerpo pasó
al caudal.
Ahora también, ya percibida
la simiente de su vieja vena,
145sus campos rigurosos son de
tal oro, de él palidecientes sus húmedos terrones.
Midas (ii):
Febo y Pan
Él, aborreciendo las riquezas, los bosques
y los campos honraba,
y a Pan, que habita siempre
en las cuevas montanas,
pero zafio permaneció su
ingenio, y de dañarle como antes
de nuevo habían a su dueño
los interiores de su estúpida mente.
150Pues los mares oteando
ampliamente se yergue, arduo en su alto
ascenso, el Tmolo, y por sus
pendientes ambas extendiéndose,
en Sardes por aquí, por allí
en la pequeña Hipepa termina.
Pan allí, mientras tiernas a
las nifas lanza sus silbos
y leve modula, en su
encerada caña, su canción,
155osando despreciar ante sí de
Apolo sus cantos,
bajo el Tmolo, éste de juez,
a un certamen acude disparejo.
En su propio monte el
anciano juez se sentó, y sus oídos
libera de árboles: de encina
su melena azul sólo
ciñe, y penden, alrededor de
sus cóncavas sienes, bellotas.
160Y éste, al dios del ganado
contemplando: “En el juez”,
dijo, “ninguna demora hay.”
Por dentro sus cálamos agrestes hace sonar él
y con su bárbara canción a
Midas –pues era el caso que acompañaba él
al cantor– cautiva. Después
de él sagrado el Tmolo volvió su rostro
hacia el rostro de Febo: a
su semblante siguió su bosque.
165Él, en su cabeza flava de
laurel del Parnaso ceñido,
barre la tierra con su capa
saturada de tirio múrice y,
guarnecida su lira de gemas
y diente indios,
la sostiene por la
izquierda, sujeta la mano segunda el plectro.
De un artista su porte mismo
era. Entonces los hilos con docto
170pulgar inquieta, por cuya
dulzura cautivado,
a Pan ordena el Tmolo a esa
cítara someter sus cañas.
El juicio y la sentencia del
santo monte place
a todos; se la rebate aun
así e injusta se la llama
en el discurso de Midas
solo. Y el Delio sus oídos
175sandios no soporta que
retengan su figura humana,
sino que las alarga en su
espacio y de vellos blanquecientes las colma,
y no estables por debajo las
hace y les otorga el poder moverse:
lo restante es de humano. En
una parte se le condena
y se viste las orejas del
que lento avanza, el burrito.
180Él ciertamente esconderlo
desea, y con vergonzoso pudor
sus sienes con purpurinas
tiaras intenta consolar.
Pero, el que solía sus
largos cabellos cortar a hierro
había visto esto, su
sirviente, el cual, como tampoco a traicionar
el desdoro visto se
atreviera, deseando sacarlo a las auras,
185y tampoco pudiera callarlo
aun así, se aleja y la tierra
perfora y de su dueños
cuáles haya contemplado las orejas
con voz refiere baja y a la
tierra dentro lo murmura, vaciada,
y la delación de su voz con
tierra restituida
sepulta y de esos hoyos
tapados tácito se aparta.
190Espeso de cañas trémulas
allí a levantarse un bosque
comenzó y, tan pronto maduró
al año pleno,
traicionó a su agricultor,
pues movido por el austro lene
las sepultadas palabras
refiere y del señor arguye las orejas.
Fundación y destrucción de Troya;
Laomedonte
Vengado se marcha del Tmolo y a través del
fluido aire portado
195antes del angosto mar de la
Nefeleide Heles
el Latoio se detiene, de
Laomedonte en los sembrados.
A derecha del Sigeo, del
Reteo profundo a izquierda,
una ara vieja hay consagrada
al Panonfeo Tonante.
Desde allí por primera vez
construir sus murallas de la nueva Troya
200a Laomedonte ve, y que
crecían sus grandes empresas
con difícil esfuerzo, y que
no riquezas pequeñas demandaba,
y junto con el portador del
tridente, del henchido profundo el padre,
se viste de mortal figura y
para el tirano de Frigia
edifica los muros,
postulando por tales murallas su oro.
205En pie estaba la obra: su
precio el rey deniega y añade,
de su perfidia el cúmulo, el
perjurio a sus falsas palabras.
“No impunemente lo harás”,
el soberano del mar dice, y todas
inclinó sus aguas a los
litorales de la avara Troya,
y en forma de mar sus
tierras colmó y sus riquezas
210arrebató a los campesinos y
con sus oleajes sepultó los campos.
Y ni la condena esa es
suficiente. Del rey también la hija para un monstruo
ecuóreo es demandada, a la
cual, a las duras rocas atada,
reclama el Alcida y los
prometidos obsequios demanda,
los de los caballos
acordados, y de tan gran labor la merced
negada,
215dos veces perjuras somete
las murallas, vencida, de Troya.
Y, parte de su ejército,
Telamón, no sin honor se retiró,
y a Hesíone, a él dada,
posee. Pues por su esposa divina Peleo
brillante era, y no más él
soberbio del nombre
de su abuelo que de su
suegro, puesto que de Júpiter ser nieto
220tocó no a uno solo, de
esposa una diosa tocó solo a éste.
Peleo, Tetis y Aquiles
Pues el viejo Proteo a Tetis: “Diosa”,
había dicho, “de la onda:
concibe. Madre serás de un
joven que en sus fuertes años
los hechos de su padre
vencerá y mayor se le llamará que él.”
Así pues, para que nada el
cosmos que Júpiter mayor tuviera,
225aunque no tibios en su pecho
había sentido unos fuegos,
Júpiter de los matrimonios
de la marina Tetis huye
y en sus votos al Eácida, su
nieto, que le sustituya
ordena, y a los abrazos ir
de la virgen del mar.
Hay una ensenada en Hemonia,
en curvados arcos falcada;
230sus brazos adelante corren,
donde, si fuera más alta la onda,
un puerto era. En lo alto de
la arena metido se ha el mar;
una playa tiene sólida, que
ni las huellas conserva
ni retarda el camino ni
cubierto esté de alga.
De mirto un bosque tiene,
sembrado de bicolores bayas.
235Hay una gruta en su mitad,
por la naturaleza hecha, o si por el arte,
ambiguo; más por el arte,
aun así, adonde muchas veces venir,
en un enfrenado delfín
sentada, Tetis, desnuda, solías.
Allí a ti Peleo, cuando del
sueño vencida yacías,
te asalta, y puesto que con
súplicas tentada lo rechazas,
240a la fuerza se apresta,
enlazando con ambos brazos tu cuello,
que si no hubieras acudido
–variadas muchas veces tus figuras–
a tus acostumbradas artes,
de lo que osó se hubiera apoderado.
Pero ora tú pájaro –de
pájaro aun así él te sujetaba–,
ahora un grave árbol eras:
prendido en el árbol Peleo estaba.
245Tercera forma fue la de una
maculada tigresa: de ella
aterrado, el Eácida de tu
cuerpo sus brazos soltó.
Después a los dioses del
piélago, derramando vino sobre las superficies,
y de un ganado con las
entrañas, y con humo de incienso, adora,
hasta que el carpacio vate,
desde la mitad del abismo:
250“Eácida”, le dijo, “de los
tálamos pretendidos te apoderarás.
Tú, sólo, cuando dormida
descanse en la rigurosa cueva,
ignorante, con cuerdas y
cadena tenaz átala.
Y no te engañe ella
mintiendo cien figuras,
sino apriétala, cualquier
cosa que ella sea, hasta que en lo que fue antes se restituya.”
255Había dicho esto Proteo, y
escondió en la superficie su rostro
y admitió, sobre sus
palabras últimas, sus oleajes.
Bajando estaba el Titán e
inclinado su timón
ocupaba el vespertino mar,
cuando la bella, abandonado
el ponto, la Nereida, entra
en sus acostumbrados lechos.
260No bien Peleo había invadido
sus virginales miembros,
ella renueva sus figuras
hasta que su cuerpo sintió que era retenido
y que hacia partes opuestas
sus brazos se tendían.
Entonces finalmente gimió
hondo y: “No”, dice, “sin una divinidad vences”,
y exhibida quedó Tetis: a la
rendida se abraza el héroe
265y se apodera de sus deseos y
la llena, ingente, de Aquiles.
Dedalión y Quíone
Feliz de su hijo, feliz también de su
esposa Peleo,
y a quien, si quitas las
incriminaciones del degollado Foco,
todo había alcanzado. A él,
de la sangre de su hermano culpable
y expulsado de la casa
paterna, de Traquis la tierra
270lo acogió. Aquí su gobierno
sin fuerza, sin muerte ejercía
Ceix, del Lucero, su padre,
engendrado, y llevando el paterno
brillo en su cara, el cual
en aquel tiempo afligido
y desemejante de sí mismo, a
su hermano arrebatado lloraba.
Adonde, después que el
Eácida fatigado por la angustia y el camino
275llegó, y entró con poco
cortejo en la ciudad,
y que los que llevaba, sus
rebaños de ganado, los que consigo de reses
no lejos de sus murallas
bajo un opaco valle hubo dejado,
cuando la ocasión se le
ofreció primera de acercarse al tirano,
ramos tendiéndole con mano
suplicante, sobre quién sea él
280y de quién hijo le apercibe,
sólo sus culpas esconde
y miente de la huida la
causa. Pide que con ciudad o campo
le ayude. A él por el
contrario el traquinio de su plácida boca
con tales cosas le responde:
“Para la media plebe incluso nuestra
benevolencia es manifiesta,
Peleo, y no inhospitalarios gobiernos tenemos.
285Añades a tal ánimo razones
poderosas: tu brillante
nombre y de abuelo a
Júpiter. Tus tiempos no malogra suplicando.
Lo que pides todo lo tendrás
y tuyo esto llama como parte suya,
cuanto ves. Ojalá mejores
cosas vieras”,
y lloraba. Que moviera a tan
grandes dolores qué causa
290Peleo y sus acompañantes
preguntan, a los cuales él revela:
“Quizás que ese pájaro que
del robo vive y a todas
las aves aterra siempre alas
ha tenido creáis:
un hombre fue y –tanta es
del ánimo la constancia– ya entonces
agrio era y en la guerra
feroz y a la fuerza presto,
295por nombre Dedalión, de ese
padre engendrado
que llama a la Aurora y del
cielo el más reciente sale.
Honrada por mí la paz ha
sido, el de mantener esa paz –y el de mi matrimonio–
mi cuidado ha sido. A mi
hermano las fieras guerras complacían:
la virtud suya a reyes y a
pueblos sometió,
300la cual ahora, mutada,
hostiga de Tisbe a las palomas.
Nacida le fue a él Quíone,
quien dotadísima de hermosura,
mil pretendientes hubo,
núbil a sus catorce años.
Por acaso, al regresar Febo
y el hijo de Maia,
aquél de su Delfos, éste de
la cima de Cilene,
305la vieron a ella a la par, a
la par contrajeron por ella un ardor.
La esperanza de su Venus
difiere a los tiempos de la noche Apolo.
No soporta aquél las demoras
y con su vara, que mueve al sopor,
de la doncella el rostro
toca: a su tacto cae ella poderoso,
y la fuerza del dios padece.
La noche había asperjado el cielo de astros.
310Febo a una anciana simula y,
previamente a él robados, sus gozos toma.
Cuando maduro completó sus
tiempos su vientre,
de la estirpe del dios de
los alados pies un astuto vástago
nace, Autólico, ingenioso
para hurto todo:
blanco de lo negro, y de lo
blanco negro
315quien a hacer acostumbrara,
no desmerecedor de su paterno arte.
Nace de Febo –pues dio a luz
gemelos–
por su canción vocal y por
su cítara brillante Filamon.
¿De qué haber parido a dos,
y dioses haber complacido a dos,
y de un fuerte padre y del
Tonante por antepasado
320haber sido engendrada sirve?
¿Acaso no perjudica incluso su gloria a muchos?
Le perjudicó a ella
ciertamente, la cual de anteponerse a Diana
tuvo el valor y la belleza
de la diosa incriminó, mas en ella
una ira movida fue y: “Con
nuestros hechos”, dice, “le agradaremos”,
y sin demora curvó el cuerno
y desde le nervio una saeta
325impulsó y, de ello
merecedora, le atravesó con su caña la lengua.
Su lengua calla, y ni su voz
ni las pretendidas palabras le obedecen,
y al intentar hablar con su
sangre su vida la abandona.
A la cual, desgraciado,
abrazándola yo, entonces de un padre el dolor
en mi corazón sufrí, y a mi
hermano piadoso consuelos dije.
330Los cuales ese padre no de
otra forma que los arrecifes los murmullos del ponto
recibe, y a su hija lamenta
sin cesar, arrebatada.
Pero cuando arder la vio,
cuatro veces el impulso de él
fue ir a la mitad de esos
fuegos, cuatro veces de ahí rechazado
su excitado cuerpo a la
huida encomienda y, semejante al novillo
335que unos aguijones de
abejorro en su oprimida cerviz lleva,
por donde camino ninguno hay
se lanza. Ya entonces a mí correr me pareció
más que un hombre, y que
alas sus pies habían tomado creerías.
Escapó, así pues, de todos y
veloz por su deseo de muerte
de la cima del Parnaso se
apodera. Conmiserado Apolo,
340como Dedalión a sí mismo se
hubiera lanzado desde esa alta roca,
lo hizo ave y súbitas con
unas alas al que caía sostiene,
y una boca corva le dio,
curvados le dio por uñas unos ganchos,
su virtud la antigua,
mayores que su cuerpo sus fuerzas,
y ahora, el azor, para nadie
lo bastante bueno, contra todas
345las aves se ensaña y por
dolerse de otros se hace él causa de dolor.”
El ganado de Peleo
Mientras el hijo del Lucero narra esos
milagros acerca
de su consorte hermano,
apresurado en una carrera asfixiada
volando llega de la manada
el guardián, el foceo Anétor,
y: “¡Peleo! ¡Peleo!
Mensajero a ti llego de una gran
350calamidad”, dice. Lo que
quiera que traiga le ordena revelar Peleo,
aturdido también él por el
miedo de su temblorosa boca el traquinio.
Él refiere: “A los fatigados
novillos hacia los litorales curvados
había arreado, cuando el
Sol, altísimo en la mitad del cielo,
tanto hacia atrás mirara
como restarle viera,
355y una parte de las reses en
las arenas rubias había inclinado sus rodillas,
y de las anchas aguas,
tumbada, las llanuras contemplaba;
parte con pasos tardos por
aquí deambulaba y por allá;
nadan otros y con su excelso
cuello emergen sobre las superficies.
Unos templos de ese mar
cerca están, ni de mármol brillante ni de oro,
360sino de vigas densas
sombreados y de bosque vetusto.
Las Nereides y Nereo lo
poseen: ellos un marinero del ponto
me reveló que eran sus
dioses, mientras sus redes en el litoral seca.
Junta una laguna a él hay,
de densos sauces sitiada,
a la que laguna hizo la ola
del remansado mar.
365Desde allí, estrepitoso con
su fragor grave, los lugares próximos aterra
una bestia inmensa: un lobo
de los juncos laguneros sale,
embadurnado de espumas y
asperjado de sangre en sus comisuras
fulmínea, inyectados sus
ojos de una roja llama.
El cual, aunque se ensaña a
la par por su rabia y su hambre,
370más acre es por su rabia, y
así pues, no a sus ayunos cuida de poner
fin con la matanza de unos
bueyes, y a su siniestra hambre, sino toda
la manada hiere y la tumba
hostilmente entera.
Parte también de nosotros,
de su funesto mordisco herida,
mientras nos defendemos, a
la muerte es entregada. De sangre el litoral
375y la ola primera rojece, y
las mugidas lagunas.
Pero la demora dañosa es y
el caso dudar no permite.
“Mientras resta alguna cosa,
todos unámonos, y nuestras armaduras,
nuestras armaduras
empuñemos, y conjuntas nuestras armas llevemos”,
había dicho un lugareño
agreste: y no conmovían a Peleo sus daños,
380sino que consciente de su
pecado colige que la Nereida, de su hijo huérfana,
esos daños suyos como
ofrendas fúnebres a su extinguido Foco enviaba.
Vestir sus armaduras a sus
hombres y tomar sus violentas armas
el rey del Eta ordena, con
las cuales al mismo tiempo él se disponía
a marchar, pero Alcíone, su
esposa, despierta por el tumulto
385a él se arroja y todavía no
acicalada de todo su cabello
los divide a esos hombres y
en el cuello derramándose de su marido,
que mande el auxilio sin él
mismo, con palabras le suplica
y lágrimas, y dos vidas que
salve en una sola.
El Eácida a ella: “Tus
bellos, reina, y piadosos
390miedos deja. Plena es la
gracia de tu propuesta.
No me place a mí las armas
contra esos nuevos prodigios mover.
Una divinidad del piélago ha
de ser implorada.” Había, ardua, una torre.
En lo supremo de la
fortaleza una hoguera, señal grata para las fatigadas quillas.
Ascienden allí, y a los
toros en el litoral tumbados
395con gemidos contemplan, y
devastados, ensangrentada
su boca a ese fiera,
inficionados de sangre sus largos vellos.
Desde ahí, sus manos
tendiendo a los litorales del abierto ponto
Peleo a la azul Psámate que
ponga fin a su ira
ruega, y preste su ayuda. Y
no a las palabras ella, del que rogaba,
400del Eácida, se doblega.
Tetis, por su esposo suplicante,
recibe esa venia. Pero, aun
revocado de su acre
matanza, el lobo persevera,
por la dulzura de la sangre áspero,
hasta que prendido de una
lacerada novilla en la cerviz,
en mármol lo mutó. El cuerpo
y, salvo su color,
405todo lo conservó; de la
piedra el color delata que aquél
ya no es lobo, que ya no
debe temerse.
Y aun así en esa tierra al
prófugo Peleo establecerse
los hados no consienten. A
los magnesios llega, vagabundo exiliado, y allí
toma del hemonio Acasto las
purificaciones de sus asesinato.
Ceix y Alcíone
410Mientras tanto, por los
prodigios de su hermano
y los que siguieron a su
hermano turbado en su pecho Ceix,
para consultar unas sagradas
–de los hombres deleite– venturas,
al dios de Claros se dispone
a ir. Pues sus templos délficos
el sacrílego Forbas, con los
flegios, inaccesibles hacía.
415De su proyecto aun así
antes, fidelísima, a ti
te cerciora, Alcíone. De la
cual, al instante, sus íntimos huesos
un frío acogieron, y, al boj
muy semejante, a su cara
una palidez acudió, y de
lágrimas sus mejillas se humedecieron profusas.
Tres veces al intentar
hablar, tres veces de llanto su cara regó
420y entrecortando su sollozo
sus piadosos lamentos:
“¿Qué culpa mía”, dijo,
“amadísimo, tu mente
ha mutado? ¿Dónde está tu
cuidado por mí cual antes ser solía?
¿Ya puedes tranquilo
ausentarte Alcíone dejada atrás?
¿Ya un camino largo te
place? ¿Ya te soy más querida ausente?
425Mas, pienso yo, por las
tierras tu ruta es y solamente me doleré de ello,
no tendré miedo además, y
mis cuidados de temor carecerán.
Los mares me aterran y del
ponto la triste imagen,
y laceradas hace poco unas
tablas en el litoral he visto
y muchas veces en los
sepulcros sin su cuerpo leí unos nombres,
430y para que a tu ánimo una
falaz confianza no mueva
porque suegro tuyo el
Hipótada es, quien en su cárcel contiene
a los fuertes vientos y
cuando quiere las superficies aplaca,
cuando una vez soltados se
apoderan de las superficies los vientos,
nada a ellos vedado les es,
y desamparada la tierra
435toda y todo el estrecho es,
del cielo también a las nubes hostigan
y su sacudida arranca con
sus fieras colisiones rutilantes fuegos.
Mientras más los conozco
–pues los conozco y muchas veces en mi paterna
casa de pequeña los vi–, más
por ello creo son de temer.
Por lo que si la decisión
tuya doblegarse con súplicas ningunas,
440querido esposo, puede, y
demasiado cierto estás de marchar,
a mí también llévame a la
vez. Ciertamente se nos sacudirá a una,
y no, sino de lo que
padezco, tendré miedo y a la par sufriremos
cuanto haya de ser, a la par
sobre la superficie seremos llevados.”
Con tales razones de la
Eólide y con sus lágrimas
445se conmueve su sideral
esposo: pues no menor fuego en él mismo hay.
Pero ni de los proyectados
recorridos del piélago desistir,
ni quiere a Alcíone recibir
al partido del peligro,
y muchas cosas responde en
consolación de su temeroso pecho.
No, aun así, por tal razón
su causa hace buena. Añade a ellas
450este paliativo también, con
el que solo doblegó a su amante:
“Larga ciertamente es para
nosotros toda demora, pero te juro
por los fuegos de mi padre,
si sólo los hados a mí me devuelvan,
que antes he de retornar de
que la luna dos veces colme su orbe.”
Cuando con estas promesas la
esperanza se le acercó de su regreso,
455en seguida, sacado de sus
astilleros el pino, que de mar
se tiñera y que se le
acoplaran, ordena, sus armamentos.
Visto el cual, de nuevo,
como presagiadora del futuro
se estremeció Alcíone y
lágimas vertió brotadas,
y en sus brazos le estrechó
y con triste, desgraciadísima, boca
460finalmente: “Adiós”, dijo y
se colapsó todo su cuerpo.
Mas los jóvenes, mientras
buscaba demoras Ceix, retornan,
en filas gemelas, hacia sus
fuertes pechos los remos
y con igual golpeo hienden
los estrechos. Sostuvo ella
húmedos sus ojos y apostado
en la popa recurva
465y agitando su mano para
hacerle a ella las primeras señales
a su marido ve, y le
devuelve esas señas. Cuando la tierra se aleja
más y sus ojos no pueden
reconocer su rostro,
mientras puede persigue
huyendo al pino con la mirada.
Él también, cuando no podía
por la distancia separado ser visto,
470sus velas aun así contempla,
en lo alto ondeantes del mástil.
Cuando ni las velas ve,
vacío busca, ansiosa, su lecho,
y en la cama se deja caer.
Renueva el lecho y la cama
de Alcíone las lágrimas y le
recuerda qué parte está ausente.
De los puertos habían salido, y había
movido el aura las maromas.
475Vuelve contra el costado los
suspendidos remos el marinero,
y las perchas en lo alto de
la arboladura coloca y todos del mástil
los linos cuelga y las auras
en viniendo recoge.
O menos o ciertamente no más
allá de en su mitad la superficie
por esa popa iba siendo
cortada, y lejos estaba una y la otra tierra,
480cuando el mar, a la noche,
de henchidos oleajes a blanquecer
comenzó y vertiginoso a
soplar más vigorosamente el euro.
“Arriad en seguida las
arduas perchas”, el capitán grita,
“y a las entenas toda la
vela arremangad.” Él ordena.
Estorban las contrarias
ventiscas sus órdenes
485y no consiente que se oiga
voz alguna el fragor del mar.
Por sí mismos, aun así, se
apresuran unos a izar los remos,
parte a reforzar el costado,
parte a negar a los vientos las velas.
Saca éste los oleajes y el
mar revierte al mar,
este arrebata las entenas.
Lo cual, mientras sin ley se hace,
490áspero crece el temporal y
de todas partes, feroces,
sus guerras hacen los
vientos y los estrechos indignados mezclan.
Él mismo está espantado, y
cuál sea su estado que ni él mismo
sabe confiesa el capitán del
barco, ni qué ordene o qué prohíba,
tan grande la mole de ese
mal y tanto más poderosa que su arte es,
495como que resuenan con sus
gritos los hombres, con su chirrido las maromas,
con la colisión de las olas,
pesada, la ola, con los truenos el éter.
Con sus oleadas se yergue y
el cielo igualar parece
el ponto, y, reunidas por su
aspersión, tocar las nubes.
Y ora, cuando desde lo
profundo revuelve rubias arenas,
500de igual color es a ellas;
que la estigia onda ora más negro,
se postra algunas veces y de
sus espumas resonantes blanquece.
La propia también popa de
Traquis se mueve con estas tornas
y ahora sublime, como desde
la cima de un monte,
contemplar abajo los valles
y profundo el Aqueronte parece:
505ahora, cuando abajada el
recurvo mar la cerca,
contemplar arriba desde el
infernal abismo el supremo cielo.
Muchas veces hace, por el
oleaje en su costado golpeada, un ingente fragor,
y no más leve golpeada
resuena que cuando férreo en otro tiempo
el ariete o la balista
embiste las laceradas ciudadelas,
510y como suelen tomando para
el ataque fuerzas marchar
a pecho contra las armaduras
y las enhestadas armas fieros los leones,
así, cuando se lanzaba la
ola al concurrir los vientos,
iba contra los armamentos de
la nave y en mucho era más alta que ellos.
Y ya resbalan las cuñas, y
despojada de su revestimento de cera
515una hendija aparece y presta
camino a las letales olas.
He aquí que caen largas
–liberadas las nubes– lluvias,
y contra el mar creerías que
todo desciende el cielo,
y contra los golpes del
cielo que hinchado asciende el ponto.
Las velas se mojan de las
borrascas y con las celestes olas
520las ecuóreas aguas se
mezclan. Carece de sus fuegos el éter
y una ciega noche ceñida se
ve por las tinieblas del temporal y las suyas.
Las hienden aun así a ellas
y les ofrecen rielantes su luz
los rayos. Con esos fuegos
de rayo arden las olas.
Hace también ya asalto
dentro de las huecas texturas de la quilla
525el oleaje, y como el soldado
más destacado que el número restante,
cuando muchas veces intentó
asaltar las murallas de una ciudad que le rechaza,
de su esperanza se apodera
al fin y, enardecido por el amor de la alabanza,
entre mil hombres de ese
muro aun así se apodera él solo,
así, cuando hubieron batido
nueve veces sus arduos costados los oleajes,
530más vastamente surgiendo se
precipita de la décima ola la embestida,
y no antes se abstiene de
asaltar a la agotada quilla
de que descienda como contra
los baluartes de una cautivada nave.
Una parte, así pues,
intentaba todavía invadir el pino;
parte del mar dentro estaba.
Tiemblan no menos todos
535de lo que suele una ciudad
temblar cuando unos su muro
horadan por fuera, y cuando
otros la ocupan por dentro.
Cesa el arte, los ánimos
caen, y tantas les parece,
cuantas oleadas vienen, que
se precipitan e irrumpen las muertes.
No sostiene éste las
lágrimas, suspendido está éste, llama aquél felices
540a los que funerales
aguardan, éste con sus votos a una divinidad implora,
y sus brazos defraudados
elevando a un cielo que no ve
pide ayuda. Le vienen a
aquél su hermano y su padre,
a éste junto con sus prendas
su casa y cuanto dejado atrás ha.
Alcíone a Ceix conmueve, de
Ceix en la boca
545ninguna salvo Alcíone está,
y aunque la extrañe a ella sola,
se alegra de que ausente
esté, aun así. De la patria también quisiera a las orillas
volver la mirada y a su casa
volver sus supremos rostros,
pero dónde esté, ignora, de
tan gran vorágine el ponto
hierve, y producida una
sombra desde esas nubes como la pez,
550todo se oculta el cielo y
duplicada se hubo de la noche la imagen.
Se rompe por la embestida de
un tempestuoso torbellino el árbol,
se rompe también el
gobernalle, y de sus expolios ardida la sobreviviente
ola, como vencedora, y
ensenada, desdeña a las olas,
y no más levemente que si
alguien al Atos y al Pindo arrancados
555de su sede enteros los
arrojara al abierto mar,
precipitándose cae, y a la
par con su peso y con su golpe
hunde en lo hondo el barco.
Con la cual una parte grande de sus hombres
de ese pesado abismo presa y
al aire no devuelta, su hado
cumplió; otros partes y
miembros de la quilla
560truncados sostienen.
Sostiene él mismo con la mano con la que sus cetros solía
trozos del navío Ceix y a
sus suegro y padre invoca,
ay, en vano. Pero incesante
en la boca del que nada:
Alcíone, su esposa. A ella
recuerda y nombra,
de ella ante los ojos que
lleven su cuerpo los oleajes
565pide y exánime sea sepultado
por esas manos amigas.
Mientras nada, a la ausente,
cuantas veces le permite abrir la boca el oleaje,
nombra a Alcíone y por
dentro de las mismas olas lo murmura.
He aquí que por encima de
los plenos oleajes un negro arco de aguas
rompe y rota la ola sepulta,
sumergida, su cabeza.
570El Lucero oscuro y a quien
conocer no podrías
esa luz estuvo y puesto que
retirarse del cielo
dado no le era, de densas
nubes cubrió su rostro.
La Eólide mientras, de tan grandes
desgracias ignorante,
recuenta las noches y ya,
las que vestirá él,
575apresura las ropas, ya las
que, cuando haya venido él,
ella misma llevará, y unos
retornos se promete inanes.
A todos ella, ciertamente, a
todos los altísimos, piadosos inciensos llevaba;
antes, aun así, que a esos
todos, de Juno los templos honraba,
y por su marido, que ninguno
era, venía a sus aras
580y que estuviera a salvo el
esposo suyo y que retornara
pedía, y que ninguna a ella
antepusiera. Mas a él
éste, de tantos votos, podía
alcanzarle, solo.
Mas la diosa no más allá sostiene el ser
rogada a favor de quien con la muerte
ha cumplido, y para apartar
esas manos funestas de sus aras:
585“Iris”, dijo, “de mi voz
fidelísima mensajera,
visita del Sueño velozmente
su soporífera corte,
y del extinguido Ceix
ordénale envíe con su imagen
unos sueños a Alcíone, que
narren sus verdaderos casos.”
Había dicho. Se viste sus
velos de mil colores
590Iris y con una arqueada
curvatura signando el cielo,
a las moradas tiende del
ordenado –bajo las nubes escondidas– rey.
Hay cerca de los cimerios, en un largo
receso, una caverna,
un monte cavo, la casa y los
penetrales del indolente Sueño,
en donde nunca con sus
rayos, o surgiendo, o medio, o cayendo,
595Febo acercarse puede.
Nieblas con bruma mezcladas
exhala la tierra, y
crepúsculos de dudosa luz.
No la vigilante ave allí,
con los cantos de su encrestado busto,
evoca a la Aurora, ni con su
voz los silencios rompen
solícitos los perros, o que
los perros más sagaz el ganso.
600No las fieras, no los
ganados, no movidas por un soplo las ramas
o su sonido devuelve la
barahúnda de la lengua humana.
La muda quietud lo habita.
De una roca, aun así, honda,
sale el arroyo del agua del
Olvido, merced al cual, con su murmullo resbalando,
invita a los sueños su onda
con sus crepitantes guijarros.
605Ante las puertas de la cueva
fecundas adormideras florecen
e innumerables hierbas de
cuya leche el sopor
la Noche cosecha y lo
esparce húmeda por las opacas tierras.
Puerta, para que chirridos
al volverse su gozne no haga,
ninguna en la casa toda hay,
guardián en el umbral ninguno.
610En medio un diván hay, del
antro, de ébano, sublime él,
plúmeo, negricolor, de
endrino cobertor tendido,
en donde reposa el propio
dios, sus miembros por la languidez relajados.
De él alrededor, por todas
partes, variadas formas imitando,
los sueños vanos yacen,
tantos cuantos una cosecha de aristas,
615un bosque lleva de frondas,
de escupidas arenas una playa.
Adonde una vez que penetró y
con sus manos, a ella opuestos, la doncella
apartó los Sueños, con el
fulgor del su vestido relució
la sagrada casa, y el dios,
yacentes ellos de su tarda pesadez,
apenas sus ojos levantando,
y una vez y otra desplomándose,
620y lo alto del pecho
golpeándose con su bamboleante mentón,
se sacudió finalmente a sí
mismo, y a sí mismo sobre su codo apoyándose,
a qué venía –pues la
reconoció– inquiere. Mas ella:
“Sueño, descanso de las
cosas, el más plácido, Sueño, de los dioses,
paz del ánimo, de quien el
cuidado huye, quien los cuerpos, de sus duros
625menesteres cansados,
confortas y reparas para la labor:
a unos Sueños, que las
verdaderas figuras igualen en su imitación,
ordena que en la hercúlea
Traquis, bajo la imagen de su rey,
a Alcíone acudan y unos
simulacros de su naufragio remeden.
Impera eso Juno.” Después
que sus encargos llevó a cabo,
630Iris parte –ya que no más
allá tolerar del sopor
la fuerza podía– y
deslizarse el sueño sintió a sus miembros,
huye y retorna, por los que
ahora poco había venido, sus arcos.
Mas el padre, del pueblo de sus mil hijos,
despierta al artífice y
simulador de figuras,
635a Morfeo: no que él ninguno
otro más diestramente
reproduce el caminar y el
porte y el sonido del hablar.
Añade además los vestidos y
las más usuales palabras
de cada cual. Pero él solos
a hombres imita. Mas otro
se hace fiera, se hace
pájaro, se hace, de largo cuerpo, serpiente:
640a él Ícelo los altísimos, el
mortal vulgo Fobétor
le nombra. Hay también de
diversa arte un tercero,
Fántaso. Él a la tierra, a
una roca, a una ola, a un madero
y a cuanto vacío está todo
de ánima, falazmente se pasa.
A los reyes él y a los
generales su rostro mostrar
645de noche suele, otros los
pueblos y la plebe recorren.
Prescinde de ellos su señor
y de todos los hermanos solo
a Morfeo, quien lleve a cabo
de la Taumántide lo revelado, el Sueño
elige, y de nuevo en una
blanda languidez relajado
depuso la cabeza y en el
cobertor profundo la resguarda.
650Él vuela con unas alas que
ningunos estrépitos hacen
a través de las tinieblas y
en un breve tiempo de demora a esa ciudad
arriba de Hemonia, y
depuestas de su cuerpo las alas,
a la faz de Ceix se
convierte y tomada su figura,
lívido, a un exánime
semejante, sin ropas ningunas,
655de su esposa ante el lecho,
la desgraciada, se apostó. Mojada parece
la barba del marido, y de
sus húmedos cabellos fluir pesada ola.
Entonces, en el lecho
inclinándose, con llanto sobre su rostro profuso,
tal dice: “¿Reconoces a
Ceix, mi muy desgraciada esposa,
o acaso mudado se ha mi faz
por la muerte? Mírame: me conocerás
660y hallarás, por el esposo
tuyo, de tu esposo la sombra.
Ninguna ayuda, Alcíone, tus
votos nos prestaron.
Hemos muerto. En falso
prometerme a ti no quieras.
Nuboso, del Egeo en el mar,
sorprendió a la nave
el Austro, y sacudiéndola
con su ingente soplo la deshizo,
665y la boca nuestra, que tu
nombre en vano gritaba,
llenaron los oleajes. No
esto a ti te anuncia un autor
ambiguo, no esto de vagos
rumores oyes:
yo mismo los hados míos a
ti, náufrago presente, te revelo.
Levántate, vamos, dame tus
lágrimas y de luto vístete, y no a mí,
670no llorado, a los inanes
Tártaros me envía.”
Añade a esto una voz Morfeo, que de su
esposo ella
creyera ser, llantos también
derramar verdaderos
parecido había, y el gesto
de Ceix su mano tenía.
Gime hondo Alcíone,
llorando, y mueve los brazos
675durante el sueño y su cuerpo
buscando abraza las auras
y grita: “Espera, ¿a dónde
te me arrebatas? Iremos a la vez.”
Por su propia voz y la
apariencia de su marido turbada, el sueño
se sacude y al principio
mira alrededor por si está allí
quien hace poco parecido lo
había, pues, movidos por su voz sus sirvientes,
680entraron una luz. Después
que no lo encuentra en parte alguna,
se golpea el rostro con la
mano y rasga de su pecho los vestidos
y sus pechos mismos hiere y
sus cabellos de mesar no cura,
los desgarra, y a la
nodriza, que cuál de su luto la causa preguntaba:
“Ninguna Alcíone es, ninguna es”, dice, “murió a la vez
685con el Ceix suyo. Las
palabras de consuelo llevaos.
Náufrago ha perecido, lo vi
y reconocí y mis manos a él
al retirarse, ansiando
retenerle, le tendí.
Una sombra era, pero también
una sombra, aun así, manifiesta
y de mi marido verdadera. No
él ciertamente, si saber lo quieres, tenía
690su acostumbrado semblante
ni, con el que antes, con tal rostro brillaba.
Palideciente y desnudo y
todavía mojado su cabello,
infeliz de mí le vi.
Apostado el desgraciado aquí, en este
mismo lugar”, y busca sus
huellas, si alguna resta.
“Tal cosa era, tal, lo que
con mi ánimo adivinador temía,
695y que de mí huyendo los
vientos no siguieras te pedía.
Mas ciertamente quisiera,
puesto que a morir marchabas,
que a mí también me hubieses
llevado. Mucho más provechoso contigo
a mí me fuera el marchar,
pues de mi vida ningún tiempo
sin ti hubiera pasado, ni
nuestra muerte separada hubiese sido.
700Ahora ausente he perecido, y
me sacuden también las olas ausente
y, sin mí él, el ponto me
tiene. Más cruel que el mismo
piélago sea mi corazón si mi
vida por llevar más lejos pugno,
y lucho por sobrevivir a tan
gran dolor.
Pero ni lucharé ni a ti,
triste, te abandonaré,
705y tuya ahora al menos
llegaré de acompañante, y el sepulcro,
si no la urna, con todo nos
unirá a nosotros la letra:
si no tus huesos con los
huesos míos, mas tu nombre con mi nombre he de tocar.”
Más cosas el dolor prohíbe y
en cada palabra un golpe de duelo interviene,
y desde su atónito corazón
gemidos salen.
710De mañana era. Sale de su
morada a la playa,
y aquel lugar afligida busca
desde el cual contemplara al que marchaba,
y mientras se detiene allí,
y mientras: “Aquí las amarras desató,
en esta playa al separarse
de mí besó mis labios”, dice,
y mientras anotados en sus
lugares rememora los sucesos, y hacia el mar
715mira, en un trecho distante,
divisa algo así
como un cuerpo, líquida, en
el agua, y al principio qué ello
fuese era dudoso. Después
que un poco lo empujó la ola,
y aunque lejos estaba, un
cuerpo, aun así, que era, manifiesto estaba.
De quién fuera ignorante
ella, porque náufrago, del presagio conmovida quedó,
720y como a un desconocido que
su lágrima ofreciera: “Ay, desgraciado”, dice,
“quien quiera que eres, y si
alguna mujer tienes.” Por el oleaje llevado
se hace más cercano el
cuerpo. El cual, mientras más ella lo escruta,
por ello menos cada vez de
su mente es dueña, y ya a la vecina
tierra allegado, ya cual
conocerlo pudiera,
725lo distingue: era su esposo.
“Él es”, grita, y a una,
cara, pelo y vestido lacera,
y tendiendo temblorosas
a Ceix sus manos: “¿Así, oh
queridísimo esposo,
así a mí, triste,
regresas?”, dice. Adyacente hay a las olas,
hecha a mano, una mole que
del mar las primeras iras
730rompe, junto a las
embestidas que ella previamente fatiga de las aguas.
Salta allí, y prodigioso fue
que pudiera: volaba,
y golpeando con sus recién
nacidas alas el aire leve,
rozaba lo alto, pájaro
triste, de las olas,
y mientras vuela, un sonido
a la aflicción semejante y lleno
735de queja dio su boca,
crepitante de su tenue pico.
Pero cuando tocó, mudo y sin
sangre, ese cuerpo,
a sus amados miembros
abrazada con sus recientes alas,
fríos besos inútilmente puso
en sus labios con su duro pico.
Si sintió tal cosa Ceix, o
si su rostro con los movimientos de la ola
740levantar pareció, aquella
gente lo dudaba, más él
lo había sentido, y
finalmente, al conmiserarse los altísimos, ambos
en ave son mutados. A los
hados mismos sometido
entonces también permaneció
su amor, y de su matrimonio el pacto deshecho
no quedó, en ellos de aves.
Se aparean y se hacen padres,
745y durante unos días plácidos
del invernal tiempo, siete,
se recuesta Alcíone,
suspendidos en la superficie, en sus nidos.
Entonces es segura la ola
del mar: los vientos custodia y retiene
Éolo de su salida y brinda a
sus nietos mar lisa.
Ésaco
A ellos algún señor mayor, conjuntamente
volando los mares anchos,
750los contempla, y hasta el
fin conservados alaba sus amores:
uno a su lado, o él mismo si
la suerte lo quiso: “Éste también”, dijo,
“que el mar rozando y con
sus patas recogidas
contemplas –mostrándole
alargado hacia su garganta a un somorgujo–
regia descendencia es, y si
descender hasta él
755en orden perpetuo intentas,
son el origen suyo
Ilo y Asáraco y, raptado por
Júpiter, Ganimedes,
o Laomedonte el anciano, y
Príamo, a quien los postreros tiempos
de Troya tocaron. Hermano
fue de
el cual, si no hubiera
sentido en su juventud estos nuevos hados,
760quizás inferior a
aunque lo hubo a él dado a
luz la hija de Dimas;
a Ésaco, en el sombreado
Ida, furtivamente, que lo parió
se dice Alexírroe, nacida de
Odiaba él las ciudades, y
apartado de la brillante corte,
765secretos montes e
inambiciosos campos
cultivaba, y no de Ilión a
las juntas, salvo raramente, acudía.
No agreste, aun así, ni
inexpugnable al amor
pecho tenía, y perseguida
muchas veces por los bosques todos,
contempla a Hesperie, de su
padre en la orilla, a la Cebrenida,
770echados a los hombros,
secándolos al sol sus cabellos.
Al ser vista huye la ninfa,
como aterrada del rubio
lobo una cierva, y, a lo
lejos sorprendida al haber dejado el lago,
del azor el fluvial ánade. A
ella de Troya el héroe
persigue, y a la rápida de
miedo, el rápido acucia de amor.
775He aquí que, escondida en la
hierba una culebra, de la que huía
con su corvo diente el pie
rozó, y su humor dejó en su cuerpo.
Con su vida acabada fue la
huida. Se abraza él fuera de sí
a la exánime y clama: “Me
arrepiento, me arrepiento de haberla seguido,
pero no esto temí, ni vencer
me era de tanto.
780A ti te hemos dado muerte,
desgraciada, dos: la herida, por la serpiente;
por mí el motivo dado fue.
Yo soy más criminal que ella,
quien a ti con la muerte mía
de tu muerte consuelos no te envío.”
Dijo y de una peña, a la que
ronca por su base recomía una ola,
se entregó al ponto. Tetis,
compadecida del que caía,
785blandamente lo recibe y,
nadando él por las superficies, de alas
lo cubrió y de su deseada
muerte no le fue dada la posibilidad.
Se indigna el amante de que
contra su voluntad a vivir se le fuerce
y se le cierre el paso a su
ánima, que de su desgraciada sede quería
salir, y cuando, nuevas para
sus hombros, había tomado esas alas
790remonta y de nuevo su cuerpo
sobre las superficies lanza.
La pluma alivia sus caídas:
se enfurece Ésaco, y contra el profundo
abalanzado parte, y de la
muerte el camino al fin reintenta.
Causó el amor su delgadez:
largas las articulaciones de sus piernas,
larga permanece su cerviz,
la cabeza está del cuerpo lejos.
795Las superficies ama y su nombre tiene porque se sumerge en ella.”
Libro
duodécimo
___
La expedición contra Troya
Sin saber Príamo, el padre de Ésaco, que
con sus asumidas alas
él vivía, le lloraba. A un
túmulo también, que su nombre tenía,
Faltó a ese servicio triste
la presencia de Paris,
5el que poco después, junto
con su raptada esposa, una larga guerra
atrajo a su patria, y
aliadas le persiguen
mil embarcaciones, y con
ellos el común de la gente pelasga.
Y dilatada no hubiera sido
la venganza, de no ser porque los mares
hicieron intransitables los
salvajes vientos, y si la tierra beocia
10en Áulide, la rica en peces,
no hubiera retenido sus popas que iban a marchar.
Aquí, según la costumbre
patria, al preparar a Júpiter sus sacrificios,
cuando la vieja ara se
encandeció con los encendidos fuegos,
serpear azulado los dánaos
vieron un reptil,
hacia un plátano que se
erguía próximo a los emprendidos sacrificios.
15Un nido había, de pájaros
dos veces cuatro, en lo supremo del árbol:
a los cuales y a la madre,
que alrededor de sus pérdidas volaba,
una vez que arrebató la
serpiente y en su ávida boca los sepultó,
quedaron suspendidos todos,
mas de la verdad vidente el augur
Testórida: “Venceremos”,
dice, “gozaos de ello, Pelasgos.
20Troya caerá, pero será una
demora larga la de nuestra gesta”,
y los nueve pájaros en los
años de la guerra distribuye.
Ella, cual estaba abrazada
verdes a sus ramas en el árbol,
se vuelve piedra y signa con
la imagen de una serpiente tal roca.
Permanece el Bóreas violento de Aonia en
las ondas
25y las guerras no traslada, y
hay quienes que salva a Troya
Neptuno creen, porque las
murallas había hecho de esa ciudad.
Mas no el Testórida. Pues no
ignora o calla
que con una sangre virgínea
aplacada de la virgen la ira
ha de ser. Después que a la
piedad la causa pública,
30y el rey al padre, hubo
vencido, y la que iba a dar su casta sangre
ante el ara apostada estaba,
Ifigenia, llorándola sus oficiantes,
vencida la diosa fue y una
nube a los ojos opuso y en medio
del servicio y el gentío del
sacrificio y las voces de los suplicantes,
sustituida por una cierva,
se dice que mutó a la Micénide.
35Así pues, cuando con la
matanza que debió mitigada fue Diana,
a la vez de Febe, a la vez
del mar la ira se aleja.
Reciben los vientos de
espalda las mil quillas
y tras mucho padecimiento se
apoderan de la frigia arena.
La Fama
Del orbe un lugar hay en el medio, entre
las tierras y el mar
40y las celestes extensiones,
los confines de ese triple mundo,
desde donde lo que hay en
dondequiera, aunque largos trechos diste,
se divisa, y penetra toda
voz hasta sus huecos oídos.
La Fama lo posee, y su
morada se eligió en su suprema ciudadela,
e innumerables entradas y
mil agujeros a sus aposentos
45añadió y con ningunas
puertas encerró sus umbrales.
De noche y de día está
abierta: toda es de bronce resonante,
toda susurra y las voces
repite e itera lo que oye.
Ninguna quietud dentro y
silencios por ninguna parte;
y ni aun así hay gritos,
sino de poca voz murmullos
50cuales los de las olas, si
alguien de lejos las oye, del piélago
ser suelen, o cual el sonido
que, cuando Júpiter
increpa a las negras nubes,
los extremos truenos devuelven.
Sus atrios un gentío los
posee. Vienen, leve vulgo, y van,
y mezclados con los
verdaderos los inventados deambulan,
55miles de tales rumores, y
confusas palabras revuelan.
De los cuales, éstos llenan
de relatos los vacíos oídos,
éstos lo narrado llevan a
otro, y la medida de lo inventado
crece y a lo oído algo añade
su nuevo autor.
Allí la Credulidad, allí el
temerario Error
60y la vana alegría está, y
los consternados Temores,
y la Sedición repentina, y
de dudoso autor los Susurros.
Ella misma qué cosas en el
cielo y en el mar se pasen
y en la tierra ve e inquiere
a todo el orbe.
Aquiles y Cigno
Había hecho ella conocido que con soldado
fuerte
65se allegaban desde Grecia
unas embarcaciones y no inesperado
llega el enemigo en armas.
Prohíben el acercamiento y su litoral vigilan
los troyanos, y de
Protesilao, caes, y los
emprendidos combates mucho
cuestan a los dánaos, y
fuerte por su muerte de almas se conoce a
70Tampoco los frigios con
exigua sangre sintieron de qué
la diestra aquea era capaz,
y ya rojecían del Sigeo
los litorales, ya a la
muerte el descendiente de Neptuno, Cigno,
a mil hombres había
entregado, ya en su carro acosaba Aquiles
y enteras, con el golpe de
su cúspide del Pelio, tendía
75tropas y por las filas o a
Cigno o a
aborda a Cigno –para el
décimo año diferido
exhortando a sus caballos,
su carro dirigió contra el enemigo,
y agitando con sus brazos
las vibrantes armas:
80“Quien quiera que eres, oh
joven”, dijo, “por consuelo ten
de tu muerte que del hemonio
Aquiles has sido degollado.”
Hasta aquí el Eácida, a su
voz la grave asta siguió,
pero aunque ningún yerro
hubo en la certera asta,
de nada, aun así, sirvió la
punta del lanzado hierro,
85y cuando el pecho únicamente
golpeó con su embotado golpe:
“Nacido de diosa, pues a ti
gracias a la fama desde antes te conocía”, dice
él: “¿por qué te asombras de
que en nos herida no haya?”,
pues asombrado estaba. “No
este casco que ves, rubio de crines
equinas, ni la carga, la
cóncava rodela, de mi izquierda,
90de auxilio me son: ornato se
ha buscado de ellos.
Marte también, por mor de
él, empuñar tales defensas suele. Príveseme de todo
servicio de esta cobertura,
aun así, intacto saldré.
Algo es el no haber sido
engendrado de una Nereida, sino quien
a Nereo y a sus hijas y todo
modera el mar.”
95Dijo y el que habría de
clavarse del escudo en la curvatura un dardo
lanzó al Eácida, el cual, sí
el bronce y las siguientes rompió
pieles novenas de bueyes: en
el décimo orbe, aun así, detenido quedó.
Lo sacudió el héroe, y de
nuevo tremolando sus armas
con su fuerte mano las
blandió: de nuevo sin herida el cuerpo
100e íntegro quedó, ni la
tercera cúspide, a ella abierto
y ofreciéndosele fue capaz
de rasgar a Cigno.
No de otro modo se inflamó
él que en el circo abierto un toro
cuando sus aguijadas –las
prendas de bermellón– busca
con su terrible cuerno y
defraudadas siente sus heridas.
105Si es que se ha desprendido
el hierro, considera él, del asta:
fijado estaba al leño. “¿Es
la mano mía la débil, así pues,
y las fuerzas –dice– que
antes tuvo las ha disipado en uno solo?
Pues cierto que vigor tuvo,
bien cuando de Lirneso
las murallas el primero
derribé, o cuando a Ténedos
110y a la Tebas de Eetión colmé
de su sangre,
o cuando purpurino de su
paisana muerte el Caíco
fluyó, y la obra de mi asta
los veces sintió Télefo.
Aquí también para tantos
asesinatos cuyas pilas por este litoral
hice y veo, vigor tuvo mi
diestra y tiene”,
115dijo y en lo antes realizado
como si mal creer pudiera,
su asta manda en derechura,
de la plebe licia, a Menetes,
y su loriga a la vez, y bajo
ella su pecho le rompe.
Del cual, al golpear la
tierra grave con su moribundo pecho,
extrae aquella misma arma de
su caliente herida
120y dice: “Ésta la mano es,
ésta, con la que acabamos de vencer, mi asta:
usaré contra él las mismas.
Sea en él suplico, el resultado mismo.”
Así diciendo a Cigno
retorna, y el fresno no yerra
y en su hombro sonó, no
evitada, izquierdo.
De allí, como de un muro y
un sólido arrecife rechazada fue.
125Por donde, aun así, golpeado
había sido, marcado de sangre a Cigno
había visto y en vano se
había regocijado Aquiles.
La herida era ninguna, la
sangre era aquella de Menetes.
Entonces verdaderamente,
abalanzado, del carro alto rugiente
salta y con su nítida espada
a su intacto enemigo
130de cerca buscando, la rodela
con su espada y su gálea hundirse
contempla, más en ese duro
cuerpo dañarse también el hierro.
No lo soporta más, y con su
escudo reiterado golpea
tres y cuatro veces la cara
de ese varón, a él vuelta, con la empuñadura también sus huecas
sienes, y al que retrocedía
persiguiéndole le acosa y lo turba se le
lanza,
135y atónito le niega el
descanso: el pavor se apodera de él,
y ante sus ojos nadan las
tinieblas, y atrás llevando
retrocedidos los pasos una
piedra se le opuso en mitad del campo,
de la cual encima, empujado
Cigno con su cuerpo boca arriba,
con fuerza mucha lo vuelve y
a la tierra lo sujeta Aquiles.
140Entonces con su escudo y sus
rodillas duras oprimiéndole el busto,
de las correas tira de su
gálea, las cuales, por debajo de su oprimido mentón,
le rompen la garganta y la
respiración y el camino
le roban del aliento. Al
vencido a expoliar se disponía.
Sus armas abandonadas ve: su
cuerpo el dios del mar confirió
145a una blanca ave, de cuyo
modo el nombre tenía.
Esta gesta, esta batalla, un descanso de
muchos días
trajo consigo y, depuestas
las armas ambas partes hicieron un alto.
Y mientras vigilante de
Frigia los muros un centinela guarda,
y vigilante de Argólide las
fosas guarda un centinela,
150el festivo día había llegado
en que de Cigno el vencedor, Aquiles,
a Palas aplacaba con la
sangre de una inmolada vaca.
De la cual, cuando impuso
sus entrañas en las calientes aras
y por los dioses percibido
penetró en los aires su vapor,
los sacrificios se llevaron
la suya, la parte fue dada, restante, a las mesas.
155Se tumbaron en los divanes
los próceres, y sus cuerpos de asada
carne llenan, y con vino
alivian sus cuidados y su sed.
No a ellos la cítara, no a
ellos las canciones de las voces,
o de muy perforado boj les
deleita, larga, la tibia,
sino que la noche en la
conversación alargan, y la virtud es, de su hablar,
160la materia. Sus batallas
refieren, las del enemigo y las suyas,
y en turnos los peligros
afrontados y apurados a menudo
remembrar les place: pues de
qué hablaría Aquiles,
o de qué cabe al gran
Aquiles mejor hablarían.
La muy reciente victoria,
principalmente, sobre el dominado Cigno
165en conversación estuvo,
pareciendo admirable a todos
el que al joven su cuerpo de
ningún arma penetrable
e invicto a la herida fuera,
y que el hierro puliera.
Ceneo (i)
Esto el propio Eácida, esto admiraban los
aqueos,
cuando así Néstor dice: “En
vuestra edad fue el único
170despreciador del hierro y
horadable por golpe ninguna
Cigno. Mas yo mismo en otro
tiempo, sufriendo él heridas mil
en un cuerpo no dañado, al
perrebo Ceneo vi,
a Ceneo el perrebo, el cual,
glorioso por sus hechos, el Otris
habitaba, y para que ello
más admirable fuese en él,
175mujer nacido había. Del
prodigio por la novedad se conmueve
todo el que asiste, y que lo
refiera le piden. Entre los cuales Aquiles:
“Di, vamos, pues en todos el
mismo hay deseo de oírlo,
oh, elocuente anciano, de
nuestra edad la prudencia,
quién fuera Ceneo, por qué
en lo contrario vuelto,
180en qué milicia, de qué
batalla en el certamen
por ti conocido, de quién
fue vencido, si vencido de alguno fue.”
Entonces el mayor: “Aunque a
mí me estorba mi tarda vejez,
y muchas se me huyen de las
cosas por mí contempladas en mis primeros años,
más cosas, aun así,
recuerdo, y, que más prendida esté, ninguna
185cosa en el pecho nuestro hay
entre hechos tantos de guerra
y de paz, y si a alguien
pudo su espaciosa vejez
como espectador de las obras
de muchos devolver, yo he vivido
de años dos veces cien.
Ahora se vive mi tercera edad.
“Brillante por su hermosura
fue la descendencia de Elato, Cenis,
190de las tesalias la doncella
más bella, y en las cercanas,
y en tus ciudades –pues fue
paisana tuya, Aquiles–,
en vano por los votos de
muchos pretendientes fue deseada.
Hubiese intentado Peleo los
tálamos también, quizás, esos:
pero ya le habían alcanzado
a él las bodas de tu madre
195o le habían sido prometidas,
ni tampoco Cenis a ningunos
tálamos desposada fue, y por
unas secretas playas cogiendo ella,
fuerza sufrió del dios
marino, así la fama lo contaba.
Y cuando los goces de esta
nueva Venus Neptuno hubo tomado:
“Que estén tus votos te
permito”, dijo, “libres de rechazo.
200Elige qué has de desear” –la
misma fama esto también contaba–.
“
que tal sufrir ya nada
pueda. Dame el que mujer no sea:
todo lo habrás garantizado.”
Con más grave tono las últimas dijo
palabras, y podía la de un
hombre la voz aquella parecer,
205como así era. Pues ya a su
voto el dios del mar alto
había asentido y le había
dado, además, que ni dañado por ningunas
heridas fuera, o a hierro
sucumbir pudiera.
De su presente contento
parte, y en afanes viriles su edad
pasó el Atrácida y del Peneo
los campos recorre.
La batalla de Lápitas y Centauros
210“Había desposado a Hipódame
el hijo del audaz Ixíon,
y a los feroces hijos de la
nube, puestas por orden las mesas,
había ordenado recostarse,
de árboles cubierta, en una gruta.
Los próceres hemonios
asistían, asistíamos también nos,
y festivo con su confuso
gentío resonaba el real.
215He aquí que cantan a Himeneo
y de fuego los atrios humean,
y ceñida llega la doncella
de las madres y las nueras por la caterva,
muy insigne de hermosura.
Feliz llamamos de esa
esposa a Pirítoo, el cual
presagio casi malogramos.
Pues a ti, de los salvajes
el más salvaje, de los centauros,
220Éurito, cuanto por el vino
tu pecho, tanto por la doncella vista
arde, y la ebriedad,
geminada por la libido, en ti reina.
En seguida, volcándose,
turban los convites las mesas,
y es raptada, de su pelo
tomado por la fuerza la nueva casada.
Éurito a Hipódame, otros, la
que cada uno aprobaban
225o podían, rapta, y, la de
una tomada, era de la ciudad la imagen.
De gritos femeninos suena la
casa: más rápido todos
nos levantamos y el primero:
“¿Qué vesania”, Teseo,
“Éurito, a ti te impulsa”,
dice, “a que tú en vida mía provoques
a Pirítoo y violes a dos,
ignorante, en uno?”
230Y no tal el magnánimo en
vano había remembrado con su boca:
aparta a los que le acosan y
la raptada de aquellos delirantes arrebata.
Él nada en contra –pues
tampoco defender con palabras
tales acciones puede–, sino
que del defensor la cara con protervas
manos persigue y su generoso
pecho golpea.
235Era el caso que había junto,
de sus figuras prominentes áspera,
una antigua cratera, que,
vasta ella, más vasto él mismo,
la sostiene el Egida y la
lanza contra su cara a él opuesta.
Borbotones de sangre él, a
la vez que cerebro y vino,
por la herida y la boca
vomitando, de espaldas en la húmeda arena
240convulsiona. Arden los
hermanos bimembres
por el asesinato y a porfía
todos con una sola boca: “Las armas, las armas”, dicen.
Los vinos les daban ánimos y
a lo primero de la lucha copas
lanzadas vuelan y los
frágiles jarros y las curvadas escudillas,
cosas para los festines un
día, entonces para las guerras y los asesinatos aptas.
245El primero el Ofiónida Ámico
los penetrales de sus dones
no temió expoliar, y él el
primero del santuario
arrebató, de luces denso,
coruscantes, un candelabro,
y, levantado éste alto, como
el que los cándidos cuellos de un toro
por romper se esfuerza con
la sacrificial segur,
250lo estrelló en la frente del
Lápita Celadonte y sus huesos
derramados dejó, no
reconocible, en su rostro.
Le saltaron los ojos y,
dispersos los huesos de la cara,
echada fue atrás su nariz y
fijada quedó en mitad del paladar.
A él, con un pie arrancado
de una mesa de arce, el de Pela
255lo tendió en tierra,
Pelates, hundido en su pecho su mentón,
y con negra sangre mezclados
escupiendo él sus dientes,
de tal herida geminada lo
envió del Tártaro a las sombras.
“Cercano como apostado estaba contemplando
los altares humosos
con su rostro terrible:
“¿Por qué no”, dice, “hemos de hacer uso de ellos?”,
260y con sus fuegos Grineo
levanta la ingente ara,
y del tropel de los Lápitas
lo arroja en la mitad
y aplasta a dos, a Bróteas y
a Orío. De Orío
su madre era Mícale, la
cual, que había abajado encantándola
muchas veces, constaba, los
cuernos de la reluctante luna.
265“No impune quedarás, no bien
de un arma se me dé provisión”,
había dicho Exadio, y de un
arma tiene a la traza, los que
en un alto pino estuvieran,
los cuernos de un votivo ciervo.
Clavado queda de ahí Grineo
con una doble rama en sus ojos,
y se le extraen los globos,
de los cuales parte en los cuernos prendida queda,
270parte prendida fluye a su
barba y con coagulada sangre cuelga.
He aquí que arrebata flameante Reto de la
mitad de las aras
la brasa de un ciruelo, y
desde la parte derecha de Caraxo
sus sienes quebranta,
protegidas por su rubio cabello.
Arrebatados por la rapaz
–como mies árida– llama
275ardieron sus pelos y en la
herida la sangre quemada,
terrible su chirrido, un
sonido dio, como dar el hierro
al fuego rojeciente
frecuentemente suele, al que con su tenaza curvada
cuando su obrero lo saca, en
las cubas lo hunde: mas él
rechina y en la agitada onda
sumergido silba.
280Herido él de sus erizados
cabellos el ávido fuego sacude,
y hacia sus hombros un
umbral de la tierra arrancado
levanta, carga de un carro,
el cual, que no llegue a lanzar contra el enemigo
su mismo peso hace. A un
aliado también la mole de roca
aplastó, que en un espacio
estaba más cercano, a Cometes.
285Sus goces no retiene Reto:
“Así, yo lo suplico”, dice,
“el resto de esta multitud,
de los cuarteles tuyos, sea fuerte”,
y con el medio quemado
tronco renueva repetidamente la herida,
y tres y cuatro veces con un
grave golpe las junturas de su cabeza
rompe y se asentaron sus
huesos, líquido, en su cerebro.
290Vencedor hacia Evagro y
Córito y Drías pasa.
De los cuales, cuando
cubierto en sus mejillas con su primer bozo
sucumbió Córito: “De un
muchacho derribado qué gloria
nacido para ti ha”, Evagro
dice, y decir más Reto
no consiente y, feroz, en la
abierta boca del que hablaba
295sepultó de ese hombre, y a
través de su boca en su pecho, rutilantes, esas llamas.
A ti también, salvaje Drías,
alrededor de tu cabeza blandiendo el fuego
te persigue, pero no contra
ti también consiguió el mismo
resultado: a él que de su
asidua matanza por el éxito se congratulaba,
por donde unida está al
hombro la cerviz, con una estaca le clavas, al fuego tostada.
300Gimió hondo, y de su duro
hueso la estaca apenas se arrancó
Reto y él mismo de su sangre
empapado huye.
Huye también Orneo y
Licabante y herido en su hombro
derecho Medón y con Pisénor
Taumante,
y el que poco antes en el
certamen de los pies había vencido a todos,
305Mérmero –encajada entonces
una herida más lento iba–,
y Folo y Melaneo y Abante,
el azote de los jabalíes,
y el que a los suyos en vano
de la guerra había disuadido, el augur
Ástilo. Él además, al que
temía las heridas, a Neso:
“No huyas. Para los
hercúleos”, dice, “arcos reservado serás.”
310Mas no Eurínomo, y Lícidas,
y Areo e Ímbreo
escaparon a la muerte, a los
cuales todos la diestra de Drías
abatió, a él enfrentados. De
frente tu también, aunque
tus espaldas a la huida
habías dado, tu herida, Creneo, llevaste,
pues grave un hierro, al
volver la mirada, entre los dos ojos
315por donde la nariz a lo más
bajo se une, encajas.
“En ese tan gran bramido por todas sin fin
sus venas yacía
dormido y sin despabilarse
Afidas,
y en su languideciente mano
una copa mezclada sostenía,
derramado en las vellosas
pieles de una osa del Osa.
320Al cual de lejos cuando lo
vio sin levantar en vano ningunas armas,
mete en su correa los dedos
y: “Para ser mezclados”, dijo
Forbas, “con Estige esos
vinos beberás, y sin detenerse en más
contra el joven blandió una
jabalina y el herrado
fresno en el cuello, como al
acaso yacía boca arriba, le entró.
325Su muerte careció de dolor y
de su garganta plena fluyó
a los divanes y a las mismas
copas, negra, la sangre.
Vi yo a Petreo intentando levantar de la
tierra,
llena de bellotas, una
encina, a la cual, mientras con sus abrazos la rodea
y sacude aquí y allá y su
vacilante robustez agita,
330la láncea de Pirítoo,
introducida en las costillas de Petreo,
su pecho reluctante junto
con las dura robustez dejó fijado.
De Pirítoo por la virtud que
Lico había caído contaban,
de Pirítoo por la virtud
Cromis, pero ambos menor
título a su vencedor que
Dictis y Hélope dieron,
335clavado Hélope en una
jabalina que transitables sus sienes hizo,
y lanzada desde la derecha
hasta la oreja izquierda penetró,
Dictis, resbalándose desde
la bicéfala cima de un monte,
mientras huye temblando del
que le acosa, de Ixíon al hijo,
cae de cabeza, y con el peso
de su cuerpo un olmo
340ingente rompió y de sus
ijares lo vistió roto.
Vengador llega Alfareo, y una roca del
monte arrancada
lanzar intenta. Al que lo
intentaba con un tronco de encina
asalta el Egida y de su codo
los ingentes huesos
rompe y no más allá de
entregar ese cuerpo inútil a la muerte
345u ocasión tiene o se
preocupa, y a la espalda del alto Biénor
salta, no acostumbrada a
portar a nadie sino a sí mismo,
y le opuso la rodilla a sus
costillas y reteniéndole
con la izquierda la
cabellera, su rostro y su amenazante boca
con un tronco nudoso, y sus
muy duras sienes, le rompió.
350Con ese tronco a Nedimno y
al alanceador Licopes
tumba, y protegido en su
pecho por su abundante barba
a Hípaso y de lo más alto de
los bosques prominente a Rifeo,
y a Tereo, quien en los
hemonios montes los osos que cogía
llevar a su casa vivos e
indignados solía.
355No soportó que disfrutara
Teseo de los éxitos
de la batalla más allá
Demoleonte: con su sólido matorral
arrancar un añoso pino con
gran esfuerzo intenta,
lo cual, puesto que no pudo,
previamente roto lo arroja a su enemigo;
pero lejos del arma que le
venía Teseo se retiró,
360por la admonición de Palas:
que se le creyera así él mismo quería.
No, aun así, el árbol inerte
cayó, pues del alto Crántor
separó del cuello el pecho y
el hombro izquierdo:
armero aquel de tu padre
había sido, Aquiles,
a quien de los dólopes el
soberano, en la guerra superado, Amíntor,
365al Eácida había dado, de la
paz, prenda y garantía.
A él, desde lejos cuando por una horrible
herida desmembrado Peleo
lo vio: “mas tus ofrendas
fúnebres, de los jóvenes el más grato, Crántor,
recibe”, dice y con vigoroso
brazo contra Demoleonte
de fresno lanzó, de su mente
también con las fuerzas, un asta,
370que de su costado el armazón
antes rompió, y luego en sus huesos prendida quedó
temblando: saca él con su
mano sin su cúspide el leño
–éste también apenas le
obedece–: la cúspide en el pulmón retenida queda.
El mismo dolor fuerzas a su
ánimo daba: enfermo contra el enemigo
se levanta y con sus pies de
caballo al hombre cocea.
375Recibe él los golpes
resonantes en la gálea y el escudo
y defiende sus hombros y
ante sí tendidas sostiene sus armas,
y a través de las axilas con
un solo golpe sus dos pechos perfora.
Antes, aun así, a la muerte
había entregado a Flegreo e Hiles,
desde lejos, a Ifínoo con
cercano Marte, y a Clanis.
380Se añade a ellos Dórilas,
que las sienes cubiertas llevaba
de la piel de un lobo, y a
guisa de salvaje arma los prestantes
cuernos zambos de unos
bueyes, enrojecidos del mucho crúor.
A éste yo, pues fuerzas mi ánimo me daba:
“Contempla”, dije,
“cuánto ceden a nuestro
hierro tus cuernos”,
385y una jabalina blandí, la
cual, como evitar no pudiera,
opuso su diestra a la que
había de sufrir esas heridas, su frente.
Fijada quedó con su frente
su mano. Se produce un griterío, mas a aquél,
prendido, y por su acerba
herida vencido Peleo
–pues apostado estaba el más
cercano– bajo su mitad le hiere a espada el vientre.
390Se abalanzó, y por la
tierra, feroz, sus vísceras arrastró,
y arrastradas las pisó, y
pisadas las rompió, y en ellas
sus patas también impidió, y
sobre su vientre inane cayó.
Y no a ti al luchar, Cílaro, tu hermosura
te redimió,
si es que a la naturaleza
esa hermosura le concedemos.
395Su barba era incipiente, de
esa barba el color áureo, áureo
desde los hombros su pelo
pendía hasta la mitad de sus espaldillas.
Agradable en su cara el
vigor; su cuello y hombros y manos
y pecho a las alabadas
esculturas de los artistas próximos,
y por doquiera que hombre
es; ni tampoco la del caballo imperfecta y peor
400bajo aquel hombre la
hermosura: dale cuello y cabeza
y de Cástor digno será: así
su espalda montable, así son
sus pechos excelsos de sus
toros. Todo que la pez negra más negro,
cándida la cola, en cambio.
Su color es también, de las piernas, blanco.
Muchas a él lo pretendieron
de su raza, pero una sola
405se lo llevó, Hilónome, que
la cual ninguna más hermosa mujer entre
los mediofieras habitó en
los altos bosques.
Ella con sus ternuras y
amándole, y que le amaba confesando,
a Cílaro sola tiene, de su
ornato también, cuanto en esos
miembros existir puede, que
sea su pelo por el peine liso,
410que ora de rosmarino, ora de
viola o rosa
se rodee, alguna vez que
canecientes lirios lleve,
y dos veces al día, bajados
del vértice del pagáseo bosque,
en sus manantiales su rostro
lave, dos veces en su caudal su cuerpo moje,
y que no, salvo las que le
honren, de selectas fieras,
415o a su hombro o a su costado
izquierdo tienda pieles.
Parejo amor hay en ellos:
vagan en los montes a una,
grutas a la vez alcanzan. Y
también entonces de los Lápitas a los techos
habían entrado a la par, a
la vez esas fieras guerras hacían.
El autor en duda está: una
jabalina de la parte izquierda
420llega, y más abajo que al
cuello el pecho sostiene,
Cílare, te clavó. Su
corazón, de esa pequeña herida alcanzado,
junto con su cuerpo entero
después que el arma fue sacada se enfrió.
En seguida Hilónome recibe
murientes sus miembros
e imponiéndole la mano la
herida le calienta y su boca a la boca
425le acerca y su aliento que
escapa impedir intenta.
Cuando lo ve extinguido,
tras decirle cosas que el griterío a mis oídos
vedó llegar, sobre el arma
que dentro de él prendida estaba
se echó, y muriendo se
abrazó a su marido.
“Ante mis ojos está también aquel que, de
a seis, ató
430entre sí con entrelazados
nudos de leones unas pieles,
Feócomes, protegiéndose a la
vez al hombre y al caballo,
el cual, un tronco lanzando
que apenas un par de yuntas moverían,
a Téctalo el Olénida desde
el extremo de su cabeza lo rompió.
[Roto quedó el contorno más
ancho de su cabeza, y a través de su boca
435y a través de sus huecas
narices, por los ojos y las orejas, el cerebro
blando le fluye, como
cuajada por un mimbre de encina
la leche suele, o como el
líquido en un ralo cedazo por su peso
mana, y se exprime espesa
por los densos agujeros.]
Mas yo, mientras se dispone
él de sus armas a desnudar al yacente,
440–sabe esto tu padre–, mi
espada en las profundas ijadas
del que le expoliaba hundí.
Ctonio también y Teléboas
por la espada nuestra yacen:
una rama el primero ahorquillada
llevaba, éste una jabalina.
Con esa jabalina a mí heridas me hizo.
Sus señales ves. Se
distingue todavía vieja la cicatriz de ahí.
445En ese entonces debió a mí
enviárseme a tomar Pérgamo;
entonces podía del gran
detener sus armas con las
mías. Pero en aquel tiempo ninguno,
o un niño,
Para qué de Périfas, el
vencedor del geminado Pireto,
450de Ámpix para qué contarte,
quien del cuadrupedante Equeclo
clavó de frente en su cara
un cornejo sin cúspide.
Una tranca hundiéndole el
Peletronio Macareo en el pecho
tumbó a Erigdupo. Recuerdo
también que unos venablos se escondieron
en la ingle de Cimelo por
las manos de Neso lanzados.
455Y no has de creer que sólo
cantaba el porvenir
el Ampicida Mopso. Con Mopso
de lanzador el biforme
Hodites sucumbió y en vano
intentó hablar:
a su mentón la lengua y el
mentón a su garganta clavado.
Ceneo (ii)
“Cinco a la muerte Ceneo había entregado,
Estífelo y Bromo
460y Antímaco y Élimo y al
portador de la segur, Piracmo.
Sus heridas no las recuerdo;
del número y del nombre tomé nota.
Adelante vuela, de los
expolios del ematio Haleso armado,
a quien había dado muerte,
de miembros y cuerpo el más grande
Latreo: su edad, entre un
joven y un viejo,
465su fuerza juvenil era;
variegaban sus sienes las canas.
El cual, por su escudo y
gálea y macedonia pica
conspicuo, y su faz vuelta a
ambas tropas,
sus armas golpeó y en un
certero círculo cabrioleó,
y palabras tantas vertió,
ardido, a las vacías auras:
470“¿También a ti, Cenis, te he
de sufrir? Pues tú para mí una mujer siempre,
tú para mí Cenis serás. ¿Tu
origen natal no te ha advertido
y a tu mente viene, como
premios de qué acto
y por qué merced la falsa
apariencia de un hombre se te ha deparado?
Qué hayas nacido mira, o qué
has sufrido, y la rueca,
475anda, coge con los canastos,
y las urdimbres con tu pulgar tuerce:
las guerras deja a los
hombres.” Al que profería tales cosas Ceneo
vació su costado, tenso por
la carrera, lanzándole un asta
en donde el hombre con el
caballo se juntaba. Enloquece él de dolor,
y, desnuda, la cara del
joven Fileo hiere con su pica.
480No de otro modo ella rebotó
que de la cima de un tejado el granizo,
o si uno hiere con una
pequeña piedra los huecos tímpanos.
De cerca ataca y en su
costado duro por esconder
lucha su espada: para su
espada lugares transitables no son.
“Mas no escaparás. Te
degollará por su mitad mi espada
485puesto que su punta está
roma”, dice, y de costado su espada
atraviesa, y con su larga
diestra le estrecha las ijadas.
El golpe produce unos
gemidos como en un cuerpo de mármol golpeado,
y rota salta en pedazos la
lámina al ser sacudido tal callo.
Cuando bastante sus ilesos
miembros le hubo exhibido a él, admirado:
490“Ahora, vamos”, dice Ceneo,
“con el hierro nuestro tu cuerpo
probemos”, y hasta la
empuñadura le hundió en sus costados
la espada mortífera y ciega
llevó su mano hasta sus vísceras
y la removió y herida en la
herida hizo.
He aquí que se lanzan con
vasto griterío rabiosos los bimembres,
495y sus armas contra éste solo
todos lanzan y llevan.
Las armas rebotadas caen:
permanece no perforado,
y no ensangrentado Ceneo el
de Élato, por golpe alguno.
Los había dejado atónitos el
insólito asunto. “Oh deshonra ingente”,
Mónico exclama. “A un pueblo
se nos vence por uno solo,
500y apenas si hombre. Aunque
él hombre es; nosotros, por nuestros indolentes actos
lo que fue él somos. ¿De qué
estos miembros ingentes nos aprovechan?
¿De qué esta geminada fuerza
y el que los más fuertes
de la naturaleza animales en
nosotros una naturaleza doble ha unido?
Y no a nosotros de madre una
diosa, ni nosotros de Ixíon haber
505nacido nos creo, el que tan
grande era que de la alta Juno
la esperanza concibiera: a
nosotros nos vence un enemigo medio varón.
Rocas y troncos encima y
todos en contra volvedle los montes,
y su vivaz aliento sacadle
lanzándole sus bosques.
Que su masa le oprima la
garganta y hará las veces de herida el peso.”
510Dijo y, arrancado por las
dementes fuerzas del austro,
por casualidad un tronco que
hallara, lo lanzó contra su vigoroso enemigo,
y ejemplo fue, y en poco
tiempo desnudo de árbol el Otris estaba ni tenía el Pelión sombras. Sepultado
en ese ingente montón de érboles bajo su peso
515Ceneo bulle, y los apilados
troncos en sus duros
hombros lleva, pero
realmente después que sobre su rostro y su cabeza
creció su peso y no tiene,
las que coja, su respiración auras,
desfallece a veces, ora a sí
mismo sobre el aire en vano
levantarse intenta y volcar,
a él arrojados, los bosques,
520y a veces los mueve, como el
que vemos, he ahí,
arduo, si de la tierra se
agita con los movimientos, el Ida.
El resultado en duda está.
Unos que bajo los inanes
Tártaros su cuerpo
precipitado fue, de los bosques por la mole, decían;
lo deniega el Ampicida y de
la mitad del acúmulo vio
525de rubias alas un ave salir
a las líquidas auras,
la cual entonces por primera
vez, en ese entonces por última vez contemplé.
A ella, cuando lustrando con
su liviana voladura sus campamentos
Mopso, y con ingente clangor
el alrededor llenando de su sonido,
lo contempló, a la par con
sus ánimos y con sus ojos siguiéndola:
530“Oh salve”, dijo, “gloria de
la raza Lápita,
el más grande hombre en otro
tiempo, pero ahora ave única, Ceneo.”
Creído el asunto por el
autor suyo fue. El dolor nos añadió ira,
y mal llevamos que ahogado
por tantos enemigos uno solo fuera,
y no antes nos abstuvimos de
dispensar dolor a hierro,
535de que dada una parte a la
muerte, a la otra parte la huida y la noche alejara.”
Periclímeno
A estas batallas entre los Lápitas y los
mediohombres Centauros,
al referirlas el Pilio,
Tlepólemo el dolor
del preterido Alcida no pudo
soportar con callada boca
y dice: “De la gloria de
Hércules admirable es que olvidos te hayan
540ocurrido a ti, señor.
Ciertamente a menudo referirme
solía mi padre que los hijos
de la nube dominados por él habían sido.”
Triste a esto el Pilio:
“¿Por qué a recordar mis males
me obligas y, cerrados por
los años, a desgarrar mis lutos
y contra tu padre mi odio y
sus ofensas a confesar?
545Él ciertamente cosas más
grandes de lo creíble también hizo y el orbe
colmó de sus méritos, lo
cual preferiría poder negar.
Pero ni a Deífobo ni a
Polidamante ni al propio
Ese tu genitor, las murallas
mesenias en otro tiempo
550derribó y, no merecedoras,
las ciudades de Elis y Pilos
derruyó y contra los penates
míos hierro y llama
empujó, y por que a otros
silencie yo, a los que él dio muerte,
dos veces seis los Nelidas
fuimos, admirada juventud,
dos veces seis de Hércules
cayeron, menos yo solo,
555por las fuerzas, y que otros
ser vencidos pudieran, soportable es:
prodigiosa de Periclímeno la
muerte es, a quien el poder tomar
figuras, cuales quisiera, y
de nuevo dejar las tomadas
Neptuno había otorgado, de
la sangre de Neleo el autor.
Él, cuando en vano se hubo
variado en todas las formas,
560se torna la faz de un ave
que rayos en sus curvos
pies llevar suele, de los
dioses la más grata a su rey.
De las fuerzas usando de esa
ave, con el pico recorvado
y sus ganchudas uñas, de ese
hombre había desgarrado la cara.
Tensa contra ella, demasiado
certeros, el Tirintio sus arcos,
565y entre las nubes sus
sublimes miembros portando,
y suspendida, la hiere por
donde al costado se une el ala.
Y grave la herida no era,
pero rotos por esa herida sus nervios
le traicionan y el
movimiento le niegan y las fuerzas del volar.
Cae a la tierra, al no
concebir auras
570sus infirmes alas, y por
donde había quedado prendida al ala
la leve saeta, hundida fue
por el peso del cuerpo abatido,
y a través de lo más alto
del costado por su cuello izquierdo se salió.
¿Ahora te parece que le debo
pregones de sus cosas
a tu Hércules, oh regidor
bellísimo de la flota rodia?
575Aun así, más allá que sus
valientes hechos silenciando
no me vengo de mis hermanos:
sólida es para mí la gracia contigo.”
Después que tal el Nelio expuso con su
dulce boca,
tras el discurso del
anciano, retomado el regalo de Baco,
se levantaron de los
divanes. La noche fue entregada, restante, al sueño.
Muerte de Aquiles
580Mas el dios que las ecuóreas
ondas con su cúspide templa,
del cuerpo de su hijo en el
ave de Faetonte tornado
en su mente se duele
paterna, y lleno de odio por el salvaje Aquiles,
ejerce, memorativas, más que
civilmente, sus iras.
Y ya casi arrastrada por dos
quinquenios la guerra,
585con tales razones compele al
intonsurado Esmínteo:
“Oh para mí largamente el
más grato de los hijos de mi hermano,
quien conmigo pusiste las
defraudadas murallas de Troya,
¿acaso cuando estos recintos
a punto de caer contemplas,
hondo no gimes? ¿O acaso de
tantos millares asesinados
590cuando defendían sus muros
no te dueles? ¿Acaso, para no proseguir con todos,
de
Cuando en cambio aquel
feroz, y que la guerra misma más sanguinario,
vive todavía, de la obra
nuestra el devastador, Aquiles.
Ofrézcaseme a mí: de qué con
mi triple cúspide sea yo capaz, haría
595que sienta. Mas puesto que
atacar de cerca al enemigo
no nos es dado, a él
desprevenido pierde con una oculta saeta.”
Asiente, y al ánimo a la vez
de su tío y suyo el Delio cediendo,
de una nube velado, a la
tropa llega ilíaca, y en medio de esa matanza de hombres
600a Paris, que ralos disparos
por desconocidos aqueos dispersaba,
ve, y confesándose un dios:
“¿Por qué tus puntas pierdes
en la sangre de la plebe?”,
dice. “Si alguno es tu cuidado por los tuyos
vuélvete al Eácida y a tus
hermanos asesinados venga.”
Dijo, y mostrándole,
tumbando a hierro cuerpos
605troyanos, al Pelida, sus
arcos en contra vuelve de él
y unas certeras puntas le
dirigió con su mortífera diestra.
De lo que Príamo el anciano
gozarse después de
esto fue. Él, así pues, de
tantos el vencedor, Aquiles,
vencido fue por el cobarde
raptor de una esposa griega.
610Mas si habías tú de caer por
un Marte femenino,
por el hacha doble de la del
Termodonte preferirías haber caído.
Ya el temor aquel de los frigios, la honra
y tutela del nombre
pelasgo, el Eácida, cabeza
insuperable en la guerra,
había ardido: lo había
armado el dios mismo, el mismo lo había cremado.
615Ya ceniza es, y del tan
grande Aquiles resta
un no sé qué pequeño que no
bien llene una urna,
mas vive esa gloria que
llena todo el orbe.
Ella a la medida de tal
hombre corresponde y por ella es
parejo a sí mismo el Pelida
y los inanes Tártaros no siente.
620Incluso su mismo escudo,
para que de quién fuera conocer puedas,
guerras mueve, y en torno de
unas armas, armas se llevan.
No ellas el Tidida, no osa
el Oileo Áyax,
no el menor Atrida, no aquél
en la guerra mayor y en edad
demandarlas, no otros:
solos, de Telamón el nacido
625 y el de Laertes, tuvieron la
arrogancia de tan gran gloria.
De sí el Tantálida esa carga
y la envidia alejó,
y a los argólicos jefes
reunirse en mitad de los campamentos
ordenó, y el arbitrio de la lid traspasó a todos.
Libro
decimotercero
___
Las armas de Aquiles
Se sentaron los generales, y con el vulgo
de pie, en corro,
se levanta hacia
éstos el dueño del escudo séptuple, Áyax,
y cual estaba,
incapaz de soportar su ira, del Sigeo a los litorales
con torvo rostro se
volvió para mirar, y a la flota en ese litoral,
5y
extendiendo las manos: “Tratamos, por Júpiter”, dice,
“ante nuestros
barcos esta causa, y conmigo se compara Ulises.
Mas no dudó en
ceder de
las cuales yo
sostuve, las cuales de esta armada ahuyenté.
Más seguro es, así
pues, con fingidas palabras contender
10que
luchar con la mano, pero ni para mí el hablar es fácil,
ni actuar es para
éste, y cuanto yo en el Marte feroz
y en la formación
valgo, tanto vale este hablando.
Y tampoco que de
recordar se hayan a vosotros mis hechos, Pelasgos,
opino: pues los
visteis. Los suyos narre Ulises,
15esos
que sin testigo hace, de los que la noche cómplice sola es.
Que unas
recompensas grandes se piden confieso, pero les quita honor
el rival. Para Áyax
no es un orgullo poseer,
aunque sea ello
ingente, algo que ha esperado Ulises.
Éste ha conseguido
su recompensa ya ahora, de la pretensión esta,
20porque,
cuando vencido haya sido, conmigo que ha contendido se dirá.
“Y yo, si la virtud en mí dudosa fuera,
por mi nobleza
poderosa sería, de Telamón nacido,
el que las murallas
troyanas bajo el fuerte Hércules cautivó
y en los litorales
colcos entró con una pagasea quilla.
25Éaco
su padre es, quien las leyes a los silentes allí
otorga, donde al
Eólida una piedra grave, a Sísifo, empuja.
A Eáco lo reconoce
el supremo Júpiter, y vástago
confiesa que es
suyo. Así, desde Júpiter el tercero: Áyax.
Y aun así este
orden a mi causa no aproveche, Aquivos,
30si
para mí con el gran Aquiles no es común:
hermano era, lo
fraterno pido. ¿Por qué, de la sangre engendrado
de Sísifo, y en
hurtos y fraude el más semejante a él,
injertas ajenos
nombres en el linaje Eácida?
“¿Acaso porque a
las armas el primero y sin que nadie lo indicara vine,
35estas
armas negadas me han de ser, y más poderoso parecerá aquél
que las últimas las
tomó, y rehusó fingiendo
locura la milicia,
hasta que más astuto que él,
pero para sí mismo
más dañino, las mentiras de este cobarde
corazón descubrió
el Nauplíada, y lo arrastró a las evitadas armas?
40¿Las
mejores acaso ha de tomar, porque tomar no quiso ningunas:
yo deshonorado, y
de los dones de mi primo huérfano,
porque me ofrecí a
los primeros peligros, he de quedar?
“Y ojalá, o
verdadero loco él, o creído fuera,
y no de camarada
aquí nunca a los recintos frigios hubiera venido,
45instigador
de crímenes. No a ti, oh vástago de Peante,
Lemnos te
retendría, expuesto, con delito nuestro,
quien ahora, según
cuentan, escondido en silvestres cuevas
a las rocas
conmueves con tu gemir y para el Laertíada suplicas
lo que merecido ha,
las cuales cosas, si dioses hay, no vanas las habrás suplicado.
50Y
ahora él, conjurado en las mismas armas que nosotros,
ay, parte una de
los jefes, de quien por sucesor las saetas
de Hércules se
sirven, quebrantado por la enfermedad y el hambre
se cubre y alimenta
de aves y pájaros buscando,
debidas a los hados
de Troya, fatiga sus puntas.
55Él,
aun así, vive, porque no acompañó a Ulises.
Preferiría también,
infeliz, Palamedes haber sido abandonado.
Viviría o
ciertamente una muerte sin delito tendría,
al cual, demasiado
conocedor éste de su mal convicto delirio,
que traicionaba la
parte de los dánaos inventó e inventado probó
60ese
delito y mostró, que ya antes había enterrado, un oro.
Así pues, o con el
exilio fuerzas restó a los aquivos
o con la muerte.
Así lucha, así ha de ser temido Ulises.
El cual, aunque en elocuencia al fiel
Néstor incluso venza,
no conseguirá aun
así que el abandonado Néstor piense yo
65que
delito es ninguno, el cual, aunque implorara a Ulises,
por la herida de su
caballo tardo, y fatigado por sus ancianos años,
traicionado por un
aliado fue. Que estas acusaciones no son inventadas por mí
lo sabe bien el
Tidida, el cual, por su nombre muchas veces llamándolo,
lo corrió, y su
fuga reprobó a ese tembloroso amigo.
70Contemplan
con ojos justos los altísimos las cosas mortales.
He aquí que
necesita auxilio quien no lo prestó, y como él abandonó
así de
abandonársele había: su ley a sí mismo se había dictado él.
A gritos llama a
sus aliados. Llego y lo veo estremecido
y palideciente de
miedo y temblando de la muerte futura.
75Opuse
la mole de mi escudo y le cubrí yaciente
y le salvé un
aliento –lo menor es tal de mi gloria– inerte.
Si persistes en
rivalizar, al lugar volvamos aquel.
Vuelve al enemigo y
a la herida tuya y a tu acostumbrado temor,
y detrás de mi
escudo ocúltate, y conmigo contiende bajo él.
80Mas
después que lo saqué de allí, al que para estar en pie sus heridas
fuerzas no daban,
por ninguna herida demorado huye.
“
y por donde se
lanza no tú solamente te aterras, Ulises,
sino los fuertes
incluso, tanto arrastra él de temor.
85A
él yo, por el éxito de su sangrienta matanza triunfante,
desde lejos con un
ingente peso boca arriba lo derribé;
a él yo, demandando
él a quien abalanzarse, solo
le resistí, y por
la suerte mía hicisteis votos, aquivos,
y valieron vuestras
plegarias. Si preguntáis de esta
90batalla
la fortuna, no fui vencido de él.
He aquí que llevan
los troyanos hierro y fuegos y a Júpiter
contra las dánaas
flotas: ¿dónde ahora el elocuente Ulises?
Por supuesto yo
protegí, mil, con mi pecho las popas,
la esperanza de
vuestro regreso: dadme a cambio de tantas naves esas armas.
95Y
si la verdad lícito me es decir, se les procura a ellas,
que a mí, mayor
honor, y conjunta la gloria nuestra es,
y aun Áyax por esas
armas, no por Áyax esas armas, son pedidas.
Compare con esas cosas el de Ítaca a Reso,
al no aguerrido Dolón
y al Priámida
Héleno, con la raptada Palas capturado:
100a
la luz nada hizo él, nada, de Diomedes alejado.
Si de una vez dais
a méritos tan viles esas armas,
divididlas y la
parte sea mayor de Diomedes en ellas.
“¿Para qué, aun
así, ellas al de Ítaca, quien a escondidas, quien siempre inerme
las cosas hace y
con sus hurtos engaña al incauto enemigo?
105El
mismo brillo de la gálea, radiante de su oro claro,
sus insidias
traicionará y de manifiesto le pondrá, agazapado.
Pero ni esa cabeza
duliquia, bajo el yelmo de Aquiles,
pesos tan grandes
soportará, ni la no poco pesada y grave
asta de Pelias
puede ser para unos no aguerridos brazos
110ni
el escudo, del vasto mundo labrado con la imagen
convendrá a una
cobarde y nacida para los hurtos izquierda:
para qué pretendes,
que te hará flaquear, malvado, un regalo,
que a ti, si del
pueblo aqueo te lo donara el yerro,
razón por que seas
expoliado te será, no por que seas temido del enemigo,
115y
la huida, en la que sola a todos, cobardísimo, vences,
tarda te habrá de
ser tirando de cargas tan grandes.
Suma que este
escudo tuyo, que tan raramente combates
ha sufrido, entero
está. Para el mío, que de soportar armas
por mil tajos está
abierto, un nuevo sucesor ha de haber.
120Finalmente
–porque, qué menester de palabras hay– contémplesenos actuando.
Las armas de ese
hombre fuerte se lancen en mitad de los enemigos.
De allí ordenad que
se busquen, y al que las devuelva ornad con ellas devueltas.”
Había terminado de Telamón el vástago, y
seguido había
a lo último un
murmullo del pueblo, hasta que el Laertio héroe
125se
acercó y sus ojos, un poco en la tierra demorados,
sostuvo hacia los
próceres y con un ansiado sonido
liberó su boca, y
no falta a sus disertas palabras la gracia:
“Si los míos junto
con los votos vuestros poderosos hubieran sido, Pelasgos,
no sería dudoso de
tan gran certamen el heredero,
130y
tú tus armas, nosotros a ti te poseeríamos, Aquiles,
al cual, puesto que
no justos a mí y a vosotros nos lo negaron
los hados –y con la
mano a la vez, como llorosos, se secó
los ojos– ¿quién al
grande mejor ha de suceder, a Aquiles,
que aquél merced al
cual el gran Aquiles sucedió a los dánaos?
135A
éste, con sólo que no le aproveche que obtuso, cual es, parece él ser,
y no me perjudique
a mí el que a vosotros siempre, aquivos,
os aprovechó mi
ingenio, y con que esta elocuencia mía, si alguna es,
que ahora en favor
de su dueño, en favor vuestro muchas veces ha hablado,
de inquina carezca
y los bienes suyos cada uno no rehúse.
140“Pues
mi linaje y bisabuelos y cuanto no hicimos nosotros mismos
apenas ello nuestro
lo llamo, pero ya que refirió Áyax
que era él de
Júpiter el bisnieto, de mi sangre también el autor
Júpiter es y los
mismos pasos disto de él,
pues Laertes mi
padre es, Arcesio el de él,
145Júpiter
de éste, y no entre ellos ninguno condenado y desterrado.
Es también merced a
mi madre el Cilenio, añadida a nos,
segunda nobleza: un
dios hay en cada uno de mis padres.
Pero no porque soy
más noble por mi origen materno,
ni porque mi padre
de la sangre de su hermano es inocente
150esas
propuestas armas pido: por nuestros méritos sopesad esta causa,
en tanto que,
porque hermanos Telamón y Peleo fueron,
de Áyax el mérito
no sea tampoco de su sangre el orden,
sino que el honor
de la virtud se busque en los expolios estos,
o si el parentesco
y el primer heredero se requiere,
155es
su padre Peleo, es Pirro hijo de él:
¿cuál el lugar de
Áyax? A Ftía ellas o a Esciros sean llevadas,
y no menos es que
éste Teucro primo de Aquiles,
¿mas, acaso las
pide él? ¿Acaso, si las pidiera, las llevaría?
Así pues, de
nuestras obras puesto que el desnudo certamen se tiene,
160más
cosas ciertamente he hecho que las que abarcar en mis palabras
a mi alcance está:
por el orden de tales cosas aun así me guiaré.
Presabedora de su futura muerte, su madre,
la Nereia,
disimula con su
atavío a él de niño, y había engañado a todos,
entre los cuales a
Áyax, del adoptado vestido la falacia:
165unas
armas yo, que habrían de conmover su ánimo viril,
entremetí con las
femeninas mercancías, y todavía no se había despojado el héroe
de sus virginales
atuendos, cuando a él, la rodela y el asta sosteniendo:
“Nacido de diosa”,
le dije, “para que la destruyas tú se reserva
Pérgamo, ¿cómo
dudas en abatir la ingente Troya?”,
170y
le eché la mano, y, fuerte, a fuertes cosas le envié.
Así pues las obras
de él mías son: yo a Télefo combatiente
con el asta dominé,
y vencido y suplicante lo restablecí.
Que Tebas cayera
mío es, a mí acreditad Lesbos,
a mí Ténedos y
Crise y Cila, de Apolo las ciudades,
175y
el que Esciros fuera tomada. Por mi diestra golpeadas
considerad que
yacieron en el suelo las murallas lirnesias,
y, porque de otros
calle, el que al salvaje
pudiera, sin duda
os di: por mí yace el ilustre
Éstas, por aquéllas
armas con las que fue descubierto Aquiles,
180armas
pido: a él vivo yo se las había dado, tras sus hados las reclamo.
“Cuando el dolor de uno solo llegó a todos
los dánaos,
y la Áulide de
Eubea llenaron mil quillas,
ansiadas mucho
tiempo, ningunas o contrarias a la flota
las brisas eran, y
duras ordenaron a Agamenón unas venturas,
185sin
ella merecerlo, que para la salvaje Diana a su hija inmolara.
Deniega esto su
padre, y contra los divinos mismos se encona,
y en el rey, con
todo, un padre hay. Yo el tierno natural
de ese padre, con
mis palabras, a los públicos intereses volví:
ahora yo,
ciertamente lo confieso –y al confeso perdone el Atrida–,
190esta
difícil causa la sostuve bajo un no justo juez.
A él, aun así, la
utilidad del pueblo y su hermano y el sumo
poder del cetro a
él dado le conmueven, su gloria a que con esa sangre compense.
Se me manda también
a su madre, que no de exhortar se había,
sino de engañar con
astucia, adonde si el Telamonio hubiese ido,
195huérfanos
estarían todavía ahora los lienzos de sus vientos.
Se me envía
también, audaz orador, de Ilión a los recintos.
Vista y hollada fue
por mí la curia de la alta Troya,
y llena todavía
estaba ella de sus varones. Impertérrito llevé,
la que a mí había
encomendado Grecia, la común causa,
200e
inculpo a Paris, y el botín y a Helena reclamo, y conmuevo
a Príamo y, a
Príamo unido, a Anténor.
Mas Paris y sus
hermanos y los que secuestraron bajo su mando
apenas contuvieron
sus manos sacrílegas, sabes esto Menelao,
y el primer día de
nuestro peligro contigo fue aquel.
205Larga
es la demora de referir lo que con mi consejo y mi mano
de utilidad hice en
el tiempo de esa espaciosa guerra.
Después de las
batallas primeras en las murallas de su ciudad los enemigos
se contuvieron
mucho tiempo, y provisión de abierto Marte
alguna no hubo. En
el décimo año por fin hemos luchado:
210¿qué
haces tú entre tanto, quien de nada sino de combates sabes?
¿Cuál tu utilidad
era? Pues si mis hechos requieres,
a los enemigos
insidio, con una fosa sus baluartes ciño,
conforto a los
aliados para que los hastíos de esa larga guerra
con mente lleven
plácida, enseño de qué modo hemos de alimentarnos
215y
de armarnos, se me envía adonde postula la utilidad.
“He aquí que por admonición de Júpiter,
engañado por la imagen de un sueño,
el rey ordena el
cuidado abandonar de la emprendida guerra.
Él puede, por su
autor, defender su voz.
Que no permita tal
Áyax y que se destruya Pérgamo demande,
220y
que, lo que él puede, luche. ¿Por qué no detiene a los que se iban a marchar?
¿Por qué no las
armas coge y ofrece lo que la errante multitud prosiga?
No era tal
demasiado para quien nunca sino de cosas grandes habla.
¿Y qué de que
también él huye? Yo vi, y me avergonzó ver,
cuando tú las
espaldas dabas y una deshonrosas velas preparabas,
225y
sin demora: “¿Qué hacéis? ¿Qué demencia”, dije,
“os impulsa a
abandonar la capturada Troya,
y qué a casa
lleváis en este décimo año, sino la deshonra?”
Con tales cosas y
otras, para las que el dolor mismo elocuente
me había hecho,
vueltos ya, desde la prófuga flota les hice regresar.
230Convoca
el Atrida a unos aliados de terror agitados:
y el Telamónida aun
entonces a abrir la boca
no osa, mas osado
había contra los reyes a arremeter con palabras insolentes
Tersites incluso,
merced a mí no impunemente.
Me pongo de pie y a
los agitados ciudadanos exhorto contra el enemigo
235y
su perdida virtud con mi voz reclamo.
Desde el tiempo
ese, cuanto pueda parecer que ha hecho
valientemente éste
mío es, quien al que daba sus espaldas arrastré de vuelta.
“Finalmente de los dánaos quién te alaba o
busca?
Mas
el Tidida conmigo comunica sus actos,
240a
mí me aprueba y en su aliado siempre confía Ulises.
Es
algo, de tantos miles de griegos, que solo yo
por
Diomedes sea elegido –y la ventura no ir me ordenaba–,
así
y todo –y despreciado, de la noche y del enemigo, el peligro–,
al
que osaba lo mismo que nosotros del pueblo frigio, a Dolón,
245doy
muerte, no antes en cambio de que todo le obligué
a
traicionar y me instruí de qué preparaba la pérfida Troya.
Todo lo había sabido y cosa
por espiar no tenía
y ya con la prometida gloria
podía retornar:
no contento con ello fui a
las tiendas de Reso
250y en sus propios
campamentos a él mismo y a su comitiva
di muerte,
y así en el cautivo carro,
vencedor y de mis votos dueño,
entro, remedando él los
gozosos triunfos.
De aquel cuyos caballos como
precio por aquella noche había demandado
el enemigo, sus armas
negadme a mí, y fuera más benigno Áyax.
255¿A qué referir, del licio
Sarpedón, las tropas por el hierro
mío devastadas? Con mucha
sangre derramé
a Cérano el Ifítida, y a
Alástor y a Cromio,
y a Alcandro y a Halio y a
Noemon y a Prítanis,
y a su final entregué, con
Quersidamas, a Toón
260y a Carops, y por unos hados
despiadados llevado a Énnomo,
y los que menos célebres
bajo las murallas de la ciudad
sucumbieron por mi mano.
Tengo también yo heridas, ciudadanos,
por su mismo lugar bellas. Y
no creáis, vanas, mis palabras.
Contemplad aquí”, y la ropa
con la mano se apartó. “Éste es
265un pecho”, dice, “siempre en
vuestras cosas esforzado.
Mas nada gastó durante
tantos años el Telamonio
de su sangre en sus aliados
y tiene sin herida un cuerpo.
“¿Qué, aun así, esto importa, si que él
por la flota pelasga
sus armas haber llevado
cuenta contra los troyanos y Júpiter?
270Y confieso que las llevó,
pues detractar malignamente
los méritos mío no es, pero
para que de los comunes él solo
no se apodere, y algún honor
a vosotros también os devuelva,
rechazó el Actórida, seguro
bajo la imagen de Aquiles,
a los troyanos de las que
iban a arder con su defensor, nuestras quillas.
275Que osó también él solo a
lanzarse de
se cree él, olvidado del
rey, de los jefes y de mí,
noveno él en ese servicio, y
antepuesto por regalo de la suerte.
Pero aun así el resultado de
la batalla de vos, oh fortísimo,
¿cuál fue?
280Triste de mí, con cuánto
dolor se me obliga a recordar
el tiempo aquel en que, de
los griegos el bastión, Aquiles,
sucumbió. Y a mí las
lágrimas y el luto y el temor
no me retrasaron de que su
cuerpo de la tierra, sublime, no recogiera.
Con estos hombros, con
estos, digo, hombros, yo el cuerpo de Aquiles
285y a la vez sus armas llevé, las que ahora también por llevar me afano.
Tengo yo, que valgan para tales pesos, fuerzas,
tengo un ánimo, ciertamente, que estos honores vuestros ha de reconocer,
¿o no está claro,
por ello, que a favor de su hijo su azul
madre ambicionó que
estos celestes dones,
290de
arte tan grande una labor, un rudo y sin corazón soldado
los vistiera? Y ya
que del escudo los labrados no conoce,
el Océano y las
tierras y con su alto cielo las estrellas
y las Pléyades e
Híades e inmune de la superficie la Ursa
y sus diversas
ciudades y nítida de Orión su espada,
295demanda
empuñar unas armas que no entiende.
¿Y qué de que a mí, cuando yo huía de los
regalos de la dura guerra,
me tacha de que
tarde acudía a la emprendida labor,
y que habla mal él
del magnánimo Aquiles no nota?
Si a haber
disimulado llamas culpa, disimulamos ambos;
300si
la demora por culpa es, yo fui más presto que él.
A mí una piadosa
esposa me detuvo, su piadosa madre a Aquiles,
y los primeros
fueron a ellas dados de nuestros tiempos, el resto a vosotros.
No temo yo, si
incluso no pudiera defenderlo, una culpa
común con tan gran
varón: cogido por el ingenio
305de
Ulises, aun así, él fue, pero no por el de Áyax Ulises.
Y de que contra mí los insultos de su
estúpida lengua
vierta él no nos
asombremos, a vosotros también cosas dignas de pudor
os ha objetado. ¿O
acaso a Palamedes de un falso delito haber acusado
indecente es para
mí, para vosotros, haberlo condenado, decoroso?
310Pero
ni el Nauplíada una fechoría defender pudo tan grande
y tan patente, ni
vosotros oísteis en él
sus culpas: lo
visteis y en pago lo expuesto patente estaba.
Y porque al
Penatíada lo tiene la vulcania Lemnos,
ser yo reo no he
merecido –la acción defended vuestra,
315pues
lo consentisteis–, ni que yo os persuadí negaré:
para que se
sustrajera él, de la guerra y del camino, a la fatiga,
e intentara sus
fieros dolores con el descanso mitigar.
Me obedeció y vive.
No esta opinión sólo
leal, sino también
feliz, aunque sea bastante el ser fiel.
320Al
cual, puesto que los profetas para destruir Pérgamo
le demandan, no me
encarguéis a mí: mejor el Telamonio irá
y con su elocuencia
a ese hombre, por sus enfermedades e ira furioso,
lo ablandará o aquí
lo traerá, astuto, con algún arte.
Antes hacia atrás
el Simois fluirá y sin frondas el Ida
325se
alzará y auxilio enviará Acaya a Troya,
que, cesando mi
pecho a favor de vuestros estados,
de Áyax, el
estúpido, la astucia aproveche a los dánaos.
Aunque seas hostil
a los aliados, al rey y a mí,
duro Filoctetes,
aunque execres y maldigas
330sin
fin mi cabeza y desees que yo te sea acaso entregado
en tu dolor, y mi
crúor apurar, y que con tal de que
de tu presencia yo,
hágase que de la mía tú dispongas:
a ti, aun así, me
acercaré y por regresarte conmigo pugnaré
y tanto de tus
saetas me apoderaré favorézcame la fortuna
335cuanto
me hube del dardanio adivino, al que apresé, apoderado,
cuanto las
respuestas de los dioses y los troyanos hados descubrí,
cuanto arrebaté a
Frigia la imagen sacrosanta de Minerva
de la mitad de los
enemigos. ¿Y que a mí se compare Áyax?
Naturalmente que se
tomara Troya prohibían los hados sin él:
340¿Dónde
está el fuerte Áyax? ¿Dónde están las ingentes palabras
de ese gran varón?
¿Por qué aquí tienes miedo? ¿Por qué osa Ulises
y por entre las
vigilancias y a encomendarse a la noche
y a través de
fieras espadas no solo en las murallas de los troyanos,
sino incluso en lo
más alto de las fortalezas a penetrar y de su
345santuario
robar a la diosa y robada a traerla a través de los enemigos?
Lo cual, si no
hubiese hecho yo, en vano de Telamón el nacido
hubiese llevado en
la izquierda de sus siete toros las pieles.
En aquella noche
por mí nuestra victoria a Troya parida fue:
Pérgamo entonces
vencí, cuando a que ser vencida pudiera obligué.
350Deja, con el rostro y tu
murmullo, de señalarme
a mi querido
Tidida. Parte hay suya de la gloria en ello.
Y tú, cuando el
escudo a favor de la aliada flota sostenías,
tampoco solo
estabas: a ti una multitud secuaz, a mí me tocó él solo.
El cual, si no
supiera él que el luchador menor que el inteligente
355es,
y que no a una indómita diestra se deben estos premios,
él también los
pidiera, los pidiera más moderado Áyax,
y Eurípilo el
feroz, y del claro Andremon el nacido,
y no menos
Idomeneo, y de la patria misma engendrado
Meriones,los
pidiera del mayor Atrida su hermano:
360pero
como quiera que de mano fuertes, y no son a ti en el Marte segundos,
a los consejos
cedieron míos. La diestra tuya para la guerra
útil; tu ingenio es
cual necesita del gobierno nuestro.
Tú tus fuerzas sin
pensamiento conduces, cuidado mío es el de lo futuro.
Tú combatir puedes,
del combate los tiempos conmigo
365elige
el Atrida. Tú sólo con tu cuerpo eres útil,
nos con el ánimo, y
en cuanto quien modera el barco sobrepasa
del remero el
servicio, en cuanto el general que el soldado más grande,
en tanto yo te
supero. Y no poco en mi cuerpo
mi pecho es más
poderoso que mi mano: mi vigor todo está en él.
370“Mas vosotros, oh próceres,
a la tutela vuestra sus premios dad,
y a cambio del
cuidado de tantos años que ansioso pasé,
este título, que de
compensar ha los méritos míos devolvedme:
ya la labor en su
fin está. Los opuestos hados aparté
y, que pudiera ser
tomada la alta Pérgamo haciendo, la tomé.
375Por
nuestras esperanzas ahora comunes, y por las murallas de los troyanos que van a
caer,
y por esos dioses
os ruego que al enemigo hace poco he arrebatado,
por cuanto resta,
si algo, que con inteligencia haya de hacerse,
si algo todavía
audaz y súbito de acometerse ha,
si de Troya a los
hados que algo resta pensáis
380de
mí acordaos, o si a mí no me dais las armas,
a ella dádselas”, y
muestra la estatua hadada de Minerva.
Conmovido ese puñado de próceres quedó, y,
de qué la elocuencia fuera capaz,
con la situación se
hizo patente, y del fuerte varón llevó las armas el diserto.
A
385sostuvo
tantas veces, sola no sostiene a su ira
y a ese no vencido
varón venció el dolor: arranca su espada
y: “Mía ésta
ciertamente es, ¿o también a ella para sí demanda Ulises?
Ella”, dice, “he de
usar contra mí yo, y la que de la sangre
muchas veces de los
frigios se ha mojado, de su dueño ahora con la muerte se mojará,
390para
que nadie a Áyax pueda superar sino Áyax”,
dijo y en su pecho,
que entonces al fin heridas sufría,
por donde patente
estaba al hierro, letal sepultó su espada.
Y no pudieron las
manos sacar la enclavada arma:
la expulsó el
propio crúor, y enrojecido de sangre el suelo
395purpúrea
engendró del verde césped una flor,
la que antes había
de la herida del Ebalio nacido.
Una letra común en
el medio, al muchacho y a este varón,
inscrita está de
sus hojas, ésta de su nombre, aquélla de su queja.
La caída de Troya
El vencedor de Hipsípila a la patria y del
claro Toante
400y
a las tierras infames de la matanza de sus viejos varones,
sus velas da para
traer de vuelta, del Tirintio las armas, las saetas.
Las cuales, después
que a los griegos, con su dueño acompañándole, las reportó,
impuesta le fue al
fin la mano última a esa fiera guerra.
Troya y a la vez
Príamo caen. De Príamo la esposa
405perdió
la infeliz después de todo aquello de humana
su figura y con un
nuevo ladrido aterró auras extrañas,
por donde en
angostura se cierra largo el Helesponto.
Ilión ardía, y todavía no se había
asentado el fuego
y del viejo Príamo
el ara de Júpiter el exiguo crúor
410había
bebido, y arrastrada de sus cabellos la sacerdotisa de Febo,
que no habían de
aprovecharle, tendía al éter las palmas.
A las dardanias
madres, a las imágenes de sus patrios dioses
mientras pueden
abrazadas, y sus incendiados templos ocupando,
las arrastran
vencedores los griegos, envidiosos premios.
415Es
lanzado Astíanax desde aquellas torres de donde
luchando por sí
mismo, y sus atávicos reinos guardando,
muchas veces ver a
su padre, mostrado por su madre, solía.
Y ya a la ruta
persuade el Bóreas y son su soplo favorable
los linos movidos
suenan: ordena el marinero que se aprovechen los vientos.
420“Troya,
adiós, nos roban”, gritan, dan besos a su tierra
las troyananas: de
su patria los humantes techos atrás dejan.
La última ascendió
a la flota, triste de ver,
en mitad de los
sepulcros encontrada Hécuba de sus hijos.
Abrazando sus
túmulos y a sus huesos besos dando
425la
arrastraron unas duliquias manos. Aun así del único sacó
y en su seno las
cenizas consigo se llevó sacadas de
De
ofrendas funerarias
pobres, un pelo y sus lágrimas dejó.
Hay, donde Troya estuvo, a la de Frigia
contraria una tierra,
430habitada
por los varones bistonios. De Poliméstor allí
el real rico
estaba, a quien a ti te encomendó para que te educara
a escondidas,
Polidoro, tu padre y te apartó de las frigias armas,
un plan sabio si,
del crimen botín, grandes riquezas
no hubiera añadido,
aguijada de un espíritu avaro.
435Cuando
cayó la fortuna de los frigios coge el impío su espada,
el rey de los
tracios, y en la garganta la hunde de su ahijado
y como si quitarse
junto con el cuerpo sus culpas pudieran,
exánime por una
peña lo lanzó, a ellas sometidas, a las ondas.
En el litoral tracio su flota había
amarrado el Atrida
440mientras
el mar pacificado, mientras el viento más amigo le fuese.
Aquí súbitamente,
cuan grande cuando vivía ser solía,
sale de la tierra
anchamente rota, y cual si amenazante
el rostro del
tiempo aquel volviera a llevar Aquiles,
en el que fiero al
injusto Agamenón buscaba a hierro y:
445“¿Olvidados
de mí partís”, dice, “aquivos,
y sepultada ha sido
conmigo la gracia de la virtud nuestra?
No lo hagáis, y
para que mi sepulcro no sea sin su honor,
aplaque a los manes
de Aquiles, inmolada, Políxena.”
Dijo y obedeciendo
sus compañeros a la despiadada sombra,
450arrebatada
del seno de su madre, a la que ya casi sola calor daba,
fuerte e infeliz y
más que mujer esa virgen,
es conducida al
túmulo y se la hace víctima de una siniestra hoguera.
La cual, acordada
ella de sí misma, después que a las crueles aras
acercada fue y
sintió que para ella unos fieros sacrificios se preparaban,
455y
cuando a Neoptólemo apostado y el hierro sosteniendo
y en su rostro vio
que fijaba él sus ojos:
“Utiliza ahora
mismo esta generosa sangre”, dijo,
“ninguna demora
hay: tú en la garganta o en el pecho tu arma
esconde mío”, y su
garganta a la vez y pecho descubrió.
460“Claro
es que a nadie servir yo, Políxena, quisiera.
No merced a tal
sacrificio a divinidad aplacaréis ninguna.
La muerte mía sólo
quisiera que a mi madre engañar pudiera:
mi madre me estorba
y minora de la muerte mis goces, aunque
no mi muerte para
ella, sino su vida de gemidos digna es.
465Vosotros,
sólo, para que a los estigios manes no acuda no libre,
idos lejos, si cosa
justa pido, y de mi contacto de virgen
apartad vuestras
manos. Más acepta para aquél,
quien quiera que él
es, a quien con el asesinato mío a aplacar os disponéis,
libre será mi
sangre. Si a alguno de vosotros, aun así, las últimas palabras
470conmueven
de mi boca –de Príamo a vosotros la hija, del rey,
no una cautiva os
ruega– a mi madre mi cuerpo no vendido
devolved, y no con
oro redima el derecho triste de mi sepulcro,
sino con lágrimas.
Entonces, cuando podía, los redimía también con oro.”
Había dicho, mas el pueblo las lágrimas
que ella contenía
475no
contiene. También llorando e involuntario el mismo sacerdote,
su ofrecido busto
rompió, a él lanzado el hierro.
Ella sobre la
tierra, al desfallecer su corva cayendo,
mantuvo no temeroso
hasta sus hados postreros el rostro.
Entonces también su
cuidado fue el de velar sus partes de cubrir dignas,
480al
caer, y la honra salvar de su casto pudor.
Las troyanas la
reciben y los llorados Priámidas recuentan
y cuántas sangres
diera una casa sola,
y por ti gimen,
virgen, y por ti, oh ahora poco regia esposa,
regia madre
llamada, de la Asia floreciente la imagen,
485ahora
incluso de un botín mal lote, a la que el vencedor Ulises
que fuera suya no
quería, sino porque, con todo, a
diste a luz: un
dueño para su madre apenas halla
La cual, ese cuerpo
abrazando inane de alma tan fuerte,
las que tantas
veces a su patria había dado, e hijos y marido,
490a
ella también da esas lágrimas. Lágrimas en sus heridas vierte,
de besos su boca y
rostro cubre y su acostumbrado pecho en duelo golpea,
y la canicie suya,
coagulada de sangre barriendo,
más cosas
ciertamente, pero también éstas, desgarrado el pecho, dice:
“Hija mía, de tu madre, pues qué resta, el
dolor último,
495hija,
yaces, y veo, mis heridas, tu herida:
y, para que no
perdiera a ninguno de los míos sin asesinato,
tú también herida
tienes. Mas a ti, porque mujer, te pensaba
del hierro a salvo:
caíste también mujer a hierro,
y a tantos tus
hermanos el mismo, a ti te perdió él mismo,
500destrucción
de Troya y de mi orfandad el autor, Aquiles.
Mas después que
cayó él de Paris y de Febo por las saetas,
ahora ciertamente,
dije, miedo no se ha de tener de Aquiles: ahora también
miedo yo le había
de tener. La ceniza misma de él sepultado
contra la familia
esta se ensaña y en su túmulo también sentimos a este enemigo.
505Para
el Eácida fecunda he sido. Yace Ilión, ingente,
y con resultado
grave finalizado fue de nuestro pueblo el desastre,
pero finalizado,
aun así. Sola a mí Pérgamos restan
y en su curso mi
dolor está, ahora poco la más grande de su estado,
de tantos yernos e
hijos poderosa, y de nuera, y esposo,
510ahora
se me arrastra desterrada, pobre, desgarrada de los túmulos de los míos,
de Penélope el
regalo, la cual a mí, los pesos de la lana dados arrastrando,
mostrándome a las
madres de Ítaca: “Ésta de
la brillante madre;
ésta es”, dirá, “de Príamo la esposa”,
y después de tantos
perdidos tú ahora, la que sola aliviabas
515de
una madre los lutos, unas enemigas hogueras has expiado.
Ofrendas fúnebres
para el enemigo he parido. ¿Para qué, férrea, resto
o a qué espero?
¿Para qué me reservas, añosa senectud?
¿Para qué, dioses
crueles, sino para que nuevos funerales vea,
vivaz mantenéis a
esta anciana? ¿Quién feliz pensaría
520que
Príamo se podría decir después de derruida Pérgamo?
Feliz por la muerte
suya es, y no a ti, mi hija, perecida
te mira y su vida
al par que su reino abandonó.
Mas, creo yo, de
funerales serás dotada, regia virgen,
y se sepultará tu
cuerpo en los monumentos de tus abuelos.
525No
tal es la fortuna de esta casa; como regalos de tu madre
te tocarán los
llantos y un puñado de extranjera arena.
Todo lo hemos
perdido: me resta, por lo que vivir un tiempo
breve sostenga,
retoño muy grato a su madre,
ahora él solo,
antes el menor de mis hijos varones,
530entregado
al rey ismario en estas orillas, Polidoro.
¿Qué espero, entre
tanto, para sus crueles heridas con linfas
purificar y
asperjado de despiadada sangre su rostro.”
Dijo, y al litoral con su paso avanzó de
vieja,
lacerada en sus
blanquecientes cabellos: “Dadme, Troyanas, una urna”,
535había
dicho la infeliz, para sacar líquidas aguas.
Contempla, arrojado
en ese litoral, de Polidoro el cuerpo
y hechas por las
armas tracias sus ingentes heridas.
Las troyanas
gritan, enmudeció ella de dolor
y al par sus
lágrimas y su voz hacia dentro brotadas
540las
devora el mismo dolor, y muy semejante a una dura roca
se atiere y, a ella
opuesta, clava ora sus ojos en la tierra,
a veces torvo alza
al éter su rostro,
ahora abajando el
suyo contempla el rostro de su hijo, ahora sus heridas,
sus heridas
principalmente, y se arma y guarnece de ira.
545De
la cual, una vez se inflamó, tal cual si reina permaneciera,
vengarse decide y
del castigo en la imagen toda ella está,
y como enloquece,
de su cachorro lactante orfanada una leona
y las señales
hallando de sus pies sigue a ése que no ve, a su enemigo,
así Hécuba, después
que con el luto mezcló su ira,
550no
olvidada de sus arrestos, de sus años olvidada,
marcha al artífice,
Poliméstor, del siniestro asesinato
y su conversación
pretende, pues ella mostrarle quería,
dejado atrás,
oculto para él, que a su hijo le devolviera, un oro.
Lo creyó el Odrisio
y acostumbrado del botín al amor,
555a
unos retiros viene. Entonces, artero, con tierna boca:
“Deja las demoras,
Hécube”, dijo. “Dame los regalos para tu hijo.
Que todo ha de ser
de él, lo que me das, y lo que antes diste,
por los altísimos
juro.” Contempla atroz al que así hablaba
y en falso juraba,
y de henchida ira se inflama,
560y
así cogido a las filas de las cautivas madres
invoca y sus dedos
en esos traidores ojos esconde
y le arranca de las
mejillas los ojos –la hace la ira dañina–
y dentro sumerge
las manos y manchada de esa sangre culpable
no su luz –pues no
la había–, los lugares de su luz saca.
565Por
el desastre de su tirano de los tracios el pueblo irritado,
a la troyana con
lanzamiento de armas y de piedras empezó
a atacar, mas ella
a una lanzada roca con ronco gruñido
a mordiscos
persigue, y con sus comisuras, para las palabras preparadas,
ladró al intentar
hablar. El lugar subsiste y del rey
570el
nombre tiene, y de sus viejas desgracias mucho tiempo ella memorativa,
entonces también
aulló, afligida, por los sitonios campos.
A los troyanos
suyos, y a los enemigos pelasgos,
la fortuna suya a
los dioses también conmovido había a todos,
así a todos, que
también la propia esposa y hermana de Júpiter,
575que
esos sucesos Hécuba había merecido negaría.
Memnón
No da tiempo a la Aurora, aunque las
mismas armas alentaba,
de los desastres y
el caso de Troya y Hécuba a conmoverse.
Un cuidado a la
diosa más cercano y un luto doméstico angustia,
el de su Memnón
perdido, a quien en los frigios campos
580gualda
lo vio, sucumbiendo de Aquiles por la cúspide, su madre.
Lo vio y aquel
color con el que matinales rojecen
los tiempos, había
palidecido, y se escondió entre nubes el éter.
Mas no, impuestos a
los supremos fuegos sus miembros,
sostuvo el
contemplarlos su madre, sino que el pelo suelto,
585tal
como estaba, a las rodillas postrarse del gran Júpiter
no tuvo a menos, y
a sus lágrimas añadir estas palabras:
“A todas inferior
que las que sostiene el áureo éter
–pues míos hay
rarísimos templos por el orbe todo–,
divina, aun así, he
venido no para que santuarios y días
590me
des a mí sacrificiales y, que se calentaren a fuegos, aras.
Si aun así
contemplas cuánto a ti, siendo mujer, te deparo,
en ese entonces
cuando con la luz nueva de la noche los confines preservo,
que premios se me
han de dar puedes creer. Pero no ese mi cuidado, ni este es
ahora el estado de
la Aurora, que merecidos demande sus honores:
595del
Memnón huérfana mío vengo, que fuertes en vano
a favor de su tío
llevó sus armas, y en sus primeros años
cayó por el fuerte
–así vosotros lo quisisteis– Aquiles.
Dale, te suplico, a
él, consuelo de su muerte, algún honor,
sumo de los dioses
regidor, y mis maternas heridas mitiga.
600Júpiter había asentido,
cuando, ardua, con su alto fuego
se derruyó su
hoguera, y las espiras de negro humo
inficionaron el día
como cuando los caudales exhalan,
en ellos nacidas,
sus nieblas y el sol no es admitido bajo ellas.
La negra pavesa
vuela y aglomerada en un cuerpo solo
605se
densa y forma coge y toma el color
y el ánima del
fuego: la levedad suya le presta alas,
y al principio
semejante a un ave, luego verdadera ave,
resonó con sus
alas: al par sonaron sus hermanas
innúmeras, de las
cuales es el mismo su natal origen,
610y
tres veces la hoguera lustran y consonante sale a las auras
tres veces un
plañido, a la cuarta voladura separan sus cuarteles.
Entonces dos
pueblos desde diversas partes, feroces,
guerras sostienen,
y con los picos y corvas uñas iras
ejercen y sus alas
y opuestos pechos fatigan
615y,
fúnebres ofrendas, caen sus emparentados cuerpos a la ceniza
sepultada, y, que
ellas de un varón fuerte nacieron, recuerdan.
A esas voladoras
súbitas su nombres les puso su autor: por él
Memnónides
llamadas, cuando el sol la docena de signos ha recorrido,
de sus difuntos a
la manera, las que han de morir, se vuelven a hacer la guerra.
620Así
pues, a unos, que ladrara la Dimántide digno de llanto pareció,
en los lutos suyos
está la Aurora volcada y, piadosas,
ahora también da
sus lágrimas y rora en el orbe todo.
El peregrinaje de Eneas (i): la partida
de Troya
No, aun así, que aniquilada, junto con sus
murallas, de Troya fuera
la esperanza
también los hados permiten: sus sacramentos y, sacramentos otros, a su padre
625lleva
en sus hombros, venerable carga, el héroe Citereio.
De tan grandes
riquezas el botín ese, piadoso, elige,
y al Ascanio suyo,
y con su prófuga flota por las superficies
es arrastrado desde
Antandros, y los criminales umbrales del los tracios
y, manando de la
sangre de Polidoro, esa tierra
630abandona,
y con útiles vientos y bullir favorable
entra, de Apolo,
con sus compañeros de séquito, en la ciudad.
A él Anio, a quien
como rey los hombres, como sacerdote Febo
honraba,
ritualmente, en su templo y en su casa lo recibió
y su ciudad le
mostró y los santuarios conocidos, y los dos
635troncos
que Latona un día, al parir, sostenía.
Incienso dado a las
llamas y vino a esos inciensos prodigado,
y de las heridas
reses sus entrañas según la costumbre quemadas,
a las regias
moradas se dirigen, y tendidos unos tapices
altos, regalos de
Ceres toman con líquido Baco.
640Entonces
el piadoso Anquises: “Oh de Febo el sacerdote elegido,
¿me engaño o
también un hijo cuando por primera vez estas murallas vi,
y dos parejas de
hijas, en cuanto recuerdo, tenías?”
La hija de Anio
A él Anio sus sienes, de níveas vendas
circundadas,
golpeándolas, y
triste, dice: “No te engañas, héroe
645máximo.
Viste de cinco hijos al padre,
al cual ahora
–tanta a los hombres de su estado la inconstancia torna–
apenas ves
huérfano, ¿pues cuál para mí mi hijo ausente
es auxilio, al que,
llamada de su nombre, la tierra
de Andros retiene,
que en vez de su padre ese lugar y esos reinos posee?
650El
Delio el augurio le había otorgado a él. Había otorgado otros Líber
a mi estirpe
femenina, que el voto mayores y que la fe,
otros presentes:
pues al contacto de mis hijas todas las cosas
en sembrado y en
humor de vino y de la cana Minerva
se transformaban, y
rica era su utilidad en ellas.
655Tal
cosa, cuando la conoció de Troya el devastador, el Atrida,
para que no poco,
en alguna parte, que vuestra misma tempestad
hemos sentido nos
también creas, la fuerza de las armas usando
las abstrajo contra
su voluntad del regazo de su padre, y que alimenten
les impera con su
celeste don la flota de Argos.
660Escapan
adonde cada una puede: a Eubea dos
y otras tantas de
mis hijas a la Andros fraterna se dirigieron.
Soldado llega, y,
si no se le entreguen, con las armas amenaza.
Vencida por el
miedo la piedad. Esos consortes cuerpos al castigo
entregó, y podrías
perdonar, miedoso, a ese hermano:
665no
aquí Eneas, no quien defendiera Andros
un
Y ya se preparaban
las ataduras para sus cautivos brazos;
ellas, levantando
todavía libres al cielo sus
brazos: “Baco,
padre, préstanos ayuda”, dijeron, y les prestó
670de
su don el autor ayuda, si a perderlas de prodigioso modo
prestar se llama
ayuda, y no de qué suerte su forma
perdieron pude
saber o ahora decir puedo.
Lo sumo de ese mal
conocido fue: alas tomaron
y de tu esposa en
las aves, en níveas palomas, se volvieron.”
Coronas
675Con tales y otros relatos
después que los banquetes
completaron, la
mesa retirada, el sueño buscaron,
y con el día se
levantan y acuden a los oráculos de Febo.
El cual, buscar su
antigua madre y sus parientes litorales
ordenó. Les sigue
el rey y da de regalo a los que iban a marchar,
680a
Anquises un cetro, una clámide y una aljaba a su nieto,
una cratera a Eneas
que otrora le había trasladado a él,
como su huésped,
desde las orillas aonias, Terses el Ismenio.
Se la había mandado
a él Terses, la había fabricado Alcón
el de Hile y con un
largo argumento la había labrado.
685Una
ciudad había, y siete podrías señalar sus puertas:
éstas en vez de su
nombre estaban y cuál fuera ella enseñaban.
Ante la ciudad unas
exequias y túmulos y fuegos y hogueras
y derramados
cabellos y madres de abiertos pechos
significan el luto.
Unas ninfas también llorar parecen
690y
que desecados se lamentan de sus manantiales. Sin frondas un árbol
desnudo se erige,
raen áridas rocas las cabritas.
He aquí que hace
que, en mitad de Tebas, las hijas de Oríon:
ésta un no femenino
pecho hiere, la garganta abierta,
aquélla, bajada por
sus fuertes heridas un arma,
695por
su pueblo ha caído, y en bellos funerales a través de la ciudad
es llevada y en una
concurrida parte es cremada.
Que después, de la
virginal brasa unos gemelos salen,
para que su familia
no perezca, unos jóvenes, a los que la fama Coronas
nombra y que de la
ceniza materna guían la pompa.
700Hasta
aquí en figuras fulgentes de antiguo bronce:
lo alto de la
cratera era áspero de dorado acanto.
Y no más leves que
los a ellos dados, los troyanos unos dones devuelven,
y dan al sacerdote,
guardián del incienso, un turíbulo,
dan una pátera, y
brillante de oro y gemas una corona.
El peregrinaje de Eneas (ii): Sicilia
705Desde allí, acordándose de
que los teucros de la sangre de Teucro
llevan
su principio, Creta alcanzaron y del lugar
soportar
mucho tiempo no pudieron el astro y, sus cien ciudades
abandonadas,
desean alcanzar los puertos de Ausonia.
Se
ensaña el mal tiempo y sacude a esos varones, y recibidos
710de
las Estrófades en sus puertos no confiables, los aterra la alada Aelo.
Y
ya los duliquios puertos, e Ítaca, y Samos,
y
de Nérito las casas, y el reino del falaz Ulises
pasado
de largo habían: disputada en un litigio de dioses
la
Ambracia ven, y bajo su imagen la roca del convertido
715juez,
la cual ahora por el Apolo de Accio conocida es,
y
la tierra vocal por su encina dodónida,
y
las ensenadas caonias, donde los hijos del rey Moloso
de
unos impíos incendios huyeron con unas alas a ellos sometidas.
A los próximos, de felices frutos
plantados, campos
720de
los feacios se dirigen; el Epiro, desde ellos, y, reinada por el vate
frigio, Butrotos y
su simulada Troya alcanzan.
De ahí, del futuro
cerciorados, que todo con fiel
admonición el
Priámida Héleno les había predicho, entran
en Sicania: ésta
incurre en los mares mediante tres alas,
725de
las cuales, a los lluviosos austros se vuelve el Paquino,
a los blandos
céfiros encarado el Lilibeo, a las Ursas,
del mar exentas,
contempla, y al bóreas, el Peloro.
La alcanzan los
teucros, y a remos y con un bullir favorable,
a la noche, gana la
flota de Zancle la arena:
Escila (i)
730Escila el costado derecho,
el izquierdo la irrequieta Caribdis
estraga. Devora
ésta arrebatándolas, y las vuelve a vomitar, las quillas.
Aquella de fieros
perros se ciñe su negro vientre
aunque rostro de
virgen muestra y, si no todo los vates
inventado nos han
dejado, en algún tiempo también virgen era.
735A
ella la buscaron muchos pretendientes, los cuales rechazados,
ella hacia las
ninfas del piélago, del piélago la más grata a las ninfas,
iba y burlados
narraba de esos jóvenes los amores.
A la cual, mientras
para peinarlos le ofrece Galatea sus cabellos,
con tales razones
se le dirige, reiterando suspiros:
Galatea, Acis y Polifemo
740“A ti, aun así, oh virgen,
un género no despiadado de varones
te pretende y, como
haces, puedes a ellos impunemente negarte.
Mas a mí, para
quien padre es Nereo, a quien la azul Doris
a luz dio, quien
estoy por la multitud también guardada de mis hermanas,
no, sino mediante
lutos, lícito me fue del Cíclope al amor
745escapar”,
y lágrimas la voz impidieron de la que hablaba.
Las cuales, cuando
enjugó con su pulgar de mármol la virgen,
y consolado a la
diosa hubo: “Cuenta, oh carísima”, dijo,
“y la causa no
oculta –así soy fiel– de tu dolor.”
La Nereide, de ello
en contra, prosiguió diciendo del Crateida a la nacida:
750“Acis había sido de Fauno y
de la ninfa Simétide creado,
gran placer
ciertamente del padre suyo y madre,
nuestro aun así
mayor, pues a mí consigo solo me había unido.
Bello, y sus
octavos cumpleaños por segunda vez hechos,
había señalado sus
tiernas mejillas con un dudoso bozo.
755A
él yo, a mí el Cíclope sin ningún final me pretendía,
y no, si
preguntares, si el odio del Cíclope o el amor
de Acis en nos
fuera más presente, te revelaré:
par uno y otro era.
¡Oh, cuánta la potencia del reino,
es, Venus nutricia,
tuyo! Como que aquel despiadado y para las mismas
760espesuras
horrendo y visto por huésped ninguno
impunemente y del
gran Olimpo con sus dioses despreciador,
qué sea el amor
siente, y de un vigoroso deseo cautivo
se abrasa olvidado
de los ganados y de los antros suyos.
Y ya para ti el de
tu hermosura, y ya para ti es el cuidado el de gustar,
765ya
rígidos peinas con rastrillos, Polifemo, tus cabellos,
ya te gusta,
hirsuta, a ti, con la hoz recortar tu barba,
y contemplar fieros
en el agua, y componerlos, tus semblantes.
De la matanza el
amor y la fiereza y la sed inmensa de crúor
cesan y seguras
vienen y van las quillas.
770Télemo
entre tanto, habiendo bajado hasta el siciliano Etna,
Télemo, el
Eurímida, a quien ningún ave había engañado,
al terrible
Polifemo se acerca y: “Esa luz, que única
en la mitad de tu
frente llevas, te la arrebatará a ti”, dijo, “Ulises.”
Se rio y: “Oh de
los videntes el más estúpido, te engañas”, dice.
775”Otra
ya me lo ha arrebatado.” Así, al que en vano la verdad le advertía,
desprecia, y o bien
pisando con su ingente paso las playas
socava, o, agotado,
bajo sus opacos antros regresa.
Sobresale hacia el ponto, acuñado en punta
larga,
un collado. A ambos
costados circunfluye de la superficie la onda.
780Aquí
fiero asciende el Cíclope, y central se asienta,
mientras sus
lanados rebaños, sin que nadie les guiase, le seguían.
Y él, después que
un pino, que de bastón prestaba el uso,
ante sus pies
dejado hubo, para llevar entenas apto,
y tomado que hubo,
de cañas cien compactada, una siringa,
785sintieron
todos los montes sus pastoriles silbos,
los sintieron las
ondas. Agazapada yo en un risco, y de mi
Acis en el regazo
sentada, de lejos con los oídos recogí
tales razones míos,
y oídas en mi mente las anoté:
“Más cándida que la hoja de la nívea,
Galatea, alheña,
790más
florida que los prados, más esbelta que el largo aliso,
más espléndida que
el vidrio, que el tierno cabrito más retozona,
más lisa que por la
asidua superficie trizadas las conchas,
que los soles
invernales, que la veraniega sombra más grata,
más noble que las
manzanas, que el plátano alto más visible,
795más
lúcida que el hielo, que la uva madura más dulce,
más blanda que del
cisne las plumas y la leche cuajada,
y si no huyeras,
más hermosa que un bien regado huerto.
Más salvaje que las
indómitas, la misma Galatea, novillas,
más dura que la
añosa encina, más falaz que las ondas,
800más
lenta que las varas del sauce y las vides blancas,
que estas peñas más
inconmovible, más violenta que el caudal,
que un alabado
pavón más soberbia, más acre que el fuego,
más áspera que los
abrojos, más brava que preñada la osa,
más sorda que las
superficies, más despiadada que pisada una hidra,
805y
lo que principalmente querría que a ti arrancarte yo pudiera,
no sólo que el
ciervo por los claros ladridos movido,
sino incluso que
los vientos y voladora el aura más fugaz.
Mas si bien
supieras, te pesaría el haber huido, y las demoras
tuyas tú misma
condenarías y por retenerme te esforzarías.
810Hay
para mí, parte de un monte, suspendidos de la viva roca,
unos antros, los
cuales, ni el sol en medio del calor sienten,
y no sienten el mal
tiempo; hay frutos que hunden sus ramas,
hay, al oro
semejantes, largas en sus vides, uvas,
las hay también
purpúreas: para ti éstas reservamos, y aquéllas.
815Tú
misma con tus manos, bajo la silvestre sombra nacidas,
blandas fresas
cogerás, tú misma otoñales cornejos,
y ciruelas, no sólo
las cárdenas de negro jugo,
sino también las
nobles, que imitan nuevas a las ceras,
ni a ti castañas,
yo tu esposo, ni a ti te faltarán
820del
madroño las crías: todo árbol a ti te servirá.
Este ganado todo
mío es, y muchas también por los valles erran,
muchas la espesura
oculta, muchas se apriscan en mis antros,
y no, si acaso
preguntas, podría a ti decirte cuántas son:
de pobre es contar
su ganado. De las alabanzas suyas
825nada
a mí creyeras: presente puedes tú misma verlo,
cómo apenas rodean,
restallante, con sus patas su ubre.
Hay, crianza menor,
en sus tibios rediles corderos,
hay también, pareja
la edad, en otros rediles cabritos.
Leche para mí
siempre hay, nívea: parte de ahí para beber
830se
reserva, otra parte licuados coágulos la cuajan.
Y no delicias
fáciles y vulgares presentes
sólo te alcanzarán,
gamos, liebres y cabrío,
o un par de palomas
o cogido de su copa un nido:
he encontrado,
gemelos, que contigo jugar puedan,
835entre
sí semejantes como apenas distinguirlos puedas,
de una velluda osa
cachorros en lo alto de unos montes.
Los encontré y
dije: “Para mi dueña los reservaremos.”
Ya, ora, tu nítida
cabeza saca del ponto de azul,
ya, Galatea, ven, y
no desprecia los regalos nuestros.
840Ciertamente
yo me he conocido y de la líquida agua en la imagen
me he visto hace
poco, y me complació a mí al verme mi figura.
Contempla cuán
grande soy. No es que este cuerpo mayor
Júpiter en el
cielo, pues vosotros narrar soléis
que no sé que
Júpiter reina. Mi melena mucha emerge
845sobre
mi torvo rostro y mis hombros, como una floresta, sombrea.
Y que de rígidas
cerdas se eriza densísimo
mi cuerpo no
indecente considera: indecente sin sus frondas el árbol,
indecente el
caballo si sus cuellos dorados crines no velan,
pluma cubre a las
aves, para las ovejas su lana decor es:
850la
barba a los varones, y les honra en su cuerpo sus erizados vellos.
Única es en mitad
de mi frente la luz mía, pero en traza
de un gigante
escudo. ¿Qué? ¿No estas cosas todas el gran
Sol ve desde el
cielo? Del Sol, aun así, único el orbe.
Añade que en
vuestra superficie el genitor mío reina,
855este
suegro a ti te doy. Sólo apiádate, y las plegarias
de este suplicante
escucha. Pues a ti hemos sucumbido, sola,
y quien a Júpiter y
a su cielo desprecio, y su penetrable rayo,
Nereide, a ti te
venero, que el rayo más salvaje la ira tuya es.
Y yo, despreciado,
sería más sufridor de ello
860si
huyeras a todos. ¿Pero por qué, el Cíclope rechazado,
a Acis amas y
prefieres que mis abrazos a Acis?
Él, aun así, que a
sí mismo se plazca, y te plazca, lícito sea,
lo cual yo no
quisiera, Galatea, a ti: sólo con que la ocasión se me dé,
sentirá que tengo
yo, según este tan gran cuerpo, fuerzas.
865Sus
vísceras vivas le sacaré y sus divididos miembros por los campos,
y los esparciré
–así él a ti se mezcle– por tus ondas.
Pues me abraso, y
dañado se inflama más acre el fuego,
y con sus fuerzas
me parece que trasladado el Etna
en el pecho llevo
mío, y tú, Galatea, no te conmueves.”
870De tales cosas para nada
lamentándose –pues todo yo veía–
se levanta, y como
el toro furibundo, su vaca al serle arrebatada,
parar no puede, y
por la espesura y sus conocidos sotos erra:
cuando, fiero, sin
nosotros darnos cuenta y que para nada tal temíamos,
a mí me ve y a Acis
y: “Te veo”, exclama, “y que ésta
875la
última sea, haré, concordia de la Venus vuestra”,
y tan gran voz
cuanta un Cíclope airado tener
debió, aquella fue.
De su grito se erizó el Etna.
Mas yo,
despavorida, bajo la vecina superficie me sumerjo.
Sus espaldas a la
fuga vueltas había dado el Simetio héroe
880y:
“Préstame ayuda, Galatea, te lo ruego. Prestádmela, padres”,
había dicho, “y al
que va a morir admitid a vuestros reinos.”
Le persigue el
Cíclope, y una parte del monte arrancada
le lanza, y un
extremo ángulo aunque arribó
hasta él de la
roca, todo, aun así, sepultó a Acis.
885Mas
nos, lo que hacerse sólo, por los hados, podía,
hicimos, que las
fuerzas asumiera Acis de su abuelos.
Bermellón de esa
mole crúor manaba, y dentro
de un tiempo exiguo
su rubor a desvanecerse comenzó,
y se hace su color
a lo primero el del caudal turbado por la lluvia,
890y
se purga con la demora. Entonces la mole a él arrojada se hiende,
y viva por sus
grietas y esbelta se levanta una anea,
y la boca hueca de
la roca suena al brollarle ondas,
y, admirable cosa,
de súbito emerge hasta el vientre en su mitad,
enceñido un joven
de flexibles cañas por sus nuevos cuernos,
895el
cual, si no porque más grande, porque azul en toda su cara,
Acis era, pero así
también era, con todo, Acis, en caudal
vuelto, y su
antiguo nombre retuvieron sus corrientes.”
Escila (ii)
y Glauco
Había dejado Galatea de hablar y, la
reunión disuelta,
se retiran y a sus
plácidas ondas nadan las Nereides.
900Escila
vuelve, y ciertamente confiarse a la mitad del ponto
no osa, y o bien
por la bebedora arena deambula sin ropas,
o, cuando cansado
se hubo, hallando unos apartados recesos
del abismo, en esa
recluida agua refrigera sus miembros.
He aquí que rozando
el mar, nuevo habitante del alto ponto,
905recientemente
transformados sus miembros en la eubea Antedón,
Glauco llega, y de
la doncella vista el deseo en él prende,
y cuantas cree que
huyendo ella puede demorarla, tales
palabras le dice.
Huye ella aun así, y veloz del temor
llega a lo alto,
colocado cerca del litoral, de un monte.
910Delante
del estrecho hay, ingente, recogido en una punta sola,
convexo hacia las
largas superficies bajo sus árboles, un vértice.
Se detiene aquí, y
segura de su lugar, si monstruo o dios
él sea ignorando,
se admira de su color
y su cabellera, que
sus hombros y a ella sometidas sus espaldas cubría,
915y
también que el extremo de sus ingles las acoja un tórcil pez.
La sintió él y
apoyándose, que se alzaba próxima, en una mole:
“No un prodigio, ni
soy yo un fiero monstruo, oh virgen,
sino un dios”,
dice, “del agua, y mayor derecho sobre las superficies
Proteo no tiene, y
Tritón, y el Atamantíada Palemon.
920Antes
en cambio mortal era, pero claramente destinado
a las altas
superficies, ya entonces me afanaba en ellas,
pues ora sacaba,
las que sacarían peces,
mis redes, ora en
una mole sentado gobernaba con mi arundo el lino.
Hay, a un verde
prado confines, unas playas, una de cuyas partes
925de
olas, la parte otra se ciñe de hierbas,
las cuales, ni
adornadas novillas con su morder dañaron,
ni plácidas las
cortasteis, ovejas, o las greñudas cabritas.
No la abeja de ahí
se lleva diligente sus recolectadas flores,
no han ofrecido
ellas para la cabeza festivas guirnaldas ni nunca
930manos
armadas de hoz las cortaron. Yo el primero en aquel
césped me senté,
mientras mis linos mojados seco,
y para recontarlos,
cautivos, en orden mis peces,
ahí encima expuse,
esos que a las redes el azar,
o su credulidad a
los corvos anzuelos había llevado.
935La
cosa semejante es a una fingida, pero ¿qué a mí el fingirlo me aprovecha?
Al ser tocada esa
grama empezó mi botín a moverse
y a mudar su
costado y en la tierra como en la superficie a apoyarse.
Y mientras me paro
y me admiro a la vez, huye toda esa multitud
a las olas suyas y
a su dueño nuevo y la playa dejan.
940Me
quedé suspendido, y vacilo un tiempo y la causa inquiero,
de si dios alguno
tal cosa, o si el jugo lo hiciera de tal hierba.
“Mas qué hierba”,
digo, “tiene estas fuerzas”, y con la mano
esos pastos
arranqué y arrancados con los dientes los mordí.
No bien había
bebido mi garganta esos desconocidos jugos,
945cuando
de súbito trepidar por dentro mis entrañas sentí
y que por el amor
de otra naturaleza era arrebatado mi pecho,
y no pude demorarme
largo tiempo y: “A la que no he de volver nunca,
tierra, salud”,
dije, y mi cuerpo sumergí bajo las superficies.
Los dioses del mar
al acogerme me dignan con compartido honor,
950y,
que a mí cuanto llevo de mortal me arrebaten,
al Océano y a Tetis
ruegan: soy yo lustrado por ellos,
y tras decírseme
una canción que purga lo nefasto nueve veces,
mi pecho bajo cien
corrientes se me ordena someter,
y sin demora,
bajando de diversas partes unos caudales,
955y
todas sus aguas, se vierten sobre la cabeza nuestra.
Hasta aquí lo
ocurrido para contártelo a ti puedo referirte;
hasta aquí también
recuerdo; y la mente mía de lo restante no tuvo noción,
la cual, después
que a mí volvió, otro me recobré en mi cuerpo
todo del que fuera
poco antes, y tampoco era el mismo en mi mente.
960Entonces
por primera vez, verde de herrumbre, esta barba,
y la cabellera mía,
que larga por las superficies barro,
y mis ingentes
hombros y azules brazos vi,
y mis piernas
curvadas a su extremo en pez que lleva aletas.
De qué, aun así,
este aspecto, de qué a los dioses marinos haber complacido,
965de
qué me ayuda ser dios, si tú no te conmueves por estas cosas?”
Tal diciendo y al
ir a decir mas, abandona Escila al dios. Se enfurece él,
e irritado por
su rechazo a los prodigiosos atrios se dirige de la Titánide Circe.
Libro
decimocuarto
___
Escila (iii),
Glauco y Circe
Y ya, arrojado dentro de unas fauces de
Gigante al Etna,
y los campos de los
Cíclopes, ignorantes de qué cosa los rastrillos, cuál el uso
del arado, y que
nada a los ayuntados bueyes deben,
había dejado atrás
el euboico habitante de las henchidas aguas.
5Había
dejado también Zancle y las opuestas murallas de Regio,
y el naufragador
estrecho que, presa de un gemelo litoral,
de la tierra
ausonia y de la siciliana tiene los confines.
De ahí, con su mano
grande desplazándose a través de los tirrenos mares,
a los herbosos
collados acude y los atrios Glauco
10de
la hija del Sol, Circe, de coloridas fieras llenos.
A quien una vez
hubo visto, dicho y recibido el saludo:
“Divina, de un dios
apiádate, te lo suplico, pues sola aliviar
tú puedes”, dijo,
“si sólo te parezco digno, este amor.
Cuánta sea de las
hierbas, Titania, el poder, para nadie
15que
para mí más conocido, quien he sido mutado por ellas,
y para que no
conocida no sea para ti la causa del delirio mío:
en un litoral de
Italia, de las mesenias murallas en contra,
a Escila vi. Pudor
da las promesas, las súplicas,
las ternuras mías y
despreciadas palabras referir.
20Mas
tú, si alguna soberanía hay en tu canción, una canción
con tu boca sagrada
mueve, o si más expugnadora la hierba es,
usa las tentadas
fuerzas de una efectiva hierba,
y no que me cures a
mí y sanes estas heridas que tengo, mando,
de su fin ninguna
necesidad hay: que parte lleve ella de este calor.”
25Mas
Circe –pues no tiene más apto ninguna su ingenio
para llamas tales,
ya sea que el origen esté de tal cosa en ella misma,
ya sea que Venus
causa tal cosa, ofendida por la delación de su padre–
tales palabras le
devuelve: “Mejor persigue a quien desee
y ansíe lo mismo, y
de parejo deseo cautivada.
30Digno
eras todavía, y podrías serlo ciertamente, de ser rogado,
y si esperanza
dieras, a mí créeme, serías rogado todavía.
Y para que no lo
dudes y te falte confianza en tu hermosura,
heme aquí, cuando
diosa sea, cuando hija del nítido Sol,
con el
encantamiento cuando tanto, tanto también con la grama pueda,
35que
por ser tuya hago votos. A la que te desprecia desprecia, a la que te sigue
dale las tornas, y
con un solo acto a dos vengar puedes.
A la que tal
intentaba: “Antes –dice– en la superficie frondas
–Glauco–, y en los
supremos montes nacerán algas,
que en vida de
Escila se muten nuestros amores.”
40Se
indignó la diosa, y por cuanto dañarle a él mismo
no podía –ni
quería, amándole–, se encona con la que
a ella habíase
antepuesto, y de su Venus por el rechazo ofendida
en seguida infames
pastos de horrendos jugos juntos
maja, y triturados
hecateios encantos les mezcla
45y
de azules velos se viste y a través de su tropel
de fieras
aduladoras sale de mitad de su aula
y dirigiéndose,
opuesto contra las rocas de Zancle,
hacia Regio, entra
en el bullir de las hirvientes olas,
en las cuales como
en sólida tierra pone sus huellas
50y
recorre sobre lo alto las superficies a pies secos.
Pequeño había un abismo, ensenado en
curvos arcos,
grato descanso de
Escila, adonde ella se retiraba del hervor
del mar y del
cielo, cuando muchísimo en mitad de su orbe
el sol era y
mínimas desde su vértice hiciera las sombras.
55Éste
la diosa previamente lo malogra, y con venenos hacedores de portentos
lo inquina. Aquí,
exprimidos líquidos de una raíz dañosa
asperja, y, oscuro,
del rodeo de sus palabras nuevas,
en tres novenas la
canción largamente murmura con su mágica boca.
Escila llegó y
hasta el vientre en su mitad había descendido,
60cuando
desfigurarse sus ingles merced a monstruos que ladraban
contempló y, al
principio, creyendo que no aquellas
de su cuerpo eran
partes, rehúye y espanta y teme
las bocas protervas
de los perros, pero a los que huye consigo arrastra a una,
y el cuerpo
buscando de sus muslos, y piernas, y pies,
65cerbéreos
belfos en vez de las partes aquellas encuentra:
y se yergue por la
rabia de los perros, y esas espaldas de las fieras,
sometidas a sus
ingles truncas y a su útero perviviente, contiene.
Llora enamorado Glauco y de la que
demasiado hostilmente había usado
las fuerzas de las
hierbas, huye de las bodas de Circe.
70Escila
en ese lugar permaneció y cuando le fue dada ocasión,
primero por odio de
Circe, de sus aliados expolió a Ulises,
luego, ella misma,
hubiera hundido las teucrias quillas,
si no antes en la
peña que también ahora rocosa pervive
transformada
hubiera sido: su peña también el navegante evita.
El peregrinaje de Eneas (iii): Italia
75A ella cuando a remos, y a la
ávida Caribdis,
vencieron los
barcos troyanos, cuando ya cerca del litoral ausonio se hallaban,
por el viento son
devueltos a las orillas líbicas.
Recibe a Eneas allí
en su ánimo y en su casa quien no bien
la separación de su
frigio marido había de soportar,
80la
Sidónide, y en una pira, en la figuración de un sacrificio hecha,
se postró sobre un
hierro y defraudada defraudó a todos.
De nuevo, huyendo
de las nuevas murallas de esa arenosa tierra,
hacia la sede del
Érix devuelto y al fiel Acestes,
sacrifica él, y el
túmulo de su padre honora.
85Y
esos barcos que Iris la Junonia casi había quemado
desata, y del
Hipótada el reino y las tierras humantes
de caliente azufre
y las peñas de las Aqueloides deja atrás,
las de las Sirenas,
y huérfano de su conductor ese pino
la Inárime y
Próquite escoge, y en un estéril collado
90situadas
las Pitecusas, de sus habitantes con el nombre dichas.
Los Cércopes
Como que de los dioses el padre, el fraude
y los perjurios de los Cércopes
un día aborreciendo
y las comisiones de esa gente dolosa,
en un desfigurado
ser a sus varones mutó, de modo que igualmente
desemejante al
humano y semejantes parecen,
95y
sus miembros contrajo, y sus narices, de la frente remangadas,
aplastó y de
arrugas roturó de vieja su cara,
y velados en todo
el cuerpo de un dorado vello
los mandó a estas
sedes y no dejó antes de arrebatarles el uso
de las palabras y,
nacida para los perjurios, de su lengua.
100El
poder lamentarse sólo con un ronco chirrido les dejó.
El peregrinaje de Eneas (iv): la Sibila
Cuando éstas hubo preterido y a la diestra
de Parténope
las murallas
abandonó, por la izquierda parte del canoro
Eólida en el túmulo
y, lugares preñados de palustres ovas,
en los litorales de
Cumas y en las cuevas de la vivaz Sibila
105entra
y que a los manes paternos él acuda a través de los Avernos,
le ruega. Mas ella
su rostro, largo tiempo en la tierra demorado,
erigió, y, al fin,
delirante del dios por ella recibido:
“
cuya diestra a
través del hierro, su piedad a través de los fuegos se han contemplado.
110Deja
aun así, Troyano, el miedo: dueño serás de tus pretensiones
y las Elisias
moradas y los reinos postreros del mundo
conmigo de guía
conocerás y las efigies amadas de tu padre.
Inviable para la
virtud ninguna vía hay”, dijo y fulgente
de oro una rama en
el bosque de la Averna Juno
115le
mostró y le ordenó desgajarla de su tronco.
Obedeció Eneas y del formidable Orco
vio las riquezas y
los antepasados suyos y la sombra anciana
del magnánimo
Anquises. Aprendió también las leyes de esos lugares
y cuáles los
peligros que habían de ser arrostrados en nuevas guerras.
120De
ahí, llevando sus fatigados pasos por la opuesta senda,
con su guía Cumea
suaviza en la conversación el esfuerzo.
Y mientras el
camino horrendo a través de los opacos crepúsculos coge:
“Si una diosa tú
presente, o si a los dioses gratísima –dijo–:
de un numen en la
traza estarás siempre para mí, y confesaré que yo
125de
regalo tuyo existo, tú, quien, que yo a los lugares de la muerte entrara,
quien de esos
lugares que yo saliera, quisiste, de la muerte por mí vista.
Por esos méritos,
tras llegar yo del aire a las auras,
unos templos te
alzaré y te otorgaré unos honores de incienso.”
Se vuelve a mirarle la vidente y unos
suspiros tomando:
130“Ni
diosa soy”, dijo, “ni de sagrado incienso con el honor
dignes una humana
cabeza, y para que ignorante no yerres:
una luz eterna a mí
y el carecer de final se me concedía
si mi virginidad
hubiese padecido a Febo, mi enamorado.
Mientras esperanza
tiene de ella, mientras previamente sobornarme con dones
135ansía:
“Elige”, dice, “virgen Cumea, qué deseas.
De tus deseos serás
dueña.” Yo de polvo cogido
le mostré un
puñado: cuantos tuviera de cuerpos ese polvo,
tantos cumpleaños a
mí me alcanzaran, vana, le rogué.
Se me pasó pedir
jóvenes también en adelante esos años:
140éstos
con todo él me los daba, y la eterna juventud,
si su Venus
padecía. Despreciado el regalo de Febo
célibe permanezco.
Pero ya la más feliz edad
sus espaldas me ha
dado, y con tembloroso paso viene la enferma vejez,
que de sufrir largo
tiempo he. Pues ya, aunque para mí siete siglos
145han
pasado, aun así resta, para que los números del polvo iguale,
trescientas mieses,
trescientos mostos ver.
Un tiempo habrá
cuando, de tan gran cuerpo, a mí pequeña
el largo día me
hará, y mis miembros consumidos por la vejez
se reduzcan a una
mínima carga, y ni amada haber sido pareceré
150por
un dios, ni haberle complacido: Febo también quizás, él mismo,
o no me conocerá o
que me amó negará,
hasta tal punto
mutada se me llevará y para nadie visible,
por mi voz, aun
así, se me conocerá. La voz a mí los hados me dejarán.”
Aqueménides
Mientras tales cosas a través del convexo
camino mencionaba la Sibila,
155de
las sedes estigias emerge el troyano Eneas hacia la ciudad
eubea, y
propiciados unos sacrificios según la costumbre,
a las costas acude
que todavía de su nodriza no tenían el nombre.
Aquí también se
había detenido, después de los hastíos largos de sus labores,
el Neritio Macareo,
compañero del sufridor Ulises.
160El
cual, al que había sido abandonado un día en medio de las peñas del Etna
reconoce, a
Aqueménides, y al encontrarlo de improviso,
de que viva
asombrado: “¿Qué azar a ti, o dios,
te guarda,
Aqueménides? ¿Por qué”, dice, “una bárbara proa a ti,
un griego, te
porta? ¿Se dirige vuestra quilla a qué tierra?”
165A
quien tal preguntaba, ya no tosco en su atavío,
ya suyo él, y no
trabado su sombrero de espinas ningunas,
dice Aqueménides:
“Que de nuevo a Polifemo y aquellas
comisuras yo
contemple, fluidas de sangre humana,
si mi casa que esta
quilla para mí mejor es, o Ítaca,
170si
menos a Eneas venero que a mi padre, y nunca
estarle bastante
agradecido podré, aunque se lo ofreciera todo.
Puesto que hablo y
respiro y el cielo y los astros del sol
contemplo, ¿podría
ingrato y olvidado serle?
Él me dio el que
este aliento mío a la boca del Cíclope
175no
haya venido, y aunque ya ahora la luz vital abandone yo,
en un túmulo, o
ciertamente no se me sepultará en aquel vientre.
¿Qué animo entonces
era el mío –a no ser que el temor me haya robado
todo el sentido y
mi ánimo–, cuando a vosotros, dirigiros a las altas
superficies,
abandonado, contemplé? Quise gritaros, pero a mi enemigo
180entregarme
temí: a vuestro barco incluso el grito
de Ulises casi hizo
daño. Yo vi cuando de monte desgajada
una ingente peña
lanzó en medio de las ondas,
vi de nuevo, como
por las fuerzas de una catapulta llevadas,
vastas rocas que él
disparaba con su brazo de Gigante,
185y
que no hundiera ese oleaje o esa piedra la quilla,
mucho temí, ya que
yo no estaba en ella olvidado.
Pero cuando la
huida os retornó de una certera muerte,
él ciertamente todo
el Etna deambula gemebundo,
y por delante
tienta con la mano los bosques, y de su luz huérfano
190contra
las peñas se lanza, y sus brazos, desfigurados de la sanguaza,
tendiendo al mar,
maldice la raza aquiva
y dice: “Oh si
algún azar a mí me devuelve a Ulises
o a alguno de sus
aliados, contra el que se ensañe mi ira,
las entrañas del
cual me coma, cuyos vivientes miembros
195con
mi diestra despedace, cuya sangre a mí me inunde
la garganta y
aplastadas tiemblen bajo mis dientes sus extremidades:
cuán nulo o leve me
sería el daño de mi luz arrebatada.”
Esto y más aquel
feroz. A mí un lívido horror me invade,
contemplando su
rostro todavía de la matanza mojado,
200y
sus cruentas manos, y vacío el orbe de su luz,
y sus miembros y
cuajada de sangre humana su barba.
Esa muerte estaba
ante mis ojos, lo mínimo aun así ella de mi dolor,
y ya, que iba a ser
atrapado, ya ahora mis entrañas pensaba
que en las suyas
iba a sumergir, y en mi mente prendida estaba la imagen
205del
tiempo aquel en el que vi de a dos los cuerpos de mis compañeros,
tres veces, cuatro
veces ser golpeados contra la tierra,
cuando echado él
encima, a la manera de un hirsuto león,
sus entrañas y
carnes y con las blancas médulas sus huesos
y medio exánimes
sus extremidades sepultaba en su vientre ávido.
210Un
temblor me invadió: de pie estaba, sin sangre, afligido,
viéndole mojado y
arrojando de su boca sus cruentos
festines y bocados
con vino aglomerados vomitando:
tales imaginaba que
a mí, desgraciado, se preparaban los hados,
y durante muchos
días agazapado y estremeciéndome ante todo
215crujido
y la muerte temiendo y deseoso de morir,
con bellota
combatiendo el hambre y, mezclada con frondas, con hierba,
solo, pobre,
desahuciado, a la muerte y a esa condena abandonado,
ésta desde lejos
contemplé después de largo tiempo, esta nave,
y les supliqué mi
huida con gestos y al litoral corrí
220y
los conmoví: a un griego un barco troyano lo acogió.
“Tú también expón
tus azares, de mis compañeros el más grato,
y los del jefe y la
multitud que contigo se confió al ponto”
Aventuras de Ulises
Que Éolo, él le cuenta, reinaba en el
profundo etrusco,
Éolo, el Hipótada,
reteniendo en su cárcel a los vientos,
225los
cuales, encerrados en una piel de vacuno, memorable regalo,
los tomó el jefe
duliquio, y que con soplo favorable marchó
durante nueve
luces, y contempló la tierra a la que se dirigían;
que la siguiente
tras la novena, cuando se movió esa aurora,
de envidia sus
aliados, y del deseo de botín, vencidos
230fueron:
creyéndolo oro, arrancaron sus ataduras a los vientos;
que con ellos
marcha atrás, a través de las ondas recién
recorridas el
barco, y a los puertos volvía a dirigirse del eolio tirano.
“De ahí, de Lamo el
Lestrigon”, dice, “a la antigua ciudad
llegamos: Antífates
reinaba en la tierra aquella.
235Enviado
a él yo soy, en número de dos mis acompañantes,
y apenas en la
huida buscada fue la salvación de un acompañante y mía.
El tercero de
nosotros tiño la impía boca del Lestrigon con el crúor suyo.
Al huir nosotros
nos acosa y una hueste contra nosotros
lanza Antífates.
Nos atacan y rocas y maderos
240nos
lanzan y sumergen a nuestros hombres y sumergen nuestras quillas.
Una, aun así, que a
nosotros y al mismo Ulises portaba
escapó. Por esa
perdida parte de nuestros aliados, dolientes
y de muchas cosas
lamentándonos, a las tierras arribamos aquellas
que lejos de aquí
divisas –de lejos, créeme, se ha de ver
245la
isla vista por mí–, y tú, oh el más justo de los troyanos,
nacido de diosa,
pues finalizada la guerra de llamarte enemigo
no he, Eneas, te
aconsejo: huye de los litorales de Circe.
Nosotros también,
amarrado nuestro pino de Circe en el litoral,
de Antífates
acordados y del inmansueto Cíclope,
250a
marchar nos negábamos, pero para alcanzar la morada desconocida
a la muerte fuimos
elegidos: la suerte a mí y al leal Polites
y a Euríloco a la
vez y a Elpénor, el del excesivo vino,
a dos novenas de
aliados de Circe a las murallas nos envió.
Las cuales, cuanto
las alcanzamos y estuvimos en el umbral de su techo,
255mil
lobos y mezcladas a los lobos osas y leonas
al correr a
nosotros nos dieron miedo, pero ninguno de temer,
y ninguno había de
hacernos en el cuerpo herida alguna;
incluso tiernas
movieron al aire sus colas
y adulándonos
cortejan nuestras huellas hasta
260que
nos reciben unas sirvientas y a través de unos atrios de mármol cubiertos
a su dueña nos
llevan. Sentada está ella en un receso bello,
de solemne trono y,
vestida de un manto brillante,
por encima está
velada de un dorado atuendo.
Nereides y ninfas a
la vez, que vellones ningunos arrastran
265moviendo
sus dedos, ni hilos subsiguientes sacan,
gramas distribuyen
y, esparcidas sin orden unas flores,
las disciernen en
canastos y variadas de colores hierbas.
Ella misma, el que
ellas hacen, su trabajo concluye, ella qué uso,
o en qué hoja esté,
cuál sea la concordia de ellas mezcladas
270conoce
y a ellas atendiendo los lotes examina de las hierbas.
Ella cuando nos
vio, dicho y recibido el saludo,
esparció su rostro
y nos devolvió augurios con sus votos.
Y sin demora que se
mezclen ordena cebadas de tostado grano
y mieles, y la
fuerza del vino puro con leche que coágulos ha padecido
275y,
los que bajo esta dulzura se oculten furtivamente, unos jugos
añade. Recibimos de
su sagrada diestra dadas esas copas,
las cuales, no bien
sedientos con nuestra árida boca apuramos,
y nos hubo tocado
con su vara la diosa siniestra lo alto de nuestros cabellos
–vergüenza da, mas
lo contaré–, de cerdas a erizarme comencé
280y
ya a no poder hablar, por palabras a emitir un ronco
murmullo y hacia la
tierra a postrarme con todo el rostro
y la cara mía sentí
que en un ancho morro se encallecía,
mis cuellos
hincharse de protuberancias y por la parte que ahora poco esas copas
sostenidas por mí
fueran, con ella huellas hacía,
285y
con los que lo mismo habían padecido –tanto las drogas pueden–
me encierra en la
pocilga, y solo de un cerdo carecer de la figura
vimos a Euríloco:
solo él de las copas a él dadas había huido,
las cuales, si él
no hubiese evitado, del ganado cerdoso una parte
permanecería ya
ahora también, y no, de tan gran calamidad cerciorado
290por
él, hasta Circe, vengador, hubiese venido Ulises.
El pacificador
Cilenio a él le había dado una flor blanca:
moly
la llaman los altísimos; con una negra raíz se tiene.
Guardado por ella,
y por las advertencias también celestes, entra
él en la casa de
Circe, y a las insidiosas copas
295llamado,
y a la que intentaba con su vara acariciar sus cabellos, rechaza,
y empuñada su
espada, pávida, la aterroriza.
De ahí, sus
palabras y sus diestras dadas, y en el tálamo recibido
del matrimonio, de
dote los cuerpos de sus aliados demanda.
Se nos asperja de
jugos mejores de una desconocida hierba,
300y
se nos golpea la cabeza con un azote de la vara vuelta,
y palabras se dicen
contrarias a las dichas palabras.
Mientras más ella
canta, más con ello de la tierra aligerados
nos erguimos, y las
cerdas caen, y bífidos abandona su hendidura
a nuestros pies,
vuelven los hombros, y sometidos a sus antebrazos
305nuestros
brazos fueron: a él llorando, llorando lo abrazamos nosotros,
y prendidos
quedamos del cuello de nuestro jefe, y palabras antes ningunas
dicho hubimos que
las que nos atestiguaban agradecidos.
Pico
De un año allí nos detuvo la demora, y
muchas cosas, presente,
en tiempo tan largo
vi, muchas con mis oídos recogí:
310esto
también, con las muchas, que a escondidas me refirió una
de sus cuatro
fámulas, de las destinadas a tales sacrificios.
Así pues, con el
jefe mío mientras Circe sola se demoraba,
ella a mí de níveo
mármol hecha una estatua
me muestra,
juvenil, portando en la cabeza un pico,
315en
el santuario sagrado puesta, y por sus muchas coronas señalada.
Quién fuera y por
qué en ese sagrado santuario se le honraba,
por qué ese ave
llevaba, a mí que le preguntaba y saber quería:
“Atiende”, dice,
“Macareo, y de la dueña mía el poder cuál sea,
de aquí también
aprende. Tú a mi relato dispón tu mente.
320Pico, de Ausonia en las
tierras, prole de Saturno,
el rey fue, de los
útiles para la guerra caballos estudioso.
La hermosura de ese
hombre la que contemplas era, puedes tú mismo su decor
contemplar y por la
fingida imagen aprobar al verdadero.
Parejo su ánimo a
su hermosura, y todavía contemplar merced a sus años
325no
había podido cuatro veces en la griega Élide su pugna quinquenal.
Él a las dríades,
del Lacio en los montes nacidas,
había vuelto hacia
su rostro, a él las fontanas divinidades
le pretendían, las
náyades, las que el Álbula, las que el Numicio,
las que del Anio
las aguas y de su curso brevísimo el Almo
330o
el Nar lleva vertiginoso, y el Fárfaro de opaca onda,
y las que honran el
pantano nemoroso de la escítica Diana
y sus muy lindantes
lagos. Despreciadas aun así todas, a una
ninfa él honraba,
que en otro tiempo en el collado del Palacio
se dice que del
jonio parió Venilia Jano.
335Ella,
tan pronto como maduró en sus casaderos años,
antepuesto a todos,
al Laurente entregada, a Pico, fue,
rara ciertamente
por su faz, pero más rara por su arte del cantar,
de donde Canente se
le llamaba: los bosques y las rocas mover
y amansar las
fieras y las corrientes largas demorar
340con
la boca suya, y los pájaros errantes retener, solía.
La cual, mientras
con su voz de mujer modula canciones,
había salido de su
morada Pico a los campos laurentes,
a fin de atravesar
paisanos jabalíes, y sobre el lomo pesaba
de un agrio
caballo, y en su izquierda un par de astiles llevaba,
345y
recogida su clámide bermellón por un rubio oro.
Había llegado a
unos bosques, y la hija del Sol a los mismos,
y para nuevas
recoger de esos fecundos collados sus hierbas,
del nombre suyo
llamados, los campos circeos había abandonado.
La cual, no bien al
joven en los ramajes escondida hubo visto,
350quedó
suspendida: cayeron de su mano, las que había recogido, hierbas,
y una llama por
todas sus médulas le pareció que erraba.
Cuando por fin
compuso su mente de ese vigoroso bullir,
qué anhelaba, a
confesar iba: que no pudiese acercarse,
la carrera de su
caballo hizo, y rodeado él de escoltas.
355“No”,
dice, “escaparás, aunque del viento seas arrebatado,
si sólo yo me
conozco, si no se ha desvanecido toda
de mis hierbas la
virtud ni a mí mis canciones me engañan.”
Dijo y la efigie
sin ningún cuerpo de un falso
jabalí finge y por
delante de los ojos correr del rey
360le
ordenó, y, denso de troncos, a un bosque que marchar pareciera,
por donde máxima la
espesura es y para el caballo lugares transitables no son.
No hay demora, a
continuación de esa presa busca sin él saberlo la sombra
Pico y veloz de su
caballo los espumantes lomos abandona
y una esperanza
persiguiendo vana sus pies lleva errante en el alto bosque.
365Piensa
ella unas súplicas y esas palabras suplicantes dice
y a unos ignotos
dioses con una ignota canción ora,
con el que suele el
rostro confundir de la nívea Luna,
y para la cabeza de
su padre tejer bebedoras nubes.
Entonces también,
cantada su canción, se densa el cielo,
370y
nieblas exhala la tierra, y por ciegas sendas vagan
sus séquitos y
falta la custodia del rey.
Habiendo hallado
ella el lugar y el tiempo: “Oh por tus ojos”, dice,
“que a los míos
cautivaron, y por ésta, el más bello, tu hermosura,
que hace que una
suplicante a ti diosa yo sea, considera estos fuegos
375nuestros
y por suegro, que lo contempla todo, al Sol
recibe, y no, duro,
a la Titánide Circe desprecia.”
Había dicho. Él,
feroz, a ella y sus súplicas rechaza y:
“Quien quiera que
eres”, dice, “no soy tuyo. Otra cautivado
me tiene y me
tenga, suplico, por una larga edad,
380y
con una Venus externa mis conyugales alianzas yo no hiera,
mientras a mí a la
hija de Jano me la conserven los hados, a Canente.”
Muchas veces
reintentadas sus súplicas en vano la Titania:
“No impunemente lo
habrás hecho, y no”, dice, “serás devuelto a Canente,
y herida qué haga,
qué enamorada, qué una mujer aprenderás
385de
los hechos. Mas está enamorada y herida y es mujer Circe.”
Entonces dos veces hacia los ocasos, dos
veces se vuelve a los ortos,
tres veces al joven
con su bastón tocó, tres canciones dijo.
Él huye, pero, de
lo que él acostumbraba más veloz, él mismo
de correr se
asombra: alas en su cuerpo ve,
390y
de que él súbitamente se sumaba del Lacio a los bosques
como nueva ave
indignado, con su duro pico en los fieros troncos
clava y enconado da
heridas a las largas ramas.
El purpúreo color
de la clámide sus alas sacaron;
el que prendedor
había sido y su ropa había mordido, el oro,
395pluma
se hace y su cerviz se rodea de rubio oro,
y nada antiguo a
Pico, salvo sus nombres, restan.
En esto que sus séquitos, habiendo llamado
muchas veces por los campos
para nada a Pico y
en ninguna parte hallado,
encuentran a Circe,
pues ya había atenuado las auras
400y
sufrido ella había que las nieblas con los vientos y el sol se reabrieran,
y con acusaciones
la apremian verdaderas y su rey le reclaman
y fuerza añaden y
se disponen a atacarla con las salvajes armas.
Ella de un dañino
humor los asperja y de jugos de veneno,
y a la Noche y de
la Noche a los dioses, con el Érebo y Caos
405convoca
y con largos aullidos a Hécate ora.
Saltaron de su
lugar –de decir admirable– los bosques
y hondo gimió el
suelo, y vecino palideció el árbol,
y asperjadas de sus
gotas se mojaron las pajas de sangre,
y las piedras
parecieron emitir mugidos roncos,
410y
ladrar los perros, y que la tierra de sierpes negras
se hacía inmunda y
que tenues ánimas revoloteaban de silentes:
atónita por esos
prodigios la gente se asusta. Ella las caras
de los asustados
tocó, asombradas, con una envenenada vara,
por cuyo tacto
monstruos de variopintas fieras
415a
los jóvenes vienen: a ninguno le permaneció su imagen.
Canente
Había asperjado caduco Febo los litorales
de Tartesos
y en vano su esposo
por los ojos y el ánimo de Canente
ansiado era. Los
criados y el pueblo por todos
los bosques se
dispersan y opuestas luces portan.
420Y
no bastante es para la ninfa llorar y lacerar sus cabellos
y darse golpes de
pecho –hace esto, aun así, todo–
y se abalanza y
deambula vesánica del Lacio por los campos.
Seis noches ella y otras reiteradas luces del sol
la vieron,
indigente de sueño y de alimento
425por
los cerros, por los valles, por donde el azar la llevaba, andando.
El último la
contempló el Tíber, del luto y del camino
fatigada y ya
depositando su cuerpo, larga, en su ribera.
Allí, junto con
lágrimas, por el propio dolor entonadas,
unas palabras de
sonido tenue afligida derramaba, como en otro tiempo
430sus
canciones ya muriendo canta, exequiales, el cisne.
Por sus lutos, al
extremo, en sus tenues médulas derretida
se consumió y,
leves, poco a poco se licueció en las auras.
Su fama, aun así,
señalada en ese lugar quedó, al cual según el rito el Canente,
por el nombre de la
ninfa, lo llamaron los antiguos colonos.
435“Muchas cosas tales a mí
narradas durante un largo año,
y vistas por mí,
fueron. Acomodados y por la deshabituación lentos,
de nuevo a entrar
al estrecho, de nuevo dar las velas se nos ordena,
y que dudosas
nuestras rutas, y que el camino vasto, la Titania
nos dijera, y que
nos aguardaban los peligros del salvaje ponto.
440Muchó
temí, lo confieso, y al hallar este litoral, a él me aferré.”
El peregrinaje de Eneas (v): el Lacio
Había acabado Macareo, y en una urna de
mármol la nodriza
de Eneas sepultada,
en su túmulo esta breve canción tenía:
Aquí · a · mí · Cayeta · mi · ahijado · de · conocida · piedad
arrebatada · del · argólico · en · el · fuego · que · debía · me · cremó.
445Se libera de su herboso
muelle la atada cuerda,
y lejos las
insidias y de la malfamada diosa dejan la morada
y a unos bosques se
dirigen donde nuboso de sombra
al mar prorrumpe el
Tíber con su rubia arena.
De la casa del hijo
de Fauno Latino se apodera y de su hija,
450no
sin Marte aun así. Una guerra con esa gente feroz
se emprende y
enloquece por su pactada esposa Turno.
Se abalanza al
Lacio la Tirrenia toda y largo tiempo,
ardua, con las
angustiadas armas se busca la victoria.
Aumenta cada uno
sus fuerzas con externo vigor
455y
muchos a los rútulos, muchos los campamentos troyanos
guardan, y no Eneas
a las murallas de Evandro en vano,
mas Vénulo en vano
a la ciudad del prófugo Diomedes había ido.
Diomedes
Él ciertamente bajo el Iápige Dauno unas
muy grandes
murallas había
fundado y sus dotales campos poseía.
460Pero
Vénulo, después que los encargos de Turno llevó a cabo
y auxilio busca,
sus fuerzas el héroe etolio
excusa: que ni él
ni de su suegro los pueblos mandar a la batalla
quería, o a los que
de la gente suya armara,
que no tenía
ningunos: “Y para que esto inventado no creáis,
465aunque
con el recuerdo los lutos se renueven amargos,
sufriré el
recordarlos aun así. Después que la alta Ilión quemado se hubo,
y de que Pérgamo
apacentó las dánaas llamas,
y de que el héroe
Naricio, de la Virgen a una virgen al arrebatar,
el castigo que
mereció él solo distribuyó a todos,
470nos
dispersamos, y por los vientos arrebatados a través de enemigas
superficies, las
corrientes, la noche, las lluvias, la ira del cielo y del mar
sufrimos los
dánaos, y, el colmo, el desastre del Cafereo,
y para no demorarme
refiriendo estos tristes lances por su orden,
Grecia entonces le
pudo a Príamo incluso digna de llanto parecer.
475A
mí, aun así, salvado, el cuidado de la armada Minerva
me arrebató de los
oleajes, pero de los campos de la patria de nuevo
se me expulsa, y
memoriosos castigos de su antigua herida
me exige la
nutricia Venus, y tan grandes penalidades
por las altas
superficies sostuve, tan grandes en terrestres armas,
480que
yo felices aquellos he muchas veces llamado
a los que la común
tempestad y el importuno Cafereo
sumergió en las
aguas, y quisiera que de ellos parte una hubiera sido yo.
Lo último ya
habiendo soportado mis acompañantes en la guerra y en el estrecho,
abandonan, y un fin
ruegan de ese errar, mas Acmon,
485de
férvido ingenio, entonces verdaderamente también por las calamidades áspero:
“¿Qué queda que ya
la paciencia vuestra rehúse
soportar,
varones?”, dijo. “¿Qué tiene Citerea que más allá
–que quiera, supón–
nos haga? Pues mientras cosas peores se temen
hay para los votos
un lugar: la suerte, en cambio, cuando es la peor que existe,
490bajo
esos pies el temor está, y es seguro el extremo de las desgracias.
Aunque lo oiga
ella, aunque, lo cual hace, nos odie a todos
los hombres al
mando de Diomedes, el odio aun así de ella todos
despreciamos: y en
gran cosa está un gran poder a nuestros ojos.”
Con tales cosas
irritando a Venus el Pleuronio Acmon
495la
aguija con sus palabras y reaviva su vieja ira.
Lo dicho por él
complace a pocos: sus amigos más numerosos
a Acmon corremos,
al cual, responder queriendo,
su voz al par que
de su voz la vía se le hubo atenuado,
y sus cabellos en
plumas acaban, de plumas su nuevo cuello se cubre,
500y
su pecho y espalda; mayores remeras sus brazos
acogen, y sus codos
se ensenan, leves, en alas.
Del pie una parte
grande invade los dedos, y sus labios
en cuerno
endurecidos se hacen rígidos y su límite en punta ponen.
De él Lico, de él
Idas y con Rexénor Nicteo,
505de
él se admira Abante y mientras se admiran la misma
faz acogen y el
número más grande de mi tropa
empieza a volar y
los remos él circunvuela batiendo sus alas:
si de estos pájaros
súbitos cuál sea la forma preguntas,
como no de los
cisnes, así próxima a los blancos cisnes.
510Apenas
yo, ciertamente, de estas sedes y de los áridos campos
del Iápige Dauno
soy dueño, con esta mínima parte de los míos.”
El olivo salvaje
Hasta aquí el Enida; Vénulo los calidonios
reinos, y las
peucetias
ensanadas, y los mesapios campos abandona.
Entre los cuales
unos antros ve que, nublados de su mucha espesura
515y
asintiendo con sus leves cañas, el mediocabrío Pan
ahora posee, mas
que poseyeron en cierto tiempo las ninfas.
A ellas un pastor
ápulo, de aquella región ahuyentándolas,
las aterró y
primero con un súbito susto las conmovió,
luego, cuando en sí
volvieron y despreciaron a su perseguidor,
520al
compás moviendo sus pies trazaron unas danzas.
Las reprueba el
pastor e imitándolas con su baile agreste
añadió a sus
obscenas frases insultos rústicos,
y no antes su boca
calló que a su garganta sepultó un árbol.
Árbol, pues, es, y
por su jugo se puede reconocer su carácter,
525como
que la marca de su lengua el acebuche en sus bayas amargas
exhibe: la aspereza
de sus palabras pasó a ellas.
Las naves de Eneas
De ahí cuando los legados volvieron, las a
ellos negadas
de Etolia
aportando, los rútulos sin las fuerzas esas
sus guerras
guarnecidas traen, y cantidad, de ambas partes,
530de
crúor se entrega. He aquí que lleva ávidas contra los armazones
de pino Turno unas
antorchas y los fuegos temen a quienes la ola perdonó,
y ya la pez y las
ceras y los alimentos restantes de la llama Múlciber quemaba, y a través del
alto mástil hacia los linos iba, y humaban los banquillos de la incurvada
quilla,
535cuando
acordada de estos pinos, de la cima del Ida cortados,
la santa madre de
los dioses de tintineos de bronce golpeado
el aire, y lo colmó
del del murmullo del soplado boj,
y leves, portada
por sus domados leones a través de las auras:
“Inútiles incendios
lanzas, y con una diestra sacrílega,
540Turno”,
dice. “Los arrebataré, y no he de tolerar que queme
el fuego devorador
de los bosques partes y miembros míos.”
Tronó mientras tal
decía la diosa, y al trueno secundarios
con saltarín
granizo cayeron graves borrascas,
y el aire, y
henchida de súbitas embestidas la superficie,
545los
Astreos turban y marchan a los combates los hermanos,
de entre los cuales
la nutricia madre, de las fuerzas de uno solo sirviéndose,
rompió las
retenidas de estopa de la flota frigia
y lleva las naves
en picado y en medio de la superficie las sumerge.
Su madera
ablandada, y su leño en cuerpos convertido,
550en
figura de cabezas las popas corvas se mutan,
en dedos acaban y
en piernas nadando los remos y,
lo que seno fuera,
costado es, y la quilla, sujeta
a la mitad de los
navíos, de espina dorsal en uso se muta,
los linos melenas
suaves, las entenas brazos se hacen,
555azul,
como lo fuera, su color es, y, las que antes temían,
esas ondas en sus
juegos de doncellas fatigan
estas Náyades
marinas, y en los duros montes habiendo nacido
el mullido estrecho
frecuentan ni a ellas su origen las inmuta.
Aun así, no
olvidadas de cuán muchos peligros muchas veces
560padecieron
en el piélago, bajo las sacudidas quillas
muchas veces
pusieron sus manos, salvo aquella que llevara a aquivos:
del desastre
todavía frigio memoriosas odian a los pelasgos
y del barco neritio
vieron los trozos con alegres
rostros y con ellos
alegres vieron que se volvía rígida la popa
565de
Alcínoo, con sus rostros, y que roca por dentro crecía de la madera.
Árdea
de que pudiera por
miedo del prodigio el rútulo desistir de la guerra.
Persiste, y tienen
sus dioses ambas partes y –lo que de los dioses está
en traza– tienen
arrestos; y ya no unos dotales reinos,
570ni
el cetro de su suegro, ni a ti, Lavinia virgen,
sino vencer buscan,
y por pudor de deponerlas,
guerras hacen y
finalmente Venus vencedoras las armas
de su hijo ve y
Turno cae. Cae Árdea, en vida
de Turno llamada
poderosa. Al cual, después que una espada bárbara
575lo
arrebató y quedaron a la vista sus techos, caliente, bajo la brasa,
de en medio de la
montonera, entonces por primera vez conocido, un alado
alza el vuelo, y
las cenizas azota al batir sus alas.
Su sonido y su
flacura y su palidez y todo: los que honran
a su ciudad tomada,
el nombre también permaneció en ella
580de
esa ciudad, y ella misma se plañe, la árdea, el alcaraván, con sus propias
alas.
Apoteosis de Eneas
Y ya a los dioses todos y a la misma Juno
la virtud
de Eneas a limitar
sus viejas iras había obligado,
cuando, bien
fundadas las riquezas del creciente Julo,
tempestivo estaba
para el cielo el héroe Citereio.
585Rondaba
Venus a los altísimos, y alrededor del cuello
de su padre
derramada: “Nunca para mí”, había dicho, “en ningún
tiempo duro, padre,
ahora que seas el más tierno deseo,
y que al Eneas mío,
quien a ti de la sangre nuestra
te ha hecho abuelo,
aunque pequeño, que le des, oh óptimo, un numen,
590con
tal de que le des alguno. Bastante es el inamable reino
con haber visto una
vez, una vez haber ido por los caudales estigios.”
Asintieron los
dioses, y la esposa regia su semblante
inmutado no mantuvo
y con calmado rostro consiente.
Entonces el padre:
“Sois”, dice, “de ese celeste regalo dignos
595la
que lo pides y por quien lo pides: toma, hija, lo que deseas.”
Hablado había. Se goza y las gracias da
ella a su padre
y a través de las
leves auras, de sus uncidas palomas portada,
al litoral acude
laurente, donde cubierto de caña serpea
hasta los
estrechos, de sus caudales ondas vecinos, el Numicio.
600A
él ordena que a Eneas de todo lo sujeto a la muerte
purifique y lo
lleve hacia las superficies por su tácito curso.
El cornado secunda
los encargos de Venus y con las suyas,
cuanto en Eneas
había sido mortal, purga
y lo dispersó en
las aguas. La parte mejor restó en él.
605Lustrado,
su madre con un divino aroma ungió
su cuerpo y con
ambrosia, con dulce néctar mezclada,
tocó su boca y lo
hizo dios, al cual la muchedumbre de Quirino
nombra Índiges y en
un templo y en aras lo ha acogido.
Los reyes latinos
Después, bajo el dominio de Ascanio, el de
dos nombres, Alba
610y
el estado latino estuvo. Lo sucedió Silvio a él,
nacido del cual,
tuvo repetidos Latino
sus nombres, junto
con el antiguo cetro; el brillante Alba sigue a Latino.
Épito después de él
es, tras éste Cápeto y Capis,
pero Capis antes
estuvo. El reinado de ellos Tiberino
615tomó,
y hundido en las ondas de la corriente toscana
sus nombres dio a
su agua, del cual Rémulo y el feroz
Ácrota fueron
engendrados. Rómulo, más maduro en años,
de un rayo pereció
–el imitador del rayo– por un golpe.
Que de su hermano
más moderado, Ácrota, el cetro pasa
620al
fuerte Aventino, el cual, en el que había reinado,
en ese mismo monte
yace depositado y atribuyó su vocablo a ese monte.
Vertumno y Pomona (i)
Y ya de la palatina gente el mando Proca
tenía.
Bajo el rey tal
Pomona vivió, que la cual, ninguna entre las latinas
Hamadríades ha
honrado con más pericia los huertos
625ni
hubo más estudiosa otra del fruto del árbol,
de donde posee el
nombre. No los bosques ella ni caudales,
el campo ama y las
ramas que felices frutos llevan.
Y no de la jabalina
pesada va, sino de la corva hoz, su diestra,
con la que ora su
exceso modera y, extendidos por todas partes,
630sus
brazos contiene, ora en una hendida corteza una vara
injerta y sus jugos
apresta para un prohijado ajeno,
y que sienta sed no
tolera y las recurvas fibras
de la bebedora raíz
riega con manantes aguas.
Éste su amor; éste
su estudio, de Venus incluso ningún deseo tiene.
635La
fuerza aun así de los hombres del campo temiendo, sus pomares cierra
por dentro y los
accesos prohíbe y rehúye masculinos.
¿Qué no los
Sátiros, para los bailes apta esa juventud,
hicieron, y
enceñidos de pino en sus cuernos los Panes,
y Sileno, siempre
más juvenil que sus propios años,
640y
el dios que a los ladrones o con su hoz o con su entrepierna aterra,
para apoderarse de
ella? Pero es así que los superaba amándola
a ellos incluso
Vertumno, y no era más dichoso que ellos.
Oh cuántas veces,
en el atavío de un duro segador, aristas
en una cesta le
llevó, y de un verdadero segador fue la imagen.
645Sus
sienes muchas veces llevando con heno reciente trenzadas,
la segada grama
podía parecer que había volteado.
Muchas veces en su
mano rigurosa aguijadas portaba, tal que él
jurarías que
cansados acababa de desuncir sus novillos.
Una hoz dada,
deshojador era y de la vid podador.
650Se
vestía unas escalas: que iba a recoger frutos creerías.
Soldado era con una
espada, pescador, la caña tomada.
Por fin, merced a
esas muchas figuras acceso para sí muchas veces
encontró de modo
que poseyera los goces de la contemplada hermosura.
Él incluso,
coronadas sus sienes de una pintada mitra,
655apoyándose
en un bastón, puestas por esas sienes canas,
se simuló una
vieja, y entró en los cultivados huertos
y de los frutos se
admiró y: “Tanto más poderosa”, dice,
y a la que un poco
había alabado dio besos cuales nunca
verdadera hubiese
dado una anciana, y en el terreno encorvada se sentó,
660mirando
arriba, curvas, del peso de su otoño, las ramas.
Un olmo había
enfrente, especioso por sus brillantes uvas.
El cual, después
que al par, con su compañera vid, hubo aprobado:
“Mas si se alzara”,
dice, “célibe sin el sarmiento su tronco,
nada, excepto sus
frondas, por que se le buscara, tendría.
665Ésta
también, la que unido se le ha, la vid descansa en el olmo.
Si casado no se
hubiera, a la tierra inclinada, yacería.
Tú, aun así, con el
ejemplo no te inmutas del árbol este,
y de los concúbitos
huyes, ni de casarte curas.
Y ojalá quisieras.
Helena no por más pretendientes
670se
hubiese inquietado, ni la que de los Lápitas movió
a las batallas, ni
la esposa del demasiado demorado Ulises.
Ahora también,
aunque huyas y te apartes de los que te pretenden,
mil varones te
desean, semidioses y dioses,
y cuantos númenes
poseen los albanos montes.
675Pero
tú si supieras, si unirte tú bien y a la anciana
esta oír quieres,
que a ti más que todos esos,
más de lo que
crees, te amo: rehúsa esas vulgares antorchas
y a Vertumno de tu
lecho por compañero para ti elige, por el cual a mí también
como prenda tenme,
pues para sí mismo más conocido él no es
680que
para mí. Y no por doquier errante deambula por el orbe todo;
estos lugares
grandes honra y no, cual parte grande de tus pretendientes,
a la que acaba de
ver ama: tú el primer y el último ardor
para él serás y
sola a ti ha consagrado sus años.
Añade que es joven,
que natural tiene
685de
la hermosura el regalo, y en las figuras aptamente se finge todas,
y que lo que hayas
de ordenarle, aunque le ordenes cualquier cosa, será.
Qué de que amáis lo
mismo, que los frutos que por ti honrados
él el primero tiene
y sostiene tus regalos con diestra dichosa.
Pero ni ya sus
crías anhela, del árbol arrancadas,
690ni,
las que el huerto alimenta, con jugos tiernos las hierbas,
ni otra cosa que a
ti: compadécete del que así arde y a él mismo,
quien te pide, en
la boca mía, presente cree que te suplica,
y a los vengadores
dioses y a la que los pechos duros aborrece,
a la Idalia, y la
memorativa ira teme de la Ramnúside.
695Y
para que más lo temas –y en efecto a mí muchas cosas mi vejez
saber me ha dado–
te referiré, en todo Chipre muy conocidos,
unos hechos con que
virar fácilmente y enternecerte puedas.
Ifis y Anaxárete
“Había visto, generosa de la sangre del
viejo Teucro,
Ifis a Anaxárete,
de humilde estirpe creado.
700La
había visto y concibió en todos sus huesos un fervor;
y tras luchar mucho
tiempo, después que con la razón su furor
vencer no pudo,
suplicante a sus umbrales vino,
y ora a su nodriza
confesándole su desgraciado amor,
que con él dura no
fuera, por sus esperanzas en su ahijada, le pidió,
705y
ora de entre sus muchas compañeras enterneciendo a cualquiera
con acongojada voz,
pretendía su propenso favor.
A menudo para que
las llevaran dio sus palabras a tiernas tablillas,
a veces, mojadas
del rocío de sus lágrimas, coronas
a sus jambas tendió
y puso en su umbral duro
710su
tierno costado y, triste, a la cerradura insultos le gritó.
Más salvaje ella
que el estrecho que se levanta al caer los Cabritos,
más dura también
que el hierro que funde el fuego nórico,
y que la roca viva
que todavía por su raíz se sostiene,
lo desprecia y de
él se burla, y a sus actos despiadados añade
715palabras
soberbias, feroz, y de su esperanza incluso priva a su amante.
No soportó, incapaz
de sufrirlos, los tormentos de ese largo dolor
Ifis, y ante sus
puertas estas palabras últimas dijo:
“Vences, Anaxárete,
y no tendrás tú hastíos algunos al fin
que soportar de mí:
alegres triunfos apresta
720y
a Peán invita y cíñete de nítido laurel.
Pues vences, y
muero con gusto: venga, férrea de ti, gózate.
Ciertamente a algo
alabar de mi amor te verás obligada, en lo que a ti
te sea yo grato y
el mérito confesarás nuestro.
No, aun así, antes
mi anhelo por ti recuerda que me ha abandonado,
725que
la vida, y de mi gemela al par luz me he visto privado.
Y no a ti la fama
ha de venir, nuncia de mi muerte:
yo mismo, no lo
dudes, llegaré y estar presente pareceré,
para que de mi
cuerpo exánime tus crueles ojos apacientes.
Si aun así, oh
altísimos, los hechos mortales veis,
730sed
de mí memoriosos –nada más allá mi lengua suplicar
sostiene– y haced
que de mí se cuente en una larga edad,
y, los que
arrancasteis a mi vida, dad tiempos a mi fama.
Dijo, y a esas jambas, ornadas a menudo de
sus coronas,
sus húmedos ojos y
pálidos brazos levantando,
735al
atar a lo más alto de las puertas las ataduras de un lazo:
“Estas guirnaldas a
ti te placen, cruel y despiadada”, dijo,
e introdujo su
cabeza, pero entonces también vuelto hacia ella,
y, peso infeliz,
quebrada su garganta, se colgó.
Golpeada por el
movimiento de sus pies, un sonido agitado y
740que
abrir ordenaba pareció haber dado, y abierta la puerta, el hecho
revela: gritan los
sirvientes y en vano levantándolo
–pues su padre
había sucumbido– lo reportan hasta los umbrales de su madre.
Lo recibe ella en
su seno y abrazada a los fríos miembros
del hijo suyo,
después que las palabras de los desgraciados padres
745hubo
expresado, y de las madres desgraciadas las operaciones concluyó,
los funerales
guiaba, lacrimosa, por mitad de la ciudad,
y lívidos portaba
sus miembros en el féretro que había de arder.
Por acaso, vecina
su casa a la calle por la que, digna de llanto, iba
la pompa, estaba, y
el sonido de los golpes de pecho, dura, a los oídos
750llega
de Anaxárate, a la cual ya un dios vengador trataba.
Conmovida, aun así:
“Veamos”, dice, “el desgraciado funeral”,
y, de anchas
ventanas, va al piso alto
y no bien, impuesto
sobre el lecho, contempló a Ifis,
rígidos quedaron
sus ojos y cálida fuera de su cuerpo su sangre,
755sobrevenida
a ella una palidez, huye, y al intentar
hacia atrás llevar
sus pies, prendida estaba, y al intentar volver su rostro,
esto también no
pudo, y poco a poco invade sus miembros,
la cual había
estado ya hacía tiempo en su duro pecho, una roca.
Y para que esto
fingido no creas, de su dueña con la imagen una estatua
760conserva
todavía Salamina, y de Venus también un templo, con el nombre
de la Contemplante,
tiene. De las cuales cosas consciente, oh querida mía, tus lentos
orgullos deja, te
lo suplico, y a tu enamorado únete, mi ninfa:
así a ti ni un
primaveral frío queme tus nacientes
frutos, ni los
abatan florecientes, robadores, los vientos.”
Vertumno y Pomona (ii)
765Ello una vez que para nada
el dios, apto a la figura de vieja,
hubo expresado, al
joven volvió, y los aparejos
se quitó de
anciana, y tal se apareció a ella,
cual cuando a él
opuestas, nitidísima del sol la imagen,
vence a las nubes y
sin que ninguna lo impida reluce,
770y
a la fuerza se dispone. Pero de fuerza no hay menester, y en la figura
del dios cautivada
la ninfa fue, y mutuas heridas sintió.
Apoteosis de Rómulo y Hersilia
El próximo, el soldado del injusto Amulio,
de Ausonia
gobernó las
riquezas, y Númitor, el anciano, ellos perdidos, de su nieto
por regalo sus
reinos cobró y en las fiestas de Pales de la ciudad
775las
murallas se fundan. Y Tacio y los padres sabinos
guerras hacen, y
Tarpeya, por haber abierto de la ciudadela el camino,
de su aliento digno
de castigo se despojó, amontonadas las armas.
Después los nacidos de Cures a la manera
de los tácitos lobos,
en su boca reprimen
sus voces y unos cuerpos vencidos del sopor
780invaden
y a las puertas van que con tranca firme
había cerrado el
Iliada: una aun así la propia Saturnia
abre, y estrépito
al girar el gozne no hizo.
Sola Venus que
habían caído de la puerta los cerrojos sintió
y cerrado los
hubiera, a no ser porque rescindir nunca
785los
dioses pueden los actos de los dioses. Unos lugares a Jano juntos poseían
las Náyades
Ausonias, rorantes de un helado manantial.
A ellas ruega
auxilio, y esas ninfas a la que cosas justas pedía
no se resistieron,
a la diosa, y las corrientes del manantial suyo sacaron.
Todavía no, aun
así, inaccesibles la bocas
790de
Jano, abierto, estaban, ni el camino había cerrado la onda:
lívidos ponen
azufres bajo la fecunda fontana,
y encienden sus
huecas venas con humeante betún.
Con las fuerzas
estas y otras, un vapor penetró hasta lo más hondo
de la fontana y, al
alpino modo, las que competir con la helada
795osabais,
aguas, no cedéis a los fuegos mismos.
Por esa aspersión
llameante humean las jambas,
y la puerta, para
nada prometida a los rigurosos sabinos,
por esta fontana
nueva fue obstruida, mientras de Marte el soldado
se vestía de sus
armas. Las cuales, después que Rómulo más allá
800opuso,
asolada quedó la tierra romana de cuerpos sabinos,
asolada quedó
también de los suyos, y del yerno el crúor
con la sangre del
suegro mezcló la impía espada.
Con la paz, aun
así, que se detuviera la guerra, y no hasta lo último
a hierro dirimirla
eligen, y que Tacio acceda al reino.
805Había sucumbido Tacio:
igualadas para dos pueblos,
Rómulo, sus leyes
dabas, cuando, dejando su yelmo Mavorte
con tales cosas se
dirige, de los dioses y de los hombres, al padre:
“El tiempo llega,
padre, puesto que con fundamento grande
el estado romano
vigoroso está y no de un único gobernante depende,
810de
cumplir –me han sido prometidos a mí y a tu digno nieto–
sus recompensas, y
a él, arrancado de las tierras, imponerlo al cielo.
Tú a mí, presente
un día el consejo de los dioses,
pues lo recuerdo y
en mi memorioso corazón tus piadosas palabras escribí:
“Uno habrá al que
tú subirás a los azules del cielo”
815dijiste.
Confirmada sea la suma de las palabras tuyas.”
Asintió el
todopoderoso, y el aire de nubes ciegas
ocultó y con trueno
y su fulgor aterró el orbe.
Las cuales, a él
prometidas, las sintió confirmadas, las señales de su robo:
y apoyado en su
asta, a sus caballos, hundidos de su timón
820ensangrentado,
impávido sube
del látigo dio un
estallido e inclinado, por el aire resbalando,
se posó en lo más
alto del collado del nemoroso Palacio,
y a él, que daba a
su Quirite no regias leyes,
lo arrebató, al
Iliada. Su cuerpo mortal por las auras
825tenues
se diluyó, como por la ancha honda lanzada
suele, de plomo, la
bala por la mitad consumirse del cielo.
Bella le viene una
apariencia y de los divanes altos
más digna, cual es
la hermosura de Quirino en trábea.
Le lloraba como perdido su esposa, cuando
la regia Juno
830a
Iris, que hasta Hersilia descienda por su senda curva
le impera, y que a
la viuda sus mandados así le refiera:
“Oh de la latina,
oh de la gente sabina, matrona,
la principal honra,
dignísima de tan gran varón
de haber sido antes
la esposa, ahora de serlo de Quirino,
835detén
tus llantos y si el cuidado tuyo el de ver
a tu esposo es,
conmigo de guía al bosque ven que en el collado de Quirino
verdea y al templo
del romano rey da sombra.”
Obedece, y a la
tierra bajando por sus arcos pintos,
a Hersilia compele
con las ordenadas palabras Iris.
840Ella,
en su vergonzoso rostro apenas levantando sus luces:
“Oh diosa –pues
para mí, tanto no quién seas decir al alcance está,
cuanto sí es claro
que eres una diosa– guíame, oh guíame”, dice, “y ofréceme
de mi esposo el
rostro, el cual, si sólo poder verlo
los hados una vez
me dieran, el cielo haber recibido confesaría.”
845Y
sin demora de Rómulo con la virgen Taumantea
se adentra en los
collados: allí una estrella del éter deslizada
cae hasta las
tierras. De cuya luz ardiendo
Hersilia, sus
cabellos, con esa estrella pasó a las auras.
A ella con sus
manos conocidas el fundador de la ciudad de Roma
850la
recibe, y su primitivo nombre, al par con su cuerpo,
le muda y Hora
la llama, la cual, ahora diosa, se unió a Quirino.
Libro
decimoquinto
___
Míscelo
Se busca entre
tanto quien los pesos de tan gran mole
sostenga, y a tan
gran rey pueda suceder:
destina para el
mando, prenunciadora de la verdad,
la Fama al
brillante Numa. No él bastante conocer los ritos
5de
la gente sabina considera. En su ánimo capaz mayores cosas
concibe y cuál es
de las cosas la Naturaleza indaga.
El amor de este
cuidado, su patria y sus Cures abandonados,
hizo que penetrara
hasta la ciudad del huésped de Hércules.
Qué autor había
puesto griegas murallas en las orillas
10itálicas
al preguntar, así, de los mayores uno
le refirió, de los
nativos, no desconocedor de la vieja edad:
“Después del Océano, rico de los bueyes
iberos el nacido de Júpiter,
que los litorales
lacinios alcanzó en feliz travesía
se dice, y,
mientras su vacada erraba por esas tiernas hierbas,
15que
él en la casa y no inhóspitos techos del gran Crotón
entró, y que con el
descanso alivió su larga penalidad,
y que así, al
marchar: “En alguna edad”, había dicho, “de mis nietos
éste el lugar de su
ciudad será” y sus promesas verdaderas fueron.
Pues hubo,
engendrado del argólico Alemon, un tal
20Míscelo,
a los dioses aceptísmo de aquella edad.
Sobre él
inclinándose, presa de la pesadez del sopor,
el portador de la
clava se le dirige: “Vamos, abandona tus patrias
sedes, ve, busca
las pedregosas ondas del opuesto Ésar”,
y si no obedeciera,
con muchas cosas y de temer le amenaza.
25Tras
ello se alejan al par el sueño y el dios.
Se levanta el
Alemónida y con tácita mente las recientes
visiones revive y
pugna largo tiempo su decisión con él:
el numen marchar le
ordena, prohíben alejarse las leyes
y pena de muerte
puesta está para el que su patria mudar quiera.
30Cándido,
en el Océano su nítida cabeza había escondido el Sol,
y su cabeza había
sacado constelada, densísima, la Noche.
Pareció que llegaba
el mismo dios, y que lo mismo le advertía
y, si no
obedeciera, con más y más graves cosas que le amenazaba.
Sintió mucho temor,
y de una vez a trasladar se preparaba hacia sus sedes
35nuevas
su paterno santuario: surge un murmullo en la ciudad
y se le hace reo de
despreciadas esas leyes, y cuando terminado se hubo
la causa primera y
su delito queda patente, sin testigo probado,
desaliñado él, a
los altísimos levantando el reo su cara y manos:
“Oh a quien derecho
al cielo dieron tu docena de labores,
40préstame,
te suplico”, dice, “ayuda, pues tú eres de mi delito el autor.”
La costumbre era
antigua, con níveas y negras piedrecitas,
con éstas condenar
a los reos, con aquéllas absolverlos de culpa.
Entonces también
así se llevó la sentencia triste y todo
guijarro se
deposita negro en la despiadada urna.
45La
cual, una vez que derramó, vuelta, para ser numeradas, las piedrecitas,
en todas, del
negro, su color se había mutado en blanco,
y cándida la
sentencia por el numen de Hércules vuelta,
libra al Alemónida.
Las gracias da él a su padre,
al Anfitrioníada, y
con vientos alentadores la superficie
50navega
jonia, y la salentina Nereto
atrás deja, y
Síbaris, y la lacedemonia Tarento
y de Turia las
ensenadas y Nemesia y de Iápige los campos
y, por apenas
recorridas tierras que contemplan los mares,
encuentra las
hadadas orillas de la corriente del Ésar
55y
no lejos de aquí un túmulo bajo el cual los sagrados huesos
de Crotón cubría la
tierra, y allí, en esa ordenada tierra, unas murallas
fundó y el nombre
del sepultado trajo para su ciudad.”
Tales los
primordios constaba por una certera fama
que eran del lugar,
y, puesta en las fronteras de Italia, de la ciudad.
Discurso de Pitágoras
60Un varón hubo allí, de
nacimiento samio, pero había huido al par
de Samos y de sus
dueños y, por odio de la tiranía, un exiliado
por su voluntad
era, y él, aunque del cielo por la lejanía remotos,
con su mente a los
dioses llegó y lo que la naturaleza negaba
a las visiones
humanas, con los ojos tales cosas de su pecho lo sacaba,
65y
cuando en su ánimo y con su vigilante cuidado lo había penetrado todo,
en común para
aprenderse lo daba, y a las reuniones de los que guardaban silencio
y de los
admiradores de sus relatos los primordios del gran mundo
y las causas de las
cosas y qué la naturaleza, enseñaba,
qué el dios, de
dónde las nieves, cuál de la corriente fuera el origen,
70si
Júpiter o los vientos, destrozada una nube, tronaran,
qué sacudía las
tierras, con qué ley las constelaciones pasaban,
y cuanto está
oculto; y él el primero que animales en las mesas
se pusieran
rebatió, el primero también con tales palabras su boca,
docta ciertamente,
liberó, pero no también creída:
75“Cesad,
mortales, de mancillar con festines sacrílegos
vuestros cuerpos.
Hay cereales, hay, que bajan las ramas
de su peso, frutas,
y henchidas en las vides, uvas,
hay hierbas dulces,
hay lo que ablandarse a llama
y suavizarse pueda,
y tampoco a vosotros del humor de la leche
80se
os priva, ni de las mieles aromantes a flor de tomillo.
Pródiga, de sus
riquezas y alimentos tiernos la tierra
os provee, y
manjares sin matanza y sangre os ofrece.
Con carne las
fieras sedan sus ayunos, y no aun así todas,
puesto que el
caballo, y los rebaños y manadas de la grama viven.
85Mas
aquellas que un natural tienen inmansueto y fiero,
de Armenia los
tigres, y los iracundos leones,
y con los lobos los
osos, de los festines con sangre se gozan.
Ay, qué gran crimen
es en las vísceras vísceras esconder
y con un cuerpo
ingerido engordar un ávido cuerpo,
90y
que un ser animado viva de la muerte de un ser animado.
¿Así que de entre
tantas riquezas que la mejor de las madres,
la tierra, pare,
nada a ti masticar con salvaje diente
te complace y las
comisuras recordar de los Cíclopes,
y no, si no es
perdiendo a otro, aplacar podrías
95los
ayunos de tu voraz y mal educado vientre?
Mas la vieja aquella edad, a la que,
áurea, hicimos su nombre,
con crías de árbol
y, las que la tierra alimenta, con las hierbas,
afortunada se le
hizo y no mancilló su boca de sangre.
Entonces también
las aves, seguras, movieron por el aire sus alas,
100y
la liebre impávida erraba en mitad de los campos
y no su credulidad
al pez había suspendido del anzuelo.
Todas las cosas,
sin insidias, y sin temer ningún fraude
y llenas de paz
estaban. Después que un no útil autor
los víveres
envidió, quien quiera que fuera él, de los leones,
105y
corpóreos festines sumergió en su ávido vientre,
hizo camino para el
crimen, y por primera vez de la matanza de fieras
calentarse puede,
manchado de sangre, el hierro
–y esto bastante
hubiera sido–, y que los cuerpos que buscaban nuestra
perdición fueran
enviados a la muerte, a salvo la piedad, confesemos:
110pero
cuanto dignos de ser dados a la muerte, tanto no de que se les comieran fueron.
Más lejos, desde ahí, la abominación
llega, y la primera se considera
que víctima el
cerdo mereció morir porque las semillas
con su combo hocico
desenterrara y la esperanza interceptara del año.
Una vid al ser
mordida, que el cabrío ha de ser inmolado del Baco vengador
115junto
a las aras, se dice. Mal les hizo su culpa a los dos.
¿Qué merecisteis
las ovejas, plácido ganado y para guardar
a los hombres
nacido, que lleváis plena en la ubre néctar,
que de blandos
cobertores vuestras lanas nos ofrecéis
y que en vida más
que con la muerte nos ayudáis?
120¿Qué
merecieron los bueyes, animal sin fraude ni engaños,
inocuo, simple,
nacido para tolerar labores?
Ingrato es,
solamente, y no del regalo de los granos digno,
el que pudo recién
quitado el peso del curvo arado
al labrador inmolar
suyo, el que, ése molido por la labor,
125ése
con el que tantas renovara el duro campo
cuantas veces diera
cosechas, ese cuello tajó con la segur.
Y bastante no es que tal abominación se
cometa: a los propios
dioses inscriben
para ese crimen y el numen superior
con la matanza
creen que disfruta de ese sufridor novillo.
130La
víctima, de tacha carente y prestantísima de hermosura,
pues el haber
complacido mal le hace, de vendas conspicua y de oro,
es colocada ante
las aras, y oye sin comprender al oficiante,
y que se imponen ve
entre los cuernos de la frente suya,
los que cultivó,
esos granos, y tajada, de su sangre los cuchillos
135tiñe,
previamente vistos quizás en la fluida onda.
En seguida,
arrancadas de su viviente pecho sus entrañas
las inspeccionan y
las mentes de los dioses escrutan en ellas.
Después –¿el hambre
en el hombre tan grande es de los alimentos prohibidos?–
osáis comerlo, oh
género mortal, lo cual suplico
140no
haced y a los consejos vuestros ánimos volved nuestros,
y cuando de las
reses asesinadas deis sus miembros al paladar,
que coméis vosotros
sabed, y sentid, a vuestros colonos.
Y ya que un dios mi boca mueve, obedeceré
al dios que mi boca
mueve ritualmente,
y los Delfos míos y el propio éter
145abriré
y descerraré los oráculos de una augusta mente.
y que largo tiempo
han estado ocultas cantaré. Place ir a través de los altos
astros, place las
tierras y su inerte sede dejada
en una nube viajar
y en los hombros asentarse de Atlas,
150y
a los diseminados hombres por todos lados y de razón carentes
abajo contemplar
desde lejos, y agitados y de su final temerosos
así exhortar y la
sucesión revelarles de su hado:
Oh género de los atónitos por el miedo de
la helada muerte,
¿por qué a la
Estige, por qué las tinieblas y nombres vanos teméis,
155materia
de los poetas, peligros de un falso mundo?
Los cuerpos, ya la
hoguera con su llama, o ya con su consunción
la vejez los
arrebatare, males poder sufrir ningunos creáis.
De muerte carecen
las almas y su anterior sede abandonada
en nuevas casas
viven y habitan, en ellas recibidas.
160Yo
mismo, pues lo recuerdo, en el tiempo de la guerra de Troya
el Pantoida Euforbo
era, al que en su pecho un día clavó,
a él enfrentado, la
pesada asta del menor Atrida.
He conocido el
escudo, de la izquierda nuestra los fardos,
hace poco, en el
templo de Juno, en la Abantea Argos.
165Todas las cosas se mutan,
nada perece: erra y de allí
para acá viene, de
aquí para allá, y cualesquiera ocupa miembros
el espíritu, y de
las fieras a los humanos cuerpos pasa,
y a las fieras el
nuestro, y no se destruye en tiempo alguno,
y, como se acuña la
fácil cera en nuevas figuras,
170y
no permanece como fuera ni la forma misma conserva,
pero aun así ella
la misma es: que el alma así siempre la misma
es, pero que migra
a variadas figuras, enseño.
Así pues, para que
la piedad no sea vencida por el deseo del vientre,
cesad, os vaticino,
las emparentadas almas con matanza
175abominable
de perturbar, y con sangre la sangre no sea alimentada.
Y ya que viajo por un gran mar y llenas a
los vientos
mis velas he dado:
nada hay que persista en todo el orbe.
Todo fluye, y toda
imagen que toma forma es errante.
También en asiduo
movimiento se deslizan los mismos tiempos,
180no
de otro modo que una corriente, pues detenerse una corriente
ni una leve hora
puede: sino como la onda es impelida por la onda,
y es empujada la
anterior por la que viene y ella empuja a su anterior,
los tiempos así
huyen al par y al par ellos persiguen
y nuevos son
siempre pues lo que fue antes atrás queda
185y
deviene lo que no había sido, y los momentos todos se renuevan.
Tú contemplas que también las ya medidas
noches tienden a la luz,
y que la luminaria
esta nítida sucede a la negra noche,
y el color tampoco
es el mismo en el cielo cuando, cansadas todas las cosas,
del reposo yacen en
mitad, y cuando el Lucero sale claro
190con
su caballo blanco; y de nuevo es otro cuando, adelantada, de su luz
la Palantíada tiñe,
el que ha de entregar a Febo, el orbe.
El propio escudo
del dios cuando se levanta de lo más hondo de la tierra,
por la mañana
rojea, y rojea cuando se esconde en lo más hondo de la tierra;
cándido en lo más
alto es, porque mejor naturaleza allí
195la
del éter es y lejos de los contagios de la tierra huye,
tampoco pareja o la
misma la forma de la nocturna Diana
ser puede nunca y
siempre la de hoy que la siguiente,
si crece, menor es,
mayor si contrae su orbe.
¿Y no que en apariencias cuatro se sucede
el año
200ves,
realizando las imitaciones de la edad nuestra?
Pues tierno y
lactante y semejantísimo de un recién nacido a la edad
en la primavera
nueva es. Entonces la hierba reciente y de dureza libre
está turgente y
sólida no es y en su esperanza deleita a los campesinos.
Todas las cosas
entonces florecen, y con los colores de las flores, nutricio,
205juega
el campo, y todavía virtud en sus frondas ninguna hay.
Pasa al verano,
tras la primavera, más robusto el año
y se hace un
vigoroso joven, pues ni más robusta edad
ninguna, ni más
fértil, ni que más arda, ninguna hay.
La releva el otoño,
depuesto el fervor de la juventud,
210maduro
y suave y, entre el joven y el viejo,
en templanza
intermedio, asperjado también en sus sienes de canas.
Después la senil
mala estación llega, erizada con paso trémulo,
o expoliada de los
suyos –o de los que tiene, blanca– de cabellos.
También nuestros propios cuerpos siempre y
sin descanso
215alguno
se transforman, y no lo que fuimos o somos
mañana seremos.
Hubo aquel día en el que, simientes solo
y esperanza de
hombres, de nuestra primera madre habitábamos en el vientre:
la naturaleza sus
artesanas manos nos allegó y que estuvieran
angustiados esos
cuerpos en las vísceras escondidos de nuestra distendida madre
220no
quiso y de esa casa nos emitió, vacías, a las auras.
Dado a la luz
estaba tendido sin fuerzas ese niño;
luego como
cuadrúpedo y al modo movió sus miembros de las fieras,
y poco a poco
temblando y todavía de hinojo no firme
se puso de pie,
ayudando con algún esfuerzo a sus músculos;
225después
vigoroso y veloz fue, y el espacio de la juventud
atraviesa y,
agotados del intermedio tiempo también los años,
se baja por el
camino inclinado de la caduca vejez.
Socava esta y
demuele de la edad anterior
las fuerzas, y
llora Milón de mayor, cuando contempla inanes
230a
aquéllos que fueran por la mole de sus sólidos músculos
a los de Hércules
semejantes, sus brazos, fluidos, colgar.
Llora también
cuando en el espejo arrugas de vieja se ha visto
la Tindáride y
consigo misma por qué dos veces se la raptara se pregunta.
Tiempo, devorador
de las cosas, y tú, envidiosa Vejez,
235todo
lo destruís y corrompidas con los dientes de la edad
poco a poco
consumís todas las cosas con una muerte lenta.
Tampoco tales cosas persisten, a las que
nosotros elementos llamamos,
y qué tornas les
ocurren, vuestros ánimos prestad, os mostraré.
Cuatro cuerpos
generadores el mundo eterno
240contiene.
De ellos dos son onerosos, y por su propio
peso hacia lo más
bajo, la tierra y la onda, se marchan,
y otros tantos de
gravedad carecen y sin que nadie les empuje
a lo alto acuden,
el aire y que el aire más puro el fuego.
Las cuales cosas,
aunque en espacio disten, aun así todo se hace
245de
ellas y hacia ellas caen: y disuelta la tierra
se enralece hacia
las fluidas aguas; atenuado, en auras
y en aire el humor
acaba; y privado también de peso de nuevo
hacia los altísimos
fuegos el aire más tenue centellea.
De ahí para atrás
vuelven y el mismo orden se desteje,
250pues
el fuego, espesado, a denso aire pasa,
éste a aguas,
tierra aglomerada se reúne de la onda.
Y la apariencia suya a cada uno tampoco le
permanece y, de las cosas
renovadora, desde
unas rehace la naturaleza otras figuras,
y no perece cosa
alguna, a mí creed, en todo el mundo,
255sino
que varía y su faz renueva y nacer se llama
a empezar a ser
otra cosa de la que fue antes, y morir
a acabar aquello
mismo. Aunque hayan sido acá quizás aquéllas,
éstas transferidas
allá, en suma, aun así, todas las cosas se mantienen.
Nada yo,
ciertamente, que dura mucho tiempo bajo la imagen misma
260creería:
así hasta el hierro vinisteis desde el oro, siglos,
así tantas veces
tornado se ha la fortuna de los lugares.
He visto yo, lo que
fuera un día solidísima tierra,
que era estrecho,
he visto hechas de superficie tierras,
y lejos del piélago
yacen conchas marinas,
265y,
vieja, encontrado se ha en los montes supremos un ancla,
y lo que fue llano,
valle la avenida de las aguas
hizo, y por una
inundación un monte ha sido abajado a la superficie,
y de una pantanosa
otra tierra aridece de secas arenas,
y lo que sed había
soportado, empantanado de lagos se humedece.
270Aquí
manantiales nuevos la naturaleza ha lanzado, mas allí
los cerró y,
muchos, por los antiguos temblores del orbe
han irrumpido, o,
desecados, se han asentado.
Así, donde el Lico
ha sido apurado por una terrena comisura,
brota lejos de ahí,
y renace por otra boca.
275Así
ora es embebido, ora, por un cubierto abismo resbalando,
regresa ingente el
Erasino de Argolia en los campos,
y al misio, de la
cabeza suya y de su ribera anterior
que sentía disgusto
dicen: que por otro lado ahora va, el Caíco.
Y, no poco,
revolviendo el Amenano las arenas sicanias,
280ahora
fluye, a las veces, detenidos sus manantiales, aridece.
Antes se le bebía,
ahora, las que tocar no quisieras,
vierte el Anigro
sus aguas, después que –salvo que a los poetas
se les deba
arrebatar toda la fe– allí lavaron los bimembres las heridas
que les había hecho
del portador de la clava, de Hércules, el arco.
285¿Y
no el Hípanis, de los montes escíticos nacido,
que había sido
dulce, de sales se corrompe amargas?
De oleajes rodeadas
habían estado Antisa y Faros,
y la fenicia Tiro:
de las cuales ahora isla ninguna es.
Una Léucade
continua tuvieron sus viejos colonos:
290ahora
estrechos la rodean. Zancle también que unida estuvo
se dice a Italia,
hasta que sus confines el ponto
arrebató y rechazó
la tierra en plena onda.
Si buscas Hélice y
Buris, Acaides ciudades,
las encontrarás
bajo las aguas, y todavía señalar los navegantes
295suelen,
inclinadas, sus fortalezas con sus murallas sumergidas.
Hay cerca de la
Pitea Trecén un túmulo, sin árboles
algunos arduo, un
día llanísima área
de campo, ahora
túmulo. Pues –cosa horrenda de relatar–
la fuerza fiera de
los vientos, encerrada en ciegas cavernas,
300afuera
soplar por alguna parte queriendo y luchando en vano
por disfrutar de
más libre cielo, como en su cárcel
grieta ninguna
hubiera en toda ni permeable para sus soplos fuera,
hinchió,
distendida, la tierra como el aliento de la boca
tensar una vejiga
suele, o arrancadas sus pieles
305a
un bicorne cabrío. El bulto aquel de ese lugar permaneció y de un alto
collado tiene la
apariencia y se endureció con la larga edad.
Muchas cosas aunque me vienen, oídas y
conocidas por nos,
pocas más referiré.
¿Qué, que no la linfa también figuras
da y las toma
nuevas? En medio del día, cornado Amón,
310tu
onda helada está, y en el orto y en la puesta está caliente.
Acercándole aguas,
que los Atamantes encienden un leño
se cuenta cuando la
luna se ha retirado a sus orbes mínimos.
Una corriente
tienen los cícones, la cual bebida, de piedra vuelve
las vísceras, la
cual produce mármoles en las cosas por ella tocadas.
315El
Cratis y desde él el Síbaris, colindante a nuestras orillas,
al ámbar semejantes
hacen y al oro los cabellos.
Y lo que más
admirable es, los hay que no los cuerpos sólo,
sino los ánimos
también sean capaces de mutar, humores.
¿Quién no ha oído
de Sálmacis, la de obscena onda,
320y
de los etíopes lagos? De los cuales, si alguien con sus fauces apura,
o delira o padece
de admirable pesadez un sopor.
Del Clítor quien
quiera que su sed en el manantial ha aliviado,
de los vinos huye y
goza abstemio de las puras ondas,
sea que una fuerza
hay en su agua contraria al caliente vino,
325o
sea, lo que los indígenas recuerdan, que de Amitaón el nacido
a las Prétides,
atónitas después que merced a un encanto y hierbas
las arrancó de sus
delirios, los purgantes de su mente los lanzó
a aquellas aguas, y
el odio del vino puro permaneció en sus ondas.
A éste fluye, por
su efecto disparejo, de la Lincéstide el caudal,
330del
cual, quien quiera que con poco moderada garganta saca,
no de otro modo se
tambalea que si puros vinos hubiese bebido.
Hay un lugar en la
Arcadia, Féneo lo llamaron los de antaño,
por sus ambiguas
aguas sospechoso, las cuales de noche teme:
de noche dañan
ellas bebidas, sin daño en la luz se las bebe.
335Así
unas y las otras fuerzas lagos y corrientes
conciben: y un
tiempo hubo en que nadaba en las aguas;
ahora asentada está
Ortigia. Temió la Argo, asperjadas
por los embates de
las olas rotas en ellas, a las Simplégades,
que ahora inmóviles
permanecen y a los vientos resisten.
340Y
tampoco el que arde con sus sulforosas fraguas, el Etna,
ígneo siempre será,
pues tampoco fue ígneo siempre.
Pues si ella es un
ser que alienta, la tierra, y vive y tiene
respiraderos que
llama exhalan por muchos lugares,
mudar las vías de
su respiración puede y cuántas veces
345se
mueva, éstas acabarlas, abrir aquellas cavernas puede;
o si leves vientos
están encerrados en profundas cuevas,
y rocas contra
rocas y materia que posee las simientes
de la llama
arrojan, ella concibe con sus golpes el fuego,
sus cuevas
abandonarán frías al sedarse esos vientos;
350o
si del betún las fuerzas arrebatan esos incendios
o gualdos azufres
arden con exiguos humos,
naturalmente cuando
la tierra sus pábulos y alimentos pingües a la llama
no dé, consumidas
sus fuerzas a través de la larga edad,
y a su naturaleza
voraz su nutrimento falte,
355no
soportará ella su hambre y esos abandonos abandonará el fuego.
Que hay hombres, la
fama es, en la hiperbórea Palene,
que suelen velar
sus cuerpos con leves plumas
cuando nueve veces
han sentido la laguna de Tritón.
No lo creo yo, por
cierto: asperjados también sus cuerpos de venenos
360que
ejercen las artes mismas las Escítides se recuerda.
Si alguna fe, aun
así, ha de ofrecerse a las cosas probadas,
¿acaso no ves que
cuantos cuerpos con la demora y el fluido calor
se descomponen en
pequeños vivientes se tornan?
Ve y también
entierra unos selectos toros inmolados
365–cosa
conocida por el uso–: de la podrida víscera por todos lados,
selectoras de las
flores, nacen abejas, que a la manera de sus padres
los campos honran y
su obra favorecen y para su esperanza trabajan.
Presa de la tierra
un caballo guerrero del abejorro el origen es.
Sus cóncavos brazos
si quitas a un cangrejo ribereño,
370el
resto lo pones bajo tierra, de la parte sepultada
un escorpión saldrá
y con su cola amenazará corva.
Y las que suelen
con sus canos hilos entretejer las frondas,
las agrestes
polillas –cosa observada para los colonos–,
con la fúnebre
mariposa mudan su figura.
375Unas
simientes el cieno tiene que procrea las verdes ranas,
y las procrea
truncas de pies, luego, aptas para nadar,
piernas les da, y
para que éstas sean para largos saltos aptas,
la posterior medida
supera a las partes anteriores.
Tampoco el cachorro
que en su parto reciente ha dado la osa
380sino
carne malamente viva es. Lamiéndolo su madre hacia sus articulaciones
los modela y a la
forma, cuanta abarca ella misma, lo conduce.
¿Acaso no ves, a
las que la cera hexagonal cubre, a las crías
de las portadoras
de miel, las abejas, que cuerpos sin miembros nacen
y tardíos su pies
como tardías asumen sus remeras?
385De
Juno el ave, que de cola constelaciones lleva,
y el armero de
Júpiter y de Citerea las palomas
y el género todo de
las aves, si de las partes medias de un huevo
no supiéramos que
se forman, quién, que nacer podrían, creería?
Hay quienes, cuando
podrido se ha una espina en un sepulcro cerrado,
390que
se mutan creen en serpientes las humanas médulas.
Éstos, aun así, de otros los primordios de
su género sacan.
Una ave hay que se
rehaga y a sí misma ella se reinsemine.
Los asirios fénix
la llaman. No de granos ni de hierbas,
sino de lágrimas de
incienso y del jugo vive de amomo.
395Ella
cuando cinco ha completado los siglos de la vida suya,
de una encina en
las ramas y en la copa, trémula, de una palmera,
con las uñas y con
su puro rostro un nido para sí se construye,
en el cual, una vez
que con casias y del nardo lene con las aristas
y con quebrados
cínamos lo ha cimentado junto con rubia mirra,
400a
sí mismo encima se impone, y finaliza entre aromas su edad.
De ahí, dicen que,
quien otros tantos años vivir deba,
del cuerpo paterno
un pequeño fénix renace.
Cuando le ha dado a
él su edad fuerzas, y una carga llevar puede,
de los pesos del
nido las ramas alivia de su árbol alto
405y
lleva piadoso, como las cunas suyas, el paterno sepulcro,
y a través de las
leves auras, de la ciudad de Hiperíon adueñándose,
ante sus puertas
sagradas de Hiperíon en el templo los suelta.
Si con todo hay algo de admirable novedad
en tales cosas,
de que cambie sus
tornas y la que ora como hembra en su espalda
410padecido
al macho ha, ahora de que sea macho ella admirémonos, la hiena.
De éste también,
del viviente que de vientos se nutre y de aura,
que en seguida
simula cuantos colores ha tocado.
Vencida, al
portador de los racimos, linces dio la India, a Baco,
cuya vejiga, según
recuerdan, cuanto remite
415se
torna en piedras y congela, el aire al ser tocado.
Así también el
coral, en el primer momento que toca las auras,
en ese tiempo se
endurece: mullida fue hierba bajo las ondas.
Acabará antes el día y Febo en la alta
superficie
teñirá sus caballos
sin aliento, de que yo alcance todas las cosas con mis palabras,
420que
a apariencias se han trasladado nuevas. Así los tiempos tornarse
contemplamos: a
aquellas gentes asumir fortaleza,
caer a estas. Así
grande fue, de hacienda y de hombres,
y durante diez años
pudo tanta sangre dar:
ahora, humilde,
nada más Troya viejas ruinas
425y
muestra en vez de sus riquezas los túmulos de sus abuelos.
Clara fue Esparta,
vigorosa fue la gran Micenas,
y no poco la
Cecrópide, y no poco de Anfíon los recintos.
Vil suelo Esparta
es, alta cayó Micenas,
la Edipodonia qué
es, sino unos nombres, Tebas,
430qué
de la Pandionia queda, sino el nombre, Atenas.
Ahora también, la
fama es, que una Dardania Roma está surgiendo,
la cual, próxima
del nacido del Apenino, del Tíber, a las ondas,
bajo una mole
ingente los cimientos de sus estados pone.
Ella, así pues, su
forma creciendo muda, y en otro tiempo
435la
cabeza del inmenso orbe será. Así lo han dicho los profetas
y, cantoras del
hado, lo refieren las venturas, y por cuanto recuerdo
el Priámida Héleno
al que lloraba y dudaba de su salvación
había dicho, a
Eneas, cuando el estado troyano caía:
“Nacido de diosa,
si conocidos bastante los presagios de nuestra
440mente
tienes, no toda caerá, tú a salvo, Troya.
La llama a ti y el
hierro te darán un camino: irás y a la vez
Pérgamo arrebatado
te llevarás, hasta que a Troya y a ti,
exterior al
paterno, os alcance un más amigo campo.
Una ciudad también
contemplo que debes a nuestros frigios nietos
445cuan
grande ni es ni será –ni aun vista– en los anteriores años.
A ella otros
próceres a través de siglos largos poderosa,
pero dueña de los
estados, uno de la sangre nacido de Julo
la hará, del cual
cuando la tierra se haya servido,
lo disfrutarán las
etéreas sedes, y el cielo será la salida para él.”
450Que
tales cosas Héleno había cantado al portador de los penates, a Eneas,
yo, de mente
memorioso, refiero, y de que esas a mí emparentadas murallas crezcan
me alegro, y de que
útilmente a los frigios vencieran los pelasgos.
Para que, aun así, olvidados de que a su
meta tienden
mis caballos, lejos
no me desplace, el cielo y cuanto bajo él hay
455muta
sus formas, y la tierra, y cuanto en ella hay.
Nosotros también,
parte del mundo, puesto que no cuerpos sólo,
sino también
voladoras almas somos, y a ferinas casas
podemos ir, y de
rebaños en los pechos escondernos,
esos cuerpos, que
pueden las almas tener de nuestros padres
460o
de nuestros hermanos o de gentes unidas por algún pacto a nosotros,
o de hombres,
ciertamente, que seguros estén y honestos permitamos,
o no acumulemos
entrañas en nuestras mesas de Tiestes.
Cuán mal
acostumbra, cuán a sí mismo se prepara él, impío,
para el crúor
humano, de un novillo el que la garganta a hierro
465rompe
e inmutados ofrece a sus mugidos sus oídos,
o el que, vagidos
semejantes a los infantiles cuando un cabrito
da, degollarlo
puede, o de un ave alimentarse
a la que puso él
mismo sus comidas. ¿Cuánto hay que falte en ello
para el pleno
crimen? ¿A dónde el tránsito desde ahí se prepara?
470El
buey are, o su muerte impute a sus mayores años,
contra el bóreas
horripilante la oveja armas suministre,
sus ubres den,
saturadas las cabritas, a manos que las opriman.
Las redes junto con
los cepos, y los lazos y artes dolosas
quitad, y al pájaro
no engañad con la cebada vara,
475y,
hechas para el espanto, con las plumas a los ciervos no burlad
ni esconded con
carnadas falaces los corvos anzuelos.
Perded a cuanto
cause daño, pero esto también perdedlo tan sólo,
las bocas de sangre
queden libres y alimentos tiernos cojan.”
Hipólito
Con tales y otros discursos instruido su
pecho
480a
su patria que regresó dicen y voluntariamente buscado,
que cogió Numa del
pueblo del Lacio las riendas.
Por su esposa él
feliz, una ninfa, y por sus guías, las Camenas,
les enseñó los
sacrificiales ritos y a una gente a la feroz
guerra
acostumbrada, de la paz trasladó a las artes.
485El
cual, después que, mayor, su reino y su edad hubo consumado,
extinguido, del
Lacio las nueras, y el pueblo, y los padres
lloraron a Numa,
pues su esposa, la ciudad abandonando,
se oculta escondida
en las densas espesuras del valle Aricino,
y los sacrificios
de la Orestea Diana con su gemido y lamento
490estorba.
Ay cuántas veces las ninfas del bosque y del lago
que no lo hiciera
le advirtieron y consoladoras palabras le dijeron.
Cuántas veces a la
que lloraba el Teseio héroe:
“Pon una medida”,
dijo, “pues tampoco la fortuna de lamentar
sola la tuya es. De
otros repara en los semejantes casos:
495más
benignamente lo llevarás, y ojalá los ejemplos a ti, doliente,
no los míos te
pudieran aliviar, pero también los míos pueden.
Hablando, algún Hipólito a vuestros oídos
si ha alcanzado,
que por la
credulidad de su padre, por el fraude de su criminal madrastra
sucumbió a la
muerte, te asombrarás y apenas te lo probaré,
500pero
aun así, ése soy yo. A mí la Pasifeia un día, tentándome
en vano a ultrajar
de mi padre la alcoba,
aquello que quiso
fingió haberlo querido y su delito tornando
–¿de la delación
por miedo más, u ofendida por el rechazo?–,
me condenó, y al
que merecía nada su padre echó de la ciudad
505y
con una hostil plegaria la cabeza impreca del que marchaba.
A la Pitea Trecén
con prófugo carro me dirigía,
y ya del Corintíaco
ponto cogía por los litorales,
cuando el mar se
irguió y un cúmulo ingente de aguas,
de un monte en la
apariencia, cuvarse y crecer parecía
510y
que daba mugidos y por su suprema cima se hendía.
Cornado, de ahí un
toro es expelido, de las rotas ondas,
y hasta su pecho
erigido hacia las auras suaves,
de sus narinas y
anchurosa boca vomita una parte del mar.
Los corazones se
llenan de pavor de mis acompañantes, mi mente impertérrita permanece,
515con
los exilios suyos contenta, cuando sus cuellos, feroces,
a los estrechos
viran y erguidas sus orejas se espantan
mis cuadrípedes y
del monstruo por el miedo se turban y precipitan
el carro de las
altas peñas. Yo por conducir los vanos
frenos con mi mano,
y de espumas blanquecientes embadurnados, lucho,
520y
hacia atrás tenso, boca arriba, las flexibles riendas,
y aun así a estas
fuerzas la rabia no hubiese superado de los caballos,
si una rueda, por
donde ella circungira perpetuo al eje,
de un tronco por el
tropiezo, roto y deshecho no se hubiese.
Salgo despedido del
carro y, como las correas sujetaban mis miembros,
525mis
entrañas vivas arrastrar, y mis nervios en el tronco ser retenidas,
mis miembros ser
arrebatados en parte, en parte enganchados quedar,
mis huesos dar,
rotos, un grave sonido, y vieras, agotado,
mi aliento expirar,
y ningunas partes en mi cuerpo
que reconocer
pudieras: una sola herida era todo.
530¿Acaso
puedes, u osas, con la calamidad comparar nuestra,
ninfa, la tuya? Vi
también de luz carentes los reinos
y lacerado calenté
mi cuerpo del Flegetonte en la onda,
y no, sino con una
vigorosa medicina del vástago de Apolo,
devuelta la vida me
fuera; la cual, después que con esas fuertes hierbas
535y
con la ayuda peonia, para indignación de Dite, recobré,
entonces a mí, para
que aparecido no aumentara del don este
la envidia, densas
me opuso la Cintia unas nubes,
y para que
estuviera guardado y pudiera impunemente ser visto,
me añadió edad y no
reconocible me dejó
540el
rostro mío y a Creta mucho tiempo dudó si para habitarla
me entregaría o a
Delos. Delos y Creta abandonadas
aquí me puso y un
nombre al mismo tiempo, que pudiera mis caballos
evocar, me ordena
que deponga y: “Quien fuiste
Hipólito”, dijo,
“ahora, el mismo, Virbio sé.”
545Este
bosque desde entonces honro y, de los dioses menores uno,
bajo el nombre de
mi señora me oculto y hacienda suya soy.”
Tages. La lanza de Rómulo. Cipo
No, aun así, de Egeria los lutos las
ajenas pérdidas
capaces son de
aliviar, y de un monte tendida en sus raíces hondas
se disuelve en
lágrimas, hasta que por piedad de la doliente
550conmovida
la hermana de Febo, gélido, de su cuerpo un manantial
hizo y sus miembros
atenuó en eternas ondas.
También a las
ninfas tocó ese nuevo asunto, y de la Amazona el nacido
no de otro modo
quedó suspendido que cuando el tirreno labrador
un hadado terrón
contempló en mitad de los campos
555que
por voluntad propia primero, sin que nadie lo agitara, se movía,
que tomaba luego la
de hombre, de tierra remitía la forma,
y que su boca abría
reciente para los venideros hados:
los nativos le
llamaron Tages, el primero que enseñó
de Etruria a la
gente a abrir los casos futuros.
560O
como en los palatinos collados en otro tiempo, prendida,
cuando súbitamente
vio brotar Rómulo su asta,
la cual, con una
raíz nueva, no por el hierro clavado se alzaba,
y ya no arma, sino
de flexible mimbre un árbol,
no esperadas daba a
los que se admiraban sombras.
565O
de la corriente cuando vio Cipo en la onda
los cuernos suyos
–pues los vio–, y que una falsa fe había
creyendo en la
imagen, sus dedos a su frente muchas veces llevando,
lo que veía tocó y,
ya sus ojos sin culpar,
se detuvo, cual
regresaba vencedor del dominado enemigo,
570y
al cielo sus ojos y al mismo sus brazos levantando:
“Lo que quiera”,
dice, “altísimos, que con el prodigio se pronostique este,
si alegre es: para
mi patria alegre y para el pueblo de Quirino,
o si amenazador:
para mí lo sea”, y de césped verde hechas
aplaca con aromados
fuegos, herbosas, esas aras,
575y
vinos les da en páteras y de unas inmoladas bidentes
qué a él le
indiquen consulta, palpitantes, sus entrañas.
Las cuales, al
mismo tiempo que las contempló de la tirrena gente el arúspice,
grandes proyectos
de estados ciertamente vio en ellas,
no manifiestos, aun
así. Pero cuando levantó aguda
580su
mirada desde las fibras de la res hacia los cuernos de Cipo:
“Rey”, dice, “oh,
salve, pues a ti, Cipo, este lugar
y de la Lacia
obedecerán, a los cuernos tuyos, los recintos.
Tú sólo rompe tus
demoras y por esas puertas a entrar abiertas
apresúrate. Así los
hados lo ordenan, pues por la ciudad recibido
585rey
serás y de un cetro te apoderarás, seguro tú, perenne.”
Retiró él su pie, y
de las murallas de la ciudad volviendo
torva su faz:
“Lejos, ah, lejos los presagios tales”, dijo,
“rechacen los
dioses, y mucho más justamente yo mi edad
como exiliado pase,
que a mí me vean los Capitolios como rey.”
590Dijo
y al instante al pueblo y al grave senado convoca,
antes, con
todo, con un laurel de paz sus cuernos
vela
y en unos parapetos
hechos por soldado fuerte
se instala y a los
dioses, según la primitiva costumbre, rezando:
“Hay”, dice, “aquí
uno al que vosotros si no expulsáis de la ciudad
595rey
será. Él, quién sea os indico, no por su nombre lo llamaré:
cuernos en la
frente lleva. El cual a vosotros os delata el augur,
si a Roma entrara,
que de fámulos unas leyes os ha de dar.
Él ciertamente ha
podido por esas puertas irrumpir, abiertas,
pero yo me opuse,
aunque más unido con él
600nadie
que yo está. Vosotros de la ciudad a este varón vetad, Quirites,
o si digno fuera,
atadle con pesadas cadenas
o poned fin al
miedo con la muerte de ese fatal tirano.”
Cuales los
murmullos que cuando atroz silba el euro en los arremangados
pinares se
producen, o cuales los que los oleajes
605marinos
hacen si alguien de lejos los oye a ellos,
tal suena el
pueblo, pero a través de las confusas palabras
de ese vulgo que
rumoreaba, aun así, una voz emerge sola: “¿Quién él es?”
y miran las frentes
y los predichos cuernos buscan.
De vuelta a ellos
Cipo: “Al que demandáis”, dice, “tenéis”
610y
quitándose de la cabeza, mientras el pueblo se lo impedía la corona,
exhibió, insignes
de su gemelo cuerno, sus sienes.
Bajaron los ojos
todos y un gemido dieron
y a aquella cabeza
por sus méritos brillante –¿quién creerlo podría?–
contra la voluntad
de ellos, vieron, y que ella careciera de su honor
615sin
poder ellos más allá soportar, le impusieron, festiva, una corona.
Mas los próceres,
puesto que a los muros entrar a él se le veta,
tanto campo
honorado a ti, Cipo, te dieron,
cuanto con un
hundido arado, a él sometidos unos bueyes,
abarcar pudieras
hasta el final de la luz desde su nacimiento
620y
unos cuernos que repetían esa admirable forma
en las broncíneas
jambas esculpen, que permanecerían durante la larga edad.
Esculapio en Roma
Desvelad ahora, Musas, presentes númenes
de los poetas,
pues lo sabéis y no
os engaña a vosotras su espaciosa vejez,
de dónde que la
circunfluida Isla del Tíber alto
625añadiera
al Corónida a los sacrificios de la ciudad de Rómulo.
Una siniestra peste un día había
corrompido del Lacio las auras
y pálidos se
demacraban los cuerpos por causa de esa exangüe enfermedad.
De funerales
cansados, después que los mortales intentos
ven que nada, nada
las artes podían de los sanadores,
630auxilio
celeste buscan y a la que tiene la tierra central
del orbe, a Delfos,
acuden, a los oráculos de Febo,
y que con una
salutífera ventura socorrer sus desgraciados
estados quiera y de
tan gran ciudad las desgracias acabe, piden.
Tanto el lugar como
el laurel y las que tiene él mismo, sus aljabas,
635temblaron
al mismo tiempo, y el trípode devolvió desde lo hondo
del santuario esta
voz y sus pavoridos pechos conmovió:
“Lo que buscas de
aquí de más cercano lugar, Romano, hubieses buscado,
y búscalo ahora en
más cercano lugar, ni de Apolo a vosotros,
que minore vuestros
lutos, menester es, sino del nacido de Apolo.
640Id
con buenas aves y a la descendencia acudid nuestra.”
Los mandatos del
dios después que prudente oyó el senado,
qué ciudad honra,
exploran, el joven Febeio,
y quienes busquen
con los vientos de Epidauro los litorales envían.
Los cuales, una vez
que con la encurvada quilla los tocaron los enviados,
645al
consejo y a los griegos padres acudieron, y que les dieran,
les rogaron, al
dios, el cual presente los funerales acabe
de la gente
ausonia: certeras, que así lo decían las venturas.
Disiente y varía su
parecer, y parte de negar
no considera el
auxilio, muchos que retengan y
650que
no envíen la ayuda suya ni sus númenes cedan aconsejan.
Mientras dudan,
atardecida, expulsan los crepúsculos a la luz
y la sombra de la
tierra había introducido las tinieblas al orbe,
cuando el dios en
sueños, el Auxiliador, pareciendo que se detenía
ante el lecho tuyo,
Romano, pero cual en su templo
655estar
suele, y el cayado agreste sosteniendo con su izquierda,
que la melena con
la derecha se abajaba de su larga barba,
y con plácido pecho
que expresaba tales voces:
“Deja los miedos.
Iré, y las imágenes nuestras dejaré.
Sólo en esta sierpe
que mi cayado con sus anillos envuelve
660fíjate,
y grábala en tu mirada hasta que reconocerla puedas.
Me tornaré en ella,
pero mayor seré y tan grande pareceré,
en cuanto tornarse
los celestes cuerpos deben.”
Al instante con su
voz el dios, con la voz y el dios el sueño se va,
y del sueño a la
huida la luz nutricia siguió.
665La posterior aurora había
puesto en fuga a los constelados fuegos.
Inseguros de qué
hacer los próceres hacia los templos
labrados acuden del
buscado dios y en qué sede él mismo
morar quiera, que
con señales celestes indique le ruegan.
Apenas si habían
cesado cuando áureo de sus crestas altas
670en
la serpiente el dios unos prenunciadores silbos lanzó,
y con la llegada
suya su estatua y aras y puertas
y marmóreo el suelo
y los techos áureos movió
y hasta su pecho
sublime en la mitad del templo se apostó
y sus ojos llevó
alrededor de fuego rielantes.
675Aterrada
la multitud se espanta: reconoció sus númenes,
ceñido en sus
castos cabellos por la venda blanqueciente, el sacerdote y:
“El dios, he aquí,
el dios es. Con vuestros ánimos y lenguas favorecedle,
todo el que
asiste”, dijo. “Que seas, oh bellísimo, aparecido
con provecho y a
los pueblos ayudes que tus sacrificios honran.”
680Todo
el que asiste al ordenado numen venera y todos
las palabras del
sacerdote repiten geminadas y, piadoso,
los Enéadas le
ofrecen en su mente y voz su favor.
Asiente a ellos, y
con sus movidas crestas el dios ratificadas prendas,
y repetidos dio
silbos vibrando su lengua.
685Entonces
por las escaleras nítidas se desliza y su rostro atrás
gira y al partir se
vuelve a contemplar sus antiguas aras,
y sus acostumbradas
casas y habitados templos saluda.
De ahí, por la
tierra, de las flores a él echadas cubierta,
ingente serpea y
gira sus senos y por mitad de la ciudad
690tira,
fortificados por un encurvado parapeto, hacia los puertos.
Se detuvo allí y el
tropel suyo y de la multitud que le seguía
el servicio con
plácido rostro pareciendo que despedía,
su cuerpo puso de
Ausonia en el barco. De la divinidad él
sintió la carga y
hundióse del dios por la gravedad el casco.
695Los
Enéadas se regocijan e inmolado en el litoral un toro
las torcidas
amarras sueltan de la coronada nave.
Había empujado una
leve aura el barco. El dios sobresale en alto,
y con su cerviz en
ella impuesta, hundiendo la popa recurva,
abajo contempla las
azules aguas y con moderados céfiros
700por
la superficie jonia, de la sexta Palántide en el nacimiento,
Italia alcanzó y
por delante de los del Lacinio,
ennoblecidos por el
templo de su diosa, y de los litorales Esciláceos pasa.
Deja atrás la
Iapigia y con los izquierdos remos de las anfrisias
rocas huye, por la
derecha parte los rompientes celenios,
705y
el Rometio recorre y Caulón y Naricia
y vence el estrecho
y las angusturas del sículo Peloro
y del Hipótada las
casas, del rey, y de Temese las minas,
y a Leucosia se
dirige y los rosales del tibio Pesto.
De ahí recorre la
Cáprea y el promontorio de Minerva
710y
generosos de surrentino sarmiento esos collados,
y de Hércules la
ciudad y Estabias y para los ocios nacida
Parténope y desde
ella los templos de la cumea Sibila.
De aquí los
calientes manantiales y portador de lentisco
se alcanza el
Literno y arrastrando bajo su abismo mucha arena
715el
Volturno, y concurrida de nevadas palomas Sinuesa,
y las Minturnas
graves y a la que sepultó su ahijado
y de Antífates las
casas y Tracas sitiada de marisma
y la tierra circea
y de denso litoral Ancio.
Aquí cuando los
navegantes tornaron su velera quilla
720–pues
áspero ya el ponto estaba– el dios despliega sus orbes
y mediante
sinuosidades múltiples y sus grandes roscas deslizándose,
en los templos de
su padre entra, que tocaban el rubio litoral.
La superficie
aplacada, el Epidaurio las paternas aras
abandona y del
hospedaje de la divinidad a él unida habiéndose servido,
725ribereña,
con el arrastre de su escama crujiente surca la arena
y apoyándose en el
gobernalle de la nave en la alta
popa su cabeza
puso, hasta que a Castro y las sagradas
sedes de Latino y
hasta las embocaduras del Tíber llegó.
Aquí de todo el pueblo por todas partes y
de las madres y de los padres
730al
paso la multitud se lanza y las que los fuegos, oh troyana Vesta,
guardan tuyos, y
con alegre clamor al dios saludan,
y por donde a
través de las enfrentadas ondas la nave rápida es conducida,
inciensos sobre las
riberas, en aras por orden hechas,
por ambas partes
suenan y aroman el aire de sus humos,
735y
herida entibia la víctima a ella lanzados los cuchillos.
Y ya a la cabeza de
los estados, de Roma había entrado a la ciudad:
se yergue la sierpe
y en lo alto del mástil empinada
su cuello mueve y
sedes para sí alrededor busca aptas.
Se escinde en
gemelas partes, circunfluyente su caudal
740–Isla
de nombre tiene– y por la parte de los costados ambos,
extiende iguales,
en medio la tierra, sus brazos:
aquí desde el pino
del Lacio la Febeia serpiente
se traslada y un
fin, su apariencia celeste retomada,
a los lutos impuso
y vino el Saludador a la Ciudad.
La apoteosis de Julio César
745Él, aun así, accedió a los
santuarios nuestros como forastero:
César en la ciudad
suya dios es, al cual, principal por su Marte
y por su toga, no
las guerras más, finalizadas en triunfos,
y las hazañas en la
paz realizadas, y la apresurada gloria de tales hazañas,
en constelación lo
tornaron nueva y en estrella crinada,
750antes
que su descendiente, pues de los hechos de César
ninguna mayor obra
que el ser su padre subsiste de éste.
¿No es claramente
más haber dominado a los marinos britanos
y por los séptuples
cauces de los caudales del Nilo, portador de papiro,
vencedores haber
llevado sus barcos, y a los númidas rebeldes
755y
al cinifio Iuba y de Mitridates henchido por los nombres
el Ponto el pueblo
anexionar de Quirino,
y muchos haber
merecido, algunos triunfos haber llevado,
antes que a tan
gran varón haber engendrado? Con quien de presidente de los estados
a la humana
estirpe, altísimos, favorecisteis en abundancia.
760Para que no fuera éste, así
pues, de mortal simiente creado,
a aquél dios de
hacerse había, lo cual, cuando áurea lo vio,
de Eneas la madre,
vio también que triste se preparaba
para el pontífice
una muerte y que conjuradas armas se movilizaban,
palideció, y a
todos, según a cada cual al paso salía, los divinos:
765“Contempla”,
le decía, “con cuánta mole para mí se preparan
insidias y con
cuánto fraude esa cabeza se busca,
la cual del
dardanio Julo sola a mí me resta.
¿Acaso sola siempre
seré hostigada por justos cuidados,
a quien ora del
Tidida la calidonia asta hiera,
770ahora
esparzan las murallas de mi defendida Troya,
quien vea a mi hijo
por largos errares empujado
y ser zarandeado
por el mar y en las sedes entrar de los silentes
y guerras con Turno
hacer o, si la verdad confesamos,
con Juno más? ¿A
qué ahora recuerdo las antiguas
775pérdidas
de mi estirpe? El temor este acordarme de los anteriores
no me deja. Contra
mí que se afilan veis criminales espadas.
Las cuales
prohibid, os suplico, y tal fechoría rechazad, o no,
con la matanza de
su sacerdote, las llamas extinguid de Vesta.”
Para nada por todo el cielo Venus ansiosa
780tales
palabras, vierte, y a los altísimos conmueve, los cuales, romper aunque
los férreos
decretos no pueden de las viejas hermanas,
señales aun así del
luto dan, no inciertas, futuro.
Armas dicen que
entre negras nubes crepitantes
y terribles tubas y
oídos cuernos en el cielo
785presagiaron
la abominación. Del sol también una triste imagen
lívidas ofrecía sus
luces a las angustiadas tierras.
A menudo antorchas
parecieron arder por en medio de los astros.
A menudo entre las
borrascas gotas cayeron ensangrentadas.
Azul también, por
su rostro, el Lucero de herrumbre negra
790asperjado
estuvo, asperjados los lunares carros de sangre.
Tristes en mil
lugares dio sus augurios el estigio búho,
en mil lugares
lagrimó el marfil y cantos se dice
que se oyeron y
palabras amenazantes en los santos bosques.
Victima ninguna
aplaca, y de que acucian grandes tumultos
795la
entraña advierte, y una cortada cabeza se halla en unas vísceras
y en el foro y
alrededor de las casas y templos de los dioses
que nocturnos
aullaban perros y que sombras de silentes
erraban cuentan, y
que se movió con temblores la ciudad.
No, aun así, las insidias y los venideros
hados vencer
800pudieron
las premoniciones de los dioses y empuñadas van
al templo las
espadas, pues lugar alguno en la ciudad
para la fechoría y
para ese siniestro asesinato no place sino la Curia.
Entonces
verdaderamente Citerea con su mano se golpeó, una y otra,
el pecho, y al
Enéada pugna por esconder en esa nube
805con
la que antes Paris fue arrebatado al infesto Atrida
y Eneas de Diomedes
había huido a las espadas.
Con tales a ella su
padre: “¿Sola un insuperable hado,
hija, a inmutar te
dispones? Entrar puedes tú misma en los aposentos
de las tres
hermanas. Verás allí de envergadura vasta
810de
bronce y sólido hierro los archivos de las cosas,
que ni el embate
del cielo, ni del rayo la ira,
ni temen ningunas,
seguros y eternos, ruinas.
Encontrarás allí,
tallados en acero perenne
los hados de tu
estirpe. Los leí yo mismo y en mi ánimo los grabé
815y
repetiré, para que no seas todavía ahora desconocedora del futuro.
Éste los tiempos
suyos ha completado, por el que, Citerea,
te afanas, al
acabar, los que a la tierra debía, sus años.
Que de dios acceda
al cielo y en templos se le honre
tú lo harás, y el
hijo suyo, quien de sus nombres heredero
820llevará
él solo esa carga impuesta y de su asesinado padre
a nosotros, suyos
para las guerras, fortísimo vengador nos tendrá.
De él con los
auspicios las murallas vencidas
paz pedirán de la
asediada Módena, Farsalia lo sentirá a él,
y de nuevo se
mojarán de matanza los ematios Filipos,
825y
un gran nombre será vencido en las sículas ondas,
y de un romano
general la esposa egipcia, en sus antorchas
no para bien
confiada, caerá, y en vano habrá ella amenazado
que servirían los
Capitolios nuestros al Canopo suyo.
¿A qué a ti la
extranjería y los pueblos yacentes por uno y otro
830Océano
he de enumerarte? Cuanto de habitable la tierra
sostiene de él
será: el ponto también lo servirá a él.
“Paz dada a las
tierras, el ánimo a los civiles derechos
tornará suyo, y
leyes dará, su justísimo autor,
y con el ejemplo
suyo la moral regirá, y de la edad
835del
futuro tiempo y de sus venideros nietos vigilante,
el vástago de su
santa esposa nacido que lleve al mismo
tiempo también el
nombre suyo y sus cuidados ordenará,
y no, sino cuando
con sus méritos haya igualado sus años,
las etéras sedes y
sus emparentadas constelaciones tocará.
840Esta
ánima, entre tanto, de su asesinado cuerpo arrebatada,
hazla tú luminaria,
para que siempre los Capitolios nuestros
y el foro, divino,
desde excelsa sede vigile Julio.”
Apenas ello dicho había cuando en medio de
la sede del Senado
se posó la nutricia
Venus, para nadie visible, y de su
845César
arrebató a sus miembros y –sin permitir que en el aire
se disipara– su
reciente ánima llevó a los celestes astros,
y mientras la
llevaba, que luz cobraba y fogueaba sintió
y la soltó de su
seno. Que la luna vuela más alto ella,
y llameante
arrastrando de espaciosa senda una crin
850como
estrella centellea y de su hijo viendo sus buenas obras confiesa
que son que las
suyas mayores y de ser vencido se goza por él.
Él los hechos suyos que se antepongan veta
a los paternos,
libre la fama, aun
así, y a ningunos mandados sujeta,
a él contra su
voluntad antepone, y en esta sola parte le combate.
855Así,
grande, cede a los títulos de Agamenón Atreo,
Egeo así a Teseo,
así a Peleo venció Aquiles.
En fin, para de
ejemplos a ellos semejantes servirme,
así también Saturno
menor es que Júpiter;
Júpiter los
recintos modera etéreos y del mundo triforme los reinos:
860la
tierra bajo Augusto está. Padre es y soberano uno y otro.
Dioses, os lo suplico, de Eneas los
acompañantes, a quienes la espada y el fuego
cedieron, y dioses
Indígetes y padre, Quirino,
de la ciudad y del
invicto Quirino padre,
y Vesta, de César
entre los penates consagrada,
865y
con la cesárea Vesta tú, Febo doméstico,
y quien tienes el
alto Júpiter de Tarpeya los recintos,
y a cuantos otros
para un vate justo apelar y piadoso es:
tardío sea aquel
día y posterior a nuestra edad,
en el que la cabeza
Augústea, el orbe que él modera abandonando,
870acceda
al cielo y favorezca, ausente, a los que le rezan.
Epílogo
Y ya una obra he concluido que ni de
Júpiter la ira ni los fuegos,
ni pudiera el
hierro ni devoradora abolir la vejez.
Cuando quiera aquel
día que en nada sino en el cuerpo este
jurisdicción tiene,
el espacio de mi incierta edad acabe.
875Con
la parte aun así mejor de mí sobre los altos astros,
perenne, iré, y un
nombre será indeleble el nuestro,
y por donde se abre
el romano poderío a sus dominadas tierras,
con la boca se me
leerá del pueblo y a través de todos los siglos en la fama,
si algo tienen
de verdadero de los poetas los presagios, viviré.
Índice
de contenido
1.1-4 Invocación
1.5-88 El origen del mundo
1.89-150 Las edades del hombre
1.151-162 La Gigantomaquia
1.163-208 El concilio de los dioses (i)
1.209-243 Licaón
1.244-252 El concilio de los dioses (ii)
1.253-312 El diluvio
1.313-437 Deucalión y Pirra
1.438-451 La sierpe Pitón
1.452-567 Apolo y Dafne
1.568-624 Júpiter e Ío (i)
1.625-688 Argos
1.689-712 Pan y Siringe
1.713-750 Júpiter e Ío (ii)
1.750-779 Faetón (i)
2.1-332 Faetón (ii)
2.333-339 Clímene
2.340-366 Las Helíades
2.367-400 Cigno
2.401-532 Júpiter y Calisto
2.533-541 El cuervo
2.542-547 Apolo y Coronis (i)
2.548-554 La corneja; Nictímene
2.555-595 Las hijas de Cécrope
2.596-632 Apolo y Coronis (ii)
2.633-675 Ocírroe
2.676-707 Bato
2.708-759 Áglauro, Mercurio y Herse
2.760-796 La Envidia
2.797-832 Áglauro
2.833-875 Júpiter y Europa
3.1-137 Cadmo
3.138-252 Diana y Acteón
3.253-315 Júpiter, Sémele y Baco
3.316-338 Tiresias
3.339-510 Narciso y Eco
3.511-581 Penteo y Baco (i)
3.582-691 Los navegantes tirrenos
3.692-733 Penteo y Baco (ii)
4.1-54 Las hijas de Minias (i)
4.55-166 Píramo y Tisbe
4.167-270 Los amores del Sol. Marte y Venus.
Leucótoe. Clitie
4.271-284 Las hijas de Minias (ii)
4.285-388 Sálmacis y Hermafrodito
4.398-415 Las hijas de Minias (iii)
4.416-542 Atamante e Ino
4.543-562 Las compañeras de Ino
4.563-603 Cadmo y Harmonía
4.604-662 Perseo y Atlas
4.663-771 Perseo y Andrómeda
4.772-803 Perseo y Medusa
5.1-235 Perseo y Fineo
5.236-249
5.236-249
Otras hazañas de Perseo
5.250-268 Pégaso
5.269-293 Pireneo
5.294-317 Las Piérides (i)
5.318-331 Metamorfosis de dioses
5.332-571 El rapto de Prosérpina
5.572-641 Aretusa
5.642-661 Triptólemo
5.662-678 Las Piérides (ii)
6.1-145 Aracne
6.146-312 Níobe
6.313-381 Los paisanos licios
6.382-400 Marsias
6.401-411 Pélope
6.412-674 Tereo, Progne y Filomela
6.675-721 Bóreas y Oritía
7.1-158 Medea y Jasón
7.159-296 Medea y Esón
7.297-351 Medea y Pelias
7.351-393 Huida de Medea
7.394-452 Medea y Teseo
7.453-516 Minos y Céfalo (i)
7.517-660 La peste de Egina
7.661-686 Céfalo (ii)
7.687-756 Céfalo (iii)
y Procris
7.757-793 El perro de caza y la fiera
7.794-862 Muerte de Procris
7.863-865 Céfalo (iv)
8.1-5 Céfalo (v)
8.6-154 Escila y Minos
8.155-182 El laberinto, el Minotauro y Ariadna
8.183-235 Dédalo e Ícaro
8.236-259 Perdiz
8.260-444 Meleagro y el jabalí de Calidón
8.445-525 Altea y Meleagro
8.526-546 Las hermanas de Meleagro
8.547-573 Teseo y Aqueloo (i)
8.573-610 Las Equínades; Perimele
8.611-724 Filemon y Baucis
8.725-884 Erisicton y su hija
9.1-88 Teseo y Aqueloo (ii): Aqueloo y Hércules
9.89-97 Partida de Teseo
9.98-133 Hércules, Neso y Deyanira
9.134-272 Muerte y apoteosis de Hércules
9.273-323 Galántide
9.324-393 Dríope
9.394-449 Iolao y los hijos de Calírroe;
rejuvenecimientos
9.450-665 Biblis
9.666-797 Ifis
10.1-85 Orfeo y Eurídice
10.86-147 Catálogo de Árboles; Cipariso
10.148-739 Canción de Orfeo
10.148-154 Proemio
10.155-161 Ganimedes
10.162-219 Jacinto
10.220-242 Las Propétides y los
Cerastas
10.243-297 Pigmalión
10.298-502 Mirra
10.503-559 Venus y Adonis (i)
10.560-707 Hipómenes y Atalanta
10.708-739 Venus y Adonis (ii): muerte de Adonis
11.1-84 Muerte de Orfeo
11.85-145 Midas (i)
11.146-193 Midas (ii):
Febo y Pan
11.194-220 Fundación y destrucción de Troya; Laomedonte
11.221-265 Peleo, Tetis y Aquiles
11.266-345 Dedalión y Quíone
11.346-409 El ganado de Peleo
11.410-748 Ceix y Alcíone
11.748-795 Ésaco
12.1-38 La expedición contra Troya
12.39-63 La Fama
12.64-167 Aquiles y Cigno
12.168-209 Ceneo (i)
12. 210-458 La batalla de Lápitas y Centauros
12. 459-535 Ceneo (ii)
12.536-579 Periclímeno
12.580-628 Muerte de Aquiles
13.1-398 Las armas de Aquiles
13.399-575 La caída de Troya
13.576-622 Memnón
13.623-642 El peregrinaje de Eneas (i): la partida de Troya
13.643-674 La hija de Anio
13.675-704 Coronas
13.705-729 El peregrinaje de Eneas (ii): Sicilia
13.730-739 Escila (i)
13.740-897 Galatea, Acis y Polifemo
13.898-968 Escila (ii)
y Glauco
14.1-74 Escila (iii),
Glauco y Circe
14.75-90 El peregrinaje de Eneas (iii): Italia
14.91-100 Los Cércopes
14.101-153 El peregrinaje de Eneas (iv): la Sibila
14.154-222 Aqueménides
14.223-307 Aventuras de Ulises
14.308-415 Pico
14.416-440 Canente
14.441-457 El peregrinaje de Eneas (v): el Lacio
14.458-511 Diomedes
14.512-526 El olivo salvaje
14.527-565 Las naves de Eneas
14.566-580 Árdea
14.581-608 Apoteosis de Eneas
14.609-621 Los reyes latinos
14.622-697 Vertumno y Pomona (i)
14.698-764 Ifis y Anaxárete
14.765-771 Vertumno y Pomona (ii)
14.772-851 Apoteosis de Rómulo y Hersilia
15.1-59
15.1-59
Míscelo
15.60-478 Discurso de Pitágoras
15.479-546 Hipólito
15.547-621 Tages. La lanza de Rómulo. Cipo
15.622-744 Esculapio en Roma
15.745-870
15.745-870
La apoteosis de Julio César
15.871-879 Epílogo

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