© Libro No. 649. El planeta de los parásitos. Weinbaum, Stanley
G. Colección E.O. Marzo 15 de 2014.
Título original: © El planeta de los parásitos. Stanley
G. Weinbaum
Versión Original: © El planeta de los parásitos. Stanley G. Weinbaum
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Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
El planeta de los parásitos
Stanley G. Weinbaum
Stanley
Grauman Weinbaum
(1903-1935)
Biografía
weinbaumsg.jpg
Stanley Grauman Weinbaum (1903-1935) nació en
Lousville, Kentucky, pero creció en Milwaukee y asistió a la escuela pública de
la misma ciudad. Años después estudió ingeniería química en la universidad de
Wisconsin pero, contrario a lo que se piensa, nunca se graduó de dicha
universidad debido a que fue expulsado en 1923 al presentar el examen de un
amigo suyo. Fue compañero de clase del también ingeniero y aviador Charles
Lindbergh.
Destinado a ser escritor, Stanley escribía relatos
en sus tiempos libres. Para 1934, hundido en la Gran Depresión que devastaba al
mundo, Weinbaum publicó relatos convencionales bajo seudónimo mucho antes de
vender su primer cuento de ciencia-ficción, UNA ODISEA MARCIANA, a una revista
del género llamada Wonder Stories, en julio de 1934.
Wonder Stories no era la revista más destacada de
ciencia-ficción, cuando imperaban otras más populares: Astounding Stories,
dirigída por F. Orlin Tremaine y Amazing Stories de T. O'Conor Sloane. Pero
Wonder Stories, dirigida por Charles D. Horning, tiene su merito al dar acogida
al cuento de Weinbaum. Este relato tuvo un éxito sensacional, incitando al
autor a seguir escribiendo ciencia-ficción.
La importancia de esta historia residía en dos
aspectos novedosos: el intento de presentar la posible vida en otro mundo como
parte de un sistema extraño y complejo, en lugar de aglomerar criaturas
extrañas con psicologías adaptadas a la forma de vida terrestre; y en segundo
lugar el humor, que quitaba dramatismo al relato, en claro contraste con E. E.
Smith y Robert A. Heinlein, con quienes se le compara frecuentemente. De hecho,
Tweel, el avestruz marciano de UNA ODISEA MARCIANA, es tal vez la primera criatura
en la ciencia-ficción que respondió a la exigencia que años más tarde haría el
mítico editor John W. Campbell a sus colaboradores: Escribidme sobre una
criatura que piense tan bien como un hombre, o mejor que un hombre, pero no
como un hombre. En 1970, los escritores de ciencia-ficción de los Estados
Unidos eligieron por votación los mejores cuentos del género de todas las
épocas. Entre los favoritos destacó UNA ODISEA MARCIANA, el único cuento
publicado en revista capaz de resistir, una generación más tarde, el juicio de
los profesionales del género.
Siguiendo este esquema, Weinbaum siguió elaborando
un conjunto de relatos extraños y divertidos que aparecieron durante 1935 como
LOTÓFAGOS, donde hace su aparición la planta inteligente llamada Oscar, todavía
más sorprendente que Tweel. Le siguieron LA LUNA LOCA, FLIGHT TO TITÁN y EL
PLANETA DE LOS PARÁSITOS. También aparecieron ese año las historias dedicadas
al científico loco Haskel Van Manderpootz y sus delirantes máquinas: LOS MUNDOS
«SI», EL IDEAL y THE POINT OF VIEW.
Además, debemos destacar sus intentos de incorporar
la novela romántica a la ciencia-ficción, si bien éstos no fueron muy exitosos,
como DAWN OF FLAME y su secuela THE BLACK FLAME, publicados después de su
muerte.
En apenas año y medio escribió prolíficamente,
destacándose LA ISLA DE PROTEO, el primer relato de ingeniería genética. No fue
sino hasta 1953 cuando Watson y Crick descubrieron la doble hélice del ADN, por
lo que representa para Weinbaum un logro haberlo escrito con casi 20 años de
anticipación.
También encontramos MÁXIMA ADAPTABILIDAD, publicado
con el seudónimo de John Jessel, una curiosa historia sobre una mutante
malvada, que viene a representar al superhombre, tan de boga en los años
treinta, con la peculiaridad de que esta vez es una supermujer que utiliza todo
su ingenio y belleza alcanzada para lograr sus objetivos. Una versión fílmica
de esta historia fue hecha en 1957 bajo el titulo de SHE-DEVIL, protagonizada
por Mari Blanchard, Jack Kelly y Albert Dekker.
Y EL VALLE DE LOS SUEÑOS, feliz continuación de UNA
ODISEA MARCIANA, en dónde Weinbaum saca a relucir una historia que va más allá
de una exploración en Marte, hasta situarnos en la época de los mismísimos
faraones.
Todas las historias interplanetarias de Weinbaum
(escribió nueve y comenzó con otras diez, completadas por su hermana Helen
Weinbaum después de su muerte) fueron ambientadas en un Sistema Solar
científicamente posible al conocimiento de la década de los 30. Los avestruces
marcianos de UNA ODISEA MARCIANA y EL VALLE DE LOS SUEÑOS, por ejemplo, fueron
mencionados en RESCATE DE UN SECRETO, y las venusinas plantas de EL PLANETA DE
LOS PARÁSITOS y LOTÓFAGOS son mencionadas en LA LUNA LOCA. En el Sistema Solar
de Weinbaum, las emanaciones de gas contienen el calor suficiente para mantener
la temperatura similar a la Tierra en los satélites Io, Europa, Titán, e
incluso Urano. Por su parte, Marte y Venus presentaban atmósferas y
temperaturas adecuadas para vivir ahí, un dato claramente erróneo, pero que se
acepta sin dimisiones.
Se puede decir que la ciencia-ficción de Weinbaum no
es únicamente la lectura ligera de aventuras que uno espera encontrar en una
obra de esta época. Encontramos ya en ella tópicos que van a ser frecuentados
por el propio Heinlein, A. E. van Vogt, Poul Anderson, Arthur C. Clarke y
muchos otros escritores, hasta el extremo de que incluso hoy su influencia aún
es rastreable en algunos relatos de John Varley (EN EL SALÓN DE LOS REYES
MARCIANOS tiene mucho de homenaje de Weinbaum) Isaac Asimov reconoce que, cuando
diseñó a sus para-hombres en LOS PROPIOS DIOSES, tenía en mente en todo momento
el modo en que Weinbaum creaba a sus alienígenas: distintos de la humanidad y
al mismo tiempo con su propia lógica interna. John R. Pierce, estudioso de la
ciencia-ficción y claro admirador de Weinbaum publicó un cuento (EL MUNDO
SUPERIOR) en homenaje a Weinbaum, otro relato de la saga del genio de las
ciencias Haskel Van Manderpootz.
Algunos críticos señalan, no obstante, como su mejor
obra a EL NUEVO ADÁN (1939) una novela en primera persona que relata la
historia de un superhombre mutante en la sociedad contemporánea, una de las
descripciones más cuidadosas y analíticas publicadas por un autor de
ciencia-ficción en la preguerra. En los años cuarenta y cincuenta, A. E. van
Vogt (SLAN) Theodore Sturgeon (MÁS QUE HUMANO) y Clifford D. Simak (CIUDAD)
invocarían este arquetipo, presentando a los mutantes como resultado de la
evolución o de una guerra atómica.
La historia comienza con Edmond Hall, un hombre
diferente con una extraña formación en los dedos de sus manos. Mientras crece,
sin embargo, su inteligencia comienza a aumentar (qué tan inteligente, nadie lo
sabe, únicamente él) además de que lleva una vida solitaria sin amigos. Hereda
parte del dinero de su padre (un tranquilo abogado quien está perturbado por la
extraña forma de ser de Edmond) y construye un pequeño laboratorio. Es en este
lugar donde concibe un gran proyecto: el destructor de átomos. Vende solamente
una parte de este invento (no todo, debido a que él es consciente del peligro)
a una compañía de luz. Después conoce a una mujer llamada Vanny que, como él,
es parte de la nueva y avanzada raza de seres humanos. A partir de este
momento, Edmond conocerá las implicaciones sociales (y evolutivas) de su
descubrimiento.
Así, el 14 de diciembre de 1935, a los treinta y
tres años de edad, Weinbaum murió de cáncer de garganta. Al morir había
publicado doce cuentos, apareciendo once más a titulo póstumo.
En 1973, Stanley G. Weinbaum (junto con H. G. Wells
y John W. Campbell) fue honrado al nombrarse un cráter en Marte con su nombre.
En 1993, Margaret H. Kay, la viuda de Stanley G.
Weinbaum, donó sus textos a la biblioteca de la universidad de Temple en
Filadelfia. La donación incluía, además de cuentos románticos y variados
manuscritos sin publicar, la novela THREE WHO DANCED , con ciertas similitudes
al FAUSTO de Goethe. La presentación fue terminada en 1994 con un suplemento de
diez mil dólares para asegurar la preservación de los artículos.
Ciencia-ficción incomparable.
E. E. Doc Smith.
Su tratamiento original de extraterrestres, su
énfasis en la psicología, su filosofía, su madurez en la dirección de las
relaciones hombres-mujeres, su flexibilidad y su artesanía se han convertido en
el ingrediente fundamental en la ciencia-ficción moderna.
Sam Moskowitz.
Imaginación para considerar enteramente las
situaciones, psicologías y entidades de seres extraterrestres (...) con un
tacto ligero y suspenso genuino...
H. P. Lovecraft.
Si viviera hoy (…) seguramente ocuparía el primer
lugar en la lista de los escritores de ciencia-ficción de todos los tiempos.
Isaac Asimov.
© Mauricio Castillo Barraza, 20 de noviembre de 2006
(1.390 palabras)
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Bibliografía
Odisea en marte, Abraxas, (2001)
Punto de vista, Alfa Eridiani, (2012)
http://www.ciencia-ficcion.com/autores/weinbaumsg.htm
El planeta
de los parásitos
Stanley G. Weinbaum
Durante los
últimos meses que pasé en la escuela secundaria descubrí a Stanley G. Weinbaum
y sus cuentos de ciencia ficción... aunque con medio año de retraso.
El caso es
que «Wonder Stories» y «Amazing Stories» decayeron progresivamente en 1934, y ninguna
llegaba con regularidad al puesto de periódicos de mi padre. Por otra parte,
«Astounding Stories» tuvo una época tan grandiosa en 1934, que me absorbía por
completo. No hice ningún esfuerzo por conseguir ejemplares de «Wonder Stories»
o «Amazing Stories» ni las echaba en falta, siempre que recibiera todos los
ejemplares de «Astounding Stories».
Por eso no
leí la «Wonder Stories» de julio de 1934 y no conocí A martian odyssey, de
Stanley G. Weinbaum, en el momento en que fue publicada. Naturalmente, leí ese
relato años después, pero para entonces ya era tarde para compartir la
impresión que este relato (y otros del mismo autor que aparecieron en números
siguientes de «Wonder Stories») causó en todos.
Weinbaum ha
sido la figura más trágica de la ciencia ficción en la era de las revistas. A
martian odyssey fue el primer cuento de ciencia—ficción que publicó (tenía
entonces treinta y cuatro años) e hizo de él inmediatamente (¡inmediatamente!)
un escritor famoso. Su estilo sencillo y su descripción realista de las escenas
y formas de vida extraterrestres eran lo mejor que se había leído hasta
entonces, y al público lector de ciencia—ficción les gustó con delirio.
Una
aceptación tan unánime e instantáneamente entusiasta no se había producido
desde la publicación del primer cuento de E. E. Smith, seis años atrás, ni
volvió a ocurrir hasta la aparición de los primeros relatos de Robert A.
Heinlein, seis años después.
Aunque
entonces no lo sabíamos, Weinbaum era un autor de Campbell desde antes de que
éste comenzara a formar su equipo de escritores. Fue el único que alcanzó la
talla de Campbell sin su ayuda. Si hubiera podido seguir escribiendo durante
varios decenios (como es el caso de Smith y Heinlein), quizá Campbell no habría
sido tan necesario.
Pero murió.
Durante un año y medio publicó relatos en rápida sucesión, suscitando un
entusiasmo cada vez más ruidoso entre sus lectores. A principios de 1936 murió
de cáncer y todo terminó.
Sin
embargo, no ha caído en el olvido. En las incontables antologías de ciencia
ficción que han aparecido desde el fin de la segunda guerra mundial, se recogen
relativamente pocos cuentos publicados antes de 1938 (es decir, antes de la Era
de Campbell). A martian odyssey es la excepción mas Importante.
En 1970,
treinta y seis años después de su publicación, los Escritores de Ciencia
Ficción de Estados Unidos eligieron por votación los mejores cuentos de ciencia
ficción de todas las épocas, y A martian odyssey quedó en segundo lugar. Se
consideró que en todas las épocas solo se había escrito un cuento mejor[1][1].
Si hubiera
leído A martian odyssey cuando se publicó por primera vez, seguramente el
efecto que me habría causado me impondría ahora su inclusión en esta antología.
Pero la realidad es que no leí nada de Weinbaum hasta que fue publicado por
primera vez en «Astounding Stories», con Flight on Titan, en el número de enero
de 1935.
Naturalmente
me gustó, pero El planeta de los parásitos, relato publicado en el número
siguiente, fue el que me .golpeó con la fuerza de un martillo y me convirtió
instantáneamente en un incondicional de Weinbaum.
La
revelación de Weinbaum suscitó un período durante el cual todos los autores se
dedicaron a divagar sobre extrañas formas de vida. Todos los relatos pasaron a
ser epopeyas extraterrestres, aunque nadie lo hacía tan bien como Weinbaum.
Cuando empecé a escribir ciencia—ficción, tampoco fui inmune. Aunque prefería
poner en acción a seres humanos, alguna vez me atreví con la temática de
Weinbaum, por ejemplo en Christmas on Ganymede.
Mi obra más
parecida a las de Weinbaum fue de hecho una imitación deliberada del espíritu
de El planeta de los parásitos. Me refiero a mi novela de juventud Lucky Starr
and the oceans of Venus, escrita veinte años después que la narración que me
inspiró. (No os preocupéis, no la había olvidado.) Es una pena que al progresar
nuestros conocimientos astronómicos acerca de Venus, haya desaparecido por
completo la posibilidad de que sea un mundo tropical y húmedo. Tanto El planeta
de los parásitos como Lucky Starr and the oceans of Venus quedan hoy
ridículamente anticuados.
Isaac Asimov
1
Por suerte para «Ham» Hammond, mediaba
el invierno cuando empezó la erupción de barro. Mediaba el invierno en el
sentido venusiano, que no puede compararse con la noción terrestre de dicha
estación, salvo para los habitantes de las regiones tropicales, quizá, como la
cuenca del Amazonas o el Congo.
Tal vez ellos podrían hacerse una vaga
idea de lo que es el invierno en Venus, considerando los días más cálidos del
estío y multiplicando por diez o doce el calor, las incomodidades y los
desagradables pobladores de la selva.
En Venus, como bien sabemos ahora, las
estaciones se alternan en hemisferios opuestos, al igual que en la Tierra, pero
con una diferencia esencial. Aquí, cuando América del Norte y Europa se
achicharran en verano, es invierno en Australia, Colonia del Cabo y Argentina.
En los hemisferios norte y sur se alternan las estaciones.
Pero en Venus son los hemisferios
oriental y occidental, ya que allí las estaciones no dependen de la inclinación
con respecto al plano de la eclíptica, sino de la libración. Venus no gira,
sino que vuelve siempre la misma cara hacia el Sol, la mismo que la Luna
respecto de la Tierra. En una cara siempre es de día y en la otra siempre de
noche. Y sólo a la largo de una zona entre los dos hemisferios, una faja de
ochocientos kilómetros de anchura, es posible la vida humana. Viene a ser un
delgado anillo que rodea el planeta.
El lado iluminado por el sol es un
desierto abrasado, en el que no sobreviven sino algunas criaturas venusianas.
Al lado nocturno, la faja habitable limita con la colosal barrera de hielo
provocada por la condensación de las corrientes de aire que se agitan
incesantes desde la atmósfera dilatada del hemisferio caliente hacia el frío.
El enfriamiento del aire tibio siempre
provoca lluvias, y al límite de la obscuridad la lluvia se congela formando una
gran banquisa. Es un misterio lo que existe más allá, qué formas fantásticas de
vida pueden resistir en la obscuridad sin estrellas del hemisferio helado, o si
la región está tan muerta como la Luna por su falta de atmósfera.
Pero la lenta libración, la pesada
oscilación del planeta, provoca el efecto de las estaciones. En las tierras de
la zona de penumbra, primero en un hemisferio y luego en el otro, el Sol velado
por las nubes parece ascender gradualmente durante quince días y luego
descender durante el mismo lapso de tiempo. Jamás asciende demasiado, y sólo
cerca de la barrera de hielo parece tocar el horizonte, pues la libración sólo
es de siete grados, si bien resulta suficiente para causar estaciones sensibles
de quince días.
Y ¡qué estaciones! En invierno la
temperatura a veces baja a treinta y dos grados, soportables a pesar de la
humedad. y una quincena después, sesenta grados representan una mínima cerca
del borde tórrido. Tanto en invierno como en verano se producen chaparrones
intermitentes, para ser absorbidos por el suelo esponjoso y devueltos en forma
de vapor pegajoso, desagradable y malsano.
La enorme humedad existente en Venus
fue la mayor sorpresa para los primeros visitantes humanos. Naturalmente habían
visto las nubes, pero el espectroscopio negaba la presencia de agua porque sólo
analizaba la luz reflejada por las capas superiores de nubes, a ochenta
kilómetros de la superficie del planeta.
Tal abundancia de agua tuvo
consecuencias extrañas. No hay mares ni océanos en Venus, aunque es posible que
en el hemisferio obscuro haya océanos extensos, inmóviles y eternamente
congelados. En el hemisferio caliente, la evaporación es demasiado rápida; los
ríos que bajan de las montañas heladas acaban por desvanecerse a efectos del
estiaje.
Otra consecuencia es la naturaleza
extrañamente inestable del terreno de la zona de penumbra. Lo recorren
gigantescos ríos subterráneos invisibles, algunos hirviendo y otros fríos como
el hielo de donde provienen. Esta es la causa de las erupciones de barro, tan
peligrosas para la presencia humana en las Tierras Calientes; una zona de
terreno firme y aparentemente seguro puede convertirse de pronto en un mar
hirviente de barro, donde los edificios se hunden y desaparecen, arrastrando
con frecuencia a sus ocupantes.
No hay modo de prever estas
catástrofes; un edificio sólo está seguro en los escasos afloramientos de roca.
De ahí que todas las colonias humanas permanentes se apiñen alrededor de las
montañas.
Ham Hammond era traficante; uno de
esos aventureros que siempre surgen en las fronteras y límites de las regiones
habitadas. La mayoría de estos individuos se dividen en dos categorías: o son
temerarios inquietos que buscan el peligro, o parias y criminales que buscan la
soledad o el olvido.
Ham Hammond no entraba en ninguna de
estas dos categorías. No buscaba cosas tan abstractas, sino que perseguía el
viejo y palpable señuelo de la riqueza. De hecho, compraba a los nativos las
cápsulas de esporas de la planta venusiana xixtchil, de donde los químicos terrestres extraían la
trihidroxil—tres—tolunitrilo—beta—anthraquinona, xixtlina o triple T—B—A, tan
eficaz para las curas de rejuvenecimiento.
Ham era joven y a veces se preguntaba
por qué los :viejos ricos —y las viejas— pagaban sumas tan exorbitantes a
cambio de pocos años más de virilidad, pues los tratamientos no prolongaban en
realidad la vida, sino que suscitaban una especie de juventud provisional y
sintética.
El cabello cano obscurecido, las
arrugas llenas, las calvicies cubiertas de pelusa y luego, pocos años después,
la persona rejuvenecida quedaba tan muerta como lo habría estado de todos
modos.
Pero mientras la triple T—E—A tuviera
un precio equivalente a su peso en radio, Ham estaba dispuesto a arriesgarse
para conseguirla.
Jamás había esperado realmente la
erupción de barro. Claro que este peligro era omnipresente, pero al mirar
distraído por la ventana de su cabaña hacia la retorcida y humeante planicie
venusiana, y ver que estallaban a su alrededor los repentinos charcos
hirvientes, fue para él una sorpresa a pesar de todo.
En un primer momento quedó paralizado,
luego actuó rápida y frenéticamente. Se puso el traje protector de transpiel
semejante al caucho; se calzó las grandes raquetas para caminar sobre el barro;
cargó a la espalda la preciosa bolsa de cápsulas de espora y algunos alimentos,
y salió rápidamente al exterior.
El suelo aún estaba medio sólido, pero
ya la tierra negra hervía alrededor de las paredes metálicas de la cabaña. El
edificio se ladeaba un poco; pronto desaparecería lentamente, tragado por el
barro, entre gorgoteos y chasquidos a medida que se inundaba poco a poco el
emplazamiento.
Ham salió de su estupor. No se podía
permanecer inmóvil en medio de una erupción de barro, ni siquiera con la ayuda
de las raquetas. Cuando la materia viscosa le atrapaba a uno, la desdichada
víctima estaba perdida; no lograba levantar los pies a causa de la succión, y
acababa por seguir la suerte de la cabaña.
Por eso Ham comenzó a alejarse del
pantano hirviente, caminando con aquel peculiar paso deslizante que había
aprendido con la práctica, sin levantar las raquetas sobre el barro, sino
deslizándose y cuidando de que el barro no rebasara el curvado borde de ataque.
Era un ejercicio agotador, pero
absolutamente necesario. Se deslizó hacia el oeste, porque era la dirección de
la cara obscura y, si había que buscar un lugar seguro, así se dirigía hacia
temperaturas más soportables. La zona del pantano era excepcionalmente extensa.
Recorrió al menos un kilómetro y medio antes de alcanzar una ligera prominencia
del terreno, donde las raquetas para el barro hallaron terreno firme o casI
firme. Estaba cubierto de transpiración, y su traje de transpiel daba tanto
calor como una sala de calderas, pero en Venus uno se acostumbraba a eso.
Habría dado la mitad de su provisión de cápsulas de xixtchil a cambio de la posibilidad de abrir la mascarilla del
traje y respirar aire, aunque fuese el húmedo y cargado de vapor de Venus. Pero
esto era imposible, si se quería seguir viviendo.
En cualquier lugar cercano al límite
cálido de la zona de penumbra, una bocanada de aire sin filtrar significaba una
muerte rápida y muy dolorosa; Ham habría ingerido millones de esporas de aquel
feroz moho venusiano, y éste crecería en masas peludas y nauseabundas dentro de
sus fosas nasales, su boca, sus pulmones y, por último, sus oídos y ojos.
A veces, ni siquiera hacía falta
respirarlas; una vez Ham vio el cadáver de un traficante invadido de mohos. El
desgraciado había rasgado en algún accidente su traje de transpiel, y eso
bastó.
Esta situación hacía que fuese un
problema comer y beber al aire libre. Era necesario esperar a que una lluvia
abatiese las esporas; entonces se estaba a salvo durante media hora más o
menos.
Además era imprescindible tomar agua
recién hervida y alimento recién sacado del bote; de lo contrario —y esto le
había ocurrido a Ham más de una vez—, el alimento podía convertirse bruscamente
en una masa de moho velludo que crecía a ojos vistas. ¡Un espectáculo
asqueroso! ¡Un planeta asqueroso!
Esta última reflexión fue formulada
por Ham al contemplar el lodazal que se había tragado su cabaña. La vegetación
más gruesa también había sido absorbida por aquél, pero ya empezaba a brotar
una vida ávida y voraz, con musgos y una especie de hongos bulbosos a los que
llamaban «bolas caminantes». Millones de organismos viscosos se arrastraban por
el barro, entredevorándose, haciéndose pedazos, y volviendo a formar cada
fragmento una criatura completa.
Mil especies distintas, pero todas
iguales en un sentido: cada una era voracidad pura. Como la mayoría de los
seres venusianos, poseían múltiples patas y bocas; en realidad, algunas eran
poco más que sacos de protoplasma con docenas de bocas hambrientas con y
cientos de pseudópodos para reptar.
Casi todos los seres de Venus son
parásitos. Hasta las plantas, que obtienen su alimento directamente del terreno
y el aire, son aptas para absorber y digerir —y, bastante a menudo, para
capturar— alimento animal. En esa faja húmeda entre el fuego y el hielo, la
competencia es tan feroz que quien no la haya visto nunca es incapaz de
imaginarla.
El reino animal lucha incesantemente
consigo mismo y contra el mundo vegetal; el reino de las plantas se venga y con
frecuencia excede al otro en la creación de horrores monstruosos y rapaces, que
uno incluso dudaría en clasificar como vida vegetal. ¡Un mundo terrible!
En los breves instantes que Ham se
detuvo para mirar hacia atrás, pegajosas enredaderas treparon a sus piernas; el
traje de transpiel era impermeable, pero tuvo que cortar los tallos con el
cuchillo, y los jugos negros y repugnantes que segregaban mancharon su traje,
llenándose en seguida de pelusa a medida que arraigaba el moho.
Ham se estremeció.
—¡Lugar infernal! —gruñó, inclinándose
para quitarse las raquetas, que luego colgó cuidadosamente a su hombro.
Se alejó con torpeza entre la
vegetación retorcida, evitando por instinto los torpes viajes de los árboles
Jack Ketch, que proyectaban zarcillos en lazo corredizo intentando capturar sus
brazos y su cabeza.
De vez en cuando pasaba junto aun
árbol de donde colgaba algún ser atrapado, casi siempre irreconocible pues los
mohos lo envolvían en una mortaja velluda, mientras el árbol ingería
plácidamente víctima, mohos y todo.
—¡Qué lugar espantoso! —murmuró Ham,
con un puntapié a una masa retorcida de gusanillos sin nombre que aparecieron
en su camino.
Meditó; su cabaña había estado
bastante más cerca del borde cálido de la zona de penumbra. Se hallaba a poco
más de cuatrocientos kilómetros de la línea de sombra, aunque ésta variaba con
la libración. De todos modos, era imposible acercarse demasiado a dicha línea,
debido a las terribles y casi continuas tormentas que asolaban la zona donde
los vientos cálidos ascendentes chocaban con los frentes helados del hemisferio
obscuro. Aquellas tempestades eran el parto de la banquisa.
Doscientos cuarenta kilómetros hacia
el oeste serían suficientes para llegar al frescor, entrando en la región
templada, desfavorable para los mohos, donde podría sentirse relativamente
cómodo.
Además, a menos de ochenta kilómetros
hacIa el norte estaba la colonia norteamericana de Erotia, así llamada por el
nombre del travieso hijo mítico de Venus, Eros o Cupido.
En medio se alzaban las Montañas de
Eternidad, No se trataba de aquellas poderosas cumbres de treinta y dos
kilómetros de altura cuyas cimas divisan a veces los telescopios terrestres y
.que separan la zona británica de Venus de las colonias norteamericanas, pero
de todos modos eran montañas muy respetables, incluso en el paso por donde
pensaba atravesarlas. En aquel momento se hallaba en zona británica, pero esto
no molestaba a nadie. Los traficantes iban y venían a sus anchas.
Tendría que andar, .pues .unos
trescientos veinte kilómetros. No había razones que le impidieran lograrlo;
tenía una pistola automática y un lanzallamas. El agua no era problema si se
hervía con cuidado. En caso de necesidad, incluso se podían comer seres
venusianos, aunque eso exigía mucha hambre, una cocción cuidadosa y un estómago
fuerte.
No era problema del sabor, sino del
aspecto; al menos, eso le habían dicho. Frunció el ceño; no tardaría en
averiguarlo por sí mismo, pues la comida envasada no le alcanzaría para todo el
viaje.
«No hay que preocuparse», se decía
Ham. De hecho, había muchas cosas que celebrar: las cápsulas de xixtchil que llevaba en la mochila
equivalían a la fortuna que había ahorrado en la Tierra tras diez años de
ímprobo trabajo.
No había peligro... y sin embargo,
docenas de hombres habían desaparecido en Venus. Los mohos habían podido con
ellos, o algún monstruo feroz y exótico, o quizás uno de los muchos monstruos
aún desconocidos, vegetales o animales.
Ham siguió avanzando con prudencia por
los claros, pero sin alejarse de los árboles Jack Ketch, pues aquellos
vegetales omnívoros espantaban a otras formas de vida con la amenaza de sus
voraces lazos corredizos. En otros lugares era imposible pasar, pues la jungla
venusiana era una terrible maraña de formas retorcidas y agresivas que sólo
podía penetrarse a machetazos, paso a paso, con infinitas fatigas.
También se corría el peligro de que
algún bicho venenoso armado de colmillos pudiera atravesar la membrana
protectora de transpiel.
CualquIer perforación en la misma
significaba la muerte. Hasta los desagradables árboles Jack Ketch eran una
compañía más llevadera, pensó mientras apartaba sus lazos ávidos.
Seis horas después de que Ham
comenzara su involuntario viaje, empezó a llover. Aprovechó la oportunidad al
hallar un sitio donde una erupción de barro reciente había barrido la
vegetación más pesada, y se dispuso a comer. Antes recogió un poco de agua, la
filtró mediante el tamiz adaptado a su cantimplora con este propósito, y se
dispuso a esterilizarla.
Era difícil encender fuego, por ser
muy escaso el combustible seco en las Tierras Calientes de Venus. Pero Ham echó
en el líquido una tableta de termita y las substancias químicas hicieron hervir
el agua instantáneamente, escapando luego en forma de gases. Aunque el agua
tuviera un ligero regusto a amoníaco... en fin, no importaba, pensó mientras la
tapaba y la dejaba reposar hasta que se enfriase.
Abrió un bote de alubias, después de
comprobar que no flotaban en el aire mohos susceptibles de contaminar la
comida, Luego abrió el visor de su traje y tragó con rapidez. Se bebió el agua,
caliente como la sangre, y vertió cuidadosamente el sobrante en la bolsa
interior del traje de transpiel, que permitía beber mediante un tubo conducido
hasta su boca sin exponerse a los mohos mortales.
Diez minutos después de comer,
mIentras descansaba y anhelaba el imposible lujo de un cigarrillo, la capa
velluda había invadido ya las sobras de la comida en el bote.
2
Una hora más tarde, agotado y cubierto
de sudor, Ham encontró un árbol Amistoso, bautizado así por el explorador
Burlingame por ser uno de los pocos organismos perezosos de Venus, lo cual le
permitía a uno descansar en sus ramas. Ham lo escaló, se acurrucó lo más
cómodamente posible y durmió.
Cuando despertó, habían pasado cinco
horas según su reloj de pulsera. Los zarcillos y las pequeñas copas chupadoras
del Amistoso cubrían su transpiel. Los apartó con mucho cuidado, bajó y
reemprendió viaje hacia el oeste.
Fue después de la segunda lluvia
cuando se encontró con el Pegajoso, nombre que recibe esa criatura en Venus
británico y norteamericano. En la zona francesa la llaman pot á colle, es decir «bote de
pegamento»; en la zona holandesa... bien, los holandeses no son remilgados y
llaman a ese monstruo como consideran que merece.
El Pegajoso es una criatura realmente
repulsiva, Se trata de una masa de protoplasma blanco semejante a una plasta,
cuyo tamaño varía desde la versión unicelular hasta una masa de veinte
toneladas de basura viscosa. No tiene forma definida; de hecho, no es más que
un amasijo de células de Proust. Es, en realidad, un cáncer semoviente,
apestoso y voraz.
No posee organización ni inteligencia,
ni instinto alguno salvo el hambre. Se mueve en cualquIer dirección en que el
alimento toque su superficie; si toca simultáneamente dos substancias
comestibles, se divide y la porción mayor ataca invariablemente la provisión
más grande.
Es invulnerable a las balas y sólo lo
destruye la terrible ráfaga de pistola lanzallamas, aunque para ello es preciso
abrasar todas las células individuales. Se mueve por el terreno absorbiéndolo
todo, dejando el suelo negro y desnudo, donde resurgen de inmediato los
omnipresentes mohos. Es un ser horrible, de pesadilla.
Ham saltó aun lado cuando el Pegajoso
emergió súbitamente de la jungla, a su derecha. Naturalmente, no podía asimilar
el traje de transpiel, pero quedar atrapado por aquella masa pastosa suponía la
muerte por asfixia. Lo miró con repugnancia y se sintió enormemente tentado a
dispararle con su pistola lanzallamas mientras avanzaba. Lo habría hecho, pero
el explorador venusiano experto suele ser muy prudente con el uso de la pistola
lanzallamas.
Ésta ha de cargarse con un diamante
que, aun siendo negro y barato, no deja de suponer un precio considerable. Al
disparar, el cristal libera toda su energía en un estallido terrible y
rugiente, con un alcance de cien metros, incinerando todo lo que encuentra a su
paso.
La cosa reptaba con un ruido aspirante
y devorador. Tras ella quedaba un rastro de desolación: enredaderas, trepadoras
venenosas, árboles Jack Ketch, todo quedaba arrasado, incluso la tierra húmeda,
donde los mohos ya empezaban a reproducirse otra vez.
El rastro recién abierto seguía casi
la dirección que Ham deseaba tomar, de modo que aprovechó la oportunidad y
avanzó con rapidez, sin dejar de prestar atención, no obstante, a las
amenazadoras lindes de la jungla. Antes de diez horas, la trocha estaría una
vez más cubierta de seres desagradables, aunque de momento constituía una pista
mucho más rápida que le evitaba el ir zigzagueando de un claro a otro.
Ocho kilómetros más arriba, donde el
camino ya comenzaba a poblarse desagradablemente, encontró un nativo que
galopaba sobre sus cuatro patas cortas, abriéndose paso con sus pinzas
delanteras.
Ham se detuvo a hablar con él.
—Murra —dijo.
El idioma de los nativos de las
regiones ecuatoriales de las Tierras Calientes es insólito. Cuenta quizá con
unas doscientas palabras, pero cuando el traficante las ha aprendido su
conocimiento de la lengua no es mucho mayor que el de otro hombre que no sepa
ninguna.
Las palabras representan nociones
generales y cada fonema tiene entre doce y cien significados. Murra, por ejemplo, es una palabra de
saludo; puede significar algo tan concreto como «hola» o «buenos días». También
puede implicar un desafío: «¡En guardia!», o bien «Seamos amigos» y también,
extrañamente, «Arreglemos esto luchando».
Además, posee ciertas características
de sustantivo: significa paz, guerra, valor, y temor. Es una lengua sutil.
Recientemente, los estudios de fonética han empezado a desvelar sus matices
para los filólogos humanos. Al fin y al cabo, quizás el inglés, con su «to»,
«too» y «two», con sus «one», «won», «wan», «wen», «win», «when», y otra docena
de similitudes, puede resultar igualmente difícil a oídos venusianos, que no
están acostumbrados a la diferenciación de las vocales.
Los humanos no saben interpretar las
muecas de los rostros de venusianos, anchos, chatos y de tres ojos, que
lógicamente deben de resultar muy expresivos para los nativos.
Pero el interlocutor de Ham aceptó el
sentido que éste había dado a su saludo.
—Murra —respondió, haciendo alto—. ¿Usk?
Esto quería decir, entre otras cosas,
¿quién es?, ¿de dónde viene?, o ¿adónde va?
Ham escogió el último sentido. Apuntó
más o menos hacia el oeste y luego describió un arco para indicar que cruzaría
las montañas.
—Erotia —respondió.
Al menos, esta palabra no tenía más
que un significado.
El nativo lo meditó en silencio. Por
último gruñó y se mostró dispuesto a facilitar información. Alzó su garra
cortante en un gesto hacia el oeste, señalando el camino.
—Curky —dijo, y luego agregó—: Murra.
Esta vez era una despedida. Ham se
hizo a un lado, contra el lindero de la jungla, para dejarle pasar,
Curky significaba, entre otras veinte
cosas, «traficante», Era la palabra que solía designar a los humanos, y Ham
experimentó satisfacción ante la idea de tener compañía humana. Hacía seis
meses que no escuchaba una voz humana, excepto la de la minúscula radio que se
había perdido con su cabaña.
En efecto, después de recorrer ocho
kilómetros a lo largo del rastro abierto por el Pegajoso, Ham se halló en una
zona donde hacía poco se había producido una erupción de barro. La vegetación
sólo llegaba a la cintura, y en el claro de medio kilómetro vio alzarse la
cabaña de un traficante. Pero ésta era mucho más lujosa que su perdido cubículo
de paredes de hierro. Constaba de tres habitaciones, lujo inaudito en las
Tierras Calientes donde hasta el último tornillo debía ser traído por cohete
desde alguna de las colonias. Y eso resultaba caro, casi prohibitivo. Los
traficantes se arriesgaban de veras, y Ham había tenido suerte al salvarse con
beneficio.
Caminó por el terreno aún blando. Las
ventanas estaban cubiertas para protegerse de la luz eterna del día, y la
puerta... la puerta estaba cerrada con llave, Esto era una violación del código
fronterizo.
La puerta no debía cerrarse nunca con
llave, pues ello podía significar la salvación de algún viajero extraviado, y
ni el más desalmado sería capaz de robar en una cabaña que hallase abierta para
seguridad de todos.
Tampoco los nativos; no hay ser más
honrado que un venusiano nativo, que nunca miente ni roba aunque, después del
desafío correspondiente, podría matar a un negociante para quitarle sus
mercancías. Pero sólo después de un desafío en regla.
Ham se detuvo, desconcertado. Por
último apisonó el suelo delante de la puerta para sentarse y quitarse los
numerosos y repugnantes bichitos que recorrían su transpiel. Esperó.
Menos de media hora después, vio al
traficante que se acercaba a través del claro. Era un individuo bajo y delgado.
Aunque el traje de transpiel ocultaba su rostro, Ham distinguió unos ojos
grandes y profundos. Se puso en pie.
—¡Hola! —saludó jovialmente—. Me he
dejado caer por aquí para hacerle una visita. Me llamo Hamilton Hammond ¡Ya
puede imaginar cuál es mi apodo!
El recién llegado se detuvo de súbito.
y luego habló con una voz extraña, apagada y ronca, con indudable acento
británico.
—Supongo que será «Hamburguesa» —el
tono era frío, poco amistoso—. ¿Qué tal si se aparta y me deja entrar? ¡Buenos
días!
Ham se sintió enfurecido y confuso.
—¡Diablos! —protestó—. No es usted muy
hospitalario, ¿eh?
—No. Ni mucho ni poco. —Se detuvo ante
la puerta—. Usted es norteamericano. ¿Qué hace en territorio británico? ¿Tiene
pasaporte?
—¿Desde cuándo se necesita pasaporte
en las Tierras Calientes?
—Es traficante, ¿no? —dijo el hombre
delgado con aspereza—. Viene a quitamos mercado. No tiene derechos aquí.
Lárguese.
Ham apretó la mandíbula tras la
mascarilla.
—Con derechos o no —respondió—.
reclamo las consideraciones del código fronterizo. Quiero una bocanada de aire,
la posibilidad de secarme la cara y también de comer. Si abre la puerta, le
seguiré.
Una automática apareció ante sus ojos.
—Hágalo y será pasto de los mohos.
Como todos los traficantes de Venus.
Ham era por necesidad audaz, ingenioso y lo que se dice «un duro». No cedió,
sino que fingiendo transigir, agregó:
—De acuerdo. Ahora escuche, sólo pido
una oportunidad de comer.
—Espere a que llueva —respondió el
otro fríamente, disponiéndose a descorrer el cerrojo de la puerta.
Mientras el otro se volvía. Ham asestó
un puntapié a la mano armada; el revólver rebotó contra la pared y cayó en la
maleza.
Su adversario intentó sacar el
lanzallamas que colgaba de su cadera, pero Ham le cogió fuertemente la muñeca.
El otro cedió en seguida y Ham se
sorprendió al notar la delgadez de su muñeca a través del traje protector de
transpiel.
—¡Óigame bien! —gruñó—. Quiero comer y
lo conseguiré. ¡Abra esa puerta! —ordenó. cogiéndole por las muñecas.
Parecía un tipo excesivamente
delicado, pues en seguida se dio por vencido. Ham le retuvo de la mano, abrió
la puerta y ambos entraron.
Otra vez el lujo inusitado. Sillas
robustas, una sólida mesa e incluso libros, seguramente preservados con
licopodio para ahuyentar los mohos famélicos, que a veces entraban en las
cabañas de las Tierras Calientes pese a las mamparas y a los pulverizadores
automáticos. En ese momento funcionaba uno de éstos para destruir las esporas
que pudieran haber entrado al abrir la puerta.
Ham tomó asiento sin perder de vista a
su oponente, cuyo lanzallamas seguía en su funda. Confiaba en poder dominar al
individuo delgado, además. ¿quién se arriesgaría a disparar una pistola
lanzallamas en el interior de una casa? Sencillamente, volaría una pared del
edificio.
Por tanto, se quitó la mascarilla,
sacó los alimentos que llevaba en la mochila y se enjugó el rostro sudoroso
mientras su compañero —o adversario—— le miraba en silencio. Ham inspeccionó un
rato la comida envasada y, como no aparecieron mohos, la ingirió.
—¿Por qué diablos no abre su visor?
—Ante el silencio del otro, prosiguió—: Tiene miedo de que le vea la cara, ¿eh?
Pues bien, no me interesa. No soy policía.
No hubo respuesta.
Volvió a intentarlo.
——¿ Cómo se llama?
La fría voz respondió:
—Burlingame. Pat Burlingame.
Ham se echó a reír.
—Patrick Burlingame murió, amigo. Yo
le conocía. Aunque no quiera decirme su nombre, no es necesario degradar el
recuerdo de un hombre valiente y gran explorador.
—Gracias —la voz sonaba sarcástica—.
Era mi padre.
—Otra mentira. No tenía ningún hijo
varón. Sólo tenía una... —Ham se interrumpió, consternado. y luego gritó—:
¡Abra su visor!
Notó que los labios del otro, apenas
visibles detrás de la protección, dibujaban una sonrisa burlona.
—¿Por qué no? —dijo la voz apagada, y
la mascarilla cayó.
Ham tragó saliva; la protección había
ocultado los delicados rasgos de una muchacha, de ojos grises y fríos. Las
mejillas y la frente brillaban de sudor.
El hombre volvió a tragar saliva. Era
un verdadero caballero, pese a su profesión de traficante en Venus. Poseía
estudios –era ingeniero—— y sólo el señuelo de la riqueza fácil la retenía en
las Tierras Calientes.
—Lo..., lo siento —tartamudeó.
—¡Vosotros, los valientes invasores
norteamericanos! —se burló la muchacha—. Muy valientes para doblegar a una
mujer.
—Pero... ¿qué sabía yo? ¿Qué hace
usted en un lugar como éste?
—No tengo por qué responder a su
pregunta, pero... –Señaló hacia la otra habitación—. Sepa que estoy
clasificando la flora y fauna de las Tierras Calientes. Soy Patricia
Burlingame, biólogo.
Entonces Ham vio en la cámara contigua
una colección de muestras guardadas en frascos.
—¡Una muchacha sola en las Tierras
Calientes! ¡Eso es... temeridad!
—No esperaba tropezarme con un intruso
norteamericano —respondió.
Ham se sonrojó.
—No se preocupe. Ahora mismo me largo
—aseguró, llevándose las manos al visor.
Como un relámpago, Patricia sacó una
automática del cajón de la mesa.
—Claro que sí, señor Hamilton Hammond
—dijo fríamente—, pero no sin dejar aquí su xixtchil. Es propiedad de la Corona; usted la ha robado en
territorio británico y queda confiscada.
Ham la miró atónito.
—¡Oiga! —estalló—. He arriesgado todo
lo que tengo por esa xixtchil. Sin ella estoy arruinado... hundido. ¡No
renunciaré a ella!
—Tendrá que hacerlo.
Ham dejó caer su máscara y se sentó.
—Señorita Burlingame —dijo——, creo que
no tendrá valor para disparar, y tendrá que hacerlo si quiere conseguirla. De
lo contrario, me quedaré aquí sentado hasta que usted caiga agotada.
Los ojos grises de la muchacha se
clavaron en los azules de Ham.
Mantenía la pistola firmemente
apuntada al corazón, pero no disparó. Habían llegado a un punto muerto.
Por último, la muchacha dijo:
—Usted gana, intruso —guardó el arma
en la funda—. Váyase de una vez.
—¡Con mucho gusto! —respondió.
Ham se levantó y bajó el visor, pero
lo alzó de nuevo ante un repentino grito de sorpresa de la muchacha. Se volvió
sospechando que era una trampa, pero ella miraba por la ventana con los ojos
muy abiertos y llenos de terror,
Ham vio la vegetación aplastada y
luego una enorme masa blanquecina. Un Pegajoso descomunal avanzaba
implacablemente hacia el refugio. Oyó el suave pum del choque y luego la ventana quedó taponada por la masa
pastosa mientras la criatura, que no era tan grande como para cubrir el
edificio, se dividía en dos masas que lo rodeaban y volvían a reunirse al otro
lado.
Patricia lanzó otro grito:
—¡La mascarilla, tonto! ¡Ciérrela!
—¿Mascarilla? ¿Por qué? —Sin embargo,
obedeció automáticamente.
—¿Por qué? ¡Ahí tiene la respuesta!
¡Los ácidos digestivos! ¡Mire!
Señaló las paredes. En efecto, habían
aparecido millares de minúsculas rendijas. Los ácidos digestivos del monstruo,
tan poderosos que atacaban cualquier substancia apta para servir de alimento,
habían corroído el metal. Estaba carcomido; la cabaña ya no serviría. Ham lanzó
una exclamación al ver los mohos velludos que crecían en seguida entre los
restos de su comida. La pelusa roja y verde invadió la madera de las sillas y
la mesa.
Ambos se miraron.
Ham rió entre dientes.
—Bien —comentó. También usted se ha
quedado sin hogar. Mi casa fue sepultada por una erupción de barro.
—¡Cómo no! —respondió agriamente
Patricia—, Los yanquis sois demasiado estúpidos para saber encontrar terreno
firme. Aquí hay lecho de roca a dos metros, y mi casa está edificada sobre
pilares.
—¡Es usted una bruja! De todos modos,
da lo mismo que si se hubiera hundido. ¿Qué hará ahora?
—No es asunto suyo. Sé arreglármelas
sola.
—¿Cómo?
—No es que le importe, pero todos los
meses viene un cohete.
—Debe ser millonaria —comentó.
—La Sociedad Real financia esta
expedición –respondió— El cohete vendrá...
La muchacha se interrumpió y Ham creyó
ver que palidecía tras la mascarilla.
—¿Cuándo vendrá?
—Bueno, había olvidado que pasó por
aquí hace dos días.
—Comprendo. Y usted cree que podrá
aguantar aquí un mes esperando a que llegue, ¿no es así?
Patricia le miró con desplante.
—¿Sabe en qué se habrá convertido
antes de un mes? —prosiguió Ham—. Faltan diez días para el verano. Mire su
cabaña.
Indicó las paredes, donde ya empezaban
a formarse manchas pardas de óxido. A estas palabras, un trozo del tamaño de un
plato se desprendió con un crujido.
—Dentro de dos días, esto será una
ruina. ¿Qué hará durante los quince días de verano? ¿Qué hará sin refugio
cuando la temperatura alcance sesenta y cinco..., setenta grados? Le aseguro
que morirá.
La muchacha no hizo ningún comentario.
—Será una piltrafa llena de mohos
cuando regrese el cohete —señalo Ham—. Y luego un montón de huesos mondos que
se hundirán con la primera erupción de barro.
—¡Cállese! —suplicó.
—No servirá de nada que me calle. Le
diré lo que puede hacer. Puede coger su mochila y sus recetas para el barro y
acompañarme... Podríamos llegar al País Frío antes del verano... si sabe
caminar tan bien como habla.
—¿Ir con un intruso yanqui? ¡Nunca!
—Y luego llegaremos cómodamente a
Erotia, una buena ciudad norteamericana —prosiguió, imperturbable.
Patricia cogió la mochila y se la
cargó a la espalda. Tomó un grueso fajo de notas escritas con tinta de anilina
sobre transpiel, quitó algunos mohos inoportunos y se lo guardó en la mochila.
Luego sacó un par de diminutas
raquetas y se dirigió resueltamente hacia la puerta.
—Entonces ¿viene? —rió entre dientes.
—Marcho a la buena ciudad británica de
Venoble. ¡Sola!
—¡Venoble! –exclamó—. ¡Queda a
trescientos veinte kilómetros hacia el sur! ¡Y hay que atravesar las
Eternidades Mayores!
3
Patricia salió en silencio y echó a
andar hacia el oeste, hacia la Región Fría. Ham titubeó un instante y luego
salió. No podía permitir que la muchacha emprendiera sola aquella travesía.
Como ella fingía ignorar su presencia, la siguió a poca distancia mientras ella
avanzaba, orgullosa e iracunda.
Anduvieron tres o cuatro horas bajo el
día eterno, esquivando las insidias de los árboles Jack Ketch y siguiendo el
rastro, todavía bastante practicable, del primer Pegajoso.
Ham estaba asombrado ante la gracia
ágil y esbelta de la muchacha, que avanzaba con la soltura de un nativo, Luego
recordó algo; en cierto sentido, ella era nativa. Recordó que la hija de
Patrick Burlingame fue la primera criatura humana nacida en Venus, en la
colonia de Venoble fundada por él.
Ham rememoró los artículos que publicó
la prensa cuando la muchacha fue enviada a la Tierra para iniciar sus estudios,
a los ocho años; en aquel entonces él tenía trece. Ahora tenía veintisiete y,
por tanto, Patricia Burlingame .tenía veintidós.
No intercambiaron una sola palabra,
hasta que por último la muchacha se volvió exasperada.
—Váyase –ordenó.
Ham se detuvo.
—No la molesto.
—Pero no necesito guardaespaldas, ¡Sé
desenvolverme en las Tierras Calientes mejor que usted!
No discutió esta afirmación. Guardó
silencio, y un momento después la muchacha agregó:
—¡Le odio, yanqui! ¡Dios mío, cómo le
odio!
Dicho esto se volvió y siguió andando.
Una hora después los atrapó una
erupción de barro. El barro pastoso hirvió a sus pies y la vegetación fue
agitada con violencia. Rápidamente calzaron las raquetas mientras las plantas
más voluminosas se hundían con siniestros gorgoteos a su alrededor. A Ham
volvió a sorprenderle la habilidad de la muchacha; Patricia se deslizaba sobre
la inestable superficie con una velocidad que él no podía igualar, de modo que
fue quedando atrás.
Vio que la muchacha se detenía de
súbito. Era peligroso hacerlo en medio de una erupción de barro; sólo podía
indicar una emergencia. Se apresuró, y desde treinta metros de distancia
comprendió el motivo. Se le había roto una tira de la raqueta derecha y estaba
desvalida, sosteniéndose sobre el pie izquierdo, mientras la otra raqueta se
hundía poco a poco.
Patricia le observó mientras se
acercaba. Ham se puso a su lado y, cuando la muchacha comprendió su intención,
dijo:
—No podrá.
Ham se agachó cuidadosamente, pasando
los brazos por las piernas y los hombros de la muchacha. La raqueta izquierda
de Patricia ya se hundía, pero él tiró con fuerza, hundiendo peligrosamente los
bordes de sus propias raquetas. Con fuerte ruido de succión, la muchacha quedó
libre y permaneció absolutamente inmóvil en sus brazos, para no desequilibrarle
mientras avanzaba con grandes precauciones sobre la superficie traicionera. La
muchacha no pesaba, pero de todos modos la operación era peligrosísima y el barro
llegaba hasta el borde de las raquetas de Ham. Aunque en Venus la gravedad es
ligeramente inferior a la de la Tierra, uno se acostumbra en una semana y la
reducción del veinte por ciento en peso queda compensada.
Cien metros más allá encontró piso
firme. Ham bajó a Patricia y se quitó las raquetas.
—Gracias —dijo—. Ha sido muy valiente.
—No hay de qué —respondió secamente—.
Supongo que esto pondrá fin a cualquier idea de viajar sola, Sin las raquetas
para el barro, la próxima erupción será la última que vea en su vida. ¿Iremos
juntos ahora?
La voz de la muchacha se hizo gélida.
—Puedo fabricar un sucedáneo con
corteza de árbol.
—Ni siquiera un nativo podría caminar
sobre cortezas de árbol,
—Entonces esperaré un par de días,
hasta que se seque el barro, y desenterraré la raqueta que perdí —agregó.
Ham rió e indicó la extensión del
barro.
—¿Desenterrarla? —inquirió—. Si lo
intenta, el verano próximo aún la estará buscando.
Patricia cedió.
—Otra vez se ha salido con la suya,
yanqui. Pero sólo hasta la Región Fría; luego usted se irá al norte y yo al
sur.
Caminaron sin cesar. Patricia era tan
incansable como Ham, y conocía mucho mejor las Tierras Calientes. Aunque
hablaban poco, a Ham no dejó de maravillarle la maestría con que ella tomaba el
camino más rápido; además, la muchacha parecía adivinar los lazos de los Jack
Ketch sin necesidad de mirar. Pero fue cuando se detuvieron, después de una
lluvia que les permitió tomar una rápida comida, cuando tuvo verdaderos motivos
para darle las gracias.
—¿Descansamos? —propuso Ham y, viendo
que ella asentía, agregó—: Allí hay un Amistoso.
Avanzó hacia el árbol y la muchacha le
siguió.
Súbitamente, ella le tomó del brazo.
—¡Es un Fariseo! —gritó, tirando de él
hacia atrás.
¡Justo a tiempo! El falso Amistoso
había lanzado un latigazo terrible que pasó a pocos centímetros de su cara. No
era un Amistoso, sino una especie mimética que engañaba a su víctima con un
aspecto inofensivo, para golpearla luego con sus espinas afiladas como
cuchillos.
Ham jadeó.
—¿De qué se trata? Nunca he visto
ninguno de éstos.
—¡Un Fariseo! Se parece a un Amistoso.
Patricia sacó la automática y disparó
sobre el tronco negro y palpitante. Salió un chorro obscuro, y los
omnipresentes mohos se asentaron en la herida al momento. El árbol estaba
condenado.
—Gracias —dijo Ham, confuso——. Creo
que me ha salvado la vida.
—Ahora estamos a mano. —Le miró
serenamente—. ¿Comprendido? No me debe nada.
Luego encontraron un auténtico
Amistoso y durmieron, Al despertar, reanudaron la marcha, y así durante tres
jornadas sin noches.
Aunque no volvieron a sufrir ninguna
erupción de barro, conocieron todos los demás horrores de las Tierras
Calientes. Los Pegajosos atravesaban su camino, las enredaderas—serpiente
silbaban y atacaban, los Jack Ketch lanzaban sus siniestros lazos corredizos, y
millones de bichos reptantes se retorcían bajo sus pies o se pegaban a sus
trajes,
Una vez encontraron un unípedo, esa
criatura extraña, semejante a un canguro, que cruza la selva saltando con una
única pata poderosa, y alarga su pico de tres metros para atravesar la presa.
Ham erró el primer tiro, pero la
muchacha le acertó, haciéndolo caer entre los ávidos árboles Jack Ketch y los
mohos implacables.
En otra ocasión Patricia quedó cogida
por los pies en un lazo corredizo de Jack Ketch que, por algún motivo
desconocido, estaba en el suelo. Cuando lo pisó, el árbol la levantó de súbito
y quedó colgando cabeza abajo a tres metros y medio de altura, hasta que Ham
logró liberarla. Sin duda, cualquiera de los dos ya habría muerto, de haber
viajado solos; juntos, podían prestarse ayuda.
Pero no había variado la actitud fría
y poco amistosa entre ellos. Ham jamás hablaba con la muchacha salvo caso de
necesidad y, en las contadas ocasiones en que se dirigían la palabra, ella sólo
le llamaba «intruso yanqui». A pesar de esto, el hombre a veces recordaba la
agreste belleza de sus rasgos, su cabellera castaña y los serenos ojos grises
que veía a ratos, cuando la lluvia les permitía abrir los visores.
Por fin sopló el viento del oeste,
acarreando una bocanada de frescura que les pareció un bálsamo celestial, Era
el viento bajo, el que soplaba desde el hemisferio helado del planeta, llevando
el frío más allá de la barrera de hielo. A modo de experimento, Ham arrancó la
corteza de un arbusto retorcido, y los mohos crecieron más escasos, faltos de
vitalidad. Se acercaban a la Región Fría.
Hallaron un Amistoso y se alegraron;
otra jornada y llegarían a las tierras altas, donde se podía caminar sin protector,
a salvo de los mohos, pues no se reproducían a menos de veintiséis grados.
Ham fue el primero en despertar.
Durante un rato contempló en silencio a la muchacha, sonriendo al ver que las
ramas del árbol parecían abrazarla con afecto. No era más que hambre, pero
parecían expresar ternura. Su sonrisa se borró al recordar que la Región Fría
significaba la separación, a menos que lograse quitarle de la cabeza la
insensata decisión de cruzar las Eternidades Mayores.
Suspiró, alargó la mano hacia la
mochila que colgaba de una rama, y de repente lanzó un chillido de rabia y
contrariedad.
¡Sus cápsulas de xixtchil! La bolsa de transpiel
estaba rota y habían desaparecido.
El grito despertó a Patricia. Tras la
máscara, Ham observó una sonrisa irónica.
—¡Mi xixtchil!
—rugió—. ¿Dónde
está?
La muchacha señaló abajo. Allí, entre
las matas, había un montículo de mohos.
—Allí —respondió fríamente—. Allí
abajo, intruso.
—Usted... —se atragantó de ira.
—Sí. He cortado la bolsa mientras
dormía.. No sacará de contrabando riquezas robadas en territorio británico.
Ham estaba blanco, mudo.
—¡Maldita bruja! —rugió finalmente—.
¡Era todo lo que tenía!
—Pero robado —le recordó
placenteramente, columpiando sus diminutos pies.
Tembló de ira y la miró; la luz
atravesaba el traje de transpiel transparente, delineando su cuerpo y sus
piernas esbeltas y bien torneadas.
—¡Debería matarla! —murmuró
tensamente.
Un tic nervioso le agitaba una mano, y
la muchacha rió en voz baja. Ham lanzó un gruñido de desesperación, se colgó la
mochila sobre los hombros y bajó al suelo.
—Espero..., espero que no salga con
vida de las montañas —dijo torvamente, emprendiendo la marcha hacia el oeste.
Cien metros después oyó la voz de la
muchacha.
—¡Yanqui! ¡Espere un momento!
Sin detenerse ni volverse, siguió
andando.
Media hora después miró hacia atrás
desde un cerro y vio que ella le seguía. Emprendió de nuevo la marcha, apurando
el paso. La cuesta ascendente pudo más que la habilidad de la muchacha.
Cuando se volvió por segunda vez, ella
era un punto que se movía muy lejos, fatigada pero tozuda. Frunció el ceño
pensando que en caso de erupción de barro estaría totalmente desvalida, por
faltarle las raquetas de tan vital importancia.
Luego comprendió que habían dejado
atrás la zona de las erupciones de barro y estaban en las estribaciones de las
Montañas de Eternidad. De todos modos, pensó malhumorado, le era indiferente.
Durante buen rato Ham bordeó un río,
sin duda un anónimo afluente del Phlegethon. Hasta entonces no se había visto
obligado a vadear corrientes de agua, porque todos los caudales de Venus fluyen
naturalmente desde la barrera de hielo a través de la zona de penumbra hasta el
hemisferio tórrido. Por tanto, coincidían con la dirección de su viaje.
Pero cuando llegara a las mesetas y
torciera hacia el norte, tropezaría con los ríos. Sólo se podían atravesar
sobre troncos o, en condiciones favorables y sobre corrientes angostas,
mediante as ramas de los Amistosos. Poner los pies en el agua equivalía a la
muerte; terribles y voraces criaturas habitaban los cursos de agua.
Al llegar a la primera meseta estuvo
al borde de la catástrofe. Era mientras rodeaba un grupo de Jack Ketch; de
súbito apareció una oleada de podredumbre blanca, y la vegetación fue sepultada
por la masa de un Pegajoso gigantesco.
Quedó arrinconado entre el monstruo y
una maraña impenetrable de vegetación, e hizo lo único que podía. Disparó el
lanzallamas. El rayo terrible y rugiente incineró toneladas de basura pegajosa
hasta que no quedaron sino unos fragmentos reptando y alimentándose de los
restos.
El disparo, como suele ocurrir,
inutilizó el cañón del arma.
Suspiró mientras se disponía a
trabajar durante cuarenta minutos para reemplazarlo —ningún verdadero conocedor
de las Tierras Calientes deja esa operación para luego—, pues el disparo le
había costado quince buenos dólares americanos: diez el diamante barato que
había consumido, y cinco el cañón. Eso no importaba cuando tenía su xixtchil, pero ahora venía a ser un
verdadero problema.
Suspiró otra vez al descubrir que sólo
le quedaba un cañón; se había visto obligado a prescindir de todo cuando
emprendió la marcha.
Ham llegó finalmente a la meseta. La
vegetación terrible y voraz de las Tierras Calientes era allí más escasa;
empezaron a aparecer plantas auténticas, no semovientes, y el viento frío
refrescó su rostro.
Se hallaba en una especie de valle
alto; a su derecha aparecían las cumbres grises de las Eternidades Menores, al
otro lado de las cuales quedaba Erotia, y a su izquierda, como una muralla
poderosa y resplandeciente, se alzaban las vastas cumbres de la Sierra Grande,
que se ocultaban entre nubes a veinticuatro kilómetros de altura.
Miró el acceso del difícil Paso del
Loco, que se abría entre dos cimas colosales; el paso tenía siete mil
quinientos metros de altura, pero las montañas aún se alzaban a quince
kilómetros más. Sólo un hombre, Patrick Burlingame, había atravesado a pie aquella
garganta escabrosa, y tal era el camino que pensaba seguir su hija.
Enfrente, como una cortina de sombras,
se alzaba el límite nocturno de la zona de penumbra. Ham vio los relámpagos
incesantes que centelleaban en aquella región de tormentas eternas. Allí la
banquisa cruzaba la cordillera de las Montañas de Eternidad y el frío viento
raso, en aquellas alturas gigantescas, se reunía con los cálidos vientos
superiores en una lucha que constituía una tempestad interminable como sólo
Venus puede producir. El río Phlengethon nacía por allí.
Ham paseó la mirada por aquel panorama
salvaje y magnífico. Al día siguiente o, mejor dicho, después de descansar, se
dirigiría al norte. Patricia iría hacia el sur y, sin duda, moriría en algún
punto del Paso del Loco. Por un instante experimentó una sensación extrañamente
dolorosa, y luego frunció el ceño con amargura.
¡Que muriera, si era tan tonta como
para querer pasar sola porque tenía demasiado orgullo para tomar un cohete en
una población norteamericana! Se lo merecía, y a él no le importaba. Así fue
repitiéndoselo mientras se preparaba para dormir, no en un Amistoso, sino en un
ejemplar de vegetación verdadera y con la comodidad del visor abierto.
Despertó al oír su nombre. Miró hacia
la meseta y vio que Patricia iba a alcanzar la montaña. Le sorprendió que ella
hubiera logrado seguir sus pasos, hazaña bastante difícil en un lugar donde la
vegetación vuelve a entrelazarle tan pronto como uno ha pasado. Entonces
recordó que había disparado el lanzallamas. El fogonazo y el estampido debieron
oírse a varios kilómetros a la redonda.
Ham observó que la muchacha miraba a
su alrededor, angustiada.
—¡Ham! —volvió a gritar. No yanqui ni
intruso, sino su nombre.
Guardó un rencoroso silencio; ella
volvió a llamarle. Lograba distinguir su rostro pícaro y bronceado, ya que
Patricia se había quitado la capucha de transpiel. Después de llamar por última
vez, se encogió de hombros y echó a andar hacia el sur, a lo largo de la
divisoria. Ham la miró en obstinado silencio. Cuando desapareció en el bosque,
él bajó y se encaminó poco a poco hacia el norte.
Sus pasos eran cada vez más lentos,
como si tirase de él un resorte invisible. Aún le parecía ver el rostro,
angustiado y oír la llamada. Estaba seguro de que ella iba hacia la muerte y, a
pesar de lo que ella le había hecho, no deseaba que esto ocurriera. Patricia
estaba demasiado llena de vida, era demasiado confiada, demasiado joven y,
sobre todo, demasiado hermosa para morir.
Cierto que era una bruja arrogante,
perversa y suficiente, fría como el cristal y tan poco acogedora, pero, tenía
ojos grises y cabello castaño, y era valiente. Por último, con un gruñido de
impaciencia, hizo alto, se volvió y corrió casi desesperadamente hacia el sur.
Seguir el rastro de la muchacha era
empresa fácil para un buen conocedor del terreno. En la Región Fría la
vegetación no proliferaba tanto, lo que le permitió hallar pisadas o ramitas
rotas indicando que ella había pasado por allí. Vio dónde había atravesado el
río por medio de las ramas de un árbol, y también dónde se había detenido a
comer.
Comprendió que ella ganaba terreno;
era más hábil y rápida que Ham, pero el camino resultaba cada vez más escabroso
a medida que se acercaba a las vastas Montañas de Eternidad, y sabía que allí
la alcanzaría. Conque durmió un rato en la comodidad del pantalón corto y la
camisa, liberado de la molestia del traje de transpiel. No era peligroso
hacerlo allí; el viento frío que siempre soplaba hacia las Tierras Calientes
alejaba las esporas de los mohos, y en todo caso éstas no habrían resistido las
temperaturas inferiores.
En cuanto a las plantas oriundas de la
Región Fría, no eran carnívoras.
Durmió cinco horas. El «día» siguiente
de marcha trajo otra modificación del paisaje. En las laderas la vegetación era
escasa, comparada con la de las mesetas. Ya no era una jungla, sino un bosque,
un bosque gigantesco cuyos troncos se elevaban ciento cincuenta metros y cuyas
copas no eran de follaje, sirio de apéndices floridos.
Sólo algún Jack Ketch aislado
recordaba las Tierras Calientes.
A mayor altura, el bosque comenzaba a
escasear. Aparecían grandes peñascos y largos barrancos rojos sin ningún tipo
de vegetación. A veces pasaban enjambres de los únicos seres voladores del
planeta, los dusters grises, con aspecto de polillas pero del tamaño de un
halcón, tan frágiles que un golpe los destruía. Revoloteaban, posándose de vez
en cuando para capturar alguna presa furtiva, y hacían tintinear sus voces
curiosamente parecidas a campanillas. Cercanas en apariencia, aunque a
cincuenta kilómetros de distancia en realidad, se alzaban las Montañas de
Eternidad, cuyas cumbres desaparecían entre las nubes.
De vez en cuando le resultaba difícil
rastrear a Patricia, pues ésta solía caminar sobre la roca desnuda. Luego
volvió a encontrar huellas frescas; la superioridad de su fuerza le valió una
vez más. Poco después la vio en el fondo de un colosal acantilado formado por
un desfiladero estrecho y poblado de árboles.
Ella miraba el tajo gigantesco,
evidentemente preguntándose si podría escalar la barrera o si sería preferible
contornearla. Como él, se había quitado el traje de transpiel y llevaba la
camisa y los pantalones cortos que suelen usarse en el País Frío. Pues, al fin
y al cabo, no es tan frío según criterios terrestres. Ham pensó que parecía una
hermosa ninfa de los antiguos bosques de Pelión.
Ham se apresuró mientras ella avanzaba
por el desfiladero.
—¡Pat! —gritó; era la primera vez que
la llamaba por su nombre.
La alcanzó treinta metros después, dentro
del desfiladero.
—¡Usted! —exclamó—. Parecía cansada;
había andado durante horas y en sus ojos brillaba una luz de alivio—. Creí que
usted... quise buscarle.
El rostro de Ham no expresaba la misma
satisfacción.
—Oiga, Pat Burlingame —dijo
fríamente—. No merece ninguna consideración, pero no puedo permitir que vaya
hacia la muerte. Aunque sea una bruja obstinada, también es mujer. La llevaré a
Erotia.
El brillo de bienvenida desapareció.
—¿Seguro, intruso? Mi padre pasó por
aquí y yo también puedo hacerlo.
—Su padre pasó en pleno verano, ¿no es
cierto? Hoy se cumple la mitad del .verano. No podrá llegar al Paso del Loco en
menos de cinco días, ciento veinte horas, y para entonces estará al caer el
invierno. Esta longitud estará cerca de la línea de tormenta. Es una estúpida.
Patricia se sonrojo.
—El paso tiene altitud suficiente para
recibir la influencia de los vientos altos. Hará calor.
—¡Calor! Sí... calentado por los rayos
—se interrumpió; un lejano fragor de truenos rodaba por el desfiladero—.
Escuche. Dentro de cinco días estará sobre nosotros.
Señaló las pendientes totalmente
yermas y agregó:
—Ni siquiera los venusianos pueden
subsistir allí... ¿o se cree usted tan dura como pata servir de pararrayos ?
Tal vez tenga razón.
—¡Antes el rayo que usted! —respondió
Patricia, iracunda, y luego se tranquilizó de súbito—. Intenté llamarle —agregó
sin venir a cuento.
—Para reírse de mí —repuso con
amargura.
—No. Para decirle que la lamentaba y
que...
—No necesito que se disculpe.
—Pero quería decirle que...
—No importa. Su arrepentimiento no me
interesa. El daño ya está hecho —cortó, mirándola con el ceño fruncido.
Patricia aún quiso confirmar, en tono
humilde:
—Pero yo...
Un ruido la interrumpió y al volverse
gritó de espanto. Había aparecido un Pegajoso enorme, un coloso que ocupaba el
desfiladero de pared a pared hasta una altura de dos metros, y que avanzaba
hacia. ellos. Estos monstruos eran menos frecuentes en la Región Fría, pero
también más grandes, pues en las Tierras Calientes la abundancia de alimento
hacía que se subdividieran a menudo. Aquel era un gigante, un cataclismo,
toneladas y toneladas de podredumbre nauseabunda y apestosa cerrando el
estrecho paso, interceptándoles.
Ham cogió el lanzallamas, y la
muchacha detuvo su brazo.
—¡No, no! —gritó—. ¡Está demasiado
cerca! ¡Nos salpicará!
4
Patricia tenía razón. Sin la
protección de los trajes de transpiel, el contacto con un pedazo del monstruo
sería mortal. y el impacto del lanzallamas no dejaría de hacer saltar trozos de
la bestia. La tomó de la muñeca y huyeron por el desfiladero, intentando
alejarse lo suficiente para efectuar un disparo. A unos cuatro metros les
seguía el Pegajoso, avanzando ciegamente en la única dirección que sabía...
hacia el alimento.
Consiguieron ventaja. Un recodo del
desfiladero, que discurría hacia el sudoeste, lo hacía pasar de improviso hacia
el sur. La luz del Sol, siempre fija al este, quedó oculta; se hallaban en un
lugar de perpetua penumbra y el terreno era de roca pelada y sin vida. Al
llegar allí el Pegajoso se detuvo; como carecía de organización y de voluntad,
no podía moverse si el alimento no le daba dirección.
Sólo la vida superabundante de Venus
podía mantener a semejante monstruo; no vivía sino comiendo sIn cesar.
Ambos se detuvieron en el recodo
sombrío.
—¿Y ahora? —murmuró Ham.
Un buen disparo contra la masa era
imposible desde aquel ángulo, ya que no la destruiría sino en parte.
Patricia dio un salto y arrancó un
matorral de la pared, que crecía donde ésta recibía un. débil rayo de luz. Lo
echó delante del monstruo, y este avanzo medio metro.
—Engañémoslo —propuso la muchacha.
Era imposible; la vegetación era
demasiado escasa.
—¿Qué va a hacer esa cosa? —preguntó
Ham.
—Una vez vi uno perdido en el límite
desértico de las Tierras Calientes —respondió la muchacha—. Se retorció largo
rato y luego las células se atacaron entre sí. Se devoró a sí mismo. ¡Fue
horrible!
—¿Cuánto tiempo duró?
—¡Ah! Cuarenta o cincuenta horas.
—No voy a esperar tanto tiempo —gruñó
Ham. Rebuscó en su mochila y sacó el traje de transpiel.
—¿Qué quiere hacer?
—Ponerme esto y disparar desde cerca.
—Empuñó el lanzallamas.
—Este es el último cañón —observo Ham,
sombrío, y luego agrego animándose—: Pero tenemos la suya.
—La cámara de mi pistola se rajó la
última vez que la usé, hará diez o doce horas. Pero tengo muchos cañones.
—¡Perfecto. ——dijo Ham.
Se arrastró con cautela hacIa el
palpitante y horrible amasijo blanco. Extendió los brazos para abarcar el mayor
ángulo posible, apretó el gatillo y el trueno del disparo retumbó en el
desfiladero. Volaron pedazos del monstruo a su alrededor, y el resto chamuscado
por la incineración de toneladas de podredumbre se redujo a un espesor de
noventa centímetros.
—¡El cañón ha resistido! —gritó
triunfalmente. Evitaba por esta vez el tener que cambiarlo.
Cinco minutos después el arma volvió a
disparar. Cuando la masa del monstruo cesó de agitarse, sólo quedaban cuarenta
y cinco centímetros de espesor pero el cañón quedó atomizado.
—Tendremos que usar uno de los suyos –dijo.
Patricia sacó uno, Ham lo cogió y dejó
caer la mano con desaliento. ¡Los cañones fabricados en Enfield eran demasiado
pequeños para la pistola norteamericana!
—¡Serán idiotas...! —gruñó.
—¡Idiotas! —exclamó ella—. ¿Acaso los
yanquis usáis morteros de trinchera para los cañones?
—Hablaba de mí mismo en realidad. Debí
suponerlo. —Se encogió de hombros—. Bien, ahora podemos elegir entre esperar
aquí a que el pegajoso se devore a sí mismo, o buscar otra manera de salir de
esta trampa. Tengo la corazonada de que este desfiladero carece de salida.
Patricia admitió que probablemente era
así. La grieta esa consecuencia de algún movimiento antiguo que había partido
la montaña en dos. Al no ser debida a la erosión del agua, cabía que terminase
en una herradura inexpugnable, aunque también era posible que alguna de
aquellas paredes pudiera ser escalada.
—De todos modos, nos sobra tiempo
—concluyó la muchacha—. Podemos intentarlo. Además... —y arrugó la naricilla,
aludiendo al hedor del Pegajoso.
Ham la siguió a través de la penumbra,
sin quitarse aún la protección de transpiel. El pasadizo volvía a doblar hacia
el oeste, las rocas eran tan altas y abruptas que .el Sol no llegaba al fondo.
Era un lugar de sombras, como la región de las tormentas que separa la zona de
penumbra del hemisferio obscuro: ni noche ni día auténticos, sino un estado
intermedio.
A sus ojos los miembros bronceados de
Patricia parecían pálidos en vez de morenos y, al hablar, su voz despertaba
extraños ecos entre los acantilados opuestos. Aquel abismo era un lugar
extraño, un rincón siniestro y desagradable.
—Esto no me gusta —comentó Ham—. El
paso se acerca cada vez más a la zona de obscuridad. Recuerde que nadie sabe lo
que hay en el lado obscuro de las Montañas de Eternidad.
Patricia se echó a reír; el eco fue
fantasmagórico.
—¿Qué peligro puede haber aquí? En
todo caso, tenemos las pistolas.
—No hay salida —refunfuñó Ham—.
Regresemos.
Patricia le plantó cara.
—¿Tiene miedo, yanqui? —bajó la voz—.
Los nativos dicen que en estas montañas hay fantasmas —prosiguió burlonamente—.
Mi padre me contó que había visto cosas extrañas en el Paso del Loco. ¿Sabe que
si hay seres en el lado nocturno, sería fácil que llegaran hasta aquí, con la
obscuridad que hay?
Se estaba burlando de él. Volvió a
reír. De repente, su risa fue repetida en espantosa cacofonía desde las paredes
de piedra que se cernían sobre ellos.
Palideció; ahora era Patricia la que
estaba asustada. Contemplaron con aprensión los muros de roca, donde aparecían
y desaparecían sombras extrañas.
—¿Qué... qué ha sido eso? —susurró——.
¡Ham! ¿Ha visto?
Ham lo había visto. Una sombra había
sobrevolado la franja de cielo, saltando de un acantilado a otro sobre sus
cabezas. Volvió a oírse una risa ululante. Unas siluetas obscuras se
arrastraban como moscas sobre las paredes cortadas a pico.
—¡Regresemos! —jadeó la muchacha—.
¡Pronto!
Mientras Patricia se volvía, un objeto
pequeño de color negro cayó a su lado y se rompió con un estallido tétrico. Ham
lo miró. Era una cápsula, un saco de esporas de tipo desconocido. Se alzó una
nube densa y negra, Ambos comenzaron a toser violentamente, Ham sintió que la
cabeza le empezaba a dar vueltas, y Patricia se apoyó en él.
—¡Es un... narcótico! —murmuró—.
¡Vámonos!
Otra docena de bolas reventaron
alrededor de ellos. Las esporas formaban negros remolinos y el respirar se
convertía en una tortura. Los estaban drogando y asfixiando al mismo tiempo,
Ham tuvo una idea salvadora.
—¡La máscara! —tosió. cubriéndose el
rostro con la mascarilla de transpiel.
El filtro que protegía a los seres
humanos contra los mohos de las Tierras Calientes también limpiaba de aquellas
esporas el aire. Pero el protector de la muchacha se hallaba en algún lugar de
su mochila y no lo encontraba. Cayó sentada en el suelo.
—Mi mochila —murmuró—. Llévesela.
Su... su... —tuvo un acceso de tos.
La arrastró hasta el refugio de un
saliente y sacó de la mochila su traje de transpiel.
—¡Póngaselo! –gritó.
Estallaron veinte cápsulas más.
Una figura saltó furtivamente sobre el
muro de roca, a gran altura.
Ham apunto con la automática y
disparó. Se oyó un grito agudo y chirriante, al que respondió un coro de
alaridos, y un ser del tamaño de un hombre se despeñó hasta caer amenos de tres
metros de él.
Era espantoso. Ham observó afligido
aquella criatura no muy distinta de los nativos que él conocía con tres ojos,
dos manos y cuatro piernas; aunque las manos, que tenían dos dedos como las de
los habitantes de las Tierras Calientes, no eran como pinzas, sino que blancas
y con garras.
¡Y el rostro...! No era la cara ancha
e inexpresiva de aquéllos, sino una máscara angulosa, malévola y sombría, con
ojos de doble tamaño que los de los nativos. No había muerto, sino que aún
destilaba odio; cogió una piedra y se la arrojó sin fuerzas, aunque con aviesa
intención. Luego murió.
Naturalmente, Ham ignoraba lo que era.
Se trataba de un triops noctivivans,
el «morador de tres ojos de la obscuridad», un ser extraño e inteligente que
por ahora es el único del lado nocturno que conocemos. A veces se encuentran
individuos de estas razas feroces en las obscuras gargantas de las Montañas de
Eternidad. Es probablemente la criatura más maligna de los planetas conocidos,
un ser absolutamente incomprensible que no vive sino de la matanza.
Con el disparo, la lluvia de cápsulas
concluyó y hubo un coro de carcajadas de hiena. Ham aprovechó el respiro para
cubrir el rostro de la muchacha con la mascarilla, que se le había caído
después de ponérsela a medias.
Entonces se oyó un silbido agudo. Una
piedra rebotó y le alcanzó en el brazo. Otras llovieron a su alrededor, rápidas
como balas. Hubo tal revuelo de siluetas, con grandes saltos hacia el cielo y
terribles risas burlonas. Disparó contra uno de los que saltaban. Oyó de nuevo
el grito de dolor, pero esta vez el enemigo no cayó.
Las piedras seguían lloviendo sobre
él. Eran pequeñas, del tamaño de guijarros, pero las disparaban con tanta
fuerza que silbaban al pasar y herían su carne a través del traje protector.
Tumbó a Patricia boca abajo, pero la muchacha gimió débilmente cuando un
proyectil la golpeó en la espalda. La escudó con su cuerpo.
La situación era insostenible. Debían
arriesgarse a retroceder, pese a que el Pegajoso bloqueaba la salida. Pensó que
protegidos por el traje de transpiel, tal vez podrían pasar sobre la masa.
Sabía que era una idea delirante; el protoplasma viscoso los envolvería hasta
sofocarlos... pero debía correr el riesgo. Tomó a la muchacha en brazos y
corrió rápidamente por el desfiladero.
Alaridos, chillidos y un coro de risas
burlonas retumbaron a su alrededor. Las piedras le golpearon en todas partes.
Una le dio en la cabeza, haciéndole tropezar y golpearse contra la roca. Pero
siguió corriendo con obstinación. Ahora sabía qué le impulsaba: era la muchacha
que llevaba. Tenía que salvar a Patricia Burlingame.
Ham llegó al recodo. La luz del Sol
daba arriba, sobre la pared oeste. Sus repulsivos perseguidores se refugiaron
en el lado obscuro. Afortunadamente, no soportaban la luz natural; con
mantenerse muy pegado a la pared oriental quedaba algo protegido.
Faltaba el otro recodo, bloqueado por
el Pegajoso. Cuando vio algo que le hizo sentirse enfermo. Tres seres se
hallaban reunidos junto a la masa blanca, comiendo —¡realmente comiendo!— de
aquella carroña. Se volvieron aullando al acercarse él. Tumbó a dos de ellos a
tiros, y cuando el tercero quiso escalar el muro lo liquidó también de un
disparo. Al caer en medio de la masa informe hizo un chapoteo estremecedor.
Volvió a sentir náuseas. El Pegajoso
se retiraba; el caído quedaba en un hueco semejante al agujero de una rosquilla
gigante. Ni siquiera el monstruo se atrevía con aquellas criaturas[2][2].
Pero el indígena, al saltar, había
atraído la atención de Ham hacia un reborde saliente unos treinta centímetros.
Tal vez... Sí, quizá fuese posible utilizar aquella senda para eludir al
Pegajoso. Sin duda seria difícil bajo la lluvia de piedras, pero no quedaba
otra alternativa.
Soltó a la muchacha para liberar su
brazo derecho. Metió otro cargador en la pistola y disparó al azar hacia las
sombras que saltaban arriba. La granizada de guijarros cesó un instante y, con
un esfuerzo convulsivo y doloroso, Ham arrastró a Patricia hasta el saliente.
Las piedras llovieron de nuevo a su
alrededor. Avanzó paso a paso, cruzando exactamente por encima del Pegajoso
condenado.
¡Muerte abajo y muerte arriba! Poco a
poco salió del paso; arriba, ambos muros reflejaban la luz del sol y ya estaban
a salvo.
Al menos él estaba a salvo. La muchacha tal vez había muerto, pensó con
desesperación mientras seguía el rastro trazado por el Pegajoso. Cuando
salieron a la luz quitó la mascarilla del rostro de la muchacha y observó sus
rasgos blancos, fríos como el mármol.
No estaba muerta, sino presa de un
sopor producido por los narcóticos. Una hora después volvió en sí, aunque se
sentía débil y muy asustada. Lo primero que hizo fue reclamar su mochila.
—Aquí está —contestó Ham—. ¿Qué es eso
tan importante que lleva en su mochila? ¿Sus notas?
—¿Mis notas? ¡Oh, no! —un ligero rubor
cubrió su rostro—,. Eso... es lo que intentaba decirle... se trata de su xixtchil.
—¿Cómo?
—Sí, yo... no la tiré para que se
enmoheciera. Es suya, Ham. Muchos traficantes británicos entran en las Tierras
Calientes norteamericanas. Rompí la bolsa y oculté la hierba en mi mochila. Los
mohos del suelo se hallaban allí porque yo les arrojé algunas ramas... para que
pareciera auténtico.
—Pero... pero, ¿por qué?
El rubor se hizo más intenso.
—Quería castigarle —susurró Patricia—
por mostrarse tan... tan frío y distante.
—¿Yo? —se asombró Ham—. ¡Usted sí que
estaba fría y distante!
—Quizá fue así al principio. Usted
entró en mi casa a la fuerza. Pero... Ham, cuando me salvó de la erupción de
barro... fue distinto.
Ham se atragantó y, con un gesto
brusco, la cobijó entre sus brazos.
—No pienso discutir quién tiene la
culpa. Pero hay otra cuestión que arreglaremos en seguida. Iremos a Erotia y
allí nos casaremos en una buena iglesia norteamericana, si ya la han construido
y, si no es así, nos casara un buen Juez norteamericano. No se hable más del
Paso del Loco ni de cruzar las Montañas de Eternidad. ¿Está claro?
Patricia miró las vertiginosas cumbres
y se estremeció.
—¡Muy claro! —respondió, obediente.
FIN
[1][1] Mi inmodestia no me permite pasar por alto esta oportunidad. El
único cuento que consideraron mejor fue Nightfall de Isaac Asimov.
[2][2] Se ignoraba entonces que,
mientras los seres del hemisferio nocturno de Venus pueden devorar y digerir
los seres del lado diurno, lo contrario es imposible. Ninguna criatura del
hemisferio diurno puede devorar seres del lado obscuro, debido a la presencia
de varios alcoholes metabólicos venenosos.

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