© Libro No. 650. De las
costumbres, sitios y pueblos de la Germania. Tacito, Cayo Cornelio. Colección
E.O. Marzo 15 de 2014.
Título original: © CAYO CORNELIO TACITO. DE LAS
COSTUMBRES, SITIOS Y PUEBLOS
Versión Original: © CAYO CORNELIO TACITO. DE LAS COSTUMBRES, SITIOS Y
PUEBLOS
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Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Cayo Cornelio Tácito
(Roma?, h. 55-?, h. 117) Historiador romano. Los pocos datos que se
conocen de su vida indican que desarrolló una brillante carrera política, que
le llevó al Senado así como a ejercer el cargo de cónsul. También es conocida
su boda en el año 78 con una hija de Cneo Julio Agrícola, general romano que
luchó en Britania, de quien Tácito escribió una biografía:Agrícola. Otra
obra importante que hay que resaltar es Sobre el origen y el país de
los germanos, más conocida como Germania, en la cual traza una
viva representación de la vida y cultura de los germanos. Con todo, sus obras
más famosas son los Anales, una historia de los emperadores de la
dinastía Julio-Claudia a partir de Tiberio, y las Historias, sobre
la dinastía Flavia. Ambas obras representan un grandioso esfuerzo por recrear
un período convulso de la historia de Roma, y en ellas ofrece un retrato
implacable de los grandes personajes de la época, poniendo de relieve sus
flaquezas. El tono del autor refleja también una cierta nostalgia por los
tiempos de la República y de la grandeza romanas.
Tácito
Pese a ser probablemente el más grande historiador latino y uno de los
mayores estilistas en prosa latina, apenas nada se sabe con certeza de los
orígenes de Tácito; es posible que naciera en territorio italiano, o bien en la
Galia Cisalpina o en la Galia Narbonensis (actual sudeste de Francia). En su
juventud fue abogado y orador renombrado.
Vivió la mayor parte de su vida en Roma, donde pronto se introdujo en la
sociedad imperial. Participó activamente en la vida política al tiempo que fue perfeccionando
su oratoria. Después de haber desempeñado diversos cargos públicos (cuestor
entre el 81-82, pretor en el 86 y cónsul en el 97) abandonó la carrera pública
y la oratoria para dedicarse a la historia.
Las obras de Tácito se han conservado en forma fragmentaria y bastante
incompleta. Sin embargo, aunque mutiladas, producen en quien las lee una
profunda emoción suscitada por la poderosa representación que hace su autor de
hombres y acontecimientos en un estilo particular, tal vez el más original de
la literatura latina, que acierta a reelaborar la enseñanza de los retóricos en
el uso de la metáfora y en la sutileza epigramática. En el cuidadoso desarrollo
de un estilo propio, guiado por un implícito rigor analítico en el uso de las
palabras que empleó para decir de modo preciso, Tácito convierte a su prosa en
creación poética.
Dos obras breves pero importantes, escritas en el 98 (la Vida de
Agrícola, una encomiástica biografía de su suegro Julio Agrícola, ex
gobernador de Britania, ySobre el origen y el país de los germanos),
constituyeron un aprendizaje para la composición de sus grandes obras
históricas. La primera monografía contiene, además del homenaje a Agrícola,
víctima de los celos de Domiciano, un esbozo de la vida en la corte imperial y
del mundo bárbaro de los britanos. La segunda, conocida a menudo como Germania,
muestra el interés del autor por aquellos pueblos que desde hacía más de dos
siglos constituían una amenaza para Roma, enfatizando la virtud simple y los
vicios primitivos de las tribus germánicas en contraste con la laxitud moral de
la Roma contemporánea.
Se sabe que las dos grandes obras históricas de Tácito, la Historias y
los Anales, comprendían en su conjunto treinta libros, que
debían formar un todo en una narración continua. De los catorce libros deHistorias sólo
se conservan los primeros cuatro y gran parte del quinto. Aparecida en el 109,
la obra debió de ser comenzada a redactar cinco años antes. Aunque su estudio
original cubriría el marco cronológico comprendido entre el 1 de enero del 69
(principio del fin del gobierno del emperador Galba) y el 16 de septiembre del
96 (asesinato del emperador Tito Flavio Domiciano), es decir, el acceso al
poder y el reinado de la dinastía de los Flavios, o Flavia, el material de que
se dispone en la actualidad tan sólo llega hasta los primeros meses del 70.
De los manuscritos correspondientes a los dieciséis libros de Anales se
conservan también sólo los cuatro primeros, un fragmento del quinto, parte del
sexto y los libros XI a XVI. En los Anales trató la historia
romana desde la ascensión al poder de Tiberio en el 14 d.C. hasta la muerte de
Nerón en el 68 d.C., es decir, del periodo inmediatamente anterior a lasHistorias.
Tácito tiene por objeto escribir la historia de los acontecimientos con
una finalidad moralista e instructiva, y lo hace con un peculiar e
intransferible estilo literario repleto de agudeza dramática y concisión. Su
gran poder como historiador radica en su perspicacia psicológica y en la
brillantez de sus retratos de personajes. Su estilo es una combinación
eficiente de expresiones concisas y pintorescas. Ensalzó los ideales de la
República romana y realizó descripciones críticas muy profundas de muchos de los
emperadores romanos. Su gran obra historiográfica, que quiso narrar
objetivamente la historia de la Roma imperial del siglo I, se considera todavía
hoy paradigmática.
http://www.biografiasyvidas.com/biografia/t/tacito.htm
CAYO CORNELIO TACITO
De las Costumbres,
Sitios y Pueblos
de la Germania
I.
El Rhin
y el Danubio dividen a toda la Germania (1) de las Galias, Retias y Panonias
(2), y de los Sarmatas y Dacios (3) algunas montañas o el miedo que se tienen
los unos a los otros. El Océano cerca lo demás, abrazando grandísimas islas (4)
y golfos, y algunas naciones y reyes, de que con la guerra se ha tenido
noticias poco ha (5). El Rhin, saliendo de lo más alto e inaccesible de los
Alpes de la Retia, y habiendo corrido un poco hacia Occidente, vuelve derecho
hasta meterse en el Océano septentrional. El Danubio nace en la cumbre de
Abnoba (6), monte, aunque alto, no áspero, y habiendo pasado por muchas y
diferentes tierras, entra en el mar Pontico por seis bocas, que la séptima,
antes de llegar a la mar, se pierde en las lagunas.
II. Yo
creería que los Germanos tienen su origen en la misma tierra, y que no están
mezclados con la venida y hospedaje de otras gentes; porque los que
antiguamente querían mudar de habitación, las buscaban por mar y no por
tierra; y de nuestro mar van muy pocas veces navíos a aquel grande Océano, que
para decirlo así, está opuesto al nuestro. Y ¿quién quisiera dejar el Asia,
África o Italia, y por miedo de los peligros de un mar horrible y no conocido
ir a buscar a Germania, tierra sin forma de ello, y de áspero cielo, y de ruin
habitación y triste vista, sino es para los que fuere su patria? Celebran en
versos antiguos (que es sólo el género de anales y memoria que tienen) un dios
llamado Tuiston (7), nacido de la tierra, y su hijo Manno, de los cuales,
dicen, tiene principio la nación. Manno dejó tres hijos, de los nombres de los
cuales se llaman Ingevones (8) los que habitan cerca del Océano, y Herminones
los que viven la tierra adentro, y los demás Istevones. Bien que otros, con la
licencia que da la mucha antigüedad de las cosas, afirman que el dios Tuiston
tuvo más hijos, de cuyos nombres se llamaron así los Marsos, Gambrivios,
Suevos, Vándalos; y que estos son sus verdaderos y antiguos nombres. Que el de
Germania es nuevo y añadido poco ha: porque los primeros que pasaron el Rhin y
echaron a los Galos de sus tierras se llamaban entonces Tungros, y ahora se
llaman Germanos. Y de tal manera fue prevaleciendo el nombre de aquella nación
que primero había pasado el Rhin, que dio nombre a toda la gente: y todos los
demás al principio tomaron el nombre de los vencedores, por el miedo que
causaban, y se llamaban Tungros: y después inventaron ellos mismos propio y
particular nombre, y se llamaron universalmente Germanos.
III. También
cuentan que hubo Hércules en esta tierra, y le dan el primer lugar entre los
hombres de valor. Antes de entrar en las batallas, para animarse, cantan
ciertos versos, cuyo son llaman bardito, por el cual adivinan qué suceso han de
tener: porque o se hacen temer o tienen miedo, según más o menos bien responde
y resuena el escuadrón: y esto en ellos es más indicio de valor que armonía de
voces. Desean y procuran con cuidado un son áspero y espantable, y para ello
ponen los escudos delante de la boca para que, detenida la voz, se hinche y
levante más. Piensan algunos que Ulises en su larga y fabulosa navegación, en
que anduvo vagando, llegó a este Océano, y que entró en Germania, y que fundó
en ella a Asciburgio (9), lugar asentado a la ribera del Rhin, y habitado hoy
día, al cual llamó A’ σχιπδτωυ (10): y que en tiempos pasados se hallé allí un
altar consagrado a Ulises, en que también estaba escrito el nombre de Laertes,
su padre. Y que en los confines de Germania y Retia se ven hoy día letras griegas
en monumentos y sepulcros. Pero no quiero confirmar esto con argumentos, ni
menos refutado; cada cual crea o no crea lo que quisiere, conforme a su
ingenio.
IV. Yo
soy de la opinión de los que entienden que los Germanos nunca se juntaron en
casamientos con otras naciones, y que así se han conservado puros y sencillos,
sin parecerse a sí mismos. De donde procede que un número tan grande de gente
tienen casi todos la misma disposición y talle, los ojos azules y fieros, los
cabellos rubios, los cuerpos grandes y fuertes solamente para el primer ímpetu.
No tienen el mismo sufrimiento en el trabajo y obras de él; no son sufridores
de calor y sed, pero llevan bien el hambre y el frío, como acostumbrados a la
aspereza e inclemencia de tal suelo y cielo.
V. La
tierra, aunque hay diferencia en algunas partes, es universalmente de vista
horrible por los bosques, y fea y manchada por las lagunas que tiene. Por la
parte que mira las provincias de las Galias es mas húmeda, y por la que el
Norico (11) y Panonia, más sujeta a aires. Es fértil de sembrados, aunque no
sufre frutales; tiene abundancia de ganados, pero no de aquella grandeza y
presencia que en otras partes: ni los bueyes tienen su acostumbrada hermosura,
ni la alabanza que suelen por su frente (12). Huélganse de tener mucha
cantidad, por ser esas solas sus riquezas y las que más les agradan. No tienen
plata ni oro, y no sé si fue benignidad o rigor de los dioses el negárselo. Con
todo, no me atrevería a afirmar, no habiéndolo nadie escudriñado, que no hay en
Germania venas de plata y oro. Cierto es que no se les da tanto como a nosotros
por la posesión y uso de ello: porque vemos que de algunos vasos de estos
metales que se presentaron a sus embajadores y príncipes no hacen más caso que
si fueran de barro. Bien es verdad que los que viven en nuestras fronteras, a
causa del comercio, estiman el oro y la plata, y conocen y escogen algunas monedas
de las nuestras; pero los que habitan la tierra adentro tratan más
sencillamente, y a la costumbre antigua, trocando unas cosas por otras. Los que
toman monedas las quieren viejas y conocidas, como son bigatos y serratos
(13); y se inclinan más a la plata que al oro, no por afición particular que la
tengan, sino porque el número de las monedas de plata es más acomodado para
comprar menudencias cosas usuales.
VI. No
tienen hierro en abundancia, como se puede colegir de sus armas. Pocos usan de
espadas ni lanzas largas, pero tienen ciertas astas, que ellos llaman frameas,
con un hierro angosto y corto, pero tan agudo y tan fácil de manejar, que
se puede pelear con ellas de lejos y de cerca, según la necesidad. La gente de
a caballo se contenta con un escudo y framea; la infantería se sirve también de
armas arrojadizas, y trae cada uno muchas, las cuales tiran muy lejos. Andan
desnudos, o con un sayo ligero. No son curiosos en su traje. Sólo traen los
escudos muy pintados y de muy escogidos colores. Pocos traen lorigas, y apenas
se halla uno o dos con morrión o celada. Los caballos no son bien hechos ni
ligeros, ni los enseñan a volver a una mano y a otra, y a hacer caracoles,
según nuestra usanza: de una carrera derecha, o volviendo a una mano todos en
tropa, hacen su efecto con tanto orden, que ninguno se queda atrás. Y todo bien
considerado, se hallará que sus mayores fuerzas consisten en la infantería; y
así pelean mezclados; porque se conforma bien con el paso de los caballos la
ligereza de los infantes que se ponen en el frente del escuadrón, por ser
mancebos escogidos entre todos. Hay un número señalado de ellos; de cada
pueblo ciento; y tienen entre los suyos este mismo nombre. Y quedándoles por
títulos de dignidad y honra lo que al principio no fue más que número. El
escuadrón se compone de escuadras formadas en punta. El retirarse, como sea
para volver a acometer, tienen más por ardid y buen consejo que por miedo.
Retiran sus muertos aun cuando está en duda la batalla. El mayor delito y
flaqueza entre ellos es dejar el escudo. Y los que han caído en tal ignominia
no pueden hallarse presentes a los sacrificios ni juntas, y muchos, habiéndose
escapado de la batalla, acabaron su infamia ahorcándose.
VII. Eligen
sus reyes por la nobleza, pero sus capitanes por el valor. El poder de los
reyes no es absoluto ni perpetuo. Y los capitanes, si se muestran más prontos
y atrevidos, y son los primeros que pelean delante del escuadrón, gobiernan
más por el ejemplo que dan de su valor y admiración de esto que por el imperio
ni autoridad del cargo: mas el castigar, prender y azotar no se permite sino a
los sacerdotes; y no como por pena, ni por mandado del capitán, sino como si lo
mandara Dios, que ellos creen que asiste a los que pelean. Y llevan a la guerra
algunas imágenes e insignias que sacan de los bosques sagrados. Y lo que
principalmente los incita a ser valientes y esforzados es, que no hacen sus
escuadras y compañías de toda suerte de gentes, como se ofrecen acaso, sino de
cada familia y parentela aparte. Y al entrar en la batalla tienen cerca sus
prendas más queridas, para que puedan oír los alaridos de las mujeres y los
gritos de los niños: y estos son los fieles testigos de sus hechos, y los que
más los alaban y engrandecen. Cuando se ven heridos van a enseñar las heridas
a sus madres y a sus mujeres, y ellas no tienen pavor de contarlas ni de
chuparlas (14), y en medio de la batalla les llevan refresco y los van
animando.
VIII. De
manera que algunas veces, según ellos cuentan, han restaurado las mujeres
batallas ya casi perdidas, haciendo volver los escuadrones que se inclinaban a
huir, con la constancia de sus ruegos, y con ponerles delante los pechos, y
representarles el cercano cautiverio que de esto se seguiría, el cual temen
mucho más impacientemente por causa de ellas: tanto, que se puede tener mayor
confianza de las ciudades que entre sus rehenes dan algunas doncellas nobles.
Porque aún se persuaden que hay en ellas un no sé qué de santidad y prudencia,
y por esto no menosprecian sus consejos, ni estiman en poco sus respuestas. Así
lo vimos en el imperio del divo Vespasiano, que algunos tuvieron mucho tiempo
a Veleda (15) en lugar de diosa. Y también antiguamente habían venerado a
Aurinia y a otras muchas; y esto no por adulación, ni como que ellos las
hiciesen diosas (16), sino por tenerlas por tales.
IX. Reverencian a Mercurio sobre
todos sus dioses, y ciertos días del año tienen por lícito sacrificarle hombres
para aplacarle. A Hércules y a Marte hacen para esto sacrificios de animales
permitidos. Parte de los Suevos adora a Isis (17); pero no he podido averiguar
de dónde les haya venido esta religión extranjera: aunque la estatua de la
diosa, que es hecha en forma de nave libúrnica, muestra habérseles traído por
mar. Piensan que no es decente a la majestad de los dioses tenerlos encerrados
entre paredes, o darles figura humana. Consagran muchas selvas y bosques, y de
los nombres de los dioses llaman aquellos lugares secretos, que miran solamente
con veneración.
X. Observan, como los que
más, los agüeros y suertes; pero las suertes son sin artificio. Cortan de algún
frutal una varilla, la cual, hecha pedazos y puesta en ‘cada uno cierta señal,
la ‘echan, sin mirar cómo, sobre una vestidura blanca; y luego el sacerdote de
la ciudad, si es que se trata de negocio público, o el padre de familia, si es
de cosa particular. después de haber hecho oración a los dioses, alzando los
ojos al cielo, toma tres palillos, de cada vez uno, y hace la interpretación
según las señales que de antes les habían puesto. Y si las suertes son contrarias,
no tratan más que aquel día del negocio, y si son favorables, procuran aún
certificarse por agüeros: y también saben ellos adivinar por el vuelo y canto
de las aves. Mas es particular de esta nación observar las señales de
adivinanza, que para resolverse sacan de los caballos de esta manera. Estos se
sustentan del público en las mismas selvas y bosques sagrados, todos blancos y
que no han servido en ninguna obra humana, y cuando llevan el carro sagrado los
acompañan el sacerdote y el rey o príncipe de la ciudad, y consideran
atentamente sus relinchos y bufidos. Y a ningún agüero dan tanto crédito como
a éste, no solamente el pueblo, pero también los nobles y grandes, y los
sacerdotes; los cuales se tienen a sí por ministros de los dioses, y a los
caballos por sabedores de la voluntad de ellos. Observan, asimismo, otro agüero
para saber el suceso de las guerras importantes. Procuran coger, como quiera
que sea, uno de aquella nación con quien han de hacer la guerra, y le hacen
entrar en batalla con uno de los más valientes de los suyos, armado cada cual
con las armas de su tierra, y según la victoria del uno o del otro, juzgan lo
que ha de suceder
XI. Los
príncipes resuelven las cosas de menor importancia, y las de mayor se tratan en
junta general de todos; pero de manera que, aun aquellas de que toca al pueblo
el conocimiento, las traten y consideren primero los príncipes. Júntanse a
tratar de los negocios públicos, si no sobreviene de repente algún caso no
pensado, en ciertos días, como cuando es luna nueva, o cuando es llena; que
este tiempo tienen por el más favorable para emprender cualquiera cosa. No
cuentan por días, como nosotros, sino por noches. Y en esta forma hacen sus
contratos y asignaciones, que parece que la noche guía el día. Tienen esta
falta causada de su libertad, que no se juntan todos de una vez, ni al plazo
señalado, y así se suelen gastar dos y tres días aguardando los que han de
venir. Siéntanse armados y cada uno como le agrada. Los sacerdotes mandan que
se guarde silencio y todos los obedecen, porque tienen entonces poder de
castigar. Luego oyen al rey o al príncipe, que les hacen los razonamientos
según la edad, nobleza o fama de cada uno adquirida en la guerra, o según su
elocuencia, teniendo más autoridad de persuadir que poderlo de mandar. Si no
les agrada lo propuesto, contradícenlo haciendo estruendo y ruido con la boca;
pero si les contenta, menean y sacuden las frameas, dando con ellas en los
escudos que tienen en las manos. Que entre ellos es la más honrada aprobación
la que se significa con las anuas.
XII. Puede
cualquiera acusar en la junta a otro, aunque sea de crimen de muerte. Las penas
se dan conforme a los delitos. A los traidores y a los que se pasan al enemigo
ahorcan de un árbol, y a los cobardes e inútiles para la guerra y a los infames
que usan mal de su cuerpo ahogan en una laguna cenagosa, echándoles encima un
zarzo de mimbres. La diversidad del castigo tiene respeto a que conviene que
las maldades, cuando se castigan, se muestren y manifiesten a todos, pero los
pecados que proceden de flaqueza de ánimo débense esconder aun en la pena de
ellos. Por delitos menores suelen condenar a los convencidos de ellos en cierto
número de caballos y ovejas, de que la una parte toca al rey o a la ciudad, y
la otra al ofendido o a sus deudos. Eligen también en la misma junta los príncipes,
que son los que administran justiciaen las villas y aldeas. Asisten con cada
uno de ellos cien hombres escogidos de la plebe (18), que les sirven de
autoridad y consejo.
XIII. Siempre están armados cuando tratan alguna
cosa, o sea pública o particular, pero ninguno acostumbra traer armas antes
que la ciudad le proponga por bastante para ello a la junta, en la cual uno de
los principales, o su padre o algún pariente le adornan con un escudo y una
framea. Esta es entre ellos la toga y el primer grado de honra de la juventud.
Hasta entonces se tienen por parte de la familia, y de allí adelante de la
república. Eligen algunas veces por príncipes algunos de la juventud, o por su
insigne nobleza, o por los grandes servicios y merecimientos de sus padres. Y
éstos se juntan con los más robustos (19), y que por su valor se han hecho
conocer y estimar, y ninguno de ellos se corre de ser camarada de los tales y
de que los vea entre ellos; antes hay en la compañía sus grados más y menos
honrados, por parecer y juicio del que siguen. Los compañeros del príncipe (20)
procuran por todas vías alcanzar el primer lugar cerca de él; y los príncipes
ponen todo su cuidado en tener muchos y muy valientes compañeros. El andar siempre
rodeados de una cuadrilla de mozos escogidos es su mayor dignidad y son sus
fuerzas, que en la paz les sirve de honra y en la guerra de ayuda y defensa. Y
el aventajarse a los demás en número y valor de compañeros, no solamente les da
nombre y gloria con su gente, sino también con las ciudades comarcanas: porque
éstas procuran su amistad con embajadas, y los hombres con dones, y muchas
veces con sola la fama acaban las guerras, sin que sea necesario llegar a
ellas.
XIV. Cuando se viene a
dar batalla es deshonra para el príncipe que se le aventaje alguno en valor, y
para los compañeros y camaradas no igualarle en el ánimo. Y si acaso el
príncipe queda muerto en la batalla, el que de sus compañeros sale vivo de ella
es infame para siempre: porque el principal juramento que hacen es defenderle
y guardarle, y atribuir también a su galería sus hechos valerosos. De manera
que el príncipe pelea por la victoria y los compañeros por el príncipe. Cuando
su ciudad está largo tiempo en paz y ociosidad, muchos de los mancebos nobles
de ella se van a otras naciones donde saben que hay guerra, porque esta gente
aborrece el reposo, y en las ocasiones de mayor peligro, se hacen más
fácilmente hombres esclarecidos. Y los príncipes no pueden sustentar aquel
acompañamiento grande que traen sino con la fuerza y con la guerra: porque
de la liberalidad de su príncipe sacan ellos, el uno un buen caballo, y el otro
una framea victoriosa y teñida en la sangre enemiga. Y la comida y banquetes
grandes, aunque mal ordenados, que les hacen cada día les sirven por sueldo. Y
esta liberalidad no tienen de qué hacerla sino con guerra y robos. Y más
fácilmente los persuadirán a provocar al enemigo, a peligro de ser muertos o
heridos, que a labrar la tierra y esperar la cosecha y suceso del año. Y aún
les parece flojedad y pereza adquirir con sudor lo que se puede alcanzar con
sangre.
XV. Cuando
no tienen guerras se ocupan mucho en cazas, pero más en ociosidad, y en comer y
dormir, a que son muy dados. Ningún hombre belicoso y fuerte se inclina al
trabajo, sino que dejan el cuidado de la casa, y hacienda y campos a las mujeres
y viejos, y a los más flacos de la familia. Ellos tienen maravillosa diversidad
de naturaleza. ¡Que unos mismos hombres amen tanto la ociosidad y estar
holgado, y aborrezcan el reposo! Es costumbre en las ciudades que cada vecino
dé voluntariamente al príncipe cada año algún ganado o parte de sus frutos, y
aunque estos lo tienen por honra, con todo les viene bien para sus necesidades.
Estiman mucho los presentes de las gentes comarcanas, los cuales les envían, no
solamente los particulares, pero también las ciudades, y son caballos
escogidos, armas grandes, jaeces y collares: y nosotros también los hemos
enseñado a recibir dinero.
XVI. Cosa sabida es que ninguno de
los pueblos de Germania habita en ciudades cerradas, ni sufren que sus casas
estén arrimadas una a otras. Viven divididos y apartados unos de otros, donde
más les agrada, o la fuente, o el bosque, o el prado. No hacen sus aldeas a
nuestro modo, juntando y trabando todos los edificios: cada uno cerca su casa
con cierto espacio alrededor, o por remedio contra 1os accidentes del fuego, o
porque no saben edificar. No usan de paredes de piedras, ni de tejas, sino que
para todo se sirven de los materiales toscos, y sin procurar con el arte que
tenga hermosura, ni que puedan causar deleite. Cubren algunos lugares de una
tierra tan pura y resplandeciente que imitan la pintura y los colores. También
suelen hacer cuevas debajo de tierra, las cuales cubren con mucho estiércol,
que les sirven para retirarse en invierno y recoger allí sus frutos: porque los
defienden del rigor del frío, que con esto se abunda; y si alguna vez el
enemigo entra en la tierra, destruye y lleva lo que halla a mano, y no llega a
lo que está escondido y debajo de tierra, o por no saber dónde está, o por no
detenerse a buscarlo.
XVII. El vestido de todos ellos es un sayo o albornoz
que cierran con una hebilla, o no la teniendo, con una espina, o cosa
semejante, y sin poner otra cosa sobre sí, se están todo el día al fuego. Los
más ricos se diferencian en el traje, pero no traen el vestido ancho, como los
Sarmatas y Partos, sino estrecho, y de manera que descubre la hechura de cada
miembro. También traen pellejos de fieras, los que están cerca de la ribera del
Rhin, sin ningún cuidado de esto; pero los que viven la tierra adentro, con
más curiosidad, como quien no tiene otro traje aprendido con el comercio y
trato de los nuestros. Escogen las fieras, y las pieles que les quitan adornan
con manchas que les hacen, y con otras de monstruos marinos que engendra el
Océano más septentrional y el mar que no conocemos. Las mujeres usan el mismo
hábito que los hombres, sino que sus vestidos las más veces son de lienzo,
teñidos con labores de púrpura, y sin mangas, porque traen descubiertos los
brazos y las espaldas, y la parte también superior del pecho.
XVIII. Y con todo se guardan estrechamente entre
ellos las leyes del matrimonio, que es lo que, sobre todo, se debe alabar en
sus costumbres. Porque entre los bárbaros casi solos ellos se contentan con
una mujer, sino son algunos de los más principales, y eso no por apetito
desordenado, sino que por su mucha nobleza desean todos, por los casamientos,
emparentar con ellos. La mujer no trae dote: el marido se la da. Y los padres
y parientes de ella se hallan presentes, y aprueban los dones que la ofrece: y
no son cosas buscadas para los deleites y regalos femeniles, ni con que se
componga y atavíe la novia, sino dos bueyes y un caballo enfrenado, con un escudo,
una framea y una espada. Con estos dones recibe el marido a la mujer, y ella,
asimismo, presenta al marido algunas armas. Este tienen por el vínculo más
estrecho que hay entre ellos y por el sacramento y dioses de sus bodas. Todas
las cosas en el principio de sus casamientos están avisando a la mujer que no
piense que ha de estar libre, y no participar de los pensamientos de virtud, y
valor y sucesos de las guerras, sino que entra por compañera de los trabajos y
peligros del marido, y que ha de padecer y atreverse a lo mismo que él en paz y
en guerra. Esto significan los dos bueyes en un yugo y el caballo enjaezado y
las armas que la dan. Que de esta manera se ha de vivir y morir, y que lo que
recibe lo ha de volver bueno y entero como se lo dieron, a sus hijos, y que es
digno de que lo reciban sus nueras para que otra vez lo den a sus nietos.
XIX. Su
propia castidad las guarda, sin que las pervierta la vista y ocasiones de los
espectáculos y fiestas, ni los incentivos de los banquetes. Y no ayuda poco
que ni ellas ni los hombres saben leer ni escribir, ni usar del secreto de
esto para comunicarse. Hay pocos adulterios, aunque es la gente tanta. El
castigo se da luego, y está cometido al marido. El cual, después de haberla
cortado los cabellos en presencia de los parientes, la echa desnuda de casa y
la va azotando por todo el lugar (21). Tampoco se perdona a las que proceden
mal, aunque no sean casadas; que no hallará marido, puesto que sea hermosa,
moza y rica, porque ninguno allí se ríe de los vicios, ni se llama siglo el
corromper y ser corrompido. Y aun hacen mejor las ciudades donde solamente se
casan las doncellas, y una vez sola se cumple y pasa con el deseo y esperanza
de ser casada: de manera que como no tienen más de un cuerpo y una vida, así no
han de tener más que un marido, para que no tengan más pensamiento de casarse
ni más deseo de ello, y que no le amen como a marido, sino como a matrimonio.
Tiénese por gran pecado entre ellos dejar de engendrar y contentarse con cierto
número de hijos o matar alguno de ellos. Y pueden allí más las buenas
costumbres que en otra parte las buenas leyes.
XX. Andan
los niños en todas las casas sucios y desnudos, y vienen a tener aquellos
miembros y cuerpos tan grandes de que nos admiramos. Cada madre cría sus
hijos y les da leche, y no los entregan a esclavas ni amas. Con el mismo regalo
se crían los hijos de los esclavos que los del señor, sin que en esto se
diferencien los unos de los otros. Viven y andan todos juntos entre el ganado y
en la misma tierra, hasta que la edad divide los libres de los que no lo son,
y la virtud los da a conocer. Llegan tarde a mujeres, y por eso conservan más
largo tiempo la flor de la juventud. Tampoco se dan prisa en casar las hijas.
Gozan de la misma juventud, y tienen semejante grandeza de cuerpo, y júntanse
de una edad, y ambos fuertes, y así los hijos sacan las fuerzas de los padres.
A los hijos de la hermana se hace la misma honra en casa del tío que en la de
sus padres. Algunos piensan que este parentesco es el más estrecho e
inviolable, y cuando han de recibir rehenes los piden más que a otros; porque
les parece que estos les serán más firmes prendas, como más queridos, así en
la familia del padre como en la del tío. Todavía los hijos son herederos y sucesores
de los padres, y no hay entre ellos testamento. A falta de hijos suceden
primero los hermanos y luego el tío de parte de padre, y después el de parte
de madre. Los viejos en tanto tienen más gracia y favor, en cuanto tienen más
deudos y mayor número de parientes por afinidad. El no tener hijos no causa
respeto ni admiración.
XXI.
Es fuerza ser enemigo de los enemigos
del padre o pariente, y amigo de sus amigos. Pero no duran, sin poderse
aplacar, las enemistades; porque todos los agravios, y aun el homicidio, se
recompensan con cierto número de ganado (22), y toda la familia recibe la
satisfacción, cosa muy útil para el bien público, porque las enemistades entre
hombres que viven en libertad son más peligrosas. No hay nación más amiga de
fiestas y convites, ni que con mayor gusto reciba los huéspedes. Tiénese por
cosa inhumana negar su casa a cualquiera persona. Recíbelos cada uno con los
manjares que mejor puede aparejar según su estado y hacienda. Y cuando no tiene
más que darles, el mismo que acaba de ser huésped los lleva y acompaña a casa
del vecino, donde, aunque no vengan convidados (que esto no hace al caso), los
acogen con la misma humanidad, sin que se haga diferencia cuanto al hospedaje
entre el conocido y el que no lo es. Es costumbre entre ellos conceder
cualquier cosa que pida el que se parte, y la misma facilidad tienen en pedirle
lo que les parece. Huelgan de hacerse dádivas y presentes los unos a los otros;
pero ni zahieren los que dan, ni se obligan con los que reciben. Tratan
cortésmente a sus huéspedes en todo lo necesario para la vida.
XXII.
Luego, en levantándose de la cama, en que se están casi siempre hasta el día,
se lavan, y las más veces con agua caliente, por ser en aquella tierra lo más
del tiempo invierno. Después de lavados, se sientan a comer cada uno en su
asiento y mesa aparte, y habiendo comido se van armados a sus negocios; y de
esta manera también muchas veces a los banquetes. No tienen por afrenta gastar
el día y la noche bebiendo. Son muy ordinarias las riñas y pendencias, como
entre borrachos, que pocas veces se suelen acabar con palabras, y las más con
heridas y muertes. Y también tratan en los banquetes de reconciliarse los
enemigos, de hacer casamientos y elegir príncipes, y, en fin, muchas veces de
las cosas de la paz y de la guerra; como si en ningún otro tiempo, estuviera
el ánimo más capaz de buenos y sencillos pensamientos, ni más pronto y
encendido para grandes empresas. Y esta gente que de suyo no es astuta ni
sagaz, descubre también los secretos de su pecho con la licencia que le da el
lugar. Y aquello, que todos han descubierto y manifestado de su ánimo puede
retractarse el día siguiente, porque se tiene consideración y respeto con ambos
tiempos. Proponen y votan cuando no saben fingir, y resuelven y determinan
cuando no pueden errar.
XXIII. Hacen
una bebida de cebada y trigo, que quiere parecerse en algo al vino. Los que
habitan cerca de la ribera del Rhin compran éste. Sus comidas son simples:
manzanas salvajes, venado fresco y leche cuajada. Sin más aparato, curiosidad
ni regalos matan el hambre; pero no usan de la misma templanza contra la sed.
Y si se les diese a beber cuanto ellos querían, no sería menos fácil vencerlos
con el vino que con las armas.
XXIV.
Sus fiestas y juegos son siempre unos
mismos en cualquiera junta. Algunos mancebos desnudos que tratan de este
juego, se arrojan saltando entre las espadas y frameas. El ejercicio les ha
dado el arte para hacerlo bien, y el arte la gracia: pero no lo hacen por
ganancia o salario; aunque es precio y paga de aquella su temeraria lozanía el
gusto y aplauso de los que lo miran. Es mucho de maravillar que juegan los
dados estando templados, y entre las cosas de veras, con tanta codicia y
temeridad en ganar y perder, que cuando les falta que jugar, la última parada y
apuesta es la libertad y el cuerpo. El vencido se hace esclavo de su propia
voluntad, y aunque sea más mozo y más robusto se deja atar y vencer: que tanta
obstinación tienen en cosa tan mala, que ellos llaman guardar la fe y palabra.
Truecan de buena gana los esclavos de esta calidad por librarse también de la
vergüenza que causa tal victoria.
XXV. No se
sirven de los demás esclavos, como nosotros, empleando a cada uno en su oficio
de la casa: dejan a cada uno de ellos vivir aparte y que trabaje para sí; y el
señor les carga cierta pensión de grano, ganado o vestidos, como a un labrador;
y con esto no tiene el esclavo que obedecerle en más. Los otros oficios de la
casa hacen la mujer y los hijos. Pocas veces azotan a los esclavos, ni los
ponen en cadena, ni los condenan a trabajar. Suelen matarlos, no por castigo
ni severidad, sino cuando los ciega el enojo y la cólera, como pudieran hacerlo
con un enemigo, pero sin recibir pena por ello. Los libertos son poco más
estimados que los esclavos, y pocas veces tienen mando en casa de los amos y
nunca en las ciudades, salvo en aquellas gentes en que mandan reyes. Que allí
pueden más que los libres y más que los nobles. En todas las demás, la
desigualdad de los libertos sirve de conocer los que son libres.
XXVI.
Aquí no se sabe qué cosa es dar y tomar interés, ni acrecentar el caudal con
usuras, y por eso se usa menos que si fuera prohibido. Cada lugar toma tanta
tierra para labrar (23), cuando tiene hombres que la labren, y la reparten
después entre si, conforme a la calidad de cada uno, y es fácil la partición
por los muchos campos que hay. Mudan cada año heredades, y siempre les sobra
campo: porque no procuran acrecentar la fertilidad y cantidad de la tierra con
el trabajo e industria, plantando árboles, cercando prados y regando huertas.
Solo se contentan con que la tierra les de grano y así no reparten el año en
tantas partes. Conocen el invierno, primavera y estío, y saben sus nombres; el
del otoño no le saben ni sus bienes.
XXVII. Ninguna
ambición tienen en sus entierros. Solo que para quemar los cuerpos de los
hombres ilustres usan de cierta leña. No echan sobre la hoguera vestidos ni
cosas olorosas. Sólo queman con los muertos sus armas y con algunos sus
caballos. Hacen los sepulcros de céspedes. Y menosprecian los monumentos
grandes y de mucha obra, como enfadosos y pesados a los difuntos. Dejan presto
las lágrimas y llanto, y tarde el dolor y tristeza. Tienen por cosa honesta y
conveniente para las mujeres el llorar, y para los hombres el acordarse de los
difuntos. Esto es lo que, en general, he sabido del origen y costumbre de los
Germanos. Ahora diré de los institutos y usos de cada gente de ellos, y en qué
se diferencian los unos de los otros; y asimismo las naciones que de Germania
pasaron a las Galias.
XXVIII.
El divo Julio, príncipe de los autores,
escribe que antiguamente la potencia de los Galos fue mayor, y por esto es cosa
creíble que también ellos pasaron en Germania: porque, ¿cuánto era lo que podía
estorbar ni impedir el río para que cada nación, como fuese haciéndose
poderosa, no dejase sus tierras y ocupase las ajenas, que aún eran comunes y
no apartadas ni defendidas por la potencia de los reinos? Y así los Helvecios
ocuparon la tierra que hay entre la selva Hercinia y el río Meno y el Rhin, y
los Boyos pasaron más adelante, y ambas naciones son Galas. Y aún ahora dura el
nombre de Boyasmo (24), que es memoria de aquella nación, aunque los que le
habitan son ya otros. Es cosa incierta si los Araviscos, dividiéndose de los
Osos (25), que es nación de Germania, pasaron a Panonia, o si los Osos, dejando
a los Araviscos, vinieron a Germania: porque ambas gentes tienen aún ahora el
mismo lenguaje y las mismas ordenanzas y costumbres, y porque viviendo
antiguamente con una gran pobreza y libertad eran unos mismos los bienes y los
males de la una ribera y de la otra. Los Treveros y los Nervios (26) desean y
procuran con grande ambición que su origen sea de Germania, como si por esta
gloria de la casta dejaran de parecerse a los Galos en el talle y en la
flojedad. Los Vangiones, Trebocos y Nemetes (27), que habitan la ribera del
Rhin, sin duda son Germanos. Ni los Ubios tampoco, aunque merecieron ser
colonia de los Romanos y se llamen de mejor gana Agripinenses (28), del nombre
de su fundadora, se avergüenzan de su origen, que es de los Germanos. Que
habiendo éstos pasado antiguamente el Rhin, por las muchas pruebas que hubo de
su fidelidad, los pusieron sobre la misma ribera, no para ser guardados, sino
para que la guardasen de los demás.
XXIX. Los
Batavos (29) son los más valerosos de estas naciones. No tienen mucha tierra en
la ribera del Rhin, pero ocupan una isla de él. Antiguamente fue pueblo de los
Catos, y por las disensiones que hubo entre ellos, pasó a estas tierras, para
hacerse en ellas parte del imperio romano. Quédales la honra y el testimonio de
la compañía antigua, porque no los tratan con menosprecio como a vencidos con
la carga de los tributos, ni los cogedores los molestan y maltratan. Viven
libres de cargas y de imposiciones, y solamente apartados de los demás para el
uso de las batallas, se guardan y reservan como armas para las guerras. Este
mismo reconocimiento hacen los matíacos (30). Que la grandeza del pueblo romano
llegó a extender la reverencia y respeto del imperio más allá del Rhin y de los
términos antiguos. Y así, aunque viven de la otra parte en su ribera y
términos, con todo eso se nos inclina su ánimo y voluuntad. Y en todo lo demás
son semejantes a los Batavos, salvo que, como gente que goza del suelo y cielo
de su tierra, son más animosos y feroces. No contaré entre los pueblos de
Germania los que cultivan los campos decimales (31), aunque tengan su asiento
de la otra parte del Rhin y del Danubio. La gente más liviana y perdida de los
Galos, y a quien daba osadía su pobreza, ocupó estas tierras de dudosa
posesión; y como después se alargaron los términos del imperio y los presidios
se pasaron más adelante, se hallan ahora en medio de él y son tenidos por
parte de la provincia.
XXX. Más
adelante de éstos habitan los Catos, comenzando su asiento desde la selva
Hercinia, no en lugares tan llanos ni pantanosos como las otras naciones, en
que se extiende Germania, sino que hay collados que duran por mucho espacio, y
que también van siendo menos poco a poco, y todos ellos están dentro de la
selva Hercinia, fuera de la cual no poseen nada. Son los de esta nación dé
cuerpos más robustos y de miembros rehechos, y de aspecto feroz y de mayor
vigor de ánimo. Tienen mucha industria y astucia para entre Germanos: porque
dan los cargos a los mejores, obedecen a sus capitanes, guardan sus puestos,
conocen las ocasiones, difieren el ímpetu, reparten el día, fortifícanse de
noche, cuentan la fortuna entre las cosas dudosas y la virtud entre las
seguras y ciertas, y lo que es más raro, y que no se alcanza sino por razón de
la disciplina militar, hacen más fundamento en el capitán que en el ejército.
Toda su fuerza consiste en la infantería, la cual, además de las armas, lleva
también su comida y los instrumentos de hierro para las obras militares. Los
otros Germanos parece que van a dar batalla y los Catos a hacer guerra. Hacen
pocas correrías y escaramuzas, y peleas casuales. Esto es propio de la
caballería, hacer presto su efecto y retíranse presto. La prisa anda cerca del
temor y la dilación de la constancia
XXXI. Lo
que entre las otras naciones de Germania se hace pocas veces, y eso por la
osadía de algunos, entre los Catos está ya introducido por común
consentimiento dé todos; y es que los mancebos dejen crecer el cabello y la
barba, y que no se quiten aquella figura de la cara y cabeza, como voto y
obligación que hacen a la virtud, sino es sabiendo muerto algún enemigo. Cuando
han cumplido su deseo y voto, puestos sobre la sangre y despojos del enemigo,
descubren la frente y dicen que entonces han satisfecho a la obligación de
haber nacido y que son dignos de su patria y de sus padres. Los flojos, flacos
y cobardes, y que son inútiles para la guerra, quedan siempre con aquella
suciedad. Los más valientes traen también un anillo de hierro, que es cosa
afrentosa para aquella gente, como por prisión, hasta desatarse de ella con
haber muerto algún enemigo. Son muchos de los Catos los que gustan de este
traje; y con esta insignia llegan a encanecer, y son mirados y respetados de
los enemigos y de los suyos. Estos son siempre los que comienzan las batallas.
De éstos se forma siempre el primer escuadrón, nuevo en la vista, porque ni
aún en tiempo de paz se les quita ni disminuye aquel aspecto horrible ,y
espantoso. Ninguno de ellos tiene casa o heredad, ni cuidan de ello: donde
quiera que llegan los reciben y sustentan, pródigos de los bienes ajenos y
despreciadores de los propios, hasta que con la vejez pierden la sangre y con
ella se reducen a estado de no poder llevar tan áspera y rigurosa virtud.
XXXII. Tras los Catos están los Usipios
y los Tencteros (32) a la ribera del Rhin, donde ya lleva tanta madre que puede
servir de término. Los Tencteros, demás de la reputación que han alcanzado en
la guerra, tienen grande ventaja en la caballería, la cual no es menos estimada
que la infantería de los Catos. Sus antepasados lo instituyeron y los descendientes
los imitan. Estos son los juegos de los niños, las competencias de los
mancebos, en que perseveran aun después de viejos. Danse los caballos por parte
de la herencia, pero no como las demás cosas al hijo mayor, sino, al que se
muestra feroz y mejor para la guerra.
XXXIII.
Tras los Tencteros se seguían antiguamente los Bructeros, cuyas tierras se
dice que ocupan ahora los Camavos y Angrivarios (33), habiendo echado de ellas
y destruido totalmente a los Bructeros, con consentimiento de las naciones
comarcanas, o por el odio que les tenían por su soberbia, o por codicia de la
presa, o por favor particular que nos han querido hacer los dioses. Porque aún
no nos negaren el espectáculo de la batalla, en que murieron sesenta mil de
ellos, sin que interviniesen las armas de los Romanos, sino para gusto y
recreación de nuestros ojos, que es cosa más magnífica y gloriosa. Plegue a
los dioses, si estas gentes no nos han de amar, que haya entre ellos siempre
grandes aborrecimientos; pues que declinando los hados del imperio, ninguna
cosa mayor nos puede dar la fortuna que discordias entre los enemigos.
XXXIV.
Los Dulgivinos y Casvaros (34) con otras naciones no tan nombradas
cierran por las espaldas a los Angrivarios y Camavos, y por la frente los
reciben los Frisones, que se llaman mayores y menores según son más o menos
poderosos. Estas dos naciones se van extendiendo junto al Rhin hasta el Océano,
y rodean también grandísimos lagos, por donde han navegado armas romanas. Y
tambIén por aquella parte tentamos con la navegación el mismo Océano (35). Y
la fama publicó que había adelante columnas de Hércules (36); o sea que él
haya llegado a aquellas partes, o que todas las cosas grandes, de común
acuerdo, las atribuimos a su gloria. No faltó osadía a Druso Germánico para
averiguarlo, pero estorbáronselo las tempestades; de manera que parece que no
quiso el Océano que se inquiriesen sus cosas ni las de Hércules. Después, acá,
ninguno lo intentó, y ha aparecido más religioso y más conforme a la reverenda
que debemos a los dioses creer sus obras que querer saberlas.
XXXV.
Hasta aquí tuvimos conocimiento de Germania por el Occidente. Hacia el
Septentrión hace una grande vuelta. Desde los Frisios comienzan luego los
Chaucos (37), que ocupan mucha costa del mar y se van extendiendo al lado de
todas las naciones que he nombrado, hasta que revuelven hacia los Catos. Y no
solo son señores los Chaucos de tan grande espacio de tierras, sino que las
hinchen. Este es un pueblo el más noble de toda Germania y que quiere más
conservar su grandeza con justicia que con fuerza; viven quietos y retirados,
sin codicia y sin mal apetito; no buscan guerras, ni hacen robos ni
latrocinios. Y el mayor argumento de su virtud y fuerzas es que, para ser
superiores a todos, no hacen agravio a ninguno. Verdad es que tienen siempre
todos prontas las armas. Y siendo necesario pueden armar ejército, porque
tienen gran cantidad de hombres y de caballos. Y estando sosegados y en paz,
tienen la misma fama y reputación.
XXXVI. Al lado de los Chaucos y de los
Catos habitaban los Cheruscos (38), los cuales, no siendo acometidos de nadie,
gozaron largo tiempo de una demasiada paz, y que los fue marchitando. Y esto
les fue más gustoso que seguro. Porque el estar sosegados entre vecinos
poderosos e insolentes es sosiego falso: donde se procede por armas, la bondad
y modestia son los nombres de los superiores. Y así los Cheruscos, que
antiguamente llamaban buenos y justos, los llaman ahora necios, flojos y
cobardes, y la fortuna de los Catos, que los sujetaron, se convirtió en
sabiduría. La ruina de los Cheruscos llevó tras sí a los Fosos (39), sus
vecinos, y vinieron a ser igualmente compañeros suyos en las adversidades,
habiendo sido menores en las prosperidades.
XXXVII. Los Cimbros (40) están en aquel
mismo seno de Germania, cercanos al Océano, y es ahora ciudad pequeña, pero
de grande nombre. Y vense grandes rastros de su antigua fama; y en ambas riberas
hay ruinas de alojamientos y espacios de ellos, por cuyo circuito ahora también
podríase medir la grandeza y multitud de su gente y creer que tuvieron aquel
grande ejército que se dice. Corría el año seiscientos y cuarenta de la
fundación de nuestra ciudad cuando se oyó hablar la primera vez de las armas de
los Cimbros, siendo cónsules Cecilio Metelo y Papirio Carbon. Y si desde
entonces contamos hasta el segundo consulado de Trajano, hallaremos casi
doscientos y diez años, y tantos ha que vamos conquistando a Germania. Y en el
medio de tan largo siglo ha habido grandes daños y pérdidas de una parte y de
otra. De manera que ni los Samnitas, ni los Cartagineses, ni las provincias de
España, ni las de las Galias, ni aun los Partos no nos dieron más avisos de la
flaqueza humana, ni nos mostraron más veces que no éramos invencibles; porque
más dura y dificultosa cosa es de vencer la libertad de los Germanos que el
reino de Arsaces (41). Porque, ¿con qué otra cosa nos puede dar en rostros el
Oriente abatido por Ventidio, sino con la muerte de Craso, habiendo también
él perdido a Pacoro, su rey a manos del mismo Ventidio? Pero los Germanos, habiendo
preso o desbaratado a Carbon, y Casio y Scauro Aurelio, y Servilio Cepion,
quitaron juntamente cinco ejércitos consulares al pueblo romano, y también a
César (Augusto), a Varo y tres legiones. Y no los maltrataron y vencieron sin
recibir daño Cayo Mario en Italia, el divo Julio en las Galias y Druso, Nerón y
Germánico en sus propias tierras. Y después de esto se convirtieron en burla y
escarnio las grandes amenazas de Cayo César (42). Desde entonces hubo
ociosidad, y no se movieron hasta que con la ocasión de nuestra discordia y de
las guerras civiles, habiendo ganado los alojamientos donde invernaban las
legiones, desearon y procuraron también sujetar las provincias de las Galias,
de donde después fueron echados. Y poco tiempo ha se triunfó de ellos sin
haberlos vencido (43).
XXXVIII. Ahora
hemos de decir de los Suevos (44), los cuales no son una gente sola, como los
Catos o los Tencteros, sino muchas y diferentes naciones, y con propios
nombres cada una, aunque en común se llaman Suevos y ocupan la mayor parte de
Germania. La insignia de esta gente es enrizarse el cabello y atarle con un
nudo. Con esto se diferencian los Suevos de los demás Germanos, y los libres
de ellos de los esclavos. Entre las otras gentes se usa poco esto, sino algunos
que han emparentado con los Suevos, o por imitarlos, como se suele, pero ninguno
lo hace pasados los años de la mocedad. Los Suevos, aun después de canos, andan
con el cabello en aquella forma, que causa horror, echado atrás sobre las
espaldas, y muchas veces le atan solamente en lo alto de la cabeza. Los
príncipes le traen con más curiosidad, y este cuidado tienen de la compostura
de su rostro, pero sin mala intención ni culpa; porque no se adornan de esta
manera para amar o ser amados, sino que habiendo de ir a las batallas, piensan
que con traer el cabello, levantado en esta forma han de causar terror al
enemigo cuando pusiere los ojos en ellos.
XXXIX. Los
Semnones (45) dicen que son ellos los más antiguos y más nobles de los Suevos, y
confírmase la fe de su antigüedad con la religión. Que en cierto tiempo
del año se juntan todos los pueblos de aquella nación por sus embajadores en un
bosque consagrado de sus antepasados con supersticiones y agüeros, y matando
públicamente un hombre por sacrificio, celebran con esto los horribles
principios de su bárbaro rito. Reverencian, asimismo, este bosque sagrado con
otra ceremonia. Que ninguno entra en él sino atado, como inferior, y mostrando
y confesando en eso la potestad de Dios. Y si acaso cae, no es lícito
levantarse, y se ha de ir revolcando por el suelo. Y toda esta superstición se
endereza a mostrar que de allí ha tenido origen su gente, y que Dios, señor de
todos, habita allí y que todas las demás cosas están sujetas y obedientes.
Añade autoridad a esto la multitud de los Semnones, porque habitan cien
ciudades y por su grandeza se tienen por cabeza de los Suevos.
XL. Y,
por el contrario, ennoblece a los Longobardos (46) su poco número: porque
estando, rodeados de muchas y muy belicosas naciones, se conservan y están
seguros, no con sumisión y obediencia, sino con batallas y peligros, y
poniéndose en ellos. Los Reudignos, Aviones, Anglos, Varinos, Eudoses,
Suardones y Nuitones (47) están cercados y amparados de ríos y de bosques.
Ninguno de ellos, tiene en particular cosa notable. Todos en común adoran a
Hertha, que significa la Madre Tierra, la cual piensan que interviene en las
cosas y negocios de los hombres y que entra y anda en los pueblos. En una isla
del Océano hay un bosque llamado Casto, y dentro de él un carro consagrado
cubierto con una vestidura: no es permitido tocarle sino a un sacerdote. Este
conoce cuándo la diosa está en aquel secreto, y con mucha reverenda va
siguiendo el carro, que tiran vacas. Son días alegres y regocijados y lugares
de fiesta tordos aquellos donde tiene por bien llegar y hospedarse. Y no tratan
de cosas de guerra (48), ni toman las armas, y todo género de ellas está encerrado,
y solamente se conoce y ama la paz y quietud, hasta que el mismo sacerdote
vuelve la diosa a su templo, harta y cansada de la conversación de los
hombres. Y luego se lava en un lago secreto el carro y la vestidura, y la
misma diosa, si así lo quisieres creer. Los esclavos sirven en esto, los cuales
traga luego el mismo lago: de donde les viene a todos un oculto terror y una
santa ignorancia de que pueda ser aquello que ven solamente los que han de
perecer.
XLI. Y
esta es la parte de los Suevos, que se extiende más adentro de Germania. La
más cercana ciudad (para seguir ahora el Danubio, como antes seguí el Rhin), es
la de los Hermunduros (49), gente fiel a los Romanos, y por eso ellos solos
entre les Germanos negocian y tratan no solamente en la ribera, pero más
adentro, y hasta en la insigne, y famosa colonia de la provincia de Retia.
Pasan por todas partes sin llevar guarda. Y siendo así que a las otras naciones
de Germania enseñamos solamente nuestras armas y los alojamientos, a éstos
abrirnos nuestras casas y heredades, que no las codician. En la tierra de los
Hermunduros nace el río Albis (50), tan celebrado y conocido en otro tiempo,
pero ahora no más que de oídas.
XLII.
Junto a los Hermunduros habitan los Nariscos, y luego los Marcomanos y los
Cuados (51). La principal gloria y fuerza son las de los Marcomanos, y ganaron
con su valor la misma tierra que poseen, echando de ella a los Boyos; pero no
degeneran de ellos los Nariscos y los Cuados. Esta es la frontera de Germania
por la parte que la ciñe el Danubio. Los Marcornanos y Cuados tuvieron hasta el
tiempo de nuestra memoria (52) reyes de su misma gente. Fué noble
entre ellos el linaje de Maroboduo y Tudro. Ahora sufren ya imperio de extranjeros,
pero la fuerza y poder de sus reyes depende de la autoridad romana. Pocas veces
los ayudamos con nuestras armas, pero muchas más con dinero.
XLIII. No son menos poderosos (53) los
Marsignos, Gotinos, Osos y Burios, que cierran por las espaldas los
Marcornanos y Cuados (54). De los cuales los Marsignos y Burios se parecen a
los Suevos en el traje y lengua. Los Gotinos por la lengua gálica que hablan y
los Osos por la panónica muestran no ser Germanos, y también porque sufren tributos:
parte de ellos les cargan los Sarmatas y parte los Cuados, como a extranjeros.
Los Gotinos, aún por avergonzarlos más, trabajan en las minas de hierro. Tienen
todos estos pueblos poca tierra llana; pero hicieron asiento en bosques y en
las cumbres de los montes; porque éstos se continúan hasta el fin de Suevia y
la dividen por medio. De la otra parte de estas montañas viven otras muchas
gentes, entre las cuales la de los Ligios (55), es la de mayor nombre y que se
extiende por más ciudades. De que bastará referir las más poderosas, que son
los Arios, Helveconas, Manimos, Elisios, Naharvalos. En la tierra de los
Naharvalos hay un bosque de antigua religión a cargo de un sacerdote que anda
con vestido femenil. Los dioses de él, según la interpretación romana, dicen
ser Castor y Pólux, y el nombre de aquella deidad es Alcis. No tienen ningunas
imágenes suyas, ni hay rastros algunos de superstición extranjera, pero son
adorados como hermanos y como mozos. Y los Arios, demás de aventajarse en
fuerzas a los pueblos que hemos nombrado poco ha, siendo feroces, ayudan su
fiereza natural con el arte y con el tiempo. Traen los escudos negros y los
cuerpos teñidos y escogen las noches más oscuras para las batallas; y con el
mismo terror y figura de este ejército funeral causan espanto, no pudiendo
ninguno de los enemigos sufrir aquella nueva vista y como infernal. Porque los
ojos son los primeros que se vencen en las batallas. Tras los Ligios siguen los
Gotones (56), a quien mandan reyes; y aunque están algo más sujetos que las
demás naciones de Germania, no les han quitado aún del todo la libertad. En la
costa del Océano habitan los Rugios y Lemovios (57); y todas estas gentes
obedecen a reyes y usan de escudos redondos y espadas cortas.
XLIV. Y luego en el
mismo Océano tienen sus ciudades los Suyones (58), gente poderosa en soldados
y armadas. Sus navíos se diferencian de los nuestros en que tienen proa por
ambas partes para poder por cualquiera llegar a abordar y a tierra. No usan de
velas, ni llevan los remos atados por los costados, sino sueltos y libres, como
en algunos ríos, para poderlos mudar al lado que fuese menester. También entre
ellos tienen honra y estimación las riquezas, y por esto los manda uno solo; no
por permisión suya y por el tiempo que les parece, sino con absoluto poder,
sin excepción alguna. Y no se les permite, como a los demás Germanos, el uso de
las armas indiferentemente (y que cada uno las traiga y tenga en su casa), sino
que están cerradas, y con guarda, y éste esclavo. Porque el Océano prohíbe las
entradas y acometimientos repentinos de enemigos; y verdaderamente los hombres
con armas en las manos están ociosos, fácilmente se dan al vicio y causan
desórdenes. Y no es provechoso para los reyes entregar la guarda de las armas
al noble ni al libre, ni aun al libertino.
XLV. Más
allá de los Suyones hay otro mar tan perezoso (59), y que casi no se mueve; y
se cree que es el que cerca y ciñe la redondez de la tierra porque después de
puesto el sol se ve siempre aquel su resplandor, que deja hasta que vuelve a
nacer, de manera que oscurece las estrellas. Y también hay opinión que se oye
el ruido que el sol hace al zabullirse en el Océano, y que se ven las figuras
de los dioses y los rayos de la cabeza; y es la fama que hay, y verdadera, que
hasta allí y no más llega la naturaleza. En. la costa del mar Suevico, a mano
derecha, habitan los Estios (60). Los cuales tienen los ritos y hábitos de los
Suevos, y en la lengua se parecen más a la de los Bretones. Adoran a la Madre
de los dioses. Y por insignia de su superstición traen unas figuras de
jabalíes. Y esto a los que reverencian la diosa sirve de armas y de seguridad y
defensa, aun entre los enemigos. Usan poco de hierro y mucho de bastones. Y
trabajan más y con más cuidado y sufrimiento en cultivar la tierra y sembrar
granos y otros frutos que lo que acostumbra la pereza de los demás Germanos.
Navegan también por el mar, escudriñando sus secretos. Y ellos solos cogen en
los bajíos y en la misma costa el ámbar amarillo, que llaman gleso. Pero como
son bárbaros nunca han procurado saber, ni hallado lo que es ni cómo se
engendra. Y aún mucho tiempo lo solían dejar entre las otras inmundicias que la
mar echa, hasta que nuestro apetito y superfluidad le puso nombre y estimación.
Ellos no lo usan; cógenle tosco, y como le han hallado nos le traen, sin darle
otra figura ni forma, y maravíllanse del precio que reciben por él. Pero bien
se puede entender que es licor de algún árbol porque muchas veces se echan de
ver en medio de él algunos animalejos y avecillas, que habiéndosele pegado se
quedan después allí encerrados cuando se endurece la materia. Yo creería que,
como en algunas partes secretas del Oriente se hallan arboledas que producen el
incienso y el bálsamo, así también haya árboles más fértiles en las selvas y
bosques de las islas y tierra firme del Occidente, cuyos licores, sacados por
los rayos del sol que tienen cerca, vienen a caer en la mar junto a ellos, de
donde las tempestades y vientos los echan en las otras costas que están
enfrente. Si se aprueba la naturaleza del ámbar pegándole fuego, hallaremos que
se enciende corno tea y hace una llama grasa y olorosa, y después se ablanda y
derrite, quedando como pez y resina. Confinan con los Suyones las gentes de los
Sitones (61), los cuales se les parecen en todo lo demás, y sólo se
diferencian en que los señorea una mujer: que tanto como esto degeneran, no
solamente de la libertad, sino de la servidumbre misma. Aquí es el fin de
Suevia.
XLVI. Estoy
en duda si pondré las naciones de los Peuicinos, Venedos y Fennos (62), entre
los Sarmatas o entre los Germanos, aunque los Peucinos, a que algunos llaman
Bastarnas, viven como los Germanos en la lengua y hábito, y asiento y casas.
La suciedad y entorpecimiento es común a todos. Y habiendo los principales de
ellos emparentado con los Sarmatas (63), se han corrompido algo, haciéndose a
su manera de vida. Los Venedos han tomado mucho de sus costumbres, porque,
como salteadores, corren todos los montes y sierras que hay entre los Peucinos
y los Fennos. Pero con todo eso se cuentan éstos más por Germanos, porque
fabrican casas, y traen escudos, y se huelgan de caminar a pie, y son ágiles;
todo lo cual es diferente en los Sarmatas, que viven en carros y andan a
caballo. Los Fennos tienen una horrible fiereza y una pobreza cruel. No tienen
armas, ni caballos, ni casas; susténtase con hierba, vístense de pieles y la
tierra les sirve de cama. Consiste toda su esperanza en las flechas, las
cuales, a falta de hierro, arman con huesos. Los hombres y mujeres se
sustentan de la caza, que ellas de ordinario los acompañan y les piden parte de
ella. Los niños no tienen otro refugio ni acogida contra el agua y las fieras,
sino algunas enramadas con que se cubren y amparan; a ellas se vuelven los
mozos y a ellas se recogen los viejos. Y les parece esto mayor felicidad que
cansarse y gemir labrando los campos y fabricando las casas, y traer, entre la
esperanza y el miedo, los bienes propios y ajenos. Y viviendo seguros para con
los hombres y seguros para con los dioses, han alcanzado una cosa
dificultosísima, que aún no tengan necesidades del deseo. Lo demás que se
cuenta de la tierra y gente que habita más allá de las que he dicho, todo es
fabuloso; como decir que los Helusios y Oxionas tienen las cabezas de hombres
y los cuerpos y miembros de fieras. Y así dejaré de tratar de esto, como cosa
que no está averiguada.
NOTAS
(1) Uno de los documentos más antiguos y
sin disputa el de mayor importancia e interés, que han llegado a nosotros
relativos a la vida y costumbres de la Germania en el tránsito del conocimiento y colonización por Roma, es este del insigne historiador Cayo
Cornelio Tácito.
Es
un relato vivo sobre fuentes vivas. El autor opera con materiales directos: sus
observaciones, que salpica de comentarios sustanciosos, están llenas de
virilidad e interés. Los hechos llegan a la retina, y de la retina al cerebro,
con tensión de primera magnitud. Los juicios que produce el choque son
elocuentes, certeros e intencionados, aunque la intención revista, las más de
las veces, un sentido de acritud, que, casi siempre, es manifestación de
sinceridad. Según todas las investigaciones que conocemos, los hechos son
exactos y puede asegurarse con fundamento, que el padre del autor, sino él
mismo, lo que es más verosímil, fue procurador de Roma en Bélgica, y que a este
observatorio llegaron en detalle las noticias y datos que de manera magistral
utiliza, y que se hallan refrendados con la máxima calidad por todos los
espurgos que han podido hacerse a lo largo de los siglos y que prueban de
manera definitiva la exactitud material de los hechos. “En cuanto a su calor
moral –dice Carlos Coloma–, Tácito pintó a los Germanos como Montaigne y
Rousseau a los salvajes, en un acceso de mal humor contra su patria. Su libro
es una sátira de las costumbres romanas, el arranque de un patriota filósofo
que cree encontrar la virtud donde no halla ni la vergonzosa molicie, ni la
depravación sabia de una sociedad decrépita. No se crea sin embargo que era
todo falso, moralmente hablando, en esta obra inspirada por el enojo: la
imaginación de Tácito es esencialmente robusta y veraz”, o, como dice Guizot en
su Historia de la civilización en
Francia, “cuando quiere
simplemente describir las costumbres germanas, sin alusión al mundo romano,
sin comparación, sin deducir de ellas ninguna consecuencia general, es
admirable y se puede dar entero crédito no sólo al dibujo, sino al color del
cuadro: nunca ha sido pintada la vida bárbara con más vigor y más verdad
poética. Únicamente cuando le asalta la idea de Roma, cuando habla de los
bárbaros para avergonzar a sus conciudadanos, es cuando su imaginación pierde
su independencia, su natural sinceridad y derrama un color falso sobre sus
cuadros.” Estas mismas fuerzas encontradas por los autores citados señalan,
ponen de manifiesto, antes que aminoran, el vigor de los asertos de Tácito.
Quizá uno de los valores perfectamente esenciales que animan la creación de
Tácito, es este choque violento entre lo absolutamente real –los hechos– y su
pensamiento íntimo, con respecto a su mundo y a su pueblo.
(2) La primera de estas dos comarcas estaba
situada desde el nacimiento del Danubio a la orilla del Rhin. La otra, a la
derecha del primero de estos ríos, es parte de lo que luego formó los
territorios de Hungría y Alemania.
(3) Los Dacios son parte integrante de la gran
familia de los Tracios y ocupaban las tierras al Norte del Danubio y al Este de
la Germania, de la que estaban separadas por uno de los ramales de los
Kárpatos. Al Norte de los Dacios estaban los Sarmatas, nación esclava que se
extendía de un lado a lo largo del Vístula hasta el Báltico, y del otro hasta
el Tanais y el Volga, ocupando lo que fue Polonia y buena parte de Rusia.
(4) Sin duda se refiere al grupo de Dinamarca y
Escandinavia. La deficiencia en los estudios geográficos que puede
presumirse en la época, hacía que fuese señalado como una isla.
(5) Alude a las incursiones de los
hijastros de Augusto, Tiberio y Druso.
(6) El nombre de esta montaña ha evolucionado y ahora se denomina Alienaiser Gelirge. Es parte integrante
de la Selva Negra.
(7) Denominación de que nace la de Teutones,
con que se designa a los alemanes.
(8) Vivían en las costa del mar Océano
hasta la Jutlandia. Según Plinio pueden contarse entre ellos a los Cimbrios,
Teutones y Caucos. Coloca a los Istevones cerca del Rhin y entre los Hermiones,
los Suevos, Hermanduros, Catos y Querurcos.
(9) Asburgo, en el Rhin.
(10) Denominación griega de Asciburgio.
(11) Nórica: A lo largo de la
orilla meridional del Danubio, desde la embocadura del Inn hasta el monte
Cetio, que se mete en un recodo que hace el primero de estos ríos después de
pasar Viena. Cerca la parte superior del curso del Drave, abrazando lo que
luego fué Carintia y Estiria, teniendo por el Sur, los Alpes, como límite.
Nórico, o Nórica, pasó a ser provincia romana bajo el dominio de Augusto.
(12) Pequeños cuernos.
(13) Serrati:
Monedas de plata cortadas en forma de sierra, que ostentan un carro tirado
por dos caballos, que recibe el nombre de Bigati.
(14) No concuerda la
redacción de este pasaje en los diferentes textos que conozco. Posiblemente la
versión más justa con el original debiera ser: y preguntarles si las traen.
(15) El mismo Tácito se refiere a ella en el
libro IV de las Historias.
(16)
Pudiera entenderse que alude con cierto humor envenenado a la decisión del
Senado, que colocaba entre las diosas a Drusilla, hermana de Calígula, y a la
hija de Poppea y Nerón.
(17) En
Roma, Grecia y Egipto, Isis era tenida como una de las divinidades del mar más
representativas, estando designada en infinidad de inscripciones con el nombre
de Pelagia. Esto explica
suficientemente por qué los Germanos la representaban bajo la forma de buque.
Es verosímil que el culto de Isis fuese llevado a la Galia por los Fenicios,
Doricos y Foceos, de donde, con posterioridad, pudo pasar a Germania.
(18) Sin duda el
autor tuvo una confusión al designar esta institución, que tiene, no obstante,
todos los caracteres del comitatus, en
vez de comites, que parece ser el
sentido que, definida o equivocadamente, pretende darles y que rectifican
algunos autores.
(19)
Montesquieu, amplía esta noticia en la introducción y comentario al Espíritu de las leyes.
(20) “Entre los
Germanos –dice el autor antes citado– había vasallos y no feudos, porque los
príncipes no tenían tierras que darles; o por mejor decir, los feudos eran
caballos de batalla, armas y comidas. Había vasallos porque había hombres
fieles que estaban ligados por su palabra, que estaban obligados a la guerra y
que prestaban poco mas o menos los mismos servicios a que estuvieron después
sujetos por los feudos”. (Espíritu de las
leyes, libro XXX, capítulo III).
(21) Los
conquistadores Germanos llevaron a las Galias esta costumbre, que, todavía en
el siglo XV era conservada con cierta precisión.
(22) El derecho criminal de la Edad Media conservó
esta costumbre, que era una especie de rescate de sangre por las culpas
cometidas y castigos impuestos.
(23)
César amplía esta información en su Bello
Galico.
(24) Se deriva de Boii y empleado en
este lugar significa morada de los Bojos. En alemán se utiliza únicamente
como adverbio y equivale indistintamente a nuestra casa o mansión, derivándose
de Heim.
(25) El mismo Tácito afirma que pertenecen a
la raza panonia, siendo esta la única noticia que se tiene de este pueblo: De
los Arabiscos habla Plinio diciendo que habitaban en las orillas del Save y el
Drave.
(26) Ocupaban el país de Tréveris, desde el Moza
al Rhin. Los Nervios tenían su sede en parte de la Galia y Bélgica, en el lugar
que ocupan Tournai y Cambrai.
(27) Habitaban en la región de Worms y Espira, los segundos
cerca de Estrasburgo, y los terceros aguas abajo en la corriente del Rhin. Se
tienen noticias de que los tres grupos sostuvieron luchas reiteradas y muy
violentas contra Roma.
(28) Lleva el nombre de la hija de Germánico,
Agripina, mujer de Claudio, que fundó una colonia de Roma, en la sede de los
Urbios, donde hoy está enclavada Colonia.
(29) Cuando César conquistó la tierra los
encontró ya señoreándola, entre el Mosa y el Valh. Se desconoce en qué tiempo
tuvo lugar la emigración a estos lugares.
(30) Ocupaban el lado derecho del Rhin, en la
márgenes del Lahn, el Mein y el Eder.
(31) Tributo
que pagaban a los romanos para que éstos les defendieran de las incursiones de
los Germanos. Con seguridad no ha podido ser localizada la tierra que
ocuparon, aunque algunos historiadores afirman ser en las cercanías de
Francfort, Agchaffenbeurg –donde se hallan restos de murallas que se presumen
de sus fortificaciones– y Wisbaden.
(32) Vivían por bajo de Colonia, en la parte
inferior del Rhin.
(33) Los críticos –dice Coloma– creen encontrar
el nombre de los primeros en el de Hamm, orillas del Lippe; y el de los
últimos en el de Angría, o ducado de Eugern.
(34) Cerca de las fuentes de Lippe en las márgenes del Weser.
(35) Conocían y habían explorado el mar del Norte
antes que Germánico, Druso y Tiberio.
(36) Era
costumbre muy generalizada colocar columnas de Hércules, donde se creía hallar
el limite de la tierra.
(37) Eran
dueños de las costas del Océano, desde la embocadura del Ema hasta la del Elba.
(38)
Moraban entre el Leine, el Aler y el Weses. Se re fiere a la selva de
Teutoburgo, en que Varo y sus tres legiones hallaron muerte y que estaba
enclavada en el terreno ocupado por dicha tribu.
(39) Posiblemente vivían en el Hildesheim, cerca
del Fuse.
(40) Cuando Ptolomeo les menciona, les coloca en el
Norte del Jutland, que denomina Quersoneso Címbrico. A la que puede presumirse,
Tácito los sitúa más cerca del río Elba, quizá por catalogar con este nombre
todas las tribus ocupantes de aquella península, que entonces era muy poco
conocida, y que se extendían hacia los países de Holstein y Siesswig.
(41) Fundó, arrancándole a la dominación de
los Seleucidas, el reino de los Partos.
(42) La ingenua y un tanto ridícula expedición de
Calígula, es aludida aquí con humor envenenado.
(43) El mismo Tácito, en la Agrícola hace mofa del éxito de
Domiciano, que hizo ostentación de victorias que nunca llegó a obtener.
(44)
Llama Suevos a todos los pueblos que moraban entre el Oder y el Elba, hasta
Escandinavia.
(45) Tenían sus moradas entre el Oder, el Vartha,
el Vístula y el Elba, extendiéndose en parte de Brandeburgo, Silesia, Misnia y
Sajonia.
(46) Durante el reinado de Augusto, Tiberio les
obligó a retirarse de las cercanías del Elba. Se cree que las tierras que
sucesivamente ocuparon en una y otra margen, fue una parte del ducado de
Magdeburgo y de la Marca Media. Hacia 568-72, el rey Aboin, abandonó Panonia,
donde había estado su pueblo 42 años, y conquistó la parte superior de Italia,
fundando el reino de los Lombardos, que aniquiló, dos siglos más tarde,
Carlomagno.
(47) De
todos los pueblos que Tácito enumera, sólo se tienen noticias históricas de los
Anglos. De los otros únicamente ha llegado el nombre a nuestros días. No
obstante puede afirmarse que ocupaban el Oder, el Elba y el Báltico, en lo que
luego fue Meklemburgo y una gran porción de Hoigstein.
(48) Sin duda esto no es otra cosa que la vieja
costumbre germana, de la que muy bien puede derivarse la tregua de Dios, al
decir de algunos historiadores, aunque bien pudieran ser pura coincidencia en
la semejanza.
(49)
Habitaban una parte de Bohemia y de Misnia.
(50) Creemos que se refiere a las
expediciones de Druso. bajo el imperio de Augusto.
(51) Los Nariscos poblaban parte de Baviera,
desde Bohemia y el Danubio. Los Marcomanos, Bohemia, de la que habían echado a
los Boios. Los Cuados tenían para si Moravia y una gran extensión de Austria,
comprendida entre el Danubio y Moravia.
(52) Las palabras de Tácito –dice Coloma– Usque
ad memoríam nostram, no significan
hasta el tiempo en que él escribía, esto es en 98 ó 99, sino hasta en el que se
conservaba el recuerdo. En 99 hacia ya mucho tiempo que los Marcomanos no
tenían reyes de su nación. Deben explicarse las palabras de Tácito por los
hechos que él mismo cuenta en sus Anales,
y de los cuales resulta que desde el año 20 de la Era cristiana, los
Marcomanos obedecían a Vililio, rey de los Suevos Hermonduros.
(53) Ya con anterioridad ha tratado de estos
pueblos y se ha reseñado su situación en las notas.
(54) Es
casi seguro que ocupaban los Marignos una parte de Silesia, y, los Getinos, a
su derecha. Los Osos debían ocupar una parte de Galitzia y quizá una parte de
la alta Silesia y las mencionados en último lugar las cercanías de lo que luego
fue Moravia.
(55) En
las márgenes del Vístula.
(56)
Cerca del mismo Vístula y más al Sur de los Estieros y de los Venetos.
(57) De
los primeros puede afirmarse que han dado su nombre a la ciudad de Rugenwalde,
en Pomerania, y a la isla de Rugen. De los Lemovios se carece de noticias.
(58)
Algunos autores afirman que los Suyones son ascendientes directos de los Suici o Suecos. “Esta idea, bastante
verosímil –dice el mismo Coloma– conduce, naturalmente, a buscar a los Suyones
en la Suecia, o cuando menos en sus provincias menos apartadas, tales como las
de Escania, Halland, Wertregotia, y en las islas de Dinamarca.”
(59)
“Probablemente –afirma Coloma– el canal de Jutlandia y la parte del mar del
Norte que baña la Noruega al Oeste. En los lugares de que habla Tácito se veía
el sol al ocultarse y durar toda la noche la luz del crepúsculo, observación
que conviene perfectamente a la altura de los belts, donde en los largos días de verano el sol desciende tan sólo
a once grados debajo del horizonte, y las noches son iluminadas por el
crepúsculo.”
(60) En las márgenes de Occidente del golfo de
Dantzick.
(61) Los
Sitones, cuyo nombre se halla en el de Suevos, eran pobladores de Escandinavia.
No eran parte integrante de la raza sueva, ni cimbia, pueblos éstos a los que
en tiempos remotísimos obligaron a desplazarse, parte hacia Occidente y parte
al Norte. Andando el tiempo se fundieron con las tribus suevas y con los Godos,
que dejaron residuos raciales en la isla de Gotlandia.
(62) Ocupaban el Este del Vístula y fuera de las
fronteras germanas.
(63) Este nombre
reemplaza al de Escitas, y se aplicó, como éste a un gran número de pueblos
derramados entre los Kárpatos, el Bajo Danubio y el Ponto Euxino, extendiéndose
a la derecha hacia el Cáucaso y el Volga, y a la izquierda en todo el Noroeste
de Europa hasta el Báltico.

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