© Libro No. 651. El Hombre del Tiempo. Thomas, Theodore
l. Colección E.O. Marzo 15 de 2014.
Título original: © EL HOMBRE DEL TIEMPO. THEODORE L. THOMAS
Versión Original: © EL HOMBRE DEL
TIEMPO. THEODORE L. THOMAS
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© Edición, reedición y
Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
EL HOMBRE DEL TIEMPO
THEODORE L. THOMAS
Y el
nombre "Oficina del Tiempo" continuó siendo utilizado, aunque la
organización en sí cambió de forma.
El
Congreso del Tiempo se componía de tres secciones. En primer lugar había la
sección política, el Consejo del Tiempo. En segundo lugar, la sección
científica, los Asesores del Tiempo. Y finalmente la sección ejecutiva, la
Oficina del Tiempo. Las tres secciones eran relativamente independientes, y
cada una de ellas...
ENCICLOPEDIA
COLUMBIA, trigésimo segunda edición. Publicaciones de la Universidad de
Columbia.
Jonathan
H. Wilburn abrió los ojos e inmediatamente notó la tensión en el día.
Permaneció tendido en la cama, intrigado, buscando la fuente de aquella
sensación. No era más que el comienzo de otro día en Palermo. Los ruidos de la
calle eran normales, su apartamento estaba tranquilo y él se encontraba
perfectamente Era eso. Se encontraba bien, muy bien, lleno de vigor y pletórico
de ideas, y con la impresión de estar preparado para todo lo que pudiera
ocurrir.
Con un
solo movimiento apartó la manta a un lado y se levantó de un salto. No estaba
mal para un hombre que había cumplido los cincuenta la semana anterior. Entró
en el cuarto de baño, se duchó y, después de vestirse, permaneció inmóvil en el
centro de la habitación. La tensión no habla desaparecido. Se peinó y, mientras
se estaba poniendo la americana, supo lo que le ocurria.
En un
momento determinado de su sueño, aquella noche, había decidido que tenía que
hacer algo. Acababa de cumplir los cincuenta años, se había labrado
cuidadosamente una buena reputación, y habla llegado todo lo lejos que podía
llegarse en el curso normal de los acontecimientos. Había llegado el momento de
empujar, de aventurarse. Para alcanzar la cumbre en política hay que
aventurarse.
Wilburn
terminó de ponerse la americana. Se sonrió a sí mismo en el espejo. Ahora sabía
por qué el día era distinto. Pero conocer el motivo no disminuía la tensión. A
partir de aquel momento, viviría sumergido en ella. A partir de entonces, su
existencia seria una perpetua vigilia, al acecho de una oportunidad favorable.
Durante
un cuarto de siglo se había movido cautelosamente, planeando cada uno de sus
movimientos, asegurándose del éxito antes de dar un paso. Había trepado
lentamente los empinados caminos de la política: la Cámara, el Senado, las
Naciones Unidas, una embajada, varias presidencias provisionales, y,
finalmente, el más escogido de los organismos, el Congreso del Tiempo. Su
reputación estaba labrada, era conocido como un brillante y hábil diplomático,
poseedor de una habilidad especial para hacer coincidir los más encontrados
pareceres. Había creado una atmósfera amistosa entre los doscientos miembros
del Consejo del Tiempo. Pero en política, como en todo, cuanto más alto se
trepa, más difícil resulta la ascensión. Wilburn acababa de darse cuenta de que
durante los últimos cuatro años no había hecho el menor progreso. Y había
cumplido los cincuenta.
Jonathan
Wilburn desayunó con su esposa. Harriet era una mujer sensata, poseída de su
papel de esposa de un miembro del Consejo del Congreso del Tiempo.
Inmediatamente se dio cuenta de que su marido estaba tenso como un alambre, y
se apresuró a servirle una taza de café. Mientras Wilburn sorbía el café, su
esposa le aderezó unos huevos fritos con su salsa preferida, al tiempo que
comentaba las noticias que publicaba el periódico de la mañana. WHburn desayunó
en silencio, gruñendo un monosílabo de cuando en cuando. Luego besó a Harriet y
salió a dar un paseo.
Bajo el
suave aire siciliano, se sintió muy complacido de la fortaleza de sus piernas.
Allá a lo lejos podía ver la cúpula del edificio principal del Consejo, y el
verla le recordó el problema que le preocupaba. Pero, al pensar en él, sabía
que no había nada que pudiera prever por anticipado. Sería algo que tendría que
aprovechar en el momento en que se produjera. Y tendría que permanecer alerta
para reconocerlo cuando llegara.
Wilburn
dio por terminado su paseo y se dirigió al Consejo.
Entró en
el Gran Vestíbulo por la escalinata norte, y caminó a lo largo de la pared
oriental hacia su propio despacho. Un grupo de visitantes eran conducidos a
través del Gran Vestíbulo por un guía uniformado, que les describía las
maravillas que encerraba. Cuando el guía vio llegar a Wilburn, interrumpió su
conferencia para decir:
- Y
avanzando hacia nosotros, a la izquierda, vemos al Consejero Wilburn, de un
Distrito occidental de los Estados Unidos, del cual habrán oído hablar todos
ustedes y cuya intervención en el debate que va a celebrarse hoy para decidir
si se corta el envío de agua sobre la zona septentrional de Australia, será
decisiva.
Los
visitantes se detuvieron, empujándose unos a otros ante la inesperada presencia
de un personaje de tanta categoría. Wilburn sonrió y agitó una mano en amistoso
saludo, y esto les emocionó todavía más, pero no se detuvo a hablar con ellos.
Por las observaciones del gula sabía que en el grupo no figuraba ninguno de sus
electores; se lo hubiera advertido, a fin de que pudiera obrar en consecuencia.
Wilburn sonrió para sí: un representante tiene muchas ventajas sobre un simple
candidato de representante.
Un poco
más adelante se encontró con el Consejero Georges DuBois, de la Europa Central.
DuBois dijo:
-¿Ha
decidido ya cómo va a votar en el problema australiano, Jonathan?
- Me
inclino por el sí, pero todavía no lo he decidido. ¿Y usted?
- Me
encuentro en el mismo caso - dijo DuBois, sacudiendo la cabeza -. Es un asunto
muy peliagudo. Me preocupa la posibilidad de hacer sufrir a unos hombres. Y
mucho más la posibilidad de que los que sufran sean mujeres y niños.
Caminaron
unos pasos en silencio, y en el preciso instante de separarse, Wilburn dijo:
- Mi
esposa siempre está de acuerdo con lo que yo hago, George.
DuBois le
miró, pensativo, unos instantes y luego dijo:
- Sí,
comprendo lo que quiere decir. Las mujeres cometen los mismos errores que los
hombres, y merecen el mismo castigo. Sí, esta idea me ayudará, en caso de que
vote afirmativamente. Le veré a usted en el Consejo.
Se
despidieron con un silencioso gesto de mutuo respeto y comprensión. DuBois era
uno de los Consejeros que calibraba en todo su alcance la terrible
responsabilidad que pesaba sobre los hombros de la sección política del
Congreso del Tiempo.
Wilburn
saludó con un gesto a su personal cuando cruzaba la oficina exterior. Una vez
en su despacho, se ocupó de los asuntos pendientes. El pequeño montón de
documentos apilados en el centro de su escritorio disminuyó rápidamente a
medida que los iba cogiendo, dictaba las palabras que debían resolverse acerca
de su contenido y los dejaba caer en otro montón.
Estaba
terminando, cuando una amable voz masculina dijo a través del altavoz:
-¿Dispone
usted de unos minutos para dedicarlos a un amigo?
Wilburn
sonrió y se puso en pie para ir a abrir la puerta de su oficina, donde esperaba
ya el Consejero Gardner Tongareva. Los dos hombres se estrecharon la mano, y
Tongareva se instaló cómodamente en una de las butacas de Wilburn. Era un
hombre de piel amarillenta, un polinesio, viejo, arrugado y sensato. Llevaba
unos pantalones anchos y usados. Su pelo era blanco, y su rostro tenía una
expresión afectuosa. Tongareva era uno de aquellos raros hombres cuya sola
presencia pone sonrisas en los rostros de sus compañeros y paz en sus
corazones. Era un hombre que ejercía una gran influencia en el Consejo
únicamente en méritos de su personalidad.
Su
distrito se hallaba a 15-30 grados de latitud norte y 150-165 grados de
longitud este, es decir, la extensión de quince grados de longitud y quince de
latitud que correspondía a los distritos de cada uno de los otros Consejeros.
Pero, en el caso de Tongareva, la zona habitada era muy pequeña. La única
porción de tierra que había en toda la región era la isla Marcus, de una milla
cuadrada de superficie y habitada por cuatro personas. Una población irrisoria,
comparada con los 100 millones de personas que vivían en el distrito de
Wilburn, situado a 3045 grados de latitud norte y 75-90 grados de longitud
oeste. Sin embargo, una y otra vez, cuando eran contados los votos obtenidos
por los doscientos Consejeros, se hacía evidente que Tongareva había influido
sobre un gran porcentaje del mundo entero.
Wilburn
se retrepó en su asiento y preguntó:
-¿Ha
llegado ya a una decisión acerca del problema australiano, Tongareva?
El
anciano asintió.
- Sí.
Creo que no nos queda otra alternativa que la de someterles a un año de sequía.
Los hijos rebeldes tienen que ser castigados, y durante dos años esa gente ha
insistido en mantener una actitud egoísta y petulante. Lo que está en juego
ahora, Jonathan, es el prestigio del Congreso del Tiempo y su autoridad sobre
los pueblos del mundo. Los habitantes de Queensland y del Territorio
Septentrional son una gente muy difícil. No creen que estemos dispuestos o
podamos castigarles controlando el agua que reciben. Tienen que ser castigados
inmediatamente, a fin de evitar que otros pueblos del mundo imiten su conducta.
Tal como están ah~ ra las cosas, un año de sequía bastará. Verán interrumpida
su insolente prosperidad. Más adelante, podría ser necesario hacerles sufrir, y
ninguno de nosotros desea que las cosas lleguen a ese extremo. Sí, Jonathan,
votaré a favor de la sequía australiana.
Wilburn
asintió sobriamente. Ahora estaba casi seguro de que el voto del Consejo sería
a favor del castigo. La mayoría de los Consejeros parecían considerarlo
necesario, aunque se mostraban reacios a causar sufrimientos. Pero cuando
Tongareva expusiera sus puntos de vista tal como acababa de hacerlo,
terminarían las vacilaciones.
Wilburn
dijo:
- Estoy
de acuerdo con usted, Gardner. Ha expresado usted de un modo claro lo que la
mayoría de nosotros pensamos del asunto. Votaré con usted.
Tongareva
no dijo nada, pero continuó mirando fijamente a Wilburn. No era una mirada
desconcertante; nada (le lo que hacía Tongareva era desconcertante. Finalmente,
el anciano dijo:
- Esta
mañana parece usted un hombre distinto, amigo mío. Durante las últimas tres
semanas he notado un cambio en usted. Creo que ha resuelto lo que le
preocupaba, y me alegro. No - levantó una mano, al ver que Wilburn se disponía
a hablar -, no diga nada. Cuando me necesite, me tendrá a su disposición. - Se
puso en pie -. Y, ahora, tengo que ir a discutir la situación australiana con
otros Consejeros.
Sonrió y
se marchó antes de que Wilburn pudiera decir nada.
Wilburn
le contempló mientras se alejaba, maravillado de Ja intuición de Tongareva.
Sacudió la cabeza, como para sobreponerse a sus propias impresiones, y se
dirigió a Ja sala de visitas para recibir a la docena de personas que esperaban
verle.
- Lamento
mi retraso - les dijo -, pero esta mañana hay un poco de marea en el Consejo,
como creo que ya sabrán ustedes. Les ruego que me perdonen por no recibirles
por separado, pero dentro de unos instantes nos avisarán para la reunión. No he
querido perder la ocasión de verles, aunque sólo sea por unos instantes. Espero
que esta tarde o mañana por la mañana podremos hablar con más extensión.
Y Wilburn
estrechó la mano a todos sus visitantes, fijando en su mente el nombre de cada
uno de ellos. Había dos que no eran electores: se trataba de cabilderos que
representaban los distritos septentrionales australianos, e inmediatamente
empezaron a protestar por la posibilidad de que se tomaran medidas punitivas
contra aquellos distritos.
Wilburn
levantó la mano y dijo:
-
Caballeros, este asunto no puede ser discutido aquí. Escucharé los argumentos
en pro y en contra en la Sala del Consejo, y en ninguna otra parte. Esto es
todo.
Sonrió,
disponiéndose a marcharse. Pero el más joven de los dos cabilderos le cogió del
brazo y se encaró con él, diciendo:
- Tiene
usted la obligación de escucharnos. Aquella pobre gente va a sufrir por los
actos de unos cuantos de sus cabecillas. No puede usted...
Wilburn
dio un violento tirón para librar su brazo, se acercó rápidamente a la pared y
pulsó un botón. El cabildero palideció y dijo:
-¡Oh! No
pretendía causarle ningún daño, Consejero. Le ruego que no presente ninguna
protesta contra mí. Por favor...
Dos
hombres con el uniforme del Congreso del Tiempo aparecieron en la puerta. La
voz de Wilburn era tranquila y su rostro se mantenía impasible, pero sus ojos
brillaban como cristales de hielo. Se dirigió a los guardias:
- Este
hombre me ha agarrado del brazo tratando de obligarme a escuchar sus argumentos
sobre asuntos que son de la competencia del Consejo. Presento una protesta
contra él.
Todo
ocurrió con tanta rapidez, que el resto de los visitantes apenas podían
recordar exactamente lo que había sucedido. Pero el fichero electrónico entró
en funciones, y Wilburn supo que el cabildero no podría poner nunca más los
pies en el edificio del Congreso del Tiempo. El otro cabildero dijo:
- Lo
lamento, Consejero. Me siento responsable de la conducta de mi compañero; es un
novato.
Wilburn
asintió y se disponía a decir algo, pero en aquel momento se oyó una especie de
repiqueteo musical y el Consejero cambió de parecer. Dirigiéndose a todos los
presentes, dijo:
- Les
ruego que me perdonen. Tengo que ir inmediatamente a la Sala del Consejo. Si lo
desean, pueden presenciar la sesión desde el Auditorio de los Visitantes.
Gracias por su visita, y espero que en otra ocasión podremos charlar más
extensamente.
Agitó una
mano, sonrió y se encaminó a su oficina.
Pasó una
rápida revista a su personal para comprobar si estaban preparados para el
asunto del día. Todos conocían perfectamente el papel que debían desempeñar en
el próximo debate. A continuación, Wilburn se dirigió a la Sala, pasando por el
vestíbulo público de modo que pudiera ser visto. Cuando se acercaba a la puerta
principal, varios periodistas solicitaron de él unas palabras, pero se negó a
pronunciarlas; lo único que deseaba era ocupar su pupitre y empezar a trabajar.
Cruzó la
puerta y el amplio vestíbulo que conducía a la Sala. Entró en la inmensa
estancia y avanzó por el pasillo central en dirección a su pupitre. En la Sala
había ya unos cuantos Consejeros, y cuando el ujier pronunció el nombre de
Wilburn, levantaron la mirada y le dirigieron un saludo. Wilburn agitó la mano
y continuó avanzando hacia su pupitre, situado en un lugar preferente. Se sentó
y empezó a pulsar los interruptores que le pondrían en contacto con todo lo que
iba a suceder. Inmediatamente, brilló una lucedta indicando que uno de los
Consejeros presentes deseaba hablar con él. El Consejero Hardy, del distrito
165-180 longitud oeste y 3045 latitud sur - que incluía a la mayor parte de
Nueva Zelanda -, le dijo:
- Bien,
Jonathan, ¿ha hablado usted ya con Tongareva?
- Sí,
George.
-¿Votará
de acuerdo con él?
- Sí,
aunque antes de decidirme definitivamente quiero oír todos los argumentos en
contra. ¿Y usted?
Se
produjo una breve pausa, y luego:
-
Probablemente votaré en contra, a menos que alguien exprese el desagrado del
Consejo por votar en favor de la sequía.
-¿Por qué
no lo expresa usted, George?
- Tal vez
lo haga. Gracias, Jonathan.
Y cortó
la comunicación.
Wilburn
miró a su alrededor y, como siempre, se sintió un poco impresionado por lo que
veía. Era algo más que las formidables hileras que formaban los doscientos
pupitres, la regia silla del Presidente, el gran tablero mural que señalaba el
estado del tiempo en aquellos instantes en todas las partes de la superficie
terrestre. En aquella enorme sala había una especie de aura captada por todos
los hombres que entraban en ella para trabajar o, simplemente, de visita. El
destino de la Tierra se decidía allí desde hacía cincuenta años. De aquella
Sala surgían las decisiones que controlaban el mundo.
El
Congreso del Tiempo era el supremo organismo de la Tierra, capaz de someter a
su voluntad a los Estados, naciones, continentes y hemisferios. ¿Qué dictador,
qué país, ~(> día sobrevivir después de una sequía absoluta de un año de
duración? ¿O qué dictador, qué país podía sobrevivir sumergido debajo de
cincuenta pies de nieve y hielo? El Congreso del Tiempo podía helar el río
Congo o secar el Amazonas. Podía inundar el Sahara o la Tierra del Fuego. Podía
deshelar la tundra, y aumentar o disminuir a voluntad los niveles de los
océanos. Y allí, en aquella Sala, se habían tomado t(> das las decisiones
políticas, y la Sala parecía haber retenido algunos de los sentimientos que
habían sido expresados durante los últimos cincuenta años, desde los tormentosos
días de antaño, hasta el más estabilizado y reflexivo presente. Era una Sala
poderosa, y hacia sentir su poder a los que se sentaban en ella.
Muchos
Consejeros habían ocupado ya sus asientos. Se oyó otro repiqueteo, y los
Consejeros empezaron a ser informados de las reclamaciones acerca del tiempo.
El Secretario leía los informes, y sus palabras eran audibles desde todos los
pupitres gracias a un diminuto altavoz. Al mismo tiempo, las reclamaciones por
escrito aparecían en una enorme pizarra. De este modo, los Consejeros podían
atender a otras obligaciones mientras se enteraban de los informes.
La
primera reclamación, como de costumbre, procedía de los Amigos de los Cactus:
pedían menos lluvia y más sequía en el Valle de la Muerte, para evitar la
extinción del Barrel Cactus.
Wilburn
estableció comunicación con el pupitre de Tongareva y dijo:
-¿Con
cuántos Consejeros ha hablado usted, Gardner?
- Con
unos cuarenta, Jonathan. Hablé con un grupo muy numeroso mientras tomaban una
taza de café.
-¿Ha
hablado usted con Maitland?
Se
produjo una larga pausa. Maitland se oponía siempre a todo lo que procedía de
Wilburn. Su distrito era el 60-75 longitud oeste y 30-45 latitud norte,
contiguo al de Wilburn, e incluía las ciudades de Nueva York y Boston. Maitland
no se recataba en afirmar que consideraba a Wilburn inadecuado para la
influyente posición que ocupaba en el Consejo.
- No -
dijo finalmente Tongareva, y Wilburn pudo ver cómo sacudía su enorme cabeza -,
no he hablado con Maitland.
Wilburn
cortó la comunicación, y escuchó y miró. El presidente de Bolivia se quejó de
que la región contigua a Cochabamba se estaba enfriando más de lo debido. El
alcalde de Avigait, Groenlandia, afirmó que la cosecha de maíz era aquel año un
diez por ciento más baja, debido a un exceso de dos pulgadas de lluvia y a la
superabundancia de nubes. Wílburn asintió; éste era un caso que debía ser
tratado seriamente, y pulsó un botón de su pupitre que llevaba la indicación
"Favorable", para asegurarse de que el asunto seria discutido por el
Consejo en pleno.
Sonó su
teléfono. Era un elector que solicitaba su presencia en la reunión anual del
Combined Rotary Club que iba a celebrarse el 27 de octubre. Wilburn consultó a
su secretario para asegurarse de que tenía libre aquella fecha. La respuesta
fue afirmativa.
-
Encantado - dijo Wilburn, aceptando la invitación -. Le agradezco la
oportunidad que me brinda de ponerme en contacto con ustedes.
Sabía que
no habla estado en aquella zona desde hacia un año, y que no le convenía
mantenerse tan desconectado de sus electores.
Un
granjero de Gatrun, Libia, deseaba un control más eficaz sobre el agua de su
vecino, a fin de que todas sus cosechas tuvieran la misma altura.
A
continuación se celebró una conferencia entre media docena de Consejeros para
discutir el orden de las intervenciones acerca de la situación australiana.
Mientras lo decidían, Wilburn anotó una petición procedente de Ceilán para que
permitieran el cultivo del arroz en algunas zonas, con la consiguiente
regulación pluviométrica. Wilburn pulsó el botón "Favorable".
Decidieron
que Georges DuBois, de la Europa Central, presentara la resolución en favor de
la sequía, en términos adecuadamente renuentes.
Un tal
George Andrews, de Holtville, California, deseaba ver caer la nieve antes de
morir, hecho que se produciría muy en breve. Comprendía lo anormal de su
petición, ya que estaban en pleno julio, pero se encontraba imposibilitado de
abandonar la zona semitropical de Holtvílle.
Tongareva
apoyaría la resolución, y luego escucharían los argumentos que presentaran los
Consejeros de los distritos australianos para oponerse a las medidas punitivas.
La ciudad
de Estocolmo, puerto marítimo, solicitaba un aumento adicional de quince
centímetros del nivel del mar Báltico. Kobdo, Mongolia, se quejaba de dos
desastrosos aludes producidos por el exceso de nieve caída. Y en aquel preciso
instante, los cabellos de la nuca de Wilburn empezaron a erizarse.
Se irguió
en su asiento y miró a su alrededor para tratar de localizar la fuente de
aquella extraña sensación. Le Sala era un hervidero de actividad, como de
costumbre. Wilburn se puso en pie, pero no consiguió ver nada más. Se dio
cuenta de que Tongareva le estaba mirando. Se encogió de hombros, volvió a
sentarse y clavó los ojos en el juego de luces de su pupitre. La extraña
sensación persistió. ¿A qué se debía? Wilburn se agarró al borde de su pupitre,
cerró los ojos y se obligó a pensar. ¿Cuál era el origen de su excitación? ¿El
problema australiano? No, no era eso. Era..., era algo relativo a los informes
presentados al Consejo acerca del tiempo. Abrió los ojos, dio marcha atrás a la
pequeña pantalla y volvió a leer todos los informes.
Aludes,
nivel del mar Báltico, nieve en la California meridional, cultivo de arroz en
Ceilán, el granjero de Libia, el alcalde... ¡Un momento! Ya lo tenía, de modo
que volvió a dar marcha atrás y lo leyó lentamente.
George
Andrews, de Holtville, California, deseaba ver caer la nieve antes de morir, y
no podía abandonar la zona semitropical del sur de California. Cuanto más lo
miraba, más le parecía haber encontrado lo que necesitaba. Tenía
"impacto": la petición final de un moribundo. Seria difícil: nunca se
había oído hablar de nieve en julio en la California meridional; Wilburn no
sabía siquiera si sería factible. Era una petición extravagante, casi absurda;
el Consejo no se había enfrentado nunca con una petición como aquélla. Cuanto
más pensaba en el asunto, más convencido estaba de haber encontrado una causa
por la cual arriesgar su carrera. La población mundial le apoyaría en sus
esfuerzos. Recordó el hecho de que los Presidentes de los Estados Unidos
buscaron la popularidad mostrando un ocasional interés por algún individuo sin
la menor importancia. Si fracasaba, lo más probable sería el final de su
carrera política, pero tenía que aventurarse. Y el nombre de
George
Andrews despertaba en Wilburn un vago recuerdo que no conseguía precisar, algo
que le había impulsado inconscientemente a fijarse en aquella petición. No
importaba. Había llegado el momento de poner en acción todas las fuerzas de que
disponía.
Estableció
contacto con su oficina y cortó todos los demás circuitos. Dijo:
- Estoy
considerando la posibilidad de apoyar la petición de George Andrews. - Hizo una
pausa para permitir que su secretario digiriera la noticia; una sonrisa asomó a
sus labios al pensar en la expresión de sorpresa de su interlocutor al otro
lado del hilo; nunca le había oído decir nada tan absurd~»~. Recojan todos los
informes posibles acerca de George Andrews. Asegúrense de que su petición está
hecha de buena fe y de que no se trata de una trampa para un ingenuo Consejero
como yo. De un modo especial, comprueben si existe alguna relación entre George
Andrews y el Consejero Maitland. Pónganse en contacto con Greenberg, de la
sección científica, para que les informe de las posibilidades que existen de
provocar una nevada en el sur de California en pleno mes de julio y en una zona
sumamente limitada. Obtenida la respuesta, hablen con la Oficina -probablemente
Hechmer-, y comprueben las posibilidades que hay de llevar la idea a la
práctica. Necesito todos estos datos... inmediatamente.
Wilburn
miró a su alrededor. Las reclamaciones y peticiones habían terminado, y el
Consejero Yardley había abandonado su pupitre para ocupar su puesto de
Presidente.
-
Disponen ustedes de cuatro horas para reunir toda la información - continuó
Wilburn-. En marcha, y buena suerte. Esta vez vamos a necesitarla.
Mientras
Wilburn ponía la investigación en marcha, las llamadas a su pupitre se habían
acumulado. Empezó a ocuparse de ellas en tanto que el Presidente Yardley
reclamaba la atención del Consejo, anunciando que iba a empezar el debate sobre
la situación australiana. A continuación, el Consejero DuBois presentó la
resolución en favor de la sequía, expresando el profundo pesar que
experimentaba el Consejo al reclamar aquella medida punitiva, que se habla
hecho necesaria para salvaguardar los principios del Congreso del Tiempo. Un
buen discurso, pensó Wilburn. La sinceridad de Du-Bois era evidente, y cuando
leyó el texto de la resolución, había lágrimas en sus ojos y su voz era
temblorosa. Luego tomó la palabra el primero de los Consejeros australianos
para oponerse a la resolución.
Wilburn
conectó el receptor portátil, marcó la señal que indicaba que estaba escuchando
a través del receptor y salió de la Sala. Muchos de los otros Consejeros
hicieron lo mismo, y la mayoría de ellos se encaminaron al Restaurante Privado
de los Consejeros, donde podrían tomarse una taza de café sin ser molestados
por los electores, periodistas, cabilderos o cualquiera de una multitud de
organizaciones. Sorbieron su café, mordisquearon pastelillos y hablaron. La
conversación giraba alrededor de la próxima votación, y era fácil comprobar que
las opiniones eran casi unánimes en favor de la resolución. Los Consejeros
hablaban en voz baja, a fin de poder seguir el curso de los argumentos que se
esgrimían en la Sala; cada uno de los Consejeros llevaba su receptor portátil y
escuchaba a través del diminuto micrófono colocado detrás de una oreja. Poco a
poco, la charla fue haciéndose más ruidosa, como si se hiciera evidente que el
Consejero Australiano era incapaz de presentar más argumentos que los gastados
de no causen-sufrimientos y concédannos-otra-oportunidad. El resultado de la
votación estaba fuera de toda duda.
Wílburn
regresó a la sala. Se levantó a pronunciar un breve discurso en favor de la
resolución, expresando su pesar por la necesidad de tomar tal medida. Luego,
mientras los argumentos en pro y en contra empezaban a llegar a su término, se
presentaron las primeras informaciones acerca de George Andrews.
George
Andrews tenía ciento veintiséis años, estaba enfermo del corazón y los médicos
no le hablan concedido más allá de seis semanas de vida. No existía la menor
relación entre Andrews y el Consejero Maitland. Wilburn interrumpió para
preguntar:
-¿Quién
ha comprobado eso?
- Jack
Parker - fue la respuesta.
Parker
era uno de los investigadores más sagaces del distrito, y Wilburn anotó
mentalmente que el miembro de su personal que había acudido a Jack Parker para
aquella investigación tenía que ser gratificado. Por lo menos, Wilburn podia
ahora tomar una decisión sin el temor de caer en una trampa política. Pero el
informe continuó:
- Como
usted seguramente sabrá, Andrews estuvo a punto de convertirse en uno de los
hombres más famosos del mundo hace un centenar de años. Durante una temporada
pareció que Andrews se llevaría la fama de haber inventado las naves sesiles,
pero finalmente fue derrotado por Hans Daggensnurf. Hubo algunas personas que
insistieron en afirmar que Andrews fue el verdadero inventor, y que políticos
deshonestos, abogados comprados, corporaciones sin escrúpulos y dinero sucio,
se aliaron para quitarle de en medio. El nombre "naves sesiles" era
el nombre que Andrews dio a las naves solares, y ha permanecido. A nadie se le
ha ocurrido llamarlas "naves Daggensnurf".
Wilburn
supo ahora el motivo de que su subconsciente le hubiera hecho fijarse de un
modo especial en la petición de George Andrews. Andrews había sido el George
Seldon de la industria del automóvil, el William Kelly del llamado
procedimiento Bessemer para el acero. Todos eran hombres olvidados; otros
hombres les habían robado la inmortalidad. En el caso de Andrews, se trataba,
según algunos, del hombre que había inventado las naves solares, los
maravillosos ingenios que habían hecho posible el Congreso del Tiempo.
Deslizándose sobre una delgadísima capa de carbono gaseoso, las naves sesiles
cruzaban de un extremo a otro la superficie solar, provocando la actividad
necesaria para producir el agua deseada. Sin las naves sesiles, no existiría
una Oficina del Tiempo dirigida por unos hombres capaces de influir en el sol
de acuerdo con las exigencias del Consejo del Tiempo. Sí, Wilburn había sido
muy afortunado al tropezar con aquella antigua historia en el preciso instante
en que la necesitaba.
El
informe continuó.
- Hemos
consultado a los Asesores del Tiempo, especialmente a Bob Greenberg. Dice que
existe una leve posibilidad de que puedan encontrar el medio de provocar una
nevada en el sur de California en esta época del año, aunque no puede
garantizar nada. Uno de sus hombres está experimentando una nueva teoría que
podría dar resultado, y nuestra petición podría servir para someterla a prueba.
Pero no desea ser citado en relación con este asunto. Se le plantearía un
problema con el genio que haría el trabajo si nuestra petición fuera oficial.
Wilburn
preguntó:
-¿Qué
pasa con la Oficina?
- Hemos
hablado con Hechmer, tal como sugirió usted. Dice que la Oficina sólo dispone
de un navegante solar con los suficientes redaños e imaginación, y que en estos
momentos tiene planteado un problema hogareño. Pero Hechmer asegura que si nos
presentamos con algo especial, encontrará el modo de hacer trabajar a ese
hombre.
Wilburn
escuchó los otros detalles relativos a la situación de Andrews. Su secretario
había añadido por su cuenta una encuesta a la investigación, demostrando con
ello por qué era el mejor pagado de todos los miembros del personal de Wilburn.
La encuesta, efectuada rápidamente, tenía por objeto averiguar cuál sería la
reacción de los electores de Wilburn ante un decidido apoyo a la petición de
Andrews. El resultado era el previsto: si la petición no tropezaba con
obstáculos, y si la nieve caía, Wilburn sería un hombre inteligente, humano y
generoso. Si el debate degeneraba en discusión, y si la nieve no caía, Wilburn
seria un hombre que habría cometido un gravísimo error.
El
informe terminó. Wilburn liquidó rápidamente todos los asuntos pendientes en su
pupitre y echó una mirada a la Sala.
El debate
estaba llegando a su final. Los Consejeros estaban deseosos de que se iniciara
la votación, y era evidente que su resultado seria abiertamente favorable a la
sequía. Wilburn se retrepó en su asiento para pensar.
Sin
embargo, conocía ya la respuesta a sus pensamientos; no tenía que tomar ninguna
decisión: iba a hacerlo. El único problema era: ¿cómo? Y mientras daba vueltas
en su cerebro a la cuestión, comprendió que tenía que plantearla
inmediatamente. ¿Qué mejor momento que éste, cuando el Consejo acababa de
enfrentarse con un asunto desagradable? La r~ solución en apoyo de la petición
de Andrews ayudaría a quitar el mal sabor de las bocas de los Consejeros.
Estaba decidido. Al cabo de diez minutos empezó la votación.
Y veinte
minutos después había terminado. La resolución en favor de la sequía fue
aprobada por 12 votos contra 8. El Presidente levantó su mazo para dar por
terminada la sesión. Wilburn se puso en pie.
- Señor
Presidente - dijo -, antes de que termine esta sesión, deseo llamar
respetuosamente la atención de los honorables miembros de este Consejo acerca
de la Petición Número 18, con fecha de hoy.
Hizo una
pausa mientras los Consejeros, con aspecto algo intrigado, hacían marcha atrás
en sus pantallas para revisar la petición de Andrews. Wilburn esperó hasta que
la mayoría de los rostros se hubieron vuelto hacia él con una expresión de
incredulidad. Entonces dijo:
- Señores
Consejeros, nos encontramos ante un caso de estricta justicia...
Y planteó
el caso de Andrews, recordando a grandes rasgos la carrera de aquel hombre y la
deuda que con él tenía contraída la raza humana, una deuda que nunca había sido
pagada. Mientras hablaba, Wilburn sonreía interiormente pensando en las
llamadas que en aquel momento corrían de pupitre en pupitre por toda la Sala.
"¿Qué le pasa a Jonathan?" "¿Acaso Wilburn se ha vuelto
loco?" Y así por el estilo.
Wilburn
expresó la dificultad de saber a ciencia cierta si la petición podría ser
satisfecha con las actuales posibilidades técnicas. Sólo los Asesores del
Tiempo podrían decirlo. Y, aun suponiendo que fuera factible, la Oficina podría
encontrarse ante dificultades insuperables. Pero tales consideraciones no
debían impedir que el Consejo lo intentara. Y concluyó con la afirmación de que
aquel acto demostraría al mundo que el Consejo estaba formado por hombres que
nunca perdían de vista al individuo.
Se sentó
en medio de un impresionante silencio. Luego, Tongareva se puso en pie, y con
amables palabras y modales suaves apoyó la petición, subrayando su aspecto
humano en unos momentos en que muchos se inclinarían a pensar que el Consejo se
mostraba demasiado duro. Cuando Tongareva se sentó, se levantó Maitland. Ante
el asombro de Wilburn, Maitland apoyó también la petición. Pero, a medida que
escuchaba sus palabras, Wilburn comprendió que Maitland apoyaba la petición
sólo porque veía en ella un fracaso para Wilburn. Era un acto muy arriesgado.
Maitland no podía saber lo que se proponía Wilburn, pero estaba dispuesto a
confiar en su intuición, la cual le advertía que su adversario había cometido
un error, y estaba dispuesto a sacar partido de él.
Wilburn
respondió a las llamadas de varios Consejeros, ]os cuales deseaban saber si
quería que se levantaran a apoyar la petición. Algunos de ellos eran amigos
suyos, otros le debían algún favor. Wllburn les contestó que apoyaran la
petición con un breve discurso. Durante cuarenta minutos, los Consejeros fueron
levantándose y pronunciando un corto parlamento. Cuando llegó el momento de la
votación, se llegó a uno de los pocos votos unánimes en la historia del
Consejo. La sequía australiana quedó olvidada, lo mismo en la Sala que en las
pantallas de televisión de todo el mundo. Todos los pensamientos se volvieron
hacia la pequeña ciudad de Holtvllle, California.
Wilburn
oyó el mazazo que daba por terminada la sesión. y supo que estaba
definitivamente comprometido. Su destino estaba ahora en manos de otros; su
tarea había termínac'o posiblemente para siempre.
Pero,
después de todo, si se desea alcanzar la cumbre en política, hay que
aventurarse.
Anna
Brackney subió la amplia escalinata del edificio de los Asesores del Tiempo con
media hora de anticipación, como de costumbre. Al llegar a lo alto se detuvo y
echó una mirada a la perspectiva de la ciudad de Estocolmo que se divisaba
desde allí. Era una hermosa ciudad, amodorrada bajo sus tejados, centelleando
al sol matutino, plácida y tranquila. Estocolmo era un lugar excelente para los
Asesores. En realidad, era un lugar tan adecuado para la clase de trabajo que
los Asesores realizaban, que Anna volvió a preguntarse cómo era posible que los
hombres la hubieran escogido. Dio media vuelta y siguió avanzando.
El Jefe
de los Servicios de Limpieza, Hjalmar Frodíng, manejaba la Máquina Pulidora
alrededor del vestíbulo. Al ver a Anna Brackney se apresuró a dirigir la
máquina de modo que borrara las pisadas que la recién llegada había dejado en
el encerado suelo, y luego se inclinó ante Anna. Esta le devolvió el saludo y
continuó su camino. A Anna Brackney le gustaba Froding; casi nunca hablaba ni
sonreía, y la trataba como si fuera la reina de Suecia. Era una verdadera
lástima que los otros hombres que la rodeaban no se decidieran a tratarla del
mismo modo.
Para
llegar a su oficina, tenía que pasar a través de la principal Sala del Tiempo.
Un enorme globo terráqueo ocupaba el centro de la estancia. El globo era
similar al mapa que había en el Consejo del Tiempo, pero tenía unas cuantas
características adicionales. En el globo aparecían todas las corrientes,
variaciones de densidad, inversiones, frentes, isobaras, isotermias, zonas de
precipitaciones, zonas nubosas y masas de aire. El globo era una masa de
brillantes colores, indescifrables para un ojo inexperto, que sólo tenían
sentido para los matemeteorólogos que constituían la plantílla técnica de los
Asesores. Las curvadas paredes de la estancia estaban cubiertas con los
intrumentos que constituían la Red del Tiempo, los sentidos de los Asesores. La
estancia tenía un aspecto de pesadilla con su enorme globo central y sus
cambiantes juegos de luces. Anna la cruzó de un modo maquinal, sin fijarse en
lo que la rodeaba. Se encaminó directamente al telégrafo privado del Consejo
del Tiempo, para comprobar si había llegado ya aquella extraña petición.
El
centinela que montaba guardia ante la puerta del Consejo de Comunicaciones la
saludó y se hizo a un lado para permitirle el paso. Anna entró, se sentó y
empezó a revisar los mensajes nocturnos procedentes del Consejo. Cogió el
relativo a la sequía impuesta a la Australia septentrional y lo leyó. Cuando
hubo terminado la lectura, hizo un gesto desdeñoso y se dijo a sí misma en voz
alta: "Nada, no hay problema. Un chiquillo sabría cómo hacerlo." Y
continuó revisando los mensajes.
Finalmente,
encontró el que buscaba y lo leyó un par de veces. Era exactamente lo que la
radio había anunciado: nieve en julio en una zona de una milla cuadrada del sur
de California. En el mensaje se citaban la latitud y la longitud de aquella
zona. Pero Anna Brackney se sintió muy excitada. Era el problema más peliagudo
con que se enfrentaban los Asesores desde hacía décadas, un problema que
probablemente no podría ser resuelto por los técnicos "del mentón".
Anna se mordió pensativamente el labio inferior. Aquí estaba lo que había
esperado durante tanto tiempo. La posibilidad de demostrar que su teoría era
cierta. Lo único que tenía que hacer era convencer a Greenberg para que pusiera
el problema en sus manos. Anna volvió a apilar cuidadosamente los mensajes y se
dirigió a su despacho.
Era un
despacho pequeño, de apenas diez metros cuadrados de superficie, pero Anna
Brackney lo encontraba aún demasiado grande. El escritorio estaba colocado en
un rincón, de cara a la pared, para infundirle la sensación de que se
encontraba más aislada. Cuando trabajaba, Anna no podía soportar la sensación
de los espacios abierto. El despacho no tenía ventanas, ni cuadros en las
paredes, ni nada que pudiera distraer la atención. Otros Asesores tenían ideas
muy distintas acerca del ambiente adecuado para un lugar de trabajo. Algunos
utilizaban brillantes manchas de color, otros preferían las escenas campestres
o marítimas, Greenberg tenía las paredes de su oficina cubiertas con un
laberinto en blanco y negro. Anna se estremeció al pensar en ello.
En vez de
sentarse en su escritorio, permaneció de pie en el centro de la pequeña
habitación, pensando en cómo podria convencer a Greenberg para que le asignara
el problema Andrews. Sabia que Greenberg no simpatizaba con ella, y sabía
también que se debía únicamente al hecho de que el era un hombre y ella una
mujer. Ninguno de los hombres simpatizaba con ella, con el resultado de que su
trabajo no recibía nunca la consideración que merecía. En un mundo de hombres,
una mujer no es juzgada nunca sobre la base ]e su trabajo. Pero, si conseguía
hacerse cargo del problema Andrews, les daría una lección. Les daría una
lección a todos.
El tiempo
apremiaba. El problema Andrews tenía que ser resuelto inmediatamente. A veces,
los programas de los Asesores tardaban semanas en ser puestos en marcha, pero
en el presente caso no podían permitirse esa demora. El problema tenía que ser
analizado sin dilación, para comprobar si disponían del tiempo necesario. Anna
salió corriendo de su oficina. Abordaría a Greenberg en cuanto llegara.
Tuvo que
esperar diez minutos. Ni siquiera le dio tiempo a entrar en el ascensor.
- Dortor
Greenberg - le dijo -, estoy dispuesta a empezar a trabajar inmediatamente en
el problema Andrews. Creo...
-¿Estaba
usted esperándome? - inquirió Greenberg.
- Creo
que estoy en condiciones de resolver el problema Andrews, ya que exigirá
procedimientos nuevos, y...
-¿Qué
diablos es el problema Andrews?
- El que
ha llegado durante la noche - respondió Anna -. Y me gustaría encargarme...
- Bueno,
me ha asaltado usted antes de que pudiera enterarme de nada. ¿Cómo sabe qué
problemas han llegado durante la noche? No he estado aún arriba.
- Pero,
habrá oído hablar del asunto... Lo ha anunciado la radio.
- La
radio habla a veces más de la cuenta, y no todo lo que dice es verdad. Será
mejor que espere a que pueda enterarme del asunto de un modo oficial.
Entraron
juntos en el ascensor, en silencio, Greenberg molesto por verse acosado de
aquel modo, y Anna molesta por la actitud reticente de su jefe.
Greenberg
se disponía a entrar en su oficina, pero Anna le dijo:
- El
mensaje está en el Consejo de Comunicaciones, no en su oficina.
Greenberg
empezó a decir algo, pero, pensándolo mejor, entró en el Consejo de
Comunicaciones y leyó el mensaje.
-¿Puedo
hacerme cargo del asunto? - preguntó Anna.
- Mire,
esa petición va a ser tratada como todas las demás, hasta que comprendamos sus
posibles derivaciones. Voy a entregársela a Upton, como hago con las otras,
para que haga un informe preliminar y recomiende a quién debe asignarse. Cuando
tenga el informe, decidiré. Ahora, haga el favor de no importunarme hasta que
Upton se haya ocupado del caso.
Vio que
los labios de Anna temblaban, y que sus ojos se humedecían. Se había enfrentado
más de una vez con aquellas sesiones de llanto, y no le gustaban.
- La veré
a usted más tarde - concluyó y corrió a encerrarse en su oficina.
En el
edificio de los Asesores había una norma inflexible: una puerta cerrada era
inviolable. Significaba que la persona que se encontraba en el interior no
deseaba ser molestada, y la naturaleza del trabajo era tal, que el deseo había
de ser siempre respetado.
Anna
Brackney regresó a su oficina, enfurecida. Otra vez lo mismo. Una mujer no
tenía allí la menor oportunidad; se negaban a trataba como a un hombre. Luego
se dirigió a la oficina de Upton, para explicarle lo que sucedía.
Upton era
un hombre de aspecto grave y una mente tan afilada como una navaja de afeitar.
Inmediatamente se dio cuenta de que el único modo de quitarse a Anna de encima
era revisar la petición de Andrews. Pidió que se la presentaran, la leyó, dejó
escapar un silbido y se sentó delante de un enorme cerebro electrónico. Durante
media hora lo aumentó de datos que el cerebro masticaba para escupir después
los resultados. El trabajo creció, de modo que Upton pidió ayuda y otros tres
hombres empezaron a manejar otros tantos cerebros. Al cabo de tres horas, Upton
se acercó a Anna, que no se había movido de la oficina.
-¿Tiene
usted alguna idea acerca de esto? - le preguntó
Anna
asintió.
-¿Le
importaría hablarme de ella?
Anna
vaciló, y luego dijo:
- Bueno,
no la he desarrollado aún del todo. Pero creo que podría hacerse por medio
de... - Hizo una pausa y miró a Upton, como si quisiera comprobar por
adelantado si se estaba riendo de ella -. Por medio de un frente vertical.
Upton se
quedó con la boca abierta.
- Un
fren... ¿Se refiere usted a un verdadero frente en posición perpendicular a la
superficie de la Tierra?
Anna
asintió, y se llevó un dedo a la boca. Lejos de reírse, Upton se quedó mirando
al suelo unos instantes, y luego se dirigió a la oficina de Greenberg.
Entró sin
llamar y dijo:
- Hay un
cuarenta y seis por ciento de posibilidades de atender a la petición de Andrews
mediante técnicas corrientes. Y, a propósito, ¿qué mosca le ha picado al
Consejo? Hasta ahora, nunca se les había ocurrido pedir una estupidez
semejante. ¿Qué es lo que tratan de hacer?
Greenberg
sacudió la cabeza y dijo:
- No lo
sé. Hace poco me ha llamado Wilburn, interesándose por este asunto. Tengo la
desagradable impresión de que tratan de comprobar lo que podemos hacer, una
especie de prueba antes de someternos un problema realmente importante. Ayer
votaron una sequía para la Australia septentrional, y tal vez desean asegurarse
de nuestra capacidad técnica.
Upton
dijo:
-¿Sequía
en Australia? Bueno, se están mostrando un poco duros, ¿no le parece? Son
métodos demasiado radicales... ¿Alguna dificultad con la sequía australiana?
- No. Se
trata de un problema tan sencillo, que ni siquiera se lo he presentado a usted
para que lo informara. Se lo he pasado directamente a Hiromaka. Pero detrás de
este asunto de Andrews hay algo raro, y no me gusta. Será mejor que encontremos
el modo de resolverlo.
Upton
dijo:
- Bueno,
Brackney tiene una idea lo suficientemente descabellada como para que dé
resultado. Podemos dejar que la desarrolle, y veremos si es más aplicable que
cualquiera de las técnicas corrientes.
Anna
Brackney estaba cerca de la puerta. Entró en la oficina y dijo, en tono
furioso:
-¿Por qué
es descabellada mi idea? Es completamente lógica. Digan que no desean que sea
yo la que resuelva el caso. Digan...
- No, no,
Anna - dijo Greenberg-, no es eso. Se encargará usted del asunto, de modo que
no...
- De
acuerdo, empezaré ahora mismo - dijo Anna, y salió rápidamente de la oficina.
Los dos
hombres se miraron. Upton se encogió de hombros, y Greenberg alzó los ojos al
techo, sacudió la cabeza y suspiró.
Anna
Brackney se sentó en su rincón y se quedó contemplando la pared. Eso ocurrió
diez minutos antes de que se llevara un dedo a la boca, y veinte minutos antes
de que cogiera un bloc y un lápiz y empezara a hacer anotaciones. A
continuación, su trabajo avanzó con rapidez. Con su primera ecuación anotada en
una cuartilla, salió de su oficina para ir en busca de un ayudante de
matemetereólogo; no quiso utilizar el altavoz de su oficina para llamar a uno
de ellos.
Los
ayudantes estaban sentados ante sus pupitres en una amplia habitación, y cuando
entró Anna inclinaron la cabeza sobre su trabajo, como si estuvieran muy
ocupados. Ignorando su actitud, Anna se acercó al pupitre de Betty Jepson y
colocó la cuartilla encima de él. Sin más preliminares, dijo:
- Hágame
un análisis regresivo de esto - y su dedo recorrió la ecuación, cuya fórmula
era y =a1 x i + a2 x 2 + .. x an + n-, teniendo en cuenta que, en este caso, u
equivale a 46. Tome los datos de observación del calculador Número Ochenta y
Tres. Necesito una aproximación superior al noventa por ciento.
Y Anna
dio media vuelta y regresó a su oficina.
Media
hora más tarde se presentó de nuevo con otra ecuación para Charles Bankgead, y
luego con otra para Joseph Pechio. Una vez obtenidos los análisis-tipo, pidió
la ayuda de un matemeteorólogo, y Greenberg le asignó a Mbert Kropa. Kropa
escuchó de labios de Anna una explicación algo incoherente de lo que trataba de
hacer, y luego se dio una vuelta por la habitación, mirando por encima del
hombro de los ayudantes lo que estaban haciendo. Paulatinamente, comprendió el
asunto y se dirigió a su propia oficina para empezar a trabajar en las
relaciones polinómicas.
Cada una
de las ecuaciones exigía la utilización de un calculador 16 x 50 y del personal
a su cargo, bajo la dirección de un ayudante, más seis horas de tiempo para
llegar a una aproximación preliminar. A medida que Anna y Kropa elaboraban las
necesarias ecuaciones básicas, se hacía evidente que iba a emplearse demasiado
tiempo para desarrollarlas de un modo individual. Anna invirtió dos horas en
encontrar un sistema que permitiera a un calculador 22 x 30 explorar los
factores necesarios en cada uno de los análisis regresivos. El calculador
empezó a producir las ecuaciones requeridas a un promedio de una cada diez
minutos, de modo que Anna y Kropa dirigieron su atención a un sistema de
correlacionar el alud de datos que caería sobre ellos cuando cada uno de los
análisis quedara completado. Al cabo de media hora se hizo evidente que no
podrían terminar acuella fase del problema antes de que los datos empezaran a
llegar. Solicitaron y obtuvieron la ayuda de otros dos matemeteorólogos.
Los
cuatro se trasladaron a la Sala del Tiempo, de modo que pudieran estar juntos
mientras trabajaban. Las ecuaciones correlacionadas empezaron a desdoblarse, y
fueron llamados todos los ayudantes para trabajar en ellas. Al cabo de una hora
todos los calculadores 16 x 50 estaban ocupados, y Greenberg llamó a la
Universidad de Estocolmo para que le permitieran utilizar los suyos. Al cabo de
veinte minutos, extendió la llamada a media docena de fabricantes de
calculadores de la ciudad. Pero esto no fue suficiente. La red de calculadores
empezó a ampliarse por todo el Continente, y dos horas más tarde alcanzó a las
ciudades de la costa oriental de los Estados Unidos. La autoridad de los
Asesores cuando se trataba de resolver un problema relacionado con el tiempo
era absoluta.
Fue
necesario que Upton se uniera al grupo, y cuando el propio Greenberg Ocupó una
silla en el amplio círculo de la Sala del Tiempo, se produjo una breve
interrupción en el trabajo para dar paso a algunas cuchufletas y observaciones
afectuosamente sarcásticas. El encierro de los Asesores era total.
Anna
Brackney no pareció darse cuenta. Sus ojos brillaban y hablaba con frases
breves y cortantes, en contraste con su habitual languidez. Parecía adivinar
cuándo iba a producirse una interrupción en la corriente de datos, y se
adelantaba a establecer la necesaria continuidad. Dieron las tres antes de que
Hiromaka observara que ninguno de ellos había almorzado Greenberg pidió que les
enviaran comida. A las once de la noche lo volvió a pedir y otra vez a las tres
de la madrugada.
Todo el
mundo tenía un aspecto terrible, con las mejillas hundidas, las ropas arrugadas
y unos profundos semicírculos morados debajo de los ojos. Pero todas las
miradas ardían, incluso las de los ayudantes más novatos, con un fuego nacido
de la participación en el problema más complicado con que se habían enfrentado
los Asesores hasta entonces.
Upton se
encargó de la tarea de reunir las pautas matemáticas relativas al planeta
Tierra. Mantuvo bajo su control los análisis regresivos acerca de variables
tales como las diversas distancias posibles de la Tierra al Sol; las posiciones
rotatorias de la Tierra en relación con el Sol; la forma, posición, densidad,
variación y carga de los cinturones de radiación Van Alíen; la velocidad,
temperatura, dirección, anchura y masa de mil cuatrocientas corrientes; el
calor generado por las más importantes corrientes oceánicas; el efecto
Coriolis; y sobrepuso a todos esos factores, y muchos más, el efecto del clima
existente y previsto sobre la superficie de toda la Tierra.
Greenberg
se ocupó del Sol y trabajó con los resultados acerca del movimiento de cada
mancha solar; las rotaciones del Sol: las temperaturas fluctuantes y presiones
en la fotosfera, cromosfera y corona; variaciones del espectro, y la potencia
relativa del ciclo carbónico y de la cadena protón-protón.
Anna iba
de un lado para otro, ora mirando por encima del hombro de Upton, ora
consultando los resultados que llegaban de los calculadores de Washington, ora
guiando a un ayudante en su tarea, ora inventando un nuevo sistema de
anotaciones para simplificar la alimentación de los calculadores con pautas
matemáticas derivadas. Andaba como una sonámbula, pero cuando le formulaban una
pregunta sus respuestas eran vivaces y agudas. Más de un ayudante, varios de
los encargados de manejar los calculadores y el pro-Pío Upton se sintieron
mordidos por alguna de las cortantes frases de Anna, señalando lo que podía
haber sido un evidente error. A medida que transcurría el tiempo y que el
trabajo se hacía más frenético, los rasgos del rostro de Anna, habitualmente
duros, fueron suavízándose; asimismo, andaba muy erguida, en vez de caminar
ligeramente encorvada, como tenía por costumbre. Varios de la matemetereólogos,
que hasta entonces no le habían dirigido la palabra a menos que fuera
absolutamente necesario, se encontraron dirigiéndose a ella en busca de ayuda o
de consejo.
La
primera solución parcial quedó terminada a las once de la mañana siguiente.
Tenía solamente un ochenta y uno por cierto de aproximación, pero tratándose de
la primera no estaba mal. Sin embargo, Upton le encontró un fallo.
- No
sirve. - Esta solución aumentaría también la proyectada sequía australiana en
una proporción de doce. ¡Todo un éxito! Pongámosla en práctica, y nos enviarán
a todos a la escuela elemental.
La
observación provocó una carcajada general. Las risas se hicieron más y más
agudas, como si la prolongada tensión encontrara finalmente una válvula de
escape en aquella histérica hilaridad. Transcurrieron varios minutos antes de
que las personas reunidas en la Sala del Tiempo recobraran la compostura y se
dedicaran de nuevo a su trabajo.
Greenberg
dijo:
- Bueno,
ése es el peligro que corremos. No necesariamente en Australia, sino en
cualquier otra parte. Tenemos que asegurarnos de que no vamos a provocar una
desastrosa reacción en alguna parte.
Anna
Brackney le oyó y dijo:
- DePinza
está trabajando en un análisis definitivo para asegurarse de que no se
producirá ninguna reacción indeseable. Lo tendrá listo dentro de una hora.
Cuando la
serie final de ecuaciones quedó terminada eran las tres de la tarde. La
aproximación alcanzaba un noventa y cuatro por ciento, y la comprobación contra
el análisis de DePinza fue de un ciento dos por ciento. Los ayudantes y los
matemeteorólogos se reunieron alrededor de la amplia mesa mientras Greenberg
estudiaba los resultados. Finalmente, Greenberg se frotó las barbudas mejillas
y dijo:
- No sé
si continuar con esto o no. Podemos informar que el procedimiento no puede
aplicarse sin una previa experimentación.
Los ojos
de todos los presentes se volvieron hacia Anna
Brackney,
la cual permaneció absolutamente impasible, como si el asunto no la afectara
para nada. Upton expresó lo que estaba en la mente de todos.
- Ahí -
dijo, señalando las ecuaciones- hay un trocito del corazón de cada uno de
nosotros. Puesto que representan lo mejor que podemos hacer, no veo el motivo
de que informemos que no pueden ser utilizadas. Esas ecuaciones representan lo
mejor que los Asesores pueden hacer; y en este sentido son los Asesores.
Nosotros y la gente que nos puso aquí tenemos que confiar en nuestro esfuerzo,
en los éxitos y en los fracasos.
Greenberg
hizo un gesto de asentimiento, entregó los dos folios a un ayudante y dijo:
-
Encárguese de hacer llegar esto a la Oficina del Tiempo. Espero que no sudaran
como hemos sudado nosotros.
- Se
frotó las mejillas -. Bueno, a fin de cuentas, para eso nos pagan.
El
ayudante cogió los folios y se marchó. Los demás fueron saliendo también de la
Sala, hasta que quedaron únicamente en ella Greenberg y Upton.
Upton
dijo:
- Anna
Brackney se apuntará un tanto. No sé dónde ha encontrado la inspiración.
- Ni yo
tampoco - dijo Greenberg-. Pero, si vuelve a meterse el dedo en la boca,
presento la dimisión.
Upton
sonrió.
Si
consigue resolver este problema, creo que los que tendremos que aprender a
ponernos el dedo en la boca seremos nosotros.
James
Eden saltó de su camastro y tendió el oído. Sí, en cubierta había conciliábulo,
en voz baja, apenas audible. Eden sacudió la cabeza; el sol tenía un aspecto
borrascoso y el día se presentaba malo. Si la Base sostenía un conciliábulo,
las naves sesiles serían difíciles de manejar. Lo de siempre: una tarea ardua,
y había que trabajar en las peores condiciones posibles; una tarea rutinaria, y
las condiciones eran perfectas. Pero esto era lo que cabía esperar de la
Oficina.
Eden se
afeitó y se vistió, preguntándose cómo sería el trabajo que le esperaba.
Siempre eran los últimos en enterarse a pesar de que tenían a su cargo la parte
más dura de la tarea. Todo el Congreso del Tiempo dependía de la Oficina. El
Consejo no era más que un montón de orondos políticos que se rascaban la
espalda el uno al otro y pasaban el tiempo cocinando Grandes Negocios. Los
Asesores eran un montón de chiflados que se dedicaban a leer en voz alta las
tonterías que elaboraban sus cerebros electrónicos. Pero la Oficina era algo
distinto, un organismo en cuyas filas formaban hombres de capacidad de
sacrificio, que realizaban un trabajo para que la Tierra pudiera prosperar.
Eden no
podía apartar de su pensamiento el problema que le había estado torturando
durante todo el viaje. Se pasó una mano por la barbilla, maravillándose de
nuevo de la perversidad de las mujeres. Rebecca, de cabellera negra y ojos
negros, con una cálida piel blanca, le esperaba al final de aquel viaje, pero
sólo si abandonaba la Oficina. A Eden le parecía verla de nuevo, muy cerca de
él, mirándose profundamente en sus ojos, la suave palma de su mano apretada
contra su mejilla, diciéndo]e: "No quiero compartirte con ninguna persona
ni con ninguna cosa, ni siquiera con tu amada Oficina. Quiero un marido
completo. Escoge: la Oficina o yo." Con tras mujeres, Eden se hubiera
echado a reír, tomando el asunto a broma. Pero Rebecca, la Rebecca de la larga
cabellera negra, era distinta. ¡Todo un problema!
Eden
salió de su camarote y se dirigió al comedor. Cuando entró había ya media
docena de hombres, charlando y riendo. Pero se interrumpieron al verle llegar y
le saludaron.
- Hola,
Jim...
- Parece
que se te han pegado las sábanas...
- Me
alegro de verte, muchacho...
Eden
reconoció los síntomas. Estaban tensos, y hablaban y reían en voz demasiado
alta. Se sentían aliviados al verle.
Necesitaban
apoyarse en alguien y Eden les compadeció un poco por ello. Ahora no tendrían
que realizar ningún esfuerzo para aparecer normales. También ellos habían oído
el conciliábulo en la cubierta.
Eden se
sentó y dijo:
- Buenos
días. ¿Hay algo en la pizarra acerca del próximo trabajo?
Los otros
sacudieron la cabeza, y Pisca dijo:
- Ni una
palabra. Siempre esperan al último momento para decírnoslo. Todo el mundo sabe
lo que va a pasar menos nosotros. Lo único que sabemos son simples rumores.
- Bueno -
dijo Eden -, no olvidéis que las comunicaciones con la Oficina no resultan
fáciles. No podemos esperar enterarnos de todo en cuanto sucede. Pero, de todas
formas, estoy de acuerdo con vosotros en que podrían tenernos mejor informados
de las cosas que suceden en la Tierra.
Los otros
asintieron, y luego se dedicaron al desayuno. Cuando estaban tomando el café,
resonó un repiqueteo en toda la Base. Llamada general. Había llegado el momento
del informe, y se encaminaron a la sala de mandos, situada en la parte alta de
la Base. El Comandante IJechmer se encontraba ya allí cuando entraron y
ocuparon sus asientos. Eden vigiló cuidadosamente mientras buscaba una silla y
se sentaba. En el pasado se había preguntado algunas veces si Hechmer lo
consideraba a él de un modo especial: una mirada más, una mayor atención cuando
hacía una pregunta, hablar con él más que con los otros en el curso de un
informe, pequeños detalles, aunque cargados de importancia.
El
comandante John H. Hechmer se había convertido en un personaje legendario en la
Oficina del Tiempo a la edad de cuarenta y cinco años. Había desarrollado y
perfeccionado la técnica Corriente Punta de Alfiler, mediante la cual una
finísima corriente de protones podía ser extraída de un nivel de 4.560 grados
de una mancha solar y dirigida contra cualquier parte soleada de la Tierra.
Durante la época en que Hechmer era el Jefe de Naves de la Oficina, se
realizaron grandes avances en el control del tiempo. Había desarrollado unas
pautas climatológicas que asombraron a los expertos. Hechmer había asesorado
incluso a los Asesores, de-mostrándoles las inmensas posibilidades de la
Oficina. Nadie había podido competir nunca con él en el manejo de una nave
solar, y uno de los objetivos de la carrera de Eden - si decidía quedarse en la
Oficina -, era que se hablara de él como el hombre que se había aproximado más
a Hechmer.
Cuando
Hechmer levantó la mirada de la mesa, Eden tuvo la impresión de que su ojos, al
recorrer el grupo de hombres, se posaban en él con cierta insistencia, como si
deseara asegurarse de que estaba allí. Eden no podía estar seguro de esto, pero
la posibilidad de que fuera cierto le hizo mantenerse muy erguido en su silla.
Hechmer
dijo:
- Aquí
está la Fase Primera de la próxima operación, tal como ha sido recibida de los
Asesores.
Proyectó
la adecuada parte de la página en la pantalla situada a su espalda. A Eden le
bastó una rápida mirada para darse cuenta de que representaba una desviación
fundamental de los procedimientos acostumbrados. Inmediatamente empezó a
hundirse en su asiento, mientras se perdía en el estudio del modo de manejarlo.
No se dio cuenta de que Hechmer se había fijado en su inmediata comprensión del
problema. Transcurrieron varios minutos antes que unos silbidos anunciaran que
también los otros habían comprendido.
Hechmer
permaneció sentado tranquilamente mientras los hombres estudiaban la página.
Todos ellos pensaban en las modificaciones que tendría que sufrir el informe
para que la Oficina pudiera utilizarlo. Los Asesores se enorgullecían siempre
de formular sus soluciones en una terminolo~ gía clara y explícita. Pero, en la
práctica, sus soluciones eran completamente inaplicables tal como se recibían,
ya que no mencionaban muchas de las condiciones del sol con las que tenía que
enfrentarse la Oficina. Existen factores que no pueden ser explicados
matemáticamente. Una de las bromas preferidas de la Oficina consistía en
escuchar la charla de un Asesor acerca de lo completo de su solución y acerca
de lo cómodo que resultaba el trabajo para la Oficina, que no se veía obligada
a pensar, y luego preguntarle al Asesor lo que sabía acerca de la
"granulacion inversora". Nadie, a excepción de un miembro activo de
la Oficina, podía experimentar aquella extraña fluctuación que a veces se
encontraba en las zonas inferiores de la capa inversora.
El
silencio se prolongó. La frente de Eden estaba arrugada a causa de la intensa
concentración mientras trataba de encontrar la solución al problema.
Finalmente, vio una posible salida, y cogió unas cuartillas que empezó a llenar
de notas. Hechmer dedicó su atención a sus propias cifras, mientras el resto
contemplaba la página proyectada en la pantalla, como si estuvieran
hipnotizados. Transcurrieron diez minutos antes que otro de los hombres
empezara a hacer anotaciones.
Eden se
retrepó en su asiento y repasó lo que había escrito. Con creciente excitación,
se dio cuenta de que su posíble respuesta no había sido ensayada hasta
entonces. Al estudiarla con más atención, comprendió que no era factible: se
trataba de una aproximación radical, que exigía de las naves un esfuerzo no
realizado hasta el momento, y probablemente irrealizable.
Hechmer
dijo:
- Caballeros,
vamos a empezar. En primer lugar, aquí está mi respuesta. Formulen las
objeciones que estimen pertinentes.
Eden la
examinó. Era distinta, también, pero difería en que exigía la utilización de
todas las Naves individuales sobre el sol, una cosa que hasta entonces no había
sido necesaria. La respuesta de Hechmer consistía en extraer de diversos
niveles de la atmósfera solar la totalidad de las corrientes necesarias para
provocar el clima deseado en la Tierra. Pero a medida que la examinaba, Eden
empezó a encontrarle fallos. Las corrientes, al ser extraídas de distintas
partes de la superficie solar, chocarían contra la Tierra y sus alrededores en
ángulos ligeramente distintos de los exigidos. La respuesta de Hechmer podía
dar resultado, pero no parecía tan buena como la respuesta de Eden.
Hechmer
dijo:
- La
principal característica errónea de este plan es la amplia dispersión de las
corrientes incidentes. ¿Se les ocurre algún medio para superar esa dificultad?
A Eden no
se le ocurría, pero su mente estaba más ocupada con su propio plan. Si pudiera
estar seguro de que las Naves soportarían la inmersión en la superfecie solar
durante el tiempo necesario, habría pocos problemas. ¡Oh! Las comunicaciones
serían más difíciles, pero con una sola Nave en acción la necesidad de las
comunicaciones quedaría muy reducida; la Nave tendría éxito o no, y ninguna de
las instrucciones llegadas de otra parte podrían servirle de ayuda.
Uno de
los otros hombres estaba empezando a sugerir la imposibilidad de que todas las
Naves trabajaran juntas, un grave error, ya que las Naves no podían controlar
sus collarinos con la suficiente exactitud.
Eden le
interrumpió bruscamente.
- Aquí
hay una posible respuesta- dijo.
Y dejó
caer su cuartilla sobre el pupitre.
Hechmer
continuó mirando al hombre que había estado hablando, esperando cortésmente que
terminara. El hombre evitó una situación embarazosa diciendo:
- Vamos a
ver lo que nos ofrece Jim antes de continuar con esto.
Hechmer
proyectó la cuartilla de Eden en la pantalla, y todos se dedicaron a
estudiarla. Al menos tenía la ventaja de ser fácilmente comprensible, y todos
empezaron a hablar a la vez, la mayoría diciendo que era irrealizable.
- Se
perderá la Nave
- Sí, y
sus tripulantes; no lo olviden.
- No dará
resultado, aunque la Nave resistiera.
- No
puede llevarse una Nave a esa profundidad.
Eden
contempló cuidadosamente el rostro de Hechmer mientras estudiaba el plan. Vio
que los ojos de Hechmer se ensanchaban, y luego volvían a estrecharse, y
Hechmer se dio cuenta de que Eden le miraba atentamente. Por un instante, la
habitación se borró de la mente de Hechmer, reemplazada por otra habitación
similar, hacía muchos años, cuando un Hechmer más joven y más temerario
contemplaba ansiosamente a su superior mientras éste examinaba un nuevo tipo de
plan. Sin apartar los ojos de la página proyectada en la pantalla, Hechmer
dijo:
-
Suponiendo que la Nave pueda llegar allí, ¿por qué es irrealizable este plan?
- Bueno -
dijo el hombre que había afirmado que el plan era irrealizabl~, las corrientes
no quedarían proyectadas necesariamente en la dirección...
Pero,
mientras hablaba, se dio cuenta de que la energía del campo de la mancha solar
era acanalada para servir de lente de concentración, y se calló.
Hechmer
hizo un gesto aprobatorio.
- Me
alegro de que lo haya visto. ¿Alguna otra objeción? ¿Algún fallo, una vez que
la Nave llegue allí y permanezca el tiempo suficiente? - Los hombres no
pudieron encontrar ningún fallo, y dieron la callada por respuesta. Hechmer
continuó: De acuerdo. Ahora, ¿por qué no ha de soportar una Nave ese tipo de
inmersión?
Uno de
los hombres respondió:
- El
efecto sesil no es tan intenso en la parte superior. Se desintegraría a
consecuencia del roce.
Eden se
apresuró a replicar:
- No. Lo
único que hay que hacer es aumentar el suministro de carbono a los collarinos
de la parte superior.
Discutieron
por espacio de media hora. Eden y otros dos hombres defendieron el plan, y al
final no hubo más oposíción. Todos se dedicaron a pulir los detalles a fin de
reducir los riesgos al mínimo. Cuando terminaron, Hechmer no tenía que tomar en
realidad ninguna decisión. El grupo de capitanes de Nave había aceptado el
plan, y quedó tácitamente acordado que la Nave de Eden sería la que efectuara
la inmersión. Disponían apenas de media hora para iniciar la operación, de modo
que disolvieron la reunión para ir a prepararse.
Eden
luchó con el traje de plomo, murmurando las mismas maldiciones que todos los
tripulantes de naves solares habían murmurado desde que se efectuó el primer
vuelo. Las Naves disponían de protección suficiente, y los trajes de plomo sólo
estaban destinados a proporcionar protección en el caso de que se produjera una
grieta en el casco de la nave. Pero, si se producía una grieta, el traje de
plomo no serviría para nada, puesto que las radiaciones del sol eran tan
intensas que los tripulantes ni siquiera se darían cuenta de lo que los había
herido. Un traÁo de plomo sería como tratar de tapar un volcán con una pluma.
Sin embargo, los trajes de plomo eran preceptivos.
Entrar en
la Nave desde la Base era siempre una maniobra complicadísima. El collarino
situado encima de la compuerta de cierre no era una parte permanente de la
compuerta, y, sí se movía, el campo gravítatorio del sol podía aplastar al
tripulante, metiendo todo su cuerpo en el interior de sus zapatos. Eden se
deslizó en la Nave y efectuó la rutinaria ronda de inspección, antes de ocupar
su asiento e iniciar la maniobra de despegue.
En primer
lugar comprobó la reserva de carbono, el material que se vaporizaba y luego, en
forma de una delgada película, protegía a la Nave del implacable calor de la
superficie solar. Las Naves se deslizaban por la capa de carbono vaporizado,
del mismo modo que una gota de agua se desliza sobre una plancha calentada al
rojo: éste era el efecto sesil. A continuación revisó el collarino superior.
Allí, en un camino circular, viajaban unas cuantas onzas de protones a una
velocidad aproximada a la de la luz. A aquella velocidad, las escasas onzas do
protones pesaban incalculables toneladas, y de este modo contrapesaban la
enorme atracción gravitatoria del propio sol. La misma cinta magnética que
suministraba el campo para mantener a los protones en su estado de masa-pesada,
servía también para mantener una polaridad equivalente a la (le la contigua
superficie solar. En consecuencia, el collarino y la superficie solar se
repelían mutuamente. Los objetos situados debajo del collarino estaban sujetos
a dos campos gravitatorios, uno de los cuales, el del collarino, anulaba al de
la superficie solar, aunque no del todo. Por lo tanto, los hombres trabajal)an
en las Naves y en la Base en un campo 1-G.
Eden
revisó una por una las diversas partes operantes de la Nave. Su tripulación de
cuatro hombres trabajaba con él. cada uno de ellos a cargo de una sección de la
Nave. Cinco minutos antes de despegar, el tablero estaba verde. A la hora cero,
la Nave emprendió el vuelo.
Poco
después Eden preguntó por el teléfono interior:
-¿Cómo
andamos, muchachos?
Le
respondió un coro de "estupendamentes", de modo que Eden inclinó la
Nave un poco más para aumentar su velocidad. Se encontraba ante un viaje
difícil, y la distancia. a recorrer era muy grande... Como siempre, Eden se
sintió eufórico a medida que la velocidad aumentaba, e hizo lo que siempre
había hecho cuando experimentaba aquella sensación.
Cuidadosamente,
apartó uno tras otro los paneles amortiguadores del sonido del mamparo contiguo
a la cabina del piloto. Después de apartar el octavo panel pudo oírlo
débilmente. Pero, durante el brevísimo espacio que podía resistirtir el décimo
el rugido llenó la pequeña cabina del piloto. Eden se sintió bañado en un
atronador rugido que sacudió con furia su cuerpo, borrando de su mente todas
las impresiones, excepto la necesidad de luchar y de seguir adelante. Lo que
descendía sobre él era el rugido directo del propio sol, la atronadora
concatenación de un millón de bombas atómicas estallando cada fracción
infinitesimal de segundo. Su sonido y su furia eran enloquecedores, y un hombre
no podía soportarlos durante mucho tiempo sin volverse demente, de modo que
apartó el noveno con lentitud, y al apartarlos, le hacían sentir con aterradora
fuerza la magnitud de los poderes que controlaba, advirtiéndole al mismo tiempo
de la necesidad de concentrar su atención en lo que estaba haciendo.
Esta era
una cosa que Eden no le había dicho nunca a nadie, y nadie se la había dicho
nunca a él. Era su secreto, y suponía que era el único de los pilotos que lo
hacía, y puesto que en aquellas condiciones no podía pensar con claridad, nunca
se le ocurrió preguntarse cómo era que el aterrador sonido quedaba localizado
en el asiento del piloto.
Durante
media hora, Eden guió a la Nave hacia su primer punto de acción, una tarea
relativamente fácil, ya que consistía únicamente en comprobar que el sistema de
pilotaje por inercia funcionaba adecuadamente, y que no se veía afectado de un
modo fundamental por los nuevos procedimientos aplicados en esta operación.
Cuando se acercaban al punto de acción, Eden cerró los paneles y estableció
contacto con la tripulación.
- Faltan
cuatro minutos para iniciar la maniobra - dijo -. ¿Qué color tienen ustedes?
Las
respuestas llegaron de los cuatro extremos de la Nave:
- Todo
verde, jefe.
La
operación había empezado. Cada tripulante repasó su propio programa, con los
dedos apoyados en los pulsadores y los pies sobre los pedales, esperando que la
Nave alcanzara la posición requerida.
Súbitamente,
las cápsulas en forma de torpedo salieron despedidas hacia las entrañas del
sol, donde bramaba el ciclo carbono-nitrógeno. A una temperatura de tres punto
cinco millones de grados, la cabeza de la cápsula se desintegró y soltó en el
infierno una carga de nitrógeno pesado. El nitrógeno pesado, apareciendo como
lo hacía al final del ciclo carbono-nitrógeno, rompió la estabilidad ambiente y
produjo una riada de helio que sirvió para humedecer y enfriar las reacciones
de fusión de toda la zona. El subsiguiente choque térmico en el interior,
provocó un inmediato colapso seguido de un increíble aumento de la presión, con
la consiguiente elevación de la temperatura. La enorme explosión se abrió
camino hasta la superficie y se convirtió en una gran protuberancia encarada
hacia la Tierra y dirigiendo gigantescas masas de protones hacia el lugar
previamente escogido en la vecindad de la Tierra. La fase inicial de la
Operación parecía haberse desarrollado de un modo satisfactorio.
La
siguiente hora transcurrió trasladándose de un lugar a otro y depositando las
cargas adecuadas, ora para colocar una vasta descarga de electrones en el
ángulo apropiado, ora para amortiguar un chorro de fuego, ora para desviar la
trayectoria de una corriente de protones. En dos Ocasiones, los instrumentos
señalaron que las detonaciones no se habían producido en el lugar exacto, de
modo que tuvieron que ser lanzadas cargas adicionales. Se mantenían en
constante, aunque difícil, contacto con las otras tres Naves y con la Base.
Ninguna de las Naves lo sabía de un modo específico, pero durante la segunda
hora fueron puestos en movimiento los comienzos de la sequía australiana.
A medida
que se acercaba el momento de la Gran Operación, en la Nave de Eden aumentó la
tensión, a pesar de que todos los tripulantes estaban sumamente ocupados.
Cuando llegó el momento, Eden comprobó la red de comunicaciones y redujo la
polaridad del campo magnético del collarino superior. La Nave descendió
rápidamente, dejando atrás la fotosfera. Eden no perdió de vista el indicador
de temperaturas mientras caían; cuando el efecto sesil empezó a disminuir,
quiso conocer el motivo. Las paredes internas empezaron a recalentarse más
pronto de lo que esperaba, y, una vez iniciado, el proceso de recalentamiento
progresó con inusitada rapidez. Una breve comprobación señaló que el nivel de
recalentamiento era más rápido que su nivel de descenso; no podían alcanzar la
profundidad deseada sin que la temperatura se hiciera insoportable. La nave no
podía resistir las temperaturas que Eden había previsto que resistiría.
"Demasiado calor, demasiado calor", dijo en voz alta. Comprobó la
profundidad, tenían que descender media milla más. Sería completamente inútil
tratar de soltar el agua desde el lugar donde se encontraban. Tenían que
descender, necesariamente, media milla más. El plan estaba a punto de fracasar.
Eden no
se detuvo a pensarlo. Se limitó a cortar la corriente de los generadores del
control de polaridad del collarino, y la Nave cayó como una piedra hacia el
centro del Sol. Descendió la media milla en cuarenta segundos, los últimos
centenares de yardas en una violenta deceleración a medida que Eden aumentaba
el nivel de energía. La caída fue tan rápida, que el recalentamiento adicional
apenas se notó. Diez segundos más tarde, un chorro de Oxígeno 15 emprendía su
camino hacia la Tierra. El plan, al menos, había llegado a su culminación.
Eden
aumentó el nivel de energía del collarino y la Nave empezó a ascender a la
relativa seguridad de la superficie. El tiempo transcurrido en el nivel más
bajo había sido lo suficientemente corto para que la temperatura interior de la
Nave no sobrepasara unos soportables 120 grados Farenheít. El cuadro de mandos
no reveló ninguna anormalidad hasta que ascendieron a un millar de yardas de la
superficie.
La
ascensión se hizo más lenta y finalmente quedó interrumpida. La Nave se
bamboleó de un lado para otro, y luego encontró un nivel y permaneció
completamente inmóvil. No había modo de aumentar la polaridad del collarino.
Los instrumentos señalaban que la energía había alcanzado su nivel más alto, y
que era insuficiente. Eden inició una revisión. Apenas había empezado, cuando
una voz habló a través del teléfono interior:
- Una
parte de la espiral exterior no funciona, jefe. Posiblemente se ha quemado la
bobina; voy a comprobarlo.
Eden
volvió su atención a las espirales exteriores y comprobó que, efectivamente, la
espiral de la derecha había dejado de funcionar. Activó todas las conexiones
térmicas y no tardó en comprender lo que había ocurrido. No se había quemado la
bobina de inducción, sino los cables de títanio-molibdeno que la conectaban con
la espiral. En el ángulo inferior de la nave, el efecto sesil había sido
ligeramente menos eficaz que en las otras partes. El inesperado aumento del
calor provocado por la fricción de la caída había actuado sobre la película de
vapor de carbono y destruido una parte de los cables. En consecuencia, la
espiral no recibía la energía suficiente para aumentar la polaridad y hacer que
la Nave se elevara.
Eden
empuñó el teléfono interior y explicó la situación a la tripulación. Una alegre
voz respondió:
- Me
encanta oír que no ocurre nada grave. Lo único que pasa es que no podemos
movernos. ¿No es eso, jefe?
- Por
ahora, sí. ¿Alguna sugerencia?
- Sí,
jefe. Solicito unos días de permiso.
-
Concedidos -dijo Eden-. Ahora, vamos a ver cómo salimos de esto. Voy a tratar
de establecer contacto con la Base.
Durante
diez minutos, Eden trató de hablar con la Base o con otra Nave con su
transmisor de onda superlarga. Estaba a punto de renunciar al intento cuando
oyó una débil respuesta. Forzando la atención, pudo reconocer la llamada de la
Nave pilotada por Dobzhansky. Transmitió su situación, una y otra vez, de modo
que la otra Nave pudiera completar las partes inaudibles de cualquier otro
mensaje. Luego escuchó, y eventualmente se enteró de que la Nave de Dobzhansky
había comprendido y pasaba el mensaje a la Base. Pero, mientras permanecían a
la escucha de la débil retransmisión, todos los sonidos se apagaron. Una
comprobación de su situación demostró que se habían deslizado fuera del alcance
de la radio, de modo que Eden inclinó la Nave y empezó a trazar un círculo. De
cuando en cuando se detenía a escuchar. No se oía absolutamente nada.
Uno de
sus hombres dijo:
- No está
mal la cosa. Podemos movernos fácilmente en todas direcciones, excepto en la
única dirección que nos interesa movernos...
Súbitamente,
Eden oyó a la Base que hablaba a través de la otra Nave. Reconoció la voz de
Hechmer. Lo único que dijo fue: "Procuren resistir hasta que encontremos
una solución."
A bordo
de la Nave reinaba ahora un absoluto silencio. La Nave flotaba a un millar de
yardas encima de la superficie del sol, y empezaban a darse cuenta de que su
situación era irremediable. Unos cables destruidos, y la Nave estaba tan
indefensa como un pájaro herido en un ala. Los tripulantes permanecieron
sentados, inmóviles y silenciosos, con la mirada fija en sus instrumentos.
Un rostro
enmarcado en una cabellera negra flotó delante del cuadro de mandos de Eden, y
éste pudo ver la expresión de reproche de aquel rostro. A esto se había
referido Rebecca al decir: "No quiero compartirte con nada." Eden
comprendió, ya que ahora Rebecca sentiría pena por él, atrapado en un lugar
donde los hombres no habían estado nunca.
- Hemos
perdido de nuevo contacto, jefe.
Aquellas
palabras le sacudieron. Inclinó la Nave y volvió a trazar un circulo. La imagen
de Rebecca estaba aún delante de él, pero repentinamente se sintió muy enojado
consigo mismo. ¿Qué le sucedía? ¿La preocupación de una mujer interponiéndose
en su trabajo? No podía permitirse aquella clase de debilidades. Tenía que
mantener despiertas todas sus energías, concentrarse en lo que estaba
haciendo..., y súbitamente encontró la solución.
Mientras
completaba el círculo, repasó los mapas y localizó la mancha solar más próxima.
Estaba a una hora de distancia. Se colocó de nuevo al alcance de la radio y le
dijo a Dobzhansky que iba a dirigirse a la mancha solar y que desde allí
ascendería a la superficie. A medida que se acercaban a su objetivo, aumentaba
la velocidad de la Nave. Penetraron en la discontinuidad magnética que definía
a la mancha solar a un millar de yardas por encima de la superficie del Sol.
Giraron
en dirección opuesta a la de su rotación, y las grandes espirales de la Nave
cortaron las líneas de la enorme fuerza magnética. El movimiento generó
energía, la energía adicional afluyó al collarino, y la Nave empezó a ascender.
Era una buena mancha, de cinco mil millas de diámetro. La Nave giró contra la
dirección de su rotación y ascendió en lentas espirales. El ascenso era apenas
perceptible, pero
prolongaron
sus esfuerzos hora tras hora hasta que consiguieron situarse por encima de los
bordes de la mancha. Allí les abordó la Base.
Eden
informó a Hechmer. La nueva técnica había sido un éxito; lo único que había que
solucionar era el problema de los cables de la bobina de inducción: un problema
que no era insoluble, ni mucho menos.
Bueno -
dijo Eden al final de su informe, tensando sus agotados músculos -, tendré que
emprender el viaje de regreso dentro de una hora. Esto no me dará mucho tiempo
para descansar.
Entonces,
Hechmer pronunció las palabras que hicieron que Eden se alegrara de haber
decidido quedarse en la Oficina.
-
Ejem..., ejem... Ha sido una operación perfecta - dijo Hechmer, consultando el
cronómetro. Buen trabajo, Eden.
George
Andrews estaba muy cansando, y le costaba un gran esfuerzo llenar de aire sus
pulmones. Descansaba sobre un blando lecho bajo el cálido sol de California, y
sus dedos se aferraban nerviosamente a la delgada manta que le cubría. Estaba
en la cumbre de una colina. Luégo observó la extraña nube de forma cilíndrica
que pareció elevarse del nivel del suelo y abrirse camino a través de los
dispersos cúmulos que salpicaban el cielo azul. George Andrews sonrió, ya que
ahora podía ver claramente cómo se acercaba. El cilindro vertical de nubes
heladas avanzaba hacia él, y cuando los copos empezaron a caer George Andrews
apartó la manta a un lado para que la nieve le cayera directamente encima.
George Andrews se sintió extrañamente dichoso.
Aquí
estaba la nieve, la nieve que tanto había amado cuando era un chiquillo. Y el
hecho de que estuviera allí, era una prueba inequívoca de que los hombres no
habían cambiado mucho, después de todo, ya que su petición había sido una
locura, y el atenderla otra locura todavía mayor. Ya no tenía dificultades con
el aire; no lo necesitaba. Permaneció tendido bajo la manta de nieve, y era una
buena manta.
FIN

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