© Libro No. 684. EL Amor, Las Mujeres y la
Muerte. Schopenhauer, Arturo. Colección E.O. Marzo 29 de 2014.
Título original: © Arturo
Schopenhauer. EL Amor, Las Mujeres y la Muerte.
Versión Original: © Arturo Schopenhauer. EL Amor, Las Mujeres y la
Muerte.
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Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
EL
AMOR,
LAS
MUJERES
y
la MUERTE
Arturo Schopenhauer
Índice
EL AMOR
LAS
MUJERES
LA MUERTE
DOLORES
DE MUNDO
EL ARTE
LA MORAL
LA
RELIGION
LA
POLITICA
EL HOMBRE
Y LA SOCIEDAD
CARACTERES
DE DIFERENTES
PUEBLOS
EL AMOR
¡Oh,
vosotros los sabios de alta y profunda ciencia, que habéis meditado y sabéis
dónde, cuándo y cómo se une todo en la naturaleza el porqué de todos esos
amores y besos; vos, otros, sabios sublimes, decídmelo! ¡Poned en el potro
vuestro sutil ingenio y decidme dónde, cuándo y cómo me ocurrió amar, por qué
me ocurrió amar!
BURGER.
Se está generalmente
habituado a ver a los poetas ocuparse en pintar el amor.
La pintura
del amor es el principal asunto de todas las obras dramáticas, trágicas o
cómicas, románticas o clásicas, en las Indias lo mismo que en Europa. Es
también el más fecundo de los asuntos para la poesía lírica, como pura la
poesía épica.
Esto sin
hablar del incontable número de novelas que desde hace siglos se producen cada
año en todos los países civilizados de Europa con tanta regularidad como los
frutos de las estaciones.
Todas esas
obras no son el fondo sino descripciones variadas y más o menos desarrolladas
de esta pasión. Las pinturas más perfectas, Romeo y Julieta, La Nueva Eloisa
Werther, han adquirido una gloria inmortal.
Es un gran
error decir con La Rochefoucauld que sucede con el amor apasionado como con los
espectros, que todo el mundo habla de él y nadie lo ha visto; o bien, negar con Lichtenberg, en su
Ensayo sobre el poder del amor, la realidad de esta pasión y el que esté
conforme con la naturaleza. Porque es imposible concebir que siendo un
sentimiento extraño o contrario a la naturaleza humana o un puro capricho, ni
se cansen de pintarlo los poetas, ni la humanidad de acogerlo con una simpatía inquebrantable,
puesto que sin verdad no hay arte cabal: Rien n'est beau que le vrai;
le vrai seul est aimable1. (BOILEAU).
Por otra
parte, le experiencia general, aunque no se renueva todos los días, prueba que,
bajo el imperio de ciertas circunstancias, una inclinación viva y aún
gobernable puede crecer y superar por su violencia a todas las demás pasiones,
echar a un lado todas las consideraciones, vencer todos los obstáculos con una
fuerza y una perseverancia increíbles, hasta el punto de arriesgar sin
vacilación la vida por satisfacer su deseo, y hasta perderla si ese deseo es
sin esperanza. No solo en las novelas hay Werthers y Jacobos Ortis; todos los
años pudieran señalarse en Europa por lo menos media docena. Muere desconocido,
y sus sufrimientos no tienen otro cronista que el empleado que registra las
defunciones, ni otros anales que la sección de noticias de los periódicos.
1. No hay
nada bello sino lo verdadero; sólo lo
verdadero merece amarse.
Las personas que leen los diarios
franceses e ingleses certificarán la exactitud de esto que afirmo.
Pero aún
es más grande el número de les individuos a quienes esta pasión conduce al
manicomio.
Por
último, se comprueban cada año diversos cases de doble suicidio, cuando dos
amantes desesperados caen víctimas de las circunstancias exteriores que los
separan.
En cuanto
a mi, nunca he comprendido cómo dos seres que se aman y creen hallar en ese
amor la felicidad suprema no prefieren romper violentamente con todas las
convenciones sociales y sufrir todo género de vergüenzas, antes que abandonar
la vida, renunciando a una ventura más allá de la cual no imaginan que existan
otras. En cuanto a los grados inferiores, los ligeros ataques de esta pasión,
todo el mundo los tiene a diario ante su vista, y a poco joven que sea uno, la
mayor parte del tiempo los tiene también en el corazón.
Por lo
tanto, no es lícito dudar de la realidad del amor ni de su importancia.
En vez de
asombrarse de que un filósofo trate también de apoderarse de esta cuestión,
tema eterno para todos los poetas, más bien debiera sorprender que un asunto
que representa en la vida humana un papel tan importante haya sido hasta ahora
abandonado por los filósofos y se nos presente como materia nueva.
De todos
los filósofos es Platón quien se ocupó más del amor, sobre todo en el Banquete
y en Fedro. Lo que dijo acerca de este asunto entra en el dominio de
los mitos, fábulas y juegos de ingenio, y sobre todo concierne al amor griego.
Lo poco que de él dice Rousseau en el Discurso sobre la desigualdad es
falso e insuficiente. Kant, en la tercera parte del Tratado sobre el
sentimiento de lo bello y de lo sublime, toca el amor de una manera harto
superficial y a veces inexacta, como quien no es muy ducho en él. Platner, en
su antropología, no nos ofrece sino ideas medianas y corrientes. La definición
de Spinoza merece citarse a causa de su extremada sencillez: Amor est
titillatio, concomitante idea causae externae. (Eth. IV,
prop. 44 ideen).
No tengo,
pues, que servirme de mis predecesores, ni refutarlos. No por los libros, sino
por la observación de la vida exterior, es como este asunto se ha impuesto a mí
y ha ocupado un puesto por sí mismo en el conjunto de mis consideraciones
acerca del mundo.
No espero
aprobación ni elogio por parte de los enamorados, que naturalmente propenden a
expresar con las imágenes más sublimes y más etéreas la intensidad de sus
sentimientos. A los tales mi punto de vista les parecerá demasiado físico,
harto material, por metafísico y trascendente que sea en el fondo.
Antes de
juzgarme, que se den cuenta de que el objeto de su amor, o sea la mujer a la
cual exaltan hoy en madrigales y sonetos, apenas hubiera obtenido de ellos una
mirada si hubiese nacido diez y ocho años antes.
Toda
inclinación tierna, por etérea que afecte ser, sumerge todas sus raíces en el
instinto natural de los sexos, y hasta no es otra cosa más que instinto
especializado, determinado, individualizado por completo.
Sentado esto, si se observa el papel
importante que representa el amor en todos sus grados y en todos sus matices,
no sólo en las comedias y novelas, sino también en el mundo real, donde junto
con el amor a la vida, es el más poderoso y el más activo de todos los
resortes; si se piensa en que de continuo ocupa las fuerzas de la parte más
joven de la humanidad; que es el fin último de casi todo esfuerzo humano; que
tiene una influencia perturbadora sobre los más importantes negocios; que
interrumpe a todas horas las ocupaciones más serias; que a veces hace cometer
tonterías a los más grandes ingenios; que no tiene escrúpulos en lanzar sus
frivolidades a través de las negociaciones diplomáticas y de los trabajos de
los sabios; que tiene maña para deslizar sus dulces esquelas y sus mechoncitos
de cabellos hasta en las carteras de los ministros y los manuscritos de los
filósofos, lo cual no le impide ser a diario el promovedor de los asuntos más
malos y embrollados; que rompe las relaciones más preciosas, quiebra los
vínculos más sólidos, y elige por víctimas ya la vida o la salud, ya la
riqueza, la alcurnia o la felicidad que
hace del hombre honrado, un hombre sin honor, del fiel, un traidor, y
que parece ser así un demonio que se esfuerza en transformarlo todo, en
embrollarlo todo, en destruirlo todo; entonces estamos prontos a exclamar:
"¿Por qué tanto ruido? ¿Por qué esos esfuerzos, esos arrebatos, esas
ansiedades y esa miseria?"
Pues no se
trata más que de una cosa muy sencilla; solo se trata de que cada macho se
ayunte con su hembra. ¿Por qué tal futileza ha de representar un papel tan
importante o introducir de continuo el trastorno y el desarreglo en la bien
ordenada vida de los hombres?
Pero ante el pensador serio,
el espíritu de la verdad descorre poco a poco el velo de esta respuesta No se
trata de una fruslería; lejos de eso, la importancia del asunto es igual a la
formalidad y el ímpetu de la persecución. El fin de toda empresa amorosa, lo
mismo si se inclina a lo trágico que a lo cómico, es en realidad, entre los
diversos fines de la vida humana, el más grave e importante, y merece la
profunda seriedad con que cada uno lo persigue.
En efecto;
se trata nada menos que de la "combinación de la generación próxima".
Los actores que estarán en escena cuando salgamos nosotros, se encontrarán así
determinados en su existencia y en su naturaleza por esta pasión tan frívola.
Lo mismo que el ser, de esas personas futuras la naturaleza propia de su
carácter, su essentia, depende en absoluto de la elección individual por
el amor de los sexos, y se encuentra así irrevocablemente fijada desde todos
los puntos de vista. He aquí la clave del problema: la conoceremos mejor cuando
hayamos recorrido todos los grados del amor, desde la inclinación más fugitiva
hasta la pasión más vehemente; entonces reconoceremos que su diversidad nace
del grado de la individualización en la elección.
Todas las
pasiones amorosas de la generación presente no son, pues, para la humanidad
entera más que una "meditatio compositionis generationis futural, e qua
iterum pendent ennumere generationes. Ya no se trata, en efecto, como en las
otras pasiones humanas, de una desventaja o una ventaja individual, sino de la
existencia y especial constitución de la humanidad futura. En ese caso alcanza
su más alto poderío la voluntad individual, que se transforma en voluntad de la
especie.
En este
gran interés se fundan lo patético y lo sublime del amor, sus transportes, sus
colores infinitos, que desde millares de siglos no se cansan los poetas de
representar con ejemplos sin cuento. ¡Qué otro asunto pudiera aventajar en
interés al que atañe al bien o al mal de la especie! Porque el individuo es a
la especie lo fue la superficie de los cuerpos a los cuerpos mismos. Esto es lo
que hace que sea tan difícil dar interés a un drama sin mezclar en él una
intriga amorosa; y, sin embargo, a pesar del uso diario que del amor se hace,
nunca se agota el asunto.
Cuando el
instinto de los sexos se manifiesta en la conciencia individual de una manera
vaga y genérica, sin determinación precisa, lo que aparece fuera de toco
fenómeno, es la voluntad absoluta de vivir. Cuando se especializa en un
individuo determinado el instinto del amor, esto no es en el fondo más que una
misma voluntad que aspira a vivir en un ser nuevo y distinto, exactamente
determinado. Y en este caso, el instinto del amor subjetivo ilusiona por
completo a la conciencia y sabe muy bien ponerse el antifaz de una admiración
objetiva. La naturaleza necesita esa estratagema para lograr sus fines. Por
desinteresada e ideal que pueda parecer la admiración por una persona amada, el
objetivo final es, en realidad, la creación de un ser nuevo, determinado en su
naturaleza; y lo que lo prueba, es que el amor no se contenta con un
sentimiento recíproco; sino que exige la posesión misma, lo esencial, es decir,
el goce físico. La certidumbre de ser amado no puede consolar de la privación
de aquella a quien se ama, y, en semejante caso, más de un amante se ha saltado
la tapa de los sesos. Por el contrario, sucede que, no pudiendo ser pagadas con
la moneda del amor recíproco, gentes muy enamoradas se contenta con la
posesión, es decir, con el goce físico. En este caos se hallan todos los
matrimonios contraídos por fuerza, los amores venales o los obtenidos con
violencia. El que cierto hijo sea engendrado: ese es el fin único y verdadero
de toda novela de amor, aunque los enamorados no lo sospechen. La intriga que
conduce al desenlace es cosa accesoria.
Las almas
nobles, sentimentales, tiernamente prendadas, protestarán aquí lo que quieran
contra el áspero realismo de mi doctrina; sus protestas no tienen razón de ser.
La constitución y el carácter preciso y determinado de la generación futura,
¿no es un fin infinitamente más elevado, infinitamente más noble que sus
sentimientos imposibles y sus quimeras ideales? ¿Y entre todos los fines que se
propone la vida humana, puede haber alguno más considerable? Solo él explica
los profundos ardores del amor, la gravedad del papel que representa, la
importancia que comunica a los más ligeros incidentes. No hay que perder de
vista este fin real, si se quiere explicar tantas maniobras, tantos rodeos y
esfuerzos, y esos tormentos infinitos para conseguir al ser amado, cuando al
pronto parecen tan desproporcionados. Es que la generación venidera con su
determinación absolutamente individual, empuja hacia la existencia a
través de esos trabajos y esfuerzos.
Es ella
misma quien se agita, ya en la elección circunspecta, determinada, pertinaz,
que trata de satisfacer ese instinto llamado amor; es la voluntad de vivir del
nuevo individuo que los amantes pueden y desean engendrar. ¿Qué digo? En el
entrecruzamiento de sus miradas preñadas de deseos enciéndase ya una vida
nueva, se anuncia un ser futuro; creación completa y armoniosa. Aspiran a una
unión verdadera, a la fusión en un solo ser. Este ser que van a engendrar será
como la prolongación de su existencia y la plenitud de ella; en él continúan
viviendo reunidas y fusionadas las cualidades hereditarias de los padres. Por
el contrario, una antipatía recíproca y tenaz entre un hombre y una mujer joven
es señal de que no podrían engendrar sino un ser mal constituido, sin armonía y
desgraciado. Por eso Calderón, con profundo sentido, representa a la cruel
Semíramis, a quien llama hija del aire como fruto de una violación seguida del
asesinato del esposo.
Esta
soberana fuerza, que atrae exclusivamente uno hacia otro, a dos individuos de
sexo diferente es la voluntad de vivir, manifiesta en toda la especie. Trata de
realizarse según sus fines en el hijo que debe mecer de ellos. Tendrá del padre
la voluntad o el carácter, de la madre la inteligencia, de ambos la
constitución física. Y, sin embargo, las facciones reproducirán más bien las
del padre, la estatura recordará más bien la de la madre... Si es difícil
explicar el carácter enteramente especial y exclusivamente individual de cada
hombre, no es menos difícil comprender el sentimiento asimismo particular y
exclusivo que arrastra a dos personas una hacia otra. En el fondo esas dos
cosas no son más que una sola.
La pasión
es implícitamente lo que la individualidad es explícitamente.
El primer
paso hacia la existencia, el verdadero "punctum saliens" de la vida,
es, en realidad, el instante en que nuestros padres comienzan a amarse y, como
llevamos dicho, del encuentro y adhesión de sus ardientes miradas nace el
primer germen del nuevo ser, germen frágil, pronto a desaparecer como todos los
gérmenes. Este nuevo individuo es, en cierto modo, una idea platónica; y como
todas las ideas hacen un esfuerzo violento para conseguir manifestarse en el
mundo de los fenómenos, ávidas de apoderarse de la materia favorable que la ley
de casualidad les entrega como patrimonio, así también esta idea particular de
una individualidad humana tiende con violencia y ardor extremados a realizarse
en un fenómeno. Esta energía, este ímpetu es precisamente la pasión que los
futuros padres experimentan el uno por el otro. Tiene grados infinitos, cuyos
extremos pudieran designarse con el nombre de amor vulgar, y de amor divino,
pero, en cuanto a la esencia del amor, es en todas partes y siempre lo mismo.
En sus diversos grados, es tanto más poderoso cuanto más individualizado. En
otros términos: es tanto más fuerte cuanto, por todas sus cualidades y maneras
de ser, la persona amada (con exclusión de cualquiera otra) sea más capaz de
corresponder a la aspiración. .particular y a la determinada necesidad que ha
hecho nacer en aquel que la ama.
El amor
por su esencia y por primer impulso, se mueve hacia la salud, la fuerza y la
belleza; hacia la juventud, que es la expresión de ellas, porque la voluntad
desea ante todo crear seres capaces de vivir con el carácter integral de la
especie humana. El amor vulgar no va más lejos. Luego vienen otras exigencias
más especiales, que agrandan y fortalecen la pasión. No hay amor patente sino
en la conformidad perfecta de dos seres. .. Y como no hay dos seres semejantes
en absoluto, cada hombre debe buscar en cierta mujer las cualidades que mejor
corresponden a sus cualidades propias, siempre desde el punto de vista de los
hijos por nacer. Cuanto más raro es este hallazgo, más raro es también el amor
verdaderamente apasionado. Y precisamente porque cada uno de nosotros tiene en
potencia ese gran amor, por eso comprendemos la pintura de que él nos hace el
genio de los poetas.
Precisamente
porque esta pasión del amor se propone de un modo exclusivo al ser futuro y las
cualidades que debe tener, puede ocurrir que entre un hombre y una mujer
jóvenes, agradables y bien formados, una simpatía de carácter y de espíritu
haga nacer una amistad extraña al amor; y puede que en este último punto haya
entre ellos cierta antipatía. La razón es que el hijo que naciese de ellos
estaría falto de armonía intelectual o física, en una palabra, que su
existencia o su constitución no corresponderían a los planes que se propone la
voluntad de vivir, en interés de la especie.
Puede
ocurrir, por el contrario, que, a despecho de la semejanza de sentimientos, de
carácter y de espíritu, a despecho de la
repugnancia y hasta de la aversión que resulten, nazca y subsista, sin embargo,
el amor, porque ciegue acerca de esas incompatibilidades. Si de eso resulta un
enlace conyugal, el matrimonio será necesariamente muy desgraciado.
Vamos
ahora al fondo de las cosas.
El egoísmo
tiene en cada hombre raíces tan hondas, que los motivos egoístas son los únicos
con que puede contarse de seguro para excitar la actividad de un ser
individual. Cierto es que la especie tiene sobre el individuo un derecho
anterior, más inmediato y más considerable que la individualidad efímera. Sin
embargo, cuando es preciso que el individuo obre y se sacrifique por el
sostenimiento y el desarrollo de la especie, le cuesta trabajo a su
inteligencia dirigida toda ella hacia las aspiraciones individuales, comprender
la necesidad de ese sacrificio y someterse a él enseguida. Para alcanzar su fin
es preciso, pues, que la naturaleza embauque al individuo con alguna añagaza,
en virtud de la cual vea, como un iluso, su propia ventura en lo que en realidad
solo es el bien de la especie. El individuo se hace así esclavo inconsciente de
la naturaleza en el momento en que solo cree obedecer a sus propios deseos. Una
pura quimera, al punto desvanecida, flota ante sus ojos y le hace obrar. Esta
ilusión no es más que el instinto. En la mayoría de los casos representa el
sentido de la especie, los intereses de la especie ante la voluntad. Pero como
aquí la voluntad se ha hecho individual, debe ser engañada, de tal suerte, que
perciba por el sentido del individuo los propósitos que sobre ella tiene el
sentido de la especie. Así, cree trabajar en provecho del individuo, al paso
que, en realidad, solo trabaja para la especie, en su sentido más estricto. En
el animal es donde el instinto representa el mayor papel, y donde mejor pueden
observarse sus manifestaciones exteriores. En cuanto a las vías secretas
del instinto, como respecto a todo lo que es interior, solo podemos aprender a
conocerlas en nosotros mismos.
Imagínase
que el instinto tiene poco imperio sobre el hombre o, por lo menos que no se
manifiesta nada más que en el recién nacido, que trata de coger la teta de su
madre; pero, en realidad, hay un instinto muy determinado, muy manifiesto, y
sobre todo muy complejo, que nos guía en la elección tan fina, tan seria, tan
particular de la persona a quien se ama, y la posesión de la cual se apetece.
Si el
placer de los sentidos no ocultase más que la satisfacción de una necesidad
imperiosa, sería indiferente la hermosura o la fealdad del otro individuo. La
apasionada rebusca de la belleza, el precio que se le concede, la selección que
en ello se pone, no conciernen, pues, al interés personal de quien elige, aún
cuando así seto figure él, sino evidentemente al interés del ser futuro, en el
que importa mantener lo más posible íntegro y puro el tipo de la especie.
Mil
accidentes físicos y mil deformidades morales pueden producir una desviación de
la figura humana: sin embargo, el verdadero tipo humano restablécese de nuevo
en todas sus partes, gracias a ese sentido de la belleza que domina siempre y
dirige el instinto de los sexos, sin lo cual el amor no sería más que una
necesidad irritante.
Así, pues,
no hay hombre que en primer término no desee con ardor y no prefiera las más
hermosas criaturas, porque realizan el tipo más puro de la especie.
Después
buscará sobre todo las cualidades que le faltan, o a veces las imperfecciones
opuestas a las suyas propias, y que le parecerán bellezas.
De ahí
proviene, por ejemplo, el que las mujeronas gusten a los hombrecillos y que los
rubios amen a las morenas, etc.
El entusiasmo
vertiginoso que se apodera del hombre a la vista de una mujer cuya hermosura
responde a su ideal y hace lucir ante sus ojos el espejismo de la suprema
felicidad si se une con ella, no es otra cosa sino el sentido de la especie que
reconoce su sello claro y brillante, y que apetecería perpetuarse por ella. . .
Estas
consideraciones arrojan viva luz sobre la naturaleza íntima de todo instinto.
Como se ve aquí, su papel consiste casi siempre en hacer que el individuo se
mueva por el bien de la especie. Porque evidentemente, la solicitud de un
insecto por hallar cierta flor, cierto fruto, un excremento o un trozo de
carne, o bien, como el lchneumon, la larva de otro insecto para
depositar allí sus huevos y no en otra parte ninguna, y su indiferentismo por
la dificultad o por el peligro cuando se trata de lograrlo, son muy análogos a
la preferencia exclusiva de un hombre por cierta mujer, aquella cuya naturaleza
individual se corresponde con la suya. La busca con tan apasionado celo, que
antes que no conseguir su objeto, con menosprecio de toda razón, sacrifica a menudo
la felicidad de su vida. No retrocede ante un matrimonio insensato, ni ante
relaciones ruinosas, ni ante el deshonor, ni ante actos criminales, adulterios
o violación. Y eso únicamente por servir a los fines de la especie, bajo la
soberana ley de la naturaleza, a expensas hasta del individuo. Por todas partes
parece dirigido el instinto por una intención individual, siendo así que es un
todo extraño a ella. La naturaleza hace surgir el instinto siempre que el
individuo entregado a sí mismo, sería capaz de comprender las miras de ella o
estaría dispuesto a resistirlas. He aquí por qué ha sido dado el instinto a los
animales, y sobre todo a los animales inferiores más desprovistos de
inteligencia; pero el hombre no le está sometido sino en el caso especial que
nos ocupa. Y no es porque el hombre sea incapaz de comprender los fines de la
naturaleza, sitio porque tal vez no los perseguiría con todo el celo necesario,
aun a expensas de su dicha particular. Así en este instinto, como en todos, los
demás, la verdad se disfraza de ilusión para influir en la voluntad. Una
ilusión de voluptuosidad es lo que hace refulgir a los ojos del hombre la
embaucadora imagen de una felicidad soberana en los brazos de la belleza, ~ no
igualada por ninguna otra humana criatura ante sus ojos; ilusión es también
cuando se imagina que la posesión de un sólo ser en el mundo le otorga de
seguro una dicha sin medida y sin límites. Figúrase que sacrifica afanes y
esfuerzos en pro sólo de su propio goce, mientras que en realidad no trabaja
más que por mantener el tipo integral de la especie, por crear cierto individuo
enteramente determinado, que necesita de esa unión para realizarse y llegar a
la existencia. De tal modo es así, que el carácter del instinto es el obrar en
vista de una finalidad de que, sin embargo, no se tiene idea. Impedido el
hombre por la ilusión que lo posee tiene a veces horror al objetivo a donde va
guiado, que es la procreación de los seres, y hasta quisiera oponerse a él:
este caso acontece en casi todos los amores ilícitos.
Una vez
satisfecha su pasión, todo amante experimenta un especial desengaño: se asombra
de que el objeto de tantos deseos apasionados no le proporcione más que un
placer efímero, seguido de un rápido desencanto. En efecto, ese deseo es a los
otros deseos que agitan el corazón del hombre, como la especie es al individuo,
como el infinito es a lo finito. Sólo la especie se aprovecha de la
satisfacción de ese deseo, pero el individuo no tiene conciencia de ella. Todos
los sacrificios que se ha impuesto, impulsado por el genio de la especie, han
servido para un fin que no es el suyo propio. Por eso todo amante, una vez
realzada la grande obra de la naturaleza, se llama a engaño; porque la ilusión
que le hacía víctima de la especie se ha desvanecido. Platón dice muy bien: Voluptas
omnium maxime vaniloqua.
Estas
consideraciones dan nueva luz acerca de los instintos y el sentido estético de
los animales. También son esclavos ellos de esa especie de ilusión que hace
brillar ante sus ojos el engañoso espejismo de su propio goce, mientras tan
asiduamente y con tan absoluto desinterés trabajan en pro de la especie. Así
fabrica su nido el ave, y así busca el insecto el propio lugar donde poner sus
huevos, o bien se entrega a la caza de una presa de que él mismo no ha de gozar
nunca, que sólo ha de servir de alimento a las futuras larvas, y la cual coloca
junto a los huevos. Así la abeja, la avispa y la hormiga, trabajan en sus
construcciones futuras y toman las más complicadas disposiciones. Lo que dirige
a todos estos bichos es evidentemente una ilusión que pone al servicio de la
especie el antifaz de un interés egoísta. Tal es la única explicación verosímil
del fenómeno interno y subjetivo que dirige las manifestaciones del instinto:
Pero, al ver las cosas desde fuera, advertimos en los animales más esclavos del
instinto -sobre todo en los insectos- un predominio del sistema ganglional, es
decir, del sistema nervioso subjetivo, sobre el sistema cerebral u objetivo; de
donde es preciso inducir que los animales, no tanto son impelidos por una
inteligencia objetiva y exacta, cuanto por representaciones subjetivas
excitantes de deseos que nacen de la acción del sistema ganglional sobre el
cerebro. Esto prueba que también ellos están bajo el imperio de una especie de
ilusión, y tal será siempre la marcha fisiológica de todo instinto.
Como
aclaración, mencionaré también otro ejemplo del instinto del hombre -si bien es
cierto que menos característico,- y es el apetito caprichoso de las mujeres en
cinta. Parece nacer de que el crecimiento del embrión exige a veces una
modificación particular o determinada de la sangre que a él afluye. Entonces el
alimento más favorable preséntase al punto al espíritu de la mujer en cinta
como objeto de un vivo antojo. También hay en esto una ilusión. Parece, pues,
que la mujer tiene un instinto más que el hombre; también está más desarrollado
en ella el sistema ganglionar. El excesivo predominio del cerebro explica cómo
tiene el hombre menos instinto que los brutos, y cómo sus instintos pueden
extraviar, se algunas veces. Así, por ejemplo, el sentido de la belleza que
dirige la selección al ir en busca del amor, se extravía cuando degenera en
vicio contra natura. Asimismo cierta mosca (Mosca vomitoria), en lugar de poner
sus huevos conforme a su instinto en una carne en descomposición, los deposita
en la flor del Arum dracumulus, extraviada por el olor cadavérico de esta
planta.
El amor
tiene, pues, por fundamento un instinto dirigido a la reproducción de la
especie. Esta verdad nos parecerá clara hasta la evidencia, si examinamos la
cuestión en detalles, como vamos a hacerlo.
Ante todo,
preciso es considerar que un hombre propende por naturaleza a la inconstancia
en el amor, y la mujer a la fidelidad. El amor del hombre disminuye de una
manera perceptible a partir del instante en que ha obtenido satisfacción.
Parece que cualquiera otra mujer tiene más atractivo que la que posee; aspira
al cambio.
Por el
contrario el amor de la mujer crece a partir de ese instante. Esto es una
consecuencia del objetivo de la naturaleza, que se encamina al sostén, y por
tanto, al crecimiento más considerable posible de la especie.
En efecto,
el hombre con felicidad puede engendrar más de cien hijos en un año, si tiene
otras tantas mujeres a su disposición; la mujer, por el contrario, aunque
tuviese otros tantos varones a su disposición, no podría dar a luz más que un
hijo al año, salvo los gemelos. Por eso anda el hombre siempre en busca de
otras mujeres, al paso que la mujer permanece fiel a un solo hombre, porque la
naturaleza la impele, por instinto y sin reflexión, a conservar junto a ella a
quien debe alimentar y proteger a la futura familia menuda.
De aquí
resulta que la felicidad en el matrimonio es artificial para el hombre y
natural en la mujer; y por consiguiente
a causa de sus consecuencias y por ser contrario a la naturaleza (el
adulterio de la mujer es mucho menos perdonable que el del hombre).
Quiero
llegar al fondo de las cosas y acabar de convencernos probándonos que por
objetivo que pueda parecer el gusto por las mujeres, no es, sin embargo, más
que un instinto disfrazado; es decir: el sentido de la especie, que se esfuerza
en mantener el tipo de ella. Debemos investigar más de cerca y examinar más
especialmente las consideraciones que nos dirigen a perseguir ese placer,
aunque hagan extraña figura en una obra filosófica los detalles que vamos a
indicar aquí. Estas consideraciones se dividen como sigue: en primer término,
las que conciernen directamente al tipo de la especie, es decir, la belleza;
las que atienden a las cualidades psíquicas, y por último, las consideraciones
puramente relativas a la necesidad de
corregir unas por otras las disposiciones particulares y anormales de los dos
individuos procreadores. Examinemos por separado cada una de esas divisiones.
La primera
consideración que nos dirige al simpatizar y elegir es la de la edad. En
general, la mujer que elegimos se encuentra en los años comprendidos entre el
final y el comienzo del flujo menstrual; por tanto, damos decisiva preferencia
al período que media entre las edades de quince y veintiocho años. No nos atrae
ninguna mujer fuera de las precedentes condiciones. Una mujer de edad, es
decir, incapaz de tener hijos, no nos inspira más que un sentimiento de
aversión. La juventud sin belleza tiene siempre atractivo; pero ya no lo tiene
tanto la hermosura sin juventud.
Con toda
evidencia, la inconsciente intención que nos guía no es otra sino la
posibilidad general de tener hijos. Por consiguiente, todo individuo pierde en
atractivo para el otro sexo, según se encuentre más o menos alejado del período
propio para la generación o la concepción.
La segunda
consideración es la salud: las enfermedades agudas no turban nuestras
inclinaciones sino de un modo transitorio; por el contrario, las enfermedades
crónicas, las caquexias, asustan o apartan, porque se trasmiten a los hijos.
La tercera
consideración es el esqueleto, porque es el fundamento del tipo de la especie.
Después de la edad y de la enfermedad, nada nos aleja tanto como una
conformación defectuosa; ni aún el rostro más hermoso podría indemnizarnos de
una espalda encorvada; por el contrario siempre será preferido un rostro feo
sobre un torso recto. Un defecto del esqueleto es lo que siempre nos choca más;
por ejemplo, un talle rechoncho y enano, piernas demasiado cortas o el andar
cojeando, si no es como consecuencia de un accidente exterior. Por el
contrario, un cuerpo notablemente hermoso compensa muchos defectos y nos
hechiza. La extremada importancia que damos a todos los pies pequeños tiene
también relación con estas consideraciones. En efecto, son un carácter esencial
de la especie, pues no hay animal ninguno que tenga tan pequeños como el hombre
el torso y el metatarso juntos, lo que depende de su paso en actitud vertical;
es un plantígrado. Jesús Sirach dice a este propósito: "Una mujer de
buenas formas y bonitos pies, es como columnas de oro sobre zócalos de
plata". No es menor la importancia de los dientes, porque sirven para la
nutrición y son especialmente hereditarios.
La cuarta
consideración es cierta plenitud de carnes, es decir, el predominio de la
facultad vegetativa, de la plasticidad, porque ésta promete al feto un alimento
rico; por eso una mujer alta y flaca es repulsiva de un modo sorprendente. Los
pechos bien redondos y de buena forma ejercen una notable fascinación sobre los
hombres, porque, hallándose en relación directa con las funcionen genésica en
la mujer, prometen rico alimento al recién nacido. Por el contrario, mujeres
gordas con exceso excita repugnancia en nosotros, porque ese estado morboso
es un signo de atrofia del útero, y, por consiguiente, una señal de
esterilidad. No es la inteligencia quien sabe esto, es el instinto.
La belleza
de la cara no se toma en consideración sino en el último lugar. También aquí,
lo que ante todo choca más, es la parte ósea; más que nada se busca una nariz
bien hecha, al paso que una nariz corta, arremangada, lo desluce todo. Una
ligera inclinación de la nariz hacia arriba o hacia abajo ha decidido la suerte
de infinidad de mujeres jóvenes, y con razón, porque se trata de mantener el
tipo de la especie. La pequeñez de la boca, formada por unos huesos maxilares
pequeños, es esencialísima como carácter específico del rostro humano, en
oposición al hocico de los demás animales. La barba escurrida, y, más bien
dicho, amputada, es particularmente repulsiva, porque un rasgo característico
de nuestra especie es la barbilla prominente, mentum prominentum. En último
término, se consideran los ojos y la frente hermosos, los cuales se relacionan
con las cualidades psíquicas, sobre todo con las cualidades intelectuales, que
forman parte de la herencia par la madre.
Naturalmente,
no podemos enumerar con tanta exactitud las consideraciones inconscientes a las
cuales se adhiere la inclinación de la mujer.
He aquí lo
que, de una manera general, puede afirmarse. Las mujeres prefieren en el hombre
a cualquiera otra edad la de treinta y treinta y cinco años, aún por encima de
los hombres jóvenes que, sin embargo, representan la flor de la belleza
masculina. La causa de eso es que se guían, no por el gusto, sino por el
instinto, que reconoce en esos años el apogeo de la potencia genésica. En
general, hacen muy poco caso de la hermosura, sobre todo de la del rostro, como
si ellas solas se encargasen de transmitirla al hijo. La fuerza y la valentía
del hombre son, sobre todo, las que conquistan su corazón, porque estas
cualidades prometen una generación de robustos hijos y parecen asegurarles para
lo venidero un protector animoso. Todo defecto corporal del hombre, toda
desviación del tipo, puede suprimirlos la mujer para el hijo en la generación,
si las partes correspondientes en la constitución de ella a las defectuosas en
el hombre son intachables o aún están exageradas en sentido inverso. Sólo hay
que exceptuar las cualidades del hombre peculiar de su sexo y que, por
consiguiente, la madre no puede dar al hijo, por ejemplo, la estructura
masculina del esqueleto, de anchos hombros, caderas estrechas, piernas rectas,
fuerza muscular, valentía, barbas, etc. De aquí procede que a menudo amen las
mujeres a hombres feísimos, pero nunca a hombres afeminados, porque no pueden
ellas neutralizar semejante defecto.
El segundo
orden de consideraciones que importan en el amor concierne a las cualidades
psíquicas. Encontraremos aquí que las cualidades del corazón o del carácter en
el hombre son las que atraen a la mujer, porque el hijo recibe estas cualidades
de su padre. Ante todo, sirven para ganar a la mujer una voluntad firme, la
decisión y el arrojo y acaso la rectitud y la bondad de corazón. Por el
contrario, las cualidades intelectuales no ejercen sobre ella ninguna acción
directa e instintiva, precisamente porque el padre no las transmite a sus
hijos. La necesidad no perjudica para con las mujeres. Con frecuencia causa un
efecto desfavorable, por su des, proporción, un talento superior o el genio
mismo. Así se ve a menudo a un hombre feo, necio y grosero suplantar cerca de
las mujeres a un hombre bien formado, ingenioso y amable. Hasta se ven
matrimonios por amor entre seres lo más desemejantes posible desde el punto de
vista del espíritu; por ejemplo: el hombre, brutal, robusto y pobre de
entendimiento; ella dulce, impresionable, aguda en el pensar, instruida llena
de buen gusto, etc.; o bien el hombre muy sabio, un genio, ella una gansa.
La razón
de esto es que las consideraciones predominantes en el amor no tienen nada de
intelectual, y se refinen al instinto.
Lo que se
tiene en cuenta para el matrimonio no es un conversación llena de chispa, sino
la procreación de hijos: el matrimonio es un vínculo de los corazones y no de
las cabezas. Cuando una mujer afirma que está prendada del talento de un
hombre, esto no es más que una presunción vana y ridícula, o la exaltación de
un ser degenerado. Por el contrario, en el amor instintivo, los hombres no se
ven clasificados por las cualidades de carácter de la mujer por eso tantos
Sócrates han encontrado sus Xántipas, por ejemplo Shakespeare, Alberto Durero,
Byrón, etc. Las cualidades intelectuales tienen una gran influencia, tratándose
de la mujer, porque se transmiten por la madre. Sin embargo, su influjo se ve
fácilmente sobrepujado por el de la belleza corpórea, que obra de un modo más
directo sobre puntos más esenciales. Acontece, no obstante, que madres
instruidas por propia experiencia de ese influjo intelectual hacen aprender a
sus hijas las bellas artes, los idiomas, etc., para hacerlas atractivas a sus
futuros maridos; tratan así de ayudar a la inteligencia por medios
artificiales, lo mismo que, si viene al caso, tratan de desarrollar las caderas
y el pecho. Advirtamos que sólo se trata aquí del atractivo por instinto e
inmediato, único que da origen a la verdadera pasión del amor. Que una mujer
inteligente e instruida aprecie la inteligencia y el talento de un hombre, que
un hombre razonable y reflexivo pruebe el carácter de su prometida y lo tenga
en cuenta, eso nada hace para el asunto de que aquí tratamos. Así procede la
razón en el matrimonio cuando es ella quien elige, pero no el amor apasionado,
único que nos ocupa.
Hasta el
presente no he tenido en cuenta sino consideraciones absolutas, es decir, de un
efecto general. Paso ahora a las consideraciones relativas, que son
individuales, porque en este caso el fin es rectificar el tipo que la misma
persona que elige tiene ya, y volver así a una pura representación de aquel
tipo.
Cada cual
ama precisamente lo que le falta. La elección individual, que se funda en estas
consideraciones por completo relativas, es mucho más determinada, más resuelta
y más exclusiva, que la elección fundada sólo en condiciones absolutas. De
estas consideraciones relativas nace, por lo común, el amor apasionado,
mientras que los amores comunes y pasajeros sólo se guían por consideraciones
absolutas. No siempre es la hermosura perfecta, y cabal quien inflama las
grandes pasiones. Para una inclinación verdaderamente apasionada, se necesita
una condición que sólo podemos expresar por una metáfora tomada de la química.
Las dos personas debed neutralizarse una a otra, como un ácido y un álcali
forman una sal neutra. Toda constitución sexual es una constitución incompleta:
la imperfección varía según los individuos. En uno y otro sexo, cada ser no es
más que una parte incompleta e imperfecta del todo. Pero esta parte pude ser
más o menos considerable según las naturalezas. Por eso cada individuo
encuentra su complemento natural en cierto individuo del otro sexo, que
representa la fracción indispensable para el tipo completo, que lo concluye y
neutraliza sus defectos, y produce un tipo cabal de la humanidad en el nuevo
individuo que debe nacer. Todo conspira sin cesar a la constitución de ese ser
futuro. Los fisiólogos saben que la sexualidad en el hombre y en la mujer tiene
innumerables grados. La virilidad pueda descender hasta el horrible ginandro,
hasta el hipospadias. Asimismo hay en las mujeres graciosos andróginos. Los dos
sexos pueden llegar al hermafroditismo completo, y estos individuos, que
constituyen el justo medio entre los dos sexos y no forman parte de ninguno,
son incapaces de reproducirse. Para la neutralización de dos individualidades
una por otra, es preciso que el determinado grado de sexualidad en cierto
hombre corresponda exactamente al grado de sexualidad en cierta mujer, a fin de
que esas dos disposiciones parciales se compensen la una a la otra con
exactitud.
Así es que
el hombre más viril buscará a la mujer más femenina, y viceversa. Los amantes
miden por instinto ésta parte proporcional necesaria a cada uno de ellos, y ese
cálculo inconsciente se encuentra con las demás consideraciones en el fondo de
toda gran pasión. Por eso: cuando' los enamorados hablan con tono poético de la
armonía de sus almas, casi siempre debe sobreentenderse la armonía de las
cualidades tísicas propias de cada sexo y de tal naturaleza que puedan
engendrar un ser perfecto, armonía que importa mucho más que el concierto de
sus almas, el cual, después de la ceremonia, suele convertirse en chillona
discordancia. Únanse a estos las consideraciones relativas más lejanas, que se
fundan en el hecho de que cada cual se esfuerza por neutralizar, por medio de
la otra persona, sus debilidades, sus imperfecciones y todos los extravíos
del tipo normal, por temor a que se
perpetúen en el hijo futuro, o de que se exageren y lleguen a ser deformidades
Cuanto más
débil es un hombre desde el punto de vista de la fuerza muscular, más buscará
mujeres fuertes; y la mujer obrará lo mismo. Pero, como es una ley de la
naturaleza que la mujer tenga una fuerza muscular menor, también está en la
naturaleza el que las mujeres prefieran a los hombres robustos. La estatura es
también una consideración importante. Los hombres bajitos tienen decidida
inclinación a las mujeres grandes y recíprocamente... La aversión de las
mujeres grandes por los hombres grandes está en el fondo de las miras de la
naturaleza a fin de evitar una raza gigantesca, cuando la fuerza transmitida
por la madre sería demasiada débil para asegurar larga duración a esta raza
excepcional.
Si una
mocetona elige por marido a un mocetón, entre otros móviles por hacer mejor
figura en sociedad, sus descendientes expiarán esta locura... Hasta en las
diversas partes del cuerpo busca cada cual un correctivo a sus defectos, a sus
desviaciones, con tanto mayor cuidado cuanto más importante sea 1a parte. Por
ejemplo: las personas de nariz chata contemplan con inexplicable placer una
nariz aguileña, un perfil de loro; y así por el estilo. Los hombres de formas
escuálidas, de largo esqueleto, admiran a una personilla que cabe bajo una
taza, y corta con exceso.
Lo mismo
sucede con el temperamento: cada cual prefiere el opuesto al suyo, y su
preferencia es proporcional siempre a la energía de su propio temperamento. Y
no es que una persona perfecta en alguna de sus partes ame las imperfecciones
contrarias, sino que soportan con más facilidad que otras las soportarían. Los
hijos encuentran en esas cualidades una garantía contra una imperfección más
grande. Por ejemplo: una persona muy blanca no sentirá repugnancia por un tinte
aceitunado; pero a los ojos de una persona de tez negruzca, un tinte de una
blancura deslumbradora, parece divinamente hermoso. Hay casos excepcionales en
que un hombre puede prendarse de una mujer decididamente fea. Esto es conforme
a nuestra ley de concordancia de los sexos, cuando el conjunto de los defectos
e irregularidades físico de la mujer son exactamente lo opuesto, y, por
consiguiente, el correctivo de los del hombre. Entonces llega la pasión, por le
general, a un grado extraordinario. . .
Sin
sospecharlo, el individuo obedece en todo importancia que otorga a ciertas
cosas, las cuales pudieran y debieran serle indiferentes como individuo esto a
una orden superior, la de la especie. De aquí la Nada hay tan extraño como la
seriedad profunda e inconsciente con que se observan uno a otro, dos jóvenes de
diferente sexo que se ven por vez primera, la mirada inquisidora y penetrante
que uno a otro se dirigen la minuciosa inspección que todas las facciones y
todas las partes de sus personas respectivas tienen que afrontar. Este examen es
la meditación del genio de la especie sobre el hijo que podrían procrear y
la combinación de sus elementos constitutivos. El resultado de esta meditación
determinará el grado de su inclinación mutua y de sus recíprocos deseos.
Despees de alcanzar cierto grado, ese primer impulso puede suspenderse de
pronto, por el descubrimiento de algún detalle inadvertido hasta entonces. Así
medita el genio de la especie la generación futura; y la gran labor de Cupido,
que especula, se ingenia y obra sin cesar, consiste en preparar la constitución
de aquella.
Poco
importa la ventaja de los efímeros individuos ante los grandes intereses de la
especie entera, presente y futura; el dios está siempre dispuesto a sacrificar
a los primeros sin compasión. El genio de la especie es relativamente a los
individuos como un inmortal es a los mortales; y sus intereses son a los de los
hombres como el infinito es a lo finito. Sabiendo, pues, que administra bienes
superiores a aquellos que sólo conciernen a un bien o un mal individual, los
gestiona con una impasibilidad suprema, en medio del tumulto de la guerra, en
la agitación de los negocios, a través de los horrores de una peste, y aún los
persigue hasta en el retiro del claustro.
Más atrás
hemos visto que la intensidad del amor crece conforme se individualiza. Lo
hemos probado. La constitución física de dos individuos, puede ser tal que,
para mejorar el tipo de la especie y devolverle toda su pureza, deba ser uno de
esos individuos el complemento del otro. Un deseo mateo y exclusivo los atrae
entonces; y sólo por el hecho de fijarse en un objeto único y que representa al
mismo tiempo una misión especial de la especie, ese deseo adquiere al punto un
carácter noble y elevado. Por la razón opuesta, el puro extinto sexual es un
instinto vulgar, porque no se dirige a un individuo único, sino a todos; y sólo
trata de conservar la especie por el número nada más y sin preocuparse de la
calidad. Cuando el amor aficiona a un ser único, logra entonces tal intensidad,
tal grado de pasión, que si no puede ser satisfecho, pierden su valor todos los
bienes del mando y la misma vida. Es una pasión de una violencia sin igual, que
no retrocede ante ningún sacrificio y puede conducir a la locura o al suicidio.
Las causas inconscientes de una pasión tan excesiva deben diferir de las que
hemos puesto en claro más arriba, y son menos aparentes. Preciso es que
admitamos que así no se trata solo de adaptación física, sino que, además, la
voluntad del hombre y la inteligencia de la mujer tienen entre si una
concordancia especial., que hace que sólo ellos puedan engendrar cierto ser
enteramente determinado; la existencia de ese ser es lo que tiene aquí por
punto de mira el genio de la especie, por razones ocultas en la cosa en sí, y
que no son accesibles para nosotros. En otros términos: la voluntad de vivir
desea en este caso objetivarse en un individuo exactamente predeterminado y que
sólo puede engendrar ese padre unido a esta madre, Ese deseo metafísico de la
voluntad en sí no tiene desde luego otra esfera de acción en la serie de los
seres más que los corazones de los futuros padres. Arrebatados par ese impulso,
se imaginan no desear 'sino para si mismos lo que solo tiene una finalidad
puramente metafísica, es decir, fuera del circulo de las cosas existentes en
realidad. Así, pues, de la fuente original de todos los seres brota esa
aspiración de un ser futuro, que encuentra la ocasión única para llegar a la
vida, y esta aspiración se manifiesta en la realidad de las cosas por la pasión
elevada y exclusiva de los padres futuros uno par otro.
En el
fondo no es más que una ilusión que impulsa a un enamorado a sacrificar todos
los bienes de la tierra por unirse a esa mujer, y, sin embargo, ella' no puede
darle ninguna cosa más que otra mujer. Tal es el único fin que se persigue; y
prueba de ello es que esta pasión se extingue con el goce, lo mismo que las
demás, con gran asombro de los interesados.
También se
extingue cuando, hallándose estéril la mujer (lo que, según Hulfeland puede
resultar de diecinueve vicios de constitución accidentales), se desvanece el
fin metafísico; millones de gérmenes desaparecen así cada día, en los cuales,
no obstante, aspira también al ser el mismo principio metafísico de la vida.
Para esto no hay consuelo alguno, a no ser el de que la voluntad de vivir
dispone del infinito en el espacio, en el tiempo y en la materia, y que tiene
abierta una ocasión inagotable de volver...
El deseo
amoroso, que los poetas de todos los tiempos se es, fuerzan por expresar
con mil formas sin agotar nunca el asunto, ni siquiera igualarlo; ese
deseo que une a la posesión de cierta mujer la idea de una felicidad infinita,
y un dolor inexpresable al pensamiento de no poder conseguirla: ese deseo y
este dolor amorosos no pueden tener por principio las necesidades de un
individuo efímero; ese deseo es el suspiro del genio de la especie, quien, para
realizar sus propósitos, ve una ocasión única que aprovechar o perder, y exhala
hondos gemidos. Sola la especie tiene una vida sin fin, y ella sola es capaz de
satisfacciones y de dolores infinitos. Pero encuéntrase éstos aprisionados
dentro del mezquino pecho de un mortal. ¡Qué tiene de extraño, cuando ese pecho
parece estallar y no puede encontrar ninguna expresión que pinte el
presentimiento de voluptuosidad o de pena infinitas que le invade! Esto es el
asunto de toda poesía de un género elevado, de esas metáforas transcendentes
que se ciernen muy por encima de las cosas terrenas. Esto es lo que inspiraba a
Petrarca, lo que agitaba a los Saint Grieux, a los Werther y a los Jacobo
Ortis. Si eso, serían incomprensibles e inexplicables. Ese precio infinito que
los amantes se conceden uno a otro, no puede fundarse en raras cualidades
intelectuales o en cualidades objetivas o reales, sencillamente porque los
enamorados no se conocen uno a otro con bastante exactitud: tal era el caso de
Petrarca. El espíritu de la especie es el único que de una sola mirada pude ver
qué valor tienen los amanses para él y cómo le pueden servir para sus fines.
Por eso las grandes pasiones suelen nacer a la primera mirada.
Si la
pérdida de la mujer amada, sea por obra de un rival o por la de la muerte,
causa al amante apasionado un dolor que excede a todos los demás, es precisamente
porque este dolor es de una naturaleza trascendente y no le hiere sólo como un
individuo, sino en la vida de la especie, de la que estaba encargado de
realizar la voluntad especial. De aquí proviene que los celos estén llenos de
tormentos y sean tan feroces; y que el más grande de todos los sacrificio sea
el de renuncia- a la persona amada.
Un héroe
se ruborizaría de exhalar quejas vulgares, pero no quejas de amor, porque
entonces no es él, es la especie quien se lamenta. En La Gran -Eenobia, de
Calderón, hay en el segundo acto una escena entre Zenobia y Decio, donde dice
éste:
Cielos,
¿luego tú me quieres? Perdiera cien mil victorias, Volviérame, etc.
Aquí,
pues, el honor, que hasta entonces superaba a cualquier otro interés, ha
sido vencido y puesto en fuga tan pronto como el amor, es decir, el interés de
la especie, entra en escena y trata de conseguir el triunfo decisivo . . . Sólo
ante este interés ceden el honor, el deber y la fidelidad, después de haber
resistido a todas las demás tentaciones, hasta a las amenazas de muerte.
Asimismo,
no hay en la vida privada punto en el cual sea más rara la probidad
escrupulosa. Las personas más honestas en lo demás y más rectas la echan aquí a
un lado, y cometen el adulterio con menosprecio de todo, cuando se apodera de
ellas el amor apasionado, es decir, el interés de la especie. Hasta parece que
creen tener conciencia de un privilegio superior, tal como los intereses
individuales nunca podrían concederlo semejante; precisamente porque obran en
interés de la especie. Merece señalarse, desde este punto de vista el
pensamiento de Chamfort; "Cuando un hombre y una mujer tienen uno por otro
una pasión violenta, siempre me parece que sean cuales fueren los obstáculos
que les separan, marido, padres, etc., los dos amantes son uno de otro por
mandato de la naturaleza, que se pertenecen recíprocamente por derecho divino,
a pesar de las leyes y convenciones humanas". Si se alzasen protestas
contra esta teoría, bastaríamos recordar la asombrosa indulgencia con que en el
Evangelio trata Jesús a la mujer adúltera, cuando presume la misma falta en
todos los presentes.
Desde este
mismo punto de vista, la mayor parte del Decameron parece ser una pura
burla, un puro sarcasmo del genio de la especie contra los derechos y los
intereses de los individuos, que tira por los sueldos.
El genio
de la especie separa y anonada sin esfuerzo todas las diferencias de alcurnia
todos los obstáculos, todas las barreras sociales. Disipa, cual una leve
arista, todas las instituciones humanas, sin cuidarse más que de las
generaciones futuras. Bajo el imperio de un interés amoroso, desaparece todo
peligro y hasta el ser más pusilánime encuentra valor.
Y en la
comedia y la novela, ¡con qué placer, con qué simpatía acompañamos a los
jóvenes que defienden su amor, es decir, el interés de la especie y que
triunfan de la hostilidad de los padres únicamente preocupados de los intereses
individuales! Tanto como la especie sobrepuja al individuo, otro tanto supera
la pasión en importancia, elevación y justicia a todo lo que la contraria. Por
eso el asunto fundamental de casi todas las comedias es la entrada en escena
del genio de la especie con sus aspiraciones y sus proyectos, amenazando los
intereses de los demás personajes de la obra y tratando de sepultar la
felicidad de éstos,
Generalmente
lo consigue, y el desenlace, conforme con la justicia poética, satisface al
espectador, porque este último comprende que los designios de la especie son
muy superiores a los de los individuos. Después del desenlace sale de allí
consolado del todo, dejando victoriosos a los enamorados, asociándose a la
ilusión de que han puesto los cimientos de su propia ventura, cuando en
realidad no han hecho más que sacrificarla en aras del bien de la especie, a
pesar de las previsiones y la oposición de sus padres. En ciertas extrañas
comedias se ha tratado de volver las cosas al revés y llevar a buen término la
felicidad de los individuos a expensas de los fines de la especie; pero en este
caso, el espectador experimenta el mismo dolor que el genio de la especie, y no
podría consolarle la ventaja segura de los individuos. Acuden a mi memoria como
ejemplo algunas obras muy conocidas. La reina de dieciséis años, El
casamiento razonable. En las tragedias donde se trata de amor, los amantes
casi siempre sucumben; porque no han podido hacer triunfar los fines de la
especie, los cuales eran sólo instrumento; así sucede en Romeo y Julieta,
Tancredo, Don Carlos, Wallenstein, La desposada de Messina y tantas otras.
Un enamorado, lo mismo puede llegar a ser cómico que trágico, porque en uno y
en otro caso está en manos del genio de la especie, que le domina hasta el
punto de enajenarlo de sí mismo. Sus acciones son desproporcionadas con
respecto a su carácter. De aquí proviene, en los grado a superiores de la
pasión, ese colorido tan poético y tan sublime que reviste sus pensamientos,
esa elevación trascendente y sobrenatural que parece hacerle perder de vista en
absoluto el objetivo enteramente físico de su amor. Es que entonces le animan
el genio de la especie y sus intereses superiores. Ha recibido la misión de
fundar una serie indefinida de generaciones dotadas de cierta constitución y
formadas por ciertos elementos que no pueden Rallarse más que en un solo padre
y una sola madre. Esta unión, y sólo esta, pueda dar existencia a la generación
determinada que la voluntad de vivir exige expresamente. El pensamiento que
tiene de obrar en circunstancias de una importancia tan trascendente, eleva al
amante a tal altura sobre las cosas terrenas y hasta sobre sí mismo, y reviste
sus deseos materiales con una apariencia tan inmaterial, que el amor es un
episodio poético hasta en la vida del hombre más prosaico, lo que a veces la
ridiculiza. Esta misión, que la voluntad cuidadosa de los intereses de la
especie impone al amante, se presenta bajo el disfraz de una ventura infinita,
que espera encontrar en la posesión de la mujer amada. En los grados supremos
de la pasión es tan brillante esta quimera que, si no puede conseguirse, la
misma vida pierde todos sus encantos y parece desde entonces tan exhausta, de
alegrías, tan sonsa y tan insípida, que el disgusto que por ella se siente
supera aun al encanto de la muerte, y el infeliz abrevia a veces sus días
voluntariamente. En este caso, la voluntad del hombre ha entrado en el torbellino
de la voluntad de la especie; o bien esta última arrolla de tal modo a la
voluntad individual, que si el amante no puede obrar en representación de esta
voluntad de la especie, renuncia a obrar en nombre de la suya propia.
El
individuo es un vaso harto frágil para contener la aspiración infinita de la
voluntad de la especie, concentrada pobre un objeto determinado. Desde entonces
no tiene más salida que el suicidio, a veces el doble suicidio de los dos
amantes; a menos de que la naturaleza, por salvar la existencia, no deje
sobrevenir la locura que cubre con su velo la conciencia de un estado
desesperado. Todos los años vienen a confirmar esta verdad varios casos
análogos.
Pero no
sólo es la pasión quien a veces tiene un desenlace trágico. El amor satisfecho
conduce también más a menudo a la desdicha que a la felicidad. Porque las
exigencias del amor, en conflicto con el bienestar personal del amante,
son tan incompatibles con las otras circunstancias de la vida y sus planes
acerca de lo venidero, que minan todo el edificio de sus proyectos, de su:
Esperanzas y de sus ensueños.
El amor no
sólo está en contradicción con las relaciones sociales, sino que a menudo
también lo está con la naturaleza íntima del individuo, cuando se fija en
personas que, fuera de las relaciones sexuales, serían odiadas por su amante,
menospreciadas y gasta aborrecidas. Pero la voluntad de la especie tiene tanto
poder sobre el individuo, que el amante impone silencio a sus repugnancias y
cierra los ojos acerca de los defectos de aquella a quien ama; pasa de ligero
por todo, lo desconoce todo y se une para siempre al objeto de su pasión.
¡Tanto es lo que le deslumbra esa ilusión, que se desvanece en cuanto queda
satisfecha la voluntad de la especie, y queda tras de sí para toda la vida una
compañera a quien se detesta!
Sólo así
se explica que hombres razonables y hasta distribuidos se enlacen con harpías y
se casen con perdidas y no comprendan cómo han podido hacer tal elección. He
aquí por qué los antiguos representaban el Amor con una venda en los ojos.
Hasta puede suceder que un enamorado reconozca con claridad los vicios
intolerables de temperamento y de carácter en su prometida que le presagian una
vida tormentosa; y hasta puede ocurrir que sufra por eso amargamente, sin tener
valor para renunciar a ella.
Esto es
porque en el fondo no persigue su propio interés, aun cuando se lo imagine,
sino el de un tercer individuo que debe nacer de ese amor. Ese desinterés, que
en todas partes es el sello de la grandeza, da aquí el amor apasionado una
apariencia sublime y le hace digno objeto de la poesía. Por último, acontece
qué el amor se concilia con el odio más violento al ser amado, y por eso lo
compara Platón al amor de los lobos a las ovejas. Presentase este caso cuando
un amante apasionado; a pesar de todos los esfuerzos y de todas las súplicas,
no puede a ningún precio hacerse escuchar.
Enardécele
entonces el odio contra la persona amada, llegando hasta el punto de matar a la
que quiere darse y luego la muerte. Todos los años se presentan ejemplos de
esta clase y se encuentran en los periódicos. ¡Cuánta verdad hay en estos venos
de Goethe!
¡Por todo
amor despreciado! ¡Por las furias del infierno! ¡Quisiera yo conocer Algo más
atroz que esto!
Cuando un
amante trata de crueldad la esquivez de su amada o el gusto de ella en hacerle
sufrir, esto no es verdaderamente una hipérbole. Hállase, en efecto, bajo la
influencia de una inclinación que, análoga al instinto de los insectos, le
obliga a despecho de la razón, a perseguir en absoluto sus fines y descuidar
todo lo demás. Más de un Petrarca ha tenido que arrastrar sin esperanza su amor
a lo larga de toda su vida, .como una cadena de hierro en los pies, y exhalar
sus suspiros en la soledad de los bosques. Pero no ha habido más que un
Petrarca dotado al mismo tiempo del don de poesía. A él se aplican los hermosos
versos de Goethe:
Y cuando
el hombre en su dolor se calla He ha dado un dios que exprese cuanto sufro.
El genio
de la especie está siempre en guerra con los genios protectores de los
individuos. Es su perseguidor y su enemigo, siempre dispuesto a destruir sin
cuartel la felicidad personal para lograr sus fines. Se ha visto depender a
veces de sus caprichos la salud de naciones enteras. Shakespeare nos da un
ejemplo de ello en Enrique VII. En efecto, la especie en donde arraiga
nuestro ser, tiene sobre nosotros un derecho anterior y más inmediato que el
individuo: sus asuntos son antes que los nuestros. Así lo presintieron los
antiguos, cuando personificaron el genio de la especie en Cupido, dios hostil,
dios cruel a pesar de su aire de niño, dios justamente difamado, demonio
caprichoso, despótico, y, sin embargo, dueño de los dioses y de los hombres.
Flechas
mortíferas, venda y alas son sus atributos. Las alas indican la inconstancia,
séquito habitual de la desilusión que acompaña al deseo satisfecho.
En efecto,
como la pasión se funda en una ilusión de felicidad personal, en provecho de la
especie, una vez pagado a ésta el tributo, al decrecer la ilusión tiene que
disiparse. El genio de la especie, que había tomado posesión de individuos, le
abandona de nuevo a su libertad. Desamparado por él, cae en los estrechos
límites de su pobreza, y se asombra al ver que después de tantos esfuerzos
sublimes, heroicos e infinitos, no le queda más que una vulgar satisfacción de
los sentidos. Contra lo que esperaba, no se encuentra más feliz que antes.
Advierte que ha sido víctima de los engaños de la voluntad de la especie. Por
eso, regla general; cuando Teseo consigue a su Ariadna, la abandona luego. Si
hubiese sido satisfecha la pasión de Petrarca, hubiera cesado su canto, como el
ave en cuanto están puestos los huevos en el nido.
Notemos al
paso que mi metafísica del amor, desagradará de seguro a los enamorados ene se
han dejado coger en el garlito. Si fueran accesibles a la- razón, la verdad
fundamental que he descubierto, les haría capaces más que ninguna otra de
dominar su amor. Pero hay que atenerse a la sentencia del antiguo poeta cómico:
Cuoe res in se neque conrilium, requen. modum habet ultum, eam consilio
rogere non potest.
Los
matrimonios por amor se conciertan en interés de la especie y no en provecho
del individuo. Verdad es que los individuos se imaginan que trabajan por su
propia dicha; pero el verdadero fin les es extraño a ellos mismos, puesto que
no es más sino la procreación de un ser que sólo por ellos es posible.
Obedeciendo uno y otro al mismo impulso, naturalmente deben tratar de estar en
el mejor acuerdo que puedan. Pero muy a menudo, gracias a esa ilusión
instintiva que es la esencia del amor, la pareja así formada se encuentra en
todo lo demás en el desacuerdo más ruidoso: Bien se ve esto en cuanto la
ilusión se ha desvanecido fatalmente, ocurre entonces que por lo regular son
bastantes desgraciados los matrimonios por amor, porque aseguran la felicidad
de la generación venidera a expensas de la generación actual: “quien se casa
por amores, ha de vivir dolores”, dice el proverbio español. Lo contrario
sucede en los matrimonios de conveniencia, concertados la mayor parte de las
veces según elección de los padres. Las consideraciones que determinan esta
clase de enlaces, cualquiera que pueda ser la naturaleza de ellos, a lo menos
tienen alguna realidad, y no pueden desaparecer por sí mismos. Estas
consideraciones son capaces de asegurar la ventura de los esposos, pero a
expensas de los hijos que deban nacer de ellos, y aun así es problemática esa
felicidad.
El hombre
que al casarse se preocupa más del dinero que de su inclinación, vive más para
el individuo que para la especie; lo cual es en absoluto opuesto a la verdad, a
la naturaleza, y merece cierto menosprecio. Una joven soltera que, a pesar de
los consejos de sus padres, rehúsa la mano de un hombre rico y joven aún, y
rechaza todas las consideraciones de conveniencia para elegir según su gusto
instinto hace en aras de la especie el sacrificio de su felicidad individual.
Pero, precisamente a causa de eso, no puede negársele cierta aprobación; porque
ha preferido lo que más importa, y obra según el sentir de la naturaleza (o de
la especie hablando con mayor exactitud) al paso que los padres la aconsejaban
en el sentir del egoísmo individual. Parece, pues, que, al concretarse una
boda, es preciso sacrificar los intereses de la especie o los del individuo. La
mayoría de las veces así sucede: tan raro es ver las conveniencias y la pasión
ir juntas de la mano.
La
miserable constitución física, moral, o intelectual de la mayor parte de los
hombres proviene, sin duda, en gran manera, de que por lo general, se
conciertan los matrimonios, no por pura elección o simpatía, sino por toda
clase de consideraciones exteriores y conforme a circunstancias accidentales.
Cuando al mismo tiempo que las conveniencias, se respeta hasta cierto punto la
inclinación, resulta una especie de transacción con el genio de la especie.
Ya se sabe
que son muy escasos los matrimonios felices, porque la esencia del matrimonio
es tener como principal objetivo, no la generación actual, sino la generación
futura. Sin embargo, para consuelo de las naturalezas tiernas, y amantes,
añadamos que el amor apasionado se asocia a veces con un sentimiento del todo
diferente; me refiero a la amistad que se funda en el acuerdo de los
caracteres; pero no se declara hasta que el amor se extingue con el goce. El
acorde de las cualidades complementarias, morales, intelectuales y físicas,
necesario desde el punto de vista de la generación futura para hacer que nazca
el amor, puede también, par una especie de oposición concordante de
temperamentos caracteres, producir la amistad desde el punto de vista de los mismos
individuos.
Toda esta
metafísica del amor que acabo de desarrollar aquí, se enlaza íntimamente, con
mi metafísica en general; y he aquí cómo la ilumina con nueva luz.
Se ha
visto que en el amor de los sexos la selección atenta, elevándose poco a poco
hasta el amor apasionado, se funda en el alto y serio interés que el hombre se
toma por la constitución especial y personal de la raza venidera. Esta
simpatía, en extremo notable, confirma precisamente dos verdades presentadas en
los anteriores capítulos: en primer término, la indestructibilidad del ser
en sí que sobrevive al hombre en esas
generaciones por venir. Esta simpatía tan viva y tan activa, que nace, no de la
reflexión y de la intención, sino de las aspiraciones y de las tendencias más
íntimas de nuestro ser, no podría existir de una manera tan indestructible y
ejercer sobre el hombre tan gran imperio, si el hombre fuese efímero en
absoluto y si las generaciones se sucedieran real y absolutamente distintas
unas de otras, sin más lazo que la continuidad del tiempo.
La segunda
verdad es que el ser en si reside en la especie más que en el individua. Porque
este interés por la constitución especial de la especie -que es el origen de
todo comercio amoroso- es, en verdad, para cada uno el mayor negocio, es decir,
aquel cuyo éxito bueno ó mal le afecta de la manera más sensible, y de donde le
viene, por excelencia, el nombre de negocio del corazón. Por eso, cuando este
interés ha hablado de una manera decisiva, se le subordina, y en caso preciso
se le sacrifica cualquier otro interés que sólo concierna a la persona privada.
Así prueba el hombre que la especie le importa más que el individuo; y que vive
más directamente en la especie que en el individuo.
¿Por qué,
pues, queda suspenso el enamorado, con completo abandono, de los ojos de
aquella a quien ha elegido? ¿Por qué está dispuesto a sacrificarlo todo por
ella? Porque la parte inmortal de su ser es lo que por ella suspira; al paso
que cualquier otro de sus deseos sólo se refiere a su ser fugitivo y mortal.
Esta aspiración viva, ferviente, dirigida a cierta mujer, es, pues, un gaje de
la indestructibilidad de la esencia de nuestro ser y de su continuidad en la
especie. Considerar esta continuidad como una cosa insuficiente e
insignificante, es un error que nace de que por continuidad de la vida de la
especie, no se entiende otra más que la existencia futura de seres semejantes a
nosotros, piro en ninguna manera idénticos; y eso, porque, partiendo de un
conocimiento dirigido hacia las cosas exteriores, no se considera más que la
figura exterior de la especie, tal como la concebimos por intuición, y no en su
esencia íntima. Esta esencia oculta es precisamente lo que está en el fondo de
nuestra conciencia y forma su punto céntrico, lo que es hasta más inmediato que
esta conciencia; y en tanto que es cosa en, sí, libre del pincipium individuationis,
esta esencia se encuentra absolutamente idéntica en todos los individuos,
lo mismo en los que existen entonces que en los que les suceden.
Esto es lo
que, en otros términos, llamo yo "la voluntad de vivir", o sea
aquella aspiración apremiante a la vida y a la duración. Precisamente esa es la
fuerza que la muerte conserva y deja intacta, fuerza inmutable que no puede
conducir a un estado mejor. Para todo ser vivo, el sufrimiento y la muerte son
tan ciertos que la existencia. Puede, sin embargo, libertarse de los
sufrimientos y de la muerte por la negación de la voluntad de vivir, que tiene
por efecto desprender la voluntad del individuo de la rama de la especie y
suprimir la existencia en la especie. No tenemos ninguna idea acerca de lo que
entonces le sucede a esta voluntad, y nos faltan todos los datos sobre este
punto. No podemos de, signar tal estado sino como aquel que tiene la libertad de
ser o de no ser voluntad de vivir. Este último caso, es lo que el budismo
denomina "Nirvana". Este es precisamente el punto que por su misma
naturaleza queda siempre lejos del alcance de todo conocimiento humano.
Si
poniéndonos ahora en el punto de vista de estas últimas consideraciones,
sugerimos nuestras miradas en el tumulto de la vida, vemos su miseria y sus
tormentos ocupar a todos los hombres. Vemos a los hombres reunir todos sus
esfuerzos para satisfacer necesidades sin término y preservarse de la miseria
de mil aspectos, sin atreverse, no obstante, a esperar otra cosa que la
conservación durante corto período de tiempo de esta misma existencia tan
atormentada.
Y he aquí
que, en plena confusión de la lucha, vemos dos amantes cuyas miradas se cruzan
llenas de deseos. Pero, ¿por qué tanto misterio, por qué esos pasos temerosos y
disimulados? ¿Porque esos amantes son unos traidores que trabajan en secreto
para perpetuar toda la miseria y todos los tormentos que sin ellos tendrían un
fin próximo, fin que pretenden hacer vano, cual vano lo hicieron otros antes
que ellos?
Si el
espíritu de la especie, que dirige a dos amantes sin que lo sepan, pudiese
hablar por su boca y expresar ideas claras en vez de manifestarse por medio de
sentimientos instintivos la elevada poesía de tal diálogo amatorio que en el
actual lenguaje sólo habla con imágenes novelescas y parábolas ideales de
aspiraciones infinitas de presentimientos de una voluptuosidad sin límites de
felicidad inefable, de fidelidad eterna, etc..., se manifestaría en la
siguiente forma:
DAFNIS -
Quisiera regalar un individuo a la generación futura, y creo que tú podrías
darle lo que a mí me falta.
CLOE -
Tengo la misma intención, y creo que tú podrías darle lo que yo no tengo.
¡Vamos a ver un momento qué le damos!......
DAFNIS -
Yo le doy elevada estatura y fuerza muscular; tú no tienes ni una ni otra.
CLOE .- Yo
le doy bellas formas y menudos pies: tú no tienes ni éstos ni aquéllas.
DAFNIS -
Yo le doy fina piel blanca, que tú no tienes.
CLOE - Yo
le doy cabellos negros y ojos negros: tú eres rubio.
DAFNIS -
Yo le doy nariz aguileña
CLOE - Yo
le doy hermosa frente, ingenio e inteligencia; que no podrían venirle de ti.
DAFNIS -
Talle derecho, bella dentadura, salud sólida: l:. aquí lo que recibe de
nosotros dos. Realmente, tos dos juntos podemos dotar de perfecciones al futuro
individuo; par eso te deseo más que a ninguna otra muja.
CLOE - Yo
también te deseo.
Si se
tiene en cuenta la inmutabilidad absoluta del carácter y de la inteligencia de
cada hombre, preciso es admitir que para ennoblecer a la especie humana no es
posible intentar nada exterior; obtendríase ese resultado, no por la educación
y la instrucción, sino por vía de la generación. Este es el parecer de Platón
cuando, en el libro V de su República, expone aquel asombroso plan del
acrecimiento y ennoblecimiento de, la casta de los guerreros. Si se pudiese
hacer eunucos a todos los pillastres, encerrar en conventos a todas las necias,
proveer a las personas de carácter de todo un harén, y de hombres (verdaderos
hombres) a todas las jóvenes solteras inteligentes y graciosas, veríase bien
pronto una generación que nos daría una edad superior aún al siglo de Perícles.
Sin
dejarnos llevar de planes quiméricos, hay para reflexionar que si, después de
la pena de muerte, se estableciese la castración como la pena más grande, se
libraría a la sociedad. de generaciones enteras de tunos; y esto, con tanta
mayor seguridad, cuanto que, como se sabe, la mayoría de los crímenes se,
cometen entre las edades de veinte y treinta años.
Creo -como
Sterne que- la voluptuosidad es muy seria. Representaos la pareja más hermosa,
la más encantadora: ¡cómo se atraen y repelen, se desean y se huyen con gracia,
en un bello juego de amor! Llega el instante de la voluptuosidad: todo
jugueteo, toda alegría graciosa y dócil han desaparecido de repente, la pareja
se ha puesto seria, ¿Por qué? Porque la voluptuosidad es bestial y la
bestialidad no se ríe. Las fuerzas de la naturaleza obran seriamente en todas
partes. La voluptuosidad de los sentidos es lo opuesto al entusiasmo que nos
abre el mando ideal. El entusiasmo y la voluptuosidad son graves y no traen
consigo jugueteos.
LAS MUJERES
Sólo el
aspecto de la mujer revela que no está destinada ni a los grandes trabajos de
la inteligencia, ni a los grandes trabajes materiales. Paga su deuda a la vida,
no con la noción, sino con el sufrimiento, los dolores del parto, los inquietos
cuidados de la infancia; tiene que obedecer al hombre, ser una compañera
pacienzuda que le serene. No está hecha para los grandes esfuerzos, ni para las
penas a los placeres excesivos. Su vida puede transcurrir más silenciosa, más
insignificante y más dulce que la del hombre, sin ser por naturaleza mejor ni
peor que éste.
Lo que
hace a las mujeres particularmente aptas para cuidarnos y educarnos en la
primera infancia, es que ellas mismas continúan siendo pueriles,
fútiles y limitadas de inteligencia. Permanecen toda su vida niños grandes, una
especie de intermedio entre el niño y el hombre. Si observamos a una joven
loquear todo el día, bailando y cantando con él, imaginemos lo que con la mejor
voluntad del mundo haría en su lugar un hombre.
En las
jóvenes solteras, la naturaleza parece haber querido hacer lo que en estilo
dramático se llama un efecto teatral. Duran, te algunos años las engalana con
una belleza, -una gracia y una perfección extraordinaria, a expensar de todo el
resto de su vida, a fin de que durante esos rápidos años de esplendor puedan
apoderarse fuertemente de la imaginación de un hombre y arrastrarle a cargar
legalmente con ellas de cualquier modo. La pura reflexión y la razón no daban
suficiente garantía para triunfar en esta empresa. Por eso la naturaleza ha
armado a la mujer, como a cual, quiera otra, con las armas y los instrumentos
necesarios para asegurar su existencia y sólo durante el tiempo preciso, porque
en esto la naturaleza obra con su habitual economía. Así cauro la hormiga
hembra, después de unirse con el macho, pierde las alas que le serían inútiles
y hasta peligrosas para el período de la incubación, así también la mayoría de
las veces, después de dos o tres partos, la mujer pierde su belleza.
De ahí
proviene que las jóvenes casaderas miren general, mente las ocupaciones
domésticas o los deberes de su estado como cosas accesorias y puras -bagatelas,
al paso que reconocen su verdadera vocación por el amor, las conquistas y todo
lo que con ellas se relaciona, vestir, baile, etc.
Cuanto -más
noble y acabada es una cosa, más lento y tardo desarrolla tienen. La razón y la
inteligencia del hombre no llega a su auge hasta la edad de veintiocho años;
por el contrario, en la mujer la madurez de espíritu llega a la de dieciocho.
Por eso tiene
siempre un juicio de dieciocho años, medio muy estrictamente. Y por eso las
mujeres son toda su vida verdaderos niños.
No ven más
que lo que tienen delante de los ojos, se fijan solo en lo presente, toman las
apariencias por la realidad y prefieren las fruslerías a las cosas más
importantes. Lo que distingue al hombre del animal es la razón. Confinado en el
presente, se vuelve hacia el pasado y sueña con el porvenir; de aquí su
procedencia, sus cuidados, sus frecuentes aprensiones.
La débil
razón de la mujer no participa de esas ventajas ni de esos inconvenientes.
Padece miopía intelectual que, por una especie de intuición, la permite ver de
un modo penetrante las cosas próximas; pero su horizonte es muy pequeño y se le
escapan las cosas lejanas. De ahí viene el que todo cuanto no es inmediato, o
sea lo pasado y lo venidero, obre más débilmente sobre la mujer que sobre
nosotros. De ahí también esa frecuente inclinación a la prodigalidad, que a
veces confina con la demencia.
En el fondo
de su corazón, las mujeres se imaginan que los hombres han venido al mundo para
ganar dinero y las mujeres para gastarlo Si se ven impedidas de hacerlo
mientras vive su marido, se desquitan después de muerto éste. Y lo que
contribuye a confirmarlas en esta convicción, es que el marido les da el dinero
y les encarga de los gastos de la casa.
Tantas partes
defectuosas se compensan, sin embargo, con un mérito. La mujer más absorta por
el momento presente, goza más de él que nosotros. De ahí esa jovialidad que les
es propia y las hace ser capaces de distraer y a veces consolar al hombre
abrumado de preocupaciones y penas.
En las
circunstancias difíciles no hay que desdeñar la costumbre de recurrir, como en
otros tiempos los germanos, al consejo de las mujeres; porque tienen una manera
de concebir las cosas enteramente diferente de la nuestra. Van derechas al fin
por camino más corto; porque, en general, sus miradas se detienen en lo que
está a su mano. Por el contrario, nuestra mirada pasa sin fijarse por encima de
las cosas que se nos meten por los ojos, y buscan mucho más allá. Necesitamos
que se nos traiga a una manera de ver más sencilla y más rápida. Añádase a eso
que las mujeres tienen positivamente un juicio más aplomado y no ven en las
cosas nada más que lo que hay en ellas en realidad: al paso que nosotros, por
influjo de nuestras pasiones excitadas, amplificamos los objetos y nos fingimos
quimeras.
Las mismas
aptitudes nativas explican la conmiseración, la humanidad, la simpatía que las
mujeres manifiestan por los desgraciados. Pero son inferiores a los hombres en
todo lo que atañe a la equidad; a la rectitud y a la probidad escrupulosa. A
causa de lo débil de su razón, todo lo que es de presente, visible e inmediato,
ejerce en ellas un imperio contra el cual no pueden prevalecer las
abstracciones, las máximas establecidas, las resoluciones enérgicas, ni ninguna
consideración de lo pasado a lo venidero, de lo lejano a lo ausente. Tienen las
primeras y principales cualidades de la virtud, pero les faltan las secundarias
y accesorias... Por eso la injusticia es el defecto capital de las naturalezas
femeninas. Eso proviene de sus escasos buen sentido y reflexión que hemos
señalado; Y lo que agrava aún más este defecto, es que el negarles fuerza la
naturaleza, les ha dado como patrimonio la astucia, para proteger su debilidad; y de ahí su falacia
habitual y su invencible tendencia al embuste. En león tiene dientes y garras,
el elefante y el jabalí colmillos de defensa, cuernos el toro, la sepia tiene
su tinte con que enturbiar el agua en torno suyo; la naturaleza no ha dado a la
mujer más que el disimulo para defender y protegerse. Esta facultad suple a la
fuerza que el hombre toma del vigor de sus miembros y de su razón.
El disimulo
es innato en la mujer, lo mismo en la más aguda que en la más torpe. Es en ella
tan natural su uso en todas ocasiones, como en un animal atacado el defenderse
al punto con sus armas naturales. Obrando así, tiene hasta cierto punto
conciencia de sus derechos, lo cual hace que sea casi imposible encontrar una
mujer absolutamente verídica y sincera.
Por eso
precisamente es por lo que con tanta facilidad compren, de el disimulo ajeno, y
por lo que no es fácil usarlo con ella.
De este
defecto fundamental y de sus consecuencias nacen la falsía, la infidelidad, la
traición, la ingratitud, etc. Las mujeres perjuran ante los tribunales con
mucha más frecuencia que los hombres, y sería cuestión de saber si debe
admitírselas a prestar juramento. Ocurre de vez en cuando que señoras a quienes
nada les falta son sorprendidas en los almacenes en flagrante delito de robo.
Los hombres
jóvenes, hermosos, robustos, están destinados por la naturaleza a propagar la
especie humana, a fin de que ésta no degenere. Tal es la firme voluntad que la
naturaleza expresa por medio de las pasiones de las mujeres. Con seguridad,
ésta es la más antigua y poderosa de todas las leyes. ¡Pobres, pues, de los
intereses y derechos que se le pongan por obstáculos! Cuando llegue el momento,
suceda lo que quiera, serán hollados sin misericordia.
La moral
secreta, inconfesa y hasta inconsciente pero innata de las mujeres, consiste en
estor "Tenemos fundado derecho a engañar a quienes se imaginan que,
proveyendo económicamente a nuestra subsistencia, pueden confiscar en provecho
suyo los derechos de la especie. A nosotras es a quienes se nos han confiado;
en nosotras descansa la constitución y la salud de la especie, la creación de
la generación futura; a nosotras nos incumbe trabajar para ello con toda
conciencia".
Pero las
mujeres no se interesan de ningún modo in abstracto por ese principio superior;
solamente lo comprenden in concreto, y cuando se presenta ocasión no tienen más
manera de expresarlo que su manera de obrar. En este punto su conciencia las
deja mucha más tranquilas de lo que se pudiera creer, porque en el fondo más
oscuro de su corazón sienten vagamente que al hacer traición a sus deberes para
con el individuo, los llenan tanto mejor para con la especie, que tienen
derecho infinitamente superiores.
Como las
mujeres únicamente han sido creadas para la propagación de la especie, y toda
su vocación se concentra en ese punto, viven más para la especie que para los
individuos, y toman más a pecho los intereses de la especie que los intereses
de los in, dividuos. Esto es lo que da a todo su ser y a su conducta cierta
ligereza y mires opuestas a las del hombre. Tal es el origen de esa desunión
tan frecuente en el matrimonio, que ha llegado a ser casi normal.
Los hombres
son naturalmente indiferentes entre si; las mujeres son enemigas por
naturaleza. Esto debe depender de que el odium fiuiinum, la rivalidad,
que está restringida entre los hombres a los de cada oficio, abarca en las
mujeres a toda la especie, porque todas ellas no tienen más que un mismo oficio
y un mismo negocio. Basta que se encuentren en la calle para que crucen miradas
de guelfos y gobelinos.
Salta a los
ojos que en la primera entrevista de dos mujeres hay más contención, disimulo y
reserva, que en una primera entrevista entre hombres.
Adviértase,
además, que, en general, el hombre habla con algunas atenciones y cierta
humanidad a sus subordinados, hasta a los más ínfimos; pero es insoportable ver
con qué altanería se dirige una mujer de sociedad a una mujer de clase
inferior, cuando no está a su servicio. Quizá dependa esto de que entre mujeres
son infinitamente más grandes las diferencias de alcurnia que entre los
hombres, y esas diferencias pueden con facilidad modificarse o suprimirse.
La posición
social que ocupa un hombre depende de mil consideraciones; para las mujeres,
una sola circunstancia decide su posición: el hombre a quien ha sabido agradar.
Su única función las pone bajo un pie de igualdad mucho más marcado, y por eso
tratan de crear ellas entre si diferencias de categorías.
Preciso ha
sido que el entendimiento del hombre se obscureciese por el amor para llamar
bello a ese sexo de corta estatura, estrechos hombros, anchas caderas y piernas
cortas. Toda su belleza reside en el instinto del amor que nos empuja a ellas.
En vez de llamarle bello, hubiera sido más justo llamarle inestético.
Las mujeres
no tienen el sentimiento ni la inteligencia de la música, así como tampoco de
la poesía y las artes plásticas. En ellas todo es pura imitación, puro
pretexto, pura afectación explotada por su deseo de agradar. Son incapaces de
tomar parte con desinterés en nada, sea lo que fuere, y he aquí la razón. El
hombre se esfuerza en todo por dominar directamente, ya por la inteligencia, ya
por la fuerza; la mujer, por el contrario, siempre y en todas partes está
reducida a una dominación en absoluto indirecta; es decir, sobre él ejerce una
influencia inmediata. Por consiguiente, la naturaleza lleva a las mujeres a
buscar en todas las cosas un medio de conquistar al hombre, y el interés que
parecen tomarse por las cosas exteriores siempre es un fingimiento, un rodeo,
es decir, pura coquetería y pura monada. Rousseau lo ha dicho: "Las
mujeres, en general, no aman ningún arte, no son inteligentes en ninguno, y no
tienen ningún genio. Basta observar, por ejemplo, lo que ocupa y atrae su
atención en un concierto, en la ópera o en la comedia; advertir el descaro con
que continúan su cháchara en los lugares más hermosos de las más grandes obras
maestras. Si es cierto que los griegos no admitían a las mujeres en los
espectáculos, tuvieron mucha razón; a lo menos, en sus teatros se podría oír
alguna cesa".
En nuestro
tiempo, al mulie taceat in ecclesia convendría añadir un taceat
mullier in theatro, o bien sustituir un precepto por otro, y colgar éste,
en grandes caracteres, sobre el telón del escenario.
Pero, ¿qué
puede esperarse de las mujeres, si se reflexiona que en el mundo entero no ha
podido producir este sexo un solo ingenio verdaderamente grande, ni una sola
completa y original en las bellas artes, ni un solo trabajo de valor duradero,
sea en lo que fuere? Esto es muy notable en la pintura. Son tan aptas como
-nos, otros para aprender la parte técnica y cultivan con asiduidad este arte,
sin poder gloriarse de una sola obra maestra, precisamente porque les falta
aquella objetividad del espíritu que es necesaria, sobre todo para la pintura.
No pueden salir de si mismas. Por eso las mujeres vulgares ni siquiera son
capaces de sentir sus bellezas, porque natura non facit sutus. En su
célebre obra Examen de ingenios para las ciencias -que tiene más de trescientos
años de fecha- rehúsa Huarte a las mujeres toda capacidad superior.
Excepciones
aisladas y parciales no cambian las cosas en nada: tomadas en conjunto, las
mujeres son y serán las nulidades más cabales e incurables.
Gracias a
nuestra organización social absurda en el mayor grado, que las hace participar
del título y la situación del hombre, por elevados que sean, excitan con
encarnizamiento las menos nobles ambiciones de éste; y por una consecuencia
natural de este absurdo, su dominio y el tono que imponen ellas corrompen la
sociedad moderna.
Debiera
tomarse como norma esta sentencia de Napoleón Iº "Las mujeres no tienen categoría".
Chamfort dice también con mucha
exactitud: "Están hechas para comerciar con nuestras debilidades y con
nuestra locura, pero no con nuestra razón. Existen entre ellas y los hombres
simpatías de epidermis y muy pocas simpatías de espíritu, de alma y de
carácter".
Las mujeres
son el sexus sequior, el sexo segundo desde todos los puntos de vista,
hecho para estar a un lado y en segundo termino. Cierto que se deben tener
consideraciones a su debilidad; pero es ridículo rendirles pleito-homenaje, y
eso mismo nos degrada a sus ojos. La naturaleza, al separar la especie humana
en dos categorías, no ha hecho iguales las partes.
Esto es lo
que han pensado en todo tiempo los antiguos y los pueblos de Oriente, que se
daban mejor cuenta del papel que conviene a las mujeres que nosotros con
nuestra galantería a la antigua moda francesa y nuestra estúpida veneración,
que es el despliegue más completo de la necedad
germano-cristiana. Esto no ha servido más que para hacerlas tan
arrogantes y tan impertinentes. A veces me hacen pensar en los monos sagrados
de Benarés, los cuales tienen tal conciencia de su dignidad sacrosanta y de su
inviolabilidad, que todo se lo creen permitido.
La mujer en
Occidente, lo que se llama la señora, se encuentra en una posición
enteramente falsa. Porque la mujer, el sexus sequior de los antiguos, no
está en manera ninguna formada para inspirar veneración y recibir homenajes, ni
para llevar la cabeza más alta que el hombre, ni para tener iguales derechos
que éste.
Las
consecuencias de esta falsa posición son harto evidentes. Sería de desear que
en Europa se volviese a su puesto natural a ese número dos de la especie,
humana y que se suprimiera la señora, objeto de mofa para el Asia
entera, y de la cual también se hubieran burlado Roma y Grecia.
Desde el
punto de vista político y social, esta reforma sería un verdadero beneficio. El
principio de 1a ley sálica es tan evidente, tan indiscutible, que parece inútil
formularlo. Lo que se llama propiamente la dama europea es una especie de ser
que no debiera existir. No debería haber en el mundo más que mujeres de
interior, aplicadas a los quehaceres domésticos, y jóvenes solteras aspirantes
a ser lo que aquéllas, que se formasen, no en la arrogancia, sino en el trabajo
y en la sumisión.
Precisamente
porque hay damas en Europa es por lo que las mujeres de la clase inferior, es
decir, la gran mayoría, son infinitamente más dignas de lástima que en el
Oriente.
Lord Byron,
dice así: "Meditado en la situación de las mujeres bajo los antiguos
griegos y es bastante conveniente. Es estado actual, resto de la barbarie
feudal de la Edad Media, es artificial y contrario a la naturaleza. Las mujeres
debieran ocuparse en los quehaceres de su casa; se las debería alimentar y
vestir bien, pero no mezclarlas en la sociedad. También deberían estar
instruidas en la religión; pero ignorar las poesías y la política; no leer más
que libros devotos y de cocina. Música, dibujo, baile, y también un poco de
jardineo y labores del campo de tiempo en tiempo. Las he visto en Epiro
trabajar con fruto en el arreglo de los caminos. ¿Y por qué no? ¿No barren las
hojas secas y extienden el heno para que se seque? ¿No son lecheras?
Las leyes que
rigen al matrimonio en Europa suponen a la mujer igual al hombre, y así tienen
un punto de partida falso.
En nuestro
hemisferio monógamo, casarse es perder la mitad de sus derechos y duplicar sus
deberes. En todo caso; puesto que las leyes han concedido a las mujeres los
mismos derechos que a los hombres, hubieran debido también conferirles una
razón viril.
Cuántos más
derechos y honores superiores a su mérito confieren las leyes a las mujeres,
más restringen el número de las que en realidad participan de esos favores; y
quitan a las demás sus derechos naturales en la misma proporción que a unas
cuantas privilegiadas se los han dado excepcionales.
La ventaja
que la monogamia o las leyes resultantes de ella conceden a la mujer,
proclamándola igual al hombre produce la consecuencia de que los hombres
sensatos y prudentes vacilan a menudo en dejarse arrastrar a un sacrificio tan
grande, a un pacto tan desigual.
En los
pueblos polígamos cada mujer encuentra alguien que cargue con ella; entre
nosotros por el contrario, es muy restringido el número de las mujeres casadas
y hay infinito número de mujeres que permanecen sin protección, solteronas que
vegetan tristemente en las clases altas de la sociedad, pobres criaturas
sometidas a rudos y penosos trabajos en las filas inferiores. O bien, sé
truecan en miserables prostitutas, que arrastran uña vida vergonzosa y se ven
conducidas por la fuerza de las circunstancias a formar una especie de clase
pública y reconocida, cuyo fin especial es el de preservar de los riesgos de
seducción a las felices mujeres que han pescado marido o que pueden esperarlo.
Solo en la ciudad de Londres hay ochenta mil mujeres públicas, verdaderas
víctimas de la monogamia, cruelmente- inmoladas en el altar del matrimonio.
Todas esas infelices son la comprensión inevitable de la dama europea, con su
arrogancia y sus pretensiones. Por eso la poligamia es un verdadero beneficio
para las mujeres, consideradas en conjunto.
Además, desde
el punto de vista racional, no se ve por qué cuando una mujer sufre algún mal
crónico, o no tiene hijos, o se ha hecho vieja, no había de tomar su marido
otra más. Lo que dio prestigio a los mormones, fue precisamente la supresión de
esta monstruosa monogamia.
Al conceder a
la mujer derechos superiores a su naturaleza, se le han impuesto deberes
también por encima de su naturaleza. De ahí demanda para ella una fuente de
desdichas. En efecto, esas exigencias de clase y de fortuna son tan pesadas,
que el hombre que se casa comete una imprudencia si no hace un casamiento
brillante Si desea encontrar una mujer que le guste por completo, la buscará
fuera del matrimonio, y se limitará a asegurar la suerte de su querida y la de
sus hijos.
Si la mujer
cede sin exigir en rigor los derechos exagerados que solo el matrimonio le
concede, entonces pierde el honor, por, que el matrimonio es la base de la
sociedad civil, y se prepara una triste vida, porque está en la naturaleza de
los hombres el preocuparse desmedidamente de la opinión de los demás. Si, por
el contrario, la mujer resiste, corre el riesgo de apencar con un marido que le
desagrade o el de secarse en su sitio quedándose para vestir santos.
Desde este
punto de vista de la monogamia conviene leer el profundo y sabio tratado de
Thomasius De Corcubinatu. En él se ve que en todos los pueblos
civilizados de todos los tiempos, hasta la Reforma, el concubinato ha sido una
institución admitida, hasta cierto punto legalmente reconocida, y de ningún
modo deshonrosa. La reforma luterana fue quien la hizo descender de su
categoría, porque encontró en ella una justificación para el matrimonio de los
clérigos y la Iglesia católica no pudo quedarse atrás en este punto.
Es inútil
disputar acerca de la poligamia, puesto que de hecho existe en todas partes y
solo se trata de organizarla.
¿Dónde se
encuentran verdaderos monógamos? Todos, a lo menos durante algún tiempo, y la
mayoría casi siempre, vivimos en la poligamia.
Si todo
hombre tiene necesidad de varias mujeres, justo es que sea libre y hasta que se
le obligue a cargar con varias mujeres. Estas quedarán de ese modo
reducidas a su verdadero papel, que es el de un ser subordinado; y verá
desaparecer de este mundo la dama, ese monstruo de la civilización europea y de
la estolidez germano-cristiana, con sus ridículas pretensiones al respeto y al
honor. ¡No más señoras, pero también no más esas infelices mujeres que llenan
al presente la Europa!...
Es evidente
que por naturaleza la mujer está destinada a obedecer. Y prueba de ello que la
que está colocada en ese estado de independencia absoluta, contrario a su
naturaleza, se enreda en seguida, no importa con qué hombre, por quien se deja
dirigir y dominar, porque necesita un amo. Si es joven, toma un amante; si es
vieja, un confesor.
El matrimonio
es una celada que nos tiende la naturaleza.
El honor de
las mujeres, lo mismo que el honor de los hombres, es un "espíritu de
cuerpo" bien entendido. En la vida de las mujeres las relaciones sexuales
son el gran negocio. El honor consiste para una joven soltera en la confianza
que inspire su inocencia, y para una mujer casada en la fidelidad que tenga a
su marido.
Las mujeres
esperan y exigen de los hombres todo lo que ellas necesitan y apetecen. El
hombre, en el fondo, no exige de la mujer más que una sola cosa.
Así, pues las
mujeres tienen que amañárselas de tal modo que los hombres no pueden obtener de
ellas esa cosa única sino a cambio de encargarse de ellas y de los hijos
futuros. De la maña que se den depende la felicidad de todas las mujeres. Para
obtenerlas, es preciso que se sostengan entre si y den pruebas de espíritu de
cuerpo.
Por eso
marchan como una sola mujer, en apretadas filas al encuentro del ejército de
los hombres, quienes, gracias al predominio físico e intelectual, poseen todos
los bienes terrenales. El hombre: he ahí el enemigo común que se trata de
vencer y conquistar, a fin de llegar con esta victoria a poseer los bienes de
la tierra.
La primera
máxima del honor femenino ha sido, pues, que es preciso rehusar sin
misericordia al hombre todo comercio ilegítimo, a fin de obligarle al
matrimonio como una especie de capitulación, único medio de proveer a toda la
gente femenina.
Para
conseguir ese resultado, debe respetarse con todo rigor la precedente máxima.
Todas las mujeres, con verdadero espíritu corporativo, velan por su ejecución.
Una joven
soltera que ha caído, se ha hecho culpable de traición hacia todo su sexo;
porque si ese acto se generaliza, quedaría comprometido el interés común. La
expulsan de la comunidad, se la cubre de vergüenza, y de ese modo se entera de
que ha perdido su honor. Toda mujer debe huir de ella como de una apestada.
La misma
suerte espera a la mujer adúltera, porque ha faltado por el marido. Su ejemplo
es de tal naturaleza, que retraería a los hombres de firmar semejante tratado,
y de éste depende la salud de todas las mujeres.
Aparte de
este honor particular de su sexo, la mujer adúltera pierde también su honor
civil, porque su acto es un engaño, una grosera falta a la fe jurada. Puede
decirse con alguna indulgencia "una joven soltera seducida"; no se
dice "una casada seducida".
El seductor
puede devolver el honor a la primera con el matrimonio; no puede devolvérselo a
la segunda, ni aún después del divorcio.
Viendo con
claridad las cosas, reconoce, pues que el principio del honor de las mujeres es
un espíritu de cuerpo útil, indispensable, pero bien calculado y fundado
en el interés. No puede negarse su extremada importancia en el destino de la
mujer; pero no puede atribuírsele un valor absoluto más allá de la vida y de
los fines de la vida, y que merezca que se le sacrifique en holocausto la vida
misma...
Lo que prueba
de una manera general que el honor de las mujeres no tiene un origen
verdaderamente conforme con la naturaleza es el número de sangrientas víctimas
que se le ofrecen, infanticidios, suicidios de madres. Si una joven soltera que
toma un amante comete una verdadera traición hacia su sexo, no olvidemos que el
pacto femenino podrá haber sido aceptado tácitamente, pero sin compromiso
formal por parte de ella. Y como en la mayoría de los casos ella es la primera
víctima, su locura es infinitamente más grande que su perversidad.
LA MUERTE
La muerte es el
genio inspirador, el musagetes de la filosofía... Sin ella, difícilmente se
hubiera filosofado.
Nacimiento y
muerte pertenecen igualmente a la vida y se contrapesan. El uno es la condición
de la otra. Forman los dos extremos, los dos polos de todas las manifestaciones
de la vida. Esto es lo que la más sabia de las mitologías, la de la India,
expresa con un símbolo dando como atributo a Schiwa, el dios de la destrucción,
al mismo tiempo que su collar de cabezas de muerto, el Lingam, órgano y símbolo
de la generación. El amor es la compensación de la muerte, su correlativo
esencial; se neutralizan, se suprimen el uno al otro. Por eso, los griegos y
los romanos adornaban esos preciosos sarcófagos que aun vemos hoy con
bajorrelieves figurando fiestas, danzas, bodas, cazas, combates de animales,
bacanales, en una palabra, imágenes de la vida más alegre, más animada, más
intensa, hasta grupos voluptuosos, y hasta sátiros ayuntados con cabras.
Su objeto era
evidentemente llamar la atención al espíritu de la manera más sensible, por el
contraste entre la muerte del hombre a quien se llora encerrado en la tumba, y
la vida inmortal de la naturaleza.
La muerte es
desate doloroso del nudo formado por la generación con voluptuosidad. Es la
destrucción violenta del error fundamental de nuestro ser, el gran desengaño.
La
individualidad de la mayoría de los hombres es tan miserable y tan
insignificante, que nada pierden con la muerte. Lo que en ellos puede aún tener
algún valor, es decir, los rasgos generales de humanidad, eso subsiste en los
demás hombres. A la humanidad y no al individuo es a quien e le puede asegurar
la duración.
Si le
concediesen al hombre una vida eterna, la rigidez inmutable de su carácter y
los estrechos límites de su inteligencia le parecerían a la larga tan monótonos
y le inspirarían un disgusto can grande que para verse libre de ellos
concluiría por preferir la nada.
Exigir la
inmortalidad del individuo es querer perpetuar un error hasta el infinito. En
el fondo, toda individualidad es un error especial, una equivocación, algo que
no debiera existir; y el verdadero objetivo de la vida es librarnos de él.
Prueba de
ello que la mayoría de los hombres, por no decir todos, están constituidos de
tal suerte que no podrían ser felices en ningún mundo donde sueñen verse
colocados. Si ese mundo estuviera exento de miseria y de pena, se verían presa
del tedio; y en la medida en que pudieran escapar de éste, volverían a caer en
las miserias, los tormentos, los sufrimientos. Así, pues, para conducir al
hombre a un estado mejor, no bastaría ponerle en un mundo mejor, sino que sería
preciso de toda necesidad transformarlo totalmente, hacer de modo que no sea lo
que es y que ligara a ser lo que no es. Por tanto, necesariamente tiene que
dejar de ser lo que es. Esta condición previa la realiza la muerte, y desde ese
punto de vista concíbese su necesidad moral.
Ser colocado
en otro mundo y cambiar totalmente su ser, son en el fondo una sola y misma
cosa.
Una vez que
la muerte ha puesto término a una conciencia individual, ¿sería deseable que
esta misma conciencia ¿seria deseable que esta misma conciencia se encendiese
de nuevo para durar una eternidad? ¿Qué
contiene, la mayor parte de las veces? Nada más que un torrente de ideas
pobres, es, trechas, terrenales y cuidados sin cuento. Dejadla, pues, descansar
en paz para siempre.
Parece que la
conclusión de toda actividad vital es un maravilloso alivio para la fuerza que
la mantiene. Esto explica tal vez la expresión de dulce serenidad difundida en
el rostro de la mayo, ría de los muertos.
¡Cuán larga
es la noche del tiempo limitado si se compara con el breve ensueño de la vida!
Cuando en
otoño se observa el pequeño mundo de los insectos y se ve que uno se prepara un
lecho para dormir el pendo y largo sueño del invierno, que otro hace su capullo
para pasar el invierno en estado de crisálida y renacer un día de primavera con
toda su juventud y en toda su perfección, y, en fin, que la mayoría de ellos,
al tratar de tomar descanso en brazos de la muerte, se contentan con poner
cuidadosamente sus huevecillos en lugar favorable para renacer un día
rejuvenecidos en un nuevo ser, ¿qué otra cosa es esto sino la doctrina de la
inmortalidad, enseñada por la naturaleza? Esto quiere darnos a entender que
entre el sueño y la muerte no hay diferencias radicales, que ni el uno ni la
otra ponen en peligro la existencia. El cuidado con que el insecto prepara su
celdilla, su agujero, su nido, así como el alimento para la larva que ha de
nacer en la primavera próxima, y hecho esto, muere tranquilo, seméjanse en todo
al cuidado con que un hombre coloca en orden por la noche sus vestidos y
dispone su desayuno para la mañana siguiente, y luego se duerme en paz.
Esto no
podría suceder si el insecto que ha de morir en otoñe, considerado en sí mismo
y en su verdadera esencia, no fuese idéntico al que ha de desarrollarse en
primavera; lo mismo que el hombre que se acuesta es el que después se levanta.
Mirad vuestro perro: ¡qué tranquilo y contento
está! Millares de perros han muerto antes de que éste viniese a 'la vida. Pero
la desaparición de todos aquellos no ha tocado para nada la idea del perro.
Esta idea no se ha obscurecido por su muerte. He aquí por qué vuestro perro está tan fresco,
tan animado por fuerzas juveniles, como vuestro perro éste fuera su primer día
y no hubiese de tener término. A través de sus ojos brilla el principio
indestructible que hay en él, el archaeus.
¿Qué es,
pues, lo que la muerte ha destruido a través de millares de años? No es el
perro; ahí está, delante de vosotros, sin haber sufrido detrimento alguno. Solo
su sombra, su figura, es lo que la que la debilidad de nuestro conocimiento no
puede percibir sino en el tiempo.
Por su
persistencia absoluta, la materia nos asegura una in, destructibilidad, en
virtud de la cual quien fuere incapaz de concebir otra idea, podría consolarse
con la de cierta inmortalidad. "¿Qué -se dirá- la persistencia de un puro
polvo, de una materia bruta, puede ser la continuidad de nuestro ser?
¿Pero
conocéis ese polvo, sabéis lo qué es y lo qué puede ser? Antes de
menospreciarlo, aprended a conocerlo. Esta materia, que no es más que polvo y
ceniza disuelta muy pronto en el agua, se va a convertir en un cristal, a
brillar con el brillo de los metales, a producir chispas eléctricas, a
manifestar su poder magnético, a modelarse en plantas y animales, y a
desarrollar, en fin, en su seno misterioso esa vida cuya pérdida atormenta
tanto a vuestro limitado espíritu. ¿No es nada, pues, el perdurar bajo la forma
de esta materia?
No conocemos
mayor juego de dados que el juego del nacimiento y de la muerte. Preocupados,
interesados, ansiosos hasta el extremo, asistimos a cada partida, porque a
nuestros ojos todo va puesto en ella, por el contrario, la naturaleza, que no
miente nunca, la naturaleza, siempre fresca y abierta, se expresa acerca de
este asunto de una manera muy diferente. Dice que nada le importan la vida o la
muerte del individuo, y esto lo expresa entregando la vida del animal y también
la del hombre a menores azares, sin hacer ningún esfuerzo para salvarlos.
Fijaos en el insecto que va por vuestro camino: el menor extravío involuntario
de vuestro pie decide de su vida o de su muerte. Ved el animal de los bosques,
desprovisto de todo medio 'de huir, defenderse, engañar ocultarse, presa
expuesta al primero que llegue; ved el pez, como juega libre de inquietudes
dentro de la red aún abierta; la rana, a quien su lentitud impide huir y
salvarse: el ave que revolotea a la vista del halcón que se cierne sobre ella y
a quien no ve; la oveja, espiada por el lobo oculto en el bosque: todas esas
víctimas, débiles, inertes, imprudentes, vagan en medio de ignorados riesgos
que a cada instante las amenazan. La naturaleza, al abandonar así sin
resistencia sus organismos, no solo a la avidez del más fuerte, sino al azar
más ciego, al humor del primer imbécil que pasa, a la perversidad del niño; la
Naturaleza expresa así, con su estilo lacónico, de oráculo, que le es
indiferente el anonadamiento de esos seres, que
no puede perjudicarla, que nada significa, y que en casos tales tan
indiferentes en la causa como el efecto.
Así, pues,
cuando esta madre soberana y universal expone a sus hijos sin escrúpulo alguno
a mil riesgos inminentes, sabe que al sucumbir es que caen otra vez en su seno,
donde los tiene ocultos: Su muerte no es más que un retozo, un jugueteo. Lo
mismo le sucede al hombre que a los animales. El oráculo de la naturaleza se
extiende a nosotros. Nuestra vida o nuestra muerte no le conmueve `y no
debieran emocionarnos, porque nosotros también formamos parte de la naturaleza.
Estas
consideraciones nos traen a nuestra propia especie. Y si miramos adelante,
hacia un porvenir muy remoto, y tratamos de representarnos las generaciones
futuras con sus millones de individuos humanos diferentes de -nosotros en
usanza y costumbres, nos hacemos estas preguntas: ¿De dónde vendrán todos?
¿Dónde están ahora? ¿Dónde se halla el amplio seno de la nada, preñado del
mundo, que aún guarda las generaciones venideras?
Pero a estas
preguntas hay que sonreírse y responder: No puede estar sino donde toda la
realidad ha sido y será, en el presenté y en lo que contiene.
Por
consiguiente, en ti, preguntón insensato, que desconoces tu propia esencia y te
pareces a la hoja en el árbol cuando, marchitándose en otoño pensando en que se
ha de caer, se lamenta de su caída y no queriendo consolarse a la vista del
fresco verdor con que se engalanará el árbol en la primavera, dice gimiendo:
"No seré lo, serán otras hojas".
¡Ah, hoja
insensata! ¿A dónde quieres ir, pues, y de dónde podrían venir las otras hojas?
¿Dónde está esa nada, cuyo abismo temes? Reconoce tu mismo ser en esa fuerza
intima, oculta, siempre activa, del árbol, que a través de todas sus
generaciones de hojas no es atacado ni por el nacimiento ni por la muerte. ¿No
sucede con las generaciones humanas como con las de las hojas?
DOLORES DE
MUNDO
Si nuestra
existencia no tiene por fin inmediato el dolor, puede afirmarse que no tiene
ninguna razón de ser en el mundo. Por, que es absurdo admitir que el dolor sin
término que nace de la miseria inherente á la vida y que llena el mundo, no sea
más que un puro accidente y no su misma finalidad. Cierto es que cada desdicha
particular parece una excepción; pero la desdicha general es la regla.
Así como un
arroyo corre sin remolinos mientras no encuentra obstáculos ningunos, de igual
modo, en la naturaleza humana, como en la naturaleza animal, la vida se desliza
inconsciente y distraída cuando nada se opone a la voluntad. Si la atención
está despierta, es que se han puesto trabas a la voluntad y se ha producido
algún choque. Todo lo que se alza frente a nuestra voluntad, todo lo que
atraviesa o se le resiste; es decir, todo lo que hay desagradable o doloroso,
lo sentimos en seguida con suma claridad.
No advertimos
la salud general de nuestro cuerpo, sino tan solo el ligero sitio donde nos
hace daño el calzado; no apreciamos el conjunto próspero de nuestros negocios,
pues solo nos preocupa alguna insignificante pequeñez que nos apesadumbra. Así,
pues el bienestar y al dicha son enteramente negativos; solo el dolor es
positivo.
No conozco
nada más absurdo que la mayoría de los sistemas metafísicos que explican el mal
como algo negativo. Por el contrario, solo el mal es positivo, puesto que se
hace sentir... Todo bien, toda felicidad, toda satisfacción son cosas
negativas, porque no hacen más que suprimir un deseo y terminar una pena.
Añádase a
esto que, en general, encontramos las alegrías muy por debajo de nuestra
esperanza, al paso que los dolores la superan con mucho.
Si queréis en
un abrir y cerrar los ojos ilustraros acerca de este punto y saber si el placer
puede más que la pena o solamente si son iguales, comparad la impresión del
animal qué devora a otro, con la impresión del que es devorado.
El consuelo
más eficaz en toda desgracia, en todo sufrimiento, es volver los ojos hacia los
que son más desventurados que nosotros. Este remedio está al alcance de cada
uno. Pero, ¿qué resulta de ello para el conjunto?
Semejantes a
los carneros que triscan en la pradera mientras el matarife hace su elección
con la mirada en medio del rebaño, no sabemos en nuestros días felices qué
desastre nos prepara el destino precisamente en aquella hora -la enfermedad,
persecución, ruina, mutilación, ceguera, locura, etc.
Todo lo que
apetecemos coger se nos resiste; todo tiene una voluntad hostil, que es preciso
vencer. En la vida de los pueblos no nos muestra la historia sino guerras y
sediciones: los años de paz solo parecen cortas pausas, entreactos que surgen
una vez por casualidad. Y asimismo, la vida del hombre es un perpetuo combate,
no solo contra males abstractos, la miseria o el hastío, sino contra los demás
hombres. En todas partes se encuentra un adversario. La vida es una guerra sin
tregua, y se muere con las armas en la mano.
Al tormento
de la existencia viene a agregarse también la rigidez del tiempo, que
nos apremia, que no nos deja tomar aliento, y se mantiene en pie detrás
de cada uno de nosotros como un capataz de la chusma con el látigo. Solo
perdona a los que se han entregado al tedio.
No obstante,
así como nuestro cuerpo estallaría si se le sustrajese de la presión de la
atmósfera, así también si se quitase a la vida el peso de la miseria, de la
pana, de los reveses y de los vanos esfuerzos, sería tan desmedido en el hombre
el exceso, de su arrogancia que le destrozaría, o por lo menos le impelería, a
la insensatez más desordenada y hasta a la locura furiosa.
En todo
tiempo necesita cada cual cierta cantidad de cuida, dos, de dolores o de
miseria, como necesita lastre el buque para tenerse a plomo y navegar derecho.
Trabajo,
tormento, pena y miseria: tal es durante la vida entera el lote de casi todos
los hombres.
Pero, si
todos los deseos se viesen colmados, apenas se formulan, ¿con qué se llenaría
la vida humana, en qué se emplearía el tiempo? Poned a la humanidad en el país
de Jauja, donde todo creciera por si mismo, donde volasen asadas alondras al
alcance de las bocas, donde cada uno encontrara al momento a su amada y la
consiguiese sin dificultad, y entonces se vería a los hombres morir de
aburrimiento o ahorcarse; a otros reñir, degollarse, asesinarse y causarse
mayores sufrimientos de los que ahora les impone la naturaleza. Así, no puede
convenir a los hombres ningún otro teatro, ninguna otra existencia.
En la primera
juventud nos vemos colocados ante el destino que va abrírsenos, como los niños
delante del telón de un teatro, con la espera alegre e impaciente de las cosas
que van a pasar en el escenario. Es una dicha que nada podamos saber de
antemano. Para aquel que sabe lo que ha de pasar en realidad, los niños son
inocentes condenados, no a muerte, sino a vida, y que, sin embargo, no conocen
aun el contenido de su sentencia. Pero no por eso desea menos cada cual una
edad avanzada para sí, es decir, un estado que pudiera expresarse de este modo:
"El día de hoy es malo, y cada día será más malo, hasta que llegue el
peor".
Cuando se
representa uno (en cuanto es posible hacerlo de una manera aproximada), la suma
de miseria, de dolor y sufrimiento de todas las clases que alumbra el sol en su
carrera, se está conforme en que valiera mucho más que este astro no tuviese
otro poder sobre la tierra que el de hacer surgir el fenómeno de la vida que
tiene en la luna. Sería preferible que la superficie de la tierra, como la de
la luna, se encontrase ya en el estado de cristal cuajado y frío.
Puede también
considerarse nuestra vida como un episodio que turba inútilmente la beatitud y
el sosiego de la nada. Sea como fuere, todo nombre para quien apenas es
soportable la existencia, a medida que avanza en edad, tiene una conciencia
cada vez más clara de que la vida es en todas las cosas una gran mixtificación,
por no decir un engaño . . .
Cualquiera
que ha sobrevivido a dos o tres generaciones se encuentra en idéntica situación
de ánimos que un espectador sentado dentro de una barraca de titiriteros en la
feria, cuando ve las mismas farsas repetidas dos o tres veces sin interrupción.
Es que las cosas no estaban calculadas más que para una representación, y una
vez desvanecidas la ilusión y la novedad, ya no producen ningún efecto.
Hay para
perder la cabeza observando la prodigalidad de las disposiciones tomadas; esas
estrellas fijas que brillan innumerables en el espacio infinito y no tienen
otra cosa que hacer sino iluminar mundos
que solo producen hastío en los casos más felices, al menos, a juzgar por este
mundo que conocemos.
Nada hay
verdaderamente digno de envidia, ¡y cuántos me, recen lástima!
La vida es
una tarea que hay que ir realizando con trabajo; y en este sentido, la palabra defecunctus
es una magnífica expresión.
Imaginad por
un instante que el acto genésico no fuese una necesidad ni una voluptuosidad,
sino un asunto de reflexión pura y de razón: ¿Podría subsistir la humanidad?
¿No hubiera tenido cada cual bastante lástima de la generación futura, para
ahorrarle el peso de la existencia; o por lo menos, no hubiera vacilado en
imponérselo a sangre fría?
El mundo es
el infierno y los hombres se dividen en almas atormentadas y diablos
atormentadores.
Me dirán una
vez más que mi filosofía no tiene consuelo, y eso sencillamente porque digo la
verdad, mientras que las gentes prefieren oír decir: "Dios nuestro Señor
ha hecho bien todo lo que ha hecho". Id a la Iglesia, y dejad en paz a los
filósofos. A lo menos, no exijáis que ajusten sus doctrinas a vuestro
catecismo. Eso lo hacen los tunantes, los filosofastros. A esto podéis pedirles
de encargo doctrinas a vuestro antojo. Turbar el optimismo obligado de los
profesores de filosofía es tan fácil como desagradable.
Brahma
produce el mundo por una especie de pecado o de extravío, y se queda él mismo
en el mundo para expiar ese pecado hasta que esté redimido. -¡Muy bien!- En el
budismo, el mundo nace a consecuencia de un trastorno inexplicable,
produciéndose después de un largo reposo en la claridad del cielo, en la serena
beatitud llamada Nirvana; que se reconquistará con la penitencia. Es
como una especie de fatalidad que es preciso considerar en el fondo como en un
sentido moral, aún cuando esta explicación tiene una analogía y una imagen
exactamente correspondiente en la naturaleza, por la formación
inexplicable del mundo primitivo, vasta nebulosa de donde saldrá un sol. Pero
los mismos errores morales en el mundo físico gradualmente más malo y cada vez
peor, hasta que toma su triste forma actual. -¡Perfectamente!
Para los
griegos el mundo y los dioses eran obra de una necesidad insondable.
Esta
explicación es soportable, en el sentido de que nos satisface provisionalmente.
Ormuzd vive
en guerra con Abrimán: también esto puede admitirse.
Pero un dios
como ese Jehová, que por su capricho y con ánimo alegre produce este mundo de
miseria y de lamentaciones, y que aún se felicita y aplaude por ello, ¡esto es
demasiado! Consideremos, pues, desde este punto de vista a la religión de los
judíos como la más inferior entre las doctrinas religiosas de los
pueblos civilizados; lo cual concuerda perfectamente con el hecho de que
también es la única que, en absoluto, no tiene ninguna huella de inmortalidad.
Aun cuando la
demostración de Libnitz fuese verdadera; aun cuando se admitiese que entre los
mundos posibles éste es siempre el mejor, aquella demostración no daría aun
ninguna teodicea. Porque el Creador, no solo ha creado el mundo, sino también
la posibilidad misma; por consiguiente, hubiera debido hacer posible un mundo
mejor.
La miseria
que llena este mundo, protesta a gritos contra la hipótesis de una obra
perfecta debida a un ser infinitamente sabio, bueno y poderoso. Por otra parte
la imperfección evidente y hasta la caricatura burlesca del más acabado de los
fenómenos de la creación, el hombre es de una evidencia demasiado visible. Hay
en esto tina antinomia que no se puede resolver. Por el contrario, dolores y
miserias son otras tantas pruebas en pro, cuando consideramos el mundo como una
obra de nuestra propia falta, y por consiguiente, como una cosa que no podría
ser mejor. Al paso que en la primera hipótesis, la -miseria del mundo se trueca
en una acusación amarga contra el Creador y da margen a sarcasmos, en el
segundo caso aparece como una acusación contra nuestro ser y nuestra voluntad
misma, muy propia para humillarnos. Nos conduce el pensamiento profundo de que
hemos venido al mundo viciados ya como hijos de padres gastados por el
libertinaje, y que si nuestra existencia es tan mísera y tiene la muerte por
desenlace, es porque continuamente tenemos que expiar esta falta.
De un modo
general, nada hay más cierto: la abrumadora falta del mundo es lo que atrae los
grandes e innumerables sufrimientos del mundo; y entendemos esta relación en el
sentido metafísico, y no en el físico y empírico. Por eso, la historia del
pecado original me reconcilia con el Antiguo Testamento; a mis osos es la única
verdad metafísica de todo el libro, aun cuando se presenta allí bajo el velo de
la alegoría. Porque nuestra existencia a nada se parece tanto como a la
consecuencia de una falta y de un deseo culpable.
Si queréis
tener siempre a mano una brújula segura a fin de orientaron en la vida y
considerarla sin cesar en su verdadero aspecto, habituaos a considerar este
mundo como un lugar de penitencia, como una colonia penitenciaria. Así lo
habían llamado ya los más antiguos filósofos, y cierto padres de la Iglesia.
La sabiduría
de todos los tiempos, el brahmanismo, al budismo, Empédocles y Pitágoras,
confirman esta manera de ver. Cicerón refiere que los antiguos sabios enseñaban
en la iniciación en los misterios: nos ob aliqua scelera suscepta in vita
superíore, pcenarum luendarum causa natos esse. Vanini expresa esta idea
del modo más enérgico. (Vanini a quien se encontró más cómodo quemar que
refutar) cuando dice: Tot, tantisque homo repletus miseris, ut si
christiance religíoni non repugnaret, dicere auderem: si dcemones dantur, ips.
in hominum corpora transmígrantes, sceleris pcenas 1uunt. (De admirandis
naturoe arcanis; diálogo L, pág. 353). Pero hasta en el puro cristianismo
bien comprendido, se considera nuestra existencia como efecto de una falta, de
una caída:
Si nos
familiarizamos con esta idea, no se esperará de la vida sino lo que puede dar;
y, lejos de considerar como algo inesperado y contrario a las reglas sus
contradicciones, sufrimientos, suplicios y miserias grandes y pequeñas, se
hallarán muy en el orden, sabiendo, en efecto, que aquí abajo, cada cual lleva
la pena de su existencia y cada uno a su modo.
Entre los
males de un establecimiento penitenciario, no es el menor la sociedad que en él
se encuentra. Sin que necesite yo decirlo, saben lo que vale la sociedad de los
hombres los que merecerían otro mejor. Un alma grande, un genio, experimenta en
el mundo los mismos sentimientos de un noble prisionero por razones de Estado
que se viera en presidio con vulgares malhechores en torno suyo. A semejanza de
éste, hay que aislarse. Pero en general, esta idea acerca del mundo nos hace
capaces de ver sin sorpresa, y con mayor motivo sin indignación, lo que se
llama imperfecciones, es decir, la mísera constitución intelectual y moral de
la mayor parte de los hombres, miseria que hasta su misma fisonomía nos revela
. . .
El
convencimiento de que el mundo, y, por consiguiente, el hombre, son tales que
no debieran -existir, es de naturaleza a propósito para llenarnos de
indulgencia unos para otros. ¿Qué puede esperarse, en efecto, de tal especie de
seres? A veces paréceme qué la manera conveniente de. saludarse de hombre a
hombre, en vez de decir Señor, Sir, etc., pudiera ser: "Compañero de
sufrimientos ó compañero de miserias". ,Por extraño que parezca esto, la
expresión es justa y recuerda la necesidad de la tolerancia, de la paciencia,
de la indulgencia, del amor al prójimo, sin el cual ninguno podría pasar, y del
que, por consiguiente, cada uno es deudor de algo.
II
Al paso que
la primera mitad de la vida no es más que una infatigable aspiración hacia la
felicidad, la segunda mitad, por el contrario, está dominada por un doloroso
sentimiento de temor, porque entonces se acaba por darse cuenta más o menos
clara de que toda felicidad no es más que una quimera 'y solo el sufrimiento es
real. Por eso los espíritus sensatos más que los vivos goces aspiran a una
ausencia de penas, a un estado invulnerable en cierto modo. En los años de mi
juventud un campanillazo en mi puerta me llenaba de júbilo, porque pensaba:
"¡Bueno! Va a suceder alguna cosa". Más tarde, maduro por la vida,
ese mismo ruido despertaba un sentimiento próximo al espanto, y decía para mis
adentros: "¡Ay! ¿Qué sucederá?
En la vejez
extínguense las pasiones y los deseos unos tras otros. A medida que se nos
hacen indiferentes los objetos de esas pasiones; embotase la sensibilidad la
fuerza de la imaginación se forma cada vez más débil, palidecen las imágenes,
las impresiones -no se adhieren ya, pasan sin dejar huellas, los días ruedan
cada vez más rápidos, los acontecimientos pierden importancia y todo se
decolora. El hombre abrumado de días, se pasea tambaleándose o descansa en un
rincón, no siendo ya más que una sombra, un fantasma de su ser pasado. Viene la
muerte: ¿qué le queda aún por destruir? Un día la somnolencia se convierte en
el último sueño.
Todo hombre
que se ha despertado de los primeros ensueños de la juventud, que tiene en
cuenta su propia experiencia y la de los demás, que ha estudiado la historia
del pasado y la de su época, si es que indesarraigables, preocupaciones no le
trastornan la razón, concluirá por llegar a reconocer que este mundo de los
hombres, es el reino del azar y del error, los cuales lo dominan y gobiernan a
su antojo sin piedad ninguna, ayudados por la locura y la malicia, que no cesan
de blandir su látigo.
Por eso, lo
mejor que hay entre los hombres no se abre paso sino a través de mil
penalidades. Toda aspiración noble y cuerda difícilmente halla ocasión de
manifestarse, de obrar, de dejarse oír; al paso que lo absurdo y lo falso en el
dominio de las ideas, la chabacanería y la vulgaridad en las regiones del arte,
la malicia y la astucia en la vida práctica, reinan sin mezcla y casi sin
discontinuidad. No hay pensamiento ni obra excelentes que no sean una
excepción, un caso previsto, extraño inaudito, enteramente aislado, como un
aerolito producido por otro orden de cosas del que nos rige.. Por lo que atañe
a cada uno en particular, la historia de una vida es siempre la historia de un
sufrimiento, porque toda carrera recorrida no es más que una serie no interrumpida
de reveses y desgracias, que cada cual se esfuerza en ocultar porque sabe que,
lejos de inspirar a los demás simpatía o lástima, los colmos por eso mismo de
satisfacción. ¡Tanto les regocija representarse al fastidio del prójimo, del
cual están libres por el momento! Es raro que un hombre al final de su vida, si
es a la vez sincero y reflexivo, desee volver a comenzar el camino, y no
prefiera infinitamente más la nada absoluta.
Nada hay fijo
en esta vida fugaz; ¡ni dolor infinito, ni alegría eterna, ni impresión
permanente, ni entusiasmo duradero, ni resolución elevada que pueda persistir
la vida entera. Todo se disuelve en el torrente de los años. Los minutos, los
innumerables átomos de pequeñas cosas, fragmentos da cada una de nuestras
acciones, son los gusanos roedores que desvastan todo lo que hay grande y
atrevido... Nada se toma en serio en la vida humana: el polvo no merece la
pena.
Debemos
considerar la vida cual un embuste continuo, lo mismo en las cosas pequeñas
como en las grandes. ¿Ha prometido? No cumple nada, a menos que no sea para
demostrar cuán poco apetecible era lo apetecido: tan pronto es la esperanza
quien nos engaña, como la cosa esperada. ¿Nos ha dado? No era más que para
recogérnoslo. La magia de la lontananza nos muestra paraísos, que desaparecen
como visiones en cuanto nos hemos dejado seducir. La felicidad está siempre en
lo futuro o en lo pasado, y lo presente es cual una nubecilla obscura que el
viento pasea sobre un llano alumbrado por el sol. Delante y detrás de ella todo
es luminoso, solo ella proyecta siempre una sombra.
El hombre no
vive más que en el presente, que huye sin remisión hacia el pasado, y se abisma
en la muerte. Salvo las con, secuencias que pueden refuir en lo presente, y que
son otra de sus actos y de su voluntad, su vida de ayer está por completo
muerta, extinta. Por eso debiera ser indiferente para su razón que ese pasado
estuviese hecho de goces o de penas. El presente se escapa de su abrazo y se
transforma sin cesar en pasado; el porvenir es por completo incierto y sin
duración... Lo mismo que desde el punto de vista físico la marcha no es más que
una caída siempre desmedida, así también la vida del cuerpo no es más que una
muerte siempre suspensa, una muerte aplazada, y la actividad de nuestro
espíritu solo es tedio siempre combatido . . . A la postre es menester que
triunfe la muerte, porque le pertenecemos por el hecho mismo de nuestro
nacimiento, y no hace sino jugar con su presa antes de devolverla. Así es como
seguimos el curso de nuestra vida con extraordinario interés, con mil cuidados
y precauciones mil, todo el mayor tiempo posible, como se sopla una pompa de
jabón, empeñándose en inflarla lo más que se pueda y durante el más largo
tiempo, a pesar de la certidumbre de que ha de concluir por estallar.
La vida no se
presenta en manera alguna como un regalo que debemos disfrutar sino como un deber, una tarea que tenemos que
cumplir a fuerza de trabajo. De aquí, en las grandes y en las pequeñas cosas,
una miseria general, una labor sin descanso, una competencia sin tregua, un
combate sin término, una actividad impetuosa con una extremada tensión de todas
las fuerzas del cuerpo y del espíritu.
Millones de
hombres reunidos en naciones concurren al bien público, obrando cada individuo
en interés de su propio bien; pero millares de víctimas sucumben en pro de la
salud común. Unas veces las preocupaciones insensatas, y otras una política
sutil excitan a los pueblos a la guerra. Es preciso que el sudor y la sangre de
la inmensa multitud corran en abundancia para ¡levar a feliz término los
caprichos de algunos o expiar sus faltas. En tiempo de paz prosperan la
industria y el comercio, las invenciones hace maravillas, los buques surcan los
mares, traen cosas de todos los rincones del mundo, y las olas se tragan
millares de hombres. Todo está en movimiento: unos meditan, otros obran, es
indescriptible el tumulto.
Pero, ¿cuál
es el fin último de tantos esfuerzos? Mantener durante un breve espacio de
tiempo seres efímeros y atormentados; mantenerlos, en el caso más favorable, en
una miseria resistible y en una relativa ausencia de dolor, que es acechada al
momento por el hastió. Después, la reproducción de esta raza y la continua
renovación de su modo habitual de vivir.
Los esfuerzos
sin tregua para desterrar el sufrimiento no dan más resultado que cambiar su
figura. En su origen aparece bajo la forma del menester, de la necesidad, del
cuidado por las cosas materiales de la vida. Si a fuerza del trabajo se logra
expulsar el dolor bajo este aspecto, al punto se transforma y adquiere otras
mil fisonomías, según las edades y las circunstancias, que son el instinto
sexual, el amor apasionado, los celos, la envidia, el odio, la ambición, el
miedo, la avaricia, 13 enfermedad, etc., Si no encuentra otro modo de entrar,
en nosotros, lo hace bajo el manto triste y gris del tedio y la saciedad; y
entonces hay que forjar armas para combatirlo. Si se logra expulsarlo, no sin
combate, vuelve a sus antiguas metamorfosis, y vuelta el baile a continuar. . .
Lo que ocupa
a todos los vivos y los tiene sin aliento, es la necesidad de asegurar la
existencia. Una vez hecho esto, ya no se sabe que hacer.
Por eso, el
segundo esfuerzo de los hombres es aligerar la carga de la vida, hacerla
insensible, matar el tiempo; es decir, huir del hastío. Una vez
libertados de toda miseria material y moral, una vez que han soltado de 12 espalda
cualquiera otra carga, los vemos convertirse ellos mismos en su propia carga, y
considerar como una ganancia toda hora que consiguen pasar, aun cuando en el
fondo esa hora se reste de una existencia que con tanto celo se esfuerzan en
prolongar.
El hastío no
es un mal despreciable; ¡qué desesperación concluye por pintar en el rostro! El
es quien hace que los hombres, que se aman tan poco entre sí, se busquen sin
embargo, unos a otros tan locamente: es la fuente del instinto social. El
Estado lo considera como una calamidad pública, y por prudencia toma medidas
para combatirlo.
Este azote,
lo mismo que el hombre que es su extremo opuesto pueden impelir a los hombres a
todos los desbordamientos; el pueblo necesita panem et circenses. El
rudo sistema penitenciario de Filadelfia fundado en la soledad y la inacción,
hace del tedio un instrumento de suplicio tan terrible, que para librarse de él
más de un condenado ha recurrido al suicidio. Si la miseria es el aguijón
perpetuo para el pueblo, el hastío lo es para las personas acomodadas. En la
vida civil, el domingo ,representa el aburrimiento y los seis días de la semana
la miseria.
La vida del
hombre oscila como un péndulo entre el dolor y el hastía. Tales son, en
realidad, sus dos últimos elementos. Los hombres han expresado esto de una
manera muy extraña. Después de haber hecho del infierno la morada de todos los
tormentos y de todos los sufrimientos, ¿qué ha quedado para el cielo? El
aburrimiento precisamente.
El hombres es
el más desnudo de todos los seres. No es nada más que voluntad, deseos
encarnados, un compuesto de mil necesidades. Y he ahí que vive sobre la tierra,
abandonado a sí mismo, inseguro de todo, excepto de su miseria y de la
necesidad que lo oprime. A través de las imperiosas exigencias renovadas a
diario, los cuidados de la existencia llenan la vida humana. Al mismo tiempo le
atormentan un segando instinto, el de perpetuar su raza. Amenazado por todas
partes por los peligros más diversos, no basta para librarse de ellos una
prudencia siempre despierta. Con paso inquieto, echando en torno suyo miradas
de angustia, sigue su camino, en lucha con el azar y con enemigos sin número.
Así iba a través de las soledades salvajes, así va ahora en plena vida
civilizada. No hay para él seguridad ninguna.
La vida es un
mar lleno de escollos y remolinos, que el hombre solo evita a fuerza de
prudencia y de cuidados, por más que sabe que si consigue librarse de ellos con
su habilidad y sus esfuerzos, a medida que avanza, no puede, sin embargo,
retardar el grande, el total, el inevitable, el irremediable naufragio, la
muerte, que parece correr delante de él. Ese es el fin supremo de esta
laboriosa navegación, peor para el hombre infinitamente que todos los escollos
de que se ha librado.
Sentimos el
dolor, pero no la ausencia del dolor; sentimos el cuidado, pero no la falta de
cuidados; el temor, pero no la seguridad. Sentimos el deseo y el anhelo, como
sentimos el hambre y la sed, pero apenas se ven colmados, todo se acabó, como
una vez que se traga el bocado cesa de existir para nuestra sensación. Todo el
tiempo que poseemos estos tres grandes bienes de la vida, que son salud,
juventud y libertad, no tenemos conciencia de ellos, no lo apreciamos sino
después de haberlos perdido, porque también son bienes negativos. No'
nos percatamos de los días felices de nuestra vida pasada, hasta que los han
sustituido días de dolor...
A medida que
crecen nuestros goces, nos hacemos más insensibles a ellos: el hábito ya no es
placer. Por eso mismo crece nuestra facultad de sufrir; todo hábito suprimido
causa una sensación penosa. Las horas transcurren tanto más veloces cuanto más
agradables son, tanto más lentas cuarto más triste, porque no es el goce lo
positivo, sino el dolor, y por eso se deja sentir la presencia de éste.
El
aburrimiento nos da la noción del tiempo y la distracción nos lo quita. Esto
prueba que nuestra existencia es tanto más feliz cuanto menos la sentimos; de
donde se deduce que mejor valdría verse libre de ella.
No podría
imaginarse en absoluto un gran regocijo interno, si no viniese tras una gran
miseria: porque nadie puede alcanzar un estado de júbilo sereno y duradero; a
lo sumo se llega a distraerse, a satisfacer la vanidad propia. Por eso los
poetas se ven obligados a colocar á sus héroes en situaciones llenas de
ansiedades y tormentos, a fin dé poderles librar de ellos de nuevo. Drama y
poesía épica no nos muestran sino hombres que luchan, que sufren mil suplicios,
y cada novela nos da en espectáculo los espasmos -y las convulsiones del
corazón humano. Voltaire, el feliz Voltaire, a pesar de lo favorecido que fue
por la naturaleza, piensa como yo cuando dice: " La felicidad no es más
que un sueño, sólo el dolor es real". Y añade: "Hace ochenta años que
lo experimento. No sé hacer otra cosa más que resignarme y decir en -mi
interior que las moscas han nacido para ser devoradas por las arañas, y los
hombres para ser devorados por los pesares".
La vida de
cada hombre, vista de lejos y desde arriba, en su conjunto y en sus rasgos más
salientes, nos presenta siempre un espectáculo trágico; pero si se recorre en
detalle, tiene el carácter de una comedia. El modo de vivir, el tormento del
día, el incesante arrumaco del momento, los deseos y los temores de la semana,
las desgracias de cada hora, bajo el azar que trata siempre de chasquearnos,
son otras tantas escenas de comedia. Pero los anhelos siempre burlados, los
vanos esfuerzos, las esperanzas que pisotea la suerte implacable, los funestos
errores de la vida entera, con los sufrimientos que se acumulan y la muerte en
el último acto: he aquí la eterna tragedia. Parece que el destino ha querido
añadir la burla a la desesperación de nuestra existencia, cuando ha llenado
nuestra vida con todos los infortunios de la tragedia, sin que ni aún siquiera
podamos sostener la dignidad de los personajes trágicos. Lejos de esto, en el
amplio detalle de la vida representamos inevitablemente el ruin papel de bufones.
Es en verdad
increíble cuan insignificante y desprovista de interés, viéndola desde afuera,
y cuán sorda y obscura, sentida en los adentros transcurre la vida de la mayor
parte de los hombres No es más que un conjunto de tormentos, de aspiraciones
impotentes, la marcha vacilante de un hombre que sueña a través de las cuatro
edades de la vida hasta la muerte, con un cortejo de ideas triviales.
Los hombres
se parecen a esos relojes a los cuales se' les ha dado cuerda y andan sin saber
por qué. Cada vez que se engendra un hombre y se le hace venir al mundo, se da
cuerda de nuevo 'al reloj de la vida humana, para que repita una vez más su
rancio sonsonete gastado de eterna caja de música, frase por frase, tiempo por
tiempo, con variaciones apenas perceptibles.
Cada
individuo, cada faz humana, cada vida, no es sino un ensueño más, un efímero
ensueño del espíritu infinito de la naturaleza, de la voluntad de vivir
persistente y obstinada. No es sino una imagen fugitiva más, que dibuja al
desgaire en su infinita página del espacio y del tiempo, que deja subsistir
algunos instantes de una brevedad vertiginosa, y borra en seguida para dejar
sitio a otras. Sin embargo (y este es el aspecto de la vida que más da que
pensar y meditar), es preciso que la voluntad de vivir, violenta e impetuosa,
pague cada una de esas imágenes fugaces, cada uno de esos vanos caprichos, al
precio d: profundos dolores sin cuento y de una amarga muerte largo tiempo
temida y que llegue al fin. He aquí por qué nos deja de pronto graves el aspecto de un cadáver..
¿Dónde
hubiera ido Dante a buscar el modelo y el asunto de su Infierno, sino en
nuestro mundo real? Por eso nos ha pintado un gran infierno de verdad. por el
contrario, cuando trató de describir el cielo y sus goces, tropezaba con una
dificultad insuperable, precisamente porque nuestro mundo no ofrece nada
análogo. En lugar de los goces del Paraíso, vióse reducido a notificarnos las
instrucciones que allí le dieron sus antepasados, su Beatriz y diversos santos.
Por donde se ve con harta claridad qué clase de mundo es el nuestro.
El infierno
del mundo supera al Infierno del Dante en que cada cual es diablo para su
prójimo. Hay también un archibaldo, superior a todos los demás, y es el
conquistador que pone centenares de miles de hombres unos frente a otros, y les
grita: "Sufrid: morir es vuestro destino; así, pues, ¡ fusilaos, cañoneaos
los unos a los otros!" Y lo hacen.
Si se
pusiesen delante de los ojos de cada hombre los dolores y los tormentos
espantosos a los cuales está continuamente expuesta su vida, ante esta vista
quedaría yerto de espanto. Y si se condujese
al optimista más entusiasta a través de los hospitales, lazaretos,
cámaras de tormento quirúrgico, prisiones y lugares de suplicio; de las ergástulas de esclavos, de los campos de
batalla o de los tribunales de justicia, si se le abriesen todas las obscuras
guaridas donde se oculta la miseria huyendo de las miradas de una curiosidad
fría, y, en fin, si se le dejase mirar dentro de la torre del hambriento
Ugolino, entonces, de seguro que acabaría por reconocer de que clase es este
mundo al que llaman el mejor de los mundos posibles.
Este mundo,
es campo de matanza donde seres ansiosos y atormentados no pueden subsistir más
que devorándose los unos a los otros. Donde todo animal de rapiña es tumba viva
de otros mil, y no sostiene su vida sino a expensas de una larga serie de
martirios; donde la capacidad de sufrir crece en proporción de la inteligencia,
y alcanza, por consiguiente, en el hombre su grado más alto. Este mundo lo han
querido ajustar a los optimistas a su sistema y demostrárnoslo a priori como el
mejor de los mundos posibles. El absurdo es lastimoso.
Me dicen que
abra los ojos y contemple las bellezas del mundo que el sol alumbra; que admire
sus montañas, sus valles, sus torrentes, sus plantas, sus animales y no sé
cuántas cosas más. Pero entonces, ¿el mundo no es más que una linterna mágica?
Ciertamente, el espectáculo es espléndido a la vista; pero en cuanto a
representar allí algún papel, eso es otra cosa.
Después del
optimista viene el hombre de las causas finales. Este me pondera el sabio
ordenamiento que prohíbe a los planetas chocar de frente en su carrera; que
impide a la tierra y al mar confundirse formando una inmensa papilla, los tiene
claramente separados; que hace que todo no se cuaje en un hielo eterno o se
consuma por el calor, el cual, gracias a la inclinación de la elíptica
no permite que sea eterna la primavera, etc . . . Pero estas no son más que
simples condidones sino quibus non. Porque si existe un mundo, y han de
durar sus planetas, aunque solo sea un tiempo igual al
que el rayo luminoso de una remota estrella fija emplea en llegar hasta ellos,
y si no desaparecen como el hijo de Lessing inmediatamente después de nacer,
era preciso que las cosas no estuviesen tan torpemente armadas que amenazasen
perecer desde el primer momento.
Lleguemos
ahora a los resultados de esta obra tan ponderada y consideremos los adores que
se mueven en este escenario de tan sólida tramoya. Vemos aparecer el dolor al
mismo tiempo que la sensibilidad, y crecer a medida que ésta se hace
inteligente. Vemos el deseo y el sufrimiento andar al mismo paso, desarrollarse
sin limites, hasta que al cabo la vida humana no ofrece más que un argumento de
tragedias o de comedias. Desde entonces, si se es sincero, se estará poco
dispuesto a entonar el aleluya de los optimistas.
Si un Dios
ha hecho este mundo, yo no quisiera ser ese Dios. La miseria del mundo me
desgarraría el corazón.
Si nos
imaginamos la existencia de un demonio creador, hay derecho a gritarle,
enseñándole su creación: "¿Cómo te has atrevido a interrumpir el sacro
reposo de la nada, para hacer surgir tal
masa de desdichas y de angustias?"
Si se
considera la vida bajo el aspecto de su valor objetivo, es dudoso que sea
preferible a la nada. Hasta diré que si se pudieran dejar oír la experiencia y
la reflexión, alzarían su voz en favor de la nada. Si se golpease en las losas
de los sepulcros para preguntar a los muertos si quieren resucitar, moverían la
cabeza negativamente. Tal es también la opinión de Sócrates en la apología de
Platón. Y hasta el simpático y alegre Voltaire no puede menos de decir:
"Gusta la vida, pero la nada no deja de tener algo bueno", y añade:
"No sé qué es la vida eterna, pero esta vida es una broma pesada".
Querer es
esencialmente sufrir, y como vivir es querer, toda vida es por esencia dolor. Cuanto
más elevado es el ser, más sufre... La vida del hombre no es más que una lucha
por la existencia, con la certidumbre de resultar vencido. La vida es una
cacería incesante, donde los seres, unas veces cazadores y otras cazados, se
disputan las piltrafas de una horrible presa. Es una historia sin motivo,
sufrir siempre luchar de continuo y después morir... Y así sucesivamente por
los siglos de los siglos, hasta que nuestro planeta se haga trizas.
EL ARTE
Todo deseo
nace de una necesidad, de una privación, de un sufrimiento. Satisfaciéndolo, se
calma. Mas por cada deseo satisfecho, ¡cuántos sin satisfacer! Además, el deseo
dura largo tiempo, las exigencias son infinitas, el goce es corto y
mezquinamente tasado.
Y hasta
ese placer que por fin se consigue no es más que aparente, otro le sucede; y si
el primero es una ilusión desvanecida, el segundo es una ilusión que aún dura.
Nada en el mundo es capaz de aquietar la voluntad, ni de fijarla de un modo
duradero, lo más que del destino puede obtenerse aseméjase siempre a la limosna
que se arroja a los pies del mendigo, y que si sostiene hoy su vida solo es
para prolongar mañana su tormento. Así, en tanto que estamos bajo el dominio de
los deseos, y bajo el imperio de la voluntad, en tanto que nos abandonamos a
las esperanzas que nos apremian, a los temores que nos persiguen, no hay para
nosotros descanso ni dicha duraderos. En el fondo, lo mismo da que nos
empeñemos en alguna persecución o que huyamos ante alguna amenaza, que nos
agiten la espera o el temor: las cavilaciones que nos causan las exigencias de
la voluntad bajo sus formas, no cesan de turbar y atormentar nuestra
existencia: Así el hombre, esclavo del querer, está continuamente amarrado a la
rueda de Ixión, vierte siempre en el tonel de las Danaidades, es Tántalo
devorado por la sed eterna.
Pero
cuando una circunstancia externa o nuestra armonía in tenor nos eleva por un
momento por encima del torrente infinito del deseo, libertan a nuestro espíritu
de la opresión de la voluntad, apartan, nuestra atención de todo lo que lo
solicita, y se nos aparecen las cosas desligadas de todos los prestigios deja
esperanza, de todo interés propio, como objetos de contemplación desinteresada
y no de concupiscencia. Entonces es cuando ese reposo vanamente buscado por
todos los caminos abiertos al deseo, pero que siempre ha huido de nosotros, se
presenta en cierto modo por sí mismo y nos da la sensación de la paz en toda su
plenitud. Ese es el estado libre de dolores que celebra Epicuro como el mayor
de los bienes todos, como la felicidad de los dioses; porque entonces nos vemos
por un instante manumitidos de la abrumadora opresión de la voluntad,
celebramos la fiesta - después de los trabajos forzados del querer se detiene
la rueda de Ixión... ¿Qué importa entonces ver la puesta del sol desde el
balcón de un palacio, o través de las rejas de una cárcel?
Acorde
íntimo y predominio del pensamiento puro sobre el querer: esto puede producirse
en todos los lugares. Testigos, esos admirables pintores holandeses, que han
sabido ver de una manera tan objetiva objetos tan mínimos, y que nos han legado
una prueba tan duradera pie su desprendimiento y de su placidez de espíritu en
las escenas, de interior. El espectador no puede contemplarlas sin conmoverse,
sin representarse el estado de ánimo del artista, tranquilo, apacible, lleno de
serenidad; tal como necesitaba ser para fijar su atención en objetos
insignificantes, indiferentes, y reproducirlos con tanta solicitud. Y la
impresión es tanto más fuerte, cuanto que, por un contraste con nosotros
mismos, nos choca la oposición entre esas pinturas tan sosegadas y nuestros
sentimientos siempre tétricos, siempre agitados por quietudes y deseos.
Basta
echar desde fuera una mirada desinteresada a todo hombre; a toda escena de la
vida, y reproducirlos con la pluma o el pincel para que al punto aparezcan
llenos de interés y de encanto, y verdaderamente dignos de envidia. Pero si nos
encontramos luchando con esa situación o somos ese hombre, ¡oh! entonces, como
suele decirse, ni el demonio que lo aguante. Tal es el pensamiento de Goethe.
De todo lo
que apena nuestra vida, nos gusta la pintura.
Cuando yo
era joven, hubo un tiempo en que sin cesar me esforzaba en representarme todos
mis actos como si se tratase de otro, probablemente para gozar más de ellos.
Las cosas
no tienen atractivo sino en tanto que no nos atañen. La vida nunca es bella.
Solo son bellos los cuadros de la vida cuando los alumbra y refleja el espejo
de la poesía; sobre todo en la juventud, cuando no sabemos aún qué es vivir.
Coger al
vuelo la inspiración y darle cuerpo en los versos: tal es la obra de la poesía
lírica. Y sin embargo, el poeta lírico refleja a la humanidad entera en sus
intimas profundidades; y todos los sentimientos que millones de generaciones
pasadas, presentes o futuras han experimentado y experimentarán en las mismas
circunstancias, que se reproducirán siempre, encuentran en la poesía su viva y
fiel expresión.
El poeta
es el hombre universal. Todo lo que ha agitado el corazón de un hombre, todo lo
que la naturaleza humana ha podido experimentar y producir en todas
circunstancias, todo lo que habita y fermenta en un ser mortal, ese es su
dominio, que se extiende a toda la naturaleza. Por eso el poeta lo mismo puede
cantar la voluptuosidad que el misticismo, ser Angelus Silesius o Anacreonte,
escribir tragedias o comedias, representar los sentimientos nobles o vulgares,
según su humor y su vocación. Nadie puede mandar al poeta que sea noble,
elevado, moral, piadoso y cristiano, que sea o deje de ser esto o lo otro;
porque es el espejo de la humanidad y presenta a ésta la imagen clara y fiel de
lo que siente.
Es un
hecho notabilísimo y muy digno de atención que el objetivo de toda la alta
poesía sea la representación del lado horrible de la naturaleza humana, el
dolor sin nombre, los tormentos de los hombres, el triunfo de la perversidad,
la irónica dominación del azar, la irremediable caída del justo y del inocente.
Esto es un signo notable de la constitución del mundo y de la existencia . . .
¿No vemos en la tragedia a los seres más nobles, después de largo combates y
sufrimientos, renunciar para siempre a los propósitos que perseguían hasta
entonces con tanta violencia, o apartarse de todos los goces de la vida
voluntariamente y con júbilo? Así con el príncipe de Calderón; Gretchen en
Fausto; Hamlet, a quien su querido Horacio seguiría con mucho gusto, pero que
le promete quedarse y respirar aun algún tiempo en un mundo tan rudo y lleno de
dolores, para narrar la suerte de Hamlet y purificar su memoria; lo mismo que
la virgen de Orleans, que la desposada de Messina: todos mueren purificados por
los sufrimientos, es decir, después de que ha muerto en ellos ya la voluntad de
vivir...
El
verdadero sentido de la tragedia es esta mira profunda: que las faltas expiadas
por el héroe no son las faltas de él, sino las faltas hereditarias; es decir,
el crimen mismo de existir.
Pues el
delito mayor Del hombre, es haber nacido.
La
tendencia y el fin último de la tragedia consisten en inclinarnos a la
resignación, a la negación de la voluntad de vivir; mientras que, por el
contrario, la comedia nos incita a vivir y nos anima. Verdad es que la comedia,
como toda representación de la vida humana, nos pone inevitablemente ante la
vista los sufrimientos y los aspectos transitorios que concluyen por un
desenlace feliz, como una mezcla de triunfos, victorias y esperanzas que a
la-postre se llevan la palma. Además; hace resaltar lo que hay constantemente
alegre y siempre ridículo hasta en las mil y una contrariedades de la vida, a
fin de mantenemos de buen humor, sean las que fueren las circunstancias. Como
último resultado, afirma, pues, que la vida tomada en conjunto es muy buena, y
sobre todo, picaresca y muy regocijada.
Por
supuesto hay que dejar que caiga el telón en seguida del desenlace feliz, a fin
de que no veamos lo que viene después; mientras que, en general, acaba la
tragedia de tal suerte que ya no- puede ocurrir más, pues todos mueren.
El poeta
épico o dramático no debe ignorar que él es el destino y que ha de ser
despiadado como éste. Al mismo tiempo es el espejo de la humanidad, y debe
presentar en escena caracteres malos y a veces infames, locos, necios, cortos
de espíritu, de vez en cuando un personaje razonable o prudente o bueno, u
honrado, y muy rara vez una naturaleza generosa, como para demostrar que es la
más singular de las excepciones.
En todo
Homero me parece que no hay un carácter verdaderamente generoso, aunque hay
muchos buenos y honrados. En todo Shakespeare se encuentra a lo sumo uno o dos,
y aun en su nobleza no tienen nada de sobrehumanos, son Cordelia y Coriola no.
Sería difícil contar más, mientras que los otros se cruzan allí como una
muchedumbre... En Minna de Barnheim, de Lessing, hay exceso de escrúpulo
y de noble generosidad por todas partes. Con todos los héroes de Goethe
combinados y reunidos difícilmente se formaría un carácter de una generosidad
tan quimérica como el Marqués de Posa en el Don Carlos, de Schiller.
No hay
hombre ni acción que no tenga su importancia. En todos y a través de todo se
desenvuelve más o menos la idea de la humanidad. No hay circunstancia en la
vida humana que sea indigna de reproducirse por medio de la pintura. Por
eso es una in, justicia para con los admirables pintores de la escuela
holandesa limitarse a elogiar su habilidad técnica. En lo demás se les mira
desde la altura con desdén, porque casi siempre representan hechos de la vida
común, y solo se concede importancia a los asuntos históricos o religiosos.
Ante todo convendría recordar que el interés de un acto no tiene ninguna
relación con su importancia externa, y que a veces hay gran diferencia entre
las dos cosas.
La importancia -exterior de un
acto se mide por sus consecuencias para el mundo real y en el mundo real. Su
importancia interior está en el profundo horizonte que nos abre acerca de la
esencia misma de la humanidad, poniendo en plena luz ciemos aspectos de esta
naturaleza inadvertidos a menudo, escogiendo ciertas circunstancias favorables
en que se expresan y desarrollan sus particularidades. La importancia interna
es la única que vale para el arte, y la importancia externa para la historia.
Una y otra
son independientes en absoluto, y lo mismo pueden hallarse juntas que
separadas. Un acto capital en la historia, considerado en si mismo, puede ser
vulgarísimo, insignificante en grado sumo; y recíprocamente, una escena de la
vida diaria, una es, cena doméstica, puede tener un gran interés, interés
ideal, si pone en plena y brillante luz seres humanos, actos y deseos humanos
hasta en los más ocultos repliegues.
Sean las
que fueren la importancia del fin perseguido y las consecuencias del acto, el
rasgo de la naturaleza puede permanecer siendo el mismo: así, por ejemplo, nada
importa que ministros inclinados encima de un mapa se disputen territorios y
pueblos, o que labriegos riñan en una taberna por una partida de naipes o una
suerte de datos; lo mismo que es indiferente jugar al ajedrez con peones de oro
o con piezas de madera.
La música
no expresa nunca el fenómeno, sino únicamente la esencia íntima, el en sí de
todo fenómeno, en una palabra: la voluntad misma. Por eso no expresa tal
alegría especial o definida, tales o cuales tristezas, tal dolor, tal
espanto, tal arrebato, tal placer, tal sosiego de espíritu, sino la misma
alegría, la tristeza, el dolor, el espanto, los arrebatos, el placer, el
sosiego del alma. No expresa que la esencia abstracta y general, fuera de todo
motivo y de toda circunstancia. Y sin embargo, sabemos comprenderla
perfectamente en esta quinta esencia abstracta.
La
invención de la melodía el descubrimiento de todos los más hondos secretos de
la voluntad y de la sensibilidad humana, esto es obra del genio. La acción del
genio es allí más visible que en cualquiera otra parte, más irreflexiva, más
libre de intención consciente: es una verdadera inspiración. La idea, es decir,
el conocimiento preconcebido de las cosas abstractas y positivas, es aquí
absolutamente estéril, como en todas las artes. El compositor revela la esencia
más intima del mundo y expresa la sabiduría más profunda en una lengua que su
razón no comprende, lo mismo que una sonámbula da luminosas respuestas acerca
de las cosas de que no tiene conocimiento ninguno cuando está despierta.
Lo que hay
de íntimo e inexplicable en toda música, lo que nos da la visión rápida y
pasajera de un paraíso a la vez familiar e inaccesible, que comprendemos y no
obstarte no podríamos explicar, es que presta voz a las profundas y sordas
agitaciones de nuestro ser, fuera de toda realidad, y por consiguiente sin
sufrimiento.
Así como
hay en nosotros dos disposiciones esenciales del sentimiento, la alegría o a lo
menos el contentamiento, y la aflicción o por lo menos la melancolía, así
también la música tiene dos tonalidades generales correspondientes, mayor y
menor, el sostenido y el bemol, y casi siempre está en la una o en la otra.
Pero, en verdad, ¿ no es extraordinario que haya un signo para expresar el
dolor, sin ser doloroso físicamente ni siquiera por convención, y sin embargo,
tan expresivo que nadie puede equivocarse, el bemol? Por esto puede medirse
hasta que profundidad penetra la música en la naturaleza íntima del hombre y de
las cosas.
En los
pueblos del Norte, cuya vida está sujeta a duras condiciones, sobre todo en los
rusos, domina el bemol hasta en la música de iglesia.
El allegro
en bemol es muy frecuente en la música francesa y muy característico. Es
como si alguien se pusiera a bailar con unos zapatos que le hacen daño.
Las frases
cortas y claras de la música de baile, de aires rápidos, solo parecen hablar de
una felicidad vulgar, fácil de conseguir. Por el contrario, el allegro
maestoso, con sus grandes frases, sus anchas avenidas, sus largos rodeos
expresa un esfuerzo grande y noble hacia un fin lejano, que se concluye por
alcanzar. El adagio nos habla de los sufrimientos de un grande y noble
esfuerzo, que menosprecia todo regocijo mezquino. Pero 'lo más sorprendente es
el efecto del bemol y del sostenido. ¿No es asombroso que el cambio de un
semitono, la introducción de una tercera menor, en lugar de una tercera mayor,
de en seguida una sensación inevitable de pena y de inquietud, de la cual nos
libra inmediatamente el sostenido? El adagio en bemol se eleva hasta la expresión
del más profundo dolor, se convierte en una queja desgarradora. La música de
baile en bemol expresa el engaño de una dicha vulgar, que hubiera debido
desdeñarse. Parece describirnos la persecución de algún fin inferior, obtenido
al cabo a través de muchos esfuerzos y fastidios.
Una
sinfonía de Beethoven nos descubre un orden maravilloso, bajo un desorden
aparente. Es como un combate encarnizado, que un instante después se resuelve
en un hermoso acorde. Es el rerub concordia, discors una imagen fiel y
cabal de la esencia de este mundo, que rueda a través del espacio sin premura y
sin descanso, en un tumulto de formas sin número que se desvanecen sin cesar.
Pero al mismo tiempo, a través de la sinfonía, hablan todas las pasiones y todas
las emociones humanas, alegrías, tristeza, amor, odio, espanto, esperanza con
matices infinitos, y sin embargo, enteramente abstractos, sin nada que los
distinga unos de otros con claridad. Es una forma sin materia, como un mundo de
espíritus aéreos
Después de
haber meditado largo tiempo acerca de la esencia de la música, os recomiendo el
goce de este arte como el más exquisito .de todos. No hay ninguno que obre más
directamente ,y hondamente la verdadera naturaleza del mundo. Escuchar grandes
y hermosas armonías, es como un baño del alma: purifica de toda mancha, de todo
lo malo y mezquino, eleva al hombre y lo pone de acuerdo con los más nobles
pensamientos de que es capaz, y entonces comprende con claridad todo lo que
vale, o, más bien, todo lo que pudiera valer.
Cuando
oigo música, mi imaginación juega a menudo con la idea de que la vida de todos
los hombres, y la mía propia, no son más que sueños de un espíritu eterno,
buenos o malos sueños, de que cada muerte es un despertar.
LA MORAL
La moral
no se enseña, como tampoco el genio. La idea que se tiene de la virtud es
estéril, y no puede servir más que de instrumento, como las cosas técnicas en
materia de arte. Esperar que nuestros sistemas de moral y nuestras éticas
pueden formar personas virtuosas, nobles y santas, es tan insensato como
imaginar que nuestros tratados de estética puedan producir poetas, escultores,
pintores y músicos.
No hay más
que tres resortes fundamentales de las acciones humanas, y todos los motivos
posibles solo se relacionan con estos tres resortes. En primer término, el
egoísmo, que quiere su propio bien y no tiene límites; después la perversidad,
que quiere el mal ajeno y llega hasta la suma crueldad; y últimamente la
conmiseración, que quiere el bien del prójimo y llega hasta la generosidad, la
grandeza del alma. Toda acción humana debe referirse a uno de estos tres
móviles, o aún a dos a la vez.
I
EL EGOISMO
Inspira
tal horror el egoísmo, qué hemos inventado la urbanidad para ocultarlo como una
parte vergonzosa. Pero sobresale a través de todos los velos y se denuncia en
todo encuentro, donde instintivamente nos esforzamos por utilizar cada nuevo
conocimiento para servirnos en uno de nuestros innumerables proyectos.
Siempre es
nuestra primera idea saber si tal hombre puede sernos útil para alguna cosa. Si
no nos puede servir, ya no tiene ningún valor... Y tanto sospechamos ese mismo
sentimiento en los demás, que si nos acontece pedir un consejo o un informe
perdemos toda confianza en lo que se nos dice, a poco que supongamos que hay en
ello algún interés. Al punto pensamos que nuestro consejero quiere valerse de
nosotros como instrumento suyo, y atribuimos su parecer más que a la prudencia
de su razón a sus intenciones secretas, por grande que sea la primera, por
débiles y lejanas que fueren las segundas.
Por
naturaleza, el egoísmo carece de límites. El hombre no rime más que un deseo
absoluto: conservar su existencia, librarse de todo dolor y hasta de toda
privación. Lo que quiere es la mayor suma posible de bienestar, la posesión de
todos los goces que es capaz de imaginar, los cuales se ingenia por variar y
desarrollar incesantemente.
Todo
obstáculo que se alza entre su egoísmo y sus consuspicencias excita su mal
humor, su cólera, su odio; es un enemigo a quien hay que aplastar. Quisiera en
lo posible gozar de todo, poseerlo todo: y cuando no querría por lo menos
dominarlo todo: "Todo para mi, nada para los demás", es su divisa.
El egoísmo
es colosal, no cabe en el universo. Si se diese a elegir a cada uno entre el
anonadamiento del universo y su propia perdición, no necesito decir cuál sería
la respuesta.
Cada cual
se hace el centro del mundo, lo refiere todo así. Hasta los más grandes
trastornos de los imperios se consideran ante todo desde el punto de vista del
propio interés, por ínfimo y remoto que pueda ser. ¿Hay contraste más pasmoso'
De una parte ese interés superior y exclusivo que cada cual se toma por sí
mismo, y de la otra esa mirada indiferente que echa a todos. Basta es una cosa
cómica ese convencimiento de tantas personas que obran como si fuesen
las únicas que tienen una existencia real y como si sus semejantes solo fueran
vanas sombras, puros fantasmas.
Para
pintar la enormidad del egoísmo con una hipérbole llamativa, me he fijado en
ésta: "Muchas gentes serían capaces de matar a un hombre para coger la
grasa del muerto y untarse con el! las botas". Solo me asalta un
escrúpulo: ¿será esto una hipérbole?
El Estado,
es obra maestra del egoísmo inteligente y razona, do, ese total de todos los
egoísmos individuales, ha depositado los derechos de cada uno en manos de un
poder infinitamente superior al poder del individuo y que lo obliga a respetar
los derechos de los demás. Así quedan en las tinieblas el desmedido egoísmo de
casi todos, la perversidad de muchos de los demás, y de ello resulta una
apariencia engañosa. Pero que se encuentre como algunas veces ocurre, eludido o
paralizado el poder protector del Estado, y se verán estallar ala luz del día
los apetitos insaciables, la sórdida avaricia, la falsedad secreta, la
perversidad, la perfidia de los hombres. Entonces, retrocedemos y damos grandes
gritos, como sito-. páramos con un monstruo aún desconocido. Sin embargo, sin
la presión de las leyes, sin la necesidad que se tiene de honor y
consideración, todas esas pasiones triunfarían a diario. ¡Es preciso leer las
causas célebres, la historia de los tiempos revueltos, para saber lo qué hay en
el fondo del hombre, lo qué vale su moralidad! Esos millares de seres que están
a nuestra vista, obligándose mutua, mente a respetar la paz, en el fondo son
otros tantos tigres y lobos, a quienes impide morder un fuerte bozal.
Imaginad
suprimida la fuerza pública o sea quitado el bozal, retrocederíais con espanto
ante el espectáculo que se ofrecería a vuestros ojos, espectáculo que cada cual
se figura fácilmente. ¿No basta ésta para confesar cuán poco arraigo tienen la
religión, la conciencia, la moral natural; cualquiera que sea su fundamento?
Sin
embargo, en presencia de los sentimientos egoístas antimorales, entregados a sí
mismos, veríase entonces revelarse también en hombre el verdadero instinto
moral, desplegar su poderío y manifestar lo que puede hacer. Y se veía que hay
tanta variedad en les caracteres morales como variedades hay de inteligencia, y
no es poco decir.
¿Tiene su
origen la conciencia en la naturaleza? Puede dudarse de ello. A lo menos, hay
también una conciencia bastarda, conseientia spuria, que a menudo se
confunde con la verdadera.
La
angustia y el arrepentimiento causados por nuestros actos, no son a menudo más
que el temor a las consecuencias. La violación de ciertas reglas exteriores,
arbitrarias y hasta ridículas. despierta escrúpulos enteramente análogos a los
remordimientos de conciencia. Así, ciertos judíos estarían' abrumados ante la
idea de haber fumado una pipa en su propio domicilio en sábado. contraviniendo
el precepto de Moisés, que dice: "No encenderéis ningún fuego el día del
sábado en vuestras casas".
Tal
hidalgo u oficial no se consuela de haber faltado en alguna ocasión a las
reglas de ese código de los locos que se llama código del honor; hasta el
extremo de que más de uno, que no pudo cumplir su palabra o satisfacer las
exigencias de las leyes del honor, se ha levantado la tapa de los sesos.
Conozco ejemplos de ello. Y sin embargo, al mismo hombre violará sin escrúpulo
todos los días su palabra, con tal que no hubiere añadido esas palabras
fatídicas, ese juramento: por mi honor.
En
general, toda inconsecuencia, toda imprevisión, todo acto contrario a nuestros
proyectos, a nuestros principios, a nuestros convencionalismos de cualquiera
especie, y hasta toda indiscreción, toda torpeza, toda bobada, dejan tras de si
un gusano que nos roe en silencio, una espina clavada en el corazón.
Mucha
gente se asombrarían si viesen de qué elementos se compone esta conciencia de
la cual se forman una idea tan grandiosa.
Un quinto
de temor a los hombres, un quinto de temores religiosos, un quinto de preocupaciones,
un quinto de vanidad y un quinto de costumbres: eso es todo. Tanto valdría
decir como aquel inglés: "No soy bastante rico para comprarme una
conciencia".
Aún cuando
los principios y la razón abstracta no son en manera alguna la fuente primitiva
o el primer fundamento de la moralidad, sin embargo, son indispensables para la
vida moral. Son como depósito alimentado por la fuente de toda moralidad, pero
que no corre de continuo, sino que se conserva, y en el momento útil puede
difundirse allí donde haga falta.. . Sin principios firmes, una vez puestos en
movimiento los instintos inmorales por las impresiones externas, nos dominarían
con imperio. Sostenerse firmes en los principios, seguirlos a despecho de los
opuestos motivos que nos solicitan, es lo que se llama poseerse a sí mismo.
Los actos
y la conducta de un individuo y de un pueblo pueden modificarse muchísimo por
los dogmas, el ejemplo y el hábito. Pero los actos tomados en si mismo no son
más que vanas imágenes; sólo les da
importancia moral la disposición de ánimo, que impele a ejecutar los
actos. Esta puede ser absolutamente la misma, aun con manifestaciones
exteriores en todo diferentes. Con igual-, grado de. perversidad, puede uno
morir en el patíbulo y otro extinguirse lo más apaciblemente del mundo en medio
de los suyos.
Se
manifiesta el mismo grado de perversidad en un pueblo por actos groseros,
homicidio, canibalismo y en otro, por el contrario, suavemente y en miniatura,
por intrigas de corte, opresiones y útiles astucias de todas clases pero el
fondo de las cosas es el mismo siempre.
Pudiera
imaginarse un Estado perfecto, o tal vez hasta un dogma que inspirase una fe
absoluta en premios y castigos después de la muerte, que consiguiera impedir
todo delito: políticamente esto sería mucho, pero moralmente no se ganaría
nada, puesto que solo quedarían encadenados los actos y no la voluntad. Podrían
ser correctas las acciones: la voluntad continuaría siendo perversa.
II
LA
CONMISERACION
La
conmiseración es ese hecho asombroso y lleno de misterios en virtud del cual
vemos borrarse la línea fronteriza que a los ojos de la razón separa totalmente
un ser de otro ser, y convertirse el "no yo" en cierto modo en el
"yo".
Solo la
conmiseración es el principio real de toda justicia libre y de toda caridad
verdadera.
La
conmiseración es un hecho innegable de la conciencia humana; es esencialmente
propia de ésta y no depende de nociones anteriores, de ideas a priori,
religiones, dogmas, mitos, educación y cultura. Es producto espontáneo,
inmediato, inalienable de la naturaleza, resiste a todas las pruebas, y se
manifiesta en todos tiempos y países. En todas partes se la invoca con
confianza, por la seguridad que se tiene de que existe en cada hombre, y nunca
se cuenta entre el número de los "dioses extraños". El ser que no
conoce la conmiseración está fuera de la humanidad; y esta misma palabra
"humanidad" se toma a menudo como sinónimo de con, miseración.
Puede
objetarse a toda buena acción nacida únicamente de convicciones religiosas que
no es desinteresada, que proviene de la idea de un premio o un castigo esperado
o temido, en fin, que no es puramente moral. Si se considera el móvil moral de
la compasión, ¿quién se atrevería a poner en duda ni un solo instante que en
todas las épocas, en todos los pueblos, en todas las situaciones de la vida, en
plena anarquía, en medio de los horrores de las revoluciones y de las guerras,
en las grandes como en las pequeñas cosas, cada día, a cada hora, la compasión
hace sentir sus efectos benéficos y verdaderamente maravillosos, impide muchas
injusticias, provoca de improviso más de una buena acción sin esperanza de
recompensa, y que en todas partes obra por sí solo, reconocemos en ella,
conmovidos, admirados, el valor moral, puro y sin mezcla?
Envidia y
lástima: cada cual lleva dentro de si esos dos sentimientos diametralmente
opuestos. Lo que los hace nacer es la comparación, involuntaria e inevitable,
de nuestra propia situación con la de los demás. Según reacciona esta
comparación sobre cada carácter individual, uno u otro de esos sentimientos
llega a ser fundamental disposición y fuente de nuestros actos. La envidia no
hace más que elevar, engrosar y consolidar el muro que se alza entre tú y yo.
Por el contrario, la lástima lo hace delgado y transparente, a veces lo
destruye de arriba abajo, y entonces se disipan todas las diferencias entre yo
y los otros hombres.
Cuando nos encontremos puestos en relación con
un hombre, no nos paremos a pesar su inteligencia ni su valer moral, lo que nos
conduciría a reconocer la perversidad de sus intenciones, la estrechez de su
razón, la falsedad de sus juicios, y no podría despertar en nosotros más que
desprecio y aversión. Consideramos
más bien
sus sufrimientos, sus miserias, sus angustias, sus dolores, y entonces
sentiremos cuan de cerca nos toca; entonces se despertará nuestra simpatía, y
en vez de odio y menosprecio, experimentaremos por él esa conmiseración que es
el único banquete a que nos convida el Evangelio.
Si se ha
considerado la perversidad humana y se está a punto a indignarse ante ella, es
preciso dirigir enseguida la mirada a la angustia de la existencia humana. Y
recíprocamente, si la miseria os espanta, volved los ojos a la perversidad.
Entonces se verá que una y otra se equilibran y se reconocerá la justicia
eterna. Se verá que el mismo mundo es juicio del mundo.
Hasta la
cólera más legítima se calma al punto ante la idea de que quien nos ha ofendido
es un desventurado. Lo que la lluvia es para el fuego, eso es la lástima para
la ira. Cuando alguien trate de vengar cruelmente una injuria, le aconsejo, si
no quiere prepararse remordimientos que se figure con vivos colores cumplida ya
su venganza, que se represente a su víctima presa de sufrimientos físicos y
morales, en lucha con la miseria y la necesidad, y que diga para sí: "He
ahí mi obra". Si algo en el mundo puede extinguir la cólera, es esta idea.
La causa
de que, en general, prefieran los padres a los hijos enfermizos, es el que
siempre da compasión verlos.
La
lástima, principio de toda moralidad, toma también bajo su protección a los
brutos; al paso que en los otros sistemas de moral europea, se tiene para ellos
tan poca responsabilidad y tan escasos miramientos. La pretendida carencia de
derechos de los animales, el prejuicio de que no tiene importancia moral
nuestra conducta para con ellos, de que no hay, como suele decirse, deberes
para con los irracionales, esto es precisamente una grosería que subleva, una
barbarie del Occidente que tiene su origen en el judaísmo . . .
Es preciso
recordarles a esos menospreciadores de los brutos, a esos occidentales
judizantes, que lo mismo que ellos han sido amamantados por sus madres, también
el perro lo ha sido por la suya.
La
conmiseración con los animales está íntimamente unida a la bondad de carácter,
de tal suerte, que se puede afirmar de seguro que quien es cruel con los
animales no puede ser buena persona.
La
compasión sin límites hacia todos los seres vivientes es la prenda más firme y
segura de la conducta moral. Esto no exige ninguna casuística. Puede estarse
seguro de que quien esté lleno de ella no ofenderá a nadie; antes al contrario,
será indulgente con cada cual, perdonará a cada uno, socorrerá a todos en la
medida de sus fuerzas, y todas sus acciones llevarán el sello de la justicia y
del amor a los hombres. Inténtese decir una vez: "Este hombre es virtuoso,
pero no conoce la compasión", o bien: "Es un hombre injusto y
malvado, pero es muy compasivo", y entonces saltará a la vista la
contradicción.
No todo el
mundo tiene los mismos gustos; pero no conozco plegaria más hermosa que aquella
conque terminan todas las obras antiguas del teatro indio (como antaño
terminaban las comedias inglesas con estas palabras:. "por el rey").
He aquí cual es su sentido: "¡Pueden permanecer libres de dolores todos
los seres vivientes!".
III
RESIGNACION, RENUNCIAMIENTO,
ASCETISMO
Y LIBERACION
Cuando la
punta del velo de Maya (la ilusión de la vida individual) se ha levantado ante
los ojos de un hombre, de tal suerte que ya no hace diferencia egoísta entre su
persona y los demás hombres, y toma tanto interés por los sufrimientos extraños
como por los propios, llegando a ser caritativo hasta la abnegación, pronto a
sacrificarse por la salud de los demás.
Ese
hombre, que ha llegado hasta el punto de reconocerse a sí mismo en todos los
seres, considera como suyos los infinitos sufrimientos de todo lo que vive, y
debe apropiarse el dolor del mundo. Ninguna angustia le es extraña. Todos los
tormentos que ve y raras veces puede dulcificar, todos los dolores que oye
referir, hasta los mismos que él concibe, hieren su alma como si fuese él la
propia victima de ellos.
Insensible
a las alternativas de bienes y de males que se sucede en su destino, libre de
todo egoísmo, descubre los velos de la ilusión individual. Todo lo que vive,
todo lo que sufre está igualmente cerca de su corazón. Concibe el conjunto de
las cosas, su esencia, su eterno flujo, los vanos esfuerzos las luchas
interiores y los sufrimientos sin fin; por todas partes a donde vuelva las
miras ve el hombre que sufre, el animal que sufre y un mundo que se desvanece
eternamente. Desde entonces únese a los dolores del mundo más estrechamente que
el egoísmo a su propia persona.
Con tal
conocimiento del mundo, ¿cómo podría con incesantes deseos afirmar su voluntad
-de vivir, adherirse más y más a la vida y abrazarla cada vez más
estrechamente? El hombre seducido por la ilusión de la vida individual, esclavo
del egoísmo, no ve en las cosas sino lo que atañe a su persona, y toma de ellas
motivos siempre renovados para desear y querer. Por el contrario, el que
penetra la esencia de las cosas en sí, el que domina el conjunto, llega al
descanso de todo deseo. Desde entonces, la voluntad se aparta de la vida,
rechaza con espanto los goces que la perpetúan. El hombre llega, entonces al
estado de renunciamiento voluntario, de la resignación, de la tranquilidad
verdadera y de la ausencia absoluta de voluntad.
Mientras
que el perverso, entregado por la violencia de su voluntad y de sus deseos a
tormentos internos continuos y devorar dores, cuando el manantial de todos los
goces llega a secarse se ve reducido a apagar la sed con el espectáculo de las
desventuras ajenas; por el contrario, el hombre que está penetrado de la idea
de la dejación absoluta, cualquiera que fuere su desnudez, por privado que está
exteriormente de toda alegría y de todo bien, gusta, sin embargo, de pleno
regocijo y goza de un sosiego verdaderamente celestial. ¡No más diligencia
inquieta para él, no más júbilo bullicioso; ese júbilo al que tantas penas
preceden y siguen, inevitable condición, de la existencia para el hombre que
tiene gustoso apego a la vida! Lo que siente es una paz inquebrantable, un
sosiego profundo, una intima serenidad, un estado que no podemos imaginar sin
aspirar a él con ardor, porque nos parece el único justo, infinitamente
superior a cualquier otro; un estado . al que nos convidan y llaman lo mejor
que hay en nosotros y esa voz interior que nos grita: sapere aude. Entonces
comprendemos bien que todo deseo cumplido, toda dicha arrancada a la miseria
del mundo, son como la limosna que sostiene hoy al mendigo para que mañana se
muera de hambre; al paso que la resignación es como una tierra recibida por
herencia, que pone para siempre al abrigo de los cuidados al feliz poseedor.
Sabemos
que los instantes en que la contemplación de las obras de arte nos hace libre
de los ávidos deseos, cual si sobrenadásemos por encima de la pesada atmósfera
de tierra, son al mismo tiempo más felices que conocemos.
Por esto
podemos figurarnos qué felicidad ha de experimentar el hombre cuya voluntad se
aquieta, no por algunos instante como en el goce desinteresado de lo bello,
sino para siempre, y hasta se extingue por completo de tal modo que ya no queda
sino la última chispa con destellos vacilantes que sostiene al cuerpo y se
apagará con él. Cuando tras rudos combates contra su propia naturaleza ha
concluido ese hombre por triunfar del todo, no existe sino en estado de ser
puramente intelectual, como un espejo del mundo que nada enturbia. En adelante,
nada podrá causarle angustia, ni agitarle, porque ha roto los mil lazos
del querer, que nos tienen encadenados al mundo y nos dan tirones en
todos sentidos, con dolores continuos en forma de deseo, temor, envidia,
cólera. Dirige atrás una mirada tranquila y risueña, a las ilusorias imágenes
de este mundo que pudieron agitar y atormentar un día su corazón. Ahora está
ante ellas tan indiferentes como ante las piezas de ajedrez terminada la
partida, o ante los disfraces de carnaval que se han desnudado al amanecer y
cuyas figuras han podido atraernos o conmovernos en la noche del último día de
Carnestolendas. Desde entonces la vida y sus formas flotan ante sus ojos como
una fugaz aparición, como un ligero sueño de la madrugada para el hombre medio
despierto, un sueño que la verdad atraviesa ya con sus rayos y que no puede
engañarnos más. Y cual un ensueño desvanécese también al fin la vida, sin
transición brusca.
Si se
considera cuán necesarios son para libertarnos la mayor parte de las veces la
miseria y los infortunios, se confesará que antes debiéramos envidiar la
desventura ajena que su dicha. Por esa razón el estoicismo que reta al destino
es para el alma una gruesa coraza contra los dolores de la vida y ayuda a
soportar mejor lo presente. Pero es opuesto a la verdadera salud, porque
endurece el corazón. ¿Y cómo podría hacerse mejor el estoico por el
sufrimiento, cuando bajo su corteza de piedra es insensible a él? Hasta cierto
límite, no es muy raro ese estoicismo. A menudo es pura afectación, un modo de
poner a mal tiempo buena cara y cuando es real, la mayor parte de las veces
proviene de pura insensibilidad, de falta de energía, de vivacidad de
sentimiento y de imaginación, necesarios para sentir un gran dolor.
El
mendigo, no renuncia a la voluntad de vivir, sino única, mente a la vida, de la
cual destruye en su persona uno de los fenómenos transitorios... Precisamente
cesa de vivir porque no puede cesar de querer; y suprimiendo en él el fenómeno
de la vida, es como afirmar su deseo de vivir. Porque justamente el dolor al
cual se sustrae, es lo que, como mortificación de la voluntad, hubiera podido
conducirle a la dejación voluntaria y a quedar libre. Sucede con quien se mata
como con un enfermo que prefiriese conservar su enfermedad por no tener energía
para dejar concluir una operación dolorosa, pero saludable. El sufrimiento
soportado con valor le permitiría suprimir la voluntad; pero se exime del
sufrimiento destruyendo en su cuerpo aquel manifestación de la voluntad, de tal
suerte que ésta subsiste sin obstáculos.
Sólo por
el conocimiento reflexivo de las cosas pocos hombres llegan a penetrarse de la
ilusión del principitim individualions. Pocos hombres llenos de perfecta
bondad de alma, de la universal caridad, llegan por fin a reconocer todos los
dolores del mundo como suyos propios, para venir a la negación de la voluntad.
En el que se acerca más a este grado superior, las comodidades personales, el
halagüeño encanto del momento, el atractivo de la esperanza, los deseos
renacientes de continuo, son un eterno obstáculo al renunciamiento, un eterno
cebo para la voluntad. De ahí procede el que se haya personificado en los
demonios la multitud de seducciones que nos tientan y solicitan.
Por eso es
preciso que un sufrimiento inmenso destroce nuestra voluntad antes que llegue
al renunciamiento de sí misma. Cuan, do ha recorrido todos los grados de la
angustia creciente, cuando tras una suprema resistencia toca en el abismo de la
desesperación, el hombre se reconcentra súbitamente dentro de sí mismo, se
conoce, conoce al mundo, transformándose su alma, se eleva sobre sí misma y
sobre todo sufrimiento. Purificado entonces, santificado en cierto modo con un
sosiego inaccesible renuncia a todos los objetos de sus deseos apasionados y
recibe la muerte con alegría. De la purificadora llama del dolor brota
repentinamente, cual pálida luz, la negación de la voluntad de vivir, o sea la
libertad de este mundo.
Los mismos
criminales pueden purificarse así por un gran dolor; se vuelven enteramente
otros. Sus pasados crímenes no les oprimen ya la conciencia; sin embargo, están
dispuestos a expiarlos por la muerte y ven gustosos extinguirse en ellos ese
fenómeno transitorio de la voluntad, que dije entonces les es extraño y como un
objeto de horror. En el conmovedor episodio de Gretchen, Goethe nos ha dado una
incomparable y brillante pintura de esta negación de la voluntad, causado por
un gran infortunio y por la desesperación. Es un modelo cabal de esta segunda
manera, de llegar al renunciamiento, a la negación de la voluntad, no por el
puro conocimiento de los dolores de todo un mundo, con los cuales se identifica
voluntariamente, sino por un dolor que aplasta y con el cual se ve uno mismo
abrumado.
Un gran
dolor, una gran desgracia, pueden forzarnos a conocer las contradicciones de la
voluntad de vivir consigo mismo, y mostrarnos con claridad la nada de todo
esfuerzo. Así se ha visto a menudo cambiar súbitamente, resignarse,
arrepentirse, hacerse frailes o anacoretas, después de una vida agitada por
tumultuosas pasiones, a reyes, héroes y aventureros. Tal es el asunto de todas
las historias auténticas de conversiones, por ejemplo, la de Raimundo Lulio.
Un día,
una hermosa a quien amaba desde mucho tiempo atrás, le concede al fin en su
casa una cita. Loco de alegría, entra en el dormitorio de ella; pero
entreabriéndosela el cuerpo del vestido, le descubre un pecho corroído por
horrible cáncer. A partir de ese instante, como si hubiera entrevisto el
infierno, se convirtió, abandonó la corte del rey de Mallorca, se retiró a un
yermo y se hizo penitente.
La
conversión de Rancé se asemeja mucho a la de Raimundo Lulio. Había consagrado
su juventud a todos los placeres y vivía en íntimos tratos con una señora de
Monbazon. Una noche a la hora de la cita, encuentra vacía la estancia, obscura,
revuelta, tropieza con el pie en una cosa, la cabeza de su querida que habían
separado del tronco; había muerto de repente y no habían podido hacer entrar su
cadáver en el féretro de plomo colocado junto a ella. Afligido por un dolor sin
límites, Rancé se hizo en 1663 reformador de la orden de Trapenses, enteramente
degenerada de su antigua disciplina. Bien pronto la condujo a esa grandeza de
renunciamiento que aun vemos hoy, a esa negación de la voluntad metódicamente
conducida a través de las más duras privaciones, a esa vida de una austeridad y
un trabajo increíbles, que llena de santo horror al extraño, cuando al penetrar
en el convento, le llama desde luego la atención la humildad de esos verdaderos
monjes, que extenuados de ayunos, frías vigilias, preces y trabajos, se arrodillan
ante él, hijo del mundo y peleador para pedirle su bendición. En el pueblo más
alegre, regocijado, sensual y ligero (¿hay necesidad de decir Francia?) es
donde esta orden, única entre todas, se ha mantenido intacta a través de todas
las revoluciones.
Preciso es
atribuir su duración a la profunda seriedad que no puede desconocerse en el
espíritu que la anima y que excluye toda consideración secundaria. La
decadencia de la religión no la ha alcanzado porque sus raíces penetran en las
profundidades de la naturaleza humana mucho más aún que en un dogma positivo
cualquiera.
Apartemos
la vista de nuestra propia insuficiencia, de la estrechez de nuestros
sentimientos y prejuicios para dirigir hacia los que han vencido al mundo, a
aquellos en quienes habiendo llegado la voluntad al pleno conocimiento de sí
misma se ha re, traído de todas las cosas y se ha negado libremente y espera
que se apaguen sus últimas chispas con el cuerpo que las anima. .Entonces, en
lugar de esas pasiones irresistibles, de esa actividad sin descanso, en lugar
de ese incesante tránsito del deseo al miedo y de la alegría al dolor, en lugar
de esa esperanza que nada satisface y nunca se sosiega ni se desvanece y con
que se forja el ensueño de la vida para el hombre subyugado por la voluntad;
vemos esa paz superior a toda razón, ese tranquilo mar del sentimiento, ese
profundo reposo, esa seguridad inconmovible, esa serenidad, cuyo reflejo nada
más en el rostro, tal como lo han pintado Rafael y Correggio es todo un
Evangelio en que podemos fiarnos. No que, da más que el conocimiento, la
voluntad se ha desvanecido.
El
espíritu íntimo y el sentido de la verdadera y pura vida del claustro y del
ascetismo en general, es que se-siente uno digno y capaz de una existencia
mejor que la nuestra, y se quiere fortificar y sostener este convencimiento por
el menosprecio de todos los vanos goces de este mundo. Esperase con sosiego y
seguridad fin de esta vida, privada de sus engañosos incentivos, para saludar
un día la hora de la muerte como la de la libertad.
Quietismo,
es decir, renunciamiento a todo deseo; ascetismo, es decir, inmolación
reflexiva de la voluntad egoísta, y misticismo, es decir, conciencia de la
identidad de su ser con el con, junto de las cosas y el principio del universo;
tres disposiciones del alma que se enlazan estrechamente. Cualquiera que hace
profesión de una de ellas se ve atraído hacia las otras, en cierto modo a
pesar suyo. Nada hay tan portentoso como ver el acuerdo de todos los que nos
han predicado esas doctrinas a través de la extremada variedad de tiempos,
países y relaciones. Nada tan curioso como la seguridad inconmovible como la
roca, la certidumbre interior, con que nos presentan el resulta lo de su
experiencia íntima.
En verdad
que no es el judaísmo sino el brahmanismo y el budismo quienes por su espíritu
y tendencia moral, se aproximan al cristianismo. El espíritu y la tendencia
moral son las esencia de una religión, y no los mitos con que los envuelve.
El
espíritu del Antiguo Testamento es verdaderamente extraño al puro cristianismo,
porque en todo el Nuevo Testamento se trata del mundo como una cosa a la cual
no se pertenece y no se ama, una cosa que está bajo el imperio del diablo. Esto
se halla conforme con el espíritu de ascetismo, de renunciamiento y de victoria
sobre el mundo; espíritu que, junto con el amor al prójimo y el perdón de las
injurias, señala el rasgo fundamental y la estrecha Anidad que unen al
cristianismo, al brahmanismo y al budismo. Sobre todo en el cristianismo, es
necesario ir al fondo de las cosas y penetrar más allá de la corteza.
El
protestantismo, al eliminar el ascetismo y el celibato, que es su punto
capital, ataca por eso mismo a la esencia del cristianismo; y desde este punto
de vista puede considerársele como una apostacía. Bien se ha visto en estos
días, cuando el protestantismo ha degenerado poco a poco en un racionalismo
ramplón, especie de pelagianismo moderno que viene a resumirse en
un buen padre que crea el mundo con el fin de divertirnos mucho en él en lo
cual le salió bonitamente el tiro por la culata. Ese buen padre, bajo ciertas
condiciones, se compromete a proporcionar también más tarde a sus fieles
servidores, un mundo mucho más bello, cuyo único inconveniente es tener una
entrada tan funesta.
Esto podrá
ser de seguro una buena religión para pastores protestantes con todas las
comodidades materiales, casados e ilustrados; pero eso no es cristianismo. El
cristianismo es la doctrina que afirma que el hombre es profundamente culpable
solo por el hecho de nacer; y al mismo tiempo enseña que el corazón debe
aspirar a desligarse del mundo, lo cual no se puede conseguir sino a costa de
los mas penosos sacrificios, por la dejación voluntarias, por el anonadamiento
de sí mismo, es decir, por una total transformación de la naturaleza humana.
El
optimismo no es, en el fondo, más que una forma de alabanzas que la voluntad de
vivir, (única y primera causa del mundo), se otorga sin razón a sí misma cuando
se mira con complacencia en su propia obra. No solo es una doctrina falsa, es
una doctrina corruptora. Porque nos presenta la vida como una estado apetecible
y da como objetivo de la vida la felicidad del hombre. Desde ese momento, cada
cual se imagina que tiene los mas justificados derechos a la felicidad y al
goce. Así pues, si, como es harto frecuente, no le tocan en suerte esos bienes,
se cree víctima de una injusticia.
En
nuestros días el cristianismo ha olvidado su verdadera significación, para
degenerar en un chabacano optimismo.
La moral
de los indostanes, tal como se expresa del modo más variado y enérgico en los
Vedas y Puranas de sus poetas, en los mitos y leyendas de sus santos, en sus
sentencias y reglas de vida, prescribe expresamente: el amor al prójimo, con
absoluto desasimento de sí mismo; el amor, no limitado solo a los hombres, sino
extendido a todos los seres vivientes; la caridad llevada hasta el abandono del
salario cotidiano obtenido a fuerza de sudor y de fatiga; una mansedumbre sin
límites para con aquel que nos ofenda; el bien y el amor devueltos por el mal
que se nos hiciere por grande que éste sea; el perdón alegre y espontáneo de
toda injuria; la abstinencia de todo alimento animal, una castidad absoluta v
el renunciamiento a todo voluptuosidad para quien aspire a la santidad
verdadera; el menosprecio de todas las riquezas, de toda mansión, de toda
propiedad; una soledad profunda y absoluta, pasada en muda contemplación; un
arrepentimiento voluntario y penitencias lentas y espontáneas para mortificar
absolutamente la voluntad, hasta morir de hambre, entregarse a los cocodrilos,
precipitarse desde lo alto de una roca del Himalaya santificada por esta
costumbre, enterrarse vivo, arrojarse bajo las ruedas del carro gigantesco que
posea las imágenes de los dioses, en medio de los cánticos, de los gritos de
júbilo y la danza de las bayaderas. Y estas prescripciones, el origen de las
cuales se remonta a más de cuatro mil años, viven aún hasta en su rigor más
extremado en ese pueblo, por degenerado que esté hoy.
Unas
costumbres por tan largo tiempo sostenidas entre tantos millones de hombres,
unas prácticas que imponen tan abruma, dores sacrificios, no pueden ser
arbitraria invención de algún cerebro alucinado, deben tener hondas raíces en
la esencia misma de la humanidad.
Añadiré
que no puede admirarse bastante la concordancia, la perfecta unanimidad de
sentimientos que se advierte si se lee la vida de un santo o de un penitente
cristiano y la de un santo indostánico. A través de la variedad, de la
oposición absoluta de dog, mas, costumbres y medios, son idénticos el esfuerzo,
la vida interior de uno y otro.
Los
místicos cristianos y los maestros de la filosofía Vendata están conformes
también en considerar como superfluas las obras exteriores y los ejercicios
religiosos para aquel que concluye por alcanzar la perfección.
Tanta
concordancia entre pueblos tan diferentes y en una época tan remota, es una
prueba de hecho de que no se trata aquí, como aventuran con complacencia los
ramplones optimistas, de una aberración, de un extravío del espíritu y de los
sentidos; ante al contrario, es un aspecto esencial de la naturaleza humana, un
admirable aspecto que rara vez se manifiesta, y que se expresa en ese
ascetismo.
Así,
considerando la vida de los santos, que sin duda rara vez nos es dado encontrar
y conocer por nuestra propia experiencia, pero la historia de los cuales nos
traza el arte con una verdad segura y profunda, nos es preciso disipar la
tétrica impresión de esa nada que flota como último término detrás de toda
virtud, de toda santidad, y que tememos como el niño teme las tinieblas, en vez
de tratar de huir de ellas como los indostanés por medio de mitos y palabras
vacías de sentido, tales como la reabsorción en Brahma, o el Nirvana de los
budhistas. Lo confesamos, lo que queda después de la supresión total de la
voluntad, no es absolutamente nada para todos aquellos que están ávidos aún de
querer vivir: es la Nada. Pero también para aquellos en quienes la voluntad ha
llegado a apartarse de su objeto y negarse a sí misma, ¿qué es nuestro mundo,
que nos parece tan real, con todos sus soles y sus vías lácteas? Nada.
LA RELIGION
No cabe
duda; el conocimiento de la muerte, la consideración del sufrimiento y de las
miserias de la vida, son los que dan el impulso más fuerte, al pensamiento
filosófico y a las interpretaciones metafísicas del mundo.
Si nuestra
vida no tuviese límites ni dolores, tal vez a ningún hombre se le hubiera
ocurrido la idea de preguntarse ¿porqué existe el mundo y se encuentra
constituido precisamente de esta manera; todo se comprendería por sí mismo.
Así se
explica también el interés que nos inspiran los sistemas filosóficos y los
religiosos. Este poderoso interés refierése sobre todo al dogma de una duración
cualquiera después de la muerte. Y si las religiones parecen preocuparse ante
todas las cosas de la existencia de sus dioses y emplear todo su celo en
defenderla, en el fondo es únicamente porque relacionan con esa existencia el
dogma de la inmoralidad y lo consideran como inseparable de ella: solo les lega
al alma la inmortalidad. Si pudiese asegurarse de otro modo la vida eterna del
hombre, al punto se enfriaría su ardiente celo por sus dioses, y hasta cedería
el sitio a una indiferencia casi absoluta en cuanto se le demostrase de un modo
evidente la imposibilidad de la vida futura... Por eso los sistemas
materialistas o los sistemas escépticos del todo nunca ejercerán una influencia
general o duradera.
Templos e
iglesias, pagodas y mezquitas, atestiguan en todos los tiempos con
magnificencia y su grandeza la necesidad metafísica a paso a la necesidad
física.
Verdad es
que si estuviésemos de humor satírico, pudiera añadirse que esa necesidad es
modesta, pues se contesta con poca cosa. Fábulas burdas, cuentos insulsos y a
menudo no hace falta nada más. Grábense temprano en el espíritu del hombre, y
esas fábulas y leyendas legan a ser explicaciones suficientes de su existencia
y puntales de su moralidad. Pensad, por ejemplo, en el Corán. Ese librejo ha
bastado para fundar una religión, que difundida por el mundo satisface la
necesidad metafísica de millones de hombres desde hace mil doscientos años.
Sirve de fundamento a su moral, les inspira un gran desprecio de la muerte y
entusiasmo para guerras sangrientas y vastas conquistas. En ese libro
encontramos la más triste y miserable figura del deísmo. Tal vez haya perdido
mucho en las traducciones, pero no he podido descubrir en él ni una sola idea
de algún valor. Lo cual prueba que la capacidad metafísica, no va a la par de
la necesidad metafísica.
No
contento con los cuidados, aficiones y apuros que le impone el mundo real, el
espíritu humano crea para sí otro mundo imaginario bajo la forma de mil
supersticiones diversas. Estas le preocupan de todas maneras; las consagra lo
mejor de su tiempo y de sus fuerzas, en cuanto el mundo real le permite un
sosiego que no es capaz de saborear. Puede comprobarse este hecho, en su
origen, en los pueblos que, situados bajo un cielo suave y sobre un suelo
clemente, han tenido una existencia fácil, como los indostanes, después los
griegos y los romanos, más tarde los italianos, los españoles, etc. El hombre
se forja a su imagen demonios, dioses y santos, que exigen a cada momento
sacrificios, rezos, ornamentos, votos formados y cumplidos, peregrinaciones,
posternaciones, cuadros y adornos, etc. Ficción y realidad se mezclan en su
servicio, y la ficción obscurece a la realidad. Todo suceso de la vida se
acepta como una manifestación de su poder.
Las
conversaciones místicas con esas divinidades, ocupan la mitad de los días y
sostienen la esperanza sin cesar. El hechizo de la ilusión las hace a menudo
más interesantes que el trato con seres reales. ¡Qué expresión y qué síntoma de
la ingénita miseria de; hombre, de la urgente 'necesidad que tiene de auxilio y
asistencia, de ocupación y pasatiempo! Aún cuando pierda fuerzas útiles e
instantes preciosos en vanas plegarias y en sacrificios vanos, en Vez de
ayudarse a sí mismo, si surgen de pronto riesgos imprevistos, no cesa, sin
embargo, de ocuparse y distraerse en esa conversación fantástica con un mundo
de espíritus soñados. Esta es la ventaja de las supersticiones, ventaja, que es
preciso no desdeñar.
Para
domeñar las almas bárbaras y apartarlas de la injusticia y de la crueldad, no
es útil la verdad, por que no pueden concebirla. Lo útil es el error, un
cuento, una parábola. De ahí procede la necesidad de enseñar una fe positiva.
Cuando se
comparan las prácticas de los fieles con la excelente moral que predica la
religión cristiana, y más o menos toda religión, y nos imaginamos que valdría
esta moral si el brazo secular o impidiese los crímenes, y lo que tendríamos
que temer si solo por un día se suprimiesen todas las leyes, no puede menos de
confesarse que la acción de todas las religiones sobre la moralidad es
realmente muy débil. De seguro que la falta estriba en lo flojo de la fe. En
teoría, y en tanto que se aferra a las meditaciones piadosas, cada cual se cree
firme en su fe. Pero los hechos son la dura prueba de su fe, con grandes
abnegación y duros sacrificios, entonces es cuando se ve aparecer toda su
debilidad. Cuando un hombre medita seriamente un delito, abre ya una brecha en
la moralidad pura. La primera consideración que luego le detiene, es la de la
justicia y la policía. Si pasa adelante, esperando sustraerse a ellas, el
segundo obstáculo que se presenta entonces es la cuestión de honor. Si se
franquea, puede apostarse casi sobre seguro que, después de haber triunfado de
estas dos poderosas resistencias, un dogma religiosa cualquiera no tendrá
fuerza suficiente para impedirle obrar. Porque si un peligro próximo y seguro
no espanta,¿cómo se dejaría refrenar por un riesgo remoto y que solo se funda
en la fe?
Lo que
había de moral en la religión de los griegos reducíase a bien poca cosa,
limitándose poco más o menos todo ello al respecto del juramento. No había allí
ni moral ni dogmas oficiales. Sin embargo, no vemos que la generalidad de los
griegos haya sido moralmente inferior a los hombres de los siglos cristianos.
La moral del cristianismo es infinitamente superior a las de todas las demás
religiones que antes aparecieran en Europa. Pero, ¿quién podría creer que la
moralidad de los europeos haya mejorado en la misma proporción, ni siquiera que
sea actualmente superior a la de los otros países? Esto sería un gran error.
Entre los mahometanos, los guebros, los indostánicos y los budhistas se
encuentran por lo menos tanta honradez, fidelidad, tolerancia, dulzura,
beneficencia, generosidad y abnegación como entre los pueblos cristianos.
Además, sería larga la lista de las crueldades bárbaras que han acompañado al
cristianismo. Cruzadas injustificables, exterminio de gran parte de los
primitivos habitantes de América y colonización de esta parte del mundo con
esclavos negros, arrancados sin derecho ni sombra de derecho de su suelo natal,
y condenados toda la vida a un trabajo de galeotes; persecución infatigable de
los herejes, tribunales de Inquisición que claman venganza al cielo, noche de
San Bartolomé, ejecución de dieciocho mil holandeses por el duque de Alba, etc.
etc...., hechos poco favorables, que dejan en la incertidumbre acerca de la
superioridad del cristianismo.
La
religión católica es una instrucción para mendigar el cielo, que sería
demasiado incómodo merecer. Los clérigos son los intermediarios de esta
mendicidad.
La
confesión fue una feliz idea; porque, .en verdad, cada uno de nosotros es un
juez moral perfecto y competente, que conoce con exactitud el bien y el mal.
Esto es cierto de cada uno de nosotros, con tal de que la información verse
sobre las acciones ajenas y no sobre las propias; y con tal de que solo se
trate de aprobar y desaprobar, mientras que los otros se encargan de la
ejecución. Por eso el primero que llega puede tomar en absoluto, como confesor,
al puesto de Dios.
Las
religiones son necesarias al pueblo, y hasta resultan para él un beneficio.
Hasta cuando pretenden oponerse a los progresos humanos en el conocimiento de
la verdad, hay que echarlas a un lado con todos los miramientos posibles. Pero
pedir que un gran ingenio, un Goethe, un Shakespeare, acepte por convencimiento
los dogmas de una religión cualquiera, es pedir que un gigante calce los
zapatos de un enano.
En
realidad toda religión positiva es la usurpadora del trono que pertenece a la
filosofía. Por eso los filósofos siempre serán hostiles a la religión; aún
cuando debieran considerarla como un mal necesario, unas muletas para la
debilidad morbosa del espíritu de la mayor parte de los hombres.
En la
nueva filosofía, Dios representa el papel de los últimos reyes francos bajo los
mayordomos de palacio. No es más que un nombre que se conserva para mayor
provecho y comodidad, a fin de introducirse con más facilidad en el mundo.
LA POLITICA
El estado
no es más que el bozal que tiene por objeto volver inofensivo a ese animal
carnicero, el hombre, y hacer de suerte que tenga el aspecto de un herbívoro.
El hombre
es en el fondo un animal salvaje, una fiera. No le conocemos sino domado,
enjaulado en ese estado que se llama civilización. Por eso retrocedemos con
terror antes las explosiones accidentales de su naturaleza. Que caigan, no
importa como, los cerrojos y las cadenas del orden legal, que estalle la
anarquía, y entonces se verá lo que es el hombre.
La
organización de la sociedad humana oscila como un péndulo entre dos extremos,
dos polos, dos males opuestos: el despotismo y la anarquía. Cuanto más se aleja
del uno, más se aproxima al otro. Entonces se os ocurre que el justo medio
sería el punto conveniente. ¡Qué error! Estos dos males no son igualmente malos
y peligrosos. El primero es infinitamente menos de temer. En primer término,
los golpes del despotismo no existen sino en estado de posibilidad; y cuando se
manifiestan con hechos, no alcanzan más que a un hombre entre millones de
hombres. En cuanto a la anarquía, son inseparables la posibilidad y la
realidad: sus golpes alcanzan a cada ciudadano y todos los días.
La especie
humana está para siempre, y por naturaleza, condenada al sufrimiento y a la
ruina. Aún cuando con ayuda del Estado y de la historia se pudiesen remediar la
injusticia 'y la miseria hasta el punto de que la tierra se convirtiera en una
especie de Jauja, los hombres llegarían a pelearse por aburrimiento, a
precipitarse unos contra. otros; o bien el exceso de población traería consigo
el hambre y esta los destruiría.
Es raro
que un hombre reconozca toda su espantosa malicia en el espejo de sus actos.
¿Pensáis
de veras que Robespierre o Bonaparte, o el emperador de Marruecos o los
asesinos que suben al patíbulo, son los unidos malos entre todos los hombres?
¿No veis que muchos harían otro tanto si pudiesen?
Propiamente
hablando, Bonaparte no es más malvado que muchos, por no decir que la mayoría
de los hombres. No tiene más que el egoísmo tan común, que consiste en buscar
su bien a expensas de los demás. Lo único que le distingue es una fuerza más
grande para satisfacer esa voluntad, una inteligencia ,mayor, una razón más
grande, un valor más grande. Además, el azar le daba un campo favorable.
Gracias a todas esas condiciones reunidas, hizo en pro de su egoísmo lo que
otros mil apetecerían, pero no pueden hacer. Todo granuja que con su malicia se
proporciona la más ínfima ventaja con detrimento de sus camaradas, por mínimo
que sea el daño que cause, es tan malo como Bonaparte.
Si gustáis
de planes utópicos, os diré que la única solución del problema político y
social sería el despotismo de los sabios y de los justos, de una aristocracia
pura y verdadera, obtenida mediante la generación por la unión de los hombres
de sentimientos más generosos con las mujeres más inteligentes y agudas. Esta
proposición es mi utopía y mi república de Platón.
EL HOMBRE Y LA SOCIEDAD
Las cosas
pasan en el mundo como en las comedias de Gozzi, donde las mismas personas aparecen
siempre con las mismos intenciones y la misma suerte. Los motivos y los sucesos
difieren, sin duda, en cada argumento, pero el espíritu de los sucesos
permanece siendo el mismo.
Los
personajes de una pieza tampoco saben nada de lo que pasó en otra donde también
eran actores. Así, después de toda la experiencia de las comedias precedentes.
Pantalone no se ha vuelto más diestro ni más generoso, ni Tartaglia más
honrado, ni Brighella más valiente, ni Colombina más virtuosa.
Nuestro
mundo civilizado no es más que una gran mascarada. Encuéntranse allí
caballeros, frailes, soldados, doctores, abogados, sacerdotes, filósofos y no
sé que más aún. Pero no son los que representan; son simples máscaras, bajo
cuyos disfraces se ocultan la mayoría de las veces buscadores de dinero. Este
se pone la careta de la justicia y del derecho, con ayuda de un abogado, para
ofender mejor a su semejante; el otro, con el mismo fin ha elegido el antifaz
del bien público y del patriotismo; el de más allá, el de la religión, de la fe
inmaculada. Para toda clase de fines secretos, más de uno se ha ocultado bajo
el disfraz de la filosofía, como también de la filantropía, etc. Las mujeres
tienen menos donde escoger. La mayoría de las veces se ponen la careta de la
virtud, del pudor, de la inocencia, de la modestia.
Hay
también disfraces generales, como los dominós en los bailes de máscaras. Estos
disfraces nos representan la honradez a carta cabal, la finura de modales, la
simpatía sincera y la amistad aparatosa. La mayor parte del tiempo, como he
dicho, no hay más que puros industriales, comerciantes, especuladores, bajo
todos esos antifaces.
Desde este
punto de vista, la única clase honrada es la de los comerciantes, únicos que
se. presentan como son, y andan a cara descubierta: Por eso los han puesto en
lo más bajo de la escala.
El médico
ve al hombre en toda su debilidad; el jurisconsulto, en toda su perversidad; el
teólogo en toda su necedad.
Lo mismo
que le basta una hoja a un botánico para reconocer toda la planta, lo mismo que
un solo hueso bastaba a Cuvier para reconstruir todo el animal, así una sola
acción característica por parte de un hombre puede permitir llegar al
conocimiento exacto de su carácter, y por consiguiente, reconstituirlo en
cierta medida, aún cuando se trata de una cosa insignificante. Cuanto más fútil
sea la cosa, mejor, porque en los asuntos importantes los hombres están en
guardia, mientras que, por el contrario, en las cosas pequeñas siguen su
natural instinto sin pensar mucho en ello.
Si
alguien, a propósito de una fruslería, manifiesta por su conducta absolutamente
egoísta y desconsiderada para con otro que el sentimiento de la justicia es
extraño a su corazón, guardase de confiarle un céntimo sin tomar las
precauciones suficientes. . .
Según el
mismo principio, hay que romper inmediatamente con esas personas que se llaman
buenos amigos, cuando hasta en -las menores cosas revelan un carácter malo,
falso o vulgar, con el ser precaveros de ese modo de las malas partidas que
podrían jugaros en asuntos graves. Lo mismo digo de los criados del servicio
doméstico. Primero vivir solo que en medio de traidores.
Dejar
aparecer la ira o el odio en las palabras o en el rostro es inútil, peligroso,
imprudente, ridículo, ordinario. No se debe manifestar la cólera o el odio más
que por actos. Los animales de sangre fría son los únicos que tienen veneno.
La
urbanidad es prudencia, la descortesía es una estupidez. Creerse enemigos tan
inútilmente y con tanta ligereza es un delirio, como . prender fuego a su propia
casa. La cortesía es como las fichas de juego, una moneda notoriamente falsa.
Ser económico de esta moneda, es carecer de talento; por el contrario,
prodigarla es dar prueba de sentido común.
Nuestra
confianza con los hombres no tiene muchísimas veces más causas que la pereza,
el egoísmo y la vanidad. La pereza, cuando el hastío de reflexionar, de
vigilar, de obrar, nos induce a confiarnos a alguien. El egoísmo, cuando la
necesidad de hablar de nuestros asuntos nos incita a hacer confidencias. La
vanidad, cuando tenemos algo ventajoso que decir referente a nosotros mismos.
No por eso exigimos menos que se nos agradezca nuestra confianza.
Es
prudente dejar sentir de vez. en cuando a las personas, hombres y mujeres, que
podemos pasarnos muy bien sin ellas. Esto fortalece la amistad, y hasta con la
mayoría de las gentes no es malo deslizar de tiempo en tiempo un tonillo
desdeñoso respecto a ellas y así hacen más caso de nuestra amistad. "Quien
no estima llega a ser estimado", dice un proverbio italiano. Si alguien
tiene mucho valor real a nuestros ojos, es preciso ocultárselo como si
fuera un crimen. Esto no es muy grato pero es así. Apenas si los perros
soportan la gran amistad: mucho menos aún los hombres.
El perro,
el único amigo del hombre, tiene un privilegio sobre todos los demás animales,
un rasgo que le caracteriza, y es ese movimiento de cola tan benévolo, tan
expresivo, tan profundamente honrado. ¡Que contraste en favor de esta manera de
saludar que le ha dado la naturaleza, si se compara con las reverencias y
horribles arrumacos que cambian los hombres en señal de cortesía! Esta
seguridad de tierna amistad y devoción por parte del perro, es mil veces más
segura, a lo menos al presente.
Lo que me
hace tan grata la sociedad de mi perro, es la transparencia de su ser. Mi perro
es transparente como el cristal.
Si no
hubiera perros, no querría vivir.
Nada
revela mejor la ignorancia del mundo, como alegrar cual prueba de los méritos y
valía de un hombre que tiene muchos amigos. ¡Como si los hombres otorgasen su
amistad con arreglo a la valía y al mérito! ¡Cómo si, por el contrario, no
fueran semejante a los perros, que aman a quien los acaricia o solamente les
echan huesos que roer, sin más halago! Quien mejor sabe acariciar a los hombres
(aún cuando sean asquerosas alimañas), ese tiene muchos amigos.
"Ni
mirar ni odiar", es la mitad de la prudencia humana. "No decir nada
ni creer nada", es la otra mitad. Pero ¡con qué placer se vuelve la
espalda a un mundo que exige semejante cordura!
Los amigos
se dicen sinceros, ¡los enemigos si que lo son! Por eso debiera tomarse la
crítica de éstos como una medicina amarga, y aprender por ellos a
conocerse uno mejor.
Puede
ocurrir que sintamos la muerte de nuestros enemigos y adversarios, aún después
de gran número de años- casi tanto como la de nuestros amigos. En cambio los
echamos de menos para ser testigos de nuestros brillantes triunfos.
La
diferencia entre la vanidad y el orgullo está en que el orgullo es un
convencimiento absoluto de nuestra superioridad en todas las cosas. Por el
contrario, la vanidad es el deseo de despertar en los demás esa persuasión, con
una secreta esperanza de dejarse a la larga convencer a sí mismo. El orgullo
tiene, pues, origen en un convencimiento interior, la vanidad busca apoyo en la
opinión ajena para llegar a la propia estimación. La vanidad hace parlanchín,
el orgullo hace silencioso.
El hombre
vano debiera saber que la elevada opinión de los demás, objeto de sus
esfuerzos, se obtiene mucho más fácilmente con un silencio continuo que con la
palabra, aun cuando se tuvieran las más bellas cosas que decir.
No es
orgulloso quien quiera; a lo sumo puede simularse el orgullo, pero, como todo
papel convencional, no podrá sostenerse hasta el fin. Sólo el convencimiento
firme, profundo, inquebrantable, que se tiene de poseer cualidades superiores y
excepcionales, es lo que hace realmente orgulloso. Podrá ser erróneo este
convencimiento, o no fundarse más que en ventajas exteriores y convencionales;
esto no obsta nada para el orgullo, si es serio y sincero.
El orgullo
tiene sus raíces en nuestra propia convicción y no depende de nuestro capricho,
lo mismo 'que cualquier otro conocimiento. Su peor enemigo, su más grande
obstáculo, es la vanidad, que no solicita los aplausos ajenos más que para
formarse un elevado concepto de sí mismo; al paso que el orgullo hace suponer
que este sentimiento está ya enteramente consolidado en nosotros.
Muchas
gentes vituperan y critican el orgullo; sin duda no tienen en sí nada que pueda
enorgullecerlos.
La
naturaleza es la más aristocrática del mundo. Todas las diferencias que
establecen entre los hombres la alcurnia y la riqueza en Europa o las castas en
la India, son una futileza en comparación de la distancia que la naturaleza ha
fijado irrevocablemente desde el punto de vista moral e intelectual.
En la
aristocracia de la naturaleza, como en las otras aristocracias, hay diez mil
plebeyos por un noble, y millones por un príncipe. La gran multitud es el
montón, el populacho. Por eso, dicho sea de paso, los patricios y los nobles de
la naturaleza debieran mezclarse tan poco con el populacho como los de los
Estados, y vivir tanto más separados e inabordables cuanto más alto.
La
tolerancia que se advierte y elogia a menudo en los grandes hombres, no es
siempre más que el resultado del más profundo desprecio por el resto de los
humanos. Cuando un grande ingenio está enteramente penetrado de este
menosprecio, cesa de considerar a los hombres como semejantes suyos y de
exigirles lo que se exige de sus iguales. Es tan tolerante entonces con ellos
como con todos los demás animales, a los que no tenemos por qué acusarles de su
falta de razón y de su bestialidad.
Todo el
que no tenga alguna idea de la belleza física o intelectual, no experimenta el
ciento por una de las veces otra impresión, el ver o conocer de nuevo a ese que
se llama hombre, que la de un ejemplar enteramente nuevo, verdaderamente
original y que jamás hubiera adivinado, de un ser compuesto de fealdad,
trivialidad, vulgaridad, perversidad, necedad, malignidad. Cuando me encuentro
en medio de caras nuevas, me acuerda esto la tentación de San Antonio de
Thenier y otros cuadros análogos, donde a cada nueva deformidad monstruosa que
veo, admiro la novedad de las combinaciones imaginadas por el pintor.
La
maldición del hombre de genio es que, en la misma medida en que él parece
grande y admirable a los demás, éstos le parecen a él a su vez pequeños y
lastimeros. Durante toda su vida tiene que reprimir esta opinión, como ellos
reprimen la suya. Sin embargo, está condenado a vivir en una isla desierta,
donde no encuentra a nadie semejante a él, y que no tiene más moradores que
monos y loros. Y siempre es víctima de esta ilusión, que le hace tomar de lejos
un mono por un hombre.
Debo
confesarlo sinceramente. La vista de cualquier animal me regocija al punto y me
ensancha el corazón, sobre todo la de los perros, y luego la de todos los
animales en libertad, aves, insectos, etc. Por el contrario, la vista de los
hombres excita casi siempre en mí una aversión muy señalada, porque, con cortas
excepciones, me ofrecen el espectáculo de las deformidades más horrorosas y
varia, das: fealdad física, expresión moral de bajas pasiones y de ambición
despreciable, síntomas de locura y perversidades de todas clases y tamaños; en
fin, una corrupción sórdida, fruto y resultado de hábitos degradantes. Por eso
me aparto de ellos y huyo a refugiarme en la naturaleza, feliz al encontrar
allí los brutos.
CARACTERES DE DIFERENTES
PUEBLOS
El rasgo dominante
en el carácter nacional de los italianos es una desvergüenza absoluta, que
procede de que no se consideran inferiores ni superiores a nada. Es decir, que
son alternativamente arrogantes y descarados, o viles y bajos. Por el
contrario, cualquiera que tiene pudor es para ciertas cosas demasiado tímido y
para otras demasiado altivo. El italiano no es ni lo uno ni lo otro: sino,
según las circunstancias, unas veces cobardes, otras insolente.
El
carácter propio de los norteamericanos es la vulgaridad bajo todas sus formas:
moral, intelectual, estética y social. Y no solo en la vida privada, sino
también en la vida pública: haga lo que quiera, no deja de ser yankee. Puede
decir de esto lo que Cicerón dice de la ciencia: nobiscum peregrinatur, etc.
En
vulgaridad es el extremo opuesto del inglés. Este, por el contrario, se
esfuerza siempre por ser noble en todas las cosas; y por eso le parecen tan
ridículos y antipáticos los yankees. Son, propiamente hablando, los plebeyos
del mundo entero. Eso puede en parte depender de la constitución republicana de
su estado, y en parte de que tiene su origen en una colonia penitenciaria, o
porque descienden de ciertas gentes que tenían razones para huir de Europa.
El clima puede influir también en algo.
Los judíos
son según dicen ellos, el pueblo elegido de Dios.
Es muy
posible, pero difieren los gustos, pues no son mi pueblo elegido.
Los judíos
son el pueblo elegido de su Dios, su Dios es como pintiparado para tal pueblo.
Váyase lo uno por lo otro.
Dios
misericordioso, previendo en su omnisciencia que su pueblo elegido sería
disperso por el mundo entero, dio a todos sus miembros un olor especial que les
permitiera reconocerse y encontrarse en todas partes; es el foetor judaicus.
Las otras
partes del mundo tienen monos. Europa tiene franceses. Esto nos compensa.
Se ha
hechado en cara a los alemanes, que tan pronto imitan a los franceses, como a
los ingleses. Precisamente esto es lo más cuerdo que podría hacer; porque,
reducidos a sus propios recursos, no tienen nada sensato que ofrecernos.
Ninguna
prosa se lee con facilidad y tan agradablemente como la prosa francesa... El
escritor francés encadena sus pensamientos con el orden más lógico, y en
general más natural, y los somete así sucesivamente a su lector, quien puede
apreciarlos con comodidad, y consagrar a cada uno su atención sin dividirla. El
alemán, por el contrario, los entrelaza en un período embrollado y
archiembrollado, porque quiere decir seis cosas a la vez, en lugar de presentar una después de otra.
Los
alemanes se distinguen de las demás naciones por su negligencia en el estilo
como en el vestir. El carácter nacional es responsable de este doble desorden.
Así como el abandono en el vestir manifiesta el poco aprecio en que se tiene a
la sociedad donde se acude; un mal estilo, abandonado, descuidado, atestigua un
desprecio ofensivo para el lector, que se venga con justo derecho no
leyéndolos.
Lo más
regocijado de todo es ver a los críticos juzgar las obras de otro, con su
estilo desaseado de escritores a jornal. Esto produce el efecto de un juez que
se sentara en el tribunal con bata y chinelas.
El
verdadero carácter nacional de los alemanes es la pesadez. Salta a la vista en
su paso, en su modo de ser y obrar, en su lengua, relatos, discursos y
escritos, en su manera de comprender y de pensar; pero, sobre todo, en su
estilo. Se conoce en el gusto que tienen de construir largos períodos, pesados,
confusos. La memoria se ve obligada a trabajar sola, con paciencia, durante
cinco minutos, para retener maquinalmente las palabras como una lección que se
le impone, hasta el momento en que al final del período se aclara el sentido,
toma impulso el entendimiento y se resuelve el enigma.
Sobresalen
en este juego: y cuando pueden añadir preciosismo, énfasis y un aire grave,
lleno de afectación, entonces nadan en la alegría; pero que el cielo dé
paciencia al lector. Hacen especialísimo estudio para hallar siempre las
expresiones más indecisas y más impropias, de suerte que todo aparece como
entre brumas. Su objetivo parece ser el de colocar en cada frase una
puertecilla de escape, y luego darse aires de aparentar decir más de lo que en
realidad han pensado. En fin, son estúpidos y aburridos como
gorros de dormir. Y precisamente esto es lo que hace odiosa la manera de
escribir de los alemanes a todos los extranjeros, quienes no gustan de andar a
tientas en la oscuridad. Esto es, por el contrario, entre nosotros, un gusto
nacional.
Lichtenberg
cuenta más de cien expresiones alemanas que sirven para indicar la embriaguez.
No hay que asombrarse: desde los tiempos más remotos, ¿no han sido famosos los
alemanes por su borrachera? Pero lo extraordinario es que en la lengua de esta
nación alemana, renombrada en todos por su honradez se encuentran más
expresiones que en ningún otro idioma para indicar el engaño. Y la mayoría de
ellas tienen un aire de triunfo, acaso porque se considera la cosa como muy
difícil.
En
previsión de mi muerte, hago esta confesión: Desprecio a la nación alemana, a
causa de su necedad infinita y me avergüenzo le pertenecer a ella.

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