© Libro No. 683. John Milton. Taine, Hipólito Adolfo. Colección E.O. Marzo 29 de 2014.
Título original: © JOHN
MILTON. Hipólito Adolfo Taine
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Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
JOHN MILTON
Hipólito Adolfo Taine
Allá donde
se confunden el desenfrenado Renacimiento que acaba y la poesía culta que nace,
entre los monótonos concetti de Cowley y las delicadas galanterías de
Walley, surge un genio poderoso y espléndido que la lógica y la exaltación
predisponen para la epopeya y la elocuencia: poeta, moralista, liberal,
protestante; que canta la causa de Algernon Sidney y de Locke con la
inspiración de Spenser y de Shakespeare; sucesor de una época poética,
precursor de una época de austeridad; floreciendo entre el siglo de las
ilusiones desinteresadas y el de la acción práctica, tiene parecido con su
Adán, que al avanzar por terreno enemigo siente tras sí, en el perdido Paraíso,
las espirantes armonías de la Gloria.
La de Juan Milton no era una de esas
almas ardorosas, incapaces de dominarse, inspiradas por arrebatos, cuya
sensibilidad febril las hunde con frecuencia en paroxismos de pena o de
alegría, que se prestan para interpretar la diversidad de caracteres, y que,
por el torbellino de sus impuIsos, están condenadas a describir las
contrariedades y el fuego de las pasiones.
Una profunda ciencia, una grandiosa
vehemencia, una lógica estricta, forman el fondo de su alma. Milton tenía el
talento claro y la imaginación limitada; era incapaz de alucinaciones y también
de metamorfosis; concebía la mayor, la más ideal de las bellezas; pero sólo
una. No ha nacido para el drama, sino para la oda; no crea almas, pero edifica
razonamientos y despierta emociones.
Todo el poder y toda la actividad de
su alma se enlazan y ordenan a impulsos de un sentimiento único: el de lo
sublime. Y el caudaloso río de la poesía lírica corre así, soberbio,
majestuoso, resplandeciente como una vasta lámina de oro.
I
Idea general de
su genio y de su carácter. ‑ Su familia. ‑ Educación, estudios y viajes. ‑ Su
regreso a Inglaterra.
Ese sentimiento único forma la
grandeza y la solidez de su carácter. Contra las vacilaciones de la vida
exterior hallaba refugio en sí mismo, y el mundo ideal que en su alma había
creado resistía impasible todos los ataques; mundo interior, demasiado hermoso
para ser abandonado, demasiado fuerte para ser destruído. Creía en lo sublime
con todo el entusiasmo de su alma, con toda la potencia de su lógica, y las
sugestiones del primitivo instinto se fortificaban en su espíritu con las
pruebas que le proporcionaba el cultivo de la razón. Con esta doble armadura,
el hombre puede avanzar sin temor a través de la vida; nutrido constantemente
de demostractones, está capacitado para creer, para amar y para perseverar en
su creencia y en su afán, sin que nada, ni hechos ni pasiones, pueda desviarle
de la senda emprendida, como a ese ser voluble y tornadizo que se llama un
poeta, porque tiene como base principios inmutables. Es capaz de abrazar una
causa y de permanecer fiel a ella hasta el fin; las seducciones, los accidentes,
todo es inútil para alterar la estabilidad de su convencimiento y la lucidez de
su criterio. Guarda intacto desde el primero hasta el último día el sistema de
sus claras ideas; y el vigor viril de su corazón está sostenido por el vigor
lógico de su cerebro.
Cuando, como en este caso, la lógica
rigurosa se pone al servicio de ideas nobles, el entusiasmo va unido a la
constancia, el hombre cree que sus opiniones son, no tan sólo ciertas, sino
sagradas, y las defiende, más que como guerrero, como sacerdote, llegando a
mostrarse abnegado, heroico, lleno de pasión y de religiosidad. Este conjunto
de sentimientos se encuentra pocas veces; en Milton se vió plenamente.
Pertenecía a una familia en que la
nobleza moral, el sentimiento del valor y la afición a las artes se habían
asociado para tejer alrededor de su cuna las más bellas promesas. Su madre era
«mujer ejemplar», famosa entre sus convecinos por su caridad.
Su padre, estudiante en Christ‑Church,
había sido deaheredado por pertenecer al protestantismo, y formó su fortuna por
sí mismo. Sus tareas de abogado no le impidieron dedicarse al cultivo de la
literatura, y nunca quiso «abandonar sus inteligentes y destacadas
inclinaciones para convertirse en esclavo de la sociedad». Escribía poesías y
era un notable músico, figurando entre los mejores compositores de su tiempo.
Dió a su hijo esmerada y completa educación, y le hizo retratar por Cornelius
Jausen.
Suponga el lector a este niño en una
calle de mercaderes, en el seno de una familia burguesa, religiosa, con
aficiones a la literatura y a la poesía, de costumbres intachables y
aspiraciones elevadas; donde se pone música a los salmos y se escriben versos
en honor de la reina. Oriana (La reina Isabel); donde la pintura,
el canto y la recitación, galas del Renacimiento, sirven de vestidura y ornato
a la firme gravedad, a la laboriosa honradez y al profundo cristianismo de la
Reforma. De este medio en que se educa Milton nace su genio. Llevó el esplendor
del Renacimiento a la seriedad de la Reforma, la magnificencia de Spenser a la
rigidez de Calvino, y, encontrándose con su familia en la unión de dos
culturas, las reunió.
Aun no había cumplido diez años ya
tenía un maestro sabio «y puritano, que le cortó el cabello al rape». Además,
asistía a la escuela de San Pablo y, más tarde, a la Universidad de Cambridge,
para instruirse en «la literatura culta». A partir de los doce años trabajaba
hasta medianoche, a veces hasta más tarde, a pesar de su mala vista y de las
jaquecas que padecía. «Cuando yo era niño no me agradaban los juegos infantiles
‑dice uno de sus personajes, parecido a él (Paradise Regaingned). Con
gravedad aplicaba mi espíritu a estudiar y aprender, para colaborar de esta
manera en beneficio de la comunidad; me creía destinado a promover la rectitud
y la verdad».
Efectivamente, lo mismo en la
escuela y en Cambridge que en la casa paterna, se mostraba incansable para el
estudio. «Libre de censuras y aprobado por todos los hombres honrados»,
recorría la extensión inmensa de las literaturas griega y latina, pero no sólo
la de los grandes maestros, sino la de todos, hasta de los de la Edad Media.
Aprendía al mismo tiempo el hebreo antiguo, el siríaco, el hebreo de los
maestros del culto judaico, el francés, el castellano, la antigua literatura
inglesa, toda la literatura italiana, tan provechosamente y con tanto interés
que escribía en prosa y en verso latino e italiano como un latino o un
italiano. Y estos estudios no le impedían dedicarse a los de las matemáticas,
la música, la teología y otras ciencias y artes.
Este intenso trabajo estaba
encaminado a un gran proyecto. «Por decisión de mis padres y de mis amigos ‑confiesa‑
estaba destinado desde la niñez al servicio de la iglesia, y a este propósito
concurrían mis propias resoluciones; mas cuando llegué a la edad madura advertí
la tiranía que había invadido a la Iglesia, tiranía que había llegado al
extremo de que quien quería tomar las órdenes religiosas estaba obligado a
declararse esclavo por juramento solemne y bajo su firma, de manera que, salvo
que la promesa fuese a gusto de la conciencia, era preciso sufrir el derrumbe
de la fe o ser perjuro. Entonces creí preferible un silencio sin reproche a
ejercer el sagrado oficio de la palabra, adquirido a expensas de la servidumbre
y del perjurio». Negábase a ingresar en el sacerdocio por la misma razón que
había querido formar parte de él; tenían el mismo origen la ambición y la
renuncia: la decidida voluntad de conducirse siempre con nobleza.
Resuelto a seguir en la vida seglar,
continuó estudiando y perfeccionando su espíritu con pasión y con método, sin
caer en rigorismo ni en pedantería; por el contrario, siguiendo el ejemplo de
su maestro Spenser, en el Allegro, el Penseroso y el Comus, ornaba con hermosas
filigranas los tesoros de la mitología, de la naturaleza y de la imaginación.
Completados sus estudios, partió
para Italia, tierra de la belleza y de la ciencia. Allí conoció a Grotius y a
Galileo, se relacionó con sabios, escritores y hombres de mundo, escuchó a los
compositores y admiró las infinitas bellezas que el Renacimiento amontonó en
Florencia y en Roma. Su erudición y su conocimiento del latín y el italiano le
proporcionaban la simpatía de loshumanistas; así pudo decir, al regresar de
Florencia, que allí «se encontraba tan bien como en su propia patria». Adquiría
libros y música, que mandaba a Inglaterra, y tenía el propósito de recorrer
otros dos centros de cultura de la antigüedad: Grecia y Sicilia.
Elegía libremente las más perfumadas
y hermosas flores abiertas al calor del sol del Mediodía, sin mancharse con el
barro que las rodeaba. «Pongo a Dios por testigo ‑decía algún tiempo después‑
de que, en todos los lugares donde es tan deliciosa la vida, he permanecido
puro y alejado de toda clase de vicios y degradaciones, teniendo siempre
presente la idea de que si podía huir de la mirada de los hombres, no podía
evitar la de Dios».
Milton conservó su concepto sublime
de la poesía en medio de las galanterías y de las insipideces que prodigaban
enamorados y académicos. Pensaba elegir un tema heroico de la historia antigua
de Inglaterra, y afirmábase en su opinión (Apology for Smectymnus) de
que «quien quiere escribir sobre cosas dignas de elogio, si no desea ver
frustrada su ilusión, debe ser él un verdadero poema, vale decir, reunión y
ejemplo de las cosas mejores y más honrosas, no presumiendo de cantar alabanzas
a héroes insignes o a ciudades famosas sin antes tener la experiencia y la
práctica de todo lo que es digno de ser cantado».
Entre todos los poetas, amaba por su
pureza a Dante y a Petrarca, y decía que «si la impudicia en la mujer, a quien
llama San Pablo la gloria del hombre, es tanta deshonra y vergüenza, en el
hombre, que a un tiempo mismo es imagen y gloria del Señor, debe ser
ciertamente, aunque no todos lo crean, vicio más infame y vergonzoso». Opinaba
que «todo hombre, por nacimiento, y sin necesidad de jurarlo, debe ser un
campeón» en la defensa y en la práctica de la honestidad, y por su parte
conservó su pureza hasta que se casó (véase passim su Tratado del
divorcio, donde está transparente).
Su resistencia fue siempre igual de
firme, cualquiera que fuese la tentación, el temor o el atractivo.
Evitaba siempre, por dignidad y
conveniencia, las discusiones sobre religión; pero, si atacaban la suya, no
dudaba en defenderla con firmeza, inciuso en Roma, frente a los hijos de San
Ignacio de Loyola que conspiraban contra él, a un paso del Vaticano y de la
Inquisición.
Lejos de ahuyentarle, el deber
peligroso le atraía. Cuando la revolución lanzó sus primeros rugidos, resolvió
volver a su patria impulsado por su conciencia, como el soldado que al sentir
la voz del clarín corre al peligro, «persuadido de que para él era vergonzoso
pasar el tiempo tranquilamente en el extranjero, cuando sus compatriotas
estaban luchando en defensa de la libertad».
Desencadenada la guerra, presentóse
como voluntnrio, ofreciendo su pecho, en las primeras filas, a los más rudos
golpes. En su educación, en toda su juventud, en sus lecturas y en sus
estudios, en sus palabras y en sus actos, se descubre el pensamiento que le
domina constantemente: la resolución de crear y sostener en sí mismo el hombre
ideal.
II
Efectos del
carácter reconcentrndo y amigo de la soledad. ‑ Su austeridad. ‑ Su
inexperiencia. ‑ Su casamiento y sus hijos. ‑ Sus disgustos domésticos.
.....................
Reintegrado a su patria, Milton se
engolfó de nuevo en el estudio, y en su hogar recibió algunos discípulos,
obligándolos a vivir en la misma rigidez que él se había impuesto en cuanto a
lecturas serias, régimen frugal, conducta severa, aislamiento casi religioso.
De pronto, al regreso de un viaje al
campo, contrajo matrimonio (en 1643, a los treinta y cinco años de edad). Muy
pocas semanas después, su esposa volvió a la casa de sus padres, negándose a
continuar viviendo con él, sin hacer caso de las cartas que le mandaba y
despidiendo desdeñosamente a quien se las llevaba.
Eran de caracteres opuestos.
A las mujeres nada les disgusta
tanto como los carácteres austeros y reservados, sabiendo que no pueden
dominarlos; les molesta su gravedad, las retrae su orgullo, las alejan sus
preocupaciones; se sienten supeditadas a intereses comunes o a curiosidades
intelectuales, como si fuesen un estorbo, o, cuando más, cual si se las tratara
con condescendencia, como a un ser inferior o de escasa capacidad, quedando sin
participar de la igualdad a que aspiran, y de cuya pérdida sólo puede
compensarlas el amor.
...................................
Dicen los biógrafos qne «Milton
tenía una gravedad natural y un espíritu severo, incompatible con las
minucias», y que su alma vivía en alturas que no son las de la vida doméstica.
Se le acusaba de ser «adusto y violento», y es posible que amase tanto su
dignidad de hombre y su autoridad de marido hasta el extremo de considerar que
no era respetado, estimado y obedecido como, en su opinión, merecía serlo.
Pasaba la mayor parte del día
entregado a la lectura, y el resto del tiempo vivía en un mundo elevado y
abstracto que comprenden muy pocas mujeres, y menos que ninguna, la suya. Había
elegido compañera, como hombre abstraído por el estudio, con la inexperiencia
propia de su vida austera y pura. De igual manera el abandono de su esposa le
afeetó como sabio, irritándole tanto más cuanto que desconocía los
procedimientos de la sociedad. Sin temor al ridículo, con la rigidez de un
soñador que de pronto descubre la vida real, se puso a redactar tratados en
favor del divorcio, firmándolos con su nombre y apellido y dedicándolos al
Parlamento. Como su esposa se negaba a volver al domicilio conyugal, y como
tenía en su favor algunos pasajes de la Biblia, creyóse divorciado, y en esta
creencia empezó a enamorar a otra mujer. Pero, de pronto, al ver llorando ante
sí a su esposa, la perdonó y reanudó su infortunado matrimonio, sin que de nada
le sirviese después la experiencia, pues aun contrajo nupcias otras dos veces,
la última con una mujer treinta años más joven que él.
No fueron más felices ni menos
extraños los demás acontecimientos de su vida doméstica. Convirtió en
secretarias a sus hijas, poniéndolas a leer idiomas que no entendían, tarea que
les causaba repulsión y de la que se quejaban con amargura. Su padre, en
cambio, las acusaba de no ser respetuosas ni amables con él (undutiful and
unkind), de no cuidarle, de ponerse de acuerdo con la criada para robarle,
de llevarse sus libros para vender poco a poco toda la biblioteca a los
chamarileros.
Cuando se supo que iba a casarse una
vez más, su segunda hija, María, exclamó: «Esa boda no es una noticia; la
verdadera noticia sería la de su fallecimiento»; terribles palabras que
reflejan la tragedia de la existencia en aquél hogar.
Ni la naturaleza ni las
circunstancias habían formado a Milton para gozar de la felicidad.
III
Su energía de
militante. ‑ Polémicas contra los obispos y contra el rey.‑ Su entusiasmo y su
inflexibilidad. Sus teorías acerca del Gobierno, de la Iglesia y de la
educación. ‑ Su estoicismo y su virtud. ‑ Sus ocupaciones, su persona y su
vejez.
Estaba formado para la lucha, y a
ella se entregó desde su regreso a Inglaterra, valiéndose de las armas que le
proporcionaban la lógica, la erudición y la cólera, y acorazándose con la
convicción y la conciencia. «En cuanto fué concedida la libertad, al menos de
palabra ‑dice él‑, todas las bocas eligieron por víctimas a los obispos...
Despertado por el general clamor, y viendo que se seguía el verdadero rumbo de
la libertad, y que, a partir de entonces, los hombres se disponían a librar la
vida humana de la servidumbre..., como desde joven me había dedicado con
preferencia a conocer todo lo referente a las leyes divinas y humanas.. ,
resolví poner de este lado toda la fuerza y la actividad de mi espíritu, a
pesar de hallarme ocupado entonces en meditar sobre otros asuntos». Fruto de
esta resolución fue su tratado De la Reformna en Inglaterra (1641. Of
Reformation in England and the causes that hitherto have hinderet it), en el
que satirizaba y combatía con altivez y rudeza al episcopado y a sus
partidarios. Al ser refutado y censurado, redobló sus ataques hasta destrozar a los que
habían caído en los primeros embates. Arrastrado hasta el límite extremo de sus
creencias, como el jinete que se lanza a galope contra las líneas del enemigo,
rompiéndolas no dudó en atacar al rey, defendiendo la abolición de la monarquía
así como antes había pedido la del episcopado.
Al mes de ser decapitado Carlos I,
Milton justificó la ejecución y contestó al Eicon Basilice y a la Defensa
del rey, hecha por Saumaise, con un estilo incomparahle y un desdén
soberbio, combatiendo como apóstol de una causa como hombre que conoce la
superioridad de sus argumentos y que quiere hacer sentir su ciencia y su lógica
aplastando con decisión a sus adversarios, que calificaba de ignaros, de
espíritus inferiores y de corazones ruines.
................
Luego de razonar la decapitación, la
santificó; tras haberla justificado por las leyes de los hombres, la consagró
por los dictados celestiales; colocada al abrigo del derecho, la colocó también
al abrigo de la Divinidad, que humilla «a los reyes ensoberbecidos y
arbitrarios, y que los condena con toda su raza». «Guiados por su mano visible
para la libertad y el bien, casi perdidos, dirigidos por él, adorando sus
divinas huellas, que nuestros ojos advierten por todas partes, hemos entrado
bajo sus auspicios, no por senda oscura, sino clara y expedita». Termina aquí
el razonamiento con un canto de triunfo, dejando paso el combatiente al
entusiasta. En todos sus avtos y en todas sus teorías aparece de este modo. Las
férreas y disciplinadas filas de argumentos que presentaba en orden de combate
trocábanse en su corazón, cuando llegaba el triunfo, en procesiones que
entonaban graves y solemnes himnos. Transportado fuera de la realidad, se hacía
la ilusión de vivir como adalid y pontífice que, dentro de su férrea armadura,
no vacila en enfrentarse con la verdad.
De tal modo estaba entregado a su
lucha y a su apostolado, y tan defendido se hallaba contra las seducciones de
los sentidos, que hasta él no llegaban las pequeñeces de la sociedad ni las
lecciones de la vida.
Siendo incapaz de guiar a los
hombres y de seguirles, en Milton no había nada que se pareciera a los
sentimientos ni a las habilidades del estadista, hombre astuto que se detiene
en la mitad de la marcha, que tantea observando los acontecimientos, que mide
las posibilidades que pueden ofrecerle las cosas y que utiliza la lógica
buscando las soluciones prácticas. Soñador y especulativo, obsesionado por sus
ideas, sólo en ellas ve y aprende.
Al escribir contra los obispos,
pretende que se los suprima rápida y totalmente, exigiendo que se establezca el
culto presbiteriano de inmediato, sin reserva ni contemporización de ningún
género; opina que es orden de Dios y deber de todos los fieles, y no deben
desoírse las órdenes divinas ni puede jugarse con la fe. Del nuevo culto ve
surgir un enjambre de virtudes: libertad, concordia, piedad, dulzura.
El rey nada debe temer, porque su
poder quedará afirmado por el nuevo culto; veinte mil asambleas democráticas
respetarán estrictamente su derecho (The Reformation).
Sonríe pensando en tales ideas,
dejando descubierto al hombre partidario que, cuando era inevitable la
restauración, cuando «la multitud estaba enloquecida por el deseo de tener un
rey», hacía pública «la sencilla y rápida manera de organizar una república
libre», cuyo plan describía detalladamente; descubriendo igualmente al teórico
que, para pedir el establecimiento del divorcio, recurría a la Biblia,
pretendiendo modificar las instituciones civiles de un país simplemente
cambiando el sentido corriente de unos versículos. Con el sagrado texto en la
mano y cerrados los ojos, va de una consecuencia en otra, atropellando
prejuicios, costumbres, necesidades e inclinaciones; cual si el razonamiento o
la fe religiosa constituyeran por sí solos al ser humano; cual si la evidencia
produjera siempre la creencia; cual si ésta llevara siempre a la práctica; cual
si, en la lucha de las doctrinas, la verdad o la razón dieran siempre a
aquéllas la victoria y el predominio.
Llevando su ideología al extremo,
Milton preparó el boceto de un tratado de educación, en el que proponía enseñar
a los jóvenes todas las artes, todas las ciencias y, por si esto era poco,
todas las virtudes. «El maestro ‑escribía‑ que tenga el talento y la elocuencia
precisos podrá en poco tiempo comunicar a sus discípulos una energía y una
actividad increíbles, infundiendo en sns jóvenes espíritus tan generoso y noble
ardor que muchos de ellos llegarán a ser sin duda hombres ilustres».
Durante muchos años, Milton se había
dedicado a la enseñanza. Para abrigar aquella ilusión, después de su
experiencia en ese sentido, era preciso ser insensible a las lecciones de la
realidad y los desengaños.
Mas su fuerza residía en su rigidez,
y la misma estructura interior que cerraba su espíritu a las enseñanzas daba a
su corazón valor contra los desfallecimientos.
...................
Había perdido voluntariamente el
sentido de la vista, escribiendo sin descanso, a pesar de habérselo prohibido
los médicos, para justificar al pueblo de Inglaterra contra las expresiones
violentas de Saumaise. Asistió al hundimiento de la república, vió proscribir
sus doctrinas, sufrió la difamación de su honor. Cundía a su alrededor el
repudio a la libertad y el entusiasmo por el vasallaje; todo un pueblo se
arrodillaba a los pies de un joven depravado, traidor e incapaz; los gloriosos
jefes puritanos eran condenados a la horca, arrancados vivos de ella a veces,
para ser arrastrados por las calles entre burlas; los que habían muerto sin
pasar por las manos del verdugo eran desenterrados para ser expuestos al
escarnio del populacho; los que habían huído a tierra extraña estaban
constantemente bajo las amenazas y los atentados de los realistas: y otros, los
más desgraciados, habían traicionado su causa por dinero o por honores, y
figuraban entre los perseguidores de sus antiguos hermanos de fe.
Los ciudadanos más austeros y
piadosos del país estaban encerrados en las prisiones, o vagaban atemorizados,
en medio de la indigencia y del escarnio, mientras que el vicio enseñoreado del
trono reunía a su alrededor a la plebe, alentándola en la avaricia y en la
sensualidad.
Milton se vió precisado a ocultarse;
sus obras fueron quemadas en público por el verdugo; fué aprisionado aún
después del perdón general, y ni al ser puesto en libertad podía estar
tranquilo, porque el fanatismo de cualquier exaltado podía esgrimir contra él
el arma que no había utilizado la vindicta pública.
Aunque de menos importancia, otras
desdichas pesaban aún sobre su alma. Las confiscaciones, una quiebra y el gran
incendio que sufrió Londres priváronle de las tres cuartas partes de su fortuna
(un scrivener le hizo perder 20.000 pesos. La Restauración se negó a pagarle
una cantidad igual que tenía colocada en el Excise Office, y además le quitó
una finca que le rentaba 500 pesos, y que él había adquirido de los bienes
pertenecientes al cabildo de Westminster. En el incendio de Londres perdió la
casa que poseía allí. A su muerte dejó unos 16000 pesos, comprendiendo con esta
suma el valor de su biblioteca); sus hijas tratábanle con terrible
desconsideración, llegando a vender sus libros porque sabían que, muerto él, no
tendrían ninguna utilidad para la familia; y el poeta permanecía tranquilo en
medio de ese cúmulo de desdichas públicas e íntimas. No renegaba de lo que
había hecho; al contrario, lo ponderaba; no se abatía, sino que se enardecía;
y, en lugar de acobardarse, adquiría nuevos bríos.
.....................
Milton vivía en nna casita de
Londres o en una quinta del condado de Buckingham, frente a una verde colina,
donde escribió su Historia de Inglaterra, el Tratado de la verdadera
religión y de la herejía y proyectaba un gran tratado sobre la doctrina
cristiana.
....................
Por las mañanas se hacía leer un
capítulo de la Biblia en hebreo; después quedaba unos instantes en silencio,
meditando sobre lo que había oído. No concurría nunca a las
iglesias. En religión, como en todo lo demás, era independiente, bastábase a sí
mismo; y como en ninguna de las distintas sectas hallaba huellas de la
verdadera religión, rogaba a Dios sin necesidad de cualquier ajena intervención.
Hasta el
mediodía permanecía estudiando; después de almorzar y de hacer ejercicio tocaba
el órgano o el violoncelo. Luego reanudaba el estudio hasta
las seis, y las primeras horas de la noche las empleaba en conversar con los
amigos.
Estos hallábanle generalmente «en
una pieza revestida de tapicería verde, antigua, sentado en un sillón y
pulcramente vestido de negro». «Era de color pálido ‑dice uno de sus visitantes‑,
pero no cadavérico; padecía de gota en los pies y las manos; sus cabellos
oscuros caían a ambos lados de su rostro en largas guedejas; sus ojos grises y
serenos no parecían ciegos».
Había sido muy hermoso en su
juventud, y sus mejillas, tersas como las de una niña, permanecieron sonrosadas
hasta su muerte. Era afable, tenía el andar firme y viril, atestiguando valor e
intrepidez. En todos los retratos que de él hay, se le nota algo grande y
altivo, y seguramente pocos hombres han honrado tanto como él la especie
humana.
Esta noble vida se apagó como el sol
que, brillante y sereno, se oculta en el horizonte. En medio de tan dolorosas
pruebas, el cielo le concedió una grande y pura alegría. El poeta, sepultado
por el puritano, reapareció más soberbio que antes para dar al Cristianismo un
nuevo Homero.
....................
IV
El prosista. ‑
Cambios ocurridos desde hace tres siglos en las fisonomías y en las ideas. ‑
Pesadez de su lógica. ‑ Rudeza en sus discusiones. ‑ Animosidad violenta. ‑
Liberalismo de sus doctrinas. Amplitud de su elocuencia. ‑ Riqueza de imágenes.
‑ Lirismo y sublimidad de su obra.
Tengo ante mí el terrible volumen en
que fueron reunidas las obras en prosa de Milton, poco después de la muerte de
éste. ¡Qué obra! Crujen las sillas bajo su peso, y después de manejarla durante
una hora, los brazos duelen tanto como la cabeza. Este libro es digno de
aquellos hombres; ya su aspecto exterior da idea de cómo eran los polemistas y
teólogos cuyas ideas están contenidas allí. Debe recordarse que el autor fué
literato, filósofo, viajero y, para su tiempo, elegante y hombre de mundo.
Sin quererlo, vienen a la
imaginación los retratos de los teólogos de aquel siglo; recias figuras
modeladas en el acero por el buril de los artistas, y cuya frente alta y ojos
fijos sobresalen con violento relieve de la tabla de encina oscura. Compárense
aquellos rostros con los de hoy, cuyas finas y complejas facciones parecen
estremecerse bajo innumerables ideas y sensaciones. Reflejan aquellas figuras
la abrumadora educación latina, los ejercicios espirituales, el trato duro, las
ideas extrañas, los dogmas impuestos, que obsesionaban, oprimían, fotificaban,
endurecían a la juventud de pasadas épocas, y se cree ver un osario de
mastodontes y megaterios reconstruídos por Cuvier.
Diríase que ha cambiado la raza.
Nuestro espíritu se inclina ante la idea de tanta barbarie y de tanta grandeza,
pero podemos descubrir que aquélla fue causa de ésta. Así como en el fango
primitivo y bajo el follaje de bosques inmensos hubo monstruos corpulentos que,
retorciendo pesadamente sus lomos cubiertos de escamas con sus terribles
dentaduras se arrancaban pedazos de carne, de igual manera vemos hoy a
distancia, desde la serena altura de nuestra civilización, los combates de los
teólogos que, armados de textos y acorazados de silogismos, cubríanse de
improperios y procuraban devorarse mutuamente.
Milton combatió en primera fila,
predestinado por sus cualidades personales y por las costumbres que le rodeaban
a distinguirse en la fiereza y en lo grandioso; capaz de manifestar la lógica,
el estilo y el espíritu del siglo con relieves imborrables.
La vida de los salones ha afinado el
espíritu de los hombres. Ha sido precisa la sociedad con las damas, la carencia
de menesteres graves, la holganza, la vanidad, la tranquilidad, para que
imperasen la elegancia, la urbanidad, la sátira ligera; para que se impusiesen
el deseo de agradar, el temor de causar molestias, la claridad, la corrección,
el arte de las transiciones delicadas y de las finas atenciones, la afición a
las imágenes adecuadas, la educación social, en fin.
No debe buscarse nada de esto en
Milton. Cerca de él está aún la escolástica, que influye incluso en los que la
destruyen. Bajo esta armadura secular, la discusión camina tardía y
pedantescamente; se empieza por fijar la tesis, y por eso Milton pone al frente
de su Tratado sobre el divorcio, en gruesos caracteres, la proposición que va a
demostrar:
«Que una mala disposición,
incapacidad o contrariedad de espíritu, originada por una causa de naturaleza
invariable, impidiendo y debiendo probablemente impedir siempre los principales
beneficios de la sociedad conyugal, que son la paz y el consuelo, es motivo de
divorcio mayor que el de la frigidez natural, especialmente si no hay hijos y
sí el consentimiento mutuo de separarse».
Después de la tesis aparece, en
legiones incontables, el disciplinado ejército de los argumentos; los
batallones, que son los capítulos, forman numerados del 1 al 10, cada cual con
su título en caracteres bien visibles. Se ve que el autor escribe para la gente
de Oxford, eclesiásticos o legos habituados a confusas disputas, capaces de
sostener una atención obstinada, acostumbrados a digerir indigestos mamotretos;
que se encuentran a sus anchas entre los matorrales escolásticos, abriéndose
camino casi a ciegas, sufriendo casi sin sentir los arañazos que a nosotros nos
espantan, y sin tener idea de la claridad que ahora pedimos en todo.
En vano es buscar en estos pesados
razonadores el ingenio, porque éste es la agilidad de la razón triunfante, y
entre ellos, por ser todo tan potente, todo es tan pesado.
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Milton odiaba ferozmente y combatía
con la pluma, como los voluntarios fanáticos con la espada, con obstinación y
reconcentrada furia. El rey y los obispos pagaban de este modo once años de
despotismo, porque cada cual se acordaba de los destierros, de los castigos
corporales, de las confiscaciones, de las sistemáticas violaciones a la ley, de
las persecuciones constantes que ponían la libertad individual a merced del
capricho de la autoridad, de la idolatría impuesta por los obispos a las
conciencias cristianas, de la saña con que se perseguía a los predicadores
fieles, arrojándolos a los desiertos africanos o entregándolos a la horca y a
la picota.
El recuerdo de tales excesos dejaba
en los espíritus enérgicos odios inextinguibles, como se ve en los escritos de
Milton, que reflejan un feroz encarnizamiento. Es desconsoladora la impresión
que deja la lectura de su Iconoclastes (respuesta a la obra Retrato
real, atribuida al propio rey). El rey es refutado frase por frase y
acusado sin piedad, sin que se le deje respiro alguno, sin concederle la menor
excusa, el menor asomo de razón.
Era tan violento el odio de Milton a
los obispos que vivían en la opulencia que no basta para expresarlo la acritud
de las metáforas más venenosas. Los presentaba «alardeando vanidad y
calentándose al sol de la riqueza y de los ascensos» como nido de asquerosos
reptiles. «La envenenada hez de su hipocresía, amasada con la agria levadura de
las tradiciones humanas, es el huevo de serpiente de donde saldrá en alguna
parte un Anticristo tan monstruoso como el tumor que le nutre».
Estas rudas y brutales groserías
eran una especie de coraza exterior, indicio y defensa de la fuerza y de la
vida rebosante que tenían los cuerpos de aquellos atletas.
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Puritano contra el episcopado,
independiente contra los presbiterianos, fué siempre dueño de su pensamiento y
de su creencia. Jamás nadie como él ha amado ni practicado ni ensalzado el
libre y constante uso de la razón, que ejercitó hasta la temeridad, hasta la
osadía.
Se rebeló contra la costumbre (The
Doctrine and Discipline of Divorce), reina ilegítima de la creencia humana,
enemiga nata y encarnizada de la verdad; atacó el matrimonio, y pidió el
divorcio en el caso de incompatibilidad de carácter entre los cónyuges. Declaró
«que el error sostiene la costumbre; la costumbre acredita el error, y los dos,
unidos y apoyados por el numeroso e inconsciente cortejo de sus sectarios,
acosan con sus gritos y con su ignorancia, calificándolos de fantasía y
tachando de perniciosa innovación los descubrimientos de la razón libre».
«Cuando llega al mundo una verdad ‑dijo‑,
llega con calificativo de bastarda, para vergüenza de quien la engendra, hasta
que el tiempo, que no es padre, sino comadrón del conocimiento, reconoce al
niño legítimo y derrama sobre su cabeza el agua y la sal.» Sostuvo estas
opiniones en tres o cuatro escritos, a pesar del desbordamiento de injurias y
de anatemas, y aun se atrevió a atacar ante el Parlamento la censura, que era
obra del Parlamento (en su Areopagítica), hablando como hombre herido y
oprimido, para quien la interdicción pública es un ultraje y que, al ser
encadenada la nación, se siente también encadenado.
Como no quería que la pluma de un
censor asalariado ofendiese con su aprobación la primera página de su libro, y
odiando esta mano ignorante e imperativa, reclamó la libertad de escribir por
las mismas razones y títulos que la libertad de opinar.
«¿Tiene alguna ventaja un hombre
sobre un niño de escuela ‑escribe‑, si sólo nos hemos librado de la férula del
maestro para caer bajo la del imprimatur; si los escritos serios y
meditados no pueden ser publicados sin la autorización tardía de un censor
distraído, cual si fueran temas de un estudiante de gramática que el pedagogo
aprueba o rechaza? Cuando un hombre escribe para el público, llama en su ayuda
a toda su razón, a toda su reflexión; busca, medita, inquiere, y generalmente
consulta y discute con sus más juiciosos amigos. Hecho esto, procura instruirse
del asunto de que va a tratar tan concienzudamente como los que antes que él lo
han tratado. Si en este acto, el más meditado de su celo y de su madurez, ni la
edad, ni la diligencia, ni la prueba anterior de su capacidad pueden
exceptuarle de sospecha y desconfianza, a menos que lleve todas sus
investigaciones, todas sus vigilias, todo su gasto de luz y trabajo ante los
presurosos ojos de un censor atareado, acaso mucho más joven que él, tal vez de
menos criterio, que quizá no conozca los sinsabores de escribir un libro, de
modo que, si su obra no es rechazada u olvidada, deba aparecer impresa con la
mano de su censor sobre las letras del título, en prueba y caución de que el
autor no es idiota ni corruptor, lo que se consigue es deshonor y menoscabo
para el autor, para el libro, para los privilegios y la dignidad de la
literatura.
«Que se abran todas las puertas; que
entre el sol, que cada cual piense y exponga sus pensamientos a la luz del día.
Lejos de asustaros las divergencias, regocijaos por tan gran trabajo. ¿Por qué
insultar con el nombre de cismáticos y de sectarios a los que trabajan?
«Cuando se edificaba el templo del
Señor, unos aserraban los cedros, otros cortaban y labraban las piedras; ¿había
gentes tan insensatas que desconociesen la necesidad de que las piedras y los
maderos sufrieran mil divisiones y cortes antes de que estuviera construída la
casa del Señor? Y cuando la industria une las piedras, no pueden ser continuas,
sino contiguas. La perfecciún consiste, pues, en que de esas mil diversidades
limitadas, de esas mil diferencias fraternales, nazca sin notable desproporción
la hermosa y agradable simetría que embellece el conjunto de la obra.»
Milton triunfa aquí por simpatía,
expresándose en bellas imágenes y desplegando en su estilo la fuerza que
observa a su alrededor y en sí mismo. Elogia la revolución, y el elogio parece
un toque de clarín soplado por un pecho de bronce.
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Al arraigar ona idea en un espíritu
lógico, vegeta en él y fructifica, produciendo infinidad de ideas accesorias y
explicativas que la rodean, uniéndose entre sí y formando una espesura, un
bosque. Las frases son inmensas, y para encerrar tantas razones encadenadas,
tantas metáforas acumuladas alrededor del pensamiento dominante, necesita
períodos de toda una página. En este gran alumbramiento, el corazón y la razón
se excitan; razonando, Milton se exalta, y la frase sale disparada como
catapulta que redobla la fuerza de su impulso por la enormidad de su peso.
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A la manera de Shakespeare, con
cualquier motivo, y hasta sin motivo, escandaliza a los clásicos y a los
franceses. «Como los corruptores de la fe ‑dice‑ no pueden hacerse celestiales
y espirituales, han convertido a Dios en un ser terrestre y carnal; trocando su
esencia sagrada y divina en una forma exterior y corporal; le han adorado,
incensado, hisopeado; le han vestido, no con trajes de pura inocencia, sino con
restos de extrañas y fantásticas vestiduras, con mantos, mitras, oro y oropel,
recogidos en el viejo guardarropa de Aarón o en el vestuario de los flámenes.
Desde entonces el sacerdote se vió obligado a estudiar sus gestos, sus
posturas, sus liturgias, hasta que el alma, amortajándose de esta suerte en el
cuerpo y entregándose a las delicias materiales, abatió sus alas y se dejó caer
a la tierra. Viendo las comodidades que su visible y sensual colega recibía del
cuerpo, y encontrando sus alas rotas, emancipóse del trabajo de ascender a las
alturas; olvidó su elevado vuelo, y dejó al inerte y lánguido esqueleto
arrastrarse por el antiguo camino, aceptando la repulsiva misión de una
conformidad mecánica».
Si no se descubrieran aquí registros
de fatalidad teológica, parecería que estábamos leyendo un imitador de Fedra.
Por entre la ira del fanático se
reconocen las imágenes de Platón. Hay frases que por la belleza viril y el
entusiasmo recuerdan el acento de la República. «No puedo elogiar ‑dice‑ una
virtud fugitiva y enclaustrada, inexperimentada, inanimada, que nunca abandona
su retiro, ni mira de frente a su adversario, sino que esquiva la lucha en que
los corredores, en medio del calor y el polvo, se disputan la guirnalda de la
inmortalidad».
Mas es platónico sólo por la riqueza
y la exaltación; para lo demás es el hombre pedante y grosero del Renacimiento:
ultraja al Papa, que después de la donación de Pepino el Breve «no dejó de
perseguir y de ensangrentar a los sucesores de su caro señor Constantino con
maldiciones y excomuniones escandalosas». Para defender a la prensa, acude a la
mitología, demostrando que en pasados tiempos «ninguna envidiosa Juno se
sentaba con las piernas cruzadas para el alumbramiento de una inteligencia». No
importa que estas sabias imágenes sean modestas y grandiosas: son potentes y
naturales. La superabundancia y la rudeza expresan el vigor y el aliento lírico
que el carácter de Milton había predicho.
Mana de sí misma la pasión, y las
imágenes la exaltan. Las palabras atrevidas, los excesos de estilo, hacen oír
la voz vibrante del hombre que sufre, que se indigna y que ama. «Los libros ‑escribe
en su Areopagítica‑ no son cosas absolutamente muertas; contienen en sí un
poder vivificante tan activo como el alma que les ha dado el ser; mejor aún,
conservan como en un estuche la eficacia y la pura esencia de la inteligencia
viva que los ha engendrado. Me atrevo a decir que son tan animados y tan
vigorosamente productivos como los dientes del dragón de la fábula, y que,
desparramados por todas partes, pueden hacer gue surjan hombres armados. Viene
a ser casi lo mismo matar un hombre que un buen libro. Quien mata un hombre,
mata una criatura racional, imagen viva de Dios; pero quien destruye un buen
libro, mata la razón misma, mata la imagen de Dios en el ojo en que habita.
Muchos de los hombres que viven son una inútil carga; pero un buen libro es
preciosa sangre vital de un espíritu superior, guardada y conservada
religiosamente como tesoro para una existencia mucho más lejana que su propia
vida... Tengamos cuidado, pues, con la persecución que dirijamos contra los
vivos trabajos de los hombres públicos; no derrochemos esta vida incorruptible
que se guarda en los libros, pues vemos que esta destrucción es algo así como
homicidio, y a veces un martirio, y si se extiende a toda la prensa, una suerte
de matanza cuyos perjuicios no se limitan a la pérdida de una vida, sino que
llegan a la quintaesencia etérea, aliento de la razón misma, no siendo una vida
lo que destruyen, sino una inmortalidad».
Es sublime esta energía; el hombre
está a la altura de la causa que defiende, y jamás se ha dicho mayor verdad con
mayor elocuencia. Con terribles frases anonada a los perseguidores de los
libros, a los profanadores del pensamiento, a los asesinos de la libertad, «al
Concilio de Trento y a la Inquisición, que han ideado y llevado a cabo esos
catálogos, esos índices expurgatorios que rebuscan entre las entrañas de
antiguos y buenos autores, cometiendo una violación peor que todos los
atentados contra sus tumbas». Con idénticas expresiones azota a los espíritus
vulgares que creen sin pensar, y convierten su servilismo en su religión.
Algunos pasajes, por su amarga familiaridad, recuerdan a Swift y aun le superan
por la imaginación y por la grandeza.
«Un hombre de verdadera fe ‑escribe‑
puede ser herético si cree las cosas sólo porque se las dice su pastor. La
verdad que cree poseer se convierte en su herejía. Un hombre rico entregado a
sus negocios y a sus placeres advierte que la religión es asunto tan embarazoso
y lleno de enmarañadas cuentas que no sabe cómo abrirle crédito en sus libros.
¿Qué otra cosa ha de hacer sino tomar la resolución de apartarse de esa tarea y
buscar algún agente, a cuyo cuidado y crédito entrega todos sus asuntos
religiosos? Este agente será algún eclesiástico notable. Fiado en él, le
abandona el depósito de sus efectos religiosos con llaves y cerraduras, y, en
realidad, hace de este hombre su religión, de modo que en lo sucesivo no es él:
es un ser separado y ajeno que va y viene cerea de él, según la frecuencia con
que el eclesiástico visita la casa. Le aloja, le agasaja, le regala; su
religión viene a verle todas las noches, reza, come opíparamente, duerme en
mullido lecho, se levanta por la mañana, recibe los buenos días; y, después de
preparar su estómago con algún brebaje bien saturado de especias, su religión
se desayuna bien y sale dejando en la tienda a su excelente huésped traficando
sin su religión todo el día.»
Como veis, se burla con aguda
ironía; pues la ironía, por aguda que sea, le parece débil. Escuchadle cuando
vuelve a su estilo favorito, cuando emplea la invectiva abierta y franca,
cuando, después del fiel sensual, ataca al prelado sensual. «La mesa de la
comunión ‑escribe‑, trocada en mesa de separación, está dispuesta sobre una
plataforma, frente al coro, rodeada de un pasillo y de una verja para evitar el
contacto profano de los fieles, mientras que el sacerdote grosero y repleto no
tiene escrúpulo en masticar el pan sacramental con tanta familiaridad como un
trozo de mazapán de su propia mesa». Regocíjase pensando que todas estas
profanaciones serán castigadas. La terrible doctrina de Calvino ha fijado de
nuevo la atención de los hombres en el dogma de la maldición y de la
condenación eterna. Milton amenaza con el Infierno y se embriaga de justicia y
de venganza ante los abismos que abre y las llamas que enciende. «Serán
arrojados ‑dice‑, por toda la eternidad, en la más negra y profunda sima del
Infierno, bajo el imperio humillante, bajo los pies, bajo el desprecio de todos
los demás condenados que, en la angustia de sus torturas, tendrán por único
regocijo ejercer frenética y bestial tiranía sobre ellos, sobre sus siervos y
sus criados, y en ese estado permanecerán siempre los más viles, los más
profundamente hundidos, los más degradados, los más pisoteados, los más
aplastados de todos los esclavos de la perdición». Llega aquí a lo sublime el
furor de Milton, y el Cristo de Miguel Angel no parece más inexorable ni más
vengador que el poeta.
Digamos más aun. Unamos, como él lo
hace, las perspectivas del Cielo a las visiones del Infierno. EI libelo aquí se
convierte en himno. «Cuando traigo a mi ánimo ‑exclama‑ la idea de que al Fin,
después de tantos siglos durante los cuales el largo y fúnebre cortejo del
Error había echado todas las estrellas fuera del firmamento de la Iglesia, la
brillante y benéfica Reforma lanzó su luz a través de la espesa y negra noche
de la ignorancia y de la tiranía anticristianas, me parece que en el pecho del
que lee o del que escucha debe entrar a torrentes vivificante y sana alegría, y
que el suave olor del Evangelio rodea su alma con todos los perfumes del
Cielo». Sobrecargados de adornos, prolongados hasta el infinito, estos períodos
son coros triunfantes de aleluyas angélicas, entonados por voces profundas al
son de millares de áureas arpas.
.................
La rigurosa dialéctiea, cl pesado y
torpe ingenio, la fanática rusticidad, ls épica grandeza de las superabundantes
imágenes, el aliento y las temeridades de la pasión implacable y violenta, la
sublimidad de la exaltación religiosa y lírica, ninguno de estos rasgos da a
conocer un hombre nacido para explicar, persuadir y convencer. La escolástica y
la rudeza de la época han enmohecido su lógica; la imaginación y el entusiasmo
le han encadenado entre sus metáforas. De tal modo extraviado o halagado, no ha
podido producir obra perfecta; sólo ha escrito libelos útiles en su
oportunidad, condenados por el interés práctico y el odio contemporáneo, y
bellos retazos aislados, inspirados por el encuentro de una gran idea y el
brillo momentáneo del genio. Sin embargo, en estos restos abandonados aparece
retratado el hombre. El espíritu sistemático y lírico aparecen en el libelo
como en el poema. En Milton la facultad de abarcar grandes conjuntos y de
entusiasmarse es igual en sus dos carreras, y en el Paraíso y en el Comus
veréis lo mismo que habéis visto en el Tratado de la Reforma y en las
Objeciones a un contradictor.
V
El poeta. ‑ En lo que
se parece y en lo que difiere de los poetas del Renacimiento. ‑ De cómo impone
un fin moral a la poesía. ‑ «El Paraíso perdido». ‑ Las
condiciones de una verdadera epopeya no se encuentran ni en el siglo ni en el
poeta. ‑ Comparación de Eva y Adán con una familia inglesa. ‑ Comparación de
Dios y de los ángeles con una corte monárquica. ‑ Lo que subsiste del poema. ‑
Comparación de los sentimientos de Satanás con las pasiones republicanas. ‑
Carácter lírico y moral de los paisajes. ‑ Elevación y buen sentido de las
ideas morales. ‑ Situación del poeta y del poema entre dos épocas. ‑
Construcción de su genio y de su obra.
«Milton me ha confesado ‑ dice
Dryden ‑ que Spenser había sido su modelo». Ambos, en efecto, se parecían por
la pureza y la elevación de la moral, por la abundancia y la trabazón del
estilo, por los nobles sentimientos y por el bello orden clásico. Pero, además,
Milton tenía otros maestros: Beaumont, Fletcher, Burton, Drummond, Ben Jonson,
Shakespeare, todo el estupendo Renacimiento inglés, y tras de éste la poesía
italiana, la antigüedad latina, la hermosa literatura griega y todas las
fuentes en que se había inspirado el Renacimiento literario inglés.
Seguía, pues, la gran corriente,
pero la seguía a su manera. Tomaba de ella la mitología, las alegorías, a veces
los concetti [véanse el himno a la Natividad (principalmente las primeras
estrofas) y Lycidas], y encontraba en ella su rico colorido, su magnífico
sentimiento de la naturaleza viviente, su insaciable admiración por las formas
y los colores. Pero al propio tiempo transformaba su dicción y daba nuevo
empleo a la poesía.
No escribía únicamente por el
impulso o la sensación que brota del contacto de las cosas, sino como literato,
como humanista, sabiamente, ayudándose de los libros, estudiando los asuntos en
los escritos precedentes y en sí mismos, añadiendo a sus imágenes las imágenes
de otros, tomando y refundiendo las invenciones, como artista que multiplica y
perfecciona los repujados y alicatados dispuestos ya en una diadema por la mano
de veinte cinceladores. De esta suerte consiguió un estilo ordenado y
brillante, menos natural que el de sus predecesores, no tan a propósito para
las efusiones, para las sensaciones repentinas, pero más sólido, más regular,
más apto para concentrar todos los centelleos y todos los resplandores de su
imaginación.
Como Esquilo, componía frases de
«seis codos», «engalanadas y vestidas de púrpura», y las hacía marchar, cual
regio cortejo, delante de su idea para anunciarla y realzarla. Presentaba las
hermosas ninfas, «rosas vivientes de los bosques, con sandalias de plata y
túnicas de flores», y la tarde con capuchón gris, que, cual triste peregrino
dentro del hábito monástico, camina tras las ruedas fugitivas del sol; «las
islas, con su cinturón de olas, como ricos diamantes sembrados en el desnudo
pecho del abismo»; «los hermosos querubines, en filas deslumbradoras,
dirigiendo al cielo sus angélicas y sonoras trompetas». Amontonaba en espesos
bosquecillos las flores que habían esparcido otros poetas; «la temprana
primícula, que muere abandonada; el crestado jacinto, el pálido jazmín, la
jaspeada trinitaria, el blanco clavel, la azul violeta, la rosa perfumada, la
graciosa madreselva con el cuco lánguido que inclina su pensativa cabeza, y
todas las flores de delicados colores». Las convocaba en derredor de la tumba
de su amigo y les decía: «al amaranto, que derramase en ella toda su belleza; a
los narcisos, que llenasen de lágrimas sus copas». Hablaba a los hondos valles,
donde habitan los suaves murmullos en las fugaces brisas en las cantarinas
fuentes, y a cuyo fresco regazo no atenta la ardiente Sirio, y les decía que
«alfombrasen todo el suelo con flores primaverales, que arrojasen sobre aquella
tumba los esmaltes de sus radiantes corolas, que beben perfumados rocíos en el
verde césped».
Al salir de Cambridge, joven
todavía, su inclinación iba a lo magnífico, a lo grandioso: necesitaba el gran
verso redondo, la estrofa amplia y sonora, los períodos de catorce y
veinticuatro versos. No apreciaba los objetos frente a frente y desde el suelo,
como mortal, sino desde la altura, como los ángeles de Goethe (Fausto, Prolog
im Himmel), que de una ojeada abarcan todo el Océano, luchando contra las
costas y la tierra que gira envuelta en la armonía de los astros fraternales.
No sentía la vida como los maestros del Renacimiento; sino lo grandioso, a la
manera de Esquilo y de los profetas hebreos; espíritus viriles y líricos como
el suyo, que, nutridos como él con las emociones religiosas y con el permanente
entusiasmo, han mostrado la pompa y la majestad sacerdotales al igual que
Milton.
No bastaban para expresar tal
sentimiento las imágenes, no bastaba la poesía que entra por los ojos: eran
necesarios los sonidos y esa poesía más íntima que, libre de representaciones
corporales, llega al alma. Era músico, y sus himnos son lentos como una melopea
y graves como una declamación. El mismo parece pintar su arte en estos versos
incomparables, que se desarrollan como la solemne armonía de un motete.
En la
profundidad de las noches, cuando el sopor ‑ encadena los sentidos de los
hombres, escucho ‑ la armonía de las sirenas celestes‑, que sentadas sobre las
nueve esferas enrodadas ‑ cantan para aquellas que manejan las tijeras de la
vida ‑ y hacen girar los husos de diamante ‑ donde se enrosca el destino de los
dioses y de los mortales. ‑ Tal es el suave atractivo de la armonía sagrada, ‑
para encantar a las hijas de la Necesidad, ‑ para mantener la naturaleza
vacilante en su ley ‑ y para conducir la pausada danza de este bajo mundo ‑ a
los acentos celestes que nadie puede oír, ‑ nadie formado de barro humano ‑,
mientras no sean purificados sus groseros oídos.
Los asuntos cambian al mismo tiempo
que el estilo; restringía y ennoblecía, a la par que el lenguaje, el dominio
del poeta, y consagraba sus pensamientos igual que sus palabras. «Quien conoce
la verdadera naturaleza de la poesía ‑decía algún tiempo después‑ sabe pronto
también cuán despreciables son los rimadores vulgares, y qué religioso, qué
glorioso, que magnífico uso puede hacerse de la poesía en las cosas divinas y
en las humanas... Es un don divino, raramente concedido, que sólo obtienen
algunos en cada nación; poder puesto al lado de la tribuna para plantar y
nutrir en su gran pueblo las semillas de la virtud y de la honradez pública,
para apaciguar las turbaciones del alma y equilibrar las emociones; para
celebrar en elevados y grandiosos himnos el trono y el acompañamiento de Dios
todopoderoso, para cantar las victoriosas agonías de los santos y los mártires,
las acciones y los triunfos de las naciones justas y piadosas que valientemente
combaten por la fe contra los enemigos de Cristo».
Desde un principio, en efecto, en la
escuela de San Pablo y en Cambridge, había parafraseado los salmos y compuesto
odas a la Natividad, a la Circuncisión y a la Pasión. Poco después aparecen los
tristes cantos a la muerte de un niño y a la de una noble dama; posteriormente,
a propósito de una música solemne, graves y nobles versos sobre el Tiempo, a
sus veintitrés años, «tardía primavera que aun no ha mostrado capullos ni dado
flores».
Va al campo con su padre, y las
impaciencias, los ensueños, las primeras ilusiones de la juventud surgen en su
corazón como matinal perfume en día de estío. Pero, ¡qué distancia hay entre
estas contemplaciones sonrientes y serenas y la cálida adolescencia, el
voluptuoso Adonis de Shakespeare! Las alegrías de Milton se limitan a pasear,
ver y escuchar; son alegrías poéticas, espirituales. Escucha «a la alondra que
levanta el vuelo y despierta con su canto a la macilenta noche, hasta que rompe
el alba sonrosada; al labrador que silba sobre el surco que abre su arado el
ingenuo canto de la lechera; al segador que afila la hoz en el valle, bajo el
espino». Ve los bailes y las romerías de mayo en la aldea; contempla las
solemnes procesiones, y «el rumor afanoso de la multitud en las grandes
ciudades». Lo atraen especialmente la melodía, los divinos arrullos de los
versos suaves y los dulces ensueños que con luz de oro hacen pasar a nuestros
ojos. Se limita a esto, y como si fuera demasiado lejos, para contrabalancear
tal elogio de las alegrías sensibles, invoca a la Melancolía, «monja piadosa,
pensativa y pura, envuelta en los majestuosos pliegues de su oscuro manto, que
avanza con mesura y aspecto contemplativo, y le contesta elevando al cielo los
ojos»; con ella va errando, preocupado con los graves pensamientos y variados
espectáculos, que recuerdan al hombre su condición y le preparan a sus deberes,
a veces bajo las copas de árboles seculares, que abrigan el silencio y el
crepúsculo; a veces por «los callados claustros que excitan al estudio, o bajo
los solemnes arcos, las ventanas de pintados cristales y los labrados
rosetones, que sólo dejan paso a una impresionante semiclaridad»; a veces, en
fin, en el recogimiento del gabinete de trabajo, donde canta el grillo, donde
brilla la lámpara laboriosa, donde el espíritu, a solas con los nobles
espíritus de épocas pasadas, evoca a Platón para saber a «qué mundos, a qué
vastas regiones va el alma inmortal, cuando abandona su casa de carne y el
estrecho mundo en que nos movemos».
En todas sus obras aparece esta
elevada filosofía, cualquiera que fuese la lengua utilizada: inglés, italiano o
latín; cualquiera que fuese el género de la composición: sonetos, himnos, odas,
tragedias o epopeyas. Elogia siempre el amor casto, la piedad, la generosidad,
ls fuerza heroica, no por escrúpulos, sino porque la condición de su naturaleza
le obligaba a estos nobles conceptos. Milton admira, como
Shakespeare crea, como Swift destruye, como Byron combate, como Spenser sueña.
Imprimía su carácter propio hasta en los poemas decorativos que sólo servían
para presentar al público trajes y decoraciones, en Máscaras, como las de Ben
Jonson. Eran diversiones familiares, y las convertía en enseñanzas de magnanimidad
y de constancia.
.....................
Desde su regreso de Italia la
controversia y la acción arrastran su ánimo; la poesía se detiene y empieza la
prosa. De vez en cuando este largo silencio es interrumpido por un soneto
patriótico o religioso, ya para alabar a los jefes puritanos Cromwell, Vane,
Fairfax; ya para honrar la muerte de una piadosa amiga, o la vida «de una
virtuosa joven»; bien para pedir a Dios «que vengue sus santos degollados», los
desgraciados protestantes del Piamonte, «cuyos huesos están esparcidos en las
frías vertientes de los Alpes»; bien para recordar a su segunda esposa, muerta
al cabo de un año de matrimonio, «su santa» y amadísima esposa, que se le ha
aparecido en sueños «cual Alcestes levantado de la tumba con amplia vestidura
blanca, puro como su alma».
Estos sonetos expresan amistad leal,
dolores aceptados, aspiraciones generosas o estoicas, depuradas por los
vaivenes de la suerte.
Anciano ya, excluído del poder, de
la acción, hasta de la esperanza, retorna a los grandes ensueños de la
juventud. Busca como entonces lo sublime, fuera de este bajo mundo, porque en
éste lo real es pequeño, y lo familiar parece vulgar. Hace que sus nuevos
personajes retrocedan hasta el extremo de la antigüedad sagrada, porque la
distancia aumenta su figura, y faltando la costumbre de medirla, no se les
rebaja. Aparecen inmediatamente los seres fantásticos: la Alegría, hija del
Céfiro y de la Aurora; la Melancolía hija de Vesta y de Saturno; el hijo de
Circe, Comus, coronado de hiedra, dios de los rumorosos bosques y de la orgía
tumultuosa. En seguida aparece Sansón, el que desprecia los gigantes, el
elegido del Dios fuerte, el exterminador de los idólatras; Satanás y sus
secuaces, Cristo y sus ángeles, se presentarán luego como estatuas
sobrehumanas, y la distancia, frustrando todo intento de nuestras manos
curiosas, preservará su majestad y conservará nuestra admiración.
Subamos aún más alto, hasta el
origen de las cosas, hasta los principios del pensamiento y de la vida, hasta
los combates que Dios libra en ese mundo desconocido en que los sentimientos y
los seres, superiores al alcance de los humanos, lo son también a su juicio y a
su crítica, infundiendo en el ánimo la veneración o el terror. Cuando los
versos solemnes proclaman las acciones de estas inciertas figuras,
experimentamos la misma emoción que cuando en una catedral el órgano prolonga
sus sonidos bajo los grandes arcos, y las nubes de incienso, al través de las
luces de los cirios, borran los contornos de las enormes columnas.
Mas, si el corazón permanece igual,
el genio se transforma: la virilidad ha sustituído a la juventud; es menor la
riqueza y mayor la severidad. Diecisiete años de luchas y de desgracias han
entregado esta alma a las ideas religiosas. La mitología ha dejado su lugar a
la teología; la costumbre de disertar ha amortiguado la inspiración lírica, y
la erudición acrecentada ahoga el genio original. El poeta no canta ya en
versos sublimes: relata o arenga en versos graves; no inventa un género
personal: imita la tragedia o la epopeya antiguas. Sansón le parece una
tragedia conceptuosa y fría; el Paraíso reconquistado, una epopeya noble pero
también fría y escribe un poema imperfecto y sublime: El Paraíso perdido.
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Todavía el protestantismo no había
alterado ni renovado la naturaleza divina; respetuoso del símbolo admitido y de
la antigua leyenda, no había hecho más que transformar la disciplina
eclesiástica y el dogma de la gracia. Sólo había hablado de la salvación
personal del cristiano y de la libertad de los legos; ni había refundido al
hombre, ni reformado la idea de Dios; no podía, por lo tanto, producir una
epopeya divina, sino una epopeya humana; no eran las luchas y las obras del
Señor lo que podía cantar, sino las inclinaciones y la salud de las almas.
Durante la época de Cristo brotaban
los poemas cosmogónicos; durante la de Milton brotaban las confesiones
psicológicas. Cada imaginación producía, en la época de Cristo, una jerarquía
de seres sobrenaturales y una historia del mundo; en la de Milton, cada corazón
refería sus palpitaciones y la historia de la Gracia. A Milton la erudición y
la reflexión le inspiraron un poema metafísico que no era propio de su tiempo,
en tanto que la inspiración y la ignorancia revelaban a Bunyan la narración
psicológica que convenía a su siglo, y el genio del grande hombre resultaba más
débil que la ingenuidad del obrero manual.
Desaparecida la ilusión lírica, deja
entrar en su poema el examen crítico. Libres de entusiasmo, juzgamos sus
personajes y exigimos que sean vivos, reales, que se muevan de acuerdo con
ellos mismos, como los de una novela o un drama. No escuchando las odas,
queremos ver almas y objetos; queremos que Adán y Eva obren y sientan conforme
a su naturaleza primitiva; que Dios, Satanás y el Mesías obren y sientan de
acuerdo con su naturaleza sobrehumana. Shakespeare apenas bastaría para tal
empresa; Milton, lógico y razonador, sucumbe en ella. Hace discursos correctos,
solemnes, pero nada más; sus pereonajes son más bien arengas, y en los
sentimientos que expresan apenas hay otra cosa que contradicciones y
puerilidades.
Al acercarme a Eva y Adán, la
primera pareja, creo encontrar la Eva y el Adán de Rafael imitados por Milton;
hermosos, jóvenes, fuertes, voluptuosos, desnudos a la luz del día, inmóviles y
despreocupados ante los grandes paisajes, con la mirada brillante y vaga, sin
más ideas que las del toro y la yegua que pastan detrás de ellos. Presto
atención a lo que hablan: una familia inglesa, dos razonadores de la época,
como el coronel Hutchinson y su esposa, por ejemplo. ¡Dios mío! Vestidles
pronto. Personas tan cultas hubieran inventado antes que ninguna otra cosa el
pudor y los vestidos. ¡Qué diálogos! Son disertaciones que terminan con
graciosas frases; sermones recíprocos que acaban con reverencias. ¡Y qué
reverencias! ¡Qué cumplimientos filosóficos y qué sonrisas morales! «Yo cedí ‑dice
Eva‑, y desde entonces sé cuán superior es a la belleza la gracia viril y la
sabiduría, única verdaderamente bella». Sabio y querido poeta, satisfecho
hubieseis quedado si una de vuestras tres esposas, buena colegiala, como conclusión
os dijera esta sólida máxima categórica. Y os la han dicho, porque la siguiente
escena pertenece a vuestra vida conyugal:
«De esta manera habló la madre del
género humano, y con miradas de halago amoroso no rechazado, se apoyó en dulce
abandono, medio abrazando a nuestro primer padre. Este, entusiasmado por su
belleza y sus sometidos encantos, sonrió con amor digno y oprimió los labios de
la matrona con puro beso».
Antes de entrar en el Paraíso
terrenal, este Adán pasó por Inglaterra; allí aprendió la respectability,
y allí estudió el discurso moral. Prestemos atención a este hombre que aun no
ha probado el árbol de la ciencia: no hay doctor alguno que en su discurso de
recepción exprese con más nobleza mayor número de huecas sentencias. «Mi bella
compañera, la hora de la noche y el sueño de todas las criaturas en su retiro
nos advierten que de igual modo debemos descansar nosotros, puesto que Dios ha
establecido para los hombres el alternativo cambio del descanso y del trabajo,
como la noche y el día, y puesto que el oportuno rocío del sueño abate nuestros
párpados con su blando y letárgico peso. Las demás criaturas pasan ociosas todo
el día, sin ocupación, y necesitan menos el descanso. Por disposición del
Altísimo, el hombre está obligado a diario trabajo de cuerpo y de espíritu, que
prueba su dignidad y lo que el Cielo cuida de todos sus actos, mientras que los
demás seres vagan desocupados, sin que Dios les pida cuenta alguna de sus
acciones».
En esta utílisima y excelentísima
exhortación puritana se ve la virtud y la moral inglesas, y los padres podrán
leerla a sus hijos, por las noches, de igual modo que la Biblia. Adán es el
verdadero jefe de la familia, elector, miembro de la Cámara de los Comunes,
antiguo estudiante en Oxford, a quien en caso preciso consulta su esposa, a la
que da en dosis prudentes las soluciones científicas que necesita. Esta noche,
por ejemplo, la infeliz ha tenido una pesadilla, y Adán, con su puntiagudo
gorro de dormir encasquetado, le administra esta lección psicológica:
«Has de seber que en el alma hay
muchas facultades inferiores que sirven como esclavos a la Razón. Entre estas
facultades, la Imaginación ocupa el cargo principal. Con todas las formas
exteriores que los sentidos representan crea formas vagas que la Razón une o
separa, y con ellas compone todo lo que afirmamos o negamos. Frecuentemente,
cugndo ella falta, procura hacerlo la Imaginación, que trata de imitarla; pero,
reuniendo mal sus fuerzas, sólo produce una obra incoherente, sobre todo
durante el sueño, por mezclar sin orden palabras o acciones presentes o
pasadas». Hay aquí motivo bastante para que la pobre Eva vuelva a dormirse, y
al ver este efecto, Adán añade cual acreditado casuista: «No estés triste; el
mal puede entrar en el espíritu de Dios y del hombre sin su consentimiento y
pasar de largo, sin dejar tras sí ninguna mancha o falta». Bien se ve al marido
protestante, confesor de su esposa.
Un ángel llega de visita al día
siguiente, y Adán dice a Eva que se procure las provisiones. Ella discute un
momento, como mujer hacendosa, la comida que ha de ofrecer al huésped, no sin
que le enorgullezca su despensa. «El ángel confesará que Dios ha derramado sus
riquezas sobre la tierra lo mismo que en el Cielo». El amable celo de una lady
hospitalaria está pintado en esto.
Eva se marcha apresuradamante y
mirando afanosa. ¿Cómo escogerá lo más delicado? ¿A qué
orden, a qué medio apelará para que no haya confusión en el gusto, para que
resulte afortunado contraste entre uno y otro sabor? Ella fabrica vino dulce,
jugo de peras, cremas, esparce flores y hojas sobre la mesa. ¡Qué excelente ama
de casa! ¡Y qué bien conseguirá votos entre los señores de la campiña cuando
Adán se presente candidato a una banca en el Parlamento!
Adán es de la oposición, whig,
puritano. Sale a recibir al ángel sin otro acompañamiento que sus propias
perfecciones, llevando en sí toda su corte, más solemne que la enojosa pompa de
los príncipes, con la larga fila de sus hermosos caballos y de sus lacayos
vestidos con bordados de oro. El poema épico se convierte en poema político y
este detalle resulta un epigrama contra el poder.
Fueron un poco largos los saludos y
cumplimientos; pero, como por fortuna los manjares eran fiambres, «no había
peligro de que la comida se enfriase».
Aunque etéreo, el ángel come al
igual de un campesino de Lincolnshire, «no en apariencia ni en humo, según la
vulgar interpretación de los teólogos, sino con el vivo apresuramiento de un
hambre real y de un calor digestivo para asimilar el alimento, transpirando
fácilmente lo superfluo a través de su sustancia espiritual».
Eva escucha en la mesa las historias
del ángel, y, a los postres, cuando empieza la conversación sobre política, se
aleja discretamente. Las damas inglesas, por este ejemplo, aprenderán a
conocer, en la cara de sus maridos, «cuándo van a expresar sus abstrusos y
estudiados pensamientos». No les permite volar tan alto su sexo, y una mujer
prudente «preferirá las explicaciones de su marido a las de un extraño».
Escucha Adán un breve discurso sobre
astronomía, y, como inglés práctico, deduce «que la primera sabiduría es la de
reconocer los objetos que nos rodean en la vida diaria; que lo demás es humo
vano, pura extravagancia que nos hace inexpertos, inhábiles y siempre inciertos
para las cosas que más nos importan».
Se marcha el ángel. Descontenta Eva
de su jardín, quiere hacer en él algunas reformas, y propone a su marido
trabajar ambos, cada cual de un lado. «Eva ‑dice Adán con sonrisa de aprobación‑,
nada sienta mejor a una mujer que el pensar en los bienes de la casa e impulsar
a su marido a un trabajo conveniente». Pero teme por ella, y quisiera que
permaneciese a su lado: Eva, ofendida en su amor propio, se enfada como una
joven miss a quien no se le permitiera salir sola. Triunfa en su deseo, se
aleja, y come la manzana. Este es el momento en que caen sobre el lector los
interminables discursos tan abundantes y fríos como las duchas de lluvia en
invierno. No son tan pesadas las arengas del Parlamento, expurgado por
Cromwell. La serpiente seduce a Eva con una colección de entimemas dignos del
escrupuloso Chillingworth y llena la pobre cabeza con el humo silogístico.
«La prohibición de Dios ‑dice Eva
para sí‑ recomienda este fruto, pues aquélla infiere el bien que éste comunica
y nuestra necesidad de poseerlo; porque un bien desconocido, desde luego, no es
poseído; y si es poseído y continúa desconocido, resulta igual que si no se lo
posee por completo. Tales prohibiciones no obligan». Se ve que
Eva sale de Oxford, donde ha estudiado leyes en las aulas del Templo, y lleva
el birrete de doctor tan bien como su marido.
No se detiene la marea de las
disertaciones: del Paraíso sube al Empíreo; nada bastará a detenerla: ni el
Cielo, ni la tierra, ni el mismo Infierno.
Dios es el más hermoso de cuantos
personajes pueda poner en escena el hombre. Las cosmogonías son poemas
sublimes, y el genio de los artistas no llega a su último límite sino sostenido
por tales concepciones. Los poemas sagrados de la India, las profecías de la
Biblia, el Edda, el Olimpo de Hesíodo y el de Homero, las visiones de Dante,
son flores radiantes donde brilla concentrada toda una civilización; y, ante la
sensación fulminante que las ha hecho surgir de lo más profundo de nuestro
corazón, todo desaparece.
Por esto, nada es tan triste como la
degradación de estas nobles ideas cuando caen bajo la regularidad de las
fórmulas y son sometidas a la disciplina del culto popular; nada tan pequeño
como un Dios rebajado a rey o a cortesano; nada más feo que el Jehová hebreo
definido por la pedanteria de los teólogos, ajustado en sus acciones al último
manual del dogma, petrificado por la interpretación literal, con un rótulo
puesto como en un venerable mueble de cualquier museo de antigüedades.
En la obra de Milton, Jehová es un
rey grave, de representación conveniente, casi, casi, como Carlos I. La primera
vez que se le encuentra en el libro tercero está exponiendo un asunto en
consejo. Fácilmente se adivina en el estilo su bello traje con pieles, su barba
puntiaguda a lo Van Dyck, su asiento de terciopelo y su dorado dosel. Se trata
de una ley que da malos resultados, y quiere justificar a su gobierno. Adán va
a comer la manzana. ¿Por qué ha sido tentado Adán? El regio orador diserta y
demuestra: «Adán es capaz de resistir la tentación, pero libre para caer en
ella: Así he creado todos los poderes etéreos, todos los espíritus, los que han
resistido y los que han sido vencidos, obrando unos y otros con libertad. Sin
ésta, ¿qué prueba sincera hubiesen podido dar de su verdadera obediencia, de su
constante fe, de su amor, debiendo limitarse a actos forzosos y sin poder
ejecutar los voluntarios? ¿A qué elogio se hubieran hecho acreedores? ¿Qué
satisiacción me proporcionaría una obediencia de tal modo pagada, si la
voluntad y la razón (la razón también es libre), inútiles y vanas, ambas
despojadas de libertad, pasivas, sirvieran a la necesidad y no a mí? Han sido,
pues, creadas en el estado que exigía la equidad, y en justicia no pueden
acusar a su creador ni a su naturaleza, ni a su destino, como si la
predestinación dominase su vuluntad, fijada por decreto absoluto o por una
presciencia superior. Han sido ellos mismos quienes han decretado su propia
rebeldía, sin intervención alguna de mi parte. Si lo he previsto, para nada la
presciencia ha influído en su falta, que, no prevista, hubiera sido igualmente
cierta». De este modo, sin impulso alguno, sin la menor apariencia de
fatalidad, sin que nada haya previsto por mí de manera inmutable, pecan porque
al juzgar y al escoger son dueños de sus acciones».
Dado que el lector moderno no es tan
paciente como los Tronos, los Serafines y las Dominaciones, suspendo en la
mitad la exposición del regio discurso. Bien se ve que el Jehová de Milton es
hijo del teólogo Jacobo I, muy versado en las disputas de arminianos y
gomaristas, muy hábil en el distingo, y, sobre todo, terriblemente fastidioso.
Para obligarles a escuchar tan fatigosas arengas debe dar pingües sueldos a sus
ministros. Su hijo, el Príncipe de Gales, respetuosamente le responde en igual
estilo. ¡Cómo rebaja a este Dios, hombre de negocios, hombre de escuela, hombre
de ceremonia, el Dios de Goethe, semiabstracción, semileyenda, fuente de
serenos oráculos, creación entrevista sobre una pirámide de estrofas estáticas
[Fin de la segunda parte de Fausto. Prólogo en el Cielo.] Y concedo demasiado
honor al Dios de Milton otorgándole tales títulos, pues los merece peores
cuando, por medio de Rafael, advierte a Adán que Satanás no le quiere bien.
«Que lo sepa ‑dice‑, no sea que, transigiendo voluntariamente, tome por
pretexto la sorpresa, alegando que no se le ha advertido». ¿No es este Dios un
maestro de escuela que, previendo el solecismo de su discípulo, le recuerda de
antemano la regla gramatical, para tener después el placer de reñir sin que
pueda discutírsele?
Como buen político, tenía otro
motivo, además; el mismo que para sus ángeles: procedía así «por la pompa, a
título de Rey absoluto, para acompañar sus altos decretos y perfeccionar la
debida obediencia». La frase es baja, y por ella se ve lo que es el cielo de
Milton: un Whitehall con lacayos lujosos. Los ángeles son músicos de capilla,
cuyo oficio consiste en entonar himnos para el Rey y por el Rey, «conservando
su puesto mientras dura su obediencia», relevándose para que la música no se
interrumpa toda la noche alrededor de su alcoba (Esto recuerda la historia en
que Voltaire habla de Irax, condenado a sufrir sin tregua ni descanso los
elogios de cuatro cortesanos y esta cantata: ¡Qué mérito tan grande! / ¡Qué
ingenio, qué esplendor! / ¡Contento de sí mismo / Debe estar monseñor!). ¡Qué
vida la de este pobre Rey! ¡Qué condición tan cruel la de escuchar sus propias
alabanzas durante toda la eternidad!
El Dios de Milton, para distraerse,
decide coronar a su hijo como Rey Kingpartner, si se quiere. Vea el lector este
pasaje, y diga si no se trata de una ceremonia de le época del poeta. Todas las
tropas están formadas, cada cual en su puesto, «llevando bordados en los
estandartes, como blasones, actos de celo y fidelidad», tal vez la presa de un
navío holandés o la derrota de los españoles en las Dunas. El Rey presenta a su
hijo, le «unge», declara que es «su Virrey». «Que todas las rodillas se hinquen
ante él; quien le desobedezca, me desobedece», y aquel mismo día es arrojado
del palacio. «Todo el mundo parece satisfecho, pero hay quien no lo está». Sin
embargo, «pasan el día cantando y danzando, y después del baile tienen un
espléndido festín».
Milton describe las mesas, los
manjares, el vino, las copas. Es una romería, una fiesta popular, en la que se
echan de menos los fuegos de artificio y el repicar de las campanas que suenan
en Londres, y donde imagino que se brindaría a la salud del nuevo monarca.
Después Satanás se rebela. Lleva sus
tropas al otro extremo del país, como Lambert o Monk «a los cuarteles del
Norte», probablemente a Escocia, cruzando regiones bien administradas,
«imperios» con sus lores lugartenientes y su sheriff. El Cielo está dividido
como un buen mapa. Satanás da una conferencia delante de sus oficiales contra
la monarquía; lucha en torneo de arengas contra Abdiel, buen realista, que
refuta «sus argumentos blasfemos» y va a unirse en Oxford con su rey.
El rebelde, bien equipado, emprende
la marcha con sus arqueros y sus artilleros, para atacar la plaza fuerte de
Dios. Ambos ejércitos se destrozan a golpes de sable, se barren a cañonazos y
se aplastan a fuerza de razonamientos políticos. Estos desgraciados ángeles
tienen el espíritu tan disciplinado como los movimientos, y se ve que han
pasado su juventud en la escuela del silogismo y en el cuartel. Satanás tiene
frases de predicador. «Dios ‑ dice ‑ se ha equivocado; así, pues, aunque le
hayamos juzgado omnisciente, no es infalible en el conocimiento del porvenir».
Da órdenes de cabo instructor como éstas: «Vanguardia, abrid el frente a
derecha e izquierda». Hace retruécanos tan torpes como los de Harrison, el
carnicero que llegó a ser oficial. ¡Lindo Cielo! Hay motivo para perder la
afición al Paraíso. Tanto valdría entrar en la servidumbre de Carlos I o en el
cuerpo de coraceros de Cromwell. En él hay órdenes del día, un escalafón, una
disciplina rigurosa, servicios de vigilancia (por ejemplo, el que cumple Rafael
a las puertas del Infierno. Allí se aburre mucho, y «regocíjase grandemente»
cuando vuelve al Cielo), disputas, ceremonias reglamentadas, etiqueta, armas
prohibidas, arsenales, depósitos de carros y almacenes de municiones. ¿Vale la
pena dejar la tierra para encontrar en las alturas la carpintería, la
intendencia, la artillería, el manual administrativo, el arte de saludar y el
almanaque real? ¿Son estas las cosas que no han visto los ojos, ni escuchado
los oídos, ni soñado el corazón? ¡Cuán lejos están de esta ropavejería
monárquica (cuando Rafael llega a la tierra, los ángeles que hacen guardia
alrededor del Paraíso le presentan armas. El rasgo más desagradable y
característico de este Paraíso consiste en que el motor universal es la
obediencia, en tanto que en el de Dante es el amor) las apariciones de Dante,
las almas que flotan como estrellas, los confusos resplandores, las rosas
místicas que irradian y desaparecen en el cielo azulado; el mundo impalpable
donde desaparecen todas las leyes de la vida terrestre, el abismo insondable
atravesado por rápidas visiones parecidas a las doradas abejas que cruzan por
entre los rayos del sol! ¿No es señal de que se apaga la imaginación, de que la
prosa empieza, de que nace el genio práctico y sustituye la metafísica con la
moral? ¡Qué enorme descenso! Para comprenderlo, volved a leer un verdadero
poema cristiano, el Apocalipsis. Juzgad por estas líneas lo que ha llegado a
ser en el imitador:
«Entonces me
volví para ver de dónde procedía la voz que me hablaba, y al volverme vi siete
candelabros de oro.
«Y, en medio de
los siete candelabroa, a uno que se parecía al Hijo del Hombre, vestido con
larga túnica y ceñido el pecho con un cinturón de oro.
«Su cabeza y
sus cabellos eran blancos como la lana blanca y como la nieve, y sus ojos eran
como llama de fuego.
«Sus pies
parecían al bronce más fino que se tuviese en ardiente horno, y su voz era como
el ruido de las grandes aguas.
«Tenía siete
estrellas en su mano derecha, una aguda espada de doble filo salía de su boca,
y su mirada resplandecía como el sol cuando brilla con toda su fuerza.
«Al verle, caí
como muerto a sus pies».
Mas si la costumbre innata e
inveterada de la argumentación lógica, unida a la teología literal de la época,
le impidieron llegar a la ilusión lírica o crear «almas vivientes, la
magnificencia de su grandiosa imaginación, unida a la pasión puritana, le
facilitaron elementos para crear un personaje heroico, muchos himnos sublimes y
paisajes que nadie ha superado.
El Infierno es lo más bello que hay
en el Paraíso, y en esta historia de Dios el primer papel corresponde a
Satanás. El ridículo diablo de la Edad Media, gracioso cornudo, sucio
intrigante, mico trivial y perverso director de orquesta en un aquelarre de
viejas, se transforma en un gigante, en un héroe. Como Cromwell, vencido y
desterrado, sigue siendo admirado y obedecido por los mismos a quienes ha
precipitado en los abismos.
Es digno de ser señor, y por eso
continúa siéndolo. Más constante, más emprendedor, más político que los demás,
de él son los consejos profundos, los recursos inesperados, los actos de valor;
él es quien inventa en el Cielo las armas fulminantes y gana la victoria del
segundo día; él es quien en el Infierno reanima sus tropas y concibe la
perdición del hombre; él es quien, cruzando las guardadas puertas y el caos
infinito a través de obstáculos y peligros, rebela al hombre contra Dios y gana
para el Infierno a todos los nuevos vivientes.
Aun derrotado, vence, porque priva
al Rey de una tercera parte de los ángeles y de casi todos los hijos de Adán;
herido, triunfa, porque el rayo que destroza su cabeza deja invencible su
corazón. Más débil en fuerza, es superior en nobleza, porque prefiere la
independencia dolorosa a la servidumbre feliz, y acepta su derrota y sus
torturas como una libertad, una fortuna y una gloria. En esta figura resaltan
las fieras y sombrías pasiones políticas de los puritanos abatidos pero
consecuentes; Milton las había sentido en las vicisitudes de la guerra, y los
emigrantes, refugiados entre los salvajes y las fieras de América, las tenían
vivas y de pie en lo más profundo del alma.
El sombrío heroísmo del Satanás de
Milton, su dura obstinación, su punzante ironía, aquellos brazos orgullosos y
fuertes que abrazan al dolor como a una amante, la concentración del valor
invicto que, replegado en sí mismo, encuentra todos los medios y recursos para
defenderse el poder de la pasión y el imperio sobre la pasión son los rasgos
distintivos del carácter inglés y de la literatura inglesa, y se encuentran
después en Lara y en el Conrado de lord Byron.
Todo es grande en el Satanás de
Milton y a su alrededor. El Infierno de Dante queda reducido a un sótano de
torturas cuyas estancias superpuestas descienden por pisos regulares hasta el
último pozo. El de Milton, en cambio, es inmenso y vago; «lugar horrible,
flameando como un horno, cuyas llamas no tienen luz, sino tinieblas visibles
que descubren aspectos de desolación; regiones de duelo, lúgubres sombras,
océanos de fuego, helados continentes que se extienden negros y salvajes,
azotados por espantosos torbellinos de duro granizo que jamás se licua y cuyos
montones parecen ruinas de antiguos edificios». Los ángeles se reúnen en
innumerables legiones parecidas a bosques de pinos en las montañas, con las
cabezas escoriadas por el rayo; aunque despojados permanecen de pie,
imponentes, sobre el abrasado arenal.
Milton precisa y prodiga lo
grandioso, lo infinito. Su vista exige para reposar el espacio sin límites y
para poblar sólo engendra colosos. Así es Satanás revolcándose sobre el mar
lívido.
Spenser ha creado figuras tan
grandes como las de Milton, pero no tiene la trágica grandeza que imprime en un
protestante la idea del Infierno. No hay creación poética alguna que iguale en
horror y en grandiosidad al espectáculo que, al salir de su calabozo, encuentra
Satanás.
La batalla infernal está animada por
el aliento heroico del viejo campeón de las guerras civiles, y si se me
preguntara por qué Milton crea más grandcs cosas que los otros poetas,
respondería que porque tiene un corazón más grande.
De ahí proviene la sublimidad de sus
paisajes. Si no fuera por miedo a la paranoia, diría que son escuela de virtud.
.............
Alejémonos de estos espeetáculos
sobrehumanos o fantásticos. Milton hará que los iguale una sencilla puesta de
sol, llenándola de graves alegorías y de solemnes figuras, y naciendo lo
sublime del poeta, como antes nacía del asunto. Las luces con sus cambios,
forman una procesión de seres vagos que llenan el alma de veneración.
Santificado de esta manera, el poeta reza. De pie, frente al lecho nupcial de
Eva y Adán, saluda «al amor conyugal, ley misteriosa, verdadera fuente de la
raza humana, que arrojó lejos de los hombres el libertinaje, hasta los rebaños
de los animales; que funda en razón leal, justa y pura los parentescos y todas
las ternuras del padre, del hijo, del hermano». Lo justifica con el ejemplo de
los patriarcas. Inmola ante sí el amor mercenario y la loca galantería, las
mujeres desordenadas y sin corazón. Nos encontramos a enorme distancia de
Shakespeare, y en esta alabanza protestante de la familia, del amor conyugal,
de los «halagos de la vida doméstica», de la devoción reglamentada y del hogar,
fácilmente se advierte una nueva literatura y una época distinta.
¡Qué genio tan singular y qué
espectáculo tan extraño! Milton nació con el instinto de las cosas nobles, y al
fortificar este instinto con la meditación solitaria, con la acumulación del
saber, con el rigorismo de la lógica, se convierte en un conjunto de máximas y
creencias que no podrá disolver ninguna tentación, ni destruir ninguna
contrariedad. Así preparado, atraviesa la vida combatiendo, como poeta, con
actos valerosos y espléndidas ilusiones, heroico y rudo, quimérico y
apasionado, desinteresado y sereno como todo razonador, ensimismado como todo
entusiasta, insensible a la experiencia y enamorado de la belleza.
Impulsado hacia la política y la
teología por el acaso de una revolución, reclama para los demás la libertad que
su poderosa razón necesitaba, y lucha contra las trabas públicas que
encadenaban su personal impulso. Su fuerte inteligencia es más capaz que otra
alguna de acumular la ciencia; el vigor de su entusiasmo lo capacita mejor que
a cualquier otro para sentir el odio.
...............
La circunstancia de ver un trono
derribado y después restablecido lo lleva antes de la revolución a la poesía
pagana y moral; después de la revolución lo impulsa a la poesía cristiana y
moral. En ambas busca lo sublime e inspira admiración, porque lo sublime es
obra de la razón entusiasta, y la admiración es el entusiasmo de la razón. En
ambas lo consigue merced al conjunto de magnificencias, a la sostenida amplitud
del canto poético, a la grandeza de las alegorías, a la elevación de los
sentimientos, a la pintura de los objetos y de las emociones heroicas. En la
primera, como lírico y filósofo, poseedor de una libertad poética más amplia y
creador de una ilusión poétiea más poderosa, produce odas y coros casi
perfectos; en la segunda, como épico y protestante, encadenado por una teología
adusta, privado del estilo que hace visible lo sobrenatural, desprovisto de la
sensibilidad dramática que crea almas vivas y variadas, amontona frías
disertaciones, hace del hombre y de Dios máquinas ortodoxas y vulgares, y sólo
halla su genio cuando presta a Satanás su alma republicana, cuando describe los
paisajes grandiosos y las apariciones colosales, cuando consagra su numen a la
alabanza del deber y de la religión.
Por haber nacido entre dos épocas,
participa de dos naturalezas, como río que, deslizándose entre dos tierras
distintas, se tiñe de dos colores. Poeta protestante, recibió de la época que
tocaba a su término la libre inspiración poética, y de la época que comenzaba,
la severa religión política; puao aquélla al servicio de ésta, y aplicó la
inspiración antigua a los asuntos nuevos. Dos Inglaterras se seconocen en su
obra: la una, apasionada por lo bello, entregada a las emociones de la
sensibilidad desenfrenada y a las fantasmagorías de la imaginación pura, sin
más límite que los sentimienios naturales, sin más religión que las creencias
naturales, pagana hasta cierto punto y, con frecuencia, inmoral. Así la
presentan Ben Jonson, Beaumont, Fletcher, Shakespeare, Spenser y toda la
magnífica pléyade de poetas que florece en aquel suelo durante cincuenta años.
La otra, dotada de una religión práctica y desprovista de invención metafísíca,
entregada por completo a la política, profesando culto a la reglamentación,
defensora de las opiniones justas, sensatas, útiles, rígidas, elogiando las
virtudes de la familia, armada de inflexible moralidad, precipitada en la prosa
y elevada al mayor grado de riqueza, poderío y libertad. Bajo este aspecto, el
estilo y las ideas de Milton son monumentos de historia, porque resumen y
recuerdan lo pasado o anticipan lo porvenir, y en los límites de una sola obra
se concentran los hechos y los sentimientos de muchos siglos y de un país.
TAINE.
***

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