© Libro No. 682. Narrativa breve. Tolstoi,
León. Colección E.O. Marzo 29 de
2014.
Título original: © LEÓN
TOLSTOI. Narrativa breve
Versión Original: © LEÓN TOLSTOI. Narrativa breve
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© Edición, reedición y
Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
León
Tolstoi
Narrativa breve
León Nikolaevich Tolstoi (1828-1910)
Dios ve la
verdad pero no la dice cuando quiere
¿Cuánta tierra
necesita un hombre?
León Nikolaevich Tolstoi (1828-1910)
Si atendemos a su
origen, resulta indudable que Tolstoi se marginó de un posible destino
prefigurado: de familia noble y rica proveniente de Alemania, y con enormes
posesiones, seguramente Tolstoi hubiera sido un conde más, con hazañas
militares que narrar, pero sin dejar nada importante para la Humanidad. Pero su
fuerte vocación de escritor, unida a un misticismo religioso que con los años
se ahondó, produjeron un literato considerado como la cumbre de la narrativa
rusa, junto con Dostoievski.
Tolstoi nació el 28 de
agosto de 1828 en Yasnaia Poliana (Gobierno de Tula, Rusia) y quedó huérfano
muy pequeño. Con sus numerosos hermanos viajó permanentemente, en la infancia y
la adolescencia, entre su pueblo natal, Moscú y Kazán. En esta última ciudad
acude a las clases de la Facultad de Estudios Orientales, matriculándose
después en Jurisprudencia. Terminó estos estudios con muchas dificultades, ya
que su conducta provocó su expulsión en numerosas oportunidades. A los 19 años
comienza a escribir su diario de vida, que no dejaría hasta el día de su
muerte. A esa misma edad abandona por unos años su vida en la ciudad y se
retira al campo.
Aún joven, participó,
como militar, en la guerra de Crimea, interviniendo en el histórico Sitio de
Sebastopol. Los años vividos como oficial de artillería serían la base que
después germinaría en La guerra y la paz. En aquellos años se mostraba como un
hombre de carácter violento, irascible, activo, febril y de vida disipada.
Terminando su carrera militar, se retiró a sus propiedades en Yasnaia Poliana,
produciéndose en él una paulatina y profunda transformación.
Por una parte, se
perfila su vocación de escritor, a través de la influencia de numerosas
lecturas. Entre ellas, Las confesiones y La nueva Eloísa, ambas
de Rosseau. Por otra parte, Tolstoi se transforma de una persona atea y
nihilista, en un cristiano de profunda convicción. En 1862 se casa con Sofía
Bers, junto a quien afirma sus nuevas creencias.
Ya por aquella época
había publicado, pero todavía faltaba la novela que le abriría el camino hacia
la proyección universal. Igualmente, en esos años se interesa en la pedagogía y
en los más desamparados de su país. Tolstoi, en realidad se transformó al cristianismo
con una fuerza que incluso él desconocía. Fundó una escuela en su ciudad natal,
dirigida a los hijos de los campesinos pobres, basada en la libertad de
enseñanza y el permanente contacto con la naturaleza. Para dar a conocer su
pensamiento sobre educación, funda también una revista en Yasnaia Poliana.
En septiembre de 1864,
durante una partida de caza, Tolstoi cae del caballo y se rompe un brazo.
Durante su convalecencia escribe las primeras páginas de La guerra y la paz,
que le costó, según sus propias declaraciones, «cinco años de trabajo
ininterrumpido y exclusivo». La obra se da a conocer por entregas en el
periódico El mensajero ruso, quedando impresa como novela definitiva en
1869, aunque mutilada por la censura de la época. La crítica de esos años y la
posterior, coinciden señalarla como la más representativa de la vida del país,
proyectada en un plano complejo y realista. La novela, llena de aventuras,
anécdotas, caracteres y personajes, es un gran friso sobre el alma humana, sus
pasiones y motivaciones más profundas. En el fondo de La guerra y la paz
hay una visión tolstoiana de la fatalidad, la que produce un desencadenamiento
de las fuerzas elementales y oscuras de la naturaleza. Para Tolstoi, la guerra
es algo fatalmente unido a la Historia del Hombre: «La guerra me ha interesado
siempre, pero desde el punto de vista de las combinaciones de los grandes
capitanes. Lo que me interesaba era el hecho mismo de la guerra, el hecho de
matar. ¿Bajo qué influencias se decide el hombre, sin interés visible, a
exponerse al peligro y, lo que aun es más, a matar a sus semejantes?».
Hay en la narrativa de
Tolstoi una permanente preocupación del ser humano preso de su naturaleza, y
también una obsesión por el sufrimiento ajeno y de los más desposeídos. Siempre
se sintió culpable de las riquezas heredadas de su origen aristocrático y las
puso al servicio de los pobres. A éstos los defendió permanentemente en sus
textos, llegando a escribir incluso la obra de teatro El poder de las
tinieblas, un alegato a favor de los campesinos rusos. La solidaridad, la
comprensión, el desprecio por los bienes materiales y su antipatía por una
civilización injusta, fueron sus predicamentos reiterativos, tanto en obra como
en su vida.
En el aspecto
religioso, mantenía la creencia de las ideas básicas: por un lado, la necesaria
separación entre la intimidad religiosa, entre la creencia individual, y los
poderes eclesiásticos. Tolstoi se convirtió en un mujik (campesino ruso) que
predicaba de pueblo en pueblo, intentando volver a los orígenes cristianos
primitivos, libres de Iglesia y Estado. En segundo lugar, creía en la
supremacía espiritual del trabajo manual por sobre el intelectual. Sus
postulados los legó en dos textos famosos: Confesión y En qué
consiste mi fe, censurados por la Iglesia y que mereció la condenación del
Santo Sínodo Ruso. Su mezcla de naturalismo y racionalismo no gustó a las
autoridades de su tiempo.
En 1910, Tolstoi, ya a
estas alturas conocido escritor y místico, enferma gravemente y se retira a su
pueblo natal. Disputa con su familia y decide irse a vivir a casa de su
hermana, en Rostov. En el camino muere, sin alcanzar a llegar.
Era el siete de
noviembre de 1910.
El legado de Tolstoi
sigue manteniendo una vigencia asombrosa, sobre todo sus novelas La guerra y
la paz, Anna Karenina, Sonata a Kreutzer y Resurrección,
su legado narrativo más relacionado con el problema religioso. De la rica «edad
de oro rusa», donde grandes autores estremecen a Europa, Tolstoi sigue ocupando
un lugar de privilegio. La humanidad de sus personajes, la profundidad de sus
dramas, el cuadro de todo un pueblo y la acabada composición de sus textos,
hacen de su obra un material inagotable para las nuevas generaciones.
Juan
Andrés Piña.
Cronología de las
principales obras de León Tolstoi
Novelas:
1855
Sebastopol
1856 Dos
húsares
1863 Los
cosacos
1869 La
guerra y la paz
1877 Ana
Karenina
1886 La
muerte de Iván Ilich
1891
Sonata a Kreutzer
1899 Resurrección
1902
Caudillo tártaro
Ensayos:
1882 Confesión
1891 En
qué consiste mi fe
1898 ¿Qué
es el arte?
Se disipaban las
nieblas de la noche.
Los primeros rayos de
luz de la mañana matizaban de brillantes colores las gotas de rocío. El disco
de la luna palidecía, desapareciendo en el horizonte. La naturaleza entera se
despertaba; la selva volvía a poblarse. En el patio inmenso de la casa
señorial, volvía todo a la vida.
Oíanse por todas partes
las voces de los aldeanos, los relinchos de los caballos y un zafarrancho
continuo en las literas de paja en que los yegüeros habían pasado la noche.
–Bueno, ¿quieres
terminar ya? –gritó el viejo guardián de la yeguada al abrir la puerta cochera.
–¡Vamos! ¿A dónde vas
tú –dijo, jugando con la fusta, a una yegua joven que quiso aprovecharse de la
apertura para escaparse.
Néstor, el viejo
guardián de la yegua, vestía un casaquín ceñido al cuerpo por una correa
adornada con placas de acero y llevaba el tal o a la espalda, un pedazo de pan
en un pañuelo colgado del cinturón, una silla de montar y una brida en las
manos.
Los caballos no
mostraron ofensa ni resentimiento, ni dieron señales de susto por el tono
burlón de su guardián; aparentaron no prestarle atención y se alejaron de la
puerta a paso lento.
Sólo una yegua vieja,
de pelo bayo oscuro y de largas crines, enderezó las orejas y se estremeció con
todo su cuerpo.
Otra yegua joven,
aprovechando la ocasión, fingió asustarse y dio un par de coces a un caballo
viejo que permanecía inmóvil detrás de ella.
–¡Vamos! –gritó el
viejo con voz terrible, dirigiéndose hacia el fondo del corral.
Entre tanta bestia,
sólo un caballo, un caballo pío que permanecía aislado debajo del cobertizo,
continuaba sin dar muestra alguna de impaciencia.
Con los ojos medio
cerrados, lamía el pilar de encima del cobertizo, con aire pensativo y serio.
–Basta de lametones
–gritó el guardián acercándose a él y colocando la montura y el sudadero sobre
un montón de estiércol.
Detúvose el caballo pío
y, sin moverse, miró con fijeza al viejo Néstor. No sonrió, ni se incomodó, ni
se enfurruñó, pero adelantó un paso, suspiró con tristeza y trató de irse.
El guardián lo cogió
con ambas manos por el cuello, con objeto de ponerle la brida.
–¿Qué tienes, que
suspiras, viejo mío? –le dijo.
El caballo, por toda
respuesta, meneó la cola como queriendo decir:
–No tengo nada, Néstor.
Este le puso el
sudadero y la silla sobre el lomo; el caballo agachó las orejas como para
expresar su descontento y fue tratado de bribón. Cuando el viejo quiso
apretarle la cincha, hizo el caballo una gran aspiración, pero Néstor le sujetó
la lengua con los dedos, le pegó un puntapié en el vientre y el caballo expelió
el aire absorbido.
Aunque estuviese bien
persuadido de que toda resistencia era inútil, el caballo había creído un deber
manifestar su descontento.
Una vez ensillado, se
puso a morder el freno, aunque debía de saber, por larga experiencia, que nada
adelantaba con ello.
Montó en él Néstor.
Empuñó el látigo, se arregló el casaquín, se sentó de lado en la silla a manera
de los cazadores y de los cocheros, y tiró de las riendas.
El caballo levantó la
cabeza, queriendo demostrar con ello que estaba pronto a obedecer, y esperó.
Sabía de antemano que, antes de partir, tenía que dar el jinete muchas órdenes
al joven guardián Vaska.
Y, efectivamente,
Néstor gritó:
–¡Vaska! ¿Has soltado
la yeguada? ¿A donde vas? ¡Duermes! Abre la puerta y deja salir primero las
yeguas...
Rechinó la puerta.
Vaska, medio dormido y
furioso, tenía en una mano las riendas de su caballo y dejaba que las yeguas
fueran saliendo.
Estas desfilaron una
tras otra resoplando sobre la paja, primero las jóvenes, después las paridas
con sus potrancas, y en último término las llenas; éstas pasaban despacio por
la puerta, balanceando su abultado vientre.
Las yeguas se reunían
por parejas y a veces en mayor número; colocaban sus morros sobre las ancas de
sus compañeras y, al llegar a la puerta, se atascaban; pero los golpes de
látigo las hacían separarse bajando la cabeza.
Los potrillos se
extraviaban, perdían de vista a sus madres, se ponían delante de otras yeguas,
y respondían con relinchos a los que sus madres les daban llamándoles.
Una yegua joven y
traviesa agachaba la cabeza, disparaba una coz y soltaba un sonoro relincho en
cuanto se veía libre. No se atrevía, sin embargo, a ponerse delante de la vieja
yegua Juldiba, que rompía siempre la marcha o iba al frente de la yeguada con
paso grave y pavoneándose.
El corral, tan animado
momentos antes, quedaba triste y solitario: no se veían en él más que los
pilares y los montones de paja.
Aquel cuadro de
desolación parecía entristecer al viejo caballo pío, a pesar de que estaba
acostumbrado a verlo desde hacia largo tiempo. Levantó la cabeza; la bajó luego
como si quisiera saludar; suspiró con tanta fuerza como le permitió la cincha,
y después siguió, detrás de la yeguada, cojeando de las cuatro patas, viejas y
estacadas, con Néstor encima.
«Sé lo que vas a hacer
ahora –pensó el viejo caballo–; tan pronto como lleguemos al camino real,
sacará la pipa del bolsillo, encenderá la yesca con el eslabón y la piedra, y
se pondrá a fumar. Eso no me disgusta; el olor del tabaco es muy agradable en las
primeras horas de la mañana, y, además, me recuerda mis buenos tiempos. Lástima
que al fumar le dé al viejo por ponerse fanfarrón y que se cargue siempre sobre
un lado, sobre el mismo lado, precisamente sobre el que me duele... Pero no
importa; estoy acostumbrado a sufrir para que otros gocen, y hasta empiezo a
sentir una satisfacción de caballo al sufrir por los demás. Dejemos a ese pobre
viejo Néstor que haga el fanfarrón conmigo. Después de todo, no puede
permitirse fanfarronadas sino cuando nos encontramos a solas él y yo».
Así reflexionaba el
viejo cuadrúpedo, marchando a paso lento por el camino.
Llegados
a la orilla del río, en
donde debía pacer la yeguada, Néstor bajó del caballo y le quitó la montura.
El ganado se fue
dispersando poco a poco por el prado cubierto de rocío y de niebla que se
elevaba con lentitud a medida que el sol brillaba con una mayor intensidad.
Después de quitarle la
brida. Néstor rascó al viejo pío en el cuello, y el caballo cerró los ojos en
señal de gratitud.
–Así me gusta, perro
viejo –dijo Néstor.
Pero al caballo no le
producía satisfacción alguna aquel halago, y únicamente por cortesía se
mostraba encantado y bajó de nuevo la cabeza en señal de asentimiento.
Pero de pronto, y sin
motivo, a no ser que Néstor creyese que el caballo tomaba como muestra de
familiaridad aquella caricia, el guardián rechazó violentamente la cabeza del
cuadrúpedo y le dio un latigazo con las riendas, tras lo cual fue a sentarse al
pie del tronco de un árbol, donde acostumbraba a pasar el día.
Aquella brutalidad
entristeció al caballo, pero no lo demostró, y se dirigió hacia el río
mordisqueando la hierba y meneando la cola.
Sabía, por experiencia,
que nada es tan bueno para la salud como beber agua fresca en ayunas, así que
se fue hacia el sitio en que la margen del río tenía menor pendiente, sumergió
los belfos en el agua y empezó a beber con avidez.
A medida que su cuerpo
se henchía, experimentaba un dulce bienestar y agitaba con más satisfacción la
desguarnecida cola.
Una pequeña yegua
alazana, que se divertía agotando la paciencia del pobre viejo, se acercó a él,
aparentando no verlo, con el único objeto de enturbiarle el agua que tan a
gusto estaba bebiendo.
Pero el pío había
terminado ya de beber; fingió no advertir la mala pasada que la pequeña yegua
quiso jugarle. Levantó, uno después de otro, los cuatro cascos metidos en el
agua; sacudió los belfos, y se alejó para pacer tranquilamente a respetable
distancia de la juventud.
Y pació seriamente
durante tres horas, procurando estropear lo menos posible la hierba con sus
cascos. Al cabo de las tres horas, apoyóse por igual sobre las cuatro patas y
se durmió pacíficamente.
Hay vejeces de muchas
clases: la vejez majestuosa, la vejez horrible, la vejez que nos inspira
compasión; y hay otra que participa de la primera y de la última: la vejez
majestuosa que nos inspira lástima.
A ésta pertenecía la de
nuestro viejo caballo pío.
Era de mucha alzada; su
pelo había sido negro en sus tiempos, pero las manchas negras se habían quedado
ya de un color oscuro sucio.
Tenía tres grandes
manchas: una en el lado derecho de la cabeza, que partía de la proximidad del
belfo superior e iba a terminar en la mitad del cuello; la crin era
entreverada, la mitad blanca y la otra mitad oscura; la segunda mancha se
extendía por el costado derecho y descendía hasta la mitad del vientre; la
tercera llenaba la grupa, la mitad de la cola y las dos patas traseras.
La cola era blanca.
La cabeza grande,
huesuda, con dos huecos profundos sobre los ojos; el belfo inferior, negro y
descolgado, hacia ya mucho tiempo, parecía hallarse suspendido de su cuello
flaco y encorvado.
Por la desgajadura del
belfo inferior se veía el extremo de la lengua, desviada hacia un lado y
negruzca, y amarillos restos de sus dientes inferiores.
Las orejas, una de
ellas hendida, pendían a ambos lados del cuello, y no las enderezaba sino muy
rara vez para espantar las moscas importunas.
De su antigua cabellera
ya no le quedaba más que un mechón de pelo que colgaba por detrás de su oreja
izquierda.
La frente, descubierta,
estaba llena de arrugas y la piel formaba hondos pliegues a lo largo de la
cara, a uno y otro lado.
Las venas tomaban
gruesos nudos a lo largo de la cabeza y del cuello, y aquellos nudos se
estremecían cada vez que una mosca se posaba en ellos.
Ofrecía una expresión
de dolor y de paciencia infinitos.
Sus dos brazos estaban
encorvados y los tenía llenos de ampollas; lo mismo sucedía con los menudillos;
en el izquierdo se le veía un gran sobrehueso por debajo de la articulación;
las patas las tenía menos dañadas, pero, a fuerzas de rozarse con los cascos,
habían perdido el pelo en la cara interna de su tercio inferior.
Con relación al cuerpo,
sus patas parecían demasiado largas.
Los ijares, aunque
llenos, estaban descarnados y cubiertos únicamente por la piel.
La cruz y la espaldas
presentaban huellas de mataduras y golpes, y en el lomo, cerca de la grupa, se
veía una bastante reciente.
Sobre el comienzo de la
cola se destacaban las últimas vértebras; en la parte inferior de aquél había
desaparecido hasta el último rastro de pelo.
En la misma grupa se
extendía una úlcera antigua, recubierta de pelos blancos y gruesos, y a lo
largo del omóplato derecho se percibía una cicatriz.
Los corvejones y el
comienzo de la cola los tenía siempre sucios, por efecto de un continuo desate
de vientre.
A pesar de su aspecto
repugnante, cualquier persona inteligente hubiera reconocido en aquel penco un
caballo de raza, y hubiera añadido que solo existe una raza de caballos en
Rusia que tenga tan desarrollados los huesos, tan fuertes los cascos, tan curvado
el cuello y una piel y un pelo tan finos.
Había algo de grandioso
en el aspecto de aquel animal, en aquel conjunto formado por una fealdad
repugnante y por la expresión de arrogancia y de seguridad que lo
caracterizaba. Era como una ruina viviente en medio de la verde pradera,
rodeado del ganado joven que se había esparcido por todas partes llenando el
aire con sus relinchos,
El
sol se había elevado por encima de los árboles y bailaba con sus brillantes rayos la pradera y
el río.
El rocío iba
desapareciendo poco a poco; ya sólo se veían algunas notas esparcidas aquí y
allá; los vapores de la mañana se desvanecían y únicamente se levantaba algún
que otro jirón de niebla tenue en las orillas del río.
Ligeras nubecillas se
agrupaban como nevados copos, y la calma reinaba en el espacio.
Más allá de la margen
opuesta se divisaba un campo de trigo, verde y todavía fresco.
Las emanaciones de las
flores y de la jugosa hierba embalsamaban la atmósfera.
A lo lejos se oía
cantar al cuco, y Néstor, tendido de espaldas bajo el árbol, contó los años que
le quedaban de vida.
Las alondras
revoloteaban por los aires por encima del prado.
Una liebre, sorprendida
por la yeguada, huyó a todo escape, se agazapó luego detrás de una mata y
enderezó las orejas.
Vaska se durmió con la
cabeza entre las hierbas.
Las yeguas,
aprovechándose de su libertad, se desparramaron en todas direcciones. Las más
viejas eligieron un sitio tranquilo dónde pacer sin que nada las molestase;
pero ya no pacían: se limitaban a despuntar los tallos de la mejor hierba y a
comérselos con marcada satisfacción.
Toda la yeguada fue
dirigiéndose insensiblemente hacia el mismo lado.
Y volvió a encontrarse
otra vez la vieja Juldiba al frente de sus compañeras, sirviéndoles de guía.
La joven Muchka, que
había parido por primera vez, no cesaba de relinchar, jugando con su retoño.
La joven Atlasnaia, de
piel fina como el satén, jugueteaba con la hierba bajando la cabeza de manera
que el tupé le cubriese los ojos y la cara.
Arrancaba tallos de
hierba, echándolos hacia arriba y golpeando el suelo con el casco.
Un potrillo de los
mayores había inventado un juego nuevo para él, que consistía en correr
alrededor de su madre, con la cola levantada en forma de penacho, y hacia ya su
vigésimasexta vuelta sin descansar. Su madre pacía tranquilamente siguiéndole
con el rabillo del ojo.
Otro de los potros más
pequeños, negro y de cabeza voluminosa, con el tupé erizado entre ambas orejas
y con la cola inclinada hacia el sitio donde estaba su madre, seguía con mirada
entontecida las carreras de su camarada, como si tratara de explicarse a qué
conducían aquellos alardes de resistencia. Otros potrillos parecían espantados.
Algunos, sordos al
llamamiento de sus madres, corrían en dirección opuesta a ellas, relinchando
con toda la fuerza de sus jóvenes pulmones.
Otros se divertían
revolcándose en la hierba.
Los más fuertes
imitaban a los caballos y pacían.
Dos yeguas preñadas se
alejaron moviendo con trabajo sus patas y paciendo silenciosamente. Su estado
inspiraba respeto a la yeguada; nadie se hubiera atrevido a molestarles.
Si alguna de las yeguas
jóvenes, más atrevida que las demás, se les acercaba, era suficiente un
movimiento de cola o de oreja para llamarlas al orden y mostrarles la
inconveniencia de su conducta.
Los potrillos de un
año, juzgándose ya demasiado grandes para mantenerse al nivel de los más
pequeños, pacían con aire serio, encorvando sus graciosos cuellos y meneando
sus nacientes colas a imitación de los mayores, y se revolcaban o se rascaban
el lomo como éstos, uno contra otro.
El grupo más alegre era
el de las yeguas de dos a tres años.
Estas se paseaban todas
juntas como las señoritas, y se mantenían apartadas de las demás.
Se agrupaban apoyando
sus cabezas en el cuello de las otras, resoplando y saltando: de pronto
empezaban a dar brincos con la cola levantada y rompían al galope unas en torno
a las otras.
La más hermosa y la más
traviesa del grupo era una alazana.
Todas las demás
imitaban sus juegos y la seguían a todas partes.
Era la que daba el tono
a la reunión.
Estaba aquel día
extraordinariamente alegre y dispuesta a divertirse.
Fue la que por la
mañana enturbió el agua que bebía pacíficamente el caballo pío. Luego,
aparentando asustarse, partió como un rayo, seguida de todo el grupo, y no fue
poco el trabajo que le costó a Vaska hacerlas volver a aquella parte del prado.
Después de pastar, una
vez satisfecha, se revolcó en la hierba, y, cansada de aquel juego, se dedicó
tenazmente a molestar y a provocar a las yeguas viejas, corriendo por delante
de ellas.
Asustó a un potrillo
que estaba mamando con gran seriedad y se divirtió persiguiéndole y haciendo
como si quisiera morderle. La madre, asustada, dejó de pacer. El pequeño empezó
a relinchar quejumbrosamente; pero la traviesa alazana no le hizo daño, y contenta
por haber distraído a sus compañeras que la miraban con interés, se alejó como
si no hubiese hecho nada.
Después se le ocurrió
trastornarle el juicio a un caballo gris que se veía a lo lejos, montado por un
aldeano.
Se detuvo. Dirigió en
torno suyo una mirada arrogante, volvió de lado su linda cabeza, se sacudió y
lanzó un relincho dulce y apasionado.
Aquel relincho tenía la
expresión de la ternura y de la tristeza unidas.
En él se adivinaban
promesas de amor y deseos no satisfechos.
«El cuco llama a su
amada en la selva; las flores se envían el polen en alas de la brisa; las
codornices se requiebran de autores al pie de los erguidos juncos, y yo, que
soy joven y hermosa, no he conocido aún el amor».
Esto es lo que quería
decir aquel relincho que conmovió los aires y llegó hasta el caballo gris.
Este enderezó las
orejas y se detuvo.
El jinete le dio un
latigazo, pero el caballo, sugestionado y conmovido por el eco de aquella voz
dulce y apasionada, no se movió y respondió al relincho de la yegua.
El jinete se enojó, y
fue tan terrible el golpe que dio con ambos talones en los ijares del corcel,
que éste se vio forzado a interrumpir su canción y a proseguir su camino.
Pero a la joven yegua
le enterneció la canción, y estuvo escuchando durante mucho tiempo el eco de la
respuesta interrumpida, los pasos del caballo y las imprecaciones del jinete.
Si sólo la voz de la
joven alazana hizo que el caballo gris olvidara sus deberes, ¿qué hubiera
sucedido si éste hubiese visto lo hermosa que era ella, el fuego que
centelleaba en sus ojos, la dilatación de sus narices y el estremecimiento de
su cuerpo?
Pero la locuela no era
amiga de preocuparse demasiado.
Cuando la voz del
caballo gris se hubo extinguido a lo lejos, relinchó en tono burlón, escarbó la
tierra con sus lindos cascos y al ver, no lejos de ella, al viejo caballo pío
que dormía pacíficamente, corrió hacia él para despertarlo y provocarlo.
El pobre caballo era el
blanco, la víctima de la juventud caballar, que le hacía sufrir más aún que los
hombres; y sin embargo, ni a aquélla ni a éstos les había hecho jamás daño
alguno.
Los hombres le
necesitaban, pero ¿por qué los caballos no le dejaban en paz?
Eso fue algo que nunca
pudo comprender.
El
era viejo y ellas eran jóvenes.
El estaba flaco y ellas
estaban gordas.
El estaba triste y
ellas estaban alegres.
Era, pues, un extraño,
un ser aparte, que no podía inspirarles sentimiento alguno de compasión.
Los caballos no se
compadecen, sino de sí mismos.
Son egoístas.
¿Era culpa del caballo
pío no parecerse a ellos y ser viejo, flaco y feo?
Parece que no debiera
ser culpa suya, pero la lógica caballuna es muy distinta a la lógica humana.
Todas las culpas eran
suyas y toda la razón estaba de parte de aquellos qué eran jóvenes, fuertes y
dichosos; de aquellos ante los cuales se abría el porvenir; de aquellos que
podían levantar la cola en forma de penacho y cuyos músculos se estremecían al
contacto de la menor cosa.
En sus momentos de
calma, quizás creyese el caballo pío que era objeto de una injusticia, que su vida
llegaba a su término, y que debía pagar el precio de sus pasados goces; pero no
era más que un caballo y no podía dejar de revolverse, en ciertos momentos,
contra aquella juventud que le infligía castigos por lo que a ella misma le
habría de suceder andando el tiempo.
Otra causa de la
crueldad de aquella juventud, era sus humos aristocráticos que tenía.
Todos descendían, en
línea más o menos recta, del célebre Smetanka.
El caballo pío era un
extraño, de origen desconocido, comprado hacía tres años en una feria, por
ochenta rublos.
La yegua alazana,
fingiendo ir paseando, se acercó al pobre viejo y tropezó con él como por
casualidad o distracción.
Comprendió éste de
dónde venía el golpe; pero se limitó a dar un paso atrás sin abrir los ojos.
La yegua le volvió la
grupa e inició un movimiento como si fuera a darle un par de coces.
El pío abrió los ojos y
se alejó calmosamente.
Había perdido el sueño
y se puso a pacer.
La yegua alocada no
había quedado aún satisfecha.
Se acercó de nuevo al malaventurado
caballo, seguida de sus compañeras.
Una yegüecita de dos
años, muy torpe, que era una especie de mono de imitación, y que seguía paso a
paso a la alazana, se acercó al caballo y, como todos los imitadores, rebasó
los límites de la broma.
La yegua alazana, al
acercarse, hacía siempre como que no veía al caballo, y pasaba y repasaba ante
él con aire asustado, de forma que el viejo pío no sabía si incomodarse o no,
viéndola tan graciosa y divertida pero su imitadora se echó sobre él de lleno y
le asestó un golpe en el costado.
El pío abrió la boca, y
con una prontitud que no se podía esperar de él, se arrojó sobre la imprudente
y la mordió en un anca.
La agresora se revolvió
y le golpeó con todas sus fuerzas dándole manotadas; rugió el viejo queriendo
lanzarse otra vez sobre ella, pero luego, dando un profundo suspiro, se fue
alejando de aquel sitio.
La juventud debió creer
ofensiva para ella la conducta del viejo caballo pío y no le dejó en reposo el
resto del día, a pesar de que el guardián intervino varias veces para hacer que
todos entraran en razón.
Tan desgraciado se
consideró el pobre caballo que, cuando llegó la hora de regresar a la yeguada,
se acerco espontáneamente al viejo Néstor para que le pusiera la montura, y se
consideró feliz llevándole en sus lomos.
Sólo Dios podía conocer
los pensamientos que agitaban el cerebro de aquel pobre viejo cuando lo montó
Néstor.
¿Pensaba con amargura
en la crueldad de la juventud, o perdonaba sus ofensas con la indulgencia
despreciativa que caracteriza a los viejos?
Imposible adivinarlo:
tan impenetrables eran sus pensamientos.
Aquella noche fueron a
ver a Néstor unos compadres suyos.
Al pasar por el pueblo
vio su carro parado en la puerta de una choza.
Tenía prisa para
reunirse con ellos, así es que, apenas hubo entrado en el corral, se apeó y se
alejó sin desensillar el caballo, encargando a Vaska que lo hiciese en cuanto
concluyese su faena.
¿Sería a causa de la
ofensa inferida a la descendiente de Smetanka o a causa de su sentimiento
aristocrático herido? Difícil sería determinarlo, pero lo cierto es que aquella
noche todos los caballos, jóvenes y viejos, se pusieron a perseguir al caballo pío
que, con la montura puesta, huía para evitar los golpes que le asestaban por
todas partes.
Pero llegó un momento
en que se agotaron sus fuerzas y, no pudiendo huir ya de sus perseguidores, se
detuvo en medio del corral.
La impaciencia de la
rabia se dibujó en su cara. Agachó las orejas y entonces ocurrió algo
inesperado, un extraño fenómeno que calmó instantáneamente la excitación de
toda la yeguada.
La yegua más vieja,
Viasopurika, se acercó a él, le echó el resuello con fuerza y suspiró.
El viejo pío le
contestó con otro suspiro igualmente profundo.
Aquel caballo viejo,
cuadrado en medio del corral, con la montura puesta e iluminado por el
resplandor de la luna, tenía algo de fantástico.
Los caballos le
rodeaban en silencio y le miraban con interés, como si fueran a conocer algo
muy importante para ellos.
Y he aquí, poco más o
menos, lo que llegaron a conocer...
Si;
soy hijo de Liubeski i y de Babá.
«Mi nombre, según el
árbol genealógico, es Mujik I, conocido en el mundo bajo el de Kolstomier
(mediador), a causa de mi cola larga y poblada que no tenía rival en toda
Rusia.
«Según mi genealogía,
no hay caballo alguno más pura sangre que yo.
«No os lo hubiera dicho
nunca.
«No lo hubierais sabido
jamás de mi boca.
«Viasopurika, que
estaba conmigo en Krienovo, tampoco me hubiera conocido ya.
«No me hubierais creído
si ella no lo hubiera testificado.
«Yo hubiera seguido
guardando silencio, porque ninguna necesidad tengo de la conmiseración
caballuna.
«Pero vosotros lo
habéis querido.
«Si; yo soy aquel
Kolstomier que buscaban los inteligentes, y a quien el conde vendió por haber
triunfado en las carreras de Liebed, sobre su caballo favorito.
«Cuando vine al mundo,
ignoraba yo lo que significaba la palabra ‘pío’; no sabía más que una cosa: que
yo era un caballo.
«Las primeras
observaciones que se hicieron respecto a mi pelo, nos admiraron mucho a mi
madre y a mí.
«Vine al mundo
probablemente de noche, porque al llegar la mañana, y limpiado por mi madre, me
sostenía ya de pie.
«Recuerdo que tenía un
deseo vago e indeterminado, que no estaba en disposición de formular, y que
todo lo que pasaba en torno mío me parecía extraordinario.
«Nuestras cuadras
estaban situadas en un corredor caliente y oscuro, y se cerraban las puertas o
cancelas de hierro a través de las cuales todo se podía ver.
«Mi madre me ofrecía su
ubre, pero yo era aún tan ingenuo, que la rechazaba con el morro. De pronto se
retiró mi madre a un lado: acababa de ver al palafrenero en jefe, que se
aproximaba.
«Este miró a través de
los hierros de la puerta.
«–¡Calla! Acabas de
parir, Babá –dijo, abriendo la puerta.
«Entró y me rodeó con
sus brazos,
«–Míralo, Farasié;
parece pío.
«Yo me escabullí de sus
brazos, pero, como no tenía bastantes fuerzas, caí de rodillas.
«Vamos a ver, diablillo
–dijo.
«Mi madre se inquietó
por aquello, pero, no atreviéndose a defenderme, se contentó con suspirar y se
alejó.
«Los demás criados se
agruparon en torno nuestro y empezaron a inspeccionarme.
«Todos reían al ver las
manchas de mi pelo, y me daban los nombres más raros.
«Ni mi madre ni yo
pudimos comprender el sentido de aquellas palabras.
«Hasta aquel momento,
no había existido ningún caballo pío en la familia.
«No creímos que hubiera
en ello nada malo: en cuanto a mis formas y a mi fuerza, fueron admiradas desde
el momento mismo de mi nacimiento.
«–Creo que es muy vivo
–dijo el palafranero–; me cuesta trabajo retenerlo en los brazos.
«Poco después llegó el
caballerizo, quien se admiró al verme y dijo con acento de contrariedad:
«–¿A quién puede
parecérsele este monstruo? Seguro que el general no querrá conservarlo en la
yeguada. ¡Eh, Babá! me has jugado una mala pasada –dijo, dirigiéndose a mi
madre–. Si hubiera nacido con una estrella en la frente, aún podía pasar; pero
¡ha nacido pío!
«Mi madre no contestó,
pero, como sucede en tales casos, suspiró profundamente.
«–¿A quién diablos
puede parecerse? Es un verdadero aldeano; será imposible dejarlo en la yeguada;
sería una verdadera vergüenza.
«–Y, sin embargo, es
hermoso, muy hermoso –decían al examinarme.
«Algunos días después
vino el general y se reprodujeron las indignas imprecaciones contra el color de
mi pelo. Todos estaban furiosos y acusaban de ello a mi madre, aunque al final
siempre terminaban añadiendo:
«–Y, sin embargo, es
hermoso.
«Se nos dejó en las
cuadras con una temperatura muy templada, hasta que llegó la primavera: entre
tanto, cuando hacía buen tiempo y la nieve se empezaba a fundir a los rayos del
sol, se nos permitía salir al gran patio cubierto con paja fresca.
«Allí fue donde vi por
vez primera a todos mis parientes que eran muchos.
«También allí vi salir
de sus cercados a las yeguas más célebres con sus hijos; entre otras a
Gallaudka y a Muchka, la hija de Smetanka, y a Krasnucka, caballo de silla.
Cuando se reunían, se refregaban unas con otras y se revolcaban en el suelo
sobre la paja como simples mortales.
«No puedo olvidar aquel
patio lleno de las más hermosas yeguas que puede uno imaginarse...
«Os admiráis ante la
idea de que yo haya sido joven y travieso, y sin embargo, lo fui; ahí tenéis a
Viasopurika, que no tenía entonces más que un año.
«Era entonces una
yegüecita alegre y gentil, pero, sin ánimo de ofender, era una de las más feas
de la yeguada.
«Ella misma se los
podría certificar.
Mi pelo, que había
desagradado a los hombres, tuvo un gran éxito entre los caballos; éstos me
rodearon, me admiraron y se pusieron a jugar conmigo.
«Empecé a olvidar los
malvados propósitos de los hombres y a gozar de mi éxito.
Pero no tardé en tener
el primer desengaño de mi vida, y aquel desengaño me lo proporcionó mi madre.
«Cuando la nieve se
hubo derretido por completo y los gorriones se revolvían cantando
apresuradamente entre las ramas
o saltando por el
suelo; cuando el aire se hizo tibio y embalsamado, cuando llegó, al fin, la
primavera, mi madre cambió radicalmente conmigo.
«Su carácter se alteró
por completo. De pronto se ponía a jugar y a correr por el corral, cosas que no
sentaban bien a su condición de madre. A veces se ponía pensativa y
melancólica. Relinchaba, mordía a sus amigas, se lanzaba sobre ellas, se
refregaba conmigo y me rechazaba después con disgusto.
«Cierto día llegó el
caballerizo. Le puso una cabezada y se la llevó del corral.
«Relinchó.
«Le contesté y me fui
tras ella, pero salió sin decirme ni adiós con la mirada.
«El palafrenero Farasié
me tomó en sus brazos en el momento en que la puerta se cerraba detrás de mi
madre.
«Me zafé de él y me
dirigí a la puerta, pero estaba ya cerrada, y no oí sino los relinchos de mi
madre allá a lo lejos.
«Aquellos relinchos no
eran ya voces que me diera llamándome. No: tenían otra significación.
Un relincho dado con
voz poderosa respondió a aquel llamamiento.
«Lo dio (como supe más
tarde) Dobrii I, a quien dos palafraneros conducían para que tuviese una
entrevista con mi madre...
«No recuerdo ya cómo y
cuándo me dejó Farasié.
«Me hallaba entonces
muy triste. Comprendí que había perdido para siempre el cariño de mi madre.
«–¡Y todo porque soy
pío! –exclamaba yo, recordando las malvadas palabras de los hombres.
«Me acometió tal acceso
de rabia, que empecé a dar golpes con la cabeza, con las rodillas y con el
cuerpo contra las paredes, hasta que, rendido, tuve que detenerme por falta de
fuerzas.
«Poco después volvió mi
madre.
La sentí llegar con
paso rápido y acercarse a nuestra cuadra.
«Cuando le abrieron la
puerta y pude verla, casi no la reconocí: tanto había cambiado.
«La encontré
rejuvenecida y más hermosa.
Se refregó contra mí y
relinchó.
«Desde luego, me di
cuenta de que ya no me quería.
«Me habló de la
hermosura de Dobrii y de su amor hacia él.
«Sus entrevistas
continuaron y mis relaciones con ella se hicieron cada vez más frías y más
tirantes...
«Poco tiempo después,
nos enviaron a pastar.
«A partir de entonces
comencé a tener goces y alegrías nuevas que me consolaron de mis pesares.
«Tuve amigas y tuve
camaradas.
«Aprendimos juntos a
comer hierba, a relinchar como los mayores y a saltar en torno a nuestras
madres, levantando al aire nuestras colas.
«¡Dichoso tiempo aquél!
«Todos me admiraban.
Todos me querían; y se me perdonaban todas mis locuras. Pero fue entonces,
precisamente, cuando me ocurrió una cosa terrible...»
Al decir esto, el viejo
animal suspiró profundamente...
Empezaba a despuntar la
aurora. Rechinó la puerta y el viejo Néstor apareció en ella.
Los caballos se
separaron al verle entrar, y el guardián, después de arreglar la montura del
pío, hizo salir al ganado.
Tan
pronto como los caballos entraron de nuevo en el corral, agrupáronse en derredor
del viejo, quien reanudó de esta manera su relato:
«En agosto me separaron
de mi madre. Pero no lo sentí: llevaba en su vientre a mi hermano menor, al
célebre Ussan, y observé que yo estaba relegado ya a segundo término.
«No tuve celos de él.
Lo único que noté fue que no amaba ya del mismo modo a mi madre.
«Sabía, además, que una
vez separado de ella me quedaría con mis jóvenes camaradas, y que todos los
días iría a pasearme por los campos y las praderas con ellos.
«Tenía a Milii por
compañero de cuadra.
«Milii era un caballo
de silla, y cuando fue mayor tuvo el honor de ser montado por el emperador y de
ser reproducido en fotografía.
En aquella época sólo
era un potrillo de piel fina, de cuello graciosamente encorvado y de remos
finos y aplomados. Estaba siempre de buen humor. Siempre dispuesto a jugar, a
lamer a sus amigos, y a burlarse de los caballos y de los hombres.
«Nos unió una tierna
amistad, y siempre estábamos juntos: pero aquella amistad duró poco.
«Como os acabo de
decir, Milii era de carácter alegre y ligero.
«Desde pequeño empezó a
hacer la corte a las yegüecitas; siempre se estaba burlando de mi simpleza.
«Por desgracia mía,
imité su ejemplo, herido en mi amor propio por sus burlas y me enamoré en
seguida. Aquel encadenamiento precoz fue la causa del cambio que se operó en mi
suerte.
«Ved aquí la historia
de mi amor, en pocas palabras:
«Viasopurika tenia un
año más que yo. Fuimos siempre grandes amigos; pero al terminar el otoño, noté
de pronto que me esquivaba cuanto podía.
«No me siento con valor
suficiente para narraros esta historia, llena de recuerdos dolorosos para mí.
«Aún recuerda ella la
fatal pasión que me inspiró.
«En el momento en que
yo le declaraba mis sentimientos, los palafreneros se echaron sobre nosotros,
la espantaron a ella y me molieron a mí a latigazos.
«Por la noche fui
encerrado en una cuadra solitaria, en la que pasé las horas relinchando con
desesperación, como si hubiese tenido presentimientos de lo que me esperaba.
«A la mañana siguiente,
el general, el jefe de los caballerizos y el palafrenero, vinieron a verme.
Todos hablaban y gesticulaban al mismo tiempo. El general se enojó con el
caballerizo, quien se excuso diciendo que no había ocurrido nada y que la culpa
había sido de los palafreneros. El general amenazó con mandar a azotar a todo
el mundo, porque, según dijo, aquella no era manera de guardar los pequeños
garañones. El caballerizo prometió satisfacer los deseos del general, y los
tres se fueron.
«Nada comprendí de
aquello, pero tuve el presentimiento de que se tramaba algo contra mí.
«Al día siguiente me
hicieron ser... lo que soy actualmente, y dejé de relinchar para toda la vida.
«Desde entonces fui
indiferente a todo cuanto me rodeaba y me sumí en pensamientos amargos. Al
principio caí en un profundo desánimo, hasta el punto que dejé de comer y
beber, y en cuanto a juegos, ya no volvieron a existir para mí. A veces me
pasaba por la imaginación la idea de disparar una coz, de relinchar con
fuerzas, de galopar en torno a mis camaradas, pero ¿Con qué objeto? ¿Para qué?
Y bajaba la cabeza.
«Una tarde que el
caballerizo me paseaba frente al corral con una cuerda atada al cuello,
distinguí a lo lejos una nube de polvo y las siluetas bien conocidas de
nuestras yeguas y pronto oí el ruido de sus pasos y sus alegres relinchos. Me
detuve, a pesar de la cuerda que me lastimaba el cuello y me hacía sufrir un
martirio, y miré la yeguada como el que mira su dicha perdida para toda una
eternidad.
«A medida que aquella
se aproximaba, fui distinguiendo una por una las caras de mis antiguas amigas.
«Algunas me miraron y
me desconocieron. El caballerizo tiró de mí con forma, pero yo no le hice caso.
Perdí la cabeza y me puse a relinchar y a dar brincos, pero mi voz parecía
ridícula y extraña. No se ríe en la yeguada, pero yo vi que todas volvieron la
cabeza a otro lado, por educación. Fue claro que les inspiré lástima. Les
parecí ridículo con mi cuello delgado, mi cabeza voluminosa (yo había
enflaquecido horriblemente), mis remos largos, y, sobre todo, mi actitud
ridícula (me puse a trotar en torno del caballerizo). Nadie contestó a mi
llamada y todas se apartaron de mí, de común acuerdo. La luz se hizo de repente
en mi espíritu y comprendí el hondo abismo que me separaba de ellos... Seguí al
caballerizo presa de la mayor desesperación, y no me di cuenta de cómo llegué a
mi cuadra.
«Propenso a la
melancolía y a la reflexión desde mi más tierna edad, mis desgracias no
hicieron sino desarrollar en mí aquella predisposición. Mi pelo, que tanto
desprecio inspiraba a los hombres, y lo excepcional de mi posición en la
yeguada, que no podía comprender aún debidamente, me hicieron reflexionar
profundamente sobre la injusticia de los hombres. Pensé con amargura en la
inconstancia del amor maternal y del amor femenino en general, y traté de
formarme una idea precisa de esa extraña raza de animales que se llama hombres,
y para ello procuré comprender su carácter analizando sus acciones.
«Era en invierno y en
la época de las fiestas.
«Aquel día no me dieron
de comer ni de beber; después supe que si no lo hicieron fue porque todos los
palafreneros se habían emborrachado como uvas.
«Precisamente aquel
día, al hacer su visita a las cuadras, el jefe de los caballerizos se acercó a
la mía, y, al observar que no me habían dado el pienso, se encolerizó contra el
palafrenero y se marchó renegando. Al día siguiente vino el palafrenero a darnos
el pienso y, por lo extremo de su palidez, noté cierta expresión de dolor en su
persona.
«Arrojó coléricamente
el heno a través de los hierros, y cuando traté de colocar el morro sobre su
espalda me dio un puñetazo con tal fuerza, que retrocedí espantado: pero no se
contentó con aquello, sino que me dio, además, un puntapié en el vientre, murmurando:
«–Si no hubiera sido
por este feo sarnoso, no me hubiera hecho nada.
«–¿Qué te ha pasado?
–le preguntó su camarada.
«–Que casi nunca viene
a ver los caballos del conde. Pero, en cambio, le hace al suyo dos visitas
todos los días.
«–¿Le han dado, acaso,
el caballo pío?
«–Yo no sé si se lo han
vendido o se lo han regalado; no sé nada. Lo que sé es que podré dejar morir de
hambre a todos los caballos del conde y no me dirá nada; pero como le falte
cualquier cosa a su potro, ya puedo echarme en remojo. Túmbate, me dijo, y me
vapuleó de lo lindo. Te digo que eso no es cristiano. ¡Compadecerse de una
bestia más que de un hombre! ¡Cualquiera diría que no está bautizado! Y contaba
por si mismo los golpes. Nunca ha pegado tanto el general. Tengo la espalda
hecha una pura llaga. Decididamente, ese hombre no tiene alma de cristiano.
«Comprendí bien lo que
dijeron de latigazos y de piedad cristiana. En cuanto a lo demás, no supe darme
cuenta exacta de lo que significaban las palabras ‘su potro’, y deduje que
establecían una relación cualquiera entre el caballerizo y yo, pero no pude comprender
en aquel momento qué clase de relación era aquélla. Mucho más tarde, cuando me
separaron de todos los demás caballos, fue cuando lo comprendí.
«Las palabras ‘mi
caballo’ me parecían tan ilógicas como ‘mi tierra, mi aire, mi agua’, pero
causaron en mí una impresión profunda. Mucho he reflexionado después acerca de
esto, y únicamente mucho más tarde, cuando aprendí a conocer mejor y más cerca
a los hombres, fue cuando me pude explicar todo eso.
«Los hombres se dejan
llevar por palabras y no por hechos. A la posibilidad de hacer tal o cual cosa,
prefieren la posibilidad de hablar de tal o cual objeto en los términos
convencionales establecidos por ellos.
«Y esos términos, que
para ellos tienen grandísima importancia, son los siguientes: ‘El mío, la mía,
los míos, mi, mis’. Los emplean al hablar de los seres animados, de la tierra,
de los hombres y hasta de los caballos. También es común que una persona, al
hablar de un objeto, lo califique de ‘mío’. La persona que tiene la posibilidad
de aplicar la palabra ‘mío’ a un gran número de objetos, es considerada por las
otras como la más dichosa.
«No podré deciros cuál
es la causa de todo este razonamiento. Muchas veces me he preguntado si será el
interés el motivo de todo, pero siempre he rechazado la idea, y he aquí por
qué: Muchas personas me consideran propiedad suya, y, sin embargo, no se sirven
de mí; no son ellas las que me alimentan y me cuidan; las que lo hacen son
extraños a quienes no pertenezco: palafreneros, cocheros, etc,
«Transcurrió mucho
tiempo antes de que me diera cuenta cabal y clara de la palabra ‘mío’, a la que
tanta importancia dan los hombres, pero hoy puedo aseguraros que no tiene otra
significación que un instinto bestial al que ellos dan el nombre de ‘derecho de
propiedad’,
«Un hombre dice: ‘mi
tienda’, y jamás pone en ella los pies;
o bien: ‘mi almacén de
ropa’, y no toma nunca un metro de paño para sus necesidades. Hay hombres que
dicen mis tierras’, sin haberlas visto nunca. Los hay también que emplean la
palabra ‘mío’, aplicándola a sus semejantes, a seres humanos a quienes jamás
han visto, y a los cuales causan todos los daños imaginables: dicen ‘mi mujer’
al hablar de una mujer que consideran como propiedad suya.
«El principal objeto
que se propone ese animal extraño llamado hombre, no es el de hacer lo que
considera bueno y justo, sino el de aplicar la palabra ‘mío’ al mayor número
posible de objetos. Esa es la diferencia fundamental entre los hombres y
nosotros; y, francamente, aun prescindiendo de otras ventajas nuestras,
bastaría esa sola para colocarnos en un grado superior al suyo en la escala de
los seres animados.
«Pues bien, ese derecho
de poder decir de mí, ‘mí caballo’, fue el que obtuvo nuestro caballerizo
mayor.
«Me admiró mucho aquel
descubrimiento. Ya tenía tres causas de disgusto: mi pelo, mi sexo y aquella
manera de tratarme como una propiedad, a mí, que no pertenezco sino a mí mismo
y a Dios, como todos los seres vivientes.
«Los resultados de
considerarme de aquella manera, fueron numerosos: me alimentaron mejor: me
cuidaron más; me separaron de los otro caballos y me engancharon antes que a
los demás compañeros.
«Apenas cumplí la edad
de tres años, me dedicaron al trabajo. La primera vez que me engancharon, el
caballerizo que me consideraba como propiedad suya asistió a aquella ceremonia.
Temiendo que yo ofreciese resistencia, me sujetaron con cuerdas; después me
pusieron una gran cruz de cuero en el lomo y la sujetaron con dos correas a las
dos varas del carruaje para que yo no pudiese destruirlo a coces. Aquellas
precauciones fueron inútiles yo no quería otra cosa que ocasiones para
demostrar mi amor al trabajo.
«Su admiración fue
grande cuando me vieron marchar como un caballo viejo. Me siguieron enganchando
todos los días para enseñarme a ir al trote. Hice tan rápidos progresos, que
una hermosa mañana el mismo general se maravilló de ellos. Pero ¡cosa extraña!,
desde el momento en que era el caballerizo y no el general quien me aplicaba la
palabra ‘mío’, ya no tenia igual valor mi talento.
«Cuando enganchaban a
mis hermanos y a los caballos padres, se medía la longitud de sus pasos, se les
enganchaba en magníficas carrozas y se les cubría de hermosos adornos; a mí se
me enganchaba en carruajes humildes y conducía al caballerizo cuando tenía que
hacer algo.
«Y todo ello por ser
pío y, más que por eso, por pertenecer al caballerizo y no al conde.
«Mañana, si aún
vivimos, os contaré el resultado que tuvo para mi aquel cambio de propiedad».
Los caballos se
mostraron respetuosos todo el día con el viejo Kolstomier.
El único que siguió
tratándolo como antes fue el viejo Néstor.
La
luna alumbraba otra vez los ámbitos del viejo corral, cuando Kolstomier reanudó su
narración en estos términos:
«La consecuencia más
extraordinaria que resultó del hecho de que yo no perteneciera a Dios ni al
conde, sino a un simple caballerizo, fue que la cualidad que avalora a todo
caballo fue vista en mí como un delito que motivó mi destierro.
«Dicha cualidad fue la
rapidez de mi trote.
«Paseaban a Liebed por
la pista cuando el caballerizo y yo, al regresar de una de nuestras correrías,
nos acercamos al grupo. Liebed paso ante nosotros; marchaba bien, mas, por muy
arrogante que fuera, mi trote era mejor que el suyo, Liebed paso delante y yo
avancé para seguirlo, sin que me lo impidiera el caballerizo.
«–Estoy por probar lo
que trota mi pío –se dijo, y cuando Liebed los alcanzó y se puso a mi altura,
seguimos juntos. Como él estaba bien ejercitado, se me adelantó en la primera
vuelta, pero en la segunda, cuando yo había tomado ya contacto con el terreno,
le alcancé primero y le pasé después.
«Volvimos a empezar y
obtuve el mismo resultado.
«Decididamente, mi
trote era mejor que el suyo.
«Todo el mundo se quedó
admirado. El general dispuso que el caballerizo me vendiese lo más pronto y lo
más lejos posible, para no volver a saber de mí en la vida, orden que se
apresuro a cumplir, vendiéndome a un chalán.
«No permanecí con éste
mucho tiempo. La suerte era injusta y cruel conmigo. Me indigné profundamente y
no tuve más que un pensamiento: dejar mi pueblo natal lo antes posible. Mi
posición era en ella demasiado penosa; el porvenir pertenecía a los otros caballos.
El amor, la gloria y la libertad les esperaban. En cuanto a mí, debía trabajar
y humillarme toda mi vida... Y ¿porqué tan gran injusticia? ¡Porque era pío, y
porque pertenecía a un caballerizo!»
Kolstomier no pudo
continuar su relato aquella noche, porque acaeció en el corral un suceso que
atrajo la atención de todo el ganado.
Koupchika, hermosa
yegua que venía siguiendo con interés la narración, se mostró muy inquieta y se
alejó pausadamente al cobertizo. De pronto se la oyó quejarse con todas sus
fuerzas. Se acostó, se levantó, se volvió a acostar...
Se le acercaron las
yeguas viejas, quienes en seguida comprendieron lo que aquello significaba. En
cuanto a las yeguas jóvenes, fue tan grande su emoción, que ya no les fue
posible atender al viejo Kolstomier.
A la mañana siguiente
se vio que la yegua tenía a su lado un retoño.
Néstor llamo al
palafrenero, quien condujo a la madre y al hijo a una cuadra. Las demás
salieron a pasear como de costumbre.
Tan
pronto como se cerró la puerta tras de Néstor y se estableció el silencio,
Kolstomier continuó de este modo:
«En mis peregrinaciones
tuve ocasión de observar de cerca a los hombres y a los caballos. Permanecí la
mayor parte de mi vida con dos amos: con un príncipe, que era oficial de
húsares, y con una buena anciana que vivía en Moscú, cerca de la iglesia de San
Nicolás.
«El tiempo que pasé con
el húsar fue para mí el mejor y más agradable.
«Aunque él haya sido la
causa de mi ruina y aunque él no haya amado a nadie ni a nada en el mundo, yo
lo quería y lo quiero con todas mis fuerzas de mi corazón de caballo.
«Lo que me gustaba en
él es que era joven, hermoso, feliz y rico, y que, por todas estas razones, no
amaba a nadie. Vosotros comprendéis bien ese sentimiento que nos aguijonea. Su
frialdad y mi dependencia no hacían más que impulsar el cariño que le tenía.
«–Mátame, atorméntame
pensaba yo–; cuanto más me haga sufrir tu mano, más feliz seré.
«El fue quien me compró
al chalán a quien me había vendido el caballerizo por 800 rublos.
«Como os acabo de
decir, aquella fue la mejor época de mi existencia. Estaba enamorado. Yo lo
sabía, porque cada día lo llevaba a casa de ella y porque a menudo les paseaba
juntos. Ella era hermosa como él, y su cochero no les cedía en belleza. Mi vida
se iba deslizando de este modo: por la mañana venía un palafrenero a limpiarme
y acicalarme; era un aldeano joven; abría la puerta de mi cuadra, barría ésta
con esmero, me quitaba la manta y me pasaba la almohaza.
«...Yo le mordisqueaba
los dedos y golpeaba alegremente el suelo con mis cascos para darle las
gracias. Después me lavaba, y una vez hecha mi limpieza, me miraba con
admiración. Cuando me había puesto heno y avena en el pesebre, se marchaba, y
entonces venía el cochero principal a ver si todo estaba en orden.
«El cochero, Teófano,
se parecía a su señor: ni el uno ni el otro tenían miedo a nada ni amaban a
nadie en el mundo; y por eso precisamente los querían y los admiraban todos.
Teófano vestía en todas las grandes ocasiones una camisa encarnada, un casaquín
de veludillo negro y pantalones de igual género y color. Me gustaba verlo los
días de fiesta cuando, bien peinado y bien vestido, entraba en la caballeriza
gritando con voz sonora:
«–¡Animal! ¿Qué haces?
–y me daba una palmada en la ancas.
«Yo comprendía que
aquello era una broma y una caricia a la vez, porque nunca me hizo daño; así
que enderezaba las orejas y le sonreía.
«Teníamos también un
caballo de pelo negro, que algunas veces enganchaban conmigo por las tardes. Se
llamaba Polkane. Tenía el carácter muy agrio y era enemigo de bromas. Mi
pesebre estaba cerca del suyo y reñíamos a menudo, pero Teófano no le temía. Un
día, Polkane y yo nos desbocamos en la principal calle de Moscú, en la Kuznetskii
most, y ni amo ni cochero se asustaron. Gritaban, riendo, a la gente para
que se apartase: nos inclinaban a la derecha o a la izquierda para evitar
accidentes y no aplastaron a nadie. A su servicio perdí mis más preciosas
cualidades y la mitad de mi vida; pero no importa, no me quejo de ello; fui
dichoso.
«A mediodía venían a
peinarme el tupé y las crines, a limpiarme y engrasaron los cascos. Luego me
enganchaban.
«Nuestro trineo era muy
pequeño, de paja trenzada, forrada de veludillo; todo el atalaje estaba
revestido de placas de acero de suma elegancia. Tan pronto como yo estaba
listo, Teófano, vistiendo hermoso caftán y con un cinturón rojo que le ceñía
por debajo de los sobacos, venía a ver si todo estaba dispuesto. Satisfecho de
su examen, montaba en su asiento, empuñaba la fusta con la que nunca me pegó, y
exclamaba:
«–¡Soltad el caballo!
«Tomaba yo impulso, y
rompía la marcha gracioso y arrogante.
«Todos se detenían para
vernos pasar. La cocinera, cuando salía para tirar el agua sucia, se
interrumpía para mirarnos. Los aldeanos se quedaban con la boca abierta. Nos
deteníamos ante la escalinata. Y a veces transcurrían dos o tres horas antes de
que bajase el señor. Pasábamos todo aquel espacio de tiempo rodeados por la
servidumbre, hablando alegremente y comunicándonos, todas las noticias que
habíamos oído. Después, cansados de estar tanto tiempo parados, dábamos una
pequeña vuelta y volvíamos a esperar la voluntad
o el capricho de
nuestro amo. Por fin se oía ruido en la antecámara y el criado Fiskone, vestido
de negro, llegaba gritando: ‘Acercaos’. (En nuestro tiempo no existía aún la
estúpida costumbre de decir ‘Adelante’, como si yo ignorase que no podía irse
hacia atrás).
«Teófano se acercaba y
nuestro señor llegaba con paso airoso, arrastrando la espada y con la cabeza
erguida, aunque cubierta en parte por el cuello del chaquetón y por el chacó.
«Sin prestarnos
atención se metía en el trineo y partíamos. Yo le dirigía siempre una mirada de
reojo, sacudiendo la cabeza y encorvando graciosamente el cuello.
«El príncipe está de
buen humor, me decía a mi mismo si observaba que había dirigido la palabra a
Teófano sonriendo, y yo entonces procuraba hacer honor a mi amo.
«–¡Cuidado! –gritaba
Teófano a la multitud que se agolpaba a nuestro paso.
«El mayor de mis
placeres consistía en encontrar otro caballo que trotase bien, y adelantarle.
Siempre que Teófano y yo veíamos a lo lejos un coche digno del nuestro,
tomábamos impulso, y, aparentando no ocuparnos de él, lo íbamos alcanzando poco
a poco, hasta que llegábamos, por fin, a su altura. Luego lo dejábamos atrás,
satisfechos de nuestro éxito, sin dignarnos hacer ostentación de él, y
continuábamos nuestro camino».
Rechinaron los goznes
de la puerta, entró Néstor y el viejo caballo pío dejó de hablar.
El
cielo estaba encapotado desde la mañana.
Ni una gota de rocío
había venido a refrescar la tierra. El aire era caliente. Por la noche, los
caballos se agruparon como de costumbre en torno del viejo narrador, que
continuó de esta manera:
«El período más feliz
de mi vida no fue de larga duración. Al finalizar el segundo invierno
experimenté la mayor alegría de mi vida, pero ¡ay!, aquella alegría fue seguida
de una terrible desgracia.
«Era por carnaval.
Ibamos a las carreras con el príncipe. Vi en ellas a mis antiguos camaradas
Atlasnii y Bitchk. No comprendí bien lo que hacían allí. Nuestro señor se apeó
y dio orden a Teófano de que se colocase en la pista.
«Recuerdo que me
introdujeron en ella y me colocaron al lado de Atlasnii. En la primera vuelta
lo dejé atrás y me acogieron con exclamaciones de triunfo. La multitud me
siguió, y más de cinco personas le ofrecieron al príncipe cinco mil rublos por
mí. El les contestó sonriendo y mostrándole sus dientes de singular blancura:
«–No es un caballo, es
un amigo, y aunque me dieran por él montañas de oro, no lo cedería. Hasta la
vista, señores.
«Y dicho esto, montó en
el trineo y dio al cochero la dirección de la casa de su amada. Partimos y
aquél fue el último día feliz de mi existencia.
«Llegamos a la casa,
y... la mujer se había marchado con otro, cinco horas antes. El príncipe lo
supo por boca de la doncella.
«Saberlo y ordenar al
cochero que siguiese a la fugitiva, todo fue uno. Sin darme tiempo para
respirar, me lanzó a toda velocidad. Por primera vez en mi vida sentí en mi
cuerpo la impresión del látigo y di un paso en falso. Traté de detenerme, pero
mi amo gritó: ¡Rápido, rápido!, y continuamos a todo galope, hasta alcanzar a
la fugitiva, a veinticinco verstas de distancia.
«Cuando llegué, no pude
comer y pasé temblando toda la noche. A la mañana siguiente me llevaron al agua
y desde aquel momento fui caballo perdido. Me atormentaron, que es lo que los
hombres llaman cuidar. Se me fueron cayendo los cascos.
Se me hincharon y
curvaron las patas y me quedé débil y apático.
«Me vendieron a otro
chalán, que me daba zanahorias y otros ingredientes, con los que no me curaba,
pero conseguía engordarme. No recuperé mis fuerzas, pero cualquiera que no
fuese inteligente, se engañaba al verme. Tan pronto como llegaba algún comprador,
el chalán cogía un látigo y me molía a golpe hasta que me encolerizaba y me
ponía a hacer cabriolas. Una señora anciana me compró y me sacó, por fin, de
las garras del chalán.
«Esta se pasaba la vida
en la iglesia de San Nicolás y lo zurraba a su cochero todos los días. El pobre
se venía a llorar a mi cuadra. Entonces fue cuando supe que las lágrimas tienen
un saborcillo amargo bastante agradable. Algún tiempo después, murió la vieja.
Su intendente me llevó al campo y me vendió a un buhonero. Me dieron trigo para
comer y mi salud empeoró. El buhonero me vendió a un aldeano, que me dedicó a
labrar la tierra. Además de lo mal alimentado y mal cuidado que estaba, tuve la
desgracia de herirme en la palma de un casco con un pedazo de hierro, con lo
que pasé mucho tiempo cojo. El aldeano me dejó en manos de un tratante bohemio
a cambio de otra caballería y en poder de éste sufrí un verdadero martirio. El
bohemio me vendió a nuestro intendente y heme aquí entre vosotros».
Toda la yeguada guardó
silencio.
Al
volver al día siguiente a la casa, el ganado se encontró al dueño con un extraño.
La vieja Juldiba se les
acercó y les dirigió una mirada investigadora. Uno de ellos era joven todavía,
el propietario. El otro era un antiguo militar, de rostro congestionado.
La yegua pasó por
delante de ellos tranquilamente, pero las yeguas jóvenes se conmovieron y
admiraron cuando su dueño se colocó entre ellas y le indicó algo a su amigo.
–Esa yegua tordilla se
la compré a Vageikof –le dijo.
–Y aquella cuatralba,
¿de dónde procede? Es muy bonita.
–Aquella es la de la
raza de Krienovo –repuso el dueño.
Pero no se podía
examinar bien a los caballos de aquel modo, así que llamaron a Néstor y el
viejo, montado sobre el pío, se acercó apresuradamente con el sombrero en la
mano. El pobre animal, a pesar de su cojera, hizo lo posible para marchar tan
de prisa como se lo permitían sus patas llenas de heridas y hasta intentó tomar
el galope para testimoniar su buena juventud.
–No hay yegua mejor que
ésa en toda Rusia –dijo el dueño, mostrando una de las yeguas jóvenes.
El desconocido la
admiró, por cortesía. Parecía estar profundamente aburrido, pero fingió que le
interesaba la yegua.
Si, efectivamente
–contestó con voz distraída. Al cabo de cierto tiempo, y después de haber visto
una porción de caballos, no pudo resistir más y dijo:
–¿Vámonos?
–Como quieras –replicó
el dueño, y ambos se alejaron en dirección a la puerta.
El desconocido,
contento de verse libre y ante la idea de sentarse pronto a la mesa para comer,
beber y fumar, se animó visiblemente.
Al pasar por delante de
Néstor, que permanecía en pie y en actitud de esperar órdenes, apoyó su gruesa
mano en las ancas del caballo pío, y dijo:
–¡Qué casualidad! He
tenido un caballo parecido a éste. Te he hablado de él en otra ocasión, ¿te
acuerdas?
El dueño, viendo que su
amigo no ponía atención en sus caballos, no se cuidó de lo que éste le decía y
consintió andando y siguiendo con la vista a sus yeguas.
De pronto oyó un
relincho débil y trémulo. Era el viejo pío, que había empezado a relinchar,
pero se contuvo en seguida, asustado de su temeridad.
El viejo Kolstomier
había reconocido en el viejo militar a su querido amo, el húsar.
Caía
desde la mañana una lluvia fina y fría, pero en casa del propietario no se preocupaban
de ello.
En derredor de una mesa
bien servida se hallaban reunidos el propietario, su mujer y el viejo militar.
La mujer, que estaba
esperando un niño, se mantenía erguida y tiesa, pero su vientre se notaba ya
claramente. Hacía con gracia los honores de la mesa, mientras el propietario
abría una caja de cigarros, con fecha de diez años. Según él, nadie los tenía iguales.
El propietario era un
arrogante mozo de veinticinco años, elegante y vestido a la moda por un sastre
de Londres. Algunas alhajas adornaban la cadena de su reloj y hermosos botones
de turquesa los puños de su camisa. Tenía la barba cortada a lo Napoleón III y
llevaba las puntas de su bigote retorcidas hacia arriba.
La mujer llevaba puesto
un traje de muselina de seda de grandes ramos. Adornaba su cabeza con gruesos
pasadores de oro, y sus brazos con hermosas pulseras. El centro de mesa y los
cubiertos eran de plata, y todo el servicio de porcelana de Sèvres.
El mozo del comedor,
con traje negro y chaleco azul, permanecía derecho como un huso ante la puerta.
Los muebles y las
colgaduras denotaban riquezas. Todo era bello, pero faltaban el gusto y la
elegancia.
El dueño, deportista
encarnizado, era uno de esos hombres a quienes se les ve en todas partes, lo
mismo en las carreras que en el teatro. Uno de esos que arrojan magníficos
ramos a las actrices. Su amigo Nikita Serpukovsky tenía ya cuarenta años. Era
alto, robusto, calvo, y llevaba barba y largo bigote.
En otro tiempo debió
haber sido muy guapo. Actualmente era pasable, moral y físicamente.
Sus deudas eran tan
considerable, que, para no verse reducido a prisión, había tenido que solicitar
del gobierno un empleo en una ganadería de la Corona.
Todo cuanto llevaba
puesto tenía un sello particular de elegancia que demostraba su origen
distinguido.
En su juventud se había
comido una fortuna de un millón de rublos y había contraído deudas que
ascendían a ciento veinte mil. Aquel pasado inspiraba tanto respeto a sus
abastecedores, que le concedieron un crédito ilimitado.
Habían transcurrido
diez años. Su prestigio disminuía y Nikita empezaba a encontrar muy triste la
vida. Tomó la costumbre de embriagarse, cosa que no le había sucedido nunca en
otro tiempo. Sin embargo, no se le podía acusar de que empezara entonces a beber,
puesto que había bebido ya desde su edad más tierna. Su seguridad de otro
tiempo iba desapareciendo. Su mirada se hacia vaga. Sus movimientos comenzaban
a ser indecisos.
Semejante situación
resultaba enojosa para quien había estado acostumbrado a hacerse obedecer y
admirar por todo el mundo.
El propietario y su
mujer, que lo conocían desde hacia largo tiempo, lo miraban compasivamente, se
cambiaban signos de inteligencia y procuraban hacer lo necesario para que se
sintiese a gusto.
La felicidad y la
fortuna de su amigo humillaban al pobre Nikita y le recordaban su pasado, que
desgraciadamente no volvería ya. Procuraba, no obstante, vencer la preocupación
que se apoderaba de él.
–¿No le molesta el
cigarro, María? dijo, dirigiéndose a la dueña de la casa.
No tenía la menor
intención de molestarla. Al contrario, en su actual posición, más bien trataba
de congraciarse con ella.
Tomó un cigarro.
El dueño de la casa le
ofreció un puñado de los suyos con aire contrariado.
–Tómalos: son
excelentes –le dijo.
Nikita rechazó los cigarros
con la mano, algo humillado, diciendo:
–Gracias.
Y abrió su petaca.
–Prueba los míos, te lo
ruego.
La joven tenía más
delicadeza que el propietario. Trató de cambiar de conversación y se puso a
hablar con volubilidad.
–Me gustan mucho los
cigarros, pero no fumo aunque vea fumar a mi lado –dijo con amable sonrisa.
Otra sonrisa de Nikita
fue su contestación.
–No insistió el
propietario, que no se daba cuenta de nada, tómalos, tengo otros, pero no son
tan buenos. Ahora que, si prefieres los grandes, puedes quedártelos todos.
Y luego, dirigiéndose a
su criado, le dijo en alemán:
–Fritz, bringen. Sie
bitte noch einen Kasten.
Se consideraba feliz
dándose tono delante de cualquiera. No comprendía hasta qué punto humillaba al
pobre Nikita, que encendió un cigarro y procuró darle nuevo giro a la
conversación.
–¿Cuánto te ha costado
Atlasnii? –le preguntó.
–Muy caro –repuso–; no
menos de cinco mil rublos, pero estoy satisfecho. ¡Si vieras qué vástagos!
–¿Corren bien?
–¿Que si corren ...?
Han ganado los tres primeros premios: uno en Tula, otro en Moscú y el tercero
en San Petersburgo, y eso que tenían por rivales los caballos de Vageikof.
–Para mi gusto, está un
poco gordo tu Atlasnii –replicó Nikita.
–¡Y las yeguas! Son
finísimas. Ya las verás mañana. Tengo dos que son soberbias.
Y empezó a enumerar sus
riquezas.
Su mujer comprendió que
aquella conversación mortificaba a Nikita, y para cortar por lo sano dijo:
–¿Queréis tomar una
taza de té?
–No, gracias –contestó
el dueño, y continuó su conversación con Nikita.
Viendo que no había
medio alguno de hacerle cambiar de tema, la mujer se levantó. Entonces, el
dueño de la casa la cogió en sus brazos y la abrazó con ternura.
Nikita sonrió. Pero
cuando ambos desaparecieron detrás de la cortina, la expresión de su rostro se
alteró profundamente: se volvió triste, dolorosa y hasta se dibujó en ella una
sombra de irritación.
El
dueño de la casa volvió y se sentó, sonriendo, frente a Nikita. Ambos guardaron
silencio.
Aquél se preguntaba de
qué podría vanagloriarse aún delante del pobre Nikita, que procuraba aparentar
no ser tan desgraciado como se le creía. Pero a uno y a otro les costaba
trabajo hallar nuevo tema de conversación.
«¡Si al menos bebiera!
–se decía el dueño–. Este hombre es triste como un entierro. Habrá que hacerle
beber para que se ponga alegre».
–¿Te vas a quedar aquí
mucho tiempo? le preguntó a su hués
ped.
–Un mes quizá.
–¿Te parece que
cenemos...?
Y, dirigiéndose a su
criado, preguntó:
–Fritz, ¿está servida
la cena?
Se encaminaron al
comedor, donde habían servido la mesa
con los manjares más
delicados y los vinos más exquisitos.
Bebieron. Luego
comieron. Volvieron a beber. Volvieron a comer y la conversación se hizo más
animada.
Nikita Serpukovsky se
animó y habló con el aplomo de tiempos pasados.
Hablaron de mujeres,
bohemias, bailarinas y francesas.
–Di, ¿dejaste a la
Mathieu? –le preguntó su huésped.
–No fui yo quien la
dejé, sino ella la que me dejó a mi. ¡Cuando pienso en el dinero que he gastado
en mi vida, me estremezco! Hoy me considero dichoso poseyendo mil rublos, y en
otro tiempo... Me alegraría perder de vista Moscú y todos mis antiguos amigos...
Me resulta muy penoso vivir entre ellos.
El dueño de la casa se
fastidiaba escuchando a Nikita. Hubiera preferido hablar de sí mismo o
vanagloriarse de sus riquezas.
Nikita, por su parte,
sentía la necesidad de hablar de él, de su pasado.
El dueño de la casa le
sirvió más bebida y esperó a que acabase para hablarle de su yeguada, de sus
caballos, de su María, que no lo amaba por su dinero, sino por él mismo.
–Quisiera decirte que
me gustaría... empezó a decir, pero Nikita le interrumpió, y siguió diciendo:
–Hubo un tiempo en que
yo sabía vivir bien y gastarme el dinero. Hablas de caballos, pues bien, dime:
¿cuál es tu caballo más veloz?
Su huésped, feliz por
tener la palabra, empezó a contar una larga historia sobre su yeguada. Nikita
no le dejo concluir.
–Sí, sí –dijo–; no es
por distracción, no es por gusto por lo que tenéis caballos, sino por vanidad.
Ya lo sabemos; pero en mí era distinto. Te decía esta mañana que tuve un
caballo pío parecido a ese caballo viejo que monta el guardián de tu ganadería.
¡Qué caballo, cielo santo! No puedes recordarlo, porque fue en el año 42.
Llegué a Moscú. Fui a casa de un chalán y vi allí un caballo pío; me agradaron
sus formas... ¿El precio? Mil rublos. Lo compré. No he tenido ni volveré a
tener nunca un caballo como aquél... Tú eras entonces demasiado pequeño para
juzgar su mérito, pero oirías hablar de él. Todo Moscú lo admiraba.
–Sí. Oí hablar de él,
efectivamente; pero quería decirte que en mi...
–¡Ah! ¿Conque oíste
hablar de él? Lo compré sin conocer su raza. Hasta mucho tiempo después no supe
que era hijo de Liubeski I. Lo habían vendido a causa de su pelo, que no fue
del agrado de su dueño... ¡Ah! ¡Aquél era un gran tiempo! ¡Oh! ¡Mi juventud, mi
juventud!
Ya estaba casi
completamente ebrio.
–Tenía yo entonces
veinticinco años y ochenta mil rublos de renta, los dientes blancos y ni una
sola cana en la cabeza... ¡Todo me salía bien en aquel tiempo!
–Pero entonces no había
caballos que trotasen tanto como los de hoy –le interrumpió el dueño de la
casa–. Como sabes, mis caballos...
–¡Tus caballos...! Pero
¿acaso tienen comparación... ? Me acuerdo como si hubiera sido hoy... Iba con
mi caballo pío a las carreras... En aquel momento no tenía mis caballos en
Moscú... No me gustaban los trotones; siempre he preferido los caballos de raza.
El pío era mi caballo favorito. Tenía en aquella época un buen cochero. También
acabó mal... Pues, como te decía, llegué a las carreras...
–«Serpukovsky –me
decían–, ¿dónde están tus trotones?
–«No los tengo; no
tengo más que mi caballo pío. Apuesto a que os deja a todos atrás.
–«¡Imposible!
–«¿Apuestas mil
rublos...?
«Aceptaron. El pío
llegó a la meta cinco minutos antes que los demás, y gané la apuesta... Pero
eso no es todo: yo he hecho, con mis caballos de raza, cien verstas en tres
horas. Todo Moscú lo sabe».
Y Nikita se puso a
hablar con tanto entusiasmo, que le fue imposible al dueño de la casa meter
baza. Lo miraba con desesperación, y no hacía más que llenar su copa.
Iba a amanecer y Nikita
seguía hablando con animación de sus pasadas proezas: su huésped seguía
escuchándole desesperado.
Por fin, se decidió a
levantarse.
–Vayámonos a dormir
–dijo Serpukovsky.
Y se levantó
tambaleándose, y con paso vacilante se dirigió a las habitaciones que se le
habían preparado.
El dueño de la casa
comentaba con su mujer:
–No. ¡No hay quien
pueda tolerar a Nikita! Está borracho, y ha hablado sin cesar ni detenerse un
momento.
Y luego se permite
hacerme la corte.
–Temo que me pida
dinero.
Serpukovsky, por su
parte, se arrojó en la cama vestido.
«Creo que he bebido
bien –se dijo; pero, ¿qué importa eso? Su vino es bueno, pero él es un cochino.
Se ve en él enseguida al advenedizo. En cuanto a mi... también soy un cochino».
Y se echó a reír.
En otro tiempo era yo
el que pagaba y ahora me pagan a mí... Sí, la Winkler me mantiene... Le tomo
dinero. Esto en él estaría bien... ¡Si pudiera desnudarme! ¡Si pudiera quitarme
las botas...!»
–¡Eh! ¡Muchacho!
–gritó; pero el criado se había ido a acostar hacia ya tiempo.
Se sentó. Se quitó el
uniforme, el chaleco interior, los pantalones. Se quitó hasta una bota, pero le
fue imposible quitarse la otra.
Se echó de nuevo en la
cama y empezó a roncar con todas sus fuerzas, saturando la habitación con las
emanaciones del vino y del tabaco.
Aquella noche no pudo
entregarse Kolstomier a sus recuerdos. Vaska le echó una manta sobre el lomo,
montó en él y salió a galope.
Lo dejó hasta la madrugada
en la puerta de la taberna, en compañía del caballo de un aldeano.
Los dos caballos se
lamieron mutuamente con cariño.
A la mañana siguiente,
cuando Kolstomier volvió a la cuadra, se rascó con encarnizamiento.
–Esto me molesta –se
dijo.
Pasaron cinco días.
Llamaron al veterinario.
–Tiene sarna –dijo–.
Vendedlo a los gitanos.
–¿Para qué? Vale más
matarlo, y hoy antes que mañana.
El día se anunciaba
hermoso.
Salió la yeguada y
únicamente se quedó en casa Kolstomier.
Un hombre raro,
pobremente vestido con una túnica llena de remiendos, se acercó a él. Era el
curtidor de pieles. Cogió al caballo por la brida y se lo llevó. Kolstomier le
siguió con docilidad, arrastrando sus patas llenas de ampollas, heridas y
pústulas. Al rebasar la puerta cochera, intentó dirigirse al abrevadero, pero
el curtidor le tiró de la brida, diciendo:
–Es inútil.
El curtidor y Vaska se
dirigieron a un sitio solitario a espaldas del corral del ganado. El curtidor
le entregó las bridas a Vaska. Se quitó la túnica y sacó un cuchillo y una
piedra de afilar. El caballo quiso morder el bocado como hacía de costumbre, pero
Vaska no se lo permitió.
El ruido monótono que
hacía el curtidor aguzando el cuchillo y sacándole filo adormeció al caballo,
que permaneció inmóvil con el belfo inferior caído y los dientes al
descubierto.
De pronto sintió que le
rodeaban el pescuezo y que le levantaban la cabeza... Abrió los ojos y vio dos
perros delante de él.
Uno de ellos seguía con
interés los movimientos del curtidor; el otro, sentado sobre sus patas
traseras, miraba como si esperase de él alguna cosa. El caballo, después de
contemplar a los perros, empezó a frotar el morro contra la mano del curtidor.
Van a curarme,
probablemente –se dijo–.
Dejémoslos hacer.
En efecto. Sintió que
acababan de hacerle algo extraordinario en la garganta. Experimentó un vivo
dolor, se estremeció, vaciló, recobró el equilibrio en seguida y esperó lo que
pudiera suceder,..
Notó que por el cuello
y el pecho le corría alguna cosa liquida y tibia. Hizo una larga aspiración y
experimentó un gran bienestar.
Cerró los ojos y bajó
la cabeza, que nadie le sujetaba ya. Le acometió un gran temblor en las patas y
todo su cuerpo se estremeció.
No se asustó en modo
alguno, pero se sorprendió mucho.
Todo pareció haber
tomado nuevo aspecto. Hizo un movimiento hacia delante y hacia arriba. Sus
patas flaquearon, y al intentar dar un paso, cayó en tierra sobre el costado
izquierdo.
El curtidor esperó a
que terminaran las convulsiones. Espantó a los perros que habían avanzado algo
y, cogiendo al caballo por las patas traseras, empezó a quitarle la piel.
–¡Pobre viejo! –dijo
Vaska.
–Si no estuviera tan
flaco, hubiera sido muy hermosa su piel –dijo el curtidor.
Cuando la yeguada
regreso al anochecer, pudo distinguir a lo lejos una masa roja rodeada de
perros, de cuervos y de halcones, que parecían disputarse alguna presa. Un
perro, con las patas delanteras llenas de sangre, tiraba con fiereza un pedazo
de carne. La pequeña yegua alazana contempló aquel espectáculo sin moverse, y
fue necesario que le pegasen para que siguiese su camino.
Durante la noche se
oyeron los aullidos de los lobeznos, que se regocijaban con la presa que habían
encontrado. Cinco de ellos rodeaban el cadáver del pobre viejo, y se disputaban
los jirones de su carne.
Ocho días después,
detrás del corral, sólo se veía un cráneo blanco y dos fémures. Lo demás había
desaparecido. En el verano siguiente, un aldeano que pasó por aquel sitio
recogió los huesos y los vendió.
El cadáver vivo de
Nikita, que aún seguía comiendo y bebiendo, no fue depositado en la tierra,
sino años después. Ni su piel, ni su carne, ni sus huesos sirvieron para nadie.
Como hacía veinte años
que aquel cadáver vivía a costa ajena, su entierro fue una molestia más para
los que le habían conocido. Hacia ya mucho tiempo que nadie lo necesitaba. Sin
embargo, cadáveres vivos parecidos a él creyeron un deber cubrir su podrida
humanidad con un uniforme nuevo y magníficas botas, ponerlo en un ataúd,
encerrar éste en una caja de plomo, transportarlo a Moscú y allí desocupar
viejas tumbas y, enterrar en una de ellas aquel cuerpo vestido con uniforme
nuevo y lustrosas botas, y cubrirlo de tierra...
Pero en verdad os digo que cualquiera que mira a
una mujer para desearla, ha cometido ya adulterio con ella en su corazón.
(S. Mateo, vers.28)
Y sus discípulos le dijeron: Si tal es la
condición del hombre con la mujer, no conviene casarse; pero él les dijo: no
todos son capaces de eso, sino solamente aquellos a quienes está permitido;
porque hay eunucos que nacieron tales desde el vientre de su madre; los hay a
los que los hombres hicieron eunucos, y los hay que se hicieron eunucos a sí
mismos para ganar el reino de los cielos. El que pueda comprender esto que lo
comprenda.
(S. Mateo, XIX, 10, 11,
12)
Estábamos a comienzos
de primavera.
Dos días con sus
interminables noches llevábamos de viaje en ferrocarril.
Cada vez que el tren
paraba, subían nuevos viajeros a nuestro coche y bajaban otros al mismo tiempo.
A pesar de aquel continuo subir y bajar del coche, siempre quedaban tres
personas que, como yo, no se apearían tal vez hasta la estación más lejana.
Estas eran una señora ni joven ni vieja, de semblante marchito, con gorra a la
cabeza y paletó de hombre, que fumaba continuamente; su acompañante, un
caballero muy locuaz, de unos cuarenta años, que llevaba un bonito equipaje,
perfectamente arreglado; y por último, otro caballero de edad regular, bajo de
estatura, nervioso, con unos ojos muy abiertos y brillantes de color indefinido
y muy atractivos, ojos que pasaban con rapidez de un objeto a otro. Este señor
se mantenía apartado de nosotros, y no entabló conversación con viajero alguno
en casi todo el trayecto, como si quisiera evitar toda clase de relación con
sus compañeros de viaje. Si le dirigían la palabra, contestaba brevemente y se
ponía a mirar por la ventanilla del coche.
Atribuí esta
obstinación a que le pesaba la soledad. Él parecía adivinar mi pensamiento y,
cuando se encontraban nuestros ojos, cosa que sucedía a menudo porque estábamos
sentados frente a frente, volvía la cabeza y evitaba entrar en conversación
conmigo, al igual que con los demás viajeros. Al caer la tarde, aprovechando
una parada larga, el caballero del lujoso equipaje, que era un abogado —según
me dijeron—abandonó el coche con su señora y fue a tomar un té. Mientras estuvo
fuera entraron nuevos viajeros, y entre ellos un señor bastante viejo, muy alto
y completamente afeitado, comerciante al parecer, embutido en un amplio capote
de pieles y con la cabeza cubierta por una gorra no menos cumplida. Este
comerciante se sentó frente al asiento vacío del abogado y de su compañera.
Inmediatamente entró en conversación con un joven que parecía viajante de
comercio, y que también acababa de subir. Empezó la conversación el viajante
diciendo “que el sitio de enfrente estaba ocupado”, y el viejo respondió “que él
se quedaba en la estación más próxima”. Así empezó la charla.
Yo no me encontraba
lejos de esos dos viajeros, y como el tren estaba parado, podía oír trozos de
su plática, mientras los demás callaban.
Hablaron primero del
precio de los productos en el mercado, y, en general, de asuntos del comercio;
nombraron a una persona que ambos conocían y después conversaron sobre la feria
de Nijni-Novgorod.
El comisionista se
jactaba de conocer personas que andaban allí de francachelas y devaneos; pero
el viejo no le dejó continuar, y empezó a relatar antiguas hazañas amorosas y
francachelas en las cuales había tomado parte, siendo joven, en Funanvino. Se mostraba
muy ufano de tales recuerdos, y creía sin duda que en nada padecía con eso la
gravedad que denotaban su semblante y sus modales. Contaba cómo, estando beodo,
había hecho en Kunavino tales locuras que no podía sino narrarlas en voz baja.
El viajante soltó una
carcajada estrepitosa. El viejo se reía también, enseñando dos dientes agudos y
amarillentos. Como no me interesaba semejante charla, salí del vagón para
estirar un poco las piernas. Al pie de la portezuela me encontré al abogado que,
seguido de su señora, volvía a ocupar su puesto.—¿Adónde va usted?—me dijo.—No
tendrá tiempo; ha sonado el primer toque y el segundo no se hará esperar.
En efecto, apenas
llegué a la cola del tren, se oyó la campana. En el momento de entrar, el
abogado hablaba en voz alta con su compañera. El comerciante, sentado frente a
ellos dos, permanecía taciturno y cabizbajo.
* * *
—Pues como iba
diciendo,—profirió el abogado sonriente,—cuando yo pasé por su lado, ella
declaró rotundamente a su marido “que no podía ni quería vivir con él, porque…”
Y continuó, pero yo no
me enteré del resto de la frase, distraído por el paso del revisor y de un
nuevo viajero. Una vez restablecido el silencio, volví a oír la voz del
abogado: la conversación pasaba de un caso particular a consideraciones
generales.
—Después viene la
discordia, los apuros de dinero, las disputas entre ambas partes, y el
matrimonio se separa… Antiguamente, rara vez sucedían esas cosas… ¿No es
cierto?—preguntó el abogado a los dos comerciantes, procurando manifiestamente
atraerlos a la conversación.
En aquel momento empezó
a moverse el tren; el viejo se descubrió, sin contestar, y se santiguó por tres
veces, mascullando una oración. Cuando hubo acabado, se encasquetó la gorra
hasta los ojos y dijo:
—No, señor, no es
cierto; eso sucedía antes igual que hoy, aunque en los tiempos que corren
ocurra con más frecuencia… ¡Ahora sabe la gente tanto!…
El abogado respondió al
viejo algo que no pude entender, porque, como la velocidad del tren iba en
aumento, era tal el ruido que no les oía ya distintamente. Picado de curiosidad
por saber lo que diría el abuelo, me acerqué. También mi vecino, el caballero
nervioso, estaba evidentemente interesado, y prestaba oído sin cambiar de
sitio.
—Pero ¿qué daño hace la
instrucción?—preguntó la señora con una sonrisa apenas perceptible. —¿Sería
mejor casarse como antes, cuando los novios no se veían siquiera antes del
matrimonio?—continuó, respondiendo, según la costumbre de nuestras señoras, no a
las palabras de su interlocutor, sino a las que creía que iba a decir. —Las
mujeres no sabían si llegarían a amar, ni si serían amadas; se casaban con el
primer advenedizo, y después lloraban toda la vida. Por lo visto, según
ustedes, las cosas andaban mejor de esa manera—prosiguió, dirigiéndose al
abogado y a mí solamente.
—¡Ahora sabe tanto la
gente!—volvió a decir el viejo, mirando con desdén a la señora.
—Quisiera saber cómo
explica usted la correlación entre la instrucción y los sentimientos
conyugales—profirió el abogado sonriendo ligeramente.
El comerciante quiso
responder, pero la señora se adelantó diciendo:
—No, ¡aquellos tiempos
han pasado!
El abogado le cortó la
palabra.
—Déjale decir lo que
piensa.
—Porque ya no se
respeta nada—repuso el abuelo.
—Sin embargo, ¿qué
razón tiene asociarse a una persona a la que no se quiere? Los animales son los
únicos que se aparejan a la voluntad del amo. Pero las personas tienen
inclinaciones, afectos…—se apresuró a decir la señora, dirigiendo una mirada al
abogado, a mí y al viajante, que escuchaba de pie y sonriendo maliciosamente.
—Señora, —dijo el
anciano,—los animales son bestias, y el hombre ha recibido una ley.
—Bien, pero a pesar de
esto, ¿es posible vivir con un hombre cuando no se le ama?— insistió la señora,
animada indudablemente por la simpatía y la atención con que todos la
escuchábamos.
—Antes no se hacían
semejantes distinciones,—replicó el anciano en tono grave.—Ahora es cuando ha
entrado eso en las costumbres. Tan pronto ocurre la cosa más pequeña en el
matrimonio, la mujer dice: “Ahí te quedas; yo me voy de esta casa.” Hasta entre
los aldeanos se ha aclimatado la moda: “Toma, aquí tienes tus camisas y tus
calzones; ¡yo me voy con Vanka, que tiene el pelo más rizado que tú!” ¿Es
posible entenderse con esas?… Y, sin embargo, lo primero para toda mujer, debe
ser el temor al marido.
El viajante nos miró al
abogado, a la señora y a mí, reprimiendo una sonrisa, y dispuesto a burlarse de
las palabras del comerciante o a aprobarlas, según la actitud de los demás.
—¿Qué temor?—preguntó
la señora.
—¿Qué temor? ¡Pues el
temor del marido! Ya lo he dicho; sí, del marido.
—Eso se acabó para
siempre.
—No, señora; eso no
puede acabarse nunca. Eva, es decir, la mujer, salió de una costilla del
hombre, y no será otra cosa hasta el fin del mundo— dijo el anciano, meneando
la cabeza tan severamente y con tales aires de triunfo, que el viajante,
creyendo decidida en su favor la victoria, soltó una estrepitosa carcajada.
—Sí, eso piensan
ustedes los hombres—replicó la señora, sin darse por vencida y volviéndose
hacia nosotros,—ustedes se han reservado la libertad para su uso solamente; en
cuanto a la mujer, quieren encerrarla en un serrallo. A ustedes les está
permitido todo. ¿No es cierto?
—¡Un hombre es muy
diferente!
—¿De modo que, según
usted, al hombre le está permitido todo, verdad?
—Nadie ha dicho tal
cosa, señora; lo que hay es que, si el hombre anda en malos pasos fuera de
casa, no por eso se aumenta la familia; pero la mujer, la esposa, es un cristal
que fácilmente se rompe—continuó el comerciante con la misma severidad.
Su tono autoritario
subyugaba evidentemente al auditorio; la misma señora se veía derrotada, pero
no se daba por vencida.
—Sí; pero usted
admitirá seguramente que la mujer es un ser humano, y tiene sentimientos, como
el marido. ¿Qué debe hacer, pues, si no quiere a su esposo? Diga usted.
—¡Si no le
quiere!…—dijo el viejo, descomponiéndose y frunciendo el ceño.—¡Pues no faltaba
más! ¡Se la obliga a que lo quiera!
Este argumento
inesperado pareció de perlas al comisionista, que se creyó en el caso de
acogerlo con muestras de asentimiento.
—No, señor; eso no es
posible. Nunca podrá obligarse a nadie a querer por fuerza; cuando no hay
cariño, esto es imposible.
—Y si la mujer falta al
marido, ¿qué ha de hacerse entonces?—dijo el abogado.
—Eso no puede
suceder—contestó el abuelo. —Hay que andar con mucho cuidado.
—Pero ¿y si ocurre a
pesar de los cuidados? ¿Convendrá usted en que ocurre con frecuencia?
—¡Sucede entre los
señorones, es cierto; pero entre nosotros no!— respondió el abuelo.—Y si hay
maridos tan imbéciles que no dominen a su mujer, bien merecido tienen cuanto
les ocurra. Pero de todos modos, nada de escándalos. Tengas o no tengas cariño;
pero no trastornes la casa. Todo marido puede dominar a su mujer. ¡Para eso es
fuerte! Yo no ignoro que hay imbéciles que se dejan manejar por sus mujeres;
peor para ellos, que se arreglen allá con su manera de vivir…
Todos callaron. Se
adelantó el comisionista y, no queriendo quedarse a la zaga del debate, dijo
sonriente:
—Sí, en casa de nuestro
principal ha ocurrido un escándalo, y no es fácil ver en claro el asunto. Se
trata de una mujer amiga de divertirse y que ha empezado a torcerse. Él es un
hombre inteligente y serio. Primeramente era con el librero. El marido trató,
con la mayor dulzura, de reducirla a la razón; pero ella no cambiaba de
conducta, sino que, al contrario, cometía las acciones más feas, y hasta dio en
robarle el dinero. Él la maltrataba. ¡Como si no! La cosa iba de mal en peor.
Empezó a admitir requiebros de un hombre que no era cristiano, es decir, de un
hereje, de un judío, con perdón de ustedes. ¿qué podía hacer mi principal? La
ha dejado a sus anchas, y él lo pasa ahora como soltero, mientras ella vive
arrastrándose por esos mundos de Dios, vamos, perdida.
—Es que él es un
imbécil,—dijo el viejo,—si desde el primer día no la hubiese dejado campar por
sus respetos y la hubiese atado corto, viviría honradamente. ¡Ya lo creo! Hay
que acabar con esas libertades desde el principio. No te fíes de caballo en
camino real, ni de la mujer en tu casa, dice el adagio.
En este momento pasó el
revisor pidiendo los billetes para la estación próxima. El viejo le dio el
suyo.
—Sí, hay que dominar a
tiempo al sexo femenino; si no, se lo llevará todo el diablo.
—Pero vamos: ¿usted no
ha corrido también en Kunavino con buenas mozas?—preguntó el abogado sonriendo.
—¡Eso es
distinto!—repuso severamente el comerciante. —Adiós,—añadió levantándose del
asiento.
Se envolvió en su
capotón de paño, saludó, quitándose la gorra, cogió la maleta y salió del
coche.
Tan pronto como se hubo
marchado el viejo, se generalizó la conversación.
—¡He ahí un vejete del
Antiguo Testamento!—exclamó el viajante.
—Es un Domostroy
(1)—dijo la señora—¡vaya unas ideas salvajes sobre la mujer y el matrimonio!
—Señores,—repuso el
abogado,—todavía estamos muy lejos de las ideas europeas con respecto al
matrimonio. En primer término, los derechos de la mujer; luego la mujer libre;
después el divorcio, como cuestión no resuelta aún... y en fin, qué sé yo...
—Lo esencial, y lo que
no comprenden sujetos como ese,—interrumpió la señora—es que sólo el amor
consagra el matrimonio, y que el verdadero matrimonio es el consagrado por el
amor, y no otro.
El viajante escuchaba
con atención y guardaba en la memoria las frases instructivas para explotarlas
en lo sucesivo.
—¿Y qué amor es ese que
consagra el matrimonio?—dijo de improviso el caballero nervioso y taciturno,
que se había aproximado, sin que ninguno de nosotros lo notara.
Estaba de pie con la
mano apoyada en el respaldo del asiento y notablemente impresionado. Tenía
encarnada la cara, hinchada una vena de la frente y temblorosos los músculos de
las mejillas.
—¿Qué amor es ese que
consagra el matrimonio?—volvió a decir.
—¿Qué amor?—contestó la
señora.—¡El amor común entre esposos!
—Pero ¿cómo puede
ocurrir que sea capaz de consagrar el matrimonio un amor común?—continuó,
visiblemente afectado, el caballero nervioso.
Y pareció que intentaba
decir algo desagradable a la señora.
Ella lo comprendió, sin
duda, y empezó a aturdirse.
—¿Cómo? Pues muy
sencillo—dijo.
El caballero nervioso
cogió la palabra al vuelo.
—¡No; muy sencillo, no!
—La señora
dice,—interrumpió el abogado, señalando a su esposa,—que el matrimonio debe ser
ante todo resultado de un afecto, de un amor, si usted quiere, y que cuando
existe el amor, el matrimonio representa algo sagrado, pero sólo en tal caso;
mientras que todo matrimonio que no se funda en un afecto natural, en el amor,
no encierra nada que obligue moralmente. ¿No es cierto, querida?... Por
consiguiente... —añadió el abogado, queriendo continuar la discusión.
El caballero nervioso
no le dejó acabar y, haciendo grandes esfuerzos por contenerse, preguntó:
—Bien, sí, señor; pero
¿como ha de entenderse ese amor, única cosa que consagra el matrimonio, según
ustedes?
—Todo el mundo sabe lo
que es el amor—dijo la señora.
—Pues yo no lo sé, y
desearía saber cómo lo define usted.
—¿Cómo? Pues muy
sencillamente.
Se quedó pensativa, y
después continuó de esta manera:
—El amor... el amor...
es la preferencia exclusiva de una persona a todas las demás.
—¿Una preferencia por
cuánto tiempo?... ¿Por un mes, por dos días, por media hora?—arguyó el
caballero con una irritación singular.
—No, cálmese usted y
dispense, sin duda no me ha entendido, puesto que su contestación es muy
distinta a lo que ya afirmo y pretende refutar.
—¡Sí; hablo
absolutamente de lo mismo! De la preferencia de una persona a todas las
demás... Pero pregunto: ¿una preferencia, por cuanto tiempo? Ésta es la
cuestión.
—¿Por cuánto tiempo?
Por mucho, y a veces por toda la vida.
—Bien, pero todo eso se
ve en las novelas, y jamás en la vida práctica; pues la preferencia de uno
sobre todos rara vez dura varios años; lo más común es que sólo dure meses,
cuando no semanas, días, horas, minutos...
—¡Ah! No, no, señor.
¡Usted dispense!—dijimos los tres a la vez.
Hasta el viajante
profirió un monosílabo de reprobación.
—¡Sí, ya sé!—dijo
gritando más que todos.—¡Ustedes hablan de lo que se cree que existe, y yo
hablo de lo que existe efectivamente! Cualquier hombre experimenta lo que
ustedes llaman amor por todas las mujeres bonitas, y muy poco por su mujer. De
ahí el refrán que no miente: Es la mujer ajena miel, y la propia, hiel.
—¡Ah! Lo que usted dice
es horrible. Y el hecho es que existe entre los seres humanos ese sentimiento
que se llama amor, y que dura, no meses y años, sino toda la vida.
—No, no existe tal
cosa; yo lo afirmo. Aun admitiendo que Menelao hubiese preferido a Elena por
toda la vida, Elena prefirió a Paris. Es lo que ha sucedido, sucede y sucederá
siempre, y no puede ser de otra manera, como no puede suceder que, en un saco lleno
de garbanzos, dos de ellos, marcados con una señal especial, vayan a colocarse
siempre el uno al lado del otro. A parte de que ya no es algo discutible sino
cierto que han de llegar un día la saciedad o el aborrecimiento, por parte de
Elena o por parte de Menelao. La única diferencia que puede haber en esto es
que el uno se canse más tarde o más temprano que el otro, pero amarse toda la
vida, vamos, señores, repito que eso no se ve mas que en las novelas cursis, y
que no pueden creerlo más que los niños. Amar a una persona toda la vida es
como si se dijera que una vela puede arder siempre.
—Pero es que usted
habla del amor físico... ¿No admite usted un amor basado en una conformidad de
ideales, en una afinidad espiritual?.
—¿Por qué no? Pero en
ese caso no hace falta procrear. Dispensen ustedes mi rudeza. Lo raro es que
esa armonía de ideales no se ve entre viejos, sino entre personillas jóvenes y
agraciadas (añadió con una sonrisa irónica). Sí; yo afirmo que el amor, que el
verdadero amor, no consagra el matrimonio, como solemos creer, sino que, al
contrario, lo destruye.
—No soy de su
opinión,—repuso el abogado,—a cada aserto, los hechos de la vida real
desmienten sus teorías sobre el matrimonio, pues toda la humanidad, o, por lo
menos, la mayor parte, hace vida conyugal, y muchos esposos acaban
tranquilamente una larga vida en común.
El caballero nervioso
sonrió maliciosamente :
—¿Y qué? Me dice usted
que el matrimonio se funda en el amor; y cuando yo niego la existencia de todo
otro amor que el que proviene del goce de los sentidos, quiere usted probarme
la existencia del amor por el hecho del matrimonio, que es por parte del hombre
una violencia y una mentira por parte de la mujer.
—No, no hay tal—objetó
el abogado.—Yo sólo digo que los matrimonios han existido y existen.
—Pero, ¿cómo y por qué?
Han existido y existen para gentes que han visto y ven en el matrimonio algo
sacramental... una obligación contraída ante la divinidad. Para esos, existen,
y para nosotros no son más que hipocresía y violencia. Estamos convencidos de
ello, y para acabar tan inicua farsa, predicamos el amor libre; pero predicar
el amor libre no es en substancia sino invitar a volver a la promiscuidad de
los sexos (usted dispense, dijo a la señora), al pecado a la buena de Dios de
los raskolniks. Los viejos cimientos no son ya tan sólidos como antes y hay que
edificar sobre otros nuevos, pero no predicar la vida licenciosa.
Al hablar así se
acaloró de tal modo que todos callaron, mirándole con asombro.
—Y, sin embargo, el
estadio de transición es terrible. La gente comprende que no se puede admitir
el pecado al azar. Hace falta regularizar de algún modo las relaciones
sexuales, pero no existe más base que la antigua en la que ya nadie cree.
Hombres y mujeres siguen casándose lo mismo que antes, pero han perdido la fe
en el matrimonio, lo cual lleva consigo la mentira y la violencia. La mentira,
de por sí, no es una carga demasiado pesada para la pareja. Ambos cónyuges
representan ante el mundo una comedia considerándose como monógamos (cosa que
no está bien, si en realidad son polígamos); pero, en fin, eso puede aguantarse
con paciencia. Pero cuando marido y mujer, como sucede a menudo, después de
haberse comprometido a pasar juntos toda la vida (sin saber por qué), se
encuentran con que ya al segundo mes sienten deseos de separarse, y, sin
embargo, siguen viviendo juntos, entonces sobreviene una existencia infernal, y
las víctimas de semejante tortura no tienen otro remedio para sus males que la
embriaguez o el suicidio.
Todos guardaron
silencio. Nos encontrábamos en una situación violenta.
—Sí, no puede negarse
que, en algunas ocasiones, la vida marital termina con una tragedia espantosa.
Vean ustedes, por ejemplo, el caso de Pozdnychev—dijo el abogado, queriendo
desviar la conversación de aquel terreno inconveniente y demasiado excitante.
—¿Han leído ustedes cómo mató a su mujer por celos?.
La señora contestó que
no había leído nada sobre ese crimen. El caballero nervioso no despegó los
labios; cambió de color. De repente dijo:
—Veo que ha adivinado
usted quién soy.
—No, no he tenido ese
gusto.
—El gusto no es muy
grande. Yo soy Pozdnychev.
Nuevo silencio.
Pozdnychev se sonrojó y volvió a palidecer en seguida.
—Después de todo nada
importa. Ustedes dispensen, no quiero molestarlos.
Volví a sentarme en mi
sitio. El abogado y la señora cuchicheaban. Yo estaba sentado junto a Pozdnychev,
y guardaba silencio. Habría querido hablarle, pero no sabía por dónde empezar,
y así pasó una hora hasta la próxima estación, en la cual se apearon el
abogado, la señora y el viajante. Pozdnychev y yo nos quedamos solos.
—¡Lo dicen, pero mienten
o se engañan!—exclamó Pozdnychev.
—¿De qué habla usted?
—Pues... siempre de lo
mismo.
Apoyó los codos en las
rodillas, y se apretó las sienes con las manos.
—¡El amor, el
matrimonio, la familia!... ¡Mentira mentira y mentira!
Luego, se levantó y,
corriendo la cortinilla, volvió a echarse sobre el asiento. En esta postura
permaneció en silencio durante más de un minuto.
—¿No le resulta a usted
desagradable estar conmigo, sabiendo quién soy?
—¡Oh! ¡De ninguna
manera!
—¿Tiene usted sueño?
—En absoluto.
—Entonces, ¿quiere
usted que le cuente mi vida?
En este preciso momento
entró el revisor de billetes. Mi interlocutor le dirigió una mirada llena de
enfado, y no comenzó hasta que estuvo fuera. Después siguió su relato sin
detenerse.
Mientras hablaba, su
rostro se alteró varias veces de una manera tan completa que, en cada una de
sus transformaciones, no ofrecía nada de semejante con su expresión anterior.
Los ojos, la boca, el bigote, hasta la barba, todo era nuevo, y siempre una fisonomía
bella y conmovedora. Estos cambios tenían lugar en la penumbra que nos rodeaba
de golpe: durante cinco minutos se veía una cara pero en seguida, sin saber
cómo, volvía a cambiar y aparecía enteramente desconocida.
¡Sea! Voy, pues, a
contarle todos mis infortunios y la historia espantosa de mi vida. Sí,
espantosa; y la historia misma es más espantosa que su sangriento desenlace.
Se pasó la mano por los
ojos y empezó, después de una pausa:
—Para entenderlo
debidamente hay que contarlo todo desde el principio; hay que explicar cómo y
por qué me casé, y hay que explicar lo que era yo antes de mi matrimonio.
Empezaré diciéndole cuál es mi condición: hijo de un rico hidalgo de la estepa,
antiguo mariscal de la nobleza, fui alumno de la Universidad, licenciado en
Derecho. Me casé a los treinta años. Pero antes de hablarle de mi matrimonio,
quiero contarle la vida que llevaba de soltero y las falsas ideas que en aquel
tiempo abrigaba sobre el matrimonio. Yo llevaba la misma existencia de tantos
otros que presumen de distinción, es decir una existencia relajada y llena de
vicios, a pesar de lo cual estaba muy convencido de ser hombre de una moralidad
intachable.
La idea que tenía de mi
moralidad dimanaba de que no se conocían en mi familia esas disposiciones
especiales, tan comunes en la esfera de nuestros nobles terratenientes, pues
todos mis deudos permanecían fieles al juramento de fidelidad que habían hecho ante
el altar. De esa suerte me había forjado desde la infancia el sueño de una vida
conyugal elevada y poética. Mi esposa sería un dechado de todas las virtudes;
nuestro mutuo cariño, inquebrantable; la pureza de nuestra vida conyugal,
inmaculada. Así pensaba yo, muy engreído con la nobleza de mis proyectos.
Pasé diez años de mi
vida de adulto sin darme prisa por contraer matrimonio, y haciendo lo que yo
llamaba la vida tranquila y juiciosa del soltero. No era un seductor, no tenía
apetitos contra natura, ni convertía la disipación en objeto principal de mi vida,
sino que participaba del placer sin ofender las conveniencias sociales, y me
creía ingenuamente un ser moral en extremo. Las mujeres con quienes tenia
relaciones no pertenecían a nadie más que a mí, y yo no les pedía otra cosa que
el placer del momento.
En todo esto no veía
nada de anormal, sino que, por el contrario, me felicitaba de no formar lazos
duraderos en mi corazón, y miraba como una prueba de honradez el pagar siempre
con dinero contante. Huía de las mujeres que podían estorbar mi porvenir enamorándose
o dándome un hijo. No vaya a creerse que dejó de mediar algún hijo o un
pasajero amor, pero yo me las arreglaba de modo que no llegué una sola vez a
enterarme...
Y viviendo así, me
reputaba un hombre honrado a carta cabal. No comprendía que los actos físicos
por sí solos no constituyen la relajación, sino que ésta consiste más bien en
emanciparse de todo lazo moral respecto de una mujer con quien se tienen relaciones
carnales. ¡Y yo veía como un mérito esa emancipación! Recuerdo que una vez me
inquieté seriamente por haberme olvidado de pagar a una mujer, cuyas caricias,
sin duda, inspiró el amor y no el interés. No me quedé tranquilo hasta
demostrarle, enviándole el dinero, que no me creía sujeto a ella por ningún
lazo. No mueva usted la cabeza como si estuviese de acuerdo conmigo—exclamó de
pronto vehementemente;—ya conozco esas ilusiones. Todos en general, y usted en
particular, si no es una rara excepción, tienen las mismas ideas que yo tenía
entonces y, si está usted de acuerdo conmigo, es sólo ahora; antes no pensaba
usted así. Tampoco pensaba así yo; y si hubiera tenido quien me contara lo que
yo ahora le cuento, no me habría sucedido lo que me ha sucedido. Pero, en fin,
la cosa no es para tanto. Usted dispense. En verdad que es espantoso, espantoso
este abismo de errores y de disipación en que vivimos frente al verdadero
problema de los derechos de la mujer...
—¿Qué es lo que usted
entiende por el verdadero problema de los derechos de la mujer?
—El problema de lo que
es ese ser especial, organizado de distinto modo que el hombre, y de cómo ese
ser y el hombre deben mirar a la mujer. Pero continuemos la historia.
—Durante diez años,
viví en el desorden más repulsivo, soñando con el amor más noble, y hasta en
nombre de ese amor. Sí, antes de contarle cómo asesiné a mi mujer, he de
decirle de qué modo me pervertí. La maté antes de conocerla: maté a la mujer
desde el momento en que hube saboreado los deleites de la sensualidad sin amor,
y con eso y, desde entonces, maté a la mía. Sí. señor, no he comprendido mi
crimen y el origen de todas mis desgracias sino después de haberme atormentado
y de haber vivido largo tiempo en continuo suplicio. Vea usted, pues, dónde y
cómo empezó el drama que ha acarreado mi desgracia.
Hay que remontarse a la
época en que tenía dieciséis años, cuando estaba todavía en el colegio y mi
hermano mayor estudiaba el primer curso. Aunque en aquella época no andaba yo
aún en tratos con mujeres, no era inocente ni mucho menos, como tampoco lo son
los infelices niños de nuestra sociedad. Hacía más de un año que me habían
abierto los ojos algunos mozalbetes, amigos míos, y que me torturaba la idea de
la mujer, no como se quiera, sino la idea de la mujer como algo infinitamente
delicioso, la idea de la desnudez de la mujer. Mi soledad no era ya pura. Vivía
en un suplicio, como seguramente le habrá pasado a usted y al noventa y nueve
por ciento de nuestros muchachos. Sentía un vago espanto, oraba a Dios y me
prosternaba.
Estaba ya pervertido en
imaginación y en la realidad, pero me faltaba dar los últimos pasos. Me perdía
a mis solas, más sin haber puesto las manos todavía en otro ser humano. Todavía
era tiempo de salvarme, cuando he aquí que un amigo de mi, hermano un
estudiante muy alegre, de los que se llaman mozos de chispa, es decir, uno de
los mayores bribones, al que debíamos ya el saber beber y jugar a las cartas,
se aprovechó de una noche de embriaguez para arrastrarnos. Fuimos. Mi hermano,
tan inocente como yo, cayó esa noche... Y yo, un monigote de dieciséis años me
manché igualmente y contribuí a la deshonra de la mujer, sin comprender lo que
hacía; nunca he pensado que cometiese por ello una mala acción. Verdad es que
hay diez mandamientos en la Biblia; pero los mandamientos no son más que para
recitarlos delante de los curas, y no parecen tan indispensables siquiera como
los preceptos sobre el uso del que en las oraciones subordinadas.
De modo que yo no había
oído nunca a las personas mayores, cuya opinión respetaba, que aquello fuese
reprensible. Al contrario, muchas personas me decían que había hecho bien, que,
después de ese acto, se calmarían mis luchas y mis sufrimientos: eso lo había
oído o lo había leído. Había oído decir a las personas mayores que era
saludable, y mis amigos creían ver en ello cierta audacia merecedora de
aplauso. Así, pues, el hecho era enteramente loable. En cuanto al peligro de
una enfermedad, no hay que temer; ¿no se cuida: de ello el gobierno? Este rige
la marcha regular de las casas públicas, asegura la higiene de la corrupción en
beneficio de todos nosotros, jóvenes y viejos, y se encargan de esta vigilancia
médicos retribuidos. ¡Perfectamente bien! Afirman que el libertinaje es
provechoso para la salud, e instituyen una corrupción regular. Sé de algunas
madres que vigilan para que la salud de sus hijos no se altere por lo que a
este caso refiere. ¡Y la ciencia misma los envía a los lupanares!
—Pero ¿por qué dice
usted la ciencia?—pregunté.
—Los médicos son los
sacerdotes de la ciencia. ¿Quién pervierte a los jóvenes afirmando tales reglas
de higiene? ¿Quién pervierte a las mujeres ideando y enseñándoles medios de no
tener familia? ¿Quién cuida la enfermedad? ¡Ellos!
—Pero ¿por qué no
cuidar la enfermedad?
—Porque cuidar la
enfermedad es dar carta blanca a la disipación.
—No, porque entonces
...
—Sí, con que una
centésima parte de los esfuerzos que se gastan en curar la enfermedad se
emplease en curar la lascivia, hace mucho tiempo que no existiría la
enfermedad, mientras que ahora todos los esfuerzos se consumen, no en extirpar
la disipación sino en favorecerla combatiendo sus consecuencias. Pero en fin no
se trata de eso; se trata de que yo, como la mayoría de los hombres de nuestra
clase, incluso los aldeanos, he pasado por el horrible trance de caer, y no
porque me subyugase la seducción natural de una mujer cualquiera. De ningún
modo. Caí en el lazo porque no veía en ese hecho degradante más que una función
legítima y útil para la salud, porque otros no veían en él más que una
expansión natural., excusable, y hasta inocente en un joven. Yo no comprendía
que aquello fuese una caída y empecé a entregarme a esos placeres que creía
característicos de mi edad, de la misma manera que empecé a beber y fumar.
Y, a pesar de todo,
había en esa primera caída algo singular y conmovedor. Recuerdo muy bien que
allí mismo, sin salir del cuarto, me invadió al punto una tristeza tan
profunda, que me daban ganas de llorar: ¡de llorar la pérdida de mi inocencia,
la destrucción para siempre de mis relaciones con la mujer! Sí, mis relaciones
con la mujer quedaban destruidas para siempre. Ya no podía tener relaciones
puras de allí en adelante. Me había convertido en un ser voluptuoso, y la
voluptuosidad es un estado físico semejante al del morfinómano, el fumador y el
borracho.
Así como los hombres en
este estado no son seres normales, quien ha conocido varias mujeres para el
placer no es ya tampoco un hombre normal. Es anormal para siempre, es un
voluptuoso. Y así como cabe conocer al borracho y al morfinómano por la
fisonomía y los modales, así también cabe conocer al voluptuoso. Puede
contenerse, puede luchar, pero no volverá a tener nunca con las mujeres
relaciones sencillas, puras y fraternales. En la manera de mirar a una joven se
puede reconocer al voluptuoso, y yo me volví voluptuoso y lo he sido siempre
desde entonces. Lo confieso con entera franqueza.
—Sí, esto fue así y
siguió siéndolo durante mucho tiempo. ¡Dios mío! Cuando acude a mi memoria el
recuerdo de mis malas acciones, me hace estremecer de espanto pensar en las
pesadas bromas que me hacían mis compañeros burlándose de mi inocencia. ¡Y
cuando veo la juventud que llaman dorada, en los militares, en los
parisienses...! ¡Cuando pienso en el aire digno que tenemos todos nosotros,
vividores y calaveras de treinta años, con la conciencia manchada por el
recuerdo de mil terribles crímenes, al penetrar en un salón de baile, en una
reunión, recién afeitados, adornados con la blancura resplandeciente de
nuestras camisas, de frac o de uniforme...¡ ¡Qué ideal de pureza! ¡Un verdadero
sueño infantil!
Reflexionemos un
momento acerca de lo que esto es y de lo que debería ser. Cuando uno de esos
libertinos se acerca a mi hermana o a mi hija estando enterado, como lo estoy,
de su vida, debería yo llamarle y decirle: «Amigo mío, sé que eres un libertino
y en qué compañía pasas las noches, y debo decirte que tu puesto no está aquí,
al lado de las jóvenes inocentes.» Eso es lo que debería decírsele. ¿Y qué es
lo que, por el contrario, sucede? Que cuando se presenta uno de esos tipos y
baila con mi hermana o con mi hija, pasándole el brazo por la cintura, nos
sonreímos muy satisfechos, sobre todo si se trata de un hombre rico y bien
emparentado... ¡Qué asco! ¡Pero muy pronto ha de llegar un día en que todas
esas cobardías y esos embustes se desenmascaren y se borren!
De esta manera viví
hasta los treinta años, alimentando como una obsesión la idea del matrimonio y
de la familia. Observé a todas las jóvenes casaderas de la comarca, y pese a
ser un vicioso y un libertino, me atrevía a buscar aquella cuya pureza podría convenirme.
Al cabo, fijé mis miradas en una de las dos hijas de un hacendado de Penza,
hombre que había sido rico en otros tiempos y luego se había arruinado. A decir
verdad, me atraparon y caí en una ratonera. La madre, pues el padre había
muerto, me preparó una porción de emboscadas, y en una de ellas caí; fue en un
paseo en barca. Una noche, al regresar de uno de esos paseos, con la hermosa
claridad de la luna iluminándonos y a punto de llegar al término del viaje,
estaba sentado a su lado y no podía apartar la mirada de su esbelto talle, de
las formas que hacía resaltar un jersey muy ceñido y de los sedosos bucles de
sus cabellos rubios. Y lo comprendí de pronto, era ella la elegida.
Se me figuró que mis
pensamientos y mis sentimientos elevados encontraban un eco en ella, cuando en
realidad no estaba seducido más que por su talle y su cabello, y aparte de
esto, la intimidad de todo el día había hecho germinar en mí el deseo de otra intimidad
aún mayor. Desbordándose del alma impresiones exquisitas, y convencido de que
aquella joven era la perfección personificada, la creí digna de ser
inmediatamente mi esposa. Al día siguiente hice mi petición matrimonial.
Este es un mal que no
tiene remedio. Nos hallamos sumidos en un abismo tal de embustes, que es
necesario, para que nos enteremos de la verdad, que nos caiga una teja sobre la
cabeza, como me sucedió a mí. ¡Qué situación más embrollada! Entre mil futuros maridos,
lo mismo entre los pertenecientes al pueblo que en nuestra clase, costaría
mucho trabajo hallar a uno solo que no haya estado en contacto con mujeres lo
menos una docena de veces. Según parece, abundan hoy los jóvenes castos que
comprenden y saben que este asunto no es una broma, sino algo sumamente serio.
¡Que Dios los proteja! En mi época no se encontraba más que uno por mil.
Todos lo saben, y sin
embargo obran como si lo ignorasen. En las novelas se describen, hasta en sus
menores detalles, los sentimientos de los héroes, las fuentes, los matorrales y
las flores. Al describir sus amores, no dicen ni una palabra acerca de su vida
anterior, ni de sus visitas a las casas públicas, ni de las persecuciones de
que han hecho objeto a las doncellas, a las cocineras y a la mujer ajena. Si se
escribiesen novelas como estas, no se las dejarían leer a las jóvenes, porque
los hombres ocultan sus pensamientos, no sólo a ellos mismos, sino también a
las mujeres. Al oírlos, se creería a que no existe esa vida corrompida de las
grandes ciudades, y hasta de las aldeas populosas, ese libertinaje en el cual
todos se encenagan con voluptuosidad. Y lo dicen con una apariencia de
convicción tal, que se persuaden a sí mismos, y las pobres muchachas lo creen
también. Este fue el caso de mi desventurada mujer.
Me acuerdo de que un
día, cuando todavía no éramos más que novios, le enseñé mis memorias,
poniéndola así al corriente de mi vida pasada, y especialmente de las últimas
relaciones que había tenido y que creí era mi deber darle a conocer. Cuando
comprendió lo que significaba mi revelación, su terror y su desesperación
fueron tan grandes que creí llegado el momento en que renunciaba a casarse
conmigo. ¡Qué dicha más grande hubiese sido para los dos!
Pozdnychev se calló y
luego añadió:
—Vale más, no obstante,
que haya sido así, pues obtuve lo que tenía merecido, pero no nos detengamos
más en esto. Lo que quería decir es que las pobres jóvenes son las engañadas en
este caso, y las madres lo saben porque los maridos no ignoran lo que ocurre.
Fingen una creencia grande en la pureza de los hombres y obran como si ésta
fuese realidad. Conocen perfectamente los celos a los que pueden apelar para
atraer a los hombres hacia ellas y hacia sus hijas. En cambio, nosotros, los
hombres, lo ignoramos por poca voluntad de aprender. Las mujeres saben que el
amor más puro, el más poético como se dice, no depende esencialmente de las
facultades morales, sino de aproximaciones carnales, de la manera de peinarse,
y del color o del corte de los trajes. Preguntadle a una coqueta experimentada
que se haya propuesto conquistar a un hombre qué es lo que prefiere, que ante
ese hombre prueben que mintió, que fue cruel o disoluta, o bien que la
presenten ante él en un momento en que se halle ataviada con un vestido de mal
gusto o mal cortado, y todas preferirán la primera alternativa. Les consta que
mentimos de una manera indigna al hablar de la pureza de nuestros sentimientos,
que es sólo su cuerpo lo que nos tienta y que mejor pasaremos por alto un
defecto cualquiera que un vestido de mal gusto o mal cortado. La coqueta lo
hace sin pensarlo, instintivamente; por lo mismo se pone esos odiosos vestidos
ceñidos, toma ciertas posturas y usa esos tocados que le permiten llevar al
descubierto hombros, brazos y pecho.
A las mujeres, sobre
todo aquellas que han tenido relaciones con los hombres, les consta
perfectamente que las conversaciones sobre temas elevados no son más que charla
y que el hombre no tiene más punto de mira que el cuerpo y todo lo que ayuda a
dar relieve a éste, y obran en consecuencia. No hay para qué buscar por qué
serie de circunstancias se incorporó a nuestras costumbres ese hábito que se
convirtió en una segunda naturaleza. Consideremos la vida de las diversas
clases de la sociedad en todo su impudor; ¿no es en realidad la de una casa
pública? ¿No lo cree así? Pues voy a demostrarlo—dijo anticipándose a mi
objeción.—En su concepto, las mujeres de la clase social a la que pertenecemos
tienen intereses muy distintos de los de las mujeres que viven del vicio. Pues
bien, yo sostengo que no y voy a probarlo. Cuando las personas se proponen otro
objetivo llevan una vida muy distinta, y esas diferencias han de aparecer en lo
exterior, por lo que debiera de ser todo muy diferente.
Compare a esas
desdichadas con las mujeres de la clase más elevada, ¿qué ve? Los mismos
tocados, los mismos modales, iguales perfumes, idénticos escotes, brazos al
aire y pechos al descubierto, igual afición a la pedrería, y a las alhajas.
Hasta los placeres, es decir, bailes, música y cantos son iguales. Para unas y
para otras todos los medios son buenos con tal de atraer. Hablando con entera
franqueza, la mujer que peca momentáneamente por vil interés, es despreciada de
todos...; la que peca toda la vida obtiene el respeto general. Fueron esos
cuerpos ceñidos, esos cabellos rizados, esos modales seductores los que me
atrajeron.
—No era difícil, en
verdad, hacerme caer en un lazo, porque con mi educación me sentía atraído
hacia el amor como el viajero del desierto se siente atraído por el espejismo.
¿No es una alimentación abundante un excitante para los ociosos? Los hombres de
nuestra clase se alimentan como caballos. Si se cierra la válvula de seguridad,
es decir, si se condena a un joven lanzado a la vida del placer a seguir otra
mas tranquila, se verá cómo aparecen en seguida una excitación nerviosa y una
inquietud tan terribles como extraordinarias, que, miradas a través del prisma
de nuestra vida artificial, se convertirán en una ilusión que se tomará por
amor. El amor y el matrimonio dependen en gran parte del alimento. ¿Os asombra
esto? Pues más extraño aún es que esto no haya sido reconocido universalmente.
En mi tierra hicieron este año algunos trabajos para un ferrocarril. Ya sabe
qué es lo que beben y comen generalmente nuestros aldeanos: sidra hecha con
cebada, pan y cebollas, y eso les basta para poder trabajar bien el campo. En
las obras del ferrocarril les daban gachas hechas con harina y grasa y además
una libra de carne; pero está alimentación más sólida se compensaba con
dieciséis horas de trabajo rudo, manejando tierras o materiales o empujando
pesadas vagonetas y carretillas, de manera que trabajo y alimento se compensan.
¿En qué gastamos nosotros las dos libras de carne, caza, toda clase de manjares
excitantes y las bebidas que consumimos a diario? Pues en los excesos sexuales.
Si entonces se abre la válvula de seguridad todo va bien; pero si se cierra,
como hice yo más de una vez, resulta una excitación nerviosa que, espoleada por
la lectura de novelas, periódicos, versos y por la música, hace que la buena
alimentación se convierta en el más puro amor. De esta manera me enamoré yo
también e hice lo que todo el mundo, y en mis amores no faltó nada: delicias,
enternecimientos, horas de arrobamiento... En el fondo, ese amor era obra de la
madre de mi novia y del modisto por una parte, y por la otra de la buena mesa y
de la falta de actividad. Sin los paseos en barca, sin aquel talle esbelto, sin
aquel cuerpo en que la tela parecía pegada a la carne, sin los paseos juntos,
no me habría enamorado, ni habría caído en la emboscada.
—Fíjese también en este
embuste tan generalizado: en la manera como suelen hacerse los casamientos.
¿Qué es lo mas natural? La joven es núbil, hay que casarla; nada más sencillo,
y a menos que sea un espantajo encontrará quien suspire por ella. Pues bien, no
hay nada de esto y ahí es donde empieza una nueva mentira. Antaño, cuando la
joven llegaba a la edad conveniente, sus padres la casaban, dejando a un lado
toda idea sentimental y sin que por eso la quisiesen menos. Esto sucedía y
sucede aún en el mundo entero, entre los chinos, los indios, los musulmanes,
entre nuestro pueblo y, en resumen, entre las noventa y nueve partes de la
humanidad. Una centésima parte apenas, nosotros, gentes corrompidas, creímos
que eso no estaba bien y buscamos otra cosa, ¿y qué fue lo que hallamos? A las
jóvenes las exponen como el género en un almacén donde los hombres tienen la
entrada libre para elegir a su gusto. Las muchachas esperan allí, pensando para
su fuero interno y sin atreverse a decirlo en voz alta: «¡Tómame a mí, querido
mío, a mí y no a esa otra! ¡Mira mis hombros y todo lo demás!» Los hombres
pasamos y volvemos a pasar por delante de ellas, las miramos y remiramos,
hablando de vez en cuando de los derechos de la mujer, de la libertad que deben
tener, basada, a lo que se pretende, en su instrucción.
—Pero ¿se puede hacer
de otra manera?—le pregunté interrumpiéndole.—¿Quiere que sean ellas las
encargadas de hacer la petición matrimonial ?
—¿Es que acaso lo sé
yo? Pero sí que es cuestión de igualdad y de que ésta se haga realidad. Se ha
hablado mucho y mal de los casamenteros y de los intermediarios, y nuestro
sistema es cien veces peor. En aquel caso, los dos están en iguales
condiciones, y nuestro sistema es mucho peor. En aquél los derechos y las
esperanzas son iguales; en éste la mujer es una esclava a la que ofrecen porque
no puede ofrecerse por sí misma. Empieza entonces esa otra mentira convencional
que se llama «presentarse en sociedad», «divertirse», y que no es ni más ni
menos que la caza del marido. Decidles la verdad desnuda a una madre o a una
hija; decidles que no tienen más que una preocupación: pescar un marido, y les
haréis una grave ofensa. Y no obstante, ese es su único objeto, no pueden tener
otro. Lo más tremendo en todo esto es que se ve a muchas jóvenes ingenuas e
inocentes que obran de este modo sin saber lo que hacen.
¡Si al menos se hiciera
con entera franqueza! Pero no son más que mentiras e hipocresía.—«¡Ah. qué cosa
más interesante es ese libro nuevo del Origen de las especies! —exclama la
mamá.—«¡Cuántos atractivos tiene la literatura! La pintura le gusta mucho a
María. ¿Piensa ir hoy a la Exposición? ¿Pasea mucho en coche? La verdad es que
admira lo mucho que entusiasma a mi Luisa la música. ¿Cómo es que no profesa
esas ideas? ¡Ah, los paseos por el agua!... » Y al decir esto no las anima a
todas más que un pensamiento: «Tómame a mí; elige a mi Luisa. No, a mí, ¡prueba
al menos!» ¡Oh! ¡Cuánta hipocresía! ¡Cuánto embuste!
—¿Conoce la supremacía
de la mujer—me preguntó de pronto;—esa supremacía o dominación que tantos
sufrimientos causa a todos? En lo que acabo de decir está la indicada causa.
—¡Cómo! ¡La supremacía
de la mujer!—repliqué.—No lo comprendo, cuando se lamentan, por el contrario,
de que no gozan de ningún derecho y de que son las víctimas!
—Ésa, precisamente, es
la idea que quería expresar—dijo con animación.—Eso es justamente lo que hace
que se sostengan dos opiniones en apariencia contradictorias. Por una parte una
tremenda humillación y de la otra un poder soberano. Pasa con la mujer lo mismo
que con los judíos, que se vengan con el poder que les da su dinero del
envilecimiento al que les condenamos. «¿Nos permitís que nos dediquemos al
comercio? De acuerdo; pues por medio de los negocios nos convertiremos en amos
vuestros,» dicen ellos. «¿No queréis ver en nosotras más que un objeto
sensual?, sea, pues por los sentidos nos apoderaremos de vosotros,» dicen, a su
vez las mujeres.
No es, pues, la
privación del derecho de sufragio, ni el veto para ejercer determinadas
magistraturas lo que constituye la ausencia de los derechos de la mujer, aparte
de que pregunto: ¿esas ocupaciones, son realmente tales derechos? Lo que hay es
una prohibición de acercarse a un hombre o de alejarse de él y de escogerlo a
su antojo, en vez de ser escogida. Esto le llama la atención, ¿no es así?
Entonces, privad al hombre de esos derechos, puesto que goza de ellos, ya que
se los negáis a su mujer. Para igualar todas las probabilidades, la mujer,
dominada por la sensualidad, se hace dueña absoluta por medio de los sentidos,
de tal manera que, siendo él quien en apariencia escoge, es en realidad ella la
que elige. Y cuando posee a fondo el arte de seducir, abusa y adquiere un
dominio extraordinario, un imperio terrible sobre la humanidad.
—Pero ¿dónde ve ese
predominio tan extraordinario?
—¿Dónde? En todas
partes. Vaya a esos grandes almacenes de sederías y tejidos que hay en las
poblaciones de alguna importancia, y verá en ellos amontonados millones de
francos y el producto de un trabajo que, por lo gigantesco, es casi
incalculable. Dígame, ¿hay en la décima parte de esos almacenes alguna cosa que
sea de uso del hombre?
Todo el lujo es para la
mujer que lo busca, impulsándola siempre hacia adelante ¿Y las fábricas? En su
mayor parte no hacen más que trabajar para la mujer, y millones de hombres,
generaciones enteras de obreros, sucumben en esos trabajos hechos en condiciones
semejantes a las de las penitencierías, para que ella se pueda engalanar. Lo
mismo que si fuese una reina poderosísima, la mujer mantiene en la esclavitud y
el trabajo a las nueve décimas partes de la humanidad. Y todo esto sucede, ni
más ni menos, por negar a la mujer derechos iguales a los del hombre. Se venga
excitando nuestros sentidos y procurando que caigamos en las celadas que nos
tiende; y tal es la influencia que han llegado a ejercer sobre ellos que en su
presencia pierden la calma no sólo los jóvenes de sangre caliente, sino hasta
los viejos.
Y la mujer conoce tan
bien esa influencia que no la oculta. Lo verá fácilmente si observa las
sonrisas de triunfo en una fiesta popular, en un baile o en una reunión de
etiqueta. En cuanto un joven se acerca a ella, cae en sus redes y ¡adiós razón!
Siempre experimenté
cierto malestar al hallarme en presencia de una mujer en traje de corte, de una
joven del pueblo con pañuelo rojo y traje endomingado, y de una señorita
vestida para un baile. Y eso es todavía más terrible para mí hoy día. Veo en
todo ello un peligro para los hombres, algo, en fin, contrario a la Naturaleza,
y siento deseos de empezar a gritar llamando a la policía para alejar ese
peligro: para hacer que aparten de mi vista un objeto dañino.
¡Y no me río! Estoy
seguro de que ha de llegar un día, que quizás no esté muy lejano, en que se
preguntarán con asombro cómo pudo haber un tiempo en que se permitían acciones
capaces de producir tanto trastorno, turbando la tranquilidad de la sociedad, como
lo consiguen las mujeres por medio de la excitación de los sentidos y los
adornos con que engalanan su cuerpo. Es como si en los paseos públicos se
pusiesen cepos por donde han de pasar los hombres, ¡y tal esto no sería tan
peligroso como aquello!
—¿Por
qué—pregunto—prohibir los juegos de azar y permitir que las mujeres aparezcan
medio desnudas en público, por más que esto sea mil veces más inmoral que el
juego? ¡Qué extraña manera de juzgar las cosas!
—He aquí ahora cómo caí
en el lazo. Era yo lo que se llama un enamorado, y no era a ella sola a la que
consideraba como la perfección personificada, sino que yo mismo, durante el
tiempo que fuimos novios, me creía el mejor de los hombres. No hay nadie en
este mundo que, aun siendo malo, buscando con un poco de paciencia no encuentre
a otro que sea peor que él (lo cual es origen de alegría y de orgullo). Este
era el caso en que yo me hallaba. No me casé por el afán del dinero, al que no
tenía apego, a diferencia de muchos conocidos míos que habían hecho del
matrimonio un negocio, bien para procurarse un capital con la dote, bien para
crearse una posición con las nuevas relaciones. Yo era rico y mi mujer pobre.
¿Qué me importaba eso a mí? Había, además, otra cosa que me enorgullecía, y era
que, al contrario que los que al casarse no abandonan sus ideas de poligamia,
yo me había jurado vivir siempre como monógamo en cuanto me casara. Era un
miserable y me creía un ángel.
No fuimos novios
durante mucho tiempo y no puedo evocar sin enrojecerme los recuerdos de aquella
época, ¡que vergüenza y qué asco! Si hubiese sido un amor platónico, puesto que
es de éste del que hablamos y no del sensual, habría debido manifestarse en conversaciones,
en palabras; pero no hubo nada de eso. En nuestras entrevistas la conversación
era penosa, un verdadero trabajo de gigantes. Apenas encontraba un tema, ya
estaba, agotado, y vuelta buscar otro. Nos faltaban asuntos de los que hablar,
habiendo agotado cuanto podíamos decir acerca de nuestro porvenir y
establecimiento. ¿Qué nos quedaba? Si hubiésemos sido animales, sabido
tuviéramos que no había de qué hablar; sin embargo, carecíamos de objeto,
porque la cosa que a ambos nos preocupaba no era de las que tienen solución en
una conversación. Añada a esto la deplorable costumbre de comer golosinas;
luego, los preparativos de la boda; ver la habitación, las camas, las ropas que
se han de usar durante el día, las de noche, la ropa blanca y los objetos de
tocador, etc., etc. Ya está viendo que el que se casa al uso antiguo, con
arreglo a los preceptos del Domostroy, como decía ese señor viejo que se fue,
considera los edredones, las camas y la dote como otros tantos detalles que
contribuyen a hacer del matrimonio algo sagrado. Pero para nosotros, que en la
proporción de uno por diez no creemos, no, en ese algo sagrado, ¡y que se crea
o no importa poco!, sino en las promesas que hacemos nosotros—de los que apenas
un uno por ciento no habrá ya tenido que ver con mujeres y de los que apenas
uno de cada cincuenta no estará dispuesto a ser inmediatamente infiel a su
mujer—, para nosotros, repito, que no vamos a la iglesia más que a cumplir con
un requisito exigido antes de poseer a una determinada mujer, todos esos
detalles no tienen más que un significado bien preciso. Es un contrato innoble.
Se vende una virgen a un libertino y esa venta se verifica con la apariencia de
las cosas más puras, adornándola con poéticos detalles.
—Me casé como nos
casamos todos. Si los jóvenes que ansían pasar la luna de miel supiesen las
desilusiones que les esperan... porque no hay más que desilusiones en todas
partes; y todos—en verdad que ignoro por qué—se creen obligados a ocultarlo.
Paseaba un día por una feria de París y entré en un barracón en el que
enseñaban una foca y una mujer con barbas. La mujer era un hombre con traje
descotado, y la foca ni más ni menos que un perro, cubierto, es verdad, con una
piel de foca y que nadaba en una gran tina; el espectáculo tenía más bien poco
atractivo. Cuando salí del barracón, el dueño me señaló al público diciendo:
«Preguntadle a este señor si vale la pena pasar; ¡adelante, señoras y
caballeros! ¡No cuesta más que un franco la entrada!» Me costaba gran trabajo,
no podría decir por qué, contradecir a aquel hombre y contó con mi
asentimiento. Lo mismo les sucede a los que por propia experiencia conocen el
hastío de la luna de miel: que no quieren destruir las ilusiones de los demás.
Yo por mi parte no
desvanecí los sueños de nadie, pero no veo motivo para que ahora me calle. En
la luna de miel no hay nada agradable, sino todo lo contrario. Aquello es un
continuo malestar, una vergüenza, un malhumor sombrío, y predomina sobre todo
esto un aburrimiento, un tedio espantoso. No acierto a comparar esa situación
más que con la del muchacho que empieza a fumar: siente náuseas, se traga el
humo y, sin embargo, dice que experimenta un gran placer. Si el trabajo produce
goces es para más adelante, y lo mismo sucede con el matrimonio. Antes de
gozar, los esposos deben habituarse al vicio.
—¡Cómo! ¿Al
vicio?—exclamé.—Está hablando de algo que es natural, instintivo.
—¡Algo natural!
¡Instintivo! No hay nada de eso. He llegado a convencerme de lo contrario,
permitidme que os lo diga, y yo, hombre corrompido, libertino, entiendo que es
contra naturaleza. ¡Y cuánto más arraigada no estaría esta convicción en mi
ánimo si no estuviese tan pervertido! Es un acto contra la naturaleza para toda
joven pura, igual que para un niño. Una hermana mía se casó, siendo muy joven,
con un hombre que tenía doble edad que ella y que hasta entonces había llevado
la vida propia de los libertinos, y recuerdo cuán grande fue nuestro asombro al
ver que le abandonaba durante la noche de la bodas y que, pálida y temblorosa,
nos dijo que por nada del mundo podría contarnos lo que exigían de ella. ¿Y
llamáis natural a esto? Comer sí que es natural; comer es una satisfacción, una
función agradable que puede llevarse a cabo sin que uno se avergüence, y en
cuanto al otro acto, no hay más que repugnancia, vergüenza y dolor. No, no es
natural, y adquirí la convicción de que una joven lo teme siempre. Una muchacha
joven y pura desea hijos; hijos, sí, pero un hombre, no.
—Entonces —observé con
mucho asombro—; ¿cómo perpetuar el género humano?
—¿Y acaso es necesario perpetuarlo?—replicó
con brusquedad.
—Sin duda, porque de
otro modo no existiríamos.
—¿Y para qué hace falta
que existamos?
—¿Para qué? Pues para
vivir.
—¿Para vivir?
Schopenhauer, Hartmann y los budhistas sostienen que la verdadera felicidad
está en no existir. Y tienen muchísima razón cuando aseguran que la dicha de la
humanidad está en su destrucción. No lo dicen con tanta claridad; sostienen que
la humanidad debe destruirse para ahuyentar el sufrimiento y que su objetivo o
fin es su propia destrucción Esto es un error. El objetivo final de la
humanidad no debe ser el de librarse del mal o del sufrimiento por el
aniquilamiento de sí mismo, porque el mal es el resultado de la actividad, y el
objetivo de ésta no puede ser el aniquilamiento de los efectos que produce. El
fin del hombre, lo mismo que el de la humanidad entera, es la dicha, y para
lograrla le han impuesto una ley a la que debe atenerse. Esa ley se basa en la
unión de los seres que componen la humanidad. Las pasiones son las únicas que
impiden esa unión, y por encima de todas las demás, la más fuerte, la peor, es
el amor sensual, la voluptuosidad. Cuándo el hombre haya conseguido dominar sus
pasiones y con ellas la que más le domina, el amor sensual, existirá ese amor,
y la humanidad, una vez cumplido su objetivo, no tendrá ya razón de existir.
—¿Y hasta que llegue
ese momento?
—La humanidad tiene una
válvula de seguridad. El amor de los sentidos no es más que la señal del
incumplimiento de la ley. Mientras ese amor exista, habrá una nueva generación
para intentar realizarla. Si la primera no basta vendrán otras... hasta que se
llegue al cumplimiento de esa ley... Cuando esto suceda, la humanidad dejará de
ser, porque nos sería imposible explicarnos la vida si el género humano fuera
perfecto.
—¡Qué teoría más
extraña!—exclamé.
—¿Por qué es extraña?
Todas las religiones profetizan que la humanidad ha de tener un fin, y con
arreglo a las conclusiones de la ciencia moderna, ese fin es también
inevitable. ¿Qué tiene pues de particular que la filosofía moral presente esas
mismas conclusiones? Aquel que pueda comprenderlo que lo comprenda, dijo Cristo
y veo bien claro su pensamiento. Para que el hombre tenga relaciones sexuales
morales, es preciso que tenga por objeto la castidad completa. El hombre
sucumbe en esa lucha y de ahí proviene el matrimonio moral; pero si el hombre,
y este precisamente es el caso de la sociedad actual, se entrega antes de que
llegue ese caso al amor sexual, el matrimonio no puede ser, a pesar de sus
apariencias de moralidad, mas que un pretexto para la voluptuosidad, y la vida
una vida completamente desprovista de sentido moral. Fue en esta última
existencia en la que perecimos los dos, mi mujer y yo; en esa pretendida
existencia moral a la que se llama vida de familia.
Comprenderá fácilmente
a qué extremos pueden llegar las ideas cuando se oye tratar de miserable y
ridículo lo que tiene de mejor el hombre, es decir, su libertad y su celibato.
La situación ideal para la mujer, ese estado de pureza y de virginidad, asusta
a la sociedad que se burla de él. Cuántas jóvenes sacrifican su doncellez a ese
Moloch que es la opinión pública y se casan con el primer advenedizo para no
ser doncellas, es decir, seres superiores. Se inmolan para no permanecer en esa
condición de superioridad.
Hasta entonces no había
comprendido que las palabras del Evangelio «aquél que mira a una mujer para
desearla, ha cometido ya adulterio con ella en su corazón», se puede aplicar lo
mismo a la mujer ajena que a la propia. No las había comprendido y me parecían
sublimes todos los actos que ejecuté durante mi luna de miel, persuadido de que
la satisfacción del deseo sensual con mi propia mujer era lo más natural y
digno del mundo. Tan bien como yo, usted sabe que el viaje de boda, la soledad
en que se deja a los recién casados, con permiso de sus padres, no son ni más
ni menos que una excitación al libertinaje.
No veía yo en esto nada
que fuese malo o vergonzoso y mi luna de miel me pareció una promesa de
felicidad, pero esa esperanza pronto se desvaneció. Creo, empero, que hice
todos los esfuerzos imaginables para lograrla; esfuerzos que fueron vanos, pues
cuanto más andaba en pos de la dicha, más huía ésta de mí. Durante todo ese
tiempo fui presa del malestar, la vergüenza y el tedio, y poco más tarde se
presentaron la tristeza y los sufrimientos.
Si no recuerdo mal, fue
al tercero o cuarto día cuando encontré triste a mi mujer, y, besándola, traté
de inquirir lo que le sucedía. Creía que no podía querer más que besos. Con un
gesto hizo que me apartase y se echó a llorar. ¿Por qué? No lo sabía; se
encontraba mal, fatigada. La laxitud de sus nervios le reveló indudablemente la
verdadera naturaleza de nuestras relaciones; pero no sabía cómo expresar sus
sentimientos. La apremié haciéndole muchas preguntas, y al cabo me respondió
que le inquietaba el recuerdo de su madre. No la creí y empecé a querer
consolarla, sin hablarle de sus padres, no comprendiendo que éstos no eran más
que un pretexto y que tenía el corazón oprimido. No me hizo caso y le eché en
cara sus caprichos, burlándome de su tristeza. Dejó entonces de llorar y me
contestó furiosa, llamándome egoísta y cruel. La miré cara a cara y vi que en
la suya todo revelaba furor, cólera contra mí.
¿A qué venía aquella
actitud inexplicable? ¿Era posible? ¡No era la misma mujer! Traté de calmarla y
me estrellé contra una frialdad y una amargura tales que en un momento perdí mi
sangre fría y nuestra conversación degeneró en disputa.
La impresión que me
produjo este primer disentimiento fue terrible, ya que era la revelación del
abismo que nos separaba. La satisfacción de los deseos de los sentidos mató
nuestras ilusiones, y en realidad nos encontrábamos cara a cara como dos
egoístas que tratan de obtener todo lo posible el uno del otro; como dos
personas que no ven la una en la otra más que un instrumento de placer. Ese
disentimiento fue nuestra constante, que se manifestó en cuanto quedaron
saciados nuestros sentidos, si bien no comprendí en seguida que esa frialdad y
esa hostilidad fuesen en adelante nuestro estado normal, porque no tardaron en
adormecerse al despertarse nuestra voluptuosidad. Creí que se trataba de una
disputilla que, una vez aplacada, no se reproduciría; pero durante la luna de
miel se presentó otro nuevo período de saciedad, y con éste, como no nos
necesitábamos el uno al otro, una segunda pelea que me asombró mucho más que la
primera. ¿No habría sido ésta producto de la casualidad o de un malentendido?
¿O era inevitable, fatal?
Me asombré tanto más
cuanto que la causa fue muy insignificante. Tuvo origen en una cuestión de
dinero. No era avaro, y mucho menos tratándose de mi mujer. Recuerdo únicamente
que tomó muy a mal una de mis constantes observaciones, y que imaginó estaba hecha
con el propósito deliberado de dominarla por el dinero, única cosa que me hacía
superior a ella, lo cual era estúpido y ridículo dado su carácter y el mío. Me
incomodé y le eché en cara su falta de tacto. Como respuesta recibí algunos
reproches, y empezó otra vez la disputa. En su rostro, lo mismo que en su
mirada y en su lenguaje, se reveló otra vez aquel odio que tanto me había
sorprendido. Antes de que me ocurriese esto había tenido discusiones con mis
amigos, con mis hermanos y hasta con mi padre, y jamás observé en ellos esa
expresión rencorosa que tanto me sorprendió. Pronto, sin embargo, ese rencor se
ocultó tras los caprichos de nuestra voluptuosidad, y me consolé diciéndome que
eran malentendidos que no tendrían consecuencias irreparables.
Sobrevinieron una
tercera, una cuarta disputa y hube de reconocer que no se debían a
malentendidos, sino que eran producto de una situación fatal, permanente. Me
fui acostumbrando a esas escenas, y me pregunté por qué había de llevar yo, que
me había casado tan esperanzado, una vida tan deplorable con mi mujer. En
aquellos momentos ignoraba que lo mismo sucede en todos los matrimonios, que
todos pensaban lo mismo que yo, que esa desdicha era general y que todos se la
ocultaban a los demás, del mismo modo que se la disimulaban a sí mismos.
Después de haber
empezado así, la situación fue empeorando de día en día, agravándose cada vez
más. Durante las primeras semanas ya comprendía en mi fuero interno cuál era la
desgracia que sobre mí pesaba, y que no era en verdad lo que yo esperaba. Comprendí
entonces que el matrimonio, en vez de ser una dicha, es una carga muy pesada;
pero, obrando como todos, me lo oculté a mí mismo y a los demás, y sin el
desenlace que sobrevino seguiría ocultándomelo todavía. Lo que ahora me choca
es que no haya acertado a explicarme en tanto tiempo la verdad acerca de mi
situación, pues debería haberlo comprendido al apreciar la futilidad de los
motivos que daban origen a semejantes rencillas, y de los que nos acordábamos
una vez apaciguada la querella.
Nos resultaba imposible
dar una apariencia razonable a esa hostilidad latente que existía entre
nosotros, al igual que la gente joven y alegre, que cuando no tiene de qué reír
se ríe de su propia risa. No teniendo razones para nuestro rencor, nos odiábamos
para satisfacción del rencor que llenaba nuestras almas. Pero en todo esto
había algo más extraordinario aún, y es que carecíamos de motivos para
reconciliarnos. Algunas veces mediaban explicaciones, palabras, lágrimas;
otras, lo recuerdo con asco, después de intercambiar las frases más duras,
venían miradas tiernas, sonrisas y besos. ¡Qué horror! ¿Cómo es posible que no
me haya dado cuenta antes de todas esas ignominias?
Tanto los hombres como
las mujeres estamos, por nuestra educación, llenos de respeto hacia ese
sentimiento que se llama amor. Preparado desde mi infancia para él, lo conocí
durante mi juventud y no me produjo más que alegrías. Habían inculcado en mi
espíritu la idea de que amar es la cosa más meritoria, la más noble y sublime
del mundo. Cuando llega ese sentimiento tan deseado, el hombre se abandona;
pero por desgracia ese amor, que es ideal, etéreo, en teoría, en la práctica es
algo miserable y sucio de lo que no se puede hablar sin avergonzarse. Por algo
lo hizo así la Naturaleza. Sean cuales fueran las vergüenzas y el asco que hace
nacer en nuestro ánimo, nos vemos obligados a tomarlo tal cual es, y hacemos
cuanto está a nuestro alcance para imaginar que esa suciedad y ese horror están
revestidos de una belleza sublime.
Llamemos a las cosas
por su nombre. ¿Cuáles fueron las primeras señales de mi amor? El abandono
completo a mis instintos, sin delicadeza, sin orgullo y sin tener ni siquiera
en cuenta lo que podía pasar en el ánimo de mi esposa... No se me ocurrió
pensar en su vida física ni en su vida moral; no comprendí tampoco de dónde
provenían sus frialdades, cuando con poco trabajo lo habría adivinado, pues no
eran nada más que otras tantas protestas del alma contra la bestia que
amenazaba convertirse en señora absoluta. Ese rencor, ese odio era el que
experimentan y divide a dos cómplices de un crimen premeditado y cometido en
común. ¿No era por, ventura un crimen la continuación de nuestras relaciones
deshonestas, desde el primer mes en que ella estuvo encinta?
¿Crees que me estoy
yendo por las ramas? Nada de eso. Todo esto es necesario para explicarle cómo
llegué a cometer el asesinato de mi mujer. ¡Imbéciles! ¡Se creen que la maté el
5 de octubre con un cuchillo! Fue antes, mucho antes, cuando lo hice, lo mismo
que todos, sí, al igual que todos asesinan hoy a sus esposas. Bien sabe que la
idea más generalizada que circula por el mundo es la de que la mujer no es ni
más ni menos que un objeto, origen de placeres para el hombre y viceversa. Lo
supongo, porque no sé nada, y no hablo más que de mi propia experiencia. «El
vino, las mujeres y las canciones.» dicen los poetas.
¡El vino, las mujeres y
las canciones! ¿Será verdad? Fíjese en la poesía de todas las edades, en la
pintura, en la escultura, en los ligeros versos de nuestros poetas, en las
Frinés, en las Venus, en todas las desnudeces, en fin, y en todas y siempre, la
mujer se nos presenta como una fuente de placer, lo mismo en los sitios de
recreo más populares que en los bailes de la corte. Lo mismo en la Trouba que
en la Gratchevka (2). Es una estratagema del demonio.
Primero vinieron los
portaestandartes de la adoración de la mujer. ¡La adoran, y sin embargo no la
consideran más que como un instrumento de placer! Luego, en nuestros días,
apareció el respeto a la mujer, a la que se ensalza, aunque se recoge con ansia
lo que deja caer, llegando algunos al extremo de reconocerle el derecho de
sufragio, el de desempeñar ciertos cargos, etc. En el fondo, las opiniones
siguen siendo las mismas; la mujer no es más que un instrumento de placer y
ella no lo ignora. Y esto es para ella como la esclavitud, porque no es ni más
ni menos que la explotación del trabajo de los unos para el goce de los demás.
Si se quiere abolir la esclavitud, es preciso impedir esa explotación y hacer
que sea considerada como una vergüenza y un pecado. Se han figurado que ha
quedado abolida hoy en día, porque cambiaron las condiciones y se prohibió la
venta de esclavos, y no se fijan en que, a pesar de eso, sigue subsistiendo.
¿Por qué? Porque hay siempre un impulso hacia la explotación, que parece equitativa
y buena. Y la verdad es que, desde que esta opinión se abrió paso, se
encuentran hombres que, siendo más astutos y más fuertes, se dedican a explotar
a los demás.
Lo mismo sucede con la
emancipación de la mujer. Su esclavitud consiste en que a los hombres les
parece equitativo el deseo que experimentan de convertirla en instrumento de
placer. Se emancipa a la mujer; se le conceden diversos derechos iguales al
hombre; pero no se la deja de considerar como un ser consagrado al servicio del
placer, y en ese sentido se la educa desde su infancia bajo la influencia de la
opinión pública.
De este modo continúa
en la humillación de la esclavitud, y el hombre sigue siendo el mismo amo, tan
poco moral, tan libertino siempre. Para que semejante esclavitud se pudiese
abolir, sería preciso que la opinión pública estigmatizase como la más grande
de las ignominias el no ver en la mujer más que un instrumento de placer. No es
en los establecimientos de enseñanza ni en los ministerios donde puede
realizarse esa emancipación; es en la familia y no en las casas de tolerancia
donde se debe combatir eficazmente la prostitución. Emancipamos a la mujer en
los elogios y en el trato social, y no obstante, no dejamos de considerarla
como instrumento de placer.
Enseñad a la mujer a
conocerse, como nos conocemos nosotros, y seguirá siendo un ser inferior, o con
el auxilio de médicos poco escrupulosos procurará no concebir y llegará a ser,
no ya un animal, sino un objeto, o bien, y éste es el caso más frecuente, será
desgraciada, estará agotada por los nervios, y no tendrá esperanza alguna de
emancipación moral.
—Pero ¿por
qué?—pregunté.
—A mí lo que me
extraña, más que nada, es que nadie quiere ver lo que salta a la vista: algo
que todos los médicos saben y que callan en vez de proclamarlo en alta voz como
tienen el deber de hacer. El hombre quiere gozar sin preocuparle la ley de la
Naturaleza, los hijos. El nacimiento de éstos interrumpe el placer, y el
hombre, que no ansía más que el placer, apela a todos los medios para evitar
ese impedimento. No hemos llegado en este punto a lo que se hace en el resto de
Europa, y especialmente en París; no conocemos el sistema de los «dos hijos» y
no hemos hallado nada, porque no hemos buscado nada. Comprendemos que esos
medios son malos, queremos conservar la familia, y nuestra manera de proceder
es la peor.
La mujer, entre
nosotros, es madre y querida al mismo tiempo, es decir, nodriza y amante a la
vez, y sus fuerzas no bastan. A esto se deben las histéricas, las neuróticas, y
en el campo, las poseídas. Y fijaos que no me refiero a las mujeres solteras,
sino a las que están al lado de sus maridos. La razón es bien clara. De ahí es
de donde procede la decadencia moral e intelectual de la mujer y su
relajamiento. ¡Si se tuviese en cuenta el trabajo inmenso de la mujer mientras
está encinta y amamanta a sus hijos!... En su seno se desarrolla el ser que
debe ser un día el continuador de nuestra existencia y ocupar nuestro lugar. ¿Y
quién es el que perturba la santidad de esa obra? ¿Para qué? ¡Horroriza
pensarlo! ¡Y luego hablan de la libertad de la mujer y de sus derechos! Esto es
lo mismo que si se pretendiese que los antropófagos, al engordar a sus cautivos
para comérselos, lo hacen para cuidar exclusivamente de su libertad y de sus
derechos.
Me llamó mucho la
atención esa nueva teoría.
—¿Cómo debo entender lo
que acaba de decir?—repuse.—El hombre, en las condiciones que acaba de
expresar, no podría en realidad ser el marido de su mujer más que una vez cada
dos años, y el hombre...
—No puede substraerse a
esa necesidad, ¿no es cierto? Los sacerdotes de la ciencia lo han dicho, y lo
cree así. Quisiera que esos distinguidos profetas desempeñasen el papel de esas
mujeres que juzgan necesarias al hombre. ¿Qué es lo que dirían entonces?
Decidle sin cesar a un hombre que el aguardiente, el tabaco o el opio son
indispensables para su vida y acabará por creer que es verdad. De todo esto
parece resultar que Dios no comprendió lo que hacía falta, puesto que, por no
haber pedido consejo a esos profetas nuestros, no supo hacer bien el mundo.
Admita que lo hizo muy mal.
¿Cómo puedo explicarlo?
Encarémonos con nuestros profetas, que encontrarán alguna solución, si no la
han encontrado ya. ¿Cuándo llegará el día en que se les eche en cara sus
infamias y sus embustes? ¡Ya sería hora! ¡Ay! Los hombres van a parar a la
locura, al suicidio, y siempre por la misma razón. ¿Y cómo no ha de ser así?
Los animales, que al
parecer se dan cuenta de que la descendencia perpetúa la especie, siguen en
esto una ley fija que el hombre es el único en no reconocer. El hombre, el rey
de la Naturaleza, no tiene más que una idea: la de gozar continuamente. Para el
hombre, la obra maestra de la ciencia es el amor, y en nombre del amor, es
decir, de esa infamia, mata a la mitad del género humano, y a la mujer, que
debía ayudarle a guiar a la humanidad hacia la justicia y hacia la dicha, la
convierte, en nombre de su goce voluptuoso, en la causa de la destrucción del
género humano. Y el obstáculo que en todas partes encuentra en su camino la
humanidad es la mujer. ¿Por qué? Pues siempre por la misma razón.
—Sí, el hombre es peor
que la bestia, si no vive más que como hombre. Este fue mi caso. Lo más fuerte
del caso es que yo creía llevar una vida ejemplar, porque no me dejaba
arrastrar por los encantos de las otras mujeres. Me creía un sujeto moral, y
las escenas violentas que se sucedían entre mi mujer y yo las atribuía
exclusivamente a su carácter. Como es natural, me equivocaba, pues era como
todas, como la mayoría de ellas. Su educación había sido la que imponen las
exigencias de nuestra clase, parecida a la que reciben todas las jóvenes de
familias ricas y tal cual debe darse a todas.
¡Cuántas quejas se oyen
acerca de la educación de la mujer, y cuántos quisieran cambiarla! Pero todo
esto no son más que añagazas, porque la educación de la mujer debe basarse en
la idea verdadera del hombre acerca del destino de la mujer. En nuestra clase,
y a pesar de las ideas que hay en su favor, es que el destino de la mujer es
servir para placer del hombre, y su educación es ni más ni menos que el reflejo
de estas ideas. Desde su juventud no le enseñan más que a aumentar el poder de
sus encantos, y por su parte, ella no tiene más preocupación. De la misma
manera que la educación de las esclavas se dirigía únicamente hacia un solo
objeto, el de satisfacer los caprichos de su amo, nuestras mujeres no reciben
educación más que teniendo en cuenta un solo objetivo: el de atraer a los
hombres. En cualquiera de los dos casos no podía, no puede suceder otra cosa.
Tal vez se imagine que
esto sólo es cierto cuando se trata de esas chicas mal educadas a las que
llamamos con desdén jovenzuelas, y que hay una educación más seria, la que se
da en ciertos colegios, en los liceos donde se enseña latín, en las aulas de Medicina
y en las academias. ¡Grave error! Toda la educación de la mujer, sea cual
fuere, no tiene más que un objetivo: atraer al hombre. Unas lo consiguen por
medio de la música, otras con sus cabellos rizados, algunas con su ciencia o su
buen sentido; pero el objetivo es el mismo, y no puede ser de otra manera
porque no tienen más que ese.
¿Imagina a las mujeres
adquiriendo en la Academia la ciencia aparte de los hombres, es decir, a las
mujeres haciéndose sabias sin que los hombres lo sepan? Imposible. No hay
educación, no hay instrucción que pueda cambiar nada, mientras el ideal de la
mujer sea el matrimonio, no la virginidad y la liberación de los sentidos. La
mujer será, de otro modo, siempre una esclava. No hay más que ver las
condiciones en que se educan las jóvenes de nuestra clase, y no quiero
generalizar para no quedarme yo menos sorprendido ante el desorden de las
mujeres de la clase elevada que ante la moderación misma de ese orden.
Fíjese bien: desde que
llegan a la adolescencia no les preocupa más que una cosa: el vestido y sus
adornos. No hay para ellas más ocupaciones que los cuidados que han de dar a su
cuerpo; el baile, la música, la poesía, las novelas, el canto, los teatros, los
conciertos, y a todo esto puede añadir una ociosidad física completa, una
indolencia general y una alimentación agradable y nutritiva. Como nos lo
ocultan, ignoramos los sufrimientos que producen a las jóvenes la excitación de
los sentidos. De cada diez, nueve se atormentan más de lo que se sospecha en la
primera época de su pubertad, y más adelante mucho más, si no se casan antes de
los veinte años. Cerramos los ojos para no ver estas cosas, pero aquellos que
quieren tenerlos bien abiertos se dan cuenta de que dicha excitación llega
hasta ese punto a causa de la sensualidad contenida (es una dicha cuando se
contiene), y no son capaces de nada si no se hallan en presencia del hombre.
Los cuidados que impone
la coquetería, y ésta misma, llenan toda su existencia. En presencia del hombre
exageran su vivacidad, se despiertan los sentidos, y lejos de él, la energía se
embota y desaparece la vida. Y tenga presente que esto no sucede en presencia
de un hombre determinado, sino en la de cualquiera, con tal que no sea un tipo
repugnante.
Me dirá que esa es la
excepción, no la regla. Lo que sucede es que en ciertas mujeres se nota más que
en otras, pero ninguna tiene vida propia, independiente del hombre. Cuando éste
les falta, todas se aprestan a la conquista, y no puede ser de otra manera
porque su bello ideal es atraer el mayor número posible de hombres. Todos los
sentimientos femeniles se concentran en esa vanidad, no de mujer, sino de
hembra, que procura atraer a su alrededor el mayor número posible de machos
para escoger mejor. Y sucede lo mismo cuando se trata de mujeres casadas que de
solteras. A éstas les es necesario para poder elegir, y a las primeras como un
medio para dominar mejor al marido.
Una sola cosa
interrumpe esta clase de vida: los hijos, con la condición de que la mujer
tenga salud y los amamante ella misma. Y en esto vuelven a presentarse los
médicos. Mi mujer, que quería dar el pecho a sus hijos, cayó enferma al dar a
luz al primero, pero pudo criar a los otros cuatro. Los médicos la desnudaron
cínicamente, le palparon todo el cuerpo, y yo, agradecido, tuve que pagarles
muy bien y hasta darles las gracias, aunque al final habían declarado que no
podía criar. De este modo quedó privada, desde el principio, de la única cosa
que podía distraerla de la coquetería. Tomamos un ama y nos convertimos en
explotadores de la pobreza, de la necesidad y de la ignorancia de una mujer, le
robamos a su propio hijo, privándole de su alimento, para que lo diese al
nuestro y, satisfechos, la engalanamos con llamativas cofias y galones de
plata. No es de esto, sin embargo, de lo que se trata. Lo que quería decir es
que esa libertad momentánea despertó en mi mujer, con nueva fuerza, la
coquetería femenina un tanto adormecida durante el período precedente. Entonces
aparecieron en mí unos celos tales, como jamás habría sospechado que pudiera
sentir. ¡Dios mío! ¡Qué sufrimiento! Aparte de que estos son comunes a todos
los maridos que viven como yo vivía con mi mujer, esto es, sin apelar al
adulterio.
—¡Los celos! Ahí tiene
otro secreto de la vida conyugal, secreto que todo el mundo conoce y que todos
ocultan. Junto al mutuo rencor de los esposos, que proviene de su común
envilecimiento y de muchas otras causas, los celos recíprocos son una de las
causas de las escenas violentas que con mucha frecuencia se desarrollan en los
hogares, pero como de común acuerdo se dice que debe ocultarse, todo se oculta.
Todos ven en ello una desgracia personal que les apena y no un destino que es
común. Eso fue precisamente lo que me sucedió. Los celos deben existir entre
dos esposos que viven inmoralmente. Si no pueden acallarlos en favor de su
hijo, se deduce que jamás podrán sacrificarlos en beneficio de la mutua paz y
tranquilidad, porque se puede pecar en secreto, pero en provecho de la propia
conciencia. Ambos saben que no hay, ni para el uno ni para el otro, obstáculos
morales que se opongan a la consumación de una infidelidad, y lo saben porque
ellos mismos violan todos los días y en sus relaciones recíprocas los principios
de la moral, y de ahí la desconfianza mutua y la vigilancia del uno para con el
otro.
¡Qué cosa tan terrible
son los celos! No hablo de los celos verdaderos que, al menos, tienen su razón
de ser. Estos producen tormentos, pero se puede encontrar remedio. Me refiero a
esos celos inconscientes, acólitos fatales de toda vida inmoral, y que no
tienen fin como tampoco tienen causa. Estos son como un cáncer, un mal horrendo
que corroe noche y día, día y noche; ¡son espantosos, verdaderamente
insoportables!
¿Quiere que le cite un
ejemplo? Un joven habla a mi mujer, la mira sonriendo y me figuro que con la
mirada escruta su cuerpo. ¿Cómo se atreve a pensar en mi mujer y en la
posibilidad de hacer una novela con ella? ¿Y cómo ella, que lo ve, puede
tolerar semejante cosa? Y no sólo la tolera, sino que además parece muy satisfecha
y hasta su satisfacción, lo observo, se manifiesta por él. En mi corazón se
desarrolla entonces un odio tan feroz que todas sus palabras, todos sus gestos,
me excitan. Lo advierte y se corta, fingiendo indiferencia. ¡Yo sufro y ella
está alegre y habladora! Mi odio va en aumento y no puedo por menos de
dominarlo, porque no tengo motivos para estar celoso y lo sé. Se sienta uno a
su lado, hace un papel indiferente y hasta le dispensa al joven en cuestión una
acogida cordial y cortés, y luego, descontento uno de sí mismo, quiere
abandonar la habitación dejándola sola. Y procede así, efectivamente, y apenas
se halla fuera se le ocurre un pensamiento terrible y se pregunta: «¿Qué pasará
ahí dentro? Entonces, aprovechando cualquier pretexto, vuelve a entrar o, si
no, escucha tras la puerta.
¿Cómo es posible que
ella se pueda envilecer y envilecerme a mí hasta ese extremo, haciéndome
desempeñar el humillante papel de espía, tan humano y al mismo tiempo tan
indigno? ¿Y él? Pues él es lo mismo que todos los hombres, como lo era yo antes
de casarme. Está muy satisfecho, sonríe y me mira, como diciéndome «¿Qué
quieres? ¡Ahora me toca a mí!»
¡Sentimiento horrendo!
Como no es menos tremendo el veneno que inyecta en nuestras venas. ¡Oh! ¡Cuánto
habría dado por poder sospechar con fundamento de un hombre para arrojarle a la
cara ese veneno! Habría quedado marcado como si le hubiesen echado vitriolo,
sin duda. Me bastaba con tener celos una sola vez de un hombre para no seguir
manteniendo el mismo tono con él en nuestras relaciones habituales, para no
poderlo mirar con calma. Con tanta frecuencia arrojé ese vitriolo de los celos
a la cara de mi mujer, que a mis ojos quedó desfigurada. En esa época de
inconsciente rencor, abominé de ella después de haberla cubierto, allá en mi
fuero interno, de vergüenza e ignominia. La hice culpable en mi mente de los
actos más irracionales. Llegué, lo confieso avergonzado, hasta a sospechar que,
cual una sultana de Las mil y una noches, habría sido capaz de engañarme con un
criado en mis barbas y burlándose de mí. A cada nuevo acceso de celos, y sigo
refiriéndome a esos celos que no tienen causa conocida, caía yo regularmente y
cada vez más bajo en mis despreciables sospechas, y otro tanto le sucedía a
ella, que tenía más motivos que yo para estar celosa, puesto que conocía mi
pasado. Y, en efecto, estaba más celosa que yo. Sus celos me proporcionaban
sufrimientos de distinta naturaleza, pero no por eso menos penosos. He aquí un
ejemplo: nos poníamos a hablar tranquilamente y me contradecía acerca de un
asunto sobre el cual poco antes había manifestado la misma opinión que yo, y
veía que de pronto se iba acalorando sin motivo. Creyendo que estaba de mal
humor y que el tema de nuestra conversación debía de disgustarla, procuraba
cambiar de asunto. ¡Lo mismo! Se enfadaba por cualquier cosa, por una palabra.
Esto me asombraba, y trataba de indagar la causa, pero no lo conseguía y no
obtenía más respuesta que algunos monosílabos, tras los cuales se quedaba en
silencio. Me figuraba entonces que todo su mal humor podía provenir de que me
había paseado por el jardín en compañía de una prima suya que me era
completamente indiferente, o de cualquier otra cosa parecida. Lo adivinaba, en
efecto, pero no decía ni una palabra. Decirlo habría supuesto atizar sus
sospechas. —¿Qué es lo que tienes?—Le preguntaba.—Pues nada, estoy igual que
todos los días—me respondía, y sin embargo se ponía arrebatada como una loca,
empezaba a decir despropósitos sin fundamento. Algunas veces daba pruebas de
una paciencia extraordinaria; otras, estallaba la tempestad y arrastraba a cada
cual por su lado. Aquello era una lluvia de ultrajes, y recibía en pleno rostro
la acusación del pretendido crimen. Se desbordaba y después venían las
lágrimas, los sollozos, o se marchaba corriendo para ocultarse en lugares tan
inverosímiles que no era posible sospechar que hubiese ido a buscar refugio en
ellos. Allí costaba gran trabajo encontrarla. Avergonzado, me ponía a buscarla
en presencia de hijos y criados. ¡Había que hacerlo, porque la creía capaz de
todo! La seguíamos, la encontrábamos, ¡y qué noches más terribles después! No
se oían más que palabras amargas, acusaciones penosas, y sólo después de
algunos ataques de nervios, recobrábamos la calma. Sí, esos celos
injustificados eran la plaga de nuestra vida conyugal, y confieso que me
hicieron sufrir de una manera horrorosa mientras duraron.
Hubo dos épocas en que
mi sufrimiento fue más intenso. La primera se remonta al nacimiento de mi
primer hijo, cuando tuvimos que tomar una ama de cría por haber prohibido los
médicos a mi mujer que lo criase. Esos celos provinieron al principio de la inquietud
de madre que mi esposa experimentó respecto al que, sin culpa, venía a ser un
trastorno en la regularidad de nuestra vida; pero más que nada, provino de la
facilidad con que la vi renunciar a sus deberes maternales, lo que contribuía a
que dedujese, tanto por instinto como razonadamente, que con la misma facilidad
podía abandonar sus deberes de esposa, tanto más cuanto que gozaba de una salud
excelente y que, a pesar de la prohibición de los médicos, dio el pecho con
fortuna a los hijos que tuvo más adelante.
—Me parece que no tiene
en mucha estima a los médicos—le dije, al haber observado cómo se alteraba su
voz y cambiaba de expresión su rostro cada vez que hablaba de ellos.
—No se trata de
estimarlos o no, sino de que echaron a perder mi vida como la de tantos otros,
y no puedo menos de indagar el enlace entre la causa y el efecto. Admito que
quieran, al igual que los abogados y otros muchos, ganar dinero; yo les cedería
la mitad de mi fortuna, si estuviese seguro de que todo el que los conociese
fuese a obrar del mismo modo, si consintiesen en dejar de ocuparse de nuestra
vida doméstica y renunciasen a mezclarse en cosas que no les importan. No he
consultado las estadísticas, pero conozco personalmente a muchos, y sé de
centenares de casos, pues los hay a millones, en los que han matado al niño en
el seno de la madre, pretendiendo que ésta no podía dar a luz, y otras veces a
la madre a consecuencia de una operación.
No se tienen en cuenta
esas muertes, del mismo modo que se han olvidado los asesinatos de la
Inquisición, con la convicción de que eran útiles a la humanidad. Los crímenes
cometidos por los médicos son incalculables, pero no representan nada al lado
de la putrefacción moral que engendra el materialismo del que son víctima los
padres y que extienden por el mundo con la ayuda de la mujer. No haré hincapié
en el hecho de que siguiendo sus consejos llegaríamos, por la fuerza del
contagio, no a la unión, sino a la desunión completa. Según sus máximas,
deberíamos pasar el tiempo en el descanso y el aislamiento y empleando ácido
fénico continuamente—del que hoy ya empiezan a decir que no sirve para nada—.
Pero no es esto lo
peor. El veneno más fatal, más violento, es la corrupción hacia la que impulsan
a la humanidad, especialmente a la mujer. No puede hoy día decirse uno, ni a sí
mismo ni a los otros: «Llevas una vida deplorable; corrígete.» No, no se puede
decir eso, porque cuando se lleva mala vida, ésta es consecuencia de una
enfermedad nerviosa o heredada o de algo parecido. Entonces se va a consultar a
los médicos, y mediante una cantidad más o menos crecida, recetan medicinas que
la farmacia facilita. Se pone uno más enfermo, vuelta otra vez al médico y de
éste al boticario. ¡Buena invención, realmente!
Volviendo al asunto del
que nos ocupábamos: debo decir que mi mujer crió muy bien a sus hijos, y que
éstos sirvieron para calmar los sufrimientos que me ocasionaban mis celos; pero
¡ay! fueron la causa de nuevos trastornos. Puede, sin embargo, que fuera providencial,
porque la catástrofe se retrasó: los hijos nos salvaron durante algún tiempo.
Durante ocho años mi mujer tuvo cinco hijos, a los que ella misma crió.
—¿Y dónde están ahora
vuestros hijos?—le pregunté. —Quiero decir...
—¡Los hijos! —exclamó,
y su mirada centelleó.
—Dispénseme, pues tal
vez he evocado recuerdos dolorosos.
—No, nada de eso. La
familia de mi esposa se hizo cargo de ellos. Les habría cedido toda mi fortuna
con tal de que me permitieran educar a mis hijos, pero como paso por loco, se
negaron a entregármelos. Es una desdicha, porque yo los habría educado a mi
gusto... Aunque después de todo, quizá vale más que sea así, porque yo no sirvo
para nada.
—A medida que aumentó
la prole, vino también lo que viene siempre tras los niños: el amor maternal...
¡Una de las maravillas de la vida! Para las mujeres de la clase social a la que
pertenecemos, los hijos no son una alegría, un orgullo, ni el cumplimiento del
destino, sino que se convierten en una inquietud, en un terror, en suplicios y
castigos. Respecto a ese punto no se muerden la lengua para manifestar lo que
piensan. Los hijos son para ellas un tormento, no por su nacimiento, por
tenerlos que criar o por los cuidados que exigen, ya que las mujeres—y entre
ellas la mía—tienen un sentido maternal muy desarrollado que las hace estar
prontas para cualquier eventualidad, sino porque pueden enfermar y morir. Si
temen el acto de dar a luz no es porque rechacen el cariño de los hijos, sino
porque temen por la salud y la vida del amado recién nacido. Por esta razón es
por lo que generalmente no quieren darle el pecho. «Si le diese de
mamar,—suelen decirse,—le tomaría mucho cariño, ¿y si se muriese después?» Casi
estoy por decir que preferirían muñecos de goma que no estuviesen expuestos a
caer enfermos o a morirse y que fueran reemplazables con facilidad. ¡Qué
extrañas confusiones hay en el cerebro y en el corazón de las pobres mujeres!
¿Por qué evitan tener hijos? ¡Por miedo a tomarles demasiado cariño!
Temen al amor como a un
peligro, a pesar de que es un estado ideal del alma; ¿y por qué? Porque el
hombre es peor que la bestia cuando no vive como hombre. La mujer no considera
al hijo más que bajo el punto de vista del placer. El principio es muy penoso,
pero muy expedito: ¡Oh, qué manecitas! ¡Qué piececitos! ¡Qué vocecita! ¡Qué
medias palabras! En resumen: ese amor materno bestial, todo él procede de la
sensualidad. No se piensa siquiera en la misteriosa aparición del nuevo ser,
destinado a ocupar nuestro lugar, que ya se le asigna desde que se le bautiza.
No se razona, y sin embargo, esto no es más que la advertencia de la
importancia que tiene el recién nacido en la humanidad, no se hace caso de todo
esto; no se piensa en ello; no ha sido reemplazado por nada y no tenemos más
que los encajes, las manecitas, los piececitos, en una palabra, lo que es
inherente a la bestia. La única diferencia es que ésta no tiene razón ni
entendimiento ni necesita médicos, sí, médicos. Cuando un ternero perece, la
vaca muge y sigue amamantando a los demás terneros. ¡Qué hacemos nosotros
cuando cae enfermo un niño? ¡Pronto, socorro, ayuda! ¿Qué médico escoger? ¿A
dónde ir a buscarlo? Y si el niño se muere, ¿dónde están las manecitas, los
piececitos? ¿Para qué proporcionarse esos sufrimientos? Esta es la causa de que
los hijos sean un verdadero tormento. La vaca, que no razona, no piensa en los
medios que podría emplear para salvar su a cría; por eso la pena que
experimenta en su estado físico no es más que un estado y no un dolor, que
contribuyen a exagerar la calma y la saciedad. No puede la vaca preguntarse el
porqué de sus dolores y la razón de su cariño, puesto que la cría debía morir;
no tiene criterio que le diga que tal vez en el futuro no tendrá más hijos, y
que si los tiene es inútil que los amamante y que los quiera, puesto que ese
cariño sólo produce sufrimientos. Este es precisamente el razonamiento que se
hacen nuestras mujeres, y el hombre es la peor de las bestias si no vive como
hombre.
—Con arreglo a vuestras
ideas, ¿cómo se debería tratar, humanamente, a los hijos?
—¿Cómo? ¡Queriéndoles
como a hombres!
—Pero, ¿no aman las
madres a sus hijos?
—Sí, pero no
humanamente, o al menos, rarísimas veces: ni siquiera los quieren como la perra
a sus cachorros. Fíjese en que la gallina, la oca, la loba, serán siempre para
la mujer un modelo inimitable de amor maternal. La mujer que se arroja al paso
de un elefante para salvar a su hijo es un caso de los más raros. Al contrario,
la gallina, el gorrión hembra, se arrojan atrevidamente sobre el perro y se
sacrifican por sus pequeñuelos, y es algo realmente extraordinario que se
cuente un caso igual de una mujer. Observe que la mujer tiene la facultad de
privarse del amor físico que profesa al hijo; la bestia no puede hacerlo.
¿Quiere decir esto que la mujer está por encima de la bestia? No, precisamente
es superior a ésta, por más que superior no es la palabra exacta. No es que sea
superior, sino que debe ser de otra esencia, porque tiene además otros deberes,
deberes humanos. La mujer puede privarse de ese amor físico, por la razón de
que ese amor lo concentra por completo en el alma del niño. Este es el papel
propio de la madre, y que no se encuentra en nuestra sociedad. Los relatos
referentes a mujeres heroicas que han sacrificado a sus hijos por un ideal, los
consideramos como cuentos de la antigüedad que no pueden conmovernos. Por lo
que a mí respecta, creo que la madre carece de ese ideal al cual habría podido
sacrificar su amor físico por su hijo. Si gasta toda la fuerza fisiológica de
que dispone para intentar llevar a cabo alguna empresa difícil, y deja el
cuidado de su hijo a la pericia de los médicos, no conseguirá otra cosa que
hacerse más desgraciada, y experimentar siempre las mismas contrariedades y
sufrimientos.
Esto mismo fue lo que
sucedió con mi mujer, a quien le importaba muy poco tener un hijo o cinco. Al
contrario, fue mejor que tuviese esos cinco. Nuestra existencia entera se
perturbó con el temor de que les ocurriese un accidente, con enfermedades
reales o de pura imaginación, y a veces hasta sencillamente con su sola
presencia. En cuanto a mí, mientras duró mi vida conyugal comprendí
perfectamente que toda mi dicha y hasta mis intereses estaban pendientes de un
hilo, y que sólo dependían de la salud, del bienestar y de la actividad de mis
hijos.
Los que ocupan el
primer lugar son los hijos, y sin embargo es preciso que todos vivamos. En
nuestros días, los padres no tienen vida propia; toda su vida está anudada a un
cabello; no hay vida conyugal ni vida de familia. Por muy importante que pueda
ser el negocio cuya conclusión nos preocupa, lo dejamos, olvidándolo y
descuidándolo, en cuanto nos anuncian que a Vassia le duele el vientre, o que a
Lisa le hace daño la garganta. Sí, lo olvidamos todo para no pensar más que en
el médico, en el boticario y en la temperatura normal o anormal del enfermo.
Debo añadir que es
imposible entablar una conversación seria sin que, por intempestiva que sea la
hora, no entre Periquín en la habitación para pedir que le den una manzana, o
para preguntar qué traje le han de poner, o sin que la nodriza se presente llevando
un chiquillo que llora. La verdadera vida de familia no existe. Todas nuestras
acciones, toda nuestra manera de ser, dependen de la salud de los hijos, y la
salud de éstos no depende de nadie en el mundo, así que nuestra vida entera
puede verse aniquilada por los médicos, que pretenden ser los dispensadores de
la salud. Esto no es vivir; es estar oyendo continuamente el «¡Quién vive!», el
«¡Alerta!», pues un peligro se sucede a otro, y hay que redoblar los esfuerzos
para defenderse mejor. Se encuentra uno en la misma situación que el buque que
zozobra.
Muchas veces me figuré
que los temores de mi mujer por nuestros hijos eran ficticios, y que apelaba a
ellos para conseguir mejor la victoria sobre mí, al mismo tiempo que lograba
resolver fácilmente y en su favor todas las dificultades. Entonces creía yo que
todos sus actos y sus palabras todas iban en contra mía, y hoy me doy cuenta de
que sus enojos y sus tormentos los causaban nuestros hijos y el buen o mal
estado de su salud. Esto, lo mismo para ella que para mí, era un verdadero
martirio. Y no obstante, los hijos eran para ella fuente de olvido y colmo de
dicha. Observé con mucha frecuencia que, en medio de su tristeza, y al estar
enfermo uno de nuestros hijos, encontraba como un alivio a sus penas sumiéndose
en aquella especie de anhelo que le producía el cuidado... Ese anhelo, esa
singular embriaguez eran forzados, porque faltaba toda distracción de otra
clase.
A cada momento le
contaban que la señora X había perdido dos hijos; que el médico Tal salvó los
de la señora N, y que en otra familia habían cambiado de aires, evitando así
que se muriesen los niños. Como era natural, los médicos, pavoneándose,
confirmaban el hecho, y eso contribuía a afirmar las creencias de mi esposa. Es
indudable que habría querido no tener miedo, pero bastaba con que el médico
pronunciase estas palabras: «envenenamiento de la sangre», «escarlatina» o,
¡Dios nos libre de ella!, «difteria», para que se trastornase, y era imposible
que sucediese de otro modo.
Si las mujeres de ahora
tuviesen las mismas creencias de las mujeres de tiempos pasados, que decían:
«Dios nos los dio, Dios nos los quitó», «el alma del niño vuela hacia Dios, la
muerte hace de él un bienaventurado porque murió en la inocencia» y, en fin, si
tuviesen esa ciencia que tan generalizada estuvo siempre en el pasado, si
tuviesen un sentimiento que recordase en algo esa fe, sobrellevarían con más valor
y calma las enfermedades de sus hijos; pero no conservan ni la sombra de esa fe
que desapareció para no volver.
Sin embargo, la
humanidad tiene necesidad de una creencia, y por eso la mujer cree ciegamente
en la medicina, mejor dicho, en la medicina no, en los médicos. Para ésta, el
mejor médico es el doctor A.; para aquélla el doctor B., y cual les pasatodos
los fanáticos, no se dan cuenta de los defectos, de las faltas del ídolo; creen
porque sí, quia absurdum. Si no se mostrasen tan testarudas con una creencia
cualquiera, por poco razonada que sea, seguro que se darían cuenta exacta de la
falta de fundamento, al mismo tiempo que de la vanidad y de la prosopopeya de
esos asesinos.
La escarlatina, por
ejemplo, es una enfermedad contagiosa. ¿Qué se hace cuando se presenta? Pues
llevar a la mitad de la familia a una fonda. A nosotros nos pasó dos veces. En
una población importante, todo individuo es el centro de un gran círculo, en el
que se cruzan un sinnúmero de diámetros que no son más que otros tantos hilos
conductores de contagio contra el que no hay muro protector; panaderos,
sastres, cocheros, planchadoras, lavanderas, todos, en fin, contribuyen a la
propagación del mal. Me vanaglorio de poder probar a aquel a quien una
enfermedad contagiosa arrojó de su casa, que otra enfermedad, quizás tan
peligrosa como la que le hace huir, o tal vez aquella misma, le espera en su
nuevo domicilio. Nadie ignora lo que le sucedió a una familia rica que,
habiendo mandado derribar la habitación donde tuvieron a un enfermo de
difteria, cayó enferma en esa misma habitación construida de nuevo. Hay
centenares de personas que viven en íntimo contacto con los enfermos y que, sin
embargo, no se contagian.
He aquí la verdad, y he
aquí cuál es la actitud de las mujeres. Una dice que su médico de cabecera es
excelente: «¡Cualquier cosa! —exclama otra;—¡vaya un médico, que mató a
Fulano!» Y viceversa. Presentadle a nuestras señoras un médico de aldea y no
tendrán en él la menor confianza; llamad por el contrario a otro médico que
gaste coche, que adquirió los mismos conocimientos que el otro en los mismos
libros, aulas y clínicas, pero que pide cien rublos por visita, y en este
último tendrán confianza absoluta.
No saben siquiera
nuestras mujeres qué es lo que quieren, porque habiendo perdido la creencia en
Dios, unas tienen fe en las echadoras de cartas, en las sonámbulas y en las
curanderas, y otras en el afamado doctor N., porque exige honorarios elevados y
tiene muchas excentricidades. Si tuviesen fe, sabrían que la escarlatina y
otras enfermedades del mismo género no son tan temibles, puesto que no pueden
hacer el menor daño a la única cosa que el hombre puede y debe amar, que es el
alma. Sabrían también entonces que todo cuanto pueda sucedernos son
acontecimientos que no podemos evitar: la enfermedad y la muerte. Esa falta,
esa carencia de fe en Dios, son las que hacen que su amor sea puramente físico
y pasen todo el tiempo empleando sus energías en realizar una utopía: ¡la de la
prolongación de la vida! Utopía cuya realización prometen los médicos a los
imbéciles, y especialmente a las mujeres. Así es que éstas, al vislumbrar el
menor peligro, acuden a ellos.
Nuestros hijos no
contribuyeron a suavizar nuestras relaciones ni a la unión más perfecta e
íntima, sino que, por el contrario, sirvieron para acentuar nuestra desunión, y
fueron una causa más de disgusto. Desde el día en que nacieron se convirtieron
para nosotros en un arma de combate, en un pretexto más para discutir, porque
cada uno de nosotros tenía un favorito que le servía de arma para la lucha. El
mío era Vassia; el de mi mujer, Lisa, la hija mayor. Cuando crecieron y su
carácter se fue perfilando, los consideramos como aliados que queríamos atraer
a nuestro bando. Su educación se resentía, naturalmente, a consecuencia de esta
situación anormal, pero ¿qué hacer? Con nuestras eternas disputas no podíamos
ocuparnos de aquellas pobres criaturas. El niño era aliado mío; en cuanto a la
niña, la mayor, que era la aliada de mi esposa, a la que se parecía mucho,
había momentos en que yo le tenía ojeriza.
—Al principio vivíamos
en el campo, y luego en la capital, y a no ser por la catástrofe que más tarde
nos hirió, habría llegado de ese modo a la vejez y al lecho de muerte creyendo
haber llevado una vida feliz, es decir, no más desgraciada que la de la mayoría
de mis semejantes. De ese modo no habría intuido la vil mentira que me rodeaba,
ni habría comprendido que todo aquello no era lo mejor ni lo más bueno
siquiera. Lo que sí habría sentido con más fuerza habría sido que yo, que debí
ser el amo, no fui más que el esclavo de mi mujer, porque había sido ella y no
yo quien llevó siempre, como vulgarmente se dice, los pantalones, por más
esfuerzos que hice por quitárselos. Mis hijos fueron la causa de que yo
perdiese la autoridad y, a pesar de mi deseo, me fue imposible liberarme y
recobrarla. Mi mujer contaba con los hijos y, por consiguiente, con la
dominación. No comprendía entonces sino que estaba en su derecho, un derecho
basado en que, en la época de nuestra boda, estaba moralmente a cien codos de
altura sobre mí, del mismo modo que toda recién casada es tanto más superior a
su marido cuanto más pura es. Y fíjese bien en esto, en que las mujeres, sobre
todo en la clase social a la que pertenecemos, son en general seres pervertidos
que carecen de fuerza moral: egoístas, parlanchinas, testarudas; mientras que
las jóvenes de veinte años o poco menos se sienten impulsadas, y de ello vemos
ejemplos todos los días, a llevar a cabo acciones nobles e idealmente hermosas.
¿A qué se debe esta diferencia? Es indudable que los hombres han caído tan bajo
que las hacen descender a su propio nivel.
Niños y niñas nacen con
las mismas cualidades morales, pero el valor moral de las niñas es muy
superior. Ante todo, no están expuestas a las mismas tentaciones y malas
compañías que los hombres; no tienen a su alcance el tabaco, el vino, el
colegio, el círculo o la oficina, y en segundo lugar, y este es un factor
primordial, son corporalmente puras. En su juventud, son superiores a nosotros.
En nuestra clase, en la que el hombre no tiene que trabajar materialmente para
ganarse el sustento, son también superiores, como mujeres, por la importancia
de su misión maternal.
La mujer, cuando da a
luz y amamanta a sus hijos, comprende perfectamente que su misión tiene mucha
más importancia que la del hombre que se ocupa en los negocios, en el tribunal
o en el senado. Sabe, además, que su preocupación constante es el dinero y que,
en resumen, las ocupaciones de los hombres no responden a una necesidad fatal,
como es la de tener que dar el pecho a los hijos. Por eso es precisamente por
lo que la mujer está por encima del hombre y le gobierna; pero el hombre de
nuestra clase no quiere darse cuenta de esta verdad, al contrario, la contempla
con desdén desde lo alto de su grandeza, y no tiene más que desprecio para sus
ocupaciones. Esa era la razón de que mi mujer mirase con menosprecio mis
trabajos en el Zemstvo o consejo general: porque había dado a luz muchos hijos
y los amamantaba. Por mi parte, imbuido en las doctrinas que profesamos los
hombres, me decía que todos los trabajos femeninos, mantillas, pañales,
biberones, como solía decir bromeando, no tenían importancia alguna, y sonriéndome,
a la vez que me encogía de hombros, exclamaba: «¡Bah, cosas de mujeres!»
Este mutuo menosprecio
nos dividía aún más y más; pero nuestras relaciones se agriaron más todavía.
Las divergencias de opinión no eran la causa del rencor, sino su consecuencia.
Cualquier cosa que yo dijese, sabía a priori que ella iba a contradecirla, y a
la inversa. A los cuatro años de habernos casado nuestras relaciones
intelectuales, y esto era cosa indiscutible, se habían hecho, tanto para el
presente como para el porvenir, imposibles, pero por completo. Cada cual se
aferraba con tenacidad a su opinión, fuese cual fuese su objeto, y sobre todo
tratándose de la cuestión de los hijos, sin intentar convencernos. Ante los
extraños, nuestras conversaciones versaban acerca de las cosas más variadas, y
hasta íntimas; entre nosotros, nunca. A veces, cuando oía lo que le decía ella
a otras personas en mi presencia, no podía por menos que pensar: «¡Cuántas
mentiras dice esta mujer!», y me sorprendía de que nadie advirtiese que mentía.
Cuando nos hablábamos a solas, nuestras conversaciones se reducían a muy pocas
palabras o frases que tal vez los animales también intercambien entre ellos.
«¿Qué hora es? Creo que es hora de irnos a acostar. ¿Qué tenemos hoy para
comer? ¿Qué dicen los periódicos? Hay que avisar al médico, porque a Lisa le
duele la garganta.»
En cuanto nos
apartábamos de ese círculo de conversaciones, por poco que fuese, para cambiar
de tema, estallaba la tempestad, y únicamente la presencia de un tercero, que
servía, por así decirlo, de intermediario a nuestra conversación, contribuía a
que, durante un momento, nos mostrásemos más sociables. Mi mujer probablemente
creía que la razón estaba de su parte, y en cuanto a mí, ¡Dios me lo perdone!,
me tenía a su lado por un santo. Los períodos de eso que llamamos amor eran tan
frecuentes como antes, pero más brutales, menos suaves y sin ningún
refinamiento, aparte de muy cortos. A esos momentos de placer sucedían
rápidamente otros de malestar, cólera irreflexiva, una irritación que se
fundaba en los más fútiles y absurdos pretextos.
Las disputas y el
rencor estallaban a propósito de la comida, del café, del mantel, de un coche o
de una falta en el juego, de cualquier cosa, en fin, que no tenía importancia
ni para el uno ni para el otro. Por mi parte, la odiaba con toda mi alma. La miraba
cuando se servía el té, movía el pie, se llevaba la cucharilla a la boca o
soplaba para enfriar el líquido, y por esto, como que si se tratara de una mala
acción, la odiaba. No me había fijado en la correlación que existía entre los
períodos de rencor y ese que llamamos amor, y siempre el uno seguía al otro. A
un período de amor, más largo, seguía como consecuencia otro más prolongado de
odio; después de un brevísimo arranque amoroso, el rencor se apaciguaba antes.
Y no comprendíamos entonces que ese amor y ese odio estaban engendrados por el
mismo sentimiento del que eran los dos polos. Si hubiésemos acertado a ver con
precisión cuál era el fondo verdadero de nuestra situación, nuestra vida habría
sido terrible; pero estábamos completamente ciegos el uno y el otro y no
comprendíamos nada. En esto precisamente, está el castigo y la felicidad del
hombre, y es en lo que puede, por su manera irregular de vivir, hacerse
ilusiones acerca de lo triste de su situación.
Eso fue lo que nos
sucedió. Mi mujer procuró olvidar, creándose numerosas ocupaciones, los
cuidados de su propio tocado, la instrucción y sobre todo la salud de los
hijos. Estas diversas ocupaciones no estaban justificadas por una conveniencia
o necesidad urgentes, y no obstante,veces no parecía sino que su vida entera y
hasta la de sus hijos dependía de la cocción más o menos acertada de unos
pastelillos, del cambio de cortinajes, de un traje echado a perder, de unas
lecciones o de la medicina que era necesario tomar a unas horas determinadas.
Pero a mí no se me escapaba que todo esto no era más que un medio para olvidar,
una especie de embriaguez parecida a la que buscaba yo en mis tareas del
consejo general, en la caza o en el juego. En cuanto a mí, estaba ebrio en toda
la extensión de la palabra, aun cuando no fuese gran bebedor, pues no tomaba
más que un vaso de aguardiente antes de la comida y dos de vino durante la
misma. Así, pues, una neblina continua me ocultaba las miserias de mi
existencia.
No son concepciones
inofensivas esas modernas teorías acerca del hipnotismo, las enfermedades
mentales y el histerismo, sino que, por el contrario, son perniciosas y
peligrosas. Estoy seguro de que el doctor Charcot habría diagnosticado que mi
mujer era una histérica y yo un anormal, a pesar de lo cual, a nosotros dos no
tenían que curarnos de nada, porque nuestra enfermedad mental se derivaba de la
inmoralidad de nuestra existencia. Esa vida inmoral nos producía toda clase de
sufrimientos, y para curarlos apelábamos a los medios más extraordinarios: eso
es a lo que los médicos llaman síntomas de una enfermedad mental, el
histerismo. La ciencia de Charcot y de todos los demás no puede nada contra
esas enfermedades, que no se curan con bromuro ni con la sugestión; hay que
darse cuenta del lugar en que tiene el mal sus raíces, y lo mismo que si se
buscase una esquirla que estuviese clavada en la carne, es preciso buscar la
herida de la vida. Para conseguir que cesen los dolores basta con cambiar la
manera de vivir; no es necesario apelar a esos procedimientos que aturden.
Era nuestra manera de
vivir la que causaba nuestro malestar; los sufrimientos que me producían los
celos, mi irritabilidad y la necesidad de sostenerme y alentarme con esa
especie de embriaguez producida por la caza, el juego, el vino y el tabaco. Era
ese mismo modo de vivir el que impulsaba a mi esposa hacia esas múltiples
ocupaciones; el que le producía esos continuos cambios de humor, por los que se
presentaba unas veces triste y otras dando pruebas de una alegría exagerada
que, por último, conllevaba un parloteo excesivo. Todo esto procedía de su
necesidad de olvidar, de no acordarse de la vida con el aturdimiento que
produce el comienzo y la finalización de un trabajo para emprender otro en
seguida. La neblina que nos rodeaba nos impedía ver nuestra situación bajo su
verdadero aspecto, y nos hallábamos como dos presos sujetos a una misma cadena,
que se odian y emponzoñan mutuamente la vida y hacen todos los esfuerzos
imaginables para no verse. Ignoraba entonces que esto mismo acontece de cada
cien matrimonios en noventa y nueve, y que esta posición es fatal. No lo sabía
por otros, sino por mí mismo. Son sorprendentes las coincidencias de la vida
irregular con la vida regular, a pesar de su monotonía. Cuando la vida se hace
imposible de este modo entre marido y mujer, lo que conviene es marcharse a una
población importante para poder educar a los hijos, y esto fue precisamente lo
que hicimos nosotros, trasladarnos a la capital.
Pozdnychev calló por un
momento, exhaló dos o tres suspiros que parecían sollozos y después se bebió de
un sorbo una taza de té que se había quedado frío. Finalmente prosiguió su
relato y sus reflexiones.
—Nos establecimos en la
capital, donde la existencia es más soportable para los desgraciados y donde se
puede llegar a los cien años sin darse cuenta de que está uno muerto y podrido
desde que tiene uso de razón. Entre aquel movimiento no se tiene tiempo para
pensar en uno mismo y las ocupaciones absorben el tiempo por completo; los
negocios, las relaciones, las enfermedades, los placeres que produce el arte,
la salud y la educación de los hijos no dejan tiempo para nada. Se reciben
visitas y se hacen a diestro y siniestro; se va a ver actuar tal o cual actor o
a escuchar a una cantante. En toda ciudad importante hay tres o cuatro
celebridades a las que hay que conocer a la fuerza. Tan pronto le interesa a
uno su propia salud como la de fulano o zutano o la de los artistas,
profesores, gobernantes... y sin embargo la vida es mala, vacía, desprovista de
interés. Vivíamos mejor así y sufríamos menos que con la vida de antes. Al
principio nos preocupó y nos entretuvo mucho, naturalmente, nuestra nuestra
nueva instalación y nueva vida. Además, nos quedaba el recurso de los viajes de
la ciudad al campo y del campo a la ciudad.
De este modo pasamos un
invierno, y durante el segundo ocurrió un incidente que pasó inadvertido, y
que, al parecer, tenía poquísima importancia, si bien, en el fondo, fue el
punto de partida del acontecimiento final. Cayó enferma mi mujer, y los canallas
de la facultad de Medicina le prescribieron y le enseñaron los medios de evitar
nuevas concepciones, lo que me hizo mirarla con un asco muy grande. Quise
oponerme, pero ella, con gran ligereza; y testarudez, insistió y acabó por
triunfar. La única justificación de nuestra existencia inmoral, los hijos, nos
estaba vedada, y nuestra vida se hizo todavía más innoble.
El aldeano o el
trabajador tienen necesidad de hijos, por más que les cueste mucho trabajo
criarlos, y ésta es la justificación de sus relaciones conyugales. En nuestra
clase, en cuanto se tienen algunos, no se desean más porque se convierten en
una verdadera carga que produce gastos y disgustos en las herencias. Desde
entonces no hubo excusa para la impureza de nuestra existencia, por los medios
artificiales que empleábamos, pero estamos tan degradados que no creo que sea
necesaria esa excusa. La mayor parte de la gente bien educada se entrega hoy a
ese libertinaje sin experimentar el menor remordimiento. ¿Cómo hemos de tener
remordimientos si no hay conciencia? Y no la hay aparte de la conciencia
pública, si se le puede dar ese nombre, y la del código penal. En esto ni la
una ni la otra se ven afectadas. La opinión pública no puede estorbarnos,
porque todos, lo mismo zutano que mengano, obran de igual manera, a no ser que
tratasen de privarse de los medios de subsistencia y de aumentar el número de
mendigos. El Código penal tampoco nos sirve de estorbo y no tenemos para qué
temerlo. Las que lo han de temer son las mujeres perdidas y las que se entregan
a los soldados, que arrojan después a sus hijos a un pozo o a un estanque; a
esas es a las que hay que meter en la cárcel, pero no a nosotros, que los
suprimimos en el momento oportuno y con mucha discreción.
De esta manera pasamos
dos años. El medio que habían aconsejado los canallas de los médicos produjo
excelentes resultados, y mi mujer se desarrolló y embelleció como una flor de
otoño. Lo comprendió así, y desde entonces le preocupó mucho el cuidado de su
persona. Había llegado a poseer esa belleza provocadora que enloquece a los
hombres, y se hallaba en todo el esplendor de una mujer de treinta años que,
libre de todo cuidado maternal, está bien alimentada y excitada. Me daba miedo
verla porque me recordaba a un caballo descansado y fogoso al que le han
soltado las riendas. Como el noventa y nueve por ciento de nuestras mujeres, no
tenía freno para su conducta. Me di cuenta y me quedé aterrado.
El rostro de Pozdnychev
se trastornó; su mirada apagada adquirió una expresión lastimosa y la nariz
desapareció entre la barba, que pareció subirle hasta los ojos.
—Sí —añadió después de
encender un cigarro;—desde que dejó de concebir, empezó a redondearse y su
malestar o enfermedad, producida por las inquietudes que le inspiraban los
hijos, se desvaneció. El hecho más importante no consistió en la desaparición
de esa enfermedad, sino en que se despertó como de un sueño lánguido, viendo un
mundo lleno de alegrías sin número. Vio un mundo para ella desconocido hasta
entonces y en el que no la habían enseñado a vivir, y por tanto no lo
comprendió. «Hay que aprovecharse gozando del presente, porque el tiempo pasa y
no vuelve más.» He aquí cuáles eran sus pensamientos o, mejor dicho, sus
sentimientos. Aparte de que no podía pensar ni sentir de otra manera. En su
educación le habían inculcado la idea de que aquí abajo no hay más que una cosa
que sea digna de atención: el amor. Se casó, gustó un poco de ese amor, pero
mucho menos de lo que se figuraba, y ¡cuántas decepciones! ¡Cuántos
sufrimientos! ¡Y luego ese martirio inesperado, los hijos! Ese martirio la
había dejado extenuada, y gracias a la amabilidad de los señores médicos, supo
un día que la mujer puede pasarlo perfectamente sin hijos. Esta noticia le
causó una alegría muy grande, que fue en aumento con la práctica del consejo y
siguió viviendo para la única cosa que había conocido, para el amor; pero el
amor hacia un marido que tenía celos y que a veces le daba pruebas de mal
carácter, no era un ideal. Soñaba con otra ternura más pura, o al menos eso era
lo que yo me figuraba. Estaba al acecho, miraba a todas partes como si hubiera
estado esperando alguna cosa; lo observé, y una ansiedad muy grande y una
tristeza profunda se apoderaron de mí.
En todas partes y
siempre, cuando hablaba conmigo por medio de un intermediario, o sea en
presencia de un tercero o de extraños, pero con intención de que yo lo oyese,
repetía con mucho ánimo y olvidando que una hora antes sostuvo todo lo
contrario, medio en broma, medio en serio, que las preocupaciones maternales
eran un error y que no valía la pena dar la vida a los hijos, mientras se es
joven y se puede gozar de todo. Desde esa época se ocupó menos de los hijos y
no les dio tantas pruebas de cariño, sino que, por el contrario, se preocupó
más del arreglo de su persona, de su exterior, por más que procurase
disimularlo, de sus diversiones y hasta de su perfeccionamiento en ciertas
cosas. Volvió a ocuparse del piano, que había descuidado por completo, y este
fue el origen de la catástrofe. Fue entonces cuando apareció el hombre...
Se calló Pozdnychev y
dejó escapar dos o tres extraños resoplidos. Creí que le resultaba muy penoso
nombrar a aquel hombre y volverse a acordar de él. Hizo sin embargo un gesto
enérgico como para apartar el obstáculo que se interponía en su camino y, con
acento decidido, siguió diciendo:
—Fue un miserable, a lo
que entiendo; no por el papel que desempeñó en mi vida, sino porque realmente
lo era. Aparte de todo, el que fuese realmente un miserable contribuye a que
deduzca la irresponsabilidad parcial de mi mujer en lo ocurrido. Si no hubiese
sido él, habría sido otro. Era un músico, un violinista; no músico de
profesión, sino un medio hombre de mundo, medio artista. Su padre, antiguo
vecino del mío y dueño de grandes dominios, se había arruinado, y sus hijos,
tres muchachos, habían tenido que campárselas por sus respetos. A nuestro
hombre, que era el más joven de los tres, lo enviaron a París a casa de su
madrina, y entró en el Conservatorio, en el que dio pruebas de cierta vocación
musical; salió hecho un violinista y dio con ciertos...
En el momento en que
iba a empezar a hablar mal de él, Pozdnychev se contuvo, y tras una corta pausa
prosiguió con acento brusco:
—La verdad es que
ignoro qué clase de vida era la suya, y únicamente sé que aquel año regresó a
Rusia y le presentaron en mi casa. Tenía ojos tiernos, rasgados, en forma de
almendra, labios rojos y sonrientes, bigotillo retorcido y el pelo cortado a la
última moda. Era apuesto, pero de rostro vulgar, en una palabra, eso que las
mujeres llaman un buen mozo de elegante talle, casi talle de mujer, pero no
obstante bien proporcionado. Correcto en sus modales, pronto a adquirir cierta
familiaridad, pero hábil para, al observar la menor frialdad, retroceder y
conservar su dignidad. Había en él un no sé qué de parisiense con sus botines,
sus corbatas de color claro, y su aspecto en general producía excelente
impresión en las mujeres por ese no sé qué particular y nuevo que se desprendía
de su persona. Sus modales estaban impregnados de una alegría ficticia; se
expresaba por medio de alusiones, de frases a medio decir, como si su
interlocutor hubiese estado al corriente de lo que se trataba o, más bien,
dispuesto a ayudarle para que se acordase al hacer un relato.
Ese hombre fue el que,
con su música, trajo la catástrofe. En el tribunal echaron la culpa a mis
celos, lo cual no era exacto, al menos no del todo. En la vista de la causa se
decidió que me habían engañado y que maté para vengar mi honor ultrajado;—¿no es
éste el lenguaje que emplea la gente de la curia?—y me absolvieron. Quise
explicarles el motivo que me impulsó y creyeron que intentaba rehabilitar el
honor de mi mujer. Aparte de todo, sus relaciones con el músico, hayan sido las
que hayan sido, no tuvieron importancia ni para ella ni para mí. Lo único
importante es lo que le he contado. Todo el drama estriba en la llegada de ese
hombre a nuestra casa en los momentos en que nos hallábamos sumidos en la más
lamentable de las confusiones, animados por ese mutuo rencor, del que ya le he
hablado, y en una situación en la cual la más diminuta gota de agua bastaba
para que desbordase el vaso. Las últimas disputas, que en los últimos tiempos
habían sido tremendas, tenían la asombrosa consecuencia de provocar en nosotros
accesos de pasión bestial. Si ese hombre no se hubiese presentado en nuestra
casa, cualquier otro habría sido el protagonista. Si mis celos no me hubiesen
servido de pretexto, habría encontrado otro. Estoy íntimamente convencido de
que todos los hombres que llevan una vida conyugal como la mía deben entregarse
al libertinaje o divorciarse, matarse o matar a su mujer, que fue lo que hice
yo. Aquel a quien sucede esto no es un ave rara. Mucho antes del desenlace
estuve a punto de suicidarme, y más de una vez quiso envenarse mi mujer.
—Para que pueda
comprender bien lo que sucedió, es preciso que le cuente todos los detalles.
Poco a poco nuestra vida iba haciéndose más tranquila, cuando he aquí que de
pronto una noche se nos ocurrió hablar de la educación que había que dar a
nuestros hijos. No recuerdo las palabras que pronunciamos uno y otro; lo único
que sé es que la disputa empezó pasando la conversación de un asunto a otro, y
que a los reproches sucedieron las recriminaciones. Sí, siempre sucede lo
mismo; la misma historia de siempre... «has dicho... no, yo he dicho...
mientes.. ¡qué! ¡que yo miento! ¿eh?» Se acercaba una crisis espantosa y se
agrandó ésta, impulsándome al asesinato y al suicidio. La crisis estaba allí,
la temía como al fuego; quería contenerme y la cólera pudo más, arrastrándome.
Mi mujer se hallaba en un estado idéntico o peor aún, porque desnaturalizó
todas las palabras y puso en ellas algo como veneno, arrastrando por el lodo y
mancillando todo aquello para mí más querido. La crisis iba aumentando y
adquiriendo intensidad. Grité: «¡Cállate!» o algo parecido, mientras que ella,
saliendo precipitadamente de la habitación donde nos encontrábamos, entró como
una loca en la de nuestros hijos. Deseando acabar de decirle todo lo que había
empezado ya a decir, quise contenerla y la cogí del brazo; le hice daño.
«¡Hijos míos! —gritó—¡Vuestro padre me está pegando!» «¡Mientes!»—dije, y mi
mujer, para que aumentase mi cólera, añadió:—«¡Y no es la primera vez!»—Los
niños se agruparon a su alrededor y procuró tranquilizarlos. —«¡No seas
hipócrita!»—le dije—«¡Todo es hipocresía para ti! Eres capaz de matar a alguien
y de tener después valor para decir que sólo aparenta estar muerto. Ahora
comprendo qué es lo que quieres.» —«¡Sí, quisiera reventarte como a un
perro!»—grité. Recuerdo aún el terror que a mí mismo me inspiraron esas
palabras. En mi vida había creído poder pronunciarlas tan tremendas. Todavía
estoy asombrado.
Me marché a mi cuarto y
me puse a fumar, y vi que mi mujer estaba en la antecámara, disponiéndose a
salir.—«¿A dónde vas?»—le pregunté, y no me contestó.—«¡Pues bien, que el
demonio cargue contigo!»—me dije, y volví a tenderme en el sofá de mi despacho,
y seguí fumando. Mi cabeza se trastornó con el sinfín de planes que formé.
¿Cómo vengarme? ¿Cómo deshacerme de ella? ¿A qué medios apelar para hacer
frente a las eventualidades? Suguí dando vueltas a estas ideas; abandonarla,
ocultarme, huir a América. Llegué hasta el extremo de pensar lo agradable que
sería para mí verme libre de ella y tener a mi lado a otra mujer, joven,
hermosa, ¡nueva! Pero para obtener esa libertad necesitaba su muerte o el
divorcio. ¿Cómo podía conseguirlo? Comprendí que mis ideas se retorcían, y para
no darme cuenta de que mis pensamientos iban por mal camino, me puse a fumar a
más y mejor. El movimiento de la casa continuó, y al poco rato se me presentó
el ama de llaves preguntándome dónde estaba la señora o cuándo volvería, y el criado
para decirme si quería que sirviese el té. Me fui al comedor, en el que
encontré ya a los niños, y Lisa, la mayor, me dirigió interrogadoras miradas.
Mi mujer no volvía y pasaban las horas. Llegó la noche y sin regresar. Dos
fueron los sentimientos que se apoderaron de mi alma: el rencor que hacia ella
sentía por el malísimo rato que nos estaba haciendo pasar a mis hijos y a mí
con una ausencia que no tenía fundamento serio, puesto que tenía que volver, y
el temor de que hubiese atentado contra su vida. Pero ¿adónde iría a buscarla?
¿A casa de su hermana? Me parecía hasta estúpido ir preguntando de puerta en
puerta por mi mujer. ¡A la ventura de Dios! Si necesita atormentar a alguien,
que se atormente a sí misma. Pero ¿y si se hubiese ido a casa de su hermana? ¿Y
si se hacía o se había hecho daño? Dieron las once... luego las doce... la una,
y yo sin poder dormir... Me fui a mi dormitorio...
Decidí que era ridículo
esperar solo. No estaba tampoco a gusto en mi despacho, y quise hacer algo,
entretenerme, leer, escribir, y no lo conseguí. Allí, a solas, rabioso y
sufriendo mil tormentos, rabié y escuché; ¡y ella sin volver! A eso del
amanecer me quedé adormilado y luego me desperté, comprobando que no había
vuelto aún, y en la casa todo empezaba a seguir la marcha de los demás días.
Todos me miraban con aire interrogante y los niños como con reproche. Yo seguía
estando inquieto, y esa inquietud contribuía a reavivar mi odio.
A eso de las once de la
mañana se presentó su hermana, su embajadora, y soltó las frases de rigor: «Mi
hermana se encuentra en un estado lamentable. Pero ¿qué ha pasado entre
vosotros? ¿Qué significa esto? Pero si no vale la pena, etc., etc.» Describí su
carácter insoportable, declarando que no era yo el culpable y que no estaba
dispuesto a dar el primer paso, diciendo que si se quería divorciar que lo
hiciese. Mi cuñada rechazó la idea y se marchó sin haber conseguido nada. Yo
era a veces muy testarudo, y había decidido que no sería quien diese el primer
paso. Apenas se marchó mi cuñada entré en el cuarto de los niños, a los que vi
muy tristes. ¡Ah, entonces sí que habría dado yo el primer paso, pero me lo
impedía mi palabra! Iba y venía, pasaba el rato fumando; al llegar la hora del
almuerzo bebí el vino y aguardiente necesarios para llegar al estado de
inconsciencia que deseaba, es decir, para no darme cuenta de la ignominia de mi
situación. A cosa de las tres volvió mi mujer y pasó por delante de mí sin decirme
ni una palabra. Creyéndola apaciguada, le dije que sus inmerecidos reproches me
habían hecho salirme de mis casillas. Me respondió con mucha frialdad, con
rostro serio, un tanto abatido, que no había vuelto para oír mis excusas sino
para llevarse a sus hijos, puesto que no podíamos seguir viviendo juntos.
Repliqué que no tenía yo la culpa, pues ella con su conducta me había
enfurecido, y entonces, con aire muy serio y solemne, me dijo: «¡Ten cuidado,
no digas ni una palabra más porque te arrepentirás!» Contesté que aquella
comedia debía terminar de una vez, que bastaba con lo ocurrido hasta entonces
y, respondiendo algunas palabras que no entendí, me dejó solo, y entró
directamente en su cuarto. Oí cómo rechinaba la llave en la cerradura; se había
encerrado; llamé, no obtuve respuesta y me marché furioso. A la media hora de
ocurrir esto, entró Lisa precipitadamente en mi cuarto, llorando sin consuelo.
«¿Qué es lo que pasa? ¿Ha ocurrido algo?» —«No se oye nada en la habitación de
mamá...»—contestó. Nos fuimos juntos a ver lo que pasaba; empujé con fuerza la
puerta, cuyo cerrojo resistió apenas, y quedó abierta de par en par. Me acerqué
y vi que mi mujer estaba sin sentido y tendida en la cama en una posición
incómoda, en enaguas y con los zapatos puestos. En la mesilla de noche había un
vaso vacío con algunas gotas de opio. Hicimos lo posible para que volviese en
sí. Derramó un torrente de lágrimas y después vino la reconciliación; pero no
fue sincera, porque cada uno conservaba en el fondo de su corazón un
sentimiento de odio contra el otro. Pero era necesario concluir, y nuestra vida
siguió otra vez como antes.
Escenas semejantes, si
no peores, se repetían todos los meses, mejor dicho, todas las semanas, y a
veces todos los días y siempre con los mismos incidentes. Una vez me marché
dejándolo todo abandonado, y hasta llegué al extremo de pedir el pasaporte para
irme al extranjero, pero mi debilidad de carácter me detuvo.
Ahí tenéis de qué
naturaleza eran nuestras relaciones cuando se presentó aquel hombre, que era un
miserable que valía poco más o menos lo que nosotros.
—En cuanto llegó a
Moscú aquel individuo, que se apellidaba Troukhatchevsky, nos hizo una visita.
Era por la mañana y lo recibí yo. En tiempos pasados nos habíamos tuteado, y
empezó empleando el usted y el tú, pero con más frecuencia el último, pero como
yo no me apartaba del primero, tubo que comprender que yo no quería
familiaridades. Desde el primer momento me resultó simpático. Comprendí que era
un libertino desenfrenado, y tuve celos de él antes de que llegase a ver a mi
mujer, pero—¡cosa extraña!—una fuerza fatal, invencible, hizo que no le
despidiese, sino que por el contrario le admitiese en mi casa. Me habría
costado muy poco trabajo cambiar con él unas pocas palabras, alejarlo con mi
frío recibimiento y evitar presentárselo a mi esposa, ¡pero no! Le hablé de
música y del violín y me contestó que sentía mucho que se dijese que había
dejado de tocar, porque lo hacía con más afición que nunca. Me recordó entonces
que yo también tocaba en otros tiempos, y le respondí que hacía mucho que había
renunciado a la música, pero que en cambio mi mujer le tenía mucha afición.
Es preciso fijarse en
el hecho de que, en ciertas fases importantes de nuestra existencia, aquellas
en que se decide la suerte de un hombre, como se decidió la mía en semejante
día, no hay ni pasado ni futuro. Mis relaciones con Troukhatchevsky fueron tales
desde el primer momento, como habrían podido serlo después del acontecimiento.
Tenía el presentimiento de que ibaocurrir una gran desgracia de la que él sería
el causante; y a pesar de esto no pude por menos de mostrarme amable con él, y
le presenté a mi mujer que se alegró desde el principio, pensando sin duda que
en adelante ya tenía quien le acompañase al piano con el violín. Era tanto lo
que esto la agradaba, que de buena gana habría tomado a sueldo a un violinista
de la orquesta de un teatro. Después de fijar en mí sus miradas, comprendió mi
pensamiento y disimuló sus impresiones. Entonces empezaron las mentiras mutuas.
Sonreí con mucha amabilidad, como aparentando que aquello me agradaba mucho.
Contempló a mi esposa
como todos los calaveras miran a las mujeres hermosas, y fingió que nuestra conversación,
que maldito el interés que tenía para él, le agradaba mucho. Por su parte, mi
mujer quiso aparentar la mayor indiferencia, pero estaba excitada por la
malignidad de la mirada del violinista y por la expresión celosa que yo quería
ocultar, haciendo grandes esfuerzos, tras una sonrisa amable, pero que ella
leía en mi rostro.
Observé desde el primer
momento que la mirada de mi mujer brillaba con un fulgor extraño, y que mis
celos provocaron en ella no sé qué corriente eléctrica que se comunicó a su
sonrisa y a su mirada. En la primera entrevista se habló de París, de música, de
mil cosas indiferentes. Luego se puso en pie con el sombrero en la cadera,
pavoneándose y como esperando alguna cosa. Recuerdo perfectamente lo que pasó
en aquellos momentos, tanto más cuanto que pude haber evitado que volviese. No
tenía más que no invitarlo y no habría pasado nada. Miré primero a mi mujer,
luegoTroukhatchevsky, y pensé: «¡No vayas a figurarte, hermosa, que voy a
dispensarte el honor de tener celos!» Y le invité a que volviese aquella misma
noche con su violín para acompañar al piano a mi mujer.
Esta me dirigió una
mirada de sorpresa, poniéndose encendida, como dominada por un gran temor.
Luego trató de excusarse, manifestando que no tocaba muy bien, y ese pretexto
me excitó aún más. Recuerdo muy bien la sensación extraña que experimenté
cuando le contemplé mientras se alejaba atravesando el salón con su pasito
corto de bailarín, con un cuello blanco que hacía resaltar su cabello negro,
algo largo y rizado. No tengo para qué ocultar que la presencia de aquel hombre
era una tortura para mí. «Y no dependía de nadie más que de mí el hacer que no
volviese más; pero ¿tenerle miedo? ¡Ah no! ¡Sería demasiado humillante!» Y al
llegar al vestíbulo, sabiendo muy bien que mi mujer podía oír, le supliqué con
muchas instancias que volviese aquella misma noche con el violín a fin de
acompañar a mi mujer al piano. Me lo prometió y se marchó.
Por la noche volvió con
el violín, efectivamente, y tocaron, pero al principio el conjunto no resultó,
porque no estaban al mismo tono y mi mujer no sabía bastante música para
cogerlo a la primera. Como me gusta apasionadamente la música me interesó mucho
todo aquello, les ayudé en lo que pude y así pudieron tocar algunos trozos de
romanzas sin palabras y una sonata corta de Mozart. En cuanto a él, debo
confesar que tocaba de una manera admirable, uniendo la suavidad a una
verdadera maestría; no había dificultades para él. En cuanto cogía el violín
parecía como que cambiaba su rostro de expresión, animándose y haciéndose más
simpático. Indudablemente era mucho más entendido que mi mujer, a la que dio
algunos consejos con acento sencillo y natural, al mismo tiempo que con una
exquisita cortesía alababa su método. Mi mujer parecía entregada completamente
al placer de la música, y su actitud era muy natural y encantadora.
En cuanto a mí, durante
la velada no hice más que fingir, y caí en mi propio fingimiento aparentando
que no me interesaba nada más que la música, cuando en realidad me torturaban
los celos; pues desde el primer momento en que se cruzaron sus miradas, comprendí
él que no la contemplaba como a una mujer de aspecto desagradable, con la cual
repugna entablar íntimas relaciones. Si mi alma hubiese sido pura, no habría
escudriñado sus pensamientos, pero como yo obraba del mismo modo con las demás
mujeres, comprendí lo que le pasaba, y al comprenderlo sufrí de una manera
horrorosa. Lo que me hacía sufrir más era que yo tenía la seguridad de que mi
mujer no tenía para mí más que un sentimiento de odio, interrumpido de vez en
cuando por momentos de sensualidad. Aparte de esto, veía que aquel hombre debía
de serle agradable por sus modales elegantes, por la novedad, su innegable
talento musical, la mayor intimidad que imponían aquellos dúos y la impresión
que produce la música, el violín sobre todo, en las naturalezas sensibles. No
sólo le sería agradable, sino que además la debía de subyugar sin ningún
esfuerzo y hacer de ella lo que quisiese. No era posible cerrar los ojos ante
esa evidencia, ni dejar de comprenderlo así, sufriendo y experimentando las
horribles torturas de los celos. Sí, estaba celoso, y sufría de una manera tal
que no era posible encontrar palabras para decirlo. Y, sin embargo, quizá por
eso, una fuerza invencible me obligaba a mostrarme cortés y hasta amable con
aquel hombre. No sé si yo obraba de esta manera para darle a entender a mi
esposa que no la temía o para engañarme a mí mismo. Para ahogar los deseos que
a veces experimentaba de matarle, me veía obligado a mostrarme muy atento con
él. En la mesa le escanciaba el vino o el licor, me mostraba asombrado de su
método para tocar el violín y le hablaba de la manera más amable del mundo;
luego le convidaba para que volviese el domingo siguiente en el que invitaría a
algunos amigos más, que eran también aficionados, a fin de que le oyesen, y
luego se despedía de nosotros.
A los dos o tres días
de ocurrir esto, volví a mi casa en compañía de un amigo con el que iba
charlando, y al entrar en el vestíbulo, sin acertar a explicarme el por qué,
sentí como un gran peso en el corazón, como si me hubiese caído encima una gran
piedra. Algo, no sé qué, me recordó a Troukhatchevsky. Hasta que estuve en mi
cuarto no supe de qué se trataba, y volví al vestíbulo para ver si eran
fundadas mis sospechas: sí, allí estaba su abrigo, no me había equivocado. Sin
quererlo yo mismo, era un observador muy ladino en cuanto se refería a aquel
hombre. Averigüé que estaba allí; atravesé los cuartos de los niños y vi a Lisa
que estaba hojeando un libro y a la nodriza que acallaba al más pequeño, al que
tenía en brazos como un juguete cualquiera. En el salón oí unos arpegios muy
lentos. Hablaban en voz baja, y ella contestaba con una negativa: «No, eso no»,
y añadió algo que no pude entender. La música me impidió oír lo demás... Besos
quizá, mientras tocaba con fuerza el piano. ¡Gran Dios! ¡Qué sentimientos y qué
pensamientos se apoderaron de mí. No puedo recordar sin terror el huracán que
se desencadenó en mí en aquellos momentos. Se me oprimió el corazón, dejó de
latir y luego volvió a hacerlo con una fuerza extraordinaria. El sentimiento
que me dominaba, lo mismo que en todas horas de cólera, era el de una gran
compasión hacia mí mismo: «En presencia de los criados, —me dije,—y en la de
mis hijos, me deshonra.» Quería dar un escándalo y no veía dónde ponía los
pies. La nodriza me miró como si, comprendiendo lo que sucedía, quisiera
aconsejarme que estuviese ojo avizor. Sin embargo, era necesario que entrara, y
de una manera inconsciente abrí la puerta. Troukhatchevsky estaba sentado junto
al piano y hacía arpegios con sus largos dedos, y mi mujer en pie a un lado
teniendo delante unos cuantos cuadernos de música. Fue la primera que me oyó o
vio entrar y me dirigió una mirada; ¿se quedó o no sorprendida, o aparentó que
no lo estaba? Lo que sí es cierto, es que no se estremeció... enrojeció un
poco, pero fue después.
—Celebro mucho que
hayas venido, porque nosotros solos no podemos decidir qué tocar el domingo —me
dijo en un tono que no era el natural ni el que usaba en nuestras
conversaciones a solas.
Ese tono y ese
«nosotros» me indignaron. Le saludé con mucha frialdad y me estrechó la mano de
una manera que me pareció burlona, y en seguida me explicó que había llevado
unas cuantas piezas de música a fin de ensayar para el domingo, pero que no
estaban de acuerdo en la elección: ¿escogerían una sonata de Beethoven, alguna
obra clásica y un tanto difícil o bien alguna otra cosa de una ejecución mucho
más fácil? Y al decir esto, la consultó con la mirada. Todo esto era tan
natural que no pude en realidad incomodarme. Lo veía, lo comprendí; sin
embargo, aquello no era más que hipocresía, y estaban de acuerdo en la manera
de engañarme.
El tormento mas grande
que puede sufrir un celoso (¿y quién no ha tenido celos en este mundo?) nace de
esas conveniencias sociales que, bajo pretextos distintos, hacen que se acerque
el uno al otro, un hombre y una mujer, y se establezca entre ellos una intimidad
peligrosa. Uno se convertiría en motivo de irrisión para todos si tratase de
oponerse a esas aproximaciones que producen los bailes, las visitas de los
médicos a los enfermos, de los artistas entre sí, de los pintores y sobre todo
de los músicos. Dos personas son aficionadas a la música, la más noble de todas
las artes, se ponen de acuerdo para tocar juntos y esto exige naturalmente una
intimidad que sólo parecerá vituperable a los ojos de un celoso estúpido. Un
marido bien educado no puede ni debe tener esos pensamientos, y sobre todo, no
tiene para qué mezclarse en esos asuntos. Y, no obstante, todo el mundo sabe
que de ocupaciones de esa naturaleza, de la música sobre todo, es de las que
nacen en nuestra sociedad la mayor parte de los adulterios.
Mi silencio, que duró
algunos minutos, les molestó indudablemente. Me parecía a una botella vuelta al
revés, de la que el agua no se escapa porque está demasiado llena. Quería
arrojarle a la cara alguna frase ofensiva, echarle de allí, pero no hice nada;
al contrario, me sentí culpable por haberlos estorbado. Fingí que lo aprobaba
todo, y ese sentimiento que me dominaba me llevó hasta el extremo de mostrarme
muy amable con él, a pesar del martirio que me causaba su presencia. Le
contesté que nadie mejor que él para elegir, y que mi mujer, si quería seguir mi
consejo, obraría de la misma manera, Permaneció allí el tiempo necesario para
borrar la mala impresión que causó mi llegada brusca y mi rostro trastornado.
Luego se marchó muy satisfecho, al parecer, con las decisiones tomadas para el
día siguiente. En cuanto a mí, tenía la convicción de que todo lo que se
refería a la música, estaba subordinado a otras preocupaciones que les
atormentaban. Le acompañé hasta el vestíbulo dando muestras de gran
cortesía—¡cómo puede dejarse de acompañar a un hombre que se presenta en
vuestra casa para turbar la paz de la familia y aniquilarla para siempre!—y
estreché con afectuosa amabilidad su mano blanca y bien cuidada.
—Durante el resto del
día no dirigí la palabra a mi mujer; no pude hacerlo, y su permanencia a mi
lado provocaba en mí un odio tal que tenía miedo de mí mismo. En la mesa y en
presencia de mis hijos me preguntó cuándo deseaba emprender mi próximo viaje. Efectivamente,
la semana siguiente tenía que asistir a un Zemstvo o asamblea general. Le
contesté y me preguntó qué era lo que necesitaba para el camino. No le contesté
entonces ni una palabra, y en silencio me retiré a mi despacho. Por lo general,
no acostumbraba a estar en él, sobre todo a aquellas horas. De pronto oí que se
acercaba alguien y reconocí su paso. Un pensamiento terrible, innoble, se
apoderó de mi alma. «¿Iba a verme a aquellas horas para ocultar, como la mujer
de Urías, una falta ya cometida? ¿Iría realmente a mi cuarto?» Y los pasos se
acercaban cada vez más. «Pero si se presentaba, ¿tendría yo razón?»
Se apoderó de mí un
sentimiento de odio; los pasos se iban acercando, se acercaban cada vez más.
¿Pasaría por allí para ir al salón? No. La puerta rechinó sobre sus goznes y se
presentó ella, con su estatura bien proporcionada, su talle esbelto y su aspecto
gracioso, agradable. En los rasgos todos de su rostro, así como en sus miradas,
se observaba una timidez, una expresión insinuante que quería disimular, pero
que saltaba a los ojos y cuyo alcance comprendí en seguida. Me faltaba poco
para ahogarme, de tal manera contuve la respiración, y sin dejar de mirarla
tomé un cigarrillo y lo encendí.
—«¿Qué significa esto?
Vengo a hablarte y enciendes un cigarro—dijo sentándose a mi lado y apoyando la
cabeza en mi hombro. Y yo me retiré para no tocarla.—Ya veo que te gustaría más
que yo no tocase el domingo»—añadió. —«Pues estás equivocada»—contesté. —«¿Te
has figurado que no lo he comprendido?» —«Si lo comprendes, te felicito. Lo que
estoy yo viendo es que te portas como una mujer de poco más o menos.»—«Si has
de empezar a hablar de esa manera, me marcho»—«Está bien, márchate, pero ten
presente que si el honor de la familia no es nada para ti, para mí es algo
sagrado. ¡Ahora vete al diablo!» —«Pero ¿qué es lo que hay? ¿Qué pasa?»—«Vete,
te lo pido por amor de Dios, ¡márchate!»
No se marchó. Fingiendo
no comprenderme, o realmente no entendiéndome, lo cierto es que estaba ofendida
y que se incomodó.—«Te estás volviendo insoportable—me dijo;—ha de llegar día
en que ni un ángel pueda vivir a tu lado—y deseando por lo visto molestarme
todo lo posible, añadió a continuación: —Después de tu conducta para con mi
hermana, no me extrañará nada de cuanto puedas hacer conmigo.»—Con estas
palabras aludía a una disputa que había tenido yo con su hermana, durante la
cual perdí los estribos y le dije algunas groserías. Sabía que ese recuerdo me
molestaba y procuró reavivar el dolor de la llaga—«Está bien—pensé; —me veo
ofendido, insultado y encima me hacen responsable.»
De pronto se apoderó de
mí mi furor indecible, una rabia tal, cual nunca la había conocido, y por
primera vez experimenté deseos de pasar del pensamiento al hecho. Me
sobresalté, y en aquel momento me pregunté si estaba bien que me dejase
arrastrar por aquel primer impulso. Me respondí afirmativamente, creyendo que
así la intimidaría, y en vez de combatir, de dominar semejante acceso de rabia,
lo aticé, considerándome dichoso al sentir que hervía en mi pecho.—«¡Vete o te
reviento!»—grité presa de la ira y cogiéndola de un brazo; pero no por eso se
alejó, y entonces se lo retorcí dándole un violento empellón.
—«Pero qué es lo que
tienes, Vassia?—me preguntó.—¿Te marcharás de una vez—aullé con, furia
dirigiendo a todas partes miradas coléricas.—¡Vas a conseguir que me vuelva
loco! ¡No respondo de mí! ¡Márchate!» y dejándome llevar por los impulsos de
esa cólera, quería saber hasta qué extremo llegaría ejecutando algún acto de
brutalidad. Experimentaba en aquellos momentos como una necesidad de pegarla,
de machacarle los sesos; pero sabía que no podía hacerlo y me contuve.
Acercándome precipitadamente a mi mesa, cogí un pisapapeles y lo estrellé en el
suelo a sus pies, pero antes de tirarlo puse buen cuidado en que ella pudiese
esquivarlo. Hacía todo aquello de manera que pudiese verlo. Cogí después un
candelero y lo mandé a reunirse con el pisapapeles, luego arranqué un
termómetro que estaba colgado en la pared y, sin dejar de gritar, la amenacé
diciendo:
—¡Vete! ¡Sal de aquí!
¡No respondo de mí!
Se marchó y me calmé en
el acto. A los pocos minutos se presentó la nodriza diciéndome que la señora
tenía un ataque de histeria. Fui a verla y la encontré riendo, llorando,
sollozando, sin poder pronunciar ni una sola palabra y temblando como una
azogada. No lo fingía, sino que realmente estaba enferma. Llamamos al médico y
durante la noche la asistí. Al amanecer se calmó y nos reconciliamos bajo la
influencia de ese sentimiento al que se da el nombre de amor. Al día siguiente
le confesé que estaba celoso de Troukhatchevsky y no se apuró lo más mínimo; se
echó a reír con el aire más natural del mundo, tan extraño le pareció el lance
de que pudiese ceder a semejante hombre.
—Acaso una mujer
honrada,—me dijo,—puede experimentar por ese tipo otra cosa más que la
satisfacción de que la acompañe con el violín? Si te empeñas en ello, estoy
dispuesta a no volverle a ver más en mi vida, ni siquiera el domingo, por más
que ya se hayan repartido las invitaciones. Envíale una carta diciéndole que
estoy enferma, y todo queda arreglado. Lo único que me enoja es que hayas
podido considerarlo peligroso. Me hiere el orgullo, semejante idea. No mentía;
creía realmente en lo que decía. Confiaba en que esas palabras harían nacer en
mi corazón desdén hacía aquel hombre, pero no lo consiguió. Todo estaba en
contra suya, hasta aquella condenada música. De este modo acabó la disputa, y
el domingo se presentaron nuestros convidados, ante los que Troukhatchevsky y
mi mujer tocaron una vez más.
—Creo inútil decir que
yo era muy vanidoso. ¿Qué objeto tiene hoy la vida sin la vanidad? Arreglé,
pues, con tanto gusto como pude, todo lo referente tanto a la comida como a la
velada musical del domingo. Hice preparar manjares exquisitos y extendí yo mismo
las invitaciones. A eso de las diez empezaron a llegar los convidados.
Troutkhatchevsky se presentó de frac y llevando en la pechera unos botones de
brillantes de un gusto detestable y no dio pruebas de la menor cortedad.
Respondió a todo con mucho ingenio y con sonrisa protectora, como si hubiese
precisamente esperado lo que se acababa de hacer o decir. No dejé de observar
con alegría todos sus defectos, y esto me tranquilizaba, porque me permitía
creer que no ocuparía en el ánimo de mi mujer más que un lugar secundario y
que, conforme había manifestado, nunca se rebajaría hasta él. Contuve mis
celos, no tanto por las razones tranquilizadoras que me dio mi mujer, sino para
evitar las horrendas torturas que me ocasionaban los celos. Y, sin embargo, durante
la comida y la primera parte de la velada, mientras no empezó la música, mi
actitud no fue natural respecto a él, porque, sin darme cuenta de ello,
involuntariamente espié todos sus gestos y miradas.
La comida, como sucede
en esos casos, fue de las más aburridas. Poco después empezó la música;
Troukhatchevsky cogió el violín y mi mujer se acercó al piano, escogiendo las
partituras. No he olvidado aún ni los menores detalles de aquella velada. Llegó
con su caja, la abrió, sacó el violín de una bolsa de seda bordada por mano de
mujer y lo templó. Veía a mi mujer hacer esfuerzos por aparecer indiferente,
pero sobrecogida, y lo observé bien, por los mismos temores que tenía de no
tocar bien. Se sentó y dio el la. Oigo aún los pizzicatos del violín, les veo
disponer los papeles de música, dirigir una mirada a los concurrentes, decirse
algunas palabras y empezar.
Empezaron al mismo
tiempo y tocaron la Sonata a Kreutzer, de Beethoven. ¿Conoce su primer presto?
¿Lo conoce?... ¡Oh!... ¡Oh!...
Al llegar a este punto,
Pozdnychev exhaló un profundo suspiro y se quedó callado durante largo tiempo.
—¡Qué cosa más
espantosa es esa sonata! Y ese presto es la parte más terrible. Sin embargo,
toda la música es espantosa. ¡Qué es, pues, la música? ¿Por qué produce esos
efectos? Se dice que eleva al alma conmoviéndola. ¡Qué estupidez! ¡Qué embuste!
Es cierto que sus efectos son muy poderosos, pero—y conste que hablo por lo que
a mí respecta—no eleva el alma de ninguna manera; ni la eleva ni la envilece,
únicamente la excita; ¿cómo explicárselo? La música hace que lo olvide todo, la
verdadera situación en que me hallo y hasta a mí mismo; me hace creer en todo
aquello que no creo y comprender lo que no comprendo dándome un poder que no
tengo. Me produce el efecto de un bostezo o de una carcajada. Bostezo cuando
veo que alguien lo hace en mi presencia, y río si se ríen a mi lado. La música
me pone un estado semejante a aquel en que se hallaba el que la escribió. Mi
alma se confunde con la suya y le sigo en sus sentimientos. ¿Por qué? Lo
ignoro. Pero Beethoven, por ejemplo, en la Sonata a Kreutzer, sabrá perfectamente
de dónde procedía ese estado que le había impulsado a cometer ciertas acciones
y que para él tenía un sentido, una razón de ser de la que carecía para mí. He
ahí por qué la música produce una excitación que carece de resultado. Un
pasodoble da deseos de moverse; una danza de bailar; la música sacra nos
impulsa a orar, todo eso tiene un resultado... En una palabra, excitación,
excitación pura que no tiene ningún objeto. De ahí precisamente es de donde
provienen los peligros y a veces sus espantosas consecuencias.
En la China la música
es monopolio del gobierno, y eso mismo debería suceder en todas partes. ¿Acaso
debería permitirse que una persona sola pudiese hipnotizar a las demás y
obtener en seguida todo lo que quisiera? ¿Debería consentirse que ese
encantador sea el primero que llegue, un ser inmoral cualquiera? Hoy la música
es un arma terrible en manos de algunos... Esa Sonata a Kreutzer, ese presto, y
hay muchos que se le parecen, ¿por qué se ha de tocar en sociedad cuando se
tiene a su alrededor damas más o menos escotadas y aplaudirlo para en seguida
pasar a otra cosa? Convendría no tocar esas obras musicales más que en ciertas
ocasiones importantes, es decir, cuando se quieren provocar acciones que estén
en relación con el carácter de esa música; pero es muy peligroso y pernicioso
en un grado heroico, suscitar sentimientos que no pueden ni deben traducirse en
nada. La música ha producido en mí una impresión extraordinaria. Me parece,
cuando la oigo, que me dominan nuevos sentimientos y que poseo un poder que
desconocía. «Sí, esto es así y no como he visto y oído hasta ahora; sí, así,»
me decía una voz desconocida en el fondo de mi alma. Sin darme cuenta de ese
nuevo estado de mi alma que se revelaba en mí, me sentía muy satisfecho. En ese
estado no cabían los celos y veía a los hombres bajo otro aspecto, pues la
música me transportaba a un mundo en que los celos no se conocían. Los celos,
con todo su acompañamiento, me parecía que eran otras tantas probabilidades que
no merecen el trabajo de preocuparse por ellos.
Después del presto
pasamos al andante, que es bello, pero de estilo antiguo; con algunas frívolas
variaciones hasta llegar al final, que es más flojo. Luego, a petición de
algunos invitados, tocaron una elegía de Ernezt y varias otras piezas,
notables, sí, pero que no produjeron ni la centésima parte de la impresión
producida por la primera. Durante toda la noche estuve muy alegre y satisfecho.
En cuanto a mi mujer, nunca la había visto de aquel modo, con la mirada
brillante, una notable expresión de dignidad mientras tocaba, y después una
sonrisa dulce conmovedora e impregnada de felicidad.
Vi todo eso sin darle
gran importancia, persuadido de que, tal como me había sucedido a mí, habían
germinado en su alma sentimientos desconocidos hasta entonces. Durante la
velada apenas sentí el corrosivo tormento de los celos.
Dos días después debía
emprender el viaje para ir a la asamblea del Zemstvo, y en el momento en que
Troutkhatchesky recogía sus papeles de música para marcharse, me preguntó
cuándo pensaba regresar de mi viaje, porque, según dijo, quería despedirse de
nosotros antes de marcharse de Moscú. Deduje que se daba cuenta de la
imposibilidad de visitar mi casa mientras yo estuviese fuera, lo cual me
contentó. Su salida de Moscú debía verificarse antes de mi regreso, por lo que
no podríamos volver a vernos y nos despedimos definitivamente. Por primera vez
le estreché la mano con verdadera alegría, dándole las gracias por las
distracciones que nos había proporcionado. Se despidió también de mi mujer,
cuyos modales me parecieron muy sencillos y naturales. Todo marchaba a pedir de
boca, y tanto mi mujer como yo estábamos muy satisfechos con el resultado de
nuestra reunión, y hablamos en términos generales de las impresiones que nos
había producido la música. Nos sentimos, lo que hacía muchísimo tiempo no nos
sucedía, atraídos el uno hacia el otro y nos dimos pruebas de recíproca
amabilidad.
—Dos días después
emprendí el viaje a fin de presentarme en la asamblea, y al separarme de mi
mujer me hallaba en las mejores disposiciones de espíritu, y encontré el
distrito muy animado, lleno de comerciantes que llevaban una vida muy distinta
de la nuestra. Dos días seguidos celebramos sesiones que duraron diez horas, y
el segundo día, al retirarme a mi alojamiento, me entregaron una carta de mi
mujer. Me hablaba de los niños, del tío de la nodriza, de compras y, entre
otras cosas y de la manera más natural del mundo, de una visita de
Troukhatchevsky que le había llevado las obras musicales que le había
prometido, al tiempo que le proponía que tocase con él, a lo que se negó. No
recordaba que el violinista hubiese prometido semejantes obras, y me parecía
por el contrario que se despedía definitivamente, por lo que esto me sorprendió
de una forma desagradable. Volví a leer la carta y me pareció encontrar en ella
algo como tímido, forzado. Confieso que la lectura de la carta me produjo una
penosa impresión. Los celos rugieron en mí como que una fiera en su guarida,
pronta a saltar; tuve, sin embargo, miedo y me contuve. ¡Qué sentimiento más
abominable es el de los celos! ¿Podía haber cosa más natural que lo que me
escribía mi esposa?, me dije y me acosté muy tranquilo, al menos en apariencia.
Me puse a reflexionar sobre los asuntos del día siguiente y me quedé dormido
sin acordarme de ella. Por lo general, mientras duraban las asambleas, me
costaba mucho trabajo conciliar el sueño, y aquella noche me quedé dormido en
seguida. Pero—y esto es muy frecuente,—una súbita conmoción me desveló. Al
despertar, mi primer pensamiento fue para ella, para el amor sensual que me
inspiraba, y me acordé también del violinista, diciéndome que obraban de
acuerdo. La rabia y el miedo se apoderaron otra vez de mí e intenté calmarme.
Me dije que aquello era
una locura, ya que no había motivos para tener celos; no había nada, nada entre
ellos. ¿Para qué envilecernos así, yo sobre todo, haciendo suposiciones
semejantes? De un lado, un «violinista pagado» que tenía, era cierto, fama de don
Juan, y del otro una mujer honrada, respetable, mi mujer. ¡Aquello era
simplemente absurdo! No obstante, seguía repitiéndome: ¿por qué había de ser
imposible algo semejante? ¿Por qué? ¿No mediaba allí el mismo sentimiento que
me impulsó a casarme con ella, la misma y la única cosa que yo quería de ella,
y que otros deseaban también, lo mismo que el músico? Era soltero, robusto...
le había visto partir el hueso de una chuleta con los dientes y cómo humedecía
ávidamente en el vino sus labios rojos. Bien alimentado y bien educado; si
profesaba efectivamente algún principio, sería el de divertirse todo lo
posible. La música, ese refinado excitante de la voluptuosidad, era el lazo que
los unía. ¿Qué era lo que los contendría? Nada. Todo servía para atraerlos el
uno hacia el otro. ¿Y ella? Ella seguía siendo, como siempre, un enigma
viviente que continuaba siendo indescifrable para mí. No conocía de ella más
que su naturaleza animal, y un animal ni debe ni puede ser contenido, ni se
contiene tampoco.
Recordé entonces la
expresión de sus rostros cuando, después de tocar la Sonata a Kreutzer, tocaron
un fragmento musical, no sé de quién, que era excesivamente sensual. ¿Cómo
había podido irme de viaje? —me dije acordándome de aquella expresión.—¿No estaba
muy claro que se habían puesto de acuerdo aquella misma noche? ¿No aparecía con
toda claridad que en adelante nada les separaba y que lo que había sucedido los
puso a ambos, sobre todo a ella, en cierto apuro? Me parecía que la veía con su
sonrisa dulce y venturosa, enjugándose el rostro coloreado y bañado en sudor.
Sus miradas se esquivaban, y sólo fue durante la cena y en el momento en que él
le sirvió un vaso de agua cuando cambiaron una mirada y una imperceptible
sonrisa. Recordaba con terror la expresión de esa mirada y de esa sonrisa
apenas perceptibles. «Es cosa hecha,» me decía una voz, mientras que otra voz
contestaba: «Es una idea fija, una obsesión, algo imposible».
Me apenaba la
obscuridad y encendí una luz, y al ver aquella habitación tan reducida, con sus
cortinajes amarillos, se apoderó de mí una gran tristeza. Encendí un cigarrillo
y, tal como sucede siempre que uno se arma un lío de ideas y de
contradicciones, fumé cigarrillo tras cigarrillo para aturdirme y ocultarme
esas contradicciones. No pude volver a quedarme dormido en toda la noche, y a
eso de las cinco de la mañana, cuando aún no había amanecido, resolví, para no
continuar sufriendo tantas incertidumbres, marcharme lo más pronto posible. La
hora de emprender el viaje era a las ocho; desperté al portero, le encargué que
pidiera un coche, y envié una carta a la Asamblea, manifestando que tenía que
regresar a Moscú para despachar un asunto urgente, y que nombrasen en mi lugar
a uno de los suplentes. A las ocho tomaba asiento en el coche y emprendí el
viaje.
—Tenía que recorrer
treinta y cinco verstas en coche y ocho horas en tren. El viaje en coche fue
delicioso. Estábamos en otoño y hacía un tiempo precioso, aunque frío; el sol
brillaba en un cielo sin nubes. Las ruedas dejaban marcados profundos surcos en
el camino. El sol lo alegraba todo, y la brisa era fresca. Reclinado
cómodamente en el fondo del tarantass, que era espacioso, me entretenía
contemplando los caballos, los campos y a los caminantes, olvidándome por
completo del sitio adonde iba. Me parecía muchas veces que daba un paseo sin
rumbo y que de aquel modo iría hasta el fin del mundo. ¡Qué alegría más grande
olvidarme así de todo! Y cuando me acordaba del objeto del viaje me decía: «Al
menos así sabrás a qué atenerte; ¿para qué pensar, mientras tanto, en ello?» Al
llegar a la mitad del camino me distrajo un incidente: el coche se rompió, pese
a ser nuevo; la operación de buscar albergue, el cuidado del arreglo de los
desperfectos, el té en la posada y la charla con el posadero, fueron para mí otros
tantos motivos de agradable distracción. Por la noche, cuando estuvo todo
arreglado, continué mi viaje, que tuvo muchos atractivos. Estaba la luna en su
primer cuarto; escarchaba un poco, pero el camino seguía en buen estado, el
postillón era charlatán y fogosos los caballos. De esa manera seguía distraído
mi viaje, y me preocupaba poco lo que me esperara. Tal vez lo intuía y mi
alegría procedía de que iba a despedirme de los placeres de la vida; pero esa
calma, esa ausencia de preocupaciones, cesaron en cuanto me bajé del carruaje.
Tan pronto como tomé
asiento en el tren todo cambió, ya que aquellas ocho horas fueron
verdaderamente horrorosas para mí, y en mi vida las podré olvidar. Esto se
debió a que, al subir al vagón, se apoderó de mí otra vez la idea de que iba a
volver a mi casa, o quizá la trepidación del tren me produjo una excitación
extraordinaria. Fuese una u otra la causa, el hecho es que en cuanto estuve en
el tren me fue imposible dominar mi imaginación, que me hizo atravesar por
entre las imágenes a cuál más cínica, todas distintas, aunque de igual
naturaleza, haciendo desfilar por delante de mis celos, irritados en su más
alto grado, las escenas que pasaban allá abajo durante mi ausencia. Me encendía
la indignación al ver esas imágenes. La ira y no sé qué clase de embriaguez
producida por la indignación me oprimían la garganta, y aquellas imágenes, que
no podía alejar, me perseguían como una obsesión. Cuanto más las veía, más
creía en su realidad, olvidando que no tenían consistencia alguna. No quería
para prueba de su existencia más que la precisión de lo que veía. Se habría
dicho que, contra mi voluntad, un demonio inventaba y me inspiraba las
ficciones más horrendas. Hasta sucedió que acudió a mi memoria el recuerdo de
una conversación, hacía mucho olvidada, que un día sostuviera con un hermano de
Troukhatchevsky. Me torturé el corazón, como quien se complace en ahondar la
herida, relacionando esa conversación con el violinista y mi mujer. Sí, lo
recordé; hacía mucho tiempo que la había sostenido. El hermano del violinista,
al que preguntaba yo si frecuentaba las casas de lenocinio, me respondió que un
hombre que se respeta no debe pisar esos sitios sucios y viles en los que se
corre el riesgo de coger una enfermedad, cuando es tan fácil tener relaciones
con una mujer decente, aunque sea algo madura o le falte un diente, o esté un
poco obesa por los años; pero ¡bah! se toma lo que se encuentra. Le hacía él un
favor tomándola por querida, y además no se exponía gran cosa.
Me repetí, con terror,
que todo aquello era imposible y que no podía haber sucedido nada, aparte de
que no tenía ningún fundamento serio sobre el que basar mis sospechas. ¿No me
había dicho mi mujer que el solo pensamiento de que yo pudiese tener celos era
una ofensa y una vergüenza para ella? Lo dijo, sí, pero mintió, me dijo una voz
interior, y la lucha volvía a empezar. En el departamento de mi vagón no había
más que dos viajeros; una señora de cierta edad y su esposo, que hablaban muy
poco. A las pocas horas se apearon, dejándome solo. Me hallaba en la situación
de una fiera enjaulada; unas veces me ponía en pie bruscamente, acercándomela
portezuela; otras daba vueltas con paso inseguro, como si me figurase que con
mis esfuerzos y movimientos aumentaba la velocidad del tren. Aquel vagón, con
sus banquetas y sus cristales, llevaba una trepidación continua, lo mismo que
éste.
Al decir estas palabras
Pozdnychev se irguió, dio algunos pasos por el vagón y luego se sentó y
continuó diciendo:
—¡Qué miedo tuve, en
aquel vagón! Se apoderó de mí el terror y me senté, proponiéndome pensar en
otra cosa, en la conversación sostenida con el posadero en cuya casa había
tomado el té; luego se presentaba a mis ojos el portero con su barbaza y su
nietecito, que tenía la misma edad de mi hijo Vassia. ¡Vassia, hijo mío!
¡Habrás visto al violinista abrazar a tu madre! ¿Qué pensará tu almita
inocente? ¡Y qué le importa a ella, si le ama! Y vuelta a empezar el desfile de
aquellas imágenes. Sufrí tanto, que llegó un momento en que ya no supe qué
hacer. De pronto se me ocurrió una idea que me produjo gran satisfacción, la de
arrojarme bajo las ruedas del tren y acabar de una vez. Una cosa sola fue la
que detuvo la ejecución de mi plan, y fue la lástima que yo mismo me inspiraba,
lástima que hizo nacer en mí un odio irreconciliable hacia ellos dos, contra
ella sobre todo. Respecto a él, no tenía más que un sentimiento extraño de mi
humillación y de su victoria, pero a ella la odiaba. ¡No, no quería con mi
desaparición dejarla libre y dueña de sí misma! Era necesario que sufriese, que
se diese cuenta de lo mucho que yo había padecido por su culpa. Al llegar a una
estación, observé que algunos viajeros bajaban a beber a la cantina; hice lo
mismo y pedí un vaso de aguardiente. A mi lado se encontraba un judío que
empezó a hablarme, y para no quedarme solo en mi vagón le seguí al suyo, que
era de tercera y estaba lleno de humo, sucio y con el suelo cubierto de pepitas
de girasol. Me senté a su lado y empezó a contarme historias. Al principio le
escuché, pero sin fijarme en lo que decía; lo observó e hizo esfuerzos para
cautivar mi atención. Entonces me levanté y volví a mi vagón. Quería meditar y
asegurarme de que realmente tenía razón para atormentarme de aquel modo. Para
estar más sosegado me senté, pero al poco rato voló mi razón, y volvieron a
desfilar ante mis ojos las imágenes anteriores. ¡Cuántas y cuántas veces me
había torturado ya en pasados accesos de celos, y siempre sin fundamento, por
nada! Y sin duda iba a suceder lo mismo aquel día, pues la encontraría
descansando. Despertará y será dichosa, y con sus palabras y sus miradas me
convenceré de que no ha pasado nada y de que son inquietudes vanas. ¡No;
aquello habría sido demasiado bonito! «Con mucha frecuencia ha sucedido así y,
sin embargo, hoy es cosa hecha,» insinuó una voz, y vuelta a empezar mi
suplicio.
¡Ah, qué martirio! No
sería a un hospital determinado a donde llevaría a un joven para que tomase
aversión a las mujeres, sino a que contemplase el espectáculo de un alma
turbada como la mía, para que viese qué clase de demonios eran los que la
despedazaban. Lo más horrible de todo era que yo creía tener sobre su cuerpo un
derecho razonable e indiscutible, como si hubiese sido carne de su carne, y no
obstante, comprendía que no estaba completamente en mi poder, que no me
pertenecía en forma alguna, sino que ella podía disponer de ese cuerpo a su
antojo y que este antojo no estaba conforme con mis deseos. Ante él estaba
desarmado, pero mucho más aún ante ella... Si no ha caído aún y únicamente tuvo
un deseo y estoy enterado de él, esto será mucho peor todavía, me dije. Más
valdría que la falta se hubiese cometido y saliese de una vez de dudas. No
acertaba a formular lo que deseaba; habría deseado que ella no quisiera lo que
forzosamente debía de apetecer, y todo era sencillamente una locura.
En la penúltima
estación, cuando el revisor pasó pidiendo los billetes, recogiendo mi equipaje
salí a la plataforma del vagón. Al acercarse el desenlace aumentaba mi fiebre.
Tenía frío; me temblaba todo el cuerpo, y entrechocaban mis dientes. De una
manera maquinal salí de la estación con los demás viajeros y tomé un coche para
ir a mi casa. Por el camino me fijé en los contados transeuntes con los que me
crucé y leí las muestras de las heridas sin fijarme en lo que hacía. Después de
recorrer un buen trayecto, sentí de pronto un frío muy vivo en los pies, y me
acordé de que me había quitado en el vagón los escarpines de lana que llevaba
sobre los calcetines, y que los había metido en el maletín. ¿Lo había dejado
allí? Sí. ¿Y el resto del equipaje? ¡No me había acordado tampoco de él! Saqué
el billete y el talón y de pronto se me ocurrió que no valía la pena volver
atrás. Todavía no sé en estos momentos por qué tenía entonces tanta prisa. Lo
único que sé es que comprendía que se preparaba en mí algo terrible, un
acontecimiento que tenía una importancia capital, pero no recuerdo si era
víctima de mi imaginación o si exageraba la gravedad de lo que iba a suceder.
Quizá tan trágico acontecimiento arrojó un lúgubre velo sobre las horas que le
precedieron. El carruaje se detuvo fuera de la puerta del patio entre las doce
y la una. Ante la puerta del coche se habían detenido algunos coches de punto a
cuyos conductores atrajeron las ventanas iluminadas de la casa, que eran las
correspondientes al salón y al comedor. Sin tratar de averiguar por qué las
ventanas de mi casa estaban iluminadas a una hora tan avanzada, y
experimentando siempre las más vivas angustias que me oprimían, subí la
escalera y llamé. Acudió a abrirme Igor, un criado muy fiel y animoso, pero muy
corto de entendimiento. La primera cosa que me llamó la atención fue un abrigo
colgado en el perchero al lado de los otros. Aquello me tendría que haber
sorprendido, pero no fue así, porque lo esperaba. ¡Era, pues, cierto!
—¿Quién está ahí,
Igor?—pregunte.
—El señor
Troukhatchevsky.
—¿No hay nadie más?
—No, señor.
Y me dio esta
respuesta, lo recuerdo muy bien, con un acento alegre como si se figurase que
aquello me había de poner contento y además quisiese persuadirme de que no
había nadie más. «Está bien,» pensé.
—¿Y los
niños?—pregunté.
—A Dios gracias, están
muy bien y durmiendo.
Apenas podía respirar y
mis dientes entrechocaban. Me había ocurrido muchas veces volver a mi casa
presintiendo una desgracia, creyendo que ocurría alguna novedad, y encontrarlo
todo en estado normal. Aquella vez, sin embargo, no su cedió lo mismo; todas
las imágenes que yo creyera falsas y que me persiguieron como una obsesión se
convertían en realidades. Me faltaba muy poco para echarme a llorar, pero el
demonio murmuró: «Eso es, déjate ahora dominar por sensiblerías y llantos.
Mientras tanto, pueden separarse con mucha tranquilidad, y tú te quedas sin
pruebas, viéndote condenado a la duda y al sufrimiento eterno.» Inmediatamente,
la compasión que yo mismo me inspiraba desapareció de mi alma, y sentí unos
deseos irresistibles de llevar a cabo un acto de decisión, de energía, al mismo
tiempo que de habilidad y astucia. Me convertí en un bruto sin inteligencia, en
una bestia feroz. —No, no hace falta—le dije a Igor, que quería avisar de mi
llegada. —Vale más que tomes este billete y te vayas a la estación a recoger mi
equipaje. Anda, deprisa.
Y se marchó por el
corredor para ir a buscar su abrigo. Temiendo que los avisase, le acompañé
hasta su cuarto y esperé a que se vistiera. Al lado, en el comedor, se oía
rumor de voces, mezclado con el ruido de los platos y los tenedores. Estaban
cenando y no habían oído el campanillazo. «Con tal que no se marchen...»,
murmuré mientras Igor acababa de ponerse el abrigo y se marchaba, cerrando yo
la puerta tras de sí.
En cuanto me quedé
solo, una ansiedad muy grande se apoderó de mí, y arraigó más y más la idea de
que debía actuar en seguida. ¡Actuar! Pero ¿cómo? Sólo sabía que todo había
concluido; que no era ya posible abrigar ninguna duda acerca de su crimen, y
que todas mis relaciones con ella debían cesar. Había dudado hasta entonces,
diciéndome que aquello no era verdad y que me equivocaba; pero en aquella
ocasión no era posible la duda. Debía tomar una resolución, pero ¿cuál?
¡Encontrarse en secreto durante la noche; y a solas con él! Eso era,
francamente, algo más que olvido de las conveniencias, algo peor, una
imprudencia excesiva para que su mismo exceso demuestre la inocencia...» No
había duda posible; estaba muy claro. Tenía un temor muy grande, y era el de que
se separasen y encontrasen un medio para salir del paso, privándome así de la
única prueba palpable que me hubiese quitado el doloroso placer de condenarlos
y castigarlos. Para sorprenderlos andaba de puntillas, y no pasé por el salón,
sino por las habitaciones de los niños y por el corredor. En la primera dormían
los niños y en la segunda la nodriza, que hizo un movimiento como queriéndose
despertar. Me pregunté qué pensaría cuando se enterase de todo, y fue tal la
compasión que yo mismo me inspiré, que los ojos se me llenaron de lágrimas.
Para no despertar a los niños volví al corredor, andando siempre de puntillas,
y entrando en mi despacho me desplomé en el sofá.
¡Yo! ¡Un hombre al que
habían educado honradamente sus padres! ¡Que toda la vida soñó con un
matrimonio dichoso y de fidelidad... ir a caer en semejante infamia! ¡Cinco
hijos! ¡Y teniendo cinco hijos, besaba a aquel músico, sólo por que tenía los
labios rojos! ¡No, no; aquella no era una mujer sino una perra, una perra
innoble! ¡Y eso al lado de las habitaciones donde dormían sus hijos, a los que
siempre aparentó amar tanto! ¡Y pensar que me había escrito aquella carta! ¿Y
quién sabía la verdad? Tal vez toda la vida había estado sucediendo lo mismo.
¿Quién sabe si aquellas criaturas, a quienes creía hijos míos, lo eran de algún
criado! Si en vez de llegar aquella noche espero al día siguiente; ¿no habría
salido a recibirme con un traje y un peinado llenos de coquetería y con sus
modales indolentes y graciosos? Y me parecía estar viendo con toda claridad su
rostro tan encantador y despreciable, y mientras tanto los celos, ese cáncer
que lo consume todo, roían mi corazón. ¿Qué iban a pensar la nodriza e Igor? ¿Y
la pobrecita Lisa? Ya tenía edad para comprenderlo. ¡Y me horrorizaba aquella
impudencia, aquellos embustes y aquella sensualidad bestial que conocía tan a
fondo!
Quise ponerme en pie y
no pude. Los latidos de mi corazón eran tan violentos que mis piernas se
negaban a sostenerme. Sí, moriría de una congestión; ella sería la que me
habría matado, y tal vez era eso lo que deseaba. Pero no estaba dispuesto a
morir de esa manera; no tendría esa suerte, ni sería yo quien le proporcionase
esa alegría. Heme yo aquí y ellos allí... riendo... sí... no la desdeñó él por
que era ya una mujer de más edad... ya madura... le parecía aún aceptable, e
indudablemente no ejercerá ninguna influencia funesta sobre su preciosa salud
¡Ah! ¿por qué no la estrangulé aquel día, una semana antes, cuando la eché de
mi despacho?
Recuerdo muy bien
cuanto pensé y dije entonces; no olvidé los sentimientos que me agitaban
anteriormente y se apoderó de mí el mismo furor. Sentía irresistibles deseos de
hacer algo; todos mis razonamientos desaparecieron, a excepción de aquellos que
contribuían a que llevase adelante mi propósito. Me hallaba en situación
idéntica a la de una fiera acorralada, en la misma de un hombre expuesto a un
peligro grave que sigue marchando hacia adelante, obrando sin vacilación y sin
turbarse y sin apartar la mirada del objetivo que se propone conseguir. Me
quité las botas y los calcetines, me acerqué a la panoplia que estaba colocada
encima del sofá y de ella descolgué un puñal de Damasco de aguda y afilada
hoja, virgen aún de sangre. Lo saqué de la vaina, y recuerdo aún que ésta—me
acuerdo como si fuera ayer —cayó detrás del sofá, y me dije que más adelante la
recogería. Me quité después el abrigo, que tenía aún puesto, y andando descalzo
y con mucho tiento salí del despacho. Aun no sé hoy día cómo salí, si iba muy
apresurado o despacio, ni cuáles fueron las habitaciones que atravesé, ni de
qué manera llegué al comedor, ni cómo abrí la puerta, ni de qué manera entré...
—Recuerdo solamente la
expresión que pusieron cuando abrí la puerta, y si la recuerdo es porque me
produjo un delicioso sufrimiento. Fue, como es natural, una expresión de terror
cual yo deseaba. Jamás, mientras viva, olvidaré aquel desesperado pavor que se
reveló en sus rostros cuando de pronto me presenté ante ellos. Creo que el
violinista estaba sentado a la mesa, y cuando me oyó o vio entrar, no hizo más
que dar un salto hasta el aparador. El miedo fue el único sentimiento que se
reveló en su fisonomía. En el rostro de mi mujer se veían, aparte del miedo,
otras impresiones cuya ausencia puede que hubiese evitado la catástrofe final,
porque estas impresiones me parecieron ser resultado del descontento y la
cólera por haber sido molestada en su dicha y en su embriaguez amorosa. Se
diría que no quería más que una cosa: que no la molestase nadie en el momento
en que iba a gozar de esa dicha.
Esas impresiones se
borraron muy pronto de sus rostros, que adquirieron de pronto una expresión
interrogante. Si estaban aún a tiempo para mentir, era necesario que lo
hiciesen en seguida, o bien salir del paso de otro modo, pero ¿de cuál? La
interrogó él con la mirada; le miró mi mujer también, y la expresión del rostro
de ésta, de cólera y despecho, se trocó en seguida en otra de temor, de
inquietud por él.
Durante un momento me
quedé en pie al lado de la puerta, con el puñal oculto tras la espalda. De
pronto y con un tono de indiferencia por demás ridícula en aquellos momentos,
dijo el violinista:
—Acabamos de tocar un
poco...
—¡Qué sorpresa!—dijo
ella en el mismo tono, y no se atrevieron a continuar.
Se apoderó de mí el
mismo furor que me había dominado ocho días antes, y experimenté otra vez la
irresistible necesidad de dar rienda suelta a la violencia. Experimenté los
goces de ese furor y me dejé arrastrar completamente por él. Ambos se callaron
al mismo tiempo, dando de este modo ellos mismos un mentís a sus palabras. Me
arrojé sobre ella, ocultando todavía el puñal para elegir mejor el sitio en el
que había de herirla. Él observó mi movimiento y, lo que yo no me esperaba de
su parte, se arrojó sobre mí, y cogiéndome del brazo, empezó a gritar ;
—¡Cálmese, por Dios!
¡Socorro, socorro!
Me escurrí de entre sus
manos y le acometí. Mi aspecto debía de ser terrible porque se puso tan lívido
como un cadáver; sus ojos adquirieron un brillo singular y, lo que tampoco
hubiera creído, se fue con mucha ligereza hacia la puerta, deslizándose por detrás
del piano. Quise perseguirle, pero no pude porque me lo impidió el hallarme
fuertemente sujeto por el brazo izquierdo. Era ella. Hice un esfuerzo para
soltarme, pero se apoyó con más fuerza y no me soltó. Aquel espectáculo
inesperado, ese peso y ese odioso contacto acrecentaron mi ira. Comprendí que
me volvía loco, que debía tener un aspecto feroz y esto me exaltó aún más y
más. Hice un nuevo esfuerzo y con el codo izquierdo le di un golpe violentísimo
en medio de la cara, tan fuerte fue que me soltó lanzando un grito.
Quería e iba a salir a
perseguirlo, pero estaba descalzo y habría sido muy grotesco perseguir en ese
estado al amante de mi mujer; quería ser temible, pero no ridículo. A pesar de
mi extremado furor me preocupaba aún la impresión que mi aspecto pudiera producir
en los demás. Era algo que siempre había tenido en cuenta. Me volví hacia mi
mujer y vi que había caído en el sofá y que, llevándose la mano a la parte
contusionada del rostro, se fijaba en mí. Su mirada expresaba miedo y odio; la
mirada que echa el ratón a quien va a buscarlo a la ratonera en la que ha
quedado atrapado. A lo menos yo no supe ver en ella más que ese miedo y ese
odio que provocaba su amor a otro. Tal vez no habría pasado nada si hubiese
intentado marcharse; pero de pronto habló, tratando al mismo tiempo de sujetar
la mano en la que tenía yo el puñal:
—Vamos, sé razonable;
¿qué es lo que quieres hacer? ¿Qué es lo que tienes? ¡Te juro que no hay nada!
¡Nada!
Habría vacilado aún,
pero esas palabras, tras las que adornaba la mentira y que me probaban lo
contrario de lo que quería decirme, merecían una respuesta, y ésta tenía que
ser necesariamente acorde a ese furor que iba en aumento. El furor tiene
también sus leyes.
—¡No mientas,
miserable! ¡No mientas!—grité, asiendo sus dos muñecas con mi mano izquierda.
Se echó hacia atrás, y
yo entonces, sin soltar el puñal, la cogí por el cuello y la derribé con
intención de estrangularla. Sus manos se agarraron desesperadamente a las mías,
haciendo esfuerzos para soltarse, porque se ahogaba. Entonces fue cuando le clavé
el puñal en el lado izquierdo, por debajo de las costillas.
Quienes sostienen que
no es posible acordarse de lo que se ha hecho durante un acceso de furor, dicen
una sandez y una mentira. Ni un solo instante dejé de tener conciencia de lo
que hacía. Cuanto más atizaba el fuego de mi ira, con más claridad veía lo que
hacía, y ni un solo momento, ni un segundo perdí el conocimiento. No diré que
hubiese previsto lo que iba a hacer, pero en el instante mismo en que lo
llevaba a cabo tuve conciencia de ello, tal vez un poco antes. Veía que si
creía todavía en la posibilidad de una reconciliación, podía obrar a voluntad y
que, sin embargo, asestaría el golpe por debajo de las costillas, donde ya
había determinado que debía penetrar el puñal. En aquel momento preciso no
ignoraba yo que iba a cometer un acto criminal, tal cual no había cometido
nunca otro igual ni que tuviese tan espantosas consecuencias. La decisión fue
tan rápida como el relámpago, y el acto siguió inmediatamente. Me di cuenta de
lo que hacía con una claridad extraordinaria, y me parece que estoy contemplando
la escena, que siento aún la resistencia del corsé, de otra cosa después y que
el puñal penetra en la carne blanda. Ella intentó coger la hoja del puñal con
las dos manos para detener el golpe, pero no pudo conseguirlo y se cortó. Más
adelante, estando en la cárcel, cuando se operó en mí una gran reacción moral,
volvió a presentarse ante mis ojos lo ocurrido en aquel momento y me pregunté
cuál habría debido o podido ser mi conducta. Conservo aún en la memoria el
recuerdo del instante que siguió a tan terrible acción; la noción exacta de que
iba a matar a mi mujer indefensa, a mi propia esposa. El recuerdo de ese
sentimiento me persigue aún como una obsesión, y creo recordar que saqué en
seguida el arma como para reparar el daño que acababa de hacer.
—¡Ama, ama! ¡Que me ha
matado!—gritó irguiéndose, y la nodriza, que había oído el ruido, se presentó
en seguida.
Yo estaba en pie,
aguardando y como quien no quiere creer en lo que le ha sucedido. En aquel
momento saltó un chorro de sangre por debajo del corsé, y comprendí que el mal
ya no tenía remedio. Aunque hubiese deseado lo contrario, ¿de qué habría
servido? Me quedé inmóvil hasta que cayó. La nodriza se acercó apresuradamente,
gritando:
—¡Dios mío!
Arrojé el arma que
hasta entonces había tenido en la mano y abandoné la habitación. «Conservemos
la serenidad,—me dije,—y sepamos lo que hacemos.» Sin mirar a mi mujer ni a la
nodriza me alejé, mientras esta última daba voces llamando a la doncella. Atravesé
el corredor, ordené a la doncella que se fuese al lado de su señora y entré en
mi despacho. «¿Qué hacer?» me pregunté, y en el acto se me ocurrió qué era lo
mejor. Me acerqué a la panoplia y descolgué un revólver; lo examiné; vi que
estaba cargado y lo dejé encima de la mesa. Recogí la vaina del puñal y me
senté en el sofá, donde permanecí mucho rato, sin pensar en nada. Oí un ruido
ahogado de pasos, de objetos movidos de una parte a otra, crujido de vestidos,
y fuera el ruido de un coche que hacía alto y al que seguía poco después otro:
al cabo de un rato se presentó Igor con mi maleta, ¡como si me hiciese falta
para algo!
—¿No sabes lo que ha
pasado? Pues ve a decirle al portero que salga en busca de la policía—le
ordené.
Sin objeción alguna se
marchó. Me levanté, cerré la puerta, cogí los fósforos y los cigarrillos y
empecé a fumar. No había acabado el primer cigarrillo cuando me fue dominando
el sueño, y durante dos horas dormí tranquilamente. Soñé, lo recuerdo muy bien,
que estaba en buena armonía con mi mujer, y que, después de haber discutido,
íbamos a hacer las paces cuando un obstáculo nos lo impidió, pero a pesar de
eso seguíamos queriéndonos.
Me despertó un golpe
que dieron en la puerta. Me desperté creyendo que me iba a encontrar con la
policía, puesto que había cometido un asesinato, y procuré desperezarme. Tal
vez fuesen a decirme que no había ocurrido nada. Llamaron una vez más y no
contesté, preguntándome si habría sucedido algo o no. Si era cierta la
resistencia del corsé... «Ahora me toca a mí matarme,» me dije. Reflexioné
sobre ello, y sabía bien que no me atrevería. No obstante, me levanté y cogí el
revólver; ¡cosa extraña! Me había pasado muchas veces por la cabeza la idea del
suicidio, en el tren sobre todo, porque creía que así sería más rudo golpe para
mi mujer, pero a la sazón no era capaz de matarme y hasta rechacé la idea. «¿Y
por qué no había de hacerlo?», me pregunté, y no hallé la respuesta. Llamaron
otra vez. «Veamos antes lo que sucede; tiempo que dará luego para todo,» me
dije dejando el revólver sobre la mesa y colocando encima un periódico para
ocultarlo. Me acerqué a la puerta y abrí. Era la hermana de mi mujer, viuda y
simple.
—¿Qué es lo que ha
pasado, Vassia?—me preguntó echándose a llorar, cosa que, por otra parte, hacía
con mucha frecuencia.
—¿Qué quiere de
mí?—contesté con rudeza, si bien comprendía que no tenía ninguna razón para
mostrarme grosero, pero sin poder evitar hablarle en aquel tono.
—¡Por Dios, Vassia, que
se está muriendo! Ivan Zakharievitch lo ha dicho.
Ivan Zakharievich era
su médico y consejero.
—¿Está aquí?—pregunté,
y todo el odio que me inspiraba mi mujer se despertó.—¿Qué hacer?
—Vaya a verla, Vassia.
¡Oh! ¡Quién podía pensarlo! ¡Qué cosa más horrorosa!
—¿Ir a verla?—exclamé,
y en seguida se me ocurrió la idea de acudir a su lado y de que debía ser así,
cuando un marido, como yo, mataba a su mujer. Las emociones fuertes iban a
comenzar de nuevo y resolví ir, pero con el decidido propósito de no inmutarme.
—Espere, pues, a que me calce—le dije a mi cuñada;—no es correcto que vaya así.
—¡Cosa extraña! Al
abandonar mi despacho y atravesar aquellas habitaciones que tan bien conocía,
tuve aún la esperanza de que todo aquello no fuera más que una pesadilla, pero
el olor de ciertas medicinas, del yodo y del ácido fénico, me atacaron la
garganta. ¡No, no era una pesadilla! Al atravesar el pasillo y cerca del cuarto
de los niños vi a Lisa, que me miró con ojos que el terror hacía abrir
desmesuradamente, y se me figuró que mis cinco hijos me miraban. Llegué a la
puerta, y al verme la doncella abrió y se fue. Lo primero que vi fue su traje
gris perla, todo él manchado de sangre. Estaba en nuestra cama con las rodillas
dobladas, casi derecha y sostenido el busto por numerosas almohadas. Habían
vendado la herida y el cuarto apestaba a yodo. Lo que me llamó más la atención
fue la señal amoratada que tenía en la cara y que le cubría parte de la nariz y
de un ojo. Aquella mancha era la huella del golpe que le había dado cuando
quería desprenderme de sus manos. Había desaparecido su belleza y observé que
había en ella algo que repugnaba. Me quedé quieto en el umbral de la
puerta,—Venga, acérquese—me dijo mi cuñada. Me acerqué preguntándome si sería
necesario perdonar. «Sí, porque se muere,» me contesté, y me acerqué a su
cabecera. Levantó penosamente los ojos para mirarme; uno de ellos estaba
amoratado e hinchado. Expresándose con mucha dificultad, exclamó: —Has
conseguido lo que te proponías... Me has matado...
En su rostro se
traslucía el dolor físico y, sin embargo, se descubría ese odio que yo conocía
tanto.
—Nuestros hijos... no
te los llevarás... a pesar de todo... mi hermana será quien se encargue de
ellos...
Ni una sola palabra
acerca del punto capital, su falta, su traición, su crimen; se habría dicho que
no le daba ninguna importancia.
—¡Sí, regocíjate
contemplando tu obra!—y su mirada se fijó en la puerta en la que se hallaban su
hermana y sus hijos. A mi vez dirigí la vista hacia donde estaban los niños,
luego contemplé su rostro golpeado y amoratado, y por vez primera, olvidando
mis derechos y mi orgullo, vi en ella una criatura humana, una mujer. Todo
cuanto me había ofendido, mis celos, se me antojó muy poca cosa; por el
contrario, tan terrible me pareció lo que había hecho que sentí deseos de
arrojarme a sus pies, cogerle las manos y gritar: «¡Perdóname!
Y no me atreví a
hacerlo. Se calló y se cubrió los ojos; no tenía fuerzas para hablar. De pronto
su rostro se contrajo, desfigurado, y me rechazó débilmente.
—¿Por qué ha pasado
esto?—murmuró.
—¡Perdóname! —exclamé.
—¡Sí, si no me hubieses
matado!—dijo de pronto, y sus ojos brillaron con un fulgor febril.—¡Perdonarte!
¡Qué locura! ¡Ah! ¡No debía morir, pero tú me has matado y conseguido tu
objetivo! ¡Te odio!—En seguida empezó a delirar. —Dispara... no tengas miedo...
mátame... mátanos... mátale a él también... Se fue...
Ya no reconoció a
nadie, ni a sus hijos, ni siquiera a Lisa, que se había escapado del lado de su
tía y se acercó furtivamente al lecho, y aquel mismo día murió a eso de las
doce. Pocas horas antes me prendieron, me llevaron a la cárcel y en ella estuve
esperando durante once meses a que se viese mi causa. En ese tiempo reflexioné
mucho y aprendí a conocerme. A los tres días de estar preso me llevaron a mi
casa..
Pozdnychev quiso
continuar, pero los sollozos que ahogaban su voz se lo impidieron, hasta que al
cabo pudo reponerse y recobrar su serenidad.
—Al verla en el ataúd
comprendí mi error,—dijo exhalando un profundo sus piro,—y sólo contemplando su
rostro cadavérico comprendí todo el alcance de mi acción. Comprendí que era yo
el que la había asesinado, sumiéndola en la nada, y que si yacía allí fría e
inanimada, inmóvil como una estatua, era obra mía. Comprendí que aquello era
irreparable para mí. Quien no haya pasado por semejante prueba no puede
comprenderlo.
Durante largo rato
permanecimos ambos en silencio, el uno enfrente del otro. Pozdnychev sollozaba
y se estremecía nerviosamente.
—Sí; si hubiese sabido
lo que hoy sé,—añadió,—no me habría sucedido nada. ¡No me habría casado con
ella por nada del mundo! ¡No me habría casado nunca! ¡Jamás!
He aquí, señor, lo que
hice y las pruebas por las que pasé.
Es preciso comprender
bien el sentido del Evangelio, según San Mateo; es necesario interpretar bien
esta frase: «Aquel que mira a una mujer con deseo, ya ha cometido adulterio».
Esto se refiere también a la hermana, y no sólo a la mujer extraña, sino sobre
todo a la propia mujer.
Traducción de Francisco
Carles
No juzguéis un libro
por su tamaño
Goldsmith
En una comarca de
cierto reino, vivía un rico mujik[1].
Este mujik tenía tres hijos: Seman el Guerrero, Tarass el Panzudo, Iván el
Imbécil y una hija, muda, llamada Malania.
Seman el Guerrero se
fue a pelear por el Zar; Tarass se encaminó a la ciudad, colocándose en un
comercio, Iván el Imbécil se quedó con su hermana al frente de la casa.
Seman el Guerrero
obtuvo un alto grado y un señorío, en recompensa a sus servicios, y se casó con
la hija de un barín[2].
Su sueldo era crecido y pingues sus rentas, pero no le bastaban: lo que él
recogía, era despilfarrado por la mujer.
Y Seman se fue a sus
tierras para cobrar las rentas. Díjole su administrador:
«Nuestro ganado no ha
tenido crías; tampoco tenemos caballos, ni bueyes, ni arado; es preciso
comprarlo todo, y luego habrá rentas»
Entonces Seman fue a
casa de su padre el mujik.
—Tú —le dijo—, eres
rico y no me diste nada; dame el tercio que me corresponde. Lo emplearé en mis
tierras.
Entonces el anciano
contestó:
—No has traído nada a
casa; ¿por qué razón he de darte el tercio de mis bienes? Sería perjudicar a
Iván y a mi hija.
Y Seman repuso:
—El es imbécil, y mi
hermana muda. ¿Para qué quieren el dinero?
—Pues bien —exclamó el
viejo— se hará lo que diga Iván.
E Iván dijo entonces:
—¡Bueno! Que lo tome.
Seman el Guerrero tomó
el tercio del patrimonio. Lo empleó en sus tierras y volvió a servir al Zar.
Tarass el Panzudo ganó
también mucho dinero y se casó con la hija de un comerciante; pero siempre
andaba apurado. Como su hermano, fue también en busca de su padre.
—Dame mi parte —le
dijo.
El viejo no quiso,
tampoco, dar a Tarass la parte que pedía.
—Tú —le arguyó— nada
nos has traído; todo lo que hay en casa lo ha ganado Iván. No puedo
perjudicarle, ni a tu hermana tampoco.
Y Tarass dijo:
—¿A qué guardas el
dinero para Iván? Es Imbécil y no logrará casarse. Ninguna muchacha le querrá
por marido. Y una chica muda tampoco necesita nada... Dame, Iván —añadió—, la
mitad del trigo; te daré los aperos de labranza y del ganado, sólo quiero el
caballo tordo, que a ti no te sirve para la labor.
Iván se echó a reír y
dijo:
—¡Conforme!
Y Tarass tuvo su parte.
Se llevó el trigo a la ciudad, y también el caballo tordo. E Iván, al que sólo
quedó una yegua vieja, araba el suelo y mantenía a sus padres.
Muy apenado estaba el
viejo diablo porque no habían reñido con motivo del reparto, habiéndose
separado en paz y gracia de Dios. Llamó a tres diablillos y así les habló:
—Escuchad: hay tres
hermanos, Seman el Guerrero, Tarass el Panzudo e Iván el Imbécil. Conviene que
riñan, pues los tres viven en buena armonía... El Imbécil es quien ha
estropeado mi negocio. Id, cogedlos y no paréis hasta que se saquen los ojos...
¿Lo lograréis?
—Claro que sí
—contestaron a una.
—Y ¿cómo os las
compondréis?
—Pues de este modo:
empezaremos por arruinarles, para que no tengan nada que comer; luego les
enfrentaremos y se pelearán.
—Está bien —dijo el
diablo—. Veo que sabéis vuestra obligación. Id y no volváis hasta que se maten;
pues de lo contrario os arrancaré la piel.
Los diablillos
partieron a los pantanos[3]
y allí deliberaron acerca de lo que debían hacer para salir airosos en su
cometido. Discutieron largo rato, porque todos querían el trabajo más fácil. Al
no entenderse, deciden hacerlo por suertes, y convinieron que, el que acabase
más pronto, iría a prestar ayuda a sus compañeros. Echadas suertes, se fija el
día en que se reunirán de nuevo para saber a quién será preciso ayudar.
El día fijado llegó y
los diablillos se reunieron en el pantano y hablaron de sus negocios. El
primero habló de Seman y dijo:
—Mi trabajo va por buen
camino. Mañana Seman irá a casa de su padre.
Sus compañeros le
preguntaron cómo se las había arreglado para alcanzar este resultado, a lo que
contestó:
—Mi primer cuidado fue
inspirar a Seman un valor tan grande, que prometió al Zar que le conquistaría
el mundo entero. Entonces el Zar le nombró jefe de su ejército y le envió a
pelear contra el zar de las Indias. Los ejércitos estaban ya a la vista. Por la
noche, mojé la pólvora de los soldados de Seman; luego fui al campamento del
zar indio y fabriqué soldados de paja. Las gentes de Seman, habiendo observado
que de todos lados avanzaban soldados, cobraron miedo. Entonces Seman ordenó
hacer fuego; pero ni los cañones ni los fusiles dispararon. Asustáronse los
soldados de Seman y se dispersaron como corderos. Y el zar indio los pasó a
cuchillo. Seman ha caído en desgracia; le han quitado el señorío, y quieren
matarle mañana. Poco me queda ya que hacer; sacarle de la cárcel para que pueda
irse a su casa. Mañana todo quedará listo. Decidme, pues, a cuál de vosotros
dos he de ayudar.
El segundo diablillo
habló de Tarass:
—Mi negocio marcha,
también, viento en popa; no necesito ayuda. No pasarán ocho días sin que Tarass
vea cambiada su posición... Lo primero que hice fue hincharle más el vientre, y
aumentar aún su afán de lucro. Codiciaba tanto y tanto el bien ajeno que anhelaba
adquirir todo cuanto veía. Ha comprado muchas cosas con su dinero, y sigue
comprando; pero, ahora, con dinero prestado. Es demasiada carga para sus
hombros y está tan metido, que no podrá salir del aprieto. Dentro de ocho días
vencen los plazos; he trocado sus mercancías en estiércol; no podrá pagar, y
tendrá que irse a casa de su padre.
Preguntaron al tercer
diablillo, el cual habló así:
—¿Qué queréis que os
diga? Mi asunto con Iván no marcha bien. Comencé por escupir dentro de su jarro
de sidra para producirle dolor de tripas. Fui a su campo, endurecí la tierra
como piedra para que no pudiese labrar. Pensaba que no podría hacerlo; pero él,
el Imbécil, vino con su arado y roturó la tierra. Aunque le costaba mucho, él
proseguía con afán. Entonces le rompí el arado; volvió a su casa, tomó otro, y
de nuevo se puso a labrar. Me metí entonces bajo tierra, y quise sujetarle la
reja; tampoco conseguí detenerle, porque empujaba con demasiado brío; además,
con el filo del arado me ensangrenté las manos. Sólo le falta un surco por
labrar. Venid, hermanos míos, necesito me ayudéis, pues, si no le dominamos,
nuestros esfuerzos se perderán. Si el Imbécil sigue trabajando, no sentirán la
miseria; él mantendrá a sus hermanos.
El diablillo de Seman
prometió volver al día siguiente, después de lo cual se separaron.
Iván había arado todo
el campo, menos un surco Tenía dolor de vientre y, sin embargo, necesitaba
trabajar. Limpió el arado y empezó su labor. Pero apenas habla comenzado, se
sintió detenido por una raíz: era el diablillo que se habla aferrado a la reja
y le detenía.
—¡Que raro es esto!
—pensaba Iván.
Metió la mano en el
surco y buscando tocó una cosa blanda. La cogió y la sacó Era un objeto negro
como una raíz: pero, encima de ella, algo se movía.
—¡Cómo! ¡Un diablillo
vivo! ¡Vaya con el bicho malo!
Iván hizo ademán de
aplastarle contra el suelo. El diablillo empezó a gemir:
—No me mates y haré
cuanto quieras.
—¿Y qué harás por mí?
—Lo que gustes; pide lo
que quieras.
Iván se rasco la cabeza
y luego de pensar dijo:
—Me duele el vientre;
¿sabrías curarme?
—Sí, puedo curarte.
—Hazlo, pues, en
seguida
El diablillo se agachó
hacia el surco y, escarbando con las uñas sacó una raíz con tres tallos y se la
dio a Iván.
—Toma —díjole—; basta
que te tragues una de estas puntas para que tu dolor desaparezca.
Iván arrancó una punta
y se la tragó. En el acto dejo de dolerle el vientre.
El diablejo volvió a
suplicarle:
—Suéltame ahora —dijo—.
Me escurriré bajo tierra y no volveré más por aquí.
—Sea —dijo Iván—. ¡Vete
con Dios!
Y en cuanto Iván hubo
pronunciado el santo nombre de Dios, el diablillo se hundió en lo más profundo
de la tierra, como una piedra en el agua. Sólo dejo un agujero como rastro.
Iván guardó los otros
dos tallos en su gorro, y volvió a labrar. Concluyó lo que le faltaba, dio
vuelta al arado y regreso a su casa.
Desunció, entro en la
isba[4]
y vio a su hermano mayor, Seman el Guerrero, sentado a la mesa con su esposa
para cenar. Le habían confiscado su hacienda y, a duras penas, había logrado
escapar de la cárcel para refugiarse en casa de sus padres.
Seman dijo a Iván, al
verle entrar:
—He venido para vivir
en tu Casa. Manténme con mi mujer hasta que encuentre otro domicilio.
—Sea según tu voluntad
—dijo Iván—. Vivid aquí, en paz.
Pero como Iván fuese a
sentarse en un banco, su cuñada, molesta por el olor del Imbécil, dijo a su
marido:
—No puedo comer con un
mujik que apesta,
Seman el Guerrero se
volvió hacía Iván.
—Mi esposa dice que
hueles mal. Harás bien en ir a comer al establo.
—Como queráis —repuso—.
Precisamente es ya de noche, y es hora de dar el pienso a la yegua.
El Imbécil cogió pan,
se puso el caftan y se retiró para hacer la guardia de noche.
El diablillo de Seman
el Guerrero, listo de su labor, llegó, según lo convenido, en ayuda del
diablillo de Iván para vencer entre los dos al Imbécil,
Fue al campo en busca
de su camarada, pero sólo encontró el agujero por dónde había huido.
—Sin duda —pensó— le ha
sucedido alguna desgracia a mi compañero. Es preciso sustituirlo. La tierra
está labrada. Cogeré al Imbécil en la siega.
Y se fue al prado y
cubriólo de barro. Al despuntar el día, Iván regresó de su guardia de noche,
cogió la hoz y marchó a segar.
Al empezar el trabajo,
no le cortó la hoz. Díjose entonces:
—Volveré a casa en
busca de una piedra de afilar y cogeré pan.
—¿Es testarudo este
imbécil! —dijo el diablo al oír estas palabras—. No le venceremos fácilmente.
Iván afiló la hoz y se
puso a segar, concluyendo su trabajo. No quedaba nada más que un trocito de
prado a la orilla de un pantano.
El diablillo se
zambulló en el pantano, diciendo para sí:
«—Antes me dejo cortar
las patas, que consentir que siegue este trozo.»
Aquí la hierba era
corta; no obstante, Iván no podía manejar la hoz Se enfadó, y lanzóla con todas
sus fuerzas, partiendo por la mitad la cola del diablillo, que permanecía
oculto tras un arbusto. Concluido su trabajo, ordenó a su hermana que recogiera
el heno, y se fue por su lado, provisto de una zapa a cortar el centeno.
El diablejo había
enredado los tallos e Iván tuvo de volver a casa, dejar la zapa que de nada le
servía, y tomar de nuevo la hoz para segar. Y cortó así todo el centeno.
—Es preciso ahora que
me apresure para la avena—díjose.
El diablillo de la cola
cortada le oyó, y pensó:
—No pude impedir que
segara el centeno, pero veremos quién puede en la avena. No necesito más que
aguardar hasta mañana.
Y llegó, al rayar el
día, al campo de avena; mas ésta estaba ya cortada. Iván había trabajado toda
la noche.
El diablillo se
incomodó, exclamando:
—La ha cortado toda. Ni
en la guerra me cansé tanto ni tuve tantos apuros. No duerme el maldito y no hay
manera de adelantársele. Iré ahora al pajar y haré que se pudra.
En efecto, el irritado
diablillo fue hacia las eras, metióse entre las gavillas y trató de pudrirlas.
Las calentó y con el calor se quedó dormido.
Iván aparejó su yegua
y, acompañado de su hermana, fue en busca de sus haces. Llegó al montón en que
se había dormido el diablillo, levantó dos gavillas con la horca y la metió
justo por el trasero del diablillo.
—¡Dale con este bicho!
¿Aun andas por aquí?
—Yo soy otro —gruñó—.
El que tú dices era un compañero mío. Yo estaba en casa de tu hermano Seman.
—Quienquiera que seas,
no me importa; tendrás el mismo fin.
—Déjame —suplicó —. ¡No
volveré más y te complaceré en lo que gustes!
—Y ¿qué puedes hacer
tú?
—Puedo hacer soldados
con cualquier cosa.
—Y ¿para qué sirve eso?
—Para lo que gustes: un
soldado sirve para todo.
—¿Sabrán cantar?
—Sí.
—Pues, a ver cómo los
haces.
—Toma esta gavilla de
centeno —explicó el diablillo—. Sacude las espigas contra el suelo y di: «Mi
esclavo manda que dejes de ser gavilla, y que cada una de tus espigas se
trueque en soldados»,
Iván hizo lo que el
diablejo le indicara; la gavilla se esparramó y los tallos se convirtieron en
otros tantos soldados, que desfilaron al son de los clarines y al redoblar de
los tambores.
Iván se echó a reír y
exclamó:
—¡Esto si que es
divertido! ¡Será la alegría de las mozas!...
—Bueno —dijo el
diablillo— pero, ahora, suéltame.
—No, quiero rehacer mi
haz para no perder mis granos. Enséñame el medio de cambiarlos otra vez en
gavillas.
El diablo repuso
entonces:
—Di: «Tantos soldados,
tantas espigas. Mi esclavo manda que os volváis de nuevo gavillas.»
Iván obedeció
consiguiendo lo que apetecía.
El diablillo suplicó,
nuevamente, le soltara. Iván lo dejó en el suelo, lo aguantó con una mano y con
la otra le quitó la horca.
—¡Vete con Dios! —le
dijo Iván; pero apenas hubo éste pronunciado tan dulce nombre, el diablillo se
hundió en el suelo como una piedra en el agua, dejando un agujero como rastro
de su paso.
Iván volvió a su casa;
en ella encontró a su hermano Tarass con su mujer, que estaban cenando. Tarass
el Panzudo no había podido cumplir con sus compromisos, y se refugiaba en casa
de su padre.
Al ver a Iván, díjole:
—Oye, Iván: hasta que
sea rico otra vez, manténme con mi mujer.
—Como quieras; vivid
aquí a vuestro gusto.
El Imbécil se quitó el
caftán y se sentó a la mesa.
—No puedo comer con el
Imbécil —dijo la mujer del comerciante—; huele a sudor.
Tarase el Panzudo,
volviéndose hacía su hermano, dijo:
—Iván, hueles mal. Vete
a comer fuera.
—Como quieras —dijo
Iván. Cogió pan y se fue al corral—. De todos modos he de salir para la guardia
de noche, y el pienso del caballo.
El diablejo de Tarass,
terminada su tarea, partió en auxilio de sus camaradas como estaba convenido.
Llegó al campo del Imbécil, buscó y a nadie halló. Sólo encontró un agujero. Se
fue al prado y tropezó con la cola de su segundo compañero y, en el campo de
centeno, otro agujero,
Ah! —se dijo—. Les
habrá ocurrido alguna desgracia. Debo substituirles para combatir a Iván.
Y el diablillo se fue
en busca de Iván. Pero éste había concluido sus faenas en los campos y
estaba cortando árboles en el bosque. Sus hermanos, encontrándose estrechos en
la casa de Iván, le habían mandado que les construyese casa propia,
Y el diablillo corrió
al bosque, se deslizó entre las ramas y se propuso estorbar a Iván en su
trabajo.
Iván cortó el árbol de
modo que cayera en un sitio adecuado y comenzó, luego, a empujarlo: pero el
árbol se desvió, y se enredó con los árboles contiguos; Iván se dio muy mal
rato antes de lograr derribarlo.
Atacó entonces otro
árbol y se produjo el mismo hecho. Trabajó como un desesperado y, sólo a costa
de grandes esfuerzos, logró abatirlo.
Todavía cortó otro y
otro, mas siempre sucedíale lo mismo. Iván pensaba cortar unos cincuenta, y no
había logrado cortar diez cuando sobrevino la noche. Estaba rendido, su cuerpo
despedía un vaho como una niebla en el bosque, y seguía trabajando. Sintió tal
fatiga que, no pudiendo ponerse en pie, tiró el hacha y se sentó para
descansar.
El diablillo, al ver
que Iván se sentaba, se alegró. Pensó:
—¡Bueno! Ahora
abandonará el trabajo. También yo descansaré un rato.
Y se sentó a horcajadas
sobre una rama, muy contento. Pero he aquí que Iván se levanta, empuña
nuevamente el hacha, la blande y la tira con todas sus fuerzas contra un árbol,
que cayó de un golpe, crujiendo
El diablillo no tuvo
tiempo de retirarse, la rama se desgajó y le pilló una pata.
—Pero bicho feo, ¿otra
vez por aquí?
—Es que yo —dijo— soy
otro. Yo estaba en casa de tu hermano Tarass.
—Quienquiera que seas,
tendrás tu merecido.
Iván, enarbolando el
hacha, se disponía a dar con ella al diablillo.
—No me des con el hacha
—suplicó—. Haré por ti cuanto quieras.
—¿Y qué puedes tú
hacer?
—Tanto oro como desees.
—Pues ya lo estás
fabricando —ordenó el Imbécil.
—Recoge estas hojas de
roble —explicó el diablillo—, frótalas entre tus manos y verás caer el oro a
raudales.
Iván tomó las hojas,
las frotó y el oro cayó.
—Servirá para juguete
de los niños
El diablejo pidió la
libertad e Iván. Cogiendo la pértiga, le soltó diciendo: Vete con. Dios.
De igual modo que los
otros, apenas el Imbécil hubo pronunciado el santo nombre de Dios, el diablillo
se hundió en los abismos de la tierra, como la piedra en el fondo del agua, y
no quedó de su paso más rastro que un agujero.
Cuando los hermanos
tuvieron casa, se instalaron cada cual en la suya. Iván, terminadas las labores
del campo, fabricó cerveza, e invitó a Seman y a Tarass a una fiesta en su
isba.
Sus hermanos rehusaron.
—¡Cómo si no supiéramos
lo que es una fiesta de mujik!
Iván festejó a los
mujiks vecinos, a las babas[5],
y bebió él también; hasta llegó a alegrarse un poco, y salió a la calle a ver
las khórovods[6].
Hizo más: se acercó a ellas e invitó a las muchachas a que cantaran en honor
suyo.
—Quiero ofreceros —les
dijo— una cosa que jamás habéis visto.
Las babás rieron como
descosidas y las muchachas cantaron sus alabanzas.
Cuando hubieron
acabado, le dijeron:
—Ahora te toca darnos
lo prometido.
—En seguida os lo
traigo.
Y cogiendo una criba se
fue al bosque próximo. Las jóvenes reían y exclamaban:
—¡Que imbécil!
Y luego ya nadie se
acordó de él. Pero al cabo de un rato le vieron volver corriendo, con la criba
llena.
—Ea, ¿queréis?
—Si, sí —dijeron a
coro.
Iván cogió un puñado de
oro y lo tiró a las muchachas.
—¡Pero, padrecito...!
Y admiradas, se tiraron
al suelo para recogerlo.
Los mujiks también
acudieron, y se quitaban unos a otros las monedas de oro. Una pobre anciana
corrió peligró de morir aplastada. Iván se reía.
—¡Oh, pequeños
imbéciles! ¿Por qué hacéis daño a una babuchka[7]? ¡Tened
más cuidado! Os daré cuanto queráis.
Y volvió a echarles
puñados de oro. Tenía en torno suyo a una gran muchedumbre. Iván había vaciado
la criba, y aun le pedían más. Entonces dijo:
—No; no hay más. Otro
día volveré a daros. Y ahora, ¡bailemos y cantemos!
Las jóvenes empezaron a
cantar.
—No son bonitas
vuestras canciones —les dijo—, ¿no sabéis otras?
—¿Acaso las sabéis vos
mejores? —le contestaron.
—Desde luego. Vais a
oírlas.
Y, al decir esto, se
fue a la era, cogió una gavilla, y, según se lo había enseñado el diablillo,
sacudió las espigas sobre el suelo.
—¡Ea! —dijo—. «Mi
esclavo manda que dejes de ser gavilla y que cada una de tus espigas se
truequen en soldados».
La gavilla se esparramó
y los tallos se convirtieron en soldados. Redoblaron los tambores y los
clarines sonaron. Iván mandó a los soldados que cantasen y que desfilasen con
él por las calles. Los espectadores quedaron asombrados. Cuando los soldados
hubieron acabado de cantar, Iván se los llevó otra vez a la era, prohibiendo
que nadie le acompañase, cambió otra vez en gavillas a los soldados. Fuese
luego a su casa y se echó a dormir.
A la mañana siguiente,
su hermano mayor. Seman el Guerrero, se enteró de todo lo ocurrido y fue a ver
a Iván.
—Dime —le preguntó—,
¿de dónde sacaste los soldados y dónde los escondiste?
—¿Para qué quieres
saberlo?
—¡Cómo que para qué!
—replicó—. ¡Pero si con soldados se puede conseguir todo! ¡Hasta conquistar
todo un reino!
Iván se admiró.
—¿Y por qué no me lo
has dicho antes? Yo te daré los que quieras. Precisamente, entre mi hermana y
yo hemos recogido muchos.
Iván se llevó a su
hermano a la era, y le dijo:
—Fíjate bien: yo voy a
hacerte soldados, pero tú te los llevarás, porque si hubiera que mantenerlos
devorarían en un día todo lo que hay en la aldea.
Seman prometió llevarse
los soldados, y entonces Iván puso manos a la obra. Sacude una gavilla, y hete
aquí una compañía; sacude otra, y sale una nueva compañía. Los soldados
ocupaban ya casi el campo.
—Bien, ¿tienes bastante
o no?
Seman, muy regocijado,
respondió:
—Sí, tengo bastantes.
Gracias, Iván.
—Cuando precises más,
ven; yo te daré todos los que necesites. Precisamente estamos sobrados de
centeno.
Seman el Guerrero dio
sus órdenes al ejército, lo formó y se fue a pelear.
Apenas hubo partido,
llegó Tarass el Panzudo. Acababa de enterarse de lo que había ocurrido la
víspera.
—Dime: ¿de dónde sacas
el oro? Si yo obtuviese el dinero tan fácilmente como tú, podría reunir todo el
que hay en el mundo.
Iván se sorprendió.
—¿Es de veras? ¿Por qué
no lo dijiste antes? Voy a darte cuanto quieras.
El hermano no cable de
gozo.
—Dame sólo tres cribas.
—Bien —le dijo—. Vamos
al bosque; pero unce el caballo, si quieres traértelo todo.
Se fueron al bosque
Iván restregó las hojas de roble entre sus manos y amontonó gran cantidad de
oro.
—¿Te basta?
—Por ahora sí —dijo
Tarass muy contento—. Gracias, Iván.
—Conforme. Si necesitas
más, ven; no es hoja lo que falta.
Tarass cargó una
carreta con el dinero y fuese a traficar.
De nuevo Seman peleaba,
y Tarass comerciaba. Y Seman el Guerrero conquistó todo un reino. Y Tarass ganó
muchísimo dinero.
Al encontrarse un día
los dos hermanos, se dijeron mutuamente de dónde habían sacado, Seman los
soldados, y Tarass su fortuna.
Y Seman el Guerrero
dijo a su hermano:
—Yo me he conquistado
un reino y vivo espléndidamente. Sólo que no tengo dinero bastante para
mantener a mis soldados.
Y Tarass el Panzudo le
contestó:
—Y .yo he ganado
muchísimo dinero; sólo una cosa me apena: no tener quién me lo guarde.
Seman el Guerrero
replicó:
—Vamos a ver a nuestro
hermano, Yo le diré que me haga más soldados, y te los daré para que protejan
tu dinero. Tú, en cambio, pídele más dinero; me lo darás para yo mantener a mis
tropas.
Y se fueron a casa de
Iván. Y Seman le dijo:
—No me bastan, hermano
mío; mis soldados. Vengo a que me des más.
Iván movió,
negativamente la cabeza y contestó:
—No te haré ni uno mas
sin razón justificada.
—¡Cómo! ¡Me lo prometiste!
—Es verdad, pero es
inútil.
—¿Y por qué, imbécil,
no has de complacerme?
—Porque tus soldados
—explicó Iván— mataron hace poco a un hombre. Estaba yo labrando cerca del
camino y vi pasar a una babé que seguía llorando a un féretro. Le pregunté
entonces:
«¿Quién ha muerto?»
Y ella me contestó:
«Mi marido, a quien los
soldados de Seman mataron en la guerra».
Yo pensaba que los
soldados iban a cantar solamente canciones y he aquí que han matado a un hombre
cruelmente. No quiero darte más.
Y se obstinó Y no hizo
más soldados.
Entonces Tarass el
Panzudo suplicó a Iván el Imbécil que le diese más oro.
Iván movió la cabeza,
negativamente.
—No te haré más sin
razón justificada.
—¡Cómo! ¿No fue ésta tu
promesa?
—Es cierto, pero es
inútil. No te doy más oro.
—¿Y por qué, imbécil,
no has de darme más?
—Porque con tu oro
quitaron la vaca a Mikhailovna.
—¡Cómo que se la
quitaron!
—¡Sí, se la quitaron!
Mikhailovna tenía una vaca; sus hijos bebían leche. Pero he aquí que uno de
estos días sus hijos vinieron a pedirme leche. Y como yo les preguntase dónde
estaba la vaca, me contestaron:
«El administrador de
Tarass el Panzudo ha venido, ha dado a nuestra madre tres piezas de oro y ella
le entregó la vaca; ya no tenemos qué beber».
¿Yo que me imaginaba
que ibas a divertirte con esos discos dorados y resulta que sirvieron para
quita su vaca a los niños! No te daré más.
Y el imbécil se obstinó
también esta vez y Tarass el Panzudo no tuvo más oro.
Contrariados se
volvieron los hermanos, hablando en el camino del modo de salir de sus apuros.
Y Seman dijo:
—Escucha, he aquí lo
que haremos. Tú me darás dinero para mantener a mis soldados; en cambio yo te
daré la mitad de mi reino con soldados para guardar tus tesoros.
Tarass accedió. Los
hermanos se repartieron sus bienes como habían convenido y los dos fueron zares
poderosos y ricos.
E Iván se quedó en casa
para mantener a sus padres, y trabajaba en el campo con su hermana muda.
Y sucedió un día que el
viejo perro que guardaba la casa cayó enfermo: se moría. Iván tuvo piedad de
él, pidió pan a su hermana, lo guardó en su gorro y salió para echarlo al
perro. Pero el gorro se le agujereó y, con el pan, cayó una raicilla. El perro se
la comió. Y en cuanto hubo tragado la raíz, el animal se levantó deprisa y se
puso a juguetear, ladrando y moviendo la cola en señal de contento: estaba
completamente curado.
Los padres de Iván, al
apercibirse de ello, se sorprendieron y maravillaron.
—¿Cómo se habrá curado
el perro? —pensaban.
E Iván díjoles:
—Yo tenía dos raíces,
que curan todos los males, y el perro se ha comido una.
En esto ocurrió que la
hija del Zar se puso enferma, y el Zar hizo saber por ciudades y aldeas que
recompensaría espléndidamente al que la curase, y que, si era soltero, se la
daría por esposa.
Este edicto se publicó
también en la aldea de Iván.
Entonces los padres de
éste le llamaron y le dijeron:
—¿Te enteraste de lo
que dice el Zar? Si aun te queda una raíz, vete a curar a la hija del Zar;
serás feliz para el resto de tus días.
—¡Está bien! —dijo, y
el imbécil se dispuso a partir.
Le vistieron
decentemente. Salió al umbral de la puerta y vio a una mendiga, que se le
acercaba, con el brazo roto.
—He oído decir que curas;
cúrame el brazo, pues no puedo vestirme sola.
—¡Hágase según tus
deseos! —exclamó el imbécil y sacando la raicilla la dio a la mendiga para que
la comiera.
La mendiga así lo hizo
y sanó, pudiendo mover el brazo.
Los padres de Iván
salieron a despedirle. Pero al saber que había dado su última raíz, le riñeron
viendo que no tenía con qué curar a la princesa.
—¡Una mendiga! —le
decían—. ¡Te has compadecido de una mendiga! ¡Y de la princesa, no!
Pero Iván también de
ésta se había compadecido. Enganchó su caballo, cargó de paja la carreta y
subió al pescante.
—Pero ¿a dónde vas,
imbécil?
—A curar a la Zarevna[8].
—¿Cómo, si no tienes
remedio para ella?
—¿Y qué importa?
—repuso y fustigó al caballo.
Llegó a la corte, y,
apenas había pisado las escaleras del palacio del Zar, la Zarevna estaba
curada.
El Zar se alegró luego
llamó a Iván, ordenó que le vistieran suntuosamente, y díjole:
—Serás ahora mi yerno.
—¡Bien! —contestó.
E Iván fue el esposo de
la Zarevna. El Zar murió al poco tiempo y sucedióle Iván el Imbécil.
Y de este modo los tres
hermanos llegaron a reinar.
Los tres hermanos
vivían y reinaban.
El mayor, Seman el
Guerrero, era dichoso. Había añadido muchos soldados a sus soldados de paja.
Mandó en todo su reino,
que se le diera un soldado por cada diez casas, y que esos soldados fueran muy
altos, de rostro afable, y fuerte complexión, Reclutó gran número y les
adiestró convenientemente. Si alguien rehusaba obedecer, le mandaba sus soldados,
y hacía cuanto quería. Y así se hizo temer de todo el mundo. Su vida
transcurría feliz. Cuanto se le antojaba, todo lo que veía, era suyo. Le
bastaba mandar soldados, que se apoderaban de cuanto quería.
Tarass el Panzudo vivía
también dichoso. Había conservado el dinero que le diera Iván, y con él había
ganado mucho más. Había ordenado los negocios de su reino; guardaba su oro en
fuertes arcas, y aún exigía más a sus súbditos. Pedía tanto por aldea, tanto
por habitante, tanto sobre los trajes, sobre lapti[9] y sobre
los onutchi[10]
y las más nimias cosas.
Cuanto deseaba tenía. A
cambio de su dinero le traían de todo y todos acudían a su casa a trabajar,
pues todo el mundo necesitaba dinero.
Iván el Imbécil tampoco
vivía mal.
En cuanto hubieron
enterrado a su suegro, se quitó las vestiduras de zar y las dio a su mujer para
que las guardara en el arca. Se puso otra vez su camisa de cáñamo, sus anchos
calzones, sus lapti, y volvió a trabajar.
—¡Me aburro! —dijo—. Mi
barriga crece, y no tengo apetito ni sueño.
Y mandó venir a sus
padres a su antigua isba con su hermana muda, y se puso a trabajar otra vez.
Y cuando le decía:
—¡Pero, si tú eres un
Zar!
—¿Y eso qué importa?
—contestaba— ¡También los Zares necesitan comer!
Su ministro fue a
encontrarle:
—No tenemos dinero para
pagar a los funcionarios.
—Pues si no hay —repuso
Iván—, no les pagues.
—¡Es que se irán!
—¡Que se vayan! Así
tendrán tiempo de trabajar. Que saquen el estiércol; demasiado tiempo lo han
dejado amontonar sin aprovecharlo.
Fueron a pedir justicia
a Iván. Uno se quejaba de que otro le había robado dinero. E Iván dijo:
—¡Será, sin duda, por
necesidad!
Y de este modo supieron
todos que Iván era un imbécil.
Y su mujer se lo dijo.
—Dicen de ti que eres
un imbécil.
—¿Y qué?
Ella pensó, pensó; pero
era tan imbécil como su marido, y, al fin, dijo:
—Yo no puedo oponerme a
la voluntad de mi marido. Donde va la aguja, allá va el hilo.
Se quitó su vestido de
Zarevna, lo guardó en el arca, y se fue á casa de su cuñada la muda, para que
le enseñase a trabajar. Aprendió, y ayudó a su marido.
Y todas las personas
sensatas abandonaron el reino de Iván. Sólo quedaron en él los imbéciles. Nadie
tenía dinero, todos vivían del trabajo y así sé sostenían y mantenían entre sí.
El viejo diablo estaba
aguarda que te aguarda noticias de sus diablillos, para saber cómo habían
arruinado a los tres hermanos. Pero como tardaban mucho, se impacientó y fuese
a averiguar lo que había ocurrido. Mucho anduvo buscando, mas sólo tres agujeros
halló.
—¡Ea! —pensó—. No
habrán sabido vencer; es preciso que yo mismo emprenda la tarea.
Y púsose a buscar los
tres hermanos en sus antiguos domicilios; pero allí no estaban, y les encontró
cada cual al frente de su reino. Eso molestó mucho al viejo diablo.
—Pues voy en persona a
ocuparme de ese asuntó» —pensó.
Y comenzó por ir a casa
de Seman el Zar. Tomó el aspecto de un voivoda[11] y se
presentó ante él.
—He oído afirmar —le
dijo— que tú, Seman el Zar, eres un gran guerrero. Y yo conozco perfectamente
el arte de guerrear. Quiero servirte.
Seman el Zar le
interrogó, reconociéndole apto, y lo tomó a su servicio.
Y el nuevo voivoda
enseñó al Zar el arte de organizar un poderoso ejército.
—Lo esencial —le dijo—
es tener muchos soldados; porque de seguro que tienes en tu reino demasiada
gente inútil. Has de reclutar a todos los jóvenes indistintamente, y tendrás
cinco veces más soldados que ahora Luego hacen falta fusiles y cañones de un nuevo
modelo. Te inventaré fusiles que disparen cien balas a la vez, que lloverán
como guisantes. ¡Y cañones! ¡Te haré que provoquen el incendio a lo lejos y
arderán hombres, caballos y muros!
Seman el Zar escuchó al
nuevo voivoda y mandó reclutar a todos los jóvenes; construyó nuevas fábricas
de fusiles y cañones, y, poco después, declaró la guerra al Zar vecino.
En cuanto estuvo frente
al enemigo, Seman mando a sus soldados que disparasen sobre aquél las balas de
sus fusiles y las llamas de sus cañones. La primera descarga hirió y quemó a la
mitad de las tropas enemigas.
El Zar vecino cobró
miedo. Se sometió y entregó su reino a Seman, que se puso contentísimo.
—Ahora —dijo— voy a
combatir con el Zar de las Indias.
Pero el Zar indio, que
había oído hablar de Seman, imitó sus innovaciones e inventó algo mejor
todavía. No sólo reclutó a todos los jóvenes, sino también a las muchachas
solteras de su reino, y así pudo reunir a un ejército más numeroso que el de
Seman. Y, además de tener los mismos fusiles e idénticos cañones, el Zar indio
halló el medio de volar por el aire y lanzar, desde lo alto, bombas explosivas.
Fue, pues, Seman a
pelear contra el Zar indio, creyendo derrotarle como al otro: Pero después de
cortar mucho y mucho, la guadaña pierde su filo. El Zar indio no aguardó a que
se le acercara el enemigo; mandó a sus babás que le salieran al encuentro, y echaran
sobre el ejercito de Seman sus bombas explosivas. Y, en efecto, tal granizada
de bombas cayó, que los soldados apelaron a la fuga, dejando a Seman solo. Y el
Zar indio se apoderó del reino de Semana el Guerrero, mientras éste se iba
donde le guiaban sus ojos.
El viejo diablo,
habiendo concluido con Seman el Guerrero, se fue hacia la casa de Tarass el
Zar.
Para este menester,
tomó las especies de mercader, se estableció en el reino de Tarass y comenzó a
traficar. Lo pagaba todo a buen precio, y todos acudían a su casa para ganar
buen jornal. Y era tanto lo que se ganaba, que todos pudieron pagar los impuestos
atrasados, y, desde entonces, los tributos se satisfacían con regularidad.
Todo esto alegró a
Tarass el Zar.
—«Debo dar gracias a
este mercader —pensaba—, porque ahora tendré más dinero, y viviré mejor.»
Y Tarass se dedicó a
nuevas empresas: y se le ocurrió hacerse un nuevo palacio. Hizo saber al pueblo
que podía traerle madera y piedra y trabajar en su casa. Fijaba buenos precios
para todo. Creía que, a cambio de su dinero, todos acudirían como antes a trabajar
para él. Y sucedió que toda la piedra y toda la madera era llevada a casa del
mercader, para quien todos preferían trabajar.
Tarass subió los
jornales, pero el mercader subíalos más todavía. Porque, si bien Tarass tenía
mucho dinero, el mercader le ganaba y éste venció. Y no hubo manera de que
Tarass se construyera su nuevo palacio.
A Tarass se le ocurrió
la idea de hacer un jardín. Llegó el otoño, y el Zar hizo saber al pueblo que
podían ir a trabajar a su casa. Nadie acudió. Todos estaban ocupados en casa
del mercader, que abría un estanque.
Llegó el invierno.
Tarass quiso hacerse un abrigo de marta cibelina. Mandólas comprar; pero su
enviado regresó, diciendo:
—No hay marta cibelina.
Todas las pieles las tiene el mercader, que las pagó muy bien de precio, para
alfombrar sus habitaciones.
Tarass el Zar necesitó
comprar caballos. Envió a buscarlos; pera los comisionados regresaron,
diciendo:
—Todos los buenos
caballos están en las cuadras del mercader. Los adquirió para acarrear las
aguas que han de llenar su estanque.
Así quedaban sin
realizar todos los proyectos de Tarass. Nadie quería hacer nada para él,
mientras se hacía todo para el mercader. A Tarass sólo le llevaban el dinero
para pagar los tributos.
Y el Zar tuvo tanto
dinero, que no supo dónde meterlo; pero vivía muy mal. Había renunciado a todas
sus empresas, conformado con un vivir llevadero. En todo se veía contrariado.
Sus criados, cocineros y cocheros, le habían abandonado para irse con el mercader.
De suerte que hasta el alimento le faltaba. Cuando mandaba al mercado a sus
servidores, lo encontraba desprovisto: todo lo había comprado el mercader. A él
solo le llevaban el dinero de las contribuciones.
Tarass el Zar se enojó
y despidió al hombre, que así lo perjudicaba, de su reino. Pero el mercader se
estableció en la misma frontera y continuó su negocio. Seguían llevándoselo
todo a cambio de su dinero, y al Zar, nada. Para éste, todo iba de mal en peor
y Tarass pasaba días enteros sin comer. Y empezó a correr el rumor de que el
mercader se había jactado de que, el día menos pensado, compraría al mismo Zar.
Este tuvo miedo y no supo ya qué hacer.
Entonces fue a
encontrarle Seman el Guerrero.
—Préstame tu ayuda
—profirió—; el Zar indio quitóme cuanto poseía.
—Pues yo —repuso
Tarass—me paso los días sin comer.
El viejo diablo,
habiendo concluido con los dos hermanos, se fue a casa de Iván. Tomó el aspecto
de un voivoda y persuadió a Iván de que organizara un ejército en su reino.
—No le está bien
a un Zar —le dijo— vivir sin ejército. Déjame hacer; yo te reclutaré soldados
de entre tus súbditos.
Iván le escuchó.
—Sea —dijo —. Hazlo. Y
enséñales canciones bonitas. Me gusta mucho eso.
El viejo diablo
recorrió todo el reino de Iván para reclutar voluntarios. Hizo saber que todos
serían admitidos, y que a cada soldado se le daría un chtof[12] de vodka
y un gorro colorado. Los imbéciles se echaron a reír.
—Tenemos toda la vodka
que queremos, puesto que nos lo hacemos nosotros. En cuanto al gorro, nuestras
mujeres los hacen de todos los colores, y hasta a rayas, si así los preferimos.
Y nadie se alistó:
Entonces el diablo
volvió a ver a Iván y le dijo:
—Tus imbéciles no
quieren alistarse voluntariamente. Es preciso obligarles por la fuerza.
—Sea como dices —le
contestó—. Reclútalos por fuerza.
Y el diablo anunció al
pueblo que todos los imbéciles debían alistarse como soldados, y que cuantos se
resistieran serían condenados a muerte.
Los imbéciles se fueron
a ver al voivoda:
—Nos dices
—expusieron—, que si nos negamos a ser soldados, el Zar nos ejecutará. Pero no
nos dices qué será de nosotros cuando seamos soldados. Parece que también se
les mata.
—Si, también sucede
esto.
Al oír los imbéciles
esta respuesta, se obstinaron en su negativa.
—No seremos soldados
—gritaban—. Preferimos morir en casa, puesto que también a los soldados matan.
—¡Qué imbéciles sois!
¡Qué imbéciles! —repetía el diablo— A los soldados se les puede matar, pero
tienen probabilidades de poder escapar; mientras que, si no obedecéis, Iván, de
seguro, os ejecutará.
Los imbéciles, después
de reflexionar, fuéronse en busca de Iván y le dijeron:
—Un voivoda nos manda
que nos hagamos soldados y nos dice: «Si os hacéis soldados, no es seguro que
os maten; y si no queréis serlo, Iván os matará seguramente». ¿Es eso cierto?
Iván soltó la
carcajada.
—Pero, ¿cómo me las
compondré —les dijo— para mataros yo solo a todos? Si no fuera imbécil, os lo
explicaría; pero ni yo mismo acierto a entenderlo.
—Entonces. ¿No vamos?
—¡Como queráis! —les
dijo— No os alistéis.
Los Imbéciles volvieron
a casa del voivoda, y le manifestaron su propósito firme de no ser soldados.
Viendo el diablo que su
negocio tomaba mal cariz, se fue a casa del Zar Tarakanski, cuya
confianza se había ganado.
—Vamos a combatir —le
dijo— a Iván el Zar. Es verdad que no tiene dinero; pero, en cambio,
posee abundancia de trigo, ganado y otros bienes.
Tarakanski reunió
muchos soldados, que armó con fusiles y proveyó de cañones, marchando a la
frontera para invadir el reino de Iván.
Iván tuvo de ello
noticia. Le habían dicho:
—Tarakanski viene a
pelear contra ti.
—¡Que venga!
Y Tarakanski pasó la
frontera, enviando a su vanguardia en busca del ejército de Iván. Busca que te
busca, esperaban que al fin surgiera algún ejército por el horizonte;
pero ni siquiera oyeron hablar de soldados. Era, pues, imposible combatir.
Tarakanski mandó ocupar
los pueblos. Los imbéciles de ambos sexos salían de sus casas, miraban los
soldados, y se extrañaban. Los soldados les robaron el trigo y el ganado; pero
los imbéciles lo daban todo sin defenderse.
Los soldados ocuparon
otro pueblo y acaeció otro tanto. Así marcharon un día y otro día y por todas
partes sucedía lo mismo; se lo daban todo, nadie se defendía, y hasta los
mismos del pueblo les invitaban a quedarse con ellos.
—Si, queridos amigos
—les decían—; si vivís mal en vuestro país, estableceos aquí para siempre.
Los soldados anduvieron
más aún, sin encontrar ejercito ninguno. Por todas partes hallaban gentes que
vivían a la buena de Dios: se alimentaban de su trabajo y no se defendían.
Los soldados acabaron
por aburrirse, regresando a casa del Zar Tarakanski para decirle:
—No hay medio de
batirse. Llévanos a otra parte para guerrear, porque aquí no hay guerra
posible. Tanto valdría cortar manteca.
Tarakanski se enfadó.
Dio orden a sus soldados de recorrer todo el reino, asolando aldeas,
incendiando casas, quemando los trigales y matando todo el ganado.
—Y si no me obedecéis —
rugió—, os haré matar a vosotros.
Los soldados, presos de
pánico, cumplieron la despótica orden, y quemaron casas, incendiaron trigales,
exterminando los rebaños.
Ni aun así se
defendieron los imbéciles, que no hacían otra cosa que llorar: lloraban los
ancianos y los niños también.
—¿Por qué —decían
—perjudicarnos? ¿Para qué destruir tantos bienes? ¡Si os hacen falta, tomadlos;
pero no los malogréis!
Pronto se cansaron
también los solados, negándose a seguir más adelante, y todo el ejército se
retiró.
Viendo el diablo que no
había manera de acabar con Iván por medio de los soldados, se fue, para volver
al punto bajo la forma de un caballero bien vestido, y, estableciéndose en el
reino de Iván, decidió combatirle como a Tarass el Panzudo, por medio del
dinero.
—Yo —les dijo— quiero
haceros bien y enseñaros cosas excelentes Por lo pronto voy a hacerme mi casa
entre vosotros.
—Si es de tu agrado —se
le respondió—, quédate.
Al día siguiente, el
elegante caballero salió a la plaza pública con un talego de oro y una hoja de
papel. Ante el pueblo dijo:
—Vivís como cerdos;
quiero enseñaros cómo hay que vivir. Me construiréis una casa según este plano.
Vosotros trabajaréis, yo os dirigiré, y os pagaré con monedas de oro.
Y les enseñó el talego
de oro.
Los imbéciles se
extrañaron: nunca habían visto dinero; sólo cambiaban entre si los productos de
su trabajo. Admiraron el oro.
—¡Qué bonito y cómo
brilla! —se dijeron.
Y cambiaron con el
caballero su trabajo por las monedas de oro. Como en el reino de Tarass el
diablo, vestido de señor, repartió el oro a puñados, y en cambio, obtuvo toda
clase dé trabajos y de productos. El se alegró y pensó:
—«Mis asuntos van por
buen camino. Arruinare ahora al imbécil como arruiné a Tarass, y llegaré a
comprar a él mismo.»
Pero cuando los
imbéciles hubieron reunido suficientes piezas de oro, se las dieron a sus
mujeres para que se hicieran collares. Todas las muchachas adornaron con ellas
sus trenzas, y los niños se divertían con monedas en la calle. Y como tenían
muchas, los imbéciles no quisieron ya más.
Y, sin embargo la casa
del diablo seguía sin terminar, y tampoco había hecho aún su provisión de trigo
y de ganado.
Anunció, pues, que
podían ir a trabajar a su casa y llevarle trigo y ganado. Que él, a cambio, les
daría muchas monedas de oro.
Inútilmente insistía e
invitaba al trabajo. Sólo de vez en cuando, algún muchacho o alguna chiquilla
iba a cambiar un huevo por una moneda de oro. Y el caballero no tuvo qué comer.
Acosado por el hambre,
se fue a la aldea en busca de alimento. Entró en un corral y ofreció su dinero
por una gallina, pero la dueña rehusó la moneda.
—Tengo muchas monedas
como ésta —dijo.
Se fue a casa de otra
mujer; esta no tenía hijos. Quiso comprarle un arenque por una pieza de oro.
—No la necesito —le
contestó la buena mujer—, porque no tengo hijos para que jueguen con ella.
Tengo tres, que guardo por curiosidad.
Fue entonces a casa de
un mujik para comprar pan, y también el mujik rehusó el dinero.
—No hace falta —dijo—
¿Quieres algo, quizá, por amor de Dios? Aguarda y le diré a mi esposa que te dé
un trozo...
El diablo escupió y
salió de allí más que aprisa, antes que el mujik terminase su ofrecimiento
caritativo. Para el diablo, oír que le ofrecían algo en nombre de Cristo, era
lo peor de lo peor.
Por esta razón no
encontró pan, pues por donde quiera que iba, se negaban a darle nada por su
dinero y todos le decían:
—Ofrécenos otra cosa, o
trabaja. Pídelo, en todo caso, por amor de Dios.
Y él diablo no podía
ofrecer nada más que dinero. Trabajar no quería y aceptar la caridad por amor
de Cristo, le era imposible.
Y se enfadó el diablo.
—¿Para qué necesitáis
otra cosa —les dijo—, si os ofrezco oro? Con el oro compraréis cuanto queráis,
y haréis trabajar al que se os antoje.
Los imbéciles no le
escucharon.
—No —dijeron—, no hace
falta. No tenemos deudas y tampoco impuestos. ¿Para qué, pues, nos hace falta
el dinero?
Y el diablo hubo de
acostarse sin cenar.
Iván se enteró de lo
que ocurría, pues habían acudido a preguntarle:
—¿Qué hemos de hacer?
Ha venido a nuestras casas un señor bien puesto, que gusta de comer bien, de
beber mejor, y que se viste con las mejores ropas. No quiere trabajar, ni pedir
por amor de Dios. El sólo ofrece piezas de oro a todo el mundo. Antes de que
tuviéramos bastantes de estas monedas, se le daba de todo; ahora no se le da ya
nada. ¿Qué hemos de hacer para que no se muera de hambre?, porque sería una
pena que esta acaeciera.
Iván les escuchaba.
—Hemos de darle de
comer. Que vaya de casa en casa y sea atendido.
Y el viejo diablo llamó
de puerta en puerta y llegó un día a casa de Iván el Imbécil, y pidió de comer
a la muda, que estaba preparando comida para su hermano. Antes de ahora, su
buena fe había sido sorprendida por gente haragana y perezosa, que acudía mendigando
por no trabajar; los mendigos la habían dejado, más de una vez, sin gachas, No
daba ahora al perezoso; los conocía en las manos: a los que tenían callos, les
sentaba a su mesa, y para los otros, los holgazanes, sólo había lo que los
primeros dejaban.
El viejo diablo se
acercó a la mesa; pero la muda le cogió la mano y se la examinó. No tenía
callos, al contrario, sus manos eran blancas y bien cuidadas; sus uñas largas y
agudas. Se puso a chillar, y echó al diablo de la mesa.
La mujer de Iván, dijo
al huésped:
—No te enfades, apuesto
caballero; mi cuñada impide que se sienten a la mesa los que no tienen las
manos callosas. Aguarda un poco; cuando todos hayan comido, ella te dará las
sobras.
El diablo se sintió
humillado: «¡Comer él, en casa del Zar, con los cerdos!».
Y acudió a Iván:
—Esta ley de tu reino
es absurda. Vosotros sois imbéciles, y creéis que sólo se puede trabajar con
las manos. Sois unos necios, pensando así. ¿Con qué te figuras que trabajan
las: personas inteligentes?
E Iván le preguntó:
—¿Cómo hemos de
saberlo, si somos tontos? Nosotros sólo con las manos sabemos trabajar.
—Desde luego... Pero yo
—replicó el diablo—, voy a enseñaros a trabajar con la cabeza: veréis entonces
cuál sistema es mejor.
Iván se extrañó, y
dijo:
—¿De veras? ¡Ah, cuánta
razón tienen en llamarnos imbéciles!
Y el diablo explicó:
—No creas que es fácil:
trabajar con la cabeza cuesta mucho más. No me dais de comer porque no tengo
callosas las manos, ignorando que es cien veces más difícil lo que yo hago. La
cabeza se calienta tanto con el trabajo que a veces estalla.
Iván se quedó
pensativo.
—¿Por qué, en este
caso, amigo mío, te das tanta molestia? No es bueno que la cabeza estalle; te
valdría mucho más trabajar como nosotros, con las manos.
Y, el diablo replico:
—Si me tomo tanta
molestia, es precisamente porque tengo piedad de vosotros, imbéciles. Sin mí,
toda la vida seríais idiotas. Pero yo, que trabajo con la cabeza quiero que
aprendáis de mí.
Iván se extrañó; pero,
intrigado, dio ánimos:
—Sí, sí; enséñanos. A
veces, uno acababa por cansarse las manos; entonces, para descansar, podremos
trabajar con la cabeza.
Y el diablo prometió
enseñarles.
E Iván hizo saber por
todo el reino, que había llegado un caballero distinguido que enseñaría a todos
a trabajar con la cabeza; que se adelantaba más trabajo con la cabeza que con
las manos, y que todos debían acudir a aprender.
Había en el reino de
Iván una torre muy alta, con una escalera muy empinada a lo largo de las
paredes, que conducía a la cúspide, coronada por una plataforma. E Iván hizo
subir hasta lo alto al caballero para que todos pudieran verle y aprender.
Desde la plataforma, el
caballero empezó a hablar. Los imbéciles le miraban; creían que aquel caballero
iba á enseñarles, verdaderamente, como se trabajaba sin manos, sólo con la
cabeza; mientras que el viejo diablo sólo enseñaba con discursos cómo se puede
vivir sin trabajar.
Los imbéciles no le
entendieron. Cansados de mirar constantemente, se fueron cada cual a su
trabajo. Pero el viejo diablo seguía en lo alto de la torre un día y otro día,
siempre hablando. Y llego a tener hambre. A los imbéciles no se les ocurrió
darle comida. Pensaban que, sabiendo trabajar mejor con la cabeza que con las
manos, se haría pan con suma facilidad.
Y el diablo pasó aún
otro día, en lo alto de la torre, y no paraba de charlar. Y la gente se
acercaba, miraba pensativa, y, luego, se volvía.
Iván preguntaba:
—Pues que, ¿ha empezado
ya ese caballero a trabajar con la cabeza?
—Aún no —le contestaban
sus súbditos—. Todavía está charlando.
El viejo diablo pasó
otro día más en la torre; y se debilitaba. Una vez vaciló sobre sus piernas y
dio de cabeza contra una columna. Una de los imbéciles, que lo vio, se lo dijo
a la mujer de Iván. Esta corrió a buscar a su marido, que estaba en el campo.
—Corre a ver el
caballero; parece que empieza a trabajar con, la cabeza. Iván se extrañó.
—¿De veras? —preguntó.
Y se acerco.
El viejo diablo, completamente
agotadas sus fuerzas, se tambaleaba y dábase de cabeza contra la columna. En
cuanto llegó Iván, el diablo vaciló más todavía; cayóse, rodando por las
escaleras y golpeando con la frente todos los peldaños.
—¡Oh, oh! —dijo Iván—.
Era, pues, verdad lo que decía ese caballero tan elegante: Es posible que
estalle la cabeza; las callosidades no son tan dolorosas. Con esta clase de
trabajo, se expone uno a que le salgan chichones.
Y el viejo diablo cayó,
y su dura cabeza hundióse en el suelo.
Iván se le acercó para
ver si había trabajado mucho; pero de repente la tierra se había entreabierto
para tragarse al espíritu del mal. No quedando esta vez ni el agujero.
Iván se rasco la
cabeza.
—¡Cuidado —dijo— con el
animalejo! ¡Otra vez por aquí! Este era, sin duda, el padre de aquéllos. ¡Uf,
qué asqueroso es!
Iván vive todavía.
Todos acuden a su reino. Sus hermanos viven con él, y él los mantiene. A
cuantos llegan y dicen:
—¡Aliméntanos!
—Sea —les responde—.
Vivid en paz. Tenemos de todo. Pero en este reino existe una ley: es una
costumbre muy nuble y singular. Al que tiene callosas las manos, le decimos:
«Siéntate a la mesa con nosotros.» Pero si las tiene blancas y finas, a ése,
sólo las sobras le damos.
Un pobre mujik tuvo
un hijo. Se alegró mucho y fue a casa de un vecino suyo a pedirle que
apadrinase al niño. Pero aquél se negó: no quería ser padrino de un niño pobre.
El mujik fue a ver a otro vecino, que también se negó. El pobre
campesino recorrió toda la aldea en busca de un padrino, pero nadie accedía a
su petición. Entonces se dirigió a otra aldea. Allí se encontró con un
transeúnte, que se detuvo y le preguntó:
—¿Adónde vas, mujik?
—El Señor me ha enviado
un hijo para que cuide de él mientras soy joven, para consuelo de mi vejez y
para que rece por mi alma cuando me haya muerto. Pero como soy pobre nadie de
mi aldea quiere apadrinarlo, por eso voy a otro lugar en busca de un padrino.
El transeúnte le dijo:
—Yo seré el padrino de
tu hijo.
El mujik se
alegró mucho, dio las gracias al transeúnte y preguntó:
—¿Y quién será la
madrina?
—La hija del
comerciante —contestó el transeúnte—. Vete a la ciudad; en la plaza verás una
tienda en una casa de piedra. Entra en esta casa y ruégale al comercian-te que
su hija sea la madrina de tu niño.
El campesino vaciló.
—¿Cómo podría dirigirme
a este acaudalado comerciante? Me despediría.
—No te preocupes de
eso. Haz lo que te digo. Mañana por la mañana iré a tu casa, estate preparado.
El campesino regresó a
su casa; después se dirigió a la ciudad. El comerciante en persona le salió al
encuentro.
—¿Qué deseas?
—Señor comerciante,
Dios me ha enviado un hijo para que cuide de él mientras soy joven, para
consuelo de mi vejez y para que rece por mi alma cuando me muera. Haz el favor
de permitirle a tu hija que sea la madrina.
—¿Cuándo será el
bautizo?
—Mañana por la mañana.
—Pues bien, vete con
Dios. Mi hija irá mañana a la hora de la misa.
Al día siguiente
llegaron los padrinos. En cuanto bautizaron al niño, el padrino se fue y no se
supo quién era; desde entonces no le volvieron a ver más.
El niño iba creciendo
con gran alegría de sus padres. Era fuerte, trabajador, inteligente y pacífico.
Cuando cumplió los diez años, sus padres lo mandaron a la escuela. En un año aprendió
lo que otros aprenden en cinco. Y ya no le quedaba nada que aprender.
Cuando llegó la Semana
Santa, el niño fue a felicitar las Pascuas de Resurrección a su madrina. Al
regresar a su casa preguntó:—Padrecitos, ¿dónde vive mi padrino? Quiero ir a
felicitarle también.
—No sabemos, hijo
querido, dónde vive tu padrino. Esto nos causa profunda tristeza. No lo hemos
vuelto a ver desde el día de tu bautizo, no sabemos dónde reside ni si está
vivo.
—Padrecitos, dejadme
que vaya a buscarle —suplicó el niño. Y los padres accedieron.
El niño salió de su
casa y se fue camino adelante. Anduvo medio día y se encontró con un
transeúnte, que le preguntó:
—¿Adónde vas, muchacho?
—He felicitado las
Pascuas a mi madrina. También deseaba felicitar a mi padrino, pero mis padres
ignoran su paradero. No lo han vuelto a ver desde que me bautizaron ni saben si
está vivo. Voy en busca de él.
Entonces el transeúnte
dijo:
—Yo soy tu padrino.
El niño se alegró mucho
y preguntó:
—¿Adónde vas ahora,
padrino? Si te diriges a nuestra aldea, ven a mi casa.
—No tengo tiempo para
ir a tu casa; tengo que hacer. Ven a verme tú mañana —le contestó el padrino.
—¿Cómo he de
encontrarte?
—Camina de frente hacia
el levante. Llegarás a un bosque y, en medio de él, verás una praderita.
Siéntate a descansar en ella y observa lo que veas allí. Al salir del bosque
encontrarás un jardín que rodea una casita con tejado de oro. Aquélla es mi
casa. Acércate a la verja. Yo saldré a recibirte.
Diciendo esto, el
padrino desapareció.
El niño se puso en
camino tal como se lo había ordenado su padrino. Anduvo, anduvo, atravesó un
bosque y llegó a una' praderita. Allí vio un pino en una de cuyas ramas pendía
un tronco de roble atado con una cuerda. Debajo del tronco había una artesa
llena de miel. El niño se puso a pensar qué significaba todo aquello. Entonces
se oyeron chasquidos y apareció una osa seguida de cuatro oseznos. La osa
olfateó y se dirigió hacia la artesa; introdujo el hocico en la miel y llamó a
sus pequeños. Éstos se lanzaron hacia la artesa. El tronco osciló levemente,
empujando a los oseznos. Al ver esto, la osa dio un empellón al tronco. Este
osciló y volvió a golpear a los ositos, que lanzaron un gemido y salieron
despedidos. La osa gruñó y, agarrando el tronco, lo arrojó lejos de sí. El
tronco salió volando muy alto por los aires. Entonces, el mayor de los ositos
corrió a la artesa; los demás quisieron seguir su ejemplo, pero aun no les
había dado tiempo de llegar, cuando el tronco volvió a su posición normal,
matando al osito. Gruñendo, la osa lanzó el tronco hacia arriba con todas sus
fuerzas. El tronco llegó muy alto, por encima de la rama de la que estaba
colgado, con lo que se aflojó la cuerda. Entonces la osa y los pequeños
corrieron de nuevo a la artesa. Pero, a medida que el tronco vol-vía a su
posición normal, iba adquiriendo más velocidad y golpeó en la cabeza a la osa,
matándola. Entonces, los oseznos salieron huyendo.
Muy sorprendido, el
niño siguió su ca-mino y llegó a un espacioso jardín, donde se alzaba la casa
con tejado de oro. Junto a la verja se hallaba su padrino, sonriéndole. Ni en
sueños había visto el niño la belleza y la alegría que reinaba en aquel jardín.
El padrino le condujo a
la casa, aún más regia que el jardín, y le enseñó sus magníficas y alegres
habitaciones. Luego, llevándole junto a una puerta sellada, le dijo:
—¿Ves esta puerta? No
tiene candado, tan sólo está sellada. Podrías abrirla, pero no quiero que lo
hagas. Instálate aquí, pasea y haz lo que quieras. Disfruta de todo esto, pero
sólo te encargo una cosa: no traspases esta puerta. Y si lo hicieras, recuerda
lo que viste en el bosque.
Diciendo esto, el
padrino se marchó. El ahijado se sentía alegre y satisfecho. Habían
transcurrido ya treinta años desde que estaba allí, pero él se imaginaba que
sólo habían sido tres horas. Y entonces se acercó a la puerta sellada y pensó:
«¿Por qué me habrá prohibido mi padrino entrar en esta habitación? Voy a ver lo
que hay dentro de ella».
Empujó la puerta y
entró. Pudo comprobar que aquella era la habitación mejor y más espaciosa de
toda la casa. En el centro había un trono de oro. El ahijado re-corrió la sala,
se acercó al trono, subió las gradas y tomó asiento. Entonces vio que junto al
trono había un cetro. Lo tomó en las manos yen el mismo instante se derrumbaron
las cuatro paredes, dejando al des-cubierto al mundo entero. Ante él, divisó el
mar y los buques navegando. A la derecha, vio unos pueblos desconocidos
habitados por gente no cristiana. A la izquierda vivían cristianos, pero no
eran rusos. Y, finalmente, detrás de él se veía el pueblo ruso.
—Voy a ver lo que
ocurre en mi casa. ¿Habrá sido buena la cosecha? —se dijo mirando en dirección
a las tierras de su padre. Empezó a contar las gavillas para saber si habían
recogido mucho trigo, cuando vio avanzar un carro guiado por un mujik. Era
el ladrón Vasili Kudriashov, que se dirigía al campo a robar las gavillas.
Irritado, el ahijado
gritó:
—Padrecito, están
robando el trigo.
El padre se despertó.
«He soñado que están robando en nuestro campo, voy a verlo», pensó, y, montando
un caballo, se dirigió a sus tierras.
Al llegar, descubrió a
Vasili y llamó a los campesinos en su ayuda. Azotaron a Vasili y, maniatado, lo
condujeron a la cárcel.
El ahijado miró a la
ciudad donde residía su madrina. Ésta se había casado con un comerciante. Se
hallaba durmiendo y, mientras, su marido se dirigía a casa de su amante. El
ahijado le gritó a su madrina:
—¡Levántate, que tu
marido está haciendo cosas malas!
La mujer se levantó,
fue en busca de su esposo, lo avergonzó y lo echó de su lado.
Después, el ahijado
miró a su casa. Su madre dormía sin darse cuenta de que se había introducido en
la isba un ladrón, que estaba forzando un baúl. Entonces la madre se despertó,
dando un grito. El malhechor se abalanzó sobre ella blandiendo un hacha.
Sin poderse contener,
el ahijado lanzó el cetro y le dio en una sien al ladrón, matándolo en el acto.
En aquel instante se
volvieron a cerrar las paredes, quedando la sala como antes. Entonces se abrió
la puerta y apareció el padrino. Se acercó a su ahijado, le tomó de la mano y,
bajándole del trono le dijo:
—No has cumplido mi
orden. Lo primero que has hecho mal fue abrir esta puerta; lo segundo subir al
trono y lo tercero añadir mucho mal al mundo. Permaneciendo media hora más en
el trono, hubieras echado a perder medio mundo.
El padrino sentó luego
al ahijado en el trono y cogió el cetro. Otra vez se derrumbaron las paredes y
se vio todo lo que ocurría por el mundo.
El padrino dijo:
—Mira lo que le has
hecho a tu padre. Vasili ha estado un año en la cárcel, con lo que se ha
exasperado aún más. Ves, ha dejado escapar dos caballos de tu padre y está
incendiando su granja. Esto es lo que has conseguido.
Después, el padrino
mandó a su ahijado que mirara en otra dirección.
—Ya hace un año que el
marido de tu madrina ha abandonado a ésta. Su amante ha desaparecido y él se ha
marchado por ahí con otras mujeres. Tu madrina se ha entregado a la bebida a
causa de su pena —dijo el padrino, y le mandó al ahijado que mirase hacia su
casa.
Entonces, éste vio a su
madre que lloraba, arrepentida de sus pecados, diciendo:
—Mejor sería que me
hubiese matado el bandido, no habría yo pecado tanto. —He aquí lo que has hecho
a tu madre. Y el padrino le mandó al ahijado que mirase hacia abajo. Allí vio
al bandido en el purgatorio.
Después, el padrino
dijo:
—Este malhechor ha
asesinado a nueve personas. Debía de haber redimido sus pecados, pero al
matarlo, los has tomado sobre ti. Ahora eres tú quien debe dar cuenta de sus
pecados. He aquí lo que te has buscado. La osa empujó por primera vez el tronco
de roble y con ello sólo molestó a los oseznos, lo empujó por segunda vez y
mató al mayor de ellos y, cuando lo hizo por tercera vez, halló la muerte. Lo
mismo has hecho tú. Te doy treinta años de plazo. Vete por el mundo a redimir
los pecados del bandido. Si los redimes, tendrás que ocupar su puesto.
El ahijado preguntó:
—¿Cómo puedo yo redimir
sus pecados? —Cuando hayas aniquilado tanto mal en el mundo como el que has
hecho, entonces habrás redimido tus pecados y los de ese hombre.
—¿Y cómo aniquilar el
mal? —volvió a inquirir el ahijado.
—Camina en línea recta,
en dirección al levante hasta que llegues a un campo. Observa lo que hacen los
hombres y enséñales lo que sepas. Luego sigue tu camino, observando lo que
veas. Al cuarto día de mar-cha, llegarás a un bosque donde hay una ermita. En
ella vive un ermitaño, cuéntale todo lo que hayas visto y él te enseñará lo que
debes hacer. Cuando cumplas todo lo que te mande el ermitaño, habrás redimido
tus pecados y los del bandido.
Diciendo esto, el
padrino acompañó a su ahijado hasta la verja del jardín y le despidió.
El ahijado se puso en
camino, pensando: «¿Cómo destruiré el mal? ¿Qué debo hacer para aniquilarlo sin
tomar sobre mí los pecados de los demás?». Meditó sobre esto, mas no pudo
llegar a ninguna conclusión.
Anduvo mucho y llegó a
un campo. El trigo estaba muy crecido y granado, a punto ya para segarlo. Una
ternera había entrado en el sembrado y los campesinos, montados, la perseguían
de un lado para otro. La ternera se disponía a saltar fuera del trigo pero,
asustándose de los hombres, volvía a meterse en el campo. Y de nuevo la
perseguían los aldeanos. Junto a la vereda, una mujer lloraba y decía:
—Van a agotar a mi
ternera.
Entonces, el ahijado
les dijo a los campesinos:
—¿Por qué obráis así?
Salid todos fuera del trigo y que la mujer llame a la ternera.
Los campesinos
obedecieron. La mujer se acercó al sembrado y se puso a llamar a la ternera. El
animal irguió las orejas, permaneció un rato escuchando y salió corriendo hacia
su ama. Todos se alegraron mucho.
El ahijado siguió su
camino, pensando: «Ahora veo que el mal se multiplica con el mal. Cuanto más se
le persigue, tanto más se difunde. Pero lo que no sé es cómo se podría
destruir. La ternera ha obedecido a su ama, pero si no lo hubiera hecho, ¿cómo
hacerla salir del trigo?».
Por más que meditó
sobre esto, no llegó a ninguna conclusión y siguió camino adelante.
El ahijado anduvo mucho
hasta que llegó a una aldea. En una isba, donde sólo había una mujer que estaba
fregando, pidió permiso para pernoctar.
Se instaló en un banco
y observó a la dueña de la isba. Había terminado de fregar el suelo y se
puso a limpiar la mesa. La frotaba sin conseguir dejarla limpia, pues el paño
que utilizaba estaba sucio.
El ahijado preguntó:
—¿Qué haces, mujer?
—¿No ves que estoy
limpiando en víspera de las fiestas? Pero no hay manera de dejar limpia esta
mesa, estoy completamente agotada.
—Debes aclarar antes el
paño.
La mujer obedeció y no
tardó en dejar limpia la mesa.
—Gracias por haberme
enseñado —dijo.
A la mañana siguiente,
el ahijado se des-pidió y emprendió de nuevo la marcha. Anduvo mucho hasta que
llegó a un bosque. Allí vio a varios hombres que estaban curvando unos arcos.
Al acercarse, se dio cuenta de que los hombres daban vueltas, pero los arcos no
se curvaban. Se les movía el banco, pues no estaba fijado. Entonces, les dijo:
—¿Qué hacéis,
muchachos?
—Estamos curvando
arcos. Los hemos remojado dos veces ya, nos hemos extenuado sin haber logrado
curvarlos. —Debéis fijar el banco.
Los mujiks obedecieron
y entonces se les dio bien el trabajo. El ahijado pernoctó con ellos y,
después, siguió su camino. Anduvo durante todo el día y toda la noche. Al
amanecer, llegó a un lugar donde se hallaban unos pastores. Se detuvo a
des-cansar junto a ellos. Los pastores, que ya habían recogido el ganado,
trataban de encender una hoguera. Encendieron unas ramas secas y, antes de que
se hubieran prendido, echaron encima ramas húmedas, con lo cual apagaron el
fuego. Varias veces trataron de encender la hoguera del mismo modo, sin
conseguirlo.
Entonces les dijo el
ahijado:
—No os apresuréis tanto
en echar las ramas húmedas, esperad primero que se prendan bien las secas.
Entonces podréis echar las húmedas, que también se prenderán.
Los pastores hicieron
lo que les aconsejaba el ahijado y entonces se les prendió la hoguera. Después
de permanecer un rato con ellos, el ahijado volvió a ponerse en camino. Iba
pensando qué significaba lo que había visto, pero no llegó a entenderlo.
Después de caminar todo
el día, llegó a otro bosque donde había una ermita. Se' acercó y llamó a la
puerta. Alguien preguntó desde dentro:
—¿Quién es?
—Un gran pecador que va
a redimir los pecados de sus semejantes.
Salió el ermitaño y le
hizo varias preguntas.
El ahijado le relató
todo lo que le había ocurrido desde que se encontró con su padrino.
—He comprendido que no
se puede aniquilar el mal por medio del mal, pero no llego a entender cómo debe
destruirse. Entonces le dijo el ermitaño.
—Dime lo que has visto
en el camino.
El ahijado le relató
todo lo que había visto hasta llegar allí.
El ermitaño le escuchó
atentamente. Después entró en la ermita y salió trayendo un hacha.
—Vámonos —dijo.
Llegaron hasta un árbol
y el ermitaño, mostrándoselo al ahijado, le ordenó: —Tala este árbol.
Dando varios hachazos,
el ahijado derribó el árbol.
—Pártelo en tres —dijo
el ermitaño.
El ahijado cumplió la
orden. Entonces, el ermitaño entró en la ermita y salió de nuevo trayendo
fuego.
—Quema estos tres
troncos.
El ahijado los prendió
y los troncos ardieron hasta convertirse en tizones. —Ahora planta estos
tizones.
El ahijado hizo lo que
le mandaban.
—¿Ves el río que corre
al pie de esta montaña? Tienes que regar estos tizones, trayendo en la boca el
agua. Riega el primero, el segundo y el tercero, lo mismo que le enseñaste a la
mujer, a los artesanos y a los pastores lo que debían hacer. Cuando estos
tizones crezcan y se conviertan en manzanos, sabrás cómo aniquilar el mal y
redimirás los pecados.
El ahijado se fue hacia
el río. Se llenó la boca de agua, regó un tizón, volvió al río y luego regó los
otros dos. Sintiéndose cansado y hambriento, se dirigió a la ermita para pedir
algún alimento al ermitaño, pero al entrar en ella, lo halló muerto. El ahijado
encontró unos mendrugos de pan y se los comió; luego buscó una azada y fue a
cavar una fosa para enterrar al viejo. De noche regaba los tizones y, durante
el día cavaba la fosa. Cuando estuvo preparada la fosa y el ahijado se disponía
a enterrar al ermitaño, llegaron las gentes de la ciudad, trayendo alimentos
para el viejo.
Entonces se enteraron
de que éste había muerto, dejando en su puesto al ahijado. Dieron sepultura al
ermitaño, le dejaron pan al ahijado y, prometiendo traerle más, se fueron.
El ahijado se quedó a
vivir en el puesto del viejo. Cumplía lo que aquél le había mandado. Regaba los
tres tizones trayendo el agua en la boca y se alimentaba con las limosnas de la
gente.
Así transcurrió un año.
Corrieron rumores de que en el bosque vivía un santo varón que redimía sus
pecados. Mucha gente visitaba al ahijado; también solían ir a verlo
comerciantes ricos que le llevaban obsequios. El ahijado tomaba tan sólo lo que
necesitaba y repartía lo demás entre los pobres.
Desde entonces, el
ahijado dedicaba me-dio día a regar los tizones y la otra mitad, a recibir a la
gente y descansar.
Pensaba que cuando le
habían mandado vivir así, era ésta la manera de redimir los pecados y de
destruir el mal.
Así transcurrió otro
año; el ahijado no dejó de regar ni un solo día, pero los tizones no crecían.
Una vez oyó que
cabalgaba un hombre entonando una canción. Salió a ver quién era. Montando un
hermoso caballo con buena silla, se acercaba un hombre joven, fuerte y bien
vestido.
El ahijado le detuvo y
le preguntó quién era y adónde se dirigía.
—Soy un malhechor,
asalto a la gente por los caminos; cuantas más personas mato, tanto más alegres
son mis canciones.
El ahijado se horrorizó
y pensó: «¿Cómo aniquilar el mal en semejante hombre? Me resulta fácil
convencer a las personas que vienen a verme, pues se arrepienten por sí mismas.
En cambio, este hombre se jacta del daño que hace».
Sin pronunciar ni una
palabra más, el ahijado se apartó del bandido, mientras pensaba: «¿Qué hacer?
Si este hombre se aficiona a venir por aquí, asustará a las gentes y éstas
dejarán de visitarme. Con ello se verán perjudicadas y además, ¿de qué viviré yo?»
Entonces se dirigió al
bandido, diciéndole:
—Las gentes que vienen
aquí no se jactan del mal que han hecho, vienen a arrepentirse y a rezar por
sus pecados. Arrepiéntete también, si temes a Dios. Pero si no quieres hacerlo,
márchate y no vuelvas por aquí. No me turbes ni asustes a la gente. Si no obedeces,
te castigará Dios.
El bandido se echó a
reír.
—No temo a Dios ni te
obedeceré. Tú no eres quién para mandarme. Te alimentas por medio de tus
oraciones y yo por medio del robo. Todos tenemos que comer. Predica a las
mujeres que vienen a verte; a mí no tienes que enseñarme nada. Por haberme
hablado de Dios, mañana mataré a dos personas más. También te mataría a ti,
pero no quiero mancharme las manos. No vuelvas a ponerte ante mi vista desde
ahora en adelante.
Un día, después de
haber regado los tizones, el ahijado se hallaba descansando en la ermita.
Miraba al sendero esperando ver aparecer a la gente. Pero aquel día nadie lo
visitó. El ahijado permaneció solo hasta la noche. Se sintió invadido por la
tristeza y meditó sobre su vida. Recordó que el bandido le había reprochado que
sus oraciones le sirvieran de medio para sustentarse. «No vivo según me ha
ordenado el ermitaño. Me ha impuesto una penitencia para redimir los pecados,
en cambio yo obtengo beneficios de ella y hasta he llegado a hacerme célebre.
Cuando estoy solo me aburro y si viene gente a visitarme, lo único que me
alegra, es que difunden mi santidad. No es así como debo vivir. Aun
no he redimido los antiguos pecados y ya he cometido otros nuevos. Me iré a
otro lugar del bosque para que la gente no me encuentre. Iniciaré una vida
nueva para redimir los antiguos pecados y no cometer otros nuevos». Entonces
tomó un zurrón con mendrugos de pan y una azada para construirse una choza en
un lugar solitario. Cuando iba camino adelante, vio al bandido que venía a su
encuentro. Atemorizado, quiso huir, pero el bandido lo alcanzó y le preguntó:
—¿Adónde vas?
El ahijado le contó que
deseaba ocultarse de la gente, estableciéndose en un lugar solitario.
El malhechor se
sorprendió:
—¿Con qué te vas a
sustentar si deja de visitarte la gente?
El ahijado ni siquiera
había pensado en esto.
—Me alimentaré con lo
que Dios me mande —le respondió.
El bandido prosiguió su
camino.
«No le he dicho nada
acerca de su vida. Tal vez se arrepienta ahora. Hoy parece estar de mejor
talante. No me ha amenazado con matarme» —pensó y le gritó:
—Debías arrepentirte.
No podrás huir de Dios.
El malhechor volvió
grupas, sacó un puñal y lo blandió. El ahijado huyó bosque adentro. El bandido
no le persiguió, sólo le dijo:
—Viejo, te he perdonado
dos veces. No te presentes ante mí por tercera vez, pues te mataré.
Al decir esto,
desapareció.
Por la noche, el
ahijado fue a regar los tizones y vio que uno de ellos había retoñado.
El ahijado vivió
solitario, sin ver a nadie. Se le acabaron los mendrugos. «Ahora comeré
raíces», pensó.
En cuanto se puso a
buscar raíces, vio una bolsita con mendrugos de pan colgada de una rama. Cogió
la bolsa y se alimentó con aquellos mendrugos. Cuando se le ter-minaron, halló
otra bolsa con pan en la misma rama. Allí vivía el ahijado. Sólo tenía un motivo
de sufrimiento: su temor al bandido. En cuanto le oía cabalgar, se escondía,
pensando: «Me matará sin darme tiempo de redimir los pecados».
De este modo
transcurrieron diez años. El manzano crecía y los otros dos tizones seguían en
el mismo estado.
Un día, después de
regar el manzano y los tizones, el ahijado se sentó a descansar. «He pecado
temiendo morir. Si Dios lo dispone así, redimiré los pecados por me-dio de la
muerte», pensó, y al punto oyó que venía el malhechor lanzando invectivas. «Lo
bueno y lo malo sólo me puede venir de Dios», se dijo el ahijado, y fue al
encuentro del bandido. Éste no venía solo: en su caballo traía a un hombre
amordazado y maniatado. El ahijado detuvo al malhechor:
—¿Adónde llevas a este
hombre?
—Al bosque. Es el hijo
de un comerciante. No quiere revelarme dónde guarda su padre el dinero. Lo
azotaré hasta que me lo diga.
Diciendo esto, el
bandido se disponía a seguir adelante. Pero el ahijado se lo impidió, asiendo
las bridas del caballo.
—¡Suelta a este hombre!
El malhechor se irritó
e hizo ademán de pegar al ahijado.
—¿Quieres correr la
misma suerte que él? Ya te he dicho que te voy a matar. ¡Suelta el caballo!
Pero el ahijado
permaneció impávido. —No me impones, sólo temo a Dios. Deja en paz a este
hombre.
El bandido se
entristeció. Sacó un puñal y, cortando las cuerdas, dejó en libertad al hijo
del comerciante.
—Marchaos los dos y no
os volváis a poner ante mi vista —dijo.
El hijo del comerciante
saltó del caballo y echó a correr.
El bandido iba ya a
reemprender la mar-cha, pero el ahijado lo retuvo y le aconsejó que cambiara de
manera de vivir.
El malhechor le escuchó
en silencio, alejándose sin proferir palabra. A la mañana siguiente, el ahijado
vio que había retoñado el segundo tizón.
Transcurrieron otros
diez años. El ahijado no deseaba nada. No temía a nadie y. en su corazón
reinaba la alegría. «¡Qué bienestar tan grande concede Dios a los hombres! En
vano se atormentan. Podrían vivir felices», se decía. Y recordó todo el mal de
la humanidad. Y se compadeció de los hombres. «Hago mal en vivir así; es
necesario ir a decir a los hombres lo que sé» —pensó.
Y entonces oyó que
venía el bandido. Lo dejó pasar de largo. «No merece la pena de hablar con él,
ni siquiera me entenderá». Pero después, cambió de parecer. Alcanzó al bandido,
que cabalgaba, triste, mirando hacia el suelo. Lo contempló y se apiadó de él.
—Hermano querido,
¡compadécete de tu alma! No olvides que llevas en ti el soplo divino. Sufres,
atormentas a tus semejantes y has de padecer aún más. ¡Dios te quiere tanto! No
te pierdas, hermano. ¡Cambia tu vida! —exclamó el ahijado asiendo por una rodilla
al malhechor.
Éste frunció el ceño y,
volviéndose, dijo:
—¡Déjame!
El ahijado sujetó con
más fuerza al bandido y se deshizo en lágrimas.
—Viejo, me has vencido.
He luchado contra ti durante veinte años, pero has podido conmigo. Haz de mí lo
que desees. Ya no tengo poder sobre ti. La primera vez que has tratado de
convencerme tan sólo lograste irritarme. He meditado sobre tus palabras cuando
supe que te habías apartado de la gente y que nada necesitabas de los hombres.
Desde entonces, yo te ponía los mendrugos en la rama del árbol.
El ahijado recordó en
aquel momento que la mujer sólo logró limpiar la mesa una vez que hubo aclarado
el paño. Cuando él dejó de preocuparse de sí mismo, purificó su corazón y
comenzó a purificar los de sus semejantes.
—Mi corazón se conmovió
al ver que no temías a la muerte —prosiguió el bandido.
El ahijado recordó
entonces que los artesanos sólo pudieron curvar los arcos cuan-do fijaron el
banco. Cuando él dejó de temer a la muerte afianzó su vida en Dios y ven-ció un
corazón invencible.
—Mi corazón se
dulcificó solamente cuando te compadeciste de mí y te echaste a llorar.
Invadido por la
alegría, el ahijado llevó al bandido al lugar donde estaban plantados los
tizones. También el tercero se había convertido en un manzano. Entonces recordó
el ahijado que los pastores sólo consiguieron prender las ramas mojadas cuando
el fuego estuvo bien encendido. Cuando se inflamó su corazón, se dulcificó el
del malhechor.
Fue inmensa la alegría
del ahijado cuan-do comprendió que había redimido los pecados que pesaban sobre
él.
Después de relatar su
vida al bandido, el ahijado murió. El malhechor le dio sepultura y, redimido,
comenzó a vivir según le había dicho el ahijado, enseñando a las gentes.
Durante una pausa en el
proceso Melvinski, en el vasto edificio de la Audiencia, los miembros del
tribunal y el fiscal se reunieron en el despacho de Iván Yegorovich Shebek y
empezaron a hablar del célebre asunto Krasovski. Fyodor Vasilyevich declaró
acaloradamente que no entraba en la jurisdicción del tribunal, Iván Yegorovich
sostuvo lo contrario, en tanto que Pyotr Ivanovich, que no había entrado en la
discusión al principio, no tomó parte en ella y echaba una ojeada a la Gaceta
que acababan de entregarle.
-¡Señores! –exclamó-
¡Iván Rich ha muerto!
-¿De veras?
-Ahí está. Léalo -dijo
a Fyodor Vasilyevich, alargándole el periódico que, húmedo, olía aún a la tinta
reciente.
Enmarcada en una orla
negra figuraba la siguiente noticia: «Con profundo pesar Praskovya Fyodorovna
Golovina comunica a sus parientes y amigos el fallecimiento de su amado esposo
Iván Ilich Golovin, miembro del Tribunal de justicia, ocurrido el 4 de febrero
de este año de 1882. El traslado del cadáver tendrá lugar el viernes a la una
de la tarde.»
Iván Ilích había sido
colega de los señores allí reunidos y muy apreciado de ellos. Había estado
enfermo durante algunas semanas y de una enfermedad que se decía incurable. Se
le había reservado el cargo, pero se conjeturaba que, en caso de que falleciera,
se nombraría a Alekseyev para ocupar la vacante, y que el puesto de Alekseyev
pasaría a Vinnikov o a Shtabel. Así pues, al recibir la noticia de la muerte de
Iván Ilich lo primero en que pensaron los señores reunidos en el despacho fue
en lo que esa muerte podría acarrear en cuanto a cambios o ascensos entre ellos
o sus conocidos.
« Ahora, de seguro,
obtendré el puesto de Shtabel o de Vinnikov -se decía Fyodor Vasilyevich-. Me
lo tienen prometido desde hace mucho tiempo; y el ascenso me supondrá una
subida de sueldo de ochocientos rublos, sin contar la bonificación.»
«Ahora es preciso
solicitar que trasladen a mi cuñado de Kaluga -pensaba Pyotr Ivanovich-. Mi
mujer se pondrá muy contenta. Ya no podrá decir que no hago maldita la cosa por
sus parientes.»
-Yo ya me figuraba que
no se levantaría de la cama -dijo en voz alta Pyotr Ivanovich-. ¡Lástima!
-Pero, vamos a ver,
¿qué es lo que tenía?
-Los médicos no
pudieron diagnosticar la enfermedad; mejor dicho, sí la diagnosticaron, pero
cada uno de manera distinta. La última vez que lo vi pensé que estaba mejor.
-¡Y yo, que no pasé a
verlo desde las vacaciones! Aunque siempre estuve por hacerlo.
-Y qué, ¿ha dejado
algún capital?
-Por lo visto su mujer
tenía algo, pero sólo una cantidad ínfima.
-Bueno, habrá que
visitarla. ¡Aunque hay que ver lo lejos que viven!
-O sea, lejos de usted.
De usted todo está lejos.
-Ya ve que no me
perdona que viva al otro lado del río -dijo sonriendo Pyotr Ivanovich a Shebek.
Y hablando de las grandes distancias entre las diversas partes de la ciudad
volvieron a la sala del Tribunal.
Aparte de las
conjeturas sobre los posibles traslados y ascensos que podrían resultar del
fallecimiento de Iván Ilich, el sencillo hecho de enterarse de la muerte de un
allegado suscitaba en los presentes, como siempre ocurre, una sensación de
complacencia, a saber: «el muerto es él; no soy yo».
Cada uno de ellos
pensaba o sentía: «Pues sí, él ha muerto, pero yo estoy vivo.» Los conocidos
más íntimos, los amigos de Iván Ilich, por así decirlo, no podían menos de
pensar también que ahora habría que cumplir con el muy fastidioso deber,
impuesto por el decoro, de asistir al funeral y hacer una visita de pésame a la
viuda.
Los amigos más
allegados habían sido Fyodor Vasilyevich y Pyotr Ivanovich. Pyotr Ivanovich
había estudiado Leyes con Iván Ilich y consideraba que le estaba agradecido.
Habiendo dado a su
mujer durante la comida la noticia de la muerte de Iván Ilich y cavilando Sobre
la posibilidad de trasladar a su cuñado a su partido judicial, Pyotr Ivanovich,
sin dormir la siesta, se puso el frac y fue a casa de Iván Ilich.
A la entrada vio una
carroza y dos trineos de punto. Abajo, junto a la percha del vestíbulo, estaba
apoyada a la pared la tapa del féretro cubierta de brocado y adornada de borlas
y galones recién lustrados. Dos señoras de luto se quitaban los abrigos. Pyotr
Ivanovich reconoció a una de ellas, hermana de Iván Ilich, pero la otra le era
desconocida, Su colega, Schwartz, bajaba en ese momento, pero al ver entrar a
Pyotr Ivanovich desde el escalón de arriba, se detuvo a hizo un guiño como para
decir: «Valiente lío ha armado Iván Ilich; a usted y a mí no nos pasaría lo
mismo.»
El rostro de Schwartz
con sus patinas a la inglesa y su cuerpo flaco embutido en el frac, tenía su
habitual aspecto de elegante solemnidad que no cuadraba con su carácter jocoso,
que ahora y en ese lugar tenía especial enjundia; o así le pareció a Pyotr Ivanovich.
Pyotr Ivanovich dejó
pasar a las señoras y tras ellas subió despacio la escalera. Schwartz no bajó,
sino que permaneció donde estaba. Pyotr Ivanovich sabía por qué: porque quería
concertar con él dónde jugarían a las cartas esa noche. Las señoras subieron a
reunirse con la viuda, y Schwartz, con labios severamente apretados y ojos
retozones, indicó a Pyotr Ivanovich levantando una ceja el aposento a la
derecha donde se encontraba el cadáver.
Como sucede siempre en
ocasiones semejantes, Pyotr Ivanovich entró sin saber a punto fijo lo que tenía
que hacer. Lo único que sabía era que en tales circunstancias no estaría de más
santiguarse. Pero no estaba enteramente seguro de si además de eso había que
hacer también una reverencia. Así pues, adoptó un término medio, Al entrar en
la habitación empezó a santiguarse y a hacer como si fuera a inclinarse. Al
mismo tiempo, en la medida en que se lo permitían los movimientos de la mano y
la cabeza, examinó la habitación. Dos jóvenes, sobrinos al parecer ‑uno de
ellos estudiante de secundaria‑, salían de ella santiguándose. Una anciana
estaba de pie, inmóvil, mientras una señora de cejas curiosamente arqueadas le
decía algo al oído. Un sacristán vigoroso y resuelto, vestido de levita, lee
algo en alta voz con expresión que excluía toda réplica posible. Gerasim,
ayudante del mayordomo, cruzó con paso ingrávido por delante de Pyotr Ivanovich
esparciendo algo por el suelo. Al ver tal cosa, Pyotr Ivanovich notó al momento
el ligero olor de un cuerpo en descomposición. En su última visita a Iván Rich,
Pyotr Ivanovich había visto a Gerasim en el despacho; hacía el papel de
enfermero a Iván Ilich le tenía mucho aprecio. Pyotr Ivanovich continuó
santiguándose a inclinando levemente la cabeza en una dirección intermedia
entre el cadáver, el sacristán y los iconos expuestos en una mesa en el rincón.
Más tarde, cuando le pareció que el movimiento del brazo al hacer la señal de
la cruz se había prolongado más de lo conveniente, cesó de hacerlo y se puso a
mirar el cadáver.
El muerto yacía, como
siempre yacen los muertos, de manera especialmente grávida, con los miembros
rígidos hundidos en los blandos cojines del ataúd y con la cabeza sumida para
siempre en la almohada. Al igual que suele ocurrir con los muertos, abultaba su
frente, amarilla como la cera y con rodales calvos en las sienes hundidas, y
sobresalía su nariz como si hiciera presión sobre el labio superior. Había
cambiado mucho y enflaquecido aún más desde la última vez que Pyotr Ivanovích
lo había visto; pero, como sucede con todos los muertos, su rostro era más
agraciado y, sobre todo, más expresivo de lo que había sido en vida. La
expresión de ese rostro quería decir que lo que hubo que hacer quedaba hecho y
bien hecho. Por añadidura, ese semblante expresaba un reproche y una
advertencia para los vivos. A Pyotr Ivanovich esa advertencia le parecía
inoportuna o, por lo menos, inaplicable a él. Y como no se sentía a gusto se
santiguó de prisa una vez más, giró sobre los talones y se dirigió a la puerta ‑demasiado
a la ligera según él mismo reconocía, y de manera contraria al decoro.
Schwartz, con los pies
separados y las manos a la espalda, le esperaba en la habitación de paso
jugando con el sombrero de copa. Una simple mirada a esa figura jocosa, pulcra
y elegante bastó para refrescar a Pyotr Ivanovích. Diose éste cuenta de que Schwartz
estaba por encima de todo aquello y no se rendía a ninguna influencia
deprimente. Su mismo aspecto sugería que el incidente del funeral de Iván Ilich
no podía ser motivo suficiente para juzgar infringido el orden del día, o,
dicho de otro modo, que nada podría impedirle abrir y barajar un mazo de naipes
esa noche, mientras un criado colocaba cuatro nuevas bujías en la mesa; que, en
realidad, no había por qué suponer que ese incidente pudiera estorbar que
pasaran la velada muy ricamente. Dijo esto en un susurro a Pyotr Ivanovich
cuando pasó junto a él, proponiéndole que se reuniesen a jugar en casa de
Fyodor Vasilyevich. Pero, por lo visto, Pyotr Ivanovich no estaba destinado a
jugar al vint esa noche. Praskovya Fyodorovna (mujer gorda y corta de talla que,
a pesar de sus esfuerzos por evitarlo, había seguido ensanchándose de los
hombros para abajo y tenía las cejas tan extrañamente arqueadas como la señora
que estaba junto al féretro), toda de luto, con un velo de encaje en la cabeza,
salió de su propio cuarto con otras señoras y, acompañándolas a la habitación
en que estaba el cadáver, dijo:
-El oficio comenzará en
seguida. Entren, por favor.
Schwartz, haciendo una
imprecisa reverencia, se detuvo, al parecer sin aceptar ni rehusar tal invitación.
Praskovya Fyodorovna, al reconocer a Pyotr Ivanovich, suspiró, se acercó a él,
le tomó una mano y dijo:
-Sé que fue usted un
verdadero amigo de Iván Ilich... -y le miró, esperando de él una respuesta
apropiada a esas palabras.
Pyotr Ivanovich sabía
que, por lo mismo que había sido necesario santiguarse en la otra habitación,
era aquí necesario estrechar esa mano, suspirar y decir: «Créame...» Y así lo
hizo. Y habiéndolo hecho tuvo la sensación de que se había conseguido el propósito
deseado: ambos se sintieron conmovidos.
-Venga conmigo.
Necesito hablarle antes de que empiece -dijo la viuda-. Déme su brazo.
Pyotr Ivanovich le dio
el brazo y se encaminaron a las habitaciones interiores, pasando junto a
Schwartz, que hizo un guiño pesaroso a Pyotr Ivanovich. «Ahí se queda nuestro vint.
No se ofenda si encontramos a otro jugador. Quizá podamos ser cinco cuando
usted se escape -decía su mirada juguetona.
Pyotr Ivanovich suspiró
aún más honda y tristemente y Praskovya Fyodorovna, agradecida, le dio un
apretón en el brazo. Cuando llegaron a la sala tapizada de cretona color de
rosa y alumbrada por una lámpara mortecina se sentaron a la mesa: ella en un
sofá y él en una otomana baja cuyos muelles se resintieron convulsamente bajo
su cuerpo. Praskovya Fyodorovna estuvo a punto de advertirle que tomara otro
asiento, pero juzgando que tal advertencia no correspondía debidamente a su
condición actual cambió de aviso. Al sentarse en la otomana Pyotr Ivanovich
recordó que Iván Ilich había arreglado esa habitación y le había consultado
acerca de la cretona color de rosa con hojas verdes. Al ir a sentarse en el
sofá (la sala entera estaba repleta de muebles y chucherías) el velo de encaje
negro de la viuda quedó enganchado en el entallado de la mesa. Pyotr Ivanovich
se levantó para desengancharlo, y los muelles de la otomana, liberados de su
peso, se levantaron al par que él y le dieron un empellón. La viuda, a su vez, empezó
a desenganchar el velo y Pyotr Ivanovich volvió a sentarse, comprimiendo de
nuevo la indócil otomana. Pero la viuda no se había desasido por completo y
Pyotr volvió a levantarse, con lo que la otomana volvió a sublevarse a incluso
a emitir crujidos. Cuando acabó todo aquello la viuda sacó un pañuelo de
batista limpio y empezó a llorar. Pero el lance del velo y la lucha con la
otomana habían enfriado a Pyotr Ivanovich, quien permaneció sentado con cara de
vinagre. Esta situación embarazosa fue interrumpida por Sokolov, el mayordomo
de Iván Ilich, quien vino con el aviso de que la parcela que en el cementerio
había escogido Praskovya Fyodorovna costaría doscientos rublos. Ella cesó de
llorar y mirando a Pyotr Ivanovich con ojos de víctima le hizo saber en francés
lo penoso que le resultaba todo aquello. Pyotr Ivanovich, con un ademán tácito,
confirmó que indudablemente no podía ser de otro modo.
-Fume, por favor -dijo
ella con voz a la vez magnánima y quebrada; y se volvió para hablar con Sokolov
del precio de la parcela para la sepultura.
Mientras fumaba, Pyotr
Ivanovich le oyó preguntar muy detalladamente por los precios de diversas
parcelas y decidir al cabo con cuál de ellas se quedaría. Sokolov salió de la
habitación.
-Yo misma me ocupo de
todo -dijo ella a Pyotr Ivanovich apartando a un lado los álbumes que había en
la mesa. Y al notar que con la ceniza del cigarrillo esa mesa corría peligro le
alargó al momento un cenicero al par que decía-: Considero que es afectación
decir que la pena me impide ocuparme de asuntos prácticos. Al contrario, si
algo puede... no digo consolarme, sino distraerme, es lo concerniente a él.
Volvió a sacar el
pañuelo como si estuviera a punto de llorar, pero de pronto, como
sobreponiéndose, se sacudió y empezó a hablar con calma:
-Hay algo, sin embargo,
de que quiero hablarle.
Pyotr Ivanovich se
inclinó, pero sin permitir que se amotinasen los muelles de la otomana, que ya
habían empezado a vibrar bajo su cuerpo.
-En estos últimos días
ha sufrido terriblemente.
-¿De veras? -preguntó
Pyotr Ivanovich.
-¡Oh, sí,
terriblemente! Estuvo gritando sin cesar, y no durante minutos, sino durante
horas. Tres días seguidos estuvo gritando sin parar. Era intolerable. No sé
cómo he podido soportarlo. Se le podía oír con tres puertas de por medio. ¡Ay,
cuánto he sufrido!
-¿Pero es posible que
estuviera consciente durante ese tiempo? -preguntó Pyotr Ivanovich.
-Sí -murmuró ella-.
Hasta el último momento. Se despidió de nosotros un cuarto de hora antes de
morir y hasta dijo que nos lleváramos a Volodya de allí.
El pensar en los
padecimientos de un hombre a quien había conocido tan íntimamente, primero como
chicuelo alegre, luego como condiscípulo y más tarde, ya crecido, como colega
horrorizó de pronto a Pyotr Ivanovich, a pesar de tener que admitir con desgana
que tanto él como esa mujer estaban fingiendo. Volvió a ver esa frente y esa
nariz que hacía presión sobre el labio, y tuvo miedo.
«¡Tres días de
horribles sufrimientos y luego la muerte! ¡Pero si eso puede también ocurrirme
a mí de repente, ahora mismo!» -pensó, y durante un momento quedó espantado.
Pero en seguida, sin saber por qué, vino en su ayuda la noción habitual, a
saber, que eso le había pasado a Iván Ilich y no a él, que eso no debería ni
podría pasarle a él, y que pensar de otro modo sería dar pie a la depresión,
cosa que había que evitar, como demostraba claramente el rostro de Schwartz. Y
habiendo reflexionado de esa suerte, Pyotr Ivanovich se tranquilizó y empezó a
pedir con interés detalles de la muerte de Iván Ilich, ni más ni menos que si
esa muerte hubiese sido un accidente propio sólo de Iván Ilích, pero en ningún
caso de él.
Después de dar varios
detalles acerca de los dolores físicos realmente horribles que había sufrido
Iván Ilich (detalles que Pyotr Ivanovich pudo calibrar sólo por su efecto en
los nervios de Praskovya Fyodorovna), la viuda al parecer juzgó necesario entrar
en materia.
-¡Ay, Pyotr Ivanovich,
qué angustioso! ¡Qué terriblemente angustioso, qué terriblemente angustioso! -Y
de nuevo rompió a llorar.
Pyotr Ivanovich suspiró
y aguardó a que ella se limpiase la nariz. Cuando lo hizo, dijo él:
‑Créame... ‑y ella
empezó a hablar otra vez de lo que claramente era el asunto principal que con
él quería ventilar, a saber, cómo podría obtener dinero del fisco con motivo de
la muerte de su marido. Praskovya Fyodorovna hizo como sí pidiera a Pyotr
Ivanovich consejo acerca de su pensión, pero él vio que ella ya sabía eso hasta
en sus más mínimos detalles, mucho más de lo que él sabía; que ella ya sabía
todo lo que se le podía sacar al fisco a consecuencia de esa muerte; y que lo
que quería saber era si se le podía sacar más. Pyotr Ivanovich trató de pensar
en algún medio para lograrlo, pero tras dar vueltas al caso y, por cumplir,
criticar al gobierno por su tacañería dijo que, a su parecer, no se podía
obtener más. Entonces ella suspiró y evidentemente empezó a buscar el modo de
deshacerse de su visitante. Él se dio cuenta de ello, apagó el cigarrillo, se
levantó, estrechó la mano de la señora y salió a la antesala.
En el comedor, donde
estaba el reloj que tanto gustaba a Iván Ilich, quien lo había comprado en una
tienda de antigüedades, Pyotr Ivanovich encontró a un sacerdote y a unos
cuantos conocidos que habían venido para asistir al oficio, y vio también a la
hija joven y guapa de Iván Ilich, a quien ya conocía. Estaba de luto riguroso,
y su cuerpo delgado parecía aún más delgado que nunca. La expresión de su
rostro era sombría, denodada, casi iracunda. Saludó a Pyotr Ivanovich como sí
él tuviera la culpa de algo. Detrás de ella, con la misma expresión agraviada,
estaba un juez de instrucción conocido de Pyotr Ivanovich, un joven rico que,
según se decía, era el prometido de la muchacha. Pyotr Ivanovich se inclinó
melancólicamente ante ellos y estaba a punto de pasar a la cámara mortuoria
cuando de debajo de la escalera surgió la figura del hijo de Iván Ilich,
estudiante de instituto, que se parecía increíblemente a su padre. Era un
pequeño Iván Ilich, igual al que Pyotr Ivanovich recordaba cuando ambos
estudiaban Derecho. Tenía los ojos llorosos, con una expresión como la que
tienen los muchachos viciosos de trece o catorce años. Al ver a Pyotr
Ivanovich, el muchacho arrugó el ceño con empacho y hosquedad. Pyotr Ivanovich
le saludó con una inclinación de cabeza y entró en la cámara mortuoria. Había
empezado el oficio de difuntos: velas, gemidos, incienso, lágrimas, sollozos.
Pyotr Ivanovich estaba de pie, mirándose sombríamente los zapatos, No miró al
muerto una sola vez, ni se rindió a las influencias depresivas, y fue de los
primeros en salir de allí. No había nadie en la antesala. Gerasim salió de un
brinco de la habitación del muerto, revolvió con sus manos vigorosas entre los
amontonados abrigos de pieles, encontró el de Pyotr Ivanovich y le ayudó a
ponérselo.
‑¿Qué hay, amigo
Gerasim? ‑preguntó Pyotr Ivanovich por decir algo‑. ¡Qué lástima! ¿Verdad?
‑Es la voluntad de
Dios. Por ahí pasaremos todos ‑contestó Gerasim mostrando sus dientes blancos,
iguales, dientes de campesino, y como hombre ocupado en un trabajo urgente
abrió de prisa la puerta, llamó al cochero, ayudó a Pyotr Ivanovich a subir al
trineo y volvió de un salto a la entrada de la casa, como pensando en algo que
aún tenía que hacer.
A Pyotr Ivanovich le
resultó especialmente agradable respirar aire fresco después del olor del
incienso, el cadáver y el ácido carbólíco.
‑¿A dónde, señor? ‑preguntó
el cochero.
‑No es tarde todavía...
Me pasaré por casa de Fyodor Vasilyevich.
Y Pyotr Ivanovich fue
allá y, en efecto, los halló a punto de terminar la primera mano; y así, pues,
no hubo inconveniente en que entrase en la partida.
La historia de la vida
de Iván Ilich había sido sencillísima y ordinaria, al par que terrible en
extremo.
Había sido miembro del
Tribunal de justicia y había muerto a los cuarenta y cinco años de edad. Su
padre había sido funcionario público que había servido en diversos ministerios
y negociados y hecho la carrera propia de individuos que, aunque notoriamente
incapaces para desempeñar cargos importantes, no pueden ser despedidos a causa
de sus muchos años de servicio; al contrario, para tales individuos se inventan
cargos ficticios y sueldos nada ficticios de entre seis y diez mil rublos, con
los cuales viven hasta una avanzada edad.
Tal era Ilya Yefimovich
Golovin, Consejero Privado e inútil miembro de varios organismos inútiles.
Tenía tres hijos y una
hija. Iván Ilich era el segundo. El mayor seguía la misma carrera que el padre
aunque en otro ministerio, y se acercaba ya rápidamente a la etapa del servicio
en que se percibe automáticamente ese sueldo. El tercer hijo era un desgraciado.
Había fracasado en varios empleos y ahora trabajaba en los ferrocarriles. Su
padre, sus hermanos y, en particular, las mujeres de éstos no sólo evitaban
encontrarse con él, sino que olvidaban que existía salvo en casos de absoluta
necesidad. La hija estaba casada con el barón Greff, funcionario de Petersburgo
del mismo género que su suegro. Iván Ilich era le phénix de la famille,
como decía la gente. No era tan frío y estirado como el hermano mayor ni tan
frenético como el menor, sino un término medio entre ambos: listo, vivaz,
agradable y discreto. Había estudiado en la Facultad de Derecho con su hermano
menor, pero éste no había acabado la carrera por haber sido expulsado en el
quinto año. Iván Ilich, al contrario, había concluido bien sus estudios. Era ya
en la facultad lo que sería en el resto de su vida: capaz, alegre, benévolo y
sociable, aunque estricto en el cumplimiento de lo que consideraba su deber; y,
según él, era deber todo aquello que sus superiores jerárquicos consideraban
como tal. No había sido servil ni de muchacho ni de hombre, pero desde sus años
mozos se había sentido atraído, como la mosca a la luz, por las gentes de
elevada posición social, apropiándose sus modos de obrar y su filosofía de la
vida y trabando con ellos relaciones amistosas. Había dejado atrás todos los
entusiasmos de su niñez y mocedad, de los que apenas quedaban restos, se había
entregado a la sensualidad y la soberbia y, por último, como en las clases
altas, al liberalismo, pero siempre dentro de determinados límites que su
instinto le marcaba puntualmente.
En la facultad hizo
cosas que anteriormente le habían parecido sumamente reprobables y que le
causaron repugnancia de sí mismo en el momento mismo de hacerlas; pero más
tarde, cuando vio que tales cosas las hacía también gente de alta condición
social que no las juzgaba ruines, no llegó precisamente a darlas por buenas,
pero sí las olvidó por completo o se acordaba de ellas sin sonrojo.
Al terminar sus
estudios en la facultad y habilitarse para la décima categoría de la
administración pública, y habiendo recibido de su padre dinero para equiparse,
Ivan Ilich se encargó ropa en la conocida sastrería de Scharmer, colgó en la
cadena del reloj una medalla con el lema respice finem, se despidió de
su profesor y del príncipe patrón de la facultad, tuvo una cena de despedida
con sus compañeros en el restaurante Donon, y con su nueva maleta muy a la
moda, su ropa blanca, su traje, sus utensilios de afeitar y adminículos de
tocador, su manta de viaje, todo ello adquirido en las mejores tiendas, partió
para una de las provincias donde, por influencia de su padre, iba a ocupar el
cargo de ayudante del gobernador para servicios especiales.
En la provincia Ivan
Ilich pronto se agenció una posición tan fácil y agradable como la que había
tenido en la Facultad de Derecho. Cumplía con sus obligaciones y fue haciéndose
una carrera, a la vez que se divertía agradable y decorosamente. De vez en cuando
salía a hacer visitas oficiales por el distrito, se comportaba dignamente con
sus superiores e inferiores ‑de lo que no podía menos de enorgullecersey
desempeñaba con rigor y honradez incorruptible los menesteres que le estaban
confiados, que en su mayoría tenían que ver con los disidentes religiosos.
No obstante su juventud
y propensión a la jovialidad frívola, era notablemente reservado, exigente y
hasta severo en asuntos oficiales; pero en la vida social se mostraba a menudo
festivo e ingenioso, y siempre benévolo, correcto y bon enfant, como
decían de él el gobernador y su esposa, quienes le trataban como miembro de la
familia.
En la provincia tuvo
amoríos con una señora deseosa de ligarse con el joven y elegante abogado; hubo
también una modista; hubo asimismo juergas con los edecanes que visitaban el
distrito y, después de la cena, visitas a calles sospechosas de los arrabales;
y hubo, por fin, su tanto de coba al gobernador y su esposa, pero todo ello
efectuado con tan exquisito decoro que no cabía aplicarle calificativos
desagradables. Todo ello podría colocarse bajo la conocida rúbrica francesa: Il
faut que jeunesse se passe. Todo ello se llevaba a cabo con manos limpias,
en camisas limpias, con palabras francesas y, sobre todo, en la mejor sociedad
y, por ende, con la aprobación de personas de la más distinguida condición.
De ese modo sirvió Ivan
Ilich cinco años hasta que se produjo un cambio en su situación oficial. Se
crearon nuevas instituciones judiciales y hubo necesidad para ellas de nuevos
funcionarios. Ivan Ilich fue uno de ellos. Se le ofreció el cargo de juez de
instrucción y lo aceptó, a pesar de que estaba en otra provincia y le obligaba
a abandonar las relaciones que había establecido y establecer otras. Los amigos
se reunieron para despedirle, se hicieron con él una fotografía en grupo y le
regalaron una pitillera de plata. E Ivan Ilich partió para su nueva colocación.
En el cargo de juez de
instrucción Ivan Ilich fue tan comme il faut y decoroso como lo había
sido cuando estuvo de ayudante para servicios especiales: se ganó el respeto
general y supo separar sus deberes judiciales de lo atinente a su vida privada.
Las funciones mismas de juez de instrucción le resultaban muchísimo más interesantes
y atractivas que su trabajo anterior. En ese trabajo anterior lo agradable
había sido ponerse el uniforme confeccionado por Scharmer y pasar con
despreocupado continente por entre los solicitantes y funcionarios que,
aguardando temerosos la audiencia con el gobernador, le envidiaban por entrar
directamente en el despacho de éste y tomar el té y fumarse un cigarrillo con
él. Pero personas que dependían directamente de él había habido pocas: sólo
jefes de policía y disidentes religiosos cuando lo enviaban en misiones
especiales, y a esas personas las trataba cortésmente, casi como a camaradas,
como haciéndoles creer que, siendo capaz de aplastarlas, las trataba sencilla y
amistosamente. Pero ahora, como juez de instrucción, Ivan Ilich veía que todas
ellas ‑todas ellas sin excepción‑,incluso las más importantes y engreídas,
estaban en sus manos, y que con sólo escribir unas palabras en una hoja de
papel con cierto membrete tal o cual individuo importante y engreído sería
conducido ante él en calidad de acusado o de testigo; y que si decidía que el
tal individuo no se sentase lo tendría de pie ante él contestando a sus
preguntas. Ivan Ilich nunca abusó de esas atribuciones; muy al contrario, trató
de suavizarlas; pero la conciencia de poseerlas y la posibilidad de suavizarlas
constituían para él el interés cardinal y el atractivo de su nuevo cargo. En su
trabajo, especialmente en la instrucción de los sumarios, Ivan Ilich adoptó
pronto el método de eliminar todas las circunstancias ajenas al caso y de
condensarlo, por complicado que fuese, en forma que se presentase por escrito
sólo en sus aspectos externos, con exclusión completa de su opinión personal y,
sobre todo, respetando todos los formalismos necesarios. Este género de trabajo
era nuevo, e Ivan Ilich fue uno de los primeros funcionarios en aplicar el
nuevo Código de 1864.
Al asumir el cargo de
juez de instrucción en una nueva localidad Ivan Ilich hizo nuevas amistades y
estableció nuevas relaciones, se instaló de forma diferente de la anterior y
cambió perceptiblemente de tono. Asumió una actitud de discreto y digno alejamiento
de las autoridades provinciales, pero sí escogió el mejor círculo de juristas y
nobles ricos de la ciudad y adoptó una actitud de ligero descontento con el
gobierno, de liberalismo moderado e ilustrada ciudadanía. Por lo demás, no
alteró en lo más mínimo la elegancia de su atavío, cesó de afeitarse el mentón
y dejó crecer libremente la barba.
La vida de Ivan Ilich
en esa nueva ciudad tomó un cariz muy agradable. La sociedad de allí, que
tendía a oponerse al gobernador, era buena y amistosa, su sueldo era mayor y
empezó a jugar al vint, juego que por aquellas fechas incrementó bastante los
placeres de su vida, pues era diestro en el manejo de las cartas, jugaba con
gusto, calculaba con rapidez y astucia y ganaba por lo general.
Al cabo de dos años de
vivir en la nueva ciudad, Ivan Ilich conoció a la que había de ser su esposa.
Praskovya Fyodorovna Mihel era la muchacha más atractiva, lista y brillante del
círculo que él frecuentaba. Y entre pasatiempos y ratos de descanso de su
trabajo judicial Ivan Ilich entabló relaciones ligeras y festivas con ella.
Cuando había sido
funcionario para servicios especiales Ivan Ilich se había habituado a bailar,
pero ahora, como juez de instrucción, bailaba sólo muy de tarde en tarde.
También bailaba ahora con el fin de demostrar que, aunque servía bajo las
nuevas instituciones y había ascendido a la quinta categoría de la
administración pública, en lo tocante a bailar podía dar quince y raya a casi
todos los demás. Así pues, de cuando en cuando, al final de una velada, bailaba
con Praskovya Fyodorovna, y fue sobre todo durante esos bailes cuando la
conquistó. Ella se enamoró de él. Ivan Ilich no tenía intención clara y precisa
de casarse, pero cuando la muchacha se enamoró de él se dijo a sí mismo: «Al
fin y al cabo ¿por qué no casarme?»
Praskovya Fyodorovna,
de buena familia hidalga, era bastante guapa y tenía algunos bienes. Ivan Ilich
hubiera podido aspirar a un partido más brillante, pero incluso éste era bueno.
Él contaba con su sueldo y ella ‑así lo esperaba éltendría ingresos semejantes.
Buena familia, ella simpática, bonita y perfectamente honesta. Decir que Ivan
Ilich se casó por estar enamorado de ella y encontrar que ella simpatizaba con
su noción de la vida habría sido tan injusto como decir que se había casado
porque el círculo social que frecuentaba daba su visto bueno a esa unión. Ivan
Ilich se casó por ambas razones: sentía sumo agrado en adquirir semejante
esposa, a la vez que hacía lo que consideraban correcto sus más empingorotadas
amistades.
Y así, pues, Ivan Ilich
se casó.
Los preparativos para
la boda y el comienzo de la vida matrimonial, con las caricias conyugales, el
flamante mobiliario, la vajilla nueva, la nueva lencería... todo ello
transcurrió muy gustosamente hasta el embarazo de su mujer; tanto así que Ivan
Ilich empezó a creer que el matrimonio no sólo no perturbaría el carácter
cómodo, placentero, alegre y siempre decoroso de su vida, aprobado por la
sociedad y considerado por él como natural, sino que, al contrario, lo
acentuaría. Pero he aquí que, desde los primeros meses del embarazo de su
mujer, surgió algo nuevo, inesperado, desagradable, penoso e indecoroso,
imposible de comprender y evitar.
Sin motivo alguno, en
opinión de Ivan Ilich -de gaieté de coeur como se decía a sí mismo-, su
mujer comenzó a perturbar el placer y decoro de su vida. Sin razón alguna
comenzó a tener celos de él, le exigía atención constante, le censuraba por
cualquier cosa y le enzarzaba en disputas enojosas y groseras.
Al principio Ivan Ilich
esperaba zafarse de lo molesto de tal situación por medio de la misma fácil y
decorosa relación con la vida que tan bien le había servido anteriormente:
trató de no hacer caso de la disposición de ánimo de su mujer, continuó viviendo
como antes, ligera y agradablemente, invitaba a los amigos a jugar a las cartas
en su casa y trató asimismo de frecuentar el club o visitar a sus conocidos.
Pero un día su mujer comenzó a vituperarle con tal brío y palabras tan soeces,
y siguió injuriándole cada vez que no atendía a sus exigencias, con el fin
evidente de no cejar hasta que él cediese, o sea, hasta que se quedase en casa
víctima del mismo aburrimiento que ella sufría, que Ivan Ilich se asustó. Ahora
comprendió que el matrimonio -al menos con una mujer como la suyano siempre
contribuía a fomentar el decoro y la amenidad de la vida, sino que, al
contrario, estorbaba el logro de ambas cualidades, por lo que era preciso
protegerse de semejante estorbo. Ivan Ilich, pues, comenzó a buscar medios de
lograrlo. Uno de los que cabía imponer a Praskovya Fyodorovna eran sus
funciones judiciales, e Ivan Ilich, apelando a éstas y a los deberes anejos a
ellas, empezó a bregar con su mujer y a defender su propia independencia.
Con el nacimiento de un
niño, los intentos de alimentarlo debidamente y los diversos fracasos en
conseguirlo, así como con las dolencias reales e imaginarias del niño y la
madre en las que se exigía la compasión de Ivan Ilich -aunque él no entendía
pizca de ello-, la necesidad que sentía éste de crearse una existencia fuera de
la familia se hizo aún más imperiosa.
A medida que su mujer
se volvía más irritable y exigente, Ivan Ilich fue desplazando su centro de
gravedad de la familia a su trabajo oficial. Se encariñaba cada vez más con ese
trabajo y acabó siendo aún más ambicioso que antes.
Muy pronto, antes de
cumplirse el primer aniversario de su casamiento, Ivan Ilich cayó en la cuenta
de que el matrimonio, aunque aportaba algunas comodidades a la vida, era de
hecho un estado sumamente complicado y difícil, frente al cual -si era menester
cumplir con su deber, o sea, llevar una vida decorosa aprobada por la
sociedadhabría que adoptar una actitud precisa, ni más ni menos que con
respecto al trabajo oficial.
Y fue esa actitud ante
el matrimonio la que hizo suya Ivan Ilich. Requería de la vida familiar
únicamente aquellas comodidades que, como la comida casera, el ama de casa y la
cama, esa vida podía ofrecerle y, sobre todo, el decoro en las formas externas que
la opinión pública exigía. En todo lo demás buscaba deleite y contento, y
quedaba agradecido cuando los encontraba; pero si tropezaba con resistencia y
refunfuño retrocedía en el acto al mundo privativo y enclaustrado de su trabajo
oficial, en el que hallaba satisfacción.
A Ivan Ilich se le
estimaba como buen funcionario y al cabo de tres años fue ascendido a Ayudante
Fiscal. Sus nuevas obligaciones, la importancia de ellas, la posibilidad de
procesar y encarcelar a quien quisiera, la publicidad que se daba a sus
discursos y el éxito que alcanzó en todo ello le hicieron aún más agradable el
cargo.
Nacieron otros hijos.
Su esposa se volvió más quejosa y malhumorada, pero la actitud de Ivan Ilich
frente a su vida familiar fue barrera impenetrable contra las regañinas de
ella.
Después de siete años
de servicio en esa ciudad, Ivan Ilich fue trasladado a otra provincia con el
cargo de Fiscal. Se mudaron a ella, pero andaban escasos de dinero y a su mujer
no le gustaba el nuevo domicilio. Aunque su sueldo superaba al anterior, el
coste de la vida era mayor; murieron además dos de los niños, por lo que la
vida de familia le parecía aún más desagradable.
Praskovya Fyodorovna
culpaba a su marido de todas las inconveniencias que encontraban en el nuevo
hogar. La mayoría de los temas de conversación entre marido y mujer, sobre todo
en lo tocante a la educación de los niños, giraban en torno a cuestiones que
recordaban disputas anteriores, y esas disputas estaban a punto de volver a
inflamarse en cualquier momento. Quedaban sólo algunos infrecuentes períodos de
cariño entre ellos, pero no duraban mucho. Eran islotes a los que se arrimaban
durante algún tiempo, pero luego ambos partían de nuevo para el océano de
hostilidad secreta que se manifestaba en el distanciamiento entre ellos. Ese
distanciamiento hubiera podido afligir a Ivan Ilich si éste no hubiese
considerado que no debería existir, pero ahora reconocía que su situación no
sólo era normal, sino que había llegado a ser el objetivo de su vida familiar.
Ese objetivo consistía en librarse cada vez más de esas desazones y darles un
barniz inofensivo y decoroso; y lo alcanzó pasando cada vez menos tiempo con la
familia y tratando, cuando era preciso estar en casa, de salvaguardar su
posición mediante la presencia de personas extrañas. Lo más importante, sin
embargo, era que contaba con su trabajo oficial, y en sus funciones judiciales
se centraba ahora todo el interés de su vida. La conciencia de su poder, la
posibilidad de arruinar a quien se le antojase, la importancia, más aún, la
gravedad externa con que entraba en la sala del tribunal o en las reuniones de
sus subordinados, su éxito con sus superiores e inferiores y, sobre todo, la
destreza con que encauzaba los procesos, de la que bien se daba cuenta -todo
ello le procuraba sumo deleite y llenaba su vida, sin contar los coloquios con
sus colegas, las comidas y las partidas de whist. Así pues, la vida de Ivan
Ilich seguía siendo agradable y decorosa, como él juzgaba que debía ser.
Así transcurrieron
otros siete años. Su hija mayor tenía ya dieciséis, otro hijo había muerto, y
sólo quedaba el pequeño colegial, objeto de disensión. Ivan Ilich quería que
ingresara en la Facultad de Derecho, pero Praskovya Fyodorovna, para fastidiar
a su marido, le matriculó en el instituto. La hija había estudiado en casa y su
instrucción había resultado bien; el muchacho tampoco iba mal en sus estudios.
Así vivió Ivan Ilich
durante diecisiete años desde su casamiento. Era ya un fiscal veterano.
Esperando un puesto más atrayente, había rehusado ya varios traslados cuando
surgió de improviso una circunstancia desagradable que perturbó por completo el
curso apacible de su vida. Esperaba que le ofrecieran el cargo de presidente de
tribunal en una ciudad universitaria, pero Hoppe de algún modo se le había
adelantado y había obtenido el puesto. Ivan Ilich se irritó y empezó a quejarse
y a reñir con Hoppe y sus superiores inmediatos, quienes comenzaron a tratarle
con frialdad y le pasaron por alto en los nombramientos siguientes.
Eso ocurrió en 1880,
año que fue el más duro en la vida de Ivan Ilich. Por una parte, en ese año
quedó claro que su sueldo no les bastaba para vivir, y, por otra, que todos le
habían olvidado; peor todavía, que lo que para él era la mayor y más cruel injusticia
a otros les parecía una cosa común y corriente. Incluso su padre no se
consideraba obligado a ayudarle. Ivan Ilich se sentía abandonado de todos, ya
que juzgaban que un cargo con un sueldo de tres mil quinientos rubIos era
absolutamente normal y hasta privilegiado. Sólo él sabía que con el
conocimiento de las injusticias de que era víctima, con el sempiterno refunfuño
de su mujer y con las deudas que había empezado a contraer por vivir por encima
de sus posibilidades, su posición andaba lejos de ser normal.
Con el fin de ahorrar
dinero, pidió licencia y fue con su mujer a pasar el verano de ese año a la
casa de campo del hermano de ella.
En el campo, Ivan
Ilich, alejado de su trabajo, sintió por primera vez en su vida no sólo
aburrimiento, sino insoportable congoja. Decidió que era imposible vivir de ese
modo y que era indispensable tomar una determinación.
Después de una noche de
insomnio, que pasó entera en la terraza, decidió ir a Petersburgo y hacer
gestiones encaminadas a escarmentar a aquellos que no habían sabido apreciarle
y a obtener un traslado a otro ministerio.
Al día siguiente, no
obstante las objeciones de su mujer y su cuñado, salió para Petersburgo. Su
único propósito era solicitar un cargo con un sueldo de cinco mil rubIos. Ya no
pensaba en talo cual ministerio, ni en una determinada clase de trabajo o actividad
concreta. Todo lo que ahora necesitaba era otro cargo, un cargo con cinco mil
rubIos de sueldo, bien en la administración pública, o en un banco, o en los
ferrocarriles, o en una de las instituciones creadas por la emperatriz María, o
incluso en aduanas, pero con la condición indispensable de cinco mil rubIos de
sueldo y de salir de un ministerio en el que no se le había apreciado.
Y he aquí que ese viaje
de Ivan Ilich se vio coronado con notable e inesperado éxito. En la estación de
Kursk subió al vagón de primera clase un conocido suyo, F. S. Ilin, quien le
habló de un telegrama que hacía poco acababa de recibir el gobernador de Kursk
anunciando un cambio importante que en breve se iba a producir en el
ministerio: para el puesto de Pyotr Ivanovich se nombraría a Ivan Semyonovich.
El cambio propuesto,
además de su significado para Rusia, tenía un significado especial para Ivan
Ilich, ya que el ascenso de un nuevo funcionario, Pyotr Petrovich, y, por
consiguiente, el de su amigo Zahar Ivanovich, eran sumamente favorables para
Ivan Ilich, dado que Zahar Ivanovich era colega y amigo de Ivan Ilich.
En Moscú se confirmó la
noticia, y al llegar a Petersburgo Ivan Ilich buscó aZahar Ivanovich y recibió
la firme promesa de un nombramiento en su antiguo departamento de justicia.
Al cabo de una semana
mandó un telegrama a su mujer: «Zahar en puesto de Miller. Recibiré
nombramiento en primer informe.»
Gracias a este cambio
de personal, Ivan Ilich recibió inesperadamente un nombramiento en su antiguo
ministerio que le colocaba a dos grados del escalafón por encima de sus
antiguos colegas, con un sueldo de cinco mil rubIos, más tres mil quinientos de
remuneración por traslado. Ivan Ilich olvidó todo el enojo que sentía contra
sus antiguos enemigos y contra el ministerio y quedó plenamente satisfecho.
Ivan Ilich volvió al
campo más contento y feliz de lo que lo había estado en mucho tiempo. Praskovya
Fyodorovna también se alegró y entre ellos se concertó una tregua. Ivan Ilich
contó cuánto le había festejado todo el mundo en la capital, cómo todos los que
habían sido sus I enemigos quedaban avergonzados y ahora le adulaban
servilmente, cuánto le envidiaban por su nuevo nombramiento y cuánto le quería
todo el mundo en Petersburgo.
Praskovya Fyodorovna
escuchaba todo aquello y aparentaba creerlo. No ponía peros á nada y se
limitaba a hacer planes para la vida en la ciudad a la que iban a mudarse. E
Ivan Ilich vio regocijado que tales planes eran los suyos propios, que marido y
mujer estaban de acuerdo y que, tras un tropiezo, su vida recobraba el legítimo
y natural carácter de proceso placentero y decoroso.
Ivan Ilich había vuelto
al campo por breves días. Tenía que incorporarse a su nuevo cargo el 10 de
septiembre. Por añadidura, necesitaba tiempo para instalarse en su nuevo
domicilio, trasladar a éste todos los enseres de la provincia anterior y
comprar y encargar otras muchas cosas; en una palabra, instalarse tal como lo
tenía pensado, lo cual coincidía casi exactamente con lo que Praskovya
Fyodorovna tenía pensado a su vez.
Y ahora, cuando todo
quedaba resuelto tan felizmente, cuando su mujer y él coincidían en sus planes
y, por añadidura, se veían tan raras veces, se llevaban más amistosamente de lo
que había sido el caso desde los primeros días de su matrimonio. Ivan Ilich
había pensado en llevarse a la familia en seguidá, pero la insistencia de su
cuñado y la esposa de éste, que de pronto se habían vuelto notablemente afables
e íntimos con él y su familia, le indujeron a partir solo.
Y, en efecto, partió
solo, y el jovial estado de ánimo producido por su éxito y la buena armonía con
su mujer no le abandonó un instante. Encontró un piso exquisito, idéntico a
aquel con que habían soñado él y su mujer. Salones grandes altos de techo y decorados
al estilo antiguo, un despacho cómodo y amplio, habitaciones para su mujer y su
hija, un cuarto de estudio para su hijo -se hubiera dicho que todo aquello se
había hecho ex profeso para ellos. El propio Ivan Ilich dirigió la instalación,
atendió al empapelado y tapizado, compró muebles, sobre todo de estilo antiguo,
que él consideraba muy comme il fau!, y todo fue adelante, adelante,
hasta alcanzar el ideal que se había propuesto. Incluso cuando la instalación
iba sólo por la mitad superaba ya sus expectativas. Veía ya el carácter comme
il faut, elegante y refinado que todo tendría cuando estuviera concluido. A
punto de quedarse dormido se imaginaba cómo sería el salón. Mirando la sala,
todavía sin terminar, veía ya la chimenea, el biombo, la riconera y las sillas
pequeñas colocadas al azar, los platos de adorno en las paredes y los bronces,
cuando cada objeto ocupara su lugar correspondiente. Se alegraba al pensar en
la impresión que todo ello causaría en su mujer y su hija, quienes también
compartían su propio gusto. De seguro que no se lo esperaban. En particular,
había conseguido hallar y comprar barato objetos antiguos que daban a toda la
instalación un carácter singularmente aristocrático. Ahora bien, en sus cartas
lo describía todo peor de lo que realmente era, a fin de dar a su familia una
sorpresa. Todo esto cautivaba su atención a tal punto que su nuevo trabajo
oficial, aun gustándole mucho, le interesaba menos de lo que había esperado.
Durante las sesiones del tribunal había momentos en que se quedaba abstraído,
pensando en si los pabellones de las cortinas debieran ser rectos o curvos.
Tanto interés ponía en ello que a menudo él mismo hacía las cosas, cambiaba la
disposición de los muebles o volvía a colgar las cortinas. Una vez, al trepar
por una escalerilla de mano para mostrar al tapicero -que no lo comprendíacómo
quería disponer los pliegues de las cortinas, perdió pie y resbaló, pero siendo
hombre ~erte y ágil, se afianzó y sólo se dio con un costado contra el tirador
de la ventana. La magulladura le dolió, pero el dolor se le pasó pronto.
Durante todo este tiempo se sentía sumamente alegre y vigoroso. Escribió:
«Estoy como si me hubieran quitado quince años de encima.» Había pensado
terminar en septiembre, pero esa labor se prolongó hasta octubre. Sin embargo,
el resultado fue admirable, no sólo en su opinión sino en la de todos los que
lo vieron.
En realidad, resultó lo
que de ordinario resulta en las viviendas de personas que quieren hacerse pasar
por ricas no siéndolo de veras, y, por consiguiente, acaban pareciéndose a
otras de su misma condición: había damascos, caoba, plantas, alfombras y bronces
brillantes y mates... en suma, todo aquello que poseen las gentes de cierta
clase a fin de asemejarse a otras de la misma clase. y la casa de Ivan Ilich
era tan semejante a las otras que no hubiera sido objeto de la menor atención;
pero a él, sin embargo, se le antojaba original. Quedó sumamente contento
cuando fue a recibir a su familia a la estación y la llevó al nuevo piso, ya
todo dispuesto e iluminado, donde un criado con corbata blanca abrió la puerta
del vestíbulo que había sido adornado con plantas; y cuando luego, al entrar en
la sala y el despacho, la familia prorrumpió en exclamaciones de deleite. Los
condujo a todas partes, absorbiendo ávidamente sus alabanzas y r~bosando de
gusto. Esa misma tarde, cuando durante el té Praskovya Fyodorovna le preguntó
entre otras cosas por su caída, él rompió a reír y les mostró en pantomima cómo
había salido volando y asustado al tapicero.
-No en vano tengo algo
de atleta. Otro se hubiera matado, pero yo sólo me di un golpe aquí... mirad.
Me duele cuando lo toco, pero ya va pasando... No es más que una contusión.
Así pues, empezaron a
vivir en su nuevo domicilio, en el que cuando por fin se acomodaron hallaron,
como siempre sucede, que sólo les hacía falta una habitación más. Y aunque los
nuevos ingresos, como siempre sucede, les venían un poquitín cortos (cosa de
quinientos rubIos) todo iba requetebién. Las cosas fueron especialmente bien al
principio, cuando aún no estaba todo en su punto y quedaba algo por hacer:
comprar esto, encargar esto otro, cambiar aquello de sitio, ajustar lo de más
allá. Aunque había algunas discrepancias entre marido y mujer, ambos estaban
tan satisfechos y tenían tanto que hacer que todo aquello pasó sin broncas de
consideración. Cuando ya nada quedaba por arreglar hubo una pizca de
aburrimiento, como si a ambos les faltase algo, pero ya para entonces estaban
haciendo amistades y creando rutinas, y su vida iba adquiriendo consistencia.
Ivan Ilich pasaba la
mañana en el juzgado y volvía a casa a la hora de comer. Al principio estuvo de
buen humor, aunque a veces se irritaba un tanto a causa precisamente del nuevo
alojamiento. (Cualquier mancha en el mantel, o en la tapicería, cualquier
cordón roto de persiana, le sulfuraban; había trabajado tanto en la instalación
que cualquier desperfecto le acongojaba.) Pero, en general, su vida transcurría
como, según su parecer, la vida debía ser: cómoda, agradable y decorosa. Se
levantaba a las nueve, tomaba café, leía el periódico, luego se ponía el
uniforme y se iba al juzgado. Allí ya estaba dispuesto el yugo bajo el cual
trabajaba, yugo que él se echaba de golpe encima: solicitantes, informes de
cancillería, la cancillería misma y sesiones públicas y administrativas. En
ello era preciso saber excluir todo aquello que, siendo fresco y vital,
trastorna siempre el debido curso de los asuntos judiciales; era también
preciso evitar toda relación que no fuese oficial y, por añadidura, de índole
ju<;licial. Por ejemplo, si llegase un individuo buscando informes acerca de
algo, Ivan Ilich, como funcionario en cuya jurisdicción no entrara el caso, no
podría entablar relación alguna con ese individuo; ahora bien, si éste
recurriese a él en su capacidd'd oficial -para algo, pongamos por caso, que
pudiera expresarse en papel sellado-, Ivan Ilich haría sin duda por él cuanto
fuera posible dentro de ciertos límites, y al hacerlo mantendría con el
individuo en cuestión la apariencia de amigables relaciones humanas, o sea, la
apariencia de cortesía. Tan pronto como terminase la relación oficial
terminaría también cualquier otro género de relación. Esta facultad de separar
su vida oficial de su vida real la poseía Ivan Ilich en grado sumo y, gracias a
su larga experiencia y su talento, llegó a refinarla hasta el punto de que a
veces, a la manera de un virtuoso, se permitía, casi como jugando, fundir la
una con la otra. Se permitía tal cosa porque, de ser preciso, se sentía capaz
de volver a separar lo oficial de lo humano. y hacía todo eso no sólo con
facilidad, agrado y decoro, sino con virtuosismo. En los intervalos entre las
sesiones del tribunal fumaba, tomaba té, charlaba un poco de política, un poco
de temas generales, un poco de juegos de naipes, pero más que nada de
nombramientos. y cansado, pero con las sensaciones de un virtuoso -uno de los
primeros violines que ha ejecutado con precisión su parte en la orquestavolvía
a su casa, donde encontraba que su mujer y su hija habían salido a visitar a
alguien, o que allí había algún visitante, y que su hijo había asistido a sus
clases, preparaba sus lecciones con ayuda de sus tutores y estudiaba con ahínco
lo que se enseña en los institutos. Todo iba a pedir de boca. Después de la
comida, si no tenían visitantes, Ivan Ilich leía a veces algún libro del que a
la sazón se hablase mucho, y al anochecer se sentaba a trabajar, esto es, a
leer documentos oficiales, consultar códigos, cotejar declaraciones de testigos
y aplicarles la ley correspondiente. Ese trabajo no era ni aburrido ni
divertido. Le parecía aburrido cuando hubiera podido estar jugando a las
cartas; pero si no había partida, era mejor que estar mano sobre mano, o estar
solo, o estar con su mujer. El mayor deleite de Ivan Ilich era organizar
pequeñas comidas a las que invitaba a hombres y mujeres de alta posición
social, y al igual que su sala podía ser copia de otras salas, sus reuniones
con tales personas podían ser copia de otras reuniones de la misma índole.
En cierta ocasión
dieron un baile. Ivan Ilich disfrutó de él y todo resultó bien, salvo que tuvo
una áspera disputa con su mujer con motivo de las tartas y los dulces.
Praskovya Fyodorovna había hecho sus propios preparativos, pero Ivan Ilich
insistió en pedirlo todo a un confitero de los caros y había encargado
demasiadas tartas; y la disputa surgió cuando quedaron sin consumir algunas
tartas y la cuenta del confitero ascendió a cuarenta y cinco rubIos. La
querella fue violenta y desagradable, tanto así que Praskovya Fyodorovna le
llamó «imbécil y mentecato»; y él se agarró la cabeza con las manos y en un
arranque de cólera hizo alusión al divorcio. Pero el baile había estado muy
divertido. Había asistido gente de postín e Ivan Ilich había bailado con la princesa
Trufonova, hermana de la fundadora de la conocida sociedad «Comparte mi
aflicción». Los deleites de su trabajo oficial eran deleites de la ambición;
los deleites de su vida social eran deleites de la vanidad. Pero el mayor
deleite de Ivan Ilich era jugar al vint. Confesaba que al fin y al cabo,
por desagradable que fuese cualquier incidente en su vida, el deleite que como
un rayo de luz superaba a todos los demás era sentarse a jugar al vint con
buenos jugadores que no fueran chillones, y en partida de cuatro, por supuesto
(porque en la de cinco era molesto quedar fuera, aunque fingiendo que a uno no
le importaba), y enzarzarse en una partida seria e inteligente (si las cartas
lo permitían); y luego cenar y beberse un vaso de Vino. Des. pués de la partida,
Ivan Ilich, sobre todo si había ganado un poco (porque ganar mucho era
desagradable), se iba a la cama con muy buena disposición de ánimo.
Así vivían. Se habían
rodeado de un grupo social de alto nivel al que asistían personajes importantes
y gente joven. En lo tocante a la opinión que tenían de esas amistades, marido,
mujer e hija estaban de perfecto acuerdo y, sin disentir en lo más mínimo, se
quitaban de encima a aquellos amigos y parientes de medio pelo que, con un
sinfín de carantoñas, se metían volando en la sala de los platos japoneses en
las paredes. Pronto esos amigos insignificantes cesaron de importunarles; sólo
la gente más distinguida permaneció en el círculo de los Golovin.
Los jóvenes hacían la
rueda a Liza, y el fiscal Petrischev, hijo de Dmitri Ivanovich Petrischev y
heredero único de la fortuna de éste, empezó a cortejarla, al punto que Ivan
Ilich había hablado ya de ello con Praskovya Fyodorovna para decidir si convendría
organizarles una' excursión o una función teatral de aficionados.
Así vivían, pues. Y
todo iba como una seda, agradablemente y sin cambios.
Todos disfrutaban de
buena salud, porque no podía llamarse indisposición el que Ivan Ilich dijera a
veces que tenía un raro sabor de boca y un ligero malestar en el lado izquierdo
del estómago.
Pero aconteció que ese
malestar fue en aumento y, aunque todavía no era dolor, sí era una continua
sensación de pesadez en ese lado, acompañada de mal humor. El mal humor, a su
vez, fue creciendo y empezó a menoscabar la existencia agradable, cómoda y decorosa
de la familia Golovin. Las disputas entre marido y mujer iban siendo cada vez
más frecuentes, y pronto dieron al traste con el desahogo y deleite de esa
vida. Aun el decoro mismo sólo a duras penas pudo mantenerse. Menudearon de
nuevo los dimes y diretes. Sólo quedaban, aunque cada vez más raros, algunos
islotes en que marido y mujer podían juntarse sin dar ocasión a un estallido.
Y Praskovya Fyodorovna
se quejaba ahora, y no sin fundamento, de que su marido tenía muy mal genio.
Con su típica propensión a exagerar las cosas decía que él había tenido siempre
ese genio horrible y que sólo la buena índole de ella había podido aguantado
veinte años. Cierto que quien iniciaba ahora las disputas era él, siempre al
comienzo de la comida, a menudo cuando empezaba a tomar la sopa. A veces notaba
que algún plato estaba descantillado, o que un manjar no estaba en su punto, o
que su hijo ponía los codos en la mesa, o que el peinado de su hija no estaba
como debía. y de todo ello echaba la culpa a Praskovya Fyodorovna. Al principio
ella le contradecía y le contestaba con acritud, pero una o dos veces, al
principio de la comida, Ivan Ilich se encolerizó a tal punto que ella,
comprendiendo que se trataba de un estado morboso provocado por la toma de
alimentos, se contuvo; no contestó, sino que se apresuró a terminar de comer,
considerando que su moderación tenía muchísimo mérito. Habiendo llegado a la
conclusión de que Ivan Ilich tenía un genio atroz y era la causa de su
infortunio, empezó a compadecerse de sí misma; y cuanto más se compadecía, más
odiaba a su marido. Empezó a desear que muriera, a la vez que no quería su
muerte porque en tal caso cesaría su sueldo; y ello aumentaba su irritación
contra él. Se consideraba terriblemente desgraciada porque ni siquiera la muerte
de él podía salvada, y aunque disimulaba su irritación, ese disimulo acentuaba
aún más la irritación de él.
Después de una escena
en la que Ivan Ilich se mostró sobremanera injusto y tras la cual, por vía de
explicación, dijo que, en efecto, estaba irritado, pero que ello se debía a que
estaba enfermo, ella le dijo que, puesto que era así, tenía que ponerse en
tratamiento, e insistió en que fuera a ver a un médico famoso.
y él así lo hizo. Todo
sucedió como lo había esperado; todo sucedió como siempre sucede. La espera,
los aires de importancia que se daba el médico -que le eran conocidos por
parecerse tanto a los que él se daba en el juzgado-, la palpación, la
auscultación, las preguntas que exigían respuestas conocidas de antemano y
evidentemente innecesarias, el semblante expresivo que parecía decir que «si
usted, veamos, se somete a nuestro tratamiento, lo arreglaremos todo; sabemos
perfecta e indudablemente cómo arreglarlo todo, siempre y del mismo modo para
cualquier persona». Lo mismísimo que en el juzgado. El médico famoso se daba
ante él los mismos aires que él, en el tribunal, se daba ante un acusado.
El médico dijo que
tal-y-cual mostraba que el enfermo tenía tal-y-cual; pero que si el
reconocimiento de tal-ycual no lo confirmaba, entonces habría que suponer
talo-cual. y que si se suponía tal-o-cual, entonces..., etc. Para Ivan Ilich
había sólo una pregunta importante, a saber: ¿era grave su estado o no lo era?
Pero el médico esquivó esa indiscreta pregunta. Desde su punto de vista era una
pregunta ociosa que no admitía discusión; lo importante era decidir qué era lo
más probable: si riñón flotante, o catarro crónico o apendicitis. No era
cuestión de la vida o la muerte de Ivan Ilich, sino de si aquello era un riñón
flotante o una apendicitis. y esa cuestión la decidió el médico de modo
brillante -o así le pareció a Ivan Ilicha favor de la apendicitis, a reserva de
que si el examen de la orina daba otros indicios habría que volver a considerar
el caso. Todo ello era cabalmente lo que el propio Ivan Ilich había hecho mil
veces, y de modo igualmente brillante, con los procesados ante el tribunal. El
médico resumió el caso de forma asimismo brillante, mirando al procesado
triunfalmente, incluso gozosamente, por encima de los lentes. Del resumen del
médico Ivan Ilich sacó la conclusión de que las cosas iban mal, pero que al
médico, y quizá a los demás, aquello les traía sin cuidado, aunque para él era
un asunto funesto. y tal conclusión afectó a Ivan Ilich lamentablemente,
suscitando en él un profundo sentimiento de lástima hacia sí mismo y de
profundo rencor por la indiferencia del médico ante cuestión tan importante.
Pero no dijo nada. Se levantó, puso los honorarios del médico en la mesa y
comentó suspirando:
-Probablemente nosotros
los enf~rmos hacemos a menudo preguntas indiscretas. Pero dígame: ¿esta
enfermedad es, en general, peligrosa o no?..
El médico le miró
severamente por encima de los lentes como para decirle: «Procesado, si no se
atiene usted a las preguntas que se le hacen me veré obligado a expulsarle de
la sala.»
-Ya le he dicho lo que
considero necesario y conve.niente. Veremos qué resulta de un análisis
posterior -y el médico se inclinó.
Ivan Ilich salió
despacio, se sentó angustiado en su trineo y volvió a casa. Durante todo el
camino no cesó de repasar mentalmente lo que había dicho el médico, tratando de
traducir esas palabras complicadas, oscuras y científicas a un lenguaje
sencillo y encontrar en ellas la respuesta a la pregunta: ¿Es grave lo que
tengo? ¿Es muy grave o no lo es todavía? y le parecía que el sentido de lo
dicho por el médico era que la dolencia era muy grave. Todo lo que veía en las
calles se le antojaba triste: tristes eran los coches de punto, tristes las
casas, tristes los transeúntes, tristes las tiendas. El malestar que sentía,
ese malestar sordo que no cesaba un momento, le parecía haber cobrado un nuevo
y más grave significado a consecuencia de las oscuras palabras del médico. Ivan
Ilich lo observaba ahora con una nueva y opresiva atención.
Llegó a casa y empezó a
contar a su mujer lo ocurrido. Ella le escuchaba, pero en medio del relato
entró la hija con el sombrero puesto, lista para salir con su madre. La chica
se sentó a regañadientes para oír la fastidiosa historia, pero no aguantó mucho.
Su madre tampoco le escuchó hasta el final.
-Pues bien, me alegro
mucho -dijo la mujer-. Ahora pon mucho cuidado en tomar la medicina con
regularidad. Dame la receta y mandaré a Gerasim a la botica -y fue a vestirse
para salir.
«Bueno -se dijo él-.
Quizá no sea nada al fin y al cabo.»
Comenzó a tomar la
medicina y a seguir las instrucciones del médico, que habían sido alteradas
después del análisis de la orina. Pero he aquí que surgió una confusión entre
ese análisis y lo que debía seguir a continuación. Fue imposible llegar hasta
el médico y resultó, por consiguiente, que no se hizo lo que le había dicho
éste. O lo había olvidado, o le había mentido u ocultado algo. Pero, en todo
caso, Ivan Ilich siguió cumpliendo las instrucciones y al principio obtuvo
algún alivio de ello.
La principal ocupación
de Ivan Ilich desde su visita al médico fue el cumplimiento puntual de las
instrucciones de éste en lo tocante a higiene y la toma de la medicina, así
como la observación de su dolencia y de todas las funciones de su organismo. Su
interés principal se centró en los padecimientos y la salud de otras personas.
Cuando alguien hablaba en su presencia de enfermedades, muertes, o curaciones,
especialmente cuando la enfermedad se asemejaba a la suya, escuchaba con una
atención que procuraba disimular, hacía preguntas y aplicaba lo que oía a su
propio caso.
No menguaba el dolor,
pero Ivan Ilich se esforzaba por creer que estaba mejor. y podía engañarse
mientras no tuviera motivo de agitación. Pero tan pronto como surgía un lance
desagradable con su mujer o algún fracaso en su trabajo oficial, o bien recibía
malas cartas en el vint, sentía al momento el peso entero de su
dolencia. Anteriormente podía sobrellevar esos reveses, esperando que pronto
enderezaría lo torcido, vencería los obstáculos, obtendría el éxito y ganaría
todas las bazas en la partida de cartas. Ahora, sin embargo, cada tropiezo le
trastornaba y le sumía en la desesperación. Se decía: «Hay que ver: ya iba
sintiéndome mejor, la medicina empezaba a surtir efecto, y ahora surge este
maldito infortunio, o este incidente desagradable...» y se enfurecía contra ese
infortunio o contra las personas que habían causado el incidente desagradable y
que le estaban matando, porque pensaba que esa furia le mataba, pero no podía
frenarla. Hubiérase podido creer que se daría cuenta de que esa irritación contra
las circunstancias y las personas agravaría su enfermedad y que por lo tanto no
debería hacer caso de los incidentes desagradables; pero sacaba una conclusión
enteramenté contraria: decía que necesitaba sosiego, vigilaba todo cuanto
pudiera estorbarlo y se irritaba ante la menor violación de ello. Su estado
empeoraba con la lectura de libros de medicina y la consulta de médicos. Pero
el empeoramiento era tan gradual que podía engañarse cuando comparaba un día
con otro, ya que la diferencia era muy leve. Pero cuando consultaba a los
médicos le parecía que empeoraba, e incluso muy rápidamente. Y, ello no
obstante, los consultaba continuamente.
Ese mes fue a ver a
otro médico famoso, quien le dijo casi lo mismo que el primero, pero a quien
hizo preguntas de modo diferente. y la consulta con ese otro célebre
facultativo sólo aumentó la duda y el espanto de Ivan Ilich. El amigo de un
amigo suyo -un médico muy buenofacilitó por su parte un diagnóstico totalmente
diferente del de los otros, y si bien pronosticó la curación, sus preguntas y
suposiciones desconcertaron aún más a Ivan Ilich e incrementaron sus dudas. Un
homeópata, a su vez, diagnosticó la enfermedad de otro modo y recetó un
medicamento que Ivan Ilich estuvo tomando en secreto durante ocho días, al cabo
de los cuales, sin experimentar mejoría alguna y habiendo perdido la confianza
en los tratamientos anteriores y en éste, se sintió aún más deprimido. Un día
una señora conocida suya le habló de la eficacia curativa de unas imágenes
sagradas. Ivan Ilich notó con sorpresa que estaba escuchando atentamente y
empezaba a creer en ello. Ese incidente le amedrentó. «¿Pero es posible que
esté ya tan débil de la cabeza?» -se preguntó-. «¡Tonterías! Eso no es más que
una bobada. No debo ser tan aprensivo, y ya que he escogido a un médico tengo
que ajustarme estrictamente a su tratamiento. Eso es lo que haré. Punto final.
No volveré a pensar en ello y seguiré rigurosamente ese tratamiento hasta el
verano. Luego ya veremos. De ahora en adelante nada de vacilaciones...» Fácil
era decirlo, pero imposible llevarlo a cabo. El dolor del costado le
atormentaba, parecía agravarse y llegó a ser incesante, el sabor de boca se
hizo cada vez más extraño. Le parecía que su aliento tenía un olor repulsivo, a
la vez que notaba pérdida de apetito y debilidad física. Era imposible
engañarse: algo terrible le estaba ocurriendo, algo nuevo y más importante que
lo más importante que hasta entonces había conocido en su vida. Y él era el
único que lo sabía; los que le rodeaban no lo comprendían o no querían
comprenderlo y creían que todo en este mundo iba como de costumbre. Eso era lo
que más atormentaba a Ivan Ilich. Veía que las gentes de casa, especialmente su
mujer y su hija -quienes se movían en un verdadero torbellino de visitasno
entendían nada de lo que le pasaba y se enfadaban porque se mostraba tan
deprimido y exigente, como si él tuviera la culpa de ello. Aunque trataban de
disimularlo, él se daba cuenta de que era un estorbo para ellas y que su mujer
había adoptado una concreta actitud ante su enfermedad y la mantenía a despecho
de lo que él dijera o hiciese. Esa actitud era la siguiente:
-¿Saben ustedes? -decía
a sus amistades-. Ivan Ilich no hace lo que hacen otras personas, o sea,
atenerse rigurosamente al tratamiento que le han impuesto. Un día toma sus
gotas, come lo que le conviene y se acuesta a la hora debida; pero al día
siguiente, si yo no estoy a la mira, se olvida de tomar la m~dicina, come
esturión -que le está prohibidoy se sienta a jugar a las cartas hasta las
tantas.
-¡Vamos, anda! ¿Yeso
cuándo fue? -decía Ivan Ilich enfadado-. Sólo una vez, en casa de Pyotr
Ivanovich.
-Y ayer en casa de
Shebek. -Bueno, en todo caso el dolor no me hubiera dejado dormir.
-Di lo que quieras,
pero así no te pondrás nunca bien y seguirás fastidiándonos.
La actitud evidente de
Praskovya Fyodorovna, según la manifestaba a otros y al mismo Ivan Ilich, era
la de que éste tenía la culpa de su propia enfermedad, con la cual imponía una
molestia más a su esposa. Él opinaba que esa actitud era involuntaria, pero no
por eso era menor su aflicción.
En los tribunales Ivan
Ilich notó, o creyó notar, la misma extraña actitud hacia él: a veces le
parecía que la gente le observaba como a quien pronto dejaría vacante su cargo.
A veces también sus amigos se burlaban amistosamente de su aprensión, como si la
cosa atroz, horrible, inaudita, que llevaba dentro, la cosa que le roía sin
cesar y le arrastraba irremisiblemente hacia Dios sabe dónde, fuera tema
propicio a la broma. Schwartz, en particular, le irritaba con su jocosidad,
desenvoltura y agudeza, cualidades que le recordaban lo que él mismo había sido
diez años antes.
Llegaron los amigos a
echar una partida y tomaron asiento. Dieron las cartas, sobándolas un poco
porque la baraja era nueva, él apartó los oros y vio que tenía siete. Su
compañero de juego declaró «sin-triunfos» y le apoyó con otros dos oros. ¿Qué
más se podía pedir? La cosa iba a las mil maravillas. Darían capote. Pero de
pronto Ivan Ilich sintió ese dolor agudo, ese mal sabor de boca, y le pareció
un tanto ridículo alegrarse de dar capote en tales condiciones.
Miró a su compañero de
juego Mihail Mihailovich. Éste dio un fuerte golpe en la mesa con la mano y, en
lugar de recoger la baza, empujó cortés y compasivamente las cartas hacia Ivan
Ilich para que éste pudiera recogerlas sin alargar la mano. «¿Es que se cree
que estoy demasiado débil para estirar el brazo?», pensó Ivan Ilich. y
olvidando lo que hacía sobrepujó los triunfos de su compañero y falló dar
capote por tres bazas. Lo peor fue que notó lo molesto que quedó Mihail
Mihailovich y lo poco que a él le importaba. Y era atroz darse cuenta de por
qué no le importaba.
Todos vieron que se
sentía mal y le dijeron: «Podemos suspender el juego si está usted cansado.
Descanse.» ¿Descansar? No, no estaba cansado en lo más mínimo; terminarían la
mano. Todos estaban sombríos y callados. Ivan Ilich tenía la sensación de que
era él la causa de esa tristeza y mutismo y de que no podía despejadas. Cenaron
y se fueron. Ivan Ilich se quedó solo, con la conciencia de que su vida estaba
emponzoñada y empozoñaba la vida de otros, y de que esa ponzoña no disminuía,
sino que penetraba cada vez más en sus entrañas.
Y con esa conciencia,
junto con el sufrimiento físico y el terror, tenía que meterse en la cama,
permaneciendo a menudo despierto la mayor parte de la noche. Y al día siguiente
tenía que levantarse, vestirse, ir a los tribunales, hablar, escribir; o si no
salía, quedarse en casa esas veinticuatro horas del día, cada una de las cuales
era una tortura. Y vivir así, solo, al borde de un abismo, sin nadie que le
comprendiese ni se apiadase de él.
Así pasó un mes y luego
otro. Poco antes de Año Nuevo llegó a la ciudad su cuñado y se instaló en casa
de ellos. Ivan Ilich estaba en el juzgado. Praskovya Fyodorovna había salido de
compras. Cuando Ivan Ilich volvió a casa y entró en su despacho vio en él a su
cuñado, hombre sano, de tez sanguínea, que estaba deshaciendo su maleta. Levantó
la cabeza al oír los pasos de Ivan Ilich y le miró un momento sin articular
palabra. Esa mirada fue una total revelación para Ivan Ilich. El cuñado abrió
la boca para lanzar una exclamación de sorpresa, pero se contuvo, gesto que lo
confirmó todo.
-Estoy cambiado, ¿eh?
-Sí... hay un cambio.
y si bien Ivan Ilich
trató de hablar de su aspecto físico con su cuñado, éste guardó silencio. Llegó
Praskovya 'Fyodorovna y el cuñado salió a verla. Ivan Ilich cerró la puerta con
llave y empezó a mirarse en el espejo, primero de frente, luego de lado. Cogió
un retrato en que figuraban él y su mujer y lo comparó con lo que veía en el
espejo. El cambio era enorme. Luego se remangó los brazos hasta el codo, los
miró, se sentó en la otomana y se sintió más negro que la noche.
«¡No, no se puede vivir
así!» -se dijo, y levantándose de un salto fue a la mesa, abrió un expediente y
empezó a leerlo, pero no pudo seguir. Abrió la puerta y entró en el salón. La
puerta que daba a la sala estaba abierta. Se acercó a ella de puntillas y se
puso a escuchar.
-No. Tú exageras -decía
Praskovya Fyodorovna.
-¿Cómo que exagero? ¿Es
que no ves que es un muerto? Mírale los ojos... no hay luz en ellos. ¿Pero qué
es lo que tiene?
-Nadie lo sabe.
Nikolayev (que era otro médico) dijo algo, pero no sé lo que es. Y Leschetitski
(otro galeno famoso) dijo lo contrario...
Ivan Ilich se apartó de
allí, fue a su habitación, se acostó y se puso a pensar: «El riñón, un riñón
flotante.» Recordó todo lo que habían dicho los médicos: cómo se desprende el
riñón y se desplaza de un lado para otro. Y a fuerza de imaginación trató de
apresar ese riñón, sujetarlo y dejarlo fijo en un sitio; «y es tan poco -se
decíalo que se necesita para ello. No. Iré una vez más a ver a Pyotr
Ivanovich». (Éste era el amigo cuyo amigo era médico.) Tiró de la campanilla,
pidió el coche y se aprestó a salir.
-¿A dónde vas, Jean?
-preguntó su mujer con expresión especialmente triste y acento
insólitamente bondadoso.
Ese acento
insólitamente bondadoso le irritó. Él la miró sombríamente.
-Debo ir a ver a Pyotr
Ivanovich.
Fue a casa de Pyotr
Ivanovich y, acompañado de éste, fue a ver a su amigo el médico. Lo encontraron
en casa e Ivan Ilich habló largamente con él.
Repasando los detalles
anatómicos y fisiológicos de lo que, en opinión del médico, ocurría en su
cuerpo, Ivan Ilich lo comprendió todo.
Había una cosa, una
cosa pequeña, en el apéndice vermiforme. Todo eso podría remediarse.
Estimulando la energía de un órgano y frenando la actividad de otro se
produciría una absorción y todo quedaría resuelto. Llegó un poco tarde a la
comida. Mientras comía, estuvo hablando amigablemente, pero durante largo rato
no se resolvió a volver al trabajo en su cuarto. Por fin, volvió al despacho y
se puso a trabajar. Estuvo leyendo expedientes, pero la conciencia de haber
dejado algo aparte, un asunto importante e íntimo al que tendría que volver
cuando terminase su trabajo, no le abandonaba. Cuando terminó su labor recordó
que ese asunto íntimo era la cuestión del apéndice vermiforme. Pero no se
rindió a ella, sino que fue a tomar el té a la sala. Había visitantes
charlando, tocando el piano y cantando; estaba también el juez de instrucción,
apetecible novio de su hija. Como hizo notar Praskovya Fyodorovna, Ivan Ilich
pasó la velada más animado que otras veces, pero sin olvidarse un momento de
que había aplazado la cuestión importante del apéndice vermiforme. A las once
se despidió y pasó a su habitación. Desde su enfermedad dormía solo en un
cuarto pequeño contiguo a su despacho. Entró en él, se desnudó y tomó una
novela de Zola, pero no la leyó, sino que se dio a pensar, y en su imaginación
efectuó la deseada corrección del apéndice vermiforme. Se produjo la absorción,
la evacuación, el restablecimiento de la función normal. «Sí, así es,
efectivamente -se dijo-. Basta con ayudar a la naturaleza.» Se acordó de su medicina,
se levantó, la tomó, se acostó boca arriba, acechando cómo la medicina surtía
sus benéficos efectos y eliminaba el dolor. «Sólo hace falta tomada con
regularidad y evitar toda influencia perjudicial; ya me siento un poco mejor,
mucho mejor.» Empezó a palparse el costado; el contacto no le hacía daño. «Sí,
no lo siento; de veras que estoy mucho mejor.» Apagó la bujía y se volvió de
lado... El apéndice vermiforme iba mejor, se producía la absorción. De repente
sintió el antiguo, conocido, sordo, corrosivo dolor, agudo y contumaz como
siempre; el consabido y asqueroso sabor de boca. Se le encogió el corazón y se
le enturbió la mente. «¡Dios mío, Dios mío! -murmuró entre dientes-. ¡Otra vez,
otra vez! ¡Y no cesa nunca!» Y de pronto el asunto se le presentó con cariz
enteramente distinto. «¡El apéndice vermiforme! ¡El riñón! -dijo para sus
adentros-. No se trata del apéndice o del riñón, sino de la vida y... la
muerte. Sí, la vida estaba ahí y ahora se va, se va, y no puedo retenerla. Sí.
¿De qué sirve engañarme? ¿Acaso no ven todos, menos yo, que me estoy muriendo,
y que sólo es cuestión de semanas, de días... quizá ahora mismo? Antes había
luz aquí y ahora hay tinieblas. Yo estaba aquí, y ahora voy allá. ¿A dónde?» Se
sintió transido de frío, se le cortó el aliento, y sólo percibía el golpeteo de
su corazón.
«Cuando yo ya no
exista, ¿qué habrá? No habrá nada. Entonces ¿dónde estaré cuando ya no exista?
¿Es esto morirse? No, no quiero.» Se incorporó de un salto, quiso encender la
bujía, la buscó con manos trémulas, se le escapó al suelo junto con la
palmatoria, y él se dejó caer de nuevo sobre la almohada.
«¿Para qué? Da lo mismo
-se dijo, mirando la oscuridad con ojos muy abiertos-. La muerte. Sí, la
muerte. Y ésos no lo saben ni quieren saberlo, y no me tienen lástima. Ahora
están tocando el piano. (Oía a través de la puerta el sonido de una voz y su
acompañamiento.) A ellos no les importa, pero también morirán. ¡Idiotas! Yo
primero y luego ellos, pero a ellos les pasará lo mismo. Y ahora tan
contentos... ¡los muy bestias!» La furia le ahogaba y se sentía atormentado,
intolerablemente afligido. Era imposible que todo ser humano estuviese
condenado a sufrir ese horrible espanto. Se incorporó.
«Hay algo que no va
bien. Necesito calmarme; necesito repasarlo todo mentalmente desde el
principio.» Y, en efecto, se puso a pensar. «Sí, el principio de la enfermedad.
Me di un golpe en el costado, pero estuve bien ese día y el siguiente. Un poco
molesto y luego algo más. Más tarde los médicos, luego tristeza y abatimiento.
Vuelta a los médicos, y seguí acercándome cada vez más al abismo. Fui perdiendo
fuerzas. Más cerca cada vez. Y ahora estoy demacrado y no tengo luz en los
ojos. Pienso en el apéndice, pero esto es la muerte. Pienso en corregir el
apéndice, pero mientras tanto aquí está la muerte. ¿De veras que es la muerte?»
El espanto se apoderó de él una vez más, volvió a jadear, se agachó para buscar
los fósforos, apoyando el codo en la mesilla de noche. Como ésta le estorbaba y
le hacía daño, se encolerizó con ella, se apoyó en ella con más fuerza y la
volcó. Y desesperado, respirando con fatiga, se dejó caer de espaldas,
esperando que la muerte llegase al momento.
Mientras tanto, los
visitantes se marchaban. Praskovya Fyodorovna los acompañó a la puerta. Ella
oyó caer algo y entró.
-¿Qué te pasa? ,:
-Nada. Que la he
derribado sin querer.
Su esposa salió y
volvió con una bujía. Él seguía acostado boca arriba, respirando con rapidez y
esfuerzo como quien acaba de correr un buen trecho y levantando con fijeza los
ojos hacia ella.
-¿Qué te pasa, lean?
-Na...da. La he
de...rri...bado. (¿Para qué hablar de ello? No lo comprenderá -pensó.)
Y, en verdad, ella no
comprendía. Levantó la mesilla de noche, encendió la bujía de él y salió de
prisa porque otro visitante se despedía. Cuando volvió, él seguía tumbado de
espaldas, mirando el techo.
-¿Qué te pasa? ¿Estás
peor?
-Sí.
Ella sacudió la cabeza
y se sentó.
-¿Sabes, Jean? Me
parece que debes pedir a Leschetitski que venga a verte aquí.
Ello significaba
solicitar la visita del médico famoso sin cuidarse de los gastos. Él sonrió
maliciosamente y dijo: «No.» Ella permaneció sentada un ratito más y luego se
acercó a él y le dio un beso en la frente.
Mientras ella le
besaba, él la aborrecía de todo corazón; y tuvo que hacer un esfuerzo para no
apartarla de un empujón.
-Buenas noches. Dios
quiera que duermas.
-Sí.
Ivan Ilich vio que se
moría y su desesperación era continua. En el fondo de su ser sabía que se
estaba muriendo, pero no sólo no se habituaba a esa idea, sino que
sencillamente no la comprendía ni podía comprenderla.
El silogismo aprendido
en la Lógica de Kiezewetter: «Cayo es un ser humano, los seres humanos
son mortales, por consiguiente Cayo es mortal», le había parecido legítimo
únicamente con relación a Cayo, pero de ninguna manera con relación a sí mismo.
Que Cayo -ser humano en abstractofuese mortal le parecía enteramente justo;
pero él no era Cayo, ni era un hombre abstracto, sino un hombre concreto, una
criatura distinta de todas las demás: él había sido el pequeño Vanya para su
papá y su mamá, para Mitya y Volodya, para sus juguetes, para el cochero y la
niñera, y más tarde para Katenka, con todas las alegrías y tristezas y todos
los entusiasmos de la infancia, la adolescencia y la juventud. ¿Acaso Cayo
sabía algo del olor de la pelota de cuero de rayas que tanto gustaba a Vanya?
¿Acaso Cayo besaba de esa manera la mano de su madre? ¿Acaso el frufrú del
vestido de seda de ella le sonaba a Cayo de ese modo? ¿Acaso se había rebelado
éste contra las empanadillas que servían en la facultad? ¿Acaso Cayo se había enamorado
así? ¿Acaso Cayo podía presidir una sesión como él la presidía?
Cayo era efectivamente
mortal y era justo que muriese, pero «en mi caso -se decía-, en el caso de
Vanya, de Ivan Ilich, con todas mis ideas y emociones, la cosa es bien
distinta. y no es posible que tenga que morirme. Eso sería demasiado horrible».
Así se lo figuraba. «Si
tuviera que morir como Cayo, habría sabido que así sería; una voz interior me
lo habría dicho; pero nada de eso me ha ocurrido. Y tanto yo como mis amigos
entendimos que nuestro caso no tenía nada que ver con el de Cayo. ¡Y ahora se
presenta esto! -se dijo-. ¡No puede ser! ¡No puede ser, pero es! ¿Cómo es
posible? ¿Cómo entenderlo?»
Y no podía entenderlo.
Trató de ahuyentar aquel pensamiento falso, inicuo, morboso, y poner en su
lugar otros pensamientos saludables y correctos. Pero aquel pensamiento -y más
que pensamiento la realidad mismavolvía una vez tras otra y se encaraba con él.
Y para desplazar ese
pensamiento convocó toda una serie de otros, con la esperanza de encontrar
apoyo en ellos. Intentó volver al curso de pensamientos que anteriormente le
habían protegido contra la idea de la muero te. Pero -cosa raratodo lo que
antes le había servido de escudo, todo cuanto le había ocultado, suprimido, la
conciencia de la muerte, no producía ahora efecto alguno. Últimamente Ivan
Ilich pasaba gran parte del tiempo en estas tentativas de reconstituir el curso
previo de los pensamientos que le protegían de la muerte. A veces se decía:
«Volveré a mi trabajo, porque al fin y al cabo vivía de él.» Y apartando de sí
toda duda, iba al juzgado, entablaba conversación con sus colegas y, según
costumbre, se sentaba distraído, contemplaba meditabundo a la multitud, apoyaba
los enflaquecidos brazos en los del sillón de roble, y, recogiendo algunos
papeles, se inclinaba hacia un colega, también según costumbre, murmuraba
algunas palabras con él, y luego, levantando los ojos e irguiéndose en el sillón,
pronunciaba las consabidas palabras y daba por abierta la sesión. Pero de
pronto, en medio de ésta, su dolor de costado, sin hacer caso en qué punto se
hallaba la sesión, iniciaba su propia labor corrosiva. Ivan Ilich concentraba
su atención en ese dolor y trataba de apartarlo de sí, pero el dolor proseguía
su labor, aparecía, se levantaba ante él y le miraba. Y él quedaba petrificado,
se le nublaba la luz de los ojos, y comenzaba de nuevo a preguntarse: «¿Pero es
que sólo este dolor es verdad?» y sus colegas y subordinados veían con sorpresa
y amargura que él, juez brillante y sutil, se embrollaba y equivocaba. Él se
estremecía, procuraba volver en su acuerdo, llegar de algún modo al final de la
sesión y volverse a casa con la triste convicción de que sus funciones
judiciales ya no podían ocultarle, como antes ocurría, lo que él quería
ocultar; que esas labores no podían librarle de aquello. y lo peor de
todo era que aquello atraía su atención hacia sí, no para que él tomase
alguna medida, sino sólo para que él lo mirase fijamente, cara a cara, lo
mirase sin hacer nada y sufriese lo indecible.
Y para librarse de esa
situación, Ivan Ilich buscaba consuelo ocultándose tras otras pantallas, y, en
efecto, halló nuevas pantallas que durante breve tiempo parecían salvarle, pero
que muy pronto se vinieron abajo o, mejor dieho, se tomaron transparentes, como
si aquello las penetrase y nada pudiese ponerle coto.
En estos últimos
tiempos solía entrar en la sala que él mismo había arreglado -la sala en que
había tenido la caída y a cuyo acondicionamiento-, ¡qué amargamente ridículo
era pensarlo! -había sacrificado su vida, porque él sabía que su dolencia había
empezado con aquel golpe. Entraba y veía que algo había hecho un rasguño en la
superficie barnizada de la mesa. Buscó la causa y encontró que era el borde
retorcido del adorno de bronce de un álbum. Cogía el costoso álbum, que él
mismo había ordenado pulcramente, y se enojaba por .la negligencia de su hija y
los amigos de ésta -bien porque el álbum estaba roto por varios sitios o bien
porque las fotografías estaban del revés. Volvía a arreglarlas debidamente y a
enderezar el borde del adorno.
Luego se le ocurría
colocar todas esas cosas en otro rincón de la habitación, junto a las plantas.
Llamaba a un criado, pero quienes venían en su ayuda eran su hija o su esposa.
Éstas no estaban de acuerdo, le contradecían, y él discutía con ellas y se enfadaba.
Pero eso estaba bien, porque mientras tanto no se acordaba de aquello,
aquello era invisible.
Pero cuando él mismo
movía algo su mujer le decía: «Deja que lo hagan los criados. Te vas a hacer
daño otra vez.» y de pronto aquello aparecía a través de la pantalla y
él lo veía. Era una aparición momentánea y él esperaba que se esfumara, pero
sin querer prestaba atención a su costado. «Está ahí continuamente, royendo
como siempre.» y ya no podía olvidarse de aquello, que le miraba
abiertamente desde detrás de las plantas. ¿A qué venía todo eso?
«y es cierto que fue
aquí, por causa de esta cortina, donde perdí la vida, como en el asalto a una
fortaleza. ¿De veras? ¡Qué horrible y qué estúpido! ¡No puede ser verdad! ¡No
puede serIo, pero lo es!»
Fue a su despacho, se
acostó y una vez más se quedó solo con aquello: de cara a cara con aquello.
Y no había nada que hacer, salvo mirado y temblar.
Imposible es contar
cómo ocurrió la cosa, porque vino paso a paso, insensiblemente, pero en el
tercer mes de la enfermedad de Ivan Ilich, su mujer, su hija, su hijo, los I
conocidos de la familia, la servidumbre, los médicos y, sobre todo él mismo, se
dieron cuenta de que el único interés que mostraba consistía en si dejaría
pronto vacante su cargo, libraría a los demás de las molestias que su presencia
les causaba y se libraría a sí mismo de sus padecimientos.
Cada vez dormía menos.
Le daban opio y empezaron a ponerle inyecciones de morfina. Pero ello no le
paliaba el dolor. La sorda congoja que sentía durante la somnolencia le sirvió
de alivio sólo al principio, como cosa nueva, pero luego llegó a ser tan torturante
como el dolor mismo, o aún más que éste.
Por prescripción del
médico le preparaban una alimentación especial, pero también ésta le resultaba
cada vez más insulsa y repulsiva.
Para las evacuaciones
también se tomaron medidas especiales, cada una de las cuales era un tormento
para él: el tormento de la inmundicia, la indignidad y el olor, así como el de
saber que otra persona tenía que participar en ello.
Pero fue cabalmente en
esa desagradable función donde Ivan Ilich halló consuelo. Gerasim, el ayudante
del mayordomo, era el que siempre venía a llevarse los excrementos. Gerasim era
un campesino joven, limpio y lozano, siempre alegre y espabilado, que había
engordado con las comidas de la ciudad. Al principio la presencia de este
individuo, siempre vestido pulcramente a la rusa, que hacía esa faena
repugnante perturbaba a Ivan Ilich.
En una ocasión en que
éste, al levantarse del orinal, sintió que no tenía fuerza bastante para
subirse el pantalón, se desplomó sobre un sillón blando y miró con horror sus
muslos desnudos y enjutos, perfilados por músculos impotentes.
Entró Gerasim con paso
firme y ligero, esparciendo el grato olor a brea de sus botas recias y el
fresco aire invernal, con mandil de cáñamo y limpia camisa de percal de mangas
remangadas sobre sus fuertes y juveniles brazos desnudos, y sin mirar a Ivan Ilich
-por lo visto para no agraviarle con el gozo de vivir que brillaba en su
rostrose acercó al orinal.
-Gerasim -dijo Ivan
Ilich con voz débil.
Gerasim se estremeció,
temeroso al parecer de haber cometido algún desliz, y con gesto rápido volvió
hacia el enfermo su cara fresca, bondadosa, sencilla y joven, en la que
empezaba a despuntar un atisbo de barba.
-¿Qué desea el señor?
-Esto debe de serte muy
desagradable. Perdóname. No puedo valerme.
-Por Dios, señor -y los
ojos de Gerasim brillaron al par que mostraba sus brillantes dientes blancos-.
No es apenas molestia. Es porque está usted enfermo.
Y con manos fuertes y
hábiles hizo su acostumbrado menester y salió de la habitación con paso
liviano. Al cabo de cinco minutos volvió con igual paso.
Ivan Ilich seguía
sentado en el sillón. -Gerasim -dijo cuando éste colocó en su sitio el
utensilio ya limpio y bien lavado-, por favor ven acá y ayúdame -Gerasim se
acercó a él-. Levántame. Me cuesta mucho trabajo hacerlo por mí mismo y le dije
a Dmitri que se fuera.
Gerasim fue a su amo,
le agarró a la vez con fuerza y destreza -lo mismo que cuando andaba-, le alzó
hábil y suavemente con un brazo, y con el otro le levantó el pantalón y quiso
sentarle, pero Ivan Ilich le dijo que le llevara al sofá. Gerasim, sin hacer
esfuerzo ni presión al parecer, le condujo casi en vilo al sofá y le depositó
en él.
-Gracias. ¡Qué bien y
con cuánto tino lo haces todo! Gerasim sonrió de nuevo y se dispuso a salir,
pero Ivan Ilich se sentía tan a gusto con él que no quería que se fuera.
-Otra cosa. Acerca, por
favor, esa silla. No, la otra, y pónmela debajo de los pies. Me siento mejor
cuando tengo los pies levantados.
Gerasim acercó la
silla, la colocó suavemente en el sitio a la vez que levantaba los pies de Ivan
Ilich y los ponía en ella. A éste le parecía sentirse mejor cuando Gerasim le
tenía los pies en alto.
-Me siento mejor cuando
tengo los pies levantados -dijo Ivan Ilich-. Ponme ese cojín debajo de ellos.
Gerasim así lo hizo. De
nuevo le levantó los pies y volvió a depositarIos. De nuevo Ivan Ilich se
sintió mejor mientras Gerasim se los levantaba. Cuando los bajó, a Ivan Ilich
le pareció que se sentía peor.
-Gerasim -dijo-, ¿estás
ocupado ahora? -No, señor, en absoluto -respondió Gerasim, que de los criados
de la ciudad había apren,dido cómo hablar con los señores.
-¿Qué tienes que hacer
todavía? -¿Que qué tengo que hacer? Ya lo he hecho todo, salvo cortar leña para
mañana.
-Entonces levántame las
piernas un poco más, ¿puedes?
-¡Cómo no he de poder!
-Gerasim levantó aún más las piernas de su amo, y a éste le pareció que en esa
postura no sentía dolor alguno.
-¿Y qué de la leña? -No
se preocupe el señor. Hay tiempo para ello. Ivan Ilich dijo a Gerasim que se
sentara y le tuviera los pies levantados y empezó a hablar con él. Y, cosa
rara, le parecía sentirse mejor mientras Gerasim le tenía levantadas las piernas.
A partir de entonces
Ivan Ilich llamaba de vez en cuando a Gerasim, le ponía las piernas sobre los
hombros y gustaba de hablar con él. Gerasim hacía todo ello con tiento y
sencillez, y de tan buena gana y con tan notable afabilidad que conmovía a su
amo. La salud, la fuerza y la vitalidad de otras personas ofendían a Ivan
Ilich; únicamente la energía y la vitalidad de Gerasim no le mortificaban; al
contrario, le servían de alivio.
El mayor tormento de
Ivan Ilich era la mentira, la mentira que por algún motivo todos aceptaban,
según la cual él no estaba muriéndose, sino que sólo estaba enfermo, y que
bastaba con que se mantuviera tranquilo y se atuviera a su tratamiento para que
se pusiera bien del todo. Él sabía, sin embargo, que hiciesen lo que hiciesen
nada resultaría de ello, salvo padecimientos aún más agudos y la muerte. Y le
atormentaba esa mentira, le atormentaba que no quisieran admitir que todos
ellos sabían que era mentira y que él lo sabía también, y que le mintieran
acerca de su horrible estado y se aprestaran -más aún, le obligarana participar
en esa mentira. La mentira -esa mentira perpetrada sobre él en vísperas de su
muerteencaminada a rebajar el hecho atroz y solemne de su muerte al nivel de
las visitas, las cortinas, el esturión de la comida... era un horrible tormento
para Ivan Ilich. Y, cosa extraña, muchas veces cuando se entregaban junto a él
a esas patrañas estuvo a un pelo de gritarles: «¡Dejad de mentir! ¡Vosotros
bien sabéis, y yo sé, que me estoy muriendo! ¡Conque al menos dejad de mentir!»
Pero nunca había tenido arranque bastante para hacerlo. Veía que el hecho
atroz, horrible, de su gradual extinción era reducido por cuantos le rodeaban
al nivel de un incidente casual, en parte indecoroso (algo así como si un
individuo entrase en una sala esparciendo un mal olor), resultado de ese mismo
«decoro» que él mismo había practicado toda su vida. Veía que nadie se
compadecía de él, porque nadie quería siquiera hacerse cargo de su situación.
Únicamente Gerasim se hacía cargo de ella y le tenía lástima; y por eso Ivan
Ilich se sentía a gusto sólo con él. Se sentía a gusto cuando Gerasim pasaba a
veces la noche entera sosteniéndole las piernas, sin querer ir a acostarse,
diciendo: «No se preocupe, Ivan Ilich, que dormiré más tarde.» O cuando,
tuteándole, agregaba: «Si no estuvieras enfermo, sería distinto, ¿pero qué más
da un poco de ajetreo?» Gerasim era el único que no mentía, y en todo lo que
hacía mostraba que comprendía cómo iban las cosas y que no era necesario
ocultadas, sino sencillamente tener lástima a su débil y demacrado señor. Una
vez, cuando Ivan Ilich le decía que se fuera, incluso llegó a decide:
-Todos tenemos que
morir. ¿Por qué no habría de hacer algo por usted? -expresando así que no
consideraba oneroso su esfuerzo porque lo hacía por un moribundo y esperaba que
alguien hiciera lo propio por él cuando llegase su hora.
Además de esas
mentiras, o a causa de ellas, lo que más torturaba a Ivan Ilich era que nadie
se compadeciese de él como él quería. En algunos instantes, después de
prolongados sufrimientos, lo que más anhelaba -aunque le habría dado vergüenza
confesarloera que alguien le tuviese lástima como se le tiene lástima a un niño
enfermo. Quería que le acariciaran, que le besaran, que lloraran por él, como
se acaricia y consuela a los niños. Sabía que era un alto funcionario, que su
barba encanecía y que, por consiguiente, ese deseo era imposible; pero, no
obstante, ansiaba todo eso. y en sus relaciones con Gerasim había algo
semejante a éllo, por lo que esas relaciones le servían de alivio. Ivan Ilich
quería llorar, quería que le mimaran y lloraran por él, y he aquí que cuando
llegaba su colega Shebek, en vez de llorar y ser mimado, Ivan Ilich adoptaba un
semblante serio, severo, profundo y, por fuerza de la costumbre, expresaba su
opinión acerca de una sentencia del Tribunal de Casación e insistía
porfiadamente en ella. Esa mentira en torno suyo y dentro de sí mismo emponzoñó
más que nada los últimos días de la vida de Ivan Ilich.
Era por la mañana.
Sabía que era por la mañana sólo porque Gerasim se había ido y el lacayo Pyotr
había entrado, apagado las bujías, descorrido una de las cortinas y empezado a
poner orden en la habitación sin hacer ruido. Nada importaba que fuera mañana o
tarde, viernes o domingo, ya que era siempre igual: el dolor acerado,
torturante, que no cesaba un momento; la conciencia de una vida que se escapaba
inexorablemente, pero que no se extinguía; la proximidad de esa horrible y
odiosa muerte, única realidad; y siempre esa mentira. ¿Qué significaban días,
semanas, horas, en tales circunstancias?
-¿Tomará té el señor?
«Necesita que todo se haga debidamente y quiere que los señores tomen su té por
la mañana» -pensó Ivan Ilich y sólo dijo:
-No. -¿No desea el
señor pasar al sofá? «Necesita arreglar la habitación y le estoy estorbando. Yo
soy la suciedad y el desorden» -pensaba, y sólo dijo:
-No. Déjame. El criado
siguió removiendo cosas. Ivan Ilich alargó la mano. Pyotr se acercó
servicialmente.
-¿Qué desea el señor?
-Mi reloj.
Pyotr cogió el reloj,
que estaba al alcance de la mano, y se lo dio a su amo.
-Las ocho y media. ¿No
se han levantado todavía? -No, señor, salvo Vasili Ivanovich (el hijo) que ya
se ha ido a clase. Praskovya Fyodorovna me ha mandado despertarla si el señor
preguntaba por ella. ¿Quiere que lo haga?
-No. No hace falta.
-«Quizá debiera tomar té», se dijo-. Sí, tráeme té.
Pyotr se dirigió a la
puerta, pero a Ivan Ilich le aterraba quedarse solo. «¿Cómo retenerle aquí? Sí,
con la medicina.»
-Pyotr, dame la
medicina. -«Quizá la medicina me ayude todavía». Tomó una cucharada y la
sorbió. «No, no me ayuda. Todo esto no es más que una bobada, una superchería
-decidió cuando se dio cuenta del conocido, empalagoso e irremediable sabor~.
No, ahora ya no puedo creer en ello. Pero el dolor, ¿por qué este dolor? ¡Si al
menos cesase un momento!»
y lanzó un gemido.
Pyotr se volvió para mirarle. -No. Anda y tráeme el té.
Salió Pyotr. Al
quedarse solo, Ivan Ilich empezó a gemir, no tanto por el dolor físico, a pesar
de lo atroz que era, como por la congoja mental que sentía. «Siempre lo mismo,
siempre estos días y estas noches interminables. ¡Si viniera más de prisa! ¿Si viniera
qué más de prisa? ¿La muerte, la tiniebla? ¡No, no! ¡Cualquier cosa es
mejor que la muerte!»
Cuando Pyotr volvió con
el té en una bandeja, Ivan Ilich le estuvo mirando perplejo un rato, sin
comprender quién o qué era. A Pyotr le turbó esa mirada y esa turbación volvió
a Ivan Ilich en su acuerdo.
-Sí -dijo-, el té...
Bien, ponlo ahí. Pero ayúdame a lavarme y ponerme una camisa limpia.
E Ivan Ilich empezó a
lavarse. Descansando de vez en cuando se lavó las manos, la cara, se limpió los
dientes, se peinó y se miró en el espejo. Le horrorizó lo que vio. Le horrorizó
sobre todo ver cómo el pelo se le pegaba, lacio, a la frente pálida.
Cuando le cambiaban de
camisa se dio cuenta de que sería mayor su horror si veía su cuerpo, por lo que
no lo miró. Por fin acabó aquello. Se puso la bata, se arropó en una manta y se
sentó en el sillón para tomar el té. Durante un momento se sintió más fresco,
pero tan pronto como empezó a sorber el té volvió el mismo mal sabor y el mismo
dolor. Concluyó con dificultad de beberse el i té, se acostó estirando las
piernas y despidió a Pyotr.
Siempre lo mismo. De
pronto brilla una chispa de esperanza, luego se encrespa furioso un mar de
desesperación, y siempre dolor, siempre dolor, siempre congoja y siempre lo
mismo. Cuando quedaba solo y horriblemente angustiado sentía el deseo de llamar
a alguien, pero sabía de antemano que delante de otros sería peor. «Otra dosis
de morfina -y perder el conocimiento-. Le diré al médico que piense en otra
cosa. Es imposible, imposible, seguir así.»
De ese modo pasaba una
hora, luego otra. Pero entonces sonaba la campanilla de la puerta. Quizá sea el
médico. En efecto, es el médico, fresco, animoso, rollizo, alegre, y con ese
aspecto que parece decir: «¡Vaya, hombre, está usted asustado de algo, pero
vamos a remediarlo sobre la marcha!» El médico sabe que ese su aspecto no sirve
de nada aquí, pero se ha revestido de él de una vez por todas y no puede
desprenderse de él, como hombre que se ha puesto el frac por la mañana para
hacer visitas.
El médico se lava las
manos vigorosamente y con aire tranquilizante.
-¡Huy, qué frío! La
helada es formidable. Deje que entre un poco en calor -dice, como si bastara
sólo esperar a que se calentase un poco para arreglarlo todo-. Bueno, ¿cómo va
eso?
Ivan Ilich tiene la
impresión de que lo que el médico quiere decir es «¿cómo va el negocio?», pero
que se da cuenta de que no se puede hablar así, y en vez de eso dice: «¿Cómo ha
pasado la noche?»
Ivan Ilich le mira como
preguntando: «¿Pero es que usted no se avergüenza nunca de mentir?» El médico,
sin embargo, no quiere comprender la pregunta, e Ivan Ilich dice:
-Tan atrozmente como
siempre. El dolor no se me quita ni se me calma. Si hubiera algo...
-Sí, ustedes los
enfermos son siempre lo mismo. Bien, ya me parece que he entrado en calor.
Incluso Praskovya Fyodorovna, que es siempre tan escrupulosa, no tendría nada
que objetar a mi temperatura. Bueno, ahora puedo saludarle -y el médico
estrecha la mano del enfermo.
y abandonando la
actitud festiva de antes, el médico empieza con semblante serio a reconocer al
enfermo, a tomarle el pulso y la temperatura, y luego a palparle y auscultarle.
Ivan Ilich sabe plena y
firmemente que todo eso es tontería y pura falsedad, pero cuando el médico,
arrodillándose, se inclina sobre él, aplicando el oído primero más arriba,
luego más abajo, y con gesto significativo hace por encima de él varios movimientos
gimnásticos, el enfermo se somete a ello como antes solía someterse a los
discursos de los abogados, aun sabiendo perfectamente que todos ellos mentían y
por qué mentían.
De rodillas en el sofá,
el médico está auscultando cuando se nota en la puerta el frufrú del vestido de
seda de Praskovya Fyodorovna y se oye cómo regaña a Pyotr porque éste no le ha
anunciado la llegada del médico.
Entra en la habitación,
besa al marido y al instante se dispone a mostrar que lleva ya largo rato
levantada y sólo por incomprensión no estaba allí cuando llegó el médico.
Ivan Ilich la mira, la
examina de pies a cabeza, echándole mentalmente en cara lo blanco, limpio y
rollizo de sus brazos y su cuello, lo lustroso de sus cabellos y lo brillante
de sus ojos llenos de vida. La detesta con toda el alma. y el arrebato de odio
que siente por ella le hace sufrir cuando ella le toca.
Su actitud respecto a
él y su enfermedad sigue siendo la misma. Al igual que el médico, que adoptaba
frente a su enfermo cierto modo de proceder del que no podía despojarse, ella
también había adoptado su propio modo de proceder, a saber, que su marido no
hacía lo que debía, que él mismo tenía la culpa de lo que le pasaba y que ella
se lo reprochaba amorosamente. Y tampoco podía desprenderse de esa actitud.
-Ya ve usted que no me
escucha y no toma la medicina a su debido tiempo. Y, sobre todo, se acuesta en
una postura que de seguro no le conviene. Con las piernas en alto.
y ella contó cómo él
hacía que Gerasim le tuviera las piernas levantadas.
El médico se sonrió con
sonrisa mitad afable mitad despectiva:
-¡Qué se le va a hacer!
Estos enfermos se figuran a veces niñerías como ésas, pero hay que perdonarles.
Cuando el médico
terminó el reconocimiento, miró su reloj, y entonces Praskovya Fyodorovna
anunció a Ivan Ilich que, por supuesto, se haría lo que él quisiera, pero que
ella había mandado hoy por un médico célebre que vendría a reconocerle y a
tener consulta con Mihail Danilovich (que era el médico de cabecera).
-Por favor, no digas
que no. Lo hago también por mí misma -dijo ella con ironía, dando a entender
que ella lo hacía todo por él y sólo decía eso para no darle motivo de
negárselo. Él calló y frunció el ceño. Tenía la sensación de que la red de
mentiras que le rodeaba era ya tan tupida que era imposible sacar nada en
limpio.
Todo cuanto ella hacía
por él sólo lo hacía por sí misma, y le decía que hacía por sí misma lo que en
realidad hacía por sí misma, como si ello fuese tan increíble que él tendría
que entenderlo al revés.
En efecto, el célebre
galeño llegó a las once y media. Una vez más empezó la auscultación y, bien
ante el enfermo o en otra habitación, comenzaron las conversaciones
significativas acerca del riñón y el apéndice y las preguntas y respuestas, con
tal aire de suficiencia que, de nuevo, en vez de la pregunta real sobre la vida
y la muerte que era la única con la que Ivan Ilich ahora se enfrentaba, de lo
que hablaban era de que el riñón y el apéndice no funcionaban correctamente y
que ahora Mihail Danilovich y el médico famoso los obligarían a comportarse
como era debido.
El médico célebre se
despidió con cara seria, pero no exenta de esperanza. y a la tímida pregunta
que le hizo Ivan Ilich levantando hacia él ojos brillantes de pavor y
esperanza, contestó que había posibilidad de restablecimiento, aunque no podía
asegurarlo. La mirada de esperanza con la que Ivan Ilich acompañó al médico en
su salida fue tan conmovedora que, al verla, Praskovya Fyodorovna hasta rompió
a llorar cuando salió de la habitación con el médico para entregarle sus
honorarios.
El destello de
esperanza provocado por el comentario estimulante del médico no duró mucho. El
mismo aposento, los mismos cuadros, las cortinas, el papel de las paredes, los
frascos de medicina... todo ello seguía allí, junto con su cuerpo sufriente y
doliente. Ivan Ilich empezó a gemir. Le pusieron una inyección y se sumió en el
olvido.
Anochecía ya cuando
volvió en sí. Le trajeron la comida. Con dificultad tomó un poco de caldo. y
otra vez lo mismo, y llegaba la noche.
Después de comer, a las
siete, entró en la habitación Praskovya Fyodorovna en vestido de noche, con el
seno realzado por el corsé y huellas de polvos en la cara. Ya esa mañana había
recordado a su marido que iban al teatro. Había llegado a la ciudad Sarah
Bernhardt y la familia tenía un palco que él había insistido en que tomasen.
Ivan Ilich se había olvidado de eso y la indumentaria de ella le ofendió, pero
disimuló su irritación cuando cayó en la cuenta de que él mismo había insistido
en que tomasen el palco y asistiesen a la función porque seria un placer
educativo y estético para los niños.
Entró Praskovya
Fyodorovna, satisfecha de sí misma pero con una punta de culpabilidad. Se sentó
y le preguntó cómo estaba, pero él vio que preguntaba sólo por preguntar y no
para enterarse, sabiendo que no había nada nuevo de qué enterarse, y entonces
empezó a hablar de lo que realmente quería: que por nada del mundo iría al
teatro, pero que habían tomado un palco e iban su hija y Hélene, así como
también Petrischev (juez de instrucción, novio de la hija), y que de ningún
modo podían éstos ir solos; pero que ella preferiría con mucho quedarse con él
un rato. Y que él debía seguir las instrucciones del médico mientras ella
estaba fuera.
-¡Ah, sí! Y Fyodor
Petrovich (el novio) quisiera entrar. ¿Puede hacerlo? ¿Y Liza?
-Que entren. Entró la
hija, también en vestido de noche, con el cuerpo juvenil bastante en evidencia,
ese cuerpo que en el caso de él tanto sufrimiento le causaba. y ella bien que
lo exhibía. Fuerte, sana, evidentemente enamorada e irritada contra la enfermedad,
el sufrimiento y la muerte porque estorbaban su felicidad.
Entró también Fyodor
Petrovich vestido de frac, con el pelo rizado d la Capou4 un cuello duro
que oprimía el largo pescuezo fibroso, enorme pechera blanca y con los fuertes
muslos embutidos en unos pantalones negros muy ajustados. Tenía puesto un
guante blanco y llevaba la chistera en la mano.
Tras él, y casi sin ser
notado, entró el colegial en uniforme nuevo y con guantes, pobre chico. Tenía
enormes ojeras, cuyo significado Ivan Ilich conocía bien.
Su hijo siempre le
había parecido lamentable, y ahora era penoso ver el aspecto timorato y
condolido del muchacho. Aparte de Gerasim, Ivan Ilich creía que sólo Vasya le
comprendía y compadecía.
Todos se sentaron y
volvieron a preguntarle cómo se sentía. Hubo un silencio. Liza preguntó a su
madre dónde estaban los gemelos y se produjo un altercado entre madre e hija
sobre dónde los habían puesto. Aquello fue desagradable.
Fyodor Petrovich
preguntó a Ivan Ilich si había visto alguna vez a Sarah Bernhardt. Ivan Ilich
no entendió al principio lo que se le preguntaba, pero luego contestó:
-No. ¿Usted la ha visto
ya? -Sí, en Adrienne Lecouvreur.
Praskovya Fyodorovna
agregó que había estado especialmente bien en ese papel. La hija dijo que no.
Inicióse una conversación acerca de la elegancia y el realismo del trabajo de
la actriz -una conversación que es siempre la misma.
En medio de la
conversación Fyodor Petrovich miró a Ivan Ilich y quedó callado. Los otros le
miraron a su vez y también guardaron silencio. Ivan Ilich miraba delante de sí
con ojos brillantes, evidentemente indignado con los visitantes. Era preciso
rectificar aquello, pero imposible hacerlo. Había que romper ese silencio de
algún modo, pero nadie se atrevía a intentarlo. Les aterraba que de pronto se
esfumase la mentira convencional y quedase claro lo que ocurría de verdad. Liza
fue la primera en decidirse y rompió el silencio, pero al querer disimular lo
que todos sentían se fue de la lengua.
-Pues bien, si vamos
a ir ya es hora de que lo hagamos -dijo mirando su reloj, regalo de su
padre, y con una tenue y significativa sonrisa al joven Fyodor Petrovich,
acerca de algo que sólo ambos sabían, se levantó haciendo crujir la tela de su
vestido.
Todos se levantaron, se
despidieron y se fueron. Cuando hubieron salido le pareció a Ivan Ilich que se
sentía mejor: ya no había mentira porque se había ido con ellos, pero se
quedaba el dolor: el mismo dolor y el mismo terror de siempre, ni más ni menos
penoso que antes. Todo era peor.
Una vez más los minutos
se sucedían uno tras otro, las horas una tras otra. Todo seguía lo mismo, todo
sin cesar. y lo más terrible de todo era el fin inevitable.
-Sí, dile a Gerasim que
venga -respondió a la pre--' gunta de Pyotr.
Su mujer volvió cuando
iba muy avanzada la noche. Entró de puntillas, pero él la oyó, abrió los ojos y
al momento los cerró. Ella quería que Gerasim se fuera para quedarse allí sola
con su marido, pero éste abrió los ojos y dijo:
-No. Vete. -¿Te duele
mucho? -No importa.
-Toma opio. Él
consintió y tomó un poco. Ella se fue. Hasta eso de las tres de la mañana su
estado fue de torturante estupor. Le parecía que a él y su dolor los me. tían a
la fuerza en un saco estrecho, negro y profundo pero por mucho que empujaban no
podían hacerlos lle. gar hasta el fondo. y esta circunstancia, terrible ya en
sí iba acompañada de padecimiento físico. Él estaba espantado, quería meterse
más dentro en el saco y se esforzab~ por hacerlo, al par que ayudaba a que lo
metieran. Y he aquí que de pronto desgarró el saco, cayó y volvió en sí Gerasim
estaba sentado a los pies de la cama, dormitando tranquila pacientemente, con
las piernas flacas de su amo, enfundadas en calcetines, apoyadas en los
hombros. Allí estaba la misma bujía con su pantalla y allí estaba también el
mismo incesante dolor.
-Vete, Gerasim
-murmuró.
-No se preocupe, señor.
Estaré un ratito más.
-No. Vete.
Retiró las piernas de
los hombros de Gerasim, se volvió de lado sobre un brazo y sintió lástima de sí
mismo. Sólo esperó a que Gerasim pasase a la habitación contigua y entonces,
sin poder ya contenerse, rompió a llorar como un niño. Lloraba a causa de su
impotencia, de su terrible soledad, de la crueldad de la gente, de la crueldad
de Dios, de la ausencia de Dios.
«¿Por qué has hecho Tú
esto? ¿Por qué me has traído aquí? ¿Por qué, dime, por qué me atormentas tan
atrozmente?»
Aunque no esperaba
respuesta lloraba porque no la había ni podía haberla. El dolor volvió a
agudizarse, pero él no se movió ni llamó a nadie. Se dijo: «¡Hala, sigue! ¡Dame
otro golpe! ¿Pero con qué fin? ¿Yo qué te he hecho? ¿De qué sirve esto?»
Luego se calmó y no
sólo cesó de llorar, sino que retuvo el aliento y todo él se puso a escuchar;
pero era como si escuchara, no el sonido de una voz real, sino la voz de su
alma, el curso de sus pensamientos que fluía dentro de sí.
-¿Qué es lo que
quieres? -fue el primer concepto claro que oyó, el primero capaz de traducirse
en palabras-. ¿Qué es lo que quieres? ¿Qué es lo que quieres? -se repitió a sí
mismo-. ¿Qué quiero? Quiero no sufrir. Vivir -se contestó.
Y volvió a escuchar con
atención tan reconcentrada que ni siquiera el dolor le distrajo.
-¿Vivir? ¿Cómo vivir?
-preguntó la voz del alma.
-Sí, vivir como vivía
antes: bien y agradablemente.
-¿Como vivías antes?
¿Bien y agradablemente? -preguntó la voz. y él empezó a repasar en su magín los
mejores momentos de su vida agradable. Pero, cosa rara, ninguno de esos mejores
momentos de su vida agradable le parecían ahora lo que le habían parecido
entonces; ninguno de ellos, salvo los primeros recuerdos de su infancia. Allí,
en su infancia, había habido algo realmente agradable, algo con lo que sería
posible vivir si pudiese volver. Pero el niño que había conocido ese agrado ya
no existía; era como un recuerdo de otra persona.
Tan pronto como empezó
la época que había resultado en el Ivan Ilich actual, todo lo que entonces
había parecido alborozo se derretía ahora ante sus ojos y se trocaba en algo
trivial y a menudo mezquino.
y cuanto más se alejaba
de la infancia y más se acercaba al presente, más triviales y dudosos eran esos
alborozos. Aquello empezó con la Facultad de Derecho, donde aún había algo
verdaderamente bueno: había alegría, amistad, esperanza. Pero en las clases
avanzadas ya eran raros esos buenos momentos. Más tarde, cuando en el primer
período de su carrera estaba al servicio del gobernador, también hubo momentos
agradables: eran los recuerdos del amor por una mujer. Luego todo eso se tornó
confuso y hubo menos de lo bueno, menos más adelante, y cuanto más adelante
menos todavía.
Su casamiento... un
suceso imprevisto y un desengaño, el mal olor de boca de su mujer, la
sensualidad y la hipocresía. Y ese cargo mortífero y esas preocupaciones por el
dinero... y así un año, y otro, y diez, y veinte, y siempre lo mismo. Y cuanto
más duraba aquello, más mortífero era. «Era como si bajase una cuesta a paso
regular mientras pensaba que la subía. Y así fue, en realidad. Iba subiendo en
la opinión de los demás, mientras que la vida se me escapaba bajo los pies... Y
ahora todo ha terminado, ¡Y a morir!»
«Y eso qué quiere
decir? ¿A qué viene todo ello? No
puede ser. No puede ser
que la vida sea tan absurda y mezquina. Porque si efectivamente es tan absurda
y mezquina, ¿por qué habré de morir, y morir con tanto sufrimiento? Hay algo
que no está bien.»
«Quizá haya vivido como
no debía -se le ocurrió de pronto-. ¿Pero cómo es posible, cuando lo hacía todo
como era menester?»se contestó a sí mismo, y al momento apartó de sí, como algo
totalmente imposible, esta única explicación de todos los enigmas de la vida y
la muerte.
«Entonces qué quieres
ahora? ¿Vivir? ¿Vivir cómo? ¿Vivir como vivías en los tribunales cuando el
ujier del juzgado anunciaba: "jLlega el juez..." Llega el juez, llega
el juez -se repetía a sí mismo-. Aquí está ya. ¡Pero si no soy culpable! -exclamó
enojado-. ¿Por qué?» Y dejó de llorar, pero volviéndose de cara a la pared
siguió haciéndose la misma y única pregunta: ¿Por qué, a qué viene todo este
horror?
Pero por mucho que
preguntaba no daba con la respuesta. Y cuando surgió en su mente, como a menudo
acontecía, la noción de que todo eso le pasaba por no haber vivido como
debiera, recordaba la rectitud de su vida y rechazaba esa peregrina idea.
Pasaron otros quince
días. Ivan Ilich ya no se levantaba del sofá. No quería acostarse en la cama,
sino en el sofá, con la cara vuelta casi siempre hacia la pared, sufriendo los
mismos dolores incesantes y rumiando siempre, en su soledad, la misma cuestión
irresoluble: «¿Qué es esto? ¿De veras que es la muerte?» Y la voz interior le
respondía: «Sí, es verdad.» «¿Por qué estos padecimientos?» Y la voz respondía:
«Pues porque sí.» Y más allá de esto, y salvo esto, no había otra cosa.
Desde el comienzo mismo
de la enfermedad, desde que Ivan Ilich fue al médico por primera vez, su vida
se había dividido en dos estados de ánimo contrarios y alternos: uno era la
desesperación y la expectativa de la muerte espantosa e incomprensible; el otro
era la esperanza y la observación agudamente interesada del funcionamiento de
su cuerpo. Una de dos: ante sus ojos había sólo un riñón o un intestino que de
momento se negaban a cumplir con su deber, o bien se presentaba la muerte
horrenda e incomprensible de la que era imposible escapar.
Estos dos estados de
ánimo habían alternado desde el comienzo mismo de la enfermedad; pero a medida
que ésta avanzaba se hacía más dudosa y fantástica la noción de que el riñón
era la causa, y más real la de una muerte inminente.
Le bastaba recordar lo
que había sido tres meses antes y lo que era ahora; le bastaba recordar la
regularidad con que había estado bajando la cuesta para que se desvaneciera
cualquier esperanza.
Últimamente, durante la
soledad en que se hallaba, ¡ con la cara vuelta hacia el respaldo del sofá, esa
soledad en medio de una ciudad populosa y de sus numerosos conocidos y
familiares -soledad que no hubiera podido ser más completa en ninguna parte, ni
en el fondo del mar ni en la tierra-, durante esa terrible soledad Ivan Ilich
había vivido sólo en sus recuerdos del pasado. Uno tras otro, aparecían en su
mente cuadros de su pasado. Comenzaban siempre con lo más cercano en el tiempo
y luego se remontaban a lo más lejano, a su infancia, y allí se detenían. Si se
acordaba de las ciruelas pasas que le habían ofrecido ese día, su memoria le
devolvía la imagen de la ciruela francesa de su niñez, cruda y acorchada, de su
sabor peculiar y de la copiosa saliva cuando chupaba el hueso; y junto con el
recuerdo de ese sabor surgían en serie otros recuerdos de ese tiempo: la niñera,
el hermano, los juguetes. «No debo pensar en eso... Es demasiado penoso» -se
decía Ivan Ilich; y de nuevo se desplazaba al presente: al botón en el respaldo
del sofá y a las arrugas en el cuero de éste. «Este cuero es caro y se echa a
perder pronto. Hubo una disputa acerca de él. Pero hubo otro cuero y otra
disputa cuando rompimos la cartera de mi padre y nos castigaron, y mamá nos
trajo unos pasteles.» Y una vez más sus recuerdos se afincaban en la infancia,
y una vez más aquello era penoso e Ivan Ilich procuraba alejarlo de sí y pensar
en otra cosa.
Y de nuevo, junto con
ese rosario de recuerdos, brotaba otra serie en su mente que se refería a cómo
su enfermedad había progresado y empeorado. También en ello cuanto más lejos
miraba hacia atrás, más vida había habido. Más vida y más de lo mejor que la
vida ofrece. y una y otra cosa se fundían. «Al par que mis dolores iban
empeorando, también iba empeorando mi vida» -pensaba. Sólo un punto brillante
había allí atrás, al comienzo de su vida, pero luego todo fue ennegreciéndose y
acelerándose cada vez más. «En razón inversa al cuadrado de la distancia de la
muerte» -se decía. Y el ejemplo de una piedra que caía con velocidad creciente
apareció en su conciencia. La vida, serie de crecientes sufrimientos, vuela
cada vez más velozmente hacia su fin, que es el sufrimiento más horrible.
«Estoy volando...» Se estremeció, cambió de postura, quiso resistir, pero sabía
que la resistencia era imposible; y otra vez, con ojos cansados de mirar, pero
incapaces de no mirar lo que estaba delante de él, miró fijamente el respaldo
del sofá y esperó -esperó esa caída espantosa, el choque y la destrucción. «La
resistencia es imposible -se dijo-. ¡Pero si pudiera comprender por qué! Pero
eso, también, es imposible. Se podría explicar si pudiera decir que no he
vivido como debía. Pero es imposible decirlo» -se declaró a sí mismo,
recordando la licitud, corrección y decoro de toda su vida-. «Eso es
absolutamente imposible de admitir -pensó, con una sonrisa irónica en los
labios como si alguien pudiera verla y engañarse-. ¡No hay explicación!
Sufrimiento, muerte... ¿Por qué?»
Así pasaron otros
quince días, durante los cuales sucedió algo que Ivan Ilich y su mujer venían
deseando: Petrischev hizo una petición de mano en debida forma. Ello ocurrió ya
entrada una noche. Al día siguiente Praskovya Fyodorovna fue a ver a su marido,
pensando en cuál sería el mejor modo de hacérselo saber, pero esa misma noche
había habido otro cambio, un empeoramiento en el estado de éste. Praskovya
Fyodorovna le halló en el sofá, pero en postura diferente. Yacía de espaldas,
gimiendo y mirando fijamente delante de sí.
Praskovya Fyodorovna
empezó a hablarle de las medicinas, pero él volvió los ojos hacia ella y esa
mirada -dirigida exclusivamente a ellaexpresaba un rencor tan profundo que
Praskovya Fyodorovna no acabó de decirle lo que a decirle había venido.
-¡Por los clavos de
Cristo, déjame morir en paz! -dijo él.
Ella se dispuso a
salir, pero en ese momento entró la hija y se acercó a dar los buenos días. Él
miró a la hija igual que había mirado a la madre, y a las preguntas de aquélla
por su salud contestó secamente que pronto que. darían libres de él. Las dos
mujeres callaron, estuvieron sentadas un ratito y se fueron.
-¿Tenemos nosotras la
culpa? -preguntó Liza a su madre-. ¡Es como si nos la echara! Lo siento por
papá, ¿pero por qué nos atormentaa?
Llegó el médico a la
hora de costumbre. Ivan Ilich contestaba «sí» y «no» sin apartar de él los ojos
cargados de inquina, y al final dijo:
-Bien sabe usted que no
puede hacer nada por mí; conque déjeme en paz.
-Podemos calmarle el
dolor -respondió el médico. -Ni siquiera eso. Déjeme.
El médico salió a la
sala y explicó a Praskovya Fyodorovna que la cosa iba mal y que el único
recurso era el opio para disminuir los dolores, que debían de ser terribles.
Era cierto lo que decía
el médico, que los dolores de Ivan Ilich debían de ser atroces; pero más
atroces que los físicos eran los dolores morales, que eran su mayor tormento.
Esos dolores morales
resultaban de que esa noche, contemplando el rostro soñoliento y bonachón de
Gerasim, de pómulos salientes, se le ocurrió de pronto: «¿Y si toda mi vida, mi
vida consciente, ha sido de hecho lo que no debía ser?»
Se le ocurrió ahora que
lo que antes le parecía de todo punto imposible, a saber, que no había vivido
su vida como la debía haber vivido, podía en fin de cuentas ser verdad. Se le
ocurrió que sus. tentativas casi imperceptibles de bregar contra lo que la
gente de alta posición social consideraba bueno -tentativas casi imperceptibles
que había rechazado inmediatamentehubieran podido ser genuinas y las otras
falsas. y que su carrera oficial, junto con su estilo de vida, su familia, sus
intereses sociales y oficiales... todo eso podía haber sido fraudulento.
Trataba de defender todo ello ante su conciencia. Y de pronto se dio cuenta de
la debilidad de lo que defendía. No había nada que defender.
«Pero si es así -se
dijo-, si salgo de la vida con la conciencia de haber destruido todo lo que me
fue dado, y es imposible rectificarlo, ¿entonces qué?» Se volvió de espaldas y
empezó de nuevo a pasar revista a toda su vida. Por la mañana, cuando había visto
primero a su criado, luego a su mujer, más tarde a su hija y por último al
médico, cada una de las palabras de ellos, cada uno de sus movimientos le
confirmaron la horrible verdad que se le había revelado durante la noche. En
esas palabras yesos movimientos se vio a sí mismo, vio todo aquello para lo que
había vivido, y vio claramente que no debía haber sido así, que todo ello había
sido una enorme y horrible superchería que le había ocultado la vida y la
muerte. La conciencia de ello multiplicó por diez sus dolores físicos. Gemía y
se agitaba, y tiraba de su ropa, que parecía sofocacle y oprimirle. Y por eso
los odiaba a todos.
Le dieron una dosis
grande de opio y perdió el conocimiento, pero a la hora de la comida los
dolores comenzaron de nuevo. Expulsó a todos de allí y se volvía continuamente
de un lado para otro...
Su mujer se acercó a él
y le dijo:
-Jean, cariño, hazlo por mí
(¿por mí?). No puede perjudicarte y con frecuencia sirve de ayuda. ¡Si no es
nada! Hasta la gente que está bien de salud lo hace a menudo...
Él abrió los ojos de
par en par. -¿Qué? ¿Comulgar? ¿Para qué? ¡No es necesario! Pero por otra
parte...
Ella rompió a llorar.
-Sí, hazlo, querido. Mandaré por nuestro sacerdote. Es un hombre tan bueno...
-Muy bien. Estupendo
-contestó, él.
Cuando llegó el
sacerdote y le confesó, Ivan Ilich se calmó y le pareció sentir que se le
aligeraban las dudas y con ello sus dolores, y durante un momento tuvo una
punta de esperanza. Volvió a pensar en el apéndice y en la posibilidad de
corregirlo. y comulgó con lágrimas en los ojos.
Cuando volvieron a
acostarle después de la comunión tuvo un instante de alivio y de nuevo brotó la
esperanza de vivir. Empezó a pensar en la operación que le habían propuesto.
«Vivir, quiero vivir» -se dijo. Su mujer vino a felicitarle por la comunión con
las palabras habituales y agregó:
-¿Verdad que estás
mejor? Él, sin mirarla, dijo «sí».
El vestido de ella, su
talle, la expresión de su cara, el timbre de su voz... todo ello le revelaba lo
mismo: «Esto no está como debiera. Todo lo que has vivido y sigues viviendo es
mentira, engaño, ocultando de ti la vida y la muerte.» Y tan pronto como pensó
de ese modo se dispararon de nuevo su rencor y sus dolores físicos, y con ellos
la conciencia del fin próximo e ineludible. y a ello vino a agregarse algo
nuevo: un dolor punzante, agudísimo, y una sensación de ahogo.
La expresión de su
rostro cuando pronunció ese «sí» era horrible. Después de pronunciarlo, miró a
su mujer fijamente, se volvió boca abajo con energía inusitada en su débil
condición, y gritó:
-¡Vete de aquí, vete!
¡Déjame en paz!
A partir de ese momento
empezó un aullido que no se interrumpió durante tres días, un aullido tan atroz
que no era posible oírlo sin espanto a través de dos puertas. En el momento en
que contestó a su mujer Ivan Ilich comprendió que estaba perdido, que no había
retorno posible, que había llegado el fin, el fin de todo, y que sus dudas
estaban sin resolver, seguían siendo dudas.
-¡Oh, oh, oh! -gritaba
en varios tonos. Había empezado por gritar «¡No quiero!» y había continuado
gritando con la letra O.
Esos tres días, durante
los cuales el tiempo no existía para él, estuvo resistiendo en ese saco negro
hacia el interior del cual le empujaba una fuerza invisible e irresistible.
Resistía como resiste un condenado a muerte en manos del verdugo, sabiendo que
no puede salvarse; y con cada minuto que pasaba sentía que, a despecho de j
todos sus esfuerzos, se acercaba cada vez más a lo que tanto le aterraba. Tenía
la sensación de que su tormento se debía a que le empujaban hacia ese agujero
negro y, aún más, a que no podía entrar sin esfuerzo en él. La causa de no
poder entrar de ese modo era el convencimiento de que su vida había sido buena.
Esa justificación de su vida le retenía, no le dejaba pasar adelante, y era el
mayor tormento de todos.
De pronto sintió que
algo le golpeaba en el pecho y el costado, haciéndole aún más difícil respirar;
fue cayendo por el agujero y allá, en el fondo, había una luz. Lo que le
ocurría era lo que suele ocurrir en un vagón de ferrocarril cuando piensa uno
que va hacia atrás y en realidad va hacia delante, y de pronto se da cuenta de
la verdadera dirección.
«Sí, no fue todo como
debía ser -se dijo-, pero no importa. Puede serio. ¿Pero cómo debía ser?» -se
preguntó y de improviso se calmó.
Esto sucedía al final
del tercer día, un par de horas antes de su muerte. En ese momento su hijo, el
colegial, había entrado calladamente y se había acercado a su padre. El
moribundo seguía gritando desesperadamente y agitando los brazos. Su mano cayó
sobre la cabeza del muchacho. Éste la cogió, la apretó contra su pecho y rompió
a llorar.
En ese mismo momento
Ivan Ilich se hundió, vio la luz y se le reveló que, aunque su vida no había
sido como debiera haber sido, se podría corregir aún. Se preguntó: «¿Cómo debe
ser?» y calló, oído atento. Entonces notó que alguien le besaba la mano. Abrió
los ojos y miró a su hijo. Tuvo lástima de él. Su mujer se le acercó. Le miraba
con los ojos abiertos, con huellas de lágrimas en la nariz y las mejillas y un
gesto de desesperación en el rostro. Tuvo lástima de ella también.
«Sí, los estoy
atormentando a todos -pensó-. Les tengo lástima, pero será mejor para ellos
cuando me muera.» Quería decirles eso, pero no tenía fuerza bastante para
articular las palabras. «¿Pero, en fin de cuentas, para qué hablar? Lo que debo
es hacer» -pensó. Con una mirada a su mujer apuntó a su hijo y dijo:
-Llévatelo... me da
lástima... de ti también... -Quiso decir asimismo «perdóname», pero dijo
«perdido», y sin fuerzas ya para corregirlo hizo un gesto de desdén con la
mano, sabiendo que Aquél cuya comprensión era necesaria lo comprendería.
Y de pronto vio claro
que lo que le había estado sujetando y no le soltaba le dejaba escapar sin más
por ambos lados, por diez lados, por todos los lados. Les tenía lástima a
todos, era menester hacer algo para no hacerles daño: liberarlos y liberarse de
esos sufrimientos. «¡Qué hermoso y qué sencillo! -pensó-. ¿Y el dolor? -se
preguntó-. ¿A dónde se ha ido? A ver, dolor, ¿dónde estás?»
Y prestó atención.
«Sí, aquí está. Bueno,
¿y qué? Que siga ahí.» «y la muerte... ¿dónde está?»
Buscaba su anterior y
habitual temor a la muerte y no lo encontraba. «¿Dónde está? ¿Qué muerte?» No
había temor alguno porque tampoco había muerte.
En lugar de la muerte
había luz.
-¡Conque es eso! -dijo
de pronto en voz alta-. ¡Qué alegría!
Para él todo esto ocurrió
en un solo instante, y el significado de ese instante no se alteró. Para los
presentes la agonía continuó durante dos horas más. Algo borbollaba en su
pecho, su cuerpo extenuado se crispó bruscamente, luego el borbolleo y el
estertor se hicieron menos frecuentes.
-¡Éste es el fin! -dijo
alguien a su lado.
Él oyó estas palabras y
las repitió en su alma. «Éste es el fin de la muerte» -se dijo-. «La muerte ya
no existe.» Tomó un sorbo de aire, se detuvo en medio de un suspiro, dio un
estirón y murió.
Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer
deseándola, ya cometió adulterio con ella en el corazón.
Si, pues, tu ojo derecho te escandaliza, sácatelo
y arrójalo de ti, porque mejor es que perezca uno de tus miembros, que no que
todo tu cuerpo sea arrojado a la “gehnma”.
Y si tu mano derecha te escandaliza, córtatela y
arrójala de ti, porque mejor te es que uno de tus miembros perezca, que no que
todo el cuerpo sea arrojado a la “gehnma”.
A Evgueni Irténev le
esperaba una espléndida carrera. Lo tenía todo para que así fuese. La excelente
educación recibida en casa, los brillantes estudios en la Facultad de Derecho
de la universidad de Petesburgo, las amistades que su padre, muerto hacía poco,
había tenido en las esferas más altas de la sociedad, y hasta el comienzo de su
servicio en el ministerio bajo la protección del ministro. Disponía también de
bienes de fortuna, incluso de una gran fortuna, aunque esto resultaba dudoso.
El padre, que había vivido en el extranjero y en Petesburgo, daba seis mil
rublos anuales a cada uno de los hijos, a Evgueni y al primogénito, Andrei,
oficial de caballería de la guardia, mientras que la madre y él derrochaban el
dinero a manos llenas. Sólo durante el verano, por dos meses, iba a la finca,
pero no se dedicaba a los asuntos de la hacienda, dejándolo todo en manos de un
administrador circunstancial que tampoco se ocupaba de estos asuntos, pro en el
que tenía absoluta confianza.
Después de la muerte
del padre, cuando los hermanos quisieron repartir la herencia, resultó que
había tantas deudas, que el apoderado llegó a aconsejarles que se quedasen con
la finca de la abuela, valorada en cien mil rublos, y renunciasen al resto. Mas
un terrateniente vecino, que había tenido tratos con el viejo Irténev, es
decir, que poseía un pagaré con la firma de éste y había acudido a Petesburgo
para hacerlo efectivo, dijo que, a pesar de las deudas, la cosa podría
arreglarse y conservar una parte muy considerable de los bienes. Bastaba vender
el bosque y algunos terrenos baldíos, y conservar lo principal, Semeónovskoe,
con sus cuatro mil desiatinas de tierras negras, la fábrica de azúcar y las
doscientas desiatinas de prados; eso sí, sería preciso consagrarse por entero a
esta obra, irse a vivir al campo y administra la hacienda con sensatez e
inteligencia.
Y Evgueni, que aquella
primavera (su padre había muerto en la cuaresma) había ido a la finca y pudo
verlo todo, decidió presentar la dimisión, irse a vivir al campo con su made y
dedicarse a este trabajo al objeto de conservar lo principal. Con su hermano,
con quien no se llevaba muy bien, hizo lo siguiente: se comprometió a
entregarle cuatro mil rublos anuales, o una suma de ochenta mil, a cambio de lo
cual el otro renunciaba a su parte de la herencia.
Así lo hizo, y, una vez
se hubo trasladado con su madre aquel caserón, se consagró, con calor y al
mismo tiempo con cautela, a los asuntos de la finca.
De ordinario se piensa
que los conservadores más vulgares son los viejos y que los innovadores son
jóvenes. Esto no es muy justo. Los conservadores más vulgares son los jóvenes.
Los jóvenes que quieren vivir, pero que no piensan ni tiene tiempo para pensar
en cómo hay que vivir, y que por eso toman como modelo lo que han encontrado.
Así le ocurrió a
Evgueni. Cuando se vio en el campo, su sueño y su ideal se cifraban en
resucitar la forma de vida que había conocido con su abuelo, y no con su padre,
que era un mal administrador. Y ahora, tanto en la casa como en el jardín y en
la hacienda, trató de hacer resurgir, con los cambios propios del tiempo, se
entiende, el espíritu general de la vida del abuelo: todo a lo grande,
abundancia, orden y buena organización. Mas, para alcanzar esta vida, hacía
falta trabajar de firme: había que dar satisfacción a los acreedores y a los
bancos, y para vender parte de la tierra y conseguir una demora en los pagos
era necesario conseguir dinero, a fin de seguir la explotación, parte en
arriendo y parte con braceros, de la enorme hacienda de Semiónovskoe, con sus
cuatro mil desiatinas de tierra de labor y su fábrica de azúcar; también hacía
falta mantener en buen estado, sin señales de abandono y decadencia, la casa y
el jardín.
El trabajo era mucho,
pero a Evgueni no le faltaban las energías, tanto físicas como espirituales.
Tenía veintiséis años, era de estatura mediana, de vigorosa complexión, con los
músculos desarrollados por la gimnasia, sanguíneo, de mejillas muy coloradas,
con fuertes dientes y labios y un cabello poco espeso, suave y rizado. Su único
defecto físico era la miopía, que él mismo se había producido con el empeño de
usar gafas, ya hora ya no podía prescindir de los lentes, que empezaban a
marcar su huella en el caballete de la nariz. Tal era físicamente. En el
aspecto moral, cuanto más se le conocía, más cariño se le tomaba. Siempre había
sido el preferido de la madre, y ésta, después de la muerte del marido, había
concentrado en él no sólo su afecto, sino su vida entera. Y no era sólo la
made. Sus compañeros del gimnasio y la universidad siempre le tuvieron
particular afecto y respeto. Idéntica impresión producía en todos. Era
imposible no creer lo que decía. Era imposible supone el engaño, la mentira en
aquella cara abierta y honrada y, principalmente, en aquellos ojos.
En general, su
personalidad le ayudaba mucho en los negocios. El acreedor que se hubiese
negado a las peticiones de otro, creía sus palabras. El empleado de la oficina
o el mujik que a otro habrían jugado una mala pasada o le habrían engañado, no
lo hacían bajo la agradable impresión de aquel hombre bueno, sencillo y, sobre
todo, franco.
Era a fines de mayo.
Mal que bien, Evgueni arregló en la cuidad el asunto de la exención de
impuestos de los baldíos a fin de proceder a venderlos a un mercader y tomar de
este mismo un préstamo para renovar el ganado de labor y los aperos. Y, en
primer término, para iniciar la necesaria construcción de la alquería. La
empresa parecía ponerse en marcha. Traían madera, los carpinteros estaban
trabajando y habían sido llevadas al campo ochenta cargas de estiércol, pero de
momento todo pendía de un hilo.
En plenos trabajos se
presentó una circunstancia que, aunque no grave, no cesaba de atormentar a
Evgueni. Hasta entonces había vivido como todos los hombre jóvenes, sanos y
solteros; es decir, había tenido relación con distintas mujeres. No rea un
libertino, pero tampoco era, como él mismo decía, un fraile. Y se entregaba a
ello sólo en la medida en que resultaba imprescindible para su salud y su
libertad intelectual, según él afirmaba. Esto había empezado a los dieciséis
años. Y desde entonces todo había marchado felizmente, en el sentido de que no
se había entregado a la depravación, no se había apasionado ni una sola vez y
nunca había estado enfermo. En un principio, en Petesburgo, había tenido una
costurera; luego ésta perdió sus encantos y él se las arregló de otro modo.
Esta cuestión estaba tan asegurada, que no le producía inquietudes.
Pero he aquí que
llevaba en el campo ya más de un mes y no sabía en absoluto qué hacer. La
abstinencia forzosa empezaba a repercutir en él desfavorablemente. ¿Es que
tendría que ir a la ciudad para esto? ¿Y dónde? ¿Cómo? Eso era lo único que
preocupaba a Evgueni Irténev, y como estaba seguro de que le era necesario, se
le hizo realmente necesario, y sentía que no se veía libre de ello y que,
contra su voluntad, los ojos se le iban tras cualquier mujer joven.
Consideraba algo
indigno entenderse en su misma aldea con una casada o una moza. Había oído
contar que lo mismo su padre que su abuelo habían portado en este sentido de
manera muy diferente a como la generalidad de los propietarios de aquel tiempo,
y nunca se permitieron libertad alguna con sus siervas; decidió, pues, que no
lo haría. Pero luego, sintiéndose cada vez más atado e imaginándose con terror
lo que podía ocurrirle en una ciudad de mala muerte, considerando además que ya
no se trataba de siervas, llegó a la conclusión de que también en su aldea era
posible. Lo único que debía procurar era que no lo supiera nadie; lo haría, no
por espíritu de libertinaje, sino para conservar la salud, según se decía. Y
cuando lo hubo decidido se sintió aún más inquieto; al hablar con los muijks o
con el carpintero, sin darse cuenta, sacaba la conversación sobre mujeres, y si
la conversación versaba sobre mujeres, la mantenía de buen grado. Cada vez se
le iban más los ojos tras ellas.
Pero decidir el asunto
en su fuero interno era una cosa y ejecutarlo era otra. Acercarse él mismo a
una mujer resultaba imposible. ¿A cuál? ¿Dónde? Tenía que buscar un
intermediario, pero ¿a quién recurrir?
En una ocasión llegó a
beber agua en la casa de su guara forestal. Éste era un antiguo ojeador de su
padre. Evgueni Irténev trabó conversación con él y el guarda le contó viejas
historias de juergas corridas en las cacerías. A Evgueni Irténev se le ocurrió
que resultaría bien organizar el asunto allí, en la casa del guarda o en el
bosque. Lo único que no sabía era cómo hacerlo y si el viejo Danila lo
aceptaría. “Se puede escandalizar, y yo quedaría cubierto de vergüenza, pero es
muy posible que acepte.” Así pensaba, escuchando lo que Danila le contaba. Éste
le habó de cómo se encontraban en un campo alejado, de la mujer del diácono, y
de cómo él la había llevado a Priánichnikov.
“Se lo puedo decir”,
pensó Evgueni.
―Su padre, que en
gloria esté, no hacía esas estupideces.
“No, no es posible”,
pensó Evgueni, mas, para tantear el terreno, dijo:
―¿Y cómo te ocupabas tú
de unos asuntos tan feos?
―¿Qué tiene eso de
malo? Ella quedó contenta y mi Fiódor Zajárich satisfechísimo. Me dio un rublo.
¿Qué iba a hacer él? También era persona. Le gustaba el vino.
“Sí, se lo puedo
decir”, pensó Evgueni, e inmediatamente puso manos a la obra.
―¿Sabes, Danila? –dijo
sintiendo que se ponía todo colorado. –Yo no puedo más.
Danila sonrió.
―Después de todo, no
soy fraile; estoy acostumbrado.
Advirtió que todo
cuanto decía era estúpido, pero se alegró porque Danila se manifestó conforme.
―Podría habérmelo dicho
antes; eso se puede arreglar –asintió. –Lo único que tiene que decirme es cuál
prefiere.
―Eso me es lo mismo. Claro,
como se comprende, que no sea fea ni esté enferma.
―Entiendo –picó Danila,
que se quedó pensando. –Hay una buena –empezó; y Evgueni enrojeció de nuevo.
–Muy buena. Verá, este otoño la vieron –y Danila bajó la voz hasta convertirla
en un susurro, ―y él no puede hacer nada. A un ojeador es algo que le cuesta
muy poco.
Evgueni incluso arrugó
la frente de vergüenza.
―No, no –dijo. –No es
eso lo que busco. Al contrario ―¿qué podría ser lo contrario? –al contrario, lo
único que yo necesito es que no padezca enfermedades; no quiero líos: la mujer
de un soldado o algo por el estilo...
―Comprendo. Quiere
decirse que la que le conviene es la Stepanida. Su marido está en la ciudad, lo
mismo que si fuese un soldado. Y la mujer está bien, es limpia. Quedará
contento. Le hablaré…
―¿Cuándo podría ser?
―Mañana mismo. Tengo
que ir a comprar tabaco y me acercaré a verla. Usted venga a la hora de la
comida, o vaya al baño, al otro lado del huerto. No habrá nadie. Además, a la
hora e la comida todos se quedan en casa a dormir la siesta.
―Está bien.
En el camino de vuelta,
una extraña agitación se apoderó de Evgueni. ¿Cómo resultará? ¿Cómo será la tal
campesina? Puede ser una mujer fea, espantosa. Pero no, suelen ser bonitas –se
decía, recordando a las que había mirado de reojo. ―¿Qué voy a decir, qué haré?
Estuvo inquieto la
jornada entera; al día siguiente, a la doce, se acercó a la casa del guarda.
Danila le esperaba en la puerta y con un gesto significativo le señaló hacia el
bosque. Evgueni sintió que la sangre le afluía al corazón y se dirigió al huerto.
No había nadie. Se llegó al baño, tampoco; echó un vistazo dentro, salió y en
eso oyó el ruido de una rama que se partía. Miró alrededor: ella se encontraba
entre los árboles, al otro lado del barranco. Se lanzó en esa dirección. En el
barranco había muchas ortigas, de las que él no se había dado cuenta.
Procurando evitarlas, perdiendo los lentes, que se le escaparon de la nariz,
subió a la parte opuesta del barranco. Con una blusa blanca, bordada, una falda
de color rojo oscuro y un pañuelo de un rojo vivo, descalza, lozana, firme y
hermosa, le sonreía tímidamente.
―Hay un sendero ahí;
podía haber dado la vuelta –le dijo. –Hace tiempo que espero.
Evgueni se acercó a
ella, la contempló, adelantó las manos…
Un cuarto de hora
después de apartaban. Él se puso los lentes, se acercó a la casa del guarda y,
a la pregunta de Danila de si había quedado satisfecho, le dio un rublo y se
dirigió a su casa.
Sí, estaba satisfecho.
Había sentido vergüenza en un principio. Luego había pasado. Y todo había
resultado bien. Sobre todo, ahora se sentía tranquilo y animoso. Ni siquiera se
había parado a mirarla debidamente. Recordaba que era limpia, lozana, guapa y
sencilla, sin afectación alguna. “¿Quién será? –se preguntaba. –Ha dicho que se
llama Péchnikova. ¿Qué Péchnikova? Porque los Péchnikova tienen dos casas. Debe
ser la nuera del viejo Mijailo. Sí, seguramente. Porque su hijo vive en Moscú.
Cuando venga la ocasión se lo preguntaré a Danila.”
A partir de entonces
desapareció aquel punto, que tan enojoso le era, de la vida en el campo: la
forzosa abstinencia. No se turbaba ya la libertad de pensamiento de Evgueni,
que podía dedicarse tranquilamente a sus asuntos.
Y los asuntos de que
Evgueni se había hecho cargo no eran nada fáciles: a veces pensaba que no
conseguía sus propósitos y que acabaría por vender la finca, que todos sus
esfuerzos resultarían vanos y sobre todo, que habría sido incapaz de llevar a
buen término la empresa. Esto era lo que más le inquietaba. Apenas lograba
tapar un agujero, se abría otro por donde menos los esperaba.
No cesaban de aparecer
nuevas y nuevas deudas de su padre, de las que hasta entonces no había tenido
noticia. Se veía que el difunto, en los últimos tiempos, había tomado dinero
sin reparar en las condiciones. En mayo, cuando se procedió al reparto, Evgueni
pensaba que había acabado de ponerse al tanto de todo. Pero de pronto, mediado
del verano, recibió una carta de cierta viuda Esípova, de la que existía otra
deuda de doce mil rublos. No había pagaré: se trataba de una simple esquela
que, según el apoderado, se podía impugnar. Pero Evgueni no concebía siquiera
que pudiese negarse a saldar una deuda de su padre, si la deuda era real, por
la simple razón de que se tratase de un documento impugnable. Necesitaba saber
si la deuda era efectiva, segura.
―Mamá, ¿quién es
Karelia Vladímirovna Esípova? –preguntó a su madre cuando, como de ordinario,
se reunieron a la hora de la comida.
―¿Esípova? Era ahijada
del abuelo. ¿Por qué me lo preguntas?
Evgueni habló a su
madre de la carta.
―Me hago cruces de cómo
no le da vergüenza. Tanto como le dio tu padre…
―¿Le debemos algo?
―¿Cómo decírtelo? No
hay deuda; a tu padre, movido por su infinita bondad…
―¿Pero lo consideraba
papá como una deuda?
―No puedo decírtelo. No
lo sé. Lo que sé es que tú te ves en grandes dificultades.
Evgueni vio que la
propia María Pávlovna no sabía qué decir y ella misma trataba de averiguar su
parecer.
―Lo que deduzco de todo
esto es que hay que pagar –dijo el hijo. –Mañana iré a hablar con ella; el
asunto no puede demorarse.
―Me da mucha pena por
ti. Pero, ¿sabes?, será mejor. Dile que debe esperar –añadió María Pávlovna, al
parecer satisfecha y orgullosa de la decisión del hijo.
La situación de Evgueni
se agravaba por el hecho de que su madre, que vivía con él, no se daba la menor
cuenta del estado n que el hijo se encontraba. Estaba tan acostumbraba a vivir
a lo grande, que no podía imaginarse la situación en que él se hallaba, es
decir, que cualquier día las cosas podían ponerse de tal modo que debería
venderlo todo y vivir y mantener a su madre exclusivamente con el sueldo, que,
como mucho, no pasaría de dos mil rublos. Ella no podía comprender que de esa
situación únicamente podían salir reduciendo al máximo los gastos, y por eso no
se le alcanzaba que Evgueni escatimase tanto es los pequeños dispendios
referentes a los jardineros, a los cocheros, a la servidumbre y hasta a la
mesa. Además, como la mayoría de las viudas, guardaba hacia la memoria del
difunto un sentimiento de veneración muy distinto al que sintió por él en vida,
y no admitía siquiera la idea de que lo que hizo él pudiera haber estado mal
hecho y debiera cambiarse.
Evgueni, a costa de
grandes esfuerzos, mantenía el jardín y el invernadero, con dos jardineros, y
las caballerizas, con tros dos cocheros. En cuanto a María Pávlovna, pensaba
ingenuamente que no quejándose de la mesa, atendida por un viejo cocinero, de que
los caminos del parque estuviesen descuidados y de que en vez de varios lacayos
no tuviera a su servicio más que un mozalbete, hacía cuanto al alcance de una
madre que se sacrificaba por su hijo. Así, en esta nueva deuda, en la que
Evgueni veía un golpe que casi venía a desbaratar todos sus planes, María
Pávlovna no veía más que una nueva ocasión de poner de manifiesto los nobles
sentimientos de su hijo. Tampoco se preocupaba gran cosa de la situación
económica de Evgueni, por estar convencida de que él conseguiría hacer una boda
brillante. Conocía a una docena e familias que se consideraban muy felices
dándole una hija suya. Y deseaba arreglar eso cuanto antes.
También Evgueni soñaba
con la boda, pero no como su madre: la idea de casarse para arreglar sus
asuntos económicos le repugnaba. Quería casarse honradamente, por amor. Se
fijaba en las muchachas que encontraba y conocía, trataba de imaginarse cómo
podría resultar el matrimonio con una u otra, pero su mente no acababa de
decidirse. Mientras tanto, cosa que no hubiera podido esperar, sus relaciones
con Stepanida proseguían y hasta habían adquirido cierto carácter fijo. Evgueni
estaba lejos del libertinaje, se le hacía tan duro llevar todo eso en secreto,
algo que (él lo sentía) estaba mal, que de ningún modo podía aceptarlo, y ya
después de la primera entrevista se había hecho el propósito de no ver más a
Stepanida; pero resultó que al cabo de cierto tiempo apareció en él la
inquietud que atribuía a la causa antes explicada. Y la inquietud esta vez no
era ya algo impersonal. Se imaginaba precisamente aquellos ojos negros y
brillantes, aquella voz profunda, aquel olor algo lozano y fuerte, aquel pecho
alto que se levantaba bajo la blusa y todo aquel bosquecillo de nogales y arces
bañados por una luz clara. Por mucho reparo que le diese, volvió a recurrir a
Danila. Y la entrevista quedó fijada de nuevo para el medio día en el bosque.
Esta vez Evgueni la miró más y todo le pareció atrayente. Trató de conversar
con ella, le preguntó por su marido. En efecto, era el hijo de Mijailo, que
vivía en Moscú ganándose la vida como cochero.
―¿Y cómo es que tú…?
–Evgueni quiso preguntar por qué hacía traición a su marido.
―¿A qué se refiere?
–peguntó ella. Parecía inteligente y perspicaz.
―¿Cómo es que vienes
conmigo?
―¡Ah! –replicó
alegremente. –También él se divertirá. ¿Por qué no voy a hacerlo yo?
El descaro que fingía
agradó también a Evgueni. No obstante, no quiso entonces convenir una nueva
cita. Ni siquiera lo aceptó cuando le propuso que se viesen sin recurrir a
Danila, a quien ella parecía tener antipatía. Esperaba que esta entrevista
fuera la última. Le agradaba. Pensaba que esto le era necesario y que en ello
no había nada malo; pero en el fondo de su alma e levantaba un juez más severo
que no acababa de aprobarlo, y esperaba que esta sería la última vez, o, al
menos, no quería participar en el asunto y convenirlo por anticipado.
Así transcurrió el
verano, durante el cual se vieron unas diez veces, y siempre por intermedio de
Danila. Hubo una ocasión en que ella no podía acudir porque había venido su
marido y Danila le propuso otra. Evgueni lo rechazó con repugnancia. Luego el
marido se fue y las entrevistas se reanudaron como antes, primero a través de
Danila y más tarde ya directamente: el fijaba una hora y ella acudía con la
Prójorova, pues una mujer no podía salir sola. Cierta vez, precisamente a la
hora que habían convenido, llegó a visitar a María Pávlovna la familia de la
muchacha que la madre tenía pensada para Evgueni, y a éste le fue imposible
acudir a tiempo en cuanto pudo verse libre, salió con el pretexto de acercarse
a la era y, dando la vuelta por un sendero, se dirigió al bosque, al lugar de
la cita. No la encontró. Pero en el lugar de costumbre todo había sido roto y
pisoteado; los alisos, los nogales y hasta un arce bastante grueso. Inquieta y
enfadada, como en broma, había dejado este recuerdo. Él esperó un rato y se
acercó en busca de Danila para pedirle que la hiciera venir al día siguiente.
Ella acudió y se comportó como en otras ocasiones.
Así pasó el verano. Se
citaban siempre en el bosque y sólo una vez, ya de cara al otoño, se vieron en
el cobertizo de la era de Stepanida. A Evgueni nunca se leo ocurrió que estas
relaciones pudieran tener para él la menor importancia. Ni siquiera pensaba en
ella. Le daba dinero y a eso se reducía todo. No sabía ni pensaba que en toda
la aldea estaba ya al tanto y que la envidiaban; que sus familiares se hacían
cargo del dinero y la estimulaban; que, bajo la influencia del dinero y de la
participación de la gente de su casa, en ella había desaparecido por completo
la idea de que se trataba de algo pecaminoso. Le parecía que, si la gente la
envidiaba, estaba bien lo que hacía.
“Hay que hacerlo en
vistas de la salud –pensaba Evgueni. –Admitamos que está mal y que, aunque
nadie dice nada, lo saben todos o muchos. Lo sabe la mujer que la acompaña. Y
seguramente lo ha contado a otros. Pero ¿qué le vamos a hacer? Procedo mal
–pensaba Evgueni, ―pero no hay otro remedio; además, esto se acabará pronto.”
Lo que más le turbaba
era que estuviese casada. En un principio se imaginaba que el marido debía ser
una mala persona; y esto parecía justificar su acción hasta cierto punto. Pero
al verlo quedó asombrado. Era un buen mozo presumido y de seguro resultaba mejo
que él mismo. En la siguiente entrevista con ella le dijo que lo había visto y
que le había agradado mucho.
―En toda la aldea no
hay otro como él –asintió ella con orgullo.
Esto produjo asombro a
Evgueni. La idea del marido le atormentó todavía más a partir de entonces. En
una ocasión, estando con Danila, éste le dijo abiertamente:
―Mijailo me ha
preguntado si es verdad que el señor vive con la mujer de su hijo. Yo le he
dicho que no lo sabía. Además, le he explicado que es preferible que viva con
el señor que con un mujik.
―¿Y él?
―Nada; ha dicho que
haría por enterarse y que si resultaba cierto le daría una paliza.
“Si el marido volviese,
la dejaría”, pensó Evgueni.
Pero el marido vivía en
la ciudad y de momento seguían las relaciones.
“Cuando sea necesario
lo cortaré todo y no quedará nada”, pensaba.
También le parecía esto
indudable, porque durante el verano le habían ocupado otras muchas cosas: la
organización de la nueva alquería, la recolección, las obras y, sobre todo, el
pago de las deudas y la venta de los terrenos baldíos. Se trataban de cuestiones
que absorbían su atención y en las que pensaba en acostarse y levantarse. Esto
constituía la auténtica vida. Las relaciones con Stepanida eran algo que no
dejaba en él la menor huella. Cierto que a veces experimentaba el deseo de
verla hasta tal punto, que no podía pensar en otra cosa, pero eso duraba poco;
convenía una cita y de nuevo la olvidaba, sin acordarse de ella durante varias
semana, a veces hasta un mes.
Aquel otoño Evgueni
acudió a menudo a la ciudad, y allí intimó con la familia de los Ánmenski.
Estos tenían una hija que acababa de salir del instituto. Y aquí, con gran
dolor de María Pávlovna, según sus propias palabras, Evgueni se vendió a bajo
pesio, se enamoró de Lisa Ánmenskaia y pidió su mano.
Coincidiendo con ello
cesaron las relaciones con Stepanida.
No es posible explicar
por qué Evgueni eligió a Lisa Ánmenskaia, de la mima manera que no es posible
explicar por qué el hombre elige a una mujer y no a otra. Las causas eran
infinitas, lo mismo positivas que negativas. Entre otros factores, ella no era muy
rica, como las que su madre le proponía, era ingenua y tímida en las relaciones
con su madre y no era ni fea ni una belleza que llamase la atención. Lo
principal de todo fue que la conoció en un período en que él estaba maduro para
la boda. Se enamoró porque estaba seguro de que se casaría con ella.
En un principio Lisa
Ánmenskaia agradaba simplemente a Evgueni, pero cuando se decidió a hacerla su
esposa se despertó en él un sentimiento mucho más fuerte, sintió que se había
enamorado.
Lisa era una mujer
alta, fina y larga. Todo en ella era largo: la cara, la nariz, aunque no hacia
delante, sino a lo largo del rostro, los dedos, los pies. Su tez era delicada,
blanca, un tanto amarilla, suavemente sonrosa; sus cabellos eran largos, rubios,
suaves y rizaos; sus ojos eran hermosos, claros, tímidos y confiados. Estos
ojos fueron lo que más atrajo a Evgueni. Y cuando pensaba en Lisa, siempre veía
ante él esos ojos claros, tímidos y confiados.
Así era en el aspecto
físico; espiritualmente no sabía nada de ella, lo único que veía eran sus ojos.
Y estos ojos parecían decirle cuanto necesitaba saber. Tal era el sentido de
aquellos ojos.
Desde su ingreso en el
instituto, a los quince años, lisa había estado siempre enamorada de hombres a
quienes encontraba atractivos, y sólo se sentía contenta y feliz cuando estaba
enamorada. Al dejar el instituto pareció que se enamoró, como es lógico, de
Evgueni. Este hecho de encontrarse enamorada era lo que proporcionaba a sus
ojos al particular expresión que tanto había prendado a Evgueni.
Aquel invierno,
simultáneamente, había estado enamorada de los jóvenes, y se ponía colorada y
agitada no sólo cuando entraban en la habitación, sino cuando pronunciaban su
nombre. Pero luego, cuando su madre le hizo ver que Irténev parecía venir con
intenciones serias, su amor hacia este último aumentó hasta el punto de mostrar
una indiferencia casi completa hacia los otros dos; y cuando Irténev empezó a
frecuentar su casa, sus bailes y veladas, y bailaba con ella más que con
ninguna otra con l único deseo, a ¡juzgar por todo, de saber si era
correspondido, su amor se hizo casi morboso; soñaba con él dormida y despierta,
y todos los demás desaparecieron para ella. Cuando pidió su mano y les dieron
la bendición, cuando se besaron como novio y novia, no tuvo otras ideas que las
de él, otros deseos que los de él; quería estar con él para amar y ser amada.
Estaba orgullosa de él, se enternecía pensando en su amor y se derretía de amor
a él. En cuanto a Evgueni, no esperaba encontrar este amor, que incrementaba todavía
más sus propios sentimientos.
Muy cerca ya la
primavera, llegó a Semiónovskoe con el propósito de dar una vuelta y tomar sus
disposiciones en relación con la finca; quería ver, sobre todo, cómo marchaba
el arreglo de la casa con vistas a la boda.
María Pávlovna no
estaba contenta con la elección se su hijo, pero sólo porque no era un partido
tan brillante como hubiera podido serlo y porque Varvara Alexéievna, la futura
consuegra, no le agradaba. No sabía ni podía afirmar si era buena o mala, porque
desde el primer momento vio que no era una mujer comme il faut, una
lady, según María Pávlovna se decía, y esto la disgustaba. Estimaba este decoro
por costumbre, sabía que Evgueni era muy sensible al particular y preveía que
ello iba a dar lugar a muchos contratiempos. En cuanto a la muchacha, le
agradaba, principalmente porque agradaba a Evgueni. Tendría que quererla. Y
María Pávlovna estaba dispuesta a quererla sinceramente.
Evgueni encontró a su
madre alegre y contenta. Estaba haciendo grandes reformas en la casa y tenía el
propósito de irse en cuanto él trajese a su joven esposa. Evgueni insistió en
que se quedara y la cuestión quedó en el aire. Aquella tarde, según su costumbre,
después del té María Pávlovna se puso a hacer solitarios. Evgueni la ayudaba.
Era el momento de las conversaciones más intimas. Después de terminar un
solitario y sin empezar otro, María Pávlovna miró a Evgueni y, un tanto
vacilante, empezó así:
―Quería decirte una
cosa, Zhenia. No sé nada, se comprende, pero en general, querría aconsejarte
que antes de la boda pongas fin por completo a todos tus asuntos de soltero,
para que luego no haya nada que pueda preocuparte ni, Dios nos libre, preocupar
a tu mujer. ¿Me comprendes?
En efecto, Evgueni
comprendió al momento que María Pávlovna aludía a sus relaciones con Stepanida,
que habían cesado aquel otoño y a las que ella, como todas las mujeres
solitarias, atribuían mucha más importancia de la que en realidad tenían.
Evgueni se puso colorado, y no tanto e vergüenza como de disgusto de que la
buena María Pávlovna se inmiscuyera, cierto que movida por su cariño, en cosas
que no comprendía ni podía comprender. Dijo que no tenía nada que debería
ocultar y que siempre había procedido en tal modo que nada pudiera ser un
obstáculo para su boda.
―Magnífico, amigo. No
te enfades conmigo –dijo María Pávlovna turbada.
Pero Evgueni vio que no
había terminado y no había dicho lo que quería. Así resultó en efecto. Poco
después pasó a contar que en su ausencia le habían pedido que fuese madrina de
un niño de… los Péchnikov.
Ahora Evgueni
enrojeció, pero no movido por el enojo o la vergüenza, sino por un extraño
sentimiento de que lo que ahora le iban a decir era de gran importancia, ante
la coincidencia de un razonamiento que en su fuero interno se había producido
al margen por completo de su voluntad. Así resultó. María Pávlovna , como si no
tuviese otro tema de conversación, dijo que aquel año sólo nacían niños; se
veía que iba a haber una guerra. Los Vasin habían tenido un hijo, y también la
joven de los Péchnikov. María Pávlovna quiso decir esto como de pasada, pero
ella misma se sintió abochornada al ver cómo se teñía de rojo la cara de su
hijo, su nerviosismo al ponerse los lentes y sus prisas al encender el
cigarrillo. Se quedó callada. Él también calló, sin discurrir la manera de
poner fin al silencio. Los dos se daban cuenta de haberse comprendido.
―Lo principal es que en
la aldea reine la justicia, que no haya favoritos, como en tiempos de tu tío.
―Mamá –dijo de pronto
Evgueni, ―sé a qué se refiere. No tiene motivos para inquietarse. Mi futura
vida familia es para mí un santuario que no profanaré en ningún caso. Y lo que
pudiera haber en mi vida de soltero ha acabado por completo. Nunca adquirí compromiso
alguno con nadie, y nadie tiene sobre mí el menor derecho.
―Lo celebro –dijo la
madre. –Conozco tus nobles ideas.
Evgueni tomó esas
palabras de su madre como un merecido tributo a su persona y no dijo más.
A la mañana siguiente
se dirigió a la ciudad con el pensamiento puesto en su prometida, en cualquier
cosa que no fuese Stepanida. Pero como a propio intento, al acercarse a la
iglesia, se tropezó con gente que entraba y salía del templo. Se encontró con el
viejo Matvei, con Semión, con los chiquillos, unas mozas y dos mujeres casadas,
una de cierta edad y la otra joven, muy engalanada, con un pañuelo rojo vivo y
que le pareció conocida. La mujer caminaba con paso ligero y animoso, llevando
un niño en brazos. Al juntarse, la de más edad se detuvo y le hizo un saludo al
viejo estilo; la joven, la del niño, se limitó a inclinar la cabeza, y por
debajo de pañuelo brillaron unos ojos familiares que sonreían alegremente.
“Sí, es ella, pero todo
ha terminado y no tengo para qué mirarla. Aunque el niño puede ser mío –pasó
por su imaginación. –Pero no, es un absurdo. Su marido estuvo aquí, y ella iba
a verle”. Ni siquiera trató de echar cuentas. Lo que hizo fue para bien de su
salud, siempre le había dado dinero y entre ellos dos no había, no podía ni
debía haber ninguna otra relación. No es que quisiese callar la voz de la
conciencia, la conciencia no le decía nada en absoluto. Y no volvió a acordarse
de ella ni una sola vez después de la conversación con su madre y de aquel
encuentro. Y ni una sola vez volvió a tropezarse con ella.
En la semana siguiente
a la pascua de Pentecostés, Evgueni contrajo matrimonio en la ciudad y
seguidamente, en compañía de su joven esposa, se trasladó a la aldea. La casa
había sido renovada como de ordinario se hace para los recién casados. María
Pávlovna se quería ir, pero Evgueni, y sobre todo Lisa, consiguieron que se
quedara. Lo único que hizo fue trasladarse al pabellón contiguo.
Así empezó para Evgueni
una nueva vida.
El primer año de vida
familiar le resultó difícil. Lo fue así porque los asuntos, que mal que bien
había ido aplazando durante el noviazgo, ahora, después de la boda, se le
vinieron todos encima.
Resultaba imposible
verse libre de las deudas. Las más urgentes fueron saldadas con el producto de
la venta del bosque, pero quedaban otras y no había dinero. Aunque la finca
había proporcionado buenos ingresos, tobo que mandar dinero a su hermano y atender
los gastos de la boda, así que se encontraba sin recursos, la fabrica no podía
seguir funcionando y debía se parada. Había un medio para salir de la
situación: emplear el dinero de su mujer. Lisa, comprendiendo la situación de
su marido, se lo exigió ella misma. Evgueni lo aceptó, pero a condición de
poner la mitad de la finca a nombre de su esposa. Así lo hizo. No por ella, se
comprende, que se sintió ofendida, sino pensando en la suegra.
Estas cuestiones, con
los altibajos de éxitos y reveses, fueron una de las cosas que envenenaron la
vida de Evgueni durante el primer año. La otra fue la precaria salud de su
mujer. A los siete meses de la boda, Lisa tuvo un accidente. Había salido en el
cochecillo a esperar a su marido, que regresaba de la ciudad, y el caballo,
aunque era pacífico, pareció encabritarse, ella se asustó y se tiró al suelo de
un salto. Tuvo relativamente suerte, pues pudo haberse enganchado en una rueda,
pero estaba embarazada y aquella misma noche sintió dolores, abortó y tardó
largo tiempo en reponerse. La pérdida de un hijo a quien tanto esperaban, la
enfermedad de su mujer, los trastornos que esto significaba para su vida y,
sobre todo, la presencia de la suegra, que había acudido en cuanto Lisa se puso
enferma, hicieron este años todavía más penoso para Evgueni.
Mas, a pesar de tan
difíciles circunstancias, al terminar el primer año Evgueni se sentía muy
animoso. En primer lugar, sus íntimos deseos de restablece la fortuna venida a
menos, de reanudar la vida de su abuelo bajo nuevas formas, aunque con trabajo
y lentamente, se iban viendo cumplidos. Ahora ya no se trataba de vender toda
la finca para pagar las deudas. La finca, aunque puesta a nombre de su mujer,
había sido salvada, y si la cosecha de la remolacha era buena y los precios
resultaban ventajosos, para el año próximo aquella situación de necesidad y
eterna preocupaciones podría ser remplazada por una verdadera abundancia. Esto
era una cosa.
La otra era que, por
mucho que esperase de su mujer, no podía imaginarse que iba a encontrar en ella
lo que había encontrado: no era lo que esperaba, era algo mucho mejor. Las
ternuras y los entusiasmos de los enamorados, aunque él tratase de ponerles fin,
no desaparecían, o se disipaban muy lentamente: pero resultaba algo
completamente distinto, la vida era no sólo más alegre y agradable, sino más
fácil. No sabía la razón, pero así era.
Esto se debía a que
ella, inmediatamente después de los esponsales, había decidido que en todo el
mundo no había persona más inteligente, pura y noble que Evgueni Irténev, por
lo que todos estaban obligados a ponerse al servicio de Irténev y hacerle agradable
la vida. Y como no era posible que todos se comportasen así, ella debía
procurarlo en la medida de sus fuerzas. Así lo hacía, y por eso todas sus
energías espirituales se hallaban siempre alerta, tratando de adivinar lo que a
él le agradaba y hacerlo así por difícil que fuese.
Pero ella poseía lo que
constituye el principal encanto del trato con la mujer amada: el amor le hacía
ver lo que dentro del alma e su marido había. Intuía (a menudo mejor que él
mismo) cualquier estado de su alma, cualquier matiz de sus sentimientos desagradables
y obraba en consonancia con ello; es decir, nunca lo ofendía, siempre moderaba
sus sentimientos desagradables y procuraba dar más fuerza a los alegres. Y no
se trataba sólo de los sentimientos: también comprendía sus ideas. Comprendía
al momento las cuestiones más ajenas a ella de la agricultura, de la fábrica,
de la opinión de una u otra persona, y no sólo podía mantener conversaciones
sobre estos temas, sino que a menudo, como él mismo decía, le daba útiles
consejos. Las cosas, las personas y todo en el mundo lo miraba sólo con los
ojos de su marido. Quería a su madre, pero al ver que Evgueni le resultaba
desagradable la intervención de la suegra en su vida, desde el primer momento
se puso al lado de su marido, y con tal energía, que él debió moderarla en sus
ímpetus.
Además de todo esto
poseía muchísimo gusto y tacto, y, sobre todo, sabía hacer las cosas en
silencio. No se advertía su intervención, se veían los resultados; es decir,
siempre y en todo reinaban la limpieza, el orden y la elegancia. Lisa, desde el
primer momento, comprendió cuál era la idea de la vida de su marido y trataba e
alcanzar y alcanzaba dentro de la casa aquello que él quería. No tenían hijos,
pero tampoco perdían la esperanza. Aquel invierno fueron a Petesburgo, aun
ginecólogo, y éste les aseguró que se encontraba perfectamente y podía
tenerlos.
También este deseo se
vio cumplido. A in de año quedó de nuevo embarazada.
Un punto había que no
envenenaba, pero sí amenazaba su felicidad, y eran los ocultos celos: unos
celos que ella trataba de contener, que no demostraba, pero que la hacían
sufrir a menudo. No es que Evgueni no pudiese amar a ninguna, porque en todo el
mundo no había mujeres dignas de él (si ella era digna de esto, nunca se lo
preguntaba), pero ni una sola mujer podía atreverse a amarlo.
Su vida era como sigue.
Él se levantaba, como siempre, temprano y se dedicaba a las cuestiones de la
hacienda, acudía a la fábrica, allí donde se efectuaba algún trabajo, y a veces
salía al campo. Hacía las diez llegaba para tomar el café. Para ello se reunía
en la terraza con María Pávlovna, el tío, que vivía con ellos, y Lisa. Después
de una conversación, a menudo muy animada, se separaban hasta la comida. Comían
a las dos. Y luego daban un paseo a pie o en coche. Por la tarde, cuando él
volvía de la oficina, tomaban té, y a veces él leía en voz alta mientras ella
se dedicaba a sus labores, o hacían música, o, cuando había invitados,
charlaban simplemente. Cuando él se ausentaba para resolver algún asunto,
escribía y recibía cartas de ella a diario. A veces ella le acompañaba, y eso
resultaba particularmente agradable. Para el santo de él acudían muchos
invitados y el agasajado veía con gran placer cómo ella sabía disponer las
cosas de modo que todo saliese a pedir de boca. Lo veía y escuchaba los comentarios;
todos se mostraban entusiasmados con la joven y simpática dueña de casa, y esto
venía a incrementar su amor hacia ella. Las cosas marchaban a pedir de boca. El
embarazo se desarrollaba normalmente y ambos, aunque con timidez, empezaban a
pensar en cómo criar al niño. Todas estas cuestiones de la educación y la
crianza las decidía Evgueni; lo único que ella deseaba era cumplir mansamente
la volunta de su marido. Evgueni leyó muchos libros de medicina con leprosito
que el niño fuese cuidado según las reglas de la ciencia. Ella, se comprende,
lo aceptaba todo y preparaba la canastilla y la cuna. Así llegó el segundo año
de su matrimonio y la segunda primavera.
Era en vísperas de la
Santísima Trinidad. Lisa se encontraba en el quinto mes, y aunque trataba de
cuidarse, se mostraba alegre y ágil. Ambas madres, la de ella y la de él,
vivían en la casa bajo el pretexto de que debían vigilar y proteger a la
embarazada, aunque lo único que hacían era inquietarla con sus eternas palabras
necias. Evgueni estaba entregado n cuerpo y alma a la hacienda, al cultivo en
gran escala e la remolacha.
Lisa decidió hacer
limpieza general en la casa, cosa que no habían hecho desde semana santa, y
para ayudar a la servidumbre llamó a dos mujeres de la aldea; debían fregar los
suelos y las ventanas, limpiar el polvo de muebles y alfombras y colocar las fundas.
Las mujeres llegaron por la mañana temprano, pusieron agua a calentar y
empezaron su trabajo. Una de estas dos mujeres era Stepanida que acababa de
destetar a su hijo y, a través de un empleado de la oficina con el que ahora
andaba liada, había conseguido que la llamase. Sentía deseos de ver de cerca de
la nueva señora. Stepanida vivía como antes, su marido seguía ausente y ella
hacía travesuras como antes las había hecho con Danila, cuando éste la
sorprendió cogiendo leña, y luego con el señor; ahora se trataba del joven
oficinista. En el señor no pensaba en absoluto. “Ahora tiene a su mujer –se
decía. –Pero me agradaría ver a la señora; dicen que ha arreglado muy bien la
casa”.
Evgueni no la había
visto desde que se tropezó con ella y el niño. Como jornalera no se contrataba,
por estar ocupada con la criatura, y él pasaba en muy raras ocasiones por la
aldea. Aquel día, en vísperas de la Trinidad, Evgueni se levantó temprano, a las
cinco de la mañana, y se dirigió a unos barbechos que debían fosfatar. Cuando
salió de la casa, las os mujeres no habían entrado aun en las habitaciones de
los señores; estaban poniendo a calentar el agua.
Alegre, satisfecho y
hambriento, Evgueni volvió a la hora del desayuno. Descabalgó junto al
portillo, entregó las bridas de su montura a un jardinero que se había acercado
a él y, descargando fustazos contra la alta hierba y repitiendo, como a su modo
sucede, una misma frase, se dirigió hacia la casa. La frase en cuestión era:
“los fosfatos se justifican”, aunque no sabía qué era lo que justificaban, ni
ante quien.
En la pradera estaban
sacudiendo las alfombras. Los muebles habían sido sacados fuera.
“¡Madre mía! ¡Lo que ha
organizado Lisa! Los fosfatos se justifican. ¡Que ama de casa es, que amita!
¡Sí, que amita! –se dijo con el rostro casi resplandeciente que casi siempre
mostraba cuando la miraba. –Sí, tengo que cambiarme de botas; porque si no, los
fosfatos se justifican, es decir, huele a estiércol, y la amita, en el estado
en que se encuentra… ¿Por qué se encuentra en ese estado? Sí, ahí, en ella
crece un pequeño y nuevo Irténev –pensó. –Sí, los fosfatos se justifican”. Y
sonriendo, entregado a sus pensamientos, empujó la puerta de su cuarto.
Apenas la había tocado
cuando la puerta se abrió por sí misma y él se dio de bruces con una mujer que
salía con un cubo, la saya recogida, descalza y las mangas remangadas. Él se
apartó para darle paso; ella se apartó también, arreglándose el pañuelo, torcido,
con su mano mojada.
―Pasa, pasa; no
entraré… ―había empezado Evgueni, y se detuvo reconociéndola.
Ella le miró con ojos
ponientes. Recogiéndose la saya, atravesó el umbral.
“¡Que absurdo es
esto!... ¿Qué pasa?... No puede ser”, se dijo Evgueni, ceñudo y como si tratase
de sacudirse una mosca, descontento por el hecho de haberla visto. Se sentía
descontento y, a la vez, no podía apartar los ojos de su cuerpo, que se
balanceaba con aquel andar suave y vigoroso, de sus brazos, de sus hombros, de
los bonitos pliegues de la chambra y de la roja saya, recogida sobre sus
blancas pantorrillas.
“¿Qué estoy mirando?
–se dijo, bajando los ojos para no verla. –Sí, tengo que entrar a coger las
botas”. Y dio la vuelta hacia su cuarto. Pero no había recorrido cinco pasos
cuando, sin él mimo saber qué órdenes obedecía, se volvió para mirarla una vez
más. Ella daba la vuelta al pasillo y, en aquel momento también le miró a él.
“¡Que hago! –exclamó en
su fuero interno. –Puede pensar algo. Ya lo habrá pensado”.
Entró en su cuarto, que
estaba mojado. Otra mujer, vieja y flaca, fregaba el suelo. Evgueni se acercó
de puntillas, a través de los sucios charcos, a la pared, en busca de las
botas, y quiso salir cuando la mujer se le adelantó en sus propósitos.
“Esta se ha ido y la
otra, Stepanida, va a volver –empezó a razonar alguien dentro de él mismo.
―¡Dios mío! ¡Qué hago, qué pienso!”
Agarró las botas y
salió corriendo a la antesala; allí se las puso, se cepilló y se dirigió a la
terraza, donde ya estaban ambas mamás, tomando el café. Lisa, que parecía
esperarle, salió al mismo tiempo que él por la otra puerta.
“¡Dios mío! ¡Si lo
supiera ella, que me considera tan honesto, tan puro e inocente!”, pensó.
Lisa lo acogió con la
cara resplandeciente de siempre. Pero ahora le pareció más pálida, amarilla y
larga que de costumbre.
A aquella hora, como
con frecuencia ocurría, transcurría una popular conversación femenina en la que
no había lógica alguna, pero que debía tenerla, porque no cesaba ni un momento.
Las dos señoras
insistían en sus alfilerazos y Lisa maniobraba hábilmente entre ellas.
―Me sabe mal que no
haya terminado la limpieza de tu cuarto antes de que volvieras –dijo a su
marido. –Quiero darle la vuelta a todo.
―¿Has dormido después
que me fui?
―Sí, me siento bien.
―¿Cómo puede sentirse
bien en su estado y con este calor insoportable, cuando sus ventanas dan al
sol? –dijo Varvara Alexéievna, su madre. –Y sin celosías ni toldos. Yo siempre
tuve toldos.
―Pero a la sombra
estamos a diez grados –dijo María Pávlovna.
―Y de ahí vienen las
calenturas: de la humedad –replicó Varvara Alexéievna, sin advertir que decía
algo diametralmente opuesto a lo que antes sostenía. –Mi médico decía siempre
que nunca se puede diagnosticar una enfermedad si no se conoce el carácter de
la enferma. Y él lo sabe, porque es el número uno; le pagamos cien rublos. Mi
difunto marido no quería saber nada de médicos, pero para mí nunca escatimaba
nada.
―¿Cómo es posible que
el marido escatime nada a su mujer, cuando la vida de ella y la del niño pueden
depender…?
―Sí, cuando hay
recursos la mujer puede ser independiente del marido. La buena esposa siempre
se somete al marido –dijo Varvara Alexéievna, ―pero Lisa está aun muy débil
después de su enfermedad.
―No, mamá, me siento
perfectamente. ¿Cómo no le han servido crema hervida?
―Me es lo mismo. Puedo
tomarla fresca.
―le he preguntado a
Varvara Alexéievna y no ha querido –explicó María Pávlovna, como
justificándose.
―No, ahora no la quiero
–y como para poner fin a la desagradable conversación y cediendo generosamente,
Varvara Alexéievna se volvió hacia Evgueni. ―¿Qué, han echado el fosfato?
Lisa corrió en busca de
la crema.
―Pero si no quiero, no
quiero.
―¡Lisa! ¡Lisa!
¡Cuidado! –gritó María Pávlovna. –Esos movimientos tan bruscos le pueden
perjudicar.
―No hay nada
perjudicial cuando el alma se siente tranquila –replicó Varvara Alexéievna como
aludiendo a algo, aunque ella misma no sabía a qué podían referirse sus
palabras.
Lisa volvió con la
crema. Evgueni tomaba el café y escuchaba taciturno. Estaba acostumbrado a
estas conversaciones, pero la de ahora le irritaba por su falta de sentido.
Quería reflexionar sobre lo que había sucedido y este parloteo le molestaba.
Después de tomar el café, Varvara Alexéievna se retiró de mal humor. Se
quedaron solos Lisa, Evgueni y María Pávlovna. Y la conversación se deslizó por
cauces sencillos y agradables. Pero Lisa, a quien el amor hacía muy sensible,
advirtió al momento, que algo atormentaba a Evgueni y le preguntó si le había
ocurrido algo desagradable. Él no se hallaba preparado para esa pregunta,
vaciló ligeramente y contestó que no. Y la respuesta dejó aun más preocupada a
Lisa. Algo le atormentaba, y le atormentaba mucho, eso se veía claro, como una
mosca que ha caído en la leche, pero no decía de qué se trataba.
Después del desayuno se
separaron. Evgueni fiel a su costumbre, se dirigió al despacho. No se dedicó a
leer ni a despachar la correspondencia, se sentó y empezó a fumar un cigarrillo
tras otro, sumido en sus pensamientos. Le asombraba y le contrariaba terriblemente
aquel mal sentimiento que, cuando menos lo esperaba, había aparecido en él y
del que se consideraba libre desde que se casó. Desde entonces no había vuelto
a experimentarlo ni hacia ella, a quien conocía, ni hacia ninguna otra mujer
que no fuera la suya. En el fondo de su alma había celebrado muchas en muchas
ocasiones esta liberación, y de pronto el azar, una casualidad al parecer sin
importancia, le revelaba que no era libe. No le atormentaba verse de nuevo
subordinado a ese sentimiento, el de que quisiera poseerla (esto no deseaba ni
pensarlo siquiera), sino que el sentimiento permanecía vivo en él y le obligaba
a mantenerse alerta. En cuanto a que consiguiera reprimirlo, no le cabía la
menor duda.
Tenía una carta
pendiente y debía redactar cierto documento. Se sentó ante el escritorio y puso
manos a la obra. Al terminar, sin acordarse para nada de lo que lo inquietaba,
salió a dar una vuelta por la caballeriza. Y de nuevo, como a propósito, por casualidad
o deliberadamente, acababa de salir al portal cuando de detrás de la esquina
aparecieron la saya roja y el pañuelo rojo, y moviendo los brazos y
contoneándose, pasó junto a él. Y no se limitó a pasar, sino que echó a correr,
como si jugase, hasta alcanzar a su compañera.
De nuevo la brillante
luz del mediodía, las ortigas, la parte trasera de la casa del guarda, su cara
sonriente a la sombra de los arces, la boca que mordisqueaba las hojas,
surgieron en su imaginación.
“No, esto no se puede
dejar así”, se dijo, y, en cuanto las mujeres hubieron desaparecido, entró en
la oficina.
Era la hora de la
comida, y esperaba encontrar al intendente. Así fue. Acababa de despertarse. Se
estiraba y bostezaba, mirando al mozo del establo, que le decía algo.
―Vasili Nikoláievich.
―¿Desea algo?
―Quería hablar con
usted.
―Estoy a sus órdenes.
―Termine antes.
―¿No serás capaz de
traerla?
―Pesa mucho, Vasili
Nikoláievich.
―¿De qué se trata?
–preguntó Evgueni.
―Una vaca que ha parido
en el campo. Está bien, pero ahora mandaré que enganchen un carro. Díselo tú
mismo a Nikolai Lisuj, que se prepare para salir.
El mozo se fue.
―Verá –empezó Evgueni,
ruborizándose y sintiendo que se ruborizaba. –Verá, Vasili Nikoláievich. Aquí,
cuando era soltero, tuve algunos pecados… es posible que lo haya oído…
Vasili Nikoláievich
sonrió con la mirada, y con el evidente propósito de facilitar la explicación
del señor, dijo:
―¿Se refiere a lo de
Stepanida?
―Sí, a eso. Verá.
Procure no tomarla para trabajos en casa. Comprenderá que me resulta
desagradable…
―Seguramente ha sido
cosa de Vania, el oficinista.
―Haga el favor… ¿Qué?
¿Acabarán con la faena? –añadió Evgueni para disimular la turbación.
―ahora mismo voy.
Así terminó esto.
Evgueni quedó tranquilo con la confianza de que, lo mismo que había pasado un
año sin verla, así sucedería ahora. “Además, Vasili Nikoláievich se lo dirá a
Ivan, el de la oficina, Ivan se lo dirá a ella y ella comprenderá que no la
quiero”, se dijo Evgueni, contento de habérselo dicho así a Vasili
Nikoláievich, por difícil que le hubiese sido. “Todo es preferible, todo es
mejor que esta duda, que este bochorno”. Se estremeció al sólo recuerdo de
aquel delito cometido con el pensamiento.
El esfuerzo moral que
había hecho para superar la vergüenza y hablar a Vasili Nikoláievich
tranquilizó a Evgueni. Le pareció que ahora todo había terminado. Lisa advirtió
al instante que se hallaba completamente tranquilo y hasta más alegre que de
ordinario. “De seguro que le habían molestado los palabras necias de las mamás.
Realmente, es desagradable, sobre todo para él, con su sensibilidad y nobleza,
escuchar sus eternas reticencias”, pensó Lisa.
El día siguiente era la
trinidad. Hacía un tiempo hermoso y las mujeres de la aldea que, según la
costumbre, habían ido al bosque a trenzar coronas de flores, a la vuelta
pasaron por la casa señorial y se pusieron a cantar y bailar. María Pávlovna y
Varvara Alexéievna, con sus vestidos de fiesta y sombrillas, salieron al portal
y se acercaron al corro. A ellas se unió, de levita, el tío, pasaba el verano
con Evgueni, un viejo tripudo, lascivo y borrachín.
Como siempre, las
casadas jóvenes y las mozas formaban un corro de vivos colores, y a su
alrededor, a un lado y otro, como planetas y satélites que se hubiesen
desprendido, giraban las chicas, dándose la mano y presumiendo con sus vestidos
de percal, los pequeños, que reían y corrían atrás y adelante, los chicos
mayores, con sus chalecos azules y negros, sus gorras y sus camisas rojas, que
no cesaban de esculpir cáscaras de semilla de girasol, los criados de la casa y
la gente de fuera, que contemplaba de lejos las evoluciones del corro. Las dos
señoras se acercaron seguidas de Lisa, ataviadas con un vestido azul celeste,
con cintas del mismo color en el pelo y en anchas mangas, por las que asomaban
sus brazos largos y blancos de angulosos codos.
Evgueni no sentía
deseos de salir, pero resultaba ridículo ocultarse. Salió también al portal con
el cigarrillo en los labios, saludó a los chicos y a los hombres y se puso a
hablar con ellos. Las mujeres, entre tanto, se desgañitaban cantando, batían palmas
y bailaban al compás de su propio cántico.
―Le llama la señora
–dijo un chico acercándose a Evgueni quien no escuchaba las voces de su mujer.
Lisa le llamaba para que viese las danzas, y sobre todo a una de las
bailarinas, que le había agradado particularmente. Se trataba de Stepanida.
Lucía una blusa amarilla, chaleco plisado y falda de seda; ancha, enérgica,
arrebolada y alegre. Debía de bailar bien. El no vio nada.
―Sí, sí –decía
quitándose y volviéndose a poner los lentes. –Sí, sí –repetía. “Parece que no
voy a poder librarme de ella”, pensaba mientras tanto.
No miraba porque temía
verse atraído, y precisamente porque la había visto de refilón le pareció más
atractiva. Además, por su brillante mirada había advertido que ella le veía y
que se complacía en mirarlo. Se quedó lo indispensable para guarda las apariencias
y, al advertir que Varvara Alexéievna la llamaba y de manera torpe y falsa le
decía “querida”, hablando con ella, dio la vuelta y se retiró. Se retiró y
volvió a la casa. Se había ido para no verla, pero al llegar al piso alto, sin
haber él mismo para qué, se acercó a la ventana y no se apartó de ella mientras
las mujeres estuvieron ante el portal, mirándola y comiéndosela con los ojos.
Escapó antes de que
nadie pudiera verle, llegó con paso silencioso hasta la puerta lateral y,
después de encender un cigarrillo, con el propósito de dar un paseo, salió al
jardín, en la dirección que ella había tomado. No había dado dos pasos hacia la
avenida cuando, por entre los árboles, apareció el chaleco plisado sobre la
blusa amarilla y el pañuelo rojo. Iba con otra mujer. “Van a algún sitio”.
Y de ponto un
apasionado y lúbrico deseo de abrasó, oprimiéndole el corazón. Evgueni, como
obedeciendo una volunta ajena, miró alrededor y siguió tras ella.
―¡Evgueni Irténev!
¡Evgueni Irténev! Aquí estoy para lo que guste mandar –dijo una voz a sus
espaldas, y Evgueni, al ver al viejo Samojin, a quien había contratad para
abrir un pozo, recobró la serenidad, dio rápidamente la vuelta y se acercó a
él.
Mientras charlaba con
Samojin, se volvió de lado y pudo ver que las dos mujeres habían bajado hasta
el pozo, o con la excusa del pozo, y después de permanecer allí unos instantes
habían escapado ligeras hacia el corro.
Después de conversar
con Samojin, Evgueni volvió a casa deprimido igual que si hubiese cometido un
crimen. En primer lugar, ella le había entendió. Pensaba que quería verla y
también los deseaba. En segundo lugar, la otra mujer, Anna Prójorova, debía de
saberlo.
Lo peor de todo era que
se sentía vencido, que carecía de voluntad propia, que había otra fuerza que le
impulsaba; que en esta ocasión se había salvado de milagro, pero que en
cualquier día, mañana, pasado mañana, sería un hombre perdido.
“Sí, seré un hombre
perdido –no comprendía la cuestión de otro modo; ―traicionaré a mi joven y
amante esposa con una mujer de la aldea, a la vista de todos. ¿No es esto una
perdición, una espantosa perdición después de la cual será imposible seguir
viviendo? –se decía. ―¿Es que no se pueden toma medidas? Hay que hacer algo. No
debes pensar en ella –se ordenaba a sí mismo. ―¡No debes pensar!”, y a renglón
seguido empezaba a pensar, la veía ante él y veía la sombra de los arces.
Recordó haber leído de
un ermitaño que, obligado a imponer su mano sobre una mujer para curarla, a fin
de huir de la tentación, acercó la otra mano a un brasero y se quemó los dedos.
Lo recordó. “Sí, prefiero quemarme los dedos antes que la perdición”. Y,
comprobando que en cuarto no había nadie, encendió una cerilla y se la aplicó a
un dedo. “¡Ea, piensa ahora en ella! –se dijo irónicamente; el dolor le hizo
retirar el ennegrecido dedo, tiró la cerilla y se rió de sí mismo. ―¡Qué
estupidez! No debía hacerlo. Pero hay que tomar medidas para que no la vuelva a
ver: alejarme o hacer que se vaya. ¡Sí, hacer que se vaya! Ofreceré dinero la
marido para que se la lleve a la ciudad o se trasladen a otra aldea. Se
enterarán, habrá comentarios. Pero no importa: cualquier cosa es preferible a
este peligro. Sí, hay que hacerlo”, se decía y no cesaba de mirarla, sin
apartar los ojos. “¿Adónde ha ido?, se preguntó de pronto. Le preció que ella
le había visto en la ventana y ahora, después de volverse hacia él, del brazo con
otra mujer, iba hacia el jardín, braceando garbosamente. Sin comprender él
mismo la razón, contento de sus pensamientos, se dirigió ala oficina.
Vasili Nikoláievich,
con su levita de los días de fiesta y el pelo reluciente de brillantina, estaba
tomando el té con su mujer y unos invitados.
―Deseaba hablar con
usted, Vasilli Nikoláievich.
―No faltaba más. Ya
hemos acabado.
―Será la mejor que
venga conmigo.
―Ahora mismo, en cuanto
tome la gorra. Tú, Tania, apaga el samovar –dijo Vasili Nikiláievich, saliendo
alegremente.
Se le figuró a Evgueni
que estaba algo bebido, pero ya no había remedio; acaso fuese preferible, se
haría mejor cargo de la situación.
―Vengo a hablarle de lo
de ayer, Vasilli Nikoláievich –dijo Evgueni; ―de esa mujer.
―Comprendo. Ya he dado
órdenes para que no la tomen en ningún modo.
―No se trata de eso;
quería aconsejarme con usted. ¿No se podía hace que se marchara, que se fuera
con toda su familia?
―¿Adónde la vamos a
mandar? –preguntó Vasili Nikoláievich, en un tono que a Evgueni se le figuró
descontento y burlón.
―Yo pensé que se les
podía dar dinero o incluso tierra, en Kotlóvskoe. Lo que quiero es que ella no
esté aquí.
―¿Y cómo vamos a
obligarlos? ¿Cómo van a apartarse de su aldea? ¿Qué le pasa? ¿Es que le
molesta?
―Comprenda, Vasili
Nikoláievich, el disgusto que mi mujer se llevará cuando se entere.
―¿Y quien se lo va a
decir?
―Pero, ¿cómo voy a
vivir con semejante peligro? Y en general, me es muy penoso.
―¿Por qué se preocupa
así? A quien recuerda lo viejo hay que sacarle los ojos. Y quien no ha pecado
ante Dios, no es culpable ante el zar.
―De todos modos, sería
mejor que se fuera. ¿Podría usted hablar con el marido?
―No hay nada que
hablar. ¿Por qué se pone así, Evgueni Ivánovich? Todo pasó y ha sido olvidado.
Son cosas que le ocurren a cualquiera. ¿Quién puede decir ahora nada malo de
usted? No hay nada oculto en su vida, todos lo ven.
―No obstante, hable con
él.
―está bien, hablaré.
Aunque de antemano
sabía que no resultaría nada, esta conversación que la propia inquietud le
había hecho exagerar el peligro.
¿Es que había acudido a
una cita con ella? Esto era imposible. Simplemente, había salido a dar un paseo
por el jardín y por casualidad se había tropezado con ella.
Aquel mismo día de la trinidad,
después de comer, Lisa, que había salido a dar un paseo por el jardín, al pasar
a la pradera, adonde su marido la llevaba para mostrarla la alfalfa, tuvo que
saltar una pequeña zanja, dio un traspié y se cayó. La caída no fue violenta,
de costado; pero lanzó un grito y él vio en su cara no sólo el susto, sino
también el dolor. Quiso ayudarla a levantarse, pero ella le apartó la mano.
―No, espera un poco,
Evgueni –dijo sonriendo débilmente y, según a él se le figuró, confusa. –Es que
me he torcido un tobillo y nada más.
―No me canso de decirlo
–terció Varvara Alexéievna. ―¿Es que en su estado puede saltar una zanja?
―Pero si no es nada,
mamá. Ahora mimo me levanto.
Se puso n pie con la
ayuda del marido, pero en aquel mismo instante palideció y en su cara apareció
una expresión de susto.
―No me siento bien –y
murmuró algo a su madre.
―¡Ay, Dios mío! ¡Lo que
habéis hecho! Ya decía yo que no debías salir –gritó Varvara Alexéievna.
–esperad, haré que venga alguien. No debe caminar. Hay que levarla.
―No tengas miedo, lisa.
Yo te llevaré –dijo Evgueni, cogiéndola con el brazo izquierdo. –Abrázate a mi
cuello. Así.
Inclinándose, pasó el
brazo derecho por debajo de sus piernas y la levantó. Nunca pudo olvidar más
tarde la expresión de sufrimiento y, a la vez, de felicidad que su cara
reflejaba.
―Es mucho peso para ti,
querido –dijo sonriendo. ―¡Mamá, corre a avisar!
Se inclinó sobre él y
le dio un beso. Eran patentes sus deseos de que la madre viese como la llevaba.
Evgueni gritó a Varvara
Alexéievna que no se diese prisa, que él la llevaría. Varvara Alexéievna se
detuvo y empezó a gritar más todavía.
―Se te va a caer, es
seguro que la vas a dejar caer. Quieres matarla. No tienes conciencia.
―Pero si la llevo
perfectamente.
―No quiero, no quiero
ver cómo atormentas a mi hija –y ocurrió a ocultarse tras una vuelta de la
avenida.
―No es nada, se me
pasará –dijo Lisa, sonriendo.
―Lo que hace falta es
que no haya consecuencias, como la ora vez.
―No me refería a eso.
Esto no es nada; pensaba en mamá. Estás cansado, descansa.
Aunque la carga se le
hacía pesada, Evgueni la trasportó con orgullosa alegría hasta la casa y no la
entregó a la doncella y el cocinero, quienes Varvara Alexéievna había
encontrado y enviado a su encuentro. La llevó hasta el dormitorio y la depositó
sobre la cama.
―Tú, vete –dijo ella,
atrayéndolo hacia sí y dándole un beso. –Annushka y yo nos arreglaremos.
María Pávlovna, que se
encontraba en su pabellón, acudió también. Desnudaron y acostaron a Lisa.
Evgueni esperaba en la sala, con un libro en la mano. Varvara Alexéievna pasó
junto a él con tan sombrío aspecto de desaprobación, que al infeliz le dio miedo.
―¿Qué hay? –preguntó.
―¿Qué hay? ¿Aun lo
pregunta? Lo que probablemente quería cuando obligó a saltara a su mujer la
zanja.
―¡Varvara Alexéievna!
–gritó él. –Esto es insoportable. Si quiere martirizarme y hacerme la vida
imposible… ―quería decir “váyase a otra parte”, pero se contuvo. ―¿Es que no le
duele?
―Ahora es tarde.
Y, sacudiendo
triunfante la cofia, se dirigió a la puerta.
Lisa había caído, en
efecto, en mala posición. Se había torcido el pie y existía el peligro de un
nuevo aborto. Todos sabían que era imposible hacer nada; lo único que debía era
guardar reposo; sin embargo, decidieron llamar al médico.
“Muy estimado Nikolai
Semiónich –escribió Evgueni. –Ha sido usted siempre tan bondadoso con nosotros,
que espero no se negará a acudir en ayuda de mi esposa. Se halla…”, etc.
Preparada la carta, se dirigió a la cuadra para dar órdenes en lo referente a los
caballos y el coche. Había que prepara un tiro para traer al médico y otro para
llevarlo. Donde la hacienda no está montada en lo grande, todo esto no se puede
disponer de buenas a primeras, hay que pensarlo. Una vez hubo dispuesto las
cosas él mismo y cuando el coche hubo salido, pasadas las nueve, volvió a casa.
Su mujer seguía en la cama y decía que se sentía perfectamente; no le dolía
nada. Pero Varvara Alexéievna, a la luz de las lámparas, para que no molestase
a Lisa, había puesto un cuaderno de música, estaba tejiendo una manta roja con
un aspecto que decía claramente que, después de lo sucedido, la paz era
imposible. Y, por mucho que los demás hicieran, parecía decir: “Yo, al menos,
he cumplido con mi deber”.
En lo vio, pero hizo
como si no lo advirtiera; trató de parecer alegre y despreocupado; contó cómo
había reunido los caballos y cómo la yegua “Kavushka” había ido perfectamente
de encuarte izquierdo.
―Sí, se comprende; es
el momento más oportuno para hacer salir los caballos, cuando hace falta ayuda.
Seguramente también tirarán al médico a una zanja –dijo Varvara Alexéievna,
mirando por debajo de los lentes su labor, que había acerado a la lámpara.
―Era necesario hacerlo.
He arreglado las cosas como mejor creía.
―Recuerdo muy bien la
manera como sus caballos me arrastraron a la entrada.
Se trataba de una vieja
invención de la suegra, y ahora en cometió la imprudencia de decir que las
cosas no habían sido así.
―Por algo digo siempre,
y se lo he repetido muchas veces al príncipe, que lo peor de todo es vivir con
gente embustera y falsa; todo lo aguanto, menos eso.
―Pues me parece que es
a mí a quien más afecta –dijo Evgueni.
―Ya se ve.
―¿Qué?
―Nada, estoy contando
los puntos.
Evgueni se encontraba
en aquel momento junto a la cama. Lisa le miró y con una mano húmeda, que descansaba
sobre la colcha, cogió la suya y la apretó. “Aguántate, hazlo por mí. Ella no
constituye un obstáculo para que nosotros nos queramos”, le dijo su mirada.
―No lo haré. Así es
–murmuró él, y besó su mano húmeda y larga, y luego sus ojos, que se cerraron
al recibir el beso. ―¿Es que se va a repetir? –dijo luego. ―¿Cómo te
encuentras?
―Me da miedo decirlo,
pero tengo la sensación de que vive y vivirá –contestó Lisa mirando su vientre.
―Es terrible, es
terrible pensarlo siquiera.
Aunque Lisa insistió
mucho en que se retirara, Evgueni se quedó con ella, con un ojo abierto y
dispuesto a atenderla. Pero pasó bien la noche y, si no hubiesen llamado al
médico, acaso se habría levantado.
El médico llegó a la
hora de la comida y, como se comprende, dijo que, aunque reiterados, no había
indicaciones en este sentido, aunque tampoco los había en sentido contrario,
por lo que, por una parte, se podía suponer, y por otra, también se podía suponer.
Por ello había que guardar absoluto reposo. Además, el médico dio a Varvara
Alexéievna una conferencia sobre anatomía de la mujer, a todo lo largo de la
cual ella no cesó de menear significativamente la cabeza. Una vez hubo recibido
sus honorarios, como de ordinario, en la parte posterior de la palma de mano,
el médico se fue, previa indicación de que la enferma debía guardar una semana
de cama.
Evgueni pasó la mayor
parte del tiempo junto a la cama de su mujer; la atendía, hablaba con ella, le
leía y, lo que resultaba más difícil de todo, lo hacía soportando las
acometidas de Varvara Alexéievna, que hasta sabía convertir en objeto de broma.
Pero no podía quedarse
siempre en casa. En primer lugar, Lisa le hacía salir, diciendo que se ponía
enfermo si ni se movía de su lado, y en segundo, las cuestiones de la hacienda
marchaban de tal modo, que a cada paso e requería su presencia. No podía recluirse
en casa, y estando en el campo, en el bosque, en el huerto, en la era, en todos
los sitios, no ya el pensamiento de Stepanida, sino su imagen viva le perseguía
de tal modo, que en muy raras ocasiones podía olvidarla. Esto no habría sido
nada, acaso habría podido superar ese sentimiento; lo peor de todo era que
antes pasaban meses enteros sin verla y ahora la veía y se tropezaba con ella a
cada paso. Stepanida parecía comprender que él quería reanudar las relaciones y
trataba de hacerse visible. Entre ellos no se había hablado nada, y por eso ni
ella ni él acudían directamente a la cita, tratando solamente de encontrarse.
El sitio donde esto
podía suceder era el bosque, al que las mujeres acudían con sacos a buscar
hierba para las vacas. Evgueni lo sabía y por eso pasaba a diario por allí.
Todos los días se decía que no lo haría y todos los días terminaba dirigiéndose
al bosque y, al escuchar voces, deteniéndose tras un arbusto, miraba con el
corazón palpitante si era ella.
¿Para qué necesitaba
saberlo? No hubiera podido contestarlo. Si hubiese sido ella y hubiese estado
sola, no se había acercado (así lo pensaba), sino que habría huido; pero
necesitaba verla. En una ocasión la encontró: cuando él entraba en el boque,
ella salía con otras dos mujeres, con un pescado seco de hierba a la espalda.
De ocurrir un poco antes, hubiera podido hacerse el encontradizo en el bosque.
Ahora era imposible, en presencia de las otras mujeres, hacerla volver. Mas, a
pesar de que lo comprendía así, durante largo rato, con el riesgo de llamar la
atención de las otras mujeres, permaneció espiando tras los arbustos de
avellano. Ella no volvió, se entiende, pero él estuvo aguardando un buen rato.
¡Que hechizo se imaginaba, Dios mío! Y esto no ocurrió una vez, fueron cinco,
seis. Y conforme el tiempo pasaba, más fuerte era en él ese sentimiento. Jamás
le había parecido tan atractiva. Y no era sólo que fuese atractiva, jamás le
había subyugado de esta manera.
Sabía que iba perdiendo
el dominio sobre sí mismo; era algo que lindaba con la locura. La severidad
para con su persona no se había debilitado en absoluto; al contrario, veía toda
la infamia de sus deseos y hasta de sus actos, porque de ir al bosque era ya un
acto. Sabía que, en cuanto la tuviese cerca, en la oscuridad si era posible, se
dejaría arrastrar por el sentimiento. Sabía que lo único que le frenaba era la
vergüenza ante la gente, ante ella y ante sí mismo. Y sabía que buscaba las
circunstancias n que esta vergüenza no se advirtiese: la oscuridad o un
contacto en que la vergüenza quedase ahogada por la pasión animal. Y por ese
sabía que era un infame criminal, y se despreciaba y aborrecía con todas las
potencias de su alma. Se aborrecía porque no acababa de rendirse; todos los
días pedía a Dios que le diese fuerzas, que lo salvase de la perdición, todos
los días se hacía a la idea de que no daría un paso más, no la miraría y
trataría de olvidarla. Cada día imaginaba recursos para verse libre de aquel
tormento y los ponía en práctica.
Pero todo era en vano.
Uno de los recursos era
estar siempre ocupado en algo: otro era el trabajo intenso trabajo físico y el
ayuno; estaba también la clara noción del bochorno que caería sobre su cabeza
cuando todos se enterasen: su mujer, su suegra, la gente. Lo probaba todo y le
parecía que salía vencedor, pro llegaba la hora, el mediodía, la hora de las
citas de antes, la hora en que la había visto ir a buscar hierba… y se dirigía
al bosque.
Así trascurrieron cinco
penosos días. La vio de lejos, pero ni una sola vez llegaron a acercarse.
Lisa se iba reponiendo
poco a poco, empezaba a caminar y se sentía inquieta por el cambio producido en
su marido, que ella era incapaz de comprender.
Varvara Alexéievna se
hallaba fuera por algún tiempo y el único extraño que quedaba era el tío. María
Pávlovna, como siempre, estaba en casa.
Evgueni se hallaba en
aquel estado, lindante con la locura, cuando como con frecuencia ocurre después
de las tormentas de junio, vinieron unas lluvias torrenciales que se
prolongaron durante dos días. Hubieron de ser interrumpidos todos los trabajos.
Cesó hasta el acarreo del estiércol. La gente se había quedado en casa. Los
pastores, que no podían con la dula, acabaron por llevarla al pueblo. Las vacas
y las ovejas se fueron separando, cada una en busca de su casa. Las mujeres,
descalzas y cubiertas con pañuelos, chapoteando en el barro, salieron a buscar
las vacas extraviadas. Numerosos regatos corrían por los caminos, las hojas y
la hierba estaban llenas de gotas y de los canalones caían sin cesar chorros
que formaban espumeantes charcos. Evgueni se encontraba en casa con su mujer,
que ahora le resultaba particularmente tediosa. Preguntó varias veces a Evgueni
por la causa de su descontento y él, de mal humor, contestó que no le ocurría
nada. Ella cesó en sus preguntas, pero quedó disgustada.
Habían desayunado y se
encontraban en la sala. El tío contaba por centésima vez sus invenciones
relacionadas con amigos suyos de la alta sociedad. Lisa hacía punto y
suspiraba, quejándose del tiempo y de dolor de riñones. El tío de aconsejó que
se acostara y, por su parte, pidió que le sirvieran vino. Dentro de casa,
Evgueni se sentía aburridísimo. Todo le parecía lánguido y tedioso. Fumaba, con
un libro entre las manos, pero no entendía nada de lo que leía.
―Tengo que ir a ver los
ralladores que trajeron ayer –dijo. Se puso en pie y se dirigió a la salida.
―Llévate el paraguas.
―No hace falta, me
pondré el chaquetón de cuero. Además, no voy lejos.
Se puso las botas altas
y el chaquetón y se encaminó a la fábrica; pero no había recorrido veinte pasos
cuando le salió al encuentro ella, con la falda recogida y dejando ver las
blancas pantorrillas. Caminaba sujetando con ambas manos la toquilla en que se
había envuelto la cabeza y los hombros.
―¿Qué haces? –preguntó
él, que en el primer momento no la había reconocido. Ella se detuvo y,
sonriendo, se le quedó mirando.
―Estoy buscando el
ternero. ¿Adónde va con este tiempo? –dijo, como si se estuviesen viendo todos
los días.
―Ve a la choza –dijo él
d pronto, sin saber él mismo cómo. Era como si otro hubiese dicho estas
palabras.
Ella mordisqueó el
pañuelo, asintió con los ojos y corrió hacia donde antes iba, a la choza del
jardín, mientras que él siguió su camino con el propósito de dar la vuelta en
cuanto hubiese pasado el macizo de las lilas, para reunirse con ella.
―Señor –oyó a su
espalda, ―le llama la señora; dice que vaya un momento.
Era Misha, su criado.
“Dios mío, es la
segunda vez que me salvas”, pensó Evgueni, y al instante volvió a casa. Ella le
recordó que había prometido llevar a la hora de la comida cierta medicina a una
mujer enferma y le pedía que lo hiciera.
Mientras buscaba la
medicina pasaron cinco minutos. Luego, al salir, no se decidió a ir a la choza
para que no le viesen desde la casa. Pero, en cuanto se perdió de vista, dio
vuelta y se dirigió a la cita. En su imaginación la veía ya en medio de la choza,
sonriendo alegremente; pero no estaba y allí no había nada que recordase su
presencia. Pensó que no había acudido, que no había oído ni entendido sus
palabras. Gruñó para sus adentros, como temeroso de que pudiera oírle. “¿Y si
no ha querido acudir? ¿Por qué me había imaginado que iba a echarse en mis
brazos? Tiene a su marido. Yo sí que soy un miserable; tengo a mi mujer, que es
buena, y voy tras otra”. Así pensaba, sentado en la choza, cuya techumbre de
paja dejaba pasar el agua. “¡Que felicidad, si hubiese venido! Aquí, los dos
solos, bajo esta lluvia. Abrazarla siquiera una vez más, y luego venga lo que
venga. ¡Ah, sí! –recordó. –Si ha estado, encontraré algún rastro”. Miró el
suelo de la choza y el sendero, no invadido por la hierba, y descubrió huellas
recientes de sus pies descalzos. “Sí, ha estado. Ahora se acabó. Donde quiera
que la vea, me acercaré a ella. Iré de noche a verla”. Permaneció un largo rato
en la choza y salió allí extenuado y abatido. Llevó la medicina, volvió a casa
y se tumbó en su cuarto, en espera de la comida.
Poco antes de la hora
de la comida, llegó Lisa y, en sus intentos de imaginar la causa del
descontento que en él veía, le dijo que tenía miedo; no quería que la llevasen
a Moscú para dar a luz y había decidido quedarse. No iría a Moscú por nada del
mundo. Él sabía lo mucho que temía el momento del parto y que el niño naciese
con algún defecto, y por eso no pudo por menos de enterarse al ver la facilidad
con que lo sacrificaba todo movida por el amor que le profesaba. Dentro de la
casa todo era bueno, alegre y limpio; pero en su alma sentía algo sucio,
infame, horrible. La tarde entera la pasó Evgueni atormentado ante la
conciencia de que, a pesar de su firme propósito de poner fin a aquel estado de
las cosas, a la mañana siguiente ocurriría lo mismo.
“No, esto no es posible
–se decía, yendo y viniendo por el cuarto. –Tiene que hacer un remedio contra
esto. ¿Qué hacer, Dios mío?
Alguien llamó a la
puerta a la manera de los extranjeros. Era, lo sabía, el tío.
―Adelante –dijo.
El tío llegaba como
embajador espontáneo de su mujer.
―La realidad es que
observo en ti un cambio –le dijo, ―y me doy cuenta de lo que Lisa sufre.
Comprendo que se te haga duro dejar todo esto, ahora que había empezado tan
bien, pero que veux tu? Yo os aconsejaría un cambio de ambiente. Os
sentiréis más tranquilos los dos. Mi opinión es que vayáis a Crimen. El clima
es excelente, allí hay un buen tocólogo y llegaréis en plena vendimio.
―Tío –empezó de pronto
Evgueni. ―¿Puede guardar un secreto, un secreto horrible? Es un secreto
vergonzoso.
―No faltaba más, ¿es
que dudas de mí?
―Tío, usted puede
ayudarme. No sólo ayudarme, sino salvarme –dijo Evgueni.
Y la idea de que iba a
revelar su secreto a un tío a quien no estimaba, la idea de que iba a aparecer
ante él en una posición tan desfavorable, humillante, pareció agradable. Se
sentía ruin y culpable, y experimentó el deseo de castigarse.
―Habla, amigo mío, ya
sabes cuanto te quiero –dijo el tío, al parecer muy contento de que hubiera un
secreto, de que se tratase de un secreto vergonzoso, de que este secreto le iba
a ser revelado y de que él podía ser útil.
―Ante todo, he de decir
que soy un miserable y un canalla; un canalla, precisamente un canalla.
―No digas eso –empezó
el tío ahuecando la voz.
―Claro que lo soy.
¡Cuando soy el marido de Lisa, de Lisa! Porque hay que reconocer su pureza y su
amor. Y yo su marido, quiero hacerle traición con una mujer cualquiera.
―¿Qué significa eso de
que quieres? ¿No la has traicionado?
―No, pero da igual, es
lo mismo que si la hubiese traicionado, porque no ha dependido de mí. Yo estaba
dispuesto. Me lo impidieron, porque de lo contrario ahora… ahora… No sé lo que
haría.
―Espera, explícate…
―Verá. De soltero
cometí la estupidez de entenderme con una mujer de aquí, de nuestra aldea. Es
decir, me veía con ella en el bosque, en el campo…
―¿Es bonita?
Evgueni arrugó el ceño
al oír esto, pero tan necesitado estaba de ayuda, que pasó por alto la pregunta
y prosiguió:
―Pensé que era algo por
alto sin importancia, que lo cortaría y ahí acabaría todo. Lo corté antes de la
boda y casi durante un año ni la vi ni pensé en ella –a Evgueni se le hacía
raro escucharse, oír la descripción del estado en que se encontraba; ―luego, de
pronto, no sé por qué (la verdad es que a veces cree uno en los hechizos),
volví a verla, se me metió un gusano en el corazón y no cesa de roerme. Me
increpo a mí mismo, comprendiendo el horror de mi acción, es decir, de lo que a
cada momento podría hacer, y yo mismo voy a buscarla, y si no lo he hecho es
porque Dios me salvó. Ayer, cuando Lisa me llamó, iba a buscarla.
―¿En plena lluvia?
―No puedo más, tío, y
he decidido a abrirle mi corazón y pedirle ayuda.
―Sí, se comprende;
dentro de tu propia hacienda no está bien. Se sabría. Comprendo que Lisa está
delicada y que hay que cuidarla, pero ¿por qué en tu propia hacienda?
Evgueni no quiso
tampoco ahora escuchar lo que el tío le decía y se apresuró a exponer la
esencia de su problema.
―Sálveme de mí mismo.
Es lo que le pido. Hoy, por casualidad, me han impedido consumar el hecho, pero
mañana, ora vez, no me lo impedirán. Y ahora ella lo sabe. No me deje nunca
solo.
―Sí, admitámoslo –dijo
el tío. –Pero ¿tan enamorado estas?
―No se trata de eso. No
es eso, es una fuerza que se apodera de mí y no me suelta. No sé qué partido
tomar. Puede que llegue a hacerme fuerte, y entonces…
―Resulta lo que yo
pensaba –dijo el tío. –Hay que ir a Crimen.
―Sí, sí, iremos;
mientras tanto, estaré con usted, hablaré con usted.
El hecho de haber
confiado al tío su secreto y, sobre todo, los suplicios y la vergüenza que
había sufrido después del día de la lluvia, devolvieron la calma a Evgueni.
Quedó decidido que irían a Yalta. Mientras tanto, Evgueni hizo un viaje a la
ciudad al objeto de arbitrar dinero para el viaje, tomó sus disposiciones en lo
relativo a la casa y la hacienda, recobró la alegría, se sintió atraído de
nuevo por su mujer y empezó a revivir moralmente.
Así, sin haber visto ni
una sola vez a Stepanida después del día de la lluvia, salió con su mujer hacia
Crimen. Allí pasaron dos meses excelentes. Era tantas las nuevas impresiones,
que todo lo anterior pareció haberse borrado para Evgueni. En Crimen encontraron
a antiguos conocidos, con los que intimaron, e hicieron nuevas amistades. La
vida allí era para Evgueni una continua fiesta, además de que le resultaba
instructiva y útil. Intimaron con el antiguo mariscal de la nobleza de su
propia provincia, hombre inteligente y liberal, que tomó cariño a Evgueni, le
expuso sus puntos de vista y le ganó para su partido. A fines de agosto Lisa
dio a luz a una hermosa niña; contra todo lo que se esperaba, el parto resultó
muy fácil.
Cuando los Irténev
volvieron a casa, en septiembre, eran ya cuatro, contando la niña y la nodriza,
puesto que Lisa no la podía criar. Completamente libre de los horrores de
antes, cuando Evgueni volvió era un hombre nuevo y feliz. Las inquietudes
propias del parto, comunes a todos los maridos, hicieron todavía más fuerte el
amor que sentía por su mujer. Cuando tomó la niña en brazos notó que había algo
que movía a risa; era un sentimiento nuevo, muy agradable, como un cosquilleo.
Otro factor nuevo en su vida era ahora que además las ocupaciones de la
hacienda, en su lama, gracias a la amistad con Dumchin (el antiguo mariscal de
la nobleza), había surgido otro interés, el de los asuntos políticos, en parte
por ambición, y en parte por la conciencia del deber. En octubre debía
celebrarse una asamblea extraordinaria en la que sería presentada en la que
sería presentada su candidatura. Ya en casa, fue una vez a la ciudad y otra a
visitar a Dumchin.
Ni siquiera pensaba en
los tormentos de la seducción y la lucha, y le costaba trabajo imaginárselos.
Se le figuraba como un acceso de locura que hubiera sufrido.
Hasta tal punto se
sentía libre de todo esto, que en la primera ocasión, cuando se quedó a solas
con el intendente, no vació en preguntarle. Como no era la primera vez que
hablaban de esto, no sintió reparo en hacerlo:
―¿Y Sidor Péchnikov?
¿Sigue fuera?
―Sí, está en la ciudad.
―¿Y su mujer?
―¡Es caso perdido!
Ahora se ha liado con Zinovi. Está imposible.
“Magnífico –pensó
Evgueni. ―¡Cómo he cambiado! Es asombrosa mi indiferencia hacia todo eso”.
Todo salió tal y como
Evgueni deseaba. Había conseguido conservar la finca, la fábrica estaba en
marcha, la cosecha de remolacha había sido espléndida y esperaba de ella
grandes beneficios; su esposa había dado a luz felizmente a una niña y la
suegra se había ido. Por si eso fuera poco, que elegido por unanimidad.
Después de las
elecciones en la ciudad, Evgueni debía regresar a casa. Llovieron las
felicitaciones, tuvo que celebrarlo. En la comida se tomó cinco copas de
champaña. En su mente forjaba planes de vida completamente nuevos. Volvió a
casa pensando en ellos. El camino era excelente y brillaba el sol. Al acercarse
a casa, Evgueni pensaba que ahora, después de la elección, ocuparía la posición
que siempre había aspirado, es decir, que estaría en condiciones de servir al
pueblo y no ahora con el trabajo que podía proporcionar, sino con su influencia
directa. Se imaginaba como al cabo de tres años juzgarían de él otros
campesinos. “Este, por ejemplo”, se dijo al pasar por la aldea, mirando a un
mujik y una mujer que pasaba por el camino transportando una tina. Detuvo el
cochecillo para dejarlos pasar. El mujik era el viejo Péchnikov y la mujer era
Stepanida. Evgueni la miró y al reconocerla sintió la alegría que había quedado
completamente tranquilo. Parecía tan atractiva como siempre, pero eso no le
afectó en absoluto. Llegó a su casa. Su mujer salió a recibirle al portal. La
tarde era maravillosa.
―¿Qué? ¿Podemos
felicitarte?
―Sí, he sido elegido.
―Excelente. Hay que
mojarlo.
Al día siguiente,
Evgueni hizo un recorrido por la hacienda, que tenía abandonada. N la alquería
estaba en marcha la nueva trilladora. Iba entre las mujeres tratando de no
fijarse en ellas, pero, por mucho que se esforzase, un par de veces reparó en
los negros ojos y el pañuelo rojo de Stepanida, que retiraba la paja. Os veces
la miró de reojo y de nuevo sintió algo, aunque sin llegar a darse cuenta clara
de lo que ocurría. Sólo al otro día, al volver a la era de la alquería, donde
estuvo dos horas sin tener necesidad alguna, sin dejar de acariciar con la
mirada la hermosa y conocida figura de Stepanida, sintió que era hombre
perdido, que estaba perdido por completo, irremisiblemente. De nuevo los
tormentos, de nuevo los mismos horrores y miedos. Y no había salvación.
***
Ocurrió lo que
esperaba. Al día siguiente, a la caída de la tarde, sin él mismo darse cuenta,
se vio en la parte trasera de la casa de ella, frente al henil, donde el otoño
pasado habían tenido una cita. Como si fuera paseando, se detuvo para encender
un cigarrillo. La vecina lo vio y él al dar la vuelta, oyó que decía a alguien:
―Anda, te está
esperando; se ve que no puede más. ¡Anda, tonta!
Vio como una mujer,
ella, corría al henil, pero ya no pudo volver, porque un mujik le había salido
al encuentro, y se fue a casa.
Al entrar en la sala
todo le pareció absurdo y falto de naturalidad. Se había levantado animoso, con
la decisión de dejarlo, de olvidar, de no permitirse pensar en ello. Pero, sin
él mismo advertirlo, durante la mañana no sólo se había interesado por los
asuntos, sino que había procurado eludirlos. Lo que antes le parecía importante
y le alegraba, ahora era fútil. Sin conciencia de lo que hacía, trataba de
apartarse de los asuntos de la hacienda. Le parecía que debía hacerlo para
reflexionar y meditar. Prescindió de todo, buscando la soledad. Pero, en cuanto
se vio solo, se fue a pasear por el jardín y el bosque. Y todos estos lugares
estaban ensuciados con recuerdos que lo dominaban por completo. Sentía que iba
al jardín y que se decía que pensaba algo, pero no pensaba nada, sino que, como
un insensato, sin darse cuenta cabal de nada, la esperaba; esperaba que ella,
por un milagro, comprendía como la deseaba; acudir a él, a un sitio donde nadie
los viese, o de noche, cuando no hubiese luna, y nadie ni siquiera ella misma,
pudiese ver nada; en una noche así acudiría y él podría tocar su cuerpo…
“Sí, corté la
relaciones cuando quise –se decía. ―¡Para cuidar de mi salud me junté con una
mujer limpia y sana! No, se ve que no es posible jugar así con ella. Pensé que
la había tomado, pero fue ella quien me tomó a mí, y ya no me suelta. Pensé que
yo era libre, pero no lo era. Me engañé a mí mismo al casarme. Todo ha sido un
absurdo, un engaño. Cuando me junté con ella experimenté un sentimiento nuevo,
al auténtico sentimiento de marido. Sí, debí seguir viviendo con ella.
“Sí, dos vidas son
posibles para mí. Una, la que empecé con Lisa; el cago, la hacienda, la niña,
la estimación de la gente. Si opto por esta vida, hace falta que Stepanida
desaparezca. Hay que mandarla fuera, como yo decía, o suprimirla. Y la otra
vida… ya se sabe. Quitársela a su marido, darle a él dinero, olvidar la
vergüenza y el bochorno y vivir con ella. Pero entonces hace falta que
desaparezca Lisa y Mimí (la niña). No, la niña no molestaría, pero hace alta
que Lisa no esté aquí, que se vaya. Que sepa que la he cambiado por una mujer
de la aldea, que soy un embustero, un miserable. ¡No, esto es demasiado
horrible! Esto no puede ser. También podría ocurrir de otro modo –seguía
pensando: ―que Lisa se pusiera enferma y muriera. Que se muriera, y entonces
todo resultaría perfecto.
“¡Perfecto! ¡Oh, eres
un infame! No, si alguien tiene que morir, es ella. Si muriera ella, Stepanida,
todo resultaría bien.
“Sí, así es como
envenenan o pegan un tiro a las esposas o a las amantes. Basta tomar un
revolver, llamarla y, en vez de un abrazo, dispararle en el pecho. Y se acabó.
“Porque ella es el
diablo. El mismo diablo. Porque se ha apoderado de mí contra mi voluntad.
“¡Matar! Sí. Sólo hay
dos salidas: matar a mi mujer o a ella. Porque la vida es imposible”, se dijo y
acercándose a la mesa, sacó de ella un revolver y, después de examinarlo
(faltaba un cartucho), se lo guardó en el bolsillo del pantalón.
―¿Qué hago, Dios mío?
–exclamó de pronto, juntando las mano y empezó a rezar. –Ayúdame, Señor,
líbrame del mal. Tú sabes que no quiero nada malo, pero yo solo no puedo.
Ayúdame –decía, sin cesar de hacer la señal de la cruz ante la imagen.
“Aun puedo dominarme;
daré una vuelta para pensarlo”.
Se dirigió al
recibimiento, se pudo la pelliza y las galochas y salió al portal. Sin él mismo
darse cuenta, bordeando el jardín, sus pasos se dirigieron por el camino del campo,
hacia la alquería. Allí seguía zumbando la trilladora y se oían los gritos de
los chicos que acercaban la mies. Entró en el cobertizo. Estaba allí. La vio
inmediatamente. Estaba recogiendo la paja y, al verle, riendo con los ojos,
ágil y alegre, echó a correr al trote por la paja, separándola hábilmente.
Evgueni no quería, pero no podía por menos mirarla. Se dio cuenta de las cosas
sólo cuando ella desapareció de su vista. El administrador le informó que
estaban trillando la mies escamada, por lo que el trabajo era mayor y daba
menor rendimiento. Evgueni se acercó al tambor, que dejaba oír acompasados, sus
golpes al pasar la mies, mal extendida, y preguntó si quedaban muchos de estos
fajos.
―Unas cinco carretadas.
―Pues bien… ―empezó
Evgueni, mas no terminó la frase.
Ella se había acercando
al tambor que seguía tragando espigas, y le abrazó con su sonriente mirada.
Esta mirada le habló de
la alegre despreocupación del amor entre los dos, de que ella sabía que él la
deseaba y había acudido al cobertizo; que, como siempre, estaba dispuesta a
vivir y divertirse con él, sin pensar en las condiciones y consecuencias. Evgueni
se sintió dominado por ella, pero no quería rendirse.
Recordó su oración y
trató de repetirla. Empezó a recitarla para sus adentros, pero al instante
advirtió que era inútil. Una idea le absorbía por completo: cómo, sin que nadie
advirtiese, convenir la cita.
―¿Empezamos otra hacina
si terminamos hoy, ola dejamos para mañana? –preguntó el administrador.
―Sí, sí –contestó
Evgueni, dirigiéndose mecánicamente a la paja que ella y otra mujer estaban
amontonando.
“¿Es que no puedo
dominarme? –se dijo. ―¿Es que soy un hombre perdido? ¡Dios mío! Pero no hay
Dios. Hay el diablo. Y el diablo es ella. Se ha apoderado de mí, y yo no lo
quiero, no lo quiero. El diablo, sí, el diablo”.
Se acercó hasta
Stepanida, sacó el revolver del bolsillo y le disparó a la espalda, una, dos,
tres veces. Ella dio unos pasos y cayó sobre el montón.
―¿Qué es esto, Dios
mío? –gritaron las mujeres.
―No, no ha sido sin
querer. La he matado deliberadamente –gritó Evgueni. –Id, buscad al comisario.
Llegó a casa y, sin
decir nada a su mujer, se encerró en el despacho.
―¡No entres! –gritó a
Lisa desde el otro lado de la puerta. –Ya te enterarás de todo.
Una hora más tarde llamó
a un criado y le mandó a preguntar si Stepanida había quedado con vida.
El criado estaba al
tanto ya y le dijo que había muerto hacía un rato.
―Perfectamente. Ahora
déjame. Avísame cuando venga el comisario o el juez de instrucción.
El comisario y el juez
llegaron a la mañana siguiente, y Evgueni, después de despedirse de su mujer y
su hija, fue conducido a la cárcel.
Lo juzgaron. Eran los
primeros tiempos del tribunal de jurados. Considerado su enajenación temporal,
sólo lo condenaron a penitencia eclesiástica.
Estuvo nueve meses en
la cárcel y uno en un monasterio.
Ya en la cárcel había
empezado a beber, en el monasterio siguió haciéndolo, y cuando volvió a casa
era ya un alcohólico sin voluntad e irresponsable.
Varvara Alexéievna
aseguraba que siempre lo había predicho. Se veía lo que iba a suceder cuando
discutía. Lisa y María Pávlovna no podían comprender en absoluto la causa,
aunque tampoco daban crédito a las afirmaciones de los médicos de que era un
enfermo mental, un psicópata. No podían aceptarlo porque sabían que era más
sensato que los cientos de personas que habían conocido.
Efectivamente, si
Evgueni Irténev era un enfermo mental cuando cometió su crimen, todos serían
enfermos mentales, y los más enfermos serían, sin duda, aquellos que veían en
los otros síntomas de locura y no los veían en sí mismos.
A las tres de la
mañana, cinco jóvenes de apariencia fastuosa entraban en un baile de San
Petersburgo, dispuestos a recrearse. Bebíase champaña copiosamente. La mayoría
de los invitados eran muy jóvenes y abundaban entre ellos las mujeres jóvenes
también y hermosas. El piano y el violín tocaban sin interrupción, una polka
tras otra. El baile y el ruido no cesaban; pero los concurrentes parecían
aburridos; sin saber por qué era visible que no reinara allí la alegría que en
tales fiestas parece debe reinar.
Varias veces probaron
algunos a reanimarla, pero la alegría fingida es peor aún que el tedio más
profundo.
Uno de los cinco
jóvenes, el más descontento de sí mismo, de los otros de la velada, levantóse
con aire contrariado, buscó su sombrero y salió con la intención de marcharse y
no volver.
La antesala estaba
desierta, pero al través de una de las puertas oíanse voces en el salón
contiguo. El joven se detuvo y púsose a escuchar.
-No se puede entrar...;
están los invitados –decía una voz de mujer.
-Que no se puede pasar,
porque allí no entran más que los invitados -dijo otra voz de mujer.
-Dejadme pasar, os lo
ruego, pues eso no importa -suplicaba una voz débil de hombre.
-Yo no puedo dejaros
pasar sin el permiso de la señora-. ¿A dónde vais? ¡Ah!...
Abrióse la puerta y en
el umbral apareció un hombre de aspecto extraño. Al ver salir al joven, la
criada cesó de retenerle y el extraño personaje saludó tímidamente, y,
tambaleándose en sus corvas piernas, entró en el salón. Era un hombre de
mediana estatura, la espalda encorvada y los cabellos largos y en desorden.
Llevaba abrigo roto, pantalones estrechos y rotos, botas abiertas y en muy mal
estado; una corbata parecida a una cuerda se anudaba en su blanco cuello. Una
camisa sucia le salía por las mangas, sobre las flacas manos. Pero, a pesar de
la extraordinaria magrura de su cuerpo, su cara era blanca y fresca, y un
ligero carmín coloreaba sus mejillas entre la barba y las patillas negras. Los
cabellos en desorden descubrían una frente hermosa y pura. Los ojos sombríos,
cansados, miraban fija y humildemente, y al mismo tiempo con gravedad.
Esta expresión
confundíase de modo agradable con la de sus frescos y arqueados labios, que se
percibían bajo el escaso bigote.
Dio algunos pasos y se
detuvo; volvióse hacia el joven y sonrió. Sonrió con algún esfuerzo, pero
cuando esta sonrisa asomó a sus labios, el joven, sin explicarse por qué,
sonrió también.
-¿Quién es ese hombre?
-preguntó en voz baja la criada, cuando el otro hubo desaparecido hacia la sala
donde se bailaba.
-Es un músico de
teatro, un loco -respondió la doncella. A veces visita a la señora.
-¿Dónde te has metido,
Delessov? -clamaron en la sala.
El joven a quien
llamaban Delessov volvió al salón.
El músico estaba cerca
de la puerta, observando a los que bailaban, y su sonrisa, su mirada y sus
movimientos, daban una idea exacta del placer que le producía el espectáculo.
-¡Vamos, bailad
también! -le dijo uno de los jóvenes.
El músico saludó y
dirigió a la señora una mirada indagatoria.
-Podéis hacerlo, ya que
estos señores os invitan -dijo la dama.
Los débiles y flacos
miembros del músico comenzaron a agitarse con violencia, y, guiñando el ojo con
una sonrisa, púsose a saltar locamente por la sala. En medio del baile, un
oficial muy alegre y que bailaba bastante bien, chocó por casualidad con el músico.
Sus febles y cansadas piernas perdieron el aplomo, y el músico dio un traspié y
cayó cuan largo era. A pesar del ruido seco que produjo su caída, a la primera
impresión todos se echaron a reír. Al ver que el músico no se levantaba,
calláronse los que reían, paróse el piano y Delessov fue el primero que se
acercó al músico apresuradamente, con la señora de la casa. Estaba el caído
apoyado en un codo y miraba al suelo sin expresión ninguna. Cuando le hubieron
levantado y le sentaron en una silla, con un movimiento rápido apartóse los
cabellos que tenía en la frente, sonriendo, sin contestar a las preguntas que
le hacían.
-¡Señor Alberto! ¡Señor
Alberto! -decía la señora de la casa. ¿Os habéis hecho daño? ¿Dónde? ¡Bien os
decía yo que no bailarais!... Está tan débil -continuó dirigiéndose a los
invitados. Si casi no puede andar, ¡cómo quiere bailar!
-¿Quién es?
-preguntaron a la señora.
-Un pobre hombre, un
artista, un buen muchacho, pero un desdichado, como podéis ver...
La señora se expresó en
esta forma con la mayor naturalidad delante del músico. Éste se repuso y, como
asustándose de algo que no sabía lo que era, empujó a los que le rodeaban, hizo
un esfuerzo para levantarse de la silla y exclamó: "¡no es nada!" Y
para probar que no sufría, probó a dar algunos saltos
en medio del salón;
pero sin duda hubiera caído otra vez, a no ser porque unos jóvenes le
sostuvieron.
Todos parecían
cortados; todos le contemplaban en silencio.
De pronto la mirada del
músico se apagó de nuevo, y olvidándose sin duda de los que le rodeaban,
rascóse con fuerza la rodilla. A poco levantó la cabeza, echóse los cabellos
hacia atrás, y acercándose al violinista le quitó el instrumento.
-No ha sido nada
-repitió agitando el violín-. Señores, vamos a tocar...
-¡Qué figura tan extraña!
-decíanse los invitados.
-Quizá tenga un gran
talento ese infeliz -dijo alguno.
-Infeliz, sí,
infeliz... -pronunció un tercero.
-¡Qué hermoso
semblante!... Hay en él algo extraordinario -dijo Delessov. Veamos.
Alberto, sin prestar
atención a nadie, iba y venía a lo largo del piano, mientras templaba el violín
apretado al hombro. Había plegado los labios en una sonrisa indiferente; los
ojos no se le distinguían, pero la estrecha y huesosa espalda, el cuello largo
y blanco, las corvas piernas y la abundante cabellera negra, le daban un
aspecto extraño. Es difícil explicarlo, pero no tenía nada de ridículo. Después
de haber templado el instrumento, se puso en tono y dirigiéndose al pianista
que se preparaba a acompañarle.
-Melancolía, en do
mayor -le dijo con un gesto imperioso. Y como para pedirle perdón por ese
gesto, sonrió dulcemente y con esta sonrisa miraba al público en torno.
Alisándose los cabellos
con la mano en que tenía el arco, Alberto se detuvo en el ángulo del piano, y,
con un movimiento lento, hizo resbalar el arco por las cuerdas. Un sonido
delicado y puro llenó el salón; el silencio era absoluto.
Las notas iban saliendo
libres y elegantes. Desde el primer momento una luz clara, tranquila,
inesperada, iluminó de súbito el mundo interior de cuantos escuchaban. Ni una
sola nota falsa o exagerada turbó el silencio del auditorio. Los sonidos eran
puros, armoniosos y graves. Los oyentes seguían en silencio con febril ansiedad
el desenvolvimiento del tema. De un estado de fastidio, de diversiones
enloquecedoras y de sueños del alma, aquellos hombres veíanse transportados a
otro mundo que habían olvidado del todo. En sus almas nacía unas veces el
sentimiento de la dulce contemplación del pasado, otras, el recuerdo apasionado
de alguna hora feliz; ya el deseo ¡limitado de grandeza y esplendor, ya un
sentimiento de sumisión, de amor no satisfecho y de tristeza. Los sonidos,
tiernos y lastimeros, rápidos y desesperados, confundíanse libremente;
deslizábanse uno tras otro, tan agradables, tan fuertes, tan cautivadores, que
ya no se oían, sino que en el alma de cada uno se desbordaba un torrente de
poesía, de belleza imaginada hacía mucho tiempo, pero sentida por primera vez.!
Alberto se exaltaba más
y más, y estaba muy lejos ya de parecer feo y grotesco; con el violín apretado
a la barbilla, tocaba apasionadamente, agitando nervioso las piernas o
enderezándose o encorvando todo el cuerpo. Mantenía el brazo izquierdo plegado
e inmóvil, y sólo sus huesudos dedos se movían nerviosamente, mientras el brazo
derecho se movía con lentitud, de una manera casi insensible y elegante.
Su cara revelaba el
entusiasmo y la felicidad más completos; estaba su mirada brillante y clara y
sus labios enrojecidos se entreabrían de placer. A veces inclinaba más la
cabeza sobre el violín, cerraba los ojos, y su cara, casi cubierta por la
cabellera, iluminábase con una sonrisa de dicha inmensa.
Otras veces
enderezábase rápidamente, avanzaba una pierna, y en su pura frente y en su
ardiente mirada, que paseaba alrededor de la sala, aparecían grabadas la
arrogancia y la fiereza con que sentía su poder.
Dio el pianista de
pronto una nota falsa y un gran sufrimiento físico se expresó en todo el
músico.
Paróse un momento y
golpeando el suelo con el pie, gritó en tono de cólera infantil: "¡No es
eso!" El pianista recobró el compás y Alberto entonces cerró los ojos,
sonrió, y olvidándose visiblemente de sí mismo y de los demás, se abandonó
completamente a su música. Cuantos se hallaban en el salón mientras Alberto
tocaba, guardaron un silencio religioso y parecían no vivir ni respirar
siquiera.
Un alegre oficial
estaba sentado en una silla cerca de la ventana, mirando al suelo, inmóvil, y
dejaba escapar de una vez en vez profundos suspiros. Las jóvenes guardaban un
silencio religioso. Sentadas a lo largo de la pared, si un murmullo de
aprobación que rayaba en entusiasmo llegaba hasta ellas, se miraban entre sí.
El rostro afable y sonriente de la dama de la casa irradiaba placer. El
pianista, con los ojos fijos en Alberto, trataba de seguirle y se le advertía
en el semblante su temor de equivocarse. Uno de los invitados, que había bebido
más que los otros, recostado en un diván, trataba de no moverse para no
descubrir la emoción de que era presa. Delessov experimentaba una sensación
desconocida; fría corona que parecía crecer y luego se estrechaba ceñía su
cabeza; las raíces de los cabellos se le hacían sensibles; frío de nieve
subíale por la espalda y llegaba a su garganta; finísimas agujas le picaban la
nariz y el paladar, y a pesar suyo rodábansele las lágrimas por las mejillas...
Se sacudía, quería enjugarlas sin que nadie lo advirtiera, pero otras brotaban
de sus ojos y rodaban por el rostro.
Por una extraña
asociación de ideas, las primeras notas del violín de Alberto transportaron a
Delessov a su primera juventud. Él, que ya no era joven y estaba cansado de la
vida, sentíase volver de nuevo a los diecisiete años, hermoso, contento de si
mismo, bueno, inconsciente y feliz. Acodábase de su primer amor, de su prima,
vestida de color de rosa, y de su primera declaración en la avenida de los
tilos; el ardor y el atractivo incomparables de un beso furtivo; la ilusión de
los misterios incomprensibles que entonces te rodeaban. En el recuerdo que
surgía en medio de la espesa niebla de infinitas esperanzas, de vagos deseos,
de una fe inquebrantable en la posibilidad de una felicidad imposible, brillaba
la imagen de ella. Todos los momentos no apreciados de esa época se le
aparecían uno tras otro; pero como el momento insípido del presente que huye,
sino como imágenes que se paran y, agrandándose, van reproduciendo el pasado.
Con infinita alegría las contemplaba y seguía; mas no por el tiempo pasado que
hubiera podido emplear mejor, sino porque el tiempo pasado no vuelve jamás. Los
recuerdos iban agolpándose a su mente, y el violín de Alberto continuaba
diciendo siempre lo mismo; decía: "En ti ha pasado para siempre el tiempo
de la fuerza, del amor y de la felicidad. Pasó para siempre. Llora lo pasado;
llora, hasta morir, sobre lo pasado... ¡Ésta es la única felicidad que te
queda!" Al final de la última variación, el rostro de Alberto se fue
poniendo rojo; brillaban sus ojos extraordinariamente; gruesas gotas de sudor
cayeron sobre sus mejillas; las venas de la frente se le hincharon, su cuerpo
agitose cada vez con más fuerza; sus labios pálidos no se volvieron a cerrar, y
todo él parecía experimentar la avidez entusiasta del goce.
Con brusco movimiento
del cuerpo y sacudiendo la cabellera, bajó el violín; y, con una sonrisa de
majestuosa arrogancia y de felicidad inmensa, miró a los presentes. Después
enarcó la espalda, bajó la cabeza, se plegaron sus labios, y, viendo con
timidez a su alrededor, se dirigió hacia la otra sala.
Algo extraño ocurría
entre los invitados y algo extraño había también en el silencio que siguió a la
música de Alberto. Era como si cada uno hubiera querido y no hubiese podido
expresar todo aquello.
¿Qué significaba una
sala bien alumbrada y tibia, mujeres turbadoras, el alba asomando por las
ventanas, la sangre agitada y la impresión pura de los sonidos? Nadie pretendía
explicar aquello. Al contrario, casi todos, como no se sentían con fuerzas para
salirse de tan profunda impresión, se rebelaban contra ella.
-En efecto, ejecuta
perfectamente -dijo el oficial.
-¡Admirablemente!
-respondió Delessov, que se había escondido mientras se enjugaba las mejillas
con la manga.
-Sin embargo, señores,
es hora de irnos -dijo, rehaciéndose un poco, el que estaba echado sobre el
diván-. Tendremos que darle algo: hagamos una colecta.
Alberto estaba solo en
la otra sala, sentado en el diván; tenía los codos apoyados en las rodillas
huesosas, y con sus manos sucias se frotaba el rostro.
Sus cabellos estaban
desgreñados y mostraba una sonrisa feliz.
La colecta fue
fructuosa. Delessov se encargó de ponerla en sus manos. Además, le vino la idea
a Delessov, en quien la música produjo una profunda impresión, de protegerle.
Había pensado llevarle a su casa, vestirlo y hallarle un empleo cualquiera para
arrancarlo de su triste situación.
-¿Estáis cansado? -le
preguntó al acercársele.
Alberto sonrió.
-Sois un verdadero
talento. Deberíais ocuparos seriamente de la música, tocar en público.
-Ahora bebería de muy
buena gana -dijo Alberto como si despertase de un prolongado sueño.
Delessov le trajo vino;
el músico apuró con avidez dos vasos.
-¡Qué buen trozo de
música es esa melancolía! -dijo Delessov.
-¡Oh!, sí, sí
-respondió Alberto sonriéndose Pero, permitidme... No sé a quién tengo el honor
de hablar; quizá seáis un conde o un príncipe... ¿Podríais prestarme un poco de
dinero? -Callóse un momento-.
Yo no tengo nada... soy
muy pobre... no podría devolvéroslo.
-Delessov se sonrojó,
apresurándose a entregar al músico el dinero recogido.
-Muchísimas gracias
-dijo Alberto cogiendo el dinero-. Y ahora, si os place, vamos a tocar música,
yo tocaré tanto como queráis, pero os agradecería que me dieras algo de beber
-dijo levantándose.
Delessov le trajo otra
vez vino y le instó para que se sentara a su lado.
-Me dispensaréis si os
hablo con franqueza, dijo Delessov-. ¡Vuestro talento me ha interesado tanto!
Me parece que estáis en
una situación muy difícil.
Alberto miraba, ya a
Delessov, ya a la señora de la casa, que acababa de entrar en la estancia.
-Permitidme que os
ofrezca el auxilio de mi amistad -Continuó Delessov -. Si necesitáis alguna
cosa...; me causaréis una verdadera satisfacción si provisionalmente os
intaláis en mi casa; yo vivo solo y podría seros muy útil.
Alberto sonrió sin
responder.
-¿Por qué no le dais
las gracias? -dijo la señora interviniendo-. Es un beneficio para vos... Por
mas que no os lo aconsejaría -dijo dirigiéndose a Delessov con un movimiento de
cabeza que expresaba negación.
-Os lo agradezco mucho
-dijo Alberto, estrechando entre sus húmedas manos las de Delessov-, mas ahora
os ruego que vayamos a tocar música.
Los invitados estaban
ya dispuestos a retirarse y, a pesar de las palabras de Alberto, fueron
saliendo todos del salón.
Alberto se despidió de
la señora, tomó su sombrero ya muy usado, de anchas alas, un casacón viejo de
verano, su único abrigo, y fue bajando con Delessov la escalinata.
Cuando Delessov se hubo
sentado en el coche al lado de su nuevo amigo, y sintió el olor repugnante de
vino y de sudor que despedía el músico, empezó a lamentar el acto que había
llevado a cabo, reprochándose la infantil ternura de su corazón y su falta de
conocimiento. Por otra parte, la conversación de Alberto era tan vulgar y tan
falta de sentido, y el aire libre había puesto tan de relieve su borrachera,
que Delessov empezó a sentir aprensión. "¿Qué haré con él?", pensó.
Al cabo de un cuarto de
hora Alberto se reclinó, el sombrero rodó a sus pies y, acomodado en un rincón
del coche, empezó a roncar. Las ruedas rechinaban con regularidad sobre la
nieve; la luz de la aurora penetraba débilmente por los cristales del carruaje.
Delessov contemplaba a
su vecino. Este, envuelto en la capa, yacía cerca de él. Parecíale a Delessov
que una cabeza alargada, con una gran nariz negra, se balanceaba sobre el
cuerpo del músico, pero, mirándolo más de cerca, vio que lo que tomaba por la nariz
y la cara eran los cabellos, y que su rostro estaba más abajo. Entonces la
hermosura de la frente y de la boca cerrada de Alberto le impresionaron de
nuevo. Bajo la influencia del cansancio, de los nervios, de la hora avanzada y
de la música que había oído, Delessov, mirándole el rostro, se transportó de
nuevo al mundo feliz entrevisto unas horas antes. Otra vez recordó el tiempo
feliz de su juventud, y ya no se arrepentía de su acción. En aquel momento
quería a Alberto con sinceridad y con vehemencia, y se prometía firmemente
hacer por el cuanto le fuera posible.
A la mañana siguiente,
cuando Delessov se despertó para ir al servicio, vio con extrañeza en torno
suyo el biombo, su viejo criado, y el reloj sobre la mesa. "¿No es acaso
todo lo que quiero tener a mi lado?", preguntóse. Entonces se acordó de los
negros ojos y de la sonrisa del músico, y del motivo de la Melancolía..., y
toda la extraña noche de la víspera pasó por su imaginación.
Sin embargo, no tuvo
tiempo de preguntarse si tenía o no razón para albergar al músico en su casa.
Mientras se arreglaba
hizo mentalmente el reparto del día: tomó papel, dispuso lo necesario para la
casa, y apresuradamente se calzó las botas y se envolvió en la capa. Al pasar
por delante del comedor miró hacia adentro: Alberto, con la cara escondida entre
los almohadones en desorden, con una camisa sucia y rota, dormía pesado sueño
sobre el diván de tafilete donde le instalaron la noche anterior sin
conocimiento.
"Hay algo que no
va bien", pensó involuntariamente Delessov.
-Haz el favor de ir de
parte mía a casa de Borazovski, y pídele el violín por dos días. Para éste...
-dijo al criado-. Cuando despierte le haces tomar café y le das alguna ropa mía.
Te ruego que en todo le satisfagas.
Cuando Delessov llegó
por la noche a su casa, le sorprendió no encontrar a Alberto.
-¿A dónde ha ido?
-preguntó al criado.
-Se fue después de
comer -respondió éste-; cogió el violín y se fue prometiendo volver al cabo de
una hora... y aún no ha vuelto.
-¡Eso sí que me
molesta! -exclamó Delessov-.
¿Por qué le has dejado
salir, Zakhar?
Zakhar era un criado
petersburgués que servía a Delessov hacía ocho años. Éste, como soltero que
vive solo, le confiaba, sin querer, sus intenciones, y le gustaba saber su
opinión en todos sus asuntos.
-¿Cómo queríais que me
hubiese atrevido a no dejarle salir? -respondió Zakhar, mientras jugaba con su
gorro-; si me hubieseis dicho que le retuviese, yo habría podido entretenerlo
en casa; pero me hablasteis tan sólo del vestido.
-¡Cuánto me contraría!
¿Qué hizo mientras yo estuve fuera?
Zakhar sonrió.
-Se puede decir que es
un verdadero artista. Tan pronto como despertó, pidió vino Madera; después
estuvo jugando un buen rato con la cocinera y el criado del vecino: ¡es muy
bromista! Sin embargo, tiene buen carácter. Le llevé el té y la comida, pero no
quiso comer nada, empeñado en invitarme siempre... ¡Qué bien sabe tocar el
violín! Estoy seguro de que un artista así no se encuentra ni en casa de Igler.
A un artista así sí vale la pena sostenerlo.
Cuando tocó
"Boguemos río abajo en el Volga paternal"... parecería que un hombre
llorara. ¡Hermosísimo!
Todos los criados de la
casa entraron en la sala para escucharle.
-Bueno; ¿le diste ropa?
-interrogó el amo.
-Sin duda; te he dado
una de vuestras camisas de noche y mi abrigo. Se debe ayudar a un hombre así;
es verdaderamente un buen muchacho. -Zakhar se sonrió-. Me ha estado
preguntando el grado que tenéis, si tenías altas e importantes amistades, y el
número de vuestros simos,-Está bien, está bien; ahora habrá que buscarle, y de
aquí en adelante no darle nunca de beber, si no, se pondrá peor aún.
-Es verdad -interrumpió
Zakhar-; es evidente que su salud está muy quebrantada. En casa, en casa de los
amos, había un empleado que siempre estaba así... Delessov, que hacía tiempo
conocía la historia del empleado, un borracho inveterado, no le dejó concluir,
y le ordenó prepararlo todo para la noche, e ir en busca de Alberto y
traérselo.
Se metió en cama, apagó
la bujía, pero no pudo dormir pensando siempre en Alberto. "Aunque esto
les parezca extraño a muchos de mis amigos -pensaba Delessov-, es tan raro el
poder hacer alguna acción desinteresada, que hay que dar las gracias a Dios
cuando este caso se presenta; yo no dejaré de hacerlo. Haré todo, absolutamente
todo lo que pueda para ayudarle. Quizá no esté loco y sea su extravío el efecto
simplemente de la bebida. No me costará caro, porque donde come uno comen dos.
Por ahora que viva
conmigo; después ya le encontraremos empleo para sacarle del banco de arena en
que está encallado; más tarde ya veremos"...
Una agradable
satisfacción de sí mismo le embargó después de estas reflexiones.
" Verdaderarnente
no soy del todo malo; no, al contrario, soy muy bueno en comparación con los
demás..." -pensó.
Estaba casi dormido
cuando le distrajo el ruido de la puerta que se abría y de unos pasos en la
antesala.
"Tendré que ser
más severo con él; debo hacerlo y será mucho mejor" -se dijo.
Apoyó el dedo en el
timbre y llamó.
-¿Qué, le has traído?
-le preguntó a Zakhar, que entraba-Ese hombre está en estado lastimoso –dijo
Zakhar moviendo la cabeza con solemnidad y cerrando los ojos.
-Qué, ¿está ebrio?
-Está muy débil.
-Y el violín, ¿dónde
está?
-Lo he traído; la
señora me lo ha dado.
-Pues bien, te ruego
que no le dejes pasar ahora, métele después en la cama y mañana por la mañana
vigílale atentamente para que no salga de casa.
Pero aún no había
salido Zakhar cuando Alberto entraba ya en la habitación.
-¿Ya queríais dormiros?
-dijo Alberto sonriendo.
Estuve en casa de Anna
Ivanovna; he pasado una velada agradable. Se tocó música; hubo para reírse; la
reunión fue deliciosa. Permitidme que beba un poco -añadió cogiendo el jarro de
agua que estaba encima de la mesa-; pero no es agua lo que deseo.
Alberto estaba como la
víspera; la misma encantadora sonrisa en los labios, la frente despejada y los
miembros débiles. El abrigo de Zakhar le caía admirablemente, y el cuello alto
y limpio de la camisa de noche encuadraba de una manera pintoresca su cuello
fino y blanco, dándole un aspecto señoril e inocente. Sentóse en la cama de
Delessov y le miró en silencio con una sonrisa grata y alegre.
Delessov examinaba los
ojos de Alberto, sintiéndose de nuevo atraído por el encanto de su sonrisa;
olvidó el deseo de ser severo con él, y quiso, al contrario, distraerse, oír al
músico y estar hablando amigablemente con él, aun hasta el amanecer. Delessov
ordenó a Zakhar que trajese una botella de vino, algunos cigarros y el violín.
-¡Ah, de perlas! -dijo
Alberto-. Aún es temprano, podemos tocar cuanto queráis.
Trajo Zakhar con gran
satisfacción una botella de Laffite, dos vasos, algunos cigarrillos de los que
fumaba Delessov, y el violín. Pero en vez de acostarse como su amo le ordenó,
encendió un cigarro y se sentó en la sala contigua.
-Mejor es que hablemos
-dijo Delessov al músico, que tomaba ya el violín.
Alberto se sentó con
cuidado en la cama y volvió a sonreír alegremente.
-¡Oh!, sí -dijo,
dándose una palmada en la frente y tomando una expresión curiosa e inquieta,
pues en la expresión de su cara se leía siempre lo que pensaba.
- Permitidme que os
pregunte... -Detúvose un momento- Este caballero que estaba con vos ayer
noche... al que llamabáis N ¿no es el hijo del célebre N?
-Su propio hijo
-respondió Delessov no comprendiendo lo que eso pudiera interesar a Alberto.
-Eso es -dijo
sonriéndose con satisfacción. Le reconocí al momento en sus modales
particularmente aristócratas. Me gusta mucho la aristocracia, porque hay en
ella elegancia y belleza. ¿Y aquel oficial que bailaba tan bien? -preguntó-;
también me gustó mucho; parecía tan noble, tan alegre... Es el ayudante del
campo N.N.
-¿Cuál? -preguntó
Delessov.
-Aquél con quien
tropecé cuando bailábamos.
Debe se ser un corazón
de oro.
-Es un libertino
-respondió Delessov.
-¡Oh, no! -replicó
calurosamente Alberto-. En él se nota algo muy agradable, y es un buen músico
-añadió-. Tocó allí un trozo de ópera que desde hace mucho no había oído ni que
me gustara tanto.
-Sí, toca bien; pero su
estilo no me gusta –dijo Delessov, que quería obligar a su interlocutor a
hablar de música-. No comprende la música clásica; y la música de Donizetti y
de Bellini no es música buena. ¿No sois de esta opinión?
-¡Oh, no, no,
dispensad! -dijo Alberto con expresión deferente. La música antigua es una y la
nueva es otra. En la música nueva hay también trozos extraordinariamente
hermosos: ¡La Sonámbula!..., ¡el final de Lucía! ¡Chopin!... ¡Roberto! He
pensado muchas veces.... -paróse un momento concentrando el pensamiento-, que
si Beethoven viviese, lloraría de placer escuchando La Sonámbula. En todas
partes se encuentra lo bueno. La primera vez que oí La Sonámbula fue cuando
vinieron la Viardot y Rubini; era.... ¡ah! -y brilláronle los ojos e hizo un
gesto con las manos, como si hubiese querido arrancarse algo del pecho-; con un
poquito más...
-Y ahora, ¿qué os
parece la ópera? –preguntóle Delessov.
-Bozia es buena, muy
buena, extremadamente elegante, pero no tiene nada aquí -dijo señalando su
hundido pecho-. A un artista le hace falta pasión y ella no la siente. Como
gustar ya gusta pero no entusiasma.
-¿Y Lablache?
-Le oí en París en el
Barbero de Sevilla; en aquella época era el único; pero ahora ya es viejo. No
puede ser actor, es demasiado viejo...
-Sí, es viejo, pero aún
vale en la música de conjunto -dijo Delessov.
Este era su juicio
respecto a Lablache.
-¿Cómo que qué importa
que sea viejo? –Dijo Alberto con severidad-. No debiera serlo. El artista no
debe nunca ser viejo. Se necesitan muchas cosas para el cultivo del arte, pero
principalmente el fuego sagrado -dijo con los ojos brillantes y levantando las
manos.
En efecto un fuego
devorador brillaba en todo él.
-¡Ah, Dios mío! -dijo
de pronto-, ¿no conocéis a Petrov, el pintor?
-No -respondió
sonriendo Delessov.
-Me gustaría en extremo
que pudieseis conocerle.
¡Recibiríais un gran
placer oyéndole hablar! ¡Cómo comprende el arte! Antes nos encontrábamos muchas
veces en casa de Anna Ivannovna; pero ésta, por una cuestión baladí, se enfadó
con él, y no ha ido más. Me gustaría mucho que trabarais amistad con él. Tiene
mucho talento.
-¿Hace cuadros?
-preguntó Delessov.
-No sé, creo que no....
¡pero ha salido de la Academia! ¡Qué ideas tiene! Cuando habla, es sorprendente
a veces lo que dice. ¡Oh!, Petrov es un gran talento, pero lleva una vida muy
agitada, muy alegre.... ¡es lástima!, -añadió Alberto sonriendo; y cogiendo el
violín se puso a templarlo.
-¿Hace mucho tiempo que
salisteis de la ópera?
-Preguntó Delessov.
Alberto le miró y suspiró
profundamente.
-¡Oh!, ya ni me acuerdo
-dijo soltando el violín y cogiéndose la cabeza entre las manos; después
sentóse de nuevo al lado de Delessov.
-Os diré. ¡No puedo
tocar allí..., porque no tengo nada! Ni ropa, ni albergue, ni violín. ¡Mala
vida, mala vida! ¿Para qué allí?, ¿para qué? No hay necesidad.
¡Ah! ¡Don Juan! -dijo
golpeándose la cabeza.
-Iremos un día juntos
-dijo Delessov.
Alberto cogió sin
contestar el violín y empezó a tocar el final del primer acto de Don Juan
explicando al mismo tiempo el argumento de la ópera.
A Delessovse le
erizaron los cabellos cuando tocó el trozo del comendador agonizante.
-No, no puedo tocar;
hoy he bebido demasiado -dijo tirando el violín. Tan pronto como hubo acabado
de decirlo, se acercó a la mesa, se sirvió un vaso de vino, y, bebiéndoselo de
un trago, sentóse otra vez en la cama al lado de Delessov.
Este miraba a Alberto
sin quitarle los ojos de encima.
El músico sonreía de
vez en cuando y Delessov también. Los dos callaron, pero entre ellos se
establecían, por la mirada y la sonrisa, relaciones cada vez más estrechas.
Delessov sentía un afecto cada vez mayor hacia Alberto, y experimentaba en todo
su ser una alegría inexplicable.
-¿Estáis enamorado? -le
preguntó Delessov.
Alberto púsose
pensativo por algunos segundos, y pocos momentos después su cara se iluminó con
una sonrisa triste. Acercándose a Delessov, miróle fijamente a los ojos.
-¿Porqué me lo
preguntáis? -murmuró-. Pero, os lo contaré todo porque me habéis agradado-,
continuó, mirándolo mientras se volvía un poco-. Os tengo que decir la verdad;
os lo contaré tal como sucedió.
Detúvose un momento y
fijó los ojos en Delessov con mirada salvaje.
-Ya sabéis que soy un
espíritu débil -dijo de pronto-. ¡Sí, sí, estoy seguro que Anna Ivannovna os lo
ha contado todo, porque dice a todo el mundo que yo estoy loco! No es verdad.
lo dice de broma; es una buena mujer, pero es cierto que hace algún tiempo no
me encuentro muy bien. -Alberto callóse de bueno; sus ojos fijos y muy abiertos
miraban hacia la puerta oscura-. ¿Me habéis preguntado si amaba? Sí, he amado.
Hace mucho tiempo, cuando aún estaba empleado en el teatro. Era segundo violín
en la ópera y ella venia al palco proscenio de la izquierda. -Alberto se
levantó e inclinándose al oído de Delessov, dijo-: ¿Para qué nombrarla? Si duda
la conocéis, todos la conocen... Yo trataba de no amarla porque no soy más que
un pobre artista y ella era de la aristocracia; yo lo sabía, por eso me
contentaba nada más que con mirarla, sin pensar en nada...
Alberto púsose
pensativo, juntando sus recuerdos.
-Cómo sucedió, no lo
puedo recordar; pero un día me mandó llamar para que la acompañara con el
violín.... ¡yo, un pobre artista!... -dijo suspirando mientras levantaba la
cabeza-. Pero no, no puedo explicarlo; no puedo. ¡Qué feliz fui entonces!
-Fuisteis muchas veces
a su casa? -preguntó Delessov.
-Una vez, una sola
vez... ¡pero fui muy culpable; me volví loco; yo, un pobre artista y, ella, una
dama noble!... No le debía haber dicho nada, pero estaba loco y cometí una
torpeza... Desde entonces todo concluyó para mí. Petrov dijo la verdad: Más me
hubiera valido verla solamente en el teatro...
-¿Qué hicisteis
entonces? -preguntó Delessov.
-¡Ah! esperad,
esperad... Eso no puedo explicarlo -y ocultando el rostro entre las manos,
callóse un momento-. Llegué tarde a la orquesta por haberme entretenido
bebiendo con Pretov, y me sentía muy turbado. Estaba ella en su palco hablando
con un general, que no se quién seria; estaba sentada en la delantera y tenía
la mano apoyada sobre la barandilla.
Llevaba un vestido
blanco, en el cuello un collar de perlas. Mientras seguía hablando, me miró dos
veces; su peinado era así ... Yo no tocaba, estaba de pie cerca del bajo y la
miraba ... Por primera vez en mi vida me sucedió una cosa extraña. Estaba hablando
con el general y me miraba; comprendí que hablaba de mí; y de pronto me di
cuenta de que no estaba en la orquesta, que estaba en su palco y que tenía sus
manos entre las mías. ¿Que era aquello?
-exclamó Alberto, y
calló...
-Vehemencias de la
imaginación -dijo Delessov.
-Pero no... no puedo
explicarlo -respondió Alberto crispándose todo-. Yo era ya un pobre, yo no
tenía casa, y cuando iba al teatro muchas veces era para dormir... -¿Cómo? ¿En
el teatro? ¿En la sala de espectáculos, vacía, oscura? -¡Oh!, yo no tengo miedo
de esas tonterías. Esperad.
Tan pronto como todos
se habían marchado, iba al palco donde ella se sentaba y me dormía allí.
Esta era mi única
alegría. ¡Qué noches he pasado en ese lugar! Una sola vez gocé de veras una
noche parecida. Durante el sueño veía tantas cosas... pero no, no puedo
explicároslo todo. -Alberto bajó la cabeza y miró a Delessov y preguntó otra
vez-.
¿Qué era aquello?
-Es muy extraño
-exclamó Delessov.
-No, esperad, oídme -y
acercándose a Delessov empezó a hablarle en voz baja-. Yo besaba su mano y
lloraba a los pies de ella... Después le estuve hablando un buen rato,
sintiendo el suave olor de perfumes, y el timbre de su voz; luego cogí el
violín y me puse a tocar con suavidad y, según creo, admirablemente.
Nunca he tenido miedo
de las tonterías que cree el vulgo, porque no creo en ellas; pero aquella noche
pasó algo -dijo con extraña sonrisa y poniéndose las manos en la cabeza-.
Estaba asustado por mi pobre espíritu, porque me parecía que pasaba algo en mi
cabeza. Quizá no fuese nada; ¿cuál es vuestro parecer?
Quedáronse ambos
silenciosos durante algunos minutos.
Aunque las nubes cubran
el cielo, El sol brilla siempre claro... -cantó Alberto sonriendo dulcemente-
¿No es verdad?
También yo he vivido y
he gozado.
¡Qué bien interpretaba
todo eso Petrov!
Delessov estaba
silencioso, mirando con espanto el pálido y emocionado semblante de su
interlocutor.
Zakhar acercóse de
nuevo al comedor. Delessov oyó la voz dulce de su criado y la voz débil y suplicante
de Alberto.
-¿Qué hay? -preguntó
Delessov a Zakhar.
-Dice que se aburre; no
ha querido levantarse; está muy triste; no hace otra cosa que pedirme vino.
-No, me lo ha
prometido; hay que tener energía -dijo Delessov. Prohibió dar vino al artista y
se puso otra vez a leer, escuchando de todas maneras lo que pasaba en el
comedor. Allí nada se movía, tan sólo de vez en cuando se oía una penosa tos de
pecho seguida de expectoraciones. Pasaron dos horas; Delessov se vistió y antes
de salir se decidió ir a ver a su huésped. Alberto estaba inmóvil, sentado
cerca de la ventana, la cabeza apoyada entre las manos. Su cara estaba
amarilla, arrugada, y no solamente triste, sino con señales de profunda
desdicha. Trató de sonreír a guisa de saludo, pero su cara tomó una expresión
aún más triste. Hubiérase dicho que iba a llorar; levantóse con gran trabajo y
saludó.
-Si fuera posible
obtener una copita de aguardiente -dijo con voz suplicante-. Os lo ruego,
porque estoy muy débil.
-Os aconsejo que toméis
café; os irá mucho mejor.
La cara de Alberto
perdió instantáneamente su expresión infantil. Miró a la ventana con la vista
empañada y fría, y se dejó caer sobre la silla.
-Mejor sería que
almozarais.
-No, gracias, no tengo
apetito.
-Si queréis tocar el
violín, no me estorbáis para nada -dijo Delessov, dejando el instrumento encima
de la mesa.
Alberto miró el violín
con aire despreciativo.
-Estoy débil y no puedo
tocar -dijo rechazando el instrumento.
Después de esto, a todo
lo que Delessov le proponía, ir al teatro, pasearse.... contestaba con un
humilde saludo, guardando obstinadamente el silencio más absoluto.
Delessov salió a hacer
algunas visitas, comió con los amigos y antes de ir al teatro entró en casa
para cambiarse el traje y saber qué hacía el músico. Alberto estaba sentado en
la antesala, complemente a oscuras; tenía la cabeza apoyada entre sus manos y
contemplaba la estufa encendida. Se había lavado, peinado y vestido con mucha
limpieza, pero sus ojos estaban velados y sin expresión; en todo su cuerpo se
notaba más debilidad y más fatiga que por la mañana.
-Qué, ¿habéis comido?
-preguntóle Delessov.
Alberto hizo un signo
afirmativo con la cabeza, y mirando con desconfianza a Delessov, bajó la vista.
Delessov se sintió
apenado.
-Hoy he visto al
director, al cual he hablado de vos -dijo Delessov desviando la mirada-. Tendrá
mucha satisfacción en volver a veros. Si permitieseis que él os oyese...
-Muchas gracias, no
puedo tocar- pronunció entre dientes Alberto y pasó a su habitación cerrando la
puerta tras si.
Algunos momentos
después volvió a salir de la habitación con el violín, dio una rápida y
agresiva mirada a Delessov, dejó el violín sobre una silla y desapareció
nuevamente.
Delessov se sonrió
encogiéndose de hombros.
"¿Qué debo hacer?
¿De que soy culpable?" -pensó.
-¿Cómo está el músico?
-fue la primera pregunta que hizo al entrar ya tarde en su casa.
-Está bastante mal
-respondió brevemente y con voz sonora Zakhar-. Se pasa el tiempo tosiendo y
suspirando sin decir una palabra. Varias veces me ha pedido aguardiente, y le
he dado ya un vasito. De lo contrario era de temerse que le perdiéramos. Es
como el empleado...
-¿Ha tocado el violín?
-Ni siquiera lo ha
mirado; dos veces se lo llevé y cogiéndolo con cuidado me lo ha devuelto
siempre -respondió Zakhar sonriendo-. ¿No ordenáis que se le dé de beber?
-No; esperemos un día y
veremos lo que pasa.
¿Qué hace ahora?
-Está encerrado en el
salón.
Delessov pasó a su
despacho y tomó algunos libros en francés y el Evangelio en alemán.
-Mañana ponle estos libros
en su cuarto, y cuidado con dejarle salir -le dijo a Zakhar.
A la mañana siguiente,
Zakhar informó de que el músico no había dormido en toda la noche, y que había
tratado de abrir las puertas, pero que gracias a sus cuidados estaban bien
cerradas; díjole además que, haciéndose el dormido, había oído a Alberto hablar
bajo, agitando con fuerza las manos.
Alberto volvióse de día
en día más sombrío y más silencioso. Parecía como si le inspirase miedo
Delessov, y cada vez que sus miradas se encontraban, se advertía en su rostro
una sensación inusitada de espanto. No tocó ni los libros ni el violín, y
guardaba el silencio más absoluto cuando se le preguntaba algo.
Algunos días después de
haber dado albergue al músico, llegó Delessov a su casa bastante tarde,
notándose en él mucho cansancio y contrariedad.
Durante todo el día
había estado haciendo gestiones para cierto negocio que le pareció muy fácil y,
como pasa casi siempre, a pesar de todo su cuidado, no había obtenido lo que
deseaba. Además, en el club había perdido algo y estaba de muy mal humor.
-¡Que Dios le proteja!
-respondió a Zakhar, el cual le explicaba la triste situación de Alberto-.
Mañana le preguntaré definitivamente si quiere quedarse en casa y seguir mis
consejos. Si no, peor para él; me parece que he hecho todo lo que he podido.
La palabra
"todos" se refería los hombres en general y en particular a aquéllos
con quienes había hablado por la mañana.
"¿Qué será de él
ahora? ¿En qué piensa?, ¿qué es lo que le entristece? ¿Echa de menos el
desarreglo y humillación en que vivía, la mendicidad de donde le he
sacado?" Evidentemente ha caído muy bajo para que pueda acostumbrarse de
nuevo a una vida honrada... "No, es una chiquillada -dijo Delessov-. ¿Por
qué me he de meter a corregir a los demás? Que Dios me permita arreglarme a mi
mismo." Quiso dejarle marchar enseguida, pero reflexión ó un momento y lo
dejó para el día siguiente.
Durante la noche,
Delessov despertó con el ruido de una mesa que se había caído en la antesalas,
y oyó voces y pasos en la misma. Encendió una bujía y escuchó con ansiedad...
-Esperad, que iré a
llamar al amo -decía Zakhar.
Alberto murmuraba
palabras incoherentes, Delessov saltó del lecho y con la bujía en la mano
corrió a la antesala. Zakhar, en traje de noche, estaba de pie delante de la
puerta. Alberto, con el sombrero y el abrigo, trataba de apartarle de la
puerta, gritando con voz quejumbrosa.
-No podéis impedirme el
paso, tengo el pasaporte; yo no me llevo nada, podéis registrarme si queréis;
iré al jefe de policía.
-Permitidme -dijo
Zukhar a su amo, mientras continuaba defendiendo la puerta con la espalda-.
Se ha levantado esta
noche, ha encontrado la llave de mi abrigo y se ha bebido una botella entera de
aguardiente azucarado. ¿Está bien eso? Y ahora quiere marcharse.
-¡Nadie puede
detenerme! No tenéis ese derecho -gritaba elevando cada vez más la voz.
-Quítate de ahí, Zakhar
-dijo Delessov, y dirigiéndose a Alberto: -Yo no quiero ni puedo deteneros,
pero os aconsejo quedaros hasta mañana.
-Nadie puede detenerme,
iré a ver al jefe de policía -gritaba cada vez con más fuerza Alberto,
dirigiéndose tan sólo a Zakhar y sin mirar a Delessov- ¡Ladrones! -gritó de
pronto con espantosa voz.
-Pero, ¿por qué gritáis
así? Nadie os detiene Zakhar abriendo la puerta.
Alberto cesó de gritar.
-¡No lo habéis logrado!
¿Queríais matarme? ¡Pues, no! -murmuró tomando sus zapatos de goma.
Sin decir adiós y
mascullando palabras incomprensibles, salió; Zakhar le alumbró hasta la puerta
y volvió.
-¡Gracias a Dios!
Hubiera acabado mal -dijo a su amo-. Ahora hay que mirar los objetos de plata,
a ver si están todos.
Delessov movió la
cabeza sin responder. Acordábase de las dos primeras veladas pasadas con el
músico; los días tristes que por su culpa había pasado Alberto, principalmente
se acordaba del sentimiento mezclado de admiración, de amor y de piedad, que
desde el primer momento le inspiró ese hombre extraño.
Empezaba a
compadecerle. "¿Qué va hacer, sin dinero, sin ropa, solo en medio de la
noche?..." Quiso mandar a Zakhar en su busca, pero ya era tarde.
-¿Hace mucho frío?
-preguntó Delessov.
-Una helada muy fuerte
-respondió Zakhar-. Había olvidado deciros que se tendrá que comprar leña antes
de la primavera.
-¿Cómo es posible? Tú
habías dicho que aún quedaría...
En efecto, afuera hacía
muchísimo frío; pero Alberto no lo sentía por la excitación que le produjeron
el vino y la discusión.
Una vez en la calle
volvió la vista y se frotó las manos de contento. La calle estaba desierta y
brillaban aún en ella las largas filas de faroles. El cielo estaba estrellado.
"¡Bah!" -exclamó dirigiéndose a la ventana alumbrada de Delessov, metiendo
las manos bajo el pardesú en los bolsillos del pantalón.
Con el paso indeciso y
el cuerpo inclinado hacia adelante, iba Alberto por la derecha de la calle.
Sentía en el estómago y en las piernas una pesadez extraordinaria; un ruido
extraño llenaba la cabeza; una fuerza invisible le tiraba de un lado a otro, pero
él seguía avanzando en dirección a la casa de Anna Ivanovna.
En su cabeza germinaban
ideas extrañas e incoherentes.
Unas veces acordábase
de su última discusión con Zakhar; otras, de su madre y su primera llegada a
Rusia en el barco; o bien de alguna noche pasada en compañía de un amigo en la
tienda por delante de la cual pasaba; ora en su imaginación empezaba a cantar
los trozos que se le ocurrían, acordándose del objeto de su pasión y de la
noche terrible pasada en el teatro.
Pero, a pesar de su
incoherencia, todos estos recuerdos se presentaban a su imaginación con tanta
claridad, que cerrando los ojos no sabía darse cuenta de cuál era la realidad,
si lo que hacia o lo que pensaba. No se acordaba de nada, ni sabía por qué sus
piernas se adelantaban sin querer, y tambaleándose daba contra las paredes;
miraba alrededor y pasaba de una calle a otra. Sentía y se acordaba tan sólo de
las cosas extrañas y embrolladas que en su imaginación se sucedían y se
presentaban.
Al pasar cerca de la
pequeña Moraskaia, Alberto tropezó y cayó, y, como despertado por un momento,
vióse delante de un magnífico edificio. En el cielo no se veían ni estrellas ni
luz; tampoco había luz en la tierra, pero todos los objetos distinguíanse claramente.
En las ventanas del edificio que se levantaba al final de la calle, brillaban
algunas luces, que oscilaban como débiles reflejos. El edificio se iba
acercando cada vez más donde estaba Alberto; destacándose más netamente... pero
las luces desaparecieron al penetrar Alberto por sus anchas puertas. El
interior era sombrío, los pasos resonaban sonoros bajo la bóveda, y, al
acercarse, las sombras se desligaban y huían. "¿Por qué he venido
aquí?" -pensó Alberto; pero una fuerza invisible le empujaba adelante
hacia el fondo de una inmensa sala... Allí había un estrado alrededor del cual
había mucha gente en silencio. "¿Quién hablará?" -preguntó Alberto.
Nadie respondió, pero le designaron el estrado. Sobre el mismo estaba ya un hombre
alto, delgado con las cabellos erizados y en traje de casa. Alberto conoció
enseguida en él a su amigo Petrov. "¡Qué extraño es que esté aquí!"
-pensó Alberto-. "¡No, hermanos míos! -decía Petrov señalándome a mí-, no
habéis comprendido a un hombre que vivía entre vosotros; no lo habéis
comprendido! No era un artista cualquiera, ni un tocador mecánico, ni un loco,
ni un hombre perdido; era un genio, un gran genio musical despreciado por todos
nosotros.”
Alberto comprendió al
momento de quién hablaba su amigo, pero por no molestarle, por modestia, bajó
la cabeza.
-En él, ese fuego
sagrado de que todos nos servimos, lo ha consumido todo como una simple paja.
Pero él ha cumplido
cuanto Dios puso en él, y por eso debemos llamarle un gran hombre. Vosotros
podíais despreciarle, hacerle sufrir, humillarle -continuó elevando cada vez
más la voz-. Pero era y será infinitamente superior a todos vosotros; nos
desprecia a todos, pero se consagra tan sólo a lo que le viene de arriba. Ama
una sola cosa, lo bello, el solo bien indispensable en el mundo. ¡Sí; hele
aquí, éste es! ¡Caed todos ante él de rodillas! -gritó en voz alta-.
En este momento surgió
otra voz al otro lado de la sala. -Yo no quiero arrodillarme delante de él
-dijo la voz, en la que Alberto reconoció a Delessov.
-¿Por qué es grande? ¿Y
por qué hemos de inclinarnos delante de él? ¿Se ha conducido con lealtad? ¿Ha
sido útil a la sociedad? Sabemos que ha pedido dinero prestado y que no lo ha
devuelto; que ha empeñado el violín de uno de sus amigos... -"Dios mío,
¿cómo sabe todo eso?" -pensaba Alberto bajando cada vez más la cabeza.
-¡Sabemos que por el
dinero adulaba a los hombres! -continuó Delessov-. ¿No sabemos acaso cómo le
despidieron del teatro? ¿Cómo Anna Ivanovna quiso entregarle a la policía?
-¡Dios mío!, todo eso
es verdad, pero defiéndeme, tú eres el único que sabes por qué he hecho todo
eso -pronunció Alberto.
-Basta ya, tened
vergüenza -replicó de nuevo la voz de Petrov-. ¿Qué derecho tenéis para
acusarle?
¿Habéis vivido su vida?
¿Habéis experimentado su embeleso?
"Es verdad, es
verdad" -murmuró Alberto.
-El arte es la
manifestación más grande de la potencia humana. Es el privilegio de los pocos
elegidos, que los eleva a una altura en que la cabeza gira, y es difícil
mantenerse incólume. En el arte, como en todas las luchas, hay héroes, que se
dan enteros al servicio.... y se pierden antes de alcanzar la meta.
Petrov calló, y
Alberto, levantando la cabeza gritó en voz alta: "¡Es verdad!, ¡es
verdad!" -pero su voz se apagó sin ningún sonido.
-Eso no os concierne
-siguió con severidad el pintor Petrov- ¡Sí humilladle, despreciadle, pero de
todos nosotros es el mejor y el más feliz!
Alberto, que escuchaba
todas esas palabras con la alegría en el alma, no pudo contenerse y se acercó a
su amigo para abrazarle.
-Vete, que no te
conozco -respondió Petrov-. Sigue tu camino, si no, no llegarás ...
-¡Mira cómo se ha
puesto!, no podrá llegar –gritó el guardia al volver la esquina.
Alberto se levantó,
juntó sus fuerzas y, tratando de no tambalearse, dobló la callejuela. De allí a
la habitación de Anna Ivanovna no había más que algunos pasos. La luz de la
antesala reflejábase sobre la nieve del patio; cerca de la puerta cochera estaban
estacionados gran número de trineos y coches.
Apoyando su helada mano
en la barandilla, subió la escalera y llamó. El dormido rostro de la criada
mostróse por la ventanilla de la puerta mirando con aire de desprecio a
Alberto: "No se puede entrar -gritó-. Tengo orden de no dejar
entrar", y cerró de golpe la ventanilla. El sonido de la música y las
voces de las mujeres llegaban hasta la escalera; Alberto sentóse en el suelo,
apoyó la cabeza en la pared y cerró los ojos.
Tan pronto como los
cerró, le asaltó una multitud de visiones extrañas que, con mayor fuerza, le
transportaron de nuevo al hermoso y libre reino del sueño.
"Sí, es el mejor y
el más feliz" -repetía involuntariamente en su imaginación-. A través de
la puerta oíanse los compases de la polka y sus sonidos decíanle también que
era el mejor y el más feliz. De la cercana iglesia oíase el continuo repique de
campanas las cuales repetían: "Sí, es el mejor y el más feliz...
Iré otra vez a la sala
-pensó Alberto-; Petrov debe estar hablando todavía." En la sala ya no
había nada; y en vez de Petrov, estaba Alberto subido en el estrado, tocando
con el violín todo lo que antes decía la voz. Pero el violín era muy raro, era
todo de cristal. Lo tenía que coger con las dos manos y apretarlo con fuerza
contra el pecho para que tocara.
Los sonidos eran tan
dulces y agradables, que Alberto no había oído nunca nada que lo igualase;
mientras más apretaba el violín contra su pecho, los sonidos eran más
encantadores, dulces y rápidos. Y se iluminaban las paredes de una luz
transparente.
Tenía que tocar con
mucho tacto para no romper el violín; Alberto tocaba en el instrumento de
cristal, con gran maestría, trozos que él oía bien, pero que nadie oiría jamás;
ya empezaba a cansarse cuando le distrajo un sordo y lejano ruido.; era el de
una campana que pronunciaba estas palabras: "¡Sí -decía con una agudo y
lejano repiqueteo-, os parece un miserable, le despreciáis, pero es el mejor y
el más feliz! ¡Nadie tocará jamás ese instrumento!”
Estas palabras, no
conocidas ni oídas le parecieron de pronto tan inteligibles, tan nuevas y tan
justas, que cesó de tocar, y esforzándose para no hacer ruido, levantó las
manos y elevó los ojos al cielo.
Sentíase en aquellos
momentos hermoso y feliz. La sala estaba vacía, y, sin embargo, Alberto
levantaba con arrogancia la cabeza, irguiéndose en el estrado para que todos
pudiesen verle. De pronto una mano le tocó ligeramente en la espalda; volvióse,
y en la media luz que reinaba distinguió a una mujer.
Ésta le miró
tristemente y movió la cabeza; él comprendió enseguida que lo que hacia no
estaba bien y le dio vergüenza.
-"¿Qué
queréis?" -le preguntó. La desconocida le miró un instante con fijeza y
movió de nuevo la cabeza.
Era, sin duda alguna,
su amada; su vestido era el mismo, un hilo de perlas rodeaba su blanquísimo
cuello, y llevaba los brazos desnudos hasta el codo; aquella mujer le cogió la
mano y le condujo fuera de la sala.
-"La salida es por
el otro lado" -dijo Alberto-; la mujer no contestó y con la sonrisa en los
labios le llevó fuera de la sala. Al llegar al umbral, Alberto vio el agua y la
luna; pero el agua no estaba abajo como es lo natural ni la luna en el cielo,
sino que la luna y el agua estaban arriba, abajo y por todas partes. Alberto
lanzóse con ella hacia la luna y hacia el agua y comprendió que podía besar y
abrazar a la que más amaba en el mundo. Mientras la besaba sentía en todo su
ser una felicidad sin límites.
-"¿No es un
sueño?" -se pregunta-. Pero no, era la realidad, más que la realidad; era
la realidad y el recuerdo. Presentía que la felicidad inapreciable que gozaba
en aquellos instantes, pasaría para no hallarla nunca más.
"¿Por quién, pues,
lloro?" -le preguntó-. Ella le miraba triste y silenciosamente. Alberto
comprendió lo que aquello quería decir.
-Pero, ¿cómo puede ser
si aún estoy vivo?" -pronunció-.
La mujer, sin
responderle e inmóvil, miraba hacia adelante.
-"¡Esto es
horrible! ¿Cómo decirle que estoy vivo?" -pensó con horror-. ¡Dios mío!,
¡estoy vivo!, ¿comprendéis? -murmuró.
-" ¡Es el mejor y
el más feliz!" -seguía diciendo la lejana voz.
Era algo que pesaba
cada vez con más fuerza sobre Alberto. ¿Era la luna, el agua, los besos o las
lágrimas? No lo podía comprender, pero no se le ocultaba que muy pronto habría
concluido todo.
Dos invitados salieron
de casa de Anna Ivanovna tropezaron con Alberto, que estaba tirado en el suelo.
Uno de ellos entró para llamar al ama de la casa.
-Esto es inhumano
-dijo-; haber dejado que este hombre se helara aquí toda la noche.
-¡Ah! ¡Es Alberto! ¡Ya
estoy cansada de él! -respondió-.
Annuchka, metedlo en
cualquier rincón de la sala -dijo a la criada.
-Pero si aún estoy
vivo, ¿por qué me enterráis? -murmuró dentro de sí mismo Alberto, mientras le
entraban sin conocimiento en la habitación.
Alrededor del año 1840,
en Petersburgo, tuvo lugar un suceso que sorprendió a cuantos de él tuvieron
noticias: un oficial de coraceros del regimiento imperial, guapo joven de
aristocrática familia en quien todo el mundo veía al futuro ayudante de campo
del emperador Nicolás I y a quien todos auguraban una brillantísima carrera, un
mes antes de su enlace matrimonial con una hermosa dama tenida en mucha estima
por la emperatriz, solicitó ser relevado de sus funciones, rompió su compromiso
de matrimonio, cedió sus propiedades, no muy extensas, a una hermana suya, y se
retiró a un monasterio, decidido a hacerse monje. El suceso pareció insólito e
inexplicable a las personas que desconocían las causas internas que lo
provocaron; para el joven aristócrata, Stepán Kasatski, su modo de proceder fue
tan natural, que ni siquiera cabía en su imaginación el que hubiera podido
obras de manera distinta.
Stepán Kasatski tenía
doce años cuando murió su padre, coronel de la Guardia, retirado, quien dispuso
en su testamento que si él faltaba no se retuviera al hijo en su casa, sino que
se le hiciera ingresar en el Cuerpo de cadetes. Por doloroso que a la madre le
resultara separarse de su hijo, no se atrevió a infringir la voluntad de su
difunto esposo, y Stepán entró en el cuerpo indicado. La viuda, empero, decidió
trasladarse a Petersburgo junto con su hija Várvara a fin de vivir en la misma
ciudad que su hijo y poder tenerlo consigo los días de fiesta.
El muchacho se
distinguió por sus brillantes dotes y por su enorme amor propio. Fue el primero
en ciencias, sobre todo en matemáticas, por las que sentía notoria preferencia,
en instrucción militar y equitación. A pesar de su excesiva estatura, era un joven
apuesto y ágil. También por su conducta habría sido un cadete modelo de haber
dominado sus arrebatos de ira. No bebía, no llevaba una vida licenciosa y era
muy sincero. Lo único que le impedía ser ejemplarmente irreprochable eran sus
estallidos de cólera, durante los cuales perdía el dominio de sí mismo y se
convertía en una fiera. Un día estuvo a punto de echar por la ventana a un
cadete a quien se le había ocurrido burlarse de su colección de minerales. Otra
vez por poco se hunde irremisiblemente: arrojó un plato lleno de chuletas a un
oficial veedor de la Escuela, y, según dicen, le abofeteó por haberse
retractado éste de sus palabras y haber mentido insolentemente. Sin duda lo
habrían degradado si el director no hubiera echado tierra al asunto y no hubiera
despedido al veedor.
A los dieciocho años lo
destinaron al aristocrático regimiento de la Guardia. El emperador Nikolái
Pávlovich había conocido a Stepán Kasatski en la Escuela de cadetes, y después,
en el regimiento, siguió haciéndole objeto de su distinción, por lo cual se
pronosticaba que Kasatski sería el ayudante de campo del soberano. Kasatski lo
esperaba con toda el alma y no sólo por amor propio, sino ante todo porque
desde sus años de cadete quería profundamente, con auténtica pasión, a Nikolái
Pávlovich. Cada vez que el emperador visitaba la Escuela —lo cual ocurría con
frecuencia—, entraba con paso marcial, alto, vistiendo uniforme militar,
abombado el pecho, curva la nariz sobre el bigote, cuidadosamente recortadas
las patillas, y saludaba con potente voz a los cadetes, Kasatski sentía la
exaltación del enamorado, como la experimentó más tarde al encontrar el objeto
de su amor. Pero el entusiasmo que sentía por Nikolái Pávlovich era aún más
fuerte: habría querido mostrarle que su fidelidad no tenía límites, habría querido
sacrificar algo por él, incluso su vida. Nikolái Pávlovich sabía que despertaba
semejante fervor y lo estimulaba concientemente. Participaba en los juegos de
los cadetes, alternaba con ellos, los trataba ora con infantil sencillez, ora
amistosamente o con solemne majestuosidad. Después del último incidente de
Kasatski con el oficial, Nikolái Pávlovich nada dijo al cadete, pero cuando
éste se le quiso acercar, lo apartó con un gesto teatral y, frunciendo el seño,
lo amenazó con el dedo. Al marcharse dijo:
— No olvidéis que lo sé
todo, pero algunas cosas no quiero saberlas. Sin embargo están aquí.
Y señaló el corazón.
Cuando los cadetes
terminaron la Escuela y se presentaron ante el emperador, Nikolái Pávlovich ya
no hizo alusión al incidente y dijo, como siempre, que todos ellos podían dirigírsele
en persona, que debían servirle fielmente, a él y a la patria, y que siempre
seguiría siendo para ellos su mejor amigo. Todos se sintieron emocionados, y
Kasatski lloró y se juró entregarse en cuerpo y alma al servicio del adorado
zar.
Cuando se incorporó al
regimiento, su madre se trasladó a Moscú, acompañada de su hija, y luego a la
aldea. Kasatski cedió a su hermana la mitad de su herencia. Con la parte que le
quedó estaba en condiciones de hacerle frente a las necesidades que imponía
servir en un regimiento de tanto rango como el suyo.
Aparentemente, Kasatski
era como cualquier otro oficial del regimiento de la Guardia dispuesto a hacer
una brillante carrera; pero en su interior se verificaba un complicado y duro
trabajo que dio comienzo, por lo visto, en su propia infancia y tomó formas muy
diversas, aunque la esencia era siempre la misma: alcanzar la perfección y el
éxito en todas las ocupaciones que requerían su concurso hasta ganarse el
aplauso y la admiración de las gentes. Cuando se trató del estudio y de las
ciencias, trabajó de firme hasta que le encomiaron y le presentaron como
ejemplo a los demás. Alcanzando un objetivo, se lanzaba a la consecución de
otro. Obteniendo el primer puesto en el estudio, y hallándose todavía en la
Escuela de cadetes, creyó notar que hablaba el francés con poca soltura y
trabajó hasta dominar este idioma tan perfectamente como el ruso. Más tarde se
aficionó al ajedrez, y antes de salir de la Escuela logró jugar magistralmente.
Aparte del objetivo
fundamental de su vida, que consistía en servir al zar y a la patria, Kasatski
siempre se proponía alcanzar algún otro fin. Por insignificante que éste fuera,
se entregaba plenamente a su consecución y hasta haberlo conseguido no vivía
para otra cosa. Pero, una vez ganada esta meta, un nuevo fin surgía en su
conciencia ocupando el lugar del anterior. Este afán de distinguirse y lograrlo
entregándose a la consecución de algún objetivo, llenaban por entero su vida.
Cuando ingresó en el regimiento se propuso ser un modelo de perfección en el
cumplimiento de sus obligaciones y al poco tiempo llego a ser un oficial
ejemplar pese a sus arranques de cólera, defecto que también en el regimiento
lo llevo a realizar actos reprobables y perjudiciales para el buen éxito de su
carrera. Más tarde, conversando con personas de la alta sociedad entendió que
su formación general cojeaba en algunos aspectos, y decidió acabar con ello, lo
que logró estudiando tenazmente. Se propuso luego llegar a una posición
brillante en la alta sociedad, aprendió a bailar de forma insuperable y al poco
tiempo lo invitaban a todos los bailes aristocráticos y a algunas veladas. Sin
embargo, no se sintió satisfecho. Estaba acostumbrado a ser el primero en todo
y en ese terreno se hallaba muy lejos de haberlo logrado.
Entonces, y me figuro
que ello es así siempre y en todas partes, la alta sociedad constaba de cuatro
clases de gentes, a saber: 1) de cortesanos ricos; 2) de gente no rica, pero
nacida y educada en los medios cortesanos; 3) de gente rica que imita a los cortesanos,
y 4) de gente ni rica ni cortesana que pretende ser uno y lo otro. Kasatski no
pertenecía a los primeros círculos. En los dos últimos, era acogido con los
brazos abiertos. Al introducirse en la alta sociedad, decidió también entrar en
relaciones con una mujer distinguida y lo logró pronto, con no poca sorpresa
para sí mismo. Pero no tardó en darse cuenta que los círculos que él
frecuentaba eran de orden inferior a otros, más encumbrados. Comprendió
asimismo que en estos últimos él era un extraño, a pesar de que no se le negaba
la entrada. Le trataban con deferencia, pero dándole a entender que él no
pertenecía a los suyos. Kasatski quiso sentirse en dichos círculos como en su
propio medio. Necesitaba para ello ser ayudante de campo del emperador — lo
esperaba — o casarse con una dama de aquel mundo. Decidió hacerlo así. Eligió a
una hermosa joven de la corte imperial, no solo a los círculos que Kasatski
deseaba escalar, sino, además, tan bien situada, que buscaban su amistad
incluso las personas de mayor rango e influencia. Era la condesa Korotkova.
Kasatski puso en ella sus ojos pensando en su carrera, pero también movido por
la extraordinaria belleza de la joven, y pronto se enamoró de ella. Al
principio la condesa Korotkova le trataba con mucha frialdad. De pronto se
produjo un cambio, se hizo muy cariñosa y su madre empezó a invitar con
frecuencia a su casa al joven oficial.
Kasatski pidió la mano
de la condesa y su petición fue atendida. Se quedó sorprendido de la facilidad
con que había alcanzado semejante dicha y de algo raro que noto en el trato de
la madre y de la hija. Pero estaba enamorado y ciego. A ello se debió que no se
enterara de lo que sabía casi todo el mundo en la ciudad, y era que su novia se
había convertido en la amante de Nikolái Pávlovich hacía un año.
Dos semanas antes del
día señalado para la boda, Kasatski se hallaba en la casa de campo de su
prometida, en Tsárskoe Seló. Era un caluroso día de mayo. Los dos enamorados se
paseaban por el jardín y se sentaron en un banco de una avenida sombreada por los
tilos. Meri llevaba un vestido blanco de muselina que daba especial realce a su
belleza. Parecía la encarnación de la inocencia y del amor. Sentada en el
banco, ya bajaba la cabeza, ya contemplaba al apuesto galán que le hablaba con
extremada ternura y solicitud, temiendo ofender y mancillar con sus palabras y
hasta con sus gestos la angelical pureza de su novia. Kasatski pertenecía a
aquellas personas de mediados de siglo, tan distintas de las de hoy, que
admitían como bueno para sí el relajamiento de las relaciones sexuales sin que
sintieran por ello el menor remordimiento, pero exigían de la esposa una pureza
absoluta, celestial. Casta y celestialmente puras veían a las jóvenes de su
ambiente y las divinizaban. Mucho había de falso y perjudicial en este punto de
vista respecto a la vida disoluta de los hombres, pero en lo tocante a la mujer
la idea entonces predominante —tan distinta de la que impera hoy entre los
jóvenes, que ven en cada muchacha una hembra que busca a su pareja— resultaba a
mi juicio altamente beneficiosa. Al verse tratadas como ángeles, se esforzaban
en tratar de serlo en mayor o menor grado. Ese era el concepto que de la mujer
tenía Kasatski, y con esos ojos contemplaba él a su novia. Nunca se había
sentido tan enamorado como el día a que nos referimos, y no experimentaba hacia
su novia el más leve apetito sensual. Al contrario, la contemplaba embelesado
como algo inaccesible.
Se levantó del banco y
se quedó de pie frente a su amada, erguido en su alta estatura, apoyando ambas
manos en el sable.
— Sólo ahora he llegado
a saber cuán inmensa es la felicidad que el hombre es capaz de sentir. ¡Y es a
usted, es a ti — dijo sonriendo tímidamente — a quien se lo debo!
Se hallaba en aquella
fase en que el « tú » no se ha hecho todavía familiar, y al mirarla con limpia
mirada, de la cabeza a los pies, le resulta difícil tratar de « tú » a un ángel
semejante.
— Me he conocido a mí
mismo gracias… a ti, he advertido que soy mejor de lo que creía.
— Lo sé hace mucho. Por
esto precisamente le quiero.
Un ruiseñor dejó oír
trinos en unas ramas próximas; susurró el verde follaje acariciado por un soplo
de brisa.
Kasatski tomó la mano
de la joven y la besó. Las lágrimas se le asomaron a los ojos. La condesa
comprendió que su amado le agradecía lo que ella acababa de decirle: que le
quería. El joven oficial dio unos pasos, silencioso; se acercó luego al banco y
se sentó.
— Sabe usted, sabes… es
igual. Cuando me fijé en ti no me movía un impulso desinteresado, quería
ligarme con la alta sociedad; pero luego, cuando te conocí mejor… ¡Qué mezquino
me ha parecido todo eso en comparación con lo que tú eres! ¿No te enojarás por
lo que te digo?
La joven no respondió a
la pregunta, se limitó a rozar con su mano la de él.
— Has dicho… — se
sintió cohibido, le parecía excesivamente osado lo que tenía a flor de labio —.
Has dicho que me quieres; perdóname, lo creo; pero ¿no hay algo, además de
esto, que te inquieta y turba? ¿Qué es?
« Ahora o nunca — pensó
ella —. De todos modos lo sabrá. Pero ahora ya no lo pierdo. ¡Sería horrible
que me dejara! »
Contempló con ojos de
enamorada su figura grande, noble y poderosa. Ahora lo quería más que a
Nikolái, y a ningún precio lo cambiaría por éste, si no se tratara de un
emperador.
— Escúcheme. No puedo
ocultar la verdad. He de decírselo todo. ¿Pregunta usted qué me inquieta? Pues,
el haber amado.
Ella puso la mano en la
del joven con gesto suplicante.
El callaba.
— ¿Desea usted saber a
quién? A él, al soberano.
— A él todos le queremos.
He imagino que sería cuando usted estaba en el colegio.
— No, después. Fue una
locura. Luego pasó. Pero he de decirle…
— Bueno, ¿y qué?
— Es que no fue solo un
juego.
La condesa se cubrió la
cara con sus manos.
— ¿Qué dice usted? ¿Qué
le entregó a él?
Ella callaba.
Kasatski se levantó de
un salto y, pálido como la muerte, temblorosos los pómulos, se quedó de pie
ante ella. Recordó entonces que Nikolái Pávlovich, habiéndole encontrado en la
avenida Nevski, le felicitó cariñosamente.
— ¡Dios mío, qué he
hecho, Stepán!
— ¡No me toque, déjeme!
¡Oh, qué crueldad!
Kasatski le volvió la
espalda y entró en la casa, allí encontró a la madre.
— ¿Qué ocurre,
príncipe? Yo… — se calló al ver el rostro del joven, rojo de ira.
— Usted lo sabía y
quería aprovecharse de mí para cubrirlos. ¡Si no fuera usted una mujer! —
exclamó levantando su enorme puño; dio media vuelta y se fue corriendo.
Si el amante de su
prometida hubiera sido un simple particular, lo habría muerto; pero se trataba
del adorado zar.
Al día siguiente
solicitó un permiso y pidió le relevaran de sus funciones. Pretextó una
enfermedad, para no tener que visitar a nadie, se marchó a su aldea.
Pasó allí el verano,
poniendo en orden sus asuntos. Cuando el estío tocó a su fin, Kasatski no
regresó a Petersburgo, sino que se fue a un monasterio y se hizo monje.
Su madre le escribió
desaconsejándole que diera un paso tan decisivo, pero él le contestó diciéndole
que la llamada de Dios era superior a todas las demás consideraciones, y que él
la sentía. Únicamente su hermana, tan orgullosa y ambiciosa como él, le comprendió.
Comprendió que su
hermano se hacía monje para llegar a mayores alturas que quienes pretendían
demostrarle que estaban más encumbrados que él. No se equivocaba. Haciéndose
monje, Kasatski hacía patente su desprecio por cuanto parecía tan importante a
los demás, y así lo había considerado él mismo mientras estuvo en el
regimiento. Se situaba en una nueva cima tan elevada, que desde ella podía
mirar de arriba abajo a las personas a quienes antes envidiaba. Pero no era
éste el único sentimiento que lo movía, como se figuraba su hermana, Várienka.
Existía en él otro sentimiento auténticamente religioso que ésta desconocía,
sentimiento que, entretejido con el orgullo y con su afán de ser el primero en
todo, movía a dar un paso de tanta trascendencia. El desengaño que acababa de
sufrir con Meri (la prometida), a la cual había idealizado como ángel purísimo,
y la ofensa sentida, resultaron tan profundos que se desesperó, ¿y adónde podía
conducirle la desesperación? A Dios, a su fe infantil, que nunca había perdido.
Kasatski entró en el
monasterio el día de la Intercesión.
El abad era un varón de
noble familia y docto escritor, venerable por su rango como sucesor de los
monjes de Valaquia, cuyas reglas les obligan a obedecer incondicionalmente al
director espiritual y maestro que eligen. El abad era discípulo del venerable
padre Ambrosio, de perdurable fama, discípulo a su vez de Macari, y éste, del
venerable padre Leonid, quien lo fue de Paisi Velichkovski. A aquel abad se
subordinó, como a padre espiritual suyo, Kasatski.
En el monasterio,
además del sentimiento que experimentaba al tener conciencia de su superioridad
sobre los demás, hallaba Kasatski íntimo gozo esforzándose por alcanzar el
grado máximo de perfección en su vida monacal, tanto exterior como
interiormente, del mismo modo que en todas sus demás empresas. Así como en el
regimiento no solo era un oficial impecable que hacía más de lo que se exigía y
ampliaba el marco de su perfeccionamiento, en el monasterio se esforzaba
también por ser perfecto: trabajaba siempre, era un religioso sobrio, humilde,
limpio en el hacer y en el pensar, obediente. Esta última cualidad o grado de
perfección era la que más le ayudaba a encontrar llevadera la vida. No
importaba que muchas de las reglas debía observar en aquel monasterio,
sumamente concurrido, no le gustaran y le escandalizaran; todo se reducía a la
nada por medio de la obediencia. « No es cosa mía razonar; mi obligación es
obedecer, velando las sagradas reliquias, cantando en el coro o llevando las
cuentas del servicio de hostería. » La obediencia a su venerable padre
espiritual eliminaba la posibilidad de dudas en todos los terrenos. Sin esta
obediencia, se habría sentido abrumado por la duración y la monotonía de los
oficios religiosos, por el trajín de los visitantes y por otras
particularidades de la hermandad monacal, pero gracias a esta virtud no sólo lo
soportaba todo con alegría, sino que encontraba en ello gran apoyo y consuelo.
« No sé por qué hace falta escuchar varias veces al día unas mismas preces,
pero sé que es necesario, encuentro alegría en ello. » Su venerable padre
espiritual le dijo que del mismo modo que se necesita alimento material para la
conservación de la vida, hace falta el espiritual — el rezo en la iglesia —, a
fin de sostener la vida del espíritu. Kasatski lo creía así, y realmente los
oficios religiosos, aunque a veces le costara trabajo levantarse por la mañana,
le proporcionaban indudable sosiego y alegría. Le llenaba de contento el tener
conciencia de su propia humildad y de saber indudablemente todos los actos que
realizaba por indicación del padre espiritual. El interés de la vida estribaba
no sólo en subordinar cada vez más plenamente la propia voluntad, en alcanzar
una humildad cada día mayor, sino en todas las virtudes cristianas que al
principio le parecieron fácilmente asequibles. Cedió sus bienes a su hermana y
no lo sentía. No era perezoso. No le resultaba difícil humillarse ante los
inferiores, antes bien, le proporcionaba un íntimo gozo. Incluso le era fácil
vencer el pecado de concupiscencia, tanto de la gula como de la lujuria. Su
padre espiritual le puso en guardia sobre todo contra este pecado, y Kasatski
se alegraba de estar limpio de él.
Le torturaba sólo el
recuerdo de la novia. No se trataba del mero recuerdo, sino de la viva
representación de lo que habría podido ocurrir. A pesar suyo, se le venía a la
memoria una favorita del soberano, más tarde casada y convertida en una
magnífica esposa y madre de familia. Su marido ocupaba un alto cargo, tenía
influencia y honores, amén de una buena y arrepentida esposa.
Cuando se hallaba en
buena disposición de ánimo, estos pensamientos no le conturbaban. Si entonces
lo recordaba se sentía contento de haberse librado de aquellas tentaciones.
Pero había momentos en que de pronto todo cuanto constituía la razón de su vida
se esfumaba y él dejaba de verlo aún sin dejar de creer en ello. Entonces era
incapaz de evocar de evocar en su interior esa razón de su vivir y se
apoderaban de él los recuerdos y — horrible es decirlo — se arrepentía de haber
abrazado la vida monacal.
En esta situación lo
único que podía salvarle era la obediencia, el trabajo y los rezos en el
transcurso de toda la jornada. Rezaba como siempre, se proternaba, incluso
rezaba más que otros días, pero lo que rezaba era el cuerpo sin alma. Eso
duraba un día, a veces dos, y luego pasaba. Pero ese día o esos dos días eran
terribles. Kasatski sentía que no se encontraba bajo su propio poder ni bajo el
de Dios, sino bajo algún poder extraño. Lo único que podía hacer y realmente
hacía era lo que le aconsejaba su venerable padre espiritual para contenerse:
no emprender nada y esperar. En realidad, durante esos días, Kasatski no vivía
según su voluntad propia, sino según la de su padre espiritual, y en esta
situación hallaba un particular sosiego.
Así vivió Kasatski
siete años en aquel monasterio. A finales del tercer año, fue tonsurado y
ordenado sacerdote con el nombre de Sergio. La ordenación constituyó un
importante acontecimiento en la vida interior de Sergio, quien si antes
experimentaba gran consuelo y elevación espiritual cuando comulgaba, después
que tuvo ocasión de oficiar él mismo, el acto del ofertorio le sumía en un
estado de excelsa beatitud. Luego, este sentimiento fue debilitándose, y,
cuando tuvo que celebrar la misa en un estado de depresión espiritual,
comprendió que aquel estado de éxtasis acabaría por desaparecer. En efecto,
este sentimiento se hizo más débil, pero quedó como una costumbre.
Al séptimo año, la vida
del monasterio le aburría. Todo cuanto podía aprender allí lo había aprendido.
Todo cuanto era necesario alcanzar lo había alcanzado. Allí no le quedaba nada
que hacer.
El estado de letargo en
que se encontraba se hacía cada día más sensible. En el transcurso de estos
años murió su madre y se casó Meri. Ambas noticias le dejaron indiferente. Toda
su atención, todos sus intereses, se hallaban concentrados en su vida interior.
En el cuarto año de su
monacato, el obispo tuvo para él muchas palabras de encomio, y su venerable
padre espiritual le dijo que no debería de negarse a admitir algún cargo
elevado si se lo ofrecían. Entonces se encendió en él la ambición monástica,
ese estado de ánimo que tanto le había disgustado en los monjes. Le destinaron
a un monasterio cercano a la capital. Quería renunciar a ese destino, pero su
padre espiritual le ordenó aceptarlo. Sergio así lo hizo. Se despidió de su
superior y se trasladó al otro monasterio.
El paso a la abadía de
la capital fue un notable acontecimiento en la vida del padre Sergio. Se
encontró allí con tentaciones de todo género y para vencerlas tuvo que poner en
juego todas sus fuerzas.
En el anterior
monasterio la seducción de la mujer le atormentaba poco. En cambio aquí, esta
tentación alcanzó una fuerza terrible, llegando incluso a adquirir forma
determinada. Una señora conocida por su poca recomendable conducta empezó a
mostrarse obsequiosa con Sergio. Habló con él y le rogó que la visitara. Sergio
se negó rotundamente, pero quedó horrorizado ante la inequívoca fuerza de su
deseo. Se asustó tanto, que se lo contó por carta a su padre espiritual, pero
esto le pareció poco. Llamó a un joven novicio y, venciendo la enorme vergüenza
que le embargaba, le confesó su debilidad y le rogó que le vigilara, y que no
le dejara ir a ningún sitio excepción hecha de los oficios divinos y de los
actos de penitencia.
Constituía además gran
motivo de escándalo para Sergio el hecho de que el abad de ese monasterio,
hombre de mundo, muy listo, que estaba haciendo una brillante carrera
eclesiástica, le era sumamente antipático. Por más que luchara consigo mismo,
Sergio no podía vencer esa antipatía. Se sometía, pero en el fondo de su alma
no cesaba de censurarle. Y este mal sentimiento estalló.
Fue en el segundo año
de su estancia en el nuevo monasterio. He aquí lo que sucedió. Con motivo de
las fiestas de Intercesión, se celebraban las vísperas en la iglesia mayor. El
templo estaba muy concurrido. Oficiaba el propio abad. El padre Sergio se había
entregado al rezo en su lugar habitual, pero estaba torturado por la lucha que
en él solía desencadenarse durante los oficios religiosos, especialmente en la
iglesia mayor, cuando no oficiaba. Se debía esta lucha a la irritación que le
producían los señores y, especialmente, las damas que allí acudían. Sergio se
esforzaba por no verlos, por no advertir lo que pasaba en torno suyo. No quería
ver como un militar acompañaba a unas damas abriéndose paso entre la gente, ni
como otros se hacían señas mirando a los monjes, a menudo a él mismo y a otro
monje conocido por su distinguido porte y hermosas facciones. Era como si
pusiera anteojeras a su atención a fin de obligarse a no ver más que la llama
de los cirios junto al iconostasio, las imágenes sagradas y los sacerdotes que
oficiaban; a no oír nada excepto las palabras del rezo, cantadas o recitadas, y
a no experimentar ningún sentimiento que no fuera el de abandono de sí mismo en
el cumplimiento del deber, como lo experimentaba siempre al oír las oraciones tantas
veces oídas y repetir anticipadamente sus palabras.
Estaba, pues, de pie,
inclinándose profundamente, persignándose cuando el ritual lo prescribía,
luchando consigo mismo, entregándose al frío raciocinio o ahogando
conscientemente en su interior sentimientos e ideas, cuando se le acercó el
tesorero de su abadía, el padre Nikodim, otro gran motivo de escándalo para el
padre Sergio, que le tachaba, a pesar suyo, de adulador servil del abad. El
padre Nikodim saludó a Sergio con una profunda reverencia y le dijo que el abad
le llamaba. Sergio recogió el manteo, se puso el bonete y avanzó con sumo
cuidado entre la multitud que llenaba el templo.
— Lise, regardez à
droite, c´est lui[13] — se oyó que decía una voz
de mujer.
— Où, où ? It n´est
pas tellement beau[14].
El padre Sergio sabía
que hablaban de él. Oyó lo que decían y, como siempre que se sentía tentado,
repitió: « y no permitáis que caigamos en la tentación ». Bajó la cabeza y la
mirada, dejó atrás el ambón, cedió el paso a los canocarcas que vestidos con sus
albas llegaban en ese momento delante del iconostasio, y entró en el altar por
la puerta del lado norte. Como de costumbre, hizo una reverencia inclinándose
hasta la cintura ante el icono. Luego, sin pronunciar palabra, levantó la
cabeza en dirección al abad, cuya figura había visto con el rabillo del ojo
junto a otra vestida de gala. El abad, de pie junto a la pared, puestas las
vestiduras sagradas, se frotaba los galones de la casulla apoyando sus cortos y
rollizos brazos sobre su prominente abdomen. Se sonreía hablando con un militar
que vestía uniforme de general y llevaba varias condecoraciones y charreteras,
de las que enseguida se dio cuenta el padre Sergio, con su mirada experta en
estas cuestiones. El general pertenecía al séquito del emperador y había sido
comandante del regimiento en que Sergio había prestado sus servicios. Ahora,
por lo visto, era una persona muy influyente y el padre Sergio advirtió en
seguida que el abad lo sabía y se alegraba, razón por la cual tenía radiante la
roja y gorda cara. El padre Sergio se sintió herido y amargado, y esa sensación
fue todavía mayor cuando oyó de labios del abad que éste le había llamado
porque el general tenía mucha curiosidad por ver, como él mismo decía, a su
antiguo compañero de servicio militar.
— Estoy muy contento de
verle a usted en figura de ángel — le dijo el general alargándole la mano —.
Espero que no haya olvidado usted a un antiguo camarada.
El rostro del abad,
encarnado y sonriente en el marco de sus canas como aprobando las palabras del
general; la cara acicalada y satisfecha de éste, el olor a vino que de su boca
se desprendía y el olor a tabaco de sus patillas, acabaron con la ecuanimidad
del padre Sergio, quien se inclinó una vez más ante el abad y dijo:
— Reverendo padre, ¿ha
tenido a bien llamarme? — tanto la expresión de su cara como su actitud
añadían: ¿para que?
El abad dijo:
— Le he llamado para
que se entreviste con el general.
— Reverendo padre, me
aparté del mundo para librarme de las tentaciones — replicó palideciendo y con
los labios temblorosos —. ¿Por qué me somete usted a ellas aquí, durante las
horas del rezo y en el templo de Dios?
— Vete, vete — le dijo
el abad, irritado y frunciendo el seño.
Al otro día el padre
Sergio pidió perdón al abad y a los demás hermanos por su orgullo, pero después
de haber pasado la noche rezando, creyó que debía abandonar la abadía. Escribió
en este sentido a su padre espiritual, suplicándole le permitiera volver a su
lado. Le dijo que se sentía débil e incapaz de luchar contra las tentaciones,
solo, sin su ayuda. Y se arrepentía de su pecado de orgullo. El siguiente
correo le trajo la respuesta. Su padre espiritual le decía que todo el mal
estaba en su orgullo. El arranque de cólera que había sufrido — proseguía el
padre espiritual — se debía a que al humillarse y renunciar a los honores no
había obrado por amor de Dios, sino por orgullo, como diciendo, fijaos en mí,
no necesito nada. Por este motivo no pudo soportar el acto del abad: « ya veis,
he renunciado a todo por amor a Dios y ahora me muestran como si fuera un
animal raro».
« Si hubieras
despreciado la gloria por amor a Dios, lo habrías soportado. Aún no has ahogado
en ti el orgullo mundano. He pensado en ti, hijo mío, Sergio, he rezado, y he
aquí lo que Dios me dicta: vive como hasta ahora y sométete. Acabo de enterarme
de que ha muerto en santidad el anacoreta Hilarión, después de vivir dieciocho
años en su celda. El abad del monasterio de Tambino me ha preguntado si sé de
algún hermano que quiera vivir allí. En esto me llega tu carta. Preséntate al
padre Paisi, en el monasterio de Tambino, y pídele que te deje ocupar la celda
vacía. Por mi parte ya le escribiré. No es que puedas tú sustituir a Hilarión,
pero necesitas la soledad para vencer tu orgullo. Que Dios te bendiga.»
Sergio obedeció a su
padre espiritual. Enseño la carta al abad y, obtenido el permiso
correspondiente, se dirigió hacia la celda solitaria de Tambino, después de
haber hecho entrega de todos sus bártulos a la abadía.
El superior de la
comunidad de Tambino, excelente persona, procedente de una familia de
mercaderes, acogió, tranquilo y sencillo, al padre Sergio y le instaló en la
celda de Hilarión, poniendo a su servicio un hermano lego, si bien luego lo
dejó solo, atendiendo al ruego del propio Sergio. La celda era una cueva
abierta en la montaña. Allí mismo, en la parte posterior, se había enterrado a
Hilarión. En la parte anterior había un nicho con un jergón de paja para
dormir, una mesita y una estantería para las imágenes sagradas y los libros.
Junto a la puerta exterior, que se cerraba, había una tablita en la que una vez
al día un monje del monasterio dejaba el alimento.
Y el padre Sergio se
hizo ermitaño.
En el sexto año de vida
anacorética, durante las fiestas de carnaval, un grupo de alegres personas
ricas de la ciudad próxima, hombres y mujeres, después de hartarse de hojuelas
y vino, decidieron dar un paseo en troika. Formaban el grupo dos abogados, un
rico propietario, un oficial y cuatro mujeres. Una de ellas era la esposa del
oficial; la otra, lo era del terrateniente; la tercera era una solterona
hermana de este último y la cuarta una mujer divorciada, hermosa y rica, que
alteraba el sosiego de la cuidad con sus extravagancias.
El tiempo era
espléndido, el hielo del camino parecía bruñido como un entarimado. Recorrieron
unas diez verstas, y luego se detuvieron para decidir hacia dónde irían, si más
lejos o volverían a la ciudad.
— ¿Adónde lleva este
camino? — preguntó Makovkina, la bella mujer divorciada.
— A Tambino, que está
de aquí a doce verstas — respondió uno de los abogados que le hacía la corte.
— ¿Y luego?
— Luego a L., por el
monasterio.
— ¿Allí donde vive ese
que llaman padre Sergio?
— Sí.
— ¿Kasatski? ¿Ese
ermitaño tan guapo?
— El mismo.
— ¡Mesdames!
¡Señores! Vamos a visitar a Kasatski. En Tambino descansaremos y tomaremos
algo.
— Pero no nos dará
tiempo para volver a dormir en casa.
— No importa, pasaremos
la noche en la celda de Kasatski.
— Sitio no faltará. En
el monasterio hay una hostería que no es mala. Estuve allí cuando me encargué
de la defensa de Majin.
— No, yo pasaré la
noche con Kasatski.
— Eso es imposible. Ni
siquiera usted, con todo su poder, lo conseguirá.
— ¿Imposible? ¿Quiere
apostar algo?
— Venga. Si usted pasa
la noche con Kasatski, estoy dispuesto a todo lo que usted quiera.
— A discretion.
— ¡Y usted, también!
— De acuerdo. Adelante.
Ofrecieron vino a los
cocheros. El grupo de amigos se sirvió empanadillas, vino y caramelos que
sacaron de una caja. Las damas se arrebujaron bien con sus blancos abrigos de
piel de perro. Los cocheros discutieron acerca de quién iría delante, hasta que
uno de ellos, con gallardo movimiento, hizo restallar el látigo y lanzó un
grito. Cantaron los cascabeles y se oyó el chirrido de los trineos al
deslizarse sobre la nieve helada. Apenas se notaba ninguna sacudida, el trineo
se inclinaba ligeramente hacia los costados, el caballo lateral galopaba
acompasada y alegremente, atada la cola sobre la adornada retranca; el camino,
llano y liso, corría veloz hacia atrás; el cochero agitaba airosamente las
riendas; el abogado y el oficial, sentados uno frente a otro, estaban bromeando
con Makovkina, la cual, arrebujada en su abrigo, permanecía inmóvil y pensaba:
« Siempre lo mismo y siempre repugnante: caras rojas y lucientes oliendo a vino
y a tabaco, las mismas palabras, los mismos pensamientos y siempre dando vueltas
alrededor de la misma porquería. Todos están contentos y convencidos de que ha
de ser así y que pueden seguir viviendo de esta manera hasta el fin de sus
días. Yo no puedo. Estoy harta. Necesitaría algo que lo desbaratara y
trastornara todo. Que nos ocurriera lo que a ésos, creo que de Saratov, que
fueron de paseo y se helaron. ¿Qué harían mis amigos? ¿Cómo se comportarían?
Qué duda cabe, como unos cobardes. Cada uno pensaría únicamente en sí mismo. Yo
misma me comportaría villanamente. Pero yo por lo menos soy hermosa. Lo saben.
¿Y ese monje? ¿Es posible que ya no comprenda tales cosas? No puede ser. Esto
es lo único que todos comprenden. Como el otoño pasado aquel cadete. ¡Y qué
estúpido era…! »
— Iván Nikoláievich! —
exclamó.
— ¿Qué manda, mi
señora?
— ¿Cuántos años tendrá?
— ¿Quién?
— Kasatski.
— Me parece que unos
cuarenta.
— ¿Y recibe a todo el
mundo?
— Sí, pero no siempre.
— Tápame los pies. Así
no. ¡Qué poca maña se da! Todavía más, más; así. Y no tiene por qué apretarme
las piernas.
Así llegaron hasta el
bosque en que se encontraba la celda. Makovkina bajó y mandó alejarse a los
demás. Intentaron disuadirla. Pero ella se enojó y les dijo que se fueran.
Entonces los trineos se pusieron en camino, y ella, envuelta en su blanco
abrigo de pieles, echó a andar por el sendero. El abogado bajó del trineo y se
quedó mirándola.
El padre Sergio llevaba
más de cinco años viviendo en su celda, en su ermita solitaria. Tenía cuarenta
y nueve. Su vida era dura. No por el trabajo del ayuno y de las preces; éstos
no eran verdaderos trabajos, sino por la lucha interior que tenía que sostener,
contra lo que había esperado. Dos eran los motivos de su lucha: la duda y las
tentaciones de la carne. Los dos enemigos atacaban siempre al unísono. A él le
parecía que eran dos, pero en realidad se trataba de uno solo. Tan pronto
quedaba deshecha la duda, caía asimismo aniquilada la lujuria. Pero él creía
que eran dos diablos distintos y luchaba separadamente con ellos.
« ¡Dios mío, Dios mío!
— pensaba —, ¿por qué me niegas la fe? Sí, contra la lujuria lucharon San
Antonio y otros, pero creían. Tenían fe, y yo a veces paso minutos, horas y
días sin fe. ¿Para qué ha de existir el mundo, con todos sus encantos, si es
pecaminoso y hay que renunciar a él? ¿Por qué has creado tú la tentación? ¿La
tentación? ¿Pero no será también una tentación el que quiera yo apartarme de
las alegrías de la vida y aspire a alcanzar algo donde quizá no haya nada? —
Conforme lo pensaba, se sentía horrorizado —. ¡Miserable, miserable! ¿Y
pretendes ser santo? » Se reprendía a sí mismo. Se puso a orar. Pero no bien
dio comienzo a los rezos, se vio tal cual era cuando vivía en el monasterio: con
el bonete, el manteo y su majestuoso aspecto. Movió la cabeza. « No, no soy
así. Esto es una falacia. Pero engaño a los otros. No puedo engañarme a mí
mismo ni engañar a Dios.» Dobló los bordes de los hábitos y contempló sus
descarnadas pierna, enfundadas en los calzones. Se sonrió.
Luego soltó los bordes
de sus hábitos y empezó a leer el libro de las oraciones, a santiguarse y a
inclinarse. « ¿Es posible que este lecho sea mi tumba? » Leyó. Y fue como si un
diablo le musitara al oído: « El lecho solitario ya es una tumba. Es una farsa
». Vio con imaginación los hombros de una viuda que en otro tiempo fue su
amiga. Sacudió de su mente tales pensamientos y prosiguió la lectura. Leídas
las reglas, tomó los Evangelios, los abrió al azar y dio en un pasaje, que
repetía a menudo y sabía de memoria: « Señor, ayúdame a vencer mí incredulidad
». Apartó de sí las dudas que le asaltaban. Como si se tratara de un objeto en
equilibrio inestable, volvió a colocar su fe sobre el inseguro soporte y se
alejó cautelosamente para no derribarla con algún movimiento descuidado.
Volvieron a su sitio las anteojeras y el padre Sergio se tranquilizó. Repitió
la oración de su infancia: « No me abandones, Señor, no me abandones ». Se
sintió aliviado, invadido por un sentimiento de alegría y ternura. Luego se santiguó
y se acostó en su esterilla, sobre un estrecho banco, utilizando como almohada
sus hábitos de verano. Se quedó dormido. Entre sueños creyó oír repiqueteos de
cascabeles. No sabía si era algo real o soñado. Un golpe en la puerta lo
despierta. Se levanta sin dar crédito a sus oídos. Pero el golpe se repite. No
cabía duda, habían golpeado muy cerca, en su propia puerta, y se había oído una
voz de mujer.
« ¡Dios mío! ¿Será
verdad lo que he leído en las vidas de los santos, que el diablo se presenta en
forma de mujer…? Sí, es una voz de mujer, ¡una voz dulce, tímida y grata! ¡Fu!
— y escupió al lanzar esta exclamación —. No es así, ha sido todo una alucinación
mía. » Se acercó a un rincón y se dejó caer de rodillas frente al icono. Aquel
movimiento regular y habitual yo por sí mismo le proporcionaba consuelo y
satisfacción. Le cayeron los cabellos sobre el rostro y apretó la frente sobre
el húmedo y frío suelo, donde se formaban breves hileras de polvillo de nieve
arrastrado por el viento que soplaba por debajo de la puerta.
Recitó un salmo contra
las tentaciones, el que recomendó para tales casos el venerable Pimen. Levantó
sin la menor dificultad el magro y ágil cuerpo sobre sus fuertes piernas
nervudas y se dispuso a proseguir la lectura de los salmos, pero en vez de leer
aguzaba involuntariamente el oído. Deseaba oír algo más. El silencio era
absoluto. En un rincón las gotas de agua que se desprendían de la bóveda
resonaban como antes al caer en la tinaja. Fuera, la oscuridad era total. La
niebla apagaba el brillo de la nieve. Silencio, nada más que silencio. De
pronto se oyó en rumor junto a la ventana y una voz inconfundible, aquella
dulce y tímida voz, una voz que sólo podía pertenecer a una mujer atractiva,
dijo:
— Por Dios, ábrame…
Le pareció que la
sangre se le agolpaba en el corazón. Ni siquiera pudo suspirar. « Que Dios
resucite y me ampare… »
— No soy el diablo… —
no cabía duda de que se sonreían los labios que pronunciaban aquellas palabras
—. No soy el diablo, sino una pobre pecadora que se ha extraviado, en el
sentido recto de la palabra, no en el otro. — Se echó a reír —. Estoy helada y
pido asilo…
El padre Sergio acercó
el rostro al cristal del ventanuco. Sólo se veía los destellos del candil
reflejado en el vidrio. Se puso las manos a ambos lados de la cara y miró.
Niebla, oscuridad, un árbol. ¿Y a la derecha? Allí estaba ella. Sí, era una
mujer envuelta en un abrigo de blancas pieles, tocada con un gorro. Su carita
linda, bondadosa y asustada, se inclinaba mirándole, a dos pulgadas de la suya
propia. Sus ojos se encontraron y se reconocieron. No es que se hubieran visto
antes, pero en la mirada que cambiaron se dieron cuenta (sobre todo él) de que
se reconocían y se comprendían. Después se esta mirada, no cabía ya duda
ninguna de que se trataba del diablo y no de una mujer sencilla, buena, dulce y
tímida.
— ¿Quién es usted? ¿Qué
quiere? — preguntó él.
— ¡Ábrame ya! — dijo
ella con caprichoso requerimiento —. Estoy helada. Le digo que me he
extraviado.
— Soy un monje, un
ermitaño.
— Bueno, pero abra.
¿Quiere usted que me quede yerta al pie de la ventana mientras usted reza?
— Pero cómo usted…
— No me lo voy a comer,
no tema. Por Dios, déjeme entrar. No resisto el frío más tiempo.
Empezó a tener miedo y
pronunció estas últimas palabras casi sollozando.
Él se apartó de la
ventana y dirigió su mirada al icono en que estaba Jesucristo con la corona de
espinas. « Señor, ayúdame. Señor, no me abandones », murmuró persignándose e
inclinándose profundamente, hasta la cintura. Se acercó a la puerta, que daba a
una especie de minúsculo zaguán, y la abrió. Allí buscó a tientas el gancho que
serraba la puerta exterior. Fuera se oyeron pasos. La mujer se apartaba de la
ventana y se dirigía a la puerta. « ¡Ay! », exclamó de pronto. Había metido un
pie en el charco que se formaba delante del umbral. Al padre Sergio le
temblaban las manos y no podía levantar el gancho.
— ¿Qué espera? Déjeme
entrar. Estoy empapada, aterida. Usted sólo piensa en la salvación de su alma y
deja que me hiele.
El padre Sergio tiró de
la puerta hacia sí, levantó el gancho y, sin calcular el impulso, empujó la
puerta hacia fuera, dando un golpe a la mujer.
— ¡Oh, perdone! —
exclamó, volviendo de improvisto a la expresión y al tono que tan familiares le
eran en otros tiempos, al alternar con damas.
Ella se sonrió al oír
ese « perdone », pensando: « No es tan terrible como suponía ».
— No ha sido nada, no
ha sido nada. Usted me ha de perdonar a mí — dijo pasando por delante del padre
Sergio —. No me abría atrevido nunca a molestarle. Pero me encontraba en una
situación muy apurada.
— Entre usted — musitó
él cediéndole el paso.
Notó un fuerte olor de
finos perfumes, como no sentía hacía muchos años. La mujer cruzó el pequeño
zaguán y penetró en el recinto anterior de la cueva; él la siguió, después de
haber serrado la puerta sin poner el gancho.
« Nuestro Señor
Jesucristo, Hijo de Dios, perdone a este pobre pecador; Señor, ten compasión de
este pobre pecador », repetía sin cesar en su interior y, además, moviendo
involuntariamente los labios.
— Acomódese — dijo.
Ella permaneció de pie,
en medio de la estancia, mirándole con una sonrisa burlona en los ojos. De su
ropa se desprendían gotas de agua.
— Perdóneme que haya
quebrantado su soledad. Pero ya ve usted en qué situación me encuentro. Todo se
debe a que salimos de la ciudad a dar un paseo en trineo y yo aposté que
volvería sola a pie desde Voroviovka, pero me equivoqué de camino, y si no
hubiera dado con su ermita… — empezó a decir, mintiendo descaradamente.
Pero se sintió tan
confusa al fijarse en el rostro del padre Sergio, que no pudo seguir la patraña
y se calló. Se lo había imaginado distinto. No era tan guapo como se había
figurado, pero le parecía magnífico. El aspecto del padre Sergio con sus
cabellos entrecanos y ensortijados, lo mismo que el pelo de la barba, su nariz
de línea correcta y aquellos ojos ardientes como brasas cuando miraban de
frente, la impresionaron profundamente.
El comprendió que la
mujer mentía.
— Bueno, no se preocupe
— dijo mirándola y bajando nuevamente los ojos —. Yo pasaré ahí y usted
descanse.
Descolgó el candil,
encendió una vela y, haciendo ante la mujer una profunda reverencia, pasó al
cuartucho que había al otro lado de un tabique de madera. Arrastró algún objeto
hacia la puerta. Al oírlo, se dijo la mujer, sonriendo: « Probablemente asegura
la puerta para que yo no pueda entrar ». Se quitó el abrigo de blancas pieles,
el gorro, al que se le habían pegado algunos cabellos, y el pañuelito de punto
que llevaba debajo del gorro. No estaba empapada, y si lo dijo cuando estaba
junto a la ventana, fue sólo como pretexto para que la dejara entrar. Pero
frente al umbral había metido en un charco el pie izquierdo, hasta la
pantorrilla, y tenía lleno de agua el zapato y la bota de goma que llevaba
encima. Se sentó en el camastro del padre Sergio — una tabla cubierta
únicamente con una estera — y empezó a descalzarse. Aquella pequeña celda le
pareció encantadora. Mediría unos ocho pies de ancho por unos diez u once de
largo. Estaba limpia como un cristal. No había en ella más que el camastro
donde la mujer se hallaba sentada, y encima un estante con libros. En un rincón
había un atril. En la puerta, colgado de unos clavos, un abrigo y una sotana.
Sobre el atril, la imagen de Jesucristo con la corona de espinas, y un candil.
Se notaba un olor raro de aceite, a sudor y a tierra. Pero todo le parecía
agradable. Incluso el olor.
Los pies mojados, sobre
todo el izquierdo, le dolían, y se puso a descalzarse apresuradamente sin dejar
de sonreír, contenta no tanto de haber logrado lo que se proponía, sino de
haber visto que había conturbado al padre Sergio, a ese hombre magnífico, sorprendente,
raro y atractivo. « No ha correspondido… ¡Qué más da! », se dijo para sí.
— ¡Padre Sergio! ¡Padre
Sergio! Es así cómo le llaman, ¿verdad?
— ¿Qué quiere usted? —
le respondió una voz tranquila.
— Por favor, perdóneme
que haya roto su soledad. Pero créame, no he podido evitarlo. Me habría puesto
enferma. No sé lo que me va a pasar. Estoy empapada. Tengo los pies hechos un
témpano.
— Perdóneme — respondió
la voz sosegada —, nada puedo hacer por usted.
— Por nada del mundo le
habría incomodado. Me quedaré sólo hasta el amanecer.
El padre Sergio no
respondió, y la mujer oyó un leve balbuceo. « Por lo visto reza », se dijo.
— No entrará usted
aquí, ¿verdad? — preguntó sonriéndose —. He de quitarme la ropa para secarla.
El padre Sergio no
respondió y continuó rezando sus oraciones al otro lado del tabique con la
misma voz reposada.
« Este sí es un
verdadero hombre », pensó ella tirando con dificultad de la bota mojada. Por
más que tiraba, no podía quitársela y esto le hizo gracia. Se rió muy bajito,
pero sabía que él oía su risa y que esta risa influía en él tal como ella
deseaba. Se rió más fuerte, y aquella risa alegre, natural y bondadosa influyó
realmente sobre el padre Sergio tal como ella había deseado.
« A un hombre como éste
se le puede amar. ¡Qué ojos los suyos! ¡Y qué rostro más abierto, más noble y
más apasionado!, por muchas que sean las oraciones que rece — pensó ella —. Las
mujeres no nos engañamos. Tan pronto acercó su rostro al cristal y me vio, lo
comprendí y lo supe. Lo leí en el brillo de sus ojos. Me amó, me deseó. Sí, me
deseó », decía sacando, por fin, zapato y bota y quitándose luego las medias.
Para quitarse aquellas largas medias prendidas en elásticos, tenía que
levantarse la falda. Sintió vergüenza y dijo:
— No entre.
Pero del otro lado del
tabique no llegó respuesta alguna. Seguía oyéndose el acompasado murmullo, al
que se añadió el ruido de unos movimientos. « Se inclina hasta poner la frente
en el suelo, no hay duda — pensó ella —; pero de nada le servirá — musitó —.
Piensa en mí. Como pienso yo en él. Piensa en estas piernas mías », dijo
quitándose las medias mojadas y recogiendo las desnudas piernas sobre el
camastro. Permaneció sentada unos momentos, abrazándose las rodillas en actitud
pensativa. « ¡Cuánta soledad, cuánto silencio! Nadie sabría nunca… » Abrió la
estufa y puso las medias a secar. Después, pisando levemente el suelo con sus
pies descalzos, volvió al camastro, donde se sentó otra vez con las piernas
recogidas. Al otro lado del tabique no se oía ni el más leve ruido. Makovkina
consultó el diminuto reloj que le pendía del cuello. Eran las dos de la
madrugada. « Mis amigos han de venir a buscarme a eso de las tres. » Tenía a su
disposición una hora escasa.
« ¿He de permanecer
todo este tiempo aquí sola? ¡Qué tontería! No quiero. Ahora mismo lo llamo. »
— ¡Padre Sergio! ¡Padre
Sergio! ¡Sergio Dmitrich, príncipe Kasatski!
Nada se oyó al otro
lado del tabique.
— Óigame, no sea usted
cruel. No le llamaría si no le necesitara. Estoy enferma. No sé lo que me pasa
— exclamó con voz quejumbrosa —. ¡Ay, ay! — gimió, dejándose caer sobre el
camastro.
Y, cosa rara, se sentía
realmente mal, creía desfallecer, le dolía todo el cuerpo, temblaba como si
tuviera fiebre.
— Óigame, ayúdeme. No
sé lo que me pasa. ¡Ay, Ay! — Se desabrochó el vestido, dejando los senos al
aire, y extendió los brazos desnudos hasta los codos —. ¡Ay, ay!
El padre Sergio
permanecía en su cuartucho rezando. Acabadas las oraciones vespertinas, se
quedó de pie, inmóvil, fija la mirada en la punta de la nariz, componiendo una
prudente oración y repitiendo con toda el alma: « Señor mío Jesucristo. Hijo de
Dios, ten compasión de mí ».
Pero lo oía todo. Oyó
el roce de la seda cuando ella se quitó el vestido, oyó las pisadas de los
desnudos pies por el suelo, la oyó frotarse las piernas. Se sintió débil y
comprendió que podía caer en cualquier momento. Por esto no dejaba de orar.
Experimentaba algo semejante a lo que debía experimentar el héroe legendario
obligado a caminar sin volver los ojos a su alrededor. Sergio notaba, sentía
que el peligro y perdición estaban ahí, encima, en torno, y que sólo podía
salvarse si no contemplaba a aquella mujer ni un instante. Pero de pronto se
apoderó de él el deseo de verla. En aquel mismo momento dijo ella:
— Escúcheme, esto es
inhumano. Puedo morirme.
« Sí, iré, como aquel
padre que puso una mano sobre la mujer del pecado y la otra sobre una parrilla
al rojo vivo. Pero no tengo parrilla. » Miró a su alrededor. Vio el candil.
Puso el dedo en la llama y frunció el ceño, dispuesto a resistir. Por unos momentos
le pareció que no sentía ningún dolor, pero de repente, sin tener aún
conciencia de si lo que sentía era dolor y cuál era su intensidad, hizo una
mueca y retiró la mano sacudiéndola « No, no lo resisto. »
— ¡Por Dios! ¡Oh,
socórrame! ¡Me muero, oh!
« ¿Debo, pues,
condenarme? No puede ser. »
— Ahora la atenderé —
dijo, y abrió la puerta de su cuartucho, pasó por delante de ella sin mirarla,
entró en el pequeño zaguán donde cortaba la leña y buscó a tientas el tajo
sobre el que hacía las astillas y el hacha que tenía apoyada al muro.
— Ahora mismo —
repitió, y agarrando el hacha con la mano derecha puso un dedo de la izquierda
sobre el tajo, levantó la herramienta y de un golpe se lo cortó, más abajo de
la segunda articulación. El trozo de dedo cortado saltó más fácilmente que las
astillas del mismo grosor, rodó por el tajo y cayó al suelo produciendo un
sordo ruido.
Sergio oyó este ruido
antes de percibir el dolor. Pero no había tenido tiempo aún de sorprenderse de
que no le doliera, cuando sintió como una mordedura intensísima y notó que por
el dedo cercenado le salía la tibia sangre. Envolvió rápidamente el dedo herido
con el borde de su hábito y, apretándolo a la cadera, volvió sobre sus pasos.
Se detuvo ante la mujer, y bajando la vista preguntó quedamente:
— ¿Qué quiere usted?
Al ver aquel pálido
rostro, con un leve temblor en la mejilla izquierda, la mujer se sintió de
pronto avergonzada. Saltó del camastro, agarró el abrigo y se lo echó encima,
envolviéndose en él.
— Me sentía mal… me he
resfriado… yo… Padre Sergio… yo…
Sergio levantó los
ojos, que le brillaban con dulce y alborozado resplandor, y dijo:
— Dulce hermana, ¿por
qué has querido perder tu alma inmortal? Las tentaciones son propias del mundo,
pero ¡ay de aquel que las provoca!... Reza para que Dios te perdone.
Ella le escuchó y se le
quedó mirando. De pronto notó el ruido de un líquido que caía gota a gota. Se
fijó y vio que la sangre fluía de la mano de Sergio y bajaba por un costado de
sus hábitos.
— ¿Qué se ha hecho en
la mano?
Recordó el ruido que
acababa de oír, tomó el candil y penetró en el zaguán. En el suelo vio el dedo
ensangrentado. Más pálida todavía que él, volvió a la reducida estancia y quiso
decirle algo; pero el padre Sergio entró silenciosamente en el cuartucho del
fondo y cerró la puerta.
— Perdóneme — dijo la
mujer —. ¿Cómo podré alcanzar el perdón de mi pecado?
— Vete.
—Déjeme que le vende la
herida.
— Vete de aquí.
Se vistió
apresuradamente, sin decir palabra. Arrebujada en su abrigo, se sentó esperando
la llegada de sus amigos. A lo lejos se oyeron unos cascabeles.
— Padre Sergio,
perdóneme.
— Vete. Te perdonará
Dios.
— Padre Sergio,
cambiaré de vida. No me abandone.
— Vete.
— Perdóneme y concédame
su bendición.
— En nombre del Padre,
del Hijo y del Espíritu Santo — se le oyó al otro lado del tabique —. Vete.
La mujer prorrumpió en
sollozos y salió de la celda. El abogado iba a su encuentro y le dijo:
— He perdido la
apuesta, ya lo veo, paciencia. ¿Dónde quiere usted sentarse?
— Me da lo mismo.
Subió al trineo y en
todo el camino de regreso no dijo ni una palabra.
* * *
Un año más tarde
ingresó en un convento. Donde lleva una vida muy austera bajo la dirección del
ermitaño Arsenio, quien de vez en cuando le escribe una carta.
El padre Sergio vivió
siete años más en su ermita. Al principio aceptaba muchas de las cosas que le
llevaban: té, azúcar, pan blanco, leche, ropas, leña. Pero a medida que
transcurría el tiempo imponía más rigor a sus costumbres, y fue renunciando a
todo lo superfluo. Llegó, por fin, a no aceptar más que pan negro una vez a la
semana. Todo cuanto le llevaban lo distribuía entre los pobres que acudían a
verle.
Se pasaba el tiempo
rezando en la celda o conversando con quienes lo visitaban, cuyo número era
cada día mayor. Únicamente salía de su celda para ir a la iglesia, unas tres
veces al año, y para ir a buscar leña o agua, cuando lo necesitaba.
A los cinco años de
vivir así tuvo lugar al suceso que pronto llegó a conocimiento de todo el
mundo: la visita nocturna de Makovkina y el cambio radical que inmediatamente
después sufrió la mujer y su ingreso en el convento. Desde entonces la fama del
padre Sergio fue en aumento. Cada día era mayor el número de personas que lo
visitaban. Pronto se instalaron junto a su celda otros monjes, construyeron una
iglesia y una hostería. La fama del padre Sergio, agrandando como siempre en
estos casos la importancia de los actos realizados, se fue extendiendo hasta
lugares cada vez más lejanos. Empezaron a acudir a su retiro gentes de remotas
comarcas, comenzaron a llevarle enfermos pidiéndole que los curara.
La primera curación se
produjo en el octavo año de su vida retirada. Se trataba de un muchacho de
catorce años. Su madre lo llevó ante el padre Sergio, a quien rogó pusiera sus
manos sobre el niño. Al padre Sergio ni en sueños se le había ocurrido pensar
que podía curar a los enfermos. Habría considerado semejante idea gran pecado
de orgullo. Pero la madre de aquel niño le rogaba insistentemente, se
arrastraba a sus pies preguntándole por qué no querían ayudar a su hijo
habiendo curado a otros, le suplicaba fervorosamente por amor de Nuestro Señor
Jesucristo. Cuando el padre Sergio decía que sólo Dios puede curar, la madre le
replicaba que únicamente le pedía una cosa: que pusiera la mano sobre su hijo y
rezara. El padre Sergio se negó y se retiró a su celda. Pero a la mañana
siguiente (estaban en otoño y las noches eran ya frías), al ir a buscar agua,
vio otra vez a aquella madre y a su hijo, el muchacho de catorce años, pálido,
desmedrado, y oyó la misma súplica. El padre Sergio recordó la parábola del juez
mentiroso, y aunque hasta entonces había estado plenamente convencido de que no
debía acceder a lo que le rogaban, comenzó a tener sus dudas, por lo cual se
puso a orar y rezó hasta que en su alma hubo nacido una resolución. Y fue ésta
que él debía dar cumplimiento al deseo de la madre, pues era posible que la fe
que tenía salvara a su hijo. En cuanto a sí mismo, se dijo que en este caso él
no sería más que un mero e insignificante instrumento elegido por Dios.
Se acercó entonces a la
madre, puso la mano sobre la cabeza del muchacho y empezó a rezar.
Madre e hijo se fueron;
un mes más tarde éste se había curado. La fama de la santa fuerza curativa del
venerable Sergio, como entonces empezaron a llamarle, corrió como reguero de
pólvora por aquellos contornos, y no hubo semana, a partir de este acontecimiento,
que no acudiesen enfermos a visitarle, a pie o a caballo. Como había accedido
al ruego de unos, no podía negarse a satisfacer a los otros. Ponía la mano y
oraba. Muchos se curaban y con ello la fama del padre Sergio no hizo más que
acrecentarse.
Así transcurrieron
nueve años de vida monacal y trece de vida en soledad. El aspecto del padre
Sergio no podía ser más venerable: tenía la barba luenga y blanca, pero los
cabellos, aunque ralos, se le conservaban negros y rizados.
Desde hacía varias
semanas una cuestión preocupaba seriamente al padre Sergio. ¿Obraba bien al
aceptar la vida que llevaba, a la que había llegado no tanto por sí mismo como
por los requerimientos del archimandrita y del abad? Comenzó después de la
curación del niño de catorce años. Desde entonces, de mes en mes, de semana en
semana, de día en día, notó el padre Sergio que se destruía su vida interior y
que el lugar de ésta lo iba ocupando la vida exterior. Era como si le hubieran
dado la vuelta sacando afuera lo de adentro.
El padre Sergio vio que
se había transformado en un medio para atraer visitantes y personas que hacían
donativos al monasterio. Por ello, las autoridades monacales le rodeaban de las
condiciones adecuadas a fin de que pudiera ser lo más útil posible. No le
dejaban hacer ningún trabajo físico. Le surtían de cuanto pudiera necesitar y
únicamente le exigían que no negara la bendición a quienes acudían a
solicitársela. Para que ello le resultara más cómodo, fijaron días de visita.
Dispusieron convenientemente un lugar de recepción para los hombres y otro
aislado por una barandilla a fin de que no lo derribaran las entusiastas
peregrinas que se le acercaban en alud. Desde allí podía bendecir a los
reunidos. Le decían que la gente lo necesitaba, que no podía negarse a que lo
vieran quienes deseaban verlo si quería ser fiel a la ley del amor divino, y
que apartarse de esas gentes sería una crueldad. Cuando oía tales razones las
aprobaba, pero a medida que se rendía a esa vida se daba cuenta de que los
valores externos iban desplazando a los internos, que se secaba en él el
hontanar del agua viva y que sus obras se dirigían cada día más hacia los
hombres y cada día menos hacia Dios.
Cuando pronunciaba un
sermón ante la gente e incluso cuando se limitaba a bendecirla, cuando rezaba
impetrando la curación de los enfermos, cuando daba un consejo o alumbraba el
camino de una vida, cuando escuchaba las palabras de gratitud de las personas a
quienes había curado, según decían, o había ayudado con sus palabras, no podía
evitar el sentirse contento. Tampoco podía despreocuparse de las consecuencias
de sus actos ni de la influencia que sobre la gente tenían. Pensaba que era una
llama ardiente, y cuanto más lo creía tanto más débil y apagada sentía la
divina luz de la verdad que en él brillaba. « ¿Qué parte va a Dios de lo que yo
hago y cuál a los hombres? » Esta cuestión le atormentaba constantemente, y
nunca pudo darle una respuesta, o, mejor dicho, nunca se atrevió a dársela. En
lo más recóndito de su alma se decía que el diablo había trocado su actividad
para con Dios en actividad para los hombres. Lo sentía de este modo, porque así
como antes le resultaba muy doloroso que lo arrancaran de su soledad, ahora
ésta le resultaba penosa. Se sentía atraído por los visitantes, que le
fatigaban; pero en el fondo del alma su presencia le alegraba, le satisfacían
las alabanzas de que le hacían objeto.
Hubo un tiempo en que
incluso decidió huir, esconderse. Llegó a pensar en todos los detalles del
plan. Se hizo con una camisa y unos pantalones de mujik, un caftán y un gorro,
diciendo que necesitaba estas para dárselas a los mendigos. Pero se las guardaba
y veía en su pensamiento de qué modo iba a vestirse; se cortaría el pelo y
marcharía. Primero tomaría el tren, y cuando hubiese recorrido unas trescientas
verstas bajaría y pediría limosna por las aldeas. Preguntó a un viejo soldado
qué hacía, si le daban limosna y albergue. El soldado se lo explicó todo y el
padre Sergio pensó que podría hacer lo mismo. Una noche llegó a vestirse,
dispuesto a huir, pero no sabía qué era lo justo: quedarse o abandonar la
ermita. Al principio vacilaba, luego la indecisión fue desapareciendo, se
habituó a su nuevo estado y se sometió al diablo. Únicamente las ropas de mujik
le recordaban sus ideas y sentimientos.
Cada día acudía más
gente y cada vez era menor el tiempo de que disponía para su confortamiento
espiritual y para los rezos. A veces, en momentos luminosos, pensaba que se
había convertido en una especie de paraje en el que antes hubiera habido una
fuente. « Había una fuentecita de agua viva que manaba de mí, a través de mí.
Entonces vivía la verdadera vida. Pero cuando “ella” (recordaba siempre con
entusiasmo aquella noche y a ella, a la que llamaban ahora madre Agna) quiso
seducirle, ella sorbió un poco de aquella agua pura. Desde entonces, empero, el
agua no tiene tiempo de acumularse. Antes llegan los sedimentos, apretujándose.
Lo han pisoteado todo. No queda más que barro. » Así razonaba en algunos raros
momentos de clarividencia; pero su estado habitual era de cansancio y
enternecimiento ante sí mismo por dicho cansancio.
* * *
Había llegado la
primavera. En la víspera de Pentecostés el padre Sergio celebraba el oficio
divino en su cueva, llena de gente. Cabrían unas veinte personas. Todas eran
gente rica, señores y comerciantes. El padre Sergio abría las puertas a todo el
mundo, pero el monje que velaba por él y otro de turno que diariamente enviaban
a su retiro desde el monasterio, hacían la selección. La muchedumbre, unos
ochenta peregrinos, entre los que predominaban las mujeres, se agolpaban en el
exterior esperando la salida del ermitaño y su bendición. El padre Sergio decía
la misa, y cuando iba a bendecir… la tumba de su antecesor, se tambaleó, y
habría caído de no haberlo sostenido un mercader que estaba a su espalda y el
monje que hacía las veces de diácono.
— ¿Qué le pasa?
¡Padrecito, padre Sergio! ¡Pobrecito! ¡Señor Todopoderoso! — prorrumpieron las
mujeres —. Ha quedado pálido como la pared.
Pero el padre Sergio se
recobró en seguida, y aunque se sentía muy débil, se desprendió de los brazos
del mercader y del diácono y siguió cantando la misa. El padre Serapión, el
diácono, los acólitos y la señora Sofía Ivánovna, que vivía siempre junto a la
ermita y cuidaba del padre Sergio, empezaron a suplicarle que interrumpiera la
ceremonia.
— No es nada, no es
nada — musitó el padre Sergio, sonriendo casi imperceptiblemente por debajo de
sus poblados bigotes —, no interrumpáis el oficio.
« Así obran los santos
», pensó.
— ¡Es un santo! ¡Un
ángel de Dios! — oyó que exclamaba a su espalda Sofía Ivánovna y también el
mercader, que le había sostenido.
No hizo caso de los
ruegos que le dirigían y prosiguió celebrando el oficio divino. Apretujándose
una vez más, se dirigieron a la pequeña iglesia inmediata y allí el padre
Sergio acabó de celebrar las vísperas, si bien abreviándolas algo.
Inmediatamente después
del oficio, bendijo a los presentes y salió para sentarse en un banco que había
bajo un olmo, a la entrada de la cueva. Quería descansar, respirar el aire
fresco, pues lo necesitaba; pero tan pronto hubo salido, la gente se le echó
encima pidiendo la bendición, consejo y ayuda. Había en aquella muchedumbre
peregrinos que se pasan la vida recorriendo los lugares santos, yendo de un
padre a otro padre y conmoviéndose ante cualquier objeto sagrado y ante todo
padre venerable. Sergio conocía bien a este tipo tan corriente de peregrinos,
el menos religioso, el más frío y el más convencional. Había asimismo
peregrinos, ancianos misérrimos, muchos de ellos borrachines, que vagabundeaban
de un monasterio a otro sin más objetivo que el de subsistir. No faltaban
tampoco campesinos, hombres y mujeres, que acudían movidos por pretensiones
egoístas de curación o en busca de consejo para resolver sus dudas acerca de
cuestiones eminentemente prácticas, como el casamiento de una hija, el alquiler
de una tienda, la compra de unas tierras; o que solicitaban la absolución de
graves pecados, como el haber aplastado a un pequeñuelo mientras dormían o por
haber tenido un hijo fuera del matrimonio. Todo esto le era conocido desde
hacía mucho tiempo y no encerraba para él ningún interés. Le constaba que estas
personas nada nuevo le dirían y esos rostros no despertarían en él ningún
sentimiento religioso; pero no dejaba de satisfacerle ver a esa muchedumbre que
tenía necesidad de él, de su bendición y de su palabra, tan estimada. Por todas
estas razones aquella gente lo abrumaba y, al mismo tiempo, le resultaba
agradable. El padre Serapión los quiso arrojar de allí diciendo que el padre
Sergio estaba cansado, pero éste recordó las palabras del Evangelio: « Dejad
que (los niños) vengan a mí », y conmovido consigo mismo por dicho recuerdo,
dijo que no hiciera marchar a nadie.
Se levantó, se acercó a
la barandilla junto a la cual se agrupaba el tropel de gente y comenzó a
bendecirla y a responder a las preguntas que le hacían. El sonido de una voz
era tan débil, que él mismo se sorprendió. Sin embargo, pese a su buena
voluntad, no pudo atender a todo el mundo. De nuevo se le enturbió la vista,
vaciló y se agarró a la barandilla. Otra vez notó que le afluía la sangre a la
cabeza. Primero se quedó pálido y luego, de pronto, se puso rojo.
— Realmente habrá que
esperar hasta mañana, hoy no puedo — dijo, y después de bendecirlos a todos a
la vez dirigió sus pasos hacia el banco.
El mercader volvió a
agarrarlo por el brazo y le ayudó a caminar y a sentarse.
— ¡Padre! — clamaba la
muchedumbre —. ¡Padre! ¡Padrecito! ¡No nos abandones! ¡Estamos perdidos sin ti!
Una vez hubo ayudado al
padre Sergio a sentarse en el banco bajo el olmo, el mercader se arrogó
funciones de policía y se puso a dispersar enérgicamente a la muchedumbre.
Verdad es que hablaba en voz baja, de manera que el padre Sergio no pudiera
oírle, pero lo hacía en tono que no admitía réplica:
— Fuera, fuera. Os ha
bendecido, ¿qué más queréis? ¡Hala, hala! Si no, os doy un trastazo. ¡Venga!
¡Eh, tú, vieja andrajosa! ¡Venga, en marcha! ¿Adónde te metes? Lo dicho: se
acabó. Mañana Dios dirá, hoy no puede más, está desfallecido.
— ¡Padrecito, déjeme
que le vea la carita, sólo un instante! — decía la anciana.
— Te voy a dar yo buena
carita, ¿dónde te metes?
El padre Sergio notó
que el mercader obraba con mucho rigor y dijo con un hilito de voz al hermano
lego que no echaran a nadie. Sabía que de todos modos no le harían caso y tenía
enormes deseos de permanecer solo, y de descansar, pero envió al hermano lego a
transmitir sus palabras a fin de impresionar más a la gente.
— Está muy bien, está
bien. No los echo, procuro convencerlos — respondió el mercader —; serían
capaces de acabar con él. No tienen compasión, sólo piensan en sí mismos. Lo
dicho: no es posible. Vete. Mañana.
Y el mercader los
arrojó a todos.
Aquel hombre puso tanto
celo en su obra porque era amigo del orden y también de meterse con la gente y
de imponerse a los demás, pero ante todo porque necesitaba al padre Sergio. Era
viudo, y tenía una hija única, enferma, soltera, y acudió con ella a impetrar
su curación al padre Sergio salvando una distancia de mil cuatrocientas
verstas. Hacía dos años que su hija estaba enferma, y él había hecho cuanto
había podido para curarla. Primero la tuvo en una clínica en la ciudad
universitaria de la provincia, sin resultado alguno. La llevó luego a un mujik
de Samara, que la alivió algo. Después hizo que le visitase un famoso doctor de
Moscú, que le cobró mucho dinero. Pero todo fue inútil. Le dijeron que el padre
Sergio curaba y a él acudía ahora. Cuando hubo echado a la gente, el mercader
se le acercó e hincándose de rodillas le dijo en alta voz sin preámbulo alguno:
— Padre santo, bendice
a mi hija enferma, cúrala de su doloroso mal. Me atrevo a humillarme a tus
santos pies.
Juntó las manos
suplicantes; hablaba y obraba como si verificara un acto neta y firmemente
determinado por unas normas y por la costumbre, como si la curación de la hija
tuviera que pedirse de aquella manera concreta y no de cualquier otro modo.
Obró con tal seguridad en sí mismo, que incluso al padre Sergio le pareció que
era precisamente así como debían hacerse y pedirse aquellas cosas. Sin embargo,
le mandó levantarse y explicar de qué se trataba. El mercader le contó que su
hija, una doncella de veintidós años, hacía dos que estaba enferma, desde la
repentina muerte de su madre. Entonces se asustó y se puso mala. Añadió que la
había traído desde mil cuatrocientas verstas de distancia y que ahora esperaba
en la hostería hasta que el padre Sergio le permitiera presentarse. « Durante
el día está en su cuarto, tiene miedo a la luz, y únicamente puede salir cuando
el sol se ha puesto. »
— ¿Y qué, está muy
débil? — inquirió el padre Sergio.
— No, débil no está, y
es robusta, pero nerasténica[15], según
dijo el doctor. Si el padre Sergio me permite que la traiga, lo haré volando.
¡Padre santo, devuelva la vida a mi corazón, devuélvame mi hija, salve con sus
preces a mi hija enferma!
El mercader volvió a
hincarse de rodillas con aparatoso movimiento y permaneció inmóvil, inclinando
la cabeza sobre sus brazos cruzados. El padre Sergio le mandó levantarse por
segunda vez y, después de reflexionar en la penosa que era su labor y en la conformidad
de ánimo con que a pesar de todo la realizaba, suspiró profundamente, guardó
unos instantes de silencio y dijo:
— Está bien, tráigala
por la noche. Rezaré por ella; pero ahora me siento cansado. — Y cerró los ojos
—. Mandaré recado.
El mercader se retiró,
andando de puntillas sobre la arena, con lo cual sólo logró que las botas
rechinaran con más fuerza. El padre Sergio se quedó solo.
Su vida estaba
consagrada a los oficios divinos y a los visitantes, pero aquel día había sido
particularmente fatigoso. Por la mañana sostuvo una larga conversación con un
alto dignatario que había acudido a verle. Luego recibió a una señora
acompañada de su hijo, un joven profesor ateo, al que su madre trajo porque
ella era muy creyente y gran admiradora del padre Sergio, al que rogó hablara
con su hijo. La conversación fue muy pesada. Por lo visto el joven profesor no
quería entrar en discusión con el monje y le daba la razón en todo, como si
estuviera hablando con una persona débil. El padre Sergio, empero, vio que
aquel joven no creía y que, a pesar de ello, se sentía bien, estaba tranquilo y
no tenía complicaciones de conciencia. Ahora recordaba con disgusto todo
aquello.
— Ha de comer algo,
padrecito — le dijo el hermano lego.
El hermano entró en la
choza, construida a unos diez pasos de la cueva, y el padre Sergio se quedó
solo.
Estaba muy lejano el
tiempo en que nadie le hacía compañía y él mismo cuidaba de la limpieza de su
celda y se alimentaba exclusivamente de raíces y pan. Hacía ya mucho que, según
le habían explicado, no tenía derecho alguno a olvidarse de su salud y le preparaban
comidas nutritivas, aunque de ayuno. Se servía poco, pero mucho más que antes.
A menudo comía con particular deleite y no como en otro tiempo, con repugnancia
y conciencia del pecado. Así lo hizo ese día. Tomó papilla, bebió una taza de
té y comió medio trozo de pan blanco.
El hermano lego se
retiró y el padre Sergio se quedó completamente solo bajo el olmo.
Era una maravillosa
noche de mayo. Los abedules, los álamos blancos, los olmos, los cerezos
silvestres y las encinas acaban de revestirse de verdor. Los cerezos silvestres
que crecían detrás del olmo estaban floridos, aún no había comenzado a caerles
la flor. Los ruiseñores lanzaban al aire sus trinos, uno muy cerquita y otros
dos o tres abajo, en los arbustos de las orillas del río. Más allá, a lo lejos,
subían al cielo los cánticos de la gente que regresaba del trabajo al término
de la jornada. El sol se había escondido detrás del bosque y esparcía sus rayos
a través del follaje. Toda esa parte se hallaba envuelta en una luz verdosa. La
otra, vista desde el olmo, era oscura. Los escarabajos volaban, chocaban entre
sí y caían al suelo.
Terminada la cena, el
padre Sergio se puso a rezar mentalmente: « Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten
compasión de nosotros ». Luego leyó un salmo, y de improviso, cuando había
llegado a la mitad, un gorrión batió alas desde un arbusto y se posó en el suelo,
donde, piando y a saltitos, se le fue acercando, hasta que al fin se asustó y
emprendió el vuelo. Rezó una oración en la que se hablaba de la renuncia del
mundo y se apresuró a terminarla pronto, a fin de enviar a buscar al mercader y
a su hija enferma, que había despertado su interés. Para él sería una
distracción, una cara nueva. Además, tanto ella como su padre le tenían por
santo, por un religioso suyas preces podían curar. El lo negaba, pero en el
fondo de su alma creía que era verdad.
A veces se preguntaba
sorprendido cómo había podido ocurrir que él, Stepán Kasatski, hubiera llegado
a ser un intercesor tan extraordinario entre los hombres y Dios, capaz de hacer
verdaderos milagros. Pero no había duda de que era así. No podía cerrar los
ojos a los milagros de que él mismo había sido testigo, desde que curó a aquel
muchacho enfermo hasta que, gracias a sus oraciones, había devuelto la vista a
una viejecita hacía poco tiempo. Por extraño que resultara, era así. La hija
del mercader le interesaba, pues, por tratarse de una nueva criatura, porque en
ello podía reafirmar su poder curativo y su gloria. « Vienen a verme desde mil
verstas de distancia, escriben en los periódicos, se entera el emperador, llega
a oídos de Europa, de la descreída Europa », pensaba. De repente sintió
vergüenza de su vanidad y se puso a orar mentalmente. « Señor, Rey de los
cielos, consuelo de los hombres, alma de la verdad, pon tus ojos en nosotros,
límpianos de todo pecado y salva nuestras almas. Líbrame de la funesta gloria
de este mundo, que me consume », repitió, aunque pensando también que muchas
veces había elevado ese ruego al Señor y que hasta entonces sus preces habían
resultado, en este sentido, totalmente vanas. Sus oraciones hacían milagros
para los demás, pero Dios no le escuchaba cuando le pedía que le librara de
esta mezquina pasión.
Recordó sus oraciones
de los primeros tiempos de ermitaño, cuando suplicaba se le concediera la
gracia de la pureza, de la humildad y del amor, y recordó asimismo que entonces
tenía la impresión de que Dios escuchaba sus ruegos; entonces estaba limpio de
pecado y se cercenó el dedo. Levantó el muñón del dedo, cubierto en su punta
por las arrugas de la piel fruncida, y lo besó. Le pareció que en aquel
entonces también era humilde, pues se sentía siempre repulsivo a la naturaleza
pecadora. Creyó que entonces poseía también amor, pues recordaba la ternura con
que trató a un anciano, a un antiguo soldado borracho que había ido a pedirle
dinero, y como la había recibido a ella. ¿Y ahora? Se preguntó si quería a
alguien, a Sofía Ivánovna o al padre Serapión, si experimentaba algún
sentimiento de amor hacia todas esas personas que acudían a verle, hacia aquel
joven ilustrado con quien estuvo conversando, pedante, atento sólo a poner de
manifiesto su inteligencia y a demostrar que, por sus conocimientos, estaba al
día. El amor de todos ellos le era agradable y necesario, pero él no
correspondía con amor. No sentía amor, no era humilde, ni puro.
Le agradaba saber que
la hija del mercader tenía veintidós años. Deseaba ver si era o no hermosa. Y
al preguntar si era débil quería enterarse precisamente de si tenía o no
encanto femenino.
« ¿Es posible que haya
caído tan bajo? Pensó —. Señor, no me abandones, reconfórtame, Señor y Dios
mío. » Juntó las manos y se puso a orar. Cantaron los ruiseñores. Un escarabajo
se posó en su cabeza y se le deslizó por el pescuezo. Se lo quitó de encima. «
¿Existirá realmente? ¿Y si estoy llamando a una casa cerrada por afuera…? El
candado está en la puerta y yo podría verlo. Los ruiseñores, los escarabajos,
la naturaleza, son este candado. Quizá tenga razón el joven. » Y se puso a
rezar en voz alta y estuvo rezando largo rato hasta que le desaparecieron estos
pensamientos y volvió a sentirse tranquilo y seguro. Tocó una campanilla y dijo
al hermano lego, que se le acercó, que podía recibir a aquel mercader y a su
hija.
El mercader acudió
llevando del brazo a la hija, la acompañó hasta la celda y se retiró en
seguida.
Era una muchacha muy
blanca, pálida, rellenita, sumamente tímida, de rostro infantil con expresión
amedrentada y de formas muy desarrolladas. El padre Sergio permaneció en el
banco junto a la entrada de la cueva. Cuando bendijo a la muchacha, que se detuvo
ante él al entrar en la celda, se horrorizó de sí mismo por el modo como le
había mirado el cuerpo. La joven pasó y él sintió la mordedura de la carne. Al
verle la cara comprendió que la muchacha era sensual y boba. Se levantó y entró
en la celda. Ella se había sentado en un taburete, esperándole.
Se levantó al verle
entrar.
— Quiero ir con papá —
dijo.
— No temas — le
respondió —. ¿Qué te duele?
— Me duele todo —
añadió ella, y de pronto una sonrisa le iluminó el rostro.
— Te curarás — dijo él
—.Reza.
— He rezado mucho y no
me ha servido de nada — continuaba sonriendo —. Rece usted y ponga en mí su
mano. Le he visto en sueños.
— ¿Cómo me ha visto?
— He visto que usted me
ponía la mano sobre el pecho, así — le tomó una mano y se la apretó contra el
seno —. Aquí.
El le cedió la mano
derecha.
— ¿Cómo te llamas? — le
preguntó, temblando de los pies a la cabeza, sintiendo que estaba vencido y que
el deseo lúbrico se había escapado de su dominio.
— María. ¿Por qué?
Ella le tomó la mano y
se la besó repetidamente. Luego le pasó un brazo por la cintura y lo apretó
contra sí.
— ¿Qué haces? — dijo él
—. María, eres Satanás.
— Bueno, supongo que no
importa.
Lo abrazó y se sentó
con él en la cama.
* * *
Al amanecer él salió.
« ¿Es posible que esto
haya ocurrido en realidad? Vendrá el padre. Ella se lo contará. Es el diablo.
¿Qué voy a hacer? Aquí está el hacha con que me corté el dedo. » Agarró el
hacha y se dirigió a la cueva.
Se encontró con el
hermano lego.
— ¿Quiere usted que
corte leña? Déme el hacha, haga el favor.
Se la dio. Entró en la
celda. Ella estaba acostada, durmiendo. La miró horrorizado. Pasó al cuartucho
del fondo, se puso la ropa de mujik, tomó unas tijeras, se cortó el cabello, y
por el sendero bajó hacia el río, donde no había estado ni una vez durante los
últimos cuatro años.
El camino seguía a lo
largo del río. Anduvo hasta el mediodía. Entonces se metió en un campo de
centeno y se echó a descansar. Al anochecer llegó a una aldea, pero no entró en
ella, sino que se dirigió a un lugar escarpado de la orilla del río. Era de madrugada,
una media hora antes de la salida del sol. Todo se veía gris y tenebroso.
Soplaba del oeste el frío viento del amanecer. « Sí, hay que terminar. Dios no
existe. ¿Cómo acabar? ¿Arrojándome al río? Sé nadar, no me ahogaré.
¿Ahorcándome? Sí, con el cinturón, de una rama. » Esto le pareció tan posible e
inmediato, que se horrorizó. Quiso rezar, como solía hacerlo en los momentos de
desesperación. Pero no tenía a quién dirigirse. Dios no existía. Se recostó
apoyando la cabeza sobre la mano. De pronto sintió tal necesidad de dormir, que
no pudo sostener por más tiempo la cabeza en esta posición. Dobló los brazos,
se acostó y en seguida se quedó dormido. Pero fue sólo por unos instantes. Se
despertó al momento y empezó a ver o a recordar como entre sueños.
Se ve en la aldea
siendo un niño muy pequeño, en la casa de su madre. Llega un coche y de él
bajan su tío Nikolái Serguéievich con su enorme barba negra en forma de pala, y
Páshenka, una niña delgaducha de grandes ojos dulces y tímido rostro. Dejan a
Páshenka con él y con otros niños, amigos suyos. Hay que jugar con la niña,
pero resulta aburrida, es boba. Al fin, para burlarse de ella le piden que
demuestre que sabe nadar. La niña se echa al suelo y allí bracea como si
estuviera en el agua. Todos se ríen, se burlan. Ella se da cuanta, se pone roja
como la grana. Da tanta lástima, que remuerde la conciencia. Nunca podrá
olvidar su sonrisa torcida, bondadosa y resignada. Sergio recuerda cuando
volvió a verla después de aquel día. Había transcurrido mucho tiempo. Era poco
antes de hacerse monje. Se había casado con un propietario que había dilapidado
los bienes que ella aportó al matrimonio, y le pegaba. Tenía entonces dos
hijos, un niño y una niña. El primero murió pronto.
Sergio recordaba cuán
desgraciada la había encontrado. Volvió a verla, ya viuda, estando él en el
monasterio. Seguía siendo la misma. No podía decirse que fuera tonta, pero sí
insulsa, insignificante e infeliz. Había acudido con su hija y el novio de ésta.
Entonces ya eran pobres. Más tarde, oyó decir que vivía en cierta capital de
distrito y que había quedado muy pobre. « ¿A santo de qué pienso en ella? — se
preguntaba Sergio, pero no podía dejar de pensar en Páshenka —. ¿Dónde estará?
¿Qué habrá sido de ella? ¿Seguirá siendo tan infeliz como era entonces, cuando
mostraba sobre el santo suelo que sabía nadar? Pero ¿por qué he de pensar en
ella? ¿Qué tontería es ésta? Hay que acabar de una vez. »
De nuevo tuvo miedo y
volvió a pensar en Páshenka para salvarse de aquella espantosa idea.
Echado de este modo,
permaneció largo rato pensando ya en su necesario fin, ya en Páshenka. Le
parecía que ella sería su salvación. Finalmente se durmió. Vio en sueños a un
ángel que se le acercó y le dijo: « Vete a ver a Páshenka y por ella sabrás qué
has de hacer, dónde está tu pecado y dónde tu salvación. »
Se despertó y se dijo
que Dios le había enviado aquella visión. Se alegró y decidió hacer lo que el
ángel le había dicho. Sabía cuál era la ciudad en que vivía Páshenka. Distaba
unas trescientas verstas. Y hacia allí encaminó sus pasos.
Hacía ya mucho tiempo
que Páshenka era una mujer llamada Praskovia[16]
Mijáilovna, vieja, seca, arrugada, suegra de un funcionario llamado Mavrikiev,
hombre fracasado y borracho. Vivían en la capital de distrito, donde su yerno
había tenido el último empleo. Allí ella sostenía a toda su familia, a su hija,
al propio yerno, enfermo y neuesténico, y a cinco nietos. Y los mantenía dando
lecciones de música, a cincuenta kopeks la hora, a las hijas de los mercaderes.
Algunos días tenía cuatro horas, a veces cinco, de suerte que ganaba
aproximadamente unos sesenta rubros al mes. Gracias a esto vivían, mientras
esperaban una colocación. Praskovia Mijáilovna escribió a todos sus parientes y
conocidos pidiendo recomendaciones para obtenerla. También escribió en este
sentido a Sergio, pero cuando llegó la carta él ya no estaba.
Era sábado, y Praskovia
amasaba con sus propias manos la pasta para hacer ensaimadas con papas, que tan
buenas salían al cocinero siervo de su papaíto. Quería agasajar a sus nietos al
día siguiente, domingo.
Su hija Masha estaba
atendiendo al pequeñuelo. Los mayores, un niño y una niña, estaban en la
escuela. El yerno no había pegado ojo por la noche y acababa de dormirse.
Praskovia Mijáilovna también había pasado gran parte de la noche sin dormir,
procurando suavizar la cólera de su hija contra su marido.
Comprendía que el yerno
era una criatura débil, que no podía hablar ni vivir de otro modo, y como veía
que los reproches de su hija no servían de nada, procuraba atenuarlos y
evitarlos para que su casa no se convirtiera en un infierno. Era una mujer que casi
no podía soportar físicamente las malas relaciones entre las personas. Para
ella estaba claro que así nada podía arreglarse y que la situación no hacía más
que empeorar. Ni siquiera lo pensaba. Sencillamente, al ver a una persona
airada sufría como la hacían sufrir un mal olor, un ruido molesto o como si le
dieran golpes.
Estaba muy satisfecha
por haber enseñado a Lukeria de qué modo se amasaba la pasta, cuando Misha, su
nietecito de seis años, con su delantalito, sus piernas torcidas y sus zurcidas
medias, entró corriendo en la cocina, asustado.
— Abuela, un viejo muy
feo te llama.
Lukeria miró y dijo:
— Sí, debe ser un
mendigo.
Praskovia Mijáilovna se
sacudió los brazos, se secó las manos con el delantal y se disponía a entrar en
una habitación para tomar el bolso y dar una limosna de cinco kopeks al
desconocido, cuando recordó que no tenía piezas menores de diez y pensó que lo
mejor sería darle un trozo de pan. Se acercó al armario, pero se avergonzó de
su mezquindad y ordenó a Lukeria cortar un trozo de pan mientras ella misma iba
a buscar la moneda de diez kopeks. « Este es tu castigo — se dijo —. Darás dos
veces. »
Dio ambas cosas al
caminante y, cuando lo hubo hecho, no se sintió orgullosa de su largueza, antes
al contrario, se avergonzó y le pareció poco lo que había dado. Tan importante
era el aspecto del mendigo.
A pesar de haber
recorrido trescientas verstas pidiendo limosna en nombre de Jesucristo, a pesar
de ir roto, de haber enflaquecido y de haber quedado muy curtido; a pesar de
que llevaba al cabello cortado y su gorro era de mujik, lo mismo que las botas,
a pesar de que se inclinó humilladamente, Sergio conservaba el aspecto
majestuoso que tanto atraía a todo el mundo. Pero Praskovia Mijáilovna no le
reconoció. Ni podía reconocerlo, pues hacía ya casi treinta años que no lo
veía.
— No se ofenda,
padrecito, por mi pequeña limosna. ¿Desea usted comer algo, quizá?
Sergio tomó el pan y la
moneda. Praskovia Mijáilovna se sorprendió de que aquel hombre se la quedara
mirando en vez de irse.
— Páshenka, he venido a
verte. Atiéndeme.
La miro con sus
hermosos ojos negros, insistentes y suplicantes, a los que el aflorar de unas
lágrimas puso singulares reflejos. Bajo el canoso pelo de los bigotes le
temblaron lastimeramente los labios.
Praskovia Mijáilovna
cruzó los brazos sobre se seco pecho, abrió la boca y clavó los ojos en el
rostro del peregrino.
— ¡No puede ser!
¡Stiopa! ¡Sergio! ¡Padre Sergio!
— Sí, el mismo — musitó
Sergio quedamente —. Pero no soy Sergio, el padre Sergio, sino el gran pecador
Stepán Kasatski, perdido sin remisión… Acógeme, ayúdeme.
— ¡No es posible! ¿Cómo
ha llegado usted a tanta renunciación? Entre.
Ella le tendió la mano,
pero él la siguió sin tomársela.
¿Adónde lo haría pasar?
El piso era pequeño. Al principio ocupaba una habitación diminuta, un cuartucho
oscuro, pero luego incluso este cuarto lo cedió a la hija, a Masha, que en
aquel momento estaba allí acunando al pequeñuelo.
— Siéntese aquí un
momento — dijo a Sergio, señalándole el banco de la cocina.
Sergio se sentó y, con gesto
que por lo visto ya le era habitual, se quitó la bolsa que llevaba a la
espalda, sacándola primero por un hombro y luego por el otro.
— ¡Dios mío! ¡Dios mío!
¡Cuánta renunciación, padrecito! ¡Tanta fama, y de pronto así…!
Sergio no respondió, se
sonrió con mansedumbre mientras ponía la bolsa al suelo.
— Masha, ¿sabes quién
es?
Praskovia Mijáilovna
explicó en voz baja a su hija quién era Sergio y juntas sacaron del cuartucho
la ropa blanca de la cama y la cunita, dejándolo libre para el recién llegado.
Praskovia Mijáilovna lo
acompañó al cuartucho.
— Descanse aquí. No lo
tome a mal, pero he de irme.
— ¿Adónde?
— Doy lecciones. Casi
me da vergüenza decírselo, enseño música.
— La música es buena
cosa. Pero he venido para tratar de un asunto. Praskovia Mijáilovna. ¿Cuándo
podré hablar con usted?
— Para mí será una gran
alegría. ¿Al atardecer?
— Está bien, pero he de
rogarle otra cosa aún: no diga a nadie quién soy. Sólo me he descubierto a
usted. Nadie sabe qué ha sido de mí. No ha de saberlo nadie.
— ¡Ay, ya se lo he
dicho a mi hija!
— Bueno, pídale que lo
calle.
Sergio se quitó las
botas, se acostó y quedó dormido en seguida, después de una noche de insomnio y
de una caminata de cuarenta verstas.
* * *
Cuando Praskovia
Mijáilovna regresó, Sergio estaba sentado en el cuartucho, esperándola. No
salió a comer y tomó un plato de sopa y papilla que le llevó Lukeria.
— ¿Cómo has venido
antes de lo que me dijiste? — preguntó Sergio —. ¿Podemos hablar ahora?
— ¿A qué debo yo la
felicidad de tener una visita semejante? He dejado una lección para otro día…
Yo soñaba con ir a visitarle, le escribí, y de pronto, ¡usted aquí! ¡Qué
alegría!
— ¡Páshenka! Te ruego
que tomes como en confesión las palabras que ahora te voy a decir; que sean
como palabras dichas ante Dios a la hora de la muerte. ¡Páshenka! No soy ningún
santo, no soy ni siquiera un hombre sencillo como todos. Soy un pecador, un pecador
sucio, asqueroso, descarriado, orgulloso; no sé si soy el peor de todos, pero
si soy peor que los hombres más ruines.
Al principio, Páshenka
le miraba abriendo desmesuradamente los ojos; le creía. Pero cuando llegó a
creerle del todo, puso una mano sobre la de él y dijo sonriendo piadosamente:
— Stepán, ¿no exageras
un poco?
— No, Páshenka. Soy un
lujurioso, un asesino, un blasfemo y un farsante.
— ¡Dios mío! ¿Cómo es
eso? — exclamó ella.
— Pero es necesario
vivir. Y yo que creía saberlo todo, que enseñaba a los demás cómo hay que
vivir, veo que no sé nada y vengo a pedirte consejo.
— No digas eso, Stepán.
Te burlas. ¿Por qué siempre os reís de mí?
— Está bien, me río, me
río; pero dime, ¿cómo vives tú y cómo has vivido?
— ¿Yo? He llevado una
vida desastrosa, ruin, y ahora Dios me castiga. Muy bien empleado. Vivo de una
manera tan estúpida, tan estúpida…
— ¿Cómo te casaste?
¿Cómo viviste con tu marido?
— Todo fue detestable.
Me enamoré de la manera más tonta. Mi padre estaba en contra de que me casara
con aquel hombre. No quise escuchar a nadie, me casé. Y una vez casada, en vez
de ayudar al marido, le atormenté porque tenía celos y no fui capaz de librarme
de ellos.
— Creo que bebía.
— Sí, pero yo no sabía
sosegarme. Le echaba en cara ese defecto, y no era un defecto, sino una
enfermedad. No podía contenerse y yo no quería dejarle beber. Teníamos unas
riñas espantosas.
Miraba a Kasatski con
ojos que el recuerdo hacía hermosos y doloridos.
Kasatski se acordó de
que, según le habían contado, el marido de Páshenka le pegaba. Y al contemplar
ahora su cuello desmedrado y seco, con venas prominentes por debajo de las
orejas y un moño de escasos cabellos semicanos y semirrubios, tenía la impresión
de que estaba viendo cómo había ocurrido todo aquello.
— Luego me quedé sola,
con dos hijos y sin recursos.
— Pero tenías una
finca.
— La vendimos ya en
vida de mi marido… y lo gastamos todo. Había que vivir y yo no sabía hacer
nada, como ocurre a todas las señoritas. Pero yo era de las más incapaces e
inútiles. Así fuimos consumiendo las pocas cosas que nos quedaban. Yo enseñaba
a los hijos y al mismo tiempo aprendía algo. Entonces, cuando Mitia iba a la
cuarta clase, se puso enfermo y Dios se la llevó. Masha se enamoró de Vania, mi
yerno. Es buena persona, pero un desgraciado. Está enfermo.
— Mamita — exclamó su
hija, interrumpiéndola —. Tome a Misha. No puedo hacerme pedazos.
Praskovia Mijáilovna se
levantó y, calzada con sus gastados zapatos, salió con paso ligero para volver
en seguida llevando en brazos a un pequeñuelo de dos años que se echaba hacia
atrás agarrándole la pañoleta con ambas manos.
— ¿Qué enfermedad
tiene?
— Neurastenia, una
enfermedad terrible. Consultamos. Nos dijeron que debíamos ir a otro lugar,
pero hacía falta dinero. No pierdo la esperanza de que le pase. No tiene nada
que le moleste especialmente. Pero…
— ¡Lukeria! — se oyó
que gritaba Vania con voz enojada y débil —. Siempre la mandan a alguna parte
cuando la necesito. ¡Abuela!...
— ¡Ya voy! — Respondió
Praskovia Mijáilovna, interrumpiéndose otra vez —. Todavía no ha comido. No
puede comer con nosotros.
Salió y estuvo
preparando algo. Por fin entró de nuevo, secándose las curtidas y sarmentosas
manos.
— Ya ves cómo vivo.
Todos nos quejamos, todos estamos descontentos, pero gracias a Dios los nietos
son buenos y fuertes. Todavía se puede vivir. Pero no vale la pena hablar de
mí.
— ¿De qué vivís?
— Yo gano alguna cosa.
¡Cuando pienso lo que me aburría la música y lo útil que me es ahora!
Se había sentado frente
a la cómoda y tamborileaba con los sarmentosos dedos de su pequeña mano a modo
de ejercicio.
— ¿Cuánto te pagan por
cada lección?
— Los hay que me pagan
un rublo, otros cincuenta kopeks, y algunos treinta. Son todos muy buenos
conmigo.
— Y qué, ¿progresan? —
preguntó Kasatski, sonriendo levísimamente con los ojos.
Praskovia Mijáilovna,
de momento, no creyó que él le hiciera en serio esta pregunta y le miró
interrogadora.
— También progresan.
Hay una niña muy bien dotada, hija de un carnicero. Es una niña muy buena. Si
yo fuera una mujer capaz, podría hallar una colocación para mi yerno
aprovechando las relaciones de los padres de mis alumnos. Pero no he sabido
hacerlo y ya ve en qué situación están ahora los míos.
— Sí, sí — dijo
Kasatski inclinando la cabeza —. ¿Vas mucho a la iglesia, Páshenka? —
interrogó.
— ¡Ay, no me lo
pregunte! Es tan difícil, me he abandonado tanto… Con los niños, ayuno y suelo
ir; pero a veces paso meses enteros sin acercarme. Mando a los pequeños.
— ¿Por qué no vas tú
misma?
— A decir verdad — se
sonrojo —, me da vergüenza ir rota a la iglesia, por mi hija y por mis
nietecitos. No tengo vestido nuevo que ponerme. Además soy perezosa.
— ¿Y en casa, rezas?
— Sí, rezo
maquinalmente, pero ¿qué valor tiene ese rezo? Sé que no está bien hacerlo así,
pero me falta el verdadero sentimiento. Uno no piensa más que en las pequeñeces
de cada día…
— Sí, es cierto —
musitó Kasatski, como si aprobara aquellas palabras.
— Ya voy, ya voy —
exclamó ella respondiendo a una llamada del yerno, y salió de la habitación
después de haberse ajustado la trenza en la cabeza.
Esta vez tardó en
volver. Cuando regresó, Kasatski continuaba sentado en la misma posición,
apoyados los codos sobre las rodillas y baja la cabeza; pero se había puesto ya
la bolsa a la espalda.
Ella entró con un
candil de hojalata, sin pantalla. Kasatski la miró con sus ojos magníficos y
cansados y suspiró profundamente.
— No les he explicado
quién es usted — comenzó a decir tímidamente —. Sólo les he dicho que es un
peregrino de familia noble y que yo le conocía. Vamos al comedor a tomar el té.
— No…
— Bueno, lo traeré
aquí.
— No, no necesito nada.
Que Dios no te deje de la mano, Páshenka. Me voy. Si tiene compasión de mí, no
digas a nadie que me has visto. Por Dios redivivo te lo pido. Perdóname, por
amor de Dios.
— Bendígame.
— Te bendecirá Dios.
Perdóname, por amor de Jesucristo.
Quería irse, pero ella
no le dejó salir sin darle antes pan, unas rosquillas y mantequilla. Kasatski
lo tomó y se fue.
La calle estaba oscura,
y aún no había andado más de dos casas, cuando Páshenka lo perdió de vista y
sólo pudo comprobar que Kasatski proseguía su camino al oír que el perro del
arcipreste lo saludaba con sus ladridos.
« Ahora veo claro el
significado de mi sueño. Páshenka es precisamente lo que yo tenía que ser y no
fui. Yo vivía para los hombres con el pretexto de vivir para Dios. Ella vive
para Dios imaginándose que vive para los hombres. Una buena palabra, un vaso de
agua dado sin pensar en la recompensa, tiene más valor que todo cuanto he hecho
yo para favorecer a la gente. Sin embargo, ¿no había un deseo sincero de servir
a Dios? », se preguntaba, y la respuesta fue la siguiente:
« Sí, pero todo eso era
impuro, se hallaba invadido por la enmarañada maleza de la fama mundana. No, no
existe Dios para quien vive como vivía yo, pensando en alcanzar la gloria entre
los hombres. Ahora lo buscaré. »
Y siguió, como antes de
venir a casa de Páshenka, pidiendo de pueblo en pueblo un pedazo de pan y un
albergue en nombre de Jesucristo, cruzándose con otros peregrinos, hombres y
mujeres. A veces la dueña de alguna casa le trataba con malos modos, o le injuriaba
algún mujik borracho, pero casi siempre le daban de comer y de beber y aun
añadían algo para el camino. Su aspecto señorial le granjeaba la simpatía de
algunas personas. Otras, en cambio, parecía que se alegraban de que un señor
como él hubiera caído en la miseria. Pero su mansedumbre los vencía a todos.
Con frecuencia hallaba
en las casas los libros del Evangelio y los leía en voz alta y entonces la
gente le escuchaba conmovida y se sorprendía de oírle como si les leyera algo
nuevo y a la vez muy conocido.
Cuando podía ayudar a
alguien con un consejo o con un saber, o cuando convencía a los que reñían para
que hicieran las paces, no encontraba agradecimiento alguno, pues se iba antes
de que pudieran manifestárselo. Y poco a poco Dios comenzó a hacérsele presente.
Un día iba de camino
con dos ancianas y un antiguo soldado. Se encontraron con dos señores, un
hombre y una mujer, que viajaban en coche tirado por un brioso animal,
acompañados de otro varón y otra dama que montaban a caballo. Los que montaban
a caballo eran el marido de la señora y la hija, mientras que en el coche iban
la primera y un viajero que debía ser francés.
Al cruzarse con el
pequeño grupo que iba a pie, estos señores lo hicieron parar. Querían mostrar a
aquel señor, probablemente francés, les pèlerins[17], gente que
en vez de trabajar se pasa la vida caminando de un lugar a otro, siguiendo una
tradición propia del pueblo ruso. Hablaban en francés, creyendo que no les
entendían.
— Demandez-leur — dijo en francés — s´ils sont bien sûrs
de ce que leur pèlerinage est agréable à Dieu[18].
Se lo preguntaron. Las
viejecitas respondieron:
— Dios dirá. A Él
vamos. ¿Lo merecemos?
Preguntaron al viejo
soldado. Respondió que era solo y que no tenía donde meterse.
Preguntaron a Kasatski
quién era.
— Un esclavo del Señor.
— Qu´est-ce qu´il dit? Il
ne répond pas.
— Il dit qu´il est un
serviteur de Dieu.
— Cela doit être un fils
de prêtre. Il a de la race. Avez-vous de la petite monnaie ?[19].
El francés tenía
calderilla y dio veinte kopeks a cada uno de los caminantes.
— Mais dites-leur que ce
n´est pas pour des cierges que je leur donne, mais pour qu´ils se régalent de
thé ; té, té, — dijo sonriéndose —; pour vous, mon vieux[20] — añadió dándole a Kasatski
unas palmaditas en el hombro con su mano enguantada.
— Que Jesucristo nos
salve — respondió este último sin ponerse el gorro e inclinando su cabeza
calva.
A Kasatski este
encuentro le dio particular alegría, porque despreció la opinión de la gente e
hizo lo más sencillo e insignificante: tomó humildemente los veinte kopeks y
los dio a un compañero suyo, a un mendigo ciego. Cuanta menos importancia tenía
la opinión de los hombres, tanto más intensamente dejaba sentir su presencia
Dios.
Así vivió Kasatski ocho
meses. Al noveno, lo detuvieron en una ciudad de provincias, en un albergue
donde pasaba la noche con otros peregrinos. Como no tenía documentos, lo
llevaron a la comisaría. Cuando le preguntaron en el interrogatorio que había
hecho de los documentos y quién era, respondió que documentos no tenía y que él
era un esclavo del Señor. Lo consideraron vagabundo, lo juzgaron y lo
desterraron a Siberia.
En Siberia se
estableció en los terrenos yermos de un rico propietario y ahora vive allí.
Trabaja el huerto de un señor, enseña a sus hijos y visita a los enfermos.
Hacia las siete de la
tarde, después de haber tomado té, salí de una estación cuyo nombre no
recuerdo. Era cerca de Novocherkask, en la Tierra de los Cosacos del Don. Había
anochecido ya, cuando envuelto en la pelliza y tapado con una manta, me instalé
en el trineo junto a Aliosha. Reinaba una gran calma y el tiempo era apacible.
En aquel momento no nevaba; sin embargo, no se veía ni una sola estrella y el
cielo parecía muy bajo y negro, en comparación con la llanura blanca, cubierta de
nieve, que se extendía ante nosotros.
Apenas habíamos pasado
ante los molinos, que semejaban unas figuras –las enormes aspas de uno de ellos
giraban torpemente- y habíamos dejado atrás la aldea cosaca, noté que había más
nieve en el camino y que se hacía más difícil avanzar.
El viento empezó a
soplar con mucha fuerza, llevándose hacia la izquierda las colas y las crines
de los caballos y la nieve que levantaba el trineo. El sonido de los cascabeles
se volvió más tenue, el aire frío me penetró por las mangas hasta la espalda; y
entonces recordé el consejo del maestro de postas de que hubiera sido mejor no
salir, porque había peligro de extraviarse y perecer helado.
-¿No nos iremos a
perder? –le pregunté al cochero. Al no obtener respuesta, hice la pregunta de
otro modo: ¿Crees que llegaremos a la estación, cochero? ¿No nos extraviaremos?
-¡Dios sabrá!
–respondió sin volver la cabeza-. ¡Menuda borrasca! No se ve el camino… ¡Ay,
señor!
-Dime, ¿crees que
llegaremos a la estación o no? –insistí.
-Tenemos que llegar –me
dijo, añadiendo algo que no pude oír por el viento.
No quería volver a la
estación de postas, pero tampoco me parecía divertido pasarme toda la noche
errando con aquella borrasca, en esa parte de la Tierra de los Cosacos del Don
que es una estepa desierta. Además, a pesar de que me había sido imposible examinar
al cochero en aquella oscuridad, no me gustaba ni me infundía confianza. Se
había sentado en el centro del pescante en lugar de ponerse a un lado. Era
extraordinariamente alto, tenía una voz indolente y su enorme gorra, que no
parecía la de un cochero, se bamboleaba de un modo extraño sobre su cabeza. No
había acuciado a los caballos como se suele hacer, sino sujetando las riendas
con ambas manos, como lo hubiera podido hacer un lacayo al ocupar el pescante.
No sé por qué, lo que
más me hizo desconfiar de él fue el pañuelo que llevaba para protegerse las
orejas. En una palabra, no parecía prometer nada bueno aquella espalda
encorvada que veía ante mí.
-Creo que será mejor
que volvamos –me dijo Aliosha-. La verdad es que no resulta demasiado divertido
estar dando vueltas sin más ni más.
-¡Ay señor! ¡Qué
borrasca! No se ve el camino… Estoy cegado… ¡Ay señor! –masculló el cochero.
Aún no habíamos
recorrido la cuarta parte de una versta, cuando el cochero detuvo los
caballos y, después de entregar las riendas a Aliosha, bajó torpemente del
trineo y fue a buscar el camino, haciendo crujir la nieve bajo sus enormes
botas.
-¿Adónde vas? ¿Es que
nos hemos extraviado? –pregunté.
No me contestó. Se
alejó con el rostro vuelto en dirección contraria al viento para que no le
azotara los ojos.
-¿Qué? ¿Encontraste el
camino? –volvía a preguntar, cuando hubo regresado.
-No –replicó con súbita
impaciencia e irritación, como si yo fuese el culpable de que hubiese perdido
el camino.
Luego montó lentamente
y empezó a separar las riendas con sus guantes helados.
-¿Qué vamos a hacer?
–pregunté, cuando el trineo se puso en marcha.
-¿Qué quiere que
hagamos? Hay que seguir, a la buena de Dios.
Era evidente que íbamos
a la buena de Dios porque, al cabo de un cuarto de hora, aún no habíamos visto
un solo pose indicando las verstas.
-¿Crees que llegaremos
a la estación?
-Si nos dejamos guiar
por los caballos, podemos volver a la estación de donde hemos salido. Ellos nos
conducirán. Pero dudo de que lleguemos a la siguiente… Con este tiempo, es
fácil que perezcamos.
-En este caso, debemos
volver porque, realmente…
-Entonces, ¿volveremos?
–me preguntó.
-Sí, sí.
El cochero soltó las
riendas. Los caballos corrieron más veloces y, aunque no noté que girara el
trineo, el viento cambió de dirección y en breve divisé los molinos. Animado,
el cochero empezó a hablar.
-En una ocasión me
sorprendió una borrasca y tuve que pasar la noche entre unos haces de heno. Y
gracias a que pude llegar a ellos, que si no, me hubiera helado… ¡Menudo frío
hacía! A uno de mis compañeros se le helaron los pies y estuvo tres semanas a la
muerte.
-En este momento no se
siente frío; parece que la borrasca ha amainado. ¿No podríamos seguir?
-Es verdad, no hace
frío, pero la borrasca sigue igual que antes. Sólo que el viento sopla por
detrás, por eso parece que ha calmado. Si yo no fuese correo, si viajase por mi
propia voluntad, podría seguir; pero, la verdad, no es ninguna broma que
perezca un viajero. Al fin y al cabo, uno es el responsable.
En aquel momento se
oyeron unos cascabeles a nuestras espaldas. Varias troikas venían pos de
nosotros, a mucha velocidad.
-Son los cascabeles del
correo –explicó el cochero-. No hay otros iguales en la estación.
En efecto, los
cascabeles de la troika que iba a la cabeza y cuyo tintineo nos traía el viento
eran puro, sonoro, grave, trémulo… Posteriormente me enteré de que era
costumbre entre los cazadores llevar tres cascabeles: uno grande en el centro y
dos pequeños que sonaban a la tercera. El sonido de esa tercera y de la quinta
trémula, que repercutía en el aire de un modo sorprendente, era muy bello en la
estepa silenciosa.
-Es el correo –dijo el
cochero cuando la primera de las tres troikas pasaba junto a nosotros-. ¿Cómo
está el camino? ¿Se puede pasar? –gritó al último cochero.
Pero éste no contestó,
limitándose a acuciar a los caballos. El sonido de los cascabeles no tardó en
extinguirse. El cochero debió de sentirse avergonzado.
-Sigamos, señor –dijo-.
Como acaban de pasar esas troikas… las huellas estarán recientes.
Accedí. De nuevo
giramos y seguimos adelante contra el viento, por la estepa nevada. Yo no
dejaba de mirar al camino por temor a que nos desviáramos de las huellas que
habían dejado los trineos. Durante dos verstas, las huellas se divisaron
bien, después sólo se vio una pequeña desigualdad y ya no supe si se trataba
sencillamente de una capa de nieve amontonada por el viento. Mis ojos se
cansaron de fijarse en el monótono correr de la estepa bajo el trineo y empecé
a mirar hacia delante. Aún vimos al poste que indicaba la tercera versta,
pero fue imposible dar con el siguiente. Lo mismo que al principio, empezamos a
ir tan pronto en dirección al viento como en contra de él y tan pronto a la
derecha como a la izquierda. Finalmente, el cochero dijo que nos habíamos
desviado hacia la derecha; yo opinaba, por el contrario, que habíamos ido hacia
la izquierda, mientras que Aliosha trató de demostrarnos que volvíamos por
donde habíamos venido. Nos detuvimos varias veces y el cochero se bajó para
buscar el camino, pero siempre en vano. Yo también bajé una vez, creyendo que
lo había visto. Pero, apenas hube avanzado con gran dificultad algunos pasos
contra el viento y me hube convencido de que sólo había capas de nieve, todas
iguales y uniformes por doquier, y que se me había figurado ver el camino,
perdí de vista el trineo.
-¡Cochero! ¡Cochero!
¡Aliosha! –grité.
Pero el viento,
arrebatándome las palabras que me salían de la boca, se llevó mi voz muy lejos.
Me encaminé hacia donde mi imaginaba haber dejado el trineo. No estaba.
Entonces, me dirigí a la derecha… Tampoco estaba allí. Aún ahora me avergüenza
recordar la voz chillona, penetrante y hasta desesperada con que volví a
gritar: “¡Cochero!” cuando estaba a dos pasos de él. Su silueta negra, con el
látigo y la enorme gorra ladeada, surgió de pronto ante mí.
-Gracias a Dios no está
helado –me dijo mientras me llevaba al trineo-. Sería una desgracia que nos
cogiera la helada…
-Suelta a los caballos
para que regresemos –le ordené una vez instalado-. ¿Sabrán volver?
-Tendrán que
arreglárselas.
El cochero soltó las
riendas, fustigó al caballo de varas y de nuevo nos pusimos en marcha. Al cabo
de media hora, se oyeron los cascabeles de antes, pero esta vez venían a
nuestro encuentro. Eras las mismas tres troikas que volvían a la estación, con
caballos de relevo atados detrás, después de haber dejado el correo. La
primera, tirada por grandes caballos, con sus cascabeles de cazador, se
deslizaba veloz al frente de las otras dos. El hombre que la guiaba iba en el
pescante. Acuciaba a los caballos con enérgicos gritos. En cada uno de los
otros dos trineos había dos hombres sentados dentro, y se oía su conversación
alegre y animada. Uno fumaba en pipa y pude ver parte de su rostro iluminado
por una chispa.
Al ver a esos hombres,
me dio vergüenza de haber temido proseguir el viaje. Probablemente mi cochero
experimentó la misma sensación, porque ambos dijimos a un tiempo: “Vamos a
seguirlos”.
Ante que hubiese pasado
el tercer trineo, el cochero cometió la torpeza de empezar a girar el nuestro y
las varas tropezaron con los caballos que iban atados atrás. Tres de ellos se
espantaron y, arrancando el correaje, echaron a correr.
-¡Condenado! ¿Acaso
estás ciego? ¿Por qué has ido a dar la vuelta precisamente encima de nosotros?
–gritó uno de los cocheros con voz ronca y temblona. Era un vejete, según pude
apreciar por el timbre de la voz, que estaba en la tercera troika.
Saltó del trineo con
agilidad y corrió en pos de los caballos, sin dejar de lanzar invectivas contra
mi cochero. Pero los animales no se dejaban coger. En un instante,
desaparecieron todos entre la blanca niebla.
-¡Vasili-i-i-i-! ¡Trae el
bayo! Que así no puedo
cogerlos –se dejó oír la voz del viejo.
Uno de los cocheros, un
hombre extraordinariamente alto, bajó del trineo, desató a otros tres caballos,
montó en uno y, crujiendo por la nieve, galopó en la misma dirección que el
anciano.
Lo mismo que las otras
dos troikas, seguimos en pos de la del correo, que se deslizaba veloz por la
estepa, haciendo tintinear sus cascabeles.
-¡Como que los va a
pillar en seguida!... –comentó mi cochero-. Si no han acudido al oír a los
caballos, señal de que se han desbocado. ¡Ya los harán correr! Con tal que no
se pierdan…
Desde que seguíamos los
trineos, el cochero parecía haberse animado. Se mostró más alegre y locuaz.
Como es natural, pensé aprovecharme de esto, ya que aún no tenía sueño. Le hice
varias preguntas y no tardé en enterarme de que se trataba de un paisano mío.
Era de la aldea de Kirpich, de la provincia de Tula. Me dijo que tenía muy poca
tierra de su propiedad y que, desde la epidemia del cólera, las cosechas se
daban mal. Eran tres hermanos. Uno de ellos había ido a servir, porque no les
alcanzaba el trigo ni siquiera hasta Navidad. Y el otro, el menor, estaba al
frente de la casa, por ser casado. Cada año salían grupos de hombres de su
pueblo para hacerse cocheros y él había seguido el ejemplo –se había empleado
en una estación de postas- para poder ayudar a su hermano. Ganaba ciento veinte
rublos al año, de los cuales le mandaba cien. Vivían bien. Lo único que le
disgustaba era que los cocheros fuesen tan animales y “la gente de esta región
tan pendenciera.”
-¿Por qué me habrá
reñido tanto ese cochero? ¿Acaso le solté los caballos adrede? Yo no suelo
hacer daño a nadie. No tenía que haber ido a buscarlos. Lo único que va a
conseguir es extraviarse y reventarlos. Habrían vuelto solos –exclamó el mujik.
-¿Qué es eso?
–pregunté, al divisar algo negro delante de nosotros.
-Un convoy –contestó el
cochero-. ¡Así da gusto viajar! –prosiguió cuando hubimos llegado junto a unos
enormes carros de ruedas, cubiertos con harpilleras, que avanzaban en fila
india-. Fíjese, no se ve un solo hombre, todos duermen. Los caballos son muy
listos. No hay cuidado de que se desvíen del camino. Lo sé, porque yo también
he viajado en convoyes.
Resultaba extraño ver
aquellos enormes carros, cubiertos de nieve de arriba abajo, que avanzaban
completamente solos. En el de delante, se entreabrió la harpillera y, por un
momento, asomó una cabeza cuando los cascabeles de nuestra troika sonaron junto
al convoy. Y uno de los caballos, un gran caballo pío que caminaba con el
cuello estirado y el lomo en tensión, moviendo acompasadamente la cabeza,
enderezó una de sus orejas, cubiertas de nieve, en el momento en que pasamos a
su lado.
Al cabo de media hora
de silencio, el cochero volvió a hablarme.
-¿Cree que vamos bien,
señor?
-No lo sé.
-Antes, el viento
soplaba por ese lado y, en cambio, ahora no lo notamos. Sin duda, nos hemos
perdido –dijo, en tono tranquilo.
Era evidente que, aún
cuando era un hombre cobarde, se había tranquilizado por completo desde el
momento en que ya no debía ser el guía, ni pesaba sobre él la responsabilidad.
Con toda calma, empezó a hacer observaciones sobre los errores que cometía el cochero
que iba al frente, como si aquello no tuviera nada que ver con él. En efecto,
observé que, a veces, la primera troika se ponía ante nosotros de perfil del
lado izquierdo; a veces, del derecho, e incluso me pareció que estábamos dando
vueltas en un espacio muy pequeño. Claro que eso podía ser debido a una ilusión
óptica, lo mismo que cuando se me figuraba que subíamos a una montaña o que
bajábamos por una pendiente, ya que la estepa era llana por doquier.
Al cabo de un rato,
divisé una franja negra muy larga que se movía en el horizonte, según me
pareció. Pero no tardé en comprender que se trataba del convoy que habíamos
dejado atrás. Lo mismo que antes, la nieve seguía cayendo encima de las ruedas,
que chirriaban, y algunas de ellas ni siquiera giraban ya; los hombres dormían
tranquilamente bajo las harpilleras y el caballo pío, abriendo mucho las
ventanas de la nariz, olfateaba el camino y enderezaba las orejas.
-¿Lo ve usted? ¡Venga a
dar vueltas, venga a dar vueltas y estamos de nuevo en el mismo sitio! –exclamó
el cochero en tono descontento-. Los caballos del correo son muy buenos; hace
mal en acuciarlos inútilmente. En cuanto a los nuestros, se negarán a avanzar
como sigamos así toda la noche –concluyó, tosiendo-. Es mejor que volvamos,
señor.
-¿Por qué? Ya
llegaremos a algún sitio.
-Tendremos que pasar la
noche en la estepa. ¡Ay Señor, qué borrasca!... Sin duda, el cochero que iba a
la cabeza había perdido el camino y la dirección. Me extrañó que, en lugar de
buscarlos, siguiera al trote, acuciando alegremente a los caballos; pero, de
todos modos, ya no quería separarme de las troikas.
-Síguelas-dije.
El cochero obedeció,
pero dejó de hablarme y animó a los caballos con desgana.
La borrasca se
intensificaba por momentos y caía una nieve menudita. Probablemente había
empezado a helar. Sentí frío en la nariz y en las mejillas. La corriente de
aire que penetraba cada vez con más frecuencia bajo mi pelliza me obligó a
arrebujarme bien. A ratos, el trineo se deslizaba por una capa de hielo de la
que el viento había barrido la nieve. Como había recorrido seiscientas verstas
sin haber parado en ningún sitio para pernoctar, involuntariamente cerraba a
los ojos y me quedaba adormilado, a pesar del deseo que tenía por salir de
aquel atolladero. Una de las veces en que abrí los ojos, me hirió una luz muy
viva, que, según creí en el primer momento iluminaba la blanca estepa. El
horizonte, que antes pareciera estar bajo y negro, había desaparecido. Por
doquier, veíanse blancas líneas oblicuas que formaba la nieve al caer. Pude
distinguir mejor las troikas que iban delante y, cuando miré hacia arriba, se
me figuró que las nubes se habían disipado y que el cielo estaba velado sólo
por la nieve. Pude ver con toda claridad mi trineo, a los caballos, al cochero
y también las tres troikas que nos precedían: la primera, la del correo, cuyo
cochero iba en el pescante lo mismo que antes, se deslizaba veloz; en la
segunda, había dos hombres, cubiertos con un armiak (abrigo de
campesino); habían soltado las riendas y fumaban en pipa, lo que se deducía por
las chispas que saltaban; en la tercera, no distinguía a nadie, sin duda el
cochero dormía. El que iba a la cabeza, detenía a ratos a los caballos para
buscar el camino. En cuanto nos parábamos, se oía más el aullido del viento y
se apreciaba mejor la enorme cantidad de nieve que revoloteaba por el aire. A
la luz de la luna, velada por el torbellino, distinguíase la silueta del
cochero, el cual avanzaba y retrocedía, hundiendo el mango del látigo en la
nieve. Luego, volvía y montaba al pescante de un salto. En medio del monótono
aullar del viento, se destacaban sus gritos y el tintineo de los cascabeles.
Cada vez que el cochero bajaba, con la esperanza de encontrar algunas huellas o
haces de heno, desde el segundo trineo, resonaba la voz firme y potente de uno
de los hombres que le gritaba: “¡Ignashka, nos hemos metido demasiado a la
izquierda! ¡Tira hacia la derecha! ¡Hacia la derecha!” “¿Qué haces, hombre? Desengancha
el pío y suéltalos. El te llevará al camino. Es mejor que lo sueltes…”
Pero el que daba los
consejos no se molestaba en desenganchar al caballo de varas, ni se bajaba del
trineo para buscar el camino, ni siquiera asomaba las narices del armiak con
que se cubría. Ignashka le propuso que guiase, ya que sabía hacerlo; replicó
que si llevase el correo sabría dar con el camino.
-Nuestros caballos no
quieren ir a la cabeza cuando hay borrasca. No sirven para eso –gritó.
-Entonces, no te metas
en lo que no te importa –exclamó Ignashka, silbando jovialmente.
El hombre que iba con
el que daba consejos no decía nada a Ignashka; sin embargo, me di cuenta de que
no dormía, porque llevaba la pipa encendida. Además, cuando nos deteníamos,
llegaba hasta mí su monótona cháchara. Estaba contando un cuento. Pero, a la
sexta o séptima parada, sin duda molesto por la interrupción, gritó a Ignashka:
-¿Para qué te paras
otra vez? Si no vas a dar con el camino. Con esta borrasca no podría
encontrarlo ni un agrimensor… Debemos seguir, mientras los caballos quieran
andar. No creo que nos helemos del todo…
-Pues el año pasado se
heló un cartero –intervino mi cochero.
El de la tercera troika
no se despertó en todo el tiempo. De pronto, el que daba consejos, empezó a
llamarlo:
-¡Filip! ¡Filip! –y, al
no tener respuesta, dijo: ¿Se habrá helado? Ignashka: debías ir a ver lo que
pasa…
Ignashka estaba en
todo. Se acercó al trineo y zarandeó al que dormía.
-¡Si te has helado,
dilo de una vez!
El del trineo masculló
unas palabras.
-¡Está vivo! –exclamó
el cochero; y nos pusimos de nuevo en camino.
Íbamos tan de prisa que
el pequeño caballo bayo de mi troika, fustigado sin cesar, corrió al galope más
de una vez.
Creo que era casi
medianoche cuando nos alcanzaron el viejecito y Vasili. Nunca podrá comprender
cómo lograron capturar a los caballos ni encontrarnos con aquella borrasca en
la oscura y desierta estepa. Balanceando los brazos y las piernas, el viejo venía
al trote montado sobre el caballo de tiro (los otros dos estaban atados a su
collera; cuando hay borrasca no se puede dejar sueltos a los caballos). Al
llegar junto a mí, empezó a reñir de nuevo a mi cochero:
-¡Vaya con el estúpido
ese! Te aseguro que dan ganas de…
-¡Tío Mitrich! ¿Vienes
santo y salvo? Pues, anda, vente aquí con nosotros –gritó el que contaba el
cuento.
El viejo no le contestó
y continuó riñendo a mi cochero. Sólo cuando juzgó que le había regañado
bastante, se acercó al segundo trineo.
-¿Los cogiste a todos?
–le preguntaron.
-¡Desde luego! ¡No
faltaría más!
El viejo saltó a tierra
sin detener al caballo, corrió en pos del trineo y, una vez que hubo saltado
dentro, se instaló con las piernas colgado por encima del borde. Lo mismo que
antes, Vasili, el cochero alto, subió en silencio en el primer trineo, junto a
Ignashka, para ayudarle a buscar el camino.
-¡Qué manera de
regañar! ¡Ay Señor! -rezongó mi cochero.
Después de esto,
seguimos adelante bajo la fría luz tenue y vacilante. Cada vez que abría los
ojos, veía ante mí el gorro deforme del cochero, su espalda cubierta de nieve,
las riendas, la cabeza del caballo de tiro, con sus crines negras que el viento
azotaba siempre por el mismo lado, y el caballo bayo, con su cola atada. Abajo,
veía sin cesar la misma nieve seca que el trineo levantaba a su paso y que el
viento se llevaba obstinadamente en la misma dirección. Delante, y siempre a la
misma distancia, se deslizaba el trineo que iba a la cabeza.
A derecha e izquierda,
todo aparecía blanco, deslumbrante. En vano buscan los ojos algún objeto, no se
ve nada: ni postes, ni haces de heno, ni valla alguna. Todo lo que se divisa es
blanco y movible. Ora el horizonte parece estar inmensamente lejos; ora, se
diría que está a dos pasos; otra desaparece para resurgir delante y huye cada
vez más veloz, hasta que se pierde de vista. Al mirar hacia arriba, se creería
que todo aparece claro, que se vislumbran estrellas a través de la bruma; pero
éstas se elevan tanto, que no queda sino la nieve que cae ante los ojos,
cubriéndome la cara y el cuello de la pelliza. El cielo está claro, incoloro,
movible por doquier. El viento parece cambiar de dirección: tan pronto sopla de
frente y la nieve me ciega; tan pronto me levanta el cuello de la pelliza por
un lado y me azota la cara; tan pronto, por detrás y penetra por todas las
rendijas del trineo. Incesantemente, se oye el ruido de los cascos de los
caballos, el de los trineos y el tintineo de los cascabeles, que se extingue
cuando pasamos por sitios donde la nieve alcanza gran altura. De cuando en
cuando, si el viento viene de frente y nos deslizamos por una llanura helada,
sin nieve, se perciben distintamente los enérgicos silbidos de Ignashka y el
sonido vibrante de los cascabeles con la quinta trémula. Al principio, estos
sonidos rompen el triste carácter de la estepa; pero, al cabo de un rato,
resultan monótonos, y se repite con una precisión insoportable la melodía que,
involuntariamente, espero oír. Uno de mis pies empieza a helarse. Cuando me
muevo tara taparme mejor, la nieve de mi gorro y la del cuello de mi pelliza se
me deslizan por el escote, y me obligan a estremecerme. Sin embargo, como estoy
bien arrebujado, me encuentro a gusto y el sueño me vence.
Los recuerdos se
suceden con rapidez creciente en mi imaginación.
“¿Cómo será el mujik
que grita sin cesar dando consejos desde el segundo trineo? Probablemente es
pelirrojo, robusto y de piernas cortas. Debe de parecerse a Fiodor Filipovich,
nuestro viejo mozo de comedor”, pienso. Entonces, se me representa la escalera
de nuestra gran casa; cinco criados avanzan pesadamente sobre unas bayetas,
arrastrando un piano que han traído del pabellón; Fiodor Filipovich, con las
mangas de la librea remangadas y un pedal en la mano, corre delante de ellos,
abriendo puertas, arreglando aquí, empujando allá, pasando entre las piernas de
los hombres y molestando a todos. Grita con tono preocupado:
-¡Eh, vosotros, los de
delante, cargadlo sobre la espalda! ¡Así! Con la cola hacia arriba… ¡Más, más
arriba! Entrad por la puerta ahora, esto es… así…
-Perdone, Fiodor
Filipovich; pero estoy solo de este lado y no puedo… -objeta tímidamente el
jardinero.
Lo han aprisionado
contra la barandilla de la escalera; está sofocado por el esfuerzo que hace
para sostener el extremo del piano. Y Fiodor Filipovich sigue afanándose.
“¿Qué significa eso?
–me preguntaba-. Se imagina ser útil e indispensable o, sencillamente, ¿está
satisfecho porque Dios le ha concedido esa elocuencia que despilfarra sin más
ni más? Probablemente es esto último.”
Luego, sin saber por
qué, veo el estanque. Con el agua hasta las rodillas, los criados arrastran la
red y Fiodor Filipovich, con una regadera en la mano, corretea por la orilla,
dando instrucciones. A ratos, sujeta los dorados pececillos, suelta el agua turbia
y echa agua clara. Es un mediodía del mes de julio. Camino por un prado, que
acaban de segar, bajo los ardientes rayos del sol. Soy muy joven. Tengo la
sensación de que falta algo, de que deseo algo. Voy al estanque, a mi lugar
preferido. Está entre unos rosales silvestres y un paseo de álamos blancos. Me
echo a dormir. Recuerdo la sensación que me embargó mientras permanecí mirando
a través de los tallos rojizos, cubiertos de pinchos de los rosales, la tierra
negra y reseca, y el estanque de un azul intenso, que semejaba un espejo. Sentí
una satisfacción ingenua mezclada de tristeza. Todo en torno mío era bello e
influía sobre mí de tal modo que me consideré bueno y me molestó que nadie me
admirase. Hacía calor. Procuré dormir para consolarme; pero las insoportables
moscas no me dejaron en paz, ni siquiera en ese lugar. Reunidas en torno mío,
daban saltitos sobre mi frente y mis manos. A la hora de más calor, una abeja
zumbó cerca de mí y varias mariposas de alas amarillas revolotearon de una
brizna de hierba a otra. Miré hacia arriba. El sol me hirió en los ojos. Eran
demasiado resplandecientes los rayos que se filtraban a través de las rizosas
ramas del abedul que se mecía suavemente en lo alto, por encima de mi cabeza.
Me cubrí el rostro con un pañuelo. Hacía un calor sofocante. Tuve la sensación
de que las moscas se me quedaban pegadas en las sudorosas manos. Había una
infinidad de gorriones entre los rosales. Uno de ellos saltó al suelo, a un arshin
de distancia de mí, picoteó la tierra y voló, lanzando un alegre trino. Otro
hizo lo mismo; y, tras de levantar la colita, siguió a su compañero, raudo como
una flecha. Desde el estanque se oyó golpear ropa mojada con palas de madera.
También se percibieron las risas y las zambullidas de los bañistas. Una ráfaga
de viento rumoreó entre las copas de los árboles, agitó las hojas de los
rosales y, llegando hasta mí, levantó un extremo del pañuelo con que me había
cubierto la sudorosa cara y me hizo cosquillas. Una mosca que se había
deslizado bajo el pañuelo, se debatió asustada junto a mi boca. Sentí que una
rama seca se me incrustaba en la espalda. No podía seguir acostado; tenía que
ir a bañarme. De pronto, se oyeron unos pasos apresurados y una vez femenina
asustada:
-¡Dios mío! ¡Dios mío!
¿Será posible que no se encuentre un hombre?
-¿Qué pasa? –pregunto,
saliendo al encuentro de la mujer que se lamenta.
Esta se limita a volver
la cabeza; hace un gesto y sigue corriendo. Luego, aparece Matriona. Es una
anciana de ciento cinco años. Se sujeta el pañuelo de la cabeza con una mano y
avanza a saltitos, arrastrando uno de sus pies enfundados en medias de lana. Se
dirige hacia el estanque. Dos niñas corren de la mano y un chiquillo, como de
diez años, que lleva una levita de adulto, probablemente de su padre, apenas si
puede seguirlas.
-¿Qué ha ocurrido?
–pregunto.
-Se ha ahogado un mujik.
-¿Dónde?
-En el estanque.
-¿Un mujik de
los nuestros?
-No; uno que pasaba por
aquí.
El cochero Iván camina
presuroso por la hierba recién segada, haciendo crujir sus botazas, seguido del
grueso administrador Yakov, que está sin aliento. Van hacia al estanque y yo
los sigo.
Recuerdo que una voz
interior me decía: “Arrójate al agua para salvar al mujik y todos se
sorprenderán de tu proceder.” Eso es precisamente lo que deseo.
-¿Dónde está? ¿Dónde?
–pregunto a un grupo de criados que se han reunido en la orilla.
-Allá, al fondo, junto
a la otra ribera, cerca de la caseta de baños –dice la lavandera, mientras
recoge la ropa mojada.
Veo al mujik que
tan pronto aparece en la superficie como desaparece. Una de las veces, al
resurgir, grita: “¡Padrecitos, me ahogo!” Y se va al fondo. Ya no se distingue
más que una serie de burbujas. Entonces comprendo que se está ahogando y
vocifero: “¡Padrecitos, este mujik se ahoga!”
Tras de echarse al
hombro el hatillo de ropa mojada, la lavandera se aleja por el sendero,
moviendo las caderas.
-¡Qué fastidio!
–exclama Yakov Ivanovich, el administrador, con desesperación-. ¡Cuántas
molestias vamos a tener con el Juzgado!
Un mujik se abre
paso entre las mujeres agolpadas en la otra orilla. Y, después de colgar en la
rama de un sauce la guadaña que trae en la mano, empieza a descalzarse
lentamente.
-¿Dónde se ha ahogado?
–pregunto, deseoso de arrojarme en el lugar que haya sido y hacer algo
extraordinario.
Me señalan la
superficie lisa del estanque, que el vientecillo riza ligeramente a ratos. No
comprendo cómo ha podido ahogarse ese hombre. El agua por encima de él sigue
siendo bella, tersa y serena, con sus reflejos dorados bajo el sol de mediodía.
Me parece que no puedo hacer nada extraordinario, ni sorprender a nadie, sobre
todo porque nado muy mal. El mujik se está quitando la camisa; no
tardará en echarse al agua. Todos lo miran esperanzados, con el corazón en un
hilo. Pero, una vez que se adentra en el estanque, cuando el agua le llega al
cuello, vuelve lentamente a la orilla y se pone la camisa: no sabe nadar.
Acude gente sin cesar,
la multitud aumenta. Las mujeres se sujetan unas a otras. Pero nadie presta
ayuda a la víctima. Los recién llegados dan consejos, lanzan suspiros y sus
semblantes reflejan miedo y horror. Algunos, cansados de estar en pie, se sientan
en la hierba y otros se van. La vieja Matriona pregunta a su hija si ha echado
la llave de la estufa; el chiquillo de la levita larga se entretiene tirando
guijarros al agua.
De pronto, veo a Trezorka,
el perro de Fiodor Filipovich. Baja de un cerro a todo correr, ladrando y
volviendo la cabeza. Y, entre los rosales, surge la figura de su amo, que
también acude presuroso.
-¿Qué hacéis?
–vocifera, quitándose la levita, sin dejar de correr-. ¡Se está ahogando un
hombre y estáis ahí, pasmados! ¡Traed una cuerda!
Esperanzados y
temerosos, todos miran a Fiodor Filipovich, que, apoyándose en el hombro de un
criado servicial, se quita la bota derecha con la punta de la izquierda.
-Está allí, donde se ve
aquel grupo de gente, a la derecha del sauce –le dice alguien.
-¡Ya lo sé! –contesta
el administrador.
Frunce el ceño ante las
muestras de pudor de las mujeres mientras se quita la camisa y la cruz que
lleva al cuello: se las entrega a un chiquillo que, permanece inmóvil ante él y
se dirige al estanque, pisando enérgicamente la hierba segada.
Preguntándose sin duda
el motivo de la rapidez de movimientos de su amo Trezorka se detiene
junto a la multitud, mordisquea algunas briznas de hierba de la ribera, mira
interrogativamente al administrador; y después de lanzar un alegre ladrido, se
arroja al agua con él. Al principio, sólo se ve la espuma, y las salpicaduras
llegan hasta nosotros. Pero, al cabo de un momento, echando los brazos hacia
delante con gesto gracioso y alzando y bajando uniformemente la blanca espalda,
el administrador nada hacia la orilla. En cambio, Trezorka vuelve
jadeante, se sacude junto a la multitud y se frota contra la hierba. En el
momento preciso en que Fiodor Filipovich alcanza la orilla opuesta, dos
cocheros se acercan corriendo al sauce con una red enrollada en una vara. No se
sabe por qué, Fiodor Filipovich levanta los brazos y bucea tres veces seguidas.
Cuando reaparece en la superficie, echa agua por la boca y sacude la cabellera
con gesto elegante, sin contestar a las preguntas que llueven sobre él por
todas partes. Finalmente, sale a la orilla y, por lo que puede deducirse, da
órdenes para echar las redes. Pero, cuando las extraen, no hay nada en el cope
sino cieno y unos cuantos pececillos que se debaten. Mientras vuelen a echar
las redes, paso al otro lado del estanque.
No se oye más que la
voz de Fiodor Filipovich que da órdenes, el chapoteo de las cuerdas sobre el
agua y suspiros de horror. Y cada vez se divisan más cerca las cuerdas que
salen, cubiertas de hierbas.
-¡Ahora, tirad todos a
una! –grita Fiodor Filipovich.
-Hemos debido de pescar
algo. La red pesa mucho –dice una voz.
Los dos extremos de la
red salen poco a poco sobre la ribera, mojando y magullando la hierba. A través
de la superficie del agua agitada, se distingue algo blanco de las redes. En
medio del silencio sepulcral, un grito de horror recorre la multitud.
-¡Tirad todos a una!
¡Sacadlo a la orilla! –exclama Fiodor Filipovich, con todo resuelto.
Los hombres llevan al
ahogado al pie del sauce, arrastrando las redes por los tallos del lúpulo y de
la bardana recién segados.
En eso, veo a mi tía.
Es una viejecita de aspecto bondadoso. Lleva un vestido de seda y una sombrilla
de color lila que, no se sabe por qué, desentona con esta escena de muerte,
terrible por su sencillez. Está a punto de echarse a llorar. Recuerdo su decepción
al comprobar que en aquel caso no le serviría para nada el árnica; y también la
dolorosa sensación que experimenté cuando me dijo, con ese ingenuo egoísmo,
debido al cariño:
-Vámonos, querido.
¡Esto es horrible! ¡Y tú, que te bañas siempre solo…!
El sol abrasa la tierra
reseca bajo nuestros pie y juguetea en la superficie del agua; las carpas
grandes se agitan junto a las orillas y una multitud de pececillos hacen
ondular el agua; un buitre revolotea por encima de una bandada de patos que se
dirigen al centro del estanque a través de los cañaverales; jirones de nubes
blancas, que presagian tormenta, se condensan en el horizonte; el cieno que han
sacado las redes a la orilla va secándose poco a poco. Al pasar por el malecón,
oigo de nuevo los golpes de una pala sobre ropa mojada.
Pero es como si fuesen
dos palas, porque suenan a la tercera. Ese sonido me atormenta, sobre todo
porque sé que se trata de un cascabel y que Fiodor Filipovich no le mandará
callar. Lo mismo que un instrumento de tortura, esa pala me oprime un pie, que
se me está helando…
Me despertaron dos
voces que hablaban junto a mí. El trineo se deslizaba veloz.
-¡Ignat! ¡Ignat!
¡Escucha! –dice mi cochero-. ¿Quieres encargarte de llevar a este señor?... De
todos modos, tienes que hacer el viaje; en cambio yo, lo hago especialmente…
La voz de Ignat
contesta junto a mí.
-¿A santo de qué voy a
cargar con un viajero? ¡Si al menos me pagaras media botellita!...
-¡No pides casi
nada!... Tendrás que conformarte con un vaso.
-¿Por un vaso de vodka
vas a cansar a los caballos? –interviene otra vez.
Abro los ojos. Sigue
nevando. Los insoportables copos de nieve revolotean ante mi vista; ahí están
los mismos cocheros y los mismos caballos; pero diviso además otro trineo,
junto al mío. Mi cochero ha alcanzado a Ignat y, durante un buen rato, vamos a
su lado. A pesar de que, desde otro trineo, una voz le aconseja que no acepte
menos de media botella, Ignat detiene su troika.
-¡Qué le vamos a hacer!
Traslada las cosas del barin. Pero ya sabes, ¿eh? En cuanto lleguemos,
tienes que pagarme el vaso… ¿Lleva mucho equipaje?
Mi cochero salta a la
nieve con una viveza que le es impropia, se inclina y me ruega que me traslade
al trineo de Ignat. Accedo. Sin embargo, está tan contento que siente necesidad
de manifestarme su agradecimiento: me hace una serie de reverencias y me da las
gracias, así como a Aliosha y a Ignat.
-¡Gracias a Dios! De
otro modo ¿qué iba a ser de nosotros? ¡Ay Señor! Media noche viajando sin saber
adónde vamos. Padrecito, Ignat lo llevará. Mis caballos no pueden seguir. Están
rendidos.
Y el cochero saca mis
cosas con una actividad redoblada.
Mientras tanto,
impelido por el viento, me acerco al segundo trineo. Está cubierto de un palmo
de nieve, sobre todo por un lado. Los dos cocheros han colgado una pelliza para
preservarme del viento y dentro se está muy bien. El viejecito sigue con las piernas
colgando, lo mismo que antes; y, el del cuento dice: “Cuando el general fue al
cuarto de María, en nombre del rey, ésta le dijo: “General, no eres tú a quien
amo, no puedo amarte; estoy enamorada del príncipe… Y cuando…” –continúa, pero,
al verme, calla un instante y se pone a encender la pipa.
-¿Qué hay, barin?
¿Viene a escuchar el cuentecito? –preguntó uno de los hombres, el que daba
consejos.
-¡Qué bien estáis aquí!
–comento.
-¡Vaya! Es para no
aburrirnos… Así, al menos, uno no piensa…
-¿Sabéis dónde estamos?
Me parece que esta
pregunta no agrada a los cocheros.
-¿Quién podría saberlo?
A lo mejor, en la tierra de los calmucos –replica el de los consejos.
-¿Qué vamos a hacer?
–pregunto.
-Pues, nada. Seguir
avanzando. Tal vez lleguemos a algún sitio –me contesta uno de ellos, en tono
descontento.
-¿Y si los caballos se
nos paran en medio de la estepa? ¿Qué pasará?
-¡Pues nada!...
-¿Nos helaríamos?
-Desde luego. Además,
ni siquiera se ven haces de heno. Eso quiere decir que estamos en la tierra de
los calmucos… No nos queda más remedio que guiarnos por la nieve…
-¿Es posible que tengas
miedo de helarte, barin? –me pregunta el viejecito, con voz trémula.
A pesar de que parece
burlarse de mí, se ve que está completamente aterido.
-Sí, empieza a apretar
el frío –digo.
-Deberás darte una
carrerita como yo… Así entrarías en calor.
-Lo mejor es correr
detrás de los trineos –interviene el de los consejos.
-Haga el favor de
venir; todo está dispuesto –me gritó Aliosha desde el primer trineo.
La borrasca arreciaba
con furia. Encorvándome y sujetando con ambas manos los bajos de mi capote, a
duras penas pude recorrer los pocos pasos que me separaban del trineo. La nieve
estaba blanda y el viento la levantaba bajo mis pies. Mi cochero estaba arrodillado
en el centro del trineo vacío. Al verme, se quitó la gorra para pedirme una
propina; una ráfaga de aire le levantó los cabellos. Probablemente no esperaba
que se la diera porque mi negativa no lo disgustó en absoluto. Tras de darme
las gracias, y mientras se ponía la gorra, exclamó:
-¡Dios le proteja, barin!
Luego, tiró de las
riendas, chascó la lengua y se puso en camino. Acto seguido, Ignashka acució a
los caballos. De nuevo, el sonido que producían los cascos sobre la nieve, los
gritos de los cocheros y el tintineo de los cascabeles, sustituyeron el ulular
del viento, que se había dejado oír con particular fuerza mientras estuvimos
parados.
Durante un cuarto de
hora, permanecí despierto, entreteniéndome en examinar la figura de mi nuevo
cochero y los caballos. Ignashka se mantenía erguido en actitud valiente. Sin
cesar, blandía el látigo, animaba a los animales, daba golpecitos con un pie contra
otro y, echándose hacia delante, arreglaba la retranca del caballo de varas,
que se deslizaba hacia la derecha. No era un hombre alto; pero, sin duda,
estaba bien constituido. Encima de una pelliza corta, llevaba un armiak
desabrochado y echado hacia atrás, lo que le dejaba el cuello al descubierto.
Sus botas eran de cuero y no de fieltro. Tenía la cabeza cubierta con un gorro
muy pequeño, que constantemente se quitaba para arreglárselo, y se protegía las
orejas únicamente con los cabellos. Sus movimientos no sólo denotaban energía,
sino, según me pareció, también deseos de provocarla. Cuanto más avanzábamos,
tanto más a menudo cambiaba de postura, daba saltitos, se golpeaba un pie
contra el otro y nos dirigía la palabra a mí y a Aliosha. Me pareció que temía
desanimarme. Y no le faltaban motivos. Los caballos eran buenos, desde luego;
pero el camino se ponía cada vez más difícil y era evidente que corrían cada
vez con mayor desgana. Ya era preciso fustigarlos. El de varas, un animal
grande y peludo, había tropezado dos veces. El de la derecha –lo observaba sin
querer- esperaba a que lo acuciaran; pero, como se trataba de un caballo
fogoso, parecía irritarse de su debilidad, y bajaba y alzaba la cabeza, como
pidiendo que soltaran las riendas. Era terrible ver que la borrasca y la helada
se intensificaban, que el camino se ponía más difícil y que se debilitaban los
caballos. Decididamente, no sabíamos dónde estábamos, ni por dónde ir para
llegar, no ya a una estación de postas, sino a cualquier refugio. Resultaba
extraño y ridículo, al mismo tiempo, oír los cascabeles que sonaban de un modo
tan alegre, tan libre, y la hermosa voz de Ignashka. Era como si paseáramos en
invierno por las calles de una aldea, en un mediodía festivo y soleado. Sobre
todo, se hacía raro pensar que seguíamos avanzando, que avanzábamos veloces,
alejándonos del lugar en que nos encontrábamos.
Ignashka entonó una
canción en un falsete desagradable. Cantaba muy alto y silbaba con toda su alma
durante las prolongadas pausas que hacía, de manera que, oyéndolo, hubiera sido
ridículo tener miedo.
-Oye, Ignat. ¿Para qué
te destrozas la garganta?- se dejó oír la voz del que daba consejos-. ¡Para un
momento!
-¿Qué dices?
-¡Que pa-a-a-res!
Ignat detuvo el trineo.
Volvió a oírse el aullar del viento. Formando remolinos, la nieve empezó a caer
más espesa sobre el trineo. El que daba consejos se acercó a nosotros.
-¿Qué hay?
-Ya vez… ¿Hacia dónde
debemos tirar…?
-¿Quién diablo puede
saberlo?
-¿Por qué das esos
golpes? ¿Es que se te han helado los pies?
-Completamente.
-A lo mejor, aquello
que vemos allí es un campamento de calmucos. Debías ir a ver… Así te entrarían
en calor los pies…
-Bueno. Sujeta los
caballos… Ten.
Ignat corrió en
dirección que le había indicado el cochero.
-Hay que buscar el
camino; entonces se encontrará. No podemos seguir adelante, a la buena de Dios.
¡Los caballos están rendidos!
Durante la ausencia de
Ignat –fue tan larga que hasta temí que se hubiese extraviado- el cochero me
explicó cómo se debe proceder durante una borrasca. Dijo que era mejor
desenganchar a un caballo y soltarlo: “Dios es testigo de que el animal
encuentra siempre el camino.”
Añadió también que era
posible guiarse por las estrellas y que de haber ido él a la cabeza, hacía
mucho que hubiéramos llegado a la estación.
-¿Qué? ¿Hay algo?
–preguntó a Ignat, que volvía, avanzando penosamente, hundido en la nieve hasta
las rodillas.
-Si. Desde luego, se ve
un campamento; pero no sé de qué tribu será –contestó éste, jadeando-. Sin duda
estamos en la aldea de Prolgov. Debemos tirar hacia la izquierda.
-Pero ¿qué nos estás
contando? Es un campamento de los nuestros, que está detrás de la aldea cosaca
–replicó el otro cochero.
-Te digo que no.
-No puede ser otra
cosa. Me basta con echar una ojeada para saberlo. O, a lo mejor, es la aldea de
Tamishev. Tiremos hacia la derecha para salir directamente al puente grande…, a
la versta ocho.
-Te estoy diciendo que
no. ¡Si lo acabo de ver! –gritó Ignat, malhumorado.
-¡Qué cosas tienes! ¡Y
eso que eres cochero!
-Ve a verlo tú, que
también lo eres.
-¿Para qué? Lo sé sin
necesidad de ir.
Sin contestar y muy
enfadado, Ignat subió al pescante de un salto; y proseguimos el viaje.
-Se me han dormido los
pies. No hay manera de que entren en calor –dijo a Aliosha, mientras sacaba la
nieve que se le había introducido en la caña de las botas.
Me invadieron unas
terribles ganas de dormir.
“¿Será posible que me
esté helando? –pienso a través del sueño-. Dicen que, cuando uno se hiela,
empieza por dormirse. Es mejor ahogarse que morir helado; me sacarán con unas
redes. Aunque, por otra parte, da igual que me ahogue o me hiele, con tal que
no se me incrustase ese palo en la espalda y pueda adormilarme.”
Por un instante, caigo
en la inconsciencia.
“¿Cómo terminará todo
esto?” me pregunto, de pronto. Abro los ojos y contemplo la blanca llanura.
“¿Cómo acabará? Si no encontramos haces de heno y los caballos se paran –lo que
sin duda no tardará en ocurrir –nos helaremos todos.” Reconozco que, aun cuando
tenía un poco de miedo, el deseo de que nos ocurriera algo extraordinario, algo
trágico, era más fuerte que mi temor. Me gustaba la idea de que de madrugada
los caballos nos condujeran a una aldea desconocida y que algunos estuviéramos
medio helados y otros del todo. Me imaginaba cosas extrañas con sorprendente
claridad. Los caballos se detienen; se amontona la nieve y ya no se ven sino
sus orejas. De pronto, aparece Ignashka que pasa junto a nosotros en su trineo.
Le suplicamos a gritos que nos recoja, pero el viento se lleva nuestras voces y
no nos oye. Ignashka se echa a reír. Acucia a los caballos y desaparece en un
profundo barranco cubierto de nieve. El viejecito monta uno de los caballos con
intención de irse, pero no logra moverse del sitio en que está; mi primer
cochero, que lleva una gorra muy grande, se arroja sobre él, lo derriba y lo
pisotea en la nieve: “Eres un brujo, un pendenciero –vocifera-. Vamos a errar
los dos juntos.” Pero el viejecito rompe el cerro de nieve con la cabeza y se
transforma en un conejo que huye de nuestro lado. Unos perros lo persiguen. El
cochero que daba consejos, que es Fiodor Filipovich, ordena que todos se
sienten en corro. Así, no importa que nos sepulte la nieve. Estaremos
abrigados. En efecto, estamos calentitos y a gusto; pero tenemos sed. Saco la
cantina y obsequio a todos con ron azucarado. Y yo también bebo con gran
avidez. El narrador nos relata un cuento sobre el arco iris. Por encima de
nosotros se ha formado un techo de nieve y se ve un arco iris. “Construyamos
una habitación para cada uno y echémonos a dormir”, digo. La nieve es suave y
templada, lo mismo que una piel. Me preparo un cuarto y me dispongo a entrar en
él; pero Fiodor Filipovich, que ha visto mi dinero en la cantina, me dice:
“¡Espera! Dame el dinero. ¡De todas formas hemos de morir!”, y me agarra por
una pierna. Le entrego el dinero, rogándole únicamente que me suelte. No cree
que ése sea todo mi dinero y quiere matarme. Me apodero de la mano del
viejecito y la cubro de besos con un placer indescriptible: su mano es suave y
está dulce. Al principio, el anciano quiere retirarla, pero luego me la
abandona y hasta me acaricia con la otra mano. Sin embargo, Fiodor Filipovich
se acerca y me amenaza. Corro a mi habitación que se convierte en un largo
pasillo blanco. Alguien me retiene por los pies. Logro desprenderme. Mi ropa y
parte de mi piel queda en manos del que me sujetaba. Tengo frío y me siento
avergonzado, sobre todo porque veo que mi tía, con la sombrilla y el botiquín
homeopático, viene a mi encuentro del brazo del hombre ahogado. Ambos ríen, sin
comprender las señas que les hago. Salto al trineo; sin embargo, mis pies se
arrastran por la nieve. El viejecito me persigue, agitando los codos. Ya está
cerca de mí, pero oigo el tintineo de los cascabeles y sé que, en cuanto los
alcance, estoy salvado. El sonido de los cascabeles se torna más intenso por
momentos. El viejo me ha pillado, cayendo de bruces encima de mi cara, de
manera que apenas si distingo el tintineo de los cascabeles. Lo mismo que
antes, me pongo a besarle la mano. De pronto, me doy cuenta de que se ha
transformado en el hombre ahogado… que grita: “¡Detente! ¡Ignashka, detente! Me
parece que están ahí los haces de Ajmetkin. Ven a ver.” Esto es demasiado
horrible… Es mejor despertar…
Abro los ojos. El
viento me ha echado sobre la cara los bajos del capote de Aliosha y tengo las
rodillas destapadas. Nos deslizamos por una capa de hielo. Vibra en el aire el
tintineo de los cascabeles que suenan a la tercera, con la quinta trémula.
Quiero ver los haces,
pero en lugar de éstos, aparecen ante mí una casa con balcón y el muro almenado
de una fortaleza. Sin embargo, no siento interés en examinarlos. Lo principal
es ver de nuevo el pasillo blanco, oír el tañido de la campana de la iglesia y
besar la mano del viejecito. Vuelvo a cerrar los cojos y me adormilo.
Estaba profundamente
dormido; pero oía sin cesar los cascabeles que sonaban a la tercera y que, en
el sueño, se me presentaban ora bajo la forma de un perro que ladraba y se
tiraba sobre mí, ora bajo la de un órgano, del que yo era un tubo, ora bajo la
de unos versos franceses que estaba escribiendo. A ratos me parecía que esa
tercera era un instrumento de tortura con el que me apretaban la planta del pie
derecho. El dolor llegó a ser tan agudo que me desperté. Abrí los ojos y me
froté el pie, que comenzaba a helárseme. La noche seguía siendo turbia, blanca.
Lo mismo que antes, algo me empujaba, empujando también el trineo; Ignashka iba
sentado al lado y daba golpes con los pies; el caballo de varas corría al trote
por la gruesa capa de nieve, con el cuello en tensión, levantando poco las
patas. La cabeza del de la derecha, con las crines al aire, se balanceaba
uniformemente, estirando y aflojando las riendas. Pero todo estaba más cubierto
de nieve. Se había arremolinado formando verdaderos montones por delante y a
ambos lados; los palos de los trineos, los cuellos de nuestras pellizas y las
gorras estaban materialmente sepultados. Las patas de los caballos se hundían
hasta la rodilla. El viento soplaba ora por la derecha, ora por la izquierda,
agitando el cuello y los bajos del armiak de Ignashka y las crines del
caballo de varas.
El frío arreciaba. En
cuanto sacaba un poco la cabeza de la pelliza, unos copos secos, helados, me
cubrían las pestañas, la nariz, la boca y se me deslizaban por el cuello. En
torno a mí, no se veía que la blanca llanura bajo una luz turbia. Sentí miedo.
Aliosha dormía a mis pies, en el fondo del trineo. Una espesa capa de nieve le
cubría la espalda. Ignashka no se desanimaba: tiraba de las riendas, acuciaba a
los caballos y pataleaba sin cesar. Los cascabeles seguían sonando tan
maravillosamente como antes. De cuando en cuando, se oía relinchar a los
caballos. Corrían más despacio y tropezaban con frecuencia. Ignashka dio un
salto, sacudió uno de sus guantes y entonó una canción con su voz aguda; pero
antes de acabarla, detuvo la troika, echó las riendas sobre el pescante y se
apeó. El viento aullaba con furia y la nieve caía con más intensidad. Volví la
cabeza. La tercera troika no nos seguía; se había quedado rezagada. A través
del torbellino, distinguí al viejecito que saltaba sobre un pie y sobre el otro,
junto a la segunda. Cuando hubo recorrido unos pasos, Ignashka se sentó en la
nieve y, tras de quitarse el cinturón, procedió a descalzarse.
-¿Qué haces? –pregunté.
-Tengo que cambiarme el
calzado para que no se me hielen los pies –me dijo.
No me asomé para ver
cómo lo hacía, por miedo al frío. Permanecí erguido observando el caballo de
varas, que había avanzado una pata y movía su cola atada y cubierta de nieve,
en una actitud cansada. Me despertó la sacudida que produjo Ignashka al saltar
al pescante.
-¿Dónde estamos?
¿Llegaremos antes del amanecer?
-¡Claro que sí! Esté
tranquilo. Lo importante es que se me han calentado los pies, ahora que me he
puesto otras botas.
Tiró de las riendas,
resonaron los cascabeles y el trineo se puso en marcha balanceándose como
antes. De nuevo empezamos a bogar por aquel infinito mar de nieve.
Me quedé profundamente
dormido. Cuando me desperté, porque Aliosha me empujó con un pie, había
amanecido. Me pareció que el frío apretaba más de de noche. No nevaba; pero el
viento hacía revolotear la nieve por la estepa, sobre todo bajo los cascos de
los caballos y bajo los patines del trineo. Por levante, el cielo aparecía azul
oscuro, pero se destacaban en él unas franjas oblicuas, de un color rojo
anaranjado. Por encima de nuestras cabezas, a través de unas nubes blancas,
podía distinguirse el pálido firmamento, y a la izquierda, también se veían
unas nubes claras, ligeras y movibles. En torno a nosotros, hasta donde podía
alcanzar la vista, la estepa estaba cubierta de espesas capas de nieve. Aquí y
allá se divisaba algún cerrillo gris por encima del cual se formaban
torbellinos de nieve seca. No se veían huellas de trineos, pisadas de hombres
ni de animales. La silueta del cochero y las de los caballos se destacaban
distintamente, incluso en el fondo blanco… El gorro azul marino de Ignashka, el
cuello de su pelliza, sus cabellos y sus botas aparecían blancos. El caballo
gris tenía parte de la cabeza y la cerviz cubiertas de una capa de nieve y el
de la derecha, las patas y el lomo. Las borlitas del caballo de varas se
agitaban al compás de cualquier melodía que me imaginara y el animal corría
igual que antes; pero, por su vientre hundido, que se inflaba y se encogía, y
por sus orejas gachas, se deducía que estaba agotado. Un solo objeto me llamó
la atención: era un poste indicando una versta. Junto a él, del lado
derecho, el viento había formado un enorme montón de nieve. Me sorprendió que
hubiésemos conseguido llegar a algún sitio, después de haber viajado durante
toda la noche, por espacio de doce horas, con los mismos caballos y sin saber
adónde íbamos. Nuestros cascabeles parecían sonar más alegremente que antes.
Ignashka estaba jadeante. De cuando en cuando lanzaba un grito. Detrás, se oía
relinchar a los caballos y tintinear los cascabeles de la troika del viejecito
y del que daba consejos. En cambio, el cochero, que iba dormido, se había
separado definitivamente de nosotros. Después de recorrer media versta,
divisamos las huellas recientes, apenas cubiertas por la nieve, de un trineo de
tres caballos y gotas de sangre aquí y allá. Probablemente, se había herido
algún caballo.
-Estas huellas deben de
ser del trineo de Filip. ¡Ha llegado antes que nosotros! –exclamó Ignashka.
Al borde del camino,
sepultada bajo la nieve, casi hasta el tejado, se ve una casita con un letrero.
Es una fonda. Ante la puerta hay una troika de caballos grises. Están
sudorosos, esparrancados y tienen las cabezas gachas. Junto a la entrada, que
acaban de limpiar, se ve una pala. Pero sigue cayendo la nieve del tejado y el
viento la arremolina.
Al oír los cascabeles,
aparece en la puerta un cochero. Es un hombre pelirrojo, alto, coloradote.
Tiene un vaso en la mano y nos grita algo. Inashka se vuelve hacia mí y me pide
permiso para detenernos. Veo su cara por primera vez.
No era de tez morena,
enjuto y de nariz recta, como me había figurado a juzgar por sus cabellos y su constitución,
sino un chato, de rostro redondo y alegre, boca muy grande y ojos de un azul
intenso. Tenía el cuello y las mejillas tan colorados como si se los hubiera
acabado de frotar; y sus cejas, sus largas pestañas y su barbilla estaban
cubiertas de nieve.
Faltaba media versta
para llegar a la estación de postas. Nos detuvimos.
-Bueno; pero démonos
prisa –dije.
-Sólo un momentito
–replicó Ignashka y, apeándose de un salto, se acercó a Filip-: Venga, traiga
–dijo, mientras se quitaba el guante de la mano derecha y lo arrojaba en la
nieve, junto con el látigo.
Después, con la cabeza
echada hacia atrás, se bebió de un trago la copita de vodka que le había
tendido el otro. El tabernero, sin duda un cosaco retirado, salió a la puerta
con una botella en la mano.
-¿A quién sirvo?
–preguntó.
Vasili, el cochero alto
–un joven rubio, delgado, con barba de chivo- y el que daba consejos –un hombre
grueso, de barba blanca, muy poblada, que enmarcaba su colorado rostro –se
acercaron a tomar una copita cada uno. El viejecito llegó hasta el grupo de
bebedores; pero, al ver que no le ofrecían vodka, se fue junto a los caballos,
atados a la trasera del trineo, y se puso a acariciar a otro de ellos.
Era tal y como me había
imaginado: bajito, delgado, de rostro surcado de arrugas, de barba rala, nariz
afilada y dientes amarillos y cariados. Llevaba una gorra nueva de cochero,
pero su pelliza estaba raída y manchada. Los bajos, rotos, no le llegaban a las
rodillas, y dejaban ver su pantalón de lienzo remetido en las enormes botas de
fieltro. Estaba encogido, ceñudo, le temblaban las rodillas y se le contraían
los músculos de la cara. Empezó a afanarse junto al trineo, sin duda para
entrar en calor.
-¿Qué hay, Mitrich?
Ofrécenos media botellita; así entrarás en calor –le dijo el cochero que daba
consejos.
Mitrich se estremeció.
Tras de arreglar la retranca de uno de los caballos, se dirigió a mí:
-Toda la noche hemos
andado buscando el camino para ti, barin –dijo, quitándose la gorra, con
lo que dejó al descubierto sus cabellos canosos-. ¿No nos vas a ofrecer
siquiera media botella? Anda, excelencia, que yo no tengo para pagármela y así
no hay quien entre en calor –añadió, con una sonrisa servil.
Le di veinticinco copecks.
El tabernero trajo un vaso y se lo tendió al viejecito. Tras de quitarse el
guante, éste alargó su pequeña mano morena, picada de viruelas y ligeramente
azulada; pero el dedo gordo, como si no fuera suyo, se negó a obedecerle: no
pudo agarrar el vaso que cayó sobre la nieve.
Los cocheros lanzaron
una carcajada.
-¡Vaya con Mitrich!
Está helado. No puede ni sostener un vasito.
Pero el viejo se
disgustó mucho por haber tirado el vodka. Trajeron otro vaso y le echaron el
contenido en la boca, con lo que se animó en seguida. Entró corriendo en la
posada. Una vez dentro, encendió la pipa y se hurgó en los dientes, lanzando
invectivas a cada palabra que decía. Cuando hubieron terminado de beber, los
cocheros se separaron, dirigiéndose a sus respectivas troikas y partimos.
La nieve tornábase más
blanca y deslumbradora por momentos. Me empezaron a doler los ojos de mirarla.
Unas franjas rojizas y anaranjadas se elevaron por el cielo, volviéndose muy
luminosas. En el horizonte, entre las nubes grises, apareció el rojo disco del
sol; el cielo se volvió de un azul intenso y brillante. Junto a la aldea
cosaca, las huellas del camino aparecían claras; acá y allá se veía algún
bache; el frescor del aire helado me resultaba muy agradable. Mi t trineo se
deslizaba veloz. La cabeza del caballo de varas y su cuello, con las crines al
aire, se balanceaban rápidamente. Los animales tiraban todos a una, dando
enérgicos brincos; las borlitas les golpeaban los flancos y las retrancas
heladas se ponían tensas. A ratos, el de varas se hundía en un montón de nieve
y salía de él con los ojos pegados. Ignashka lanzaba alegres gritos, con su voz
de tenor. Los palos de los trineos rechinaban sobre la nieve helada; como si
fuera un día de fiesta, se oía el sonoro tintineo de los cascabeles y los gritos
de los cocheros, que estaban algo bebidos. Volvía la cabeza, con los cuellos en
tensión y respirando uniformemente, los caballos trotaban por la nieve; Filip
se arreglaba el gorro, sin dejar de blandir el látigo; y el viejecito iba
echado en el centro del trineo, con las piernas recogidas.
Al cabo de dos minutos,
el trineo chirrió, deslizándose por las tablas de la entrada recién barrida de
la estación de postas. El cochero volvió hacia mí su alegre rostro helado y
cubierto de nieve.
-Por fin lo hemos
traído, barin –dijo.
No la considero hija
mía, compréndelo. Pero, de todos modos, no soy capaz de dejarla a cargo de
personas extrañas. Arreglaré las cosas de manera que pueda vivir como se le
antoje; mas no quiero saber nada de ella. Nunca hubiera imaginado una cosa
así... ¡Es terrible!... ¡terrible...!
Se encogió de hombros,
sacudió la cabeza y alzó los ojos. Era el príncipe Mijail Ivánovich Sh., un
hombre sesentón, quien hablaba así con su hermano menor, el príncipe Piotr
Ivánovich, de cincuenta años, mariscal de la nobleza de esa provincia.
La conversación tenía
lugar en la ciudad provinciana, a la que había ido el hermano mayor, desde San
Petersburgo, al enterarse de que su hija, que huyera un año atrás, se había
instalado allí con su criatura.
El príncipe Mijail
Ivánovich era un anciano apuesto, lozano, de cabellos grises y hermoso rostro,
de expresión altiva. Su familia constaba de su esposa, una mujer vulgar que, a
menudo, reñía con él por cualquier nimiedad; de su hijo, un muchacho despilfarrador
y juerguista, aunque "decente", según decía el viejo; y de dos hijas,
la mayor, que se había casado bien y vivía en San Petersburgo, y la pequeña,
Liza, su favorita, que había huido de casa hacía casi un año, apareciendo por
aquellos días, con su criatura, en aquella lejana ciudad provinciana. Piotr
Ivánovich hubiera querido preguntar a su hermano en qué condiciones se había
marchado Liza y quién era el padre del niño; pero no se atrevió. Aquella misma
mañana, cuando su mujer demostró compasión a su cuñado, Piotr Ivánovich había
podido ver el sufrimiento en el rostro de Mijail Ivánovich, los esfuerzos que
hacía por ocultarlo, bajo una expresión de altivez; y que, para cambiar de
conversación, le había preguntado cuánto pagaba por el piso. Durante el almuerzo,
rodeado de familiares e invitados, se había mostrado burlón e ingenioso, como
de costumbre. Solía tratar altivamente a todo el mundo, exceptuando a los
niños, a quienes mostraba gran afecto. Sin embargo, era tan natural, que todos
parecían concederle el derecho a mostrarse altivo.
Por la noche, su
hermano organizó una partida de cartas. Cuando Mijail Ivánovich se hubo
retirado a la habitación que le habían preparado y se quitaba la dentadura
postiza, alguien dio dos golpecitos en la puerta.
—¿Quién es?
—C'est moi, Michel.
El príncipe reconoció
la voz de su cuñada. Hizo una mueca, volvió a ponerse la dentadura; y, mientras
se preguntaba qué diablos podía necesitar, exclamó:
—Entrez.
Su cuñada era una mujer
dulce y tranquila, que obedecía en todo a su marido. No obstante, algunos la consideraban
estrambótica, y otros, incluso tonta. Aunque se trataba de una mujer bastante
bien parecida, siempre iba despeinada y mal vestida; y, a veces, con gran
asombro de Piotr Ivánovich y de los conocidos, exponía unas ideas muy extrañas,
nada aristocráticas, que no cuadraban en absoluto a la esposa de un mariscal de
la nobleza.
—Vous pouvez me renvoyer,
mais je ne m'en irai pas, je vous le dis d'avancé[21] —empezó diciendo, con la falta de lógica que le
era propia.
—Dieu préserve—replicó Mijail
Ivánovich; y le acercó un sillón, con su habitual cortesía, un tanto
exagerada—. Ça ne vous
dérange pas?[22] —añadió, sacando un
cigarrillo.
—Escuche, Michel; no he
de decirle nada desagradable. Sólo quería hablarle respecto de Liza.
Mijail Ivánovich
suspiró; probablemente eso le resultaba doloroso; pero no tardó en recobrarse
y, sonriendo con expresión cansada, dijo:
—Mi conversación con
usted sólo puede ser sobre un tema, precisamente sobre el que quiere hablarme.
Al pronunciar estas
palabras, el príncipe evitó mirar a su cuñada, así como nombrar el tema de la
conversación. Pero ella, la mujer regordeta y bien parecida, no se turbó; y
continuó mirando a Mijail Ivánovich, con sus ojos azules, bondadosos y
suplicantes.
—Michel, bon ami, apiádese de ella. Liza
también es una persona —añadió, con un profundo suspiro, lo mismo que el de
Mijail Ivánovich.
—Nunca lo he dudado
—replicó éste, con una sonrisa desagradable.
—Es su hija
—Lo era. Pero, querida
Aline, ¿a qué viene esta conversación?
—Michel: tiene usted
que verla. Quería decirle que el culpable de todo...
El príncipe Mijail
Ivánovich se arrebató; y su rostro se tornó terrible:
—¡No hablemos más, por
Dios! Ya he sufrido bastante. Ahora ya no me queda más que el deseo de crearle
una situación tal que no sea una carga para nadie, que no tenga ninguna clase
de relaciones conmigo y que viva su propia vida. Nosotros seguiremos nuestra
existencia familiar, ignorándola por completo. Quiero que sea así.
—Michel: siempre habla
usted de su propio "yo". Ella también tiene su yo...
—Nadie lo duda; pero,
querida Aline, le ruego que dejemos este tema. Me resulta demasiado doloroso.
Alexandra Dimitrievna
guardó silencio y movió la cabeza.
—¿Masha opina lo mismo?
Se refería a la mujer
de Mijail Ivánovich.
—Exactamente igual.
Alexandra Dimitrievna
chascó la lengua.
—Brisons là dessus. Et bonne nuit[23] —dijo, pero no se fue.
Guardó silencio durante
un rato.
—Piotr me dijo que se
propone usted dar dinero a la mujer que la hospeda. ¿Sabe las señas?
—Sí.
—Entonces no lo haga
por medio de nosotros; vaya usted mismo. Y fíjese bien en cómo vive. Si no
quiere verla, probablemente no la verá. El no se encuentra allí; no hay nadie
en la casa.
El príncipe se
estremeció de pies a cabeza.
—¿Por qué me atormenta?
Su actitud no es hospitalaria.
Alexandra Dimitrievna
se puso en pie; y pronunció, enternecida y con la voz dominada por las
lágrimas:
—¡Es tan buena y tan
digna de lástima!
El príncipe se había
levantado y esperaba así a que su cuñada terminase de hablar. Ella le tendió la
mano.
—Michel, eso no está
bien —murmuró, abandonando la estancia.
Después de esto, Mijail
Ivánovich paseó largo rato por la alfombrada habitación, que habían convertido
en dormitorio para él; y, haciendo muecas y estremeciéndose, exclamaba:
"¡Ay, ay!".
Pero al oír su propia
voz se asustaba y volvía a guardar silencio.
Lo atormentaba su
orgullo ofendido. ¡La hija de Mijail Ivánovich, que había sido educada en casa
de su madre, la célebre Avdosia Borisovna, la cual recibía en su casa a la
emperatriz; la hija de Mijail Ivánovich, que había pasado su vida como un
caballero, sin tacha ni reproche... ¡El hecho de que tuviera un hijo natural,
de una francesa, al que había instalado en el extranjero, no menguaba en
absoluto la elevada opinión que tenía en sí mismo! Y he aquí que, de pronto, su
hija, por la cual no sólo había hecho lo que debe hacer cualquier padre —la
había educado perfectamente, dándole posibilidad de elegir un partido entre la
mejor sociedad rusa—, sino a la que adoraba y de la que se enorgullecía, lo
había mancillado; y ahora no podía mirar a nadie a la cara sin sentirse
avergonzado.
El príncipe recordó la
época en que no sólo la trataba como a su hija, como a un miembro de la
familia, sino que le profesaba un amor muy tierno y se sentía orgulloso de
ella. La recordó, tal como era a los ocho o nueve años: una chiquilla
inteligente, graciosa y vivaracha, de ojos negros y brillantes y de cabellos
rubios, que le caían por la espalda huesuda. Solía subírsele a las rodillas; y,
echándole los brazos al cuello, le hacía cosquillas, riendo a carcajadas y sin
hacer caso de sus protestas. Después, lo besaba en la boca, en los ojos y en
las mejillas. El príncipe era enemigo de toda expansión; pero esto le
enternecía y, a veces, se entregaba a ella. Y, en aquel momento, evocó los
ratos agradables que pasara acariciando a su hija.
Y este ser, que antaño
le fuera tan querido, había podido convertirse en lo que era ahora. Un ser en
el que no podía pensar sin sentir repulsión.
Evocó la época en que
Liza se hizo mujer y en el sentimiento especial de temor y ofensa que
experimentara al notar que los hombres la miraban. Recordó los celos que
sintiera hacia ella, cuando venía a verlo, vestida con traje de noche, en
actitud coqueta, porque sabía que estaba bella, así como cuando la veía en los
bailes. Siempre le daba miedo de que le dirigieran miradas impuras; en cambio,
ella no comprendía esto, y hasta parecía alegrarse. "Es una idea
equivocada creer en la pureza de la mujer —pensó—. Al contrarío, no saben lo
que es la vergüenza, no la tienen".
Recordó también que,
sin que él comprendiera el motivo, su hija había rechazado a magníficos
pretendientes y que, al frecuentar la sociedad, se apasionaba cada vez más por
su propio éxito. Pero eso no podía durar mucho. Transcurrieron tres años. Todos
la conocían. Era bella, pero no estaba ya en su primera juventud y se convirtió
en un accesorio habitual de los bailes. Mijail Ivánovich presentía que iba a
quedar soltera; y no deseaba más que una cosa: casarla cuanto antes. Si no
podía ser tan brillantemente como antes, al menos, que hiciera una boda
decente. Pero la actitud de su hija era altanera y provocativa. Al recordarla
ahora, experimentó un sentimiento de ira hacia ella. ¡Había rechazado a tantos
hombres decentes, para caer luego en este horror! "¡Ay, ay!", gimió
de nuevo; y, deteniéndose encendió un cigarrillo. Empezó a pensar en la manera
de entregarle el dinero y cómo iba a arreglárselas para prohibirle que fuera a
verlo. Pero recordó, de nuevo, que hacía relativamente poco —Liza tenía ya más
de veinte años— había coqueteado con un chiquillo de catorce, un paje, al que
habían invitado a su casa de campo. Había enloquecido al muchacho, el cual
lloraba a lágrima viva. Replicó a su padre en actitud fría e incluso grosera,
cuando éste, para poner fin a esos estúpidos amoríos, mandó al muchacho que se
fuese. Desde entonces, las relaciones con su hija, frías de por sí, se
enfriaron aún más. Era como si la muchacha se considerase ofendida por algo.
"¡Tenía yo más
razón que un santo! Tiene una naturaleza malvada e impúdica", pensó.
Finalmente, recordó el
horrible momento en que se recibió su carta de Moscú. Escribía que no podía
volver en las condiciones en que estaba; que era una mujer perdida y
desgraciada; y rogaba que la perdonase y la olvidase. Evocó asimismo las
desgarradoras conversaciones que tuviera con su mujer, así como las
suposiciones, las suposiciones cínicas que finalmente se hicieron realidad: la
desgracia había sucedido en Finlandia, donde habían mandado a Liza, por una
temporada, a casa de una tía suya. El culpable, un estudiante sueco, casado,
era un hombre insignificante, vacío, miserable.
Ahora recordaba todo
esto, dando paseos por la habitación; pensaba en el amor que había profesado a
su hija; se horrorizaba por su caída, incomprensible para él; y la aborrecía
por el dolor que le había causado. Al pensar en las palabras de su cuñada, trató
de imaginarse el modo de perdonar a liza; pero en cuanto surgía su propio
'Yo", su corazón se invadía de sentimiento de repulsión, ofensa y orgullo.
Volvió a emitir un gemido; y trató de pensar en otra cosa.
"No; esto es
imposible. Le daré el dinero a Piotr, para que él se lo entregue mensualmente.
Ya no tengo hija."
Y de nuevo lo embargó
la extraña y confusa sensación que lo atormentaba sin cesar: una especie de
enternecimiento al recordar el cariño que había profesado a su hija; y una ira
atormentadora, por el dolor que ésta le había causado.
En el último año, Liza
había sufrido incomparablemente más de lo que sufriera en los veinticinco
precedentes. Durante ese año se le reveló repentinamente lo vacía que había
sido su vida anterior; y vio, de un modo claro, la bajeza de la existencia que
llevara entre la alta sociedad petersburguesa, así como en su casa, donde, lo
mismo que los demás, disfrutaba de una vida animal, aunque tan sólo
superficialmente, sin llegar a caer en sus profundidades.
Durante los primeros
tres años, las cosas marcharon bien; pero, luego, los bailes, las veladas, los
conciertos, las cenas, los peinados y los trajes de noche, que realzaban la
belleza del cuerpo; los pretendientes —unos jóvenes y otros de edad, pero todos
iguales, que parecían saberlo todo y tener derecho de aprovecharse y de reírse
de cuanto tuvieran delante—; los meses de verano en el campo, los mismos
paisajes, que sólo proporcionaban placeres superficiales, la música y la
lectura que planteaba los problemas de la vida, pero no los resolvía... Cuando
todo esto duraba ya siete u ocho años, sin prometer cambio alguno, e iba
perdiendo cada vez más el encanto, Liza se sumió en la desesperación y deseó la
muerte. Sus amigas procuraron atraerla hacia las actividades benéficas. Y,
entonces, vio la miseria auténtica, que repelía, y la miseria fingida, aún más
digna de lástima y más repulsiva, así como la terrible frialdad de las damas
del patronato, que llegaban en sus coches, avaluados en miles de rublos, vestidas
con lujosos atuendos; y se sintió aún más desesperada. Deseaba hallar algo
auténtico: vivir, y no jugar a la vida. El mejor de sus recuerdos era el amor
que sintiera por un cadete, al que llamaban Koko. Había sido un sentimiento
bueno y honesto; pero ya no podía haber nada semejante. Cada vez estaba más
triste; y cuando fue a Finlandia a casa de su tía, se encontraba en ese estado
de ánimo. El nuevo ambiente, la naturaleza y la gente, tan distinta; todo le
resultó interesante y atractivo.
No hubiera podido decir
el día en que comenzó aquello. En casa de su tía había un invitado, de
nacionalidad sueca. Solía hablar de su trabajo, de su pueblo y de una novela
que estaba escribiendo: Liza ignoraba cuándo y cómo habían empezado aquellas
miradas y aquellas sonrisas, cuyo sentido no hubiera podido expresar por medio
de palabras, pero que, según ella, sobrepasaban todo lenguaje. Les revelaban a
ambos, no sólo sus almas, sino también unos misterios magnos e importantísimos,
comunes a toda la humanidad. Gracias a esas sonrisas, cada palabra pronunciada
por el sueco adquiría un significado grandioso. Y también la música, siempre
que la oían juntos cantaban a dúo. Lo mismo ocurría con los libros, leídos en
voz alta. A veces discutían, defendiendo cada uno su opinión; pero bastaba que
se encontrasen sus ojos y que se sonrieran, para que la discusión cayese por
tierra, mientras el sueco y Liza se elevaban a unas regiones que sólo les
estaban reservadas a ellos. Liza no sabía cuándo había sucedido esto. Ignoraba
cómo y cuándo había surgido el diablo entre esas miradas y esas sonrisas,
envolviéndolos a ambos al mismo tiempo; pero cuando tuvo miedo, los hilos
invisibles que los unían estaban entrelazados ya, con tal fuerza, que se sintió
impotente para liberarse; y puso sus esperanzas en él, en su caballerosidad.
Esperaba que el sueco no se valiera de su fuerza, aunque eso era lo que deseaba
vagamente.
Su impotencia para
luchar se acentuó, debido a no tener a qué aferrarse. Su vida mundana, tan
superficial y falsa, se le había vuelto odiosa. No quería a su madre; y se
imaginaba que su padre la había apartado de sí. Deseaba ardientemente vivir la
vida y no jugar a vivir; y se representaba la realización de sus deseos en el
amor, en un amor completo de mujer a hombre. Su naturaleza, saludable y
apasionada, la arrastraba a lo mismo. Liza creía que la verdadera vida estaba
en él, en ese hombre de alta y apuesta figura, de cabellos rubios y tiesos
mostachos, bajo los que resplandecía una sonrisa atractiva y poderosa. En él
veía la promesa de lo mejor que existe en el mundo. Así, pues, esa sonrisa y
esas miradas, esas esperanzas y esas promesas de algo magnífico e irrealizable,
la condujeron a lo que debían conducirla, inevitablemente. Y, de pronto, todo
lo que parecía encantador, espiritual y alegre, todo lo que estaba lleno de
esperanza, se tornó repulsivo, brutal, triste y desesperante.
Liza le miraba a los
ojos, trataba de sonreír, de disimular, de hacer ver que no temía nada, que así
debía ser; pero, en el fondo de su alma, le constaba que todo se había echado a
perder, que el sueco no encerraba lo que había buscado, ese algo que poseían
ella y Koko. Le dijo que escribiera a sus padres, pidiéndola en matrimonio. El
se lo prometió. Pero, en la próxima entrevista, le comunicó que no podía
hacerlo en seguida. Liza leyó en sus ojos una expresión tímida, equívoca, que
le hizo sospechar aún más. Al día siguiente, recibió una carta; el sueco le
confesaba que era casado —su mujer lo había abandonado hacía mucho—. Se acusaba
de ser culpable; y le pedía que le perdonase.
Liza lo llamó, para
decirle que lo amaba y que, aunque fuera casado, se consideraba ligada a él
para siempre, y que no lo abandonaría.
Cuando se volvieron a
ver, el sueco dijo a Liza que carecía de bienes; que sus padres eran pobres y
sólo le podía ofrecer una vida penosa. Liza respondió que no necesitaba nada;
estaba dispuesta a seguirle a donde quisiera.
El sueco la disuadió,
aconsejándole que esperase. Pero los continuos disimulos, las entrevistas
fortuitas y la correspondencia secreta la hacían sufrir. Insistió en partir de
allí.
Cuando, finalmente, se
marchó a San Petersburgo, el sueco le escribió unas cuantas veces,
prometiéndole que iría a reunirse con ella: pero después dejó de escribir, y
desapareció. La muchacha trató de vivir lo mismo que antes; mas le fue
imposible. Empezó a sentirse mal. Y, aunque la pusieron a tratamiento, su
estado empeoraba constantemente. El día en que se convenció de que no podría
ocultar lo que iba a sobrevenir, decidió suicidarse. Y quería hacerlo de modo
que la muerte pareciera natural. Se procuró veneno; y lo hubiera tomado, a no
ser porque, en el momento en que se disponía a hacerlo, irrumpió en la
habitación su sobrino, el hijo de su hermana, un niño de cinco años. Venía a
enseñarle un juguete que le acababa de regalar su abuela. Liza atendió al niño;
y, repentinamente, estalló en sollozos. Pensó que hubiera podido ser madre si
el sueco no estuviera casado. Y la idea de la maternidad la obligó a
reconcentrarse y a pensar en su vida auténtica y no en lo que pensarían y
dirían de ella los demás. Le parecía fácil suicidarse, teniendo en cuenta la
opinión de la gente; pero, por ella misma, le resultaba imponible. Tiró el
veneno y abandonó la idea del suicidio. Desde entonces, empezó a vivir su vida
interior, que, aunque atormentadora, era una vida auténtica. Y ya no pudo ni
quiso apartarse de ella. Empezó a rezar —no lo hacía desde mucho tiempo atrás—;
pero eso no la alivió. No sufría por sí misma, sino por el dolor de su padre,
al que comprendía y compadecía; sin embargo, no veía el medio de evitarlo. Su
vida transcurría así, por espacio de varios meses, cuando, de repente,
sobrevino un acontecimiento que pasó inadvertido para los demás, transformando
por completo su existencia. Un día, mientras hacía una manta de punto, sintió
una extraña sensación dentro de sí, como si alguien se moviera en sus entrañas.
—¡No puede ser! ¡No
puede ser! —exclamó, quedando petrificada, con el ganchillo y la labor entre
las manos.
Al cabo de un rato,
sintió de nuevo aquel asombroso movimiento dentro de sí. ¿Era posible que fuera
una criatura? ¿Un niño o una niña? Y olvidándolo todo, olvidando la vileza y la
mentira del sueco, la irascibilidad de su madre y el dolor de su padre, sonrió;
pero no con la sonrisa abominable con que solía corresponder a las de su
amante, sino con una sonrisa pura, radiante y alegre.
Y se horrorizó de haber
podido matarlo a "él" al suicidarse. Se concentró, preguntándose
dónde iría para ser madre, una madre desgraciada y digna de lástima; pero
madre, al fin. Después de hacer una serie de proyectos y de arreglarlo todo, se
instaló en una lejana ciudad de provincia, donde esperaba estar alejada de los
suyos. Pero, para desgracia suya, nombraron gobernador de dicha ciudad a un
hermano de su padre, cosa que nunca se hubiera podido figurar.
Hacía ya cuatro meses
que vivía en casa de una comadrona, llamada María Ivanovna, cuando se enteró de
que su tío se hallaba en la misma ciudad; y se dispuso a marcharse.
Mijail Ivánovich se
despertó temprano. Sin esperar nada, se dirigió al despacho de su hermano, para
entregarle una cantidad de dinero, que le rogó diera mensualmente a su hija.
Luego, entre otras cosas, se informó de cuándo salía el tren hacia San Petersburgo.
La salida era a las
siete de la tarde, de manera que le daba tiempo para comer antes de marcharse.
Después de tomar café en compañía de su cuñada —la cual no hizo alusión a lo
que le era tan doloroso, limitándose a mirarlo, de cuando en cuando, con
expresión tímida— siguiendo una costumbre saludable, fue a dar su paseo
habitual.
Alexandra Dimitrievna
lo acompañó hasta el vestíbulo.
—Michel, vaya al parque
municipal; se está muy bien allí; además, se encuentra cerca de cualquier sitio
—dijo, acompañando de una mirada lastimera el semblante irritado de Mijail
Ivánovich.
Este siguió su consejo.
Fue al parque municipal. Pensaba en la tontería, la terquedad y la dureza de
corazón de las mujeres. "No me compadece", se dijo, recordando a su
cuñada. "No puede comprender mis sufrimientos. ¿Y Liza? Sabe perfectamente
lo que esto supone para mí, lo mucho que sufro. ¡Ese terrible golpe, al final
de mi vida! Probablemente se acortará por su culpa. Claro que es preferible que
llegue la muerte a soportar tales sufrimientos. Y todo eso pour les Meaux yeux d'un
chenapan"[24]. ¡Ay! —exclamó,
sintiéndose invadido por un sentimiento de odio y de ira ante la idea de lo que
se hablaría en la ciudad, cuando todos se enterasen. Quiso ir a ver a Liza y
decírselo todo; era necesario que supiera el alcance que tenía su proceder.
"Se encuentra cerca de cualquier sitio", se dijo, mientras sacaba su
libro de notas y leía lo siguiente: "Señora Abramova, Viera Ivanovna
Seliverstova, calle Kujonaya". Liza vivía con un apellido supuesto. El
príncipe se dirigió hacia la salida del parque, y alquiló un coche.
—¿Por quién pregunta,
señor?,—inquirió María Abramova, la comadrona, cuando Mijail Ivánovich hubo
llegado al rellano de la estrecha, empinada y maloliente escalera—. ¿Vive aquí
la señora Seliverstova?
—¿Viera Ivanovna? Sí,
pase. Acaba de salir; ha bajado a la tienda, pero vendrá en seguida.
Mijail Ivánovich entró
en un saloncito, en pos de la gruesa comadrona. Le pareció que le daban una
puñalada cuando oyó los desagradables gritos de un recién nacido, que provenían
de la habitación contigua.
María se retiró, tras
de excusarse. Mijail Ivánovich la oyó mecer al niño. Cuando lo hubo
tranquilizado, regresó al salón.
—Es el niño de Viera
Ivanovna. Volverá en seguida. ¿Quién es usted?
—Un conocido. Es mejor
que vuelva luego —replicó el príncipe, disponiéndose a marchar, hasta tal punto
lo atormentaba la idea de encontrarse con su hija. Le parecía imposible llegar
a un acuerdo.
Pero, de pronto,
resonaron unos pasos rápidos y leves en la escalera; y el príncipe reconoció la
voz de Liza, que decía:
—¡María! ¿Ha llorado el
pequeño...? He...
De pronto, Liza vio a
su padre. Dejó caer al suelo el hatillo que llevaba en las manos.
—¡Papá! —exclamó; y se
detuvo en el quicio de la puerta palideciendo y estremeciéndose, de pies a
cabeza.
El príncipe permanecía
inmóvil, mirándola. Liza había adelgazado, tenía los ojos más grandes, la nariz
más afilada y las manos muy enjutas. Su padre no sabía qué decir ni qué hacer.
En aquel momento olvidó lo que pensara acerca de su oprobio; sólo sentía
lástima de ella. La compadecía, porque había adelgazado, porque iba mal vestida
y, sobre todo, porque su rostro lastimoso tenía una expresión suplicante,
mientras clavaba los ojos en él.
—Papá, perdóname
—pronunció, acercándose al príncipe.
—Perdóname tú a mí...,
tú a mí... —replicó éste; y, sollozando como un niño, le cubrió de besos el
rostro y las manos.
La compasión por su
hija reveló al príncipe su propio yo. Y, al darse cuenta de cómo había sido en
la realidad, comprendió hasta qué punto era culpable ante ella, por su orgullo,
su frialdad e, incluso, sus malos sentimientos. Le alegró el hecho de no tener
que perdonar, sino, por el contrario, pedir que le perdonasen.
Liza lo condujo a su
habitación; le contó la vida que hacía; pero no le enseñó a su hijo, ni
mencionó para nada el pasado, sabiendo que eso le era doloroso. El príncipe le
dijo que debía instalarse de otro modo.
—Es verdad; si pudiera
ir a la aldea...
—Ya pensaremos en esto.
Repentinamente se oyó
el llanto del niño, al otro lado de la puerta. Liza abrió desmesuradamente los
ojos y, sin quitarlos del rostro de su padre, se quedó perpleja e indecisa.
—Tienes que darle el
alimento —dijo Mijail Ivánovich, frunciendo las cejas, a causa del evidente
esfuerzo que hacía por dominarse.
La muchacha se puso en
pie. De pronto, le acudió la idea descabellada de enseñar al ser que más quería
en el mundo a aquel a quien quisiera tanto antaño. Pero, antes de decirlo, miró
al rostro de su padre. ¿Se enfadaría?
La expresión del
príncipe no era de enojo, sino de sufrimiento.
—¡Sí! ¡Vete, vete!
—exclamó. Gracias a Dios, mañana volveré. Entonces, decidiremos. ¡Adiós,
querida! ¡Adiós!
Y de nuevo tuvo que
hacer grandes esfuerzos para contener los sollozos que le apretaban la
garganta.
* * *
Cuando Mijail Ivánovich
volvió a casa de su hermano, Alexandra Dimitrievna le preguntó:
—¿Qué hay?
—Pues... nada.
—¿La has visto?
—preguntó Alexandra Dimitrievna, adivinando, por la expresión del príncipe, que
había ocurrido algo.
—Sí —pronunció éste,
rápidamente; y, de pronto, se deshizo en lágrimas—. La verdad es que he
envejecido y me he vuelto tonto —añadió al tranquilizarse.
* * *
Mijail Ivánovich
perdonó a su hija, la perdonó sin reservas; y, gracias a eso, pudo vencer el
miedo que tenía a la opinión que formaran de él. Instaló a Liza en casa de una
hermana de Alexandra Dimitrievna que vivía en una aldea. Iba a verla a menudo,
pasaba temporadas con ella; y no sólo la quería como antes, sino mucho más.
Pero evitaba ver al niño; y no era capaz de vencer el sentimiento de repulsión,
de asco, que le inspiraba. Eso constituyó la fuente de sufrimiento de Liza.
13 de noviembre de 1906
Por una carta de
Tolstoi a Herzen, del 26 de marzo de 1861, se deduce que a finales de 1861 el
autor había empezado una novela "cuyo protagonista debía ser un
decembrista de regreso a Rusia en el año 56, con su mujer y sus dos hijos, un
varón y una hembra."
Posteriormente,
interrumpiendo la labor comenzada desde el otoño de 1863, Tolstoi se trasladó a
la época precedente, la de las guerras contra Bonaparte. Y esa nueva creación
se desarrolló hasta el punto de adquirir proporciones gigantescas, hasta
constituir, andando el tiempo y sin que por de pronto el propio autor
sospechara su trascendencia, la gran epopeya histórico popular titulada Guerra
y paz. "Por extraño que esto parezca—escribe Biriukov refiriéndose a esa
novela—, esta gran obra vio el día por casualidad, o, en términos jurídicos,
sin premeditación." Pero hasta 1875 Tolstoi volvió a su idea primitiva.
Hizo muchos esfuerzos para reunir y estudiar el material relativo a la época de
los decembristas y escribió varios principios distintos. En enero de 1879
interrumpió de nuevo su labor, quedando la novela sin terminar. En 1884 el
autor llevó a cabo una serie de correcciones de estilo en los originales de los
tres primeros capítulos, escritos a principios de 1860, y en los dos que
redactó en 1870. Entregó esas dos variantes a la edición XXV años, 1859—1884:
Colección de la Sociedad para Ayuda de Literatos y Sabios Necesitados. Ambas
variantes, cuidadosamente revisadas con los manuscritos, corregidos por el
propio autor, se han publicado en 1936, de cuyo texto se ha hecho esta versión.
Esto sucedió no hace
mucho; fue durante el reinado de Alejandro II, en esa época de civilización y
progreso, de grandes problemas, de renacimiento, cuando el victorioso ejército
ruso volvía de Sebastopol, después de haber entregado la ciudad al enemigo ;
cuando Rusia en pleno festejaba el hundimiento de la flota del mar Negro, y
Moscú, la ciudad de piedra blanca, felicitaba con motivo de ese afortunado
acontecimiento al resto de la tripulación, brindando con una copa de buen vodka
ruso y, siguiendo la tradición, le ofrecía el pan y la sal. Fue en la época
en que Rusia, representada por sagaces políticos, lloraba por la ilusión
perdida de celebrar oficios religiosos en la catedral de Sofía y por la
pérdida, tan sensible para la patria, de dos grandes hombres, caídos en la
guerra (uno de ellos, arrastrado por el deseo de celebrar misa en la citada
catedral, murió en los campos de Valaquia ; bien es verdad que al mismo tiempo
dejó allí dos escuadrones de húsares ; y el otro, un hombre inapreciable, se
dedicaba a repartir entre los heridos té, sábanas y dinero ajeno sin robar
ninguna de estas cosas); fue en la época en que los grandes hombres brotaban
como setas por doquier, en todas las ramas de la actividad humana ; jefes de
ejército, administradores, economistas, escritores, oradores ; en una palabra,
personas de gran valía, aunque sin vocación ni objetivo determinados.
Fue en la época en que,
durante el jubileo de un actor de Moscú, surgió, fortalecida por un brindis, la
opinión pública de que se debía castigar a los delincuentes ; fue cuando
amenazadoras comisiones de San Petersburgo corrían al Sur para descubrir y castigar
a los malhechores de otras comisiones ; fue cuando se daban por doquier comidas
con discursos en honor de los héroes de Sebastopol, a los que se esperaba en
los puentes y en las calles ; fue en la época en que los talentos oradores se
desarrollaban entre el pueblo con tal facilidad que un tabernero cualquiera,
con cualquier motivo, escribía, imprimía y pronunciaba discursos tan violentos
que los guardadores del orden se veían obligados a tomar enérgicas medidas
contra su elocuencia ; fue cuando se dispuso una sala en el club inglés,
especialmente para examinar los asuntos sociales, cuando aparecían revistas,
bajo los emblemas más diversos, que planteaban principios europeos para el
suelo europeo, pero bajo un concepto ruso, y revistas exclusivamente para el
suelo eslavo, con principios rusos, aunque desde el punto de vista europeo.
Había una infinidad y parecían haberse agotado los títulos tales como El
Noticiero, La Palabra, La Charla, El observador, La Estrella, El Aguila, etc.,
y sin embargo, no cesaban de surgir otras. Fue en la época en que aparecían
pléyades de escritores y pensadores que demostraban que la ciencia puede ser
popular o no serlo, y multitudes de escritores y pintores que describían los
bosques, el amanecer, las tormentas, el amor de la muchacha rusa, la indolencia
del funcionario, etc. Fue en la época en que surgían por todas partes los problemas
(así llamaban en el año 56 un conjunto de circunstancias que nadie podía
resolver), los problemas del Cuerpo de Cadetes, de las universidades, de la
censura, de los procedimientos judiciales, los problemas financieros, los
bancarios, los de la Policía, de la emancipación y otros muchos. Se escribía,
se leía, se proponían proyectos con el deseo de corregir, de cambiarlo todo y,
como un solo hombre, todos los rusos sentían un entusiasmo indescriptible.
Este estado de cosas se
repetía por segunda vez en Rusia en el transcurso del siglo XIX ; la primera
fue en el año 12, cuando se dio una paliza a Napoleón I, y la segunda, en el
año 56, al proporcionarle otra a Napoleón III. ¡Grandiosa e inolvidable época
la del renacimiento ruso! Lo mismo que aquel francés que afirmaba que quien no
haya vivido en la época de la Revolución francesa no sabe lo que es vivir, me
atrevo a asegurar que el que no haya presenciado el año 56 en Rusia ignora lo
que es la vida. El que escribe estas líneas no solo vivió en aquella época,
sino que fue uno de los hombres de acción. Estuvo varias semanas en uno de los
blindajes de Sebastopol, y hasta escribió un relato acerca de la guerra de
Crimea, que le dio mucha fama, y en el que contó detalladamente cómo tiraban
los soldados desde los baluartes, cómo se vendaba a los heridos en los puestos
de socorro y cómo se daba sepultura a los cadáveres en los cementerios. Una vez
cumplidas estas hazañas, fue a la capital, donde se ciñó los laureles que le
valieron sus heroicidades. Presenció el entusiasmo de ambas capitales, así como
el del pueblo, y comprobó por sí mismo que Rusia sabe recompensar los
verdaderos servicios. Los poderosos de este mundo querían conocerlo, le
estrechaban la mano, le hacían homenajes, lo invitaban a sus casas y, para que
les contara detalles de la guerra, le expresaban su sentir. Por tanto, el que
escribe estas líneas puede apreciar aquella época grandiosa e inolvidable. Pero
no hablemos de eso.
Dos coches y un trineo
se habían parado simultáneamente a la entrada del mejor hotel de Moscú. Un
joven entró corriendo en el recibimiento para informarse si había habitaciones.
El anciano que se hallaba en uno de los carruajes en compañía de dos señoras
les explicaba cómo había sido el puente Kuznietzky en la época de los
franceses. Proseguía una conversación que había iniciado al entrar en Moscú. El
viejo llevaba una barbita blanca y la pelliza desabrochada. Charlaba tan
tranquilo como si estuviese dispuesto a pernoctar en el coche. Su esposa y su
hija lo escuchaban con interés, pero no sin lanzar miradas de impaciencia a la
puerta. El joven salió del hotel acompañado del portero y de un mozo.
—¿Qué hay,
Serguei?—preguntó la madre asomando el rostro extenuado, que iluminó la luz de
un farol.
Fuese por costumbre o
tal vez para que el portero no lo tomara por un criado, debido a la pelliza
corta que llevaba, Serguei contestó en francés y abrió la portezuela. El
anciano miró un momento a su hijo, pero luego siguió hablando en el interior
oscuro del coche, como si lo demás no le concerniera.
—Aún no había teatro...
—Pierre—exclamó la
esposa mientras se envolvía en la capa.
Pero el anciano no le
hizo caso.
—La señora Chalmier
estaba en Tverskoy...
Desde el interior del
coche se oyó una risa juvenil.
—Sal, papá. Estás tan
entusiasmado con la charla...
Solamente entonces, el
anciano pareció darse cuenta de que habían llegado.
Después de calarse el
gorro, se apeó en actitud obediente. El portero lo cogió del brazo, pero al
convencerse de que podía andar muy bien, ofreció inmediatamente sus servicios a
la dama. Natalia Nikolaievna, la esposa, le pareció una señora muy importante,
tanto por su capa de cibelina como por la finura de sus movimientos y la manera
en que se apoyó en su brazo. A la señorita ni siquiera la distinguió de las
muchachas que bajaron del otro coche ; lo mismo que aquellas, siguió a los
demás con un hatillo en la mano. Dedujo que era ella por sus risas y por lo que
decía.
—No es por ahí, papá.
Es a la derecha—exclamó, deteniendo a su padre por la manga.
En la escalera, entre
el ruido de pasos y puertas y la pesada respiración de la señora,
resonó de nuevo la risa que se había oído en el coche. Al oírla, cualquiera
pensaría : "Qué bien se ríe, hasta da envidia."
El hijo, Serguei, se
había ocupado de todas las cuestiones materiales durante el viaje. Le faltaba
experiencia, pero tenía, en cambio, la energía y la actividad propias de los
veinticinco años. Sin causas importantes, al parecer, había bajado lo menos veinte
veces al coche, sin ponerse la pelliza, estremeciéndose de frío, y había vuelto
a subir los peldaños de la escalera de dos en dos o de tres en tres con sus
largas piernas. Natalia Nikolaievna temía que se enfriase. Serguei aseguró que
no tenía frío, y continuó dando órdenes. Iba de un cuarto a otro dando portazos
y, cuando las cosas habían quedado ya en manos de los criados, recorrió aún
varias veces todo el piso, saliendo por una puerta del salón y entrando por la
otra, siempre en busca de algún trabajo nuevo.
—¿Querrás ir a los
baños, papá? ¿Te parece que me informe? —preguntó al fin.
El papá estaba
pensativo y parecía no darse cuenta de dónde se encontraba. Tardó una hora en
contestar. Había oído aquellas palabras sin entender el significado. Pero de
pronto comprendió.
—Sí, sí ; infórmate,
por favor. Hay unos en el puente Kamenyi.
El cabeza de familia
recorrió las habitaciones con paso apresurado e inquieto y se sentó en una
butaca.
—Bueno, ahora hay que
decidir lo que vamos a hacer, hay que instalarse—dijo—. ¡Vamos, hijos, ayudad
de prisa! ¡Como unos valientes! Colocad las cosas en su sitio ; mañana
mandaremos a Serguei con una esquelita a casa de mi hermana María Ivanovna y a
casa de los Nikitin, o iremos nosotros mismos. ¿No es eso, Natalia? Pero ahora,
arreglad las cosas.
—Mañana es domingo ;
espero que ante todo irás a oír misa, Pierre—dijo la esposa, de rodillas ante
el baúl que abría.
—Tienes razón, mañana
es domingo. Iremos todos juntos a la catedral de Uspiensky. Así daremos
principio a nuestro regreso. ¡Dios mío! Cuando recuerdo el día que fui por
última vez a esa catedral. ¿Te acuerdas, Natasha? Pero no hablemos de eso—dijo
levantándose presuroso de la butaca en que se había sentado—. Ahora hay que
instalarse.
Después de un rato de
ir y venir de una habitación a otra sin hacer nada, dijo :
—¿Vamos a tomar el té o
quieres descansar primero?
Bueno—contestó Natalia
Nikolaievna mientras sacaba algo del baúl—. Pero querías ir a los baños.
—Sí... En mis tiempos
había unos junto al puente Kamenyi. Esta habitación la ocuparemos Serioja[25]
(1) y yo. ¡Serioja! ¿Crees que estarás bien aquí?
Este había ido a
informarse acerca de los baños.
—Pero no, porque no
podrás pasar directamente al salón. ¿Qué opinas tú, Natasha?
—Tranquilízate, Pierre
; todo se arreglará—replicó la esposa desde la habitación contigua, donde unos mujiks
entraban las cosas.
Pierre se encontraba en
un gran estado de excitación producido por la llegada.
—Ten cuidado, no
confundas las cosas de Serioja. Fíjate cómo han tirado sus esquíes en el salón.
Fue a recogerlos en
persona. Como si de eso dependiera el orden futuro de la instalación, los
levantó con sumo cuidado y los apoyó en el quicio de la puerta. Pero en cuanto
se hubo alejado, los esquíes cayeron estrepitosamente. Natalia Nikolaievna hizo
una mueca y se estremeció. Luego, al darse cuenta de lo que se había caído, se
limitó a decir:
—Sonia, hija mía,
recoge eso.
***
—Recoge eso—repitió el
marido—; mientras voy a ver al dueño, pues de otro modo no acabaréis nunca de
arreglar las cosas. Es preciso hablar con él.
—Es mejor mandar a
buscarlo, Pierre. ¿Para qué te vas a molestar?
El anciano accedió.
—Sonia. avisa a...
¿Cómo diablos se llama? Monsieur Cavalier. Por favor, dile que queremos hablar
con él.
—Chevalier, papá—dijo
Sonia.
Y se dispuso a salir.
Natalia Nikolaievna
daba órdenes en voz baja e iba y venía con pasos silenciosos. ya llevando una
caja, ya una almohada que tomaba de un enorme montón, y ponía cuidadosamente en
su sitio.
—No vayas tú; manda a
un criado—susurró al pasar junto a Sonia.
Mientras el criado iba
en busca del dueño, Pierre, empeñado en ayudar a su mujer, arrugó una prenda de
vestir y tropezó con un cajón vacío. Para no caer, el decembrista se apoyó en
la pared y volvió. la cara sonriendo. Natalia Nikolaievna estaba tan atareada
que no se dio cuenta de nada, pero Sonia miró a su padre con los ojos risueños.
Parecía esperar permiso para echarse a reír. Su padre se lo dio con gusto al
lanzar una carcajada tan franca, que todos los presentes, desde su mujer hasta
la doncella y los mujiks, rieron también. Esas risas excitaron
aún más al anciano. Juzgó que la colocación del diván del cuarto de su mujer y
de su hija les resultaría incómoda, a pesar de que ellas sostenían lo contrario
y le pedían que se tranquilizara. En el momento en que el anciano iba a cambiar
de sitio el diván con ayuda de un mujik, entró en la habitación el dueño
del hotel.
—¿Me llamaba
usted?—preguntó con expresión grave, mientras sacaba y desdoblaba el pañuelo.
Luego empezó a sonarse,
no precisamente en señal de desprecio, aunque sí de indiferencia.
—Sí, querido amigo—dijo
Piotr Ivanovich, acercándose—. No sabemos aún el tiempo que hemos de permanecer
aquí ; mi mujer y yo...
Y el anciano, que tenía
debilidad de ver a un prójimo en toda persona, empezó a contar su situación y
sus planes.
El señor Chevalier no
compartía ese punto de vista.
No le interesaba lo que
decía Piotr Ivanovich, pero el buen francés en que se expresaba (ya se sabe que
el idioma francés representaba en Rusia una especie de categoría), así como sus
modales de gran señor, le obligaron a elevar un tanto su opinión sobre los
recién llegados.
—¿En qué puedo
servirle?—preguntó al fin.
Esta pregunta no puso
en un aprieto a Piotr Ivanovich. Expresó el deseo de disponer de más
habitaciones, de que les trajesen un samovar, les sirviesen la cena y
dieran de comer a las criadas ; en una palabra, deseaba que les facilitasen una
serie de cosas propias de cualquier hotel. Cuando monsieur Chevalier, sorprendido
por la ingenuidad del viejo, que probablemente suponía encontrarse en las
estepas de Trujmensk, accedió a su petición. Piotr Ivanovich fue presa de un
gran entusiasmo.
—¡Magnífico! ¡Muy bien!
Así todo está arreglado. Entonces, por favor...
Pero de pronto se
sintió avergonzado de hablar siempre de sí mismo, y comenzó a hacer preguntas a
monsieur Chevalier acerca de su familia y de sus asuntos. Serguei Petrovich,
que había vuelto, no parecía aprobar la conducta de su padre; había notado un gesto
de descontento por parte del dueño, y recordó a Piotr Ivanovich que debía ir a
los baños. Pero al anciano le interesaba saber más cómo marchaba un hotel
francés en Moscú en el año 56 y qué hacía madame Chevalier. Finalmente, el
dueño se inclinó preguntando si le ordenaban algo más.
—¿Vamos a tomar el té,
Natasha? ¿Sí? Entonces, que nos lo sirvan, por favor, y ya volveremos a charlar
otro rato después, mi querido monsieur.
—¿Cuándo vas a ir a los
baños, papá?
—Tienes razón...
Entonces no es preciso que nos sirvan el té ahora.
Así, pues, el único
resultado positivo de la charla le fue arrebatado al dueño. Piotr Ivanovich se
sentía feliz y orgulloso en su instalación. Le disgustó cuando los cocheros le
pidieron propina, porque Serioja no tenía cambio. Y se disponía a mandar otra
vez en busca del dueño, cuando se le ocurrió la afortunada idea de que no solo
él debía estar contento aquella noche. Tomó dos billetes de tres rublos y
poniendo uno de ellos en mano de un cochero, dijo:
—Aquí tiene—Piotr
Ivanovich tenía costumbre de hablar de usted a todos sin excepción, menos a los
miembros de su familia—; y para usted—añadió dirigiéndose al otro.
Después se fue a los
baños.
Sonia, sentada en el
diván, apoyó la cabeza en la mano y se echó a reír.
—¡Ay, qué bien se está,
mamá, qué bien se está!
Luego colocó las
piernas sobre el diván, y después de estirarse y buscar una
posición cómoda, se durmió con un sueño profundo de muchacha sana de dieciocho
años, después de un viaje que había durado mes y medio. Natalia Nikolaievna,
que seguía recogiendo las cosas en la habitación contigua, debió de oír con su
oído de madre que Sonia no se movía y fue a verla. Alzando con su mano blanca
la cabeza de cabellos enredados y de encendido rostro de la muchacha, la puso
encima de una almohada. Sonia suspiró profundamente, movió los hombros y
recostó la cabeza sin decir merci, como si aquello se hubiese hecho por
sí solo.
—Gavrilovna, Katia, no
es esa, no es esa la que tenéis que hacer—exclamó Natalia Nikolaievna
dirigiéndose a las doncellas, que habían empezado a hacer una cama y, como si
lo hiciera al paso, recogió los cabellos de su hija.
Continuó arreglando las
cosas sin parar un solo momento, aunque sin precipitarse tampoco.
Al llegar su marido y
su hijo, todo estaba dispuesto ; ya no había baúles en las habitaciones ; en el
dormitorio de Pierre todo estaba igual que lo estuviera durante tantos años en
Irkust : la bata, la pipa, la petaca, el agua azucarada, los Evangelios, que
solía leer de noche, y hasta una estampa por encima del lecho, sobre el vistoso
empapelado. En el hotel Chevalier no se solía emplear tal adorno ; sin embargo,
aquella noche apareció en todas las habitaciones del piso tercero.
Una vez que hubo
terminado con todo, Natalia Nikolaievna se arregló el cuellecito y los puños,
limpios a pesar del viaje, se peinó y tomó asiento junto a la mesa. Sus
encantadores ojos quedaron fijos en el vacío, como si mirase a la lejanía. Así
descansaba. Parecía descansar no sólo después de haber ordenado las cosas, no
sólo del viaje, no sólo de unos cuantos años penosos, sino de toda la vida.
Aquella lejanía que contemplaba, en la que se le representaban vivos los
rostros queridos, constituía el reposo que deseaba. Fuese el amor heroico que
sintiera por su marido, el cariño que tuviera a sus hijos, cuando eran
pequeños, la dolorosa pér- dida de un ser allegado o una particularidad de su
carácter, el caso es que cualquiera que viese a esta mujer comprendería que ya
no podía esperar nada de ella; hacía mucho tiempo que se había entregado toda a
la vida. Conservaba un porte digno y una expresión de delicada tristeza, como
un recuerdo, como la luz de la luna.
Nadie se la podía
imaginar sino rodeada de respeto y de todas las comodidades de la vida. No
podía suceder que tuviese hambre y comiera con avidez, que llevara la ropa
sucia, que tropezara o que olvidara emplear el pañuelo. Eso era materialmente
imposible. No se sabe por qué, pero el caso es que todos sus movimientos
resultaban llenos de solemnidad, gracia y gentileza para los que disfrutaban su
presencia.
Sie pilegen und weben
Himmlische Rosen ins
irdische Leben [26]
Natalia Nikolaievna
conocía este verso y le gustaba, pero no solía guiarse por él. Su naturaleza
misma era la expresión de ese pensamiento, toda su vida constituía ese
inconsciente entretejer de rosas, con la vida de los seres que la rodeaban.
Había seguido a Siberia a su marido solo porque lo quería; no se preguntaba qué
podría hacer por él, pero le resolvía todos los problemas; le hacía la cama, le
ordenaba sus objetos, le preparaba la comida y el té y estaba siempre a su
lado. Ninguna mujer hubiera podido proporcionar más felicidad a su marido.
En el salón, sobre una
mesa redonda, hervía el samovar. Natalia Nikolaievna se hallaba sentada
ante él. Sonia sonreía y hacía muecas bajo la mano de su madre que le hacía
cosquillas, cuando entraron padre e hijo. Traían las yemas de los dedos
arrugadas, las mejillas y las frentes lustrosas (a Piotr Ivanovich le relucía
particularmente la calva), los cabellos sueltos y radiantes los rostros.
—El salón se ha vuelto
más claro desde que habéis entrado—exclamó Natalia Nikolaievna—. ¡Padrecito,
qué blanco vienes!
Desde hacía muchos
años, todos los sábados, solía decir esta frase. Piotr Ivanovich, al oírla,
experimentaba timidez y alegría. Se sentaron ante la mesa ; esparcióse por la
estancia un agradable aroma a té y a tabaco ; se oyeron las voces de los
padres, de los hijos y de los criados, que recibieron sus tazas de té en la
misma habitación. Recordaron los incidentes graciosos del viaje, se admiraron
del peinado de Sonia y rieron. Geográficamente se habían trasladado a cinco mil
verstas[27],
a un medio completamente distinto, ajeno a ellos, pero moralmente aquella
noche estaban lo mismo que en su casa. Seguían siendo tales como lo habían sido
en aquella vida familiar de prolongado aislamiento. Al día siguiente sería
distinto. Piotr Ivanovich se acercó al samovar y encendió la pipa. En el
fondo, no se sentía alegre.
—Bueno, ya estamos aquí
; me alegro que no veamos a nadie hoy ; esta noche será la última que pasemos
en familia.
Y ahogó estas palabras
con un gran trago de té.
—¿Por qué la última,
Pierre?
—¿Por qué? Pues porque
los aguiluchos han aprendido a volar; tienen que hacerse sus nidos. Desde aquí,
cada cual se echará a volar por su lado.
—¡Qué
tonterías!—exclamó Sonia, tomando el vaso de manos de su padre y sonriendo con
la sonrisa de siempre—. El antiguo nido es excelente.
—El antiguo nido es un
nido triste ; el viejo no ha sabido hacerlo y cayó preso en una jaula, donde
tuvo a sus hijos ; lo sueltan ahora que sus alas empiezan a sostenerlo mal. No
; los aguiluchos deben construirse un nido en lugar más alto, más dichoso, más
cercano del sol ; para eso son sus hijos, él ha de servirles de ejemplo ; en
cuanto al viejo, mientras no se quede ciego, permanecerá mirando, y cuando lo
esté, se contentará con escuchar... Sírveme ron ; un poco nada más, bueno, así,
ya basta.
—Ya veremos quién
abandonará a quién—replicó Sonia, echando una rápida mirada a su madre, como si
le molestase hablar en su presencia—. Ya veremos quién abandonará a
quien—repitió—. No temo por mí ni por Serioja.
Este recorría la
estancia pensando en cómo se las arreglaría al día siguiente para encargarse un
traje. ¿Iría en persona o mandaría llamar al sastre? No le interesaba la
conversación de Sonia con su padre.
Sonia se echó a reír.
—¿Qué te pasa?—preguntó
el viejo.
—Tú eres más joven que
nosotros, papá. Mucho más joven, de veras—dijo la muchacha, y rió de nuevo.
—iQué cosas tienes!
—exclamó Piotr Ivanovich.
Y sus duros rasgos se
plegaron en una sonrisa dulce y despectiva al mismo tiempo.
Natalia Nikolaievna se
inclinó ; el samovar le impedía ver a su marido.
—Sonia tiene razón.
Sigues teniendo diecisiete años, Pierre. Serioja es más joven que tú físicamente,
pero tú tienes el alma más joven que él. Soy capaz de prever sus reacciones ;
en cambio, tú puedes sorprenderme aún.
Quizá reconociera la
exactitud de esa observación o quizá le adulara, pero el caso es que Piotr
Ivanovich no supo qué contestar ; le brillaron los ojos y siguió fumando y
tomando sorbos de té en silencio. Serioja, en cambio. Con el egoísmo propio de
la juventud, tan solo se interesó por la conversación en aquel momento porque
su madre le había nombrado. Declaró que, en efecto, se sentía viejo, que la
llegada a Moscú y la nueva vida que se abría ante él no le alegraban en
absoluto, pero que sopesaba tranquilamente el porvenir.
—Es la última
noche—repitió Piotr Ivanovich—. Mañana ya no será igual...
Y se escanció más ron.
Estuvo largo rato sentado ante la mesa del té como si quisiera decir muchas
cosas, pero no tuviera quién lo escuchara. Finalmente puso la botella del ron a
su lado; pero se la llevó disimuladamente.
Cuando el señor
Chevalier, que había subido a acomodar a los huéspedes, volvió para hacer
algunos comentarios acerca de los recién llegados con la compañera de su
vida—esta lucía un vestido de seda adornado de encajes y permanecía sentada, al
estilo parisiense, detrás del mostrador—había en la estancia varios clientes
habituales del hotel. Serioja se había fijado en esa habitación y en sus
visitantes. También ustedes lo habrán observado si han ido alguna vez a Moscú.
Un hombre modesto que
no conoce Moscú y ha llegado tarde a un banquete se equivoca si cree que los
hospitalarios moscovitas le invitarán a almorzar. Si le ha ocurrido esto o,
sencillamente, quiere comer en el mejor hotel, al entrar en el vestíbulo, tres o
cuatro lacayos se levantan de un salto y uno de ellos le quita la pelliza y le
felicita en el año nuevo, con el Carnaval, con la llegada a Moscú o se limita a
observar que hace mucho tiempo que no ha venido, aunque jamás haya entrado en
el hotel anteriormente. Luego, pasar al comedor, lo primero que le asalta a la
vista es una mesa repleta, según cree en el primer momento, de una infinidad de
apetitosos manjares. Pero se trata de un engaño óptico, pues la mayor parte de
la mesa está ocupada por faisanes con plumas, cangrejos de mar crudos, cajitas
con perfumes y pomadas, frasquitos de cosméticos y tarros con caramelos. Solo
en un extremo, después de buscar mucho, se encuentra vodka y una
rebanada de pan con mantequilla y con un pececito, bajo una campana de tela
metálica. Es para preservarlo de las moscas, cosa innecesaria en Moscú en el
mes de diciembre, pero son exactamente iguales a las que se usan en París. Algo
más allá, se divisa una habitación ; en ella, sentada detrás del mostrador, hay
una francesa de presencia desagradable, pero que lleva un magnífico vestido a
la moda. Junto a la francesa se distingue a un oficial con la guerrera
desabrochada, que toma vodka; algunos paisanos que leen periódicos y los
pies de algún señor descansando en una silla tapizada de terciopelo.
Se oye hablar en
francés y sonoras risas más o menos francas. Si alguien quiere saber lo que
ocurre en esa habitación, le aconsejaría que entrase y se limitase a echar una
ojeada como si pasara por casualidad. De lo contrario, se sentiría mal a causa
del interrogante silencio y de las miradas de sus visitantes habituales y,
probablemente, intimidado, se dirigiría a algunas de las mesas de la sala
grande o al jardín de invierno. Allí nadie le estorbaría. Aquellas mesas son
para todos y podría encargar todas las trufas que le viniera en gana. En
cambio, la habitación de la francesa es para una juventud elegida, la juventud de
oro, y no es tan fácil como parece pertenecer al número de los elegidos. A
volver a aquella al habitación, Chevalier dijo a su esposa que el recién
llegado estaba triste, añadiendo que los hijos eran tan magníficos como solo
pueden criarse en Siberia.
— ¡Si vieran a esa
muchacha! ¡Parece un rosal!
— iOh, veo que le gustan
las mujeres lozanas a este vejestorio!—exclamó uno de los clientes que fumaba
un cigarro.
(Como es natural, la
conversación se desarrollaba en francés, pero la transmito en ruso, lo que
seguiré haciendo en el curso de esta historia.)
—i Claro que sí! Las
mujeres son mi pasión.
—¿Lo oye, madame
Chevalier?—exclamó un grueso oficial de cosacos que debía mucho dinero en el
hotel.
—Este comparte mis
gustos—dijo Chevalier, dando unos golpecitos en las charreteras del oficial.
—¿Es tan guapa esa
siberiana?
Chevalier juntó los
dedos y se los besó. A continuación, se inició una charla confidencial muy
alegre. Hablaban del oficial grueso, que escuchaba risueño.
—¿Es posible que se
pueda tener el gusto tan extraviado exclamó uno de ellos—. Mademoiselle
Clarisse! ¿Sabe que lo que más le gusta a Strugov de las mujeres son los
muslos de gallina?
Aunque no había
comprendido la sal de aquella conversación, a pesar de sus feos dientes y de su
edad madura, mademoiselle Clarisse lanzó una sonora carcajada.
—¿Es la señorita
siberiana la que le ha inspirado tales ideas?
Una carcajada unánime
acogió esta frase. Monsieur
Chevalier reía diciendo:
—Ce vieux coquin!
Y zarandeaba al
oficial.
—¿Quienes son estos
siberianos? ¿Fabricantes? ¿Comerciantes?—preguntó alguien cuando cesaron las
risas.
—iNikit! Pide el
pasaporte al señor que acaba de llegar—ordenó monsieur Chevalier—. "Yo,
Alejandro..."—empezó a leer cuando se lo hubieron traído.
Pero el oficial de
cosacos le arrancó el documento de las manos, y su rostro no tardó en expresar
sorpresa.
—Adivinen ustedes quién
es—dijo. Todos ustedes lo conocen, al menos de oídas.
—¿Cómo podríamos
adivinarlo? Enséñemos el pasaporte. ¿No será Abd—elKader?... ¿Cagliostro?...
¿Pedro Tercero?... ; Ja, ja, ja!
—Venga, dínoslo de una
vez.
El oficial desdobló el
documento y leyó: "Ex príncipe Piotr Ivanovich" y uno de los
apellidos rusos que todos conocen y pronuncian con cierto respeto y placer si
al hablar de la persona en cuestión lo hacen como de un amigo o un conocido.
Nosotros lo llamaremos Labazov. El oficial de cosacos recordaba vagamente que
Piotr Ivanovich se había hecho célebre en el año 25, y que lo habían mandado a
Siberia a trabajos forzados, pero no hubiera podido decir por qué. Los demás no
sabían ni eso siquiera, pero todos exclamaron al unísono: "; Oh, sí, es
conocidísimo!" Lo mismo hubieran podido decirlo de Shakespeare. El oficial
grueso les explicó luego que era hermano del príncipe Iván, tío de los Chikin y
de la condesa Pruk, etc.
—Tiene que ser muy rico
si es hermano del príncipe Iván—observó uno de los jóvenes.
—Si ha recuperado sus
bienes, claro está—comentó otro—. Verdaderamente parece que son más de los que
deportaron... Oye, Jikuskg, cuéntanos aquella anécdota del dieciocho—añadió,
dirigiéndose a un oficial del regimiento de Cazadores que tenía fama de buen
narrador.
—Venga, cuéntanosla.
—Es un hecho real que
ocurrió aquí, en el hotel Chevalier, en la gran sala. Llegaron tres
decembristas. Se instalaron en una mesa y se pusieron a comer. Frente a ellos
había un señor de cierta edad, respetable, que prestaba atención a todo lo que
decían de Siberia. Les preguntó algo, cambiaron un par de palabras y poco a
poco entablaron conversación. El también venía de Siberia.
—¿Conoce Nerchinsk?
—i Cómo no! He vivido
allí mucho tiempo.
—¿Conocerá entonces a
Tatiana Ivanovna?
—;Desde luego!
—Permítame que le
pregunte, ¿usted es de los desterrados?
—Sí, he tenido esa
desgracia.
—A nosotros nos
deportaron el catorce de diciembre. Es extraño que no le hayamos conocido si ha
sido desterrado por lo mismo. ¿Cómo se apellida?
—Fiodorov.
—¿Desterrado también
por lo del catorce?
—No, por lo del
dieciocho.
—¿Cómo por lo del
dieciocho?
—Sí ; me desterraron el
dieciocho de septiembre por un reloj de oro. Me calumniaron, acusándome de robo
y sufrí inocentemente.
Todos se echaron a
reír, a excepción del narrador. Con una expresión muy seria trataba de
convencer a su digno auditorio de que aquella anécdota era verídica.
Al cabo de un rato, uno
de los jóvenes se marchó al club. Después de recorrer las salas donde los
viejecitos jugaban a las cartas, permaneció un ratito junto a una mesa de
billar. Un anciano importante, agarrado al borde de la mesa, intentaba hacer
carambola. Echó una ojeada a la biblioteca ; un general leía en actitud grave,
a través de sus lentes, sujetando el periódico a cierta distancia, y un joven
hojeaba un montón de revistas, procurando no hacer ruido. Finalmente, se
instaló al lado de unos muchachos pertenecientes también a la juventud de
oro, que jugaban a las cartas. Había muchos clientes asiduos del club.
Entre estos se encontraba Iván Pavlovich Pajtin. Era un hombre cuarentón, de
mediana estatura, ancho de hombros y de caderas, calvo, de rostro afeitado,
reluciente y de expresión feliz. No tomaba parte en el juego. Se había sentado
al lado del príncipe D***, al que tuteaba, para no rechazar la copa de champaña
que le había ofrecido. Estaba tan a gusto —después de comer, se había soltado
disimuladamente la trabilla del pantalón—, que hubiera permanecido así un siglo
fumando, bebiendo champaña y sintiendo la presencia de príncipes y condes e
hijos de ministros. La noticia de la llegada de los Labazov turbó su
tranquilidad.
—¿Adónde vas,
Pajtin?—preguntó el hijo de un ministro, al observar que este se había
levantado y, después de estirarse el chaleco, apuraba de un trago la copa de
champaña.
—Me llama
Severnikov—replicó Pajtin, notando cierta molestia en las piernas.
—Qué, ¿vas a ir allí?
"Anastasia,
Anastasia, ábreme la puerta", canturreó. Era una célebre canción gitana
que estaba de moda,
—Tal vez. ¿Y tú?
—¿Quieres que vaya yo?
Un vejestorio casado. ¡Qué cosas tienes!
Pajtin, risueño, se
dirigió a la sala de los espejos a ver a Severnikov. Le gustaba que su última
palabra fuese alguna broma. Y esta vez había resultado así.
—¿Cómo está la
princesa?—preguntó, acercándose a Severnikov.
Este no lo había
llamado. Pero según Pajtin deducía, era la persona indicada para saber antes
que nadie que habían llegado los Labazov. Severnikov había estado ligeramente
comprometido el catorce, y era amigo de los decembristas.
—¿Sabe que han vuelto
los Labazov? Se han hospedado en el hotel Chevalier.
—Pero ¿qué me dice?
;Cuánto me alegro! Somos viejos amigos. Habrá envejecido el pobrecillo... Su
mujer le escribió a la mía...
Pero Severnikov se
interrumpió. Sus compañeros de juego habían hecho algo inconveniente. Mientras
hablaba con Paviel Ivanovich Pajtin, no había dejado de observarles. En aquel
momento descargó unos cuantos puñetazos en la mesa para demostrar que no se le
podía engañar. Pajtin se levantó y, acercándose a otra mesa, comunicó a un
señor respetable la nueva que traía; luego fue a hacer lo mismo a las demás
mesas por turno. El regreso de Labazov alegró a todos, de manera que Iván
Pavlovich, que, al principio, vacilara si debía demostrar contento por aquella
noticia, acabó por ir al grano, sin valerse de preámbulos tales como los
comentarios acerca de un baile, de un artículo de El Noticiero, de la
salud o del tiempo.
El viejecito, que aún
seguía con sus vanos intentos de hacer carambola, se alegraría sin duda de
aquella noticia. Pajtin se acercó a él.
—¡Qué bien juega usted,
excelencia!—exclamó.
Había pronunciado la
palabra "excelencia” de un modo completamente distinto a como os lo
figuráis, sin servilismos (eso no estaba de moda el año 56). Por lo general,
solía llamar a ese viejo por el nombre y el patronímico. En aquel momento había
empleado la palabra "excelencia", en parte, para burlarse de los que
la decían y, en parte, para dar a entender que, aunque sabía con quién trataba,
se permitía gastar alguna bromita. Desde luego había sido muy sutil.
—Acabo de enterarme de
que ha vuelto Pierre Labazov. Viene de Siberia con toda su familia.
Pajtin pronunció estas
palabras en el momento en que el viejo erraba otro golpe; decididamente tenía
mala suerte.
—Si vuelve tan
atolondrado como lo era al marcharse, no hay por qué celebrarlo—replicó el
viejecito con aire sombrío, irritado por aquella incomprensible mala suerte.
Esta réplica turbó a
Iván Pavlovich ; no supo si debía o no alegrarse de la llegada de Labazov. Para
salir de dudas, se dirigió a la sala en que discutían las personas inteligentes
; estas conocían perfectamente el significado y el valor de cada cosa. Iván
Pavlovich estaba en buenas relaciones con los que frecuentaban la sala de los
inteligentes, lo mismo que con la juventud de oro y los nobles. Nadie se
sorprendió al verlo entrar y sentarse en el diván, a pesar de que, a decir
verdad, no era aquel su lugar adecuado. Se discutía el año y el motivo con que
había surgido una polémica entre dos periodistas rusos. Iván Pavlovich esperó a
que se hiciera el silencio para comunicar la novedad que traía, no como un
acontecimiento agradable o desagradable, sino sencillamente como una novedad.
Pero inmediatamente, por la manera en que los inteligentes (empleo la
palabra inteligente como apodo de los visitantes de aquella sala) acogieron la
noticia y se pusieron a discutir sobre ella, comprendí que era precisamente
allí donde correspondía comunicarla. Solo allí sabrían darle la forma necesaria
para poder seguir propagándola y savoir á quoi s'en tenir.
—El único que faltaba
era Labazov —dijo uno de los inteligentes—. Ahora ya todos los
decembristas supervivientes están en Rusia.
—Era uno de los de
la bandada de los buenos.. —comentó Pajtin todavía en tono inquisidor,
dispuesto a dar a aquella cita un tono serio o irónico, según conviniera.
—¡Cómo! Labazov es uno
de los hombres más notables de aquella época—empezó diciendo otro inteligente.
En mil ochocientos diecinueve era abanderado del regimiento Semionovsky, lo
enviaron al extranjero a llevar comunicados al duque Z***. Volvió en el año
veinticuatro, año en que lo admitieron en la primera logia masónica. Todos los
masones de aquella época se reunían en casa de D*** y en la de Labazov. Era muy
rico. El príncipe J***, Fidor P***, e Iván P***, eran íntimos amigos suyos.
Entonces su tío Visarion, con objeto de alejarlo de aquella sociedad, lo
trasladó a Moscú.
—Perdone, Nikolai
Stepanovich—le interrumpió uno de los presentes—, me parece que eso fue en el
año veintitrés. Porque Visarion Labazov fue nombrado comandante del tercer
Cuerpo de Varsovia en el veinticuatro. Quiso llevarse a su sobrino como
ayudante, pero al negarse este, se vio obligado a trasladarlo a Moscú. Pero,
perdóneme, le he interrumpido.
—¡Oh, no se preocupe!
Siga, siga...
—No, por favor.
—Le ruego que siga,
debe de estar mejor enterado que yo ; además, su memoria y sus conocimientos
han quedado bien demostrados aquí.
—En Moscú, en contra
del deseo de su tío, pidió el retiro—continuó aquel cuya memoria y cuyos
conocimientos habían quedado demostrados—, y allí se formó en torno suyo la
segunda sociedad, de la que fue el promotor y el alma misma, si puede uno
expresarse así. Era rico, bien parecido, culto, inteligente y de una educación
perfecta. Mi tía solía decirme que no había conocido en su vida a un hombre tan
interesante como él. Unos meses antes de la sublevación se casó con la
Krinskaya.
—Era hija de Nikolai
Krinsky, del de Borodino... ; ese célebre...— le interrumpió alguien.
—Sí. Su inmensa fortuna
pasó a manos de Labazov, y la suya propia a su hermano, el príncipe Iván, el ex
ministro.
—Se portó
admirablemente con su hermano—prosiguió el narrador—. Cuando lo detuvieron le
faltó tiempo para destruir sus cartas y sus documentos.
—¿Acaso estaba
complicado?
El narrador no dijo
"sí", pero apretó los labios y guiñó un ojo en señal afirmativa.
—Posteriormente,
Labazov negó siempre en los interrogatorios todo lo que se refiriese a su
hermano ; eso le hizo mucho daño. Y lo terrible es que el príncipe Iván, que
heredó todos sus bienes, jamás le ha mandado un solo céntimo.
—Decían que Piotr
Labazov había renunciado voluntariamente a su fortuna—observó uno de los
oyentes.
—Sí, pero lo hizo
porque el príncipe Iván le escribió, antes de la coronación, diciéndole que, si
no se hubiese hecho cargo de los bienes, los habrían confiscado ; le decía que
tenía varios hijos, que estaba cargado de deudas y que no le era posible devolverle
nada. Piotr Labazov contestó con dos líneas
"Ni yo ni mis
herederos tenemos ni queremos tener ningún derecho sobre unos bienes que le ha
adjudicado la ley."
—¿Qué les parece? El
príncipe Iván guardó ese documento como oro en paño, en la caja fuerte, sin
enseñárselo a nadie.
Una de las
particularidades de aquella sala consistía en que sus visitantes sabían, si lo
deseaban, cuanto ocurría en el mundo, por muy secreto que fuese.
—A decir verdad, no se
sabe si es justo quitar esa fortuna a los hijos del príncipe Iván ; se han
criado y educado gracias a ella, y creían ser los dueños.
La conversación derivó
hacia temas abstractos que no interesaban a Pajtin. Sintió la necesidad de
seguir divulgando la noticia. Empezó a recorrer las salas, lanzando la nueva a
derecha e izquierda. Un colega lo interpeló al paso para anunciarle que habían
llegado los Labazov.
—i Pero si lo sabe todo
el mundo! —replicó Pajtin, sonriendo con aire de satisfacción.
Y se dirigió hacia la
sala.
La noticia había
cundido y volvía a él de nuevo. Ya no había nada que hacer en el club. Pajtin
se fue a una velada. No se trataba de una gran fiesta, sino de una simple
velada que daban en un salón en el que se recibía a diario. Había ocho damas y
un viejo coronel. Todos se aburrían muchísimo. Los andares resueltos y el
rostro risueño de Pajtin alegraron a las señoras y señoritas. La noticia que
traía fue muy oportuna, porque en el salón se hallaba la anciana condesa de
Fuchs con su hija. Cuando Paviel Ivanovich relató casi palabra por palabra todo
lo que había oído en la sala de los inteligentes, madame Fuchs movió la cabeza
recordando cómo frecuentaba la sociedad en compañía de Natalia Krinskaya, la
mujer de Labazov.
—Su boda fue una
historia muy romántica que sucedió ante mis ojos. Natasha era ya casi la
prometida de Miatlin, que murió después de un duelo con Diobra. Por aquella
época llegó a Moscú el príncipe Labazov, se enamoró de ella y pidió su mano.
Pero Krinsky se opuso porque quería casar a su hija con Miatlin, ya que a
Labazov se le tenía por masón. El joven siguió viendo a Natasha en bailes y
reuniones, trabó amistad con Miatlin y le pidió que renunciara. Este accedió y
Labazov suplicó a la muchacha que huyera con él. Aunque Natasha se había
mostrado conforme, en el último instante se arrepintió. Fue a ver a su padre.
Le dijo que había dispuesto todo para huir, que hubiera podido abandonarle,
pero que lo hacía confiando en su magnanimidad (esta conversación tuvo lugar en
francés). Krinsky la perdonó y acabó dándole su consentimiento. De esta forma
se arregló la boda y fue de lo más alegre... ¿Quién iba a pensar que al cabo de
un año Natasha seguiría a Labazov a Siberia? Era hija única y la muchacha más
rica y más bella de aquella época. El emperador había reparado en ella en las
fiestas y la había sacado a bailar más de una vez. Recuerdo como si fuese ayer
un bal costumé en casa del conde G***, ella iba de napolitana. ¡Estaba
preciosa! Desde entonces, siempre que el conde venía a Moscú, preguntaba : "Que
fait la belle Napolitaine?" Pues bien : de la noche a la mañana, esa
mujer que estaba en estado (dio a luz durante el viaje), sin vacilar un solo
instante, sin haber preparado nada, tal y como se encontraba cuando lo
detuvieron, siguió a su marido en un viaje de cinco mil verstas.
—¡Es una mujer
extraordinaria!—exclamó la dueña de la casa.
—Tanto él como ella
eran personas excepcionales—dijo otra dama—. Me han asegurado, no sé si será
verdad, que en Siberia, cuando trabajaban en las minas los forzados que estaban
con ellos, se redimían.
—Pero si ella no ha
trabajado nunca en las minas—intervino Pajtin.
He aquí lo que
representaba el año 56. Tres años atrás, nadie pensaba en los Labazov. Si
alguien se acordaba de ellos, era con ese inconsciente temor con que se
recuerda a las personas que acaban de morir. Ahora, en cambio, todos se
jactaban de las relaciones que tuvieron con esa familia y comentaban sus
magníficas cualidades. Las señoras ideaban la manera de monopolizarla para que
sus invitados disfrutaran de su presencia en el salón.
—Los hijos han venido
con ellos —dijo Pajtin.
—Si son tan guapos como
la madre... —comentó la condesa Fuchs—. A decir verdad, Labazov era muy apuesto
también.
—¿Cómo habrán podido
educar allí a sus hijos?—exclamó la dueña de la casa.
—Dicen que muy bien.
Parece que el joven es tan culto y tan cortés como si se hubiese educado en
París.
—Auguro grandes éxitos
a esa muchacha—dijo una joven poco agraciada—. Todas las mujeres que vienen de
Siberia son triviales, pero suelen gustar mucho.
—Es verdad—asintió
otra.
—Otra muchacha rica
casadera—comentó una tercera.
El viejo coronel era de
origen alemán ; había llegado a Moscú tres años atrás con intención de casarse
con una mujer rica. Decidió, pues, presentarse cuanto antes en casa de los
Labazov, mientras los jóvenes ignoraban su llegada, y pedir la mano de la hija.
Las señoritas y sus mamás pensaron que el joven siberiano era un buen partido.
"Este debe de ser el que me reservaba el Destino", se dijo una
muchacha que frecuentaba en vano la sociedad desde hacía ocho años. "Ha
sido para mejor que aquel estúpido oficial de la Guardia no me haya pedido.
Probablemente, hubiera sido desgraciada con él." "Todas se pondrán
amarillas de envidia cuando también este se enamore de mí", pensó una
damita bella y joven.
Se habla del
provincialismo de las pequeñas ciudades, pero no existe peor provincialismo que
el de la alta sociedad. En las provincias no hay personas nuevas, pero los
provincianos estan dispuestos a admitir a todas las que vengan ; en la alta
sociedad, en cambio, es muy raro que se admita a alguien, como se había hecho
con los Labazov. En el caso de hacerlo, tales personas producen mayor sensación
que las de las ciudades de provincia.
—¡Moscú! ¡Moscú! La
madrecita de blancas piedras—exclamó Piotr Ivanovich, a la mañana siguiente,
mientras se frotaba los ojos y escuchaba el repique de las campanas del
callejón Gazetnyi.
Nada hay que resucite
el pasado con tanta intensidad como los sonidos. El repiqueteo de las campanas
unido a la vista del blanco muro que se divisaba desde la ventana, así como el
ruido de los coches, recordaron a Labazov, no solo el Moscú en que viviera
treinta y cinco años atrás, sino también el del Kremlin, el de las cárceles,
etc., que llevaba clavado en el corazón. Experimentó una alegría pueril por el
hecho de ser ruso y por encontrarse en aquella ciudad.
Su batín, desabrochado,
que dejaba al descubierto la camisa de percal, la boquilla de ámbar, el lacayo
con sus ademanes reposados, el té, el olor a tabaco, los besos y las voces de
sus hijos hicieron que el decembrista se sintiera como en su casa, lo mismo que
cuando estuviera en Irkutsk, y lo mismo que hubiera estado en Nueva York o en
París. Me gustaría presentar a mis lectores al héroe decembrista por encima de
las flaquezas humanas, pero debo reconocer en honor a la verdad que Piotr
Ivanovich se afeitó, se peinó y se contempló en el espejo con especial cuidado.
El traje que le habían hecho en Siberia no era de su agrado; se abrochó y
desabrochó la levita un par de veces para ver cómo quedaba mejor. Natalia
Nikolaievna entró en el salón produciendo un ligero rumor con su vestido negro
de muaré. Llevaba unas mangas muy llamativas y unos lacitos en la cofia que
estaban lejos de ser la última moda. Pero en ella resultaban muy graciosos y no
solo no eran ridicules, sino hasta distingués. Para esta clase de
cosas las mujeres tienen un incomparable sexto sentido.
Aunque la ropa de Sonia
era de hacía dos años, no se le hubiera podido reprochar nada tampoco. El
vestido de la madre era oscuro y sencillo ; el de la hija, claro y alegre.
Serioja se despertó muy tarde, de manera que fueron a misa sin él.
Los padres se sentaron
en el fondo de un coche de alquiler ; la hija, enfrente de ellos ; Vasili, en
el pescante, y se dirigieron al Kremlin. Al apearse del coche, las damas se
arreglaron los vestidos ; Piotr Ivanovich tomó del brazo a su mujer, y con la
cabeza erguida, se dirigió hacia la puerta de la iglesia. La gente se
preguntaba quiénes podían ser aquellos señores. ¿Quién era ese viejecito
curtido por el sol? Tenía profundas arrugas de trabajador, unas arrugas que no
se adquieren en el club inglés ; sus cabellos y su barba eran blancos como la
nieve, su mirada altiva, aunque bondadosa, y sus movimientos enérgicos. ¿Quién
era aquella dama alta, de majestuosos andares y de grandes ojos apagados?
¿Quién aquella muchacha lozana, esbelta, que no vestía a la moda ni se mostraba
tímida?
No eran comerciantes,
ni alemanes. ¿Serían nobles? Tampoco suelen ser así. Sin embargo, se deducía
que se trataba de personas importantes. Así pensaban los que se encontraban con
ellos en la iglesia y, no se sabe por qué, les cedieron el paso con más gusto
que a los que lucían vistosas charreteras. Piotr Ivanovich rezaba en actitud
reconcentrada, sin distraerse. Natalia Nikolaievna se arrodillaba a ratos y
vertió abundantes lágrimas cuando cantaron Gloria a los querubines. Sonia
parecía hacer un esfuerzo para seguir la misa ; no le gustaba rezar ; sin
embargo, no volvía la cabeza para nada, y se santiguaba atentamente.
Serioja se había
quedado en el hotel, en parte por haberse levantado tarde y en parte porque no
le gustaba oír misa. No podía comprender por qué era capaz de recorrer cuarenta
verstas esquiando sin esfuerzo y, en cambio, escuchar la lectura de doce
evangelios constituía para él un tormento físico. Pero la razón principal era
que necesitaba un traje nuevo. Se vistió y se fue al puente Kuznietzky.
Disponía de bastante dinero. Piotr Ivanovich había tomado la costumbre de darle
todo el que quisiera desde que había cumplido los veintiún años. De él dependía
dejar a sus padres en la ruina.
iQué lástima de
doscientos cincuenta rublos gastados inútilmente en la tienda de confecciones
de Kuntz! Cualquiera hubiera aconsejado a Serioja y hubiera considerado como un
honor acompañarlo a casa de un sastre para que se encargara un traje. Pero el
muchacho se encontraba solo entre una multitud desconocida. Con la gorra
calada, iba abriéndose paso por el puente Kuznietzky sin mirar siquiera a las
tiendas. Cuando llegó al final entró en una de ellas. Salió de allí vistiendo
un frac marrón estrecho (se llevaban anchos), unos pantalones negros, anchos
(se llevaban estrechos) y un chaleco de raso con florecillas, que ningún
huésped del hotel Chevalier hubiera permitido que se pusiera ni siquiera su
lacayo. Compró, además, otras muchas cosas. Kuntz se sorprendió de la esbeltez
del talle del joven. Le aseguró —solía hacerlo lo mismo con todos los
clientes—que en su vida había visto otro igual. Serioja sabía que tenía la
cintura estrecha ; sin embargo, le halagó que se lo dijera un extraño. Al salir
de la tienda, tenía doscientos cincuenta rublos menos e iba tan mal vestido
que, al cabo de dos días, su traje pasó a manos de Vasili. Eso constituyó
siempre un recuerdo desagradable para Serioja. Una vez en el hotel, se instaló
en la sala grande, desde donde echó miradas a la de la francesa. Encargó para
almorzar unas cosas tan raras que hasta hizo reír al criado. Pidió una revista
y fingió leer. El mozo, viendo la inexperiencia del joven, se permitió hacerle
algunas preguntas. Serguei exclamó, enrojeciendo:
— i Lárgate!
Su expresión era tan
altiva que el camarero obedeció sin rechistar. Al regresar, sus padres y Sonia
le alabaron mucho el traje.
¿Recuerdas ese
sentimiento de alegría cuando de niño, el día de tu cumpleaños, volvías a casa,
después de haber oído misa, y te encontrabas con visitas y juguetes? La fiesta
se te reflejaba en el traje, en la cara y en el alma. Sabías que aquel día era
excepcional, no había clase y lo festejaban incluso los mayores, estaba lleno
de alegría para todos los de la casa, sabías que eras tú la causa de aquella
solemnidad y cualquier cosa que hicieras, se te perdonaría ; te sorprendía que
la gente de la calle no lo festejase lo mismo que tu familia, que los sonidos
no fuesen más sonoros y los colores más vivos ; en una palabra, que no tuvieran
todos la sensación de que era tu santo. Tal era el estado de ánimo de Piotr
Ivanovich al volver de la iglesia.
Los desvelos de Pajtin
no habían caído en saco roto ; en lugar de juguetes, Piotr Ivanovich halló en
su casa varias tarjetas de visita de destacados moscovitas que en el año 56
consideraban como un deber ineludible dispensar toda clase de atenciones al célebre
desterrado al que tres años atrás no habrían querido ver por nada del mundo.
Chevalier, el portero y
los criados redoblaron su amabilidad aquella mañana a causa de los que llegaban
en coche preguntando por Piotr Ivanovich. Por mucho que haya sufrido en la vida
y por inteligente que sea una persona, no deja de agradarle recibir muestras de
respeto de quien es respetado por todos. Piotr Ivanovich se sintió halagado
cuando Chevalier, haciendo profundas reverencias, le ofreció otro departamento
mejor y cuando vio las tarjetas de ilustres personajes, entre ellos las de
varios condes y la del príncipe D***. Natalia Nikolaievna dijo que no se
recibiría a nadie ; quería ir a ver a María Ivanovna. Labazov se mostró de
acuerdo, a pesar de que le hubiera gustado hablar con algunos de los
visitantes. Pero uno subió antes de aquella prohibición. Era Pajtin. Si le
hubiesen preguntado por qué había vuelto, no habría podido decirlo, no había
ningún motivo, exceptuando que le atraía todo lo nuevo y divertido. Venía a
contemplar a Piotr Ivanovich como a objeto raro. Aparentemente, uno debía
sentirse intimidado yendo a visitar a un desconocido por esa razón. Pero
resultó todo lo contrario. Piotr Ivanovich y sus hijos se turbaron. Natalia
Nikolaievna era demasiado grande dame para turbarse. Nada le hacía
perder la serenidad. La mirada cansada de sus encantadores ojos negros se
detuvo tranquilamente en Pajtin, que tenía un aspecto lozano, alegre y
satisfecho de sí mismo como de costumbre. Recordó que antaño había sido amigo
de Natalia Nikolaievna.
—i Ah!—exclamó esta.
—Bueno, no precisamente
amigo, porque nuestras edades... Pero siempre ha sido usted tan buena para
mí...
***
Pajtin era un antiguo
admirador de Piotr Ivanovich. Conocía a todos sus compañeros. Esperaba poder
ser útil a los recién llegados. Hubiera venido a visitarlos la víspera, pero no
había tenido tiempo ; rogaba que le perdonasen. Tomó asiento y habló durante
largo rato.
—Sí; he observado
muchos cambios en Rusia desde entonces—dijo Piotr Ivanovich, contestando a su
pregunta.
Pajtin acogía cada
palabra que salía de labios de Labazov con una inclinación de cabeza, una
sonrisa o un movimiento que daba a entender que eran palabras memorables.
Natalia Nikolaievpa aprobó esa actitud. Serguei Petrovich parecía temer que el
discurso de su padre no fuese bastante importante para la atención del oyente.
Por el contrario, Sonia sonreía con esa sonrisa imperceptible, llena de
satisfacción, con que solemos sonreír cuando captamos el lado ridículo de la
gente. Se dio cuenta de que no se podía esperar nada bueno de este hombre, que
era bobo, como solían llamar ella y su hermano a un determinado género
de personas. Piotr Ivanovich habló de los enormes cambios que había observado,
cambios que le alegraban grandemente.
La gente, el pueblo, se
ha elevado mucho, no hay comparación ; tiene más conciencia de sus méritos.
Debo confesar que lo que más me interesa y me ha interesado siempre es el
pueblo. Opino que la fuerza de Rusia no está en nosotros, sino en él.
Con la animación que le
era propia, Labazov expuso unas ideas. más o menos originales, acerca de una
serie de problemas importantes. Tendremos ocasión de oírlas ampliamente
desarrolladas. Pajtin, muy satisfecho, se mostró de acuerdo en todo.
—Es preciso que conozca
usted a Aksatov. Si me lo permite, príncipe, se lo presentaré. ¿Sabe que le han
autorizado su publicación? Dicen que mañana saldrá el primer número. He leído
un artículo suyo extraordinario. En general se ha dado un gran paso hacia
adelante.
—Sí; así es—exclamó
Piotr Ivanovich.
Pero, al parecer, no le
interesaban aquellas noticias, ni siquiera sabía los nombres de la gente
que Pajtin nombraba como personas conocidas.
Natalia Nikolaievna
observó, para justificar a su marido, que este recibía las revistas con mucho
retraso.
—Papá, ¿iremos a casa
de la tía? —preguntó Sonia.
—Sí, pero primero hemos
de almorzar. ¿Quiere usted tomar algo?
Como es natural, Pajtin
se negó. Pero Piotr Ivanovich, con la hospitalidad propia de los rusos,
insistió en que comiera y bebiera algo. El, por su parte, tomó una copa de
vodka y un vaso de vino de Burdeos. Pajtin observó que mientras Piotr Ivanovich
escanciaba el vino, su mujer se había vuelto y su hijo lo miraba de un modo
especial.
Después, Piotr
Ivanovich contestó a una serie de preguntas de Pajtin, acerca de la literatura
nueva, las nuevas tendencias políticas, la guerra y la paz (Pajtin tenía el don
de reunir los temas más diversos en una conversación anodina y la hacía
amena) con una profession de foi. Y fuese por el vino o por el tema de
la conversación, el caso es que se exaltó hasta tal punto que le asomaron las
lágrimas a los ojos ; también Pajtin se dejó llevar por el entusiasmo y vertió
unas lágrimas.
Estaba convencido de
que Piotr Ivanovich se hallaba a la cabeza de los hombres de ideas avanzadas y
de que debía nombrársele jefe de todos los partidos. Los ojos del anciano se
encendieron ; creía sinceramente en las afirmaciones de Pajtin y hubiera seguido
hablando mucho. Pero Sonia había instado a su madre a que fuera a llamar a
Piotr Ivanovich. El viejo acababa de escanciar en su copa el vino que quedaba,
pero la muchacha se lo bebió.
—¿Qué has hecho?
—Pardon, papá, es que aún no
había tomado ni una sola gota.
Labazov sonrió.
—Tenemos que ir a casa
de María Ivanovna. Discúlpenos, señor Pajtin—dijo, saliendo con la cabeza
erguida.
En el vestíbulo se
encontraron con un general que venía a visitar a Labazov ; era un antiguo
conocido suyo. Hacía treinta y cinco años que no se habían visto. El general
había perdido todos los dientes y estaba calvo.
—¡Qué bien te
conservas! —exclamó—. Por lo visto, Siberia sienta mejor que San Petersburgo.
¿Es tu hijo? ¡Qué buen mozo! ¿Vendrás mañana a comer a mi casa?
—Sí; con mucho gusto.
En la escalinata se
cruzaron con el célebre Chijaiev, otro antiguo conocido de Piotr Ivanovich.
—¿Cómo se ha enterado
usted de que hemos venido?
—Sería una vergüenza
para Moscú no haberse enterado, y es una vergüenza que no hayamos ido a las
puertas de la ciudad a esperarlo. ¿Dónde comen ustedes? Supongo que en casa de
su hermana María Ivanovna, ¿no es eso? ¡Magnífico! Ya iré yo por allí.
Piotr Ivanovich parecía
un hombre orgulloso, pero solo a los que no sabían ver a través de su aspecto
externo una expresión de bondad y de sensibilidad indescriptibles. En aquel
momento, incluso Natalia Nikolaievna admiró aquella solemnidad. Sonia sonrió
con los ojos.
Llegaron a casa de
María Ivanovna. Era la madrina de Labazov ; una solterona diez años mayor que
él.
Algún día relataré su
historia : diré por qué no se casó y cómo transcurrió su juventud.
Llevaba cuarenta años
en Moscú. Era una mujer de escasa inteligencia. No poseía grandes bienes ni
apreciaba las buenas relaciones. Sin embargo, todo el mundo la respetaba.
Estaba segura de que todos debían hacerlo, y así era en efecto. Algunos jóvenes
liberales de la Universidad no reconocían su poder, pero solo se oponían a ella
en ausencia suya. En cuanto entraba en el salón con sus andares majestuosos,
empezaba, a hablar con aquella severidad que le era peculiar o sonreía con
expresión afectuosa, todos se le sometían. Trataba a los habitantes de Moscú
como a personas de la familia. Entre sus amistades preponderaban los jóvenes y
los hombres inteligentes; no simpatizaba con las mujeres. Vivían a expensas
suyas algunos hombres y mujeres, pertenecientes a ese tipo de personas que,
gracias a nuestra literatura, gozan del desprecio general. Pero ella
consideraba que Skopin, que había perdido todo lo que tenía en el juego, y
Besheva, abandonada por su marido, estaban mejor en su casa, y por eso los
mantenía. Dos intensos sentimientos dominaban su existencia en aquella época.
Piotr Ivanovich era su ídolo. El príncipe Iván, el objeto de su odio. Ignoraba
que Piotr Ivanovich hubiese vuelto. Después de haber oído misa, estaba tomando
el café. Un vicario de Moscú, Besheva y Skopin se hallaban sentados en torno a
la mesa. María Ivanovna les hablaba del joven conde V*** hijo de P. Z***, que
había vuelto de Sebastopol y del que estaba prendada. (Constantemente tenía
alguna pasión.) Aquel día vendría a comer a casa. El vicario se puso en pie
para despedirse. María Ivanovna no lo retuvo. En este sentido era
librepensadora ; practicaba la religión, pero se reía de las señoras que
visitaban a los monjes, y afirmaba sin ambages que los religiosos eran personas
tan pecadoras como los demás, y que uno podía salvarse en el mundo lo mismo que
en un monasterio.
—Por favor, vaya a
decir que no recibo—dijo a la Besheva—. Tengo que escribir a Pierre ; no
comprendo por qué no viene. Natalia Nikoiaievna debe de estar enferma.
María Ivanovna estaba
persuadida de que su cuñada no la quería y era enemiga suya. No podía
perdonarle el no haber sido ella, la hermana de Pierre, quien hubiese
sacrificado su fortuna y se hubiese marchado a Siberia con él. Le dolía que la
hubiesen rechazado cuando quiso hacerlo.
Al cabo de treinta y
cinco años empezaba a creer a su hermano, quien afirmaba que Natalia
Nikolaievna era la mejor esposa del mundo y su ángel guardián ; pero en el
fondo la envidiaba y le parecía que era una mala mujer.
Se levantó, recorrió la
sala y se disponía a dirigirse al despacho cuando asomó por la puerta la cabeza
canosa y el rostro surcado de arrugas de la Besheva ; expresaba alegría y
temor.
—María Ivanovna,
prepárese usted —dijo.
—¿Una carta?
—No. Algo más...
Pero antes que terminara
la frase se oyó desde el vestíbulo una recia voz de hombre.
—¿Dónde está? Vete tú,
Natasha.
—¡Es él!—exclamó María
Ivanovna.
Y se dirigió al
encuentro de su hermano con pasos resueltos. Acogió a los recién llegados como
si los hubiese visto la víspera.
—¿Cuándo llegasteis?
¿Dónde os habéis hospedado? ¿Habéis venido en coche?
Tales fueron las
preguntas de María Ivanovna mientras introducía a los huéspedes en el salón ;
pero no prestó atención a las respuestas ; miraba con los ojos muy abiertos tan
pronto a uno como a otro. La Besheva se sorprendió de esa tranquilidad, que
casi parecía indiferencia, y no la aprobó. Todos sonreían ; María Ivanovna miró
en silencio a su hermano con expresión seria.
—¿Cómo se
encuentra?—preguntó este, tomándola de la mano.
Piotr la llamaba de
"usted"; en cambio ella le tuteaba. María Ivanovna volvió a examinar
la barba canosa, la cabeza calva, los dientes, las arrugas, los ojos y la tez
curtida de su hermano, y lo reconoció todo.
—Esta es mi Sonia.
Pero María Ivanovna no
se volvió. —Qué ton...
Se le quebró la voz.
Asió con sus grandes manos blancas la cabeza de su hermano. Había querido decir
: "Qué tonto eres. ¿Por qué no me has avisado?", pero se le
estremecieron los hombros y el pecho, se le crispó el rostro y empezó a
sollozar, mientras apretaba contra sí la cabeza de Labazov, repitiendo
—Qué ton ...to eres.
¿Por qué no me has avisado?
A Piotr Ivanovich no le
parecía ya ser un hombre tan importante como cuando estaba en la escalinata del
hotel Chevalier. Permanecía sentado en una butaca con la cabeza entre las manos
de su hermana. Tenía la nariz apretada contra el corsé de María Ivanovna, que
le hacía cosquillas, los cabellos revueltos y los ojos llenos de lágrimas, pero
se sentía a gusto. Cuando hubo pasado este arrebato de lágrimas producidas por
la alegría, María Ivanovna comprendió lo que estaba sucediendo y empezó a
examinar a todos detenidamente. En el transcurso del día, cada vez que
recordaba cómo habían sido ella y su hermano y en lo que se habían convertido,
se representaba todas las desgracias, las alegrías y los amores de entonces, y
volvía a repetir : " ¡Qué tonto eres, Pretrusha! ¿Cómo no me has avisado?
¿Por qué no habéis venido directamente a mi casa? Os hubiera alojado aquí. Al
menos, comeréis conmigo. ¿Verdad? No te aburrirás, Serguei. He invitado a comer
a un joven de Sebastopol, un muchacho muy valiente. ¿Conoces al hijo de Nikolai
Mijailovich? Es escritor. Ha escrito algo muy interesante. Yo no lo he leído,
pero todos lo alaban mucho, Es un muchacho muy agradable. Lo invitaré también.
Chijaiev tenía intención de venir. Es un charlatán, no lo quiero. ¿Ha ido a
verte? ¿Has visto a Nikita? Bueno, pero todo eso son tonterías. ¿Qué te
propones hacer? ¿Cómo está usted de salud, Natalia? ¿Qué pensáis hacer con este
joven y con esta linda muchacha?"
Antes de comer, Natalia
Nikolaievna y sus hijos fueron a visitar a una vieja tía. Piotr Ivanovich se
quedó solo con su hermana y empezó a exponer sus planes.
—Sonia es ya una
muchacha y debe empezar a frecuentar la sociedad, de manera que tendréis que
quedaros en Moscú—dijo María Ivanovna.
— ¡Por nada del mundo!
...
—Serioja tiene que
ingresar en el servicio.
— ¡Por nada del mundo!
— Sigues tan loco como
siempre.
Pero, a pesar de todo,
María Ivanovna seguía queriendo igual que antes a ese loco.
—Permaneceremos aquí el
tiempo necesario ; después iremos a la aldea para que nuestros hijos conozcan
aquello.
—Tengo la norma de no
meterme en asuntos familiares y de no dar consejos—replicó María Ivanovna una
vez que se hubo tranquilizado—. Pero te diré que un joven debe hacer el
servicio militar; eso es lo que he pensado siempre y lo que sigo pensando. En
la actualidad estoy más convencida de ello que nunca. No sabes cómo es ahora la
juventud de hoy día. Yo la conozco perfectamente. El hijo del príncipe Dimitri
se ha echado a perder por completo. Sus padres tienen la culpa. A mí no me
asusta nada, soy una vieja, pero eso no está bien.
María Ivanovna empezó a
hablar del Gobierno. Estaba descontenta por la excesiva libertad que reinaba.
—Lo único bueno que han
hecho es haberos puesto en libertad.
Piotr Ivanovich trató
de defender el Gobierno, pero su hermana no era como Pajtin, no era fácil
convencerla. Se acaloró mucho.
—¿Cómo puedes
defenderlo? No creo que seas la persona indicada. Veo que sigues tan loco como
siempre.
Piotr Ivanovich guardó
silencio. Una leve sonrisa dio a entender que no se daba por vencido, pero que
no quería discutir con María Ivanovna.
—¿Sonríes? Ya
comprendo. No quieres discutir conmigo porque soy una mujer—exclamó esta
afectuosamente, mientras miraba a su hermano con una expresión sutil e
inteligente, que no podía esperarse de aquel rostro envejecido—. No me
convencerás, querido. Voy a cumplir setenta años. Y no he vivido como una
tonta, he visto muchas cosas. Nunca me ha dado por leer vuestros libros ni
pienso hacerlo. ¡Dicen tantas tonterías!
—¿Qué le han parecido
mis hijos? ¿Qué piensa de Serioja?—preguntó Piotr Ivanovich con la misma
sonrisa.
—¡Vaya! ¡Vaya!—contestó
María Ivanovna, amenazándole con un gesto—. No desvíes la conversación. Ya
hablaremos de tus hijos. Sigues tan loco como siempre, lo veo por tus ojos.
Ahora te llevarán en hombros, es la moda. Todos vosotros estáis de moda. Sí, veo
por tus ojos que sigues tan loco como antes—repitió al ver la sonrisa de Piotr
Ivanovich—. Te ruego, por los clavos de Cristo. que te alejes de esos liberales
de hoy día. Dios sabe lo que están tramando. Eso tiene que acabar mal. De
momento, el Gobierno se calla, pero al fin tendrá que sacar las uñas ;
recordarás mis palabras. Tengo miedo de que te veas complicado otra vez.
Abandona estas cosas ; son tonterías, créeme. Tienes que pensar en tus hijos.
—Se ve que ya no me
conoce usted, María Ivanovna.
—Bueno, bueno ; ya
veremos si soy la que no te conoce o eres tú mismo quien te desconoces. Me he
limitado a decirte lo que tenía sobre el corazón. Si quieres hacerme caso, me
parecerá bien. Hablemos de Serioja. ¿Qué carácter tiene?
Hubiera querido decir :
"No me ha gustado mucho", pero se limitó a añadir
—Se parece a su madre
como dos gotas de agua. Sonia me ha encantado... Tiene algo tan agradable, tan
abierto, y es tan simpática. ¿Dónde está ahora? ¡Ah! , sí. Se me había
olvidado.
—¿Qué quiere que le
diga? Sonia será una buena esposa y una buena madre, pero mi Serioja es otra
cosa. Es inteligente, muy inteligente, nadie puede negárselo. Ha sido un buen
estudiante. Aunque un poco perezoso. Le gustan las ciencias naturales. Hemos tenido
suerte, tuvo allí un buen profesor. Ahora quiere ingresar en la Universidad ;
le gustaría cursar ciencias naturales, química...
María Ivanovna dejó de
escuchar a su hermano en cuanto este nombró las ciencias naturales, y sobre
todo la química. Era como si se hubiera entristecido de pronto. Suspiró
profundamente y empezó a contestar a sus propios pensamientos, a las ideas que
la invadieron al oír esas palabras.
—¡Sí supieras cuánto
los compadezco, Petrushka!—exclamó con sincera pena—. Tienen toda la vida por
delante. ¡Cuánto han de sufrir aún!
—Esperemos que sean más
felices que nosotros.
—¡Dios lo quiera! ¡Dios
lo quiera!
Qué penosa es la vida!
Debías de hacerme caso, querido, y dejarte de esas cosas. ¡Qué tonto eres,
Petrushka! Pero ¡qué tonto! Y ahora, perdóname. Tengo que ir a dar órdenes. He
invitado a mucha gente. ¿Qué le voy a dar de comer?
Sollozó, volvió la
cabeza y tocó el timbre.
—Que venga Taras—dijo
cuando acudieron a su llamada.
¿Sigue todavía en tu
casa el viejo ese?
—Si; y es un chiquillo
en comparación conmigo.
Taras se mostró
descontento, pero fue a cumplir las órdenes de María Ivanovna.
Poco después entraron
Natalia Nikolaievna y Sonia, produciendo rumor con sus vestidos. Venían
ateridas de frío, pero muy felices. Serioja se había quedado haciendo unas
compras.
Permitidme que la
contemple—exclamó María Ivanovna, cogiendo con ambas manos el rostro de Sonia,
mientras su cuñada contaba dónde habían estado.
(Dedicado
a la Condesa M. N. Tolstoi)
A principios del Siglo
XIX, cuando no había ferrocarriles, carreteras, alumbrado de gas, velas de estearina,
divanes de muelles, ni más muebles que los pintados de laca; cuando no existían
los jóvenes desengañados con monóculo, las mujeres filosófico-liberales ni las
damas de las camelias que tanto abundan en nuestros días; en esa época ingenua
en que, para ir de Moscú a San Petersburgo se utilizaba un carro o un coche de
caballos y se viajaba ocho días con sus respectivas noches por caminos
polvorientos o cubiertos de barro, con toda una provisión de platos caseros;
cuando en las largas veladas de otoño, familias formadas por veinte o treinta
personas se alumbraban con bujías de sebo; cuando se colocaban simétricamente
los muebles; en esa época en que nuestros padres no sólo eran jóvenes, por no
tener arrugas ni cabellos grises, sino porque estaban dispuestos a suicidarse
por una mujer y se precipitaban al extremo opuesto del salón para recoger
pañuelitos, que no siempre caían por casualidad; cuando nuestras madres
llevaban el talle alto y mangas enormes, y resolvían los problemas familiares
echándolos a suerte, y las encantadoras damas de las camelias se ocultaban de
la luz del día; en esa ingenua época de las logias masónicas y de los
martinistas, en los días de los Miloradovich, de los Davydov y de los Puschkin,
en la provinciana ciudad de K*** se celebraba una reunión de propietarios, y
tocaban a su fin las elecciones de los mariscales de la nobleza.
-Es igual, aunque sea
en la sala –exclamó un joven oficial con gorra de húsar y pelliza, que acababa
de apearse de un trineo y había entrado en el mejor hotel de la ciudad de K***.
-Hay una aglomeración
enorme, excelencia –explicó el criado, dando ese tratamiento al húsar, porque
ya se había enterado por su asistente de que era el conde Turbin-. La
propietaria de Afremovo y sus hijas se marcharán esta noche. Así podrá ocupar
la habitación once –añadió, mientras conducía a Turbin pasillo adelante,
volviendo la cabeza sin cesar.
En la sala, ante una
mesita por encima de la cual colgaba un retrato ennegrecido y de cuerpo entero
del zar, había varias personas tomando champaña –sin duda eran nobles del
lugar-; y en torno a otra, algo retirada, un grupo de comerciantes, con
pellizas azules, que estaban de paso en la ciudad.
Después de llamar a
Blucher, un enorme perro gris, el conde se quitó la pelliza, cuyo cuello
estaba aún cubierto de escarcha, quedándose con una guerrera azul. Ordenó que
le sirvieran vodka y, sentándose a la mesa, tomó parte en la conversación de
los señores. Todos se sintieron bien predispuestos hacia el recién llegado, por
su aspecto franco y agradable; y le ofrecieron una copa de champaña. Turbin
apuró la copita de vodka que le habían servido y encargó una botella con objeto
de obsequiar a sus nuevos conocidos. Al cabo de un momento, entró el cochero
para pedir la propina.
-¡Shashka! Dale una
propina –gritó Turbin a su asistente.
El cochero abandonó la
sala, acompañado de Sashka; pero no tardó en volver con unos copecks en
la mano.
-Padrecito, he hecho
todo lo que he podido por servirte. Me prometiste medio rublo éste me da sólo
veinticinco copecks.
-¡Sashka! Dale un rublo
–gritó Turbin.
El asistente bajó la
cabeza y se puso a mirar los pies del cochero.
-Le he dado bastante
–replicó, en voz de bajo, al cabo de un rato-. Además, no me queda más dinero.
Turbin sacó de la
cartera los dos últimos billetes que le quedaban y entregó uno al cochero. Este
le besó la mano y se fue.
-Me ha traído en un
vuelo –dijo Turbin-. Son los últimos cinco rublos que me quedan…
-Procede usted como un
buen húsar –observó, con una sonrisa, uno de los nobles que, a juzgar por su
bigote, su voz y la desenvoltura de sus pies, debía de haber sido militar de
caballería-. ¿Se propone permanecer mucho tiempo aquí, conde?
-Tengo que conseguir
dinero; a no ser por eso me marcharía en seguida. Además, no tienen
habitaciones. ¡Maldita fonda!
-Permítame que le
ofrezca mi cuarto. Es el número siete. Si quiere, puede pasar la noche conmigo.
Debería quedarse un par de días… Esta noche habrá un baile en casa del mariscal
de la nobleza. Me gustaría mucho que asistiera…
-Anímese, conde, y
quédese –intervino otro, un joven apuesto-. ¿Qué prisa tiene por marcharse?
Estas elecciones no volverán a celebrarse hasta dentro de tres años. Es una
ocasión para que conozca a nuestras muchachas.
-Sashka, tráeme ropa
limpia; voy a ir a tomar un baño –exclamó Turbin, levantándose-. Tal vez desde
allí vaya a visitar al mariscal. Ya veré.
Luego llamó al camarero
y le dijo unas palabras. Este respondió con una sonrisa que “todo depende de
las manos que uno tenga”, y se fue.
-Entonces, padrecito, mandaré
que lleven mi maleta a la habitación –gritó Turbin desde la puerta.
-Sí, sí. Esto me
honrará mucho –replicó el de caballería, precipitándose en pos de él-. No
olvide que es el número siete.
Cuando se dejaron de
oír los pasos de Turbin, el de caballería volvió a su sitio. Se sentó junto a
un funcionario y lo miró con ojos risueños, exclamando:
-¡Pero si es él!
-¿Quién?
-El del duelo, el
célebre Turbin. Ha debido de reconocerme. Me apuesto cualquier cosa a que me ha
reconocido. Hemos pasado tres semanas juntos, divirtiéndonos de lo lindo en
Lebedián. Fue en la época en que estuve en la remonta. Allí armamos una buena
entre los dos: por eso ha fingido no conocerme. Es un buen mozo, ¿verdad?
-¡Ya lo creo! ¡Y muy
simpático! –replicó el joven apuesto-. En seguida nos hemos hecho amigos… No
debe de tener más de veinticinco años, ¿verdad?
-Eso es lo que parece;
pero tiene más. ¡Es todo un hombre! ¿Quién raptó a la Migunova? El. El mató a
Sablin y arrojó por la ventana a Matniev. Y él fue quien ganó trescientos mil
rublos en el juego al príncipe Nestierov. ¡Es un auténtico calavera! A nosotros
se nos conoce por la fama que llevamos; pero nadie sabe lo que es un verdadero
húsar. ¡Oh, qué tiempos aquéllos!
Y el oficial de
caballería describió a su interlocutor una orgía que había organizado en
Lebedián en compañía del conde. Pero eso no era verdad, en primer lugar porque
nunca había visto a Turbi -había pedido el retiro dos años antes que éste
ingresara en el servicio-; y, en segundo, porque no había servido jamás en
cuerpo de caballería. Por espacio de cuatro años había sido un modesto junker
en el regimiento de Belev y había pedido el retiro al ascender a alférez. Diez
años atrás, habiendo heredado, había ido a Lebedián, donde había gastado
setecientos rublos en diversiones, en compañía de unos oficiales de la remonta.
Entonces se había hecho un uniforme de ulano, con intención de ingresar en ese
cuerpo. Las tres semanas que pasara en Lebedián quedaron para él como la época
más feliz de su vida. Al principio, su imaginación había transformado su deseo
en realidad, y, después, en recuerdo, y acabó creyendo firmemente que había
sido oficial de caballería. Sin embargo, eso no le impedía ser un hombre digno,
honrado y de buen corazón.
-El que no haya servido
en caballería nunca podrá entendernos –concluyó, con su voz de bajo, sentándose
en una silla a horcajadas y avanzando la mandíbula inferior-. A veces, iba a la
cabeza del escuadrón, montando un caballo que era el mismísimo demonio. Se me
acercaba el comandante que pasaba revista. “Teniente: haga desfilar el
escuadrón. Ya sabe que sin usted no se hace nada”, ¡Ah, qué tiempos aquéllos!
Turbin volvió de la
casa de baños con el rostro muy encendido y el cabello mojado. Entró en la
habitación número siete. Allí lo esperaba el oficial de caballería, en batín,
fumando en pipa, contentísimo con la suerte que la había tocado, la de
compartir su cuarto con célebre húsar.
“¿Y si se le ocurre
desnudarme y llevarme a las afueras de la ciudad para dejarme abandonado en la
nieve? ¿Y si me unta de alquitrán o me…? –se preguntó de pronto-. Pero no, no
haría eso con un compañero.”
-¡Sashka, tienes que
dar de comer a Blucher! –ordenó Turbin.
El criado acudió a la
llamada de su amo; había tomado vodka durante el viaje y estaba algo borracho.
-¡Has bebido, canalla!
Anda, dale de comer al perro.
-No es fácil que se
muera de hambre… ¡Menudo lustre tiene! –replicó el asistente, acariciando al
animal.
-¡No hables más! ¡Haz
lo que te mando!
-Tanta preocupación por
el perro, y luego le reprocha a uno que haya bebido una copita…
-¡Calla o te mato!
–vociferó Turbin, con una voz terrible que hasta vibraron los cristales de las
ventanas y el oficial de caballería se asustó.
-Haría mejor
preguntando si ha comido Sashka. Pero ¡qué le vamos a hacer! Ya se sabe que
aprecia más al perro que a mí – prosiguió el asistente.
Pero, de pronto,
recibió un puñetazo en pleno rostro y cayó al suelo dando con la cabeza contra
la pared. Llevándose una mano a la nariz, salió corriendo de la habitación y se
desplomó en un cofre del pasillo.
-¡Me ha dejado sin
muelas…! –murmuraba, enjugándose con una mano la nariz ensangrentada, mientras
acariciaba con la otra el lomo del perro-. ¡Me ha dejado sin muelas, Bliushka!
Pero, sea como sea, es mi señor y no vacilaría en arrojarme al fuego por él. Es
mi señor… ¿Lo entiendes, Bliushka? ¿Tienes hambre?
Después de permanecer
un ratito echando, Sashka fue a dar de comer al perro. Luego, se dirigió al
cuarto de su amo para ofrecerle té. Casi se le había pasado la borrachera.
-No me ofenda usted
–decía tímidamente el oficial de caballería, en pie ante Turbin, que estaba
tendido en su cama, con los pies sobre la barandilla-. He sido militar y, por
tanto, puede considerarme como compañero suyo. ¿Para qué lo va a pedir por ahí?
Estoy dispuesto a prestarle doscientos rublos. En este momento, sólo dispongo
de ciento; pero hoy mismo le conseguiré el resto. ¡No me ofenda, conde!
-Gracias, padrecito
–replicó Turbin dando un golpecito en un hombre al oficial. Había comprendido
en el acto qué género de relaciones habían de establecerse entre ellos-.
Gracias. En ese caso, iré al baile. ¿Qué hacemos ahora? Dime qué hay de bueno
en la ciudad. ¿Hay muchachas guapas? ¿Quién organiza las fiestas? ¿Quién juega
a las cartas?
El oficial de
caballería dijo a Turbin que muchas jóvenes bonitas asistirían al baile. El más
alegre de todos los de la ciudad era el comisario de policía, Kolkov, al que
acababan de reelegir; pero, aún cuando era un muchacho valiente, no tenía el
arrojo de un húsar. El coro de gitanos de Iliushkin estaba en la ciudad desde
que habían empezado las elecciones; Stioshka cantaba muy bien y todos irían a
su casa después del baile del mariscal.
-Aquí se juega
bastante. Un tal Lujnov, que ha venido de fuera, juega a dinero y, el de la
habitación ocho, Ilin, un corneta del cuerpo de ulanos, pierde cantidades
fabulosas. Juegan todas las noches. Ilin es encantador. ¡Y tan generoso…! Sería
capaz de dar su última camisa.
-Vamos a hacerle una
visita. A ver qué clase de persona es –propuso Turbin.
-Sí, vamos. Se va a
alegrar mucho.
Ilin acababa de
despertarse. La víspera había empezado a jugar a las ocho de la noche y había
estado jugando hasta las once de la mañana, es decir, quince horas seguidas. No
sabía la cantidad exacta porque hacía mucho que había juntado los tres mil
rublos de su propiedad a los quince mil del Tesoro que estaban en su poder y
temía echar las cuentas para que no se confirmaran sus presentimientos, es
decir: que le faltaba una cantidad de lo que no era suyo. Se había quedado
dormido hacia el mediodía con ese sueño pesado con que sólo duermen los jóvenes
después de una pérdida considerable en el juego. Se había despertado a las seis
de la tarde, a la hora en que Turbin llegaba al hotel. Al ver las cartas
esparcidas por el suelo, la tiza y las mesas sucias en el centro de la
habitación, recordó horrorizado la partida de la víspera y la última carta que
le habían matado con quinientos rublos. Sin embargo, sin creer aún en la
realidad, sacó el dinero de debajo de la almohada y empezó a contarlo.
Reconoció algunos billetes que habían pasado de unas manos a otras y recordó el
curso del juego. Le faltaban sus tres mil rublos y dos mil quinientos del
Tesoro.
Esa era la cuarta noche
que había jugado. Venía de Moscú, donde le habían confiado dinero del Tesoro.
En K***, el maestro de postas lo había retenido con el pretexto de no tener
caballos. En realidad, era debido a un trato que tenía con el dueño del hotel;
entretenía a todos los viajeros que pasaban por la ciudad. El ulano era un
muchacho joven y alegre. Sus padres acababan de darle tres mil rublos para su
instalación en el regimiento. Le alegró la idea de pasar unos días en la ciudad
de K***, durante las elecciones, donde esperaba divertirse mucho. Pensaba ir a
ver a un propietario de K*** que conocía para hacer la corte a sus hijas; pero
en eso, el oficial de caballería se presentó en su habitación para trabar
conocimiento con él. Aquella misma noche, sin ningún mal pensamiento, el
oficial de caballería presentó a Iln a Lujnov y a otros jugadores. Desde ese
momento, el ulano había empezado a jugar y no sólo no fue a visitar al
propietario, sino que permaneció cuatro días en su habitación, sin salir para
nada.
Una vez vestido y
después de haber tomado té, se acercó a la ventana. Y sintió deseos de dar un
paseo para ahuyentar sus penosos recuerdos. Se puso el capote y salió a la
calle. El sol se había ocultado ya tras de los edificios blancos de rojos
tejados. Empezaba a oscurecer. El tiempo era suave. Caían copos de nieve húmeda
en la calle cubierta de barro. De pronto, Ilin experimentó una gran tristeza
por haberse pasado durmiendo todo aquel día, que ya tocaba a su fin.
“Nunca volverá ese día
que acaba de transcurrir”, se dijo. “He echado a perder mi juventud”, pensó de
pronto; pero no fue porque lo creyera en realidad, sino porque le había acudido
esta frase a la mente.
“¿Qué hacer ahora?
Tendré que pedir dinero prestado a alguien y marcharme.” Una señora pasó por la
acera junto a él. “Qué mujer más tonta”, se dijo, sin saber por qué. “No tengo
a quien pedir prestado ese dinero. He echado a perder mi juventud.” Llegó al
mercado. Un comerciante, con pelliza de piel de zorro, estaba junto a su tienda
haciendo el artículo de sus mercancías. “Si no hubiese retirado aquel ocho,
habría vuelto a ganar lo que perdí.” Una mendiga viejecita lo siguió
gimoteando. “No tengo a quien pedir dinero”, volvió a decirse Ilin. Pasó un
coche con un señor que llevaba pelliza de piel de oso; más allá, vio a un
guardia. “Si pudiera hacer algo extraordinario. ¿Disparar sobre ellos? No; eso
sería aburrido. He echado a perder mi juventud. ¡Qué colleras tan bonitas han
puesto ahí! ¡Qué bien me vendría ahora una troika! Voy a volver al hotel.
Lujnov no tardará en venir y nos pondremos a jugar.”
Cuando estuvo de
vuelta, echó la cuenta de nuevo. No; no se había equivocado. Faltaban dos mil
quinientos rublos del dinero del Tesoro. “Pondré veinticinco rublos en la
primera… y así hasta siete veces; luego, quince, treinta, sesenta… hasta llegar
a tres mil. Compraré esas colleras y me marcharé. Pero no me dejará ese
bandido… He echado a perder mi juventud.” Tales eran los pensamientos del ulano
cuando Lujnov entró en su cuarto.
-¿Hace mucho que se ha
levantado, Mijail Vasilievich? –le preguntó, mientras se quitaba los lentes de
oro de su fina nariz y se ponía a limpiarlos con un pañuelo de seda rojo.
-No; acabo de
levantarme. He dormido muy bien.
-Acaba de llegar un
húsar. Se ha hospedado en la habitación de Zavalshevsky… ¿Ha oído hablar de él?
-No… ¿no ha llegado
ninguno todavía?
-Creo que han ido a ver
a Priajin. No tardarán en volver.
En efecto, en breve
entraron en el cuarto un oficial de guarnición que acompañaba siempre a Lujnov,
un comerciante de procedencia griega –tenía una enorme nariz aguileña, el color
cetrino, los ojos negros y muy hundidos- y un hombre grueso y fofo, un terrateniente
y fabricante de vodka, que se pasaba las noches enteras jugando. Todos querían
empezar a jugar cuanto antes; pero ninguno mencionó el juego y el que menos
Lujnov, que se puso a hablar tranquilamente del bandidaje de Moscú.
-Es inconcebible que,
nada menos que en Moscú en la capital, deambulen por las noches bandidos
disfrazados de diablos armados de garrotes para asustar al estúpido populacho y
robar a los viajeros. Me interesaría saber qué es lo que hace la Policía.
El ulano había
escuchado con atención esos comentarios pero, sin esperar su final, se puso en
pie y ordenó en voz baja que trajeran las cartas. El propietario grueso fue el
primero en manifestar su deseo.
-Señores ¿a qué perder
un tiempo precioso? ¡Manos a la obra! ¡Manos a la obra!
-Ayer reunió usted una
buena cantidad, de medio en medio rublo. Por eso está deseando jugar –comentó
el griego.
-Tiene razón, es hora
de que empecemos –convino el oficial de guarnición.
Ilin miró a Lujnov.
Tenía los ojos clavados en él y continuaba hablando de los bandidos disfrazados
de demonios.
-¿Quiere empezar a
tallar? –le preguntó el ulano.
-¿No es demasiado
pronto?
-¡Bielov! –llamó Ilin,
quien, sin saber por qué, se había puesto colorado-. Sírvame la comida… Aún no
he probado absolutamente nada, señores… Trae champaña y prepara las cartas.
En aquel momento
entraron el conde Turbin y Zavalshevsky. Casualmente, Ilin y el conde
pertenecían a la misma división. Inmediatamente, se hicieron amigos, brindaron
con champaña y, al cabo de cinco minutos, se tuteaban ya. Sin duda, Ilin había
resultado muy simpático al conde. Sin cesar, lo miraba risueño y le gastaba
bromas.
-¡Qué gallardo es este
ulano! ¡Vaya bigotazos! ¡Vaya bigotazos!
Ilin tenía tan sólo un
ligero bozo blanco por encima del labio superior.
-¿Se disponía a jugar?
¿Verdad? –preguntó Turbin-. Quisiera que ganases, Ilin. Supongo que eres todo
un maestro en el juego –añadió, sonriendo.
-Sí; nos estamos
preparando –contestó Lujnov, mientras rompía una docena de cartas-. ¿Y usted no
juega, conde?
-No; hoy no. Si jugara,
les ganaría a todos. Cuando me pongo, hago saltar cualquier banca. No tengo
dinero para jugar. He perdido todo en la estación de Volochok. Me encontré allí
con un oficial de infantería, un individuo con muchas sortijas. Debía de ser un
estafador. Y me ha despojado por completo.
-¿Estuviste mucho
tiempo allí? –preguntó Ilin.
-Veintidós horas. En mi
vida podré olvidar esa maldita estación. Tampoco me olvidará el maestro de
postas, te lo aseguro.
-¿Por qué?
-Cuando llegué, el
maestro de postas se apresuró a salirme al encuentro. ¡Tenía una cara de
bribón! Me dijo que no tenía caballos. He de advertirte que tengo una costumbre
establecida: si en una estación de postas me dicen que no hay caballos, entro
en la casa con la pelliza puesta y ordeno que abran las ventanas y las puertas
so pretexto de que hay tufo. Así lo hice esta vez también. Supongo que
recuerdas las heladas que hubo el mes pasado, ha llegado a hacer hasta veinte
grados bajo cero. El maestro de postas empezó con disculpas y yo le di un
puñetazo en plena boca. En esto, una vieja y unas mujeres con niños armaron un
gran alboroto y recogieron sus bultos, dispuestas a echar a correr… Me acerqué
a la puerta y dije al maestro de postas: “Si me das caballos, me marcharé en
seguida; pero como no me los des, no dejaré salir a nadie, y todos se helarán!”
-¡Muy bien! Eso es lo
que se suele hacer para que se hielen las cucarachas –exclamó el terrateniente,
echándose a reír.
-Pero, en un descuido,
se me escapó el maestro de postas con las mujeres, quedando en rehenes tan sólo
una vieja. Echada sobre la estufa, rezaba sin dejar de estornudar a cada
momento. Al cabo de un rato, empezamos las negociaciones. El maestro de postas
vino repetidas veces a suplicarme que soltara a la vieja y yo lo amenazaba con
soltar a Blucher. Mi perro ataca admirablemente a los maestros de
postas. A pesar de todo esto, ese miserable no me dio caballos hasta el día
siguiente. Mientras tanto llegó ese oficialillo… Fuimos a una habitación. Muy
condescendientes, los jugadores se pusieron a hacerle fiestas. Era evidente que
deseaban ocuparse en algo bien distinto.
-Señores, ¿por qué no
empiezan a jugar? No quiero molestarlos. ¡Soy tan charlatán! –exclamó Turbin.
Lujnov acercó dos
velas, sacó una gran cartera oscura repleta de dinero, y, como si hiciera algo
sagrado, la abrió lentamente encima de la mesa. Extrajo dos billetes de cien
rublos y los puso debajo de las cartas.
-Ponemos doscientos en
la banca, lo mismo que ayer dijo mientras se arreglaba los lentes y abría un
paquete de cartas.
-Bueno –replicó el
ulano, sin mirarlo, y prosiguió su conversación con Turbin.
Empezaron a jugar.
Lujnov tallaba con exactitud, como una máquina. De cuando en cuando, se
interrumpía y apuntaba algo o, mirando por encima de sus lentes con expresión
severa, decía con voz débil: “Juegue.” El grueso terrateniente hablaba en voz
alta y doblaba las esquinas de las cartas con sus dedos rollizos. El oficial de
guarnición anotaba algo en silencio en el reverso de las cartas, doblando
ligeramente las esquinas debajo de la mesa. Sentado junto al que llevaba la
banca, el griego seguía atentamente el juego con sus negros ojos hundidos como
si esperara algo. En pie, al lado de la mesa, Zavalshevsky empezaba a agitarse
sin más ni más. Sacaba del bolsillo del pantalón un billete de diez o de veinte
rublos, lo colocaba encima de una carta y, dando una palmada, decía: “¡Tráeme
suerte!” Luego, mordisqueándose el bigote, se apoyaba en un pie o en otro y no
cesaba de moverse hasta que saliera la carta. Ilin comía ternera con pepinos
salados. Tenía el plato junto a sí, sobre el diván. Se limpiaba rápidamente las
manos en la guerrera y ponía una carta tras otra. Turbin, que se había sentado
a su lado, no tardó en comprender lo que ocurría. Lujnov no hablaba para nada
con el ulano, ni siquiera lo miraba; pero, a ratos, sus ojos se dirigían un
instante hacia la mano del joven, que no hacía más que perder.
-¡Me gustaría matar
esta carta! –exlamó Lujnov.
Se refería a una carta
del grueso terrateniente, que jugaba poniendo medio rublo.
-¡Mate las de Ilin y
déjeme en paz! –repitió el propietario.
Ilin perdía con más
frecuencia que los otros. Y cada vez rompía con gesto nervioso la carta que
había perdido y elegía otra con manos trémulas. Turbin rogó al griego que le
permitiera sentarse junto al que llevaba la banca. El griego se instaló en otro
sitio. Y el conde siguió con atención las manos de Lujnov.
-¡Ilin no sabe jugar!
–exclamó de pronto.
Había hablado con el
tono de costumbre. Sin embargo, dominó las demás voces, y eso que no había
tenido intención de hacerlo.
-Ya puede jugar como
sea; siempre es lo mismo.
-Permíteme que apunte
por ti.
-No, perdona. Tengo
costumbre de hacerlo yo mismo. Juega por tu cuenta, si quieres.
-He dicho que no voy a
jugar; pero quiero apuntar por ti. Me molesta que pierdas.
-Se ve que ése es mi
destino…
Turbin guardó silencio.
Apoyado en la mesa, siguió mirando con atención las manos de Lujnov.
-¡Malo! -exclamó de
repente.
Lujnov se volvió hacia
él.
-¡Malo! ¡Malo!
–repitió, en voz más alta, mirando a Lujnov a los ojos.
Continuaron jugando.
-¡Ma-a-a-a-lo! –volvió
a decir Turbin, cuando Lujnov mató una carta de Ilin.
-¿Qué es lo que le
disgusta, conde? –preguntó, con aire cortés e indiferente, el de la banca.
-Que le dé a Ilin las
simples y mate las dobles. Esto está mal.
Lujnov se encogió
ligeramente de hombros y continuó jugando.
-¡Blucher! ¡Ven
aquí! –gritó Turbin, poniéndose en pie-. ¡A ese!
En su carrera, el perro
tropezó con el diván y estuvo a punto de derribar al oficial de guarnición.
Cuando estuvo junto a su amo, empezó a aullar, mirando a los presentes y
moviendo el rabo, como si preguntara: “¿Quién es el que arma tanto jaleo?”
Dejando las cartas,
Lujnov se apartó de la mesa.
-¡Así no se puede
jugar! Me desagradan los perros. ¿Cómo va uno a jugar bien con esta jauría?
-Sobre todo, tratándose
de un perro de esa raza; me parece que los llaman sanguijuelas -le apoyó el
oficial de guarnición.
-Bueno, Mijail
Vasilievich ¿jugamos o no jugamos? –preguntó Lujnov.
-Por favor, no nos
molestes, Turbin –rogó el ulano.
-Ven un momento conmigo
–dijo el conde y, tomando del brazo al joven, se lo llevó al pasillo.
Desde allí se oyeron
distintamente sus palabras, a pesar de que hablaba con su voz habitual. Era tan
potente que se le hubiera podido oír desde tres habitaciones más allá.
-¿Te has vuelto loco?
¿Acaso no vez que el de los lentes es un auténtico estafador?
-¡Qué cosas tienes!
¡Calla!
-¡No pienso callarme!
¡Te digo que no juegues más! En cualquier otra ocasión me daría igual que
perdieras; hasta sería capaz de llevarme tu dinero. Pero en este momento, no sé
por qué, me da lástima que te dejes engañar. ¡Con tal que el dinero no del Tesoro!
-¡No! ¿Cómo se te
ocurren esas cosas?
-He recorrido un camino
igual y conozco los procedimientos de los estafadores. Te aseguro que el de los
lentes es un bandido. ¡No juegues más, por favor! Te lo pido como a un
compañero.
-Sólo una partida,
después lo dejaré…
-Sé perfectamente lo
que esto significa; pero bueno, sea.
Volvieron a la mesa de
juego. Ilin puso muchas cartas; y le mataron tantas, que perdió una cantidad
considerable.
-¡Basta! ¡Vámonos!
–exclamó Turbin, poniendo las manos en el centro de la mesa.
-¡Te ruego que me
dejes! –exclamó Ilin irritado, sin mirar al conde; y se puso a barajar las
cartas.
-¡Que te lleve el
diablo! Sigue perdiendo, ya que te gusta. Es hora de que me vaya.
¡Zavalshevsky, vamos a casa del marisca!
Ambos salieron de la
habitación. Todos guardaron silencio y Lujnov no empezó a tallar hasta que
hubieron dejado de oírse sus pasos y el rumor de las patas de Blucher en
el pasillo.
-¡Qué cabezota!
–exclamó el terrateniente, echándose a reír.
-Bueno, ahora no nos va
a molestar ya –susurró, apresuradamente, el oficial de guarnición.
Y el juego prosiguió.
Los músicos, siervos
del mariscal, se hallaban en el comedor, dispuesto para el baile. Al recibir la
señal convenida, empezaron a tocar la antigua pieza polaca Alejandro e
Isabel; y, a la clara luz de las velas de cera, desfilaron por el parquet
de la gran sala el gobernador general, que ostentaba una estrella, dando el
brazo a la esposa del mariscal; éste con la gobernadora, etcétera. Todas las
autoridades de la provincia habían formado parejas, unos con las mujeres de
otros. En aquel momento entró Zavalshevsky con su frac azul de enorme cuello
–dejaba a su paso una estela de perfume de jazmín con el que se había aromado
el bigote, las solapas y el pañuelo-, acompañado del apuesto húsar, que llevaba
pantalón azul claro, muy ceñido, y guerrera bordada en oro, en la que lucían la
cruz de San Vladimiro y una medalla del año 1812. Sin ser alto, Turbin estaba
muy bien constituido. Sus brillantes ojos azules y sus rizados cabellos, de un
rubio oscuro, imprimían un carácter interesante a su belleza.
En el baile esperaban
al conde, porque el joven apuesto con quien se encontrara en la sala del hotel
había anunciado su visita al mariscal. La impresión que causó esta noticia no
fue demasiado agradable. “A lo mejor nos pone en ridículo este chiquillo”, se
dijeron las viejas y los hombres. “Tal vez nos rapte”, pensaron las mujeres
jóvenes y las muchachas.
En cuanto terminó la
pieza polaca y, tras de saludarse mutuamente, las parejas se separaron,
reuniéndose de nuevo las mujeres con las mujeres y los hombres con los hombres.
Zavalshevsky presentó al conde a la dueña de la casa. Temiendo que el húsar
hiciera algo inconveniente en presencia de todos, la mujer del mariscal se
volvió con gesto despectivo, diciendo:
-Me alegro mucho de
conocerlo; espero que bailará a gusto.
Y lo miró con una
expresión de desconfianza que parecía significar: “Si ofendes a una mujer, es
que eres un verdadero canalla.”
Pero el conde no tardó
en vencer esa prevención, gracias a su amabilidad, su condescendencia y su
agradable aspecto. Al cabo de cinco minutos, la expresión de la mujer del
mariscal parecía decir a los circunstantes: “Sé perfectamente cómo hay que
proceder con estos caballeros. Este ha comprendido al punto con quién con quién
trata. Se pasará la velada entera prodigándose amabilidades.” El gobernador de
la provincia, que había conocido al padre de Turbin, se acercó a éste y lo
llevó aparte, para charlar un rato. Esto tranquilizó por completo aquella
sociedad provinciana, elevando en su opinión al conde. Zavalshevsky le presentó
a su hermana, una viudita joven y gruesa que, desde el momento en que llegara
Turbin, no le quitó de encima sus grandes ojos negros. Turbin la invitó a
bailar un vals. Su arte en el baile venció definitivamente la prevención
general.
-¡Es un verdadero
maestro! –exclamó una propietaria gruesa, siguiendo con la vista las piernas de
Turbin, enfundadas en el pantalón azul, mientras contaba mentalmente: “Uno,
dos, tres; uno, dos, tres…”-. ¡Un verdadero maestro!
-¡Qué bien baila!
–comentó una señora de fuera, a la que consideraban poco distinguida en la
sociedad provinciana-. ¿Cómo no se enganchará con las espuelas? ¡Es
sorprendente! ¡Qué habilidad!
El conde eclipsó a los
tres mejores bailarines de la provincia; al rubio ayudante del gobernador, que
se destacaba por bailar muy de prisa y porque sujetaba a la dama cerca de sí; a
un militar de caballería, célebre porque se balanceaba de un modo gracioso al
bailar el vals y porque daba ligeros golpecitos con el tacón, y a otro
caballero del que se decía que no era muy inteligente; pero, en cambio, un
perfecto bailarín, el “alma” de todos los bailes. En efecto, este caballero
invitaba, desde el principio hasta el fin de la velada, a todas las damas por
el orden en que estaban sentadas. No dejaba de bailar un momento; sólo se
detenía de cuando en cuando, para enjugarse el rostro con un pañuelo de
batista.
Turbin había eclipsado
a todos y había invitado a bailar a las tres damas más importantes; a la alta,
una mujer rica, bella y estúpida; a la mediana, una joven delgada, no demasiado
bella, pero muy elegante; y a la bajita, que era fea e inteligente. También
bailó con otras damas con todas las guapas que eran numerosas.
Pero la que más le
gustó fue la viudita, la hermana de Zavalshevsky. Bailó con ella una mazurca,
una escocesa y una cuadrilla. Cuando se sentaron, le dijo una serie de
cumplidos; la comparó a Venus, a Diana, a una rosa y a otra flor. La viudita se
limitaba a curvar su blanco cuello y, bajando los ojos, ora se miraba el
vestido blanco de gasa, ora cambiaba el abanico de una mano a otra. Y decía:
“Basta, conde, no bromee.” Su voz, ligeramente gutural, sonaba con tal
ingenuidad que uno pensaría verdaderamente que no era una mujer, sino una flor
silvestre, pomposa, sin perfume, blanca y rosada, que hubiese surgido en una
montaña de nieve virginal, en alguna tierra lejana.
Era tan extraña la
impresión que producía al conde esa mezcla de ingenuidad y de ausencia de
convencionalismos en la belleza de la viudita que, varias veces, al contemplar
sus ojos y las bellas líneas de sus brazos y su cuello, sintió grandes deseos
de abrazarla y de cubrirla de besos; y tuvo que hacer un esfuerzo para
contenerse. La viudita estaba satisfecha de la impresión que había producido.
Pero había algo especial en el trato que le dispensaba el conde que le dio
miedo y la llenó de inquietud, a pesar de que él no podía ser más respetuoso.
Su amabilidad hasta parecía afectada para las ideas que se tienen ahora. Se
apresuraba a traerle refrescos, recogía su pañuelito y una vez incluso arrebató
una silla de manos de un joven propietario escrofuloso, que había querido
servir a la dama, con el objeto de dársela más de prisa.
Pero, al darse cuenta
de que la amabilidad mundana de aquella época no producía gran efecto en su
dama, el húsar procuró hacerle reír contándole cosas divertidas. Le aseguró
que, si se lo ordenaba, se pondría de cabeza, cantaría o se tiraría a un
agujero hecho en un río helado. Y esto tuvo buen éxito. Animada, la viudita se
echó a reír a carcajadas, mostrando sus magníficos dientes blancos. Estaba muy
satisfecha de su caballero. Ella, por su parte, gustaba más por momentos a
Turbin; y, hacia el final de la cuadrilla, él estaba sinceramente enamorado.
Cuando se acercó a la
hermana de Zavelshevsky su antiguo adorador, el hijo del propietario más rico
de la provincia, el joven escrofuloso de dieciocho años a quien Turbin
arrebatara la silla, ella lo acogió fríamente y no mostró ni la décima parte de
la turbación que mostrara al hablar con el conde.
-¡Hay que ver cómo es
usted! –exclamó, siguiendo con la vista la espalda de Turbin. Pensaba cuántos arshines
de galón de oro se habían necesitado para bordar su guerrera-. ¡Hay que ver
cómo es! Me prometió que vendría para llevarme de paseo y que me traería
bombones…
-Fui a buscarla, Ana
Fiodorovna; pero se había marchado ya. Le dejé unos bombones magníficos
–replicó el joven, que, a pesar de su gran estatura, tenía una vocecita muy
fina.
-Siempre encuentra
alguna disculpa. No necesito para nada sus bombones. No vaya a creer…
-Ana Fiodorovna; veo
que ha cambiado mucho con respecto a mí, y sé cuál es el motivo. Eso no está
bien –dijo el joven; pero no acabó la frase, presa de una intensa agitación,
que le hizo temblar los labios de un modo extraño.
La viudita no lo escuchaba,
seguía atentamente con los ojos a Turbin.
El mariscal, un viejo
desdentado, enormemente grueso, se acercó al húsar y, cogiéndole del brazo, le
invitó a su despacho a fumar un cigarrillo y a beber una copa. En cuanto Turbin
hubo salido, Ana Fiodorovna juzgó que no tenía nada que hacer en la sala. Se
dirigió al tocador del brazo de su amiga, una muchacha delgada, de cierta edad.
-¿Es simpático? –le
preguntó ésta.
-Sí; pero es terrible
su insistencia –dijo Ana Fiodorovna, mientras se acercaba al espejo.
Su semblante
resplandeció, sonrieron sus ojos y hasta se cubrió de rubor. De pronto,
imitando a las bailarinas que habían venido durante las elecciones, giró sobre
un pie; y, echándose a reír, con su risa gutural que no dejaba de ser
agradable, dio un brinco.
-Figúrate que ha
llegado a pedirme algo de recuerdo, pero no le dará na-a-a-da –añadió,
canturreando la última palabra, mientras alzaba un dedo de su mano, que la
llevaba enguantada hasta el codo.
En el despacho del
mariscal, había vodka de distintas clases, licores, champaña y entremeses.
Envueltos en humo de tabaco, los nobles hacían comentarios acerca de las
elecciones, sentados en grupos o paseándose.
-Cuando la nobleza de
nuestra provincia lo ha honrado eligiéndolo… -decía el comisario de Policía,
que estaba algo bebido- no ha debido faltar a la sociedad. No ha debido
hacerlo…
La llegada del conde
interrumpió la conversación. Todos lo saludaron. El comisario de Policía le
estrechó la mano con gran efusión, instándole a que fuera con él y con sus
amigos, después del baile, a la nueva posada, donde iba a obsequiar a los
nobles, y donde cantarían los gitanos. Turbin prometió que iría sin falta, y
bebió con él varias copas de champaña.
-¿Por qué no bailan
ustedes, señores? –preguntó, disponiéndose a salir del despacho.
-No somos bailarines
–contestó el comisario de Policía, echándose a reír-. Tenemos más afición al
vino… Por otra parte, he visto crecer a todas estas señoritas. Claro que eso no
me impide bailar una escocesa de cuando en cuando…
-Pues bailemos un poco
antes de ir a escuchar a los gitanos –propuso Turbin.
-Bueno, vámonos,
señores. Vamos a divertir al dueño de la casa.
Tres caballeros de
rostros colorados, que habían estado bebiendo en el despacho desde que
comenzara el baile, se pusieron guantes negros y se disponían a dirigirse a la
sala acompañados de Turbin, cuando de pronto apareció el joven escrofuloso.
Pálido y sin poder contener las lágrimas, retuvo al húsar.
-¡Se imagina que por
ser conde puede dar codazos como en un mercado! –exclamó fuera de sí-. Es una
falta de educación…
De nuevo empezaron a
temblarle los labios y tuvo que interrumpir aquel torrente de palabras.
-¿Qué le pasa?
–vociferó Turbin, poniéndose serio-. ¿Qué le pasa? ¡Es usted un chiquillo!
¿Quiere batirse? ¡Estoy a su disposición! –añadió, asiéndole de las manos y
apretándoselas con fuerza.
El joven sintió que se
le agolpaba la sangre a la cabeza, y no tanto por la ira como por el miedo.
Apenas Turbin hubo
soltado al joven, dos nobles lo arrastraron hacia la puerta, cogiéndolo por
debajo de los brazos.
-¿Se ha vuelto loco? ¿O
es que ha bebido? Habrá que decírselo a su padre. ¿Qué le pasa? –le dijeron.
-No; no he bebido. Ha
sido él quien me ha empujado y ni siquiera se disculpa… Es un cerdo… -gimoteó
el muchacho, que se había echado a llorar.
Sin hacer caso de lo
que sucedía lo llevaron a su casa.
-¡Cálmese, conde!
–reconvinieron a Turbin el comisario de Policía y Zavalshevsky-. Es un niño.
Aún lo azotan. Tiene dieciséis años. ¿Qué le habrá ocurrido? ¿Qué mosca la
habrá picado? Su padre es un hombre muy respetable… Es uno de los candidatos.
-Bueno; que se lo lleve
el diablo si no quiere…
Turbin volvió a la sala
y, lo mismo que antes, se puso a bailar alegremente con la linda viudita. Rió
de buena gana de los pasos que hacían los caballeros que habían venido con él
del despacho y prorrumpió en una sonora carcajada cuando el comisario de Policía
se escurrió, cayéndose cuan largo era en medio de los que bailaban.
Mientras Turbin había
estado en el despacho, Ana Fiodorovna, simulando no se sabe por qué, que el
conde no le interesaba, preguntó a su hermano:
-¿Quién es ese húsar
que ha bailado conmigo?
Zavalshevsky le explicó
que era un personaje muy importante y dejó caer, como el que no quiere la cosa,
que se había quedado en la ciudad porque le habían robado el dinero durante el
viaje. Dijo que habíale prestado cien rublos, pero que necesitaba más, y
preguntó a Ana Fiodoroovna si podía dejarle otros doscientos, pero le rogó que
no se lo dijera a nadie. La viudita dijo que se los mandaría aquel mismo día y
prometió guardar el secreto. Sin embargo, mientras bailaba una escocesa con
Turbin, sintió grandes deseos de ofrecerle ella en persona el dinero que
necesitaba. Vaciló bastante rato; pero, por fin, haciendo un esfuerzo, abordó
el asunto de la manera siguiente:
-Me ha dicho mi hermano
que ha tenido usted un percance por el camino y que se encuentra sin dinero. Si
necesita, ¿quiere aceptarme algo, conde? Me alegraría mucho poder servirle.
Apenas hubo pronunciado
estas palabras, se ruborizó, asustada. La alegría de Turbin desapareció en el
acto.
-¡Su hermano es un
estúpido! –exclamó con brusquedad-. Cuando un hombre ofende a otro, se baten en
duelo; pero cuando se trata de una mujer, ¿qué se debe hacer?
El cuello y las orejas
de la pobre Ana Fiodorovna enrojecieron a causa de su turbación. Bajó la cabeza
sin proferir palabra.
-A una mujer, se la
besa en presencia de todos –susurró el conde inclinándose hacia su oído-.
Permítame que, al menos, le bese la mano –dijo después de un silencio
prolongado, compadeciéndose de su dama, al verla tan alterada.
-¡Pero no ahora!
–pronunció Ana Fiodorovna, con un profundo suspiro.
-¿Cuándo, pues? Me voy
mañana muy temprano… Y eso, me lo debe usted.
-En tal caso, no podrá
ser.
-Permítame que la vea
hoy para besarle la mano. Yo buscaré la oportunidad.
-¿Cómo?
-Eso no le incumbe. Soy
capaz de lo que sea, con tal de verla… ¿Accede?
-Sí.
Al terminar la
escocesa, bailaron una mazurca, durante la cual el conde realizó prodigios,
pillando pañuelos, poniéndose en una rodilla y juntando las espuelas al estilo
varsoviano, de manera que hasta los viejos abandonaron el juego para presenciar
el baile, y el mejor danzarín de la ciudad no pudo por menos de reconocer que
le había superado. Después de cenar bailaron un Gross Vater y los
invitados empezaron a despedirse. El conde no quitaba la vista de la viudita.
No había exagerado al decir que estaba dispuesto a arrojarse por ella a un
agujero hecho en un río helado. Fuese por amor, capricho o cabezonada, el caso
es que sus fuerzas anímicas estaban concentradas en un solo deseo: verla y
amarla. Al observar que Ana Fiodorovna empezaba a despedirse de la dueña de la
casa, se precipitó a la habitación de los criados y, desde allí, sin ponerse
siquiera la pelliza, salió a la calle, y se acercó a la fila de los vehículos
estacionados.
-¡El coche de Ana
Fiodorovna Zaitsova! –gritó.
Un alto carruaje de
cuatro plazas se puso en marcha, en dirección al la entrada de la casa.
-¡Para! –ordenó Turbin
al cochero y corrió hacia el coche, hundiéndose en la nieve hasta las rodillas.
-¿Qué desea? –preguntó
aquél sin detenerse.
-¡Espera, que voy a
subir! –replicó Turbin, abriendo la portezuela-. ¡Te digo que pares!
¡Condenado! ¡Majadero!
-¡Para, Vaska! –gritó
el cochero, dirigiéndose al postillón, y detuvo a los caballos-. ¿Por qué
quiere subir a este coche? Es de Ana Fiodorovna…
-¡Calla, estúpido! Toma
un rublo, baja y cierra la portezuela –ordenó el conde.
Como el cochero no le
hiciera caso, Turbin mismo recogió el estribo y cerró la portezuela, sacando la
mano por la ventanilla.
Lo mismo que en todos
los carruajes viejos, sobre todo en los adornados de pasamanería amarilla, en
el interior olía a podrido y a cuerdas quemadas. Turbin tenía las piernas
empapadas dentro de las finas botas, y el cuerpo aterido. El cochero empezó a
refunfuñar desde el pescante; sin duda se disponía a apearse. Pero Turbin no
oía ni sentía nada. Le ardía la cara y le latía el corazón. Se agarró
convulsivamente a la correa amarilla y, asomándose a una de las ventanillas
laterales, esperó. La espera no fue larga. Se oyó gritar desde la escalinata:
“El coche de la señora Zatsova.” El cochero tiró de las riendas. El coche se
balanceó sobre los altos muelles y las ventanas iluminadas de la casa pasaron
corriendo una tras otra ante la ventanilla.
-¡Como le digas al
lacayo que estoy aquí, te mataré, bandido! En cambio, si me guardas el secreto,
te daré diez rublos –dijo Turbin, asomándose a la ventanilla de delante.
Apenas le dio tiempo de
cerrarla, sintió una fuerte sacudida y el coche se detuvo.
Turbin se agazapó en un
rincón. Tenía tanto miedo de echar a perder las cosas que hasta contuvo el
aliento y cerró los ojos. Se abrieron las portezuelas y el estribo cayó con
gran estrépito. Se percibió el rumor de un vestido femenino, penetró un perfume
de jazmín, subieron unos piececitos ligeros y Ana Fiodorovna, enganchando los
bajos de su capa en los pies del conde, se dejó caer en el asiento, respirando
fatigosamente.
Nadie hubiera podido
decir, ni siquiera ella misma, si había visto o no al conde. Cuando él le tomó
la mano, diciendo: “Por fin puedo besarla”, casi no se mostró asustada. No dijo
nada, abandonándole la mano que Turbin cubrió de besos. El coche partió.
-Dime algo. ¿Estás
enfadada? –murmuraba Turbin.
Ana Fiodorovna se
retiró silenciosamente a un rincón del coche. De pronto, sin saber por qué, se
echó a llorar, apoyando la cabeza en el pecho de Turbin.
El comisario de Policía
reelegido con su tertulia, el oficial de caballería y otros nobles, llevaban ya
bastante rato escuchando cantar a los gitanos en la nueva posada, cuando llegó
Turbin. Venía con una pelliza de piel de oso, forrada de paño azul, que había
pertenecido al difunto marido de Ana Fiodorovna.
-¡Padrecito! ¡Le
esperábamos con impaciencia! –le dijo un gitano bizco, pelinegro, cuyos dientes
eran de un blanco deslumbrador, saliendo a recibirle a la escalinata y
desviviéndose por ayudarle a quitarse la pelliza-. No le hemos vuelto a ver
desde que estuvimos en Lebedián… Stioshka le ha echado de menos.
Stioshka, una gitana
jovencita de tez cobriza, profundos y brillantes ojos negros de largas pestañas
y mejillas color rojo ladrillo, se precipitó a saludar a Turbin.
-¡Oh! ¡Conde! ¡Cuánto
me alegra verle! –exclamó, risueña.
También Iliushka salió
al encuentro de Turbin y fingió alegrarse mucho de verle. Los presentes,
incluso las viejas, se pusieron en pie para rodear al recién llegado. Turbin
dio un beso en los labios a las gitanas jóvenes; las viejas y los hombres lo
besaron en el hombro y en la mano. Los nobles manifestaron gran contento al
verlo aparecer, porque la orgía, que había llegado a su apogeo, empezaba a
decaer. Todos comenzaban a experimentar hastío: el vino había perdido ya el
poder de excitar los nervios y sólo producía molestias en el estómago. Todos
habían agotado su caudal de energías: todos se habían examinado unos a otros, y
se había terminado el repertorio de canciones, dejando una impresión de ruido y
desenfreno. Ya podía uno hacer la cosa más rara del mundo: a nadie le parecía
interesante ni divertido. El comisario de Policía, tendido en una postura
indecorosa a los pies de una vieja, empezó a agitar los pies y a gritar:
-¡Champaña!...
¡Champaña!... Prepararé el baño de champaña para bañarme… ¡Señores, me gusta la
distinguida sociedad de la nobleza!... ¡Stioshka, cante El senderito!
El oficial de
caballería estaba también borracho; pero le había dado por otra cosa. Se
hallaba sentado en el diván, muy arrimado a Liubasha, una hermosa gitana. Abría
y cerraba los ojos sin cesar, a causa de la borrachera, movía la cabeza y
repetía las mismas palabras: suplicaba a la muchacha que huyese con él.
Liubasha lo escuchaba, risueña, como si le hiciera mucha gracia lo que le
decía; pero, al mismo tiempo, lanzaba miradas un tanto tristes a su marido,
Sashka, el bizco, que se hallaba frente a ella. Y, como respuesta a las
declaraciones de amor del oficial, le decía al oído que le comprara cintas y
perfumes sin que se enterase nadie.
-¡Hurra! –gritó el
oficial cuando entró Turbin.
El joven apuesto
paseaba por la habitación con pasos firmes y expresión preocupada, canturreando
una melodía de El rapto del desarrollo.
Un viejo padre de
familia, que había ido a escuchar a las gitanas, gracias a los insistentes
ruegos de los señores de la nobleza –le habían dicho que sin él se echaría a
perder la fiesta- se hallaba tendido en un diván, en el que se había dejado
caer cuando llegó, sin que nadie le hiciera caso.
Sentado en la mesa, con
los pies puestos encima, un funcionario, en mangas de camisa, se desmelenaba
los cabellos para demostrar que se divertía mucho. Al ver a Turbin, se
desabrochó el cuello de la camisa y subió aún más las piernas. En una palabra
con la llegada del conde, la orgía se animó.
Las gitanas, que se
habían dispersado por la estancia, volvieron a sentarse en corro. El conde
instaló en sus rodillas a Stioshka, la solista; y ordenó que sirvieran
champaña.
Iliushka se colocó
junto a Stioshka, con la guitarra en las manos, y empezó el baile, es decir, se
dio comienzo a las canciones gitanas: Cuando voy por la calle, Los húsares,
Escucha y entiéndeme… y otras por el orden establecido. Stioshka cantaba
muy bien. Su sonora voz de contralto que brotaba del pecho, sus sonrisas, sus
ojos de expresión apasionada, su piececito, que se movía llevando el compás,
los gritos salvajes que lanzaba al entrar el coro, todo esto hacía vibrar una
cuerda sensible que rara vez se conmueve. Era evidente que Stioshka vivía lo
que cantaba. Iliushka la acompañaba con la guitarra, expresando su
compenetración por medio de sonrisas, movimientos de espalda y de pies, y con
todo su ser. Tenía la mirada clavada en Stioshka, como si oyera por primera vez
esas canciones, y llevaba el compás con expresión atenta y preocupada. Al dar
la última nota, se erguía; y, como si creyese estar por encima de todo el
mundo, daba la vuelta a la guitarra con gesto altivo, sacudía la cabellera y se
volvía hacia el coro, con el ceño fruncido. Luego, empezaba a bailar, y
enteramente parecía que bailaban todas las fibras de su cuerpo, desde la cabeza
hasta la planta de los pies… Veinte voces potentes y enérgicas cantaban de la
manera más asombrosa. Las gitanas viejas daban saltitos en las sillas, agitaban
pañuelos y, mostrando sus dientes, lanzaban gritos al compás de la canción. Los
bajos, en pie tras de las sillas, emitían sus voces graves, con las cabezas
inclinadas y los cuellos en tensión.
Cuando Stioshka daba
una nota aguda, Iliushka se acercaba más a ella con la guitarra, y el joven
apuesto exclamaba entusiasmado que cantaba “con bemoles”.
Empezaron a ejecutar
una pieza bailable. Moviendo los brazos y el pecho, Duniashka evolucionó ante
Turbin, que se levantó de un salto, se quitó la guerrera y, quedando en mangas
de camisa, se puso a dar vueltas al compás de la música. Realizó unos pasos tan
complicados, que los gitanos se miraron sonriendo con aprobación.
El comisario de Policía
se sentó al estilo turco; y, dándose un golpe en el pecho, gritó: “¡Viva!”
Después, asiendo a Turbin por un pie, le dijo que, de sus dos mil rublos, le
quedaban quinientos y que podía hacer lo que quisiera, siempre que se lo permitiera
el conde. El padre de familia, que se había despertado, quiso marcharse; pero
no lo dejaron. El joven apuesto suplicaba a una gitana que bailara un vals con
él. Deseoso de hacer alarde de su amistad con Turbin, el oficial de caballería
se levantó y fue a abrazarlo.
-Querido amigo, ¿por
qué te fuiste y nos abandonaste? ¿Eh?
El conde guardaba
silencio, sin duda pensando en otra cosa.
-¿Dónde has estado?
¡Eres un bribón! Yo sé adónde has ido…
A Turbin le
desagradaron estas muestras de intimidad. Muy serio, miró en silencio al rostro
de Zavalshevsky; y, de pronto, le espetó una injuria espantosa. El otro no supo
si debía tomarla como ofensa o como broma. Optó por lo último; y, siempre
risueño, volvió junto a su gitana para asegurarle que se casaría con ella
después de Pascua.
Cantaron otra canción y
luego volvieron a bailar. Todos encontraban aquello muy divertido. El champaña
no se agotaba. Turbin bebió mucho. Sus ojos se cubrieron de un velo húmedo,
pero se mantenía firme sobre las piernas; bailaba mejor que antes, hablaba con
sensatez e incluso cantó con el coro. En medio de aquella orgía, el dueño de la
fonda rogó a los asistentes que se fueran, pues eran cerca de las tres.
Agarrándolo por el
cuello, Turbin le ordenó que bailara en cuclillas. Como el dueño se negara, lo
puso de cabeza en el suelo, mandó que lo sujetaran y, ante la risa general,
vació lentamente encima de él una botella de champaña.
Amanecía. Excluyendo al
conde, todos estaban pálidos y agotados.
-¡Ya es hora de que me
vaya a Moscú! –exclamó Turbin, levantándose-. Venid conmigo muchachos. Me
acompañaréis… y tomaremos té.
Todos accedieron, salvo
el propietario, que se quedó en la fonda, dormido. Apretándose unos contra
otros, se instalaron en los tres trineos que esperaban junto a la entrada, y
partieron al hotel.
-¡Que preparen el
coche! –gritó Turbin al entrar en la sala del hotel, acompañado de sus
invitados y de los gitanos-. ¡Sashka! No llamo al gitano, sino a mi criado. Di
al maestro de postas que lo mataré si son malos los caballos. ¡Tráenos té!
Zavalshevsky, ocúpate de servirlo, mientras entro al ver cómo está Ilin
–añadió, saliendo al pasillo.
Hacía un momento que
Ilin había terminado de jugar y había perdido hasta el último céntimo. Tendido
boca abajo en un diván rojo, arrancaba las crines, que mordiscaba y escupía
Sobre la mesita de juego, cubierta de cartas, ardían dos velas de sebo, una de
las cuales se estaba consumiendo, y su débil luz se confundía con la del
amanecer, que se filtraba por las ventanas. El ulano no pensaba en nada. La
pasión del juego provocaba en él una especie de niebla que velaba sus
capacidades anímicas; ni siquiera estaba arrepentido. Había hecho un esfuerzo
para reflexionar sobre su situación. ¿Cómo se iría de allí sin un céntimo?
¿Cómo pagaría los quince mil rublos del Tesoro? ¿Qué diría al comandante del
regimiento, a su madre y a sus compañeros? Sintió que lo invadía un terror tal
y una repulsión tan grande hacia sí mismo que, para distraerse, se levantó y
empezó a recorrer la habitación procurando pisar sólo las rendijas del
entarimado. Recordó los detalles más insignificantes que habían tenido lugar
durante el juego: se había imaginado que iba a recuperar su dinero cuando puso
el rey de piques contra dos mil rublos; pero surgió una dama y un as y… todo se
echó a perder. De haber salido un seis a la derecha y un rey a la izquierda,
habría ganado y habría vuelto a jugar, ganando otros quince mil rublos. En este
caso, hubiera comprado un caballo de los del comandante del regimiento, un
coche con un par de caballos y ¿qué más? ¡Qué bien, si hubiera ganado!
Volvió a echarse en el
diván y se puso a mordisquear las crines.
“¿Por qué cantarán en
la habitación siete? –se preguntó- ¡Ah! Sin duda, Turbin está divirtiéndose.
Estoy por ir allí a emborracharme.”
En aquel momento,
Turbin entró en la habitación del ulano.
-¿Qué hay, amigo? ¿Has
perdido?
“Fingiré dormir. De
otro modo, tendré que hablar con él, y la verdad es que tengo sueño”, se dijo
Ilin.
-Dime, amigo, ¿has
perdido? –insistió el conde, acercándose y acariciando la cabeza del joven.
Pero éste no contestó.
Entonces, Turbin lo zarandeó por un brazo.
-¡Pues sí, he perdido!
¿Y a ti qué te importa? –murmuró Ilin, al fin, con voz adormilada e
indiferente, sin cambiar de postura.
-¿Todo?
-Sí. Lo he perdido
todo. No tiene nada de particular. Eso no te incumbe.
-Escúchame, Ilin. Dime
la verdad como a un compañero –instó el conde, que seguía acariciando la cabeza
de su amigo. El vino lo había predispuesto a la ternura-. Te he tomado afecto.
Dime la verdad. Si has perdido dinero del Tesoro, te ayudará. No vaya a ser que
luego sea demasiado tarde… ¿Tenías dinero del Tesoro?
Ilin se levantó de un
salto.
-Ya que me obligas a
ello, te diré que me dejes en paz, porque… Te ruego que no te metas en lo que
no te importa… La única solución que me queda es pegarme un tiro –exclamó con
acento desesperado; y, cayendo de bruces, se deshizo en lágrimas, pese a que sólo
un momento antes pensara tranquilamente en comprarse un caballo.
-¡Enteramente una
damisela! ¿Quién no ha pasado por un trance así? Esto tiene remedio. Espérame
–dijo el conde, abandonando la estancia.
-¿La habitación del
comerciante Lujnov? –preguntó a un camarero y entró en ella, a pesar de que su criado
le advirtiera que el señor iba a acostarse.
Lujnov estaba en bata.
Sentado junto a la mesa contaba un fajo de billetes ante una botella de vino
del Rin, al que era muy aficionado. Se había permitido ese lujo gracias a que
acababa de ganar en el juego. Miró a Turbin a través de sus lentes con expresión
fría y severa, como si no lo reconociera.
-Me parece que no me
reconoce usted –dijo éste, mientras se acercaba a la mesa con pasos resueltos.
-¿Qué desea? –preguntó
Lujnov, reconociendo a Turbin.
-Quiero jugar una
partidita con usted –replicó el conde, sentándose en el diván.
-¿Ahora?
-Sí.
-En otra ocasión, con
mucho gusto; pero ahora estoy cansado. Me disponía a echar un sueñecito.
¿Quiere tomar una copa? Este vino es excelente.
-Lo que quiero es
jugar.
-No tengo intención de
jugar más por hoy. Tal vez encuentre a alguien que quiera jugar con usted; yo
no estoy dispuesto. Le ruego que me perdone.
-Entonces, ¿no accede?
Con movimiento de
hombros, Lujnov expresó que sentía no poder satisfacer el deseo del conde.
-¿No accede por nada
del mundo?
Lujnov volvió a hacer
el mismo gesto.
Reinó un silencio.
-¿Qué? ¿Se decide?
–preguntó de nuevo el conde.
Reinó otro silencio.
Lujnov echó una mirada por encima de sus lentes al rostro de Turbin, que
empezaba a fruncir el ceño.
-¿Va a jugar? ¿Sí o no?
–gritó éste, con voz sonora, al tiempo que daba un puñetazo tan fuerte en la
mesa que cayó la botella, derramándose el vino-. ¡Ha hecho trampa! ¿Accede a
jugar conmigo? Se lo pregunto por centésima vez.
-Le he dicho que no,
conde. Es extraño su proceder. Además, es incorrecto ponerle a una persona el
puñal en el pecho –arguyó Lujnov, sin levantar la vista.
A estas palabras siguió
un breve silencio, durante el cual sintió un terrible golpe en la cabeza. Al
desplomarse sobre el diván, se esforzó en coger el dinero de la mesa y empezó a
gritar desaforadamente. Nadie hubiera podido esperar que fuese capaz de gritar
así ese hombre sereno y grave. Turbin recogió el dinero que quedaba y, tras de
empujar al criado que había acudido para auxiliar a su amo, abandonó la
estancia con pasos rápidos.
-Si quiere una
satisfacción, estoy dispuesto a dársela. Estaré en mi cuarto media hora
–exclamó, volviendo a la puerta.
-¡Bandido! ¡Ladrón!
–gritó una voz desde dentro-. ¡Mandaré que lo detengan!
Ilin no había creído en
la promesas del conde. Siguió echado en el diván, ahogado por lágrimas de
desesperación. Pese a los sentimientos, ideas y recuerdos que embargaban su
alma y pese a la ternura y la compasión que le mostrara el conde, estaba
consciente de la realidad. Ya no le quedaba esperanza alguna. Lo había perdido
todo: el honor, el respeto de la sociedad y la ilusión por el amor y la
amistad. El manantial de sus lágrimas empezaba a agotarse y se iba apoderando
de él con mayor fuerza una sensación de tranquilidad. La idea del suicidio, que
ya no despertaba en él horror ni repulsión, acudíale cada vez más a menudo. En
aquel momento, oyó los firmes pasos de Turbin. Su rostro conservaba aún huellas
de ira y le temblaban ligeramente las manos; pero sus bondadosos ojos
resplandecían de satisfacción y alegría.
-¡Toma! Los he
recuperado jugando –exclamó, mientras echaba varios fajos de billetes en la
mesa-. Cuéntalos, a ver si están todos. Ven a la sala; pero no tardes, porque
me voy en seguida –añadió, como sin darse cuenta de la terrible agitación,
causada por la alegría y el agradecimiento, que expresó el semblante del ulano.
Y abandonó la estancia,
silbando la melodía de una canción gitana.
Sashka, que se había
ceñido con su cinturón, anunció que los caballos estaban dispuestos. Pero
quería ir a toda costa a recoger la pelliza del conde, que había costado
trescientos rublos, y devolver la pelliza azul, que no valía nada, al canalla
que se había atrevido a cambiarla por la de su amo. Turbin dijo que no había
necesidad de hacerlo y entró en su cuarto para cambiarse de ropa.
El oficial de
caballería hipaba, sentado al lado de una gitana. El comisario de Policía había
ordenado que sirvieran vodka y había invitado a los presentas a desayunar a su
casa, prometiendo que su mujer en persona bailaría con las gitanas. El joven
apuesto explicaba a Iliushka con toda seriedad que el piano es un instrumento
que tiene alma y que, en cambio, en la guitarra no se “pueden dar los bemoles”.
El funcionario tomaba té en actitud tristona en un rincón de la estancia. A la
luz del día parecía avergonzarse de su libertinaje. Los gitanos discutían en su
lengua; algunos insistían en divertir a los señores, a lo que se oponía
Stioshka, diciendo que el barorai (en lengua gitana, conde, príncipe o,
con más exactitud, gran señor) estaba enfadado. Empezaba a extinguirse la
última chispa de la orgía.
-¡Venga una canción de
despedida! Después, cada cual se irá a su casa –exclamó el conde, entrando en
la sala. Venía lozano, alegre y más apuesto que nunca, con su indumentaria de
viaje.
Los gitanos se
disponían a empezar a cantar cuando entró Ilin con un fajo de billetes en la
mano, y llamó al conde.
-Yo tenía quince mil
rublos del Tesoro, y me has dado dieciséis mil trescientos, de manera que éstos
son tuyos –dijo.
-Está bien, dámelos.
Mientras Ilin tendía el
dinero a Turbin, lo miró tímidamente, abriendo la boca para decir algo; pero se
cubrió de rubor hasta el punto de que se le saltaron las lágrimas. Se limitó a
apoderarse de la mano de Turbin y estrechársela con fuerza.
-¡Déjame! Oye,
Iliushka, te doy ese dinero; pero has de acompañarme cantando hasta las puertas
de la ciudad.
Al decir esto, Turbin
arrojó sobre la guitarra los mil trescientos rublos. En cambio, se olvidó de
devolver al oficial de caballería los cien que éste le diera la víspera.
Eran ya las diez de la
mañana. El sol se había remontado por encima de los tejados. Deshelaba. Hacía
un rato que habían abierto las tiendas; se veía bastante gente por las calles;
algunas señoras deambulaban por el mercado, y pasaban coches con nobles y funcionarios,
cuando los gitanos, el comisario, el oficial, el joven apuesto, Ilin y el
conde, con la pelliza de piel de oso, salieron a la escalinata del hotel. Tres
trineos se acercaron a la entrada. Los caballos de cortas colas atadas
chapoteaban en el barro líquido. Y todos, muy alegres, empezaron a acomodarse.
El conde, Ilin, Stioshka, Iliushka y Sashka, el asistente, ocuparon el primer
trineo. Fuera de sí, Blucher movía el rabo, ladrando al caballo de
varas. Los demás se instalaron en los dos trineos siguientes, acompañados
también de gitanos de uno y otro sexo. En cuanto arrancaron, los tres vehículos
se pusieron al mismo nivel y los gitanos entonaron una canción.
De esta suerte
atravesaron la ciudad, hasta llegar a sus puertas, obligando a apartarse hacia
las aceras a todos los coches con que se cruzaban.
Los transeúntes, sobre
todo los que los conocían, se sorprendieron mucho al ver esos nobles que iban
por las calles de la ciudad en pleno día, cantando en compañía de unos gitanos
borrachos.
En las puertas de la
ciudad, los trineos se detuvieron y todos empezaron a despedirse del conde.
Ilin había bebido mucho
en la despedida. De pronto, le dio lástima de que se fuera el conde y le rogó
que se quedara un día más. Al convencerse de que no conseguía nada, se puso a
besarlo con lágrimas en los ojos. Le dijo que, en cuanto llegara, pediría que
lo trasladaran al cuerpo de húsares, al regimiento en que servía él. Turbin
estaba particularmente alegre; dio un empujón al oficial de caballería, que
desde aquella mañana se había decidido a tutearle, y lo tiró a la nieve; azuzó
a Blucher contra el comisario de Policía y cogió en brazos a Stioshka
como para llevársela a Moscú. Finalmente, montó al trineo y obligó al perro a
que se sentara a su lado, a pesar del empeño que tenía de permanecer en pie.
Tras de pedir al
oficial de caballería que recogiera la pelliza de su amo y se la enviase,
Sashka subió al pescante. El conde gritó: “¡Vámonos!” Luego, se quitó la gorra
y, agitándola por encima de la cabeza, silbó a los caballos igual que un
cochero. Los trineos se pusieron en marcha.
Delante, en la lejanía,
veíase una llanura uniforme cubierta de nieve por la cual serpenteaba el camino
formando una línea de un amarillento sucio. Los rayos del sol jugueteaban sobre
la nieve helada y transparente que empezaba a derretirse y calentaba de un modo
agradable. Los sudorosos caballos despedían vaho. Sonaban los cascabeles. Un mujik,
que llevaba una carga en un pequeño trineo, corría chapoteando con los pies
calzados con lapti por la nieve deshelada. Al cruzarse con el trineo de
Turbin, se apartó presuroso, tirando de las riendas. Luego seguía otro trineo.
Venía en él una campesina gruesa y coloradota, con una criatura en el regazo, a
la que había envuelto en su propia pelliza de piel de cordero. Fustigaba a su
rocín blanco de sedosa cola con las puntas de las riendas. De pronto, el conde
recordó a Ana Fiodorovna.
-¡Volvamos! –gritó al
cochero.
Este no comprendió.
-¡Volvamos a la ciudad!
¡Rápido! –repitió Turbin.
El trineo franqueó de
nuevo las puertas de la ciudad y no tardó en detenerse ante la casa de la
señora Zaitsova. El conde subió presurosamente la escalera y cruzó el vestíbulo
y el salón. La viudita estaba durmiendo. Turbin la cogió en brazos, la incorporó
y, después de cubrir de besos sus ojos adormilados, se fue corriendo. Ana
Fiodorovna se preguntó entre sueños: “¿Qué ha sucedido?”, mientras Turbin
montaba en el trineo y ordenaba al cochero que se pusiera en marcha. Esta vez
abandonó la ciudad de K*** para siempre, sin acordarse más de la viudita, de
Lujnov, ni de Stioshka. Pensaba en lo que le esperaría en Moscú.
Han transcurrido
aproximadamente veinte años. Mucha agua ha corrido desde entonces; han muerto
muchas personas; muchas otras han nacido; muchas han llegado a mayores y muchas
han envejecido. Pero han sido aún más numerosas las ideas que han nacido y han muerto;
han desaparecido muchas cosas malas y buenas de los tiempos antiguos y han
aparecido muchas nuevas y magníficas.
Hacía tiempo que el
conde Turbin había muerto en un duelo con un extranjero, al que había azotado
con la fusta en plena calle. Su hijo, que se parecía a él como se parecen dos
gotas de agua, era ya un oficial de caballería de veintitrés años. Sus cualidades
morales eran muy diferentes a las de su padre. No tenía la menor sombra de las
inclinaciones turbulentas, pasionales y, a decir verdad, depravadas de la
pasada generación. Sus rasgos características eran la inteligencia, la cultura,
el talento y, junto con eso, el buen sentido y la previsión. Estaba haciendo
una carrera brillante: a los veintitrés años era ya teniente. Al empezar las
operaciones militares, creyendo que para ascender era más ventajoso pasar al
ejército activo, había ingresado en un regimiento de húsares con el grado de
capitán, en donde no tardaron en ponerle al mando de un escuadrón.
En el mes de mayo de
1848, el regimiento de húsares de S*** iba de expedición. Pasó por la provincia
de K*** y el escuadrón que mandaba el joven conde Turbin tuvo que pernoctar en
Morozovka, la aldea de Ana Fiodorovna. Esta vivía aún, pero ya ni ella misma se
consideraba joven, lo cual significa mucho para una mujer. Había engordado
mucho y, aunque se suele decir que eso rejuvenece, sus profundas arrugas eran
muy patentes. Ya no iba a la ciudad e incluso le costaba trabajo montar en
coche. Pero seguía siendo tan bondadosa y tan poco inteligente como antes, lo
que se podía reconocer ya, pues no lo compensaba con su belleza. Vivía con su
hija Liza, una bella campesinota de veintitrés años, y con su hermano, el
oficial de caballería a quien conocemos. Debido a su buen corazón, éste había
despilfarrado todos sus bienes, y, al llegar a viejo, se había refugiado en
casa de Ana Fiodorovna. Tenía los cabellos canosos y el labio superior caído;
pero eso no le impedía teñirse el bigote. Tenía la frente, las mejillas y hasta
la nariz y el cuello surcados de arrugas y se le había encorvado la espalda;
mas, a pesar de esto, sus débiles piernas adoptaban posturas de oficial de
caballería veterano.
La familia se hallaba
reunida en el pequeño salón de la vieja casita, cuyo balcón y ventanas abiertas
daban al antiguo jardín de tilos, plantados en forma de estrella. Ana
Fiodorovna, con una toquilla de color lila echada por los hombros, estaba
sentada en el diván ante una mesa de caoba ovalada, haciendo solitarios. Su
hermano llevaba unos pantalones blancos impecables y una levita azul. Sentado
junto a la ventana, hacía una cadeneta de algodón blanco, labor que le había
enseñado su sobrina y que le gustaba mucho. Ya no podía trabajar y sus ojos
eran demasiado débiles para los periódicos. Pimochka, una niña recogida por Ana
Fiodorovna, estudiaba sus deberes bajo la dirección de Liza, que hacía unas
medias de lana para su lío.
Como siempre en esta
época, el sol poniente arrojaba, a través de la alameda de tilos, sus oblicuos
rayos sobre la última ventana y sobre la estantería colocada junto a ella.
Reinaba un silencio absoluto tanto en el jardín como en el salón; podía oírse el
rumor de las alas de una golondrina junto a las ventanas, los débiles suspiros
de Ana Fiodorovna y los gemidos del anciano cuando se ponía una pierna sobre la
otra.
-¿Cómo es esto,
Lizanka? Siempre se me olvida –dijo de pronto Ana Fiodorovna, interrumpiendo
los solitarios.
Sin dejar la labor de
las manos, Liza se acercó a su madre.
-Te has confundido,
querida mamá –exclamó, cambiando las cartas de sitio-. Debías haberlas puesto
así. Pero no te preocupes; de todas formas se cumplirá lo que has pensado
–añadió mientras quitaba una carta con disimulo.
-Siempre me engañas…
-Nada de eso. Te
aseguro que se cumplirá. Ha salido bien.
-Bueno, bueno,
zalamera. ¿No es hora de tomar el té?
-Ya he mandado que
preparen el samovar. Voy a ver. ¿Lo sirvo aquí…? Pimochka, termina
pronto tus deberes para que vayamos acorrer un poco.
Tras de decir esto,
Liza abandonó la estancia.
-¡Lizochka! ¡Lizochka!
–exclamó el tío mirando fijamente su labor-. Me parece que me vuelto a
equivocar. Haz el favor de ayudarme, querida.
-Ahora voy, ahora voy.
Sólo voy a sacar el azúcar para que lo partan.
Al cabo de tres minutos
aproximadamente, la muchacha entró corriendo en la habitación y, acercándose a
su tío, le tiró de una oreja.
-¡Ahí tienes! ¡Para que
no vuelvas a equivocarte! –dijo, echándose a reír.
-¡Basta! ¡Basta!
Arréglame esto, por favor. Aquí se ha hecho un nudito.
Liza cogió su labor, se
quitó un alfiler de la mantilla que un soplo de aire agitó ligeramente y, tras
de coger un punto caído, se la devolvió a su tío.
-Ahora, dame un beso
por haberlo hecho –dijo presentando al viejo una de sus coloradas mejillas,
mientras clavaba el alfiler en la mantilla-. Hoy, por ser viernes, te daré el
té con ron.
Luego, la muchacha se
dirigió a la salita donde solían tomar el té.
-Tío, ven a ver. Por
ahí pasan unos húsares –se oyó que decía desde allí con su voz sonora.
Para ver a los húsares,
Ana Fiodorovna y su hermano entraron en la salita, cuyas ventanas daban a la
aldea. Pero no se los veía bien; tan sólo se divisaba, a través de una nube de
polvo que avanzaba, una muchedumbre.
-Es lástima, hermana,
que estemos tan estrechos aquí y que no esté acabado el pabellón. Hubiéramos
podido invitar a los oficiales. Los húsares suelen ser simpáticos y alegres;
así, al menos, podríamos verlos de cerca.
-Me encantaría
invitarlos, pero ya sabes que no disponemos más que del dormitorio, del salón y
de esta salita, en que duermes tú. ¿Dónde los íbamos a instalar? Mijail
Matvejev ha preparado con este objeto la isba del starosta. Dice
que está muy limpia.
-Tendríamos que buscar
entre los húsares un novio para ti, Lizochka –declaró el viejo.
-No; prefiero a un
ulano. Tú has servido en el cuerpo de ulanos, ¿verdad, tío?... No tengo ningún
interés en conocer a esos húsares. Dicen que son unos calaveras.
Al decir esto, Liza se
ruborizó ligeramente, y volvió a echarse a reír con su risa sonora.
-Ahí viene Ustiushka.
Vamos a preguntarle qué ha visto –dijo.
Ana Fiodorovna mandó
que llamaran a la muchacha.
-¡No piensas más que en
zafarte del trabajo! ¿Quién te manda correr a mirar a los soldados? Por cierto,
¿dónde se han alojado los oficiales?
-En casa de Eremkin,
señora. Hay dos muy guapos; dicen que uno es conde.
-¿Cómo se apellida?
-Creo que Kazarov o
Turbinov… No recuerdo bien.
-¡Qué tonta eres! Al
menos debías haberte enterado de su apellido.
-Voy a preguntárselo,
si quiere.
-¡Sí, eso es! ¡Siempre
estás dispuesta a estas cosas! No; es mejor que vaya Danilo. Hermano, mándale
que pregunte a los oficiales si necesitan algo. Debemos ser amables. Puede
decirles que lo manda su señora.
Los dos hermanos se
sentaron ante la mesita del té, mientras Liza se dirigía a la habitación de las
criadas para guardar el azúcar partido. Ustiushka estaba allí haciendo
comentarios sobre los húsares.
-Señorita ¡si supiera
usted lo guapo que es el conde! ¡Enteramente un querubín! ¡Qué buena pareja
haría usted con él!
Las demás sirvientas
sonrieron con expresión aprobadora; la vieja niñera, que hacía calceta junto a
la ventana, lanzó un suspiro y musitó una oración.
-¡Vaya! Veo que te han
gustado los húsares. Además, cuentas las cosas con tanta gracia… Bueno, ahora
haz el favor de traer unas botellas de mors (refresco de zumo de bayas)
para que los obsequiemos.
Al decir esto, Liza
salió de la habitación con el azucarero en la mano.
“Me gustaría ver a este
húsar. ¿Será rubio o moreno? –pensó-. Me figuro que a él también le agradaría
conocerme. Y, sin embargo, pasará por aquí sin saber siquiera que he pensado en
él. ¡A cuántos les habrá sucedido lo mismo! Nadie repara en mí, excepto el tío
y Utioshka. ¡Es inútil que me cambie de peinado o de vestido; nadie se fija en
mi persona!” Suspiró, mirándose las blancas manos. “Debe de ser alto, de ojos
grandes y, sin duda, tiene un bigotito negro. ¡Pensar que he cumplido ya
veintitrés años y que nade se ha enamorado de mí, salvo Iván Ipatievich, el que
la cara picada de viruelas! Y eso que hace cuatro años era más bonita que
ahora. Así es como se pasa mi juventud, sin ser una alegría para nadie. ¡Soy
una muchacha pueblerina muy desgraciada!”
La voz de la madre, que
la llamaba para que sirviera el té, sacó a la muchacha pueblerina de este sueño
momentáneo.
Las mejores cosas
suceden siempre por casualidad, pues, cuanto más se esfuerza uno, menos éxito
tiene. Es poco frecuente que la gente de las aldeas se preocupe de dar
educación a los hijos y por eso mismo, la mayoría de las veces, suele ser
magnífica. Tal era el caso de Liza. Debido a su inteligencia limitada y a su
carácter despreocupado, Ana Fiodorovna no le había dado una educación esmerada.
No le había enseñado música, ni tampoco el útil idioma francés. Cuando tuvo de
su marido a esa criatura sana y bonita, la puso en manos de una nodriza. Más
adelante, se preocupaba de que le dieran de comer, de que la vistieran con
trajecitos de percal y zapatos de cabritilla, de que la llevaran a pasear y a
coger setas y bayas, y de que un seminarista la enseñara a leer, a escribir y a
hacer cuentas. Al cabo de dieciséis años, se dio cuenta de que tenía en Liza un
ama de casa dispuesta, bondadosa y alegre. Ana Fiodorovna solía tener siempre a
alguna criatura recogida, bien de sus siervos, bien de las abandonadas. Desde
los diez años, Liza había empezado a ocuparse de ellas; les enseñaba las
primeras letras, las vestía, las llevaba a la iglesia y las reprendía cuando
hacían travesuras. Luego, se había presentado su achacoso tío, a quien había
tenido que cuidar como a un niño; también atendía a los criados y a los
campesinos, que acudían pidiendo remedios contra sus enfermedades, los curaba
con saúco, menta y alcohol alcanforado. Más adelante, tuvo también que gobernar
la casa.
Su necesidad de amar
insatisfecha sólo hallaba eco en la naturaleza y en la religión. Y Liza llegó a
ser, por casualidad, una mujer activa, bondadosa, alegre, independiente, pura y
profundamente religiosa. Bien es verdad que, a veces, sufría por pequeñas
vanidades como, por ejemplo, al ver en la iglesia que sus vecinas llevaban
sombreritos a la moda, traídos de la ciudad de K***, y otras veces, los
caprichos de su vieja y malhumorada madre la indignaban hasta el punto de que
se le saltaran las lágrimas; algunos días soñaba con el amor en la forma más
absurda y quizá trivial; pero su actividad, que había llegado a ser necesaria
para ella, disipaba estos sueños. Por tanto, a los veintidós años, el alma de
aquella muchacha, cuya belleza física y moral estaba en su apogeo, no tenía
mácula ni la atormentaba ningún remordimiento. Era de mediana estatura y más
bien gruesa; tenía los ojos castaños y no muy grandes, leves ojeras y una larga
trenza rubia. Andaba a grandes pasos, balanceándose un poco. Cuando estaba entretenida
en algo, nada la alteraba; la expresión de su rostro parecía decir: “Qué a
gusto y qué bien vive el que tiene a quien amar y la conciencia tranquila.”
Pero hasta en los momentos de pena, turbación o intranquilidad, su corazón
bueno y recto –que no había echado a perder la inteligencia- se reflejaba a
través de sus lágrimas, tanto en su ceño fruncido, como en las comisuras de sus
labios crispados, en los hoyitos de sus mejillas o en sus ojos brillantes.
A pesar de que el sol
declinaba ya, aún hacía calor cuando los húsares entraron en Morozovka. Delante
del escuadrón, por una polvorienta calle de la aldea, corría una vaca que se
había quedado rezagada del rebaño. De cuando, volvía la cabeza y se detenía
mugiendo, sin que se le ocurriera que no tenía más que apartarse. A ambos lados
de la calle, se agolpaban campesinos viejos, mujeres, niños y criados para ver
pasar a los húsares. Estos cabalgaban envueltos en una densa nube de polvo. A
la derecha, venían dos oficiales montando hermosos caballos negros. Eran el
comandante Turbin y un muchacho muy joven, apellidado Polozov, que había sido
promovido recientemente de junker a oficial.
De una de las mejores isbas
de la aldea salió un soldado y, quitándose la gorra, se acercó a los oficiales.
-¿Dónde nos han
preparado alojamiento? –preguntó el conde.
-¿Para su excelencia?
–murmuró el soldado, estremeciéndose-. Pues aquí, en casa del starosta.
La han limpiado adrede. Pedí que lo alojaran en la casa de los señores, pero
dicen que no pueden. ¡La dueña tiene un genio…!
-Está bien –replicó
Turbin descabalgando y estirando las piernas ante la isba del starosta-.
¿Ha llegado mi coche?
-Sí, excelencia
–contestó el húsar, señalando con la gorra un vehículo que estaba junto a la
verja.
Luego, se dirigió
corriendo al zaguán de la isba. Allí se había reunido la familia del starosta
en pleno para ver al oficial. Al ir a abrir la puerta, el soldado tropezó con
una viejecita, que se apartaba para dejar paso al conde.
La casa era bastante
amplia. Pero la limpieza dejaba algo que desear. El criado del conde, un alemán
que vestía como un señor, había hecho ya la cama y estaba sacando la ropa de la
maleta.
-¡Qué porquería de
casa! –exclamó Turbin, indignado-. Diadenko, ¿es posible que no se haya podido
encontrar alojamiento en casa de algún propietario?
-Si lo ordena su
excelencia, echaré a alguno de su propia casa. Pero no le parecerá mejor que
esta isba.
-Ya no merece la pena.
Bueno, puedes retirarte.
Turbin se echó en la
cama, poniendo las manos debajo de la cabeza.
-¡Johan, has vuelto a
dejar un bulto en medio del colchón! –gritó al criado-. ¿Será posible que no
sepas hacer una cama?
El alemán se acercó
disponiéndose a enmendar su falta.
-No; ahora ya déjalo…
¿Dónde está mi bata?
Cuando Johan se la dio,
antes de ponérsela, Turbin miró los bajos.
-¡Me lo figuraba! No me
limpiaste las manchas. ¡Jamás he conocido a nadie que sirva peor que tú!
–exclamó-. Quisiera saber si lo haces adrede… ¿Has preparado el té?
-No he tenido tiempo
–replicó Johan.
-¡Majadero!
Después de esto, el
conde cogió una novela francesa y leyó durante un rato. Mientras tanto, Johan
fue al zaguán a encender el samovar. Turbin se encontraba de mal humor,
porque estaba cansado y sucio, porque tenía el estómago vacío y porque le
oprimía el uniforme.
-¡Johan, dame la cuenta
de los diez rublos! -volvió a gritar al cabo de un rato-. ¿Qué has comprado en
la ciudad?
Al examinar la cuenta,
Turbin expresó mal humor porque lo que había comprado el criado era muy caro.
-Sírveme el té con ron.
-No he comprado ron
–replicó Johan.
-¿Cuántas veces te he
dicho que quiero tener ron en casa?
-No me alcanzó el
dinero.
-¿Por qué no lo ha
comprado Polozov? Podías haberle pedido dinero a su criado.
-¿Se refiere al
corneta? Ha comprado té y azúcar.
-¡Animal!... ¡Lárgate!
Me haces perder los estribos… Ya saber que tengo costumbre de tomar el té con
ron cuando estamos de expedición.
-Aquí tiene dos cartas
del cuartel general.
Sin levantarse, el
conde abrió las cartas y empezó a leerlas. En aquel momento entró en la
estancia, resplandeciente de alegría, el corneta que había ido a acompañar el
escuadrón.
-¿Qué hay, Turbin?
Parece que estás muy bien aquí. Confieso que me encuentro cansado. Ha hecho
calor.
-Sí. ¡Muy bien! ¡En
esta casucha maloliente! Y, por si fuera poco, por tu culpa, no tenemos ron. Tu
estúpido criado no lo compró, ni el mío tampoco. Podías habérselo dicho.
Tras de decir esto,
Turbin siguió leyendo. Cuando hubo terminado la primera carta, la arrugó y la
tiró al suelo.
-¿Por qué no has
comprado ron? -preguntó el corneta en voz baja a su criado, saliendo al
zaguán-. Tenías dinero.
-¿Y a santo de qué
vamos a comprarlo nosotros? Yo no hago más que gastar, mientras el alemán fuma
que te fuma.
Sin duda la segunda
carta no era desagradable porque el conde la leyó risueño.
-¿De quién es? -pregunto
Polozov, que había vuelto a la habitación y se preparaba un lecho sobre unas
tablas al lado de la estufa.
-Minna –contestó el
conde jovialmente, tendiéndole la misiva- ¿Quieres leerla? ¡Es una mujer
encantadora!... Te aseguro que vale mucho más que nuestras señoritas… ¡Fíjate
cuánto sentimiento y cuánta inteligencia hay en esta carta!... Lo malo es que
me pide dinero.
-Eso no está bien,
desde luego –convino el corneta.
-Te advierto que se lo
prometí. Como siga al mando del escuadrón otros tres meses, se lo mandaré. No
me da lástima. Es encantadora… ¿Verdad? -dijo, con una sonrisa, al tiempo que
observaba la expresión de Polozov.
-Tiene muchas faltas de
ortografía; pero es una carta simpática. Parece que esa mujer te quiere
–contestó el corneta.
-¡Hum! ¡Claro! ¡Claro!
Esas son las únicas mujeres que aman de verdad cuando se enamoran.
-¿De quién es la otra
carta? -preguntó el corneta, devolviéndole a Turbin la que acababa de leer.
-De… un señor, de un
sinvergüenza a quien debo dinero que me ha ganado jugando a las cartas. Es la
tercera vez que me lo recuerda… No puedo devolvérselo ahora… ¡Es absurdo lo que
me dice! -exclamó Turbin, disgustado.
Después de esta
conversación, los dos oficiales permanecieron callados. El corneta, que sin
duda se hallaba bajo la influencia del conde tomaba el té en silencio, mirando
de tarde en tarde su apuesta figura. Turbin tenía los ojos fijos en la ventana.
No se decidía a empezar a hablar.
-Sería magnífico que
este año hubiese una nueva promoción -dijo de pronto, volviéndose hacia Polozov
y sacudiendo jovialmente la cabeza-. Además, si tomamos parte en alguna
campaña, tal vez podría adelantar a los capitanes de caballería de la Guardia.
La conversación giraba
aún sobre este tema, mientras tomaban el segundo vaso de té, cuando entró el
viejo Danilo para transmitir la orden de Ana Fiodorovna.
-También me ha mandado
que le pregunte si es usted hijo del conde Fiodor
Ivanovich Turbin
–añadió el criado, de su propia cosecha, al oír el apellido del oficial, pues
aún recordaba la llegada del difunto conde a la ciudad de K***-. Mi señora y el
conde fueron muy amigos.
-Sí, era mi padre. Di a
tu señora que le estoy muy agradecido y que no necesito nada. Lo que sí
quisiera es que me procurara una habitación más limpia que ésta en su casa o en
cualquier otro sitio.
-¿Por qué has pedido
otro cuarto? –preguntó Polozov cuando Danilo hubo salido-. ¿Acaso no da igual
pasar una noche aquí? ¿Para qué molestar a esa señora?
-Me parece que ya está
bien. Hemos tenido que alojarnos en auténticas cuadras no pocas veces… Bien se
ve que no eres un hombre práctico. ¿Por qué no aprovechar esta ocasión para
pasar una noche como personas? En lo que a ella respecta, se alegrará Sólo una
cosa me desagrada, y es que esa señora haya conocido a mi padre; siempre tengo
que avergonzarme de él; siempre hay por medio alguna aventura escandalosa o
alguna deuda-, continuó Turbin con una sonrisa que dejó al descubierto sus
dientes, de un blanco deslumbrador-. Por eso no soporto el trato con personas
que lo conocieron. Pero, por otra parte, así era aquella época- añadió en tono
serio.
-¡Ah! Se me olvidó
decirte que me encontré con el comandante Ilin –dijo Polozov-. Tiene muchos
deseos de verte; quería muchísimo a tu padre.
-Me parece que es un
gran bribón. Lo más grande es que estos señores, que para adularme aseguran
haber conocido a mi padre, se figuran que cuentan cosas agradables, cuando, en
realidad, da vergüenza escuchar sus relatos. Era un hombre demasiado impetuoso
(no me apasiono y considero las cosas desde un punto de vista imparcial) y a
veces hacía cosas que no estaban bien. Por otra parte, todo depende de la época
en que se vive. En nuestros días, hubiera sido sin duda un hombre juicioso,
porque (hay que ser justos) estaba muy bien dotado.
Al cabo de un cuarto de
hora volvió Danilo. Su señora rogaba a los húsares que fuesen a pasar la noche
en su casa.
Cuando supo que el
oficial de húsares era hijo del conde Fiodor Ivanovich Turbin, Ana Fiodorovna
empezó a ajetrearse.
-¡Señor! ¡Señor! ¡Pobrecillo…!
Danilo, corre a decirle que lo invito a pasar la noche –exclamó, levantándose
bruscamente. Y se dirigió con pasos rápidos a la habitación de las criadas-.
¡Lizanka! ¡Ustiushka! Hay que preparar tu habitación, Liza. Te trasladarás a la
del tío, y tú, hermano, irás al salón. Una noche se pasa como sea.
-No me importa, me
acostaré en el suelo.
-Si se parece a su
padre, debe de ser muy guapo. Si viene, al menos, tendré una ocasión de verlo.
Ya verás, Liza, ¡Su padre era tan apuesto!... ¿Adónde llevas esta mesa? Déjala
aquí. Hay que traer dos camas, una de casa del administrador… En el estante
está el candelabro de cristal que me regaló mi hermano el día de mi santo; le
pondrás una vela…
Finalmente, todo quedó
dispuesto. Sin hacer caso de las recomendaciones de su madre, Liza arregló a su
manera la habitación para los dos húsares. Sacó ropa limpia, perfumada de
espliego, e hizo las camas; quemó un pedacito de sahumerio y llevó su cama al
cuarto de su tío.
Algo apaciguada, Ana
Fiodorovna volvió a ocupar su sitio y hasta cogió las cartas, pero ya no hizo
solitarios, sino que, apoyada sobre su rollizo codo, se sumió en reflexiones.
“¡Cómo pasa el tiempo! ¡Cómo pasa el tiempo!”, se dijo, en un susurro. “Parece
que fue ayer. Lo veo como si fuese ahora. ¡Qué divertido era!” Y las lágrimas
brotaron de sus ojos. Ahora tengo a Lizanka… pero ¡es tan distinta de cómo yo
era a su edad!... Es muy buena, pero…”
-Lizanka, deberías
ponerte el vestido de muselina para esta noche.
-¿Piensas invitarlos a
cenar? No lo hagas, mamá; es mejor que no lo hagas –replicó la muchacha,
experimentando una emoción invencible ante la idea de que vería a los
oficiales.
Realmente no era tanto
el deseo de verlos como el temor a una dicha inquietante que creía la esperaba.
-Tal vez quieran
conocernos ellos, Lizochka –dijo Ana Fiodorovna, acariciando el pelo de la
muchacha mientras pensaba: “No; no su cabello no es como el que tenía yo a su
edad… ¡Cómo desearía para mi Lizochka…!”
Y, en efecto, deseaba
algo para su hija; pero no podía imaginarse que se casara con el conde, ni
tampoco desearle unas relaciones como las que tuviera ella con el difunto
Turbin. Quizás deseara vivir otra vez, a través de su hija, los momentos que
viviera con Turbin.
El antiguo oficial de
caballería se había alterado también por la llegada del conde. Se encerró en su
habitación; y, al cabo de un cuarto de hora, salió de allí, vestido con
guerrera y pantalón azul. Cuando entró en la sala, estaba confuso y complacido
como una muchacha que se pone por primera vez un vestido de baile.
-Voy a ver cómo son los
húsares de hoy día, hermana. El difunto conde era un auténtico húsar. ¡Veremos,
veremos!
Los oficiales entraron
en la habitación que les habían destinado por la parte de atrás de la casa.
-¿Acaso no estamos
mejor aquí que en aquella isba llena de cucarachas? –exclamó Turbin,
echándose en la cama tal y como estaba, con las botas cubiertas de polvo.
-¡Claro que sí! Pero
uno se siente obligado con los dueños de la casa…
-¡Qué absurdo! Hay que
ser práctico en todo. Indudablemente, les hemos dado una alegría viniendo…
¡Criado! Dile a la señora que te dé algo para tapar esa ventana. Temo que de
noche sople el aire.
En ese momento, el
hermano de Ana Fiodorovna entró en la habitación para conocer a los oficiales.
Aunque algo ruborizado, no dejó de contar que había sido compañero del difunto
conde, que había gozado de su amistad y hasta llegó a decir que lo había protegido
más de una vez. Pero no explicó si entendía bajo la palabra protegido el hecho
de que Turbin no le hubiera devuelto los cien rublos, que lo hubiera tirado a
la nieve, o le hubiera espetado aquella palabrota. El joven conde se mostró muy
cortés con el antiguo oficial de caballería y le dio las gracias por el
alojamiento.
-Perdone por la falta
de lujo, conde –estuvo a punto de decir “excelencia”, hasta tal extremo se
había desacostumbrado de tratar con personas importantes-; la casa de mi
hermana es pequeña. En cuanto a la ventana, la taparemos con algo y quedará
bien –añadió cuadrándose. Con ese pretexto, abandonó la habitación, aunque en
realidad lo hiciera para contar cuanto antes cómo eran los oficiales.
La hermosa Ustiushka
vino con un chal de su señora para cubrir la ventana, y preguntó a los
oficiales si querían tomar té.
Era evidente que
aquella agradable estancia había ejercido buena influencia sobre la disposición
de ánimo del conde. Sonriendo alegremente, gastó una chanza a Ustiushka, que se
permitió llamarlo bromista. Turbin le preguntó si era guapa su señorita y cuando
la doncella le ofreció té, le dijo que no vendrá mal y que, como aún no les
habían preparado la cena, le gustaría tomar un poco de vodka, una zakuska
y una copita de jerez si lo tenían.
El antiguo oficial de
caballería, entusiasmado con la cortesía de Turbin, puso por las nubes a los
nuevos oficiales, diciendo que eran infinitamente superiores a los de la
generación anterior. Ana Fiodorovna no estaba de acuerdo, no podía haber nadie
mejor en el mundo que el difunto conde. Y hasta se enfadó, observando con
sequedad:
-Para ti el mejor es el
que te ha tratado bien el último. Ya se sabe que actualmente la gente es más
lista. Pero Fiador Ivanovich Turbin bailaba la escocesa con tal perfección y
era tan amable, que todos estaban locos por él. Sin embargo, él no se interesó
por nadie, excepto por mí. ¡También entonces había gente buena!
En aquel momento se
enteraron de que los oficiales pedían vodka, zakuska y jerez.
-Siempre lo haces todo
al revés, hermano. Debías haberlos invitado a cenar –exclamó Ana Fiodorovna-.
Liza, querida, ve a dar orden de que preparen la cena.
La muchacha corrió a la
despensa para sacar setas saladas y mantequilla fresca; y ordenó al cocinero
que preparase bitki.
-¿Te queda jerez,
hermano?
-Nunca tomo jerez.
-¿Cómo que no? ¿Y qué
es lo que tomas con el té, entonces?
-Ron, Ana Fiodorovna.
-Pues ¡qué más da!
Sírveles ron, es igual. Tal vez sería mejor que los invitáramos a pasar aquí.
¿No te parece? Dímelo tú, que lo sabes todo. No creo que les siente mal.
El antiguo oficial de
caballería estaba seguro de que el conde no se negaría a aceptar la invitación,
pues era muy campechano. Dijo que no tardaría en traer a los oficiales. Ana
Fiodorovna fue a cambiarse de vestido y a ponerse una cofia nueva. Liza, en cambio,
estaba tan atareada que no le dio tiempo a cambiar por otro el vestido rosa de
hilo de mangas anchas que llevaba. Además, se sentía muy alterada: le parecía
que la esperaba algo extraordinario. Era como si se cerniera por encima de su
alma una nube negra. Este arrogante húsar se le figuraba como un ser nuevo e
incomprensible, pero encantador. Su carácter, sus costumbres y sus palabras
debían de ser extraordinarios. Todo lo que pensara y dijera tendría que ser
sensato y verídico; todo lo que hiciera, honrado; y su aspecto debía de ser
encantador, no dudaba de ello. Si en lugar de pedir zakuska y jerez,
hubiese pedido un baño de salvia perfumado, no se hubiera sorprendido, ni lo
hubiera censurado, persuadida de que debía ser así.
El conde accedió,
apenas el antiguo oficial de caballería le hubo expuesto el deseo de su
hermana. Se peinó, se puso la guerrera y encendió un cigarro.
-Vamos –dijo a Polozov.
-Mejor es no aceptar
esa invitación, harán gastos para recibirnos.
-¡Qué absurdo! Se
alegrarán mucho de conocernos. Además, me he informado y sé que la hija es muy
bonita… ¡Vámonos! -insistió el conde, en francés.
-Se lo ruego señores
–dijo el antiguo oficial de caballería, sólo para mostrar que había comprendido
y que también sabía hablar francés.
Cuando los oficiales
entraron en la estancia, Liza se ruborizó e, inclinándose, simuló añadir agua a
la tetera, porque temió mirarlos. En cambio, Ana Fiodorovna se levantó
presurosa para saludar a los jóvenes. Con los ojos clavados en Turbin, dijo que
le encontraba un parecido extraordinario con su padre, le presentó a su hija y
le ofreció té con mermelada y jalea hecha en casa. El corneta tenía un aspecto
muy modestito. Nadie le hizo caso. Esto le alegró, porque así puso examinar
detalladamente, hasta donde lo permitía el buen tono, la belleza de Liza, que
le había sorprendido. El tío escuchaba la conversación que se había iniciado
entre su hermana y el húsar, esperando el momento oportuno para relatar sus
recuerdos de caballería. Había preparado su discurso de antemano. Mientras
tomaban el té, Turbin encendió un cigarro y Liza tuvo que contenerse para no
empezar a toser. Al principio, el conde sólo aprovechaba los pequeños
intervalos de la charla de Ana Fiodorovna para contar algo; pero luego terminó
por llevar la voz cantante. Una cosa chocó a los oyentes: Turbin empleaba
palabras que tal vez se considerasen naturales en su círculo, pero que allí
parecieron algo atrevidas, lo que asustó un poco a Ana Fiodorovna e hizo
enrojecer a Liza hasta las orejas. El conde no se dio cuenta y siguió en ese
tono con gran sencillez y serenidad.
Liza llenaba los vasos
de té; pero no los entregaba en la mano a los invitados, limitándose a
colocarlos cerca de ellos. Aún no se había recobrado de su turbación. Escuchaba
ávidamente las palabras de Turbin. Sus sencillos relatos y sus titubeos durante
la conversación empezaron a tranquilizarla. No dijo ninguna cosa
extraordinaria, como ella esperaba, ni le pareció tan elegante como lo había
supuesto. Al tercer vaso de té, después de haberse encontrado los tímidos ojos
de Liza con los de Turbin y de haber sostenido éste su mirada con una sonrisa
imperceptible y expresión tranquila, la muchacha experimentó hostilidad hacia
él. Pensó que no tenía nada de particular y que no se distinguía en nada de los
hombres que había conocido hasta entonces. Se dijo que no tenía por qué
intimidarse ante él. Ni siquiera era guapo; lo único era que tenía las uñas
largas y muy pulcras. Liza acabó tranquilizándose al decidirse a abandonar su
sueño, no sin cierta pena en su fuero interno. Sólo la inquietaba ligeramente
la mirada del silencioso corneta, que sentía fija sobre sí. “Tal vez no sea
éste, sino el otro”, pensó.
Después de tomar el té,
Ana Fiodorovna invitó a los huéspedes a pasar a la sala; y volvió a ocupar su
sitio.
-¿Quiere retirarse a
descansar, conde? -preguntó-. ¿Cómo podría, entonces, entretener a mis queridos
invitados? –prosiguió tras de una respuesta negativa-. ¿Juega a las cartas?
Hermano, ¿por qué no organizas una partidita…?
-Pero si tú también
juegas. Juguemos una partidita todos juntos –replicó el antiguo oficial de
caballería-. ¿Quiere, conde? ¿Y usted?
Los oficiales
accedieron. Liza trajo un paquete de cartas de su habitación. Solía utilizarlas
para averiguar si se le pasarían pronto un flemón a su madre, si regresaría
aquel mismo día su tío de la ciudad, si iría a visitarla una vecina, etcétera.
Aunque llevaba dos meses en uso, esta baraja estaba más limpia que la de Ana
Fiodorovna.
-Tal vez no les
interese jugar con poco dinero. Ana Fiodorovna y yo solemos poner medio copeck…
Sea como sea, es ella la que nos gana siempre a todos.
-Como ustedes gusten;
por nuestra parte, encantados –contestó Turbin.
-Entonces, pongamos un copeck
en honor a nuestros queridos huéspedes. A ver si me ganan a mí, que soy una
vieja –exclamó Ana Fiodoroovna, arrellanándose cómodamente en el sillón.
“A lo mejor les ganaré
un rublo”, pensó. Según envejecía, iba aficionándose al juego.
-¿Quieren que les
enseñe unos juegos petersburgueses? -prosiguió Turbin-. Son muy entretenidos.
A todos les gustaron
mucho aquellos juegos. El antiguo oficial de caballería incluso aseguró que los
conocía, pero que se le habían olvidado. Ana Fiodorovna no lograba entenderlos.
Cada vez afirmaba que la próxima vez jugaría bien y suscitaba grandes risas
cuando, en medio del juego, volvía a equivocarse. Entonces se turbaba
ligeramente y decía que aún no se había acostumbrado a esos nuevos juegos. No
obstante, se tenían en cuenta sus faltas y se apuntaban sus pérdidas, tanto más
cuanto que el conde, que estaba acostumbrado a jugar por todo lo alto, lo hacía
con toda serenidad y sin comprender lo que significaban los golpecitos que le
daba su compañero por debajo de la mesa, ni los errores que éste cometía.
Liza trajo jalea,
mermelada de tres clases y manzanas de Oporto, conservadas por un método
especial. Luego, se colocó tras de la silla de su madre y observó a los
jugadores. De cuando en cuando, miraba a los oficiales y, sobre todo, las
blancas manos de finas uñas rosadas del conde, que echaban las cartas y
recogían las ganancias con gran seguridad y elegancia.
Una de las veces, Ana
Fiodorovna ganó por casualidad, pero no tardó en volver a perder y esto la
inquietó.
-No importa, mamaíta;
aún puedes recuperarte –dijo Liza, sonriendo. Quería a toda costa sacar a su
madre de esa situación ridícula.
-¡Si al menos me
ayudases! –exclamó Ana Fiodorovna, mirando a su hija con expresión de susto-.
No sé cómo…
-Tampoco yo sé jugar a
esto –replicó Liza, mientras echaba mentalmente la cuenta de las pérdidas de su
madre-. ¡Estás perdiendo mucho! No podrás comprarle el vestido a Pimochka si
sigues así –añadió en broma.
-Es verdad, así es
fácil perder hasta diez rublos de plata –dijo Polozov a Liza, deseando trabar
conversación con ella.
-Pero ¿no jugamos con
asignados, acaso? -preguntó Ana Fiodorovna, volviéndose hacia todos.
-Ignoro cómo se cuentan
los asignados –replicó Turbin-. Mejor dicho, ignoro lo que son los asignados.
-Ahora ya nadie juega
con asignados –intervino el tío, que jugaba a golpe seguro y estaba ganando.
Ana Fiodorovna mandó
que sirvieran un refresco. Después de beber dos copas, se puso muy colorada; y,
desde ese momento, pareció que ya nada le importaba. Ni siquiera se preocupó de
arreglar un mechón de cabellos grises que le asomaba por debajo de la cofia.
Sin duda, se figuraba haber perdido millones y hallarse en una situación sin
salida. El corneta daba, cada vez más a menudo, golpecitos a Turbin, que
apuntaba las pérdidas de la vieja. Cuando acabaron, Ana Fiodorovna se esforzó
en aumentar las pérdidas de los demás y en fingir que se equivocaba en los
cálculos, pero al fin se vio obligada a reconocer que había perdido una
cantidad enorme.
-Resultarán nueve
rublos, ¿verdad? –preguntó repetidas veces sin entender el alcance de lo que
había perdido hasta el momento en que su hermano le explicó que eran treinta y
dos rublos en asignados y que debía pagarlos sin remedio.
Sin contar lo que había
ganado, el conde se levantó y, acercándose a la ventana junto a la cual Liza
sacaba de un tarro setas saladas para la zakuska, empezó a hablar con
ella del tiempo, con toda naturalidad, cosas que no había logrado en toda la
velada.
Mientras tanto, el
corneta estaba en una situación violenta. Ana Fiodorovna se mostró seriamente
enfadada en cuanto se hubo separado de ella Liza, que había sostenido su buena
disposición de ánimo.
-Es violento el haberle
ganado a usted –dijo Polozov, por decir algo.
-Yo no sé jugar a estos
juegos tan raros. Dígame: ¿cuánto resulta en asignados?
-Treinta y dos rublos,
treinta y dos cincuenta –repitió el antiguo oficial de caballería, que tenía
deseos de bromear porque él también había ganado-. Venga ese dinero, hermana…
Venga ese dinero…
-Te lo daré; pero no me
volverás a coger en otra. ¡No podré recuperar esa cantidad en toda mi vida!
Ana Fiodorovna se fue a
su habitación con sus andares balanceantes y volvió de allí con nueve rublos.
Pero, gracias a la insistencia de su hermano, acabó pagando lo que debía.
La habitación en la que
habían puesto la mesa para cenar estaba iluminada por dos velas. Las llamas
vacilaban impulsadas por la cálida brisa de la noche de mayo. También entraba
claridad por la ventana que daba al jardín, aunque era muy distinta. La luna
casi llena iba perdiendo su matiz dorado y, al remontarse por encima de la
copas de los tilos, iluminaba vivamente las tenues nubecillas. Croaban las
ranas en el estanque, que se veía a través del follaje de la alameda,
iluminando por un lado por los rayos de la luna. En un arbusto de lilas, al pie
de la ventana, revoloteaban unos pajarillos.
-¡Qué tiempo tan
hermoso! –exclamó el conde, al acercarse a Liza; y se sentó en el alféizar de
la ventana-. Me figuro que paseará mucho…
-Por las mañanas, a eso
de las siete, suelo recorrer toda la finca, y aprovecho para dar un paseo con
Pimochka, la niña que ha recogido mamá –contestó Liza, sin la menor turbación.
-¡Es muy agradable
vivir en la aldea! -comentó Turbin; y, poniéndose el monóculo, miró al jardín y
después a Liza-. ¿No suele pasear en las noches de luna?
-No; hace tres años
solía dar un paseo con mi tío, porque padecía de una enfermedad extraña. Con
luna llena no podía dormir. Esta es su habitación; como da al jardín, la luz le
entra directamente.
-Es raro –observó
Turbin-. Creí que esta habitación era la de usted.
-Solamente por esta
noche, porque ustedes ocupan la mía.
-¿Es posible?... ¡Oh
Dios mío!... ¡No me perdonaré en la vida haberle causado esta molestia!
–exclamó el joven, quitándose el monóculo-. Si hubiera sabido que iba a
importunarla…
-¡No es ninguna
molestia! Al contrario, me alegra mucho estar aquí. La habitación del tío es
tan simpática y alegre, con su ventana bajita… Podré quedarme sentada en ella
hasta que me entre sueño o bajar al jardín para dar un paseo de noche.
“Qué muchacha tan
agradable”, pensó Turbin, que se había vuelto a poner el monóculo para mirarla.
Luego, como si quisiera cambiar de postura, hizo todo lo posible por tocar el
pie de Liza con el suyo. “Con cuánta picardía me ha dado a entender que puedo verla
en el jardín junto a la ventana”, pensó; y le pareció tan fácil conquistarla,
que Liza perdió ante sus ojos la mayor parte de su encanto.
-¡Qué felicidad tan
grande pasar una noche así en el jardín con el ser amado! –dijo, fijando los
ojos con expresión pensativa en las oscuras alamedas.
Liza se turbó un poco
al oír estas palabras y también por el repetido roce del pie de Turbin, que
pretendía ser casual. Dijo lo primero que se le ocurrió, con tal de ocultar su
turbación.
-Sí; es agradable
pasear en las noches de luna.
Pero, sintiéndose
molesta, tapó el tarro de las setas y se dispuso a retirarse cuando se acercó
el corneta, y la muchacha sintió deseos de saber algo de él.
-¡Qué noche tan
hermosa! –exclamó Polozov.
“No hacen más que
hablar del tiempo”, pensó Liza.
-¡Qué vista tan
maravillosa! Pero me figuro que a usted debe de aburrirle ya –añadió, porque
tenía tendencia a decir cosas ligeramente desagradables a las personas que le
gustaban mucho.
-¿Por qué lo cree? La
comida y los trajes iguales aburren; pero no un hermoso jardín si a uno le
gusta pasear, sobre todo en las noches de luna. Desde esta habitación, se ve el
estanque. Hoy podré contemplarlo.
-Parece que no hay
ruiseñores –dijo Turbin, descontento porque Polozov le había impedido enterarse
de las condiciones formales de la cita.
-Siempre los ha habido;
pero el año pasado los cazadores cogieron uno y, desde entonces, no se los oye
cantar. La semana pasada empezaron a cantar de nuevo; luego, los asustaron los
cascabeles de un coche… Hace tres años, mi tío y yo solíamos escucharlos,
sentados en alguna alameda, durante horas enteras.
-¿Qué les está contando
esta charlatana? –preguntó el antiguo oficial de caballería, acercándose-
¿Quieren pasar a cenar?
Después de la cena
–durante la cual el conde logró disipar un poco el mal humor de la dueña de la
casa, gracias a su buen apetito y las alabanzas que dispensó a los platos- los
oficiales se despidieron para retirarse a su habitación. Turbin estrechó la mano
del antiguo oficial de caballería, la de Ana Fiodorovna –que no besó, con gran
extrañeza suya- e incluso la de Liza, a la que miró a los ojos con una
simpática sonrisa imperceptible.
“Es muy apuesto, pero
está demasiado pendiente de su persona”, pensó la muchacha.
-¿Cómo no te da
vergüenza? –dijo Polozov cuando los oficiales volvieron a la habitación que les
habían destinado-. Por mi parte, he procurado perder; te estaba haciendo señas
por debajo de la mesa. ¿Cómo no te da vergüenza? La viejecita se ha disgustado en
serio.
Turbin lanzó una
carcajada.
-¡Qué graciosa! ¡Cómo
se ha ofendido!
Y de nuevo rió, tan de
buena gana, que hasta Johan, que se hallaba presente, agachó la cabeza para
ocultar una sonrisa.
-¡Es para que vayan
conociendo al hijo del amigo de la familia!... ¡Ja, ja, ja…!
-Te aseguro que eso no
está bien. Me ha dado lástima de ella –dijo el corneta.
-¡Qué absurdo! ¡Eres
demasiado joven! ¿Acaso pretendías que perdiera yo? Eso me pasaba a mí también
cuando no sabía jugar; pero no ahora. Esos rublitos me vendrán muy bien. Hay
que considerar la vida desde un punto de vista práctico. De otro modo, uno pasa
por tonto.
Polozov guardó
silencio. Deseaba pensar en Liza, que le había parecido un ser puro y
encantador, sin que le molestaran. Así, pues, no tardó en acostarse en el
blando y limpio lecho que le habían preparado.
“El honor y la gloria
no son más que tonterías”, pensó, mirando hacia la ventana. A través del chal
se filtraban los pálidos rayos de la luna. “La verdadera felicidad consiste en
vivir en un rinconcito tranquilo con una mujer buena, sencilla y agradable”.
No se sabe por qué,
Polozov no comunicó estos pensamientos a su compañero y ni siquiera mencionó a
la muchacha, a pesar de que estaba convencido de que Turbin también pensaba en
ella.
-¿Por qué no te
desnudas? –preguntó a éste, que paseaba por la estancia.
-Todavía no tengo
sueño. Puedes apagar la vela, si quieres. Me acostaré a oscuras –replicó
Turbin, continuando sus paseos.
-Todavía no tengo sueño
–repitió Polozov, que, después de aquella velada, se sentía más descontento que
nunca de la influencia que Turbin ejercía sobre él y estaba dispuesto a
sublevarse. “Ya me figuro qué ideas cruzan en este momento por tu cabeza tan bien
peinada –pensó, dirigiéndose mentalmente a él-. Sé que Liza te ha gustado, pero
no eres capaz de apreciar a este ser sencillo y honesto. Tú necesitas mujeres
como Minna y charreteras de coronel.”
Y Polozov se volvió
hacia Turbin con intención de preguntarle si le había gustado Liza; pero cambió
de idea. No sólo no se hallaba en disposición de discutir con él en caso de que
su parecer fuese distinto del suyo, sino que le constaba que ni siquiera sería
capaz de mostrarse en desacuerdo, hasta tal punto estaba acostumbrado a
someterse a su influencia, que cada día se le antojaba más pesada e injusta.
-¿Adónde vas? –preguntó
al ver que Turbin se acercaba a la puerta con la gorra puesta.
-A la cuadra. Voy a ver
si todo está en orden.
“¡Qué raro!”, pensó el
corneta. Sin embargo, apagó la vela y procuró disipar los sentimientos hostiles
y los celos que le inspiraba su amigo.
Mientras tanto, Ana
Fiodorovna se había retirado a su habitación, después de haber bendecido y
besado con ternura, según costumbre, a su hija, a su hermano y a la niña
recogida. Hacía mucho que no había experimentado tantas sensaciones en un solo
día, de manera que ni siquiera pudo rezar con tranquilidad. No se le iban de la
cabeza los tristes recuerdos del difunto conde, ni tampoco lo despiadadamente
que le había ganado a las cartas aquel joven tan presumido. Sin embargo, se
desnudó, bebió medio vaso de kvas que le habían dejado en la mesita de
noche, y se acostó como de costumbre. Su gato predilecto paseaba por el
dormitorio. Ana Fiodorovna lo llamó y se puso a acariciarlo. Pero su ronroneo
le impedía conciliar el sueño.
“Me molesta el gato”,
pensó, arrojándolo de su lado. El animal cayó blandamente al suelo; luego,
moviendo su pomposo rabo, subió a la estufa de un salto. En esto llegó la
doncella. Dormía en el suelo, en la habitación de Ana Fiodorovna. Se entretuvo
en colocar la estera, en encender la lamparilla y en apagar la vela.
Finalmente, se acomodó y en breve se quedó dormida. Pero el sueño no acudía
para aplacar la alterada imaginación de Ana Fiodorovna. En cuanto cerraba los
ojos, se le representaba la faz del húsar, y al abrirlos, a la débil luz de la
lamparilla, le parecía verlo, bajo distintas formas, en la cómoda, en la mesita
y en su vestido blanco que había dejado colgado. Tan pronto tenía calor bajo el
edredón, tan pronto le resultaba insoportable el tic-tac del reloj y el
ronquido de la muchacha. Acabó despertándola para ordenarle que no roncase. Y
en su mente confundiéronse pensamientos acerca de su hija, de los dos condes y
del juego de cartas. Ora se veía bailando un vals con el difunto conde, y sentía
unos besos sobre sus brazos y sus blancos hombros, ora se representaba a su
hija en brazos del joven Turbin. Ustiushka, la doncella, empezó a roncar de
nuevo.
“Ahora la gente es bien
distinta. Aquél hubiera sido capaz de arrojarse al fuego por mí. Claro que
merecía la pena de hacerlo. Este, en cambio, duerme como un tonto, satisfecho
de haberme ganado en el juego. No es capaz de hacer la corte a una muchacha. Aquél,
poniéndose de rodillas, decía: “¿Qué quieres que haga? ¿Qué me suicide?” Y lo
hubiera hecho, de habérselo mandado yo”.
De pronto, Ana
Fiodorovna oyó unos pasos de pies descalzos en el pasillo. Pálida y temblorosa,
con el vestido puesto de cualquier manera, Liza entró precipitadamente en la
habitación y se desplomó en la cama.
Al despedirse de su
madre, Liza se había retirado a la habitación que ocupara antes su tío; y, tras
de ponerse una chambra blanca y de atarse un pañuelo a la cabeza, apagó la
vela, abrió la ventana y se sentó junto a ella con las piernas recogidas. Clavó
sus ojos pensativos en el estanque, totalmente iluminado ya por el plateado
resplandor de la luna.
Y, de pronto, sus
ocupaciones e intereses habituales se le presentaron bajo una luz nueva: su
vieja y caprichosa madre, su decrépito tío, los criados, los mujiks, que
la adoraban, los animales, la naturaleza, que tantas veces había muerto y
resucitado y entre la cual se había educado rodeada de amor, que ella profesaba
esa paz tan dulce para el alma, le pareció distinto, aburrido e inútil.
Era como si alguien le hubiese dicho: “¡Qué estúpida has sido! Por espacio de
veinte años has estado haciendo tonterías; has servido a los demás, sin saber
lo que es la vida y la felicidad.” ¿Qué era lo que le hacía pensar tales cosas?
Desde luego, no le impulsaba a ello un amor súbito por el conde, como se
hubiera podido creer. Al contrario, ni siquiera le había gustado. El corneta le
había llamado más la atención; pero era feo, insignificante y silencioso.
Involuntariamente, lo olvidaba y buscaba la figura del conde. Pero no era lo
que quería. ¡Su ideal era tan magnífico! Se le hubiera podido amar aquella
noche, entre esa naturaleza, sin romper su hermosura. Su ideal era íntegro;
nunca había sido mutilado para fundirlo con alguna realidad vulgar.
Al principio, su vida
solitaria fue la causa de que el caudal de amor que la Providencia depara
equitativamente a cada cual estuviese aún íntegro en su corazón. Pero llevaba
demasiado tiempo viviendo aquella dicha melancólica de sentir ese caudal dentro
de sí, y, a veces, abría el misterioso vaso, contemplaba su riqueza e,
impensadamente, derramaba su contenido sobre el primero que llegase. ¡Quiera
Dios que pueda gozar hasta la tumba de esa dicha egoísta! ¿Quién sabe si no es
la mejor y la más intensa? ¿No será la única verdadera y posible?
“¡Señor, Dios mío!
¿Será posible que haya perdido mi felicidad y mi juventud? ¿Será posible que no
la tenga… nunca, nunca?” se preguntaba, mirando fijamente al cielo cubierto de
nubecillas blancas que velaban las estrellas. “Si aquella nube vela la luna, es
que nunca la alcanzaré”, se dijo. Un jirón grisáceo se deslizó por la parte
inferior del claro disco de la luna y, poco a poco, fue debilitándose la luz
sobre la hierba, las copas de los tilos y el estanque; las oscuras sombras de
los árboles se volvieron menos perceptibles bajo la lúgubre oscuridad que
cubrió la Naturaleza; una suave brisa recorrió el follaje, trayendo a la
ventana un olor a hojas mojadas, a tierra húmeda y a las lilas en flor.
“No; eso no es verdad”,
se consoló. “En cambio, si los ruiseñores empezaran a cantar esta noche, es que
no debo desesperarme, es que lo que pienso es absurdo.” Mucho rato permaneció
Liza sentada en silencio, como si esperase a alguien. Varias veces se había
iluminado la naturaleza y se había vuelto a velar la luna por las nubes,
sumiéndose todo en la oscuridad. Liza se quedó adormilada cuando, de pronto, la
despertaron los sonoros trinos de un ruiseñor que provenían del estanque. La
señorita pueblerina abrió los ojos. Su alma fue invadida por una nueva dicha al
sentirse misteriosamente unida a la Naturaleza que se extendía ante ella, tan
clara y serena. Se apoyó en ambos brazos. Una tristeza dulce le oprimió el
corazón y sus ojos se llenaron de lágrimas consoladoras, provocadas por un
sentimiento de amor puro que anhelaba ser correspondido. Colocó los brazos en
el alféizar de la ventana y apoyó sobre ellos la cabeza. Su oración preferida
le acudió a la mente y, en breve, sus ojos, húmedos aún, se cerraron en un
sueño apacible.
El roce de una mano la
despertó. Había sido ligero, agradable. En aquel momento, esa mano estrechaba
la suya con fuerza. Súbitamente, Liza volvió a la realidad. Dio un grito y,
levantándose de un salto, abandonó la habitación. A toda costa quería persuadirse
de que no había sido el conde a quien viera en pie, junto a la ventana, bañado
por la luz de la luna.
Al oír el grito de la
muchacha y la tos del guarda al otro lado de la valla, Turbin echó a correr por
la hierba cubierta de rocío hacia el fondo del jardín, con la sensación de un
ladrón descubierto. “¡Qué tonto soy! –se dijo-. La he asustado; debí haberla
despertado hablándole. ¡Soy un animal!” Se detuvo para escuchar: el guarda
había entrado en el jardín y avanzaba arrastrando su bastón por un senderito
cubierto de arena. Era preciso ocultarse. Turbin bajó hacia el estanque. Unas
ranas saltaron al agua y le hicieron estremecerse. Tenía los pies mojados, pero
no hizo caso y, poniéndose en cuclillas, repasó lo que acababa de suceder:
había entrado en el jardín, saltando por la valla, había buscado la ventana de
Liza y, al encontrarla, había visto la blanca figura de la muchacha; varias
veces y siempre atento al más leve rumor, se había acercado y separado de la
ventana. Tan pronto le parecía que Liza debía estar irritada por su tardanza,
tan pronto que era imposible que hubiese accedido a entrevistarse con él con
tanta facilidad. Al fin, suponiendo que fingía dormir por ser una tímida
muchacha provinciana, se había acercado resueltamente; pero había comprobado
que en realidad dormía. Entonces, sin saber por qué, había retrocedido
asustado. Y, sólo después de avergonzarse ante sí mismo por su cobardía, había
vuelto junto a la ventana, con decisión, y había tomado la mano de Liza. El
guarda carraspeó y salió del jardín, haciendo chirriar la verja. Aquello
resultó muy doloroso para Turbin. Hubiera dado cualquier cosa con tal de poder
empezar de nuevo. Ya no procedería tan estúpidamente… “¡Qué muchacha tan
maravillosa! ¡Qué lozana! ¡Qué encantadora! Haberla dejado escapar así… ¡Soy un
animal…!” No tenía sueño. Con los pasos resueltos de una persona irritada, se
encaminó a la buena de Dios, por una alameda de tilos.
La noche prodigaba sus
pacíficos dones. Turbin fue invadido también por una tristeza serena y un deseo
de amar. El sendero de tierra arcillosa, en el que aquí y allá se veían
hierbecillas o plantas secas, aparecía iluminado con círculos de luz, formados por
los pálidos rayos de la luna, que se filtraban a través del espeso follaje. De
cuando en cuando, se oía el rumor de las hojas que tenían un reflejo plateado.
Apagáronse las luces de la casa y cesaron todos los ruidos. Los trinos de los
ruiseñores parecían llenar todo ese inabarcable espacio claro y silencioso.
“¡Dios mío! ¡Qué noche! ¡Qué noche tan maravillosa!”, pensó Turbin, aspirando
el aroma del jardín. “Estoy triste. Es como si estuviese insatisfecho de mí
mismo, de los que me rodean y de mi vida. ¡Qué simpática y qué bonita es esta
muchacha! A lo mejor se ha disgustado de verdad…”
Al llegar a este punto,
sus pensamientos se embrollaron. Se imaginó que estaba en aquel jardín, en
compañía de la muchacha provinciana, en diversas actitudes extrañas; y, poco
después, su querida Minna sustituyó a ésta. “¡Qué tonto soy! Tenía que haberla
cogido por la cintura y darle un beso.” Y Turbin volvió a la habitación,
arrepentido de no haberlo hecho.
Polozov no dormía aún.
Se volvió para ver a Turbin.
-¿Duermes?
-No.
-¿Quieres que te cuente
lo ocurrido?
-¿Qué dices?
-No; es mejor que no lo
hagas… O bueno, sí… ¡Aparta las piernas!
Ya no le importaba
haber fracasado en aquella pequeña aventura amorosa. Risueño, se sentó en la
cama de su compañero.
-Figúrate que esa
señorita me dio un rendez-vous…
-¿Es posible? –exclamó
Polozov, sentándose de un salto-. Pero ¿cómo? ¿Cuándo? No puede ser.
-Mientras estábais
contando las ganancias del juego, me dijo que se quedaría por la noche, junto a
la ventana, y que se podía entrar por ella en la habitación. Fíjate bien lo que
significa ser un hombre práctico. Mientras la vieja y tú hacíais cuentas, me
las he arreglado para conseguir eso. Además, tú mismo lo has oído; dijo,
delante de ti, que se sentaría junto a la ventana para contemplar el estanque.
-Sí; eso lo oí.
-Lo que ignoro es si lo
hizo sin más ni más o con alguna intención. Tal vez sus palabras no fueron
intencionadas; pero lo parecían, y el resultado ha sido bastante extraño. Me he
portado como un verdadero estúpido –declaró Turbin, con una sonrisa despectiva.
-Bueno, pero ¿dónde has
estado?
Turbin contó lo que
había ocurrido, omitiendo tan sólo sus repetidas indecisiones.
-Lo he echado todo a
perder por mi culpa: debí haber sido más atrevido. Liza dio un grito y se
escapó.
-Entonces ¿ha dado un
grito y se ha escapado? –repitió el corneta, correspondiendo con una sonrisa
molesta a la del conde.
-Sí. Bueno, es hora de
dormir.
Polozov se acostó de
espaldas a la puerta y permaneció así unos diez minutos. Sólo Dios sabe lo que
ocurriría en su alma; pero, cuando se volvió, su atormentado rostro expresaba
decisión.
-¡Conde Turbin!
–exclamó, con voz entrecortada.
-¿Deliras o qué te
pasa? –replicó Turbin tranquilamente-. ¿Qué desea, corneta Polozov?
-Conde Turbin, ¡es
usted un canalla! –vociferó Polozov, levantándose de un salto.
Al día siguiente, el
escuadrón se puso en marcha. Los oficiales se marcharon sin despedirse de los
dueños de la casa. No hablaron entre sí. Estaban dispuestos a batirse en la
primera etapa. Mas el capitán de caballería Schultz, a quien Turbin había elegido
como padrino, supo arreglar el asunto. No se batieron y nadie se enteró de
aquella aventura. Turbin y Polozov siguieron tuteándose cuando se encontraban
en los banquetes y ante las mesas de juego; pero sus relaciones nunca volvieron
a ser las de antaño.
11 de abril de 1856.
El 3 de mayo de 1882
salió de El Havre La Virgen de los Vientos, un barco de tres palos, con
dirección a los mares de China. Dejó allí el cargamento que llevaba; y cargó
nuevas mercancías, con destino a Buenos Aires, donde recogió otras para el
Brasil. Navegó por espacio de cuatro años por mares extraños, porque, además de
los viajes había tenido una serie de incidentes, averías, reparaciones,
desgracias, y porque a veces la calma duraba varios meses; y otras, los vientos
lo desviaban de su rombo. Regresó a Marsella el 8 de mayo de 1886, con un
cargamento de latas de conservas americanas.
Cuando salió de El
Havre su tripulación constaba del capitán, del segundo y de catorce marineros.
Durante el viaje uno murió y cuatro desaparecieron, en diversos accidentes,
regresando a Francia tan sólo nueve. En sustitución de los marineros desaparecidos,
habían contratado a dos americanos, a un negro y a un sueco que encontraron en
una taberna en Singapur.
Recogieron las velas y
arreglaron los aparejos. Llegó un remolcador y, resoplando, remolcó al barco a
la fila de embarcaciones. El mar estaba en calma; apenas había un ligero oleaje
en la orilla. La Virgen de los Vientos llegó al muelle, a lo largo del cual se
hallaban en fila buques de todos los países del mundo, de distintos tamaños y
formas. Se colocó entre un bergantín italiano y una goleta inglesa, que se
apartaron para dejar sitio al nuevo compañero.
En cuanto el capitán
hubo terminado las formalidades con los funcionarios del puerto y de la aduana,
dio permiso a la mitad de la tripulación para pasar la noche en tierra.
Era una cálida noche de
verano. Marsella estaba iluminada. En las calles olía a comida y oíanse por
doquier conversaciones, gritos alegres y rodar de coches.
Los marineros de La
Virgen de los Vientos no habían estado en tierra desde hacía cuatro meses.
Avanzaban por las calles tímidamente, de dos en dos, como unos forasteros, como
unos hombres que habían perdido la costumbre de transitar por una urbe. Observaban
las callejuelas más cercanas al puerto, como si buscasen algo. Hacía cuatro
meses que no habían visto mujeres; y los atormentaba el deseo. A la cabeza de
los demás, iba Celestino Duclos, un muchacho fuerte y hábil. Era el que guiaba
a todos, siempre que estaban en un puerto. Sabía encontrar buenos lugares
adonde ir arreglar las cosas de manera que no surgieran riñas, cosa que les
ocurre tan a menudo a los marineros cuando están en tierra. Pero, si llegaba el
caso, no abandonaba a sus compañeros y también sabía defenderse.
Deambularon largo rato
por las oscuras calles –impregnadas de un olor denso, que salía de las bodegas
y de las cuevas- que, como unos desagües, bajaban hacia el mar. Finalmente,
Celestino se internó por una callejuela angosta en la que se veían farolitos
encendidos por encima de las puertas. Los marineros le siguieron, canturriando
y gastándose bromas. En los cristales mate de los faroles, había unos enormes
números pintados. Se veían algunas mujeres, con delantal, sentadas en sillas de
anea, en los portales de bajo techo. Al fijarse en los marineros, salían
corriendo, para interceptarles el paso; y cada cual trataba de atraérselos a su
antro.
De cuando en cuando, se
abría alguna puerta en el fondo de un zaguán; y aparecía una muchacha a medio
vestir, con pantalones de percal basto, muy ceñidos, faldita corta y jubón
negro de terciopelo, con galones dorados. “Muchachos, entrad”, exclamaba, llamándolos
desde lejos. A veces, incluso salía y, abrazando a algún marinero, trataba de
arrastrarlo hacia dentro, con todas sus fuerzas. Se agarraba a él, como una
araña que lleva una mosca más fuerte que ella. La resistencia del marinero era
débil, a causa de su deseo. Sus compañeros se detenían para ver en qué acababa
la cosa; pero Celestino gritaba: “No entres, no es aquí. Vamos más adelante.”
El marinero obedecía, desprendiéndose de la muchacha, a viva fuerza. El grupo
proseguía adelante, acompañado de las invectivas de la moza enojada. Al oír
alboroto, otras mozas salían a lo largo del callejón y abalanzándose sobre los
marineros, ofrecían su mercancía, elogiándola con sus voces roncas. Así
siguieron adelante. De cuando en cuando se encontraban con algunos soldados,
con algún burgués o algún dependiente, que se deslizaban hacia un lugar
conocido. Esotros callejones también se veían faroles; pero los marineros
pasaban de largo, pisando las aguas malolientes que salían de las casas, llenas
de cuerpos de mujeres. De pronto, Duclos se detuvo ante una casa, cuyo aspecto
era algo mejor que el de las demás; y entró en ella con los marineros.
Se instalaron en la
gran sala de la taberna. Cada cual eligió una amiga; no se separaría de ella en
toda la noche: tal era la costumbre del establecimiento. Juntaron tres meses.
Ante todo, bebieron en compañía de las mujeres; y luego subieron con ellas al
piso de arriba. Abajo se oyeron durante un rato las pisadas de las fuertes
botas de aquellos pies que subían la escalera de madera y entraban por la
estrecha puerta, para dispersarse por los dormitorios. Habían bajado varias
veces a beber y habían vuelto a subir.
La orgía estaba en todo
su apogeo. Los sueldos de medio año se gastaron en las cuatro horas de juerga.
Hacia las once de la noche, todos los marineros estaban borrachos. Con los ojos
inyectados en sangre, vociferaban incoherentemente. Cada cual tenía a su amiga
sentada en las rodillas. Unos cantaban, otros gritaban; algunos daban puñetazos
en la mesa o se echaban vino al gaznate. Celestino se hallaba entre sus
compañeros. En una de sus rodillas estaba sentada, a horcajadas, una moza
gruesa y coloradota. Celestino había bebido lo mismo que los demás, pero aún no
estaba borracho. Por su cabeza cruzaban algunos pensamientos. Pero las ideas
que le acudían se disipaban en seguida; y no lograba retenerlas, no las podía
recordar ni expresar.
-Así, pues…; así, pues…
¿Hace mucho que estás aquí? –preguntó, echándose a reír.
-Seis meses –contestó
la moza.
Duclos movió la cabeza,
como si lo aprobara.
-¿Y te va bien?
-Me he acostumbrado
–dijo la muchacha, después de reflexionar un ratito-. Una tiene que hacer algo.
Esto es mejor que ser criada o lavandera.
-¿No eres de aquí?
–preguntó Duclos que había vuelto a mover la cabeza, como si también aprobara
esto último.
La moza hizo un
movimiento negativo.
-¿Eres de muy lejos?
-Sí.
-¿De dónde?
-De Perpiñan –contestó,
después de haber pensado, como si tratara de recordar.
-Ya, ya –pronunció
Celestino Duclos; y guardó silencio.
-Y tú, ¿eres marinero?
–preguntó ella, a su vez.
-Sí, somos marineros.
-¿Habéis estado lejos?
-Bastante. Hemos visto
de todo.
-¿A lo mejor habéis
dado la vuelta al mundo?
-Ya lo creo; casi dos
veces.
La moza se quedó pensativa.
Parecía recordar algo.
-Me figuro que os
habréis encontrado con otros barcos –dijo al fin.
-Claro.
-¿Habéis visto a La
Virgen de los Vientos? Es un barco que se llama así.
Celestino Duclos se
asombró de que nombrara aquella embarcación; y se le ocurrió gastarle una
broma.
-Sí; nos encontramos
con él la semana pasada.
-¿De veras? –exclamó la
moza, palideciendo.
-Sí.
-¿No mientes?
-Te lo juro.
-¿Has visto en ese
barco a Celestino Duclos?
-¿A Celestino Duclos?
–repitió el marinero, sorprendido e incluso asustado. ¿De dónde podía saber su
nombre? -¿Lo conoces?
La moza reflejó también
una expresión de susto.
-No; yo, no. Lo conoce
una mujer de aquí.
-¿Quién es? ¿Están en
esta casa?
-No; aquí no; pero
cerca.
-¿Dónde?
-Muy cerca.
-¿Quién es?
-Una mujer, una mujer
como yo.
-¿Por qué se interesa
por él?
-No sé. Tal vez sea una
paisana suya.
Se escudriñaron,
mirándose fijamente a los ojos.
-Quisiera ver a esa
mujer –dijo Duclos.
-¿Para qué? ¿Tienes que
decirle algo?
-Tengo que decirle…
-¿Qué?
-Que he visto a
Celestino.
-¿Lo has visto? ¿Está
sano y salvo?
-Sí. ¿Por qué?
La moza guardó
silencio, sumiéndose en reflexiones; y luego preguntó, en voz baja:
-¿Adónde se dirige La
Virgen de los Vientos?
-A Marsella.
-¿De veras?
-Sí.
-¿Y tú conoces a
Duclos?
-Ya te he dicho que sí.
La moza meditó un rato.
-Bueno, bueno, está
bien –dijo, al fin, en voz baja.
-¿Por qué te interesas
por él?
-Si lo ves, dile…; pero
no, no hace falta.
-¿Qué quieres que le
diga?
-Nada, nada.
Celestino Duclos miraba
a la moza, sintiéndose cada vez más inquieto.
-¿Lo conoces?
–preguntó.
-No.
-Entonces ¿por qué te
interesas por él?
Sin contestar, la moza
se puso en pie de un salto, y corrió hacia el mostrador, tras del que estaba
sentada la dueña. Cogió un limón y después de exprimir el zumo en un vaso, echó
agua y se lo llevó a Celestino.
-Toma. Bébete esto –le
dijo, sentándose en su rodilla, lo mismo que antes.
-¿Para qué? –preguntó
Duclos, tomando el vaso.
-Para que se te pase la
borrachera. Luego te diré algo. Bebe.
Celestino apuró el
contenido del vaso y se limpió los labios con la manga.
-Bueno, habla. Te
escucho.
-Prométeme que no le
dirás que me has visto ni quién te ha contado lo que te voy a decir.
-Bueno. No se lo diré.
-Júramelo.
-Te lo juro.
-Le dirás que su padre
y su madre han muerto. Y su hermano también. Tuvieron unas fiebres y murieron
los tres en el mismo mes.
Duclos sintió que la
sangre se le agolpaba al corazón. Durante unos minutos permaneció callado, sin
saber qué decir.
-¿Lo sabes con toda
seguridad?- preguntó al fin.
-Sí.
-¿quién te lo ha dicho?
La moza puso una mano
en el hombro a Duclos; y lo miró directamente a los ojos.
-Júrame que no se lo
contarás.
-Ya te lo he jurado.
Bueno; te lo juro otra vez.
-Soy su hermana.
-¡Francisca! –exclamó
Celestino.
La moza lo miró
fijamente.
-¿Eres tú Celestino?
–dijo, moviendo apenas los labios, casi sin pronunciar las palabras.
Ambos quedaron
petrificados, mirándose a los ojos. En torno a ellos, los marineros borrachos
vociferaban. Se entremezclaban las canciones con el ruido de los vasos, las
palmadas, el taconeo y los gritos penetrantes de las mujeres.
-¿Cómo es posible…?
–pronunció Celestino, en un tono de voz tan bajo que apenas se le oyó.
Súbitamente, los ojos
de Francisca se llenaron de lágrimas.
-Murieron de pronto, en
el intervalo de un mes. ¿Qué iba a hacer? Me quedé sola. Tuve que vender todo
para pagar los gastos de la botica, al médico y los entierros de los tres… y me
quedé con lo puesto. Me coloqué de criada en casa del señor Cachot…, de aquel
cojo ¿lo recuerdas? Acababa de cumplir los quince años. Aún no tenía catorce
cuando te fuiste. Tuve un desliz con él… Ya sabes lo tontas que somos las
mujeres. Después estuve de niñera en casa de un notario y con él pasó lo mismo.
Al principio, me mantuvo y me pagó un piso; pero eso duró poco. Terminó
abandonándome. Pasé tres días sin comer y sin poder encontrar una colocación
hasta que, finalmente, vine aquí, lo mismo que hacen otras.
Mientras hablaba, caían
de sus ojos raudales de lágrimas, que se deslizaban por las mejillas y se le
introducían en la boca.
-¡Qué hemos hecho!
–exclamó Celestino Duclos.
-Creí que tú también
habías muerto. ¿Acaso es por mí? –susurró la moza, a través de las lágrimas.
-Pero ¿cómo no me has
reconocido? –replicó Duclos, también en voz baja.
-No sé; no tengo la
cumpa –dijo Francisca, llorando con más desesperación-. ¿Cómo hubiera podido
reconocerte? ¿Acaso eras así cuando me fui? Lo que me extraña es que no te
dieras cuenta de que era yo.
-¡Ay! ¡Veo a tantos
hombres, que todos me parecen iguales! –exclamó Francisca, haciendo un gesto de
desesperación con la mano.
Celestino Duclos sintió
que se le atenazaba el corazón, tan dolorosamente, que tuvo deseos de gritar,
de llorar como un niño pequeño cuando le pegan. Apartó a su hermana; y,
poniéndose en pie, le cogió la cabeza entre sus manazas de marinero y le
examinó la cara. Poco a poco reconoció a aquella chiquilla delgadita y alegre
que dejara en su casa, con sus padres y hermanos, a quienes ella había tenido
que cerrar los ojos.
-¡Sí, eres tú,
Francisca, hermana mía! –exclamó, y repentinamente le apretaron la garganta
unos sollozos terribles, varoniles, semejantes al hipo de un borracho.
Inclinó la cabeza y
lanzó un grito salvaje, al tiempo que daba un puñetazo tan fuerte en la mesa,
que salieron despedidos los vasos, haciéndose añicos.
Sus compañeros se
fijaron en él.
-¡Mirad cómo se ha
emborrachado! –exclamó uno de ellos.
-¡Basta ya, no grites!
–dijo otro.
-Duclos ¿por qué
vociferas? Vámonos arriba –intervino un tercero, tirando de él con una mano,
mientras abrazaba con la otra a su amiga, una mujer de rostro encendido y de
ojos negros y brillantes, que llevaba un vestido escotado de color rosa y reía
a carcajadas.
De pronto, Duclos se
quedó callado y, conteniendo la respiración, miró a sus compañeros. Después,
adoptando la expresión extraña y decidida que le era propia cuando intervenía
en una riña, se acercó vacilando al marinero que abrazaba a su amiga y los separó
de un golpe.
-¡Apártate! ¿Acaso no
ves que es tu hermana? Todas son hermanas de alguien. Como Francisca, que es la
mía. ¡Ja, ja, ja! –sollozó; y sus sollozos parecían carcajadas.
Al decir estas
palabras, se tambaleó y, levantando los brazos, cayó de bruces. Empezó a
revolcarse por el suelo dando golpes con los pies y las manos, mientras emitía
un estertor semejante al de un moribundo.
-Hay que acostarlo. No
vaya a ser que lo detengan por la calle –dijo uno de los marineros.
Cogiendo en brazos a
Celestino, lo llevaron arriba, a la habitación de Francisca, donde lo
acostaron.
El 12 de julio, el
capitán Jlopov, con sable y charreteras – desde mi llegada al Cáucaso aún no lo
había visto de uniforme- entró por la puerta baja de mi choza.
-Vengo de ver al
coronel –dijo contestando a la mirada interrogativa con que lo acogí-. Mañana
se pondrá en marcha nuestro batallón.
-¿Hacia dónde?-
pregunté.
-Hacia N***. Allí debe
concentrarse el ejército.
-Y, probablemente,
saldrá de operaciones.
-Sí, tal vez.
-¿Adónde irá? ¿Qué cree
usted?
-¿Qué voy a creer? Le
digo lo que sé. Anoche llegó un tártaro de parte del general con la orden de
que el batallón se ponga en camino con previsiones para dos días y, como
comprenderá, no preguntamos adónde hemos de ir, para qué ni para cuánto tiempo;
nos ordenan que nos pongamos en camino y basta.
-Sin embargo, el hecho
de que se lleven provisiones sólo para dos días debe significar que el ejército
no ha de estar más tiempo.
-Eso no indica nada.
-¿Cómo que no?
–pregunté, sorprendido.
-¡Desde luego, no!
Cuando fuimos a Dargo llevamos vituallas para una semana y, sin embargo,
estuvimos allí un mes entero.
-¿Podría ir con
ustedes? –pregunté después de un corto silencio.
-Naturalmente, puede
venir, pero le aconsejo que no lo haga. ¿Para qué va a arriesgarse?
-Permítame que no haga
caso de su consejo; he permanecido aquí durante un mes esperando tan sólo la
ocasión de ver la guerra y ahora pretende usted que la deje escapar.
-Entonces, véngase;
pero de todas formas, ¿no sería mejor que se quedara? Nos esperaría usted aquí
cazando, mientras nos fuéramos con la ayuda de Dios. ¡Sería mucho mejor!
–concluyó en un tono tan persuasivo que en aquel momento me pareció, en efecto,
magnífico. Sin embargo, dije resueltamente que no me quedaría por nada del
mundo-. ¿Y qué va usted a ver allí? –continuó el capitán pretendiendo
convencerme-. ¿Quiere conocer las batallas? Pues lea los Relatos de la
Guerra, de Mijailovski-Dnailevsky. Es un libro magnífico: describe
minuciosamente la posición de los diferentes cuerpos y cómo se llevan a cabo
las batallas.
-Al contrario. Eso es
precisamente lo que me interesa.
-Entonces, lo que
quiere, sin duda, es ver matar a la gente… En el año 32 hubo aquí un
voluntario, al parecer, español. Hizo dos campañas con nosotros, siempre con su
capa azul… y no tardó en caer. Aquí, padrecito, no se puede sorprender a nadie.
Me resultó muy violenta
la falsa interpretación que el capitán daba a mi propósito; pero no intenté
desengañarlo.
-¿Y era valiente? –le
pregunté.
-¡Cualquiera sabe!
Siempre solía ir en vanguardia, siempre se hallaba donde había peligro.
-Entonces, lo era-
dije.
-No; el que uno se meta
donde no lo llaman no significa que sea valiente…
-¿Qué es lo que llama
usted ser valiente?
-¿Valiente? ¿Valiente?-
repitió el capital, con la expresión del hombre al que se le presenta por
primera vez semejante pregunta-. Es valiente el que se conduce como debe-
concluyó, después de pensar un poco.
Recordé que Platón,
define la valentía diciendo que es el conocimiento de lo que se debe temer y
de lo que no se debe temer. A pesar de que la definición del capitán era
vulgar y la había expresado de un modo confuso, pensé que la idea básica de
ambos no era tan diferente como parecía a simple vista. Incluso la definición
del capitán era más justa que la del filósofo griego, porque, de haber podido
expresarlo como Platón, probablemente habría dicho que es valiente el que teme
sólo lo que se debe temer y no se teme lo que no se debe temer.
Quise explicar mi idea
al capitán.
-Me parece –dije- que
en todo peligro existe un derecho de elección. Y cuando, por ejemplo, se elige
el peligro, dejándose llevar por un sentimiento de deber, es valentía; pero
cuando se hace bajo la influencia de un sentimiento mezquino, es cobardía. Por
tanto, al hombre que arriesga su vida por ambición, curiosidad o codicia, no se
le puede llamar valiente; y, por el contrario, al que se niega a exponerse
impulsado por el noble sentimiento del deber hacia la familia o, sencillamente,
por convicción, no se le puede considerar cobarde.
El capitán me miraba
con una expresión extraña mientras le decía esto.
-No puedo discutir con
usted –replicó, mientras atascaba la pipa-. Pero tenemos aquí un junker al
que le gusta filosofar. Hable usted con él. Incluso escribe versos.
Conocí al capitán en el
Cáucaso, aunque ya en Rusia había oído hablar de él. Su madre, María Ivanovna
Jlopova, pequeña propietaria rural, vivía a dos verstas de mi finca. La
visité antes de partir para el Cáucaso. La viejecita se alegró mucho de saber
que yo vería a su Pashenka (así llamaba al anciano capitán de pelo canoso) y,
como una carta viviente, podría ponerle al tanto de la vida que hacía, y
entregarse un envío de parte suya. Me obsequió con una magnífica empanada;
luego se fue a su dormitorio, de donde trajo un relicario negro, bastante
grande, que colgaba de una cinta de seda, negra también.
-Padrecito; tenga la
bondad de entregarle esto –dijo besando la cruz y la imagen de la Virgen,
mientras me la tendía-. Verá usted: en cuanto mi hijo se fue al Cáucaso,
encargué una misa y le prometí mandar hacer esta imagen de la Virgen si seguía
sano y salvo. Hace ya dieciocho años que lo protegen Nuestra Señora y los
santos. No ha estado herido ni una sola vez ¡y hay que ver en las batallas que
ha tomado parte!... Cuando Mijailo, que ha estado con él me lo contó, se me
pusieron los pelos de punta. Todo lo que sé de él es por medio de gente
extraña, porque mi querido hijo no me escribe nada de sus andanzas, para no
asustarme.
(Ya en el Cáucaso me
enteré, y no por él mismo, de que el capitán había estado cuatro veces
gravemente herido, y, como es natural, no le había escrito nada a su madre de
sus heridas, ni tampoco de las campañas.)
-Que lleve siempre esta
santa imagen –continuó la vieja-. Lo bendigo con ella. ¡La santísima Virgen lo
protegerá! Sobre todo, que la lleve siempre en las batallas. Dígale que se lo
ordena su madre.
Le prometí cumplir su
encargo al pie de la letra.
-Sé que se encariñará
usted con mi Pashenka –continuó la viejecita-. ¡Es tan simpático! Figúrese que
no pasa un año sin que me mande dinero, y a mi hija Anushka también la ayuda;
¡y todo eso de un sueldo! Me paso la vida agradeciendo a Dios el haberme dado
un hijo así –concluyó con lágrimas en los ojos.
-¿Le escribe a menudo?
pregunté.
-Muy de tarde en tarde,
padrecito: algo así como una vez al año, sólo cuando me manda dinero me pone
unas letritas. Me dice: “Si no le escribo, mamaíta, es que estoy sano y salvo;
si Dios me llamara, entonces se enteraría de ello sin mí.”
Cuando le entregué al
capitán el regalo de su madre (estábamos en mi casa), me pidió papel de
envolver, lió cuidadosamente la imagen y la guardó. Le conté muchos detalles de
la vida de su madre; el capitán me escuchó en silencio. Cuando acabé de hablar,
se retiró a un rincón, donde estuvo atacando la pipa durante largo rato.
-Sí, es muy buena mi
viejecita –dijo desde allí, con voz sorda-. ¿Me concederá Dios volver a verla?
Estas sencillas
palabras reflejaban un gran amor y una gran pena.
-¿Por qué sirve usted
aquí? –pregunté.
-Hay que hacerlo –
replicó, persuadido- y el cobrar una paga doble es muy importante para un
hombre pobre.
El capitán vivía
haciendo economías: no jugaba a las cartas, rara vez asistía a diversiones y
fumaba tabaco de ínfima calidad. Ya anteriormente me había gustado: tenía uno
de esos rostros rusos, sencillos y serenos, a los que se puede y agrada mirar a
los ojos; pero después de esa charla sentí hacia él un verdadero respeto.
Al día siguiente, a las
cuatro de la madrugada, el capitán vino a buscarme. Llevaba una vieja guerrera
sin charreteras, un ancho pantalón leguismiano, un gorro blanco de piel
de cordero y un sable asiático colgado al hombro. El caballito blanco que
montaba iba con la cabeza baja a pasitos menudos y moviendo sin cesar su cola,
bastante rala. A pesar de que la figura del buen capitán no era nada arrogante,
reflejaba tal serenidad hacia lo que le rodeaba que, sin querer, inspiraba
respeto.
No lo hice esperar ni
un solo minuto: monté y salimos juntos por la verja de la fortaleza.
El batallón iba a unas
doscientas sajenas (medida de longitud que equivale a 2,134 m) delante
de nosotros; parecía una masa negra compacta y vacilante. Se podía adivinar que
era la infantería solamente, porque se veían las bayonetas semejando unas
largas púas, y porque, de cuando en cuando, llegaban a nuestros oídos los sones
de una canción de soldados, del tambor y del magnífico tenor, segunda voz de la
sexta compañía, que me había deleitado más de una vez en el fuerte. El camino
se abría a través de un desfiladero ancho y profundo por la orilla de un
pequeño río, que en aquella época estaba desbordado. Una bandada de palomas
silvestres revoloteaba junto al río, tan pronto posándose sobre la pedregosa
ribera, tan pronto evolucionando en el aire y formando círculos hasta
desaparecer de nuestra vista. El sol no había despuntado aún, pero el punto más
alto del lado derecho del desfiladero empezaba a iluminarse. Se destacaban con
extraordinaria claridad y relieve en la diáfana y dorada luz, las piedras grises
y blancuzcas, el musgo verde amarillento, los cambroneros, los cornejos y los
olmos; en cambio, el otro lado y el valle, cubierto de una espesa niebla que se
agitaba en capas desiguales, aparecían grises y sombríos, prestando una mezcla
extraña de colores: lila pálido, casi negro, verde oscuro y blanco. Frente a
nosotros, sobre el azul oscuro del horizonte, se divisaban con asombrosa
claridad, las masas de un blanco mate, cegador, que formaban las montañas
cubiertas de nieve con sus sombras y sus contornos fantásticos, pero elegantes
en sus mínimos detalles. Los grillos, los saltamontes y miles de otros insectos
se habían despertado en la alta hierba y llenaban el aire con sus cantos claros
e ininterrumpidos: parecía que una infinidad de diminutas campanillas sonaba en
los oídos. El aire olía a hierba, niebla y agua; en una palabra, a una hermosa
madrugada de verano. El capitán encendió su pipa; el olor a tabaco y a yesca me
fue muy agradable.
Cabalgábamos por el
camino con intención de alcanzar cuanto antes a la infantería. El capitán
parecía estar más pensativo que de costumbre; no se quitaba la pipa de la boca
y, a cada paso, espoleaba el caballo que, balanceándose, dejaba una huella
apenas perceptible en la alta hierba mojada, de un verde oscuro. Debajo de sus
mismos pies salió volando un faisán con ese grito peculiar y ese batir de alas
que obliga al cazador a estremecerse, y se elevó lentamente por los aires. El
capitán no le hizo el menor caso.
Ya estábamos a punto de
alcanzar el batallón cuando se oyó, detrás de nosotros, el galope de un caballo
y, al momento, pasó a nuestro lado un muchacho jovencito y bien parecido, con
guerrera de oficial y gorro alto de piel blanca. Al llegar junto a nosotros,
sonrió, le hizo al capitán una seña con la cabeza y blandió el látigo… Sólo
pude observar que su postura en la silla era muy grácil, así como su manera de
sujetar las bridas, que tenía hermosos ojos negros, la nariz muy fina y un
bigotillo incipiente. Lo que más me gustó de él fue que no había podido por
menos de sonreír al ver que lo admirábamos. Por esa sola sonrisa se podía
deducir que era muy joven.
-¿A donde irá? –rezongó
el capitán con expresión descontenta, sin quitarse la pipa de la boca.
-¿Quién es? –le
pregunté.
-El abanderado Alanin,
alférez de mi regimiento… Llegó el mes pasado de la Academia.
-Probablemente es la
primera vez que sale de operaciones.
-¡Por eso está tan
contento! –replicó el capitán, moviendo la cabeza pensativo-. ¡Es la juventud!
-¿Cómo no alegrarse?
Comprendo lo interesante que esto debe de ser para un oficial joven.
El capitán guardó
silencio un par de minutos.
-Es lo que digo: ¡la
juventud! –continuó con voz de bajo-. ¡Puede alegrarse, pues aún no ha visto
nada! Cuando uno ha tomado parte en muchas campañas, ya no le parecen tan
divertidas. Ahora, por ejemplo, somos veinte oficiales: es seguro que alguno
caerá herido o muerto. Hoy me toca a mí, mañana a él, pasado mañana al otro:
¿de qué puede uno alegrarse, pues?
En cuanto el sol
radiante apareció por detrás de la montaña e iluminó el desfiladero por el que
cabalgábamos, las nubes ondulantes de niebla se disiparon y empezó a hacer
calor. Los soldados, con fusiles y sacos al hombro, avanzaban despacio por el
camino polvoriento; de cuando en cuando se oían en las filas risas y
conversaciones en ucraniano. Unos cuantos soldados viejos que llevaban
guerreras blancas –la mayoría eran suboficiales- iban a un lado del camino,
fumando en pipa y conversando gravemente. Los furgones avanzaban con la carga,
uno tras otro, levantando una densa nube de polvo. Los oficiales cabalgaban a
la cabeza; algunos djiguitaban (djiguit significa valiente), como se
suele decir en el Cáucaso, es decir, fustigaban al caballo, obligándole a
saltar cuatro veces para luego parar en seco, de cara al regimiento; otros se
ocupaban de los cantores, que, a pesar del calor asfixiante, entonaban una
canción tras de otra.
A unas cien sajenas
delante de la infantería, sobre un caballo blanco, iba un oficial alto y
arrogante, vestido al estilo asiático, al frente de la caballería tártara. Era
célebre en el regimiento por su valor temerario y por ser un hombre que le
espetaba la verdad fuese a quien fuera. Vestía una casaca negra bordada, un
pantalón igual, unas botas nuevas que se ceñían a sus pantorrillas, también
bordadas, y un gorro alto, echado hacia atrás. Llevaba bordados de plata en el
pecho y en la espalda, y al cinto, dos pistolas y un puñal, en un estuche de
plata. Además de todo esto, un sable en una vaina roja bordada y una carabina
en una funda negra colgaban a su espalda. Por su traje, su manera de montar y
su actitud y, en general, por sus movimientos, se advertía que quería parecerse
a un tártaro. Hasta hablaba con los que lo acompañaban en un idioma desconocido
para mí. Pero, por las burlonas miradas de incomprensión que se lanzaban éstos,
creí que no le entendían. Era uno de nuestros jóvenes oficiales, un djiguit,
formado al estilo de Marlinsky y Liermontov. Esos hombres miran al Cáucaso a
través de los héroes de nuestro tiempo. Mulla-Nurov y otros y se guían
para todos los actos, no de sus inclinaciones, sino del ejemplo que aquellos
les dan.
Tal vez al teniente le
agradara la compañía de mujeres de la buena sociedad y de personas importantes
–generales, coroneles, ayudantes de campo- incluso estoy seguro de que le
gustaba mucho, porque era ambicioso en sumo grado; pero consideraba como un deber
ineludible mostrar su lado grosero a toda la gente importante; sin embargo sus
groserías no dejaban de ser comedidas. Cuando aparecía alguna dama en la
fortaleza, se creía en el derecho de pasear al pie de sus ventanas acompañado
de sus amigos, vestido con una camisa roja, y unas botas sobre los pies
descalzos, gritando y lanzando imprecaciones. Pero todo esto no lo hacía tanto
por un deseo de ofenderla como para mostrarle sus hermosas piernas y darle a
entender que la enamoraría siempre que quisiera. A veces, por las noches, se
iba con dos o tres tártaros pacíficos a las montañas y se situaba en el camino
para acechar y matar a los rebeldes que pasaban; aunque su corazón le había
dicho más de una vez que aquello no representaba ninguna valentía, se creía obligado
a hacer sufrir a la gente de la que parecía estar desengañado y a la que
parecía despreciar y odiar. Nunca se separaba de dos objetos: una gran imagen
que llevaba al cuello y un puñal con el que incluso dormía. Estaba firmemente
convencido de que tenía enemigos, y constituía para él el máximo placer llegar
a la conclusión de que debía vengarse de alguien y borrar la ofensa con sangre.
Estaba seguro de que el odio, la venganza y el desprecio hacia el género humano
era los sentimientos poéticos más elevados. Pero su amante –una circasiana,
como es natural- a la que posteriormente conocí, decía que era el hombre más
bondadoso y dulce del mundo y que todas las noches escribía sus tenebrosas
notas al mismo tiempo que echaba las cuentas sobre papel cuadriculado y rezaba
de rodillas. Había sufrido mucho para hacerse pasar ante sí mismo por el hombre
que quería ser, y porque sus compañeros y los soldados no podían entenderlo
como el hubiera querido. Una vez, en una de sus expediciones nocturnas en
compañía de sus amigos, después de herir en una pierna a un chechén rebelde,
consiguió capturarlo. El chechén vivió durante siete semanas con el teniente,
que lo atendió y lo cuidó como a un amigo querido; y, una vez curado, lo dejó
irse, haciéndole muchos obsequios. Poco después, durante una expedición en que
el teniente retrocedía defendiéndose del enemigo, oyó que alguien lo llamaba
por su nombre desde las filas contrarias; y su amigo, al que había herido en
aquella ocasión, se adelantó, invitando al teniente a hacer lo mismo por medio
de señas. El teniente se acercó a su amigo y le estrechó la mano. Los
montañeses permanecían algo retirados y no disparaban; pero en cuanto el
teniente volvió al caballo, varios hombres tiraron contra él y una de las balas
pasó rozándole la espalda. Otra vez, presencié de noche un incendio que dos
compañías de soldados trataban de extinguir. Entre la multitud apareció de
pronto la alta figura de un hombre que montaba un caballo negro, iluminada por
las llamas rojas. Se abrió paso entre la muchedumbre avanzando hacia las
llamas. Al llegar junto al fuego, el teniente se apeó de un salto y entró
corriendo en la casa que ardía. Al cabo de cinco minutos salió, con los
cabellos chamuscados y un codo quemado, llevando debajo del brazo dos palomos
que había salvado de las llamas.
Se apedillaba
Rosenkrantz; pero a menudo hablaba de su origen, diciendo que descendía de los
varegos y demostrando que tanto el como sus antepasados eran rusos auténticos.
El sol había recorrido
la mitad de su camino y arrojaba sus ardientes rayos sobre la tierra reseca a
través del aire caliente. El cielo, de un azul intenso, aparecía completamente
despejado; solamente las faldas de los montes nevados empezaban a vestirse de
nubes de un blanco amoratado. El aire estático parecía estar lleno de un
polvillo transparente: empezaba a hacer un calor insoportable. Al llegar a un
arroyuelo que discurría por en medio del camino, el ejército hizo un alto para
descansar. Los soldados arrojaron sus fusiles y se lanzaron al arroyo; el
comandante del batallón, se sentó a la sombra, sobre el tambor, y expresando en
su rostro su graduación, se dispuso a tomar un bocadillo con algunos oficiales;
el capitán se tendió en la hierba al pie del furgón del regimiento; el bravo
teniente Rosenkrantz y unos cuantos oficiales jóvenes instalados sobre unos
capotes extendidos, se preparaban a divertirse, lo que se deducía por los
frascos y las botellas que tenían a su lado, y por la particular animación de
los cantantes, los cuales, formando un semicírculo delante de ellos, tocaban,
acompañados de silbidos, una canción bailable del Cáucaso con ritmo de lesguiniana:
Shamil quiso
sublevarse,
Hace de esto algunos años,
Tra, la, la, tra, la, la…;
Hace de esto algunos años…
Entre estos oficiales
se hallaba también el joven abanderado que había pasado junto a nosotros por la
mañana. Estaba muy divertido; le brillaban los ojos, se le trababa ligeramente
la lengua, quería abrazar a todo el mundo y demostrar su afecto… ¡Pobre muchacho!
No sabía aún que eso podía resultar ridículo, que su franqueza y su ternura
hacia todos no predisponía al afecto que él deseaba, sino a la burla; tampoco
sabía que, cuando finalmente, se arrojó sofocado en un capote y se apoyó en el
codo, echando hacia atrás su espesa cabellera negra, estaba extraordinariamente
hermoso. Otros dos oficiales se hallaban sentados junto a un furgón y jugaban a
las cartas.
Yo escuchaba con
curiosidad las conversaciones de los soldados y de los oficiales, examinando
atentamente la expresión de sus rostros; pero no hallé siquiera una sombra de
la inquietud que experimentaba; las bromas, las risas, los relatos expresaban
la despreocupación general y la indiferencia hacia el próximo peligro. ¡Era
como si no se pudiera suponer que algunos no les estaba predestinado volver por
aquel camino!
A las siete de la
tarde, cubiertos de polvo y cansados, penetramos por las amplias puertas
fortificadas de la fortaleza de N***. El sol se ponía, arrojando sus oblicuos
rayos rosados sobre las pintorescas baterías y sobre los jardines que, con sus
altas verjas, rodeaban la fortaleza, sobre los amarillentos campos sembrados y
sobre las blancas nubes que agolpadas junto a la montañas cubiertas de nieve
parecían imitarlas, formando una cadena no menos fantástica y hermosa. La luna
nueva se divisaba en el horizonte como una nubecilla transparente. En la aldea
situada junto a las puertas de la fortaleza, un tártaro, subido en el tejado de
una cabaña, llamaba a los fieles a la oración; los cantores cantaban con nuevo
entusiasmo y energía.
Después de descansar y
de arreglarme un poco, me dirigí a casa de un ayudante de campo conocido mío,
para rogarle que le expusiera mi propósito al general. Al salir de la fortaleza
paréme en el camino y ví pasar junto a mí lo que no hubiera esperado encontrarme
en aquel sitio: un hermoso coche de dos asientos en el que se divisaba un
sombrerito de última moda y en el que se oía una conversación en francés. Por
la ventana abierta de la casa del comandante, llegaban hasta mí los acordes de Lsianka
o de la polca Katienka, ejecutada en un piano malo y desafinado. En
un despacho de vinos, junto al que pasé, unos cuantos escribientes sentados
ante unos vasos de vino, fumaban y uno de ellos decía: “Diga usted lo que
quiera… pero en cuanto a política, María Grigorievna es la primera de nuestras
damas.” Un judío encorvado, de rostro enfermizo, con una levita raída,
arrastraba un desvencijado organillo que llenaba la fortaleza con acordes de la
parte final de Lucía. Dos mujeres, con vestidos que crujían, chales de
seda y unas sombrillas de colores vivos, pasaron junto a mí por la acera de
madera. Dos muchachas, una vestida de rosa y la otra de azul a pelo, se
hallaban junto a la explanada de una casa baja y reían con risa afectada, con
el evidente propósito de llamar la atención de los oficiales que pasaban. Los
militares, con sus guerreras nuevas, guantes blancos y brillantes charreteras,
se pavoneaban por las calles y el bulevar.
Hallé a mi conocido en
el piso bajo de la casa que habitaba el general. Apenas le hube explicado mi
deseo, que él encontró factible, pasó ante la ventana junto a la que nos
hallábamos sentados el hermoso coche en el que yo había reparado, deteniéndose
al pie de la escalinata. Un militar, alto y esbelto, que llevaba uniforme de
infantería con insignias de comandante, se apeó del coche y entró en la casa
del general.
-¡Oh! Le ruego que me
perdone –me dijo el ayudante de campo levantándose-. Debo anunciar sin falta
esta visita al general.
-¿Quién es? –pregunté.
-La condesa – respondió;
y, abrochándose la guerrera, corrió escaleras arriba.
Al cabo de unos minutos
salió a la escalinata un hombre de mediana estatura, pero muy apuesto, que
vestía una guerrera sin charreteras y lucía una cruz blanca en el ojal.
Salieron en pos de él el mayor, el ayudante y otros dos oficiales. Los andares,
la voz y los movimientos del general mostraban al hombre que tiene conciencia
de su elevado valer.
-Bonsoir, madame la
comtesse –dijo, tendiendo la mano por la ventanilla del coche.
Una pequeña mano
enguantada estrechó la del general y una bella cabecita de rostro risueño, con
sombrero amarillo, asomó por la ventanilla.
De toda la
conversación, que duró algunos minutos, sólo oí que el general decía sonriendo:
-Ya sabe que he hecho
voto de combatir a los infieles. Procure no serlo.
Se oyó una risa desde
el coche.
-Adiós, querido
general.
-No; hasta la vista… No
olvide que me he invitado para la reunión de mañana.
El coche se puso en
marcha.
“He aquí un hombre que
tiene todo cuanto ambicionan los rusos; graduación elevada, riqueza,
celebridad… y este hombre, en vísperas del combate que sólo Dios sabe cómo
acabará, bromea con una linda mujercita y le promete ir a tomar el té a su casa
como si se hubiese encontrado con ella en un baile”, pensaba mientras volvía a
casa.
En la del ayudante me
encontré con un hombre que me asombró aún más: era el joven teniente del
regimiento de K***, que se destacaba por su timidez y su dulzura casi femenina.
Había ido a casa del ayudante para expresar su indignación contra los que, según
él, se valían de intrigas para impedir que tomara parte en las próximas
batallas. Decía que era una vileza proceder de este modo, calificándolo de
falta de compañerismo; y aseguraba que se acordarían de él. Por más que examiné
la expresión de su rostro y me fijé en el tono de su voz, no pude por menos de
convencerme de que no fingía; estaba profundamente indignado porque no le
dejaban ir a combatir a los circasianos y exponerse al tiroteo; su pena era
como la de un niño al que acaban de azotar injustamente… Fui incapaz de
comprenderlo.
A las diez de la noche,
las tropas debían ponerse en marcha. A las ocho y media monté a caballo y me
dirigí a casa del general; pero, suponiendo que éste y su ayudante estarían
ocupados, me detuve en la calle y, atando el caballo a la reja, me senté en la
explanada, con el propósito de seguir al general en cuanto saliese.
El calor y la claridad
del sol se habían sustituido ya por el frescor de la noche y por la luz tenue
de la luna nueva, que, formando en torno suyo un semicírculo pálido en el cielo
azul oscuro sembrado de estrellas, empezaba a remontarse; aparecieron luces en
las ventanas de las casas y en las rendijas de los postigos de las chozas. Las
altas verjas de los jardines que se destacaban en el horizonte por detrás de
las enjalbegadas chozas de tejados de cañas, iluminadas por la luna, parecían
aún más altas y más negras.
Las largas sombras de
las casas, de los árboles y de las vallas, caían graciosamente sobre el camino
claro y polvoriento… En la orilla del río croaban sin cesar las ranas (las
ranas del Cáucaso emiten sonidos completamente distintos del croar de las ranas
de Rusia); por las calles se oían pasos acelerados y conversaciones, o el
galopar de algún caballo; desde el fuerte llegaban, de cuando en cuando, los
sones de un organillo: tan pronto tocaba Aúlla el Viento como el Vals
de la Aurora.
No diré en qué pensaba,
primeramente porque me daría vergüenza reconocer las sombrías ideas que
importunaban sin tregua mi alma cuando a mi alrededor observaba tanta alegría y
tanto contento; y, en segundo lugar, porque esto no tiene nada que ver con mi relato.
Me ensimismé tanto, que no me di cuenta de que la campana dio las once ni de
que el general había pasado junto a mí con su séquito.
Monté apresuradamente y
me lancé en pos del destacamento.
La retaguardia se
hallaba todavía en las puertas del fuerte. Me fue difícil abrirme paso por el
puente entre los cañones, los arcones, los carros del regimiento y los
oficiales, que daban órdenes en voz alta. Al salir por las puertas, adelanté la
fila de soldados, que se extendía casi a lo largo de una versta, avanzando
en silencio en medio de la oscuridad, y alcancé al general. Al pasar junto a la
artillería con sus cañones alineados, entre los cuales caminaban los oficiales,
me hirió, como una disonancia ofensiva en medio de la solemne armonía del
silencio, una voz que gritó en alemán: “¡Eh, dame fuego!” y la de un soldado
que exclamó: “¡Chevchenko, el teniente pide fuego!”
La mayor parte del
cielo se cubrió de alargadas nubes de un gris oscuro; sólo aquí y acullá
brillaban pálidas estrellas. La luna se ocultó en el cercano horizonte tras las
negras montañas que se divisaban a la derecha, arrojando sobre sus cimas una
luz débil y vacilante, que contrastaba bruscamente con la impenetrable
oscuridad que cubría sus faldas. El aire era cálido y tan sereno que no agitaba
una sola brizna de hierba, ni una nubecilla. Era tal la oscuridad, que
resultaba imposible definir los objetos a la distancia más corta; a los lados
del camino se me figuraba ver rocas, animales o seres extraños y sólo me daba
cuenta de que eran unos arbustos al oír el murmullo de sus hojas y percibir el
frescor del rocío que los cubría.
Veía ante mí una
barrera compacta y vacilante, seguida de unas cuantas manchas que se movían:
era la vanguardia de la caballería y el general con su séquito. Nos seguía una
masa tan sombría y oscura como la primera, pero más baja: la infantería.
En el destacamento
reinaba un silencio absoluto, se percibían distintamente todos los rumores de
la noche llenos de un misterioso encanto: el lejano y quejumbroso aullido de
los chacales, que tan pronto parecía llanto desesperado como sonoras
carcajadas; el monótono y penetrante canto de los grillos, el croar de las
ranas, el grito de la codorniz y un rumor que se acercaba y que no me podía
explicar. Todos los murmullos de la Naturaleza, apenas perceptibles, y que no
se pueden comprender ni definir, se confundían en una melodía grave y hermosa
que solemos llamar el silencio de la noche. Ese silencio se interrumpía o,
mejor dicho, se confundía con el ruido sordo de los cascos de los caballos y el
rumor de la alta hierba, producido por las tropas que avanzaban lentamente.
Sólo de cuando en
cuando se oía en las filas el ruido de los pesados cañones y el entrechocar de
las bayonetas, las charlas en voz baja y el relinchar de los caballos. Por el
olor de la jugosa y húmeda hierba que tronchaban los cascos de los caballos, el
ligero vaho que se elevaba desde la tierra y por el horizonte abierto a ambos
lados, se podía deducir que atravesábamos un inmenso y hermoso prado.
La Naturaleza respiraba
belleza y fuerza, que armonizaban íntimamente.
¿Es posible que los
hombres se sientan estrechos viviendo en un mundo tan bello, bajo ese
inacabable cielo estrellado? ¿Cabe que puedan albergarse en el alma humana la
maldad, el sentimiento de venganza o el deseo de destruir a sus semejantes ante
esa Naturaleza tan acogedora? Toda la maldad debería desaparecer del corazón
del hombre al sólo contacto con la Naturaleza, la expresión más evidente de la
belleza y el bien.
Hacía más de dos horas
que estábamos en marcha. Empecé a sentir escalofríos y sueño. En la oscuridad
se dibujaban confusamente los mismos objetos indefinidos: a cierta distancia,
la barrera negra con las mismas manchas que se movían; a mi lado, la grupa de
un caballo blanco que agitaba la cola y caminaba a grandes pasos; una espalda
con guerrera blanca de circasiano sobre la cual se balanceaban un fusil en una
funda negra y el blanco mango de una pistola en un estuche bordado, el fuego de
un cigarrillo que iluminaba unos bigotes rubios, un cuello de castor y una mano
con guante de gamuza. Me inclinaba hacia el cuello del caballo y, cerrando los
ojos, me adormecía durante algunos instantes; después, el familiar ruido de los
cascos de los caballos y algún rumor me despertaban: miraba a mi alrededor y me
parecía que estaba parado y que la negra barrera que me precedía avanzaba hacia
mí o bien que se detenía y que yo me echaba sobre ella. En uno de tales
momentos, me sorprendió aún más aquel rumor ininterrumpido que se acercaba,
cuya causa no podía adivinar. Era un murmullo del agua. Entrábamos en una
profunda garganta y nos acercábamos al río de la montaña que en aquella época
estaba desbordado. El rumor de intensificaba, la húmeda hierba era cada vez más
espesa y más alta, los arbustos, cada vez más frecuentes y el horizonte se
estrechaba poco a poco. De cuando en cuando, aparecían en distintos puntos del
tenebroso fondo que formaban las montañas unas llamas que no tardaban en
desaparecer.
-Dígame, por favor,
¿qué son esas llamas? –pregunté, en un susurro, a un tártaro que iba a mi lado.
-¿No lo sabes?
–replicó.
-No.
-Son los habitantes de
las montañas que atan paja a una estaca, la encienden y la agitan en el aire.
-¿Para qué?
-Para que todos sepan
que han llegado los rusos. En este momento hay un gran alboroto en las aldeas
–añadió, echándose a reír-. Todos llevan sus riquezas a los barrancos, para
ocultarlas.
-¿Acaso saben ya en las
montañas que avanza el destacamento? –le pregunté.
-¿Cómo podrían
ignorarlo? Lo saben todo: así son los nuestros.
-¿Entonces también
Shamil se estará preparando para la lucha?
-No –replicó, moviendo
la cabeza negativamente-. Shamil no asistirá a las operaciones; enviará a sus naib.
(Así se llamaban los hombres a quienes Shamil confiaba alguna parte de su
gobierno) y el las presenciará con su anteojo desde arriba.
-¿Vive lejos?
-No. Ahí a la
izquierda, a unas diez verstas.
-¿Cómo lo sabes tú?
¿Acaso has estado allí? –pregunté.
-Sí; todos nosotros
hemos estado en la montaña.
-¿Y has visto a Shamil?
-¡No! Los soldados no
lo ven nunca. Tiene a su alrededor cien, trescientos y hasta mil miurides
(especie de ayudante o de guardia de corps). ¡Shamil está siempre en el centro!
–agregó con expresión de respeto servil.
Mirando hacia lo alto,
se podía observar que el cielo, despejado ya, empezaba a clarear por el Este;
pero el desfiladero por el que avanzábamos estaba oscuro y húmedo.
De pronto, ante
nosotros, se encendieron en la oscuridad varias lucecitas, y al mismo tiempo
silbaron unas balas; a lo lejos, en medio del silencio se oyeron disparos y un
enorme griterío. Era el piquete de vanguardia del enemigo. Los tártaros que lo
componían prorrumpieron en gritos, dispararon al aire y se dispersaron.
Todo quedó en silencio.
El general llamó al intérprete. Un tártaro que llevaba una guerrera blanca
circasiana se acercó a él. Le habló en voz baja y gesticulando, durante
bastante rato.
-Coronel Jasanov:
ordene que rompan filas –dijo el general lentamente y en voz baja, aunque
firme.
El destacamento llegó
hasta el río. Las negras montañas de la garganta quedaron atrás; empezaba a
clarear. El firmamento, en el que apenas se veían las pálidas estrellas,
parecía estar más alto; un rayo luminoso resplandeció en el Levante; una brisa
fresca soplaba desde el Poniente y la niebla, clara como el vapor, se elevó
desde el río que rumoreaba.
El guía indicó el vado
y la vanguardia de caballería, seguida del general con su séquito, empezó a
vadear el río. El agua llegaba al vientre de los caballos, discurriendo con
extraordinaria fuerza entre los blancos peñascos, que asomaban aquí y allá en la
superficie, formando ruidosas corrientes espumeantes bajo los cascos de los
caballos. Loa animales, sorprendidos por el ruido del agua, levantaban la
cabeza y aguzaban las orejas, pero seguían avanzando, cautelosos y acompasados
contra la corriente por el lecho desigual del río. Los jinetes recogían las
armas y encogían las piernas. Los infantes, en camisa, sostenían por encima del
agua los fusiles sobre los que colgaban hatos de ropa; y, cogidos de la mano,
formando una hilera de veinte, trataban de vencer la corriente con un esfuerzo
denotado por la tensión de sus rostros. La artillería montada, con grandes
gritos, lanzaba al agua a los caballos. Los cañones y los arcones, azotados por
el agua, chirriaban al rodar por el lecho de piedra, pero los valientes
caballos se repartían amistosamente la carga y formaban espuma en el agua. Por
fin, ganaron la otra orilla, saliendo con las crines y las colas mojadas.
En cuanto las tropas
hubieron atravesado el río, el rostro del general adquirió una expresión
pensativa y grave. Volvió su montura y uniéndose a la caballería, trotó por la
gran pradera rodeada de bosques que se extendía ante nosotros. Las filas de
cosacos montados se dispersaron por las lindes del bosque.
En éste apareció un
hombre con guerrera circasiana y gorro alto; luego, otro y otro… Uno de los
oficiales dijo: “Son los tártaros.” Se levantó una nubecilla de humo entre los
árboles…; después se oyó un tiro, el segundo, el tercero… Nuestros repetidos disparos
ahogaban los del enemigo. Sólo de cuando en cuando alguna bala, con su
prolongado silbido semejante al vuelo de una abeja, pasa volando junto a
nosotros y nos demuestra que no todos los disparos son nuestros. La artillería
se apresura a alinearse; se oye el estampido del cañón, el sonido metálico del
vuelo de la metralla, el silbido de los cohetes, el traqueteo de los fusiles.
La caballería, la infantería y la artillería están dispersas por la ancha
pradera. Los velos de humo de los cañones, de los cohetes y de los fusiles se
confunden con la verdura cubierta de rocío y con la neblina. El coronel Jasanov
galopa hacia el general y detiene al caballo, en seco.
-¡Excelencia! –exclama,
llevándose la mano a la gorra-. Ordene el avance de la caballería: han
aparecido señales –e indica con el látigo la caballería tártara, a cuya cabeza
cabalgan dos hombres sobre blancos corceles, ostentando dos estacas en cuyos
extremos se ve un guiñapo rojo y otro azul.
-¡Que Dios nos proteja!
–dice el general.
El coronel vuelve su
caballo, desenvaina la espada y grita:
-¡Hurra!
-¡Hurra! ¡Hurra!
¡Hurra! –resuena en las filas; y la caballería sigue al coronel.
Todos miran con
interés: aparece una señal, después la segunda, la tercera, la cuarta…
El enemigo, sin esperar
otro ataque, se oculta en el bosque y, desde allí abre fuego de fusilería. Las
balas vuelan cada vez más a menudo.
-¡Qué panorama tan
encantador! –dice el general, dando ligeros saltitos, al estilo inglés, sobre
su caballo negro de finas patas.
-¡Charmant!…
-replica el comandante, arrastrando la erre; y, acuciando al caballo con
el látigo, se acerca al general-. Es un verdadero placer guerrear en un país
tan hermoso – añade.
-Et surtout, en
bonne compagnie –dice el general, con amable sonrisa.
El comandante se
inclina.
En aquel momento una
bala enemiga corta los aires con su rápido silbido desagradable y se incrusta
en un cuerpo; detrás de nosotros se oyen los lamentos de un herido. Me
impresionan tanto que, por un momento, el guerrero espectáculo pierde para mí
todo su encanto; pero sin duda nadie se da cuenta de ello, excepto yo: el
comandante ríe muy divertido, al parecer; el general mira hacia el lado opuesto
y, con tranquila sonrisa, habla en francés.
-¿Permite mi general,
contestar a estos disparos? –pregunta el jefe de la artillería, que se acerca.
-Sí, déles un susto
–contesta el general, con indiferencia, mientras enciende un cigarro.
La batería se alinea y
abre fuego. La tierra se estremece, el fuego brilla sin cesar y el humo, que
apenas permite discernir a los artilleros junto a los cañones, nos ciega.
Una vez bombardeada la
aldea, el coronel Jasanov se acerca de nuevo al general, y por orden de éste,
se lanza al asalto. De nuevo se oyen gritos de guerra y la caballería
desaparece envuelta en la nube de polvo que levanta.
El espectáculo era
verdaderamente grandioso. Sin embargo, para mí, que no tomaba parte en las
operaciones y que no estaba acostumbrado a ellas, había algo que echaba a
perder la impresión general: me parecían superfluos ese movimiento, esa
animación y esos gritos. Involuntariamente los comparaba a un hombre que,
esgrimiendo un hacha, cortara el aire.
Nuestras tropas
ocuparon la aldea, pero no quedaba allí un solo enemigo cuando el general,
acompañado de su séquito, al que me había unido yo también, entró en ella.
Las casas, muy limpias,
con sus tejados de tierra y sus chimeneas de color rojo, estaban diseminadas
sobre unos cerros pedregosos, entre los cuales discurría un riachuelo. A un
lado se veían los jardines verdes, iluminados por la luz radiante del sol, con
sus enormes perales y ciruelos. Al otro, aparecían unos fantasmas extraños;
altos peñascos colocados perpendicularmente y largas estacas de madera, en
cuyos extremos se veían esferas y banderas multicolores. (Eran las tumbas de
los djiguits.)
Las tropas se alinearon
junto a las puertas.
Al cabo de unos
minutos, los dragones, los cosacos y los infantes se dispersaron, con
manifiesta alegría, por las tortuosas callejuelas, y el pueblo desierto se
animó en el acto. Aquí, se hundía un tejado, el hacha golpeaba la madera
resistente y una puerta se derrumbaba; allá, las llamas devoraban un pajar, una
valla o una choza y el humo denso se elevaba en columnas por el aire. Acullá,
un cosaco arrastraba una alfombra y un saco de harina; un soldado de alegre
rostro sacaba de una cabaña un cubo de latón y un paño; otro, con los brazos
extendidos, quería pillar dos gallinas que cacareaban, defendiéndose, junto a
una valla; un tercero, que había encontrado un enorme puchero con leche, la
bebía; finalmente, lanzando carcajadas, arrojaba la vasija al suelo.
El batallón con el que
yo había abandonado la fortaleza de N*** también se encontraba en el pueblo. El
capitán, sentado en el tejado de una choza, echaba bocanadas de humo de su
pipa, con un aire tan indiferente que, al verlo, olvidé que estaba en un pueblo
enemigo y creí estar en mi propio país.
-¡Ah! ¿También usted
está aquí? –me dijo al verme.
La alta figura del
teniente Rosenkrantz dejaba ver aquí y allá; daba órdenes sin cesar y
presentaba el aspecto de un hombre muy preocupado. Lo vi salir de una choza con
expresión triunfante; lo seguían dos soldados conduciendo a un viejo tártaro
maniatado. El viejo, que por toda ropa llevaba una harapienta casaca abigarrada
y unos calzones rotos, era tan endeble que sus huesudos brazos, fuertemente
sujetados a la espalda, parecían desprenderse de sus hombros, y apenas si podía
levantar sus torcidas y desnudas piernas para andar. Su cara y hasta parte de
su cabeza afeitada estaban surcadas de arrugas; su boca torcida desdentada,
rodeada de unos bigotes canosos recortados y de una barba, se movía sin cesar,
como si masticara algo; pero en sus ojos enrojecidos, desprovistos de pestañas,
brillaba aún una luz que expresaba manifiestamente indiferencia por la vida.
Rosenkrantz le
preguntó, por medio del intérprete, por qué no se había marchado.
-¿Donde iba a ir?
–replicó el anciano, mirando a un lado, con expresión serena.
-Con los demás –observó
alguien.
-Los djiguits
han ido a luchar con los rusos; pero yo soy viejo.
-¿Acaso no temes a los
rusos?
-¿Qué pueden hacerme?
Soy viejo –repitió, mirando con indiferencia al círculo que se había formado en
torno suyo.
Cuando regresábamos, vi
al viejo, descubierto y maniatado, balancearse en la silla del caballo de un
cosaco; seguía mirando a su alrededor con la misma expresión de indiferencia.
Era imprescindible llevárselo para el canje de prisioneros.
Me encaramé en el
tejado y me instalé junto al capitán.
-Me parece que los
enemigos no eran muy numerosos –le dije, deseando saber su opinión acerca de
las recientes operaciones.
-¿Acaso se puede llamar
enemigos a éstos?... Ya verá usted esta noche, cuando empecemos a retirarnos,
ya verá cómo nos van a acompañar. ¡Saldrá una infinidad de ellos! –añadió,
indicando con la pipa el sendero del bosque que habíamos atravesado por la mañana.
-¿Qué es esto?
–pregunté, inquieto, interrumpiendo al capitán y mostrándole un grupo de
cosacos del Don que se había reunido en torno de algo.
Desde el lugar donde
estaban reunidos se oyeron unos lamentos parecidos al llanto de un niño y las
palabras:
-¡Eh, no le des un
hachazo…! Espera… que pueden verte… Evstigneiech ¿tienes una navaja?
-Se están repartiendo
algo estos bandidos –replicó el capitán, con serenidad.
Pero, en aquel
instante, el joven abanderado vino corriendo; su rostro sofocado expresaba
espanto, agitando los brazos, se lanzó hacia los cosacos.
-¡No lo toquéis! ¡No le
peguéis! –gritó, con su voz infantil.
Al ver al oficial, los
cosacos se dispersaron, soltando a un cabrito blanco. El joven abanderado se
desconcertó, masculló algo, y con el semblante turbado, se quedó inmóvil ante
el animal. Al vernos al capitán y a mí, se ruborizó aún más y se acercó a nosotros
dando saltitos.
-Creí que querían matar
a una criatura –dijo, sonriendo tímidamente.
El general y la
caballería marchaban al frente. El batallón con el que yo vine desde la
fortaleza de N*** quedó en retaguardia. Las compañías del capital Jlopov y del
teniente Rosenkrantz se retiraban juntas.
La predicción del
capitán se confirmó plenamente: en cuanto penetramos en el estrecho sendero al
que se había referido, aparecieron a ambos lados montañeses a pie y montados; y
se acercaban tanto que pude ver perfectamente cómo algunos corrían de un árbol
a otro, agazapados, con el fusil en las manos.
El capitán se descubrió
y se persignó con devoción; algunos soldados viejos lo imitaron. Por el bosque
se oyeron gritos y las palabras: “¡A ellos! ¡A los rusos!” Los disparos secos
de los fusiles se sucedían, y las balas silbaban, a ambos lados. Los nuestros
respondían en silencio, con un tiroteo persistente, y sólo de cuando en cuando
se oían en las filas observaciones tales como: “¿Desde donde tira? El
(los soldados del Cáucaso designan así al enemigo) está mejor que nosotros,
porque se oculta en el bosque; necesitaríamos cañones”, etcétera.
Los cañones se
alinearon y, tras unas cuantas descargas, el enemigo pareció debilitarse; pero
al cabo de un momento, según avanzaban las tropas, aumentaban el fuego, los
gritos y las exclamaciones.
Apenas nos habíamos
alejado unas trescientas sajenas del pueblo, comenzaron a caer sobre
nosotros los proyectiles enemigos. Vi cómo un soldado caía muerto de un balazo…
Pero ¿para qué contar detalles de este horroroso espectáculo, cuando yo mismo
daría lo que fuera para olvidarlo?
El teniente Rosenkrantz
en persona disparaba su fusil sin tregua; con voz ronca les gritaba a los
soldados y corría rápidamente de un extremo a otro de la fila. Estaba algo
pálido, cosa que iba muy bien a su rostro de expresión marcial.
El apuesto alférez
estaba enardecido; sus hermosos ojos negros brillaban con expresión de
temeridad; su boca sonreía ligeramente y, a cada momento, se acercaba al
capitán, pidiéndole permiso para atacar.
-¡Los rechazaremos!
–decía con persuasión-. ¡Los rechazaremos sin falta!
-No debemos hacerlo
–respondía tímidamente el capital-. Tendremos que retirarnos.
La compañía que mandaba
el capitán ocupaba la linde del bosque, y los soldados disparaban echados. El
capitán, con su guerrera vieja y la gorra arrugada había soltado las riendas y
con las piernas encogidas en los altos estribos permanecía silencioso e inmóvil.
(Los soldados conocían y cumplían tan bien su obligación que no necesitaba
darles órdenes.) Sólo de cuando en cuando alzaba la voz para llamar la atención
a los que levantaban la cabeza.
La figura del capitán
era poco marcial; pero, en cambio, reflejaba tanta realidad y sencillez que me impresionó
mucho; “Este sí que es valiente”, pensé, a pesar mío.
Estaba exactamente
igual a como lo había conocido siempre: los mismos movimientos tranquilos,
la misma voz uniforme, la misma expresión sin picardía en su feo aunque franco
rostro; únicamente en su mirada, más clara que de costumbre, se podía advertir
la atención de un hombre que está cumpliendo su deber. Es fácil decir:
exactamente igual que siempre; pero ¡cuántos matices diferentes notaba
en los demás! Uno quería parecer más tranquilo; otro, más severo, y un tercero,
más alegre que de costumbre. En cambio, por el rostro del capitán se veía que
no comprendía siquiera la necesidad de aparentar.
El francés que dijo en
Waterloo: “La garde meurt, mais ne se rend pas” (la guardia muere, pero
no se rinde) y otros hèroes, franceses en su mayoría, que dijeron frases
célebres, eran valiente; pero entre su valentía y la del capitán existe una
diferencia. Si en alguna ocasión brotara una palabra grande del alma de mi héroe,
estoy seguro de que no la pronunciaría; en primer lugar, porque temería echar a
perder con ella un acto grandioso y, en segundo, porque cuando un hombre siente
que posee las fuerzas necesarias para realizar una gran acción, no le hacen
falta palabras de ninguna clase. A mi juicio, éste es el elevado rasgo
característico de la valentía rusa... ¿Y como no ha de dolerle el corazón a un
ruso cuando oye decir a los militares jóvenes triviales frases, en francés, con
las que pretenden imitar a la antigua caballería francesa…?
De pronto, por el lado
en que se encontraba el apuesto alférez con su sección, se oyó un hurra no muy
fuerte, pero hostil. Al volverme, vi unos treinta soldados que, con el fusil en
la mano y la mochila a la espalda, corrían por el campo labrado. Tropezaban,
pero no dejaban de avanzar gritando. Delante de ellos con el sable
desenvainado, galopaba el joven alférez.
Todos desaparecieron en
el bosque… Al cabo de algunos minutos de griterío y de traqueteo, salió del
bosque un caballo desbocado y aparecieron en la linde soldados que traían
muertos y heridos. Entre estos últimos se hallaba el joven alférez. Los
soldados lo llevaban por los brazos. Estaba pálido como el lienzo, y su hermosa
cabeza, en la que sólo quedaba una sombra de aquel entusiasmo marcial que lo
animaba un momento antes, se había hundido de un modo extraño entre los hombros
y se inclinaba hacia el pecho. En su camisa blanca, que la guerrera
desabrochada dejaba al descubierto, se veía una manchita de sangre.
-¡Oh! ¡Qué pena! –
exclamé volviéndome, sin querer, para no ver ese triste espectáculo.
-Desde luego es una
pena –asintió un soldado viejo, que permanecía junto a mí con aire sombrío y
apoyado en su fusil-. No tenía miedo a nada. ¡Eso era una locura! –añadió,
mirando fijamente al herido-. Era un novato y lo ha pagado.
-¿Acaso tú tienes
miedo? –pregunté.
-¡Desde luego!
Cuatro soldados
trajeron al abanderado en unas angarillas; los seguía otro soldado conduciendo
un caballo flacucho y extenuado, con el botiquín. Esperaban al doctor. Los
oficiales se acercaban a la camilla, tratando de animar y de consolar al
herido.
-Amigo Alanin; no
podremos bailar pronto al son de las cucharillas –dijo el teniente Rosenkrantz,
risueño.
Probablemente creía que
estas palabras animarían al apuesto alférez; pero, por su triste y fría mirada,
se podía deducir que no habían producido el efecto deseado.
También se acercó el
capitán. Miró fijamente al herido, y su rostro, siempre frío e indiferente,
denotó una sincera compasión.
-¡Qué le vamos a hacer,
mi querido Anatoli Ivanovich! –dijo, con vos que reflejaba una ternura y una
piedad que yo no hubiera esperado en él-. Ha sido la voluntad de Dios.
El herido se volvió; su
pálida cara se animó con una sonrisa triste.
-No le obedecí.
-Es mejor que diga que
es la voluntad de Dios –repitió el capitán.
Al llegar el doctor,
tomó de manos del practicante las vendas, las sondas y otros instrumentos y,
remangándose, se acercó al herido con una sonrisa llena de animación.
-A usted también le han
hecho un agujero en un sitio sano –dijo, en tono de broma-. Enséñemelo.
El abanderado obedeció;
pero la mirada que dirigió al alegre doctor reflejaba extrañeza y reproche que
éste no percibió. El médico comenzó a sondear la herida y a examinarla por
todos lados; pero el herido, perdiendo la paciencia, rechazó su mano con un gemido…
-Déjeme –exclamó con
voz apenas perceptible-. De todos modos me he de morir.
Al decir estas
palabras, dejó caer la cabeza hacia atrás y, al cabo de cinco minutos, cuando
me acerqué al grupo que se había formado en torno a él y pregunté a un soldado:
“¿Cómo sigue?” me contesto: “está agonizando.”
Era tarde ya cuando el
destacamento, en una ancha columna, se acercaba a la fortaleza, cantando.
El sol se había
ocultado tras de la cadena de montañas nevadas y arrojaba sus últimos rayos
rosados sobre una nube alargada y estrecha detenida en el diáfano horizonte.
Las montañas nevadas empezaban a ocultarse en una niebla violácea y sólo se
divisaban con extraordinaria claridad sus siluetas sobre el fondo carmesí del
sol poniente.
La luna que se había
remontado desde hacia rato empezaba a blanquear en el cielo azul oscuro. El
verdor de la hierba y de los árboles oscurecía, cubriéndose de rocío. Las
tropas, que formaban unas masas oscuras, avanzaban por la magnifica pradera
produciendo un ruido acompasado; de todos los lados se oían panderos, tambores
y alegres cantos. El tenor de la sexta compañía cantaba a pleno pulmón y los
sonidos de su voz grave, llenos de sentimiento y de fuerza, se difundían a lo
lejos en el aire diáfano de la noche.
(Relato
de un “Junker”)
A mediados del invierno
de 185…, una división de nuestra batería formaba parte de un destacamento que
se hallaba en el Gran Chechena. Cuando me enteré, en la tarde del día 14 de febrero,
que habían designado la sección que yo mandaba, en ausencia del oficial, para
formar parte de la columna que al día siguiente iba a talar el bosque, recibí y
transmití las órdenes necesarias y me dirigí antes que de costumbre a mi tienda
de campaña. Como no tenía la mala costumbre de calentarla con carbón encendido,
me acosté sin desnudarme en un catre colocado sobre unas sacas, me encasqueté
la gorra sobre los ojos y, envolviéndome en la pelliza, me dormí con ese sueño
particular, fuerte y pesado que se tiene en los momentos de inquietud y de
preocupación ante el peligro. La espera de la expedición del día siguiente me
había puesto en ese estado.
A las tres de la
madrugada, cuando aún reinaba la oscuridad completa, alguien me arrancó de encima
la pelliza caliente, y la luz roja de una vela hirió desagradablemente mis ojos
adormilados.
-Haga el favor de
levantarse –dijo una voz.
Cerré los ojos y,
tapándome de nuevo con la pelliza de un modo inconsciente, me volví a dormir.
-Haga el favor de
levantarse –repitió Dimiti, sacudiéndome despiadadamente por el hombro-. La
infantería se pone ya en camino.
De pronto recordé la
realidad y, estremeciéndome, me puse en pie de un salto. A toda prisa bebí un
vaso de té, me lavé con agua helada y salí de la tienda para dirigirme al
parque de artillería. Estaba oscuro, había niebla y hacía frío. Las hogueras
que ardían aquí y acullá en el campamento, iluminando las figuras de los
soldados que dormitaban acostados en torno a ellas, aumentaban la oscuridad con
su resplandor rojo. Se oía un ronquido tranquilo y uniforme; y, a lo lejos,
movimiento, conversaciones y el entrechocar de los fusiles de la infantería,
dispuesta para la expedición; olía a humo, a estiércol, a mecha y a niebla; me
recorrió la espalda un escalofrío producido por el fresco de la mañana y me
castañetearon los dientes a pesar mío.
Sólo por el resoplido y
el piafar de los caballos se podía adivinar en esa oscuridad impenetrable donde
se hallaban los avantrenes y los armones enganchados y, por las puntas
brillantes de las mechas, el lugar de los cañones. La primera pieza se puso en marcha,
seguida de un armón y del destacamento, a las palabras; “Con Dios.” Todos nos
descubrimos para hacer el signo de la cruz. Al llegar junto a la infantería, la
sección se detuvo y esperó durante un cuarto de hora a que se reuniera toda la
columna y la llegada del jefe.
-Nos falta un soldado,
Nikolai Petrovich –dijo una figura negra que se acercaba a mí; sólo por la voz
reconocí que era Maximov, el polvorista del destacamento.
-¿Quién es?
-Velenchuk. Mientras
enganchaban lo he visto por aquí, pero ahora no está.
Como no era probable
que la columna se pusiera en marcha en seguida, decidimos mandar al cabo
Antonov en busca de Velenchik. Poco después, pasaron trotando junto a nosotros
en la oscuridad varios jinetes: era el jefe con su séquito. Acto seguido se
puso en marcha la cabeza de la columna y, finalmente, también nosotros. Antonov
y Velenchik no aparecían. Pero no habíamos recorrido aún cien pasos cuando
ambos soldados nos alcanzaron.
-¿Donde estaba? –le
pregunté a Antonov.
-Durmiendo en el
parque.
-¿Está borracho?
-No.
-¿Cómo ha podido
quedarse dormido, pues?
-No lo sé.
Por espacio de tres
horas avanzamos lentamente por unos campos sin labrar, desprovistos de nieve, y
por los espinares que crujían bajo las ruedas de los cañones en aquella
silenciosa oscuridad. Finalmente, cuando atravesamos un riachuelo poco
profundo, aunque de curso muy rápido, nos ordenaron que nos detuviéramos. En la
vanguardia se oyeron unos disparos de fusil. Como siempre, estos disparos
excitaron particularmente a todos. El destacamento pareció despertarse: en las
filas se oyó un gran movimiento, conversaciones y risas. Algunos soldados
luchaban con sus compañeros; otros, saltaban de un pie a otro: otros, comían
pan seco, o, para pasar el tiempo, se ejercitaban en presentar y rendir armas.
La niebla comenzaba a disiparse por Oriente, la humedad se hacía más sensible y
los objetos circundantes iban destacándose paulatinamente en la oscuridad. Ya
distinguía las cureñas, y los armones, el cobre de los cañones cubiertos de
humedad, las conocidas figuras de mis soldados, que involuntariamente había
examinado hasta en sus mínimos detalles, los caballos bayos y las filas de infantería
con sus bayonetas claras, sus mochilas, sus sacatrapos y sus marmitas colgados
en la espalda.
No tardaron en
mandarnos que nos pusiéramos en camino de nuevo; y, cuando hubimos recorrido
unos cuantos cientos de pasos a campo traviesa, nos indicaron el paraje. A la
derecha se veía la ribera escarpada de un riachuelo sinuoso y las altas estacas
del cementerio tártaro. A la izquierda, y frente a nosotros, se divisaba una
línea negra a través de la niebla. La sección se bajó de los avantrenes. La
octava compañía, que defendía la retaguardia, colocó los fusiles en pabellón, y
el batallón de soldados penetró en el bosque, armado de hachas y fusiles.
Pero, antes que
transcurrieran cinco minutos, empezaron a crepitar hogueras humeantes por todos
lados; los soldados atizaban el fuego con los pies y las manos; arrastraban
leños y ramas y cientos de hachas golpeaban sin cesar troncos de árboles que se
desplomaban.
Los artilleros,
rivalizando con los infantes, encendieron su propia hoguera y, aunque ardía
vivamente, hasta el punto de que no se podían acercar a dos pasos, no se
contentaban; arrastraban troncos, echaban broza y atizaban el fuego cada vez
más. La densa humareda negra se filtraba a través de las ramas heladas, cuyas
gotas de rocío hervían con la llama; abajo se habían formado carbones y la
hierba blanca y mortecina se había deshelado en torno a la hoguera.
Cuando me acerqué a la
hoguera para encender un cigarro, Velenchuk, que siempre se mostraba diligente,
y en esta ocasión se afanaba más que nadie porque había cometido una falta, en
un acceso de celo, sacó del fuego una brasa que pasó un par de veces de una
mano a otra, hasta que finalmente la tiró al suelo.
-Enciende una rama y
dásela –dijo uno.
-Acercadle una mecha,
hermanos –intervino otro.
Cuando finalmente
encendí el cigarro sin la ayuda de Velenchik, que de nuevo había querido coger
una brasa, se frotó los dedos quemados en la parte posterior de los faldones de
su capote y, por hacer algo, levantó un enorme tronco y lo lanzó a la hoguera
con todas sus fuerzas. Cuando juzgó por fin que ya podía descansar, se acercó a
las llamas, se desabrochó el capote que llevaba a guisa de capa, abotonado con
un solo botón, separó las piernas, extendió hacia delante sus manazas negras y,
torciendo ligeramente la boca, entornó los ojos.
-¡Vaya, se me ha
olvidado la pipa! ¡Qué desgracia, hermanos míos! –exclamó, después de un breve
silencio y sin dirigirse a nadie en particular.
En Rusia predominan
tres clases de soldados, en las que pueden comprenderse todas las tropas; las
del Cáucaso, de la guardia, de infantería, de caballería, de artillería,
etcétera.
Los tipos principales,
con muchas divisiones y subdivisiones, son los siguientes:
1. Los sumisos.
2. Los autoritarios.
3. Los temerarios.
Los sumisos se subdividen
en: a) sumisos indiferentes; b) sumisos diligentes.
Los autoritarios
comprenden: a) los autoritarios severos; b) los autoritarios diplomáticos.
Los calaveras se
dividen en: a) calaveras divertidos; b) calaveras depravados.
El tipo más frecuente
es seductor, simpático y, generalmente, reúne las mejores virtudes cristianas:
la dulzura, la devoción, la paciencia y la resignación a la voluntad de Dios,
es decir, es sumiso. El rasgo característico del sumiso de sangre fría es una
serenidad que no se altera con nada y desprecio hacia las adversidades que el
destino le depara. El rasgo característico del sumiso que bebe es una serena
predisposición poética y sentimental; la del sumiso diligente, es la limitación
de sus facultades intelectuales, unida a su celo y a su deseo de afanarse sin
objetivo alguno.
El tipo de los
autoritarios se encuentra principalmente en una esfera más elevada de soldados:
cabos, sargentos, etcétera, y, en la primera subdivisión, la de los
autoritarios severos, hay tipos muy nobles y enérgicos, sobre todo marciales y
dotados de grandes arrebatos poéticos (a esta categoría pertenecía el cabo
Antonov, al que quiero presentar a los lectores). La segunda categoría la
constituyen los autoritarios diplomáticos, que desde hace algún tiempo empiezan
a extenderse bastante. El autoritario diplomático es siempre elocuente,
ilustrado, lleva camisa color de rosa, no come rancho, a veces fuma tabaco de
Musatov, se tiene por mucho más que un simple soldado, pero rara vez es tan
buen militar como al autoritario de la primera categoría.
El tipo del calavera,
lo mismo que el de autoritario, es bueno en la primera categoría, la del
calavera divertido, cuyos rasgos característicos son: alegría inquebrantable,
gran capacidad para todo, naturaleza sana y arrojo; en la segunda, en cambio,
es muy malo. Sin embargo, es preciso decirlo en honor al ejército ruso, los
calaveras depravados se encuentran muy rara vez, y de encontrarse, quedan
aislados por sus mismos compañeros. La incredulidad y cierta osadía para el
vicio son sus rasgos principales.
Velenchuk pertenecía a
la clase de los sumisos diligentes. Era de origen ucraniano y servía en el
ejército desde hacía quince años; era un soldado insignificante y poco hábil,
pero ingenuo, bondadoso, muy diligente –aunque la mayoría de las veces intempestivo
de su celo- sumamente honrado. Digo sumamente honrado porque el año anterior
ocurrió un hecho en el que mostró de un modo patente esa cualidad
característica. Es preciso observar que casi todos los soldados tienen su
oficio. El más corriente es el de sastre o el de zapatero. Velenchik aprendió
por sí mismo el primero de ellos, y a juzgar por el hecho de que Mijail
Dorofeievich en persona, el sargento, le encargaba sus trajes, había llegado a
cierto grado de perfección en su arte. El año anterior, Velenchik se encargó de
confeccionar un capote de buena calidad para Mijail Dorofeievich; pero la misma
noche en que lo cortó, le puso el forro y lo guardó debajo de la almohada, le
ocurrió un percance: el paño, que había costado siete rublos,
desapareció. Velenchuk, con sus ojos arrasados de lágrimas, los pálidos labios
temblorosos y reprimiendo los sollozos, se lo comunicó al sargento. Mijail
Dorofeievich se indignó. En el primer momento, despechado, amenazó al sastre,
pero luego, como hombre bueno y pudiente, se despreocupó de aquello sin
exigirle a Velenchik el importe del capote. Por más que hizo el diligente
Velenchuk, por más que lloró y contó su desgracia, no se pudo encontrar al
ladrón. Aunque se sospechaba de un soldado, calavera, libertino, un tal Chernov,
que dormía con él en la misma tienda, no existían pruebas convincentes. El
autoritario diplomático, Mijail Dorofeievich, como hombre de buena posición,
hacía pequeños negocios con el vigilante del arsenal y con el jefe de la
cooperativa, aristócratas de la batería, y no tardó en olvidar por completo la
desaparición de su capote. Velenchik, en cambio, no pudo olvidar su desgracia.
Los soldados temieron en aquella época que se suicidara o huyese al monte,
hasta tal punto le había afectado su desventura. No comía ni bebía, ni siquiera
podía trabajar y lloraba sin tregua. A los tres días de aquello, Velenchk,
pálido, se presentó ante Mijail Dorofeievich y, con mano temblorosa, extrajo de
la bocamanga una moneda de oro y se la tendió.
-Le juro, Mijail
Dorofeievich, que es todo lo que tengo, y hasta eso lo he pedido prestado a
Jdanov –dijo, sollozando-. En cuanto los gane, le devolveré los otros dos
rublos. El (ni el mismo Velenchik sabía quién era él) me ha hecho pasar
por un bribón ante usted. El, con su alma vil e hipócrita, ha robado a un
soldado, hermano suyo, lo último que tenía; y yo que sirvo desde hace quince
años…
En honor a Mijail
Dorofeievich hay que decir que no aceptó los dos rublos restantes cuando
Velenchik, al transcurrir dos meses, fue a entregárselos.
Además de Velenchuk,
cinco soldados en mi sección se calentaban junto a la hoguera.
En el mejor sitio,
resguardado del viento, el polvorista Maximov se hallaba sentado en una barrica
fumando en pipa. La actitud, la mirada, y todos los movimientos de este hombre
reflejaban la costumbre de mandar y la conciencia de su propio valer, sin hablar
ya de la barrica en la que estaba sentado, que constituía durante los descansos
el emblema del poder, ni de su pelliza revestida de buena tela. Cuando me
acerqué, Maximov movió la cabeza, pero sus ojos continuaban fijos en la llama y
sólo mucho después su mirada, siguiendo la dirección de su cabeza, se fijó en
mí. Maximov era hijo de campesinos propietarios, tenía dinero y había seguido
un curso en la escuela de la brigada, adquiriendo conocimientos. Era muy rico y
muy erudito, como decían los soldados. Recuerdo que una vez en un ejercicio
práctico de tiro explicó, con el cuadrante en la mano, a los soldados que se
habían reunido en torno suyo, que el nivel no es más que el resultado del
movimiento atmosférico del mercurio. En realidad, Maximov no era tonto y
conocía perfectamente su obligación; pero tenía la extraña costumbre de hablar,
en ocasiones a propósito, de forma que nadie pudiera comprenderle y estoy
seguro de que tampoco él comprendía sus propios términos. Le gustaban
particularmente, las palabras “resulta” y “prosiguiendo”, y cuando las decía,
ya sabía yo de antemano que no podría comprender nada. En cambio, según pude
observar, a los soldados les gustaba oír estas palabras. Se imaginaban que
tenían un profundo sentido, aunque, lo mismo que yo, no comprendían nada;
atribuían esta falta de comprensión a su propia estupidez y, por tanto,
respetaban más a Fiador Maximovich. En una palabra, Maximov era un autoritario
diplomático.
El Segundo soldado, que
se calzaba los pies musculosos y colorados junto al fuego, era Antonov. Era el
artillero que en el año 37 se había quedado con otros dos junto a un cañón,
disparando contra el poderoso enemigo, con dos balas incrustadas en el muslo.
“Hace mucho tiempo que sería polvorista a no ser por su carácter”, decían de él
los soldados. En efecto, tenía un carácter extraño: cuando no estaba borracho,
no había hombre más tranquilo, más dulce ni más exacto; pero cuando bebía se
volvía completamente distinto: no reconocía la autoridad, se peleaba,
alborotaba y procedía como un soldado indigno. Una semana antes, durante el
Carnaval, se dio a la bebida; y, pese a las amenazas, las exhortaciones y a
haberle atado al cañón, bebió y alborotó hasta el primer lunes de Cuaresma. A
pesar de que el destacamento tenía permiso para no observar la abstinencia de
carne, Antonov se alimentaba solamente de pan seco y en la primera semana ni
siquiera tomó su ración de vodka. Por otro lado, había que ver esa figura de
mediana estatura, robusta, con sus piernas cortas y torcidas, su cara
resplandeciente y con bigote cuando ligeramente embriagado, cogía la balalaika
en sus musculosas manos y, mirando distraído a su alrededor, empezaba a tocar
una canción. O cuando paseaba por la calle con el capote, lleno de
condecoraciones, echado por los hombros y las manos en los bolsillos del
pantalón azul, expresando orgullo por ser soldado y desprecio hacia los que no
lo fueran. En tales momentos bastaba ver su cara para comprender que no podía
dejar de pegarse con un asistente que le dijera alguna grosería o con alguien
que se encontrase por casualidad, bien fuese cosaco, infante o extranjero, en
una palabra, que no perteneciera a la artillería. Se pegaba y alborotaba, no
tanto por propia satisfacción como por mantener el espíritu de la soldadesca,
de la cual se consideraba representante.
El tercer soldado, que
se hallaba en cuclillas junto a la hoguera, era el conductor de artillería
Chikin. Tenía cara de pájaro, un bigotillo erizado y sostenía en la boca una
pipa de porcelana. El simpático Chikin, como le llamaban los soldados, era bromista.
Tanto con una gran helada, como con barro hasta la rodilla, sin haber comido
nada durante dos días, estando de expedición, pasando revista o haciendo
prácticas, el buen hombre hacía muecas, piruetas, y gastaba tales bromas que
todo el destacamento se moría de risa. Durante los descansos o en el
campamento, a Chikin lo rodeaba siempre un grupo de soldados jóvenes con los
que jugaba una partida de filka (juego de cartas), o a los que contaba
anécdotas de un soldado astuto y de un milord inglés. A veces imitaba a un
tártaro, a un alemán, o, simplemente, hacía observaciones que producían la
hilaridad general. Su reputación de hombre divertido estaba tan consolidada en
la batería, que le bastaba abrir la boca o guiñar un ojo para suscitar una
carcajada general; pero no dejaba de tener mucha comicidad espontánea. En todo
veía algo particular, algo que a los demás ni siquiera se les ocurría, y la
capacidad de observar la parte ridícula no cedía con ningún sufrimiento.
El cuarto era un
muchacho poco agraciado, un recluta del año anterior, que salía por primera vez
en una expedición. Estaba envuelto por el humo y tan acerca del fuego que poco
faltaba para que se le prendiera la ropa; pero, a pesar de eso, por su raída pelliza
desabrochada y la postura tranquila y desenvuelta de sus piernas arqueadas, se
veía que experimentaba un gran placer.
Finalmente, el quinto,
que se hallaba sentado algo más lejos de la hoguera tallando una ramita, era
Jdanov, el más antiguo de todos los soldados de la batería. Había conocido a
todos los demás como reclutas, que por una antigua costumbre lo llamaban tiíto.
Según decían, no bebía nunca, no fumaba, no jugaba a las cartas, ni profería
juramentos. Todo el tiempo que le quedaba libre del servicio lo empleaba en su
oficio de zapatero; los días festivos iba a la iglesia, siempre que le fuera
posible, o bien encendía una vela que costaba un copeck ante una imagen
y abría el libro de Salmos, el único que sabía leer. Hablaba poco con los
soldados y se mostraba frío y respetuoso con los de grado superior, aunque
fuesen más jóvenes que él; como no bebía, no tenía ocasión de tratar a sus
iguales; sin embargo, apreciaba mucho a los reclutas y a los soldados jóvenes:
los solía proteger, les daba consejos y, a menudo, les ayudaba. Todos los de la
batería lo consideraban como a un capitalista, porque tenía veinticinco rublos,
que prestaba al soldado que realmente los necesitase. Maximov, que en la
actualidad era polvorista, me contó que diez años atrás, cuando entró en filas
y los veteranos se gastaron su dinero en beber, al enterarse de su situación,
Jdanov lo llamó y, después de recriminarle severamente su proceder y hasta de
pegarle, le dijo cómo debía vivir un soldado, le regaló una camisa, porque ya
no tenía ninguna y cincuenta copecks. “Ha hecho de mí un hombre”, decía
Maximov, hablando de él con respeto y agradecimiento. También protegió a
Velenchik desde que entró en filas y le ayudó cuando tuvo la desgracia de
perder el capote, así como a muchos otros durante sus veinticinco años de
servicio.
No se podía desear un
soldado que conociese mejor su obligación, que fuese más valiente ni más
puntual; pero era demasiado dulce e insignificante para ser promovido a
polvorista, a pesar de ser artillero desde hacía quince años. La única alegría,
casi la pasión, de Jdanov, la constituían las canciones, y tenía preferencia
por algunas. Solía reunir un grupo de cantantes entre los jóvenes soldados y,
aunque no sabía cantar, permanecía con ellos, con las manos en los bolsillos de
la pelliza y los ojos entornados, expresando su participación moviendo la
cabeza y las mandíbulas. No sé por qué en ese movimiento de mandíbulas que sólo
observaba en él, encontraba mucha expresión. Su cabeza blanca como la nieve, su
bigote teñido de negro y su rostro moreno y surcado de arrugas, le daban a
primera vista una expresión severa y grave; pero al fijarse en sus grandes ojos
redondos, sobre todo cuando sonreía (nunca lo hacía con los labios), se
observaba algo extraordinariamente dulce, casi infantil, que sorprendía.
-¡Vaya! Se me ha
olvidado la pipa. Es una desgracia, hermanos míos –repitió Velenchuk.
-Sería mejor que
fumaras cigarrillos, buen hombre –dijo Chikin, torciendo la boca y guiñando un
ojo-. En casa yo fumaba siempre cigarrillos; son más suaves.
Como es natural, todos
soltaron una carcajada.
-¡Ah! ¿Con que se te ha
olvidado? –intervino Maximov, sin hacer caso de la risa general, mientras daba
golpecitos con la pipa en la palma de su mano izquierda con gesto altivo y
autoritario-. ¿Donde te habrás metido? ¿Eh, Velenchuk?
Velenchuk se volvió
hacia él, se llevó la mano a la gorra y después la bajó.
-Por lo visto, no has
dormido bastante, ya que te quedas dormido en pie. Esas cosas se castigan.
-Que me aspen, Fiodor
Maximovich, si he bebido una sola gota; ni yo mismo sé lo que me ha ocurrido
–replicó Velenchuk-. ¿Con qué motivo me iba a emborrachar? –masculló.
-Está bien. Uno tiene
que responder de ti ante los jefes y, sin embargo, siempre haces lo mismo. Te
portas muy mal –concluyó el elocuente Maximov, con un tono más tranquilo ya.
-Es un milagro,
hermanos míos –continuó Velenchuk después de un breve silencio, sin dirigirse a
nadie en particular, mientras se rascaba la coronilla. Un verdadero milagro,
hermanos míos. Hace dieciséis años que sirvo y nunca me ha pasado una cosa
igual. Cuando dieron la orden de formar, me preparé como es debido. Todo fue
bien hasta que, de pronto, estando en el parque, ella se apoderó de mí… Y,
agarrándome, me echó al suelo. Eso fue todo… Ni yo mismo me he dado cuenta de
cómo me dormí, hermanos míos –concluyó.
-Me costó trabajo
despertarte –comentó Antonov, calzándose una bota-. Te empujaba como un tronco…
-En mi tierra hubo una
mujer que se pasó dos años en la cama durmiendo. Una vez quisieron despertarla,
creyéndola dormida, y vieron que estaba muerta.
-Cuéntanos, Chikin,
cómo te dabas tono cuando estabas de licencia –dijo Maximov sonriendo y
mirándome, como si dijera: “¿Quiere usted oír hablar a un hombre tonto?”
-¡No se trataba de
darme tono! –replicó Chikin, mirándome de reojo-. Sólo contaba cómo es el
Cáucaso.
-¡Claro! ¡Claro! No te
hagas rogar… Cuéntanos cómo alardeabas delante de los demás.
-Ya se sabe cómo lo
hacía. Me preguntaban cómo vivíamos y yo les decía que muy bien –empezó
diciendo Chikin con el aire y la volubilidad del hombre que ha contado varias
veces lo mismo-. Nos dan muy bien de comer; por las mañanas y por las noches
cada soldado recibe una taza de chocolate; a la hora de comer, una sopa de
cebada perlada, lo mismo que los señores, y, en lugar de vodka, una copa de
vino de Madera, que, sin contar el caso, vale cuarenta y dos copecks.
-¡Valiente madera!
–exclamó Velenchuk lanzando una carcajada que dominó las de los demás-. ¡Vaya
un madera!
-Bueno, ¿y cómo
describías a los asiáticos? –continuó preguntando Maximov cuando la risa
general se hubo calmado un poco.
Chikin se inclinó hacia
la llama, sacó una brasa por medio de una ramita y la puso en la pipa. Como si
no se diera cuenta de la curiosidad silenciosa, llena de excitación, del
auditorio, encendió en silencio y con gran calma el tabaco. Después arrojó la brasa,
se echó hacia atrás la gorra y, fumando y sonriendo ligeramente, continuó:
-También me preguntaban
cómo es el circasiano y si los turcos luchaban contra nosotros en el Cáucaso.
Yo les decía: el circasiano no es siempre igual: los hay distintos, como es de
suponer. Algunos viven en las montañas pedregosas y comen piedras en lugar de
pan. Son altos como unos troncos, tienen un ojo en la frente y llevan unos
gorros rojos, como la llama, lo mismo que el tuyo, muchacho –añadió,
dirigiéndose a un joven recluta que, en efecto, llevaba un gracioso gorrito
colorado por la parte de arriba.
A esta salida
inesperada, el soldado se sentó en el suelo, se golpeó las rodillas y, lanzando
una carcajada, fue presa de un acceso de tos, tan fuerte, que apenas pudo
pronunciar, sofocándose:
-¡Vaya unos montañeses!
-También existen los numri
– prosiguió Chikin, echándose la gorra hacia la frente con un movimiento de
cabeza-. Son pequeños, una cosa así. Siempre van de dos en dos, sujetos por las
manos, y corren tan veloces que no se los alcanzaría ni montando a caballo.
“Pero, ¡cómo!, ¿es que nacen cogidos de la mano?”, me preguntaban –dijo Chikin
parodiando a un campesino con su voz de bajo-. Sí, buen hombre, son así por
naturaleza. Si se les separasen las manos, sangrarían; es lo mismo que si se
les quita el gorro a los chinos, también sangran. “Cuéntanos cómo guerrean.”
Pues veréis: si le cogen a uno, le abren el vientre en canal, le cuelgan los
intestinos en la mano y venga a agitarlos. Ellos los agitan y uno se ríe, se
ríe, hasta quedarse sin aliento…
-¿Y te creían, Chikin?
–preguntó Maximov, sonriendo ligeramente, mientras los demás se morían de risa.
-La gente es tan
extravagante, Fiador Maximovich, que se lo creían todo, le juro que se lo
creían todo. En cambio, cuando les hablé del monte Kasbek, diciendo que no se
deshiela en él la nieve en todo el verano, se rieron en mis propias barbas.
“¿Qué nos cuentas, buen hombre? ¿No se va a deshelar la nieve en un monte tan
alto? Aquí, en la época de deshielo, la nieve se funde antes en cualquier cerro
que en los valles.” ¡Ya veis! –terminó Chikin, guiñando un ojo.
El claro disco del sol
que se filtraba a través de la neblina blanca y lechosa se había remontado
bastante alto; el horizonte, de un gris violáceo, se ensanchaba poco a poco y,
aunque mucho más lejos que antes, no dejaba de estar limitado por la blanca barrera
engañosa de la niebla.
Ante nosotros, más allá
del bosque talado, se abría una pradera bastante grande, en la que se elevaba
por todos lados el humo negro, blanco lechoso o violáceo de las hogueras y
capas de niebla que formaban extrañas figuras. A lo lejos, aparecían, de cuando
en cuando, grupos de tártaros montados y se oían los disparos poco frecuentes
de nuestras carabinas y de nuestros fusiles y cañones.
“Esto no era más que un
juego”, según decía nuestro bondadoso capitán Jlopov.
El comandante de la
novena compañía de cazadores se acercó a mis cañones y, señalando tres jinetes
tártaros que pasaban junto al bosque, a una distancia de unas seiscientas sajenas
de nosotros, con esa afición que suelen tener los oficiales de infantería a los
disparos de la artillería, me rogó que les enviase una bala de cañón o una
granada.
-¿Ve esos dos árboles?
–dijo, con su sonrisa bondadosa y persuasiva, extendiendo el brazo por encima
de mi hombro-. Pues, delante de ellos hay un tártaro montado en un caballo
blanco, lleva guerrera circasiana negra, y ahí detrás, hay otros dos. ¿Los ve?
¿No se podría, por favor…?
-Ahí llegan otros tres;
ahí, junto al bosque –añadió Antonov, que se distinguía por su buena vista,
acercándose a nosotros y ocultando la pipa que fumaba tras de la espalda-. El
que va delante ha sacado el fusil de la funda. ¡Se ve muy bien!
-¡Anda! ¡Ha disparado!
Se ve el humo –exclamó Velenchuk, que se hallaba entre un grupo de soldados,
detrás de nosotros.
-Debe de apuntar hacia
nuestras filas, el muy bribón –observó otro.
-Fijaos cuántos han
salido del bosque; se conoce que estudian el terreno para colocar los cañones
–añadió un tercero-. Si les enviásemos una granada, no les vendría mal.
-¿Y crees, buen hombre,
que llegaría hasta allí? –preguntó Chikin.
-Debe de haber unas
quinientas, o quinientas veinte sajenas, no más –dijo Maximov con sangre
fría, como si hablara consigo mismo, aunque se veía que, lo mismo que los
demás, estaba deseando disparar-. Si tirásemos con el de cuarenta y cinco, no
cabe duda de que haríamos blanco.
-Si apuntase usted al
grupito, seguro que caería alguno. ¡Ahora, ahora que se han reunido! Ordene que
disparen –seguía suplicándome el jefe de la compañía.
-¿Manda usted encarar
la pieza? –me preguntó de pronto Antonov con su entrecortada voz de bajo y
expresión de ira.
Confieso que también yo
deseaba disparar; ordené que encarasen el segundo cañón.
Apenas lo hice, cuando
ya habían colocado el obús, y Antonov, inclinado sobre el punto de mira,
llevaba el cañón de derecha a izquierda.
-Un poco a la
izquierda…, una pizquita a la derecha… más, un poco más… Eso es, ya está bien
–concluyó, retirándose con expresión de orgullo.
El oficial de
infantería, Maximov, y yo fijamos la vista en el punto de mira y cada uno dio
una opinión distinta.
-Estoy seguro de que
caerá demasiado lejos –observó Velenchuk chascando la lengua, aunque no se
basaba en nada para suponerlo, puesto que había mirado por encima del hombro de
Antonov-. Estoy seguro de que caerá demasiado lejos, ¡hará blanco en aquel árbol!
-¡Fuego! –ordené.
Los sirvientes del
cañón se separaron. Antonov se retiró corriendo para presenciar el vuelo del
obús; el tuvo se inflamó, resonando el bronce. Al mismo tiempo nos envolvió el
humo de la pólvora, y en medio del retumbar sordo del disparo, se destacó un sonido
metálico y sibilante que se alejaba con la rapidez de un rayo, perdiéndose a lo
lejos en el silencio general.
Algo más allá del grupo
de jinetes se distinguió una humareda blanca, los tártaros se dispersaron y la
explosión del proyectil llegó hasta nosotros.
-¡No está mal! ¡Han
huido! Hay que ver: a estos diablos no les agradan estas cosas –se oyó comentar
entre las filas, animadamente y en tono de burla, a los artilleros y a los
infantes.
-Si se hubiese
disparado un poquitín más bajo, se habría hecho blanco en el mismo grupo
–observó Velenchuk-. Dije que daría en el árbol y así ha sido. Ha caído
demasiado a la derecha.
Dejé a los soldados
comentando cómo habían huido los tártaros, para qué habían ido allí y si eran
numerosos los que aún quedaban en el bosque, y me alejé unos cuantos pasos
acompañado del comandante de la compañía. Nos sentamos al pie de un árbol,
mientras esperábamos las chuletas asadas que me había ofrecido. El comandante
de la compañía, Boljov, era uno de esos oficiales a los que se suele llamar en
los regimientos de buena estrella. Tenía dinero, había hecho el servicio
en la guardia y hablaba francés. Y, a pesar de eso, los compañeros lo querían,
lo apreciaban. Era bastante inteligente y poseía el tacto suficiente para
llevar la guerrera según la moda de San Petersburgo, comer bien y hablar
francés, sin zaherir demasiado a los oficiales que lo rodeaban. Después de
charlar un rato del tiempo, de las operaciones militares, de los oficiales que
ambos conocíamos, y, convenciéndonos (por las preguntas y respuestas y por el
punto de vista sobre las cosas) de que nuestras ideas nos satisfacían
mutuamente, pasamos sin querer a una conversación más íntima. Además, al
encontrarse en el Cáucaso dos hombres de la misma capa social, surge siempre la
siguiente pregunta, aunque no se haga verbalmente: “¿Por qué está usted aquí?”
Me pareció que mi interlocutor se disponía a contestar a esta pregunta muda que
le hice.
-¿Cuándo terminará la
expedición? –dijo con tono indolente-. ¡Esto es un aburrimiento!
-Yo no me aburro
–repliqué-. En el cuartel se aburre uno mucho más.
-¡Oh, desde luego, en
el cuartel se está mil veces peor! –exclamó con rabia-. Pero ¿cuándo terminará
todo esto?
-¿Qué quiere usted que
termine? –pregunté.
-¡Todo! ¡Que acabe todo
de una vez!... Esas chuletas ¿no están todavía, Nikolaiev? –preguntó.
-¿Por qué ha venido a
servir al Cáucaso, si no le gusta?
-¿Sabe por qué lo he
hecho? –me respondió con resuelta franqueza-. Por tradición. En Rusia existe la
tradición de que el Cáucaso es la tierra prometida para toda clase de seres
desgraciados.
-Esto es casi verdad
–dije-. La mayor parte de nosotros…
-Pero lo mejor del caso
es que todos los que venimos aquí por tradición nos equivocamos horriblemente
en nuestros cálculos –me interrumpió-. No comprendo por qué a raíz de unos
amores infortunados o del fracaso de algún negocio es mejor servir en el Cáucaso
que en Kazan o Kaluga. En Rusia todos se presentan el Cáucaso como algo
grandioso, con sus eternos hielos virginales, sus torrentes impetuosos, sus
puñales, sus capotes de fieltro, sus guerreras circasianas…; se imaginan que
todo esto es terrible, cuando en realidad no representa nada en particular. Si
supieran, al menos, que nosotros no estamos nunca entre los hielos virginales,
que no causa ninguna alegría vivir entre ellos, y que el Cáucaso se divide en
provincias, como Stavropol, Tiflis, etcétera.
-Sí –dije, echándome a
reír-. En Rusia se considera el Cáucaso de un modo completamente distinto de
cómo lo vemos aquí. ¿Le ha ocurrido alguna vez probablemente leer versos en un
idioma que no domina bien? Uno se los imagina mucho mejores de lo que son…
-Ignoro el motivo, pero
no me gusta nada el Cáucaso –me interrumpió.
-Pues a mí me sigue
gustando también ahora, pero de distinto modo.
-Tal vez tenga algo
bueno –continuó con cierta irritabilidad-; pero lo único que me consta es que
yo no me encuentro bien aquí.
-¿Por qué? –le pregunté
por decir algo.
-En primer lugar,
porque me ha engañado. Siguiente la tradición, yo venía al Cáucaso para curarme
de una serie de cosas, pero todas ellas han venido conmigo, con la única
diferencia de que antes todo era en gran escala y, ahora, en cambio, es en una
escala mezquina y sucia, en cuyos peldaños me encuentro millones de molestias,
iniquidades y ofensas; en segundo lugar, porque me doy cuenta de que moralmente
cada día caigo más y, sobre todo, porque me siento incapaz para este servicio:
no puedo soportar los peligros… Sencillamente, no soy valiente… -se detuvo y me
miró-. Fuera de bromas.
Aunque esta confesión
espontánea me sorprendió mucho, no lo contradije como él deseaba, al parecer,
sino que esperé a que él mismo hiciera objeción a sus palabras, cosa que suele
ocurrir en semejantes ocasiones.
-¿Sabe usted que es la
primera vez que salgo de operaciones? –continuó-. No puede usted figurarse lo
que me ocurrió ayer. Cuando el sargento trajo la orden que designaba a mi
compañía a formar parte de la columna, palidecí y la emoción no me dejó hablar.
¡Si supiera usted la noche que he pasado! Si es verdad que el cabello se pone
blanco por el miedo, yo debería estar completamente canoso hoy. Seguramente
ningún condenado a muerte sufre más una noche de lo que he sufrido yo; incluso
ahora, que me siento un poco mejor, es terrible lo que me pasa aquí – añadió,
agitando el puño ante su pecho-. Y es ridículo que por dentro se desarrolle un
drama horroroso, mientras uno come chuletas con cebolla y asegura que está muy
alegre. ¿Hay vino, Nikolaiev? – preguntó, bostezando.
-¡Es él,
muchachos! –gritó en aquel instante un soldado con voz alterada; todos los ojos
se dirigieron hacia la linde del lejano bosque.
En la lejanía, llevada
por el viento, se levantaba una creciente nube de humo azulado. Cuando
comprendí que el disparo del enemigo iba dirigido contra nosotros, todo lo que
tenía ante mis ojos en aquel momento adquirió un aspecto nuevo e imponente. Los
fusiles en pabellón, el humo de las hogueras, el cielo azulado, las verdes
cureñas y el moreno rostro bigotudo de Nikkolaiev, todo me decía que el obús
que había salido de la boca del cañón y que volaba por el espacio tal vez se
dirigía a mi pecho.
-¿De dónde ha cogido
usted el vino? –pregunté negligentemente a Boljov, mientras que en el fondo de
mi alma dos voces hablaban con la misma claridad; una decía: “Señor, recibe mi
alma en paz.” Y la otra: “Espero no agacharme y sonreír en el momento en que
pase el obús.”
En aquel instante, algo
pasó por encima de nuestras cabezas produciendo un silbido muy desagradable, y
el obús estalló a dos pasos de allí.
-Si yo fuese Napoleón o
Federico –dijo Boljov, volviéndose hacia mí con sangre fría- seguramente diría
alguna frase grande.
-La acaba usted de
decir –repliqué, ocultando con dificultad la inquietud que me había producido
el peligro pasado.
-Nadie anotará lo que
he dicho.
-Yo lo haré.
-Si lo hace usted, será
para criticarlo, como dice Mischenkov –añadió sonriendo.
-¡Condenado! –exclamó
Antonov, que se hallaba detrás de nosotros, escupiendo con gran indignación-.
Ha estado a punto de darme en los pies.
Todos nuestros
esfuerzos por aparecer tranquilos y nuestras frases ingeniosas me parecieron
estúpidas, al oír esta ingenua exclamación.
El enemigo había
colocado dos cañones en el sitio donde habíamos visto a los tártaros y cada
veinte o treinta minutos disparaban contra nuestros soldados que talaban los
árboles. Mandaron a mi sección llanura adelante y se dio la orden de contestar
al enemigo. En el linde del bosque se veía humo, se oían detonaciones y
silbidos y las balas caían delante o detrás de nosotros. Los proyectiles del
enemigo no nos ocasionaban ninguna baja.
Los artilleros, lo
mismo que siempre, se portaban admirablemente. Cargaban con rapidez, apuntaban
con cuidado por entre el humo, bromeando tranquilamente entre sí. La
infantería, inactiva y silenciosa, permanecía cerca de nosotros, esperando su
turno. Los taladores continuaban su faena, las hachas resonaban en el bosque
cada vez más rápidas y a intervalos, más cortos; sólo cuando se oía el silbido
del proyectil, todo callaba de pronto y, en medio del silencio sepulcral, unas
voces ligeramente emocionadas decían: “¡Apartaos, muchachos!. Todas las miradas
se fijaban en el obús, que tan pronto rebotaba contra las hogueras como contra
los troncos cortados.
La niebla se había
elevado y, adquiriendo formas de nubes, desaparecía poco a poco en el cielo, de
un azul oscuro; el sol brillaba vivamente, formando alegres reflejos en el
acero de las bayonetas, en el cobre de los cañones, en la tierra que empezaba a
deshelarse y en la escarcha resplandeciente. En el aire se sentía el frescor de
la helada matinal, juntamente con el calor de un sol de primavera; millares de
sombras y de colores distintos se combinaban en las secas hojas del bosque, y
en la carretera llana y brillante se destacaban claramente las huellas de las
ruedas y de las herraduras de los caballos.
Entre los soldados, la
agitación era cada vez mayor y más sensible. De todas partes aparecían con más
frecuencia nubecillas de humo azulado. Los dragones, con banderolas ondeantes
en las lanzas, salieron hacia delante; en las compañías de infantería se oyeron
canciones, y el convoy de la leña empezó a retirarse hacia la retaguardia. El
general dio la orden a mi sección de que se preparase para la retirada.
Situándose entre los arbustos, frente a nuestro flanco izquierdo, el enemigo
empezó a inquietarnos seriamente con sus descargas. Desde el lado izquierdo del
bosque, silbó una bala, que cayó en una cureña, después otra… y otra… La
infantería, situada junto a nosotros, se levantó con gran alboroto y, cogiendo
los fusiles, ocupó la línea. Los disparos aumentaban, volando los proyectiles
cada vez con mayor frecuencia. Comenzó la retirada y, como sucede siempre en el
Cáucaso, dio principio a la verdadera batalla.
Por todo se deducía que
a los artilleros no les habían gustado los obuses a los infantes. Antonov
fruncía el ceño, Chikin imitaba el silbido de las balas y gastaba bromas,
aunque se veía que no le agradaban. De una dijo: “¡Cómo se apresura!”, a otra
la llamó: “La abejita” y a la tercera, que había pasado por encima de nosotros
silbando de un modo quejumbroso y prolongado: “¡Huérfana!”, lo que provocó la
hilaridad general.
El recluta, por su
falta de costumbre, inclinaba la cabeza hacia un lado y estiraba el cuello a
cada bala que pasaba, lo que también hacía reír a los demás soldados.
-¿Por qué la saludas?
¿Es que la conoces? –le decían.
Hasta Velenchuk,
siempre sereno ante el peligro, se hallaba en un estado de ánimo alterado: al
parecer, le irritaba que no respondiésemos con metralla a los disparos del
enemigo. Varias veces dijo, con voz que denotaba su descontento:
-¿Vamos a dejar que él
dispare contra nosotros sin más ni más? Si volviésemos hacia allá el cañón
y los barriésemos con metralla, no os preocupéis, dejarían de disparar.
En efecto, había
llegado el momento de hacerlo: di orden de disparar la última granada y de
cargar con metralla.
-¡Metralla! –exclamó
Antonov, con bravura, acercándose envuelto en humo al cañón con un escobillón
en la mano, en cuanto hubimos hecho la primera descarga.
En aquel mismo momento
oí detrás de mí el rumor rápido y seco de una bala que acababa de dar contra un
cuerpo. Se me oprimió el corazón. “Ha alcanzado a alguno de los nuestros”,
pensé, temiendo volverme, bajo la influencia de un penoso presentimiento. En
efecto, acto seguido se oyó la caída de un cuerpo pesado y un ¡ay! desgarrador.
-¡Me han herido,
hermanos! –dijo con esfuerzo una voz que reconocí.
Era Velenchuk. Se había
desplomado de espaldas entre el cañón y el avantrén. La mochila que llevaba
había caído a un lado. Tenía la frente ensangrentada y unos hilillos de sangre
espesa y rojo se salían de un ojo y de la nariz. Se le veía una herida en el
vientre, pero casi no sangraba de ella, y al caer se había producido una lesión
en la frente.
Todo esto lo comprendí
después; en el primer momento, sólo vi una masa informe y, según me pareció,
gran cantidad de sangre.
Ninguno de los soldados
que cargaba el cañón pronunció una palabra; sólo el recluta murmuró algo así
como: “Hay que ver cuánta sangre”, y Antonov, frunciendo el ceño, rezongó
enojado; pero, por todo, se veía perfectamente que la idea de la muerte acudió a
todos nosotros. Todos continuaron cumpliendo su deber con más diligencia. El
cañón quedó cargado en un instante; al traer la metralla, el polvorista dio un
rodeo al lugar en el que yacía el herido, que continuaba quejándose.
Todos cuantos han
tomado parte en un combate habrán experimentado probablemente ese extraño
sentimiento de horror, nada lógico pero invencible, que produce el lugar donde
alguien ha caído muerto o herido. Los soldados de mi sección se dejaron dominar
visiblemente por este sentimiento, cuando tuvieron que levantar a Velenchuk y
transportarlo al coche de la ambulancia que había llegado. Jdanov se acercó al
herido con aire enojado y, sin hacer caso de sus gritos, que iban en aumento,
lo asió por debajo de los brazos y lo incorporó.
-¿Qué esperáis?
¡Cogedlo! –gritó.
Inmediatamente rodearon
al herido unos diez soldados que se prestaron a ayudar aunque no hacían falta.
Apenas lo movieron,
Velenchuk empezó a debatirse y a gritar terriblemente.
-¿Por qué chillas como
una liebre? –exclamó Antonov con brutalidad, sujetándolo por un pie-. Si no
callas, te abandonaremos.
El herido calló; sólo
de cuando en cuando decía:
-¡Oh, es la muerte,
hermanos!
Cuando lo instalaron en
el coche, incluso dejó de lamentarse y oí que hablaba con sus compañeros en voz
baja, aunque inteligible.
En las batallas a nadie
le gusta ver a un herido; instintivamente me alejé de aquel espectáculo. Ordené
que llevaran pronto a Velenchuk al puesto de socorro y me acerqué a los
cañones. Pero, al cabo de unos momentos, me dijeron que Velenchuk me llamaba y
me dirigí al coche.
El herido yacía en el
fondo de éste, agarrándose con ambas manos a los bordes. Su ancho y saludable
rostro había cambiado por completo en unos segundos: parecía que había
adelgazado y envejecido varios años; sus labios estaban delgados, exangües y
apretados con visible esfuerzo; la expresión torpe de su mirada se había
trocado en un momento en un brillo sereno y claro, y se percibía la huella de
la muerte en su frente y en su nariz ensangrentadas.
A pesar de que el menor
movimiento le producía insoportables dolores, pidió que le quitaran de la
pierna el cheres (bolsita que los soldados llevan generalmente atada
debajo de la rodilla) con el dinero.
Me produjo una
impresión dolorosa ver su pierna blanca y sana, cuando le quitaban la bota y le
desataban el cheres.
-Aquí hay tres rublos y
cincuenta copecks –me dijo en cuanto cogí el cheres-.
Guárdeselos.
El coche se puso en
marcha, pero Velenchuk lo detuvo.
-Le estaba
confeccionando un capote a Sulimovsky. Me… entregó dos rublos. Compré botones
por valor de rublo y medio y los tengo guardados, con los cincuenta copecks
que sobraron, en la mochila.
-Bien, bien –dije-.
¡Que te mejores, hermano!
No me contestó. El
coche se puso en marcha y Velenchuk empezó a gemir y a lanzar ayes con una voz
terrible y desgarradora. Era como si, después de dejar arregladas las cosas de
este mundo, no hallase motivos para contenerse y considerase que se le permitía
ese alivio.
-¿Adónde vas? ¡Vuelve!
¿Adónde vas? –le grité al recluta que, con la mecha de reserva debajo del brazo
y con una varita en la mano, se disponía a seguir tranquilamente la ambulancia
que se llevaba al herido.
Pero el recluta se
limitó a mirarme con expresión negligente, masculló algo y siguió andando. Me
vi obligado a enviar un soldado en busca suya. Se quitó el gorro rojo y,
sonriendo estúpidamente, me miró.
-¿Adónde ibas? – le
pregunté.
-Al campamento.
-¿Para qué?
-¿Cómo?... Han herido a
Velenchuk –dijo, sonriendo de nuevo.
.¿Y a ti qué te
importa? Debes quedarte aquí.
Mi miró, sorprendido;
luego se volvió tranquilamente y, poniéndose el gorro, se fue a su puesto.
***
El combate, en general,
había resultado satisfactorio; se decía que los cosacos habían realizado un
ataque brillante; la infantería se había abastecido de leña sin tener más bajas
que seis hombres heridos; la artillería perdió a Velenchuk y dos caballos. En
cambio se habían talado unas tres verstas de bosque, dejando el lugar
completamente desconocido: en vez de la linde del bosque, que formaba una masa
compacta momentos antes, se habría una enorme pradera, cubierta de hogueras
humeantes, por la que avanzaban las tropas hacia el campamento. A pesar de que
el enemigo no cesó de perseguirnos con su fuego de artillería y de fusiles
hasta el riachuelo y el cementerio que atravesamos por la mañana la retirada se
llevaba a cabo felizmente. Empezaba ya a pensar en los schi (sopa de
coles) y en las costillas de carnero con kasha (gachas) que me esperaban
en el campamento, cuando llegó la noticia de que el general había ordenado
construir un reducto en la orilla del río, para que acampara allí, hasta el día
siguiente, el tercer batallón del regimiento de K*** y la sección de la cuarta
batería. Los carros con la leña y los heridos, los cosacos, la artillería y la
infantería con fusiles y cargas de leña al hombro, pasaron ante nosotros
formando gran alboroto y cantando. En todos los rostros se veía la animación y
el contento por haber pasado el peligro y por la esperanza de un descanso. Sólo
nosotros, en compañía del tercer batallón, debíamos aplazar esos placeres hasta
el día siguiente.
Mientras nosotros, los
artilleros, nos afanábamos junto a los cañones disponiendo los armones y los
avantrenes, la infantería había colocado los fusiles en pabellón y encendido
las hogueras, y después de construir barracones con ramas y con hojas de maíz,
preparaba la kasha.
Comenzaba a oscurecer.
Se deslizaban por el cielo nubes de un blanco azulado. La niebla, que se había
transformado en una ligera calina, mojaba la tierra y los capotes de los
soldados; el horizonte se iba estrechando y los alrededores adquirían un tinte sombrío.
La humedad, que penetraba a través de mis botas, el incesante movimiento, la
conversación en la que tomaba parte, el fango pegajoso en que se me hundían los
pies, y mi estómago vacío, me pusieron en un estado de ánimo triste y
desagradable después de un día de cansancio físico y moral. No podía dejar de
pensar en Velenchuk. La sencilla historia de su vida de soldado perseguía mi
imaginación.
Sus últimos momentos
fueron tan serenos como toda su vida. Había vivido con excesiva honradez y de
un modo demasiado sencillo para que su fe ingenua en la vida futura, en la vida
celestial, pudiera quebrantarse en el momento decisivo.
-Señor –me dijo
Nikolaiev, acercándose-. El capitán le invita a tomar el té.
Abriéndome paso con
dificultad entre los pabellones de fusiles y las hogueras, me dirigí, en pos de
Nikolaiev, a la tienda de Boljov, pensando con placer en un vaso de té caliente
y en una alegre charla que disipara mis pensamientos sombríos.
-Qué, ¿has dado con él?
–preguntó Boljov desde la tienda, construida con hojas de maíz, en la que
brillaba una lucecita.
-¡Aquí lo traigo, mi
capitán! –contestó Nikilaiev con su voz de bajo.
Boljov estaba sentado
en la choza sobre un capote de fieltro seco, con el uniforme desabrochado y sin
gorro. Junto a él hervía el samovar y había unos bocadillos colocados en
un tambor. Una bayoneta, en cuyo mango ardía una vela, estaba clavada en la
tierra.
-¿Qué le parece?
–exclamó Boljov con aire de satisfacción, dirigiendo una mirada a la
confortable estancia.
Se estaba tan bien en
aquella choza que no tardé en olvidar la humedad, la oscuridad y la herida de
Velenchuk. Hablamos de Moscú y de cosas que no tenían nada que ver con la
guerra ni con el Cáucaso.
Después de uno de esos
momentos de silencio que suelen interrumpir a veces las conversaciones más
animadas, Boljov me miró risueño.
-Supongo que le habrá
parecido a usted muy extraña la conversación que sostuvimos esta mañana –me
dijo.
-No. ¿Por qué? Sólo
opino que es usted demasiado sincero; hay cosas que nadie ignora, pero de las
que no se debe hablar nunca.
-¿Por qué? ¡Nada de
eso! Si hubiese alguna posibilidad de cambiar esta vida por otra, pobre y
trivial, pero exenta de peligros y de servicios, la cambiaría sin vacilar en
absoluto.
-¿Por qué no se
trasladó usted a Rusia? -pregunté.
-¿Por qué? –repitió
Boljov-. ¡Oh, hace mucho que he pensado en eso! Pero no puedo volver a Rusia
hasta que me concedan las cruces de Ana y Vladimiro; la condecoración de Ana al
cuello y el grado de comandante que esperaba conseguir cuando vine aquí.
-Pero ¿no se siente
incapaz, como acaba de decir, para el servicio en el Cáucaso?
-¡Es que me siento aún
menos capaz de volver a Rusia de lo que me sentía al venir aquí! Otra de las
tradiciones que existen en nuestro país, confirmada por Passek, Selptsov y
otros, es que en cuanto llega uno al Cáucaso adquiere una infinidad de condecoraciones.
Todo el mundo las espera y hasta las exige de nosotros; pero heme aquí desde
hace dos años y, después de haber tomado parte en dos expediciones, aún no me
han condecorado. Todo el mundo las espera y hasta las exige de nosotros; pero
heme aquí desde hace dos años y, después de haber tomado parte en dos
expediciones, aún no me han condecorado. No obstante, tengo tanto amor propio
que no me he de marchar del Cáucaso por nada del mundo sin haber llegado a
comandante, ni sin ostentar las cruces de Ana y de Vladimiro. Me he dejado
arrastrar hasta tal punto por todo esto, que me encocora terriblemente cuando
Gnilokishkin consigue alguna distinción y yo no. Además, ¿cómo presentarme en
Rusia sin una sola condecoración ante mi starosta, el comerciante
Kotiolnivov, a quien vendo trigo, ante mi tía de Moscú y ante todos aquellos
señores, después de dos años de permanencia en el Cáucaso? Cierto es que todos
esos señores no me interesan y, probablemente, tampoco ellos se preocupan de
mí, pero así es el hombre: no me interesan y, sin embargo, por ellos echo a
perder los mejores años de mi vida, mi felicidad y mi porvenir.
En aquel momento se oyó
fuera la voz del comandante del batallón.
-¿Con quién está usted,
Nikolai Fiodorovich?
Boljov me nombró, y
acto seguido entraron tres oficiales: el mayor Kirsanov, el ayudante de su
batallón y el comandante del regimiento, Trosenko.
Kirsanov era un hombre
grueso, de mediana estatura, de bigote negro, rostro colorado y ojos
brillantes. Sus ojillos constituían el rasgo más llamativo de su fisonomía.
Cuando reía, sus ojos no eran sino dos estrellitas húmedas y, juntamente con
sus labios tirantes y su cuello estirado, adquirían a veces una expresión
absurda. Kirsanov se conducía mejor que nadie en el regimiento: los
subordinados no le injuriaban y los jefes lo respetaban, a pesar de que, según
la opinión general, no era muy inteligente. Conocía bien el servicio, era
exacto y activo, siempre disponía de dinero, poseía coche y cocinero propios, y
sabía fingirse orgulloso con gran naturalidad.
-¿De qué hablaban
ustedes, Nikolai Fiodorovich? – preguntó al entrar.
-De lo agradable que
resulta el servicio en el Cáucaso.
Pero, en aquel momento,
Kirsanov se fijó en mí y, como yo era junker, para demostrarme su
importancia, fingió no oír la respuesta de Boljov y, mirando el tambor, dijo:
-¿Qué, está cansado,
Nikolai Fiodorovich?
-No, nosotros… -empezó
diciendo Boljov.
Pero, por lo visto, la
dignidad del comandante exigía otra interrupción y otra pregunta:
-¿No le han parecido
magníficas las operaciones de hoy?
El ayudante del
batallón, un alférez muy joven que hacía poco había salido de la escuela de los
junkers, era un muchacho modesto y tranquilo, de agradable rostro,
tímido y bondadoso. Ya me había encontrado con él otras veces en casa de
Boljov. Cuando venía, solía saludar y sentarse en un rincón, donde permanecía
varias horas seguidas haciendo cigarrillos y fumándolos; después se levantaba,
se despedía y se marchaba. Era el prototipo del noble ruso sin bienes, que
elige la carrera de las armas como la única adecuada a su educación y que
considera la graduación militar como la cosa más elevada del mundo. Un tipo
ingenuo y simpático, a pesar de la bolsita para el tabaco, el batín, la
guitarra y el cepillito para el bigote, objetos ridículos con los que nos lo
imaginábamos. En el regimiento contaban que se enorgullecía de mostrarse justo,
aunque muy severo con su asistente. Solía decir: “Castigo rara vez, pero cuando
me obligan a ello, soy muy duro.” Una vez que su ordenanza, estando borracho,
le robó y hasta le insultó, el alférez lo llevó al cuerpo de guardia y ordenó
que preparasen todo para castigarle; pero, al ver los preparativos, se turbó
tanto que sólo pudo decir: “Ya ves, ahora podría…” y, muy azorado, corrió a su
casa. Desde entonces, tuvo miedo de mirar a los ojos a Chernov. Sus compañeros
no le dejaban en paz y se burlaban de su proceder; varias veces oí que se
defendía, asegurando que eso no era verdad, rojo hasta las orejas, lo mismo que
un chiquillo ingenuo.
El tercero, el
comandante Trosenko, era un viejo caucasiano en toda la extensión de la
palabra; es decir, un hombre para quien el regimiento que mandaba había llegado
a ser como su propia familia; la fortaleza, donde se encerraba la guarnición,
su patria, y los cantores, el único placer de su vida. Para él, todo lo que no
fuera el Cáucaso merecía desprecio; en cambio, el Cáucaso se dividía en dos
partes: la nuestra y la otra. Adoraba a la primera y aborrecía con todas las
fuerzas de su alma a la segunda. Ante todo, era un hombre de valor templado y
sereno, de una bondad extraordinaria hacia sus compañeros y sus subalternos y
de una rectitud rayana en crueldad hacia los ayudantes y los de buena
estrella, a los que aborrecía sin saber por qué. Al entrar en la choza,
estuvo a punto de romper el techo con la cabeza; pero después, de pronto, tomó
asiendo en el suelo.
-¿Qué hay? –preguntó;
pero al ver mi rostro, que le era desconocido, se interrumpió fijando en mí sus
ojos turbios y penetrantes.
-¿De qué hablaban?
–preguntó el mayor, sacando el reloj y consultando la hora. Yo estaba
persuadido de que no tenía por qué hacerlo.
-Me preguntaba por qué
estoy aquí.
-Lo que quiere Nikolai
Fiodorovich es distinguirse en el Cáucaso y luego marcharse a su casa.
-Y usted, Abrahán
Ilich, ¿por qué sirven en el Cáucaso?
-¿Yo? En primer lugar,
porque todos tenemos obligación de servir. ¿Qué? –añadió, a pesar de que todos
estábamos callados-. Ayer he recibido carta de Rusia, Nikolai Fiodorovich
–continuó con evidentes deseos de cambiar de conversación-. Me escriben…, me hacen
unas preguntas tan extrañas…
-¿Preguntas? –repitió
Boljov.
Se echó a reír.
-Verdaderamente son muy
extrañas… Me preguntan si pueden existir los celos sin amor… ¿Qué opinan
ustedes? –inquirió, mirándonos a todos.
-¡Vaya! –exclamó Boljov
sonriendo.
-¿Saben que en Rusia se
está muy bien? –prosiguió como si sus frases se sucedieran naturalmente una a
otra-. Cuando estuve en el año 52 en Tambor, me recibían en todas partes como
si fuese ayudante de campo del emperador. No me creerán ustedes; una vez asistí
a un baile que daba el gobernador… Me acogió inmejorablemente. La esposa del
gobernador en persona conversó conmigo preguntándome por el Cáucaso, y todos…,
yo no sabía… Todos miraban mi sable dorado, como si se tratase de una
curiosidad. Me preguntaban por qué me habían concedido el sable, por qué la
cruz de Ana, por qué la de Vladimiro, y yo lo explicaba todo… ¿Qué? Eso es lo
bueno que tiene el Cáucaso, Nikolai Fiodorovich –añadió sin esperar respuesta-.
En Rusia admiran mucho a los compañeros del Cáucaso. Un joven oficial del
Estado Mayor, condecorado con las cruces de Ana y Vladimiro, está muy bien
visto en Rusia… ¿No cree?
-Supongo que se habrá
usted dado todo, Abrahán Ilich –observó Boljov.
-¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! -rió el
aludido, con su estúpida risa-. Es preciso hacerlo ¿sabe? Además, ¡qué bien
comí durante aquellos dos meses!
-¡Qué nos dice!
Probablemente han tomado limonada. Si yo fuese allí, le demostraría cómo beben
los caucasianos. No se desacreditaría nuestra fama. Ya les demostraría yo cómo
bebemos… ¿Eh, Boljov? –agregó.
-Pero tú, amigo, llevas
ya diez años en el Cáucaso –objetó Boljov-. ¿No recuerdas lo que dijo Ermolov?
En cambio, Abrahán Ilich no lleva más que seis…
-¡Cómo diez! Pronto
hará dieciséis.
-Oye, Boljov, ordena
que nos traigan de beber. ¡Qué humedad! ¡Brrr! -añadió sonriendo-. ¿Quiere que
bebamos, mayor?
Pero el mayor estaba
descontento ya desde la primera vez que se dirigiera a él el viejo capitán, se
encogió en aquel momento y buscó refugio en su propia grandeza. Tarareó una
canción, consultando de nuevo el reloj.
-Pues yo no iré nunca
allí –continuó Trosenko, sin hacer caso del comandante-. Hasta me he
desacostumbrado de andar y de hablar al estilo ruso. Allí preguntarían. “¿Quién
es ése? ¡Bueno, ya se sabe, viene de Asia!” Así, pues, Nikolai Fiodorovich,
¿qué puede representar para mí Rusia? De todas formas, llegará un día en que
aquí me peguen un tiro. Y cuando pregunten: “¿Dónde está Trosenko?”
Contestarán: “Le han pegado un tiro”. ¿Qué hará usted entonces con la octava
compañía? –añadió dirigiéndose siempre al mayor.
-¡Que se vaya el de
guardia al batallón! –gritó Kirsanov, sin contestar al capitán aunque ya estaba
nuevamente convencido de que no necesitaba dar ninguna orden-. Supongo, joven,
que estará usted contento de recibir un salario doble –añadió, dirigiéndose al
ayudante del batallón, después de unos veinte minutos de silencio.
-¡Cómo no! Estoy muy
contento.
-Considero que nuestros
sueldos son elevados en la actualidad, Nikolai Fiodorovich –continuó-. Un joven
puede vivir muy bien de su sueldo y hasta permitirse algún pequeño lujo.
-Verdaderamente,
Abrahán Ilich, no lo creo así –objetó con timidez el ayudante-. Aunque la paga
sea doble, no… Es preciso que tengamos un caballo…
-¿Qué me dice usted,
joven? Yo también he sido alférez, de manera que lo sé. Créame que con esas
pagas se puede vivir ordenadamente. Verá usted, hagamos la cuenta –añadió,
doblando el dedo meñique de la mano izquierda.
-Todos pedimos la paga
por adelantado, ya tiene usted la cuenta hecha –intervino Trosenko, apurando
una copa de vodka.
-Bueno… ¿y con eso, qué
quiere usted…? ¿Qué?
En aquel momento, por
la puerta de la caseta, asomó una cabeza blanca de nariz achaparrada y una voz
bronca pronunció en alemán:
-¿Está usted ahí,
Abrahán Ilich? El oficial de servicio pregunta por usted.
-¡Adelante, Kraft!
Un hombre alto con
guerrera de Estado Mayor penetró por la puerta y estrechó la mano a todos los
concurrentes con extraordinaria efusión.
-¡Ah querido capitán!
¿También usted se encuentra aquí? –exclamó, dirigiéndose a Trosenko.
-A pesar de la
oscuridad, el nuevo huésped se deslizó hacia el capitán y, al parecer, con gran
extrañeza y descontento de éste, lo besó en los labios.
“Es un alemán que
pretende ser un buen compañero, pensé.
Mi suposición se
confirmó en el acto. El capitán Kraft pidió vodka a la que llamaba gorilka
y echó la cabeza hacia atrás y carraspeó al tomársela.
-¿Qué, señores? Hemos
corrido por los valles del Chechna… -empezó diciendo; pero, al ver al oficial
de servicio, calló para dejar al comandante que diera la orden.
-¿Ha recorrido usted la
línea?
-Sí, mi comandante.
-¿Se ha dado la
consigna?
-Sí.
-Entonces, transmita a
los jefes de las compañías la orden de que procedan con la mayor cautela.
-A sus órdenes, mayor.
Kirsanov entornó los
ojos y se sumió en profundas reflexiones.
-Dígale a los soldados
que pueden preparar la kasha.
-Ya lo están haciendo.
-Bueno, puede
retirarse.
-Estábamos calculando
lo que necesita un oficial –prosiguió Kirsanov, dirigiéndose a nosotros con
sonrisa condescendiente-. Vamos a ver.
-Necesita guerrera y
pantalón… ¿No es eso?
-Sí.
-Pongamos cincuenta
rublos para dos años, es decir, veinticinco rublos al año para el uniforme;
para comer hay que calcular ciento veinte, ¿verdad?
-Sí, y hasta es
demasiado.
-Bueno, pero calculo
eso. Los gastos del caballo, es decir, la silla y sus reparaciones, treinta
rublos. Y eso es todo. Son veinticinco, ciento veinte y treinta; en total,
ciento setenta y cinco rublos. Así, quedan para lujos, té, azúcar y tabaco,
unos veinte rublos. ¿Lo ve usted?... ¿No es eso, Nikolai Fiodorovich?
-No; permítame, Abrahán
Ilich –objetó con timidez el ayudante-. No queda nada para té ni para azúcar.
Usted calcula unos pantalones para dos años, pero estando en campaña no se gana
para pantalones. ¿Y las botas? Destrozo un par casi todos los meses y, además,
se necesita ropa: camisas, toallas; todo eso hay que comprarlo. Si uno echa la
cuenta ve que no le queda ningún dinero. Palabra, que esto es cierto, Abrahán
Ilich.
-Pues yo le diré
–observó Trosenko-, que, de cualquier modo que se echen las cuentas, siempre
resulta que el militar no tiene ni para comer; pero, en realidad, todos
vivimos, tomamos té, fumamos y bebemos vodka. Cuando lleve tanto tiempo de
servicio como yo –prosiguió, dirigiéndose al alférez-, aprenderá a vivir.
¿Saben ustedes, señores, cómo trata a sus asistentes? –y Trosenko, muerto de
risa, nos relató la historia del alférez y su asistente, a pesar de que la
habíamos oído miles de veces-. ¿Por qué te has puesto como una amapola? -dijo
al alférez, que había enrojecido, sudaba y sonreía con una cara que daba pena
verlo-. No te preocupes, amigo, también yo he sido como tú, y ahora soy un
valiente. ¡Qué viniera al Cáucaso alguno de esos muchachos de Rusia, ya hemos
tenido ocasión de verlos; no tardarán en padecer de reumatismo y espasmos; en
cambio, yo me he establecido aquí y me encuentro como en casa, como en mi
propia cama! Ya ven… -al decir estas palabras apuró otra copa de vodka-. ¿Eh?
–añadió mirando fijamente a los ojos de Kraft.
-Siento gran respeto
por usted. ¡Es usted un auténtico hombre del Cáucaso! Deme la mano –y Kraft,
abriéndose paso entre todos nosotros, llegó hasta Trosenko y, cogiéndole la
mano se la sacudió con gran efusión-. Podemos decir que en el Cáucaso hemos
pasado de todo. En el año 45…, también estaba usted allí, ¿verdad, capitán?
¿Recuerda la noche del doce al trece, que la pasamos hundidos hasta la rodilla
en un lodazal y el día siguiente en que fuimos a las trincheras? Entonces
estaba yo con el comandante en jefe y tomamos quince trincheras en un solo día.
¿Lo recuerda, capitán?
Trosenko movió la
cabeza afirmativamente y, alargando un poco el labio inferior, entornó los
ojos.
-Verá usted… -empezó
diciendo Kraft, muy animado, dirigiéndose al mayor y haciendo gestos
intempestivos.
Pero Kirsanov, que
seguramente había oído ese relato reiteradas veces, miró a su interlocutor
poniendo los ojos tan turbios e inexpresivos que Kraft se volvió hacia mí y
hacia Boljov, mirándonos tan pronto a uno como a otro. En cambio, durante todo
su relato no dirigió ni una sola vez la vista a Trosenko.
-Pues verán ustedes: en
cuanto salimos por la mañana, el comandante en jefe me dijo: “¡Kraft, hay que
tomar esas trincheras!” Ya saben ustedes, lo que es el servicio. Hay que
obedecer sin replicar. “A la orden, excelencia.” En cuanto nos acercamos a la
primera trinchera me volví y dije a los soldados: “Muchachos, ¡estad alerta! No
tengáis miedo. No vacilaré en matar con mi propia mano al que quede rezagado.”
Ya saben ustedes que a los soldados rusos hay que hablarles claramente. De
pronto estalló una granada y ví que caía un soldado, luego otro, luego el
tercero y las balas empezaron a silbar por todos lados. Dije: “¡Adelante,
muchachos, seguidme!” Cuando llegamos ví, ¿cómo se llama?...
Y Kraft gesticuló con
ambas manos buscando la palabra.
-Un precipicio –apuntó
Boljov.
-No… pero ¿cómo es
eso?--- ¡Ah, sí, un precipicio! –dijo rápidamente-. Avanzamos con las bayonetas
caladas… ¡Hurra! No había un solo enemigo. Como pueden figurarse eso nos
asombró. Pues bien: seguimos adelante hasta la segunda trinchera. Aquello era
otra cosa. Estábamos ya muy excitados. Vimos que no se podía avanzar. Allí
había… ¿cómo se llama eso?... Pero ¿cómo se llama eso?...
-Otro precipicio
–apunté.
-Nada de eso –replicó
enfadado-. No era ningún precipicio, sino… ¿cómo se llama? –e hizo con la mano
un gesto vago-. ¡Oh Dios mío! ¿Cómo se llama eso?...
Se le veía tan
atormentado que, involuntariamente, quería uno apuntarle.
.Tal vez fuese un río
–dijo Boljov.
-No. Era un simple
precipicio. En cuanto llegamos, no me lo creerán ustedes, vimos un fuego
horroroso…, un infierno.
En aquel momento
alguien me llamó desde fuera. Era Maximov. Después de escuchar cómo habían
tomado dos trincheras, aún me quedaba que oír el relato de la toma de otras
trece; por eso me alegró esa oportunidad para irme. Trosenko salió conmigo.
-Todo lo que dice es
mentira. Ni siquiera estuvo en la toma de esas trincheras –me dijo cuando
estuvimos a unos cuantos pasos de la choza.
Y se echó a reír tan de
buena gana, que hasta me contagió.
Ya era noche cerrada y
sólo las hogueras iluminaban el campamento cuando terminé mi faena y me acerqué
a los soldados. Un gran tronco que ardía sin llama yacía sobre los carbones.
Sólo tres hombres permanecían sentados alrededor de una hoguera: Antonov, que
daba vueltas al puchero con el riabko (pan seco y tocino) sobre el
fuego; Jdanov, que con expresión pensativa, quitaba la ceniza con una ramita, y
Chikin, con su pipa eternamente apagada. Los demás se habían acostado ya unos,
bajo los armones; otros, sobre el heno y algunos, junto a las hogueras. A la
débil luz que producían los carbones distinguía las espaldas, las piernas y las
cabezas que me eran conocidas. Entre los que estaban junto a las hogueras ví al
recluta que, arrimado a la lumbre, parecía dormir. Antonov me hizo sitio. Me
senté junto a él y encendí un cigarrillo. El olor de la niebla y del humo
producido por la leña mojada, que se esparcía por el aire, irritaba los ojos,
mientras la humedad caía del oscuro cielo.
Junto a nosotros se
oían ronquidos regulares, el crujido de las ramas del fuego, conversaciones en
voz baja y, de cuando en cuando, el entrechocar de los fusiles de la
infantería. Por doquier llameaban las piras, que iluminaban en torno suyo las
negras figuras de los soldados. Yo divisaba, en los lugares iluminados más
cercanos, las figuras desnudas de los soldados que sacudían sus camisas por
encima de las llamas. Aún había muchos soldados que no dormían, moviéndose y
hablando en un espacio de quince sajenas cuadradas; la noche, oscura y
tenebrosa, daba un carácter misterioso a todo aquel movimiento; era como si
todos percibiesen aquel silencio sombrío y temiesen romper su serena armonía.
Cuando empecé a hablar, observé que mi voz tenía un timbre distinto. Leí en los
rostros de los soldados un estado de ánimo como el mío. Pensé que, antes de mi
llegada, habían estado hablando del compañero herido; pero nada de eso: Chikin
hablaba de la recepción de objetos de Tiflis y de los del Cuerpo de Aduana.
Siempre he observado,
sobre todo en el Cáucaso, el tacto especial de nuestros soldados de callar ante
el peligro y evitar cuanto pudiera tener una influencia desfavorable en el
ánimo de sus compañeros. El espíritu del soldado ruso no es como el de los pueblos
del Sur, que se dejan llevar por el entusiasmo y se enfrían en seguida. Al ruso
es tan difícil inflamarlo como obligarle a perder el ánimo. No necesita grandes
efectos, discursos, gritos guerreros, canciones ni tambores, sino, por el
contrario, tranquilidad, orden y evitar todo lo que pueda ponerle en tensión.
En el soldado ruso, en el verdadero soldado ruso, no se observa jamás
petulancia, fanfarronería, deseo de cegarse ni de inflamarse durante el
peligro; al contrario, sus rasgos característicos son la modestia, la sencillez
y la capacidad de ver en el peligro algo muy distinto de lo que es en realidad.
He visto a un soldado herido en una pierna que en el primer instante, sólo
lamentaba que le hubieran roto la pelliza nueva, y a un jinete, cuyo caballo
cayó muerto cuando lo montaba, desatando la cincha para quitar la silla. ¿Quién
no recuerda aquel caso del sitio de Guerguebil? En el laboratorio se inflamó la
espoleta de una bomba cargada y el polvorista ordenó a dos soldados que la
arrojasen al barranco. Pero éstos no la tiraron allí; porque estaba cerca la
tienda del coronel; y al llevarla más lejos ambos perecieron destrozados.
También recuerdo que, en una expedición, en el año 1852, uno de los soldados
jóvenes dijo, durante el combate, que la sección no saldría viva de allí; todos
se le echaron encima llenos de ira, porque había pronunciado una frase que no
querían ni oír. Ahora, cuando en el alma de cada uno debía hallarse el recuerdo
de Velenchuk y, cuando, de un momento a otro, podía llegar una descarga de los
tártaros, todos escuchaban el relato de Chikin. Ninguno mencionaba el último
combate, el peligro inminente, ni al herido, como si todos estos hechos
hubiesen acontecido Dios sabe cuándo o no hubiesen ocurrido nunca. Sin embargo,
me pareció que sus semblantes estaban algo más taciturnos que de ordinario y no
escuchaban con mucha atención a Chikin, de lo que él mismo se daba cuenta
aunque seguía hablando.
Maximov se acercó a la
hoguera y se sentó junto a mí. Chikin le dejó sitio, guardó silencio y de nuevo
empezó a dar chupadas a la pipa.
-Los de infantería han
mandado a buscar vodka al campamento –dijo Maximov después de un silencio
bastante prolongado-. Acaban de volver –escupió en la lumbre-. El suboficial
dice que ha visto a nuestro herido.
-¿Vive aún? –preguntó
Antonov, revolviendo en el puchero.
-No, ha muerto.
El recluta levantó de
pronto su cabecita, tocada con el gorro rojo, y durante un momento nos miró
fijamente a Maximov y a mí; luego bajó nuevamente la cabeza y se envolvió en el
capote.
-¿Vez? No en vano fue
la muerte a buscarlo cuando lo desperté en el parque –dijo Antonov.
-¡Qué tontería!
–exclamó Jdanov, volviendo le leño que ardía lentamente.
Todos callaron. En
medio del silencio general, se oyó un disparo tras de nosotros, en el
campamento. Los tambores lo recibieron tocando a retreta. Cuando hubo tocado el
último redoble. Jdanov se levantó y se quitó el gorro. Todos le imitamos.
En medio del profundo
silencio de la noche se oyó un coro armonioso de voces masculinas:
“Padre nuestro que
estás en los cielos, santificado sea tu nombre, venga a nos el tu reino, hágase
tu voluntad así en la tierra como en el cielo. El pan nuestro de cada día
dánosle hoy y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a
nuestros deudores y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos de mal.
Amen”.
En el año 45, uno de
nuestros soldados recibió una herida igual que la de éste –dijo Antonov cuando
nos hubimos cubierto y sentado junto al fuego-. Durante dos días lo llevamos en
nuestro cañón… ¿Recuerdas a Chevchenko, Jdanov?... Luego lo dejamos al pie de
un árbol.
En aquel momento, un
soldado de infantería, de enormes patillas y bigotes, se acercó a nuestra
hoguera con su fusil y su mochila.
-Paisanos ¿me dan fuego
para encender la pipa?
-Enciéndela. Hay
bastante lumbre –replicó Chikin.
-Probablemente hablaba
usted de Dargo –dijo el soldado a Antonov.
-Sí; me refería al año
cuarenta y cinco, a la lucha que hubo allí –replicó Antonov.
El soldado movió la
cabeza, entornó los ojos y se puso en cuchillas, junto a nosotros.
-¡Aquello fue tremendo!
–observó.
-¿Por qué lo
abandonaron? –le pregunté a Antonov.
-Le dolía mucho el
vientre. Cuando estábamos parados, no sufría, pero en cuanto nos poníamos en
marcha lanzaba gritos desgarradores. Nos pedía por Dios que lo dejáramos, pero
nos daba lástima. En esto, él empezó a atacarnos en serio; cayeron tres
soldados y un oficial de los nuestros. Y hasta nos separaron de nuestra
batería. ¡Fue una desgracia! No podíamos llevarnos los cañones. Hubo mucho
barro.
-Lo peor de todo es que
había barro al pie del monte Indeisky –observó un soldado.
-Allí fue donde se puso
mucho peor. Entonces Anoshenko –un viejo polvorista- y yo pensamos que no
sobreviviría; y como nos pedía por Dios que lo dejáramos, así lo hicimos. Allí
había un árbol muy frondoso. Le dejamos pan seco remojado, del que llevaba Jdanov,
lo apoyamos contra el árbol, le pusimos una camisa limpia y, después de
despedirnos como es debido, lo dejamos allí.
-¿Era buen soldado?
-Sí, bastante bueno
–replicó Jdanov.
-Sólo Dios sabe lo que
habrá sido de él –continuó Antonov-. Muchos hermanos nuestros quedaron allí.
-¿En Dargo? –exclamó el
infante, levantándose y sacudiendo la pipa. De nuevo entornó los ojos y
moviendo la cabeza dijo-: ¡Aquello fue tremendo!
Y el soldado se alejó.
-¿Quedan aquí muchos de
los que estuvieron en Dargo? –pregunté.
Pues Jdanov, yo,
Patzan, el que está de permiso ahora, y otros seis. No creo que haya más.
-Parece que Patzan ha
echado una cana al aire aprovechándose de su permiso –observó Chikin,
extendiendo las piernas y apoyando la cabeza en un tronco-. Pronto va a hacer
un año que está ausente.
-Y tú, ¿has tomado
algún permiso? -le pregunté a Jdanov.
-No, no lo he hecho
nunca –contestó de mala gana.
-Es agradable tomarse
unas vacaciones –dijo Antonov-, cuando se es de una familia rica o cuando se
tienen fuerzas para trabajar. Entonces es halagüeño y, además, la familia se
alegra.
-¿Para qué va uno a ir
a su casa cuando no tiene más que un hermano que apenas puede mantenerse? No se
va a ocupar del soldado. Al cabo de veinticinco años, ni sabe uno si vive.
-¿No le escribe?
–pregunté.
-¡Cómo no! He escrito
dos cartas, pero no me ha contestado. O se ha muerto o no me contesta porque
vive en la miseria. ¡Qué se le va a hacer!
-¿Hace mucho que le has
escrito?
-Al llegar de Dargo le
envié la segunda carta.
-¿Por qué no cantas Beriozochka?
–preguntó Jdanov a Antonov, el cual, apoyándose en las rodillas, tarareaba
algo.
Antonov entonó la canción
que le pedía.
-Esta es la canción
predilecta de Jdanov –me dijo Chikin en un susurro, tirándome del capote-. Si
alguna vez Filip Antonovich la toca, se echa a llorar.
Al principio, Jdanov
estaba completamente inmóvil con los ojos fijos en los carbones encendidos, y
su semblante, iluminado por el rojo resplandor, parecía muy sombrío. Después,
sus mandíbulas comenzaron a moverse cada vez más de prisa. Finalmente, Jdanov
se levantó y, extendiendo el capote, se tendió. Tal vez diera vueltas y
carraspeara, acomodándose para dormir, o tal vez la muerde de Velenchuk y ese
tiempo tan triste influyeron en mí de este modo; pero lo cierto es que me
pareció que lloraba. La parte inferior del tronco se había convertido en un
carbón; de vez en vez se inflamaba, iluminando la figura de Antonov, con sus
bigotes canosos, su rostro colorado y sus condecoraciones en el capote, que
llevaba echado por los hombros, así como las botas, y la cabeza o la espalda de
algún soldado. Del cielo caía una neblina triste y el aire olía a humedad y a
humo; alrededor nuestro se veían los puntos luminosos que formaban las hogueras
al extinguirse y se oían, en medio del silencio general, los sones de la melancólica
canción de Antonov. Cuando éste callaba, le replicaban los rumores nocturnos
del campamento, los ronquidos, el entrechocar de los fusiles de los centinelas
y las conversaciones en voz baja.
-¡Segundo relevo!
¡Makatov y Jdanov! –gritó Maximov.
Antonov dejó de cantar,
Jdanov se puso en pie, suspiró y, pasando por encima del tronco, se dirigió
hacia los cañones.
(relato
verídico inspirado
en Maupassant)
Existe un reino
pequeñito, minúsculo, a orillas del Mediterráneo, entre Francia e Italia. Se
llama Mónaco y cuenta con siete mil habitantes, menos que un pueblo grande. La
superficie del reino es tan pequeña que ni siquiera tocan a una hectárea de
tierra por persona. Pero, en cambio, tienen un auténtico reyecillo, con su
palacio, sus cortesanos, sus ministros, su obispo y su ejército.
Este es poco numeroso,
en total unos sesenta hombres; pero no deja de ser un ejército. El reyecillo
tiene pocas rentas. Como por doquier, en ese reino hay impuestos para el
tabaco, el vino y el alcohol y existe la capitación. Aunque se bebe y se fuma,
el reyecillo no tendría medios de mantener a sus cortesanos y a sus
funcionarios ni podría mantenerse él, a no ser por un recurso especial Ese
recurso se debe a una casa de juego, a una ruleta que hay en el reino. La gente
juega y gana o pierde; pero el propietario siempre obtiene beneficios. Y paga
buenas cantidades al reyecillo. Las paga, porque no queda ya en toda Europa una
sola casa de juego de este tipo. Antes las hubo en los pequeños principados
alemanes; pero hace cosa de diez años, las prohibieron porque traían muchas
desgracias. Llegaba un jugador, se ponía a jugar, se entusiasmaba, perdía todo
su dinero y, a veces, incluso el de los demás. Y luego, en su desesperación, se
arrojaba al agua o se pegaba un tiro. Los alemanes prohibieron a sus príncipes
que tuvieran casas de juego; pero no hay quien pueda prohibir esto al reyecillo
de Mónaco: por eso sólo allí queda una ruleta.
Desde entonces, todos
los aficionados al juego van a Mónaco, pierden su dinero y el beneficio es para
el rey. Por medio de un trabajo honrado no puede uno construirse palacios. El
reyecillo de Mónaco sabe que eso no está bien, pero ¿qué hacer? Es necesario
vivir. No es mejor mantenerse de los impuestos sobre el alcohol o el tabaco.
Así es como vive ese reyecillo. Reina, amasa dinero y gobierna, desde su
palacio, lo mismo que los grandes reyes. Lo mismo que ellos, se corona,
organiza desfiles y paradas, concede recompensas, ajusticia, indulta, celebra
consejos, decreta y juzga. Gobierna como los auténticos reyes. La única
diferencia es que en Mónaco todo es pequeño.
Una vez, hace cosa de
cinco años, hubo un crimen en el reino. El pueblo de Mónaco es pacífico; y
nunca había allí sucedido tal cosa. Se reunieron los jueces para juzgar al
asesino. En el tribunal había jueces, fiscales, abogados y jurados. Después de
juzgarlo, lo condenaron, según la ley, a la última pena, a la decapitación.
Presentaron la sentencia al rey. Este la confirmó. No había más remedio que
ajusticiar al criminal. La única desgracia es que no hubiese en el reino
guillotina ni verdugo. Después de pensarlo mucho, los ministros decidieron
escribir al Gobierno francés, preguntándole si podía mandarles la máquina y el
verdugo para cortar la cabeza al criminal. Al mismo tiempo, pidieron que los
informase, a ser posible, de los gastos que esto supondría. Al cabo de una
semana recibieron la contestación: podían enviar la máquina y el verdugo: los
gastos ascendían a dieciséis mil francos. Se lo comunicaron al reyecillo. Este
meditó largo rato. ¡Dieciséis mil francos! “¡Ese bribón no vale tanto dinero!
¿No se podría arreglar el asunto más económicamente? Para obtener esa cantidad,
todos los habitantes del reino tendrían que pagar dos francos de impuesto. Les
parecería mucho. Podrían sublevarse”, dijo. Celebraron consejo. ¿Cómo
solucionar el problema? Se les ocurrió preguntar lo mismo al rey de Italia.
Francia es una República, no respeta a los reyes; en cambio, como en Italia hay
un rey, tal vez cobraría menos. Escribieron. No tardaron en recibir
contestación. El gobierno italiano les decía que con mucho gusto mandaría la
máquina y el verdugo. El total de los gastos, con el viaje incluido, ascendería
a doce mil francos. Era más barato; pero no dejaba de ser una cantidad elevada.
Aquel canalla no varía tanto dinero. Cada habitante tendría que pagar casi dos
francos de impuesto. Volvió a reunirse el Consejo. Pensaron en la manera de
arreglar esto de una manera más económica. Quizá algún soldado quisiera cortar
la cabeza al criminal, de un modo rudimentario. Llamaron al general. “¿No habrá
algún soldado que quiera decapitar al asesino? Sea como sea, cuando van a la
guerra matan; y eso es lo que se les enseña.” El general habló con sus
soldados. ¿Quería alguno cortar la cabeza al criminal? Todos se negaron. “No,
no sabemos hacer esto; no lo hemos aprendido”, dijeron.
¿Qué hacer? Meditaron
mucho, nombraron un comité, una Comisión y una Subcomisión. Por fin hallaron el
medio de arreglar el asunto. Había que conmutar la pena de muerte por la de
cadena perpetua. De este modo, el rey demostraría su misericordia y al mismo
tiempo habría menos gasto. El reyecillo se mostró de acuerdo; y resolvieron
adoptar esa solución. La única desgracia era que no hubiese una prisión
especial donde encerrar al criminal para toda la vida. Había pequeños calabozos
en los que se encerraba temporalmente a los culpables; pero se carecía de una
buena prisión. Finalmente, encontraron un lugar. Encerraron al criminal y le
pusieron un guardián.
Este vigilaba al
delincuente y le traía la comida de la cocina de palacio. Así transcurrieron
doce meses. A fin de año, el reyecillo hizo el balance de los gastos y de los
ingresos. Y se dio cuenta de que el criminal constituía un gasto bastante
considerable. En un año había ascendido a seiscientos francos su comida y el
sueldo del guardián. El criminal era joven y sano; tal vez viviera aún
cincuenta años. No era posible seguir así. El reyecillo llamó a sus ministros:
“Buscad el medio de que este canalla nos cueste menos dinero. Así nos resulta
demasiado caro”, les dijo. Los ministros se reunieron en Consejo y meditaron
largo rato. Uno de ellos dijo: “Señores, creo que hay que suprimir el
guardián.” “El criminal se escaparía”, replicó otro. “Si se escapa, ¡al
diablo!” Informaron al rey. Este se mostró de acuerdo. Suprimieron al guardián
y esperaron a ver qué pasaría.
Al llegar la hora de
comer el criminal buscó al guardián; y, al no encontrarlo, se dirigió en
persona a la cocina de palacio en solicitud de la comida. Cogió lo que le
dieron, volvió a la prisión y cerró la puerta tras de sí. Al buscar la comida;
pero no se escapaba. ¿Qué hacer? Pensaron que debían decirle que no se le
necesitaba para nada, que podía irse. El ministro de Justicia lo llamó. “¿Por
qué no se va usted? Nadie lo vigila, puede marcharse libremente: al rey no le
parecerá mal; pero yo no tengo adónde ir. ¿Dónde quiere que vaya? Me han
cubierto de oprobio con la sentencia; ahora nadie querrá tratarme. Me he
apartado de todo. Ustedes proceden injustamente conmigo. Eso no se puede hacer.
En primer lugar, si me han condenado a muerte, tenían que haberme matado.
Aunque no lo han hecho, no he protestado. En segundo lugar, me condenaron a
cadena perpetua y me pusieron un guardián para que me trajera la comida; pero
no han tardado en quitármelo. Tampoco he protestado. He ido a buscarme la
comida personalmente. Ahora me dicen que me vaya; pero esta vez, arréglenselas
como quieran; no pienso irme”, replicó el criminal.
De nuevo celebraron
Consejo. ¿Qué hacer? ¿Qué solución tomar? El criminal no se iba. Después de
pensarlo mucho, decidieron asignarle una pensión. Era la única manera de
librarse de él. Informaron al reyecillo. “¡Qué le hemos de hacer! Hay que
terminar como sea”, dijo éste. Asignaron al criminal una pensión de seiscientos
francos y así se lo comunicaron. “Bueno; si me pagan puntualmente, me iré.”
Así se decidió la cosa.
Entregaron al criminal la tercera parte de la pensión por adelantado. Este se
despidió de todos y abandonó el dominio del reyecillo. Viajó sólo un cuarto de
hora por ferrocarril. Se instaló cerca del reino, compró una parcela de tierra,
puso una huerta y un jardín y vive muy feliz.
En fechas determinadas,
va a Mónaco a percibir su pensión. Después de cobrar, entra en la casa de juego
y pone dos o tres francos. Algunas veces gana; otras pierde y vuelve a su casa.
Vive apaciblemente.
Menos mal que no
delinquió en un lugar donde no se repara en gastos para decapitar a un hombre
ni para mantenerlo en la cárcel toda la vida.
-Usted sostiene que un
hombre no puede comprender por sí mismo lo que está bien y lo que está mal, que
todo es resultado del ambiente y que éste absorbe al ser humano. Yo creo, en
cambio, que todo depende de las circunstancias. Me refiero a mí mismo.
Así habló el respetable
Iván Vasilevich, después de una conversación en que habíamos sostenido que,
para perfeccionarse, es necesario, ante todo, cambiar las condiciones del
ambiente en que se vive. En realidad, nadie había dicho que uno mismo no puede
comprender lo que está bien y lo que está mal; pero Iván Vasilevich tenía
costumbre de contestar a las ideas que se le ocurrían y, con ese motivo,
relatar episodios de su propia vida. A menudo, se apasionaba tanto, que llegaba
a olvidar por qué había empezado el relato. Solía hablar con gran velocidad.
Así lo hizo también estaba vez.
-Hablaré de mí mismo.
Si mi vida ha tomado este rumbo no es por el ambiente, sino por algo muy
distinto.
-¿Por qué?
–preguntamos.
-Es una historia muy
larga. Para comprenderla había que contar muchas cosas.
-Pues, cuéntelas.
Iván Vasilevich movió
la cabeza, sumiéndose en reflexiones.
-Mi vida entera ha
cambiado por una noche, o mejor dicho, por un amanecer.
-¿Qué le ocurrió?
-Estaba muy enamorado.
Antes ya lo había estado muchas veces; pero aquél fue mi gran amor. Esto
pertenece al pasado. Ella tiene y a hijas casadas. Se traba de B*** Sí de
Varenka V***… -Iván Vasilevich nos dijo el apellido-. A los quince años era ya
una belleza notable, y a los dieciocho esta encantadora: era esbelta, llena de
gracia y majestad, sobre todo de majestad. Se mantenía muy erguida, como si no
pudiera tener otra actitud. Llevaba la cabeza alta, lo que, unido a su belleza
y a su estatura, a pesar de su extremada delgadez, le daba un aire regio que
hubiera infundido respeto, a no ser por la sonrisa, alegre y afectuosa, de sus
labios y de sus encantadores y brillantes ojos. Todo su ser emanaba juventud y
dulzura.
.Qué bien la describe,
Iván Vasilevich.
-Por mucho que me
esmere, nunca podrá hacerlo de modo que comprendan ustedes cómo era. Lo que voy
a contarles ocurrió entre los años 1840 y 1850. En aquella época, yo era
estudiante de una universidad de provincia. No sé si eso estaba bien o mal;
pero el caso es que, por aquel entonces, los estudiantes no tenían círculos ni
teoría política alguna. Éramos jóvenes y vivíamos como le es propio a la
juventud: estudiábamos y nos divertíamos. Yo era un muchacho alegre y vivaracho
y, además, tenía dinero. Poseía un magnífico caballo, paseaba en trineo con las
muchachas -aún no estaba de moda patinar-, me divertía con mis camaradas y
bebía champaña. Si no había dinero, no bebíamos nada; pero no como ahora, que
se debe vodka. Las veladas y los bailes constituían mi mayor placer. Bailaba
perfectamente y era un hombre bien parecido.
-No se haga el modesto
–lo interrumpió una dama, que estaba entre nosotros-. Hemos visto su fotografía
de aquella época. No es que estuviera bastante bien; era un hombre muy guapo.
-Bueno, como quiera;
pero no se trata de eso. Por aquel entonces estaba muy enamorado de Varenka. El
último día de carnaval asistí a un baile en casa del mariscal de la nobleza de
la provincia, un viejo chambelán de la corte, rico, bondadoso y muy hospitalario.
Su mujer, tan amable como él, recibió a los invitados luciendo una diadema de
brillantes y un vestido de terciopelo, que dejaba al descubierto su pecho y sus
hombros, blancos y gruesos, que recordaban los retratos de la emperatriz
Elizaveta Petrovna. Fue un baile magnífico. En la espléndida sala había un
coro, una célebre orquesta compuesta por los siervos de un propietario
aficionado a la música, un buffet exquisito y un mar de champaña. No
bebía, a pesar de ser aficionado al champaña, porque estaba ebrio de amor.
Pero, en cambio, bailé cuadrillas, valses y polkas, hasta extenuarme; y, como
es natural, siempre que era posible, con Varenka. Llevaba un vestido blanco con
cinturón rosa y guantes blancos de cabritilla, que le llegaban hasta los codos
agudos, y escarpines de satín blancos. Un antipático ingeniero, llamado
Anisimov, me birló la mazurca –aún no he podido perdonárselo- invitando a
Varenka en cuanto entró en la sala; yo me había entretenido en la peluquería y
en comprar un par de guantes. Bailé esa mazurca con una muchachita alemana, a
la que antaño había cortejado un poco. Me figuro que aquella noche fui muy
descortés con ella; no le hablé ni la miré, siguiendo constantemente la esbelta
figura de Varenka, vestida de blanco, y su resplandeciente rostro encendido con
hoyuelos en las mejillas y sus bellos ojos cariñosos. Y no era el único. Todos
la contemplaban, tanto los hombres como las mujeres, a pesar de que las
eclipsaba. Era imposible no admirarla.
Según las reglas, no
bailé con Varenka aquella mazurca; pero, en realidad, bailamos juntos casi todo
el tiempo. Sin turbarse atravesaba la sala, dirigiéndose a mí y yo me levantaba
de un salto, antes que me invitara. Varenka me agradecía mi perspicacia con una
sonrisa. Cuando no adivinaba mi “cualidad”, mientras daba la mano a otro, se
encogía de hombros y me sonreía con expresión compasiva, como si quisiera
consolarme.
Cuando bailábamos algún
vals, Varenka sonreía diciéndome, con respiración entrecortada: “Encore.”
Y yo seguía dando vueltas y más vueltas sin sentir mi propio cuerpo.
-¿Cómo no lo iba a
sentir? Supongo que, al enlazar el talle de Varenka, hasta sentiría el cuerpo
de ella –dijo uno de los presentes
.
Súbitamente, Iván
Vasilevich enrojeció y exclamó, casi a voz en grito:
-¡Así son ustedes, los
jóvenes de hoy día! No ven nada excepto el cuerpo. En nuestros tiempos era
distinto. Cuanto más enamorado estaba, tanto más inmaterial era Varenka, para
mí. Ustedes sólo ven los tobillos, las piernas y otras cosas; suelen desnudar a
la mujer de la que están enamorados. En cambio, para mí, como decía Alfonso
Karr- ¡qué buen escrito era!- el objeto de mi amor se me aparecía con
vestiduras de bronce. En vez de desnudar a la mujer, tratábamos de cubrir su
desnudez, lo mismo que el buen hijo de Noé. Ustedes no pueden comprender esto…
-No le haga caso; siga
usted –intervino uno de nosotros.
-Bailé casi toda la
noche, sin darme cuenta de cómo pasaba el tiempo. Los músicos ya repetían sin
cesar el mismo tema de una mazurca, como suele suceder al final de un baile.
Los papás y las mamás, que jugaban a las cartas en los salones, se habían levantado
ya, en espera de la cena; y los lacayos pasaban, cada vez con mayor frecuencia,
llevando cosas. Eran más de las dos de la madrugada. Era preciso aprovechar los
últimos momentos. Volví a invitar a Varenka y bailamos por centésima vez.
-¿Bailará conmigo la
primera cuadrilla, después de cenar? –le pregunté, mientras la acompañaba a su
sitio.
-Desde luego, si mis
padres no deciden irse en seguida –me replicó, con una sonrisa.
-No lo permitiré
–exclamé.
-Devuélvame el abanico
–dijo Varenka.
-Me da pena dárselo
–contesté, tendiéndole su abanico blanco, de poco valor.
-Tenga; para que no le
dé pena –exclamó Varenka, arrancando una pluma, que me entregó.
La cogí; pero
únicamente pude expresarle mi agradecimiento y mi entusiasmo con una mirada. No
sólo estaba alegre y satisfecho, sino que me sentía feliz y experimentaba una
sensación de beatitud. En aquel momento, yo no era yo, sino un ser que no
pertenecía a la tierra, que desconocía el mal y sólo era capaz de hacer el
bien.
Guardé la pluma en un
guante; y permanecí junto a Varenka, sin fuerzas para alejarme.
-Fíjese; quieren que
baile papá –me dijo señalando la alta figura de su padre, un coronel con
charreteras plateadas, que se hallaba en la puerta de la sala con la dueña de
la casa y otras damas.
-Varenka, ven aquí
–oímos decir a aquélla.
Varenka se acercó a la
puerta y yo la seguí.
-Ma chère,
convence a tu padre para que baile contigo. Ande, haga el favor, Piotr
Vasilevich –añadió la dueña de la casa, dirigiéndose al coronel.
El padre de Varenka era
un hombre erguido, bien conservado, alto y apuesto, de mejillas sonrosadas.
Llevaba el canoso bigote à lo Nicolás I, y tenía las patillas blancas y
el cabello de las sienes peinado hacia delante. Una sonrisa alegre, igual que
la de su hija, iluminaba tanto su boca como sus ojos. Estaba muy bien formado;
su pecho –en el que ostentaba alguna condecoraciones- y sus hombros eran
anchos, y sus piernas, largas y delgadas. Era un representante de ese tipo de
militar que ha producido la disciplina del emperador Nicolás.
Cuando nos acercamos a
la puerta, el coronel se negaba diciendo que había perdido la costumbre de
bailar. Sin embargo, pasando la mano al costado izquierdo, desenvainó la
espada, que entregó a un joven servicial y, poniéndose el guante en la mano
derecha –en aquel momento dijo con una sonrisa: “Todo debe hacerse según las
reglas”-, tomó la mano de su hija, se volvió de medio lado y esperó para entrar
al compás.
A las primeras notas
del aire de la mazurca, dio un golpe con un pie, avanzó el otro y su alta
figura giró en torno a la sala, ora despacio y en silencio, ora ruidosa e
impetuosamente. Varenka giraba y tan pronto acortaba, tan pronto alargaba los
pasos, para adaptarlos a los de su padre. Todos los asistentes seguían los
movimientos de la pareja. En cuanto a mí, no sólo los admiraba, sino que sentía
un enternecimiento lleno de entusiasmo. Me gustaron sobre todo las botas del
coronel, que no eran puntiagudas, como las de moda, sino antiguas, de punta
cuadrada y sin tacones. Por lo visto, habían sido fabricadas por el zapatero
del batallón. “Para poder vestir a su hija y hacerla alternar, se conforma con
unas botas de fabricación casera y no se compra las que están de moda”, pensé,
particularmente enternecido por aquellas puntas cuadradas. Sin duda, el coronel
había bailado bien en sus tiempos; pero entonces era pesado y sus piernas no
tenían bastante agilidad para los bellos y rápidos pasos que quería realizar.
Sin embargo, dio dos vueltas a la sala. Finalmente separó las piernas, volvió a
juntarlas y, aunque con cierta dificultad, hincó una rodilla en tierra y
Varenka pasó graciosamente junto a él con una sonrisa, mientras se arreglaba el
vestido, que se le había enganchado. Entonces todos aplaudieron con entusiasmo.
Haciendo un esfuerzo, el coronel se levantó; y, cogiendo delicadamente a su
hija por las orejas, la besó en la frente y la acercó a mí, creyendo que me
tocaba bailar con ella. Le dije que yo no era su pareja.
-Es igual, baile con
Varenka –replicó, con una sonrisa llena de afecto, mientras colocaba la espada
en la vaina.
Lo mismo que el
contenido de un frasco sale a borbotones después de haber caído la primera
gota, mi amor por Varenka parecía haber desencadenado la capacidad de amar,
oculta en mi alma. En aquel momento, mi amor abarcaba al mundo entero, Quería a
la dueña de la casa con su diadema y su busto semejante al de la emperatriz
Elizaveta, a su marido, a los invitados, a los lacayos e incluso al ingeniero
Anisimov, que estaba resentido conmigo. Y el padre de Varenka, con sus botas y
su sonrisa afectuosa parecida a la de ella, me provocaba un sentimiento lleno
de ternura y entusiasmo.
Terminó la mazurca; los
dueños de la casa invitaron a los presentes a cenar; pero el coronel B*** no
aceptó, diciendo que tenía que madrugar al día siguiente. Me asusté, creyendo
que se llevaría a Varenka; pero ésta se quedó con su madre.
Después de cenar,
bailamos la cuadrilla que me había prometido. Me sentía infinitamente dichoso;
y, sin embargo, mi dicha aumentaba sin cesar. No hablamos de amor, no pregunté
a Varenka ni me pregunté a mí mismo si me amaba. Me bastaba quererla a ella. Lo
único que temía era que algo echase a perder mi felicidad.
Al volver a mi casa,
pensé acostarme; pero comprendí que era imposible. Tenía en la mano la pluma de
su abanico y uno de sus guantes, que me había dado al marcharse, cuando la
ayudé a subir al coche, tras de su madre. Miraba estos objetos y, sin cerrar los
ojos, veía a Varenka ante mí. Me la representaba en el momento en que,
eligiéndome entre otros hombres, adivinaba mi “cualidad”, diciendo con su voz
agradable: “¿El orgullo? ¿No es eso?”, mientras me daba la mano con expresión
alegre; o bien, cuando se llevaba la copa de champaña a los labios y me miraba
de reojo, con afecto. Pero, sobre todo, la veía bailando con su padre, con sus
movimientos graciosos, mirando, orgullosa y satisfecha, a los espectadores que
los admiraban. E involuntariamente, los unía en aquel sentimiento tierno y
delicado que me embargaba.
Vivía solo con mi
difunto hermano. No le gustaba la sociedad y no asistía a los bailes; además,
en aquella época, preparaba su licenciatura, y hacía una vida muy metódica.
Estaba durmiendo. Contemplé su cabeza, hundida en la almohada, casi cubierta
con una manta de franela, y sentí pena porque no conociera ni compartiera mi
felicidad. Nuestro criado Petroshka, un siervo, me salió al encuentro, con una
vela, y quiso ayudarme a los preparativos de la noche; pero lo despedí. Su cara
adormilada y sus cabellos revueltos me emocionaron. Procurando no hacer ruido,
me dirigí, de puntillas, a mi habitación, donde me senté en la cama. No podía
dormir; era demasiado feliz. Además, tenía calor en aquella habitación, tan
bien caldeada. Sin pensarlo más, me dirigí silenciosamente a la antesala, me
puso el gabán y salí a la calle.
El baile había
terminado después de las cuatro. Y ya habían transcurrido dos horas, de manera
que ya era de día. Hacía un tiempo típico de Carnaval; había niebla, la nieve
se deshelaba por doquier, y caían gotas de los tejados. Los B*** vivían
entonces en un extremo de la ciudad, cerca de una gran plaza, en la que a un
lado había paseos y al otro un instituto de muchachas. Atravesé nuestra
callejuela, completamente desierta, desembocando en una gran calle, donde me
encontré con algunos peatones y algunos trineos que transportaban leña. Tanto
los caballos que avanzaban con paso regular, balanceando sus cabezas mojadas
bajo las dugas brillantes, como los cocheros cubiertos con harpilleras,
que chapoteaban en la nieve deshelada, con sus enormes botas, y las casas, que
daban la impresión de ser muy altas entre la niebla, me parecieron importantes
y agradables.
Cuando llegué a la
plaza, al otro extremo, en dirección a los paseos, distinguí una gran masa
negra y oí sones de una flauta y de un tambor. En mi fuero interno oía
constantemente el tema de la mazurca. Pero estos sones eran distintos; se
trataba de una música ruda y desagradable.
“¿Qué es eso?”, pensé,
mientras me dirigía por el camino resbaladizo en dirección a aquellos sones.
Cuando hube recorrido unos cien pasos, vislumbré a través de la niebla muchas
siluetas negras. Debían de ser soldados. “Probablemente, están haciendo la instrucción”,
me dije, acercándome a ellos en pos de un herrero con pelliza y delantal
mugrientos, que llevaba algo en la mano. Los soldados, con sus uniformes
negros, formaban dos filas, una frente a la otra, con los fusiles en descanso.
Tras de ellos, el tambor y la flauta repetían sin cesar una melodía
desagradable y chillona.
-¿Qué hacen? –pregunté
al herrero que estaba junto a mí.
-Están castigando a un
tártaro, por desertor –me contestó, con expresión de enojo, mientras fijaba la
vista en un extremo de la filas.
Miré en aquella
dirección y ví algo horrible que se acercaba entre las dos filas de soldados,
Era un hombre con el torso desnudo, atado a los fusiles de dos soldados que lo
conducían. A su lado avanzaba un militar alto, con gorra y capote, que no me
fue desconocido. Debatiéndose con todo el cuerpo chapoteando en la nieve,
deshelada, la víctima venía hacia mí bajo una lluvia de golpes que le caían
encima por ambos lados. Tan pronto se echaba hacia atrás y entonces los
soldados lo empujaban, tan pronto hacia delante y, entonces, tiraban de él. El
militar alto seguía, con sus andares firmes, sin rezagarse. Era el padre de
Varenka, con sus mejillas sonrosadas y sus bigotes blancos.
A cada vergajazo, el
tártaro se volvía con expresión de dolor y de asombro hacia el lado de donde
provenía, repitiendo unas palabras y enseñando sus dientes blancos. Cuando
estuvo más cerca, pude distinguirlas. Exclamaba sollozando: “¡Hermanos, tened
compasión!, ¡Hermanos, tened compasión!” Pero sus hermanos no se apiadaban de
él. Cuando la comitiva llegó a la altura en que me encontraba, el soldado que
estaba frente a mí dio un paso con gran decisión y, blandiendo con energía el
vergajo, que silbó, lo dejó caer sobre la espalda del tártaro. Este se echó
hacia delante, pero los soldados lo retuvieron y recibió un golpe igual desde
el otro lado. De nuevo llovieron los vergajos, ora desde la derecha, ora desde
la izquierda… El coronel seguía andando, a ratos miraba a la víctima, a ratos
bajo sus propios pies; aspiraba el aire y lo expelía, despacio, por encima de
su labio inferior. Cuando hubieron pasado, vislumbré la espalda de la víctima
entre la fila de soldados. La tenía magullada, húmeda y tan roja que me resistí
a creer que pudiera ser la espalda de un hombre.
-¡Oh Dios mío!
–pronunció el herrero.
La comitiva se iba
alejando. Los golpes seguían cayendo por ambos lados sobre aquel hombre, que se
encogía y tropezaba. El tambor redoblaba lo mismo que antes y se oía el son de
la flauta. Y lo mismo que antes, la apuesta figura del coronel avanzaba junto a
la víctima. Pero, de pronto, se detuvo; y, acercándose apresuradamente a uno de
los soldados, exclamó:
-¡Ya te enseñaré! ¿Aún
no sabes azotar como es debido?
Ví cómo abofeteaba con
su mano enguantada a aquel soldado atemorizado, enclenque y bajito, porque no
había dejado caer el vergajo con bastante fuerza sobre la espalda enrojecida
del tártaro.
-¡Que traigan vergajos
nuevos! –ordenó.
Al volverse se fijó en
mí y, fingiendo que no me había conocido, frunció el ceño, con expresión severa
e iracunda, y me dio la espalda. Me sentí tan avergonzado como si me hubiesen
sorprendido haciendo algo reprensible. Sin saber dónde mirar, bajé la vista y
me dirigí apresuradamente a casa. Durante el camino, no cesaba de oír el
redoble del tambor, el son de la flauta, las palabras de la víctima “Hermanos,
tener compasión”, y la voz irritada y firme del coronel gritando. “¿Aún no
sabes azotar como es debido?”. Una angustia casi física, que llegó a provocarme
náuseas, me obligó a detenerme varias veces. Me parecía que iba a devolver todo
el horror que me había producido aquel espectáculo. No recuerdo cómo llegué a
casa ni cómo me acosté. Pero en cuanto empecé a conciliar el sueño, volví a oír
y a ver aquello y tuve que levantarme.
“El coronel debe de
saber algo que yo ignoro –pensé-. Si supiera lo que él sabe, podría comprender
y no sufriría por lo que acabo de ver.” Pero, por más que reflexioné, no pude
descifrar lo que sabía el coronel. Me quedé dormido por la noche, y sólo después
de haber estado en casa de un amigo, donde bebí hasta emborracharme.
¿Creen ustedes que
entonces llegué a la conclusión de que había presenciado un acto reprensible?
¡Nada de eso! “Si esto se hace con tal seguridad, y todos admiten que es
necesario, es que saben algo que yo ignoro”, me decía, procurando averiguar lo
que era. Sin embargo, nunca lo conseguí. Por tanto, no pude ser militar como
había sido mi deseo. Tampoco pude desempeñar ningún cargo público, ni he
servido para nada, como ustedes saben.
-¡Bien conocemos su
inutilidad! –exclamó uno de nosotros-. Es mejor que nos diga cuántos seres
inútiles existirían, a no ser por usted.
-¡Qué tonterías!
–replicó Iván Vasilevich con sincero enojo.
-¿Y qué pasó con su
amor? –preguntamos.
-¿Mi amor? Desde aquel
día empezó a decrecer. Cuando Varenka y yo íbamos por la calle y se quedaba
pensativa, con una sonrisa, cosa que le ocurría a menudo, inmediatamente
recordaba al coronel en la plaza; y me sentía violento y a disgusto. Empecé a
visitarla con menos frecuencia. Así fue como se extinguió mi amor. Ya ven
ustedes cómo las circunstancias pueden cambiar el rumbo de la vida de un
hombre. Y usted dice… -concluyó.
Yasnia Poliana, 20 de
agosto de 1903.
(Recuerdos
del Cáucaso)
Estábamos en campaña.
Las operaciones tocaban a su fin, los soldados estaban terminando de abrir un
sendero en el bosque y esperábamos de un día para otro la orden del cuartel
general de retirarnos a la fortaleza. Nuestro grupo de cañones de la batería estaba
emplazado en la pendiente empinada de una cordillera que descendía hasta el
rápido riachuelo Mecha, para disparar en dirección a la llanura que se extendía
ante nosotros. En los momentos de calma, aparecían de cuando en cuando en esa
pintoresca llanura, principalmente antes del anochecer, grupos de jinetes
montañeses no hostiles, que salían por la curiosidad de ver el campamento ruso.
Hacía un atardecer claro, sereno y fresco, como suelen ser los atardeceres de
diciembre en el Cáucaso; el sol se ponía a la izquierda, tras de la cadena de
montañas, y arrojaba sus rosados rayos sobre las tiendas de campaña diseminadas
por el monte, sobre el grupo de soldados que se movían y sobre nuestros dos
cañones que, pesados e inmóviles, se hallaban a dos pasos de nosotros.
El piquete de
infantería emplazado en la colina de la izquierda se destacaba claramente en la
diáfana luz del poniente, con los fusiles en pabellón, la figura del centinela,
los grupos de soldados y el humo de la hoguera. A derecha e izquierda de un
cerro, sobre la tierra negra apisonada, blanqueaban las tiendas de campaña y,
tras de éstas, negreaban los troncos despojados del bosque, en el que se oían
sin cesar los hachazos, el crepitar de las hogueras y el ruido de los árboles
talados que se desplomaban. De todas partes elevábanse columnas de humo azulado
hacia el cielo azul pálido invernal.
Ante las tiendas de
campaña y junto al arroyo pasaban los cosacos, dragones y artilleros, que
regresaban de abrevar a sus caballos, los cuales piafaban y relinchaban.
Empezaba a helar; cualquier sonido se percibía con gran claridad y podían
distinguirse los objetos a lo lejos, en la llanura, a través del aire puro y
diáfano.
Grupos de enemigos, que
ya no despertaban la curiosidad de los soldados, pasaban tranquilamente de un
lado a otro por el rastrojo amarillo claro de los campos de maíz; aquí y acullá
se veían, tras de los árboles, las altas vallas de los cementerios y el humo
que se elevaba por encima de las aldeas.
Nuestra tienda estaba
situada cerca de los cañones, en un lugar alto y seco, desde el cual se
abarcaba una gran extensión. En una explanada, junto a la tienda y al pie de la
batería, habíamos instalado un juego de bolos. Los serviciales soldados nos
habían traído bancos de mimbre y una mesita. Debido a estas comodidades, a
nuestros compañeros, los oficiales de artillería, y algunos de infantería, les
gustaba reunirse por las noches en nuestra batería, que llamaban el club.
Hacía una noche muy
agradable, habían venido los mejores jugadores y jugábamos a los bolos. El
teniente O***, el alférez D*** y yo perdimos por turno dos partidos y, con gran
alegría y regocijo de los espectadores –oficiales, soldados y asistentes que nos
miraban desde sus tiendas- llevábamos dos veces a los vencedores montados sobre
nuestras espaldas de un extremo a otro de la explanada. Resultó especialmente
divertida la posición del corpulento capitán Sh***, que sofocándose, sonriendo
bondadosamente y arrastrando los pies por el suelo, pasó montado sobre el
pequeño y endeble teniente O***. Era tarde ya; los asistentes trajeron tres
vasos de té sin platillos para los seis y, al terminar el juego, nos acercamos
a los bancos. Junto a éstos se hallaba un desconocido: era un hombrecillo de
mediana estatura y de piernas torcidas. Llevaba pelliza y gorro de piel blanca
de cordero. Mientras nos acercábamos, se quitó y se puso varias veces el gorro
con gesto indeciso y varias veces hizo ademán de dirigirse a nosotros.
Finalmente, decidiendo al parecer que ya no era posible seguir inadvertido, se
descubrió y, pasando a nuestro lado, se acercó al segundo capital Sh***.
-¡Ah Guskantini! ¿Qué
hay, padrecito? –le dijo Sh***, que aún seguía sonriendo bondadosamente, por
haber montado a hombros del teniente O***.
Guskantini, como se
llamaba Sh***, se cubrió e hizo ademán de meter las manos en los bolsillos de
su pelliza, pero por el lado que yo veía no había bolsillo y su pequeña mano
colorada quedó en una posición torpe. Quise saber quién era aquel hombre (¿Un junker
o un degradado?); y, sin darme cuenta de que mi mirada (la mirada de un oficial
desconocido) lo turbaba, examiné atentamente su traje y su aspecto.
Representaba unos treinta años. Sus redondos ojillos grises asomaban,
adormilados y al mismo tiempo inquietos, por debajo del gorro blanco y sucio
que le caía por la frente. La nariz, gruesa e irregular, entre las mejillas,
revelaba una delgadez enfermiza, inverosímil. Los labios, apenas cubiertos por
un rubio bigote ralo y suave, se movían incesantemente como tratando de adoptar
tal o cual expresión. Pero, sin llegar a precisar ninguna, su rostro reflejaba
principalmente miedo y apuro. Una bufanda de lana verde cubría su delgado
cuello surcado de venas y se ocultaba por debajo de la pelliza, corta y raída,
con cuello de piel de conejo y con bolsillos interiores. Llevaba pantalones a
cuadros de color ceniza y botas de caña corta, como las que llevan los
soldados.
-No se moleste, por
favor –le dije, cuando, al mirarme tímidamente, volvió a descubrirse.
Me hizo una inclinación
de cabeza con expresión agradecida, se puso el gorro, y sacando de un bolsillo
la sucia bolsita del tabaco, de percal y con cordón, empezó a liar un
cigarrillo.
Hacía poco que yo había
sido junker, un junker mayor, sin fortuna, incapaz ya de
mostrarse amable y servicial con los compañeros más jóvenes; por eso,
conociendo muy bien todo el peso moral que esto supone para un hombre que ya no
es joven y tiene amor propio, compadecía a los que se hallaban en tal situación
y trataba de explicarme su manera de ser, así como sus capacidades
intelectuales, para poder juzgar el grado de sus sufrimientos morales. Este junker
u oficial degradado me pareció, por su mirada inquieta y por el premeditado
cambio de expresión que observé en su rostro, un hombre inteligente, de
extremado amor propio y, por tanto, muy digno de compasión.
El segundo capitán
Sh*** nos propuso que jugáramos otra partida de bolos con objeto de que el
bando que perdiera, además de llevar a hombros a los vencedores, pagara unas
cuantas botellas de vino tinto, ron, azúcar, canela y clavo para preparar el glintvein
(vino caliente con especias), que aquel invierno, debido al frío, se había
puesto de moda en nuestro destacamento. Invitamos también a Guskantini, como lo
volvió a llamar Sh***; pero antes de empezar el juego, aquél, luchando sin duda
entre esta invitación y una especie de miedo, se llevó aparte al capitán y le
cuchicheó algo. Dándole una palmada en el vientre con su gruesa manaza, el
bondadoso capitán le contestó, en voz alta:
-¡No importa,
padrecito! Seré su fiador.
Cuando terminó la
partida, ganando el bando en el que se encontraba el degradado, y tuvo que
montar a hombros de uno de nuestros oficiales, del alférez D***, éste enrojeció
y, retirándose hacia los bancos, le ofreció cigarrillos en sustitución del
paseo. Mientras preparaban el glintvein, y en la tienda de los
asistentes Nikita se afanaba tirando tan pronto de un extremo como de otro de
los bajos de la lona y daba órdenes para que trajeran canela y clavo, nos
instalamos todos en los bancos y, bebiendo por turno de los tres vasos,
contemplamos la llanura donde empezaba a oscurecer, y riéndonos comentamos la
partida. El desconocido de la pelliza no intervino en la conversación, se negó
rotundamente a tomar el té que yo le ofrecí varias veces y, sentado en el suelo
al estilo tártaro, liaba uno tras otro cigarrillos de tabaco menudo, sin duda
no tanto por el placer que le suponía, como por aparentar que se ocupaba en
algo. Cuando se habló de que se esperaba para el día siguiente la orden de
retirarse, y tal vez un combate, el desconocido se puso de rodillas y,
dirigiéndose sólo al segundo capitán, le dijo que acababa de estar en la tienda
del ayudante donde había escrito en persona la orden de retirarse al día
siguiente. Todos callamos mientras habló y, a pesar de su evidente azoramiento,
le obligamos a repetir aquella noticia, interesantísima para nosotros. Repitió
lo que había dicho y añadió que se hallaba en la tienda del ayudante, donde
vivía, cuando trajeron la orden.
-Si no miente usted,
padrecito, debo ir a dar unas órdenes a mi regimiento para mañana –dijo el
segundo capitán Sh***
-No… ¿Por qué?... ¿Cómo
podría? Digo la verdad… -balbució el degradado, pero de pronto calló y, para
mostrarse ofendido, frunció el ceño con gesto afectado, y se dispuso a liar
otro cigarrillo.
Como ya no le quedaba
suficiente tabaco en la bolsita, pidió al capitán Sh*** que le prestara un
cigarrillo. Continuamos durante un buen rato esa monótona charla de
militares que conoce cualquiera que haya estado en la guerra. Siempre con las
mismas expresiones, nos quejábamos del aburrimiento y de la duración de la
campaña; juzgábamos siempre del mismo modo a la superioridad y, lo mismo que
siempre, alabábamos a tal compañero, compadecíamos a tal otro y nos
sorprendíamos de lo que había ganado uno o de lo que había perdido otro,
etcétera.
-¡Vaya, señores,
nuestro ayudante está de capa caída! –exclamó el segundo capitán Sh***-. En el
cuartel siempre ganaba; jugase con quien jugase, siempre era él quien se
embolsaba la ganancia; y ahora ya va para dos meses que no hace más que perder.
No ha tenido suerte con este destacamento. Me figuro que habrá perdido unos mil
rublos y otros quinientos en objetos: una alfombra que la había ganado a Mujan,
las pistolas de Nikitin y un reloj de oro que le había regalado Vorontsov.
-Le está bien empleado
–comentó el teniente O***-. Engañaba a todos; era imposible jugar con él.
-Engañaba a los demás y
ahora se ha hundido él –y al decir esto el capitán Sh*** se echó a reír,
bondadosamente-. Guskov vive con él y poco ha faltado para que se lo jugara
también. ¿Es cierto, padrecito? –añadió, dirigiéndose a Guskov.
Este se echó a reír.
Tenía una risa lastimosa y enfermiza. Al observar este cambio me pareció que lo
conocía, que lo había visto anteriormente: tampoco me era conocido su apellido;
pero no pude recordar dónde ni cuándo lo había visto.
-Sí, Paviel
Dimitrievich ha tenido muy mala suerte en esta campaña –dijo Guskov, llevándose
y volviéndolas a bajar sin llegar a tocárselo-. Ha tenido la veine du
malheur (mala racha) –añadió en francés, haciendo un esfuerzo, aunque
pronunciaba bien. En aquel momento creí de nuevo haberlo visto ya otras veces y
hasta a menudo-. Conozco bien a Paviel Dimitrievich, me lo confía todo
–prosiguió-. Somos antiguos conocidos, es decir, me quiere –agregó,
asustándose, al parecer, de haber afirmado categóricamente que era antiguo
conocido del ayudante-. Paviel Dimitrievich juega admirablemente; es extraño lo
que le ha ocurrido ahora; está como extraviado; la chance a tourné (ha
cambiado la suerte) –concluyó, dirigiéndose principalmente a mí.
Al principio todos
escuchamos a Guskov con cierta atención condescendiente; pero en cuanto dijo
esta segunda frase en francés, dejamos de hacerle caso.
-He jugado con él miles
de veces; y confieso que es extraño –dijo el teniente O***, pronunciando con
entonación especial la palabra extraño-. Es muy extraño: nunca le
he ganado un solo copeck. ¿Por qué gano al jugar con los demás?
-Paviel Dimitrievich
juega admirablemente; lo conozco desde hace mucho tiempo –dije.
En efecto, conocía al
ayudante de hace varios años; más de una vez lo había visto jugando cantidades
demasiado grandes, dadas las posibilidades de los oficiales; y me maravillaba
su hermosa fisonomía, algo taciturna, siempre inalterable y serena, su pronunciación
lenta de ucraniano, los bellos objetos y los caballos que poseía, su gallardía
y, sobre todo, el que supiera llevar el juego con tanto dominio y tanta
precisión. Reconozco que, más de una vez, al contemplar sus blancas manos
regordetas y la sortija con brillante que llevaba en el dedo índice, me
irritaba contra esa sortija, contra esas manos blancas, que me mataban carta
tras carta, y contra la persona del ayudante; y me acudían malos pensamientos.
Pero después, al reflexionar fríamente, me persuadía de que sólo se trataba de
un jugador más inteligente que otros con los que me había tocado en suerte
jugar. Tanto más, cuanto que al oír sus juicios sobre el juego resultaba claro
que ganaba sólo por ser más inteligente y tener un carácter más firme que nosotros.
Y ahora, este jugador tan comedido había perdido, no sólo todo el dinero que
poseía, sino hasta sus cosas, lo que significaba una pérdida de sumo grado para
un oficial.
-Tiene una condenada
suerte siempre que juega conmigo –continuó el teniente O***-. Me he dado
palabra de no volver a jugar con él.
-¡Qué gracia tiene
usted, padrecito! –exclamó Sh***, haciéndome un guiño y dirigiéndose al
teniente O***-. Ha perdido jugando con él unos trescientos rublos, ¿no es eso?
-Más –replicó el
enojado teniente.
-Y ahora es cuando se
ha dado cuenta; pero ya es tarde, padrecito. Desde hace mucho, todos saben que
es el tramposo del regimiento –continuó el capitán, sin poder contener la risa
y muy satisfecho de su salida-. Guskov es testigo; hasta le dispone las cartas.
Por eso son amigos, padrecito… -y se echó a reír con expresión bondadosa,
temblándole todo el cuerpo, de manera que derramó la copa de glintvein
que tenía en la mano.
El amarillento y enjuto
rostro de Guskov se cubrió de ligero rubro; varias veces abrió la boca, se
llevó las manos al bigote y las bajó al lugar donde debían estar los bolsillos,
se incorporó, se volvió a sentar; y, finalmente, dijo con una voz alterada, que
no parecía la suya:
-Nikolai Ivanovich, no
se trata de una broma; dice usted unas cosas delante de personas que no me
conocen y me ven con esa pelliza… porque…
Le falló la voz, y de
nuevo sus pequeñas manos coloradas de uñas sucias se movieron desde la pelliza
a su rostro; tan pronto se tocaba el bigote, el cabello o la nariz, como se
frotaba un ojo o se rascaba una mejilla sin necesidad alguna.
-¡Qué quiere usted!
Todo el mundo lo sabe –prosiguió Sh***, muy satisfecho de su broma y sin
reparar siguiera en la alteración de Guskov.
Este volvió a mascullar
algo y, apoyando el codo derecho en la rodilla izquierda, se quedó en esa
postura tan poco natural, mirando a Sh*** y fingiendo sonreír despectivamente.
“No sólo lo he visto,
sino que hasta he hablado con él”, pensé al ver esa sonrisa.
-Creo que me he
encontrado con usted en algún sitio –le dije cuando, debido al silencio
general, empezó a apaciguarse la risa de Sh***.
El expresivo rostro de
Guskov se iluminó y sus ojos se fijaron por primera en mí, con expresión alegre
y sincera.
-¡Claro! Yo le he
reconocido en seguida –replicó en francés-. En el año cuarenta y ocho he tenido
el gusto de verle a menudo en Moscú, en casa de mi hermana, la Ivashina.
Me excusé; no lo había
reconocido en seguida por su nuevo indumento. Guskov se levantó, se acercó, y,
después de estrecharme la mano de manera débil e indecisa con la suya húmeda,
se sentó junto a mí. En lugar de mirarme a mí, a quien tanto le alegraba ver,
se volvió hacia los oficiales, con cierta desagradable expresión de vanidad. No
sé si fue debido a que reconocí en él al hombre que había visto hacía unos años
vistiendo frac en un salón o porque ante este recuerdo Guskov se elevó en la
opinión que tenía de sí mismo; pero en el caso es que su semblante y hasta sus
gestos cambiaron por completo; en aquel momento, reflejaba inteligencia,
suficiencia pueril por considerarse inteligente y cierta indolencia despectiva.
Reconozco que, a pesar de la situación lastimosa en que se encontraba, mi
antiguo conocido no despertó en mí la compasión, sino un sentimiento
ligeramente hostil.
Recordé nuestro primer
encuentro. En al año 48, durante mi estancia en Moscú, frecuentaba a mi antiguo
amigo Ivashin, con el que me había educado. Su esposa era lo que suele llamarse
una buena ama de casa, una mujer muy amable; pero nunca me había gustado… Aquel
invierno en que la conocí, a menudo solía hablar con orgullo mal disimulado de
su hermano, que había acabado recientemente sus estudios y era, al parecer, uno
de los jóvenes más cultos y más apreciados en la buena sociedad petersburguesa.
Como yo conocía de oídas al padre de los Guskov, un hombre muy rico, que
ocupaba un importante cargo, y como conocía las inclinaciones de la Ivahina,
acogí a Guskov con prevención. Una noche me encontré en casa de Ivashin con un
joven de mediana estatura y aspecto agradable, que llevaba frac, chaleco y
corbata blancos, a quien el dueño de la casa se olvidó de presentarme. El
joven, que por lo visto se disponía a ir a un baile, se hallaba en pie junto al
dueño de la casa, con el sombrero en la mano, discutiendo acaloradamente acerca
de un conocido común nuestro que se había distinguido por aquella época en la
campaña húngara. Guskov decía que ese joven no era ningún héroe, ni siquiera un
hombre nacido para la guerra, como decían, sino sencillamente culto y
capacitado. Recuerdo que tomé parte en la discusión, llevándole la contraria a
Guskov y llegué a arrebatarme hasta el punto de querer demostrarle que la
inteligencia y la cultura están siempre en razón inversa con la valentía. De un
modo hábil y agradable, Guskov trató de persuadirme de que el valor es una
consecuencia inevitable de la inteligencia y de cierto grado de desarrollo, en
lo que yo no podía por menos de estar de acuerdo en mi fuero interno, al
considerarme inteligente y culto. Hacia el final de nuestra conversación, la
Ivashina me presentó a su hermano, el cual, sonriendo, con expresión
condescendiente, me tendió su pequeña mano, que aún no había calzado con el
guante de gamuza y, lo mismo que ahora, estrechó la mía débilmente y con
indecisión. Aunque estaba mal predispuesto contra Guskov, no pude por menos de
ser justo y reconocer que su hermana tenía razón al decir que era un joven
agradable e inteligente. Era extremadamente pulcro, vestía elegantemente y sus
modales resultaban sencillos y revelaban seguridad en sí mismo. Su aspecto era
muy joven, casi infantil; por eso se le perdonaba sin querer su expresión de
suficiencia y su deseo de mostrarse superior ante los demás, lo que
constantemente reflejaba a su rostro y, sobre todo, su sonrisa. Se decía que
aquel invierno había tenido muchos éxitos entre las damas de Moscú. Viéndolo en
casa de su hermana, tan sólo por esa constante expresión de superioridad y
suficiencia, y por los relatos a veces inmodestos que solía hacer, puede
deducir hasta qué punto era verdad. Me encontré con él unas seis veces y
hablamos mucho o, mejor dicho, era él quien hablaba. Casi siempre conversaba en
francés, expresándose muy bien, armoniosa y gráficamente, y sabía interrumpir a
los demás con mucha cortesía. En general, me trató como trataba a todos, con
bastante altivez, y yo, cosa que me ocurre siempre con los que están
convencidos de que deben hacerlo así y a los que conozco poco, pensé que Guskov
tenía toda la razón.
Cuando se sentó junto a
mí y me tendió la mano, noté en él su antigua expresión altiva, y me pareció
que se aprovechaba, no del todo honradamente, de su situación inferior ante un
oficial cuando me preguntó con tanta indolencia qué había hecho durante este
tiempo y cómo había ido a parar allí. Aunque le contestaba en ruso, Guskov
iniciaba siempre la conversación en francés, aunque no se expresaba tan bien
como antes.
Entre otras cosas, me
dijo que después de su nefasta y estúpida aventura (ignoraba en qué consistía y
él no me la relató), había estado arrestado durante tres meses; y luego le
destinaron al Cáucaso, al regimiento de N***, donde llevaba tres años sirviendo
como soldado.
-No me imagina usted
–me dijo en francés- lo que he tenido que sufrir en estos regimientos, por el
trato de los oficiales. Afortunadamente para mí, conocía de antes al ayudante
del que acabamos de hablar: desde luego, es una buena persona –observó con expresión
condescendiente-; vivo en su casa y eso constituye para mí un pequeño alivio. Oui,
mon cher, les tours se suivent, mais ne se ressemblent pas (Sí, querido.
Los días se suceden, pero no se parecen unos a otros) –añadió. Pero de pronto
se levantó, ruborizándose al advertir que se acercaba a nosotros el ayudante al
que habíamos aludido-. ¡Qué alegría supone encontrar una persona como usted!
Tendría deseos de hablarle mucho, mucho –susurró, alejándose.
Le contesté que me
sería muy grato; pero en realidad confieso que Guskov despertaba en mí un
penoso y desagradable sentimiento de compasión.
Presentía que me sería
violento hablar con él a solas; pero deseaba enterarme de muchas cosas y, sobre
todo, por qué se hallaba Guskov en la pobreza, como se notaba por su
indumentaria y su actitud, habiendo sido su padre tan rico.
El ayudante nos saludó
a todos, excluyendo a Guskov, y se sentó a mi lado en el sitio que éste había
ocupado antes. Paviel Dimitrievich, ese jugador siempre sereno, pausado, de
carácter firme y que poseía dinero, era en este momento un hombre completamente
distinto al que conocí en su época afortunada; parecía tener prisa, examinaba a
todos los presentes sin cesar y, antes que pasaran cinco minutos, él, que
últimamente se negaba a jugar, propuso al teniente O*** organizar una partida.
Este se negó bajo el pretexto de que tenía que hacer algo; en realidad, era
porque sabía que a Paviel Dimitrievich le quedaban pocas cosas y poco dinero, y
consideraba insensato arriesgar sus trescientos rublos contra cien o tal vez
menos, que hubiera podido ganar.
-Paviel Dimitrievich,
se dice que mañana salimos. ¿Es cierto? –preguntó el teniente, que, sin duda
deseaba librarse de un segundo ruego.
-No lo sé –replicó
Paviel Dimitrievich-. Sólo ha llegado la orden de que estemos preparados. Ande,
vamos a jugar una partidita; pongo en prenda mi caballo.
-No, hoy no…
-Y si no quiere,
jugamos a dinero ¿eh?
-Es que yo… Aceptaría
de buena gana, desde luego, pero tal vez mañana empiecen las operaciones; hay
que descansar –dijo el teniente O***.
El ayudante se levantó
y, poniendo las manos en los bolsillos, empezó a recorrer la explanada. Su
rostro adoptó su habitual expresión de frialdad y cierta altivez que me gusta
en él.
-¿Quiere una copita de glintvein?
–pregunté.
-Bueno –repondió,
dirigiéndose a mí; pero Guskov cogió apresuradamente la copa de mis manos y se
la tendió al ayudante, procurando mi mirarle. Sin reparar en la cuerda que
sostenía la lona de la tienda, tropezó y, soltando la copa, cayó sobre las
manos.
-¡Diablos! –exclamó el
ayudante, que ya había tendido la mano para coger la copa.
Todos se echaron a
reír; sin excluir a Guskov, el cual se frotó una de sus delgadas rodillas, que
se había golpeado al caer.
-Me ha servido como el
oso al ermitaño –continuó el ayudante-. Así lo hace todos los días. Ha
arrancado todas las estacas de la tienda; no hace más que tropezar.
Guskov, sin escuchar al
ayudante, se excusó ante nosotros y me miró con una triste sonrisa casi
imperceptible, con la que parecía decir que yo era el único que lo entendía.
Tenía un aspecto lastimoso; pero el ayudante que lo protegía estaba irritado
contra él y no quería dejarlo en paz.
-¡Qué hábil es este
muchacho! Es increíble.
-Es imposible no
enredarse con estas estacas, Paviel Dimitrievich –dijo Guskov-. Usted mismo
tropezó anteayer.
.Padrecito: no soy un
subalterno. A mí no se me exige habilidad.
-El puede arrastrar los
pies; en cambio, un subalterno debe dar saltitos…. –arguyó el segundo capitán
Sh***.
-¡Qué bromas tan
absurdas! –dijo Guskov, casi en un susurro y bajando la vista.
Sin duda, el ayudante
estaba mal predispuesto hacia Guskov, cuyas palabras escuchaba con avidez.
-De nuevo tenemos que
mandarle a llevar el “secreto” –dijo, dirigiéndose al capitán Sh*** y haciendo
un guiño que aludía al degradado.
-Otra vez habrá
lágrimas –replicó Sh***, riéndose.
Guskov no me miraba, y
fingía sacar tabaco de la bolsita que, desde hacía rato, estaba vacía.
-Prepárese para llevar
el “secreto”, padrecito –dijo Sh*** sin dejar de reír-. Los exploradores han
comunicado hoy que esta noche atacarán nuestro campamento; por tanto, hay que
destinar a muchachos de nuestra confianza.
Guskov sonrió indeciso,
como si fuese a decir algo; y varias veces miró a Sh*** con expresión
suplicante.
-¿Y qué? He ido otras
veces, e iré también ahora si me lo ordenan –balbució.
-Se lo ordenarán.
-Pues iré. ¿Qué tiene
eso de particular?
-Sí, hará lo mismo que
en Argun, donde arrojó el fusil y echó a correr –dijo el ayudante; y,
volviéndose, nos transmitió la orden para el día siguiente.
En efecto, se esperaba
el ataque del enemigo aquella noche y una batalla para el día siguiente.
Después de charlar un rato de diversas cosas, el ayudante le propuso al
teniente O*** jugar una partidita, como si se acordase de ello en aquel momento
por casualidad. Este accedió inesperadamente y ambos, acompañados del capitán
Sh*** y del alférez, se dirigieron a la tienda de Paviel Dimitrievich, el cual
tenía una mesita verde plegable y cartas. El capitán, que era comandante de
nuestra sección, se fue a dormir a la tienda, los demás se retiraron también y
yo me quedé con Guskov. No me había equivocado: en efecto, me sentía molesto a
solas con él. Involuntariamente, me levanté y me puse a pasear de arriba abajo.
Guskov se puso a mi lado, en silencio; y se volvía a la vez que yo, apresurado
e inquieto, para no quedarse rezagado o para no adelantarse.
-¿No le molesto? –me
preguntó con voz tímida y triste.
Hasta donde pude
examinar su rostro en la oscuridad, me pareció profundamente pensativo y
apenado.
-En absoluto –contesté,
pero como él no iniciaba la conversación y yo no sabía qué decirle, estuvimos
andando en silencio durante bastante rato.
El crepúsculo había
dado paso desde hacía rato a la oscuridad de la noche; por encima de la silueta
negra de las montañas lucía la radiante luna. En el cielo invernal azul pálido
brillaban pequeños luceros. Por doquier se veía el resplandor rojo de las hogueras
humeantes y cerca de nosotros se divisaban las tiendas grises y negreaba
sombrío el terraplén donde estaba emplazada nuestra batería. La hoguera más
cercana, junto a la que se calentaban nuestros asistentes hablando en voz baja,
iluminaba de cuando en cuando el cobre de nuestros pesados cañones y la figura
del centinela, que, con el capote echado por los hombros, paseaba
acompasadamente a lo largo del terraplén.
-No se puede figurar la
alegría que me proporciona hablar con una persona como usted –me dijo Guskov,
aunque todavía no había hablado nada conmigo-. Eso sólo lo puede comprender un
hombre que haya estado en mi situación.
No supe qué contestarse
y de nuevo permanecimos callados, a pesar de que era evidente que Guskov
deseaba desahogarse conmigo, y yo escuchar lo que me dijera.
-¿Por qué le han…? ¿Por
qué le ha pasado eso? –pregunté, al fin, sin que se me ocurriera nada mejor
para entablar la charla.
-¿No ha oído usted
hablar de mi nefasta aventura con Metenin?
-Sí; creo que se trata
de un duelo. He oído algo –contesté-. Es que hace mucho que estoy en el
Cáucaso.
-No, no fue un duelo,
sino un incidente terrible y estúpido. Se lo contaré todo, ya que no lo sabe.
Sucedió el mismo año que nos conocimos en casa de mi hermana; entonces yo
residía en San Petersburgo. Debo decirle que en aquella época disfrutaba de lo
que se suele llamar une position dans le monde (una posición social),
y si no era brillante, al menos, bastante ventajosa. Mon père me donnait dix
mille roubles par an (mi padre me daba diez mil rublos anuales). En el año
49 me ofrecieron un puesto en nuestra embajada en Turín; un tío mío por línea
de mi madre podía hacer mucho por mí y siempre estaba dispuesto a ello. Ahora
puedo decirlo, puesto que se trata del pasado. J’étais reçu dans la
meilleure société de Petersbourg, je pouvais prétendre (era recibido en la
mejor sociedad de San Petersburgo y podía aspirar) al mejor partido. Estudié
como se estudia en nuestros colegios, de manera que no tenía una cultura
especial; cierto es que después leí mucho; mais j’avais surtout ce jargon du
monde (pero empleaba, sobre todo, la jerga de la gente elegante) ¿sabe?
Pero, sea como fuere, me consideraban, no sé por qué, como a uno de los
primeros jóvenes de San Petersburgo. Lo que me elevó aún más en esta opinión
general fue cette liaison avec Mme D***, de la que se hablaba mucho en
San Petersburgo; más yo era muy joven en aquella época y no apreciaba estas
ventajas. Sencillamente, era joven y tonto: ¿qué más quiere usted? Por aquel
entonces, Metenin era célebre en San Petersburgo… -y Guskov continuó relatándome
de este modo la historia de su desdicha, que omitiré, por no ofrecer ningún
interés-. Durante dos meses estuve detenido, completamente solo. ¡Qué no habré
pensado en aquellos días! –prosiguió Guskov-. Cuando acabó todo esto, me
pareció que el vínculo con el pasado estaba definitivamente roto y me sentí
aliviado. Mon père… vous en avez entendu parler (mi padre, ya habrá
usted oído hablar de él…), seguramente es un hombre de carácter de hierro y
firmes convicciones, el m’a déshérité (me ha desheredado) y ha roto por
completo las relaciones conmigo. Según sus ideas, era eso lo que debía hacer y
yo no lo culpo: il a été conséquent (ha sido consecuente). Por otra
parte, tampoco he dado ningún paso para hacerle cambiar de decisión. Mi hermana
se hallaba en el extranjero; la única que me escribió cuando lo autorización
fue Mme D***, ofreciéndome ayuda; pero, como comprenderá, me negué a aceptarla.
Así es que no disfruté de esas pequeñas cosas que suelen aliviar una situación
así; no tenía libros, ropa ni alimentos. Durante esa época, medité mucho y
empecé a considerar las cosas desde otro punto de vista; por ejemplo, el
bullicio y lo que se hablaba de mí en San Petersburgo no me interesaba ni me
halagaba a en absoluto; todo eso me parecía ridículo. Me daba cuenta de que yo mismo
tenía la culpa, que era joven e imprudente, que había echado a perder mi
carrera y sólo pensaba en la manera de rehabilitarme. Comprendía que no me
faltaban fuerzas ni energía para hacerlo. Después de mi arresto, como ya le
dije, me mandaron aquí, al Cáucaso, al regimiento de N***. Yo pensaba –continuó
animándose cada vez más- que aquí empezaría una nueva vida, que la vie de
camp, las gentes sencillas y honradas con las que iba a tratar, la guerra y
los peligros, todo esto vendría bien para mi estado de espíritu. On me verra
au feu (se me verá en el fuego), me querrán, me respetarán no sólo por mi
nombre… Me concederán una cruz, me harán suboficial, me quitarán el castigo y
volveré a San Petersburgo et, vous savez, avec ce prestige du malheur?
(y, ya sabe, con el prestigio de la desventura). Pero ¡quel désenchantement!
(qué desengaño). No puede usted hacerse idea de cómo me equivoqué… ¿conoce a
los oficiales de nuestro regimiento?
Guskov calló durante un
rato, esperando, según me pareció, que yo le dijera que era deplorable; pero no
le contesté nada. Me molestaba que Guskov, probablemente porque yo hablaba
francés, suponía que debía despreciar a los oficiales del Cáucaso. Después de
mi prolongada permanencia allí, había podido apreciarlos y los respetaba mil
veces más que a la sociedad a la que pertenecía el señor Guskov. Quise
decírselo; pero su situación me cohibía.
-Los oficiales del
regimiento de N*** son mil veces peores que los de aquí –continuó Guskov-. J’espère
que c’est beaucoup dire (creo que es bastante decir), ¡no se puede usted
imaginar cómo son! No hablo de los junkers ni de los soldados. ¡Son de
horror! Al principio me acogieron bien, ésta es la pura verdad; pero luego,
cuando se dieron cuenta de que yo no podía por menos de despreciarlos, cuando
vieron por esas minucias imperceptibles del trato que soy un hombre distinto,
mucho más elevado que ellos, se irritaron contra mí y se vengaron por medio de
una infinidad de pequeñas humillaciones. Ce que j’ai eu à souffrir, vous ne
vous faites pa une idèe (no puede usted imaginarse lo que he tenido que
soportar). Luego, esas relaciones que no tuve más remedio que sostener con los junkers
y, sobre todo, avec les petits mohines que j’avais, jemanquais de tout
(sobre todo con mis escasos medios, ya que carecía de todo); sólo disponía de
lo que mandaba mi hermana. Para que se haga usted una idea de lo que he
sufrido, le diré que, con mi carácter, avec ma fierté, j’ai écrit à mon père
(a pesar de mi orgullo, escribí a mi padre) suplicándole que, al menos me
mandara algo. Comprendo que después de llevar durante cinco años una vida así,
puede uno volverse como el degradado Dromov que bebe en compañía de los
soldados y no hace más que mandar notitas a los oficiales, rogándoles que le
socorran con tres rublos y firmando “tout à vous, Dromov.”. Era preciso
tener un carácter como el mío para no haberse hundido por completo.
Guskov anduvo callado
junto a mí durante un largo rato.
-Avez-vous un
cigarrillo? –me preguntó., Bueno, ¿qué le estaba diciendo? ¡Ah, sí! Aunque
estaba mal, pasaba frío y hambre, vivía como un soldado, los oficiales no
dejaban de tenerme cierto respeto. Aún me quedaba una especie de pretige
también para ellos. No me mandaban hacer instrucción ni guardias. No hubiera
podido soportarlo. Pero sufría mucho moralmente. Y lo más grave es que no veía
ninguna salida a esta situación. Escribí a mi tío, suplicándole que pidiera mi
traslado a este regimiento, pues, al menos, toma parte en las operaciones.
Pensaba que aquí, Paviel Dimitrievich, qui est le fils de l’intendat de mon
père (es hijo del intendente de mi padre), podría serme útil. Mi tío
atendió mi ruego y me trasladaron. Después de haber estado en el otro
regimiento, éste me ha parecido la reunión de unos chambelanes. Paviel
Dimitrievich sabía quién era yo y me acogió admirablemente gracias a la
petición de mi tío… Guskov, vous savez… Pero he notado que la gente sin
educación ni cultura no puede estimar a un hombre ni mostrarle respeto si no
posee una aureola de riqueza o de celebridad. Cuando comprobó que yo era pobre,
fue enfriándose poco a poco en su trato hacia mí, hasta que, finalmente, llegó
a ser casi despectivo. ¡Es horrible! Pero es la purísima verdad. He tomado
parte en batallas, me he batido, on m’a vu au feu –continuó Guskov-.
¿Cuándo acabará esto? ¡Creo que nunca! Y ya empiezan a agotarse mis fuerzas y
mi energía. Además, yo me había imaginado la guerre, la vie de camp;
pero esto es muy distinto ahora que lo vivo, ahora que me veo con esa pelliza,
sin lavarme y calzando botas de soldado, ahora que he de llevar el “secreto” y
permanecer durante toda la noche echado en un barranco junto a un tal Antonov,
al que han mandado al servicio por borracho, y sabiendo que a cada momento
pueden disparar contra mí desde algún arbusto. En este caso no se trata ya de
ser valiente. ¡Es horroroso! C’est affreux, ca tue (es bochornoso,
mata).
-Ahora le ascenderán a
suboficial por esta campaña y, el año que viene, alférez –le dije.
-Sí, puede ser. Así lo
han prometido, pero hay que esperar dos años y tampoco es seguro. Si alguien
supiera lo que suponen estos dos años… Imagínese lo que s vivir con Paviel
Dimitrievich: juego de cartas, bromas groseras, juergas; y, si uno quiere desahogarse,
nadie le comprende. Todos se burlan y cuando hablan, no es para comunicarle una
idea, sino para tratarlo a uno de bufón. Todo esto es bajo, grosero y vil.
Además, se las arreglan para que uno sienta que es subalterno. Por eso
comprenderá el placer que supone hablar à coeur ouvert (con el corazón
en la mano) con una persona como usted.
Yo no comprendía qué
persona era yo y, por tanto, no sabía qué contestarle…
-¿Quiere tomar algo?
–me preguntó en aquel momento Nikita, que se había acercado a mí en la
oscuridad, descontento, según observé, de la presencia de Guskov-. Sólo quedan
unos vareniki (pastelillos cocidos rellenos de requesón o cerezas) y
algunas chuletas.
-¿Ha cenado el capitán?
-Hace mucho que está
durmiendo –replicó Nikita, taciturno.
Cuando le ordené que
nos sirviera la cena y un poco de vodka allí en la explanada, rezongó
descontento y se fue a su tienda, donde volvió a refunfuñar. No obstante, nos
trajo una bandeja con una vela encendida y un papel puesto a modo de pantalla
para protegerla del viento; una olla, un tarrito de mostaza, un vaso de metal
con asa, una copa y una botella de vodka. Una vez que lo hubo dispuesto todo,
Nikita permaneció junto a nosotros durante un ratito, mirando cómo bebíamos, lo
que por lo visto le resultó muy desagradable.
A la luz mate de la
vela, que se filtraba a través del papel, sólo se veía la bandeja de piel de
foca, la cena dispuesta encima de ella, la pelliza, el rostro y las pequeñas
manos coloradas de Guskov que cogían los vareniki de la olla. En torno
nuestro, todo estaba en tinieblas y se podía distinguir la batería, la negra
figura del centinela, junto al parapeto, las llamas de las hogueras a los lados
y, por encima de nosotros, las estrellas rojizas. Guskov sonreía imperceptiblemente,
triste y avergonzado, como si le fuera violento mirarme a los ojos después de
su confesión. Tomó otra copa de vodka y comió con voracidad, rebañando la olla.
-Sea como sea, es un
alivio para usted su conocimiento con el ayudante –le dije, por decir algo-.
Tiene fama de ser buena persona.
-Sí –me contestó el
degradado-; es buena persona, no se le puede pedir más, teniendo en cuenta su
instrucción –pareció cubrirse de rubor de pronto-. ¿Ha notado usted sus bromas?
Habrá usted observado el mal gusto de sus bromas cuando se refería al “secreto”
–y a pesar de que yo procuré varias veces cambiar de tema, Guskov empezó a
disculparse, diciéndome que no había huido al llevar el “secreto” y que no era
cobarde como lo habían querido dar a entender el ayudante y el capitán Sh***-.
Como ya le he dicho –continuó mientras se limpiaba las manos en la pelliza-
estos seres así no pueden mostrarse delicados hacia un hombre…, hacia un
soldado que tiene poco dinero; eso está por encima de ellos. Durante los
últimos tiempos, como desde hace cinco meses no recibo nada de mi hermana, he
notado que han cambiado mucho hacia mí. Esta pelliza que me vendió un soldado y
que no abriga, porque está muy usada (al decir esto me mostró los faldones sin
forro), desgraciadamente no les inspira lástima ni respeto, sino desprecio, que
no son capaces de disimular. Por grande que sea mi necesidad, como lo es
actualmente, que me veo obligado a comer el rancho de los soldados y no tengo
qué ponerme –prosiguió Guskov con el ceño fruncido, mientras se escanciaba otra
copa- no se le ocurrirá al ayudante ofrecerme dinero prestado, aunque sabe que
se lo devolvería, sino que espera que yo se lo pida. Ya puede comprender lo que
esto supone para mí, tratándose de él precisamente. Por ejemplo, a usted, le
diría sin ambages… Usted está muy por encima de eso… Amigo mío: estoy sin un
céntimo Y se lo digo sencillamente –añadió, mirándome de pronto a los ojos con
expresión desesperada-, me encuentro en una situación terrible: ¿Puede usted
prestarme diez rublos de plata? Mi hermana tiene que mandarme dinero con el
próximo correo y mi padre…
-¡Sí, con mucho gusto!
–contesté cuando, por el contrario, me molestaba hacerlo, sobre todo porque la
víspera había perdido jugando a las cartas y sólo me quedaban cinco rublos y
pico que me guardaba Nikita-. Ahora mismo –añadí, levantándome-; voy a traerlos
de la tienda.
-No; déjelo, luego, no
se moleste.
Sin hacerle caso, entré
en la tienda, en la que estaba instalado mi lecho, y donde dormía el capitán.
-Alexey Ivanovich,
préstame diez rublos, por favor, hasta que nos den la paga –dije,
despertándole.
-¿Ha vuelto a perder?
¿No había decidido ayer mismo no jugar más? –preguntó el capitán entre sueños.
-No, no he jugado; pero
los necesito. Démelos, por favor.
-¡Makatiuk! –llamó el
capitán a su asistente-. Tráeme el cofre con el dinero.
-Más bajo, más bajo
–rogué, al oír los acompasados pasos de Guskov al otro lado de la tienda.
-¿Por qué? ¿Por qué más
bajo?
-Me los ha pedido ese
degradado; está ahí.
-Si lo hubiera sabido,
no se los daría –dijo el capitán-. Ya he oído hablar de él; es el auténtico
villano.
Sin embargo, el capitán
me dio los diez rublos, mandó al ordenanza que guardara el cofre y, repitiendo;
“Si lo hubiera sabido no se los daría”, ocultó la cabeza debajo de la manta.
-Recuerde que ahora me
debe treinta y dos –me gritó.
Cuando salí, Guskov
paseaba junto a los bancos. Su pequeña figura de piernas torcidas, con el feo
gorro de larga piel blanca, aparecía y se ocultaba en la oscuridad, según
pasaba ante la vela. Hizo como que no me veía. Le entregué el dinero. Me dijo: merci;
y arrugando el billetito, lo guardó en el bolsillo del pantalón.
-Supongo que el juego
de Paviel Dimitrievich estará en su apogeo en este momento –dijo después.
-Sí, probablemente.
-Juega de un modo
extraño: nunca se retira. Eso está bien cuando uno va ganando, pero de otro
modo se puede perder muchísimo. Además lo ha demostrado. En esta campaña,
teniendo en cuenta los objetos, ha perdido más de mil quinientos rublos.
Durante el juego, su actitud solía ser tan serena que ese oficial de ustedes
parece haber dudado de su honradez.
-Lo dice sólo… Nikita,
¿no quedará un poco de hijir? (vino sin fermentar) –pregunté sintiéndome
aliviado por la locuacidad de Guskov-.
Nikita volvió a
refunfuñar, pero nos traje el chijir y de nuevo miró furibundo al
degradado cuando éste hubo apurado su copa. Observé en Guskov la desenvoltura
de antaño. Deseaba que se fuera cuanto antes y parecía que también él lo
deseaba; pero le violentaba hacerlo inmediatamente después de haber conseguido
el dinero. Permanecí callado.
-¿Cómo se ha decidido
usted, alegremente, a venir al Cáucaso, poseyendo medios y sin que le obligara
a ello ninguna necesidad? –me preguntó.
Traté de explicarle
este asunto mío, que tan extraño le parecía.
-Me figuro lo penoso
que debe de ser también para usted tratar con esos oficiales sin conocimiento
ni cultura. Es imposible entenderse con ellos. Aunque se pase uno aquí diez
años no verá nada más que cartas y vino, ni oirá hablar más que de condecoraciones
y de batallas.
Me resultaba
desagradable que quisiera hacerme compartir a la fuerza su punto de vista; le
aseguré con toda sinceridad que me gustaban mucho las cartas, el vino, las
charlas acerca de las campañas y que no podía desear mejores compañeros que los
que tenía; pero no quería creerme.
-¡Son cosas que dice
usted! –prosiguió-. ¿Acaso no es una privación terrible la ausencia de mujeres,
bueno, me refiero aux femmes comme il faut (mujeres como es debido). No
sé lo que daría por poder trasladarme a un salón, aunque no fuera más que para
mirar por un momento a través de una rendija a una mujer bonita.
Calló durante un ratito
y apuró otra copa de chijir.
-¡Oh Dios mío, Dios
mío! Tal vez nos encontremos algún día en San Petersburgo, tal vez vivamos
alternando con gente bien, con mujeres… -bebió los restos de la botella; y al
hacerlo, dijo-: ¡Oh, perdón! Quizás quería usted beber, soy muy distrído. Me
parece que he bebido demasiado et je n’ai pas la tête forte (no tengo la
cabeza muy firme). En una época, viví en la calle Morskaia, au rez de
chaussée (en el entresuelo). Tenía un piso magnífico, muy bien amueblado.
Sabía arreglar las cosas de modo elegante sin que me costaran mucho. Bien es
verdad que mi padre me había dado porcelana, maravillosos objetos de plata. Le
matin je sortais (salía por la mañana) iba a hacer visitas, à cinq
heures régulièrement (a las cinco, por lo común) comía con ella, a menudo
estaba sola. Il faut avouer que c’etait une femme ravissante (hay
que reconocer que era una mujer encantadora). ¿No la conoció usted? ¿No la
conoció?
-No.
-Era femenina en sumo
grado, tan delicada… y ¡qué manera de amar! ¡Señor! Entonces no sabía apreciar
esta dicha. A veces, volvíamos del teatro y cenábamos los dos solos. Nuca me
aburría con ella toujours gaie, toujour aimante (siempre alegre, siempre
cariñosa). No me daba cuenta de que era una dicha poco frecuente. Et j’ai
fair soufrir et souvent (tengo mucho de qué reprocharme ante ella. Le hice
sufrir con frecuencia). He sido cruel. ¡Oh! ¡Qué tiempos tan maravillosos
aquellos! ¿Se aburre usted?
-No, en absoluto.
-Entonces, le
describiré nuestras veladas. Solía entrar…, conocía la escalera con todos sus
tiestos…, el picaporte, todo era tan agradable, tan familiar, luego, el
vestíbulo, su habitación… No; eso ya no volverá nunca más. Aún ahora me
escribe; quizás le enseñe a usted sus cartas. Pero yo ya no soy el mismo, estoy
perdido, ya no la merezco… ¡Sí! ¡Estoy definitivamente perdido! Je suis
cassé (estoy deshecho). Ya no tengo energía, ni orgullo. Ni siquiera
dignidad… ¡Sí! ¡Estoy perdido! Nadie podrá comprender nunca mis sufrimientos. A
nadie le importan. ¡Soy un hombre perdido! Nunca podré levantarme, porque he
caído moralmente…, he caído… en el lodo…
En aquel momento sus
palabras reflejaban una desesperación profunda y sincera. Permaneció inmóvil,
sin mirarme.
-¿Por qué desesperarse
así? –dije.
-Porque soy un
miserable. Esta vida me ha aniquilado. Ya no sufro con orgullo, sino
indignamente; ya no me queda dignité dans le malheur (dignidad en la
desgracia). Me humillan a cada instante; lo tolero todo y hasta doy pie. Esa
vileza a deteint sur moi (me domina); me he vuelto grosero, he olvidado
lo que sabía no puedo hablar francés, noto que soy un miserable. No puedo
luchar en esas condiciones, me es completamente imposible. Tal vez fuese un
héroe si me pusieran al mando de un regimiento, me dieran charreteras doradas,
cornetas, etcétera. En cambio, me enloquece tener que avanzar junto al salvaje
Antón Bondarienko, pensando que no hay ninguna diferencia entre nosotros y que
nos pueden matar a cualquiera de los dos. Ya puede usted comprender lo horrible
que es que un desarrapado me mate a mí, a un hombre que piensa y siente, cuando
hubiera sido lo mismo matar al que está a mi lado, a Antón, un ser que no se
diferencia en nada de un animal. Sin embargo, es fácil que, precisamente, caiga
yo, porque siempre suele haber une fatalité para todo lo elevado y todo
lo bueno. Sé que me tachan de cobarde; realmente lo soy, y no puedo ser de otra
manera. Y no sólo un cobarde, sino, según ellos, un mendigo y un hombre
despreciable. Acabo de pedirle dinero y tiene usted derecho a despreciarme.
Pero tenga, quédese con su dinero –añadió, tendiéndome el billetito arrugado-.
Quiero que me respete.
Guskov se cubrió el
rostro y se echó a llorar; decididamente, yo no sabía que decir ni qué hacer.
-Tranquilícese. Es
usted demasiado sensible. No lo tome todo tan a pecho, no analice, considere
las cosas desde un punto de vista más sencillo. Usted mismo dice que tiene
carácter. Domínese; ya le queda poco que sufrir –balbucí-.
Me sentía decepcionado,
lo compadecía y me arrepentía por haberme permitido censurar a un hombre que
era tan desgraciado.
-Si al menos, hubiese
oído una voz en este infierno, una palabra amistosa, compasiva, un consejo…,
una palabra humanitaria, como la que acabo de oír de usted. Tal vez hubiera
podido soportarlo todo con serenidad; tal vez incluso hubiera podido dominarme y
ser soldado. En cambio, ahora, es horrible… Cuando razono, deseo la muerte.
¿Por qué amar esta vida envilecida y apreciarme, si estoy perdido para todo lo
bueno en la tierra? Ante el menor peligro siento adoración por esta vida
miserable, quiero conservarla como algo apreciado; y o puedo, je ne puis pas
vencerme. Es decir, podría –pero me costaría demasiado esfuerzo, un esfuerzo
enorme, porque estoy solo. Estando con otros y en condiciones normales, soy
valiente, j’ai fair mes preuves (lo he demostrado), porque tengo orgullo
y amor propio; ése es mi defecto. Ante los demás… Oiga, permítame pernoctar con
usted, porque van a jugar allí toda la noche y tendré que acostarme en algún
rincón, en el suelo.
Mientras Nikita
preparaba el lecho, nos levantamos y empezamos a recorrer de nuevo la batería
en la oscuridad. En efecto, Guskov debía de tener la cabeza muy débil porque se
tambaleaba después de haber bebido dos copas de vodka y unos vasos de chijir.
Cuando nos apartamos de la vela, noté que Guskov, tratando de que no lo viera,
introdujo de nuevo en el bolsillo el billetito que había tenido en la mano
mientras hablaba. Luego me dijo que aún podría rehabilitarse si tuviera a su
lado un hombre como yo, que se tomara interés por él.
Nos disponíamos a
entrar en la tienda para acostarnos cuando, de pronto, silbó un proyectil y
cayó cerca de nosotros, incrustándose en el suelo. Todo era tan extraño: el
campamento tranquilo, dormido, nuestra conversación y, de pronto, aquella bala
enemiga, que Dios sabe de dónde venía para caer en medio de nuestras tiendas,
que durante mucho rato no puede darme cuenta de lo que había ocurrido. Nuestro
soldadito Andreiev, el centinela en la batería, se acercó a mí.
-¡Qué manera de
colarse! He visto el fuego aquí mismo –me dijo.
-Hay que despertar al
capitán –exclamé, echando una mirada a Guskov.
Inclinado hacia el
suelo, Guskov tartamudeaba tratando de decir algo.
-El… enemigo… es…, da
risa…
No dijo nada más; y no
sé dónde ni cuándo desapareció, en un instante.
En la tienda del
capitán se encendió una vela y se oyó su tos habitual de cuando se despertaba.
No tardó en salir y pidió fuego para encender su pequeña pipa.
-Está visto, padrecito,
que hoy no quieren dejarme dormir –dijo, sonriendo. Tan pronto es usted con su
degradado; tan pronto, Shamil. ¿Qué vamos a hacer? ¿Les contestamos o no? ¿No
han dado ninguna orden?
-No. Ahí vienen otros
dos –dije.
En efecto, a mano
derecha, brillaron en la oscuridad dos luces semejantes a dos ojos y no tardó
en volar por encima de nosotros un proyectil de obús y una granada, que
probablemente era nuestra, con un silbido penetrante. Los soldados salieron de
las tiendas vecinas y se les oyó charlar, desperezarse y carraspear.
-¡Vaya! Parece un
ruiseñor –observó un artillero.
-Llamad a Nikita
–ordenó el capitán con su habitual sonrisa bondadosa-. ¡Nikita! No te escondas.
Ven a escuchar a los ruiseñores de la montaña.
-Excelencia –dijo
Nikita, deteniéndose junto al capitán-. Conozco a esos ruiseñores y no los
temo. En cambio, el invitado que acaba de estar aquí se ha bebido nuestro chijir;
pero al oírlos cantar ha echado a correr como un gamo.
-Hay que ir a la tienda
del comandante para preguntarle si debemos contestar al enemigo –me dijo el
capitán, con aire serio e imperativo-. Desde luego, no dará ningún resultado,
pero se le puede contestar. Haga el favor de ir a preguntárselo. Ordene que le
ensillen un caballo, así tardará menos. Puede llevarse mi Polkan.
Al cabo de cinco
minutos me trajeron el caballo y me dirigí a la tienda del comandante de
artillería.
-Recuerde que la
consigna es vara –me susurró el capitán, siempre exacto-. De otro modo, no le
dejarían pasar en las filas.
La tienda del
comandante estaba a una media versta y el camino se extendía entre lasa
tiendas de campaña. En cuanto me alejé de nuestra hoguera, la oscuridad fue tan
grande que ni siquiera divisaba las orejas del caballo; veía tan sólo las
llamas de las hogueras, que ora parecían estar muy cerca ora muy lejos.
Cabalgué un trecho con las bridas sueltas, dejándome guiar por el caballo, y
empecé a distinguir las blancas tiendas rectangulares y, luego, las rodadas
negras del camino. Al cabo de media hora, después de haber preguntado tres
veces, de haber tropezado dos con las estacas de las tiendas (lo que me valió
oír una serie de invectivas) y de haber sido detenido un par de veces por los
centinelas, llegué a la tienda del comandante. Mientras cabalgaba, había oído
otros dos disparos dirigidos a nuestro campamento; pero los proyectiles no
llegaron al lugar en que estaba emplazado el cuartel general. El comandante
ordenó que no contestáramos a los disparos, tanto menos cuanto que el enemigo
había cesado de hacer fuego. Regresé a pie entre las tiendas de campaña de
infantería, llevando el caballo por las bridas. Más de una vez me detuve junto
a alguna tienda en la que se veía luz, para escuchar una anécdota que contaba
algún chistoso o la lectura de un libro por algún soldado que sabía leer y al
que escuchaba toda una sección agolpada en la tienda y junto a ella, y al que,
de cuando en cuando, interrumpía alguien para hacer alguna observación; o bien
las charlas acerca de la campaña, de la patria o de los jefes.
Al pasar junto a una
tienda del tercer batallón, oí la sonora voz de Guskov, que hablaba alegre y
animado. Le contestaban unas voces jóvenes, también alegres, que no era de
soldados. Debía de ser la tienda de los junkers o de los sargentos. Me detuve.
-Hace mucho que lo
conozco –decía Guskov-. Cuando yo residía en San Petersburgo, me visitaba a
menudo y también yo a él. Pertenecía a la alta sociedad.
-¿A quién te refieres?
–preguntó una voz de borracho.
-Al príncipe –contestó
Guskov-. Somos parientes y, sobre todo, antiguos amigos. Ya saben ustedes,
señores, que conviene mucho tener un amigo así. Es muy rico. Para él no supone
nada cien rublos de plata. Acabo de pedirle una pequeña cantidad hasta que mi
hermana me mande dinero.
-¡Anda, dile que vaya!
-Ahora mismo. Savelich,
amigo –dijo Guskov, acercándose a la puerta de la tienda- coge estos diez
rublos y ve a la cantidad a traer dos botellas de vino. ¿Qué más quieren,
señores? Pidan ustedes.
Tambaleándose,
descubierto y con los cabellos revueltos, Guskov salió de la tienda. Abriendo
la pelliza y metiendo las manos en los bolsillos de sus pantalones grises, se
detuvo en la puerta. Aunque él estaba bañado por la luz y yo en la oscuridad,
temí que me viera y, procurando no hacer ruido, proseguí mi camino.
-¿Quién vive? –gritó
Guskov con voz de borracho; por lo visto, el frío lo había despejado algo-.
¿Quién diablos anda ahí con un caballo?
No contesté y salí al
camino en silencio.
15 de noviembre de
1856.
(Del
“diario” del príncipe Nejliudov)
Anoche llegué a Lucerna
y me hospedé en el Schweizerhof, el mejor hotel de aquí.
“Lucerna es una antigua
ciudad cantonal, situada a orillas del lago de los Cuatro Cantones –dice
Murria-. Es una de las poblaciones más románticas de Suiza; la cruzan tres
grandes carreteras y tan sólo a la distancia de una hora de vapor se encuentra
el monte Righi, desde el cual se contempla uno de los panoramas más bellos del
mundo.”
Esto puede ser o no
cierto; pero el caso es que las demás guías dicen lo mismo; y por eso hay en
Lucerna infinidad de turistas de todas las nacionalidades y, especialmente,
ingleses.
El hermoso edificio, de
cinco pisos, del hotel Schweizerhof ha sido construido hace poco en la misma
orilla del lago, en el lugar en que había antiguamente un sinuoso puente de
madera, cubierto con capillas a ambos extremos e imágenes en los cabríos. Ahora,
gracias a la gran afluencia de ingleses, a sus necesidades, a sus gustos y a su
dinero, han derriba el antiguo puente, construyendo en su lugar un muelle de
piedra, derecho como una estaca, y casas de cinco pisos rectas y
cuadrangulares. Delante de cada casa se han plantado dos hileras de tilos con
sus rodrigones; y entre éstas se han colocado, según costumbre, algunos bancos
verdes. Es la rambla por la que pasean damas y caballeros ingleses; las
primeras, con sombrero de paja suiza, los segundos, con trajes cómodos y
prácticos, satisfechos de su obra. Tal ves estos muelles, estas casas, estos
tilos y estos ingleses estén muy bien en algún lugar, pero no aquí, en medio de
esta extraña naturaleza, tan majestuosa, armoniosa y suave.
Cuando subí a mi
habitación y abrí la ventana, quedé deslumbrado por la belleza del lago, de las
montañas y del cielo. Me invadió una inquietud interna y la necesidad de
expresar de alguna manera el sentimiento que invadía mi alma. En aquel momento,
sentí deseos de estrechar a alguien en mis brazos, de hacerle cosquillas, de
pellizcarle, en una palabra; de hacer algo extraordinario.
Eran las siete de la
tarde. Durante todo el día había estado lloviendo; pero en aquel momento
empezaba a clarear. Desde la ventana el lago, azul como un mar de azufre
inflamado, cruzado en todas direcciones por barcas que semejaban unos puntitos
y cuyas estelas se perdían de vista, extendíase inmóvil, liso, convexo entre
las exuberantes riberas verdes y, más adelante, se estrechaba, internándose
entre dos enormes montes y se confundía con un cúmulo de valles, montañas,
nubes y témpanos de hielos. En primer plano se divisaban las húmedas orillas,
de un verde pálido. Con cañaverales, praderas, jardines y villas; más allá,
cerros verdes y ruinas de castillos; en el fondo, las lejanas montañas
blanco-violáceas con sus fantásticas cumbres, cubiertas de nieve de un blanco
deslumbrador y rocas peladas. Todo esto aparecía bañado por el aire diáfano y
por los cálidos rayos del sol poniente que se filtraban a través de las nubes.
No se veía una línea
íntegra, un color definido ni un momento igual a otro en el lago, en las
montañas, ni en el cielo. Por doquier había movimiento, asimetría, formas
fantásticas, infinitas combinaciones y gran diversidad de sombras y líneas;
pero por doquiera, reinaban la paz, la armonía, la unidad y la belleza. Y ahí,
en medio de esa belleza ilimitada, enigmática y libre, ante mi misma ventana,
aparecían los tilos, absurdos y artificiales, con sus rodrigones, los bancos
verdes y la blanca barandilla del muelle, obras humanas, pobres y triviales,
que no armonizaban –como las lejanas villas y las ruinas- con la hermosura del
paisaje, sino que lo turbaban groseramente. A pesar mío, mi vista tropezaba sin
cesar con la horrible línea recta del muelle; quería aceptarla, aniquilarla, lo
mismo que si se tratara de una mota negra en la nariz, junto a un ojos. Pero el
muelle, con los ingleses que paseaban, seguía en el mismo sitio. Traté de
hallar un punto de mira desde donde no lo distinguiera. Aprendí a mirar así; y
contemplé aquel paisaje hasta la hora de cenar, invadido por ese sentimiento
incompleto, aunque no por eso menos dulce, que se experimenta, cuando uno está
solo, al admirar la naturaleza.
A las siete y media me
llamaron a cenar. En una gran sala del piso bajo, espléndidamente amueblada,
había dos largas mesas con cubiertos para más de cien personas. Por espacio de
unos tres minutos reinó el tranquilo movimiento de los huéspedes; rumor de faldas,
pasos suaves y cambios de palabras, a media voz, con apuestos y corteses
camareros. Todos los sitios fueron ocupados por pulquérrimos caballeros y damas
que vestían elegantes y costosos trajes.
Como ocurre siempre en
Suiza, la mayoría de los huéspedes era ingleses. Por eso, en aquella mesa común
reinaba la austera reserva exigida por la etiqueta, que no se basa en el
orgullo, sino en la falta de necesidad de comunicarse. Por doquier veíanse encajes
y cuellecitos, de un blanco deslumbrador; blanquísimas dentaduras naturales o
postizas; rostros y manos blancos como la nieve. Pero estos rostros, muchos de
ellos hermosos, no expresan sino la conciencia del propio bienestar y una
indiferencia absoluta por todo lo que los rodea, por todo lo que no tiene
relación directa con sus personas; las blanquísimas manos, cubiertas de
anillos, se mueven sólo para reglar los cuello, cortar la carne y escanciar
vino en las copas; pero esos movimiento no reflejaban ninguna emoción anímica.
Los miembros de alguna familia cambian, de cuando en cuando, unas palabras a
media voz, para comentar el sabor de tal o cual manjar, tal o cual vino, o bien
la belleza del paisaje que se domina desde el monte Righi. Los viajeros solitarios
de uno y otro sexo permanecen sentados en silencio, junto a otros, sin mirarse
siquiera. Si dos de las cien personas presentes hablan entre sí es, desde
luego, acerca del tiempo y del maravilloso monte Righi. Apenas se oye el roce
de los cubiertos en los platos: los comensales se sirven poco de cada majar y
comen guisantes y verduras; los camareros, influidos por el silencio general,
preguntan en voz baja: “¿Qué clase de vino desean los señores?” Siempre que
asisto a una comida de esta índole, me encuentro apesadumbrado, molesto y,
hacia el final, me invade la tristeza. Es como si fuera culpable de algo y me
hubieran castigado. Lo mismo que en mi infancia cuando, por una travesura
cualquiera, me sentaban en una silla, diciéndome irónicamente: “Descansa,
querido”, y yo sentía correr mi sangre joven por las venas y oía los alegres
gritos de mis hermanos desde la habitación contigua. Antes procuraba rebelarme
contra la sensación de ahogo que me producían esas comidas; pero era en vano.
Esos seres inexpresivos ejercen sobre mí una influencia invencible y me vuelvo
igual que ellos. No deseo nada; no pienso, ni siquiera observo. Al principio,
traté de entablar conversación con mis vecinos; pero las únicas respuestas que
obtuve fueron unas frases que, sin duda, se repiten miles de veces en el mismo
sitio y siempre con la misma expresión. Sin embargo, estas personas no son
estúpidas ni insensibles; y lo más probable es que la mayoría de ellas tengan
una vida interior como la mía y algunos más compleja e interesante. ¿Por qué se
privan, entonces, del mayor placer de este mundo, el placer de disfrutar unos
de otros?
¡Qué diferencia con
nuestra pensión de París! Allí nos reuníamos veinte personas de diversas
nacionalidades, profesiones y caracteres; y, bajo la influencia de la sociedad
francesa, acudíamos a la mesa común como a una diversión. Inmediatamente, la
conversación, salpicada de bromas y juegos de palabras, se hacía general,
aunque a menudo el idioma fuera diferente. Cada cual expresaba lo que se le
ocurría sin preocuparse de cómo lo iba a decir. Teníamos a nuestro filósofo,
nuestro discutidor, nuestro bel esprit; todo era común. En cuanto
acabábamos de comer, solíamos retirar la mesa y, llevando el compás o sin
llevarlo, bailábamos una polca por la alfombra cubierta de polvo. Aunque
algunos eran ligeros de cascos; otro, de escasa inteligencia, y otros, señores respetables,
todos éramos personas, tanto la condesa española, con sus románticas aventuras,
como el abate italiano, que después de comer declamaba La Divina Comedia;
el doctor americano, admitido en las Tullerías; el joven dramaturgo de largos
cabellos; la pianista que aseguraba haber compuesto la mejor polca del mundo y
la hermosa y desconsolada viuda, que llevaba tres sortijas, en cada dedo.
Aunque de modo superficial, todos nos tratábamos humana y amistosamente; y nos
llevábamos los unos de los otros un recuerdo agradable e incluso sincero y
cordial. En cambio, cuando me encuentro ante una mesa en torno a la cual se
reúnen ingreses y contemplo esos encajes, cintas, anillos y vestidos de seda,
pienso cuántas mujeres serían felices y proporcionarían la dicha a otros con
estas cosas. Es extraño pensar que tal vez estos seres que están sentados unos
junto a otros, ignorándose, podrían llegar a ser amigos inmejorables y felices
amantes, Sólo Dios sabrá por qué jamás se concederán la felicidad que está en
sus manos y que anhelan con tanto ardor.
Me sentí triste, como
siempre me sucede después de una comida así. Sin terminar el postre, salí a
deambular por la ciudad, es muy mala disposición de ánimo. Las estrechas
calles, sucias y oscuras; las tiendas, que cerraban en aquel momento, los
obreros borrachos, las mujeres que iban a buscar agua y las señoras, tocadas
con sombreros, que se deslizaban a lo largo de las casas, volviendo la cabeza y
ocultándose por las callejuelas, no hicieron más que aumentar mi mal humor.
Sin mirar en torno de
mí y sin pensar en nada, me dirigí al hotel, con la esperanza de librarme de mi
mal humor por medio del sueño. Experimentaba una sensación de frío en le alma,
de soledad y de angustia, como sucede a veces, sin causa aparente, al llegar a
un lugar nuevo.
Caminaba por el muelle
hacia el Schweizerhof cuando, de pronto, me llamaron la atención unos sonidos
extraños, aunque dulces y agradables. Esa música me reanimó instantáneamente.
Era como si se hubiese infiltrado en mi alma una luz alegre y radiante. Me sentí
a gusto. Mi atención, que había estado adormecida, se fijó de nuevo en los
objetos circundantes. La belleza de la noche y del lago, hacia la que momentos
antes me había sentido indiferente, me sorprendió, como una novedad. En el acto
reparé en el cielo sombrío, cruzado por grises nubes e iluminando por la luna
naciente; en el lago verde oscuro, en cuya superficie lisa se reflejaban miles
de lucecillas; en las montañas de la lejanía, cubiertas de bruma; en el croar
de las ranas de Freshenburg, y en el canto de las codornices, que llegaba desde
la otra orilla. Delante de mí –en el lugar desde el cual se oía la música y que
atraía principalmente mi atención- divisé, en la penumbra, en medio de la
calle, un grupo de personas en compacto semicírculo; y, a cierta distancia, un
hombrecillo vestido de negro. Más allá se recortaban, elegantemente, en el
cielo oscuro, las verjas negras de unos jardines y, a ambos lados de la vieja
catedral, erguíanse, majestuosas, las dos austeras flechas de sus torres.
Conforme iba
acercándome, los sones se distinguían con más claridad. Oía distintamente los
dulces acordes de una guitarra, que vibraban en el aire, y varias voces que,
interrumpiéndose unas a otras, sin cantar toda la melodía, entonaban algunos
pasajes, que permitían adivinarla. Era una especie de mazurca, bella y
graciosa. A ratos, las voces parecían estar cerca, a ratos lejos; y otra se oía
un tenor, ora un bajo o bien una voz de falsete, que cantaba al estilo tirolés.
Aunque no pude comprender bien qué clase de canción era, la encontré
encantadora. Los débiles y apasionados acordes de la guitarra, la deliciosa
melodía, y la figura del hombrecillo de negro, en medio del decorado fantástico
que formaban el oscuro lago, la luna velada, las enormes flechas de las torres,
que se erguían silenciosas, y las verjas negras de los jardines, todo esto
resultaba extraño, pero indescriptiblemente bello o, al menos, así me lo
pareció.
Repentinamente, todas
las impresiones involuntarias y confusas adquirieron significado y encanto para
mí. Era como si se hubiera abierto en mi alma una flor lozana y perfumada. En
lugar del cansancio y de la indiferencia que había sentido momentos antes por
todo lo existente, experimenté, de pronto, la necesidad de amar y una
inmotivada alegría de vivir. “¿Qué más puedo desear?”, me dije. “La belleza y
la poesía me rodean. Debo disfrutar de ellas hasta donde me alcancen las
fuerzas. ¿Qué más puedo pedir? Todo esto es mío, todo el bien…”
Me acerqué más. El
hombrecillo debía de ser un tirolés vagabundo. Estaba ante las ventanas del
hotel, con un pie hacia delante y la cabeza levantada, rasgueando en las
cuerdas de la guitarra y cantando en diferentes tesituras. Inmediatamente,
sentí ternura y agradecimiento hacia aquel hombre, por la transformación que
había provocado en mí.
Pude distinguir que iba
vestido con una vieja levita negra, que tenía los cabellos negros y que se
cubría con una sencilla gorra. Su indumentaria no tenía nada de artística; su
postura y sus movimientos traviesos, alegres e infantiles, y su pequeña estatura,
le daban un aspecto lastimoso y divertido al mismo tiempo. En las ventanas y en
los balcones del hotel, magníficamente iluminados, se veían damas con elegantes
trajes de anchas faldas y caballeros que lucían blanquísimos cuellos. Junto a
la puerta estaban el portero y los criados, con sus libreas de galones dorados.
En medio de semicírculo que formaban la gente y algo más lejos, en el paseo,
bajo los tilos, se habían reunido los camareros del hotel, con sus flamantes
trajes, los cocineros con sus gorras y sus chaquetas blancas, algunas
muchachas, que permanecían abrazadas, y paseantes. Sin duda todos
experimentaban el mismo sentimiento que yo, todos estaban callados escuchando
atentamente al hombrecillo.
Reinaba el silencio;
sólo a ratos se oían, a lo lejos, los golpes uniformes de un martillo, que
transmitía el agua; el croar de las ranas desde Freshenburg, y el monótono
canto de las codornices.
Lo mismo que un
ruiseñor, el hombrecillo cantaba en la oscuridad, copla tras copla y canción
tras canción. A pesar de que ya había llegado junto a él, su canto seguía
pareciéndome delicioso. Su voz no era potente, pero sí muy agradable; eran
extraordinarios, el gusto y la delicadeza con la que emitía; revelaban un
talento natural. Modificaba cada estribillo; y era evidente que esos graciosos
cambios eran improvisados. A ratos se oía un murmullo de aprobación entre los
que estaban en el paseo o los que se asomaban a las ventanas. Cada vez era
mayor el número de caballeros y damas elegantes que aparecían en el
Schweizerhof. Los paseantes se detenían en el muelle; había por doquier, al pie
de los tilos, grupitos de hombres y mujeres. Junto a mí, y algo separado de la
gente, se hallaban un lacayo y un cocinero de casas aristocráticas. Ambos
fumaban cigarros. El cocinero sentía vivamente el encanto de la música. A cada
nota de falsete, movía la cabeza, entusiasmado; y empujaba al lacayo con el
codo, con una expresión que quería decir: “¡Qué bien canta! ¿Eh?” El lacayo,
cuya sonrisa daba a entender todo lo que disfrutaba, se limitaba a encogerse de
hombros, con lo cual quería significar que a él era difícil asombrarle, pues
había oído cantar mejor.
Aprovechando un momento
en que el cantante se aclaraba la voz, pregunté al lacayo quién era y si solía
ir por allá a menudo.
-Viene dos veces cada
verano. Es de Argovia. Vive de limosnas –me contestó.
-¿Abundan por aquí esos
hombres? –inquirí.
-Sí, sí –respondió el
criado, no comprendiendo bien mi pregunta. Pero, al darse cuenta de lo que yo
quería decir, añadió-: ¡Oh, no! No he visto ninguno como él.
El hombrecillo acabó la
canción; y, tras de volver la guitarra con gesto enérgico, pronunció en un
dialecto alemán algunas palabras que no pude comprender y que suscitaron risa
entre la gente.
-¿Qué dice? –pregunté.
-Que tiene la garganta
seca y que quisiera beber un poco de vino –me explicó el lacayo que estaba
cerca de mí.
-¿Le gusta beber?
-Esta gente es así
–comentó el criado, sonriendo mientras señalaba al cantor.
Descubriéndose y
blandiendo la guitarra, el hombrecillo se acercó al hotel. Con la cabeza echada
hacia atrás, se dirigió a los caballeros y a las damas asomados a las ventanas
y balcones.
-Messieurs et
mesdames –dijo, con acento medio alemán, medio italiano y con esa
entonación peculiar con que suelen dirigirse al público los prestidigitadores-:
si vous croyez que je gagne quelque chose, vous vous trompez, j ene suis
qu’un pauvre diable (si ustedes creen que gano algo, se equivocan. No soy
más que un pobre diablo).
Calló durante un rato;
y, en vista de que nadie le daba nada, se dispuso a tocar de nuevo, añadiendo:
-A présent, messieurs et
mesdames, je vous chantera l’air du Rigui .
El público de las
ventanas y balcones callaba, esperando la siguiente canción; abajo, entre los
que estaban en el paseo, se oyeron unas risas, provocadas, sin duda, por la
manera de expresarse del cantor y porque nadie la había dado nada. Di unos
céntimos al hombrecillo; los pasó, hábilmente, de una mano a otra y se los
guardó en el bolsillo del chaleco. Luego, poniéndose la gorra, empezó a cantar
la graciosa canción tirolesa que había denominado l’air du Righi. Esa
canción, que había dejado para el final, era aún más bonita que las anteriores;
volvieron la oírse murmullos de aprobación entre la multitud, que había
aumentado. Al concluir, el hombrecillo blandió de nuevo la guitarra, se quitó
la gorra y, sujetándola delante de sí y acercándose más a las ventanas,
repitió:
-Messieurs et
mesdames si vous croyez que je gagne quelque chose…
Probablemente
consideraba esta frese como muy ingeniosa; sin embargo, observé en su voz y en
sus movimientos cierta indecisión y una timidez pueril, que chocaban
particularmente, sobre todo por su pequeña estatura. El elegante público seguía
asomado, en pintorescas posturas, en las ventanas y en los balcones. Algunos
hablaban en voz baja, sin duda, del cantor, que permanecía ante ellos con la
mano tendida; otros, miraban con curiosidad aquella pequeña figura vestida de
negro; desde un balcón se oyó la risa, alegre y sonora, de una muchacha. En el
paseo la gente charlaba y reía, cada vez más alto. El cantante repitió la frase
por tercera vez; pero con voz aún más débil; y, antes de terminarla, alargó la
mano con la gorra, que no tardó en retirar. Ninguna de las cien personas,
elegantemente vestidas, que se había reunido para escucharle le dio un solo
céntimo. La multitud se echó a reír, despiadadamente. El hombrecillo pareció
encogerse, cambió la guitarra de mano y alzando la gorra por encima de la
cabeza, dijo:
-Messierus et mesdames,
je vous remercie et je vous souhaite une bonne nuit (les doy las gracias y
les deseo una buena noche).
Resonaron alegres
carcajadas. Los caballeros y damas empezaron a retirarse. Reanudáronse los
paseos por la avenida. La calle, que había estado silenciosa mientras el
hombrecillo cantaba, se animó. Varias personas lo observaban de lejos,
riéndose. Oí al cantor murmurar algo entre dientes, mientras se encaminaba, a
grandes pasos, hacia la ciudad. Algunos alegres paseantes lo siguieron, a
cierta distancia, riendo siempre.
Me quedé atónito sin
poder comprender lo que significaba aquello. Parado seguí inconscientemente con
la vista a aquel hombre diminuto, que se alejaba en la oscuridad, y a las
personas que iban en pos de él.
Me invadió una gran
amargura: estaba avergonzado por aquel hombrecillo, por la gente y por mí
mismo. Era como si hubiese sido yo quien hubiera pedido dinero y del que se
habían reído. Con el corazón atenazado, sin volver la cabeza, me dirigí
apresuradamente hacia la escalinata del Schweizerhof. No sabía a ciencia cierta
lo que me pasaba; pero lo único que me constaba era que un sentimiento penoso
me oprimía el alma.
En el vestíbulo,
espléndidamente iluminado, me encontré con el portero, que se apartó, con gran
cortesía, para dejarme paso, y con un señor alto y bien plantado, con patillas
negras y sombrero negro, que llevaba una manta de viaje y un costoso bastón en la
mano. Avanzaba con paso indolente, pero seguro, del brazo de una dama que lucía
un vestido de seda y una toca con cintas y encajes. A su lado iba una muchacha
bella y lozana, con un gracioso sombrero suizo, que adornaba una pluma à l
mousquetaire, del que se escapaban largos y sedosos bucles rubios, que
enmarcaban su blanco rostro. Delante de ellos, brincaba una chiquilla, como de
unos diez años, mostrando sus robustas rodillas blancas entre los finísimos
encajes del vestido.
-¡Qué noche tan
magnífica! –exclamó la dama, con voz dulce, en el momento en que pasaban a mi
lado.
-Ohé! –replicó
perezosamente el inglés. Sin duda se daba tan buena vida que no tenía deseos ni
de hablar.
Todos ellos parecían
estar satisfechos; parecían gozar de comodidad y bienestar en este mundo; sus
rostros y sus movimientos reflejaban una completa indiferencia hacia las demás
vidas y una seguridad absoluta de que el portero los saludaría y se apartaría
para dejarles paso; de que al volver, encontrarían una cama limpia y una
habitación tranquila; de que todo esto tenía que ser así, porque tenían ese
derecho. De pronto, los comparé, involuntariamente, con el cantor cansado y,
tal vez, hambriento, que en aquel momento huía de la gente que se burlaba de
él; y comprendí lo que me atenazaba el corazón, sintiendo una ira
indescriptible contra aquella gente. Pasé dos veces junto al inglés,
encontrando gran placer en no dejarle paso y en empujarle con el codo. Luego,
bajé la escalinata y corrí a la ciudad, siguiendo la misma dirección que el
hombrecillo.
Alcancé a un grupo de
tres personas y les pregunté dónde estaba el cantor; entre risas, me indicaron
que iba delante. Avanzaba a grandes pasos y, según me pareció, murmuraba algo
entre dientes. Acercándome a él, le propuse que viniera a beber una botella de
vino. Siguió andando presurosamente y se volvió hacia mí, con gesto
descontento; pero al comprender de lo que se trataba, se detuvo.
-No me negaré, ya que
es usted tan amable –dijo-. Aquí hay un pequeño café; podemos entrar en él… es
modestito –añadió, señalando un local que aún estaba abierto.
La palabra modestito
me dio la idea de no llevarlo a un cafetín, sino al Schwezerhof, donde estaban
las personas que le habían escuchado. A pesar de que rehusó tímidamente,
repitiendo que ese hotel era demasiado elegante, insistí y acabó por acceder.
Fingiendo estar tranquilo, me siguió por el muelle, agitando jovialmente la
guitarra. Varios jóvenes ociosos que paseaban, se habían acercado a escuchar lo
que le decía al cantor; y fueron en pos de nosotros hasta la misma entrada,
creyendo, sin duda, que volvería a cantar.
Pedí una botella de
vino al camarero que nos encontramos en el vestíbulo. Nos miró con una sonrisa;
y pasó de largo sin decir palabra. El maître h’hôtel, a quien me dirigí
con el mismo ruego, me escuchó con expresión grave; y, tras de examinar de pies
a cabeza la pequeña figura del cantor, ordenó al camarero, con tono
autoritario, que nos condujese a la sala de la izquierda. Era un modesto café
para gente humilde. En un rincón, una criada jorobaza fregaba vasos; todo el
mobiliario lo constituían bancos y meses de madera, sin manteles. El camarero
que acudió a servirnos nos observó, con una sonrisa entre dulce y burlona; y,
con las manos en los bolsillos, cambió unas palabras con la criada jorobaza.
Sin duda, quería darnos a entender que, con su posición social y sus
cualidades, estaba muy por encima del cantor y que, no sólo no le humillaba
servirnos, sino que hasta lo tomaba como una diversión.
-¿Quieren vino
corriente? –preguntó, con aire de entendido, haciendo una seña que aludía a mi
compañero, mientras se pasaba la servilleta de un brazo a otro.
-Sírvanos champaña de
la mejor calidad –dije, tratando de adoptar el aire más altanero y más
imponente posible.
Pero ni el hecho de
haber pedido champaña, ni mi fingida altanería impresionaron al camarero.
Permaneció mirándonos un instante con una sonrisa; luego, consultó su reloj de
oro y abandonó la sala sin apresurarse, como si paseara. No tardó en volver con
una botella de vino, acompañado de otros dos camareros. Estos se sentaron junto
a la criada y nos observaron, divertidos, con una sonrisa benévola, como suelen
contemplar los padres a sus hijos cuando juegan. Sólo la criada parecía
mirarnos compasivamente y sin ironía. Aunque me resultaba desagradable
obsequiar al cantor bajo las miradas de los camareros, me esforcé en cumplir mi
cometido de la manera más desenvuelta. En la sala había buena luz y pude
examinar mejor al tirolés. Era un hombre diminuto, casi un enano, aunque
proporcionado y musculoso. Tenía recios cabellos negros cortos, pequeñas
patillas, grandes ojos negros, lacrimosos y desprovistos de pestañas; y una
boca pequeña, que se plegaba en expresión dulce y agradable. Su sencillo traje
estaba sucio y roto. Por sus trazas –estaba curtido y desaliñado- más bien
tenía aspecto de un pobre vendedor que de un artista. Sin embargo, había algo
conmovedor y original en su boca y en sus ojos brillantes y siempre húmedos. Se
le hubieran podido suponer de veinticinco a cuarenta años; en realidad, tenía
treinta y ocho.
He aquí lo que me contó
de su vida, con evidente franqueza y buena voluntad. Era natural de Argovia.
Siendo niño, había perdido a sus padres. Nunca había tenido medios de fortuna.
Había aprendido el oficio de ebanista; pero veintidós años atrás, una enfermedad
le había atacado los huesos de un brazo, privándole de la posibilidad de
trabajar. Desde pequeño había sido aficionado al canto; así, pues empezó a
cantar. Los extranjeros solían darle algo de dinero. Llegó a ser un
profesional; se compró una guitarra y, desde hacía diecisiete años, recorría
Suiza e Italia, cantando ante los hoteles. Su equipaje consistía en una
guitarra y un portamonedas, en el que, en aquel momento, tenía tan sólo un
franco y cincuenta céntimos, que gastaría en cenar y en dormir aquella noche.
Cada año recorría los lugares más frecuentados de Suiza: Zurich, Lucerna,
Interlaken, Chamonix, etcétera. Se iba a Italia por el monte de San Bernardo y
volvía por el San Gotardo o por Saboya. A la sazón, se le hacía penoso andar,
porque, debido al frío, sentía un dolor en las piernas, que llamaba gliederzucht.
Ese dolor iba en aumento cada año; además, sus ojos y su voz se volvían más
débiles. No obstante, en aquel momento se disponía a irse a Interlaken,
Aix-les-Bains e Italia, país al que quería particularmente. Parecía estar muy
satisfecho de su vida. Le pregunté por qué no volvía a su pueblo y si tenía
allí algún pariente, casa o un poco de tierra. Frunció la boca, esbozando una
sonrisa jovial.
-Oui, le sucre est
bon, it est doux pour les enfants! (el azúcar es buena; es dulce para los
niños) –replicó, haciendo un guiño y señalando a los camareros.
No comprendí lo que
había querido decir. Los camareros se echaron a reír.
-No poseo nada. Si
poseyese algo ¿acaso iba a andar así? Vuelvo, de cuando en cuando, a mi pueblo,
porque hay algo que me atrae.
Repitió con una sonrisa
maliciosa la frase : “Oui, le sucre est bon”, y se echó a reír, con
expresión bonachona. Los camareros, muy divertidos, reían a carcajadas; la
jorobada miraba al hombrecillo, muy seria, con sus ojos bondadosos; y se
apresuró a recoger la gorra que éste había dejado caer durante la conversación.
He observado muchas veces que a los cantores ambulantes, a los acróbatas y
hasta a los prestidigitadores, les gusta llamarse artistas. Por eso, varias
veces hice alusión a mi interlocutor de que era artista; pero él consideraba su
trabajo como un simple medio de ganarse la vida. Cuando le pregunté si escribía
las canciones que cantaba, se sorprendió mucho de esa extraña pregunta. Dijo
que estaba lejos de poder hacerlo; que todas las melodías que cantaba eran
antiguas canciones tirolesas.
-Me parece que la
canción de Righi no es antigua –objeté.
-Hace quince años que
la escribió un alemán de Basilea, un hombre muy inteligente. La escribió para
los extranjeros. Es una canción magnífica.
Y el hombrecillo me
tradujo las palabras de la canción al francés:
Te advierto, si vas al
Righi,
Que no has menester zapatos
Hasta que llegues a Weggis,
Porque antes vas embarcado.
En Weggis coge un bastón
Y una muchacha del brazo.
Entra a pimplarte una copa,
Más no bebas demasiado:
El que quiera beber mucho
Antes tiene que ganarlo.
-¡Oh! Es una canción
magnífica –repitió.
También debió de gustar
a los camareros, porque se acercaron a nosotros.
-¿Quién ha compuesto la
música? –pregunté.
-Nadie. Para cantar a
los extranjeros, hay que improvisar siempre algo nuevo.
Cuando nos trajeron
hielo y serví el champaña a mi interlocutor, debió de sentirse molesto. Se
volvió hacia los camareros y se movió, inquieto, en el banco. Brindamos por la
salud de los artistas. El tirolés bebió media copia y creyó necesario sumirse
en reflexiones y enarcar las cejas.
-Hace mucho que no he
bebido un vino tan bueno, je ne vous dis que ça (no lo digo más).
En Italia el vino de Asti es bueno; pero éste es mejor. ¡Oh! ¡Qué bien se vive
allí!
-En efecto; en Italia
se aprecia la música y a los artistas –dije, deseando comentar el fracaso que
había tenido aquella noche ante las puertas del Schweizerhof.
-Sí; pero allí no puedo
proporcionar placer a nadie con la música. Los italianos son los mejores
músicos del mundo. Claro que canto canciones tirolesas; y, sea como sea,
constituyen una novedad para ellos.
-¿Son más generosos los
señores en Italia? –continué, con la intención de hacerle participar de mi odio
hacia los huéspedes del Schweizerhof-. Probablemente allí no puede suceder que
en un gran hotel, en que se hospedan gentes ricas, cien personas escuchen a un
artista y no le den nada…
Mis palabras no
produjeron el efecto que yo esperaba. Ni siquiera se la había ocurrido al
hombrecillo indignarse contra aquella gente; al contrario, vio en mi
observación un reproche a su talento, que no había sido digno de recompensa, y
procuró justificarse.
-No siempre se recoge
mucho. A veces, está uno cansado y pierde la voz. Hoy he andado durante nueve
horas y he cantado casi todo el día. Es difícil cantar en estas condiciones.
Además, los grandes señores, los aristócratas, no tienen ganas de oír canciones
tirolesas.
-Sin embargo ¿cómo es
posible no dar nada? –repetí.
No comprendió mi
observación.
-No es eso –dijo-. Lo
principal es que aquí on est trè serré par la Police (se está muy
vigilado por la policía). Las leyes de la República no nos permiten cantar. No
es como en Italia, donde uno puede ir por donde le plazca, sin que nadie le
diga una palabra. Aquí dan permiso para cantar, si quieren, pero lo mismo
pueden meterle a uno en la cárcel.
-¿Cómo? ¿Es posible?
-Sí. Si le llaman a uno
la atención y vuelve a cantar, se expone a que lo encierren. Yo estuve tres
meses en la cárcel –dijo sonriendo, como si se tratara de un recuerdo
agradable.
-¡Oh! Esto es horrible.
¿Por qué?
-Así son las nuevas
leyes de la República –continuó, animándose-. No quieren comprender que un
hombre pobre como yo debe vivir de alguna manera. Si no fuera un inválido,
trabajaría. ¿Qué mal hago cantando? ¡Vaya unas disposiciones! Los ricos pueden
vivir como quieran; pero a un pauvre diable como yo no lo dejan en paz.
¿Son ésas las leyes de una República? La verdad es que, en tal caso, no
queremos República, ¿no es verdad, caballeros? No queremos República; lo único
que queremos …, lo único que queremos… -se turbó un poco-… son unas leyes
naturales.
Volví a llenar su copa.
-¿No bebe? –le
pregunté.
Tomó la copa en la mano
e hizo una inclinación de cabeza.
-Ya sé lo que se
propone –dijo, guiñando un ojo y amenazándome con un dedo-. Quiere
emborracharme para ver lo que voy a hacer, pero no lo conseguirá.
-¿Con qué objeto iba a
hacerlo? Sólo deseo que pase un rato agradable.
Sin duda lamentó
haberme ofendido, interpretando mal mi intención. Se turbó, e incorporándose,
me tomó por un codo.
-Ha sido una broma
–exclamó, mirándome con expresión suplicante con sus ojos húmedos.
A continuación, dijo
una frase muy embrollada y maliciosa, que debía de significar que yo era un
buen hombre.
-Je ne vou dis que
ça –concluyó.
Seguimos charlando y
bebiendo; y los camareros continuaron mirándonos, sin disimular su ironía. A
pesar del interés que tenía para mí nuestra conversación, no podría por menos
de notarlo; y me irritaba cada vez más. Uno de ellos se levantó y, acercándose
al hombrecillo, le miró la coronilla con una sonrisa, Yo tenía un acopio de ira
contra los huéspedes del Schweizerhof, que aún no había podido descargar; y
confieso que los camareros me excitaban.
En aquel momento entró
el portero y, sin quitarse la gorra, se sentó a mi lado, acodándose en la mesa.
Esto último hirió mi amor propio y mi orgullo, haciendo estallar la ira que
había ido almacenando durante la noche. ¿Por qué el portero me saludaba inclinándose
humildemente al verme solo y, en cambio, en aquel momento, porque estaba en
compañía de un cantante callejero, se sentaba con insolencia junto a mí? Sentí
que me embargaba la ira de la indignación, esa ira que aprecio y que incluso
incito, porque obra en mí de una manera apaciguadora y me da, al menos, para
cierto tiempo, una especie de elasticidad, energía y fuerzas para mis
capacidades físicas y morales. Me levanté de un salto.
-¿De qué se ríe? –grité
al camarero sintiendo que mi semblante palidecía y que mis labios temblaban a
pesar mío.
-No me río –contestó el
hombre, apartándose.
-Sí; se está riendo de
este señor. Y usted, ¿qué derecho tiene de sentarse aquí cuando hay clientes?
No se atreva a volver –vociferé dirigiéndome al portero.
Se puso en pie y se
retiró hacia la puerta, refunfuñando.
-¿Qué derecho tiene a
reírse de este señor y a permanecer sentado en la sala cuando él es un cliente
y usted un criado? ¿Por qué no se ha reído de mí ni se ha sentado a mi lado
durante la comida? ¿Por qué él va pobremente vestido y canta por la calle, mientras
que yo llevo un traje elegante? ¿No es eso? El es pobre; pero mil veces mejor
que usted. El no molesta a nadie y, en cambio, usted lo ofende.
-¡Pero si no he hecho
nada! ¿Por qué me dice eso? –replicó, tímidamente el camarero-. ¿Acaso le
impido que esté aquí?
El camarero no me
entendía; mi discurso en alemán había sido inútil. El insolente portero quiso
salir en defensa del camarero; pero lo increpé con tal dureza, que fingió no
comprender tampoco, y se limitó a hacer un gesto con la mano. Fuese porque la
criada había notado mi excitación y temía que se armara un escándalo, fuese
porque participara de mi opinión, se puso de mi lado, y trató de arreglar las
cosas. Suplicó al portero que se callara y quiso tranquilizarme. “Derr Herr
Hat Recht.; Sie haben Rect.” (el señor tiene razón; tiene usted razón,
repetía. El hombrecillo tenía un aspecto lastimoso. Muy asustado y sin
comprender mi acaloramiento n i lo que quería, me rogó que nos fuéramos cuanto
antes. Pero la ira provocaba en mí cada vez mayor necesidad de hablar. Recordé
a la muchedumbre que se había reído del cantante, a los que le habían escuchado
sin darle nada; y no quise calmarme por nada del mundo. Si el portero y los
camareros se hubiesen mostrado menos conciliadores, sin duda me hubiera pegado
con ellos o hubiera asestado un bastonazo en la cabeza a alguna señorita
inglesa. Si en aquel momento me hubiera encontrado en Sebastopol, seguido que
me habría arrojado con placer contra una trinchera enemiga para acuchillar a
los ingleses.
-¿Por qué nos han
pasado a esta sala y no aquella otra? ¿Eh? –pregunté al portero, cogiéndole del
brazo, para que no se fuera-. ¿Qué derecho tiene de juzgar por el aspecto de
este caballero que debe estar en esta sala y no en la otra? ¿Acaso no somos todos
iguales en un hotel, desde el momento en que pagamos, sin hablar ya de una
república, sino en el mundo entero? ¡Es repugnante esa república de ustedes!
¡Vaya una igualdad! No se hubiera usted atrevido a introducir en esta sala a
los ingleses. A los ingleses, que han escuchado cantar a este señor
gratuitamente; es decir, a cualquiera de ellos, que le han robado los céntimos
que debía haberle dado. ¿Cómo ha osado pasarnos a esta sala?
-La otra está cerrada
–replicó el portero.
-¡No es verdad! ¡No
está cerrada! –vociferé.
-¡Bueno! Usted lo sabrá
mejor que yo.
-¡Sé que me miente!
-¡Para qué hablar!
–rezongó el portero, alejándose y encogiéndose de hombros.
-¡Nada de “para qué
hablar”! ¡Lléveme inmediatamente a la otra sala!
A pesar de los consejos
de la criada y de los ruegos del cantante de que nos fuéramos a acostar, exigí
que llamaran al maître h’hôtel y me dirigí a la otra sala, acompañado
del hombrecillo. Viéndome tan demudado, el maître h’hôtel no se molestó
en discutir. Con una cortesía despectiva, dijo que podía ir donde quisiera. No
me fue posible demostrar al portero que había mentido, porque desapareció antes
que entrásemos en la sala.
Estaba iluminado y en
una de las mesas cenaba una pareja de ingleses. Aunque nos indicaron una mesa
algo retirada, me instalé, con el cantor desaliñado, en una que estaba muy
cerca de los ingleses, y ordené que nos trajeran la botella que no habíamos terminado.
Al principio, la pareja
se sorprendió y luego miró con odio al hombrecillo, que se sentó junto a mí,
más muerto que vivo. Después de cambiar unas palabras a media voz con su
acompañante, la dama rechazó el plato y, produciendo rumor con su vestido de
seda, se puso en pie; ambos abandonaron la sala. A través de la puerta de
cristal vi que el inglés, muy irritado, decía algo a un camarero, señalando en
nuestra dirección. El camarero asomó la cabeza por la puerta. Me figuré que
vendrían a echarnos y me alegré de que, al fin, podría derramar sobre ellos mi
indignación. Pero, afortunadamente, aunque entonces no me pareciera así, nos
dejaron en paz.
El hombrecillo, que
antes se negara a beber, apuró con avidez lo que quedaba en la botella, con tal
que nos fuéremos cuanto antes. Sin embargo, me agradeció con emoción, según
creí, que lo hubiese obsequiado. Sus ojos tornáronse aún más húmedos y brillantes;
y me dijo una frase de agradecimiento muy extraña y embrollada. Pero me gustó
oírla. Venía a decir que los artistas serían felices si todo el mundo los
respetase como yo, y que me deseaba toda clase de venturas.
Salimos al vestíbulo;
allí estaban los camareros y mi enemigo, el portero, que, sin duda, se quejaba
de mí. Todos me miraron como a un loco. Esperé a que el hombrecillo llegara
hasta donde estaban; y, entonces, con todo el respeto que era capaz de expresar
mi persona, me descubrí y le estreché la mano, uno de cuyos dedos estaba
atrofiado. Los camareros simularon no verme. Sin embargo, uno de ellos se echó
a reír con risa sardónica.
Cuando el cantante
desapareció en la oscuridad, subí a mi habitación, deseando disipar, por medio
del sueño, todas aquellas impresiones y aquella estúpida ira pueril que me
había embargado de repente. Pero estaba demasiado excitado para poder conciliar
el sueño y me fui de nuevo a la calle, con la intención de pasear hasta que me
calmara. Confieso que lo hice también con la vaga esperanza de encontrar
ocasión para pelearme con el portero, el camarero o el inglés y demostrarles
toda su crueldad e injusticia. Pero sólo ví al portero, que, al reparar en mí,
me volvió la espalda. Durante largo rato, paseé por el muelle de arriba abajo,
completamente solo.
“Qué extraño es el
destino de la poesía”, pensé, una vez que me hube serenado un poco. “Todos la
aman y la buscan, es lo único que se desea en la vida; pero nadie reconoce su
fuerza, nadie aprecia ese bien, el mejor del mundo, nadie estima ni siente gratitud
por los que se lo dan a los hombres. Preguntad a cualquiera de los huéspedes
del Schweizerhof cuál es el mejor bien del mundo, y todos, o el noventa y nueve
por ciento, dirán, con expresión sardónica, que es el dinero. “Tal vez le
desagrade esta opinión; tal vez no concuerde con sus elevadas ideas; pero ¿qué
hacer si la vida humana está organizada de modo que el dinero es lo único que
constituye la felicidad del hombre? No he podido impedir a mi inteligencia que
vea el mundo tal y como es, o sea que vea la verdad”, os contestarán. Tu
espíritu es miserable, eres un ser despreciable que no sabe lo que necesita…
“¿Por qué habéis abandonado vuestra patria, vuestras ocupaciones y negocios y
os habéis reunido en esa pequeña ciudad de Suiza llamada Lucerna? ¿Por qué os
habéis asomado a los balcones y habéis escuchado con respetuoso silencio las
canciones del infeliz mendigo? Si hubiese cantado más, lo habríais seguido
escuchando en silencio. ¿Acaso se os podría echar de vuestra patria y obligaros
a reuniros en ese rinconcito de Lucerna, por dinero, así fuese por millones?
¿Se os podría obligar a permanecer inmóviles y callados en los balcones? ¡No!
Tan sólo una cosa os obliga a proceder así y seguirá moviéndoos eternamente con
mayor fuerza que los demás móviles; la necesidad de poesía que no reconocéis,
pero que sentís y que sentiréis, mientras os quede algo de humano. La palabra
“poesía” os parece ridícula, la pronunciáis en tono despectivo, admitís el amor
a la poesía sólo en los niños y en las señoritas necias, y aún de ellos os
reís; vosotros sólo necesitáis lo positivo. Pero los niños consideran la vida
de un modo sensato; saben lo que se debe amar y lo que da la felicidad; a
vosotros, en cambio, os ha pervertido la vida hasta el punto de que os burláis
de lo único que amáis y buscáis solamente lo que aborrecéis y lo que hace
vuestra desgracia. Estáis tan ofuscados, que no comprendéis vuestra obligación
hacia vuestra obligación hacia el pobre tirolés, que os proporciona un placer
puro; y, sin embargo, os figuráis que debéis humillaros ante un lord y
sacrificar vuestra tranquilidad y vuestro bienestar sin oficio ni beneficio.
¡Qué absurdo! ¡Qué insensatez! Pero no es eso lo que más me llama la atención
esta noche. Conozco perfectamente, estoy casi acostumbrado a que la gente
ignore lo que le proporciona la felicidad y a que sea insensible respecto de
los placeres poéticos, pues me encuentro a menudo con tales casos en la vida.
Tampoco constituye nada nuevo para mí la grosera crueldad de la multitud; digan
lo que digan los defensores del buen sentido del pueblo, éste no es sino la
unión de seres humanos, desde luego; pero que se unen solamente por su lado
animal y grosero; y lo único que expresan es la debilidad y crueldad de la
naturaleza humana. Pero vosotros, hijos de una nación libre y humanitaria;
vosotros, que sois cristianos; vosotros, que sois sencillamente hombres, ¿cómo
habéis podido responder con frialdad y burla al placer puro que os ha
proporcionado un pobre ser que pide? En vuestra patria hay asilos para pobres.
No hay mendigos, no debe haberlos, ni debe existir el sentimiento de compasión
sobre el que se basa la mendicidad. Pero el cantor ha trabajado, os ha
proporcionado un placer, pidiéndoos que le dierais a cambio un poquito de lo
que os sobra. Vosotros le habéis examinado con una sonrisa fría, como si se
tratara de una rareza, desde vuestras lujosas habitaciones. Erais más de cien
personas ricas y felices; pero ninguna se ha dignado echarle un solo céntimo. Y
cuando se alejó, avergonzado de vosotros, el pueblo insensato no os persiguió y
ofendió a vosotros, sino a él, porque os habíais mostrado fríos, crueles e
indignos; porque le habíais robado el placer que os ofreciera.
El 7 de julio de 1857,
un pobre cantante callejero cantó y tocó la guitarra por espacio de media hora
ante el hotel Schweizerhof, de Lucerna, en el que se hospedaba gente muy rica.
Lo escucharon más de cien personas. El músico pidió tres veces seguidas que le
dieran algo. Nadie le echó ni un solo céntimo y muchos se burlaron de él.
Esto no es una
invención, sino un hecho real. Los que quieran pueden preguntar a los que viven
permanentemente en el Schweizerhof o consultar los diarios, para saber quiénes
eran los extranjeros que se alojaban en dicho hotel el 7 de julio.
He aquí un
acontecimiento que los historiadores contemporáneos deben apuntar, con letras
indelebles. Es más importante, más serio y tiene un sentido más profundo que
los acontecimientos registrados en los periódicos y en las historias. El que
los ingleses hayan matado otro millar de chinos, porque no compran nada por
dinero, sino que pagan en especias; que los franceses hayan arrasado otro
millar de cabilas, porque son buenas las cosechas de trigo en África; que la
guerra continua sea muy útil para la formación de un ejército; que el embajador
turco en Nápoles no pueda ser judío, y que Napoleón se pasee a pie en
Plombières y afirme que reina sólo por la voluntad del pueblo… son palabras que
ocultan o muestran lo que sabemos desde hace mucho. En cambio, creo que el
hecho ocurrido en Lucerna, el 7 de julio, es nuevo y extraño y que no se
refiere a las eternas malas cualidades de la naturaleza humana, sino a una
determinada época del desarrollo de la sociedad. No es un hecho para la
historia de los actos humanos, sino para la del progreso y la del la
civilización.
¿Por qué este hecho
inhumano, inconcebible en cualquier pueblo alemán, francés o italiano, ha
podido ocurrir aquí, donde la libertad y la igualdad han llegado al máximo
grado; aquí, donde se reúnen las personas mejor educadas de las naciones más
civilizadas? ¿Por qué esos hombres cultos y humanitarios que, por lo general,
son capaces de realizar grandes obras, no tienen sentimientos humanos para una
obra de caridad personal? ¿Por qué esos hombres, que tanto se preocupan de las
Cámaras, mítines y sociedades del estado de los chinos solteros en la India,
del desarrollo del cristianismo y de la cultura en África y de la formación de
sociedades para mejorar la humanidad, no encuentran en su alma el amor prístino
y sencillo hacia el prójimo? ¿Es posible que no exista ese sentimiento, que en
su lugar sólo haya ambición, vanidad y avaricia, sentimientos que dirigen a
esos hombres en las Cámaras, en los mítines y en las sociedades? ¿Es posible
que la divulgación de una asociación razonada, egoísta, de los hombres, que
llaman civilización, destruya y contradiga la necesidad instintiva de unirse
por medio del amor? ¿Es posible que ésta sea la igualdad por la que se ha
derramado tanta sangre inocente, por la que se han cometido tantos crímenes?
¿Es posible que los pueblos, lo mismo que los niños, puedan ser felices sólo
con la palabra igualdad?
¿Igualdad ante la ley?
Pero, ¿acaso la vida entera del ser humano se desarrolla en los dominios de la
ley? Sólo una milésima parte de su vida está sometida a las leyes; el resto
está fuera de ellas, está en los dominios de la costumbres y del concepto de la
sociedad. Y en la sociedad, el criado está mejor vestido que el cantor y le
ofende impunemente. A mi vez, yo visto mejor que el criado y lo ofendo
impunemente. El portero me considera como a un superior; pero cree que el
cantor está por debajo de él. Cuando me vio con el hombrecillo, se creyó igual
a nosotros y se mostró grosero. Fui insolente con él y entonces reconoció que
era inferior a mí. El camarero fue insolente con el cantor; y éste se juzgó
inferior a él. ¿Es posible que sea libre un Estado en que se puede encarcelar,
aunque sólo sea a un ciudadano, que no perjudica ni molesta a nadie, por el
hecho de que se gana la vida como puede, para no morir de hambre?
¡Qué desdichado y
lastimoso es el ser humano, con su necesidad de decisiones positivas, arrojado
en medio de ese infinito océano, siempre en movimiento, del bien y del mal, de
hechos, de argumentos y contradicciones! Los hombres luchan durante siglos enteros
para separar el bien del mal. Pasan siglos; y ponga lo que ponga una
inteligencia imparcial en los platillos de la balanza del bien y del mal, éstos
no oscilan, puesto que hay tanto bien como mal en cada uno. ¡Si, al menos, el
hombre aprendiera a no pensar ni juzgar de un modo absoluto y positivo, a no
responder a las preguntas que se le dan tan sólo para que sigan siendo siempre
preguntas! ¡Si, al menos, el hombre aprendiera a no pensar ni juzgar de un modo
absoluto y positivo, a no responder a las preguntas que se le dan tan sólo para
que sigan siendo siempre preguntas! ¡Si al menos comprendiera que toda idea es,
a la vez, falsa y verdadera! Es falsa, por su unilateralidad, por la
imposibilidad, para el hombre, de abarcar toda la verdad; y es verdadera por la
manifestación de una parte de las aspiraciones humanas. Se han hecho divisiones
en este infinito caos, en perpetuo movimiento, del bien y del mal; se han
trazado líneas imaginarias sobre este mar; y se cree que será así como ha de
dividirse. ¡Como si no existiera una infinidad de otras subdivisiones, hechas
desde otro punto de vista, en otra dimensión! Cierto es que las nuevas
subdivisiones son obra de siglos; pero ya han pasado y pasarán millones de
siglos. La civilización es el bien; la barbarie, el mal; la libertad, el bien;
la esclavitud, el mal. Ese conocimiento imaginario destruye la necesidad
instintiva, la mejor, la primordial del bien en la naturaleza humana. ¿Quién
puede definir la libertad, el despotismo, la civilización y la barbarie? ¿Dónde
están los límites de lo uno y de lo otro? ¿Qué alma posee una medida del bien y
del mal, tan inquebrantable como para poder medir los hechos complejos que
están sucediendo? ¿Quién tiene una inteligencia tan poderosa que pueda abarcar,
aunque sea en el inmóvil pasado, todos los acontecimientos y sopesarlos? ¿Quién
ha visto un Estado en el que no coexistan el bien y el mal? ¿Cómo puedo saber
que veo más bien que mal, por ejemplo, por no hallarme en el punto de mira
verdadero? ¿Quién es capaz de desligarse por completo de la vida, por medio de
la inteligencia, aunque no sea más que un momento, para contemplarla desde
arriba, independientemente?
Existe en nosotros un
solo guía infalible: el Espíritu universal, que penetra en todos conjuntamente
y en cada uno por separado, insuflando en cada individuo la aspiración de lo
que debe ser; es el mismo espíritu que ordena al árbol que crezca hacia el sol,
a la flor que arroje las simientes en otoño, y a nosotros, que nos unamos los
unos a los otros.
Esta única voz, bendita
e infalible, es la que ahoga el bullicioso y apresurado desarrollo de la
civilización. ¿Quién es más humano y quién es más bárbaro? ¿Aquel lord que, al
ver el traje raído del cantor, abandona iracundo la mesa, que no le da por su esfuerzo
ni la millonésima parte de su fortuna, y que ahora, satisfecho por haber comido
bien, sentado en una clara y hermosa habitación, juzga con tranquilidad los
asuntos de China, considerando justas las muertes que allí se ocasionan; o el
pobre cantor que, exponiéndose a ser encarcelado y con un solo franco en el
bolsillo, recorre valles y montañas, desde hace veinte años, sin hacer daño a
nadie, y recreando a la gente con sus canciones; ese cantor al que han ofendido
y han estado a punto de expulsar, y que hambriento y avergonzado, ha ido a
pasar la noche sobre un montón de paja?
De pronto, en medio del
silencio nocturno, oí los sones de la guitarra y la voz del cantor, que
llegaban desde lejos, desde la ciudad.
“No –me dije,
involuntariamente-; no tienes derecho a compadecerlo ni de indignarte contra el
bienestar del lord. ¿Quién ha sopesado la felicidad que se oculta en el alma de
cada uno de estos hombres? Ahí está el pobre cantor, sentado en algún umbral
sucio, contemplando el cielo y la luna, cantando alegremente, en esta noche
fragante y serena, sin que su alma esté turbada por reproches, odios ni
remordimientos. ¿quién sabe lo que sucede en el alma de los hombres que se
encuentran entre estas altas y lujosas paredes? ¿Quién sabe si tienen esa
alegría inconsciente y dulce de la vida, esa afinidad con el universo, que
posee el alma del hombrecillo? Es infinita la bondad y la sabiduría de Aquel
que ha dispuesto que existan todas estas contradicciones. Sólo a ti, gusano
insignificante, que tratas de penetrar, ilegalmente y con osadía, sus leyes y
sus intenciones, sólo a ti te parecen contradicciones. Desde su luminosa e
inconmensurable altura, El mira dulcemente, alegrándose de la armonía en que os
movéis todos, eterna y contradictoriamente. Tú, con tu orgullo, pensabas
escapar a las leyes generales, Pero no; tú también, con tu mezquina indignación
contra los camareros, tú también has respondido a las exigencias de la armonía
de lo eterno y de lo infinito…”
18 de julio de 1857.
Era en otoño. Por la
gran carretera rodaban a trote largo dos carruajes. En el primero viajaban dos
mujeres. Una era el ama: pálida, enferma. La otra, su criada: gorda y de sanos
colores. Con la mano rolliza enfundada en un guante agujereado trataba de
arreglar los cabellos cortos y lacios que salían debajo de su sombrero
desteñido; su pecho erguido, envuelto en una manteleta, respiraba salud; sus
vivaces ojos negros contemplaban unas veces, a través de los vidrios, los
campos en fuga, y otras miraban a la dama tímidamente o se volvían con
inquietud hacia el fondo del coche. El sombrero de la dama se balanceaba,
colgado de un costado del coche, frente a la sirvienta, que llevaba un perrito
faldero en su regazo. Los pies de ésta descansaban sobre varios estuches
esparcidos en el fondo del vehículo, y chocaban a cada sacudida, al compás con
el ruido de los muelles y la trepidación de los vidrios.
La clama se mecía
débilmente reclinada entre los cojines, con los ojos cerrados y las manos
puestas en las rodillas. Fruncía las cejas y de cuando en cuando tosía. Estaba
tocada con una cofia de viaje, y en el cuello blanco y delicado llevaba
enredado un pañolón azul. Una raya perfectamente recta dividía debajo de la
corta sus cabellos rubios extremadamente lisos y ungidos de pomada: había no sé
qué sequedad extraña en la blancura de esa raya.
La tez ajada y
amarillenta había aprisionado en su flojedad las delicadas facciones: sólo las
mejillas y los pómulos mostraban suaves toques de carmín.
Tenía los labios
resecos e inquietos; las pestañas ralas y tiesas. Y sobre el pecho hundido caía
en pliegues rectos la bata de viaje. Su rostro revelaba, a pesar de tener los
ojos cerrados, cansancio, exasperación y prolongado sufrimiento.
El lacayo, apoyándose
en el respaldo, cabeceaba en el pescante. A su lado, el cochero gritaba y
fustigaba a los caballos, y volvía de cuando en cuando la cara hacia el otro
coche.
Paralelamente se
extendían anchos y veloces, sobre el lodo calizo, los surcos de las ruedas. El
ciclo estaba gris y frío. La neblina, húmeda y penetrante, arropaba campos y
camino.
En el carruaje de la
dama se respiraba un ambiente asfixiante, cargado de olor a agua de colonia y
polvo de camino. La enferma, sobresaltada, echó de pronto la cabeza hacía
atrás, y abrió pausadamente sus dos grandes ojos negros, singularmente
iluminados por la fiebre.
-¿Todavía no? -exclamó
nerviosamente, y apartó con su mano delgada y preciosa el borde la manta de la
sirvienta, que, por descuido, al caer había rozado su pie. Matriocha recogió
enseguida con ambas manos la manta; se levantó un poco sobre sus recios pies y
fue a sentarse más lejos, sonrojada.
Los bellísimos ojos
negros de la enferma seguían con ansia los movimientos de la criada. De pronto,
se agarró del asiento con ambas manos e intentó incorporarse; pero sus fuerzas
la traicionaban. Su boca se contrajo y se le desfiguró la cara con la expresión
de una impotente ironía.
-Sí tú me ayudaras...
pero no, gracias, no he menester de tu ayuda, yo sola puedo hacerlo! Únicamente
te suplico que no pongas detrás de mí ninguno de esos bultos... más vale que no
los muevas si no sabes hacer nada.
Cerró los ojos por unos
instantes, luego volvió a mover pesadamente los párpados y miró, furibunda, a
la criada. Matriocha, muy confundida, se mordió los encendidos labios. La
enferma exhaló un suspiro, un suspiro que terminó en un acceso de tos; se revolvía
toda y luego permaneció largo rato oprimiéndose el pecho con las manos. Pasado
el acceso, cerró nuevamente los ojos y continuó sentada, inmóvil.
Los dos carruajes, uno
tras otro, entraron en una aldea. Matriocha sacó su mano rechoncha por debajo
de la manteleta y se santiguó.
-¿Qué pasa? -inquirió
la señora.
-¡Una posta, niña!
-Pero, ¿por qué te
persignas?
-¡Una iglesia, niña!
La paciente se asomó
por la portezuela, y comenzó a persignarse en silencio al ver la iglesia que en
esos momentos rodeaba el coche.
Ambos carruajes se
detuvieron de repente en la posta. Del primero descendió el marido de la dama
enferma en compañía del médico, juntos se acercaron al coche en que venía la
señora.
-Y, ¿cómo se siente
usted? -preguntó el médico tomándole el pulso.
-¿Cómo estás, amiga
mía; no te has cansado mucho? -inquirió el marido en francés, agregando:
-¿Quieres apearte?
Entretanto Matriocha,
que temía interrumpir la conversación de los amos con su torpeza, se arrinconó
tras de recoger todas las cajas y estuches de mano.
-Lo mismo de siempre...
No me apearé –contestó desganadamente la dama.
El marido permaneció
largo rato junto a la puertezuela, y se apartó luego rumbo a la venta.
Matriocha saltó
entonces del coche, y corrió en las puntas de los pies, sobre el lodo, hacia el
zaguán.
-Pero mis males no son
una razón para que ustedes se queden sin comer -dijo al doctor, que permanecía:
aún cerca de ella, dejando asomar a sus labios una débil sonrisa. "Nadie
se interesa por mí", pensó mientras el doctor se alejaba, y subía por la
escalera que conducía a la fonda. "En sintiéndose bien ellos, todo lo
demás les importa muy poco...” -Bien, Eduardo Ivanovich -dijo el marido
frotándose las manos, contento de encontrar al doctor-: He mandado que nos
traigan algo que comer. ¿Qué le parece a usted?
-Sea -respondió el
médico.
-Bueno, y ¿cómo sigue
la enferma? -preguntó el marido suspirando.
-Ya lo había dicho
-replicó el médico- que no llegaría ni siquiera a Moscú, mucho menos a Italia,
sobre todo con este tiempo.
-¡Qué haremos, Dios
mío! -exclamó el marido llevándose la mano a la frente-. Ponlas por aquí
-indicó en esto al camarero que entraba con las viandas.
-Más hubiera valido
quedarnos -repuso el médico, encogiéndose los hombros.
-Pero, ¿qué podía yo
hacer? -contestó el marido-.
Hice cuanto era posible
por impedir el viaje; alegué que tenía pocos recursos, que no podíamos
abandonar a los niños, ni mis negocios. Mi mujer no quiso oírme. Al contrario,
seguía forjándose planes de nuestra vida en el extranjero, como su estuviera
buena y sana. Decirle, por otra parte, el estado en que se hallaba, seria
matarla.
-Y a fe que está
perdida. Vassily Dmitriovich: es menester que usted lo sepa. No hay ser que
pueda vivir sin pulmones; y tampoco son éstos cosa que retoñe. Es triste,
dolorisísimo, pero, ¿qué remedio?
Nuestro deber común
consiste ahora en hacerle lo más soportable posible los días que le quedan de
vida. Sería bueno buscar un confesor en este pueblo...
-¡Ah, Dios mío!
¡Considere mi angustia al tener que recordar a mi esposa que debe expresar su
postrera voluntad! No, ocurra lo que ocurra, no se lo diré, Ud. sabe, doctor,
lo buena que es ella.
-Sin embargo, debe
usted tratar de persuadirla para que se quede hasta el invierno -insistió el
doctor sacudiendo significativamente la cabeza-.
Pues de otro modo,
puede suceder algo muy grave en el camino...
-¡Axiucha, Axiucha,
óyeme! -gritó con voz chillona la hija del encargado de la posta, quien al
mismo tiempo hacía de alguacil. Y echándose el pañolón a la cabeza, insistió
ruidosa: -Axiucha, vamos a ver a la señora de Shirkinsk.
Dicen que la llevan al
extranjero y que está muy enferma del pecho. ¡Yo nunca he visto cómo se ponen
los tísicos!
Axiucha salió a la
puerta y, asidas ambas de las manos, corrieron hacia el zaguán. Aflojaron el
paso al pasar cerca del coche, y atisbaron por la ventanilla, que estaba
abierta. La enferma levantó la cara para mirarlas, y habiendo notado la
curiosidad de las dos muchachas, hizo una mueca y se volvió al otro lado.
-¡Madre mía! -exclamó
la hija del posadero, tras de volver precipitadamente la cara-. ¡Qué hermosa
debe de haber sido, y en qué lamentable estado se halla ahora! ¡Infunde pavor!
¿Has visto, Axiucha?
-¡De veras, qué flaca
está la pobre! –afirmó Axiucha-. ¿Vamos a verla otra vez? Fingiremos que vamos
a la noria... ¡Qué lástima, Macha!
-¡Dios mío; pero cuánto
lodo hay aquí! –exclamó Macha. Y las dos regresaron a toda prisa hacia el
zaguán.
-Se ve que he de estar
hecha un horror -reflexionó la enferma-. ¡Dios mío, haz que lleguemos al
extranjero, que allí podrá quizá curarme rápidamente! -Y, ¿qué hay, como te
sientes, amiga mía? –preguntó de pronto el marido, y acercóse al estribo
masticando todavía.
"Siempre la misma
pregunta; pero eso sí, ¡no deja de comer!", pensó la enferma, y murmuró
entre dientes: -¡Bien!
-Sabes, esposa mía, que
temo mucho que empeore tu salud si continuamos el viaje con este tiempo tan
malo. Y Eduardo Ivanovich opinó lo mismo. ¿No crees que sena mejor regresar?
Ella guardó silencio,
descontenta.
-Durante el invierno,
el tiempo y los caminos estarán quizá mejor. Tú te habrás restablecido, y
podremos entonces venir con los niños.
Ella, exasperada:
-Perdóname; pero si yo no te hubiera escuchado podía estar a estas fechas en
Berlín y completamente restablecida.
-Y, ¿cómo remediarlo,
ángel mío? Tú sabes que era imposible marcharnos entonces. En cambio ahora, si
nos quedamos un mes más, tu podrás restablecerte; yo habré arreglado todos mis
negocios y podremos traer a los niños con nosotros.
-¡Los niños están
sanos, y yo no...!
-Es verdad, amiga mía,
pero debes comprender que con el mal tiempo que hace ahora, como empeore tu
salud en el camino... Si estuvieran al menos en casa...
-Cómo..., ¿en casa?....
¿morir en casa? -repuso la enferma muy asustada. La palabra "morir"
le causaba un visible espanto, pues se quedó extática frente al marido, en
actitud de súplica. Él bajo los ojos y calló. La boca de la enferma se contrajo
ingenuamente, y de sus dos grandes ojos comenzaron a rodar las lágrimas. El
marido se cubrió el rostro con el pañuelo, y se alejó del coche sin decir
palabra.
-¡No, yo iré de todos
modos! -repetía la pobre tísica, levantando los ojos al cielo; cruzó las manos
y balbuceó con voz entrecortada-: Padre Eterno, ¿qué crimen he cometido para
que me castigues de este modo?-. Y de sus ojos corría el llanto cada vez más
abundante. Rezó largo tiempo ardorosamente. Pero el dolor arreciaba, oprimíale
paulatina, pero fatalmente, el pecho.
El cielo, el camino, la
campiña, todo era gris, sombrío aquel día. Y aun la niebla, ni más espesa ni
más transparente, caía sobre los tejados, sobre los carruajes y sobre los
basteados abrigos de pieles de los aurigas, quienes entre francas charlas de vocablos
malsonantes enjaezaban las bestias.
El coche estaba listo.
Pero el postillón no aparecía. Había entrado en la choza de los cocheros, donde
hacía un calor sofocante. Estaba oscura y olía a pan recién cocido, a coles y a
piel de carnero.
Varios cocheros
charlaban en la estancia, mientras la cocinera iba y venía muy atareada
alrededor de la estufa. Sobre la campana de la estufa, en un descanso a manera
de lecho, estaba un enfermo, echado entre pieles de carnero.
-¡Tío Fedor, óigame,
tío Fedor! -gritó desde abajo un mozalbete, cochero también, que lucía abrigo
de pieles y un látigo encajado entre los pliegues del cinturón, y que acababa
de entrar en la fonda.
-¡Ea, buen chico, deja
en paz a Fedor! -dijo uno de los otros cocheros-. ¿No ves que te están
esperando en el carruaje?
-¡Quería pedirle sus
botas! -respondió el mozo, y al decir esto sacudió las melenas y se metió los
guantes bajo el cinturón-. ¿Dónde duermes, tío Fedor? -insistió cada vez más
cerca de la estufa.
-¿Qué cosa dices?
-inquirió una voz débil a tiempo que se asomaba desde lo alto de la campana el
rostro demacrado y calenturiento de un hombre que, con mano enflaquecida y
llena de vello, tiró del abrigo de jerga sobre un hombro anguloso, cubierto tan
sólo con una camisa sucia. Dame qué beber, hermano. ¿Qué deseabas?
El mozo le tendió un
jarro de agua.
-Quería decirte una
cosa, Fedia, comenzó con reticencia-. Yo me figuro que tú no vas a necesitar ya
tus botas nuevas. ¿Por qué no me las regalas?, ¡al fin que tú ya no has de
caminar, tío Fedor!...
El enfermo bebía con la
cara pegada al luciente jarro, bebía con avidez exasperante, mojándose los
mostachos hirsutos. Con marcada dificultad levantó la barba sucia y los ojos
hundidos para mirar a su interlocutor. Al desprenderse del jarro quiso levantar
el brazo para enjugarse los labios; pero no pudo: se limpió con la manga del
abrigo de jerga.
Respiraba pesadamente
por la nariz y contemplaba con fijeza al joven cochero, haciendo esfuerzos para
hablar.
-¿Se las has ofrecido a
alguien acaso de balde? Te las pido porque está lloviendo afuera y tengo que
ira trabajar. Dime la verdad, tío Fedor, ¿las necesitas?
En el pecho del enfermo
se oyó un ruido sordo, y al voltearse le acometió fuerte tos casi se ahogaba.
-¡Cómo las ha de
necesitar! ¿No ves que hace dos meses que no baja de su rincón? -gritó de
repente la cocinera, y su cólera resonó estruendosa por todo el aposento-. De
tal modo sufre que siento que se me desgarran mis propias entrañas solamente de
oír sus quejas. Para qué diablos habrá de necesitar ya sus botas. Con botas no
le habrán de enterrar... Por más que, con perdón de Dios, ya seria tiempo...
Miren ustedes cómo se desgarra los pulmones al toser.
Habría sido prudente
transportarle a alguna otra parte. Parece que en la ciudad vecina hay
hospitales: allí estaría mejor, porque aquí nos ocupa espacio y no deja de
acusar molestias. ¡Y se atreven todavía a pedirme limpieza!
-¡Ea, Serioga, date
prisa, que los señores te están esperando! -gritó desde la puerta el posadero.
Serioga quiso marcharse sin obtener respuesta del enfermo; pero éste, víctima
del ataque de tos, le hizo comprender con ojos y manos que deseaba hablarle. Tras
breves instantes de reposo: -Puedes llevarte las botas, Serioga –dijo
ahogándose-. Pero con la condición de que habrás de comprar una piedra y
mandarla colocar sobre mi tumba cuando me muera -agregó con voz cada vez más
hueca y apagada.
-Muchas gracias, tío
Fedor. Entonces me las llevo; claro que compraré la piedra, descuide.
-¿Han oído, muchachos?
-insistió penosamente el enfermo, y comenzó a toser con más fuerza.
-Sí, sí, hemos oído
-contestó uno de los cocheros.
-Por Dios, Serioga:
mira, allí viene otra vez el posadero a buscarte. Dicen que la dama de
Shirkinsk se ha puesto muy grave. Serioga se descalzó precipitadamente sus
botas viejas, demasiado grandes, y las arrojó debajo del banco.
Las botas del tío Fedor
le quedaban a las mil maravillas, y las miraba y remiraba complacido, mientras
a toda prisa se dirigía hacia el coche.-
¡Hombre, que botas te
has comprado! –exclamo en el camino otro cochero- ¡Dámelas, te las engrasaré!
-agregó con la untura en la mano.
Serioga, sin hacer,
caso, saltó al Pescante Y empuñó las riendas.
-Oye, ¿es cierto que te
las regaló?
-¡Envidioso! -exclamó
Serioga, mientras se envolvía las piernas con los largos faldones de su abrigo
volvía las piernas con los troncos: -¡Hola, preciosos! - dijo, y levantó el
látigo en el aire.
Arrancaron los dos
coches, y viajeros, baúles y aurigas se perdieron entre la bruma otoñal.
El cochero tísico se
quedó allí, en la choza malsana, sobre la estufa. Trabajosamente se volteó del
otro lado y guardó silencio. Las gentes iban y venían, comiendo y charlando,
hasta que anochecido, se encaramó la cocinera por encima de la estufa en busca
de su propio abrigo, que había guardado en un rincón.
-Perdóname, Nastasia;
no te dice eso? –masculló condolida-. ¿Qué te duele, tío?
-Las entrañas,
Nastasia; las entrañas, que se me van acabando, ¡Dios sabe por qué!
-La garganta y el
pecho, ¿no te duelen mucho?
-Me duele todo,
Nastasia, es la muerte que se acerca. Eso es lo único que yo sé -gimió el
enfermo.
-Ahora cúbrete bien los
pies -dijo Nastasia compasiva, y con sus propias manos lo abrigó
cuidadosamente.
Una lamparilla
mortecina alumbraba la choza durante toda la noche. Nastasia y una decena de
cocheros roncaban tendidos en el suelo o sobre los bancos. Sólo el tío Fedor
gemía y tosía toda la noche. Hacia el amanecer se calló completamente.
-¡Es extraño lo que vi
en sueños! -dijo la cocinera desperezándose a la débil claridad de la mañana-.
Vi que el tío Fedor bajaba de su rincón y se ponía a cortar leña.
Soñé que me decía:
"Permíteme, Nastasia que te ayude" y yo le respondía. "Y, ¿cómo
has de poder cortar leña, tío Fedor?" A pesar de todas mis súplicas le vi
que cogía el hacha y que comenzó a trabajar con una rapidez asombrosa. En torno
de él volaban las astillas, y de ver aquello me preguntaba azorada: "¡Pues
no decían que estaba muy enfermo!" A lo cual él me respondía: "¡Nada
de eso, me siento muy bien!" Y de nuevo levantaba el hacha y seguía
partiendo leña con una rara habilidad. En eso estaba cuando lancé un grito y
desperté.
-¡Tío Fedor, tío Fe...
dor...!
Fedor no respondía.
-¡Se habrá muerto!
¡Vamos a ver! -dijo uno de los cocheros, La mano fría y exangüe colgaba
cubierta de vello. El rostro estaba pálido, yerto.
-Hay que dar parte al
inspector, ¡creo que está muerto! -anunció el cochero desde arriba.
El pobre cochero muerto
no tenía parientes, y había venido de comarcas muy lejanas. Al día siguiente lo
enterraron en el camposanto nuevo, detrás del bosque. Y por muchos días
Nastasia no cesó de relatar a cuantas gentes pasaban por la fonda, su extraño sueño,
y cómo fue ella la primera que pensó en el tío Fedor en los instantes de la
muerte.
Había llegado la
primavera. A lo largo de las húmedas calles del pueblo, por entre las capas de
escarcha que cubrían los basureros, murmuraban los riachuelos. Lo abigarrado de
los trajes y el barullo de las conversaciones daban el paisaje cierta vivacidad.
En los huertos, detrás de los tabiques de las chozas, se hinchaban los brotes
de los árboles, y las ramas se mecían con suavidad al arrullo de una fresca
brisa. Por todas partes caían límpidas las gotas. Los gorriones piaban
chillones, revoloteando en alegre confusión. El jardín, las casas y los árboles
resplandecían bajo el sol. El cielo, la tierra y el corazón de los mortales
parecían bañados de juvenil regocijo.
En una de las calles
principales, frente a una vasta residencia señorial, se levantaba una enorme
hacina de heno verde. En esa casa se hallaba la misma moribunda que dejamos en
la venta, camino del extranjero.
Cerca de la puerta de
la alcoba estaban en pie su marido y una mujer entrada en años. Sobre el diván
aparecía sentado un sacerdote, con los ojos cerrados y algo en la mano, que
cubría la estola. En la esquina, en un sillón, se hallaba recortada una anciana,
la madre de la enferma, que lloraba amargamente. junto a ella, una criada
desdoblaba entre las manos un pañuelo limpio, en espera de que la anciana lo
pidiese, en tanto que otra le frotaba las sienes con algún linimento, y le
abanicaba el rostro.
-Que nuestro Señor
Jesucristo sea con usted –decía el marido a la dama que lo acompañaba, a punto
de abrir la puerta-. En nadie tiene tanta confianza como en usted; le habla
usted siempre con tal dulzura. Vaya usted a persuadirla, querida prima.
Quiso él abrir la
puerta; pero ella lo detuvo, se pasó varias veces el pañuelo por los ojos, y
dijo -¡Supongo que ahora no se me conocerá que he llorado!
Abrió la puerta ella
misma y penetró en la estancia de la moribunda.
El marido esperaba
presa de una emoción indecible: perdidamente agobiado. Intentó acercarse adonde
estaba la anciana; pero le faltó valor, desvió su camino y fue a pararse frente
al cura. Éste levantó el rostro y suspiró. Su abundosa barba siguió el movimiento
de los ojos y volvió a caer.
-¡Dios mío, Dios mío!
-murmuró el marido-.
¿Qué haremos?
-¡Es irremediable!
-repuso el cura, y al exhalar un suspiro su ceño y su barba blanca se elevaron
y descendieron alternativamente.
-Y pensar que mamá se
halla en ese estado de desolación. Es para ella un golpe de muerte.
Seguramente no
resistirá. ¡La quería tanto!- Y hablando con el cura-. ¡Padre, consuélela
usted!
El sacerdote se levantó
de su sitio y se acercó a la anciana diciendo: -Es evidente que nadie puede
comprender la pena de una madre, lo confieso; mas con todo, hay que tener fe en
la misericordia de Dios.
Al oír estas palabras,
el rostro de la anciana se contrajo en un ataque nervioso que la dejó postrada
por algunos instantes.
-¡Dios es
misericordioso! -siguió el cura predicando en cuanto la anciana comenzaba a
recobrar los sentidos-. Habrá de saber usted que en mi parroquia hubo una vez
una enferma, seguramente mucho más grave que María Dmitrievna. Pues bien, un
simple burgués la curó en pocos días con un cocimiento de yerbas. Ese curandero
habita actualmente en Moscú. Yo le decía a Vassily Dmitriovich que podía
llamarlo, aunque no fuera más que para proporcionar a la enferma un consuelo.
Para Dios todo es posible.
-No, mi hija no podrá
vivir más: ¡Dios ha dispuesto, sin duda, llamarla en mi lugar! -dijo la
anciana, y de nuevo perdió los sentidos.
El marido se cubrió el
rostro con las manos y huyó de la habitación. En el corredor, a los primeros
pasos, topóse con el primogénito, de seis años, que a todo correr perseguía a
su hermanita menor.
-¡Cómo! -repuso la
criada-, ¿no quiere usted mandar a los niños a que vean a la señora?
-No, no quiere verlos,
ello podría emocionarla-.
El chico de detuvo unos
instantes mirando fijamente el rostro de su padre, como si por instinto
presintiese algún desenlace grave que él no acertaba a explicarse. Luego, saltó
en un pie y echó a correr nuevamente en persecución de su hermanita.
-Mírala, papá -gritó el
chicuelo-, parece caballo moro.
En la otra estancia, la
prima se hallaba sentada a la cabecera de la moribunda, y la consolaba en hábil
plática; trata de iniciarla, de familiarizarla con la idea de la muerte. El
médico, cerca de la otra ventana, preparaba los medicamentos. Y la enferma,
sentada entre cojines, y envuelta en una bata blanca, contemplaba con serenidad
a su prima.
-No seas inocente,
hermana mía -le dijo -; no hagas esfuerzos inútiles, sabes que soy cristiana y
que no ignoro nada; sé que no me quedan muchos días de vida, y sé también que
si mi marido me hubiera hecho caso, a estas fechas estaría yo en Italia, y seguramente
sana. Pero qué remedio, acaso Dios lo habrá querido así. Todos los mortales
pecamos, no se me escapa; pero tengo fe en que Dios, misericordioso, sabrá
perdonar a todos. Y cuando intento comprender lo que pasa en mi propio ser,
descubro que, al igual que mis semejantes, soy pecadora, amiga mía. Mas a pesar
de ello, no puedo olvidar lo mucho que he sufrido; ni con cuánta paciencia he
sabido soportar mis dolores.
-¡Entonces llamaremos
al cura, amiga mía! Te sentirás mejor cuando hayas comulgado -afirmó la prima.
La enferma inclinó la
cabeza en señal de asentimiento y murmuró: -¡Señor, perdona a esta pobre
pecadora!
La prima salió a la
puerta y llamó al cura.
Es un ángel -dijo al
marido-. Éste se puso a llorar. Pasó el sacerdote a la alcoba. La anciana
seguía sin sentido sobre el diván; reinó por algunos instantes el silencio, al
cabo de los cuales volvió a salir el sacerdote. Mientras se desvestía la estola
y se arreglaba los cabellos murmuraba en voz baja: -Gracias a Dios, la enferma
se muestra más tranquila.
Desea veros.
Entraron en la alcoba
la prima y el marido, y encontraron a la enferma bañada en llanto frente a la
imagen de la Virgen.
-¡Te felicito, esposa
mía, te felicito! –interrumpió el marido.
-Gracias, me siento
mucho mejor, experimento una indecible dulzura -dijo sonriendo y serena.
-¡Dios es
misericordioso, omnipotente!
Bruscamente, como si se
hubiera acordado de algo urgentísimo, hizo una seña a su marido y murmuró: -¡Tú
no quieres nunca hacer lo que te pido!
-¿Qué cosa, ángel mío?
-Cuántas veces te he
dicho que esos doctores no saben nada; existen simples curanderos que suelen
hacer milagros, curar a las gentes. El señor cura conoce un burgués. ¿Por qué
no mandas buscarle?
-Pero, ¿cómo se llama,
amiga mía?
-¡Dios mío, nunca
quiere comprender! -dijo la enferma y al decirlo se extendió en el lecho y
cerró los ojos. El médico, al notario, se acercó y le tomó el pulso, cada vez
más débil, guiñó un ojo al marido.
La enferma notó el
gesto y volvió la cara con espanto. La prima se puso también a llorar.
-¡No llores! -dijo la
paciente-, ¡no ves que sufres y a la vez aumentas mi congoja! ¿O quieres, por
ventura, robarme lo que me queda de calma?
-¡Eres un ángel, eres
un ángel! -repetía la prima.
Aquella misma tarde la
enferma era sólo un cadáver, tendida en su lecho mortuorio, en medio de la
vasta sala de la residencia señorial. Adentro, con las puertas cerradas, un
diácono leía con voz nasal, monótona, los salmos de David. La luz viva de los
cirios en los altos candeleros de plata caía sobre la fuente pálida de la
muerta, sobre las manos pesadas que parecían de cera, y sobre los pliegues
tiesos de la sobrecama; particularmente en las partes salientes donde se
ocultaban los pies y las rodillas.
El diácono seguía
leyendo rítmicamente, sin comprender palabra de la lectura. Su voz resonaba con
extraña sonoridad en la espaciosa sala callada.
De vez en cuando se
oían procedentes de alguna pieza contigua voces de niños y ruido de pasos. El
diácono seguía salmodiando: -"Oculta tu faz en el polvo, retén tu aliento,
porque ellos serán turbados, ellos desfallecerán y volverán al polvo."
"Pero si Tú
rechazas su espíritu, serán creados de nuevo y renovarás la faz de la
tierra."
"Que la gloria del
Eterno sea por siempre celebrada.”
El rostro de la muerta
estaba grave y majestuoso.
Ni la frente pura, ni
en los labios herméticos, se notaba el más leve movimiento: era un cuerpo en
perpetua expectación.
¿Comprendería ahora al
menos la grandeza de estas palabras?
Un mes después, se
elevaba sobre la tumba de la difunta una capilla con altar de madera preciosa,
ricamente tallado. En la del cochero, un montón de tierra, cubierto ya de
césped y malezas, era la única señal de una existencia que pasó.
-Cometes un pecado
capital, Serioga, si no compras una lápida para ponerla en la tumba del tío
Fedor -dijo un día la cocinera al mancebo-. Muchas veces has Prometido hacerlo
antes de que pasara el invierno. ¿por qué no cumples tu palabra? Recuerda que
lo prometiste al difunto en presencia mía y de otras personas que viven aún.
¿No has encarmentado con que se te haya aparecido su ánima una vez? Mira, si no
compras pronto esa piedra, Serioga, se te va a aparecer otra vez y es capaz aun
de estrangularte.
-Y, ¿por qué habrá de
estrangularme? ¿He renunciado acaso a cumplir con lo prometido? No, Nastasia,
la piedra habré de comprarla. Con rubio y medio salgo del apuro. Lo que pasa es
que no hay quien pueda traerla. ¡Deje usted que se me presente una oportunidad,
y acá vendrá a dar la piedra, Natasia!
-Bien podrías cuando
menos haberle puesto una cruz. Por Dios que haces mal. Sobre todo que las botas
te han servido, ¿no es verdad? -dijo otro de los cocheros presentes.
-Y, ¿de dónde he de
haber yo una cruz? ¡No voy a hacerla de un leño!
-¡Vamos, hombre, qué
estás diciendo! ¿No puedes conseguir un hacha y marcharte cualquier mañana de
éstas, de madrugada, al bosque? ¡Aunque no fuera más que de fresno! De otro
modo, los vigilantes son unos canallas, no sacian nunca su sed de vodka. Te lo digo
por experiencia. El otro día quebré un balancín. Bueno, pues corté un árbol y a
los pocos días había tallado uno nuevo, admirable.
Te juro que nadie me
dijo nada.
Apuntaba apenas la
aurora del día siguiente, cuando Serioga terció el hacha y se encaminó hacia el
bosque. Un velo tenue de rocío no iluminado aún por el sol se extendía sobre la
tierra.
Insensiblemente, casi,
fue acercándose al Oriente, y su luz lejana invadía más y más el firmamento
cubierto de nubecillas transparentes. Ni una hoja de árbol, ni siquiera el
césped, se movía. Rara vez se oían alas en la espesura de la fronda. Una y otra
rompía el silencio.
Repentinamente, un
ruido extraño a la naturaleza se propagó y fue a morir a los lindes de la
soledad.
Volvió a sonar,
uniforme, sobre el tronco de uno de los árboles inmóviles. Una copa vibró de un
modo extraordinario; su follaje, grávido de savia, murmuró no sé qué secreto, y
la curruca que allí se guarecía cambió dos veces de lugar, lanzó un silbido, y
tras de sacudir la cola fue a refugiarse en otro árbol.
Abajo seguía resonando
el hacha sordamente.
Las astillas jugosas
caían sobre la yerba bañada de húmedo rocío. A los golpes implacables sucedió
de pronto un estruendo. El árbol tembló; cabeceó su corpulencia; se erguió
altivamente, y, tambaleante, lleno de pavor, cayó rígido al suelo.
Desaparecieron el ruido
del hacha y de los pasos.
La curruca silbó otra
vez y voló más alto. La rama que había rozado con sus alas tembló un instante y
se inmovilizó.
Los árboles con sus
frondas tranquilas elevábanse más majestuosamente en el anchuroso espacio. Los
primeros rayos del sol traspasaron las nubes y resplandecieron sobre el cielo,
recorriendo veloces la tierra. La niebla se resolvió en ondas, y corrió por arroyos
y quebradas. El rocío brillaba juguetón sobre lo verde. Las nubes bogaban
blancas y presurosas por la bóveda celeste. Las aves se agitaban con alboroto
en el bosque: gorjeaban una canción de ventura. Las hojas murmuraban,
serenamente regocijadas, y los ramajes de los árboles vivientes que quedaban en
torno, se movían lenta y majestuosamente por encima del árbol muerto.
Vivía
en la región de Ufim un bachkir, llamado Ilia. Hacia apenas un año que lo había
casado su padre, cuando éste murió, dejándole poca cosa.
Ilia tenía en aquel
entonces siete yeguas, dos vacas y veinte carneros.
Pero era un muchacho
trabajador y ahorrativo; en poco tiempo se acrecentó su patrimonio. Todo el día
trabajaba, y su mujer lo ayudaba. Se levantaba más temprano, se acostaba más
tarde que los demás, y se iba enriqueciendo poco a poco.
E Ilia vivió así,
trabajando durante treinta y cinco años, y reunió una gran fortuna.
Tenía doscientos
caballos, ciento cincuenta cabezas de ganado mayor y mil doscientos corderos.
Los criados conducían los rebaños a los pastos; las criadas ordeñaban a las
yeguas y a las vacas, y hacían kumiss, manteca y queso.
Todo era abundante en
casa de Ilia, y sus paisanos lo envidiaban.
–¡Qué dichoso es este
Ilia! –decían–. Está repleto de bienes. Bien puede decirse de él que ha hallado
el paraíso en la vida.
La gente sencilla
solicitaba su amistad, y de lejos acudían para verlo. El recibía bien a todos y
les daba comida y bebida. A cuantos lo visitaban, Ilia hacía hervir kumiss,
té, yerba y carnero. Si llegaba un forastero, mataba un carnero o dos; y si
eran varios, hasta mataba una yegua.
Ilia tenia dos hijos y
una hija. A los tres los casó. Cuando era pobre, sus hijos lo ayudaban en sus
trabajos, y hasta guardaban las piaras de caballos. Cuando se vieron ricos, los
varones empezaron a divertirse y uno se dio a beber.
Al mayor lo mataron en
una riña; el otro, habiéndose casado con una mujer orgullosa, dejó de escuchar
a su padre; Ilia se vio precisado a separarse de él.
Le dio una casa con
ganados, lo que mermó la riqueza de Ilia. Al poco tiempo, se desarrolló una
enfermedad entre los carneros, que le mató un gran número. Luego atravesaron un
año de gran escasez; los prados no produjeron pastos y se murió el ganado en gran
cantidad durante el invierno.
Después, las plagas se
apoderaron de una buena parte de su tierra, y cada día disminuía la hacienda de
Ilia. Su miseria aumentaba, mientras que sus fuerzas desaparecían.
Sucedió que, a los
setenta años, se vio precisado a vender sus chubas, sus tapices, sus
sillas de montar, sus kibitkas, y vendió también hasta su última cabeza
de ganado. De modo que, sin advertirlo, no le quedó nada.
Y tuvo que irse con su
mujer, en la vejez, a servir a los demás.
Sólo tenía en el mundo
los vestidos que llevaba puestos, un bastón, un par de zapatos, un gorro, y su
mujer, Scham-Schemaghi, tan anciana como él. Su hijo se había ido a países
lejanos; su hija había muerto: a nadie tenían para ayudarlos.
Su vecino,
Mukhamed-Schah, de regular posición, hacía la vida uniforme de un buen hombre.
Recordó la bondad de Ilia, se compadeció de él y le dijo:
–Ven a vivir a mi casa
con tu mujer. En verano, harás jornales para mí; en invierno te cuidarás de dar
la comida al ganado y Scham-Schemaghi ordeñará las yeguas y hará kumiss.
Yo os alimentaré, os vestiré a los dos y no dejaré que os falte nada.
Ilia dio las gracias a
su vecino y se fue con su mujer a servir a Mukhamed-Schah.
Al principio, su nueva
vida les pareció dura. Luego se acostumbraron y trabajaron según sus fuerzas.
El amo se felicitaba de
haber tomado a aquellos criados, pues los dos ancianos, habiendo sido amos
también, desempeñaban admirablemente los trabajos de la casa, y no estaban
nunca sin hacer o en la medida que sus fuerzas se lo permitían. Pero a
Mukhamed-Schah le daba mucha compasión verlos a ellos, antes tan ricos, y ahora
sin nada suyo.
Llegó un día en que
unos parientes vinieron desde muy lejos a visitar a Mukhamed-Schah. Entre ellos
había un noble. Mandó que tomaran un carnero y que lo mataran. Ilia mató uno,
lo hizo asar, y lo mandó a los huéspedes de su amo.
Estos comieron, pues,
carnero, luego tomaron té y kummis y hablaron entre sí.
Pasó en aquel momento
Ilia por delante de la puerta, ya que había concluido su trabajo,
Mukhamed-Schah lo vio, y dijo a uno de sus comensales:
–¿Has visto al anciano
que acaba de pasar?
–Lo he visto. ¿Qué
tiene de notable ese hombre?
–Verás. Era el más rico
del país. Se llama Ilia: quizá has oído nombrarle alguna vez...
–¡Ya lo creo! –dijo el
otro–. No lo había visto nunca, pero su fama es grande.
–Pues ahora no tiene
nada absolutamente. Vive en mi casa de criado y su mujer ordeña mis yeguas.
El otro, sorprendido,
meneó la cabeza en señal de duda.
–Sí puedes creerme: la
dicha da vueltas como una rueda que eleva a unos y baja a los otros.
–¿Y está triste ese
anciano?
–¿Quién puede decirlo?
Vive apaciblemente y trabaja bien.
–¿Será posible
hablarle? –dijo el huésped entonces–; ¿preguntarle sobre su vida?
–¿Porqué no? –dijo el
dueño.
Y gritó entonces fuera
de la kibitka:
–¡Babai! (es
decir, «abuelo», en lengua baschkir). Ven a beber kumiss con nosotros, y
tráete a Scham-Schemaghi.
Entró Ilia con su
mujer. Saludaron al dueño y a los huéspedes. Luego Ilia dijo la oración y se
agachó cerca de la puerta, mientras que su mujer pasó por detrás de la cortina,
y fue a sentarse con su amo.
Dieron una taza de kumiss
a Ilia, se inclinó, bebió un sorbo y dejó la taza.
–Dime, abuelo –profirió
el huésped–, debe afligirte el mirarnos, pensando en tu vida pasada, y
comparando tu dicha de antes con la vida triste que tienes actualmente.
Sonrióse Ilia y
contestó:
–Si te hablase yo mismo
de mi felicidad o de mi desgracia, acaso no me creerías. Pregúntale mejor a mi babá;
tiene el corazón en la lengua; te dirá la verdad.
Y el otro gritó hacia
la cortina:
–Ea, babuchka,
dime lo que piensas acerca de tu pasada dicha y de tu actual desgracia.
Y Scham-Shemaghi
contestó desde su sitio:
–Verás lo que pienso:
Hemos vivido cincuenta años con mi marido buscando la felicidad, sin poder
hallarla. Sólo ahora, desde dos años que no tenemos nada y vivimos a expensas
de otro, sólo ahora hemos hallado la verdadera dicha. No pedimos otra cosa.
Quedáronse el dueño y
los huéspedes muy sorprendidos. El primero se levantó y alzó la cortina para
ver a la babuchka. Y la vio en pie, con los brazos cruzados sobre el
pecho, y se sonreía al mirar a su esposo, y el esposo se sonreía también.
Y la anciana prosiguió:
–He dicho la verdad,
hablo en serio. Durante medio siglo habíamos buscado la dicha; siendo ricos no
la encontramos. Y ahora que no nos queda nada nuestro, y que vivimos en casa
ajena, hemos hallado la felicidad, y no deseamos otra cosa más.
–¿En qué consiste la
dicha de que gozáis ahora?
–Sencillamente, en que
cuando éramos ricos no teníamos ni él ni yo un momento de descanso. No podíamos
ni hablar un rato solos, ni pensar en la salvación de nuestra alma, ni rogar a
Dios. ¡Cuántas preocupaciones! A lo mejor nos llegaba un huésped, y pensábamos:
–«Qué le serviremos?
¿Qué le regalaremos, para que tenga buena opinión de nosotros?
«Luego, cuando el
huésped se marchaba, era preciso vigilar a los criados, siempre dispuestos a no
trabajar y a comer bien, y cuidábamos de que nuestra hacienda no se malgastara,
y esto es un pecado. Otras veces temíamos que algún lobo se llevara un pollino
o una ternera, o que nos robaran. Y una vez acostados, no podíamos dormir: ¡con
tal de que los carneros no aplasten a los corderitos! Nos levantábamos, íbamos
a verlo por la noche. En cuanto estábamos tranquilos por este lado, nuevas
preocupaciones nos asaltaban. ¿Cómo haremos las provisiones para el ganado
durante el invierno? No estábamos siempre de acuerdo mi marido y yo: él quería
hacer esto y yo lo otro, y de ahí el pecado.
Así, pues, una angustia
seguía a la otra y un pecado a otro: y no era feliz nuestra existencia».
–¿Y ahora?
Ahora nos levantamos
con mi marido siempre unidos y en buen acuerdo. Ni una discusión, ni un
disgusto. Sólo tenemos una preocupación: servir bien al amo. Trabajamos como
podemos: trabajamos con gusto, para que las cosas sean de provecho para el amo
y no lo perjudiquen. Llegamos: el kumiss está dispuesto, la comida
servida. Si hace frío, tenemos kisiaks y chuba. Y podemos hablar
cuanto queremos, pensar en la salvación de nuestra alma, y rogar a Dios.
Buscamos la felicidad durante cincuenta años: y hasta ahora no la hemos
encontrado.
Los invitados se
echaron a reír. E Ilia les dijo:
–No os riáis, hermanos
míos: no es broma lo que os ha dicho mi babá, así es toda la vida del
hombre. ¡Cuán necios éramos, cuando al principio llorábamos por nuestras
riquezas! Mas ahora, Dios nos ha hecho ver la verdad; y no es por gusto
nuestro, sino por vuestro propio provecho que se la revelamos ahora.
Y el noble dijo:
–Eso es hablar con
juicio. Ilia os ha dicho la verdad cierta: así la dice el Korán.
Y los invitados,
dejando de reír, se quedaron pensativos.
En
la ciudad de Vladimir vivía un joven comerciante, llamado Aksenov. Tenía tres tiendas y una casa.
Era un hombre apuesto, de cabellos rizados. Tenía un carácter muy alegre y se
le consideraba como el primer cantor de la ciudad. En sus años mozos había
bebido mucho, y cuando se emborrachaba, solía alborotar. Pero desde que se
había casado, no bebía casi nunca y era muy raro verlo borracho.
Un día, Aksenov iba a
ir a una fiesta de Nijni. Al despedirse de su mujer, ésta le dijo:
–Ivan Dimitrievich: no
vayas. He tenido un mal sueño relacionado contigo.
–¿Es que temes que me
vaya de juerga? –replicó Aksenov, echándose a reír.
–No sé lo que temo.
Pero he tenido un mal sueño. Soñé que venías de la ciudad; y, en cuanto te
quitaste el gorro, vi que tenías el pelo blanco.
–Eso significa
abundancia. Si logro hacer un buen negocio, te traeré buenos regalos.
Tras de esto, Aksenov
se despidió de su familia y se fue.
Cuando hubo recorrido
la mitad del camino, se encontró con un comerciante conocido, y ambos se
detuvieron para pernoctar. Después de tomar el té, fueron a acostarse, en dos
habitaciones contiguas. Aksenov no solía dormir mucho; se despertó cuando aún
era de noche y, para hacer el viaje con la fresca, llamó al cochero y le ordenó
enganchar los caballos. Después, arregló las cuentas con el posadero y se fue.
Ya había dejado atrás
cuarenta verstas, cuando se detuvo para dar pienso a los caballos; descansó un
rato en el zaguán de la posada y, a la hora de comer, pidió un samovar. Luego
sacó la guitarra y empezó a tocar. Pero de pronto llegó un troika con
cascabeles. Se apearon de ella dos soldados y un oficial, que se acercó a Aksenov
y le preguntó quién era y de dónde venía. Este respondió la verdad a todas las
preguntas, y hasta invitó a su interlocutor a tomar una taza de té. Pero él
continuó haciendo preguntas. ¿Dónde había pasado aquella noche? ¿Había dormido
sólo o con algún compañero? ¿Había visto a éste de madrugada? ¿Por qué se había
marchado tan temprano de la posada? Aksenov se sorprendió de que le preguntan
todo aquello.
–¿Por qué me interroga?
–inquirió a su vez–. No soy ningún ladrón, ni tampoco un bandido. Mi viaje se
debe a unos asuntos particulares.
–Soy jefe de policía y
te pregunto todo esto porque encontraron degollado al comerciante con el que
pasaste la noche – replicó el oficial–: quiero ver tus cosas –añadió después de
llamar a los soldados y de ordenarles que lo registraran de arriba abajo.
Entraron en la posada y
revolvieron las cosas de la maleta y del saco de viaje de Aksenov. De pronto,
el jefe de policía encontró un cuchillo en el saco.
–¿De quién es esto?
–exclamó.
Aksenov se horrorizó al
ver que habían sacado un cuchillo ensangrentado de sus cosas.
–¿Por qué está manchado
de sangre? –preguntó el jefe de policía.
Aksenov apenas pudo
balbucir lo siguiente:
–Yo... yo no sé...
yo... este cu... no es mío...
–De madrugada han
encontrado al comerciante, degollado en su cama. La pieza donde habéis
pernoctado estaba cerrada por dentro y nadie ha entrado en ella, salvo vosotros
dos. Este cuchillo ensangrentado estaba entre tus cosas y, además, por tu cara,
se ve que eres culpable. Dime cómo le has matado y qué cantidad de dinero le
quitaste.
Aksenov juró que no
había cometido ese crimen; que no había vuelto a ver al comerciante, después de
haber tomado el té con él: que los ocho mil rublos que llevaba eran de su
propiedad y que el cuchillo no lo pertenecía. Pero, al decir esto, se le
quebraba la voz, estaba pálido y temblaba, de pies a cabeza, como un culpable.
El jefe de policía
ordenó a los soldados que ataran a Aksenov y lo llevaran a la troika.
Cuando lo arrojaron en el vehículo con los pies atados, se persignó y se echó a
llorar. Le quitaron todas las cosas y el dinero, y le encerraron en la cárcel
de la ciudad más cercana. Pidieron informes de Aksenov en la ciudad de
Vladimir. Tanto los comerciantes, como la demás gente de la ciudad, dijeron
que, aunque de mozo se había dado a la bebida, era un hombre bueno. Juzgaron a
Aksenov por haber matado a un comerciante de Riazan y por haberle robado veinte
mil rublos.
Su mujer estaba
preocupadísima y no sabía ni qué pensar. Sus hijos eran de corta edad, y el más
pequeño, de pecho. Se dirigió con todos ellos a la ciudad en que Aksenov se
hallaba detenido. Al principio, no le permitieron verlo; pero, tras muchas
súplicas, los jefes de la prisión lo llevaron a su presencia. Al verlo vestido
de presidiario y encadenado, la pobre mujer se desplomó y tardó mucho en
recobrarse. Después, con los niños en torno suyo, se sentó junto a él, lo puso
al tanto de los pormenores de la casa y le hizo algunas preguntas. Aksenov
relató a su vez, con todo detalle, lo que le había ocurrido.
–¿Qué pasará ahora?
–preguntó la mujer.
–Hay que pedir
clemencia al zar. No es posible que perezca un hombre inocente.
La mujer le explicó que
había hecho una instancia; pero que no había llegado a manos del zar.
–No en vano soñé que se
te había vuelto el pelo blanco, ¿te acuerdas? Has encanecido de verdad. No
debiste hacer ese viaje exclamó ella; y, luego, acariciando la cabeza de su
marido, añadió–: Mi querido Vania, dime la verdad, ¿fuiste tú?
–¿Eres capaz de pensar
que he sido yo? –exclamó Aksenov; y, cubriéndose la cara con las manos, rompió
a llorar.
Al cabo de un rato, un
soldado ordenó a la mujer y a los hijos de Aksenov que se fueran. Esta fue la
última vez que Aksenov vio a su familia.
Posteriormente, recordó
la conversación que había sostenido con su mujer y que también ella había
sospechado de él, y se dijo: «Por lo visto, nadie, excepto Dios, puede saber la
verdad. Sólo a El hay que rogarle y sólo de El esperar misericordia». Desde entonces,
dejó de presentar solicitudes y de tener esperanzas. Se limitó a rogar a Dios.
Le condenaron a ser
azotado y a trabajos forzados. Cuando le cicatrizaron las heridas de la paliza,
fue deportado a Siberia en compañía de otros presos.
Vivió veintiséis años
en Siberia; los cabellos se le tornaron blancos como la nieve y le creció una
larga barba, rala y canosa. Su alegría se disipó por completo. Andaba
lentamente y muy encorvado; y hablaba poco. Nunca reía, y, a menudo, rogaba a
Dios.
En el cautiverio
aprendió a hacer botas: y, con el dinero que ganó en su nuevo oficio, compró el
libro de los Mártires, que solía leer cuando había luz en su celda. Los días
festivos iba a la iglesia de la prisión, leía el Libro de los Apóstoles y
cantaba en el coro. Su voz se había conservado bastante bien. Los jefes de la
prisión querían a Aksenov por su carácter tranquilo. Sus compañeros le llamaban
«abuelito» y «hombre de Dios». Cuando querían pedir algo a los jefes, lo
mandaban como representante y, si surgía alguna pelea entre ellos, acudían a él
para que pusiera paz.
Aksenov no recibía
cartas de su casa e ignoraba si su mujer y sus hijos vivían.
Un día trajeron a unos
prisioneros nuevos a Siberia. Por la noche, todos se reunieron en torno a ellos
y los preguntaron de dónde venían y cuál era el motivo de su condena. Aksenov
acudió también junto a los nuevos prisioneros y, con la cabeza inclinada,
escuchó lo que decían.
Uno de los recién
llegados era un viejo, bien plantado, de unos sesenta años, que llevaba una
barba corta entrecana. Contó porqué le habían detenido.
–Amigos míos, me
encuentro aquí sin haber cometido ningún delito. Un día desaté el caballo de un
trineo y me acusaron de haberlo robado. Expliqué que había hecho aquello porque
tenía prisa en llegar a determinado lugar. Además, el cochero era amigo mío. No
creía haber hecho nada malo sin embargo, me acusaron de robo. En cambio, las
autoridades no saben dónde ni cuándo robé de verdad. Hace tiempo cometí un
delito, por el que hubiera debido haber estado aquí. Pero ahora me han
condenado injustamente.
–¿De dónde eres?
–preguntó uno de los prisioneros.
–De la ciudad de
Vladimir. Me dedicaba al comercio. Me llamo Makar Semionovich.
Aksenov preguntó
levantando la cabeza:
–¿Has oído hablar allí
de los Aksenov?
–¡Claro que sí! Es una
familia acomodada, a pesar de que el padre está en Siberia. Debe ser un pecador
como nosotros. Y tú, abuelo. ¿Por qué estás aquí?
A Aksenov no le gustaba
hablar de su desgracia.
–Hace veinte años que
estoy en Siberia a causa de mis pecados –dijo suspirando.
–¿Qué delito has
cometido? –preguntó Makar Semionovich.
–Si estoy aquí, será
que lo merezco –exclamó Aksenov, poniendo fin a la conversación.
Pero los prisioneros
explicaron a Makar Semionovich por qué se encontraba Aksenov en Siberia; una
vez que iba de viaje, alguien mató a un comerciante y escondió el cuchillo
ensangrentado entre las cosas de Aksenov. Por ese motivo, le habían condenado
injustamente.
–¡Qué extraño! ¡Qué
extraño! ¡Cómo has envejecido, abuelito! –exclamó Makar Semionovich, después de
examinar a Aksenov; y le dio una palmada en las rodillas.
Todos le preguntaron de
qué se asombraba y dónde había visto a Aksenov; pero Makar Semionovich se
limitó a decir:
–Es extraño, amigos
míos, que nos hayamos tenido que encontrar aquí.
Al oír las palabras de
Makar Semionovich, Aksenov pensó que tal vez supiera quién había matado al
comerciante.
–Makar Semionovich:
¿has oído hablar de esto antes de venir aquí? ¿Me has visto en alguna parte?
–preguntó.
–El mundo es un pañuelo
y todo se sabe. Pero hace mucho tiempo que oí hablar de ello, y ya casi no me
acuerdo.
–Tal vez sepas quién
mató al comerciante.
–Sin duda ha sido aquel
entre cuyas cosas encontraron el cuchillo –replicó Makar Semionovich, echándose
a reír–. Incluso si alguien lo metió allí. Cómo no lo han cogido, no le
consideran culpable.
¿Cómo iban a esconder
el cuchillo en tu saco si lo tenías debajo de la cabeza? Lo habrías notado.
Cuando Aksenov oyó
esto, pensó que aquel hombre era el criminal. Se puso en pie y se alejó.
Aquella noche no pudo dormir. Le invadió una gran tristeza. Se representó a su
mujer, tal como era cuando le acompañó, por última vez, a una feria. La veía
como si estuviese ante él; veía su cara y sus ojos y oía sus palabras y su
risa. Después se imaginó a sus hijos como eran entonces, pequeños aún, uno
vestido con una chaqueta y el otro junto al pecho de su madre. Recordó los
tiempos en que fuera joven y alegre; y el día en que hablaba sentado en el
porche de la posada, tocando la guitarra, y vinieron a detenerle. Recordó cómo
le azotaron y le pareció volver a ver al verdugo, a la gente que estaba
alrededor, a los presos... Se le representó toda su vida durante aquellos
veintiséis años hasta llegar a viejo. Fue tal su desesperación, al pensar en
todo esto, que estuvo a punto de poner fin a su vida.
«Todo lo que me ha
ocurrido ha sido por este malhechor», pensó.
Sintió una ira
invencible contra Makar Semionovich y quiso vengarse de él, aunque esta
venganza le costase la vida. Pasó toda la noche rezando, pero no logró
tranquilizarse. Al día siguiente, no se acercó para nada a Makar Semionovich, y
procuró no mirarlo siquiera.
Así transcurrieron dos
semanas. Aksenov no podía dormir y era tan grande su desesperación, que no
sabía qué hacer.
Una noche empezó a
pasear por la sala. De pronto vio que caía tierra debajo de un catre. Se detuvo
para ver qué era aquello. Súbitamente, Makar Semionovich salió de debajo del
catre y miró a Aksenov con expresión de susto. Este quiso alejarse; pero Makar
Semionovich, cogiéndole de la mano, le contó que había socavado un paso debajo
de los muros y que todos los días, cuando lo llevaban a trabajar, sacaba la
tierra metida en las botas.
–Si me guardas el
secreto, abuelo, te ayudaré a huir. Si me denuncias, me azotarán; pero tampoco
te vas a librar tú, porque te mataré.
Viendo ante sí al
hombre que le había hecho tanto daño; Aksenov tembló de pies a cabeza. Invadido
por la ira, se soltó de un tirón y exclamó.
–No tengo por qué huir,
ni tampoco tienes por qué matarme; hace mucho que lo hiciste. Y en cuanto a lo
que preparas, lo diré o no lo diré, según Dios me de a entender.
Al día siguiente,
cuando sacaron a los presos a trabajar, los soldados se dieron cuenta de que
Makar Semionovich llevaba tierra en las cañas de las botas. Después de una
serie de búsquedas, encontraron el subterráneo que había hecho. Llegó el jefe
de la prisión para interrogar a los presos. Todos se negaron a hablar. Los que
sabían que era Makar Semionovich, no le delataron, porque le constaba que le
azotarían hasta dejarlo medio muerto. Entonces, el jefe de la prisión se
dirigió a Aksenov. Sabía que era veraz.
–Abuelo, tú eres un
hombre justo. Dime quién ha cavado el subterráneo, como si estuvieras ante
Dios.
Makar Semionovich
miraba el jefe de la prisión como si tal cosa; no se volvió siquiera hacia
Aksenov. A éste le temblaron las manos y los labios. Durante largo rato no pudo
pronunciar ni una sola palabra, «¿Por qué no delatarle cuando él me ha perdido?
Que pague por todo lo que me ha hecho sufrir. Pero si lo delato, le azotarán.
¿Y si le acuso injustamente? Además, ¿acaso eso aliviaría mi situación?»,
pensó.
–Anda viejo, dime la
verdad: ¿quién ha hecho el subterráneo? –preguntó, de nuevo, el jefe.
–No puedo, excelencia
–replicó Aksenov, después de mirar a Makar Semionovich–. Dios no quiere que lo
diga; y no lo haré. Puede hacer conmigo lo que quiera. Usted es quien manda.
A pesar de las
reiteradas insistencias del jefe, Aksenov no dijo nada más. Y no se enteraron
de quién había cavado el subterráneo.
A la noche siguiente,
cuando Aksenov se acostó, apenas se hubo dormido, oyó que alguien se había
acercado, sentándose a sus pies. Miró y reconoció a Makar Semionovich.
–¿Qué más quieres?
¿Para qué has venido? –exclamó.
Makar Semionovich
guardaba silencio.
–¿Qué quieres?
¡Lárgate! Si no te vas, llamaré al soldado –insistió Aksenov, incorporándose.
Makar Semionovich se
acerco a Aksenov; y le dijo, en un susurro:
–¡Iván Dimitrievich,
perdóname!
–¿Qué tengo que
perdonarte?
–Fui yo quien mató al
comerciante y quien metió el cuchillo entre tus cosas. Iba a matarte a ti
también; pero oí ruido fuera. Entonces oculté el cuchillo en tu saco; y salí
por la ventana.
Aksenov no supo qué
decir. Makar Semionovich se puso en pie e, inclinándose hasta tocar el suelo,
exclamó:
–Iván Dimitrievich,
perdóname, ¡perdóname por Dios! Confesaré que maté al comerciante y te pondrán
en libertad. Podrás volver a tu casa.
–¡Qué fácil es hablar!
¿Dónde quieres que vaya ahora?... Mi mujer ha muerto, probablemente; y mis
hijos me habrán olvidado... No tengo adónde ir...
Sin cambiar de postura,
Makar Semionovich golpeaba el suelo con la cabeza repitiendo:
–Iván Dimitrievich,
perdóname. Me fue más fácil soportar los azotes, cuando me pegaron, que mirarte
en este momento. Por si es poco, te apiadaste de mí y no me has delatado.
¡Perdóname en nombre de Cristo! Perdóname a mí, que soy un malhechor.
Makar Semionovich se
echó a llorar. Al oír sus sollozos también Aksenov se deshizo en lágrimas.
–Dios te perdonará; tal
vez yo sea cien veces peor que tú –dijo.
Repentinamente un gran
bienestar invadió su alma. Dejó de añorar su casa. Ya no sentía deseos de salir
de la prisión; sólo esperaba que llegase su último momento.
Makar Semionovich no
hizo caso a Aksenov y confesó su crimen. Pero cuando llegó la orden de
libertad, Aksenov había muerto ya.
Un
pobre mujik se fue al campo a labrar, sin haber almorzado. Llevó un pedazo de pan.
Después de haber preparado su arado, escondió su mendrugo debajo de un
matorral, y lo cubrió todo con su caftán.
El caballo se había
cansado; el mujik tenía hambre. Desenganchó su caballo y lo dejó pacer; luego
se acercó para comer. Levanta el caftán; el mendrugo había desaparecido. Busca
por todos lados, vuelve y revuelve el caftán, lo sacude: no aparece el mendrugo.
–¡Qué raro es esto!
–pensaba–. ¡No he visto pasar a nadie, y,
sin embargo, alguien me
ha llevado el mendrugo!
El mujik quedó
sorprendido.
Y era un diablillo que,
mientras labraba el mujik le había
robado la comida. Luego
se escondió detrás del matorral, para escuchar al mujik, y ver cómo se enfadaba
y nombraba al demonio.
El mujik distaba de
estar contento.
–¡Bah! –dijo–. No me
moriré de hambre. El que me haya quitado la comida la necesitaba, sin duda:
¡que le haga buen provecho!
El mujik se fue al
pozo, bebió agua, descansó un momento, y volvió a enganchar el caballo, tomó el
arado y se puso de nuevo a trabajar.
El diablillo se enfureció
mucho al ver que no había logrado hacer pecar al mujik. Fue a pedir al diablo
jefe que lo aconsejase. Le refirió cómo había tomado el pan al mujik, y cómo
este, en vez de enfadarse, había dicho: «¡Buen provecho!»
El diablo en jefe se
enojó.
–Ya que el mujik –le
dijo– se ha burlado de ti en esta ocasión, es que tú mismo has dejado de
cumplir tu deber. No has sabido hacerlo bien. Si dejamos que los mujiks y las babás
se nos suban a las barbas, esto va a ser intolerable... No puede esto
concluir de este modo vete, vuelve a casa de ése, y gánate el mendrugo, si
quieres comértelo. Si antes de tres años no has vencido a ese mujik, te daré un
baño de agua bendita.
Estremecióse el
diablillo.
Volvió rápidamente a la
tierra, reflexionó largo tiempo sobre el modo de reparar su falta. Pensaba y
pensaba el diablillo; y, por fin, dio con lo que buscaba.
Se transformó en un
buen hombre, y se puso al servicio del mujik. En previsión de que vería seco el
verano, aconsejó a su dueño que sembrara el trigo en terrenos pantanosos.
El mujik siguió el
consejo de su criado, y sembró el trigo en tierras pantanosas.
El trigo de los demás
mujiks fue quemado por el sol: el del pobre mujik creció lozano y fresco; tuvo
para comer hasta la otra cosecha, y le quedó aún mucho pan.
Aquel verano, el criado
convenció al mujik de que sembrara el trigo en las alturas; y precisamente hubo
muchas lluvias.
El trigo de los demás
se inundó, se pudrieron los tallos, y no sacaron espigas. En cambio, el mujik
recogió en las alturas un trigo magnífico. Y tuvo tanto trigo sobrante, que no
sabía qué hacer con él.
Entonces, el criado le
enseñó a hacer vodka, se puso a beberla y dio a beber a los demás.
Entonces, el diablillo
se fue a encontrar al diablo jefe, diciéndole que había ganado el mendrugo. El
diablo jefe, quiso ver si era verdad.
Se fue a casa del mujik
y vio que éste, habiendo invitado a las personas principales, les daba vodka a
todas. La esposa misma servía la bebida; pero, al pasar cerca de la mesa, se
enganchó con el ángulo, y derramó un vaso.
El mujik se enfadó;
riñó a su mujer.
–¡Cuidado con esa tonta
de mil demonios! –dijo–. ¿Acaso te figuras que esto es agua de lejía, para
derramarla de este modo?
El diablillo tocó con
el codo al diablo, su jefe.
–Fíjate bien –le dijo–.
Ahora veremos cómo le duele el mendrugo.
Después de haber reñido
a su mujer, el mujik quiso servir él mismo, y que brindaran todos. Llegó un
pobre mujik que nadie esperaba. Viendo que los demás bebían vodka, habría
querido también beber un poco para animarse. Allí estaba el pobre mujik
tragando saliva. El dueño se negó a hacerlo beber: iba murmurando:
–¿Se figuran que he
hecho bastante vodka para dar a cuántos vengan?
También esto gustó al
diablo jefe. Y el diablillo, enorgulleciéndose:
–Aguarda, aguarda un
poco –le dijo–. No es esto todo.
Los mujiks ricos, y con
ellos el dueño, después de haber bebido la vodka, se adulaban unos a otros, se
prodigaban mutuas alabanza, y sus palabras eran melosas.
El diablo jefe iba
escuchando, y felicitaba al diablillo:
–Si esta bebida los
hace ser hipócritas –le dijo y se engañan unos a otros, están en nuestro poder.
–Aguarda aún lo que
falta –díjole el diablillo–. Déjalos que beban sólo otra copita. Ahora están
como zorros que menean la cola delante de los demás, y procuran engañarse: mas
luego los verás feroces como lobos.
Los mujiks bebieron
otra copa.
Y empezaron a gritar y
a hablar groseramente. En vez de palabras melosas, se injuriaban unos a otros;
se enfurecieron se pelearon y se rompieron las narices; y habiéndose el dueño
de casa metido en la pelea, recogió su parte de porrazos.
El diablo jefe miraba y
se ponía contento. ¡Esto marcha perfectamente! –dijo. Y el diablillo repuso:
–Aguarda todavía lo que
va a suceder. Deja que beban otra copita más. Ahora están como lobos furiosos;
cuando hayan bebido otra copa, estarán como cerdos.
Cada uno de los mujiks
bebió otra copita. Todos estaban atontados. Gruñían, gritaban sin saber lo que
decían, y no se escuchaban unos a otros. Se fueron cada cual por su lado, unos
solos, otros de dos en dos o de tres en tres: todos fueron a caerse al suelo en
su calle.
El dueño de la casa,
que había salido para acompañar a sus huéspedes, cayó en un charco, se ensució
completamente, y se quedó allí tendido como un cerdo que gruñe.
Y esto acabó de alegrar
al diablo jefe.
–¡Vaya! –dijo–. Has
inventado una hermosa bebida. Te has ganado tu mendrugo. Dime ahora cómo has
fabricado este brebaje. Juraría que lo has compuesto de sangre de zorro, y así
los mujiks se han vuelto traidores como los zorros; luego sangre de lobo, que les
hiciera ser crueles como lobos, y por fin, sangre de cerdo, que los ha
convertido en cerdos.
–No –dijo el
diablillo–. No lo he hecho así. Me he limitado a hacer que cosechara demasiado
trigo. En el mismo estaba la sangre de esas bestias; pero esta sangre no podía
obrar mientras el trigo le diese apenas lo necesario. Y entonces era cuando no
le dolía su último mendrugo y cuando empezó a pensar cómo lo hacía para
utilizar el sobrante, entonces le enseñé a beber vodka. Y cuando empezó a
destilar, para su gusto el don de Dios en vodka, la sangre del zorro, la del
lobo y la del cerdo han salido; y ahora, le bastará que beba vodka para ser al
punto como esas bestias.
El diablo jefe felicitó
al diablillo, le dio su mendrugo y le hizo ascender un grado.
(Una carta escrita por
Tolstoi seis meses después de su matrimonio a la hermana más joven de su
esposa, la Natacha de “Guerra y Paz”. En las primeras líneas, la letra es de su
mujer, en el resto la suya propia.)
21 de marzo de 1863
¿Por qué te has vuelto
tan fría, Tania? Ya no me escribes, y me gusta tanto saber de ti... Aún no has
contestado a la alocada carta de Levochka (Tolstoi), de la que no entendí una
palabra.
23 de marzo
Aquí ella empezó a
escribir y de pronto dejó de hacerlo, porque no pudo seguir. ¿Sabes por qué,
querida Tania? Le ha ocurrido algo extraordinario, aunque no tanto como a mí.
Como ya sabes, al igual que el resto de nosotros, siempre estuvo constituida de
carne y hueso, con todas las ventajas y desventajas inherentes a esta
condición: respiraba, era tibia y a veces caliente, se sonaba la nariz (¡y de
qué modo!) y, lo más importante, tenia control sobre sus extremidades, las
cuales — brazos y piernas— podían asumir diferentes posiciones. En una palabra,
su cuerpo era como el de cualquiera de nosotros. De pronto, el día 21 de marzo
a las diez de la noche, nos sucedió algo extraordinario a ella y a mí. ¡Tania!
Sé que siempre la has querido (no sé qué sentimiento despertará ahora en ti),
sé que sientes un afectuoso interés por mí y conozco tu razonable y sano punto
de vista sobre los hechos importantes de la vida; además, amas a tus padres
(por favor, prepáralos e infórmales de lo sucedido), es por esto que te escribo,
para contarte cómo ocurrió.
Aquel día me levanté
temprano, paseé mucho rato a pie y a caballo. Almorzamos y comimos juntos,
después leímos (aún podía hacerlo) y yo me sentía tranquilo y feliz. A las diez
le di las buenas noches a la tía (Sonia estaba como siempre y me dijo que pronto
se reuniría conmigo) y me fui a la cama. A través de mi sueño la oí abrir la
puerta, respirar mientras se desvestía, salir de detrás del biombo y acercarse
a la cama. Abrí los ojos y vi —no a la Sonia que tú y yo conocíamos—, ¡sino a
una Sonia de porcelana! Hecha de esa misma porcelana que provocó una discusión
entre tus padres. Ya sabes, una de esas muñecas con desnudos hombros fríos y
cuello y brazos inclinados hacia adelante, pero hechos con el mismo material
que el cuerpo. Tienen el cabello pintado de negro y arreglado en largas ondas
con la pintura que desaparece en la parte superior, protuberantes ojos de
porcelana que son demasiado grandes y que también están pintados de negro en
los bordes. Los rígidos pliegues de porcelana de sus faldas forman una sola
pieza junto con el resto. ¡Y Sonia era así! Le toqué el brazo; era suave,
agradable al tacto y de fría porcelana. Pensé que estaba dormido y me
pellizqué, pero ella no cambió y se mantuvo inmóvil frente a mi.
Le dije:
—¿Eres de porcelana?
Y sin abrir la boca
(que permaneció como estaba con sus labios curvos pintados de rojo brillante),
replicó:
—Sí, soy de porcelana.
Un escalofrío me
recorrió la espalda. Miré sus piernas: también eran de porcelana y (ya puedes
imaginarte mi horror) estaban fijas en un pedestal de la misma materia, que
representaba el suelo y estaba pintado de verde para simular un prado. Cerca de
su pierna izquierda, un poco más arriba, detrás de la rodilla, había una
columna de porcelana, pintada de marrón, que probablemente pretendía ser el
tronco de un árbol. También formaba parte de la misma pieza que la contenía a
ella. Comprendí que sin ese apoyo no podría permanecer erguida y me puse muy
triste; tú, que la querías tanto, ya te puedes imaginar mi pena. No podía creer
lo que estaba viendo y empecé a llamarla. Le era imposible moverse sin el
tronco y su base; giró un poco (junto con la base) para inclinarse hacia mí.
Pude oír el pedestal batiendo contra el suelo. Volví a tocarla, era suave,
agradable al tacto y de fría porcelana. Traté de levantarle la mano, pero no
pude; traté de pasar un dedo, siquiera la uña entre su codo y su cadera, pero
no lo logré. El obstáculo lo formaba la misma masa de porcelana, esa materia
con la que en Auerbach hacen las salseras. Empecé a examinar su camisa, formaba
parte del cuerpo, tanto arriba como abajo. La miré desde más cerca y vi que
tenía una punta rota y que se había puesto marrón. La pintura en la parte
superior de la cabeza había caído y se veía una manchita blanca. También había
saltado un poco de pintura de un labio y uno de los hombres mostraba una
pequeña raspadura. Pero estaba todo tan bien hecho, tan natural, que aún seguía
siendo nuestra Sonia. La camisa era la que yo le conocía, con encajes; llevaba
el pelo recogido en un moño, pero de porcelana y sus manos delicadas y grandes
ojos, al igual que los labios, eran los mismos, pero de porcelana. El hoyuelo
en su barbilla y los pequeños huesos salientes bajo sus hombros estaban allí
también, pero de porcelana. Sentía una terrible confusión y no sabía qué decir
ni qué pensar. Ella me habría ayudado gustosa, pero, ¿qué podía hacer una
criatura de porcelana? Los ojos entornados, las cejas y las pestañas, a cierta
distancia, parecían llenos de vida. No me miraba a mí, sino a la cama. Quería
acostarse y daba vueltas en su pedestal continuamente. Casi perdí el control de
mis nervios; la levanté y traté de llevarla hasta el lecho. Mis dedos no
dejaron huella en su frío cuerpo de porcelana y lo que me dejó más sorprendido
es que era ligera como una pluma. De repente, pareció encogerse y volverse muy
pequeña, más diminuta que la palma de mi mano, aunque su aspecto no varió. Tomé
una almohada y la puse en un extremo, hice un hueco en el otro con mi puño y la
coloqué allí, para luego doblar su gorro de dormir en cuatro y cubrirla hasta
la cabeza con él. Continuó inmóvil. Apagué la vela y súbitamente oí su voz
desde la almohada:
—Leva, ¿por qué me he
vuelto de porcelana?
No supe qué contestar,
y ella repitió:
—¿Cambiará algo entre
nosotros el que yo sea de porcelana?
No quise apenarla y
respondí que no. Volví a tocarla en la oscuridad; estaba quieta como antes,
fría y de porcelana. Su estómago seguía siendo el mismo que en vida, sobresalía
un poco, hecho poco natural para una muñeca de porcelana. Entonces experimenté
un extraño sentimiento. Me pareció agradable que hubiese adquirido aquel estado
y ya no me sentí sorprendido. Ahora todo resultaba natural. La levanté, me la
pasé de una mano a la otra para abrigarla bajo mi cabeza. Le gustó. Nos
dormimos. Por la mañana me levanté y sali sin mirarla. Todo lo sucedido el día
anterior me parecía demasiado terrible. Cuando regresé a la hora de comer,
había recuperado su estado normal, pero no le recordé su transformación,
temiendo apenarlas a ella y a la tía. Sólo te lo he contado a ti. Creí que todo
había pasado, pero cada día, al quedarnos solos, ocurre lo mismo. De pronto se
convierte en un minúsculo ser de porcelana. En presencia de los demás continúa
igual que antes. No se siente abatida por ello, ni tampoco yo. Por extraño que
pueda parecerte, confieso con franqueza que me alegro, y aun pese a su
condición de porcelana, somos muy felices.
Te escribo todo esto,
querida Tania, para que prepares a sus padres para la noticia y para que papá
investigue con los médicos el significado de esta transformación y si no puede
ser perjudicial para el niño que esperamos. Ahora estamos solos, está sentada
bajo mi corbata de lazo y siento como su nariz puntiaguda me rasca el cuello.
Ayer la dejé sola en una habitación y al entrar vi que «Dora», nuestra perrita,
la había arrastrado hasta una esquina y jugaba con ella. Estuvo a punto de
romperla. Le pegué a «Dora», metí a Sonia en el bolsillo de mi chaleco y la
conduje a mi estudio. Ahora estoy esperando de Tula una cajita de madera que he
encargado, cubierta de tafilete en el exterior y con el interior forrado de
terciopelo frambuesa, con un espacio arreglado para que pueda ser llevada con
los codos, cabeza y espalda dispuestos de tal modo que no pueda romperse. La
cubriré también totalmente de gamuza.
Estaba escribiendo esta
carta cuando ha ocurrido una terrible desgracia. Ella estaba sobre la mesa
cuando Natalia Petrovna la ha empujado al pasar. Ha caído al suelo y se ha roto
una pierna por encima de la rodilla, y el tronco. Alex dice que puede
arreglarse con un pegamento a base de clara de huevo. Si tal receta se conoce
en Moscú, envíamela, por favor.
Y orando, no habléis inútilmente, como los
paganos, que piensan que por su parleria serán oídos. No os hagáis, pues,
semejantes a ellos, porque vuestro padre sabe de que cosas tenéis necesidad,
antes de que vosotros le pidáis.
San Mateo, VI, 7 y 8
El arzobispo de
Arcángel navegaba hacia el monasterio de Solovski. Iban en el buque varios
peregrinos que se dirigían al mismo lugar para adorar las sagradas reliquias
que allí se custodian. El viento era favorable, el tiempo magnífico y el barco
se deslizaba serenamente.
Algunos peregrinos se
habían recostado, otros comían; otros, sentados, conversaban en pequeños
grupos. El arzobispo subió al puente y comenzó a pasearse. Al acercarse a la
proa vio un grupito de pasajeros y en el centro un mujik que hablaba señalando
un punto en el horizonte. Los demás lo escuchaban con atención.
El arzobispo se detuvo
y miró en la dirección que señalaba el mujik; pero sólo vio el mar, cuya
bruñida superficie resplandecía a la luz del sol. El arzobispo se acercó al
corro y prestó atención. El mujik, al verlo, se descubrió y calló. Los demás lo
imitaron, descubriéndose respetuosamente.
-No os violentéis,
hermanos míos -dijo el prelado-. Yo también quiero oír lo que cuenta el mujik.
-Pues bien -dijo un
comerciante que parecía menos intimidado que los demás componentes del grupo-,
nos contaba la historia de los tres staretzi. (Así llaman en Rusia a los
religiosos de avanzada edad.) -¡Ah! -dijo el arzobispo-. ¿Y qué historia es
ésa?
Y, acercándose a la
borda, se sentó sobre un cajón.
-Habla -agregó,
dirigiéndose al campesino-, yo también quiero oírte. ¿Qué señalabas, hijo mío?
-Aquel islote
-respondió el campesino, mostrando, a su derecha, un punto del horizonte-.
Justamente en ese islote los tres staretzi trabajan por la salvación de su
alma.
-Pero, ¿dónde está el
islote?
-Mire usted en la
dirección de mi mano. ¿Ve esa nubecilla? Pues bien, algo más bajo, a la
izquierda. Esa especie de faja gris.
El arzobispo miraba con
atención, pero como el agua centelleaba y él no tenía costumbre, nada alcanzaba
a ver.
-Pues no veo nada
-dijo-. Mas, ¿quiénes son esos staretzi y cómo viven?
-Son hombres de Dios
-contestó el campesino-. Hace ya mucho que oí hablar de ellos, pero hasta el
verano pasado no tuve oportunidad de verlos.
El mujik reanudó su
relato. Un día que había salido a pescar, un temporal lo arrastró hasta aquel
islote desconocido. Echó a caminar y descubrió una minúscula cabaña, junto a la
cual estaba uno de los staretzi. Poco después aparecieron los otros dos. Al ver
al campesino, pusieron sus ropas a secar y lo ayudaron a reparar su barca.
-¿Y cómo son? -preguntó
el arzobispo.
-Uno de ellos es
encorvado, pequeño y muy viejo. Viste una raída sotana y parece tener más de
cien años. Su blanca barba empieza a adquirir una tonalidad verdosa. Es
sonriente y apacible como un ángel del cielo. El segundo, un poco más alto,
lleva un andrajoso capote. Su luenga barba gris tiene reflejos amarillos. Es
muy vigoroso: puso mi barca boca abajo como si se tratara de una cáscara de
nuez, sin darme tiempo a ayudarlo. El también parece siempre contento. El
tercero es muy alto: su barba es blanca como el plumaje del cisne y le llega
hasta las rodillas. Es un hombre melancólico, de hirsutas cejas, que sólo cubre
su desnudez con un trozo de tela hecha de fibras trenzadas, que se sujeta a la
cintura.
-¿Y qué te dijeron?
-preguntó el sacerdote.
-Oh, hablaban muy poco,
aun entre ellos. Les bastaba una mirada para entenderse. Le pregunté al más
anciano si hacía mucho tiempo que vivían allí y él no sé qué me respondió con
tono de fastidio. Pero el más pequeño lo tomó de la mano, sonriendo, y el alto
enmudeció.
"El viejecito dijo
solamente: "Haznos el favor...
"Y sonrió."
Mientras hablaba el
campesino, el barco se había acercado a un grupo de islas.
-Ahora se divisa
perfectamente el islote -observó el comerciante-. Mire usted, Ilustrísima
-añadió, extendiendo el brazo.
El arzobispo vio una
faja gris. Era el islote. Permaneció inmóvil un largo rato, y después, pasando
de proa a popa, dijo al piloto: -¿Qué islote es aquél?
-Uno de tantos. No
tiene nombre.
-¿Es cierto que allí
trabajan los staretzi por la salvación de su alma?
-Eso dicen, mas no sé
si es cierto. Los pescadores aseguran haberlos visto. Pero a veces se habla por
hablar.
-Me gustaría
desembarcar en el islote para ver a los staretzi -dijo el arzobispo-. ¿Es
posible?
-Con el buque, no
-respondió el piloto-. Para eso hay que utilizar el bote, y sólo el capitán
puede autorizarnos a lanzarlo al agua.
Se dio aviso al
capitán.
-Quiero ver a los
staretzi -dijo el arzobispo-. ¿Puede llevarme?
El capitán intentó
disuadirlo.
-Es fácil -dijo-, pero
perderemos mucho tiempo. Y casi me atrevería a decir a Su Ilustrísima que no
vale la pena verlos. He oído decir que esos ancianos son unos necios, que no
entienden lo que se les dice y casi no saben hablar.
-Sin embargo, quiero
verlos. Pagaré lo que sea. Pero le ruego disponer que me lleven a verlos.
La cosa quedó resuelta.
Se realizaron los preparativos necesarios, se cambiaron las velas, el piloto
viró de bordo y el buque enfiló hacia la isla. Colocaron a proa una silla para
el arzobispo, quien sentado en ella clavó la mirada en el horizonte. Los pasajeros
también se reunieron para ver el islote de los staretzi. Los que tenían buena
vista divisaban ya las rocas de la isla y mostraban a los demás la diminuta
choza. Bien pronto uno de ellos descubrió a los tres staretzi.
El capitán trajo un
anteojo, miró y lo pasó al arzobispo.
-Es cierto -dijo-. A la
derecha, junto a un gran peñasco, se ven tres hombres.
El arzobispo enfocó el
largavista en la dirección señalada, y vio, efectivamente, tres hombres: uno
muy alto, otro más bajo y el tercero muy pequeño. Estaban de pie, junto a la
orilla, tomados de la mano.
-Aquí debemos anclar el
buque -dijo el capitán al arzobispo-. Su Ilustrísima debe embarcar en el bote.
Nosotros lo esperaremos.
Echaron el ancla,
recogieron las velas y el barco empezó a cabecear. Botaron la canoa, saltaron a
ella los remeros y el arzobispo descendió por la escala.
Se sentó en un banco de
popa y los marinos remaron en dirección del islote. Pronto llegaron a tiro de
piedra. Se distinguía perfectamente a los tres staretzi: uno muy alto casi
desnudo, salvo por un trozo de tela ceñido a la cintura y hecho de fibras
entrelazadas; otro más bajo, con un capote harapiento, y por último el más
viejo, encorvado y vestido con sotana. Estaban los tres tomados de la mano.
Llegó el bote a la
orilla, saltó a tierra el arzobispo y bendiciendo a los staretzi, que se
deshacían en reverencias, les habló así: -He sabido que trabajan aquí por la
eterna salvación de vuestra alma, amados staretzi, y que rezáis a Cristo por el
prójimo. Yo, indigno servidor del Altísimo, he sido llamado por su gracia para
apacentar sus ovejas. Y puesto que servís al Señor, he querido visitaros para
traeros la palabra divina.
Los staretzi callaron,
se miraron y sonrieron.
-Decidme cómo servís a
Dios -prosiguió el arzobispo.
El staretzi que estaba
en el centro suspiró y miró al viejecito.
El staretzi más alto
hizo un gesto de fastidio y también se volvió hacia el anciano.
Este sonrió y dijo:
-Servidor de Dios, nosotros no podemos servir a nadie sino a nosotros mismos,
ganando nuestro sustento.
-Pues entonces -dijo el
arzobispo-, ¿cómo rezáis?
-Nuestra oración es
ésta: "Tú eres tres, nosotros somos tres. Concédenos tu gracia".
Y no bien el viejecillo
pronunció estas palabras los tres staretzi alzaron la mirada al cielo y
repitieron: -Tú eres tres, nosotros somos tres. Concédenos tu gracia.
Sonrió el arzobispo y
dijo: -Evidentemente habéis oído hablar de la Santísima Trinidad, más no es así
como se debe rezar. Os he tomado afecto, venerables staretzi, porque advierto
que queréis complacer a Dios. Pero ignoráis cuál es la forma de servirlo. Esa
no es la manera de rezar. Oídme, que yo os la enseñaré. Lo que os diré está en
las Sagradas Escrituras de Dios, que dicen cómo debemos dirigirnos a El.
Y el arzobispo les
explicó cómo Cristo se reveló a los hombres y les explicó el misterio de Dios
Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. Después agregó: -El Hijo de Dios
descendió a la Tierra para salvar al género humano, y a todos nos enseñó a
rezar. Atended y repetid conmigo -y el arzobispo empezó-: -Padre nuestro...
Y el primer staretzi
repitió: -Padre nuestro...
Y el segundo dijo
asimismo: -Padre nuestro...
Y el tercero: -Padre
nuestro...
-Que estás en los
Cielos... -prosiguió el arzobispo.
Y los staretzi
repitieron: -Que estás en los Cielos...
Pero el que estaba en
el medio se equivocaba y decía una palabra por otra; el más alto no podía
seguir porque los bigotes le tapaban la boca, y el viejecito, que no tenía
dientes, pronunciaba muy mal.
El arzobispo recomenzó
la oración y los staretzi volvieron a repetirla. El prelado se sentó en una
piedra y los staretzi hicieron círculo alrededor de él, mirándolo fijamente y
repitiendo todo lo que decía.
Todo el día, hasta la
llegada de la noche, el arzobispo luchó con ellos, repitiendo la misma palabra
diez, veinte, cien veces, y tras él los staretzi se atascaban, él los corregía
y vuelta a empezar.
El arzobispo no se
separó de los staretzi hasta que les hubo enseñado la divina oración. La
repitieron con él, y después solos. El staretzi del medio la aprendió antes que
los otros, y la dijo él solo. Entonces el arzobispo se la hizo repetir varias
veces, y sus compañeros lo imitaron.
Empezaba a oscurecer y
la luna se levantaba sobre el mar cuando el arzobispo se incorporó para volver
al buque. Se despidió de los staretzi, quienes lo saludaron inclinándose hasta
el suelo. El los hizo incorporarse, los besó a los tres, recomendándoles que
rezaran como él les había enseñado. Después se instaló en el banco del bote que
se dirigió hacia el buque.
Mientras bogaban,
seguía oyendo a los staretzi que recitaban en alta voz la plegaria del Señor.
Pronto llegó el bote
junto al barco. Ya no se oía la voz de los staretzi, pero aún se los veía en la
orilla, los tres a la luz de la luna, el viejecito en medio, el más alto a su
derecha y el otro a la izquierda.
El arzobispo llegó al
buque y subió al puente. Levaron anclas, el viento hinchó las velas y la nave
se puso en marcha continuando el viaje interrumpido.
El arzobispo se sentó a
popa, con la mirada clavada en el islote. Aún se divisaba a los tres staretzi.
Después desaparecieron y sólo se vio la isla. Y por último ésta también se
desvaneció en lontananza y quedó el mar solo y cintílate bajo la luna.
Se recogieron los
peregrinos y el silencio envolvió el puente. Pero el arzobispo aún no quería
dormir. Solo en la popa, contemplaba el mar, en dirección del islote, y pensaba
en los buenos staretzi. Recordaba la dicha que habían experimentado al aprender
la plegaria y agradecía a Dios que lo hubiera señalado para ayudar a aquellos
santos varones, enseñándoles la palabra divina.
Esto pensaba el
arzobispo, con la mirada fija en el mar, cuando vio algo que blanqueaba y
fulguraba en la estela luminosa de la luna. Será una gaviota o una vela blanca.
Miró con más atención, y se dijo: sin duda es una barca de vela que nos sigue.
¡Pero cuán veloz avanza! Hace un instante estaba lejos, muy lejos, y ahora ya
está cerca. Además, no se parece a ninguna de las barcas que yo he visto, y esa
vela tampoco parece una vela.
No obstante, aquello
los sigue y el arzobispo no atina a descubrir qué es. ¿Un buque, un ave, un
pez? También parece un hombre, pero es más grande que un hombre. Y, además, un
hombre no podría caminar sobre el agua.
Se levantó el arzobispo
y fue adonde estaba el piloto.
-¡Mira! -le dijo-. ¿Qué
es eso?
Pero en ese instante
advierte que son los staretzi que se deslizan sobre el mar y se acercan a la
nave. Sus níveas barbas lanzan un intenso resplandor.
El piloto deja la barra
y grita: -¡Señor, los staretzi nos persiguen sobre el mar, y corren por las
olas como por el suelo!
Al oír estos gritos,
los pasajeros se levantaron y lanzáronse hacia la borda. Entonces todos vieron
a los staretzi que se deslizaban por el mar, tomados de la mano y que los de
los extremos hacían señas de que el buque se detuviera.
Aún no habían tenido
tiempo de detener la marcha, cuando los tres staretzi llegaron junto al barco,
y levantando los ojos dijeron: -Servidor de Dios, ya no sabemos lo que nos
enseñaste. Mientras lo repetíamos lo recordábamos, pero una hora después olvidamos
una palabra, y no podemos recitar la plegaria. Enséñanosla otra vez.
El arzobispo se
persignó y dijo inclinándose hacia los staretzi: -Vuestra oración llegará
igualmente al Señor, santos staretzi. No soy yo quien debe enseñaros. ¡Rogad
por nosotros, pobres pecadores!
Y el arzobispo los
saludó con veneración. Los staretzi permanecieron un instante inmóviles,
después se volvieron y se alejaron sobre el mar.
Y hasta el alba se vio
un gran resplandor del lado por donde habían desaparecido.
Aquel año llegó pronto
la Semana Santa.
Apenas se había
terminado de viajar en trineo, la nieve cubría aún los patios y por la aldea,
fluían algunos riachuelos. En un callejón, entre dos patios, se había formado
una charca. Dos chiquillas de dos casas distintas -una pequeña y la otra un
poco mayor- se encontraban en la orilla.
Ambas tenían vestidos
nuevos: azul, la más pequeña; y amarillo, con dibujos, la mayor. Y las dos
llevaban pañuelos rojos en la cabeza. Al salir de misa, corrieron a la charca
y, tras enseñarse sus ropas, se habían puesto a jugar. La pequeña quiso entrar en
el agua sin quitarse los zapatos; pero la mayor le dijo:
-No hagas eso, Melania;
tu madre te va a retar. Me descalzaré; descálzate tú también.
Se quitaron los
zapatos, se metieron en la charca y se encaminaron una al encuentro de la otra.
A Melania le llegaba el agua hasta los tobillos.
-Esto está muy hondo;
tengo miedo, Akulina.
-No te preocupes, la
charca no es más profunda en ningún otro sitio. Ven derecho hacia donde estoy.
Cuando ya iban juntas,
Akulina dijo:
-Ten cuidado, Melania,
anda despacio para no salpicarme.
Pero, apenas hubo
pronunciado estas palabras, Melania dio un traspié y salpicó el vestidito de su
amiga. Y no sólo el vestidito sino también sus ojos y su nariz. Al ver su ropa
nueva manchada, Akulina se enojó con Melania y corrió hacia ella, con intención
de pegarle. Melania tuvo miedo; comprendió que había hecho un desaguisado y se
precipitó fuera del charco, con la intención de correr hacia su casa. En aquel
momento pasaba por allí la madre de Akulina. Al reparar en que su hija tenía el
vestido manchado,
Le gritó:
-¿Dónde te has puesto
así, niña desobediente?
-Ha sido Melania. Me ha
salpicado a propósito.
La madre de Akutina
agarró a Melania y le propinó un golpe en la cabeza. La pequeña alborotó con
sus gritos toda la calle y no tardó en acudir su madre.
-¿Por qué pegas a mi
hija? -exclamó, y se puso a discutir con su vecina. Las dos mujeres se
insultaron. Los campesinos salieron de sus casas y la gente se aglomeró en la
calle. Todos gritaban, pero nadie escuchaba al otro. En la pelea, se empujaron
entre sí y ya era inminente una batalla, cuando intervino una vieja, la abuela
de Akulina. Se adelantó hacia el grupo de los campesinos y comenzó a
suplicarles que se calmasen.
-¿Qué hacen? En un día
tan sagrado, deberían regocijarse en vez de pecar de este modo.
Pero nadie hizo caso de
la viejecita y poco faltó para que la derribaran. Nada hubiera podido
conseguir, a no ser por Akulina y Melania. Mientras las mujeres se peleaban,
Akulina había limpiado las manchas del vestido y había salido de nuevo hacia la
charca. Tomó una piedra y con ella apartó la tierra para que el agua corriera
por la calle. Melania se acercó a ayudarla con una astillita. Así, el agua
llegó al sitio en que la andana trataba de separar a los contendientes. Las
niñas venían corriendo a ambos lados del arroyo:
-¡Alcánzala! ¡Melania,
alcánzala! -gritaba Akulina. La pequeña no podía replicar, ahogada por la
risa.Y las dos niñas siguieron corriendo, divertidas con la astillita que el
agua arrastraba. Llegaron junto a los campesinos. Al verlas, la vieja exclamó,
dirigiéndose a estos:
-¡Teman a Dios! Están
peleando precisamente por causa de estas dos niñas, cuando ellas se han
olvidado de todo hace rato y juegan en amor y compañía. Son más inteligentes
que todos ustedes.
Los hombres miraron a
las niñas y se avergonzaron de su proceder. Luego, se burlaron de sí mismos y
cada cual se volvió a su casa.
"Si no sois como
niños, no entraréis en el Reino de los Cielos."
En medio de un bosque
vivía un ermitaño, sin temer a las fieras que allí moraban. Es más, por
concesión divina o por tratarlas continuamente, el santo varón entendía el
lenguaje de las fieras y hasta podía conversar con ellas.
En una ocasión en que
el ermitaño descansaba debajo de un árbol, se cobijaron allí, para pasar la
noche, un cuervo, un palomo, un ciervo y una serpiente. A falta de otra cosa
para hacer y con el fin de pasar el rato, empezaron a discutir sobre el origen del
mal.
-El mal procede del
hambre -declaró el cuervo, que fue el primero en abordar el tema-. Cuando uno
come hasta hartarse, se posa en una rama, grazna todo lo que le viene en gana y
las cosas se le antojan de color de rosa. Pero, amigos, si durante días no se
prueba bocado, cambia la situación y ya no parece tan divertida ni tan hermosa
la naturaleza. ¡Qué desasosiego! ¡Qué intranquilidad siente uno! Es imposible
tener un momento de descanso. Y si vislumbro un buen pedazo de carne, me
abalanzo sobre él, ciegamente. Ni palos ni piedras, ni lobos enfurecidos serían
capaces de hacerme soltar la presa. ¡Cuántos perecemos como víctimas del
hambre! No cabe duda de que el hambre es el origen del mal.
El palomo se creyó
obligado a intervenir, apenas el cuervo hubo cerrado el pico.
-Opino que el mal no
proviene del hambre, sino del amor. Si viviéramos solos, sin hembras,
sobrellevaríamos las penas. Más ¡ay!, vivimos en pareja y amamos tanto a
nuestra compañera que no hallamos un minuto de sosiego, siempre pensando en
ella "¿Habrá comido?", nos preguntamos. "¿Tendrá bastante
abrigo?" Y cuando se aleja un poco de nuestro lado, nos sentimos como
perdidos y nos tortura la idea de que un gavilán la haya despedazado o de que
el hombre la haya hecho prisionera. Empezamos a buscarla por doquier, con loco
afán; y, a veces, corremos hacia la muerte, pereciendo entre las garras de las
aves de rapiña o en las mallas de una red. Y si la compañera desaparece, uno no
come ni bebe; no hace más que buscarla y llorar. ¡Cuántos mueren así entre
nosotros! Ya ven que todo el mal proviene del amor, y no del hambre.
-No; el mal no viene ni
del hambre ni del amor -arguyó la serpiente-. El mal viene de la ira. Si
viviésemos tranquilos, si no buscásemos pendencia, entonces todo iría bien.
Pero, cuando algo se arregla de modo distinto a como quisiéramos, nos
arrebatamos y todo nos ofusca. Sólo pensamos en una cosa: descargar nuestra ira
en el primero que encontramos. Entonces, como locos, lanzamos silbidos y nos
retorcemos, tratando de morder a alguien. En tales momentos, no se tiene piedad
de nadie; mordería uno a su propio padre o a su propia madre; podríamos
comernos a nosotros mismos; y el furor acaba por perdernos. Sin duda alguna,
todo el mal viene de la ira.
El ciervo no fue de
este parecer.
-No; no es de la ira ni
del amor ni del hambre de donde procede el mal, sino del miedo. Si fuera
posible no sentir miedo, todo marcharía bien. Nuestras patas son ligeras para
la carrera y nuestro cuerpo vigoroso. Podemos defendernos de un animal pequeño,
con nuestros cuernos, y la huida nos preserva de los grandes. Pero es imposible
no sentir miedo. Apenas cruje una rama en el bosque o se mueve una hoja,
temblamos de terror. El corazón palpita, como si fuera a salirse del pecho, y
echamos a correr. Otras veces, una liebre que pasa, un pájaro que agita las
alas o una ramita que cae, nos hace creer que nos persigue una fiera; y salimos
disparados, tal vez hacia el lugar del peligro. A veces, para esquivar a un
perro, vamos a dar con el cazador; otras, enloquecidos de pánico, corremos sin
rumbo y caemos por un precipicio, donde nos espera la muerte. Dormimos
preparados para echar a correr; siempre estamos alerta, siempre llenos de
terror. No hay modo de disfrutar de un poco de tranquilidad. De ahí deduzco que
el origen del mal está en el miedo.
Finalmente intervino el
ermitaño y dijo lo siguiente:
-No es el hambre, el
amor, la ira ni el miedo, la fuente de nuestros males, sino nuestra propia
naturaleza. Ella es la que engendra el hambre, el amor, la ira y el miedo.
Erase una vez un
campesino llamado Pahom, que había trabajado dura y honestamente para su
familia, pero que no tenía tierras propias, así que siempre permanecía en la
pobreza. "Ocupados como estamos desde la niñez trabajando la madre tierra
-pensaba a menudo- los campesimos siempre debemos morir como vivimos, sin nada
propio. Las cosas serían diferentes si tuviéramos nuestra propia tierra."
Ahora bien, cerca de la
aldea de Pahom vivía una dama, una pequeña terrateniente, que poseía una finca
de ciento cincuenta hectáreas. Un invierno se difundió la noticia de que esta
dama iba a vender sus tierras. Pahom oyó que un vecino suyo compraría veinticinco
hectáreas y que la dama había consentido en aceptar la mitad en efectivo y
esperar un año por la otra mitad.
"Qué te parece
-pensó Pahom- Esa tierra se vende, y yo no obtendré nada."
Así que decidió hablar
con su esposa.
-Otras personas están
comprando, y nosotros también debemos comprar unas diez hectáreas. La vida se
vuelve imposible sin poseer tierras propias.
Se pusieron a pensar y
calcularon cuánto podrían comprar. Tenían ahorrados cien rubios. Vendieron un
potrillo, y la mitad de sus abejas, contrataron a uno de sus hijos como peón y
pidieron anticipos sobre la paga. Pidieron prestado el resto a un cuñado, y así
juntaron la mitad del dinero de la compra. Después de eso, Pahom escogió una
parcela de veinte hectáreas, donde había bosques, fue a ver a la dama e hizo la
compra.
Así que ahora Pahom
tenía su propia tierra. Pidió semilla prestada, y la sembró, y obtuvo una buena
cosecha. Al cabo de un año había logrado saldar sus deudas con la dama y su
cuñado. Así se convirtió en terrateniente, y talaba sus propios árboles, y alimentaba
a su ganado en sus propias pasturas. Cuando salía a arar los campos, o a mirar
sus mieses o sus prados, el corazón se le llenaba de alegría. La hierba que
crecía allí y las flores que florecían allí le parecían diferentes de las de
otras partes. Antes, cuando cruzaba esa tierra, le parecía igual a cualquier
otra, pero ahora le parecía muy distinta.
Un día Pahom estaba
sentado en su casa cuando un viajero se detuvo ante su casa. Pahom le preguntó
de dónde venía, y el forastero respondió que venía de allende el Volga, donde
había estado trabajando. Una palabra llevó a la otra, y el hombre comentó que
había muchas tierras en venta por allá, y que muchos estaban viajando para
comprarlas. Las tierras eran tan fértiles, aseguró, que el centeno era alto
como un caballo, y tan tupido que cinco cortes de guadaña formaban una -avilla.
Comentó que un campesino había trabajado sólo con sus manos, y ahora tenía seis
caballos y dos vacas.
El corazón de Pahom se
colmó de anhelo.
"¿Por qué he de
sufrir en este agujero -pensó- si se vive tan bien en otras partes? Venderé mi
tierra y mi finca, y con el dinero comenzaré allá de nuevo y tendré todo
nuevo".
Pahom vendió su tierra,
su casa y su ganado, con buenas ganancias, y se mudó con su familia a su hueva
propiedad. Todo lo que había dicho el campesino era cierto, y Pahom estaba en
mucha mejor posición que antes. Compró muchas tierras arables y pasturas, y
pudo tener las cabezas de ganado que deseaba.
Al principio, en el
ajetreo de la mudanza y la construcción, Pahom se sentía complacido, pero
cuando se habituó comenzó a pensar que tampoco aquí estaba satisfecho. Quería
sembrar más trigo, pero no tenía tierras suficientes para ello, así que arrendó
más tierras por tres años. Fueron buenas temporadas y hubo buenas cosechas, así
que Pahom ahorró dinero. Podría haber seguido
viviendo cómodamente,
pero se cansó de arrendar tierras ajenas todos los años, y de sufrir
privaciones para ahorrar el dinero.
"Si todas estas
tierras fueran mías -pensó-, sería independiente, y no sufriría estas
incomodidades."
Un día un vendedor de
bienes raíces que pasaba le comentó que acababa de regresar de la lejana tierra
de los bashkirs, donde había comprado seiscientas hectáreas por sólo mil
rubios.
-Sólo debes hacerte
amigo de los jefes -dijo- Yo regalé como cien rubios en vestidos y alfombras,
además de una caja de té, y di vino a quienes lo bebían, y obtuve la tierra por
una bicoca.
"Vaya -pensó
Pahom-, allá puedo tener diez veces más tierras de las que poseo. Debo probar
suerte."
Pahom encomendó a su
familia el cuidado de la finca y emprendió el viaje, llevando consigo a su
criado. Pararon en una ciudad y compraron una caja de té, vino y otros
presentes, como el vendedor les había aconsejado. Continuaron viaje hasta
recorrer más de quinientos kilómetros, y el séptimo día llegaron a un lugar
donde los bashkirs habían instalado sus tiendas.
En cuanto vieron a
Pahom, salieron de las tiendas y se reunieron en torno del visitante. Le dieron
té y kurniss, y sacrificaron una oveja y le dieron de comer. Pahom sacó
presentes de su carromato y los distribuyó, y les dijo que venía en busca de
tierras. Los bashkirs parecieron muy satisfechos y le dijeron que debía hablar
con el jefe. Lo mandaron buscar y le explicaron a qué había ido Pahom.
El jefe escuchó un
rato, pidió silencio con un gesto y le dijo a Pahom:
-De acuerdo. Escoge la
tierra que te plazca. Tenemos tierras en abundancia.
-¿Y cuál será el
precio? -preguntó Pahom.
-Nuestro precio es
siempre el mismo: mil rubios por día.
Pahom no comprendió.
-¿Un día? ¿Qué medida
es ésa? ¿Cuántas hectáreas son?
-No sabemos calcularlo
-dijo el jefe- La vendemos por día. Todo lo que puedas recorrer a pie en un día
es tuyo, y el precio es mil rubios por día.
Pahom quedó
sorprendido.
-Pero en un día se
puede recorrer una vasta extensión de tierra -dijo.
El jefe se echó a reír.
-¡Será toda tuya! Pero
con una condición. Si no regresas el mismo día al lugar donde comenzaste,
pierdes el dinero.
-¿Pero cómo debo
señalar el camino que he seguido?
-Iremos a cualquier
lugar que gustes, y nos quedaremos allí. Puedes comenzar desde ese sitio y
emprender tu viaje, llevando una azada contigo. Donde lo consideres necesario,
deja una marca. En cada giro, cava un pozo y apila la tierra; luego iremos con
un arado de pozo en pozo. Puedes hacer el recorrido que desees, pero antes que
se ponga el sol debes regresar al sitio de donde partiste. Toda la tierra que
cubras será tuya.
Pahom estaba
alborozado. Decidió comenzar por la mañana. Charlaron, bebieron más kurniss,
comieron más oveja y bebieron más té, y así llegó la noche. Le dieron a Pahom
una cama de edredón, y los bashkirs se dispersaron, prometiendo reunirse a la
mañana siguiente al romper el alba y viajar al punto convenido antes del
amanecer.
Pahom se quedó
acostado, pero no pudo dormirse. No dejaba de pensar en su tierra.
"¡Qué gran
extensión marcaré! -pensó-. Puedo andar fácilmente cincuenta kilómetros por
día. Los días ahora son largos, y un recorrido de cincuenta kilómetros
representará gran cantidad de tierra. Venderé las tierras más áridas, o las
dejaré a los campesinos, pero yo escogeré la mejor y la trabajaré. Compraré dos
yuntas de bueyes, y contrataré dos peones más. Unas noventa hectáreas destinaré
a la siembra, y en el resto criaré ganado."
Por la puerta abierta
vio que estaba rompiendo el alba.
-Es hora de
despertarlos -se dijo-. Debemos ponernos en marcha.
Se levantó, despertó al
criado (que dormía en el carromato), le ordenó uncir los caballos y fue a
despertar a los bashkirs.
-Es hora de ir a la
estepa para medir las tierras -dijo.
Los bashkirs se
levantaron y se reunieron, y también acudió el jefe. Se pusieron a beber más
kurniss, y ofrecieron a Pahom un poco de té, pero él no quería esperar.
-Si hemos de ir,
vayamos de una vez. Ya es hora.
Los bashkirs se
prepararon y todos se pusieron en marcha, algunos a caballo, otros en carros.
Pahom iba en su carromato con el criado, y llevaba una azada. Cuando llegaron a
la estepa, el cielo de la mañana estaba rojo. Subieron una loma y, apeándose de
carros y caballos, se reunieron en un sitio. El jefe se acercó a Pahom y
extendió el brazo hacia la planicie.
-Todo esto, hasta donde
llega la mirada, es nuestro. Puedes tomar lo que gustes.
A Pahom le relucieron
los ojos, pues era toda tierra virgen, chata como la palma de la mano y negra
como semilla de amapola, y en las hondonadas crecían altos pastizales.
El jefe se quitó su
gorra de piel de zorro, la apoyó en el suelo y dijo:
-Esta será la marca.
Empieza aquí, y regresa aquí. Toda la tierra que rodees será tuya.
Pahom sacó el dinero y
lo puso en la gorra. Luego se quitó el abrigo, quedándose con su chaquetón sin
mangas. Se aflojó el cinturón y lo sujetó con fuerza bajo el vientre, se puso
un costal de pan en el pecho del jubón y, atando una botella de agua al cinturón,
se subió la caña de las botas, empuñó la azada y se dispuso a partir. Tardó un
instante en decidir el rumbo. Todas las direcciones eran tentadoras.
-No importa -dijo al
fin-. Iré hacia el sol naciente.
Se volvió hacia el
este, se desperezó y aguardó a que el sol asomara sobre el horizonte.
"No debo perder
tiempo -pensó-, pues es más fácil caminar mientras todavía está fresco."
Los rayos del sol no
acababan de chispear sobre el horizonte cuando Pahom, azada al hombro, se
internó en la estepa.
Pahom caminaba a paso
moderado. Tras avanzar mil metros se detuvo, cavó un pozo y apiló terrones de
hierba para hacerlo más visible. Luego continuó, y ahora que había vencido el
entumecimiento apuró el paso. Al cabo de un rato cavó otro pozo.
Miró hacia atrás. La
loma se veía claramente a la luz del sol, con la gente encima, y las
relucientes llantas de las ruedas del carromato. Pahom calculó que había
caminado cinco kilómetros. Estaba más cálido; se quitó el chaquetón, se lo echó
al hombro y continuó la marcha. Ahora hacía más calor; miró el sol; era hora de
pensar en el desayuno.
-He recorrido el primer
tramo, pero hay cuatro en un día, y todavía es demasiado pronto para virar.
Pero me quitaré las botas -se dijo.
Se sentó, se quitó las
botas, se las metió en el cinturón y reanudó la marcha. Ahora caminaba con
soltura.
"Seguiré otros
cinco kilómetros -pensó-, y luego giraré a la izquierda. Este lugar es tan
promisorio que sería una pena perderlo. Cuanto más avanzo, mejor parece la
tierra."
Siguió derecho por un
tiempo, y cuando miró en torno, la loma era apenas visible y las personas
parecían hormigas, y apenas se veía un destello bajo el sol.
"Ah -pensó Pahom-,
he avanzado bastante en esta dirección, es hora de girar. Además estoy sudando,
y muy sediento."
Se detuvo, cavó un gran
pozo y apiló hierba. Bebió un sorbo de agua y giró a la izquierda. Continuó la
marcha, y la hierba era alta, y hacía mucho calor.
Pahom comenzó a
cansarse. Miró el sol y vio que era mediodía.
"Bien -pensó-,
debo descansar."
Se sentó, comió pan y
bebió agua, pero no se acostó, temiendo quedarse dormido. Después de estar un
rato sentado, siguió andando. Al principio caminaba sin dificultad, y sentía
sueño, pero continuó, pensando: "Una hora de sufrimiento, una vida para disfrutarlo".
Avanzó un largo trecho
en esa dirección, y ya iba a girar de nuevo a la izquierda cuando vio un
fecundo valle. "Sería una pena excluir ese terreno -pensó-. El lino
crecería bien aquí.". Así que rodeó el valle y cavó un pozo del otro lado
antes de girar. Pahom miró hacia la loma. El aire estaba brumoso y trémulo con
el calor, y a través de la bruma apenas se veía a la gente de la loma.
"¡Ah! -pensó
Pahom-. Los lados son demasiado largos. Este debe ser más corto." Y siguió
a lo largo de¡ tercer lado, apurando el paso. Miró el sol. Estaba a mitad de
camino del horizonte, y Pahom aún no había recorrido tres kilómetros del tercer
lado del cuadrado. Aún estaba a quince kilómetros de su meta.
,,No -pensó-, aunque
mis tierras queden ¡regulares, ahora debo volver en línea recta. Podría
alejarme demasiado, y ya tengo gran cantidad de tierra.".
Pahom cavó un pozo de
prisa.
Echó a andar hacia la
loma, pero con dificultad. Estaba agotado por el calor, tenía cortes y
magulladuras en los pies descalzos, le flaqueaban las piernas. Ansiaba
descansar, pero era imposible si deseaba llegar antes del poniente. El sol no
espera a nadie, y se hundía cada vez más.
"Cielos -pensó-,
si no hubiera cometido el error de querer demasiado. ¿Qué pasará si llego
tarde?"
Miró hacia la loma y
hacia el sol. Aún estaba lejos de su meta, y el sol se aproximaba al horizonte.
Pahom siguió caminando,
con mucha dificultad, pero cada vez más rápido. Apuró el paso, pero todavía
estaba lejos del lugar. Echó a correr, arrojó la chaqueta, las botas, la
botella y la gorra, y conservó sólo la azada que usaba como bastón.
"Ay de mí. He
deseado mucho, y lo eché todo a perder. Tengo que llegar antes que se ponga el
sol."
El temor le quitaba el
aliento. Pahom siguió corriendo, y la camisa y los pantalones empapados se le
pegaban a la piel, y tenía la boca reseca. Su pecho jadeaba como un fuelle, su
corazón batía como un martillo, sus piernas cedían como si no le pertenecieran.
Pahom estaba abrumado por el terror de morir de agotamiento.
Aunque temía la muerte,
no podía detenerse. "Después que he corrido tanto, me considerarán un
tonto si me detengo ahora", pensó. Y siguió corriendo, y al acercarse oyó
que los bashkirs gritaban y aullaban, y esos gritos le inflamaron aún más el
corazón. Juntó sus últimas fuerzas y siguió corriendo.
El hinchado y brumoso
sol casi rozaba el horizonte, rojo como la sangre. Estaba muy bajo, pero Pahom
estaba muy cerca de su meta. Podía ver a la gente de la loma, agitando los
brazos para que se diera prisa. Veía la gorra de piel de zorro en el suelo, y el
dinero, y al jefe sentado en el suelo, riendo a carcajadas.
"Hay tierras en
abundancia -pensó-, ¿pero me dejará Dios vivir en ellas? ¡He perdido la vida,
he perdido la vida! ¡Nunca llegaré a ese lugar!"
Pahom miró el sol, que
ya desaparecía, ya era devorado. Con el resto de sus fuerzas apuró el paso,
encorvando el cuerpo de tal modo que sus piernas apenas podían sostenerlo.
Cuando llegó a la loma, de pronto oscureció. Miró el cielo. ¡El sol se había
puesto! Pahom dio un alarido.
"Todo mi esfuerzo
ha sido en vano", pensó, y ya iba a detenerse, pero oyó que los bashkirs
aún gritaban, y recordó que aunque para él, desde abajo, parecía que el sol se
había puesto, desde la loma aún podían verlo. Aspiró una buena bocanada de aire
y corrió cuesta arriba. Allí aún había luz. Llegó a la cima y vio la gorra.
Delante de ella el jefe se reía a carcajadas. Pahom soltó un grito. Se le
aflojaron las piernas, cayó de bruces y tomó la gorra con las manos.
-¡Vaya, qué sujeto tan
admirable! -exclamó el jefe-. ¡Ha ganado muchas tierras!
El criado de Pahom se
acercó corriendo y trató de levantarlo, pero vio que le salía sangre de la
boca. ¡Pahom estaba muerto!
Los pakshirs
chasquearon la lengua para demostrar su piedad.
Su criado empuñó la
azada y cavó una tumba para Pahom, y allí lo sepultó. Dos metros de la cabeza a
los pies era todo lo que necesitaba.
No comprendo esa
terquedad. ¿Por qué te obstinas en madrugar y mezclarte con la gente del
pueblo, cuando puedes ir mañana con la tía Viera, directamente a la tribuna?
Desde allí lo verás todo. Ya te he dicho que Behr me ha prometido que entrarás.
Además, tienes derecho, por ser dama de honor.
Así habló el príncipe
Pavel Golitsin, conocido en el mundo aristocrático con el sobrenombre de Pigeon,
a su hija Alejandra, de veintitrés años (a la que llamaban Rina), la noche
del 17 de mayo de 1896, en Moscú, víspera de una fiesta popular, organizada con
motivo de la coronación. Rina, robusta y hermosa muchacha, con el perfil
característico de los Golitsin —nariz corva de ave de presa—, había dejado de
apasionarse por los bailes y otros placeres mundanos desde hacía bastante
tiempo; y era, o al menos se consideraba, una mujer intelectual y amiga del
pueblo. Siendo hija única y muy querida de su padre, hacía lo que se le
antojaba. Aquel día había tenido la idea de asistir a la fiesta popular, con su
primo, no con la Corte, sino con el pueblo. Iría con el portero y un cochero de
los Golitsin, que tenían intención de salir por la mañana, muy temprano.
—Pero, papá, lo que
quiero no es ver al pueblo, sino estar con él. Quisiera saber cuáles son sus
sentimientos por el joven zar. Es posible que, por una vez...
—Bueno, haz lo que
quieras. De sobra conozco tu testarudez.
—No te enfades, querido
papá. Te prometo que voy a ser muy juiciosa. Además, Alek no se apartará de mí
ni un momento.
Por extraño e insensato
que le pareciera ese proyecto, el príncipe no pudo menos que acceder.
—¡Claro que sí!
—replicó a la pregunta de si podía llevarse el coche—. Pero cuando llegues a la
Jodynka, me lo mandas.
—Muy bien, conforme.
La muchacha se acercó a
su padre, que la bendijo, siguiendo su costumbre; le besó la mano, blanca y
grande, y se fue.
* * *
Aquella noche, en el
piso que María Yakovlevna alquilaba a los obreros de una fábrica de
cigarrillos, se hablaba también de la fiesta del día siguiente. Emilian
Yagodnyi se ponía de acuerdo con unos compañeros, que habían ido a verle a su
habitación, respecto de la hora en que saldrían.
—Casi no merece la pena
acostarse. No vaya a ser que no nos despertemos a tiempo —dijo Yasha, un
muchacho muy alegre, que ocupaba el cuarto contiguo.
—¿Por qué no echar un
sueñecito? —replicó Emilian—. Saldremos en cuanto amanezca. En eso hemos
quedado con los compañeros.
—Bueno, pues ¡a dormir
se ha dicho! Pero tú, Emilian, no dejes de llamarnos.
Yagodnyi prometió que
así lo haría; y, después de sacar del cajón de la mesa una bobina de seda,
acercó la lámpara y se puso a coser un botón de su abrigo de verano. Una vez
que hubo acabado, preparó sus mejores ropas sobre el banco, se limpió las
botas, rezó el Padrenuestro y el Avemaría, oraciones cuyo significado no
entendía y nunca le había interesado; y, después de descalzarse y quitarse los
pantalones, se acostó en la chirriante cama, de colchón apelmazado.
"A veces, la gente
tiene suerte —se dijo—. A lo mejor, me toca un billete de lotería —corrían
rumores de que, además de otros regalos, repartirían billetes de lotería—. No
espero diez mil rublos, como es natural; me conformaría con quinientos. ¡Podría
hacer tantas cosas! Mandaría dinero a los viejos y quitaría de trabajar a mi
mujer. Porque eso de estar siempre separados no es vivir... Compraría un buen
reloj. Me encargaría una pelliza para mí y otra para ella. Y no que, así, no
hago más que trabajar y no veo el modo de salir de apuros."
Empezó a imaginarse que
paseaba con su mujer en el parque de Alejandro; que el mismo guardia que lo
llevara a la comisaría el verano pasado porque, estando borracho, había armado
jaleo, era un general que, en aquel momento, lo invitaba, risueño, a una taberna,
a escuchar un organillo. El instrumento sonaba igual que un reloj.
De pronto, Emilian se
despierta. El reloj está dando la hora y la dueña de la casa, María Yakovlevna,
tose al otro lado de la puerta. Afuera, la oscuridad no es tan grande como la
víspera.
"No se nos vaya a
hacer tarde."
Emilian se levanta; se
dirige, descalzo, a la habitación contigua. Después de despertar a Yasha, se
viste, se unta los cabellos con pomada y se los peina, cuidadosamente, ante un
espejo roto.
"La verdad es que
no estoy mal; por eso me quieren las mozas; pero no quiero hacer
tonterías..."
Luego va a las
habitaciones de la dueña de la casa, tal y como han convenido la víspera, para
coger una bolsita con provisiones; un trozo de empanada, dos huevos, jamón y
una botella de vodka. Apenas apunta la aurora cuando Emilian y Yasha cruzan el
patio y se encaminan hacia el parque de Pedro. No son los únicos; otras
personas van delante, por todas partes aparecen hombres, mujeres y niños,
endomingados y muy alegres y todos toman la misma dirección.
Finalmente, llegan al
campo de la Jodynka, que se halla invadido de gente. Elévanse columnas de humo
por doquier. La mañana es muy fría y las gentes buscan ramas y troncos para
encender hogueras. Emilian se encuentra con sus compañeros; encienden también
una hoguera y, sentándose en torno a ella, sacan las provisiones y la bebida.
Sale el sol claro y brillante. Todos están alegres; cantan, charlan, bromean y
ríen, esperando divertirse aún más. Emilian ha bebido, en compañía de sus
amigos; enciende un cigarrillo y le invade un gran bienestar.
La gente del pueblo
luce sus mejores galas; pero entre los obreros endomingados se destacan, aquí y
allá, algunos comerciantes ricos, con sus mujeres e hijos. También se distingue
Rina Golitsina, que, entusiasmada por haberse salido con la suya y festejar con
el pueblo la coronación del zar, al que todo el mundo adora, pasea entre las
hogueras, del brazo de su primo Alek.
—Te felicito, bella
señorita —exclama un joven obrero, acercándole una copa a los labios—. No me lo
desprecies.
—Gracias.
—A su salud —apunta
Alek, orgulloso de conocer las costumbres populares.
Acostumbrados a ocupar
siempre el mejor lugar, atraviesan el campo —es tal la muchedumbre que, pese a
la resplandeciente mañana, se eleva una espesa niebla, producida por el aliento
de la gente— y van directamente hacia la tribuna. Pero los policías no les
permiten subir.
—¡Mejor! Volvamos allí
—exclama Rina.
Y los jóvenes vuelven
hacia la multitud.
* * *
—¡Mentira! —gritó
Emilian, que estaba sentado con sus compañeros, en torno a las provisiones,
colocadas sobre un papel, cuando un obrero fue a decirles que estaban
repartiendo los regalos.
—Te lo aseguro. No
hacen caso del reglamento. Lo he visto con mis propios ojos. Algunos traen un
hatillo y un vaso.
—Ya se sabe. Hacen lo
que quieren. ¿Qué les importa? Reparten las cosas a quien les viene en gana.
—Pero, ¿cómo pueden ir
contra el reglamento?
—Ya ves que lo están
haciendo.
—Bueno, muchachos,
entonces vayámonos también.
Todos se levantaron.
Emilian recogió la botella con el resto de vodka, y se puso en marcha, con sus
camaradas. Pero apenas habían recorrido veinte pasos, cuando las apreturas
fueron tales, que se les hizo difícil seguir adelante.
—¿Dónde te metes?
—¿Y tú?
—¿Te imaginas que estás
solo?
—¡Bueno, bueno; está
bien!
—¡Padrecitos! ¡Me están
ahogando! —vociferaba una mujer.
Se oían gritos
infantiles, desde otro lado.
—¡Al diablo!
—Pero, ¿qué te has
creído? ¿Que sólo tú tienes derecho a la vida?
—¡Se lo van a llevar
todo! Pero llegaré, sea como sea. ¡Diablos! ¡Malditos!
Era Emilian quien había
pronunciado esas palabras. Alzó sus robustos hombros y, separando los codos
todo lo que pudo, fue abriéndose paso, sin saber a ciencia cierta por qué lo
hacía; en realidad, era porque todos se precipitaban adelante y le parecía que
era preciso hacer lo mismo. Los que estaban detrás de él y a ambos lados lo
empujaban; pero los de delante no se movían. Todos gritaban y lanzaban gemidos
y exclamaciones.
Con sus fuertes dientes
apretados y el ceño fruncido, Emilian empujaba a los de delante, sin
desanimarse; y avanzaba algo, si bien muy despacio.
De pronto, la
muchedumbre se agitó, echándose hacia la derecha. Emilian miró en aquella
dirección y vio que algo pasaba, volando, por encima de su cabeza, y caía allí.
Esto se repitió hasta tres veces. Emilian no logró comprender de qué se
trataba; pero una voz gritó:
—¡Malditos!
¡Condenados! Están tirando las cosas.
Desde el lugar adonde
caían las bolsitas con los regalos eleváronse gritos, risas, llantos y gemidos.
Alguien empujó violentamente a Emilian por un costado, lo hizo aumentar su
enojo y su mal humor. Pero, antes que le diera tiempo de recobrarse del dolor,
le pisaron un pie. Su abrigo, su abrigo nuevo, se enganchó en algo,
desgarrándose. Un sentimiento de ira invadió su corazón, y Emilian empujó a los
de delante, con todas sus fuerzas.
Pero súbitamente
sucedió algo que no se pudo explicar. Hacía un momento sólo veía ante sí las
espaldas de la gente, cuando, de pronto, todo quedó descubierto para él. Divisó
las casetas en las que repartían los regalos. Esto lo alegró mucho; mas su
alegría duró un segundo. En breve comprendió que las casetas habían quedado al
descubierto porque los que iban delante habían llegado al borde de un foso y
habían caído dentro; él caería sobre otros, y los de detrás se le
vendrían encima. En aquel momento sintió miedo, por primera vez. Y, en efecto,
cayó. Una mujer, envuelta en un chal de lana, se le vino encima. Emilian pudo
desprenderse de ella y quiso volverse; pero los de detrás lo aplastaban y le
faltaron fuerzas. Consiguió incorporarse. Sus pies pisaban algo blando; eran
seres humanos. Alguien lo agarró por las piernas lanzando gritos. Emilian no
veía ni oía nada; continuaba abriéndose paso, por encima de la gente.
—¡Hermanos, les doy mi
reloj, es de oro! ¡Hermanos, salvadme! —gritaba un hombre, junto a él.
"No estamos para
relojes", pensó Emilian, que ya llegaba al otro lado del foso.
En su alma reinaban dos
sentimientos, ambos atormentadores: el miedo por su persona, por su propia
vida; y la ira contra aquellos dos hombres salvajes que lo ahogaban. No
obstante, el objetivo que tuviera desde el principio, llegar a las casetas para
recibir una bolsita con los regalos y el billete de lotería, seguía
atrayéndolo.
Ya se veían las
casetas; se veían los hombres que repartían los regalos; se distinguían los
gritos de los que habían llegado hasta allí, así como el crujir de las tablas
sobre las que se reunía la multitud.
Emilian seguía
luchando. Ya no le quedaban sino unos veinte pasos, cuando, de pronto, oyó bajo
sus pies o, mejor dicho, entre ellos, el llanto y los gritos de un niño. Al
bajar la vista, vio a un chiquillo, con la camisita rota, que yacía boca
arriba. Se agarraba a los pies de Emilian, balbuciendo algo. Instantáneamente,
algo vibró en el corazón de éste. Cesó el miedo que había sentido por su
persona. Cesó también la ira hacia sus semejantes. Tuvo lástima del niño. Se
agachó y le pasó la mano por debajo de la cintura; pero los de atrás se le
echaron encima, con tal fuerza, que estuvo a punto de caer y soltó al
chiquillo. Sin embargo, haciendo de nuevo un gran esfuerzo, cogió a la criatura
y se la echó al hombro. Los de atrás dejaron de empujar por un momento; y
Emilian pudo seguir hacia adelante, con el niño a cuestas.
—Tráelo —gritó un
cochero, que avanzaba junto a Emilian; y, apoderándose del pequeño, lo alzó por
encima de la multitud—. Anda, corre, corre por encima de los demás.
Emilian volvió la
cabeza y pudo distinguir al niño que se alejaba, tan pronto hundiéndose, tan
pronto reapareciendo entre los hombros y las cabezas de la multitud.
Emilian siguió
avanzando. Era imposible dejar de hacerlo, pero ya no le preocupaban los
regalos, ni tampoco llegar a las casetas. Pensaba en el niño. Se preguntaba
dónde se habría metido su compañero Yasha; y recordaba a la gente ahogada que
había visto en el foso. Una vez que hubo llegado a las casetas, recibió una
bolsita y un vaso; sin embargo, esas cosas no lo alegraron. Al principio, había
experimentado contento al ver que se había librado de las apreturas. Ya podía
respirar y moverse tranquilamente. Pero ese sentimiento no tardó en
desaparecer, a causa del espectáculo que se presentó ante sus ojos: una mujer
envuelta en un mantón de rayas, con el vestido desgarrado, los cabellos rubios
despeinados, yacía boca arriba y sus pies, calzados con botas abotonadas,
estaban tiesos. Una de sus manos descansaba sobre la hierba y la otra, con los
dedos plegados, en el pecho. Su rostro estaba lívido, como el de los cadáveres.
Esa mujer era la primera que había muerto ahogada entre la multitud y la habían
arrojado al otro lado del recinto, justamente ante la tribuna del zar.
Dos guardias, que
permanecían junto al cadáver, recibían órdenes de un policía. Después llegaron
unos cosacos, y, por orden del jefe, echaron a Emilian y a otros que estaban
allí. Emilian se encontró de nuevo entre la multitud, entre las apreturas, unas
apreturas más angustiosas que las de antes. De nuevo, gritos, gemidos femeninos
e infantiles; de nuevo unos pisaban a otros, sin poder remediarlo. Pero esta
vez Emilian no sentía temor por su persona ni ira por los que lo ahogaban. Lo
único que deseaba era librarse de aquello para analizar el sentimiento de su
alma. Le invadió un terrible deseo de beber y de fumar. Y, finalmente, pudo
conseguirlo; salió a un espacio libre, donde fumó y bebió.
* * *
Fue bien distinto lo
que les sucedió a Alek y a Rina. Sin aspirar a ningún regalo avanzaban entre
los corrillos de gente, charlando con las mujeres y con los niños, cuando, de
pronto, la multitud se abalanzó hacia las casetas, porque había corrido el rumor
de que habían empezado a repartir los regalos.
Antes que a Rina le
diera tiempo de volver la cabeza, se encontró separada de Alek y arrastrada por
la multitud. La invadió el horror. Al principio, procuró estar tranquila; pero
luego no pudo por menos de gritar, pidiendo socorro. Pero nadie se apiadó de
ella. Cada vez la apretaban más, le rasgaron el vestido y le arrebataron el
sombrero. No lo hubiera podido asegurar; pero creyó que le habían arrancado el
reloj con la cadena. Era una muchacha fuerte y hubiera podido resistir; pero el
horror le impidió hacerlo. Con el vestido roto y toda magullada, aún se
mantenía en pie; pero en el momento en que los cosacos se arrojaron sobre la
multitud para dispersarla, se debilitó y cayó al suelo sin sentido.
* * *
Cuando volvió en sí, se
hallaba echada de espaldas sobre la hierba. Un hombre, cuyo aspecto era el de
un obrero, con barba y con el abrigo roto, permanecía en cuclillas ante ella,
echándole agua sobre la cara. Al ver que abría los ojos, se persignó, escupiendo
el agua que tenía en la boca. Era Emilian.
—¿Dónde estoy? ¿Quién
es usted?
—En la Jodynka. ¿Me
pregunta quién soy? Un hombre como los demás. También a mí me han magullado.
Pero los hombres como yo pueden soportarlo todo.
—¿Y esto, qué es?
—preguntó Riña, señalando las monedas de cobre que tenía sobre el vientre.
—Es que han debido de
creerse que había usted muerto y le han echado monedas para el entierro. Yo me
he fijado bien y he visto que estaba viva; por eso empecé a echarle agua...
Rina se dio cuenta de
que su ropa estaba hecha trizas y que parte de su pecho quedaba descubierto. Se
sintió avergonzada, Emilian lo comprendió y se apresuró a taparla.
—No se preocupe,
señorita; no será nada.
Acudió gente. Vino un
guardia, Rina se incorporó y dijo quién era y dónde vivía. Emilian fue a buscar
un coche.
Al volver, se encontró
con un grupo de gente bastante considerable, Rina se puso en pie. Todos se
precipitaron a ayudarla; pero subió en el coche por sí sola. Estaba muy
avergonzada por el estado en que se encontraba.
—¿Dónde está su primo?
—le preguntó una mujer, acercándose.
—No lo sé, no lo sé —le
replicó Rina, con acento desesperado.
Al llegar a casa, Rina
se enteró que Alek se había podido librar de la multitud y que había vuelto
sano y salvo.
—Este hombre me ha
salvado —dijo—. Si no hubiese sido por él, no sé lo que me habría sucedido.
¿Cómo se llama usted? —preguntó, dirigiéndose a Emilian.
—¡Qué importa!
—Es una princesa
—murmuró una mujer—. Una princesa muy rica.
—Venga a ver a mi
padre. Le recompensará.
Repentinamente Emilian
tuvo la impresión de que una fuerza misteriosa invadía su alma; y se sintió
incapaz de cambiarla ni siquiera por un billete de lotería de doscientos
rublos.
—¡Estaría bueno! Nada
de eso, señorita. Váyase tranquila. No tiene por qué recompensarme.
—No, no; no puedo irme
así.
—Vaya con Dios,
señorita; pero no se lleve mi abrigo.
Y Emilian sonrió,
dejando al descubierto una hilera de dientes blancos. El recuerdo de esa alegre
sonrisa sirvió de consuelo a Rina en los momentos más difíciles de su vida.
Emilian, por su parte,
experimentaba un sentimiento de regocijo, que parecía transportarlo a otro
mundo, cada vez que recordaba el campo de Jodynka, a Rina y la conversación que
sostuvo con ella.
En una choza, Juana, la
mujer del pescador, se halla sentada junto a la ventana, remendando una vela
vieja. Afuera aúlla el viento y las olas rugen, rompiéndose en la costa... La
noche es fría y oscura, y el mar está tempestuoso; pero en la choza de los pescadores
el ambiente es templado y acogedor. El suelo de tierra apisonada está
cuidadosamente barrido; la estufa sigue encendida todavía; y los cacharros
relucen, en el vasar. En la cama, tras de una cortina blanca, duermen cinco
niños, arrullados por el bramido del mar agitado. El marido de Juana ha salido
por la mañana, en su barca; y no ha vuelto todavía. La mujer oye el rugido de
las olas y el aullar del viento, y tiene miedo.
Con un ronco sonido, el
viejo reloj de madera ha dado las diez, las once... Juana se sume en
reflexiones. Su marido no se preocupa de sí mismo, sale a pescar con frío y
tempestad. Ella trabaja desde la mañana a la noche. ¿Y cuál es el resultado?,
apenas les llega para comer. Los niños no tienen qué ponerse en los pies: tanto
en invierno como en verano, corren descalzos; no les alcanza para comer pan de
trigo; y aún tienen que dar gracias a Dios de que no les falte el de centeno.
La base de su alimentación es el pescado. "Gracias a Dios, los niños están
sanos. No puedo quejarme", piensa Juana; y vuelve a prestar atención a la
tempestad. "¿Dónde estará ahora? ¡Dios mío! Protégelo y ten piedad de
él", dice, persignándose.
Aún es temprano para
acostarse. Juana se pone en pie; se echa un grueso pañuelo por la cabeza,
enciende una linterna y sale; quiere ver si ha amainado el mar, si se despeja
el cielo, si hay luz en el faro y si aparece la barca de su marido. Pero no se
ve nada. El viento le arranca el pañuelo y lanza un objeto contra la puerta de
la choza de al lado; Juana recuerda que la víspera había querido visitar a la
vecina enferma. "No tiene quien la cuide", piensa, mientras llama a
la puerta. Escucha... Nadie contesta.
"A lo mejor le ha
pasado algo", piensa Juana; y empuja la puerta, que se abre de par en par.
Juana entra.
En la choza reinan el
frío y la humedad. Juana alza la linterna para ver dónde está la enferma. Lo
primero que aparece ante su vista es la cama, que está frente a la puerta. La
vecina yace boca arriba, con la inmovilidad de los muertos. Juana acerca la linterna.
Sí, es ella. Tiene la cabeza echada hacia atrás; su rostro lívido muestra la
inmovilidad de la muerte. Su pálida mano, sin vida, como si la hubiese
extendido para buscar algo, se ha resbalado del colchón de paja, y cuelga en el
vacío. Un poco más lejos, al lado de la difunta, dos niños, de caras regordetas
y rubios cabellos rizados, duermen en una camita acurrucados y cubiertos con un
vestido viejo.
Se ve que la madre, al
morir, les ha envuelto las piernecitas en su mantón y les ha echado por encima
su vestido. La respiración de los niños es tranquila, uniforme; duermen con un
sueño dulce y profundo.
Juana coge la cuna con
los niños; y, cubriéndolos con su mantón, se los lleva a su casa. El corazón le
late con violencia; ni ella misma sabe por qué hace esto; lo único que le
consta es que no puede proceder de otra manera.
Una vez en su choza,
instala a los niños dormidos en la cama, junto a los suyos; y echa la cortina.
Está pálida e inquieta. Es como si le remordiera la conciencia. "¿Qué me
dirá? Como si le dieran pocos desvelos nuestros cinco niños... ¿Es él? No, no...
¿Para qué los habré cogido? Me pegará. Me lo tengo merecido... Ahí viene...
¡No! Menos mal..."
La puerta chirría, como
si alguien entrase. Juana se estremece y se pone en pie.
"No. No es nadie.
¡Señor! ¿Por qué habré hecho eso? ¿Cómo le voy a mirar a la cara ahora?" Y
Juana permanece largo rato sentada junto a la cama, sumida en reflexiones.
La lluvia ha cesado; el
cielo se ha despejado; pero el viento sigue azotando y el mar ruge, lo mismo
que antes.
De pronto, la puerta se
abre de par en par. Irrumpe en la choza una ráfaga de frío aire marino; y un
hombre, alto y moreno, entra, arrastrando tras de sí unas redes rotas,
empapadas de agua.
—¡Ya estoy aquí, Juana!
—exclama.
—¡Ah! ¿Eres tú?
—replica la mujer; y se interrumpe, sin atreverse a levantar la vista.
—¡Vaya nochecita!
—Es verdad. ¡Qué tiempo
tan espantoso! ¿Qué tal se te ha dado la pesca?
—Es horrible, no he
pescado nada. Lo único que he sacado en limpio ha sido destrozar las redes.
Esto es horrible, horrible... No puedes imaginarte el tiempo que ha hecho. No
recuerdo una noche igual en toda mi vida. No hablemos de pescar; doy gracias a
Dios por haber podido volver a casa. Y tú, ¿qué has hecho sin mí?
Después de decir esto,
el pescador arrastra la redes tras de sí por la habitación; y se sienta junto a
la estufa.
—¿Yo? —exclama Juana,
palideciendo—. Pues nada de particular. Ha hecho un viento tan fuerte que me
daba miedo. Estaba preocupada por ti.
—Sí, sí —masculla el
hombre—. Hace un tiempo de mil demonios, pero... ¿qué podemos hacer?
Ambos guardan silencio.
—¿Sabes que nuestra
vecina Simona ha muerto?
—¿Qué me dices?
—No sé cuándo; me
figuro que ayer. Su muerte ha debido ser triste. Seguramente se le desgarraba
el corazón al ver a sus hijos. Tiene dos niños muy pequeños... Uno ni siquiera
sabe hablar y el otro empieza a andar a gatas...
Juana calla. El
pescador frunce el ceño; su rostro adquiere una expresión seria y preocupada.
—¡Vaya situación!
—exclama, rascándose la nuca—. Pero, ¡qué le hemos de hacer! No tenemos más
remedio que traerlos aquí. Porque si no, ¿qué van a hacer solos con la difunta?
Ya saldremos adelante como sea. Anda, corre a traerlos.
Juana no se mueve.
—¿Qué te pasa? ¿No
quieres? ¿Qué te pasa, Juana?
—Están aquí ya —replica
la mujer descorriendo la cortina.
Volvió a las seis de la
mañana y, según costumbre, pasó al cuarto de aseo; pero, en lugar de
desnudarse, se sentó o, mejor dicho, se dejó caer en una butaca... Poniendo las
manos en las rodillas, permaneció en esa actitud cinco, diez minutos, quizás
una hora. No hubiera podido decirlo.
"El siete de
corazones", se dijo, representándose el desagradable hocico de su
contrincante, que, a pesar de ser inmutable, había dejado traslucir
satisfacción en el momento de ganar.
—¡Diablos! —exclamó.
Se oyó un ruido tras de
la puerta. Y apareció su esposa, una hermosa mujer, de cabellos negros, muy
enérgica, con gorrito de noche, chambra con encajes y zapatillas de pana verde.
—¿Qué te pasa? —dijo, tranquilamente;
pero, al ver su rostro, repitió— ¿Qué te pasa, Misha? ¿Qué te pasa?
—Estoy perdido.
—¿Has jugado?
—Sí.
—¿Y qué?
—¿Qué? —repitió él, con
expresión iracunda—. ¡Que estoy perdido!
Y lanzó un sollozo,
procurando contener las lágrimas.
—¿Cuántas veces te he
pedido, cuántas veces te he suplicado que no jugaras?
Sentía lástima por él;
pero también se compadecía de sí misma, al pensar que pasaría penalidades, así
como por no haber dormido en toda la noche, atormentada, esperándolo. "Ya
son las seis", pensó, echando una ojeada al reloj que estaba encima de la
mesa.
—¡Infame! ¿Cuánto has
perdido?
—¡Todo! Todo lo mío y
lo que tenía del Tesoro. ¡Castígame! Haz lo que quieras. Estoy perdido —se
cubrió el rostro con las manos—. Eso es lo único que sé.
—¡Misha! ¡Misha!
Escúchame. Apiádate de mí. También soy un ser humano. Me he pasado toda la
noche sin dormir. Estuve esperándote, estuve sufriendo; y he aquí la
recompensa. Dime, al menos, la cantidad que has perdido.
—Es tan elevada, que no
puedo pagarla; nadie podría hacerlo. He perdido dieciséis mil rublos. Debería
huir, pero, ¿cómo?
Miró a su mujer; y,
cosa que no podía esperar, ésta lo atrajo hacia sí. "¡Qué hermosa
es!", pensó, cogiéndola de la mano; pero ella lo rechazó.
—Misha, habla en debida
forma. ¿Cómo has podido hacer eso?
—Esperaba recuperarme
—sacó la pitillera y empezó a fumar con avidez—. Desde luego, soy un canalla.
No te merezco. Abandóname. Perdóname, por última vez. Me marcharé.
Desapareceré, Katia. No he podido evitarlo; me ha sido imposible. Estaba como
en sueños; fue sin querer... —frunció el ceño—. ¿Qué hacer? Estoy perdido.
Perdóname.
Quiso abrazarla, pero
ella se apartó en actitud enojada.
—¡Oh! Son dignos de
compasión los hombres. Cuando las cosas van bien, se envalentonan; pero en
cuanto algo no marcha, ya están sumidos en la desesperación y no sirven para
nada —se sentó al otro lado del tocador—. Cuéntamelo todo, por orden.
El marido obedeció.
Dijo que cuando iba a llevar el dinero al banco, se había encontrado con
Nekrasov. Este le propuso que fuera a su casa, a jugar una partida. Así lo
hicieron; perdió todo el dinero; y en aquel momento estaba decidido a poner fin
a su vida. A pesar de sus afirmaciones, la esposa comprendió que no había
decidido nada: estaba desesperado sencillamente. Escuchó su relato hasta el
final y dijo:
—Todo esto es una
estupidez, una infamia. ¿Cómo has podido perder el dinero sin querer? Es
absurdo.
—Ríñeme y haz lo que
quieras conmigo.
—No pretendo reñirte;
lo que quisiera es salvarte, como lo he hecho siempre, por muy vil y lamentable
que aparezcas ante mis ojos.
—Sigue, sigue; poco
falta ya...
—Me parece que por
desesperado que estés, es cruel por tu parte atormentarme de este modo. Estoy
enferma. Hoy he tenido que volver a tomar... Y de pronto me llegas con esta
sorpresa. Por si fuera poco, esa actitud de impotencia... Me preguntas qué
debes hacer. Pues muy sencillo. Son las seis. Ve inmediatamente a casa de Frim
y cuéntaselo todo.
—¿Acaso se va a apiadar
de mí? No se le puede contar eso.
—¡Qué tonto eres!
¿Acaso te aconsejo que digas al director del banco que perdiste en el juego el
dinero que te confió...? Le vas a decir que ibas a la estación de
Nikolaievsky... ¡No, no! Es mejor que vayas a la policía, ahora mismo. ¡No!
Ahora mismo, no. Irás a las diez y vas a decir que cuando ibas por el callejón
Nechioesky te asaltaron los bandidos, uno con barba y el otro un verdadero
chiquillo; iban armados de un revólver y te arrebataron el dinero. Después irás
a casa de Frim, para contarle lo mismo.
—Sí, pero... —encendió
un cigarrillo—. Se pueden enterar por Nekrasov.
—Iré a verlo, le
hablaré y lo arreglaré todo.
Misha se tranquilizó;
y, hacia las ocho de la mañana se durmió con un sueño profundo. Su mujer fue a
despertarlo a las diez.
* * *
Esto había ocurrido por
la mañana en el piso de arriba. En el de abajo, habitado por la familia
Ostrovsky, sucedía lo siguiente, a las seis de la tarde.
Habían acabado de
comer. La princesa Ostrovskaya, joven madre, llamó al lacayo, que acababa de
pasar en torno a la mesa, sirviendo tarta; pidió un plato, y después de servir
una ración, se volvió hacia sus hijos. El mayor, llamado Voka, tenía siete
años, y la pequeña, Tania, cuatro años y medio. Ambos eran muy hermosos; Voka
tenía un aspecto sano, grave y serio, y su encantadora sonrisa dejaba al
descubierto sus dientes disparejos; Tania, con sus ojos negros, era una
criatura vivaracha, llena de energía, charlatana, divertida, siempre alegre y
cariñosa con todo el mundo.
—Niños, ¿cuál de los
dos va a llevar la tarta a la niania?
—Yo —exclamó Voka.
—Yo, yo, yo —gritó
Tania, saltando de la silla.
—La llevará el que lo
ha dicho primero —intervino el padre, que solía mimar a Tania y por eso se
alegraba de toda ocasión que le permitiera demostrar su imparcialidad—. Tania,
esta vez tienes que ceder.
—No me importa. Voka,
coge la tarta, anda. Por ti lo hago con gusto.
Los niños solían dar
las gracias después de comer. Todos esperaron a Voka mientras tomaban el café.
Pero éste tardaba en volver.
—Tania, corre a ver qué
le pasa a tu hermano.
Al saltar de la silla,
Tania enganchó una cuchara, que cayó al suelo. Se apresuró a recogerla y la
puso en el borde de la mesa, pero la cuchara volvió a caer; la recogió de nuevo
y, echándose a reír, corrió con sus piernecitas gordezuelas, enfundadas en las
medias. Salió al pasillo y se dirigió a la habitación de los niños, contigua a
la de la niñera. Iba a entrar en ella, cuando de pronto oyó unos sollozos.
Volvió la cabeza. Voka, de pie junto a su cama, miraba un caballo de juguete,
llorando amargamente, con el plato vacío en las manos.
—¿Qué te pasa? ¿Dónde
está la tarta?
—Me... me... la he
comido sin querer. ¡No iré, no iré...! Tania..., de veras que ha sido sin
querer. Sólo quise probarla; pero luego me la comí toda.
—¿Qué haremos?
—Ha sido sin querer...
Tania se quedó
pensativa. Voka seguía llorando, desconsoladamente. De pronto, la cara de la
niña se tornó resplandeciente.
—Voka, no llores; ve a
decir a la niania que te has comido la tarta sin querer y pídele perdón.
Mañana le daremos nuestra ración. La niania es buena.
Voka dejó de llorar y
se enjugó las lágrimas con las palmas de las manos.
—¿Cómo se lo voy a
decir? —balbuceó, con voz temblorosa.
—Vamos juntos.
Los niños fueron a ver
a la niñera; y volvieron al comedor, felices y contentos. También se sintieron
felices y contentos la niania y los padres cuando ésta les contó,
emocionada y divertida, lo que habían hecho los pequeños.
—¡Que lo maten! ¡Que lo
fusilen! ¡Que fusilen inmediatamente a ese canalla...! ¡Que lo maten! ¡Que
corten el cuello a ese criminal! ¡Que lo maten, que lo maten...! —gritaba una
multitud de hombres y mujeres, que conducía, maniatado, a un hombre alto y erguido.
Este avanzaba con paso firme y con la cabeza alta. Su hermoso rostro viril
expresaba desprecio e ira hacia la gente que lo rodeaba.
Era uno de los que,
durante la guerra civil, luchaban del lado de las autoridades. Acababan de
prenderlo y lo iban a ejecutar.
"¡Qué le hemos de
hacer! El poder no ha de estar siempre en nuestras manos. Ahora lo tienen
ellos. Si ha llegado la hora de morir, moriremos. Por lo visto, tiene que ser
así", pensaba el hombre; y, encogiéndose de hombros, sonreía, fríamente, en
respuesta a los gritos de la multitud.
—Es un guardia. Esta
misma mañana ha tirado contra nosotros —exclamó alguien.
Pero la muchedumbre no
se detenía. Al llegar a una calle en que estaban aún los cadáveres de los que
el ejército había matado la víspera, la gente fue invadida por una furia
salvaje.
—¿Qué esperamos? Hay
que matar a ese infame aquí mismo. ¿Para qué llevarlo más lejos?
El cautivo se limitó a
fruncir el ceño y a levantar aún más la cabeza. Parecía odiar a la muchedumbre
más de lo que ésta lo odiaba a él.
—¡Hay que matarlos a
todos! ¡A los espías, a los reyes, a los sacerdotes y a esos canallas! Hay que
acabar con ellos, en seguida, en seguida... —gritaban las mujeres.
Pero los cabecillas
decidieron llevar al reo a la plaza.
Ya estaban cerca,
cuando de pronto, en un momento de calma, se oyó una vocecita infantil, entre
las últimas filas de la multitud.
—¡Papá! ¡Papá! —gritaba
un chiquillo de seis años, llorando a lágrima viva, mientras se abría paso,
para llegar hasta el cautivo—. Papá ¿qué te hacen? ¡Espera, espera! Llévame
contigo, llévame...
Los clamores de la
multitud se apaciguaron por el lado en que venía el chiquillo. Todos se
apartaron de él, como ante una fuerza, dejándolo acercarse a su padre.
—-¡Qué simpático es!
—comentó una mujer.
—¿A quién buscas?
—preguntó otra, inclinándose hacia el chiquillo.
—¡Papá! ¡Déjenme que
vaya con papá! —lloriqueó el pequeño.
—¿Cuántos años tienes
niño?
—¿Qué van a hacer con
papá?
—Vuelve a tu casa,
niño, vuelve con tu madre —dijo un hombre.
El reo oía ya la voz
del niño, así como las respuestas de la gente. Su cara se tornó aún más
taciturna.
—¡No tiene madre!
—exclamó, al oír las palabras del hombre.
El niño se fue abriendo
paso hasta que logró llegar junto a su padre; y se abrazó a él.
La gente seguía
gritando lo mismo que antes: "¡Que lo maten! ¡Que lo ahorquen! ¡Que
fusilen a ese canalla!"
—¿Por qué has salido de
casa? —preguntó el padre.
—¿Dónde te llevan?
—¿Sabes lo que vas a
hacer?
—¿Qué?
—¿Sabes quién es
Catalina?
—¿La vecina? ¡Claro!
—Bueno, pues..., ve a
su casa y estáte ahí... hasta que yo... hasta que yo vuelva.
—¡No; no iré sin ti!
—exclamó el niño, echándose a llorar.
—¿Por qué?
—Te van a matar.
—No. ¡Nada de eso! No
me van a hacer nada malo.
Despidiéndose del niño,
el reo se acercó al hombre que dirigía a la multitud.
—Escuche; máteme como
quiera y donde le plazca; pero no lo haga delante de él —exclamó, indicando al
niño—. Desáteme por un momento y cójame del brazo para que pueda decirle que
estamos paseando, que es usted mi amigo. Así se marchará. Después..., después
podrá matarme como se le antoje.
El cabecilla accedió.
Entonces, el reo cogió al niño en brazos y le dijo:
—Sé bueno y ve a casa
de Catalina.
—¿Y qué vas a hacer tú?
—Ya vez, estoy paseando
con este amigo; vamos a dar una vuelta; luego iré a casa. Anda, vete, sé bueno.
El chiquillo se quedó
mirando fijamente a su padre, inclinó la cabeza a un lado, luego al otro, y
reflexionó.
—Vete; ahora mismo iré
yo también.
—¿De veras?
El pequeño obedeció.
Una mujer lo sacó fuera de la multitud.
—Ahora estoy dispuesto;
puede matarme —exclamó el reo, en cuanto el niño hubo desaparecido.
Pero, en aquel momento,
sucedió algo incomprensible e inesperado. Un mismo sentimiento invadió a todos
los que momentos antes se mostraron crueles, despiadados y llenos de odio.
—¿Sabéis lo que os
digo? Debíais soltarlo —propuso una mujer.
—Es verdad. Es verdad
—asintió alguien.
—¡Soltadlo! ¡Soltadlo!
—rugió la multitud.
Entonces, el hombre
orgulloso y despiadado que aborreciera a la muchedumbre hacía un instante, se
echó a llorar; y, cubriéndose el rostro con las manos, pasó entre la gente, sin
que nadie lo detuviera.
Un navío regresaba al
puerto después de dar la vuelta al mundo; el tiempo era bueno y todos los
pasajeros estaban en el puente. Entre las personas, un mono, con sus gestos y
sus saltos, era la diversión de todos. Aquel mono, viendo que era objeto de las
miradas generales, cada vez hacía más gestos, daba más saltos y burlábase de
las personas, imitándolas.
De pronto saltó sobre
un muchacho de doce años, hijo del capitán del barco, quitóle su sombrero,
púsoselo en la cabeza y gateó por el mástil. Todo el mundo reía; pero el niño,
con la cabeza al aire, no sabía que hacer: si imitarlos o llorar.
El mono tomó asiento en
la cofa, y con los dientes y las uñas empezó a romper el sombrero. Hubiérase
dicho que su objeto era provocar la cólera del niño al ver los signos que le
hacía mostrándole la prenda.
El jovenzuelo le
amenazaba, le injuriaba; pero el mono seguía su obra.
Los marineros reían. De
pronto el muchacho púsose rojo de cólera; luego, despojándose de alguna ropa,
lanzóse tras el mono. De un salto estuvo a su lado; pero el animal, más ágil y
más diestro, se le escapó.
- ¡No te irás! – gritó
el muchacho, trepando por donde él. El mono le hacía subir, subir…; pero el
niño no renunciaba a la lucha. En la cima del mástil, el mono, sosteniéndose de
una cuerda con una mano, con la otra colgó el sombrero en la más elevada cofa y
desde allí se echó a reír mostrando los dientes.
Del mástil donde estaba
colgado el sombrero había más de dos metros; por lo tanto no podía cogerle sin
grandísimo peligro. Todo el mundo reía viendo la lucha del pequeño contra el
animal; pero al ver que el niño dejaba la cuerda y poníase sobre la cofa, los
marineros quedaron paralizados por el espanto. Un falso movimiento y caería al
puente. Aun cuando cogiera el sombrero no conseguiría bajar.
Todos esperaban
ansiosamente el resultado de aquello. De repente alguien lanzó un grito de
espanto. El niño miró abajo y vaciló. En aquel momento el capitán del barco, el
padre del niño, salió de su camarote llevando en la mano una escopeta para
matar gaviotas. Vió a su hijo en el mástil y apuntándole inmediatamente,
exclamó:
- ¡Al agua!... ¡Al
agua, o te mato!...- El niño vacilaba sin comprender. -¡Salta, o te mato!...
¡Uno, dos!...-
Y en el momento en que
el capitán gritaba:
-¡Tres!...-, el niño se
dejó caer hacia el mar.
Como una bala penetró
su cuerpo en el agua; mas apenas habíanle cubierto las olas, cuando veinte
bravos marineros le seguían.
En el espacio de
cuarenta segundos, que parecieron un siglo a los espectadores, el cuerpo del
muchacho apareció en la superficie. Trasportósele al barco y algunos minutos
después empezó a echar agua por la boca y respiró.
Cuando su padre le vió
salvado, exhaló un grito, como si algo le hubiese tenido algo ahogado, y escapó
a su camarote.
[1] Mujík:
campesino.
[2] Barín:
noble.
[3] La
superstición popular suponía que los diablillos o espíritus malignos habitaban
en los pantanos.
[4] Isba:
casa de labranza.
[5] Babás:
mujeres de los campesinos.
[6] Khorovods:
rueda o corro de chicas.
[7] Babuchka:
abuela.
[8] Zarevna:
princesa, hija del Zar.
[9] Lapti:
Calzado trenzado de los mujiks
[10] Onutchi:
Tiras de tela que los mujiks se arrollan a los pies en lugar de calcetines.
[11] Voivoda:
Jefe de ejercito
[12] Chtof
: Medida de capacidad.
[13] Elisa,
mira a la derecha, es él.
[14] ¿Dónde,
dónde? Pues, no es tan hermoso.
[15] Neurasténica.
[16] Praskovia es el nombre de pila; Páshenka,
su diminutivo familiar.
[17] Los
peregrinos.
[18] Pregúnteles
si están firmemente convencidos de que su peregrinación es agradable a Dios.
[19] ¿Qué
ha dicho? No responde.
— Ha
dicho que es un servidor de Dios.
— Debe
ser el hijo de un sacerdote. Se le nota. ¿Tiene usted calderilla?
[20] Dígales
que no se lo doy para velas, sino para que se agasajen con té… para ti,
viejecito.
[21] Puede
usted echarme; pero no me iré, se lo digo de antemano
[22] Dios
me libre... ¿No le molesta?
[23] Dejemos
esto. Y buenas noches.
[24] Por
los bellos ojos de un granuja.
[25] Diminutivo de Serguei.
[26] "Miman y entretejen rosas celestiales con la
vida terrena." En alemán en el original.
[27] Una
versta equivale a 1.067 metros
[28] Staretzi: ermitaño.

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