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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

ZOZOBRA

Ramón López Velarde  


Zozobra

Ramón López Velarde



Table of Contents

 

A Ramón López Velarde

Hoy como nunca…

Transmútase mi alma…

El viejo pozo

Tu palabra más fútil…

Para el zenzontle impávido…

Que sea para bien…

El minuto cobarde

La mancha de púrpura

Introito

Día 13

No me condenes…

Despilfarras el tiempo…

Himeneo

Las desterradas

Mi corazón se amerita…

Dejad que la alabe…

Tus dientes

Memorias del circo

Tierra mojada…

Como en la Salve…

La estrofa que danza

La doncella verde

El retorno maléfico

Como las esferas…

A las vírgenes

El mendigo

Fábula dística

Hormigas

La niña del retrato

Idolatría

La lágrima…

Ánima adoratriz

A las provincianas mártires

La última odalisca

El candil

Todo…

Jerezanas…

Te honro en el espanto…

Disco de Newton

Humildemente…

 

 

 

Primera edición SEP, 2025

D.R. © Secretaría de Educación Pública, 2025

Argentina 28, Centro,

06020, Ciudad de México

 

ISBN 978-607-579-986-5

Prohibida su reproducción por cualquier medio mecánico o electrónico sin la autorización escrita de los editores.

Distribución gratuita-Prohibida su venta



A Ramón López Velarde

 

 

Dedicatoria en un ejemplar de Con los ojos abiertos

 

Ramón López Velarde: está franca la puerta

para tu audacia lírica. Pasa y siéntate. Un

bello sitial de púrpura deseara. En liza abierta

has burlado al solemne dios, el lugar común.

 

La Academia está insomne, pues cual un maleficio

la enloquece, a sus años, tu embrujado café.

Tu adjetivo tendría, si hubiera Santo Oficio,

coroza y vela verde en un auto de fe.

 

Imagino tu sensualidad de católico

en la misa del Arte. Sutilmente diabólico

distraes a los fieles con tu ambigua actitud.

 

Diácono que con manos perfumadas de sándalo,

en tu cáliz elevas hostias rojas, escándalo

de Sancho, que comulga lívido de inquietud.

 

 

Rafael López

1917

 

 

 

 

 

Hoy como nunca…

 

 

A Enrique González Martínez

 

Hoy, como nunca, me enamoras y me entristeces;

si queda en mí una lágrima, yo la excito a que lave

nuestras dos lobregueces.

 

Hoy, como nunca, urge que tu paz me presida;

pero ya tu garganta sólo es una sufrida

blancura, que se asfixia bajo toses y toses,

y toda tú una epístola de rasgos moribundos

colmada de dramáticos adioses.

 

Hoy, como nunca, es venerable tu esencia

y quebradizo el vaso de tu cuerpo,

y sólo puedes darme la exquisita dolencia

de un reloj de agonías, cuyo tic-tac nos marca

el minuto de hielo en que los pies que amamos

han de pisar el hielo de la fúnebre barca.

 

Yo estoy en la ribera y te miro embarcarte:

huyes por el río sordo, y en mi alma destilas

el clima de esas tardes de ventisca y de polvo

en las que doblan solas las esquilas.

 

Mi espíritu es un paño de ánimas, un paño

de ánimas de iglesia siempre menesterosa;

es un paño de ánimas goteado de cera,

hollado y roto por la grey astrosa.

 

No soy más que una nave de parroquia en penuria,

nave en que se celebran eternos funerales,

porque una lluvia terca no permite

sacar el ataúd a las calles rurales.

 

Fuera de mí, la lluvia; dentro de mí, el clamor

cavernoso y creciente de un salmista;

mi conciencia, mojada por el hisopo, es un

ciprés que en una huerta conventual se contrista.

 

Ya mi lluvia es diluvio, y no miraré el rayo

del sol sobre mi arca, porque ha de quedar roto

mi corazón la noche cuadragésima;

no guardan mis pupilas ni un matiz remoto

de la lumbre solar que tostó mis espigas;

mi vida sólo es una prolongación de exequias

bajo las cataratas enemigas.

 

 

 

 

 

Transmútase mi alma…

 

 

Transmútase mi alma en tu presencia

como un florecimiento

que se vuelve cosecha.

 

Los amados espectros de mi rito

para siempre me dejan;

mi alma se desazona

como pobre chicuela

a quien prohíben en el mes de mayo

que vaya a ofrecer flores en la iglesia.

 

Mas contemplo en tu rostro

la redecilla de medrosas venas,

como una azul sospecha

de pasión, y camino en tu presencia

como en campo de trigo en que latiese

una misantropía de violetas.

 

Mis lirios van muriendo, y me dan pena;

pero tu mano pródiga acumula

sobre mí sus bondades veraniegas,

y te respiro como a un ambiente

frutal; como en la fiesta

del Corpus, respiraba hasta embriagarme

la fruta del mercado de mi tierra.

 

Yo desdoblé mi facultad de amor

en liviana aspereza

y suave suspirar de monaguillo;

pero tú me revelas

el apetito indivisible, y cruzas

con tu antorcha inefable

incendiando mi pingüe sementera.

 

 

 

 

 

El viejo pozo

 

 

El viejo pozo de mi vieja casa

sobre cuyo brocal mi infancia tantas veces

se clavaba de codos, buscando el vaticinio

de la tortuga, o bien el iris de los peces,

es un compendio de ilusión

y de históricas pequeñeces.

 

Ni tortuga, ni pez: sólo el venero

que mantiene su estrofa concéntrica en el agua

y que dio fe del ósculo primero

que por 1850 unió las bocas

de mi abuelo y mi abuela… ¡Recurso lisonjero

con que los generosos hados

dejan caer un galardón fragante

encima de los desposados!

Besarse, en un remedo bíblico, junto al pozo,

y que la boca amada trascienda a fresco gozo

de manantial, y que el amor se profundice,

en la pareja que lo siente,

como el hondo venero providente…

 

En la pupila líquida del pozo

espejábanse, en años remotos, los claveles

de una maceta; más la arquitectura

ágil de las cabezas de dos o tres corceles,

prófugos del corral; más la rama encorvada

de un durazno; y en época de mayor lejanía,

también se retrataban en el pozo

aquellas adorables señoras en que ardía

la devoción católica y la brasa de Eros;

suaves antepasadas, cuyo pecho lucía

descotado, y que iban, con tiesura y remilgo,

a entrecerrar los ojos a un palco a la zarzuela,

con peinados de torre y con vertiginosas

peinetas de carey. Del teatro a la Vela

Perpetua, ya muy lisas y muy arrebujadas

en la negrura de sus mantos.

Evoco, todo trémulo, a estas antepasadas

porque heredé de ellas el afán temerario

de mezclar tierra y cielo, afán que me ha metido

en tan graves aprietos en el confesonario.

 

En una mala noche de saqueo y de política

que los beligerantes tuvieron como norma

equivocar la fe con la rapiña, al grito

de “¡Religión y Fueros!” y “¡Viva la Reforma!”,

una de mis geniales tías,

que tenía sus ideas prácticas sobre aquellas

intempestivas griterías,

y que en aquella lucha no siguió otro partido

que el de cuidar los cortos ahorros de mi abuelo,

tomó cuatro talegas, y con un decidido

brazo las arrojó en el pozo, perturbando

la expectación de la hora ingrata

con un estrépito de plata.

 

Hoy cuentan que mi tía se aparece a las once

y que cumpliendo su destino

de tesorera fiel, arroja sus talegas

con un ahogado estrépito argentino.

 

Las paredes del pozo, con un tapiz de lama

y con un centelleo de gotas cristalinas,

eran como el camino de esperanza en que todos

hemos llorado un poco… Y aquellas peregrinas

veladas de mayo y de junio

mostráronme del pozo el secreto de amor:

preguntaba el durazno: “¿Quién es Ella?”,

y el pozo, que todo lo copiaba, respondía

no copiando más que una sola estrella.

 

El pozo me quería senilmente; aquel pozo

abundaba en lecciones de fortaleza, de alta

discreción, y de plenitud…

pero hoy, que su enseñanza de otros tiempos me falta,

comprendo que fui apenas un alumno vulgar

con aquel taciturno catedrático,

porque en mi diario empeño no he podido lograr

hacerme abismo y que la estrella amada,

al asomarse a mí, pierda pisada.

 

 

 

 

 

Tu palabra más fútil…

 

 

Magdalena, conozco que te amo

en que la más trivial de tus acciones

es pasto para mí, como la miga

es la felicidad de los gorriones.

 

Tu palabra más fútil

es combustible de mi fantasía

y pasa por mi espíritu feudal

como un rayo de sol por una umbría.

 

Una mañana (en que la misma prosa

del vivir se tornaba melodiosa)

te daban un periódico en el tren

y rehusaste, diciendo con voz cálida:

“¿Para qué me das esto?” Y estas cinco

breves palabras de tu boca pálida

fueron como un joyel que todo el día

en mi capilla estuvo manifiesto;

y en la noche, sonaba tu pregunta:

“¿Para qué me das esto?”

 

Y la tarde fugaz que en el teatro

repasaban tus dedos, Magdalena,

la dorada melena

de un chiquillo… Y el prócer ademán

con que diste limosna a aquel anciano…

Y tus dientes que van

en sonrisa ondulante, cual resúmenes

del sol, encandilando la insegura

pupila de los viejos y los párvulos…

Tus dientes, en que están la travesura

y el relámpago de un pueril espejo

que aprisiona del sol una saeta

y clava el rayo férvido en los ojos

del infante embobado

que en su cuna vegeta…

 

También yo, Magdalena, me deslumbro

en tu sonrisa férvida; y mis horas

van a tu zaga, hambrientas y canoras,

como va tras el ama, por la holgura

de un patio regional, el cortesano

séquito de palomas que codicia

la gota de agua azul y el rubio grano.

 

 

 

 

 

Para el zenzontle impávido…

 

 

He vuelto a media noche a mi casa, y un canto

como vena de agua que solloza, me acoge…

Es el músico célibe, es el solista dócil

y experto, es el zenzontle que mece los cansancios

seniles y la incauta ilusión con que sueñan

las damitas… No cabe duda que el prisionero

sabe cantar. Su lengua es como aquellas otras

que el candor de los clásicos llamó lenguas harpadas.

No serían los clásicos minuciosos psicólogos,

pero atinaban con el mundo elemental

y daban a las cosas sus nombres…

 

Sigo oyendo

la musical tarea del zenzontle, y lo admiro

por impávido y fuerte, porque no se amilana

en el caos de las lóbregas vigilias, y no teme

despertar a los monstruos de la noche. Su pico

repasa el cuerpo de la noche, como el de una

amante; el valeroso pico de este zenzontle

va recorriendo el cuerpo de la noche: las cejas,

la nuca, y el bozo. Súbitamente, irrumpe

arpegio animoso que reta en su guarida

a todas las hostiles reservas de la amante…

 

¿Hay acaso otro solo poeta que, como éste,

desafíe a las incógnitas potestades, y hiera

con su venablo lírico el silencio despótico?

Respondamos nosotros, los necios y cobardes

que en la noche tememos aventurar la mano

afuera de las sábanas…

 

El zenzontle me lleva

hasta los corredores del patio solariego

en que había canarios, con el buche teñido

con un verde inicial de lechuga, y las alas

como onzas acabadas de troquelar. También

había por aquellos corredores, las roncas

palomas que se visten de canela y se ajustan

los collares de luto… Corredores propicios

en que José Manuel y Berta platicaban

y en que la misma Berta, con un gentil descoco,

me dijo alguna vez: “Si estos corredores

como tumbas, hablaran ¡qué cosas no dirían!”

 

Mas en estos momentos el zenzontle repite

un silbo montaraz, como un pastor llamando

a una pastora; y caigo en la lúgubre cuenta

de que el zenzontle vive castamente, y su limpia

virtud no ha de obtener un premio en Josafat.

Es seguro que al pobre cantor, que da su música

a la erótica letra de las lunas de miel,

lo aprisionaron virgen en su monte; y me apena

que ignore que la dicha de amar es un galope

del corazón sin brida, por el desfiladero

de la muerte. Deploro su castidad reclusa

y hasta le cedería uno de mis placeres.

 

Mas ya el sueño me vence… El zenzontle prolonga

su confesión melódica frente a las potestades

enemigas, y corto aquí mi panegírico

para el zenzontle impávido, virgen y confesor.

 

 

 

 

 

Que sea para bien…

 

 

Ya no puedo dudar… Diste muerte a mi cándida

niñez, toda olorosa a sacristía, y también

diste muerte al liviano chacal de mi cartuja.

Que sea para bien…

 

Ya no puedo dudar… Consumaste el prodigio

de, sin hacerme daño, sustituir mi agua clara

con un licor de uvas… Y yo bebo

el licor que tu mano me depara.

 

Me revelas la síntesis de mi propio Zodíaco:

el León y la Virgen. Y mis ojos te ven

apretar en los dedos –como un haz de centellas–

éxtasis y placeres. Que sea para bien…

 

Tu palidez denuncia que en tu rostro

se ha posado el incendio y ha corrido la lava…

Día último de marzo; emoción; aves; sol…

Tu palidez volcánica me agrava.

 

¿Ganaste ese prodigio de pálida vehemencia

al huir, con un viento de ceniza,

de una ciudad en llamas? ¿O hiciste penitencia

revolcándote encima del desierto? ¿O, quizá,

te quedaste dormida en la vertiente

de un volcán, y la lava corrió sobre tu boca

y calcinó tu frente?

 

¡Oh tú, reveladora, que traes un sabor

cabal para mi vida, y la entusiasmas:

tu triunfo es sobre un motín de satiresas

y un coro plañidero de fantasmas!

 

Yo estoy en la vertiente de tu rostro, esperando

las lavas repentinas que me den

un fulgurante goce. Tu victorial y pálido

prestigio ya me invade… ¡Que sea para bien!

 

 

 

 

 

El minuto cobarde

 

 

A Saturnino Herrán

 

En estos hiperbólicos minutos

en que la vida sube por mi pecho

como una marea de tributos

onerosos, la plétora de vida

se resuelve en renuncia capital

y en miedo se liquida.

 

Mi sufrimiento es como un gravamen

de rencor, y mi dicha como cera

que se derrite siempre en jubileos,

y hasta mi mismo amor es como un tósigo

que en la raíz del corazón prospera.

 

Cobardemente clamo, desde el centro

de mis intensidades corrosivas,

a mi parroquia, al ave moderada,

a la flor quieta y a las aguas vivas.

 

Yo quisiera acogerme a la mesura,

a la estricta conciencia y al recato

de aquellas cosas que me hicieron bien…

 

Anticuados relojes del Curato

cuyas pesas de cobre

se retardaban, con intención pura,

por aplazarme indefinidamente

la primera amargura.

 

Obesidad de aquellas lunas que iban

rodando, dormilonas y coquetas,

por un absorto azul

sobre los árboles de las banquetas.

 

Fatiga incierta de un incierto piano

en que un tema llorón se decantaba,

con insomnio y desgano,

en favor del obtuso centinela

y contra la salud del hortelano.

 

Santos de piedra que en el atrio exponen

su casulla de piedra a la herejía

del recio temporal.

 

Garganta criolla de Carmen García

que mandaba su canto hasta las calles

envueltas en perfume vegetal.

 

Cromos bobalicones,

colgados por estímulo a la mesa,

y que muestran sandías y viandas

con exageraciones

pictóricas; exánimes gallinas,

y conejos en quienes no hizo sangre

lo comedido de los perdigones.

 

Canteras cuyo vértice poroso

destila el agua, con paciente escrúpulo,

en el monjil reposo,

del comedor, a cada golpe neto

con que las gotas, simples y tardías,

acrecen el caudal noches y días.

 

Acudo a la justicia original

de todas estas cosas;

mas en mi pecho siguen germinando

las plantas venenosas,

y mi violento espíritu se halla

nostálgico de sus jaculatorias

y del pío metal de su medalla.

 

 

 

 

 

La mancha de púrpura

 

 

Me impongo la costosa penitencia

de no mirarte en días y días, porque mis ojos

cuando por fin te miren, se aneguen en tu esencia

como si naufragasen en un golfo de púrpura,

de melodía y de vehemencia.

 

Pasa el lunes, y el martes, y el miércoles… Yo sufro

tu eclipse, ¡oh creatura solar!; mas en mi duelo

el afán de mirarte, se dilata

como una profecía; se descorre cual velo

paulatino; se acendra como miel; se aquilata

como la entraña de las piedras finas;

y se aguza como el llavín

de la celda de amor de un monasterio en ruinas.

 

Tú no sabes la dicha refinada

que hay en huirte, que hay en el furtivo gozo

de adorarte furtivamente, de cortejarte

más allá de la sombra, de bajarse el embozo

una vez por semana, y exponer las pupilas,

en un minuto fraudulento,

a la mancha de púrpura de tu deslumbramiento.

 

En el bosque de amor, soy cazador furtivo;

te acecho entre dormidos y tupidos follajes,

como se acecha una ave fúlgida; y de estos viajes

por la espesura, traigo a mi aislamiento

el más fúlgido de los plumajes:

el plumaje de púrpura de tu deslumbramiento.

 

 

 

 

Introito

 

 

Para el libro de Enrique Fernández Ledesma

 

Éramos aturdidos mozalbetes:

blanco listón al codo, ayes agónicos,

rimas atolondradas y juguetes.

 

Sin la virtud frenética de Orfeo,

fiados en la campánula y el cirio,

fuimos a embelesar las alimañas

cual neófitos que buscan el martirio.

 

En la misma espesura se extraviaba

la primeriza luz de nuestra frente,

y ante la misma fiera, reacia y sorda,

cesaba nuestro cántico inocente.

 

De aquella planta que regamos juntos

eran cofrades la senil vihuela;

los pupitres manchados de la escuela;

la bíblica muchacha que adoraste;

los días uniformes; el contraste

de un volumen de Bécquer y Fabiola;

la soprano indeleble, que aún nos mima

con el ahínco de su voz pretérita;

y el prístino lucero que te indujo

al apurado trance de la rima.

 

¿Qué hicimos, camarada, del tanteo

feliz y de los ripios venturosos,

y de aquel entusiasta deletreo?

 

Hoy la armonía adulta va de viaje

a reclamar a una centuria prófuga

el vellón de su casto aprendizaje.

 

Mi maquinal dolencia es una caja

de música falible que en lo gris

de un tácito aposento se desgaja.

 

Y el alma, cera ayer, se petrifica

como los rosetones coloniales

de una iglesia con lama, que complica

su fachada borrosa con el humo

inveterado de los temporales.

 

 

 

 

 

Día 13

 

 

Mi corazón retrógrado

ama desde hoy la temerosa fecha

en que surgiste con aquel vestido

de luto y aquel rostro de ebriedad.

 

Día 13 en que el filo de tu rostro

llevaba la embriaguez como un relámpago

y en que tus lúgubres arreos daban

una luz que cegaba al sol de agosto,

así como se nubla el sol ficticio

en las decoraciones

de los Calvarios de los Viernes Santos.

 

Por enlutada y ebria simulaste,

en la superstición de aquel domingo,

una fúlgida cuenta de abalorio

humedecida en un licor letárgico.

 

¿En qué embriaguez bogaban tus pupilas

para que así pudiesen

narcotizarlo todo?

 

Tu tiniebla

guiaba mis latidos, cual guiaba

la columna de fuego al israelita.

 

Adivinaba mi acucioso espíritu

tus blancas y fulmíneas paradojas:

el centelleo de tus zapatillas,

la llamarada de tu falda lúgubre,

el látigo incisivo de tus cejas

y el negro luminar de tus cabellos.

 

Desde la fecha de superstición

en que colmaste el vaso de mi júbilo,

mi corazón oscurantista clama

a la buena bondad del mal agüero;

que si mi sal se riega, irán sus granos

trazando en el mantel tus iniciales;

y si estalla mi espejo en un gemido,

fenecerá diminutivamente

como la desinencia de tu nombre.

 

Superstición, consérvame el radioso

vértigo del minuto perdurable

en que su traje negro devoraba

la luz desprevenida del cenit,

y en que su falda lúgubre era un bólido

por un cielo de hollín sobrecogido…

 

 

 

 

 

No me condenes…

 

 

Yo tuve, en tierra adentro, una novia muy pobre:

ojos inusitados de sulfato de cobre.

Llamábase María; vivía en un suburbio,

y no hubo entre nosotros ni sombra de disturbio.

Acabamos de golpe: su domicilio estaba

contiguo a la estación de los ferrocarriles,

y, ¿qué noviazgo puede ser duradero entre

campanadas centrífugas y silbatos febriles?

 

El reloj de su sala desgajaba las ocho;

era diciembre; y yo departía con ella

bajo la limpidez glacial de cada estrella.

El gendarme, remiso a mi intriga inocente,

hubo de ser, al fin, forzoso confidente.

 

María se mostraba incrédula y tristona:

yo no tenía traza de una buena persona.

¿Olvidarás acaso, corazón forastero,

el acierto nativo de aquella señorita

que oía y desoía tu pregón embustero?

 

Su desconfiar ingénito era ratificado

por los perros noctívagos, en cuya algarabía

reforzábase el duro presagio de María.

 

¡Perdón, María! Novia triste, no me condenes:

cuando oscile el quinqué y se abatan las ocho,

cuando el sillón te mezca, cuando ululen los trenes,

cuando trabes los dedos por detrás de tu nuca,

no me juzgues más pérfido que uno de los silbatos

que turban tu faena y tus recatos.

 

 

Despilfarras el tiempo…

 

 

Prolóngase tu doncellez

como una vacua intriga de ajedrez.

 

Torneada como una reina

de cedro, ningún jaque te despeina.

 

Mis peones tantálicos

al rondarte a deshora,

fracasan en sus ímpetus vandálicos.

 

La lámpara sonroja tu balcón;

despilfarras el tiempo y la emoción.

 

Yo despilfarro, en una absurda espera,

fantasía y hoguera.

 

En la velada incompatible,

frústrase el yacimiento espiritual

y de nuestras arterias el caudal.

 

Los pródigos al uso

que vengan a nosotros a aprender

cómo se dilapida todo el ser.

 

Tu destino y el mío, contrapuestos,

vuelcan el apogeo de la vida

febril e insomne que se va, en la ida

de un cofre que rebosa

y se malgasta en una fecha ociosa.

 

Las monedas excomulgadas

de nuestro adulto corazón

caen al vacío, con

lúgubre opacidad, cual si cayera

una irreparable sordera.

 

Y frente al ínclito derroche

de los tesoros que atesora

el yacimiento de las almas, algo

muy hondo en mí se escandaliza y llora.

 

 

 

 

 

Himeneo

 

 

A la señora Laura Martínez de Alba

 

Resígnanse los novios

con subconsciente pánico,

al soso parabién

del concurso inorgánico.

 

Al fin, va la consorte

al pecho del anciano, cuyo porte

patriarcal solemniza

las bodas de su vástago

que lo trajeron de su hogar del Norte.

 

Y la agobiada mano agricultora

sumérgese en el raso de la espalda,

como la Tradición en el dechado

de la Aurora.

 

Sobre la luz del raso

se retarda y se engríe

la mano, como una rancia pena

en un tablero vívido que ríe.

 

Mano agrietada, rígida y terrosa,

que en el vaso metálico se posa,

cual si fuera una nuez

sobre la nitidez

de prístina bandeja inoficiosa….

 

 

 

 

 

Las desterradas

 

 

A Rafael Pimentel

 

Ya la provincia toda

reconcentra a sus sanas hijas en las caducas

avenidas, y Rut y Rebeca proclaman

la novedad campestre de sus nucas.

 

Las pobres desterradas

de Morelia y Toluca, de Durango y San Luis,

aroman la Metrópoli como granos de anís.

 

La parvada maltrecha

de alondras, cae aquí con el esfuerzo

fragante de las gotas de un arbusto

batido por el cierzo.

 

Improvisan su tienda

para medir, cuadrantes pesarosos,

la ruina de su paz y de su hacienda.

 

Ellas, las que soñaban

perdidas en los vastos aposentos,

duermen en hospedajes avarientos.

 

Propietarias de huertos y de huertas copiosas,

regatean las frutas y las rosas.

 

Con sus modas pasadas,

y sus luengos zarcillos,

y su mirar somero,

inmútanse a los brillos

de los escaparates de un joyero.

 

Y después, a evocar la sandia tropa

de pavos, y su susto manifiesto

cuando bajaban por aquel recuesto…

 

¡Oh siestas regalonas;

melindre ante la jícara que humea;

soponcio ante la recua intempestiva

que tumba las macetas de las pardas casonas;

lotería de nueces;

y Tenorio que flecha el historiado

postigo de las rejas antañonas!

 

Paso junto a las lentas fugitivas: no saben

en su desgarbo airoso y en su activo quietismo,

la derretida y pura

compensación que logra su ostracismo

sobre mi pecho, para ellas holgadamente

hospitalario, aprensivo y munificente.

 

Yo os acojo, anónimas y lentas desterradas,

como si a mí viniese

la lúcida familia de las hadas,

porque oléis al opíparo destino

y al exaltado fuero

de los calabazates que sazona

el resol del Adviento, en la cornisa

recoleta y poltrona.

 

 

 

 

 

Mi corazón se amerita…

 

 

A Rafael López

 

Mi corazón leal, se amerita en la sombra.

Yo lo sacara al día, como lengua de fuego

que se saca de un ínfimo purgatorio a la luz;

y al oírlo batir su cárcel, yo me anego

y me hundo en la ternura remordida de un padre

que siente, entre sus brazos, latir un hijo ciego.

 

Mi corazón, leal, se amerita en la sombra.

Placer, amor, dolor… todo le es ultraje

y estimula su cruel carrera logarítmica,

sus ávidas marcas y su eterno oleaje.

 

Mi corazón, leal, se amerita en la sombra.

Es la mitra y la válvula… Yo me lo arrancaría

para llevarlo en triunfo a conocer el día,

la estola de violetas en los hombros del Alba,

el cíngulo morado de los atardeceres,

los astros, y el perímetro jovial de las mujeres.

 

Mi corazón, leal, se amerita en la sombra.

Desde una cumbre enhiesta yo lo he de lanzar

como sangriento disco a la hoguera solar.

Así extirparé el cáncer de mi fatiga dura,

seré impasible por el este y el oeste,

asistiré con una sonrisa depravada

a las ineptitudes de la inepta cultura,

y habrá en mi corazón la llama que le preste

el incendio sinfónico de la esfera celeste.

 

 

 

 

Dejad que la alabe…

 

 

¿Existirá? ¡Quién sabe!

Mi instinto la presiente;

dejad que yo la alabe

previamente.

 

Alerta al violín

del querubín

y susceptible al

manzano terrenal,

será a la vez risueña

y gemebunda,

como el agua profunda.

 

Su índice y su pulgar,

con una esbelta cruz,

esbelto persignar.

 

Diagonal de su busto,

cadena alternativa

de mirtos y de nardos,

mientras viva.

 

Si en el nardo canónico

o en el mirto me ofusco,

Ella adivinará

la flor que busco;

y, convicta e invicta,

esforzará su celo

en serme, llanamente,

barro para mi barro

y azul para mi cielo.

 

Próvida cual ciruela,

del profano compás

siempre ha de pedir más.

 

Retozará en el césped,

cual las fieras del Baco

de Rubens;

y luego… la paloma

que baja de las nubes.

 

Riéndose, solemne;

y quebrándose, indemne.

 

Que me sea total

y parcial,

periférica y central;

y que al soltar mi mano

la antorcha de la vida,

con la antorcha caída

prenda fuego a mis lacios

cabellos, que han sido antes

ludibrio de las uñas

de las bacantes.

 

Que me rece con rezos abundantes

con lágrimas pocas;

más negra de su alma

que de sus tocas.

 

 

 

 

 

Tus dientes

 

 

Tus dientes son el pulcro y nimio litoral

por donde acompasadas navegan las sonrisas,

graduándose en los tumbos de un parco festival.

 

Sonríes gradualmente, como sonríe el agua

del mar, en la rizada fila de la marea,

y totalmente, como la tentativa de un

Fiat Lux para la noche del mortal que te vea.

Tus dientes son así la más cara presea.

 

Cuídalos con esmero, porque en ese cuidado

hay una trascendencia igual a la de un Papa

que retoca su encíclica y pule su cayado.

 

Cuida tus dientes, cónclave de granizos, cortejo

de espumas, sempiterna bonanza de una mina,

senado de cumplidas minucias astronómicas,

y maná con que sacia su hambre y su retina

la docena de Tribus que en tu voz se fascina.

 

Tus dientes lograrían, en una rebelión,

servir de proyectiles zodiacales al déspota

y hacer de los discordes gritos, un orfeón;

del motín y la ira, inofensivos juegos,

y de los sublevados, una turba de ciegos.

 

Bajo las sigilosas arcadas de tu encía,

como en mi acueducto infinitesimal,

pudiera dignamente el más digno mortal

apacentar sus crespas ansias… hasta que truene

la trompeta del ángel en el Juicio Final.

 

Porque la tierra traga todo, pulcro amuleto

y tus dientes de ídolo han de quedarse mondos

en la mueca erizada del hostil esqueleto,

yo los recojo aquí, por su dibujo neto

y su numen patricio, para el pasmo y la gloria

de la humanidad giratoria.

 

 

 

 

 

Memorias del circo

 

 

A Carlos González Peña

 

Los circos trashumantes,

de lamido perrillo enciclopédico

y desacreditados elefantes,

me enseñaron la cómica friolera

y las magnas tragedias hilarantes.

 

El aeronauta previo,

colgado de los dedos de los pies,

era un bravo cosmógrafo al revés

que, si subía hasta asomarse al Polo

Norte, o al Polo Sur, también tenía

cuestiones personales con Eolo.

 

Irrumpía el payaso

como una estridencia

ambigua, y era a un tiempo

manicomio, niñez, golpe contuso,

pesadilla y licencia.

 

Amábanlo los niños

porque salía de una bodega mágica

de azúcares. Su faz sólo era trágica

por dos lágrimas sendas de carmín.

Su polvosa apariencia toleraba

tenerlo por muy limpio o por muy sucio,

y un cónico bonete era la gloria

inestable y procaz de su occipucio.

 

El payaso tocaba a la amazona

y la hallaba de almendra,

a juzgar por la mímica fehaciente

de toda su persona,

cuando llevaba el dedo temerario

hasta la lengua cínica y glotona.

Un día en que el payaso dio a probar

su rastro de amazona al ejemplar

señor Gobernador de aquel Estado,

comprendí lo que es

Poder Ejecutivo aturrullado.

 

¡Oh remoto payaso: en el umbral

de mi infancia derecha

y de mis virtudes recién nacidas

yo no puedo tener una sospecha

de amazonas y almendras prohibidas!

 

Estas almendras raudas

hechas de terciopelos y de trinos

que no nos dejan ni tocar sus caudas…

 

Los adioses baldíos

a las augustas Evas redivivas

que niegan la migaja, pero inculcan

en nuestra sangre briosa una patética

mendicidad de almendras fugitivas…

 

Había una menuda cuadrumana

de enagüilla de céfiro

que, cabalgando por el redondel

con azoros de humana,

vencía los obstáculos de inquina

y los aviesos aros de papel.

 

Y cuando a la erudita

cavilación de Darwin

se le montaba la enagüilla obscena,

la avisada monita

se quedaba serena,

como ante un espejismo,

despreocupada lastimosamente

de su desmantelado transformismo.

 

La niña Bell cantaba:

“Soy la paloma errante”;

y de botellas y de cascabeles

surtía un abundante

surtidor de sonidos

acuáticos, para la sed acuática

de papás aburridos,

nodriza inverecunda

y prole gemebunda.

 

¡Oh, memoria del circo! Tú te vas

adelgazando en el frecuente síncope

del latón sin compás;

en la apesadumbrada

somnolencia del gas;

en el talento necio

del domador aquél que molestaba

a los leones hartos, y en el viudo

oscilar del trapecio…

 

 

 

 

 

Tierra mojada…

 

 

Tierra mojada de las tardes líquidas

en que la lluvia cuchichea

y en que se reblandecen las señoritas, bajo

el redoble del agua en la azotea…

 

Tierra mojada de las tardes olfativas

en que un afán misántropo remonta las lascivas

soledades del éter, y en ellas se desposa

con la ulterior paloma de Noé;

mientras se obstina el tableteo

del rayo, por la nube cenagosa…

 

Tarde mojada, de hálitos labriegos,

en la cual reconozco estar hecho de barro,

porque en sus llantos veraniegos,

bajo el auspicio de la media luz,

el alma se licúa sobre los clavos

de su cruz…

 

Tardes en que el teléfono pregunta

por consabidas náyades arteras,

que salen del baño al amor

a volcar en el lecho las fatuas cabelleras

y a balbucir, con alevosía y con ventaja,

húmedos y anhelantes monosílabos,

según que la llovizna acosa las vidrieras…

 

Tardes como una alcoba submarina

con su lecho y su tina;

tardes en que envejece una doncella

ante el brasero exhausto de su casa,

esperando a un galán que le lleve una brasa;

tardes en que descienden

los ángeles, a arar surcos derechos

en edificantes barbechos;

tardes de rogativa y de cirio pascual;

tardes en que el chubasco

me induce a enardecer a cada una

de las doncellas frígidas con la brasa oportuna;

tardes en que, oxidada

la voluntad, me siento

acólito del alcanfor,

un poco pez espada

y un poco San Isidro Labrador…

 

 

 

 

 

Como en la Salve…

 

 

¡Oh bienaventuranza fértil de los que saben

ir gimiendo y llorando deprecativamente,

como en la Salve, que es un óleo y una fuente!

 

Yo también supe antaño de la bondad del cielo

que en mis acerbos pésames llovía,

y compuse mi Salve, con la fe de un cruzado

bajo los muros de Antioquía.

 

Mas hoy es un vinagre

mi alma, y mi ecuménico dolor un holocausto

que en el desierto humea.

Mi Cristo, ante la esponja de las hieles, jadea

con la árida agonía de un corazón exhausto.

 

¡Señor, Tú que colocas

resina en la corteza impenitente

y agua entrañable en las adustas rocas,

hazme casto y humilde para poder llorar

la bienaventuranza de aquel llanto deshecho

que fertiliza y lava el pecho,

y verás cómo mi alma se atavía

y trueca su congoja en alborozo

para escalar los muros de Antioquía!

 

 

 

 

 

La estrofa que danza

 

 

A Antonia Mercé

 

Ya brotas de la escena cual guarismo

tornasol, y desfloras el mutismo

con los toques undívagos de tu planta certera

que fiera se amanera al marcar hechicera

los multánimes giros de una sola quimera.

 

Ya tus ojos entraron al combate

como dos uvas de un goloso uvate;

bajo tus castañuelas se rinden los destinos,

y se cuelgan de ti los sueños masculinos,

cual de la cuerda endeble de una lira, los trinos.

 

Ya te adula la orquesta con servil

dejo libidinoso de reptil,

y danzando lacónica, tu reojo me plagia,

y pisas mi entusiasmo con una cruel magia

como estrofa danzante que pisa una hemorragia.

 

Ya vuelas como un rito por los planos

limítrofes de todos los arcanos;

las almas que tu arrullo va limpiando de escoria

quisieran renunciar su futuro su historia,

por dormirse en la tersa amnistía de tu gloria.

 

Guarismo, cuerda, y ejemplar figura;

tu rítmica y eurítmica cintura

nos roba a todos nuestra flama pura;

y tus talones tránsfugas, que se salen del mundo

por la tangente dócil de un celaje profundo,

se llevan mis holgorios al azul pudibundo.

 

 

 

 

 

La doncella verde

 

 

En la muerte de José Enrique Rodó

 

En la quieta impostura virginal de la noche

que cobija al amor con un tenue derroche

de luceros, padrinos del erótico abrazo,

el mundo de Rubén Darío se contrista

por el cordial filósofo que sembró en el regazo

de América esperanzas, por el espectro artista

que hoy arroba al Zodíaco con su arenga optimista.

 

Yo alabo al confesor de la Santa Esperanza

y a la doncella verde en la misma alabanza.

Esperanza, doncella verde, tu vestidura

es el matiz de una corteza prematura.

Esperanza, en el arco iris, tu cabellera

ameniza los cielos como una enredadera.

Esperanza, los astros en que titila el verde

son el feudo en que moras y en que tu luz se pierde.

 

Los ojos vegetales con que miras y salvas

parodian a la felpa rústica de las malvas.

En la luz teologal de tus dos ojos claros

se surten las luciérnagas, las joyas y los faros.

Rayan la oscuridad del más oscuro mes

las puntas de esmeralda de tus ínclitos pies.

Y tapizas el antro submarino, y la harmónica

cuita de los cipreses, y la paleta agónica.

 

¡Oh doncella, que guardas los suspiros más graves

del hombre, como guarda un llavero, sus llaves:

un relámpago anuncia que el instante se acerca

en que tiñas de ti las aguas de mi alberca,

y a tu paso, fosfórica e inviolable mujer,

mi corazón se abre, pronto a reverdecer!

 

Y bajo la impostura virginal de la noche

que cobija al amor con un tenue derroche

de luceros, un mito saludable me afianza

y alabo al confesor de la santa Esperanza

y a la doncella verde en la misma alabanza.

 

 

 

 

 

El retorno maléfico

 

 

A don Ignacio I. Gastélum

 

Mejor será no regresar al pueblo,

al edén subvertido que se calla

en la mutilación de la metralla.

 

Hasta los fresnos mancos,

los dignatarios de cúpula oronda,

han de rodar las quejas de la torre

acribillada en los vientos de fronda.

 

Y la fusilería grabó en la cal

de todas las paredes

de la aldea espectral,

negros y aciagos mapas,

porque en ellos leyese el hijo pródigo

al volver a su umbral

en un anochecer de maleficio,

a la luz de petróleo de una mecha,

su esperanza deshecha.

 

Cuando la tosca llave enmohecida

tuerza la chirriante cerradura,

en la añeja clausura

del zaguán, los dos púdicos

medallones de yeso,

entornando los párpados narcóticos,

se mirarán y se dirán: “¿Qué es eso?”

 

Y yo entraré con pies advenedizos

hasta el patio agorero

en que hay un brocal ensimismado,

con un cubo de cuero

goteando su gota categórica

como un estribillo plañidero.

 

Si el sol inexorable, alegre y tónico,

hace hervir a las fuentes catecúmenas

en que bañábase mi sueño crónico;

si se afana la hormiga;

si en los techos resuena y se fatiga

de los buches de tórtola el reclamo

que entre las telarañas zumba y zumba;

mi sed de amar será como una argolla

empotrada en la losa de una tumba.

 

Las golondrinas nuevas, renovando

con sus noveles picos alfareros

los nidos tempraneros;

bajo el ópalo insigne

de los atardeceres monacales,

el lloro de recientes recentales

por la ubérrima ubre prohibida

de la vaca, rumiante y faraónica,

que al párvulo intimida;

campanario de timbre novedoso;

remozados altares;

el amor amoroso

de las parejas pares;

noviazgos de muchachas

frescas y humildes, como humildes coles,

y que la mano dan por el postigo

a la luz de dramáticos faroles;

alguna señorita

que canta en algún piano

alguna vieja aria;

el gendarme que pita…

…Y una íntima tristeza reaccionaria.

 

 

 

 

 

Como las esferas…
 

 

Muchachita que eras

brevedad, redondez y color,

como las esferas

que en las rinconeras

de una sala ortodoxa mitigan su esplendor…

 

Muchachita hemisférica y algo triste

que tus lágrimas púberes me diste,

que en el mes del Rosario

a mis ojos fingías

amapola diciendo avemarías

y que dejabas en mi idilio proletario

y en mi corbata indigente,

cual un aroma dúplice, tu ternura naciente

y tu catolicismo milenario…

 

En un día de báquicos desenfrenos,

me dicen que preguntas por mí; te evoco

tan pequeña, que puedes bañar tus plenos

encantos dentro de un poco

de licor, porque cabe tu estatua pía

en la última copa de la cristalería;

y revives redonda, castiza y breve

como las esferas

que en las rinconeras

del siglo diecinueve,

amortiguan su gala

verde o azul o carmesí,

y copian, en la curva que se parece a ti,

el inventario de la muerta sala.

 

 

 

A las vírgenes

 

 

¡Oh vírgenes rebeldes y sumisas:

convertidme en el fiel reclinatorio

de vuestros codos y vuestras sonrisas

y en la fragua sangrienta del holgorio

en que quieren quemarse vuestras prisas!…

 

¡Oh botones baldíos en el huerto

de una resignación llena de abrojos!:

lloráis un bien que, sin nacer, ha muerto,

y a vuestra pura lápida concierto

los fraternales llantos de mis ojos…

 

¡Hermanas mías, todas,

las que, contentas con el limpio daño

de la virginidad, vais en las bodas

celestes, por llevar sobre las finas

y litúrgicas palmas y en el paño

de la eterna Pasión, clavos y espinas;

y vosotras también, las de la hoguera

carnal en la vendimia y el chubasco,

en el invierno, y en la primavera;

las del nítido viaje de Damasco

y las que en la renuncia llana y lisa

de la tarde, salís a los balcones

que beban la brisa

los sexos, cual sañudos escorpiones!

 

¡El tiempo se desboca; el torbellino

os arrastra al fatal despeñadero

de la Muerte; en las sombras adivino

vuestro desnudo encanto volandero;

y os quisieran ceñir mis manos fieles,

por detener vuestra caída obscura

con un lúbrico lazo de claveles

lazado a cada virginal cintura!

 

¡Vírgenes fraternales: me consumo

en el álgido afán de ser el humo

que se alza en vuestro aceite

a hora y a deshora,

y de encarnar vuestro primer deleite

cuando se filtra la modesta aurora,

por la jactancia de la bugambilia,

en las sábanas de vuestra vigilia!

 

 

 

 

 

El mendigo

 

 

Soy el mendigo cósmico y mi inopia es la suma

de todos los voraces ayunos pordioseros;

mi alma y mi carne trémulas imploran a la espuma

del mar y al simulacro azul de los luceros.

 

El cuervo legendario que nutre al cenobita

vuela por mi Tebaida sin dejarme su pan,

otro cuervo transporta una flor inaudita,

otro lleva en el pico a la mujer de Adán,

y sin verme siquiera, los tres cuervos se van.

 

Prosigue descubriendo mi pupila famélica

más panes y más lindas mujeres y más rosas

en el bando de cuervos que en la jornada célica

sus picos atavía con las cargas preciosas,

y encima de mi sacro apetito no baja

sino un pétalo, un rizo prófugo, una migaja.

 

Saboreo mi brizna heteróclita, y siente

mi sed la cristalina nostalgia de la fuente,

y la pródiga vida se derrama en el falso

festín y en el suplicio de mi hambre creciente,

como una cornucopia se vuelca en un cadalso.

 

 

 

 

 

Fábula dística

 

 

A Tórtola Valencia

 

No merecías las loas vulgares

que te han escrito los peninsulares.

 

Acreedora de prosas cual doblones

y del patricio verso de Lugones.

 

En el morado foro episcopal

eres el Árbol del bien y del mal.

 

Piensan las señoritas al mirarte:

con virtud no se va a ninguna parte.

 

Monseñor, encargado de la Mitra,

apostató con la Danza de Anitra.

 

Foscos mílites revolucionarios

truecan espada por escapularios,

 

aletargándose en la melodía

de tu imperecedera teogonía.

 

Tu filarmónico Danubio baña

el colgante jardín de la patraña.

 

La estolidez enreda sus hablillas

cabe tus pitagóricas rodillas.

 

En el horror voluble del incienso

se momifica tu rostro suspenso,

 

mas de la momia empieza a trascender

sanguinolento aviso de mujer.

 

Y vives la única vida segura:

la de Eva montada en la razón pura.

 

Tu rotación de ménade aniquila

la zurda ciencia, que cabe en tu axila.

 

En la honda noche del enigma ingrato

se enciende, como un iris, tu boato.

 

Te riegas cálida, como los vinos,

sobre los extraviados peregrinos.

 

La pobre carne, frente a ti, se alza

como brincó de los dedos divinos:

religiosa, frenética y descalza.

 

 

 

 

 

 

Hormigas

 

 

A la cálida vida que transcurre canora

con garbo de mujer sin letras ni antifaces,

a la invicta belleza que salva y que enamora,

responde, en la embriaguez de la encantada hora,

un encono de hormigas en mis venas voraces.

 

Fustigan el desmán del perenne hormigueo

el pozo del silencio y el enjambre del ruido,

la harina rebanada como doble trofeo

en los fértiles bustos, el Infierno en que creo,

el estertor final y el preludio del nido.

 

Mas luego mis hormigas me negarán su abrazo

y han de huir de mis pobres y trabajados dedos

cual se olvida en la arena un gélido bagazo;

y tu boca, que es cifra de eróticos denuedos,

tu boca, que es mi rúbrica, mi manjar y mi adorno,

tu boca, en que la lengua vibra asomada al mundo

como réproba llama saliéndose de un horno,

en una turbia fecha de cierzo gemebundo

en que ronde la luna porque robarte quiera,

ha de oler a sudario y a hierba machacada,

a droga y a responso, a pábilo y a cera.

 

Antes de que deserten mis hormigas, Amada,

déjalas caminar camino de tu boca

a que apuren los viáticos del sanguinario fruto

que desde sarracenos oasis me provoca.

 

Antes de que tus labios mueran, para mi luto,

dámelos en el crítico umbral del cementerio

como perfume y pan y tósigo y cauterio.

 

 

 

 

 

La niña del retrato

 

 

Delinquiría

de leso corazón

si no anegara con mi idolatría,

en lacrimosa ablución,

la imagen de la párvula sombría.

 

Retrato para quien mi llanto mana

a la una de la mañana,

reflejando en su sal, que va sin brida,

la minúscula frente desmedida…

 

Cejas, andamio

del alcázar del rostro, en las que ondula

mi tragedia mimosa, sin la bula

para un posible epitalamio…

 

La niña del retrato

se puso seria, y se veló su frente,

y endureció los dos ojos profundos,

como una migajita de otros mundos

que caída en brumoso interinato,

toda la angustia sublunar presiente.

 

Fiereza desvalida, hecha a mirar

el mar…

 

Boca en bisel, como un espejo afable

que no hable…

 

Medias de almo color, para que vaya

por la cernida arena de la playa…

 

Las deleznables manos,

que cavan pozos enanos,

son carceleras de los océanos…

 

Linda congoja de la frente linda,

la que inerme y tiránica se brinda

por modelo de copa y de coyunda

y de lira rotunda…

 

Retrato de iniciales sinfonías:

tus cinco años son cinco bujías

a cuya luz el alma llora;

por eso a ti me abro

como a la honestidad versicolora

de un diminutivo candelabro.

 

Los invisibles hombros, cual quimera

en que un genio marítimo retoza,

no columbran siquiera

la adoración venidera

que los ha de rozar, como se roza

el codo de una estricta compañera.

 

Párvula del retrato;

seriedad prematura;

linda congoja de un juego nonato

que enfrente del fotógrafo se apura;

pelo de enigma, como los edenes

enigmáticos desde donde vienes;

víspera bella que cantas

en la Octava de mi más negra hora:

hoy hice un alto por mojar tus plantas

con sangre de mis ojos, y miré

que salías del óvalo de bruma,

como punto final que se incorpora

y como duende de relojería,

a dar en los relojes de mi fe

la campanada de la dicha suma.

 

Niña, venusto manual:

yo te leía al borde de una estrella,

leyéndote mortífera y vital;

y absorto en el primor de la lectura

pisé el vacío…

Y voy en la centella

de una nihilista locura.

 

 

 

 

 

Idolatría

 

 

La vida mágica se vive entera

en la mano viril que gesticula

al evocar el seno o la cadera,

como la mano de la Trinidad

teológicamente se atribula

si el Mundo parvo, que en tres dedos toma,

se le escapa cual un globo de goma.

 

Idolatremos todo padecer,

gozando en la mirífica mujer.

 

Idolatría

de la expansiva y rútila garganta,

esponjado liceo

en que una curva eterna se suplanta

y en que se instruye el ruiseñor de Alfeo.

 

Idolatría

de los dos pies lunares y solares

que lunáticos fingen el creciente

en la mezquita azul de los Omares,

y cuando van de oro son un baño

para la Tierra, y son preclaramente

los dos solsticios de un único año.

 

Idolatría

de la grácil rodilla que soporta,

a través de los siglos de los siglos,

nuestra cabeza en la jornada corta.

 

Idolatría

de las arcas, que son

y fueron y serán horcas caudinas

bajo las cuales rinde el corazón

su diadema de idólatras espinas.

 

Idolatría

de los bustos eróticos y místicos

y los netos perfiles cabalísticos.

 

Idolatría

de la bizarra y música cintura,

guirnalda que en abril se transfigura,

que sirve de medida

a los más filarmónicos afanes,

y que asedian los raucos gavilanes

de nuestra juventud embravecida.

 

Idolatría

del peso femenino, cesta ufana

que levantamos entre los rosales

por encima de la primera cana,

en la columna de nuestros felices

brazos sacramentales.

 

Que siempre nuestra noche y nuestro día

clamen: ¡Idolatría! ¡Idolatría!

 

 

 

 

 

La lágrima…
 

 

Encima

de la azucena esquinada

que orna la cadavérica almohada;

encima

del soltero dolor empedernido

de yacer como imberbe congregante

mientras los gatos erizan el ruido

y forjan una patria espeluznante;

encima

del apetito nunca satisfecho,

de la cal

que demacró las conciencias livianas,

y del desencanto profesional

con que saltan del lecho

las cortesanas;

encima

de la ingenuidad casamentera

y del descalabro que nada espera;

encima

de la huesa y del nido,

la lágrima salobre que he bebido.

 

Lágrima de infinito

que eternizaste el amoroso rito;

lágrima en cuyos mares

goza mi áncora su náufrago baño

y esquilmo los vellones singulares

de un compungido rebaño;

lágrima en cuya gloria se refracta

el iris fiel de mi pasión exacta;

lágrima en que navegan sin pendones

los mástiles de las consternaciones;

lágrima con que quiso

mi gratitud, salar el Paraíso;

lágrima mía, en ti me encerraría,

debajo de un deleite sepulcral,

como un vigía

en su salobre y mórbido fanal.

 

 

 

 

 

Ánima adoratriz

 

 

Mi virtud de sentir se acoge a la divisa

del barómetro lúbrico, que en su enagua violeta

los volubles matices de los climas sujeta

con una probidad instantánea y precisa.

 

Mi única virtud es sentirme desollado

en el templo y la calle, en la alcoba y el prado.

 

Orean mi bautismo, en alma y carne vivas,

las ráfagas eternas entre las fugitivas.

 

Todo me pide sangre: la mujer y la estrella,

la congoja del trueno, la vejez con su báculo,

el grifo que vomita su hidráulica querella,

y la lámpara, parpadeo del tabernáculo.

 

Todo lo que a mis ojos es limpio y es agudo

bebe de mis droláticas arterias el saludo.

 

Mi ángel guardián y mi demonio estrafalario,

desgranando granadas fieles, siguen mi pista

en las vicisitudes de la bermeja lista

que marca, en tierra firme y en mar, mi itinerario.

 

Como aquel que fue herido en la noche agorera

y denunció su paso goteando la acera,

yo puedo desandar mi camino rubí,

hasta el minuto y hasta la casa en que nací

místicamente armado contra la laica era.

 

Dejo, sin testamento, su gota a cada clavo

teñido con la savia de mi ritual madera;

no recojo mi sangre, ni siquiera la lavo.

 

Espiritual al prójimo, mi corazón se inmola

para hacer un empréstito sin usuras aciagas

a la clorosis virgen y azul de los Gonzagas

y a la cárdena quiebra del Marqués de Priola.

 

¿En qué comulgatorio secreto hay que llorar?

¿Qué brújula se imanta de mi sino? ¿Qué par

de trenzas destronadas se me ofrecen por hijas?

¿Qué lecho esquimal pide tibieza en su tramonto?

Ánima adoratriz: a la hora que elijas

para ensalzar tus fieles granadas, estoy pronto.

 

Mas será con el cálculo de una amena medida:

que se acaben a un tiempo el arrobo y la vida

y que del vino fausto no quedando en la mesa

ni la hez de una hez, se derrumbe en la huesa

el burlesco legado de una estéril pavesa.

 

 

 

 

 

A las provincianas mártires

 

 

Me enluto por ti, Mireya,

y te rezo esta epopeya.

 

Mis entrañables provincianas mías:

no sospeché alabar vuestro suicidio

en las facinerosas tropelías.

 

Antes que sucumbir al bandolero

se amortizaron las sonoras alas

que aleteaban en el fiel alero.

 

Cúspide del teatro pueblerino:

en un martirologio de palomas

tú las viste volar a su destino.

 

El novio llorará a su mártir perla,

y que luego lo mate la nostalgia

de no haber acertado a defenderla.

 

La amó porque tejía, y por su traza

de ángel custodio, cual la amó el gatito

juguetón con la bola de su hilaza.

 

¡Pobre novio aldeano! ¡Ya no teje

su perla, ya no lee el Oficio Parvo!

¡El cabriolé del novio va sin eje!

 

Me enluto por ti, Mireya,

y te rezo esta epopeya.

 

Honorable pajar de la cosecha

honorable: tu incendio es la basílica

en que se ahoga la virgen deshecha.

 

¡Morir al fuego, si olían tan bien

y tenían un alma como el plúmbago

y un guardarropa como un almacén!

 

Gemirán las cocinas en que antes

las Mireyas criollas fueron una

bandeja de pozuelos humeantes.

 

Gime también esta epopeya, escrita

a golpes de inocencia, cuando Herodes

a un niño de mi pueblo decapita.

 

Santas de los terruños, cuerpos caros

y gratas almas: ved que me he hecho añicos

y azul celeste, y luz, para rezaros.

 

Me enluto por ti, Mireya,

y te rezo esta epopeya.

 

 

 

 

 

La última odalisca

 

 

Mi carne pesa, y se intimida

porque su peso fabuloso

es la cadena estremecida

de los cuerpos universales

que se han unido con mi vida.

 

Ámbar, canela, harina y nube

que en mi carne al tejer sus mimos,

se eslabonan con el efluvio

que ata los náufragos racimos

sobre las crestas del Diluvio.

 

Mi alma pesa, y se acongoja

porque su peso es el arcano

sinsabor de haber conocido

la Cruz y la floresta roja

y el cuchillo del cirujano.

 

Y aunque todo mi ser gravita

cual un orbe vaciado en plomo

que en la sombra paró su rueda,

estoy colgado en la infinita

agilidad del éter, como

de un hilo escuálido de seda.

 

Gozo… Padezco… Y mi balanza

vuela rauda con el beleño

de las esencias del rosal:

soy un harén y un hospital

colgados juntos de un ensueño.

 

Voluptuosa Melancolía:

en tu talle mórbido enrosca

el Placer su caligrafía

y la Muerte su garabato,

y en un clima de ala de mosca

la Lujuria toca a rebato.

 

Mas luego las samaritanas,

que para mí estuvieron prestas

y por mí dejaron sus fiestas,

se irán de largo al ver mis canas,

y en su alborozo, rumbo a Sión,

buscarán el torrente endrino

de los cabellos de Absalón.

 

¡Lumbre divina, en cuyas lenguas

cada mañana me despierto:

un día, al entreabrir los ojos,

antes que muera estaré muerto!

 

Cuando la última odalisca,

ya descastado mi vergel,

se fugue en pos de nueva miel,

¿qué salmodia del pecho mío

será digna de suspirar

a través del harén vacío?

 

Si las victorias opulentas

se han de volver impedimentas,

si la eficaz y viva rosa

queda superflua y estorbosa,

¡oh, Tierra ingrata, poseída

a toda hora de la vida:

en esa fecha de ese mal,

hazme humilde como un pelele

a cuya mecánica duele

ser solamente un hospital!

 

 

 

 

 

El candil

 

 

A Alejandro Quijano

 

En la cúspide radiante

que el metal de mi persona

dilucida y perfecciona,

y en que una mano celeste

y otra de tierra me fincan

sobre la sien la corona;

en la orgía matinal

en que me ahogo en azul

y soy como un esmeril

y central y esencial como el rosal;

en la gloria en que melifluo

soy activamente casto

porque lo vivo y lo inánime

se me ofrece gozoso como pasto;

en esta mística gula

en que mi nombre de pila

es una candente cábala

que todo lo engrandece y lo aniquila;

he descubierto mi símbolo

en el candil en forma de bajel

que cuelga de las cúpulas criollas

su cristal sabio y su plegaria fiel.

 

¡Oh candil, oh bajel, frente al altar

cumplimos, en dúo recóndito,

un solo mandamiento: venerar!

 

Embarcación que iluminas

a las piscinas divinas:

en tu irisada presencia

mi humanidad se esponja y se anaranja,

porque en la muda eminencia

están anclados contigo

el vuelo de mis gaviotas

y el humo sollozante de mis flotas.

 

¡Oh candil, oh bajel: Dios ve tu pulso

y sabe que te anonadas

en las cúpulas sagradas

no por decrépito ni por insulso!

 

Tu alta oración animas

con el genio de los climas.

 

Tú conoces el espanto

de las islas de leprosos,

el domicilio polar

de los donjuanescos osos,

la magnética bahía

de los deliquios venéreos,

las garzas ecuatoriales

cual escrúpulos aéreos,

y por ello ante el Señor

paralizas tu experiencia

como el olor que da tu mejor flor.

 

Paralelo a tu quimera,

cristalizo sin sofismas

las brasas de mi ígnea primavera,

enarbolo mi júbilo y mi mal

y suspendo mis llagas como prismas.

 

Candil, que vas como yo

enfermo de lo absoluto,

y enfilas la experta proa

a un dorado archipiélago sin luto;

candil, hermético esquife:

mis sueños recalcitrantes

enmudecen cual un cero

en tu cristal marinero,

inmóviles, excelsos y adorantes.

 

 

 

 

 

Todo…

 

 

A José D. Frías

 

Sonámbula y picante,

mi voz es la gemela

de la canela.

 

Canela ultramontana

e islamita;

por ella mi experiencia

sigue de señorita.

 

Criado con ella,

mi alma tornó la forma

de su botella.

 

Si digo carne o espíritu,

paréceme que el diablo

se ríe del vocablo;

mas nunca vaciló

mi fe si dije “yo”.

 

Yo, varón integral,

nutrido en el panal

de Mahoma

y en el que cuida Roma

en la Mesa Central.

 

Uno es mi fruto:

vivir en el cogollo

de cada minuto.

 

Que el milagro se haga,

dejándome aureola

o trayéndome llaga.

 

No porto insignias

de masón

ni de Caballero

de Colón.

 

A pesar del moralista

que la asedia

y sobre la comedia

que la traiciona,

es santa mi persona,

santa en el fuego lento

con que dora el altar

y en el remordimiento

del día que se me fue

sin oficiar.

 

En mis andanzas callejeras

del jeroglífico nocturno,

cuando cada muchacha

entorna sus maderas,

me deja atribulado

su enigma de no ser

ni carne ni pescado.

 

Aunque toca al poeta

roerse los codos,

vivo la formidable

vida de todas y de todos;

en mí late un pontífice

que todo lo posee

y todo lo bendice;

la dolorosa Naturaleza

sus tres reinos ampara

debajo de mi tiara;

y mi papal instinto

se conmueve

con la ignorancia de la nieve

y la sabiduría del jacinto.

 

 

 

 

 

Jerezanas…

 

 

A María Enriqueta

 

Jerezanas, paisanas,

institutrices de mi corazón,

buenas mujeres y buenas cristianas…

 

Os retrató la señora que dijo:

“Cuando busque mi hijo

a su media naranja,

lo mandaré vendado hasta Jerez”.

Porque jugando a la gallina ciega

con vosotras, el jugador

atrapa una alma linda y una púdica tez.

 

Jerezanas,

os debo mis virtudes católicas y humanas,

porque en el otro siglo, en vuestro hogar,

en los ceremoniosos estrados me eduqué,

velándome de amor, como las frentes

se velaban debajo del tupé.

 

Acababan de irse

el polisón y la crinolina,

pero alcancé las caudalosas colas

que alargan el imán del ave femenina

de las cinturas hasta las consolas.

 

Así se reveló, por las colas profusas,

mi cordial abundancia,

y también por los moños enormes que en mi infancia

trocaban a las plantas bizantinas

en rondel de palomas capuchinas.

 

Jerezanas,

genio y figura

del tiempo en que los ávidos pimpollos

teníamos, de pie,

la misma clementísima estatura

que tenía, sentada, nuestra Fe.

 

Jerezanas,

traslúcidas y beatas dentaduras

en que se filtra el sol, creando en cada boca

las atmósferas claroscuras

en que el Cielo y la Tierra se dan cita

y en que es visitada Bernardita.

 

Jerezanas,

de quienes aprendí a ser generoso,

mirando que la mano anacoreta

era la propia que en la feria anual

aplaudía en el coso

y apostaba columnas de metal

en el escándalo de la ruleta.

 

Jerezanas,

grito y mueca de azoro

a las tres de la tarde, por el humor del toro

que en la sala se cuela bobeando, y está

como un inofensivo calavera

ante la señorita tumbada en el sofá.

 

Jerezanas,

panes benditos,

por vosotras, el Miércoles de Ceniza, simula

el pueblo una gran frente llena de Jesusitos.

 

Jerezanas,

abísmase mi ser

en las aguas de la misericordia

al evocar la máquina de coser

que al impulso de vuestra zapatilla,

sobre mi vocación y vuestros linos

enhebraba una bastilla.

Dios quiera que esté salvada

la máquina de acústicos galopes,

por la cual fue mi ayer melódica jornada

y un sobresalto mi vida

ante los pulcros dedos hacendosos

resbalando a la aguja empedernida.

 

Jerezanas,

he visto el menoscabo

de los bucles que alabo,

de los undosos bucles

que enjugaron sin mofa mis pucheros,

de los bucles rielantes,

cabrilleo lunar, blanco de la llovizna

y trono de los lápices caseros;

he visto revolar la última brizna

de vuestras gracias proverbiales;

he visto deformada vuestra hermosura

por todas las dolencias y por todos los males;

he visto el manicomio en que murmura

vuestra cabeza rota sus delirios;

he visto que os ganáis

el pan con las agujas a la luz del quinqué;

he sido el centinela de vuestros cuatro cirios;

pero ninguna chanza del presente

logra desprestigiaros, porque sois el tupé,

los moños capuchinos y la gruta de Lourdes

de la boca indulgente.

 

*

 

Jerezanas,

colibríes de tápalo y quitasol,

que vagabundas en la gloria matutina

paraban junto a mis rejas,

por espiar la joyante canción de mi madrina

rememorando a Serafín Bemol:

“Si soy la causa de lo que escucho,

amigo mío, lo siento mucho…”

 

Jerezanas,

a cuyos rostros que nimbaba el denso

vapor estimulante de la sopa,

el comensal airado y desairado

disparaba el suspiro a quemarropa.

 

Jerezanas,

que al cumplir con la ley

de la anual comunión, miráis a la primera

golondrina de marzo en la Casa del Rey

de los Reyes; la párvula golondrina que entró

a enseñaros su pecho de mamey.

 

Jerezanas,

cuyo heroico destino

desemboca en la iglesia y lucha con el vino,

vistiendo santos

o desvistiendo ebrios, con la misma

caridad de los cantos

que os hinchan las arterias en el cuello.

 

Jerezanas,

briosas cual el galope que me llenó de espantos

al veros devorar la llanura y el río

sobre el raudo señorío

del albardón de las abuelas;

erguidas como la araucaria,

y débiles como el futuro

de un huevecillo de canaria.

 

Jerezanas:

cuando el sol vespertino amorate

vuestros vidrios, y os heléis

en el diario silencio del inútil combate,

tomad las fechas de mi vida

como hilas del pañuelo de un hermano

para curar vuestra herida

según la vieja usanza,

y para abrigar el nido

del pájaro consentido.

 

Jerezanas:

yo aspiro a ser el casto reyezuelo

de los días en que os sentís

probadas por el Cielo.

 

Marchitas, locas o muertas,

sois las ondas del manantial

que ondula arriba de lo temporal,

y en el eterno friso de mi alma

cada paisana mía se eslabona

como la letra de la Virgen:

encima de una nube y con una corona.

 

 

 

 

 

Te honro en el espanto…

 

 

Ya que tu voz, como un muelle vapor, me baña,

y mis ojos, tributos a la eterna guadaña,

por ti osan mirar de frente el ataúd;

ya que tu abrigo rojo me otorga una delicia

que es mitad friolenta, mitad cardenalicia,

antes que en la veleta llore el póstumo alud;

ya que por ti ha lanzado a la Muerte su reto

la cerviz animosa del ardido esqueleto

predestinado al hierro del fúnebre dogal;

te honro en el espanto de una perdida alcoba

de nigromante, en que tu yerta faz se arroba

sobre una tibia, como sobre un cabezal;

y porque eres, Amada, la armoniosa elegida

de mi sangre, sintiendo que la convulsa vida

es un puente de abismo en que vamos tú y yo,

mis besos te recorren en devotas hileras

encima de un sacrílego manto de calaveras,

como sobre una erótica ficha de dominó.

 

 

 

 

 

Disco de Newton

 

 

Omnicromía de la tarde amena…

El alma, a la sordina,

y la luz, peregrina,

y la ventura, plena,

y la Vida, una hada

que por amar está desencajada.

 

Firmamento plomizo.

En el ocaso, un rizo

de azafrán.

Un ángel que derrama su tintero.

La brisa, cual refrán

lastimero.

En el áureo deliquio del collado,

hálito verde, cual respiración

de dragón.

Y el valle fascinado

impulsa al ósculo a que se remonte

por los tragaluces del horizonte.

 

Tiempo confidencial,

como el dedal

de las desahuciadas bordadoras

que enredan su monólogo fatal

en el ovillo de las huecas horas.

 

Confidencia que fuiste

en la mano de ayer

veta de rosicler,

un alpiste

y un perfume de Orsay.

 

Tarde, como un ensayo

de dicha, entre los pétalos de mayo;

tarde, disco de Newton, en que era

omnícroma la primavera

y la Vida una hada

en un pasivo amor desencajada…

 

 

 

 

 

Humildemente…

 

 

A mi madre y a mis hermanas

 

Cuando me sobrevenga

el cansancio del fin,

me iré, como la grulla

del refrán, a mi pueblo,

a arrodillarme entre

las rosas de la plaza,

los aros de los niños

y los flecos de seda de los tápalos.

 

A arrodillarme en medio

de una banqueta herbosa,

cuando sacramentando

al reloj de la torre,

de redondel de luto

y manecillas de oro,

al hombre y a la bestia,

al azar que embriaga

y a los rayos del sol,

aparece en su estufa el Divinísimo.

 

Abrazado a la luz

de la tarde que borda,

como al hilo de una

apostólica araña,

he de decir mi prez

humillada y humilde,

más que las herraduras

de las mansas acémilas

que conducen al Santo Sacramento.

 

“Te conozco, Señor,

aunque viajas de incógnito,

y a tu paso de aromas

me quedo sordomudo,

paralítico y ciego,

por gozar tu balsámica presencia.

 

”Tu carroza sonora

apaga repentina

el breve movimiento,

cual si fuesen las calles

una juguetería

que se quedó sin cuerda.

 

”Mi prima, con la aguja

en alto, tras sus vidrios,

está inmóvil con un gesto de estatua.

 

”El cartero aldeano

que trae nuevas del mundo,

se ha hincado en su valija.

 

”El húmedo corpiño

de Genoveva, puesto

a secar, ya no baila

arriba del tejado.

 

”La gallina y sus pollos

pintados de granizo

interrumpen su fábula.

 

”La frente de don Blas

petrificose junto

a la hinchada baldosa

que agrietan las raíces de los fresnos.

 

”Las naranjas cesaron

de crecer, y yo apenas

si palpito a tus ojos

para poder vivir este minuto.

 

”Señor, mi temerario

corazón que buscaba

arrogantes quimeras,

se anonada y te grita

que yo soy tu juguete agradecido.

 

”Porque me acompasaste

en el pecho un imán

de figura de trébol

y apasionada tinta de amapola.

 

”Pero ese mismo imán

es humilde y oculto,

como el peine imantado

con que las señoritas

levantan alfileres

y electrizan su pelo en la penumbra.

 

”Señor, este juguete

de corazón de imán,

te ama y te confiesa

con el íntimo ardor

de la raíz que empuja

y agrieta las baldosas seculares.

 

”Todo está de rodillas

y en el polvo las frentes;

mi vida es la amapola

pasional, y su tallo

doblégase efusivo

para morir debajo de tus ruedas”.



FIN

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