© Libro No. 685. Corazón Doble. Schwob,
Marcel. Colección E.O. Marzo 29 de
2014.
Título original: © Marcel
Schwob. CORAZÓN DOBLE. Traducción de Amanda
Fons de
Gioia
Versión Original: © Marcel Schwob. CORAZÓN DOBLE. Traducción de Amanda
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© Edición, reedición y
Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Marcel
Schwob
CORAZÓN
DOBLE
Marcel
Schwob
CORAZÓN
DOBLE
Traducción
de Amanda
Fons
de Gioia
CENTRO
EDITOR DE AMERICA LATINA

Se agradece a Rodolfo Alonso Editor la autorización
otorgada para la publicación de la presente versión castellana de Corazón
doble.
1980 Centro Editor de América Latina S. A. - Junín
981,
Buenos Aires.
Hecho
el depósito de ley. Libro de edición argentina. Impreso en Mayo de 1980.
EMEDE. Santiago del Estero 762. Lanús Oeste, Buenos Aires. Pliegos interiores
compuestos en Tipográfica del Norte S. R. L., Reconquista 1042, Buenos Aires;
impreso en Talleres Gráficos FA. VA. RO. SAIC. y F. Independencia 3277/79, Buenos
Aires
PREFACIO
1
La vida humana as
interesante en primer lugar per sí misma; pero si el artista no quiere
representar una abstracción, tiene que ubicarla en el medio que le
corresponde. Todo organismo consciente posee profundas raíces personales; pero
la sociedad ha desarrollado en él tantas funciones heterogéneas que sería
imposible cortar esos miles de conductos por los cuales se nutre sin provocar
su muerte. En el individuo existe un instinto egoísta de conservación;
también la necesidad de los otros seres, entre los que se mueve.
El corazón del hombre es
doble; el egoísmo es en él la contrapartida de la caridad; el individuo es la
contrapartida de las masas; para su conservación, el ser cuenta con el
sacrificio de los demás; los polos del corazón se hallan en el fondo del yo y
en el fondo de la humanidad.
Así el alma va de un
extremo al otro de la expansión de su propia vida a la de la vida de todos.
Pero hay un camino que recorrer para llegar a la piedad, y este libro se
propone marcar sus etapas.
El egoísmo vital
experimenta temores personales: es el sentimiento que llamamos TERROR. El día
en que el individuo llega a concebir en los otros seres los mismos temores
que le atormentan, interpreta exactamente sus relaciones con la sociedad.
Pero la marcha del alma
por el camino que lleva del error a la piedad, es lenta y difícil.
En primer lugar, el
terror es exterior al hombre. Nace de causas sobrenaturales, de la creencia en
poderes mágicos, de la fe en el destino tan magníficamente representada por
la antigüedad. Se verá, en Las Estrigas, el hombre que es juguete de su
imaginación. El Zueco muestra el místico atractivo de la fe en una vida
gris, el renunciamiento a la actividad humana a cualquier precio, aun al del
infierno. En Los Tres Aduaneros, el ideal exterior que nos induce
misteriosamente al terror se manifiesta en el deseo de riquezas. Aquí el
espanto nace de una súbita coincidencia, y los tres cuentos siguientes
mostrarán como la superposición fortuita de algunos accidentes, sobrenaturales
todavía en El Tren 081 pero reales ya en Los Sin-Cara, puede
excitar un intenso terror provocado por circunstancias ajenas al ser humano.
El terror está dentro del
hombre, aunque determinado todavía por causas que no dependen de nosotros, como
la locura, la doble personalidad, la sugestión. Pero en Beatriz, Lilith,
Las Puertas del Opio, el terror es provocado por el hombre mismo en su
búsqueda de sensaciones, ya sea que lo conduzca al más allá la quintaesencia
del amor, de la literatura o del asombro.
Cuando la vida interior
lo lleva, a través del opio, hasta el aniquilamiento de esas excitaciones,
considera a las cosas terribles con algo de ironía, en la que sin embargo la
energía se sigue manifestando en una excesiva acuidad de sensaciones. La
beatifica placidez de la existencia se opone vivamente en su espíritu a la
influencia de terrores provocados, exteriores, o sobrenaturales; mas esa
existencia material no parece ser, ni en El Hombre Gordo ni en El
Cuento de los Huevos el último objetivo de la actividad humana, y la
superstición que en ellos se encuentra puede resultar aún perturbadora.
En El Religioso el
hombre percibe el extremo inferior del terror, penetra en la otra mitad de su
corazón, trata de concebir la miseria, el sufrimiento y el miedo en los otros
seres, aparta de sí todos los terrores humanos y sobrehumanos para no conocer
ya más que la piedad.
El cuento de El
Religioso introduce al lector en la segunda parte del volumen, "La
Leyenda de los Pordioseros". La larga serie de criminales ha ido
reproduciendo, de siglo en siglo, hasta nuestros días, todos los terrores que
el hombre haya podido experimentar. Las acciones de los simples y de los
miserables son causa y efecto del terror. La superstición y la magia, la sed de
riquezas, la búsqueda de sensaciones, la vida bestial e inconsciente, son otras
tantas causas de crímenes que llevan a la visión del cadalso futuro en Flor
entre Piedras, y al propio cadalso con su horrible realidad, en Instantáneas.
El hombre se torna digno
de piedad después de haber sentido todos los terrores, después de haberlos
materializado encarnándolos en los pobres seres que los experimentan.
La vida interior, hasta El
Religioso solamente objetivada, se torna de algún modo histórica al seguir
la obra del terror desde La Vendedora de Ámbar hasta la guillotina.
Se siente piedad hacia
esa miseria y se intenta volver a crear la sociedad prohibiendo en ella todos
los terrores mediante el Terror; se trata de construir un mundo nuevo donde no
haya pobres ni pordioseros. El incendio se trasforma en algo matemático, la
explosión es razonada, la guillotina cambiante. Se mata por principio; especie
de homeopatía del asesinato. El cielo negro se llena de estrellas rojas. El
fin de la noche será una aurora ensangrentada.
Todo eso estaría bien,
sería justo, si el extremo terror no provocara otra cosa; si la piedad presente
hacia lo que se suprime no fuera más fuerte que la piedad futura hacia lo que
se desea crear; si la mirada de un niño no hiciera temblar a los asesinos de
generaciones y generaciones de hombres; en fin, si el corazón no fuese doble,
aun en el pecho de los hacedores del terror futuro.
Así se logra el objetivo
de este libro, que es llevar, por los caminos del corazón y de la historia, del
terror a la piedad; mostrar que los acontecimientos del mundo exterior pueden
ser paralelos a las emociones del mundo interior; hacer presentir que en un
segundo de vida intensa revivimos virtual y actualmente el universo.
2
La antigüedad ha
comprendido el doble papel que desempeñan el terror y la piedad en la vida
humana. Parecería que las otras pasiones hubiesen presentado menos interés,
mientras que estas dos emociones extremas embargaban entonces por entero al
alma. En cierto modo, el alma debía ser una armonía, una cosa simétrica y
equilibrada. No había que dejarla en estado de turbación; se intentaba
contrabalancear el terror con la piedad. Cuando una de esas pasiones vencía a
la otra, se restablecía la paz espiritual y el espectador salía satisfecho. No
había moral en el arte; se buscaba equilibrar el alma. Un corazón embargado
por una sola emoción habría sido muy poco artístico a sus ojos.
La expiación de las
pasiones, esa purificación del espíritu, como la entendía Aristóteles, no
puede ser más que el renacimiento de la calma en un agitado corazón. Pues en el
drama sólo había dos pasiones, el terror y la piedad, que debían actuar el uno
como contrapeso de la otra y su eclosión interesaba al artista desde un punto
de vista muy diferente al nuestro. El espectáculo buscado por el poeta no
estaba en el escenario sino en el público. Se preocupaba menos por la emoción
experimentada por el actor que por la que su actuación despertaba en el
espectador. Los personajes eran en realidad gigantescas marionetas, aterradoras
y dignas de piedad. No se razonaba para describir las causas, sino que se
percibía la intensidad de los efectos.
Entonces los espectadores
sólo experimentaban los dos sentimientos extremos que embargan el corazón. El
egoísmo amenazado les provoca terror; el sufrimiento compartido, piedad. En
Edipo o en los Atridas, no era la fatalidad de la historia lo que preocupaba al
poeta sino la impresión que esa fatalidad provocaba en la multitud.
El día en que Eurípides
analizó el amor en un escenario se lo acusó de inmoralidad; porque lo que se
reprochaba no era la eclosión de la pasión en sus personajes sino en quienes
los estaban viendo.
Se podría haber concebido
al amor como una mezcla de esas dos pasiones extremas que dominaban en el
teatro por igual. Pues en él hay admiración, ternura y sacrificio, un
sentimiento de lo sublime en el que no falta el terror, una conmiseración
delicada y un desinterés supremo originados en la piedad; a tal punto que tal
vez las dos mitades del amor se junten con mayor fuerza allí donde por un lado
haya la más aterrorizada admiración y por el otro la piedad que más
sinceramente se inmola.
Así el amor pierde su
egoísmo exclusivo que convierte, uno después de otro, a los amantes en dos
centros de atracción: pues el amado debe ser todo para su amada, así como la
amada tendrá que serlo todo para su amado. La alianza más noble es la de un
corazón embargado por lo sublime con un corazón henchido de desinterés. Las mujeres
dejan de ser Fedra o Jimena para ser Desdémona, Imogenia, Miranda o Alcestes.
El amor se ubica entre el
terror y la piedad. Su representación es el más delicado pasaje de una a otra
de esas pasiones; y despierta a ambas en el espectador, cuya alma se torna así
más interesante que la del personaje que se está representando.
El análisis de las
pasiones en la descripción de los héroes o en el papel de los actores es ya
una penetración del arte por la crítica. El examen que de ella misma hace la
persona representada provoca otro examen, imitado, en el espectador. Pierde la
sinceridad de sus impresiones; razona, discute, compara; las mujeres buscan en
ese desarrollo los medios materiales para engañar, y los hombres los modelos
morales para descubrir; la declamación retórica es vacía; la declaración
psicológica perniciosa.
Las pasiones
representadas no ya para el actor sino para el espectador tienen un alto valor
moral. Al escuchar los Siete Contra Tebas, dice Aristófanes, uno se
sentía enardecido por el dios de la guerra. El furor combativo y el terror de
las armas conmovían a los espectadores. Luego, cuando los dos hermanos se matan
y las dos hermanas los entierran desafiando órdenes crueles y una muerte
inminente, la piedad reemplazaba al terror; el corazón se calmaba, el alma
recuperaba su armonía.
Para lograr tales efectos
es necesario una composición especial. El sistema del drama de enredo difiere
del drama complejo. Toda la situación dramática está en la exposición de un
estado trágico, que contiene en potencia el desenlace. Ese estado se expone
simétricamente, con una ubicación exacta y definida del tema y de la forma. Por
un lado esto; por el otro aquello.
Basta con leer a Esquilo
con cierto detenimiento para percibir esa permanente simetría que constituye el
principio fundamental de su arte. El final de sus obras es para él una ruptura
del equilibrio dramático. La tragedia es una crisis, y su solución una tregua.
Simultáneamente en Egina, y algo más tarde en Olimpia, algunos escultores
geniales obedeciendo a los mismos principios artísticos, adornaban los
frontones de los templos con figuras humanas y composiciones escénicas
simétricamente agrupadas a ambos lados de una ruptura de armonía central. La
crisis de las actitudes, reales aunque inmóviles, se ubican en una composición
cuyo total explica cada una de las partes.
Fidias y Sófocles fueron
en arte revolucionarios realistas. El tipo humano que creemos ver idealizado en
sus obras es la misma naturaleza, tal como ellos la concebían. Siguieron el
movimiento de la vida hasta en sus más suaves ondulaciones. Según cuenta
Aristóteles, un actor de Esquilo reprochaba a un actor de Sófocles remedar a
la naturaleza, en vez de imitarla. El drama de enredo había desaparecido de
la escena artística. El movimiento realista debía acentuarse todavía más con
Eurípides.
La composición artística
dejó de ser la representación de una crisis. La vida humana fue interesando por
su desarrollo. El Edipo de Sófocles es una especie de novela. Se separó
al drama en tramos sucesivos; la crisis pasó al final, en vez de estar al
principio; la exposición, que en el arte anterior era la obra misma, fue
reducida para permitir que actuara la vida.
Así nació el arte
posterior a Esquilo, a Polignoto y a los maestros de Egina y Olimpia. Es el
arte que ha llegado hasta nosotros por el teatro y la novela.
Como toda manifestación
vital –la acción, la asociación y el lenguaje–, el arte pasó por períodos
análogos que se repiten a través de las épocas. Los dos extremos entre los
cuales oscila el arte son, al parecer, la Simetría y el Realismo. La Simetría
limita a la vida dentro de reglas artísticas convencionales; el Realismo la
reproduce hasta en sus más desarmónicas inflexiones.
Del período simétrico de
los siglos XII y XIII, el arte pasó al período psicológico, realista y
naturalista de los siglos XIV, XV y XVI. En el siglo XVII, bajo
el influjo de las reglas de la antigüedad, se desarrolló un arte convencional,
interrumpido por el movimiento de los siglos XVIII y XIX. Hoy
en día, luego del romanticismo y el naturalismo, nos acercamos a un nuevo
período de simetría. Pareciera que la Idea, que es fija e inmóvil, tuviera que
substituir nuevamente a las Formas Materiales, cambiantes y flexibles.
En momentos en que se
crea un arte nuevo, conviene no limitarse únicamente a la consideración del
florecimiento independiente de los primitivos y de los prerrafaelinos; no hay
que olvidar las bellas construcciones de crisis espirituales y físicas
ejecutadas por Esquilo y los maestros de Egina y Olimpia.
En estos cuentos se
encontrará la preocupación por una composición especial, donde a menudo se
concede a la exposición el papel principal, donde la solución del equilibrio
es brusca y final, donde se describen las extrañas aventuras del espíritu y
del cuerpo en el camino seguido por el hombre partiendo de su yo para llegar al
de los demás. A veces tendrán la apariencia de fragmentos; habrá que
considerarlos entonces como una parte de un todo, habiéndose elegido solamente
a la crisis como objeto de representación artística.
3
Antes de examinar el
papel que pueden desempeñar en el arte esas crisis espirituales y físicas,
conviene echar una ojeada retrospectiva y en derredor nuestro hacia la forma
literaria preponderante en los tiempos modernos: la novela.
La novela nació tan
pronto como el devenir de la vida humana resultó interesante en sí mismo, tanto
en su desarrollo interior como exterior. La novela es la historia de un
individuo, trátese de Encolpio, Lucius, Pantagruel, Don Quijote, Gil Blas o
Tom Jones. La historia era más bien exterior antes del fin del último siglo y
de Clarisa Harlowe; pero no por haberse hecho interior cambió la trama de la
composición. Historiola animae, sed historiola.
Con Goethe, Stendhal,
Benjamín Constant, Alfred de Vigny, Musset, predominaron los tormentos del
alma. La libertad personal había sido conquistada por la revolución norteamericana
y la revolución francesa. El hombre libre aspiraba a todo. Era más lo que se
sentía que lo que se podía. Un estudiante de notariado se mató en 1810, y dejó
una carta justificando su determinación: luego de profundas reflexiones se
había dado cuenta de que nunca podría ser tan grande como Napoleón. Todos
experimentaban lo mismo en todas las ramas de la actividad humana. La
felicidad personal se hallaba en el fondo de las alforjas que cada uno lleva
delante y detrás de sí.
Comenzó entonces la
enfermedad del siglo. Todos querían ser amados por sí mismos. Se tornó triste
el adulterio. También la vida: era una maraña de excesivas aspiraciones que
cada momento destrozaba. Algunos se sumieron en extraños misticismos,
cristianos, extravagantes o inmundos; otros, movidos por el demonio de la
perversidad se laceraron el ya herido corazón como quien hurga en un diente
enfermo. Se pusieron de moda las autobiografías, en todas sus formas.
La ciencia del siglo XIX, agigantándose
paso a paso, lo fue invadiendo todo. El arte se hizo biológico y psicológico.
Tuvo que tomar esas
formas positivas ya que Kant mató a la metafísica. Debía adquirir una
apariencia científica, así como en el siglo XVIII tuvo
una apariencia de erudición. El siglo XIX se halla dominado por el
nacimiento de la química, la medicina y la psicología, como el XVI lo
estuvo por el renacimiento de Roma y de Atenas. El deseo de amontonar hechos
extraños y arqueológicos se ve reemplazado en él por los métodos de asociación
y generalización.
Pero, en virtud de un
extraño retroceso, habiendo sido las generalizaciones de los espíritus
artísticos demasiado prematuras, las letras se encaminaron hacia la deducción,
mientras la ciencia lo hacía hacia la inducción.
Resulta singular que en
momentos en que se habla de síntesis nadie sepa hacerla. La síntesis no
consiste en reunir elementos de una psicología individual, o los detallas
descriptivos de un ferrocarril, una mina, la Bolsa o el ejército.
Interpretada así, la
síntesis sería una enumeración; y si de las semejanzas que presentan los
momentos de la serie el autor tratar de extraer una idea general, sería una abstracción
trivial, ya se trate del amor mundano o de los bajos fondos de París. La vida
no está en lo general sino en lo particular; el arte consiste en dar a lo
particular el aspecto de lo general.
Presentar así la vida de
los entes parciales de la sociedad, es hacer ciencia moderna a la manera de
Aristóteles. La generalidad engendrada por la enumeración completa de las
partes es una variante del silogismo. "El hombre, el caballo, y la mula,
viven mucho tiempo", dice Aristóteles. Ahora bien, el hombre, el caballo y
la mula son animales sin hiel. Por lo tanto los animales sin hiel viven mucho
tiempo."
Esto no es una
desesperante tautología, sino un silogismo enumerativo que carece de rigor
científico. Para tenerlo, en efecto, debería basarse en una enumeración completa;
y es imposible, en la naturaleza, poder lograrlo.
La monótona numeración de
detalles psicológicos o fisiológicos no puede servir pues para dar ideas
generales sobre el alma y el mundo; y esa manera de comprender y de aplicar la
síntesis es una forma de deducción.
Así la novela analítica y
la naturalista, al recurrir a ese procedimiento pecan contra la ciencia que
ambas invocan.
Pero, si bien emplean
erróneamente la síntesis, aplican también la deducción, en pleno desarrollo, de
la ciencia experimental.
La novela analítica
plantea la psicología del personaje, la comenta detalladamente y de ella deduce
toda una vida.
La novela naturalista
plantea la fisiología del personaje, describe sus instintos, su herencia, y de
ello deduce el conjunto de sus acciones.
Esa deducción, unida a la
síntesis enumerativa, constituye el método típico de las novelas analíticas y
naturalistas.
Pues el novelista moderno
pretende tener un método científico, reducir las leyes naturales y matemáticas
a fórmulas literarias, observar como un naturalista, experimentar como un
químico, deducir como un matemático.
En cambio el arte,
entendido como es en realidad, pareciera separarse de la ciencia por propia
definición.
Al considerar un fenómeno
de la naturaleza, el sabio presupone el determinismo, busca las causas del
fenómeno y sus condiciones determinantes; lo estudia desde el punto de vista
del origen y de los resultados; lo somete a sí mismo para reproducirlo, y lo
somete al conjunto de las leyes del mundo para relacionarlo con ellas; hace de
él algo determinable y determinado.
El artista presupone la
libertad, contempla al fenómeno como un todo, lo hace entrar en su composición
con sus causas más cercanas, lo trata como si fuera libre, y como si él mismo
fuese libre en su manera de considerarlo.
La ciencia busca lo
general por lo necesario; el arte debe buscar lo general por lo contingente;
para la ciencia el mundo está interrelacionado y determinado; para el arte el
mundo es discontinuo y libre; la ciencia descubre la generalidad extensiva; el
arte debe hacer sentir la generalidad intensiva; si el dominio de la ciencia
es el determinismo, el del arte es la libertad.
El objetivo del arte
serán los seres vivos, espontáneos, libres, cuya síntesis psicológica y
fisiológica dependerá, a pesar de ciertas condiciones determinadas, de las
series que encuentren, de los medios que atraviesen. Tienen facultades de
nutrición, de absorción y de asimilación; pero habrá que tener en cuenta el
complicado juego de las leyes naturales y sociales que llamamos azar, que el
artista no debe analizar, que para él es realmente el Azar, y que pone al
alcance del organismo físico y consciente las cosas de que puede alimentarse,
que puede absorber o asimilar.
Así la síntesis será la
de un ser viviente.
Kant ha dicho: "Si
todas las condiciones de la vida humana pudieran ser determinadas y previstas,
las acciones de los hombres podrían calcularse como los eclipses".
La ciencia de las cosas
humanas no ha alcanzado todavía el nivel de la ciencia de los fenómenos
celestes.
Desgraciadamente, la
fisiología y la psicología no están mucho más adelantadas que la meteorología;
y las acciones que la psicología de nuestras novelas puede predecir son, por lo
general, tan fáciles de vaticinar como la lluvia durante la tormenta.
Pero hay que encontrar el
medio de alimentar artísticamente al ser físico y consciente con los
acontecimientos proporcionados por el Azar. No pueden darse reglas para esa
síntesis viviente. Los que no lo comprenden y que claman constantemente por la
síntesis, están atrasados en arte, como Platón lo estaba en ciencia.
"Cuando sumo uno más
uno –decía Platón en su República–, ¿qué es lo que se convierte
en dos, la unidad a la cual yo sumo, o la que es sumada?".
Para un espíritu tan
profundamente deductivo, la serie de números tenía que nacer analíticamente; el
nuevo ser dos tenía que estar encerrado en una de las unidades cuya
unión lo engendraba.
Nosotros decimos que el
número dos se produce por síntesis, que en la suma interviene un
principio diferente de análisis; y Kant ha demostrado que la serie de los
números es el resultado de una síntesis a priori.
Ahora bien, la síntesis
que se opera en la vida difiere también radicalmente de la enumeración general
de detalles psicológicos y fisiológicos o del sistema deductivo.
Hay un pasaje de Hamlet
que constituye uno de los mejores ejemplos de la representación de la
vida.
La obra comprende dos
acciones dramáticas: una exterior a Hamlet, la otra interior. Con la primera
tiene que ver el paso de las tropas de Fortimbras (Acto IV, esc:
IV) que
atraviesan Dinamarca para atacar a Polonia. Hamlet las contempla pasar. ¿Cómo
se nutrirá la acción interior de Hamlet con ese acontecimiento exterior? He
aquí lo que Hamlet exclama:
"¡Cómo! ¡Permanezco
inmóvil yo,
Que por mi padre maté a
una madre deshonrada,
Acicate de mi mente y de
mi sangre!
¿Y dejo todo dormir,
cuando para mi vergüenza veo
La muerte inminente de
veinte mil hombres
Que
por un capricho y un sueño de gloria
Marchan a la tumba?"
Así se cumple la
síntesis; y Hamlet asimila para su vida interior un hecho de la vida exterior.
Claude Bernard distinguía en los seres vivientes un medio interior y un medio
exterior; el artista debe considerar en ellos la vida íntima y la vida externa,
y hacernos captar las acciones y reacciones sin describirlas ni discutirlas.
Ahora bien, las emociones
no son constantes; poseen un punto extremo y un punto muerto. En lo moral, el
corazón experimenta una sístole y una diástole, un período de contracción y
otro de relajamiento. Puede llamarse crisis o aventura al punto extremo
de la emoción. Toda vez que la doble oscilación del mundo exterior y del mundo
interior provoca un encuentro, hay una aventura o una crisis. Luego
ambas vidas recuperan su independencia, cada una fecundada por la otra.
A partir del gran
renacimiento romántico, la literatura ha recorrido todos los momentos del
período de relajamiento del corazón, todas las emociones lentas y pasivas. A
ello debían conducir las descripciones de la vida psicológica y de la vida
fisiológica preestablecidas. A ello conducirá la novela de masas, si se borra
de ella al individuo.
Pero tal vez el fin de
siglo esté regido por la divisa del poeta Walt Whitman: Uno mismo dentro de
la Masa. La literatura glorificará las emociones violentas y activas. El
hombre libre no estará sujeto al determinismo de los fenómenos del alma y del
cuerpo. El individuo no obedecerá al despotismo de las masas, o lo seguirá
voluntariamente. Se dejará llevar por la imaginación y por su gusto de vivir.
Si persiste la novela
como forma literaria, se ampliará sin duda extraordinariamente. Serán
desterrados de ella las descripciones seudocientíficas y el despliegue de
psicología de manual y de biología mal asimilada. La composición se
perfeccionará en las partes, como el idioma; la construcción será severa; el
arte nuevo tendrá que ser neto y claro.
Entonces la novela será,
sin duda, una novela de aventuras, en la más amplia acepción de la
palabra, novela de crisis del mundo interior y del mundo exterior, la
historia de las emociones del individuo y de las masas, ya sea que el hombre
indague nuevamente dentro de su corazón, o que lo haga dentro de la historia,
de la conquista de la tierra y de las cosas, o de la evolución social.
MARCEL
SCHWOB
París,
mayo de 1891.
Corazón Doble
Las Estrigas
Vobis rem horribilem narrabo...
mihi
pili inhorruerunt.
T. P. Arbitri, Satirae
Estábamos tendidos sobre
nuestros divanes, alrededor de la mesa suntuosamente servida. Las lámparas de
plata ardían con llama baja; la puerta acababa de cerrarse tras el juglar que
había terminado por cansarnos con sus cerdos amaestrados; el salón olía a
cuero quemado, a causa de los aros de fuego por los que hacía saltar a sus
gruñentes bestias. Trajeron el postre: masas de miel caliente, erizos de mar
confitados, huevos recubiertos con mas; de buñuelo, zorzales en salsa rellenos
con harina de fiar, pasas de uva y nueces. Un esclavo sirio cantata con voz de
falsete mientras se servían los platos. Nuestro huésped deslizó sus dedos entre
los largos cabellos de su favorito, tendido junto a él, y se mondó
graciosamente los dientes con una espátula dorada. Un poco alterado por las
numerosas copas de vino añejo, que bebía ávidamente, sin mezclarlo, comenzó a
hablar, algo confuso:
"Nada hay que me
entristezca tanto como el fin de una comida. Debo separarme de vosotros,
queridos amigos. Ello me recuerda Inexorablemente la hora en que debo dejaros
para siempre. ¡Ah! ¡Qué poca cosa es el hombre! Un hombrecillo, a lo sumo.
Trabajad, fatigaos, sudad, id a luchar a las Galias, a Germania, Siria,
Palestina; ganaos vuestro dinero poco a poco, servid a buenos amos; pasad de
la cocina a la mesa, de la mesa al lugar de favorito; llevad vuestros cabellos
tan largos como éstos en los que enjugo mis dados; ganaos vuestra libertad;
poned un establecimiento con clientes como los que yo tengo; especulad con las
tierras y los transportes comerciales, agitaos, moveos. Desde el mismo instante
en que el gorro de hombre libre toque vuestra cabeza, os sentiréis esclavos de
otra más poderosa, de la que ninguna suma de sestercios logrará libraros.
¡Muchacho, sírveme más Falerno!".
Se hizo traer un
esqueleto de plata articulado, lo tendió en diversas posiciones sobre la mesa,
suspiró, se enjugó los ojos, y prosiguió:
"La muerte es algo
terrible, cuya idea me asalta sobre todo después de haber comido. Los médicos a
quienes he consultado no saben qué aconsejarme. Creo que tengo mala digestión.
Días hay en que mi vientre muge como un toro. Hay que guardarse bien de esos
inconvenientes. No os contengáis, amigos míos, si os sentís molestos. La
anatimiasis puede subirse al cerebro y entonces se está perdido. El emperador
Claudio actuaba de esta suerte, y nadie se reía. Más vale parecer grosero que
poner en peligro la vida".
Meditó algunos momentos.
Luego dijo:
"No puedo apartarme
de mi idea. Cuando pienso en la muerte, tengo ante mis ojos a todas las
personas a quienes vi morir. ¡Y si al menos estuviésemos seguros, de nuestro
cuerpo cuando todo ha terminado! Mas somos pobres, miserables; hay poderes
misteriosos que nos acechan; lo juro por mi hado. Están aguardándonos en los
recodos, bajo la forma de mujeres viejas y, por la noche, parecen pájaros. Un
día, cuando aún vivía en la calle Estrecha, el alma se me subió al corazón de
terror. Vi a una que estaba encendiendo un fuego de cañas en un nicho del muro;
vertía vino en una escudilla de cobre, con puerros y perejil, a los que añadía
avellanas que examinaba atentamente. ¡Furia de los Dioses! ¡Qué mirada la suya!
Luego tomó algunas habas de una bolsa y las peló con los dientes, tan
rápidamente como pájaro picoteando cáñamo; y escupía las vainas a su alrededor,
como cadáveres de moscas.
"Era una 'estriga',
a no dudarlo; si me hubiese visto me habría paralizado con su mal de ojo.
Conozco personas que han salido por la noche y se sintieron recorridas por
extraños hálitos; sacaron su espada, giraron como un molinillo batiéndose con
las sombras. Por la mañana, estaban cubiertas de heridas y la lengua les
pendía en la comisura de los labios. Habían encontrado alguna estriga. He visto
a seres fuertes como toros y hasta a ciertos hombres lobos, a los que ellas
vencían.
"Todo esto es
verdad, os lo aseguro. Además, son hechos conocidos. No hablaría, y hasta
dudaría de ello, si a mí no me hubiese ocurrido una aventura que me hizo poner
los pelos de punta.
"Cuando se vela a
los muertos puede oírse a las estrigas. Cantan tonadas que cautivan y a las que
se obedece a pesar de uno mismo. Su voz es suplicante y plañidera, aflautada
como la de un pájaro, tierna como los gemidos de un niño que llama. Nada puede
resistirse a ella. Cuando yo servia a mi amo, el banquero de la vía Sacra, éste
tuvo la desgracia de perder a su mujer. Yo estaba triste por entonces, pues la
mía también acababa de morir –hermosa criatura, a fe mía, y abundante en
carnes– pero yo la amaba sobre todo por sus buenos modales. Todo lo que ella
ganaba era para mí; si no tenía más que una moneda, me daba la mitad. Mientras
iba camino de la mansión del amo, vi algunos objetos blancos que se movían
entre las tumbas. Me sentí morir de espanto, sobre todo porque había dejado a
una muerta en la ciudad; me precipité hacia la casa de campo y ¿a que no sabéis
con lo que me encuentro al pasar el umbral? Un charco de sangre con una esponja
empapada dentro.
"Por toda la casa
percibo llantos y gemidos; el ama había muerto al caer la noche. Las sirvientas
se desgarraban la ropa y se arrancaban los cabellos. Una sola lámpara como un
punto rojo, se veía en el fondo del cuarto. Una vez que se fue el amo, encendí
una gran tea de pino junto a la ventana; la llama chisporroteaba y humeaba
tanto que el viento agitaba grises torbellinos dentro de la habitación; la luz
se bajaba y luego se reavivaba ante el menor soplo de viento; las gotas de
resina chorreaban por la madera, crepitando.
"La muerta yacía
sobre el lecho. Tenía el rostro verde, y una multitud de pequeñas arrugas en
torno de la boca y de las sienes. Le habíamos atado una venda alrededor de las
mejillas para que sus mandíbulas no se abrieran. En círculo, las mariposas nocturnas
batían sus amarillas alas cerca de la antorcha; las moscas se paseaban
lentamente por la cabecera de la cama, y cada soplo de viento traía hojas secas
de afuera girando en torbellinos. Yo velaba a los pies del lecho y pensaba en
todas esas historias de muñecos de paja encontrados por la mañana en lugar de
los cadáveres, en los redondos agujeros que las brujas hacen en los rostros
para chupar la sangre.
"De pronto, entre
los gemidos del viento, se elevó un sonido estridente, agudo y suave a la vez;
se hubiera dicho que una pequeñuela cantaba suplicante. La tonada flotaba en la
atmósfera y entraba, más fuerte, con las bocanadas de aire que despeinaban el
pelo de la muerta. Mientras tanto, paralizado de espanto, yo no me movía.
"La Luna comenzó a
brillar con luz más pálida; las sombras de los muebles y las ánforas se
confundían con la obscuridad del suelo. Mis ojos, errantes, cayeron sobre el
campo y vi que el cielo y la tierra se iluminaban con tenue claridad en la que
se esfumaban los lejanos boscajes y los álamos sólo dibujaban largas líneas
grises. Me pareció que el viento disminuía y que las hojas se aquietaban. Vi
unas sombras que se deslizaban tras el seto del jardín. Luego mis párpados se
cerraron, pesados como el plomo; sentí unos ligeros roces.
"De pronto, el canto
del gallo me sobresaltó y el soplo helado del viento matinal agitó las copas de
los álamos. Estaba apoyado contra el muro; por la ventana veía el cielo de un
gris más claro y, hacía el naciente, una estela rosa y blanca. Me froté los
ojos... y cuando miré a mi ama... ¡Que el cielo me asista!... vi su cuerpo
cubierto por negras heridas, manchas de un azul obscuro, grandes como una
moneda... sí, como una moneda... por toda su piel. Grité y corrí hacia la cama;
el rostro era una máscara de cera bajo la que se veía la carne horriblemente
carcomida; no había nariz, ni labios, ni mejillas, ni ojos; los pájaros nocturnos
los habían ensartado en sus acerados picos, como ciruelas. Y cada mancha azul
era un agujero en forma de embudo en cuyo fondo brillaba un coágulo de sangre;
no había corazón, ni pulmones, ni ninguna otra víscera; el pecho y el vientre
estaban rellenos con manojos de paja.
"Las estrigas
cantoras se lo habían llevado todo durante mi sueño. El hombre no puede
resistirse al poder de las brujas. Somos juguetes del destino".
Nuestro huésped se puso a
sollozar, la cabeza apoyada sobre la mesa, entre el esqueleto de plata y las
copas vacías.
"¡Ay! ¡Ay!
–lloraba–; yo, el rico, yo que puedo ir a Bales a ver mis propiedades, que hago
publicar un diario para mis tierras; yo, con mis actores, mis bailarines y mimos,
mi vajilla de plata, mis casas de campo y mis minas de metales, no soy más que
un cuerpo miserable ... y las estrigas pronto podrán venir a socavarlo".
El muchacho le tendió una escudilla de plata y él se incorporó.
Entretanto las lámparas
se iban apagando; los invitados se agitaban pesadamente con vago murmullo; las
piezas de la vajilla de plata se entrechocaban y el aceite derramado de una
lámpara mojaba toda la mesa. Un saltimbanqui entró de puntillas, con la cara
enharinada, la frente cubierta de negras rayas; y nos marchamos por la puerta
abierta, entre una doble hilera de esclavos recién comprados, cuyos pies
estaban aún blancos de tiza.
El
Zueco
Doce caminos importantes
atraviesan el bosque de Gávre. La víspera de la fiesta de Todos los Santos, el
Sol ponía aún sobre las verdes hojas una franja de sangre y oro cuando por el
camino del Este apareció, errante, una niñita. Llevaba un pañuelo rojo a la
cabeza, anudado bajo el mentón, una camisa de algodón gris con un botón de
cobre, una deshilachada falda, un par de pequeñas pantorrillas doradas,
redondas como husos, que se hundían en unos zuecos claveteados. Al llegar a la
gran encrucijada, sin saber hacia dónde ir, se sentó junto al mojón indicador
de kilómetros y se echó a llorar.
La pequeña lloró durante
mucho tiempo, tanto que la noche lo fue cubriendo todo mientras las lágrimas
corrían entre sus dedos. Las ortigas inclinaban sus racimos de granos verdes.
Los grandes cardos cerraban sus flores violetas, el camino gris se obscurecía
aún más, allá a lo lejos, en la bruma. Por el hombro de la pequeña subieron de
pronto dos garras y un hocico fino; luego todo un cuerpo aterciopelado, seguido
de una cola en forma de penacho, se acurrucó entre sus brazos, y la ardilla
puso su nariz en la corla manga de algodón. La niñita se incorporó y penetró
bajo los árboles, bajo la bóveda de ramas entrelazadas, con espinosos matorrales
salpicados de ciruelos silvestres, donde de pronto surgían, rectos, hacia el
cielo, algunos avellanos. En el fondo de una de esas obscuras enramadas vio
dos llamas muy rojas. La pelambre de la ardilla se erizó. Algo rechinaba los
dientes y el animal saltó al suelo. Pero tanto había andado la pequeña por los
caminos, que no sentía miedo, y avanzó hacia la luz.
Un ser extraordinario
estaba acurrucado bajo unos matorrales, con dos ojos como ascuas y una boca de
color violeta obscuro. Sobre su cabeza se erguían dos puntudos cuernos en los
que cascaba las avellanas que tomaba constantemente con su larga cola. Rompía
las avellanas en sus cuernos, las pelaba con sus manos secas y velludas, de
palmas rosadas, y rechinaba los dientes al comerlas. Cuando vio a la niñita
dejó de roer y se quedó mirándola, guiñando continuamente los ojos.
–¿Quién eres? –preguntó
ella.
–¿No ves que soy el
diablo? –respondió la bestia, incorporándose.
–No, señor diablo
–exclamó la pequeña–. Pero, ¡o... o... oh...! No me hagas daño. No me hagas
daño, señor diablo. Yo no te conozco, ¿sabes?; nunca oí hablar de ti. ¿Eres
malo, señor?
El diablo se echó a reír.
Avanzó sus afiladas garras hacia la niña y arrojó sus avellanas a la ardilla.
Cuando reía, las matas de
pelo que crecían en sus narices y sus orejas, bailoteaban en su cara.
–Bienvenida, hija mía
–dijo el diablo–. Me gustan las personas simples. Me parece que eres una buena
niña; pero no sabes nada de la vida. Más tarde te dirán tal vez que yo me llevo
a los hombres. Verás que no es así. No vendrás conmigo si no lo deseas.
–Yo no quiero ir, señor
diablo –dijo la pequeña–. Eres feo. En tu casa todo debe ser negro. ¿Sabes? Yo
corro al sol, por los caminos; corto flores y a veces, cuando pasan damas y
señores, me las compran por monedas. Y por la noche, siempre hay buenas mujeres
que me ponen a dormir en la paja, o a veces en el heno. Sólo que hoy no he comido
nada porque estamos en el bosque.
Y el diablo dijo:
–Escucha, pequeña, y no temas. Te voy a sacar de apuros. Se te ha caído un
zueco. Póntelo.
Mientras hablaba, el
diablo tomaba un avellana con su cola y la ardilla masticaba otra.
La niña deslizó su pie
mojado dentro del pesado zueco y, de pronto, se encontró en el camino
principal, el Sol naciendo entre franjas rojas y violetas al oriente, en medio
del aire áspero de la mañana y de la bruma que flotaba aún sobre los prados. No
había ya bosque, ni ardilla, ni diablo. Un carretero ebrio que pasaba al galope
conduciendo un carro de vacas que mugían bajo una lona empapada, le dio un
latigazo en las piernas a manera de saludo. Los pinzones de cabeza azul piaban
entre los setos de espinos blancos cubiertos de flores. La pequeña, asombrada,
se puso a caminar. Durmió bajo una encina en el linde de un campo. Y al día
siguiente continuó la marcha. De camino en camino llegó al fin a unas landas
pedregosas, donde el aire era «alado.
Más adelante encontró
unos cuadrados de tierra llenos de agua salobre, con montañas de sal que
amarilleaban en el cruce de los terraplenes. Algunos petreles y gaviotas picoteaban
entre el estiércol del camino. Grandes bandadas de Cuervos se abatían de un
campo al otro con roncos graznidos.
Una tarde encontró
sentado en el camino a un mendigo harapiento, con una vincha de viejo algodón
sobre su frente, un cuello surcado por tensos y retorcidos tendones y párpados
rojos, dados vuelta. Al verla llegar, se incorporó y le cerró el paso con sus
brazos extendidos. Ella lanzó un grito. Sus pesados zuecos resbalaron en el
puentecillo del arroyo que cortaba el camino: la caída y el miedo la hicieron
desfallecer. El agua, silbando, le mojó los cabellos; las arañas rojas corrían
entre las hojas de los nenúfares para contemplarla; acurrucadas, las ranas
verdes la miraban, tragando el aire. Mientras tanto el mendigo se rascaba
lentamente el pecho bajo su camisa mugrienta y continuó su marcha, arrastrando
los pies. Poco a poco se fue desvaneciendo el golpeteo de su escudilla contra
su bastón.
La pequeña se despertó
cuando el Sol estaba alto. Se había lastimado y no podía mover el brazo
derecho. Sentada sobre el puentecillo, trataba de sobreponerse a su debilidad.
Luego allí a lo lejos, en el camino, se oyó el tintineo de los cascabeles de un
caballo; poco después oyó el rodar de un coche. Protegiendo sus ojos del Sol
con una mano, vio un gorro blanco que brillaba entre dos blusas azules. El
faetón avanzaba velozmente. Adelante trotaba un caballito bretón con la collera
llena de cascabeles y dos tupidos penachos encima de las anteojeras. Cuando
llegó adonde estaba la pequeña, ésta tendió su brazo izquierdo; suplicante.
La mujer gritó: –¡Vaya!
Se diría que éste nos juega una broma. Tú, Juan, detén el caballo, a ver qué le
pasa. Sosténlo fuerte; yo bajo; que no salga al trote. ¡Oh! ¡Oh! ¡Vamos pues!
Vamos a ver qué tiene.
Pero cuando la miró, la
pequeña había vuelto al mundo de los sueños. El Sol, la ruta blanca, la habían
enceguecido y el dolor sordo de su brazo le ahogaba el corazón dentro del
pecho.
–Parece que se está
muriendo –murmuró la campesina–. ¿Estará mal de la cabeza o la habrá mordido
alguna alimaña, un cocodrilo? Esos bichos son dañinos. Andan de noche por los
caminos. Juan, sujeta al caballo, que no se espante. Mathurin me dará una mano
para subirla.
Y el coche la llevó dando
tumbos, con el caballito trotando delante con sus dos penachos que se sacudían
cuando una mosca le andaba por el testuz, mientras la mujer de gorro blanco,
apretada entre las dos blusas azules, se volvía de tanto en tanto hacia la
pequeña, muy pálida aún; y así llegaron al fin a la casa de un pescador,
techada de paja. El pescador, uno de los más importantes de la comarca, tenía
mucho trabajo y podía enviar su pescado al mercado cargado en una carreta.
Allí terminó el viaje de
la pequeña. Pues se quedó para siempre en casa de los pescadores. Y las dos
blusas azules eran Juan y Mathurin; y la mujer del gorro blanco era doña
Matilde; y el viejo iba a pescar en una chalupa. Se quedaron con la niña
pensando que les serviría para cuidar la casa. Y fue educada, como los
muchachos y las chicas de los pescadores, a fuerza de azotes. Muy a menudo llovieron
sobre ella ramalazos y pescozones. Y cuando fue más grande, de tanto remendar
las redes, acomodar las plomadas, manejar los baldes, limpiar las algas, lavar
los impermeables y sumergir los brazos en el agua sucia y salada, sus manos se
enrojecieron y pasparon, sus muñecas se arrugaron como el pescuezo de un
lagarto, sus labios se ennegrecieron, su talle perdió esbeltez, su cuello se
tornó fláccido y sus pies duros y callosos por haber pasado tantas veces sobre
las pústulas coreáceas de las algas y los montículos de moluscos violáceos que
cortan la piel con el filo de sus valvas. De la pequeña de antaño ya no quedaba
más que dos ojos como ascuas y un cutis de porcelana. Con sus mejillas
marchitas, sus pantorrillas torcidas, su espalda encorvada por los canastos de
sardinas, era una muchacha en edad de casarse. La prometieron, pues, a Juan; y
antes de que la boda fuera comentada en todos los corrillos del pueblo, ya se
había comentado ampliamente el compromiso. Se casaron tranquilamente: el hombre
se fue a pescar con sus redes y a beber, al regreso, unos vasos de sidra y unos
tragos de ron.
No era buen mozo, con su
rostro huesudo y una mata de pelos amarillos entre las dos orejas puntiagudas.
Pero tenía puños fuertes. Después que él se emborrachaba, Juana aparecía al día
siguiente llena de cardenales. Y tuvo un montón de chicos, pegados a sus faldas
cuando raspaba, sobre el vano de la puerta, la olla del guisado. También ellos
fueron educados, como los muchachos y las chicas de los pescadores, a fuerza de
azotes. Los días pasaron, uno después de otro, monótonos, siempre iguales,
lavando chicos y remendando redes, acostando al viejo cuando llegaba en copas
y a veces, algunas tardes, entreteniéndose con las comadres mientras la lluvia
golpeteaba contra los cristales y el viento removía las ramitas en el hogar.
Después el hombre se
perdió en el mar; Juana lo lloró en la iglesia. Durante mucho tiempo anduvo con
el rostro duro y los ojos enrojecidos. Los hijos crecieron y se fueron, unos
por un lado, otros por el otro. Finalmente se quedó sola, vieja, casi inválida,
apergaminada, temblorosa; vivía con un poco de dinero que le enviaba uno de sus
hijos, que era gaviero. Y un día, al despuntar el alba, los rayos grises que
entraban por los vidrios empañados derramaron su escasa luz sobre el hogar
apagado y sobre la vieja agonizante. En los estertores de la muerte, sus
rodillas levantaban las cobijas.
Cuando la última bocanada
de aire cantaba en su garganta, se oyeron las campanas repicando a maitines y,
de pronto, sus ojos se obscurecieron. Sintió que era de noche. Vio que estaba
en el bosque de Gávre. Acababa de ponerse el zueco. El diablo tomaba una
avellana con la cola y la ardilla masticaba otra.
Gritó de sorpresa al
verse nuevamente pequeña, con su grito de terror: –¡Oh! –gimió persignándose–
tú eres el diablo y vienes a llevarme. –Has progresado –contestó el diablo–,
eres libre de venir.
–¡Cómo! –dijo ella–. ¿No
soy una pecadora? ¿No vas a quemarme, Dios mío? –No –dijo el diablo–: puedas
vivir o venir conmigo. –¡Pero Satanás, estoy muerta! –No, dijo el diablo–; es
verdad que te he hecho vivir toda tu vida, pero sólo durante el instante en que
te ponías el zueco. Escoge entre la vida que has llevado y el nuevo viaja que
te ofrezco.
Entonces la pequeña se
cubrió los ojos con la mano y meditó. Recordó sus penas y sinsabores, su vida
triste y gris; se sintió demasiado cansada para volver a empezar.
–¡Y bien! –le dijo al
diablo–, me condeno, pero te sigo.
El diablo exhaló un
chorro de blanco vapor por su boca violeta obscuro, hundió sus garras en la
falda de la pequeña y, abriendo enormes y negras alas de murciélago se elevó
rápidamente por encima de los árboles del bosque. Rojas llamaradas surgían como
haces de sus cuernos, de las puntas de sus alas y de sus pies; la pequeña
pendía inerte, como un pájaro herido.
Mas de pronto, doce
campanadas sonaron en la iglesia de Blain, y de los obscuros campos surgieron
blancas sombras de alas transparentes que volaban suavemente por los aires.
Eran los santos y las santas cuya fiesta comenzaba a celebrarse en ese
instante. Cubrían el pálido cielo resplandeciendo extrañamente. Alrededor de
las cabezas de los santos se veía un halo de oro; las lágrimas de las santas y
las gotas de sangre por ellas derramadas se habían convertido en diamantes y
rubíes que adornaban sus diáfanas vestiduras. Santa Magdalena desató sobre la
pequeña sus rubios cabellos; el diablo se encogió sobre sí mismo y cayó a
tierra como una araña que pende de su hilo. Ella tomó a la niña en sus blancos
brazos, diciendo:
–Para Dios tu vida de un
segundo vale por décadas enteras; para El no existe el tiempo y sólo valora el
sufrimiento. Ven a celebrar la fiesta de Todos los Santos con nosotros.
Y cayeron los harapos de
la niña; y uno después del otro sus zuecos se perdieron en la nada de la noche,
y dos resplandecientes alas surgieron de sus hombros. Y voló, entre Santa
María y Santa Magdalena, hacia un rojizo y desconocido astro donde están las
islas de los Bienaventurados. Allí va todas las noches un misterioso segador
con la luna como hoz; y en las praderas de asfódelos siega brillantes estrellas
que va sembrando en la noche.
Los tres aduaneros
–¡Eh, Pen-Bras! ¿No oyes
ruido de remos? –dijo el Viejo sacudiendo el montón de heno donde roncaba uno
de los tres aduaneros guardacostas. La burda cara del durmiente se hallaba
semioculta bajo su impermeable y algunas briznas de hierba seca se enredaban
en sus cejas. Desde el ángulo entrante de la puerta de maderas claveteadas, el
Viejo alumbraba con su lámpara de llama vacilante el tablón donde se hallaba
tendido. El viento susurraba entre las piedras del muro, mal cubiertas por el
barro endurecido. Pen-Bras se volvió, gruñó, y continuó durmiendo. Pero el
Viejo lo empujó tan bruscamente que rodó del tablón, cayendo de pie bajo la
horqueta del techo, con las piernas abiertas, la mirada tonta.
–¿Qué pasa, Viejo?
–preguntó.
–¡Chist!... Escucha ...
–dijo el otro.
Escucharon en silencio,
escudriñando en la negra bruma. Cuando el viento del Oeste se calmaba, se oía
un suave chapoteo regular.
–Tenemos problemas –dijo
Pen-Bras–. Hay que despertar a la Tórtola.
El Viejo protegió su
farol con un faldón del impermeable y contornearon el muro de la cabaña que se
aplastaba contra el acantilado como un techo derrumbado. La Tórtola dormía del
otro lado, en el extremo del galpón que miraba hacia los campos. Un tabique de
estacas cubiertas de barro seco amasado con paja, dividía en dos la cabaña. Los
tres aduaneros, de pie en el sinuoso sendero que bordeaba la costa, escuchaban
atentamente tratando de penetrar con sus ojos la obscuridad de la noche.
–Seguro, oigo bogar
–murmuró el Viejo luego de un silencio–; pero ¡qué extraño!... Se diría que los
remos están envueltos... Es algo suave... No es un chapoteo seco.
Permanecieron allí un
minuto, sosteniendo con la mano sus capuchas para protegerse del viento. Hacía
tiempo que el Viejo pertenecía al servicio de aduanas; tenía las mejillas
hundidas, el bigote blanco, y escupía a menudo a derecha e izquierda. La
Tórtola era un mocetón bien parecido, que cantaba como pocos, en el
destacamento, cuando no estaba de ronda. Pen-Bras tenía ojos hundidos, anchas
mejillas, nariz ganchuda, y una mancha color borravino que le atravesaba el
rostro desde un ángulo del ojo hasta el cuello. De los tiempos en que pescaba
con líneas le había quedado el apodo de Fortachón, porque comía cualquier cosa
y se burlaba de todo el mundo. Ahora en la comarca lo llamaban Pen-Bras. Los
tres aduaneros montaban guardia en Port-Eau. Port-Eau es una amplia caleta,
recortada en la costa bretona, a mitad de camino entre Sablons y Port-Min.
Entre dos acantilados de obscuras rocas, el mar lame con sus olas una playa de
arena negra, con montículos de mejillones en descomposición y de pustulosas
algas. Allí llegan los contrabandistas provenientes de Inglaterra, a menudo de
España, a veces con cargamentos de fósforos, tarjetas, o aguardiente en la que
bailotean partículas de oro. El edificio blanco del destacamento asoma en el
fondo del horizonte, perdido entre los trigales.
La noche lo cubría todo.
Desde lo alto del acantilado, podía observarse la larga franja de espuma que
bordeaba la costa, las pequeñas olas coronadas de penachos luminosos. Nada Que
no fuera el movimiento de la marejada quebraba la uniformidad del mar. Con sus
fusiles en bandolera, los tres aduaneros descendieron por el largo sendero
pedregoso que bajaba desde la cima del acantilado hasta el fondo de la negra
playa. Sus borceguíes se enterraban en el fango; por los caños de bronce de sus
fusiles caían gotas de agua; uno tras del otro marchaban los tres obscuros
impermeables. A mitad del camino se detuvieron, inclinados sobre el borde;
estaban petrificados de sorpresa, con los ojos desorbitados.
A través de la brecha de
Port-Eau veían, a unos veinte cables de la costa, un barco de forma anticuada;
un fanal sujeto al bauprés se balanceaba hacia uno y otro lado; el foque rojo,
iluminado a ratos, brillaba como una mancha de sangre. Cerca de la costa se
había detenido una canoa y, chapoteando en las aguas hasta media pierna, unos
hombres extrañamente vestidos ganaban la playa, inclinados bajo el peso de los
fardos que llevaban. Algunos de ellos, cubiertos por rayales con capucha,
sostenían faroles cuyos reflejos se asemejaban a la llama del azufre. No se
veía el rostro de ninguno; pero esa luz verdosa iluminaba un confuso desorden
de túnicas, jubones abiertos, con tajos azules y rosas, sombreros emplumados,
calzas y medias de seda. Bajo las capas españolas bordadas en oro y plata,
brillaban como relámpagos las placas de esmalte de los cinturones y tahalíes,
centelleaba la empuñadura de una daga, la cazoleta de una espada; dos hileras
de hombres tocados con morriones, llevando rodelas, o partesanas, escoltaban
al convoy. Todo era agitación y ajetreo; unos señalaban el acantilado con la
punta de sus arcabuces; otros, envueltos en sus mantos, ceñidos en sus jubones
marineros, dirigían con gestos a los hombres que avanzaban pesadamente,
cargando las cajas oblongas con zunchos de hierro. Y a pesar de sus gestos y de
que tendría que haberse percibido el golpeteo de las velas contra el
revestimiento metálico del barco, de las partesanas que se entrechocaban, de la
sonora confusión, ningún ruido llegaba hasta los tres aduaneros. Parecía como
si los mantos desplegados y sus capes ahogaran el barullo.
–De España debe venir
toda esta gentuza –dijo Pen-Bras a media voz–. Los vamos a cercar en
semicírculo, por detrás. Después dispararemos unos tiros para avisar a la brigada.
Ahora no hay que decir nada; hay que dejarlos que desembarquen la mercancía.
Agachados bajo los setos
de moreras crecidas al influjo del aire salino, Pen-Bras, el Viejo y la Tórtola
se fueron deslizando hasta el final del sendero. La luz fosforescente se
filtraba a través de las ramas espinosas. Cuando llegaban a la arena, se
extinguió bruscamente. Por más que se desorbitaron mirando, los tres aduaneros
no lograron advertir el abigarrado grupo de contrabandistas. No había
absolutamente nada. Corrieron hasta donde venían a morir las olas. El Viejo
balanceaba su farol, mas éste sólo iluminaba la estela de algas negras y los
montones corrompidos de moluscos y de fucos. De pronto vio brillar algo en la
arena; se inclinó a levantarlo. Era una pieza de oro y, al acercaría al farol,
los aduaneros comprobaron que no estaba acuñada sino estampada con un extraño
signo. Escucharon de nuevo atentamente y, entre los gemidos del viento,
creyeron oír una vez más el sollozo de los remos.
–Están levando anclas
–dijo la Tórtola–. ¡Rápido! ¡El bote al agua! ¡Allí hay oro!
–¡Habrá que verlo!
–respondió el Viejo.
Una vez que desamarraron
el bote de la aduana, saltaron los tres adentro, el Viejo al timón, Pen-Bras y
la Tórtola en los remos.
–¡Vamos, amigos! –dijo
Pen-Bras–. ¡Démosle con ganas!
El bote voló sobre las
arremolinadas olas. Pronto la caleta de Port-Eau se convirtió, a lo lejos, en
una obscura muesca. Ante ellos se abría la bahía de Bourgneuf, cubierta de
encrespadas ondas. Al fondo, a la derecha, una luz rojiza se eclipsaba a
intervalos regulares; aparecía, de tanto en tanto, entre los claros de la fina
garúa.
–¡Qué noche de perros!
–dijo el Viejo, tomando un poco de tabaco a la luz del fanal–. Es una noche
sin Luna. Hay que tener los ojos bien abiertos si doblamos por Saint-Gildas.
Nunca se sabe por dónde pasan esos tramposos.
–¡Atención allá abajo!
–gritó Pen-Bras–. ¡Allí están!
A unos tres cables a
favor del viento, se balanceaba un barco obscuro. Parecía que habían izado el
bote. Con las velas hinchadas por el viento, se deslizaba sobre el agua. Sólo
el foque se bamboleaba, mojando su sanguinolenta punta en el mar, a cada cabeceo
de la embarcación. El casco era alto y estaba alquitranado; completamente liso
como el muro negro de una fortaleza; por las abiertas troneras, siete bocas de
cobre rojo bostezaban a estribor.
–¡Vaya, que es alto!
–dijo la Tórtola–. ¡Firme esos brazos! ¡A bogar duro! Vamos a alcanzarlos.
Estamos a menos de tres cables.
Y ya hemos hecho uno.
¡Qué bonito nos parece!
Otro se va, se está
yendo.
Otro ya se ha ido.
Pero el barco se les
escapaba insensiblemente, como un ave de presa, sin mover las alas. El castillo
de popa parecía, por momentos, estar encima de ellos. El timonel, al timón,
miraba fijamente la cubierta. Algunas figuras huesudas, como esqueletos, de
ojos hundidos, se Inclinaban sobre la borda, tocadas con largos gorros de
lana. En la cabina Iluminada con luz roja y brumosa, resonaban maldiciones y
el dinero tintineaba.
–¡Por todos los diablos!
–dijo Pen-Bras–, no podremos abordarlo.
–Vamos a ver –dijo
tranquilamente el Viejo–. Para mí que hemos salido de las rompientes en pos de
un barco fantasma.
–¡Sí no le diéramos caza!
–exclamó la Tórtola–. Allí adentro hay oro.
–Sí, seguro que hay oro
allí adentro –repitió Pen-Bras.
–Tal vez sea cierto que
lleve oro, a pesar de todo –continuó el Viejo–. Cuando yo estaba en el
servicio, los marineros del barco hablaban de un tal Juan Florín, un valiente
que en los viejos tiempos se quedó con millones en oro que le enviaban al rey
de España. Y cuentan que no los desembarcó. ¡Hay que ver!
–Esas son historias de
fantasmas, Viejo –dijo Pen-Bras–. Ese Florín ya debe haberse ahogado, desde las
épocas de los antiguos reyes.
–Seguro –dijo el Viejo,
inclinando la cabeza–. Bailó sus últimas volteretas en la punta del palo mayor.
Pero es de imaginarse que sus compañeros se escondieron en alguna parte, pues
nunca más se los volvió a ver. Había algunos que eran de Dieppe, otros de
Saint-Malo, marineros de toda la costa, hasta vascos de San Juan de Luz.. En el
mar y en la comarca de uno se conoce a los marineros. ¿Quién sabe si no se
fueron a una isla, a alguna parte? Hay islas a montones.
–¡Mi Dios! Una isla –dijo
Pen-Bras–. Pero entonces, sus nietos se hicieron abuelos, y tuvieron otros
nietos que son marineros. Y son ellos los que ahora desembarcan los millones.
–Quizá. ¿Quién puede
saberlo? –rezongó el Viejo, parpadeando y empujando el tabaco que mascaba, con
la lengua–. ¡Hay que ver! Tal vez lo hagan para esconder el oro y acuñar
moneda falsa.
–¡Por mi vieja! –gritó la
Tórtola–. ¡Aceitemos los brazos! ¡Rememos! Estos marineros de los viejos
tiempos no conocen las artimañas de hoy en día. Les daremos una paliza. ¡Ah!
¡Qué baile!
Por una abertura del
cielo la Luna mostró su círculo lavado. Los marineros remaban desde hacía tres
horas; las venas de sus brazos se dilataban; el sudor les corría por el cuello.
En dirección de Noirmoutier, divisaron al enorme barco que seguía huyendo
impulsado por el viento, masa negra con el fanal y el foque como una mancha de
sangre. Luego la noche volvió a cerrarse sobre la Luna amarilla.
–¡Por todos los demonios!
–dijo Pen-Bras–, ¡si seguimos así vamos a pasar los Pilares! –¡Sigue!
–canturreó la Tórtola entre dientes. –¡Hay que ver! –gruñó el Viejo–, leemos la
vela; estamos ya en alta mar. Ahora sí que va a soplar el viento en mar
abierto. ¡Pen-Bras, rema tú solo! ¡Tórtola, tú larga la escota!
La pequeña chalupa, con
la vela al viento, enfiló entre Noirmoutier y los Pilares; por un momento los
tres aduaneros vieron el faro intermitente que giraba y el mar que salpicaba
el rocoso islote con sus blancas crestas. Luego la completa obscuridad del
negro océano. La estela del galeón se iluminó como una cinta de agua verde de
cambiantes encajes; en ella flotaban las medusas, gelatinas transparentes que
agitaban sus tentáculos, bolsas viscosas y translúcidas, estrellas brillantes
y diáfanas, mundo cristalino de seres radiantes y mucilaginosos. De pronto se
abrió una tronera en la popa del galeón; una gesticulante cabeza de boca
desdentada, cubierta con un dorado casco, se inclinó sobre los tres aduaneros:
una mano descarnada blandió una botella negra arrojándola al agua.
–¡Ho, ho –gritó
Pen-Bras–. ¡A babor! ¡Una botella al mar!
La Tórtola, sumergiendo
la mano en una ola, pescó el frasco por el cuello; los tres aduaneros admiraron
boquiabiertos el color anaranjado del líquido en el que aún flotaban círculos
tornasolados de oro. –¡Siempre el oro!– Pen-Bras, rompiendo el gollete, bebió a
largos sorbos: –Es aguardiente añejo –dijo–, pero apesta. Un olor nauseabundo
se escapaba de la botella. Los tres compañeros bebieron a sus anchas para
recuperar fuerzas. Luego se levantó viento; la verde marejada balanceó la
barca; las pequeñas olas sacudieron los remos; la estela del galeón se fue
borrando insensiblemente, y la barca quedó sola, perdida en alta mar.
Entonces Pen-Bras se puso
a blasfemar, la Tórtola a cantar, y el Viejo a gruñir con la cabeza gacha. La
correntada se llevó los remos. Los tres aduaneros se bambolearon de un lado al
otro de la barca mientras las montañas de agua la zarandeaban como a una
cascara de nuez. Y los aduaneros, perdidos, entraron en un maravilloso sueño
de ebriedad. Pen-Bras veía un país dorado, por el lado de América, donde
podría beber toneles de vino tinto y una encantadora mujer, en una casita
blanca, entre los verdosos troncos de un castañar; y una retahíla de niños
mordisqueando un montón de naranjas azucaradas; y una plantación de cocos al
ron. Y el mundo viviría en paz, sin militares.
El Viejo soñaba con una
ciudad redonda, rodeada de murallas, donde crecerían hileras de castaños de
hojas doradas y en flor; el sol del otoño los iluminaría siempre con sus rayos
oblicuos; tendría su pequeña casa de recaudador de Impuestos y, al son de la
música, pasearía por las murallas la cruz roja que su mujer cosería a su
chaqueta. El oro le procuraría ese hermoso retiro después de una larga carrera
sin ascensos.
La Tórtola se sentía
transportado a una isla circundada por el mar azul, donde los bosques de
cocoteros bañaran sus palmeras en el agua. Junto a las arenosas playas crecerían
praderas de enormes plantas, cuyas hojas se asemejarían a verdes espadas; sus
anchas y sangrantes flores estarían siempre abiertas. Mujeres de tez obscura
pasarían entre las altas hierbas, mirándolo con sus ojos negros, húmedos y,
cantando sus alegres canciones en el aire puro y azulado del mar, la Tórtola
las besaría a todas en sus labios rojos. En esa isla, comprada con su oro, él
sería el Rey Tórtola.
Y luego, cuando el día
gris despuntó entre una estela de negruzcas nubes, allá en el otro extremo del
mar, los tres aduaneros se despertaron, con la cabeza vacía, la boca amarga,
los ojos afiebrados. El cielo plomizo se dilataba hasta donde la vista se
perdía sobre la sucia y gris inmensidad del océano; una marejada uniforme se
agitaba en derredor. El viento frío les arrojaba la bruma al rostro. Taciturnos,
ovillados en el fondo de su barca, contemplaban esa desolación. Las encrespadas
olas arrastraban manojos de algas: las gaviotas revoloteaban gritando,
presintiendo la tormenta; de ola en ola, sumergiéndose y volviéndose a elevar,
la canoa marchaba al azar, sin rumbo. Una ráfaga hizo chasquear la escota;
luego la vela golpeó durante mucho tiempo el mástil, aplastada por las grandes
olas.
Cuando el huracán llegó,
los arrastró hacia el Sur, del lado del Golfo de Gascuña. Ya no vieron más la
costa bretona a través de los trazos de la fina lluvia y de las ráfagas del
vendaval. Temblaron de hambre y de frío sobre los bancos de su barca, que se
pudría en la humedad. Poco a poco dejaron de achicar el agua cuyas olas negaban
la chalupa; el hambre les atenaceaba el estómago y les hacía zumbar los
oídos. Y los tres bretones se hundieron, creyendo oír, en los latidos de su
sangre, las campanadas de la torre de Santa María.
Y el Atlántico monótono
arrastró en sus olas grises sus sueños dorados, el galeón del capitán Juan
Florin, que nunca desembarcara el tesoro del gran Moctezuma, robado a Hernán
Cortés, quinto real destinado a Su Majestad Católica de España. Sin embargo,
los grandes rabihorcados vinieron a planear sobre la resbaladiza quilla de la
barca dada vuelta, y las gaviotas, volando en círculo, la rozaron con sus alas,
gritando: "¡Dua-Nero! ¡Dua-Nero!"
El tren 081
Desde el bosquecillo
donde escribo, el gran terror de mi vida se me antoja lejano. Soy un viejo
jubilado que descansa sus piernas sobre el césped de su pequeña casa; y a
menudo me pregunto si soy yo –el mismo yo–, quien cumplirá con el duro trabajo
de maquinista en la línea de P.L.M.1, y me asombro de no haber
muerto en el acto, aquella noche del 22 de setiembre de 1865.
Puedo decir que conozco
bien ese servicio París-Marsella. Podría conducir la máquina con los ojos
cerrados por cuestas y bajadas, pasos a nivel, empalmes y barreras, curvas y
puentes. De fogonero de tercera clase llegué a maquinista de primera, y eso
que los ascensos son muy lentos. Si hubiera tenido más instrucción sería
subjefe de galpones. ¡Pero, qué! en las máquinas uno se embrutece; se sufre de
noche, se duerme de día. En nuestros tiempos el trabajo no estaba reglamentado
como ahora; los equipos de maquinistas no existían: no teníamos turnos
regulares. ¿Cómo estudiar entonces? Y yo, sobre todo. Tendría que haber tenido
muy buena cabeza para soportar la sacudida que recibí.
Mi hermano se había
enganchado en la flota. Estaba en los barcos de transporte. Entró antes de
1860, durante la campaña de China. Y cuando terminó la guerra, no sé cómo se
quedó en el país amarillo, cerca de una ciudad a la que llaman Cantón.
1 Línea París-Lyon-Marsella. (N. de la T.)
Los de los ojos oblicuos
lo retuvieron para que condujera sus máquinas a vapor. En una carta, que recibí
en 1862, me decía que se había casado y que tenia una niña. Yo quería mucho a
mi hermano y sufría al pensar que no volvería a verlo; tampoco nuestros viejos
estaban contentos. Se sentían muy solos en su pequeña casita, allá en el campo,
cerca de Dijon. Con sus dos hijos lejos, dormitaban tristemente, de a ratos, en
el invierno, junto al fuego.
Hacia el mes de mayo de
1865, en Marsella todos comenzaron a inquietarse por lo que ocurría en el
Levante. Los barcos que llegaban traían malas noticias del mar Rojo. Decían
que había una epidemia de cólera en la Meca. Que millares de peregrinos se
morían. Que luego la enfermedad había pasado a Suez, a Alejandría; que llegó
hasta Constantinopla. Decían que era el cólera asiático. Los barcos
permanecían en cuarentena en el lazareto. Todo el mundo era presa de un vago
temor.
Yo no tenía mucha
responsabilidad en todo eso; pero puedo asegurar que me atormentaba la idea de
transportar la enfermedad. Seguro, llegaría a Marsella, y luego a París por el
rápido. Por ese entonces no teníamos botones de llamada para los pasajeros. Ahora,
yo sé que han instalado mecanismos muy ingeniosos. Hay una palanca que suelta
el freno automático y al mismo tiempo se levanta una placa blanca perpendicular
al vagón, como una mano, que indica dónde está el peligro. Pero nada así
existía entonces. Y yo sabía que si a un pasajero lo atacaba esa peste del Asia
que lo acaba en una hora, moriría sin auxilios, y que yo transportaría a París,
a la estación de Lyon, su cadáver azul.
A principios de junio el
cólera estaba en Marsella. Decían que la gente se moría como moscas. Caían en
la calle, en el puerto,, en cualquier parte. El mal era espantoso; dos o tres
convulsiones, un estertor, un vómito de sangre, y luego el fin. Desde el primer
ataque uno se helaba como un trozo de hielo; y la cara de los que se morían
presentaba unas manchas marmóreas anchas como monedas de cinco francos. Los
viajeros salían de la sala de fumigación exhalando de sus ropas una nube de
pestífero vapor. Los agentes de la compañía estaban alertas y en nuestro triste
oficio teníamos una nueva inquietud.
Pasaron julio, agosto y
mediados de setiembre; la ciudad estaba desolada, pero poco a poco íbamos
recuperando la confianza. Nada en París hasta el momento. El 22 de setiembre,
por la noche, me hice cargo de la máquina del tren 180, con mi fogonero
Graslepoix.
Los viajeros, por la
noche, dormían en sus vagones, mientras que nuestro trabajo consistía en velar,
con los ojos bien abiertos, de un extremo al otro de la vía. Para protegernos
del sol, de día llevábamos gruesas antiparras sujetas a nuestra gorra. Las llamaban
antiparras mistraleras1. Sus vidrios azules nos protegían del polvo.
Por la noche, las levantábamos, colocándonoslas sobre la frente. Y con nuestras
bufandas, las orejeras de nuestras gorras bajas y nuestros gruesos abrigos,
parecíamos diablos trepados sobre bestias de ojos encendidos. La luz de la caldera
nos iluminaba y nos calentaba el estómago; el viento nos cortaba las mejillas;
la lluvia nos azotaba el rostro.
Y la trepidación nos
sacudía las tripas hasta perder el aliento. Dentro de nuestras caparazones,
nos sacábamos los ojos buscando en la obscuridad las señales rojas.
1 Referencia al viento Mistral que azota el valle
del Ródano. (N. de la T.)
Encontrarán ustedes
muchos hombres, envejecidos en el oficio, a quienes el Rojo ha vuelto locos.
Todavía ahora ese color me molesta y me provoca una angustia inenarrable. Frecuentemente
me despierto sobresaltado por la noche, con un deslumbramiento rojo en
los ojos: aterrorizado, miro la obscuridad –me parece que todo se resquebraja a
mi alrededor– y un flujo de sangre se me sube a la cabeza; luego pienso que
estoy en mi cama y me vuelvo a hundir entre las mantas.
Aquella noche nos
sentíamos agobiados por el calor húmedo. Lloviznaba con tibias gotas; el
compañero Graslepoix metía en la caldera su carbón con paladas regulares; la
locomotora bailaba y cabeceaba en las curvas cerradas, íbamos a 65 por hora,
buena velocidad. Estaba obscuro como una boca de lobo. Cuando pasamos la
estación de Nuits y rodábamos rumbo a Dijon, era la una de la mañana. Yo
pensaba en mis dos viejos que debían dormir tranquilamente, cuando de pronto
siento el silbato de una máquina en la doble vía. Entre Nuits y Dijon, a la
una de la mañana, no esperábamos ningún tren, ni de ida ni de vuelta.
–¿Qué es eso, Grasiepoix?
–dije al fogonero–. No podemos parar.
–No hagas escándalo –dijo
Graslepoix–. Es en la otra vía. Podemos bajar la presión.
Si hubiéramos tenido,
como ahora, un freno de aire comprimido. De pronto, con súbito impulso, el
tren de la otra vía alcanzó al nuestro y comenzó a marchar a la par. Los
cabellos se me erizaban al recordarlo.
Estaba completamente
envuelto en una bruma roja. Los cobres de la máquina brillaban; el vapor, a
máxima presión, salía sin ruido. Dentro de la bruma, dos hombres negros se
movían sobre la plataforma. Se enfrentaban a nosotros y repetían nuestros
gestos. Sobre una pizarra llevábamos el número de nuestro tren escrito con
tiza: 180. Frente a nosotros, en el mismo lugar, había un gran cuadrado blanco
con estos números en negro: 081. La hilera de vagones se perdía en la noche y
todos los vidrios de las portezuelas estaban obscuros.
–¡Vaya! ¡Qué buena
historia! –dijo Grasiepoix–. ¡Nunca lo habría creído!... Espera, ya vas a ver.
Se agachó, tomó una
palada de carbón y la arrojó al fuego. Frente a nosotros, uno de los hombres
negros se agachó también y metió su pala en la caldera. Sobre la bruma rojiza
vi que se recortaba la silueta de Grasiepoix.
Una extraña luz se hizo
en mi cabeza y mis ideas desaparecieron para dar lugar a un descubrimiento
extraordinario. Se levantaba el brazo derecho ... el otro hombre levantaba el
suyo; si le hacía una señal con la cabeza ... él me respondía. Luego, de
pronto, lo ví deslizarse hasta la escalerilla y supe que yo hacía otro
tanto. Fuimos recorriendo el tren en marcha y, delante de nosotros, la portezuela
del vagón A.A.F. 2551 se abrió por si misma. Mis ojos percibieron únicamente el
espectáculo de enfrente ... y sin embargo yo sabia que la misma escena
se estaba produciendo en mi tren. En ese vagón estaba acostado un hombre
con el rostro tapado por un género de lana blanco; una mujer y una niña
pequeña, cubiertas de sedas bordadas con flores amarillas y rojas, yacían
inanimadas sobre los almohadones. Me vi ir hacía el hombre y
descubrirlo. Tenía el pecho desnudo; la piel manchada de placas azules; los
dedos crispados, arrugados y las uñas lívidas; los ojos rodeados de círculos
morados. Todo eso lo percibí de una sola mirada, y me di cuenta también de que
tenía ante mí a mi hermano, muerto víctima del cólera.
Cuando recobré el
sentido, me hallaba en la estación de Dijon. Graslepoix me daba palmadas en la
frente ... Sostuvo siempre que en ningún momento dejé la máquina... pero yo sé
que no fue así. Grité inmediatamente: "¡Corred al coche A.A.F.
2551!" También yo llegué arrastrándome hasta él... y vi a mi hermano
muerto, como lo había visto un momento antes. Los empleados huyeron espantados.
En la estación sólo se oían estas palabras: "¡El cólera azul!"
Al día siguiente, 23 de
setiembre, el cólera se abatió sobre París, después de la llegada del rápido de
Marsella.
....................................
La mujer de mi hermano es
china; tiene los ojos almendrados y la piel amarilla. Me costó mucho quererla;
una persona de otra raza nos resulta siempre extraña. ¡Pero la pequeña se
parecía tanto a mi hermano! Ahora que soy viejo, y que la trepidación de las
máquinas me ha convertido casi en un inválido, ellas están conmigo. Y vivimos
tranquilos, salvo cuando recordamos aquella Terrible noche del 22 de setiembre
de 1865, cuando el cólera azul vino de Marsella a París en el tren 081.
El Fuerte
El aburrimiento y el
terror eran extremos. Por todas partes se podía oír el eterno y metálico
repiqueteo de las esquirlas de metralla; y el plañidero canto de, las ojivas
rotas en el aire que como un sonido incierto de eólicas arpas helaba la sangre.
Todo se perdía en la noche: profunda obscuridad, cortada únicamente por el
negro más opaco de los corredores, de las bóvedas y de las entradas de los
túneles. Se adivinaban las tomas de aire y los agujeros de los tragaluces por
el tintineo de las placas blindadas. Las altas bóvedas tenían piedras angulares
de cuádruple bisel y, de tanto en tanto, a lo largo de los arcos, una bombilla
de luz, escasamente luminosa, alumbraba el ángulo formado por tres piedras,
porque las pilas ya casi no funcionaban. En los estrechos pasadizos, horadados
en el macizo de cemento alrededor del patio cuadrangular, el trepidar de las
pesadas trancas de hierro que cerraban las ventanas en forma de paralelas
oblicuas, atenaceaba las sienes y hacía apretar el paso. Y hacia el centro, en
la obscura escalera, cubierta de vidrios rotos, se percibía el gemido del
taladro junto al ahogado suspiro de la bomba de maniobra. Más arriba, por la
estrecha escalera de chapa subía el jadeo de la cuadrilla, mientras que la
torreta, levantada sobre su eje, se deslizaba circularmente con un chirrido de
cadenas. Por las ranuras del enorme cilindro, se perfilaban, uno al lado del
otro, iluminados por un grasiento farol, los cañones gemelos sobre sus cureñas
blancas; de pronto la orden de ¡FUEGO! retumbaba en el pequeño recinto y,
pegadas al cilindro, protegidas en sus huecos, unas siluetas humanas giraban
con él; reinaba un silencio total, interrumpido por el choque de hierros sobre
la cúpula; luego salía de la sombra una advertencia: ¡APUNTEN!... y la torreta
retumbaba en una doble explosión.
Un soplo y un roce era
todo lo que se sentía del paso de los hombres; a veces se oía a un pelotón
descender con rítmico paso por los corredores en dirección a los depósitos de
proyectiles; otros cambiaban los tablones, los travesaños, por piezas de
repuesto, llevándolos a las plataformas; armaban los cabrestanes, buscaban los
equipos de las cabrias, sacaban las lonas alquitranadas que cubrían las
carcasas de los cañones de 155 largos, que dormían en los corredores. Y los
hombres, de tanto caminar agachados en la obscuridad, con sus manos
desgastadas por las piedras de los muros y los dedos destrozados por la fuerza
requerida en la maniobras, se asemejaban a viejos caballos extenuados
avanzando pesadamente, con mirada resignada en sus ojos apagados.
La vida sólo se veía en
las galerías, en la torreta, en las aisladas baterías. No confluía hacia el
centro abierto bajo el cielo azul. Y hacía largo rato que las inmediaciones del
cuarto del comandante permanecían desiertas. Desde que empezara el sitio, a
cada uno se le había asignado una tarea, como en un acorazado. Los oficiales
de abastecimiento, designados en los depósitos, abrían y examinaban constantemente
las barricas de carne de cerdo, los cajones repletos de harina, las latas de
conserva, transvasaban el alcohol, espichaban los toneles y probaban el vino.
Pero ahora los depósitos de víveres están vacíos, con las existencias que
quedaban de carbón. Charcos de agua rojiza empapaban la carbonilla y los
montones de bizcochos enmohecidos se podrían cerca de las puertas arrancadas
de sus goznes.
El comandante se encogió
de hombros cuando dos soldados, golpeando a la puerta, vinieron a anunciarle
que los hilos del telégrafo estaban rotos, que el teléfono no funcionaba, que
el aparato del telégrafo óptico había volado hecho pedazos. Evidentemente la
esperanza se alejaba, pero no lo demostraba tras sus anteojos color azul claro,
y ni siquiera un leve temblor agitaba sus cortos bigotes blancos. El fuerte
estaba aislado; la división, que operaba a campo abierto, amenazaba. Sólo podía
salvarlo un desesperado pedido de refuerzos... pero le faltaban los medios
para hacerlo. Las pinturas de su celda, obra artística de un zapador protegido
en tiempos de paz, se desdibujaban en la humedad; mirando los cascarones de
yeso, pensaba en sus últimos momentos, y deseaba vivirlos con entereza.
Al levantar la cabeza,
vio que ambos soldados daban vueltas a sus quepíes entre sus manos. Eran dos
bretones, los dos de Rosporden, Gaonac'h y Palaric. Uno de ellos, Gaonac'h,
tenía un rostro afilado como la hoja de un cuchillo, anguloso y arrugado, huesos
demasiado largos y articulaciones nudosas; el otro, de cara imberbe, pestañas
casi blancas, ojos claros, sonrisa de niña, dijo vacilando: "Mi
comandante, Gaonac'h y yo venimos a preguntarle si no quiere que llevemos un
mensaje... conocemos bien el camino. ¿Verdad Gaonac'h?.
El comandante del cuerpo
de ingenieros reflexionó un instante. Evidentemente era algo irregular; carecía
de hombres. Pero tal vez allí estaba la salvación; podían sacrificarse dos
soldados para salvar ciento cincuenta. Entonces, sentado ante su mesa,
escribió, frunciendo el ceño. Cuando hubo terminado, firmó y selló, hizo venir
a los cocineros y ordenó dos raciones completas y un cuarto de aguardiente; se
incorporó, estrechó las manos de ambos soldados y les dijo: "Id, vuestros
compañeros os lo agradecerán".
Gaonac'h y Palaric
atravesaron los obscuros corredores, cerca de las cureñas de repuesto, entre
montones de bombas vacías pues ya no había ni pólvora suelta ni espoletas,
tropezando con barriles desfondados, amontonados en los parapetos. Había caído
ya la noche, lo que se sentía únicamente en el silencio del enemigo; y los
hombres, relevados de sus puestos, entraban de a uno a las casamatas y se
reunían alrededor de un cabo de vela, tiritando de frío, a pesar de las mantas.
La sombra fantasmagórica que sobre el blanco muro proyectaban los camastros de
campaña, de los que colgaban las cartucheras, parecía la parrilla de un horno
gigantesco.
Los dos hombres salieron
de la pieza, armados de un revólver; descendiendo por la arteria central,
hicieron abrir la puerta de hierro y bajar lentamente el puente levadizo de
cadenas engrasadas, y salieron al frío de la noche, bajo las heladas estrellas.
A quinientos metros de altura, el viento ululaba entre los hilos cortados del
telégrafo, melancólico sonido que parecía planear sobre la meseta desierta.
Las malezas se estremecían sobre las laderas; más allá, las canteras
abandonadas bordeaban la ruta de montículos negros. Gaonac'h y Palaric
corrieron hacia allí y llegaron resueltamente hasta el extremo oeste para ganar
el bosque. Un cuerpo de ocupación francés debía hallarse en el puente tendido
sobre el valle que separaba la meseta de los últimos contrafuertes de la
montaña; punto estratégico conveniente que no podían haber descuidado. Por entre
los bosquecillos de avellanos silvestres se escuchaba el murmullo del río, allá
en el valle; el camino bajo, con sus dos profundas huellas, estaba cubierto de
bruma. Y los dos bretones, caminando sobre un manto de hojas secas, apresuraban
el paso, pues sentían que se aproximaba el fin de la noche.
Palaric dijo a Gaonac'h
en voz baja:
–¿Conoces a mi madre,
Gaonac'h, la molinera de Rosporden? No la veo desde que vine al ejército, ni a
los dos pequeños. Tú eres alto, fuerte...
Y Gaonac'h le respondió,
poniéndole una mano sobre el hombro:
–Ya llegamos. Cuando no
puedas caminar, si nos persiguen, te llevaré cargado un trecho.
–No –prosiguió Palaric–,
no tengo miedo a morir. Sólo que en Rosporden, la casa estará sola; y luego el
viento... es triste ¿sabes? cuando sopla en la landa. ¿Cómo se las arreglará
la madre? Y aquí estamos lejos; pero no podemos hacer nada. Quisiera solamente
que te quedaras conmigo, porque tú también eres de Rosporden. Dos paisanos
juntos hacen mucho; además nosotros nos queremos bien.
–¡Alto! –dijo Gaonac'h–.
Ya estamos en la punta.
Algunos pasos más allá,
el bosque se interrumpía en la profunda garganta. Los dos hombres estiraron el
cuello: sobre el camino vagamente iluminado, al borde del río, se veía
confusamente una masa que desfilaba, dirigiéndose hacia las laderas de la
meseta y, muy cerca de ellos, se escuchaba a los caballos que piafaban subiendo
la pendiente.
–Volvamos, a la carrera
–dijo Gaonac'h–. Es el asalto. Tú, corre a la batería Este, yo a la Oeste...
uno de los dos ha de llagar...
Entonces Palaric retomó
el profundo sendero, corriendo a pesar de su fatiga. Iba tan velozmente que sus
pensamientos parecían saltar en su cabeza. Las alturas del bosque comenzaban
a tornarse lívidas; las cimas de los árboles, hacia la derecha, ostentaban
penachos rosados, y un viento más frío sacudía las hojas. El cielo se cubría de
pálidos matices; se estaba preparando un hermoso día.
Al tiempo que entraba en
las canteras, Palaric escuchó, por todo el bosque, un débil golpeteo y el ruido
de pasos ahogados. Se arrojó entre unos matorrales. Tendido de costado, abría
desmesuradamente los ojos, inmóvil, a pesar de las húmedas telas de araña que
le golpeaban el rostro. Pasaban hombres, obscuros aún en la bruma matinal,
envueltos en sus abrigos, subiendo en formación abierta, como un moviente
zigzag sobre la hierba. El grueso de las fuerzas atacaba por el otro lado.
Estos constituían sin duda la reserva. Se detuvieron en el linde del bosque,
ocultos tras un pliegue del terreno y, apoyados en sus fusiles, jadeaban,
descansando. Palaric no podía echar a correr, delante de ellos, para llegar al
fuerte. Si avanzan, pensaba, contorneando la ladera, llegarán primero. ¡Con
tal que Gaonac'h les avise a tiempo!
Bruscamente, ante una
orden invisible, los soldados se formaron por el flanco y descendieron la
cuesta. Palaric se dio vuelta para incorporarse, cuando un dolor agudo le
atravesó las entrañas y cayó de espaldas, con los puños crispados, los brazos
extendidos. Un mercenario de la retaguardia, viendo brillar el tapón de una
botella, clavó en los matorrales una bayoneta abandonada. Vació los bolsillos
de Palaric y prosiguió, al trote, su camino. La sangre manaba a borbotones, y
el rostro terroso del pequeño bretón tenía los ojos dados vuelta. El Sol,
saliendo por detrás de las colinas, iluminó los pelotones aislados que
marchaban a la vanguardia.
Pero sordos ruidos
retumbaron por el lado del fuerte y los obuses estallaron sobre la meseta. Se
oyó el bramido de los cañones de bronce. Los Hotchkiss y los Nordenfelt
golpearon las trincheras con ruido ininterrumpido. Los ojos moribundos del
pequeño soldado veían aún las líneas geométricas del fuerte, negras contra el
cielo, con la acorazada cúpula giratoria de la que surgían dos penachos de
humo. Entonces sintió que lo recorría una enorme sensación de paz, mientras
pensaba en Gaonac'h, y su corazón se alegró por Rosporden.
Los Sin-Cara
Los recogieron a los dos,
el uno junto al otro, sobre la hierba quemada. Sus ropas habían volado hechas
jirones; la detonación de la pólvora borró el color de los números; las placas
de latón se pulverizaron. Se los podría haber tomado por dos trozos de pulpa
humana. El mismo fragmento afilado de chapa de acero, silbando oblicuamente,
les llevó el rostro, de modo que yacían sobre las matas de pasto como un doble
tronco de roja cabeza. El ayudante del mayor que los apiló en el coche los
recogió más que nada por curiosidad. En efecto, la herida era muy rara. No les
quedaba ni nariz, ni pómulos, ni labios; los ojos sobresalían fuera de las
órbitas destruidas, la boca se abría como un embudo, sangrante agujero con la
lengua cortada que vibraba, estremecida. Es posible imaginar qué extraño
resultaba ver dos seres de la misma altura y sin rostro. Ambos cráneos,
cubiertos de pelo corto, ostentaban dos placas rojas, cortadas igual y
simultáneamente, con huecos en las órbitas y tres agujeros como nariz y boca.
En el hospital se les dio
el nombre de Sin-Cara N° 1 y Sin-Cara N° 2. Un cirujano inglés, que hacía el
servicio ad-honorem, se sorprendió ante este caso interesándose en él. Cuidó
y vendó las heridas, las suturó, extrajo las esquirlas, modeló esa pulpa de
carne dando forma a dos casquetes cóncavos y rojos, igualmente perforados en el
fondo, como hornillos de exóticas pipas. Ubicados en dos camas, el uno junto al
otro, los dos Sin-Cara manchaban las sábanas con doble cicatriz redonda,
gigantesca y sin sentido. La eterna inmovilidad de esa Haga tenía un mudo
dolor: los músculos tronchados no reaccionaban ni con las suturas; el terrible
golpe había aniquilado el sentido del oído, a tal punto que en ellos la vida
sólo se manifestaba por el movimiento de sus miembros y por el doble grito
ronco que emergía a intervalos de entre los abiertos paladares y los
temblorosos muñones de lengua. Sin embargo, ambos se curaron. Lenta, pero
seguramente, aprendieron a dominar sus gestos, a extender los brazos, a doblar
las piernas para sentarse, a mover las encías endurecidas que ahora cubrían
sus mandíbulas soldadas. Conocieron un placer, manifestado por sonidos agudos
y modulados, mas sin poder silábico: fue el de fumar sus pipas, a cuyas
boquillas se habían adosado unas piezas ovales de goma que llegaban a los
bordes de la herida que eran sus bocas. En cuclillas bajo las mantas, aspiraban
el tabaco; y los chorros de humo salían por los orificios de sus cabezas: por
el doble agujero de la nariz, por los pozos gemelos de sus órbitas, por las
comisuras de las mandíbulas, entre el esqueleto de sus dientes. Y cada escape
de bruma gris que se exhalaba por entre las grietas de esas masas rojas, era
saludado por una risa sobrehumana, cloqueo de la campanilla que temblaba,
mientras el resto de sus lenguas chasqueaba débilmente.
Se produjo una conmoción
en el hospital, cuando el interno de guardia llevó hasta la cabecera de los
Sin-Cara a una mujercita en cabeza, quien miró al uno, luego al otro, con
rostro aterrorizado, prorrumpiendo luego en llanto. Ante el escritorio del jefe
médico del hospital, explicó, entre sollozos, que creía que uno de ellos era
su marido. Figuraba entre los desaparecidos; pero como esos dos heridos
carecían de toda señal de identidad se hallaban en una categoría especial. Y
tanto la altura, como el ancho de espaldas, y la forma de las manos, le
recordaban sin lugar a dudas al hombre perdido. Mas se hallaba extremadamente
indecisa: de los dos Sin-Cara ¿cuál era su marido?
Esta mujercita era
realmente encantadora; su peinador barato le moldeaba el seno, sus cabellos
levantados a la usanza china, le conferían un dulce aspecto infantil. Su
inocente dolor y una incertidumbre casi risible, se aunaban en su expresión,
contrayendo sus rasgos como los de una niñita que acabara de romper un juguete.
De modo que el jefe médico del hospital no pudo contener una sonrisa y, como
hablaba con mucha claridad, dijo a la mujercita que lo miraba: "Llévatelos
a tus Sin-Cara; los reconocerás probándolos." Al principio ella se
escandalizó y dio vuelta la cabeza con rubor de niña avergonzada; luego bajó
los ojos mirando a una y otra cama. Los dos tajos rojos, suturados, continuaban
descansando sobre las almohadas, con esa misma ausencia del sentido que los convertía
en un doble enigma. Se inclinó sobre ellos; habló al oído de uno, luego del
otro. Las cabezas no demostraban reacción alguna, pero las cuatro manos
experimentaron una especie de vibración, tal vez porque esos dos pobres cuerpos
sin alma sentían vagamente que junto a ellos había una mujercita encantadora,
de suave perfume y exquisitas y absurdas maneras de bebé.
Ella vaciló durante
algunos momentos todavía, y terminó pidiendo que tuvieran a bien confiarle a
los dos Sin-Cara durante un mes. Los llevaron, siempre uno al lado del otro, a
un grande y mullido coche; la mujercita, sentada frente a ellos, lloraba sin
cesar con lágrimas ardientes. Y cuando llegaron a la casa, comenzó para los
tres una vida singular. Ella iba eternamente de un lado al otro, espiando una
indicación, esperando una señal. Observaba sus superficies rojas que nunca más
se moverían. Miraba ansiosamente esas enormes cicatrices cuyos costurones iba
conociendo gradualmente, como se conocen los rasgos del rostro bienamado. Las
examinaba una a una, como pruebas de fotografías, sin decidirse a elegir.
Y poco a poco, la enorme
pena que le angustiaba el corazón cuando, al principio, pensaba en su marido
desaparecido, se fue convirtiendo en una calma indecisa. Vivió a la manera de
alguien que ha renunciado a todo, mas que sigue viviendo por costumbre. Las dos
mitades limitadas que representaban al ser querido, nunca podrían reunirse en
su cariño; pero sus pensamientos iban constantemente de uno al otro, como si
su alma oscilara cual un péndulo. Veía en ambos a sus "rojos
maniquíes", a insulsos muñecos que fueron llenando, poco a poco, su
existencia. Fumando sus pipas, sentados en el lecho en la misma actitud,
exhalando las mismas volutas de humo, y profiriendo simultáneamente los mismos
gritos inarticulados, más se asemejaban a enormes fantoches orientales, a
máscaras sangrientas venidas de ultramar, que a seres animados de vida
consciente, que antes fueran hombres.
Eran sus "dos
monos", sus muñecos rojos, sus dos mariditos, sus quemados, sus cuerpos
sin alma, sus polichinelas de carne, sus cabezas agujereadas, sus cráneos sin
cerebro, sus rostros de sangre; ella los arreglaba uno después del otro, hacía
sus mantas, bordaba sus sábanas, servía su vino, cortaban su pan; los hacía
caminar por el centro de la habitación, uno a cada lado, y saltar sobre el
piso; jugaba con ellos y si se enojaban, los empujaba afuera con la palma de la
mano. Si los acariciaba, andaban junto a ella como perros retozones; si hacía
un gesto duro, permanecían doblados en dos, como bestias temerosas. Se le
acercaban cariñosamente pidiéndole dulces; ambos poseían escudillas de madera
en las que periódicamente hundían sus máscaras rojas con alegres gritos.
Ya las dos cabezas no
irritaban a la mujercita como antes, no la intrigaban cual dos antifaces rojos
colocados sobre rostros conocidos. Los quería por igual, con infantil mohín.
Decía, refiriéndose a ellos: "Mis fantoches duermen." "Mis hombres
están paseando." Le pareció incomprensible que vinieran del hospital a
preguntar con cuál de los dos se quedaba. Era una pregunta absurda, como si le
exigieran que cortase a su marido en dos. Los castigaba a veces como los niños
lo hacen con sus muñecos malos. Decía a uno de ellos: "¿Viste, mi pequeño
antifaz, qué malo es tu hermano? Es malo como un mono. Lo he puesto de cara a
la pared; sólo lo dejaré volverse si me pide perdón." Luego con una
sonrisa, hacía girar al pobre cuerno, dulcemente sometido a la penitencia, y le
besaba las manos. A veces también besaba sus horribles costurones, enjugándose
la boca inmediatamente, frunciendo los labios, a escondidas. Y luego se reía a
carcajadas.
Pero insensiblemente se
fue acostumbrando más a uno de ellos porque era más suave. Fue algo inconsciente,
es cierto, ya que había perdido toda esperanza de reconocerlos. Lo prefirió,
como se prefiere a un animal favorito que se acaricia con mayor placer. Lo
mismo más que al otro y lo besó con más ternura. Y el otro Sin-Cara se tornó
triste, también gradualmente, sintiendo que faltaba junto a él la presencia
femenina. Permaneció replegado en sí mismo frecuentemente acurrucado en su
lecho, con la cabeza entre los brazos, como pájaro enfermo; se negó a fumar,
mientras el otro, ignorando su dolor, continuaba aspirando el humo gris que
exhalaba con agudos gritos por todas las grietas de su máscara purpúrea.
Entonces la mujercita
cuidó a su marido triste, pero sin comprenderlo mucho. El reclinaba la cabeza
en su seno y sollozaba con el pecho, en una especie de ronco gruñido que le
recorría el torso. Fue una lucha de celos en ese corazón negro de sombras;
unos celos animales, nacidos de sensaciones con recuerdos confusos, tal vez de
una vida anterior. Ella le cantó canciones de cuna como a un niño, y lo calmó
posando sus frescas manos sobre su cabeza ardiente. Cuando lo vio muy enfermo,
gruesas lágrimas cayeron de sus alegres ojos sobre el pobre rostro mudo.
Pero pronto sintió ella
una angustia atenaceante al tenor la vaga sensación de gestos ya vistos en otra
antigua enfermedad. Creyó reconocer movimientos antaño familiares; y la
posición de las manos demacradas le recordaba confusamente otras manos
semejantes, anteriormente amadas, que acariciaran sus ropas antes del enorme
abismo que se abriera en su vida.
Y los lamentos del pobre
ser abandonado le laceraron el alma; entonces, en anhelante incertidumbre,
volvió a observar las dos cabezas sin rostro. Ya no fueron dos muñecos
purpúreos; uno fue el extraño y el otro, tal vez, la mitad de sí misma. Cuando
el enfermo murió, renació su gran dolor. Creyó haber perdido verdaderamente a
su marido; corrió temerosa hacia el otro Sin-Cara y se detuvo, presa de
infantil piedad, ante el miserable maniquí escarlata que fumaba alegremente,
modulando sus gritos.
Aracné
Her
waggon-spokes made of long spinners'legs;
The
cover, of the wings of grasshoppers;
Her
traces of the smallest spiders's web;
Her
collars of the moonsshine's watery beams ...
Shakespeare
Decís que estoy loco y me
habéis encerrado; pero yo me río de vuestras precauciones y de vuestro terror.
Pues seré libre cuando yo lo quiera; siguiendo el hilo de seda que me ha
arrojado Aracné, huiré lejos de vuestros guardias y de vuestras rejas. Pero no
ha llegado aún la hora ... que no obstante está cercana; mi corazón desfallece
cada vez más y mi sangre se debilita. Vosotros, que ahora me creéis loco,
pronto me creeréis muerto; mientras tanto yo me hamacaré en el hilo de Aracné,
más allá de las estrellas.
Si estuviera loco, no
sabría con tanta claridad lo que ha ocurrido, no recordaría con tanta exactitud
lo que vosotros llamáis mi crimen, ni los alegatos de vuestros abogados, ni la
sentencia de vuestro rojo juez. No me reiría de los informes de vuestros
médicos, ni vería en el techo de mi celda el rostro lampiño, la levita
negra y la corbata blanca del idiota que me declaró irresponsable. No, no lo
vería, pues los locos no tienen claras las ideas; en cambio yo sigo mis
razonamientos con lúcida lógica y una nitidez tan extraordinaria que yo mismo
me asombro. Y a los locos les duele la parte superior de la cabeza. Los pobres
desdichados creen que de su occipucio salen chorros de vapor, como torbellinos.
En cambio mi cerebro es tan liviano, que a veces creo tener vacía la cabeza.
Las novelas que he leído y que tanto me agradaban antes, ahora las abarco de
una sola mirada y las aprecio en su justo valor; veo cada defecto de
composición; mientras que la simetría de mis imaginaciones es tan perfecta que
os deslumbraríais si os las expusiera.
Mas yo os desprecio
infinitamente; no sabríais entenderlas. Os dejo estas líneas como último
testimonio de mi desdén y para que podáis comprender vuestra propia insania
cuando halléis mi celda vacía.
Ariana, la pálida Ariana
junto a la cual me habéis prendido, era bordadora. Eso fue lo que provocó su
muerte. Y eso será mi salvación. La amaba con pasión intensa; era pequeña, de
piel morena y dedos ágiles; sus besos escocían como agujas, sus caricias eran
bordados palpitantes. Las bordadoras tienen una vida tan ligera y caprichos tan
cambiantes, que pronto quise hacer que ella dejara su oficio. Pero se
resistió; y yo me exasperé, viendo a los relamidos y encorbatados jóvenes que
la aguardaban a la salida del taller. Mi tensión nerviosa era tan grande que
traté de forzarme a volver nuevamente a los estudios que antes fueran mi
alegría.
Iba a tomar, por
obligación, el volumen XIII de las Asiatic Researches, publicado en
Calcuta en 1820, cuando me puse a leer maquinalmente un artículo acerca de los
Phánsigár. De allí pasé a los Thugs.
El capitán Sleeman se ha
ocupado mucho de ellos. El coronel Meadows Taylor descubrió el secreto de su
asociación. Unidos entre sí por lazos misteriosos, servían como criados en las
mansiones de campo. Por la noche, durante la cena, atontaban a sus amos con una
cocción de cáñamo. Más tarde, trepando por los muros, se deslizaban por las
ventanas abiertas a la luna e iban silenciosamente a estrangular a las gentes
de la casa. Las cuerdas que utilizaban también eran de cáñamo, con un grueso
nudo que aplicaban en la nuca para matar más rápido.
Así, con una cuerda de
cáñamo, los Thugs ataban el sueño con la muerte. La misma planta que daba el
haxix con el que los ricos los embrutecían como con el alcohol y el opio,
servía también para vengarlos. Se me ocurrió la idea de que castigando a mi
bordadora Ariana con la seda, la ataría a mí, por entero, en la muerte. Y esa
idea, lógica por supuesto, se convirtió en el punto luminoso de mis pensamientos.
No me resistí a ellos mucho tiempo. Cuando puso su cabeza inclinada sobre mi
cuello para dormirse, le pasé con precaución alrededor de la garganta la
pequeña trencilla de seda que tomara de su cesto de bordado; y, apretándola
lentamente, bebí su último aliento en un último beso.
Así nos habéis
encontrado, la boca en la boca. Creísteis que yo estaba loco y ella muerta.
Porque ignoráis que ella está siempre conmigo, eternamente fiel, porque es la
ninfa Aracné. Día tras día, aquí en mi celda blanca, ella se me ha aparecido,
desde aquel momento en que percibí a una araña que tejía su tela encima de mi
cama: era pequeña, morena, de patas ágiles.
La primera noche bajó
hasta mí, a lo largo de su hilo; suspendida ante mis ojos, bordó sobre mis
pupilas una sedosa y obscura tela de tornasolados reflejos y luminosas flores
purpúreas. Luego sentí junto a mí el cuerpo nervioso y contraído de Ariana. Me
besó en el pecho, sobre el corazón ... y grité por el ardor de la quemadura. Y
nos besamos largamente, sin decirnos nada.
La segunda noche, tendió
sobre mí un velo fosforescente, salpicado de verdes estrellas y círculos
amarillos, recorrido por puntos brillantes que huían y jugaban entre sí, que
se agrandaban y se achicaban, temblando a lo lejos. Y, arrodillada sobre mi
pecho, ella me cerró la boca con su mano; en un prolongado beso sobre el
corazón, me mordió la carne y me chupó la sangre hasta sumirme en la nada del
desvanecimiento.
La tercera noche me vendó
los ojos con un crespón de seda mahrata, en el que danzaban multicolores arañas
cuyos ojos refulgían. Y me apretó la garganta con un hilo sin fin; y
violentamente atrajo mi corazón hacia sus labios por la herida de su mordedura.
Entonces se deslizó por mis brazos hasta mi oído, para decirme en un susurro:
"¡Soy la ninfa Aracné!"
Evidentemente no estoy
loco; porque comprendí enseguida que mi bordadora Ariana era una diosa mortal,
y que yo había sido escogido, en toda la eternidad, para conducirla con su
hilo de seda fuera del laberinto de la humanidad. Y la ninfa Aracné me está
agradecida por haberla liberado de su crisálida humana. Con infinitas precauciones,
tejió una malla alrededor de mi corazón, de mi pobre corazón, con su
resbaladizo hilo; lo ató con miles nudos. Todas las noches ella aprieta las
mallas entre las cuales ese corazón humano va secándose como el cadáver de una
mosca. Yo até a Ariana a mí, estrangulándole la garganta con su seda. Ahora
Aracné me une eternamente a ella con su hilo apretándome el corazón.
Por ese puente
misterioso, visito a medianoche el país de las Arañas, del que ella es la
reina. Tengo que pasar por ese infierno para poder balancearme luego al fulgor
de las estrellas.
Las Arañas de los Bosques
corren allí con grandes vejigas luminosas en las patas. Las Mígalas poseen
ocho terribles y brillantes ojos; erizadas de pelos, caen sobre mí en los
recodos del camino. A lo largo de los pantanos donde tiemblan las Arañas de
Agua, subidas sobre sus largas patas de segadoras, me arrastra el vértigo de
las rondas que bailan las Tarántulas. Las Epeiras me acechan desde el centro
de sus círculos grises surcados de radios. Fijan en mí las incontables facetas
de sus ojos, como un juego de espejos para cazar alondras, y me fascinan. Al
pasar bajo los matorrales, viscosas telas me cosquillean en el rostro. Velludos
monstruos, de patas rápidas, me aguardan, agazapados en los pastizales.
La reina Mab es menos
poderosa que mi reina Aracné. Pues ésta puede hacerme rodar en su maravilloso
carro a lo largo de un hilo. Su caja está hecha con la dura caparazón de una
Mígala gigantesca, adornada con facetados capuchones, tallados en sus ojos de
negro diamante, los ejes son las
articuladas patas de una enorme Segadora. Transparentes alas, con rosetones de
nervaduras, lo elevan por los aires con rítmico aleteo. Allí nos balanceamos durante
horas y horas; luego, de pronto, desfallezco, agotado por la herida de mi pecho
en la que Aracné hurga sin cesar con sus labios puntiagudos. En mi pesadilla,
veo inclinarse sobre mí, vientres constelados de ojos, y huyo ante rugosas
patas cargadas de hilos.
En estos momentos siento
claramente las dos rodillas de Aracné que se deslizan sobre mis costillas y el
gluglú de mi sangre que sube hacia su boca. Pronto mi corazón estará seco;
quedará entonces envuelto en su prisión de hilos blancos, y yo .... yo
huiré a través del Reino de las Arañas hacia la deslumbrante trama de las
estrellas. Por la cuerda de seda que me ha arrojado Aracné, me escaparé con
ella, y os dejaré, ¡pobres locos!, un pálido cadáver con una mata de cabellos
rubios que el viento matinal hará temblar.
El hombre doble
El corredor embaldosado
resonó bajo sus pasos, y el juez de instrucción vio entrar a un señor pálido,
de cabello lacio, con patillas chatas sobre sus mejillas y ojos constantemente
inquietos o escrutadores. Tenía el aspecto abatido del hombre que no comprende
lo que le hacen hacer; los guardias municipales lo dejaron en la puerta con una
mirada de conmiseración. Sólo las pupilas, brillantes y movedizas, parecían
vivir en su terroso rostro: tenían el brillo y la impenetrabilidad de la loza
negra bruñida. Su traje, levita y pantalones anchos, pendía de su cuerpo como
ropa colgada; su sombrero de copa se había aplastado contra los techos bajos;
todo eso, puntualizado por las patillas, daba claramente la idea de un
miserable hombre de ley, perseguido por sus colegas.
El juez, sentado bajo la
luz que le daba en la cara al inculpado, observaba los planos gris claro de ese
rostro opaco, cuyas depresiones se marcaban en huecos de indecisa sombra. Y
mientras con el pulgar empujaba maquinalmente las piezas de los expedientes
dispersos sobre su escritorio, la apariencia de respetabilidad que envolvía a
ese hombre le dio, como en uno de esos estallidos de luz que se desvanecen de
inmediato e iluminan el cerebro, la extraña impresión de que ante sí tenía a
otro juez de instrucción, de levita y de patillas cortas, ojos impenetrables y
escrutadores, especie de torpe, insustancial y mal trazada caricatura,
esfumada en la bruma gris del día.
Esa indescriptible
respetabilidad que provenía ciertamente del corte de la barba y de los
vestidos, confundía sin embargo al juez en el presente caso, haciéndole dudar.
Al principio el crimen pareció trivial: uno de esos asesinatos frecuentes en
los últimos tiempos. Habían encontrado en su cama, con la garganta cortada, a
una mujer de vida fácil que vivía en un pequeño departamento de la calle
Maubeuge. El golpe había sido dado por una mano aparentemente experimentada,
justo por debajo de la tiroides; la arteria carótida había sido seccionada
limpiamente y el cuello abierto hasta la mitad. La muerte debió ser casi
instantánea, pues la sangre había manado en anchos chorros sucesivos, en tres o
cuatro latidos. Las sábanas, poco ajadas, tenían grandes manchas de sangre,
formando opacos charcos, espesos en el centro, que se iban esfumando
gradualmente hacia los bordes en un rosa claro sembrado de huellas obscuras.
El armario de espejo
había sido desfondado; el piso estaba cubierto de cajas de cartón tiradas;
hasta habían abierto el colchón en las costuras.
La mujer asesinada, de
edad madura, no era una desconocida entre la gente alegre.
Por la noche solía
encontrársela en el Círculo, en los Príncipes, en el Americano y en los
restaurantes donde se va a cenar.
Sus alhajas eran conocidas.
Y cuando los revendedores
de oro y plata vieron aparecer los anillos y collares buscados, bastó una
indicación de su parte para que el jefe de la Súreté1 llegara hasta
el verdadero culpable. Todos, unánimemente, habían designado al hombre que
estaba allí, ante el juez. El no se había ocultado: los dueños de casas de
empeño del Marais y los mercaderes del barrio Saint-Germain conocían su
dirección. Había ido a vender las joyas con el mismo aspecto respetable que
presentaba ahora, el aspecto de un hombre que, encontrándose en apuros, vende
cualquier cosa para procurarse dinero.
Al interrogarlo, el juez
empleó, a pesar suyo, fórmulas de cortesía y simpáticos atenuantes. Las
respuestas del hombre eran manifiestamente confusas, evasivas; pero tan respetables
como su aspecto exterior. Según decía, era ayudante de un abogado. Dio el
nombre y dirección de su patrón. Un mensajero del juez volvió casi enseguida
con la respuesta: Desconocido. El hombre tuvo un gesto de asombro y
murmuró: "Entonces, no sé más nada."
En su habitación de un
hotel de la calle Saint-Jacques se habían encontrado pliegos de actas y copias.
Cuando le fueron presentadas, dijo no conocerlas. El juez, que creía que esos
pliegos eran pruebas intencionales, pareció sorprendido. Al avanzar en el
interrogatorio, se encontró con inexplicables contradicciones. El hombre tenía
aspecto jurídico, pero no sabía nada del idioma de la ley. Del abogado del que
se decía empleado, sólo conocía el nombre y dirección. Pero persistía en sus
afirmaciones.
Las joyas provenían,
según él, de una sucesión, y le habían sido confiadas para venderlas y obtener
algún dinero. A la pregunta tradicional acerca del empleo de su tiempo la
noche del crimen, respondió:
–Dormí en mi cama, señor.
Cuando se citó al dueño
del hotel y éste declaró que el hombre no había vuelto esa noche hasta la
madrugada, y que lo había hecho con el rostro pálido, abrumado, el acusado lo
miró sorprendido, y dijo:
–¡Pero no, pero no!
¡Veamos! ... Yo sé bien que estaba en mi cama.
El juez, desconcertado,
hizo comparecer a tres revendedores que reconocieron al hombre. No tuvo
empacho en admitir que les había vendido algunas joyas.
–Pero, veamos, señor
–explicó al juez–. Ya le he dicho que todas esas cosas me fueron confiadas por
una persona, porque yo trabajo con un abogado, para venderlas y luego colocar
el dinero en lo de mi patrón.
–¿Quién era esa persona?
–preguntó el juez.
El hombre reflexionó y
dijo:
–Espere un momento;
ahora, así de pronto, no me acuerdo. Ya lo recordaré.
Entonces el juez, tomando
la palabra, le hizo ver la inconsistencia de su método. Se lo demostró,
conservando una especie de respeto hacia el personaje exterior que el hombre
representaba, una cierta piedad por su actitud abatida, por sus razonamientos
de idiota. Lo llamó suavemente "amigo mío", probándole una a una sus
contradicciones.
Le explicó su crimen,
porque parecía no comprenderlo. Le hizo ver lo grave, lo abominable que era;
insistió en todas las pruebas que lo acusaban, y terminó con una elocuente perorata
en la que repitió a menudo que el Presidente se inclinaba a hacer uso del
derecho supremo en favor de quienes confesaban.
1 Policía de París. (N. de la T.)
El hombre pareció
apreciar la indulgencia del magistrado, e hizo uso de la palabra a su vez,
cuando el juez hubo callado. Hasta ese momento su voz había sido descolorida,
monótona, impersonal.
Era imposible recordar
otro tono parecido al suyo. No había en él matices; era gris y uniforme como
el terroso rostro del personaje. Mas cuando el hombre respondió a la
exhortación del juez, hizo también él una especie de exhortación. Los tonos de
voz se fueron acentuando y se convirtieron en pálida imitación de los tonos de
voz con que el magistrado se dirigiera a él. Las palabras que acudían a sus
labios eran copia de las que escuchara.
Su discurso fue negativo:
se limitó simplemente a rechazar las contradicciones y a negar las pruebas. No
podía contar con la clemencia del Presidente, puesto que ignoraba el crimen.
Cuando llegó a ese punto
el juez debió interrumpirlo. A pesar de la seriedad del hombre y del horror del
crimen, el secretario sonreía al escribir. Ante el escritorio del juez de
instrucción había un ser extraño que parodiaba al magistrado con verdadero
talento, que daba color a su monótona voz con las entonaciones del juez, que
plegaba un rostro opaco con las expresivas arrugas del rostro ubicado ante él,
que parecía llenar sus flotantes ropas con gestos copiados a la perfección. A
tal punto, que la apariencia imprecisa que había asombrado al juez de
instrucción cuando entrara el acusado, se convertía ahora en la imagen clara,
exacta, de un hombre de ley que discute con un colega; como si se hubieran
acentuado los rasgos de un dibujo borroso, gris y esfumado, hasta conferirle
la nitidez de un aguafuerte en que el blanco grita contra el negro.
El juez fue al nudo del
asunto con autoridad. Ya no discutió las posibilidades sino los hechos. El
cuello de la víctima había sido cortado por una mano experimentada, y se sabía
con qué arma. El juez puso ante los ojos del hombre un cuchillo, manchado de
sangre, que se había encontrado tras de su cama... un grueso cuchillo de
carnicero. El canto de la hoja era ancho como la mitad de un dedo. Era la
primera relación visible entre el hombre y el crimen. El efecto fue asombroso.
Una ola recorrió todo
entero el personaje y puso su rostro en movimiento. Los ojos se agitaron y se
tornaron claros. El pelo se erizó hasta las patillas, que parecieron ser una
prolongación del mismo. Se marcaron arrugas en las sienes y en la boca. El
rostro del hombre tenía ahora una malvada fijeza; y, con extraño gesto, como si
acabara de ser despertado, se frotó dos o tres veces debajo de la nariz, con
el índice. Luego comenzó a hablar, con acento pausado, las manos ya no torpes
sino siguiendo con gestos las palabras. Eran palabras dirigidas evidentemente a
otras personas que no estaban allí. El juez tuvo que preguntarle dónde se encontraba.
El hombre se estremeció ante la pregunta; su boca se abrió sin esfuerzo, y el
torrente desbordó de ella:
–¿Que dónde estoy? ¿Que
dónde estoy? ¡Y bien, en mi casa, por supuesto! ¿Qué diablos puede importarte
dónde estoy? –Tomó una pluma de sobre la mesa–. Esto se moja en una escupidera
sucia. Nunca la utilicé tanto como ahora. Sirve para enredar a los tíos del
babero. Ellos fueron buenos. Estuve con el de la toga roja. Allí yo estaba bien
vestido y él se tragó que yo trabajaba con este instrumento. ¡Buenos tontos!
¡Bah! Es como el cuento que me mandé con las alhajas. ¡Ah, pero no son
estúpidos! Conocen bien su trabajo. Se andan con guante blanco. Pero yo lo
embromé al otro zoquete; le arruiné el discurso. Lo despisté de lo lindo con
un buen camelo; algo bien largo. Yo no les tengo miedo a los tipos que cambian
de actitud como de camisa. Hice mi trabajo solo. Y voy a descansar en mi
asiento.
El hombre se dirigió
hacia el sillón del juez, que se incorporó estupefacto y le cedió el lugar.
En cuanto se sentó se
produjo la reacción: sus mejillas empalidecieron, la cabeza cayó hacia atrás,
los párpados se cerraron ... y todo el cuerpo se desplomó inerte.
Y el juez, de pie a su
vez ante el hombre, se planteó un terrible dilema. De los dos personajes
simulados a medias que tuviera ante sí, uno era culpable y el otro no. Este
hombre era doble y tenía dos conciencias; pero de ambos seres reunidos en uno
solo ¿cuál era el verdadero? Uno de los dos había actuado, pero ¿era ese el ser
primordial? En el hombre doble que se había revelado ¿dónde estaba el hombre?
El hombre velado
Nada puedo decir de la
coincidencia de circunstancias que me pierde; algunos accidentes de la vida
humana están tan artísticamente combinados por el destino o por las leyes
naturales como la más demoníaca invención; uno se asombra ante ellos como ante
el cuadro de un impresionista que ha logrado captar una extraña y momentánea
verdad, Pero si mi cabeza cae, quiero que este relato me sobreviva y que sea
en la historia de las existencias algo extraño y real, como una macilenta luz
hacia lo desconocido.
Cuando entré a ese
terrible vagón, éste estaba ocupado, por dos personas. Una de ellas, vuelta
hacia un costado, envuelta en mantas, dormía profundamente. La manta superior
estaba cubierta de manchas sobre fondo amarillo, como la piel de un leopardo.
En las casas de artículos de viaje se venden muchas así, pero puedo decir,
desde ya, que al tocarla más tarde vi que era realmente la piel de un animal
salvaje; también lo era el gorro de la persona dormida y, cuando con el
aguzado poder visual que obtuve, lo analicé en detalle, me pareció de fieltro
blanco, extremadamente suave.
El otro viajero, de
rostro simpático, aparentaba haber cumplido apenas los treinta años, el aspecto
insignificante de un hombre capaz de pasar cómodamente sus noches en el tren.
El que dormía no mostró
su boleto, ni giró la cabeza, ni se movió mientras yo me instalaba frente a él.
Y una vez que me senté en mi asiento, dejé de observar a mis compañeros de
viaje para reflexionar sobre algunos asuntos que me preocupaban.
El movimiento del tren,
sin interrumpir mis pensamientos, los encauzaba de manera extraña. El canto de
los ejes y las ruedas, el cambio de los rieles, el paso por sus juntas, con el
rítmico sobresalto de los coches con mala suspensión, se traducían en un
refrán mental. Era una suerte de vago pensamiento que cortaba, a intervalos
regulares, mis otras ideas. Al cabo de un cuarto de hora, la repetición rayaba
en obsesión. Me aparté de ella con un violento esfuerzo de voluntad; pero el
incierto refrán mental tomó la forma de notas musicales que yo preveía. Cada
golpe no era una nota, sino el eco al unísono de una nota concebida
anteriormente, a la vez temida y esperada, en forma tan perfecta, que esos
golpes eternamente iguales recorrían la escala sonora más amplia, coincidiendo
en realidad con sus octavas superpuestas que ningún instrumento hubiese podido
alcanzar, con las capas de suposiciones que a menudo amontona el pensamiento
en actividad.
Terminé por abrir un
diario para tratar de romper el sortilegio. Mas las líneas enteras se
separaban de las columnas, una vez leídas, y volvían a aparecer ante mis ojos
con una especie de sonido plañidero y uniforme, a intervalos que yo preveía sin
poder modificar. Me apoyé entonces contra el asiento, experimentando un extraño
sentimiento de angustia y vacío en mi cabeza Fue entonces cuando observé el primer
fenómeno que me hundió en lo extraordinario. El viajero del extremo del coche
levantó su asiento, acomodó la almohada, se extendió y cerró los ojos. Casi al
mismo tiempo, el que dormía frente a mí se irguió sin ruido y corrió sobre la
lámpara la cortinilla verde a resortes. En ese momento tuve que haber visto su
rostro, pero no lo vi.
Percibí una mancha
confusa del color de un rostro humano pero no pude distinguir el menor rasgo.
El acto fue ejecutado con una rapidez silenciosa que me dejó estupefacto. No
había tenido tiempo de ver erguirse al que dormía, cuando ya sólo veía el
fondo blanco de su gorro sobre la manta atigrada. El hecho carecía de
importancia, pero me turbó. ¿Cómo el que dormía pudo comprender tan rápidamente
que el otro había cerrado los ojos? Había vuelto su rostro hacia mí, y yo
no lo vi ... La rapidez y el misterio de su gesto eran inexplicables.
Una penumbra azul flotaba
ahora entre los asientos acolchados, interrumpida apenas, de tanto en tanto,
por la luz amarillenta arrojada desde afuera por un farol de aceite.
El círculo de
pensamientos que me obsesionaban fue volviendo a medida que el golpeteo del
tren crecía en el silencio. La inquietud delimitaba sus contornos y de la
obscuridad surgían historias de crímenes en el tren, lentamente transformadas
en melopeas. Un miedo cruel me apretaba el corazón; más cruel por ser más vago
y porque la incertidumbre aumenta el terror.
Visible, palpable, sentía
alzarse ante mí la imagen de Jud ... un rostro demacrado de ojos hundidos y
pómulos salientes, barba rala... el rostro del asesino Jud que mataba por la
noche en los coches de primera y que nunca pudo ser aprehendido.1
La sombra me ayudó a
ubicar ese rostro en la forma del que dormía, a dar los rasgos de Jud a la cara
borrosa que viera a la luz de la lámpara, a imaginarme que bajo la manta
atigrada se agazapaba un hombre, listo a abalanzarse sobre mí.
Sentí entonces la
violenta tentación de correr al otro extremo del vagón, sacudir al viajero
dormido y gritarle mi peligro. Una sensación de vergüenza me contenía. ¿Podía
acaso explicar mi inquietud? ¿Cómo respondería a la mirada asombrada de ese
hombre bien educado?
1 Jud: incapturable, misterioso (y tal vez
fantasmagórico) asesino que aterrorizó las crónicas del siglo pasado. Fue principalmente
sospechoso de haber matado, en 1860, al presidente Poinsot, de la corte imperial
de París, en el expreso que venía de Troyes. (N. del A.)
Dormía confortablemente, con su cabeza sobre la almohada, cuidadosamente encogido, con sus manos enguantadas cruzadas
sobre el pecho: ¿con qué derecho iría a despertarla porque otro viajero había
corrido la cortinilla de la lámpara? ¿No era ya un síntoma de locura el que mi
mente se obstinara en vincular el gesto del hombre con su posible conocimiento
del sueño del otro? ¿No eran acaso acontecimientos diferentes, pertenecientes
a distintas series, relacionados por una simple coincidencia? Pero contra ello
chocaba y se obstinaba mi temor, a tal punto que en el silencio rítmico del
tren sentía el latido de mis sienes; mi calma exterior, hacía girar los
objetos a mi alrededor y por mi cerebro atravesaban, en ininterrumpida
procesión, acontecimientos futuros y vagos, pero con la precisión adivinada de
las cosas que están por acontecer.
Y de pronto una calma
profunda me invadió. Sentí aflojarse la tensión de mis músculos en un total
abandono. El torbellino de mis pensamientos se detuvo. Sentí la caída interior
que precede al sueño o al desmayo y me desvanecí realmente, con los ojos
abiertos. Sí, con los ojos abiertos pero dotados de un poder infinito del que
se servían en el dolor. Y era tan completa la distensión, que me sentía al
mismo tiempo incapaz de dominar mis sentidos o de tomar una decisión, de
imaginarme siquiera la idea de una acción que me hubiese pertenecido.
Esos ojos sobrehumanos se
dirigían por sí mismos hacia el hombre del rostro misterioso y, atravesando los
obstáculos, lograban percibirlos.
Así supe que miraba a
través de una piel de leopardo y a través de una máscara de seda color carne,
crespón que ocultaba un rostro moreno. Y mis ojos se encontraron de inmediato
con otros ojos de un insostenible brillo negro. Vi a un hombre vestido de género
amarillo con botones plateados, envuelto en un abrigo marrón; lo sabía cubierto
por la piel de leopardo pero así lo veía. También percibía", "pues mi
oído acababa de adquirir una agudeza extrema", su respiración jadeante y
presurosa, semejante a la de quien hace un gran esfuerzo. Pero el hombre no
movía los brazos ni las piernas; debía tratarse de un esfuerzo interior; lo
era seguramente ... ya que su voluntad aniquilaba a la mía ...
Una última resistencia se
manifestó en mí. Sentí una lucha en que realmente yo no participaba; una lucha
sostenida por ese profundo egoísmo que nunca se conoce y que domina al ser.
Luego algunas ideas flotaron ante mi mente ... ideas que no me pertenecían, que
no había concebido, en las que no reconocía nada en común con mi esencia,
pérfidas y atrayentes como el agua negra sobre la que nos inclinamos.
Una de ellas era la idea
del asesinato. Pero ya no la concebía como un acto Heno de terror cumplido por
Jud, surgido de un espanto sin nombre; la sentía posible, con algunos destellos
de curiosidad y un aniquilamiento infinito de lo que siempre fuera mi
voluntad. Entonces el hombre velado se irguió y, mirándome fijamente bajo su
velo color de carne humana, se dirigió con pasos sigilosos hacia el viajero
dormido. Con una mano lo tomó por la nuca, taponándole al mismo tiempo la boca
con un trozo de seda. No sentí ni angustia ni deseos de gritar. Estaba ahí, mirando
con ojos aburridos.
El hombre velado extrajo
un puñal del Turquestán, pequeño, agudo, cuya hoja gastada tenía una hendidura
central, y cortó la garganta del viajero como si degollara a una oveja. ¡La
sangre saltó hasta el portaequipaje! Había hundido el puñal hacia la izquierda,
trayéndolo hacia sí con golpe seco. La garganta estaba abierta. Descubrió la
lámpara y pude ver el agujero rojo. Luego vació los bolsillos y hundió sus
manos en el charco de sangre. Vino hacia mí, y yo soporté, sin sublevarme, que
embadurnara mis dedos inertes y mi rostro del que ni un pliegue se contrajo.
El hombre velado, empujó
su manta, arrojó el abrigo al suelo, mientras yo permanecía junto al viajero
asesinado. Esta palabra horrible no me impresionaba... cuando, de pronto, me
sentí sin apoyo, sin voluntad que supliera a la mía, vacío de pensamientos, en
medio de la niebla.
Y, despertándome
gradualmente, con los ojos pegados, la boca pastosa, la nuca apretada por una
mano de hierro, me encontré solo, en el gris amanecer, con un cadáver
bamboleante. El tren corría por un campo llano, con algunos grupos de árboles
diseminados en intensa monotonía ... y cuando se detuvo con largo silbido cuyo
eco atravesó el aire fresco de la mañana, me asomé estúpidamente a la puerta
del vagón, con el rostro cubierto de coágulos de sangre.
Beatriz
Me quedan pocos instantes
de vida; lo siento, lo sé. He querido una muerte suave; mis propios gritos me
habrían ahogado en la agonía de otro suplicio; pues más que a la sombra que se
agranda, temo al sonido de mi voz; el agua perfumada en que estoy sumergido,
empañada como un bloque de ópalo, se va tiñendo gradualmente de venas rosadas
con mi sangre que se derrama; cuando la aurora líquida se torne roja, yo
descenderé hacia la noche. No corté totalmente la arteria de mi mano derecha,
que lanza estas líneas sobre mis tablillas de marfil: tres chorros abiertos
bastan para agotar la fuente de mi corazón; no es muy profunda, pronto se
secará; en mis lágrimas lloré toda mi sangre.
Pero ya no puedo gemir
pues un terrible espanto me aprieta la garganta cuando oigo mis sollozos; ¡que
Dios me quite la conciencia antes de que venga mi próximo estertor! Mis dedos
pierden fuerza; debo apresurarme a escribir; estuve leyendo durante mucho tiempo
el diálogo de Fedón ... me cuesta seguir mis pensamientos y tengo prisa en
hacer mi muda confesión: el aire de la tierra no escuchará más mi voz.
Desde hace mucho tiempo
una tierna amistad me acercó a Beatriz. Cuando muy pequeña, venía ella a casa
de mi padre, seria ya, con sus ojos profundos, extrañamente salpicados de oro.
Su rostro era ligeramente anguloso, de planos acusados y piel de un blanco
mate como mármol jamás tocado por aprendiz alguno pero al que el artista ya hubiese
impreso el fuerte trazo de su cincel. Los rasgos se dibujaban sobre vivas
aristas que el medio perfil no suavizaba; y cuando una emoción la ruborizaba,
se hubiera dicho que su rostro era una figura de alabastro iluminada
interiormente por una luz rosada.
Ciertamente era graciosa,
pero su gracia era dura, pues la huella de su gesto era tan neta que permanecía
grabada en los ojos; cuando ella alisaba su pelo sobre la frente, la perfecta
simetría de sus movimientos se asemejaba a la actitud votiva de una diosa
inmóvil, muy diferente a la rápida huida de los brazos de las jóvenes,
cual movimiento de alas apenas levantadas. Rara mí, a quien el estudio de
Grecia sumía en la contemplación de la Antigüedad, Beatriz era un mármol
anterior al arte humano de Fidias, una figura esculpida por los viejos maestros
eginetas, según reglas inmutables de superior armonía.
Durante mucho tiempo
leímos juntos los inmortales poetas griegos, pero sobre todo habíamos estudiado
los filósofos de los primeros tiempos, y llorábamos por los poemas de Jenófanes
y de Empédocles que ningún ojo humano volverá a ver jamás. Platón nos
encantaba con la gracia infinita de su elocuencia, aunque rechazamos su teoría
sobre el alma, hasta el día en que dos versos, escritos por el divino sabio en
su juventud, me revelaron su verdadero pensamiento sumiéndome en la desdicha.
He aquí el terrible
dístico que hirió un día mis ojos, en el libro de un gramático decadente:
Mientras besaba a Agatón,
mi alma se me subió a
[los labios,
Ella quería, ¡oh,
desdichada! pasarse a él.
Al comprender el sentido
de las palabras del divino Platón, una luz deslumbrante se hizo en mí. El alma
no era diferente de la vida: era el hálito que anima al cuerpo; y, en el amor,
son las almas las que se buscan cuando los amantes se besan en la boca: el alma
de la enamorada quiere habitar en el hermoso cuerpo que ama, y el alma del
enamorado desea ardientemente fundirse en los miembros de su amante. Y los
desdichados nunca lo consiguen. Sus almas suben hasta sus labios, se
encuentran, se confunden, pero no pueden dejar sus cuerpos. ¿Habría acaso un
placer más celestial que el de cambiar de persona en el amor, que el de
prestarse ese ropaje de carne tan ardientemente acariciado, tan
voluptuosamente deseado? ¡Qué asombrosa abnegación, qué supremo abandono dar el
cuerpo al alma de otro ser, al hálito de otro ser! Mucho más que un
desdoblamiento, mucho más que una efímera posesión, que un intercambio inútil y
decepcionante de alientos: es el don supremo de la amante a su enamorado, el
perfecto intercambio tan vanamente anhelado, el término infinito de abrazos y
caricias.
Yo amaba a Beatriz y ella
me amaba. Nos lo habíamos dicho a menudo, mientras leíamos las melancólicas
páginas del poeta Longos, las estrofas de cuya prosa caen con monótona
cadencia. Pero ignorábamos el amor de nuestras almas tanto como Dafnis y Cloe
ignoraban el de sus cuerpos. Los versos del divino Platón nos revelaron el
eterno secreto que permite a las almas enamoradas poseerse totalmente. Y desde
ese momento Beatriz y yo no pensamos más que en unirnos de ese modo para
abandonarnos el uno en el otro.
Pero allí comenzó el
indescriptible horror. El beso de la vida no podía unirnos indisolublemente. Era
necesario que uno de nosotros se sacrificara. Pues el viaje de las almas no
podría ser una migración recíproca. Ambos lo sentíamos, mas no osábamos
decirlo. Y yo tuve la atroz debilidad, inherente al egoísmo de mi alma
masculina, de dejar a Beatriz en la incertidumbre. La escultural belleza de mi
amiga comenzó a marchitarse. El osado resplandor dejó de encenderse en el
interior de su rostro de alabastro. Los médicos diagnosticaron anemia. Mas yo
sabía que era su alma que se retiraba de su cuerpo. Ella evitaba mis ansiosas
miradas con sonrisa triste. Sus miembros se adelgazaron en exceso. Pronto su
rostro se tornó tan pálido que sólo los ojos brillaban en él con sombrío
fulgor. El rubor aparecía y desaparecía en sus mejillas y sus labios, como las
últimas vacilaciones de una llama a punto de extinguirse. Supe entonces que
Beatriz iba a pertenecerme por entero dentro de muy poco, y a pesar de mi
infinita tristeza, una misteriosa alegría se apoderó de mí.
La última noche la vi
sobre las blancas sábanas como una estatua de cera virgen. Giró lentamente su
rostro hacia mí, y dijo: "Quiero que en el momento de morir me beses en
la boca, y que mi último aliento pase a ti."
Creo que nunca había
notado qué cálida y vibrante era su voz; mas esas palabras me dieron la
impresión de un fluido tibio que me rozaba. Casi de inmediato, sus suplicantes
ojos buscaron los míos, y comprendí que el momento había llegado. Posé mis
labios sobre los suyos para beber su alma.
¡Horror! ¡Infernal y
demoníaco horror! ¡No fue el alma de Beatriz lo que entró dentro de mi, sino
su voz! El grito que lancé me hizo tambalear y palidecer. Pero ese grito
debió haber escapado de los labios de la muerta, mas era mi garganta la que lo
emitía. Mi voz se había tornado cálida y vibrante y me daba la impresión de
un fluido tibio que me rozaba. Había matado a Beatriz y había matado a mi
voz; la voz de Beatriz habitaba en mí, una voz tibia de agonizante que me
espantaba.
Mas ninguno de los
presentes pareció darse cuenta: se afanaban junto a la muerta cumpliendo con
sus funcionas.
Cayó la noche, silenciosa
y abrumadora. Las llamas de los cirios se erguían rectas, muy altas,
acariciando las pesadas colgaduras. El dios del Terror extendió su mano sobre
mí. Cada sollozo mío me mataba con mil muertes: eran exactamente iguales a los
de Beatriz cuando, ya inconsciente, se lamentaba de morir. Y mientras yo
lloraba, arrodillado junto al lecho, con la frente sobre las sábanas, era su
llanto el que parecía elevarse de mí, su voz apasionada, la que flotaba en el
aire, compadeciéndose de su miserable muerte.
¡Tendrías que haberlo
imaginado! La voz es eterna; la palabra no muere. Es la perpetua migración de
los pensamientos humanos, el vehículo de las almas; las palabras yacen secas
sobre las hojas de papel, como flores en un herbario; pero la voz las revive
con su propia vida inmortal. Pues la voz no es más que el movimiento de las moléculas
del aire bajo el impulso de un alma; y el alma de Beatriz estaba en mí, mas yo
sólo podía comprender y sentir su voz.
Ahora que vamos a
liberarnos, mi terror disminuye; pero va a acrecentarse nuevamente; siento
llegar ese indescriptible horror; ¡Aquí está! ¡Hace presa de nosotros! Pues
mis estertores son cálidos y vibrantes, más tibios que el agua de mi baño; ¡son
los estertores de Beatriz!
Lilith
Not a drop
of her blood was human,
But
she was made like a soft sweet
[woman.
Dante-Gabriel Rossetti
Creo que la amó tanto
como se puede amar aquí abajo a una mujer, mas su historia fue más triste que
cualquier otra. Había estudiado mucho tiempo a Dante y a Petrarca; las formas
de Beatriz y de Laura flotaban ante sus ojos y los divinos versos en los que
resplandece el nombre de Francesca de Rimini cantaban en sus oídos.
En el primer ardor de su
juventud amó apasionadamente a las atormentadas vírgenes del Correggio, cuyos
cuerpos voluptuosos, enamorados del cielo, tienen ojos que desean, bocas que
palpitan y llaman dolorosamente al amor. Más delante, admiró el pálido esplendor
humano de las figuras de Rafael, su apacible sonrisa, su virginal contento.
Pero cuando llegó a ser él mismo, eligió como maestro, al suyo, en el que los
rostros rígidos tienen la extraordinaria beatitud de misteriosos paraísos.
Y, entre las mujeres,
primero conoció a Jenny, nerviosa y apasionada, de ojos adorablemente
sombreados, sumidos en la lánguida humedad de una profunda mirada. Fue un
amante triste y soñador; buscaba la expresión de la voluptuosidad con áspero
entusiasmo; y cuando Jenny se dormía, fatigada, con los primeros albores de la
madrugada, él esparcía las brillantes guineas entre sus dorados caballos;
luego, contemplando sus párpados bajos y sus largas pestañas dormidas, su
frente cándida que parecía ignorar el pecado, se preguntaba con amargura,
acodado sobre las almohadas, si ella no prefería el oro amarillo a su amor y
qué desencantados sueños pasaban bajo las transparentes paredes de su carne.
Luego imaginó a las
jóvenes de los tiempos de superstición, que hechizaban a sus amantes cuando
éstos las abandonaban. Eligió a Helena, que revolvía en un caldero de bronce la
figura de cera de su pérfido prometido: la amó, mientras ella le atravesaba el
corazón con una fina aguja de acero Y la dejó por Fose-Mary, a quien su madre,
que era un hada, había dado un globo cristalino de berilo como prenda de
pureza. Los espíritus del berilo volaban por ella, acunándola con sus cantos.
Mas cuando sucumbió, el globo se tornó color del ópalo y ella, en su furor, lo
quebró con una espada; los espíritus del berilo escaparon gimiendo de la
piedra quebrada, y el alma de Rose-Mary se fue con ellos.
Entonces él amó a Lilith,
la primera mujer de Adán, que no fue creada de hombre. No fue hecha de roja
tierra como Eva, sino de materia sobrehumana; era semejante a la serpiente, y
ella fue quien tentó al animal para que a su vez tentara a los demás. Encontró
que era mucho más mujer que la primera, de modo que a la joven del Norte que
finalmente amó en esta vida y con la que se casó, le puso el nombre de Lilith.
Mas era un puro capricho
de artista; ella se parecía a esas figuras prerrafaelinas que él revivía en sus
telas. Tenía ojos del color del cielo, y su larga cabellera rubia era luminosa
como la de Berenice que, después que ella la ofreció a los dioses, permanece
dispersa por el firmamento. Su voz tenía el suave sonido de las cosas a punto
de quebrarse; sus gestos eran suaves como plumas alisadas; y tan frecuentemente
tenía ella el aspecto de pertenecer a otro mundo diferente, que él la
contemplaba como una aparición.
Escribió para ella
deslumbrantes sonetos, que se encadenaban con la historia de su amor, a los
que dio el nombre de Casa efe la vida. Los copió en un volumen hecho
con páginas de pergamino; la obra se asemejaba a un misal pacientemente
coloreado.
Lilith había nacido para
esta tierra y no vivió mucho tiempo; y como ambos sabían que ella tenía que
morir, lo consoló como pudo:
"Mi bienamado, le
dijo. Desde las barreras doradas del cielo me inclinaré hacia tí. Tendré lirios
en la mano, siete estrellas en el pelo. Te veré desde el puente divino tendido
sobre el éter; y tú vendrás hacia mi y juntos iremos a las fuentes insondables
de la luz. Y pediremos a Dios que nos permita vivir eternamente amándonos, como
vivimos por un momento aquí abajo."
La vio morir mientras
decía esas palabras, y él compuso de inmediato un magnífico poema, la más
hermosa joya con que jamás se haya adornado a una muerta. Le parecía que hacía
más de diez años que ella lo dejara; y la veía inclinada sobre las doradas
barreras del cielo, hasta que éstas se entibiaban bajo la presión de su seno y
los lirios se dormían en sus brazos. Ella le susurraba las mismas palabras;
luego escuchaba largamente y sonreía: "Todo eso será cuando él
venga", decía. Y él la veía sonreír; luego tendía ella sus brazos por las
barreras y hundía el rostro entre sus manos, llorando. Y él escuchaba sus
sollozos.
Fue la última poesía que
escribió en el libro de Lilith. Lo cerró, para siempre, con cerrojos de oro y,
rompiendo su pluma, juró haber sido poeta sólo para ella, y que Lilith se
llevaría a la tumba su gloria.
Así los antiguos reyes
bárbaros entraban al seno de la tierra seguidos de sus tesoros y de sus
esclavos preferidos. Encima de la fosa abierta se degollaba a las mujeres que
amaran y sus almas venían a beber la roja sangre.
El poeta que amara a
Lilith le daba la vida de su vida, la sangre de su sangre; inmolaba a ella su
inmortalidad terrena y depositaba en el féretro su esperanza en el futuro.
Levantó la luminosa
cabellera de Lilith, y colocó el manuscrito bajo su cabeza; tras la palidez de
su piel, veía él brillar el tafilete rojo y los broches de oro que encerraban
la obra de su vida.
Luego huyó, lejos de la
tumba, lejos de todo lo que fuera humano, llevando en su corazón la imagen de
Lilith y en su cerebro sus versos que cantaban. Viajó buscando nuevos
horizontes que no le recordaban a su amiga. Pues quería conservar su recuerdo
por sí mismo, y no que la vista de objetos indiferentes la hiciera aparecer de
nuevo ante sus ojos, no una Lilith humana, de verdad, como pareciera ser en su
efímera forma, sino una de las elegidas, idealmente ubicada más allá del cielo,
a la que un día iría a unirse.
Pero el ruido del mar le
recordaba su llanto, y él escuchaba su voz en lo más profundo de los bosques;
y la golondrina, al girar su negra cabeza, imitaba el gracioso movimiento del
cuello de su bienamada, y el disco de la Luna, quebrándose en las obscuras
aguas de los remansos del bosque, le enviaba millares de doradas y fugitivas
miradas. De pronto una gacela que se escondía entre los matorrales, le
apretaba el corazón con un recuerdo; la bruma que envuelve los boscajes a la
azulada luz de las estrellas, tomaba forma humana para avanzar hacia él, y las
gotas de agua de la lluvia cayendo sobre las hojas secas parecía el ligero
ruido de los dedos de la amada.
Cerró los ojos ante la
naturaleza; y en la sombra en que pasan las imágenes de sangrienta luz, vio a
Lilith, tal como la había amado, terrestre, no celeste, humana, no divina, con
mirada cambiante de pasión que era a la vez la mirada de Helena, de Rose-Mary
y de Jenny; y cuando él quería imaginarla inclinada sobre las barreras de oro
del cielo, en la armonía de las siete esferas, su rostro expresaba la añoranza
de las cosas terrenales, la infelicidad de ya no amar.
Entonces él deseó tener
los ojos sin párpados de los seres infernales, para escapar a sus tristes
alucinaciones.
Y quiso recuperar por
cualquier medio esa imagen divina. Pese a su juramento, trató de describirla,
y la pluma traicionó sus esfuerzos. Sus versos lloraban también sobre Lilith,
sobre su pálido cuerpo encerrado en el seno de la tierra. Entonces recordó
(pues habían pasado ya dos años) que había escrito maravillosos poemas en los
que su ideal resplandecía extrañamente. Se estremeció.
Cuando la idea lo asaltó
de nuevo, ya no lo dejó. Antas que nada era poeta. Correggio, Rafael y los
maestros prerrafaelinos, Jenny, Helena, Rose-Mary, Lilith no habían sido más
que ocasiones para su entusiasmo literario. ¿Lilith también? Tal vez ... y sin
embargo Lilith se resistía a volver a él en otra forma que no fuera la dulce y
tierna de mujer terrena. Pensó en sus versos; recordó fragmentos que le
parecieron bellos. Se sorprendió diciendo: "Y sin embargo debía haber allí
cosas muy buenas." Rumió la amargura de la gloria perdida. El hombre de
letras renació en él y lo tornó implacable.
....................................
Una noche se encontró,
temblando, perseguido por un tenaz hedor que se prendía a sus ropas, con la
humedad de la tierra en sus manos, un ruido de maderas rotas en sus oídos ... y
ante sí el libro, la obra de su vida que acababa de arrebatarle a la muerte.
Había robado a Lilith; se sentía desfallecer ante el recuerdo de sus cabellos
apartados, de sus manos hurgando entre la podredumbre de lo que había
amado, de ese tafilete opaco que olía a muerte, de esas páginas odiosamente
mojadas, de las que se escapaba la gloria con un hedor de corrupción.
Y cuando volvió a ver el
ideal por un instante presentido, cuando creyó ver de nuevo la sonrisa de
Lilith y beber sus raudas lágrimas, lo acometió el frenético deseo de esa gloria.
Arrojó el manuscrito a la prensa de las imprentas, con el sangrante
remordimiento de un robo y una prostitución, con la dolorosa sensación de una
no saciada vanidad. Abrió al público su corazón y le mostró sus heridas; arrastró
ante los ojos de todos el cadáver de Lilith y su inútil imagen entre las
elegidas; y en ese tesoro violado por un sacrilegio, entre el murmullo de las
frases, resuenan crujidos de ataúd.
Las puertas del opio
O just, subtle and mighty opium!...
Thomas de Quincey
Siempre fui enemigo de
una vida ordenada como la de las demás.
La persistente monotonía de las acciones repetidas y habituales me exasperaba.
Habiendo dejado mi padre una enorme fortuna a disposición mía, no sentía desees
de vivir en la elegancia. No me atraían las mansiones suntuosas ni los lujosos
carruajes; tampoco las locas cacerías ni la vida indolente de las estaciones
termales; el juego sólo ofrecía dos alternativas a mi espíritu inquieto; era
demasiado poco. Habíamos llegado a una época extraordinaria en que los
novelistas no habían mostrado todas las facetas de la vida humana, el reverso
de todo pensamiento. Unos se hastiaban de no pocos sentimientos antes de
haberlos experimentado; muchos se sentían atraídos hacia un abismo de místicas
y desconocidas sombras; a oíros los poseía la pasión hacia lo extraño, hacia el
logro de la quintaesencia de nuevas sensaciones; otros, en fin, se apoyaban en
una dilatada piedad que se extendía a todas las cosas.
Tales búsquedas habían
provocado en mí una extravagante curiosidad hacia la vida humana.
Experimentaba el deseo doloroso de ser ajeno a mí mismo; soldado a veces, otras
pobre o mercader, o esa mujer que veía pasar, sacudiendo sus faldas, o la
joven tenuemente velada que entraba a una confitería, levantaba a medias su
velo, mordía un dulce y luego, vertiendo agua en un vaso, allí se estaba con la
cabeza inclinada.
Fácil resulta comprender
entonces por qué me obsesionó la curiosidad hacia una puerta. En un barrio
apartado había un muro gris, con ventanucos enrejados a gran altura y falsas
ventanas, apenas dibujadas, a cada trecho. En la parte baja del muro, en un
sitio extrañamente desigual, sin saberse ni cómo ni por qué, lejos de las
aberturas enrejadas, veíase una puerta baja, ojival, cerrada con labrados
cerrojos de hierro y cruzada por travesaños verdes.
La cerradura y los goznes
estaban herrumbrados; en la antigua calle abandonada, matas de ortigas y de
mostazas silvestres crecían ante el umbral, y blanquecinos cascarones pendían
de la puerta como de la piel de un leproso.
¿Había seres vivientes
tras de ella? ¡Qué insólita existencia debía ser la suya, pasando sus jornadas
a la sombra de ese enorme muro gris, separados del mundo por la pequeña puerta
baja que nunca veíase abierta! Mis paseos sin rumbo me llevaban día tras día
hasta esa calle silenciosa, y me interrogaba ante la puerta como ante un dilema.
Una noche en que erraba
entre la multitud en busca de rostros extraños, observé a un viejo hombrecillo
que se estremecía al caminar. Un pañuelo rojo colgaba de su bolsillo e iba
golpeando el pavimento con un bastón torcido, mientras reía socarronamente. A
la luz de los faroles de gas, su rostro parecía surcado por las sombras, y sus
ojos brillaban con fulgores tan verdosos que irresistiblemente me asaltó la idea
de la puerta: instantáneamente tuve la certeza de que entre ella y el viejo
había alguna relación.
Lo seguí. No puedo decir
que algo lo justificara. Mas me era imposible actuar de otra manera y, cuando
él desembocó en la calle abandonada en que se hallaba la puerta, me iluminó
ese súbito presentimiento que nos hace sentir, como en un relámpago del
tiempo, que sabemos lo que va a pasar. Golpeó dos o tres veces; la puerta giró
sobre sus herrumbrados goznes sin chirriar. No vacilé un momento y me lancé
tras él; pero tropecé contra las piernas de un mendigo al que no había visto,
sentado junto al muro. Tenía sobre sus rodillas una escudilla de barro y una
cuchara de estaño en la mano; levantando su bastón, me maldijo con voz ronca,
cuando la puerta se cerró silenciosamente tras de mí.
Me hallaba en un inmenso
y sombrío jardín en el que las malas hierbas y las plantas silvestres crecían
hasta la altura de las rodillas. La tierra estaba mojada como por continuas
lluvias; parecía de greda, a tal punto se pegaba a los pies. Tanteando en la
obscuridad hacia el ruido opaco del viejo que avanzaba, pronto vislumbré un
claro; había algunos árboles de los que pendían faroles de papal débilmente
iluminados, que daban una luz rojiza, difusa; el silencio era menos profundo
pues el viento parecía respirar lentamente entre las ramas.
Al acercarme, vi que esos
faroles tenían pintadas flores orientales y que dibujaban en el aire las
palabras:
CASA
DE OPIO
Ante mi se levantaba una
casa blanca, cuadrada, con estrechas y largas aberturas por la que salía una
lenta y áspera música de cuerdas, interrumpida por rítmicos golpes, y una
melopea de soñadoras voces. El viejo permanecía en el umbral y, agitando con
gracia su pañuelo rojo, me invitaba con el gesto a entrar.
Percibí en el corredor a
una criatura, delgada y amarilla, cubierta con flotantes vestiduras; vieja
también, con la cabeza temblequeante y la boca desdentada, me hizo entrar a
una pieza oblonga, tapizada en seda blanca. Rayas negras se elevaban
verticalmente sobre las colgaduras, ensanchándose hacia el techo. Luego hubo
ante mí un juego de mesas de laca que encajaban las unas en las otras, con una
lámpara de cobre rojo de la que emergía una fina llama, un frasco de porcelana
lleno de una pasta grisácea, agujas, tres o cuatro pipas con boquilla de bambú
y hornillo de plata. La vieja formó una bolita, la hizo fundir al calor de la
llama, pinchada en una aguja y, colocándola con cuidado en el hornillo
de la pipa, apiló sobre ella varías arandelas. Entonces la encendí sin pensar,
y aspiré dos bocanadas de un humo acre y venenoso que me enloqueció.
Pues de pronto vi pasar
ante mis ojos, a pesar de no haberse producido transición alguna, la imagen de
la puerta y las extrañas figuras del viejo pañuelo rojo, del mendigo de la
escudilla y de la vieja del vestido amarillo. Las rayas negras comenzaron a
agrandarse en sentido inverso hacia el techo, disminuyendo hacia el piso en una
especie de gama cromática de dimensiones que yo creía escuchar resonando en mis
oídos. Sentí el ruido del mar y de las olas rompiendo, expulsando el aire de
las rocosas grutas con sus golpes sordos. La habitación cambió de dirección sin
que yo tuviera la impresión de un movimiento; me parecía que mis pies tomaban
el lugar de mi cabeza y que estaba acostado sobre el techo. Hubo en mí un aniquilamiento
total de actividad; deseaba permanecer así eternamente y continuar sintiendo.
Fue entonces cuando se
deslizó un panel de la habitación y entró por él una joven como nunca había
visto. Tenía el rostro coloreado de azafrán y los ojos tirantes hacia las
sienes; sus pestañas estaban maquilladas de oro y los lóbulos de sus orejas
realzados delicadamente con una línea rosa. Su dientes, de un negro de ébano,
estaban constelados de pequeños diamantes fulgurantes y sus labios totalmente
azulado. Así adornada, con su piel picante y pintada, tenía el aspecto y el
olor de las estatuas de marfil de China, extrañamente caladas y realizadas con
múltiples colores. Estaba desnuda hasta la cintura; sus senos caían como dos
peras y un género obscuro, estampado en oro, flotaba sobre sus pies.
El deseo de algo extraño
que me obsesionaba se hizo tan intenso que me precipité hacia esa mujer
pintada implorándole. Casa uno de los colores de su traje y de su piel
parecían, ante la hiperestesia de mis sentidos, un sonido delicioso dentro de
la armonía que me rodeaba; cada uno de sus gestos y las poses de sus manos, eran
como rítmicas secuencias de una danza infinitamente variada cuyo conjunto
interpretaba mi intuición.
Y yo le decía suplicante:
–Hija de Lébano, si has venido a mí desde las misteriosas profundidades del
Opio, quédate ... quédate .. mi corazón te quiere. Hasta el fin de mis días me
nutriré con la preciosa droga que te hace aparecer ante mis ojos. El opio es
más poderoso que la ambrosía, pues procura la inmortalidad del sueño y no la
miserable eternidad, de la vida; más sutil que el néctar pues crea seres tan
extraños y brillantes; más justo que los dioses, pues une a los que están
hechos para amarse.
–Pero si eres mujer
nacida de carne de los hombres, tú eres mía ... para siempre . . pues daré todo
lo que tengo para poseerte ...
Fijó en mí sus ojos
centelleantes entre las pestañas de oro, se acercó lentamente y se sentó en
suave pose que hizo estremecer mi corazón. "¿Es verdad lo que dice?",
murmuró. "¿Darías tu fortuna por poseerme?" Sacudió la cabeza, incrédula.
Os repito que la locura
me cegaba. Tomé mi libreta de cheques ... la firmé en blanco y la arrojé al
salón ... Cayó rebotando sobre el piso. "¡Ay!", dijo ella.
"¿Tendrías el valor de mendigar para ser mío? Así te amaría más. Di, ¿lo
harás?" Me quitó suavemente mis vestidos. Entonces la vieja amarilla trajo
al mendigo que estaba ante la puerta; entró gritando y recibió mis ropajes de
gala con los que se escapó. A mí me dieron su abrigo remendado, su sombrero
roto, su escudilla, su cuchara y su jarro.
Y cuando estuve así
vestido: "Vete", dijo ella golpeando las manos.
Las luces se apagaron,
los paneles desaparecieron, la hija del Opio se esfumó. A la confusa claridad
de los muros vi al viejo del pañuelo rojo, a la vieja del vestido amarillo y
al asqueroso mendigo cubierto con mis ropas, que se arrojaban sobre mí,
empujándome hacia un obscuro corredor. Pasé y fui llevado a través de
resbaladizos túneles, entre viscosas murallas. Transcurrió un tiempo incalculable.
Perdí la noción de las horas, sintiendo que siempre me arrastraban.
De pronto una luz blanca
me bañó todo entero; mis ojos temblaron en sus órbitas; mis párpados
pestañearon al sol.
Me hallaba sentado ante
una pequeña puerta baja, ojival, cerrada con labrados cerrojos de hierro y
cruzada por travesaños verdes; una puerta exactamente igual a la puerta
misteriosa, pero abierta en un inmenso muro blanqueado a la cal. Ante mí se
abría un campo raso. El pasto estaba quemado; el cielo era azul opaco. Todo me
era desconocido, hasta los montones de estiércol esparcidos junto a mí.
Y allí estaba yo, pobre
como Job, desnudo como Job, detrás de la segunda puerta. Por más que golpee y
sacudí, se cerró para siempre. Mi cuchara de estaño golpetea contra mi
escudilla. ¡Oh! Sí. El opio es más poderoso que la ambrosía al dar la
eternidad de una vida miserable. . más sutil que el néctar, mordiendo el
corazón con tan crueles tormentos... más justo que los dioses, castigando a
los curiosos que violan los secretos del más allá. ¡Oh, justo, sutil y
poderoso Opio! ¡Ay de mí! ¡He destruido mi fortuna! ¡Oh! ¡Mi dinero está
perdido!
Espiritismo
Al volver a casa encontré
sobre mi escritorio una invitación del Centro Espiritista. Habíamos estado
jugando al póker y era muy tarde. Sin embargo, la curiosidad me tentó; el
programa anunciaba un espectáculo selecto, una sorprendente invocación de
espíritus. Me acometieron deseos de conversar con una media docena de
celebridades desaparecidas. Nunca había visto una sesión espiritista y no me
disgustaba esta oportunidad. Aunque sentía un cierto escozor en los párpados,
un temblor bastante característico en las manos y mi cerebro parecía ahogarse
en una bruma nebulosa, creí poder hacer frente a la conversación y preparé
mentalmente algunas preguntas capciosas para las almas desmemoriadas.
El Centro Espiritista es
un extraño lugar. Os piden vuestro bastón a la entrada, de miedo de que
golpeéis cuando no corresponde. Cuando llegué, la sesión estaba ya muy
avanzada. Alrededor de una mesa de nogal había unos diez individuos, unos muy
melenudos, otros muy calvos, de rostro excitado. Sobre una pequeña mesa, a la
derecha, un plato invertido tenía marcadas con carbón las letras del alfabeto.
Una persona pálida estaba en el medio, con una libreta en la mano y un lápiz en
la otra. Reconocí a Esteban Winnicox, al banquero Colliwobles, al Herr
Professor Zahnweh. Quedé asombrado ante la ausencia de manteles, ante las
chaquetas que parecían abotonadas sin botones y ante los ojos que olían a
ajenjo.
Cuando me senté en una
silla que, aparentemente, no estaba animada de movimiento alguno, uno de los
individuos me tocó en el hombro y me dijo que la persona pálida de la libreta
se llamaba Sr. Médium. Le agradecí cortésmente el dato que olvidé enseguida.
Era uno de mis ex compañeros de colegio, y no de los mejores. Tenía por aquel
entonces la costumbre de marcar el ritmo de la clase con los pies. Se lo
recordé, y él sonrió con aire de superioridad diciéndome que esos ruidos había
que atribuirlos a los Espíritus Golpeadores.
Otro de los miembros del
Centro, que llevaba una roseta multicolor, pero el cuello de cuya camisa
parecía haberse convertido, en virtud de un lento aumento de coloración, en
una prolongación de su traje, me propuso que invocara a alguno de mis
conocidos. Acepté y, dirigiéndome hacia la mesa, pregunté en alta voz si Gerson
estaba presente.
Hubo un cuchicheo entre
los miembros del Centro. El Sr. Médium me miró fijamente y creí ver que pedía
informes a mis camaradas.
–No sabemos –dijo el Sr.
Médium– si el Sr. Gerson estará libre esta noche. ¿Está usted completamente
seguro de que está muerto?
–Debe estar –respondí–
como perro ahogado desde tiempo atrás en una inhóspita ribera, pues el
cementerio de los Inocentes no estaba por entonces en muy buen estado de
conservación.
Los amigos del Sr. Médium
y hasta el mismo Sr. Médium parecieron sorprendidos. Mi ex condiscípulo me
preguntó si no sería Ivry lo que yo quería decir.
–Quizá sea Ivry, quizá el
Pére La Chaise 1. No sé nada. El debe saberlo mejor que yo.
La topografía de París no es mi fuerte.
El Sr. Médium se sentó,
clavó su lápiz en la libreta, mientras nosotros permanecíamos mudos a su
alrededor.
Luego, súbitamente, fue
acometido por el baile de San Vito y su lápiz trazó el más heterogéneo surtido
de signos que yo viera jamás.
El consideró atentamente
ese galimatías y declaró que los espíritus habían ido en busca del Sr. Gerson,
que pronto se presentaría en persona espiritual.
Aguardamos algunos
minutos, al cabo de los cuales la mesa comenzó a crujir y a gemir, lo que
significaba –según me susurró mi ex condiscípulo al oído– que había llegado el
Sr. Gerson y que deseaba responder a mis preguntas.
Pero el Sr. Médium se
adelantó y preguntó primeramente en voz muy alta si hacía mucho que estaba
muerto el Sr. Gerson, si no le importaba decirnos desde cuándo, y si tendría a
bien dar cinco golpes por cada año –para abreviar el cálculo– con las patas
traseras de la mesa, lo que nos permitiría conocer la cifra exacta.
El Sr. Gerson, que según
parece fue en su época una persona vigorosa, se sintió inmediatamente obligado
a responder e hizo ejecutar a la mesa una serie de cabriolas sobre sus patas
delanteras.
Las traseras golpeaban el
piso con fuerza prodigiosa.
Mi cerebro habría
estallado si hubiera tenido que contar los golpes; pero el Sr. Médium los
seguía con hábito consumado, inclinando la cabeza con aire de entendido.
Al cabo de una hora y
media más o menos, la mesa comenzó a dar evidentes señales de fatiga; no se la
oía jadear, pero el Sr. Gerson debía tener los brazos rotos y los óptimos
golpes se asemejaban al ruidito de una pipa a la que se la hace crujir con una
uña.
El Sr. Médium nos
comunicó que había registrado el increíble número de 2.255, lo que daba
exactamente cuatrocientos cincuenta y un años.
Me preguntó si quería
saber el mes, el día y la hora; pero preferí renunciar a ello.
Me acerqué a la mesa
habitada por el Sr. Gerson y le dije, con voz muy suave:
–Señor Gerson, espero que
me comprenda aunque yo no hable latín. Hay una pregunta que me atormenta. ¿Podría
decirme si es usted realmente el autor de la Imitación, o si es obra de
algún amigo suyo?
Gerson no respondió de
inmediato, porque el Sr. Médium estaba realizando con él una serie de acuerdos
alfabéticos.
1 Ivry: cementerio de las afueras de París
Pére La Chaise: uno de los más grandes cementerios de París. (N. del T.)
Una vez que se estableció
la comunicación, la mesa golpeó un determinado número de veces. Luego se detuvo.
El Sr. Médium nos dijo
que esos golpes representaban la sílaba BU.
Mi ex condiscípulo,
recurriendo a todos sus conocimientos clásicos, sugirió Bucéfalo; mas yo
le recordé que era el caballo de Alejandro, y, puesto que sobre su conciencia
pesaban algunas lecciones de Quinto Curcio1, no dijo nada más hasta
que, con tono de triunfo, exclamó: –¡Buridan! 2 ¡Ese
era de la época!
La mesa hizo un
pronunciado movimiento giratorio. El Sr. Médium nos dijo que ese era su modo de
sacudir la cabeza. No parecía sentirse halagada. "¡Lo que es una prueba
–dijo– en favor de la historia del asno!"
Mi ex condiscípulo
propuso de nuevo: Budée. Pero un sabio presente le informó que Budaeus
no podía ser el autor de la Imitación, por la sencilla razón de que
había nacido cien años después.
A partir de entonces se
calló en serio. Luego, como el Sr. Médium descubriera indicios de locuacidad en
la mesa, los descifró súbitamente y extrajo la sílaba HO.
El sabio dijo no conocer
ningún personaje dé ese apellido y que era muy improbable que la Imitación fuera
obra de un pájaro. Sin embargo, la mesa repitió amablemente: Búho, búho,
búho, hasta que el sabio lanzó la conjetura de que estábamos siendo
víctimas de los espíritus adeptos a la Fiesta de los Locos, contra la que
predicara Gerson.
A partir de ese momento
se produjo un barullo infernal. La masa se encabrito; las sillas giraron sobre
una pata; la otra mesita ejecutó una zarabanda, y el plato, evolucionando con
destreza, vino a aplastarles la nariz a los diferentes miembros del Centro
Espiritista.
El Sr. Médium nos
comunicó que los espíritus estaban muy agitados esa noche y que probablemente
ya no querían hablar, dicho lo cual apagó la luz de gas del local.
Luego de andar a tientas
por la estrecha escalera, volvía a casa a dormir cuando fui abordado por mi ex
condiscípulo. Me dijo que su hotel debía estar cerrado y me preguntó si podía
albergarlo. Lo llevé a casa y lo hice acostar en mi habitación, en un diván
acolchado.
En cuanto me metí en la
cama me dormí con sueño profundo. Al cabo de un rato me pareció ver la luz y
sentir unos gemidos. Me incorporé. Mí amigo, en paños menores, arrodillado ante
la mesa de luz, le daba palmaditas cariñosas murmurando: "Bueno, bueno,
¡chist!, ¡chist!"
–¿Qué estás haciendo?
–exclamé.
–Es que la mesita de luz
da vueltas. Trato de calmarla. ¡Ah! ¿Quieres seguir girando? ¿No piensas
detenerte?... ¡Vete por la ventana!
Y la mesita voló contra
los vidrios.
Le dije:
–¡Vamos! Es inútil estar
hablando con los muebles. No tienen orejas.
1 Historiador de Alejandro. (N. de la T.)
2 Rector de la Universidad de París en 1327. Se le
atribuye el argumento llamado del asno de Buridan, sobre la situación de
quien está indeciso entre dos alternativas: un asno acuciado igualmente por la
sed y por el hambre, ubicado a igual distancia de un balde de agua y de un
fardo de alfalfa, ¿por dónde empezaría? (N. de la T.)
No se les puede arengar.
No molestes a mi mobiliario. Ni los muebles mejor fabricados entenderían
razones.
Mas él continuó
pausadamente, sin responder. Después de hacer chist durante un rato,
acarició la mesa, trató de calmarla y luego, presa de furor, la arrojó por la
ventana. La oí hacerse añicos contra el pavimento.
Le dije de nuevo:
–¿De qué sirve todo esto?
¡Vamos! Deja, ¡oh!, deja el armario, la cómoda. Yo respondo por su buena
conducta. Te aseguro que no giran. No te escucharán ... ¡No los tires a la
calle!
No me respondió; habló
con el armario y lo mandó a estrellarse a la vereda, dijo unas palabras a la
cómoda y la arrojó hacia el balcón. Finalmente comenzó a girar él mismo, se
insultó con la mirada extraviada, tratando de lograr detenerse y, de un salto,
se tiró de cabeza al vacío por la ventana.
Es el único espiritista
que vi morir. Espero que no rompan siempre sus muebles antes de hacerlo.
Lamento mucho la pérdida de los míos. Eran de un puro estilo Luis XV. De
todos modos me siento feliz de poder rogar a todos los centros espiritistas,
por medio de estas líneas, que manden sus invitaciones a cualquier parte menos
a mi casa.
Un esqueleto
Una vez dormí en una casa
embrujada. Me cuesta decidirme a contar esta historia porque estoy persuadido
de que nadie va a creerla. Evidentemente la casa estaba embrujada, pero nada
de lo que ocurre en estos casos pasaba allí. No se tratada de un vetusto
castillo emplazado en lo alto de una boscosa colina al borde de un precipicio
tenebroso. No había sido abandonada en muchos siglos. Su último propietario no
había muerto de manera misteriosa. Los campesinos no se persignaban espantados
al pasar ante ella. Ninguna luz macilenta aparecía en sus ruinosas ventanas
cuando el campanario del pueblo daba la medianoche. No eran cipreses los
árboles del parque, y los niños miedosos no iban a espiar, a través de los
setos, formas blancas al caer la noche. No llegué a una posada donde todas las
habitaciones estaban ocupadas. El mesonero no se rascó la cabeza, con una vela
en la mano, ni terminó proponiéndome, lleno de vacilaciones, armarme una cama
en la cámara baja de la torre. No añadió, con rostro despavorido, que de todos
los viajeros que habían dormido allí ninguno había vuelto para contar su
terrible fin. No me habló de ruidos diabólicos que se escuchaban durante la
noche en la vieja morada. Yo no experimenté un íntimo sentimiento de coraje que
me impulsara a tentar la aventura. Y tampoco tuve la ingeniosa idea de muñirme
de un par de antorchas y de una pistola; no tomé la firme determinación de
permanecer despierto hasta la medianoche leyendo un volumen incompleto de
Swedenborg, y al faltar tres minutos para la medianoche no sentí mis párpados
vencidos por un sueño pesado como el plomo.
No, no pasó nada de lo
que ocurre siempre en esas terroríficas historias de casas embrujadas. Del
tren fui directamente al hotel Las Tres Palomas; tenía mucho apetito y
devoré tres porciones de carne asada, pollo saltado acompañado de una
sabrosísima ensalada; y bebí una botella de Burdeos. Luego tomé una vela y subí
a mi habitación. La vela no se apagó, y encontré mi ponche sobre la chimenea,
sin que fantasma alguno hubiera mojado en él sus labios espectrales.
Pero cuando estaba por
acostarme e iba a poner el vaso con el ponche sobre la mesa de luz, me
sorprendió un tanto encontrar a Tom Bobbins junto al fuego. Me pareció muy
delgado; tenía puesto su sombrero de copa y llevaba una levita muy decorosa;
pero las piernas de sus pantalones flotaban de manera totalmente carente de
gracia. No lo veía desde hacía más de un año; de modo que le tendí la mano
diciéndole: "¿Cómo estás Tom?" con mucho interés. El estiró su manga
y me dio a apretar algo que al principio tomé por un cascanueces; y cuando iba
a expresarle mi descontento por esa estúpida broma, giró su rostro hacia mí, y
vi que su sombrero estaba calzado sobre un cráneo desnudo. Tanto más me
sorprendió descubrir en él esa cabeza de muerto, por cuanto yo lo había
reconocido positivamente por su manera de guiñar el ojo izquierdo. Me
pregunté qué terrible enfermedad podía haberlo desfigurado hasta tal punto; no
tenia un solo pelo; sus órbitas estaban endiabladamente huecas, y no vale la
pena hablar de lo que le quedaba de nariz. Realmente me resultaba un tanto
embarazoso pedirle explicaciones. Pero él se puso a conversar con toda
familiaridad y me preguntó las últimas cotizaciones de la Bolsa de valores.
Después de lo cual me, manifestó su sorpresa al no haber recibido una tarjeta
mía en respuesta a su participación. Le dije que no me había llegado... pero
aseguró haberme anotado en su lista y encomendado expresamente al empresario de
las Pompas fúnebres.
Me di cuenta entonces de
que estaba hablando con el esqueleto de Tom Bobbins. No me arrojé a sus
plantas, ni exclamé: "¡Vade retro, fantasma, quienquiera que seas, alma
perturbada en tu reposo, que expías quizá algún crimen que cometiste en la
tierra! ¡No vengas a atormentarme!" No me limité a examinar a mí pobre
amigo Bobbins más de cerca, comprobando que estaba muy estropeado. Tenía sobre
todo un aspecto melancólico que me apretaba el corazón; y su voz podía
confundirse con el triste silbido de una gaita que pierde. Pensé que se
sentiría reconfortado si le ofrecía un cigarro; pero se excusó aduciendo el
mal estado de sus dientes que sufrían enormemente con la humedad de su panteón.
Por supuesto, me informé solícitamente acerca de su ataúd; y me respondió que
era de excelente madera de pino, pero que en él se colaba una pequeña corriente
de aire que le estaba dando reumatismo en el cuello. Le hice prometer que se
pondría una franela y le dije que mi mujer le mandaría un chaleco tejido.
Unos minutos después, Tom
Bobbins, el esqueleto, y yo, con los pies descansando sobre el zócalo de la
chimenea, conversábamos, lo más cómodos del mundo. Lo único que me ofuscaba era
que Tom Bobbins insista en guiñar el ojo izquierdo, aunque no tuviera ningún
tipo de ojo. Pero me tranquilicé recordando que otro de mis amigos, el banquero
Colliwobles, tenía por costumbre dar su palabra de honor, aunque tuviera menos
honor que Tom Bobbins ojo izquierdo.
Después de algunos
momentos, Tom Bobbins comenzó una especie de soliloquio, mirando el fuego. Dijo
así:
"No conozco otra
raza más despreciada que la nuestra, la de los pobres esqueletos. Los
fabricantes de ataúdes nos alojan abominablemente. Se empeñan en vestirnos con
lo más liviano que tenemos: ropas de bodas o de fiesta.
Yo me vi obligada a ir a
buscar este traje a lo de mi albacea. Y después hay un montón de poetas y de
otros embaucadores que hablan de nuestro poder sobrenatural, de nuestra
fantástica manera de volar por los aires y de los aquelarres a los que
asistimos en las noches de tormenta. Una vez me dieron ganas de partirle mi
fémur por la cabeza a uno de ellos, para darle una idea de nuestros aquelarres.
Sin contar con que nos cargan con cadenas que hacen un ruido infernal. Yo
quisiera saber si los guardianes de los cementerios nos dejarían salir con
semejante equipo. Entonces van a buscarnos a los viejos cuchitriles, a las
guaridas de los búhos, a las madrigueras cubiertas por las ortigas y la mostaza
silvestre, y se van a cantar por todas partes historias de fantasmas y a
asustar al pobre mundo con sus gritos de condenados. Realmente yo no veo qué
tenemos de terrible. Estamos solamente un poco flacos y ya no podemos dar
órdenes en la Bolsa. Si nos vistieran decentemente podríamos todavía hacer un
buen papel entre la gente. He visto a hombres mucho más desplumados que yo
hacer conquistas bastante interesantes. Mientras que con nuestro alojamiento y
con nuestros sastres evidentemente no podemos defendernos." Y Tom Bobbins
miró una de sus tibias, desalentado.
Me puse entonces a
lamentar la suerte de esos pobres viejos esqueletos. Imaginé todo su
sufrimiento cuando se humedecen dentro de sus cajones cerrados, y sus piernas
yacen fatigadas después de un scottish o de un cotillón. Y le obsequié a
Bobbins un viejo par de guantes forrados en piel y un chaleco estampado con
florones que me quedaba chico. Me lo agradeció fríamente y noté que se estaba
enviciando a medida que se calentaba. Ahora reconocía bien a Tom Bobbins. Y nos
echamos a reír con la más hermosa risa de esqueleto. Los huasos de Bobbins
tintineaban como cascabeles, de un modo verdaderamente alegre. En medio de esa
excesiva hilaridad, noté que volvía a ser humano, y comencé a temer. En vida,
nadie había igualado a Tom Bobbins en endilgar a otro un paquete de accionas de
una explotación de Minas de Guano Coloreado de Rostocostolados. Y sin la menor
dificultad, media docena de semejantes acciones se comían toda una fortuna.
También tenía una especial manera de hacer entrar a la gente en una honesta
partida de naipes y de desplumarla en el momento oportuno. Desembarazaba a
todos de su dinero, al póker, con gracia fácil y elegante, y si se mostraban molestos,
les tiraba de la nariz, y procedía luego a tajearlos progresivamente con su
cortaplumas.
Experimentaba yo pues el
extraño fenómeno, contrario a todas esas pálidas historias de fantasmas, de
temer que Tom Bobbins, el esqueleto, recobrara la vida. Porque recordaba que
me había estafado en más de una ocasión, y porque mi antiguo amigo Tom Bobbins
era de extraordinaria destreza para sacar el cuchillo. Porque una vez, en un
momento de distracción, me rebanó prácticamente una tajada de la parte trasera
de mi muslo derecho. Cuando vi que Tom Bobbins volvía a ser Tom Bobbins y ya no
se parecía a un esqueleto, mi pulso se aceleró a tal punto que pareció ser un
único latido; un horror general se apoderó de mí y me faltó valor para decir
una sola palabra.
Tom Bobbins clavó su
cortaplumas en la mesa, según su costumbre, y me propuso una partida de naipes.
Me plegué humildemente a sus deseos. Se puso a jugar con una suerte de loco.
Sin embargo no creo que nunca Tom haya estado encerrado en un manicomio; era
demasiado astuto para eso. Y contrariamente a lo que ocurre en los horripilantes
relatos de aparecidos, el oro que yo ganaba a Tom Bobbins no se convirtió en
hojas de roble ni en ascuas apagadas, por la sencilla razón de que no pude
ganarle nada y fue él quien me sacó todo lo que tenía en mis bolsillos. Luego
comenzó a blasfemar como un condenado; me contó historias espantosas y
corrompió la inocencia que me quedaba. Extendió la mano hacia mi ponche y se lo
bebió hasta la última gota; yo no osé hacer el más mínimo gesto para
detenerlo. Porque sabía que un momento después tendría su cortaplumas en el
vientre; tampoco podía ganarle de mano, ya que él no tenía vientre. Enseguida
me preguntó por mi mujer con una cara horrible de vicioso y por un momento tuve
ganas de aplastarle lo poco que tenía de nariz. Contuve ese lamentable impulso
pero interiormente decidí que mí mujer no le mandaría el chaleco tejido.
Después sacó mi correspondencia del bolsillo de mi sobretodo y se puso a leer
las cartas de mis amigos, haciendo irónicas y descomedidas observaciones.
Realmente, Tom Bobbins, el esqueleto, era bastante soportable; pero ¡por todos
los cielos! Bobbins en carne y hueso era verdaderamente aterrador.
Cuando hubo terminado su
lectura, le hice notar suavemente que eran las cuatro de la mañana, y le
pregunté si no temía llegar tarde. Me respondió de un modo absolutamente
humano que si el guardián del cementerio se llegaba a permitir hacerle la menor
observación "le daría una buena tunda". Luego observó mi reloj con
lúbrica mirada, guiñó el ojo izquierdo, me lo pidió y se lo metió
tranquilamente en el bolsillo del chaleco, inmediatamente después dijo que
tenía "algo que hacer en la ciudad" y se despidió. Antes de
marcharse, se puso dos candelabros en los bolsillos, miró fríamente el puño de
mi bastón y sin sombra del menor remordimiento me preguntó si no podría
prestarle uno o dos luises. Le respondí que lamentablemente no me quedaba un
centavo encima y que tendría sumo placer en hacérselos llegar. Me dio su dirección;
pero era una mezcolanza tal de verjas,
tumbas, cruces y panteones que la he olvidado por completo. Hizo una última
tentativa con el reloj de pie; pero éste era demasiado pesado para él. Cuando
me comunicó su deseo de marcharse por la chimenea, me sentí tan feliz de vario
volver a verdaderos modales de esqueleto que no hice el menor movimiento para
detenerlo. Lo oí patalear y trepar por el caño con despreocupada alegría. Sólo
que después me cargaron en la cuenta la cantidad de hollín que Tom Bobbins
consumió en su paso.
Me siento decepcionado en
la compañía de los esqueletos. Tienen algo de humano que me repugna profundamente.
La próxima vez que venga Tom Bobbins, beberé mi ponche, no tendré encima ni un
solo centavo, apagaré la vela y el fuego de la chimenea. Tal vez así vuelva a
las verdaderas costumbres de los fantasmas, sacudiendo sus cadenas y
profiriendo satánicas imprecaciones. Entonces veremos.
A propósito de dientes
Hartford, Connecticut (U.S.) nov. 4/88.
My
Dear Sir,
You
seem to think me the author of
the
original of this singularly unpleasant
production. But I assure you you have
been deceived. I do commit crimes, but
they are not of this grade.
Very
trully yours,
S. L.
Clemens (Mark Twain) 1
Acababa de fumarme un
excelente puro y, al volver a casa, me encontré con un abominable ser montado sobre
unas piernas como zancos, con un sombrero como un tubo de chimenea interminable
y una furibunda corbata. Se plantó delante de mí y me miró fijamente la boca.
Me ruboricé (pues soy de natural modesto) e intenté apartarme. El sacó de su
bolsillo un espejo protegido por un estuche de cuero de Rusia y me lo tendió
inclinando la cabeza. Yo me miré, no encontré nada de insólito, y se lo
devolví.
Me dijo: –Señor, usted no
sabe el peligro que corre. Ambos incisivos de su mandíbula superior están ya
picados por una caries dentaria y se expone a una gingivitis alveolar
infecciosa.
Lo miré con aire
incrédulo. El acentuó sus palabras con un gesto de su mano.
–Quiero decir
–puntualizó– gin-gi-vi-tis al-ve-o-lar in-fec-cio-sa.
Yo le pregunté:
–¿Cómo dice? ¿Jengibre
álcali volátil?
El ridículo personaje
repitió el mismo galimatías.
Después de hacerlo, me
saludó con aire irónico e hizo ademán de retirarse.
Toda mi familia, de
padres a hijos, ha tenido siempre excelente dentadura. Tengo un tío materno en
Chicago. En 1870, la compañía en la que estaba mi padre asistió a la batalla de
Sedán. Hubo en ella una sola herida, y fue él quien la recibió. Mordió con tanta
felicidad una bala que le había atravesado la mejilla derecha, que le impidió
salir por la izquierda, haciéndola subir hasta el cerebro a través del paladar.
El médico que certificó la defunción, manifestó que hubiera podido romperse
todos los dientes del modo más desastroso.
A pesar de todo, un frío
sudor cubrió mi frente y comencé a temblar por mi sistema dentario. Retuve al
desconocido por la manga. Me miró con aire triunfal y me dijo: "Recibo
desde las dos hasta las cuatro, en la calle Taitbout número 12."
Luego huyó con la
velocidad de una araña.
1
Hartford. Connecticut (U.S.) nov. 4/88. Mi
estimado señor: Usted parece considerarme el autor del original de esta obra
singularmente deplorable. Lamento decepcionarlo. He cometido muchos crímenes,
mas ninguno de esta envergadura. Muy cordialmente suyo, S. L Clemens (Mark
Twain). (En inglés en el original). (N. de la T.)
Miré mi reloj. Eran las
dos menos cuarto. Me sentí terriblemente inquieto. Recordé que el elefante del
Jardín Zoológico había perdido sus colmillos a causa de una enfermedad
parecida, y la relación entre el tamaño de los colmillos del elefante y la
mandíbula de un hombre aumentó mi terror. Me palpé los dientes con la punta de
los dedos y me pareció que se movían dentro de las encías. Entonces, sin
titubear, corrí hacia mi desdicha, en la calle Taitbout número 12.
En la puerta, sobre una
placa pintada, leí Dr. Esteban Winnicox, Cirujano Dentista, graduado en la
Escuela de Odontología.
Me precipité hacia la
escalera y agité frenéticamente la campanilla. Esteban Winnicox me hizo pasar a
un consultorio iluminado por una luz macilenta. Me calzó en un sillón a
cremallera ante el cual movió rápidamente una salivadera articulada. Luego
acercó una pequeña mesa cubierta de refulgentes instrumentos de acero. Un olor
a goma, a agua dentífrica y a fenol me cerró la garganta; abrí la boca para
pedir misericordia, pero Winnicox fue más rápido que yo. Tenia ya uno de sus
dedos nudosos y amarillos bajo mi lengua y el otro en el fondo de mi paladar.
Comprobé que el eminente cirujano dentista, graduado en la Escuela de
Odontología, había comido salame con ajo y que tenía la deplorable costumbre de
mojar el índice de su mano izquierda en agua de tabaco. Tosí para llamarle la
atención; no pareció darse cuenta, y dijo:
–Usted tiene los dientes
muy sucios. Necesita una limpieza a fondo. De allí provienen sus caries. Le
daré una docena de cepillos de dientes semicirculares, sistema Winnicox y un
polvo dentífrico con quinina, Reina de Saba. Es conveniente también que se
enjuague la boca con agua del doctor Pills. Pero sólo use la de muy buena
calidad. Le daré un frasco de 32,75 francos.
Notando la agonía de mis
músculos faciales ante esta extracción, prosiguió:
–Le duele, me doy cuenta.
Voy a examinarlo.
Manteniéndome la boca
abierta con uno de sus asquerosos dedos, tomó con su otra mano una especia de
espejo con mango, con el que me hurgueteó los dientes cerca de media hora.
Luego dijo:
–Tiene una caries muy
profunda. ¡Ya era hora de que la tratara! Pero podré arreglarla. Abra bien la
boca, señor. Bien.
Tomó un gancho, y fría,
deliberadamente, se puso a escarbar dentro de mi diente. Luego tomó un aparato
que giraba con la velocidad del eje de una máquina a vapor y vació el agujero
que había hecho.
–Es un nuevo invento
procedente de Norteamérica, señor. Sumamente cómodo. Así operamos a muchas más
personas. Se abre una caries en un momento.
Cuando mis pobres dientes
quedaron abiertos como tambores rotos, el macilento personaje abrió un
cuaderno de cartulina roja entre cuyas hojas brillaban delgadas láminas de oro.
Sacó sus dedos de mi boca y dijo:
–Escupa, señor. Ahí tiene
la salivadera.
Yo escupí sobre su
fanatismo.
Me empujó de nuevo la
cabeza sobre el respaldo mecánico y continuó.
–Abra la boca, señor.
Así. Muy bien. Procederé a la aurificación del diente cariado. Ya casi no se
emploma, señor. Ahora utilizamos láminas de oro. Es un nuevo invento de los
ingleses, señor. Muy cómodo. (Mientras hablaba amasaba una bolita de oro.)
Ahora voy a insensibilizar el nervio enfermo con creosota. Muy sencillo, señor.
El infernal Winnicox me
aplicó su negra mezcolanza, y creí que una máquina de coser Wheeler and Wilson
estaba funcionando en mis encías. Quería decirle que no me había
insensibilizado, que experimentaba un dolor espantoso, que le prohibía seguir
adelante ... pero ese ser sanguinario me hundió el puño en la boca y llenó mi
diente con su preparación. Tomó enseguida un instrumento de acero en forma de
maza cuya sola vista me hizo estremecer.
–Excelente instrumento
–dijo–. Invento de un doctor alemán. Es una maza automática. Mire, voy a
probarlo sobre el brazo del sillón. ¿Vio? El golpe es muy seco. Con esto se
aurifica admirablemente bien. Abra todo lo que pueda la boca, señor.
Al primer golpe de la
máquina infernal, los ojos se me llenaron de lágrimas. Sentí que no tendría
fuerzas para soportarlo. Se lo grité. Me respondió sin moverse:
– Enseguida terminamos,
señor.
El aparato me golpeaba la
mandíbula con la regularidad de un martillo pilón, haciendo temblar todos los
huesos de mi cabeza. Cedía mi cráneo, los dientes saltaban hechos trizas.
Cuando hubo terminado, retiró los dedos de mi boca y dijo:
– Escupa, señor, ahí
tiene la salivadera.
Entro algunos pedazos de
algodón y la saliva que apestaba a su preparación, escupí algunos fragmentos
de una sustancia blanca.
El me dijo:
–¿Me permite mirar,
señor?
Me inspeccionó con su
espejito y declaró con demoníaca sonrisa:
–La caries era demasiado
profunda, señor. El esmalte no ha resistido; se ha partido.
Corrí hacia el espejo,
con fa desesperación en el alma. Mis dos dientes delanteros estaban rotos. Le
dije:
–Yo se lo había
prevenido. Es culpa de esa maza automática ¡Sabía que esto iba a pasar! ¡Oh!
¿Por qué? ¿Por qué no dejó usted en paz a mi jengibre ... álcali volátil? Los
dientes se me habrían caído enteros; hubiera podido guardarlos y consolarme
mirándolos; sustentarme con su contemplación, llorar sobre la caja donde los
hubiese sepultado; mientras que usted me los ha roto en mil pedazos. ¿Qué voy
a hacer ahora?
El hirsuto ser me
respondió:
– No es nada, señor. Una
limadita y no se notará. Tenemos instrumentos apropiados para todas las
dentaduras. Si quiere tomar asiento, señor, será cosa de un momento.
Yo sabía que la vida de
mí mandíbula estaba en manos de ese demonio; lo sabía, y no tuve fuerzas para
resistirme a sus argumentos. Su infernal cortesía debilitaba mi cólera. Volví
a sentarme, y durante una hora estuvo limando mis pobres dientes mochos.
Después les sacó el sarro con un gancho y los descarnó. Luego los pulió con una
especie de arenilla de vidrio. Después se puso a hurgar por todos los
intersticios con algo así como un cortafrío. Me hundió en la lengua un aparato
puntiagudo con el pretexto de examinar las raíces Finalmente mezcló todos los
instrumentos, me metió en la boca sus mefíticos dedos y sacó, en la punta de
una pinza, dos microscópicos fragmentos de hojas de tabaco. Los paseó,
exultante, bajo mi mirada y dijo:
–Esto es lo que yo había
tomado por una gingivitis alveolar infecciosa.
Entonces me incorporé
cuan alto soy y le escupí al rostro estas palabras:
–Usted, señor, es un ser
infecto, pesado y tenebroso. Yo fumaba inocentemente un cigarro; usted vino a
turbar mi paz, diagnosticándome una enfermedad dentaria. Luego en lugar de
dejarme con mi jengibre ... cómo diablos ... álcali volátil que quizá me habría
matado muy suavemente, usted se ha dedicado a agujerear, moler, pulir, tornear,
partir, crispar, rasquetear, cepillar irritar, desarticular la mandíbula que me
legaron mis antepasados. Y finalmente, en vez de abandonarme al tranquilo
consuelo de esa jengibre ... cómo ... álcali volátil, que al menos podría
haber servido de explicación a mi familia y mis amigos, usted me entera, con
diabólica alegría, de que nunca la he padecido. Ahora ya no soy apto para los
usos domésticos, mis dos mandíbulas no pueden juntarse; tristemente desborda
una sobre otra; nunca podrán sostener la pipa y jamás volveré a mascar tabaco.
¡Se acabaron todos mis placeres!
El gelatinoso ser hizo
gala de la mayor sangre fría. Extrajo su reloj y expectoró estas palabras:
–Usted ha estado aquí
cuatro horas. Mis honorarios son doscientos francos.
Sentí que ese insulto
pasaba todo límite. Tomé la maza automática y me abalancé sobre él para
lincharlo. Quería romperle todos los molares de su diabólica mandíbula. Pero
la punta del instrumento sólo logró enganchar una doble dentadura postiza que
cayó dando un golpe seco sobre el piso. Entonces comprendí todo el horror que
encerraba su desdeñosa sonrisa. Me conformé con lanzarle una mirada desafiante
y me marché.
Ahora me doy cuenta por
qué los fabricantes de pelucas son calvos, por qué los barberos son lampiños y
por qué los músicos que infligen a nuestros oídos las más refinadas torturas,
gozan de una precoz sordera. Yo atribuyo ahora a un cálculo infernal lo que me
parecía ser una sabia previsión de la naturaleza. Son así para que los dientes
no puedan vengarse.
Pero yo sé lo que voy a
hacer con Esteban Winnicox. El estado de mí cavidad bucal me impide seguir
viviendo en medio de una sociedad civilizada. He decidido ir a instalarme
entre las tribus salvajes de los indios Siux. Y al primer signo de descontento,
las incitaré a ejecutar una danza guerrera, a hacer un pequeño viaje a Europa,
donde yo blandiré mi tomahawk junto a la cabeza de Esteban Winnicox y le
arrancaré el cuero cabelludo. Sin embargo, tengo que pensarlo todavía, no sea
que ese tenebroso ser se haga peluquero.
El hombre gordo
Parábola
Sentado en un sillón de
fino cuero, el hombre gordo examinaba su habitación con alegría. Era realmente
gordo, con espesa papada bajo el cuello, el pecho redondo, el vientre
prominente; sus brazos parecían anudados como salames en las articulaciones y
sus manos se posaban sobre sus rodillas como desplumadas codornices, redondas
y blancas. Sus pies eran un milagro de pesadez, sus piernas fustes de columnas
y sus muslos capiteles de carne. Tenía el cutis brillante y poroso como cuero
de tocino, los ojos hinchados de grasa y un cuádruple mentón sostenía
sólidamente su desbordante rostro.
Y alrededor de él todo
era igualmente fuerte, redondo, gordo; la mesa de roble macizo, de anchas
patas, pesadamente asentada, pulida en los bordes; los viejos sillones con su
respaldo oval, su asiento abultado y sus gruesos clavos esféricos; los
taburetes acurrucados en el suelo como sapos gordos y las pesadas alfombras de
larga lana enredada. Un reloj se aplastaba sobre la chimenea; los agujeros de
la llave se abrían como ojos en su cuadrante convexo; el vidrio que lo cubría
se hinchaba como la mirilla del casco de una escafandra; los candelabros
parecían ramas de un árbol de nudoso cobre y en ellos los cirios lloraban su
cera. La Coma se inflaba como un vientre atosigado; los regordetes y
chisporroteantes leños que ardían en la chimenea reventaban sus cortezas; las
jarras del aparador eran rechonchas, los vasos tenían protuberancias; las
botellas, llenas hasta la mitad de vino y con un pesado moño en el pico, se
encajaban en sus círculos de fieltro como bermejas bombas de vidrio. Pero sobre
todo, en esa gorda habitación ventruda, cálida y alegre, había un hombre
gordo, riendo a carcajadas con toda su boca de sanos morros, fumando y bebiendo.
La puerta ojival, cerrada
con picaporte redondo que llenaba bien la mano, daba a la cocina, donde el
hombre pasaba las mejores horas de su vida. Pues desde la mañana erraba entre
las cacerolas, mojando el pan en las salsas, rebañando las sartenes con un
trozo de miga, oliendo los tazones llenos de sopa; y él hundía en las marmitas
una cuchara de madera con la que iba probando, comparando sus comidas, mientras
el fuego zumbaba bajo las hornallas. Luego, abriendo el hornillo de la cocina,
dejaba salir el rojo resplandor que ponía destellos en su carne. Así, en el
crepúsculo, se asemejaba a un enorme fanal, cuyo vidrio era su rostro,
iluminado por la sangre y por las brasas.
Y en esa cocina, el hombre gordo tenía una sobrina" regordeta,
blanca y sonrosada, que limpiaba las legumbres con sus mangas remangadas, una
sobrina sonriente, rebosante de hoyuelos, cuyos pequeños ojos saltaban de contento;
una sobrina que le pegaba en los dedos cuando los; metía en la fuente, que le
tiraba los panqueques calientes a la cara cuando quería darlos vuelta en la
sartén, y que le hacía mil y una delicias azucaradas, doradas, cocidas a punto,
con divertidos crutones.
Bajo la enorme mesa de
madera blanca dormitaba un gato, con la panza llena y una cola gorda como la
de un cordero de Asia, y el caniche, apoyado contra los ladrillos del horno,
guiñaba los ojos al calor, mientras le colgaban gruesos pliegues de su rapada
piel. –
En su habitación, el
hombre gordo miraba voluptuosamente un jarro de vidrio en el que acababa de
verter suavemente vino de Constanza, cosecha 1811, cuando la puerta de la
calle se abrió silenciosamente. Y el hombre gordo se sintió tan sorprendido que
abrió la boca y permaneció inmóvil, con el labio inferior caído. Ante él se
hallaba un horrible flaco, negro, largo, de nariz delgada y labios sumidos;
sus pómulos eran puntiagudos, su cabeza huesuda y, cada vez que hacía un gesto,
parecía que de sus mangas o de su pantalón salían esquirlas de huesos. Sus ojos
eran hundidos y tristes, sus dedos parecían alambres, y su semblante era tan
serio que daba pena mirarlo. Llevaba en la mano un estuche de anteojos y de
tanto en tanto se calzaba unos lentes azules mientras hablaba. De toda su persona,
lo único untuoso y atrayente era la voz, y se expresaba con tanta dulzura que
al hombre gordo se le arrasaron los ojos en lágrimas.
– ¡Eh, María! –gritó–.
¡Tenemos gente a comer! Vamos, rápido, pon la mesa; toma la llave de la
mantelería; busca un mantel y servilletas; ordena que suban vino –el de la
izquierda, las botellas del fondo–. ¿Le gusta quizá el borgoña, señor? ¡Ah
María! Trae dulces; vigila la gallina; la de los otros días se te pasó un
poquito. ¿Un dedo de este Constanza, señor? Usted debe tener apetito. Nosotros
comernos muy tarde. María, apresúrate. El señor está hambriento. ¿Pusiste ya
la carne? Hay que cortar pan para la sopa. No olvides los vasos. ¿Te acordaste
del tomillo? ¡Estaba seguro! Pon un poco enseguida. Tal vez al señor le gusta
el pescado y justamente hoy no tenemos. Discúlpenos, señor. Apresúrate, María.
Trasvasa ese vino, trae esas sillas, acerca la sopera, pásanos la manteca,
quítale la grasa a esta salsa, tráenos pan. ¡Esta sopa está deliciosa! ¿Verdad?
–¿Sabe usted lo que es el
azúcar? –dijo el hombre flaco, con voz plácida.
–Sí –respondió el hombre
gordo, sorprendido, dejando caer nuevamente su labio inferior, deteniéndose,
con la cuchara en la boca–. Es decir, no, lo como con algunos platos; me da lo
mismo. Es sabroso el azúcar. ¿Qué pasa con el azúcar?
– Por Dios, nada –dijo el
hombre flaco, o casi nada–. Usted sabe que está ingiriendo sacarosa, o azúcar
de caña; y de ella extrae féculas e hidrocarburos de otros azúcares que usted
transforma en azúcar animal, azúcar elaborado o glucosa ...
–¿Y qué puede hacer eso?
–dijo el hombre gordo, riendo–. Sacarosa o glucosa, el azúcar es delicioso. Me
gustan los platos dulces.
–De acuerdo –dijo el
hombre flaco–, pero si usted elabora demasiada glucosa, se pondrá diabético,
estimado amigo. La buena vida provoca diabetes; no me asombraría que tuviera
algunos vestigios. Tenga cuidado al afilar ese cuchillo.
–¿Y por qué? –dijo el
hombre gordo.
–¡Mi Dios! –continuó el
hombre flaco–. Por una razón muy simple: porque probablemente usted tiene diabetes
y si se corta o se pincha, puede correr un grave riesgo.
– ¡Un grave riesgo! –dijo
el hombre gordo–. ¡Vaya! ¡Son inventos! ¡Bebamos y comamos! ... ¿Y cuál es ese
riesgo?
–¡Oh! –prosiguió el
hombre flaco–. Generalmente el exceso de glucosa elimina las reservas
nutritivas y los tejidos no pueden reconstituirse; las heridas no se cicatrizan
y aparece la gangrena. La mano se descompone (el hombre gordo soltó el
tenedor), luego se pudre el brazo (el hombre gordo dejó de comer) y luego se
extiende a todo lo demás (el rostro del hombre gordo expresó un sentimiento que
jamás había mostrado, y era el espanto). ¡Ay! –continuó el hombre flaco–.
¡Cuántas enfermedades hay en la vida!
El hombre gordo
reflexionó un momento, cabizbajo; luego dijo tristemente:
–¿Usted es médico, señor?
–Sí, para servir a usted,
doctor en medicina, sí; vivo en la Plaza San Sulpicio, y vine ...
–Señor –lo interrumpió el
hombre gordo con tono suplicante–. ¿Puede impedir que me ataque la diabetes?
–Estimado señor –dijo el
hombre flaco– podemos intentarlo, con la ayuda de Dios.
El rostro del hombre
gordo se infló de nuevo, su boca sonrió:
–Déme esa mano –dijo– y
seamos amigos. Se quedará a vivir conmigo; haremos lo que haga falta. No tendrá
motivo de queja alguno.
–Sea –dijo el hombre
flaco–. Pondré orden en su vida.
–De acuerdo –prosiguió el
hombre gordo–. Ahora, ¡a comer la gallina!
–¡Permítame! –exclamó el
hombre flaco–. ¡Gallina!
No le conviene. Hágase
preparar un huevo con té, y una onza de pan tostado.
En el rostro del hombre
gordo se pintó la desolación. –Señor, ¿y quién comerá la gallina? –lloriqueó la
pobre María.
Entonces el hombre gordo
dijo al hombre flaco con un sollozo en la voz: –Doctor, cómasela, se lo ruego.
A partir de entonces
comenzó el reinado del hombre flaco. Se produjo un adelgazamiento progresivo de
las cosas; los muebles se alargaron y se hicieron angulosos; los taburetes
chirriaron sobre sus patas, el piso encerado olía a cera rancia, los cortinados
colgaron flojos y sin gracia y se enmohecieron, los leños de la chimenea
parecían temblar; las sartenes de la cocina se oxidaron; las cacerolas
colgadas se llenaron de verdín; no cantaron más las hornallas ni el alegre
puchero; a veces se escuchaba caer un carbón apagado sobre una capa de vieja
ceniza. El gato se puso flaco y sarnoso; maullaba a la desolación. El perro se
tornó huraño y un día rompió los vidrios de la ventana con su huesudo espinazo,
al huir con un trozo de bacalao.
Y el hombre gordo siguió
la misma pendiente que su casa. Poco a poco su grasa se fue amontonando en
bolsas amarillas, bajo su carne; su pecho daba pena y tenía el cuello arrugado
como un pavo; su rostro estaba cubierto por entrecruzados surcos y la piel de
su vientre flotaba como un buche. Su esqueleto, que había crecido
proporcionalmente a él, se balanceaba sobre dos delgados palos que antes fueran
sus muslos y sus piernas. De las pantorrillas colgábanle jirones. Lo acuciaba
el miedo a la diabetes y a la muerte. Día a día el hombre flaco te iba
pintando el peligro más terrible, más cruel, y le recomendaba pensar en su
alma. Y el pobre hombre gordo cuidaba de su alma y su diabetes.
Mas lloraba por su dicha
pasada, por su sobrina María que ahora tenía un rostro de cera y huesitos
menudos. Un día en que calentaba al fuego los miserables palitos temblorosos
que un día fueran sus dedos, postrado en una silla de dura madera, con un
pequeño libro encuadernado en cuero sobre las puntiagudas rodillas, María le
pasó una mano por el brazo y murmuró a su oído: –Tío, mire usted a su amigo.
¡Está engordando! En medio de esa desolación, el hombre flaco se iba rellenando
poco a poco. Su piel se estiraba y se coloreaba de rosa. Sus dedos comenzaban a
tornearse. E iba aumentando su aspecto de dulce satisfacción.
Entonces el hombre que
había sido gordo levantó lastimosamente la capa de piel que colgaba de sus
rodillas ... y la dejó caer de nuevo.
El cuento de los huevos
Para pasar agradablemente los cuarenta días de
Cuaresma, desde el Miércoles de Ceniza
hasta
el Domingo de Pascua.
Había una vez un pequeño
y buen rey (no busquéis otro... la especie se ha extinguido) que dejaba a su pueblo
vivir a su antojo. Creía que era un buen método para hacerlo feliz. Y él
también vivía al suyo, piadoso, bonachón, no escuchando jamás a sus ministros,
pues no los tenía, haciéndose aconsejar únicamente por su cocinero, hombre de
grandes merecimientos, y por un viejo mago que la tiraba las cartas para
entretenerlo. Comía poco pero bien; sus súbditos hacían otro tanto; nada
turbaba su serenidad; cada cual era libre de cortar su trigo en cierne, de
dejarlo madurar, o de guardar el grano para la próxima siembra. Ese sí que era
realmente un rey filósofo, que filosofaba sin saberlo; y lo que prueba que era
un sabio sin haber estudiado la sabiduría es el maravilloso caso en que creyó
perderse, y a su pueblo con él, cuando quiso recurrir a los doctos consejos.
Ocurrió que un año, hacia
el fin de la Cuaresma, el buen rey hizo venir a su cocinero, cuyo nombre era
Fripesaucetus o algo parecido, para consultarlo sobre un grave problema. Se
trataba de saber qué comería Su Majestad el domingo de Pascuas.
–Majestad –dijo el
ministro del interior del monarca– no podáis comer más que huevos.
Por ese entonces los
obispos tenían mejor estómago que los de ahora, de modo que la Cuaresma era muy
severa en todas las diócesis del reino. Por lo tanto, el buen rey no
había comido más que huevos durante cuarenta días. Hizo una mueca y dijo:
–Quisiera otra cosa.
–Pero, Majestad –dijo el
cocinero que era licenciado en letras–, los huevos son manjar divino. Debéis
saber que un huevo contiene en sí toda la sustancia de una vida. Los latinos
llegaban a creer que era el compendio del mundo. Nunca se remontaban al diluvio,
sino que hablaban de analizar las cosas a partir del huevo, ab ovo. Los
griegos afirmaban que el universo nació de un huevo al que la noche incubó bajo
sus negras alas; y Minerva emergió completamente armada del cráneo de Júpiter,
como polluelo rompiendo a picotazos la cascara de un huevo. Por mi parte,
muchas veces me he preguntado si nuestra tierra no será sólo un enorme huevo
cuya cascara habitamos; pensad hasta qué punto coincidiría esa teoría con los
descubrimientos de la ciencia moderna: la yema de ese huevo gigantesco sería el
fuego central, la vida del planeta..
–A mí no me interesa la
ciencia moderna –dijo el rey–. Le que quiero es variar mis comidas.
–Majestad –dijo el
ministro Fripesaulcetus–, nada más fácil. Es menester que comáis huevos para
Pascuas; es el modo de simbolizar la resurrección de Nuestro Señor. Pero
podemos dorar la píldora a este caso. ¿Los deseáis duros, revueltos, en
ensalada, en panqueques al ron, trufados, en flan, con hierbas aromáticas, con
puntas de espárragos, con arvejas, quimbos, pasados por agua, en salsa,
cocinados entre la ceniza, "pochés", "mollets", a la crema,
batidos a nieve, con salsa blanca, fritos, en mayonesa, envueltos, rellenos?
¿Preferís huevos de gallina, de pato, de faisán, de hortelano, de gallineta, de
pavo, de tortuga? ¿Deseáis huevos de pescado, caviar al aceite, con una vinagreta?
¿Os encargamos un huevo de avestruz (manjar de los sultanes) o de ave del
paraíso (festín propio de un genio de las Mil y Una Noches), o
bien sólo unos huevos fritos a la sartén, o en una tarta de costra dorada,
picados fino con perejil y cebollín, o ligados con suculenta espinaca?
¿Preferís soberlos crudos, recién puestos?... o tal vez podríais dignaros
saborear un nuevo sublimado de mi invención, en el que los huevos tienen un
gusto tan bueno que no se los reconoce... tan delicado, tan etéreo ... un
verdadero encaje ...
–Nada de eso, nada de eso
–dijo el rey–. Me parece que habéis citado, si no me equivoco, cuarenta maneras
distintas de preparar huevos. Pero ya los conozco, mi estimado Fripesaulcetus
... me las habéis hecho gustar durante toda la Cuaresma, Pensad en otra cosa.
–El ministro, desolado al ver que los asuntos del interior iban tan mal, se
golpeaba la frente buscando una idea ... paro no se le ocurrió nada.
Entonces el rey,
malhumorado, hizo llamar a su mago. Si mal no recuerdo, el nombre de ese sabio
era Nebulonista; pero el nombre no interesa en esta historia. Había sido
discípulo de los magos de Persia y asimilado todos los preceptos de Zoroastro y
de Chakymuni; se había remontado a la cuna de todas las religiones y había
aprendido la moral suprema de los gimnosofistas. Pero al rey sólo le servía
habitualmente para tirarle las cartas.
–Majestad –dijo
Nebulonista–, no tenéis por qué hacer preparar los huevos de ninguno de los
modos que se os ha indicado; podéis hacerlos empollar.
–¡Pardiez! –respondió el
rey–. ¡Esa sí que es una buena idea! Al menos así no los comeré. Pero no veo
bien por qué.
–Gran rey –dijo
Nebulonista–, permitidme que os cuente un apólogo.
–Por supuesto –respondió
el monarca– Adoro las historias, pero me gustan claras. Si no comprendo, ya que
eres un mago, me lo explicarás. Comienza pues.
–Un rey de Nepal –dijo
Nebulonista–, tenía tres hijas. La primera era bella como un ángel; la segunda
era inteligente como un demonio; mas la tercera poseía la verdadera
sabiduría. Un día que iban al mercado a comprar unos chales, se apartaron del
camino principal tomando uno secundario que atravesaba por entre los arrozales
de las riberas del río.
"El Sol pasaba
oblicuamente entre las inclinadas espigas y los mosquitos bailaban en ronda
bajo sus rayos. En otros lugares, las altas hierbas entrelazadas formaban boscosos
matorrales en los que flotaba una deliciosa sombra. Las tres princesas no
pudieron resistir la tentación de internarse en uno de ellos; se acurrucaron a
la sombra, conversaron riendo durante un cierto tiempo, y luego terminaron
por dormirse las tres, cansadas por el calor Como eran de sangre real, los
cocodrilos que tomaban el fresco a flor de agua, bajo las ondulantes espadas de
las espigas bañadas por el río, no las molestaron. Sólo se acercaban de tanto
en tanto a contemplarlas, avanzando sus hocicos de obscuras placas para verlas
dormir. De pronto volvieron a zambullirse en el agua azul, con violento
chapoteo, lo que despertó sobresaltadas a las tres hermanas.
"Entonces vieron
ante ellas a una viejecita apergaminada, toda arrugada, desvencijada, que
trotaba a los saltitos, apoyada en una muleta. Llevaba una cesta cubierta por
un lienzo blanco.
–Princesas –les dijo con
voz cascada–, vengo a haceros un obsequio. He aquí tres huevos completamente
iguales; contienen la felicidad que os está reservada en vuestra vida; cada uno
encierra igual cantidad de dicha; lo difícil es sacarla de allí.
"Diciendo estas
palabras destapó su cesta. Las tres princesas se inclinaron y vieron tres
grandes huevos de inmaculada blancura, que reposaban sobre una capa de
perfumado heno. Cuando levantaron la cabeza, la vieja había desaparecido.
"No estaban muy
sorprendidas pues la India es un país de sortilegios. Cada una tomó, pues, su
huevo y volvió a palacio nevándolo cuidadosamente envuelto en un pliegue de su
túnica, pensando qué haría con él.
"La primera se fue
directamente a la cocina donde tomó una cacerola de plata, mientras decíase a
sí misma: Lo mejor que puedo hacer es comerme mi huevo. Debe ser excelente. Lo
preparó, pues, según una receta hindú y lo saboreó en el fondo de sus aposentos.
Fue un momento exquisito nunca había comido nada tan divinamente delicado;
jamás lo pudo olvidar.
"La segunda sacó de
sus cabellos un largo alfiler de oro con el que hizo dos pequeños orificios en
ambos extremos del huevo. Luego sopló tan bien por uno de ellos que lo vació, y
lo suspendió de una trencilla de seda. El Sol pasaba a través de la traslúcida
cascara, irisándola con sus siete colores; era un constante fulgurar y
centellear; a cada segundo la coloración cambiaba y se tenia un nuevo
espectáculo ante los ojos. La princesa se perdió en su contemplación,
encontrando en ello una profunda alegría.
"Pero la tercera
recordó que tenía una hembra de faisán empollando. Fue hasta la granja y
deslizó suavemente su huevo entre los otros; y cuando hubieron transcurrido los
días necesarios, salió un pájaro extraordinario, de gigantesco penacho, plumas
tornasoladas y cola salpicada de refulgentes manchas. No tardó en poner otros
huevos semejantes a aquél de donde naciera. La sabia princesa, al saber
esperar, había multiplicado sus placeres.
"Además, la vieja no
mintió. La mayor de las tres hermanas se enamoró de un príncipe hermoso como
la luz, y se casó con él. Pronto murió, pero ella se contentó con haber
encontrado en esta vida un momento de felicidad.
"La segunda buscó su
placer en las bellas artes y los trabajos intelectuales. Compuso poemas y
esculpió estatuas; así su felicidad estaba constantemente ante sus ojos y pudo
gozarla hasta el día de su muerte.
"La menor fue una
santa que sacrificó todas las distracciones de esta vida a los goces del
Paraíso. No cumplió ninguno de sus deseos en este efímero mundo, dejándolos
para que florecieran en una futura existencia que, como lo sabéis, es eterna.
Al decir estas palabras
Nebulonista guardó silencio. El rey, pensativo, reflexionó durante largo
tiempo. Luego su rostro se iluminó, y exclamó feliz:
–Es realmente
maravilloso; pero lo más asombroso es que he comprendido de inmediato. Quiere
decir que debo poner a empollar mis huevos.
El gran mago se inclinó
ante la sagacidad del rey, y todos los cortesanos batieron palmas. En los
corrillos se alabó la inteligencia de Su Majestad que había sabido descubrir
tan bien la moraleja de un apólogo.
La consecuencia fue que
el buen rey no quiso ser el único feliz. Se encerró durante tres horas y
lucubró el primer decreto de su reinado. Quedaba prohibido en toda la comarca
comer huevos. Se los pondría a incubar. Así se aseguraría indefectiblemente la
felicidad de todos los súbditos del reino. Severos castigos sancionaban la
ejecución de la ley.
El primer inconveniente
del nuevo régimen fue que el rey, ocupado contra su costumbre en los asuntos de
gobierno, perdió la cabeza y se olvidó de ordenar su almuerzo para el domingo
de Pascuas. Ese día lo lamentó sinceramente.
Después comenzaron a
proliferar los hombres políticos que comentaban el decreto. Los periódicos
habían difundido el apólogo de Nebulonista y todos vieron en la ley del
príncipe un mito ingenioso para ordenar que todos los hombres vivieran como
cenobitas. Así ocurrió que el pobre rey se encontró con que sin saberlo había
establecido una religión de Estado.
Se iniciaron entonces
grandes controversias en el reino. Muchos hombres preferían hallar su felicidad
en este mundo y no en el otro; hicieron, pues, la guerra a los que querían
empollar sus huevos. El país se cubrió de sangre y el buen rey se arrancaba los
cabellos.
Su cocinero vino muy
ingeniosamente en su ayuda, tomándose al mismo tiempo la revancha contra el
mago. Le aconsejó que hiciera empollar todos sus huevos, si no deseaba
comérselos, pero que dejara a sus súbditos, como antes, en libertad de no ser
felices. Contento con esta solución, el rey condecoró a su ministro y revocó
su único decreto.
Pero los incubadores de
huevos no estuvieron satisfechos. Como no podían hacer más proselitismo
basándose en la ley, emigraron del reino, y nunca más se los dejó volver.
Entonces se pusieron a recorrer el universo entero y, a partir de entonces,
forzaron a mucha gente a ser felices en el otro mundo. En cuanto al rey,
terminó por aburrirse de su nueva vida; siguió el ejemplo de sus súbditos, y el
astuto de Fripesaulcetus acabó con su conversión sirviéndole, al año siguiente,
para terminar la Cuaresma, huevos preparados de la manera cuadragesimoprimera:
huevos rojos.
El religioso
Sachuli, bufón de un
Maharajá que vivió durante el reinado de Vikramaditja, la preguntó un día:
"Amo, ¿cómo ves tú a la vida?"
–¡Qué pregunta me haces!
–contestó el Raja–. La vida es un don de los dioses; no nos corresponde
valorarla. Ellos nos la otorgan y nos la quitan a su antojo; cada uno debe
contentarse con la suya; yo agradezco a las divinidades que me permitan vivir
para hacer el bien.
–¿Crees que todos los
hombres, aun los de la casta más baja, pueden estar satisfechos con su vida y
hacer el bien? –dijo el bufón.
–Ciertamente –replicó el
Maharajá–, si es piadoso y agradecido para con los dioses.
–Muy bien –respondió
Sachuli–, tú eres la encarnación de las siete virtudes.
El Maharajá era muy
piadoso. Tenía un enorme respeto por los Videntes sagrados. Su carroza no
pasaba por los bosques de los ermitaños ni mataba, cazando, a sus antílopes
favoritos. Protegía a los fakires de su pueblo, y cuando los encontraba en el
camino, cubiertos de lodo y de inmundicias, tapados por la hierba que había
crecido durante doce años sobre su piel, los lavaba devotamente para que
al despertar tuviesen el cuerpo blanco y purificado y fuese a derramar las
bendiciones del cielo por las más diversas comarcas.
Poseía riquezas tan
cuantiosas que ignoraba su monto. Las mesas de sus servidores eran de oro
macizo. Las camas de sus sirvientes estaban talladas en diamante. La Rani, su
mujer, tenía estrellas en el rostro y lunas en las manos. Su hijo era el cúmulo
de las gracias celestiales. De los
reinos más lejanos, venían los monarcas en procesión hacia él, cargados con los
más preciados productos de sus países. En su tierra no había tigres ni
demonios, ni tan siquiera Rakchasas, que adquieren aspecto humano para ir, por
la noche, a abrir los pechos y roer los corazones.
Mas cuando el bufón
Sachuli le habló de tal manera, el Raja cayó en una negra y profunda
meditación. Pensaba en los labradores,
los obreros, los hombres de las castas inferiores. Pensaba en el don de la
vida, tan desigualmente distribuido por los dioses. Se le ocurrió que tal vez
la verdadera piedad no consistía en hacer el bien cuando se es poderoso, sino
en poder hacerlo, siendo insignificante. Se preguntaba si la piedad se abría
como una inmensa flor en el corazón de oro de los ricos o si se entreabría delicadamente
como humilde florecilla de los campos en el corazón de tierra de los pobres.
Reunió entonces a sus
príncipes e hizo una solemne declaración. Renunció a la realeza y a todos sus
privilegios. Distribuyó entre ellos sus tierras y sus feudos, abrió las criptas de sus tesoros y los repartió, rasgó
las bolsas de monedas de oro y plata derramándolas sobre el pueblo en las
plazas públicas, arrojó por la ventana los suntuosos manuscritos de sus bibliotecas. Hizo
comparecer a la Rani y la repudió
ante su Consejo; ella debió marcharse con su hijo, volviéndose al país de donde
viniera. Cuando todos los príncipes, su mujer, su hijo y sus servidores
hubieron partido, se afeitó la cabeza, se despojó de sus ropas, se envolvió el
cuerpo en una pieza de burda tela, y prendió fuego a su palacio con una
antorcha. Las rojas llamaradas del incendio se elevaron por encima de los
árboles de la real morada; crepitaba la marquetería de los muebles y los
aposentos de marfil; las colgaduras tejidas con hilos de metal, pendían
negras, consumidas.
Así partió el Raja al
resplandor de sus tesoros que ardían. Caminó de un sol al otro, de una luna a
la siguiente, tanto, que sus pies perdieron sus sandalias. Caminó entonces
descalzo sobre los espinos y su piel se ensangrentó. Los animales parásitos que
por la gracia divina habitan en las cortezas de los árboles y en la superficie
de las hojas, penetraron en la planta de sus pies, inflamándolos. Sus piernas
se tornaron semejantes a dos odres llenos, que arrastraba tras de sí con sus
rodillas. Los bichos alados, tan pequeños que no puede versen y viven en el
aire, cayeron con el agua de la lluvia sobre su cabeza; y los cabellos del Raja
se pudrieron en las llagas, y la piel de su cráneo se levantó, llena de úlceras
y de brillantes nudos. Y todo su cuerpo se ensangrentó por obra de los
animales de la tierra, del aire y del agua que habitaban en él.
Mas el Maharajá soportaba
pacientemente la voluntad divina, sabiendo que todo lo que respira tiene un
alma, y que no hay que matar a los seres vivientes, ni dejarlos morir. Aunque
sufría dolores espantosos, sentía aún piedad por todas las almas que lo rodeaban.
"Ciertamente, se dijo, todavía no soy fakir; el renunciamiento tendrá que
ser más duro, la lucha más terrible. Ya he renunciado a mis riquezas, a mi
mujer, mi hijo, a la salud de mi cuerpo; ¿qué más me hace falta para alcanzar
la piedad que florece en el pobre?"
Nunca había pensado el
Raja que uno de los bienes de la tierra fuera la libertad. Cuando lo meditó,
vio que la libertad es la condición de los reyes del mundo y que debía
abandonarla para experimentar la verdadera piedad. El Raja decidió venderse al
primer pobre que encontrara.
Pasando por una obscura
comarca, donde la tierra era fangosa y exudante, donde los pájaros del cielo
revoloteaban en círculos y se abatían en bandadas, el Maharajá vio una choza
de ramas y lodo, la obra más miserable de la mano del hombre, que se levantaba
cerca de un lóbrego pantano. En la entrada había un hombre de color, viejo, de
barba sucia y ojos enrojecidos; todo su cuerpo estaba cubierto de barro y de
plantas acuáticas; su aspecto era repulsivo e impuro.
–¿Quién eres? –preguntó
el pobre rey, arrastrándose sobre manos y rodillas.
Se sentó contra la choza,
extendió sus piernas hinchadas como odres y descansó su enorme cabeza contra
el terroso muro.
–Soy un religioso
–respondió el impuro–; pertenezco a la casta inferior; arrojo a los muertos que
me traen dentro de ese pantano; los cadáveres de hombre pagan una rupia, los
cuerpos de los niños, ocho annas; cuando la gente es muy pobre, me dan
un trozo de tela.
–Sea –dijo el Raja–, me
vendo a ti, venerable religioso.
–Tú no vales gran cosa
–respondió el sepulturero–, pero te compro por esta onza de oro que aquí ves.
Podrás servirme cuando me ausente. Ponte allí. Si tus piernas están enfermas,
cúbrelas con barro; si tu cabeza se hincha, ponte sobre ella hojas de las que
crecen en el agua, y te refrescarás. Como ves, soy muy pobre; te he dado la
última onza de oro que poseía para conservarte como compañero; pues es
horrible la soledad y el ruido de las mandíbulas de los cocodrilos me
despierta por la noche.
El Raja se quedó con el
religioso. Se alimentaban de bayas y raíces, pues pocas veces tenían un
cadáver para hundir en el pantano. Y la gente que llegaba hasta allí era tan
pobre que a menudo sólo daba un trozo de género u ocho annas. Pero el
religioso era muy bueno con el Raja; cuidaba sus horribles heridas como si
cumpliera así con un deber natural.
Y de pronto hubo un
período de gran prosperidad en la comarca. El cielo estaba azul, los árboles se
cubrían de flores. La gente no quería morirse. El religioso gritaba miserablemente
de hambre, cubierto a medias por el lodo "seco.
El Raja vio entonces
venir hacia el pantano a una mujer de edad, llevando el cuerpo de un muchacho.
El corazón del Raja latió con fuerza y reconoció a su hijo, su hijo que había
muerto. El cadáver estaba flaco y exangüe; podían contársela las costillas en
el pecho; las mejillas del hijo del Raja estaban hundidas y terrosas; se
adivinaba que había muerto de hambre.
La Rani reconoció al rey
y se dijo: "Enterrará el cadáver de su hijo sin cobrar."
El pobre Raja se arrastró
de rodillas hasta el cuerpo enflaquecido y lloró sobre su cabeza. Luego se
compadeció del religioso y dijo a la Rani:
–Debes darme ocho annas
para que sepulte a mi hijo. –Soy pobre –dijo la Rani–, no puedo dártelas.
–No importa –respondió el Reja–. Vé a juntar arroz; yo cuidaré del cadáver de
mi hijo.
Durante ocho días la Rani
juntó arroz, grano por grano, para ganar las ocho annas, mientras el
Raja lloraba sobre su hijo. Y cuando las tuvo, él hundió a su hijo en el pantano
obscuro y dio el dinero al religioso para salvarlo de la muerte. Y entonces una
luz resplandeciente iluminó sus ojos y vio que había alcanzado realmente el
mayor renunciamiento y la verdadera piedad del pobre. Luego se fue bajo unos
matorrales para orar. Y Dios lo dejó inmóvil. El viento lo cubrió de tierra, la
hierba creció sobre su cuerpo; los ojos se le salieron de las órbitas y plantas salvajes brotaron en su cráneo. Los
tendones de sus brazos descarnados elevados hacia el cielo eran como lianas
secas enlazadas entre las ramas muertas.
Así el rey alcanzó el reposo eterno.
La Leyenda
de
los Pordioseros
La edad de la piedra pulida
La vendedora de ámbar
Los Alpes no habían sido
invadidos aún por los glaciares; las montañas, marrones y negras, no ostentaban
tantos penachos de nieve ni las hondonadas circulares resplandecían con tan
deslumbrante blancura como ahora. Donde hoy existen desoladas torrenteras,
terrenos nevados y uniformemente helados, salpicados de tanto en tanto por
hendiduras y grietas acuosas, existían brezales florecidos a veces y landas
menos estériles, tierra aún caliente, hierbas y bestias aladas que en ellas se
posaban. En las cuencas abiertas y en las altas mesetas se veían las
superficies redondas y temblorosas de los lagos azules; mientras que ahora sólo
se ve allí la mirada inquietante y triste de esos enormes y vidriosos ojos de
la montaña, en donde el pie, temeroso del abismo, parece deslizarse sobre la
helada profundidad de insondables pupilas muertas. Las rocas que ceñían los
lagos eran de basalto, de un negro obscuro; los lechos de granito se cubrían de
musgo y el Sol encendía sus láminas de mica; hoy, las aristas de las rocas, sombríamente
elevadas y agrupadas confusamente bajo el manto sin pliegues de la escarcha,
protegen sus órbitas llenas de obscuro hielo, como cejas de piedra.
Entre dos verdes laderas,
en la hondonada de un elevado macizo, se extendía un largo valle con un
sinuoso lago. En sus riberas y hasta el centro, emergían extrañas construcciones,
algunas unidas de a dos, otras aisladas en medio del agua. Parecían una
multitud de sombreros de paja puntiagudos sobre un bosque de postes. Por todas
partes, a cierta distancia de la costa, surgían cabezas de pértigas, formando
pilotes: troncos en bruto, rotos, podridos a menudo, que detenían el chapoteo
de las pequeñas olas. Asentadas directamente sobre las puntas cortadas de los
árboles, las cabañas estaban construidas con hojas y el lodo seco del lago; el
techo cónico podía girar en todas direcciones, orientando el orificio para el
humo, a fin de que éste no fuera impulsado nuevamente por el viento al
interior. Algunos cobertizos eran más espaciosos; tenían unas especies de
escalones que se sumergían en el agua y delgadas pasarelas que a menudo
enlazaban dos islas de pilotes. Seres anchos, mofletudos, silenciosos, circulaban
entre las chozas, descendían hasta el agua, arrastraban redes cuyas plomadas
eran piedras pulidas y agujereadas, atrapaban a los peces masticando a veces
las mojarrilas crudas. Otros, sentados pacientemente en cuclillas ante un
bastidor de madera, pasaban de su mano izquierda a la derecha un sílex ancho,
en forma de aceituna, con dos ranuras longitudinales, que tiraba de un hilo
erizado de briznas de hierba. Con sus rodillas sujetaban dos montantes que se
deslizaban sobre el bastidor; así, con movimiento alternado, iba naciendo una
trama en la que las hebras se entrecruzaban, dejando entre sí bastante
distancia. Aún no se veían obreros de la piedra que la rompieran con curetas de
madera endurecida, ni pulidores que usaran la piedra chata de amolar, con una
depresión central para la palma de la mano, ni hábiles colocadores de mangos
que viajaban de comarca en comarca, llevando cuernos de ciervo perforados para
fijar sólidamente en ellos, con correas de piel de reno, bellas hachas de
basalto y elegantes hojas de jade o de serpentina provenientes de los países
del Sol Naciente. Allí no había mujeres diestras en enhebrar blancos dientes de
animales y cuentas de mármol pulido, para hacer collares y brazaletes, ni
artesanos del filoso buril que grabaran líneas curvas en omóplatos y esculpieran
bastones de mando.
La gente que vivía sobre
esos pilotes era un pueblo pobre, alejado de las tierras donde se originan los
buenos oficios, desprovistos de herramientas y de alhajas. Conseguían las que
querían cambiándolas por pescado seco a los mercaderes extranjeros que llegaban
en canoas burdamente construidas. Sus ropas eran píeles compradas; se veían
forzados a esperar a sus proveedores de plomadas para las redes y de anzuelos
de piedra; no tenían perros ni tampoco renos; solos, entre un hormigueo de
chiquilines sucios que chapoteaban entre los pilotos, vivían miserablemente en
sus madrigueras al aire libre, protegidas por las aguas como por una fortaleza.
Al caer la noche, cuando
las cimas de las montañas que rodeaban el lago estaban todavía pálidamente
iluminadas, se oyó un ruido de remos y el choque de una embarcación contra los
pilotes. Emergiendo de entre la bruma gris, tres hombres y una mujer se adelantaron
hacia los escalones. Llevaban venablos en sus manos y el padre balanceaba dos
bolas de piedra en una cuerda tensa, a la que estaban sujetas por dos ranuras.
En una canoa que sujetaba a un tronco sumergido, se erguía una extranjera,
ricamente vestida con pieles, levantando una cesta de juncos trenzados. En ese
canasto oblongo se alcanzaba a percibir vagamente un montón de cosas amarillas
y brillantes. Parecía ser pesado, pues había también esculturas de piedra cuyas
muecas podían entreverse. No obstante, la extranjera subió ágilmente, con la
cesta que tintineaba en el extremo de su nervioso brazo; luego, como golondrina
que desaparece en la abertura de su nido, cerca del techo, entró de un salto
bajo el cono y se acurrucó junto al fuego de turba.
Su aspecto era muy
diferente del de los hombres de los pilotes. Estos eran rechonchos, pesados,
con enormes y nudosos músculos entre los que corrían profundos surcos a lo
largo de sus brazos y sus piernas. Tenían pelo negro y grasoso que caía hasta
sus hombros en mechas lacias y duras; sus cabezas eran gruesas, anchas, de
frente chata, sienes distendidas y poderosas mandíbulas; mientras que sus ojos
eran pequeños, hundidos, crueles. La extranjera tenía miembros largos y porte
grácil, una pelambre de cabellos rubios y ojos claros de provocadora frescura.
Mientras que la gente de los pilotes permanecía casi muda, murmurando a veces
un monosílabo, pero observando todo con mirada alerta y penetrante, la
extranjera parloteaba sin cesar en un idioma incomprensible, sonreía,
gesticulaba, acariciaba los objetos y las manos de los otros, los palpaba, los
golpeaba, los empujaba bromeando, mostrando, sobre todo, una insaciable
curiosidad. Tenía una risa amplia y fácil; los pescadores una sonrisa socarrona
y fría. Pero miraban ávidamente el cesto de la vendedora rubia.
Ella lo empujó hacia el
centro y cuando encendieron una tea de resina, expuso los objetos al resplandor
rojizo. Eran trozos de ámbar trabajado, maravillosamente transparente, como
traslúcido oro amarillo. Tenía esferas surcadas por lechosas venas, cuentas
facetadas, collares de bastoncitos y bolitas, brazaletes de una sola pieza,
anchos, en los que el brazo podía entrar casi hasta el hombro, anillos chatos,
aros con pequeño broche de hueso, peines de cáñamo, empuñaduras de cetros para
los jefes. Ella iba arrojando los objetos en un vaso que sonaba. El viejo, cuya
barba blanca trenzada le llegaba a la cintura, levantó y observó ávidamente ese
vaso singular, que de seguro era mágico pues sonaba como las cosas animadas. El
vaso de bronce, vendido por un pueblo que sabía fundir metales, brillaba bajo
la luz.
Pero el ámbar también
brillaba, y su precio era incalculable. El tesoro amarillo llenaba la
obscuridad de la choza. El viejo tenía sus ojuelos clavados en él. La mujer
daba vueltas alrededor de la extranjera y, ya más confiada, le pasaba collares
y brazaletes junto al pelo, comparando el color. Mientras cortaba con una hoja
de sílex las mallas rotas de una red, uno de los jóvenes echaba sobre la muchacha
rubia miradas furiosas de deseo: era el menor. En un lecho de hierbas secas que
crujían bajo sus movimientos, el mayor gemía lastimeramente. Su mujer acababa
de dar a luz; habiendo atado, su hijo a sus espaldas, ella arrastraba junto a
los pilotes una especie de traína que servía para la pesca nocturna, mientras
el hombre, acostado, lanzaba gritos de enfermo. Inclinando la cabeza hacia un
costado y dando vuelta la cara, él miraba con la misma avidez que su padre el
cesto lleno de ámbar, y sus manos temblaban de codicia.
Con gestos calmos, pronto
invitaron a la vendedora de ámbar a cubrir su cesto, se agruparon junto al
fuego e hicieron como que celebraban consejo. El viejo discurría con palabras
apresuradas; se dirigía al hijo mayor que parpadeaba rápidamente. Era la única
señal de inteligencia del lenguaje; la obscura vecindad de los animales
acuáticos había inmovilizado los músculos de sus rostros en una placidez
bestial.
En un extremo de la
habitación de ramas había un espacio libre: dos tablas más prolijamente
cortadas que las del resto del piso. Después que la vendedora de ámbar hubo
roído medio pescado seco, le hicieron señas de que podía acostarse allí. Cerca
del lugar, una red simple, en forma de medio mundo, debía servir para pescar
por la noche, bajo la habitación, los peces que seguían la débil corriente del
lago. Mas parecía que esa noche no se la usaría. Con sus seguros brazos,
colocaron el cesto lleno de ámbar a la cabecera de la durmiente, fuera de las
dos tablas sobre las que ella se tendiera.
Luego, después de algunos
gruñidos, apagaron la tea resinosa. Se oía correr el agua entre los pilotes.
La corriente golpeaba las pértigas con líquidos latidos. El viejo pronunció
con un dejo de inquietud algunas frases interrogativas; los dos hijos
respondieron asintiendo, aunque el segundo no sin cierta vacilación. Se hizo
el silencio entre los ruidos del agua.
De pronto hubo una corta
lucha en el extremo de la habitación, un roce de dos cuerpos, gemidos, algunos
gritos agudos, y un largo suspiro de agotamiento. El viejo se levantó a
tientas, tomó la red en forma de medio mundo, la arrojó y, haciendo deslizar
súbitamente en sus correderas las tablas en que se había acostado la vendedora
de ámbar, descubrió la abertura que servía para la pesca nocturna. Se oyó
algo que se hundía, dos cuerpos que caían, un breve chapoteo; la tea de resina,
encendida, agitada por encima del agujero que se abría sobre el agua, no
permitió ver nada. Entonces el viejo tomó el cesto de ámbar y, sobre la cama
del hijo mayor, dividió con él el tesoro, mientras la mujer corría tras las
cuentas que rodaban dispersándose al caer.
Hasta la mañana siguiente
no recogieron la red. Cortaron los cabellos de la vendedora de ámbar, luego
arrojaron su cuerpo blanco a los pilotas, para alimento de los peces. En
cuanto al ahogado, el viejo le sacó con su cuchillo de sílex un redondel del
cráneo, y hundió el amuleto en el cerebro del muerto para que le sirviera en su
vida futura. Luego le depositaron fuera de la cabaña, y las mujeres,
arañándose las mejillas y arrancándose el caballo, lanzaron solemnes alaridos.
La época romana
Cosecha sabina
Llegó el día de la
cosecha, lleno de Sol. El trigo maduro se balanceaba, esperando la hoz, a la
primera luz de la alborada. La aurora arrojaba sobre las colinas rosados resplandores,
y las nubéculas blancas de bordes irisados, huían hacia el oeste por el cielo
azul. Los campesinos salían a la brisa matinal, con el manto sobre los
hombros; para cosechar bajo el calor sólo conservaban la túnica. La cosecha
duraba hasta la noche. En los campos no se veían más que curvadas espaldas; los
hombres se tapaban la cabeza con una "mappa" blanca y las mujeres
con un pañuelo cuya punta les llegaba al cuello. Algunos tomaban las espigas y
cortaban los tallos a mediana altura con su hoz. Otros las reunían en haces
atándolas con un mimbre flexible; éstos, con dos haces bajo los brazos y otros
dos en las manos, los amontonaban sobre el suelo ya segado; aquéllos los iban
llevando hacia la era en carritos hechos con una larga viga montada sobre
cuatro ruedas y dos horquillas de madera, una adelante y otra atrás, que
sostenían los haces de espigas. Los plácidos bueyes tiraban de las carretas con
paso lento y monótono, golpeándose los mojados flancos con la cola de largos
pelos y sacudiendo a veces con impaciencia el yugo para espantarse las moscas
mientras exhalaban vapor por sus narices. Los ejes chirriaban, los hombres
cantaban, las mozas reían cuando los jóvenes, al pasar, les hacían cosquillas
en la cintura. Los rastrojos elevaban al aire cálido sus tallos mutilados, coronados
a veces por flores de amapolas, abatidas por la hoz, con las espigas. La
tierra de los surcos, oculta durante tanto tiempo por el trigo, aparecía ahora,
un tanto húmeda en los huecos, cubierta de insectos y de orugas. Las langostas
saltaban entre los pies, con un estridente zumbido de sus alas; las codornices
se iban de la tierra segada, junto con las perdices y las alondras y,
abatiéndose sobre los campos vecinos, lanzaban ensordecedores chillidos
mientras las cotorras, volando de copa en copa, miraban con curiosidad a los
cosechadores, parloteando.
Después, el mediodía
adormecía el trabajo con su pesado calor; los niños, prendidos a la
"cástula" de sus madres, se amodorraban junto a los setos, con sus
cabezas ocultas bajo las escabiosas y las madreselvas; hombres y mujeres se
acurrucaban bajo sus mantos en el linde de los campos, en la cuneta del camino.
Se destapaba un ánfora que iba circulando a la redonda, mientras mordisqueaban
un trozo de pan con crema, que daba más sabor al vino. Los bueyes, desatados,
pacían tranquilamente sobre las manchas de pasto que el follaje de un roble
protegía del ardor del sol; parecían husmear la tierra con sus anchas narices;
cogían la hierba con rugosa lengua y la masticaban lentamente, mirando hacia
adelante, con sus grandes ojos fijos en la indiferencia. Luego todo se abatía
bajo el peso de la siesta; la gente dormitaba apenas, tendida sobre la hierba.
Los durmientes, agobiados por el calor, movían los brazos y suspiraban con
violencia; las mujeres se cubrían el rostro con sus pañuelos y los hombres con
sus "mappa"; las rodillas de los bueyes se doblaban bajo su peso y
también ellos descansaban tendidos sobre la tierra.
Cuando el Sol, después de
pasar el cénit, comenzaba a inclinar sus rayos y cuando la corta sombra de los
árboles y de los setos se iba alargando, todo ese dormido mundo empezaba a
agitarse para volver al trabajo. Y los bueyes tiraban de las carretas, los
segadores cortaban las espigas, ataban y transportaban los haces; las mujeres
reían nuevamente y los mozos seguían haciéndoles cosquillas hasta que el Sol
rojizo se ponía tras las violáceas cimas, hasta que el vacío rastrojo de los
campos crepitaba a impulsos del viento de la tarde, y los primeros tintes
grisáceos de la noche obscurecían la tierra.
Entonces se eligió a la
reina de la cosecha. ¿Era realmente hermosa? Tenía eso que no tienen ¡oh,
Dios! ninguna de las coquetas educadas a la sombra de los gineceos, la
frescura salvaje y el perfume penetrante de las flores de la montaña. El
viajero fatigado tras una larga caminata bajo el sol, que se enjuga la frente
luego de haber subido penosamente una polvorienta cuesta, escuchaba con delicia
el murmullo de una fresca fuente que surge entre las musgosas rocas y cae en
argentina cascada sobre las recortadas hojas de los helechos y las ramas de
los cornejos cargada de duras bayas. Hacia ella se precipita tendiendo sus
manos sudorosas, las moja en el chorro de agua de la cascada, se refresca el
rostro y bebe hundiendo sus labios en el manantial. Luego se tiende junto a la
cantarina fuente y se deja arrullar por su murmullo; olvidándose de la árida
ladera con sus fresnos desolados y sus matas de lavanda y de romero, sacia sus
miradas en el nido de follaje de la ninfa, los ojos de las violetas parpadean
desde el fondo de sus verdes escondrijos y las fresas silvestres le ofrecen sus
perlas rojas entre las dentadas hojas. Los perfumes del bosque lo marean con
su aroma, y él se abandona a las caricias de la selva. Así las lánguidas
personas de la ciudad podían refrescarse contemplando a esta reina del país de
los sabinos.
Estaba sentada entre los
segadores, sobre una piedra chata; tenía en sus manos una hoz ... pero no
trabajaba; cantaba únicamente, y los trabajadores coreaban el refrán.
Su canción triste hablaba
de una joven cuyo prometido había sido enrolado en el ejército y llevado a las
legiones.
Se iba a la guerra con su
"maniplus" 1, muy lejos, por el lado de las Galias.
¿Cómo eran las Galias? La pequeña reina lo ignoraba, pero quedaba lejos y los
hombres de allá eran altos y feroces.
Desde que él partiera, la
prometida no había vuelto a saber de su amado. Entonces la pobre joven iba a la
vera del camino por donde pasan las legiones, y se quedaba esperando a su
novio, entre a polvareda de los carros, el griterío de los hombres de armas,
el caracoleo de las cabalgaduras, los insultos de los soldados. Y allí esperó
durante mucho tiempo, con los ojos enrojecidos por las lágrimas... tanto que ya
no contaba los días ni los meses y que ya no percibía la salida o la puesta del
Sol.
1 Manípulo. Sección de una cohorte romana. (N. de la
T.)
Sus cabellos encanecían
en la espera; su piel se arrugaba bajo el Sol; y en las fuertes tormentas del
invierno, la lluvia corría por su cuerpo y la escarcha hacía crujir sus
miembros; mas ella permanecía siempre allí, con los ojos muy abiertos, esperando
a su novio.
Viendo a tantos hombres
que pasaban ante ella, tantas máquinas de guerra, soldados de infantería,
jinetes y legiones, su valor la iba abandonando y comenzaba a desesperar.
Pero un día se estremeció
al oír a lo lejos unas "tubas" que tocaban un aire conocido. Era una
tonada de la región, una tonada sobre la que mozas y mozos improvisaban
canciones; ella la había cantado con su amado. Su corazón comenzó a latir.
Llegó un batallón,
"maniplus" a "maniplus", los arqueros a la cabeza, luego
los piqueros, después los que cargaban los pilos, con los centuriones sobre el
flanco. Ella se inclinó para ver mejor y en un "maniplus" reconoció a
algunos hombres de su pueblo que partieron antaño con su amado.
Profiriendo un grito, se
lanzó al camino, delante de los soldados, y trató de detenerlos dando voces.
Mas ellos no reconocían en la vieja a la alegre jovencita que dejaran; se
disponían a arrojarla a un lado, cuando ella preguntó llorando dónde estaba Clodius,
Clodius su prometido.
–Llevaba una toga castaña
–dijo ella– y un anillo de plata en el dedo; y al pecho una bufanda azul que yo
le tejí.
Y uno de ellos respondió:
–Conocimos bien a
Clodius; murió en Bretaña; los bretones lo mataron. Conservó su bufanda para
morir besándola; pero me dio su anillo para que se lo trajera a su prometida.
Le puso el anillo en el
dedo y el batallón pasó. Y cuando la joven tuvo el anillo, el anillo de plata
en el dedo ... cayó a la vera del camino ... Estaba muerta.
La reina de la cosecha
tenía los ojos arrasados en lágrimas al terminar esta canción la tonada era
melancólica y suave ¡y se compadecía tanto de la pobre novia! ... Pero antes
de que las tibias gotas tuvieran tiempo de rodar por sus mejillas, unos
vigorosos brazos la levantaron para sentarla en la parte superior de la
carreta. Los haces de espiga habían sido apilados con cuidado, colocándose tras
en el centro, uno horizontal, para que la reina pudiera sentarse, los otros
dos verticales, sirviendo de respaldo. Y la reina se sentó en su trono y se
coronó graciosamente con la trenza de flores azules que encontró colgada del
respaldo de su real asiento y besó de todo corazón a su rey en sus dos
mejillas abrasadas, cuando trepó jadeando por entre las espigas, para
ofrecerle una cadena de amapolas y de enormes margaritas, que ella pasó por
sobre su hombro izquierdo y se anudó en el talle. Entonces la carreta se puso
en movimiento; las ruedas giraban lentamente, chirriando ... y los bueyes
avanzaban pesadamente, casi sin poder ver a través de las hojas de hiedra que
cubrían si yugo y sus cuernos. Los segadores rodeaban el carro de la reina de
la cosecha; los más viejos abrían la marcha, los jóvenes los seguían y las
mujeres cerraban el cortejo.
Cantaban antiguas
canciones aprendidas de sus padres y que éstos, a su vez, aprendieran de sus
antepasados, en las que no se hablaba del cruel Mavors que sólo se alegra al
son de las espadas rotas y del chocar de los escudos, sino únicamente de la
Tierra bienhechora que recibe la simiente y del Sol que la fecunda con sus
besos. Cantaban también a los genios de los campos que protegen el trigo, y a
las hadas amigas que reinan sobre las fuentes e impiden que se agoten, que
bordean los rústicos manantiales con coronas de violetas y guían los arroyos
que serpentean por las laderas de las colinas. Y nunca olvidaban en sus cantos
a la diosa del Mar, que fecunda la región con sus vapores bienhechores
permitiéndoles atrapar en su seno a la pérfida y alerta trucha, cubierta de
manchas rojas, y a los cangrejos de azulada caparazón que con sus pinzas se
prenden arteramente, entre las piedras, a los dados de los niños. Celebraban en
fin las danzas de las Horas que traen la cosecha y giran en perpetua ronda
tomadas de la mano, soltándose y volviéndose a tomar, prosiguiendo su farándula
desde el Invierno, a través de la Primavera, hasta el final del Verano y el
Otoño con su ofrenda de frutos. Este arroja a manos llenas, de los pliegues de
su manto color de hojas secas, las rojas manzanas, los obscuros nísperos, las
negras aceitunas y los maduros higos que golpean centra la tierra y que se
abren con un pequeño estallido.
Siglo Catorce
Los salteadores de caminos
Merigot Marches
Habíamos recorrido la
región de Auvernia durante tres meses sin encontrar nada bueno, porque esa
tierra está asolada. Allí no hay más que altos montes donde los helechos crecen
profusamente hasta donde la vista alcanza; el pastoreo es tan escaso que las
gentes de las tierras llanas hacen apenas el queso que necesitan para comer;
los animales son flacos, aun los salvajes; aquí y allá se van sólo pájaros
negros que se precipitan gritando sobre las rocas rojas. Hay lugares donde el
terreno se hunde entre las piedras grises y los bordes del precipicio parecen
tintos en sangre.
Pero el 12 de julio de
este año (1392), cuando partíamos para Saignes, del lado de Mauriac, para ir a
Arches, encontramos compañía en una taberna de esas montañas. Se trata de un
hotel donde bajo el nombre de El Pequeño Cerdo, se sirve una comida
escasa y el trago de vino es tan áspero que os desuella la garganta. Comiendo
un trozo de queso y una tajada de pan negro, acertamos a dirigirle la palabra a
un soldado de las Compañías que allí se encontraba. Tenía el aire de haber
servido en las grandes guerras y quizá contra el rey; nos dimos cuenta de ello
por su garrote de construcción inglesa, aparentemente gastado a fuerza de
golpear sobre cascos de búfalo en las grescas. Como nos dijo, su nombre era
Robin el Galo y, siendo de Aragón, tenía una extraña manera de hablar. Nos
contó que había estado en el Ejército, escalando murallas de ciudades y
quemando a los burgueses para saber dónde escondían sus escudos; y sus
capitanes habían sido Geoffroy Cabeza-Negra y Mérigot Marches del Limosín. El
tal Mérigot Marches fue decapitado el año anterior en el Mercado de París; y
su último tormento, tan notable, que vimos su cabeza en el extremo de una pica
sobre el cadalso; una cabeza del color del plomo con coágulos de sangre en la
nariz y los pellejos del cuello que colgaban.
Alentados por su relato
le preguntamos qué recursos había para la gente de armas en las zonas altas. A
lo que nos respondió que ninguno, por los grandes saqueos de los soldados que
venían asolando la región desde hacía diez años, o más, en compañía de ellos
había despojado valientemente los villorrios y recorrido tantas tierras que no
quedaba ni la cola de un cerdo para asar. Y como parecía haber bebido demasiado
de ese vino agrio de la región de Auvernia, sus vapores se le subieron a la
cabeza y comenzó a lamentarse. Decía que en este mundo la mejor manera de pasar
el tiempo, de divertirse y de alcanzar la gloria es combatiendo como los
soldados de su Compañía. "Todos los días –dijo– teníamos dinero. Los
ciudadanos de Auvernia y del Limosin nos lo proveían, y nos traían trigo,
harina, pan recién horneado, avena para los caballos, nos daban cama, buen
pino, bueyes, ovejas y corderos gordos y aves de caza. Estábamos cuidados y
vestidos como reyes; y cuando cabalgábamos toda la región temblaba ante
nosotros. Tanto si ir como al volver, todo era nuestro. Los capitanes se
quedaban con mucha platería, aguamaniles, tazas, platos y bandejas. Llenaban
con ellos sus herradas arcas. Cuando nuestro capitán Mérigot Marches se fue a
defender la Roca de Ventas, dejó aquí una buena provisión. ¿Dónde? Os apuesto
que tal vez sé algo de eso. Decid, compañeros, ¡Vive Dios!, habéis recorrido
la ruta de los hombres de armas, estáis buscando compañía; podemos llegar a un
acuerdo. Vamos, Francia es nuestra casa, es el paraíso para los soldados.
Puesto que la guerra ha terminado, es hora de que saquemos nuestra plata. Os
ofrezco un reparto discreto de la platería y la vajilla de Mérigot Marches;
está en cierto río, cerca de aquí; necesito de vosotros para
recuperarla."
Miré a Jehannin de la
Montaigne, que empinaba el codo; me guiñó un ojo. Nuestra amiga Museau de
Bregis nos había sacado hasta la última moneda de la bolsa. Debíamos hacer
dinero a cualquier precio para recuperar, al regreso, nuestro aspecto
saludable. Hablé pues más claramente con el compañero Robin el Galo, haciéndolo
por mí mismo y por Jehannin de la Montaigne. Y llegamos al acuerdo de que el
reparto sería equitativo si Robin se quedaba con la mitad del tesoro,
correspondiéndonos a cada uno de nosotros una cuarta parte. Un trago de vino
cerró nuestro pacto; y salimos del hotel aproximadamente cuando el Sol se
escondía detrás de la cortina de montañas hacia el poniente.
Mientras marchábamos,
sentimos gritar tras de nosotros; al oír aquellos gritos Robin se dio vuelta,
diciendo que reconocía la señal de su Compañía. Pero lo que apareció a la vera
del camino fue un hombre muy andrajoso, vistiendo una hopalanda verde, con
rostro macilento y un capuchón cubriéndole los ojos. Robin nos dijo que se
llamaba Le Verdois y que era conveniente llevarlo un trecho con nosotros para
que no entrara en sospechas. La noche cayó rápidamente como ocurre en las zonas
de montaña y, al espesarse la vegetación, apareció otro soldado silencioso,
vestido con un jubón negro de caperuza rota, y con algo de barba, lo que nos
sorprendió. Al quitarse la caperuza en señal de respeto, vi que llevaba
tonsura, como un clérigo. Mas creo que no lo era, pues la única vez que rompió
el silencio fue para lanzar una blasfemia. De éste Robin no dijo nada; lo único
que hizo fue inclinar la cabeza y aguantarse que el Compañero Silencioso
caminara junto a él. Pasábamos por ásperos pedregales, entre espinosos matorrales,
con un viento seco que nos cortaba el rostro, cuando una huesuda mano me tomó
del brazo, haciéndome retroceder vivamente. Este nuevo hombre tenía una cara
que espantaba; ambas orejas estaban cortadas al ras y era manco del brazo
izquierdo; un golpe de escudo le había partido la boca, de modo que sus labios
se encogían como los de un perro royendo un hueso. El hombre me retenía junto
a él con una risa feroz, sin decir nada.
Así anduvimos por el
camino de Arches durante casi dos horas. Robin el Galo parloteaba sin cesar
diciendo que conocía la ruta por haberla hecho muchas veces con Mérigot
Marches, en aquellos tiempos en que se colgaba a los campesinos de las ramas de
los árboles para no privar a los pájaros del cielo de su alimento, o se les
clavaban sombreros rojos en la cabeza con estacas de serbal. Mérigot Marches
había sido descuartizado en el Mercado como una res, y sus cuartos expuestos a
la justicia del rey, porque era noble, hijo de Monseñor Aimery Marches del
Limosin; mientras que él, Robin, simple soldado, tendría que haber ido a
hacerle muecas a la Luna colgado de las horcas del patíbulo.
Hacia este lado del
pueblo de Arches, hay un río que corre por el fondo de un barranco. Su nombre
es el Vanve y se ensancha después, alrededor de una legua más abajo de la
ciudad. Ya era medianoche y caminábamos por la orilla del Vanve, de arena y
barro en partes igualas. A cada lado había bosquecillos de obscuros matorrales
que se extendían a lo lejos, hasta las primeras colinas, en ramos de retamas.
La Luna con pálida luz y nuestras largas sombras rozaban las malezas al pasar.
Entonces se oyó súbitamente estremecerse el aire a impulsos de una voz que
cantaba: "¡Mérigot! ¡Mérigot! ¡Mérigot!" y que fácilmente se habría
confundido con la de un pájaro extraño de la región de Auvernia, gritando y
quejándose en la noche. Pues la voz era plañidera y como entrecortada por sollozos,
asemejándose mucho a los gritos de dolor de las mujeres que lloran a los
muertos en las grandes guerras de los ingleses.
Pero al oír el grito de
"¡Mérigot!" Robin el Galo se detuvo y vi sus piernas temblar. En
cuanto a mí, no me atrevía a avanzar, pues me imaginaba que era Mérigot
Marches, y me parecía ver emerger de entre los juncos del Vanve su cabeza del
color del plomo de la que colgaban los pellejos del cuello.
Le Verdois, el Compañero
Silencioso y El Manco prosiguieron sin embargo su marcha y entraron en el río.
Se metieron hasta las rodillas, entre los juncos. Robin el Galo, recuperando el
aliento, corrió hacia el agua; allí había un extraño canal, fácil de reconocer.
Hundieron sus bastones en el barro; Jehannin de la Montaigne y yo, hurgábamos
con nuestros garrotes. De pronto Jehannin gritó: "¡Encontré el
arcón!" Entonces comenzamos a tirar dentro del barro de un cofre de madera
con herrajes, cuya tapa, sin embargo, pareció romperse bajo el contacto de
nuestras manos. Y, al llevarlo a la luz de la Luna, que iluminó nuestras
enlodadas ropas y nuestros pálidos rostros, vimos que el arcón, vacío de
platería, sólo contenía limo, piedras chatas, blandas criaturas y huevos de
anguila.
De pronto, al levantar
los ojos, vimos a una mujer, vestida con una saya persa, que lloraba. Y Robin
el Galo gritó que era Mariote Marches, la mujer de Mérigot, y que ella se había
llevado la platería; Le Verdois y El Manco, blasfemando por lo bajo fueron
hacia ella. Mas ella llamó: "¡Mérigot!", y, huyendo hacia los
matorrales nos gritó que era el doce de julio. Hacía un año, pues, que Mérigot
Marches fuera conducido a su último suplicio. Por lo que los demás dieron que
no cabía la esperanza de encontrar su tesoro en semejante noche; porque le
espíritu de los ajusticiados habita casi siempre juntos a sus bienes
terrenales en el día y la hora en que fueron muertos, al cumplirse el año. Y
volvimos costeando el Vanve, río que corre murmurando suavemente. Y de pronto
Robin, la Montaigne, Le Verdois, El Manco y yo nos dimos cuenta de que el Compañero
Silencioso había desaparecido entre los matorrales. Robin comenzó a
lamentarse; y pensamos que Mariote Marches lo había llevado suavemente hacia
los negros boscajes para vivir con ella, en otra comarca, con las fuentes,
escudillas, copas, cubiertos, pastilleros, jarros, vasos y tazas de plata que
Mérigot Marches enterrara en el río Vanve y que en total bien valían unos seis
o siete mil marcos.
Siglo Quince
Los gitanos
El "papel rojo"
Me hallaba en la
Biblioteca Nacional hojeando un manuscrito del Siglo XV, cuando
atrajo mi atención un nombre extraño que estaba ante mis ojos. El manuscrito
contenía poemas, casi todos copiados de El Jardín de los Placeres, una
farsa de cuatro personajes, relato de los milagros de Santa Genoveva; pero el
nombre que llamó mi atención estaba escrito en dos páginas unidas con una tira
de papel. Era el fragmento de una crónica que databa de la primera mitad del
siglo XV. El pasaje que me llamara la atención era el
siguiente:
"En el año mil
cuatrocientos treinta y siete, el invierno fue frío y hubo grande hambruna
porque las cosechas fueron destruidas por grueso y fuerte granizo.
Viera, muchos de la
llanura se fueron a París hacia la fiesta de Nuestro Señor, diciendo que había
diablos en el campo o ladrones extranjeros, el capitán Baro Pani y sus
secuaces, hombres y mujeres, que cometían pillaje y mataban a la gente. Los
cuales, según dicen, provienen de Egipto, tienen un idioma propio, y sus
mujeres conocen artimañas con las que engañan a los simples. Y son más ladrones
y asesinos de lo que imaginarse pueda. Y son de muy mal gobierno."
¡La hoja llevaba en el
margen la siguiente indicación:
"El citado capitán
de los gitanos y sus gentes fueron apresados por orden de monseñor el Preboste
y conducidos a su último suplicio, a excepción, sin embargo, de una de sus
mujeres, que escapó.
"Ítem, conviene
destacar que el mismo año fue nombrado maese Etienne Guerrois, como primer
oficial en lo criminal del prebostazgo en lugar y reemplazo de maese Alexandre
Cachemarée."
No puedo decir qué fue lo
que excitó mi curiosidad en esta corta nota, si el nombre del capitán Baro
Pani, la aparición de los gitanos en los campos aledaños a París en 1437, o esa
extraña relación que hacía el autor de las líneas marginales entre el suplicio
del capitán, la evasión de una mujer, o el reemplazo de un secretario en lo criminal.
Pero sentí el invencible deseo de saber más. Me marché, pues, de inmediato de
la Biblioteca y, llegando hasta los muelles, seguí el Sena para ir a husmear en
los Archivos.
Al pasar por las
estrechas calles del Marais, siguiendo las verjas del Archivo Nacional, sentí,
bajo el vestíbulo sombrío de la vieja mansión, una momentánea sensación de
desaliento. ¡Ha quedado tan poco de lo "criminal” del Siglo Quince...!
¿Encontraría a mi gente en el Registro del Chátelet? Tal vez hubieran recurrido
al Parlamento... quizá sólo encontraría una siniestra nota en el panel rojo.
Yo nunca había consultado el Papel Rojo y decidí agotar todo lo demás antes
de recurrir a él.
La sala de los Archivos
es pequeña; las altas ventanas tienen minúsculos y antiguos cristales; las
personas que toman notas se inclinan sobre sus papeles como obreros de
precisión; en el fondo, en un pupitre colocado sobre un estrado, el encargado
vigila y trabaja. La atmósfera es gris, a pesar de la luz, a causa del reflejo
do las viejas paredes. El silencio es profundo; de la calle no sube ruido
alguno; sólo se percibe el crujido del pergamino que se desliza bajo el pulgar,
y el chirriar de la pluma. Al dar vuelta la primera página del registro de 1397
sentí la sensación de haberme convertido yo también en secretario en lo
criminal de monseñor el Preboste. Los procesos estaban firmados por AL.
CACHEMAREE. La letra del secretario era hermosa, recta, firme; me imaginé a un
hombre enérgico, de imponente aspecto, como para recibir las últimas
confesiones antes del suplicio.
Pero en vano busqué el
asunto de los gitanos y de su jefe. Sólo había un proceso de brujería y robo,
seguido contra "una llamada princesa de El Cairo". El texto del
sumario demostraba que se trataba de una muchacha de esa misma banda. El interrogatorio
decía que estaba acompañada por un tal "barón, capitán de bandidos".
(El tal barón debía ser Baro Pani, de la crónica manuscrita.) Era "hombre
muy sutil y astuto", delgado, de negros bigotes, con dos puñales a la
cintura, cuyas empuñaduras eran de plata cincelada; "y lleva generalmente
consigo una bolsa de tela en la que pone la droue, que es un veneno para
el ganado, que mata instantáneamente presa de extrañas convulsiones, a los
toros, vacas y caballos que la comen mezclada con el pienso".
La princesa de El Cairo
fue prendida y llevada como prisionera al Chátelet de París. Por las preguntas
del auxiliar en lo criminal se ve que "tenía veinticuatro años de edad
más o menos"; vestía una túnica de algodón salpicada de algunas flores,
con cinturón de hilos trenzados con algo semejante al oro; tenía ojos negros de
extraordinaria fijeza y sus palabras se acompañaban de enfáticos gestos
de su mano derecha, que abría y cerraba sin cesar, agitando los dedos ante su
rostro.
Tenía voz ronca y
pronunciación sibilante e insultaba violentamente a los jueces y al secretario
al responder al interrogatorio. Intentaron hacer que se desvistiera para someterla
a tormento, "a fin de conocer sus crímenes por su boca". Una vez
preparado el potro pequeño, el auxiliar en lo criminal le ordenó que se
desnudara completamente. Pero ella se negó y hubo que sacarle por la fuerza la
chaqueta, la túnica y la camisa "que parecía de seda, y tenía también la
marca de Salomón". Ella se arrojó entonces al piso del Chátelet; luego,
levantándose bruscamente, se mostró en su total desnudez a los estupefactos
jueces. Se erguía como una estatua de carne dorada. "Y "cuando la
ataron al potro pequeño y le arrojaron un poco de agua, la citada princesa de
El Cairo solicitó que se la secara del tan suplicio y que diría lo que
sabía." La llevaron a calentarse ante el fuego de las cocinas de la prisión
"donde su aspecto era diabólico, así iluminada de rojo". Cuando se
hubo "recuperado bien" y cuando los investigadores fueron a las
cocinas, no quiso decir nada y se puso en la boca sus largos cabellos
negros.
La llevaron entonces de
nuevo a la sala de torturas y la ataron al potro grande. Y "antes de que
le arrojaran ni siquiera un poco de agua o que le hubieran dado de beber, ella
habló solicitando encarecidamente y suplicando que la desataran, diciendo que
así confesaría la verdad sobre sus Crímenes". No quiso volverse a vestir
más que con su mágica camisa.
Algunos de sus compañeros
debían haber sido juzgados antes que ella, pues maese Jehan Mautainct, uno de
los investigadores del Chátelet, le dijo que de nada le serviría mentir
"ya que su amigo el barón había sido colgado, junto con varios
otros". (En el registro no figura ese proceso.) Entonces la acometió una
furia arrolladora, y dijo que el tal barón era su marido o algo parecido, y
duque de Egipto, y que llevaba el nombre del gran mar azul de donde provenían (Baro
Pani significa en rumí "agua grande" o "mar"). Luego
comenzó a lamentarse, jurando venganza. Miró al secretario que escribía, y
suponiendo según las supersticiones de su pueblo que su escritura era la fórmula
que los hacía perecer, le auguró tantos crímenes "cuantos hubiese su
mano pintado o anotado de otro modo mediante artificio" sobre el papel en
contra de sus camaradas.
Luego avanzando
súbitamente hacia los investigadores, tocó a dos de ellos en el lugar del
corazón y en la garganta, antes de que pudieran sujetarle y atarle las manos.
Les anunció que sufrirían terribles angustias durante la noche y que se los
degollaría por traidores. Finalmente se deshizo en llanto, llamando al
"barón" en varias y "lamentables" oportunidades; y, como el
auxiliar en lo criminal continuaba con el interrogatorio, confesó numerosos
robos.
Ella y su gente se habían
dedicado al robo y al pillaje en todos los villorrios de la región de París,
especialmente en Montmartre y en Gentiliy. Recorrían los campos, durmiendo en
verano en las parvas de heno y en invierno en los hornos de cal. Al pasar junto
a los setos, "hacían la cosecha", es decir que se llevaban sutilmente
la ropa que allí se estaba secando. A mediodía acampaban a la sombra y los
hombres remendaban sus calderos o se mataban los piojos; algunos de ellos, más
supersticiosos, los arrojaban lejos, pues, a pesar de no creer en nada, existe
entre ellos una antigua tradición que dice que después de la muerte, los
hombres habitan el cuerpo de los animales. La princesa de El Cairo hacía vaciar
los gallineros, robar la vajilla de peltre de los hospedajes, agujerear los
silos para llevarse el grano. En los pueblos de donde se los echaba, los
hombres volvían, por orden suya, durante la noche, a echar la "droue"
en los comederos, y en los pozos paquetes grandes como el puño, envueltos en
un pedazo de tela, para envenenar el agua.
Después de esta
confesión, los investigadores celebraron consejo y estuvieron de acuerdo en que
la princesa de El Cairo era "una gran ladrona y asesina y que merecía ser
ajusticiada; y a ello la condenó el auxiliar de monseñor el Preboste; debiéndose
proceder de acuerdo con la costumbre del reino, es decir, que debía ser
enterrada viva en una fosa". El caso de brujería quedaba para el interrogatorio
del día siguiente que sería seguido, si fuese necesario, por un nuevo juicio.
Pero una carta de Jehan
Mautainct, auxiliar en lo criminal, copiada en el registro, indica que durante
la noche pesaron cosas horribles. Los dos investigadores que había tocado la
princesa de El Cairo se despertaron en medio de la obscuridad con el corazón
destrozado por un dolor lacerante; se retorcieron en sus lechos hasta el alba
y, en el gris amanecer, los servidores de la casa los encontraron pálidos,
pegados a un rincón de las paredes, con el rostro contraído en profundas
arrugas.
Se hizo comparecer de
inmediato a la princesa de El Cairo. Desnuda ante los potros, deslumbrando con
su dorada piel a los jueces y secretarios, retorciendo su camisa marcada con
el sello de Salomón, declaró que ella había sido quien les enviara esos
tormentos. Había dos sapos en un lugar secreto, en el fondo de sendas macetas;
se los alimentaba con miga de pan remojada en leche de mujer. Y la hermana de
la princesa de El Cairo los llamaba con los nombres de los que serían
atormentados, hundiéndoles largos alfileres en el cuerpo. Mientras las fauces
de los sapos babeaban, cada herida repercutía en el corazón de los hombres
señalados.
Entonces el ayudante en
lo criminal envió nuevamente a la princesa de El Cairo ante el secretario
Alexandre Cachemarée, con órdenes de conducirla al suplicio sin más ni más. El
secretario firmó el proceso con su acostumbrada rúbrica.
El registro del Chátelet
no contenía nada más. Sólo el Papel Rojo podía decirme qué había pasado con la
princesa de El Cairo. Lo pedí y me trajeron un libro encuadernado en un cuero
que parecía tinto en sangre coagulada. Es el registro de los verdugos. A lo
largo del mismo caen tiras de tela selladas. Este libro era llevado por el
secretario Alexandre Cachemarée. En él anotaba las gratificaciones de maese
Henri, torturador. Y, al lado de algunas líneas donde se ordenaba la
ejecución, maese Cachemarée dibujaba, para cada ahorcado, una horca de la que
colgaba un cuerpo con un rostro contraído por las muecas.
Pero debajo de la
ejecución de un tal "barón de Egipto y de un ladrón extranjero",
donde maese Cachemarée garabateó una horca doble con dos ahorcados, hay una interrupción
y la letra cambia.
A continuación no se ven
más dibujos en el Papel Rojo, y maese Etienne Guerrois anotó la siguiente
observación; "Hoy, trece de enero de 1438, se recibió el registro del
oficial maese Alexandre Cachemarée, secretario, que por orden de monseñor el
Preboste, fue conducido al último suplicio. El cual maese Alexandre Cachemarée,
siendo secretario en lo criminal y responsable de este Papel Rojo, se
entretenía a manera de pasatiempo en dibujar las horcas de los ajusticiados, y
fue presa de súbito furor. Por lo que se incorporó y fuese al lugar de
ejecución a liberar a una mujer que había sido enterrada allí por la mañana y
no estaba muerta; y no se sabe si a instigación suya o de otro modo, fuese por
la noche a cortarles la garganta a dos de los investigadores del Chátelet. La
mujer es conocida como princesa de El Cairo; ahora está en los campos y no
pudo apresársela. Y el citado Alexandre Cachemarée confesó su crimen aunque no
su propósito, acerca de lo cual no quiso decir nada. Y esta mañana fue llevado
a la horca de nuestro señor el rey para ser colgado y ajusticiado y terminar
allí sus días."
Siglo Dieciséis
Los sacrílegos
Los incendiarios
El año antes de que el
rey fuese hecho prisionero en Pavia, el mundo fue presa de grandes terrores. La
noche ele San Silvestre, entre las nueve y las diez, el cielo se tornó color de
sangre, pareciendo abrirse. Todo estaba iluminado por rojizo resplandor; los
animales bajaban la cabeza y las plantas yacían por el suelo. Luego sopló el
viento y en el firmamento se vio un gran cometa; tenía el aspecto de un
llameante dragón o de una serpiente de fuego. Poco después siguió su trayecto
en dirección de los fosos de Saint-Denis, y no se lo vio más.
Pero esa misma noche,
después de las doce, cuando la gente hacía cuatro horas dormía, pues en
diciembre las noches son largas, se produjo en las calles una conmoción. Y
había motivo para conmoverse, pues mensajeros provenientes de Troyas en
Champagne, decían que la ciudad había sido quemada casi totalmente. Así
hablaban en la noche, en la plaza de Saint-Jean-de-Gréve, ante la iglesia;
rapazuelos todavía soñolientos sostenían sus caballos; y sus cinturones, sus
espadas, sus espuelas, brillaban a la luz de los faroles. Dijeron que hacía dos
días que duraba el fuego; el Mercado de Trigo había sido incendiado y en la
calle del campanario la gran campana se había fundido; también habían ardido
la Estación de Vinos y la Posada del Salvaje donde se comían embutidos
gruesos y bien estacionados, con vino clarete. Los incendiarios lo habían
quemado todo con su mixtura, infernal, compuesta por pólvora de cañones con
azufre y pez. Nadie había podido verlos o prenderlos y se presumía que eran de
Nápoles y que con gran misterio iban a incendiar todas las buenas ciudades del
reino. Para Navidad se decía que París estaba lleno de marabeos italianos que
se apoderaban en secreto de los niños pequeños para sacarles la sangre. Y al
parecer los incendiarios eran de la misma secta y confesión.
El Preboste y los
regidores, vestidos con sus togas abiertas por la mitad, acompañados por los
concejales de la ciudad, comisarios de barrio, sargentos, arqueros, ballesteros
y arcabuceros con sus chaquetones, salieron de inmediato, llevando faroles. Y
también de inmediato se ordenó y declaró públicamente que se haría la ronda
nocturna por las calles, y así se hizo. Y al día siguiente se mandó al
patíbulo a un desconocido que, según un tabernero de la calle Saint-Jacques
había renegado de Dios, y que se negó a declarar ante el Preboste o ante el
Parlamento. Se lo hizo andar en una mula desde la Conciergerie, con un gorro en
la cabeza, vestido con un manto de paño frisado de color castaño grisáceo, con
un sayal de camelote y se proclamó tres veces su culpa ante la gente de la
ronda. Así marchó por las calles, como renegado de Dios, negándole asimismo la
asistencia de las Hijas del Señor, como era costumbre; y se la puso en la mano
una cruz de madera, pintada de rojo. Luego le quitaron el gorro para que subiera
al patíbulo con la cabeza descubierta.
Y realizada esta
ejecución para complacer a Nuestro Señor, todos se atarearon durante la noche
con faroles, lámparas y candelas colgadas de las puertas, y se hizo una gran
ronda con quinientos o seiscientos hombres de la ciudad a pie y a caballo. Del
miedo, no se sabía a dónde ir. No existiendo la costumbre de tener calles y
callejas iluminadas, los portales, vanos y vertederos de piedra parecían aún
más negros. Y luego pasaban los arqueros sacudiendo sus antorchas. Los
candelabros brillaban tras los pequeños cristales después del toque de queda,
lo que era gran novedad. Las imágenes de Nuestra Señora estaban Iluminadas por
un farol, montándose ante ellas una guardia especial, ya que gentes de una
secta hereje había mutilado a las santas imágenes en distintos lugares.
Al día siguiente, se dijo
por las calles y en los negocios y hasta en las barberías, que habían entrado a
la ciudad cuatro o seis hombres que no pudieron ser reconocidos, pues cambiaban
constantemente de ropas. Una vez se vestían como mercaderes, otra como
aventureros, luego como campesinos; a veces tenían pelo en la cabeza y otras
no. Y todas las personas dijeron que acecharían con curiosidad a tales
hombres, siendo evidente que no eran otros que los incendiarios, venidos para
daño y peligro de la población. Pero a pesar del cuidado que se puso, al levantarse
el Sol varias casas aparecieron marcadas con grandes cruces negras de San
Andrés, hechas durante la noche, por desconocidos.
Toda la ciudad estaba
enloquecida. Y las trompetas del rey pregonaron en todas las esquinas que los
aventureros, gente de escaso valer, mendigos y vagabundos callejeros, debían
abandonar el lugar, so pena de la horca. Mucha gente de escaso valer, mendigos
y vagabundos callejeros, echó afuera, al camino principal, a toda una banda,
por la puerta Baudoyer.
Entre toda esa gentuza
hubo tres: Colard de Blangis, Tortigne del Mont-Saint-Jean y Philippot le
Clerc, quienes temiendo el rigor de la justicia real, se quedaron en el camino,
fuera de la ciudad. Tenían bastante mala fama pero peor aspecto y temían que estando
el pueblo intranquilo y sublevado por el miedo a los incendiarios, pudieran
lincharlos en la calle. Tampoco tenían la conciencia tranquila a causa de
varios tostones y florines acuñados con cuños no precisamente reales, por lo
que con suma dificultad escaparon de ser quemados en el Mercado de los Cerdos.
Estos encantadores
personajes, luego de permanecer así varios días en los campos, comenzaron,
pues, a padecer hambre, sed y frío; tanto más cuanto que la comarca estaba
yerma y los pájaros (los que quedaban) caían muertos por la helada y no había
ni frutos de la tierra ni aves del cielo. Entonces enarbolaron sus bastones y
marcharon con paso marcial, diciendo que iban a las guerras del rey o si no a
las fronteras de Guyena1 y que por falta de paga se veían obligados
a vivir de los transeúntes en el llano.
–Es tan cierto que voy a
la guerra –decía Tortigne– como que me vienen pisando los talones veinticinco
hombres de la guardia, arqueros o ballesteros; y esto no es mentira. Y no
tienen más propósito que alcanzarme y acompañarme, o mejor dicho que yo los
acompañe a ellos. Es gente muy solícita y atenta. Ya me ofrecieron asiento, sumamente
cómodo, en unos lugares que ellos llaman cepos.
–¿No te han puesto a
girar en la picota? –dijo Colard–. Es una nueva moda para elegir esposa. Ellas
vienen a mirarte y el criado a tu servicio te va dando vueltas y poniéndote
frente al rostro de cada una.
1 Nombre dado a la provincia de Aquitania entre 1258
y 1453, mientras estuvo en poder de los ingleses. (N. de la T.)
–¡Insigne regocijo!
–continuó Philippot–. Estuve tres veces; y la última, elegí a una señora de
buenos modales, vestida a la española. La cubría un palio de tela de oro,
llevaba en la cabeza una vincha de género con mariposas doradas sujetando sus
cabellos que le caían sobre la espalda, hasta los talones, trenzados con
numerosas cintas; un gorro de terciopelo carmesí, un vestido de lo mismo con
forro de tafetas blanco, de abullonadas mangas bordadas en oro. Su túnica era
de satén blanco, recamada en plata y bordada en piedras.
–¿Y pudiste darte el
gusto –dijo Colard– de estudiar y retener en la memoria esos detalles de su
vestimenta? ¡Mientes, por la muerte cruenta de Nuestro Señor!
–¡Espera y no jures en
vano! –respondió Philippot–. Ocurre que el ayudante del verdugo me detuvo
solícitamente ante la dama a fin de que el paje de la tal dama de mi elección
y anhelos pudiera escupirme cómodamente en la cara.
Charlando así a sus
anchas y desplumando calladamente a la gente, llegaron a las fronteras del
Poitou. Allí fingieron ser hombres de armas hasta una iglesia parroquia, cerca
de Niort. Entraron gritando y diciendo palabrotas; el cura celebraba una misa
ordinaria, cubierto con su casulla. Se apoderaron de los vasos de cobre, de peltre
y plata, a pesar de todo lo que aquél les dijo. Luego le ordenaron subir a
buscar el sagrado cáliz, o al menos el copón que era de plata dorada. El cura
se negó. Ante ello Tortigne le ató la casulla sobre la boca, mientras Philippot
tomaba el cáliz sagrado del altar. Y viendo dentro del mismo el Corpus
Domini, lo comieron los tres solemnemente, pretendiendo tener hambre y
comulgar para redimirse del pecado que acababan de cometer.
De allí se fueron a una
mala posada, en la encrucijada de dos caminos, desde donde emprenderían el
regreso. Pero al ir a beber, Colard vomitó el vino; Tortigne permaneció
boquiabierto con el vaso en la mano y Philippot dejó caer el suyo.
Empalidecieron profundamente y, diciendo que se habían indigestado con lo que
comieran en la iglesia, cayeron alrededor de la mesa en diversas posiciones. Y
de pronto, se vio una bocanada de humo gris, espeso, pestilente, salir de la
garganta de Colard, de la espalda de Tortigne y del vientre de Philippot; todos
comprendieron que se estaban quemando y pronto quedaron totalmente consumidos,
con sus rostros y miembros negros como el carbón, lo que fue comentado por la
gente de la comarca de diferentes maneras; pero lo que nadie duda es que los
tres encantadores personajes, condenados al castigo divino por incendiarios,
cayeron por la gracia de Dios en sacrilegio ... y fueron quemados.
Siglo Dieciocho
La banda de Cartouche
La última noche
Jean Notairy du Bourguet
se había retirado en su ancianidad cerca de Aix. Había vendido su negocio
después de una vida aventurera, la mitad de la cual transcurriera en galeras.
Vestido siempre con pantalones negros y chaqueta marrón, tomaba una pulgarada
de tabaco de una tabaquera de plata con escudo ricamente cincelado, contrayendo
su seco y arrugado rostro. Su mujer era tan apergaminada como él. Nadie sabía
si estaban casados. El sólo la llamaba "señora Bourguignon",
demostrando hacia ella el mayor de los respetos. Tenía ella todavía hermosos
ojos negros y miraba altaneramente a las campesinas. Ambos vivían retirados;
Jean Notairy du Bourguet había sido acusado de complicidad en un asesinato
cometido por la banda de Cartouche; pero no pudieron probarle más que robos.
Sólo confesaba una parte de los mismos, pero entre dos vasos de clarete contaba
con agrado, con una voz cascada, el final de la historia.
"Era un hombre
terrible ese Cartouche –decía–. De día tenía un ancho y descolorido rostro; se
vestía magníficamente, llevando siempre una hermosa chaqueta gris perla con
botones de plata y una espada con vaina de satén. Pero por la noche, al acecho,
era pequeño, moreno, ágil como un gamo, malo como un piojo. El fue quien mandó
al otro mundo a Jean Lefévre, un soplón que lo había denunciado; le cortó la
nariz y la garganta, lo despanzurró y le sacó las tripas. Carlitos el Cantor
tuvo la mala idea de ponerle encima una tarjeta muy bien escrita, con estas
palabras: 'Aquí yace Jean el Destripado, que recibió el trato que se merecía;
los que hagan como él pueden esperar la misma suerte'. A partir de ese momento,
todo empezó a andar mal. Antes, merodeábamos por toda la comarca con la cara
embadurnada de pez; Balagny y Limousin limpiaban a la gente demasiado rica ...
y a los que se quejaban les lavábamos la cara con ácido nítrico. Pero después
que destripamos a ese soplón, había que ocultarse y pasar a ciegas de un
escondite al otro; no era cosa fácil; Cartouche era un galanteador; la señora
Bourguignon puede decirnos algo al respecto. Siempre tenía dos damas por lo
menos, una en cada brazo, vestidas con hermosas telas de damasco. Eso era
molesto; había que darles de beber y todos los taberneros protestaban. Después,
Du Chátelet, que estaba en la Guardia Francesa, se dejó pescar. Nos llevábamos muy
bien él y yo. Era un mozo de clase; pero tuvo miedo y el Ministro de Guerra, Le
Blanc, le hizo contar todo.
"Por ese entonces yo
estaba muy entrenado y era algo así como las orejas de Cartouche. El amaba a
dos mujeres: la morenita que fue apaleada y la Dama. Yo le dije: 'Dominique,
con esas dos no podremos escapar'.
" Quédate tranquilo
–contestó Cartouche–; aún no nos han prendido, y si eso ocurre, pequeño gascón,
tú te encargarás de esconder a una de ellas.
"Ya no sabíamos
adonde ir. Todos nuestros escondrijos y tabernas estaban vigilados. La de Los
Porquerizos ya no servía para nada. Savard, del Mojón de la Courtille,
había invitado a los soldados que nos estaban acechando en casa de su vecina,
la señora Ory, a comer un pavo con Cartouche. El tal Savard era un mal hombre,
y además cobarde. Había sido licenciado pero andaba bien con Dios y con el
Diablo. A pesar de todo era lo más seguro que teníamos. Toda la banda pasaba
hambre ahora que nos espiaban tan de cerca, y él nos daba todavía algo de
comer, con un poco de buen vino, en la habitación de arriba. Muy frecuentemente
nos quedábamos a dormir en la Courtille y permanecíamos encerrados, bebiendo y
jugando a las cartas. Cartouche tenía a sus dos damas; Blanchard, Balagny y
Limousin se comían las uñas de no hacer nada.
"El domingo trece de
octubre –recuerdo perfectamente ese malhadado día– subíamos con nuestras
pistolas hacia lo de Savard. Cartouche se había decidido a esconder a su morena
en una casa de la Maubert. A la Dama debía encontrarla allí. Esa noche el cielo
estaba nublado; lloviznaba.
"¿Dónde está Du
Chátelet? –preguntó Cartouche bruscamente.
"Nadie dijo una
palabra.
"Savard, ¿dónde está
Du Chátelet? –repitió Cartouche entrando en la posada.
"El zorro de Savard
sonrió, alargando su carota amarilla: 'Debe estar de guardia esta noche',
dijo.
"¿De guardia? ¡Para
él se acabaron las guardias!, gritó Cartouche. Se tragó la píldora. Escucha,
Savard, si estás de acuerdo con él para vendernos, tengo aquí seis pistolas, y
una de ellas será siempre para ti.
'¡Bueno, bueno!, dijo
Savard. No os enfadéis, maese Dominique, y subid a ver a la Dama que os
aguarda'.
"Subimos. La Dama
estaba arriba. Al verla Cartouche se olvidó de su ira; hicimos traer unas
copas, corrimos las cortinas, encendimos las lámparas. Savard canturreaba
mientras disponía los platos para darnos de cenar:
"Tengo
un buen vino sin agua
Y pan que he logrado
robar
Una puerta, un molinete,
Lonta malura dondana
Y un catre para roncar
Lonta malura dondá."
"¡El traidor de
Savard! Haciéndose el inocente se había entendido con el Auxiliar en lo
Criminal y con el Ministro. Cartouche lo había amenazado para atemorizarlo,
pero no creía que lo traicionaría tan pronto.
"Nos quedamos
sentados pues a la mesa, bebiendo en cantidad. Cartouche y la Dama se decían
palabras bonitas, brindaban y bebían juntos.
"Más tarde, cuando
íbamos a acostarnos, hete aquí que llega Flamand. Su cara gorda estaba blanca
de terror. 'Sabed, dijo, que han prendido a Du Chátelet. Su capitán lo sabe
todo. Confesó que nosotros destripamos a Jean Lefévre. Capitán Dominique,
estáis perdido'.
"¡Bah! ¡Bah!, dijo
Cartouche, si Du Chátelet nos denunció, nos las pagará. Vete tú si quieres,
Flamand, las hemos pasado, peores. En el hotel de Soissons creí que ya me
prendían, y me les escabullí a los guardias. ¡Por Dios! ¿Acaso nos dejaremos
cercar en la Courtille? ¡Vamos! ¡Vamos, Flamand! ¡Escondeos bien; nosotros nos
quedamos.
"Seguimos bebiendo
pero sin tanto entusiasmo. Jugábamos a las cartas sobre las grasientas mesas;
yo no tenía la mente en el juego. Cartouche se excitaba. Alguien llamó a la
puerta. Era Saint-Guillain, con los pelos parados, congestionado y borracho.
Hipando nos contó que venía la guardia, toda una compañía con órdenes del
Ministro; sin embargo no se veían soldados por ninguna parte. De un puntapié
Cartouche lo arrojó por la escalera y, enfurecido, volvió a tomar las cartas.
Pero sus miradas se desviaban hacia el fuego y a menudo se detenían en la Dama.
"Muy tarde en la
noche, Savard nos trajo ron. La lluvia golpeteaba contra los pequeños cristales
cercados de plomo y las ráfagas de viento silbaban en los marcos de las
puertas. Garlitos el Cantor se envolvió en su capa y se tiró en la cama.
Balagny y Limousin bebían sus tragos junto a la chimenea. Cartouche dejó de
besar a su Dama y se volvió hacia ellos:
–¡Eh, amigos! ¿Qué
hacemos? Esos diablos no osarán venir a, prendernos aquí.
–¡Por mí fe, capitán!
–respondieron los otros–, tú sabes lo que haces. Nosotros bebemos mientras
tanto.
"Entonces, Savard
hizo subir a Ferrond, el brazo derecho de Cartouche. Este dijo con toda calma
que Du Chátelet venía con una tropa vestida de gris, con sargentos de Bernac,
la Palme y Languedoc... pero que no llegarían antes de las once de la mañana.
Ya eran cerca de las ocho y media. El día de invierno aún no comenzaba.
–Bien –dijo Cartouche–,
esta vez es en serio. Ferrond, tú bajarás a espiar en la calle Blanche. Balagny
y Limousin, vosotros estáis borrachos... no serviríais de nada; quedaos
bebiendo junto al fuego y preparad las piernas.
"Luego, volviéndose
hacia mí y abrazando por la cintura a su amante:
–Pequeño gascón –dijo
Cartouche–, pequeño caballero, os tengo por muy noble y generoso; he aquí a la
Dama que os confío; os ruego que la cuidéis mucho, y recordad que debéis
devolvérmela cuando vuelva a buscarla. Pero antes, bella Dama, quiero hacerte
mi esclava: sólo me pertenecerás a mí. Voy a ponerte un sello que te hará serme
fiel'.
"Sacó su cuchillo y
le marcó sus iniciales en el hombro. La sangre brotó, la Dama se mordió los
labios con lágrimas en los ojos, pero no dijo nada."
Cuando Jean Notairy du
Bourguet llegaba a ese punto de su relato, la mirada de la señora Bourguignon
brillaba con súbito fulgor; luego sollozaba en su pañuelo de batista.
"Entonces,
continuaba él, tomé a la Dama y descendí prontamente. Savard estaba en el
umbral y parecía esperar. Cuando nos escapábamos por atrás, oí unos pesados pasos
y la voz de Du Chátelet.
'–¿Hay alguien arriba?
–preguntó.
'–No –respondió Savard.
'–¿Está Petit? –continuó
Du Chátelet.
'–No –dijo Savard.
'–¿Las cuatro mujeres,
están?
'–Sí, ellas están
–respondió el traidor'.
"Al instante se oyó
un ruido de mosquetas que golpeaban contra los peldaños de la escalera y
comprendí que las 'cuatro mujeres' eran Blanchard, Balagny, Limousin y Louis
Dominique Bourgulonon, alias Cartouche. Era la contraseña de la guardia.
Estaban perdidos. La Dama lanzó un grito y me la llevé.
"La puse a buen
recaudo. Luego me arrestaron y condenaron a galeras. Dicen que a Cartouche lo
apalearon y que lo descuartizaron vivo; yo no puedo creerlo... semejante
hombre no puede morir. Seguramente se escapó y un día vendrá en busca de su
amada. Y yo, el pequeño gascón, le he guardado su Dama a fe de caballero... ¿No
es cierto, señora Bourguignon?"
Entonces la viejecita
apergaminada levantaba sus hermosos ojos, aún bañados en lágrimas, se abría el
cuello de encaje y mostraba el hombro izquierdo, de extraordinaria blancura.
Justo encima del seno podían verse dos cicatrices casi borradas, que dibujaban
los burdos contornos de una D y una C. Ella llevaba la última cuchillada de Cartouche.
La Revolución
Los amantes
Fanchón La Poupeé
Conocí a esa joven en
1789. Y a pesar de los terribles acontecimientos que me privaron de mis bienes
y me alejaron de mi patria, a pesar de los quince años que llevo arrastrando
mi vida en esta ciudad de Alemania donde llueve sin cesar, donde paso hambre y
frío, su recuerdo me turba todavía de extraña manera. Me gusta imaginarme, en
medio de estas jóvenes rubias, de piel enrojecida y busto blando que me rodean,
sus formas graciosas, sus miembros nerviosos, su negra cabellera y sus ojos
llenos de sombras. Tenía una voz suave y burlona y encantadores modales. Era
una joven muy por encima de su condición. Aquí las sirvientas de posada beben
a lengüetazos en vuestros vasos y os aplastan contra la boca sus paspados
labios cuando os traen de beber. Pero esta bonita zurcidora había frecuentado
la sociedad; hubiera podido, mucho mejor que otras, figurar destacándose en la
Opera o en el ballet; habría dado de qué hablar en el café de la Régence.
Prefirió llevar una vida obscura, perdiendo a los que amaba.
Ciertamente, durante
mucho tiempo creí ser el hombre distinguido de sus sueños. Tenía yo una
agradable figura, ojos bastante hermosos, una pérfida sonrisa; mis piernas eran
largas... ¿no basta eso acaso para seducir a una zurcidora? Mi amor nació entre
las rotas mallas de mi media de seda, en un puesto de zurcido que encontré en
la calle Saint-Antoine y al son de una copla alegremente canturreada:
Yo
tenía un enamorado
entre los Guardias de
Francia.
–¿Es verdad?, dije. Es un
hermoso uniforme.
–¡Ah, señor!, prosiguió
la bella zurcidora, me enloquecen ... ¡Y no penséis que el mío es un
debilucho! ... ¡No, a Dios gracias! La Tulipe no es de esos ... Señor, tenéis
una malla rota en la pierna.
–¡Por piedad!, respondí.
¿Podré permitir que tan bonita mano ...
–Señor, dijo la zurcidora
levantando la aguja, soy sólo una muchacha del montón. Y se ruborizó. Mientras
ella recogía los puntos y su suave mano rozaba mi pantorrilla, hice que me
contara sus amores. Le dije que era inconcebible que tan deslumbrante belleza
no hubiera encontrado otros adoradores. Que el guardia francés La Tulipe podía
ser un mozo muy bueno pero que debía oler a pipa y a vino barato. Un sombrero
de encajes, un vestido con volantes de hermosa tela de damasco, cintas
adornándolo todo, algún pequeño brillante de valor en el dedo, algún par de
perlas en las orejas ... y el excelente La Tulipe se iría a contarle sus citas
al tambor La Ramee 1 bebiéndose un vaso de vino ordinario.
Pero Fanchon –que así se
llamaba la bella zurcidora– sacudía la cabeza, riendo.
1 Juego de palabras con La Tulipe, el tulipán, y La
Ramee, la enramada (N. de la T.)
Esta joven se me antojaba
ser una especie de rareza filosófica, una hada Diógenes que quisiera quedarse
en su tonel mientras el mundo seguía la comente. Intenté hacerla hablar.
Hablaba con muy buenas palabras; aunque era una simple zurcidora no tenia el horrible
acento del mercado y su gusto se había mejorado con algunas lecturas, lo que me
sorprendió. Pocos días después tuve la precaución de romper todo el costado de
mi media, para volver a ver a Fanchon, la zurcidora. Tenía los ojos enrojecidos
y apenas respondió a mi conversación. La acosé a preguntas; finalmente confesó
que La Tulipa me había visto con ella.
–Me dio de pescozones,
señor, me dijo sollozando; y esas palabras que su fuerte emoción dejara
escapar, me hicieron comprender toda la influencia que tenía sobre la hermosa
joven, el espantoso La Tulipe.
– Son los otros, los que
le enseñan esas cosas, continuó mi tierna zurcidora; él es más inocente que un
corderino.
No pude contener una
sonrisa.
– ¡Cómo!, dije. ¿Un
corderillo entre los Guardias de Francia?
–Os burláis, señor,
continuó la bella zurcidora enjugándose los ojos con un fino pañuelo; pero La
Tulipa canta muy bien, sus compañeros lo llevan a la taberna, y yo tengo que
sufrir, ¡ay de mí!, las lecciones que le dan.
Traté de consolar a
Fanchon. Le hice ver su imprudencia; no era difícil que su amado aceptara con
gusto esas enseñanzas. Los otros soldados lo llevarían con alguna ramera y la
pobre Fanchon pagaría las consecuencias. Se ruborizaba y empalidecía
alternativamente, viendo que yo hablaba muy en serio. Al caer la noche, la
bella zurcidora abandonó su puesto con lágrimas en los ojos. En cuanto a La
Tulipe, no le dijo nada por su traición. ¿Abrigó ella desde entonces alguna
duda? ¿O acaso todo había sido preparado? ¿Fui víctima de una farsa cruel?
Podría creerlo ... y sin embargo ...
Durante dos años mi vida
fue Fanchon la Poupée. Adopté un apellido de olor republicano; tomaba
infinitas precauciones; mis arrendatarios pagaban testaferros que me hacían
pasar por un "ciudadano". Toda mi familia había traspuesto la
frontera y me instaba a que me marchara yo también. Pero me quedaba por Fanchon
la Poupée. Nos divertíamos mucho; nos tuteábamos, íbamos a fiestas y a
brillantes bailes. La máquina de Guillotin1 hacía estragos, mas yo
tenía el corazón henchido de un radiante olvido. Mis compañeros de diversión
dieron a mi hermosa zurcidora el nombre de Fanchon la Poupée2.
Estaba llena de afectación y amaneramiento y yo parecía ser lo que ella más
amaba en el mundo. Pero comenzamos a ser atormentados por alguien que nos
seguía. No podíamos salir sin que nos escoltara, a algunos pasos de distancia,
un guardia nacional delgado, alto, con una horrible nariz aguileña. Era La
Tulipe. Tan pronto este hombre nos miraba burlonamente cuando estaba sobrio,
tan pronto se abalanzaba hacia nosotros insultándonos, cuando estaba ebrio. A
menudo Fanchon volvía toda temblorosa de casa de una amiga y me decía, con su
hermoso rostro conturbado, que La Tulipe acababa de perseguirla por la calle
blandiendo un enorme cuchillo.
1 José Ignacio Guillotin, médico francés (1738-1814)
que hizo adoptar el instrumento llamado en honor a él la
"guillotina". (N. de la T.)
2 Poupée: Muñeca. (N. de la T.)
Otras veces, nos acechaba
en las tabernas de las encrucijadas, bebiendo con gente de pésimo aspecto. Por
la noche, Fanchon se despertaba gritando de terror. El no es malo, decía, pero
quiere jugarme una mala pasada porque lo abandoné. ¡Ay! ¿Iría a perseguirla
toda la vida? Algunos años antes yo hubiera podido desembarazarme de ese
hombre. Hoy, en cambio, estaba yo en sus manos.
Sin embargo, el dinero
que yo le daba a Fanchon la Poupée, desaparecía rápidamente. Ella no gastaba
exageradamente, cero a mediados de mes ya estaba en apuros y a fin de mes
comenzaba a implorarme.
– ¡Qué desdichada soy!
–lloraba la bonita zurcidora–. ¿Cómo pretendéis señor que me alcance lo que me
dais? ¡Estaba más tranquila y era más feliz con la aguja en la mano! Luego,
recuperándose: ¡Ah! ¿Qué sería de mi si vos me abandonarais? Tendría que ceder
al horrible La Tulipa; ese monstruo me mataría. Sus lágrimas me asustaban y me
inspiraban piedad; yo lloraba junto con la pobre Fanchon.
Una noche, al volver del
teatro, entreabrí antes de acostarme la puerta de la cocina. Un delgado
hilillo de luz se filtraba por encima del umbral y me pareció sentir un ruido
de voces. Por la abertura percibí la espalda azul con ribetes rojos de un
guardia nacional sentado sobre la mesa; balanceaba las piernas, y al volver el
rostro hacia la luz, reconocí en él el moreno y descarnado rostro de La Tulipe.
Fumaba una pipa de
terracota blanca y bebía vino directamente del botellón, Fanchon la Poupée, de
pie ante él, con las manos cruzadas, le miraba sonriendo, con las mejillas
arreboladas y la mirada ardiente.
Apoyé el oído en el marco
de la puerta y escuché. El guardia nacional decía, después de tomar el botellón
por el asa:
–Fanchon, tu vino es
bueno; yo no tengo nada. Piensa en lo que te he dicho. Necesito dinero; el
señor marqués tiene que dártelo, o le hablaremos de él a las autoridades. (El
estúpido estaba borracho.) Vamos Fanchon, bailemos un poco. Te alzo como una
pluma. Yo quiero
Beber
otro trago
De este vino delicioso.
Quiero beberme a Fanchon.
Bebamos pues por mi
ramera.
Besémonos a escondidas.
¡Niña mía, déjame en paz!
Besó a mi linda zurcidora
en los labios, vació su pipa con golpecitos dados con la uña, escupió
pavoneándose y, ya de pie, se dirigió hacia la puerta. Tuve apenas tiempo de
escapar por la escalera. El miserable me habría denunciado.
¡Ah, cruel!, cruel
Fanchon!, decía yo, pensando en su engaño. ¿He sufrido tanto, lo he perdido
todo sólo para esto? ¡La Tulipe, un pobre criado maloliente! ¡Ay de mí!
¡Fanchon la Poupée, ¿por qué me amaste, por qué me hiciste verter tantas
lágrimas?
Cuando terminaba de decir
estas palabras, entró mi bella zurcidora. Lanzó un grito de sorpresa, vio mis
lágrimas y lo comprendió todo, estremecida. Quiso hablar; mi indignada mirada
la contuvo.
–Si –dijo al fin–, voy a
unirme a quien me ama. Una zurcidora necesita de un guardia nacional.
Besémonos a escondidas.
¡Niña mía, déjame en paz!
Me quedé anonadado,
mientras ella salía sonriendo graciosamente. .Durante toda la noche vertí
lágrimas amargas; pero a la mañana, al salir de mi lecho, vinieron a prenderme
los republicanos. Evidentemente la cruel mujer me había denunciado. Nunca lo
supe. En otra parte he contado cómo me escapé milagrosamente, cómo logré pasar
la frontera y unirme a mi familia en Dresde. La Providencia no fue ajena a mi
destino, pero castigó severamente a la traidora Fanchon.
Fue así como me enteré de
la suerte que corriera. En el año VIII de la nueva era, fueron
ejecutados en Chartres un grupo de nefastos bandidos que asolaban la comarca.
Entre los jueces se hallaba un amigo nuestro que luego vino a visitarnos a
Alemania. Me contó que le había impresionado vivamente una hermosa joven que
vivía con esa gente y se llamaba Fanchon. Había contribuido a denunciar a sus
cómplices al lugarteniente Vasseur, enamorado de ella. Pero su única intención
fue la de hacer prender a un hombre alto y delgado, de nariz aguileña, que
fuera soldado. Ese hombre parecía ser o su enemigo o su amante, pues ella lo
abrumaba con la furia de una mujer celosa. En cuanto ese "amante" fue
prendido, la extraña Fanchon desapareció.
–¿Y qué pasó con él, con
el hombre de la nariz aguileña? –pregunté a mi amigo.
–Lo mandaron a jugar a
la pelota en la plaza principal de Chartres.
Así llamaban esos
bribones a la guillotina.
Poder
Se llamaba Juan Francisco
Poder, o al menos esa era el nombre que figuraba en su libreta de enrolamiento.
Sus compañeros le llamaban Juan María el Torpe. Tenía ojos claros, grises,
profundos, una nariz chata y dientes puntiagudos; rechoncho y ancho de
espaldas, caminaba como un pato. De ordinario se pasaba sin hacer nada tirado
en su cama, que por ser el más antiguo, había empujado hasta el rincón del
cuarto. Frecuentemente faltaba a la revista de la tarde por haberse escapado de
juerga. Se quedaba cinco días y sólo volvía al sexto, antes de que lo
declararan desertor. Al volver se ponía pantalón y camisa de fajina, el
birrete, y se iba a buscar al sargento a la Sala de Partes. Al día siguiente,
la hora del barrido lo encontraba borracho, ya que siempre hallaba el modo de
que le trajeran una jarra de vino de la cantina a la prisión, y de balde por
añadidura. Tenía su rincón, su manta, y su trozo de pared; y bajo el cajoncito
de madera que se usa como almohada, su petaca de tabaco, un salame y una vela.
Cuando el sargento le quitaba las provisiones, desprendía una baldosa y se
cavaba un escondite nuevo.
Era amigo del trompeta
Güito, un bretón que casi no hablaba francés, un moreno flacucho, de
incipientes bigotes. A menudo, por las noches, después del toque de queda,
ambos se quedaban conversando acerca de su provincia, sentados en la cama, con
las piernas colgando, Güito a los pies, Poder apoyado contra la cabecera, sosteniendo
entre sus muslos una escudilla de guiso. Me hice amigo suyo una noche en que
jugaban a apoderarse a mordiscones de una papa que colgaba de la tabla del pan,
con una vela plantada en el medio. Güito la mordió verticalmente y se echó a
reír, con su risa bretona:
–Tú, pagar botella de ron;
yo, beber como una cuba.
Y después de la botella,
saltamos la pared. Con el coche de la cantina, y una soga atada a la galería
exterior, lo hicimos fácilmente. Ya fuera de la verja, pasamos a la sombra de
la garita, lejos del farol del puesto, y luego costeamos el muro. Y de allí, en
marcha hacia "La Vid en Flor" a jugar a la cantinera.
Cuando el regimiento
partió de campaña, Poder y yo tuvimos que hacer el camino casi en cuatro patas.
El Sol de al tresillo, a beber ron, a darnos aires de oficiales y a mirar julio
nos azotaba; nuestras sudorosas y enrojecidas caras estaban cubiertas de placas
de polvo blanquecino. Era un polvo fino que nos ponía pastosa la lengua haciendo
grumos entre los dientes. Entonces Poder me "tiraba la manga" o me
birlaba dinero de taberna en taberna para tomar un trago. Se hizo mi amigo
incondicional. Había corrido mucho mundo el buenazo de Poder. Había andado a
pie muchos caminos y dormido en las cunetas con el traste al aire. Había pasado
hambre, comiendo apenas muchas veces, y muchas otras nada en absoluto.
–¿Te das cuenta, amigo?
–decía–. Los vagos ya no tienen suerte. Hoy hay maquinistas que llevan a todo
el mundo en sus trenes; los soldados ya no van a pie. Quisiera entrar en el
comercio. Cuando mi chica deje de servir, nos compraremos un carromato.
Su chica trabajaba como
sirvienta en un castillo cerca de Quimperlé. Sus patrones eran muy avaros y
casi nunca le daban de comer... apenas un poco de guiso de tanto en tanto.
¡Eran unos canallas!" ¡Gente de tanta instrucción!
Foder me contaba todo eso
mientras me enseñaba a jugar al "foutreau", un juego terrible, que
había aprendido vaya a saber dónde. El Sr. Foutreau dirige el juego con un
pañuelo anudado. Cuando alguien insulta al Rey o a cualquier otra venerable
figura de las cartas, el representante del Sr. Foutreau exclama: "¡Quince
buenos golpes al señor! ¡Cuatro golpes livianos al señor!" y después de
este castigo que fija según su entender: "¡Honor al señor Foutreau y siga
el juego!". Más adelante me enteré que el Foutreau se jugaba en la banda
de Cartouche. Poder era un experto. Las pandillas de vagos que recorren los
caminos robando a los campesinos le habían dado una sólida educación.
A menudo dejaba de jugar
y se quedaba un instante pensativo. ¡Murmuraba entonces: "Cuando mi chica
deje de servir..." Luego, recuperándose: "¡Honor al señor Foutreau y
siga el juego!"
Ese carromato era su
sueño. La felicidad compartida en la noche obscura, a pleno campo, bajo el
toldo bamboleante, con una mujercita que uno estrecha junto a sí. Sin cortar
que puede ganarse en la partida. Una noche, en el campamento, me tiró de los
pies bajo la tienda; estaba terriblemente borracho.
–Mi chica ha llegado
–dijo hipando–. Está en la taberna de la vieja Legras. ¿Quieres venir a verla?
La taberna tenía piso de
tierra apisonada; allí gruñían dos lechones; la sidra espumosa se servía
directamente del tonel. Junto al hogar estaba acurrucada una diminuta bretona
de pómulos salientes, cabellos enmarañados, pequeña estatura. Posó tímidamente
en mí sus grandes ojos negros.
–¡Has bebido otra vez,
Juan Francisco! –dijo, rodeándolo con sus brazos–: ¡Malo!
Y entonces Poder le
susurró palabras en voz baja, sentándose junto a ella. Yo, por mi parte, bebía
sidra en los jarros de loza pintada, mientras miraba a los lechones y a la
vieja Legras.
Cuando salimos bajo las
estrellas, Poder me dijo: "Es linda, mi chica, ¿en? Pero no me atrevo a
largarme con ella; no es el momento todavía; tiene que volver al castillo. De
todos modos tendremos el carromato". Y a lo largo de todo el camino, al
claro de Luna que recortaba, con la sombra de los selos, grandes manchas
obscuras sobre el polvo blanquecino, Poder me hablaba de su chica y de la vida
que llevarían juntos. "¡Basta de correr mundo! ¡Tendremos el hogar en
nuestro carro! ¡En serio!"
La tarde siguiente, al
pasar lista, mi amigo Podar se había escapado de juerga. Después, lo metieron
preso. Lo vi durante algunos días, con la escoba en la mano, el birrete sobre
la oreja, empujando la carretilla. Hizo marchas forzadas con el equipo cargado
sobre sus espaldas, desde el campamento hasta el cuartel.
Y luego, una noche, me
desperté en mi cama, con el resplandor de una vela en la nariz. En el círculo
de luz vi la cara de Poder, cubierta de manchas rojas con dos ojuelos que
brillaban.
–Dame algo de plata,
viejo ¿quieres? –murmuraba–. Mi chica y yo nos vamos a escapar.
Maquinalmente busqué
debajo de mi uniforme y le tendí el dinero. Luego, al darme vuelta, sentí los
pasos de Poder bajando suavemente la escalera; pensé: "Me sacó plata de
nuevo". Luego, al volver a dormirme, creí ver correr sobre el blanco camino,
a la luz de la Luna, a Poder y a su chica sentados uno junto al otro en la
banqueta de su carricoche. El caballito iba trotando adelante, sacudiendo sus
dos penachos, y la sombra fugitiva del carromato corría a lo largo de los
fosos. Y el vagabundo y su amiga eran felices bajo la lona bamboleante.
Nunca más volví a ver a
Juan Francisco María Podar.
Las bodas de Arz
Mi caballo y yo habíamos
llegado al último cabo que se hunde, por debajo de Bader, en el mar de
Morbihan. El animal olió el aire salino, estiró el pescuezo y se puso a
arrancar los escasos brezos que crecen en las grietas de las rocas. La
colina descendía por debajo de nosotros en afilada lengua hasta el agua. Me
apeé, y, llevando al caballo por la cabezada, busqué un refugio donde atarlo.
Un poco más abajo se divisaba un humilde vallado en el que vegetaban algunos
pobres pastizales con una desvencijada cabaña; até las riendas a un herrumbrado
anillo y empujé la puerta cuyo cerrojo colgaba. Una vieja vestida de negro se
levantó de un camastro donde estaba recostada. Cuantito intenté hablarle me
hizo señas de que era sordomuda. Me mostró su ropa negra y comprendí que era
viuda y que no había hombre alguno para darle de beber a mi caballo. Las
campanas sonaban vísperas a la distancia; me hizo entender que se iría al
pueblo a renovar su provisión de tabaco, en una tabaquera de madera de abedul.
Pero mi cabello podría quedarse, a la siesta, a la sombra de la choza, si no se
peleaba con el cerdo, único ser viviente de los alrededores.
Entonces bajé
pausadamente hasta el pequeño malecón de rocas, para esperar al botero. Del
otro lado de la capa de agua que venía a lamer los guijarros de la orilla, se
alargaba la isla de los Monjes con sus peladas praderas y las ruinas de sus
muros de piedra. A lo lejos, como puntos, se veían las casas grises y un trozo
de campanario. El calor del día iba cediendo un poco; una deliciosa calma
comenzaba a embargarme cuando sentí crujir las algas secas. Era una jovencita
que venía por el malecón; tendría unos quince años. Su curtido rostro estaba
cubierto de pecas Un pañuelo le cubría el pelo y una cinta arrugada revoloteaba
en su blusa abierta. Caminaba con dificultad, con sus píes desnudos metidos en
enormes zuecos. Posó sobre un montón de moluscos violetas un paquete envuelto
en una arpillera, se quitó los zuecos y, sin mirarme, hundió sus pies entre las
olas que rompían. El botero se acercaba, empujando su barca con una larga
pértiga. En cuanto se arrimó al malecón, ella saltó a la barca, sentándose a la
proa.
Allá arriba, mi caballo
asomaba la cabeza por el vano de la puerta y aspiraba el aire tibio
relinchando. Mascando su tabaco, el marinero me señaló a la chica guiñándome un
ojo. Ella estaba con la cabeza inclinada hacia el fondo del mar de Morbihan,
mirando hacia la isla de Arz, donde giraban las aspas de dos molinos. Del otro
lado, Gavr’ lnnis hinchaba el lomo sobre sus esculpidas grutas. El mar
reflejaba el cielo azul y rodeaba con sus brazos la verde vegetación de las
islas; bandadas de alondras de pálidas colas surcaban el aire.
La isla de los Monjes
está frente a la isla de Arz. Los días de Perdón, dos líneas de velas blancas
serpentean sobre el agua yendo y viniendo de Arz. Sólo en esos días las jóvenes
de la isla de los Monjes cambian sus vestidos y pañuelos negros por chalecos
bordados y cintas de terciopelo con canutillos. Los hombres que se van a
pescar sardinas con los de Ethel y los de la isla Tudy las llevan a bailar con
las jóvenes de Arz. Las de la isla de los Monjes tienen el cutis blanco y fino,
las manos afiladas, ojos negros y cabellos rubios; según dicen, una colonia
española se estableció hace mucho tiempo en el archipiélago. Las muchachas de
Arz son morenas, vivarachas y alegres; llevan siempre un traje célebre en la
zona. Quieren a las suaves rubias de la isla de los Monjes que sólo se quitan
los negros velos cuando hay fiesta, y los novios llevan a sus novias a Arz antes
de la boda.
Durante el camino me puse
a conversar con mi pequeña compañera y, para aliviarla, coloqué su paquete en
la punta de mi sable, y mi sable sobre el hombro. Atravesábamos por largos
corredores entre los muros de los campos y por las estrechas callejuelas del
villorrio; las pálidas y encapuchadas jóvenes nos espiaban a escondidas;
algunos perros silenciosos levantaban hacia nosotros sus inquisidores hocicos.
Ella me contaba cómo
había viajado, desde que tenía recuerdo, por la tierra bretona, primero con su
madre, luego con un viejo de párpados enrojecidos. Había acampado con los
vagabundos en el campo de los Mártires, hacia el lado de Santa Ana d'Auray.
Muchos de ellos vendían rosarios y medallas de la Virgen. Hablaban entre sí un
idioma desconocido y de noche se peleaban frente a la marmita o por dormir en
las parvas. Cuando el viejo encontró un pequeño cochecito y dos perros
acollarados para tirar de él, la abandonó para irse a mendigar con su alforja
y su garrote hacia Karnak y Plouharnel, donde van los ricos extranjeros. Unos
ingleses que viajaban en un coche enorme, parecido a los carromatos de los
saltimbanquis, la habían alimentado durante algunos días, dejándola en
Saint-Gildas de Ruys. Después había errado por los caminos; las chicas y
muchachos se burlaban de ella a causa de sus pecas. Un día le dijeron que
encontraría novio en las bodas de Arz, pero que debía tener mucho cuidado,
porque en la isla de Arz sólo hay mujeres: a la que se elige para casarse hay
que hacerle comer siete serbas antes de que estén maduras, y entonces la
muchacha se convertirá en varón.
Le dije que en la isla de
Arz se reirían de ella y que las jóvenes sólo se daban con las de la isla de
los Monjes. Pero ella sacudió su cabeza.
Bajábamos hacia la playa;
los barcos se balanceaban, acunados por las olas y se escuchaba el eco de las
risas sobre el agua. Tendido sobre los guijarros, un soldado aguardaba al
botero; era joven, ágil e imberbe; de regreso a Auray, con permiso de tres meses,
había llegado demasiado tarde a la reunión de Arz... todas las jóvenes se habían
marchado y los barcos ya volvían. Una chalupa tocó tierra cerca de nosotros; de
ella descendió toda acalorada, una hermosa rubia de blusa roja, con su
compañero; el soldado se incorporó lentamente y la miró suspirando. Con la mano
se acomodó el pantalón y se sacudió los faldones, miró a mi pequeña amiga de
rabillo de ojo y se embarcó. Ella saltó tan rápidamente dentro de la barca que
no tuve tiempo de devolverle su paquete que pendía de mi sable. La llamé a
voces desde la orilla; pero el viento que hinchaba las velas se llevó mis
gritos. Durante mucho tiempo pude verla todavía; descansaba sus fatigados pies
sobre la banqueta y el soldado había extendido su chaqueta azul con flores
púrpura sobre sus desnudas piernas.
En la isla de Arz, el Sol
poniente bordeaba los molinos de una línea roja. Los barcos volvían uno a uno,
trayendo de vuelta a las jóvenes exhaustas; yo seguía aún con la mirada puesta
en la blanca vela. Vi dos puntos que subían lentamente por la grisácea playa de
la caleta; sin duda el soldado sostenía a mi amiga por el talle; y cuando el
ángelus desgranaba sus campanadas en la bruma de la tarde, desaparecieron ambos
en ella.
Para Milo
Voy a deciros lo que soy:
un hombre tranquilo que vive de un poco de dinero que gana en su negocio. He
aprendido algo de política con los viejos amigos que juegan a los bolos, por
la tarde, cerca del puerto, y si he comprendido bien, debo ser un burgués. Es
cierto, tengo algunos bienes, dos hijos que bostezan al sol, y una buena
mujercita que amo con todo mi corazón; es cierto, fumo mi pipa sentado en el
banco de cemento que está a la izquierda de mi puerta; mi tabaquera tiene
tabaco, como la de un señor... y si no lleno el hornillo de mi pipa como los
demás, es porque me falta el brazo derecho. Es por eso también que mi mujer
escribe en mi lugar; pero yo miro por encima de su hombro, para ver si pone
todo, tal cual yo se lo digo. Soy un poco puntilloso en ese aspecto: también
miro en la alcaldía para ver si el secretario del señor alcalde escribe
exactamente lo que digo, cuando doy mi opinión. Si la gente de la región me ha
elegido concejal, no voy a ser yo quien los engañe en sus negocios. Tampoco quiero
engañar a mi muchacho, cuando lea esto más adelante, después que vaya a la
escuela, mi pequeño muchacho que me mira, sentado en la escupidera, chupándose
al dedo.
¿Por qué cuento mi
historia? Es una idea que se me ocurrió dé la manera que ahora explicaré. Los
camaradas pretenden que un burgués se encuentra cómodo sin haber trabajado, que
se come virtualmente el pan que los otros hacen para él, que nació parado y come
todos los días mientras que los que sudan rebañan las ollas vacías. Al terminar
la jornada, cuando me acuesto en mi cama, sobre un buen colchón lleno de algas
perfumadas y miro, a la luz de la lámpara, mi negocio, me pregunto muchas veces
por qué soy feliz, rico, por qué estoy al abrigo con mí buena mujercita, un
hermoso niño que va para los cinco años y una pequeña señorita con modales de
diez años pero que apenas tiene dos ... mientras que hay pobres pordioseros que
recorren a pío esos caminos y duerman a la intemperie con sus zapatones
claveteados como almohada. Tales ideas me asaltan a menudo antes de apagar la
lámpara (tenemos velas pero mi mujer las guarda para las prácticas religiosas).
Hay una especie de mirilla entre la habitación y el negocio, justo encima del
mostrador; por ella veo hasta la calle, entre los atados de mijo que cuelgan
del techo con los jamones ahumados y el bacalao desecado, justo encima de los
pequeños frascos llenos de bolitas rojas, blancas y azules, de las imágenes de
Epinal, las pipas de caramelo, las gruesas de cohetes, los arenques ahumados
que muestran sus panzas lustrosas como chaleco de oro bajo chaqueta verde, los
ovillos de piolín amarillo, y las mechas de azufre para encendedores atadas en
paquetes como doradas tripas de pescado. Todo queda en una semipenumbra; el
viento que se desliza por debajo de la puerta hace temblar un poco la llama
roja de la luz, de la que se desprende un hilillo de humo que ennegrece la
viga del medio... y por encima de la cofia blanca de mi mujer, veo relucir los
bordes de todas las cajas de peltre. Oiríase que el negocio está lleno de oro y
plata; mijo de oro pálido en el techo, tocino de oro rojo, arenques de oro
amarillo y de oro verde, escobas nuevas con cabellera de paja de oro, confites
de oro transparente y naranjas de oro macizo; y luego hermosas cajas de plata
para guardar el café, la pimienta y la canela, cacerolas relucientes como
monedas nuevas; todas cosas que alegran el corazón.
A ella ya no le decía
nada cuando estábamos arropados bajo el edredón en las noches de tormenta,
cuando uno se acurruca en los bordes de la cama o contra los tibios muros. Era
entonces cuando más se me estrujaba el corazón. Desde casa se oyen muy bien las
olas al romper, y a veces, durante el día, llega la bruma y se deshace en nuestra
mesa, cuando hay viento del oeste. Es un ruido que despierta en el fondo de uno
mismo tristes pensamientos que nos van aprisionando sin que podamos deshacernos
de ellos; y aunque sean más amargos que la hiel, no pódennos dejar de
rumiarlos durante horas y horas. No le decía nada de todo esto a mi mujer
porque habría parecido que yo le reprochaba la comodidad que ella trajera a mi
vida. Sólo que mi mujer es inteligente, astuta, y sabe daros vuelta, y veía de
rabillo de ojo que las cosas no andaban como debían ser. Una mañana me miró
largo rato y luego me dijo:
–Mathurin, ¿no vas a
decirle a tu Jacquette lo que te pasa?
Justo cuando me daba
vuelta, vi que sonreía con dos hoyuelos en el mentón, lo que me recordó la
sonrisa de la primera vez... pero, ¡paciencia!
Todo eso me vino a la
memoria y la estreché contra mi corazón (lo que puedo hacer muy bien con el
brazo izquierdo) y le contesté:
–Si, Jacquette. No te
preocupes. Voy a explicártelo. No quiero que más adelante nuestro muchacho se
crea hijo de un burgués almacenero que nunca hizo de su vida más que poner café
en el molinillo y verter aceite de adormidera en las aceiteras; nunca querría
trabajar y no sería un verdadero bretón. Y yo mismo, a menudo pienso en los
pobres vagabundos del camino.
–¡Y qué, Mathurin! –gritó
Jacquette dejando la media que estaba tejiendo–. ¡Estás loco para ponerte a
pensar semejantes cosas! ¿Quién merece más que tú vivir tranquillo, con su
mujer y sus hijos y pan en el horno para los siete días de la semana, ¿Acaso es
un pecado comer todos los días si tenemos cómo hacerlo? Si hay un trozo de
jamón sobre nuestras papas es porque podemos cortarlo de ése que cuelga allá
arriba. No le pedimos a nadie los huevos que empollan nuestras gallinas y Milo
anda de pantalones todos los días, como Dios manda. ¡Jesús! ¡Y cómo rompe sus
pantalones! Pero tenernos agujas e hilo y dedos para zurcir. Sólo que por un
lado, tienes razón. Nadie más que yo en el mundo sabe lo que tú has hecho; y es
necesario que Milo aprenda que las aves no nos caen asadas en la boca, que has
sudado y luchado para ser feliz, querido mío, y que hasta perdiste un brazo en
ello, como un valiente. Milo tendrá que recordar siempre que su padre ha
trabajado duro... y que de otro modo él no comería estofado tres veces por
semana ni tendría un cerdo en el saladero .¿Te das cuenta Mathurin? La
burguesía es un mal cuando no se la merece; pero cuando se ha dado parte de su
vida para ganarse un hogar, nadie puede decir nada. Y soy del parecer,
Mathurin, que expusiste tu vida, que estuviste en peligro de muerte, y que si
ya no puedes cortar trozos de madera en el aserradero es porque los prusianos
cortaron el brazo que sostenía el hacha. Y ya que tú no puedes escribir tu
historia, me la contarás, tal como ambos la sabemos, pero con las palabras que
tú conoces mejor, y yo la copiaré en un cuaderno para que Milo pueda leerla un
día.
Aquí debo deciros que
abracé a mi mujer. Sus mejillas son rosadas como manzanas deliciosas. Ahora
mismo no quiere poner esto en el papel. Dice que se ruborizaría. Pero yo quiero
que todo el mundo sepa cuánto la amo; la recompensa de mis sufrimientos es Jacquetta,
mí mujercita. Voy a explicaros cómo hacemos para escribir. Yo me paseo por la
habitación fumando mi pipa; Jacquette escribe sentada ante la mesa; mi
muchachito, Milo, nos mira con sus redondos ojos ... y nuestra Mariana ronronea
suavemente en su cuna de mimbre; tiene una hermosa carita regordeta y sus
ojitos, pequeños como agujeritos de taladro, están cerrados. Si Dios quiere
será una hermosa chica. Tenemos también un hornillo y castañas tostándose en
él; Jacquette mordisquea de tanto en tanto alguna, para descansar; y tampoco
está prohibido refrescarse la garganta con un buen vaso de sidra. El piso,
lavado con jabón, luce grandes vetas obscuras entre los nudos del pino; tener
un cuarto limpio alegra el corazón; el aire huele bien por las especies del
negocio.
Comenzaré diciendo por
qué no serví en la flota pesquera.
En Puerto Navalo casi no
se practica la pesca de alta mar. Los de las zonas más bajas, del lado de la
Turballe, Piriac, Billiers y Mesquer, se van a los bancos de Terranova en busca
de bacalao. Aquí pescamos sardina con canoas en el mar de Morbihan y más
adentro entre Bellelle, Houat y Hoedic. Cuando nos toca la conscripción preferimos,
como sardineros, hacerla en tierra antes que partir hacia países caminados, de
donde se vuelve ñor, la cara obscura como tabaco. Lo que se suda en el oficio
atando los cabos de las redes, no es menos de lo que se suda con el pantalón
rojo o el de badana, cargando el fusil al hombro o empujando las cureñas.
Partí pues a fines de
noviembre de 1870, con el regimiento de Vannes. El viento del norte soplaba
con ganas: unas ráfagas que nos cortaban los dedos; nos embarcaron en vagones
como ganado. El viento soplaba entre los hilos del telégrafo y las ruedas
chirriaban canciones marineras mientas los cambios le hacían el refrán. Nos
pasamos todo el día y toda la noche cambiando de un tren a otro; los
suboficiales insultaban y blasfemaban; y cuando el alba gris comenzó a elevarse
hacia el cielo amarillento, teníamos las articulaciones entumecidas y las uñas
amoratadas de frío. En mi furgón viajaba un almadreñero de Gourin, de párpados
enrojecidos, pelo colorada y cara picada de viruelas. Había bebido demasiado
antes de partir y repetía todo el tiempo: "¡Eh, madous, éozur!" Cuando
nos apeamos, el piso del furgón estaba cubierto de grasientas manchas de
mascadas de tabaco.
Delante del tren parado
el campo era llano, sin setos como en Bretaña; pero la campiña se perdía en el
horizonte, cubierta en partes por la bruma, con los rastrojos cortados al ras
y terrones de tierra helada. Dándonos apenas tiempo para cargar el equipo y
los fusiles, el oficial ordenó "¡Adelante!" El almadreñero
trastabillaba, y otro, alto como un diablo, lo empujaba de tanto en tanto. Ese
otro era tan rubio que parecía no tener cejas y su cabeza rasurada era como una
calva. A medida que íbamos avanzando se oían golpes sordos y, de vez en
cuando, como el ruido de un género al rasgarse, o el de una vela que toma rizo
y golpea contra el mástil. A la izquierda, a la vera de un camino había cinco o
seis casas, nos hicieron hacer alto. Debíamos acampar y esperar órdenes. Los
prusianos habían pasado por allí la víspera; el revoque de las paredes estaba
roto por las balas, los cercos derruidos, en algunas ventanas veíanse colchones
destrozados, en el vano de las puertas sillas amontonadas y rotas. Tres
gallinas picoteaban junto a una bolsa desgarrada de maíz.
Nuestro sargento empujó
la puerta de una granja, sostenida solamente por un gozne. Adentro todo estaba
obscuro y no se escuchaba más que el crepitar del fuego al extinguirse y
alguien que sollozaba. Era una joven que nos daba la espalda, arrodillada
contra la piedra del hogar. Su camisa de algodón se hinchaba bajo los cordones
de su corselete. Los pasos la hicieron volver en sí y se irguió enjugándose las
lágrimas que le nublaban los ojos.
–Ya no tengo más nada
–dijo adelantándose–; se lo han llevado todo. Mi padre y mi hermano tenían un
fusil en el granero; ellos los maniataron y se los llevaron. Yo grité e imploré
... ¿para qué? Sé que van a fusilarlos; los llevaron al pueblo. Cuando vuelvan,
tomaré el otro fusil que está escondido en el arcón y mataré a alguno. Ellos me
matarán también, pero ya nada tengo que hacer en este mundo; lo he perdido
todo.
–Vamos –dijo el
sargento–. No te desalientes, hija. Vamos a encender de nuevo el fuego y a
tratar de arreglar las cosas.
Pero luego de comer la
sopa (de un trozo de panceta salada) comprendimos que no había nada que hacer.
Los prusianos estaban en el pueblo y había francotiradores en el campo.
La joven se había
arrojado al suelo, entre el arcón y la pared y lloraba de un modo que nos
partía el alma.
Durante un buen rato una
garúa fina golpeó contra los cristales. Luego de engrasar mi fusil, me senté en
un rincón y me puse a pensar. Mis compañeros se habían recostado en círculo
junto a la chimenea; el sargento silbaba frente a la ventana y miraba el campo.
Fui suavemente hasta el arcón; la joven seguía llorando.
–¿Tiene usted un farol?
–le dije al oído.
Me miró con ojos apagados
y me dijo:
–Allí en el arcón, a la
derecha.
Tomé un farol de latón;
lo encendí y salí. ¿Adonde iba? Era algo que se me había ocurrido, nada claro,
por supuesto, y contra los reglamentos; pero no podía soportar ver a una
muchacha como ésa, blanca y rubia, llorando hasta enrojecerse los ojos. El
camino principal llevaba derecho al pueblo; salté por los campos y lo seguí,
apagando el farol. Hacía más frío aún y ahora nevaba en pequeños copos. A
pesar de la obscuridad, vi que el camino atravesaba por el medio del poblado,
con las casas a ambos lados, dando la espalda a los campos. Como ocurre a
menudo en nuestra zona, la leñera estaba al fondo, con un ventanuco cuadrado en
el muro por donde se escuchaba bien lo que pasaba en el salón. En algunas casas
la gente roncaba, en otras se sentían acompasados pasos, y en una de donde
provenían fuertes risotadas, me acodé al ventanuco y escuché. Una voz fuerte,
un tanto áspera, decía: "¡Kanaillen francotiradores! ¡Morgen
kapout!" Sólo comprendí la palabra francotiradores; aparté
suavemente los leños con mi bayoneta y miré. Dos campesinos, uno joven, otro
viejo, permanecían de pie, con la cabeza descubierta y las manos atadas, con
sus camisas azules flotantes; un joven subteniente se acariciaba el bigote,
sentado ante una mesa, cerca de la luz; un viejo sargento hablaba con él. Otros
dos hombres estaban ante el fuego.
De pronto se me ocurrió
una idea. Corrí sin hacer ruido hasta la entrada del pueblo; colgué el farol de
un árbol y le saqué la placa corrediza. La luz amarillenta brillaba entre las
ramas formando sobre la nieve un círculo iluminado, a cuyo alrededor todo era
azul. Después, tomando el fusil, disparé un tiro y corrí hasta quedar exhausto
en dirección a la casa. Se produjo un tumulto; se sucedían los Wer da? Was
ist das? Sacherment! Schnell, heraus! Un entrechocar de armas; una descarga
de balas contra mi farol. Por el ventanuco vi que el subteniente y el sargento
estaban en el tumulto. Di un salto hacia la puerta y penetré al salón; un
cabezazo bretón en la barriga del primer soldado; un bayonetazo en el vientre
del segundo; un minuto después cortaba las cuerdas que sujetaban a los dos
campesinos y les decía: "¡Ni un segundo que perder! ¡Corramos!"
Algunos minutos más tarde
saltábamos por la nieve, a través de los campos. Pero nos habían visto: éramos
tres manchas negras sobre una alfombra blanca. Oí gritos de ¡Holla!
y balas que silbaban sobre nuestras cabezas; de
pronto sentí como el golpe de una garcia en mi brazo derecho que cayó de
inmediato, pesado, sobre mi flanco. Susurré a los otros dos: "Detrás del
seto, en el foso."
Nos arrojamos allí los
tres, bajo la tormenta de nieve. Los prusianos nos buscaban derecho, hacia
adelante; los copos caían tan abundantes que borraban nuestros pasos.
Permanecimos allí toda la noche, en un frío mortal; mi brazo estaba
entumecido; la sangre, en mi manga, formaba una costra negra, helada. Por la
mañana, nuestro batallón que avanzaba persiguiendo a los alemanes, oyó nuestros
llamados desde el foso; y nos llevaron hasta la casa de los dos hombres a
quienes yo salvara. Allí me acostaron; tuve tanta fiebre que deliré; allí un
cirujano mayor me amputó mi pobre brazo derecho; pero también allí tú me
miraste, Jacquette, con esa sonrisa tuya ... y allí nos prometimos ...
Recuerdo que el sargento me miraba parpadeando y decía: "¡Muy mal
soldado! Pero de todos modos... ¡Muy buen muchacho!" y que tú, Jacquette,
me besabas la mano izquierda por haber salvado a tu padre y a tu hermano.
Lo que me queda por
contarle a Milo es poca cosa. Allá nos prometimos, en la región de Beauce, y
nos casamos en Puerto Navalo. Me aceptaste porque te había enternecido que yo
salvara a los tuyos perdiendo en ello un brazo; y yo, yo te amaba porque eras blanca,
suave y buena. Ahora los dos somos felices en nuestro refugio en la costa, con
Milo y la pequeña Mariana, entre el grato olor de las especies y la bruma que
acaricia el mar; y si nos sentimos contentos en invierno, cuando el viento del
oeste sopla sobre las rocas salvajes de Houat y llega hasta nuestras ventanas
bien cerradas, es bien cierto, como tú dices, Jacquette, que no debemos
avergonzarnos, pues hemos sufrido por lograrlo.
El Hospital
Se llegaba a él por
caminos imprecisos, bordeados de viejas casuchas, y su aspecto sorprendía de
inmediato por su semejanza con un convento. Un largo muro gris con ventanas
enrejadas de donde pendían clemátides; y en el muro un portal sombreado de
glicinas entre las que repicaba una enorme campana cuando alguien entraba o
salía. El guardián vigilaba la puerta desde el interior, acodado a la ventana
de un pequeño tallercito en el que el cerrajero martillaba sobre un torno las
llaves del hospital. Bajo el círculo de árboles del jardín, acurrucados en los
bancos de piedra, algunos seres macilentos, tocados con un gorro blanco,
cubiertos por un capote color herrumbre, permanecían cabizbajos durante todo el
día. Cuando el coche de la ambulancia paraba ante el portal y sonaba la
campana, se veía a esos mismos gorros blancos temblar tras los barrotes de las
ventanas y a los rostros amarillentos, con franjas de pelo negro, pegarse
contra los altos cristales. Los suboficiales, los oficiales y los soldados eran
todos iguales bajo los gorros blancos; sentían las mismas curiosidades y el
mismo hastío. Algunos grados conservaban el quepis, y una V de
hilo plateado o de lana roja se dibujaba sobre su capote. Pero en este grupo de
hombres tristes, de larga barba, se confundían todas las individualidades; los
que babeaban entre las comisuras grises de sus labios, los que tenían el pecho
hundido por haberles sacado las costillas destrozadas en una caída del caballo,
los que esperaban con los píes deshechos por una viga de las caballerizas,
todos fumaban sus pipas en silencio, apretados unos contra otros, sin abrir la
boca más que para escupir o murmurar: "Batallón ..."
El hospital era mixto:
enfermeros y hermanas. Aquéllos vendaban al descuido y arrancaban los emplastes
con jirones de piel; éstas, regordetas de mejillas relucientes, o delgadas
como pértigas, de rostros afilados, controlaban las raciones y hacían barrer a
los convalecientes. Sólo Sor Angela alegraba a los enfermos. Estaba siempre
compuesta, con su toca blanca y su hábito gris tableado. Todo sonreía en su
pequeño rostro de amor... los rizos olvidados en su frente, sus suaves y
burlones ojos, su nariz graciosa como la de Roxelana, sus labios carnosos;
hasta el crucifijo que llevaba sobre el pecho parecía brillar con discreta
alegría. Cantaba como un gris ruiseñor de copete blanco. Al cantar vísperas,
los hombres de la tropa buscaban su voz, sus ojos elevados y su boca abierta.
Cuando hacía sus rondas, por la noche, los enfermos se descubrían ex profeso,
porque Sor Angela pasaba con su lámpara entre las camas, como un pájaro
nocturno en suave vuelo, rozándolos con un gesto tierno y uniforme. De día,
cuando volvía de la sala de los heridos, todos se iban hacia atrás a espiarla
mientras ella juntaba las verduras de la huerta. Desde la estrecha ventana del
salón artesonado se veía revolotear la toca blanca ... y más allá la ciudad de
Vannes con sus largas murallas, su puerto afilado como la hoja de un cuchillo
de plata, y más lejos el Pont-Vert, junto a la rada, y los frondosos árboles de
Conleau, aplastados en marrones manchas contra el cielo.
Decían que el verdadero
nombre de Sor Angela era Odette, y los suboficiales le susurraban con gusto
cuando ella pasaba a su lado. Decían también que Sor Angela había sido antes
modista en París; de allí su gracioso andar; que había entrado al convento por
un gran desengaño amoroso: su novio se le había aparecido una noche borracho,
con el sombrero caído hacia un costado, pidiéndole el dinero de su paga
semanal. Y el enfermero Guillermo, el bromista encargado de la farmacia,
pretendía conocer muy bien a ese novio, haber pasado hambre con él, y haberlo
oído vanagloriarse de hacer "trabajar a cualquier mujerzuela". Era el
famoso Julio, Oreja Mocha, terror de la población femenina, único pastor de un
rebaño numeroso que todas las noches empujaba hacia los hombres, y al que
esquilaba sin compasión. La pobre modistilla se había aterrado ante tal
aparición y en medio de una crisis de llanto renunció a la vida temporal.
Hermana de San Vicente de Paul, alegraba con su fresca figura parisina el monótono
hospital y hacía sonreír a su paso los pálidos rostros bajo los blancos
gorros.
....................................
Hacia la noche trajeron a
un reservista de línea, un bloum. Los llamaban "bloum" por sus
quepis aplastados que más parecían sombreros de civil. Este viejo
"bloum" no hablaba ni se quejaba; macilento, de barba enmarañada y
mirada tonta, permanecía de pie, rígido en sus pantalones, riendo con risa
idiota. Cuando el enfermero la preguntó su nombre contestó: "No sé".
La hermana regordeta lo zamarreó y lo hizo acostarse. Un suboficial amenazó
con castigarlo; un oficial con el calabozo. El director médico del hospital le
dijo que lo pondrían en una celda, en una cama de madera. El "bloum"
permaneció alelado; giraba la cabeza gruñendo: "No sé."
Llego la cena, servida
por la hermana, que sacaba el caldo humeante de las relucientes ollas. Los
enfermos se incorporaban en sus lechos recién tendidos, suaves y mullidos,
para tomar los tazones de gruesa loza blanca. Al pasar, la hermana dejaba en
las mesas de luz un racimo de uvas o un durazno; toda sala se distendía durante
la comida de la noche. La hermana preguntó al "bloum": "¿Tu
también quieres uno?" El viejo "bloum" gruñó: "No sé."
Pasó la noche y el día
siguiente; el "viejo" permanecía estupidizado, tendido sobre la
espalda. Y la noche volvió a caer de nuevo. En la sala, debajo de una pantalla
de porcelana, ardía un velador; un lechoso resplandor flotaba hasta el techo. Se
oían ronquidos y soplidos; del fondo, desde la sala de los enfermos de tifus,
llegaba el eco de gemidos sordos y de quejas ahogadas. De pronto se oyó un
ruido que fue elevándose gradualmente; primero como el chirrido de una rueda
mal engrasada, luego como el zumbido de un torno, finalmente como el gluglú de
una botella al verterse. Y el ruido se hizo persistente y continuo, y fue
saliendo del pecho y la garganta del "bloum" sin intervalo alguno. Se
hubiera dicho que era un hombre lleno de agua, colgado cabeza abajo, que se
vaciaba con un gorgoteo sin fin.
Los enfermos despertaban
y se acodaban sobre sus almohadas; las sábanas levantadas formaban blancas
jibas en las camas. Muchos gritaron: ¡Basta!, Un afásico acostado al fondo,
repetía obstinadamente con voz aguda: "Qué es... qué es... qué es... qués
qués qués..." Y a su lado, un guiñapo de hombre al que acababan de sacarle
el velo del paladar, respondía con voz que silbaba como bomba que pierde:
"Son ... son las dos."
Entonces se abrió la
puerta del fondo y apareció una luz amarilla sobre una mancha que se fue
deslizando entre la doble fila de camas. Cuando el "bloum" vio la
lámpara y la toca blanca, se puso a chillar:
–La estoy viendo a esa
yegua ramera. Yo las conozco a esas rameras de los hospitales. Son unas yeguas
que tendrían que morirse. La mía se metió en uno de ellos. Si alguna vez la
encuentro, la deshago. Si quiere que le den una paliza no tiene más que mostrarse.
Me largó en medio de la roña, la muy cretina. Se hacía la santita, con su cara
de tonta. He tenido locas a montones, después, mucho mejores que ella. Mucho
más divertidas que esa ramera fracasada. Pero a pesar de todo se me quedó aquí
adentro. La llevo en la sangre. ¡Está aquí, dentro de mí, la muy yegua!
Se quedó con la boca
abierta, destrozado Sor Angela se inclinaba sobre él. La luz de su lámpara cayó
sobre la oreja mocha, mientras giraba la cabeza sobre una rugosa cicatriz,
recuerdo de un cuchillo que a alguien se la resbalara.
En esa alma corrompida
permanecía imborrable la imagen de la única mujer honesta que conociera en su
vida. La detestaba y quería "deshacerla"; si la hubiera encontrado,
la habría marcado, pero por pasión. La pequeña Odette, la modistilla,
contemplaba el despojo de lo que había amado. Miraba sin comprender, sabiendo
únicamente que ese hombre estaba lleno de rencor. Si bien antaño sus amigas le
habían abierto los ojos, después todo lo había olvidado. La tranquila y devota
vida que llevaba había corrido un velo sobre el pasado. Pero ahora comprendía
que ese enfermo enfurecido, ese Julio, Oreja Mocha, que aterrada reconocía en
él, la había amado. Aunque no debiera hacerlo, veía que él la amaba todavía.
Sentía que la herida de su corazón, cicatrizada hacía tanto tiempo, volvía a
abrirse.
Luego continuaron los
estertores del hombre. La hermanita permaneció junio a su lecho, mientras el
enfermero le aplicaba al moribundo veinticinco ventosas en la espalda y un
vejigatorio en la nuca. El capitán le administró los sacramentos sin que él se
diera cuenta. Al amanecer, Sor Angela estaba blanca de fatiga. Julio, Oreja
Mocha, sacó los brazos y los agitó en cruz, gritando débilmente: "¡Tengo
miedo! ¡Tengo miedo¡" Los estertores entrecortaban sus gritos. Murió al
mediodía. Sor Angela lo siguió a la pequeña habitación adonde lo trasladaron
mientras aún respiraba; ella misma le bajó los párpados, con los ojos
enrojecidos.
Consiguió de los
enfermeros que no despedazaran su cuerpo. Antaño, a pesar de su dulzura, tal
vez habría deseado que lo cortaran en pequeños trozos. Y por la tarde, en el
jardín del hospital, bajo el círculo de árboles, los mismos hombres macilentos,
vestidos con sus capotes color herrumbre y tocados con sus gorros blancos,
aplastaban sus rostros contra los vidrios de la morgue, sorprendidos al no
ver afanarse a los muchachos, alrededor del cadáver. Pasaban sus horas en esa
ocupación e, inquietos, ante todo cambio, hablaron de ello durante mucho tiempo
y hasta olvidaron inclinar la cabeza cuando pasaron ante Sor Angela, quien
lloraba en su farmacia.
Rompecorazones
Cuando él pasaba, con sus
pantalones anchos abriéndose en la vereda, el pañuelo rojo y amarillo anudado
al cuello, la boina a rayas inclinada sobre las patillas, se veía que era el
"terror" de los hombres y un rompecorazones para las mujeres. El
movimiento de sus caderas era provocativo y sus ojos negros, rasgados hacia
las sienes tenían tentadores resplandores. Las manos, colgando sobre el
costado, chatas y violáceas, demostraban que el hombre era un luchador. Y él lo
sabía, pues caminaba con decidido andar, un poco inclinado hacia adelante, la
cabeza hacia un lado, los ojos entornados, sin preocuparse por el qué dirán.
Las mujeres que lo cruzaban junto a los faroles de gas, inclinaban hacia él
sus rostros maquillados, bajo el amarillo resplandor, y sentían latir su pecho
por ese rompecorazones fanfarrón.
Delante de él caminaba de
prisa una muchacha delgada, cuyos grandes ojos claros ocupaban todo el rostro,
arrugado como un huesudo puño. Cada uno de sus pasos parecía caer sobre un
resorte, a tal punto era brusco su andar, y sus faldas revoloteaban toda vez
que su pie se posaba. Corriendo como mariposa nocturna que revoloteaba en
círculos inciertos, iba de una acera a otra, deteniéndose y andando a los
saltos, elevando sus ojos hacia las ventanas de las casas, haciendo como que
entraba a los comercios de vino, porque se sentía acosada.
El hombre le seguía los
pasos, impasible ante sus rodeos. Hacía dos años que la tenía atemorizada. Le
había prometido marcarla si alguna vez se entreveraba con alguno, arrancarle
los ojos, cortarle la oreja de un mordisco, comerle los senos, abrirle el
estómago de un puntapié. La pequeña empalidecía al pensarlo: se acordaba de una
amiga cuyo pecho viera deshecho, colgando, como una granada abierta. El hombre
era un traidor y la mordería a través de la blusa ... el tiempo de dar un
salto.
Era la primera a quien el
rompecorazones no sedujera de inmediato. Y él estaba habituado a sentir a las
mujeres deslizarse junto a él acariciándole las caderas, y a escuchar palabras
suaves de implorantes labios. En los lugares donde iba a probar fortuna, entre
las chicas que levantaban las piernas tomadas de la cintura, al son de las
gaitas, le bastaba con guiñar el ojo. Y las pequeñas parisienses saltarinas,
encantadas, no intentaban ni siquiera resistirse al apuesto bailarín de finos
bigotes, cuyas ávidas manos les estrechaban el talle, cuyos ojos perversos las
intimidaban. El les hacía una seña con imperceptible movimiento, y entonces
ellas dejaban de inmediato el cuadrado salón, después de dar una vuelta,
indiferentes ante los amigos sentados a la mesa ante un vaso de buen vino. Y la
pareja se perdía por las callejuelas obscuras, el rostro de la pequeña vuelto
hacia la cabeza del rompecorazones.
Pero ésta no se había
conmovido. Se burlaba de él, fría y nerviosa. Parecía interesarle sólo por una
viciosa curiosidad de su cuerpo grande. Fea, enclenque, de hombros angulosos
y senos fláccidos, ella lo apuñalaba con el vacío de sus ojos claros. La
esclerótica era azul como el esmalte, con florecillas rojas que corrían por
debajo. La pupila era clara y gris, indecisa como la bruma al caer el día, fría
como un cielo invernal. Y la fijeza de una mirada que no podía comprender lo
aguijoneaba hasta hacerle olvidar todo.
La seguía por todas
partes, amenazándola cuando estaba sola. Sentía un áspero placer en tomarla
por el brazo, en la calle, y en forzarla a entrar a una taberna a beber un
vinillo. Al principio ella se negaba con una risa agria. Pero él la amenazaba
con "dos trompadas", una en cada ojo, allí en la calle ("¡Harás
lo que yo te diga!") y la pequeña, sometida, entraba a beber. Entonces,
excitada, se burlaba cruelmente de él; sus pesadas bromas eran tajantes como
esas ardientes cuchilladas que cortan la piel de los brazos, de las piernas y
del vientre. En sus ojos, húmedos de dicha y de cansancio, se adivinaba su
voluptuosidad, semejante en esos momentos a la que la hacía desfallecer
cuando pellizcaba, cortaba, mordía o quemaba.
....................................
Así los dos andaban en
silencio, entre dos hileras de faroles de gas, siguiendo los obscuros muelles,
los puentes salpicados de luz, pasando sobre el Senado donde temblaban hojas de
sable de oro rojo y amarillo, hasta la entrada del parque de diversiones, donde
se oía una música gangosa, cortada por repiques de tambor. Los puestos abrían
de cada lado, en medio de las sombras, agujeros de luz, centelleantes de
cristales azules, rosados y verdes, con matracas bullangueras, restallantes
ruedas de lotería, estridentes llamados de payasos desfilando, la cabeza de
Turco rebotando con sordo ruido, el ininterrumpido crepitar del tiro al blanco
y, cubriéndolo todo, el filtrante ruido de la multitud, semejante al chapoteo
del barro al sacar piedras de su seno.
La pálida chica se detuvo
ante una carpa de luchadores. Tres pregoneros aullaban en la puerta ante
telones pintados que mostraban a unos hombres de redondos músculos alzando
pesas y levantando con los dientes toneles cargados con pirámides humanas. La
mujer de la ventanilla reventaba de grasa, con pesados pliegues que colgaban
de su cuello y caían sobre su blusa de brillantes lentejuelas.
Adentro, en una pista
cubierta de aserrín, luchaban dos hombres. De estatura más o menos similar,
ambos pequeños, diferían en el grosor, pues uno era seco con músculos sinuosos
que se abultaban en sus brazos y sus piernas; los omóplatos se le dibujaban
bajo la piel. El otro tenía un cuello macizo, cabello grasiento y pegoteado,
muslos parecidos a pistones de una máquina; las tetillas le abultaban bajo la
camiseta; llevaba muñequeras y tobilleras de cuero.
La lucha fue corta; el
gordo Intentó "el golpe demoledor" con éxito. Arqueándose sobre las
piernas, se dejaba caer con todo su peso y, por más que el otro contraía los
músculos de la espalda, éstos se distendieron al fin y tocó con ambos hombros
el suelo. El patrón se adelantó entre los bravos y aplausos hasta el centro de
la pista; la chaqueta le molestaba y el cuello le lastimaba; dando vueltas al
sombrero entre las manos, anunció con voz ronca de viejo luchador:
–Propongo un premio de
mil francos para el que lo venza a Paul. Creo que el amable público sabrá
apreciar este ofrecimiento y que habrá algún voluntario que acepte el desafío.
Después de dar una mirada
circular, continuó:
–Piénsenlo bien. Mil
francos es una buena suma. Los deposito en la caja.
El rompecorazones había
entrado. No tenía ojos más que para la chica de la mirada clara que estaba
embobada ante Paul, el coloso. Cuando ella lo vio entrar, de rabillo de ojo, le
susurró socarronamente:
–¿Y, rompecorazones? ¿Se
te acabó el amor?
El se abalanzó hacia la
pista, arrojando su chaqueta y su pañuelo. Bajo la camiseta rayada aparecieron
sus hombros blancos, sus brazos nerviosos en los que un viejo tatuara: MOMENTO
DE AMOR. Las manos se agrandaban en el extremo de las delgadas muñecas, como
colgantes hojas.
Pero el rompecorazones
carecía de fuerza.
El luchador le apretó los
brazos que cayeron como cables distendidos; de un caderazo lo mandó dando
vueltas por el aire; le separó las piernas, lo dio vuelta como una rana y,
agachado detrás de él, trató de voltearlo sobre el costado. El rostro contraído
del rompecorazones se plegaba en arrugas circulares hasta las orejas. Una vena
le surcaba la frente cubierta de manchas rojas y sus brazos impotentes
golpeaban contra el suelo.
¡Deslizando entonces la
mano derecha en el bolsillo de su pantalón, quiso buscar algo en él. Los ojos
de la pálida muchacha se agitaron en sus órbitas sus hombros temblaron su
cuerpo se sacudió convulsivamente y una oleada de sangre le subió a la cara; y
nuevamente pálida, cansada, desfalleciente, se apoyó contra la lona de la
carpa.
Pero el luchador había
visto y, tomando al rompecorazones por la nuca, lo empujó de un rodillazo,
sacudiéndolo como a un perro sarnoso.
– ¡Ah, maldito! ¡Querías
tajearme! –exclamó–. ¡Yo te voy a tajear, nene lindo de mamá! ¡Suelta el
cuchillo o te rompo el alma!
El rompecorazones se
enderezó, con la mirada cargada de odio, recogió su ropa y salió en medio de
los abucheos. La muchacha flaca lo esperaba entre las sombras, y su risa resonó
en el aire frío de la noche:
–¡No tienes suerte,
rompecorazones! –le dijo ella–. Ya no vale la pena temblar por ti. Se me pasó
el susto. Puedes sacar cuantas veces quieras tu cuchillo. No es a ti a quien
prefiero sino a él. Cuando te morías de miedo tratando de liquidarlo, me quedé
tranquila... ¡Porque eres tan poca cosa! Yo te creía capaz de algo, pero no
tienes agallas. No te excites. Vuelvo adentro a ver al gordo. No es un buen
mozo ... tiene los brazos como jamones, pero dejaré que me abracé bien fuerte.
¡Estás echando humo! ¡No te tengo miedo! ¿Tú, un rompecorazones? ¡Vamos!
El antifaz
El hombre y la mujer que
venían arrastrando los pies por el camino de Sables, se detuvieron al escuchar
unos golpes sordos y espaciados. Los mastines de Tournebride Tos habían
perseguido y sentían el corazón saltándoles dentro del pecho. A la izquierda, una
línea sanguinolenta cortaba los brezales, con montículos negros de tanto en
tanto. Se sentaron en la zanja. El hombre remendó sus borceguíes rotos con hilo
encerado; la mujer se rascó las costras blancas de tierra polvorienta que
cubrían sus pantorrillas. El muchacho era robusto, de sólidos puños y nudosos
brazos; ella andaba por los cuarenta, pero sus ojos eran húmedos y brillantes y
su piel fresca aún, a pesar de estar curtida por el sol.
El masculló, volviéndose
a calzar: –¡Otra noche más sin nada que comer! ¿No es una maldición que a todos
los condenados perros holgazanes del pueblucho se les diera por prendérsenos de
las patas cuando tenemos la panza vacía? ¡Le cerraría la jeta de una trompada
al amo, si lo encontrara!
La mujer le dijo
suavemente: –No grites, querido. Lo que pasa es que no sabes hablarles a los
perros. Hay que dejarlos acercarse despacito ... despacito ... despacito ... y
cuando están cerca, bien cerca, se les da un garrotazo.
–Está bien –dijo el
muchacho–. Aquí no conseguiremos nada.
Siguieron a lo largo del
camino, rengueando. El Sol se había puesto ya, pero los golpes seguían
resonando. Luces amarillas saltaban entre los negros montículos, iluminando,
por momentos, rojizos bultos.
–Ahí tienes –dijo la
mujer–. Podremos comer algo con los picapedreros.
Ahora se veían sombras
que se movían sobre los terraplenes. Algunos cavaban la tierra, curvados como
azadones, extrayendo rojizos guijarros. Otros los aplastaban con unas mazas.
Unos niños, vestidos con blusones, sostenían faroles. Los trabajadores llevaban
un gorro en la cabeza y antiparras de cristales azules; sus zuecos estaban embarrados
de lodo color sangre. Uno alto, flaco, trabajaba con gran brío, con un gorro
encasquetado hasta las orejas y el rostro cubierto por un antifaz de alambre
ennegrecido; debía ser viejo pues dos puntas de grises bigotes emergían bajo
el tejido metálico.
En la comarca se temía a
los picapedreros. Eran hombres sin arraigo, que llegaban durante el día o en
la noche. Los contratistas tomaban a los que llegaban... generalmente ex
convictos, jornaleros de desmontes o poceros que matizaban su trabajo luchando
en los parques de diversiones, como ridículos Hércules de un forzoso carnaval.
Los chicos desdentados que venían a enlodarse en las zanjas de tierra, robaban
gallinas y sangraban a los cerdos. Las vagabundas del camino, huían al pasar
por la cantera; de lo contrario los enmascarados les tajeaban la cabeza entre
los matorrales y les embardunaban el vientre con barro.
Pero los dos caminantes
se acercaron al círculo iluminado, buscando sopa y guarida. Delante de ellos
un chiquitín agitaba un farol mientras cantaba.
El hombre del antifaz se
apoyó sobre su pico y levantó la cabeza. De su rostro sólo se veía el mentón,
brillando bajo la luz; una mancha negra cubría el resto. Hizo chasquear la
lengua y dijo:
–¿Qué tal? ¿Se come en el
camino? Cuando se va de a. dos, como ustedes, el vientre no tiene frío. No
tendrías que andar con tipas como la tuya. Aquí estamos en ayunas ... Sería
demasiado para nosotros.
Los hombres empezaron a
gritar: "¡En, Niní! ¡Deja a tu marido! ¡Eh, eh, ven a acostarte! No eres
muy vivo Ernesto al quedarte con el resto. Corres apresurado para ser desplumado.
Dínos Mortimer ¿es ésta tu mujer? Maldito perrazo, te daré un garrotazo."
Y los chicos chillaron
después. "¡Oh! ¡Semejante bagre! ¡Se casó con él por sus zapatos! Son
enormes. Y botes como esos cuestan caros como puertas o ventanas."
El robusto mozo se acercó
al hombre del antifaz, agitando los puños.
Le dijo tranquilamente:
–Te voy a sentar de un puñetazo. Te daré tal paliza que vas a rebotar contra
la pared de tu guarida–. Y le lanzó al mentón dos violentos golpes.
El hombre del antifaz
trastabilló, tomó el pico y lo agitó en el aire. El otro miró al suelo y se
apoderó de un azadón, hundido a medias en un montón de pedregullo.
–¿Quieres pelea? –dijo el
picapedrero flaco–. Te voy a hacer pedazos. Mi nombre es La Limande; soy
Parigo, de Bellevide; me desollé los pies en la cárcel por una tipa que quería
mejor vida que la que yo le daba; entonces una noche me metí en un negocio y me
pescaron en un abrir y cerrar de ojos. Ahora vengo de muy lejos; me comí quince
años. Pero me Importa un bledo. Lo mismo te mataré.
La mujer se abalanzó
sobre el muchacho gritando:
–¿Lo oyes? ¡Te prohibo
que pelees! Te va a matar; lo conozco. No quiero que pelees... no quiero... no
quiero ...
El robusto mozo la apartó
a un costado.
–Yo –dijo–, no tengo
nombre. No conocí a mi padre. Parece que lo pescaron. Era un flaco, pero a mí
me hizo muy fuerte. ¿Listo?
Como la mujer seguía
gritando, los camaradas la encerraron en un círculo. Les desgarraba las
camisas, los pellizcaba y los mordía. Dos jornaleros de desmonte le mostraron
los puños.
Los contendientes se
prepararon, sus herramientas en alto. El hombre del antifaz bajó con fuerza el
pico. El muchacho se hizo a un lado. El pico volvió a caer, chocando contra el
hierro del azadón, que emitió un sonido claro. Contornearon un montículo
saltando hacia un lado y hacia el otro, golpeando al costado, sudorosos. Se
hundían hasta media pierna en la tierra roja; el hombre del antifaz dejó en
ella sus zuecos. El pico y el azadón se entrecruzaban; a veces saltaban chispas
en la noche, cuando los hierros chocaban.
Pero el muchacho era
forzudo. Aunque el otro tenía brazos largos en cuyos extremos se agitaba,
amenazador, el pico, él se atajaba los golpes a la cabeza con el azadón y le
mandaba furiosos reveses a las piernas.
El hombre del antifaz
dejó caer el pico y levantó los brazos.
–Voy a buscar mis zuecos
–dijo–. Tenemos la camisa empapada. Eres un muchacho fuerte. Yo, La Limande,
le perdono y te disculpo.
Se volvió y al pasar por
el círculo de los picapedreros miró a la mujer por debajo del antifaz,
levantando la nariz. Entonces lanzó un grito y se abalanzó de nuevo sobre su
pico chillando:
–¡Ah, maldita! ¡Me
engañaste! Te reconozco bien. ¡Voy a hacer pedazos a tu hombre!
La mujer cayó hacia atrás
con los ojos en blanco. Sus brazos rígidos se pegaron a sus caderas y su cuello
se hinchó; golpeaba una y otra vez sus sienes contra el suelo.
El muchacho robusto se
puso nuevamente en guardia. Paro el hombre del antifaz atacaba con furor. Los
hierros sonaban al entrechocarse.
Y el picapedrero flaco
gritaba:
–Vas a morir en este
agujero color sangre. Uno de los dos va a quedar aquí. Viniste a romperme el
alma, con tu mujerzuela. Pero escúchalo bien: esa mujer es mía, sólo mía.
Después que te mate le daré una tunda y la vestiré de negro.
Y el muchacho que venía
con la mujer decía, entre el jadear de los picos:
– ¡Pedazo de cadáver, ven
a que te hunda el cráneo! Van a buscarla a mi mujer, máscara inmunda. ¡Eres
demasiado viejo para ganarme!
En el momento en que le
decía "viejo", su azada se hundió en el cráneo del flaco. El hierro
chirrió sobre la tela metálica del antifaz que resbaló y cayó. El picapedrero
se abatió de espaldas, con su gran nariz al aire, y sus temblorosos bigotes
grises. Bajo el gorro negro se agrandaba una mancha roja que goteaba de la herida de la frente.
Los trabajadores gritaron
al unísono: ¡Oh!
La mujer se precipitó
hacia los que peleaban y, arrastrándose, fue a mirar el rostro del
desenmascarado. Al ver el delgado perfil se echó a llorar: "¡Has matado a
tu padre, muchacho, has matado a tu padre!"
En un minuto se pusieron
de pie y huyeron en la noche, dejando tras de sí la sanguinolenta línea de la
cantera.
Flor entre piedras
Pequeña, flacucha, de
nariz respingada, un poco agobiada, de cabellos color paja desteñida, parecía
haber crecido entre el pavimento de un húmedo patio. Pero su boca era
sonrosada, sus ojos ardían con obscuro resplandor, sus senos se erguían como
pimpollos nuevos, mientras que la palma de sus manos, en virtud de una extraña
enfermedad de las flores de ciudad, estaban manchadas de rosa. Era una risa
continua, un "demonio", un "pícaro mono"; en un instante su
voz pasaba de burlona a quejumbrosa; por una nadería, el círculo obscuro de sus
pupilas se cubría súbitamente de un velo de lágrimas. Cuando le decían:
"Tontita, mala, fea", se elevaban las comisuras de sus labios, se arqueaba
la línea de la boca, y en la mirada todavía húmeda temblaba una sonrisa. Ella
se os acercaba maliciosamente; de un salto hundía en las vuestras sus
puntiagudas rodillas, frunciendo el entrecejo; agitaba rápidamente sus dados
ante vuestros ojos para "hacer mover la mirada" y con la mano
acariciándose el rostro o los redondos labios, recitaba en un delicioso tono
infantil:
"–Mentón gris - boca
de plata - nariz de cancán - mejilla asada - mejilla quemada - clavelito,
clavelón - tan - ton ton - ¡Casado está!"
Así esa pálida corola,
alternativamente más mujer que niña y más niña que mujer, floreció entre dos
bloques de piedra: un padre triste, viejo, y un hombre corpulento y hosco que
venía de tanto en tanto. Ese padre no trabajaba mucho. A veces iba a un obscuro
depósito, cerrado por una puerta cochera donde debía tener sus herramientas;
otras veces pasaba la noche afuera, volvía muy pálido por la mañana, y
permanecía en silencio todo el día. Luisita había espiado por una grieta de la
enorme puerta. Imposible de ver nada claramente: largas cosas rojas, angostas
cosas amarillas, cosas blancas que brillaban. Un día, al caer el Sol, robó la
llave: rápidamente, en punta de pies, una mirada circular le permitió ver paja,
atados de cuerdas y, entre un montón de maderas rojizas en las que brillaban
algunas líneas de latón, una gran reja de arado envuelta a medias. Cierto, no
había dudas; ella había visto una parecida en casa de su tía, en el campo,
cerca de Gentilly. La vida era agradable para ella. Después de tomar Sol por la
mañana durante el paseo que daba con su padre, podía divertirse libremente por
la tarde. "Lo más lejos posible", le decía su padre. "No me
gustan los curiosos." Por eso Luisita frecuentaba los bulevares
exteriores.
Le encantaban las anchas
aceras de arena y las infinitas hileras de árboles nudosos. Le gustaba el
color sangre obscuro de las vidrieras de los comerciantes en vinos. Compadecía
y comprendía a las jóvenes con peinados complicados que les cubrían la frente.
Sus cómicos perritos la hacían reír. Las capas de los policías eran para ella
puntos de referencias iguales, familiares y movedizos. Las paradas de los
ómnibus la encolerizaban, por la gente que la miraba a través de los vidrios,
con los ojos fijos. Prefería las encubiertas miradas de los jóvenes pálidos, de
gorra de paño, de pequeño y fino bigote. Sin saber, suponía que no les gustaba,
y como ellos le inspiraban curiosidad, se sentía apenada.
Uno que pasó al
anochecer, de piel casi verdosa bajo la luz de gas, con un sombrero de fieltro
gris graciosamente colocado sobre su cabeza, de límpida y encendida mirada,
aceleró los latidos de su corazón con fuerza irresistible. El estaba al acecho,
y la esperó mordisqueando una pajita. Su rostro era fino y bajo la transparente
piel parecía verse a veces el delicado movimiento de los diminutos huesos de la
cara; su pelo, muy lustroso, raleaba en las sienes; los labios tenían una mueca
burlona, los dientes un aspecto cruel. Pero sus manos parecían dos cruces rojas
en las que sus brazos se ensanchaban, con la nudosa prolongación de unos
indómitos dedos.
–Linda noche –le dijo a
Luisita con inocente voz.
– ¡Ah! –respondió la
joven–. ¡Muy linda! –Sonrió débilmente.
El aprovechó la ocasión y
dijo más fríamente:
–¿Qué estás haciendo
aquí? ¿Cómo te llamas?
–Luisita. ¿Y tú?
–Yo soy el Asesino.
Ella retrocedió un poco
abriendo los ojos. El rió de costado y continuó:
–El Asesino, porque hago
algunas fechorías para los amigos, ¿te das cuenta? Pido plata, los ayudo. A
veces en los almacenes, otras con los traficantes de chicas; una cuchillada
aquí, una pelea allá; tiro la manga en los cafés importantes, les llevo tabaco
cuando están en cana y no tienen qué fumar; voy a sus casas a vigilar cuando
ellas les meten los cuernos; a veces, si ellas tienen rufianes poco serios, les
traigo muchachos forzudos, buenos con los puños. Las chicas me dan bastante
plata, y si no la tienen, al menos unas monedas. Los amigos me dan algunas
copas y yo voy a gritar con ellos: "¡Abajo los idiotas!" cuando los
largan.
Ella parpadeaba, riendo
con todas sus ganas.
–¡Qué mentiroso eres!
–dijo–. Muy mentiroso, muy "ladronoso", si, muy "ladronoso"
y "asesinoso". Por eso te llamas Asesino.
Comenzaron a caminar por
el bulevar. El Asesino le hizo tomar a Luisita un ajenjo en la barra de un bar.
La bebida le puso arrebol en las mejillas, fuego en la sangre, y un terrible
parloteo en la lengua. Ella decía, mirando al vacío:
–Es curioso: caminamos,
tenemos piernas: bebemos, tenemos bocas; conversamos, tenemos lenguas; ¡qué
tonto! ¿Para qué sirve todo eso? Yo pienso mucho. Tenemos cabeza, nariz,
orejas todo eso es feo. Los ojos son lindos porque sirven para mirar.
Y miraba al Asesino con
ternura echándose a reír una y otra vez.
Les faroles de gas
parecían balancearse y ella ya no sabía bien lo que hacía ni lo que decía. Iba
del brazo del Asesino; le acariciaba el cuello, hurgaba en sus bolsillos. Le
daba los nombres de todos los animales que se le ocurrían. "Mi
cocodrilito ... vi uno en el zoológico, sí, vi uno. Es obscuro.. Vive en el
agua y tiene enormes fauces y muchos dientecitos; es malo como tú. Sí, sí.
Pero es amable." Se callaba un momento, inclinando la cabeza hacia un
costado, luego hacia el otro, como un jilguero.
–Papá también es muy
amable. Tal vez sea muy malo. Quizá sea un Asesino como tú. A veces sale toda
la noche. Tiene un depósito lleno de cosas raras. Cosas muy raras. Ya lo verás;
te lo mostraré. ¿Iremos, verdad? Sí, sí, sí,
Ya no decía
"sí", era como el silbido de un pájaro, tierno y agudo, hi, hi, que
prolongaba cantando.
El Asesino parecía
divertido. Llegaron ante la gran puerta del depósito abandonado. Luisita
extraje de debajo del vestido una pesada llave. Los envolvió el olor a cosas
encerradas, mezclado con el perfume de la paja. Por encima del marco de la
puerta había un gran ojo de buey, y la Luna formaba sobre la pared del fondo
una pálida mancha que iluminaba débilmente un montón de postes cuadradas y
rojos.
El Asesino tropezó con un
inmenso balde de cinc que sonó a hueco, quejumbrosamente. Ella dijo:
–¿Verdad que esto es
tranquilo, monstruo malo endomingado?
El no respondió.
Pasaban algunos coches y,
con cada uno, un gran ángulo de sombra recorría la pálida mancha de la Luna.
Había reflejos metálicos en la masa de sangrante maderamen. Se sentía el roer
de ratas invisibles, apenas un estremecimiento entre las briznas de paja y
después de cada ruido de la calle el rítmico tictac de los relojes de muerto en
la pared.
Luisita se dormía. Sus
adormecidos labios murmuraban aún: "Cocodrilito malo, hi, hi, hi."
Esforzando la mirada, el
Asesino no veía, dentro del manto de obscuridad, más que círculos azules que
huían y se agrandaban.
Al amanecer, el Asesino
sintió una cosa fría en el cuello, bajo la nuca. Palpó con los dedos, encontró
un filo, se puso de pie de un salto y sacudió a Luisita.
–¿Qué es eso? –gritó.
–Eso –murmuró Luisita
parpadeando, con la lengua pastosa, alargando la mano–, ¡bueno!..., eso es el
cuchillo de papá.
El Asesino gritó:
"¡La hija del verdugo!"
La gris claridad del
amanecer iluminaba el ojo de buey. En el fondo, apoyados contra la pared, se
veían vigas rojas con ranuras de cobre, un travesaño, una tabla con una muesca
semicircular. Luisita, ya despierta, sostenía en sus manos una pesada hoja de
acero triangular; el filo brillaba entre sus palmas, juntas como una copa y
cuyas manchas rosadas parecían sangrar. El Asesino sintió correr por su
interior el frío mortal y futuro.
Instantáneas
En la calle de la
Roquette hay dos hileras de luces y, por encima de ellas, dos estelas de
resplandores que se pierden en la bruma, doble iluminación para una cruenta
ascensión. La niebla roja se pega a los faroles y se esparce en aureolas.
Entre la gente se abre un cuadrilátero, limitado por las formas negras de los
policías; más allá se ven árboles delgados, una puerta siniestramente iluminada
en la que se adivina una cúpula; al fondo, ventanas veladas por vapores, con
lámparas encendidas... y más gente todavía, abalanzándose hacia adelante entre
el pisotear de los caballos. Frente a la puerta, un farol de gas, en un
extremo de la plaza, cerca de jinetes desmontados junto a sus caballos y
envueltos en sus capas. Y la llama ilumina vagamente lo que parecen ser dos
pilares de cobre rojo, redondos, por encima de los cuales brilla una bola
reluciente y por debajo una pálida mancha.
Todo eso se halla dentro
de un rectángulo de barraras sobre las que se apoya una hilera de hombres; y
cerca del aparato se agitan algunas sombras. Dos extraños furgones, llenos de
ojos de buey y de ventanas cuadradas, están colocados uno perpendicular al
otro; en uno vino la cuchilla, en el otro se irá el hombre. Más allá, brazos levantados,
los puntos rojos de los cigarros, cuellos de piel por todas partes. Todo se
hunde en una noche húmeda.
Del cielo va cayendo una
luz gris que se extiende gradualmente, dibuja la línea de los techos y pone
pálidos rostros en la gente, recorta las barreras, da relieve a los gendarmes
pegados a sus caballos como sombras, modela el perfil de los furgones, cava el
hueco de las puertas, muestra largas ranuras en los pilares de cobre, de la
pálida mancha hace una brillante herramienta triangular coronada por una
obscura masa herida en tres puntos blancos; de la reluciente bola hace una
polea de la que pende una cuerda", alrededor de todo eso crea vigas color
sangre y muestra, cerca del suelo, una tabla oblicua y dos medias lunas
separadas. Los gendarmes montan a caballo. Los vigilantes se apretujan. Se ven
errar los pompones rojos de la guardia municipal.
"¡Presenten...
armas!". Blancos rayos surgen del golpeteo de las vainas, la puerta gira
sobre sus goznes y aparece el hombre, lívido, entre dos manchas negras. Calvo,
de cráneo lustroso, la cara afeitada, las comisuras de los labios hundidas como
las de los viejos del hospicio, la camisa abierta hasta abajo, una chaqueta
obscura sobre los hombros, camina valientemente; y sus ojos vivos, inquietos,
escrutadores, recorren todos los rostros. Su cara se vuelve hacia todas las
caras con un movimiento complejo que se diría compuesto de mil
estremecimientos. Sus labios se agitan. Pareciera que murmuran: "¡La
guillotina! ¡La guillotina!" Luego, con la cabeza inclinada, la penetrante
mirada fija más allá de la línea de la báscula, avanza como una bestia que
tira del arado. De pronto choca contra la tabla y de su garganta surge una voz
débil, áspera, como cascado tintineo, con una nota ascendente, aguda, en la
palabra asesino, dos veces repetida.
Se oye un redoble sordo;
una manga de levita con la blanca marca de una mano se posa sobre la viga
izquierda de la guillotina; hay un choque blando; un avance de la gente hacia
la fuente de sangre que va a abrirse; arrojan el reluciente cesto obscuro dentro
de un furgón; treinta segundos en todo, desde la puerta de la prisión.
Y por la calle de la
Roquette, rodando a toda marcha, va el coche del abate Faure a la cabeza, luego
dos gendarmes, el furgón cuesta abajo y tres gendarmes atrás; en las aceras
los feos rostros se amontonan, vueltos hacia el cortejo, con mujeres sin
sombrero que bromean. Los tres gendarmes, soldados de la guillotina, trotan
hacia la avenida de Choisy, con el bicornio inclinado hacia adelante, dejando
volar al viento los faldones de vueltas rojas de sus chaquetas, hasta el campo
de los nabos, el nuevo cementerio de Ivry. Entre la verde cizaña bosteza un
oblongo agujero cavado en la tierra greda, con montones de lodo amarillo,
viscoso, esparcidos alrededor; en la cima del paredón, con gorros en la cabeza
y sentados a horcajadas, una hilera de seres humanos espera al canasto.
El furgón se detiene;
retiran la caja de mimbre obscuro; en un ataúd de madera amarilla colocan un
hombre sin cabeza, con las manos atadas, pálidas como la cera transparente, con
las palmas hacia afuera; le ajustan una cabeza, con el rostro exangüe vuelto
hacia la luz, los ojos cerrados, negros machucones, un coágulo obscuro en la
nariz y otro en el mentón. La cabeza ha sido puesta junto a una espalda sobre
la que se abren las manos; y al buscarse la punta de los pies se encuentran los
talones manchados de aserrín.
Unos hombres clavan sobre
el cajón una tapa de madera blanca de agudas aristas; recuerda, de horrible modo,
a las cajas de bizcochos y sobre la madera de pino puede leerse, en letras
negras pintadas: ¡Precio 8 francos! Una vez que el cajón está dentro de
la fosa le arrojan encima paladas de tierra greda; todo ha terminado.
Los subayudantes del
verdugo van a beber en frente una botella de vino blanco; entre ellos hay un
joven de ojos aterciopelados, manos enrojecidas, aspecto frío y modesto, que
armó la guillotina. Están los conductores del furgón, a quienes nada asombra
ya. Hay un hombre grueso con un dolman de astracán de lana negra, que recoge
desde hace veintiséis años las cabezas de los decapitados; y cuando le
preguntan si después de caer la cuchilla hay vida en esos miembros,
sentimiento en esas cabezas, retuerce con un dedo la cubierta azul de un
paquete de galletitas, y dice: "No lo sé, nunca he visto movimiento
alguno: cuando hace mucho frío la piel de la cabeza, el cuero cabelludo, se
estremece así..."
El terror futuro
Los organizadores de esa
Revolución tenían el rostro pálido, los ojos acerados. Sus ropas eran negras,
ajustadas al cuerpo; su palabra breve y árida. Se habían tornado así, después
de haber sido antaño diferentes. Pues habían arengado a las multitudes en
nombre del amor y la piedad. Recorrieron las calles de las capitales con la fa
en los labios, alabando la unión de los pueblos y la libertad universal.
Inundaron las casas de proclamas llenas de caridad; anunciaron la nueva
religión que habría de conquistar al mundo; lograron adeptos entusiastas para
la fe naciente.
Después, durante el
crepúsculo de la noche de la realización, cambiaron sus maneras. Se
escondieron en una casa de la ciudad donde tenían su sede secreta. Grupos de
sombras recorrieron los muros, vigilados por rígidos inspectores. Se escuchó
un murmullo lleno de funestos presentimientos. La zona de los bancos y de las
casas ricas se estremeció con una vida nueva, subterránea. Resonaron estallidos
de voces, como súbitos chasquidos en los barrios alejados. Se produjo un
zumbido de máquinas en movimiento, una trepidación del suelo, un
desgarramiento de géneros; luego un pesado silencio, semejante a la calma que
precede a la tormenta; y de pronto, estalló la sangrienta, la inflamada
tempestad.
Se desató a la señal de
un llameante fuego artificial disparado desde la Alcaldía hacia el negro cielo.
El pecho común de los revolucionarios lanzó un grito y un estremecimiento
recorrió la ciudad. Los grandes edificios temblaron, sacudidos en sus bases;
el sonido de un rodar nunca escuchado traspasó la tierra en una sola oleada;
las llamas se elevaron como sangrientas horquillas sobre los muros que se
ennegrecían en el acto lanzando furiosamente al aire vigas, molduras, tejas,
chimeneas, hierros, morrillos; los vidrios multicolores volaron en un estallido
de artificio; chorros de vapor saltaban de los caños a ras del piso; caían los
balcones, retorcidos; la lana de los colchones se enrojecía caprichosamente,
como brasas que se extinguen, en las abiertas ventanas; todo se llenó de
horrible luz, de la estela de las chispas de humo negro y de clamores.
Los edificios, al
abrirse, se separaban como piezas dentadas, cubriendo las sombras con una capa
roja; tras las construcciones que se derrumbaban se extendía el orbe del
incendio. Las crujientes masas parecían enormes montones de hierro enrojecido.
La ciudad era un manto de llamas, tan pronto pálidas, tan pronto azul obscuro,
con puntos de profunda intensidad por los que pasaban gesticulantes sombras.
La multitud aterrorizada
colmaba los atrios de las iglesias afluyendo de todas partes en largas
caravanas negras; los rostros se volvían ansiosos hacia el cielo, mudos de
espanto, con los ojos fijos por el horror. Había ojos enormemente abiertos a
fuerza de estúpido asombro, ojos duros que lanzaban negros destellos, ojos
rojos de furor donde se reflejaban las luces del incendio, ojos húmedos y
suplicantes de angustia, ojos que demostraban una pálida resignación, en los
que las lágrimas se habían agotado, ojos temblorosos cuyas pupilas se agitaban
recorriendo todos los sectores de la escena, y ojos cuya mirada era interior.
Sólo los ojos diferían en esa procesión de rostros macilentos; y las calles,
entre los pozos de siniestra luz que se ahondaban junto a las aceras, parecían
también flanqueadas por movientes ojos.
Envueltas en nutrido
tiroteo, las barreras humanas retrocedían en las plazas, perseguidas por otras
que avanzaban implacablemente; los que huían, agitaban tumultuosamente sus
brazos extrañamente iluminados; los que los seguían marchaban en formación
cerrada, densa, uniforme, decidida, con miembros que se movían cadenciosamente,
sin vacilaciones, movidos por órdenes silenciosas. Los caños de los fusiles
formaban una sola hilera de pocas asesinas de las que salían largas y delgadas
líneas de fuego que punteaban la noche con su mecanografía mortal. Sobre el
continuo repiqueteo, en los espantosos momentos de sosiego, resonaba un extraño
e ininterrumpido crepitar.
Se veían también nudos
humanos, en grupos de tres, de cuatro o cinco, entrelazados y obscuros, por
encima de los cuales revoleaba el relámpago de los rectos sables de caballería
y de las afiladas hachas, robadas en los arsenales. Esas armas eran esgrimidas
por individuos flacos, que hundían los cráneos con furor, atravesaban los
pechos alegremente, abrían los vientres con voluptuosidad, pisoteando las
vísceras.
Y a lo largo de las
avenidas, semejantes a meteoros ardientes, rodaban velozmente largas carcasas
de acero lustroso, arrastradas por caballos al galope, despavoridos, con las
crines al viento. Podría habérselas tomado por cañones cuyo caño y culata
fueran del mismo diámetro; detrás iba una caja de chapa con dos hombres
afanosos que aumentaban un brasero y una caldera con chimenea de la que salía
un hilo de humo; delante, un gran disco brillante, filoso, con una muesca,
montado en excéntrico, que giraba vertiginosamente ante la boca del tubo. Cada
vez que la muesca encontraba el agujero negro del tubo, se escuchaba un
chasquido.
Esas máquinas galopantes
se detenían de puerta en puerta; de ellas se apartaban formas vagas que
entraban a las casas. Salían, de a dos, cargando atados que gemían. Los hombres
del brasero, colocaban metódicamente en el tubo de acero los largos paquetes humanos;
por un instante se veía, proyectado hacia adelante y emergiendo hasta la
altura de los hombros, un rostro descolorido y descompuesto; luego giraba la
muesca del disco excéntrico, arrastrando una cabeza en sus revoluciones; la
chapa de acero permanecía invariablemente lustrosa, lanzando en la rapidez de
su movimiento un círculo de sangre que dibujaba en los muros vacilantes figuras
geométricas. El cuerpo caía sobre el pavimento entre las altas ruedas de la máquina;
las ligaduras se rompían al caer y con los codos apoyados sobre el piso en un
movimiento reflejo, el cadáver, aún viviente, eyaculaba un chorro rojo.
Los caballos
encabritados, con la barriga despiadadamente comprimida por una cincha,
arrastraban los tubos de acero; se producía un metálico sobresalto, una profunda
nota de diapasón resonaba en lo más hondo del tubo sobre cuyo contorno se
reflejaban dos hileras de tramas, y luego, se detenía bruscamente ante una
nueva puerta.
Salvo en los locos que
mataban aisladamente con arma blanca, no había en nadie odio ni furor. Sólo una
destrucción, una masacre sistemática, que iba sumiéndolo todo en el
aniquilamiento total, semejante a una mortal marejada, siempre ascendente,
inexorable y fatal. Los hombres que daban órdenes, orgullosos de su obra,
contemplaban la acción con rostros rígidos, marcados por el ideal.
En el recodo de una calle
obscura, los cascos de los caballos chapotearon en una montaña de cadáveres
decapitados, en un montón de troncos. La batería de tubos de acero se detuvo
sobre la carne; por encima de los brazos confusamente crispados se erguía una
maraña de dedos señalando todos los puntos cardinales, elevados hacia el cielo
como coloreadas lanzas de una revuelta futura.
Deteniendo las
guillotinas, los caballos, relinchando, se negaban a trepar al asalto,
husmeando con sus narices y aplastaban, bajo las herraduras de sus patas,
remolinos de verdes entrañas. Entre la carne palpitante, entre los racimos de
inanimadas manos desesperadamente rígidas, se oía el sollozo de la sangre
derramada.
Los sacerdotes de la
masacre subieron a la barricada humana, hundiendo en ella sus pies, tomaron a
los caballos, que seguían pifiando, por los cabezales, los arrastraron de las
bridas y forzaron a las ruedas a pasar por sobre los dispersos miembros cuyos
huesos crujían.
Y erguidos sobre su
matanza, con el rostro iluminado por la Idea interior y el Incendio de afuera,
los apóstoles de la nada miraban atentamente hacia el fondo de la noche, hacia
el horizonte, como si esperaran la aparición de un astro desconocido.
Veían ante sí un montón
de rostros rotos, escalones de piedra ubicados en forma diferentes, techos
humeantes, ladrillos, maderas destrozadas, jirones de papel, pedazos de género
y gran cantidad de adoquines de granito, agrupados en montones, como si
hubieran sido arrojados por una mano prodigiosa.
También se veía una casa
de inquilinato, derruida por la mitad, donde las chimeneas cortadas a lo largo,
dejaban una extensa banda de hollín, con tubos divergentes a diferentes
alturas. La escalera de madera se había derrumbado en su parte inferior,
partida a mitad de camino hacia los pisos altos; los trémulos escalones
conducían quién sabe adonde, hacia las reptantes llamas y los cadáveres crispados,
como débil pasarela tendida desde el cielo. En los miserables cuartos
seccionados, abiertos a la luz, se veía toda una vida inferior: una parrilla a
carbón, un hornillo de barro, partido y remendado, una olla obscura, cacerolas
negras, abolladas, trapos amontonados en los rincones, una jaula herrumbrada
en la que aún flotaban algunas briznas verdes y donde yacía sobre el lomo un
pajarillo gris con las patas metidas entre las plumas de la panza, frascos de
farmacia desparramados, un catre apoyado contra la pared, colchones rotos
vomitando montones de estopa, macetas hechas trizas, mezcladas con la tierra vegetal
y los pedazos de plantas.
Y entre los mosaicos
encerados arrancados del cemento gris, se veía a un niño sentado frente a una
niña a la que mostraba con orgullo una espoleta de cobre que cayera allí. La
pequeña tenía una cuchara metida en la boca y lo miraba con curiosidad. El apretaba
los dedos, cuya tierna piel se arrugaba todavía, sobre el tornillo móvil y,
accionando el vernier se perdía en la contemplación del aparato. Así ambos,
golpeando alternativamente con sus diminutos pies, sacándolos de sus
zapatitos, profundamente ocupados, no se asombraban en absoluto del aire que
entraba en la pieza ni de la horrible luz que los iluminaba. Por el contrario,
sacándose la cuchara que le deformaba la mejilla, la pequeña dijo en voz baja:
"¡Qué gracioso! ¡Papá y mamá se fueron con su pieza! ¡Hay grandes lámparas
rojas en la calle y se cayó la escalera!"
Los organizadores de la
Revolución vieron todo eso y no apareció el nuevo Sol cuya aurora aguardaban.
Mas la idea que tenían en la mente floreció de pronto; percibieron como una
especie de resplandor; vislumbraron vagamente una vida superior a la muerte universal;
la sonrisa de los niños se hizo más amplia, y fue una revelación; la piedad
descendió sobre ellos. Y cubriéndose los ojos con las manos para no ver los
ojos aterrorizados de los muertos que los párpados aún no cubrían, bajaron
tambaleantes de la muralla de hombres decapitados que debía encerrar la nueva
ciudad, y huyeron enloquecidos entre las rojas tinieblas, entre el estrépito
metálico de las galopantes máquinas.
Índice
Prefacio
3
CORAZÓN
DOBLE 11
Las
estrigas 12
El zueco 14
Los tres aduaneros 18
El tren 081 23
El fuerte 26
Los Sin-cara 29
Aracné 32
El hombre doble 35
El hombre velado 38
Beatriz 41
Lilith 44
Las puertas del opio 47
Espiritismo 50
Un esqueleto 53
A propósito de dientes 57
El hombre gordo 60
El cuento de los
huevos 64
El religioso 67
LA
LEYENDA DE LOS PORDIOSEROS
La
Edad de la Piedra Pulida: La vendedora de ámbar 72
La Época Romana: Cosecha
sabina 75
Siglo catorce - Les
salteadores de caminos: Merigot Marches
78
Siglo quince - Los
gitanos: El "papel rojo" 81
Siglo dieciséis - Los
sacrílegos: Los incendiarios 85
Siglo dieciocho - La
banda de Cartouche: La última noche 87
La Revolución - Los
amantes: Fanchon La Poupée 91
Poder 94
Las bodas de Arz 96
Para Milo 98
El hospital 103
Rompecorazones 106
El antifaz 109
Flor entre piedras 111
Instantáneas 114
El terror futuro 115

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