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© Libro No. 661. Pablo y Virginia. De Saint-Pierre, Bernardin. Colección E.O. Marzo 22 de 2014.

 

Título original: ©     BERNARDIN DE SAINT-PIERRE. Pablo y Virginia.

 

Versión Original: ©   BERNARDIN DE SAINT-PIERRE. Pablo y Virginia

 

 

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Portada E.O. de Imagen original:

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

 

 

 

 

 

 

 

 

 

BERNARDIN DE SAINT-PIERRE

Pablo

y

Virginia

 

 

 

 

 

PREFACIO

 

Me he propuesto grandes metas en esta obrita. He inten­tado retratar en ella una tierra y unos vegetales diferentes a los de Europa. Ya han hecho descansar bastante nuestros poetas a sus enamorados a la orilla de los arroyos, en las praderas y bajo el follaje de las hayas. Yo he querido sen­tarlos a la orilla del mar, al pie de los riscos, a la sombra de los cocoteros, de los plátanos y limoneros en flor. Sólo le faltan a la otra parte del mundo Teócritos y Virgilios para tener de ella unos cuadros al menos tan interesantes como los de nuestra tierra. Sé que viajeros de mucho gusto nos dieron mágicas descripciones de varias islas del mar del Sur1; pero las costumbres de sus habitantes, y más aún, las de los europeos que allí desembarcan, estropean con fre­cuencia el paisaje. He deseado reunir con la hermosura de la naturaleza entre los trópicos la belleza moral de una pe­queña sociedad. Me he propuesto también poner en evi­dencia algunas grandes verdades, entre otras la siguiente: que nuestra felicidad consiste en vivir según la naturaleza y la virtud. Sin embargo, no me ha hecho falta en modo al­guno imaginar una novela para retratar a familias dicho­sas. Puedo asegurar que ésas de las que voy a hablar existie­ron realmente y que su historia es auténtica en sus princi­pales acontecimientos. Estos me fueron verificados por varios pobladores que conocí en la Isla de Francia2. No he añadido más que algunas circunstancias sin interés, pero que, al serme personales, son por eso mismo auténticas. Cuando realicé, hace algunos años, un esbozo muy imper­fecto de esta especie de pastoral3, rogué a una bella dama que frecuentaba la alta sociedad y a unos respetables caba­lleros que vivían aparte escuchar su lectura, con el fin de presentir el efecto que produciría en lectores de caracterís­ticas tan diferentes. Tuve la satisfacción de ver que todos derramaron lágrimas. Fue el único juicio que pude obtener y era también todo lo que quería saber. Pero como a me­nudo un gran vicio es correlato de un talento pequeño, aquel éxito me inspiró la vanidad de dar a mi obra el título de Cuadro de la Naturaleza. Por fortuna recordé cuán extra­ña me era la propia naturaleza del clima en que nací, cuán rica, variada, encantadora, magnífica y misteriosa lo es en unas tierras donde tan sólo vi sus obras como viajero, y mi gran carencia de sagacidad, gusto y palabras para conocer­la y pintarla. Reflexioné, pues. En consecuencia, incluí este modesto ensayo bajo el título y a continuación de mis Estudios sobre la Naturaleza, que el público ha acogido con tanta benevolencia, para que este título, recordándoles mi incapacida, les haga tener siempre presente su indul­gencia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En el lado oriental de la montaña que se eleva tras el Puerto Luis de la Isla de Francia, se ven, en un te­rreno antaño cultivado, las ruinas de dos cabañitas. Están situadas casi en medio de una cuenca formada por grandes riscos, que no presenta más que una sola abertura dirigida hacia el norte. Se divisa, a la izquierda, la monta­ña llamada el cerro del Descubrimiento desde donde se se­ñalan los navíos que arriban a la isla, y abajo de esta mon­taña la ciudad llamada Puerto Luis[1]; a la derecha, el cami­no que lleva desde Puerto Luis al barrio de los Toronjos; luego, la iglesia de ese nombre, que se levanta con sus ave­nidas de bambúes en medio de una gran llanura; y más a lo lejos un gran bosque que se extiende hasta los confines de la isla. Se divisa ante uno, a la orilla del mar, la bahía de la Tumba; un poco a la derecha, el cabo Desdichado*; y más allá, alta mar, donde surgen a flor de agua algunos islotes inhabitados; entre otros, el Rincón de Mira, que se asemeja a un bastión en medio de las aguas.

A la entrada de esta cuenca, desde donde se pueden des­cubrir tantos objetos, los ecos de la montaña repiten sin cesar el ruido de los vientos que agitan los grandes bosques vecinos, y el estrépito de las olas que rompen a lo lejos contra los acantilados; sin embargo, al pie mismo de las cabañas ya no se oye ningún ruido y alrededor no se ven más que grandes riscos escarpados como murallas. Les cre­cen bosquecillos en las faldas, en las grietas y hasta en las cimas, donde se detienen las nubes.

Las lluvias que atraen sus crestas pintan a menudo los colores del arco iris sobre sus laderas verdes y pardas, ali­mentando, a sus pies, los manantiales con los que se forma el riachuelo de las Latanias[2]. Un gran silencio reina en el recinto de estas montañas,. donde todo es apacible, el aire, las aguas y la luz. Apenas el eco repite en este lugar el mur­mullo de los palmitos que crecen en sus elevadas planicies, y cuyas flechas se ven siempre mecidas por los vientos. Una luz suave ilumina el fondo de esta cuenca, donde el sol no luce más que a mediodía; pero ya desde la aurora sus rayos le golpean el coronamiento, cuyos picos, elevándose por encima de las sombras de la montaña, parecen de oro y púrpura sobre el azul de los cielos.

Me gustaba acudir a este lugar en el que se goza a la vez de unas vistas inmensas y de una profunda soledad. Un día que estaba sentado al pie de esas cabañas, considerando sus ruinas, acertó a pasar por los alrededores un hombre ya de cierta edad. Se vestía, según la costumbre de los antiguos habitantes, con una chaquetilla y un calzón largo. Andaba descalzo y se apoyaba en un bastón de madera de ébano. Su pelo era completamente blanco y su fisonomía noble y sencilla. Lo saludé respetuosamente. Me devolvió el salu­do y, tras examinarme un momento, se me acercó y vino a descansar en el montículo donde me sentaba. Muy anima­do por este rasgo de confianza, le dirigí la palabra. «Abue­lo, le dije, ¿podría decirme a quién pertenecieron estas dos cabañas?» Me respondió: «Hijo mío, estas casuchas y esta tierra agreste estaban habitadas, hace unos veinte años, por dos familias que habían encontrado en ellas la felici­dad. Su historia es conmovedora: pero, en esta isla, fuera de la ruta de las Indias Orientales[3], ¿qué europeo puede in­teresarse por la suerte de unos particulares sin importan­cia? ¿Quién querría incluso vivir aquí feliz, pero pobre e ignorado? Los hombres sólo quieren conocer la historia de los grandes y los reyes, que no le sirve a nadie.» «Padre, proseguí, resulta fácil juzgar por su aspecto y sus palabras que ha adquirido una gran experiencia. Si tiene tiempo, cuénteme, se lo ruego, lo que sabe de los antiguos habitan­tes de este desierto, y crea que, incluso al hombre más de­pravado por los prejuicios del mundo, le gustaría oír ha­blar de la felicidad que dan la naturaleza y la virtud.»

Entonces, como alguien que busca recordar diversas circunstancias, tras apoyar un momento sus manos en la frente, esto es lo que el anciano me contó.

En 1726 un joven de Normandía, el señor de La Tour, después de haber solicitado en vano trabajo en Francia y ayuda a su familia se decidió a venir a esta isla y buscar for­tuna. Tenía con él una joven a la que amaba mucho y que lo amaba igualmente. Provenía de una antigua y rica casa de su provincia; pero la había desposado en secreto y sin dote, porque los padres de su mujer se habían opuesto al matrimonio, dado que él no era de noble linaje. La dejó en Puerto Luis y se embarcó para Madagascar con la esperan­za de comprar algunos negros y volver con prontitud aquí para establecer una propiedad. Desembarcó en Madagas­car en la época del mal tiempo que empieza a mitad de oc­tubre; y poco después de llegar murió a causa de las fiebres pestíferas que allí reinan durante seis meses al año, y que siempre impedirán a las naciones europeas establecer asentamientos fijos.

Los efectos que había traído consigo se dispersaron tras su muerte, como ocurre normalmente a los que mueren fuera de su patria. Su mujer, que se había quedado en la Isla de Francia, se encontró viuda, embarazada, y sin otro bien en el mundo que una negra, en un país donde no te­nía ni crédito ni recomendación. No queriendo solicitar nada de ningún hombre tras la muerte del que únicamente había amado, su desgracia le dio valor. Resolvió cultivar con su esclava un pequeño trozo de tierra, a fin de procu­rarse el sustento.

En una isla casi desierta, en la que había terreno a vo­luntad, no escogió las tierras más fértiles ni las más favora­bles para el comercio; sino que, buscando alguna quebra­da, algún refugio oculto en el que poder vivir sola e igno­rada, se encaminó desde la ciudad hacia estos riscos para retirarse en ellos como en un nido. Es instinto común a todos los seres sensibles y dolientes refugiarse en los luga­res más salvajes y desiertos; como si los riscos fueran mu­rallas contra el infortunio, y como si la calma de la natura­leza pudiera apaciguar las desdichadas turbaciones del alma. Pero la Providencia, que viene en nuestro auxilio cuando no queremos más que los bienes necesarios, reser­vaba uno a la señora de La Tour que no dan ni las riquezas ni los honores; era una amiga.

En ese lugar, desde hacía un año, vivía una joven llena de vida, buena y sensible, se llamaba Margarita. Había na­cido en Bretaña en el seno de una modesta familia de cam­pesinos, que la quería y que la hubiera hecho feliz, si no hu­biera tenido la debilidad de dar crédito al amor de un hombre noble de su entorno que había prometido despo­sarla, pero, éste, una vez satisfecha su pasión, se alejó de ella, y rehusó asegurarle el mantenimiento del hijo que es­peraba de él. Decidió entonces abandonar para siempre el pueblo en el que había nacido e ir a esconder su falta a las colonias, lejos de su país, donde había perdido la única dote de una muchacha pobre y honesta, la honra. Un viejo negro, que había adquirido con algún dine­ro prestado, cultivaba con ella un trocito de estos te­rrenos.

La señora de La Tour, seguida por su negra, encontró en este lugar a Margarita dando de mamar a su hijo. Le en­cantó dar con una mujer en situación que juzgó semejante a la suya. Le habló en pocas palabras de su antigua condi­ción y de sus necesidades actuales. Margarita se conmovió por el relato de la señora de La Tour; y, queriendo hacerse merecedora de su confianza antes que de su estima, le con­fesó sin alterar nada la imprudencia de la que había sido culpable.

«Yo, dijo, he merecido mi suerte; pero usted, señora..., usted..., ¡prudente y desdichada!» Y le ofreció llorando su cabaña y su amistad. La señora de La Tour, emocionada por una acogida tan tierna, le dijo estrechándola en sus brazos: «¡Ah! Dios quiere acabar mis penalidades, ya que le inspira hacia mí, que le soy extraña, mayor bondad que la que nunca encontré en mis padres.»

Yo conocí a Margarita, y, aunque vivo a legua y media de aquí, en los bosques, detrás de la Montaña Larga, me consideraba su vecino.

En las ciudades de Europa una calle, una simple pared, impiden a los miembros de una misma familia reunirse durante años enteros, pero en las nuevas colonias se consi­dera como vecinos a aquellos de los que se está separado por bosques y montañas. En aquel tiempo, sobre todo, cuando esta isla comerciaba poco con la India, el simple hecho de ser vecinos era un título de amistad, y la hospita­lidad con los extranjeros una obligación y un placer. Cuan­do me enteré de que mi vecina tenía una compañera, fui a verla para intentar serles útil a una y a otra. Encontré en la señora de La Tour una persona de rostro interesante, lleno de nobleza y melancolía. Estaba entonces a punto de dar a luz. Les dije a las dos señoras que convenía, en interés de sus hijos, y, sobre todo, para impedir que algún otro habi­tante se estableciera allí, repartir entre ellas el fondo de esta cuenca que contiene en aquel lugar unas seiscientas áreas. Se dirigieron a mí para ese reparto. Formé con el te­rreno dos porciones más o menos iguales; una comprendía la parte superior de este recinto, desde esa cima de risco cubierta de nubes, de donde sale el manantial del río de las Latanias, hasta esa abertura escarpada que ve en lo alto de la montaña, y que se llama la Tronera, porque semeja, en efecto, a la tronera de un cañón. El fondo de este suelo está tan lleno de rocas y barrancos que apenas se puede andar por él; sin embargo, produce grandes árboles y está lleno de fuentes y arroyitos. En la otra porción hice entrar toda la parte inferior que se extiende a lo largo del río de las Latanias hasta la abertura en la que estamos, desde donde este río comienza a discurrir entre dos colinas hasta el mar. Ve en ella algunas lindes de prados y un terreno bastante liso, pero apenas mejor que el otro; porque en la estación de las lluvias es pantanoso y en las sequías duro como plomo; cuando se quiere abrir una zanja, se ve uno obligado a cor­tarlo con hachas. Tras establecer el reparto, hice participar a las dos damas en un sorteo. La parte superior le tocó a la señora de La Tour y la inferior a Margarita. Una y otra es­tuvieron contentas con su suerte; pero me pidieron no se­parar su morada, «con el fin de que, me dijeron, podamos vernos siempre, hablarnos y ayudarnos entre nosotras». Sin embargo, cada una necesitaba un lugar donde alojarse. La casa de Margarita se encontraba en medio de la cuen­ca, precisamente en los límites de su terreno. Construí muy cerca, en el de la señora de La Tour, otra cabaña, de modo que las dos amigas estaban en vecindad una de la otra y, a la vez, asentadas en la propiedad de sus fa­milias.

Yo mismo corté las estacas de los vallados en la monta­ña, llevé hojas de latania desde la orilla del mar para cons­truir estas dos cabañas, en las que usted ya no ve ahora ni puerta ni techumbre. ¡Ay! Aún no queda de ellas más que demasiado para mi recuerdo. El tiempo, que destruye tan rápidamente los monumentos de los imperios, parece res­petar en estos desiertos los de la amistad, para perpetuar mi nostalgia hasta el fin de mi vida.

Apenas acabada la segunda de estas cabañas, la señora de La Tour dio a luz una niña. Había sido el padrino del niño de Margarita, que se llamaba Pablo. La señora de La Tour también me pidió dar nombre a su hija juntamente con su amiga. Le puso el nombre de Virginia. «Será vir­tuosa, dijo, y será feliz. Sólo he conocido la desgracia apar­tándome de la virtud.»

Cuando la señora de La Tour se levantó tras el parto, las dos pequeñas propiedades comenzaron a dar cierto rendi­miento, con ayuda de los cuidados que yo les prestaba de vez en cuando, pero sobre todo gracias al continuo trabajo de-sus esclavos. El de Margarita, llamado Domingo, era un negro yolof [4], todavía robusto, aunque ya de cierta edad. Era un hombre de gran experiencia y con una sensatez innata. Cultivaba indistintamente en las dos propiedades los terre­nos que le parecían más fértiles, y plantaba las semillas que mejor convenían. Sembraba mijo y maíz en los sitios regu­lares, un poco de trigo en las tierras buenas, arroz en los fondos pantanosos y, al pie de las rocas, cayotas[5], calabazas y pepinos, que trepaban por ellas a sus anchas. Plantaba en los lugares secos batatas que allí resultaban dulcísimas, al­godoneros en las zonas altas, cañas de azúcar en las tierras arcillosas, planta de café en las colinas, donde el grano es pequeño pero excelente; a lo largo del río y alrededor de las cabañas, plátanos que dan todo el año racimos de fru­tos con una hermosa sombra, y, por último, algunas plan­tas de tabaco para aliviar sus propias preocupaciones y las de sus buenas amas. Iba a cortar leña a la montaña, a rom­per rocas aquí y allá en las propiedades para allanar los ca­minos. Realizaba todas estas ocupaciones con inteligencia y viveza, ya que las hacía con sumo celo. Estaba muy uni­do a Margarita; y no lo estaba menos a la señora de La Tour, con cuya negra se había casado cuando nació Virgi­nia. Amaba con pasión a su mujer, llamada María. Había nacido ésta en Madagascar, de donde había traído algunas ocupaciones manuales y, en particular, la de hacer cestas y telas llamadas taparrabos, con hierbas que crecen en los bosques. Era hábil, limpia y muy fiel. Se encargaba de la comida, de cuidar algunas gallinas y de ir de vez en cuando a Puerto-Luis para vender el excedente de esas dos propie­dades, que era bien poco. Si une a esto dos cabras cuidadas junto a los niños, y un perro grande que vigilaba fuera por la noche, se hará usted una idea de todo el rendimiento y el personal de estas parcelas.

En cuanto a las dos amigas, hilaban algodón de la ma­ñana a la noche. Este trabajo les bastaba para mantenerse y mantener a su familia; pero, por otra parte, estaban tan desprovistas de otro tipo de comodidades que andaban descalzas por su habitación, y no se calzaban más que para ir los domingos muy de mañana a misa en la iglesia de los Toronjos que ve allí. Hay, sin embargo, tierras bastante más lejos que Puerto Luis; pero pocas veces acudían a la ciudad, por miedo a que las despreciasen, ya que vestían con una burda tela azul de Bengala como esclavas. Des­pués de todo, ¿la consideración de la gente vale la felicidad doméstica? Si estas damas tenían que sufrir un poco fuera de su entorno, volvían a su casa con tanto mayor gusto. Apenas María y Domingo las divisaban desde esa altura que se eleva en el camino de los Toronjos, acudían co­rriendo hasta la falda de la montaña para ayudarlas a subir. Leían en los ojos de sus esclavos la alegría que les daba el verlas de nuevo. Encontraban en sus hogares la limpieza, la libertad, bienes debidos sólo a su propio trabajo, y unos criados llenos de aplicación y cariño. Ellas, por su parte, unidas por las mismas necesidades, y tras haber conocido casi las mismas desgracias, se daban los dulces nombres de amiga, compañera y hermana, sólo tenían una voluntad, un interés, una mesa. Todo entre ellas era común. Tan sólo si antiguos fuegos más vivos que los de la amistad se despertaban en su alma, una religión pura, ayudada por unas costumbres virtuosas, las llevaba hacia otra vida, como la llama se eleva hacia el cielo cuando ya no tiene alimento en la tierra.

Los deberes de la naturaleza se añadían a la dicha de su pequeña sociedad. Su amistad mutua aumentaba viendo a sus hijos, frutos de un amor infortunado para ambas. Les agradaba ponerlos juntos en el mismo baño y acostarlos en la misma cuna. A menudo los cambiaban de leche. «Ami­ga mía, decía la señora de La Tour, cada una de nosotras tendrá dos hijos, y cada uno de nuestros hijos dos ma­dres.»

Al igual que dos brotes que quedan en dos árboles del mismo tipo, cuyas ramas ha roto una misma tormenta, lle­gan a producir frutos más dulces, si se injerta cada uno, se­parado del tronco materno, en el tronco vecino; así, estos dos niñitos, privados de sus padres, se llenaban de senti­mientos más tiernos que los de hijo e hija, hermano y her­mana, cuando las dos amigas que los habían alumbrado los cambiaban de pecho. Las madres hablaban ya de su matri­monio en las cunas, y esta perspectiva de felicidad conyu­gal, con la que aliviaban sus penas, hacía que a menudo acabaran llorando; la una, al acordarse de que sus males habían venido por no haber considerado el matrimonio, la otra por haber sufrido sus leyes; la una al haber sido eleva­da por encima de su condición y la otra por haber descen­dido; pero se consolaban pensando que un día sus hijos, más felices, gozarían a la vez, lejos de los crueles prejuicios de Europa, de los placeres del amor y de la dicha de la igualdad.

En efecto, nada era comparable con la unión que ya de­mostraban. Si a Pablo le daba por llorar, le enseñaban a Virginia; al verla, sonreía y se apaciguaba. Si Virginia su­fría, los gritos de Pablo los avisaban; pero esta adorable niña disimulaba enseguida su pena para que el niño no su­friera por su dolor. No había vez ninguna que no fuera allí y no los viera a los dos completamente desnudos, según la costumbre del país, sin poder casi andar, y dándose la mano y sujetándose bajo el brazo, tal como se representa la constelación de los Gemelos[6]. Ni siquiera la noche podía separarlos; con frecuencia los sorprendía acostados en la misma cuna, una mejilla contra la otra, un pecho contra el otro, con las manos alrededor del cuello del amigo, y ador­mecidos en brazos uno del otro.

Cuando supieron hablar, los primeros nombres que aprendieron fueron los de hermano y hermana. La infan­cia, que conoce caricias más tiernas, no conoce más dulces nombres. Su educación no hizo más que aumentar su amistad dirigiéndola hacia sus necesidades recíprocas. Pronto, todo lo que concierne al ahorro, la limpieza, el es­mero en preparar una comida en el campo fue de la in­cumbencia de Virginia, y a sus trabajos siempre seguían los elogios y besos de su hermano. En cuanto a éste, en cons­tante actividad, layaba el jardín con Domingo o, con una hachita en la mano, le seguía por los bosques; y si en sus correrías se le ofrecían una flor hermosa, una buena fruta o un nido de pájaros, aunque hubieran estado en lo alto de un árbol, allá se subía para llevárselos a su hermana.

Cuando encontraban a uno de ellos en algún lado, esta­ban seguros de que el otro no andaba lejos. Un día que ba­jaba de la cima de esa montaña, divisé en el otro extremo del jardín a Virginia corriendo hacia la casa, con la cabeza cubierta por las enaguas que había alzado por detrás, para refugiarse de un aguacero. De lejos la creí sola; y, al acer­carme hacia ella para ayudarla a andar, vi que cogía a Pa­blo del brazo, envuelto casi por entero en la misma cubier­ta y riéndose ambos de estar juntos a cubierto bajo el para­guas de su invención. Estas dos encantadoras cabezas, en­cerradas bajo la enagua que se hinchaba, me recordaron a los hijos de Leda metidos en la misma concha[7].

Todo su estudio consistía en complacerse y ayudarse. Por lo demás, eran ignorantes como criollos y no sabían leer ni escribir. No se preocupaban de lo ocurrido en los tiempos remotos y alejados de ellos; su curiosidad no se ex­tendía más allá de esa montaña. Creían que el mundo se acababa donde acababa su isla; y no imaginaban nada aco­gedor allí donde no estaban. Su recíproco cariño y el de sus madres ocupaban toda la actividad de sus almas. Nunca unas ciencias inútiles les habían hecho derramar lágrimas. Nunca las lecciones de una triste moral les habían hecho aburrirse. No sabían que no hay que robar, al ser en sus co­sas todo de todos; ni ser desmedido en el comer, al contar con cuantos sencillos manjares quisieran; ni mentiroso, al no tener ninguna verdad que ocultar. No se les había asus­tado jamás diciéndoles que Dios reserva castigos terribles a los niños ingratos; en ellos, la amistad filial había nacido de la amistad materna. Les habían enseñado de la religión tan sólo lo que hace amarla; y si no rezaban largas oracio­nes en la iglesia, allí donde estuvieran, en la casa, en los campos, en los bosques, levantaban al cielo unas manos inocentes y un corazón lleno de amor a sus familiares.

De este modo, pasaron los primeros años de su infancia como una hermosa aurora que anuncia un día más bello. Compartían ya con sus madres todos los cuidados de la casa. En cuanto el canto del gallo anunciaba la vuelta de la aurora, Virginia se levantaba, iba a coger agua del manan­tial vecino, y volvía a casa para preparar el desayuno. Muy poco después, cuando el sol doraba las crestas de este re­cinto, Margarita y su hijo acudían a casa de la señora de La Tour; en aquel momento iniciaban todos juntos una ora­ción seguida de la primera comida del día; a menudo la to­maban ante la puerta, sentados en la hierba bajo una bóve­da de plátanos, que les proporcionaba a la vez alimentos ya preparados en sus nutritivos frutos y de qué cubrir la mesa con sus hojas anchas, largas y brillantes. Una alimentación sana y abundante desarrollaba rápidamente los cuerpos de aquellos dos jóvenes, y una educación llena de cariño pin­taba en su fisonomía la pureza y el contento de' su alma. Virginia no tenía más que doce años; ya su talle estaba casi formado; una abundante cabellera rubia recubría su cabe­za; sus ojos azules y sus labios de coral brillaban con dulzu­ra en la lozanía de su rostro: sonreían al unísono cuando hablaban; pero cuando guardaba silencio, su innata incli­nación hacia el cielo les daba una expresión de sensibili­dad extrema, e incluso de ligera melancolía.

Respecto a Pablo, ya se veía desarrollarse en él el carác­ter de un hombre en medio de los encantos de la adoles­cencia. Su estatura era entonces mayor que la de Virginia, su tez más oscura, su nariz más aguileña, y sus ojos, que eran negros, hubiesen resultado algo fieros, si las largas pestañas que irradiaban como pinceles no le hubieran dado la mayor dulzura. Aunque siempre estaba moviéndo­se, en cuanto su hermana aparecía, se tranquilizaba e iba a sentarse a su lado. A menudo, sus comidas transcurrían sin mediar palabra. Por su silencio, por la ingenuidad de sus actitudes, por la belleza de sus pies desnudos, se creería ha­ber visto un grupo antiguo de mármol blanco representan­do alguno de los hijos de Niobe[8]; pero, por sus miradas que buscaban cruzarse, por sus sonrisas a las que respondían sonrisas más dulces, se los habría tomado por hijos del cie­lo, por esos espíritus dichosos cuya naturaleza es amarse, y que no necesitan dar lo que sienten con pensamientos ni la amistad con palabras.

Sin embargo, la señora de La Tour, viendo desarrollarse a su hija con tantos encantos, sentía que aumentaba su in­quietud y su ternura. Me decía a veces: «En el caso de mo­rirme, ¿qué sería de Virginia sin fortuna?»

Tenía esta mujer en Francia una tía, distinguida soltera, rica, vieja y devota, que con tanta dureza le había negado ayuda cuando se casó con el señor de La Tour, que se pro­metió a sí misma no recurrir nunca a ella, fuera cual fuera el calvario que pasara. Pero al convertirse en madre, ya no temió la vergüenza de los desdenes. Comunicó a su tía la muerte inesperada de su marido, el nacimiento de su hija, la situación difícil en que estaba, lejos de su país, despro­vista de apoyo y haciéndose cargo de una niña. No recibió ninguna respuesta. Siendo de noble carácter, no temió ya humillarse y exponerse a los reproches de su pariente, que jamás le había perdonado casarse con un hombre sin lina­je, aunque virtuoso. Le escribía, pues, en todas las ocasio­nes con el fin de despertar su sensibilidad en favor de Vir­ginia. Pero habían discurrido bastantes años sin recibir ningún anuncio de que se acordase de ellas.

Por fin, en 1738, tres años después de la llegada del se­ñor de La Bourdonnais[9] a esta isla, la señora de La Tour se enteró de que este gobernador tenía que darle una carta de parte de su tía. Corrió a Puerto Luis sin preocuparse esta vez por parecer mal vestida, al haberla situado su alegría de madre por encima del respeto humano. El señor de La Bourdonnais le dio efectivamente una carta de su tía. Esta hacía saber a su sobrina que había merecido su suerte por haberse casado con un aventurero, un libertino; que las pasiones llevaban en sí mismas su punición; que la muerte prematura de su marido era un justo castigo de Dios; que había hecho bien en irse a las islas antes de deshonrar a su familia en Francia; que estaba, después de todo, en una buena tierra donde todo el mundo hacía fortuna salvo los perezosos. Tras hacerle estos reproches acababa por ala­barse a sí misma: para evitar, decía, las consecuencias a menudo funestas del matrimonio siempre había rehusado casarse. La verdad es que al ser ambiciosa, no había queri­do unirse más que a un hombre de condición; pero aunque era muy rica y en la corte les es todo indiferente salvo la fortuna, no se había encontrado a nadie que hubiera queri­do casarse con una muchacha tan fea y de corazón tan duro.

Añadía en una posdata que, tras pensárselo mucho, la había recomendado encarecidamente al señor de La Bour­donnais. La había recomendado, en efecto, pero siguiendo una costumbre muy común en nuestros días, que hace a un protector más temible que a un enemigo declarado: con el fin de justificar ante el gobernador la dureza hacia su sobri­na, fingiendo compadecerla, la había calumniado.

La señora de La Tour, a quien ningún hombre indife­rente hubiera podido ver sin interés ni respeto, fue recibi­da muy fríamente por el señor de La Bourdonnais, quien estaba prevenido contra ella. Sólo respondió a lo que le ex­puso sobre su situación y la de su hija con duros monosíla­bos: «Ya veré; ya veremos... con el tiempo: hay muchos desgraciados... ¿Por qué molestar a una parienta respeta­ble?... Usted es la que se equivoca.»

La señora de La Tour se volvió a la propiedad, con el corazón destrozado por el dolor y lleno de amargura. Al llegar a casa se sentó, tiró sobre la mesa la carta de su tía y dijo a su amiga: «¡Ahí está el fruto de once años de pacien­cia!» Pero como sólo la señora de La Tour sabía leer en la pequeña sociedad, volvió a coger la carta y la leyó ante toda la familia reunida. Apenas acabó, Margarita le dijo con viveza: «¿Por qué vamos a necesitar a tus parientes? ¿Dios nos ha abandonado? El es nuestro único padre. ¿No hemos vivido felices hasta este día? ¿Por qué apenarte, en­tonces? No tienes valor.»

Y viendo llorar a la señora de La Tour, se le echó al cue­llo y estrechándola en sus brazos: «¡Querida amiga, excla­mó, querida amiga!», pero sus propios sollozos ahogaron su voz. Ante este espectáculo Virginia, deshecha en llanto, apretaba alternativamente las manos de su madre y las de Margarita contra su boca y contra su corazón; y Pablo, con los ojos encendidos de cólera, gritaba, apretaba los puños, daba patadas, sin saber a quién echarle la culpa. Ante el ruido, Domingo y María fueron corriendo, y sólo se escu­chaban en la cabaña estos gritos de dolor: «¡Ah, señora!... ¡mi buena ama!... ¡madre!... no llore.» Unas muestras tan tiernas de amistad disiparon la pena de la señora de La Tour. Tomó a Pablo y Virginia en sus brazos, y les dijo con alegría: «Hijos míos, sois la causa de mi pena; pero tam­bién me alegráis. ¡Oh! mis niños queridos, la desgracia no me ha venido más que de lejos, la felicidad está a mi alre­dedor.» Pablo y Virginia no la comprendieron, pero al verla tranquila sonrieron y se pusieron a acariciarla. De este modo, continuaron siendo felices, y tan sólo esto fue una tormenta en medio del buen tiempo.

La bondad natural de aquellos niños se desarrollaba día a día. Un domingo, al alba, cuando sus madres se habían ido a la primera misa en la iglesia de los Toronjos, una ci­marrona se presentó bajo los plátanos que rodeaban su propiedad. Estaba en los huesos, y no llevaba más que un jirón de arpillera cubriéndole los riñones. Se echó a los pies de Virginia que preparaba el desayuno de la familia, y le dijo: «Señorita, apiádese de una pobre esclava fugitiva; hace un mes que ando por estos montes casi muerta de hambre, a veces perseguida por los cazadores y sus perros. Huyo de mi amo, que es un rico propietario de la zona del Río Negro[10]: puede ver cómo me ha tratado»; en ese mo­mento le mostró el cuerpo recorrido por unas cicatrices profundas debidas a los latigazos que había recibido de él. Añadió: «Quería ir a ahogarme, pero al saber que vivían ustedes aquí, me dije: "Ya que hay aún blancos buenos en esta región, no hay por qué morirse todavía."» Virginia, emocionadísima, le dijo: «Cálmese, ¡desdichada criatura! Coma, coma»; y le dio el desayuno de la casa que tenía lis­to. La esclava lo devoró por completo en poco tiempo. Virginia al verla satisfecha le dijo: «¡Pobre desgraciada! tengo ganas de ir a pedir clemencia a su dueño; viéndola se apiadará. ¿Quiere conducirme a su casa?» -«Ángel de Dios, replicó la negra, la seguiré donde vaya.» Virginia lla­mó a su hermano y le pidió acompañarla. La cimarrona los condujo por senderos, por medio de los bosques, a tra­vés de altas montañas que subieron con gran esfuerzo y de anchos ríos que cruzaron vadeándolos. Por fin, hacia el mediodía, llegaron a la falda de una colina a orillas del Río Negro. Divisaron una casa bien construida, plantaciones bastante grandes y un gran número de esclavos ocupados en todo tipo de tareas. Su amo se paseaba entre ellos, con una pipa en la boca y un bastón de caña en la mano. Era un hombre alto, enjuto, aceitunado, de ojos hundidos y ce­jas negras y muy juntas. Virginia, muy emocionada, aga­rrándose del brazo de Pablo, se acercó al propietario y le pidió, por el amor de Dios, perdonar a su esclava, que esta­ba a unos pasos detrás de ellos. Primero, el propietario no hizo mucho caso de aquellos dos niños pobremente vesti­dos; pero cuando se fijó en la elegante figura de Virginia, en su cabeza rubia bajo una capucha azul, y cuando hubo escuchado el dulce sonido de su voz, que temblaba como todo su cuerpo al pedirle clemencia, se quitó la pipa de la boca, y, alzando su bastón al cielo, juró de modo terrible que perdonaba a su esclava pero no por el amor de Dios, sino por el amor a ella. De inmediato Virginia hizo señas a la esclava para que se adelantara hacia su amo; luego salió corriendo y Pablo tras ella[11].

Subieron juntos la otra cara de la colina por donde ha­bían bajado, y al llegar a la cima se sentaron bajo un árbol, agotados de cansancio, hambre y sed. Habían hecho más de cinco leguas sin probar bocado desde el amanecer. Pa­blo dijo a Virginia: «Hermana, es más de mediodía; tienes hambre y sed: no encontraremos aquí de qué almorzar: ba­jemos otra vez la colina y vayamos a pedir de comer al amo de la esclava.» -«Oh no, amigo mío, contestó Virginia, me ha dado demasiado miedo. Acuérdate de lo que dice a veces mamá. Ni de estiércol buen olor, ni de hombre vil honor»*. «¿Qué haremos pues?, dijo Pablo; estos árboles no producen más que fruta mala; no hay ni tan siquiera un ta­marindo o un limón para refrescarte.» -«Dios se apiada­rá de nosotros, contestó Virginia; atiende a la voz de los pajaritos que le piden comida.» Apenas había pronunciado esas palabras, oyeron el ruido de un manantial que caía de una peña cercana. Corrieron hacia allí, y después de apa­gar la sed con unas aguas más transparentes que el cristal, recogieron y comieron un poco de berro que crecía en la orilla. Cuando estaban mirando a uno y otro lado por si encontraban algún alimento más sólido, Virginia divisó entre los árboles del bosque un joven palmito. El cogollo que la copa de este árbol guarda en medio de sus hojas es un excelente bocado; pero aunque su tronco no era más grueso que la pierna, tenía más de veinte metros de altura. En verdad, la madera de este árbol está simplemente for­mada por un paquete de filamentos, pero su albura es tan resistente que rechaza las mejores hachas; y Pablo ni si­quiera tenía un cuchillo. Se le ocurrió hacer fuego al pie de aquel palmito: otra dificultad, no tenía eslabón[12] y, ade­más, en esta isla cubierta de peñascos no creo que pudiera encontrarse un solo pedernal. La necesidad aguza el inge­nio, y, con frecuencia, las invenciones más útiles se han debido a los hombres más míseros. Pablo decidió hacer fuego a la manera de los negros: con el pico de una piedra hizo un agujerito en una rama de árbol bien seca, que suje­tó bajo sus pies, luego, con el corte de esa piedra, hizo una punta en otro trozo de rama igualmente seca pero de un tipo de madera diferente; metió después ese trozo puntia­gudo de madera en el agujerito de la rama que estaba bajo sus pies, y dándole vueltas rápidamente entre sus manos como se hace con un molinillo para remover chocolate, enseguida vio salir del punto de contacto humo y chispas. Recogió hierbas secas y otras ramas de árboles y prendió fuego al pie del palmito, que cayó poco después con gran estrépito. El fuego le sirvió además para quitarle al cogollo la envoltura de sus largas hojas leñosas y punzantes. Virgi­nia y él comieron una parte de aquel cogollo cruda y la otra cocida bajo la ceniza, encontrándolas igualmente sa­brosas. Hicieron esta comida frugal llenos de alegría por el recuerdo de la buena acción realizada por la mañana, pero esa alegría se veía empañada por la inquietud que, se te­mían, su larga ausencia de casa provocaría en sus madres; sin embargo Pablo, que se sentía con nuevas fuerzas, le aseguró que no tardarían en tranquilizar a sus familias.

Después de comer se encontraron sin saber qué hacer; ya no tenían un guía que les llevara a su casa. Pablo, que no se sorprendía por nada, dijo a Virginia: «Nuestra caba­ña está hacia el sol del mediodía; tenemos que pasar, como esta mañana, por encima de esa montaña que ves allí con sus tres picos. Vamos, caminemos, amiga mía.» Esa mon­taña era la de los Tres Pechos, así llamada porque sus tres cimas tienen dicha forma. Bajaron, pues, la colina del Río Negro por el lado norte y llegaron tras una hora de marcha a las orillas de un largo río que atravesaba su camino. Esta gran parte de la isla, toda cubierta de grandes bosques, es tan poco conocida, incluso hoy, que varios de sus ríos y montañas no tienen aún nombre. El río en cuya orilla se encontraban corre burbujeando por un cauce de rocas. El ruido de sus aguas asustó a Virginia; no se atrevió a poner en él los pies para cruzarlo. Entonces Pablo llevó a cuestas a Virginia y atravesó, cargado así, por las rocas resbaladi­zas del río, a pesar del tumulto de sus aguas. «No temas, le dijo, me siento fuerte contigo. Si el propietario del Río Ne­gro te hubiera negado el perdón de su esclava, me hubiera pegado con él.» -«¡Pero cómo!, dijo Virginia, ¿con ese hombre tan alto y malvado? ¡A lo que te he expuesto! ¡Dios mío! ¡qué difícil es hacer el bien! Sólo el mal es fácil de hacer.» Cuando Pablo estuvo en la otra orilla quiso se­guir el camino cargado con ella, y se enorgullecía de subir de este modo por la montaña de los Tres Pechos que veía ante él a una media legua de allí; pero pronto las fuerzas le empezaron a fallar, y se vio obligado a bajarla y descansar a su lado. Virginia le dijo entonces: «Hermano, está oscure­ciendo; tienes todavía fuerzas y las mías me están abando­nando, déjame aquí y vuelve solo a nuestra cabaña para tranquilizar a nuestras madres.» -«¡Oh!, no, dijo Pablo, no te dejaré. Si la noche nos sorprende en estos bosques, haré fuego, cortaré un palmito, comerás su cogollo y con sus hojas haré un bohío* para que te refugies.» Sin embar­go, Virginia, tras reposar un poco, cogió en el tronco de un viejo árbol inclinado sobre la orilla del río unas largas hojas de escolopendra que colgaban del tronco; se hizo con ellas una especie de borceguíes con los que rodeó sus pies, ensangrentados por las piedras del camino; porque con las prisas de ser útil había olvidado calzarse. Al sentirse alivi­da por el frescor de esas hojas, rompió una rama de bambú y se puso en marcha apoyándose con una mano en la caña y con la otra en su hermano.

Caminaban así despacito a través de los bosques; pero la altura de los árboles y la espesura de su follaje hicieron que perdieran pronto de vista la montaña de los Tres Pechos hacia la que se dirigían, e incluso también el sol, que ya se estaba casi ocultando. Al cabo de un tiempo abandonaron sin darse cuenta el sendero por el que habían andado hasta entonces, y se encontraron en un laberinto de árboles, be­jucos y rocas que ya no ofrecía salida. Pablo mandó sentar­se a Virginia, y se puso a correr en todas direcciones, fuera de sí, para buscar un camino al exterior de aquella extraor­dinaria espesura. Subió a lo alto de un gran árbol para des­cubrir al menos la montaña de los Tres Pechos; pero no di­visó a su alrededor más que las copas de los árboles, a la vez que algunas de ellas se iluminaban con los últimos ra­yos del atardecer; un profundo silencio reinaba en aquellas soledades y tan sólo se escuchaba el bramido de los ciervos que venían a buscar su guarida en esos apartados lugares. Pablo, con la esperanza de que pudiera oírle algún cazador, gritó con todas sus fuerzas: «¡Venid, venid en auxilio de Virginia!», pero sólo los ecos del bosque respondieron a su voz y repitieron varias veces: «Virginia... Virginia».

Pablo bajó entonces del árbol agotado de fatiga y de pena: buscó el modo de pasar la noche en aquel lugar; pero no había ni una fuente, ni un palmito, ni tan siquiera una rama seca que sirviera para hacer fuego. Experimentó en aquel momento la debilidad de sus recursos y se puso a llo­rar. Virginia le dijo: «No llores, amigo mío, si no quieres destrozarme de dolor. Yo soy la causa de todas tus penas y de las que ahora están sufriendo nuestras madres. No hay que hacer nada, ni tan siquiera el bien, sin consultar a los padres. ¡Oh, he sido muy imprudente!», y comenzó a llo­rar. Sin embargo, dijo a Pablo: «Recemos a Dios, hermano, y se apiadará de nosotros.» Apenas acabaron su plegaria, oyeron ladrar a un perro. «Es el perro de algún cazador, dijo Pablo, que está apostado por la noche para matar cier­vos.» Poco después los ladridos del perro aumentaron. «Me parece, dijo Virginia, que es Leal, el perro de nuestra cabaña; sí, reconozco su voz, ¿estaríamos tan cerca de la llegada, y al pie de nuestra montaña? En efecto, un mo­mento después Leal estaba a sus pies, ladrando, aullando, gimiendo y llenándolos de caricias. Cuando todavía no se habían recuperado de la sorpresa, vieron a Domingo venir corriendo hacia ellos. A la llegada del buen negro, que llo­raba de alegría, se pusieron también ellos a llorar sin poder decirle una palabra. Cuando Domingo se calmó: «¡Oh, mis amitos, les dijo, qué preocupación tienen sus madres! ¡Cuánto les extrañó cuando ya no los encontraron al vol­ver de la misa a la que les acompañé! María, que estaba tra­bajando en una parte de la propiedad, no ha sabido decir­nos por qué lado buscarlos. Por último, he cogido unas ro­pas viejas de ustedes, se las he dado a oler a Leal, e inme­diatamente, como si este pobre animal me hubiera oído, se ha puesto a seguirles los pasos, me ha llevado, moviendo siempre el rabo, hasta el Río Negro. Allí, me ha dicho un propietario que ustedes le habían llevado una esclava ci­marrona, y que les había dado su perdón. ¡Pero, vaya per­dón! Me la ha enseñado atada, con una cadena en el pie, a un tajo, y con un collar de hierro de tres ganchos alrededor del cuello. Desde allí Leal, siempre buscándoles, me ha lle­vado a la colina del Río Negro, donde se ha detenido una vez más ladrando cuanto podía; era a orillas de un manan­tial junto a un palmito cortado, y cerca de una hoguera que aún echaba humo. Al final me ha traído aquí: estamos al pie de la montaña de los Tres Pechos, y todavía hay unas cuatro buenas leguas hasta nuestra casa. Vamos, coman y recuperen fuerzas.» Les ofreció al momento un bizcocho, frutas, una gran güira llena de un licor hecho de agua, vino, zumo de limón, azúcar y nuez moscada, preparado por sus madres para fortalecerlos y refrescarlos. Virginia suspiró al recordar a la pobre esclava y la preocupación de sus madres. Repitió varias veces: «¡Oh, qué difícil es hacer el bien!» Mientras que Pablo y ella se refrescaban, Domin­go hizo fuego y tras buscar en las peñas una madera torcida llamada madera de ronda, y que enciende completamente verde echando una gran llama, hilo con ella una antorcha que encendió, porque ya era d:- noche. Pero sintió mayor preocupación cuando hubo que ponerse en marcha: Pablo y Virginia no podían ya andar; sus pies estaban hinchados y rojísimos. Domingo no sabía si debía irse bastante lejos de allí a pedir ayuda, o pasar la noche en ese lugar con ellos. «¿Dónde estará aquel tiempo, les decía, en que los llevaba a ustedes dos a la vez en brazos? pero ahora ya son mayores y yo anciano.» Cuando estaba así de perplejo, un grupo de esclavos cimarrones se dejó ver a veinte pasos de allí. El jefe del grupo, acercándose a Pablo y Virginia, les dijo: «Blanquitos buenos, no teman; los hemos visto pasar esta mañana con una negra del Río Negro; iban a pedir a su malvado amo que la perdonase. En reconocimiento los llevaremos sobre los hombros a casa.» Entonces, hizo una señal y cuatro esclavos cimarrones de los más robustos hi­cieron al momento unas parihuelas con ramas de árbol y bejucos, colocaron en ellas a Pablo y Virginia y se los echa­ron a los hombros; y con Domingo al frente con la antor­cha, se pusieron en camino entre los gritos de alegría de todo el grupo, que los llenaba de bendiciones. Virginia, enternecida, decía a Pablo: «¡Oh, amigo mío! ¡nunca Dios deja una buena acción sin recompensa!»

Llegaron a mitad de la noche al pie de su montaña, cu­yos mamelones estaban iluminados con varias hogueras. Apenas la estaban subiendo, oyeron voces que gritaban: «¿Sois vosotros, hijos míos?» Respondieron con los ne­gros: «Sí, somos nosotros», y pronto divisaron a sus ma­dres y a María que iban a su encuentro con tizones encen­didos. «Desdichados niños, dijo la señora de La Tour, ¿de dónde venís? ¡qué angustia nos habéis hecho pasar!» -«Venimos, dijo Virginia, del Río Negro, de pedir cle­mencia para una esclava cimarrona, a la que di esta maña­na el desayuno de la casa, porque se moría de hambre; y los negros cimarrones nos han traído.» La señora de La Tour abrazó a su hija sin poder hablar; y Virginia, al sentir el rostro bañado en lágrimas de su madre, le dijo: «El verla me compensa de todo el mal que he sufrido.» Margarita, llevada por la alegría, apretaba a Pablo en sus brazos y le decía: «Y tú también, hijo mío, has hecho una buena ac­ción.» Cuando las dos llegaron a su cabaña con los niños, dieron bien de comer a los negros cimarrones, que se vol­vieron al bosque, deseándoles todo tipo de prosperidad.

Cada día era para aquellas familias un día de dicha y de paz. Ni la envidia ni la ambición los atormentaban. No de­seaban tener fuera la vana reputación que dan las intrigas y que quita la calumnia; les bastaba con ser sus propios testi­gos y jueces. En esta isla, donde, como en todas las colo­nias europeas, sólo se tiene curiosidad por las anécdotas maliciosas, se ignoraban sus virtudes e incluso sus nom­bres; sólo cuando un transeúnte preguntaba por el camino de los Toronjos a algún habitante de la llanura: «¿Quién vive allá, en lo alto, en esas cabañitas?», éste respondía sin conocerlos: «Son buena gente.» Del mismo modo unas violetas, bajo arbustos de espinos, exhalan de lejos sus sua­ves perfumes, aunque no se las vea.

Habían desterrado de sus conversaciones la murmura­ción, que, bajo una apariencia de justicia, predispone ine­vitablemente el corazón al odio o la falsedad; porque re­sulta imposible no odiar a los hombres, si se les cree mal­vados, y vivir con los malvados, si no se les oculta el odio bajo falsas imágenes de benevolencia. De este modo, la murmuración nos obliga a estar mal con los demás o con nosotros mismos. Por el contrario, sin juzgar a los hom­bres en particular, no hablaban más que de las formas de hacer bien a todos en general; y aunque no tuvieran el po­der para ello, sí una voluntad continua que los llenaba a todas horas de una benevolencia siempre dispuesta a diri­girse afuera. Viviendo, pues, en soledad, lejos de ser salva­jes, se habían hecho más humanos. Si la escandalosa histo­ria de la humanidad no les daba en modo alguno materia de conversación, la de la naturaleza los llenaba de gozo y alegría. Admiraban apasionadamente el poder de una Pro­videncia que, valiéndose de sus manos, había repartido en medio de aquellos áridos riscos la abundancia, los dones, los placeres puros, sencillos y siempre renacientes.

Pablo, a los doce años, más robusto e inteligente que los muchachos europeos de quince, había embellecido lo que el negro Domingo no hacía más que cultivar. Lo acompa­ñaba a los bosques vecinos a arrancar plantones de limo­neros, naranjos, tamarindos cuya cabeza redonda es de un verde tan hermoso, guanábanos cuyo fruto está lleno de una crema azucarada que huele a flor de azahar; plantaba esos árboles, una vez crecidos, alrededor de este recinto. Había sembrado aquí simientes de árboles que, ya desde el segundo año, dan flores o frutos, como el agatis, del que cuelgan alrededor, como los cristales de una lucerna, lar­gos racimos de flores blancas; el lilo de Persia, que levanta al cielo sus girándulas grises de lino; el papayo, cuyo tron­co sin ramas, en forma de una columna erizada de melones verdes, soporta un capitel de anchas hojas parecidas a las de la higuera.

Había plantado además simientes y huesos de mirobála­nos, mangos, aguacates, guayabos, jaguar, yambos. La ma­yoría de aquellos árboles ya daba a su joven dueño sombra y frutos. Su mano laboriosa había llevado la fecundidad hasta los lugares más estériles de este recinto. Diversas es­pecies de áloes, con la penca cargada de flores amarillas salpicadas de latigazos rojos, los quiscos cubiertos de espi­nas, se elevaban sobre las cabezas negras de las rocas, y pa­recían querer alcanzar a los largos bejucos, cargados de flo­res azules o escarlatas, que colgaban aquí y allí, a lo largo de las escarpaduras de la montaña[13].

Había dispuesto estos vegetales de modo que con mirar­los una vez se pudiera gozar de su vista. Había plantado en medio de esta cuenca los árboles que se elevan a poca altu­ra, después los robustos, luego los árboles medianos y, por fin, los grandes árboles que bordeaban su circunferen­cia; de modo que este vasto cercado parecía desde su cen­tro un anfiteatro de verdor, de frutos y flores, que acogía plantas de huerta, lindes de prado y campos de arroz y tri­go. Pero, a pesar de someter esta vegetación a sus planes, no se había apartado de los de la naturaleza; guiado por las indicaciones de ésta había puesto en los lugares elevados aquellos cuyas simientes vuelan y, al borde del agua, aque­llos cuyas semillas están hechas para flotar: de este modo, cada vegetal crecía en su propio lugar y cada lugar recibía de su vegetal su adorno natural. Las aguas que bajaban des­de la cima de esas rocas formaban en el fondo del vallejo aquí fuentes, allá anchos espejos que iban repitiendo, en medio del verdor, los árboles en flor, los riscos y el azul de los cielos.

A pesar de la gran irregularidad de este terreno, todas aquellas plantaciones eran, en su mayoría, tan accesibles al tacto como a la vista: en realidad, todos le ayudábamos con nuestros consejos y colaboración para llevar a cabo su tarea.

Había abierto una senda que rodeaba aquella cuenca, con unas ramificaciones que iban a parar al centro. Había aprovechado los lugares más difíciles y compaginado, con la armonía más lograda, la facilidad del paseo con la aspe­reza del terreno, y los árboles cultivados con los salvajes. Empleando la enorme cantidad de cantos que están estor­bando ahora en estos caminos, así como en la mayoría de los terrenos de la isla, había formado aquí y allá pirámides, en cuyas bases había mezclado tierra y raíces de rosal, de poncianas y otros arbustos que crecen fácilmente en las ro­cas; en poco tiempo, estas pirámides sombrías y toscas se cubrieron con verdor, o con el resplandor de las flores más hermosas. Los barrancos rodeados de viejos árboles incli­nados sobre los bordes formaban subterráneos abovedados inaccesibles para el calor, y allí se iban a tomar el fresco durante el día. Una senda conducía a un bosquecillo de ár­boles salvajes, en cuyo centro crecía, protegido de los vien­tos, un árbol cultivado y cargado de fruta. Allá estaba un sembrado, acá un huerto. Por esa avenida se divisaban las casas; por esa otra, las cimas inaccesibles de la montaña. Bajo una espesa floresta de tacamacas entrelazadas por be­jucos no se podía distinguir, a plena luz del día, ningún ob­jeto; en lo alto de esa gran peña vecina que sobresale de la montaña se descubrían todas las de este recinto y, a lo le­jos, el mar, donde surgía a veces un velero que venía o vol­vía a Europa.

En esa peña se reunían las familias por la tarde y disfru­taban en silencio del frescor del aire, del perfume de las flores, del murmullo de las fuentes, y de las últimas armo­nías de la luz y de las sombras.

No había nada más grato que los nombres dados a la mayoría de los encantadores refugios de este laberinto[14]. Esa peña de la que acabo de hablarle, desde donde me veían venir de lejos, se llamaba el DESCUBRIMIENTO DE LA AMISTAD. Pablo y Virginia, en sus juegos, habían plantado allí un bambú, y en lo alto ponían un pañuelo blanco para indicar mi llegada nada más divisarme, del mismo modo que se iza un pabellón en la montaña vecina, al ver un ve­lero en el mar. Se me ocurrió grabar una inscripción en el tallo de aquella planta. Por mucho placer que haya tenido en mis viajes al contemplar una estatua o un monumento de la antigüedad, aún ha sido mayor al leer una inscripción bien hecha; me parece, entonces, que una voz humana sale de la piedra, se hace oír a través de los siglos y, dirigiéndo­se al hombre en medio del desierto, le dice que no está solo, y que otros hombres en esos mismos lugares han sen­tido, pensado y sufrido como él: si esa inscripción es de una nación antigua que ya no existe, prolonga nuestra alma en los campos del infinito, y le da el sentimiento de su inmortalidad, mostrándole que un pensamiento ha so­brevivido incluso a la ruina de un imperio.

Escribí, pues, en el pequeño mástil del pabellón de Pa­blo y Virginia estos versos de Horacio:

 

... Fratres Helena, lucida sidera,

Ventorumque regat pater,

Obstrictis allüs, praeter iapyga [15]

 

«Que los hermanos de Helena, astros encantadores como vosotros, y que el padre de los vientos os dirijan, y no hagan soplar más que el céfiro.»

Grabé este verso de Virgilio en la corteza de una taca­maca, bajo cuya sombra a veces se sentaba Pablo para mi­rar a lo lejos el mar agitado:

 

Fortunatus et ¡¡le deos qui novit agrestes![16]

 

«¡Feliz, hijo mío, por no conocer más que a las divinida­des del campo!»

Y este otro, encima de la puerta de la cabaña de la seño­ra de La Tour, que era su lugar de reunión:

 

At secura quies, et nescia fallere vita [17]

 

«Aquí existe una buena conciencia y una vida que no sabe engañar.»

Pero Virginia no aprobaba en absoluto mi latín; decía que lo que había puesto al pie de su veleta era demasiado largo y culto: «Hubiera preferido, añadía, SIEMPRE EN MO­VIMIENTO PERO CONSTANTE.» -«Esta divisa, le respondí, sería todavía más conveniente para la virtud.» Mi refle­xión la hizo enrojecer.

Aquellas familias dichosas llevaban sus sensibles almas a todo lo que las rodeaba. Habían dado los nombres más tiernos a los objetos en apariencia más indiferentes. Un círculo de naranjos, plátanos y yambos plantados alrede­dor de un césped, en medio del cual Virginia y Pablo iban a veces a bailar, se llamaba LA CONCORDIA. Un viejo árbol, bajo cuya sombra la señora de La Tour y Margarita se ha­bían contado sus desdichas, se llamaba LAS LÁGRIMAS EN­JUGADAS. Habían bautizado con el nombre de BRETAÑA y NORMANDÍA unas tierrecitas donde habían sembrado tri­go, fresas y guisantes. Domingo y María, deseando, a imi­tación de sus amas, recordar sus lugares de nacimiento en Africa, llamaban ANGOLA y FOUILLEPOINTE a dos lugares donde crecía la hierba con la que hacían cestas y donde ha­bían plantado una güira. De este modo, mediante los pro­ductos de sus climas, esas familias expatriadas mantenían las dulces ilusiones de su país y combatían su añoranza en tierra extraña. ¡Qué pena! Vi tomar alma con mil apelati­vos encantadores a los árboles, a las fuentes, a los riscos de este lugar ahora tan trastocado y que, como un campo de Grecia, ya no ofrece más que ruinas y nombres conmove­dores.

 

Pero, de todo lo que albergaba este recinto, nada era más agradable que lo que llamaban el DESCANSO DE VIR­GINIA.

Al pie de la peña el DESCUBRIMIENTO DE LA AMISTAD hay una hondonada de donde sale una fuente, que forma en su mismo nacimiento un charco de agua, en medio de un prado de hierba fina. Cuando Margarita trajo al mundo a su hijo Pablo, le regalé un coco que me habían dado. Plantó aquel fruto al borde este charcho de agua, para que el árbol que originara sirviera un día de fecha al nacimien­to de su hijo. La señora de La Tour, siguiendo este ejem­plo, plantó en aquel lugar otro, con igual fin, en cuanto dio a luz a Virginia. Nacieron de esos dos frutos dos coco­teros que formaban todo el archivo de las dos familias; uno se llamaba el árbol de Pablo, y el otro, el árbol de Vir­ginia. Ambos crecieron en la misma proporción que sus jóvenes dueños, con altura un poco desigual, pero que so­brepasaba al cabo de doce años la de sus cabañas. Ya entre­lazaban sus palmas y permitían coger sus jóvenes racimos de cocos por encima de la taza de la fuente. Salvo esta plantación, habían dejado la hondonada de la peña tal y como la naturaleza la había adornado. En sus lados pardos y húmedos irradiaban con estrellas verdes y negras abun­dantes cabelleras de helechos*, y flotaban a merced del viento manojos de escolopendra colgados como largos la­zos de un verde purpúreo. Cerca de allí crecían orillos de hierba doncella, cuyas flores son casi iguales a la del alhelí rojo, y guindillas cuyas vainas color sangre resplandecen más que el coral. En los alrededores, la hierba de bálsamo, con hojas en forma de corazón, y las albahacas, con olor a clavo, exhalaban suaves perfumes. De lo alto del declive de la montaña colgaban bejucos parecidos a ropajes on­deantes, que formaban en las laderas de las peñas grandes cortinas de verdor. Las aves de mar, atraídas por estos ape­tecibles refugios, venían a pasar la noche. Al caer el día, se podía ver volar a lo largo de la orilla del mar cormoranes, becadas, y en lo alto de los cielos negras fregatas, con el pá­jaro blanco del trópico, rabo de junco, que abandonaban, al igual que el astro del día, las soledades del océano Indi­co[18]. A Virginia le gustaba descansar a orillas de esa fuen­te, decorada con un surtidor magnífico y salvaje al mismo tiempo. Con frecuencia iba a lavar la ropa de la familia a la sombra de los dos cocoteros. A veces, llevaba sus cabras a pacer allí. Mientras preparaba quesos con su leche, se di­vertía viéndolas comer los helechos en las laderas escarpa­das de la roca, y mantenerse en el aire sobre una de las cor­nisas como en un pedestal. Pablo, al ver que ese lugar le gustaba a Virginia, llevó del bosque vecino nidos de todo tipo de pájaros. Los padres y las madres de aquellos pájaros siguieron a sus hijos y vinieron a establecerse en esta nueva colonia. Virginia les repartía de vez en cuando granos de arroz, maíz y mijo: en cuanto se asomaba, los mirlos con su silbido, los bengalíes, los cardenales, cuyo plumaje es color fuego, dejaban sus matorrales; cotorras verdes como esme­raldas bajaban de los toronjos vecinos, las perdices iban corriendo bajo la hierba, todos se acercaban sin orden ni concierto hasta sus pies como si fueran gallinas. Pablo y ella se divertían enormemente con los juegos, los apetitos y los amores de estos animales.

¡Encantadores niños, pasabais así en la inocencia vues­tros primeros días ejercitándoos en las buenas acciones! ¡Cuántas veces en ese lugar vuestras madres, estrechán­doos en sus brazos, bendecían al cielo por el consuelo que preparabais a su vejez y por veros entrar en la vida con aus­picios tan felices! ¡Cuántas veces, a la sombra de estas pe­ñas, he compartido con ellas vuestras comidas campestres que no le habían costado la vida a ningún animal! güiras llenas de leche, huevos frescos, bizcochos de arroz encima de hojas de plátano, cestos cargados de batatas, mangos, naranjas, granadas, plátanos, guanábanos, piñas, ofrecían a la vez los platos más sanos, los colores más alegres y los jugos más agradables.

La conversación era tan delicada e inocente como aque­llos festines: Pablo hablaba a menudo de las tareas del día y de las del día siguiente. Pensaba siempre algo útil para la pequeña sociedad. Aquí los senderos no eran cómodos; allí no se estaba bien sentado; esos jóvenes emparrados no daban sombra suficiente; Virginia estaría mejor allí.

En la estación de las lluvias se pasaban el día todos jun­tos en la cabaña, amos y criados, ocupados en hacer esteras de hierba y cestas de bambú. Se podía ver colocados con gran orden en los tabiques rastrillos, hachas, layas y cerca de estos instrumentos agrícolas los productos que se obte­nían gracias a ellos, sacos de arroz, gavillas de trigo y raci­mos de plátanos. La delicadeza se unía siempre allí con la abundancia. Virginia, instruida por Margarita y su madre, preparaba sorbetes y cordiales con el zumo de las cañas de azúcar, de los limones y los cidros.

Al llegar la noche, cenaban a la luz de una lámpara; lue­go, la señora de La Tour o Margarita contaban historias de viajeros extraviados por la noche en los bosques de Europa infestados de ladrones, o el naufragio de algún navío arro­jado por la tempestad contra los peñascos de una isla de­sierta. Con estos relatos, las sensibles almas de sus hijos se llenaban de amor; rogaban al cielo concederles la gracia de ejercer la hospitalidad con semejantes infortunados. En ese momento las dos familias se separaban para ir a den­cansar, impacientes por volver a verse al día siguiente. A veces se dormían con el ruido de la lluvia que caía to­rrencialmente por la techumbre de sus cabañas, o con el de los vientos que les traían el murmullo lejano de las olas que rompían en la orilla. Bendecían a Dios por sentirse a seguro, una sensación que aumentaba por la de tener leja­no el peligro.

De vez en cuando, la señora de La Tour leía en alto al­guna historia conmovedora del Antiguo o del Nuevo Tes­tamento. Razonaban poco sobre estos libros sagrados, por­que su teología se cifraba en sentimiento, como la de la na­turaleza, y su moral en acción, como la del Evangelio. No había unos días destinados al placer y otros a la tristeza. Cada día para ellos era festivo, y todo lo que les rodeaba un templo divino, en el que admiraban sin cesar una Inteli­gencia infinita, todopoderosa y amiga de los hombres; este sentimiento de confianza en el poder supremo los llenaba de consuelo para el pasado, valor para el presente y espe­ranza para el futuro. Así es como aquellas mujeres, obliga­das por la desgracia a volver a la naturaleza, habían desa­rrollado en sí mismas y en sus hijos estos sentimientos que da la propia naturaleza para impedirnos caer en la des­gracia[19].

Pero, al igual que se levantan a veces en el alma más equilibrada nubes que la oscurecen, cuando algún miem­bro de su pequeña sociedad parecía apenado, los demás se reunían en torno a él, y le quitaban los pensamientos tris­tes más con sentimientos que con reflexiones. Cada uno empleaba en esta tarea su carácter particular; Margarita, una viva alegría; la señora de La Tour, una teología delica­da; Virginia, tiernas caricias; Pablo, franqueza y cordiali­dad; incluso María y Domingo acudían en su ayuda. Se afligían si los veían afligidos, y lloraban si los veían llorar. Al igual que las plantas débiles se entrelazan juntas para re­sistir el huracán.

En el buen tiempo, iban todos los domingos a misa a la iglesia de los Toronjos, cuyo campanario ve allí, en la lla­nura. Iban a ella en palanquín los pobladores ricos, quie­nes se apresuraron más de una vez a conocer a estas fami­lias tan unidas, y a invitarlas a fiestas de sociedad. Pero siempre rechazaban sus ofrecimientos honesta y respetuo­sari.ente, persuadidas de que los poderosos sólo buscan a los débiles para tener gente complaciente, y que sólo se puede serlo alabando las pasiones ajenas, ya sean buenas o malas. Por otra parte, evitaban con igual cuidado codearse con los habitantes menos importantes, de ordinario celo­sos, maledicentes y groseros. Pasaron primero por tímidos para los unos y por orgullosos para los otros; pero su reser­vada conducta iba compañada de unos detalles tan solíci­tos, sobre todo hacia los más necesitados, que se gana­ron poco a poco el respeto de los ricos y la confianza de los pobres.

Tras la misa, venían a menudo a requerirlos para una buena acción. Se podía tratar de una persona afligida que les pedía consejo, o de un niño que les rogaba que pasaran por casa de su madre enferma en uno de los barrios veci­nos. Llevaban siempre consigo recetas útiles para las en­fermedades que solían padecer los habitantes, y las acom­pañaban de su buena disposición, que da tanto valor a los pequeños favores. Sobre todo lograban desterrar las penas del espíritu, tan intolerables en la soledad y en un cuerpo tullido. La señora de La Tour hablaba con tanta confianza de la Divinidad que el enfermo, escuchándole, la creía presente. Virginia volvía con frecuencia de aquellos luga­res con los ojos llorosos pero con el corazón lleno de ale­gría, porque había tenido ocasión de hacer el bien. Ella era quien preparaba antes los remedios que los enfermos nece­sitaban, y quien se los presentaba con una gracia indes­criptible. Después de estas visitas humanitarias, prolonga­ban a veces su camino por el valle de la Montaña Larga hasta mi casa, donde los esperaba para comer a la orilla del riachuelo que corre por mis alrededores. Me procuraba para esas ocasiones algunas botellas de vino viejo, buscan­do aumentar así la alegría de nuestras comidas tropicales con estos suaves y reconfortantes productos de Europa. Otras veces nos citábamos a orillas del mar, en la desem­bocadura de algunos otros riachuelos, que aquí son de he­cho grandes arroyos, llevábamos de la finca provisiones vegetales que añadíamos a las que nos proporcionaba el mar en abundancia. Pescábamos en la orilla mújoles, póli­pos, salmonetes, langostas, camarones, cangrejos, erizos, ostras y moluscos de todo tipo. Los lugares más terribles nos procuraban frecuentemente los placeres más tranqui­los. A veces, sentados en una roca, a la sombra de un ter­ciopelo[20], veíamos las olas venir desde mar adentro a rom­perse a nuestros pies con un estruendo horroroso. Pablo, que nadaba, por otra parte, como un pez, avanzaba por los acantilados al encuentro de las olas, y luego cuando se acercaban huía por la orilla delante de sus grandes volu­tas de espuma que, bramando, lo perseguían hasta bien adelante en la arena. Pero Virginia, al verlo, daba unos gritos enormes y decía que aquellos juegos le daban mucho miedo.

Nuestras comidas eran seguidas de las canciones y los bailes de estos dos jóvenes. Virginia cantaba la felicidad de la vida campestre y los infortunios de las gentes del mar llevadas por la avaricia a navegar en un elemento furioso, en vez de cultivar la tierra, que da apaciblemente tantos bienes. A veces, a la manera de los negros, realizaba con Pablo una pantomima. La pantomima es el primer lengua­je del hombre; todas las naciones la conocen; es tan natural y expresiva que los niños de los blancos no tardan en aprenderla en cuanto han visto a los de los negros repre­sentarla. Virginia acordándose, por lo que le leía su ma­dre, de las historias que más le habían conmovido, esceni­ficaba sus elementos principales con gran ingenuidad. Luego, al son del tam-tam de Domingo, se presentaba en el césped llevando un cántaro a la cabeza; se adelantaba tí­midamente hacia el manantial de una fuente vecina para sacar agua. Domingo y María, haciendo de pastores de Madián[21], le prohibían acercarse y fingían echarla. Pablo iba a socorrerla, pegaba a los pastores, llenaba el cántaro de Virginia, y, poniéndoselo en la cabeza, le colocaba a la vez una corona de flores rojas de hierba doncella, que re­saltaban la blancura de su tez. Entonces, prestándome a sus juegos, me encargaba del personaje de Raguel y conce­día en matrimonio a Pablo a mi hija Séfora[22].

En otra ocasión representaba a la infortunada Ruth[23] que vuelve viuda y pobre a su país, donde se siente extran­jera tras una larga ausencia. Domingo y María hacían de espigadores. Virginia fingía recoger aquí y allá tras sus pa­sos algunas espigas de trigo. Pablo, imitando la gravedad de un patriarca, le preguntaba; ella respondía a sus pregun­tas temblando. Pronto, apiadado, concedía hospitalidad a la inocencia y refugio al infortunio. Llenaba el delantal de Virginia con todo tipo de provisiones y la conducía ante nosotros, como si fuera ante los ancianos de la ciudad, de­clarando que la tomaba en matrimonio a pesar de su indi­gencia. La señora de La Tour, con esta escena, llegaba a acordarse del abandono al que fue sometida por sus pro­pios parientes, de su viudedad, y de la buena acogida que le había proporcionado Margarita, a la que ahora seguía la esperanza de un matrimonio feliz entre sus hijos; y el re­cuerdo confuso de los males y los bienes nos hacía a todos verter lágrimas de dolor y alegría.

Estos dramas se representaban con tanto verismo que uno se creía transportado a los campos de Siria o Palestina. No nos faltaban los decorados, la iluminación y la orques­ta que convienen a estos espectáculos. El escenario se en­contraba habitualmente en la encrucijada de un gran bos­que cuyas entradas formaban a nuestro alrededor arcadas de follaje: estábamos en su centro refugiados del calor du­rante todo el día; pero cuando el sol iba bajando en el hori­zonte, sus rayos, rotos por los troncos de los árboles, se ha­cían divergentes en las sombras del bosque, formando lar­gos haces de luz que producían el más esplendoroso de los efectos. A veces el disco aparecía en toda su extensión al fi­nal de una avenida, haciéndola resplandecer plenamente. El follaje de los árboles, iluminados por debajo con los ra­yos azafranados, brillaba con el fulgor del topacio y la es­meralda; sus troncos musgosos y pardos parecían haberse cambiado en columnas de bronce antiguo; y los pájaros ya retirados en silencio bajo la frondosa sombra para pasar la noche, sorprendidos de volver a ver una segunda aurora, saludaban todos a una al astro del día con mil y mil can­ciones.

La noche nos sorprendía muy a menudo en estas fiestas campestres; pero la pureza del aire y la benignidad del cli­ma nos permitían dormir bajo un bohío, en medio de los bosques, sin el menor temor, por otra parte, a los ladrones. Al día siguiente, cada uno se volvía a su cabaña, y la en­contraba en el estado en que la había dejado. Había, por tanto, tan buena fe y sencillez en esta isla sin comercio, que las puertas de muchas casas no cerraban con llave y una cerradura era objeto de curiosidad para muchos criollos.

Pero había en el año días que eran para Pablo y Virginia días de grandes festejos; eran las fiestas de sus madres. La víspera, Virginia no dejaba de amasar y cocer galletas de flor de harina, que enviaba a familias pobres de blancos, nacidos en la isla, quienes nunca habían comido pan de Europa y que, sin ninguna ayuda de los negros, reducidos a vivir de mandioca en medio de los bosques, no tenían para soportar la pobreza ni el embrutecimiento que acom­paña la esclavitud ni el valor que viene de la educación. Estas galletas eran los únicos presentes que Virginia hu­biera podido hacer de lo que sobraba en la propiedad; pero les añadía tal gracia que les daba un gran valor. Primero, Pablo era el encargado de llevarlas en persona a esas fami­lias, y se comprometían al recibirlas a ir, al día siguiente, a pasar la jornada en casa de la señora de La Tour y Margari­ta. Se veía llegar entonces a una madre de familia con dos o tres paupérrimas hijas, amarillentas, delgadas y tan tími­das que no osaban levantar los ojos. Virginia pronto las hacía sentirse a gusto; les servía refrescos, que lograba me­jorar con algún detalle particular que aumentaba, según ella, su prestancia. Este licor había sido preparado por Margarita, este otro por su madre, su hermano había reco­gido personalmente ese fruto en lo alto de un árbol. Invi­taba a Pablo a hacerlas bailar. No las dejaba de ningún modo sin verlas contentas y satisfechas; quería que estu­vieran alegres con la alegría de su familia. «Uno sólo hace su felicidad, decía, ocupándose de la de los demás.» Cuan­do se volvían, las invitaba a llevarse lo que parecía que les había gustado, ocultando la necesidad de agradecerle los regalos con el pretexto de la novedad o la singularidad de éstos. Si se percataba de demasiado desaliño en los vestidos de las mujeres, escogía, con el consentimiento de su ma­dre, algunos de los suyos, y encargaba a Pablo ir a dejarlos en secreto a la puerta de sus cabañas. De este modo hacía el bien, a ejemplo de la Divinidad, ocultando a la benefac­tora y mostrando la buena acción.

Ustedes, europeos, cuya mente está ocupada ya desde la infancia con tantos prejuicios contrarios a la felicidad, no pueden concebir que la naturaleza pueda dar tantos cono­cimientos y placeres. Su alma, circunscrita a una pequeña esfera de saberes humanos, alcanza pronto el término de sus gozos artificiales: pero la naturaleza y el corazón son inagotables. Pablo y Virginia no tenían ni relojes, ni calen­darios, ni libros de cronología, historia o filosofía. Los pe­riodos de su vida se regulaban según los de la naturaleza. Conocían las horas del día por la sombra de los árboles; las estaciones por la época en que dan sus flores o sus frutos; y los años, por el número de sus recolecciones. Estas agrada­bles imágenes daban a sus conversaciones el mayor encan­to. «Ya es hora de comer, decía Virginia a la familia. Ya les ha llegado a los plátanos la sombra a los pies»; o bien «Se acerca la noche, los tamarindos cierran sus hojas.» -«¿Cuándo vendréis a vernos?», le decían algunas amigas de la vecindad. -«En las cañas de azúcar», respondía Vir­ginia. -«Vuestra visita nos será todavía más encantadora y agradable», contestaban aquellas muchachas. Cuando la interrogaban sobre su edad y la de Pablo: «Mi hermano, decía, tiene la edad del gran cocotero de la fuente, y yo la del más pequeño. Los mangos han dado frutos unas doce veces y los naranjos han florecido veinticuatro veces desde que vine al mundo.» Su vida parecía unida a la de los árbo­les como les ocurre a los faunos y a las driadas[24]: no cono­cían otras épocas históricas que las de la vida de sus ma­dres, otra cronología que la de sus huertos y otra filosofía que la de hacer el bien a todos y someterse a la voluntad de Dios.

Después de todo, ¿qué necesidad tenían estos jóvenes de ser ricos y sabios a nuestra manera? Sus necesidades y su ignorancia aumentaban su felicidad. No pasaba día sin que se intercambiaran ayuda o conocimientos: sí, conocimien­tos; y aun cuando hubiera habido en ellos algunos errores, el hombre puro no debe temer que sean peligrosos. Así crecían esos dos hijos de la naturaleza. Ninguna preocupa­ción había arrugado su frente, ninguna intemperancia co­rrompido su sangre, ninguna pasión desdichada deprava­do su corazón: el amor, la inocencia, la piedad, transfor­maban cada día la belleza de su alma en encantos inefables, presentes en sus rasgos, actitudes y movimientos. En la mañana de la vida, tenían toda la frescura de ésta: tal como en el Edén aparecieron nuestros primeros padres cuando, saliendo de las manos de Dios, se vieron, se acercaron y conversaron primero como hermano y hermana. Virgi­nia, dulce, modesta y confiada como Eva; y Pablo, seme­jante a Adán, con la estatura de un hombre y la sencillez de un niño.

A veces, estando solo con ella (me lo ha contado mil ve­ces), le decía al volver de sus tareas: «Cuando estoy cansa­do verte me descansa. Cuando desde lo alto de la montaña te diviso al fondo de ese vallejo, me pareces en medio de nuestros vergeles como un capullo de rosa. Si caminas ha­cia la casa de nuestras madres, la perdiz que corre hacia sus pequeños muestra un corpiño menos hermoso y un andar menos ligero. Aunque te pierda de vista a través de los ár­boles, no necesito verte para encontrarte; algo de ti que no puedo decir me queda en el aire donde pasas, en la hierba donde te sientas. Cuando me acerco a ti enciendes todos mis sentidos. El azul del cielo es menos hermoso que el azul de tus ojos; el canto de los bengalíes, menos dulce que el sonido de tu voz. Si te toco tan sólo con la punta de los dedos, todo mi cuerpo se estremece de placer. Acuérdate del día en que atravesamos por los cantos el río de los Tres Pechos. Al llegar a su orilla ya estaba muy cansado; pero cuando te cogí a la espalda me parecía tener alas como un pájaro. Dime con qué encanto has podido encantarme. ¿Es por tu entendimiento? nuestras madres tienen más que nosotros dos. ¿Es por tus caricias? Sin embargo, ellas me abrazan más a menudo que tú. Creo que es por tu bon­dad. No olvidaré nunca que anduviste descalza hasta el Río Negro para pedir el perdón de una esclava fugitiva. Ten, amada mía, toma esta rama florida de limonero que he cogido en el bosque. La pondrás por la noche cerca de tu cama. Pero antes descansa en mi pecho y yo des­cansaré.»

Virginia le respondía: «¡Oh, hermano mío! los rayos del sol por la mañana, en lo alto de esos riscos, me dan menos alegría que tu presencia. Quiero mucho a mi madre, quie­ro mucho a la tuya; pero cuando te llaman hijo mío las quiero más todavía. Siento más las caricias que te hacen que las que recibo. Me preguntas por qué me quieres; pero todo lo que crece junto se quiere. Mira nuestros pájaros; criados en los mismos nidos, se aman como nosotros; es­tán siempre juntos como nosotros. Escucha cómo se lla­man y se responden de un árbol a otro: es lo mismo cuan­do el eco me hace oír las canciones que tocas con tu flauta, en lo alto de la montaña, y repito su letra en el fondo de ese vallejo. Me eres querido, sobre todo desde el día en que querías pegarte por mí contra el amo de la esclava. Desde entonces, me he dicho muchas veces: ¡Ah! mi hermano tiene un buen corazón, sin él habría muerto de espanto. Pido a Dios todos los días por mi madre, por la tuya, por ti, por nuestros pobres criados; pero cuando pronuncio tu nombre me parece que mi devoción aumenta. ¡Le pido a Dios tan fuertemente que nada malo te ocurra! ¿Por qué te vas tan lejos y tal alto a buscarme frutas y flores? ¿No tene­mos bastantes en nuestro jardín? ¡Qué cansado estás! Estás empapado.» Y con su pañuelito le secaba la frente y las mejillas y lo besaba varias veces.

Sin embargo, desde hacía algún tiempo Virginia se en­contraba agitada por un mal desconocido. Sus bellos ojos azules se veteaban de negro, su tez amarilleaba; una langui­dez abatía todo su cuerpo. Ya no había serenidad en su frente, ni sonrisa en sus labios. Se la veía de pronto alegre sin regocijo, y triste sin pena. Huía de sus juegos inocentes, de sus agradables tareas y de la compañía de su familia querida. Iba de un lado a otro en los lugares más solitarios de la propiedad, buscando en todo lugar reposo y no en­contrándolo en ninguno. Algunas veces, al ver a Pablo, iba hacia él retozando y luego, de repente, tras acercarse, se mostraba incómoda; un rojo vivo coloreaba sus mejillas pálidas y sus ojos ya no se atrevían a sostener la mirada de él. Pablo le decía: «El verdor cubre esas peñas, nuestros pá­jaros cantan cuando te ven; todo es alegre a tu alrededor, solamente tú estás triste». Buscaba reanimarla con su abra­zo; pero ella volvía la cabeza y huía temblando hacia su madre. La infeliz se sentía turbada por las caricias de su hermano. Pablo no comprendía nada de estos caprichos tan nuevos y extraños. Un mal pocas veces llega solo. Uno de esos veranos que asolan de vez en cuando las tierras si­tuadas entre los trópicos vino a sembrar aquí sus estragos. Era sobre finales de diciembre, cuando el sol en capricor­nio calienta durante tres semanas la Isla de Francia con su fuego vertical. El viento del sureste que reina en estas tie­rras casi todo el año ya no soplaba. Extensos remolinos de polvo se levantaban en los caminos, y quedaban suspendi­dos en el aire. La tierra se agrietaba por todas partes; la hierba estaba quemada: unas exhalaciones calientes salían de las laderas de las montañas y la mayoría de los arroyos se habían secado. Ninguna nube venía del lado del mar. Sólo durante el día unos vapores rojizos se levantaban por encima de las llanuras y parecían, al atardecer, las llamas de un incendio. Ni tan siquiera la noche refrescaba la at­mósfera encendida. El orbe de la luna, rojísimo, se elevaba sobre un horizonte brumoso, con un tamaño desmesura­do. Los rebaños abatidos en las laderas de las colinas, con el cuello extendido hacia el cielo, aspirando el aire, hacían resonar los valles con sus tristes mugidos. El cafre[25] que los conducía se acostaba en la tierra para encontrar fres­cor, pero el sol quemaba en todas partes, y el aire, irrespi­rable, resonaba con el zumbido de los insectos que busca­ban apagar su sed en la sangre de los hombres y de los ani­males.

En una de aquellas ardientes noches, Virginia sintió que los síntomas de su mal se hacían más intensos. Se le­vantaba, se sentaba, se volvía a acostar, y no encontraba en ninguna posición sueño ni reposo. Se encamina, a la luz de la luna, hacia su fuente; divisa su manantial que, a pesar de la sequía, corre aún en hilos de plata sobre los lados pardos de la roca. Se sumerge en su cavidad. Primero, el fresco le reanima los sentidos y mil recuerdos agradables le vienen al pensamiento. Se acuerda que en la infancia su madre y Margarita se divertían bañándola con Pablo en ese mismo lugar; que Pablo luego, reservando este baño para ella sola, había cavado el hueco, cubierto el fondo de arena y sem­brado en sus orillas hierbas aromáticas. Entreveía en el agua, sobre sus brazos desnudos y sobre su seno, los reflejos de las dos palmeras plantadas cuando nacieron su herma­no y ella, entrelazando por encima de su cabeza sus ramos verdes y sus jóvenes cocos. Piensa en la amistad de Pablo, más suave que los perfumes, más pura que el agua de las fuentes, más fuerte que las palmeras unidas; y suspira. Piensa en la noche, en la soledad, y un fuego devorador se apodera de ella. Al momento sale, asustada por esas peli­grosas sombras y esas aguas más calientes que los soles de la zona tórrida. Corre junto a su madre en busca de un apo­yo contra ella misma. Más de una vez, queriendo contarle sus penas le aprieta las manos en las suyas, más de una vez estuvo a punto de pronunciar el nombre de Pablo, pero el corazón oprimido dejó sin expresión a su lengua, y po­niendo la cabeza en el pecho de su madre no pudo más que inundarlo de lágrimas.

La señora de La Tour penetraba bien la causa del mal de su hija, pero no se atrevía a hablarle personalmente de ello.

«¡Mi niña, le decía, dirígete a Dios, que dispone a volun­tad de la salud y la vida. Te pone a prueba hoy para recom­pensarte mañana. Piensa que estamos sólo en la tierra para ejercer la virtud.»

En aquella época esos calores extremos hicieron subir del océano unos vapores que cubrieron la isla como una gran sombrilla. Las cimas de las montañas los reconcen­traban a su alrededor y largos surcos de fuego salían de vez en cuando de las crestas cubiertas de bruma. Al momento, unos truenos terribles hicieron resonar con sus ecos los bosques, las llanuras y los valles; lluvias espantosas, pare­cidas a cataratas, cayeron del cielo. Torrentes espumosos se precipitaban a lo largo de las laderas de esta montaña: el fondo de esta cuenca se había convertido en mar; la mese­ta donde se asientan las cabañas, en una islita; y la entrada de este valle, en una esclusa por donde salían, revueltos con las aguas que bramaban las tierras, los árboles y las peñas.

Toda la familia temblando rezaba a Dios dentro de la cabaña de la señora de La Tour, cuyo techo crujía horrible­mente por el esfuerzo de los vientos. Aunque la puerta y las contraventanas estaban bien cerradas, se podía distin­guir todos los objetos de dentro a través de las junturas del armazón, tan intensos y frecuentes eran los relámpagos. El intrépido Pablo, seguido por Domingo, iba de una cabaña a la otra a pesar del furor de la tempestad, asegurando aquí un tabique con un contrafuerte, clavando allí una estaca: no entraba más que para consolar a la familia con la espe­ranza inmediata de que el buen tiempo iba a volver. Efec­tivamente, hacia la tarde cesó de llover; el viento alisio del sureste volvió a tomar su curso ordinario; las nubes de tor­menta fueron expulsadas al noreste y el sol poniente apa­reció en el horizonte.

El primer deseo de Virginia fue ver otra vez el lugar de su descanso. Pablo se acercó tímidamente a ella y le ofre­ció su brazo para ayudarla a andar. Lo aceptó sonriendo y salieron juntos de la cabaña. El aire estaba fresco y sonoro. Humaredas blancas se levantaban sobre las lomas de la montaña surcada aquí y allá por la espuma de los torrentes que en todas partes cesaban de manar. En cuanto al jardín, estaba completamente trastocado por horribles barrancos; la mayoría de los árboles frutales tenían las raíces fuera; grandes montones de arena cubrían las lindes de los pra­dos y habían rellenado el baño de Virginia.

Sin embargo, los dos cocoteros se mantenían en pie y conservaban su verdor; pero no había en los alrededores ni césped ni emparrados ni pájaros, salvo algunos benga­líes que, en la punta de las peñas vecinas, lamentaban con sus cantos plañideros la pérdida de sus hijos.

A la vista de esta desolación, Virginia dijo a Pablo: «Ha­bía traído usted[26] aquí pájaros, el huracán los ha matado. Había plantado este jardín; está destruido. Todo perece en la tierra, tan sólo el cielo no cambia.» Pablo le respondió: «¡Que no pueda darle a usted algo del cielo! pero no poseo nada, ni tan siquiera en la tierra.» Virginia habló de nue­vo, ruborizándose. «Tiene en su poder el retrato de san Pa­blo.» Apenas habló Virginia, fue a buscarlo a la cabaña de su madre. Este retrato consistía en una pequeña miniatura que representaba a san Pablo eremita[27], Margarita le te­nía gran devoción; lo había llevado mucho tiempo colga­do del cuello cuando era muchacha; luego, ya madre, lo había puesto al cuello de su hijo. Había ocurrido incluso que, estando embarazada de él y al ser abandonada por to­dos, a fuerza de contemplar la imagen de este bienaventu­rado solitario, su fruto había adquirido alguna semejanza con él; lo que la había determinado a que su hijo llevara el nombre, y a darle por patrón a un santo que se había pasa­do la vida lejos de los hombres que a ella la habían engaña­do y, luego, abandonado. Virginia, al recibir este retratito de las manos de Pablo, le dijo con un tono conmovido: «Hermano, no me lo quitarán mientras viva y no olvidaré nunca que me has dado lo único que posees en el mundo.» Ante ese tono de amistad, ante esa vuelta inesperada a la familiaridad y a la ternura, Pablo quiso abrazarla; pero tan ligera como un pájaro se le escapó, dejándole fuera de sí sin comprender nada de una conducta tan extraña.

Por su parte, Margarita decía a la señora de La Tour: «¿Por qué no casamos a nuestros hijos? Sienten el uno por el otro una pasión extremada de la que mi hijo no se da cuenta todavía. Cuando la naturaleza le haya hablado, vano será que los vigilemos. Se puede esperar lo peor.» La señora de La Tour respondió: «Son demasiado jóvenes y demasiado pobres. Qué pesar para nosotros si Virginia trajera al mundo unos hijos desgraciados, que quizá no tu­viera la fuerza de educar. Tu negro Domingo ya está muy encorvado, y María achacosa. Yo misma, querida amiga, desde hace quince años me siento muy debilitada. Se enve­jece antes en los países cálidos y aún más deprisa con pe­nas. Pablo es nuestra única esperanza. Esperemos a que la edad haya formado su temperamento y que pueda mante­nernos con su trabajo. En este momento, lo sabes, no tene­mos casi más que lo necesario para cada día. Pero si hace­mos ir a Pablo a la India por un tiempo, el comercio le proporcionará con qué comprar algún esclavo; y a su re­greso lo casaremos con Virginia, porque creo que nadie puede hacer a mi querida hija tan feliz como tu hijo Pablo. Hablaremos de esto a nuestro vecino.»

En efecto, esas señoras me consultaron y fui de su opi­nión. «Los mares de la India son hermosos, les dije. Co­giendo una estación favorable para pasar de aquí allí, su­pone un viaje de unas seis semanas todo lo más y el mismo tiempo de vuelta. Le haremos en nuestro barrio una paco­tilla[28] a Pablo, porque tengo vecinos que lo quieren mu­cho. Aun cuando no le diéramos más que algodón en bru­to, del que no hacemos ningún uso al no tener molinos para pelarlo, madera de ébano, tan corriente aquí que sirve para calentarse, y algunas resinas que se desechan en nues­tros bosques: todo eso se vende bastante bien en las Indias y aquí no tiene ninguna utilidad.»

Me encargué de pedirle al señor de La Bourdonnais un permiso de embarco para este viaje; y ante todo quise pre­venir de ello a Pablo. Pero cuál fue mi sorpresa cuando el joven me dijo con una sensatez muy por encima de su edad: «¿Por qué quiere que deje mi familia por no sé qué proyecto de hacer fortuna? ¿Hay algún comercio en el mundo más ventajoso que el cultivo de un campo que da a veces cincuenta y ciento por uno? Si queremos comerciar, ¿no podemos hacerlo llevando de aquí a la ciudad lo que nos sobra, sin que vaya a recorrer las Indias? Nuestras ma­dres me dicen que Domingo está viejo y encorvado; pero yo soy joven y me hago más fuerte cada día. Sólo faltaría que les ocurriera un accidente durante mi ausencia, sobre todo a Virginia, que ya está delicada. ¡Oh, no, no! No sa­bría decidirme a abandonarlos.»

Su respuesta me puso en un gran aprieto, porque la se­ñora de La Tour no me había ocultado el estado de Virgi­nia y su deseo de ganar algunos años en la edad de aquellos jóvenes alejándolos uno de otro. Eran motivos que no me atrevía siquiera a dejar que Pablo los sospechara.

Mientras esto ocurría, un velero llegado de Francia trajo a la señora de La Tour una carta de su tía. El temor a la muerte, sin el que los corazones duros no serían nunca sensibles, la había conmocionado. Salía de una importante enfermedad que había acabado postrándola y que la edad hacía incurable. Ordenaba a su sobrina volver a Francia, o, si su salud no le permitía hacer un vieje tan largo, le de­cía que enviara a Virginia, a la que destinaba una buena educación, un partido en la corte y la donación de todos sus bienes. El que volviera a manifestar su benevolencia iba unido a la ejecución de sus órdenes. Apenas se leyó la carta en la familia, reinó la consternación. Domingo y María se pusieron a llorar. Pablo, inmovilizado por la so­presa, parecía dispuesto a montar en cólera. Virginia, con los ojos clavados en su madre, no se atrevía a pronunciar palabra. «¿Podría dejarnos ahora?, dijo Margarita a la seño­ra de La Tour. -No, amiga mía; no, hijos míos, prosiguió la señora de La Tour: no os dejaré. He vivido con voso­tros, y con vosotros es con quien voy a morir. He conoci­do la dicha en vuestra amistad. Si mi salud se ve perturba­da, el motivo son antiguos pesares. Me hirieron en el co­razón la dureza de mis parientes y la pérdida de mi querido esposo. Pero, después, he conocido más consuelo y felici­dad con vosotros, bajo estas pobres cabañas, de lo que nun­ca las riquezas de mi familia me hicieron esperar en mi patria.»

Ante este discurso, corrieron lágrimas de alegría en to­dos los ojos. Pablo, estrechando a la señora de La Tour en­tre sus brazos, le dijo: «No la dejaré tampoco; no iré a las Indias. Trabajaremos todos para usted, querida mamá, no le faltará nunca nada con nosotros.» Pero de toda la peque­ña sociedad, quien testimonió menos contento, siendo la que más se alegró, fue Virginia. Se mostró el resto del día con una alegría serena y el retorno de su tranquilidad su­puso la culminación de la satisfacción general.

Al día siguiente, al amanecer, cuando acababan de ha­cer todos juntos, según su costumbre, la oración matinal que precedía al desayuno, Domingo les advirtió que un se­ñor a caballo, seguido por dos esclavos, se acercaba a la propiedad. Era el señor de La Bourdonnais. Entró en la cabaña donde toda la familia estaba sentada a la mesa. Vir­ginia acababa de servir, siguiendo la costumbre de la zona, café y arroz cocido con agua. Le había añadido boniatos calientes y plátanos frescos. Había por toda vajilla mitades de güiras y por mantelería hojas de plátano. El gobernador dejó traslucir al principio cierto asombro por la pobreza de esta morada. Luego, dirigiéndose a la señora de La Tour, le dijo que los asuntos generales le impedían a veces pensar en los particulares, pero que ella le merecía una considera­ción especial. «Tiene, añadió, señora, una tía de condición y con mucho dinero en París, que le reserva su fortuna y la espera a su lado.» La señora de La Tour respondió al gobernador que su mermada salud no le permitía emprender un viaje tan largo. «Al menos, replicó el señor de La Bour­donnais, a la señorita, su hija, tan joven y encantadora, no sabría, sin que fuera injusto, privarla de una herencia tan grande. No le oculto que su tía ha empleado la autoridad para hacerla ir a su lado. Los apoderados me han escrito que, en este asunto, empleara mi poder si hiciera falta; pero al no ejercerlo más que para hacer felices a los habi­tantes de esta colonia, espero de su sola voluntad un sacri­ficio de algunos años, del que depende establecer a su hija y el bienestar de usted. ¿Por qué vienen a las islas? ¿No es para hacer fortuna? ¿No es mucho más agradable ir a en­contrarla en la patria de uno?»

Diciendo estas palabras, puso sobre la mesa un gran saco de piastras[29] que llevaba uno de sus negros. «Esto es, añadió, lo destinado por parte de su tía a los preparativos de viaje de la señorita.» Luego acabó reprochando bonda­dosamente a la señora de La Tour no haberse dirigido a él cuando pasaba necesidades, alabando, sin embargo, su no­ble valor. Pablo, de inmediato, tomó la palabra y dijo al gobernador: «Señor, mi madre se dirigió a usted, y usted la recibió mal. -¿Tiene otro hijo, señora?, dijo el señor de La Bourdonnais a la señora de La Tour. No, señor, res­pondió, éste es el hijo de mi amiga; pero él y Virginia nos son comunes e igualmente queridos. -Joven, le dijo el gobernador a Pablo, cuando haya adquirido la experiencia del mundo, conocerá la desgracia de la gente con cierta si­tuación, sabrá qué fácil es predisponerlos, qué fácilmente conceden al vicio intrigante lo que pertenece al mérito que se oculta.»

El señor de La Bourdonnais, invitado por la señora de La Tour, se sentó a su lado en la mesa. Desayunó, a la ma­nera de los criollos, con café mezclado con arroz cocido en agua. Le maravilló el orden y la limpieza de la cabañita, la unión de aquellas dos familias encantadoras, e incluso la dedicación de sus viejos criados.

«Aquí sólo hay, dijo, muebles de madera; pero uno en­cuentra rostros serenos y corazones de oro.»

Pablo, encantado con la popularidad del gobernador, le dijo: «Deseo ser su amigo, porque es usted un hombre ho­nesto.» El señor de La Bourdonnais recibió con agrado este testimonio de cordialidad insular. Lo abrazó es­trechándole la mano y le aseguró que contaría con su amistad.

Tras el desayuno, tomó aparte a la señora de La Tour y le dijo que pronto se iba a ofrecer una ocasión para enviar a su hija a Francia en un velero listo para zarpar, que la re­comendaría a una parienta que tenía en el pasaje; que ha­bía que guardarse de abandonar una inmensa fortuna por una satisfacción de algunos años. «Su tía, añadió yéndose, no puede durar más de dos años; sus amigos me lo han pe­dido. Piénseselo bien. La fortuna no viene todos los días. Haga sus consultas. Toda la gente sensata será de mi opi­nión.» Ella le respondió «que, no deseando a partir de aho­ra otra dicha en el mundo que la de su hija, dejaría su mar­cha a Francia enteramente a su disposición».

A la señora de La Tour no le desagradaba encontrar una ocasión de separar por algún tiempo a Virginia y a Pablo, procurándoles así un día su felicidad mutua. Llevó a su hija aparte y le dijo: «Mi niña, nuestros criados son viejos; Pablo es muy joven, Margarita ya va teniendo edad, yo ya tengo achaques; si me fuera a morir, ¿qué sería de ti, sin fortuna en medio de estos desiertos? Te quedarías, por tan­to, sola, no teniendo a nadie que pueda serte de gran ayu­da, y estarías obligada, para vivir, a deslomarte trabajando la tierra sin descanso. Esta idea me rompe el corazón.» Virginia le respondió: «Dios nos condenó a trabajar. Usted me enseñó a trabajar, y a bendecirle cada día. Hasta ahora no nos ha abandonado, y de ningún modo nos abandonará todavía. Su providencia cuida sobre todo de los infortuna­dos. ¡Usted me lo ha dicho tantas veces, madre! No sabría decidirme a dejarla.» La señora de La Tour, emocionada, replicó: «No tengo otro proyecto que hacerte feliz y casar­te un día con Pablo, que no es tu hermano. Piensa ahora que su fortuna depende de ti.»

Una muchacha que ama cree que todo el mundo lo ig­nora. Pone en sus ojos el velo que tiene en el corazón; pero cuando lo levanta una mano amiga, entonces las penas se­cretas de su amor se escapan como por una barrera abierta, y las tiernas expansiones de confianza sustituyen a las re­servas y misterios de los que se rodeaba. Virginia, sensible a los nuevos testimonios de bondad por parte de su madre, le contó cuáles habían sido sus combates, que habían tenido por único testigo a Dios, que veía el socorro de su providencia en el de una madre llena de ternura que aprobaba su inclinación y la guiaba con sus consejos; que ahora, apoyada en ella, todo la comprometía a quedarse a su lado, sin inquietud por el presente y sin temor por el fu­turo.

La señora de La Tour, al ver que su confidencia había producido un efecto contrario al que esperaba, le dijo: «Mi niña, no quiero contradecirte en modo alguno; piénsatelo con calma, pero oculta tu amor a Pablo. Cuando le han ro­bado a una joven el corazón, su amante ya no tiene que pe­dirle nada.»

Sobre el final de la tarde, cuando estaba sola con Virgi­nia entró en su casa un hombre alto, vestido con una sota­na azul. Era un misionero de la isla y el confesor de la se­ñora de La Tour y Virginia. Lo había enviado el goberna­dor. «Hijas mías, dijo al entrar, ¡alabado sea Dios! Sois ri­cas. Podréis escuchar vuestro buen corazón, hacer el bien a los pobres. Sé lo que os ha dicho el señor de La Bourdon­nais y lo que le habéis respondido: Mamita, su salud le obliga a quedarse aquí, pero usted, jovencita, no tiene ex­cusa. Hay que obedecer a la Providencia, a nuestros ancia­nos parientes, incluso si son injustos. Es un sacrificio, pero es la voluntad de Dios. El se entregó por nosotros; hay que, como él, entregarse por el bien de nuestra familia. Su viaje a Francia tendrá un final feliz. ¿No le gustaría ir, mi querida señorita?»

Virginia, sin mirarlo, le respondió temblando: «Si es la voluntad del Señor, no me opongo a nada. ¡Que se haga la voluntad de Dios!», dijo llorando.

El misionero salió y fue a dar parte al gobernador del éxito de su encargo. Sin embargo, la señora de la Tour me rogó por Domingo que me pasara por su casa para consul­tarme sobre la marcha de Virginia. No fui en absoluto de la opinión de que la dejaran marcharse. Tengo por princi­pios seguros de la felicidad que hay que preferir las venta­jas de la naturaleza a todas las de la fortuna, y que no pode­mos ir a buscar fuera de nosotros lo que podemos encon­trar en nosotros mismos. Aplico estas máximas a todo, sin excepción. Pero, ¿qué podían mis consejos de moderación contra las ilusiones de una gran fortuna, y mis razones na­turales contra los prejuicios del mundo y contra una auto­ridad sagrada para la señora de La Tour? Así pues, esta dama no me consultó más que por educación, y ya no vol­vió a deliberar desde la decisión de su confesor. Incluso Margarita, que, a pesar de las ventajas que esperaba para su hijo de la fortuna de Virginia, se había opuesto firmemen­te al viaje, ya no hizo objeciones. En cuanto a Pablo, igno­rante de la resolución hacia la que se inclinaban y extraña­do por las conversaciones secretas de la señora de La Tour y su hija, se abandonaba a una tristeza sombría. «Traman algo contra mí, dijo, porque me huyen.»

Por otra parte, se había propagado en la isla el rumor de que la fortuna había visitado aquellos riscos, se vio subir por ellos a todo tipo de comerciantes. Desplegaron en me­dio de esas pobres cabañas las telas más ricas de la India, soberbios bombasís de Gudalur, pañuelos de Paliacata y de Masulipatán, muselinas de Daca, lisas, rayadas, bordadas, transparentes como la luz del día, baftas de Surata de un blanco tan hermoso, chitas de todos los colores y de las más raras, con fondo como de arena y con ramos verdes. Desenrollaron magníficas telas de seda de China, lampo­tes calados, damascos de un blanco satinado, otros de un verde pradera, otros de un rojo deslumbrante; tafetanes ro­sas, satenes a manos llenas, pequines suaves como el paño, nanquines blancos y amarillos, y hasta taparrabos de Ma­dagascar[30].

La señora de La Tour quiso que su hija comprara todo lo que le apeteciera; se ocupó sólo del precio y de la calidad de las mercancías, por miedo a que los comerciantes la en­gañaran. Virginia escogió todo lo que creyó agradaría a su madre, a Margarita y a su hijo. «Esto, decía, era bueno para muebles, aquello para que lo usen María y Domingo.» Al final, el saco de piastras había sido empleado sin que ella hubiera pensado en satisfacer sus necesidades. Hubo que darle su parte de los regalos que había distribuido entre la pequeña sociedad.

Pablo, con el corazón roto al ver estos dones de la fortu­na que le presagiaban la marcha de Virginia, vino algunos días después a mi casa. Me dijo con aspecto abatido: «Mi hermana se va; hace ya los preparativos de su viaje. Pase por nuestra casa, se lo ruego. Emplee el prestigio que tiene ante la madre de Virginia y mi madre para que la reten­gan.» Hice caso a los ruegos de Pablo, aunque totalmente convencido de que mi intercesión no surtiría efecto.

Si Virginia me había parecido encantadora vestida de tela azul de Bengala y con un pañuelo rojo alrededor de su cabeza, me pareció aún algo muy diferente cuando la vi arreglada a la manera de las damas de esta región[31]. Iba vestida de muselina blanca forrada con tafetán rosa. Su ta­lle ligero y elevado se dibujaba perfectamente bajo el corpi­ño, y sus cabellos rubios, recogidos en dos trenzas, acom­pañaban de modo admirable su cabeza virginal. Sus her­mosos ojos azules estaban llenos de melancolía; y su cora­zón agitado por una pasión combatida daba a su tez un co­lor avivado y a su voz sonidos llenos de emoción. El con­traste mismo de su elegante atuendo, que parecía llevar a su pesar, hacía su languidez más conmovedora. Nadie po­día verla ni oírla sin sentirse conmovido. La tristeza de Pa­blo aumentó por esto. Margarita, afligida por la situación de su hijo, le dijo aparte: «¿Por qué, hijo, alimentarte de falsas esperanzas, que hacen las privaciones todavía más amargas? Es tiempo de descubrirte el secreto de tu vida y de la mía. La señorita de La Tour pertenece, por su madre, a una pariente rica y de condición; en cuanto a ti, no eres más que el hijo de una pobre campesina, y, lo que es peor, eres bastardo.»

Esta palabra de bastardo sorprendió mucho al joven. Nunca la había oído pronunciar; preguntó lo que signifi­caba a su madre, quien le respondió: «No tuviste un padre legítimo. Cuando era muchacha, el amor me hizo tener un desliz del que has sido fruto. Mi falta te ha privado de tu familia paterna, y mi arrepentimiento, de tu familia ma­terna. ¡Desdichado, soy tu única familia en el mundo!» Y se echó a llorar. Pablo, estrechándola en sus brazos, le dijo: «¡Oh, madre mía! Ya que no tengo otros parientes en el mundo que usted, la amaré aún más. Pero ¡qué secreto aca­ba de revelarme! Veo la razón que aleja de mí a la señorita de La Tour desde hace dos meses, y que la decide hoy a marcharse. ¡Ah, sin duda me desprecia!»

Llegada la hora de la cena, se sentaron a la mesa, donde cada comensal, agitado por una pasión diferente, comió poco y no habló ni una palabra. Virginia salió la primera y vino a sentarse al lugar en que estamos. Pablo la siguió poco después y fue a sentarse a su lado. Uno y otro guarda­ron durante algún tiempo un profundo silencio. Hacía una de esas noches deliciosas, tan comunes en los trópicos, y cuya belleza no reflejaría el pincel más diestro. La luna aparecía en medio del firmamento, rodeada por una corti­na de nubes que sus rayos iban disipando poco a poco. Su luz se derramaba insensiblemente sobre las montañas de la isla y sobre sus crestas, que brillaban con un verde platea­do. Los vientos retenían el aliento. Se escuchaban en los bosques, en el fondo de los valles, en lo alto de los riscos, grititos, suaves murmullos de pájaros que se acariciaban en sus nidos. Todos, hasta los insectos que zumbaban bajo la yerba, se sentían regocijados por la claridad de la noche y el aire tranquilo. Las estrellas brillaban en el cielo, y se reflejaban en el seno del mar que repetía sus imágenes tem­blantes. Virginia recorría con mirar distraído el vasto y sombrío horizonte, destacado del litoral de la isla gracias a las luces rojas de los pescadores. Divisó a la entrada del puerto una luz y una sombra: eran el fanal y el cuerpo del velero a bordo del que debía embarcarse para Europa y que, listo para desplegar velas, esperaba anclado el final de la quietud. Ante el panorama, se turbó y volvió la cabeza para que Pablo no la viera llorar.

La señora de La Tour, Margarita y yo, nos sentábamos a algunos pasos de allí, bajo unos plátanos; en el silencio de la noche escuchamos con claridad su conversación, que no he olvidado.

Pablo le dijo: «Señorita, se marcha, dicen, dentro de tres días. No teme exponerse a los peligros del mar... ¡de ese mar que la espanta tanto! -Me es preciso, respondió Vir­ginia, obedecer a mi familia, a mi deber. -Nos abandona, replicó Pablo, ¡por una pariente lejana que no ha visto nunca! -¡Ay!, dijo Virginia, yo quería quedarme aquí toda mi vida; mi madre no ha querido. Mi confesor ha di­cho que la voluntad de Dios era que me marchara, que la vida era una prueba... ¡Oh! ¡es una prueba muy dura!»

«¡Qué, replicó Pablo, tantas razones le han decidido y ninguna le ha retenido! ¡Ah! Aún hay algunas que no me ha dicho. La riqueza tiene grandes atractivos. Encontrará pronto, en un nuevo mundo, a quien dar el nombre de hermano, que ya no me da a mí. Escogerá a ese hermano entre gentes dignas de usted por un origen y una fortuna que no puedo ofrecerle. Pero, para ser más feliz, ¿a dónde quiere ir? ¿A qué tierra irá a parar que le sea más querida que ésta donde usted ha nacido? ¿Dónde formará una pe­queña sociedad más encantadora que ésta que la quiere? ¿Cómo vivirá sin las caricias de su madre, a las que está tan acostumbrada? ¿Qué será de ella, ya mayor, cuando no la vea a usted más a su lado, en la mesa, en la casa, en el paseo donde le servía de apoyo? ¿Qué será de la mía, que la que­ría tanto como a ella? ¿Qué les diré yo a una y a otra cuan­do las vea llorar por su ausencia? ¡Cruel! Y no le hablo de mí, pero ¡qué será de mí cuando ya no la vea con nosotros por la mañana y cuando venga la noche sin que estemos juntos! ¡cuando divise esas dos palmeras plantadas por nuestro nacimiento, testigos tanto tiempo de nuestra mu­tua amistad! ¡Ah! ya que te toca un nuevo destino, que bus­cas otra tierra que tu tierra de nacimiento, otros bienes que los de mi trabajo, déjame acompañarte en el barco en el que te marchas. Te tranquilizaré durante las tempestades, que te asustan tanto en tierra. Colocaré tu cabeza en mi pe­cho, daré calor a tu corazón apoyado en el mío, y, en Fran­cia, a donde vas a buscar fortuna y grandeza, te serviré como esclavo. Dichoso con tu sola felicidad, en esas casas donde te veré servida y adorada, seré aún lo bastante rico y noble para hacerte aún el mayor de los sacrificios, murien­do a tus pies.»

Los sollozos ahogaron su voz y oímos acto seguido la de Virginia que le decía estas palabras entrecortadas con sus­piros. «Por ti, me marcho... por ti, viéndote cada día en­corvado en el trabajo para alimentar a dos familias débiles. Si me he prestado a la oportunidad de hacerme rica, es por darte multiplicado por mil el bien que nos has hecho. ¿Hay fortuna digna de tu amistad? ¿Qué me dices de tu ori­gen? Ah, si aún me fuera posible darme un hermano, ¿aca­so escogería otro que no fueras tú? ¡Oh, Pablo! ¡Oh, Pablo! ¡me eres mucho más querido que un hermano! ¡Cuánto me ha costado poder rechazarte! Quería que me ayudaras a se­pararme de mí misma hasta que el cielo pudiera bendecir nuestra unión. Ahora, me quedo, me voy, vivo, muero; haz lo que quieras de mí. ¡Muchacha sin valor! ¡he podido resistir a tus caricias y no puedo soportar tu dolor!»

Ante esas palabras, Pablo la tomó en sus brazos y, man­teniéndola fuertemente apretada, exclamó con una voz te­rrible: «Me voy con ella; nada podrá separarme.» Todos fuimos corriendo hacia él. La señora de La Tour le dijo: «Hijo mío, si nos deja, ¿qué será de nosotras?»

El repitió temblando estas palabras: «Hijo mío... hijo mío. ¡Usted, mi madre!, le dijo, ¡usted que separa al herma­no de la hermana! Los dos tomamos su leche, los dos, cria­dos en sus rodillas, aprendimos de usted a amarnos; los dos nos lo hemos dicho mil veces. ¡Y ahora la aleja de mí! La envía a Europa, a esa tierra extranjera que le negó un refu­gio, y a casa de unos parientes crueles que incluso la aban­donaron. Me dirá: No tiene ningún derecho sobre ella, no es su hermana. Ella lo es todo para mí, mi riqueza, mi fa­milia, mi nacimiento, todo mi bien. No conozco otro. No hemos tenido más que un techo, que una cuna; no tendre­mos más que una tumba. Si se va, tengo que seguirla. ¿El gobernador me lo impedirá? ¿Me impedirá arrojarme al mar? La seguiré nadando. El mar no sabría ya serme más funesto que la tierra. No pudiendo vivir aquí a su lado, al menos moriré en su presencia, lejos de usted. ¡Madre inhu­mana! ¡mujer sin piedad! ¡ojalá este océano al que la expo­ne no se la devuelva nunca! ¡ojalá sus olas le devuelvan mi cuerpo y, haciéndolo rodar con el suyo, los guijarros de es­tas orillas le den, por la pérdida de sus dos hijos, un motivo eterno de dolor!»

Ante esas palabras, lo tomé en mis brazos; porque la de­sesperación le quitaba el juicio. Sus ojos echaban chispas; goterones de sudor le corrían por el rostro encendido; las rodillas le temblaban, y podía sentir en su pecho ardiendo latirle con violencia el corazón.

Virginia asustada le dijo: «¡Oh, amigo mío! Pongo por testigos a los placeres de nuestros primeros años, a tus ma­les, a los míos y a todo lo que ha de unir para siempre a dos desdichados, de no vivir más que para ti si me quedo; si me voy, de volver un día para ser tuya. Os tomo por testi­gos a todos vosotros que me habéis criado de niña, que dis­ponéis de mi vida y que estáis viendo mis lágrimas. Lo juro por el cielo que oye, por este mar que debo cruzar, por el aire que respiro, y que nunca mancillé con la mentira.»

Como el sol funde y desploma una peña de hielo desde la cumbre de los Apeninos, así cayó la cólera impetuosa de ese joven a la voz del objeto amado. Su cabeza altiva estaba bajada y un torrente de lágrimas caía de sus ojos. Su madre, mezclando su llanto con el del hijo, lo mantenía abrazado sin poder hablar. La señora de La Tour, fuera de sí, me dijo: «No puedo soportarlo. Mi alma está desgarrada. Este infor­tunado viaje no tendrá lugar. Vecino, trate de llevarse a mi hijo. Hace ocho días que nadie ha podido dormir aquí.»

Dije a Pablo: «Amigo, su hermana se quedará. Mañana lo hablaremos con el gobernador: deje descansar a su fami­lia, y venga a pasar esta noche a mi casa. Es tarde, ya es media noche; la cruz del sur se alza en el horizonte.»

Se dejó conducir sin decir nada, y tras una noche muy agitada, se levantó al despuntar el día, y volvió a su pro­piedad.

Pero, ¿es necesario seguir contándole esta historia por más tiempo? Tan sólo siempre hay un aspecto agradable de conocer en la vida humana. Parecido al globo en el que damos vueltas, nuestra rápida revolución sólo es de un día y una parte de ese día no puede recibir la luz sin que la otra esté expuesta a las tinieblas..

«Abuelo, le dije, se lo imploro, acabe de contarme lo que comenzó de un modo tan conmovedor. Las imágenes de la felicidad nos agradan, pero las de la desgracia nos instru­yen. ¿Qué fue, le ruego, del desdichado Pablo?»

Lo primero que vio Pablo de vuelta a la propiedad fue a la negra María, que, subida a una peña, miraba hacia mar adentro. Él le gritó desde lo más lejos que podía divisarla: «¿Dónde está Virginia?» María volvió la cabeza hacia su joven amo y se echó a llorar. Pablo, fuera de sí, volvió so­bre sus pasos y corrió al puerto. Allí se enteró de que Vir­ginia se había embarcado al despuntar el día, que su velero había desplegado velas al momento y que ya se había per­dido de vista. Volvió a la propiedad, la cual atravesó sin hablar a nadie.

Aunque el cerco de riscos parezca a nuestras espaldas casi perpendicular, esas planicies verdes que dividen su al­tura son otras tantas zonas por las que se llega, a través de algunos senderos difíciles, hasta el pie de ese cono de pe­ñas inclinado e inaccesible que se llama el Pulgar. En la base de este peñasco hay una explanda cubierta de grande, árboles, pero tan elevada y escarpada, que es como un gran bosque en el aire, rodeado de precipicios terribles. Las nu­bes que la cima del Pulgar atrae continuamente a su alre­dedor alimentan numerosos riachuelos, que caen a una profundidad tan grande en el fondo del valle, situado del otro lado de la montaña, que desde esa altura no se oye en modo alguno el ruido de la caída. Desde tal lugar se ve una gran parte de la isla con sus colinas coronadas por picos, entre otras Piterboth[32] y los Tres Pechos con sus vallejos llenos de bosques; más allá es mar adentro y la Isla Bor­bón[33] que está a unas 40 leguas de allí, hacia Occidente. Desde aquella elevación fue desde donde Pablo divisó el velero que se llevaba a Virginia. Lo vio a más de diez le­guas, mar adentro, como un punto negro en medio del océano. Se pasó una parte del día ocupado en observarlo: ya había desaparecido cuando creía seguirlo viendo; y una vez se hubo perdido en el vapor del horizonte, se sentó en ese lugar salvaje, azotado siempre por los vientos, que agi­tan sin cesar las copas de los palmitos y de las tacamacas. Su murmullo sordo y mugiente se parece al ruido lejano del órgano e inspira una profunda melancolía. Allí fue donde encontré a Pablo, con la cabeza apoyada contra el peñasco y los ojos clavados en el suelo. Andaba tras él des­de el amanecer: me costó mucho convencerle para bajar y ver a su familia. Le llevé no obstante a su propiedad; y su primer impulso, al volver a ver a la señora de La Tour, fue quejarse amargamente de que lo había engañado. La seño­ra de La Tour nos dijo que, al haberse levantado viento so­bre las tres de la mañana, y al ir a zarpar el barco, el gober­nador, seguido por una parte de su Estado Mayor y por el misionero, había venido a buscar a Virginia en palanquín, y que, a pesar de sus propias razones, sus lágrimas y las de Margarita, gritando todo el mundo que era por el bien de todos, se había llevado a su hija medio muriéndose. «Al menos, respondió Pablo, si me hubiera despedido de ella, estaría ahora tranquilo. Le hubiera dicho: Virginia, si du­rante el tiempo en que hemos convivido, se me ha escapa­do alguna palabra que le haya ofendido, antes de dejarme para siempre, dígame que me la perdona. Le hubiera di­cho: Puesto que no estoy ya destinado a volver a verla, ¡adiós, mi querida Virginia! ¡adiós! ¡Viva lejos de mí con­tenta y feliz! Y como vio que su madre y la señora de La Tour lloraban: «Busquen ahora, les dijo, a otro que no sea yo para que enjugue sus lágrimas», luego se alejó de ellas gi­miendo y se puso a errar aquí y allá por la propiedad. Re­corría todos los lugares de ésta que le habían sido más que­ridos a Virginia. Decía a sus cabras y a sus pequeños cabri­tillos que iban tras él balando: «¿Qué me pedís? Ya no vol­veréis a ver conmigo a la que os daba de comer en su mano.» Fue al Descanso de Virginia, y al ver a los pájaros que revoloteaban en torno a lugar, exclamó: «¡Pobres pája­ros! ya no iréis delante de la que era vuestra buena nodri­za.» Y viendo a Leal que husmeaba por todas partes e iba delante de él buscándola, suspiró y dijo: «¡Oh! ya no la en­contrarás nunca.» Finalmente fue a sentarse en la peña donde le había hablado la víspera, y, ante el panorama del mar donde había visto desparecer el velero que se la había llevado, lloró abundantemente.

Nosotros lo seguíamos sigilosamente, temiendo una consecuencia funesta de la turbación de su estado de áni­mo. Su madre y la señora de La Tour le rogaban con las palabras más tiernas que no aumentara el dolor que tenían con su desesperación. Al final, la segunda llegó a calmarlo prodigando los nombres más apropiados para despertar sus esperanzas. Lo llamaba su hijo, su querido hijo, su yer­no, aquel a quien destinaba a su hija. Le aconsejó entrar en casa y tomar algo de comida. Se sentó a la mesa con noso­tros cerca del lugar donde se ponía la compañera de su in­fancia; y, como si lo estuviera ocupando aún, le dirigía la palabra y le presentaba los platos que sabía que le agrada­ban más; pero en cuanto se daba cuenta de su error, se echaba a llorar. En los días siguientes recogió todo lo que había sido de su uso particular, los últimos ramos que ha­bía llevado, una taza de coco en la que acostumbraba a be­ber; y como si estos restos de su amiga hubieran sido las cosas más valiosas del mundo, los besaba y se los ponía en el pecho. El ámbar no desprende un perfume tan suave como las cosas que ha tocado el objeto que amamos. Final­mente, viendo que su melancolía aumentaba la de su ma­dre y la de la señora de la Tour, y que las necesidades de la familia exigían un trabajo continuo, se puso, con ayuda de Domingo, a arreglar el jardín.

Pronto, el joven, indiferente como un criollo a todo lo que pasaba en el mundo, me rogó enseñarle a leer y escri­bir, con el fin de poder mantener correspondencia con Virginia. Quiso luego instruirse en la geografía para ha­cerse una idea del país en el que Virginia desembarcaría; y en la historia para conocer las costumbres de la sociedad donde iba a vivir. Del mismo modo, se había perfecciona­do en la agricultura y en el arte de disponer con gusto el te­rreno más irregular, movido por el sentimiento del amor. Sin duda, a los placeres a los que aspira esta pasión ardien­te e inquieta es a lo que los hombres deben la mayoría de las ciencias y artes, y de la privación de los mismos es de donde nació la filosofía que enseña a consolarse de todo. De este modo la naturaleza, habiendo hecho del amor el lazo de unión de todos los seres, lo ha convertido en el pri­mer móvil de nuestras sociedades y en el instigador de nuestros conocimientos y placeres[34].

A Pablo no le gustó mucho el estudio de la geografía, que, en lugar de describirnos la naturaleza de cada país, no hace más que presentarnos sus divisiones políticas. La his­toria, y sobre todo la historia moderna, no le interesó mu­cho más. No veía en ella más que infortunios generales y periódicos, cuyas causas no llegaba a percibir; guerras sin motivo ni objeto; oscuras intrigas; naciones sin carácter y gobernantes sin humanidad. Prefería a esta lectura la de las novelas que, al ocuparse más de los sentimientos e inte­reses de los hombres, le ofrecían en ocasiones situaciones semejantes a la suya. Así, ningún libro le gustó tanto como Telémaco[35], por sus cuadros de la vida campestre y de las pa­siones propias del corazón humano. Leía a su madre y a la señora de la Tour todos los pasajes que más le impresiona­ban: en esos momentos, emocionado por conmovedores recuerdos, se le ahogaba la voz y se le saltaban las lágrimas. Le parecía encontrar en Virginia la dignidad y prudencia de Antíope[36], con las desdichas y la ternura de Eucaris[37]. Por otra parte, le conmocionó enormemente la lectura de nuestras novelas de moda, llenas de costumbres y máximas licenciosas, y cuando supo que esas novelas pintaban ve­razmente las sociedades de Europa, temió, no sin visos de razón, que Virginia llegara a corromperse y olvidarlo[38].

Efectivamente, había transcurrido más de un año y me­dio sin que la señora de La Tour tuviera noticias de su tía y de su hija: tan sólo se había enterado por una vía ajena a la familia que ésta había llegado felizmente a Francia. Por fin, recibió, por un barco que iba a las Indias, un paquete y una carta de puño y letra de Virginia. A pesar de la cir­cunspección de su encantadora e indulgente hija, juzgó que era muy desgraciada. Aquella carta retrataba tan bien su si­tuación y su carácter, que se me quedó grabada casi al pie de la letra.

 

«Mi queridísima -y amada mamá,

 

Le he escrito ya varias cartas de mi propia mano; y como no he tenido respuesta, temo que no le hayan llega­do. Tengo más esperanzas en ésta, por las precauciones que me he tomado para hacerle llegar noticias mías y reci­birlas de usted.

He derramado muchas lágrimas desde nuestra separa­ción, ¡yo que casi nunca había llorado más que con las des­gracias ajenas! Mi tía abuela se sorprendió mucho a mi lle­gada, cuando, al preguntarme sobre mis conocimientos, le dije que no sabía leer ni escribir. Me preguntó qué es lo que había aprendido, pues, desde mi llegada al mundo; y cuando le hube respondido que a ocuparme de llevar una casa y cumplir la voluntad de usted, me dijo que había re­cibido la educación de una criada. Me metió interna al día siguiente en una gran abadía cerca de París, donde tengo todo tipo de maestros; me enseñan, entre otras cosas, his­toria, geografía, gramática, matemáticas y a montar a ca­ballo; pero tengo tan poca disposición para estas ciencias, que no sacaré mucho provecho de los profesores. Siento que soy una pobre criatura con poca inteligencia, como lo dan a entender. Sin embargo, los favores de mi tía no ce­san. Me da trajes nuevos en cada estación. Ha puesto a mi lado dos camareras que están tan bien vestidas como si fueran dos grandes señoras. Me ha hecho adoptar el título de condesa; pero me ha hecho abandonar el apellido de LA Toux, que me era tan querido como a usted, por todo lo que usted me contó de las penalidades pasadas por mi pa­dre para desposarla. Ha sustituido su apellido de casada por el de la familia, que, con todo, me es querido, ya que ha sido el suyo de soltera. Al verme en una situación tan ventajosa, le rogué que le enviara alguna ayuda. ¿Cómo transmitirle la respuesta de esa mujer?, pero usted me ha aconsejado que le diga siempre la verdad. Me respondió, pues, que poca no le serviría de nada y que, dada la vida sencilla que usted hace, mucha le sobraría. Busqué prime­ro darle noticias mías por otra mano, al no poder hacerlo por la mía. Pero, no teniendo al llegar aquí a nadie en quien confiar, me apliqué noche y día a aprender a leer y escribir: Dios me ha concedido el don de llegar a hacerlo en poco tiempo. Encargué el envío de mis primeras cartas a las damas que me rodean; tengo razones para creer que se las han entregado a mi tía abuela. Esta vez he recurrido a una de mis amigas, pensionaria: a la dirección adjuntada le pido que me transmita sus respuestas. Mi tía abuela me ha prohibido toda correspondencia con el exterior, lo que po­dría, según ella, obstaculizar las grandes miras que tiene puestas en mí. Sólo ella puede verme en el locutorio, así como un viejo noble, amigo suyo, que, dice, siente gran in­clinación por mi persona. A decir verdad, yo no siento ninguna hacia él, en el caso de que pudiera sentirla por al­guien.

Vivo en medio de esta fortuna deslumbrante y no puedo disponer de una moneda. Dicen que si tuviera dinero eso traería consecuencias. Mis propios vestidos pertenecen a mis camareras, que se los disputan antes de habérmelos quitado. En el seno de las riquezas, soy mucho más pobre de lo que era a su lado; porque no tengo nada que dar. Cuando vi que los grandes conocimientos que me enseña­ban no me proporcionaban la facilidad de hacer ni el más pequeño bien, recurrí a mi aguja, cuyo uso me enseñó us­ted afortunadamente. Le envío, por tanto, varios pares de medias hechos por mí, para usted y mamá Margarita, un gorro para Domingo y uno de mis pañuelos rojos para Ma­ría. Añado a este paquete pepitas y huesos de las frutas que meriendo, con semillas de todo tipo de árboles, recogidas en mis horas de recreo en el parque de la abadía. He puesto también semillas de violetas, margaritas, botones de oro, amapolas, acianos, escabiosa, que he cogido en el campo. Hay en las praderas de este país flores más bellas que en las nuestras; pero nadie se ocupa de ellas. Estoy segura de que usted y mamá Margarita estarán más contentas con este saco de semillas que con el saco de piastras que fue la causa de nuestra separación y de mis lágrimas. Será para mí una gran alegría si tiene la satisfacción de ver crecer manzanos al lado de nuestros plátanos, y hayas que mezclen su follaje con el de nuestros cocoteros. Creerá estar en Normandía, que usted tanto quiere.

Me ordenó enviarle mis alegrías y penas. No tengo ale­grías lejos de usted: respecto a mis penas, las hago menores pensando que estoy en un lugar donde me ha puesto por la voluntad de Dios. Pero la mayor pena que siento es que nadie me habla aquí de usted, y que yo no puedo hablar a nadie. Mis camareras, o, mejor, las de mi tía abuela, por­que son más de ella que mías, me dicen cuando busco llevar la conversación hacia los objetos que me son tan queri­dos: Señorita, recuerde que es francesa, y que debe olvidar­se de la tierra de los salvajes. ¡Ah! ¡antes me olvidaría a mí misma que olvidar el lugar donde nací y donde usted vive! Este país es el que es para mí una tierra de salvajes; porque en él vivo sola, sin nadie a quien comunicar el amor que le profesaré hasta la tumba.

 

Mi muy querida y amada mamá,

Su obediente hija llena de ternura

 

VIRGINIA DE LA TOUR.»

 

«Pongo a su cuidado a María y Domingo que tanto se ocuparon de mí siendo niña; acaricie por mí a Leal, que me encontró en el bosque.»

 

Pablo se sorprendió mucho de que Virginia no lo men­cionara en ningún momento, ella que no había olvidado en sus recuerdos al perro de la casa; pero no sabía que, por muy larga que sea la carta de una mujer, sólo escribe su pensamiento más querido al final.

En una posdata Virginia recomendaba especialmente a Pablo dos tipos de semillas: las de violeta y las de escabio­sa. Le daba algunas instrucciones acerca de las característi­cas de estas plantas y sobre los lugares más apropiados para sembrarlas. «La violeta, le decía, produce una florecita de un violeta oscuro, que gusta de esconderse en los matorra­les; pero su encantador perfume hace que se la descubra pronto.»

Le ordenaba sembrarla a orillas de la fuente, al pie de su cocotero. «La escabiosa, añadía, da una bonita flor de un azul apagado y con fondo negro salpicado de blanco. Se di­ría que está de luto. Se la llama también, por esta razón, flor de viuda. Crece fácilmente en los lugares abruptos y azotados por los vientos.» Le rogaba sembrarla en la peña donde le había hablado por la noche, la última vez, y darle a esta roca, en memoria de su amor, el nombre de PEÑA DEL ADIÓS.

Había metido aquellas semillas en una bolsita de tela muy sencilla, pero que a él le pareció de un valor incalcu­lable cuando vio una P y una V y entrelazadas y hechas con cabellos, que, por su belleza, reconoció como de Vir­ginia.

La carta de esta sensible y virtuosa señorita hizo verter lágrimas a toda la familia. Su madre le respondió, en nom­bre de la pequeña sociedad, que se quedara o volviera se­gún su voluntad, asegurándole que todos habían perdido la mejor parte de su felicidad desde que se marchó y que ella, en especial, no tenía consuelo.

Pablo le escribió una carta muy larga en la que le asegu­raba que iba a hacer el jardín dignó de ella y mezclaría en él las plantas de Europa con las de Africa, de la misma for­ma que ella había entrelazado sus nombres en su labor. Le enviaba frutos de los cocoteros de la fuente, que estaban en su punto. No enviaba, añadía, ninguna otra semilla de la isla, con el fin de que el deseo de volver a ver sus produc­tos la determinaría a regresar prontamente. Le suplicaba satisfacer lo antes posible los ardientes deseos de su fami­lia, y los suyos particularmente, ya que no podía, a partir de entonces, disfrutar de ninguna alegría lejos de ella.

Pablo sembró con el mayor cuidado las semillas euro­peas, y sobre todo las de violeta y escabiosa, cuyas flores parecían tener alguna analogía con el carácter y situación de Virginia, quien se las había recomendado especialmen­te; pero, ya fuera porque se hubieran estropeado en el tra­yecto, o más bien porque el clima de esta parte de Africa no les favorezca, germinó tan sólo una pequeña parte, que no pudo desarrollarse plenamente[39].

Durante este tiempo, la envidia, que hasta es capaz de oponerse a la felicidad humana, sobre todo en las colonias francesas, propagó por la isla unos rumores que inquieta­

 

 

ban mucho a Pablo. La gente del barco que había traído la carta de Virginia aseguraba que estaba a punto de casarse: nombraban al noble de la corte que debía desposarla; algu­nos decían que el acto había tenido lugar y que habían sido sus testigos. Al principio Pablo hizo caso omiso de las no­ticias traídas por un barco mercante, que a menudo propa­ga falsedades en los lugares por donde pasa. Pero como va­rios habitantes de la isla, con una piedad pérfida, se apre­suraban a compadecerle por este suceso, Pablo comenzó a dar algún crédito a los rumores. Por otra parte, en algunas de las novelas que había leído veía la traición tratada de broma; y como sabía que esos libros pintaban con bastante fidelidad las costumbres de Europa, temió que la hija de la señora de La Tour llegara a corromperse y a olvidar sus antiguas promesas. Su saber le hacía ya desgraciado. Lo que acabó de aumentar sus temores fue que varios barcos de Europa llegaron aquí, en el espacio de seis meses, sin que ninguno trajera noticias de Virginia.

Aquel infortunado joven, con el corazón preso de todo tipo de agitaciones, venía a verme a menudo, para confir­mar o desterrar sus inquietudes sirviéndose de mi expe­riencia del mundo.

Vivo, como ya le he dicho, a una legua y media de aquí, a orillas de un riachuelo que corre a lo largo de la Montaña Larga. Allí es donde paso la vida solo, sin mujer, sin hijos y sin esclavos.

Después de la rara dicha de una compañera bien compe­netrada con uno, el estado menos infeliz de la vida es, sin duda, vivir solo. Todo aquel que ha debido quejarse mu­cho de los hombres busca la soledad. Hay que tener inclu­so muy en cuenta que todos los pueblos infelices por sus opiniones, costumbres y gobiernos, han producido nume­rosas clases de ciudadanos entregados por completo a la soledad y al celibato. Tal fue el caso de los egipcios durante su decadencia, de los griegos del Bajo Imperio; y es en nuestros días el de los griegos modernos, los italianos, y la mayoría de los pueblos orientales y meridionales de Euro­pa. La soledad lleva, en parte, al hombre hacia la felicidad natural, alejando de él la desgracia social. En medio de nuestras sociedades, divididas por tantos prejuicios, el alma se encuentra en estado de continua agitación; da vueltas en sí misma sin descanso a mil opiniones turbulen­tas y contradictorias con las que los miembros de una so­ciedad ambiciosa y miserable buscan subyugarse mutua­mente. Pero, en soledad, prescinde de esas ilusiones ajenas que la turban; recupera el sentimiento elemental de sí mis­ma; de la naturaleza y de su autor. Del mismo modo, el agua cenagosa de un torrente que barre los campos, al lle­gar a derramarse en alguna cuenca alejada de su curso, de­posita su lodo en el fondo de su cauce, recupera su primera transparencia y, de nuevo cristalina, refleja en sus propias orillas el verdor de la tierra y la luz de los cielos. La sole­dad restablece tanto las armonías del cuerpo como las del alma. En la clase de los solitarios es donde se encuentran los hombres que prolongan más lejos la carrera de la vida; es el caso de los brahmanes de la India. En último lugar, la creo tan necesaria para la felicidad en el propio mundo, que me parece imposible gozar en él de placer duradero, imposible cualquier sentimiento, e imposible regular la conducta sobre cualquier principio estable, si no hacemos una soledad interior, de donde nuestra opinión salga muy pocas veces, y donde la del prójimo no entre nunca. No quiero decir, sin embargo, que el hombre deba vivir com­pletamente solo: está unido al género humano por sus ne­cesidades, debe, por tanto, sus obras a los hombres; se debe también al resto de la naturaleza. Pero, así como Dios nos ha dado a cada uno órganos en perfecta concordancia con los elementos del globo en que vivimos, unos pies para el suelo, unos pulmones para el aire, unos ojos para la luz, sin que podamos invertir el uso de estos sentidos, se ha reser­vado para él solo, que es el autor de la vida, el corazón, que es el principal órgano de la misma.

Paso, por tanto, mis días lejos de los hombres, a quienes quise servir y que me han perseguido. Tras haber recorri­do una gran parte de Europa y algunas regiones de Améri­ca y Africa, me establecí en esta isla poco habitada, seduci­do por su dulce temperatura y sus soledades. Una cabaña que construí en el bosque al pie de un árbol, una tierrecita roturada con mis propias manos, un riachuelo que corre delante de mi puerta, bastan a mis necesidades y placeres. Uno a estos gozos el de algunos buenos libros que me ense­ñan a ser mejor, y además hacen que el mundo que dejé sir­va a mi felicidad; me pintan las pasiones que hacen a sus habitantes tan miserables, y por la comparación que hago del destino de éstos con el mío propio, me hacen gozar con una dicha negativa. Como un hombre salvado del naufra­gio encima de un peñón, contemplo desde mi soledad las tormentas que se estremecen en el resto del mundo; mi descanso incluso aumenta por el ruido lejano de la tem­pestad.

Desde que los hombres ya no están en mi camino y des­de que ya no estoy en el suyo, no los odio; los compadezco. Si me encuentro con algún desdichado, intento auxiliarle con mis consejos, como un transeúnte en la orilla de un to­rrente tiende la mano a un desgraciado que se está ahogan­do. Pero casi no he encontrado nada, salvo la inocencia, que atienda mi voz. La naturaleza llena inútilmente en su dirección al resto de los hombres, cada uno se hace de ella una imagen que reviste con sus propias pasiones. Persigue toda su vida este vano fantasma que lo extravía, y se queja luego al cielo del error que él mismo se formó. Entre un gran número de desdichados que intenté a veces hacer vol­ver a la naturaleza, no encontré ni uno solo que no estu­viera embriagado de sus propias miserias. Me escuchaban primero atentamente con la esperanza de que les ayudara a conseguir gloria y fortuna; pero, viendo que tan sólo que­ría enseñarles a prescindir de ellas, me encontraban a mí mismo miserable por no correr en pos de su desdichada fe­licidad: maldecían mi vida solitaria; pretendían que sólo ellos eran útiles a los hombres. Pero si bien me comunico con todo el mundo, no me confío a nadie. Con frecuencia me basto para servirme de lección a mí mismo. Repaso en la quietud presente las agitaciones pasadas de mi propia vida, a las que di tanto valor; las protecciones, la fortuna, la reputación, las voluptuosidades y las opiniones que se combaten en toda la tierra. Comparo a tantos hombres que vi disputarse con furor estas quimeras, y que ya no existen, con las aguas de un río que rompen haciendo es­puma contra las rocas de su cauce y desaparecen para no volver nunca. En cuanto a mí, me dejo arrastrar en paz por el río del tiempo; hacia el océano del futuro que no tiene orillas; y por el espectáculo de las armonías actuales de la naturaleza, me elevo hacia su autor y espero en otro mun­do destinos más felices.

Aunque no se divisen desde mi retiro, situado en medio del bosque, la multitud de objetos que nos presenta la ele­vación del lugar donde estamos, hay emplazamientos de interés, sobre todo para un hombre que, como yo, prefiere entrar en sí mismo a salir hacia fuera. El río que corre de­lante de mi puerta atraviesa los bosques en línea recta, de modo que me ofrece un largo canal sombreado por árboles de todo tipo de follaje: hay tacamacas, bosques de ébano y de los que llaman aquí madera de manzana, madera de oli­va y madera de canela; bosquecillos de palmitos levantan aquí y allá sus columnas desnudas, de más de veinte me­tros de largo, coronadas en sus cimas por un manojo de palmas, y semejaban al elevarse sobre otros árboles a un bosque plantado sobre otro bosque. Se juntan en este lugar bejucos de diversos follajes que, enlazándose de uno a otro árbol, forman aquí arcadas de flores, allí largas cortinas de verdor. Aromáticos olores salen de la mayoría de esos ár­boles, y sus perfumes penetran tanto en la ropa, que puede olerse en este lugar a un hombre que haya atravesado el bosque horas después de haber salido de él. En la época que dan flores, diría usted que están medio cubiertos de nieve. Al final del verano, varias especies de pájaros ex­tranjeros vienen, por un instinto incomprensible, de re­giones desconocidas, más allá de los vastos mares, a reco­ger las semillas de los vegetales de esta isla, y oponen sus colores deslumbrantes al verdor de los árboles oscurecido por el sol. Tal es el caso de, entre otras, diversas especies de cotorras, y de las azulonas, aquí llamadas palomas ho­landesas. Los monos, moradores de estos bosques, jugue­tean en sus sombríos ramajes, de donde destacan por su pe­laje gris y verdoso, y su cara negrísima; algunos se cuelgan del rabo y se columpian en el aire; otros saltan de una rama a otra, llevando a sus hijos en brazos. Nunca el fusil asesi­no asustó a estos apacibles hijos de la naturaleza. Allí se es­cuchan sólo gritos de alegría, gorjeos y cantos desconoci­dos de algunos pájaros australes, repetidos a lo lejos por los ecos de estos bosques. El río que corre a borbotones en un lecho de roca, por entre los árboles, refleja aquí y allá en sus aguas cristalinas las masas venerables de verdor y som­bra, al igual que los juegos de sus felices habitantes: a mil pasos de allí se precipita desde diferentes escalones rocosos y forma al caer un manto de agua liso como el cristal, que se rompe cayendo en borbotones de espuma. Mil ruidos confusos salen de estas tumultuosas aguas y, dispersados por los vientos en el bosque, tan pronto se escapan a lo le­jos, tan pronto se concentran al unísono, y atruenan como los sonidos de las campanas de una catedral. El aire, reno­vado de continuo por el movimiento de las aguas, alimen­ta en las orillas de este río, a pesar del ardor del verano, un verdor y una frescura que rara vez se encuentra en la isla sobre la cima misma de las montañas.

A cierta distancia de allí, hay una peña lo bastante aleja­da de la cascada como para que uno no ensordezca con el ruido de las aguas y lo bastante cercana para gozar de su panorama, su frescor y su murmullo. A veces íbamos cuando hacía bochorno a comer a la sombra de esta peña la señora de La Tour, Margarita, Virginia, Pablo y yo. Como Virginia dirigía siempre al bien ajeno sus acciones, incluso las más corrientes, no comía un fruto en el campo sin que enterrara los huesos o las simientes: «Aparecerán, decía, árboles que den sus frutos a algún viajero o, al me­nos, a un pájaro.» Un día que había comido una papaya al pie de la peña, plantó en el lugar la semilla de esta fruta. Muy poco después crecieron varios papayos, entre los que había una hembra, es decir, que tenía frutos. Ese árbol le llegaba a Virginia a la rodilla en un primer momento; pero como crece rápido, dos años después tenía unos seis me­tros de alto y su tronco estaba coronado de varias filas de frutos maduros. Pablo, que pasaba casualmente por el lu­gar, se llenó de alegría al ver ese gran árbol salido de una semillita que había visto plantar a su amiga; y a la vez le embargó una profunda tristeza por este testimonio de su larga ausencia. Los objetos que vemos habitualmente no hacen que nos demos cuenta de la rapidez de nuestra vida; envejecen con nosotros con una vejez insensible: pero son precisamente ellos, al verlos de golpe tras haberlos perdi­do de vista algunos años, los que nos advierten de la velo­cidad a la que corre el río de nuestros días. Pablo se sor­prendió y turbó tanto ante la visión del gran papayo carga­do de frutos como un viajero que, tras una larga ausencia de su país, ya no encuentra a sus coetáneos y sí a los hijos de éstos, a los que había dejado en el pecho materno, con­vertidos a su vez en padres de familia. Tan pronto quería cortarlo porque le hacía demasiado evidente la duración del tiempo transcurrido tras la marcha de Virginia; tan pronto, considerándolo un monumento de su benevolen­cia, besaba su tronco y le dirigía palabras llenas de amor y nostalgia. ¡Oh árbol, cuya posteridad existe aún en nues­tros bosques, yo mismo lo he contemplado con más inte­rés y veneración que los arcos de triunfo de los romanos! ¡Ojalá la naturaleza, que destruye a diario los monumentos de la ambición de los reyes, multiplique en nuestros bos­ques los de la benevolencia de una pobre muchacha!

Al pie de ese papayo, pues, era donde estaba seguro de encontrar a Pablo cuando venía a mi barrio. Un día lo en­contré allí abrumado por la melancolía y tuve con él una conversación que le voy a relatar, si no le estoy aburriendo demasiado con mis largas digresiones, perdonables por mi edad y mis últimos recuerdos. Se la contaré en forma de diálogo, con el fin de que juzgue la sensatez innata de aquel joven, y le será fácil diferenciar a los interlocutores por el sentido de sus preguntas y el de mis respuestas.

 

Me dijo:

«Estoy muy apenado. La señorita de La Tour se marchó hace dos años y dos meses; y desde hace ocho meses y me­dio no ha dado noticias suyas. Es rica; soy pobre: me ha ol­vidado. Tengo ganas de embarcarme: iré a Francia, me pondré al servicio del rey, haré fortuna; y la tía abuela de la señorita de La Tour me dará a su joven sobrina en matrimonio, cuando me haya convertido en un gran señor.

 

EL ANCIANO

 

¡Oh, amigo mío! ¿no me dijo que no era noble?

 

PABLO

 

Mi madre me lo dijo; porque yo no sé lo que es ser no­ble. Nunca me di cuenta que tenía menos que otro, ni que los otros tenían más que yo.

 

EL ANCIANO

 

No ser noble le cierra en Francia el camino para los al­tos cargos. Es más: ni tan siquiera puede ser admitido en ninguna corporación distinguida.

 

PABLO

 

Me dijo en varias ocasiones que una de las causas de la grandeza de Francia era que el último de los súbditos po­día '.ograrlo todo, y me citó a muchos hombres célebres que, proviniendo de clases humildes, habían honrado a su patria. ¿Quiere, entonces, burlarse de mi arrojo?

 

EL ANCIANO

 

Hijo mío, nunca lo echaré por tierra. Le dije la verdad sobre las épocas pasadas; pero las cosas han cambiado mu­cho ahora: todo se ha hecho venal en Francia; todo es hoy patrimonio de un reducido número de familias o se lo re­parten las corporaciones. El rey es un sol que los grandes y las corporaciones rodean como nubes; es casi imposible que uno de sus rayos nos llegue. Antaño, en una adminis­tración menos complicada, se conocieron estos fenóme­nos. Entonces el talento y el mérito se desarrollaron en to­das partes, como tierras nuevas que, acabadas de roturar, dieron fruto con toda su sustancia. Pero los grandes reyes, que saben conocer a los hombres y escogerlos, escasean. El común de los monarcas sólo se deja llevar por los impulsos de los grandes y de las corporaciones que los rodean.

 

PABLO

 

Pero quizá encuentre uno de esos grandes que me proteja.

 

EL ANCIANO

 

Para ser protegido por los grandes hay que servir a su ambición o a sus placeres. Nunca lo conseguirá, porque usted no es noble y es honrado.

 

PABLO

 

Pero haré actos tan valientes, seré tan fiel a mi palabra, tan cumplidor en mis deberes, tan entregado y constante en mi amistad, que mereceré ser adoptado por alguno de ellos, como he visto que se hacía en las historias antiguas que me ha hecho leer.

 

EL ANCIANO

 

¡Oh, amigo mío! entre los griegos y los romanos, inclu­so en su declive, los grandes respetaban la virtud; pero he­mos tenido un gran número de hombres célebres en todos los campos, provenientes de las clases del pueblo, y no sé de ninguno que haya sido adoptado por una gran casa. La virtud, sin nuestros reyes, estaría condenada en Francia a ser eternamente plebeya. Como ya le he dicho, en algunas ocasiones la honran cuando se dan cuenta de ella; pero hoy los honores que se le reservaban no se conceden ya más que por dinero.

 

PABLO

 

A falta de un grande, buscaré agradar a una corpora­ción. Comulgaré plenamente con su espíritu y opiniones: haré que me estimen.

 

EL ANCIANO

 

¿Hará entonces como los demás hombres, renunciará a su conciencia para alcanzar la fortuna?

 

PABLO

 

¡Oh, no! nunca buscaré más que la verdad.

 

EL ANCIANO

 

En lugar de hacer que le estimen, podrá perfectamente hacerse odiar. Por otra parte, las corporaciones tienen muy poco interés en buscar la verdad. Toda opinión es in­diferente a los ambiciosos mientras gobiernen.

 

PABLO

 

¡Qué desgraciado soy! todo me rechaza. ¡Estoy condena­do a pasarme la vida en un trabajo oscuro, lejos de Virgi­nia! Y suspiró profundamente.

 

EL ANCIANO

 

¡Que Dios sea su único patrón y el género humano su corporación! Esté unido constantemente a uno y a otro. Las familias, las corporaciones, los pueblos, los reyes, tie­nen sus prejuicios y pasiones; a menudo hay que servirles mediante vicios. Dios y el género humano sólo nos piden virtudes.

Pero, ¿por qué quiere distinguirse del resto de los hom­bres? Es un sentimiento que no es natural, ya que, si todos lo tuvieran, todos estarían en guerra con el vecino. Con­téntese de cumplir con sus obligaciones en el estado donde lo puso la Providencia; bendiga su suerte, que le permite tener una conciencia propia, y que no le obliga, como a los grandes, a poner la felicidad en la opinión de los peque­ños, y como a los pequeños a arrastrarse a los pies de los grandes para tener en qué vivir. Se encuentra usted en un país y en una condición en los que, para subsistir, no nece­sita ni engañar, ni alabar, ni envilecerse, como hacen la mayoría de los que buscan fortuna en Europa; en los que su estado no le impide ninguna virtud; en los que puede ser impunemente bueno, sincero, instruido, paciente, tole­rante, casto, indulgente, piadoso, sin que ningún paso en falso venga a marchitar su buen juicio, que todavía está en flor. El cielo le ha dado libertad, salud, la conciencia tran­quila y amigos: los reyes, cuyo favor ambiciona, no son tan afortunados[40].

 

PABLO

 

¡Ah, me falta Virginia! Sin ella no tengo nada; con ella lo tendría todo. Ella sola es mi nobleza, mi gloria y mi for­tuna. Pero ya que, al final, su parienta quiere darle por ma­rido un hombre de gran nombre, con estudio y libros, se hará uno sabio y célebre: voy a estudiar. Adquiriré ciencia; serviré útilmente a mi patria con mis conocimientos, sin dañar a nadie y sin depender de nadie; me haré famoso, y mi gloria no me pertenecerá más que a mí.

 

EL ANCIANO

Hijo mío, el talento es aún más escaso que la nobleza y las riquezas; y sin duda es un bien mayor, ya que nada pue­de quitarlo y en todas partes nos atrae la estima pública; pero cuesta caro. No se adquiere más que con todo tipo de privaciones, con una exquisita sensibilidad que nos hace desdichados por dentro y por fuera, debido a las persecu­ciones de nuestros contemporáneos. El hombre de toga[41] no envidia de ningún modo en Francia la gloria del mili­tar, ni el militar la del hombre de mar; pero todo el mundo le impedirá el paso en este aspecto, porque todo el mundo se las da de ser inteligente. ¿Servirá a los hombres, dice? Pero el que hace que un terreno produzca una espiga más de trigo les hace mayor servicio que quien les da un libro[42].

 

PABLO

 

¡Oh! la que ha plantado ese papayo les ha dado a los ha­bitantes de estos bosques un regalo más útil y cariñoso que si les hubiera dado una biblioteca. -Y a la vez que hablaba cogió el árbol entre sus brazos y lo besó apasionadamente.

 

EL ANCIANO

 

El mejor de los libros, que no predica más que la igual­dad, la amistad, la humanidad y la concordia, el Evange­lio, ha servido durante siglos de pretexto al furor de los eu­ropeos. ¡Cuántas tiranías públicas y privadas se ejercen aún en su nombre en la tierra! Después de esto, ¿quién se jacta­rá de ser útil a los hombres por un libro? Recuerde cuál ha sido la suerte de la mayoría de los filósofos que les han pre­dicado la sensatez. Homero, que la envolvió en versos tan bellos, pedía limosna durante su vida. A Sócrates, que dio a los atenienses lecciones tan estimables de la misma con sus discursos y costumbres, lo envenenaron jurídicamente ellos mismos. Su sublime discípulo Platón fue hecho escla­vo por orden del propio príncipe que lo protegía; y antes que ellos, a Pitágoras, que extendía la humanidad hasta los animales, lo quemaron vivo los crotoniatas[43]. ¿Qué digo? Incluso la mayoría de estos nombres ilustres nos han llega­do desfigurados por algunos rasgos de sátira que los carac­terizan, complaciéndose la ingratitud humana en recono­cerlos bajo esta forma; y si, dentro del conjunto, la gloria de algunos nos ha llegado neta y pura, es que los que los trajeron vivieron lejos de la sociedad de sus contemporá­neos: semejantes a las estatuas que se extraen sin mutila­ciones de los campos de Gracia e Italia y que, por haberlas sepultado en el seno de la tierra, escaparon al furor de los bárbaros.

Ya ve que, para adquirir la tormentosa gloria de las le­tras, es preciso la virtud y estar dispuesto a sacrificar su propia vida. Por otra parte, ¿cree que esta gloria interesa en Francia a los ricos? Se preocupan mucho de los hom­bres de letras, a los que la ciencia no da ni dignidad en la patria, ni gobierno, ni entrada en la corte. Se persiguen po­cas cosas en este siglo indiferente a todo, salvo a la fortuna y a las voluptuosidades; pero ni el saber ni la virtud condu­cen a nada distinguido, porque todo es en el estado el pre­cio del dinero. Antaño encontraban recompensas seguras en los diferentes puestos de la Iglesia, de la Magistratura y de la Administración; hoy no sirven más que para hacer li­bros. Pero este fruto, poco apreciado por la gente munda­na, es siempre digno de su origen celeste. A estos mismos libros se reserva en especial dar resplandor a la virtud os­cura, consolar a los desdichados, iluminar a las naciones y decir la verdad incluso a los reyes. Es, sin discusión, la función más augusta con la que el cielo puede honrar a un mortal en la tierra. ¿Qué hombre no se consuela de la in­justicia o del desprecio de los que disponen de la fortuna cuando piensa que su obra, de siglo en siglo y de nación en nación, servirá de barrera al error y a los tiranos; y que, en el seno de la oscuridad en la que vivió, surgirá una gloria que borrará la de la mayoría de los reyes, cuyos monumen­tos perecen en el olvido, a pesar de los aduladores que los ensalzan y alaban?

 

PABLO

 

¡Ah! sólo quisiera esta gloria para extenderla sobre Vir­ginia, y hacerla querida al universo. Pero usted que sabe tanto, dígame si nos casaremos. Quisiera ser sabio, al me­nos para conocer el futuro.

 

EL ANCIANO

 

¿Quién querría vivir, hijo, si conociera el futuro? ¡Una sola desgracia anunciada nos da tantas inquietudes vanas! La vista de una desdicha segura envenenaría los días que la precedieran. Ni tan siquiera hay que profundizar demasia­do en lo que nos rodea; y el cielo, que nos dio la reflexión para prever nuestras necesidades, nos dio las necesidades para poner límites a nuestra reflexión

 

PABLO

 

Con dinero, dice, se adquieren en Europa dignidades y honores. Iré a enriquecerme a Bengala para casarme luego con Virginia en París. Voy a embarcarme.

 

EL ANCIANO

 

¿Qué? ¿Abandonaría a la madre de ella y a la de usted?

 

PABLO

 

Usted mismo me aconsejó ir a la India.

 

EL ANCIANO

 

Virginia estaba aquí entonces. Pero usted es ahora el único apoyo de las dos madres.

 

PABLO

 

Virginia las beneficiará por su rica parienta.

 

EL ANCIANO

 

Los ricos no benefician casi más que a los que les hacen honores en el mundo. Tienen parientes más dignos de compasión que la señora de La Tour, que, a falta de que los socorran, sacrifican su libertad para tener pan y se pa­san la vida encerrados en los conventos.

 

PABLO

 

¡Qué país, Europa! ¡Oh! Virginia debe volver aquí. ¿Qué necesidad tiene de una parienta rica? Estaba tan con­tenta bajo estas cabañas, tan bonita y engalanada con un pañuelo rojo o flores alrededor de su cabeza. ¡Vuelve, Vir­ginia! Deja tus mansiones y grandezas. Vuelve a estos ris­cos, a la sombra de estos bosques y de nuestros cocoteros. ¡Ay! ¡Quizás ahora eres desgraciada!... -Y se puso a llorar-. Abuelo, no me oculte nada: si no puede decirme si me ca­saré con Virginia, al menos dígame si me quiere todavía, en medio de esos grandes señores que hablan al rey y van a verla. .

 

EL ANCIANO

 

¡Oh, amigo! estoy seguro de que lo ama a usted por va­rias razones, pero sobre todo porque es virtuosa. -Al oír estas palabras, saltó a mi cuello, llevado por la alegría.

 

PABLO

 

¿Pero cree a las mujeres de Europa falsas como se las re­presenta en las comedias y libros que me ha prestado?

 

EL ANCIANO

 

Las mujeres son falsas en el país en que los hombres son tiranos. En todas partes la violencia produce la astucia.

 

PABLO

 

¿Cómo se puede ser tirano de las mujeres?

 

EL ANCIANO

 

Casándose con ellas sin consultarles, una joven con un viejo, una mujer sensible con un hombre insensible.

 

PABLO

 

¿Por qué no casar a los que se convienen, los jóvenes con los jóvenes, los que las aman con las que los aman?

 

EL ANCIANO

 

Es que la mayoría de los jóvenes en Francia no tiene la fortuna suficiente para casarse, y sólo la consiguen cuando envejecen. De jóvenes, corrompen a las mujeres de sus ve­cinos; de viejos, no pueden retener el cariño de sus espo­sas. Engañaron siendo jóvenes; los engañan, a su vez, sien­do viejos. Es una de las reacciones de la justicia universal que gobierna el mundo. Un exceso contrapesa siempre otro exceso. Así, la mayoría de los europeos se pasa la vida en este doble desorden, y ese desorden aumenta en una so­ciedad a medida que las riquezas se acumulan en un míni­mo número de cabezas. El estado se parece a un jardín en el que los arbolitos no pueden crecer si hay otros demasia­do grandes que les hacen sombra; pero, a diferencia de que la belleza de un jardín puede resultar de un pequeño núme­ro de grandes árboles, la prosperidad de un estado depende siempre de la multitud e igualdad de los súbditos, y no de un pequeño número de ricos[44].

 

PABLO

 

Pero, ¿qué necesidad hay de ser rico para casarse?

 

EL ANCIANO

 

Para pasarse los días en la abundancia sin necesidad de hacer nada.

 

PABLO

 

¿Y por qué no trabajar? Yo trabajo mucho.

 

EL ANCIANO

 

Es que en Europa el trabajo con las manos deshonra. Lo llaman trabajo mecánico. Incluso el de trabajar la tierra es el más despreciado de todos. Allí se estima mucho más a un artesano que a un campesino.

 

PABLO

 

¿Qué? ¡El arte que alimenta a los hombres es desprecia­do en Europa! No lo entiendo.

 

EL ANCIANO

 

¡Oh! es imposible para un hombre criado en la naturale­za hacerle comprender las depravaciones de la sociedad. Uno se hace una idea precisa del orden, pero no del desor­den. La belleza, la virtud, la felicidad tienen proporciones; la fealdad, el vicio, la desdicha, ninguna.

 

PABLO

 

¡Los ricos son, sin embargo, muy felices! No encuentran obstáculos para nada; pueden colmar de placeres a los ob­jetos que aman.

 

EL ANCIANO

 

La mayoría están hartos de todos los placeres, y eso por­que no les cuestan ningún esfuerzo. ¿No ha experimenta­do que el placer del reposo se compra con la fatiga; el de comer con el hambre; el de beber con la sed? ¡Pues bien! el de amar y ser amado solamente se adquiere con gran canti­dad de privaciones y sacrificios. Las riquezas quitan a los ricos todos esos placeres previniendo sus necesidades. Una usted al hastío que sigue tras haberlos saciado el orgullo que nace de su opulencia, y que la menor privación hiere aun cuando los mayores deleites ya no lo satisfagan. El perfume de mil rosas tan sólo agrada un momento, pero el dolor que causa una sola de sus espinas dura largo tiempo tras pincharse uno con ella.

Un mal en medio de los placeres es para los ricos una es­pina en medio de las flores. Para los pobres, al contrario, un placer en medio de los males es una flor en medio de las espinas, saborean con intensidad el placer. Todo efecto au­menta por su contraste. La naturaleza lo ha sopesado todo. ¿Qué estado, después de todo, cree preferible, no tener casi nada que esperar y todo que temer, o casi nada que temer y todo que esperar? El primer estado es el de los ricos y el se­gundo, el de los pobres. Pero estos extremos les son igual­mente difíciles de soportar a los hombres cuya dicha con­siste en la medianía y la virtud.

 

PABLO

 

¿Qué entiende por virtud?

 

EL ANCIANO

 

¡Hijo mío! Usted que mantiene a sus parientes con su trabajo, no necesita que se la defina. La virtud es un esfuer­zo realizado en nosotros mismos para el bien ajeno con la intención de agradar a Dios.

 

PABLO

 

¡Oh, qué virtuosa es Virginia! Por virtud es por lo que quiso ser rica con el fin de hacer el bien. Por virtud es por lo que se fue de esta isla: la virtud la volverá a traer.»

Cuando la idea del próximo retorno iluminaba la imagi­nación, se desvanecían todas sus preocupaciones. Virginia no había escrito porque iba a llegar. ¡Hacía falta tan poco tiempo para volver de Europa con viento favorable! Enume­raba los barcos que habían realizado ese trayecto de cuatro mil quinientas leguas en menos de tres meses. El velero en el que se había embarcado no emplearía más de dos: ¡los constructores eran hoy tan sabios y los marineros tan há­biles! Hablaba de los arreglos que iba a hacer para recibir­la, del nuevo alojamiento que construiría, de los placeres y sorpresas que cada día le iba a preparar cuando fuera su mujer. ¡Su mujer!... esta idea le encantaba. «Al menos, pa­dre, me decía, usted ya no hará nada salvo lo que le apetez­ca. Al ser rica Virginia, tendremos muchos negros que tra­bajarán para usted. Estará siempre con nosotros, sin otra preocupación que la de divertirse y regocijarse.» E iba, fue­ra de sí, a llevar a su familia la alegría que lo embar­gaba.

En poco tiempo los grandes temores sucedieron a las grandes esperanzas. Las pasiones violentas sumen siempre al alma en las situaciones límite opuestas. A menudo, ya al día siguiente, Pablo volvía a verme, abatido por la tristeza. Me decía: «Virginia no me escribe. Si hubiera dejado Eu­ropa, me habría comunicado su marcha. ¡Ah! Los rumores que han circulado sobre ella están de sobra bien fundados. Su tía la ha casado con un gran señor. El amor por las ri­quezas la ha perdido como a tantas otras. En esos libros que retratan tan bien a las mujeres, la virtud no es más que un tema de novela. Si Virginia hubiera sido virtuosa, no nos habría dejado ni a su madre ni a mí. Mientras que yo me paso la vida pensando en ella, ella me olvida. Me aflijo y se divierte. ¡Ah!, me desespera pensarlo. Toda ocupación me desagrada, toda compañía me aburre. ¡Ojalá se declara­ra la guerra en la India! Iría a morir allí.»

«Hijo, le dije, el valor que nos arroja a la muerte, tan sólo es el valor de un momento. Con frecuencia lo excitan los vanos aplausos de los hombres. Hay uno más escaso y necesario que nos hace soportar cada día, sin testigo ni elogio, los reveses de la vida; es la paciencia. Se apoya ésta no en la opinión ajena o en el impulso de nuestras pasio­nes, sino en la voluntad de Dios. La paciencia es el valor de la virtud.»

«¡Ah, exclamó, no soy, pues, virtuoso! Todo me abate y desespera.» «La virtud, continué, siempre igual, constante, invariable, no es patrimonio del hombre. En medio de tantas pasiones que nos agitan, nuestra razón se enturbia y oscurece; pero hay faros donde podemos reavivar la llama: son las letras.

Las letras, hijo, son un auxilio del cielo. Son rayos de esta sabiduría que gobierna el universo, que el hombre, inspirado por un arte celeste, ha aprendido a fijar en la tie­rra. Semejantes a los rayos del sol, iluminan, regocijan, ca­lientan; es un fuego divino. Como el fuego, acomodan toda la naturaleza a nuestro uso. Por ella reunimos en tor­no nuestro las cosas, los lugares, los hombres y las épocas. Son ellas las que nos llaman a las reglas de la vida humana. Calman nuestras pasiones; reprimen los vicios; enardecen las virtudes por los ejemplos augustos de las gentes de bien que celebran, y cuyas imágenes nos presentan siempre cu­biertas de honores. Son hijas del cielo que bajan a la tierra para aliviar los males de la raza humana. Los grandes es­critores que inspiran han aparecido siempre en los tiem­pos más difíciles de soportar, para toda sociedad, los tiem­pos de barbarie y de depravación. Hijo mío, las letras con­solaron a una infinidad de hombres más desdichados que usted. Jenofonte[45], exiliado de su patria tras haber llevado a ella diez mil griegos; Escipión el Africano[46], harto de las calumnias de los romanos; Lúculo[47] de sus intrigas; Cati­nat[48], de la ingratitud de su corte. Los griegos, tan inteli­gentes, habían repartido a cada Musa que presidía las le­tras una parte de nuestro entendimiento para gobernarlo: debemos concederles, por tanto, que rijan nuestras pasio­nes a fin de que les impongan yugo y freno. Deben cum­plir, en relación con las potencias de nuestra alma, las mis­mas funciones que las Horas que enganchaban y condu­cían los caballos del Sol.

Lea, pues, hijo. Los sabios que escribieron antes que no­sotros son viajeros que nos precedieron en los caminos del infortunio, que nos tienden la mano y nos invitan a unir­nos a su compañía cuando todo nos abandona. Un buen li­bro es un buen amigo.»

«¡Ah!, exclamaba Pablo, no necesitaba saber leer cuando Virginia estaba aquí. Ella no había estudiado más que yo, pero cuando me miraba llamándome su amigo, me era im­posible tener pena.»

«Sin duda, le decía, ningún amigo es tan agradable como una amada que nos ama. Hay además en la mujer una alegría ligera que disipa la tristeza del hombre. Sus gracias hacen que se desvanezcan los negros fantasmas de la reflexión. En su rostro están los más dulces atractivos y la confianza. ¿Qué alegría no se hace más intensa por su alegría? ¿En qué frente no desaparecen las arrugas cuando sonríe? ¿Qué cólera resiste a sus lágrimas? Virginia volve­rá con más sabiduría de la que usted tiene. Se sorprenderá mucho por no encontrar el jardín totalmente arreglado, ella que no piensa más que en embellecerlo, a pesar de las persecuciones de su parienta, lejos de su madre y de usted.»

La idea del pronto retorno de Virginia reavivaba la energía de Pablo y lo devolvía a sus ocupaciones campes­tres. ¡Estaba feliz en medio de las penas para dar a su traba­jo un fin que agradaba a su pasión!

Una mañana, al despuntar el día (era el 24 de diciembre de 1744), Pablo, cuando se levantaba, divisó un pabellón blanco enarbolado sobre la Montaña del Descubrimiento. Ese pabellón era la señal de un velero que se veía en el mar. Pablo corrió a la ciudad para saber si traía noticias de Virginia. Se quedó hasta que volvió el lemán[49], que había embarcado para ir a reconocerlo, según era costumbre. El hombre no vino hasta la noche. Informó al gobernador que el navío, que se había dado a conocer, era el San Ge­rando[50], de setecientas toneladas, comandado por un capi­tán llamado señor Aubin; que estaba a cuatro leguas mar adentro, y que no fondearía en Puerto Luis hasta el día si­guiente por la tarde, si el viento le era favorable. En aquel momento no hacía nada de viento. El lemán remitió al go­bernador las cartas que ese velero traía de Francia. Había una para la señora de La Tour con letra de Virginia. Pablo la cogió al momento, la besó con pasión, se la guardó en el pecho y corrió a la propiedad. Desde lo más lejos que pudo divisar a la familia, que esperaba su vuelta en la peña del Adiós, levantó la carta en el aire sin poder hablar; y de in­mediato todo el mundo se reunió en casa de la señora de La Tour para escuchar su lectura. Virginia comunicaba a su madre que su tía había usado malas artes con ella, que­riendo desposarla a su pesar, desheredándola luego, y por último devolviéndola en una época que sólo le permitía llegar a la Isla de Francia en la estación de los huracanes; que había intentado en vano hacerla ceder, mostrándole lo que debía a su madre y a los hábitos de la infancia, que se la había tratado de muchacha insensata con el juicio echa­do a perder por las novelas; que ahora sólo era sensible a la felicidad de volver a ver y a abrazar a su querida familia, y que habría satisfecho este ardiente deseo en el mismo día, si el capitán le hubiera permitido embarcarse en la chalupa del lemán; pero que se había opuesto a su marcha a causa de la lejanía del puerto y del inmenso mar que se extendía frente a ellos, aun cuando los vientos estaban en calma.

Apenas se leyó la carta, toda la familia, llevada por la alegría, exclamó: «¡Virginia ha llegado!». Ama y criados, todos se abrazaron. La señora de la Tour dijo a Pablo: «Hijo mío, vaya a avisar a nuestro vecino de la llegada de Virginia.» Al momento Domingo encendió una antorcha de madera de ronda y Pablo y él se encaminaron hacia mi propiedad.

Quizá fueran las diez de la noche. Acababa de apagar mi lámpara y acostarme cuando divisé a través del vallado de mi cabaña una luz en los bosques. Poco después oí la voz de Pablo que me llamaba. Me levanto, y apenas me había vestido cuando Pablo, fuera de sí y sin aliento, me salta al cuello diciéndome: «Vamos, vamos; Virginia ha llegado. Vayamos al puerto, el velero atracará al despuntar el día.»

Inmediatamente nos pusimos en marcha. Cuando atra­vesábamos los bosques de la Montaña Larga y ya estába­mos en el camino que lleva de los Toronjos al puerto, oí que alguien caminaba tras nosotros. Era un negro que avanzaba a grandes pasos. En cuanto llegó a nosotros le pregunté de dónde venía y a dónde iba con tanta prisa. Me respondió: «Vengo del barrio llamado la Arena de Oro; me envían al puerto para avisar al gobernador de que un velero de Francia ha encallado en la isla de Ambar. Lanza cañonazos para pedir auxilio, porque el mar está en muy mal estado.» Tras decir estas palabras, el hombre siguió su camino sin pararse más.

Le dije entonces a Pablo: «Vayamos hacia el barrio de la Arena de Oro, enfrente de Virginia; sólo está a tres leguas de aquí.» Nos dirigimos, por tanto, hacia el norte de la isla. Hacía un calor sofocante. La luna estaba en lo alto; se veían a su alrededor tres círculos negros. El cielo estaba te­rriblemente oscuro. Se distinguían, iluminados por el fre­cuente resplandor de los rayos, largas filas de espesas nu­bes, sombrías, poco altas, que se amontonaban hacia el medio de la isla, y venían del mar a gran velocidad, aun­que no se sintiera en tierra el más mínimo viento. Por el camino creímos oír tronar; pero después de escuchar con atención, vimos que eran cañonazos lejanos, repetidos por los ecos. Estos cañonazos lejanos, junto con el aspecto de un cielo tormentoso, me hicieron estremecer. No pude dudar de que fueran las señales de peligro de un barco en situación desesperada. Media hora después ya no escucha­mos disparar; y ese silencio me pareció todavía más espan­toso que el ruido lúgubre que lo había precedido.

Nos apresurábamos en acercarnos sin decir palabra, y sin atrevernos a compartir nuestras preocupaciones. Hacia la media noche llegamos sudorosos a orillas del mar, en el barrio de la Arena de Oro. Las olas rompían con un ruido espantoso; cubrían los arrecifes y la arena con una espuma de un blanco resplandeciente y con chispas de fuego. A pe­sar de la oscuridad pudimos divisar, con estas luces fosfo­rescentes, las piraguas de los pescadores, muy adelantadas en la arena.

A cierta distancia de allí vimos, a la entrada del bosque, una hoguera alrededor de la cual varios habitantes se ha­bían reunido. Fuimos allí para descansar a la espera de que se hiciera de día. Mientras estábamos sentados cerca del fuego, uno de los habitantes nos contó que por la tarde ha­bía visto un velero en pleno mar llevado contra la isla por las corrientes; que la noche había hecho que lo perdiera de vista; que dos horas después del anochecer lo había oído lanzar cañonazos para pedir auxilio, pero que el mar esta­ba en tan mal estado que no habían podido enviar ningún barco para ir en su ayuda; que muy poco después había creído divisar sus fanales encendidos y que en ese caso te­mía que el velero, que se había acercado tanto a la orilla, hubiera pasado entre la tierra y la islita de Ambar, tomán­dola por el Rincón de Mira, cerca del que pasan los barcos que llegan a Puerto Luis; que si eso era así, lo que, sin em­bargo, no podía afirmar, el barco corría el mayor peligro. Otro habitante tomó la palabra, y nos dijo que había atra­vesado en diversas ocasiones el canal que separa la isla de Ambar de la costa; que su fondo y ancladero eran muy buenos y que el velero estaba allí a seguro como en el me­jor puerto: «Pondría en este lugar toda mi fortuna, añadió, y dormiría tan tranquilamente como en tierra.» Un tercer habitante dijo que era imposible que este barco pudiera en­trar en el canal donde apenas unas chalupas podían nave­gar. Aseguró haberlo visto fondear más allá de la isla de Ambar, de suerte que si el viento llegaba a levantarse por la mañana, estaría en condiciones de lanzarse más adentro o de ganar el puerto. Otros pobladores manifestaron otras opiniones. Mientras se contestaban entre sí, según la cos­tumbre de los criollos ociosos, Pablo y yo guardábamos un profundo silencio. Nos quedamos allí hasta nada más des­puntar el día: pero había demasiada poca claridad para po­der distinguir algún objeto en el mar, que además estaba cubierto de bruma: no atisbamos mar adentro más que una nube sombría, que nos dijeron era la isla de Ambar, situa­da a un cuarto de legua de la costa. Sólo se divisaba en esta luz tenebrosa la punta de la orilla donde nos encontrába­mos y algunas crestas de las montañas del interior de la isla, que asomaban de vez en cuando en medio de las nubes que circulaban alrededor.

Hacia las siete de la mañana oímos en los bosques un ruido de tambores; se trataba del gobernador, el señor de La Bourdonnais, que llegaba a caballo, seguido de un des­tacamento de soldados con fusiles, y de un gran número de habitantes y negros. Colocó a sus soldados en la orilla y les ordenó disparar a la vez. Apenas descargaron, divisamos en el mar un resplandor, seguido casi de inmediato de un cañonazo. Juzgamos que el velero estaba a poca distancia de nosotros y corrimos todos del lado donde vimos su se­ñal. Atisbamos entonces, entre la niebla, el cuerpo y las vergas de un gran velero. Estábamos tan cerca de él que, a pesar del ruido de las olas, escuchamos el silbido del con­tramaestre que llevaba la operación y los gritos de los ma­rineros que exclamaban a la vez ¡VIVA EL REY!, porque es el grito de los franceses, tanto en los peligros extremos, como en las grandes alegrías, como si en las situaciones de peligro pidieran auxilio a su príncipe o como si quisieran testimoniar en esos momentos que están dispuestos a mo­rir por él.

Desde el momento en que el San Gerando se dio cuenta que estaba en nuestras manos socorrerlo, no paró de caño­near cada tres minutos. El señor de La Bourdonnais hizo encender hogueras en la arena a igual distancia y envió a casa de todos los pobladores de la vecindad para buscar ví­veres, tablas, maromas y toneles vacíos. Pronto se vio lle­gar una muchedumbre, acompañada de sus negros carga­dos con provisiones y aparejos, provenientes de las propie­dades de Arena de Oro, del barrio de Flacque y del río de la Muralla. Un poblador de los más antiguos se acercó al gobernador y le dijo: «Señor, hemos oído toda la noche unos ruidos sordos en la montaña; en los bosques, las hojas de los árboles se mueven sin que haga viento, los pájaros marinos se refugian en tierra: ciertamente, todos esos sig­nos anuncian el huracán.» «¡Y bien!; amigos, respondió el gobernador, estamos preparados y seguramente el barco lo está también.»

En efecto, todo presagiaba la llegada inmediata de un huracán. Las nubes que se distinguían en el cenit eran en su centro de un terrible color negro y cobrizo en sus bor­des. El aire retumbaba con los gritos de rabos de junco, fregatas, picotijeras y una multitud de aves marinas que, a pesar de la oscuridad de la atmósfera, venían de todos los puntos del horizonte a buscar refugios en la isla.

Hacia las nueve de la mañana se oyeron del lado del mar unos ruidos espantosos, como si torrentes de agua, mezcla­dos con truenos, hubieran rodado desde lo alto de las montañas. Todo el mundo exclamó: «¡Ya está aquí el hu­racán!» y en un momento un terrible remolino de viento levantó la bruma que cubría la isla de Ambar y su canal. El San Gerando apareció entonces a la vista con la cubierta cargada de gente, sus vergas y su mastelero de gavia[51] lle­vados hacia la tilla, su pabellón a media asta, cuatro cables en la proa y uno de retenida en la popa. Estaba fondeado entre la isla de Ambar y la tierra, más acá que el cinturón de arrecifes que rodea la Isla de Francia y que había fran­queado por un lugar donde jamás ningún barco lo había hecho antes de él. Ofrecía su parte delantera a las olas que venían de alta mar y, a cada golpe de agua que se internaba en el canal, se levantaba toda la proa, de suerte que se veía su obra viva en el aire; pero en ese movimiento la popa, llegando a adentrarse en el agua, desaparecía de vista hasta la parte más alta, como si hubiera sido sumergida. En esta posición en la que el viento y el mar lo arrojaban contra la tierra, le era tan imposible irse por donde había venido, como, cortando amarras, encallar en la orilla, de la que lo separaban grandes profundidades. Cada ola que venía a romperse avanzaba bramando hasta el fondo de las ense­nadas y arrojaba guijarros a más de cincuenta pies tierra adentro; luego, en la retirada, descubría una gran parte del lecho de la orilla, cuyos cantos hacía rodar con un sonido ronco y espantoso; el mar, levantada por el viento, aumen­taba de volumen a cada momento ,y todo el canal com­prendido entre esta isla y la isla de Ambar no era más que una vasta capa de espumas blancas, perforadas de olas ne­gras y profundas. Estas espumas se iban amontonando en el fondo de las ensenadas a más de seis pies de altura, y el viento, que barría su superficie, las llevaba por encima de la escarpadura de la orilla a más de media legua tierra adentro. El horizonte presentaba todos los signos de una larga tempestad; el mar parecía confundirse allí con el cie­lo. Se destacaban de él sin parar nubes de una forma horri­ble que atravesaban el cenit a la velocidad de los pájaros, mientras que otras parecían inmóviles como grandes pe­ñascos. No se percibía en el firmamento ninguna parte azulada; un resplandor oliváceo y mortecino iluminaba únicamente todos los objetos de la tierra, del mar y de los cielos.

En los bamboleos del barco, ocurrió lo que se estaba te­miendo. Los cables de su proa se rompieron, y como no lo sujetaba más que una sola guindaleza, fue arrojado contra las rocas aproximadamente a medio cable de la orilla. Eso desencadenó un grito de horror entre nosotros. Pablo iba a lanzarse al mar, cuando lo cogí por el brazo. «Hijo, le dije, ¿quiere perecer?» -¡Iré en su ayuda, gritó; o que me mue­ra! Como la desesperación le quitaba la razón, para evitar que se perdiera, Domingo y yo le atamos a la cintura una larga cuerda de la que cogimos uno de los extremos. Pablo entonces se adelanto hacia el San Gerando, unas veces na­dando, otras andando por los arrecifes. En ocasiones tenía la esperanza de subirse a él, porque el mar, en sus movi­mientos irregulares, se retiraba casi por completo del bar­co, de modo que se le podía rodear a pie; pero al momento, volviendo sobre sus pasos con furia renovada, lo cubría con enormes bóvedas de agua que levantaban toda la de­lantera de su obra viva, y mandaban lejísimos contra la orilla al desdichado Pablo, con las piernas ensangrentadas, el pecho con magulladuras y medio ahogado. Apenas el jo­ven había recuperado el sentido se volvía a levantar con nuevo ardor hacia el navío que, sin embargo, el mar iba entreabriendo con horribles sacudidas. Toda la tripula­ción, ya sin esperanzas de salvación, se precipitaba en masa al mar sobre vergas, planchas, jaulas de gallinas, me­sas y toneles. Se vio en aquel momento un objeto digno de eterna piedad: una joven señorita apareció en la galería de la popa del San Gerando, extendiendo los brazos hacia el que estaba haciendo tantos esfuerzos por unirse a ella. Era Virginia. Había reconocido a su enamorado por su intre­pidez. La visión de esta encantadora persona, expuesta a un peligro tan terrible, nos llenó de dolor y desesperación. Virginia, por su parte, con porte distinguido y aplomo, nos saludaba con la mano como diciéndonos un adiós para siempre. Todos los marineros se habían arrojado al mar. Sólo quedaba uno en cubierta, completamente desnudo y fibroso como Hércules. Se acercó respetuosamente a Vir­ginia: lo vimos echarse a sus rodillas e incluso esforzarse en quitarle la ropa; pero ella, rechazándolo con dignidad, apartó sus ojos de él.

De inmediato se escucharon con más fuerza estos gritos de los que presenciaban la escena: «Sálvela, sálvela; no la deje.» Pero en aquel momento una montaña de agua de es­pantosas dimensiones se internó entre la isla de Ambar y la costa y avanzó bramando hacia el navío, amenazándolo con sus flancos negros y sus cumbres espumosas. Ante esto el marinero se lanzó solo al mar; y Virginia, al ver su muerte inevitable, con una mano en su vestido y otra en el corazón, y levantando a lo alto unos ojos llenos de sereni­dad, pareció un ángel que emprende el vuelo hacia el fir­mamento[52].

¡Oh, día espantoso! ¡Oh, lástima! Todo fue sepultado. Las olas arrojaron muy adelante, tierra adentro, a una par­te de los espectadores a los que un impulso humanitario había llevado hacia Virginia, así como, a nado, al marine­ro que había querido salvarla. Este hombre, que había es­capado a una muerte casi segura, se arrodilló en la arena diciendo: «¡Oh Dios mío! me habéis salvado la vida; pero os la habría dado de buena gana a cambio de la de esta dig­na señorita que no quiso nunca desvestirse como yo lo hice.» Domingo y yo retiramos de las aguas sin conoci­miento al desdichado Pablo, echando sangre por la boca y por los oídos. El gobernador lo puso en manos de los ciru­anos y por nuestra parte buscamos a lo largo de la orilla por si el mar llevaba allí el cuerpo de Virginia; pero al cambiar de dirección súbitamente el viento, como suele ocurrir en los huracanes, nos apenó pensar que ni tan si­quiera podríamos dar a la desdichada muchacha honras fúnebres. Nos alejamos del lugar, sumidos en la consterna­ción, con todo nuestro espíritu golpeado por una sola pér­dida, en un naufragio en el que había perecido un gran nú­mero de personas, dudando la mayoría, tras un fin tan fu­nesto para una muchacha tan virtuosa, de que existiera una Providencia; porque hay males tan terribles y tan poco merecidos, que incluso la esperanza del sabio se que­branta.

Entretanto se había llevado a Pablo, que comenzaba a recuperar sus fuerzas, a una casa vecina, hasta que estuvo en condiciones de ser conducido a su propiedad.

En cuanto a mí, me volví con Domingo, con el fin de preparar a la madre de Virginia y a su amiga para el desas­troso suceso. Caundo estuvimos en la entrada del vallejo del río de los Latanios, unos negros nos dijeron que el mar estaba arrojando muchos restos del navío en la bahía que quedaba enfrente. Bajamos al lugar; y uno de los primeros objetos que divisé en la orilla fue el cuerpo de Virginia. La mitad de su cuerpo estaba cubierto de arena, en la actitud en que la habíamos visto perecer. Sus rasgos no estaban en modo alguno alterados. Sus ojos estaban cerrados, pero la serenidad aún permanecía en su frente; tan sólo las pálidas violetas de la muerte se confundían en sus mejillas con las rosas del pudor. Una de sus manos se posaba en su ropa y la otra, que apoyaba en su corazón, estaba fuertemente ce­rrada y rígida. Saqué de entre ella, con esfuerzo, una cajita; pero ¡cuál fue mi sorpresa cuando vi que se trataba del re­trato de Pablo, que ella le prometió no abandonar nunca mientras viviese! Ante este último rasgo de la constancia y el amor de la desdichada muchacha lloré amargamente. Domingo, por su parte, se golpeaba el pecho y traspasaba el aire con sus dolorosos gritos. Llevamos el cuerpo de Virginia a una cabaña de pescadores, donde la entregamos para que se ocuparan de él a unas pobres mujeres malaba­res[53], quienes se cuidaron de lavarlo.

Mientras realizaban el triste servicio, subimos temblan­do a la habitación. Allí encontramos en oración a la seño­ra de La Tour y a Margarita, a la espera de noticias del bar­co. Nada más vislumbrarme la señora de La Tour excla­mó: ¿Dónde está mi hija, mi querida hija, mi niña? No pu­diendo ya dudar de su desgracia al ver mi silencio y mis lá­grimas, fue presa de sofocos y angustias dolorosas; su voz no dejaba ya oír más que suspiros y sollozos... Margarita gritó: «¿Dónde está mi hijo? No veo a mi hijo»; y se desva­neció. Corrimos hacia ella; y tras hacerle recuperar el sen­tido, le aseguré que Pablo estaba vivo, y que el gobernador se ocupaba de él. No recuperó el sentido más que para ocu­parse de su amiga que de vez en cuando volvía a sufrir lar­gos desmayos; y durante mucho tiempo he considerado que ningún dolor igualaba al dolor materno. Cuando recu­peraba el conocimiento, dirigía al cielo unas miradas pe­netrantes y tristes. En vano su amiga y yo apretábamos sus manos en las nuestras, en vano la llamábamos con los nombres más tiernos; parecía insensible a aquellos testi­monios de nuestro antiguo cariño, y sólo le salían del pe­cho jadeante sordos gemidos.

En cuanto se hizo de día trajeron a Pablo acostado en un palanquín. Había recuperado el sentido; pero no podía pronunciar palabra. La entrevista con su madre y la señora de La Tour, que al principio temí, produjo un efecto mejor que todas las atenciones que yo le había prestado hasta en­tonces. Un rayo de consolación apareció en el rostro de aquellas dos desventuradas madres. Ambas se pusieron a su lado, lo tomaron en sus brazos, lo besaron; y sus lágri­mas, que se habían retenido hasta aquel momento por ex­ceso de pena, comenzaron a correr. Pablo pronto mezcló con ellas las suyas. Tras haberse calmado así la naturaleza en esos tres infortunados, un largo adormecimiento suce­dió al estado convulsivo de su dolor, y les procuró un re­poso letárgico parecido, en verdad, al de la muerte.

El señor de La Bourdonnais envió a que me avisaran se­cretamente de que el cuerpo de Virginia había sido traído a la isla por orden suya, y que de allí la iban a llevar a la iglesia de los Toronjos. Bajé de inmediato a Puerto Luis, donde encontré a los habitantes de todos los barrios reuni­dos para asistir a su funeral, como si la isla hubiera perdido en ello lo que tenía de más querido. En el puerto los na­víos tenían sus vergas cruzadas. Sus banderas a media asta, y lanzaban cañonazos a largos intervalos. Unos granaderos abrían la marcha del séquito; llevaban los fusiles bajados. Sus tambores, cubiertos con largos crespones, sólo dejaban escuchar sonidos lúgubres y se podía ver el abatimiento pintado en los rasgos de aquellos guerreros que tantas ve­ces habían afrontado la muerte en los combates sin mudar el rostro. Ocho jóvenes señoritas de las más notables de la isla, vestidas de blanco, y con unas palmas en la mano, lle­vaban el cuerpo de su virtuosa compañera, cubierto de flo­res. Un coro de chiquillos lo seguía entonando himnos: tras ellos venía todo lo que la isla tenía de más distinguido entre sus habitantes y en su Estado Mayor, al que seguía el gobernador y después de él la muchedumbre del pueblo.

Esto es lo que la administración había ordenado para rendir algunos honores a la virtud de Virginia. Pero cuan­do su cuerpo llegó al pie de esa montaña, ante la visión de estas mismas cabañas de las que había hecho la felicidad por tanto tiempo, y que ahora su muerte llenaba de deses­peración, toda la pompa fúnebre se turbó: los himnos y cantos cesaron; no se oyeron en la llanura más que suspi­ros y sollozos. Se pudo ver entonces a grupos de mucha­chas de las propiedades vecinas acudir para que pañuelos, rosarios y coronas de flores tocaran el ataúd de Virginia, a la vez que la invocaban como a una santa. Las madres pe­dían a Dios una hija como ella; los muchachos, unas amadas tan constantes, los pobres una amiga tan tierna; los es­clavos un ama tan buena.

Cuando llegó al lugar de su sepultura, negras de Mada­gascar y cafres[54] de Mozambique pusieron alrededor cestas de fruta y colgaron trozos de telas de los árboles vecinos, según la costumbre de su país; indias de Bengala y de la costa Malabar llevaron jaulas llenas de pájaros, a los que dieron libertad sobre su cuerpo: ¡tanto la pérdida de un ob­jeto digno de amor interesa a todas las naciones, y tan grande es el poder de la virtud desdichada, pues reúne a to­das las religiones alrededor de su tumba!

Hubo que poner guardianes junto a su fosa, y separar de allí a algunas hijas de habitantes pobres, que querían lan­zarse dentro a todo trance, diciendo que ya no tenían con­suelo en el mundo y no les quedaba más que morir con la que había sido su bienhechora.

Se la enterró cerca de la iglesia de los Toronjos, en su lado occidental, al pie de una mata de bambús, donde, al venir a misa con su madre y Margarita, le gustaba des­cansar sentada al lado del que llamaba entonces su her­mano.

A la vuelta de las pompas fúnebres, el señor de La Bour­donnais subió aquí, seguido por una parte de su numeroso cortejo. Ofreció a la señora de La Tour y a su amiga toda la ayuda que de él dependiera. Se expresó en pocas palabras pero con indignación contra su desnaturalizada tía; y, acercándose a Pablo, le dijo todo lo que le pareció apropia­do para consolarlo. «Yo deseaba, le comunicó, su dicha y la de su familia; Dios es testigo de ello. Amigo, hay que ir a Francia; le encontraré allí una ocupación. En su ausencia, cuidaré de su madre como de la mía»; y al mismo tiempo le ofreció la mano; Pablo retiró la suya y volvió la cabeza para no verlo.

En cuanto a mí, permanecí en la propiedad de mis des­dichadas amigas, para prestarles, como a Pablo, toda la ayuda de la que fuera capaz. Al cabo de tres semanas Pablo estuvo listo para partir; pero su pena parecía aumentar a medida que su cuerpo recuperaba fuerzas. Era insensible a todo, su mirada estaba apagada, y no respondía nada a las preguntas que se le podían hacer. La señora de La Tour, en su agonía, le decía muchas veces: «Hijo mío, mientras lo esté viendo a usted, creeré estar viendo a mi querida Virgi­nia.» Al escuchar el nombre de Virginia, se estremecía y se alejaba de ella, a pesar de que su madre lo invitara a acer­carse a su amiga. Iba sin compañía a retirarse al jardín y se sentaba al pie del cocotero de Virginia, con la mirada fija en la frente de la joven. El cirujano del gobernador, que se ocupaba mucho de él y de aquellas mujeres, nos dijo que para sacarlo de su negra melancolía había que dejarle ha­cer todo lo que quisiera, sin contrariarlo en nada; que tan sólo había este modo de vencer el silencio en el que se obs­tinaba.

Decidí seguir su consejo. En cuanto Pablo sintió que sus fuerzas se habían restablecido un poco, las empleó prime­ramente en alejarse de la propiedad. Como no lo perdía de vista, me puse en marcha tras él, y dije a Domingo que co­giera víveres y nos acompañara. A medida que el joven ba­jaba por esa montaña, se diría que su alegría y sus fuerzas iban renaciendo. Tomó primero el camino de los Toron­jos; y cuando se halló cerca de la iglesia, en la senda de los bambúes, se fue derecho al lugar donde vio la tierra hacía poco removida; allí se arrodilló, y levantando la vista al cielo hizo una larga plegaria. Su acción me pareció de buen augurio para que recuperara la razón, ya que esta marca de confianza en el Ser Supremo dejaba ver que su alma comenzaba a recuperar las funciones naturales. Do­mingo y yo nos pusimos de rodillas siguiendo su ejemplo, y rezamos con él. Luego se levantó, se encaminó hacia el norte de la isla, sin hacernos mucho caso. Como yo sabía que ignoraba, no sólo dónde se había colocado el cuerpo de Virginia, sino incluso si lo habían retirado del mar, le pregunté por qué había rezado a Dios al pie de aquellos bambúes; me respondió: «¡Hemos estado tantas veces aquí!» Siguió su camino hasta la entrada del bosque, donde nos soprendió la noche. Allí lo invité, tal como yo hacía, a tomar algún alimento; luego nos quedamos dormidos en la hierba al pie de un árbol. Al día siguiente creí que se re­solvía a volver sobre sus pasos. En efecto, miró durante al­gún tiempo la llanura de la iglesia de los Toronjos con sus largas avenidas de bambúes, empezó a moverse como si fuera a volver a este lugar; pero se internó bruscamente en el bosque, dirigiéndose siempre hacia el norte. Me di cuen­ta de sus intenciones y me esforcé en vano por disuadirlo. Llegamos sobre el mediodía al barrio de la Arena de Oro. Bajó precipitadamente a la orilla del mar, enfrente del lu­gar en el que había perecido el San Gerando. Al ver la isla de Ámbar y su canal liso en aquel momento como un espe­jo, exclamó: «¡Virginia! ¡Oh, mi querida Virginia!» y de in­mediato se desmayó. Domingo y yo lo llevamos al interior del bosque donde lo hicimos volver en sí con mucho es­fuerzo. En cuanto se recuperó quiso retornar a la orilla del mar; pero tras suplicarle no renovar su dolor ni el nuestro con tan crueles recuerdos, tomó otra dirección. Finalmen­te, durante ocho días, se presentó en todos los lugares en los que se había encontrado con la compañera de su infan­cia. Recorrió el sendero por donde había ido a pedir cle­mencia para la esclava del Río Negro; volvió a ver luego las orillas del río de los Tres Pechos, en donde ella se sentó al no poder ya andar, y la parte del bosque donde se había perdido; todos los lugares que le recordaban las preocupa­ciones, los juegos, las comidas, las buenas acciones de su amada; el río de la Montaña Larga, mi casita, la cascada vecina, el papayo que ella había plantado, las praderas donde le gustaba correr, las encrucijadas del bosque donde le agradaba cantar, provocaban sucesivamente su llanto, y los mismos ecos, que tantas veces habían resonado con sus gritos de alegría, ya no repetían más que estas dolorosas palabras: «¡Virginia! ¡Oh, mi querida Virginia!».

En esa vida salvaje y vagabunda se mostraba con los ojos hundidos, la tez amarillenta, y su salud se alteró más cada vez. Al estar persuadido de que nuestros males aumentan con el recuerdo de nuestros placeres, y que las pasiones van creciendo en la soledad, me resolví a alejar a mi desdi­chado amigo de los lugares que le hacían más próximo el recuerdo de su pérdida, y llevarlo a algún lugar de la isla en el que hubiera más distracciones. Para este efecto, lo con­duje a las alturas pobladas del barrio de Williams, donde no había estado nunca. La agricultura y el comercio daban a esta parte de la isla mucho movimiento y variedad. Ha­bía cuadrillas de carpinteros que escuadraban maderos y otros que los serraban en tablas; iban y venían coches a lo largo de los caminos; grandes manadas de bueyes y caba­llos pacían en vastos pastizales, y el campo estaba sembra­do de propiedades. La elevación del suelo permitía en va­rios lugares de este territorio el cultivo de diversas especies de vegetales europeos. Se veían aquí y allá cultivos de trigo en la llanura, alfombras de fresales en los claros de los bos­ques, y setos de rosales a lo largo de los caminos. El frescor del aire, tensando los nervios, era incluso allí favorable para la salud de los blancos. Desde estas alturas, situadas hacia el medio de la isla, y rodeadas por grandes bosques, no se divisaban ni el mar, ni Puerto Luis, ni la iglesia de los Toronjos, ni nada que pudiera traer a Pablo el recuerdo de Virginia. Las mismas montañas, que ofrecen diferentes ramificaciones del lado de Puerto Luis, sólo presentan ya por la parte de las llanuras de Williams un largo promon­torio en línea recta y perpendicular, desde donde se levan­tan largas pirámides de riscos en los que se reúnen las nubes.

A aquellas llanuras fue, por tanto, adonde llevé a Pablo. Lo mantenía continuamente activo, caminando a su lado bajo el sol y bajo la lluvia, de día y de noche, extraviándolo a propósito en los bosques, en los campos, arados y no ara­dos, con el fin de distraer su mente por el cansancio del cuerpo y cambiar sus reflexiones por la ignorancia del lu­gar donde estábamos y del camino que habíamos perdido. Pero el alma de un amante encuentra en todas partes las huellas del objeto amado. La noche y el día, la calma de los lugares solitarios y el ruido de las propiedades, incluso el tiempo que se lleva tantos recuerdos, nada puede alejarnos de ellas. Como la aguja imantada, por mucho que se la agi­te, en cuanto vuelve a estar quieta, gira hacia el polo que la atrae. Cuando le preguntaba a Pablo, perdido en medio de las llanuras de Williams: «¿A dónde iremos ahora?», se volvía hacia el Norte y decía: «Ahí están nuestras monta­ñas, volvamos.»

Vi de sobra que todos los medios que intentaba para dis­traerlo eran inútiles, y que no me quedaba otro remedio que atacar su pasión en sí misma, empleando todas las fuerzas de mi débil razón. Le respondí, pues: «Sí, ahí están las montañas donde vivía su querida Virginia, y aquí está el retrato que le había dado y que al morir llevaba en su co­razón, cuyos últimos latidos fueron además para usted.» Mostré entonces a Pablo el retratito que le había dado a Virginia en la orilla de la fuente de los cocoteros. Al verlo, una alegría funesta apareció en su mirada. Cogió con avi­dez el retrato en sus débiles manos y se lo llevó a la boca. En aquel momento, sintió una opresión en el pecho, y en sus ojos medio ensangrentados se le pararon las lágrimas sin poder salir.

Le dije: «Hijo mío, escúcheme, que soy su amigo, que lo he sido para Virginia, y que, en medio de las esperanzas de usted, traté a menudo de fortalecer su razón contra los ac­cidentes imprevistos de la vida. ¿Qué deplora con tanta amargura? ¿Es su desgracia? ¿Es la de Virginia? ¿Su propia desgracia? Sí, sin duda, es grande. Ha perdido a la más en­cantadora de las muchachas que habría sido la más digna de las mujeres. Había sacrificado sus intereses a los de us­ted y le había preferido a la fortuna como la única recom­pensa digna de su virtud. ¿Pero qué sabe usted si el objeto de quien debía esperar una dicha tan pura no habría sido para usted el origen de una infinidad de penas? Estaba sin bienes y desheredada; a partir de ese momento tan sólo compartiría con ella el trabajo. Al volver más refinada por su educación y más valiente por su propia desgracia, la ha­bría visto sucumbir cada día, esforzándose por compartir las penalidades de usted. Cuando le hubiera dado hijos, las penas de ella y las suyas habrían aumentado por la dificul­tad de mantener sola con usted a unos parientes ancianos y a una familia recién venida al mundo.

»Me dirá: el gobernador nos habría ayudado. ¿Qué sabe usted si, en una colonia que cambia tan a menudo de ad­ministradores, tendrá muchos La Bourdonnais? ¿Si no vendrán aquí jefes sin decencia ni moral? ¿si, para obtener alguna ayuda miserable, su esposa no se habría visto obli­gada a hacerles la corte? O si ella hubiera sido débil, usted digno de compasión; o si hubiera sido prudente, usted se habría quedado pobre: ¡sería feliz si, por causa de su belle­za y virtud, no lo hubieran perseguido a usted esos mismos de los que esperaba protección!

»Me hubiera quedado, me dirá usted, la dicha, indepen­diente de la fortuna, de proteger al objeto amado que se apega a nosotros en proporción a su misma debilidad; de consolarlo con mis propias preocupaciones; de alegrarlo con mi tristeza; de acrecentar nuestro amor con nuestras mutuas penalidades. Probablemente la virtud y el amor gozan con estos placeres amargos. Pero ella ya no está, y sólo le queda lo que después de usted más amó, su madre y Margarita, quienes, al verlo sufrir a usted así, irán a la tumba. Ponga su felicidad en ayudarlas, como ella misma lo había hecho. Hijo, las buenas acciones son la felicidad de la virtud; no hay nada más seguro ni más grande en la tierra. Los proyectos de placeres, reposo, delicias, abun­dancia, gloria, de ningún modo están hechos para el hom­bre débil, siempre de un lado a otro y siempre de paso. Vea cómo avanzar hacia la fortuna nos precipitó a todos de abismo en abismo. Usted se opuso, es cierto, pero ¿quién no hubiera creído que el viaje de Virginia debía acabar con su felicidad y la de usted? Las invitaciones de una pariente rica y ya de edad, los consejos de un prudente gobernador, los aplausos de una colonia, las exhortaciones y la autori­dad de un religioso, decidieron la desgracia de Virginia. De este modo corremos a nuestra perdición, engañados por la prudencia misma de los que nos gobiernan. Hubiera sido sin duda mejor no creerlos, ni confiar en la voz y en las esperanzas de un mundo engañoso. Pero, en fin, de en­tre tantos hombres que vemos tan ocupados en estas llanu­ras, de tantos que van a buscar fortuna a la India o de los que, sin salir de casa, tranquilamente se aprovechan en Europa del trabajo de los anteriores, no hay ninguno que no esté destinado a perder un día lo que más quiso, honores, fortuna, mujer, hijos, amigos. La mayoría tendrá que añadir a la pérdida el recuerdo de su propia imprudencia. Usted, refugiándose en sí mismo, no tiene que reprocharse nada. Ha sido fiel a su fe. Ha tenido, en la flor de su juven­tud, la prudencia de un sabio al no desviarse del senti­miento de la naturaleza. Sus aspiraciones eran legítimas, porque eran puras, sencillas, desinteresadas, y porque te­nía sobre Virginia derechos sagrados que ninguna fortuna podía hacer tambaleante. La ha perdido, y no son ni su im­prudencia ni su avaricia ni una falsa sensatez las que le hi­cieron perderla, sino Dios mismo, que empleó las pasiones ajenas para quitarle al objeto de su amor. Dios, que le ha dado todo, que ve lo que le conviene y cuya sabiduría no le deja a usted ningún lugar para el arrepentimiento y la de­sesperación que suceden a los males de los que hemos sido causa.

»Esto es lo que puede decir en su infortunio: No lo he merecido. ¿Es, pues, la desgracia de Virginia, su final, su estado presente, lo que está llorando? Ha sufrido la suerte reservada a la nobleza, a la hermosura, y a los mismos im­perios. La vida del hombre, con todos sus proyectos, se le­vanta como una torrecilla cuyo remate es la muerte. Ya naciendo, estaba condenada a morir. ¡Qué afortunada ha sido al haber deshecho las ataduras de la vida antes que su propia madre, que la de usted, y que usted mismo, es decir, al no haber muerto varias veces antes de la última vez!

»La muerte, hijo mío, es un bien para todos los hom­bres; es la noche de ese día inquieto que llamamos la vida. En el sueño de la muerte es donde descansan para siempre las enfermedades, los dolores, las penas, los temores que agitan sin cesar a los desdichados que viven. Examine a los hombres que parecen más felices: verá que han comprado muy caro su supuesta felicidad; la consideración pública con desgracias domésticas; la fortuna con la pérdida de sa­lud, el escaso placer de ser amado con sacrificios conti­nuos; y al final de una vida sacrificada a los intereses aje­nos, tan sólo ven a su alrededor falsos amigos y parientes ingratos. Pero Virginia fue feliz hasta el último momento. Lo fue con nosotros por los bienes de la naturaleza; lejos

de nosotros, por los de la virtud: e incluso en el terrible momento en que la vimos perecer aún era feliz, porque, ya sea por dirigir su mirada a una colonia entera o dirigirla hacia usted que corría tan valientemente en su auxilio, vio cuán querida era por todos. Se hizo fuerte contra el futuro por el recuerdo de la inocencia de su vida y recibió, por tanto, el precio que reserva el cielo a la virtud, un valor su­perior al peligro. Ofreció a la muerte un rostro sereno.

»Hijo mío, Dios concede soportar a la virtud todos los avatares de la vida, para hacer ver que sólo ella puede usar­los y encontrar en eso felicidad y gloria. Cuando le reserva una reputación ilustre, la hace subir a un gran teatro, y combatir con la muerte; entonces su valor sirve de ejem­plo, y el recuerdo de sus desgracias recibe para siempre un tributo de lágrimas por parte de la posteridad. Este es el inmortal monumento que se le reserva en una tierra don­de todo pasa, y donde incluso la memoria de la mayoría de los reyes pronto se sepulta en un olvido eterno.

»Pero Virginia existe todavía. Hijo, vea que todo cam­bia en la tierra y que nada se pierde. ¿Acaso algún arte hu­mano podría aniquilar la menor partícula de materia, y lo que fue razonable, sensible, afectuoso, virtuoso, devoto, habría perecido, cuando los elementos que lo revestían son indestructibles? ¡Ah! si Virginia fue dichosa con noso­tros, lo es ahora mucho más. Hay un Dios, hijo mío: toda la naturaleza lo proclama; no necesito probárselo. Sólo la maldad de los hombres puede hacerles negar una justicia que temen. Su sentimiento está en el corazón de usted, como sus obras están ante los ojos. ¿Cree, por tanto, que deje a Virginia sin recompensa? ¿Cree, pues, que este mis­mo poder que había revestido a un alma tan noble de una forma tan bella, donde usted veía un astro divino, no ha­bría podido sacarla de las aguas? ¿que el que ha dispuesto la felicidad actual de los hombres por leyes que usted no conoce, no le pueda preparar otra a Virginia mediante le­yes también desconocidas? Cuando estábamos en la nada, si hubiéramos sido capaces de pensar, ¿habríamos podido hacernos una idea de nuestra existencia? Y ahora que esta­mos en esta existencia, tenebrosa y fugitiva, ¿podemos prever lo que hay más allá de la muerte, por donde debemos salir? ¿Acaso Dios necesita, como el hombre, de la esferita de nuestra tierra, para servir de teatro a su inteligencia y a su bondad y tan sólo pudo propagar la vida humana en los campos de la muerte? ¿No hay en el océano ni una sola gota de agua que no esté llena de seres vivos que se nos pa­recen, y no habría nada para nosotros entre tantos astros que se giran sobre nuestras cabezas? ¡Vamos! ¿que sola­mente habría inteligencia suprema y bondad divina donde nos encontramos?; ¿y en esos globos luminosos e innume­rables, en esos campos infinitos de luz que los rodean, que ni las tormentas ni las noches oscurecen nunca, sólo ha­bría un espacio hueco y una nada eterna? Si nosotros, que no nos hemos concedido nada, nos atreviéramos a asignar límites al poder del que hemos recibido todo, ¿podríamos creer que estamos aquí en los límites de su imperio, donde la vida se debate con la muerte y la inocencia con la ti­ranía?

»Sin duda, hay algún lugar en alguna parte donde la vir­tud recibe su recompensa, Virginia ahora es feliz. ¡Ah! si desde la residencia de los ángeles pudiera comunicarse con usted, le diría como en su despedida: "¡Oh Pablo! la vida no es más que una prueba. Se me ha encontrado fiel a las leyes de la naturaleza, del amor y de la virtud. Atravesé los mares para obedecer a mis parientes; renuncié a las rique­zas para conservar mi fe; y he preferido perder la vida a violar el pudor. El cielo encontró que ya he recorrido bas­tante camino. He escapado para siempre a la pobreza, la calumnia, las tempestades, el espectáculo del dolor ajeno. Ninguno de los males que espantan a los hombres puede ya alcanzarme y a partir de ahora, ¡y me compadeces! Soy pura e inalterable como una partícula de luz, ¡y me recuer­das en la noche de la vida! ¡Oh Pablo! ¡Oh, amigo mío! acuérdate de aquellos días de felicidad, cuando ya desde por la mañana saboreábamos la voluptuosidad de los cie­los, levantándose con el sol sobre las crestas de los peño­nes y extendiéndose con sus rayos en el seno de nuestros bosques. Nos embelesábamos sin poder comprender el motivo. En nuestros deseos inocentes, queríamos ser todo vista para gozar de los ricos colores de la aurora; todo olfa­to para oler los perfumes de nuestras plantas; todo oídos para oír los conciertos de nuestros pájaros; todo corazón para reconocer aquellas buenas acciones. Ahora, en el ma­nantial de la belleza, de donde mana todo lo que es agrada­ble en la tierra, mi alma ve, saborea, oye, toca inmediata­mente lo que entonces sólo podía percibir con débiles ór­ganos. ¡Ah! ¿Qué lengua podría describir estas orillas de un oriente eterno en el que vivo para siempre? Todo lo que un poder infinito y una bondad celeste pudieron crear para el consuelo de un ser infortunado; todo lo que la amistad de una infinidad de seres, regocijados por la mis­ma felicidad, puede poner de armonía en éxtasis comparti­dos, lo experimentamos sin impurezas. Afronta, por tanto, la prueba a la que se te ha sometido, con el fin de acrecen­tar la felicidad de tu Virginia por un amor que ya no ten­drá término, por un himeneo cuyas antorchas ya no se ex­tinguirán. Allí apaciguaré tus pesares; allí enjugaré tus lá­grimas. ¡Oh, amigo! ¡mi joven esposo! eleva tu alma hacia el infinito para soportar las penalidades de un momento."»

Mi propia emoción puso fin a mi discurso. Pablo, mi­rándome fijamente, exclamó: «¡Ella ya no está! ¡Ella ya no está!» y un prolongado desmayo sucedió a aquellas doloro­sas palabras. Luego, volviendo en sí, dijo: «Ya que la muerte es un bien y que Virginia es dichosa, quiero morir también para unirme a ella.» De este modo, mis motivos de consuelo no sirvieron más que para alimentar su deses­peración. Estaba como un hombre que quiere salvar a un amigo que se hunde en medio de un río sin querer nadar. El dolor lo había sumergido. ¡Ay! las desgracias de la edad temprana preparan al hombre a entrar en la vida, y Pablo nunca las había experimentado.

Lo llevé a su propiedad. Encontré a su madre y a la se­ñora de La Tour en un estado de languidez que se había hecho aún mayor. Margarita era la más abatida. Los carac­teres vivos sobre los que resbalan las penas leves son los que menos resisten a las grandes aflicciones.

Me dijo: «¡Oh, mi buen vecino! me ha parecido ver esta noche a Virginia vestida de blanco, en medio de florestas y deliciosos jardines. Me dijo: "Gozo de una felicidad digna de envidia." Enseguida se acercó a Pablo sonriendo y se lo llevó con ella. Al esforzarme por retener a mi hijo, noté cómo dejaba yo misma la tierra y lo seguía con un placer inexplicable. Entonces quise decir adiós a mi amiga; al momento la vi seguirnos con María y Domingo. Pero lo que aún encuentro más extraño, es que la señora de La Tour tuvo esa misma noche un sueño acompañado de las mismas circunstancias.»

Le respondí: «Amiga, creo que nada acontece en el mundo sin el permiso de Dios. Los sueños anuncian a ve­ces la verdad.»

La señora de La Tour me contó un sueño completa­mente igual que había tenido esa noche. Nunca observé en aquellas dos mujeres una tendencia a la superstición; así pues, me chocó la concordancia de su sueño, y no dudé para mí mismo que no llegara a realizarse. Esta opinión, que la verdad se nos presenta a veces mientras soñamos, se extiende a todos los pueblos de la tierra. Los grandes hom­bres de la Antigüedad han creído en ella; entre otros Ale­jandro[55], César[56], los Escipiones[57], los dos Catones[58] y Bru­to[59], que no eran unos ignorantes. El Antiguo y el Nuevo Testamento nos proporcionan gran número de ejemplos de sueños que se cumplieron. En cuanto a mí, sólo necesi­to en este aspecto mi sola experiencia y he comprobado más de una vez que los sueños son avisos que nos da una inteligencia que se interesa por nosotros. Querer combatir o defender con razonamientos cosas que sobrepasan la luz de la razón, eso es lo que no es posible. No obstante, si la razón humana no es más que una imagen de Dios, ya que el hombre tiene de sobra el poder de hacer llegar sus inten­ciones hasta el fin del mundo por medios secretos y ocul­tos, ¿por qué la inteligencia que gobierna el universo no se iba a servir de otros tantos medios con el mismo fin? Un amigo consuela a su amigo con una carta que atraviesa una multitud de reinos, circula en medio de los odios de las na­ciones y viene a traer la alegría y la esperanza a un solo hombre; ¿por qué el soberano protector de la inocencia no puede venir por alguna vía secreta en ayuda de un alma virtuosa que solamente confía en él? ¿Acaso necesita em­plear alguna señal externa para ejecutar su voluntad, él que actúa de continuo en todas sus obras por un trabajo inte­rior?

¿Por qué dudar de los sueños? La vida, llena de tantos proyectos pasajeros, ¿es otra cosa que un sueño?

Sea como sea, el de mis infortunadas amigas se cumplió pronto. Pablo murió dos meses después de la muerte de su querida Virginia, cuyo nombre pronunciaba sin cesar. Margarita vio venir su final ocho días después del de su hijo con una alegría que sólo es dado experimentar a la vir­tud. Se despidió con la mayor ternura de la señora de La Tour, «con la esperanza, le dijo, de una dulce y eterna reu­nión. La muerte es el mayor de los bienes, añadió, debe­mos desearla. Si la vida es un castigo, tenemos que desear su fin; si es una prueba, hay que pedir que sea corta.»

El gobierno se ocupó de Domingo y María, que ya no estaban en condiciones de servir y que no sobrevivieron mucho tiempo a sus amas. En cuanto al pobre Leal, murió de pena casi en la misma época que su amo.

Llevé a mi casa a la señora de La Tour, que se mantenía en medio de tan grandes pérdidas con una entereza increí­ble. Había consolado a Pablo y Margarita hasta el último momento, como si sólo hubiera tenido que soportar la desgracia de ambos. Cuando ya no los vio, me hablaba de ellos todos los días como de unos amigos queridos que estaban en la vecindad. Respecto a su tía, lejos de reprochar­le sus desgracias, pedía a Dios que se las perdonara y apaci­guara los terribles remordimientos en que nos enteramos había caído inmediatamente después de devolver a Virgi­nia de modo tan inhumano.

Esta parienta desnaturalizada no arrastró muy lejos el castigo de su dureza. Me enteré, con la llegada sucesiva de varios navíos, que era presa de unos humores que le ha­cían la vida y la muerte igualmente insoportables. Tan pronto se reprochaba el fin prematuro de su encantadora sobrina nieta y la pérdida consiguiente de su madre, tan pronto se congratulaba de haber enviado lejos de sí a dos desgraciadas que, decía, habían deshonrado su casa con la bajeza de sus inclinaciones. A veces, encolerizándose ante la vista de la gran cantidad de desharrapados que llenan París: «¿por qué no envían a estos vagos a morirse en nues­tras colonias?», añadía que las ideas de humanidad, virtud, religión adoptadas por todos los pueblos no eran más que intenciones de la política de sus príncipes. Después, po­niéndose de pronto en el extremo opuesto, se abandonaba a terrores supersticiosos que la llenaban de espantos mor­tales. Corría a llevar abundantes limosnas a ricos monjes que la dirigían, suplicándoles que apaciguaran a la Divini­dad por el sacrificio de su fortuna: ¡como si los bienes que había negado a los desdichados pudieran dar gusto al pa­dre de los hombres! Con frecuencia su imaginación le re­presentaba montañas y campos en llamas, donde erraban fantasmas espantosos llamándola a grandes gritos. Se echaba a los pies de sus directores e imaginaba contra ella misma torturas y suplicios; porque el cielo, el justo cielo, envía a las almas crueles religiones terribles.

De este modo se pasó varios años, unas veces atea, otras supersticiosa, abominando por igual de la muerte y de la vida. Pero lo que acabó con tan penosa existencia fue el mismo tema al que había sacrificado los sentimientos de la naturaleza. Conoció la pena de ver que su fortuna pasaría después de ella a unos parientes a los que odiaba. Buscó, pues, enajenar la mayor parte de la misma, pero aquéllos, aprovechándose de los humores a los que estaba sometida, hicieron que la encerraran como loca y pusieron sus bie­nes bajo custodia. De este modo, sus propias riquezas con­sumaron su perdición; e igual que habían endurecido el corazón de la que las poseía, desnaturalizaron también el corazón de los que las deseaban. Se murió, pues y, lo que es el colmo de la desgracia, con el bastante uso de razón para conocer que la habían desposeído y despreciado las mis­mas personas cuyas opiniones la habían dirigido durante toda la vida.

Pusieron al pie de Virginia, al pie de los mismos cála­mos, a su amigo Pablo, y alrededor de ambos a sus tiernas madres y a sus fieles criados. No se han levantado mármo­les en sus humildes túmulos, ni grabado inscripciones de­dicadas a su virtud, pero su recuerdo ha quedado intacto en el corazón de aquellos a quienes sirvieron. Sus sombras no necesitan el brillo del que huyeron a lo largo de su vida; pero si aún se interesan por lo que ocurre en la tierra, sin duda les gusta errar bajo los tejados de la choza donde vive la virtud laboriosa, consolar a la pobreza descontenta de su suerte, alimentar en los jóvenes amantes un fuego durade­ro, el gusto por los bienes naturales, el amor por el trabajo y el temor de las riquezas.

La voz popular, que calla sobre los monumentos levan­tados a la gloria de los reyes, dio a algunas partes de esta isla nombres que eternizarán la pérdida de Virginia. Se puede ver cerca de la isla de Ámbar, en medio de los esco­llos, un lugar llamado EL PASO DEL SAN GERANDO, por el nombre del navío que pereció allí trayéndola de Europa. El extremo de esa punta de tierra que usted divisa a tres le­guas de aquí, medio cubierta por las olas del mar, que el San Gerando no pudo doblar la víspera del huracán para entrar en el puerto, se llama el CABO DESDICHADO; y ante nosotros, al final de este vallejo, LA BAHíA DE LA TUMBA, en la que encontraron a Virginia enterrada en la arena, como si el mar hubiera querido devolver el cuerpo a su fa­milia, y rendir los últimos honores a su pudor en las mis­mas orillas que había honrado con su inocencia.

¡Unos jóvenes tan tiernamente unidos! ¡Unas madres tan infortunadas! ¡Querida familia! Esos bosques que os daban sus sombras, esas fuentes que manaban para voso­tros, esos collados donde descansabais juntos, lloran aún su pérdida. Nadie después de vosotros se ha atrevido a cul­tivar esta tierra desolada, ni a volver a levantar estas hu­mildes cabañas. Sus cabras se han hecho salvajes; sus huer­tos están destruidos; sus pájaros huyeron, y ya no se oye más que el grito de los gavilanes volando en lo alto alrede­dor de esta cuenca de riscos. Por mi parte, desde que ya no os veo, soy como un amigo que ya no tiene amigos, como un padre que ha perdido a sus hijos, como un viajero errante en la tierra, donde me he quedado solo.

 

Diciendo estas palabras, el buen anciano se alejó lloran­do abundantemente; yo lo había hecho más de una vez du­rante el funesto relato.



1 Mar del Sur: nombre dado antaño al océano Pacífico.

2 Isla de Francia: antiguo nombre de la actual isla Mauricio, que, junto con la de Reunión, constituyen las islas más importantes del Archipiélago de las Mascareñas en el indico. Francia sucedió en 1715 en el dominio de la isla a los holandeses y tomó entonces el nombre de Isla de Francia. En 1810 cayó bajo el dominio inglés hasta 1968.

3 Alusión a una lectura realizada en 1784. En 1788 se publicaría la novela dentro de la tercera edición de los Estudios sobre la Naturaleza.

[1] Puerto Luis: capital de la Isla de Francia, situada en su costa noroeste.

* Se han traducido los nombres de lugar cuando ha sido posible, a fin de que el lector español no perdiera la atmósfera de connotaciones que para un lector francés van creando estos términos. (N. del T.)

[2] Latania: palmera originaria de la Isla Borbón, hoy isla de la Reunión, con hojas en forma de gran abanico de metro y medio de longitud.

[3] Indias Orientales: nombre dado antaño en Francia a los territorios del Senegal, Guinea, el Archipiélago de las Mascareñas y los territorios franceses en la India. La Compañía francesa de las Indias Occidentales realizó la ex­plotación comercial de dichas colonias. En nuestro texto, el término Indias siempre hará referencia a Indias Orientales.

[4] Yolof: miembro perteneciente a una tribu de Africa occidental france­sa, en la colonia de Senegal.

[5] Cayotas: especie de calabaza oval, de color verde claro o blanquecino y de carne muy dulce.

[6] Constelación de los Gemelos: referencia a la constelación de Géminis, cuyas estrellas principales son Cástor y Pólux. La comparación visualiza la utopía afectiva de la hermandad perfecta y la utopía ideológica de la simbio­sis naturaleza-virtud.

[7] Nueva insistencia en el tema de la hermandad simbiótica por la alusión a la madre de Castor y Pólux, Leda.

[8] Niobe: en la mitología griega, esposa de Anfión, rey de Tebas. Tuvo 12 hijos. En una ocasión despreció a los de Latona, Apolo y Artemisa. Por ello, éstos la castigaron matando a sus hijos y convirtiéndola en roca.

[9] Bertrand François Mahé de La Bourdonnais. Gobernador de la Isla de Francia y de la Isla Borbón de 1735 a 1745.

[10] Dicho río corre por la parte suroeste de la isla.

[11] El episodio de la cimarrona traspone un suceso en que el propio escri­tor pidió la libertad para una esclava, tal como cuenta en Viaje a la Isla de Francia.

*« Le pain du méchant remplit la bouche de gravier.» La traducción lite­ral de la sentencia en francés («el pan del malvado llena la boca de arenisca») no se corresponde con ningún juicio acuñado en español. De ahí que se haya recurrido a la «traducción ideológica», buscando un refrán español que encierre la idea de que de un malvado no se puede esperar nada bueno. (N. del T.)

[12] «Eslabón» designa aquí el trozo de acero con que se golpea el pedernal para producir fuego.

* Hemos traducido el original «ajoupa» por el americanismo «bohío», también de origen isleño y que denomina, como el primero, la choza de esta­cas y follaje (N. del T.)

[13] Los árboles que el autor describe ya aparecen en Viaje a la Isla de Francia. Aquí se dedica a la caracterización botánica, objetiva. Pablo y Virginia supon­drá la recreación personal, la transmutación de esa materia para formar el texto literario.

[14] Esta disposición jardinística del laberinto con falsas ruinas grabadas en lenguas clásicas obedece al modelo de moda, el jardín inglés. Su prototipo será el jardín Elíseo de Julie de Wolmar en La nueva Eloísa de Rousseau.

[15] Horacio, Odas, I, 3, versos 2-4.

[16] Virgilio, Geórgicas, II, v. 493.

[17] Ibídem, íd., v. 467.

* La descripción de los vegetales de esta zona se unifica en la imagen de lo flotante. Por ello, la traducción del original «de larges capillaires» por «an­chos culantrillos» pierde la fuerza evocadora del cabello en movimiento pre­sente en el término francés «capillaires» y en el científico que alude a la cabe­llera de Venus, «Adiantum capillus Veneris». (N. del T.)

[18] Las becadas, también llamadas chochas, pertenecen a las zancudas. La fregata, vulgarmente rabihorcado, es un ave tropical de gran envergadura, plumaje negro y cola ahorquillada. El pájaro blanco del trópico se caracteriza por una larga cola, prolongada por dos plumas muy finas.

[19] La vivencia de la religión en la pequeña sociedad ilustra los principios rousseaunianos expuestos en el Libro IV de Emilio o la educación. Dios habla a nuestra conciencia o se manifiesta en la naturaleza, sin necesidad de intér­pretes humanos.

[20] El terciopelo designa un árbol tropical de mediana envergadura. Sus hojas, ramas y frutos se recubren de un vello aterciopelado.

[21] Madián: territorio ocupado por los descendientes de Madián, hijo de Abraham y Queturá. Se hallaba entre el mar Rojo y las llanuras de Moab.

[22] Raguel: sacerdote madianita que entregó como esposa a Moisés a su hija Séfora (Éxodo, 11, 16-22).

[23] Ruth: mujer moabita que, tras enviudar, siguió a su suegra Noemí a Be­lén. Después de trabajar como espigadora en los campos de Booz, éste la des­posó. Protagoniza el libro bíblico de Ruth.

Los episodios bíblicos presentan el leit-motiv de la utopía afectiva del «her­mano/a-esposo/a».

[24] Dríada o dríada: ninfa de los bosques.

[25] Cafre: designa a los negros de habla bantú; habitan en el sureste de Africa.

[26] El sorprendente cambio del tú al usted en la enunciación de Virginia lo explica el autor más abajo. La alternancia en el trato de Virginia hacia Pablo quiere reflejar la repentina toma de distancia del usted combinada con la fa­miliaridad del tú. Este fenómeno se repite en la conversación que ambos tie­nen la víspera de la marcha de Virginia.

[27] San Pablo de Tebas. El primer ermitaño. Nacido en 228, se retiró al de­sierto huyendo de la persecución de Decio. Vivió en una cueva hasta los ciento trece años.

[28] La palabra designa el pequeño paquete de mercancías que el tripulante de un barco puede cargar en él, exento además de pago.

[29] Piastra: moneda de plata, de curso en Extremo Oriente e Indochina, cuyo valor varía según los países.

[30] Dentro de la función de evocación exótica de la obra, se incluye esta re­lación de tejidos preciosos y de sus correspondientes lugares de origen. Las primeras telas, del Indostán, tienen como materia base el algodón. La segun­da serie incluye variedades de seda de Extremo Oriente. La Enciclopedia con­sagra importantes artículos a los tejidos descritos en Pablo y Virginia.

[31] La evolución en la dinámica del personaje se traduce en esta transición de vestimenta. Si el primer traje de tela azul de Bengala conforma la vesti­menta popular, el segundo, de muselina rosa, es propio de las damas de ele­vada condición.

[32] Piterboth es la elevación más importante de la isla, descrita por el au­tor en su Viaje a la Isla de Francia.

[33] Isla Borbón: antiguo nombre de la Isla de la Reunión.

[34] El eco del sistema educativo de Emilio o la educación es evidente: la com­binación de la formación intelectual y el trabajo manual orientado a la agri­cultura y jardinería.

[35] Bernardin de Saint-Pierre se refiere a uno de sus libros preferidos, Las aventuras de Telémaco, de Fénelon (1669). Incluye una utopía apoyada en el mito de la edad de oro. Como en todas las obras de este tipo, la crítica de la sociedad del momento no se hacía esperar. Su influencia en autores como Montesquieu y Rousseau, junto a nuestro escritor, fue indiscutible.

[36] Antíope: una de las amazonas, compañera de Teseo. De ambos nació Hipólito. Tras ayudar a su marido a combatir a sus antiguas compañeras, éste la abandonó por Fedora. Hércules le dio muerte.

[37] Eucaris: la más bella de las ninfas de Calipso, y de la que se enamoró Ulises, provocando los celos de Calipso. (Episodio narrado por Fénelon.)

[38] Las novelas libertinas representan las novelas de moda en Europa, cita­das en el texto. Entre ellas, El campesino pervertido (1777), La campesina pervertida (1779) de Restif de la Bretonne, y Las amistades peligrosas de Ch. de Lacios (1780).

[39] Nuevo empleo del vegetal como metaforizante de situaciones narrati­vas. A los dos cocoteros que representaban a ambos jóvenes se unen las dos flores para una Virginia ausente. La violeta por su modestia, atributo aplica­do a Virginia: la escabiosa, o flor de viuda, se refiere evidentemente a la si­tuación sentimental de la joven en Francia.

[40] Nuevo eco rousseauniano en este panegírico de la sociedad natural, y que el autor reproduce en otras obras suyas (por ejemplo, Ensayo sobre Jean­Jacques Rousseau).

[41] Hombre de toga: referencia al estamento de los hombres de leyes.

[42] Principios de inspiración fisiocrática. Esta escuela económica del XVIII cifraba en el cultivo de la tierra la fuente de riqueza de un país.

[43] Crotoniatas: habitantes de Crotona, colonia griega de la Magna Grecia. Al relacionarlos con Pitágoras, que allí se estableció, se alude a una leyenda según la cual el filósofo murió en un incendio provocado por los habitantes, sublevados contra la intervención del filósofo en la vida pública.

[44] Sigue una exposición cuyos puntos están en el ambiente de la época. La denuncia de la condición femenina recorre la obra de Diderot, por ejemplo. El posterior elogio de la pobreza se encuentra en Rousseau. Sobre la noción de virtud, vid.

[45] Jenofonte (430?-355 a.C.). Historiador griego. En el 401 se unió a las fuerzas griegas que reclutó Ciro el joven para luchar contra su hermano Artajerjes. Al morir Ciro, condujo a los 10.000 griegos supervivientes en su retirada hasta el Euxino. Sucesos posteriores le valieron el destierro de Atenas.

[46] Escipión el Africano. Publio Cornelio Escipión (238-183 a.C.). Gene­ral romano, famoso por sus victorias en la II Guerra Púnica. Se le acusó de malversación de fondos, de lo que pudo defenderse.

[47] Lúculo, Lucio Lucinio (102-57 a.C.). General romano. Llegó a cónsul en el 74 a.C. Se retiró de la política tras numerosas intrigas.

[48] Catinat, Nicolas de (1637-1712). Mariscal francés. Tras importantes victorias militares, su derrota en Capri durante la guerra de Sucesión españo­la le obligó a retirarse y ceder el mando.

[49] Lemán. También llamado piloto práctico. Está autorizado a asistir a los capitanes en la conducción del navío en el interior de puertos o en los parajes difíciles.

[50] El episodio del San Gerando se basa en un hecho real: un naufragio que tuvo lugar el 17 de agosto de 1744 entre la Isla de Francia y la Isla de Ambar. El cambio de fecha sitúa la ficción en la época de los ciclones y huracanes, lo que da pie para describir el espectáculo de la tempestad.

[51] De nuevo el escritor expone su afición a las descripciones técnicas. Los términos marítimos ya aparecen en su obra Viaje a la Isla de Francia.

Mastelero degavia: representa el palo mayor que se pone en los barcos sobre cada uno de los mayores, formando su extremidad. La gavia es la vela que va en el mastelero mayor de la nave, que se sitúa en el centro de la misma.

Tilla: designa el puente de los navíos.

Obra viva: parte sumergida de un barco.

Guindaleza: cabo grueso.

Medio cable: medida que representa unos 200 metros.

[52] La crítica de fuentes ha dado dos episodios como inspiradores de la muerte de Virginia. El de mademoiselle Caillou, nacida en la Isla de Francia y que viajó desde Burdeos a su tierra a bordo del San Gerando en 1744. Se enamoró de un oficial durante el trayecto, que acabó en naufragio. Cuando éste ocurrió, ambos quedaron solos en cubierta. A pesar de que el joven con­siguió arrastrar a la muchacha para salvarse, la tempestad los hizo perecer. Sus cadáveres se enterraron en la iglesia de los Toronjos.

El otro episodio está protagonizado por el capitán del San Gerando, mon­sieur de la Mart, que se negó a desvestirse alegando que no convenía a su es­tado llegar desnudo a tierra.

[53] Malabares: habitantes de la región costera occidental de la India.

[54] Vid. supra, nota 25.

[55] Alejandro Magno (356-323 a.C.). En principio rey de Macedonia y lue­go emperador. Extendió sus dominios hasta la desembocadura del Indo. Su huella en la historia ha llevado a hablar de la «era de Alejandro».

[56] Cayo Julio César (100?-44 a.C.). Caudillo militar y político romano. Formó con Craso y Pompeyo el primer triunvirato.

[57] Escipiones: familia patricia romana, famosa por sus victorias militares. Entre sus miembros están Lucio Cornelio Escipión, Publio Cornelio Esci­pión, su hijo Publio Cornelio Escipión Africano el Mayor y Lucio Cornelio Escipión, hermano del anterior.

[58] Catones: familia patricia romana. Destacan Marco Porcio Catón (234­-149 a.c), cónsul y censor. Marco Porcio Catón (95-46 a.C.), biznieto del an­terior, luchó contra César en las guerras civiles.

[59] Bruto (85-42 a.C.). Político romano. Llegó a ser gobernador de la Galia Cisalpina y pretor.

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