© Libro No. 661. Pablo y Virginia. De Saint-Pierre,
Bernardin. Colección E.O. Marzo 22 de 2014.
Título original: © BERNARDIN DE SAINT-PIERRE. Pablo y Virginia.
Versión Original: © BERNARDIN DE SAINT-PIERRE. Pablo y Virginia
Circulación
conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:
Digitalizado
por http://www.librodot.com
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los
autores
No
comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No
derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Portada E.O. de
Imagen original:
http://www.librodot.com
© Edición, reedición y
Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
BERNARDIN DE SAINT-PIERRE
Pablo
y
Virginia
PREFACIO
Me he
propuesto grandes metas en esta obrita. He intentado retratar en ella una
tierra y unos vegetales diferentes a los de Europa. Ya han hecho descansar
bastante nuestros poetas a sus enamorados a la orilla de los arroyos, en las
praderas y bajo el follaje de las h
En el
lado oriental de la montaña que se eleva tras el Puerto
A la
entrada de esta cuenca, desde donde se pueden descubrir tantos objetos, los
ecos de la montaña repiten sin cesar el ruido de los vientos que agitan los
grandes bosques vecinos, y el estrépito de las olas que rompen a lo lejos
contra los acantilados; sin embargo, al pie mismo de las cabañas ya no se oye
ningún ruido y alrededor no se ven más que grandes riscos escarpados como
murallas. Les crecen bosquecillos en las faldas, en las grietas y hasta en las
cimas, donde se detienen las nubes.
Las
lluvias que atraen sus crestas pintan a menudo los colores del arco iris sobre
sus laderas verdes y pardas, alimentando, a sus pies, los manantiales con los
que se forma el riachuelo de las Latanias[2]. Un gran silencio reina en el recinto de
estas montañas,. donde todo es apacible, el aire, las aguas y la luz. Apenas el
eco repite en este lugar el murmullo de los palmitos que crecen en sus
elevadas planicies, y cuyas flechas se ven siempre mecidas por los vientos. Una
luz suave ilumina el fondo de esta cuenca, donde el sol no luce más que a
mediodía; pero ya desde la aurora sus rayos le golpean el coronamiento, cuyos
picos, elevándose por encima de las sombras de la montaña, parecen de oro y
púrpura sobre el azul de los cielos.
Me
gustaba acudir a este lugar en el que se goza a la vez de unas vistas inmensas
y de una profunda soledad. Un día que estaba sentado al pie de esas cabañas,
considerando sus ruinas, acertó a pasar por los alrededores un hombre ya de
cierta edad. Se vestía, según la costumbre de los antiguos habitantes, con una
chaquetilla y un calzón largo. Andaba descalzo y se apoyaba en un bastón de
madera de ébano. Su pelo era completamente blanco y su fisonomía noble y
sencilla. Lo saludé respetuosamente. Me devolvió el saludo y, tras examinarme
un momento, se me acercó y vino a descansar en el montículo donde me sentaba.
Muy animado por este rasgo de confianza, le dirigí la palabra. «Abuelo, le
dije, ¿podría decirme a quién pertenecieron estas dos cabañas?» Me respondió:
«Hijo mío, estas casuchas y esta tierra agreste estaban habitadas, hace unos
veinte años, por dos familias que habían encontrado en ellas la felicidad. Su
historia es conmovedora: pero, en esta isla, fuera de la ruta de las Indias
Orientales[3], ¿qué europeo puede interesarse por la
suerte de unos particulares sin importancia? ¿Quién querría incluso vivir aquí
feliz, pero pobre e ignorado? Los hombres sólo quieren conocer la historia de
los grandes y los reyes, que no le sirve a nadie.» «Padre, proseguí, resulta
fácil juzgar por su aspecto y sus palabras que ha adquirido una gran
experiencia. Si tiene tiempo, cuénteme, se lo ruego, lo que sabe de los
antiguos habitantes de este desierto, y crea que, incluso al hombre más depravado
por los prejuicios del mundo, le gustaría oír hablar de la felicidad que dan
la naturaleza y la virtud.»
Entonces,
como alguien que busca recordar diversas circunstancias, tras apoyar un momento
sus manos en la frente, esto es lo que el anciano me contó.
En 1726
un joven de Normandía, el señor de La Tour, después de haber solicitado en vano
trabajo en Francia y ayuda a su familia se decidió a venir a esta isla y buscar
fortuna. Tenía con él una joven a la que amaba mucho y que lo amaba
igualmente. Provenía de una antigua y rica casa de su provincia; pero la había
desposado en secreto y sin dote, porque los padres de su mujer se habían
opuesto al matrimonio, dado que él no era de noble linaje. La dejó en Puerto
Los
efectos que había traído consigo se dispersaron tras su muerte, como ocurre
normalmente a los que mueren fuera de su patria. Su mujer, que se había quedado
en la Isla de Francia, se encontró viuda, embarazada, y sin otro bien en el
mundo que una negra, en un país donde no tenía ni crédito ni recomendación. No
queriendo solicitar nada de ningún hombre tras la muerte del que únicamente
había amado, su desgracia le dio valor. Resolvió cultivar con su esclava un
pequeño trozo de tierra, a fin de procurarse el sustento.
En una
isla casi desierta, en la que había terreno a voluntad, no escogió las tierras
más fértiles ni las más favorables para el comercio; sino que, buscando alguna
quebrada, algún refugio oculto en el que poder vivir sola e ignorada, se
encaminó desde la ciudad hacia estos riscos para retirarse en ellos como en un
nido. Es instinto común a todos los seres sensibles y dolientes refugiarse en
los lugares más salvajes y desiertos; como si los riscos fueran murallas
contra el infortunio, y como si la calma de la naturaleza pudiera apaciguar
las desdichadas turbaciones del alma. Pero la Providencia, que viene en nuestro
auxilio cuando no queremos más que los bienes necesarios, reservaba uno a la
señora de La Tour que no dan ni las riquezas ni los honores; era una amiga.
En ese
lugar, desde hacía un año, vivía una joven llena de vida, buena y sensible, se
llamaba Margarita. Había nacido en Bretaña en el seno de una modesta familia
de campesinos, que la quería y que la hubiera hecho feliz, si no hubiera
tenido la debilidad de dar crédito al amor de un hombre noble de su entorno que
había prometido desposarla, pero, éste, una vez satisfecha su pasión, se alejó
de ella, y rehusó
La
señora de La Tour, seguida por su negra, encontró en este lugar a Margarita
dando de mamar a su hijo. Le encantó dar con una mujer en situación que juzgó
semejante a la suya. Le habló en pocas palabras de su antigua condición y de
sus necesidades actuales. Margarita se conmovió por el relato de la señora de
La Tour; y, queriendo hacerse merecedora de su confianza antes que de su
estima, le confesó sin alterar nada la imprudencia de la que había sido
culpable.
«Yo,
dijo, he merecido mi suerte; pero usted, señora..., usted..., ¡prudente y
desdichada!» Y le ofreció llorando su cabaña y su amistad. La señora de La
Tour, emocionada por una acogida tan tierna, le dijo estrechándola en sus
brazos: «¡Ah! Dios quiere acabar mis penalidades, ya que le inspira hacia mí,
que le soy extraña, mayor bondad que la que nunca encontré en mis padres.»
Yo
conocí a Margarita, y, aunque vivo a legua y media de aquí, en los bosques,
detrás de la Montaña Larga, me consideraba su vecino.
En las
ciudades de Europa una calle, una simple pared, impiden a los miembros de una
misma familia reunirse durante años enteros, pero en las nuevas colonias se
considera como vecinos a aquellos de los que se está separado por bosques y
montañas. En aquel tiempo, sobre todo, cuando esta isla comerciaba poco con la
India, el simple hecho de ser vecinos era un título de amistad, y la hospitalidad
con los extranjeros una obligación y un placer. Cuando me enteré de que mi
vecina tenía una compañera, fui a verla para intentar serles útil a una y a
otra. Encontré en la señora de La Tour una persona de rostro interesante, lleno
de nobleza y melancolía. Estaba entonces a punto de dar a luz. Les dije a las
dos señoras que convenía, en interés de sus hijos, y, sobre todo, para impedir
que algún otro habitante se estableciera allí, repartir entre ellas el fondo
de esta cuenca que contiene en aquel lugar unas seiscientas áreas. Se
dirigieron a mí para ese reparto. Formé con el terreno dos porciones más o
menos iguales; una comprendía la parte superior de este recinto, desde esa cima
de risco cubierta de nubes, de donde sale el manantial del río de las Latanias,
hasta esa abertura escarpada que ve en lo alto de la montaña, y que se llama la
Tronera, porque semeja, en efecto, a la tronera de un cañón. El fondo de este
suelo está tan lleno de rocas y barrancos que apenas se puede andar por él; sin
embargo, produce grandes árboles y está lleno de fuentes y arroyitos. En la
otra porción hice entrar toda la parte inferior que se extiende a lo largo del
río de las Latanias hasta la abertura en la que estamos, desde donde este río
comienza a discurrir entre dos colinas hasta el mar. Ve en ella algunas lindes
de prados y un terreno bastante liso, pero apenas mejor que el otro; porque en
la estación de las lluvias es pantanoso y en las sequías duro como plomo;
cuando se quiere abrir una zanja, se ve uno obligado a cortarlo con hachas.
Tras establecer el reparto, hice participar a las dos damas en un sorteo. La
parte superior le tocó a la señora de La Tour y la inferior a Margarita. Una y
otra estuvieron contentas con su suerte; pero me pidieron no separar su
morada, «con el fin de que, me dijeron, podamos vernos siempre, hablarnos y
ayudarnos entre nosotras». Sin embargo, cada una necesitaba un lugar donde
alojarse. La casa de Margarita se encontraba en medio de la cuenca,
precisamente en los límites de su terreno. Construí muy cerca, en el de la
señora de La Tour, otra cabaña, de modo que las dos amigas estaban en vecindad
una de la otra y, a la vez, asentadas en la propiedad de sus familias.
Yo
mismo corté las estacas de los vallados en la montaña, llevé hojas de latania
desde la orilla del mar para construir estas dos cabañas, en las que usted ya
no ve ahora ni puerta ni techumbre. ¡Ay! Aún no queda de ellas más que
demasiado para mi recuerdo. El tiempo, que destruye tan rápidamente los
monumentos de los imperios, parece respetar en estos desiertos los de la
amistad, para perpetuar mi nostalgia hasta el fin de mi vida.
Apenas
acabada la segunda de estas cabañas, la señora de La Tour dio a luz una niña.
Había sido el padrino del niño de Margarita, que se llamaba Pablo. La señora de
La Tour también me pidió dar nombre a su hija juntamente con su amiga. Le puso
el nombre de Virginia. «Será virtuosa, dijo, y será feliz. Sólo he conocido la
desgracia apartándome de la virtud.»
Cuando
la señora de La Tour se levantó tras el parto, las dos pequeñas propiedades
comenzaron a dar cierto rendimiento, con ayuda de los cuidados que yo les
prestaba de vez en cuando, pero sobre todo gracias al continuo trabajo de-sus
esclavos. El de Margarita, llamado Domingo, era un negro yolof [4], todavía robusto, aunque ya de cierta edad.
Era un hombre de gran experiencia y con una sensatez innata. Cultivaba
indistintamente en las dos propiedades los terrenos que le parecían más
fértiles, y plantaba las semillas que mejor convenían. Sembraba mijo y maíz en
los sitios regulares, un poco de trigo en las tierras buenas, arroz en los
fondos pantanosos y, al pie de las rocas, cayotas[5], calabazas y pepinos, que trepaban por
ellas a sus anchas. Plantaba en los lugares secos batatas que allí resultaban
dulcísimas, algodoneros en las zonas altas, cañas de azúcar en las tierras
arcillosas, planta de café en las colinas, donde el grano es pequeño pero
excelente; a lo largo del río y alrededor de las cabañas, plátanos que dan todo
el año racimos de frutos con una hermosa sombra, y, por último, algunas plantas
de tabaco para aliviar sus propias preocupaciones y las de sus buenas amas. Iba
a cortar leña a la montaña, a romper rocas aquí y allá en las propiedades para
allanar los caminos. Realizaba todas estas ocupaciones con inteligencia y
viveza, ya que las hacía con sumo celo. Estaba muy unido a Margarita; y no lo
estaba menos a la señora de La Tour, con cuya negra se había casado cuando
nació Virginia. Amaba con pasión a su mujer, llamada María. Había nacido ésta
en Madagascar, de donde había traído algunas ocupaciones manuales y, en
particular, la de hacer cestas y telas llamadas taparrabos, con hierbas que
crecen en los bosques. Era hábil, limpia y muy fiel. Se encargaba de la comida,
de cuidar algunas gallinas y de ir de vez en cuando a Puerto-
En
cuanto a las dos amigas, hilaban algodón de la mañana a la noche. Este trabajo
les bastaba para mantenerse y mantener a su familia; pero, por otra parte,
estaban tan desprovistas de otro tipo de comodidades que andaban descalzas por
su habitación, y no se calzaban más que para ir los domingos muy de mañana a
misa en la iglesia de los Toronjos que ve allí. Hay, sin embargo, tierras
bastante más lejos que Puerto
Los
deberes de la naturaleza se añadían a la dicha de su pequeña sociedad. Su
amistad mutua aumentaba viendo a sus hijos, frutos de un amor infortunado para
ambas. Les agradaba ponerlos juntos en el mismo baño y acostarlos en la misma
cuna. A menudo los cambiaban de leche. «Amiga mía, decía la señora de La Tour,
cada una de nosotras tendrá dos hijos, y cada uno de nuestros hijos dos madres.»
Al
igual que dos brotes que quedan en dos árboles del mismo tipo, cuyas ramas ha
roto una misma tormenta, llegan a producir frutos más dulces, si se injerta
cada uno, separado del tronco materno, en el tronco vecino; así, estos dos
niñitos, privados de sus padres, se llenaban de sentimientos más tiernos que
los de hijo e hija, hermano y hermana, cuando las dos amigas que los habían
alumbrado los cambiaban de pecho. Las madres hablaban ya de su matrimonio en
las cunas, y esta perspectiva de felicidad conyugal, con la que aliviaban sus
penas, hacía que a menudo acabaran llorando; la una, al acordarse de que sus
males habían venido por no haber considerado el matrimonio, la otra por haber
sufrido sus leyes; la una al haber sido elevada por encima de su condición y
la otra por haber descendido; pero se consolaban pensando que un día sus
hijos, más felices, gozarían a la vez, lejos de los crueles prejuicios de
Europa, de los placeres del amor y de la dicha de la igualdad.
En
efecto, nada era comparable con la unión que ya demostraban. Si a Pablo le
daba por llorar, le enseñaban a Virginia; al verla, sonreía y se apaciguaba. Si
Virginia sufría, los gritos de Pablo los avisaban; pero esta adorable niña
disimulaba enseguida su pena para que el niño no sufriera por su dolor. No
había vez ninguna que no fuera allí y no los viera a los dos completamente
desnudos, según la costumbre del país, sin poder casi andar, y dándose la mano
y sujetándose bajo el brazo, tal como se representa la constelación de los
Gemelos[6]. Ni siquiera la noche podía separarlos;
con frecuencia los sorprendía acostados en la misma cuna, una mejilla contra la
otra, un pecho contra el otro, con las manos alrededor del cuello del amigo, y
adormecidos en brazos uno del otro.
Cuando
supieron hablar, los primeros nombres que aprendieron fueron los de hermano y
hermana. La infancia, que conoce caricias más tiernas, no conoce más dulces
nombres. Su educación no hizo más que aumentar su amistad dirigiéndola hacia
sus necesidades recíprocas. Pronto, todo lo que concierne al ahorro, la
limpieza, el esmero en preparar una comida en el campo fue de la incumbencia
de Virginia, y a sus trabajos siempre seguían los elogios y besos de su
hermano. En cuanto a éste, en constante actividad, l
Cuando
encontraban a uno de ellos en algún lado, estaban seguros de que el otro no
andaba lejos. Un día que bajaba de la cima de esa montaña, divisé en el otro
extremo del jardín a Virginia corriendo hacia la casa, con la cabeza cubierta
por las enaguas que había alzado por detrás, para refugiarse de un aguacero. De
lejos la creí sola; y, al acercarme hacia ella para ayudarla a andar, vi que
cogía a Pablo del brazo, envuelto casi por entero en la misma cubierta y
riéndose ambos de estar juntos a cubierto bajo el paraguas de su invención.
Estas dos encantadoras cabezas, encerradas bajo la enagua que se hinchaba, me
recordaron a los hijos de Leda metidos en la misma concha[7].
Todo su
estudio consistía en complacerse y ayudarse. Por lo demás, eran ignorantes como
criollos y no sabían leer ni escribir. No se preocupaban de lo ocurrido en los
tiempos remotos y alejados de ellos; su curiosidad no se extendía más allá de
esa montaña. Creían que el mundo se acababa donde acababa su isla; y no i
De este
modo, pasaron los primeros años de su infancia como una hermosa aurora que
anuncia un día más bello. Compartían ya con sus madres todos los cuidados de la
casa. En cuanto el canto del gallo anunciaba la vuelta de la aurora, Virginia
se levantaba, iba a coger agua del manantial vecino, y volvía a casa para
preparar el desayuno. Muy poco después, cuando el sol doraba las crestas de
este recinto, Margarita y su hijo acudían a casa de la señora de La Tour; en
aquel momento iniciaban todos juntos una oración seguida de la primera comida
del día; a menudo la tomaban ante la puerta, sentados en la hierba bajo una
bóveda de plátanos, que les proporcionaba a la vez alimentos ya preparados en
sus nutritivos frutos y de qué cubrir la mesa con sus hojas anchas, largas y
brillantes. Una alimentación sana y abundante desarrollaba rápidamente los
cuerpos de aquellos dos jóvenes, y una educación llena de cariño pintaba en su
fisonomía la pureza y el contento de' su alma. Virginia no tenía más que doce
años; ya su talle estaba casi formado; una abundante cabellera rubia recubría
su cabeza; sus ojos azules y sus labios de coral brillaban con dulzura en la
lozanía de su rostro: sonreían al unísono cuando hablaban; pero cuando guardaba
silencio, su innata inclinación hacia el cielo les daba una expresión de
sensibilidad extrema, e incluso de ligera melancolía.
Respecto
a Pablo, ya se veía desarrollarse en él el carácter de un hombre en medio de
los encantos de la adolescencia. Su estatura era entonces mayor que la de
Virginia, su tez más oscura, su nariz más aguileña, y sus ojos, que eran
negros, hubiesen resultado algo fieros, si las largas pestañas que irradiaban
como pinceles no le hubieran dado la mayor dulzura. Aunque siempre estaba
moviéndose, en cuanto su hermana aparecía, se tranquilizaba e iba a sentarse a
su lado. A menudo, sus comidas transcurrían sin mediar palabra. Por su
silencio, por la ingenuidad de sus actitudes, por la belleza de sus pies
desnudos, se creería haber visto un grupo antiguo de mármol blanco representando
alguno de los hijos de Niobe[8]; pero, por sus miradas que buscaban
cruzarse, por sus sonrisas a las que respondían sonrisas más dulces, se los
habría tomado por hijos del cielo, por esos espíritus dichosos cuya naturaleza
es amarse, y que no necesitan dar lo que sienten con pensamientos ni la amistad
con palabras.
Sin
embargo, la señora de La Tour, viendo desarrollarse a su hija con tantos
encantos, sentía que aumentaba su inquietud y su ternura. Me decía a veces:
«En el caso de morirme, ¿qué sería de Virginia sin fortuna?»
Tenía
esta mujer en Francia una tía, distinguida soltera, rica, vieja y devota, que
con tanta dureza le había negado ayuda cuando se casó con el señor de La Tour,
que se prometió a sí misma no recurrir nunca a ella, fuera cual fuera el
calvario que pasara. Pero al convertirse en madre, ya no temió la vergüenza de
los desdenes. Comunicó a su tía la muerte inesperada de su marido, el
nacimiento de su hija, la situación difícil en que estaba, lejos de su país,
desprovista de apoyo y haciéndose cargo de una niña. No recibió ninguna
respuesta. Siendo de noble carácter, no temió ya humillarse y exponerse a los
reproches de su pariente, que jamás le había perdonado casarse con un hombre
sin linaje, aunque virtuoso. Le escribía, pues, en todas las ocasiones con el
fin de despertar su sensibilidad en favor de Virginia. Pero habían discurrido
bastantes años sin recibir ningún anuncio de que se acordase de ellas.
Por
fin, en 1738, tres años después de la llegada del señor de La Bourdonnais[9] a esta isla, la señora de La Tour se
enteró de que este gobernador tenía que darle una carta de parte de su tía.
Corrió a Puerto
Añadía
en una posdata que, tras pensárselo mucho, la había recomendado encarecidamente
al señor de La Bourdonnais. La había recomendado, en efecto, pero siguiendo
una costumbre muy común en nuestros días, que hace a un protector más temible
que a un enemigo declarado: con el fin de justificar ante el gobernador la
dureza hacia su sobrina, fingiendo compadecerla, la había calumniado.
La
señora de La Tour, a quien ningún hombre indiferente hubiera podido ver sin
interés ni respeto, fue recibida muy fríamente por el señor de La Bourdonnais,
quien estaba prevenido contra ella. Sólo respondió a lo que le expuso sobre su
situación y la de su hija con duros monosílabos: «Ya veré; ya veremos... con
el tiempo: hay muchos desgraciados... ¿Por qué molestar a una parienta respetable?...
Usted es la que se equivoca.»
La
señora de La Tour se volvió a la propiedad, con el corazón destrozado por el
dolor y lleno de amargura. Al llegar a casa se sentó, tiró sobre la mesa la
carta de su tía y dijo a su amiga: «¡Ahí está el fruto de once años de paciencia!»
Pero como sólo la señora de La Tour sabía leer en la pequeña sociedad, volvió a
coger la carta y la leyó ante toda la familia reunida. Apenas acabó, Margarita
le dijo con viveza: «¿Por qué vamos a necesitar a tus parientes? ¿Dios nos ha
abandonado? El es nuestro único padre. ¿No hemos vivido felices hasta este día?
¿Por qué apenarte, entonces? No tienes valor.»
Y viendo
llorar a la señora de La Tour, se le echó al cuello y estrechándola en sus
brazos: «¡Querida amiga, exclamó, querida amiga!», pero sus propios sollozos
ahogaron su voz. Ante este espectáculo Virginia, deshecha en llanto, apretaba
alternativamente las manos de su madre y las de Margarita contra su boca y
contra su corazón; y Pablo, con los ojos encendidos de cólera, gritaba,
apretaba los puños, daba patadas, sin saber a quién echarle la culpa. Ante el
ruido, Domingo y María fueron corriendo, y sólo se escuchaban en la cabaña
estos gritos de dolor: «¡Ah, señora!... ¡mi buena ama!... ¡madre!... no llore.»
Unas muestras tan tiernas de amistad disiparon la pena de la señora de La Tour.
Tomó a Pablo y Virginia en sus brazos, y les dijo con alegría: «Hijos míos,
sois la causa de mi pena; pero también me alegráis. ¡Oh! mis niños queridos,
la desgracia no me ha venido más que de lejos, la felicidad está a mi alrededor.»
Pablo y Virginia no la comprendieron, pero al verla tranquila sonrieron y se
pusieron a acariciarla. De este modo, continuaron siendo felices, y tan sólo
esto fue una tormenta en medio del buen tiempo.
La
bondad natural de aquellos niños se desarrollaba día a día. Un domingo, al
alba, cuando sus madres se habían ido a la primera misa en la iglesia de los
Toronjos, una cimarrona se presentó bajo los plátanos que rodeaban su
propiedad. Estaba en los huesos, y no llevaba más que un jirón de arpillera
cubriéndole los riñones. Se echó a los pies de Virginia que preparaba el
desayuno de la familia, y le dijo: «Señorita, apiádese de una pobre esclava
fugitiva; hace un mes que ando por estos montes casi muerta de hambre, a veces
perseguida por los cazadores y sus perros. Huyo de mi amo, que es un rico
propietario de la zona del Río Negro[10]: puede ver cómo me ha tratado»; en ese momento
le mostró el cuerpo recorrido por unas cicatrices profundas debidas a los
latigazos que había recibido de él. Añadió: «Quería ir a ahogarme, pero al
saber que vivían ustedes aquí, me dije: "Ya que hay aún blancos buenos en
esta región, no hay por qué morirse todavía."» Virginia, emocionadísima,
le dijo: «Cálmese, ¡desdichada criatura! Coma, coma»; y le dio el desayuno de
la casa que tenía listo. La esclava lo devoró por completo en poco tiempo.
Virginia al verla satisfecha le dijo: «¡Pobre desgraciada! tengo ganas de ir a
pedir clemencia a su dueño; viéndola se apiadará. ¿Quiere conducirme a su
casa?» -«Ángel de Dios, replicó la negra, la seguiré donde v
Subieron
juntos la otra cara de la colina por donde habían bajado, y al llegar a la
cima se sentaron bajo un árbol, agotados de cansancio, hambre y sed. Habían
hecho más de cinco leguas sin probar bocado desde el amanecer. Pablo dijo a
Virginia: «Hermana, es más de mediodía; tienes hambre y sed: no encontraremos
aquí de qué almorzar: bajemos otra vez la colina y v
Después
de comer se encontraron sin saber qué hacer; ya no tenían un guía que les
llevara a su casa. Pablo, que no se sorprendía por nada, dijo a Virginia:
«Nuestra cabaña está hacia el sol del mediodía; tenemos que pasar, como esta
mañana, por encima de esa montaña que ves allí con sus tres picos. Vamos,
caminemos, amiga mía.» Esa montaña era la de los Tres Pechos, así llamada
porque sus tres cimas tienen dicha forma. Bajaron, pues, la colina del Río
Negro por el lado norte y llegaron tras una hora de marcha a las orillas de un
largo río que atravesaba su camino. Esta gran parte de la isla, toda cubierta
de grandes bosques, es tan poco conocida, incluso hoy, que varios de sus ríos y
montañas no tienen aún nombre. El río en cuya orilla se encontraban corre
burbujeando por un cauce de rocas. El ruido de sus aguas asustó a Virginia; no
se atrevió a poner en él los pies para cruzarlo. Entonces Pablo llevó a cuestas
a Virginia y atravesó, cargado así, por las rocas resbaladizas del río, a
pesar del tumulto de sus aguas. «No temas, le dijo, me siento fuerte contigo.
Si el propietario del Río Negro te hubiera negado el perdón de su esclava, me
hubiera pegado con él.» -«¡Pero cómo!, dijo Virginia, ¿con ese hombre tan alto
y malvado? ¡A lo que te he expuesto! ¡Dios mío! ¡qué difícil es hacer el bien!
Sólo el mal es fácil de hacer.» Cuando Pablo estuvo en la otra orilla quiso seguir
el camino cargado con ella, y se enorgullecía de subir de este modo por la
montaña de los Tres Pechos que veía ante él a una media legua de allí; pero
pronto las fuerzas le empezaron a fallar, y se vio obligado a bajarla y
descansar a su lado. Virginia le dijo entonces: «Hermano, está oscureciendo;
tienes todavía fuerzas y las mías me están abandonando, déjame aquí y vuelve
solo a nuestra cabaña para tranquilizar a nuestras madres.» -«¡Oh!, no, dijo
Pablo, no te dejaré. Si la noche nos sorprende en estos bosques, haré fuego,
cortaré un palmito, comerás su cogollo y con sus hojas haré un bohío* para que te refugies.» Sin embargo,
Virginia, tras reposar un poco, cogió en el tronco de un viejo árbol inclinado
sobre la orilla del río unas largas hojas de escolopendra que colgaban del
tronco; se hizo con ellas una especie de borceguíes con los que rodeó sus pies,
ensangrentados por las piedras del camino; porque con las prisas de ser útil
había olvidado calzarse. Al sentirse alivida por el frescor de esas hojas,
rompió una rama de bambú y se puso en marcha apoyándose con una mano en la caña
y con la otra en su hermano.
Caminaban
así despacito a través de los bosques; pero la altura de los árboles y la
espesura de su follaje hicieron que perdieran pronto de vista la montaña de los
Tres Pechos hacia la que se dirigían, e incluso también el sol, que ya se
estaba casi ocultando. Al cabo de un tiempo abandonaron sin darse cuenta el
sendero por el que habían andado hasta entonces, y se encontraron en un
laberinto de árboles, bejucos y rocas que ya no ofrecía salida. Pablo mandó
sentarse a Virginia, y se puso a correr en todas direcciones, fuera de sí,
para buscar un camino al exterior de aquella extraordinaria espesura. Subió a
lo alto de un gran árbol para descubrir al menos la montaña de los Tres
Pechos; pero no divisó a su alrededor más que las copas de los árboles, a la
vez que algunas de ellas se iluminaban con los últimos rayos del atardecer; un
profundo silencio reinaba en aquellas soledades y tan sólo se escuchaba el
bramido de los ciervos que venían a buscar su guarida en esos apartados
lugares. Pablo, con la esperanza de que pudiera oírle algún cazador, gritó con
todas sus fuerzas: «¡Venid, venid en auxilio de Virginia!», pero sólo los ecos
del bosque respondieron a su voz y repitieron varias veces: «Virginia...
Virginia».
Pablo
bajó entonces del árbol agotado de fatiga y de pena: buscó el modo de pasar la
noche en aquel lugar; pero no había ni una fuente, ni un palmito, ni tan
siquiera una rama seca que sirviera para hacer fuego. Experimentó en aquel
momento la debilidad de sus recursos y se puso a llorar. Virginia le dijo: «No
llores, amigo mío, si no quieres destrozarme de dolor. Yo soy la causa de todas
tus penas y de las que ahora están sufriendo nuestras madres. No hay que hacer
nada, ni tan siquiera el bien, sin consultar a los padres. ¡Oh, he sido muy
imprudente!», y comenzó a llorar. Sin embargo, dijo a Pablo: «Recemos a Dios,
hermano, y se apiadará de nosotros.» Apenas acabaron su plegaria, oyeron ladrar
a un perro. «Es el perro de algún cazador, dijo Pablo, que está apostado por la
noche para matar ciervos.» Poco después los ladridos del perro aumentaron. «Me
parece, dijo Virginia, que es Leal, el perro de nuestra cabaña; sí, reconozco
su voz, ¿estaríamos tan cerca de la llegada, y al pie de nuestra montaña? En efecto,
un momento después Leal estaba a sus pies, ladrando, aullando, gimiendo y
llenándolos de caricias. Cuando todavía no se habían recuperado de la sorpresa,
vieron a Domingo venir corriendo hacia ellos. A la llegada del buen negro, que
lloraba de alegría, se pusieron también ellos a llorar sin poder decirle una
palabra. Cuando Domingo se calmó: «¡Oh, mis amitos, les dijo, qué preocupación
tienen sus madres! ¡Cuánto les extrañó cuando ya no los encontraron al volver
de la misa a la que les acompañé! María, que estaba trabajando en una parte de
la propiedad, no ha sabido decirnos por qué lado buscarlos. Por último, he
cogido unas ropas viejas de ustedes, se las he dado a oler a Leal, e inmediatamente,
como si este pobre animal me hubiera oído, se ha puesto a seguirles los pasos,
me ha llevado, moviendo siempre el rabo, hasta el Río Negro. Allí, me ha dicho
un propietario que ustedes le habían llevado una esclava cimarrona, y que les
había dado su perdón. ¡Pero, v
Llegaron
a mitad de la noche al pie de su montaña, cuyos mamelones estaban iluminados
con varias hogueras. Apenas la estaban subiendo, oyeron voces que gritaban:
«¿Sois vosotros, hijos míos?» Respondieron con los negros: «Sí, somos
nosotros», y pronto divisaron a sus madres y a María que iban a su encuentro
con tizones encendidos. «Desdichados niños, dijo la señora de La Tour, ¿de
dónde venís? ¡qué angustia nos habéis hecho pasar!» -«Venimos, dijo Virginia,
del Río Negro, de pedir clemencia para una esclava cimarrona, a la que di esta
mañana el desayuno de la casa, porque se moría de hambre; y los negros
cimarrones nos han traído.» La señora de La Tour abrazó a su hija sin poder
hablar; y Virginia, al sentir el rostro bañado en lágrimas de su madre, le
dijo: «El verla me compensa de todo el mal que he sufrido.» Margarita, llevada
por la alegría, apretaba a Pablo en sus brazos y le decía: «Y tú también, hijo
mío, has hecho una buena acción.» Cuando las dos llegaron a su cabaña con los
niños, dieron bien de comer a los negros cimarrones, que se volvieron al
bosque, deseándoles todo tipo de prosperidad.
Cada
día era para aquellas familias un día de dicha y de paz. Ni la envidia ni la
ambición los atormentaban. No deseaban tener fuera la vana reputación que dan
las intrigas y que quita la calumnia; les bastaba con ser sus propios testigos
y jueces. En esta isla, donde, como en todas las colonias europeas, sólo se
tiene curiosidad por las anécdotas maliciosas, se ignoraban sus virtudes e
incluso sus nombres; sólo cuando un transeúnte preguntaba por el camino de los
Toronjos a algún habitante de la llanura: «¿Quién vive allá, en lo alto, en
esas cabañitas?», éste respondía sin conocerlos: «Son buena gente.» Del mismo
modo unas violetas, bajo arbustos de espinos, exhalan de lejos sus suaves
perfumes, aunque no se las vea.
Habían
desterrado de sus conversaciones la murmuración, que, bajo una apariencia de
justicia, predispone inevitablemente el corazón al odio o la falsedad; porque
resulta imposible no odiar a los hombres, si se les cree malvados, y vivir
con los malvados, si no se les oculta el odio bajo falsas imágenes de
benevolencia. De este modo, la murmuración nos obliga a estar mal con los demás
o con nosotros mismos. Por el contrario, sin juzgar a los hombres en
particular, no hablaban más que de las formas de hacer bien a todos en general;
y aunque no tuvieran el poder para ello, sí una voluntad continua que los
llenaba a todas horas de una benevolencia siempre dispuesta a dirigirse
afuera. Viviendo, pues, en soledad, lejos de ser salvajes, se habían hecho más
humanos. Si la escandalosa historia de la humanidad no les daba en modo alguno
materia de conversación, la de la naturaleza los llenaba de gozo y alegría.
Admiraban apasionadamente el poder de una Providencia que, valiéndose de sus
manos, había repartido en medio de aquellos áridos riscos la abundancia, los
dones, los placeres puros, sencillos y siempre renacientes.
Pablo,
a los doce años, más robusto e inteligente que los muchachos europeos de
quince, había embellecido lo que el negro Domingo no hacía más que cultivar. Lo
acompañaba a los bosques vecinos a arrancar plantones de limoneros, naranjos,
tamarindos cuya cabeza redonda es de un verde tan hermoso, guanábanos cuyo
fruto está lleno de una crema azucarada que huele a flor de azahar; plantaba
esos árboles, una vez crecidos, alrededor de este recinto. Había sembrado aquí
simientes de árboles que, ya desde el segundo año, dan flores o frutos, como el
agatis, del que cuelgan alrededor, como los cristales de una lucerna, largos
racimos de flores blancas; el lilo de Persia, que levanta al cielo sus
girándulas grises de lino; el papayo, cuyo tronco sin ramas, en forma de una
columna erizada de melones verdes, soporta un capitel de anchas hojas parecidas
a las de la higuera.
Había
plantado además simientes y huesos de mirobálanos, mangos, aguacates, gu
Había
dispuesto estos vegetales de modo que con mirarlos una vez se pudiera gozar de
su vista. Había plantado en medio de esta cuenca los árboles que se elevan a
poca altura, después los robustos, luego los árboles medianos y, por fin, los
grandes árboles que bordeaban su circunferencia; de modo que este vasto
cercado parecía desde su centro un anfiteatro de verdor, de frutos y flores,
que acogía plantas de huerta, lindes de prado y campos de arroz y trigo. Pero,
a pesar de someter esta vegetación a sus planes, no se había apartado de los de
la naturaleza; guiado por las indicaciones de ésta había puesto en los lugares
elevados aquellos cuyas simientes vuelan y, al borde del agua, aquellos cuyas
semillas están hechas para flotar: de este modo, cada vegetal crecía en su
propio lugar y cada lugar recibía de su vegetal su adorno natural. Las aguas
que bajaban desde la cima de esas rocas formaban en el fondo del vallejo aquí
fuentes, allá anchos espejos que iban repitiendo, en medio del verdor, los
árboles en flor, los riscos y el azul de los cielos.
A pesar
de la gran irregularidad de este terreno, todas aquellas plantaciones eran, en
su mayoría, tan accesibles al tacto como a la vista: en realidad, todos le
ayudábamos con nuestros consejos y colaboración para llevar a cabo su tarea.
Había
abierto una senda que rodeaba aquella cuenca, con unas ramificaciones que iban
a parar al centro. Había aprovechado los lugares más difíciles y compaginado,
con la armonía más lograda, la facilidad del paseo con la aspereza del
terreno, y los árboles cultivados con los salvajes. Empleando la enorme
cantidad de cantos que están estorbando ahora en estos caminos, así como en la
mayoría de los terrenos de la isla, había formado aquí y allá pirámides, en
cuyas bases había mezclado tierra y raíces de rosal, de poncianas y otros
arbustos que crecen fácilmente en las rocas; en poco tiempo, estas pirámides
sombrías y toscas se cubrieron con verdor, o con el resplandor de las flores
más hermosas. Los barrancos rodeados de viejos árboles inclinados sobre los
bordes formaban subterráneos abovedados inaccesibles para el calor, y allí se
iban a tomar el fresco durante el día. Una senda conducía a un bosquecillo de
árboles salvajes, en cuyo centro crecía, protegido de los vientos, un árbol
cultivado y cargado de fruta. Allá estaba un sembrado, acá un huerto. Por esa
avenida se divisaban las casas; por esa otra, las cimas inaccesibles de la
montaña. Bajo una espesa floresta de tacamacas entrelazadas por bejucos no se
podía distinguir, a plena luz del día, ningún objeto; en lo alto de esa gran
peña vecina que sobresale de la montaña se descubrían todas las de este recinto
y, a lo lejos, el mar, donde surgía a veces un velero que venía o volvía a
Europa.
En esa
peña se reunían las familias por la tarde y disfrutaban en silencio del
frescor del aire, del perfume de las flores, del murmullo de las fuentes, y de
las últimas armonías de la luz y de las sombras.
No
había nada más grato que los nombres dados a la mayoría de los encantadores
refugios de este laberinto[14]. Esa peña de la que acabo de hablarle,
desde donde me veían venir de lejos, se llamaba el DESCUBRIMIENTO DE LA
AMISTAD. Pablo y Virginia, en sus juegos, habían plantado allí un bambú, y en
lo alto ponían un pañuelo blanco para indicar mi llegada nada más divisarme,
del mismo modo que se iza un pabellón en la montaña vecina, al ver un velero
en el mar. Se me ocurrió grabar una inscripción en el tallo de aquella planta.
Por mucho placer que h
Escribí,
pues, en el pequeño mástil del pabellón de Pablo y Virginia estos versos de
Horacio:
... Fratres
Helena, lucida sidera,
Ventorumque
regat pater,
Obstrictis
allüs, praeter iapyga [15]
«Que
los hermanos de Helena, astros encantadores como vosotros, y que el
padre de los vientos os dirijan, y no hagan soplar más que el céfiro.»
Grabé
este verso de Virgilio en la corteza de una tacamaca, bajo cuya sombra a veces
se sentaba Pablo para mirar a lo lejos el mar agitado:
Fortunatus
et ¡¡le deos qui novit agrestes![16]
«¡Feliz,
hijo mío, por no conocer más que a las divinidades del campo!»
Y este
otro, encima de la puerta de la cabaña de la señora de La Tour, que era su
lugar de reunión:
At
secura quies, et nescia fallere vita [17]
«Aquí
existe una buena conciencia y una vida que no sabe engañar.»
Pero
Virginia no aprobaba en absoluto mi latín; decía que lo que había puesto al pie
de su veleta era demasiado largo y culto: «Hubiera preferido, añadía, SIEMPRE
EN MOVIMIENTO PERO CONSTANTE.» -«Esta divisa, le respondí, sería todavía más
conveniente para la virtud.» Mi reflexión la hizo enrojecer.
Aquellas
familias dichosas llevaban sus sensibles almas a todo lo que las rodeaba.
Habían dado los nombres más tiernos a los objetos en apariencia más
indiferentes. Un círculo de naranjos, plátanos y yambos plantados alrededor de
un césped, en medio del cual Virginia y Pablo iban a veces a bailar, se llamaba
LA CONCORDIA. Un viejo árbol, bajo cuya sombra la señora de La Tour y Margarita
se habían contado sus desdichas, se llamaba LAS LÁGRIMAS EN
Pero,
de todo lo que albergaba este recinto, nada era más agradable que lo que
llamaban el DESCANSO DE VIRGINIA.
Al pie
de la peña el DESCUBRIMIENTO DE LA AMISTAD hay una hondonada de donde sale una
fuente, que forma en su mismo nacimiento un charco de agua, en medio de un
prado de hierba fina. Cuando Margarita trajo al mundo a su hijo Pablo, le
regalé un coco que me habían dado. Plantó aquel fruto al borde este charcho de
agua, para que el árbol que originara sirviera un día de fecha al nacimiento
de su hijo. La señora de La Tour, siguiendo este ejemplo, plantó en aquel
lugar otro, con igual fin, en cuanto dio a luz a Virginia. Nacieron de esos dos
frutos dos cocoteros que formaban todo el archivo de las dos familias; uno se
llamaba el árbol de Pablo, y el otro, el árbol de Virginia. Ambos crecieron en
la misma proporción que sus jóvenes dueños, con altura un poco desigual, pero
que sobrepasaba al cabo de doce años la de sus cabañas. Ya entrelazaban sus
palmas y permitían coger sus jóvenes racimos de cocos por encima de la taza de
la fuente. Salvo esta plantación, habían dejado la hondonada de la peña tal y
como la naturaleza la había adornado. En sus lados pardos y húmedos
irradiaban con estrellas verdes y negras abundantes cabelleras de
helechos*, y flotaban a merced del viento manojos de
escolopendra colgados como largos lazos de un verde purpúreo. Cerca de allí
crecían orillos de hierba doncella, cuyas flores son casi iguales a la del
alhelí rojo, y guindillas cuyas vainas color sangre resplandecen más que el
coral. En los alrededores, la hierba de bálsamo, con hojas en forma de corazón,
y las albahacas, con olor a clavo, exhalaban suaves perfumes. De lo alto del
declive de la montaña colgaban bejucos parecidos a ropajes ondeantes, que
formaban en las laderas de las peñas grandes cortinas de verdor. Las aves de
mar, atraídas por estos apetecibles refugios, venían a pasar la noche. Al caer
el día, se podía ver volar a lo largo de la orilla del mar cormoranes, becadas,
y en lo alto de los cielos negras fregatas, con el pájaro blanco del trópico,
rabo de junco, que abandonaban, al igual que el astro del día, las soledades
del océano Indico[18]. A Virginia le gustaba descansar a orillas
de esa fuente, decorada con un surtidor
¡Encantadores
niños, pasabais así en la inocencia vuestros primeros días ejercitándoos en
las buenas acciones! ¡Cuántas veces en ese lugar vuestras madres, estrechándoos
en sus brazos, bendecían al cielo por el consuelo que preparabais a su vejez y
por veros entrar en la vida con auspicios tan felices! ¡Cuántas veces, a la
sombra de estas peñas, he compartido con ellas vuestras comidas campestres que
no le habían costado la vida a ningún animal! güiras llenas de leche, huevos
frescos, bizcochos de arroz encima de hojas de plátano, cestos cargados de
batatas, mangos, naranjas, granadas, plátanos, guanábanos, piñas, ofrecían a la
vez los platos más sanos, los colores más alegres y los jugos más agradables.
La
conversación era tan delicada e inocente como aquellos festines: Pablo hablaba
a menudo de las tareas del día y de las del día siguiente. Pensaba siempre algo
útil para la pequeña sociedad. Aquí los senderos no eran cómodos; allí no se
estaba bien sentado; esos jóvenes emparrados no daban sombra suficiente;
Virginia estaría mejor allí.
En la
estación de las lluvias se pasaban el día todos juntos en la cabaña, amos y
criados, ocupados en hacer esteras de hierba y cestas de bambú. Se podía ver
colocados con gran orden en los tabiques rastrillos, hachas, l
Al
llegar la noche, cenaban a la luz de una lámpara; luego, la señora de La Tour
o Margarita contaban historias de viajeros extraviados por la noche en los
bosques de Europa infestados de ladrones, o el naufragio de algún navío arrojado
por la tempestad contra los peñascos de una isla desierta. Con estos relatos,
las sensibles almas de sus hijos se llenaban de amor; rogaban al cielo
concederles la gracia de ejercer la hospitalidad con semejantes infortunados.
En ese momento las dos familias se separaban para ir a dencansar, impacientes
por volver a verse al día siguiente. A veces se dormían con el ruido de la
lluvia que caía torrencialmente por la techumbre de sus cabañas, o con el de
los vientos que les traían el murmullo lejano de las olas que rompían en la
orilla. Bendecían a Dios por sentirse a seguro, una sensación que aumentaba por
la de tener lejano el peligro.
De vez
en cuando, la señora de La Tour leía en alto alguna historia conmovedora del
Antiguo o del Nuevo Testamento. Razonaban poco sobre estos libros sagrados,
porque su teología se cifraba en sentimiento, como la de la naturaleza, y su
moral en acción, como la del Evangelio. No había unos días destinados al placer
y otros a la tristeza. Cada día para ellos era festivo, y todo lo que les
rodeaba un templo divino, en el que admiraban sin cesar una Inteligencia
infinita, todopoderosa y amiga de los hombres; este sentimiento de confianza en
el poder supremo los llenaba de consuelo para el pasado, valor para el presente
y esperanza para el futuro. Así es como aquellas mujeres, obligadas por la
desgracia a volver a la naturaleza, habían desarrollado en sí mismas y en sus
hijos estos sentimientos que da la propia naturaleza para impedirnos caer en la
desgracia[19].
Pero,
al igual que se levantan a veces en el alma más equilibrada nubes que la
oscurecen, cuando algún miembro de su pequeña sociedad parecía apenado, los
demás se reunían en torno a él, y le quitaban los pensamientos tristes más con
sentimientos que con reflexiones. Cada uno empleaba en esta tarea su carácter
particular; Margarita, una viva alegría; la señora de La Tour, una teología
delicada; Virginia, tiernas caricias; Pablo, franqueza y cordialidad; incluso
María y Domingo acudían en su ayuda. Se afligían si los veían afligidos, y
lloraban si los veían llorar. Al igual que las plantas débiles se entrelazan
juntas para resistir el huracán.
En el
buen tiempo, iban todos los domingos a misa a la iglesia de los Toronjos, cuyo
campanario ve allí, en la llanura. Iban a ella en palanquín los pobladores
ricos, quienes se apresuraron más de una vez a conocer a estas familias tan
unidas, y a invitarlas a fiestas de sociedad. Pero siempre rechazaban sus
ofrecimientos honesta y respetuosari.ente, persuadidas de que los poderosos
sólo buscan a los débiles para tener gente complaciente, y que sólo se puede
serlo alabando las pasiones ajenas, ya sean buenas o malas. Por otra parte,
evitaban con igual cuidado codearse con los habitantes menos importantes, de
ordinario celosos, maledicentes y groseros. Pasaron primero por tímidos para
los unos y por orgullosos para los otros; pero su reservada conducta iba
compañada de unos detalles tan solícitos, sobre todo hacia los más
necesitados, que se ganaron poco a poco el respeto de los ricos y la confianza
de los pobres.
Tras la
misa, venían a menudo a requerirlos para una buena acción. Se podía tratar de
una persona afligida que les pedía consejo, o de un niño que les rogaba que
pasaran por casa de su madre enferma en uno de los barrios vecinos. Llevaban
siempre consigo recetas útiles para las enfermedades que solían padecer los
habitantes, y las acompañaban de su buena disposición, que da tanto valor a
los pequeños favores. Sobre todo lograban desterrar las penas del espíritu, tan
intolerables en la soledad y en un cuerpo tullido. La señora de La Tour hablaba
con tanta confianza de la Divinidad que el enfermo, escuchándole, la creía
presente. Virginia volvía con frecuencia de aquellos lugares con los ojos
llorosos pero con el corazón lleno de alegría, porque había tenido ocasión de
hacer el bien. Ella era quien preparaba antes los remedios que los enfermos
necesitaban, y quien se los presentaba con una gracia indescriptible. Después
de estas visitas humanitarias, prolongaban a veces su camino por el valle de
la Montaña Larga hasta mi casa, donde los esperaba para comer a la orilla del
riachuelo que corre por mis alrededores. Me procuraba para esas ocasiones
algunas botellas de vino viejo, buscando aumentar así la alegría de nuestras
comidas tropicales con estos suaves y reconfortantes productos de Europa. Otras
veces nos citábamos a orillas del mar, en la desembocadura de algunos otros
riachuelos, que aquí son de hecho grandes arroyos, llevábamos de la finca
provisiones vegetales que añadíamos a las que nos proporcionaba el mar en
abundancia. Pescábamos en la orilla mújoles, pólipos, salmonetes, langostas,
camarones, cangrejos, erizos, ostras y moluscos de todo tipo. Los lugares más
terribles nos procuraban frecuentemente los placeres más tranquilos. A veces,
sentados en una roca, a la sombra de un terciopelo[20], veíamos las olas venir desde mar adentro
a romperse a nuestros pies con un estruendo horroroso. Pablo, que nadaba, por
otra parte, como un pez, avanzaba por los acantilados al encuentro de las olas,
y luego cuando se acercaban huía por la orilla delante de sus grandes volutas
de espuma que, bramando, lo perseguían hasta bien adelante en la arena. Pero
Virginia, al verlo, daba unos gritos enormes y decía que aquellos juegos le
daban mucho miedo.
Nuestras
comidas eran seguidas de las canciones y los bailes de estos dos jóvenes.
Virginia cantaba la felicidad de la vida campestre y los infortunios de las
gentes del mar llevadas por la avaricia a navegar en un elemento furioso, en
vez de cultivar la tierra, que da apaciblemente tantos bienes. A veces, a la
manera de los negros, realizaba con Pablo una pantomima. La pantomima es el
primer lenguaje del hombre; todas las naciones la conocen; es tan natural y
expresiva que los niños de los blancos no tardan en aprenderla en cuanto han
visto a los de los negros representarla. Virginia acordándose, por lo que le
leía su madre, de las historias que más le habían conmovido, escenificaba sus
elementos principales con gran ingenuidad. Luego, al son del tam-tam de
Domingo, se presentaba en el césped llevando un cántaro a la cabeza; se
adelantaba tímidamente hacia el manantial de una fuente vecina para sacar
agua. Domingo y María, haciendo de pastores de Madián[21], le prohibían acercarse y fingían echarla.
Pablo iba a socorrerla, pegaba a los pastores, llenaba el cántaro de Virginia,
y, poniéndoselo en la cabeza, le colocaba a la vez una corona de flores rojas
de hierba doncella, que resaltaban la blancura de su tez. Entonces,
prestándome a sus juegos, me encargaba del personaje de Raguel y concedía en
matrimonio a Pablo a mi hija Séfora[22].
En otra
ocasión representaba a la infortunada Ruth[23] que vuelve viuda y pobre a su país, donde
se siente extranjera tras una larga ausencia. Domingo y María hacían de
espigadores. Virginia fingía recoger aquí y allá tras sus pasos algunas
espigas de trigo. Pablo, imitando la gravedad de un patriarca, le preguntaba;
ella respondía a sus preguntas temblando. Pronto, apiadado, concedía
hospitalidad a la inocencia y refugio al infortunio. Llenaba el delantal de
Virginia con todo tipo de provisiones y la conducía ante nosotros, como si
fuera ante los ancianos de la ciudad, declarando que la tomaba en matrimonio a
pesar de su indigencia. La señora de La Tour, con esta escena, llegaba a
acordarse del abandono al que fue sometida por sus propios parientes, de su
viudedad, y de la buena acogida que le había proporcionado Margarita, a la que
ahora seguía la esperanza de un matrimonio feliz entre sus hijos; y el recuerdo
confuso de los males y los bienes nos hacía a todos verter lágrimas de dolor y
alegría.
Estos
dramas se representaban con tanto verismo que uno se creía transportado a los
campos de Siria o Palestina. No nos faltaban los decorados, la iluminación y la
orquesta que convienen a estos espectáculos. El escenario se encontraba
habitualmente en la encrucijada de un gran bosque cuyas entradas formaban a
nuestro alrededor arcadas de follaje: estábamos en su centro refugiados del
calor durante todo el día; pero cuando el sol iba bajando en el horizonte,
sus rayos, rotos por los troncos de los árboles, se hacían divergentes en las
sombras del bosque, formando largos haces de luz que producían el más
esplendoroso de los efectos. A veces el disco aparecía en toda su extensión al
final de una avenida, haciéndola resplandecer plenamente. El follaje de los
árboles, iluminados por debajo con los rayos azafranados, brillaba con el
fulgor del topacio y la esmeralda; sus troncos musgosos y pardos parecían
haberse cambiado en columnas de bronce antiguo; y los pájaros ya retirados en
silencio bajo la frondosa sombra para pasar la noche, sorprendidos de volver a
ver una segunda aurora, saludaban todos a una al astro del día con mil y mil
canciones.
La
noche nos sorprendía muy a menudo en estas fiestas campestres; pero la pureza
del aire y la benignidad del clima nos permitían dormir bajo un bohío, en
medio de los bosques, sin el menor temor, por otra parte, a los ladrones. Al
día siguiente, cada uno se volvía a su cabaña, y la encontraba en el estado en
que la había dejado. Había, por tanto, tan buena fe y sencillez en esta isla
sin comercio, que las puertas de muchas casas no cerraban con llave y una
cerradura era objeto de curiosidad para muchos criollos.
Pero
había en el año días que eran para Pablo y Virginia días de grandes festejos;
eran las fiestas de sus madres. La víspera, Virginia no dejaba de amasar y
cocer galletas de flor de harina, que enviaba a familias pobres de blancos,
nacidos en la isla, quienes nunca habían comido pan de Europa y que, sin
ninguna ayuda de los negros, reducidos a vivir de mandioca en medio de los
bosques, no tenían para soportar la pobreza ni el embrutecimiento que acompaña
la esclavitud ni el valor que viene de la educación. Estas galletas eran los
únicos presentes que Virginia hubiera podido hacer de lo que sobraba en la
propiedad; pero les añadía tal gracia que les daba un gran valor. Primero,
Pablo era el encargado de llevarlas en persona a esas familias, y se
comprometían al recibirlas a ir, al día siguiente, a pasar la jornada en casa
de la señora de La Tour y Margarita. Se veía llegar entonces a una madre de
familia con dos o tres paupérrimas hijas, amarillentas, delgadas y tan tímidas
que no osaban levantar los ojos. Virginia pronto las hacía sentirse a gusto;
les servía refrescos, que lograba mejorar con algún detalle particular que
aumentaba, según ella, su prestancia. Este licor había sido preparado por
Margarita, este otro por su madre, su hermano había recogido personalmente ese
fruto en lo alto de un árbol. Invitaba a Pablo a hacerlas bailar. No las
dejaba de ningún modo sin verlas contentas y satisfechas; quería que estuvieran
alegres con la alegría de su familia. «Uno sólo hace su felicidad, decía, ocupándose
de la de los demás.» Cuando se volvían, las invitaba a llevarse lo que parecía
que les había gustado, ocultando la necesidad de agradecerle los regalos con el
pretexto de la novedad o la singularidad de éstos. Si se percataba de demasiado
desaliño en los vestidos de las mujeres, escogía, con el consentimiento de su
madre, algunos de los suyos, y encargaba a Pablo ir a dejarlos en secreto a la
puerta de sus cabañas. De este modo hacía el bien, a ejemplo de la Divinidad,
ocultando a la benefactora y mostrando la buena acción.
Ustedes,
europeos, cuya mente está ocupada ya desde la infancia con tantos prejuicios
contrarios a la felicidad, no pueden concebir que la naturaleza pueda dar
tantos conocimientos y placeres. Su alma, circunscrita a una pequeña esfera de
saberes humanos, alcanza pronto el término de sus gozos artificiales: pero la
naturaleza y el corazón son inagotables. Pablo y Virginia no tenían ni relojes,
ni calendarios, ni libros de cronología, historia o filosofía. Los periodos
de su vida se regulaban según los de la naturaleza. Conocían las horas del día
por la sombra de los árboles; las estaciones por la época en que dan sus flores
o sus frutos; y los años, por el número de sus recolecciones. Estas agradables
imágenes daban a sus conversaciones el mayor encanto. «Ya es hora de comer,
decía Virginia a la familia. Ya les ha llegado a los plátanos la sombra a los
pies»; o bien «Se acerca la noche, los tamarindos cierran sus hojas.» -«¿Cuándo
vendréis a vernos?», le decían algunas amigas de la vecindad. -«En las cañas de
azúcar», respondía Virginia. -«Vuestra visita nos será todavía más encantadora
y agradable», contestaban aquellas muchachas. Cuando la interrogaban sobre su
edad y la de Pablo: «Mi hermano, decía, tiene la edad del gran cocotero de la
fuente, y yo la del más pequeño. Los mangos han dado frutos unas doce veces y
los naranjos han florecido veinticuatro veces desde que vine al mundo.» Su vida
parecía unida a la de los árboles como les ocurre a los faunos y a las driadas[24]: no conocían otras épocas históricas que
las de la vida de sus madres, otra cronología que la de sus huertos y otra
filosofía que la de hacer el bien a todos y someterse a la voluntad de Dios.
Después
de todo, ¿qué necesidad tenían estos jóvenes de ser ricos y sabios a nuestra
manera? Sus necesidades y su ignorancia aumentaban su felicidad. No pasaba día
sin que se intercambiaran ayuda o conocimientos: sí, conocimientos; y aun
cuando hubiera habido en ellos algunos errores, el hombre puro no debe temer
que sean peligrosos. Así crecían esos dos hijos de la naturaleza. Ninguna
preocupación había arrugado su frente, ninguna intemperancia corrompido su
sangre, ninguna pasión desdichada depravado su corazón: el amor, la inocencia,
la piedad, transformaban cada día la belleza de su alma en encantos inefables,
presentes en sus rasgos, actitudes y movimientos. En la mañana de la vida,
tenían toda la frescura de ésta: tal como en el Edén aparecieron nuestros
primeros padres cuando, saliendo de las manos de Dios, se vieron, se acercaron
y conversaron primero como hermano y hermana. Virginia, dulce, modesta y
confiada como Eva; y Pablo, semejante a Adán, con la estatura de un hombre y
la sencillez de un niño.
A
veces, estando solo con ella (me lo ha contado mil veces), le decía al volver
de sus tareas: «Cuando estoy cansado verte me descansa. Cuando desde lo alto
de la montaña te diviso al fondo de ese vallejo, me pareces en medio de
nuestros vergeles como un capullo de rosa. Si caminas hacia la casa de
nuestras madres, la perdiz que corre hacia sus pequeños muestra un corpiño
menos hermoso y un andar menos ligero. Aunque te pierda de vista a través de
los árboles, no necesito verte para encontrarte; algo de ti que no puedo decir
me queda en el aire donde pasas, en la hierba donde te sientas. Cuando me
acerco a ti enciendes todos mis sentidos. El azul del cielo es menos hermoso
que el azul de tus ojos; el canto de los bengalíes, menos dulce que el sonido
de tu voz. Si te toco tan sólo con la punta de los dedos, todo mi cuerpo se
estremece de placer. Acuérdate del día en que atravesamos por los cantos el río
de los Tres Pechos. Al llegar a su orilla ya estaba muy cansado; pero cuando te
cogí a la espalda me parecía tener alas como un pájaro. Dime con qué encanto
has podido encantarme. ¿Es por tu entendimiento? nuestras madres tienen más que
nosotros dos. ¿Es por tus caricias? Sin embargo, ellas me abrazan más a menudo
que tú. Creo que es por tu bondad. No olvidaré nunca que anduviste descalza
hasta el Río Negro para pedir el perdón de una esclava fugitiva. Ten, amada
mía, toma esta rama florida de limonero que he cogido en el bosque. La pondrás
por la noche cerca de tu cama. Pero antes descansa en mi pecho y yo descansaré.»
Virginia
le respondía: «¡Oh, hermano mío! los rayos del sol por la mañana, en lo alto de
esos riscos, me dan menos alegría que tu presencia. Quiero mucho a mi madre,
quiero mucho a la tuya; pero cuando te llaman hijo mío las quiero más todavía.
Siento más las caricias que te hacen que las que recibo. Me preguntas por qué
me quieres; pero todo lo que crece junto se quiere. Mira nuestros pájaros;
criados en los mismos nidos, se aman como nosotros; están siempre juntos como
nosotros. Escucha cómo se llaman y se responden de un árbol a otro: es lo
mismo cuando el eco me hace oír las canciones que tocas con tu flauta, en lo
alto de la montaña, y repito su letra en el fondo de ese vallejo. Me eres
querido, sobre todo desde el día en que querías pegarte por mí contra el amo de
la esclava. Desde entonces, me he dicho muchas veces: ¡Ah! mi hermano tiene un
buen corazón, sin él habría muerto de espanto. Pido a Dios todos los días por
mi madre, por la tuya, por ti, por nuestros pobres criados; pero cuando
pronuncio tu nombre me parece que mi devoción aumenta. ¡Le pido a Dios tan
fuertemente que nada malo te ocurra! ¿Por qué te vas tan lejos y tal alto a
buscarme frutas y flores? ¿No tenemos bastantes en nuestro jardín? ¡Qué
cansado estás! Estás empapado.» Y con su pañuelito le secaba la frente y las
mejillas y lo besaba varias veces.
Sin
embargo, desde hacía algún tiempo Virginia se encontraba agitada por un mal
desconocido. Sus bellos ojos azules se veteaban de negro, su tez amarilleaba;
una languidez abatía todo su cuerpo. Ya no había serenidad en su frente, ni
sonrisa en sus labios. Se la veía de pronto alegre sin regocijo, y triste sin
pena. Huía de sus juegos inocentes, de sus agradables tareas y de la compañía
de su familia querida. Iba de un lado a otro en los lugares más solitarios de
la propiedad, buscando en todo lugar reposo y no encontrándolo en ninguno.
Algunas veces, al ver a Pablo, iba hacia él retozando y luego, de repente, tras
acercarse, se mostraba incómoda; un rojo vivo coloreaba sus mejillas pálidas y
sus ojos ya no se atrevían a sostener la mirada de él. Pablo le decía: «El
verdor cubre esas peñas, nuestros pájaros cantan cuando te ven; todo es alegre
a tu alrededor, solamente tú estás triste». Buscaba reanimarla con su abrazo;
pero ella volvía la cabeza y huía temblando hacia su madre. La infeliz se
sentía turbada por las caricias de su hermano. Pablo no comprendía nada de
estos caprichos tan nuevos y extraños. Un mal pocas veces llega solo. Uno de
esos veranos que asolan de vez en cuando las tierras situadas entre los
trópicos vino a sembrar aquí sus estragos. Era sobre finales de diciembre,
cuando el sol en capricornio calienta durante tres semanas la Isla de Francia
con su fuego vertical. El viento del sureste que reina en estas tierras casi
todo el año ya no soplaba. Extensos remolinos de polvo se levantaban en los
caminos, y quedaban suspendidos en el aire. La tierra se agrietaba por todas
partes; la hierba estaba quemada: unas exhalaciones calientes salían de las
laderas de las montañas y la mayoría de los arroyos se habían secado. Ninguna
nube venía del lado del mar. Sólo durante el día unos vapores rojizos se
levantaban por encima de las llanuras y parecían, al atardecer, las llamas de
un incendio. Ni tan siquiera la noche refrescaba la atmósfera encendida. El
orbe de la luna, rojísimo, se elevaba sobre un horizonte brumoso, con un tamaño
desmesurado. Los rebaños abatidos en las laderas de las colinas, con el cuello
extendido hacia el cielo, aspirando el aire, hacían resonar los valles con sus
tristes mugidos. El cafre[25] que los conducía se acostaba en la tierra
para encontrar frescor, pero el sol quemaba en todas partes, y el aire,
irrespirable, resonaba con el zumbido de los insectos que buscaban apagar su
sed en la sangre de los hombres y de los animales.
En una
de aquellas ardientes noches, Virginia sintió que los síntomas de su mal se
hacían más intensos. Se levantaba, se sentaba, se volvía a acostar, y no
encontraba en ninguna posición sueño ni reposo. Se encamina, a la luz de la
luna, hacia su fuente; divisa su manantial que, a pesar de la sequía, corre aún
en hilos de plata sobre los lados pardos de la roca. Se sumerge en su cavidad.
Primero, el fresco le reanima los sentidos y mil recuerdos agradables le vienen
al pensamiento. Se acuerda que en la infancia su madre y Margarita se divertían
bañándola con Pablo en ese mismo lugar; que Pablo luego, reservando este baño
para ella sola, había cavado el hueco, cubierto el fondo de arena y sembrado
en sus orillas hierbas aromáticas. Entreveía en el agua, sobre sus brazos
desnudos y sobre su seno, los reflejos de las dos palmeras plantadas cuando
nacieron su hermano y ella, entrelazando por encima de su cabeza sus ramos
verdes y sus jóvenes cocos. Piensa en la amistad de Pablo, más suave que los
perfumes, más pura que el agua de las fuentes, más fuerte que las palmeras
unidas; y suspira. Piensa en la noche, en la soledad, y un fuego devorador se
apodera de ella. Al momento sale, asustada por esas peligrosas sombras y esas
aguas más calientes que los soles de la zona tórrida. Corre junto a su madre en
busca de un apoyo contra ella misma. Más de una vez, queriendo contarle sus
penas le aprieta las manos en las suyas, más de una vez estuvo a punto de
pronunciar el nombre de Pablo, pero el corazón oprimido dejó sin expresión a su
lengua, y poniendo la cabeza en el pecho de su madre no pudo más que inundarlo
de lágrimas.
La
señora de La Tour penetraba bien la causa del mal de su hija, pero no se
atrevía a hablarle personalmente de ello.
«¡Mi
niña, le decía, dirígete a Dios, que dispone a voluntad de la salud y la vida.
Te pone a prueba hoy para recompensarte mañana. Piensa que estamos sólo en la
tierra para ejercer la virtud.»
En
aquella época esos calores extremos hicieron subir del océano unos vapores que
cubrieron la isla como una gran sombrilla. Las cimas de las montañas los
reconcentraban a su alrededor y largos surcos de fuego salían de vez en cuando
de las crestas cubiertas de bruma. Al momento, unos truenos terribles hicieron
resonar con sus ecos los bosques, las llanuras y los valles; lluvias
espantosas, parecidas a cataratas, cayeron del cielo. Torrentes espumosos se
precipitaban a lo largo de las laderas de esta montaña: el fondo de esta cuenca
se había convertido en mar; la meseta donde se asientan las cabañas, en una
islita; y la entrada de este valle, en una esclusa por donde salían, revueltos
con las aguas que bramaban las tierras, los árboles y las peñas.
Toda la
familia temblando rezaba a Dios dentro de la cabaña de la señora de La Tour,
cuyo techo crujía horriblemente por el esfuerzo de los vientos. Aunque la
puerta y las contraventanas estaban bien cerradas, se podía distinguir todos
los objetos de dentro a través de las junturas del armazón, tan intensos y
frecuentes eran los relámpagos. El intrépido Pablo, seguido por Domingo, iba de
una cabaña a la otra a pesar del furor de la tempestad,
El
primer deseo de Virginia fue ver otra vez el lugar de su descanso. Pablo se
acercó tímidamente a ella y le ofreció su brazo para ayudarla a andar. Lo
aceptó sonriendo y salieron juntos de la cabaña. El aire estaba fresco y
sonoro. Humaredas blancas se levantaban sobre las lomas de la montaña surcada
aquí y allá por la espuma de los torrentes que en todas partes cesaban de
manar. En cuanto al jardín, estaba completamente trastocado por horribles
barrancos; la mayoría de los árboles frutales tenían las raíces fuera; grandes
montones de arena cubrían las lindes de los prados y habían rellenado el baño
de Virginia.
Sin
embargo, los dos cocoteros se mantenían en pie y conservaban su verdor; pero no
había en los alrededores ni césped ni emparrados ni pájaros, salvo algunos
bengalíes que, en la punta de las peñas vecinas, lamentaban con sus cantos
plañideros la pérdida de sus hijos.
A la
vista de esta desolación, Virginia dijo a Pablo: «Había traído usted[26] aquí pájaros, el huracán los ha matado.
Había plantado este jardín; está destruido. Todo perece en la tierra, tan sólo
el cielo no cambia.» Pablo le respondió: «¡Que no pueda darle a usted algo del
cielo! pero no poseo nada, ni tan siquiera en la tierra.» Virginia habló de nuevo,
ruborizándose. «Tiene en su poder el retrato de san Pablo.» Apenas habló
Virginia, fue a buscarlo a la cabaña de su madre. Este retrato consistía en una
pequeña miniatura que representaba a san Pablo eremita[27], Margarita le tenía gran devoción; lo
había llevado mucho tiempo colgado del cuello cuando era muchacha; luego, ya
madre, lo había puesto al cuello de su hijo. Había ocurrido incluso que,
estando embarazada de él y al ser abandonada por todos, a fuerza de contemplar
la i
Por su
parte, Margarita decía a la señora de La Tour: «¿Por qué no casamos a nuestros
hijos? Sienten el uno por el otro una pasión extremada de la que mi hijo no se
da cuenta todavía. Cuando la naturaleza le h
En
efecto, esas señoras me consultaron y fui de su opinión. «Los mares de la
India son hermosos, les dije. Cogiendo una estación favorable para pasar de
aquí allí, supone un viaje de unas seis semanas todo lo más y el mismo tiempo
de vuelta. Le haremos en nuestro barrio una pacotilla[28] a Pablo, porque tengo vecinos que lo
quieren mucho. Aun cuando no le diéramos más que algodón en bruto, del que no
hacemos ningún uso al no tener molinos para pelarlo, madera de ébano, tan
corriente aquí que sirve para calentarse, y algunas resinas que se desechan en
nuestros bosques: todo eso se vende bastante bien en las Indias y aquí no
tiene ninguna utilidad.»
Me
encargué de pedirle al señor de La Bourdonnais un permiso de embarco para este
viaje; y ante todo quise prevenir de ello a Pablo. Pero cuál fue mi sorpresa
cuando el joven me dijo con una sensatez muy por encima de su edad: «¿Por qué
quiere que deje mi familia por no sé qué proyecto de hacer fortuna? ¿Hay algún
comercio en el mundo más ventajoso que el cultivo de un campo que da a veces
cincuenta y ciento por uno? Si queremos comerciar, ¿no podemos hacerlo llevando
de aquí a la ciudad lo que nos sobra, sin que v
Su
respuesta me puso en un gran aprieto, porque la señora de La Tour no me había
ocultado el estado de Virginia y su deseo de ganar algunos años en la edad de
aquellos jóvenes alejándolos uno de otro. Eran motivos que no me atrevía
siquiera a dejar que Pablo los sospechara.
Mientras
esto ocurría, un velero llegado de Francia trajo a la señora de La Tour una
carta de su tía. El temor a la muerte, sin el que los corazones duros no serían
nunca sensibles, la había conmocionado. Salía de una importante enfermedad que
había acabado postrándola y que la edad hacía incurable. Ordenaba a su sobrina
volver a Francia, o, si su salud no le permitía hacer un vieje tan largo, le decía
que enviara a Virginia, a la que destinaba una buena educación, un partido en
la corte y la donación de todos sus bienes. El que volviera a manifestar su
benevolencia iba unido a la ejecución de sus órdenes. Apenas se leyó la carta
en la familia, reinó la consternación. Domingo y María se pusieron a llorar.
Pablo, inmovilizado por la sopresa, parecía dispuesto a montar en cólera.
Virginia, con los ojos clavados en su madre, no se atrevía a pronunciar
palabra. «¿Podría dejarnos ahora?, dijo Margarita a la señora de La Tour. -No,
amiga mía; no, hijos míos, prosiguió la señora de La Tour: no os dejaré. He
vivido con vosotros, y con vosotros es con quien voy a morir. He conocido la
dicha en vuestra amistad. Si mi salud se ve perturbada, el motivo son antiguos
pesares. Me hirieron en el corazón la dureza de mis parientes y la pérdida de
mi querido esposo. Pero, después, he conocido más consuelo y felicidad con
vosotros, bajo estas pobres cabañas, de lo que nunca las riquezas de mi
familia me hicieron esperar en mi patria.»
Ante
este discurso, corrieron lágrimas de alegría en todos los ojos. Pablo,
estrechando a la señora de La Tour entre sus brazos, le dijo: «No la dejaré
tampoco; no iré a las Indias. Trabajaremos todos para usted, querida mamá, no
le faltará nunca nada con nosotros.» Pero de toda la pequeña sociedad, quien
testimonió menos contento, siendo la que más se alegró, fue Virginia. Se mostró
el resto del día con una alegría serena y el retorno de su tranquilidad supuso
la culminación de la satisfacción general.
Al día
siguiente, al amanecer, cuando acababan de hacer todos juntos, según su
costumbre, la oración matinal que precedía al desayuno, Domingo les advirtió
que un señor a caballo, seguido por dos esclavos, se acercaba a la propiedad.
Era el señor de La Bourdonnais. Entró en la cabaña donde toda la familia estaba
sentada a la mesa. Virginia acababa de servir, siguiendo la costumbre de la
zona, café y arroz cocido con agua. Le había añadido boniatos calientes y
plátanos frescos. Había por toda vajilla mitades de güiras y por mantelería
hojas de plátano. El gobernador dejó traslucir al principio cierto asombro por
la pobreza de esta morada. Luego, dirigiéndose a la señora de La Tour, le dijo
que los asuntos generales le impedían a veces pensar en los particulares, pero
que ella le merecía una consideración especial. «Tiene, añadió, señora, una
tía de condición y con mucho dinero en París, que le reserva su fortuna y la
espera a su lado.» La señora de La Tour respondió al gobernador que su mermada
salud no le permitía emprender un viaje tan largo. «Al menos, replicó el señor
de La Bourdonnais, a la señorita, su hija, tan joven y encantadora, no sabría,
sin que fuera injusto, privarla de una herencia tan grande. No le oculto que su
tía ha empleado la autoridad para hacerla ir a su lado. Los apoderados me han
escrito que, en este asunto, empleara mi poder si hiciera falta; pero al no
ejercerlo más que para hacer felices a los habitantes de esta colonia, espero
de su sola voluntad un sacrificio de algunos años, del que depende establecer
a su hija y el bienestar de usted. ¿Por qué vienen a las islas? ¿No es para
hacer fortuna? ¿No es mucho más agradable ir a encontrarla en la patria de
uno?»
Diciendo
estas palabras, puso sobre la mesa un gran saco de piastras[29] que llevaba uno de sus negros. «Esto es,
añadió, lo destinado por parte de su tía a los preparativos de viaje de la
señorita.» Luego acabó reprochando bondadosamente a la señora de La Tour no
haberse dirigido a él cuando pasaba necesidades, alabando, sin embargo, su noble
valor. Pablo, de inmediato, tomó la palabra y dijo al gobernador: «Señor, mi
madre se dirigió a usted, y usted la recibió mal. -¿Tiene otro hijo, señora?,
dijo el señor de La Bourdonnais a la señora de La Tour. No, señor, respondió,
éste es el hijo de mi amiga; pero él y Virginia nos son comunes e igualmente
queridos. -
El
señor de La Bourdonnais, invitado por la señora de La Tour, se sentó a su lado
en la mesa. Desayunó, a la manera de los criollos, con café mezclado con arroz
cocido en agua. Le maravilló el orden y la limpieza de la cabañita, la unión de
aquellas dos familias encantadoras, e incluso la dedicación de sus viejos
criados.
«Aquí
sólo hay, dijo, muebles de madera; pero uno encuentra rostros serenos y
corazones de oro.»
Pablo,
encantado con la popularidad del gobernador, le dijo: «Deseo ser su amigo,
porque es usted un hombre honesto.» El señor de La Bourdonnais recibió con
agrado este testimonio de cordialidad insular. Lo abrazó estrechándole la mano
y le
Tras el
desayuno, tomó aparte a la señora de La Tour y le dijo que pronto se iba a
ofrecer una ocasión para enviar a su hija a Francia en un velero listo para
zarpar, que la recomendaría a una parienta que tenía en el pasaje; que había
que guardarse de abandonar una inmensa fortuna por una satisfacción de algunos
años. «Su tía, añadió yéndose, no puede durar más de dos años; sus amigos me lo
han pedido. Piénseselo bien. La fortuna no viene todos los días. Haga sus
consultas. Toda la gente sensata será de mi opinión.» Ella le respondió «que,
no deseando a partir de ahora otra dicha en el mundo que la de su hija,
dejaría su marcha a Francia enteramente a su disposición».
A la
señora de La Tour no le desagradaba encontrar una ocasión de separar por algún
tiempo a Virginia y a Pablo, procurándoles así un día su felicidad mutua. Llevó
a su hija aparte y le dijo: «Mi niña, nuestros criados son viejos; Pablo es muy
joven, Margarita ya va teniendo edad, yo ya tengo achaques; si me fuera a
morir, ¿qué sería de ti, sin fortuna en medio de estos desiertos? Te quedarías,
por tanto, sola, no teniendo a nadie que pueda serte de gran ayuda, y
estarías obligada, para vivir, a deslomarte trabajando la tierra sin descanso.
Esta idea me rompe el corazón.» Virginia le respondió: «Dios nos condenó a
trabajar. Usted me enseñó a trabajar, y a bendecirle cada día. Hasta ahora no
nos ha abandonado, y de ningún modo nos abandonará todavía. Su providencia
cuida sobre todo de los infortunados. ¡Usted me lo ha dicho tantas veces,
madre! No sabría decidirme a dejarla.» La señora de La Tour, emocionada,
replicó: «No tengo otro proyecto que hacerte feliz y casarte un día con Pablo,
que no es tu hermano. Piensa ahora que su fortuna depende de ti.»
Una
muchacha que ama cree que todo el mundo lo ignora. Pone en sus ojos el velo
que tiene en el corazón; pero cuando lo levanta una mano amiga, entonces las
penas secretas de su amor se escapan como por una barrera abierta, y las
tiernas expansiones de confianza sustituyen a las reservas y misterios de los
que se rodeaba. Virginia, sensible a los nuevos testimonios de bondad por parte
de su madre, le contó cuáles habían sido sus combates, que habían tenido por
único testigo a Dios, que veía el socorro de su providencia en el de una madre
llena de ternura que aprobaba su inclinación y la guiaba con sus consejos; que
ahora, apoyada en ella, todo la comprometía a quedarse a su lado, sin inquietud
por el presente y sin temor por el futuro.
La
señora de La Tour, al ver que su confidencia había producido un efecto
contrario al que esperaba, le dijo: «Mi niña, no quiero contradecirte en modo
alguno; piénsatelo con calma, pero oculta tu amor a Pablo. Cuando le han robado
a una joven el corazón, su amante ya no tiene que pedirle nada.»
Sobre
el final de la tarde, cuando estaba sola con Virginia entró en su casa un
hombre alto, vestido con una sotana azul. Era un misionero de la isla y el
confesor de la señora de La Tour y Virginia. Lo había enviado el gobernador.
«Hijas mías, dijo al entrar, ¡alabado sea Dios! Sois ricas. Podréis escuchar
vuestro buen corazón, hacer el bien a los pobres. Sé lo que os ha dicho el
señor de La Bourdonnais y lo que le habéis respondido: Mamita, su salud le
obliga a quedarse aquí, pero usted, jovencita, no tiene excusa. Hay que
obedecer a la Providencia, a nuestros ancianos parientes, incluso si son
injustos. Es un sacrificio, pero es la voluntad de Dios. El se entregó por
nosotros; hay que, como él, entregarse por el bien de nuestra familia. Su viaje
a Francia tendrá un final feliz. ¿No le gustaría ir, mi querida señorita?»
Virginia,
sin mirarlo, le respondió temblando: «Si es la voluntad del Señor, no me opongo
a nada. ¡Que se haga la voluntad de Dios!», dijo llorando.
El
misionero salió y fue a dar parte al gobernador del éxito de su encargo. Sin
embargo, la señora de la Tour me rogó por Domingo que me pasara por su casa
para consultarme sobre la marcha de Virginia. No fui en absoluto de la opinión
de que la dejaran marcharse. Tengo por principios seguros de la felicidad que
hay que preferir las ventajas de la naturaleza a todas las de la fortuna, y
que no podemos ir a buscar fuera de nosotros lo que podemos encontrar en
nosotros mismos. Aplico estas máximas a todo, sin excepción. Pero, ¿qué podían
mis consejos de moderación contra las ilusiones de una gran fortuna, y mis
razones naturales contra los prejuicios del mundo y contra una autoridad
sagrada para la señora de La Tour? Así pues, esta dama no me consultó más que
por educación, y ya no volvió a deliberar desde la decisión de su confesor.
Incluso Margarita, que, a pesar de las ventajas que esperaba para su hijo de la
fortuna de Virginia, se había opuesto firmemente al viaje, ya no hizo
objeciones. En cuanto a Pablo, ignorante de la resolución hacia la que se
inclinaban y extrañado por las conversaciones secretas de la señora de La Tour
y su hija, se abandonaba a una tristeza sombría. «Traman algo contra mí, dijo,
porque me huyen.»
Por
otra parte, se había propagado en la isla el rumor de que la fortuna había
visitado aquellos riscos, se vio subir por ellos a todo tipo de comerciantes.
Desplegaron en medio de esas pobres cabañas las telas más ricas de la India,
soberbios bombasís de Gudalur, pañuelos de Paliacata y de Masulipatán,
muselinas de Daca, lisas, r
La
señora de La Tour quiso que su hija comprara todo lo que le apeteciera; se
ocupó sólo del precio y de la calidad de las mercancías, por miedo a que los
comerciantes la engañaran. Virginia escogió todo lo que creyó agradaría a su
madre, a Margarita y a su hijo. «Esto, decía, era bueno para muebles, aquello
para que lo usen María y Domingo.» Al final, el saco de piastras había sido
empleado sin que ella hubiera pensado en satisfacer sus necesidades. Hubo que
darle su parte de los regalos que había distribuido entre la pequeña sociedad.
Pablo,
con el corazón roto al ver estos dones de la fortuna que le presagiaban la
marcha de Virginia, vino algunos días después a mi casa. Me dijo con aspecto
abatido: «Mi hermana se va; hace ya los preparativos de su viaje. Pase por
nuestra casa, se lo ruego. Emplee el prestigio que tiene ante la madre de Virginia
y mi madre para que la retengan.» Hice caso a los ruegos de Pablo, aunque
totalmente convencido de que mi intercesión no surtiría efecto.
Si
Virginia me había parecido encantadora vestida de tela azul de Bengala y con un
pañuelo rojo alrededor de su cabeza, me pareció aún algo muy diferente cuando
la vi arreglada a la manera de las damas de esta región[31]. Iba vestida de muselina blanca forrada
con tafetán rosa. Su talle ligero y elevado se dibujaba perfectamente bajo el
corpiño, y sus cabellos rubios, recogidos en dos trenzas, acompañaban de modo
admirable su cabeza virginal. Sus hermosos ojos azules estaban llenos de
melancolía; y su corazón agitado por una pasión combatida daba a su tez un color
avivado y a su voz sonidos llenos de emoción. El contraste mismo de su
elegante atuendo, que parecía llevar a su pesar, hacía su languidez más
conmovedora. Nadie podía verla ni oírla sin sentirse conmovido. La tristeza de
Pablo aumentó por esto. Margarita, afligida por la situación de su hijo, le
dijo aparte: «¿Por qué, hijo, alimentarte de falsas esperanzas, que hacen las
privaciones todavía más amargas? Es tiempo de descubrirte el secreto de tu vida
y de la mía. La señorita de La Tour pertenece, por su madre, a una pariente
rica y de condición; en cuanto a ti, no eres más que el hijo de una pobre
campesina, y, lo que es peor, eres bastardo.»
Esta
palabra de bastardo sorprendió mucho al joven. Nunca la había oído pronunciar;
preguntó lo que significaba a su madre, quien le respondió: «No tuviste un
padre legítimo. Cuando era muchacha, el amor me hizo tener un desliz del que
has sido fruto. Mi falta te ha privado de tu familia paterna, y mi
arrepentimiento, de tu familia materna. ¡Desdichado, soy tu única familia en
el mundo!» Y se echó a llorar. Pablo, estrechándola en sus brazos, le dijo:
«¡Oh, madre mía! Ya que no tengo otros parientes en el mundo que usted, la
amaré aún más. Pero ¡qué secreto acaba de revelarme! Veo la razón que aleja de
mí a la señorita de La Tour desde hace dos meses, y que la decide hoy a
marcharse. ¡Ah, sin duda me desprecia!»
Llegada
la hora de la cena, se sentaron a la mesa, donde cada comensal, agitado por una
pasión diferente, comió poco y no habló ni una palabra. Virginia salió la
primera y vino a sentarse al lugar en que estamos. Pablo la siguió poco después
y fue a sentarse a su lado. Uno y otro guardaron durante algún tiempo un
profundo silencio. Hacía una de esas noches deliciosas, tan comunes en los
trópicos, y cuya belleza no reflejaría el pincel más diestro. La luna aparecía
en medio del firmamento, rodeada por una cortina de nubes que sus rayos iban
disipando poco a poco. Su luz se derramaba insensiblemente sobre las montañas
de la isla y sobre sus crestas, que brillaban con un verde plateado. Los
vientos retenían el aliento. Se escuchaban en los bosques, en el fondo de los
valles, en lo alto de los riscos, grititos, suaves murmullos de pájaros que se
acariciaban en sus nidos. Todos, hasta los insectos que zumbaban bajo la yerba,
se sentían regocijados por la claridad de la noche y el aire tranquilo. Las
estrellas brillaban en el cielo, y se reflejaban en el seno del mar que repetía
sus imágenes temblantes. Virginia recorría con mirar distraído el vasto y
sombrío horizonte, destacado del litoral de la isla gracias a las luces rojas
de los pescadores. Divisó a la entrada del puerto una luz y una sombra: eran el
fanal y el cuerpo del velero a bordo del que debía embarcarse para Europa y
que, listo para desplegar velas, esperaba anclado el final de la quietud. Ante
el panorama, se turbó y volvió la cabeza para que Pablo no la viera llorar.
La
señora de La Tour, Margarita y yo, nos sentábamos a algunos pasos de allí, bajo
unos plátanos; en el silencio de la noche escuchamos con claridad su
conversación, que no he olvidado.
Pablo
le dijo: «Señorita, se marcha, dicen, dentro de tres días. No teme exponerse a
los peligros del mar... ¡de ese mar que la espanta tanto! -Me es preciso,
respondió Virginia, obedecer a mi familia, a mi deber. -Nos abandona, replicó
Pablo, ¡por una pariente lejana que no ha visto nunca! -¡Ay!, dijo Virginia, yo
quería quedarme aquí toda mi vida; mi madre no ha querido. Mi confesor ha dicho
que la voluntad de Dios era que me marchara, que la vida era una prueba... ¡Oh!
¡es una prueba muy dura!»
«¡Qué,
replicó Pablo, tantas razones le han decidido y ninguna le ha retenido! ¡Ah!
Aún hay algunas que no me ha dicho. La riqueza tiene grandes atractivos.
Encontrará pronto, en un nuevo mundo, a quien dar el nombre de hermano, que ya
no me da a mí. Escogerá a ese hermano entre gentes dignas de usted por un
origen y una fortuna que no puedo ofrecerle. Pero, para ser más feliz, ¿a dónde
quiere ir? ¿A qué tierra irá a parar que le sea más querida que ésta donde
usted ha nacido? ¿Dónde formará una pequeña sociedad más encantadora que ésta
que la quiere? ¿Cómo vivirá sin las caricias de su madre, a las que está tan
acostumbrada? ¿Qué será de ella, ya mayor, cuando no la vea a usted más a su
lado, en la mesa, en la casa, en el paseo donde le servía de apoyo? ¿Qué será
de la mía, que la quería tanto como a ella? ¿Qué les diré yo a una y a otra
cuando las vea llorar por su ausencia? ¡Cruel! Y no le hablo de mí, pero ¡qué
será de mí cuando ya no la vea con nosotros por la mañana y cuando venga la
noche sin que estemos juntos! ¡cuando divise esas dos palmeras plantadas por
nuestro nacimiento, testigos tanto tiempo de nuestra mutua amistad! ¡Ah! ya
que te toca un nuevo destino, que buscas otra tierra que tu tierra de
nacimiento, otros bienes que los de mi trabajo, déjame acompañarte en el barco
en el que te marchas. Te tranquilizaré durante las tempestades, que te asustan
tanto en tierra. Colocaré tu cabeza en mi pecho, daré calor a tu corazón
apoyado en el mío, y, en Francia, a donde vas a buscar fortuna y grandeza, te
serviré como esclavo. Dichoso con tu sola felicidad, en esas casas donde te
veré servida y adorada, seré aún lo bastante rico y noble para hacerte aún el
mayor de los sacrificios, muriendo a tus pies.»
Los
sollozos ahogaron su voz y oímos acto seguido la de Virginia que le decía estas
palabras entrecortadas con suspiros. «Por ti, me marcho... por ti, viéndote
cada día encorvado en el trabajo para alimentar a dos familias débiles. Si me
he prestado a la oportunidad de hacerme rica, es por darte multiplicado por mil
el bien que nos has hecho. ¿Hay fortuna digna de tu amistad? ¿Qué me dices de
tu origen? Ah, si aún me fuera posible darme un hermano, ¿acaso escogería
otro que no fueras tú? ¡Oh, Pablo! ¡Oh, Pablo! ¡me eres mucho más querido que
un hermano! ¡Cuánto me ha costado poder rechazarte! Quería que me ayudaras a separarme
de mí misma hasta que el cielo pudiera bendecir nuestra unión. Ahora, me quedo,
me voy, vivo, muero; haz lo que quieras de mí. ¡Muchacha sin valor! ¡he podido
resistir a tus caricias y no puedo soportar tu dolor!»
Ante
esas palabras, Pablo la tomó en sus brazos y, manteniéndola fuertemente
apretada, exclamó con una voz terrible: «Me voy con ella; nada podrá
separarme.» Todos fuimos corriendo hacia él. La señora de La Tour le dijo:
«Hijo mío, si nos deja, ¿qué será de nosotras?»
El
repitió temblando estas palabras: «Hijo mío... hijo mío. ¡Usted, mi madre!, le
dijo, ¡usted que separa al hermano de la hermana! Los dos tomamos su leche,
los dos, criados en sus rodillas, aprendimos de usted a amarnos; los dos nos
lo hemos dicho mil veces. ¡Y ahora la aleja de mí! La envía a Europa, a esa
tierra extranjera que le negó un refugio, y a casa de unos parientes crueles
que incluso la abandonaron. Me dirá: No tiene ningún derecho sobre ella, no es
su hermana. Ella lo es todo para mí, mi riqueza, mi familia, mi nacimiento,
todo mi bien. No conozco otro. No hemos tenido más que un techo, que una cuna;
no tendremos más que una tumba. Si se va, tengo que seguirla. ¿El gobernador
me lo impedirá? ¿Me impedirá arrojarme al mar? La seguiré nadando. El mar no
sabría ya serme más funesto que la tierra. No pudiendo vivir aquí a su lado, al
menos moriré en su presencia, lejos de usted. ¡Madre inhumana! ¡mujer sin
piedad! ¡ojalá este océano al que la expone no se la devuelva nunca! ¡ojalá
sus olas le devuelvan mi cuerpo y, haciéndolo rodar con el suyo, los guijarros
de estas orillas le den, por la pérdida de sus dos hijos, un motivo eterno de
dolor!»
Ante
esas palabras, lo tomé en mis brazos; porque la desesperación le quitaba el
juicio. Sus ojos echaban chispas; goterones de sudor le corrían por el rostro
encendido; las rodillas le temblaban, y podía sentir en su pecho ardiendo
latirle con violencia el corazón.
Virginia
asustada le dijo: «¡Oh, amigo mío! Pongo por testigos a los placeres de
nuestros primeros años, a tus males, a los míos y a todo lo que ha de unir
para siempre a dos desdichados, de no vivir más que para ti si me quedo; si me
voy, de volver un día para ser tuya. Os tomo por testigos a todos vosotros que
me habéis criado de niña, que disponéis de mi vida y que estáis viendo mis
lágrimas. Lo juro por el cielo que oye, por este mar que debo cruzar, por el
aire que respiro, y que nunca mancillé con la mentira.»
Como el
sol funde y desploma una peña de hielo desde la cumbre de los Apeninos, así
cayó la cólera impetuosa de ese joven a la voz del objeto amado. Su cabeza
altiva estaba bajada y un torrente de lágrimas caía de sus ojos. Su madre,
mezclando su llanto con el del hijo, lo mantenía abrazado sin poder hablar. La
señora de La Tour, fuera de sí, me dijo: «No puedo soportarlo. Mi alma está
desgarrada. Este infortunado viaje no tendrá lugar. Vecino, trate de llevarse
a mi hijo. Hace ocho días que nadie ha podido dormir aquí.»
Dije a
Pablo: «Amigo, su hermana se quedará. Mañana lo hablaremos con el gobernador:
deje descansar a su familia, y venga a pasar esta noche a mi casa. Es tarde,
ya es media noche; la cruz del sur se alza en el horizonte.»
Se dejó
conducir sin decir nada, y tras una noche muy agitada, se levantó al despuntar
el día, y volvió a su propiedad.
Pero,
¿es necesario seguir contándole esta historia por más tiempo? Tan sólo siempre
hay un aspecto agradable de conocer en la vida humana. Parecido al globo en el
que damos vueltas, nuestra rápida revolución sólo es de un día y una parte de
ese día no puede recibir la luz sin que la otra esté expuesta a las tinieblas..
«Abuelo,
le dije, se lo imploro, acabe de contarme lo que comenzó de un modo tan
conmovedor. Las imágenes de la felicidad nos agradan, pero las de la desgracia
nos instruyen. ¿Qué fue, le ruego, del desdichado Pablo?»
Lo
primero que vio Pablo de vuelta a la propiedad fue a la negra María, que,
subida a una peña, miraba hacia mar adentro. Él le gritó desde lo más lejos que
podía divisarla: «¿Dónde está Virginia?» María volvió la cabeza hacia su joven
amo y se echó a llorar. Pablo, fuera de sí, volvió sobre sus pasos y corrió al
puerto. Allí se enteró de que Virginia se había embarcado al despuntar el día,
que su velero había desplegado velas al momento y que ya se había perdido de
vista. Volvió a la propiedad, la cual atravesó sin hablar a nadie.
Aunque
el cerco de riscos parezca a nuestras espaldas casi perpendicular, esas
planicies verdes que dividen su altura son otras tantas zonas por las que se
llega, a través de algunos senderos difíciles, hasta el pie de ese cono de peñas
inclinado e inaccesible que se llama el Pulgar. En la base de este peñasco hay
una explanda cubierta de grande, árboles, pero tan elevada y escarpada, que es
como un gran bosque en el aire, rodeado de precipicios terribles. Las nubes
que la cima del Pulgar atrae continuamente a su alrededor alimentan numerosos
riachuelos, que caen a una profundidad tan grande en el fondo del valle,
situado del otro lado de la montaña, que desde esa altura no se oye en modo
alguno el ruido de la caída. Desde tal lugar se ve una gran parte de la isla con
sus colinas coronadas por picos, entre otras Piterboth[32] y los Tres Pechos con sus vallejos llenos
de bosques; más allá es mar adentro y la Isla Borbón[33] que está a unas 40 leguas de allí, hacia
Occidente. Desde aquella elevación fue desde donde Pablo divisó el velero que
se llevaba a Virginia. Lo vio a más de diez leguas, mar adentro, como un punto
negro en medio del océano. Se pasó una parte del día ocupado en observarlo: ya
había desaparecido cuando creía seguirlo viendo; y una vez se hubo perdido en
el vapor del horizonte, se sentó en ese lugar salvaje, azotado siempre por los
vientos, que agitan sin cesar las copas de los palmitos y de las tacamacas. Su
murmullo sordo y mugiente se parece al ruido lejano del órgano e inspira una
profunda melancolía. Allí fue donde encontré a Pablo, con la cabeza apoyada
contra el peñasco y los ojos clavados en el suelo. Andaba tras él desde el
amanecer: me costó mucho convencerle para bajar y ver a su familia. Le llevé no
obstante a su propiedad; y su primer impulso, al volver a ver a la señora de La
Tour, fue quejarse amargamente de que lo había engañado. La señora de La Tour
nos dijo que, al haberse levantado viento sobre las tres de la mañana, y al ir
a zarpar el barco, el gobernador, seguido por una parte de su Estado Mayor y
por el misionero, había venido a buscar a Virginia en palanquín, y que, a pesar
de sus propias razones, sus lágrimas y las de Margarita, gritando todo el mundo
que era por el bien de todos, se había llevado a su hija medio muriéndose. «Al
menos, respondió Pablo, si me hubiera despedido de ella, estaría ahora
tranquilo. Le hubiera dicho: Virginia, si durante el tiempo en que hemos
convivido, se me ha escapado alguna palabra que le h
Nosotros
lo seguíamos sigilosamente, temiendo una consecuencia funesta de la turbación
de su estado de ánimo. Su madre y la señora de La Tour le rogaban con las
palabras más tiernas que no aumentara el dolor que tenían con su desesperación.
Al final, la segunda llegó a calmarlo prodigando los nombres más apropiados
para despertar sus esperanzas. Lo llamaba su hijo, su querido hijo, su yerno,
aquel a quien destinaba a su hija. Le aconsejó entrar en casa y tomar algo de
comida. Se sentó a la mesa con nosotros cerca del lugar donde se ponía la
compañera de su infancia; y, como si lo estuviera ocupando aún, le dirigía la
palabra y le presentaba los platos que sabía que le agradaban más; pero en
cuanto se daba cuenta de su error, se echaba a llorar. En los días siguientes
recogió todo lo que había sido de su uso particular, los últimos ramos que había
llevado, una taza de coco en la que acostumbraba a beber; y como si estos
restos de su amiga hubieran sido las cosas más valiosas del mundo, los besaba y
se los ponía en el pecho. El ámbar no desprende un perfume tan suave como las
cosas que ha tocado el objeto que amamos. Finalmente, viendo que su melancolía
aumentaba la de su madre y la de la señora de la Tour, y que las necesidades
de la familia exigían un trabajo continuo, se puso, con ayuda de Domingo, a
arreglar el jardín.
Pronto,
el joven, indiferente como un criollo a todo lo que pasaba en el mundo, me rogó
enseñarle a leer y escribir, con el fin de poder mantener correspondencia con
Virginia. Quiso luego instruirse en la geografía para hacerse una idea del
país en el que Virginia desembarcaría; y en la historia para conocer las
costumbres de la sociedad donde iba a vivir. Del mismo modo, se había
perfeccionado en la agricultura y en el arte de disponer con gusto el terreno
más irregular, movido por el sentimiento del amor. Sin duda, a los placeres a
los que aspira esta pasión ardiente e inquieta es a lo que los hombres deben
la mayoría de las ciencias y artes, y de la privación de los mismos es de donde
nació la filosofía que enseña a consolarse de todo. De este modo la naturaleza,
habiendo hecho del amor el lazo de unión de todos los seres, lo ha convertido
en el primer móvil de nuestras sociedades y en el instigador de nuestros
conocimientos y placeres[34].
A Pablo
no le gustó mucho el estudio de la geografía, que, en lugar de describirnos la
naturaleza de cada país, no hace más que presentarnos sus divisiones políticas.
La historia, y sobre todo la historia moderna, no le interesó mucho más. No
veía en ella más que infortunios generales y periódicos, cuyas causas no
llegaba a percibir; guerras sin motivo ni objeto; oscuras intrigas; naciones
sin carácter y gobernantes sin humanidad. Prefería a esta lectura la de las
novelas que, al ocuparse más de los sentimientos e intereses de los hombres,
le ofrecían en ocasiones situaciones semejantes a la suya. Así, ningún libro le
gustó tanto como Telémaco[35], por sus cuadros de la vida campestre y de
las pasiones propias del corazón humano. Leía a su madre y a la señora de la
Tour todos los pasajes que más le impresionaban: en esos momentos, emocionado
por conmovedores recuerdos, se le ahogaba la voz y se le saltaban las lágrimas.
Le parecía encontrar en Virginia la dignidad y prudencia de Antíope[36], con las desdichas y la ternura de Eucaris[37]. Por otra parte, le conmocionó enormemente
la lectura de nuestras novelas de moda, llenas de costumbres y máximas
licenciosas, y cuando supo que esas novelas pintaban verazmente las sociedades
de Europa, temió, no sin visos de razón, que Virginia llegara a corromperse y
olvidarlo[38].
Efectivamente,
había transcurrido más de un año y medio sin que la señora de La Tour tuviera
noticias de su tía y de su hija: tan sólo se había enterado por una vía ajena a
la familia que ésta había llegado felizmente a Francia. Por fin, recibió, por
un barco que iba a las Indias, un paquete y una carta de puño y letra de
Virginia. A pesar de la circunspección de su encantadora e indulgente hija,
juzgó que era muy desgraciada. Aquella carta retrataba tan bien su situación y
su carácter, que se me quedó grabada casi al pie de la letra.
«Mi
queridísima -y amada mamá,
Le he
escrito ya varias cartas de mi propia mano; y como no he tenido respuesta, temo
que no le h
He
derramado muchas lágrimas desde nuestra separación, ¡yo que casi nunca había
llorado más que con las desgracias ajenas! Mi tía abuela se sorprendió mucho a
mi llegada, cuando, al preguntarme sobre mis conocimientos, le dije que no
sabía leer ni escribir. Me preguntó qué es lo que había aprendido, pues, desde
mi llegada al mundo; y cuando le hube respondido que a ocuparme de llevar una
casa y cumplir la voluntad de usted, me dijo que había recibido la educación
de una criada. Me metió interna al día siguiente en una gran abadía cerca de
París, donde tengo todo tipo de maestros; me enseñan, entre otras cosas, historia,
geografía, gramática, matemáticas y a montar a caballo; pero tengo tan poca
disposición para estas ciencias, que no sacaré mucho provecho de los
profesores. Siento que soy una pobre criatura con poca inteligencia, como lo
dan a entender. Sin embargo, los favores de mi tía no cesan. Me da trajes
nuevos en cada estación. Ha puesto a mi lado dos camareras que están tan bien
vestidas como si fueran dos grandes señoras. Me ha hecho adoptar el título de
condesa; pero me ha hecho abandonar el apellido de LA Toux, que me era tan
querido como a usted, por todo lo que usted me contó de las penalidades pasadas
por mi padre para desposarla. Ha sustituido su apellido de casada por el de la
familia, que, con todo, me es querido, ya que ha sido el suyo de soltera. Al
verme en una situación tan ventajosa, le rogué que le enviara alguna ayuda.
¿Cómo transmitirle la respuesta de esa mujer?, pero usted me ha aconsejado que
le diga siempre la verdad. Me respondió, pues, que poca no le serviría de nada
y que, dada la vida sencilla que usted hace, mucha le sobraría. Busqué primero
darle noticias mías por otra mano, al no poder hacerlo por la mía. Pero, no
teniendo al llegar aquí a nadie en quien confiar, me apliqué noche y día a
aprender a leer y escribir: Dios me ha concedido el don de llegar a hacerlo en
poco tiempo. Encargué el envío de mis primeras cartas a las damas que me
rodean; tengo razones para creer que se las han entregado a mi tía abuela. Esta
vez he recurrido a una de mis amigas, pensionaria: a la dirección adjuntada le
pido que me transmita sus respuestas. Mi tía abuela me ha prohibido toda
correspondencia con el exterior, lo que podría, según ella, obstaculizar las
grandes miras que tiene puestas en mí. Sólo ella puede verme en el locutorio,
así como un viejo noble, amigo suyo, que, dice, siente gran inclinación por mi
persona. A decir verdad, yo no siento ninguna hacia él, en el caso de que pudiera
sentirla por alguien.
Vivo en
medio de esta fortuna deslumbrante y no puedo disponer de una moneda. Dicen que
si tuviera dinero eso traería consecuencias. Mis propios vestidos pertenecen a
mis camareras, que se los disputan antes de habérmelos quitado. En el seno de
las riquezas, soy mucho más pobre de lo que era a su lado; porque no tengo nada
que dar. Cuando vi que los grandes conocimientos que me enseñaban no me
proporcionaban la facilidad de hacer ni el más pequeño bien, recurrí a mi
aguja, cuyo uso me enseñó usted afortunadamente. Le envío, por tanto, varios
pares de medias hechos por mí, para usted y mamá Margarita, un gorro para
Domingo y uno de mis pañuelos rojos para María. Añado a este paquete pepitas y
huesos de las frutas que meriendo, con semillas de todo tipo de árboles,
recogidas en mis horas de recreo en el parque de la abadía. He puesto también
semillas de violetas, margaritas, botones de oro, amapolas, acianos, escabiosa,
que he cogido en el campo. Hay en las praderas de este país flores más bellas
que en las nuestras; pero nadie se ocupa de ellas. Estoy segura de que usted y
mamá Margarita estarán más contentas con este saco de semillas que con el saco
de piastras que fue la causa de nuestra separación y de mis lágrimas. Será para
mí una gran alegría si tiene la satisfacción de ver crecer manzanos al lado de
nuestros plátanos, y h
Me
ordenó enviarle mis alegrías y penas. No tengo alegrías lejos de usted:
respecto a mis penas, las hago menores pensando que estoy en un lugar donde me
ha puesto por la voluntad de Dios. Pero la mayor pena que siento es que nadie
me habla aquí de usted, y que yo no puedo hablar a nadie. Mis camareras, o,
mejor, las de mi tía abuela, porque son más de ella que mías, me dicen cuando
busco llevar la conversación hacia los objetos que me son tan queridos:
Señorita, recuerde que es francesa, y que debe olvidarse de la tierra de los
salvajes. ¡Ah! ¡antes me olvidaría a mí misma que olvidar el lugar donde nací y
donde usted vive! Este país es el que es para mí una tierra de salvajes; porque
en él vivo sola, sin nadie a quien comunicar el amor que le profesaré hasta la
tumba.
Mi muy
querida y amada mamá,
Su
obediente hija llena de ternura
VIRGINIA DE LA TOUR.»
«Pongo
a su cuidado a María y Domingo que tanto se ocuparon de mí siendo niña;
acaricie por mí a Leal, que me encontró en el bosque.»
Pablo
se sorprendió mucho de que Virginia no lo mencionara en ningún momento, ella
que no había olvidado en sus recuerdos al perro de la casa; pero no sabía que,
por muy larga que sea la carta de una mujer, sólo escribe su pensamiento más
querido al final.
En una
posdata Virginia recomendaba especialmente a Pablo dos tipos de semillas: las
de violeta y las de escabiosa. Le daba algunas instrucciones acerca de las
características de estas plantas y sobre los lugares más apropiados para
sembrarlas. «La violeta, le decía, produce una florecita de un violeta oscuro,
que gusta de esconderse en los matorrales; pero su encantador perfume hace que
se la descubra pronto.»
Le
ordenaba sembrarla a orillas de la fuente, al pie de su cocotero. «La
escabiosa, añadía, da una bonita flor de un azul apagado y con fondo negro
salpicado de blanco. Se diría que está de luto. Se la llama también, por esta
razón, flor de viuda. Crece fácilmente en los lugares abruptos y azotados por
los vientos.» Le rogaba sembrarla en la peña donde le había hablado por la
noche, la última vez, y darle a esta roca, en memoria de su amor, el nombre de
PEÑA DEL ADIÓS.
Había
metido aquellas semillas en una bolsita de tela muy sencilla, pero que a él le
pareció de un valor incalculable cuando vio una P y una V y entrelazadas y
hechas con cabellos, que, por su belleza, reconoció como de Virginia.
La
carta de esta sensible y virtuosa señorita hizo verter lágrimas a toda la
familia. Su madre le respondió, en nombre de la pequeña sociedad, que se
quedara o volviera según su voluntad,
Pablo
le escribió una carta muy larga en la que le
Pablo
sembró con el mayor cuidado las semillas europeas, y sobre todo las de violeta
y escabiosa, cuyas flores parecían tener alguna analogía con el carácter y
situación de Virginia, quien se las había recomendado especialmente; pero, ya
fuera porque se hubieran estropeado en el trayecto, o más bien porque el clima
de esta parte de Africa no les favorezca, germinó tan sólo una pequeña parte,
que no pudo desarrollarse plenamente[39].
Durante
este tiempo, la envidia, que hasta es capaz de oponerse a la felicidad humana,
sobre todo en las colonias francesas, propagó por la isla unos rumores que
inquieta
ban
mucho a Pablo. La gente del barco que había traído la carta de Virginia
Aquel
infortunado joven, con el corazón preso de todo tipo de agitaciones, venía a
verme a menudo, para confirmar o desterrar sus inquietudes sirviéndose de mi
experiencia del mundo.
Vivo,
como ya le he dicho, a una legua y media de aquí, a orillas de un riachuelo que
corre a lo largo de la Montaña Larga. Allí es donde paso la vida solo, sin
mujer, sin hijos y sin esclavos.
Después
de la rara dicha de una compañera bien compenetrada con uno, el estado menos
infeliz de la vida es, sin duda, vivir solo. Todo aquel que ha debido quejarse
mucho de los hombres busca la soledad. Hay que tener incluso muy en cuenta
que todos los pueblos infelices por sus opiniones, costumbres y gobiernos, han
producido numerosas clases de ciudadanos entregados por completo a la soledad
y al celibato. Tal fue el caso de los egipcios durante su decadencia, de los
griegos del Bajo Imperio; y es en nuestros días el de los griegos modernos, los
italianos, y la mayoría de los pueblos orientales y meridionales de Europa. La
soledad lleva, en parte, al hombre hacia la felicidad natural, alejando de él
la desgracia social. En medio de nuestras sociedades, divididas por tantos
prejuicios, el alma se encuentra en estado de continua agitación; da vueltas en
sí misma sin descanso a mil opiniones turbulentas y contradictorias con las
que los miembros de una sociedad ambiciosa y miserable buscan subyugarse mutuamente.
Pero, en soledad, prescinde de esas ilusiones ajenas que la turban; recupera el
sentimiento elemental de sí misma; de la naturaleza y de su autor. Del mismo
modo, el agua cenagosa de un torrente que barre los campos, al llegar a
derramarse en alguna cuenca alejada de su curso, deposita su lodo en el fondo
de su cauce, recupera su primera transparencia y, de nuevo cristalina, refleja
en sus propias orillas el verdor de la tierra y la luz de los cielos. La soledad
restablece tanto las armonías del cuerpo como las del alma. En la clase de los
solitarios es donde se encuentran los hombres que prolongan más lejos la
carrera de la vida; es el caso de los brahmanes de la India. En último lugar,
la creo tan necesaria para la felicidad en el propio mundo, que me parece
imposible gozar en él de placer duradero, imposible cualquier sentimiento, e
imposible regular la conducta sobre cualquier principio estable, si no hacemos
una soledad interior, de donde nuestra opinión salga muy pocas veces, y donde la
del prójimo no entre nunca. No quiero decir, sin embargo, que el hombre deba
vivir completamente solo: está unido al género humano por sus necesidades,
debe, por tanto, sus obras a los hombres; se debe también al resto de la
naturaleza. Pero, así como Dios nos ha dado a cada uno órganos en perfecta
concordancia con los elementos del globo en que vivimos, unos pies para el
suelo, unos pulmones para el aire, unos ojos para la luz, sin que podamos
invertir el uso de estos sentidos, se ha reservado para él solo, que es el
autor de la vida, el corazón, que es el principal órgano de la misma.
Paso,
por tanto, mis días lejos de los hombres, a quienes quise servir y que me han
perseguido. Tras haber recorrido una gran parte de Europa y algunas regiones
de América y Africa, me establecí en esta isla poco habitada, seducido por su
dulce temperatura y sus soledades. Una cabaña que construí en el bosque al pie
de un árbol, una tierrecita roturada con mis propias manos, un riachuelo que
corre delante de mi puerta, bastan a mis necesidades y placeres. Uno a estos
gozos el de algunos buenos libros que me enseñan a ser mejor, y además hacen
que el mundo que dejé sirva a mi felicidad; me pintan las pasiones que hacen a
sus habitantes tan miserables, y por la comparación que hago del destino de
éstos con el mío propio, me hacen gozar con una dicha negativa. Como un hombre
salvado del naufragio encima de un peñón, contemplo desde mi soledad las
tormentas que se estremecen en el resto del mundo; mi descanso incluso aumenta
por el ruido lejano de la tempestad.
Desde
que los hombres ya no están en mi camino y desde que ya no estoy en el suyo,
no los odio; los compadezco. Si me encuentro con algún desdichado, intento
auxiliarle con mis consejos, como un transeúnte en la orilla de un torrente
tiende la mano a un desgraciado que se está ahogando. Pero casi no he
encontrado nada, salvo la inocencia, que atienda mi voz. La naturaleza llena
inútilmente en su dirección al resto de los hombres, cada uno se hace de ella
una i
Aunque
no se divisen desde mi retiro, situado en medio del bosque, la multitud de
objetos que nos presenta la elevación del lugar donde estamos, hay
emplazamientos de interés, sobre todo para un hombre que, como yo, prefiere
entrar en sí mismo a salir hacia fuera. El río que corre delante de mi puerta
atraviesa los bosques en línea recta, de modo que me ofrece un largo canal
sombreado por árboles de todo tipo de follaje: hay tacamacas, bosques de ébano
y de los que llaman aquí madera de manzana, madera de oliva y madera de
canela; bosquecillos de palmitos levantan aquí y allá sus columnas desnudas, de
más de veinte metros de largo, coronadas en sus cimas por un manojo de palmas,
y semejaban al elevarse sobre otros árboles a un bosque plantado sobre otro
bosque. Se juntan en este lugar bejucos de diversos follajes que, enlazándose
de uno a otro árbol, forman aquí arcadas de flores, allí largas cortinas de
verdor. Aromáticos olores salen de la mayoría de esos árboles, y sus perfumes
penetran tanto en la ropa, que puede olerse en este lugar a un hombre que h
A
cierta distancia de allí, hay una peña lo bastante alejada de la cascada como
para que uno no ensordezca con el ruido de las aguas y lo bastante cercana para
gozar de su panorama, su frescor y su murmullo. A veces íbamos cuando hacía
bochorno a comer a la sombra de esta peña la señora de La Tour, Margarita, Virginia,
Pablo y yo. Como Virginia dirigía siempre al bien ajeno sus acciones, incluso
las más corrientes, no comía un fruto en el campo sin que enterrara los huesos
o las simientes: «Aparecerán, decía, árboles que den sus frutos a algún viajero
o, al menos, a un pájaro.» Un día que había comido una pap
Al pie
de ese papayo, pues, era donde estaba seguro de encontrar a Pablo cuando venía
a mi barrio. Un día lo encontré allí abrumado por la melancolía y tuve con él
una conversación que le voy a relatar, si no le estoy aburriendo demasiado con
mis largas digresiones, perdonables por mi edad y mis últimos recuerdos. Se la
contaré en forma de diálogo, con el fin de que juzgue la sensatez innata de
aquel joven, y le será fácil diferenciar a los interlocutores por el sentido de
sus preguntas y el de mis respuestas.
Me
dijo:
«Estoy
muy apenado. La señorita de La Tour se marchó hace dos años y dos meses; y
desde hace ocho meses y medio no ha dado noticias suyas. Es rica; soy pobre:
me ha olvidado. Tengo ganas de embarcarme: iré a Francia, me pondré al
servicio del rey, haré fortuna; y la tía abuela de la señorita de La Tour me
dará a su joven sobrina en matrimonio, cuando me h
EL ANCIANO
¡Oh,
amigo mío! ¿no me dijo que no era noble?
PABLO
Mi
madre me lo dijo; porque yo no sé lo que es ser noble. Nunca me di cuenta que
tenía menos que otro, ni que los otros tenían más que yo.
EL ANCIANO
No ser
noble le cierra en Francia el camino para los altos cargos. Es más: ni tan
siquiera puede ser admitido en ninguna corporación distinguida.
PABLO
Me dijo
en varias ocasiones que una de las causas de la grandeza de Francia era que el
último de los súbditos podía '.ograrlo todo, y me citó a muchos hombres
célebres que, proviniendo de clases humildes, habían honrado a su patria.
¿Quiere, entonces, burlarse de mi arrojo?
EL ANCIANO
Hijo
mío, nunca lo echaré por tierra. Le dije la verdad sobre las épocas pasadas;
pero las cosas han cambiado mucho ahora: todo se ha hecho venal en Francia;
todo es hoy patrimonio de un reducido número de familias o se lo reparten las
corporaciones. El rey es un sol que los grandes y las corporaciones rodean como
nubes; es casi imposible que uno de sus rayos nos llegue. Antaño, en una
administración menos complicada, se conocieron estos fenómenos. Entonces el
talento y el mérito se desarrollaron en todas partes, como tierras nuevas que,
acabadas de roturar, dieron fruto con toda su sustancia. Pero los grandes
reyes, que saben conocer a los hombres y escogerlos, escasean. El común de los
monarcas sólo se deja llevar por los impulsos de los grandes y de las
corporaciones que los rodean.
PABLO
Pero
quizá encuentre uno de esos grandes que me proteja.
EL ANCIANO
Para
ser protegido por los grandes hay que servir a su ambición o a sus placeres.
Nunca lo conseguirá, porque usted no es noble y es honrado.
PABLO
Pero
haré actos tan valientes, seré tan fiel a mi palabra, tan cumplidor en mis
deberes, tan entregado y constante en mi amistad, que mereceré ser adoptado por
alguno de ellos, como he visto que se hacía en las historias antiguas que me ha
hecho leer.
EL ANCIANO
¡Oh,
amigo mío! entre los griegos y los romanos, incluso en su declive, los grandes
respetaban la virtud; pero hemos tenido un gran número de hombres célebres en
todos los campos, provenientes de las clases del pueblo, y no sé de ninguno que
h
PABLO
A falta
de un grande, buscaré agradar a una corporación. Comulgaré plenamente con su
espíritu y opiniones: haré que me estimen.
EL ANCIANO
¿Hará
entonces como los demás hombres, renunciará a su conciencia para alcanzar la
fortuna?
PABLO
¡Oh,
no! nunca buscaré más que la verdad.
EL ANCIANO
En
lugar de hacer que le estimen, podrá perfectamente hacerse odiar. Por otra
parte, las corporaciones tienen muy poco interés en buscar la verdad. Toda
opinión es indiferente a los ambiciosos mientras gobiernen.
PABLO
¡Qué
desgraciado soy! todo me rechaza. ¡Estoy condenado a pasarme la vida en un
trabajo oscuro, lejos de Virginia! Y suspiró profundamente.
EL ANCIANO
¡Que
Dios sea su único patrón y el género humano su corporación! Esté unido
constantemente a uno y a otro. Las familias, las corporaciones, los pueblos,
los reyes, tienen sus prejuicios y pasiones; a menudo hay que servirles
mediante vicios. Dios y el género humano sólo nos piden virtudes.
Pero,
¿por qué quiere distinguirse del resto de los hombres? Es un sentimiento que
no es natural, ya que, si todos lo tuvieran, todos estarían en guerra con el
vecino. Conténtese de cumplir con sus obligaciones en el estado donde lo puso
la Providencia; bendiga su suerte, que le permite tener una conciencia propia,
y que no le obliga, como a los grandes, a poner la felicidad en la opinión de
los pequeños, y como a los pequeños a arrastrarse a los pies de los grandes
para tener en qué vivir. Se encuentra usted en un país y en una condición en
los que, para subsistir, no necesita ni engañar, ni alabar, ni envilecerse,
como hacen la mayoría de los que buscan fortuna en Europa; en los que su estado
no le impide ninguna virtud; en los que puede ser impunemente bueno, sincero,
instruido, paciente, tolerante, casto, indulgente, piadoso, sin que ningún
paso en falso venga a marchitar su buen juicio, que todavía está en flor. El
cielo le ha dado libertad, salud, la conciencia tranquila y amigos: los reyes,
cuyo favor ambiciona, no son tan afortunados[40].
PABLO
¡Ah, me
falta Virginia! Sin ella no tengo nada; con ella lo tendría todo. Ella sola es
mi nobleza, mi gloria y mi fortuna. Pero ya que, al final, su parienta quiere
darle por marido un hombre de gran nombre, con estudio y libros, se hará uno
sabio y célebre: voy a estudiar. Adquiriré ciencia; serviré útilmente a mi
patria con mis conocimientos, sin dañar a nadie y sin depender de nadie; me
haré famoso, y mi gloria no me pertenecerá más que a mí.
EL ANCIANO
Hijo
mío, el talento es aún más escaso que la nobleza y las riquezas; y sin duda es
un bien mayor, ya que nada puede quitarlo y en todas partes nos atrae la
estima pública; pero cuesta caro. No se adquiere más que con todo tipo de
privaciones, con una exquisita sensibilidad que nos hace desdichados por dentro
y por fuera, debido a las persecuciones de nuestros contemporáneos. El hombre
de toga[41] no envidia de ningún modo en Francia la
gloria del militar, ni el militar la del hombre de mar; pero todo el mundo le
impedirá el paso en este aspecto, porque todo el mundo se las da de ser
inteligente. ¿Servirá a los hombres, dice? Pero el que hace que un terreno
produzca una espiga más de trigo les hace mayor servicio que quien les da un
libro[42].
PABLO
¡Oh! la
que ha plantado ese papayo les ha dado a los habitantes de estos bosques un
regalo más útil y cariñoso que si les hubiera dado una biblioteca. -Y a la vez
que hablaba cogió el árbol entre sus brazos y lo besó apasionadamente.
EL ANCIANO
El
mejor de los libros, que no predica más que la igualdad, la amistad, la
humanidad y la concordia, el Evangelio, ha servido durante siglos de pretexto
al furor de los europeos. ¡Cuántas tiranías públicas y privadas se ejercen aún
en su nombre en la tierra! Después de esto, ¿quién se jactará de ser útil a
los hombres por un libro? Recuerde cuál ha sido la suerte de la mayoría de los
filósofos que les han predicado la sensatez. Homero, que la envolvió en versos
tan bellos, pedía limosna durante su vida. A Sócrates, que dio a los atenienses
lecciones tan estimables de la misma con sus discursos y costumbres, lo
envenenaron jurídicamente ellos mismos. Su sublime discípulo Platón fue hecho
esclavo por orden del propio príncipe que lo protegía; y antes que ellos, a
Pitágoras, que extendía la humanidad hasta los animales, lo quemaron vivo los
crotoniatas[43]. ¿Qué digo? Incluso la mayoría de estos
nombres ilustres nos han llegado desfigurados por algunos rasgos de sátira que
los caracterizan, complaciéndose la ingratitud humana en reconocerlos bajo
esta forma; y si, dentro del conjunto, la gloria de algunos nos ha llegado neta
y pura, es que los que los trajeron vivieron lejos de la sociedad de sus
contemporáneos: semejantes a las estatuas que se extraen sin mutilaciones de
los campos de Gracia e Italia y que, por haberlas sepultado en el seno de la
tierra, escaparon al furor de los bárbaros.
Ya ve
que, para adquirir la tormentosa gloria de las letras, es preciso la virtud y
estar dispuesto a sacrificar su propia vida. Por otra parte, ¿cree que esta
gloria interesa en Francia a los ricos? Se preocupan mucho de los hombres de
letras, a los que la ciencia no da ni dignidad en la patria, ni gobierno, ni
entrada en la corte. Se persiguen pocas cosas en este siglo indiferente a
todo, salvo a la fortuna y a las voluptuosidades; pero ni el saber ni la virtud
conducen a nada distinguido, porque todo es en el estado el precio del
dinero. Antaño encontraban recompensas seguras en los diferentes puestos de la
Iglesia, de la Magistratura y de la Administración; hoy no sirven más que para
hacer libros. Pero este fruto, poco apreciado por la gente mundana, es
siempre digno de su origen celeste. A estos mismos libros se reserva en
especial dar resplandor a la virtud oscura, consolar a los desdichados,
iluminar a las naciones y decir la verdad incluso a los reyes. Es, sin
discusión, la función más augusta con la que el cielo puede honrar a un mortal
en la tierra. ¿Qué hombre no se consuela de la injusticia o del desprecio de
los que disponen de la fortuna cuando piensa que su obra, de siglo en siglo y
de nación en nación, servirá de barrera al error y a los tiranos; y que, en el
seno de la oscuridad en la que vivió, surgirá una gloria que borrará la de la
mayoría de los reyes, cuyos monumentos perecen en el olvido, a pesar de los
aduladores que los ensalzan y alaban?
PABLO
¡Ah!
sólo quisiera esta gloria para extenderla sobre Virginia, y hacerla querida al
universo. Pero usted que sabe tanto, dígame si nos casaremos. Quisiera ser
sabio, al menos para conocer el futuro.
EL ANCIANO
¿Quién
querría vivir, hijo, si conociera el futuro? ¡Una sola desgracia anunciada nos
da tantas inquietudes vanas! La vista de una desdicha segura envenenaría los
días que la precedieran. Ni tan siquiera hay que profundizar demasiado en lo
que nos rodea; y el cielo, que nos dio la reflexión para prever nuestras
necesidades, nos dio las necesidades para poner límites a nuestra reflexión
PABLO
Con
dinero, dice, se adquieren en Europa dignidades y honores. Iré a enriquecerme a
Bengala para casarme luego con Virginia en París. Voy a embarcarme.
EL ANCIANO
¿Qué? ¿Abandonaría
a la madre de ella y a la de usted?
PABLO
Usted
mismo me aconsejó ir a la India.
EL ANCIANO
Virginia
estaba aquí entonces. Pero usted es ahora el único apoyo de las dos madres.
PABLO
Virginia
las beneficiará por su rica parienta.
EL ANCIANO
Los
ricos no benefician casi más que a los que les hacen honores en el mundo.
Tienen parientes más dignos de compasión que la señora de La Tour, que, a falta
de que los socorran, sacrifican su libertad para tener pan y se pasan la vida
encerrados en los conventos.
PABLO
¡Qué
país, Europa! ¡Oh! Virginia debe volver aquí. ¿Qué necesidad tiene de una
parienta rica? Estaba tan contenta bajo estas cabañas, tan bonita y engalanada
con un pañuelo rojo o flores alrededor de su cabeza. ¡Vuelve, Virginia! Deja
tus mansiones y grandezas. Vuelve a estos riscos, a la sombra de estos bosques
y de nuestros cocoteros. ¡Ay! ¡Quizás ahora eres desgraciada!... -Y se puso a
llorar-. Abuelo, no me oculte nada: si no puede decirme si me casaré con
Virginia, al menos dígame si me quiere todavía, en medio de esos grandes
señores que hablan al rey y van a verla. .
EL ANCIANO
¡Oh,
amigo! estoy seguro de que lo ama a usted por varias razones, pero sobre todo
porque es virtuosa. -Al oír estas palabras, saltó a mi cuello, llevado por la
alegría.
PABLO
¿Pero
cree a las mujeres de Europa falsas como se las representa en las comedias y
libros que me ha prestado?
EL ANCIANO
Las
mujeres son falsas en el país en que los hombres son tiranos. En todas partes
la violencia produce la astucia.
PABLO
¿Cómo
se puede ser tirano de las mujeres?
EL ANCIANO
Casándose
con ellas sin consultarles, una joven con un viejo, una mujer sensible con un
hombre insensible.
PABLO
¿Por
qué no casar a los que se convienen, los jóvenes con los jóvenes, los que las
aman con las que los aman?
EL ANCIANO
Es que
la mayoría de los jóvenes en Francia no tiene la fortuna suficiente para
casarse, y sólo la consiguen cuando envejecen. De jóvenes, corrompen a las mujeres
de sus vecinos; de viejos, no pueden retener el cariño de sus esposas.
Engañaron siendo jóvenes; los engañan, a su vez, siendo viejos. Es una de las
reacciones de la justicia universal que gobierna el mundo. Un exceso contrapesa
siempre otro exceso. Así, la mayoría de los europeos se pasa la vida en este
doble desorden, y ese desorden aumenta en una sociedad a medida que las
riquezas se acumulan en un mínimo número de cabezas. El estado se parece a un
jardín en el que los arbolitos no pueden crecer si hay otros demasiado grandes
que les hacen sombra; pero, a diferencia de que la belleza de un jardín puede
resultar de un pequeño número de grandes árboles, la prosperidad de un estado
depende siempre de la multitud e igualdad de los súbditos, y no de un pequeño
número de ricos[44].
PABLO
Pero,
¿qué necesidad hay de ser rico para casarse?
EL ANCIANO
Para
pasarse los días en la abundancia sin necesidad de hacer nada.
PABLO
¿Y por
qué no trabajar? Yo trabajo mucho.
EL ANCIANO
Es que
en Europa el trabajo con las manos deshonra. Lo llaman trabajo mecánico.
Incluso el de trabajar la tierra es el más despreciado de todos. Allí se estima
mucho más a un artesano que a un campesino.
PABLO
¿Qué?
¡El arte que alimenta a los hombres es despreciado en Europa! No lo entiendo.
EL ANCIANO
¡Oh! es
imposible para un hombre criado en la naturaleza hacerle comprender las
depravaciones de la sociedad. Uno se hace una idea precisa del orden, pero no
del desorden. La belleza, la virtud, la felicidad tienen proporciones; la
fealdad, el vicio, la desdicha, ninguna.
PABLO
¡Los
ricos son, sin embargo, muy felices! No encuentran obstáculos para nada; pueden
colmar de placeres a los objetos que aman.
EL ANCIANO
La
mayoría están hartos de todos los placeres, y eso porque no les cuestan ningún
esfuerzo. ¿No ha experimentado que el placer del reposo se compra con la
fatiga; el de comer con el hambre; el de beber con la sed? ¡Pues bien! el de
amar y ser amado solamente se adquiere con gran cantidad de privaciones y
sacrificios. Las riquezas quitan a los ricos todos esos placeres previniendo
sus necesidades. Una usted al hastío que sigue tras haberlos saciado el orgullo
que nace de su opulencia, y que la menor privación hiere aun cuando los mayores
deleites ya no lo satisfagan. El perfume de mil rosas tan sólo agrada un
momento, pero el dolor que causa una sola de sus espinas dura largo tiempo tras
pincharse uno con ella.
Un mal
en medio de los placeres es para los ricos una espina en medio de las flores.
Para los pobres, al contrario, un placer en medio de los males es una flor en
medio de las espinas, saborean con intensidad el placer. Todo efecto aumenta
por su contraste. La naturaleza lo ha sopesado todo. ¿Qué estado, después de
todo, cree preferible, no tener casi nada que esperar y todo que temer, o casi
nada que temer y todo que esperar? El primer estado es el de los ricos y el segundo,
el de los pobres. Pero estos extremos les son igualmente difíciles de soportar
a los hombres cuya dicha consiste en la medianía y la virtud.
PABLO
¿Qué
entiende por virtud?
EL ANCIANO
¡Hijo
mío! Usted que mantiene a sus parientes con su trabajo, no necesita que se la
defina. La virtud es un esfuerzo realizado en nosotros mismos para el bien
ajeno con la intención de agradar a Dios.
PABLO
¡Oh,
qué virtuosa es Virginia! Por virtud es por lo que quiso ser rica con el fin de
hacer el bien. Por virtud es por lo que se fue de esta isla: la virtud la
volverá a traer.»
Cuando
la idea del próximo retorno iluminaba la i
En poco
tiempo los grandes temores sucedieron a las grandes esperanzas. Las pasiones
violentas sumen siempre al alma en las situaciones límite opuestas. A menudo,
ya al día siguiente, Pablo volvía a verme, abatido por la tristeza. Me decía:
«Virginia no me escribe. Si hubiera dejado Europa, me habría comunicado su
marcha. ¡Ah! Los rumores que han circulado sobre ella están de sobra bien
fundados. Su tía la ha casado con un gran señor. El amor por las riquezas la
ha perdido como a tantas otras. En esos libros que retratan tan bien a las
mujeres, la virtud no es más que un tema de novela. Si Virginia hubiera sido
virtuosa, no nos habría dejado ni a su madre ni a mí. Mientras que yo me paso
la vida pensando en ella, ella me olvida. Me aflijo y se divierte. ¡Ah!, me
desespera pensarlo. Toda ocupación me desagrada, toda compañía me aburre.
¡Ojalá se declarara la guerra en la India! Iría a morir allí.»
«Hijo,
le dije, el valor que nos arroja a la muerte, tan sólo es el valor de un
momento. Con frecuencia lo excitan los vanos aplausos de los hombres. Hay uno
más escaso y necesario que nos hace soportar cada día, sin testigo ni elogio,
los reveses de la vida; es la paciencia. Se apoya ésta no en la opinión ajena o
en el impulso de nuestras pasiones, sino en la voluntad de Dios. La paciencia
es el valor de la virtud.»
«¡Ah,
exclamó, no soy, pues, virtuoso! Todo me abate y desespera.» «La virtud,
continué, siempre igual, constante, invariable, no es patrimonio del hombre. En
medio de tantas pasiones que nos agitan, nuestra razón se enturbia y oscurece;
pero hay faros donde podemos reavivar la llama: son las letras.
Las
letras, hijo, son un auxilio del cielo. Son rayos de esta sabiduría que
gobierna el universo, que el hombre, inspirado por un arte celeste, ha
aprendido a fijar en la tierra. Semejantes a los rayos del sol, iluminan,
regocijan, calientan; es un fuego divino. Como el fuego, acomodan toda la
naturaleza a nuestro uso. Por ella reunimos en torno nuestro las cosas, los
lugares, los hombres y las épocas. Son ellas las que nos llaman a las reglas de
la vida humana. Calman nuestras pasiones; reprimen los vicios; enardecen las
virtudes por los ejemplos augustos de las gentes de bien que celebran, y cuyas
imágenes nos presentan siempre cubiertas de honores. Son hijas del cielo que
bajan a la tierra para aliviar los males de la raza humana. Los grandes escritores
que inspiran han aparecido siempre en los tiempos más difíciles de soportar,
para toda sociedad, los tiempos de barbarie y de depravación. Hijo mío, las
letras consolaron a una infinidad de hombres más desdichados que usted.
Lea,
pues, hijo. Los sabios que escribieron antes que nosotros son viajeros que nos
precedieron en los caminos del infortunio, que nos tienden la mano y nos
invitan a unirnos a su compañía cuando todo nos abandona. Un buen libro es un
buen amigo.»
«¡Ah!,
exclamaba Pablo, no necesitaba saber leer cuando Virginia estaba aquí. Ella no
había estudiado más que yo, pero cuando me miraba llamándome su amigo, me era
imposible tener pena.»
«Sin
duda, le decía, ningún amigo es tan agradable como una amada que nos ama. Hay
además en la mujer una alegría ligera que disipa la tristeza del hombre. Sus
gracias hacen que se desvanezcan los negros fantasmas de la reflexión. En su
rostro están los más dulces atractivos y la confianza. ¿Qué alegría no se hace
más intensa por su alegría? ¿En qué frente no desaparecen las arrugas cuando
sonríe? ¿Qué cólera resiste a sus lágrimas? Virginia volverá con más sabiduría
de la que usted tiene. Se sorprenderá mucho por no encontrar el jardín
totalmente arreglado, ella que no piensa más que en embellecerlo, a pesar de
las persecuciones de su parienta, lejos de su madre y de usted.»
La idea
del pronto retorno de Virginia reavivaba la energía de Pablo y lo devolvía a
sus ocupaciones campestres. ¡Estaba feliz en medio de las penas para dar a su
trabajo un fin que agradaba a su pasión!
Una
mañana, al despuntar el día (era el 24 de diciembre de 1744), Pablo, cuando se
levantaba, divisó un pabellón blanco enarbolado sobre la Montaña del
Descubrimiento. Ese pabellón era la señal de un velero que se veía en el mar.
Pablo corrió a la ciudad para saber si traía noticias de Virginia. Se quedó
hasta que volvió el lemán[49], que había embarcado para ir a
reconocerlo, según era costumbre. El hombre no vino hasta la noche. Informó al
gobernador que el navío, que se había dado a conocer, era el San Gerando[50], de setecientas toneladas, comandado por
un capitán llamado señor Aubin; que estaba a cuatro leguas mar adentro, y que
no fondearía en Puerto
Apenas
se leyó la carta, toda la familia, llevada por la alegría, exclamó: «¡Virginia
ha llegado!». Ama y criados, todos se abrazaron. La señora de la Tour dijo a
Pablo: «Hijo mío, v
Quizá
fueran las diez de la noche. Acababa de apagar mi lámpara y acostarme cuando
divisé a través del vallado de mi cabaña una luz en los bosques. Poco después
oí la voz de Pablo que me llamaba. Me levanto, y apenas me había vestido cuando
Pablo, fuera de sí y sin aliento, me salta al cuello diciéndome: «Vamos, vamos;
Virginia ha llegado. V
Inmediatamente
nos pusimos en marcha. Cuando atravesábamos los bosques de la Montaña Larga y
ya estábamos en el camino que lleva de los Toronjos al puerto, oí que alguien
caminaba tras nosotros. Era un negro que avanzaba a grandes pasos. En cuanto
llegó a nosotros le pregunté de dónde venía y a dónde iba con tanta prisa. Me
respondió: «Vengo del barrio llamado la Arena de Oro; me envían al puerto para
avisar al gobernador de que un velero de Francia ha encallado en la isla de
Ambar. Lanza cañonazos para pedir auxilio, porque el mar está en muy mal
estado.» Tras decir estas palabras, el hombre siguió su camino sin pararse más.
Le dije
entonces a Pablo: «V
Nos
apresurábamos en acercarnos sin decir palabra, y sin atrevernos a compartir
nuestras preocupaciones. Hacia la media noche llegamos sudorosos a orillas del
mar, en el barrio de la Arena de Oro. Las olas rompían con un ruido espantoso;
cubrían los arrecifes y la arena con una espuma de un blanco resplandeciente y
con chispas de fuego. A pesar de la oscuridad pudimos divisar, con estas luces
fosforescentes, las piraguas de los pescadores, muy adelantadas en la arena.
A
cierta distancia de allí vimos, a la entrada del bosque, una hoguera alrededor
de la cual varios habitantes se habían reunido. Fuimos allí para descansar a
la espera de que se hiciera de día. Mientras estábamos sentados cerca del
fuego, uno de los habitantes nos contó que por la tarde había visto un velero
en pleno mar llevado contra la isla por las corrientes; que la noche había
hecho que lo perdiera de vista; que dos horas después del anochecer lo había
oído lanzar cañonazos para pedir auxilio, pero que el mar estaba en tan mal
estado que no habían podido enviar ningún barco para ir en su ayuda; que muy
poco después había creído divisar sus fanales encendidos y que en ese caso temía
que el velero, que se había acercado tanto a la orilla, hubiera pasado entre la
tierra y la islita de Ambar, tomándola por el Rincón de Mira, cerca del que
pasan los barcos que llegan a Puerto
Hacia
las siete de la mañana oímos en los bosques un ruido de tambores; se trataba
del gobernador, el señor de La Bourdonnais, que llegaba a caballo, seguido de
un destacamento de soldados con fusiles, y de un gran número de habitantes y
negros. Colocó a sus soldados en la orilla y les ordenó disparar a la vez.
Apenas descargaron, divisamos en el mar un resplandor, seguido casi de
inmediato de un cañonazo.
Desde
el momento en que el San Gerando se dio cuenta que estaba en nuestras manos
socorrerlo, no paró de cañonear cada tres minutos. El señor de La Bourdonnais
hizo encender hogueras en la arena a igual distancia y envió a casa de todos
los pobladores de la vecindad para buscar víveres, tablas, maromas y toneles
vacíos. Pronto se vio llegar una muchedumbre, acompañada de sus negros cargados
con provisiones y aparejos, provenientes de las propiedades de Arena de Oro,
del barrio de Flacque y del río de la Muralla. Un poblador de los más antiguos
se acercó al gobernador y le dijo: «Señor, hemos oído toda la noche unos ruidos
sordos en la montaña; en los bosques, las hojas de los árboles se mueven sin
que haga viento, los pájaros marinos se refugian en tierra: ciertamente, todos
esos signos anuncian el huracán.» «¡Y bien!; amigos, respondió el gobernador,
estamos preparados y seguramente el barco lo está también.»
En
efecto, todo presagiaba la llegada inmediata de un huracán. Las nubes que se
distinguían en el cenit eran en su centro de un terrible color negro y cobrizo
en sus bordes. El aire retumbaba con los gritos de rabos de junco, fregatas, picotijeras
y una multitud de aves marinas que, a pesar de la oscuridad de la atmósfera,
venían de todos los puntos del horizonte a buscar refugios en la isla.
Hacia
las nueve de la mañana se oyeron del lado del mar unos ruidos espantosos, como
si torrentes de agua, mezclados con truenos, hubieran rodado desde lo alto de
las montañas. Todo el mundo exclamó: «¡Ya está aquí el huracán!» y en un
momento un terrible remolino de viento levantó la bruma que cubría la isla de
Ambar y su canal. El San Gerando apareció entonces a la vista con la cubierta
cargada de gente, sus vergas y su mastelero de gavia[51] llevados hacia la tilla, su pabellón a
media asta, cuatro cables en la proa y uno de retenida en la popa. Estaba
fondeado entre la isla de Ambar y la tierra, más acá que el cinturón de
arrecifes que rodea la Isla de Francia y que había franqueado por un lugar
donde jamás ningún barco lo había hecho antes de él. Ofrecía su parte delantera
a las olas que venían de alta mar y, a cada golpe de agua que se internaba en
el canal, se levantaba toda la proa, de suerte que se veía su obra viva en el
aire; pero en ese movimiento la popa, llegando a adentrarse en el agua,
desaparecía de vista hasta la parte más alta, como si hubiera sido sumergida.
En esta posición en la que el viento y el mar lo arrojaban contra la tierra, le
era tan imposible irse por donde había venido, como, cortando amarras, encallar
en la orilla, de la que lo separaban grandes profundidades. Cada ola que venía
a romperse avanzaba bramando hasta el fondo de las ensenadas y arrojaba
guijarros a más de cincuenta pies tierra adentro; luego, en la retirada,
descubría una gran parte del lecho de la orilla, cuyos cantos hacía rodar con
un sonido ronco y espantoso; el mar, levantada por el viento, aumentaba de
volumen a cada momento ,y todo el canal comprendido entre esta isla y la isla
de Ambar no era más que una vasta capa de espumas blancas, perforadas de olas
negras y profundas. Estas espumas se iban amontonando en el fondo de las
ensenadas a más de seis pies de altura, y el viento, que barría su superficie,
las llevaba por encima de la escarpadura de la orilla a más de media legua
tierra adentro. El horizonte presentaba todos los signos de una larga
tempestad; el mar parecía confundirse allí con el cielo. Se destacaban de él
sin parar nubes de una forma horrible que atravesaban el cenit a la velocidad
de los pájaros, mientras que otras parecían inmóviles como grandes peñascos.
No se percibía en el firmamento ninguna parte azulada; un resplandor oliváceo y
mortecino iluminaba únicamente todos los objetos de la tierra, del mar y de los
cielos.
En los
bambo
De
inmediato se escucharon con más fuerza estos gritos de los que presenciaban la
escena: «Sálvela, sálvela; no la deje.» Pero en aquel momento una montaña de
agua de espantosas dimensiones se internó entre la isla de Ambar y la costa y
avanzó bramando hacia el navío, amenazándolo con sus flancos negros y sus
cumbres espumosas. Ante esto el marinero se lanzó solo al mar; y Virginia, al
ver su muerte inevitable, con una mano en su vestido y otra en el corazón, y
levantando a lo alto unos ojos llenos de serenidad, pareció un ángel que
emprende el vuelo hacia el firmamento[52].
¡Oh,
día espantoso! ¡Oh, lástima! Todo fue sepultado. Las olas arrojaron muy
adelante, tierra adentro, a una parte de los espectadores a los que un impulso
humanitario había llevado hacia Virginia, así como, a nado, al marinero que
había querido salvarla. Este hombre, que había escapado a una muerte casi
segura, se arrodilló en la arena diciendo: «¡Oh Dios mío! me habéis salvado la
vida; pero os la habría dado de buena gana a cambio de la de esta digna
señorita que no quiso nunca desvestirse como yo lo hice.» Domingo y yo
retiramos de las aguas sin conocimiento al desdichado Pablo, echando sangre
por la boca y por los oídos. El gobernador lo puso en manos de los ciruanos y
por nuestra parte buscamos a lo largo de la orilla por si el mar llevaba allí
el cuerpo de Virginia; pero al cambiar de dirección súbitamente el viento, como
suele ocurrir en los huracanes, nos apenó pensar que ni tan siquiera podríamos
dar a la desdichada muchacha honras fúnebres. Nos alejamos del lugar, sumidos
en la consternación, con todo nuestro espíritu golpeado por una sola pérdida,
en un naufragio en el que había perecido un gran número de personas, dudando
la mayoría, tras un fin tan funesto para una muchacha tan virtuosa, de que
existiera una Providencia; porque hay males tan terribles y tan poco merecidos,
que incluso la esperanza del sabio se quebranta.
Entretanto
se había llevado a Pablo, que comenzaba a recuperar sus fuerzas, a una casa
vecina, hasta que estuvo en condiciones de ser conducido a su propiedad.
En
cuanto a mí, me volví con Domingo, con el fin de preparar a la madre de
Virginia y a su amiga para el desastroso suceso. Caundo estuvimos en la
entrada del vallejo del río de los Latanios, unos negros nos dijeron que el mar
estaba arrojando muchos restos del navío en la bahía que quedaba enfrente.
Bajamos al lugar; y uno de los primeros objetos que divisé en la orilla fue el
cuerpo de Virginia. La mitad de su cuerpo estaba cubierto de arena, en la
actitud en que la habíamos visto perecer. Sus rasgos no estaban en modo alguno
alterados. Sus ojos estaban cerrados, pero la serenidad aún permanecía en su
frente; tan sólo las pálidas violetas de la muerte se confundían en sus
mejillas con las rosas del pudor. Una de sus manos se posaba en su ropa y la
otra, que apoyaba en su corazón, estaba fuertemente cerrada y rígida. Saqué de
entre ella, con esfuerzo, una cajita; pero ¡cuál fue mi sorpresa cuando vi que
se trataba del retrato de Pablo, que ella le prometió no abandonar nunca
mientras viviese! Ante este último rasgo de la constancia y el amor de la
desdichada muchacha lloré amargamente. Domingo, por su parte, se golpeaba el
pecho y traspasaba el aire con sus dolorosos gritos. Llevamos el cuerpo de
Virginia a una cabaña de pescadores, donde la entregamos para que se ocuparan
de él a unas pobres mujeres malabares[53], quienes se cuidaron de lavarlo.
Mientras
realizaban el triste servicio, subimos temblando a la habitación. Allí
encontramos en oración a la señora de La Tour y a Margarita, a la espera de
noticias del barco. Nada más vislumbrarme la señora de La Tour exclamó:
¿Dónde está mi hija, mi querida hija, mi niña? No pudiendo ya dudar de su
desgracia al ver mi silencio y mis lágrimas, fue presa de sofocos y angustias
dolorosas; su voz no dejaba ya oír más que suspiros y sollozos... Margarita
gritó: «¿Dónde está mi hijo? No veo a mi hijo»; y se desvaneció. Corrimos
hacia ella; y tras hacerle recuperar el sentido, le
En
cuanto se hizo de día trajeron a Pablo acostado en un palanquín. Había
recuperado el sentido; pero no podía pronunciar palabra. La entrevista con su
madre y la señora de La Tour, que al principio temí, produjo un efecto mejor
que todas las atenciones que yo le había prestado hasta entonces. Un rayo de
consolación apareció en el rostro de aquellas dos desventuradas madres. Ambas
se pusieron a su lado, lo tomaron en sus brazos, lo besaron; y sus lágrimas,
que se habían retenido hasta aquel momento por exceso de pena, comenzaron a
correr. Pablo pronto mezcló con ellas las suyas. Tras haberse calmado así la
naturaleza en esos tres infortunados, un largo adormecimiento sucedió al
estado convulsivo de su dolor, y les procuró un reposo letárgico parecido, en
verdad, al de la muerte.
El
señor de La Bourdonnais envió a que me avisaran secretamente de que el cuerpo
de Virginia había sido traído a la isla por orden suya, y que de allí la iban a
llevar a la iglesia de los Toronjos. Bajé de inmediato a Puerto
Esto es
lo que la administración había ordenado para rendir algunos honores a la virtud
de Virginia. Pero cuando su cuerpo llegó al pie de esa montaña, ante la visión
de estas mismas cabañas de las que había hecho la felicidad por tanto tiempo, y
que ahora su muerte llenaba de desesperación, toda la pompa fúnebre se turbó:
los himnos y cantos cesaron; no se oyeron en la llanura más que suspiros y
sollozos. Se pudo ver entonces a grupos de muchachas de las propiedades
vecinas acudir para que pañuelos, rosarios y coronas de flores tocaran el ataúd
de Virginia, a la vez que la invocaban como a una santa. Las madres pedían a
Dios una hija como ella; los muchachos, unas amadas tan constantes, los pobres
una amiga tan tierna; los esclavos un ama tan buena.
Cuando
llegó al lugar de su sepultura, negras de Madagascar y cafres[54] de Mozambique pusieron alrededor cestas de
fruta y colgaron trozos de telas de los árboles vecinos, según la costumbre de
su país; indias de Bengala y de la costa Malabar llevaron jaulas llenas de
pájaros, a los que dieron libertad sobre su cuerpo: ¡tanto la pérdida de un objeto
digno de amor interesa a todas las naciones, y tan grande es el poder de la
virtud desdichada, pues reúne a todas las religiones alrededor de su tumba!
Hubo
que poner guardianes junto a su fosa, y separar de allí a algunas hijas de
habitantes pobres, que querían lanzarse dentro a todo trance, diciendo que ya
no tenían consuelo en el mundo y no les quedaba más que morir con la que había
sido su bienhechora.
Se la
enterró cerca de la iglesia de los Toronjos, en su lado occidental, al pie de
una mata de bambús, donde, al venir a misa con su madre y Margarita, le gustaba
descansar sentada al lado del que llamaba entonces su hermano.
A la
vuelta de las pompas fúnebres, el señor de La Bourdonnais subió aquí, seguido
por una parte de su numeroso cortejo. Ofreció a la señora de La Tour y a su
amiga toda la ayuda que de él dependiera. Se expresó en pocas palabras pero con
indignación contra su desnaturalizada tía; y, acercándose a Pablo, le dijo todo
lo que le pareció apropiado para consolarlo. «Yo deseaba, le comunicó, su
dicha y la de su familia; Dios es testigo de ello. Amigo, hay que ir a Francia;
le encontraré allí una ocupación. En su ausencia, cuidaré de su madre como de
la mía»; y al mismo tiempo le ofreció la mano; Pablo retiró la suya y volvió la
cabeza para no verlo.
En
cuanto a mí, permanecí en la propiedad de mis desdichadas amigas, para
prestarles, como a Pablo, toda la ayuda de la que fuera capaz. Al cabo de tres
semanas Pablo estuvo listo para partir; pero su pena parecía aumentar a medida
que su cuerpo recuperaba fuerzas. Era insensible a todo, su mirada estaba apagada,
y no respondía nada a las preguntas que se le podían hacer. La señora de La
Tour, en su agonía, le decía muchas veces: «Hijo mío, mientras lo esté viendo a
usted, creeré estar viendo a mi querida Virginia.» Al escuchar el nombre de
Virginia, se estremecía y se alejaba de ella, a pesar de que su madre lo
invitara a acercarse a su amiga. Iba sin compañía a retirarse al jardín y se
sentaba al pie del cocotero de Virginia, con la mirada fija en la frente de la
joven. El cirujano del gobernador, que se ocupaba mucho de él y de aquellas
mujeres, nos dijo que para sacarlo de su negra melancolía había que dejarle hacer
todo lo que quisiera, sin contrariarlo en nada; que tan sólo había este modo de
vencer el silencio en el que se obstinaba.
Decidí
seguir su consejo. En cuanto Pablo sintió que sus fuerzas se habían
restablecido un poco, las empleó primeramente en alejarse de la propiedad.
Como no lo perdía de vista, me puse en marcha tras él, y dije a Domingo que cogiera
víveres y nos acompañara. A medida que el joven bajaba por esa montaña, se
diría que su alegría y sus fuerzas iban renaciendo. Tomó primero el camino de
los Toronjos; y cuando se halló cerca de la iglesia, en la senda de los
bambúes, se fue derecho al lugar donde vio la tierra hacía poco removida; allí
se arrodilló, y levantando la vista al cielo hizo una larga plegaria. Su acción
me pareció de buen augurio para que recuperara la razón, ya que esta marca de
confianza en el Ser Supremo dejaba ver que su alma comenzaba a recuperar las
funciones naturales. Domingo y yo nos pusimos de rodillas siguiendo su
ejemplo, y rezamos con él. Luego se levantó, se encaminó hacia el norte de la
isla, sin hacernos mucho caso. Como yo sabía que ignoraba, no sólo dónde se
había colocado el cuerpo de Virginia, sino incluso si lo habían retirado del
mar, le pregunté por qué había rezado a Dios al pie de aquellos bambúes; me
respondió: «¡Hemos estado tantas veces aquí!» Siguió su camino hasta la entrada
del bosque, donde nos soprendió la noche. Allí lo invité, tal como yo hacía, a
tomar algún alimento; luego nos quedamos dormidos en la hierba al pie de un
árbol. Al día siguiente creí que se resolvía a volver sobre sus pasos. En
efecto, miró durante algún tiempo la llanura de la iglesia de los Toronjos con
sus largas avenidas de bambúes, empezó a moverse como si fuera a volver a este
lugar; pero se internó bruscamente en el bosque, dirigiéndose siempre hacia el
norte. Me di cuenta de sus intenciones y me esforcé en vano por disuadirlo.
Llegamos sobre el mediodía al barrio de la Arena de Oro. Bajó precipitadamente
a la orilla del mar, enfrente del lugar en el que había perecido el San
Gerando. Al ver la isla de Ámbar y su canal liso en aquel momento como un espejo,
exclamó: «¡Virginia! ¡Oh, mi querida Virginia!» y de inmediato se desmayó.
Domingo y yo lo llevamos al interior del bosque donde lo hicimos volver en sí
con mucho esfuerzo. En cuanto se recuperó quiso retornar a la orilla del mar;
pero tras suplicarle no renovar su dolor ni el nuestro con tan crueles
recuerdos, tomó otra dirección. Finalmente, durante ocho días, se presentó en
todos los lugares en los que se había encontrado con la compañera de su infancia.
Recorrió el sendero por donde había ido a pedir clemencia para la esclava del
Río Negro; volvió a ver luego las orillas del río de los Tres Pechos, en donde
ella se sentó al no poder ya andar, y la parte del bosque donde se había
perdido; todos los lugares que le recordaban las preocupaciones, los juegos,
las comidas, las buenas acciones de su amada; el río de la Montaña Larga, mi
casita, la cascada vecina, el papayo que ella había plantado, las praderas
donde le gustaba correr, las encrucijadas del bosque donde le agradaba cantar,
provocaban sucesivamente su llanto, y los mismos ecos, que tantas veces habían
resonado con sus gritos de alegría, ya no repetían más que estas dolorosas
palabras: «¡Virginia! ¡Oh, mi querida Virginia!».
En esa
vida salvaje y vagabunda se mostraba con los ojos hundidos, la tez amarillenta,
y su salud se alteró más cada vez. Al estar persuadido de que nuestros males
aumentan con el recuerdo de nuestros placeres, y que las pasiones van creciendo
en la soledad, me resolví a alejar a mi desdichado amigo de los lugares que le
hacían más próximo el recuerdo de su pérdida, y llevarlo a algún lugar de la
isla en el que hubiera más distracciones. Para este efecto, lo conduje a las
alturas pobladas del barrio de Williams, donde no había estado nunca. La
agricultura y el comercio daban a esta parte de la isla mucho movimiento y
variedad. Había cuadrillas de carpinteros que escuadraban maderos y otros que
los serraban en tablas; iban y venían coches a lo largo de los caminos; grandes
manadas de bueyes y caballos pacían en vastos pastizales, y el campo estaba
sembrado de propiedades. La elevación del suelo permitía en varios lugares de
este territorio el cultivo de diversas especies de vegetales europeos. Se veían
aquí y allá cultivos de trigo en la llanura, alfombras de fresales en los
claros de los bosques, y setos de rosales a lo largo de los caminos. El
frescor del aire, tensando los nervios, era incluso allí favorable para la
salud de los blancos. Desde estas alturas, situadas hacia el medio de la isla,
y rodeadas por grandes bosques, no se divisaban ni el mar, ni Puerto
A
aquellas llanuras fue, por tanto, adonde llevé a Pablo. Lo mantenía
continuamente activo, caminando a su lado bajo el sol y bajo la lluvia, de día
y de noche, extraviándolo a propósito en los bosques, en los campos, arados y
no arados, con el fin de distraer su mente por el cansancio del cuerpo y
cambiar sus reflexiones por la ignorancia del lugar donde estábamos y del
camino que habíamos perdido. Pero el alma de un amante encuentra en todas
partes las huellas del objeto amado. La noche y el día, la calma de los lugares
solitarios y el ruido de las propiedades, incluso el tiempo que se lleva tantos
recuerdos, nada puede alejarnos de ellas. Como la aguja imantada, por mucho que
se la agite, en cuanto vuelve a estar quieta, gira hacia el polo que la atrae.
Cuando le preguntaba a Pablo, perdido en medio de las llanuras de Williams: «¿A
dónde iremos ahora?», se volvía hacia el Norte y decía: «Ahí están nuestras
montañas, volvamos.»
Vi de
sobra que todos los medios que intentaba para distraerlo eran inútiles, y que
no me quedaba otro remedio que atacar su pasión en sí misma, empleando todas
las fuerzas de mi débil razón. Le respondí, pues: «Sí, ahí están las montañas
donde vivía su querida Virginia, y aquí está el retrato que le había dado y que
al morir llevaba en su corazón, cuyos últimos latidos fueron además para
usted.» Mostré entonces a Pablo el retratito que le había dado a Virginia en la
orilla de la fuente de los cocoteros. Al verlo, una alegría funesta apareció en
su mirada. Cogió con avidez el retrato en sus débiles manos y se lo llevó a la
boca. En aquel momento, sintió una opresión en el pecho, y en sus ojos medio
ensangrentados se le pararon las lágrimas sin poder salir.
Le
dije: «Hijo mío, escúcheme, que soy su amigo, que lo he sido para Virginia, y
que, en medio de las esperanzas de usted, traté a menudo de fortalecer su razón
contra los accidentes imprevistos de la vida. ¿Qué deplora con tanta amargura?
¿Es su desgracia? ¿Es la de Virginia? ¿Su propia desgracia? Sí, sin duda, es
grande. Ha perdido a la más encantadora de las muchachas que habría sido la
más digna de las mujeres. Había sacrificado sus intereses a los de usted y le
había preferido a la fortuna como la única recompensa digna de su virtud.
¿Pero qué sabe usted si el objeto de quien debía esperar una dicha tan pura no
habría sido para usted el origen de una infinidad de penas? Estaba sin bienes y
desheredada; a partir de ese momento tan sólo compartiría con ella el trabajo.
Al volver más refinada por su educación y más valiente por su propia desgracia,
la habría visto sucumbir cada día, esforzándose por compartir las penalidades
de usted. Cuando le hubiera dado hijos, las penas de ella y las suyas habrían aumentado
por la dificultad de mantener sola con usted a unos parientes ancianos y a una
familia recién venida al mundo.
»Me
dirá: el gobernador nos habría ayudado. ¿Qué sabe usted si, en una colonia que
cambia tan a menudo de administradores, tendrá muchos La Bourdonnais? ¿Si no
vendrán aquí jefes sin decencia ni moral? ¿si, para obtener alguna ayuda
miserable, su esposa no se habría visto obligada a hacerles la corte? O si
ella hubiera sido débil, usted digno de compasión; o si hubiera sido prudente,
usted se habría quedado pobre: ¡sería feliz si, por causa de su belleza y
virtud, no lo hubieran perseguido a usted esos mismos de los que esperaba
protección!
»Me
hubiera quedado, me dirá usted, la dicha, independiente de la fortuna, de
proteger al objeto amado que se apega a nosotros en proporción a su misma
debilidad; de consolarlo con mis propias preocupaciones; de alegrarlo con mi
tristeza; de acrecentar nuestro amor con nuestras mutuas penalidades. Probablemente
la virtud y el amor gozan con estos placeres amargos. Pero ella ya no está, y
sólo le queda lo que después de usted más amó, su madre y Margarita, quienes,
al verlo sufrir a usted así, irán a la tumba. Ponga su felicidad en ayudarlas,
como ella misma lo había hecho. Hijo, las buenas acciones son la felicidad de
la virtud; no hay nada más seguro ni más grande en la tierra. Los proyectos de
placeres, reposo, delicias, abundancia, gloria, de ningún modo están hechos
para el hombre débil, siempre de un lado a otro y siempre de paso. Vea cómo
avanzar hacia la fortuna nos precipitó a todos de abismo en abismo. Usted se
opuso, es cierto, pero ¿quién no hubiera creído que el viaje de Virginia debía
acabar con su felicidad y la de usted? Las invitaciones de una pariente rica y
ya de edad, los consejos de un prudente gobernador, los aplausos de una
colonia, las exhortaciones y la autoridad de un religioso, decidieron la
desgracia de Virginia. De este modo corremos a nuestra perdición, engañados por
la prudencia misma de los que nos gobiernan. Hubiera sido sin duda mejor no
creerlos, ni confiar en la voz y en las esperanzas de un mundo engañoso. Pero,
en fin, de entre tantos hombres que vemos tan ocupados en estas llanuras, de
tantos que van a buscar fortuna a la India o de los que, sin salir de casa,
tranquilamente se aprovechan en Europa del trabajo de los anteriores, no hay
ninguno que no esté destinado a perder un día lo que más quiso, honores,
fortuna, mujer, hijos, amigos. La mayoría tendrá que añadir a la pérdida el
recuerdo de su propia imprudencia. Usted, refugiándose en sí mismo, no tiene
que reprocharse nada. Ha sido fiel a su fe. Ha tenido, en la flor de su juventud,
la prudencia de un sabio al no desviarse del sentimiento de la naturaleza. Sus
aspiraciones eran legítimas, porque eran puras, sencillas, desinteresadas, y
porque tenía sobre Virginia derechos sagrados que ninguna fortuna podía hacer
tambaleante. La ha perdido, y no son ni su imprudencia ni su avaricia ni una
falsa sensatez las que le hicieron perderla, sino Dios mismo, que empleó las
pasiones ajenas para quitarle al objeto de su amor. Dios, que le ha dado todo,
que ve lo que le conviene y cuya sabiduría no le deja a usted ningún lugar para
el arrepentimiento y la desesperación que suceden a los males de los que hemos
sido causa.
»Esto
es lo que puede decir en su infortunio: No lo he merecido. ¿Es, pues, la
desgracia de Virginia, su final, su estado presente, lo que está llorando? Ha
sufrido la suerte reservada a la nobleza, a la hermosura, y a los mismos imperios.
La vida del hombre, con todos sus proyectos, se levanta como una torrecilla
cuyo remate es la muerte. Ya naciendo, estaba condenada a morir. ¡Qué
afortunada ha sido al haber deshecho las ataduras de la vida antes que su
propia madre, que la de usted, y que usted mismo, es decir, al no haber muerto
varias veces antes de la última vez!
»La
muerte, hijo mío, es un bien para todos los hombres; es la noche de ese día
inquieto que llamamos la vida. En el sueño de la muerte es donde descansan para
siempre las enfermedades, los dolores, las penas, los temores que agitan sin
cesar a los desdichados que viven. Examine a los hombres que parecen más
felices: verá que han comprado muy caro su supuesta felicidad; la consideración
pública con desgracias domésticas; la fortuna con la pérdida de salud, el
escaso placer de ser amado con sacrificios continuos; y al final de una vida
sacrificada a los intereses ajenos, tan sólo ven a su alrededor falsos amigos
y parientes ingratos. Pero Virginia fue feliz hasta el último momento. Lo fue
con nosotros por los bienes de la naturaleza; lejos
de
nosotros, por los de la virtud: e incluso en el terrible momento en que la
vimos perecer aún era feliz, porque, ya sea por dirigir su mirada a una colonia
entera o dirigirla hacia usted que corría tan valientemente en su auxilio, vio
cuán querida era por todos. Se hizo fuerte contra el futuro por el recuerdo de
la inocencia de su vida y recibió, por tanto, el precio que reserva el cielo a
la virtud, un valor superior al peligro. Ofreció a la muerte un rostro sereno.
»Hijo
mío, Dios concede soportar a la virtud todos los avatares de la vida, para
hacer ver que sólo ella puede usarlos y encontrar en eso felicidad y gloria.
Cuando le reserva una reputación ilustre, la hace subir a un gran teatro, y
combatir con la muerte; entonces su valor sirve de ejemplo, y el recuerdo de
sus desgracias recibe para siempre un tributo de lágrimas por parte de la
posteridad. Este es el inmortal monumento que se le reserva en una tierra donde
todo pasa, y donde incluso la memoria de la mayoría de los reyes pronto se
sepulta en un olvido eterno.
»Pero
Virginia existe todavía. Hijo, vea que todo cambia en la tierra y que nada se
pierde. ¿Acaso algún arte humano podría aniquilar la menor partícula de
materia, y lo que fue razonable, sensible, afectuoso, virtuoso, devoto, habría
perecido, cuando los elementos que lo revestían son indestructibles? ¡Ah! si
Virginia fue dichosa con nosotros, lo es ahora mucho más. Hay un Dios, hijo
mío: toda la naturaleza lo proclama; no necesito probárselo. Sólo la maldad de
los hombres puede hacerles negar una justicia que temen. Su sentimiento está en
el corazón de usted, como sus obras están ante los ojos. ¿Cree, por tanto, que
deje a Virginia sin recompensa? ¿Cree, pues, que este mismo poder que había
revestido a un alma tan noble de una forma tan bella, donde usted veía un astro
divino, no habría podido sacarla de las aguas? ¿que el que ha dispuesto la
felicidad actual de los hombres por leyes que usted no conoce, no le pueda
preparar otra a Virginia mediante leyes también desconocidas? Cuando estábamos
en la nada, si hubiéramos sido capaces de pensar, ¿habríamos podido hacernos
una idea de nuestra existencia? Y ahora que estamos en esta existencia,
tenebrosa y fugitiva, ¿podemos prever lo que hay más allá de la muerte, por
donde debemos salir? ¿Acaso Dios necesita, como el hombre, de la esferita de
nuestra tierra, para servir de teatro a su inteligencia y a su bondad y tan sólo
pudo propagar la vida humana en los campos de la muerte? ¿No hay en el océano
ni una sola gota de agua que no esté llena de seres vivos que se nos parecen,
y no habría nada para nosotros entre tantos astros que se giran sobre nuestras
cabezas? ¡Vamos! ¿que solamente habría inteligencia suprema y bondad divina
donde nos encontramos?; ¿y en esos globos luminosos e innumerables, en esos
campos infinitos de luz que los rodean, que ni las tormentas ni las noches
oscurecen nunca, sólo habría un espacio hueco y una nada eterna? Si nosotros,
que no nos hemos concedido nada, nos atreviéramos a asignar límites al poder
del que hemos recibido todo, ¿podríamos creer que estamos aquí en los límites
de su imperio, donde la vida se debate con la muerte y la inocencia con la tiranía?
»Sin
duda, hay algún lugar en alguna parte donde la virtud recibe su recompensa,
Virginia ahora es feliz. ¡Ah! si desde la residencia de los ángeles pudiera
comunicarse con usted, le diría como en su despedida: "¡Oh Pablo! la vida
no es más que una prueba. Se me ha encontrado fiel a las leyes de la naturaleza,
del amor y de la virtud. Atravesé los mares para obedecer a mis parientes;
renuncié a las riquezas para conservar mi fe; y he preferido perder la vida a
violar el pudor. El cielo encontró que ya he recorrido bastante camino. He
escapado para siempre a la pobreza, la calumnia, las tempestades, el
espectáculo del dolor ajeno. Ninguno de los males que espantan a los hombres
puede ya alcanzarme y a partir de ahora, ¡y me compadeces! Soy pura e
inalterable como una partícula de luz, ¡y me recuerdas en la noche de la vida!
¡Oh Pablo! ¡Oh, amigo mío! acuérdate de aquellos días de felicidad, cuando ya
desde por la mañana saboreábamos la voluptuosidad de los cielos, levantándose
con el sol sobre las crestas de los peñones y extendiéndose con sus rayos en
el seno de nuestros bosques. Nos embelesábamos sin poder comprender el motivo.
En nuestros deseos inocentes, queríamos ser todo vista para gozar de los ricos
colores de la aurora; todo olfato para oler los perfumes de nuestras plantas;
todo oídos para oír los conciertos de nuestros pájaros; todo corazón para
reconocer aquellas buenas acciones. Ahora, en el manantial de la belleza, de
donde mana todo lo que es agradable en la tierra, mi alma ve, saborea, oye,
toca inmediatamente lo que entonces sólo podía percibir con débiles órganos.
¡Ah! ¿Qué lengua podría describir estas orillas de un oriente eterno en el que
vivo para siempre? Todo lo que un poder infinito y una bondad celeste pudieron
crear para el consuelo de un ser infortunado; todo lo que la amistad de una
infinidad de seres, regocijados por la misma felicidad, puede poner de armonía
en éxtasis compartidos, lo experimentamos sin impurezas. Afronta, por tanto,
la prueba a la que se te ha sometido, con el fin de acrecentar la felicidad de
tu Virginia por un amor que ya no tendrá término, por un himeneo cuyas
antorchas ya no se extinguirán. Allí apaciguaré tus pesares; allí enjugaré tus
lágrimas. ¡Oh, amigo! ¡mi joven esposo! eleva tu alma hacia el infinito para
soportar las penalidades de un momento."»
Mi
propia emoción puso fin a mi discurso. Pablo, mirándome fijamente, exclamó:
«¡Ella ya no está! ¡Ella ya no está!» y un prolongado desmayo sucedió a
aquellas dolorosas palabras. Luego, volviendo en sí, dijo: «Ya que la muerte
es un bien y que Virginia es dichosa, quiero morir también para unirme a ella.»
De este modo, mis motivos de consuelo no sirvieron más que para alimentar su
desesperación. Estaba como un hombre que quiere salvar a un amigo que se hunde
en medio de un río sin querer nadar. El dolor lo había sumergido. ¡Ay! las
desgracias de la edad temprana preparan al hombre a entrar en la vida, y Pablo
nunca las había experimentado.
Lo
llevé a su propiedad. Encontré a su madre y a la señora de La Tour en un
estado de languidez que se había hecho aún mayor. Margarita era la más abatida.
Los caracteres vivos sobre los que resbalan las penas leves son los que menos
resisten a las grandes aflicciones.
Me
dijo: «¡Oh, mi buen vecino! me ha parecido ver esta noche a Virginia vestida de
blanco, en medio de florestas y deliciosos jardines. Me dijo: "Gozo de una
felicidad digna de envidia." Enseguida se acercó a Pablo sonriendo y se lo
llevó con ella. Al esforzarme por retener a mi hijo, noté cómo dejaba yo misma
la tierra y lo seguía con un placer inexplicable. Entonces quise decir adiós a
mi amiga; al momento la vi seguirnos con María y Domingo. Pero lo que aún
encuentro más extraño, es que la señora de La Tour tuvo esa misma noche un
sueño acompañado de las mismas circunstancias.»
Le
respondí: «Amiga, creo que nada acontece en el mundo sin el permiso de Dios.
Los sueños anuncian a veces la verdad.»
La
señora de La Tour me contó un sueño completamente igual que había tenido esa
noche. Nunca observé en aquellas dos mujeres una tendencia a la superstición;
así pues, me chocó la concordancia de su sueño, y no dudé para mí mismo que no
llegara a realizarse. Esta opinión, que la verdad se nos presenta a veces
mientras soñamos, se extiende a todos los pueblos de la tierra. Los grandes hombres
de la Antigüedad han creído en ella; entre otros Alejandro[55], César[56], los Escipiones[57], los dos Catones[58] y Bruto[59], que no eran unos ignorantes. El Antiguo y
el Nuevo Testamento nos proporcionan gran número de ejemplos de sueños que se
cumplieron. En cuanto a mí, sólo necesito en este aspecto mi sola experiencia
y he comprobado más de una vez que los sueños son avisos que nos da una
inteligencia que se interesa por nosotros. Querer combatir o defender con
razonamientos cosas que sobrepasan la luz de la razón, eso es lo que no es
posible. No obstante, si la razón humana no es más que una i
¿Por
qué dudar de los sueños? La vida, llena de tantos proyectos pasajeros, ¿es otra
cosa que un sueño?
Sea
como sea, el de mis infortunadas amigas se cumplió pronto. Pablo murió dos
meses después de la muerte de su querida Virginia, cuyo nombre pronunciaba sin
cesar. Margarita vio venir su final ocho días después del de su hijo con una
alegría que sólo es dado experimentar a la virtud. Se despidió con la mayor
ternura de la señora de La Tour, «con la esperanza, le dijo, de una dulce y
eterna reunión. La muerte es el mayor de los bienes, añadió, debemos
desearla. Si la vida es un castigo, tenemos que desear su fin; si es una
prueba, hay que pedir que sea corta.»
El
gobierno se ocupó de Domingo y María, que ya no estaban en condiciones de
servir y que no sobrevivieron mucho tiempo a sus amas. En cuanto al pobre Leal,
murió de pena casi en la misma época que su amo.
Llevé a
mi casa a la señora de La Tour, que se mantenía en medio de tan grandes
pérdidas con una entereza increíble. Había consolado a Pablo y Margarita hasta
el último momento, como si sólo hubiera tenido que soportar la desgracia de
ambos. Cuando ya no los vio, me hablaba de ellos todos los días como de unos
amigos queridos que estaban en la vecindad. Respecto a su tía, lejos de
reprocharle sus desgracias, pedía a Dios que se las perdonara y apaciguara
los terribles remordimientos en que nos enteramos había caído inmediatamente
después de devolver a Virginia de modo tan inhumano.
Esta
parienta desnaturalizada no arrastró muy lejos el castigo de su dureza. Me
enteré, con la llegada sucesiva de varios navíos, que era presa de unos humores
que le hacían la vida y la muerte igualmente insoportables. Tan pronto se
reprochaba el fin prematuro de su encantadora sobrina nieta y la pérdida
consiguiente de su madre, tan pronto se congratulaba de haber enviado lejos de
sí a dos desgraciadas que, decía, habían deshonrado su casa con la bajeza de
sus inclinaciones. A veces, encolerizándose ante la vista de la gran cantidad
de desharrapados que llenan París: «¿por qué no envían a estos vagos a morirse
en nuestras colonias?», añadía que las ideas de humanidad, virtud, religión
adoptadas por todos los pueblos no eran más que intenciones de la política de
sus príncipes. Después, poniéndose de pronto en el extremo opuesto, se
abandonaba a terrores supersticiosos que la llenaban de espantos mortales.
Corría a llevar abundantes limosnas a ricos monjes que la dirigían,
suplicándoles que apaciguaran a la Divinidad por el sacrificio de su fortuna:
¡como si los bienes que había negado a los desdichados pudieran dar gusto al padre
de los hombres! Con frecuencia su i
De este
modo se pasó varios años, unas veces atea, otras supersticiosa, abominando por
igual de la muerte y de la vida. Pero lo que acabó con tan penosa existencia
fue el mismo tema al que había sacrificado los sentimientos de la naturaleza.
Conoció la pena de ver que su fortuna pasaría después de ella a unos parientes
a los que odiaba. Buscó, pues, enajenar la mayor parte de la misma, pero
aquéllos, aprovechándose de los humores a los que estaba sometida, hicieron que
la encerraran como loca y pusieron sus bienes bajo custodia. De este modo, sus
propias riquezas consumaron su perdición; e igual que habían endurecido el
corazón de la que las poseía, desnaturalizaron también el corazón de los que
las deseaban. Se murió, pues y, lo que es el colmo de la desgracia, con el
bastante uso de razón para conocer que la habían desposeído y despreciado las
mismas personas cuyas opiniones la habían dirigido durante toda la vida.
Pusieron
al pie de Virginia, al pie de los mismos cálamos, a su amigo Pablo, y
alrededor de ambos a sus tiernas madres y a sus fieles criados. No se han
levantado mármoles en sus humildes túmulos, ni grabado inscripciones dedicadas
a su virtud, pero su recuerdo ha quedado intacto en el corazón de aquellos a
quienes sirvieron. Sus sombras no necesitan el brillo del que huyeron a lo
largo de su vida; pero si aún se interesan por lo que ocurre en la tierra, sin
duda les gusta errar bajo los tejados de la choza donde vive la virtud
laboriosa, consolar a la pobreza descontenta de su suerte, alimentar en los
jóvenes amantes un fuego duradero, el gusto por los bienes naturales, el amor
por el trabajo y el temor de las riquezas.
La voz
popular, que calla sobre los monumentos levantados a la gloria de los reyes,
dio a algunas partes de esta isla nombres que eternizarán la pérdida de
Virginia. Se puede ver cerca de la isla de Ámbar, en medio de los escollos, un
lugar llamado EL PASO DEL SAN GERANDO, por el nombre del navío que pereció allí
trayéndola de Europa. El extremo de esa punta de tierra que usted divisa a tres
leguas de aquí, medio cubierta por las olas del mar, que el San Gerando no
pudo doblar la víspera del huracán para entrar en el puerto, se llama el CABO
DESDICHADO; y ante nosotros, al final de este vallejo, LA BAHíA DE LA TUMBA, en
la que encontraron a Virginia enterrada en la arena, como si el mar hubiera
querido devolver el cuerpo a su familia, y rendir los últimos honores a su
pudor en las mismas orillas que había honrado con su inocencia.
¡Unos
jóvenes tan tiernamente unidos! ¡Unas madres tan infortunadas! ¡Querida
familia! Esos bosques que os daban sus sombras, esas fuentes que manaban para
vosotros, esos collados donde descansabais juntos, lloran aún su pérdida.
Nadie después de vosotros se ha atrevido a cultivar esta tierra desolada, ni a
volver a levantar estas humildes cabañas. Sus cabras se han hecho salvajes;
sus huertos están destruidos; sus pájaros huyeron, y ya no se oye más que el
grito de los gavilanes volando en lo alto alrededor de esta cuenca de riscos.
Por mi parte, desde que ya no os veo, soy como un amigo que ya no tiene amigos,
como un padre que ha perdido a sus hijos, como un viajero errante en la tierra,
donde me he quedado solo.
Diciendo
estas palabras, el buen anciano se alejó llorando abundantemente; yo lo había
hecho más de una vez durante el funesto relato.
1 Mar del Sur: nombre dado antaño al océano
Pacífico.
2 Isla de Francia: antiguo nombre de la actual isla
Mauricio, que, junto con la de Reunión, constituyen las islas más importantes
del Archipiélago de las Mascareñas en el indico. Francia sucedió en 1715 en el
dominio de la isla a los holandeses y tomó entonces el nombre de Isla de
Francia. En 1810 cayó bajo el dominio inglés hasta 1968.
3 Alusión a una lectura realizada en 1784. En 1788
se publicaría la novela dentro de la tercera edición de los Estudios sobre
la Naturaleza.
[1] Puerto
* Se han traducido los nombres de lugar cuando ha
sido posible, a fin de que el lector español no perdiera la atmósfera de
connotaciones que para un lector francés van creando estos términos. (N. del
T.)
[2] Latania: palmera originaria de la Isla Borbón, hoy
isla de la Reunión, con hojas en forma de gran abanico de metro y medio de
longitud.
[3] Indias Orientales: nombre dado antaño en Francia a
los territorios del Senegal, Guinea, el Archipiélago de las Mascareñas y los
territorios franceses en la India. La Compañía francesa de las Indias
Occidentales realizó la explotación comercial de dichas colonias. En nuestro
texto, el término Indias siempre hará referencia a Indias Orientales.
[4] Yolof:
miembro perteneciente a una tribu de Africa occidental francesa, en la colonia
de Senegal.
[5]
Cayotas: especie de calabaza oval, de color verde claro o blanquecino y de
carne muy dulce.
[6]
Constelación de los Gemelos: referencia a la constelación de Géminis, cuyas
estrellas principales son Cástor y Pólux. La comparación visualiza la utopía
afectiva de la hermandad perfecta y la utopía ideológica de la simbiosis
naturaleza-virtud.
[7] Nueva
insistencia en el tema de la hermandad simbiótica por la alusión a la madre de
Castor y Pólux, Leda.
[8] Niobe:
en la mitología griega, esposa de Anfión, rey de Tebas. Tuvo 12 hijos. En una
ocasión despreció a los de Latona, Apolo y Artemisa. Por ello, éstos la
castigaron matando a sus hijos y convirtiéndola en roca.
[9]
Bertrand François Mahé de La Bourdonnais. Gobernador de la Isla de Francia y de
la Isla Borbón de 1735 a 1745.
[10] Dicho
río corre por la parte suroeste de la isla.
[11] El
episodio de la cimarrona traspone un suceso en que el propio escritor pidió la
libertad para una esclava, tal como cuenta en Viaje a la Isla de Francia.
*« Le
pain du méchant remplit la bouche de gravier.» La traducción literal de la
sentencia en francés («el pan del malvado llena la boca de arenisca») no se
corresponde con ningún juicio acuñado en español. De ahí que se h
[12]
«Eslabón» designa aquí el trozo de acero con que se golpea el pedernal para
producir fuego.
* Hemos traducido
el original «ajoupa» por el americanismo «bohío», también de origen isleño y
que denomina, como el primero, la choza de estacas y follaje (N. del T.)
[13] Los
árboles que el autor describe ya aparecen en Viaje a la Isla de Francia. Aquí
se dedica a la caracterización botánica, objetiva. Pablo y Virginia supondrá
la recreación personal, la transmutación de esa materia para formar el texto
literario.
[14] Esta disposición jardinística del laberinto con
falsas ruinas grabadas en lenguas clásicas obedece al modelo de moda, el jardín
inglés. Su prototipo será el jardín Elíseo de
[15] Horacio, Odas,
I, 3, versos 2-4.
[16] Virgilio, Geórgicas,
II, v. 493.
[17] Ibídem, íd., v.
467.
* La
descripción de los vegetales de esta zona se unifica en la i
[18] Las
becadas, también llamadas chochas, pertenecen a las zancudas. La fregata,
vulgarmente rabihorcado, es un ave tropical de gran envergadura, plumaje negro
y cola ahorquillada. El pájaro blanco del trópico se caracteriza por una larga
cola, prolongada por dos plumas muy finas.
[19] La
vivencia de la religión en la pequeña sociedad ilustra los principios
rousseaunianos expuestos en el Libro IV de Emilio o la educación. Dios
habla a nuestra conciencia o se manifiesta en la naturaleza, sin necesidad de
intérpretes humanos.
[20] El terciopelo designa un árbol tropical de mediana
envergadura. Sus hojas, ramas y frutos se recubren de un vello aterciopelado.
[21] Madián:
territorio ocupado por los descendientes de Madián, hijo de Abraham y Queturá.
Se hallaba entre el mar Rojo y las llanuras de Moab.
[22] Raguel:
sacerdote madianita que entregó como esposa a Moisés a su hija Séfora (Éxodo,
11, 16-22).
[23] Ruth:
mujer moabita que, tras enviudar, siguió a su suegra Noemí a Belén. Después de
trabajar como espigadora en los campos de Booz, éste la desposó. Protagoniza
el libro bíblico de Ruth.
Los episodios bíblicos presentan el leit-motiv de
la utopía afectiva del «hermano/a-esposo/a».
[24] Dríada
o dríada: ninfa de los bosques.
[25] Cafre:
designa a los negros de habla bantú; habitan en el sureste de Africa.
[26] El
sorprendente cambio del tú al usted en la enunciación de Virginia lo explica el
autor más abajo. La alternancia en el trato de Virginia hacia Pablo quiere
reflejar la repentina toma de distancia del usted combinada con la familiaridad
del tú. Este fenómeno se repite en la conversación que ambos tienen la víspera
de la marcha de Virginia.
[27] San Pablo de
Tebas. El primer ermitaño. Nacido en 228, se retiró al desierto huyendo de la
persecución de Decio. Vivió en una cueva hasta los ciento trece años.
[28] La
palabra designa el pequeño paquete de mercancías que el tripulante de un barco
puede cargar en él, exento además de pago.
[29]
Piastra: moneda de plata, de curso en Extremo Oriente e Indochina, cuyo valor
varía según los países.
[30] Dentro
de la función de evocación exótica de la obra, se incluye esta relación de
tejidos preciosos y de sus correspondientes lugares de origen. Las primeras
telas, del Indostán, tienen como materia base el algodón. La segunda serie
incluye variedades de seda de Extremo Oriente. La Enciclopedia consagra
importantes artículos a los tejidos descritos en Pablo y Virginia.
[31] La
evolución en la dinámica del personaje se traduce en esta transición de
vestimenta. Si el primer traje de tela azul de Bengala conforma la vestimenta
popular, el segundo, de muselina rosa, es propio de las damas de elevada
condición.
[32]
Piterboth es la elevación más importante de la isla, descrita por el autor en
su Viaje a la Isla de Francia.
[33] Isla
Borbón: antiguo nombre de la Isla de la Reunión.
[34] El eco
del sistema educativo de Emilio o la educación es evidente: la combinación
de la formación intelectual y el trabajo manual orientado a la agricultura y
jardinería.
[35]
Bernardin de Saint-Pierre se refiere a uno de sus libros preferidos, Las aventuras
de Telémaco, de Fénelon (1669). Incluye una utopía apoyada en el mito de la
edad de oro. Como en todas las obras de este tipo, la crítica de la sociedad
del momento no se hacía esperar. Su influencia en autores como Montesquieu y
Rousseau, junto a nuestro escritor, fue indiscutible.
[36]
Antíope: una de las amazonas, compañera de Teseo. De ambos nació Hipólito. Tras
ayudar a su marido a combatir a sus antiguas compañeras, éste la abandonó por
Fedora. Hércules le dio muerte.
[37]
Eucaris: la más bella de las ninfas de Calipso, y de la que se enamoró Ulises,
provocando los celos de Calipso. (Episodio narrado por Fénelon.)
[38] Las
novelas libertinas representan las novelas de moda en Europa, citadas en el
texto. Entre ellas, El campesino pervertido (1777), La campesina
pervertida (1779) de Restif de la Bretonne, y Las amistades peligrosas de
Ch. de Lacios (1780).
[39] Nuevo
emp
[40] Nuevo
eco rousseauniano en este panegírico de la sociedad natural, y que el autor
reproduce en otras obras suyas (por ejemplo, Ensayo sobre
[41] Hombre
de toga: referencia al estamento de los hombres de leyes.
[42] Principios de
inspiración fisiocrática. Esta escuela económica del XVIII cifraba en el
cultivo de la tierra la fuente de riqueza de un país.
[43]
Crotoniatas: habitantes de Crotona, colonia griega de la Magna Grecia. Al
relacionarlos con Pitágoras, que allí se estableció, se alude a una leyenda
según la cual el filósofo murió en un incendio provocado por los habitantes,
sublevados contra la intervención del filósofo en la vida pública.
[44] Sigue
una exposición cuyos puntos están en el ambiente de la época. La denuncia de la
condición femenina recorre la obra de Diderot, por ejemplo. El posterior elogio
de la pobreza se encuentra en Rousseau. Sobre la noción de virtud, vid.
[45]
[46] Escipión el
Africano. Publio Cornelio Escipión (238-183 a.C.). General romano, famoso por
sus victorias en la II Guerra Púnica. Se le acusó de malversación de fondos, de
lo que pudo defenderse.
[47] Lúculo,
Lucio Lucinio (102-57 a.C.). General romano. Llegó a cónsul en el 74 a.C. Se
retiró de la política tras numerosas intrigas.
[48]
Catinat, Nicolas de (1637-1712). Mariscal francés. Tras importantes victorias
militares, su derrota en Capri durante la guerra de Sucesión española le
obligó a retirarse y ceder el mando.
[49] Lemán. También
llamado piloto práctico. Está autorizado a asistir a los capitanes en la
conducción del navío en el interior de puertos o en los parajes difíciles.
[50] El
episodio del San Gerando se basa en un hecho real: un naufragio que tuvo lugar
el 17 de agosto de 1744 entre la Isla de Francia y la Isla de Ambar. El cambio
de fecha sitúa la ficción en la época de los ciclones y huracanes, lo que da
pie para describir el espectáculo de la tempestad.
[51] De
nuevo el escritor expone su afición a las descripciones técnicas. Los términos
marítimos ya aparecen en su obra Viaje a la Isla de Francia.
Mastelero degavia: representa el
palo mayor que se pone en los barcos sobre cada uno de los mayores, formando su
extremidad. La gavia es la vela que va en el mastelero mayor de la nave, que se
sitúa en el centro de la misma.
Tilla: designa el puente de los navíos.
Obra viva: parte sumergida
de un barco.
Guindaleza: cabo grueso.
Medio cable: medida que
representa unos 200 metros.
[52] La
crítica de fuentes ha dado dos episodios como inspiradores de la muerte de
Virginia. El de mademoiselle Caillou, nacida en la Isla de Francia y que viajó
desde Burdeos a su tierra a bordo del San Gerando en 1744. Se enamoró de un
oficial durante el trayecto, que acabó en naufragio. Cuando éste ocurrió, ambos
quedaron solos en cubierta. A pesar de que el joven consiguió arrastrar a la
muchacha para salvarse, la tempestad los hizo perecer. Sus cadáveres se
enterraron en la iglesia de los Toronjos.
El otro episodio está protagonizado por el capitán
del San Gerando, monsieur de la Mart, que se negó a desvestirse alegando que
no convenía a su estado llegar desnudo a tierra.
[53] Malabares: habitantes de la región costera
occidental de la India.
[54] Vid. supra, nota
25.
[55] Alejandro Magno
(356-323 a.C.). En principio rey de Macedonia y luego emperador. Extendió sus
dominios hasta la desembocadura del Indo. Su huella en la historia ha llevado a
hablar de la «era de Alejandro».
[56] Cayo
[57]
Escipiones: familia patricia romana, famosa por sus victorias militares. Entre
sus miembros están Lucio Cornelio Escipión, Publio Cornelio Escipión, su hijo
Publio Cornelio Escipión Africano el Mayor y Lucio Cornelio Escipión, hermano
del anterior.
[58] Catones: familia
patricia romana. Destacan Marco Porcio Catón (234-149 a.c), cónsul y censor.
Marco Porcio Catón (95-46 a.C.), biznieto del anterior, luchó contra César en
las guerras civiles.
[59] Bruto (85-42
a.C.). Político romano. Llegó a ser gobernador de la Galia Cisalpina y pretor.

No hay comentarios:
Publicar un comentario