© Libro No. 662. El Lenguaje Electrónico. Bolter,
David. Colección E.O. Marzo 22 de 2014.
Título original: © EL LENGUAJE ELECTRÓNICO. DAVID BOLTER. Fondo
2000
Versión Original: © L LENGUAJE ELECTRÓNICO. DAVID BOLTER. Fondo 2000
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Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
EL LENGUAJE ELECTRÓNICO
DAVID BOLTER
Tomado de El hombre de Turing
La cultura occidental en la era de la
computación
1a. edición en español, FCE, 1988
Primera edición, 1999
ISBN 968-16-5788-8
Impreso en México
Estas páginas ofrecen una visión accesible y
coloquial para la comprensión de los jeroglíficos, signos, símbolos y claves
con los que las máquinas transforman nuestra imaginación en información.
Presentación
EN 1950,
el matemático A. M. Turing publicó un polémico trabajo dónde afirmó que
"las computadores podrían imitar perfectamente la inteligencia
humana". En menos de medio siglo la humanidad ha presenciado, si bien no
el cumplimiento literal de aquella sentencia, sí su progresiva demostración:
somos ya testigos de que muchas tareas de antaño exclusivas de la mente humana
ahora las realizan las computadoras, y en más de un foro, oficina o
circunstancia el hombre es considerado un "procesador de
información".
Así como
la cerámica o la escultura definieron a las antiguas culturas, el reloj con sus
horarios distinguió a la Edad Media y las máquinas de vapor con sus vértigos, a
la humanidad del siglo XIX, nuestro siglo XX bien podría quedar representado
por las computadoras. Su rápido desenvolvimiento y acelerada perfección han
cubierto casi todos los órdenes de la vida moderna.
Ante esta
novedosa y enigmática condición de la humanidad, su ciencia y sus tecnologías,
el distinguido investigador J. David Bolter publicó en 1984 El hombre de
Turing. La cultura occidental en la era de la computación (FCE, 1988), del cual
presentamos aquí el capítulo referente al lenguaje electrónico. La obra de
Bolter es un interesante y ameno acercamiento de la ciencia y las humanidades,
que analiza las diversas influencias de la tecnología electrónica en la vida
del hombre contemporáneo. Además, es una reflexión acerca de las razones que
existen para incomodarnos o acostumbrarnos a ser comparadas con una
computadora. Ya en tiempos de Descartes se comparo el intelecto humano con los
mecanismos de un reloj, y más de un cacique de la Revolución industrial
consideró al hombre como un mero engranaje de sus máquinas de vapor.
Bolter
afirma que "la computadora es un medio de comunicación a la vez que una
herramienta científica, por lo cual la pueden utilizar tanto los humanistas
como los científicos". Estas páginas que el lector tiene en sus manos
confirman que la prosa de Bolter se dirige tanto al experto en sistemas como al
neófito navegante de pantallas cibernéticas. Cualquiera podrá confirmar aquí,
no sin cierto alivio, que la memoria electrónica no atenta contra la memoria
humana, de la misma forma como la Enciclopedie de Diderot y D´Alambert no
arruinó ni la memoria ni la imaginación de los hombres del siglo XVIII. Estas
páginas son una cartografía que sirve para recorrer los jeroglíficos del
lenguaje electrónico y comprender que los complicados signos que se conjugan en
los oscuros laberintos de una máquina no limitan la magia de la palabra, ni la
conformidad de la prosa imaginativa, ni la belleza de un poema.
Lenguaje electrónico
La
computadora trata al lenguaje del mismo modo que trata a la lógica, al espacio
y al tiempo, con una extraña combinación de abstracción práctica y filosófica.
En el nivel práctico, los lenguajes de computadora son códigos cuyo propósito
es representar la estructura lógica de problemas que deben resolverse. En la
medida de lo posible se les aísla del lenguaje emocional, ambiguo y vocal de la
vida diaria , a pesar de lo cual tienen tradiciones, raíces filosóficas que se
remontan al siglo XVII e inclusive reminiscencias que van mucho más atrás,
cuando menos hasta Aristóteles. Al crear sus códigos los especialistas en
computación, participan de hecho en un debate vivo que lleva miles de años.
¿Debe evocar el lenguaje o limitarse a denotar? ¿Interviene en una relación
mágica o a lo menos misteriosa con los pensamientos y experiencias que
describe, o es primordialmente una herramienta para dejar al descubierto la
estructura del mundo? ¿Es en lo esencial poético o lógico? Al examinar
primeramente el lenguaje de la computadora en sí y luego las tradiciones de que
es parte, no debe sorprendernos ver hacia que lado del debate se inclina la
computadora convendrán sin duda en que el lenguaje proporciona una senda al
conocimiento. No convienen en cuanto a la naturaleza del lenguaje o en cuanto a
la clase de conocimiento a la cual se lleva.
....*
Lenguaje natural y artificial
....*
Jerarquía del lenguaje de computación
....*
Poesía y lógica
....* El
punto de vista antiguo
....* El
punto de vista de Europa occidental
....*
Estructuras silentes
LENGUAJE NATURAL Y ARTIFICIAL
Hablar de
"lenguaje" de computación es hablar metafóricamente, aunque se trata
de una metáfora que agoniza a fuerza de ser usada. Aun aquellos que nunca han
estado cerca de una computadora han oído hablar de FORTRAN, COBOL o PASCAL y
saben que se trata de lenguajes crípticos por medio de los cuales se habla a la
máquina. FORTRAN (el nombre abrevia "Formula Translator"), PASCAL, y
los demás no son, obviamente, lenguajes vivos. Los programadores se dan cuenta
de esto cuando distinguen entre lenguajes artificiales o programación y
lenguajes "naturales" como el español y el inglés. En sí, la palabra
"artificial" nos dice algo sobre el plan del programador. Aunque el
español o cualquier otro idioma son también producto de artificio, su creación
a lo largo de siglos no fue plenamente consciente y racional como ha sido la
creación de lenguajes de programación.
Los
lenguajes de programación no se hablan, lo cual significa también una gran
diferencia. Su fin no es que se entiendan en la comunicación oral, ya que las
computadoras actuales casi no toman en cuenta las ondas sonoras. Pero aún
suponiendo que fuera posible hablar a una computadora (lo cual es completamente
concebible), muy pocos programadores estarían dispuestos a dialogar en FORTRAN
. En este terreno resulta exacta la imagen que nos da la ficción científica.
Cuando los humanos hablan a su robots y a sus cerebros electrónicos lo hacen
más o menos en algún idioma, pero omitiendo con frecuencia artículos y otras
palabras pequeñas con lo cual sugieren la preferencia de la computadora al
reducir el lenguaje o la osamenta desnuda de la lógica. Hablar en FORTRAN sería
tan difícil como hablar en álgebra porque la relación que estos códigos
establecen entre sus símbolos sólo se puede captar cuando se presenta
especialmente y es examinada con la vista. El ojo puede examinar un renglón
varias veces para desentrañar su significado o saltarse diez renglones para
comprobar la definición o el uso de un símbolo. Para casi todos nosotros, una
versión hablada de un enunciado FORTRAN desaparece en el momento mismo en que
se pronuncia. Aun dos programadores muy diestros deberían sentarse ante una
versión escrita si es que quieren analizar un programa. esto mismo es aplicable
a los matemáticos y a sus ecuaciones; sorprende en verdad enterarnos de que un
matemático ciego de la talla de Euler haya podido visualizar sus pruebas sin la
ayuda del papel. El lenguaje natural opera de un modo diferente: evolucionó
hasta hacerse plenamente inteligible en palabras debido a que el lenguaje
hablado precedió milenios al escrito. Es muy redundante, a diferencia de la
buena programación de las computadoras. Es español o en cualquier otro idioma
tenemos que anunciar y renunciar las ideas para hacerlas entender; no asignamos
un símbolo unívoco a cada idea y no esperamos que nuestros interlocutores lo
recuerden durante el resto de nuestra conversación.
FORTRAN
tiene usos mucho más restringidos que los lenguajes comunes. No sirve para
expresar emociones ni muchas percepciones razonadas, sino tan sólo una estrecha
gama de problemas definidos lógicamente. Por otra parte los lenguajes de
programación no evolucionan del mismo modo irrestricto que los lenguajes
naturales; estos lenguajes están en un flujo constante: conforme algunas
palabras caen en desuso, otras se vuelven populares y de moda. La gramática
cambia, y la pronunciación varía de una región a otra, de un grupo de hablantes
a otro y con el transcurso del tiempo. La mayoría de estos cambios no son
planeados y casi siempre desalientan al establecimiento literario. Los cambios,
en especial en pronunciación, son inconscientes en la mayoría de los hablantes,
por lo que son democráticos en el mejor sentido también en el peor; se trata de
un proceso caótico en el cual el cambio colectivo es la suma de millones de
idiosincrasias. Las reformas al lenguaje por órdenes de comités casi siempre
van al fracaso, sin embargo, el hebreo moderno es quizá una excepción.
En
cambio, los lenguajes de computación cambian precisamente de un modo
autocrático: por decreto de la administración. El programador no es libre de
modificar FORTRAN según sus gustos porque cualquier desviación de la rígida
sintaxis en uso hará que su programa falle. Los cambios nunca son espontáneos.
Un grupo de programadores, inconforme con los aspectos pequeños del lenguaje,
agitará para lograr reformas en su centro de computación. La reforma se
presenta ante la administración del centro, y en cuanto se llega a una decisión
se encarga a algunos programadores de sistemas el trabajo de rescribir el
programa que controla a FORTRAN. Reformas de más fuste se necesitarán para
adaptar un lenguaje a una nueva línea de máquinas. Debido a la anarquía
institucional de comités, cada lenguaje de computación crea sus dialectos
conforme se propaga en los diversos países. No tardan en existir muchas
versiones competidoras, no del todo compatibles una con otra, pero
reconociblemente son del mismo lenguaje.
Los
lenguajes de computación, al igual que los naturales, se pueden agrupar en
familias. El abuelo indoeuropeo del lenguaje electrónico es FORTRAN: de él han
descendido PL/I y el lenguaje comercial COBOL; ambos refinan su sintaxis para
satisfacer sus mutuas necesidades. Otros grupos de lenguajes más exóticos
empiezan con otros principios sintácticos. Todos los lenguajes de propósitos
generales tienen más o menos el mismo poder: lo que se puede programar en uno
cabe hacerlo en los otros, debido a que todos ellos son en el fondo
instrucciones para construir una máquina de Turing. Sin embargo, cada lenguaje
tiene su propio colorido, que refleja la filosofía con base en la cual fue
ideado. FORTRAN (que ya tiene bastante más de veinte años, lo cual es una longevidad
notable para un programa de computación) sigue siendo la cosa que más se acerca
a una lingua franca: es directo, no particularmente sutil y es idioma propio de
la ingeniería. ALGOL es un idioma europeo elegante que usan los especialistas
cuando describen algoritmos en revistas; PASCAL es su primo más joven. PL/I es
un lenguaje que tiende a extenderse, que busca proporcionar todos los elementos
que puede necesitar cualquier programador (científico, ingeniero u hombre de
negocios); como trata de satisfacer a todo el mundo, no satisface a nadie. LISP
y APL son lenguajes concisos y bellamente lógicos, populares entre aquellos (
como son los especialistas en inteligencia artificial) que quieren destacar la
derivación de la programación de computadoras partiendo de la lógica simbólica.
Los
hombres de letras solían hablar en términos generales de los lenguajes
naturales como vehículos de expresión —de la calidad recia y filosófica del
alemán, de la delicadeza del francés, de la claridad del latín, etc—. Sin duda,
un sentimiento de estilo entra en la elección de un lenguaje de programación
como en la estructura del propio programa. Los programadores de computación, al
igual que los matemáticos buscan y destacan la elegancia de su trabajo. Hay
programas hechos sólo para ejecutar otros que han sido pulidos con el fin de
hacerlos no solamente más eficientes sino también de lectura más fácil y de
modificación más sencilla.
Los
programas se escriben para dos clases muy diferentes de lectores: el individuo
que los ejecuta y las demás personas que tal vez necesiten leerlos y
revisarlos. Para este segundo grupo el programador inserta comentarios en
lenguaje natural, espacia las instrucciones y se esfuerza porque el programa
sea tan directo como sea posible. Los diseñadores se esfuerzan continuamente
por lograr que los lenguajes de programación sean más naturales y más
accesibles a los legos, por razones no sólo económicas sino también técnicas;
al mundo de los negocios le agradaría mucho prescindir de los programadores y
poder poner a sus propios empleados y ejecutivos en estrecho contacto con sus
computadoras. Sigue siendo un hecho inevitable que los lenguajes actuales de
programación son más bien códigos que lenguajes naturales: los humanos deben ir
al encuentro de la máquina mucho más allá del punto medio. La computadora
retiene gran parte de su misterio precisamente porque su medio de comunicación
es un código, difícil de descifrar y más difícil aún de recordar. Los lenguajes
de computación escritos por un especialista son casi siempre ilegibles por otro
si no hay amplios comentarios en lenguaje natural; todos los programadores han
enfrentado la experiencia frustrante de no poder descifrar algún código que
ellos mismos escribieron unas cuantas semanas o meses antes.
JERARQUÍA DEL LENGUAJE DE COMPUTACIÓN
Para
salvar la brecha que separa a sus dos lectores, o sea a la máquina y al
programador, el lenguaje de computación está ideado jerárquicamente. Recuérdese
que la unidad procesadora central de una computadora responde a un conjunto de
varios cientos de instrucciones, a las que se llama con toda propiedad lenguaje
de la máquina. En lo fundamental éste es el único código de mando que la
computadora entiende, un código que más o menos está dentro de su equipo.
Compuestos de unos y ceros como todo lo demás de la computadora, el lenguaje de
la máquina es extremadamente dificultoso. Si un programador quiere escribir una
instrucción que agregue el contenido de una palabra de memoria a una segunda,
debe entender, por ejemplo, al símbolo de ocho dígitos de esta instrucción de
adición en una tabla, así como las direcciones de las dos palabras. El
resultado será una hilera de tal vez 32 dígitos, que el programador puede
equivocar a la hora de copiar. Por ello, un programa que contenga varias
docenas de estas instrucciones será una pesadilla en cuanto a su escritura, a
su cotejo y a su corrección. A pesar de ello en los primeros años de la
computación los ingenieros trabajaron directamente en el lenguaje de la
máquina. Luego empezaron a desarrollar códigos más legibles, aprovechándose de
recursos mnemotécnicos. A estos nuevos códigos se les dio el nombre de
lenguajes en conjunto (assembly languages) y todavía se usan.
El
fundamento de los lenguajes en conjunto es que los programadores humanos
recuerdan los nombres más fácilmente que los números. Nombres cortos y fijos
(tales como AD, SUBS, MUL) se presentan en todas las instrucciones de la
máquina, amén de que los programadores pueden componer sus propios nombres para
indicar sitios de almacenamiento, es decir, variables en el sentido matemático
(nombres AL, RAPID,SUM). Aunque la computadora ejecuta instrucciones sólo en
lenguaje de la máquina, con ayuda de un programa escrito con anterioridad,
traduce automáticamente del lenguaje del conjunto al lenguaje de la máquina, y
enseguida ejecuta. Es decir, transforma el programa escrito con nombres en una
larga hilera de dígitos binarios que el procesador entiende. Este programa de
traducción (llamado conjuntador —assembler—) evita al programador el trabajo de
buscar códigos binarios en una tabla y de escribirlos él mismo. En general, los
programadores siguen escribiendo un enunciado en lenguaje de conjunto para cada
instrucción que quieran que ejecute la máquina. Sigue estando muy atado a la
estructura lógica de la máquina que usa, aunque ahora escribe en un lenguaje
que no es el lenguaje de la máquina.
El paso
siguiente fue crear códigos que alejaron todavía más al programador de su
máquina, pues le permitieron escribir en un lenguaje más matemático. A estos
códigos se les llaman lenguajes de alto nivel (high-level languages) y son
traducidos en instrucciones a la máquina no por medio de programas
conjuntadores relativamente simples, sino por medio de programas complejos
llamados compiladores (compilers). El primero de tales lenguajes que se usó de
un modo general (a fines de los años 1950) fue el FORTRAN. A partir de entonces
ha habido docenas de ellos. En FORTRAN, el programador escribe instrucciones
que se parecen mucho al álgebra: por ejemplo, C=A+B. En otros lenguajes los
enunciados pueden parecerse más a la lógica simbólica o inclusive al idioma natural
simple. Cada enunciado FORTRAN pide a la CPU que realice algunas operaciones
elementales, por lo cual todos ellos deben ser convertidos en un número de
instrucciones dadas en el lenguaje de la máquina. Un programa compilador tiene
precisamente esta tarea; acepta enunciados FORTRAN como su input, los analiza
en sus partes constitutivas y genera enunciados de la máquina como output. Como
cualquier traductor humano, el compilador escucha en un idioma y habla del
otro. Pero a diferencia del humano, que aporta al trabajo de traducción sus
conocimientos sobre el significado de las palabras y sobre las probables
intenciones del hablante o escritor, el compilador no sabe nada del propósito
general del programa FORTRAN y mucho menos de las intenciones del programador.
Nadie afirmaría que entiende francés si todo lo que hace es identificar al
sujeto y al predicado en una frase en francés, en tanto que un compilador
entiende FORTRAN justamente en ese sentido, porque puede analizar la sintaxis
de enunciados en FORTRAN o cualquier otro lenguaje de alto nivel deben ser en
lo estructural no ambiguas. El compilador no puede elegir entre análisis
alternos; por definición carece de aptitud de interpretación del traductor
humano.
GRÁFICA
VIII.1. Jerarquía de lenguajes de computadodas
Aquí se
muestran tres niveles del lenguaje electrónico. Una orden en un lenguaje de
alto nivel podría convertirse en dos o tres (¡o muchas!) en el lenguaje
conjuntador. El lenguaje conjuntador permite además el uso de nombres (VEL,
POS, TIME, INC) y el uso de mnemotecnias en instrucciones (LDI, LDA, ADA, MUL y
ETA son todos opcodes, es decir, códigos de instrucción o nombres de
operaciones de la máquina). En el lenguaje de la máquina, inclusive éstas deben
ser sustituidas por hileras de números binarios.
He aquí,
pues, una cualidad del lenguaje de la computación: su estructura jerárquica o
en capas. Los códigos de computación se clasifican en términos de su distancia
respecto a su lenguaje binario de las instrucciones de la máquina y de su
proximidad a los lenguajes tradicionales de las matemáticas y de la lógica. En
el nivel más elevado están lenguajes compiladores de la talla de FORTRAN; abajo
se hallan lenguajes de conjunto; abajo de éstos están las instrucciones de la
máquina (gráfica VIII.1). Lo cierto es que en realidad son posibles niveles aún
más altos. Por ejemplo, un programa escrito en PASCAL puede aceptar más
expresiones en el idioma hablado natural, como "multiplique distancia por
velocidad", y convertirlas en operaciones de la máquina. En este caso, el
programa PASCAL es en sí un compilador del lenguaje natural para cuyo
procesamiento está equipado. Un compilador ocupa una posición intermedia entre
un nivel alto y uno bajo. Las palabras "alto" y "bajo" tal
vez parezcan indicar prejuicio: el lenguaje de alto nivel está un poco más
cerca del usuario que habla el lenguaje natural, aun cuando nuestro lenguaje
exceda en complejidad y riqueza a cualquier cosa que la computadora pueda
procesar hoy día. Por otra parte, el lenguaje de la computación cobra
significado únicamente por medio de su ejecución. Ejecutar una orden FORTRAN le
permite realizar su significado en el campo de la acción. Como ocurre en
cualquier jerarquía, las unidades situadas en la cima dan las órdenes, las
intermedias las pasan y las unidades situadas en el fondo las ejecutan. Las
humildes instrucciones de la máquina son las únicas que en realidad realizan
computación.
Los
programas de compilación y de conjunto son programas de traducción: aceptan
como input enunciados en clave en un nivel de la jerarquía electrónica y
producen instrucciones de output en un nivel inferior. el proceso de
traducción, aunque terriblemente complejo, no tiene nada de misterioso. Se
lleva acabo de un algoritmo; no intervienen intuiciones. Para que el compilador
"entienda" un enunciado en FORTRAN sólo necesita procesarlo paso a
paso y convertirlo en una forma ejecutable. Una vez ejecutado, el enunciado no
ejerce influencia alguna sobre el resto del programa. en el idioma hablado el
significado de una frase puede cambiar radicalmente debido a la frase que le
sigue, porque la frase permanece activa y resonante en la memoria mucho después
de haber sido leída o pronunciada. Todo enunciado escrito en lenguaje de
computación exige, sin embargo, la total atención de la máquina a lo largo del
fugaz momento de su ejecución; en seguida deja de tener significado a menos que
(en el caso de programas looping) se vuelva a presentar nuevamente para su
ejecución.
Además,
como el lenguaje de la computación sólo tiene significado en la acción, no se
puede tolerar la menor ambigüedad. Si una orden de FORTRAN tiene dos
interpretaciones posibles, el compilador deberá generar dos conjuntos de
instrucciones a la máquina. Sin embargo, el procesador central sólo puede
ejecutar una instrucción a la vez; no puede escoger libremente entre los dos
conjuntos de instrucciones. Por esta razón el lenguaje de la computación es
unívoco en todos los niveles: cada enunciado o es por completo claro o está
equivocado para garantizar su calidad el lenguaje cuenta con una sintaxis
rígida de expresiones permisibles. Esta rigidez significa que los programadores
que por naturaleza no piensan de un modo tan consistente, cometen con
frecuencia errores tan pequeños, al dejar fuera puntuación , paréntesis, o bien
deletreando mal. Cuando el compilador se encuentra con un enunciado que no es
conforme, tal vez trate de adivinar que fue lo que el programador quiso
escribir; ¿omitió una coma o punto y coma? Esta adivinación es de alcance
limitado por que el compilador nunca quiere escoger entre significados
operacionalmente diferentes. A final de cuentas, tal vez el compilador pase por
alto el mal enunciado y omita totalmente las instrucciones a la máquina que
pudo generar. Por lo común el resultado es que el programa no se puede
ejecutar. En pocas palabras, la ambigüedad que tan importante es a la
comunicación humana resulta fatal a la computadora.
En el
lenguaje hablado la ambigüedad significa en muchos casos la diferencia entre
lenguaje e intención, ya que respecto a una frase sencilla caben presentarse
muchos significados. En términos lógicos nuestro lenguaje escrito y hablado
suele fallarnos, porque no revela con claridad nuestras intenciones. Por otra
parte, esta falla es una de las cualidades del lenguaje que hacen posible a la
poesía y que, en general, nos permite grandes economías en cuanto a
comunicación. Hay ocasiones en que la ambigüedad comunica exactamente el
sentido correcto. Sin embargo, es frecuente que el mensaje se refiera a
emociones o intuiciones que los lenguajes de las computadoras no pueden
representar. La representación electrónica como una serie de símbolos en una
tarjeta perforada, en cinta magnética o en disco magnético, es una
representación sin tacha (dentro de la tolerancia de error del sistema
particular). Sucede que un enunciado FORTRAN no es otra cosa que estos
símbolos. En el lenguaje natural la expresión escrita es sólo una parte de todo
el lenguaje, no siempre la más importante. Cualquier frase escrita en un papel
se puede decir de varios modos, lo cual traduce otros tantos matices de
significado que dan colorido al contexto en que se presentan. En cambio, en una
variable FORTRAN no hay connotaciones, no hay significados sobreentendidos. La
imprecisión en un lenguaje de computación no producirá poesía, ni expresará
emoción, ni agregará colorido, ni hará nada de aquello en que el lenguaje
natural sobresale. Sólo producirá un error, en cuyo caso el programa deberá ser
rehecho.
Los
lenguajes electrónicos han sido ideados por matemáticos y lógicos como
instrumentos para resolver problemas técnicos. Estas personas quizá no aprecien
siempre las ambigüedades matices del idioma literario hablado. Pero en caso de
que sí las aprecien, no pueden incorporar esos matices en sus compiladores
porque la naturaleza lógica de los circuitos y de los registros de
almacenamiento no permite ambigüedades. Los únicos lenguajes apropiados para
los sistemas electrónicos son aquellos que sean precisos y tan estructuralmente
simples como FORTRAN y LISP. La única definición que tiene sentido es la
definición operacional: tradúzcase el enunciado en lenguaje de la máquina,
ejecútese y examínese el resultado. Finalmente en FORTRAN no hay nada parecido
al pensamiento que no se pueda expresar en un enunciado FORTRAN ; en el reino
de la computadora, coinciden pensamiento y lenguaje.
POESÍA Y LÓGICA
En el
mundo de la computación , el pensamiento "desciende" al nivel del
lenguaje. El lenguaje de la computación se compone de hileras de símbolos
arbitrarios; el pensamiento de la computación no es otra cosa que la
manipulación de estas hileras que la conforme a las reglas de la lógica. Hay
por supuesto, un punto de vista alterno, ricamente representado en la
literatura antigua, medieval y moderna según el cual ese lenguaje es más que la
suma de sus partes sintácticas y puede servir como senda para alcanzar reinos
más elevados de pensamiento y de ser. Giambattista Vico, ese genio errático de
la filosofía política del siglo XVIII, dijo que el primer lenguaje entre los
gentiles era la poesía, y la primera sapiencia, la sabiduría poética. Aún
cuando hoy día nadie cree que los contemporáneos griegos de Homero hablaran con
hexámetros, es un hecho que la actitud primera de los griegos hacia el lenguaje
puede llamarse poética con toda justicia e inclusive religiosa o mágica. Con el
advenimiento en Atenas de la ilustración del siglo V, un nuevo modo de ver las
cosas desafió al existente conforme a los llamados sofistas empezaron a usar
palabras de un modo más fríamente lógico, como rivales a los que debía
manipularse para resolver problemas retóricos y filosóficos. Desde esos
tiempos, estos usos alternos del lenguaje, el lógico y el poético, han
competido por la primacía en todas las edades. Por lo que hace algunos
escritores (de inmediato pienso en Platón), lo lógico y lo poético coexistió
lado a lado en un estado de tregua delicado y a veces de hostilidad abierta.
Sin embargo, para la mayoría prevaleció uno u otro matiz del lenguaje y
determinó sus horizontes intelectuales.
Ambos
puntos de vista parten de la premisa de que las palabras son símbolos que
representan algo que está más allá de ellas mismas, más allá de sonidos en el
aire o de marcas en papel (arcilla, piedra o cinta magnética). Para la mente
poética el símbolo representa una relación inmediata y natural con la cosa
simbolizada. Tal vez Dios haya ordenado los nombres de las cosas o tal vez el
hombre los escogió, pero en uno u otro caso los nombres encajan. Las palabras
tienen un cierto poder sobre las cosas; hacen algo más que denotar objetos; lo
controlan. No sólo nombran ideas como bondad o verdad, sino que también nos
llevan hacia las ideas que nombran. Ahora bien, en la mente lógica no habrá
nada de esto; aquí el acto del simbolismo es una simple invención, en tanto que
las palabras se relacionan con cosas por medio de una convención. No nos
permiten ningún control mágico sobre el mundo de los objetos; sólo porque
vivimos en una cierta cultura con un cierto lenguaje usamos los nombres que
usamos. Por otra parte, el modo en que las palabras encajan, las estructuras
que creamos cuando usamos lenguaje son por sí de gran interés para la mente
lógica, independientemente de nuestro conocimiento del mundo exterior obtenido
por medio del lenguaje.
En
general, la mente poética prefiere el lenguaje oral al escrito. Las culturas
primitivas, que carecieron del arte de escribir otorgarían, sin duda, un gran
poder a la palabra escrita, particularmente a los nombres: de ahí sus tabúes
sobre los nombres de Dios, la necesidad de mantener en secreto nuestro nombre
en relación con nuestros enemigos, y así sucesivamente. En casi todas las
culturas, primitivas o adelantadas, las palabras habladas tienen un impacto
sensorial y estético mayor que las escritas, y por ello los poetas han
insistido siempre en que sus obras tendrán mayor efecto si las lee, recita o,
en el caso de obras teatrales, se representan ante un público. Inclusive en
nuestros días, los poetas son hombres y mujeres que creen a medias en el poder
mágico del lenguaje para hacer sentir su presencia en el mundo de las cosas.
Después de todo, el sonido nos llega del exterior, se fuerza así mismo en el
mundo, de un modo que nunca logran las frases escritas.
Como nos
han hecho ver McLuhan y otros autores, la escritura o la impresión producen una
actitud más lógica hacia el lenguaje. Cuando el lector ya no es bombardeado por
palabras, puede alejarse de su propio texto. Tiene tiempo para reflexionar,
para volver a leer, para analizar. Escribir e imprimir son por sí mismos
procesos analíticos que descomponen la corriente del lenguaje escrito en
unidades separadas como son, símbolos alfabéticos, palabras y frase. El lector
se vale de sus ojos como también de sus oídos, o más bien en lugar de ellos, y
en todos sentidos es alentado para que adopte un poco de vista más abstracto
del lenguaje que él ve. La frase escrita o impresa se presta muy bien al
análisis estructural en tanto que la hablada no, porque el ojo del lector puede
repasar una y otra vez las palabras escritas, y eso le da tiempo para dividir
la frase en partes visualmente apreciadas y a reflexionar sobre la función
gramatical.
La
lectura silenciosa y analítica también nos resalta la condición arbitraria de
cada símbolo. Todos hemos experimentado haber visto de pronto bajo una nueva
luz una palabra en una página impresa ordinaria. Hemos leído esa palabra miles
de veces desde la niñez, pero de pronto esa particular disposición de las
letras nos parece totalmente arbitraria, y nos damos cuenta de que estas letras
representan algo que queremos definir. Una experiencia así es una precondición
del punto de vista lógico del lenguaje.
EL PUNTO DE VISTA ANTIGUO
Esta
distinción se puede aplicar a la cultura de Grecia y Roma. Vico estuvo en lo
justo cuando afirmó que la sabiduría de los antiguos fue sabiduría encajada en
poesía y que luego fue prosa lógica. La civilización antigua había creado ya un
buen número de obras poéticas maestras antes de que sus filósofos empezarán a
escribir de un modo lógico. La Grecia arcaica, de Homero a Esquilo, empleó el
nuevo arte de registrar y fijar palabras (su alfabeto lo tomaron de los
fenicios) pero en forma muy limitada. Seguía siendo una sociedad oral. Muy
aparte de que haya sabido leer y escribir, no ha duda de que Homero compuso sus
poemas épicos para que fueran recitados frente un público, posiblemente un
público numeroso en ocasiones festivas. Los poetas líricos del periodo arcaico
esperaban también que sus poemas fueran leídos en voz alta y tal vez cantados.
Incluso filósofos de la talla de Pitágoras y Heráclito tuvieron gran confianza
en el contacto inmediato y en la enseñanza oral, y ello explica que la
filosofía griega primitiva estuviera llena de imágenes y epigramas que hoy día
asociamos con la poesía. Las tragedias griegas, como todos los dramas, no
fueron compuestas para ser leídas sino para ser representadas ante un público.
Esa época
vivió intensamente las cualidades encantadoras y resonantes de la palabra
hablada. Los griegos habían ya adelantado lo suficiente como para haberse
liberado lo suficiente de las supersticiones más bastas de culturas primitivas,
pero no lo bastante como para olvidar la admiración de los primitivos por el
poder del lenguaje. En las epopeyas griegas, los personajes usan "palabras
aladas" —lo cual sugiere que las palabras mismas y las ideas que encarnan
son tan reales como aves y lanzas que también cruzan los aires—. Doscientos
años después, el público de las obras de Esquilo, y tal vez de Eurípides, quizá
todavía creía que una maldición lanzada contra un rey podría acarrearle
destrucción a él mismo o su progenie.
El caso
es que hacia el siglo V, la tecnología de la escritura junto con otras fuerzas
culturales aportó un nuevo punto de vista. Los infamados sofistas, que tanto
censura Platón, fueron oradores y filósofos ambulantes que se especializaron en
piroctenias verbales y en cínicos ataques contra el orden establecido. Estos
sofistas se atuvieron como el que más, al poder de la palabra hablada, pues
eran polemistas y oradores. Sin embargo, la mayoría de ellos enseñó a sus
estudiantes a considerar el lenguaje como algo que se podía manipular
arbitrariamente para avenirlo a sus propósitos, fueran filosóficos o
pecuniarios. Para los sofistas, las palabras habían perdido ya el poderío
pasmoso que tuvieron en generaciones anteriores de pensadores.
La
actitud de los sofistas no fue aceptada por Platón, el cual en cierta forma
volvió hacia un punto de vista más poético del lenguaje. Para él, que fue un
artista supremo de la prosa, el lenguaje hablado siguió siendo la llave de la
filosofía porque tal fue la técnica del diálogo socrático (interrogación verbal
y respuesta inmediata) que habría la mente a problemas filosóficos. Como tan
acertadamente dice Harold Innis, el querer poner las enseñanzas orales de
Sócrates en forma literaria, hizo ver a Platón el efecto destructor de la
escritura sobre la cultura oral (Empire and Communications, 56). En Fedro,
Sócrates de cuenta de una conversación entre el dios egipcio Teuth, el inventor
de la escritura, y Tamos, la deidad más sabia pero menos inventiva. Tamos dice
que el invento de Teuth "traerá consigo olvido en las mentes de los
jóvenes discípulos, porque no ejercitarán ya su memoria pues se atendrán a
símbolos externos y escritos en vez de a los procesos de reminiscencia que
ocurren en ellos mismos" (Fedro, 275A,, traducción del autor). Escribir,
sigue diciendo Tamos, es como pintar, pues nos ofrece la semblanza de la
sabiduría, no la realidad.
Platón
pudo escribir con semejante desconfianza sobre la revolución tecnológica porque
percibió lo que se había perdido y también lo que se había ganado. El símbolo
externo, la abstracción, ocupó el lugar del acto resonante de memoria que venía
del interior del individuo. Platón nunca consideró como arbitraria a ninguna
faceta del mundo y muy probablemente se dio cuenta de que la calidad abstracta
y distanciadora de la palabra escrita podía llevar a una teoría del lenguaje
como símbolo arbitrario; luego, Aristóteles y los estoicos desarrollaron esta
teoría. La palabra hablada tuvo una función filosófica, como también la tuvo el
propio silencio: la pregunta y la respuesta colocaban al filósofo en una cierta
altura, desde la cual podía contemplar en silencio formas de verdad y belleza.
Para Platón el lenguaje no fue pensamiento; más bien llevó a grandes
pensamientos filosóficos.
Cuando
Arostóteles decidió negar las ideas eternas de Platón, hizo a un lado la
función analógica del lenguaje en términos estrictamente lógicos, para destacar
la característica convencional de los nombres y para examinar la estructura
lingüística. Aristóteles dividió las palabras en categorías que al menos
particularmente se basaron en su función gramatical. Sostuvo que la analogía, y
por consiguiente, lo aceptado en general, era el principio rector de la
gramática y de la etimología. También clasificó a los silogismos, con lo cual
dio el enunciado más explícito de la Antigüedad de la relación entre lenguaje y
pensamiento lógico. Las figuras silogísticas, que clasifican los diversos tipos
de premisa que llevan a conclusiones válidas, fueron un modo de ver que iba más
allá del significado de las frases en su forma lógica desnuda. Aristóteles
llegó inclusive a usar letras para representar nombres y propiedades en
abstracto. Uno de estos modos silogísticos, al cual los lógicos del Medievo
llamaron "Bárbara", se enuncia así: si A se afirma de todos los B y B
de todos los C, entonces A se afirma de todos los C. Esta forma se puede
encajar como un patrón sobre un número muy grande de frases dentro del lenguaje
natural, que permite a los lógicos ver en una sola ojeada lo que estas frases
tienen en común. Después de Aristóteles, los estoicos revisaron su lógica y la
hicieron más abstracta y rigurosa. Apoyaron la opinión de que el lenguaje se
crea por medio de la analogía y enunciaron en la forma más clara posible la distinción
entre la palabra (el signo lingüístico) y el objeto denotado por ella.
Así y
todo, los antiguos nunca lograron una lógica simbólica plena, ni tampoco vieron
al lenguaje como una estructura sintáctica totalmente arbitraria. Más bien, fue
al contrario; su tecnología tendiente a preservar el lenguaje operó con fuerza
contra tales tendencias. Incluso después del siglo V el índice de los que
sabían leer y escribir en Grecia siguió siendo bajo, y los libros nunca
llegaron a ser los artefactos ubicuos de cultura, inclusive de negocios que son
hoy día. Los antiguos escritos tenían que copiarse laboriosamente a mano, y
cuando menos hasta ya bien entrado el Imperio romano no fueron los cómodos
libros que hoy ya conocemos, en los cuáles es fácil dar exactamente con la
página deseada, sino más bien rollos de papiro en los que el lector debía
hallar su camino hacia el pasaje que necesitaba. En los anacrónicos términos
del procesamiento electrónico de datos, el rollo de papiro fue un instrumento
de acceso lineal, lento como cinta magnética, en tanto que el libro se le puede
abrir a voluntad, lo cual hace más accesible la información.
Cualquier
erudito o filósofo de la Antigüedad dueño de una amplia biblioteca prefería
memorizar lo más posible para evitarse la lata de buscar en los rollos. Por si
fuera poco, las palabras de aquellas páginas se escribían sin dividirlas y
había poca o ninguna puntuación. Para entender tales apiñamientos de letras los
antiguos tenían que leer en voz alta. Así como casi todos nosotros debemos oír
la música escrita para hallarle sentido, así también los antiguos sólo tomaban
sentido a los textos valiéndose de sus oídos. Debido a que el sonido del
lenguaje nunca se eliminó de la antigua lectura y escritura, Grecia y Roma
siguieron siendo en gran medida culturas orales; en ellas los libros eran
medios de preservar para provecho de generaciones futuras, las voces del
pasado. Sin duda, "la civilización griega fue un reflejo del poderío de la
palabra hablada" (Innis, Empire and Commucations, 56).
En este
orden de ideas llama la atención que Aristóteles y los estoicos hayan avanzado
tanto en los análisis lógicos del lenguaje. Estudios gramaticales se llevaron a
cabo en el ambiente muy favorable, silencioso y visual de las universidades del
pos Renacimiento, no en las ruidosas bibliotecas de la antigüedad, en que todo
el mundo musitaba las palabras de su texto, o en un banquete antiguo, en que
algún esclavo recitaba el texto a los huéspedes. Incluso los analogistas
reconocidos entre los filósofos de la Antigüedad hallaron difícil liberarse del
agarre de la cultura oral, en la cual las palabras obran como guías hacía el
mundo de la naturaleza y hacia el mundo de las ideas. Si hubieran logrado
liberarse, habrían inventado su propio lenguaje simbólico y habrían hecho más
fácil la manipulación de la lógica y de las matemáticas, como han hecho los
modernos. Sin embargo, ni Aristóteles ni los estoicos avanzaron más allá del
empleo de letras aisladas para usarlas en lugar de nombres y propiedades; nunca
se les ocurrió inventar símbolos para operaciones lógicas tales como si...
entonces y o. Tampoco los matemáticos percibieron la ventaja de este simbolismo
se atuvieron en sus pruebas a las repeticiones tediosas de palabras dichas en
lenguaje ordinario.
La
tecnología del lenguaje de los griegos fue una tecnología manual. Como ocurrió
con las artes de la antigüedad, aquí no hubo automatización, ni alejamiento del
artesano de su trabajo por virtud de la intervención de las máquinas. Los
escribas estaban en contacto físico inmediato con el libro que producían;
sentían que las letras se formaban bajo su pluma. Su participación táctil y
muscular en cuanto a hacer palabras fue muchísimo mayor que la de las
mecanógrafas contemporáneas. Como ha dicho McLuhan, dado que los escribas
repetían también las palabras según las copiaban, aportaron un tercer sentido
al arte de la escritura. Como las palabras eran sentidas y oídas así como
vistas, tenían una inmediación y una realidad que hoy día casi no podemos
apreciar. La abstracción en la lectura fue también desalentada por el estilo
corrido de escribir y por la necesidad de vocalizar cada palabra.
Así pues,
de una manera general, la cultura antigua de escribanos se inclinó a considerar
la página escrita como dotada de una textura palpable, como un conjunto de
palabras que reproducían las pautas de un mundo mayor situado más allá de la
página. De aquí la comparación que hace Platón del arte de la escritura con el
arte del dibujo. En alguna otra parte Platón usó la metáfora de tejer (otro
arte manual) para explicar cómo los nombres reproducen la realidad. Cuando
Sócrates sugiere la definición "Entonces, pues, ¿un hombre es una especie
de instrumento didáctico que separa nuestra realidad como una lanzadera separa
la tela de un telas?", su interlocutor conviene sin vacilar con él
(Cratilo, 388 A.C., traducción del autor).
EL PUNTO DE VISTA DE EUROPA OCCIDENTAL
Probablemente
la cultura medieval se mantuvo más cerca del mundo antiguo en su actitud hacia
el lenguaje que su actitud hacia el espacio, tiempo o historia. En filosofía,
la vieja disputa sobre la relación de las cosas con los nombres se convirtió en
la bien conocida controversia realista-nominalista todavía relacionada con las
autoridades de la Antigüedad. En general, la cultura siguió viendo al lenguaje
como una colección de nombres, en tanto que la resonancia y los poderes
sobrenaturales de los nombres impresionaron a la mente medieval tal como había
impresionado a la mente antigua. La misa, una letenía de palabras tales como
pan y cuerpo, vino y sangre, fue un recordatorio diario de la magia del
lenguaje hablado, magia tan real para los teólogos medievales como lo había
sido para Esquilo. Después de todo, según los teólogos, la palabra apropiada
podía poner a los hombres en comunicación física con dios; otra palabra podía
significar la salvación eterna.
Una razón
de que la Edad Media no se haya emancipado de las añejas nociones del lenguaje
fue fundamentalmente igual a la antigua. Con su tecnología mecánica —ruedas
hidráulicas, molinos de viento y relojes— la Edad Media había sobrepasado o
cuando menos se había separado del mundo antiguo, aún cuando los libros todavía
se copiaban a mano. Los escribas medievales habían adoptado la innovación de la
última parte de la antigüedad que consistía en escribir en códices (libros con
páginas numeradas) en vez de hacerlo en rollos interminables. No había cambiado
la esencia del arte. Los manuscritos eran una creación costosísima, dónde
abundaban errores propios del copista, alteraciones en el texto y notas del
dueño o dueños del material. Cada manuscrito era una obra única, y debido a las
letras escritas a mano su lectura seguía siendo un arte tan lento y dificultoso
como antes. Los estudiosos medievales, al igual que sus colegas de la
antigüedad leían en voz alta, con lo cual daban vida a su manuscrito. Los
libros fueron raros y preciosos en la Edad Media, como lo indica el hecho de
que una lectura en la universidad era casi siempre lo que sugiere el origen
latino de la palabra, es decir, una lectura completa y en voz alta del texto.
De ordinario, el profesor tenía el único ejemplar, el cual leería
cuidadosamente a sus estudiantes, a la vez que agregaría sus propios
comentarios.
Luego, en
el Renacimiento, se produjo un cambio en el pensar sobre el lenguaje; una
fuerza obvia que indujo ese cambio fue tecnológica —la invención de la
imprenta—. Escritores tan antiguos como Francis Bacon, captaron el efecto de la
tecnología sobre el lenguaje. La prensa de imprimir no sólo cambió el modo de
producir libros; alteró la percepción de la comunidad letrada del lenguaje y de
la inquisición del saber. Los libros ya no eran tan escasos, y ya no había
libros únicos. La prensa de imprimir producía miles de ejemplares más o menos
exactos de una página parada por la cajista. Resultaba mucho más fácil
encontrar un error en una página impresa que en una copiada a mano, y también
sucedía que los errores aparecían en todos los ejemplares. Ya no era necesario
pedir a un amigo su manuscrito para comparar notas marginales y descubrir
errores. La impresión fue la primera industria que organizó la producción en
masa. Ya desde el siglo XV se volvió anticuada la escritura cuidadosa a mano de
un libro (esto se aplica únicamente a la impresión del texto, no a la
encuadernación, que siguió siendo por mucho tiempo un bello arte). Cientos o
miles de productos literarios idénticos salieron de la línea de montaje de
Venecia, Nuremberg, Mainz, Basilea —siglos antes de que Ford soñara con hacer
lo mismo con los automóviles—. McLuhan resume todo esto muy bien cuando dice
que "la invención de la tipografía confirmó y ensanchó el acento visual
del saber aplicado, pues proporcionó la primera mercancía uniformemente repetible,
la primera línea de montaje y la primera producción en masa" (The
Gutenberg Galaxiy, 124).
La
mecanización de la fabricación de libros alteró también el arte de la lectura.
Al principio, los impresores imitaron el formato de los manuscritos: el tipo,
las ligaduras y las abreviaciones hicieron que los primeros libros impresos
fueran tan estéticamente agradables y de lectura tan difícil como los
manuscritos. Pero no tardaron en presentarse formas uniformes de modo que leer
un texto bien impreso fue un proceso más rápido y menos agotador que leer el
código medieval más pulcro. Y evidentemente, la lectura rápida se volvió
necesidad porque la imprenta aumentó de manera enorme el número de libros. En
tanto que la gente del medioevo y de la Antigüedad había leído en voz alta,
abriéndose paso vocalmente por entre cada palabra del texto, los lectores del
pos Renacimiento trabajaban en silencio, desentendiéndose de su oído y
telegrafiando el mensaje a su cerebro. Éste es el método que se nos sigue
enseñando en nuestro días; silente, menos evocador, más eficiente... nos
permite "procesar" seiscientas palabras por minuto, mientras tanto
los estudiosos del medioevo con dificultad llegaban a doscientas.
La vista
se convirtió en incentivo primario para hacerse de saber comunicable por medio
del lenguaje, y por una gran variedad de razones este cambio indujo un modo más
abstracto y más teórico de ver el lenguaje. La palabra hablada produce en
nosotros un efecto inmediato; pero a menos que siga resonando en nuestra
memoria, muere en cuanto la columna vibrante de aire deja atrás a nuestro oído.
Sin embargo, durante un instante, la palabra hablada vive de un modo que no
conoce la palabra impresa. Los poetas de cualquier edad nos recuerdan que sus
palabras fueron hechas para ser oídas y también para ser vistas. Aún hoy en día
adoptan una actitud antigua o medieval hacia nombres y lenguaje, y exigen de su
auditorio alguna concesión a esa actitud. Es una concesión que hacemos pocas
veces. Desde la invención de la imprenta, hombres y mujeres entregados al
pensamiento han dedicado más de su tiempo a la lectura silenciosa, a la lectura
en busca de contenido que a escuchar material leído. El lector silencioso se
inclina más a ver las palabras como símbolos sin vida cuya misión es comunicar
un mensaje. Sin duda, las palabras habladas son también simbólicas, son pautas
de ondas sonoras a las que quienes hablan un lenguaje convienen en darles
ciertos significados. Este modo de ver la comunicación auditiva es, sin
embargo, muy reciente. Apenas en muy pocos siglos los físicos entendieron a las
ondas sonoras lo bastante bien para considerarlas medio de comunicación, en
tanto que el análisis cuidadoso de fonemas pertenece por completo a la
ligüística del siglo XX. Sólo cuando la palabra impresa se liberó totalmente
del sonido, se consideró natural ver a las palabras como signos arbitrarios de
las ideas que las evocaban en la mente. En los siglos que siguieron a la
invención de la prensa de imprimir, creció considerablemente el interés en el
poder de los símbolos de cualquier clase.
Esta
abstracción del arte de la lectura hizo que la gente percibiera más la
estructura del lenguaje. Es difícil analizar y comunicar a los demás la
gramática de una frase hablada, porque las palabras se desvanecen no bien son
pronunciadas y sólo dejan recuerdos. Las frases escritas son permanentes; el
lector ve sus diversas partes al mismo tiempo, o puede establecer referencias
entre el predicado y de vuelta al sujeto. El lector silencioso tiene más
probabilidades de atrapar grupos de palabras aisladas. Nada tiene, pues, de
sorprendente que en el Renacimiento y después, los lectores silenciosos
hallaran estructuras en el lenguaje que rara vez se habían observado antes. Si
la idea de una gramática universal válida para todos los lenguajes empezó en la
Edad Media, floreció en el siglo XVII con los jansenistas de Port Royal. Pero
mucho tiempo antes, los humanistas que siguieron la tradición de Ramus y Erasmo
aplicaban un nuevo criterio de construcción gramatical a su estudio de los
autores de la Antigüedad.
No estoy
sugiriendo que el nuevo sentimiento que privó en Occidente en favor de símbolos
abstractos y el nuevo acento que se dio a la estructura del lenguaje, se hayan
debido exclusivamente a la mecanización del libro. En realidad, la imprenta no
hizo más que preparar el camino de otro acontecimiento de igual importancia: la
revolución matemática del siglo XVII. Desde los tiempos griegos las matemáticas
habían sido el paradigma del pensar puro y abstracto. Los matemáticos siempre
habían usado el lenguaje en un modo precisamente opuesto al lenguaje evocativo
del poeta. Platón admiró a las matemáticas simplemente por esta razón: alejaban
a la mente de lo concreto, de los intereses terrenales y los conducían al reino
más elevado de las ideas. Tanto en la Antigüedad como en Europa occidental se
había atribuido a las matemáticas una belleza abstracta.
Así las
cosas, los físicos del siglo XVII obligaron a sus contemporáneos a atribuir una
cualidad igualmente pasmosa a la ciencia abstracta, al demostrar, como dijo
Galileo, que el libro de la naturaleza estaba escrito en el lenguaje de las
matemáticas. Anteriormente la belleza de esta ciencia se había considerado como
perteneciente a otro mundo. Cuando Aristóteles hizo su descripción del mundo
físico, deliberadamente evitó todo lo que fuera más complicado que la
aritmética simple y la geometría intuitiva, por cuya razón la física que
prevaleció en el mundo antiguo y medieval tuvo que ser lógica y filosófica,
pero no metemática. Aristóteles reaccionaba contra los excesos de Platón y de
los pitagóricos, que habían hecho de la cosmología una teoría de los números y
que se empeñaban en hacer que el mundo embonara en sus conceptos míticos de
geometría, en vez de hacer que sus ideas embonaran en el mundo, Galileo y
quienes lo siguieron consideraron sin duda a los pitagóricos y a Platón como
precursores espirituales, pero su enfoque mucho más pragmático desembocó en un
éxito que los filósofos matemáticos griegos nunca soñaron. El siglo XVII
presenció el crecimiento y desarrollo de la geometría analítica y del cálculo,
herramientas matemáticas nuevas que servían para describir el movimiento de la
materia en el espacio; todo esto rebasó la tendencia estática de la geometría
euclidiana.
Estas
nuevas matemáticas se propusieron analizar la naturaleza en un nivel más
profundo que la geometría antigua. Para ello, Galileo y quienes lo siguieron
consideraron que era necesario abstraer y simplificar, quitarle a la
experiencia todo color, olor, gusto y demás "cualidades secundarias"
para llegar al corazón lógico al cual se prestaban sus ecuaciones. La ironía
estribaba en que las matemáticas habían logrado más eficacia en este mundo
precisamente por haberse vuelto más abstractas que nunca. Antes del siglo XVII,
las matemáticas no eran un lenguaje con personalidad propia, a lo más un
dialecto, una jerga docta. Tenían su vocabulario, como las demás artes
liberales, pero los matemáticos escribían sus pruebas en palabras que cualquier
otro estudioso podía leer y tal vez entender. Aunque Galileo fue más bien un
matemático verbal, su siglo fue el que finalmente percibió el poder del
simbolismo. Descartes y Leibniz encabezaron la marcha que llevó a hacer del
álgebra y del cálculo una cuestión de x, y, y de símbolos de un orden más
elevado como d/dx y dd/dy. Sus matemáticas llegaron a ser indudablemente, un
lenguaje, un lenguaje en verdad artificial, que estaba al alcance únicamente de
unos cuantos privilegiados.
Este
nuevo lenguaje tenía una gama de expresiones limitadas al desnudo mundo de las
cualidades primarias, tales como una masa y distancia. De hecho, fue el primer
intento y con mucho el más venturoso del "nuevo hablar", debido a que
por definición sólo se podrían describir con los nuevos símbolos aquellos
aspectos de la experiencia que se presentaban a expresarse en ecuaciones
matemáticas. Con las matemáticas verbales, había entre otros el peligro de que
fuerzas ocultas o bien cualidades tales como color y textura, pudieran penetrar
subrepticiamente en el argumento. Liberado de estas distracciones, el
físico-matemático explicó como nunca antes las fuerzas mecánicas de la
naturaleza. A propósito, el telescopio de Galileo fue un símbolo perfecto de
este nuevo espíritu de los físicos matemáticos, que deliberadamente estrecharon
su campo de visión para ver con más agudeza y a mayor distancia que nunca
antes.
Muy
aparte de las limitaciones que pudiera tener esta visión, no se podía negar que
el lenguaje de las matemáticas se apuntaba éxitos espectaculares en aquellos
campos de la experiencia que se prestaban a la manipulación cuantificadora y
simbólica. Entonces como ahora, el problema fue establecer qué áreas sí se
prestaban. Algunos pensadores fueron cautivados por las cualidades de las
matemáticas y de la lógica como vehículos de ideas y trataron de reducir gran
parte o la totalidad de la experiencia humana o de un cálculo puramente lógico,
basado en las tradiciones de la lógica formal e inspirado en el gran éxito de
las nuevas matemáticas. El siglo XVII vio el florecimiento del movimiento que
quiso crear un "carácter universal", es decir, el lenguaje que los
hombres pudieran usar para comunicarse con más facilidad y, sin duda, para
pensar con más claridad. Muchos de los que participaron en el movimiento se
fijaron la meta práctica de reemplazar el latín, la lengua de los doctos, con
otra lingua franca más racional. Más o menos por esos años, un mayor contacto
con China dio la impresión equivocada de que los chinos contaban con un sistema
de escritura que expresaba ideas puras y simples, que cada uno de sus bellos
símbolos representaba una noción fundamental. Se compusieron diccionarios y
gramáticas completos para expresar nuevos sistemas ideográficos cuyo fin sería
que el aprendizaje fuera racional y fácil.
Leibniz
concibió un plan más grandioso que el de un latín ersatz (artificial): quiso
crear un lenguaje lógico que tuviera la certidumbre de las matemáticas, un
lenguaje que pudiera extender su influjo sobre la gama total de los problemas
de los humanos, y en particular sobre metafísica, teología y ética. Su idea fue
empezar conforme al espíritu cartesiano al inventar símbolos para unas cuantas
nociones relativamente primitivas y un conjunto de reglas para combinar esos
símbolos. En este lenguaje, las frases se seguirían unas a otras apegándose a
las reglas de la lógica, y el resultado sería un discurso similar al de la
lógica simbólica del siglo XX. Sin embargo, con un lenguaje lógico y universal
así, las pruebas irían mucho más allá de lo que hoy día producen nuestros
lógicos. Los filósofos podrían probar de una vez por todas la existencia y
naturaleza de Dios, del mundo y de la virtud; ciertamente, todas las disputas
religiosas y filosóficas se arreglarían, según Leibniz, con la proposición
"permítasenos calcular".
A pesar
de lo atractivo de esta idea, ni siquiera Leibniz, con sus grandes dones, pudo
ir más allá de sugerir el proyecto. Todos los espíritus universales han
fracasado hasta la fecha, a pesar de lo cual los especialistas en computación y
en inteligencia artificial siguen esforzándose. Sin embargo, la popularidad que
en sus días tuvo el carácter universal (y el hecho de que pensadores del
calibre de Descartes y Leibniz hayan sido encantados por él) indica la
exuberancia, la emoción que generó este nuevo concepto matemático del lenguaje.
Por sí mismo, el plan de Leibniz para calcular una prueba de la experiencia de
Dios habría tenido poca influencia. Pero el supuesto en que se fundaba el plan
tenía un gran futuro —el supuesto de que todo pensamiento puede reducirse a
final de cuentas a lenguaje—. Después de todo, el nuevo lenguaje simbólico de
las matemáticas permitía a los hombres contemplar el universo físico con una
precisión que nunca había sido posible y Leibniz abrigó la esperanza de llevar
esa misma claridad a cuestiones filosóficas, a enseñar a los filósofos un
lenguaje en el cual pudieran pensar con claridad sobre cuestiones que siempre
habían sido confusas.
Esto no
significa que el modo como Leibniz vio al lenguaje no haya sido puesto en tela
de juicio. La tendencia hacia un punto de vista cada vez más lógico del
lenguaje es algo que muchos han buscado, a veces magníficamente, pero sin éxito
duradero. Inclusive lingüistas con una buena percepción de la poesía y de los
empleos humanistas del lenguaje, empezando por los alemanes Johann Gottfried
von Herder y Wilhelm von Humboldt, aceptaron de buen grado la tesis de que el
lenguaje podía inducir el pensamiento correcto o a lo menos hacerlo posible (se
trata de una forma suavizada del supuesto de Leibniz). El propio Herder sostuvo
que cualquier razonamiento y abstracción más elevado exigían el simbolismo, las
facultades de denotación y connotación que el lenguaje proporciona. También
distinguió el lenguaje artificial del natural y afirmó categóricamente que el
lenguaje humano es artificial, que es obra del hombre y que le permite razonar,
en contraste con los animales, los cuales se comunican en un lenguaje que les dio
la naturaleza.
En el
siglo XX, el lingüista norteamericano Benjamin Whorf defendió la tesis de que
lenguaje y pensamiento son la misma cosa. Aunque muchos lingüistas hablan hoy
día despectivamente del whorfismo (Whorf no fue, según ellos, un científico del
lenguaje), muy pocos estarían dispuestos a negar la conexión íntima entre
lenguaje y pensamiento.
Entre
tanto, la filosofía del siglo XX adoptó la postura radical de que el lenguaje
puede y debe ser un cálculo totalmente lógico. La verdad es que la filosofía de
la primera mitad de nuestro siglo puede caracterizarse diciendo que es una
relación amorosa amplia con el lenguaje. Ya hice mención del trabajo de Russel
y Whitehead. Su idea, expuesta en los Principia, de hacer la lógica simbólica
el fundamento de las matemáticas fue parte de un esfuerzo general para dar
realidad a la meta de Liebniz de reconformar el lenguaje haciéndolo un
instrumento lógico apropiado de la indagación filosófica. "La lógica ya no
es simplemente una disciplina filosófica más entre otras", escribió el
positivista Rodolf Carnap influido por los Principia, "pese a lo cual
podemos decir abiertamente: "La lógica es el método de la filosofía"
("The Elimination of Metaphysics through Logical Analysis of
Language", en Logical Positivism, comp. A. J. Ayer, 133). Los positivistas
lógicos creyeron que el análisis del lenguaje era la única tarea legítima de
los filósofos; para ellos, la filosofía y la metafísica de la Antigüedad fueron
desatinos literales, por la sencilla razón de que los enunciados metafísicos
usan palabras en un sentido ilegítimo y por ello carecen de sentido. Creyeron
también que lo que no podía decirse no podía pensarse y al criticar ensayos
sobre metafísica nunca atacaron los razonamientos en que se fundaron sino que
se limitaron a analizar frases individuales y mostrar que eran vacías; este
enfoque tuvo por fin sacar de sus casillas a sus oponentes. Entonces los
positivistas invirtieron el proceso de los antiguos partidarios de un carácter
universal; en vez de extender las matemáticas y hacer que cubrieran un campo
más amplio de la experiencia descrita por medio del lenguaje ordinario,
propusieron reducir el lenguaje ordinario a la condición de un comentario en
prosa sobre las ecuaciones de los físicos.
Hoy día
de los positivistas han nacido una docena de sectas filosóficas; aunque ya se
ha abandonado su mesianismo científico, se ha conservado y refinado su acento
en el análisis lógico del lenguaje. El credo positivista goza todavía de muy
buena salud: "es la ocupación peculiar de la filosofía determinar y poner
en claro el significado de enunciados y preguntas" (Moritz Schlick,
"Positivism and Realism", en Logical Positivism, comp. A. J. Ayer,
86).
ESTRUCTURAS SILENTES
En la
dicotomía entre el punto de vista poético y el punto de vista lógico del
lenguaje, este último tiene ya siglos de llevar la iniciativa, pues nos hemos
alejado constantemente de la cultura oral de Grecia y Roma y de la Europa
Medieval. Esto no significa que no hayamos tenido grandes poetas, sino más bien
que la nuestra no es una era de poesía. Inclusive en plena Edad Media no
faltaron quienes (los filósofos nominalista) sostuvieron que los nombres son
simplemente cuestiones convencionales. Ese argumento cobró más fuerza
persuasiva después de la invención de la imprenta de la revolución matemática
que llevaron a la lectura en silencio y a la manipulación de símbolos asignados
de un modo convencional. Con el advenimiento de la computadora, la lógica sigue
triunfando sobre la poesía. Todo el curso de la filosofía lingüística desde
Leibniz a los positivistas parece culminar en la computadora, donde a los
símbolos se les quitan connotaciones y se les da significado sólo por medio de
una definición inicial y de relaciones sintácticas con otros símbolos.
El credo
positivista pertenece a la edad de la imprenta, no a la de la computadora.
Podríamos muy bien preguntarnos si los antiguos filósofos lingüistas se
sentirían satisfechos o quizá un poco fuera de lugar por la amplitud con que la
computadora ha dado realidad a su visión de un modo de comunicación totalmente
lógico, pues es un hecho de que la computadora lleva sus ideas a un extremo
impensable en la época anterior. Con sus páginas uniformemente impresas, la
prensa sugirió que las palabras eran simples signos que debían ser manipulados
por los ojos y la inteligencia del lector. Más todavía las palabras se quedaban
fijas el la página impresa y exigían un esfuerzo mental considerable por parte
del lector. Leer es trabajo, hecho que con frecuencia olvidan los educadores
que se preguntan por qué los niños prefieren la televisión a los libros. El
misterio de la mente no se pudo eliminar del trabajo de leer mientras el
"procesador de palabras" real siguiera siendo el individuo que abría
el libro y lo hojeaba.
La prensa
es un mecanismo rígido que sólo puede repetir el mismo producto, páginas, cuyas
líneas tienen un orden que ha sido fijado de una vez por todas y para siempre
por el impresor. En cambio, la computadora que altera su forma y su propósito
lógico conforme marcha, escapa a la rigidez de la producción mecánica de las
palabras. Ya las palabras no se quedan sobre el papel; se abren paso por entre
la unidad de memoria y de procesamiento. Ya no necesita inteligencia humana
para manipular símbolos verbales; tal cosa la hace la computadora siguiendo un
programa, de forma muy parecida al del compilador que lee y traduce en
iniciados en FORTRAN sin que intervenga ningún humano. Ahora bien, aquí no
operan procesos mentales misteriosos, como los que siempre hubo tratándose de
los libros. En que la computadora haya eliminado a la mente del acto de leer es
un cambio pasmoso. Mientras hubo mentes que participaran en el
"procesamiento" de un lenguaje, fue difícil tratar al lenguaje sólo
como un conjunto de símbolos arbitrarios. Por su propia naturaleza la memoria
humana es resonante, establecen asociaciones de palabras que desafían la
lógica, da a las palabras connotaciones que van más allá de su definición,
traza analogías entre el mundo exterior y las palabras que lo representan. Con
palabras y símbolos fijados en páginas, hasta los lógicos tienen que atenerse a
su memoria y a su facultad de razonamiento para poner en movimiento a los
símbolos. Ahora bien, cuando la computadora los pone en movimiento en lugar de
él, no hay posibilidad de que la resonancia o analogía se inmiscuyan con las
reglas de la lógica.
El
lenguaje de la computadora, es, como los lógicos había esperado, el triunfo de
la estructura sobre el contenido; para ser más precisos, es una
reinterpretación del contenido (de los que los lingüistas llaman
"semántica") en términos de estructura. Nunca tuvo el lenguaje fuera
del estudio del lógico tal claridad estructural, tal pureza de formas. Y nunca
antes el punto de vista lógico del lenguaje halló aplicación en tal variedad de
tareas prácticas. En cierto sentido, cada nuevo problema programado en la
máquina —cada nuevo compilador, sistema de recuperación (retrieval) de
información para negocios o ciencia, cada procesador secretarial de palabras—
es una nueva conquista del punto de vista lógico del lenguaje.
Nada
tiene de extraño que en nuestra edad los lingüistas estén empezando a ver el
lenguaje de un modo muy similar a como los especialistas en computación ven a
sus cifrados o códigos. Empezamos destacando las diferencias entre lenguaje
natural y cifrados de computación, pero para muchos las similitudes parecen ser
hoy día de mayor significación. La lingüística moderna es, no hay duda, un
vástago de la computadora; más bien, tanto la lingüística como el lenguaje de
la computadora son hijos de su época, que se esfuerzan sinergéticamente para
cambiar la mismísima cultura que les dio vida. El trabajo empezó con los
lingüistas estructurales de los años 1940 y 1950 que analizaron jerárquicamente
el idioma inglés (de palabras-a-frases-a-cláusulas) y mediante procedimientos
mecánicos esperaron eliminar por completo el problema del significado. Así las
cosas, en 1957 apareció la obra de Noam Chomsky titulada Syntactic Structures
(fue el mismo año en que se dio a conocer FORTRAN), obra en la cual se propuso
la gramática "generativa transformacional". El enfoque de Chomsky y
de otros ha influido muchísimo en el mundo de habla inglesa.
El nuevo
enfoque consiste en considerar el lenguaje como una estructura algebraica más
que como un lexicón de palabras individuales. De manera aislada, un nombre
tiene poco interés; lo que importa es la forma en que nombres, verbos y otras
partes de la oración se puede unir para "generar" frases. La
"maña" consiste en identificar reglas que permitan producir frases
legítimas y en usar estas reglas para describir la mayor cantidad posible del
idioma inglés. Estas reglas se suelen escribir en símbolos abstractos y en
ocasiones se parecen mucho a la lógica simbólica. Un plan muy popular es
atribuir una estructura arbórea a cada frase. En la parte superior se escribe
un solo símbolo, S, que abarca toda la frase. En cada nivel inferior se
describe la estructura con más detalles hasta que las palabras de la frase
aparecen como hojas de árbol. Cada nivel es generado por el que está arriba de
él, mediante reglas tales como F=NF VF que indica que el símbolo F tiene dos
descendientes, NP y VP, y que en términos gramaticales anticuados significa que
cada frase (F) se compone de un sujeto (nombre frase = NF) y de un predicado
(verbo frase =VF). Esta gramática es prolífica porque podemos usar sus reglas
para generar frases (o al revés para analizarlas). Igualmente importante es la
idea de que una estructura gramatical puede ser transformada en otra sin que
intervenga un cambio de significado. Por ejemplo, una frase en voz pasiva,
"Juan fue electrocutado por el procesador central", se transforma en
la voz activa "el procesador central electrocutó a Juan".
Es
interesante observar cuán estrechamente estas manipulaciones algebraicas del
lenguaje natural concuerdan con las manipulaciones de la computadora en sus
códigos. Los lingüistas trazan tres diagramas para analizar frases del mismo
modo que los compiladores los crean para procesar enunciados en FORTRAN. Al
igual que FORTRAN, el español lingüista es una hilera de símbolos, todos los
cuales carecen de contenido mientras no se les defina y todos ellos guardan una
relación ordenada con respecto a otros símbolos de la hilera. Al igual que
ocurre en FORTRAN, el procesamiento del español es la transformación de una
forma (una hilera de palabras) a otra (un diagrama-árbol) o de regreso,
conforme a una serie de normas de sustitución. Las computadoras transforman los
enunciados de input en output, del mismo modo que la gramática de los
lingüistas transforma la voz activa en pasiva. Hoy día los especialistas en
computación admiten de muy buen grado la influencia que ha tenido la
lingüística reciente en sus esfuerzos prácticos y teóricos. Y a la inversa, sus
lenguajes de computación son los únicos que se describen perfectamente por
medio de estas reglas generativas; lenguajes naturales complejos e irregulares
han resultado menos apropiados al enfoque algebraico.
En la
computadora se pueden programar ejercicios simples para generar español. En
realidad, programas así se han convertido en tareas normales para
principiantes. Al programa se le da un vocabulario así como estructuras buenas
y simples pero legítimas para combinar vocabulario y formar frases. En seguida
une palabras por medio de selección al azar (random selection). En versión más
simple del programa no se imponen restricciones de significado: simplemente el
programa inserta cualquier nombre en un lugar apropiado para un sujeto u
objeto, algún verbo en una ranura que requiere acción, etc. Las frases
resultantes son perfectas sintácticamente y con frecuencia ridículas (gráfica
VIII.2). También son, si se leen una tras otra, extrañamente desconcertantes.
Empieza uno por buscar casi desesperadamente algún significado oculto en las
pautas sintácticas y nuestra risa se torna punto menos que nerviosa cuando la
máquina que puede decir cualquier cosa, dice algo profundo, inclusive
embarazoso.
1. El
esperanzado Andrés abandonó a la desventurada Ana en el airado carro.
2. La
despreciable lámpara abandonó a la locuaz Natascha con la airada Natascha.
3. La
airada Natascha casó con el sin esperanza carro arriba de la despreciable Ana.
4. La
airada Ana sedujo a la despreciable lámpara con el desventurado carro.
5. Este
Andrés casó con la desventurada lámpara.
6. Este
Pedro pateó al desventurado carro.
7.Este
castillo besó a la esperanzada Ana
8. La
locuaz Natascha casó con la locuaz Natascha.
Estas
frases obedecen las normas estructurales del español, aunque casi siempre
carecen de
sentido.
Ejemplifican la capacidad de la computadora de separar estructura de
significado.
Esto nos
trae de vuelta al problema del significado. Problemas del lenguaje se vuelven
inmediatamente en problemas de conocimiento: cómo el lenguaje nos ayuda a
conocer o, si se prefiere, dónde está el significado, en o atrás de nuestras
palabras. El propio Chhomsky, perfectamente consciente de los problemas de más
fuste que asoman atrás de su lingüística, ha dicho que el lenguaje es "un
espejo de la mente"; ha llegado al extremo de definir a la mente como
"la capacidad innata de formar estructuras cognoscitivas",
estructuras que son "representadas de un modo todavía no conocido en el
cerebro" (Reflections on Language, 4, 23). Un colega de Chomsky, Jerry
Fodor, ha bordado sobre esta idea en una obra titulada Reflections on Language
of Thought: que el lenguaje no es, por supuesto, ni inglés ni alemán, sino más
bien una especie de código interno interconectado en nuestro cerebro desde
nuestro nacimiento, un código preparado expresamente con el lenguaje de la
computadora. Al pensar, transformamos mensajes en este código, desde estados
iniciales, pasando por formas intermedias, hasta llegar al output, que puede
ser verbal o muscular.
Nos
bastará pensar un poco, contemplar unas cuantas transformaciones en nosotros
para darnos cuenta de cuán lejos estamos de la idea de significado que fue
común en las culturas anteriores. Antes del periodo parteaguas de la imprenta y
de la física matemática, y sin duda bien adentro de esa era, el sonido, la
presencia vívida de nombres y palabras individuales significaba algo por sí
mismo. El acento recaía en los sustantivos como nombres, en tanto que la
relación entre palabras en una frase era determinada principalmente por el modo
en que sus significados chocaban y se combinaban. Pero en la era de la
computadora se usan estructuras silentes espaciales para cartografiar el
significado del lenguaje y, en estos casos, el significado de una frase es su
estructura, que nuestra mente, como una computadora, puede representar,
destilar y transformar, porque la mente en sí no es otra cosa que la capacidad
de formar estructuras. No hay duda de que los lingüistas no han abandonado los
problemas de semántica; ahora hablan del " lexicón" que los humanos
llevan en la cabeza. De hecho las palabras de este lexicón son definidas por
las relaciones que permiten. Así, "perro" es definido como palabra a
la cual se aplican ciertos clasificadores (animado, animal, domestico, etc.);
puede servir como sujeto de verbos tales como "morder",
"correr" o "ladrar" pero no de "refutar",
"aplaudir" o "votar".
Algunos
prefieren definir "redes semánticas", en los cuales los nudos
representan conceptos, acontecimientos, personas u objetos y los vínculos representan
asociaciones entre estos conceptos. Esta definición convierte también la
experiencia humana del significado de una estructura espacial, que puede ser
representada gráficamente en el papel o almacenada en la memoria de una
computadora. Los símbolos colocados en los nudos están esencialmente vacíos, no
tienen resonancia o profundidad y en la máquina son marcas en el papel o bits.
No se puede hacer nada con estos símbolos, excepto remontarlos, sumarlos o bien
borrar vínculos entre ellos. Una noción menos tangible de significado carece
por sí misma de significado para la computadora.
Lecturas complementarias
J. David
Bolter, El hombre de Turing. La cultura occidental en la era de la computación,
FCE,1988
Bagdikian,
Ben H. Las máquinas de información. Su repercusión sobre los hombres y los
medios informativos, FCE,1984
Crosson,
Frederick James (comp), Inteligencia Humana e inteligencia artificial,FCE,
1975.

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