© Libro No. 663. El político. Azorín. Colección E.O.
Marzo 22 de 2014.
Título original: © José
Martínez Ruiz, Azorín. El político. 1a. edición, Espasa-Calpe, 1946. Primera
edición, 1998 . D. R. © 1998, Fondo de Cultura Económica. ISBN 968-16-5561-3. Impreso
en México
Versión Original: © José Martínez Ruiz, Azorín. El político
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© Edición, reedición y
Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
EL POLÍTICO
AZORÍN
Tomado
de
El político
1a. edición, Espasa-Calpe, 1946
Primera edición, 1998
D. R. © 1998, Fondo
de Cultura Económica
ISBN 968-16-5561-3
Impreso en México
José Martínez Ruiz, Azorín (1873-1967) fue un destacado miembro de la llamada
Generación del 98 y uno de los más finos prosistas de nuestra lengua. En estas
páginas se reunen sus consejos, advertencias y condiciones que distinguirían a
un buen político.
CONTENIDO
Presentación
El político
I. Ha de tener fortaleza
II. Arte en el vestir
III. No prodigarse
IV. Tenga la virtud de la eubolia
V. Sepa desentenderse
VI. Remediar la inadvertencia
VII. No tener impaciencia
VIII. Conservarse en el fiel
IX. Desdén para el elogio
X. Conozca a las gentes que le rodean
XI. Acepte con sencillez las distinciones
XII. Las contradicciones
XIII. No prestarse a la exhibición
XIV. Esté impasible ante el ataque
XV. El derecho y la fuerza
XVI. El león y la vulpeja
XVII. Los canes y la vulpeja
XVIII. Gracián y la vulpeja
XIX. Saavedra Fajardo y la vulpeja
XX. Feijoo se ríe de los canes
XXI. Manera de insinuarse
XXII.Tener algún rasgo
XXIII. Serenidad en la desgracia
XXIV. Espíritu y fervor
XXV. Acordarse del capelo de Lerma
XXVI. Fingir conformidad
XXVII. Innovador dentro del orden
XXVIII. La balanza del yo
XXIX. El enigma del honor
XXX. Libros que ha de leer
XXXI. Mañas en escuchar
XXXII. Los hombres de mañana
XXXIII. La faz serena
XXXIV. Retozarlas sin empeñarse
XXXV. Los valores nacientes
XXXVI. Huir de la abstracción.
XXXVII. La fuerza contenida
XXXVIII. Del discurso y su preparación
XXXIX. Realzar las circunstancias
XL. La lectura de los clásicos
XLI. Juicio sobre las personas
XLII. Renunciar en sazón
XLIII. Elogio del tiempo
XLIV. Evitar el escándolo
XLV. No dudar de sí
XLVI. Elegir el retiro
XLVII. Valor de las máximas y final
Epílogo futurista
Presentación
AL
CONMEMORARSE el centenario de la célebre Generación del 98, FONDO 2000 se honra
en incorporar a su nómina de autores algunas de las firmas más destacadas de
aquellas pléyade, como Valle-Inclán, Baroja, Unamuno y, a través de las
presentes páginas —en un ejemplo de su vasta e invaluable prosa— Azorín .
José
Martínez Ruiz, conocido como Azorín, nació en Monóvar en 1873, sus finas
maneras de escritor, aunadas a su aguda costumbre de observador, pronto lo
situaron como una suerte de tesorero del archivo literario español. Autor
prolífico, Azorín, publicó más de veinte libros más una larga lista de
artículos en donde supo combinar las pasiones e inquietudes de su generación
con los paisajes y tradiciones de la España vieja. Según Juan Ramón Jiménez,
"su literatura resulta una taquigrafía sentimental, pasada directamente
por sus ojos al signo más que a la palabra escrita". Signos, imágenes,
páramos imaginados conforman los discretos silencios que emanan de las letras
de Azorín. "Es posible que el señor Martínez Ruiz sea tímido —escribió su
interlocutor y amigo, Alfonso Reyes— pero ese pequeño filósofo que él ha
inventado, ese Azorín que de hijo suyo ha pasado, poco a poco y por un eclipse
psicológico, a confundirse con él y a servirle de vestidura externa, ése ha
dicho sobre la vida y el arte españoles, sino las cosas más audaces, las más
personales."
En estas
páginas el lector encontrará un conglomerado de consejos, insinuaciones y
recomendaciones que Azorín da a los políticos, a fin de que se puedan convertir
en lo que para él debería ser un político ideal. Ecos de Gracián, Maquiavelo y
Saavedra Fajardo se escuchan en estos consejos no exentos de picardía y
nobleza, tolerancia y disimulo. A cien años de haber surgido la generación que
lo acompañó en letras, tertulias e ideas, y a treinta años de su fallecimiento
en Madrid, Azorín se multiplica en la lectura de su fina prosa, en la claridad
intemporal de sus ideas y en su confirmada condición de maestro de nuestra
lengua.
I. HA DE TENER FORTALEZA
La primera condición de un hombre de Estado es la fortaleza. Su
cuerpo ha ser sano y fuerte. El tráfago de los negocios públicos requiere ir de
un lado para otro, recibir gente, conversar con unos y con otros, leer cartas,
contestarlas, hablar en público, pensar en los negocios del Gobierno.Y sobre
todo esto, se requiere una naturaleza muy firme, muy segura, para no dejarse
aplanar en aquellos momentos críticos de amargura, en que nuestros planes y
esperanzas se frustran.
Sea el político
mañanero; acuéstese temprano. Tenga algo en su persona de labriego; este
contraste entre la simplicidad, la tosquedad de sus costumbres y la sutilidad
del pensamiento servirá para realzarle. Ha de comer poco también; sea frugal;
tenga presente que no es el mucho comer lo que aprovecha, sino el bien digerir.
En sus comidas tome espacio y sosisego; coma lentamente, como si no tuviera
prisa por nada.
Para estar sano y
conservar la fortaleza ha de amar el campo; siempre que pueda húrtese a los
ciudadanos de la Corte o del Gobierno, y vaya a airearse a la campiña. Ame las
montañas; suba a ellas; contemple desde arriba los vastos panoramas del campo.
Mézclese en la vida menuda de los labriegos y aprenda en ella las necesidades,
dolores y ansias de la nación toda.
II. ARTE EN EL VESTIR
El fin que persigue el arte en el vestir es la elegancia. Pero la
elegancia es casi una condición innata, inadquirible. No está en la maestría
del sastre que nos viste; está en nosotros. Está en la conformación de nuestro
cuerpo; en los movimientos; en la largura o cortedad de los miembros; en el
modo de andar, de saludar, de levantarse. Un hombre que tenga ricas ropas y
vista con autendo puede no ser elegante; puede en cambio serlo un pobre
arruinado hidalgo de pueblo envuelto en su zamarra y en su capa.
La primera regla,
sin embargo, de la elegancia es la simplicidad. Procure ser sencillo el
político en su atavío; no use ni paños ni lienzos llamativos por los colores o
por sus dibujos: prefiera los colores opacos, mates. No caiga con esto en el
extremo de la severidad excesiva. Una persona verdaderamente elegante será
aquella que vaya vestida como todo el mundo y que, a pesar de esto, tenga un
sello especial, algo que es de ella y no de nadie. Joyas no debe usar ninguna:
ni alfiler de corbata, ni cadena de reloj, ni menos sortijas. No ponga en su
persona más que lo necesario, pero que lo necesario sea de lo mejor: así el
paño de los trajes, el lienzo de las camisas, el sombrero, los guantes, el
calzado. Si acaso, si el traje fuera negro o de color muy oscuro, matice y
palie la impresión de severidad con una cadena de oro, delgada, breve, sin
dijes, en alongados eslabones. Jorge Brummel, el gran elegante inglés, tenía en
su atavío una simplicidad suprema, pero sobre el oscuro fondo del traje ponía
esta línea refulgente y casi imperceptible de oro. Véase también el efecto de
este matiz y paliativo en el retrato que figura en nuestro Museo del magistrado
don Diego de Corral, pintado por Velázquez.
El calzado merece
mención especial; por él se conocen los hábitos y carácter de la persona; un
excelente y elegante calzado realza toda la indumentaria. Tenga abnegación
bastante para desechar un calzado que está todavía en buen uso. Digo
abnegación, no mirando a la economía, sino pensando en que nada hay más comodo
y dulce que un calzado que se ha familiarizado ya con nuestro pie.
Hay otras cosas
también que separa en dos bandos a los que tratan de vestir bien: el bando de
los irreprochables y el de los que tienen alguna mácula. Este algo es la ropa
blanca. Sea inflexible en la limpieza de su camisa; llévela siempre, en todos
los momentos, nítida, inmaculada. Sobre la nobleza un poco severa de la
vestimenta, la nitidez identificable de la camisa resaltará y pondrá una nota
de delicadeza, de buen gusto y de aristocratismo.
Cosméticos y olores
deben estarle prohibidos en absoluto. Si no llevara barba ni bigote, ponga
especial cuidado en ir siempre rasurado perfectamente: que no hay nada más desagradable
que ver una barba sin afeitar, aunque sea de poco tiempo.
Sencillez y
naturalidad: está es la síntesis de la elegancia. Y ahora, como apostilla, la
última recomendación. No dé a entender , ni por el aire de su persona, ni por
su gesto ni por su actitud, ni por sus maneras, que sabe que va bien vestido y
es elegante. Si lleva sencilla y buena ropa y si tiene ese don indefinible de
que hablabámos al principio, ese no sé qué, ese como efluvio misterioso que
emana de toda persona y que no se puede concretar y definir; si se halla en
estas condiciones, repito, será elegante.
III. NO PRODIGARSE
No se prodigue ni en la calle, ni en los paseos, ni en espectáculos
públicos. Viva recogido. Al hombre de mérito se le estima tanto más cuanto
menos podemos apreciar los detalles pequeños, inevitables, que se le asemejan a
los hombres vulgares. ¿ Qué vale más: ser llano, corriente, hablar con todos,
entrar con todos en conversación a cada momento, o mostrarse sólo de cuando en
cuando con una cortesía perfecta, pero un poco severa, con una afabilidad que
atrae, pero que al mismo tiempo no permite la intimidad, la familiaridad, y
hace que permanezcan aquellos con quienes conversamos a una invisible e
insalvable distancia de nosotros? Aténgase el político a este último punto; lo
que mucho se ve, se estima poco; persona con quien a todas horas podemos
comunicar, tendrá nuestra estimación, nuestro respeto, pero le faltará ese
matiz de severidad, ese algo que impone, ese aspecto que hace que deseemos, que
ansiemos verla, hablar con ella, oír de sus labios tales o cuales opiniones.
Sea difícil el
político para las visitas; no reciba a todos, sino a contadas personas. No
otorgue a todos su afabilidad y su cortesía. Acaso los que no logran traspasar
sus puertas propalen su hurañez y aun su soberbia. Pero si aquellos pocos a
quienes recibe y otorga su amistad les trata espléndidamente, es leal,
consecuente y generoso con ellos, su fama de hombre excelente y buen amigo
prevalecerá y dominará, y no la de huraño y soberbio.
IV. TENGA LA VIRTUD DE LA EUBOLIA
La virtud de la eubolia consiste en ser discreto de lengua, en ser
cauto, en ser reservado, en no decir sino lo que conviene decir.
No se desparrame en
palabras el político; no sea fácil a las conversaciones y conferencias con
publicistas y gaceteros; cuando haya conferenciado con alguien sobre los
asuntos del Estado, no vaya pregonando lo que ha dicho, por qué lo ha dicho y
cuál ha sido la causa de no haber dicho tal otra cosa. Si le apretaren para que
diga algo del negocio tratado, si le instaren informadores y periodistas, no
tenga nunca una negativa hosca o simplemente fría, correcta; sepa disimular y
endulzar la negativa con una efusión, un gesto de bondad y cariño, una amable
chanza.
Es achaque de
hombre vulgares el descubrir a todos sus pensamientos. El cuerdo sabe que aun
cuando una cosa se puede decir abiertamente, conviene, sin embargo, irla
descubriendo poco a poco, con trabajo, con solemnidad, para que así lo más
vulgar tenga apariencias de importancia.
Otra cosa hay que
es necesario también tener en cuenta: y es que hombre reservado es mirado
siempre con cierta consideración, con cierto interés. Mantener la duda respecto
a la opinión que tenemos sobre tal o cual asunto o acontecimiento es mantener
la expectación. Y esta duda, esta perplejidad, esta incertidumbre de público
respecto a nosotros, forma como una aureola que envuelve nuestra persona y la
realza. Gana, pues, más para la fama quien calla, quien no dice sino lo
preciso, que quien deja que corran y se espacien sus profusas palabras en
millares de hojas.
V. SEPA DESENTENDERSE
Cuando salga de la Corte y vaya a provincias, sus admiradores y amigos
le recibirán efusivamente; acaso toque una música en la estación; la casa donde
él pare se llenará de gente; lo rodearán un compacto grupo de correligionarios
cuando marche de una parte a otra; él tendrá que estrechar muchas manos,
Hablará todo el día con unos y con otros; soreirá a todos; tendrá que decir
frases de ingenio; se mostrará en todos los instantes cordial y decidor.
Sepa el político en
tales circunstancias desentenderse algún momento de esta corte de admiradores y
amigos que le rodean; a su alrededor ellos han formado una atmósfera, una
muralla que le impide ver en su normalidad, en su verdad, el pueblo o el país
que visita. Así por las mañana, bien temprano, o en alguna otra ocasión, él
dejará la casa con sigilo, se apartará de la fiesta y se irá, bien solo o bien
en compañía de un buen amigo, a visitar y escudriñar el pueblo o la tierra
adonde ha llegado. Entrará él en las casas de los humildes; hablará con lo
oficiales o artesanos; interrogará respecto a sus vidas, a sus necesidades, a
sus planes y a sus ideas sobre la marcha de los negocios públicos. Si ellos no lo
conocieran y hablaren con toda libertad, la visita podrá serle muy fructuosa;
si, conociéndolo, tuviera el temor o encogimiento de expresarse con
espontaneidad, esfuércese con su sencillez, con su cortesía, con su afabilidad,
con su llaneza, en hacer desaparecer todo reparo.
Después de estos
escudriños y salidas puede volver a sumergirse en el ambiente artificioso de
los agasajos y las fiestas; él sabrá a qué atenerse respecto al país que
visita, y, aparte de esto, tales escapadas habrán esparcido su ánimo y le
habrán tonificado y dado ánimos para continuar en la fatigosa labor de sonreír
a unos y otros, de estrechar manos y de proferir cosas frívolas.
VI. REMEDIAR LA INADVERTENCIA
Estaban una tarde en un huerto los Reyes Católicos don Fernando y donña
Isabel; se hallaba con ellos muchos caballeros y damas de la corte; para
solazarse y pasar el rato idearon un juego. Había en el huerto una higuera que
tenía muy pocos higos maduros; convinieron todos en que cada uno cogiese un
higo y lo comiese, pero con la condición de que no lo habían de tentar antes,
sino que el higo sobre que pusieren la mano fuera a la boca sin remisión,
estuviese verde o maduro. Como había en la higuera muchos higos aneblados, la
mayor parte de los circunstantes se engañaban y tenían que apencar con un higo
desabrido, sin jugo y sin azúcar. Estando el concurso en este juego, acertó a
entrar en el huerto Hernando del Pulgar, cronista de sus Majestades. Propusierón
el pasatiempo, y él se acercó al árbol para coger un higo. Pero como apenas lo
hubo tentado sintiera que se hallaba asaz verde, retiró prestamente los dedos y
dijo sonriendo: "Enderézate"
Hernando del Pulgar
fue en esta ocación muy agudo. Cuando vio que había errado el negocio, quiso él
dar a entender con esa palabra que no había sido su propósito coger el higo,
sino enderezarlo. Sepa a su imitación el político corregir a tiempo la inadvertencia.
Se ha dicho que no es necio el que hace la necedad, sino el que, hecha, no la
sabe enmendar. Ocurrirá muchas veces que, estando de mal humor, demos una
repuesta agria a quien no la merece: corrijamos a tiempo con afabilidad y
cortesía nuestro desavío. Sucederá también que, fundados en falsos
razonamientos, obremos como no debimos obrar; venga inmediatamente una
rectificación cauta y discreta de nuestra conducta. La pasión, la ira, el
despecho, puede llevarnos a extremos que no estén de acuerdo con nuestra
ecuanimidad; sepamos encontrarles un pretexto, una justificación, una lógica, y
esforcémonos en seguida con actos justos, sosegados, dignos, en borrar del
ánimo de las gentes el mal efecto producido.
VII. NO TENER IMPACIENCIA
Si queremos vivir bien y ahorrarnos disgustos, achaques y aun
enfermedades, debemos tomar con flema y sosiego nuestra cosa: debemos comer,
vestir, ir de una parte a otra despacio. Lo que se hace precipitadamente se
hace mal y a disgusto: grano a grano hinche la gallina el papo; poco a poco se
va a todas partes. Viendo una vez el arzobispo don Alonso Carrillo que sacaba
del río a un hombre que hacía tres días que se había ahogado, preguntó que por
que causa había sido la desgracia. Dijéronle que por haber querido aquel hombre
ir por el vado. Contestó don Alonso Carrillo: "Ya estaría en su casa si
hubiera ido por la puente".
Cuando tengamos que
responder a un agravio, a un vejamen, seamos cautos y dejemos pasar un buen
lapso, tal vez si la injuria fue por la noche, a la mañana siguiente nuestra
resolución sea distinta de lo que hubiera sido de haberla tomada enseguida. No
nos precipitemos; hay momentos en la vida de los negocios en que la multitud,
la prensa, la opinión pública se exacerban, se encienden y piden que se haga
tal o cual cosa; en esto momentos hasta los espíritus más reflexivos pierden la
sangre fría; hombres sosegados y discretos de ordinario se exaltan y unen su
voz a la de la multitud. El político no debe en estos instantes dejarse
arrastrar por el impulso general; si es preciso, tenga el valor de arrostrar la
impopularidad; la efervescencia, la pasión pasará, y entonces todos reconocerán
que él tuvo razón, y la impopularidad de un momento se trocará en cimiento de
su hombría y de su sinceridad.
Puede ocurrir que
el problema que se presente y que apasiona a todos sea muy complejo, muy
intrincado, o que en él se reúnan tales circunstancias que no se pueda saber
cómo servir a la justicia: si poniéndose de un lado o poniéndose de otro. En
este caso lo prudente es callar; retírese el político de la contienda y deje
que la vida que la fuerza de las cosas se abra su camino a través del tiempo.
VIII. CONSERVARSE EN EL FIEL
Sepa conservarse el político en el fiel de la balanza. No pierda nunca
el sentido del equilibrio. En el arte del gobierno, el equilibrio consiste en
ser entero o condescendiente, según los casos.
Cuando ha de ser
entero un político? ¿Cuándo ha de ser condescendiente? Aquí estriba el
problema: la perspicacia del gobernante es quien ha de resolverlo. Téngase en
cuenta que entereza en todas las ocaciones no puede ser, y que tampoco puede
ser condescendiente en todos los momentos. La excesiva pasividad y la confusión
en el país; el excesivo rigor, en cambio, podría acarrear pertubaciones
funestas para los gobernantes.
Esté siempre en el
fiel político. Como él muchas veces no podrá juzgar por sí mismo, requiere en
los asuntos arduos el consejo de las personas doctas y ajenas a los negocios
públicos. No tema tampoco el político contradecirse cuando apele unas veces a
la entereza y otras a la condescendencia. La inconsecuencia y la contradicción
son la misma esencia de la vida. El político habrá de conocer el tiempo y el
país en que vive; con arreglo a ellos arreglará y ajustará sus actos. Y si él
tiene tales o cuales ideas o doctrinas en pugna con las que dominan, bien está
que, discreta y cautamente, las haga prevalecer en el gobierno; pero no se
olvide de navegar de cuando en cuando con la corriente, de ir con el pueblo
adonde el pueblo quiere ir, de pensar y sentir con los más.
Hay leyes, códigos
y jurisprudencia en todos los estados; el cumplimiento estricto de la ley habrá
de ser uno de los deberes imperiosos del gobernante. Pero ¿no habrá casos en
que las circunstancias pongan a la justicia escrita en desacuerdo con una justicia
más alta que se formula en todas las conciencias? Sea indulgente, magnánimo y
generoso en estos momentos supremos el político. "No ha de ser la entereza
del Gobierno —dice Saavedra Fajardo— como debería ser, sino como puede ser;
pues aun el de Dios se acomoda a la flaqueza humana".
IX. DESDÉN PARA EL ELOGIO
En estos tiempos modernos en que los juicios se formulan rápidamente y
en que todo el mundo escribe, debemos considerar que existen muchas
reputaciones gloriosas que no tienen fundamento ninguno y muchos desprestigios
que no deben ser considerados como tales. Estas reputaciones y estos
desprestigios son como fogata de hornija o como jiste o espuma de cerveza: no
resisten a un examen atento, y con la misma rapidez con que se fabricaron se
disipan.
El político debe
meditar en el valor de las censuras y de la albanzas. No conceda a la censura y
a la balanza más valor del que tienen. Es fácil ser indiferente a la censura o
sobreponerse a la contrariedad que nos produce; no es tan hacedero tomar el
elogio en el sentido que realmente tiene. El político habrá de pensar que son
muy pocos los elogios que son capaces de llenar y satisfacer a una persona
delicada. Un hombre vulgar se henchirá de satisfacción ante un elogio impreso
en un periódico o en un libro; un espíritu frío, acaso note en tal elogio una
hipérbola, una exageración, algo que traspasa los lindes del elogio para entrar
en los de la apología.
El elogio de los
admiradores es lo que más pone a prueba la fe y la constancia de un artista. Se
puede resistir a la censura, aun a la más despiadada y acre; pero ¿cómo no
llenarse de tristeza y de desconsuelo ante ciertos elogios que los entusiastas
del literato o del orador publican? En ellos, con la mejor intención, un
aspecto de la obra que no tiene importancia es señalado y ensalzado; se deja
pasar en cambio un matiz delicadísimo, tenue, en que el autor ha puesto su
espíritu. La ironía es acaso tomada por actitud de seriedad y recia afirmación;
en tanto que una aservación que se ha hecho burla burlando, pero con mucha
gravedad en el fondo es considerada como una leve chanza. Alegrías que en lo
substancial son tristezas pueden pasar por inofensivas alegrías, y en cambio se
ve tristeza donde el autor no ha hecho sino pasar con indiferencia y con desdén
.
No estime el
político un elogio en más de lo que realmente vale. Agradezca la buena voluntad
de los que elogiaren; pero por encima de los ditirambos, de las hipérboles y de
los entusiasmos de sus admiradores, él sepa poner un ligero y amable desdén.
X. CONOZCA A LAS GENTES QUE LE RODEAN
Rodean a todo hombre de influencias gentes de toda suerte y catadura;
unos son buenos, discretros y leales; otros son galopines, truchimanes y
trapisondistas. Éstos se introducen en la privanza y valimiento de los
políticos por medio de la asiduidad y la lisonja.
Conózcalos a todos
el político; sepa cómo vive éste y el otro; qué negocios lleva entre manos; de
qué se sostiene; qué es lo que ha hecho y qué es lo que hace; cuáles son sus
secretas idas y venidas. El político lo sabrá todo punto por punto; si la gente
murmura de alguno de los que le rodean, él sabrá cuáles son los motivos que
tiene para murmurar. Pero no dé a entender a nadie el político, y menos a los
interesados, que conoce sus malos pasos; él hará como que no sabe nada. Sólo
que cuando llegue una ocasión en que el galopín espere hacer la suya; cuando
crea que él debe ocupar tal o cual cargo, el político obre con discreción: pase
con buenas palabras al malsín; no le dé el cargo ni le otorgue comisión de
confianza; alegue un compromiso inevitable; y de este modo, sin ruido, sin
escándalo, podrá ir haciendo poco a poco la labor de selección y determinando
que el truchimán se canse y le abandone.
A veces, el
político se ve cara a cara en una conversación con un parcial suyo de vida
sospechosa; el parcial le apretará con palabras a que le dé un cargo o merced;
el político se verá en un trance apurado: él no querrá ser descortés ni que la
conversación tome un giro desagradable. En este caso crítico no abandone el
político su cortesía y su impasibilidad; pero con una frase, con un inciso, con
una palabra delicada, dé a entender que conoce los hechos sospechosos del
solicitante y su mala vida. Puede decir esto mientras se levanta de pronto del
asiento o acercándose a la puerta, o echando mano del sombrero: gestos todos
bien elecuentes. Y si el pretendiente tuviese seso —todos los malsines le
tienen— esto bastará para darse cuenta de que la partida está perdida y de que
es peor insistir.
XI. ACEPTE CON SENCILLEZ LAS DISTINCIONES
No se haga de rogar en las cortesías. Si le elogian, acepte sin protesta
el elogio. Se ha dicho que protestar del elogio es deseo de ser dos veces
loados; porque ante nuestra protesta, ante nuestra frases de modestia, el que
elogia insiste en sus loanzas.
El político habrá
de trafagar y andar mucho; asistirá a banquetes y comidas, concurrirá a
recepciones, se hospedará cuando salga a provincias en casas de sus amigos y
admiradores. Acepte siempre sin porfías las distinciones que se le otorguen.
Son muy desagradables esas luchas de cortesía que se entablan a veces entre el
que otorga la distinción y el que la recibe. Haya un poco de sencillez en este
cambio y recambio de cortesía. Se cuenta que, siendo el conde de España en
Roma, fue convidado un día a comer por el duque de Florencia; llegaron el
conde, el duque y los demás invitados a la cámara que servía de comedor; en
ella había un sitio más elevado y honorífico que los demás; el duque, que era
el anfitríon, indicó al conde de Tendilla que ocupase este sitio; negóse el
conde a ello, y manifestó que quien debía ocupar el sitio de honor era el
duque; insistió el duque en su cortesía, porfió otra vez el conde, y entonces
el duque de Florencia, entre sonriente y amoscado, se volvió hacia el
maestresala y le dijo: "Corre, di que le traigan al conde las llaves de la
casa, porque quiere mandar en ella más que yo".
Aceptar los elogios
sin regatos, conformarse con las condiciones sin protestas, es muestra de
ánimos que no piden ni rehusan nada, que no dan un valor excesivo a lo que no
lo tiene, y que dejan que la vida se deslice sin alborotos ni gritos,
tranquilamente, con dulzura, con suavidad.
XII. LAS CONTRADICCIONES
Ha escrito un filósofo que ni la contradicción es señal de falsedad ni
lo es de verdad la incontradicción Todo cambia en la vida; nada hay más
contradictoria que la vida. A los veinte año, en plena ardosa mocedad, pensamos
de una manera; pensamos de otra cuando la edad ha ido transcurriendo y los
entusiasmos se han enfriado. La experiencia del mundo enseña mucho, una ilusión
que se realiza es un cambio que se opera en nuestra manera de ser. La
ingenuidad no resiste al tiempo; la experiencia se va formando lentamente de
desengaños. ¿ Y cómo pudiera pensar lo mismo un hombre experimentado, que
conoce a los hombres y que ha sufrido, que un mozo que se lanza a la vida lleno
de fe, inexperto y candoroso? Si cambia la sensibilidad, ¿cómo no ha de cambiar
el pensamiento?
No pasa día sin que
traiga una rectificación a nuestros juicios. Sólo los insensibles permanecen
iguales. Lo que por nuestros ojos pasa va dejando un sedimiento de ideas, de
juicios y de sentimientos, que se renuevan a lo largo del tiempo. La
naturaleza, en cuyo seno nos movemos, va renovándose, cambiando. ¿ Y
pretendemos nosotros ser los mismos en todos los momentos, a lo largo de
treinta, de cuarenta, de sesenta, o de ochenta años ? ¿ Y pretendemos que en
medio de esta renovación universal, formidable, sea siempre una y la misma esta
cosa tan sutil, tan delicada, tan etérea, que se llama pensamiento?
No reprochemos a
nadie ni sus contradicciones ni sus inconsecuencias. No nos atemoricemos cuando
se nos reprocha a nosotros. Obremos en cada momento según lo que estimemos
oportuno, benéfico y justo. Un eminente hombre de Estado —don Antonio Maura— ha
dicho en un discurso: "Las contradicciones, cuando son desvergonzadas
mudanzas de significación por interés, por ambición, por una sordidez
cualquiera, son tan infamantes como los motivos del cambio; pero yo os digo que
si alguna vez oyese la voz de mi deber en contra de lo que hubiera con más
calor toda mi vida sustentando, me consideraría indigno de vuestra estimación,
y en mi conciencia me tendría por prevaricador, si no pisoteaba mis palabras
anteriores y ajustaba mis actos a mis deberes."
No se puede
expresar con más energía y exactitud una alta norma de vida.
XIII. NO PRESTARSE A LA EXHIBICIÓN
Sea entendido con los entendidos, opaco y vulgar con los opacos y
vulgares. No es de entendimiento sutiles el ingenio, el hacerse admirar, el
exhibirse brillantemente en un concurso de hombres modestos y sencillos.
Dejense las galas del ingenio para cuando con perfecta paridad, de igual a
igual, se puede competir en la reuniones y asambleas de los doctos. El político
tendrá que viajar muchas veces por su país, tendrá que ir a los pueblos. No
pretenda en estas ocasiones ganar admiraciones y simpatías deslumbrando. Hable
como todos; si acaso, de tarde en tarde, tenga en estas conversaciones vulgares
una reflexión oportuna, ingeniosa, sutil: estas reflexiones sabias y agudas que
se realizan sin ruido, sin pretenciones, entre las palabras vulgares, es lo que
Fernando de Rojas llama en el prólogo de La Celestina "deleitables
fontecicas de filosofía ".
El político, el
artista, el poeta, el cantante, serán invitados muchas veces a las fiestas y
ágapes, más bien que por su persona, para que tal fiesta o comida tenga un
aliciente con su ingenio o habilidad. Conozca el artista o político cuándo
sucede esto; en tal caso sea cauto, y ya que le han hecho ir de la misma manera
que se llevan plantas o tapices, sea tan vulgar como todos, es decir, no dé
muestras de su ingenio, ni use de su estro, ni, si es posible, cante o taña,
como esperaba el que le invitó.
XIV. ESTÉ IMPASIBLE ANTE EL ATAQUE
El político no debe nunca perder la sangre fría; permanecerá siempre
impasible ante el ataque. En el parlamento, en las reuniones públicas, muchas
veces se verá blanco de la invectiva, de la cólera o de la insidia; él
permanezca en todo momento sin mover un músculo de la cara, sin dar la más leve
señal de irritación, de impaciencia, de enojo. Habando Hernando de Pulgar, en
sus Claros varones, de Don Juan Pacheco, marqués de Villena, hombre
eminentísimo en el arte político, dice de él que tenía tan gran sufriento, que
ni palabra áspera que la que dijesen le movía, ni novedad de nogicio que oyese
le alteraba; y en el mayor discrimen de las cosas tenía mejor arbitrio para las
entender o remediar".
No se pierda nunca
la ecuanimidad y buena ponderación del carácter. Muchos logran escuchar el
ataque sin que su cara muestre la más ligera alteración; pero un movimiento
instintivo e irrebitable de la mano, o la manera violenta de abrir una carta
que acaban de traerle, o la contestación rápida y seca que da a un compañero
que tiene al lado y que le pregunta algo, un pequeño ademán, en fin, viene a
demostrar al observador que la impasibilidad de que alardea el atacado es
ficticia, violenta, y que puede acabarse en un instante. Estos movimientos
instintivos pueden revelar lo que la faz o las palabras no revelan; las manos
hablan tan elocuentemente como las lenguas. Se dice que para evitar el ser
traicionados por ellas, algunos grandes diplomáticos y negociantes las
ocultaban al tiempo de conferir o negociar; tal grande conquistador tenía
hábito de llevarlas a la espalda; tal consumado diplomático las metía en los
bolsillos.
XV. EL DERECHO Y LA FUERZA
No dé el político en la candidez de creer en la famosa distinción entre
el derecho y la fuerza. No hay más que una cosa: Lo que es fuerte, es lo que es
de derecho. La fuerza hincha y llena cosas e ideas; estas cosas e ideas,
mientras están animadas de esta poderosa y misteriosa vitalidad, son las que
dominan; pero la fuerza —este algo que no podemos saber lo que es y que
llamamos así— va haciendo su rotación, va trasladándose de un punto a otro, va
circulando; y de este modo, lo que antes vivía, muere; y nuevas cosas e ideas
surgen, prevalecen y dominan. Ha dicho un filósofo que los humanos, no pudiendo
hacer que lo justo sea fuerte, han hecho que lo fuerte sea justo. En este
espejismo, en este juego consolador vive la humanidad; se proclama el derecho,
se grita por la justicia, pero en el fondo sólo hay una cosa: fuerza. La fuerza
es la vida, y la vida es un hecho desconocido.
No se alucine el
político. Recuerde el caso conocidísimo de Cisneros. Comisionaron los grandes
al conde de Priego para que fuese a verle y le pidiese explicaciones sobre el
derecho con que se había alzado con el poder y gobernaba. El cardenal era
hombre de flema y de humor. Dejó hablar cuanto quiso al conde de Priego; luego
sacóle a un antepecho o balcón de palacio. Desde allí se veían formados los
cañones. Mandó cargarlos el cardenal y pegarles fuego; los estampidos llenaron
el aire. Entonces el gran cardenal se volvió hacia su reclamante y dijo:
"Ésos son lo poderes que tengo".
Las naciones se
engrandecen y decaen en virtud de la savia que están escondida en ellas, nada
podría detener su engrandecimiento, ni nada podría evitar su ruina; es un hecho
fatal. No haga sobre ello el político filosofías ni sentimentalismos. Si
aparentemente, para el público, mostrase otra cosa, sea su creencia íntima,
profunda, que no hay en el concierto universal nada más alto que la vida, y que
la vida es la fuerza, que surge y que se tira.
XVI. EL LEÓN Y LA VULPEJA
El león representa la fortaleza: la vulpeja simboliza la astucia. El
león es fuerte, grande, magnífico: la vulpeja es hábil, ligera, discreta.
Nicolás Maquiavelo
quiere que el político sea como el león y sea como la vulpeja. Maquiavelo fue
un político muy notable; intervino en multitud de asuntos diplomáticos; conoció
y trató íntimamente a hombres insignes y príncipes; luchó ardientemente por la
libertad de su patria; sufrió el olvido y la pobreza. Durante estos días
amargos de escasez —que él soportó ligera y tranquilamente— escrbió el
diplomático florentino en su libro II principe.
El político ha de
ser fuerte y hábil: ésta es la doctrina de Maquiavelo. El león y la vulpeja le
suministran un ejemplo para hacer patente, resaltante, su idea. Es necesario
—dice Maquiavelo— ser vulpeja para conocer los lazos y ser león para espantar
los lobos: bissogna essere volpe o conoscere i lacci, e lione a
sbigottire i lupi.
El león y la
vulpeja son dos animales famosos en la historia de la política. Cicerón, en su
obra De los oficios, libro I, escribe que " de dos modos se
puede hacer injuria: o con la fuerza o con el engaño; la fuerza parece propia
del león, y el engaño de la vulpeja". Ya mucho antes que el orador romano,
Plutarco decía en sus Vidas paralelas, al relatar las gestas de
Lisandro, que una de las máximas que profesaba este general lacedemonio era la
de que "lo que no se puede conseguir con la piel del león, debe alcanzarse
con la de la vulpeja".
Ne quid nimis: huyamos de los
extremos. No consideremos al león como usador arbitrario de su fuerza: no
tengamos a la vulpeja como tramadora de engaños. El león puede enseñar al
político la fortaleza noble: la vulpeja puede adiestrarle en la habilidad
discreta.
XVII. LOS CANES Y LA VULPEJA
Las doctrinas de Nicolás Maquiavelo causaron honda conmoción entre
preceptistas, políticos y pedagogos. No hablemos de los que aconteció en países
extranjeros; concretémonos a lo que sucedió en España.
En España fueron
muchos los que clamaron contra el político florentino. Se protrestó en todas
las formas; se publicaron contra él libros grandes y libros pequeños. Se le
combatió incidentalmente y se le dedicaron tratados especiales. Entre estos
últimos figuran: El príncipe cristiano, de Rivadeneyra; el Machiavellismus
jugulatus, del padre Claudio Clemente, y los tres volúmenes de máximas
que, "contra las vanas ideas de la política de Maquiavelo", publicó
el jesuita Francisco Garau.
El coro de protesta
y clamores fue unánime. ¿No ha vivido el lector en el campo y no ha oído alguna
noche cómo, al acercarse la raposa al gallinero, salen ladrando desaforadamente
todos los buenos canes de la casa? Los canes que ladraban contra la vulpeja
florentina eran bien leales y vigilantes. Entre ellos había dos más clamorosos
y fuertes que los demás. Estos dos canes tan fieles y ruidosos eran Baltasar y
Gracián y don Diego Saavedra Fajardo. En los capítulos siguientes veremos cómo
estos canes no eran canes; eran nada menos que solemnes vulpejas disfrazadas
con pieles de mastines. Si ladraban más clamorosamente que los demás, lo hacían
para que el señor y amo del cortijo no vislumbrase la artimaña.
XVIII. GRACÍAN Y LA VULPEJA
Sobre Baltasar Gracián habría mucho que hablar; no hay en nuestra
literatura un psicólogo más completo y agudo.
Baltasar Gracián,
en su libro El criticón —primera parte, crisis VII—, finge que
los dos principales personajes del libro llegan a una gran plaza; en ella un
prestidigitador está haciendo notables juegos. Se trata de "un
elocuentísimo embustero". charla fácil y seductoramente; la multitud le
escucha atenta. El taumaturgo hace que algunos papanatas abran la boca y les
asegura que en ellas va a echarles confituras; ellos las abren y el embustero
les pone en ellas "cosas asquerosísimas", "inmundicias horribles";
la concurrencia alborota y ríe a carcajadas. El mismo prestidigitador traga
huesos pelotones de algodón y luego arroja espeso humo y llamaradas; otras
veces engulle papel y devuelve cintas de seda de brillantes colores.
Uno de los
personajes del libro, Andrenio, gusta mucho de los juegos de este prestímano, y
comienza a alabarlo. El otro personaje, Critilo, le reprende y le dice:"¿
Quién piensas tú que es este valiente embustero? Éste es un falso político,
llamado Maquiavelo, que quiere dar a beber sus falsos aforismos a los
ignorantes. ¿No ves cómo ellos se los tragan, pareciéndoles muy plausibles y
verdaderos? Y, bien examinados, no son otra cosa que una confitada inmundicia
de vicios y pecados; razones, no de Estado, sino de establo; parece que tiene
candidez en sus labios, pureza en su lengua, y arroja fuego infernal que abrasa
las costumbres y quema las repúblicas".
El personaje de
Gracián sigue en sus acres reprobaciones. No le seguiremos más; basta con lo
copiado. Ahora, si abrimos los libros de Gracián y los leemos atentamente,
veremos que la vulpeja aparece debajo de la piel del can enseñando su hocico y
su larga cola. ¿De quién es el aforismo de que "cuando no pueda uno
vestirse la piel del león, vístase la de la vulpeja"? ¿Quién ha dictado la
recomendación de que se debe conocer a los dichosos para arrimarse a ellos,
"para la elección", y que se debe también conocer a los desdichados
para huir de sus personas, "para la fuga"? ¿Qué pluma ha escrito la
advertencia de que es preciso "saber declinar a otros los males", es
decir, darse maña e industria para hacer que recaiga en terceras personas "la
censura de los desaciertos y el castigo común de la murmuración"que
nosotros con nuestros actos hemos merecido? ¿Qué mano ha trazado el apotegma de
que "no es regla de conservarse querer darse a sí un pesar de toda la
vida, por dar placer una vez a otro, aunque sea el más propio; nunca se ha de
pecar contra la dicha propia por complacer al que aconseja y se queda fuera; y
en todo acontecimiento, siempre que se encontraren el hacer placer a otro con
el hacerse a sí pesar, es lección de conveniencia que vale más que el otro se
disguste ahora, que tú no después y sin remedio"? En conclusión, ¿ no es
de Baltasar Gracián la siguiente breve norma de vida, no exorable y piadosa, en
que se compendia todas su psicología del mundo y de la política: "Nunca
por la compasión del infeliz se ha de incurrir en la desgracia del afortunado.
Es desventura para unos lo que suelen ser ventura para otros; que no fuera un
dichoso si no fuera muchos otros desdichados; es propio de infelices conseguir
la gracia de las gentes, que quiere recompensar ésta con su favor inútil los
disfavores de la fortuna, y vióse tal vez que el que en la prosperidad fue
aborrecido de todos, en la adversidad compadecido de todos, trocóse la venganza
de ensalzado encompasión del caído. Por el sagaz atienda al barajar la suerte.
Hay algunos que nunca van sino con los desdichados, y ladean hoy por infeliz al
que huyeron ayer por afortunado; arguye tal vez nobleza del natural, pero no
sagacidad"?
XIX. SAAVEDRA FAJARDO Y LA VULPEJA
Don Diego Saavedra Fajardo era un hombre de mundo: había viajado mucho;
representó a su rey en multitud de negocios diplomáticos; sabía lo que se podía
decir ostensiblemente y lo que era preciso velar y disfrazar. Saavedra Fajardo
abomina también de la vulpeja florentina. En suIdea de un príncipe político
cristiano, él dice —empresa XLI— que el hombre debe obrar con equidad,
no queriendo para otro lo que no quiera para sí. Y añade, lleno de profunda
indignación: "De donde se infiere cuán impío y feroz es el intento de
Maquiavelo, que forma a su príncipe con otro supuesto o naturaleza de león y de
raposa, para que lo que no pudiese alcanzar con la razón lo alcance con la
fuerza y el engaño".
Esto dice Saavedra
Fajardo, indignado y vejado por la doctrina de la redomada vulpeja florentina.
Ahora, si leemos con cuidado su libro, veremos cómo también aquí asoma, bajo la
piel del mastín, un hopo y un hocico que acaso dejan muy atrás a los de la raposa
italiana. ¿Quién ha escrito el consejo de que "decir siempre la verdad
sería peligrosa sencillez, siendo el silencio el principal instrumento de
reinar"? ¿En qué libro está escrita la sentencia de que "ninguna cosa
mejor ni más provechosa a los mortales que la prudente difidencia"? ¿Quién
es el que celebra cierta astucia que con respecto a Gonzalo de Córdoba ejercitó
Fernando el Católico, el cual "no tuvo ocasión para que entrase en su
pecho sospecha alguna de la fidelidad del Gran Capitán, y con todo eso le tenía
personas que de secreto notasen y advirtiesen sus acciones para que penetrando
aquella diligencia viviese más advertido en ellas"? ¿Quién ha trazado el
apotegma de que "lo que no puede facilitar la violencia, facilite la maña,
consultada con el tiempo y la ocasión"? Finalmente, y para no hacer
enfadosa la materia, ¿qué autor, impío y feroz, ha estampado la
siguiente advertencia, que es una maravilla de astucia. "Ocultos han de
ser los consejos y designios de los príncipes, con tanto recato, que tal vez ni
aun sus ministros los penetran, antes los crean diferentes y sean los primeros que
queden engañados, para que más naturalmente y con mayor eficacia, sin el
peligro de la disimulación, que fácilmente se descubre, afirmen y acrediten lo
que tienen por cierto, y beba el pueblo de ellos el engaño, con que se esparza
y corra por todas partes"?
Sílaba por sílaba,
es preciso leer esta sentencia para ver toda la profundidad y complejidad
psicológica que encierra.
XX. FEIJOO SE RÍE DE LOS CANES
Fray Benito Jerónimo Feijoo es quien pone el epílogo en la escaramuza
entre los canes y las vulpejas. Feijoo se ríe de los canes. ¿Por qué ladran y
acosan estos buenos canes a la vulpeja florentina? Diríase, al oír sus
desaforados ladridos, que en el mundo no ha habido más que una vulpeja, y que
ella es la que nos ha traído todo el daño. No, nada más falso; Feijoo, en su
discurso sobre el Maquiavelismo de los antiguos —Teatro crítico,
volumen V—, establece que el maquiavelismo es muy antiguo; muchos príncipes
políticos y conquistadores de la antigüedad lo han practicado; en aquellos
lejanos siglos había tanto maquiavelismo como en los modernos. "Los mismos
arbitrios, las mismas artes que estampó Maquiavelo y que ejercían los más
sagaces tiranos de los posteriores siglos —dice Feijoo— se hallan practicados
en aquéllos".¿Qué valor tenían en Grecia, por ejemplo, el juramento y la
palabra dada? "En la Grecia —escribe Feijoo—, el faltar a la palabra dada
y aun jurada, cuando su observancia se oponía al interés del Estado, era tan
corriente, que por esto sólo apenas se perdía la opinión del príncipe justo o
de hombre de bien." El mismo divino Platón, ¿no dice en su República,
libro III, que es lícito mentir siempre que sea útil al Estado?.
No; los quie
proclaman que Maquiavelo ha enturbiado y perturbado el mundo están en un
herror: son unos pobres canes que ladran sin saber porqué. Feijoo se ríe de
ellos. "Yo no puede contener la risa —dice— cuando oigo tales discursos a
hombres que han tenido bastante enseñanza para razonar con más exactitud. Las
máximas de la política tirana son tan ancianas entre los hombres como la
dominación. El maquiavelismo debe su primera existencia a los más antiguos
príncipes del mundo, y a Maquiavelo sólo el nombre. Su raíz está en nuestra
naturaleza y no ha de menester siglos".
Sosiéguense los
canes; no ladren ni gruñan. Feijoo no puede contener la risa; la raíz del
maquiavelismo está en nuestra naturaleza. ¿Quién afirma lo contrario? ¿Lo
afirmará Gracían? ¿Lo afirmará Saavedra Fajardo?
XXI. MANERA DE INSINUARSE
Don Rodrigo Calderón es una de las figuras más interesantes de nuestra historia.
Su protector, el duque de Lerma, fue la vulpeja; el marquéz de Siete Iglesias
fue el león.
Nació don Rodrigo
Calderón de humilde cuna en Amberes; su padre era capitán; su madre fue una
doncella alemana, con quien el capitán tuvo amoríos. De ellos fue fruto el
futuro ministro; matrimonio subsiguiente legitimó su nacimiento. Murió la
madre, y padre e hijo vinieron a España; en Valladolid el padre casó por
segunda vez. Como el niño fuera creciendo y el trato de la madrastra pudiera no
ser del todo grato, el padre puso a Rodrigo a servir de paje en casa del
vicechanciller de Aragón.
No duró mucho aquí
Rodrigo; la casa no debía de ser muy a propósito para su medro. De ella pasó a
la del duque de Lerma. La vida de los pajes era muy dura y levantisca en estos
tiempos; comían poco y mal; vestían traspilladamente; se acostaban tarde; habían
de aguardar a su señor toda la noche mientras jugaban o se divertía en
aventuras amatorias. Abundaban las parlerías, enredijos y chismes; se armaban
grandes trifulcas en el tinelo a la hora de las comidas. Una casa de un grande
tenía muchedumbre de dependencia: allí estaban, en primer lugar, el mayordomo,
el secretario, el contador, el tesorero, el maestresala; venían después el
veedor, el botillero, el el repostero de estrados, el repostero de la plata, el
comprador, el despensero, el repartidor y el escribano de raciones. No faltaban
tampoco camareras, dueñas enlutadas y quejumbrosas, escuderos y algún viejo y
reposado otáñez para acompañar a la señora o las hijas a misa e ir abriendo
camino con sus barbas venerables, sus pantuflos, su gorra y su callado.
En este mundo
pintoresco y ruidoso habían de vivir y maniobrar los pajes. Los avispados y
lenguareces se abrían pronto camino; iban y venían con cuentecillos al señor;
le traían y le llevaban recados de sus daifas; decíanle gracias y le
lisonjeaban. Los apocados y tímidos se encantaban en el servicio y sufrían los
vejámenes y cordelejos de los demás. De éstos era Rodrigo Calderón: tenían una
timidez y un encogimiento invencibles. A veces los espíritus más enérgicos, más
fuertes, están recubiertos de timidez. El futuro ministro no se separaba de la
cámara de su señor; de este modo evitaba las malas bromas de sus compañeros.
Cuando se apartaba del duque lo hacía aprovechando una salida del maestresala,
del mayordomo o de algún otro alto oficial de la casa; entonces iba en su
compañía, y los pajes malignos no se atrevían a vejarle.
La asistencia y
solicitud de Rodrigo en la cámara o despacho del señor llamó la atención del
duque; poco a poco se fue fijando en este paje, tan afectuoso a su persona.
Rodrigo tenía un entendimiento despejado, agudo; el duque comenzó a platicar
con él y a confiarle algunos negocios. Salía bien en ellos Rodrigo. Un día el
duque le hizo su paje de bolsa; el oficio era desempeñado con diligencia y
escrupulosidad. Iba entrando Rodrigo en el ánimo del gran señor. El duque de
Lerma entonces lo podía todo; el rey había ordenado que a la firma del duque se
le diese el mismo valor que a la suya. No podía tener Rodrigo mejor padrino. El
duque, deseando favorecerle más, le nombró ayuda de cámara del rey.
Éste fue el primer
escalón en la fortuna del grande hombre.
XXII. TENER ALGÚN RASGO
Siendo Rodrigo Calderón ayuda de cámara del rey Felipe III, casó con una
dama principal de Cáceres: Doña Inés de Vargas, señora de la Oliva. El duque de
Lerma continuaba prestándole su valimento; el rey le iba otorgando mercedes y
favores. Primero le dio el hábito de Santiago y la encomienda de Ocaña; luego
le hizo conde de la Oliva; más tarde fue nombrado capitán de la Guarda Alemana;
por último sucedió al conde de Villalonga en la Secretaría del Estado, y tuvo
también el manejo de todos los papeles, así de Gracia como de Justicia; estaban
estos negocios diseminados antes en las manos de varios; don Rodrigo los reunió
todos en sí, y fue ministro universal.
Era don Rodrigo de
condición bondadosa y afable; no gustaba, sin embargo, de que se tomasen
familiaridades y confianzas con él. Sabía ser señor. No franqueaba a todos sus
puertas; dificultaba las audiencias. Pero cuando las concedía hablaba con
todos, estaba deferente y se enteraba con minuciosidad de lo que cada uno
pretendía. Su memoria era mucha; sabía los nombres de todos los que le
visitaban; no olvidaba los más ligeros detalles de sus personas. No era muy
amigo de visitar; a los grandes y señores de la Corte les trataba con un alto y
acre desdén; dice un historiador que los tenía "lastimados por el poco
caso que de ellos hacía". Con los humildes era, en cambio, generoso. Hacía
muchas limosnas; se enteraba secretamente de las desgracias y las socorría con
la misma discreción.
Sabía también tener
estos rasgos que deben tener los políticos y los hombres del mundo; rasgos que
corren de boca en boca, agrandados, hechos leyenda, y que luego pasan a la
historia.
Una noche había
salido de su casa para ir a la de una muchacha por quien estaba perdidísimo y a
quien hacía un año que cortejaba en vano. Se echó sobre sí para ablandar a la
mocita un bolsillo con trescientos doblones. Estando ya cerca de la casa, le
salió al paso un hombre anciano y le dijo: "Señor, suplico a vuestra
señoría que me oiga un momento". Paróse don Rodrigo y contestó: "
Diga lo que manda". El anciano continuó diciendo: " Yo, señor, soy
hombre de bien, hijodalgo, y con tan grande necesidad, que una hija que tengo
de diecinueve años y yo no nos hemos desayunando desde anoche por no tener, ni
sabemos lo que de ha de ser de nosotros; de suerte, señor, que por no morirnos
de hambre estoy resuelto a dar permiso a mi hija, que es una doncella, para que
sea mala y que con su cuerpo gane de comer. Y así vuestra señoría, por las
entrañas de Jesús y por la sangre que derramó, no dé lugar a cosa semejante y
me socorra con una limosna". Todo esto lo dijo el anciano medio llorando;
don Rodrigo se enterneció, le entregó el bolsillo que llevaba, y le contestó:
"Amigo mío, no permita Nuestro Señor que tal ofensa haga. Tome ese
bolsillo en que van trescientos doblones, y pues me ha conocido y sabe bien mi
casa, acuda a buscarme, que no le faltaré en nada mientras viviere. Quítesele
esa mala imaginación, y tenga cuidado de encomendarse a Dios".
Desistió don
Rodrigo del propósito con que había salido a la calle: vio en esto un secreto
aviso con que el cielo le prevenía de algun lance, atentado o desgracia, y se
tornó a su casa.
XXIII. SERENIDAD EN LA DESGRACIA
Viendo don Rodrigo Calderón que iban mal sus negocios, dispuso bien su
hacienda, arregló sus papeles y se retiróa Valladolid. Conspiraban contra él
los palaciegos y señores; arreciaba la persecución. Don Rodrigo tuvo varios
avisos de que le iban a prender, pero no quiso fugarse; deseó esperar
tranquilamente el golpe. Una noche, a la una de la madrugada, llamó a la puerta
de su casa la justicia; él estaba acostado; entró el juez encargado de
prenderle, y don Rodrigo comenzó a vestirse. Dice un biógrafo, que fue amigo
suyo y testigo de todos los sucesos, que estaba don Rodrigo tan turbado que
"tardó un cuarto de hora en sólo ponerse un escarpín".
Pronto se rehizo el
gran político; ni un solo momento desfalleció en adelante. De Valladolid lo
llevaron preso a Medina del Campo; de aquí, más tarde, a Montánchez; luego, de
este lugar a Santorcaz. Todos sus bienes le fueron confiscados; no dejaron a sus
hijos y a la marqueza dónde cobijarse. De Santorcaz don Rodrigo fue conducido a
Madrid y aprisionado en su misma casa. Con la confiscación todos los muebles
habían desaparecido; la casa se hallaba desmantelada. La sala en que estaba
preso el ministro era especiosa y oscura; continuamente tenía que haber en ella
luz de vela; en la puerta velaba una guardia de vista que se renovaba cada dos
horas. Allí dieron el tormento a don Rodrigo; le pusieron en el potro,
apretaron bárbaramente los cordeles y esperaron a que el atormentado confesase.
No dijo nada don Rodrigo; no exhaló ni un solo lamento; no tuvo ni reproches ni
súplicas. Cuando después le leyeron la sentencia de muerte, la oyó con gran
valor. "Bendito seáis, mi Dios —dijo—; cúmplase en mí vuestra voluntad".
Desde entonces
fuese preparando para el trance final. A consecuencia de su prisión le había
cargado un poco la gota; andaba con muletas, y traía también una venda en el
brazo izquierdo, que quedó estropeado del tormento. Comía muy poco; casi toda
la regalada comida que le servían mandábala a los pobres. Hacía muchas
penitencias; llevaba puesto un áspero cilicio.
Llegó el momento de
communicarle la ejecución. El martes 19 de octubre de 1621 fue a medianoche un
fraile a verle; llevaba la orden de prepararle. No extrañó la visita don
Rodrigo, porque ya otras noches había ido a acompañarle. El religioso comenzó a
hablar de las miserias de la vida."¿Quién por lo eterno no trocaría la
vida temporal?", dijo. Don Rodrigo manifestó que él hubiera querido tener
no una vida, sino cien mil para darlas por Dios y por los hombres. El fraile
replicó: "Pues por esa conformidad, para dar a vuestra señoría prendas de
su gloria, quiere el mismo Señor venir mañana a darle las gracias".
Entendidó don Rodrigo el misterio, se arrodilló delante de un crucifijo y
exclamó por tres veces: "Señor, hágase en mí vuestra voluntad".
Dos días después,
el jueves, había de verificarse la ejecución.
XXIV. ESPÍRITU Y FERVOR
El día 21 de octubre de 1621 fue señalado para ejecutar a don Rodrigo
Calderón. Se levantó don Rodrigo bien de mañana; él mismo pidió la ropa con que
había de ser ejecutado: le trajeron una sotana larga de bayeta. Don Rodrigo la
examinó y cortó el cuello de ella, diciendo que así había de ser para que el
verdugo hiciera bien su obra. Cuando iba vistiéndose, quiso también que el
cuello del jubón fuese postizo, para que tampoco el verdugo no se turbase y
embarazase al quitárselo. Una vez vestido, don Rodrigo entró en el oratorio de
la casa y oyó devotamente varias misas.
Se acercaba el
momenta. La hora de la ejecución era a las once; a las diez y tres cuartos
avisaron a don Rodrigo. "Señor —le dijo su confesor—, ya dicen que nos
llama Dios y que es hora de irle a buscar." Don Rodrigo se prosternó en
tierra y contestó: "Padre mío, pues Dios nos llama, vamos apriesa".
Pidió luego un poco de agua y un sorbo de caldo, y comenzó a bajar los
escalones serenamente, sin turbación ninguna. En el zaguán de la casa le
esperaba el alcalde de Corte don Pedro Mansilla, grande y antiguo amigo suyos.
Los dos hablaron brevemente; don Rodrigo le recomendó influyese para el pronto
despacho de unos asuntos de su mujer e hijos; prometiólo el alcalde; dióle las
gracias afablemente don Rodrigo, ambos se despidieron. Entonces comenzaron a
plañir y dar gritos los amigos y antiguos criados de don Rodrigo; él saludó a
todos; les estrechaba la mano efusivamente; les decía: "Señores, ahora no
es tiempo de llorar, pues vamos a ver a Dios y a ejecutar su santísima
voluntad". Estaba en la puerta de la calle la mula en que el reo había de
montar; era una mula de las caballerizas de don Rodrigo. Don Rodrigo subió a
ella y se compuso cuidadosamente la ropa. Llegó el verdugo a atarle las piernas
y don Rodrigo le dijo:"No me ates, amigo. ¿Piensas que me he de ir?"
Tomó el verdugo la rienda de la mula, y la comitiva se puso en marcha. Iban
ministros de Corte, guardas, frailes y las cofradías con sus cristos. Don
Rodrigo marchaba dignamente. LLevaba una larga y negra capa, sobre la que
destacaba encendidamente la roja cruz de Santiago. El cabello largo,
desparramado, le caía sobre los hombros; la barba, que no se la había afeitado
tampoco en los treinta y dos meses de su prisión, era larga y ancha también.
Había una inmensa muchedumbre en las calles, en los balcones, en los tejados.
Al verle se produjo un formidable rumor; muchos lanzaban grandes gritos.
"¡Dios te perdone!", decían unos. "¡Dios te dé buena
muerte!", exclamaban otros. "¡Dios te dé valor!" proferían unos
terceros. "Amén —contestaba don Rodrigo—; Dios os lo pague".
Desde la calle
ancha de San Berbardo la comitiva fue a la plaza Mayor, donde estaba el
cadalso, pasando por la plazuela de Santo Domingo, la de Santa Catalina, la
calle de las Fuentes, plaza de Herradores, calle Mayor y calle de Boteros.
Cuando don Rodrigo llegó al cadalso y lo vio sin luto, dijo: "Yo no he
sido traidor. ¿Me quieren degollar por detrás? ¿Cómo está este cadalso sin
luto?" Subió serenamente las escaleras, y cuando estuvo arriba dijo a su
confesor: "Descansemos un poco". Se sentaron en el banquillo; habían
acompañado al reo sobre el cadalso catorce religiosos, Don Rodrigo se levantó y
comenzaron todos a hacer unas oraciones. El verdugo avisó que ya era hora; se
acercó don Rodrigo y se sentó en el banquillo; una vez sentado, se compuso bien
para no estar en una posición fea. "¿Estoy bien?", le preguntó al
verdugo. Después le dio el beso de paz y le dijo que le quitara una banda que
traía al cuello y que le vendara con ella los ojos. Hízolo el verdugo, y como
al atarle el tafetán por la espalda creyera don Rodrigo que el verdugo iba a
degollarle por detrás, preguntó: "¿Qué haces, amigo? Mira que no ha de ser
por ahí". Cuando tuvo vendados los ojos exclamó: "Padres míos, no se
me vayan, por Dios, de aquí". Respondieron los religiosos: "Aquí
estamos, señor. Diga vuestra señoría Jesús". Dijo Jesús don
Rodrigo, y al punto le echó la cuchilla el verdugo y lo degolló.
Así acabó su vida
don Rodrigo Calderón, marqués de Siete Iglesias y conde de la Oliva. "Para
todo le dio Dios espíritu y fervor", dice un testigo de los sucesos.
Tenga el político
este espíritu y feror que tuvo don Rodrigo, este sosiego, esta inalterabilidad
maravillosa y profunda.
XXV. ACORDARSE DEL CAPELO DE LERMA
Si el marqués de Siete Iglesias fue el león fuerte, desdeñoso magnífico,
que muere sin un gemido —como en la fábula—, el duque de Lerma fue la vulpeja
artera, hábil, vigilante sigilosa. Conocía a los hombres; tenía una gran
astucia. Dice Quevedo en sus Grandes anales de quince días que
habiéndose enojado con él una vez el rey, el duque, para precaverse de su ira,
"en una noche mudó tres camas en diferentes casas".
Pocos políticos
habrán gozado de tanto poder como el duque de Lerma. Gobernó durante veintidos
años la monarquía española; el rey renunció en él toda iniciativa y todo mando.
Con todo esto, tuvo que desplegar una gran energía y una consumada habilidad para
luchar contra poderosos rivales. Luchó contra su propio hijo, el duque de
Uceda, a quien él había encumbrado y metido en Palacio; contra su antiguo
confesor, fray Luis de Aliaga, a quien también él había hecho confesor del rey;
contra el conde de Olivares, que tanto poder había de adquirir luego y que
entonces comenzaba su carrera política.
Poco a poco, sin
embargo, se fue eclipsando su estrella. En Palacio se iban cansando de él; el
rey ya no le distinguía y favorecía como antes; los palaciegos tramaban
conspiraciones contra él. El duque entonces, viendo que su suerte iba
declinando y que tal vez peligrase su vida en el fracaso —como acontenció luego
con don Rodrigo Calderón—, ideó , para guarecerse en la caída, un recurso que a
un historiador ha parecido "bien extraño". El duque de Lerma negoció
secretamente con la Santa Sede un capelo, y —según frase de otro cronista—
"de la noche a la mañana salió por la corte vestido de cardenal".
En los tiempos
presentes los reyes no pueden quitar la vida a sus ministros; lo que a éstos
puede sucederles es que la masa popular, la opinión —que es hoy el verdadero
tirano—, les suma en la injusticia y en el olvido. Tenga siempre, pues,
presente el político el momento de su desgracia,. Si es rico y de conciencia
delicada, el ejercicio de los negocios públicos puede costarle su fortuna. Sea
cauto y no la gaste toda; reserve al menos una parte de ella para cuando las
fuerzas le falten y llegue le momento de la retirada, o para cuando habiendo
llegado al mundo nuevos aires, nuevos procedimientos, nuevas ideas, él se
sienta inútil, o, lo que es peor, sin serlo, lo repute por inútil la
muchedumbre.
Sepa también,
mientras le duren las fuerzas y el valimiento, sostener y fomentar la amistad
de unos pocos y buenos amigos. No estime a los que le adulan; tenga la
abnegación de sobreponerse a sí mismo y de tolerar que en el seno de la
confianza le sea dicha la verdad. Estos pocos amigos, que no estarán cerca de
él por codicia de las mercedes, sino por amor a su persona, le seguirán en la
adversidad, en el olvido, en la decadencia, y le confortarán y alentarán.
La corta fortuna
que haya salvado y estos amigos fieles serán para él lo que el capelo de
cardenal fue para Lerma.
XXVI. FINGIR CONFORMIDAD
Una vez logrado el capelo de cardenal, el duque de Lerma siguió
asistiendo a Palacio. Pero su estrella se había eclipsado. El duque que no se
inmuta por los desaires y desdenes que recibía. Tenía un gran espíritu.
Contemplaba sin estremecerse su caída lenta. Ya soplaban otros vientos en el
mundo, y eran otros los hombres que gobernaban.
Un día, hallándose
la Corte en El Escorial, llamó el rey al prior y le dijo: "Iréis al duque
y le diréis que, atendido lo mucho que he estimado siempre su casa y persona,
he venido en otorgarle lo que tantas veces y con tanto encarecimiento me ha pedido
para su quietud y descanso, y que así podrá retirarse a Lerma o a Valladolid
cuando quisiere".
El prior repitió al
duque las palabras del rey; el duque vio llegada la desgracia temida, pero no
se inmutó. Fingió una serena conformidad. En seguida dio orden a sus criados
para que arreglesen el viaje, y pidió permiso al rey para ir a despedirse.
Cuando estuvo ante él le dijo humildemente, con suaves palabras: "De trece
años, señor, entré en este palacio, y hoy se cumplen cincuenta y tres empleados
en este diseño, pocos para mi deseo, muchos para lo que permite el desengaño, a
que debemos ofrecer, ya que no todo, siquiera alguna parte de la vida".
Dicho esto, besó la mano del rey le abrazó tiernamente, y le dijo que le tenía
en la misma estimación que antes.
Se dice que en la
partida el duque de lerma, durmió una noche en Guadarrama, y que el rey aquella
noche —ironía o deferencia— le envió los papeles de la consulta diaria y un
venado que aquel día había muerto. S
XXVII. INNOVADOR DENTRO DEL ORDEN
No sea el político como este hombre que pinta el poeta Gonzalo de
Berceo, y que "era de todas guisas ome revolvedor". No quiera
renovarlo y revolucionarlo todo. lograda la posesión del Poder, él verá que una
cosa son las fantasías de los teorizantes y otras las manipulaciones de la
realidad. Las cosas se han ido formando lentamente; se han formado lentamente
hábitos, costumbres, preocupaciones, muchas veces la justicia abstracta, de los
libros, se halla en pugna con sentimientos y derechos que es preciso respetar.
Lo que es norma plausible en los tratados, encuentra mil matices, sutilidades y
complejidades en la práctica, que hacen imposible su aplicación. Todos claman
por lo nuevo; todos ansían una renovación radical; pero si esto pudiera
operarse, los mismos que gritan y propugnan encontrarían motivos para múltiples
excepciones y anulaciones.
El político que
quiere hacer algo útil a su país no habrá de desear poner arriba lo que está
abajo. Contra lo que el tiempo ha ido estratificando, sólo con el tiempo se
puede luchar. Vaya poco a poco haciendo sus operaciones el hombre cauto; lime
esta aspereza; meta el escoplo en tal otra deformidad; dé un martillazo aquí,
asierre otra rama podrida allá. Es decir en la provisión de los cargos, por
ejemplo, sino pudiera pasar sin emplear a gente inapta, que sean veinte los
galopines en vez de ser cincuenta; si las alcabalas y tributo se perdían antes
mucho entre las manos de malos recaudadores, haga que se pierdan ahora menos;
si los representantes de la nación eran antaño poco veraces y enteros, que
hogaño, aun siendo la mayoría la misma, haya entre ellos más hombres de bien e
inteligentes.
Esto es en términos
generales. Procure también no dar a las reformas y mejoras que prepara más
vislumbres y sonoridades de los que deben tener; es decir, que si ha de hacer
una reforma que llegue adentro en el país, no se envanezca de ella, sino que
más bien, para no alarmar a las gentes, debe quitarles importancia y llevarla
con la mayor discreción y sigilo.
XXVIII. LA BALANZA DEL YO
No sea el político excesivamente modesto; la modestia más daña que
favorece. Si él tiene fuerza y habilidad, no las oculte, no quiere decir que no
las tiene. Sea sencillo y antural: la modestia va contra la sencillez y la
naturalidad. La vanidad es el exceso por más; la modestia es el
exceso por menos. Si nosotros nos rebajamos y depreciamos, ¿no
corremos el riesgo de que nos rebajen y desprecien los demás?.
Seamos como seamos.
Si sentimos en nosotros una cualidad fuerte, notable, no la ocultemos;
pongámonos siempre en el justo medio. Hay que pensar que si nosotros nos
colocamos en un nivel más abajo de aquel en que realmente estamos, habrá
seguramente muchos espíritus finos, conocedores, que verán la injusticia que
nosotros nos hacemos a nosotros mismos; pero habrá también otros que creerán
nuestras palabras como la más autorizada expresión de la verdad. Los primeros
serán pocos, porque pocos son los espíritus avisados, penetrantes; los segundos
estarán en mayoría, porque son más los que se guían por testimonios ajenos y no
por lo que es en realidad.
No nos hagamos daño
a nosotros mismos; el equilibrio está en el justo medio; ni tengamos vanidad ni
alardeemos de modestia. Amemos simplemente la sencillez, la naturalidad.
Cervantes, en el epílogo de su Viaje del Parnaso, finge que Apolo
envía a los poetas, entre otros, el siguiente aviso u orden : "Que toda
poeta a quien sus versos le hubieren dado a entender que lo es, se estime y
tenga en mucho, ateniéndose a aquel refrán : Ruin sea el que por ruin
se tiene".
Tal vez hay un poco
de exageración en las palabras del gran humorista; en el fondo encierran la
verdad. Si nosotros no tenemos en menos de lo que somos, corremos el riesgo de
que los demás opinen del mismo modo. ¿Qué mejor testimonio para ellos que el del
propio interesado? Tal vez haya quien al contemplar nuestra actitud proteste y
restablezca la verdad. Pero ¿y si no lo hay? ¿ Y si entre los que nos rodean y
presencian nuestra modestia no existe este espíritu penetrante que se destaca
de la masa y sabe ver el fondo de la realidad?.
No atentemos contra
el equilibrio de las cosas y contra su orden natural. Ni el más ni el menos. Si
tenemos conciencia de nuestro mérito, no subamos sobre los tejados para
clamarlo, pero no lo pongamos tampoco debajo del celemín.
XXIX. EL ENIGMA DEL HONOR
Mucho habría que hablar sobre el honor. ¿En esta cualidad innata en el
hombre? Y ¿que es el honor? El honor varía según las latitudes, las regiones
del planeta; no es lo mismo entre los europeos que entre los asíaticos, por
ejemplo. Varía también según los tiempos; hay diferencias entre el honor de un
hombre de la Edad Media y otro de los tiempos presentes. Cambia también, aun
dentro de un mismo paraje y y un mismo tiempo, según la clase social; es decir,
y más concretamente, que lo que puede ser honor para un morador de un
confortable piso principal puede no serlo para quien habita en altas y
desmanteladas buhardillas. Influye también en el honor la luz solar o las
sombras de la noche; de noche acaso nos parezca honorable lo que no nos lo
pareciera de día. La soledad o la compañía harán del mismo modo que se alteren
los valores del honor; estando rodeados de poca gente casi solos, haremos y
sufriremos muchas cosas que no haríamos ni toleraríamos en público. Ejercen
asimismo influencia sobre el honor, dándole mayor intensidad o haciéndolo
surgir, otros varios y dispares elementos, tales como el amor, la elocuencia
—género patríotico o militar—, la temperatura y aun el alcohol.
Ahora habría que
determinar qué valor tienen ciertos trances en que los hombres de honor se
ponen; estos trances parece que son la prueba del honor. Es muy delicada esta
materia; el político debe reflexionar sobre ello. El hecho de cruzar unas
espaldas, de cambiar unas balas, ¿cómo y de qué manera puede afectar a la honra
de una persona? ¿Qué relación puede haber entre la esgrima y la balística, de
un lado, y la moral, de otro? Si a un hombre honrado se le injuria, ¿no
subsistirá la injuria aunque las balas se hayan cambiado y se hayan estrechado
las espaldas? Si a un galopín se le dice una verdad amarga, ¿se habrá destruido
el fundamente y razón de esta verdad después del lance? Este hombre que procede
mal en su vida se podría batir muchas veces, irá con facilidad al terreno del
honor, procederá como un hombre de honor, y ¿cómo es que no se le estimará como
un hombre digno de nuestro trato, y que en cambio tenderemos nuestra mano llena
de efusión y de cariño a un hombre de bien que no ha querido proceder como un
hombre de honor?
XXX. LIBROS QUE HA DE LEER
No sean muchas ni muy agobiadoras las lecturas; lea pocos libros. Si ha
sido buen lector en su mocedad, ya tendrá cierta experiencia que le permitirá
conocer lo que ha de leer y apartar de su camino el fárrago de lo malo; si no
sucediera tal cosa, cualquier hombre inteligente, conocedor, de entre sus
parciales, puede indicarle en una breve nota los libros que durante el año
pudiere leer.
No se dé mucho a
estos librotes profusos, presuntuosos y mazorrales que ahora se estilan; aunque
las especulaciones humanas tomen nuevos y bárbaros hombres, bien se puede
asegurar que en el conocimiento del hombre se ha adelantado muy poco desde los
tiempos en que filosofaron los antiguos. Prefiera a todos los libros los de
biografías, memorias, confesiones y casos verídicos; que los trances en que se
han visto otros hombres le enseñen a él; de la manera como otros políticos se
desenvolvieron en situaciones apretadas, él puede sacar enseñanza. Así, leyendo
y releyendo estas confesiones y confidencias podrá ayudarse para conocer a los
hombres. Y digo que esto ha de ser una ayuda porque el trabajo principal donde
ha de hacerlo el político es en la realidad, porque la cantera principal de su
cultura ha de ser la vida. Se tiene ahora una idea muy errada de la cultura; se
la confunde con la erudición literaria. Un hombre que haya leído muy poco puede
ser un espíritu cultísimo; otro que se haya pasado la vida sobre los libros
puede ser de un trato empalagoso y grosero. Lo que debemos saber es apreciar el
matiz de las cosas, las relaciones sutiles que las unen; lo que debemos
aprender es a diferenciar los aspectos humanos, distinguir tiempos y lugares,
estimar cuándo una cosa está en sazón y cuándo es inoportuna e ineficaz. Y toda
esta sutil sabiduría, toda esta delicada ponderación espiritual, más se aprende
en la vida —con sus encontronazos amargos— que en los libros.
XXXI. MAÑAS EN ESCUCHAR
Una de las artes más difíciles es saber escuchar. Cuesta mucho hablar
bien; pero cuesta tanto el escuchar con discreción. Entre todos los que
conversan, unos no conversan, es decir, se lo hablan ellos todo; toman la
palabra desde que os saludan y no la dejan; otros, si la dejan, os acometen con
sus frases apenas habéis articulado una sílaba, os atropellan, no os dejan
acabar el concepto; finalmente, unos terceros, si callan, están inquietos,
nerviosos, sin escuchar lo que decís y atentos sólo a lo que van ellos a
replicar cuando calléis.
Téngase sosiego y
atención; una buena charla es aquella en que se platica sosegadamente, con
mesura. Los antiguos parece que solían conversar bien; era la vida menos
precipitada y febril que ahora. Se salía en aquellos tiempos a las riberas
amenas de los ríos o a los huertos frondosos, y se iba platicando mientras
duraba el lento paseo. Se formaba concurso en ancha estancia y se sutilizaba
sobre el amor y se contaban casos curiosos, en tanto que de cuando en cuando se
tañían delicadamente instrumentos de cuerda o tecla. Los caballeros era agudos
y las damas no eran asustadizas.
Cuando se hable en
corro o frente a frente, a solas con un amigo, dejemos que nuestro interlocutor
exponga su pensamiento; estemos atento a todas las particularidades; no hagamos
con nuestros gestos que apresure o compendie la narración. Luego, cuando calle,
contestemos acorde a lo manifestado, sin los saltos e incongruencia de los que
no han escuchado bien. Si es persona de calidad a quien nosotros queremos
agradar aquella con quien hablamos, demostrémosle que tomamos grande gusto en
lo que ella nos va diciendo. Hagámosle repetir alguno de los pasajes a que da
más importancia; mostremos alguna ligera incredulidad para que se enardezca y
se recree en nuestras extrañeza; digámosle que nos dé más detalles sobre el
asunto; maniobremos, en fin, de modo que ella vea en nosotros un oyente que la
comprende y goza su charla.
Tal conducta nos
proporcionará alguna enseñanza, acaso adelantamiento en nuestra carrera, y
cuando ninguna de estas cosas sea, habremos puesto con este inocente juego
psicológico de ironía y malicia un dulce sedante a nuestros nervios fatigados
por el trabajo.
XXXII. LOS HOMBRES DE MAÑANA
Preocúpese el político de la cultura y enseñanza: los niños de hoy son
los hombres de mañana. Si nosotros tuviéramos entre nuestras manos un tierno
intelecto (como el escultor tiene estre sus manos el barro) y tuviéramos que
irlo formando poco a poco, ¿que es lo que hariamos? ¿Que dirección
imprimiríamos a esta conciencia virgen y qué camino señalaríamos a estos pies
que están impacientes por entrar en el gran camino del mundo? He aquí unos
graves problemas. Nosotros, ante todo, tenemos un invencible horror a la
pedagogía; todo método, todo canon, toda pauta marcada de antemano nos inspira
una aversión irremediable. La vida es una cosa sutil, irregular, multiforme y
ella escapa a toda reglamentación y encasillamiento. Nosotros no aplicaríamos a
nuestro amigo ninguna pedagogía, sea cualquier nombre que tuviera; no
pondríamos en su cerebro ninguna cosa abstracta; no le haríamos aprender nada
de memoria; nuestro único cuidado sería hacerle ver la realidad y apartar de su
cerebro todo momento de tedio y de tristeza. La tristeza y el tedio: aquí
tenemos los dos grandes enemigos del hombre. ¿No habéis observado estos
instantes durante los cuales, en un salón de estudio, en una visita o en un
casino —mientras los hombres graves charlan—, un niño se aburre? ¿No habéis
visto sus ojos sin luz, su cara larga, sus labios contraídos y su entrecejo
arrugado? Dad lugar a que estos breves instantes se repitan; no saquéis a este
niño de este colegio uniformado y tétrico; no le apartéis del lado de estas
señoras vestidas de negro y suspiradoras con quienes vive; no le proporcionéis,
enfrascados vosotros en vuestros negocios o en vuestros placeres, esta alegría,
esta distracción continua, este ejercitar ameno y no interrumpido de la
comprensión que él necesita, y al cabo de unos años todos los breves, fugaces
minutos de tedio, habrán entenebrecido su espíritu y pesarán para siempre, a lo
largo de toda su vida, como una abrumadora e insacudible losa de plomo. La
deformación del carácter se habrá efectuado irremediablemente: habréis matado a
un hombre que continúa viviendo. Y tendréis en lugar de un espíritu sereno y
ecuánime un romántico enemorado del misterio; tendréis un sentimental; tendréis
un hombre que cuenta sus dolores, que se queja y que pone a cada momento una
honda tribulación en estos seres queridos que le rodean en el hogar; tendréis
un hombre que ante la adversidad se juzga postergado, no comprendido; tendréis
un hombre que cree en la injusticia de las cosas (como si las cosas en sus
combinaciones ciegas pudieran tener justicia o injusticia); tendréis un hombre
que reniege de su tiempo y tiene fe en reparaciones milenarias; tendréis, en
fin, un hombre que en vez de vivir en su época, plenamente adaptado a las
circunstancias del presente, buenas o malas, gozando como puede de ellas, sin
plañidos y sin añoranzas, forcejea por vivir en una vida que no es la suya,
hace esfuerzos dolorosos por apartarse del ambiente que le rodea, se
entristece, lanza súplicas y gemidos, sacrifica, en resolución, todo su
presente a un ideal inasequible o a un devenir remoto.
No; que ninguno de
estos niños, que han de ser los hombres de mañana, siga este camino. Hagamos
cuanto nos sea dable por apartarlos de él. Sepan los que pretendan reconstruir
un pueblo, y sepamos todos, que el primero, el más hondo y fundamental de nuestros
deberes como hombres es la alegría. Y no entristezcamos nunca a los demás con
nuestros dolores, que debemos siempre ocultar bajo una faz serena.
XXXIII. LA FAZ SERENA
La faz serena debe cubrir dolores íntimos. Tenga el político mucho
cuidado en esto; sobre ello queremos insistir en otro capítulo. La faz serena
debe ocultar nuestros desfallecimientos, nuestras decepciones, nuestras
amarguras. Ante el público debemos mostrar siempre un semblante sereno; en la
intimidad de nuestro hogar debemos refrenar también nuestra tristeza. Los seres
queridos que nos rodean son nuestros compañeros en la vida; participan de
nuestros dolores y de nuestra alegrías. Si estamos tristes, si la flicción y la
desesperanza nos atormentan, ellos los tiene tanto como nostros. Tengamos
cuenta de esto. Y ya que la amargura haya caído sobre nosotros, ¿por qué no
hacer que estos seres queridos que nos rodean, que estos amigos, que estos
deudos sufran menos de lo que sufrirían si nosotros diéramos rienda suelta a
nuestros lamentos? Ha dicho un gran filósofo que en nuestra aflicción tenemos
derecho a apoyarnos en nuestros deudos y en nuestros amigos, pero de ningún
modo a acosarlos y derribarlos.
Ha habido en
nuestra patria en estos tiempos modernos un político que supo ser a este
respecto un hombre y un artista. Era ya viejo; los años habían puesto sobre su
espíritu un profundo cansancio; había gozado de todos los honores; había
contemplado en su país cambios y mudanzas de instituciones y poderes; conocía a
los hombres, fatigado y escépticos, sentía escapársele ya la vida. Se hallaba
muy enfermo. Pero ni en su semblante ni su gesto dejaba traslucir su dolor
íntimo.
Era un estoico sin
la tensión de espíritu que el estoicismo supone; era un estoico lleno de
bondad, sencillo, espontáneo. Muchas veces, durante los últimos tiempos que
vivió, se sentía invalido por un abrumador desfallecimiento; en estos
instantes, si se encontraba solo, dejaba desplomarse su cuerpo sobre el
asiento. Mas solía ocurrir que en las estancias próximas resonaban pasos de
gente que llegaba, y entonces el político se erguía, serenaba su cara, sonreía
a los recién llegados y charlaba con ellos amable y jovialmente.
Hasta sus últimos
instantes intervino este político en los negocios públicos. En el parlamento se
le vio —en tanto que la vida se le escapaba— afable, sonriente, siguiendo
atento las deliberaciones, con su cara fina de hombre sutil, apoyado en su
ligero bastón.
XXXIV. RETOZARLAS SIN EMPEÑARSE
Un capítulo aparte merecen nuestras compañeras en la vida; más bien
tendríamos que escribir un tratado especial. La mujer es el encanto y es el
desasosiego del mundo. Conózcalas bien el político; sepa sus picardihuelas y
malicias; ámelas, muéstrese siempre afable y generosos con ellas. Pero no se
enfrasque en pasiones violentas, desenfrenadas; guste ligeramente de ellas;
retócelas sin poner en ello un gran empeño. La energía de nuestros nervios y de
nuestros músculos es una sola; si la ponemos en una parte; no podemos ponerla
en otra; una obra de ciencia, las operaciones del Gobierno, los tráfagos de la
industria exigen una perseverancia, una energía y un cuidado que no podemos
debilitar ni amenguar un solo momento; un hombre que quiere estar a la vez en las
disoluciones del amor y en el estudio es posible que, si su fortaleza es
grande, salga con bien. Esto podrá durar más o menos años; a la postre, él
verá, por la vejez premetura, por los achaques, por el decaimiento inesperado,
que no se puede tener impunemente una vela encendida por los dos cabos.
No quiere esto
decir que debemos huir y esquivar el trato de nuestras compañeras; nada hay más
agradable; busquémoslas siempre que podamos; platiquemos con ellas. Si ella
tienen alguna displicencia para nosotros, si nos muestran algún enojo, si nos
dirigen reproches, seamos tolerantes y sobrepongámos a nosotros mismos. El
político debe estar al corriente de estos dolores súbitos de cabeza que
nuestras compañeras sienten al tiempo de sentarnos a la mesa; conocerá con qué
intención se hace el elogio caluroso de un compañero; sabrá qué alcance tienen
estas resignaciones, entremezcladas de algún suspiro, con que nuestras mujeres
parece que nos recriminan. Domine y ate sus nervios el político; duélase de
estas neuralgias, desganas y suspiros; procure consolar con blandas palabras a
su mitad, y si él viera que no tiene fuerza para esta obra, auséntese con
cortesía, y que el oxígeno del campo y de la calle y la charla de los amigos le
conforten.
Sea tolerante con
ellas cuando se muestren irascibles, y retócelas sin empeñarse cuando sean
propicias. Sobre todo,que no haya en ningún momento ni la más pequeña
violencia. Hacer llorar a una mujer es como hacer llorar a un niño. Que haya
dulzura, un ánimo constante, un buen humor...
XXXV. LOS VALORES NACIENTES
No caiga el político en un yerro que sería imperdonable. Consiste en no
adivinar entre la turba amorfa de escritores incipientes y de oradores
tempranos aquellos ingenios que por su talento y energía están llamados a
encumbrarse. Sepa distinguir el político los valores nacientes, positivos, en
el revuelto y confuso fermentar y germinar de las gentes nuevas.
Un hombre vulgar,
obtuso, podrá equivocarse en no ver cuáles valores, entre los nacientes, poseen
positivo valor y cuáles no; a un observador agudo y experimentado le sera fácil
conjeturarlo. Atráigase el político a los valores nacientes. La gracia de las
gentes se logra con las plumas. Tal escritor novicio, que ahora escribe en un
periódico ignorado y que no es nada, puede ser, andando los años, un polemista
temible. Granjéese la voluntad de los nuevos el político. Sea generoso y
liberal con los que mañana, dentro de poco, han de constituir una fuerza. Los
escritores ya formados y sancionados acaso comienza a declinar; aunque
conserven la misma fuerza, la misma savia, la novedad que encanta la han
perdido. Los escritores nuevos quizá no tengan la autoridad de los veteranos,
pero seducen y desconciertan por lo insólito e imprevisto. Los valores
sancionados pueden costar algo; los valores nacientes se adquieren por bien
poco.
No los desdeñe
nunca el político. "Empeñarse con novedades de bizarría" es una de
las máximas de Gracián. Ame las bizarrías y los que las realizan el político.
La opinión y la muchedumbre van irresistiblemente hacia lo nuevo. La bizarría
es una fuerza que atrae y hechiza a todos.
XXXVI. HUIR DE LA ABSTRACCIÓN
Muchas veces oirá el político que le proponen que se haga en su patria
tal o cual cosa que se hace en un país extraño. Son muchos los que claman por
que en su país se dé una ley o se implante una institución como las que rigen y
se han implantado en otros pueblos; muchos son los que creen que el bienestar
de una nación se puede lograr por medio de tales trasplantaciones.
El político habrá
de reflexionar despacio sobre esto. Es posible que alguna ley o alguna
institución de país extraños convenga al nuestro; es posible también que no
convenga. Todos los países no son lo mismo; no es la misma su historia; no es
la misma su tradición; no son las mismas sus condiciones físicas; no son los
mismos, en fin, sus hombres. Debe proceder, por tanto, con mucha cautela el
político; él habrá de conocer lo que pasa en los países extranjeros; este
conocimieto le servirá de auxilio en sus gestiones.
Pero el político no
debe acoger sin estudios, sin una detenida reflexión previa, las leyes, trazas
e instituciones de otros países. Esto le puede llevar a gobernar con
abstracciones; gobernar con abstracciones consiste en dar leyes sabias, justas,
discretas, sí, pero leyes que no se acoplan ni tienen perfecta concordancia con
la realidad para la han sido hechas; es dedir, que con toda su sabiduría,
justicia y discreción, estas leyes sólo lo serán tales en el papel, o, lo que
es lo mismo, no serán eficaces.
La labor del
político ha de consistir en estudiar bien el país en que vive y gobierna; él ha
de conocer cómo viven y piensan sus compatriotas; conocerá la historia de su
patria, las tradiciones, las costumbres, las diferencias que existen de unas
regiones a otras;conocerá también el grado de cultura del país, sus condiciones
físicas, lo que produce y lo que puede producir; estudiará el estado de las
industrias y las modalidades y características del arte. Luego, el político,
con arreglo a tales datos, a tales estudios, hará las leyes y dispondrá su
gobierno. Es posible que los mismos que clamaban por las leyes e instituciones
que ha creado el político no sean las que aquellos querían; pero el político no
se inquiete; él habrá gobernado y legislado de acuerdo con la realidad, de
acuerdo con la realidad de su país y el genio de su pueblo, y sus leyes e
intituciones serán eficaces.
XXXVII. LA FUERZA CONTENIDA
No dé toda la medida de sí; resérvese siempre algo; reprímase. En esto
estriba la diferencia que en la región del arte separa a los clásicos y a los
románticos. Los románticos corren libremente, desenfrenados; los clásicos se
refrenan y encauzan en una regla. Los románticos nos muestra una fuerza
entregada a sí misma, avasalladora, tumultuosa; los clásicos, una fuerza que se
domina y que vence la trabas y obstáculos de los preceptos. Los clásicos no
necesitan para nada la libertad que reclaman los románticos; no necesitan
romper causes ni moldes; se mueven y evolucionan con facilidad y elegancia en
las estrechas reglas en que un menguado espíritu se agobiaría.
Domínese el
político. Si en una conversación o debate sobre tal o cual tema interesante hay
un hombre sobre quien se sospecha que está enterado de todo y que calla o dice
sólo equivocas palabras, este hombre atraerá sobre sí la expectación; en una
lucha un adversario que muestre contenerse, que haga ver que tiene una fuerza
efectiva, pero que no la usa, será reputado como el mejor. Es un signo de
aristocratismo, de buen gusto, de mundanidad, este refrenar de la propia
energía. Hay aquí como un delicado desdén. Se podría hacer una cosa, pero no se
quiere hacerla; un hombre inexperto y vanidoso se lanzaría a hacerla
precipitada y ostentosamente; este espíritu mundano que se refrena deja pasar
desdeñosamente la ocasión, seguro de que cuando quiera, en cualquier momento,
podrá realizarla.
Complemento de lo
que va escrito es este otro aviso. Conozca perfectamente sus fuerzas y
alcances. Todo hombre tiene un temperamento; en él hay notas de fuerza y notas
de flaqueza. El político conocerá cuál es la nota que en él domina, a qué debe
él su fuerza. De este modo, al empeñarse en una lucha deberá industriarse para
que el giro de la contienda vaya por el lado en que él pueda triunfar.
Si esto no pudiera
ser, no acepte desde luego la lucha, y sepa encontrar para zafarse un pretexto
de ingenio. No se ofrezca nunca inerme, menguado, ante el concurso. Al
contrario, si conoce su característica, su nota dominante, y si sabe cuándo ha
de aceptar o no la batalla, él podrá darse estre supremo placer, este supremo y
aristocrático y espectáculo de jugar con el adversario, de tener piedad y
generosidad con él —que es la más grande humillación—, de hacer ver que se le
puede destrozar y no se lo destroza, de mostrar, en fin, la fuerza
contenida.
XXXVIII. DEL DISCURSO Y SU PREPARACIÓN
Confiar en la memoria, hacer un establecimiento anticipado de frases y
periodos, es exponerse a fracasar. Huya de tal riesgo el político; prefiera la
"ingenuidad efusiva", que resulta de la espontaneidad de las ideas,
al "atildamiento melindroso", que es producto de la ordenación
previa. Consejo es éste del más elegante, puro y clásico de los oradores
modernos: don Antonio Maura. "Una correción indefectible —dice el mismo—,
cuando no sea prerrogativa excelsa de inveterada maestría, desacreditada la
espontaneidad y pone veladuras enfadosas a la sinceridad, entibiando los
ánimos."
La mejor
preparación del discurso es conocer bien la materia de que se va tratar.
Estúdiela perfectamente el orador; déle mil vueltas; empápese de ella. En el
momento crítico, la misma copia y espontaneidad de las ideas irá formando la
ilación. Sucederá no pocas veces que tenga que hablar en momento solemne,
transcedental, que haya de despejar con su palabra una situación crítica. No se
preocupe ni atormente con temores y cavilaciones. Abandone su estudio y salga
unas horas al campo; tonifíquese; distraigase en un deporte; deje que en los
entresijos de la conciencia se elabore lo que ha de salir luego. En el trance
temido, él estará después tan jovial y animoso como en un jugueteo o
esparcimiento.
¿Como ha de ser el
discurso? ¿Qué circunstancias y calidades han de concurrir en la oración? Se ha
clamado y se clama mucho contra la retórica. Pero ¿podría hablarse bellamente
sin la retórica? No; lo que se quiere protestar con esto es contra las metáforas
viejas, contra lo superfluo, contra la profusión, contra el fárrago inútil. Las
figuras retóricas son necesarias en el lenguaje; exquisito regalo es el que
haría un orador a sus oyentes si les donara un sartal de metáforas nuevas y
bellas.
Se dice también que
el orador ha de ser breve. Dicho así, esto no significa nada. Lo que ha de ser
es preciso y concreto, Se puede ser largo y ser preciso; se puede ser breve y
ser difuso. Si a un poeta o a un novelista les dijéramos que fueran breves en
su poema o en su novela, se nos quedarían mirando sin comprender. La brevedad o
la latitud depende del misma materia. Hay una medida en las cosas que es la que
el artista debe encontrar. Y esto no se puede aprender: es obra del instinto,
de la inspiración, de esa misteriosa ponderación espiritual que engendra la
armonía.
XXXVIII. DEL DISCURSO Y SU PREPARACIÓN
Confiar en la
memoria, hacer un establecimiento anticipado de frases y periodos, es exponerse
a fracasar. Huya de tal riesgo el político; prefiera la "ingenuidad
efusiva", que resulta de la espontaneidad de las ideas, al
"atildamiento melindroso", que es producto de la ordenación previa.
Consejo es éste del más elegante, puro y clásico de los oradores modernos: don
Antonio Maura. "Una correción indefectible —dice el mismo—, cuando no sea
prerrogativa excelsa de inveterada maestría, desacreditada la espontaneidad y
pone veladuras enfadosas a la sinceridad, entibiando los ánimos."
La mejor
preparación del discurso es conocer bien la materia de que se va tratar.
Estúdiela perfectamente el orador; déle mil vueltas; empápese de ella. En el
momento crítico, la misma copia y espontaneidad de las ideas irá formando la
ilación. Sucederá no pocas veces que tenga que hablar en momento solemne,
transcedental, que haya de despejar con su palabra una situación crítica. No se
preocupe ni atormente con temores y cavilaciones. Abandone su estudio y salga
unas horas al campo; tonifíquese; distraigase en un deporte; deje que en los
entresijos de la conciencia se elabore lo que ha de salir luego. En el trance
temido, él estará después tan jovial y animoso como en un jugueteo o
esparcimiento.
¿Como ha de ser el
discurso? ¿Qué circunstancias y calidades han de concurrir en la oración? Se ha
clamado y se clama mucho contra la retórica. Pero ¿podría hablarse bellamente
sin la retórica? No; lo que se quiere protestar con esto es contra las metáforas
viejas, contra lo superfluo, contra la profusión, contra el fárrago inútil. Las
figuras retóricas son necesarias en el lenguaje; exquisito regalo es el que
haría un orador a sus oyentes si les donara un sartal de metáforas nuevas y
bellas.
Se dice también que
el orador ha de ser breve. Dicho así, esto no significa nada. Lo que ha de ser
es preciso y concreto, Se puede ser largo y ser preciso; se puede ser breve y
ser difuso. Si a un poeta o a un novelista les dijéramos que fueran breves en
su poema o en su novela, se nos quedarían mirando sin comprender. La brevedad o
la latitud depende del misma materia. Hay una medida en las cosas que es la que
el artista debe encontrar. Y esto no se puede aprender: es obra del instinto,
de la inspiración, de esa misteriosa ponderación espiritual que engendra la
armonía.
XXXIX. REALZAR LAS CIRCUNSTANCIAS
Un discurso es una obra escénica completa; el orador perfecto tiene a la
vez del autor dramático y del actor. Concurre al éxito del discurso mil
diversas circunstancias. Tenemos, ante todo, la autoridad, el prestigio de
quien habla; luego, el momento en que se habla; también la ansiedad, la
expectación que se ha formado respecto a lo que se espera diga el orador; de
igual manera el peligro que éste pueda correr en no ser dueño de sí mismo, es
decir, en no acertar a dominarse por completo, y en las consecuencias que sus
palabras pueden tener.
El orador debe
saber todo esto; un orador joven es difícil que obtenga un éxito completo,
íntegro; no puede darse en él todas las circunstancias que se requieren. El
éxito completo, el arte maravilloso y total de la elocuencia sólo puede
lograrlo un hombre de experiencia, de edad, encanecido en los negocios. Aquí
tendremos la aureola que le rodea y que se ha ido formando con los años; luego,
su posición social y política: el haber estado al frente de los Gobiernos, el
haber sido dueño del poder; después, cierto cansancio, cierta laxitud, cierto
pesimismo, cieerta suave y tierna amargura del que todo lo ha visto y que hace
que sus ademanes sean lentos, dulces; que sus palabras sean insinuantes,
delicadas, y que en toda su persona haya cierto dejo de renunciamiento y de
desinterés supremo.
El orador sabrá
realzar las circunstancias. No apoye demasiado, pero tenga arte para entretener
esta expetación que le rodea y en medio de la cual se ha levantado a hablar.
Deténgase un momento antes de comenzar su oración en actitud inmóvil,
resignada, sea quedo y suave al principio; muévase con reposo, haga con arte
una transición de lo irónico a lo patético; repósese de cuando en cuando, en
tanto que permanece en una actitud de supuesto cansancio; tenga una sonrisa de
indulgencia, de bondad o de imperceptible desdén para el adversario.
Y si logra todo
esto, si tiene este arte, no será necesario que diga grandes cosas, que use
grandes palabras; él verá, y los espectadores lo advertirán y gozarán, qué
maravilloso valor tiene las medias tintas, los claroscuros; cómo una palabra
opaca adquiere luminosidad impensada; de qué manera una insinuación
imperceptible, que no traspasa los linderos del buen gusto, es cogida, sopesada
por todos y se mete en todos los corazones.
XL. LA LECTURA DE LOS CLÁSICOS
La lectura de los clásicos puede poner en el estilo escrito o en la
palabra de quien los lea un dejo y un perfume de buen gusto, de elegancia y de
distinción. Pero el matiz que los clásicos pongan en el estilo o en la palabra
debe ser casi imperceptible; el buen discernimiento y tacto del orador o del
escritor sabrá detenerse en la línea tenue que separa la elegancia de la
afectación. Nada más enfadoso e insoportable que un estilo falsamente castizo.
El estilo no pueden enseñarlo los clásicos; el estilo es la resultante de
nuestras condiciones vitales, orgánicas.
Lo que los clásicos
pueden enseñarnos y lo que en sus obras debemos aprender es a ser como ellos
fueron, a hacer lo que ellos hicieron; es decir, a ser de nuestro tiempo —como
ellos lo fueron del suyo—; a ser fáciles, libres; a tener desenvoltura en la expresión;
a plasmar y desarticular el idioma; a no retroceder ante un desaliño, si fuera
preciso, con tal de conseguir la exactitud.
La exactitud es lo
que debe esforzarse en conseguir todo literato y todo orador. Para lograr esta
cualidad es preciso dominar bien el idioma si no poseemos un vasto caudal de
palabras y si no conocemos el valor de ellas. Pase y repase el vocabulario de su
lengua el político; en él encontrará mil palabras que le servirán para nombrar
exactamente las cosas y para indicar sus relaciones. Los idiomas llegan a
empobrecerse con el uso diario; en los vocabularios y en el lenguaje del pueblo
duermen multitud de vocablos que han desaparecido del habla culta y ciudadana.
Conózcalos el orador y use de ellos con tino. De usarlos desatinadamente y en
abundancia, la claridad y exactitud que se persiguen no podríamos lograrlas.
Esté, pues, atento
el político a lo que dice y a cómo lo dice. Lo que ha de importarle es ser
exacto; no se cuide de la brillantez. Cuando conozca el valor de las palabras y
disponga de un léxico variado podrá expresar los más sutiles y delicados
matices de las cosas, sus nexos misteriosos, sus cambiantes, sus afinidades,
sus diferencias. Y en esto precisamente consiste el arte.
XLI. JUICIO SOBRE LAS PERSONAS
Formular en una breve frase el juicio que nos merece una persona es muy
difícil y arriesgado; al proceder así nos exponemos a volver muchas veces sobre
nuestro paso. La vida de un hombre está llena de accidentes, detalles y
circunstancias diversas; es lo mismo que este hombre sea una gran aventurero o
un gran negociante que viva en las cortes y populosas ciudades, o que sea un
pobre señor retraído en una aldea. En el nivel en que están colocadas estas
vidas, todos los hechos guardarán una debida proporción, y así una cosa
insignificante y vulgar será para el ignorado señor lo que un ruidoso y
trascendentalísimo lance para el aventurero.
Cuando se nos
cuente la vida de un hombre, cuando se nos refiera de él tal o cual hecho no
formulemos juicio definitivo; si nos determinamos a opinar algo sea
provisionalmente y para nosotros mismos. En lo que se dice y en lo que se
cuenta entra siempre la fantasía, la efusión, el modo de ser de quien lo
cuenta; un detalle importantísimo para la narración, acaso se pierde; tal vez
se hiperbolice un poco por querer lucir el ingenio. Todo esto hace que el
relato sea indiferente, según lo cuente una u otra persona.
Y aun cuando
sepamos el hecho en todas sus exactas circunstancias, aun cuando no nos queda
duda alguna respecto de él, ¿cómo podremos lanzar nuestra acusación respecto de
su autor? ¿Qué sabemos respecto a los móviles que ha obedecido? ¿Cómo podremos
pesar y medir bien para una justicia absoluta todas las circunstancias, los
matices, los sutílisimos orígenes que han determinado este hecho? Dice la frase
popular que cada hombre es un mundo; no hay ninguna frase más sabia
que esta frase. Cada hombre es un mundo; por debajo de las leyes y de la lógica
a todos comunes, cada hombre tiene sus leyes y su lógica. ¿Cómo podremos
nosotros llegar a esta lógica? ¿Cómo podremos comprender los hechos que esta
lógica determina?
XLII. RENUNCIAR EN SAZÓN
No por mucho madrugar amanece más aína. Sepa el político no mostrar
impaciencia en los comienzos de su carrera; no se precipite; no quiera recoger
el fruto cuando aún no está maduro. Conviene que el hombre cauto sepa renunciar
a un empleo, cargo o sinecura en determinadas ocaciones; muchas veces este
empleo que se nos ofrece no tiene lustre, aunque sea provechoso, o no está a la
altura de nuestros merecimientos. El político se verá entonces en un
compromiso; él necesitará el cargo, su situación le obligará a aceptarlo, pero
al mismo tiempo él comprenderá que no cuadra el cargo a su persona. En estas
ocaciones sobrepóngase a sí mismo, sufra, sea abnegado, y no acepte lo que le
proponen. Otras veces el cargo puede serle ofrecido con malicia; es espinoso,
es difícil, y acaso él no puede salir con bien de la empresa y se estrellará en
él y perjudicará su carrera. Aunque mucha sea su codicia y su ambición de
honores, acierte a ver este escollo, huya de la tentación y resígnese a no ser
nada por lo pronto, a esperar otro tiempo. Finalmente, el cargo que se le
ofrece al político puede ser adecuado a su persona, puede concordar con sus
merecimientos; pero, sin embargo, quizá sea una ventaja el renunciarlo. Si este
político no tiene prisa, si está muy seguro de sí mismo y de su persona, una
renuncia de éstas, una renuncia digna, solapada bajo modestia, puede serle más
útil que el cargo mismo.
No es preciso decir
que cuando se renuncie a un cargo por no creerlo digno con la persona, o por
otro motivo de amor propio, no se debe exteriorizar la interior contrariedad;
las palabra duras que se lanzan en un caso de éstos de despecho ya no se puede
recoger; pasa el tiempo; viene otra situación más propicia en que pudiéramos
obtener cargo mayor, y entonces vemos que por nuestra cólera, por nuestra
inquietud, por nuestra irritabilidad de antaño nos hemos cortado el porvenir al
ponernos mal con el que otorga las mercedes.
Siempre que
renunciemos a un cargo protestemos de nuestro afecto y de nuestra gratitud a
quien nos lo otorga; pretextemos para nuestra renuncia nuestros negocios
particulares o nuestro estado de salud. Que nuestras palabras sean
completamente cordiales: que ya, si el que otorga es inteligente, sabrás
traslucir nuestros verdaderos motivos para la renuncia y nos agradecerá nuestra
resignación y nuestra cordialidad; prendas que nos meteran más en su corazón
para otra vez.
XLIII. ELOGIO DEL TIEMPO
Hay momentos en la vida en que nos vemos obligados a a frontar una
situación extrema. No sea en estos casos violento e inexorable el político. Una
ruptura, por ejemplo, si es brusca, súbita, trae su cortejo de lamentos,
reproches y aun dicterios. Evítense estas escenas desagradables; la violencia
no sea nunca usada por el hombre de mundo y por el político. Dejemos que haga
su labor el tiempo.
El tiempo lo amansa
y lo suaviza todo. Es nuestro amigo y es nuestro enemigo. Cuando el ardor de la
mocedad rebulle en nuestra sangre todo lo que queremos hacer súbitamente, y a
cada paso decimos que somos partidarios de las situaciones despojadas, terminantes.
Pero van pasando los años; vamos viendo lo que es el mundo; un dulce sosiego ha
caído sobre nuestros nervios; se han realizado ya algunas ilusiones de nuestra
juventud, y entonces nos percatamos de lo que vale el tiempo y de lo que puede
hacer él en la vida.
Yo y tiempo contra
otros dos, decían un gran monarca. El tiempo lo borra y hace olvidar todo; entre
los más formidables odios, él pone una muralla que se va paulatinamente
espesando. No hay entusiasmo ni amor que resista el tiempo. El tiempo lo hace
todo sin ruido, sin clamores, sin conmociones, lenta, dulcemente. Situaciones y
conflictos que parecían abrumadores e irresolubles el tiempo los ha ido
fundiendo y resolviendo poco a poco. Los hombres se hubieran esforzado
vanamente ante los conflictos; hubieran invocado al destino, hubieran plañido y
derramado lágrimas de dolor. El tiempo ha ido pasando gota a gota por la
clepsidra eterna y evitando lágrimas y plañidos.
No sea nunca brutal
y violento el político. No se amedrente tampoco en las situaciones difíciles.
Si de afrontar en el acto una situación crítica hubieren de seguirse clamores,
enemistades, daños y odios, deje que dulcemente el tiempo haga su obra. El tiempo
es nuestro amigo y nuestro enemigo; él lo disuelve y resuelve todo; él todo lo
amansa, lo esfuma, lo dulcifica.
XLIV. EVITAR EL ESCÁNDALO
El escándalo es el mayor enemigo de los hombres de bien,; tanto más alto
estará el que sea su víctima, tanto mayor será el círculo del escándalo y tanto
más será el daño que se produzca. Evite a toda costa el escándalo el político.
Le sucederá alguna vez que en un corrillo, en la calle, en un salón, un
concurrente le veje y le maltrate injustamente; no conteste el político a tal
afrenta; si el adversario es un hombre insignificante, sobrepóngase a sí mismo
y deje pasar el agravio. Podrá haber quedado lastimado su nombre; podrá haber
quedado lleno de bochornos ante los circunstantes. No importa; considere que si
él se empeñase en esta lucha, él sería quien perdería, él quien saldría
lastimado o perjudicado, puesto que el hombre ruin y vulgar que le veja no tiene
nada que perder.
Muchas veces el
adversario no es un ser insignificante; es hombre de nota y digno de que se le
atienda y castigue. Pero acaso no convenga tampoco entrar en liza: tal vez
suceda que el adversario, que también tiene que perde algo, se alucine y
consienta en perderlo con tal de hacernos perder a nosotros lo mucho que
tenemos. Considere todas estas circunstancias el político; vea también antes de
decidirse a vengar el agravio la situación en que se halla, lo que se puede
arriesgar y las consecuencias que el lance ha de traer. Lo mejor, lo más
seguro, es que nosotros no rompamos el equilibrio en que estamos, que no
alteremos nada, que no hagamos con una imprudencia que todo se venga abajo.
Acallemos la voz interior; dejemos pasar el tiempo; él amansará nuestro fuego
interior; los hombres de bien, los desapasionados, nos darán la razón. Si
tenemos un designio que cumplir, si tenemos una idea que nos guía, sigamos por
nuestro camino y no nos detengamos en vanos y lamentables incidentes.
XLV. NO DUDAR DE SÍ
Los hombres que están constantemente en público necesitan vigilar mucho
sobre sí. Los miran muchos ojos; se comentan sus menores gestos y ademanes; se
conjeturan por lo más pequeño detalles estados de espíritu que acaso no existe.
La vida de un político eminente es una vida en cierto modo dramática: el
público la presencia profundamente interesado. Lo que interesa al público en
cada momento es la probabilidad de triunfo o de fracaso. "¿Saldrá con bien
de esta empresa este hombre? —se preguntan los espectadores—. ¿Será para él un
tremendo fracaso?"
Medite bien el
político la empresa, mejora o reforma que va a cometer; reflexione sobre ello;
consulte a personas entendidas en la materia; pida también la opinión —quizá la
más valiosa— de aquellas otras personas que, sin estar versadas en la materia,
sin ser eruditas y cultas, tienen experiencia del mundo, se mezclan a las
gentes y poseen despejo y dones naturales. Cuando el político haya reflexionado
sobre la reforma que prepara, cuando se esté de acuerdo en que es oportuna y
beneficiosa, entonces échela al mundo y hágala prosperar con todas sus fuerzas.
El tesón debe ser una de las primeras cualidades del político. No abandone
nunca la obra que comenzó cerciorado de su pertinencia y utilidad. Trabaje con
ahínco por ella; conságrale todo su tiempo y toda su energía: Si sus esfuerzos
no logran éxito lisonjero, tiempo vendrá en que será reconocida su buena
voluntad y en que todas las miradas se volverán a él en demanda de sus
iniciativas.
Sea esto dicho en
lo que respecta a las obras importantes del Gobierno. Hay también en la vida
diaria del político muchos hechos pequeños, sin mucha trascendencia, en los que
es preciso reparar también. Lo que el político debe procurar ante todo es que los
espectadores no vean que él duda de sí. La indecisión, la perplejidad, no se
deben ofrecer al público; un público que tiene confianza en un hombre, que le
está observando, que le ve cómo se lanza a hacer una cosa y que contempla cómo
este hombre a mitad de su camino se detiene, mira a todos lados y duda; un
público que ve esto, duda también del hombre a quien contempla. Si el político
duda de sí ¿cómo no han de dudar los que le miran?
No haya estas
perplejidas e indecesiones en el ánimo del político; si las tuviera, sean para
él solo; que los espectadores no las advierten. Ante los espectadores, ante el
público, ante la muchedumbre, un político debe ser un hombre entero, dueño
absoluto de sí, con una idea directriz, con una fuerza que va a su finalidad y
sabe vencer todos los obstáculos.
XLVI. ELEGIR EL RETIRO
Si el tiempo o los achaques le hicieren inútil para la vida pública,
sepa determinarse a la retirada. Y si la vida cortesana —que es la mejor vida—
no le agradare o no le conviniere, sepa también elegir un lugar de retiro.
Tienen un encanto
profundo estos viejos pueblos que han sido medio destierro y medio retiro de
grandes personajes; estos hombres eminentes han dejado en ellos como un hálito
y un perfume de amarguras, esperanzas frustradas y desengaños. En 1426, el
infante don Enrique de Aragón se retiró a Consuegra; Ocaña fue el destierro de
don Juan de Austria, el hijo de Felipe IV; en Toro, con su colegiata, sus
caserones y el noble Duero, paseó sus tristeza, después de veintidos años de
mando y de poder, el conde-duque de Olivares. Que el pueblo que elija nuestro
político sea apropiado a sus gustos, inclinaciones y complexion; no haga en él
vida apartada y solitaria; no le falten los ánimos; el conde-duque, después de
haber sido ministro universal del Imperio Español, se allanó a ser corregidor
de una corta ciudad. No de él político en el desvanecimiento de creer que en
los pueblos y aldeas los moradores han de ser personajes refinados y sabios; la
aldea es la aldea y la corte es la corte. Confórmese con el trato llano y sencillo;
interésese en las labores de la tierra; converse con los oficiales y artesanos.
Todo este mundo de los pequeños alhaquines o tejedores, de los peltreros, de
los percoceros o modestos plateros, de los herreros, de los carpinteros, tiene
su encanto. Las ideas y venidas, las ansias y las pasiones son las mismas, pero
en otra escala que las de los grandes. Siga la vida de la ciudad; estudie sus
matices, sepa el encanto que tiene un ocaso; aprecie el concierto de la hora
con los ruidos de las herrerías, con el canto de los gallos y el tañer sonoro
de las campanas; en la primavera vea surgir poco a poco la vida en la campiña;
extásiese con los tornasoles del cielo, y escuche —como a viejo e implacable
amigo— el tictac del vetusto reloj en la ancha estancia.
XLVII. VALOR DE LAS MÁXIMAS Y FINAL
Hemos llegado a la última máxima: mucho más se podría escribir. La
última máxima habrá de ser una apreciación sobre las máximas. A lo largo de
estas páginas y precedentes se ha ido insistiendo sobre la diversidad y
sutilidad de la vida; la vida es tan varia y contradictoria que no puede
decirse por adelantado lo que se deberá hacer en tal o cual trance. Éste es uno
de los escollos de los sistemas de moral cerrado, racionales. La máximas, los
métodos, los preceptos, sólo tienen un valor relativo; son producto de la
experiencia; pero la experiencia más fina, más avisada, ¿se atreverá a decir
que todas las circunstancias que se han reunido en un caso se reunirán en otro?
¿Se atreverá a afirmar que como se ha procedido en ese caso pasado se debe
proceder en el futuro? Lo que la experiencia, lo que la discreción, lo que la
sabiduría puede decir es que en tales casos pasados el proceder de este o del
otro modo dio un excelente resultado; el corolario inmediato de tal enseñanza
es que será probable que, si las circunstancias son las mismas en otro caso, el
resultado sea idéntico también. No llega a más la discreción; luego el hombre
cuerdo, el prudente, el avisado, en presencia de un caso ya previsto podrá ver
si todas las circunstancias son iguales, si son iguales el tiempo, el lugar,
las personas, las consecuencias del acto, sus antecedentes, y con arreglo a
todo esto proceder de acuerdo con la experiencia, o bien apartarse de ella.
En materias tan
sutiles como la política y la moral, ¿cómo sería posible dar por adelantado un
canon que al moralista o al político sirviese de norma? El tiempo no pasa en
balde; circunstancias, matices y aspectos que creemos que son los mismos han
sufrido alguna alteración. Y ¿quién no sabe que en estas materias de la
política y de la ética, en que el elemento afectivo entra por tanto, un matiz,
un detalle fútil, un pormenor insignificante lo es todo? Y luego, ¿no hay sobre
la ley, sobre la experiencia, sobre el precedente, sobre el pasado, sobre la
legislación, sobre la costumbre una moral más alta, una ley más elevada que no
se puede definir, que no se puede concretar, que es etérea, que es inefable, y
según la cual en una hora determinada, en un momento dado, procedemos?
Epílogo futurista
Buenos días, querido maestro. ¿Qué tal? ¿Cómo está usted?
—Ya lo está usted
viendo; siempre en mi taller enfrascado en mi grande obra.
—¿Habla usted de
esa obra magna, admirable, que todos esperamos: La prehistoria?
—En efecto: en ella
estoy ocupado en estos momentos. Ya poco falta para que la dé por terminada
definitivamente.
—¿Habrá usted
llegado, acaso, a los linderos de las épocas modernas históricas?
—Acabo, sí señor,
de poner los últimos trazos a mi descripción del periodo de la electricidad.
—¿Será un
interesante periodo ese de la electricidad?
—Es el último
estado de la evolución del hombre primitivo; ya desde aquí comienza la profunda
transformación que los historiadores conocen, es decir, comienza la era del
verdadero hombre civilizado.
—Perfectamente,
querido maestro. Y ¿ha logrado muchas noticias de este oscuro y misterioso
periodo?
—He logrado, ante
todo, determinar cómo vivían estos seres extraños que nos han precedido a
nosotros en el usufructo del planeta. Sé, por ejemplo, de una manera positiva,
que estos seres vivían reunidos, amontonados, apretados en aglomeraciones de
viviendas que, al parecer, se designaban con el nombre de ciudades.
—Es verdaderamente
curioso, extraordinario, lo que usted me cuenta. Y ¿cómo podían vivir estos
seres en esas aglomeraciones de viviendas? ¿Cómo podían respirar, moverse,
bañarse en el sol, gozar del silencio, sentir la sensación exquisita de la
soledad? Y ¿cómo eran esas viviendas? ¿Eran todas iguales? ¿ Las hacían
diversas, cada cual a su capricho?
—No; estas casas no
eran todas iguales: eran diferentes; unas, mayores; otras, más chicas; unas
cómodas, anchas; otras molestas, angostas.
—¿Ha dicho usted,
querido maestro, que unas eran molestas, angostas? Y dígame usted, ¿cómo podía
ser esto?¿Cómo podía haber seres que tuviesen el gusto de habitar en viviendas
molestas, estrechas, antihigiénicas?
—Ellos no tenían
este capricho; pero forzaban a vivir de este modo las circunstancias del medio
social en que se movian.
—No comprendo nada
de los que usted quiere decirme.
—Quiero decir que
en las épocas primitivas había unos seres que disponían de todos los medios de
vivir, y otros, en cambio, que no disponían de estos medios.
—Es interesante,
extraño, lo que usted dice. ¿Porqué motivos estos seres no disponían de medios?
—Estos seres eran
lo que entonces se llamaban pobres.
—¡Pobres! ¡Qué
palabra tan curiosa! Y ¿qué hacían esos pobres?
—¿Esos pobres
trabajaban? Y si trabajaban esos pobres, ¿ cómo no tenían medios de vida? ¿Cómo
eran ellos los que vivían en las casas chiquitas?
—Esos pobres
trabajaban, pero no era por cuenta propia.
—¿Cómo, querido
maestro, se puede trabajar si no es por cuenta propia? No le entiendo a usted;
explíqueme usted esto.
—Quiero decir que
estos seres que no tenían medios de vida, con objeto de allegarse la
subsistencia diaria, se reunían a trabajar en unos edificios que, según he
averiguado, llevaban el título de fábricas.
—Y ¿qué iban
ganando con reunirse en esas fábricas?
—Allí todos los
días les daban un jornal.
—¿Dice usted jornal?
¡Será éste algún vocablo de la época!
—Jornal es,
efectivamente, una palabra cuya significación hoy no comprendemos: jornal era
un cierto número de monedas que, diariamente se les adjudicaba
por su trabajo.
—Un momento,
querido maestro; perdóneme usted otra vez. He oído que ha dicho monedas.
¿Qué es esto de monedas?
—Monedas eran
unos pedazos de metal, redondos.
—¿Para qué eran
estos pedazos de metal, redondos?
—Estos pedazos,
entregándolos al posesor de una cosa, este posesor entregaba la cosa.
—Y este posesor,
¿no entregaba las cosas si no se les daba estos pedazos de metal?
—Parece ser que, en
efecto, no las entregaba.
—¡Eran unos seres
extraños estos posesores! Y ¿para qué querían ellos estos pedazos de metal?
—Parece ser también
que cuantos más pedazos de éstos se tenían, era mejor.
—¿Era mejor?
¿Porqué? ¿Es que estos pedazos no los podía tener todo el que los quisiera?
—No, no podían
tenerlos todos.
—Porque el que los
tomaban sin ser suyos era encerrado en una cosa que llamaban cárcel.
—¡Cárcel! ¿Qué
significa esto de cárcel?
—Cárcel era
un edificio donde metían a uno seres que hacían lo que los demás no querían que
hiciesen.
—¿Y por qué se
dejaban ellos meter allí?
—No tenían otro
remedio; había otros seres con fusiles que les abligaban a
ello.
—¿He oído mal?
¿Es fusiles lo que acaba usted de decir?
—Fusiles eran
unas armas de que iban provistos alguno seres.
—¿Y con qué objeto
llevaban los fusiles?
—Para matar a los
demás hombres en las guerras.
—¡Para matar a los
demás hombres! Esto es enorme, colosal, querido maestro. ¿Se mataban los
hombres unos a los otros?
—Se mataban los
hombres unos a otros.
—Es cierto; le doy
a usted mi palabra de honor.
—Me vuelve usted a
dejar estupefacto, maravillado, querido maestro. No sé qué es lo que usted
trata de regalarme con sus últimas palabras.
—Perdone usted;
está es mi obsesión actual; éste es el punto flaco de mi libro; ésta es mi
profunda contrariedad, He repetido instintivamente una palabra que he visto con
profusión en los documentos de la época y cuyo sentido no he llegado a
alcanzar. Le he explicado a usted lo que eran las ciudades,
los pobres, las fábricas, el jornal,
las monedas, la cárcel y los fusiles;
pero no puedo explicarle a usted lo que era el honor.
—Tal vez ésta era
la cosa que más locuras disparates hacía cometer a los hombres.
—Es posible...

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