© Libro No. 664. Los
Tigres de la Malasia. Salgari, Emilio. Colección E.O. Marzo 22 de 2014.
Título original: © Los
Tigres de la Malasia. Emilio Salgari
Versión Original: © Los Tigres de la Malasia. Emilio Salgari
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historia de piratas. ladiversiondelalectura.blogspot.com
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Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Los Tigres
de la Malasia
Emilio Salgari
CAPÍTULO 1
SANDOKAN Y YÁÑEZ
La noche del 20 de diciembre de 1849 un
violento huracán descargaba su furia sobre la salvaje isla de Mompracem, cueva
de piratas, de siniestra fama, situada en el mar de la Malasia a pocos
centenares de millas de la costa occidental de Borneo.
En el cielo, a impulso de un viento
irresistible, corrían negras masas de vapores, que al deshacerse arrojaban
sobre la espesa floresta de la isla furioso aguacero; el mar, embravecido por
el huracán, hervía en gigantescas olas y el infernal ruido de aquella masa de
agua en conmoción, se confundía con el rugir siniestro del trueno.
Formaba en esa parte de la isla una estrecha
bahía en cuyo fondo, a la vivísima luz de los relámpagos, se podía divisar una
fortificación que la defendía, emplazada en una escollera donde aparecían
numerosos navíos anclados, con su velamen amainado. Sobre la encrespada
superficie del mar rielaba una luz que se escapaba de dos ventanas, vivamente
iluminadas, de una gran cabaña construida en la alta cima de una roca que
parecía tallada a pico y que caía sobre el mar.
Tras un laberinto de trincheras anegadas, de
terraplenes derruidos, de empalizadas deshechas y barriles despanzurrados, se
elevaba una vasta y sólida cabaña, en cuya alta cumbrera flameaba, una gran
bandera roja en medio de la cual campeaba la rampante cabeza de un tigre.
Una de las habitaciones de la cabaña que da
al mar aparece extraordinariamente iluminada; sus paredes están recubiertas por
gruesa tapicería roja de fino brocado de gran precio y el piso se pierde bajo
una rica alfombra de Persia, con bordados en oro, aunque desgarrada por
extensos tajos y muy manchada.
En medio de la estancia había una mesa de
ébano con incrustaciones de madreperla y arabescos de plata, cargada de
botellas y de copas del más puro cristal; en un ángulo se elevaba un gran
armario, arruinado en parte, que contenía vasos rebosantes de brazaletes de
oro, aros, anillos, medallones, valiosos ornamentos sagrados, retorcidos unos
y machacados otros, perlas provenientes de las famosas pesquerías de Ceilán,
esmeraldas, rubíes y diamantes.
En un costado de la estancia un diván turco
con su rico tapizado roto, y en otro, un armonium de ébano con parte de su
sonora caja astillada; ocupando casi toda la habitación, en un desorden
indescriptible, aparecen desparramados tapices enrollados, espléndidos vestidos
femeninos, cuadros debidos a la paleta de celebrados pintores, lámparas de
plata y cristal arruinadas, botellas rotas, cristalería tallada, y armas de
todas clases.
En aquella estancia tan extrañamente
amueblada, un hombre está reclinado en una poltrona coja; es de alta estatura
a juzgar por su figura, delgado pero con musculatura potente, de líneas
enérgicas y rostro de singular belleza y fiereza.
Hacía largo rato que estaba sentado,
semirreclinado en el diván, con la mirada fija en la lámpara y la mano nerviosamente
cerrada sobre la empuñadura de su rica cimitarra, que pendía de una faja de
seda roja, ajustada en torno a su cintura.
Un trueno formidable que hizo retemblar la
cabaña le sacó de su abstracción. Se arregló el desordenado cabello y aseguró
sobre su cabeza el turbante de seda azul, adornado con un espléndido brillante
del tamaño de una nuez, al tiempo que se ponía de pie y aguzaba el oído,
tratando de percibir algún ruido, alguna señal del exterior, en medio del
fragor de la tormenta.
-¡Es ya la medianoche y aún no ha regresado!
Comenzó a pasearse por el espacio libre de
la estancia con elástico y felino paso, luego abrió la puerta de la habitación
y atravesó con paso firme la explanada de la trinchera que defendía la cabaña,
e impertérrito ante la fuerza del huracán, se paró sobre la roca, en el borde
mismo, en cuya base rugía furiosamente el mar.
Así permaneció algunos minutos con los
brazos cruzados, firme como la misma roca en que se apoyaba, aspirando con
voluptuosidad el tremendo aire de la tempestad y tratando de penetrar con su
aguda mirada la tenebrosa noches buscando algo en el mar; finalmente, con paso
lento, abandonó supuesto sobre la roca y volvió a penetrar en la cabaña y se
sentó frente al armonium.
-¡Singular contraste! -murmuró-. ¡Allí fuera
ruge el huracán, aquí yo! ¿Cuál de ambos es más tremendo? Levantó la tapa del
instrumento y sus delicadas manos comenzaron a recorrer el teclado del órgano,
arrancando de sus armoniosas entrañas un raudal de singulares melodías.
Mientras encuentra en la música bálsamo para su impaciencia, no deja de mirar
al mar por la entreabierta puerta, sus oídos permanecen alertas a cualquier
ruido y su mirada escruta cuanto puede ver del exterior.
De pronto, a la luz de un prolongado
relámpago distinguió una pequeña embarcación que con las velas amainadas penetraba
en ese momento en la bahía.
Abandonó su asiento y se precipitó fuera de
la habitación al tiempo que con un silbato de oro hacía oir una nota estridente
que fue contestada casi en seguida por un largo silbido. -¡Es él! ¡Ya era
tiempo! -murmuró con viva emoción.
Minutos más tarde, la figura de un hombre,
envuelta en una capa que chorreaba agua, se presentaba delante de la cabaña.
El hombre del turbante corrió hacia el
recién llegado y le echó los brazos al cuello.
-¡Yáñez!
-¡Sandokan! -responde el recién llegado con
un acento extranjero marcadísimo-. ¡Brrr! ¡Qué noche infernal!
-¡Ven, acompáñame!
Atravesaron rápidamente la plataforma de la
defensa y penetraron en la iluminada estancia, cerrando tras sí la puerta.
Sandokan llenó rápidamente dos copas y
alcanzó una al extranjero que acababa de desembarazarse de la mojada capa, de
la carabina que llevaba y del cinturón cargado de proyectiles.
-Bebe, mi buen Yáñez.
-A tu salud, Sandokan.
-A la tuya.
Escanciaron la bebida y se sentaron en torno
a la mesa. Yáñez aparentaba tener treinta y tres o treinta y cuatro años, y era
un poco mayor que su compañero, de mediana estatura y físico robusto. A primera
vista denotaba su origen europeo.
-Y bien, Yáñez -dijo Sandokan con cierta
emoción-, ¿has visto a la jovencita de los cabellos de oro?
-No, mas he averiguado cuánto deseabas
saber.
-¿No has ido a Labuan, acaso?
-Sí, mas debes comprender que sus costas
están muy vigiladas por los cruceros ingleses y resulta riesgo peligroso el
tratar de desembarcar nuestra gente.
-Háblame de esa niña. ¿Quién es?
-Te diré que es una criatura
maravillosamente hermosa, tan hermosa que es capaz de embrujar al más
formidable pirata.
-¡Ah! -exclamó Sandokan.
-Me han dicho que tiene el cabello rubio
como el oro, los, ojos más azules que el mar y la piel más blanca que el alabastro.
Sé que Alamba, uno de nuestros más bravos piratas, la vio una noche y quedó tan
prendado de su belleza que, para mejor poder contemplarla no trepidó en acercar
cuanto pudo su barco a la costa a riesgo que le hiciesen polvo los cruceros
ingleses.
-¿De dónde proviene esa niña?
-Algunos dicen que es hija de un colono,
otros de un lord, otros aseguran que es pariente del gobernador de Labuan.
-Extraña criatura... -murmuró Sandokan.
-¿Entonces? -preguntó Yáñez.
Sandokan no le respondió; bruscamente se
puso de pie, y retornó al armonium en cuya armoniosa sonoridad buscó un
doliente preludio. Yáñez se limitó a sonreír y reparando en una vieja mandolina
que pendía de una de las paredes, fue a buscarla y comenzó a acariciar su
encordado arrancando suaves notas de una vieja canción marinera, al tiempo que
decía:
-¡Está bien! Hagamos un poco de música.
Arrancó de lleno con la melodía de la
canción, pero, súbitamente, Sandokan, abandonando de un salto el armonium, se
acercó a la mesa cuya gruesa tapa hizo resonar de un violento puñetazo que
llamó de inmediato a silencio al filarmónico Yáñez.
No era ya el tranquilo hombre de hacía unos
instantes: de sus ojos escapaban relámpagos y sus labios, furiosamente contraídos,
mostraban su felina dentadura, en tanto toda su poderosa musculatura vibraba
como al contacto de una descarga eléctrica. En aquel momento era el jefe
formidable de los feroces piratas de Mompracem; era el hombre que desde hacía
diez años ensangrentaba las costas de la Malasia; el hombre que había sostenido
terribles batallas con extraordinario coraje e indómita audacia; el hombre, en
fin, a quien todos llamaban con justicia y terror el Tigre de la Malasia.
-¡Yáñez! -exclamó por fin-. ¿Qué hacen los
ingleses en Labuan?
-Se fortifican -respondió tranquilamente
Yáñez.
-Traman algo contra mí, ¿verdad?
-Eso es lo que creo.
-Ah, ¿tú lo crees? ¡Que intenten siquiera
alzar un solo dedo contra mi Mompracem! ¡Que se atrevan a desafiar al pirata
en su propia cueva! Dime: ¿qué cosas dicen de mí?
-Que ya es hora de terminar con un pirata
tan audaz.
-¿Me odian mucho?
-Tanto que se contentarían con perder hasta
la última de sus naves con-tal de destruirte.
-¡Ah!
-¿Puedes dudarlo? Hermanito mío, son muchos
los años en que tú les haces una peor que la otra. Toda la costa tiene la marca
de tus correrías, todos sus pueblos y ciudades conocen tus asaltos y la huella
de fuego de tu presencia, todos los fuertes holandeses, españoles e ingleses
han recibido tu castigo y el fondo de los mares está lleno de naves que has
cañoneado y hundido.
-Es verdad, mas ¿quién tiene la culpa? Los
hombres de la raza blanca han sido inexorables conmigo; ¿No asesinaron a mi
madre, a mis hermanos y trataron de destruir toda mi descendencia? La raza
blanca no se ha condolido de mí y ha procurado por todos los medios de
aplastarme, borrarme de la faz de la tierra; por ello la odio, sean españoles,
holandeses,'ingleses o portugueses, tus compatriotas; los execro y me vengaré
terriblemente de todos. ¡Lo he jurado sobre los cadáveres de mi familia y
mantendré el juramento!
Sin cambiar su faz terrible y desfigurada,
Sandokan continuó
-Empero he sido justo con mis enemigos; no
se alzará una sola voz para decir que no he sido generoso con ellos.
-No una, cien, miles de voces pueden
proclamar que tú has ceñido tu conducta de guerra a una singular generosidad
para con un enemigo tan despiadado. Pueden decirlo todas las mujeres que han
caído en tu poder y que para llevarlas a seguro puerto te has arriesgado a que
te hundieran los cruceros enemigos; pueden decirlo las tribus malayas a las
que has defendido contra la prepotencia de la raza blanca o el desventurado
marino que perdió su barco en la tormenta y llegó exhausto a las playas de tus
dominios y que tú salvaste y volviste a su tierra luego de colmarle de
atenciones y regalos; centenares, mi11afes de personas agradecidas hablarán de
la generosidad de Sandokan. Mas dime ahora, hermanito mío: ¿qué cosa piensas
hacer?
El Tigre de la Malasia no contestó. Comenzó
a pasearse por la habitación, con los brazos cruzados y la cabeza inclinada. El
Tigre se detuvo clavando fija su mirada en Yáñez, pero sin pronunciar palabra
alguna.
-Dime hermanito: ¿qué pensamiento te
atormenta? Se diría que te sientes mortificado porque los ingleses te odian
tanto.
Sandokan tampoco contestó al portugués.
Yáñez se levantó, lió un cigarrillo y lo encendió y tras aspirar su aromático
humo se dirigió hacia una puerta disimulada en la roja tapicería de la
estancia al tiempo que decía a su compañero:
-Buenas noches, hermanito mío.
Sandokan le detuvo con un gesto.
-Una palabra, Yáñez.
-Habla...
-Estoy dispuesto a ir a Labuan.
-¡Tú! ... ¿A Labuan?
-¿Por qué tanta sorpresa?
-Porque te sé demasiado audaz y capaz de
cometer alguna imprudencia en la misma cueva de tu despiadado enemigo.
Sandokan lo miró con ojos que despedían
llamas.
-Hermano mío -replicó el portugués- no
tientes demasiado la fortuna; ¡está en guardia! La poderosa Inglaterra ha
puesto los ojos sobre nuestra Mompracem y seguro no esperan tu muerte para
descargar su furor contra sus tigrecillos y destruirla. Ponte alerta que yo he
visto sus cruceros erizados de cañones rondar por nuestras aguas.
-¡Pero se encontrarán con el Tigre! -bramó
Sandokan.
-Encontrarán al Tigre y tal vez el león
sucumba ante él, pero su aullido de muerte llegará hasta Labuan y allí se moverá
todo contra ti para aniquilarte y destruirte finalmente. ¡Morirán muchos leones
porque eres fuerte y tremendo, pero también llegará el fin y la muerte para el
Tigre!
-¿Morir yo?
Sandokan dio un verdadero salto de jaguar al
tiempo que contraía los puños presa de furor, sus ojos despedían luces como
ascuas y su diestra se aferró a la cincelada empuñadura de oro de su cimitarra.
Fue ello un relámpago de incontenida ira, luego se calmó y se sentó
despaciosamente a la mesa, mirando de hito en hito a Yáñez y diciendo con
calmosa voz:
-Tienes razón, Yáñez; aun no es tiempo de
morir: debo ir antes a Labuan. Una fuerza irresistible me impulsa hacia sus
playas y una dulce voz me susurra que yo debo ver a la jovencita de los
cabellos de oro, que yo debo...
-¡Sandokan! ...
-Silencio, hermanito mío: vamos a dormir.
CAPÍTULO 2
TEMERIDAD Y GENEROSIDAD
Antes de despuntar el sol Sandokan
abandonaba la cabaña dispuesto a cumplir la ardua empresa propuesta.
Su vestuario estaba de acuerdo con la nueva
audaz aventura que iba a acometer: calzaba altas botas de cuero rojo. De la
faja de seda roja pendía una pesada cimitarra con la empuñadura de oro macizo
y envainado en la cintura estaba un kriss, el famoso puñal malayo de hoja
serpenteante y cuya herida es siempre desgarradoramente mortal, ya que lleva
siempre la punta envenenada; del hombro derecho colgaba una rica carabina
india de largo alcance, junto a un zurrón de cuero de oso en que guardaba los
proyectiles.
Se pasó la mano por la frente como si
quisiese apartar un pensamiento que le atormentaba y con paso lento comenzó a
descender por un estrecho sendero, formando escalera, labrado en la roca viva,
y que conducía a la playa, en la bahía. Un hombre aguardaba al pie del sendero:
Yáñez.
-Todo está listo -le anunció el portugués-;
he hecho preparar los dos mejores barcos de nuestra flota, reforzando su
artillería con dos gruesas espingardas.
-¿Y los hombres?
-Una banda de valientes hasta la muerte,
dispuestos a hacerse matar por su capitán. No se les podría escoger mejores.
-Gracias, Yáñez.
-Sé prudente, muy prudente.
-Lo seré y te prometo que apenas haya visto
a esa adorable criatura retornaré a Mompracem.
-¡Condenada mujer! ¡Estrangularía al pirata
que la vio por vez primera y te habló de ella!
-Ven conmigo, Yáñez.
Atravesaron una explanada defendida por
grandes bastiones y armada con gruesas piezas de artillería, de terraplenes y
de profundos fosos y descendieron hacia la suave playa de la bahía en cuyas
aguas se mecían doce o quince grandes veleros malayos llamados prahos.
Más atrás, en tierra, frente a una larga
fila de cabañas de sólida construcción, trescientos hombres estaban formados en
ordenadas filas, esperando una orden cualquiera para lanzarse como una legión
de demonios sobre los prahos y esparcir el terror por todos los mares de la
Malasia. ¡Qué hombres y qué tipos!
Al aparecer el Tigre de la Malasia un
estremecimiento recorrió las filas de los piratas.
Sandokan esbozó una sonrisa de complacencia
al ver a sus tigrecillos, como gustaba decirles. Llamó a un hombre.
-Patán: acércate.
Un malayo de estatura colosal y musculatura
poderosa se adelantó con paso cadencioso y se cuadró ante el Tigre.
-¿Cuántos hombres integran tu banda, Patán?
-Cincuenta, Tigre de la Malasia.
-¿Todos buenos?
-Todos sedientos de sangre.
-Embárcate con ellos en los dos prahos y
cédele la mitad al javanés Giro-Batol.
-¿Dónde iremos?
Sandokan le lanzó una terrible mirada que
hizo temblar al imprudente, pues ni sus hombres podían soportarla sin temor.
-¡Obedece y no digas una sola palabra si
aprecias la vida! -bramó el pirata.
El malayo se alejó rápidamente colocándose
al frente de su banda. Momentos más tarde tomaban desordenada ubicación a
bordo de los prahos preparados por Yáñez para el viaje de Sandokan a Labuan.
-Vamos, Yáñez.
Estaban por descender hacia la playa cuando
un enorme bulto negro, un ser humano de enorme cabeza, manos y pies
desproporcionados, se acercó a ellos a la carrera.
-¿Qué haces y de dónde vienes, Kili-Dalú?
-preguntó Yáñez.
-Vengo de la costa meridional -respondió el
salvaje.
-¿Traes alguna noticia?
-Una nueva buena, jefe blanco: he visto un
gran junco bordejear para las islas Romades.
-¿Era mercante? -inquirió Sandokan.
-Sí, Tigre.
-Está bien; dentro de unas horas caerá en mi
poder.
-¿Luego irás a Labuan?
-Directamente, Yáñez.
Se habían acercado a la playa, donde una
esbelta ballenera montada por cuatro remeros malayos aguardaban al jefe.
-Adiós, hermano -dijo Sandokan abrazando a
Yáñez.
-Adiós, Sandokan; cuida de no cometer una
imprudencia. Sandokan con un salto felino subió a la ballenera y los malayos
con pocos golpes de remos le condujeron hasta uno de los prahos, listos ya para
zarpar con sus velas desplegadas.
Al poner pie en la cubierta del praho que
comandaba Patán, toda la tripulación y la de la otra nave lanzaron al unísono
un grito tremendo.
-¡Viva el Tigre de la Malasia!
-¡Partamos! -ordenó Sandokan a los
capitanes.
Las anclas fueron rápidamente recogidas del
lecho de la bahía y los prahos, conduciendo a bordo a aquella legión de
demonios color aceituna, comenzaron a dar rápidas bordadas en demanda de las
azuladas aguas del Mar de la Malasia.
-¿La ruta? -preguntó Patán a Sandokan.
-Derecho a las islas Romades.
Luego, volviéndose a las tripulaciones de
ambos buques, gritó:
-¡Abrid bien los ojos, tenemos un junco que
asaltar!
El viento era favorable y soplaba del
sudoeste y el mar, apenas rizado, no oponía resistencia a las quillas de ambos
prahos que pronto alcanzaron una velocidad superior a los doce nudos.
En verdad, las dos embarcaciones con las
cuales el Tigre iba a emprender la audaz expedición, no eran realmente prahos,
los cuales, ordinariamente, son pequeños y no poseen puente.
Sandokan y Yáñez, que en cuestiones de mar
no tenían rivales en toda la Malasia, habían modificado sustancialmente
aquellas embarcaciones. Habían conservado la inmensa vela de los prahos, pero
aumentada tanto que su largo era ahora de cuarenta metros, resistente y
elástica a la par ante la fuerza del viento; la armadura del buque tenía mayor
dimensión y esbeltez, confiriéndole a la proa una solidez a toda prueba.
Igualmente habían dotado a las embarcaciones
de un largo puente donde se podían ubicar remeros en caso de necesidad para
ayudar la marcha del praho, suprimiendo uno de los dos timones originarios y
colocándole uno solo con balancín, lo cual permitía maniobrar con rapidez en
operaciones de abordaje.
Habían ambos prahos recorrido parte de la
distancia que les separaba de las islas Romades, cerca de las que suponían la
presencia del junco avistado esa mañana por Kili-Dalú y no habría transcurrido
media hora más cuando el gaviero de la embarcación de Patán alertó a todos al
denunciar la vista de la nave perseguida.
Los cañones y las gruesas espingardas de los
prahos fueron preparados para la caza y los hombres encargados de servir las
piezas se situaron tras ellos con las mechas encendidas, en tanto, otros,
trasladaban al largo puente, desde la sentina, sacos de pólvora, proyectiles,
granadas y todo elemento mortífero y de destrucción; los malayos, hábiles
tiradores, se situaron tras las amuras de los prahos, listos para disparar.
Algunos hombres se ajustaban las fajas donde brillaban los mortales kriss o
filosos yataganes, armas fatales en sus manos. En pocos instantes cada uno
ocupó su puesto, preparados los garfios de abordaje, atentos a la voz de orden
de Sandokan.
Pero la distancia entre los piratas y su
casi segura presa parecía no disminuir, volviendo ello frenéticos a los hombres
que apretaban convulsivamente las empuñaduras de los sables y el pomo de los
puñales. Cerca del mediodía, el junco, que evidentemente había oteado el
peligro e intentaba escapar, pareció detenerse en su marcha. De lo alto del
palo mayor del praho de Patán, la voz del vigía gritó:
-¡Eh! ¡Parece que quiere virar a sotavento!
Sandokan lanzó una rápida mirada en su
derredor observando que todo estaba preparado, tanto en su nave como en la de
Giro-Batol. En seguida tronó:
-¡Tigrecillos! ¡Firmes en sus puestos de
combate! Todos obedecieron. El gaviero volvió a anunciar:
-¡Estamos ya sobre la nave!
-¿Es en realidad un junco, Araña de mar?
-¡Es un junco, Tigre, no me equivoco!
-Hubiese preferido una nave europea -murmuró
Sandokan arrugando la frente-. Ningún odio me guía contra los hombres del
Celeste Imperio. Mas... ¡sea!
-Tú, Giro-Batol: maniobra para impedirle que
huya. - Los dos prahos, en rapidísima maniobra, se separaron y describiendo un
amplio círculo, a guisa de tenazas, se fueron cerrando directamente sobre el
frente y flancos del junco imposibilitándole toda retirada. El pesado bajel,
que no podía competir en velocidad con los prahos, al darse cuenta que sólo tenía
la alternativa de luchar hasta morir, se resolvió a vender cara su derrota, al
tiempo que en su mástil principal enarbolaba una gran bandera. Al ver esta
divisa, Sandokan pegó un salto tremendo.
-¡La bandera del rajah-Brooke, del
exterminador de piratas! -exclamó con odio-. ¡Al abordaje! ¡Al abordaje!
Un alarido salvaje y feroz se elevó de ambos
prahos a cuyas tripulaciones no les era desconocida la fama del inglés James
Brooke, rajah de Sarawak, enemigo despiadado de los piratas, gran número de
los cuales habían ya sucumbido bajo sus golpes.
Patán, de un salto se precipitó hacia el
cañón de proa, en tanto otro apuntaba la espingarda y todos alistaban los
fusiles.
-¿Debo comenzar? -preguntó a Sandokan.
-Sí, pero que tu bala no vaya perdida.
-Está bien.
Patán se inclinó sobre su cañón en momentos
que una detonación partió del junco y un proyectil de pequeño calibre,
produciendo un estridente silbido, atravesó la vela del praho. El malayo dio
fuego a su pieza y el efecto fue inmediato: el árbol mayor del junco, cortado
en su base, osciló violentamente y se precipitó sobre la cubierta arrastrando
tras sí el encordado y el velamen. A bordo del malhadado junco se vio a sus
hombres correr desordenadamente sobre la cubierta y tras las amuras y
desaparecer rápidamente por las escotillas.
-¡Cuidado, Patán! -gritó desde lo alto Araña
de mar.
Una pequeña embarcación, tripulada por seis
hombres, se desprendía en ese momento del costado del junco.
-¡Ah! -bramó Sandokan con rabia-. ¡Son
hombres que se escapan en vez de luchar! Patán: ¡fuego sobre esos viles! El
malayo lanzó a flor de agua una nube de metralla que alcanzando al esquife lo
arrojó hecho astillas por el aire con todos sus tripulantes, desapareciendo
todo en el mar.
-¡Bravo, Patán! -gritó Sandokan-. Ahora
arrasadme aquella nave como si fuese un pontón; veo en su cubierta una
tripulación numerosa.
Las embarcaciones piratas abrieron un
terrible fuego, una infernal música de metralla, contra la mísera embarcación;
nubes de metralla y granadas le destrozaron en pocos minutos el árbol del
trinquete, las amuras, la maniobra, haciendo una espantosa carnicería en su
tripulación que se defendía desesperadamente con tiros de fusil.
-¡Bravo! -asentía Sandokan, admirado del
valor que desplegaba la gente que marinaba el junco-. ¡Tirad, tirad contra
nosotros! ¡Sed dignos de combatir contra el Tigre de la Malasia!
Los barcos de Mompracem, cubiertos de espesa
nube de humo, en medio de la cual relampagueaba la artillería, se iban
acercando, poco a poco, al junco y en contados instantes estaban colocados,
uno a babor y otro a estribor de la nave atacada. -¡Barra a sotavento! -gritó
Sandokan.
Su praho abordó al junco por babor y de
inmediato los piratas arrojaron los garfios y amarraron así ambos buques.
-¡Al asalto, tigrecillos! -bramó el terrible
pirata.
Se recogió sobre su cuerpo como un tigre que
se dispone a dar el salto sobre su presa y en momentos en que iba a precipitarse
sobre la borda del junco una mano poderosa lo detuvo; se volvió lanzando un
alarido, mas el hombre que había osado detenerlo, se adelantó de un brinco y le
cubrió con su cuerpo.
-¡Tú, Araña de mar! -gritó Sandokan
levantando sobre él su cimitarra, pero en ese preciso instante partió del junco
un tiro de fusil y el pobre Araña cayó fulminado a sus pies.
-¡Ah, gracias mi tigrecillo! ¡Me has
salvado!
Se encaramó seguidamente sobre un cañón y
dando un gran salto cayó sobre la cubierta del junco, precipitándose al fiero
combate que ya se había entablado allí.
Casi toda la tripulación enemiga se_ lanzó
hacia Sandokan para cerrarle el paso.
-¡A mí, tigrecillos! -gritó.
Una quincena de piratas, encaramándose por
el cordaje del praho cayeron sobre la cubierta del junco en ayuda de su capitán,
en tanto que la nave de Giro-Batol, en ese momento, lanzaba los grapines de abordaje
y su gente caía sobre el buque del rajah por la amura de estribor.
-¡Rendíos! -intimó Sandokan a la tripulación
del junco. Al ver la nave invadida por todas partes y comprendiendo que la
resistencia era ya inútil, una veintena de hombres arrojaron las armas sobre
la cubierta.
-¿Quién es el comandante? -preguntó
Sandokan.
-Soy yo -respondió un chino fornido,
adelantándose.
-Eres un valiente y tus hombres dignos de
vos... ¿Hacia dónde ibas?
-Hacia Sarawak.
-¡Ah! -exclamó con voz sorda-. Vas a
Sarawak. ¿Y qué hace el rajah Brooke, el exterminador de piratas?
-No lo sé; hace varios meses que falto de
Sarawak.
-No importa, pero le dirás que no está
lejano el día en que con mis prahos iré a anclar en su propia bahía y le
destruiré sus barcos.
Sandokan se arrancó con violencia del cuello
un collar de diamantes que, por lo menos, valía diez mil libras y se lo entregó
al capitán del junco, que atónito y sin saber qué hacer, lo miraba con cierto
espanto.
-Toma, valiente. Lamento haber arruinado tu
junco y quiero indemnizar ese daño: con esto podrás comprarte diez barcos.
El chino estaba estupefacto, por fin, se
decidió a hablar.
-¿Quién sois, señor, tan generoso?
-Guárdame el secreto: yo soy el Tigre de la.
Malasia.
En tanto que el capitán chino y sus hombres
se reponían del terror que aquel nombre les había producido, los piratas, a una
orden de Sandokan abandonaron el junco y retornaron a los prahos, dejando en
libertad a la nave del rajah.
Patán se acercó a Sandokan que estaba
silencioso.
-¿Qué ruta tomamos, Tigre?
Sandokan, volviéndose a su capitán y a las
tripulaciones piratas, ordenó con voz en la cual vibraba una gran emoción.
-¡Tigrecillos: a Labuan! ¡A Labuan!
CAPÍTULO 3
EL CRUCERO
Abandonado el desmantelado junco que,
empero, no corría el riesgo de naufragar, los dos prahos pusieron decididamente
la proa había Labuan, la isla en que habitaba la niña de los cabellos de oro,
a quien, a todo trance quería Sandokan ver.
Sandokan, luego de haber hecho limpiar el
puente y reparar la maniobra dañada un tanto por el combate con el junco,
ordenó cargar los cañones y la espingarda de cada nave. Hecho esto dispuso que
el cuerpo de Araña de mar y de otro pirata muerto por un disparo de fusil,
fuesen sepultados en el mar. En momentos en que el cuerpo del valiente iba a
bajar a los abismos del mar, Sandokan llamó a Patán.
-Dime malayo; ¿sabes cómo ha muerto Araña de
mar?
-Sí -respondió palideciendo.
-Cuando yo salto al abordaje, ¿cuál es tu
puesto?
-Detrás de ti, Tigre.
-En consecuencia, Araña ha muerto en tu
lugar...
-Es verdad.
-Debiera hacerte fusilar por ello, mas eres
un valiente y a mí no me gusta sacrificar inútilmente a un hombre de coraje. En
el primer abordaje que tengamos te harás matar a la cabeza de nuestros
hombres.
-Gracias, Tigre.
-¡Sabau! -llamó Sandokan.
Otro malayo se adelantó mostrando una
horrible herida que le cruzaba su verdosa faz.
-Tú has sido el primero en saltar conmigo al
abordaje del junco, ¿no es así?
-Sí, capitán.
-Bien: cuando Patán muera vos le
substituirás en el mando del praho.
Dicho esto, Sandokan, atravesó el puente y
descendiendo por una pequeña escala se dirigió a su cámara, situada a popa.
Durante todo el resto del día los prahos continuaron navegando por aquel
amplio espacio del mar entre Mompracem y las islas Romades que delimitan el
norte y el sur respectivamente, en tanto que al oeste aparece la costa de
Borneo y al este Labuan y las Tres Islas.
No divisaron vela alguna en el infinito horizonte.
Al caer la noche los dos-prahos amainaron
sus grandes velas para precaverse de cualquier súbito golpe de viento y se arrimaron
lo más posible, uno al otro, para no perderse de vista y ayudarse mutuamente en
caso fortuito de cualquier peligro.
Cerca de la medianoche navegaban frente a
las Tres Islas, centinela avanzado de Labuan; Sandokan velaba sobre el puente
presa siempre de viva agitación y comenzó a pasearse de popa a proa, con los
brazos cruzados y reconcentrado en feroz silencio. De tanto en tanto se detenía
para escrutar la negra superficie del mar, asomándose a las amuras para abrazar
con la mirada un más amplio espacio, luego se contraía y permanecía alerta a
cualquier ruido que pudiese traer el viento. ¿Qué cosa esperaba percibir
auditivamente? Indudablemente: el ronquido de la maquinaria que delataría la
presencia de un crucero o el violento romper de las olas contra las costas de
Labuan.
A las tres de la mañana, cuando las
estrellas comenzaban a palidecer, Sandokan gritó:
-¡Labuan!
En efecto, sobre el este, donde la línea del
mar se confundía con el horizonte, aparecía, confusa, una sutil mancha oscura.
-¿Debemos marchar en derechura? -preguntó
Patán.
-Sí; entraremos en el riachuelo que ya
conoces.
La orden fue comunicada a Giro-Batol y los
dos prahos se dirigieron en silencio hacia la isla.
Ocupada en 1847 por Sir Rodney Mandy,
comandante del "Iris", por orden del gobierno inglés que pensaba
desde esa base combatir la piratería, no contaba por entonces más que con un
millar de habitantes, malayos en su mayoría, y unos doscientos blancos.
Los ingleses habían levantado una fortaleza
denominada Victoria rodeada con algunas casamatas y trincheras artilladas para
repeler cualquier ataque pirático por parte del mar, ya que la gente de
1VÍompracem en varias oportunidades habían efectuado expediciones contra la
isla. El resto de Labuan estaba recubierto de espesas florestas vírgenes
plagadas de feroces alimañas y sólo algunas factorías existían en las praderas.
Los prahos, luego de haber costeado la isla
por espacio de algunas millas, se internaron silenciosamente en un pequeño
riacho cuyas márgenes estaban cubiertas de una exuberante vegetación; lo
remontaron unos setecientos metros, anclando finalmente bajo la oscura sombra
de grandes árboles.
Un crucero que hubiese batido la costa no
hubiese alcanzado a descubrirlos ni menos a sospechar la presencia de aquellos
tigrecillos agazapados como las fieras de los bosques de la India.
Al mediodía, Sandokan, que había previamente
mandado dos hombres en misión exploradora hacia la desembocadura del riacho y
otros dos al interior de la floresta para evitar cualquier sorpresa,
desembarcó armado de su carabina y seguido por Patán.
Habría caminado cerca de un kilómetro dentro
de la selva cuando bruscamente se detuvo al pie de un colosal árbol de durion.
-¿Habéis visto un hombre? -preguntó Patán.
-No, escucha.
El malayo prestó atención en tanto con su
mirada trataba de penetrar en la espesura de la selva que les rodeaba; un lejano
estampido fue escuchado, seguido del ladrido de un perro.
-Alguien que estará cazando -respondió.
-Vayamos a ver.
Reanudaron el camino, ocultándose bajo las
ramas.
El ladrido del perro se iba acercando y de
pronto, ambos piratas, se encontraron en presencia de un negro vestido con
unos calzones rojos y que llevaba sujeto con una correa de cuero trenzado a un
enorme mastín.
-¿Adónde vas? -le preguntó Sandokan.
-Siguiendo la pista de un tigre -respondió
el negro.
-¿Y quién te ha dado permiso para cazar en
mis bosques?
-Estoy al servicio de lord Guldek.
-¡Está bien! Dime ahora, maldito esclavo:
¿has oído hablar de una jovencita a la que llaman Perla de Labuan?
-¿Quién no conoce en esta isla a tan bella
criatura? Es el hada benéfica de Labuan, amada y venerada por todos.
-¿Es hermosa? -preguntó Sandokan con viva
emoción.
-Creo que ninguna otra mujer pueda
igualarla.
-Dime: ¿dónde vive?
-A dos kilómetros de aquí, en medio de una
pradera.
-Anda ya y si aprecias la vida no vuelvas la
cabeza ni desandes el camino.
Y así diciendo entregó al negro un puñado de
monedas de oro, que lo dejó atónito y se alejó prestamente en medio de la
selva.
Cuando el esclavo se hubo perdido de vista,
Sandokan sé sentó al pie de un gran árbol, murmurando:
-Esperaremos la noche para ir a explorar ese
lugar. Patán le imitó y se sentó a la sombra de otro árbol. Serían poco más de
las quince, cuando un hecho inesperado vino a interrumpir aquella forzosa
quietud: el estampido de un cañón en la costa hizo bruscamente alborotar a
todos los pájaros de la selva. Sandokan se puso en pie de un salto empuñando
la carabina.
-¡Un cañonazo! -exclamó-. ¡Vamos Patán,
presiento sangre!
CAPÍTULO 4
TIGRE Y LEOPARDO
Ex menos de diez minutos los dos piratas
llegaron a la margen del riachuelo. Todos los hombres estaban sobre las cubiertas
de los prahos amainando las velas ya que el viento era ineficaz.
-¿Qué ocurre? -indagó Sandokan subiendo
rápidamente.
-Capitán, nos atacan; un crucero se ha
ubicado frente a la boca del riacho -le informó Giro-Batol.
-¿Conque vienen a atacarme aquí los
ingleses? Y bien, mis tigrecillos, empuñad las armas que nos lanzaremos al mar.
Un instante después las dos embarcaciones descendían por la corriente fluvial y
a poco se lanzaban nuevamente al mar. A seiscientos metros de la costa una gran
nave, poderosamente armada, navegaba a pequeño vapor hacia el oeste. Sandokan
miró fríamente a aquel formidable enemigo y en vez de impresionarse de su
tamaño, de su numerosa artillería y de su tripulación que triplicaba la de sus
prahos, ordenó:
-¡TigrecilIos, a los remos!
Los piratas se precipitaron bajo el puente
empuñando los remos en tanto los artilleros apuntaban el cañón y la
espingarda. De pronto, una llamarada iluminó el puente del crucero y una bala
de grueso calibre atravesó silbando por la arboladura de su praho.
-¡Patán! ¡A tu cañón! -ordenó Sandokan.
El malayo, uno de los mejores artilleros de
la piratería, dio fuego a su cañón; el proyectil fue a destrozar la pasarela
del comandante del crucero cortando el asta de la bandera.
El barco de guerra, viró de bordo
presentando la banda de babor de la cual emergían media docena de cañones.
-¡Patán, no pierdas un solo tiro -recomendó
Sandokan en tanto hacía fuego el praho de Giro-Batol-; derrúmbale su arboladura
a aquel maldito!
En ese instante el crucero pareció estallar
y un huracán de fuego atravesó el mar dando de lleno en los prahos.
Un alarido espantoso de rabia y dolor se
alzó entre los piratas, sofocado por una segunda descarga del crucero que hizo
caer de sus bancos a los remeros y a los artilleros rodar junto con las piezas,
hecho lo cual, el buque de guerra, cubierto de humo negro, viró de bordo con
rapidez y se alejó un kilómetro de los prahos.
Sandokan, felizmente ileso, llamó a sus
hombres a cubierta.
-Rápido: ¡construid una barricada delante de
los cañones y luego avanzad!.
En contados minutos, a proa de ambos buques,
fueron improvisadas dos' defensas, acumulando para ello los árboles de
recambio, botes llenos de balas, viejos cañones desmontados, atado todo ello
con grueso cabo que dio solidez a la barricada.
Veinte robustos hombres fueron destinados a
la maniobra de los remos, en tanto los demás se pusieron a cubierto tras la
barricada empuñando los fusiles y colocándose los puñales entre los dientes.
-¡Adelante! -ordenó el Tigre.
El crucero había aminorado su marcha y
avanzaba ahora a pequeño vapor.
-¡Fuego a discreción! -gritó Sandokan.
De ambas partes se reinició aquella música
infernal, respondiendo cañonazo por cañonazo, bala por bala.
El crucero tenía la ventaja de su porte y su
artillería sobre los prahos, que el valor del Tigre conducía al abordaje, sin
ceder. Los leños piratas estaban irreconocibles: destrozados, con el agua
invadiendo las sentinas, con la cubierta llena de muertos y heridos,
continuaban empero combatiendo con furor.
Patán encontró la muerte junto a su cañón
pero otro hábil artillero le reemplazó de inmediato; muchos hombres estaban
horriblemente mutilados, otros gravemente heridos.
Uno de los cañones del praho de Giro-Batol
había sido desmontado y la espingarda ya ni siquiera podía contestar el fuego;
mas: ¿qué importaba? Sobre los barcos
piratas quedaban aún tigres que cumplían valerosamente con su deber.
Los proyectiles silbaban sobre las cubiertas
y todo se destrozaba, pero nadie hablaba de retroceder, antes que ello, insultaban
al enemigo y lo desafiaban con furor y cuando un golpe de viento barría las
nubes que cubrían a aquellos despojos sobre el mar, se veía tras la barricada
de proa los rostros descompuestos por el furor... Dientes que mordían
rabiosamente las brillantes hojas de los puñales... En medio de aquella horda
de tigres, su capitán, el invencible Sandokan, arengaba a sus hombres,
empuñando su cimitarra con trémula mano. Su voz resonaba como una tromba en
medio de aquel terrible y desigual combate.
La tremenda batalla duró cerca de veinte
minutos y el crucero se alejó otros seiscientos metros para evitar ser
abordado. Sandokan no cedía empero.
Apartando bruscamente a los hombres que le
rodeaban, se inclinó sobre el cañón que acababa de ser cargado, corrigió la
mira y dio fuego a la mecha. Pocos segundos después, el árbol mayor del
crucero, alcanzado y tronchado en la base, se precipitaba al mar arrastrando a
todos los soldados y marineros que estaban encaramados en su cordaje, cofa y
cruceta.
Mientras el crucero detenía su marcha para
tratar de rescatar del mar a la tripulación que a él había caído, suspendió el
fuego. Sandokan aprovechó para embarcar en su praho la gente del de Giro-Batol.
-¿Ahora, rápido a la costa! -ordenó el
Tigre.
Ya era tiempo: el praho de Giro-Batol, que
por un milagro aún flotaba, se dio rápidamente vuelta hundiéndose a poco en los
abismos del mar.
Rápidamente los piratas, echando mano a los
remos, aprovechando la inacción momentánea del crucero enemigo, bogaron en
forma sobrehumana y alcanzando la entrada del riacho se internaron en él.
Parece que la buena suerte acompañaba a Sandokan, pues acababan de ejecutar tan
riesgosa maniobra, cuando el praho, acribillado a cañonazos, se hundía en las
fangosas aguas del río con la bodega totalmente anegada y gimiendo como un
moribundo bajo el peso del líquido que entraba a raudales en sus entrañas. La quilla tocó el lecho del riacho y el
praho, vencido, se inclinó penosamente sobre la banda de babor y quedó inmóvil,
recostado en un banco de arena sobre el que le había impulsado el propio
Sandokan con un hábil golpe de timón.
Apenas la tripulación tuvo la certeza de que
el praho no se hundiría totalmente, irrumpieron sobre el puente con la ferocidad
de tigres hambrientos, las armas empuñadas y las caras descompuestas por el
furor, prontos a recomenzar la lucha.
Sandokan, consultando un magnífico reloj de
oro que pendía de una valiosa cadena, contuvo a sus hombres con un gesto. -Son
más de las dieciocho; dentro de dos horas el sol se habrá ocultado y las
sombras habrán descendido sobre el mar. Todos a trabajar en la reparación del
praho, pues antes de la medianoche deberemos estar en condiciones de hacernos
nuevamente a la mar.
-¿Atacaremos al crucero? -preguntaron a
coro.
-No lo prometo, tigrecillos, mas seguro será
que pronto llegue el día en que nos vengaremos de esta derrota, y entonces
mostraremos junto al estampido de los cañones nuestra bandera y la haremos flamear
en los bastiones de Victoria.
-¡Viva el Tigre! -ulularon los piratas.
-¡Silencio! -ordenó Sandokan.
Dispuso en seguida que dos hombres fuesen a
apostarse en la boca del riachuelo para observar la actitud del crucero, en
tanto otros dos eran enviados a emboscarse en la floresta para prevenirse de
cualquier ataque sorpresivo; hecho esto, todos se dieron a la tarea de tratar
de reparar el maltrecho y castigado praho.
Otros atendían y curaban a los heridos
utilizando cataplasmas de ciertas hierbas machacadas que aplicaban a las heridas,
colocando sobre ellas hojas de plantas que ataban con fibras vegetales.
Sandokan se fue a proa y durante algunos minutos estuvo observando atentamente
la bahía: esperaba poder descubrir la presencia del crucero acercándose al río;
el enemigo parecía que no estaba dispuesto a acercarse a la costa, por el temor
de encallar en sus numerosos bancos coralíferos que se extendían por varias
millas.
-Dudan de su propia fuerza -murmuró el
pirata-. Aguardan que nos lancemos nuevamente al mar para terminar con
nosotros, mas si creen que lanzaré otra vez mis hombres al abordaje se engañan;
el Tigre sabe ser prudente.
Se sentó sobre el cañón y luego llamó a
Sabau.
-Patán y Giro-Batol han muerto -afirmó con
un suspiro-; lo hicieron al frente de sus prahos, a la cabeza de los valientes
que trataban de llevar un abordaje a la maldita nave enemiga. El comando te
corresponde ahora a vos: te lo confiero.
-Gracias, Tigre de la Malasia.
-Ahora, ayúdame.
Con algún trabajo empujaron hacia popa el
cañón y la espingarda y apuntaron ambas piezas hacia la bahía, para poder
barrerla con metralla en caso de aparecer por allí el crucero.
-Ahora podemos permanecer seguros. ¿Se han
mandado los dos hombres a la boca?
-Sí, Tigre; deben estar emboscados en el
canal de entrada.
-Bien.
-¿Esperaremos la noche para ganar el mar?
-Sí, Sabau.
-¿Intentaremos engañar al crucero?
-La luna tardará en levantarse y por otra
parte no brillará mucho, pues veo que por el sur se elevan algunas nubes.
-¿Haremos directamente ruta a Mompracem,
capitán?
-Directamente.
-¿Sin buscar la revancha?
-Somos pocos, Sabau, para afrontar la
tripulación del crucero y además: ¿cómo contestar a su artillería? Nuestro
praho no quedará en condiciones de enfrentar un segundo combate.
-Es verdad, Tigre.
-Paciencia por ahora; el día de la venganza
vendrá y... ¡pronto!
Mientras Sandokan y Sabau conversaban, el
resto de los hombres trabajaban con febril actividad; eran todos expertos
marineros y entendían de trabajos de carpintería y calafateo.
En sólo cuatro horas izaron dos nuevos
mástiles y le colocaron el velamen, repararon las amuras, taparon los rumbos y
renovaron la maniobra.
A las diez, el barco no sólo podía volver a
navegar sino afrontar una nueva batalla, ya que se había construido una sólida
barricada con troncos de árboles para proteger el cañón y la espingarda.
Durante ese tiempo ninguna chalupa del crucero había osado mostrarse en
aquella parte de la bahía.
El comandante inglés, sabiendo con la clase
de enemigos que tenía que habérselas, no había creído oportuno empeñar a su
tropa en una lucha en tierra; esperaba más bien sorprender a los piratas cuando
intentasen salir aguas afuera.
Sobre este seguro indicio, Sandokan,
dispuesto a ganar el mar, mandó llamar a los hombres que vigilaban la entrada
del río.
-¿Está libre la bahía?
-Sí -respondió uno de ellos.
-¿Y el crucero?
Ese encuentra delante de la bahía.
-¿Muy lejos?
-Apenas media milla.
-Tenemos espacio suficiente para pasar. La
noche protegerá nuestra retirada -aseguró Sandokan que ahora se volvió a
Sabau-. ¡Partamos!
Veinte hombres se arrojaron al agua y
haciendo pie en el fondo del banco, ayudados por gruesas ramas, impulsaron al
praho en su maniobra para abandonar la posición. La nave se movió lentamente y
a poco navegaba en demanda de la boca del río.
-¡Que nadie lance un grito por motivo
alguno! -ordenó imperiosamente Sandokan-. Tened, en cambio, bien abiertos los
ojos y las armas prontas. Nos vamos a
jugar una peligrosa partida.
Asió él mismo la barra del timón teniendo a
Sabau a su lado y con mano firme guió el praho hacia la desembocadura. Las
sombras de la noche facilitaban la fuga; la luna no había aparecido aún y ni
una estrella brillaba en el firmamento.
Por otra parte, la espesura de la floresta,
provocada por grandes palmeras, duriones y bananeros, era de una negrura tal
que Sandokan tenía gran trabajo en ubicar las márgenes del riachuelo. Un
silencio profundo, apenas quebrado por el suave murmurar de las aguas, reinaba
en aquel pedazo del río. Desde el puente del praho no se percibía ruido alguno,
era como si aquellos hombres ni respirasen por temor a romper aquella
aplastante quietud.
El praho estaba por llegar a la boca del
riacho cuando un leve crujido le conmovió.
-¿Un arenal? -preguntó Sandokan en voz baja.
Sabau se inclinó sobre una de las amuras y
observó atentamente el río.
-Sí; hay un banco bajo nosotros.
-¿Podremos pasar?
-La marea sube rápidamente y creo que en
pocos instantes estaremos en condiciones de seguir nuestra derrota. -Esperemos,
entonces.
La tripulación, ignorando la causa del.
súbito detenimiento del praho se había puesto en guardia y Sandokan pudo ver cómo
sus hombres empuñaban las armas y los artilleros se inclinaban sobre las
piezas. Pasaron algunos minutos de angustiosa expectación para todos, pues se
escuchaba, bajo la proa y la quilla del barco, el rechinar del casco contra el
lecho de conchas del banco que lo retenía inmóvil. El praho, movido por el vaivén
de la marea que subía rápidamente, oscilaba sobre el banco de arena. Pronto se
libró de aquel fondo tenaz que le retenía.
-Desplegad una vela -ordenó despacio
Sandokan.
-¿Bastará, capitán?
-Por ahora sí.
Un momento después una vela latina fue
desplegada por el trinquete; como era totalmente negra se confundía con las sombras
de la noche. A su impulso, el praho se movió con mayor agilidad y en breve
salvó la boca del río y se internó en la bahía. -¿Y el crucero? -preguntó
Sandokan.
-Debe estar a media milla de nosotros
-respondió Sabau. El lugarteniente del Tigre le indicó una masa confusa y oscura
sobre la cual se movían puntos luminosos. Escuchando atentamente se podía
percibir el rumor sordo de sus calderas. -Tiene los fuegos encendidos, no
piensan darnos tregua. ¿Pasaremos inadvertidos, capitán?
-Así lo espero, Sabau. ¿Ves alguna chalupa?
-Ninguna.
-Nos recostaremos cuanto podamos contra la
costa para confundirnos con la negrura de la floresta, luego tomaremos el largo
y cruzaremos la bahía.
El viento era débil y el mar estaba calmo
como si fuese de aceite; Sandokan ordenó desplegar otra vela mayor en el mástil
central para impulsar al praho rumbo al sur, siguiendo las sinuosidades de la
costa, cuya amplia arboleda proyectaba su sombra sobre el agua facilitando la
huida de los piratas.
El Tigre, siempre en la barra del timón, no
perdía de vista al formidable adversario, el cual,, si se alertaba de su
presencia, podía en pocos minutos cubrir las aguas de la bahía y la floresta
con un huracán de hierro y plomo.
El praho había avanzado por la costa unos
seiscientos metros y se disponía a ganar el mar, bahía afuera, cuando a su
popa, sobre la estela, apareció un extraño resplandor; parecía que millares de
llamitas surgían de la tenebrosa profundidad del mar.
-¡Estamos por ser descubiertos! -dijo Sabau.
-¡Tanto mejor! -respondió Sandokan con una
sonrisa feroz-. Mejor es morir con las armas en la mano que huir como
cobardes. Esta retirada no es digna de nosotros.
-Es verdad, capitán.
El mar se iba poniendo cada vez más
fosforescente; a proa, a popa, babor y estribor del praho, los puntos luminosos
se multiplicaban y hacían reverberar la superficie del agua como si ardiesen
sobre ella materias bituminosas o azufre encendido.
Aquella estría fosforescente que brillaba en
medio de la oscuridad reinante no podía pasar inadvertida para los hombres que
montaban guardia en el crucero enemigo.
Los piratas, en el puente, procuraban
resguardarse de aquella fosforescencia tras las amuras, pero ninguno había
hecho un gesto o pronunciado palabra alguna que tradujese temor; ellos también
no podían resignarse a marcharse sin disparar aunque fuese un tiro de fusil.
No habrían transcurrido dos o tres minutos
de las últimas palabras cambiadas entre Sandokan y Sabau, cuando el primero,
que tenía la mirada clavada en el crucero, vio encenderse los fanales de
posición.
-Parece que se dispone a maniobrar -dijo.
-Yo también lo creo, capitán.
-¡Cuidado!
-Sí, veo que la chimenea comienza a arrojar
miríadas de chispas, están alimentando el fuego de las calderas.
La calma del mar permitió a los piratas oir
con nitidez un grito que partió de a bordo del crucero de guerra:
-"¡A las armas.. . !"
Sandokan se quedó parado, rígido, con la
cimitarra empuñada y sus hombres se revolvieron nerviosos de furor en tanto
los artilleros se hacían cargo del cañón y la espingarda del praho.
De pronto, la misma voz que alertara, se oyó
nítidamente gritar:
-¡A las armas! ¡A las armas! ¡Los piratas
huyen!
Y el redoblar de un tambor rompió la quietud
de la noche y llamaba al puente del crucero a toda la tripulación.
Los piratas, tras las amuras del praho y
protegidos por la barricada de troncos, no hablaban, mas en sus rostros se dibujaban
feroces gestos que traducían su estado de ánimo; apretaban convulsivamente las
armas, y los dedos jugaban ya sobre los gatillos.
Ahora se sentía el rechinar de la cadena
levando anclas y demostraba que el crucero se disponía a salir a la caza del
leño pirata.
-¡Sabau, a tu pieza! ¡Otro hombre a la
espingarda! -ordenó el Tigre de la Malasia.
Apenas había dado aquella orden, cuando una
llamarada brilló en la proa del crucero, sobre el castillo, iluminando vivamente
el trinquete y el bauprés; una detonación aguda retumbó, seguida del silbido
metálico de un proyectil que pasó atravesando el espacio y que luego de
astillar la punta del penol maestro, se fue a perder en el mar, levantando una
gran columna de agua donde cayó.
Un humo rojizo se elevaba espeso de la
chimenea del buque de guerra inglés; se sentía el batir de sus ruedas mordiendo
rabiosamente las aguas; se escuchaba el ronco trepidar de sus calderas, las
rápidas órdenes de los oficiales y los pasos precipitados de la tripulación.
Todos estaban listos para ocupar sus
respectivos puestos de combate. Los fanales cambiaron de posición y el crucero
corría ahora tras el leño pirata para cortarle la retirada.
-¡Preparémonos a morir como valientes!
-gritó Sandokan.
Un solo grito le respondió: -¡Viva el Tigre
de la Malasia!
Sandokan con un vigoroso golpe en la barra
del timón, viró de bordo, mientras sus hombres orientaban rápidamente las
velas, tratando el praho de acercarse al crucero para buscar en un abordaje
desesperado la única posibilidad de triunfo.
El cañoneo comenzó bien pronto, sostenido
por una y otra parte. Se disparaba con bala y con metralla.
-¡Animo, tigrecillos; al abordaje! -gritó
Sandokan-. ¡La partida es desigual pero nosotros somos los Tigres de la Malasia!
El crucero avanzaba rápidamente mostrando su
agudo espolón y rompiendo el silencio trágico del mar con un cañoneo tremendo.
El praho, colocado delante de aquel coloso
que podía de un solo golpe partirlo en dos y hundirlo de inmediato, con toda
audacia cañoneaba a su enemigo vigorosamente. La lucha, empero, tal cual lo
sabía Sandokan era desigual: nada podía intentar aquel pequeño buque de madera
contra un enemigo tan poderoso, férreamente construido y armado potentemente.
No era difícil prever cuál sería el resultado final.
El ánimo no abandonaba a los piratas y
apuntaban bien sus carabinas para exterminar a los artilleros de la cubierta
del crucero y abatir a los marineros encaramados en la maniobra; disparaban así
furiosamente.
Minutos más tarde, sin embargo, el praho,
violentamente castigado por la artillería enemiga, no era otra cosa que una
ruina flotante. Su arboladura estaba destrozada y caída sobre el puente, las
amuras deshechas y la barricada de troncos era ya impotente para detener
aquella granizada 3e balas y metralla. El agua, penetrando por cientos de
boquetes, inundaba ya la sentina.
Pero ninguno hablaba de rendirse: querían
morir todos, mas sobre el puente de la nave enemiga. El efecto destructor
seguía en aumento; el cañón de Sabau había sido desmontado y la mitad de la
tripulación estaba sobre la cubierta masacrada por la metralla inglesa.
Sandokan comprendió que la última hora estaba por sonar para los Tigres de
Mompracem.
La adversidad era completa: no era posible
enfrentar a aquel gigante que vomitaba, minuto a minuto, nubes de proyectiles.
No quedaba más alternativa que intentar un abordaje, ya que sobre la cubierta
del crucero, la victoria, tal vez, podía pronunciarse por sus hombres.
No quedaban en el praho más que una docena
de hombres en pie, doce tigres guiados por un hombre cuyo valor era increíble.
-¡A mí, tigrecillos!
Los doce piratas, bramando de rabia y
coraje, con los ojos extraviados, con las manos apretadas como tenazas en las
empuñaduras de las armas, se reunieron en torno a Sandokan.
El barco enemigo corría ahora a todo vapor
sobre el praho para hundirlo definitivamente, mas Sandokan, cuando le vio
llegar a pocos metros, con un golpe de timón evitó la acometida y lanzó su
leño contra la rueda de babor del enemigo. Se produjo un choque violentísimo;
el praho se incrustó entre las palas del crucero y por efecto del encontronazo
toda la proa saltó en astillas que cayeron al agua con los cadáveres que yacían
sobre el puente.
-¡Afuera los garfios de abordaje!- gritó
Sandokan. Dos grapines, prestamente lanzados, se aferraron a la alta borda del
crucero. Los trece piratas, ciegos de furor, ansiosos de venganza, se lanzaron
como uno solo al abordaje. Ayudándose con las manos y pies, trepándose por las
portas de las baterías se infiltraron por la abertura del tambor de la rueda
del buque y cayeron como demonios sobre la cubierta del enemigo, ante el
estupor de los ingleses que no suponían tamaño valor y temeridad.
Con Sandokan a la cabeza, el reducido grupo
de piratas se lanzó contra los artilleros matándoles sobre las mismas piezas,
acuchillando a los soldados que intentaban cerrarles el paso, logrando llegar
a popa con terribles golpes de cimitarras.
Los oficiales gritaban desconcertados y a
sus órdenes violentas se reunieron algunos soldados tras una doble batería;
eran unos sesenta o setenta, mas los piratas no repararon en el. número y se
lanzaron sobre las bayonetas enemigas.
Dando golpes desesperados, cortando brazos y
tronchando cabezas, gritando para esparcir mayor terror, cayendo y levantándose,
ora avanzando, ora retrocediendo, por algunos minutos lograron mantener
acorralado al enemigo, pero los disparos que a quemarropa les hacían los
soldados emboscados en la arboladura, iban abatiendo a aquellos tigres que
sucumbían uno tras otro.
Sandokan y otros cuatro, cubiertos de
heridas, las armas ensangrentadas. hasta la empuñadura, con un esfuerzo supremo
se abrieron paso y trataron de ganar la proa para dominar al enemigo con sus
propios cañones. A mitad del camino cayó, alcanzado por una bala, mas se
levantó lanzando un alarido.
-¡Matad! ¡Matad! ¡Mis tigres!
Los ingleses avanzaban ahora a paso de carga
con la bayoneta calada; el choque fue mortal.
Los cuatro piratas que estaban rodeando a su
capitán para cubrirlo, ante una cerrada descarga de fusilería cayeron para no
levantarse más, no así Sandokan. El formidable hombre, pese a la herida que
manaba sangre en abundancia, con un salto sobrehumano alcanzó la amura de
babor, batió con un golpe de cimitarra a un gaviero que intentaba atraparle y
se lanzó de cabeza al mar, desapareciendo bajo sus negras olas.
CAPÍTULO 5
FUGA Y DELIRIO
Un hombre tal, dotado de una fuerza
verdaderamente prodigiosa, de una energía tan extraordinaria y de un valor tan
grande, no debía morir, pese a la tremenda prueba.
En tanto el crucero proseguía su carrera
impulsado por el batir de sus ruedas, el pirata, con un poderoso golpe de
talón, salía a flote y se mantenía casi sumergido, para evitar ser localizado
por el enemigo o ultimado por una descarga de fusilería.
Reteniendo los gemidos que le provocaba la
herida, y dominando la ira que le embargaba, se mantuvo quieto, esperando el
momento propicio para bracear y tratar de ganar a nado la costa de la isla. El
crucero viraba ahora de bordo a menos de trescientos metros y avanzó sobre el
lugar donde el pirata se había arrojado al mar con la esperanza de destrozarle
con las ruedas; luego volvió a virar y se detuvo para escrutar aquel pedazo de
la bahía, agitando vertiginosamente sus ruedas; luego reinició la marcha
cruzando en todas direcciones aquel amplio espacio marino, en tanto que algunos
tripulantes proyectaban sobre la superficie de las aguas las luces de algunos
fanales. Convencido finalmente de la inutilidad de la búsqueda, se alejó del
lugar rumbo a Labuan.
El Tigre lanzó ahora un grito de furor.
-¡Anda, buque maldito! ¡Anda, que llegará el
día en que conocerás cuán terrible será mi venganza!
Se ajustó la faja sobre la sangrante herida
para evitar la hemorragia que podía matarle, luego, reconcentrando sus propias
fuerzas, se puso a nadar, tratando de descubrir la costa de la isla. De vez en
cuando se detenía para cobrar fuerzas y para mirar al crucero, cuyas luces
apenas se distinguían en lontananza, mascullando terribles imprecaciones.
La razón volvió a él y Sandokan siguió
nadando fatigosamente, escrutando las tinieblas que ocultaban las costas de Labuan.
Nadó así por espacio de algún tiempo, deteniéndose a ratos para desembarazarse
de la ropa que trababa sus movimientos.
Sentía que los miembros se le acalambraban
en el agua y la respiración se le tornaba fatigosa y difícil y, para agravar
aquella situación, la herida continuaba sangrando provocándole un intenso
ardor al contacto del agua salada. Dejó de nadar por un instante y consiguió
mantener el cuerpo flotando, aprovechando la corriente del mar que le
arrastraba hacia tierra.
De pronto sintió algo bajo el agua que le
rozó; algo había tocado. ¿Sería acaso
un pez-perro? Ante aquella sospecha, no obstante su coraje, Sandokan se
estremeció. Alargó una mano y aferró un objeto que flotaba en el agua:
instintivamente lo identificó: era un pedazo de madera y hierro de la cubierta
del praho a la cual estaban enredadas las cuerdas y un trozo del penol.
-Era tiempo -murmuró-, las fuerzas me
abandonaban. Se izó con cierto esfuerzo sobre los despojos de su barco y se
reclinó entre la maraña de cables cortados y enredados entre sí; la herida le
dolía atrozmente y al-llevar la mano a la misma, notó que esa parte estaba
hinchada y febril.
Durante una hora, aquel hombre que no quería
morir, luchó contra las olas que vuelta a vuelta sumergían los restos del
naufragio, más pronto las fuerzas le abordaron y se abandonó a los elementos;
amarrado con una mano a las cuerda
Comenzaba a amanecer cuando un golpe
violento lo sacudió de su embotamiento a justo tiempo, pues ya se desvanecía.
Se alzó penosamente sobre uno de los brazos y miró en torno suyo: las olas se
rompían murmurantes en derredor del leño salvador, deshaciéndose en blanca
espuma; parecía que estaba flotando sobre un bajo fondo.
Como al través de una niebla rojiza el
herido comprobó que no estaba lejos de la costa.
-¡Labuan! -murmuró.
Fue presa de una leve excitación, pero
luego, uniendo las escasas fuerzas que le acompañaban, abandonó los restos del
praho y sintió bajo él el lecho arenoso de un banco, desde el cual,
despaciosamente, avanzó hacia la inmediata costa.
El mar le asaltaba por todas partes, como si
quisiese abatirlo con furor, ora empujándole hacia la playa, ora haciéndole retroceder,
como si se empeñara en evitar que muriese sobre aquella tierra maldita. Siguió
luchando contra el reflujo del mar y consiguió trasponer el banco de arena
llegando a tierra firme, donde se dejó caer pesadamente al suelo.
Aunque estaba completamente exhausto por la
larga lucha sostenida y por la gran pérdida de sangre, su primer pensamiento
fue reconocer la herida que tenía en el pecho; se abrió la casaca, se quitó la
faja que había ceñido sobre la herida, y trató de observarla detenidamente.
Había recibido una bala de pistola sobre la quinta costilla del lado derecho y
el proyectil, luego de rebotar en el hueso, se había incrustado en las carnes,
felizmente sin lesionar ningún órgano vital; Sandokan comprendió que su herida
no era grave, mas debía curarla lo antes posible si no quería sufrir graves
complicaciones con el proyectil dentro del cuerpo.
Escuchando a breve distancia el murmullo de
un arroyuelo, se fue arrastrando hacia la orilla y allí lavó cuidadosamente con
agua potable los inflamados labios de su herida, hinchada por efecto del
salitre marino; luego se colocó nuevamente la faja y tuvo la sensación de que
la hemorragia se había detenido.
-Curará -murmuró cuando hubo terminado.
Aquel hombre de hierro, aunque se encontrase
absolutamente solo en una isla donde no podía hallar sino enemigos, sin nadie
que le socorriera, desangrado, debilitado y febriciente, se sentía capaz de
salir airoso de semejante situación. Bebió algunos sorbos de agua para aplacar
la sed desesperante y luego, cuidadosamente, se fue arrastrando sobre las
rodillas hasta el pie de un gigantesco árbol de areca, cuya copa enorme se
elevaba a más de quince pies del suelo, proyectando en torno una fresca sombra.
Apenas se reclinó contra el tronco las fuerzas le abandonaron nuevamente, y
cayó desvanecido en el lugar en que se hallaba. Cuando volvió en sí habían
transcurrido muchas horas, ya que el sol, luego de cruzar el equinoccio en su
inmutable parábola, estaba descendiendo rápidamente en el ocaso.
Una sed brutal le devoraba y la herida le
ardía terriblemente, produciéndole un agudo dolor insoportable. Trató de
incorporarse para allegarse a la orilla del arroyuelo, mas volvió a caer
pesadamente. Ahora aquel hombre, que debía ser tan fuerte como el felino con
cuyo nombre se apodaba, haciendo un supremo esfuerzo, se levantó a medias
hasta arrodillarse y se puso a gritar como enloquecido.
-¡Yo soy el Tigre! ¡A mí, mis fuerzas!
Se siguió levantando y se puso en pie
agarrándose al tronco del árbol de areca, y manteniéndose en pie por un
prodigio de equilibrio, caminó firmemente hacia el pequeño curso de agua, en
cuya orilla volvió a caer pesadamente hundiendo la reseca boca en la corriente
y calmando su horrible sed. Reconfortado un tanto, puso al descubierto la
herida y la refrescó con la cristalina agua, haciendo ahora un suave vendaje
con trozos de su fina camisa de seda que desgarró en tiras con el kriss que
conservaba en la cintura. Se puso nuevamente en pie y con la mirada abarcó el
mar que venía a morir a pocos pasos.
-Paciencia por ahora, Sandokan -dijo para
sí-, curarás, vivirás tal vez en esta floresta uno, dos, tres meses, alimentándote
de mariscos y de frutas, mas cuando hayas recuperado tu fuerza, regresarás a
Mompracem, aunque tengas que construirte una canoa labrada en un tronco a
golpes de kriss.
Se dejó caer
sobre la hierba y se arrimó a un árbol.
Una fiebre altísima comenzó a invadirle: la
herida le producía incesantes escalofríos, mas ninguna queja salía de su beca.
A las ocho, el
sol se ocultó en el horizonte luego de un brevísimo crepúsculo; las tinieblas
cayeron sobre el mar e invadieron la espesa floresta. Aquella repentina
oscuridad produjo un efecto inexplicable y una profunda impresión en el ánimo
de Sandokan. Tenía miedo de la noche, él, el fiero pirata que jamás había
temido la muerte y que había enfrentado con coraje desesperado el peligro de
la guerra y el furor del mar. -¡Las tinieblas! -exclamó, arañando la tierra con
las uñas- ¡Yo no quiero que descienda la noche! ¡Yo no quiero morir! ...
Se comprimía la herida con ambas manos y de
pronto se alzó de un salto, miró el mar, negro como si fuese de asfalto; miró
la selva escrutando su sombría fronda y preso, súbitamente, de delirio, se
echó a correr como un loco, internándose en el bosque.
La carrera se convirtió en vertiginosa.
Completamente fuera de sí, Sandokan se precipitaba a un estado de locura, tropezando
a cada paso con las salientes raíces, saltando sobre troncos caídos, cruzando
charcas y torrentes... gritando, imprecando y agitando desesperadamente el
kriss.
Continuó esta desaforada carrera por quince
o veinte minutos adentrándose siempre, más y más, bajo los árboles, despertando
con sus gritos los ecos de la floresta tenebrosa; luego se detuvo, anhelante,
transfigurado.
Creía ver enemigos rodeándole por todas
partes; bajo los árboles, en medio de la fronda, entre las raíces que serpenteaban
en el suelo, y sus ojos descubrían hombres ocultos, mientras que por la selva
veía una fila de fantasmas y de esqueletos que se ocultaban tras las grandes
plantas de la pradera.
Sandokan, presa de un espantoso acceso de
delirio, se revolcaba por el suelo, se levantaba y caía, daba alaridos y amenazaba
con el puño extendido.
-¡Malditos! ¡Vuelvan al infierno donde deben
estar! Y, Giro-Batol: ¿qué cosa deseas de mí? ¿La venganza? ¡Sí, la tendremos,
porque el Tigre curará, regresará a Mompracem, armará sus prahos y vendrá aquí
a exterminar al Leopardo inglés, a todos, hasta el último de ellos!. . .
No tuvo noción del tiempo que corrió,
gritando y maldiciendo; siguió internándose en la selva, atravesó una pradera
al final de la cual tuvo la fugaz impresión de ver una blanca empalizada y,
definitivamente agotado por aquel supremo esfuerzo, cayó pesadamente como un
muerto, anhelante, con los ojos velados por la sangre... hundió el rostro en la
húmeda hierba y lanzando un último grito que se perdió en la selva, quedó
totalmente inmóvil.
CAPÍTULO 6
LA PERLA DE LABUAN
Cuando volvió en sí, con gran sorpresa suya,
no se encontró tirado en la pradera; se hallaba en una espaciosa habitación y
acostado en un cómodo lecho.
Se incorporó un tanto en el lecho y se
preguntó a sí mismo:
-¿Dónde me encuentro? ¿Estoy vivo o muerto?
Miró en torno suyo pero no vio a nadie que
le pudiese sacar de aquella duda. Se puso a observar detenidamente la estancia:
era amplia, elegante, iluminada por dos grandes ventanales al través de los
cuales se divisaban altos árboles.
En un ángulo vio un piano, sobre el que
estaban abiertas algunas partituras musicales; en el opuesto había un caballete
con una tela que representaba una marina, a medio terminar; en medio de la
habitación una mesa de nogal cubierta con una carpeta recamada, obra sin duda
de delicadas manos femeninas. Cerca del lecho había una banqueta de ébano,
sobre la cual, con gran alegría, Sandokan vio su fiel kriss y un libro abierto,
con una flor un tanto mustia marcando la página.
Aguzó el oído pero no percibió voz alguna,
mas a la distancia escuchó el dulce tañir de las cuerdas de una guitarra.
-¿Pero dónde me encuentro? -volvió a
preguntarse Sandokan-. ¿En casa de amigos o de enemigos? ¿Quién me ha vendado
e indudablemente curado mi herida?
Sus ojos volvieron a posarse sobre el libro
abierto y la flor y llevado por una irresistible curiosidad, penosamente,
alargó la mano y tomó el libro, ricamente encuadernado en cuero, en cuya
cubierta, con letras doradas, había estampado un nombre: Mariana.
Sandokan lo releyó varias veces y lo repitió
maquinalmente. "Mariana" ... ¿Qué significaba ese nombre?
Volvió a leerlo y, cosa extraña, se sintió
presa de una sensación desconocida; una dulzura ignota invadió su corazón,
aquel tremendo corazón cerrado hasta ahora a cualquier emoción.
Hojeó con curiosidad el libro: estaba
impreso en caracteres elegantes y nítidos, pero nada alcanzó a comprender y su
mirada se perdía en aquel laberinto de letras; deletreó alguna palabra y le
pareció que tenía cierta fonética parecida al hablar de Yáñez.
Volvió a colocar el volumen sobre la
banqueta al justo tiempo que el picaporte de la puerta giró y al abrirse apareció
la figura de un hombre que penetró lentamente, caminando con esa rigidez que
es característica de los anglosajones.
De elevada estatura y vigoroso, representaba
unos cincuenta años; el rostro lo tenía orlado por una barba rubia y sus ojos
eran de mirar profundo, todo lo cual evidenciaba que era un hombre acostumbrado
a mandar y ser obedecido.
-Estoy contento de veros tranquilo;
pasasteis tres días presa de un delirio que no os dejaba un instante en reposo.
-¡Tres días! -exclamó Sandokan estupefacto-.
¿Hace tres días que me encuentro aquí? Mas entonces: ¿no sueño?
-No, no soñáis; estáis entre buenas personas
que os han curado diligentemente y que harán cuanto puedan por ayudaros a
restablecer.
-¿Quién sois, señor?
-Lord James Guillonk, capitán de navío de S.
M. la graciosa emperatriz Victoria.
Sandokan se estremeció ligeramente y su
frente se nubló pero se repuso prontamente y haciendo un esfuerzo supremo para
no traicionar el odio que sentía, respondió:
-Muchas gracias, milord, por todo cuanto
habéis hecho por mí, un desconocido, que bien pudiese ser vuestro enemigo.
-Mi deber, señor, era acogeros en mi casa
estando herido. ¿Cómo os encontráis, ahora?
-Me siendo bastante animado y no siento
ningún dolor.
-Es para mí un gran placer el saberlo, mas
decidme si no es indiscreción: ¿quién os ha puesto en ese estado? No solamente
teníais una bala alojada en el pecho sino que vuestro cuerpo está cruzado por
infinidad de heridas de arma blanca. Sandokan, aunque esperaba esta pregunta,
no pudo menos de transpirar intensamente ante las palabras del Lord.
-En realidad poco sé -respondió-. Vi a
muchos hombres, en plena noche, caer sobre mi barco y abordarlo, matando a mis
marineros. ¿Quiénes eran? Yo no lo sé, porque al primer ataque caí al mar
cubierto de heridas.
-No lo dudéis, señor: habéis sido asaltado
por los piratas del Tigre de la. Malasia.
-¿Por los piratas?
-Sí, de la isla de Mompracem, que durante
tres días han estado merodeando en torno a esta isla, mas fueron luego
destruidos por uno de nuestros cruceros. Decidme: ¿dónde os asaltaron?
-Cerca de las islas Romades.
-¿Y llegasteis a nuestra costa a nado?
-Sí, agarrado a cierto despojo de mi barco
que los piratas hundieron. -¿Dónde
me hallasteis?
-Tirado en la pradera, presa de un tremendo
delirio. ¿Hacia dónde os dirigíais cuando os atacaron?
-Llevaba un regalo para el sultán de Varauni
de parte de un hermano mío.
-¿Quién es vuestro hermano?
-El sultán de Shaja.
-¡Entonces sois un príncipe malayo! -el Lord
alargó la mano que Sandokan estrechó con cierta repulsa.
-Sí, milord.
-He hecho bien en haberos hospedado y tratar
en lo posible de ayudaros en tan difícil situación; cuando os mejoréis iremos
tal vez juntos a visitar al sultán de Varauni, tiempo hace que quiero
conocerle.
-Sí, iremos...
Un lejano rumor le cortó la palabra y le
hizo aguzar el oído: desde afuera llegaba hasta él el melodioso tañer de las
cuerdas de un instrumento, de una mandolina, tal vez.
Sandokan fue presa de una viva agitación de
la que en vano trataba de hallar la causa.
-Milord: ¿qué melodía es ésa? ¿Quién pulsa
ese instrumento?
-¿Por qué, mi querido príncipe? -respondió
el Lord.
-A ciencia cierta no lo sé, pero me ha
entrado el vivo deseo de ver a la persona que ejecuta música tan maravillosa;
se diría que me llega al corazón.
-Esperad un instante, príncipe.
El Lord abandonó la estancia y Sandokan,
como movido por una sobrenatural energía que de pronto volviese a él, logró
incorporarse en el lecho, acodándose sobre el brazo izquierdo. Una viva
intranquilidad le dominaba ahora con mayor violencia; el corazón le latía
desordenadamente y parecía querer saltársele del pecho.
-¿Qué malestar me embarga? ¿Vuelve la fiebre
y el delirio a apoderarse de mí? -se preguntaba el Tigre.
El Lord volvió a penetrar en la habitación,
pero no solo: tras suyo caminaba, rozando el piso apenas, una hermosa criatura
a cuya vista Sandokan no pudo retener una exclamación de sorpresa y admiración.
Era una jovencita de dieciséis o diecisiete años, de estatura más bien pequeña
pero de una elegancia singular y de líneas maravillosamente modeladas.
Tenía una admirable cabecita; ojos azules
como el agua del mar bajo una frente de incomparable pureza. Una cabellera
rubia le caía en pintoresco desorden, como una lluvia de oro, sobre el blanco
escote.
Ante la presencia de aquella niña, que pese
a su edad tenía el aplomo de una mujer, Sandokan se sintió conmovido hasta la
fibra más íntima de su ser; aquel fiero hombre, aquel pirata sanguinario, que
llevaba el terrible nombre de Tigre de la Malasia, por primera vez en su vida
se sentía fascinado por aquella criatura gentil, delicada flor criada en las
florestas de Labuan.
-Y bien, mi querido príncipe; ¿qué me tenéis
que decir de esta preciosa niña?
Sandokan nada respondió; inmóvil como una
estatua, miraba a la jovencita con ojos que despedían relámpagos.
-¿Os sentís mal? -le preguntó el Lord que le
observaba.
-¡No! ... ¡No!... -respondió prontamente
Sandokan.
-Permitidme, príncipe, que os presente a mi
sobrina, lady Mariana Guillonk.
-¡Mariana Guillonk! ¡Mariana Guillonk!
-repitió Sandokan con acento sordo.
-¿Qué encontráis de extraño en mi nombre?
-preguntó ella sonriendo-. Se diría que os ha producido mucha sorpresa.
Sandokan al escuchar aquella voz se sobresaltó; aquella voz era tan melodiosa
que le acariciaba los oídos, acostumbrados siempre a la música infernal del
cañón.
-Oh, no encuentro nada de extraño, sólo que
vuestro nombre no me resulta desconocido...
-¡Ah! ¿Y dónde lo habéis escuchado antes?
-preguntó el Lord.
-Lo leí, hace poco, sobre la cubierta de ese
libro y supuse, como en verdad ocurre, que lo 1íeva una hermosa criatura.
-Exageráis, señor -respondió Mariana,
ruborizándose; luego cambiando el tono agregó-: ¿Es verdad que los piratas os
han herido gravemente?
-Sí, es verdad... Me han vencido y herido,
pero un día llegará en que me vengaré de quienes ahora me han hecho morder el
polvo de la derrota -respondió con sorda voz el pirata.
-¿Habéis sufrido mucho?
-No, milady, y ahora menos que antes...
-Espero que curéis pronto.
-Nuestro príncipe es vigoroso y no dudo que
lo veré en pie dentro de diez días -agregó el Lord.
-Así lo espero yo también, milord.
Luego de un rato de observar fijamente el
bello rostro de la niña, cuyo semblante, a intervalos, se coloreaba ante la insistencia
de aquella mirada, Sandokan en un arranque llamó.
-¡Milady!
-Dios mío, ¿qué os ocurre? -respondió
prontamente ella.
-Decidme: ¿lleváis acaso otro nombre más
suave que el de Mariana Guillonk?
-No os entiendo, príncipe, ¿qué otro nombre
podría tener?
-¡Sí, sí! -afirmó Sandokan con mayor
convicción-. ¡Ciertamente sois la criatura a quien todos los habitantes de la
isla llaman la Perla de Labuan!
En el rostro del Lord se adivinó un gestó de
sorpresa y en su frente se marcó una profunda arruga.
-Amigo mío -respondió con voz grave- ¿cómo
estáis enterado de ese detalle tan lugareño cuando decís que venís de la
lejana península malaya?
-¡Ciertamente! -agregó Mariana con viva
extrañeza-. ¿Cómo es posible que mi sobrenombre sea conocido hasta en vuestro
país?
-Lo he oído mencionar en Shaja -respondió
Sandokan, que por poco se traiciona-, más allá de las islas Romades. Me
hablaron de una jovencita de belleza incomparable, de ojos azules, de cabello
rubio y perfumado como el jazmín de Borneo; de una criatura que cabalgaba como
una experta amazona y que cazaba fieras con singular temeridad y denuedo; me
hablaron vagamente de una mujercita que a la hora del atardecer fascina con su
canto, dulce como el del ruiseñor, a los pescadores de la costa de Labuan. ¡Ah,
milady, hasta un día yo he escuchado esa voz!
-¿Tantos méritos se me atribuyen? -preguntó
milady.
-¡Sí, y ahora comprendo que aquellos hombres
que me han hablado de vos sólo han reflejado una pálida realidad! -exclamó
Sandokan con tono apasionado.
-Adulador...
-Mi querida sobrina -terció el Lord-,
terminarás por embrujar a nuestro príncipe.
-De ello estoy convencido, milord; cuando
deje esta casa diré a mis compatriotas que una joven lady blanca ha conquistado
el corazón de un hombre que se creía invulnerable.
La conversación tomó en seguida un carácter
general, hablándose ora de la supuesta tierra de Sandokan, ora de los piratas
de Mompracem o de Labuan; como se notara un marcado cansancio en el rostro del
Tigre, el Lord y Mariana se retiraron.
Cuando el pirata se encontró solo, se quedó
largo tiempo inmóvil con la mirada fija en la puerta por donde había desaparecido
la grácil figura de aquella hermosa niña; parecía absorbido por profundo
pensamiento y preso de honda emoción. Era que aquel agreste corazón que nunca
había sentido emoción alguna por una mujer, se debatía ahora bajo los efectos
de una terrible tempestad emocional.
Así permaneció un espacio de tiempo que no
supo calcular; de pronto, un gemido sordo nació del fondo de su pecho y un
grito se le escapó de los labios.
-¡Mariana! -exclamó en un paroxismo de
impotencia y rabia-; siento que me voy a volver loco... ¡Yo le amo!
CAPÍTULO 7
CONVALECENCIA Y AMOR
Mariana Guillonk, acostumbrada a aquella
vida libre que llevaba en la isla, no se había detenido hasta entonces a pensar
que era ya una mujercita y tenía un corazón sensible, pero la presencia en
Labuan de aquel hombre extraño y singular cambió fundamentalmente sus
sentimientos. Ella también se sentía embargada por una inexplicable turbación.
Desde la primera conversación mantenida con
Sandokan su arrogante y fiera figura no se le apartaba ni un instante de su
mente y hasta en sus sueños le veía.
Ella, que le había fascinado con sus ojos,
con su voz, con su belleza, estaba a su vez, subyugada y vencida; en vano habla
tratado de ordenar sus pensamientos, de normalizar aquel desusado latir de su
virgen corazón que resultaba algo nuevo para ella, pero en vano. Sentía siempre
que una fuerza irresistible la impulsaba a acercarse a aquel hombre y sólo
cerca de él la calma volvía a ella.
Y deseaba verlo en cualquier momento y
Sandokan era inefablemente feliz con la sola presencia de la adorable niña.
Ahora no era más el Tigre de la Malasia: no ya el sanguinario pirata. Mudo,
anhelante, sudoroso por momentos, sin respirar casi para no turbar el embrujo
hecho canción en los labios de Mariana en una lengua para él desconocida que lo
embriagaba, los momentos que pasaba junto a la niña eran en verdad de éxtasis.
Los días volaban para él y la convalecencia
se acentuaba rápidamente.
Dos semanas más tarde, al penetrar una
mañana el Lord en su habitación, encontró a Sandokan en pie, listo para salir.
-¡Oh, mi digno amigo! -exclamó con sorpresa
alegre-. ¡Qué contento estoy de veros ya en pie!
-¡No me era posible continuar en el lecho,
milord! Por otra parte, me siento ya tan fuerte como para luchar con un tigre.
-¡Magnífico, pronto me lo demostraréis!
-¿De qué modo?
-He invitado a algunos buenos amigos a la
caza de un tigre que desde los últimos tiempos se le ha visto rondar en torno
al cerco de mi propiedad; mis esclavos han ubicado ya su guarida, de manera que
mañana temprano daremos la batida.
-¡Seré de la partida, milord!
-Lo creo, mas decidme ahora: espero que
seguiréis por un tiempo aceptando mi hospitalidad...
-Milord, graves problemas me llaman a otra
parte y en breve deberé marcharme.
-¿Marcharos? ¡Ni pensarlo! Para los
problemas graves siempre hay tiempo y os advierto que no permitiré que partáis
antes de un par de meses, eso sí, si me prometéis regresar.
Sandokan miró al Lord con ojos
centelleantes. ¿Qué le importaba que su gente, en Mompracem, lo diesen por
muerto cuando podía por tantos días vivir junto a Mariana? ¿Qué importaba que
su fiel Yáñez lo buscara ansiosamente arriesgando su propia existencia cuando
lady Guillonk comenzaba a amarle?
En confuso tropel estos pensamientos
cruzaron por su mente ante la exigencia del Lord de que debía volver a Labuan.
-Sí, milord, si marcho os prometo regresar. Acepto vuestra hospitalidad que
con tanta cordialidad me habéis ofrecido y si un día, sin olvidar esta
conversación, el destino nos colocase como enemigos, frente a frente, con las
armas empuñadas, no dudéis, milord, que recordaré entonces el agradecimiento
que os debo.
El inglés lo miró estupefacto,
-¿Por qué me habláis de semejante manera?
-Algún día lo sabréis -contestó Sandokan con
voz grave.
-No quiero indagar por ahora ese secreto;
esperaré ese día -respondió el Lord al tiempo que sonriente consultaba su
reloj-. Debo partir en seguida para coordinar con los amigos la cacería de
mañana. Hasta luego, querido príncipe.
Hizo ademán de irse pero se detuvo
nuevamente.
-Si queréis recorrer el parque, buscad a mi
sobrina, que espero os sirva de excelente compañía.
-Gracias, milord.
Era lo que Sandokan deseaba: poder hallarse,
aunque fuese por escasos minutos, a solas con Mariana.
Apenas quedó solo se asomó a una ventana que
daba a un parque inmenso. Vio, a la sombra de una magnolia china cuajada de
flores, a la joven lady: estaba sola y en actitud pensativa con el instrumento
abandonado sobre su falda.
El Tigre permanecía inmóvil, con la mirada
clavada sobre Mariana y tratando de retener hasta la respiración por temor a
sobresaltarle. Un largo rato mantuvo esa actitud, pero de pronto reaccionó.
-¿Qué estoy por hacer yo? -se preguntó
roncamente-. ¿Será acaso verdad que esté enamorado de esa criatura? ¿Es que he
dejado de ser el Tigre de Mompracem para dejarme atraer por una fuerza
irresistible hacia la hija de una raza a la cual yo he jurado odio eterno?
Luego decidido ya, pugnó por abandonar la
ventana y retornar al interior de su habitación con ánimo de marcharse
definitivamente de aquella casa.
Regresó al interior de la estancia en
semipenumbra y comenzó a pasearse con los brazos cruzados y la barba hundida
en el pecho.
-¡Espera! -murmuró de pronto y volvió frente
a la ventana-. ¿Cuál es mi destino y cuál la vida que debo elegir? Aquí, la
felicidad, una vida nueva, un alegre despertar a las emociones del alma y el
corazón, dulce, tranquilo... Allá, Mompracem: una vida tempestuosa, huracanes
de hierro y metralla, tronar de la artillería, sangrientas carnicerías, mis
tigrecillos, mis veloces prahos y mi bueno de Yáñez. ¿Cuál de estas dos vidas
es la que vale más?
El cielo comenzaba a tachonarse de
brillantes estrellas y Sandokan seguía absorto, tras la abierta ventana,
luchando por la suprema decisión. Por
fin pareció decidido.
-¡No, no! -murmuró-. ¡No puedo por el amor
de esta mujer abandonar el mar, mis hombres y mi odio! ¡El odio! ¿Es que podré
acaso ya odiar? ¡Es necesario que me marche, ya, ahora mismo!
Se sintió súbitamente despejado y dueño de
sus energías; se asomó a la ventana y midió la altura hasta el suelo.
-Casi cuatro metros... -murmuró-; hace
apenas unos días una pantera me hubiese envidiado un salto semejante, pero
esta maldita herida corre el riesgo aún de sangrar si cometo una imprudencia...
Las hojas de una esbelta palmera que crecía
airosa junto al muro estaba al alcance de su mano. Se decidió.
Volvió al interior de la habitación y se
arregló el turbante, se ciñó la faja en torno a la cintura y buscó sobre el
mueble donde todavía estaba, su filoso kriss malayo que colocó entre los
pliegues de la faja. Escuchó un instante y al no percibir rumor alguno en la
amplia casa del Lord se dirigió a la ventana a la que se encaramó con una
agilidad poco común.
Alcanzó las primeras hojas de la flexible
palmera y con un salto se abalanzó y se encontró abrazado a su liso tronco y en
contados segundos estuvo a su pie y sin echar una mirada hacia atrás, saltó por
los setos del bien cuidado jardín y se internó bajo la sombra de los coposos
árboles del parque, enfrentándose, a poco, con la empalizada de troncos que
encerraba el perímetro de la finca de Lord Guillonk.
Se volvió a detener ante este obstáculo y
nuevamente una vaga irresolución se apoderó de él.
-¡No puedo! ¡No puedo! exclamó con
desesperado acento-. ¡Que se-destruya Mompracem y mi imperio! ¡Que se mueran
todos mis hombres! ¡Que se sepulte el odio en el fondo de mi pecho! ¡Mariana!
¡Mariana adorable! ¡No puedo abandonarte!
Echó a correr como enloquecido desandando el
camino, hecho y sin ser notada su presencia se encontró nuevamente al pie de
la palmera, bajo la ventana de su habitación que hacía unos instantes había
abandonado con el firme propósito de no regresar. Se encaramó a la datilera y
penetró en la estancia oscura y ahogando un supremo sollozo se arrojó sobre el
lecho exclamando:
-¡Ah! ¡La estrella del Tigre de la Malasia
está palideciendo y se está por ocultar para siempre en las sombras!
CAPÍTULO 8
LA CACERÍA DEL TIGRE
Cuando con los primeros albores del día el
Lord vino a llamar a la puerta de la habitación, Sandokan no había conseguido
aún cerrar los ojos en busca de un reparador descanso.
Al recordarle el Lord la cacería del tigre
programada, rápidamente se levantó del lecho sobre el que se había recostado
sin desvestirse y se arregló la ropa un tanto desordenada, tanteando su kriss
en la cintura. Abrió la puerta y franqueó la entrada al tío de Mariana. .
-A vuestras órdenes, milord.
-¡Magnífico! Francamente no esperaba
encontraros tan pronto restablecido como para intervenir en una cacería. ¿Cómo
os halláis?
-Tan fuerte como para derribar un árbol.
-Bien, bien. En el parque nos esperan ya una
partida de bravos cazadores que están ansiosos por salir en búsqueda del tigre
que mis hombres han arrinconado hacia el lado sur del bosque.
-Estoy listo; ¿lady Mariana vendrá con
nosotros?
-Ciertamente, así creo y lo espero.
Sandokan se estremeció.
-Vayamos, milord; ardo en deseos de
enfrentar a la fiera. Salieron de la estancia y pasaron a un saloncillo cuyas
paredes estaban casi cubiertas con panoplias cargadas de sables y espadas y
una rica colección de armas de fuego. Allí estaba lady Mariana esperándoles,
más bella que nunca. Sandokan al
verle, se sintió turbado, mas se repuso al instante y se adelantó cortés a
saludarle.
-¿Así, milady, que también sois de la
partida?
-Sí, príncipe; me han dicho que los hombres
de vuestra raza son valentísimos en semejantes cacerías y tendré el placer de
verlo.
-No dudéis: mataré al tigre con mi kriss y
os obsequiaré la piel.
-¡No! ¡No! -respondió alarmada Mariana-. Os
puede acontecer una nueva desgracia.
-Por vos, milady, me haré matar; mas no
temáis: el tigre de Labuan no puede asustarme.
El lord, en tanto, se había acercado a una
de las paredes del salón de armas y tras elegir cuidadosamente una carabina se
acercó con ella a Sandokan.
-Tomad, príncipe; una bala bien puesta vale
más que vuestro kriss, por templado que él sea. Vayamos que los amigos nos
aguardan.
Descendieron al parque donde esperaba un
grupo de cinco cazadores: cuatro eran colonos de la vecindad y el quinto era un
elegante oficial de la marina británica.
Al serle presentado a Sandokan, sin saber
precisamente por qué, cobró por aquel jovenzuelo una mal disimulada antipatía;
pese a ello le estrechó la mano con caballerosidad.
El oficial, a su vez, miró con extrañeza la
figura del pirata y luego apartándose de Sandokan, en tanto éste conversaba con
Mariana, se acercó al Lord que inspeccionaba un magnífico caballo y le dijo en
voz baja.
-Milord: la figura de este príncipe malayo
no me es desconocida; tengo la certeza de haberle visto en alguna parte.
-¿Dónde, baronet William?
-No lo recuerdo bien pero sé que estoy en lo
cierto.
-¡Bah! Tal vez os engañáis, amigo mío.
-Luego lo veremos, milord.
-¡Vamos amigos: a caballo que todo está
listo! Tened cuidado, que el tigre es grande y de fuertes garras y colmillos.
-Lo mataré con una sola bala y ofreceré la
piel a lady Mariana -aseguró el baronet William.
-Espero matar a la fiera antes que vos,
señor -le contestó Sandokan.
-Eso se llama rivalidad deportiva -agregó
sonriente el Lord-; a caballo todos y en marcha.
Todos montaron los animales que alcanzaron
algunos sirvientes, en tanto Mariana se convertía en gentil amazona en un
hermoso poney de la albura del armiño.
A una señal del Lord todos emprendieron la
cabalgata, saliendo a poco del parque e internándose en la selva de la isla,
precedidos por los batidores que llevaban consigo, grandes peana.
Ya en el linde del bosque el grupo se
dividió y Sandokan, que montaba un brioso animal, comenzó a internarse solo por
un Sendero de la floresta que empero permitía galopar o su animal.
-¡Corre! ¡Corre! -le azuzaba Sandokan
espoleándole-. Debo demostrar a ese Impertinente oficialillo de lo que soy
capaz. No será él quien ofrezca la piel del tigre a milady.
En ese momento el sonar de una trompa de
caza se escuchó en medio del bosque.
-¡Han descubierto al tigre..., corre! -apuró
Sandokan. Como un relámpago atravesó un abierto trozo del bosque y se encontró
con media docena de -batidores que huían a la desbandada.
-¿Hacia. dónde escapáis?
-¡El tigre, señor! -y siguieron. huyendo.
-¿Dónde?
-Cerca del estanque.
Sandokan detuvo la cabalgadura y descendió
de la silla atando el caballo a un tronco de árbol; se colocó el kriss entre
los dientes y empuñando la carabina comenzó a avanzar cautelosamente hacia el lugar
indicado por los fugitivos batidores de la selva.
En el aire percibía ya el fuerte olor
selvático del tigre, tufo característica de los felinos que perdura aún luego
de un rato de haber pasado una fiera.
Miró hacia las
ramas de los árboles en las cuales podía estar emboscada la alimaña, lista para
saltar, y siguió con precaución la ribera de un gran estanque natural producido
por las aguas de las fuertes lluvias y cuya superficie se notaba aún agitada.
El tigre ha pasado por aquí -murmuró-; se ha
internado en la margen del estanque para que los perros pierdan su rastro.
Pero Sandokan era un tigre más astuto.
Regresó al lugar donde dejara atado el caballo y se dispuso a proseguir remontando
la orilla del bañado a caballo, cuando escuchó muy cerca un disparo seguido por
la exclamación de una voz que le hizo estremecer.
Dejando otra vez el caballo se dirigió
rápidamente hada el lugar de dónde partiera la exclamación X en medio de una
pequeña planicie vio a Mariana, junto a su poney blanco y con la carabina en la
mano. De un salto estuvo a su lado.
-¡Vos... aquí... sola!
-¿Y vos, príncipe: cómo os encontráis aquí?
-Siguiendo el rastro del tigre.
-Yo también.
-¿Sobre qué habéis hecho fuego, milady?
-Sobre el felino, pero escapó.
-¡Cielo! ¿Por qué arriesgáis la vida contra
semejante fiera? Para impediros que con vuestro kriss cometáis la imprudencia
de apuñalarla.
-Habéis fallado en vuestro intento, y ahora
que la alimaña está aún viva, mi kriss está pronto a partirle el corazón.
-¡No lo hagáis! Sois valeroso, lo sé; lo leo
en vuestros ojos y aunque seáis muy fuerte, una lucha cuerpo a cuerpo con la
fiera os podría resultar fatal.
-¡Qué importa! Desearía que me causase
heridas tan graves que me postrasen por un año entero.
-¿Y por qué? -preguntó Mariana con sorpresa.
-Milady: ¿no sabéis que mi corazón tiembla
cuando pienso que llegará el día en que deberé marcharme para siempre y no
veros más? Si el tigre me malhiriese, tendría que quedarme por fuerza bajo
vuestro techo gozando nuevamente de la dulce emoción que he estado viviendo
desde que llegara herido a vuestra casa. ¡Así sería feliz, muy feliz, si otras
heridas crueles me volviesen a convertir en prisionero forzoso vuestro, me
obligasen a respirar el aire que respiráis, a escuchar vuestra dulcísima voz, a
contemplar vuestro bello rostro, vuestra sonrisa! ¡Mariana! Me habéis
embrujado; yo siento que lejos de vos no podría vivir, no hallaría paz jamás.
¿Qué habéis hecho conmigo? Mariana, ante aquella imprevista y apasionada
confesión, quedó muda, estupefacta, sin retirar, empero, su blanca manecita
que Sandokan estrechaba con frenesí contra su pecho.
-No os enfadéis, milady -agregó el Tigre con
una voz que descendía como música deliciosa hasta el corazón de la niña-. No os
enojéis si os confieso mi ardiente amor, si os digo que yo, un hombre de una
raza de distinto color a la vuestra, os adora como a una deidad y que un día,
quizá, tal vez me amaréis. No lo sé, mas desde el primer instante en que
aparecisteis ante mi, Aerdi para siempre la tranquilidad y la calma, noche y
día. Escuchadme, milady: ¡tan poderoso es el amor que habéis despertado y que arde
en mi pecho que por vos lucharé contra todos los hombres, contra el destino,
contra la creación! ¿Queréis ser mía? ¡Yo os convertiré en la reina de estos
mares, en la reina de la Malasia! A una palabra vuestra, trescientos hombres,
más feroces que tigres, que no temen a nada ni a nadie, surgirán e invadirán
los Estados de Borneo para daros un trono. Pedid cuanto la ambición humana
puede desear y lo tendréis. Tengo tanto oro como para compraron diez ciudades;
dispongo de hombres, barcos y cañones y de una potencia que no podréis
soñarla.
-Dios mío, ¿quién sois vos? -respondió con
cierto espanto Mariana, atolondrada por aquel torbellino de promesas y subyugada
por la mirada de aquellos ojos que despedían destellos.
-¿Quién soy yo? ¿Quién soy yo? -respondía
con incoherencia Sandokan al tiempo que su frente se nublaba.
Se acercó ahora a Mariana y mirándole
fijamente en sus azules ojos, agregó con voz opaca.
-Sólo cosas tenebrosas veríais en torno mío
y es mejor que no sepáis lo que ello significa, mas sabed, milady, que yo
llevo. un nombre que aterroriza a todos los pueblos de estos mares, hace
temblar al sultán de Borneo y preocupa hondamente a los ingleses de esta isla.
-¿Y decís que me amáis, vos que sois tan
poderoso?
-Tanto que por vuestro amor no hay cosa que
no hiciese; ponedme a prueba: ordenádmelo y viviré como un esclavo, sin un
lamento, sin un suspiro de queja. ¿Queréis que me convierta en rey para daros
un trono? ¡Lo seré! ¿Queréis que yo, que os amo con locura, vuelva a la tierra
de la cual he venido? ¡Yo retornaré martirizando mi corazón para siempre!
¡Exigidme que me mate aquí mismo, a vuestros pies, y obediente lo haré sin
vacilar! ¡Hablad por favor, milady!
-Amadme, entonces, príncipe... -murmuró
ella. Sandokan, presa de una loca y súbita alegría, lanzó un grito; casi
simultáneamente sonaron varios disparos.
-¡El tigre! -exclamó Mariana.
-¡Es mío! -tronó Sandokan.
De un salto montó su caballo y partió como
una exhalación hacia el lugar del bosque donde resonaron los disparos, seguido
de Mariana que se sentía subyugada por la temeridad de aquel hombre.
Trescientos metros adelante estaba el Lord,
el baronet William y el resto de los cazadores. El oficial de marina, a pie
avanzaba con la carabina lista para disparar.
Sandokan se arrojó de su montura y empuñó el
kriss y con un gesto terrible le gritó al baronet.
-¡Señor: el tigre es mío!
Y se metió audazmente en la floresta,
agachándose bajo. las ramas de los árboles, con la pupila vigilante y la mano
aferrada al puñal malayo. El baronet, imprudentemente, se había adelantado
por el otro flanco y al descubrir al tigre agazapado al pie de un gran
tamarindo, apuntó rápidamente y disparó.
No se había disipado el humo de la pólvora
cuando se vio al enorme felino, con las fauces abiertas, describir un gran
salto en el aire y caer sobre el imprudente y desprevenido oficial, haciéndole
rodar por tierra al impacto de un zarpazo que pudo seccionarle el cuello.
Sandokan emuló a la fiera en el salto que
dio.
-«Venid a mí, que también soy un tigre! -le
gritó desafiar te a la bestia.
El :tigre, que
se disponía a inmolar al baronet, ante la presencia de aquel hombre audaz que
le desafiaba con una mirada que dominaba a la propia, se mantuvo indeciso un
instante, suficiente para que Sandokan, con el puñal en la mano, se precipitase
sobre él y, rápido como el pensamiento, hundió la centellante hoja de su kriss
en el corazón de la fiera, que cayó en el suelo como fulminada por un rayo.
Un "¡hurra!" fragoroso saludó la
proeza de Sandokan que estaba ileso y ayudaba a ponerse en pie al maltrecho,
baronet; el pirata se volvió ahora a Mariana, que estaba paralizada por el'
terror y la angustia y con un gesto digno de un rey, señalando la pieza muerta
le dijo:
-MiIady: la piel del tigre es vuestra.
CAPITULO 9
LA TRAICIÓN
La comida ofrecida por Lord Guillonk a los
invitados a la cacería fue una de las más espléndidas y más alegres de las
servidas hasta entonces en la villa.
La cocina inglesa estaba representada por
enormes beelteaks y colosales puddings y la malaya por delicado g ~,de faisán,
ostras gigantescas de Singapur y corazón de batan dulces y apetitosos como los
palmitos. A estos platos se sumó una gran variedad de frutas de la isla,
convenientemente rociado todo ello con distintos vinos y bebidas espirituosas.
Mientras se servía el té la conversación se generalizó y se tornó animadísima,
hablándose de tigres, cacerías, piratas, naves, de Inglaterra y de la Malasia.
Solamente el oficial de marina se mantenía en silencio y parecía ocupado en
observar a Sandokan, no apartando sus ojos ni un instante del Tigre de la
Malasia. Al cabo de un rato se decidió a interrumpir a Sandokan que estaba
hablando de la piratería en esos mares.
-Excusadme, príncipe: ¿hace mucho tiempo que
habéis llegado a Labuan?
-Me encuentro aquí desde hace veinte días.
-¿Cómo no ha sido vista vuestra nave en
Victoria?
-Porque los piratas me despojaron de mis dos
prahos.
-¡Los piratas! ¿Habéis sido atacados por los
piratas? ¿Dónde?
-En las cercanías de las Romades.
-¿Cuándo?
-Pocas horas antes de mi arribo a estas
costas.
-Estoy confundido, príncipe, pues nuestro
crucero a esas horas navegaba en aquel paraje y ningún tiro de cañón escuchamos...
-Sería que el viento soplaba del levante...
-agregó Sandokan, que comenzaba a mantenerse en guardia, no sabiendo dónde
pensaba terminar con su interrogatorio el oficialillo. -¿Cómo pudisteis llegar
aquí? -A nado.
-Es extraño...
-Señor: ¿dudaréis de mi palabra? -le
enrostró Sandokan.
-¡Dios me guarde, príncipe!
-respondió el baronet con cierta inflexión irónica en la voz.
-¡Oh! ¡Oh! -intervino Lord James-. Baronet
William: os ruego no provocar una disputa en mi casa.
-Perdonadme, milord; no ha sido ésa mi
intención. -No se hable entonces más y hagamos un último brindis antes de que
os marchéis. Ha cerrado la noche y la floresta es peligrosa cuando las sombras
descienden sobre ella.
Se llenaron las copas y se volvió a brindar
alegremente y en seguida los invitados se pusieron en pie para marcharse. Ya en
la escalinata del parque, el Lord, Mariana y Sandokan les despidieron.
-Señores -dijo Lord James-; espero que me
volváis a visitar pronto.
-Estad seguro de ello, milord.
-Y espero que no os faltará ocasión para ser
más afortunado, baronet William -agregó el dueño de casa.
-Fue un tiro desviado, simplemente...
-respondió mortificado el oficial, al tiempo que clavaba en Sandokan una mirada
oblicua y cargada de odio-. ¿Podéis permitirme una palabra, milord?
-Dos, hijo mío.
El baronet se acercó al Lord y le apartó un
tanto del grupo de personas murmurándole casi al oído.
-Está bien -fue la respuesta audible de Lord
James-; y ahora os deseo buenas noches, amigos.
Todos montaron y se alejaron al galope
cruzando el parque. Sandokan, luego de saludar al Lord que parecía ahora presa
de un visible mal humor y de apretar apasionado la delicada manita de Mariana,
se retiró a su habitación.
Lejos de acostarse para descansar comenzó a
pasearse por la estancia con aire de preocupación. Una vaga inquietud le embargaba
e instintivamente su mano apretaba la empuñadura del kriss.
Pensaba sin duda que aquel interrogatorio
del oficial naval podía responder a un plan y a una celada hábil. ¿Quién era
aquel baronet y qué motivos había tenido para interpelarle como lo había hecho?
¿Le habría visto tal vez sobre el puente del crucero aquella tremenda noche de
sangre? ¿Le habría reconocido el oficial o sería una simple sospecha? ¿Se
tramaba algo en aquel momento contra él?
-¡Bah! -se dijo finalmente Sandokan-; si se
trama alguna traición yo sabré desbaratarla; soy el hombre más temido por los
ingleses. Ahora a descansar; mañana veremos qué debo hacer.
Sin desvestirse se arrojó sobre el lecho
colocando antes el kriss al alcance de su mano y con el dulce nombre de Mariana
en los labios se adormeció.
Cuando despertó
el sol estaba ya alto y una vivísima claridad entraba por la abierta ventana;
bajó al parque y a un sirviente que vio le preguntó por el Lord,
respondiéndole éste que su amo, muy temprano, había salido a caballo rumbo a
Victoria. Aquella novedad inesperada le sobresaltó.
-¡Partió! -murmuró-. ¿Ha partido y nada me
dijo anoche? ¿Qué motivo habrá tenido? ¿Estará en la conjura que se trama
contra mí? ¿Será ahora amigo o enemigo? ¡Cuánto me dolería tener que
enfrentarme al hombre que tanto me ha ayudado! Es necesario que hable con
Mariana para saber qué ocurre
Recorrió el parque con la esperanza de
hallaría, mas no vio a nadie; sin quererlo se dirigió a la magnolia bajo la
cual. acostumbraba a descansar la mujer de sus sueños. Se sentó a su pie y
comenzó a rememorar las circunstancias de aquella loca pasión; despertada en
su pecho por aquella niña adorable.
¡Qué adorable eres, Mariana! ¡Y yo que
pensaba huir de ti sin saber que me amabas!
Continuó su caminata circular, con la frente
baja y los brazos cruzados. a la espalda, cuando un ruido le sacó de su
ensimismamiento. Se volvió y vio a Mariana que llegaba por un sendero del
parque acompañada de dos indígenas armados hasta los dientes. Sandokan corrió
a su encuentro.
-¡Milady!
-Mi pobre amigo, estáis en un aprieto...,
-le dijo ella en voz baja y le hizo una señal de inteligencia para que no hablase,
en tanto le conducía hacia un ángulo del parque.
Los indígenas se pararon a varios pasos de
distancia :con las carabinas apuntadas.
-Sentaos -le pidió Mariana que estaba
aterrorizada-. Anoche lo escuché todo: habéis dejado escapar de vuestros labios
imprudentes palabras que han alarmado a mi tío. Decidme: si la mujer a la que
habéis jurado amor os pidiese una confesión, ¿se la haríais?
Sandokan, que mientras Mariana hablaba se
había acercado, al escuchar aquellas palabras se retiró bruscamente y su
rostro pareció demudarse ante la pregunta.
-Milady: por vos todo me será posible,
¡todo! Hablad, y si debo haceros una revelación, os juro que la haré.
-No me engañéis, príncipe -dijo ella con voz
sofocada-. Quienquiera que vos seáis, el amor que habéis despertado en mi
corazón no morirá jamás. Rey o bandido, lo mismo habré de queseros.
Un profundo suspiro se escapó del pecho del
pirata.
-¿Mi nombre? ¿Mi verdadero nombre?
-¡Sí, vuestro nombre ... tu nombre!
Sandokan se
volvió a pasar la mano por la frente cubierta de sudor, mientras las venas del
cuello se distendían prodigiosamente.
-Oyeme, Mariana: Hay un hombre que impera en
estos mares que bañan las costas de las islas de la Malasia, un hombre que es
el terror y el flagelo de los navegantes, que temblar a los pueblos y cuyo
nombre resuena como un símbolo de` maldición y muerte. ¿Has oído hablar de
Sandokan, a quien llaman el Tigre de la Malasia? Mírame a la cara: ¡El Tigre
soy yo!
La niña lanzó involuntariamente un grito de
horror e instintivamente se cubrió el rostro con las manos.
-¡Mariana! -exclamó el pirata cayendo de
rodillas ante ella-. ¡No me repudies por ello, no te espantes así! Fue la fatalidad
que me impuso este sanguinario sobrenombre. Los hombres de tu raza fueron
inexorables conmigo, que no les había hecho daño alguno; ellos me quitaron un
trono y me arrojaron al fango; me desposeyeron de mi imperio, asesinaron. a los
míos y me acorralaron en una de las islas de mi vasto imperio. No soy pirata
por ambición de riquezas, soy un justiciero, el vengador de mi familia y de mi
pueblo. Créeme Mariana y si tienes alguna duda y deseas no verme más, me
alejaré para siempre de esta isla.
-No, Sandokan, no te rechazo porque te amo
mucho, porque. te sé valiente, poderoso, y tremendo como el huracán.
-¿Entonces me amas, Mariana mía? ¡Dímelo!
¡Que lo vuelva a oir en tus dulces labios?
-Sí; te amo, Sandokan, ahora más que nunca.
El pirata la abrazó contra su pecho.
-¡Mía! ¡Tú serás mía,, Mariana! Dime: ¿qué
quieres que realice en tu homenaje? Te repito lo que ayer te ofrecí: ¡un
imperio, tesoros fabulosos, renegar de mis hombres, de mi venganza, de todo!
¡Habla! ¡Pídeme! ¡Exígeme!
-¡Mi valiente! No quiero otra cosa que la
felicidad a tu lado. Llévame lejos, a una isla desierta donde no estemos más
que nosotros dos y donde nos podamos amar apasionadamente. Hazme tu esposa.
-Si tú lo deseas te llevaré a una isla
lejana, cubierta de bosques y de flores y donde no escucharás hablar de Labuan
ni yo de Mompracem; a una isla encantada en medio del océano donde realmente
seremos felices. ¿Lo quieres, Mariana?
-Sí, lo quiero. Ahora escúchame: un grave
peligro te amenaza; una traición se está tramando en estos momentos contra ti.
-Lo presiento, pero no temo.
Es menester que me obedezcas, Sandokan.
-¿Qué debo hacer?
-Partir; partir inmediatamente.
-¿Partir? ¿Huir? ¡Yo no tengo miedo!
-Sandokan: huye mientras haya tiempo. Tengo
un funesto presentimiento, temo te ocurra una desgracia. Mi tío ha partido,
evidentemente en combinación con el baronet William Rosenthal, el cual te ha
reconocido. Escúchame, Sandokan: ¡Márchate, regresa a tu isla y ponte a salvo!
En vez de contestar, Sandokan tomó a Mariana
entre sus brazos y la levantó en vilo.
Un instante después salió del quiosco y como
una fiera atravesó el parque a la carrera. Mariana temblaba en sus robustos
brazos y a poco, reaccionando, la puso en pie y juntos, sin decir nada,
retornaron despaciosamente hacia la casa. Los isleños, cual guardia de corps,
seguían a la pareja.
Penetraron en el saloncito y Mariana comenzó
a sollozar; Sandokan la abrazó con ternura.
-¿Por qué lloras, criatura? ¿Porque yo soy
el Tigre de la Malasia, el hombre execrado de tu raza?
-¡No, Sandokan! Tengo miedo; una desgracia
va a acontecer... ¡Huye antes que sea demasiado tarde! Mi tío no ha regresado
y fácilmente puedes escapar ahora.
-No temo a nada ni a nadie, Mariana, yo...
El galopar de un caballo sobre las piedras
del camino principal del parque le cortó la palabra.
-¡Mi tío! ¡Escapa, huye, Sandokan!
En aquel momento penetraba el Lord en el
salón. No era ya el hombre del día anterior: tenía un aire grave y preocupado y
vestía ahora el uniforme de capitán de la armada británica.
Con un gesto desdeñoso rehuyó el cordial
saludo que le hiciera Sandokan y con frío acento le dijo, rechazando su mano:
-Si yo fuese un hombre de vuestra especie, en vez de aceptar la hospitalidad
de un enemigo, me hubiese dejado devorar por las fieras de la floresta. ¡No
puedo estrechar la mano que me alarga un pirata, un asesino!
-¡Señor! -contestó Sandokan-. ¡No soy un
asesino sino un justiciero!
-No pronunciéis una sola palabra más en mi
casa: ;marchaos!
-Está bien.
Lanzó una larga y dulce mirada sobre Mariana
que estaba caída sobre un diván, ahogada por el llanto y tuvo por momentos la
intención de arrojarse a los pies de ella, mas se contuvo y se irguió con
terrible expresión; a paso lento comenzó a caminar demandando la entrada con
la mano puesta sobre la empuñadura del kriss.
Al llegar a la portada principal de la casa
que enfrentaba al amplio parque, su mano en un rápido ademán, sacó a relucir la
brillante hoja de su kriss.
Ante él, a sólo
cien pasos de distancia, se extendía una línea de soldados, armas en mano,
dispuestos a hacer fuego.
CAPÍTULO 10
A LA CAZA DEL PIRATA
En otra oportunidad, Sandokan, aunque
estuviese inerme y frente a un enemigo cincuenta veces superior, no hubiese trepidado
un solo instante en lanzarse a la punta de su bayoneta para abrirse camino a
cualquier costo; mas ahora que amaba y sabía que era amado, no estaba dispuesto
a cometer semejante locura que a él podía costarle la vida y a ella tantas
lágrimas.
Necesitaba todavía abrirse camino para ganar
la floresta y de allí, buscar en el mar su única salvación. A simple vista
comprendió que aquello, por el momento, era imposible.
-Regresemos... luego veremos -se dijo.
Subió la gradería de la entrada sin ser
visto por los soldados y penetró nuevamente en el saloncito empuñando el
kriss. El Lord no se había movido de su lugar, con los brazos cruzados y la
barba hundida en el pecho. Mariana, en el diván, se conmovía con ahogados
sollozos.
-Señor -le dijo Sandokan acercándosele- si
yo os hubiese hospedado, si yo me hubiese llamado vuestro amigo y luego
descubierto que no lo podía ser, os hubiese indicado la puerta pero no os
habría tendido una vil trampa. Abajo, frente a la entrada por la cual debo
abandonar esta casa, un centenar de soldados están prontos a fusilarme;
hacedlos retirar.
-¿El tan invencible Tigre tiene acaso miedo?
-respondió el Lord con cierta ironía.
-¿Miedo yo? No es verdad, milord, mas aquí
no se trata de combatir sino de asesinar fríamente a un hombre inerme. -Ello no
me remuerde. Retiráos, no deshonréis más mi casa.
-No me amenacéis, milord, porque el Tigre
será capaz de morder la mano que le ha curado.
-¡Retiraos, os digo!
-Haced primeramente que se retire la tropa.
-¡Entonces, nosotros dos, Tigre de la
Malasia! -rugió el Lord al tiempo que desenvainaba su espada y cerraba la
puerta.
-¡Lo suponía! Me habéis hecho cercar para
asesinarme a traición; abridme paso, milord, o me veré obligado a arrojarme.
contra vos.
El Lord, en vez de obedecer, corrió a la
pared y descolgando un cuerno de
caza, lanzó una nota aguda.
-¡Ah, traidor!-le gritó Sandokan.
- Os aseguro que ya era tiempo- de que
cayéseis en nuestras manos, dentro de pocos minutos llegarán los soldados . y
antes de veinticuatro horas seréis ahorcado.
Sandokan emitió . un. sordo ruido. Con un
salto de felino se apoderó de una pesada silla y enarbolándola se subió sobre
la mesa que estaba en medio del salón.
En aquel
momento se escuchó resonar de .pasos en
el corredor y Mariana, levantándose del diván, imploró a su amado.
-¡Huye, Sandokan!
-¡Sangre! ¡Veo sangre! -gritó el pirata.
Levantó la silla y la descargó con fuerza
irresistible. contra el Lord, que, golpeado en pleno pecho, cayó pesadamente ,
al suelo. Rápido como un relámpago, Sandokan saltó sobre el con el kriss
alzado.
¡Déjame,
asesino! -bramó el Lord.
-No os puedo matar. Recordad mis palabras de
hace poco, pero es fuerza que os rindáis si queréis salvar la vida. Rápidamente
y con una destreza extraordinaria, Sandokan le . colocó de espaldas en el suelo
y con su propia faja le ató fuertemente brazos y piernas. Luego tomó su espada
y abriendo la puerta se lanzó al corredor ordenando a Mariana. -¡Sígueme,
Mariana!
Mariana le tomó fuertemente de un brazo y le
detuvo, luego señalando su propia habitación, le pidió llorando.
-No cometas una imprudencia, amado mío;
acabo de ver a los soldados dentro de la casa... ¡Dios mío! ¡Estáis perdido!
-¡Nunca: haré huir a los soldados; ahora lo
verás!
La tomó de un brazo y la acercó a la ventana
iluminada por la luz de la luna; la miró fijamente a los ojos y le preguntó
vehemente.
-Mariana:
júrame que serás mía, que serás mi esposa!
-¡Te lo juro, Sandokan!
-¿Me esperarás?
-¡Te esperaré; te lo prometo!
-Está bien; las circunstancias me obligan a
huir. para salvarme, pero, dentro de una semana o dos, regresaré aquí a buscarte, a la cabeza de mis valientes tigrecillos. Y
ahora ,' ¡a vosotros, perros! Yo me bato
por la Perla de Labuan ..
Abrió una ventana y se descolgó por el
frente del edificio cayendo en medio de
una tupida mata de plantas que le ocultaron por completo. En tanto, los
soldados, unos. ochenta hombres al mando de un capitán, habían circundado
totalmente ' parque y avanzaban
cautelosamente sobre el edificio '
Sandokan permaneció emboscado en el macizo de plantas, con la espada en la
diestra y el kriss en la siniestra, dispuesto
a dar un salto de tigre; no se movía casi espiando al enemigo. : No
apartaba los ojos, naturalmente, de la ventana donde su- ponía hallar la figura
de Mariana, la cual seguiría aterrorizada las :alternativas de aquella lucha
desproporcionada.. Los soldados llegaron
pronto cerca del palacete del Lord y
algunos se . encontraban ya a pocos pasos del lugar en que se hallaba oculto
el pirata.
-¡Adelante con cautela! -ordenó en voz baja
un sargento-. Esperaremos la señal para entrar al asalto de la casa.
- ¿No teméis que el pirata se halla
emboscado, sargento?
-Lo que temo es que pueda haber matado a los
moradores de la casa; no se oye rumor alguno.
-.¿Sería capaz de semejante cosa?
-Es un bandido capaz de todo. ¡Cómo me
alegrará el verlo bailar en la punta de una soga, con un dogal de un retro?
Sandokan, que no perdía una sola palabra, emitió un sordo gruñido y clavó en el
sargento sus ojos inyectados en sangre.
-Espera un momento -murmuró para sí-; el
primera en caer serás tú.
En ese momento
se volvió a escuchar el sonido del cuerno del Lord dentro del palacete.
-¿Será la señal convenida? -se preguntó el
Tigre.
-¡Adelante! -ordenó el sargento-. El pirata
está adentro. Los soldados avanzaron lentamente, con la vista inquieta y las
caras temerosas. Sandokan midió con la vista la distancia y dando un salto de
leopardo, cayó sobre el enemigo más cercano... Abrir el cráneo de un tremendo
tajo al sargento y hundir el puñal en el pecho del soldado vecino, fue cosa de
un instante. Los demás soldados, aterrados por tanta audacia y por la muerte
del sargento y su compañero, no pensaron en otra cosa que darse a la fuga. Aquella
breve indecisión de la tropa bastó a Sandokan para romper el cerco de
bayonetas, superarlo con otro salto y escapar en medio de la umbrosa arboleda
del parque. Gritos de furor y descarga inútil de fusilería es cuanto oyó el
pirata a sus espaldas en momentos que ganaba la espesura del bosque, luego de
llegar a la descuidada tapia del parque y escalarla en contados minutos. Los
soldados se desparramaron dentro del parque en una infructuosa búsqueda, pero
ya era tarde: verdaderamente por milagro el pirata se les acababa de escurrir
de entre las manos.
Allí, en la selva, podría actuar
astutamente; ya no temía nada; todo lo superaría, estaba momentáneamente libre
y aseguraría a todo trance esa libertad; por otra parte aún escuchaba en sus
oídos la dulce voz de Mariana que le imploraba: -" ¡Huye... yo te
amo!"
A medida que se iba internando en el bosque,
los gritos de los soldados y su inútil granizada de balas se iba perdiendo poco
a poco en sus oídos; finalmente se apagaron totalmente.
Sandokan se detuvo un instante al pie de un
gran árbol para orientarse sobre el camino que debía seguir. La noche estaba
clara por efecto de la luna que brillaba en el cielo, y que se filtraba en el
bosque:
-Recapitulemos -se dijo Sandokan tratando de
orientarse por medio de las estrellas-; a la espalda tengo los ingleses, que
es el norte; a la derecha está el levante y a mi izquierda el oriente: en
consecuencia debo seguir el ciclo de la luna que me conducirá al sur, donde
está el mar. ¡En marcha, pues y ojo avizor!
Reunió todas sus energías y sus fuerzas y se
lanzó por un sendero del bosque, camino evidentemente marcado por algunos
isleños pescadores y que no había duda alguna conducía a la costa; avanzaba
rápido aunque con precaución, deteniéndose cada cien pasos para escuchar si
alguien le seguía o si existía peligro en la selva por la intranquilidad de sus
alados habitantes. Caminó así por espacio de tres horas; la luna comenzaba a
palidecer y los primeros resplandores del alba se iban marcando en la pureza
del cielo.
Se sentó a descansar un rato al pie de un
tilo gigantesco; tenía la cara cubierta de sudor y se encontraba algo fatigado.
No habrían transcurrido unos minutos, cuando un leve rumor en la vecindad de la
selva le hizo prestar atención, rumor levísimo que hubiese pasado inadvertido
para un oído menos aguzado que el del pirata. Auscultó la fronda con su
penetrante mirada y contuvo la respiración para mejor captar cualquier
movimiento extraño que se delatase por el ruido. No dudó: había escuchado voces
humanas.
Alistó la espada que había arrebatado al
Lord y se dispuso a defenderse si era atacado.
Las voces se hicieron ahora perfectamente
audibles. Eran dos soldados ingleses, que agachados, venían por el sendero que
acababa de recorrer Sandokan.
Uno de ellos, con voz bastante trémula, dijo
a su compañero:
-¿Sabes una cosa, John? Me siento bastante
acobardado esta noche; la búsqueda que estamos haciendo de ese hombre me pone
la piel de gallina...
-En verdad, James -respondió el otro-, que
yo tampoco me siento muy seguro; el Tigre de la Malasia aseguran que es un
hombre terrible; es capaz de lanzarse desde lo alto de un árbol, y despanzurrar
a una docena de hombres...
-¡Ése no era un hombre, John! ¡Era una fiera
y no quisiera enfrentarme con él pese a las cincuenta libras esterlinas que
ofrece de premio por su cabeza el baronet Rosenthal!
-¿Qué hacemos? ¿Seguimos o esperamos al
sargento Willis?
-Prefiero seguir adelante y esperarle en la
costa de la isla.
-¡Entonces, andando! Ojalá no nos toque la
mala suerte de encontrarnos con ese maldito pirata.
Cuando el rumor de los hombres se hubo
apagado, Sandokan salió de su escondite y tomando un sendero sesgado, se internó
nuevamente en la selva, y en momentos en que rodeaba el grueso tronco de un
árbol una voz a sus espaldas, imperiosa y amenazadora, le gritó.
-¡Si dais un paso, si hacéis un movimiento,
os mato como a un perro!
CAPÍTULO 11
EL ESPECTRO DE GIRO-BATOL
Sandokan, sin inmutarse. y a riesgo de su
vida. giró lentamente empuñando la espada. pronto a atacar propios medios y
huir para delatarle antes de que se alejase convenientemente de ese lugar.
-¡Adiós Willis y buena suerte! -Adiós,
señor.
El Tigre se internó en la selva y tomó hacia
el lado del levante, ya que los ingleses le buscaban por la parte occidental
de la isla.
Marchaba ahora con el pensamiento fijo en
Mompracem, en Yáñez y en sus tigrecillos, cuando un imprevisto grito le hizo
reaccionar, llevando instintivamente la mano a la empuñadura del kriss.
-¡Eh, camarada! -le gritó el soldado que
encontrara en la noche y que respondía al nombre de John.
Sandokan se repuso y en un inglés con
marcado acento malayo, muy de acuerdo a su calidad de falso spais, contestó:
-¿Qué hacéis vosotros aquí? ¿Vuestra misión
es acaso estar charlando y fumando?
Los soldados reconocieron el uniforme de
sargento y adoptaron un tono más respetuoso.
-Estábamos descansando un tanto, sargento
-respondió James-, hemos trotado toda la noche dentro del bosque buscando
inútilmente el rastro de ese infernal pirata.
-¿Y qué pensáis hacer?
-Aguardar a nuestro sargento, el camarada
Willis.
-¿Willis? Le encontré hace un par de
horas...
-¿Le habéis encontrado? ¿Qué dijo?
-Que su misión de vigilancia para este lado
de la isla había terminado y que otros soldados habían encontrado el rastro
del pirata en dirección a la colina roja, la que está hacia el centro de la
isla; me pidió que si les encontraba les ordenara regresar hacia la finca de
Lord Guillonk. Allí han prometido cien libras esterlinas y el ascenso
inmediato para quien capture al fugitivo.
-¡Anoche eran cincuenta! -dijo John.
-Pero el Lord ha resuelto doblar la oferta
del baronet Rosenthal; ¡a darse prisa y a ganarse esas cien libras,
compañeros! Los soldados recogieron prestamente sus fusiles y saludando al
falso sargento, volvieron sobre sus pasos y rápidamente se volvieron a internar
en el bosque.
Sandokan, al rato de retornar los soldados,
no oyendo rumor alguno en la selva y comprendiendo que dentro de un par de
horas sería pleno día y que nada podría hacer hasta que no fuese de noche,
resolvió proporcionarse un necesario descanso; se recostó a la sombra de un
gran árbol y a poco se quedó profundamente dormido.
No tuvo noción, cuando despertó, de las
horas que había dormido, pero debieron ser muchas, ya que el sol, pasada la
hora del cenit, indicaba ya la media tarde. Se levantó dispuesto a reanudar la
marcha hacia el mar cuando un disparo de fusil, no muy lejano, le sobresaltó,
al tiempo que se sentía retumbar la tierra bajo los cascos de un caballo
lanzado a todo galope.
-¿Estarán los ingleses cerca? -se preguntó
Sandokan. Clavó su aguda vista en la espesura, pero nada distinguió, bien que
el galope del bruto se iba acercando hacia ese lugar. El pirata supuso que
debía ser algún cazador de la isla, pero pronto salió de su engaño: la cacería
era contra un hombre. En efecto, un instante después, un indígena o un malayo,
a juzgar por el color negro-rojizo de su piel, atravesaba a gran carrera la
pradera y se ocultaba rápidamente en medio de una alta y tupida mata de plantas
silvestres.
Sandokan, intrigado, se quedó observando,
lista su arma en la mano. De pronto una idea le atravesó la mente. -¿Quién será
ese hombre que huye? ¿Y si fuese uno de mis tigrecillos? Me parece que es un
malayo…; tal vez haya desembarcado gente de Yáñez en Labuan; él no ignoraba que
hacia aquí venía y al no tener noticias mías se habrá resuelto a venir a
averiguar sobre la suerte que pude haber corrido... Resolvió salir de dudas y
cuando se disponía a acercarse cautelosamente hacia el macizo de plantas donde
se había ocultado el fugitivo, en la linde del bosque que allí formaba una
pradera relativamente despejada, apareció un jinete y Sandokan reconoció en él
a un soldado de caballería de un regimiento de Bengala.
Parecía furioso y su ira la descargaba
contra el pobre caballo, cubierto de espuma por la violenta carrera,
hundiéndole las espuelas en los ijares. Al llegar al espacio abierto se detuvo,
saltó ágilmente de la silla y ató el caballo a un bananero, luego, empuñando la
carabina, comenzó a escudriñar los alrededores, buscando evidentemente al
hombre que se acababa de emboscar.
-¡Por todos los truenos del universo!
-exclamó el bengalés-. ¡No se lo habrá tragado la tierra. . . , estará en
algún sitio escondido y no se escapará por segunda vez del tiro de mi carabina
por más famoso Tigre de la Malasia que sea! Sandokan sonrió complacido al darse
cuenta que el soldado creía perseguir en aquel hombre desnudo, al famoso jefe
de los piratas de Mompracem; el fugitivo estaba, como él, perseguido por un
enemigo común, era necesario socorrerle.
En tanto el
soldado buscaba afanosamente en opuesta dirección donde se encontraba Sandokan
y el fugitivo, el Tigre, arrastrándose casi, se fue acercando hacia el lugar
donde había visto desaparecer el cuerpo del indígena; tenía el presentimiento
que debía ser uno de los hombres de Yáñez.
Cuando llegó junto al macizo comprobó con
sorpresa que no había nadie, pero un ligero rumor en lo alto de un árbol le
hizo levantar la vista; el pobre fugitivo, sabiendo que no tardaría en ser
descubierto, se había encaramado a una planta trepadora.
En ese momento alcanzó a distinguir, por
fracción de un segundo, la cara del fugitivo y sin poder contenerse, lanzó un
sordo grito de alegría y estupor.
-¿Sueño o estoy viendo un espectro? ¿Será
posible? Estoy seguro de haberlo reconocido: ¡Giro-Batol! ¡Mi valiente malayo!
¿Cómo es posible que le encuentre aquí, vivo, cuando he visto su praho hundirse
con él en la cubierta, en los abismos del mar?
Armó la carabina para estar seguro que no
habría de fallarle y volviéndose apareció en la linde del bosque gritando:
-¡Eh, camarada! ¿Qué buscas con tanto
empeño?. ¿Has herido a alguna babirusa?
El bengalés, al oír aquella voz, salió apresuradamente
fuera de los matorrales, con la carabina apuntando, pero al ver al falso
sargento no pudo reprimir un gesto de estupor.
-¡Cómo, un sargento!
-¿Te sorprende, camarada?
-Algo... ; ¿de dónde vienes?
-Del bosque. Oí un disparo de fusil y me
apuré para venir aquí y saber qué pasaba... ¿Hiciste fuego contra alguna pieza?
-Sí, ¡contra el Tigre de la Malasia!
-¿El pirata? Todos tratamos de encontrarle
pero sólo seguimos pistas falsas; yo mismo creí haber dado con su rastro. . .
-Yo en cambio, sargento, tuve más suerte: le
descubrí en el momento, le perseguí y alcancé a hacerle fuego.
-¿Viste al pirata? ¡Imposible!
-Te aseguro que sí.
-¿Y dónde se ha metido?
-Le seguí hasta aquí; creo que debe estar
emboscado. -Yo opino lo contrario: es un hombre muy ágil y debe estar ya muy
lejos de nosotros; por otra parte es más feroz que un tigre y es capaz de
mandarnos a los dos al otro mundo. -Lo sé sargento, y si no fuese por las
libras esterlinas de premio que necesito ganarme, no habría osado seguirle.
-¿Quieres un consejo?
-Dilo.
-Vuelve a montar a caballo y hazte una
recorrida.
-¿Por qué no vienes conmigo?
-No, camarada. -¿Por qué, sargento?
-Si los dos nos vamos para una misma parte,
el Tigre escapará por la opuesta; tú explora el bosque por aquel lado y yo
seguiré por éste, revisando mata por mata y árbol tras árbol.
-De acuerdo, mas con una condición.
-¿Cuál?
-Que cualquiera de los dos que pille al
bandido, el premio será dividido en partes iguales.
-No hay inconveniente: ¡acepto! -respondió
Sandokan. El spais montó a caballo y colocando delante suyo la carabina
cargada se dispuso a partir, pero antes recomendó.
-Nos encontraremos en la margen opuesta del
bosque. -Aunque yo demore, espérame, ¿eh?
Cuando el jinete desapareció y el galopar de
su caballo se perdió en el bosque, Sandokan se acercó al sicamoro donde estaba
oculto el fugitivo y en lengua malaya ordenó.
-¡Puedes bajar, Giro-Batol!
No había terminado la frase, cuando
descendiendo del árbol como un simio, el malayo cayó de pie ante su capitán.
-¡¡Tigre de la Malasia!!
-¿Te sorprende verme aún vivo, mi valiente
Giro-Batol?
-Capitán, creedme: jamás supuse el volver a
veros; os hacía asesinado por esos malditos ingleses.
-Me hirieron gravemente, es verdad, pero
vedme cómo estoy ya curado.
-¿Y los demás tigrecillos?
-Duermen en los negros abismos del mar;
todos los valientes cayeron bajo los golpes del leopardo.
-Pero nosotros les vengaremos, Tigre.
-Sí, Giro-Batol y muy pronto. Ahora dime: ¿a
qué fortuna debo el volver a encontrarte? Recuerdo que te vi caer moribundo.
-Es verdad; una esquirla de metralla me
golpeó en la cabeza pero no alcanzó a matarme y me desvaneció; cuando volví en
mí el pobre praho, acribillado por los cañones del crucero, estaba a punto de
sumergirse. Me agarré a un trozo de la arboladura que estaba cortada y traté de
llegar a la costa, permaneciendo en el mar durante algunos días. Una noche,
vencido por la fiebre y la sed me desvanecí y cuando recobré los sentidos
estaba en la cabaña de un indígena de Labuan. -Cuéntame los detalles,
Giro-Batol.
-El buen hombre me recogió con su canoa a
quince millas de la costa, me llevó consigo y me curó y alimentó; cuando estuve
bien, me despedí de mi bienhechor y gané la selva. -¿Ahora, por qué fugabas?
-Estaba cerca de
la costa, tratando de echar al agua una canoa que me construí, cuando me asaltó
ese maldito bengalés. --¿Tienes una canoa, Giro-Batol?
-Sí, capitán.
-¿Pensabas regresar a Mompracem? -Esta misma
noche, Tigre.
-Nos iremos juntos, Giro Batol.
-¿Cuándo?
-Al caer la noche.
-Entonces podemos ir a descansar a mi
cabaña.
-¿También tienes una cabaña?
-Una choza en ruinas y abandonada.
-Entonces vayamos allí en seguida.
Emprendieron la marcha al través de la selva
y ya iban a desaparecer en un alto cañaveral, a la vera de un arroyuelo, cuando
se escuchó el violento galopar de un caballo.
-¡Otra vez ese maldito! -dijo Giro-Batol.
-Le volveré a despistar; quédate quieto,
malayo. Apareció nuevamente el spais gritando.
-¡Eh, sargento? ¿Así es como me ayudas a
buscar a ese pirata?
Sandokan se detuvo y contestó:
-¿Para qué iba a buscarte? He vuelto a
encontrar la huella del fugitivo que debe escapar para el interior de la isla.
Yo comienzo a temer que las libras se hayan esfumado...: por mi parte renuncio
v regreso a la quinta del Lord.
-Yo no tengo miedo, sargento; seguiré
rastreando.
-Como te guste, camarada. Yo me vuelvo...
-¡Que el diablo te lleve, bengalés!
-¡Feliz regreso, entonces! -dijo con burla
el soldado.
El pertinaz soldado volvió a picar espuelas
y se internó nuevamente en el bosque, en dirección contraria a la que suponía
llevaría a Sandokan de regreso a la quinta del Lord.
-Vamos, Giro-Batol; si regresa te aseguro
que lo saludo con un tiro de carabina, ya me tiene cansado con sus tonterías.
Los piratas se adentraron en la selva y apresuraron el paso y a poco andar,
Giro-Batol anunció al Tigre que estaban ya cerca del escondite; en efecto: en
medio de un espeso montecillo de tamarindos, el malayo indicó a Sandokan una
tosca construcción de troncos con techo de hojas de palmera.
-Esa es nuestra cabaña, Tigre.
-Un asilo seguro y necesario; admiro tu
prudencia. -Entremos, capitán; ninguno vendrá a molestarnos.
CAPÍTULO 12
EL REGRESO A MOMPRACEM
La cabaña de Giro-Batol era una miserable
ruina perdida en el bosque y abandonada por algún indígena.
Penetraron y en su interior Sandokan sólo
vio en un rincón un camastro formado con ramas y hojas secas, en otro, un par
de escudillas toscamente hechas de barro cocido y una especie de tinaja
grande, igualmente de barro, llena de agua. De uno de los troncos pendía un
cuarto de babirusa asada.
-Mi valiente malayo: me siento aquí tan
cómodo y seguro como en mi fortaleza de Mompracem.
-Si queréis comer, señor, allí tenéis la
jugosa carne asada de una babirusa que cacé ayer y hay abundancia de ananás.
-¡Gracias, Giro-Batol; no exijo más de lo
que tienes. Comieron con excelente apetito y luego de mondar unos perfumados
ananás, bebieron unos sorbos de la cantimplora del sargento Willis. Luego se
extendieron sobre la hojarasca dispuestos a dormir.
-¿Cuándo nos embarcamos, Tigre?
-En cuanto la luna levante. Sandokan
prosiguió hablando como abstraído.
-¿Regresaremos pronto aquí, a su isla; el
destino será más fuerte que mi voluntad? ¿Ya en Mompracem: podré olvidar a
Mariana? ¿No basta con el riesgo corrido? ¿Será menester que deje el corazón y
la vida misma en esta isla maldita?
-¿El corazón? No entiendo.
-Mejor así... A descansar, Giro-Batol; no
pensemos en el pasado.
-Vuestras
palabras me dan miedo, capitán.
-¡Calla, Giro-Batol! -le cortó Sandokan.
El malayo se calló y se acostó sobre el
montón de hojas y a poco dormía profundamente, soñando quizá, que ya estaba de
regreso en Mompracem. Sandokan, a la inversa, pese a estar rendido por tantas
emociones no pudo cerrar los ojos. Pensaba y se torturaba con mil preguntas a
las cuales no podía hallar respuesta.
¿Qué le habría acaecido a Mariana luego de
marcharse él? ¿Cuál sería la conducta que Lord James observaría con ella? ¿Y
qué clase de acuerdo podía existir entre el tío de Mariana y el baronet William
Rosenthal? ¿Sería capaz el Lord de alejar a su amada de Labuan?
En tanto, el sol había comenzado a declinar
y Sandokan creyó llegado el momento de ejecutar el plan de retirada de Labuan.
Sacudió a Giro-Batol. El malayo se incorporó sobresaltado.
-Es hora de partir, Giro-Batol; el sol se
está ocultando y veo desde aquí negras nubes que van avanzando sobre el septentrión;
es casi seguro que no asomará esta noche la luna, lo cual nos favorece.
Apúrate. ¿Dónde se encuentra la canoa?
-A diez minutos de marcha.
-¿Cerca del mar?
-Sí, Tigre.
-¿Hay víveres y elementos dentro de ese
bote?
-Todo lo he previsto: media babirusa asada,
frutas, agua potable, remos, y hasta un mástil y una vela que he hecho con los
restos del praho y que el pescador que me recogió cargó en su embarcación.
-Eres inigualable, malayo; partamos,
entonces. Salieron de la cabaña. La
noche no podía ser más propicia para una aventura semejante, pues el cielo se
cubría rápidamente de negros nubarrones presagiando una tormenta. Orientándose
el malayo entre la espesa floresta, pronto dio con la margen de un arroyuelo y
emprendieron la marcha internándose hacia el oeste, punto donde el cauce
llegaba al mar. Giro-Batol debía tener pupilas de gato, pues caminaba en la
intrincada selva como en un despejado camino a plena luz solar; sorteaba
árboles caídos, espesas matas espinosas, verdaderas redes de lianas y
trepadoras y todo ello sin producir ruido alguno; Sandokan seguía sus pasos
absorto en sus meditaciones.
No lejos se escuchaba ya el ruido del mar al
romperse contra la costa y al percibirlo, al pirata se le contrajo el rostro
dolorosamente: allí estaba la vía inconmensurable que le llevaría nuevamente a
su temible Mompracem, pero por allí también se debía alejar de su Mariana.
El malayo apresuraba el paso y su compañero
debía correr, casi, para no perderle de vista. De pronto Giro-Batol detúvose.
-¿Qué ocurre, malayo?
-¿No oís un fragor?
-Lo oigo: es el mar. ¿Dónde se encuentra la
boca de este arroyo? ¿Cerca de la canoa?
-Aquí desemboca, seguidme.
Observó atentamente el terreno que pisaba,
removió unas ramas rotas y rápidamente corrió unos veinte pasos, llegando a un
espeso cañaveral, cuya fronda separó.
-Aquí tenéis la canoa, capitán.
En efecto; meciéndose en una pequeña bahía
que allí formaba el mar, estaba una canoa, toscamente construida con un gran
tronco de árbol, socavada pacientemente con golpes de machete y fuego; era
amplia y podían caber en ella, cómodamente, seis hombres.
El primero en saltar dentro de la canoa fue
Giro-Batol que en seguida, ayudándose de una gruesa rama, a modo de botador,
empujó con fuerza el pesado bote hacia el mar, ayudado por Sandokan que
empujaba desde la orilla y que saltó prestamente dentro cuando el leño estuvo
libre.
El malayo plantó dentro de una ranura el
trozo de mástil que fuera de su praho y en él izó una pequeña vela de junco
:ejido que en seguida imprimió marcha a la canoa; uno y otro se apoderaron de
los remos, construidos pacientemente por el malayo, y la embarcación salió de
la costa en demanda del mar abierto.
Media hora más tarde los remos ya no eran
necesarios, pues la brisa soplaba con cierta fuerza y la vela era suficiente
para hacer navegar la rústica canoa a una respetable velocidad. Sandokan se
acomodó en la proa y se encerró en su silencio habitual; Giro-Batol, en la
proa, con un remo de ancha pala que había amarrado allí convenientemente a
guisa de timón, guiaba la embarcación en derechura a Mompracem.
Sería cerca de
la medianoche cuando el malayo, que tenía su mirada felina fija en lontananza,
lanzó un grito.
-¡Un buque de vapor!
Sandokan no le oyó, pues no hizo gesto ni
movimiento alguno.
-¡Una nave en nuestra ruta, Tigre!
-¿Donde, malayo?
-A nuestra proa; ¿no véis brillar un punto
luminoso?
El punto luminoso se agrandaba rápidamente y
parecía que se iba alzando, cual una estrella sobre el horizonte. No podía ser
otra cosa que el fanal de una nave de vapor colocado en el palo trinquete.
Giro-Batol comenzó a inquietarse, pues aquella luz venía directamente sobre
ellos; de pronto surgieron otras luces al lado de la blanca: una roja y otra
verde.
-Capitán: ¿será un crucero?
Sandokan no contestó, midió la extensión del
mar y sus ojos se clavaron en los puntos luminosos. Su mano agarró el kriss.
-¿Todavía más enemigos? -murmuró
sombríamente.
-Es lo que temo, Tigre; parece que viene
sobre nosotros.
-Es probable que nos hayan visto.
-¿Qué hacemos, capitán?
-Dejar que se acerquen.
-¡Y nos capturarán!
-¿Te olvidas que yo no soy el Tigre de la
Malasia y sí un sargento colonial?
-¿Y si os reconociese alguien?
-Sería poco probable. Si la nave viniese de
Labuan ello podría suceder, pero navega desde el mar y espero poder engañar a
su comandante.
Luego de observar atentamente a la nave
agregó:
-¿Vendrá de Sarawak?
-Es probable; esperémosle.
La cañonera había enfilado su proa en
dirección a la canoa y aceleraba la marcha para alcanzarla; viéndole llegar
desde la costa de Labuan suponían con fundamento a bordo del navío que la
canoa podía haber sido arrojada al mar por un violento golpe de viento y sus
tripulantes necesitaban tal vez de su socorro; igualmente podía sospecharse que
fuesen piratas sus ocupantes.
Sandokan ordenó a Giro-Batol que empuñase
los remos e imprimiera al leño la dirección de las Romades; había trazado su
plan para despistar a la gente de la cañonera inglesa.
Media hora después la cañonera estaba a un
cable de distancia de la canoa; era una pequeña embarcación de baja popa y
que montaba un solo cañón, colocado sobre una plataforma en la proa; llevaba,
igualmente, un solo mástil y su tripulación no debía superar a treinta o
cuarenta hombres.
El comandante o el oficial de guardia, tal
vez, había maniobrado de tal modo que la cañonera se había acercado a escasos
metros de la canoa. Una fuerte voz gritó:
-¡Alto u os mandaremos a pique!
Sandokan se puso
en pie y en un correcto inglés respondió.
-¿Y por qué me detenéis?
-¡Rayos! Un sargento de spais.. . -dijo
admirado él oficial que les intimara-. ¿Qué diablos hacéis cruzando el mar
desde Labuan?
-Me dirijo a las Romades, señor.
-¿A hacer qué?
-Debo llevar una orden para el capitán del
yate de Lord James Guillonk.
-¿Se encuentra allá esa embarcación?
-Sí, comandante.
-¿Y habéis partido en semejante canoa?
-No había nada mejor en Labuan.
-Tened cuidado, sargento: he visto dos
prahos malayos navegando en aquella latitud.
-¡Ah! -exclamó Sandokan sofrenando su íntima
alegría.
-Ayer por la mañana se nos echaron encima;
venían de Mompracem, pero el oportuno uso de nuestro cañón les hizo desistir.
-Gracias, comandante; me guardaré de
encontrarme con esos prahos.
-¿Se os ofrece algo, sargento?
-Nada, señor.
-¡Entonces, buen viaje!
-Gracias, señor.
La cañonera viró rápidamente y se dirigió
hacia Labuan en tanto la canoa, con la vela hinchada por el viento, retomaba
la carrera rumbo a Mompracem.
-¿Has oído, malayo?
-Sí, Tigre.
-Nuestros prahos recorren el mar; no ha
creído cierta mi muerte el bueno de Yáñez. ¡Qué sorpresa cuando me vea! Se
volvió a sentar a popa con la mirada siempre fija en dirección a Labuan y se
encerró en su habitual mutismo.
Al alba, sólo ciento cincuenta millas
separaban a los fugitivos de Mompracem, distancia que podía cubrirse en sólo
veinticuatro horas si el viento seguía propicio. El malayo, de una vasija de
barro cocido sacó algunas provisiones que alcanzó a Sandokan, pero éste, ni se
dio cuenta de la solicitud de Giro-Batol y siguió absorto con la mirada perdida
en el mar.
-El Tigre está embrujado -murmuró-, si ello
es verdad, ¡guay de los ingleses!
El día transcurrió monótono; por la tarde el
mar se encrespó y la pesada canoa se hundía en los abismos que se abrían bajo
ella, haciendo entrar bastante agua que el malayo achicaba en seguida, pero al
llegar la noche se compuso el mar y se levantó un fresco viento que impulsó al
tosco leño con considerable velocidad, acercándole, más y más, hacia
Mompracem.
Antes de ocultarse los últimos destellos del
sol, Giro-Batol, que estaba aferrado de pie al mástil, divisó en el horizonte
un inconfundible punto negro.
-¡Mompracem! -gritó presa de viva alegría.
Sandokan abandonó su actitud retraída y se
puso rápidamente en pie en la popa.
-¡Mompracem! -repitió irguiéndose cuan alto
era.
Se quedó contemplando aquella mancha del mar
que significaba su salvaje y formidable refugio, su potencia y su grandeza en
aquellos lugares del mundo que no en balde consideraba suyos. Sintió que en
aquellos momentos retornaba a ser el terrible Tigre de la Malasia, el hombre
del apodo temible y legendario.
-¡Por fin te vuelvo a ver! -murmuró.
-¡Estamos salvados, Tigre! -gritó el malayo. -¿Merezco todavía ese nombre,
Giro-Batol? -Sí. capitán.
-Creí, sin embargo, no ser ya digno de ello
-murmuró.
Una hora después la canoa embicaba en una
parte de la costa sobre la que caía a plomo una escala labrada en la roca misma
y que conducía a lo alto de su madriguera; de un salto, Sandokan ganó el primer
escalón; se volvió a Giro-Batol. -Malayo: anda y comunica a nuestros hombres
que el Tigre ha regresado, pero que me dejen tranquilo y que por motivo alguno
se me moleste. Quiero permanecer solo con mis pensamientos que deben ser un
secreto; ¿me comprendes, Giro Batol?
-Sí, capitán; quedad tranquilo que nadie
osará perturbaros y si me necesitáis para cualquier sacrificio, ya lo sabéis,
Tigre: la vida de Giro-Batol os pertenece.
-¡Gracias, malayo; ahora vete!
La canoa se alejó para perderse en medio de
la flotilla de prahos anclada en la bahía y Sandokan, lanzando un hondo y
prolongado suspiro, lentamente comenzó a ascender la empinada cuesta de piedra
y su figura se perdió en la sombra.
CAPÍTULO 13
AMOR Y EMBRIAGUEZ
Y sobre la cima, Sandokan se paró sobre el
borde de la roca y sus ojos se volvieron hacia donde estaba Labuan.
-¡Qué distancia me separa de aquella
celestial criatura! ¡Mariana! ¿Qué hará ahora?
Al través de los cristales de una ventana
iluminada vio en el interior de la cabaña a un hombre absorto en profundos
pensamientos.
-¡Yáñez! Pobre amigo mío... ¿qué dirá cuando
sepa que el Tigre regresa vencido y embrujado?
Sofocó un suspiro y abrió despaciosamente la
puerta.
-Hermanito mío: ¿qué piensas? ¿Que han
domesticado al Tigre de la Malasia?
Yáñez de un salto se puso en pie en tanto
que la sorpresa se pintaba en su curtido y noble rostro; abrió los brazos y
corrió hacia el pirata confundiéndose ambos en un abrazo.
-¡Tú..., tú! ¡Sandokan! ¡Te creía muerto!
-Como ves, he regresado.
-Dime: ¿dónde has estado durante estos
largos días? Hace cuatro semanas que vivo ansioso. ¿Qué has hecho en tanto?
¿Has destronado al sultán de Varauni o la Perla de Labuan te ha embrujado?
Contéstame.
En vez de responder a tantas demandas de
Yáñez, Sandokan comenzó a mirarle en silencio.
-¡Y... habla! ¿Quieres explicarme qué
significa ese uniforme que llevas puesto? ¡A ti te ha ocurrido una desgracia!
-¡Desgracia! -repitió Sandokan con ronca
voz-. Tú lo has dicho, Yáñez: ¡desgracia! De los cincuenta tigrecillos que
conduje contra Labuan sólo Giro-Batol vive; todos sucumbieron sobre la costa
maldita de esa isla, masacrados por el hierro de los ingleses...; hasta yo
caí, gravemente herido sobre el puente del crucero y mis prahos reposan en el
fondo del mar de la Malasia. ¡Desgracia y tremenda, Yáñez!
-¿Vencido vos? ¡Imposible! ¡Imposible!
-Sí, Yáñez: vencido y herido; ¡mis hombres
masacrados! Sandokan se acercó a la mesa y se sirvió un par de copas de
aguardiente que bebió una tras otra, luego, con voz serena a ratos, quebrada y
doliente por momentos, con gestos violentos o parcos y expresión fiera o
vencida, fue narrando a 'Yáñez cuanto le aconteciera desde que saliera con los
prahos desde Mompracem en demanda de Labuan. Cuando comenzó a hablar de Mariana
toda su iracundia desapareció y su voz se hizo pausada y hasta dulce.
Yáñez le escuchaba con tamaños ojos abiertos
por la sorpresa de tanta aventura temeraria. Sandokan continuó. -Créeme Yáñez;
cuando puse el pie en la canoa de Giro Batol, abandonando indefensa a aquella
criatura, dudé si debía marcharme o no; hubiese deseado que desapareciese la
canoa y Giro-Batol; que se hubiese cubierto el mar de fuego para impedirme
todo alejamiento de Labuan; hubiese renunciado a todo.
-¡Ah, Sandokan! -contestó Yáñez en tono de
reproche.
-¡Nada me reconvengas, Yáñez! Si tú supieras
cuánto sufre mi lacerado corazón me comprenderías; lo creía de hierro y ahora
late por una tremenda pasión humana. óyeme: quiero a esa niña a tal punto que
si me exigiese renegar de mi bandera y convertirme en inglés, no lo dudes,
hermano: lo haría sin vacilar; ¡yo, que he jurado odio eterno a esa raza
execrable!
-No me queda ya duda alguna, Sandokan:
¡estás loco!
-¿Te cuesta creerlo, verdad, hermanito?
Estoy absurdamente loco y enamorado de esa niña; ni la férrea voluntad del
Tigre ni el odio a todo lo que sea inglés ha podido sofrenar los dictados del
corazón. ¡Cuántas veces he creído poder romper ese encadenamiento! Pero ha
sido en vano... Nada significa sin ella la vida para mí; nada representa mi
Mompracem, mis tesoros, mis hombres y mi venganza. ¡Estoy perdido, Yáñez!
-¡Olvídala, entonces!
-¿Olvidarla? ¡Imposible! Siento que ya no
podré vencer el estrecho círculo que existe en torno a mi corazón. No me
emocionará ya el afecto y la lealtad de mis tigrecillos, ni la violencia y el
horror de las batallas, ni la terrible venganza jurada; no, ahora sólo el
recuerdo de Mariana es capaz de conmoverme y hacerme sentir un placer por
existir. ¿Olvidarla? ¡Jamás! ¡Iré en su busca, la haré mi esposa, aunque para
ello deba afrontar las fuerzas del universo entero!
Sandokan le miró furibundo y se abalanzó
hacia la puerta.
-¿Dónde vas? -preguntó Yáñez, tomándole de
un brazo.
-¡A Labuan! Mañana dirás a mis hombres que
los he abandonado para siempre, a ellos y a mi isla y que tú serás el nuevo
capitán. No volvamos a hablar de mí porque estoy resuelto a no regresar jamás
a estos mares.
-¡Sandokan! ¿Estás tan loco como para
regresar solo a Labuan? ¡No te faltan barcos ni hombres valientes para acompañarte
y hacerse matar por la mujer de su capitán! He tratado de intentar hacerte
abandonar esa loca pasión, he tratado de hacerte comprender lo peligroso de tu
situación, pero ahora que comprendo lo inútil de mis deseos, ¿crees que podré
abandonarte y dejar que corras solo semejante empresa? ¡No, hermanito mío!
-¡Qué corazón enorme tienes, Yáñez!
-No importa que sea de una raza que todos
odiamos; tú la quieres y los hombres de Mompracem se harán matar por
devolvértela a tu lado, para que sea tu esposa, para que el Tigre de la
Malasia. vuelva a sentirse feliz en su Mompracem. Sandokan abrió los brazos y
estrechó al portugués.
-Gracias, Yáñez; ¡sabía que comprenderías mi
desgracia!
-Bien: ¿qué piensas? ¿Qué debemos hacer?
-Partir lo antes posible para Labuan y
rescatar a Mariana de la odiosa tutela del Lord; ella me ama y ha jurado seguirme
cuando volviese a buscarla.
-Piensa en una cosa, Sandokan; ¿estará
Mariana en Labuan? Si el Lord se ha enterado que lograste fugar y que puedes
ya estar en Mompracem, bien puede haber abandonado Labuan. para ponerse a
cubierto de ti y haber llevado consigo a su sobrina.
-Lo he pensado, Yáñez, y por ello quiero
partir en seguida para no darle tiempo para escapar de Labuan; una demora podría
ser fatal para mis proyectos: la expedición de Mompracem debe partir mañana
mismo de aquí ¿Comprendes, Yáñez?
-Comprendo. Mañana saldremos, te lo aseguro.
Iré en seguida a alistarlo todo.
-Bien sé que no me prometes en vano, Yáñez,
-Hasta mañana, hermanito.
-Hasta mañana, Yáñez.
Sandokan quedó sólo, como clavado en el piso
y con la mirada perdida en el infinito. Reaccionó y volviendo a la mesa,
bebió, uno, dos, tres, cinco, diez copas de aguardiente...
Quedó un largo rato como aletargado por el
efecto de la bebida; luego se puso en pie y comenzó a pasearse nerviosamente
de un ángulo al otro de la estancia, 'con el rostro contraído por el furor y
los ojos arrojando llamaradas.
La embriaguez comenzaba a dominarle; sus
ojos se empañaban y pugnaban por cerrárseles y él por mantenerlos abiertos...,
empuñó la cimitarra y comenzó a lanzar tremendos mandobles al aire, como si
abatiera enemigos, mientras gritaba desaforadamente:
-¡Al abordaje, tigrecillos! ¡Destruid!
¡Matad! ¡A Labuan! ¡Pronto. . . , corred. . . , alcanzad al maldito Lord que
huye con Mariana! ... ¡Fuego, Yáñez! ¡Giro-Batol!
Este último esfuerzo le aniquiló; vencido
por la enorme embriaguez, dejó caer su pesada cimitarra y él mismo cayó como un
cuerpo muerto sobre el diván que había en la estancia.
-Mariana... espérame... ya voy en tu
busca... -murmuró.
Quedó inerte, como si la vida de golpe le
hubiese abandonado, sumido en un pesado sueño de sangre y de locura.
CAPÍTULO 14
EL PRISIONERO INGLÉS
Cuando se despertó y comenzó a tener noción
de las cosas, Sandokan se creyó víctima de una horrible pesadilla. ¿Había en
verdad soñado o un loco delirio se había apoderado de él? Se incorporó en el
diván y echó una escrutadora mirada en su derredor y a la luz de la lámpara que
aún brillaba comprobó los estragos de la pasada embriaguez: la estancia parecía
haber sufrido las consecuencias de un terremoto o de un furioso cañoneo; la
mesa y los muebles estaban volcados, la caja del armonium deshecha en astillas
por los terribles golpes de su cimitarra, al igual que la rica tapicería de la
pared que pendía en jirones, hecha una criba por tantos furiosos mandobles.
Se puso en pie un tanto inseguro, se
restregó fuertemente los ojos, se compuso la cabellera desgreñada y
dirigiéndose a la ventana la abrió de par en par; el aire de mar que penetró a
raudales en la estancia le despejó los últimos vahos de su embriaguez. El Tigre
se volvió y lanzó un silbido; casi en seguida penetró en la habitación un
malayo encargado de la atención personal de Sandokan.
-Alístame un vestuario completo, prepárame
una taza de té y luego ordena todo esto haciendo reponer los muebles rotos.
-Sí, Tigre.
Salió el malayo y Sandokan comenzó a
despojarse del uniforme de sargento cipayo que aún vestía, de las destrozadas
botas y de la rica camisa de seda hecha un pingajo.
Media hora más tarde apareció en lo alto de
su aguilera vestido con una riqueza insospechada, con un flamante traje
recamado en oro y piedras preciosas; su cabeza, ahora higienizada y peinada,
lucía un turbante de terciopelo con una doble pluma de pavo real sujeta por una
hebilla de oro donde estaba engarzado un rubí del tamaño de un huevecillo de
golondrina. Una nueva cimitarra, de pesada empuñadura de oro y perlas, pendía
de la faja, entre cuyos pliegues asomaba el terrible kriss.
Su mirada de halcón recorrió toda la
superficie de su Mompracem y sonrió satisfecho de su inmenso poderío; su vista
cayó ahora sobre la bahía donde estaba su flotilla y cerca de la playa vio dos
prahos de gran porte que estaban siendo avituallados para una expedición.
Sandokan descendió hacia la playa y Yáñez,
al divisarle, corrió a su encuentro; el excelente amigo, en tanto el Tigre dormía
su embriaguez, había pasado la noche en vela alistándolo todo.
-¿Cómo te sientes hoy, hermanito?
-Magníficamente bien, Yáñez; veo que has
estado activo.
Los tigrecillos, reunidos en varios
centenares en la playa, al ver a Sandokan prorrumpieron en un alarido de gozo.
-¡Viva el Tigre de la Malasia! ¡Viva nuestro
capitán! Ninguna exclamación de dolor por la derrota y la muerte de los
cincuenta compañeros sé escapó de labio alguno; todos sufrían en silencio la
desgracia y sólo anhelaban volver a Labuan.
-¡A Labuan! ¡A Labuan! -gritaban frenéticos.
-¡Amigos míos! -tronó la metálica e imponente voz de Sandokan-; la venganza que
me reclamáis no tardará en llegar. Los tigrecillos que conduje a Labuan
cayeron baja el plomo de los ingleses, diez veces más fuertes y diez veces más
numerosos que nosotros, mas la partida no ha terminado.
-¡A Labuan! ¡A Labuan!
-Sí, tigrecillos míos; partiremos ya mismo
para Labuan para devolver al Leopardo inglés, zarpazo por zarpazo, rugido por
rugido, sangre por sangre. .. ¡El día de la lucha se acerca y el Tigre de
Mompracem devorará al Leopardo de Labuan!
Nuevos alaridos rubricaron las palabras del
Tigre, quien se acercó a Yáñez, que en actitud meditativa, estaba apoyado
contra un grueso cañón que debía ser embarcado.
-¿En qué piensas, hermanito Yáñez?
-No pienso: estoy observando el mar... ; veo
la punta de un mástil emerger tras la escollera de la bahía.
-Alguno de nuestros prahos. ¿Qué otra nave
osaría acercarse a Mompracem? ¿Hay alguno de nuestros barcos en el mar?
-Sí, el del bornés Pisangu.
-¿Dónde le mandaste, Yáñez?
-A vigilar las costas de Labuan para ver si
encontraba algún rastro tuyo.
-¡Es el leño de Pisangu! -gritaron varios.
En efecto: era la embarcación que días antes
había despachado Yáñez en misión de exploración y búsqueda del Tigre de la
Malasia por las aguas y costa de Labuan donde el portugués le suponía. El
praho presentaba un aspecto ruinoso, con toda su amura deshecha, el trinquete
cortado en su base y el palo mayor apuntalado y con fuertes ataduras.
-Pisangu se ha batido bien -afirmó Yáñez,
tranquilo.
-El bornés es un valiente que no teme
enemigo alguno. Mientras tanto, el praho, ayudado ahora por una docena de remos
había entrado en la bahía.
A una orden de Pisangu, del praho se
desprendió un bote sobre el que fue bajado un hombre maniatado, que vestía el
uniforme rojo de las tropas regulares inglesas; Pisangu se deslizó por una
cuerda al fondo del bote que emprendió rápido bogar hacia la playa donde llegó
al cabo de unos minutos, embicando exactamente en el lugar donde estaba
Sandokan y Yáñez.
El bornés saltó a tierra y otro tanto hizo
el soldado, que fue empujado con cierta rudeza hacia el Tigre de la Malasia.
-¡Feliz son mis ojos en volver a verte,
Tigre! -saludó Pisangu.
-¡Gracias, tigrecillo! ¿Qué regalo me traes?
-Un prisionero inglés que hicimos en Labuan.
-¿En Labuan? ¿Vienes entonces de allá?
-Sandokan lanzó un suspiro-. Cuéntame,
Pisangu: ¿cómo lograste capturarle?
-Me llegué hasta la costa occidental de la
isla con esperanza de hallar algún indicio tuyo, Tigre; nos internamos en una
canoa por el curso de un riachuelo y en la margen, oculto a nuestra presencia,
pillamos a este hombre.
-¿Le interrogaste, Pisangu?
-Sí, pero parece tener la lengua trabada; le
pude haber arrojado al mar, pero preferí traerlo aquí para que el amigo Yáñez
le tirase con más habilidad que yo, de la lengua...
-¡Ya cantará! -aseguró el portugués-.
Continúa, Pisangu.
-No encontramos rastro alguno de nuestros
prahos y como mi posición era peligrosa, nos hicimos a la mar; allí nos salió
al paso una cañonera y aceptamos en seguida la lucha; ¡no era gran enemigo para
nosotros! Cambiamos un fuerte y recio cañoneo que puso nuestro praho como
podéis verlo; nosotros dejamos en ruina la cañonera enemiga que resolvió
abandonar el combate para refugiarse en Victoria; nosotros, sin sufrir más que
dos bajas, retomamos el largo y pusimos proa directamente para Mompracem.
Sandokan se volvió al prisionero inglés que
estaba pálido y temeroso en medio de aquellas bandas de hombres feroces,
esperando el más trágico de los fines para su existencia. Unos le pinchaban con
la punta de sus sables, otros le cortaron con los puñales sus botones y jinetas
de suboficial; el infeliz sudaba a mares ante ese vejamen. A una señal del
Tigre todos se apartaron del prisionero que quedó ahora enfrente del hombre que
hacía temblar a media Asia.
-¡El Tigre de la Malasia!
-Conque me conoces, ¿eh? ¿De dónde?
-Os he visto en la quinta de Lord
Guillonk...
-¿Qué hacías la noche en que se lanzaron
todos a mi cacería?
El soldado no respondió y se puso aún más
pálido. Luego habló.
-Seguía al baronet William Rosenthal.
-¡Continúa!
-Lord Guillonk supo que el hombre que había
recogido moribundo en el parque de su residencia, no era un príncipe malayo
sino el terrible Tigre de la Malasia, y de acuerdo con el baronet y el
gobernador de Victoria os prepararon una celada.
-¿Qué ocurrió luego que conseguí romper el
cerco de soldados y refugiarme en el bosque?
-Cuando el baronet penetró en la casa
encontró al Lord presa de gran agitación y con una herida en la pierna que le
causasteis...
-¿Herirlo yo?
-Tal vez impensadamente.
-Lo creo, porque si hubiese querido herirlo
o matarlo, nadie pudo habérmelo impedido. ¿Y lady Mariana?
-Lloraba. Era evidente que entre ella y el
Lord había sobrevenido una escena muy violenta; su tío la acusaba de haber
favorecido vuestra fuga y ella imploraba gracia para vos.
-¡Pobrecilla niña! ¿Lo oyes, Yáñez? -su
rostro se endulzó un tanto-. Continúa.
-Visto lo infructuoso que resultaba vuestro
seguimiento, recibimos orden de retornar a la villa para protegerla de un
posible ataque de los piratas de Mompracem, tal los rumores que corrían. Se
agregaba que vuestros hombres habían desembarcado y que el Tigre de la Malasia
estaba oculto en la selva, pronto para lanzarse sobre la villa y raptar a la
sobrina del Lord. Lo que ocurrió luego, en verdad lo ignoro; sólo sé que el
Lord James había acordado retirarse de la quinta a Victoria para ponerse al
amparo de las fuerzas del gobernador y de los cañones del crucero.
-¿Y el baronet Rosenthal?
-Se casará en breve con milady Mariana.
-¿Qué has dicho? -gritó Sandokan
estremeciéndose.
-Que hará su esposa a la sobrina de Lord
James.
-¿Quieres engañarme?
-¿Y por qué? Oí decir que la boda se
celebrará dentro de un mes.
Sandokan lanzó
un grito de fiera herida y tomándole de un brazo le sacudió con violencia.
-No me has engañado, ¿verdad?
-Juro que os he dicho la verdad.
-Quedarás en Mompracem hasta que regrese; si
no me has mentido, te daré tanto oro como libras pesas vos.
Luego se volvió a Yáñez, dejando estupefacto
al prisionero. -Partamos en seguida, Yáñez; ¿está todo listo?
-Todo; podemos zarpar en seguida, sólo falta
que elijas los hombres que nos han de acompañar.
-Elegiremos los más valientes, pues tenemos
una partida fiera que jugarnos...
-...pero no olvidando que debemos dejar aquí
una buena guarnición.
-¿Temes algo, Yáñez?
-Que los ingleses pudiesen aprovechar de
nuestra ausencia para lanzarse por sorpresa sobre Mompracem.
-¡No osarán a tanto, Yáñez!
-Sin embargo no descarto esa posibilidad; la
guarnición de Labuan es bastante fuerte y numerosa para intentar una empresa
así, Sandokan. Un día u otro el ataque decisivo deberá venir.
-¡Partiremos en seguida para regresar pronto
y entonces veremos quién es más valiente, si el Tigre de Mompracem o el
Leopardo de Labuan!
De los doscientos hombres que estaban
formados en la playa, reclutados todos entre los más valientes de la Malasia,
Sandokan eligió a noventa tigrecillos cuyo valor triplicaba su número y
animados de un entusiasmo guerrero tal, que a una sola orden del Tigre no
vacilarían en lanzarse como fieras sedientas de sangre contra las costas de
Labuan y en la misma guarnición inglesa de Victoria.
Elegidos y alistados los hombres, Sandokan
llamó a Giro Batol y lo presentó a la guarnición que debía cuidar de Mompracem.
Éste es un valiente a toda prueba y el único
que ha sobrevivido en mi desgraciada expedición contra Labuan; lo nombro mi
lugarteniente. Durante mi ausencia obedecedle como a mí mismo. ¿Entendido?
-¡Sí, Tigre de la Malasia! Sandokan se
volvió a Yáñez. -Partamos, hermanito. ¡Labuan nos espera!
CAPÍTULO 15
LA EXPEDICIÓN CONTRA LABUAN
Los noventa hombres se embarcaron en los
prahos; Yáñez y Sandokan se ubicaron en el más grande y más sólido de los veleros,
que montaba dos cañones y media docena de gruesas espingardas y tenía
exteriormente su casco recubierto con planchas de hierro.
El cielo en esa parte aparecía sereno y el
mar tranquilo como si fuese de aceite, pero hacia el sur aparecían algunas
nubes de color y formas extrañas que no presagiaban nada bueno. Sandokan, que
amén de ser un excelente marinero tenía agudas facultades para presagiar los
cambios atmosféricos, oteó un brusco cambio del tiempo, mas no por ello se
inquietó.
-Si los hombres no son capaces de hacerme
retroceder, menos lo será una tempestad -dijo a Yáñez que estaba a su lado.
-¿Temes acaso un violento huracán?
-Sí. mas no me hará cambiar el rumbo:
El estado del tiempo no se mantuvo por mucho
rato; era cerca de las veintiuna y el viento comenzó a soplar con alguna
violencia, cambiando de dirección, precisamente del lugar donde se encapotaba
más y más el cielo con los oscuros nubarrones, señal inequívoca de que había
una fuerte tempestad en el océano.
Los piratas saludaron con gritos guturales
aquel viento poco tranquilizador, sin espantarse por la vecindad del huracán
que podía resultar funesto para ambos prahos. Solamente Yáñez comenzó a
mostrarse inquieto y hubiese querido hacer disminuir la superficie del
velamen, pero Sandokan se opuso a ello, ansioso como estaba de llegar lo antes
posible a las costas de Labuan.
El indomable mar aparecía ahora muy malo;
largas ondas que llegaban del sur, recorrían el espacio inmenso encimándose
unas a otras con fuertes mugidos y hacían cabecear y rolar con violencia a los
prahos.
Al cerrar
totalmente la noche, el viento redobló su violencia amenazando con quebrar la
arboladura si no se disminuía la extensión de las velas.
Cualquier marino prudente, al ver el estado
del mar y los elementos, se hubiese apresurado a buscar refugio seguro en la
tierra más vecina, mas Sandokan, que
sabía que se encontraba
a setenta u
ochenta millas de Labuan y que no quería perder una sola hora, prefiriendo
antes perder uno de sus prahos, no pensó siquiera en abandonar la carrera en
medio de la tempestad que se cernía ya sobre las cabezas de los piratas.
-Sandokan -le dijo Yáñez cada vez más
inquieto-, no ignoras que corremos un serio peligro...
-Nuestros barcos son sólidos.
-Pero el huracán que se avecina amenaza ser
tremendo.
-No lo temo, Yáñez; seguiremos nuestra ruta
que Labuan no está lejos. ¿Distingues el otro praho?
-Me parece distinguirle hacia el sur. La
obscuridad es tan impenetrable que no consigo ver más allá de cien metros.
-Si extravía la ruta sabrá reunírsenos.
-Pero podría perderse para siempre,
Sandokan.
-¡Yáñez: no retrocedo!
-Bien; pero mantente en guardia, hermano.
En aquel momento un intenso relámpago rompió
las tinieblas iluminando el mar hasta el infinito horizonte, seguido inmediatamente
de un trueno espantoso. Sandokan, mirando fijamente el mar, en dirección al
sur, extendió el puño amenazador.
-¡Ven a luchar conmigo, huracán: yo te
desafío! Atravesó el puente y se acercó a la rueda del timón, en tanto la
tripulación aseguraba con fuertes cuerdas los cañones y las espingardas, armas
que no podían correr el riesgo de perder a ningún precio, amainaba algunas
velas y sujetaba con cables de refuerzo la arboladura del praho.
Las primeras ráfagas del huracán,
provenientes del sur, negaron con aquella rapidez característica de las
grandes borrascas marinas, levantando a su paso gigantescas montañas de agua.
El praho navegaba ahora con la velocidad de una flecha, impulsado por el viento
hacia el oriente, embistiendo con audacia al huracán bajo la férrea mano de
Sandokan afirmado en la rodela del timón.
Cerca de la medianoche el huracán se desató
con toda su furia; el mar mugía sordamente y poderosas descargas eléctricas, en
impresionantes zigzag cruzaban el negro firmamento en todas direcciones,
iluminando siniestramente el mar embravecido y mostrando su furor en toda su
terrible majestad. Por el cielo, los espesos nubarrones corrían en loco tropel
y se entremezclaban formando una masa confusa que por instantes parecía tocar
la encrespada superficie del agua.
El praho era batido por el viento y asaltado
furiosamente por las olas, pero desafiaba impávido la ira de la naturaleza y se
levantaba en las crestas de verdaderas montañas de agua, y, por momentos,
parecía que iba a desaparecer en los infernales abismos del mar que se abrían
en horrorosas simas bajo su quilla que crujía como si fuese a deshacerse por
efecto del huracán.
Sandokan, ajeno al parecer a la furia del
huracán, guiaba con firmeza el praho en derechura a Labuan, desafiando la tormenta.
Era hermoso ver a aquel hombre, aferrado a la rueda del gobierno de la nave,
con los ojos en llamas, el largo cabello flotando al viento, impasible ante los
elementos desencadenados que rugían en torno suyo; era nuevamente el Tigre de
la Malasia que no conforme con desafiar el poder de los hombres, desafiaba
ahora el furor de la naturaleza embravecida. Su ejemplo era seguido por los
hombres de la tripulación que se mantenían firmes en sus puestos de maniobra.
El huracán crecía en intensidad cual si
quisiese desplegar toda su potencia para aniquilar a aquel hombre que lo desafiaba;
el mar se alzaba en gigantes montañas de agua que ululaban, rugían y se
lanzaban con ímpetu irresistible contra el praho, haciéndole danzar
endemoniadamente; el viento seguía silbando siniestramente imitando
desgarradoras voces humanas salidas de ultratumba.
El praho luchaba desesperadamente, oponiendo
a las olas, que querían deshacerlo y precipitarlo en la vorágine hacia el
norte, apartándolo de su ruta, su robusto flanco. Cabeceaba terriblemente como
un caballo encabritado y su agudo espolón partía en dos las montañas de agua
que le asaltaban por la proa; por momentos giraba vertiginosamente como un
trompo y daba la sensación de que no podría recobrar su estabilidad, pero un
oportuno golpe de timón del Tigre, lo volvía a colocar vencedor sobre el
huracán.
Luchar contra aquel mar embravecido era
empresa de titanes o de dementes; mejor hubiese sido dejarse llevar hacia el
norte para retomar la ruta una vez pasada la tormenta. Tal reflexionaba Yáñez,
que comprendía la imprudencia que significaba seguir desafiando al huracán;
estaba recostado contra la amura y se disponía a acercarse a Sandokan para
aconsejarle que cambiase de ruta, cuando
una detonación se escuchó bronca sobre el mar y a poco una bala pasaba
silbando sobre la cubierta del praho, astillando el penol del trinquete.
Un alarido de rabia y furor se elevó en la
cubierta de la nave pirata ante aquella agresión inesperada que nadie suponía
con aquel terrible tiempo y en circunstancias semejantes.
Sandokan entregó la rueda del timón a un
marinero, se corrió a proa, tratando de descubrir al audaz que lo provocaba en
medio de la tormenta.
-¡Ah! ¡Sospecho que tenemos sobre nosotros a
un crucero! No podía ser sino una nave de este tipo, pues otra embarcación no
se hubiese atrevido a lanzarse al mar con tiempo tan infernal. Quien había
lanzado aquel primer, cañonazo a bala gruesa, era a no dudarlo un crucero de la
marina británica. A poco, Sandokan, que seguía escrutando el mar, descubrió a
una poderosa nave de guerra a vapor en cuyo mástil tremolaba la bandera
inglesa.
-Viremos, Sandokan -le aconsejó Yáñez que
estaba a su lado.
-¿Virar?
-Sí, hermanito mío. Aquel barco sospecha que
somos piratas y que vamos sobre Labuan.
Un segundo disparo de cañón tronó en el
puente del crucero y otro proyectil pasó entre el encordado del bajel pirata.
La tripulación del praho, no obstante el terrible balanceo del mar, se
precipitó sobre los cañones y las espingardas para responder, pero Sandokan
contuvo a todos con un gesto.
Emprender el combate no era oportuno; el
crucero, que se esforzaba en mantener la proa firme a las olas que le
asaltaban, sumergiéndose casi todo bajo el peso de su estructura de hierro, se
veía, contra todos sus esfuerzos, impelido por la fuerza del huracán rumbo al
norte. A los breves instantes se alejó tanto de los piratas que ya no hubo que
temer nada de su artillería.
En ese momento, un malayo, encaramado en el
trinquete, gritó.
-¡Tierra en derechura al mástil de proa!
Sandokan lanzó un grito de alegría.
-¡Labuan! ¡Labuan! ¡A mi la rueda del timón!
Atravesó nuevamente el puente, pese a los
bandazos que daba el barco y de un salto se colocó junto al timonel al que
desplazó del comando del timón, lanzando al praho sobre la ruta del este.
Mientras la costa se acercaba, el mar
parecía redoblar su furor como si quisiese impedir que el praho llegase a
Labuan. Olas monstruosas, producidas desde el insondable fondo del mar, se
lanzaban en todas direcciones, mientras el viento, que soplaba del lado de la
isla, aumentaba en violencia.
Sandokan no cedía y con la mirada fija en el
este, continuaba impávido su camino, valiéndose de los resplandores de los
relámpagos para guiarse.
-¡Prudencia, Sandokan! -le reiteró Yáñez.
-Nada temas.
A dos cables de distancia se divisaba ahora,
aunque confusa, la costa de Labuan, contra la que se rompía furiosamente el
mar.
-¡Atención! -gritó el Tigre, aferrado a la
rueda. Rápidamente el praho, con una temeridad que hacía poner los cabellos
erizados, se precipitó a través de un estrecho pasaje abierto entre dos rocas
y penetró en una pequeña aunque profunda bahía que parecía terminar en un río;
la resaca era violentísima dentro de aquel refugio y exponía al velero a un
gravísimo peligro; era mejor desafiar la iracundia del mar abierto que tentar
un desembarco en aquellas condiciones. -No se puede intentar nada, Sandokan.
-¿Eres siempre un buen nadador? -respondió
Sandokan.
-Como el mejor de nuestros malayos.
-¿Tienes temor del mar embravecido?
-¿Yo? Nada temo... ¿Pero qué intentas?
Sandokan en vez de responderle, gritó:
-¡Paranoa! ¡Al timón!
El nombrado, un corpulento dayako, se
abalanzó de un salto a cumplir la orden.
-¿Qué debo hacer, Tigre?
-Mantener por ahora el praho atravesado al
viento; cuida de no encallarlo en algún banco.
-No temáis, capitán.
Sandokan se volvió ahora al resto de los
hombres y les ordenó alistar una chalupa la que deberían mantener cerca de la
borda y cuando una oleada grande llegara hasta el puente abandonar la
embarcación a su reflujo.
¿Qué intenciones abrigaba el Tigre de la
Malasia? ¿Intentaba desembarcar en aquella chalupa, mísero cascarón de nuez en
la furia de aquel oleaje embravecido? Los piratas, recibida aquella orden, se
miraron uno a otro con visible ansiedad, pero se apresuraron a obedecer el
mandato de su capitán...
A fuerza de brazos trajeron una gran chalupa
y la colocaron sobre la amura de babor, y depositaron en su interior, por
orden de Sandokan, dos carabinas, municiones y víveres.
El Tigre de la Malasia se acercó. a Yáñez.
-Ya está lista la chalupa.
-¿Qué intentas, Sandokan?
-Espera y verás.
-Nos despedazaremos contra las rocas.
-¡Bah! Vamos, Yáñez.
-Te has vuelto loco, hermanito...
Sandokan no le contestó, pero lo empujó y lo
hizo saltar al interior de la chalupa que sostenían una veintena de vigorosos
brazos, luego saltó él tras el portugués al tiempo que una ola monstruosa
penetraba en la bahía mugiendo espantosamente.
-¡Paranoa! -ordenó Sandokan-. ¡Listo para
virar de bordo!
-¿Debo volver al mar?
-Sí y oriéntate hacia el norte manteniéndote
lo necesario para capear el huracán. Cuando el mar se haya tranquilizado vuelve
aquí.
-Bien, capitán. ¿Y vosotros?
-Llegaremos a tierra.
-Arriesgáis vuestras vidas, Tigre.
-¡Calla! ¡Prepárate a lanzar la chalupa
sobre las olas!
La enorme montaña de agua que se acercaba
con la cima cubierta de espuma cristalina, se partió en dos al enfrentarse con
la proa del navío pirata y cayó como una tromba sobre el puente y costados del
praho calando hasta los huesos a todos los tripulantes.
-¡Largar la chalupa! -gritó Sandokan en
medio del estruendo del enfurecido mar.
La chalupa, abandonada por los brazos que la
sostenían, quedó por unos instantes balanceándose en la cresta de la ola,
luego, impelida por el poderoso reflujo, se alejó como una saeta del costado
del praho.
El tremendo oleaje se deshizo contra la
estrecha boca de la
bahía y un
instante de calma sobrevino en las aguas. Sandokan empuñó los remos ordenando
al portugués.
-¡Fuerza a los remos, hermanito!
¡Desembarcaremos en Labuan aunque se parta el mundo!
La chalupa se balanceaba espantosamente
sobre las olas y el flujo del mar la impulsaba con violencia contra la playa,
felizmente en suave declive y carente de escollos; saltando de una ola a otra,
avanzó así un centenar de metros, luego se precipitó en la vorágine de otra
ola mayor y cuando ésta se retiró se escuchó un golpe violentísimo bajo la
frágil embarcación.
Ambos sintieron que el fondo de la chalupa
desaparecía bajo sus pies y que el agua entraba a borbollones por la grave
fractura provocada por un agudo escollo sumergido en la costa.
Otro violento golpe de mar les cortó la
palabra y los arrojó al interior de la chalupa semianegada obligándoles a
tragar gran cantidad de agua salada, luego, en un furioso torbellino de agua y
espuma, fueron a caer a la playa tras describir, leño y hombres, una gran
parábola en el aire. Yáñez dio un tremendo golpe contra un árbol próximo a la
costa del mar y la chalupa volaba hecha astillas al chocar contra una roca, en
tanto Sandokan, con un salto prodigioso, ganaba la playa batida por la furia
del huracán.
El portugués se levantó penosamente lanzando
un juramento.
-¡Al infierno todos los enamorados! ¡Éstas
son cosas de locos!
-¿Estás vivo aún, hermanito? -contestó
riendo el Tigre.
-¿Temías que me hubiese roto el cráneo?
-No me hubiese consolado nunca, Yáñez; pero
... ¡el praho!
-¿Qué? ¿No se lanzó al mar?
El velero pasaba ahora delante de la
embocadura de la bahía con la velocidad de una flecha.
-¡Qué fieles compañeros! Antes de marcharse
han querido cerciorarse de que habíamos logrado llegar a tierra.
Se sacó la larga faja de seda roja y la hizo
flamear al viento en señal para los hombres del praho y casi en seguida un
sordo disparo de carabina se oyó entre el rugir del viento.
-Paranoa sabe que estamos en tierra, Yáñez;
espero que saldrá bien y ganará el mar.
Yáñez y Sandokan, luchando contra el
violento ciclón que azotaba la tierra, a lo que se sumaba ahora una lluvia
torrencial, poco a poco fueron cruzando la franja de la playa, para ganar la
linde de un bosque que allí se divisaba y encontrar alguna protección bajo su
espesa arboleda.
-¿Se encuentra lejos de ese lugar la quinta
del Lord?
-A algunas millas.
-Mañana recorreremos la costa...
-¿Mañana? ¿Crees hermanito que yo pueda
permanecer tantas horas aquí ocioso? ¿Te olvidas del fuego que corre por mis
venas? ¿No te das cuenta que hemos llegado a Labuan, la tierra donde vive
Mariana?
-Sandokan, discurramos con calma. Tú quieres
ir a la villa: ¿para qué?
-Para verla, al menos...
-Y también para cometer cualquier
imprudencia, ¿no es verdad?
-¡Humm! En verdad no sé de lo que sería
capaz.
-Ten calma, hermanito; piensa que somos
solamente dos y que en la villa puede haber muchos soldados; esperemos el
arribo de nuestros prahos y luego trazaremos un plan.
-¡No tengo paciencia para aguardar tanto,
Yáñez!
-No faltará más que un par de horas para el
alba.
-¡Una eternidad!
-Una miseria, Sandokan; tal vez pase pronto
el huracán y los prahos puedan llegar aún con tiempo para planear un golpe en
regla. Cálmate, que con impaciencia nada adelantarás; ven, vamos a refugiarnos
bajo aquella espesa arboleda.
Tras algunas vacilaciones, Sandokan siguió
al portugués que se acomodó al pie de un gigantesco árbol, cuya espesura de
fronda no permitía filtrar una sola gota de lluvia; sacó piedra y yesca y
liando un cigarrillo se sentó tranquilamente a fumar, en tanto, Sandokan, como
una fiera enjaulada, se paseaba de un lado a otro bajo el protector follaje del
árbol.
El violento ruido del mar, en su flujo y
reflujo, llegaba hasta ellos. Sandokan de pronto se detuvo.
-¿Qué le podrá ocurrir a nuestros prahos con
semejante tempestad?
-Lo peor sería que naufragasen; si ello
ocurriese, ¿qué sería de nosotros?
-Nuestros hombres son valientes marineros y
salvarán las naves de cualquier peligro, nada temas. Y si naufragasen ¿qué
haríamos? Raptar igualmente a Mariana.
-Corres demasiado, Sandokan; dos hombres
solos, aunque sean tigres de la selva de Mompracem, nada podrán contra veinte,
treinta o cincuenta carabinas.
-Recurriremos a algún ardid. -Lo dudo,
hermanito.
-¿Me crees capaz de renunciar a mis
proyectos? ¡No, Yáñez! No regresaré a Mompracem sin Mariana.
Yáñez no respondió y siguió silenciosamente
fumando su cigarrillo; Sandokan, en tanto, abandonó el árbol y llegando hasta
la playa comenzó a escrutar los cuatro puntos cardinales, buscando la
orientación que le permitiría encontrar pronto el riachuelo que conociera la
pasada vez.
Cuando volvió junto a Yáñez estaba
amaneciendo; la lluvia había cesado casi y el viento no bramaba ya con saña.
-Ya sé dónde nos encontramos, Yáñez.
-¿Si? -se puso en pie desentumeciendo sus
miembros.
-Marchemos, entonces.
Se echaron las carabinas a la espalda,
revisaron las cananas llenas de municiones y penetraron en la gran floresta,
cruzándola, pero sin alejarse mucho de la playa que era la más segura guía.
-Evitaremos la profunda ensenada que
describe la costa, Yáñez; nos tendremos que abrir paso a través de la floresta.
Varias horas duró aquella fatigosa marcha en la manigua; cerca del mediodía,
Sandokan se detuvo, diciendo al portugués: -Estamos cerca.
-Entonces: adelante.
Atravesaron el
último trozo de la gran floresta y un rato más tarde se encontraron ante un
pequeño curso de agua que iba a desembocar en la bahía en medio de un risueño
marco de grácil arboleda.
-La villa está todavía lejos.
-¿Sabes, precisamente, dónde se encuentra?
-Vagamente.
-¡Diablos! ¿Tendremos que recorrer la isla
por sus cuatro costados para hallar la villa?
-No te preocupes, Yáñez; sabré encontrar el
sendero que conduce a la misma.
-Entonces marchemos, pero con cautela. -Seré
calmo, Yáñez.
-Una palabra, Sandokan: espero que aguardarás
la noche para entrar en la quinta del Lord.
-Sí, hermanito.
-¿Me lo prometes?
-¡Te
doy mi palabra!
Retomaron el camino siguiendo por una de las
orillas el curso del riachuelo.
Sandokan, que marchaba delante, al enfrentar
un pequeño sendero en la pradera, de pronto se detuvo.
-¿Has visto alguna cosa?
-Estamos cerca de la villa: este sendero
conduce al parque -respondió Sandokan con voz velada.
-La fortuna nos protege, mas nada de cometer
locuras. Sandokan no contestó: armó la carabina para no ser sorprendido inerme
y se internó resueltamente por el camino con tanta rapidez que a Yáñez le
costaba no perderle de vista y debía seguirle casi al trote.
-¡Mariana! ¡Amor mío! -murmuraba el Tigre
devorando el camino con creciente velocidad.
En aquel momento el formidable pirata
hubiese desafiado y enfrentado un regimiento entero con tal de llegar a la
villa; no temía nada y ni la muerte misma lo hubiese hecho retroceder.
Siguió corriendo como un poseído hasta dar
con la empalizada que rodeaba el parque, ante la que se detuvo, no por
prudencia sino para esperar a Yáñez.
-¡Auff! -bramó el portugués con la lengua
afuera-. ¿Es que me supones una bestia para hacerme correr así? La villa no se
ha de escapar, te lo aseguro; por otra parte no ignoras que tras esta valla
puede ocultarse una peligrosa celada. ¡Cálmate!
-¡Desafío mil celadas! ¡No tengo temor
alguno de los ingleses!
-De acuerdo, pero si te matan, ¿qué será de
Mariana?
-Pero no puedo permanecer aquí, Yáñez;
necesito verla...
-Calma, calma, hermanito; obedéceme y la
podrás ver con segura tranquilidad.
Con la agilidad de un gato montés, el
portugués se quitó la faja y la lanzó sobre la empalizada, enredándola entre
los setos; se encaramó sobre ella y observó atentamente el parque.
-No se ve centinela alguno -murmuró en voz
apenas audible.
Sandokan hizo otro tanto y ambos se
reunieron sobre la empalizada de la villa de Lord James y se descolgaron al interior
del amplio y silencioso parque. Comenzaron a avanzar cautelosamente, cuidando
de no hacer ruido pero con las armas preparadas. Los ojos escrutadores de
Sandokan buscaban ansiosamente la mole del palacete.
Caminaron así un trecho cuando,
repentinamente, Sandokan se paró apuntando rápidamente la carabina.
-Detente, Yáñez.
-¿Qué ocurre?
-Dos hombres están apostados frente a la
casa...
-La cosa se enreda, Sandokan; ¿qué hacemos?
-No sé; si hay soldados de guardia es señal
que Mariana se encuentra aquí. ¡Ataquémosles, entonces!
-¿Estas loco? ¿Quieres hacerte fusilar? Somos
dos y ellos a lo mejor quince o veinte.
-¡Pero es necesario que la vea!
-La verás, pero es necesario astucia y
calma.
-¿Cuándo? ¿Cómo?
-Espera que se haga más tarde.
-¿Qué gano con ello?
-No seas impaciente, Sandokan y escúchame:
esperemos que se retiren los soldados, pues supongo que se irán a dormir. -¿Y
si no se retiran?
-¡Por Júpiter! ¡Deberán hacerlo!
-Tienes razón, esperaré.
Se emboscaron dentro de un tupida mata de
enredaderas, pero sin quitar la vista del palacete ni de los soldados, listos
para actuar cuando lo creyesen oportuno. Pasaron así, una, dos, cuatro largas
horas que parecieron tantos siglos al Tigre; finalmente los soldados se
retiraron al interior de la casa cerrando violentamente la puerta.
Sandokan hizo ademán para arrojarse de un
salto fuera de la espesura, pero Yáñez le retuvo de un brazo y le condujo silenciosamente
bajo un gran árbol.
-Dime Sandokan, ¿qué piensas hacer esta
noche?
-¡Qué pregunta: verla!
-¿Crees que será fácil? ¿Tienes algún
proyecto para ello? ¿Sabe acaso Mariana que te encuentras aquí?
-No...
-En consecuencia es menester hacerle saber
nuestra presencia; ¿cómo? ¿Gritando? ¡Los soldados no han de ser sordos y la
emprenderán a tiros con nosotros!
-Es verdad, Yáñez.
-¿Comprendes, mi pobre amigo, cómo esta
noche nada podemos hacer?
-¡Puedo encaramarme a su ventana!
-¿Y no has visto a un soldado emboscado en
el ángulo del pabellón?
-¿Un soldado?
-Sí; ¿no distingues cómo brilla el caño de
su fusil?
-¿Qué me aconsejas hacer? ¡Habla! La fiebre
me devora.
-¿Sabes cuál es la parte del parque que
frecuenta Mariana?
-Todos los días pasa largas horas leyendo en
el quiosco chino.
-Bien; ¿dónde se encuentra?
-Cerca de aquí.
-Llévame allí.
-¿Qué piensas hacer, Yáñez?
-Advertirle que hemos llegado y estamos
aquí.
El Tigre de la Malasia que ni por todas las
fuerzas del infierno se hubiese alejado de la villa, tomó empero un camino
lateral y condujo a Yáñez al lugar donde se encontraba el quiosco.
Yáñez y Sandokan, sin abandonar las
carabinas, penetraron cautelosamente en el quiosco que estaba silencioso y desierto.
El portugués encendió una cerilla que ocultó cuanto pudo dentro de su mano y a
la tenue luz que lanzaba, echó una rápida mirada al interior del pabelloncito;
su mirada cayó sobre una pequeña mesa que había en medio, sobre la que posaba
una cesta de labores y la mandolina con incrustaciones de madreperlas.
-¿Son de Mariana estas cosas?
-Sí -contestó Sandokan-; éste es su lugar
preferido. Yáñez vio un libro junto al instrumento, lo abrió y comprobó que
tenía algunas hojas en blanco al comienzo, arrancó cuidadosamente una y con un
trozo de lápiz que hurgó en su bolsillo se dispuso a escribir un mensaje.
Sandokan encendió una nueva cerilla cuya luz atemperó. Yáñez, rápidamente
escribió: "Hemos desembarcado ayer, durante el huracán. Mañana, a la
medianoche, estaremos bajo vuestra ventana. Procurad una cuerda para ayudar a
Sandokan a escalarla.
Vuestro
respetuoso Yáñez de Gomerá.
-Espero que mi nombre no le sea desconocido
-dijo Yáñez.
-De ninguna manera: Mariana sabe que eres mi
gran y fiel amigo.
El portugués abrió la cesta de labores y
colocó el papel sobre un paño bordado donde había prendido algunas agujas.
-No dudo que lo encontrará en seguida. Ahora
vayamos. Ya fuera del quiosco, Yáñez tomó de un brazo al Tigre.
-¡Vamos! Una dilación puede echar a perder
todo.
Diez minutos después volvían a sortear la
empalizada del parque, internándose en la sombría floresta de Labuan.
CAPÍTULO 16
LA CITA NOCTURNA
L noche era tempestuosa, pues el huracán que
había azotado toda la zona de Labuan en la pasada noche, aún no se había
desplazado totalmente hacia el norte y al filo de la madrugada su furia arreció
y un violento aguacero se descargó sobre la tierra.
Era verdaderamente una noche infernal, una
noche propicia para intentar un audaz golpe de mano contra la villa. Desgraciadamente,
los hombres de los prahos no estaban allí para ayudar a Sandokan en empresa tan
temeraria.
Aunque el huracán bramaba furioso, los dos
piratas no se detenían y proseguían marchando en demanda de las orillas del
riachuelo donde a poco llegaron. Sandokan se acercó a la desembocadura y a la
luz de los relámpagos trataba de escrutar el mar para distinguir la presencia
de los prahos.
Sin cuidarse de la lluvia que caía a
torrentes,' mas cuidándose de no ser alcanzado por las gruesas ramas que el
viento arrancaba, permaneció un par de horas escrutando el horizonte; luego
regresó donde estaba el flemático Yáñez.
-¿No les habrá ocurrido alguna desgracia a
mis barcos?
-Creo más bien que no se arriesgan a
abandonar el sitio en que estarán refugiados hasta tanto no amaine la furia del
huracán.
-Descansa un rato y si puedes duerme algo,
Sandokan; llueve a mares y el huracán no tiene trazas de amainar tan pronto. Si
encontrásemos un buen reparo contra la furia de la naturaleza...
-Cobijémonos bajo aquel montecillo de
bananeros; sus grandes hojas nos protegerán eficazmente de la lluvia.
-¿No te parece mejor construir un tinglado
malayo? ¿Un attap?
-En eso estaba pensando, Sandokan; en pocos
minutos lo podemos dejar listo. ¡Manos a la obra!
Ayudados por los filosos kriss, cortaron
algunas cañas de bambú que crecían en la orilla del riachuelo y las clavaron en
la húmeda tierra; cruzaron otras que fueron atando con lianas y formaron así la
techumbre que recubrieron con grandes hojas de bananos, haciendo otro tanto
con los laterales. En menos de una hora quedó listo el attap y los dos piratas,
mojados hasta los huesos, se refugiaron dentro.
El huracán seguía bramando sobre sus cabezas
y los truenos y relámpagos sacudían la selva con siniestro pavor. La noche fue
pésima y varias veces se vieron obligados a reponer las grandes hojas del techo
del attap arrancadas por la fuerza del viento.
Hacia el alba la lluvia cesó casi por
completo y dio la impresión de que la fuerza del huracán iba cediendo;
pudieron entonces tumbarse sobre un montón de hojas y dormirse profundamente.
Cuando despertaron era ya la media mañana. Yáñez tenía apetito.
-Iré en busca de algo para comer.
Se allegó hasta la orilla del mar y en pocos
minutos hizo una abundante recolección de crustáceos que llevó al attap, donde
Sandokan había ya encendido fuego y reunido gran cantidad de frutas silvestres.
La colación fue simple pero abundante y fue
rociada con unos sorbos de gin; luego se dirigieron hacia la costa, caminando
un par de millas, hasta doblar una punta de la misma, con la esperanza de
distinguir en el mar algún indicio de los prahos.
-La tormenta los debe haber impulsado hacia
el sur -dijo Sandokan-. Su tardanza me provoca temor.
-Yo confío en la habilidad marinera de
nuestros hombres. -¿Crees Yáñez, que Mariana habrá encontrado el billete?
-Espero que sí y que facilite la cita convenida.
-No importa; iremos igualmente.
-No olvides lo que tanto te vengo
repitiendo: ¡prudencia! El parque y la villa deben estar llenos de soldados.
-De ello estoy seguro, pero no alteraré mis
planes.
-Debemos cuidarnos de no ser sorprendidos,
eso es todo.
-Creo que es hora de ponernos en camino; si
la noche cae sobre el bosque nos dificultará la marcha.
-Andando, hermanito.
Se pusieron en marcha, tras haber revisado
la carga de las carabinas, con los oídos agudizados y la mirada vigilante para
evitar cualquier emboscada. Restaba poco tiempo de claridad y querían
aprovecharlo para acercarse a la villa.
Cuando llegaron a la empalizada era ya
cerrada la noche; Yáñez se encaramó sobre la misma y tras escrutar los alrededores
y no encontrar ningún centinela apostado por allí, hizo señas a Sandokan para
que le siguiese, dejándose caer al interior del parque.
Rápidamente se acercaron al palacete,
algunas de cuyas ventanas aparecían iluminadas.
Se ubicaron bajo un gran árbol desde donde
podían dominar el panorama de la casa y sus alrededores.
-Veo un oficial en una de las ventanas de
aquel pabellón, Yáñez.
-Y yo un soldado apostado en aquel ángulo de
la casa, bajo aquel rosal chino; ¿le distingues?
-Sí, y si al cerrar la noche no abandona ese
lugar nos dará un mal rato.
-Lo neutralizaremos... ; un golpe de
kriss...
-Preferiría sorprenderlo y amordazarlo, no
quisiera verter sangre en casa de Mariana. ¿Tienes alguna cuerda?
-No, pero mi faja suplirá al más resistente
cabo, hermanito; pero...
-¿Qué ocurre?
-¿No has observado? ¡Han colocado fuertes
rejas en todas las ventanas!
-¡Por las barbas de Alá! -rugió Sandokan.
-Hermanito mío, Lord James debe conocer bien
tu audacia...
-Ahora a esperar la medianoche.
Se sentaron al pie de un árbol, ocultos por
unas matas y Yáñez, con gran precaución, encendió un cigarrillo que se puso a
fumar con la misma tranquilidad que si se hallase a bordo de su praho.
Sandokan, a la inversa, trémulo de impaciencia, no podía estar tranquilo un
solo instante. Vagos temores lo agitaban, pensaba que tal vez le hubiesen
preparado cualquier trampa en torno a la habitación de su amada. El billete con
el mensaje podía haber caído en manos de Lord Guillonk en vez de las de
Mariana.
No sabiendo contenerse, interrogaba de
continuo a Yáñez, pero el portugués, imperturbable, no le contestaba y seguía
fumando.
Así llegó la ansiada medianoche. Sandokan
estaba listo para lanzarse sobre el ángulo del palacete, aún a riesgo de encontrarse
imprevistamente con los soldados apostados en salvaguardia de Lord Guillonk.
Yáñez le sujetó vivamente de un brazo.
-Despacio, hermanito; me has prometido ser
prudente.
-No temo nada ni a nadie: estoy resuelto a
todo.
-Pero antes que nada hay que salvar la
propia piel, amigo; hay un centinela apostado junto al pabellón.
-¡Vamos a matarle!'
-Siempre que antes no dé la alarma.
-Lo estrangularemos.
Salieron del macizo de plantas donde estaban
emboscados y cautelosamente se fueron acercando protegidos por la sombra de los
árboles en dirección al palacete y luego de andar unos cincuenta metros, Yáñez
le dijo por lo bajo a Sandokan.
-¿Ves allá al centinela?
-Sí.
-Parece que se ha dormido apoyado en su
fusil.
-Mejor. Ven Yáñez y está dispuesto a todo-.
El Tigre desenvainó el kriss.
-Yo llevo lista mi faja para maniatarlo.
-¡Adelante!
Se volvieron a esconder bajo la sombra de la
arboleda y con suma precaución avanzaron hacia donde se encontraba el sol-.
dado apostado y como dos serpientes se echaron al suelo cuando estuvieron a
pocos pasos del centinela.
-¿Estás pronto, Yáñez? -preguntó Sandokan.
-¡Listo!
Con un salto de tigre, Sandokan cayó sobre
el soldado apretándole con su mano de hierro la garganta contra la pared.
-¡Si gritas date por muerto! -Y le puso el
puñal sobre el corazón.
Yáñez, rápidamente se colocó a su lado y con
singular habilidad en contados minutos maniató de manos y piernas al soldado
con su larga faja; le arrojaron al suelo y Sandokan le susurró al oído del
aterrado prisionero.
-¡Un grito..., un gesto..., y te parto el
pecho!
-¡Ahora a tu amada, hermanito! ¿Sabes cuál
es su ventana?
-Sí; aquella que cae sobre la pérgola. ¡Ah,
Mariana!
-Paciencia un poco más y si el diablo no
mete la cola la verás.
-¡También han aherrojado su ventana con una
reja!
-¡No importa!
Buscó Yáñez unos pequeños pedregullos en el
camino y los arrojó suavemente contra los cristales de la ventana, produciendo
un leve ruido; los dos piratas contuvieron la respiración invadidos por tensa
emoción.
Al no tener respuesta alguna, Yáñez repitió
la operación lanzando nuevos pedacitos de piedra.
De pronto los cristales de la ventana se
abrieron y Sandokan, a la azulada luz que se filtraba de la habitación, vio
una sombra blanca en el vano de la misma, sombra que reconoció de inmediato.
-¡Mariana! -murmuró extendiendo los brazos
hacia ella. Un ligero grito se escapó de la garganta de Mariana al reconocer
al pirata.
-Animo, Sandokan -le dijo Yáñez- escala de
una vez la ventana pero date prisa que no sopla buen viento para nosotros. El
Tigre se abalanzó hacia el ángulo del palacete, saltó hacia la pérgola y en
dos segundos estuvo prendido de los hierros de la ventana.
-¡Tú, tú! ¡Gran Dios! -murmuró Mariana con
loca alegría.
-¡Mariana, mi adorada Mariana! ¡Por fin
vuelvo a verte! Porque tú eres mía, ¿verdad? ¡Enteramente mía!
-¡Sí, tuya, Sandokan, para siempre! ¡Verte
ahora, luego de haberte llorado por muerto! ¡Es demasiada alegría, amor mío!
-¿Me creíste muerto?
-Sí y he sufrido intensamente creyéndote
perdido.
-Querida Mariana: no muere tan fácilmente el
Tigre de la Malasia. He pasado sin ser herido en medio del fuego de tus
compatriotas, he atravesado el mar, he convocado a mis hombres y he regresado
aquí a la cabeza de cien tigres, dispuestos a todo.
-¡Sandokan! ¡Sandokan!
-Escucha ahora, Perla de Labuan: ¿qué hace
el Lord?
-Me tiene prisionera temiendo que
reaparezcas por aquí.
-He visto algunos soldados.
-Sí, noche y día vigilan en las habitaciones
inferiores; estoy rodeada de bayonetas y vigilada estrechamente, en la absoluta
imposibilidad de dar un solo paso sin la correspondiente custodia. Mi querido
amigo, temo que no podré gozar de la felicidad de ser tu esposa, de no ser ya
feliz, porque mi tío me odia y no consentirá jamás en emparentarse con el Tigre
de la Malasia.
Dos lágrimas brotaron de sus bellos ojos.
-¡Lloras, amor mío! Deja de hacerlo o me
vuelvo loco y cometo cualquier torpeza...; escúchame, Mariana: mis hombres no
están lejos, hoy somos pocos, pero mañana o pasado, tal vez, seremos muchos y
tú sabes qué clase de hombres son los míos; aunque el Lord construya barricadas
aquí, nosotros entraremos lo mismo, aunque debamos incendiar o derribar los
muros de esta casa. Yo soy el Tigre y por tu amor me siento capaz de entrar a
hierro y fuego en la villa de tu tío, en Labuan y en Victoria enteras. ¿Quieres
que te lleve conmigo esta noche misma? Estamos Yáñez y yo pero te rescataremos
o perderemos la vida con tu libertad.
-¡No! ¡No! ¡Mi valeroso amigo! Muerto tú,
¿qué sería de mí? ¿Crees que podría sobrevivirte? Tengo confianza en ti, sé que
me salvarás, pero cuando estés junto a tus hombres, cuando te halles fuerte.
-¿Y si no nos pudiésemos ver más?
En aquel momento se escuchó abajo un leve
silbido.
-¿Has oído, Sandokan?
-Sí, es Yáñez que se impacienta.
-Tal vez haya descubierto un peligro,
Sandokan. En las sombras de la noche se cierne una amenaza para ti.
-¡Mariana!
-¡Tengo miedo de no volver a verte!
-No digas eso, amor mío; volveré a
rescatarte y sabré protegerte. Tal vez se trate de pocas horas, no más. Si
mañana llegan mis hombres, atacaremos esta villa por más defendida que esté.
El silbido del portugués se dejó escuchar
nuevamente. -¡Vete, Sandokan, debe haber algún peligro! -Nada temo.
-Vete, amor mío, te lo ruego, vete antes que
te sorprendan.
-¡Dejarte! No me resigno a abandonarte...
-Huye, Sandokan, he escuchado pasos en el
corredor.
-¡Mariana!
En aquel momento de la habitación partió un
grito feroz.
-¡Miserable! -tronó una voz.
El Lord, porque era él en persona, aferró a
Mariana por un brazo tratando de arrancarla de las rejas de la ventana, en
tanto se escuchaban rumores precipitados y se oía descorrer los cerrojos de la
puerta de entrada.
-¡Huye! -gritó Yáñez.
-¡Huye! -imploró llorosa Mariana.
CAPÍTULO 17
DOS PIRATAS DENTRO DE UNA ESTUFA
Otro hombre que no fuese un malayo se
hubiese roto las piernas en aquel salto, pero ello no podía ocurrir a
Sandokan, que a su musculatura de acero unía la agilidad de un cuadrúmano.
Había apenas tocado tierra, tras describir una inverosímil pirueta en el aire,
cuando ya estaba de pie empuñando el kriss.
Afortunadamente el portugués estaba allí;
saltó junto a él y aferrándole de un brazo le atrajo bajo un grupo de árboles.
-¿Quieres hacerte matar? ¡Huye, imprudente!
-Déjame, Yáñez... ¡Asaltemos la villa!
Tres o cuatro soldados aparecieron en la
enrejada ventana apuntados sus fusiles e hicieron una descarga, cerrada hacia
los árboles bajo los cuales estaban ambos piratas.
Sandokan dio un salto como de diez pies al
momento de sonar la descarga de los fusiles y una bala le atravesó el turbante.
Se volvió rugiendo como una fiera, apuntó la carabina a la ventana e hizo
fuego: un soldado cayó.
-¡Vengan! -desafió frenético.
-¡Ven tú! ¡Testarudo imprudente!
-Yáñez le tuvo que sujetar con toda su
fuerza y llevarle al macizo de la fronda del parque para evitar que se mostrara
frente al palacete.
La puerta de la casa se abrió y una patrulla
de diez soldados, armas listas, seguidos por varios sirvientes armados, se
lanzaron fuera. Yáñez hizo fuego y el sargento cayó fulminado.
-¡Ahora a las piernas, hermanito mío!
-¡No me puedo marchar dejándola sola!
-¡Vamos o me obligarás a que te cargue como
un niño! Varios soldados corrían ya hacia ellos y otro grupo se disponía a
cortarles la retirada hacia la empalizada.
Sandokan y Yáñez, metiéndose entre la
espesura del parque echaron a correr, saludados por algunos disparos.
-¡Corre..., corre! -le apuraba Yáñez
mientras iba cargando la carabina en plena retirada.
-Temo haber echado todo a perder, Yáñez.
Ahora sabe el Lord que estamos aquí y no se dejará sorprender.
-Te lo advertí cien veces, Sandokan, pero
nunca quieres escucharme; no te apures que encontraremos la forma de burlar al
enemigo y cumplir con nuestros designios.
-¡Ah, si ya estuviesen los prahos en la
bahía! Esta noche misma atacaría la villa y rescataría a Mariana!
-¡Cuidado con el Lord! Es capaz de asesinar
a su sobrina antes de permitir que se vaya contigo...
-¡No me hagas estremecer, Yáñez! ¡Volvamos a
la casa!
-Todo es posible, Sandokan. Pero no es este
el momento para tomar una determinación suicida; escucho pasos cerca de
nosotros... ¡Los soldados! ¡Han encontrado nuestra huella! Reemprendieron la
retirada veloces como gamos pero aquella carrera se tornaba dificultosa por la
oscuridad reinante y la cantidad de obstáculos que encontraban a su paso ya
había hecho caer un par de veces al portugués. Por fin llegaron junto a la
cerca del parque que se dispuso a superar Sandokan con un salto de felino.
Yáñez le detuvo.
-Cuidado hermanito; ¡puede haber soldados
emboscados tras ella!
-¿Estarán enterados que entramos en el
parque?
-Es casi seguro que las descargas deben
haber alarmado a todos los que se hallaban vigilantes. ¡Cuidado!
-¿Has visto alguno, Yáñez?
-No, pero escuché el crujir de una rama al
romperse.
-Tal vez un animal...
-Lo dudo; jugaría la esmeralda de la
empuñadura de mi kriss contra una piastra, que hay soldados emboscados por
aquí.
-¿Qué hacemos?
-Averiguar si el camino está libre,
Sandokan.
-Déjame a mí que soy más liviano que tú.
Sandokan se encogió sobre sí mismo y con un
salto ágil se encaramó sobre la empalizada del parque, clavando su penetrante
mirada en los árboles próximos y escuchando atentamente. Oyó, indistintamente,
rumor de voces, casi un susurro.
-Yáñez no se engañó. .. -se dijo para sí el
Tigre y volvió a descender para reunirse con el portugués.
-¿Y?
-Lo que sospechas: hay varios soldados
ocultos en el bosque.
-¿Muchos?
-¿Cómo podría saberlo? Tal vez media docena
o una...
-¡Por Júpiter!
-¿Qué hacemos, Yáñez?
-Alejarnos prontamente de este lugar;
encontraremos otro camino para ganar la costa de la isla y aguardar allí a nuestros
hombres. ¿Qué otra cosa podríamos hacer?
-Temo que sea un poco tarde. -Vayamos, pero,
¿dónde?
-Cállate..., oigo voces tras la cerca. Los
piratas aguzaron los oídos.
-Te aseguro -decía una voz imperiosa- que
los piratas han entrado al parque para intentar un golpe de mano.
-No lo creo, sargento Bell...
-¿Crees tan estúpidos a nuestros compañeros
como para hacer un concierto de fusilería sin motivo alguno? Sigues siempre
corto de entendederas, Willis.
-Ahora no podrán escapar.
-¡Ni que fuesen diablos! Somos más de
cincuenta que rodeamos la empalizada y a la primera señal la cubriremos de
plomo.
-Hay que tener los ojos bien abiertos, Bell;
¡tú no sabes quién es el Tigre de la Malasia!
Luego de aquel breve diálogo, los piratas
oyeron quebrarse varias ramas al paso de los hombres; luego todo quedó en
silencio.
-Estos bribones suman gran cantidad -murmuró
Yáñez-; estamos evidentemente rodeados y si no obramos con suma prudencia
podemos caer en una emboscada.
-¡Calla! Oigo nuevamente voces...
La voz del sargento Bell se escuchaba
nuevamente.
-Tú, Willis, vigila aquí mientras yo me voy
a emboscar bajo aquel árbol de alcanfor. Ten preparado el fusil y no apartes
los ojos de la empalizada.
-No temas, Bell; ¿pero en verdad crees que
podamos dar de boca con el Tigre de la Malasia?
-Creo que sí: es audaz ese pirata; estoy
segurísimo que esta noche ha intentado raptarla, a despecho de la vigilancia de
nuestras tropas.
-¿Y cómo ha desembarcado sin que lo notara
nuestro crucero?
-Habrá aprovechado del huracán: hace días
que algunos prahos fueron vistos navegando cerca de nuestras costas.
-¡Qué audacia!
-¡Nos veremos bien, nosotros! El Tigre de la
Malasia nos dará trabajo; es el hombre más audaz de que haya memoria.
-Pero si está dentro del parque no podrá
huir. -Bueno; a tu puesto, Willis. Tres carabinas cada cien metros son más que
suficientes para abatir a los piratas. No te olvides que nos ganamos mil
esterlinas si capturamos al bandido.
-Una linda cifra
-murmuró Yáñez sonriendo-. Lord James te valora en mucho, hermanito mío.
Sandokan se alzó cuanto pudo y escudriñó el
parque a sus espaldas. En la
lejanía vio dos puntos luminosos que aparecían y desaparecían a cortos
intervalos; evidentemente los soldados habían perdido el rastro de los piratas
y los buscaban al azar con faroles en medio de la espesura, aunque confiando
más en la llegada del alba para dar una batida general.
-Por ahora nada tenemos que temer de esos
hombres. -Sí, Sandokan; ello nos permitirá escapar hacia otra parte; el parque
es extenso y no creo que toda la empalizada esté vigilada, pues cincuenta
hombres no pueden cubrir tantas millas.
-No, Yáñez. Tenemos a la espalda una
cuarentena de soldados y medio centenar fuera de la valla; no podemos arriesgarnos
a sufrir sus tiros. Conviene ocultarnos.
-¿Dónde, Sandokan?
-Ven conmigo. Estoy absolutamente dueño de
mis sentidos y quiero demostrarte que no soy un imprudente ni cometo más
locuras.
Los dos piratas se dispusieron a partir con
las carabinas listas para repeler cualquier ataque: se alejaron de la empalizada
adentrándose en el parque en dirección sesgada al palacete. Al cabo de veinte
minutos de precavida marcha, llegaron a un pequeño edificio, en forma de
pabellón que tenía los muros envidriados.
-¿Qué es esto?
-Un invernadero; está a sólo doscientos
metros del palacete. Entraron y se encontraron en una vasta estancia, llena de
tiestos de plantas y flores que esparcían embriagador perfume. Había una mesa y
varios asientos hechos de delgadísimo bambú y en uno de sus ángulos una enorme
chimenea utilizada para dar la necesaria temperatura al invernadero y hacer
germinar en pleno invierno delicadas variedades de plantas.
-¿Aquí nos esconderemos? ¡Hum! El lugar no
me parece muy seguro. No dejarán los soldados de venir a inspeccionarlo y como
no logremos convertirnos en rosa china o violeta de los Alpes no escaparemos a
su vista.
-No te digo lo contrario, Yáñez.
-¿Entonces nos vamos a dejar capturar?
-Despacio, portugués; soy yo quien te
reclama calma, ahora.
-Vos dirás.
-Buscarán pero no se les ocurrirá meter las
narices dentro de la hornalla de la estufa... ¿Comprendes?
Abrió la pesada puerta de hierro de la
estufa y se metió resueltamente dentro de la hornalla, lanzando una serie de
sonoros estornudos que levantaron nubes de hollín. El interior de la estufa era
tan grande que los dos hombres podían mantenerse dentro de ella cómodamente de
pie.
El portugués, cuyo buen humor no le
abandonaba nunca, se abandonó a una hilarante escena, pese a la grave
situación. -¡Quién iba a imaginarse que el terrible Tigre de la Malasia
tendría que refugiarse aquí dentro y oficiarla de deshollinador!
-Baja la voz, papagayo, que pueden oírte.
-Deben estar bastante alejados.
-No te confíes demasiado; estamos muy cerca
del palacete y en cualquier momento se les puede ocurrir venir por aquí. -¿Y
meter las narices aquí dentro?
-¿Quién puede decir que no? De cualquier
forma tenemos nuestras armas y no somos hombres de rendirnos fácilmente.
-¿Crees que nos podremos alimentar con
flores? No tenemos ni un trozo de galleta para echar al estómago, que por otra
parte, hermanito mío, ya me está recordando que hace muchas horas que no pruebo
un bocado. Por otra parte esta construcción no me parece muy sólida.
-Antes que derrumben las paredes
intentaremos una salida desesperada y el factor sorpresa puede sernos
favorable. -De acuerdo en ello, pero ¿qué comemos?
-Algo encontraremos; no faltan en las
cercanías bananeros ni pombos y a falta de algo mejor nos contentaremos con
sus frutos. Podemos ir ya a recolectar algunos.
-Calla, Sandokan, oigo voces. -Tengo lista
la carabina.
Desde afuera llegaban las voces de algunas
personas que se iban acercando, a medida que las ramas y hojas crepitaban a su
paso, precisamente en el estrecho camino que conducía al invernadero.
-¿Se prepararán para visitarnos? -le susurró
Yáñez al oído.
Los haces de las antorchas se tornaron
visibles al cruzar una ancha faja de tierra, libre de vegetación que circundaba
el invernadero y su luz, al filtrarse por los cristales de las paredes,
iluminaron viva y detalladamente el interior del local. -¡Rápido Yáñez! ¡A la
estufa!
Los dos piratas, se metieron dentro de la
enorme hornalla y cerraron tras sí la portezuela y con los torpes movimientos
ejecutados en aquella antesala del mismo infierno, una espesa lluvia de hollín
cayó sobre ellos y les cubrió totalmente.
-¡Cuerpo de cien mil cañones! -bramó por lo
bajo Yáñez-. ¡Se me ha llenado de hollín hasta el estómago!
Se corrieron al interior del hogar y se
acurrucaron en el fondo de la hornalla, listas las armas para cualquier evento.
En ese momento penetraban dos soldados dentro del invernadero y uno de los
sirvientes portadores de la antorcha, escuchando los piratas el diálogo
siguiente:
-¿Es que ese maldito pirata se habrá volado,
Bob? -decía uno.
-¡No creo que se lo haya tragado la tierra!
-respondió el otro.
-Oh, ese maldito es capaz de todo. ¿Crees
que es un hombre como nosotros? ¡No! Debe ser compadre del mismo Belcebú...
-Opino como vos; yo le vi una sola vez a ese
diablo y te aseguro que parecía un tigre. ¡Enfrentaba a más de treinta hombres
y ni una bala le alcanzaba!
-Discurre menos y vigila mejor; echa un
vistazo dentro de la estufa y luego nos largamos por otro lado.
-¿Te burlas de mí? ¿Cómo puedes suponer que
allí dentro se haya metido alguien? Como no sea un pigmeo...
-De cualquier manera hay que revisarla.
Vamos.
El ruido de los pasos se acercó a la estufa;
Yáñez y Sandokan se hicieron dos ovillos, pero sin dejar de tener listas las
carabinas y los puñales. La puerta de hierro se abrió y un rayo de luz se
filtró dentro de la tenebrosa lobreguez de la hornalla. El soldado introdujo
la cabeza pero la retiró rápidamente lanzando una serie de estornudos que
provocó una nueva lluvia de hollín que sofocó a ambos piratas.
-¡Al diablo con tu brillante idea! -bramó el
soldado-. Me has hecho meter las narices en esta fábrica de negro de humo... Es
ridículo buscar aquí al Tigre de la Malasia.
-No estaba de más la precaución de ver allí
dentro. Vamos ahora a seguir la búsqueda por otra parte.
Los soldados y el sirviente se batieron en
retirada y a los pocos minutos reinaba el más completo silencio dentro del invernadero
y en las inmediaciones del mismo. Cuando ya nada se escuchó, Yáñez respiró
profundamente.
-¡Creo que he vivido mil años en estos
minutos!
-Te aseguro Yáñez que hubo un instante en
que no daba un par de piastras por nuestras pieles; si el soldado alarga el
cuello descubre todo.
-Cuando vi su cabeza tan cerca, te juro
Sandokan que estuve por meterle una bala en el cráneo.
-¡Qué inoportuno hubieras estado!
-Bueno, ahora no tenemos nada que temer;
seguirán revisando el parque y terminarán por convencerse de que nos hemos
volado.
-Y en realidad: ¿cuándo lo haremos? ¡No
querrás quedarte aquí toda una semana! Piensa que los prahos pueden estar ya
en la boca del riachuelo.
-Hermanito, vamos a ver si podemos echar
algo entre los dientes, pues tengo la garganta como el caño de una chimenea y
mi caramañola está vacía.
-Sí, salgamos ya y beberás un trago de la
mía.
El portugués fue el primero en abandonar la
salvadora estufa y para no dejar rastros de hollín en el piso, saltó sobre un
gran tiesto de helechos, sobre el que sacudió su ropa; Sandokan hizo otro
tanto.
-¿Ves algo, Yáñez?
-¡Nada! Está todo oscuro como mi cara y la
tuya.
-Entonces vayamos a saquear un bananero.
Salieron con precaución del invernadero y a
pocos pasos encontraron un bananero cargado de apetitosos frutos y en pocos
instantes hicieron regular acopio del dulce manjar y al pie del mismo árbol se
dieron un hartazgo.
Iban a regresar al invernadero, cuando
Sandokan se decidió.
-Iré a echar una mirada sobre el parque;
quiero ver qué hacen los soldados. Espérame aquí que en seguida regreso. -Me
parece que es una imprudencia, Sandokan; ¿qué nos importa lo que hagan los
chaquetas rojas?
-Tengo una idea en la cabeza.
-¿Otra? ¡Benditas ideas tuyas!
Dejó a Yáñez la carabina que podía
embarazarle y desenvainó el kriss y se alejó en la oscuridad rumbo al
palacete.
-¡Mariana! -murmuró-; si pudiese verla,
hablarla... tal vez pudiese llevarla conmigo esta misma noche...
Se acercó audazmente a la villa y vio luz en
la enrejada ventana de su amada. Estaba por saltar sobre la pérgola para
encaramarse al alféizar, cuando distinguió una sombra humana que descendía de
la escalinata del palacete del Lord. Era uno de los centinelas allí apostados.
-¿Me habrá descubierto? -pensó el Tigre.
Su duda duró apenas unos instantes, pues
acababa de ver la figura de Mariana dentro de la habitación iluminada.
Sin pensar en el peligro, dio un salto y se
agarró de un fuerte travesaño de la pérgola; en ese instante sintió que el
soldado armaba su fusil, a pocos pasos de él y que con voz ronca le amenazaba:
-¡Quieto o te mato!
Sandokan estaba irremisiblemente perdido.
CAPÍTULO 18
FANTASMAS EN LA CHIMENEA
L situación aparecía seriamente comprometida
para Sandokan. Comprendió que estaba expuesto a un peligro inminente y se quedó
inmóvil en el lugar donde se había ocultado.
El centinela repitió la intimación, pero
dudando de estar en lo cierto al no recibir respuesta ni percibir ruido alguno,
comenzó a retroceder, paso a paso, sin bajar el fusil, hasta la entrada del
palacete en cuyo interior desapareció prestamente. Sandokan, aunque deseaba
vivamente escalar la ventana de Mariana, resolvió regresar junto a Yáñez y,
lentamente y sin dejar de estar atento, comenzó a desandar el camino, llegando
en breve al invernadero donde le aguardaba Yáñez fumando con impaciencia.
-¿Qué has visto? He estado intranquilo por
vos.
-Nada de bueno para nosotros -respondió el
Tigre con sorda cólera-; el palacete está lleno de soldados, lo mismo el parque
y sospecho igual cosa fuera de la empalizada. Esta noche, evidentemente, nada
se puede intentar.
-Podríamos aprovecharla para echar un
sueñecillo...
-Duerme tú si puedes, pero con un solo ojo,
¿eh?
Se acomodaron en medio de unos tiestos que
contenían rosales enanos de la China tratando de dormitar un poco. pero pese
al cansancio y al vehemente deseo de dormir, no consiguieron cerrar los ojos.
El temor de ver reaparecer a los soldados los tenía continuamente
sobresaltados y cualquier ruido que llegaba del exterior les hacía llevar las
manos a las carabinas.
Cuando despuntó el alba se pusieron en pie y
salieron para escudriñar los alrededores del invernadero. Se escuchaban voces
en todas direcciones, señal evidente de que los ingleses, con las primeras
luces del día, darían una batida en regla por el parque y la floresta vecina.
Aunque el refugio de los piratas había sido visitado, no había duda alguna de
que volverían a inspeccionarlo.
La perspectiva de pasar todo el día allí
dentro, aguardando nuevamente la noche para tratar de escapar, ponía de un humor
espantoso al Tigre, que se sentaba y se paraba, caminaba y se volvía a
sentar...
De pronto Sandokan percibió un ruido
exterior sospechoso, hizo una señal de silencio a Yáñez y ambos echaron manos a
los kriss.
-¿Quién regresará, Sandokan?
-Tal vez algún soldado que anda de
recorrida; si fuese uno solo le podríamos hacer prisionero.
-Vayamos a ver,
-¿Y yo debo quedarme aquí de brazos
cruzados?
-Si te necesito te llamaré con un silbido.
-Entonces, anda. ¡Ten cuidado!
El portugués se lanzó fuera del invernadero
con el puñal listo para sorprender o defenderse si era sorprendido él: se
ocultó bajo un bananero y se puso a escuchar atentamente.
Yáñez supuso que los soldados, o se habían
alejado fuera del parque, creyendo que los piratas habían ganado la selva, o
estaban batiendo la espesura, meticulosamente, desde el otro extremo de la
extensa villa.
Se disponía a regresar junto a Sandokan para
hacerle partícipe de las mismas cuando vio que desde la villa salía un soldado
que se dirigía por el camino directo que llevaba al invernadero. Se ocultó en
medio de una mata de geranios y se quedó a la expectativa y en ese momento, sin
que le llamase, Sandokan apareció a su lado.
-¿Es que no puedes dominarte un instante?
-reconvínole. -Te supuse en peligro. . .
-En peligro estamos ahora mismo... ¡mira!
-Es uno solo... ; ¡le capturaremos!
-Uno sólo, pero si da un grito de alarma se
nos echarán encima los demás. ¿Quieres perdernos?
-Déjame a mí y te aseguro que te lo pondré a
los pies manso como un cordero. Sígueme.
Se arrastraron casi por el suelo y se
allegaron al borde del camino que debía recorrer el soldado, un muchachito
sonrosado y de cabello rojizo; un imberbe y probablemente recién reclutado.
Si bien llevaba el fusil armado al brazo, por su actitud revelaba que no se
había percatado de la presencia de los piratas.
-Será fácil capturarle -murmuró el Tigre.
-Caeremos sobre él cuando haya pasado este
durión -respondió el portugués-. Prepararé la faja para maniatarlo, pero te
repito que cometemos una imprudencia. Si grita. ..
-Ya está aquí... ¡Vamos!
El soldado estaba sobre el lugar donde
estaban emboscados los piratas sin percatarse de nada; Yáñez y Sandokan, al unísono,
saltaron sobre él y le derribaron al suelo en tanto el portugués le tapaba la
boca con la mano en que tenía la faja y Sandokan le ponía la punta del kriss en
la nuca. El sorprendido soldado se revolvió con furia y consiguió lanzar un
agudo grito.
-Pronto, Yáñez: ¡a la estufa!
Pocos instantes bastaron para que el
portugués maniatara con su faja al despavorido soldado que quedó totalmente inmovilizado
y con la boca amordazada con su propio pañuelo. Yáñez le cargó con facilidad
sobre la espalda y se introdujeron en el invernadero cerrando la puerta.
Abrió la portezuela de la estufa y arrojó
dentro al prisionero, siguiéndole los piratas. Yáñez estaba preocupado. -Creo
que esta vez la hemos hecho linda y estamos ante un real peligro.
-¿Habrán oído el grito de este conejo?
-¡Hasta en Victoria se habrá escuchado!
-¡Estamos perdidos, entonces!
-Todavía tenemos la piel pegada a los huesos
y sabremos defenderla; en la prisa olvidamos la carabina de este marrano en
medio del camino y ello les dará una pista hasta aquí.
-Nos conviene huir de aquí y tratar de ganar
la empalizada.
-No andaríamos más de cincuenta metros sin
que nos fusilasen. Quedémonos aquí; estamos armados y dispuestos a todo
Esperemos. Me parece que se acercan..., oigo rumores y pasos.
Yáñez no se engañaba. Algunos soldados que
habían oído el grito de su camarada estaban reunidos en el camino, en torno a
su fusil y comentaban su extraña desaparición.
-Si ha dejado aquí el arma, quiere decir que
le han sorprendido y llevado -decía uno.
-Creo que Barry quiere burlarse de nosotros
-dijo otro-; no creo que los piratas estén tan cerca del palacete. -No creo que
sea el momento para dar bromas -replicó el primero-. Creo que a Barry le ha
ocurrido algo.
-¡Eh, Barry! -gritó una tercera voz con
marcado acento de mando-; deja de hacerte el gracioso, bribón, o te haré
azotar.
-¿Qué hacemos, sargento? -preguntó la voz
primera.
-¡Buscarlo, muchachos! No puede estar lejos
y si lo han capturado ello dificultará la huida de los piratas. Antes que nada
hagamos una inspección en el invernadero.
Al escuchar estas palabras, Yáñez y Sandokan
se estremecieron.
-¿Qué hacemos, Sandokan?
-Matemos al prisionero para que no nos
delate.
-No creo que sea menester; está muerto de
miedo y tengo mi kriss apoyado en su pecho.
-Perdonémosle entonces la vida. Tengo un
plan, Yáñez: tú colócate junto a la portezuela y le partes el cráneo al primer
soldado que meta aquí dentro la cabeza, en tanto yo preparo una sorpresa a
estos malditos chaquetas rojas.
Yáñez se inclinó sobre el prisionero.
-Si haces un solo movimiento, si intentas
algo, date por muerto: te clavaré apenas la punta de mi kriss envenenado y te
irás al infierno.
El preso ni se movió. Yáñez se puso en
guardia, con la carabina empuñada por el cañón para usarla como maza, en tanto
Sandokan con el puño de su kriss tanteaba la fortaleza de las paredes que
formaban el hogar.
-Les daremos una gran sorpresa, hermanito;
esperemos el momento oportuno para brindársela.
En tanto los soldados habían penetrado en el
invernadero y revolvían tiestos y jardineras, mascullando toda clase de improperios
contra el Tigre de la Malasia. Al no encontrar rastro alguno de Barry, el
sargento reparó en la enorme estufa.
-¡Por San Patricio! ¡He aquí un lugar
apropiado para ocultar a un hombre! ¡Vamos a ver el interior de ese horno!
-Prepárate para la sorpresa -murmuró
Sandokan.
Yáñez lo sintió apoyarse contra los tiznados
ladrillos del hogar y respirar hondamente como haciendo acopio de fuerzas para
dar un tremendo empujón a las débiles paredes.
En ese preciso instante la mano del sargento
abría la portezuela y un haz de luz se filtró por la abertura.
¡Ahora, Yáñez! -gritó Sandokan dando un
terrible empellón a la mampostería que se derrumbó con gran estrépito
levantando una espesa nube de argamasa y hollín.
Yáñez y Sandokan, cubiertos de polvo, negros
como demonios y gritando ferozmente, se lanzaron repartiendo golpes a derecha
e izquierda entre los soldados, que se hicieron a uno y otro lado para evitar
aquella imprevista granizada.
¡El Tigre de la Malasia! -gritó espantado el
sargento.
¡Fantasmas! ¡Fantasmas! -gritaba otro.
antes
que se disipara la espesa nube de hollín y se repusieran de la terrorífica
visión de aquellos fantasmas carboneros, los dos piratas, tras derribar al
sargento y a un soldado con golpes de carabina, rápidamente ganaron la puerta
del invernadero y desaparecieron corriendo bajo la espesura del parque.
CAPÍTULO 19
A TRAVÉS DE LA FLORESTA
L espanto que experimentaron los soldados al
ver aparecer de improviso ante ellos al formidable pirata de Mompracem fue
tal, que ninguno atinó a hacer nada. Cuando se repusieron de la sorpresa,
Yáñez y Sandokan estaban bastante lejos de ellos.
os dos piratas se internaron a toda carrera
en la floresta y en pocos minutos llegaron a la cerca que escalaron rápidamente,
siguiendo la fuga al interior de la intrincada selva de la isla de Labuan.
ras correr como caballos otros diez minutos,
se detuvieron bajo un árbol para recobrar el aliento y orientarse sobre la
marcha de sus perseguidores.
Reiniciaron la
marcha con la mayor velocidad posible, pero a medida que se iban internando en
la espesura la marcha debía mesurarse por la cantidad de obstáculos naturales.
Pronto se encontraron en medio de una
espesura tal que les era imposible seguir avanzando.
Imitemos a los monos, Yáñez.
Se colgaron las carabinas a la espalda y se
encaramaron en las plantas trepadoras que tenían una insospechada resistencia,
debiendo elevarse a una treintena de pies, para lograr avanzar de un árbol a
otro.
-¿Dónde nos encontramos, Sandokan?
-¡Vaya uno a saberlo! Lo fundamental es
hacer perder el rastro a nuestros perseguidores.
-¿Pero, nos sabremos orientar hacia el mar?
-¿Te olvidas que soy malayo? Jamás los
hombres de mi raza se extravían y pierden la justa dirección. Nada temas.
-¿Qué harán los chaquetas rojas en el monte?
¿Serán capaces de seguirnos en este infierno vegetal?
-Lo dudo: no es gente habituada a las
grandes florestas y fácilmente se extravían. Existe otro peligro mayor: que nos
busquen en la selva con perros oteadores de tigres, que tienen un olfato
singular para encontrar en seguida un rastro. No debemos hacer uso de las
carabinas.
-Nuestros kriss sobrarán para despellejar a
esos canes si se nos echan encima.
-Son bestias más peligrosas que los hombres,
Yáñez; pero no derrochemos energías hablando y avancemos.
Los dos fugitivos siguieron en aquella
gimnasia de escalar murallas de vegetales, subiendo a árboles de gran altura,
para descender luego a tierra donde el paso estaba franqueado, debiendo hacer
innumerables subidas y bajadas en escasos centenares de metros.
-Podríamos tomarnos un descanso, Yáñez.
-Lo mismo te iba a proponer, hermanito;
estoy deshecho. Creo que los ingleses no nos van a venir a buscar a cuarenta
pies de altura entre las ramas de este gigantesco piombo que, por otra parte,
nos ofrece su fruto excelente para calmar un poco la sed y el apetito. Tantas
aventuras me han puesto hambriento.
-¡Come hasta hartarte, Yáñez, bien te lo has
ganado!
-¿No será temerario adelantarnos más? ¿Y si
los ingleses están emboscados en las márgenes del bosque?
-Yo no le temo.
-Pero una bala de carabina puede venir a
saludarte. -Seremos prudentes, Yáñez; vamos, la fiebre me consume. Aunque
temiendo una sorpresa por parte del enemigo, Yáñez se dispuso a seguir la
marcha, pues él también estaba impaciente por conocer alguna novedad de los
prahos, fugitivos de la terrible tormenta que había batido las costas de la
isla.
Sorbieron el jugo de un fruto indígena
llamado buá mamplam y descendieron de la altura vegetal en que se hallaban
para proseguir la marcha, ahora al través de una planicie carente de arboleda,
pero en cuya extremidad, un par de kilómetros más arriba, la selva volvía a
espesarse y enmarañarse. Sandokan estaba realmente desorientado.
-Te confieso. Yáñez. que no sé si debemos
tomar para la derecha o la izquierda para dar con el curso del río que buscamos:
pocas veces he estado en una selva tan intrincada.
-Yo acabo de observar que entre el bosque se
marca un pequeño sendero: la hierba le recubre, pero no ha logrado borrar su
trazo: tal vez conduzca fuera de este laberinto y...
-¿Has oído, Yáñez? ¡Un ladrido!
Yáñez prestó atención y la frente del Tigre
se ensombreció.
-¿Habrán descubierto los perros nuestra
huella?
En lontananza, en medio de la espesa
floresta, se había dejado oír un segundo ladrido: algún perro había penetrado
en aquella inmensa selva virgen y trataba de seguir la huella de los fugitivos.
-¿Estará solo o seguido por hombres?
-Únicamente nativos: un soldado europeo no
hubiese podido internarse en semejante manigua.
-¿Qué hacemos?
-Esperar a pie firme al animal y matarlo,
Yáñez.
-¿De un tiro?
-El disparo podría ubicar nuestra posición,
Yáñez; desenvainemos los kriss y esperemos.
Se apostaron tras el grueso tronco del árbol
citado y aguardaron la posible acometida de aquel adversario de cuatro patas.
El animal ganaba camino rápidamente; se oía a no mucha distancia su marcha en
medio de las ramas y la hojarasca, husmeando la huella y lanzando sordos
ladridos. Debía haber descubierto ya la
traza de los piratas y trataba de evitar que se alejaran.
-¡Ahí lo tienes! -apuntó Yáñez.
En efecto: bajo las matas había aparecido un
enorme mastín negro, de pelo erizado y con mandíbulas formidablemente armadas
de aguzados dientes. Pertenecía a esa raza feroz utilizada por los antiguos
plantadores y negreros, para perseguir y cazar esclavos fugitivos.
Viendo a los dos hombres se detuvo un
momento con ojos ardientes, luego, describiendo un gran salto con la agilidad
de un leopardo, se lanzó sobre los piratas lanzando un gruñido horroroso.
Sandokan estaba arrodillado manteniendo su kriss sobre su cabeza, mientras
Yáñez empuñaba la carabina por el cañón y la blandía en alto a guisa de maza.
El Tigre de la Malasia rápidamente le hundió
el puñal hasta el mango en las fauces abiertas y húmedas del animal. Yáñez,
simultáneamente, le destrozó el cráneo con un terrible culatazo de su carabina.
El perro, sin lanzar un gemido siquiera, cayó muerto a los pies de los
piratas.
-Ya tiene bastante.. . -dijo Yáñez
aplicándole un puntapié-; si los ingleses no tienen otros aliados que
mandarnos más que estos perros, perderán inútilmente el tiempo tras nosotros.
-Aguarda, que tras el perro vendrán los
hombres.
-Si hubiesen estado cerca ya los tendríamos
encima o por lo menos dispararían. sobre nosotros
-En marcha. Yáñez, un nuevo trote por este
sendero nos alejará de los esbirros de Lord James.
Sin preocuparse a de los posibles batidores
de la selva. Yáñez y Sandokan, casi corriendo, retomaron el sendero del bosque
y se alejaron de aquel lugar, pero tres millas arriba, el sendero se perdía ante
una muralla verde y debieron recomenzar la dura tarea de subir y bajar por las
enredaderas y plantas trepadoras.
Al cruzar un bosquecillo de palmeras, se
encontraron con un verdadero enjambre de pequeños monos que aullaban como
condenados y que recibieron a los intrusos de la selva con una verdadera lluvia
de dátiles y otros frutos que provocaron la risueña ira del portugués.
Continuaban la marcha totalmente
desorientados y al descubrir en el suelo el curso de un pequeño torrente, los
piratas descendieron de las copas de los árboles.
-¿Seguimos su cauce dentro del agua? ¡Hum!
¿No habrá víboras?
-Más fácil es que haya sanguijuelas, Yáñez.
-Sin embargo prefiero este camino al aéreo.
¿Será profundo?
-Nos aseguraremos, aunque no oreo que tenga
mayor profundidad que un pie.
Yáñez rompió una gruesa rama y con ella
sondeó el arroyo.
-Tenías razón: el agua apenas nos llegará a
las cañas de las botas.
Se metieron en el agua y siguieron andando.
-¿Ves algo, hermanito?
-Me parece que el bosque se abre un tanto
más adelante, pues percibo allí una viva claridad.
-¿Entraremos en tierra libre de bosques?
-Tal vez: vayamos a ver.
Caminaban con gran trabajo, pues el lecho
del arroyo era sumamente fangoso y adhesivo, a lo que se sumaba el nauseabundo
olor de las hojas y ramas en estado de descomposición que servían de incubadora
de millones de mosquitos que al picar pueden inocular la terrible y mortal
fiebre de los bosques. De pronto Yáñez se detuvo.
-¿Ocurre algo? -preguntó Sandokan.
-¡Escucha!
El Tigre se curvó para oir mejor.
-Alguien se acerca.
En ese mismo instante, un mugido tremendo,
como si lo hubiese lanzado un toro embravecido, resonó bajo la bóveda del
bosque.
-En guardia, Yáñez: tenemos delante nuestro
un maias.
-Un enemigo peor que el perro, ¿no?
-Sí; míralo sobre aquella rama que cruza el
arroyo.
Yáñez se empinó y miró en la dirección
indicada.
-Un maias de una parte y un hariman-bintang
de la otra: veremos quién cede paso a quién.
-Prepara la carabina y mantengámonos
dispuestos a todo.
CAPÍTULO 20
LA PANTERA Y EL ORANGUTÁN
Dos enemigos formidables estaban frente a
los piratas: el uno no menos peligroso que el otro, mas parecía por el momento
que no se ocupaban de los dos hombres y se mantenían vigilantes,
recíprocamente, tratando de estudiar sus propias fuerzas.
El animal designado por Sandokan con el
nombre malayo de hariman-bintang, era una espléndida pantera del Estrecho de
Sonda; el otro era un mono gigante, un maias u orangután, numerosos en las
selvas de Borneo, y que une a su fuerza prodigiosa una ferocidad sangrienta.
La pantera, un hermoso ejemplar y que en
ferocidad no cedía ventaja al orangután, estaba agazapada sobre una gruesa rama
que cruzaba la corriente a manera de puente y observaba atentamente al terrible
mono que estaba en la orilla del arroyo con intención de saltar a la misma
rama que ocupaba la pantera, para pasar a la otra orilla.
El felino tenía su manchada piel totalmente
erizada y de sus fauces se escapaban sordos rugidos, en tanto sus cortas y
potentes garras, arrancaban trozos de la corteza de la rama donde se asentaba;
miraba con ojos brillantes al enorme mono de pelo rojizo que mediría un metro y
medio de altura, con una musculatura impresionante y un tórax tan desmesurado
que parecía un gigante apocalíptico; sus robustos brazos, abiertos, medirían
dos metros y medio de palma a palma.
La cara, rugosa y cubierta de pelo
rojo-amarillento, tenia
una expresión
infernal con sus pequeños ojillos hundidos y movedizos e inyectados en sangre.
El orangután de Borneo es un animal de
costumbres singulares: vive en lo alto de los árboles donde se alimenta de frutas
y no gusta de la compañía de sus semejantes sino en la época de celo,
prefiriendo una existencia solitaria; es taciturno y triste, y no ataca al
hombre si éste no le acosa, pero irritado, es de una ferocidad inenarrable y de
fuerza extraordinaria.
La pantera seguía observando al simio y
éste, al encontrarse de improviso ante ella que evidentemente quería pendencia,
comenzó a inquietarse y encolerizarse por hallar cerrado el camino que seguía
y había lanzado dos o tres gruñidos que indicaban su enojo creciente.
-Asistiremos a una lucha terrible entre
estas dos alimañas -dijo Yáñez que no se había movido de su lugar.
-Por ahora la cosa no es con nosotros,
Yáñez.
-¿Que te parece si dejamos a estos buenos
amigos que se disputen el cruce del arroyo y nos vamos por otro camino?
Sandokan observó las riberas del arroyo y comprobó que era imposible
atravesarlas: una verdadera muralla de troncos y plantas espinosas cerraban el
cauce en un inexpugnable callejón.
-No podemos salir por aquí; al primer golpe
de kriss para abrirnos camino, la pantera se volverá contra nosotros. Esperemos,
la lucha no será larga.
-Tendremos que enfrentar al vencedor.
-Probablemente, pero quedará en un estado
demasiado lamentable como para enfrentar a dos hombres armados. -¡Mira: la
pantera se impacienta!
-Y el orangután arde en deseos de triturarle
las costillas a su vecina. Arma el fusil, Yáñez, no sabemos lo que puede
ocurrir.
-Estoy pronto a fusilar a una y otro y.. .
Un alarido espantoso le cortó la palabra. El
orangután había bramado en el colmo de la rabia; viendo que la pantera no se
decidía a abandonar la rama por la cual quería cruzar, el mono se puso a saltar
nerviosamente estremeciéndose todo.
Impresionaba el aspecto del orangután; el
pelaje estaba erizado y la cara había adquirido una expresión tal de ferocidad
inaudita que aterrorizaba al más valiente.
La pantera, por su parte, se había recogido
sobre sí y parecía dispuesta a dar un gran salto.
El orangután, con un pie se aferró a una
gruesa raíz que serpenteaba en el suelo y luego, inclinándose sobre la orilla
del arroyo, agarró la extremidad de la rama donde estaba su enemiga y comenzó a
sacudirla con fuerza tal que la pantera se sintió desplazada y cayó al agua,
pero rápida como un relámpago, dio un salto gigantesco y volvió a colocarse
sobre la rama, aferrándose con sus garras, pese al vaivén endemoniado que el
mono imprimía a la rama, que crujía como si fuese a quebrarse.
El felino se encogió y saltó, cayendo sobre
el mono en cuyo cuello y. pecho hundió las garras provocándole horribles desgarrones;
el mono lanzó un aullido de dolor y la sangre comenzó a correrle por el pelo
mojando la tierra; la pantera, luego de aquella ventaja inicial, dando otro
salto de retroceso, volvió a ubicarse sobre la misma rama, pero el orangután,
aunque malherido y ciego de furor, alcanzó a tomarla de la larga cola en el
momento que la pantera giraba para volver al ataque.
Con fuerza hercúlea, el mono la atrajo hacia
sí, pese a los desesperados esfuerzos de la pantera por clavar las garras en la
rama y mantenerse firme, y con sus dedos poderosos apretó como una morsa el
apéndice de la fiera que comenzó a bramar de dolor.
-¡Pobre pantera! -dijo Yáñez.
-Está perdida, Yáñez; si no consigue librar
su cola, cosa improbable, no se salvará del abrazo mortal del orangután. El
pirata estaba en lo cierto. El gigantesco mono, aferrado con ambas manos a la
cola de la pantera, tiraba de ella con fuerza brutal, arrancándole aullidos de
dolor; parecía que iba a separar la cola del cuerpo; el felino había logrado
clavar profundamente las garras en la rama y se requería realmente la fuerza
del simio para desplazarla. Siguió tironeando y la pantera cedió, cayendo
sobre el orangután y disponiéndose a un nuevo ataque, pero su enemigo,
precavido ahora, la levantó por la cola y comenzó a revolear su cuerpo por el
aire como si fuese una piedra atada a un cordel; tomó velocidad en cada giro y
luego, con saña feroz, la estrelló contra el tronco de un árbol. El golpe fue
seco como un estampido de carabina y el cráneo y las costillas de la pantera
crujieron y se deshicieron como astillas. La lucha había terminado con el
rotundo triunfo del maias.
-¡Por Júpiter, qué golpe maestro! -dijo
Yáñez entusiasmado-. No creía que ese monazo se pudiese desembarazar tan
fácilmente de la pantera.
-Vence a todos los animales de la selva,
hasta la serpiente pitón.
-¿Existe el peligro de que ahora la emprenda
con nosotros?
-Está tan irritado que no ha reparado en
nuestra presencia.
-Creo que está en malas condiciones: pierde
sangre. -Son animales tan fuertes que suelen sobrevivir aún teniendo varias
balas metidas en el cuerpo y las heridas que le ha hecho la pantera son más
superficiales que peligrosas.
-¿Debemos esperar a que se marche?
-Sospecho que eso va para largo. -No tiene
ya nada que hacer ahí.
-En cambio yo creo que tiene su cubil arriba
del árbol contra el que mató a su enemiga. Mira en lo alto: ¿ves aquella
plataforma sostenida con gruesas ramas cruzadas? Esa es su morada.
-Debemos seguir nuestro camino antes que
cierre la noche; si ese monazo no quiere despejarnos el paso, ¡fusilémosle!
-Eso mismo te iba a proponer; somos tiradores hábiles y además tenemos el
recurso de nuestros kriss. Acerquémonos un tanto para no errar el golpe; hay
tantas ramas que nuestras balas podrían ser desviadas.
Entre tanto. el orangután, ajeno a la
presencia de los pira-tas, se había inclinado en la orilla del arroyo y con la
mano se lavaba las sangrantes heridas del cuello y pecho, gruñendo dolorosamente.
En el hombro tenía la herida más profunda y tanto, que el pelambre había sido
ferozmente desgarrado y enseñaba el hueso de la clavícula. Los aullidos del
mono tenían algo de humano que impresionaba al portugués.
Sandokan y Yáñez se fueron acercando a la
orilla opuesta y lograron arrodillarse entre la alta maleza sin ser notados por
el simio, pero algo debió percibir el cuadrúmano, ya que se volvió rápidamente
y de un salto se ocultó tras el grueso tronco del árbol del sacrificio. Allí
se sentía el crujir de sus dientes y el golpear sordo de sus manos en el pecho.
-¿Qué ha pasado? ¿Por qué se esconde? ¿Nos
habrá visto?
-No, no es con nosotros con quien debe
entendérselas.
-¿Algún otro animal querrá sorprenderlo?
-Calla: veo que las ramas y el follaje se
mueven.
-¡Por cien mil bombardas! ¿Serán los
ingleses?
-Silencio, Yáñez.
Sandokan se colgó de una cortina de
trepadoras y se encaramó despaciosamente unos metros, tratando de ubicar la posición
y actitud del orangután. Alguien se acercaba moviendo con precaución las ramas,
ignorante al parecer del peligro del simio.
El orangután giraba en torno al árbol pronto
a hacer frente al nuevo enemigo; no gemía ni ululaba ahora, sólo un fuerte
resuello salía de su boca.
-¿Qué diablos sucede. Sandokan?
-Alguien se acerca cautamente al orangután.
-¡He visto una mano apartar las ramas!
-¿Blanca o negra?
-Negra, Yáñez mira el cuadrúmano.
En aquel momento se vio al gigantesco simio
precipitarse en medio de una tupida mata, lanzando un alarido aterrador. Las
ramas, apartadas con violencia por los manotones del mono. cayeron. como
cortadas por un machete y dejaron en descubierto la figura de un hombre que
lanzó un grito de terror seguido de una doble descarga de armas de fuego:
Sandokan y Yáñez habían disparado simultáneamente sobre el orangután que alcanzado
en pleno pecho, se volvió furiosamente hacia el arroyo y al descubrir a sus
heridores, se lanzó al agua en busca de sus nuevos enemigos, olvidándose del
pobre indígena.
El avance del mono fue fulminante y Sandokan
no tuvo tiempo de volver a cargar su carabina; cuando el cuadrúmano estaba ya
sobre ellos, desenvainó el kriss y se dispuso a una lucha cuerpo a cuerpo.
Yáñez, empero, pudo volver a cargar.
El mono, aunque gravemente herido por las
balas de los piratas, cayó sobre Sandokan tratando de abrazarlo para destrozarle
las costillas, pero un grito y un tiro resonaron en la orilla opuesta:
-¡Nuestro capitán! ¡Yáñez!
El orangután vaciló en su intento de
masacrar a Sandokan y se llevó ambas manos a la cabeza; lanzó un feroz aullido
e intentando, ya sin fuerzas, volver al ataque, cayó al arroyo levantando con
el chapuzón una oleada de agua fangosa.
-¡Que el diablo te lleve! -gritó Yáñez.
En ese momento, el hombre que estuviera a
punto de ser pillado por el mono, se lanzó al arroyo gritando:
-¡Capitán! ¡Señor Yáñez! Tuve la suerte de
meterle una bala en el cráneo a ese maldito.
Un grito de alegría se escapó de labios del
Tigre.
-¡Paranoa!
-¡En persona; Tigre de la Malasia!
-respondió el malayo.
-¿Qué diablos haces aquí, en esta selva?
-Os buscaba, capitán,
-¿Y cómo sabías que estábamos aquí?
-Recorriendo el linde del bosque descubrí a
los ingleses que rondaban acompañados de algunos perros; en seguida supuse que
os buscaban a vosotros.
-¿Y los prahos? ¿Y mi gente? -preguntó
ansioso Sandokan.
-El mío está en el riachuelo; cuando me metí
en la selva no tenía noticia alguna de que hubiese arribado el otro.
-¿Cuándo llegaste a la boca del riachuelo?
-Ayer por la mañana, Tigre.
-¿Le habrá ocurrido alguna desgracia al otro
praho, Yáñez?
-La fuerza del huracán le habrá alejado
demasiado.
-Puede haber
ocurrido ello, capitán -terció Paranoa-; el viento del sur soplaba
tremendamente y no era posible resistirle en forma alguna. Yo tuve la fortuna
de adentrarme en una pequeña bahía, a sesenta millas de aquí, por ello, al
cesar el huracán, pudimos retornar y penetrar sin inconvenientes en el
riachuelo donde creía hallar al otro praho.
-Ello me tiene
muy inquieto, Paranoa -dijo Sandokan-; deseo ir en seguida a la boca del
riachuelo para saber alguna nueva noticia. ¿Has perdido algún hombre durante la
borrasca?
-Ninguno, Tigre.
-¿Y el barco sufrió averías?
-Pequeñas averías que ya han sido reparadas.
-¿Se encuentra en la bahía?
-Lo he hecho volver mar afuera por temor a
alguna sorpresa.
-¿Y desembarcaste solo?
-Solo, capitán.
-¿Has visto muchos ingleses?
-No muchos.
-¿Cuándo?
-Esta mañana.
-¿De qué parte?
-Del sudeste.
-Eran los que venían del palacete de Lord
James.
-¿Estamos muy lejos de la bahía, Paranoa?
-preguntó.
-No llegaremos a ella antes del amanecer.
-¿Tanto nos hemos alejado, Sandokan?
-Esta floresta es muy vasta, señor Yáñez, y
por ende muy difícil de orientarse en ella. Yo he caminado cerca de cuatro
horas desde la margen del bosque para llegar aquí.
-¡Partamos! -ordenó Sandokan.
-¿Tienes prisa por llegar a la bahía,
hermanito?
-Sí, Yáñez; temo una desgracia y
habitualmente mis presentimientos se cumplen.
-¿Temes realmente que se haya perdido el
praho?
-Si al llegar no le encontramos en la bahía,
es indudable que no le veremos más.
-¿Y si la desgracia ocurriese? ¿Si el praho
no llegase, qué haremos nosotros
-¡Qué haremos? ¿Y tú me lo preguntas, Yáñez?
¡Sabes que el Tigre de la Malasia no es hombre de arredrarse ni de
empequeñecerse ante el destino! Continuaremos la lucha, al hierro del enemigo
opondremos el hierro; ¡al fuego, el fuego!
-Piensa Sandokan que sólo tenemos en el
praho de Paranoa cuarenta hombres.
-Son cuarenta tigres, Yáñez; guiados por
nosotros harán milagros y ninguno podrá detenerlos.
-¿Los lanzarás contra la villa del Lord?
-Eso lo veremos. Te juro que no abandonaré
esta isla sin hacerlo con Mariana, aunque deba luchar contra toda la guarnición
de Victoria. Quizá de esa niña dependa la salvación o pérdida de Mompracem.
Nuestra estrella está por apagarse porque la veo continuamente palidecer, mas
no me preocupa ahora, ya la veré resplandeciente, más brillante que antes. ¡Ah,
si Mariana lo desease! El destino de Mompracem está en sus manos.
-En las tuyas -respondió Yáñez con un
suspiro-. Mas es inútil hablar ahora de ello. Tratemos de acercarnos a la
bahía.
-Marchemos. Con un simple refuerzo me siento
capaz de intentar la conquista de Labuan.
Durante cinco horas continuaron caminando
por la selva; el sol hacía largo rato que había descendido en el ocaso y la más
completa oscuridad invadía todo.
Antes de la medianoche habían llegado a!
cauce del riachuelo conocido cuya margen siguieron, desembocando una hora
después en la bahía. Los tres, presa de viva impaciencia, se subieron a los
riscos de la costa para explorar el mar.
Sandokan señaló un lejano punto sobre la
superficie del agua que bien podía confundirse con una estrella.
-¿Es el fanal de nuestro praho?
-Sí, capitán -respondió Paranoa- navega
dando bordadas hacia el sur.
-¿Qué señal has convenido para que se
acerque?
-Encender en la playa dos fuegos separados.
-Vayamos entonces a la extrema punta de la
península para señalar al praho la ruta exacta -dijo Yáñez.
En la punta de la pequeña península había un
bosquecillo del cual trajeron ramas y hojas secas que colocaron en dos
montones, convenientemente distanciados, uno del otro.
-Encended el fuego -ordenó Sandokan -aunque
corramos el riesgo de que los ingleses vean las hogueras o descubran el humo¿
Nos emboscaremos, en tanto.
-Lo mejor que podemos hacer es ganarnos en
aquel pantano que forma el mar entre la playa y la tierra firme; allí, entre
las cañas, estaremos a cubierto de toda búsqueda, inclusive del olfato de los
perros.
A los pocos instantes de brillar ambas
hogueras, desde la lejanía se vio que contestaban con un destello luminoso, ora
rojo, ora verde.
-Del praho han visto nuestra señal y
contestan que se acercan -aseguró Paranoa-; se podría ya extinguir el fuego.
No: servirá para guiar a nuestros hombres
hasta aquí. ¿Conoce alguno la bahía, malayo?
-Ninguno, Tigre.
-Guiémosle, entonces.
Los piratas se sentaron en la playa, cerca
de las hogueras. las cuales iba alimentando Paranoa para que no se extinguieran
y sirvieran de punto de referencia para los hombres del praho, el cual, media
hora más tarde era perfectamente visible desde la playa. Su inmensa vela estaba
desplegada y se oía el agua murmurar bajo la proa; en la oscuridad semejaba un
pájaro gigantesco que volara sobre el mar.
Con dos rápidas bordadas ganó el interior de
la bahía y enfrentó el canal en el que iba a morir el cauce del riachuelo. Los
tres piratas. abandonando su posición en la playa se fueron acercando a la
punta de la península.
Apenas el praho arrojó su ancla y quedó
amarrado junto a la escollera, los tres saltaron a su bordo. Sandokan contuvo
con un gesto de silencio a la tripulación que quería saludarle.
-El enemigo no se halla muy lejos; es
necesario guardar el más completo silencio para no entorpecer mis planes.
Luego se encaró con el pirata que
reemplazaba a Paranoa en el mando del barco. La voz le temblaba con cierta
emoción.
-¿Qué hay del otro praho?
-Nada sabemos, capitán; durante la ausencia
de Paranoa ordené recorrer las costas y ensenadas de las islas vecinas y no
hemos encontrado indicio alguno.
-¿Qué crees que haya ocurrido? ¡Vamos,
habla!
-Lo que sospecháis, Tigre: que el huracán
los haya hecho naufragar cerca de las costas de Borneo hacia donde debió impulsarles
el viento.
Sandokan dejó
escapar un doloroso suspiro; luego murmuró: -¡Fatalidad! ¡Fatalidad! La niña de
los cabellos de ore trae la desventura para los tigres de Mompracem.
-Coraje, hermanito mío -le dijo Yáñez
apoyando su mano en la espalda del pirata-; no desesperemos ahora; tengo el
presentimiento de que el praho debe haber sido duramente castigado por el
huracán y estará en alguna costa lejana tratando de repararse para volver al
mar, mas no lo creo perdido para siempre.
-Pero nosotros no podemos esperar, Yáñez.
¿Quién me dice que el Lord se encontrará todavía en su villa?
-Así tampoco decidirás nada.
-¿Qué quieres decir, Yáñez?
-Que tenemos hombres suficientes como para
asaltar la villa y sacar de sus manos a su bella sobrina.
-¿Quieres que intentemos un nuevo golpe?
-¿Y por qué no? Nuestros tigrecillos son
todos valerosos y aunque el Lord contase con un número mayor de soldados no
trepidaremos en empeñar la lucha. Estoy madurando un excelente plan y espero
que nos dé un mejor resultado. Déjame descansar esta noche y mañana lo
pondremos en ejecución.
-Confío en ti, Yáñez. -No dudes, Sandokan.
-No podemos dejar aquí el praho, puede ser
descubierto por cualquier embarcación enemiga que cruce frente a la costa o
por algún cazador indígena que descienda por el riachuelo.
-He pensado en todo. Paranoa ha recibido ya
instrucciones a propósito; ven Sandokan, vayamos a echar un bocado al estómago
y luego a dormir un poco.
En tanto los piratas, bajo la dirección de
Paranoa, desmontaban la arboladura del praho, Yáñez y Sandokan descendieron al
pequeño cuadro de popa y se sentaron en torno a una estrecha mesa que allí
había, dispuestos a saciar el hambre de varios días, terminado lo cual, tras
higienizarse un tanto, se acostaron en sus respectivos lechos para descansar.
Yáñez se durmió profundamente, no así
Sandokan que no consiguió cerrar los ojos.
Tristes pensamientos y siniestra inquietud
lo atormentaban; recién al alba, el cansancio lo venció y pudo dormir. Cuando
reapareció sobre la cubierta los piratas habían terminado el trabajo para
hacer el praho invisible a los ojos del crucero que pudiese pasar por la bahía:
el buque había sido amarrado junto a la margen de un pantano y dentro de un
canal estrechísimo. La arboladura y la maniobra estaban sobre cubierta, la que
aparecía totalmente disimulada bajo un manto de ramas y hojas que camuflaban
completamente su aspecto. Cualquiera que hubiese pasado por sus inmediaciones
lo habría podido confundir con un gran montón de plantas o por un inmenso
camalote arrastrado hasta allí por las olas del mar.
-¿Qué me dices de esto, Sandokan?
-Has tenido una magnífica idea, Yáñez.
-Ahora ven conmigo. hermanito.
-¿Dónde?
-A tierra. Ya están allí esperándonos veinte
hombres.
-¿Qué piensas hacer, Yáñez?
-Luego lo sabrás. ¡Al agua la chalupa y
redoblar la guardia!
CAPÍTULO 21
EL EMISARIO DEL BARONET
ATRAVESANDO el riachuelo, Yáñez condujo a
Sandokan al medio de un espeso matorral donde se encontraban emboscados veinte
piratas, completamente armados y llevando cada uno un saquito de cuero con
víveres para varios días. -Escuchadme atentamente, Ikaut: tú regresarás a bordo
y cualquier cosa que suceda mandarás un hombre, el cual encontrará a un
camarada siempre en espera de órdenes para llevarlas a nosotros o recibirlas de
nuestra parte. Cualquier orden que te remitamos la cumplirás sin tardanza;
cuida de ser muy prudente y no dejarte sorprender por los enemigos; nosotros,
por lejos que estemos, os informaremos y nos informarás, de cualquier novedad.
¿Has entendido?
-Perfectamente, señor Yáñez.
-Retorna a bordo y vigila.
Ikaut se embarcó en la chalupa y regresó al
praho. Yáñez, hizo una señal a Sandokan y se colocaron a la cabeza de la
pequeña banda de piratas, que comenzó a remontar la orilla del riachuelo.
-¿Dónde me conduces? No entiendo nada de lo
que ejecutas.
-Aguarda un poco, hermanito mío; dime ante
todo: ¿cuánto puede distar de la costa del mar la villa de Lord Guillonk?
-Casi dos millas en línea recta.
-Entonces tenemos hombres más que
suficientes.
-¿Para hacer qué?
-Un poco de paciencia, Sandokan.
Se orientó con una pequeña brújula que había
traído de a bordo y se metió bajo los grandes árboles seguido de la banda y
todos marcharon rápidamente.
A los cuatrocientos metros se paró bajo un
gran árbol y dirigiéndose a uno de los hombres, le ordenó:
-Tú te quedarás aquí y no te alejarás por
ningún motivo sin expresa orden nuestra; el riachuelo no dista más de cuatrocientos
metros de manera que te puedes comunicar fácilmente con el praho; a igual
distancia quedará otro compañero; cuando llegue una orden del praho se la
comunicas a ese compañero y, si a la inversa, ese hombre te trasmite algo,
vuelas a bordo y se la haces saber a Ikaut. ¿Enténdido?
-Sí, señor Yáñez.
Mientras el designado comenzaba a prepararse
un refugio hecho con ramas y hojas de palmeras en el lugar donde debía
permanecer, el grupo emprendía la marcha, dejando otro hombre a la distancia
indicada.
-¿Comprendes ahora, Sandokan?
-Si y admiro tu inteligencia; con estos
centinelas escalonados en la floresta podremos comunicarnos rápidamente con el
praho aun estando en la villa del Lord.
-En efecto, Sandokan; así Ikaut podrá
recibir con tiempo la orden de alistar el praho para hacernos en seguida a la
mar o enviarnos refuerzos si los necesitamos.
-¿Y nosotros dónde iremos a establecernos?
-Al sendero que conduce a Victoria; desde
allí sabremos cuánto se hace u ocurre en la villa y en pocos momentos podremos
tomar nuestras medidas para evitar la fuga del Lord.
-¿Y si el Lord no se decide a abandonar la
villa?
-¡Por Júpiter! Entonces asaltaremos la casa
o buscaremos cualquier otro medio para raptar a Mariana.
-¿Tienes algún proyecto?
-Lo encontraremos, Sandokan. No me
consolaría jamás si ese bribón le hiciese algún daño a esa niña adorable.
Habían llegado ahora al margen de la
floresta donde aparecía un camino que en un tiempo debió ser muy transitado,
pero que ahora aparecía un tanto desdibujado por la hierba que había crecido en
la huella.
-¿Es éste el camino de la villa a Victoria?
-Sí, Yáñez; el día de la cacería del tigre
me lo indicó Mariana.
-La villa de Lord James no debe estar
lejana.
-Detrás de aquella espesa arboleda que forma
el parque.
-Magnífico.
Yáñez se volvió a Paranoa que le había
seguido con seis hombres.
-Ve a levantar la tienda en la margen del
bosque; elige un lugar a cubierto de cualquier sorpresa.
El malayo no se hizo repetir la orden y
seguido por los hombres eligió cuidadosamente un lugar donde a poco fue levantada
una tienda de campaña la que fue rodeada de una fuerte empalizada de troncos y
ramas espinosas. En un rincón, sobre hojas frescas, fueron colocados los
víveres, consistentes en galletas marineras, carne salada y ahumada y algunas
conservas de pescado, no faltando tampoco algunos frascos de vino.
Sandokan y Yáñez, luego de allegarse hasta
unos doscientos metros de la cerca que circundaba el parque de Lord James,
regresaron a la tienda que estaba ya preparada.
-¿Estás satisfecho del plan?
-Sí, hermano Yáñez.
-Como ruedes ver, estamos a escasos metros
del parque. sobre el camino que conduce a Victoria; si el Lord quiere marcharse,
fatalmente tiene que pasar por aquí y en menos de media hora nosotros podemos
reunir veinte hombres y en una hora más, tener junto a nosotros toda la
tripulación del praho.
-Sí: yo estoy dispuesto a todo; a enfrentar
con sólo veinte hombres un regimiento completo de cipayos.
-Ahora echemos un bocado, que¿ esta caminata
matutina me ha despertado un apetito feroz.
Hicieron honor a las provisiones y estaban
terminando un frasco de vino de Portugal, mientras fumaba Yáñez un cigarrillo,
cuando penetró en la tienda Paranoa, presa de viva agitación.
-¿Qué ocurre? -preguntó Sandokan poniéndose
en pie.
-Alguien se acerca, capitán; he oído el
galope de un caballo.
-Algún soldado que se dirige a Victoria, tal
vez . -No, Tigre, viene de Victoria para este lado.
Tomaron las carabinas y se lanzaron fuera de
la tienda, en tanto Paranoa y los hombres se emboscaban a uno y otro lado del
sendero Sandokan se agachó y aplicó el oído al suelo.
-Sí, se acerca un jinete.
-Te aconsejo dejarlo pasar sin molestarle,
Sandokan.
-Al contrario: ¡lo haremos prisionero!
-¿Por qué motivo?
-Tal vez lleve a la villa un mensaje
importante.
-Si lo atacamos se defenderá, disparará su
fusil y alarmará a toda la guardia de la villa.
-Procuraremos que caiga en nuestras manos
antes que pueda hacer uso de sus armas. El caballo avanzando al galope no podrá
evitar un obstáculo y el jinete se verá desplazado de golpe de la montura y
nosotros caeremos rápidos sobre él sin darle tiempo a nada.
-¿Y qué obstáculo utilizarás?
-Paranoa va a alistar en seguida una cuerda
de fibras vegetales.
-¡Espléndida idea, Sandokan! ¡Claro! Hay que
capturarle, no había pensado en la utilidad que puede prestarnos...
El malayo y sus compañeros, en pocos
instantes, trenzaron una fuerte cuerda con fibras vegetales, de varios metros
de largo, que cruzaron en el camino, atada entre dos árboles y casi oculta por
la alta hierba que recubría el sendero de Victoria a la villa del Lord. Hecho
esto, los hombres, con Yáñez y Sandokan, se emboscaron entre el alto follaje.
-¡Ahí llega! -dijo Yáñez.
En efecto, un jinete, galopando a prisa,
acaba de desembocar en el claro de la selva donde el camino se iba ensanchando
tanto. Era un
jovencito, de agradables facciones y alegre continente que vestía el uniforme
de las tropas cipayas indianas al servicio colonial inglés. -Ya está sobre el obstáculo... atención,
Yáñez.
El caballo en su carrera embistió contra la
gruesa cuerda vegetal y el jinete, pese al rápido tirón que le dio a las bridas
no pudo evitar que el animal rodara, cayendo al suelo en medio de una
voltereta y apretando con su pesado cuerpo una de las piernas del soldado.
Sandokan y Yáñez cayeron sobre él con la
velocidad del rayo; el portugués se apoderaba de la carabina y la espada, en
tanto Sandokan le colocaba la punta del kriss en la garganta.
-¡No te muevas ni des un grito! -amenazó el
Tigre.
-¡Miserables! -bramó el cipayo.
Paranoa y sus hombres, con sorprendente
agilidad le maniataron piernas y manos y cargándole en vilo le llevaron en
medio de una tupida mata de hierba, en tanto un pirata le colocaba la mano en
la boca para evitar todo grito del prisionero.
-¡Por Baco! Haré una excelente figura
enfundado en el uniforme de ese soldado colonial... ¡Bonita sorpresa para el
lord! ¡Y es un sargento!
Ató el caballo a un árbol y se reunió con
Sandokan y los piratas que estaban revisando las ropas del prisionero.
-¿Alguna carta, Sandokan?
-Ninguna, Yáñez.
Por lo menos hablará; ¿no es así sargento?
-¡No! -respondió furioso el jovencito.
-¡Habla! -le intimó Sandokan con gesto
terrible-. ¿Hacia dónde te dirigías? ¿De dónde venías?
-Paseaba.
-¡Habla, te digo!
-Ya he hablado... -respondió con altanería
el cipayo.
-¡Espera entonces!
Sandokan volvió a desenvainar el kriss y se
lo colocó en el :echo al sargento, al tiempo que le volvía a intimar con un
esto que no dejaba duda alguna sobre lo siniestro de su dicho.
-Por última vez: ¡habla o te mato! -¡Nunca!
-¡Habla, infeliz, habla! -y el puñal le
pinchó las carnes arrancando al preso un grito de dolor.
-Hablaré.
-¿Dónde ibas?
-A la villa de Lord James Guillonk.
-¿Quién te manda? ¿Qué misión debías
cumplir?
-Debía entregar una carta del baronet
William Rosenthal. Un relámpago de furor brilló en los ojos de Sandokan. -¡Dame
esa carta! -exigió con voz ronca.
-Está en mi morrión, bajo el forro.
Yáñez revisó rápidamente el morrión del
sargento y encontró, bajo la tela del forro, un pliego cuidadosamente doblado;
lo abrió y leyó.
-¡Bah! Cosas viejas... -dijo.
-¿Qué escribe ese perro del baronet?
-Advierte al Lord de nuestro inminente
desembarco en Labuan; dice que un crucero ha visto uno de nuestros prahos,
cerca de la costa, y le aconseja vigilar atentamente.
-¿Nada más?
-¡Ah, sí! ¡Corchos! Envía mil respetuosos
saludos a tu querida Mariana junto a un juramento de amor eterno.
-¡Que el diablo se lleve a ese maldito!
Yáñez, en tanto, observaba cuidadosamente la
caligrafía de la carta del baronet, luego se volvió a Paranoa.
-Paranoa: despacha un mensaje hasta el praho
para que me remitan en seguida papel de carta, una pluma y un frasco de tinta
de calamar.
-¿Para qué necesitas esos objetos?
-Para que me ayuden a realizar mi proyecto.
-Pero, ¿de qué proyecto hablas?
-Estoy por largarme hasta la villa del Lord.
-¿De qué manera?
-Dentro del uniforme de este sargento.
-Comienzo a comprender, Yáñez: te vistes de
cipayo y finges llegar de Victoria para...
-Engañar al Lord y aconsejarle que parta
para Victoria; tú le esperas emboscado aquí y das el golpe de mano. ¿Estamos?
-¡Ah, Yáñez! -exclamó el Tigre abrazándole
fuertemente.
-Despacio, hermanito mío, que no me hacen
caricias tus abrazos.
-¿Y para qué la tinta?
-Para fraguar una carta al Lord.
-No te lo aconsejo, Yáñez; es un hombre
desconfiado y sí se da cuenta que la carta es falsa, no lo dudes, te hará
fusilar.
-Tienes razón, Sandokan; mejor es que le
trasmita verbalmente lo que pensaba escribirle. Anda, haz que se desvista el
cipayo.
A una señal de Sandokan, dos piratas
desataron al soldado, asegurando antes bien la mordaza, y luego le fueron
quitando el uniforme. El infeliz se
creyó perdido.
-¿Me van a asesinar?
-No; te perdono la vida, pero quedarás
prisionero nuestro hasta que nos retiremos de Labuan.
-Gracias, señor.
Yáñez, en tanto, se había vestido con el
uniforme del sargento, que por rara casualidad, parecía cortado para su talle;
en breve estuvo totalmente cambiado y listo.
-Ahora dame tus últimas instrucciones.
-Escucha: tú permanecerás emboscado en este
sendero con todos los hombres disponibles y no te moverás. Yo iré a ver al Lord
y le diré que tú has sido atacado y tu gente dispersada, pero que se han visto
unos prahos y se le aconseja que es el momento oportuno para refugiarse en
Victoria.
-¡Magnífico, Yáñez!
-Cuando pasemos por aquí, tú asaltarás la
escolta, te apoderarás de Mariana y con ella volarás al praho al que previamente
se le hará estar listo para lanzarse inmediatamente al mar. ¿Estamos de acuerdo
en todo?
-Sí; anda valiente y leal amigo y dile a
Mariana que yo la amo siempre y que confíe plenamente en ti. Anda, y que la
suerte te sea propicia.
-¡Hasta pronto, hermano Sandokan!
Se confundieron en un fuerte abrazo y Yáñez,
montando ágilmente en el caballo del prisionero partió silbando alegremente.
CAPÍTULO 22
YAÑEZ EN LA VILLA
La misión del portugués era sin duda muy
arriesgada y de las más audaces que aquel intrépido hombre hubiese afrontado en
su vida aventurera; bastaba una palabra falsa, una sospecha, para perderlo y
hacerle terminar sus días colgado de una cuerda. Yáñez se disponía a jugarse
una carta peligrosísima con gran coraje y mucha calma y fiando exclusivamente
en su sangre fría y, sobre todo, en la buena estrella que siempre le
acompañaba.
Se lanzó con rebuscada elegancia de jinete
en la senda que conducía a la quinta de Lord James y una hora después de galope
tendido, se enfrentaba de golpe con una puerta practicada en la empalizada que
protegía la villa. .
-¡Alto! ¿Quién va? -alertó un soldado.
-¡Eh, camarada! Baja ese fusil que yo no soy
una babirusa. . . -respondió Yáñez deteniendo su cabalgadura-; ¡por Júpiter!
¿No ves que soy un colega, un superior tuyo, a menos que no sepas reconocer las
jinetas de un sargento?
-Perdonad, sargento, pero me han dado orden
de no dejar entrar a nadie sin indagarle antes de dónde viene y qué misión
trae.
-¡Si serás animal! Yo vengo aquí por orden
del baronet William Rosenthal y debo ver a Lord Guillonk.
-¡Ah! Pasad, sargento.
Abrió la portezuela lateral, lanzó un
silbido y a gritos comunicó a unos soldados que se acercaban, la novedad.
-¡Hum! -murmuró Yáñez para sí-; cuántas
precauciones y cuánto temor reina aquí. ..
Luego de un breve cabildeo entre los
soldados y un sargento, el que estaba apostado en el portón le franqueó la entrada
y Yáñez, al paso de su caballo penetró en un ancho sendero enarenado que
conducía frente al palacete, donde se apeó; varios soldados, con cara de muy
pocos amigos se le acercaron. -¿Dónde está Lord James? -preguntó al sargento.
-En su gabinete de trabajo. -Conducidme a su
presencia.
-¿Venís de Victoria, camarada?
-Precisamente.
-¿Y no habéis encontrado nada anormal en el
camino? Se asegura que han desembarcado piratas...
-No he visto a nadie y sospecho que no será
por estos contornos donde se les ocurra merodear; llevadme ante el Lord.
-Acompañadme.
Yáñez, precedido por el sargento, subió las
gradas de la entrada del palacete y debió apelar a toda su sangre fría para
adoptar el temperamento de un soldado colonial inglés, para lo cual le
facilitaba su color cetrino, adquirido en la vida de aventura en continuo
contacto con el sol y el aire del mar cargado de yodo. El sargento lo condujo a
un saloncillo.
-Aguardad.
Al quedarse solo, Yáñez comenzó a observar
atentamente el lugar donde se hallaba tratando de conocer algunos detalles del
interior de la casa, para estudiar las posibilidades de asestar en la villa un
golpe de mano, pero pronto hubo de convencerse que ello era impracticable, ya
que las ventanas estaban protegidas por fuertes rejas y las puertas defendidas
por gruesas trancas de hierro empotradas en los muros, de una solidez y
espesor a prueba de un cañoneo.
-No importa -murmuró-; el golpe lo daremos
en el bosque.
-El Lord os aguarda -dijo el sargento
regresando.
Le indicó una puerta abierta. Yáñez sintió
que algo frío le recorría por los huesos y palideció un tanto.
Penetró llevando el morrión en la mano y
saludó con apostura. Estaba ahora en un elegante gabinete amueblado con exquisita
elegancia; en un ángulo, sentado frente a una mesa de trabajo, estaba el Lord,
vestido sencillamente de blanco, con el rostro tétrico y la frente tormentosa.
Miró largo rato en silencio a Yáñez con ojos escrutadores como si quisiese
leer el pensamiento del portugués, luego, con acento seco, le preguntó:
-¿Venís de Victoria?
-Sí, milord.
-¿De parte del baronet?
-Sí.
-¿Os ha dado alguna esquela para mí?
-Ninguna, milord.
-¿Tenéis algún mensaje verbal? -Sí.
-Hablad.
-Me ha encargado os informe que el Tigre de
la Malasia se encuentra rodeado por nuestras fuerzas en una bahía del sur.
El Lord se puso en pie de un salto, con los
ojos centelleantes y el rostro descompuesto.
-¡Ese maldito pirata rodeado por nuestros
soldados! -Sí, y se espera que haya terminado para siempre sus correrías, pues
no tiene escapatoria posible.
-¿Estáis seguro de lo que decís?
-Segurísimo, milord.
-¿Quién sois vos?
-Un hombre de confianza del baronet: me la
he ganado cuando actuamos juntos en la campaña militar del Sudán; hace quince
días que he sido transferido a la guarnición de Victoria y el baronet se ha
alegrado de volver a tenerme a su lado.
-Estaréis enterado entonces de que mi
sobrina...
-...es la prometida del Baronet; sí, milord.
-Decidme, ahora; ¿cuándo fue atacado el
Tigre de la Malasia?
-Hoy al alba, mientras atravesaba un bosque
a la cabeza de una banda de piratas.
-¡Ese hombre es el demonio mismo! Ayer
estaba aquí... ¿cómo es posible que en tan pocas horas se haya presentado en
lugar tan distante?
-Tengo informaciones que tiene caballos
consigo.
-¡Ah; comprendo! ¿Y cómo está el baronet?
-A la cabeza de las fuerzas que cercan a los
piratas.
-¿Estabais con él?
-Sí, milord.
-¿Están muy lejos los piratas? -A unas diez
millas.
-¿Tenéis algún otro encargo?
-Importante, señor: os ruega el baronet que abandonéis
esta villa y marchéis prestamente a Victoria.
-¿Y por qué?
-Bien sabéis, milord, la clase de hombre que
es ese pirata teniendo un centenar de secuaces junto a él; no ocurrirá, pero no
es improbable que en un intento desesperado quiebre el cerco de nuestras
fuerzas y ganando el bosque se lance hasta aquí intentando alguna maniobra
desesperada.
El Lord guardó silencio; el razonamiento del
sargento le llamaba a una aguda reflexión.
-Tenéis razón, podría ocurrir... En
Victoria, al amparo de sus fuertes y de nuestros cruceros me sentiré más
seguro; no temo por mí sino por mi sobrina. William está en lo cierto, tanto
más que la vía de la selva está ahora libre de esos bandidos os.
-¿Está ya más serena y tranquila vuestra
sobrina? -¡Mi sobrina está enloquecida de pasión por ese héroe de norca! ¡Ah,
pero sabe que tendrá que obedecerme y desposarse con el hombre que le he
destinado para ser su esposo! Yáñez, involuntariamente, llevó su mano a la
empuñadura de la espada, pero se contuvo comprendiendo que la muerte de aquel
implacable Lord a nada hubiese conducido, dado que estaba rodeado de una
considerable cantidad de tropas. El portugués, asumiendo ahora una actitud un
tanto confidencial y misteriosa, le dijo al Lord:
-Señor: el baronet me ha dado un encargo
especial para milady Mariana; ¿puedo trasmitírselo?
El Lord lo miró con un dejo de extrañeza,
pero al ver una sonrisa significativa en labios del emisario, hizo un gesto de
asentimiento.
-Cosillas de hombre enamorado, ¿verdad?
-Lo habéis acertado, milord; será algo que
la llenará de alegría, no lo dudéis.
-Ojalá sea así, pero mucho me temo que no la
podáis convencer y os arroje-violentamente de su lado.
-Lo intentaré, milord.
Lord James se acercó a la puerta, la abrió y
golpeó las manos; casi en seguida se presentó un sirviente indígena.
-Conducid al sargento hasta donde se
encuentra milady. El sirviente asintió con una humilde reverencia y Yáñez se
dispuso a seguirle. El Lord le detuvo.
-Cuando terminéis la entrevista con mi
sobrina, volved, comeremos juntos.
-Muy honrado, señor.
Siguió al indígena a través de varios
corredores y ascendieron por una ancha escalinata hasta el piso superior, deteniéndose
finalmente ambos ante la abierta puerta de un coqueto saloncillo.
-Aquí es, sargento.
El portugués aguardó que el sirviente se
retirara para entrar en el saloncillo y al cruzar la puerta, distinguió de
cara a la ventana, en actitud de abstracción, una deliciosa figura femenina.
Aunque estaba preparado para ello, Yáñez no
pudo reprimir un grito sofocado de admiración ante la imagen de aquella
hermosa niña que al sentir la presencia de alguien en la estancia, se volvió
despaciosamente, clavando su intensa mirada en la cara del portugués y
permaneciendo un prolongado instante en silencio. Finalmente, y cambiando su
dulce gesto en una expresión fastidiosa, le preguntó:
-¿Quién sois? ¿Quién os ha autorizado a
penetrar aquí?
-El Lord, vuestro tío, milady.
-¿Qué deseáis de mí?
Yáñez la miraba con admiración pensando cuán
fundada era la loca pasión que Sandokan sentía por aquella divina criatura.
Antes de responder, miró hacia todas partes para cerciorarse que nadie podría
escucharle.
-¿Estamos solos, milady? -le preguntó en voz
baja. Ella arrugó la frente y miró fijamente a aquel intruso, como si quisiese
leer su pensamiento.
-Estamos absolutamente solos; hablad.
-Milady: vengo de un lugar muy lejano...
-¿De dónde?
-De... ¡Mompracem!
Mariana se estremeció al oir aquel nombre y
un ligero rubor coloreó sus pálidas y delicadas mejillas.
-¿De Mompracem? ¿Vos? ¿Un hombre blanco...,
un inglés?
-Os engañáis, milady: yo no soy inglés; ¡yo
soy Yáñez!
-¡Yáñez! ¡El fiel amigo de Sandokan!
¡Señor... qué audacia la vuestra al presentaros aquí, en esta villa! Decidme:
¿dónde se encuentra Sandokan? ¿Qué hace? ¿Está herido, acaso?
-Bajad la voz, milady, os pueden oír... Está
sano y salvo; escapamos a la persecución de los soldados sin mucha fatiga y
sin tener tropiezo alguno. Sandokan se encuentra ahora emboscado en el camino
que lleva a Victoria pronto a libertaros.
-¡Dios mío, gracias por haberlo protegido!
-Escuchadme, milady, que el tiempo urge: he
venido para deciros que ya he convencido al Lord de que abandone la villa y
se traslade a Victoria; un falso mensaje lo ha decidido...
-¿A Victoria? ¿Y cómo me va a encontrar allí
Sandokan?
-Sandokan no esperará a tanto; está
aguardando en el bosque con sus hombres, atacará la escolta y os rescatará a la
odiosa tutela de vuestro tío.
-¿Y el Lord?
-Será respetado, os lo aseguro.
-¿Me llevará Sandokan consigo?
-Sí, milady.
-¿Dónde?
-A Mompracem.
Mariana bajó la cabeza con cierta
indecisión.
-Milady: nada temáis; Sandokan es uno de
aquellos hombres que saben hacer muy feliz a la mujer que aman. Ha sido un
hombre terrible, cruel quizá, pero vuestro amor lo ha cambiado y os juro,
milady, que no habréis de arrepentiros de ser la esposa del Tigre de la
Malasia.
-Lo creo. ¿Qué importa que su pasado haya
sido tremendo, que haya inmolado cientos de vidas y que haya jurado una
venganza tremenda? Ahora me quiere y hará cuanto yo le suplique y se
convertirá en otro hombre. Yo abandonaré esta isla y él dejará su Mompracem;
nos iremos lejos de estos mares funestos, tan lejos que nadie volverá a oir
hablar de nosotros. ¡Seré su esposa y le amaré eternamente!
-¡Divina niña! -exclamó Yáñez cayendo de
rodillas ante ella-; decidme que puedo hacer yo por vuestra liberación y para
poder conduciros junto a Sandokan.
-Lo habéis hecho todo viniendo aquí y mi
reconocimiento por ello, será mientras viva.
-Mas ello no basta; es necesario decidir al
Lord a marchar a Victoria para que Sandokan pueda actuar de acuerdo a nuestros
planes.
-Yo nada puedo hacer ni decir sin que
resulte sospechosa a mi tío esta extemporánea decisión mía, ya que tanto me
opuse a abandonar este lugar.
-Tenéis razón, milady; creo que ya está casi
decidido a ello y no hará falta insistir mucho más; sin embargo volveré a
sugerirle la necesidad de hacerlo.
-Andaos con cuidado, buen amigo; puede
sospechar cualquier cosa; sois un blanco, es verdad, pero todos saben que
Sandokan tiene un amigo de piel blanca, un europeo.
-Seré prudente.
-¿Os espera el Lord?
-Sí, me ha invitado a comer.
-¿Habéis aceptado?
-Sí y espero volveros a ver más tarde.
-Yo también lo espero así.
-Hasta luego, milady -y Yáñez,
caballerescamente, besó la blanca manecita de Mariana Guillonk.
Yáñez se retiró como embriagado del lado de
aquella mujer.
-¡Por Júpiter! -murmuró en tanto retornaba
al gabinete del Lord-; jamás he visto una mujer más hermosa que Mariana y en
verdad, comienzo a envidiar a este bribón de Sandokan.
El Lord le aguardaba paseándose por su
despacho con los brazos cruzados y con una honda preocupación reflejada en el
rostro.
-Y bien: ¿qué recibimiento os ha dispensado
mi sobrina?
-No quiere oír hablar del baronet..., poco
faltó para que me arrojara violentamente de su presencia.
El rostro del Lord se ensombreció aún más.
-¡Siempre igual! ¡Siempre empecinada!
Recomenzó su caminata de uno al otro extremo
del despacho, con la misma silenciosa y reconcentrada actitud; de pronto se
paró ante Yáñez para preguntarle:
-¿Qué me aconsejáis que haga?
-Ya os lo he dicho, milord, es decir, es el
baronet quien lo aconseja: idos a Victoria lo antes posible.
-Es verdad. ¿Creéis que mi sobrina llegará
algún día a amar a William Rosenthal?
-Lo creo, milord, pero es menester para ello
que desaparezca el Tigre de la Malasia.
-¿Será posible su muerte?
-La banda de piratas está cercada y el
baronet en persona manda la tropa que les acosa.
-Sí, es verdad; lo matará o se hará matar
por Sandokan. Conozco el temple de William, es audaz y valiente.
Se acercó a una de las ventanas y fijó su
vista en el amplio parque; el sol comenzaba a descender rápidamente. A los pocos
minutos retornó junto a Yáñez.
-¿De manera que me aconsejáis marchar a
Victoria?
-Sí, milord; aprovechad esta buena ocasión
para abandonar la villa que no ofrece más que una relativa seguridad.
-¿Y si ese pirata tuviese hombres emboscados
en la selva? Él puede estar rodeado por nuestras fuerzas, pero tiene hombres
audaces; sé que le ayuda un europeo, otro sujeto digno de la horca y muy
temerario...
-Gracias por el elogio... -murmuró para sí
el portugués y debió hacer un esfuerzo para no soltar una risotada. Yáñez, sin
dar mayor importancia a sus palabras, agregó:
-¿No tenéis acaso una escolta numerosa aquí?
Ella sería suficiente para protegeros debidamente y alejar vuestros temores.
-Era numerosa al comienzo, ahora no lo es
tanto; he debido reintegrar al gobernador de Victoria esas fuerzas regulares;
no ignoráis que la guarnición de Labuan no es muy nutrida, soldados bisoños en
su mayoría.
-Sí, eso es
verdad, milord, por ello solicitaron nuestro traslado, junto con varios
compañeros, de Sarawak a Victoria. El Lord reanudó sus cortos paseos, índice de
la ansiedad y preocupación que le dominaba; evidentemente estaba frente a un
complejo problema. Miró a Yáñez a los ojos.
-¿No habéis encontrado nada sospechoso en
vuestro viaje?
-Nada, milord.
-¿Créis que un viaje a Victoria no ofrecerá
peligro alguno?
-No os lo aseguro, pero me parece que no.
Por mi parte yo no tengo ningún temor de esos bribones. Dadme vuestra respuesta
para el baronet y partiré al instante a comunicársela.
-¿Queréis una escolta?
-No la creo necesaria, milord; un hombre
solo se defiende mejor en la selva; por otra parte no hay recelo de los
piratas, me consta que están muy lejos de aquí.
-¿Partiréis, entonces?
-En seguida; el sol comienza a descender y
prefiero no aventurarme en la pradera con la noche cerrada.
-Sin embargo os querría pedir que nos
acompañáseis en nuestra marcha a Victoria; comeréis con nosotros.
-Milord.. yo soy un simple soldado...
-¿Es menester que séais un gentleman para
sentaros a mi mesa? ¡Nada! ¡Os invito y os quedáis!
-Acepto complacido, milord y aprovecharé lo
que resta para la hora de la comida para dar una vuelta por los alrededores de
la villa; ya que llevaré en parte la responsabilidad de conduciros a Victoria,
quiero asegurarme de que toda la selva vecina está libre de peligros.
-Admiro vuestra prudencia, sargento; id que
aquí os quedaré aguardando.
Yáñez abandonó
el despacho del Lord y salió al parque, reclamando su caballo a un sirviente,
montó y despaciosamente se acercó a la puerta por la que entrara a la villa.
El soldado le miró extrañado.
-Qué; ¿regresáis, sargento?
-No, tengo la misión que me ha dado el Lord
de inspeccionar el bosque vecino.
-¿Y si os encontráis con los piratas?
¡Estáis solo! ¿No deseáis que os acompañe algún camarada?
-No hace falta; dentro de un par de horas, a
lo sumo, estaré de regreso.
-Buena suerte, sargento.
El soldado abrió la puerta y Yáñez salió al
paso corto de su caballo, ganando en seguida el camino de Victoria. Dos millas
arriba, espoleó al animal y emprendió veloz carrera hasta la tienda de
Sandokan, en tanto iba pensando para sí en la alegría que daría al Tigre al
saber que había tenido éxito en su empresa y que había visto a Mariana.
-¡Qué hombre dichoso es Sandokan! -murmuraba
en tanto apretaba la carrera-. Ha logrado el amor de la mujer más bella del
mundo y si la suerte le ayuda conseguirá hacerla su esposa, aunque ello
signifique la ruina de Mompracem y la dispersión de los valientes
tigrecillos...
-Había andado una milla más, cuando de
pronto, de en medio de un matorral surgió la figura de un hombre que le
apuntaba.
-¡Deténte o disparo! -gritó una voz ronca.
-¿Has perdido tu buena vista, Paranoa?
-¡Señor Yáñez!
-¿Qué haces aquí, tan cerca de la villa del
Lord?
-Espiaba sus alrededores.
-¿Dónde está Sandokan?
-En la tienda; ¿hay buenas noticias, señor
Yáñez?
-Mejores no podrían ser.
-¿Qué debo hacer yo?
-Vuela junto a Sandokan y dile que aquí lo
espero; no puedo alejarme tanto de la villa. Dile que mande un mensaje a Ikaut
ordenándole que tenga listo el praho para lanzarnos al mar.
-¿Partimos ya?
-Tal vez esta misma noche o mañana.
-¡No corro, vuelo, señor Yáñez!
-Una pregunta: ¿sabes si llegó el otro
praho? No señor: no ha llegado aún.
-¡Por Júpiter tonante! Seremos pocos hombres
para cumplir una empresa arriesgada, pero no importa. Vete, Paranoa, que el
tiempo urge.
El pirata partió como una saeta. Yáñez armó
un cigarrillo y desmontó.
No habrían transcurrido veinte minutos
cuando vio avanzar a paso acelerado a Sandokan a quien acompañaban Paranoa y
cuatro hombres armados con carabinas y sables de abordaje.
-¡Yáñez! ¡Cuánto he temido por ti! ¿La has
visto?
-¡Eh! ¡Eh! Corres como un crucero... La
primera parte del plan está cumplida; el Lord se tragó el anzuelo del mensaje
del baronet... ¡Y qué recibimiento! ¡Nadie ha dudado un instante de mí! ¡Con
decirte que esta noche comeré con el Lord!
-¡Con el Lord! ¿Tan bien has logrado
engañarle?
-Soy nada menos que el hombre de confianza
de tu querido baronet.
-¿Y Mariana?
-¡Le he hablado, conoce nuestro plan y la he
visto llorar!
-¡Adorable criatura! ¡Cuéntamelo todo,
Yáñez, te lo ruego! El portugués narró con lujo de detalles su llegada a la villa
y cuanto conversara con el Lord y con Mariana.
-Como ves -terminó Yáñez- el Lord parece
dispuesto a marcharse a Victoria y para vos ha llegado la oportunidad de no
regresar solo a Mompracem. Ahora, es necesario mucha prudencia y mucha astucia;
somos pocos y será necesario desarrollar un plan inteligente para con tan
escaso número dominar la escolta militar del tío de Mariana; mucho cuidado,
Sandokan, bien sabes que ese hombre implacable es capaz de matar a su sobrina
antes de verla caer en tus manos.
-¿Será esta misma noche la partida?
-Hasta ahora creo que sí, a menos que al
regresar a la villa el Lord haya mudado de parecer.
-¿Cómo tendré la certeza de que la marcha
será esta misma noche?
-Hay un medio: manda a uno de los hombres
para que se embosque en el quiosco chino y espere allí mis novedades.
-¿Hay muchos centinelas en el parque?
-Apostado he visto uno solo frente a la
verja de la empalizada; hay otros cerca de la casa, pero en el parque no he
visto custodia alguna.
-¿Si fuese yo y me escondiera en el
invernadero?
-De ninguna manera, Sandokan; tú eres
necesario para asegurar el éxito del ataque a la escolta y te aseguro que será
un hueso duro de roer; tenemos poca gente y todos saben que tú vales por diez
de nuestros tigrecillos.
-Irá Paranoa, es diestro y prudente y se
colará en el invernadero sin temor a ser descubierto; apenas se cierre la
noche, irá allá para quedar pendiente de tus órdenes. Dime, Yáñez: ¿y si el
Lord desiste de partir?
-¡Diablos! ¡Entonces la situación se
complica!
-¿No podrías tú, durante la noche, abrir la
puerta del palacete y atacar imprevistamente nosotros? Es una idea que se me
acaba de ocurrir.
-Lo veo improbable y difícil; la guarnición
es numerosa y sospecho que durante la noche quedan hombres vigilantes; por otra
parte, en una situación desesperada, te repito, el Lord puede atentar contra la
vida de Mariana.
-Tienes razón, Yáñez; la impaciencia me
ciega.
-¿Esperas, entonces?
-Sí; mas si no se decide a partir no te
respondo de intentar una maniobra audaz. No podemos permanecer mucho tiempo
aquí; si los ingleses se enteran, como ya lo saben, que andamos merodeando por
Labuan, pueden aprovechar para asaltar Mompracem; y si la perdemos: ¿qué sería
de nosotros? ¿De nuestro futuro, con mis tesoros en manos de ellos?
-Yo urgiré al Lord para marchar en seguida y
tú, en tanto, envía un hombre para que el praho esté listo para zarpar en
cuanto lleguemos a su bordo; todo depende de la suerte que tengamos al atacar
la escolta y neutralizar al Lord. -¿Tiene muchas fuerzas consigo?
-Una docena de soldados y otros tantos
indígenas armados.
-Entonces, no lo dudes, la victoria es
nuestra. Yáñez se acercó al árbol donde tenía atado el caballo.
-¿Regresas ya?
-Sí; un modesto sargento de cipayos no debe
desairar a un Lord llegando tarde para sentarse a su mesa...
-Cuánto te envidio, Yáñez.
-No será por la comida, ¿verdad hermanito?
-Adiós, Yáñez, una vez más, y que la suerte
te sea propicia.
Se confundieron en un abrazo y el portugués
montó, emprendiendo rápidamente el camino de la villa, en tanto Sandokan y
sus hombres se internaban en los matorrales que bordeaban el camino y
emprendían la vuelta hacia el campamento pirata.
A doscientos metros de la villa, Yáñez
sofrenó el caballo y con pasmosa tranquilidad encendió un cigarrillo y se
dirigió, despaciosamente, hacia la entrada de la empalizada; pasó delante del
centinela que le franqueó la puerta y cien metros más adelante, cerca del
palacete, entregó el caballo a un sirviente.
El indígena le informó que Lord James
continuaba en su despacho y que milady estaba recorriendo los caminos del amplio
jardín; Yáñez fue en su busca.
-Qué alegría de veros, milady.
-Os esperaba, fiel amigo.
-¿Tenéis algo importante para mí?
-Sí: mi tío me ha hecho saber que dentro de
cinco horas partiremos para Victoria.
-Sandokan está avisado y listo para actuar.
-Dios mío...
Milady: es necesario que seáis fuerte y
decidida. -Mi tío.. ¡me maldecirá y execrará eternamente! -Y en compensación,
Sandokan os hará feliz.
-¡Qué hombre extraño! ¿De dónde ha venido?
-Es una historia larga y dolorosa; Sandokan
no es un pirata salido de las selvas de Borneo, ávido de sangre y destrucción,
no; es de estirpe real y más que un pirata es un vengador. Hace veinte años le
correspondía por inalienable derecho de príncipe primogénito el trono de
Muluder, un reino poderoso que se encontraba en las costas septentrionales de
Borneo. Fuerte como un león, fiero y valiente como un héroe de la antigüedad,
audaz como un tigre, en breve tiempo rescató para sus súbditos grandes
territorios que otros reyes les habían quitado, llevando sus fronteras junto al
sultanato de Varauni y el caudaloso río Boti.
Mariana escuchaba con atención; Yáñez
continuó. -Aquellas empresas le fueron fatales: ingleses y holandeses, celosos
del nuevo poderío, se aliaron al sultán de Varauni para terminar con el joven
monarca que había demostrado ser un audaz guerrero. Primero el oro, luego las
armas, causaron la ruina del nuevo reinado; traidores pagados soliviantaron los
pueblos; asesinos emboscados asesinaron a la madre y hermanos de Sandokan;
fuerzas poderosas invadieron su territorio masacrando a los fieles y
cometiendo toda clase de crueldades donde hollaban la tierra.
En vano Sandokan luchó con el furor que da
la desesperación, batiendo a unos, arrojando a otros de su reino, pero la
traición seguía rondando su palacio y evitó que el acero homicida se hundiera
en su pecho logrando escapar con un pequeño grupo de hombres leales y salvarse
a duras penas en un pequeño praho. Así deambuló durante algún tiempo por la
costa septentrional de Borneo, perseguido como una fiera feroz y acosado por un
enemigo infinitamente superior y mejor dotado, esperando siempre, empero,
poder reconquistar el reino perdido y vengar la sangre de los suyos: familiares
y súbditos. Mariana se estremecía ante el terrible relato de Yáñez.
-Juró entonces
guerra a muerte a la raza blanca y reuniendo una banda de cien tigrecillos, se
embarcó en el único praho que le quedaba con los inmensos tesoros que había logrado
sacar de su palacio y con un golpe de audacia se apoderó de la salvaje isla de
Mompracem donde se fortificó y estableció su cuartel general, logrando en poco
tiempo dotarse de una flota de navíos y aumentar sus bandas de hombres decididos
y leales, desatando entonces en los mares del Asia una guerra sangrienta y sin
cuartel; de esta manera nació para azote y terror de sus enemigos, el famoso
Tigre de la Malasia, implacable vengador que asoló parte del sultanato de Varauni
y ha asaltado y hundido centenares de naves inglesas y holandesas en todo el
mar de la Malasia. Y la lucha continúa y continuará, fiera y a muerte. El resto
de la historia de Sandokan es cosa reciente y vos lo conocéis, milady.
-¡Pero entonces no es el pirata sanguinario
que todos dicen! ¡Es un vengador de su familia! ¡Un caballero de sangre noble
europea precedería en igual forma! ¡Pobre Sandokan! ¡Ah, cuánto bien me han
hecho vuestras palabras, amigo Yáñez!
-Exacto, milady: es un vengador que lucha
por una causa justa y por reivindicar sus derechos de los que fuera violenta
y sangrientamente desposeído. ¿Estáis ahora decidida a seguir al Tigre de la
Malasia?
-Sí; me siento ya suya; le amo tanto que sin
él la vida sería una cosa odiosa para mí, un martirio.
-Volvamos entonces al palacete, milady. Dios
velará por vos.
Penetraron en la mansión y por las luces que
brillaban con profusión, se dieron cuenta que la mesa estaba dispuesta en el
gran salón comedor. en el cual se encontraba ya el Lord, con la clásica
apostura de un gentleman de Times Square.
-¿Estáis ya de regreso, sargento? Temía que
os hubiese ocurrido alguna desgracia al alejaros del parque.
-Al contrario, milord; he inspeccionado un
amplio sector
del bosque y os
aseguro que no he hallado nada que inspire motivo alguno de temor.
-¡Por lo visto andan lejos esos perros de
Mompracem! -No he visto a nadie; creo que podemos emprender con absoluta
tranquilidad el camino de Victoria.
El Lord se volvió a Mariana.
-Has escuchado que debemos irnos a Victoria;
espero que no harás a ello ninguna objeción . . .
-De nada valdría, señor; ¿quién se podría
resistir a Lord James Guillonk?
-Mejor así, temía que tuviese que llevarte
por la fuerza.
-¡Señor!
Yáñez percibió una llamarada de indignación
y coraje en los bellos ojos de Mariana y ganas le vinieron de dar una tunda de
planazos con la hoja de su espada a aquel empacado personaje.
-¡Está bien! Veo que comienzas a razonar,
Mariana; veo que comienzas a olvidar a ese héroe de cuchillo¿.¿ Ve a hacer los
preparativos para el viaje a Victoria.
Mariana comprendió que no era la oportunidad
para tratar de cambiar los designios de su tío, miró intensamente a Yáñez y
salió del comedor cerrando tras sí la puerta con un violento golpe.
Lord James rompió la embarazosa situación
invitando a Yáñez a sentarse a la mesa, haciéndolo uno frente al otro: casi en
seguida penetraron varios sirvientes que trajeron la comida y la bebida. Uno y
otro comensal se mantuvieron en silencio y pocos honores hicieron a las
viandas. Al servirse el té. penetró un teniente que previamente se hizo
anunciar.
-¿Me necesitáis, milord?
-Sí: alistad la escolta y manteneos listo
para partir.
-¿Cuándo. milord?
-A la medianoche abandonaremos la villa
rumbo a Victoria.
-¿A caballo?
-Sí, y recomendad a los soldados cambiar las
cargas de sus respectivas carabinas.
El oficial asintió y tras saludar
militarmente salió.
-¿Partiremos todos, señor?
-No, dejaré aquí cuatro o cinco hombres.
-¿Es numerosa la escolta?
-Doce soldados escogidos y otros tantos
isleños muy valientes que tengo a mi servicio personal.
-Con semejante fuerza no hay nada que temer,
milord.
-No lo creáis:-esos bribones de Mompracem
son temerarios aunque sean un puñado; pruebas tenemos ya de ello.
-Si no tenéis otra cosa que ordenarme,
milord, quisiera bajar al parque para comprobar cómo se prepara la escolta de
acuerdo con vuestras indicaciones; cuando asumo una responsabilidad me gusta
estar seguro.
-Me parece acertado cuanto decís, andad
sargento¿ Yáñez se levantó de la mesa y sin demostrar mayor prisa, abandonó el
comedor dirigiéndose hacia la salida del palacete, mientras pensaba:
"Espero poder advertir a Paranoa de lo que ha resuelto; no dudo que
Sandokan preparará una linda celada".
Pasó delante de un grupo de soldados que
estaban atareados en ensillar sus caballos y cruzando los jardines, se internó
en el sombrío parque; se detuvo bajo el bananero que los había emboscado cuando
capturaron al soldado, para ver si alguien le había seguido y al no ver nada
sospechoso en su torno, se dirigió resueltamente al invernadero cuya puerta
abrió sin ruido alguno. Una sombra emergió ante él colocándole un puñal al
pecho.
-Guarda tu kriss, Paranoa, soy yo.
-Perdón, señor Yáñez.
-Parte en seguida, sin detenerte y
adviértele a Sandokan que en cualquier hora partiremos de la villa; es casi
seguro que ello ocurrirá después de la medianoche.
-¿Dónde debemos esperar?
-En el sendero que conduce a Victoria.
-¿Es fuerte la escolta del Lord?
-Poco más de veinte hombres ¡Vuela, Paranoa!
El malayo abandonó el invernadero y se
perdió, silenciosamente, en las espesas sombras del parque Yáñez reemprendió
el camino del palacete y cuando penetró en él, el Lord descendía la ancha
escalera del piso superior. Tenía la
espada cuesta al cinto y un par de pistolas, en tanto que en bandolera se
había colocado una carabina.
Hizo una seña a Yáñez para que le siguiera y
volvieron a salir al jardín; allí estaba lista ya la escolta a las órdenes del
teniente que esperaba la orden del Lord para hacer montar a la patrulla.
El Lord se volvió a Yáñez.
-¿Habéis visto a mi sobrina?
-Allí la tenéis, milord.
En efecto, en ese momento descendía la
gradería del pórtico, Mariana. Estaba
vestida con un gracioso traje de amazona de paño azul lo cual hacía resaltar
su graciosa figura.
Un sirviente le alcanzó el caballo blanco y
la niña, con gracia sin igual, de un ágil salto se colocó sobre la silla. Todos
hicieron otro tanto y la partida estuvo lista. Yáñez, haciendo caracolear su
caballo se le acercó.
-Coraje, milady: el porvenir será sonriente
para la Perla de Labuan.
A una orden del Lord la patrulla se puso en
marcha saliendo del parque y tomando decididamente el camino que conducía a
Victoria, a la vera del cual estarían emboscados el Tigre y sus bravos
compañeros.
Seis soldados abrían la marcha con las
carabinas empuñadas y los ojos clavados en la espesura para evitar cualquier
sorpresa; seguía el Lord, tras él, Yáñez y a la zaga del portugués, Mariana;
el oficial y el resto de los hombres cerraban la marcha.
Cuando habían andado una milla, Yáñez
comenzó a prestar atención al ruido de la selva esperando algún indicio de sus
compañeros, lista la espada para colocarse en protección de Mariana contra
cualquier desesperado atentado del Lord, que debía rumiar los más siniestros
pensamientos encerrado en un mutismo absoluto.
Media milla más adelante, Yáñez, sin temor a
equivocarse. percibió un ligero silbido; desenvainó prontamente la espada y se
acercó al Lord.
-¿No habéis oído, milord?
Lord James se volvió sobresaltado.
-¿Qué decís?
-Han lanzado una señal en la selva.
-¿Qué significará?
-Significa que mis amigos os tienen rodeado
-respondió Yáñez fríamente.
-¡Ah, traidor! -bramó el Lord desenvainando
su espada.
-¡Un poco tarde, señor miel -y rápidamente
Yáñez se colocó delante de Mariana.
En ese preciso instante una doble descarga
cerrada partió de ambas márgenes del camino haciendo radar por tierra a varios
soldados y a media docena de caballos, en tanto que en medio de la espesura
resonaban los siniestros gritos de los piratas de Mompracem que lanzándose a
una lucha desesperada se abalanzaron sobre la escolta, sables y puñales en
mano, atacándola con furor y desbandándola al primer choque. Sandokan, con la
cimitarra en la mano, cayó en medio de la patrulla y con un violento mandoble
echó por tierra al oficial que se disponía a descargar contra él su carabina.
El Lord lanzó un alarido y desenfundando una
pistola se volvió hacia donde se encontraba Mariana, pero Yáñez, con fulmínea
rapidez,, se lanzó a tierra y tomando en sus robustos brazos a Mariana la sacó
de la silla y consiguió sacarla del círculo donde se batían denodadamente
soldados y piratas, defendiéndose los primeros con el valor que infunde la
desesperación.
Mariana se desvaneció y el portugués, no
encontrando otro lugar más seguro para protegerla de las balas, la colocó tras
el lomo de un caballo muerto, haciendo lo mismo él en momentos en que el Lord,
ciego de rabia, descargaba sus pistolas sobre ambos.
-Espera un instante -le gritó Yáñez que
había esquivado las balas-; te haré probar la punta de mi espada, diabólico
milord.
-¡Te mataré, traidor! -bramó iracundo Lord
James.
Se lanzaron uno contra el otro resueltos a
sacrificarse para matar a Mariana, uno, para salvarla a todo trance, el otro;
en tanto se desarrollaba el terrible duelo entre el Lord y Yáñez, los piratas y
soldados seguían combatiendo con creciente intensidad, tratando de aniquilarse
recíprocamente.
Los ingleses habían logrado hacerse fuertes
tras un montón de caballos sacrificados y desde ese parapeto habían abierto
un mortífero fuego contra los tigrecillos de Sandokan, quien, con la cimitarra
centelleante, abatía enemigos, cortando cuellos, hundiendo pechos y sembrando
la muerte y el terror en su derredor; aquella resistencia heroica de los
ingleses no podía durar mucho.
-¡Mantente firme, Yáñez! -le gritaba
Sandokan, que pugnaba por romper el círculo de los soldados y correr en ayuda
del portugués.
Los aceros de éste y del Lord hacían saltar
chispas en las furiosas acometidas del segundo que neutralizaba brillantemente
Yáñez, pero un terrible hachazo que le tiró el Lord y que pudo apenas parar en
alto, le quebró el sable; el portugués quedó inerme ante su enemigo y con
Mariana desmayada a su lado.
-¡Socorro, Sandokan!
Lord James lanzó un grito de triunfo y se
precipitó sobre su contendor, pero Yáñez, consiguió eludir la estocada y
echándose sobre el Lord le hizo rodar por tierra. Fuertemente abrazados,
trataban de abatirse mutuamente.
-¡John! -gritó el tío de Mariana a un
soldado que luchaba cerca de ellos-; mata a mi sobrina..., ¡te lo ordeno!
El soldado, haciendo un esfuerzo
desesperado, consiguió zafarse del pirata que lo tenía acorralado y
desenvainando su sable trató de acercarse al sitio donde Mariana seguía desvanecida,
pronto para cumplir la temible orden de Lord James, pero Sandokan, que había
oído lo ordenado, con un salto de pantera cayó sobre el soldado y con un golpe
de cimitarra le separó la cabeza del tronco en momentos que éste levantaba el
arma para hundirla en el pecho de la niña.
-¡Mía! ¡Mía! ¡Mía! -rugió Sandokan tomando a
Mariana entre sus robustos brazos y estrechándola fuertemente contra su pecho.
En cuatro saltos de felino abandonó el
estrecho campo de batalla y se internó en la vecina selva con su preciosa
carga, en tanto sus hombres daban cuenta de la última resistencia desesperada
de los ingleses.
El Lord, terriblemente aporreado por Yáñez,
había ido finalmente a parar al pie de un árbol, todo magullado y maltrecho,
en medio de los cadáveres que sembraban aquel claro de la selva donde se
desarrollara tan tremenda cuan sangrienta lucha.
CAPÍTULO 23
LA MUJER DEL TIGRE
La noche era magnífica. Una suave brisa,
cargada de exhalaciones perfumadas, agitaba con leve susurro la fronda y
peinaba la superficie de las aguas.
La veloz embarcación había dejado la boca
del riachuelo y se lanzaba ahora hacia el occidente, fuera de las costas de
Labuan, que se confundían con las tinieblas
del bosque que iluminaba en lo alto la luz de la luna.
Tres personas velaban sobre el puente del
praho: Yáñez, taciturno y triste, que estaba apoyado contra la amura de popa,
en tanto que con segura mano mantenía la barra del timón; Sandokan y Mariana,
sentados a proa, a la sombra de la gran vela que acariciaba la brisa nocturna.
El Tigre estrechaba contra su pecho a la
hermosa fugitiva, y trataba de enjugar las lágrimas que brillaban en sus maravillosos
ojos azules.
-No llores, amor mío; yo te haré feliz,
inmensamente feliz. Nos iremos lejos de estos parajes, sepultaremos para siempre
mi pasado y no volverás a oir hablar de piratas ni de Mompracem; porque yo seré
un nuevo hombre.
La Perla de Labuan nada contestó y un hondo
suspiro se escapó de su pecho.
-Deja ya de llorar, Mariana; te amo con
desesperación y ello te lo repetiré hasta el final de mi vida... ; dime también
que me quieres, que no estás arrepentida de estar a mi lado, de convertirte en
la esposa de Sandokan.
-Te quiero, te quiero mucho, Sandokan; te
amo como sólo puede amar un corazón de mujer; seré tu esposa porque te quiero y
porque estaré muy orgullosa de serlo.
Sandokan la estrechó con más fuerza contra
su robusto pecho y cubrió de besos apasionados la frente, la cara y los cabellos
de oro de Mariana.
-Ahora que te sé mía, ¡guay de quien ose
tocarte! Hoy estamos en este mar, pero mañana estaremos seguros en mi
inaccesible nido de águilas donde nadie osará venir a atacarme; luego, cuando
todo peligro haya desaparecido, nos iremos donde tú lo desees, mi adorada
Mariana.
-Sí, Sandokan, nos iremos muy 1ejos... La
voz de Yánez cortó aquel dulce dialogar.
-Hermano: el enemigo nos sigue.
Sandokan apretó con fuerza a Mariana y luego
dirigió la vista hacia donde le indicaba el portugués; un punto luminoso
brillaba sobre el mar.
-¿El enemigo, Yáñez?
-¿No ves aquella luz? Viene del lado del
oriente; debe ser una nave que corre tras nosotros deseosa de rescatar a la
Perla de Labuan.
-¡Nosotros la defenderemos! ¡Pobre de quien
intente cortarme el camino! ¡Me siento capaz de luchar contra el mundo entero
teniendo a Mariana a mi lado!
Miró atentamente el punto luminoso y su mano
se crispó sobre el puño de su rica cimitarra. Mariana, ante aquella actitud de
Sandokan, se estremeció.
-¿Ocurre algo grave? ¿Algún peligro
inminente?
-Mira aquel punto en el mar, Mariana.
-Una estrella...
-No, amor mío, no es una estrella: es una
nave enemiga que nos sigue, un ojo que escruta ávidamente la superficie del
mar.
-¡Dios mío! ¿Entonces nos perseguirá?
-Es probable, pero tenemos suficientes balas
y metralla.
-¿Y si te matasen, mi Sandokan?
-¿Matarme, a mí, al Tigre de la Malasia?
Ahora, con tu amor, ¡soy invulnerable!
La nave, que debía ser un crucero, apenas se
dibujaba como un punto oscuro sobre el horizonte, pero comenzaba a flotar
ahora una nube sobre ese lugar y miríadas de chispas se elevaban al cielo,
señal de que activaban la marcha de sus calderas.
Poco a poco el punto oscuro comenzó a
agrandarse y la forma inconfundible de un crucero de guerra se presentó a los
ojos de los tripulantes del praho.
-¡Ven! ¡Acércate, maldito! ¡Ven a medirte
con el Tigre! Dispara tus cañones; lanza tus hombres al abordaje de mi praho...
Luego se volvió a Mariana que miraba
ansiosamente la nave enemiga y con voz suave le dijo:
-Ven, Mariana; te conduciré a la cámara del
praho, allí estarás a cubierto del peligro de las balas de esos hombres que
hasta ayer eran tus compatriotas y tus amigos.
La condujo a una pequeña cámara alhajada con
desusado lujo en un navío pirata, las paredes estaban cubiertas en brocado
rojo y el piso desaparecía bajo una mullida alfombra persa del mismo color.
-Aquí estarás segura, amor mío; las planchas
de hierro que recubren el casco serán harto suficientes para protegerte de
cualquier proyectil.
-¿Y tú, Sandokan?
-Yo regreso al puente de mando; mi presencia
es necesaria para dirigir la batalla si el crucero se anima a atacarnos.
-Pero: ¿si te alcanza una bala?
-No abrigues temor alguno, amor mío; a la
primero descarga lanzaré contra las ruedas del crucero enemigo tales granadas
que lo detendré para siempre en su carrera.
-Yo tiemblo por ti.
-La muerte tiene miedo del Tigre de la
Malasia.
-¿Y si ellos se lanzan al abordaje?
-Menos les temo así; mis tigrecillos son
todos valientes y están dispuestos a morir ahora por la Reina de Mompracem,
como ya te llaman; ¡que vengan los ingleses al abordaje, los aniquilaremos a
todos y los arrojaremos al mar!
-Tengo confianza en ti, mi valeroso
Sandokan, pero no puedo desechar un vago temor que me invade; te sé capaz de
cualquier heroísmo, pero ten presente que ellos han jurado matarte.
-¡Matarme! ¡Como si fuese cosa tan fácil
matar al Tigre de la Malasia! ¡Contigo a bordo de este praho, me siento tan
poderoso, tan invencible, que sería capaz de detener con mis manos las palas de
ese crucero y desviar con mi pecho las balas de sus cañones!
-Yo, en tanto, rezaré por ti.
Al reaparecer Sandokan en el puente del
praho, toda la tripulación, alentada por Yáñez y Paranoa, estaba en su respectivo
puesto de combate dispuesta para una lucha tremenda. Cada artillero estaba
junto a su pieza y los encargados de las espingardas listos para cubrir de
metralla al crucero enemigo.
Sandokan se acercó al cañón de popa que
giraba sobre una plataforma y era el de mayor calibre.
-Dejadme a mí -dijo a Paranoa que estaba a
su cuidado-; ¡me bastaré yo solo para castigar a aquel insolente! ¡El maldito
no volverá a Labuan diciendo que ha cañoneado la bandera de Mompracem!
Comprobó que la carga estaba preparada, jugó
el movimiento de rotación de la pieza y con los brazos cruzados, desafiante,
quedó inmóvil parado tras la pieza, fija la llameante mirada en el crucero que
avanzaba a toda velocidad sobre el praho.
De pronto, pareció recapacitar, miró el
cañón y por su gesto, Paranoa y Yáñez, que estaban a su lado, juzgaron que no
estaba del todo satisfecho del plan que había preparado. Se volvió al malayo.
-Paranoa: por si me llegase a fallar el tiro
de esta pieza, prefiero asegurarme con el mortero que embarcamos la vez pasada;
haz que los hombres lo traigan aquí; es un moderno cañón capturado a los
ingleses y serán ellos quienes prueben su eficacia.
En pocos minutos el mortero estaba sobre el
puente del praho y su cureña fue amarrada con gruesos cables al palo mayor del
navío.
Bajo la mirada de Sandokan, la pieza fue
cargada con una granada de más de cincuenta kilogramos en cuyo interior había
encerrado un huracán de metralla.
-Ahora aguardaremos la luz del día para que
al recibir el impacto puedan ver en su impotencia, mi bandera y mi mujer. Cruzó
nuevamente los brazos y quedó inmóvil, clavado junto al mortero, como una
estatua de bronce. Yáñez se le acercó.
-¿Qué diablos piensas hacer?
-El crucero dentro de media hora se habrá
puesto cerca nuestro y nos cubrirá de fuego.
-¡Tanto peor para ellos!
-¿Crees que debemos esperar, entonces?
Yáñez no se había engañado. Diez minutos más
tarde el buque enemigo estaba perfectamente visible y aumentando la velocidad
en diez minutos más estaría en condiciones de barrer con sus cañones al praho.
De pronto un relámpago brilló en su proa y un grueso proyectil cruzó el
espacio, demasiado alto en su trayectoria, silbando siniestramente.
-¡Ah! ¿Me invitas a detenerme y a mostrar mi
bandera? Yáñez: despliega la insignia de Mompracem: la luna es espléndida y
con los largavistas la verán nítidamente.
El portugués obedeció.
Casi en seguida, una segunda detonación se
escuchó roncamente en el mar y el proyectil cayó a pocos metros de la popa del
praho levantando una columna de agua.
Sandokan no se movió y sus hombres, imitando
a su capitán, se mantuvieron impasibles en sus puestos. El crucero al no recibir respuesta,. -,¡guió
avanzando sobre el praho, pero aminorando la marcha con justificada precaución;
aquel silencio, indudablemente, preocupaba al capitán del crucero inglés.
A sólo ochocientos metros lanzó una nueva
granada, que mal dirigida, se perdió en el mar, habiendo pasado a pocos
centímetros del casco del velero pirata. Al tercer cañonazo siguió otro que
ahora atravesó la vela mayor del praho y casi en seguida otro que golpeó contra
uno de los cañones de popa cayendo una esquirla de granada casi a los pies de
Sandokan, en cuya faz se pintó un gesto de desprecio y furor.
-¡Tira! ¡Tira, nave maldita! ... ¡Yo no te
temo; cuando puedas verme te fracturaré una rueda y te detendré de golpe. Dos
cañonazos más brillaron en la proa del crucero y uno de los proyectiles hizo
saltar parte de la obra muerta y antes de caer al mar alcanzaba a un pirata
destrozándole la cabeza. Un alarido de furor se elevó a bordo del praho.
-Tigre de la Malasia: ¡venganza!
-¡Silencio! ¡Aquí mando yo!
-Nos van a pulverizar a cañonazos, Sandokan;
¿qué esperas?
-El alba, Yáñez.
-Es una locura; ¿y si una bala te alcanza?
-Soy invulnerable: ¡desafío el fuego de sus
cañones!
Y dando un gran salto se subió a la amura de
popa y se aferró al asta de la bandera de Mompracem. Yáñez lanzó un grito de
temor. La luna brillaba magnífica y era fácil, para un buen tirador, plantar
una bala en medio del pecho de aquel audaz.
-Baja de ahí..., ¿estás loco? ¡Piensa en
Mariana!
-¡Ella sabe que yo no tengo miedo!
¡Silencio! ¡Todos a sus puestos!
Hubiese sido más fácil hacer detener al
crucero en su intento que obligar a Sandokan a abandonar aquel temerario
lugar; por ello Yáñez no insistió y se colocó junto al cañón giratorio.
El crucero, luego de aquel primer cañoneo
infructuoso, había suspendido el fuego, aunque no aminorado su velocidad; su
comandante esperaba el alba para asegurar la eficacia de su artillería.
Durante otro
cuarto de hora la situación no varió, pero el crucero seguía avanzando y cuando
se colocó a quinientos metros del praho, violentamente reabrió el fuego con
mayor insistencia.
Las balas caían en derredor del velero y no
todas se perdían: algunas pasaban silbando entre la arboladura del praho y
arrancaban jarcias o desgarraban velas, otras rebotaban con fragor en las
planchas de hierro que protegían el casco y una, muy certera, por escasos
centímetros no tronchó el palo mayor más arriba de su base.
Sandokan ajeno al peligro en que había
colocado su embarcación, no se había movido de su loca actitud, colgado casi
del asta de su bandera. Miraba fijamente al crucero enemigo, y parecía contar,
metro a metro, lo que le iba separando, sin importarle la granizada de balas
que silbaban en su derredor.
-Aún no es hora -murmuró entre dientes-; es
necesario que vean a la Reina de Mompracem...
El cañoneo del crucero continuó por unos
minutos más, luego, imprevistamente, cesó por completo, al tiempo que en el
mástil se izaba una bandera blanca.
-¡Ah, me invitan a rendirme! Yáñez... -y de
un salto volvió a la cubierta¿
-¿Qué quieres, hermanito?
-Despliega mi bandera.
-¿Acaso no flamea ya la de Mompracem?
-No, quiero mi bandera; quiero que sepan que
el Tigre de la Malasia en persona comanda este buque.
-Sí, y te saludarán con una granizada de
balas y metralla.
-El viento comienza a favorecernos y dentro
de diez minutos estaremos fuera del radio de acción de sus cañones. -¡Ojalá no
te equivoques!
A una señal de Yáñez, un pirata ató a un
cable la bandera de Sandokan, el destronado rey de Borneo y un golpe de viento
la hizo tremolar desafiante.
-¡Tira! ¡Tira, ahora, maldito! Haz tronar
tus cañones; arma tus hombres, carga de carbón tus calderas: ¡yo te espero!
¡Voy a /mostrarte mi conquista al tronar de mi artillería!
Dos cañonazos saludaron la aparición de la
odiada insignia del Tigre de la Malasia; era la respuesta del capitán del crucero
que apuraba su marcha para buscar la victoria en un fulminante abordaje.
El viento había cambiado y el rápido praho,
ventajosamente impulsado por la brisa, se distanciaba rápidamente del crucero,
que pese a su maquinaria, no podía competir con aquel lebrel malayo; a poco,
los cañonazos del crucero fueron infructuosos y cesaron por completo.
Sandokan, con la mirada fija en el
horizonte, escudriñaba el oriente aguardando los primeros resplandores del
astro rey. Yáñez estaba intrigado y no alcanzaba a comprender lo que imaginaba
el Tigre. Se le acercó.
-Dime, hermanito: ¿qué esperas? Dentro de
una hora, con el viento que nos impulsa, habremos perdido de vista al crucero.
¿Qué te propones?
-Espera un poco, Yáñez; observa el oriente:
el sol comienza a hacer empalidecer la luz de la luna y a borrar las
estrellas.
-¿Y qué hay con ello?
-Apenas aclare lo suficiente para que nos
vean nítidamente desde el crucero, habrá llegado el momento de castigar su
insolencia.
-Eres demasiado buen artillero para esperar
la luz del día en busca de un certero tiro en el blanco que elijas; el mortero
está cargado y listo; ¿qué aguardas?
-Quiero que vean quién da fuego a la pieza.
-No será menester que vean para saber quién
les ha tirado con tanta precisión.
-Con que lo sospechen no me basta, Yáñez;
¡en ese instante les mostraré a Mariana, la mujer del Tigre, la Reina de
Mompracem!
-¿A Mariana?
-Sí, Yáñez.
-¡Qué locura!
-Así sabrán en Labuan que el Tigre de la
Malasia ha violado sus costas y ha desafiado las tropas que guardaban a Lord
Guillonk.
-¿Crees que en Victoria ya no se conocen tus
andanzas y el rapto de la sobrina de ese condenado Lord?
-No importa. ¿Está listo el mortero?
-Nadie lo ha disparado.
-Dentro de unos minutos nos desembarazaremos
de aquel podenco: le fracturaré una rueda, ya lo verás.
En tanto hablaban, el cielo se iba
arrebolando por oriente, la luna se perdía casi en las medias tintas del
amanecer y las estrellas desaparecían por completo de la bóveda celeste; dentro
de escasos minutos los primeros rayos del sol iluminarían el mar.
El crucero estaba ahora lejano y seguía
forzando la máquina para dar caza al veloz praho que se seguía alejando a
medida que el viento aumentaba con la alborada.
-Hermanito mío, coloca un buen tiro en el
crucero, ¿eh?
-No lo dudes; haz amainar un tanto el
velamen para acortar distancia; a quinientos metros dispararé el mortero.
La maniobra se cumplió en seguida y todos
los piratas quedaron pendientes de aquel tiro de su capitán que sabían de
antemano que era infalible. Yáñez voló a la rueda del timón, listo para una
maniobra desesperada en caso que fracasara el plan del Tigre.
El crucero comenzó a agrandarse nuevamente a
medida que el velero acortaba su velocidad; el silencio más absoluto reinaba
sobre el mar. El sol despuntó finalmente y sus primeros rayos iluminaron
brillantemente la tersa superficie del mar malayo. Sandokan se transfiguró y
una sonrisa de triunfo se dibujó en su rostro.
-¡Ahora me corresponde a mí! ¡Yáñez: coloca
el praho al través del viento!
Yáñez maniobró hábilmente y lo ubicó en la
posición solicitada por el Tigre. Paranoa alcanzó a Sandokan una mecha
encendida y éste, inclinándose sobre la pieza, calculó la distancia con su
penetrante mirada.
Sandokan, reclinado sobre el mortero,
parecía unido al crucero por medio del fluído de su tremenda mirada. De pronto
hizo un movimiento de retroceso y en momento que encendía la mecha gritaba.
-¡Fuego!
El mortero se iluminó en su boca como el
cráter de un volcán que entrara violentamente en erupción y el silbar de la
enorme granada se percibió en el espacio arrastrando tras sí una tromba de aire
que sacudió la arboladura del praho; casi en seguida, una segunda detonación se
escuchó en la lejanía del mar y la granada, estallando entre las palas de una
de las ruedas del crucero, la deshacía, haciendo saltar por el espacio un
informe montón de hierros.
El crucero, golpeado gravemente por aquella
tremenda granada, se inclinó sobre el flanco tocado y comenzó a girar
vertiginosamente sobre sí mismo, como un trompo gigantesco, a impulsos de la
otra rueda que seguía mordiendo rabiosamente la superficie de las aguas.
-¡Bravo! ¡Viva el Tigre! -ulularon los
piratas, al tiempo que disparaban una andanada contra el maltrecho crucero.
-¡Mariana! -llamó Sandokan mientras el buque
enemigo embarcaba agua a toneladas.
La Perla de Labuan, ante aquella llamada de
Sandokan, apareció pálida sobre el puente. El Tigre la tomó suavemente de un
brazo y la levantó sobre la borda, junto a las banderas de Mompracem y de
Sandokan, bien visible a la mirada de toda la tripulación del crucero; de un
salto se colocó junto a ella y la tomó amorosamente de la cintura, gritando:
-¡Miradla bien! ¡He aquí a mi mujer! ¡He
aquí a la Reina de Mompracem!
El praho pirata desencadenaba en ese momento
un nuevo huracán de metralla sobre el crucero enemigo, luego viraba de borde, y
con todas sus velas desplegadas se alejaba rápidamente hacia occidente.
CAPÍTULO 24
RUMBO A MOMPRACEM
Detenido el crucero por el terrible impacto
que le hiciera la certera granada disparada por Sandokan, quedó allí en la inmensa
mole de acero para reparar tan grave avería, en tanto que el veloz praho, con
todas sus velas desplegadas y ayudado por un viento fresco, se perdía en el
infinito horizonte del mar.
Mariana, presa aún del efecto de tantas
emociones, se había retirado a su elegante camarote, en tanto la tripulación
continuaba alerta en el puente por si aparecía algún nuevo enemigo. Yáñez y
Sandokan permanecían en cubierta, mirando atentamente hacia el este.
-¿Habrá tomado la ruta de Victoria el
maltrecho crucero? La granada lo ha averiado gravemente y le será del todo imposible
seguirnos. ¿Crees que lo comandaba Lord Guillonk?
-No, Yáñez; el Lord no pudo haber tenido
tiempo de correr a Victoria y hacer lanzar sobre nuestra fuga el crucero;
tengo la presunción de que ese crucero llegaba de alta mar y que ignoraba
nuestro desembarco en Labuan.
-¿Crees que el Lord se quedará tranquilo?
-No dudo qué actitud asumirá, Yáñez; he
tratado poco pero lo suficiente a ese hombre para darme idea del terrible temperamento
que le domina: tenaz y vengativo. Debemos esperar muy pronto un formidable
asalto.
-¿Crees que pueda venir a atacar nuestra
Mompracem? -¡Quién sabe! El Lord goza de mucha influencia y además es
riquísimo; fácil le será equipar cuantos barcos crea necesario para semejante
empresa contratando marineros por su cuenta; pronto veremos aparecer ante
Mompracem una flota poderosa.
-Y nosotros, ¿qué haremos?
-Daremos nuestra última batalla.
-¿La última? ¿Por qué dices eso, Sandokan?
-Porque Mompracem perderá luego a su
capitán; mi carrera está por terminar; estos mares, teatro de mis empresas, no
verán más prahos del Tigre surcar sus aguas.
-¡Ah, Sandokan!
-Estaba escrito así, hermanito Yáñez. El
amor de la Perla de Labuan tenía que eclipsar al terrible pirata de ayer. Es
triste, infinitamente triste, tener que dar un adiós, y para siempre, a estos
lugares; perder la fama y el poderío..., pero debo resignarme. No más batallas,
no más el tronar de la artillería, no más buques echados a pique luego de un
tremendo abordaje. ¡Ah, siento el corazón sangrarme, pero el nombre legendario
del Tigre de la Malasia subsistirá en estas costas y no morirá nunca su
recuerdo!
-¿Qué será de nuestros hombres?
-Ellos seguirán el ejemplo del Tigre y se
despedirán de Mompracem para siempre.
-Y nuestra isla, luego de tanto esplendor,
¿quedará )otra vez desierta como antes que llegases a ella?
-Sí, Yáñez.
-¡Pobre Mompracem! ¡Yo que la amaba tanto
como si fuese mi patria misma, mi tierra nativa!
-¿Y crees que yo no la he querido? ¿Crees
que no se me estruja el corazón al solo pensar que no la volveré a ver en un
futuro cercano? ¿Crees que no quiero mis prahos, mis hombres, estos mares? ¡Si
supieras cuantas lágrimas de amargura conocen estos lugares! Así lo ha querido
el destino; resignémonos Yáñez.
-Yo no puedo resignarme tan fácilmente; ver
desaparecer de un solo golpe nuestra potencia conseguida a costa de grandes
sacrificios, tremendas batallas y ríos de sangre.
-Es la fatalidad que así dispone las cosas,
hermano. -¿La fatalidad? Di mejor el amor de Mariana; sin ella el rugido del
Tigre de la Malasia se haría escuchar ahora frente a los ingleses de Labuan y
les haría temblar, al igual que a su aliado, el sultán de Varauni.
-Es verdad: esta niña ha dado el golpe
mortal a Mompracem; si se tratase de otra mujer, no lo dudes Yáñez, ante la
reflexión del renunciamiento que su amor me impone, hubiese ahogado ese
sentimiento y tal vez ya la hubiese vuelto a llevar a Labuan; pero Mariana es
algo imprescindible para que yo pueda seguir viviendo, respirando..¿ No es
ambiciosa, tú lo sabes, por que de serlo, le daría un trono en Borneo. Lo
dicho, Yáñez: volveremos a Mompracem para librar nuestra última batalla y luego
nos iremos definitivamente lejos, muy 1ejos.
-¿Hacia dónde, Sandokan?
-Lo ignoro. Iremos donde ella quiera, donde
no quede de todo esto ni el recuerdo, porque si estuviese cerca, caería en la
tentación de volver a Mompracem.
-¡Y bien, sea! Iremos a librar la última
pugna como tú dices y nos marcharemos para siempre, pero esa lucha va a ser
terrible; el Lord nos llevará un asalto desesperado.
-Encontrará la guarida del Tigre
inexpugnable; nadie hasta ahora ha osado tocar nuestra isla; llegará su flota y
se la pulverizaremos. Pondremos nuevas defensas en la isla para resistir
cualquier bombardeo. El tigre todavía no está manso y lanzará fuertes rugidos y
asestará tremendos y mortales zarpazos.
-¿Y si se presentasen en un número mayor? Tú
sabes que los ingleses buscarán el apoyo de los holandeses; las dos flotas
reunidas pueden asestar a Mompracem un golpe fatal. -Esperemos que ello no
ocurra, Yáñez.
Quedó un instante silencioso, con la barba
apoyada en el pecho y dejó escapar un suspiro prolongado.
-Tengo un triste presentimiento.
-¿Cuál?
El Tigre no respondió; abandonó a Yáñez y
acercándose a la borda se acodó en ella y expuso su rostro a la brisa del mar.
Una arruga profunda surcaba su frente.
El praho seguía navegando a gran velocidad y
el día y parte de la noche habían transcurrido casi sin notarse y Mompracem
estaría a sólo sesenta millas. Yáñez escrutaba, silencioso, el mar cuando el
Tigre se le acercó.
-Si no estoy cegato, hermanito, distingo una
espesa nube de humo; nosotros no podemos engañarnos.
-Lo mismo sospecho yo, Sandokan.
El Tigre se proveyó de un anteojo y lo
asestó en aquella dirección. Observó con profunda atención la columna de humo.
-¿Qué ocurre, Sandokan?
-He descubierto una cañonera.
-Débil enemigo para nosotros...
-No temo que nos ataque, sólo me inquieta.
-¿Por qué motivo?
-Ese buque parece venir del oeste, de
Mompracem, tal vez.
-¡Oh!
-¿No crees que durante nuestra ausencia una
flota enemiga se haya lanzado sobre la isla?
-¿Mompracem atacada? No lo creo, Sandokan.
Ambos se volvieron al percibir suaves pasos
tras ellos y se encontraron con Mariana.
-Amada mía: ¿has despertado ya? Te suponía
aún dormida.
-Hace ya un rato que me desperté,
sobresaltada; ¿nos amenaza algún nuevo peligro?
-No, Mariana; nos inquieta la presencia de
una cañonera que viene del lado de Mompracem.
-¿Temes que hayan cañoneado tu isla?
-Sí, pero no solamente la cañonera, para la
cual bastaría una descarga de nuestros bastiones para hundirla; sospecho que
forma parte de una flota.
-¡Mira! -le interrumpió Yáñez-. La cañonera
vira en redondo y viene sobre nosotros.
-Se acercará para espiarnos.
Yáñez no se había engañado; la cañonera
había virado y cambiando su derrota avanzaba ahora en dirección al praho al
cual se acercó a una distancia de una milla; luego, sin hacer advertencia
alguna, volvió a virar y se alejó nuevamente internándose en el mar, no lo
suficiente para que desde el velero pirata se siguiera distinguiendo aún la
columna de humo de su chimenea.
Al mediodía, un malayo ubicado en la cruceta
del palo mayor, señaló a Mompracem, la temible guarida de los piratas.
Sandokan, Mariana y Yáñez se precipitaron sobre el puente de proa para mejor
ubicar la famosa isla.
Allá, donde el cielo se confundía con el
mar, se perfilaba una larga y angosta faja de color indefinido, pero que a poco
se tornaba verdoso.
El praho, impulsado por un fuerte viento del
mar, al cabo de una hora estaba a una milla de la isla y se dirigió directamente
a la bahía contra la cual descansaba la población de los piratas; bien pronto
se pudo distinguir con fidelidad los prahos la villa, las fortificaciones y la
inexpugnable fortaleza donde moraba el Tigre de la Malasia y en cuya parte más
alta flameaba al viento la bandera de la piratería.
A medida que se acercaban pudieron comprobar
que la villa estaba en parte derruida, al igual que los bastiones y las
fortificaciones; por otra parte, los prahos no estaban en el número que los
poseía Sandokan; ya no dudó el Tigre.
-El enemigo ha asaltado nuestro refugio.
-Es verdad -afirmó Yáñez con gesto dolorido.
-Mi buen amigo, ¡cuánto lo lamento! -agregó
Mariana-; los enemigos han aprovechado de vuestra ausencia. Sandokan bajó la
cabeza abatido.
-¡Sí; mi isla. en un tiempo temida e
inaccesible, ha sido violada y la fama del Tigre de la Malasia se ha oscurecido
para siempre!
CAPÍTULO 25
LA REINA DE MOMPRACEM
Mompracem, la
formidable isla ante cuya sola vista temblaban los más valientes, había sido
violada.
Los ingleses, probablemente informados de la
partida de Sandokan, en la certeza de encontrar la guarnición debilitada,
imprevistamente habían caído contra la isla, bombardeando sus fortificaciones,
desmantelando sus defensas y reduciendo a ruinas la mitad de la villa en que
vivían los piratas.
Giro-Batol había
con su hazaña afianzado una nueva victoria, pero poco faltó para que la isla
cayese en manos de los ingleses.
Cuando Sandokan y sus compañeros
desembarcaron, sus tigrecillos, reducidos a la mitad, se precipitaron a su
encuentro lanzando frenéticos vivas y reclamando venganza.
-¡A Labuan! ¡Tigre de la Malasia!
¡Devolvamos las balas que han arrojado contra Mompracem!
-Capitán -dijo Giro-Batol que se dispuso a
informar a Sandokan de lo ocurrido-, hicimos lo posible por abordar la escuadra
que vino a atacarnos, pero no lo conseguimos; condúcenos a Labuán y la
destruiremos hasta el último árbol.
Sandokan, en vez de contestar, tomó a
Mariana de un brazo y la presentó a sus hombres.
-¡Es la patria de ella; la patria de mi
mujer!
Los piratas. viendo a la niña de los
cabellos de oro, lanzaron gritos de admiración y de sorpresa.
-¡La Perla de Labuan! ¡Viva la Perla!.. . -y
todos cayeron de hinojos ante aquella criatura maravillosa.
-Su patria es sagrada para mí, tigrecillos;
pero os aseguro qué habremos de devolver a los enemigos, centuplicadas, cada
una de las balas disparadas contra vuestra isla.
-¿Acaso nos llevarán un nuevo asalto?
-preguntó Giro-Batol.
-El enemigo no está lejos y su vanguardia es
aquella cañonera que vuestros aguzados ojos pueden distinguir humeante en el
mar; los ingleses tienen sobrados motivos para atacarme: vengar a los hombres
que les hemos muerto bajo la floresta de Labuan y tratar de recuperar a esta
niña, la más preciada flor de aquella isla. Estad preparados, que el momento
ése tal vez no esté lejano.
-Capitán -le dijo Giro-Batol-, mientras uno
de nosotros esté con vida, nadie osará raptar de vuestro afecto y del nuestro,
a la Perla de Labuan; ahora la protege la bandera de Mompracem; ¡estamos todos
dispuestos a dar la sangre por ella!
-Gracias, amigos -respondió emocionado
Sandokan. Sandokan y Mariana estaban profundamente conmovidos ante la oferta de
aquel sacrificio colectivo de los tigrecillos; él la tomó de un brazo y le
invitó a subir la empinada escala labrada en la piedra que conducía a lo alto
de la roca donde estaba su aguilera; las miradas de todos estaban fijas en
ambos¿ Al llegar a la alta plataforma, se pararon y Sandokan, desde ese
pináculo, echó una mirada a la isla y al mar.
-Ésta será tu morada; era la mía y sé que es
indigna de alojar a la Perla de Labuan, pero es segura e inaccesible al enemigo
que no podrá nunca llegar aquí. Si tú fueses la Reina de Mompracem, hubiese
demolido esta pobre cueva y te hubiese hecho construir un palacio de mármol y
oro; mas: ¿para qué hablar de cosas imposibles? Todo ha muerto o está por morir
para mí.
-Tú sufres, Sandokan, tú me ocultas un
pesar.
-No, alma mía, estoy simplemente conmovido,
nada más... Imagina lo qué significa para mí regresar a Mompracem y encontrarla
violada, mis hombres diezmados y el pensamiento de que pronto la deberé perder
para siempre.. .
-Sandokan: tú echas de menos tu pasado
poderío y sufres ante la idea de perder tu isla; óyeme, héroe mío: ¿tú quieres
que yo permanezca en esta isla, entre tus tigrecillos, que aprenda a empuñar
las armas y luche a tu lado? ¡Lo haré!
-¡Tú! ¡Tú! No sabes lo que dices,
Mariana...; sería una monstruosidad obligarte a permanecer aquí, ensordecida
siempre con el retumbar de la artillería y con los gritos de los combatientes,
expuesta de continuo a un grave peligro.
-¿Es que me amas más que a tu isla, a tus
hombres y a tu poder?
-Sí alma mía. Mis bandas se desharán luego
que libremos la última batalla y entonces habrá llegado el momento de arriar
para siempre la bandera de Mompracem.
-¿Y qué dirán tus tigrecillos cuando se
enteren de lo que piensas hacer? ¿Y si me odiasen sabiendo que yo soy la causante?
-Nadie osaría levantar la voz delante tuyo.
Todavía soy el Tigre de la Malasia y ellos saben que los hago temblar con un
solo gesto; por otra parte me aman demasiado para desobedecerme.
Depositó un beso en los rubios cabellos de
Mariana y la invitó a entrar en la cabaña, llamando al mismo tiempo a dos
sirvientes que aparecieron al batir las palmas Sandokan. -Ésta es vuestra ama;
obedecedla como a mí mismo. Miró intensamente a Mariana y le indicó.
-Dispón aquí las cosas como mejor te plazca,
cambia cuanto te agrade o simplemente, tíralo.
Dejó a su amada en la estancia y volvió a la
explanada de la aguilera y clavó la mirada en el mar, hacia donde temprano se
distinguía el humo de la cañonera; el buque enemigo se mantenía en crucero
frente a Mompracem en misión vigilante, ora avanzaba hacia el este, ora al
oeste; parecía aguardar la llegada de alguna otra nave, que proviniese de
Labuán.
Abajo, los piratas bajo la dirección de
Yañez, Giro-Batol y Paranoa, trabajaban febrilmente para poner a la isla en
estado de defensa contra el ataque que todos suponían inminente; levantaban
empalizadas de gruesos troncos atados con fuertes cables de fibras vegetales,
cavaban fosos y trincheras y amontonaban grandes peñascos en torno a cada
pieza de artillería.
Sandokan descendió la escala de piedra y se
acercó a Yañez; el portugués se volvió vivamente para preguntarle.
-Desde la altura de tu cabaña, ¿has visto
alguna otra nave?
-No, solamente la cañonera se mantiene al
largo; si el viento nos favoreciera, no trepidaría en salir con un praho y
abordarla.
-Piensa mejor, hermanito Sandokan, en
disponer las cosas para poner a salvo nuestras riquezas y preparar la retirada.
-¿Temes que no podamos hacer frente a un
asalto?
-Tanto da abandonar la isla ahora como
dentro de un mes o dos; ¿acaso no lo tienes resuelto? ¿Y se lo comunicarás a
los tigrecillos?
-Esta noche reunirás las bandas, arriba, en
mi cabaña, y se lo haré saber.
-Será un rudo golpe para todos.
-Lo sé, pero si ellos quieren continuar
pirateando por su cuenta, no se lo impediré,
-Ni pensarlo, Sandokan; ninguno abandonará
al Tigre de la Malasia y todos querrán seguirte. Míralos con qué ahínco
trabajan convirtiendo la isla en un bastión imbatible¿ Antes de la noche
presentará un aspecto impresionante¿
Aquellos hombres, reducidos a sólo ciento
cincuenta luego del ataque de la escuadra inglesa, habían trabajado como quinientos
bajo las órdenes de los lugartenientes y de Yáñez.
Era entrada la noche cuando, bajo la
dirección del portugués, varios hombres descendían cuidadosamente de la cabaña
de Sandokan, grandes cofres de cuero con refuerzos de hierro, donde se habían
colocado los inmensos tesoros del Tigre de ?a Malasia y los trasladaban a bordo
de uno de los grandes veleros de la flotilla de Mompracem que zarpó para la
costa occidental de la isla con orden de mantenerse al largo, dispuesto para
embarcar a los capitanes en caso de un revés.
A la medianoche, tal cual le demandara el
Tigre, Yáñez se presentó en la gran explanada de la cabaña de Sandokan al
frente de los piratas, con exclusión de los que habían zarpado momentos antes
con los tesoros.
Uno de los sirvientes de Sandokan salió y
anunció al portugués que el Tigre de la Malasia los aguardaba a todos en el
gran salón.
Sandokan estaba vestido con sus mejores
galas: traje de raso rejo y un turbante en la cabeza, color verde con un penacho
de plumas cuajado de brillantes; en la cintura exhibía dos kriss, emblema de
gran jefe.
Mariana había podido elegir en un gran arcón
repleto de riquísimos vestidos femeninos, productos de las piráticas correrías,
uno que se le adaptara, recayendo la elección en uno totalmente negro con
ricas bordaduras en oro y con botones de perlas; estaba realmente maravillosa,
con los brazos desnudos y la garganta suave al descubierto; cayendo sobre sus
hombros mórbidos y espalda, la lluvia de oro de sus cabellos. Estaba enjoyada como
una emperatriz: aros de brillantes, pulseras de oro con piedras preciosas y un
collar de perlas que valía un reino; sobre el coronamiento de la frente, lucía
una diadema, maravillosa obra de algún artífice europeo, donde irisaban a
porfía sus matices, las perlas, brillantes esmeraldas y rubíes.
Los piratas no pudieron contener una
exclamación de justa admiración ante la presencia de aquella niña-hada y la
miraban con respeto, como si realmente se tratase de una divinidad.
-Amigos míos; mis fieles tigrecillos: os he
reunido aquí para participaron y decidir la suerte de nuestra Mompracem. Me
habéis visto combatir por largos años sin piedad alguna contra la raza execrada
que asesinó a mi familia y tanto daño hizo a mi pueblo, que me arrojó desde las
gradas de un trono al miserable polvo de la nada; de esa raza que aspira a la
destrucción de la heroica raza malaya; me habéis visto luchar como un tigre y
rechazar siempre a los invasores que amenazaban nuestra salvaje isla; pero
ahora eso se termina; el destino dispone que yo cese en esa lucha.
Sandokan prosiguió.
-Comprendo que mi misión vengadora ha
terminado; el Tigre no ha de rugir ya, ni combatirá como en otro tiempo; el
Tigre está por domesticarse. Empeñará su última batalla con el enemigo que tal
vez mañana mismo asalte Mompracem y luego se irá muy lejos, a vivir con esta
mujer que ama, los últimos años de su azarosa existencia. ¿Queréis continuar
vosotros la empresa del Tigre de la Malasia? Os dejo la isla, mis prahos y mis
cañones; si en cambio, preferís seguirme en mi nueva vida, os consideraré mis
queridos hijos.
Los piratas, aterrados ante aquella
revelación, no atinaron a responder, pero muchos rostros curtidos y
ennegrecidos por el mar y los combates, empalidecían y muchos fieros ojos se
llenaban de espontáneas y sentidas lágrimas.
-¿Lloráis? -dijo Sandokan con la voz
alterada por la emoción-. ¡Ah, mis buenos y fieles tigrecillos! ¿Creéis acaso
que mi corazón no sangra al deciros de tal decisión? ¡Es la fatalidad que
dispone así las cosas! Ahora sólo pertenezco a la Perla de Labuan.
-¡Capitán, mi capitán -gimió Girol-Batol-;
quedaos entre nosotros, no abandonéis la isla; nosotros la defenderemos contra
todos, reclutaremos más hombres, y si lo deseáis, destruiremos Labuan, Varauni
y Sarawak, para que ya nadie amenace la felicidad de la Perla de Labuan.
-¡Milady! -agregó Paranoa-; quedaos entre
nosotros, nuestros cuerpos serán tantos escudos para protegeros de cualquier
peligro, a vos y al Tigre de la Malasia.
-¡Quedaos, milady! ¡Quedaos! -bramaron
dolientes ciento cincuenta gargantas.
Mariana, profundamente conmovida, quedó un
rato en silencio; miró al Tigre y con voz segura habló.
-Sandokan: si yo te dijese: renuncia a tu
venganza y a la piratería y yo, por mi parte, rompiendo el doble vínculo que me
une a mis compatriotas, acepto esta isla como mi nueva patria, ¿accederías?
-¡Tú! ¡Tú! ¿Querrías vivir en Mompracem?
-¡Sí, yo!
-Entonces acepto lo que propones: ¡te juro
que no volveré a empuñar las armas más que en defensa de nuestra isla!
-¡Amigos míos -dijo Mariana gozosa-; desde
este momento Mompracem es, al igual que para vosotros, mi única patria!
CAPÍTULO 26
EL BOMBARDEO A MOMPRACEM
Al siguiente día parecía que todos los
piratas estaban acometidos de frenético delirio. No eran hombres los
tigrecillos de Mompracem, sino titanes que trabajaban con energía sobrehumana
en la tarea de fortificar la isla.
Se afanaban en torno a las baterías: cavaban
nuevas trincheras, sacaban de los rocosos acantilados gruesas piedras que iban
amontonando como parapetos para proteger los artilleros de las balas enemigas,
derribaban árboles con cuyos troncos van formando nuevas vallas y empalizadas
en torno a los puntos defensivos y en las márgenes de la bahía, emplazando
allí a artillería que desmontaban de los prahos, a los que habían colocado en
seguro refugio junto a la escollera de entrada.
En el fondo de los grandes fosos que se
adelantaban a las fortificaciones, colocaban dolorosas zarzas de punzantes
espinas puntas afiladas de hierro que clavaban en la tierra, en tanto otros
transportaban de un gran arsenal oculto en una cueva de la montaña, grandes
cantidades de proyectiles, sacos y barrilitos de pólvora.
En medio del febril agitarse de aquellos
tremendos malayos, Mariana, la Reina de Mompracem, hermosa y esplendente bajo
su atavío recamado de oro y perlas, les alentaba con su voz dulce y su sonrisa
maravillosa. Sandokan y Yáñez, a la cabeza de los piratas, trabajaban a la par
de sus hombres en la ciclópea tarea de convertir Mompracem en una roca inexpugnable;
Yáñez había perdido su calma habitual y trabajaba a la par de los negritos
polinesios y estaba aquí, allá, en todas partes.
En tanto, la cañonera enemiga seguía
navegando vigilante frente a las costas de Mompracem, espiando la tarea de sus
defensores que no ignoraban que aquella solitaria nave era la avanzada de una
poderosa escuadra de guerra inglesa¿
Cerca del mediodía regresó un praho que
había salido en misión exploradora, y las noticias que trajo no podían ser más
alarmantes: hacia el este, se percataba la presencia de un fuerte enemigo, pues
varias columnas de humo que estaban dispersas en el mar tendían a reunirse en
determinado punto.
-Temo un gran ataque, Yáñez; los ingleses no
vendrán solos a atacarnos; ya lo verás.
-¿Qué sospechas?
-Que reunirán fuerzas holandesas y tal vez
españolas para lanzar un mortífero asalto contra nosotros.
-Nos sobra metralla para todos los aliados.
Nuestra isla está quedando formidable.
-Estoy tranquilo y tengo confianza, Yáñez, y
de cualquier manera, en caso de un revés, ya tengo todo listo para una oportuna
y segura retirada: Paranoa tiene listos tres prahos en la pequeña bahía
occidental de la isla y estaremos asegurados para huir.
Ambos retornaron al trabajo y al caer la
tarde pudieron comprobar la magnitud de la tarea cumplida: la villa frente a la
bahía, donde no había duda alguna se libraría la mayor acción, presentaba un
aspecto impresionante con su cinta de fortificaciones: tres líneas de
bastiones, formando semicírculo. protegían por completo la costa de la bahía y
la villa. Cuarenta y seis cañones
estaban armados en baterías, con calibres del 12, 18 y algunos del 24,
colocados éstos en el reducto central. En la playa habían emplazadas en otros
tantos reductos de piedras, sesenta espingardas, prontas a vomitar sobre el
enemigo, torrentes de balas.
Durante la noche, Sandokan dispuso que
salieran algunas chalupas para espiar el movimiento de la cañonera enemiga,
pero ésta no se había movido de su posición.
Al alba, Yáñez y Sandokan, que hacía un par
de horas estaban durmiendo en la gran cabaña, fueron despertados bruscamente
por un gran clamor,
-¡El enemigo! ¡El enemigo! -gritaban los
hombres.
Se precipitaron fuera de la cabaña y se
encaramaron en lo alto de la gran roca para escudriñar desde allí el mar.
El enemigo estaba a la vista, a uñas seis
millas de la costa y avanzaba lentamente en orden de batalla¿ Al verle, una
pro-funda arruga surcó la frente del Tigre¿
-¡Es una verdadera flota, hermanito! ¿Dónde
estos perros han reunido tanta fuerza?
-Es una embajada que Labuan envía a
Mompracem¿.. ¡Distingo naves inglesas, holandesas, españolas y algunos prahos
de ese canalla del sultán de Varauni!
No se engañaba el Tigre de la Malasia; la
escuadra enemiga se componía de tres cruceros de gran tonelaje que ostentaban
el pabellón inglés; de dos corbetas holandesas, poderosamente armadas; cuatro
cañoneras y un cutter españoles y ocho prahos con la insignia del sultán de
Varauni en sus mástiles. A simple vista se podía apreciar que el enemigo
disponía de Ciento cincuenta cañones y más de mil quinientos hombres¿
-¡Por Júpiter! Son muchos, pero nosotros
somos más valientes, ¿eh, Sandokan?
-¿Vencerás, mi valiente? -preguntó Mariana.
-Esperamos que así sea, amor mío.
-Tengo miedo, Sandokan.
-La fortuna, que me ha protegido durante
tantos años no me abandonará ahora que lucho por ti, Ven Mariana Descendieron
la escalinata y bajaron a la villa donde los piratas estaban ya alistándose
tras las piezas de las fortificaciones prontos a empeñar una titánica lucha¿
Doscientos indígenas, que si al menos no podían resistir un asalto en cambio
servían para auxiliar a los artilleros y empuñar sus mortíferas cerbatanas, se
habían colocado tras las empalizadas dispuestos repeler cualquier intento
enemigo de desembarco, quedando a responsabilidad de sostener el peso del
ataque de los malayos.
-Bueno, Sandokan: seremos unos trescientos
cincuenta hombres dispuestos a sostener el asalto enemigo.
Sandokan llamó a seis hombres, de valora
toda prueba, y los colocó al lado de Mariana para que la protegiesen en todo
momento y en caso de retirada la acompañasen hasta la pequeña bahía donde
guardaban los prahos.
-Amada mía -le dijo el Tigre, estrechándola
contra su pecho-, vete con estos valientes tigrecillos a ocultarte en el bosque
vecino¿ Si venzo, seguirás siendo la Reina, de Mompracem; si la derrota ha de
acompañarnos, abandonaremos esta isla e iremos a buscar la felicidad a otra
parte.
La flota enemiga se había detenido
momentáneamente a unas cinco millas de la costa y varias embarcaciones iban y
venían de una a otra nave, concentrándose todas en derredor de uno de los
mayores cruceros donde estaba izada la insignia del comandante en jefe.
Evidentemente, se celebraba consejo de oficiales.
A las diez, la escuadra enemiga, siempre en
orden de batalla, se puso en movimiento en derechura a la bahía de Mompracem.
-¡Tigrecillos! -arengó Sandokan que se había
subido en el bastión central de las defensas y estaba tras un cañón del 24-;
recordad que defendéis a la Perla de Labuan y que los hombres que nos vienen a
atacar son los mismos que asesinaron a nuestros compañeros bajo la floresta y
en las costas de esa isla maldita.
-¡Venganza! ¡Venganza! ¡Sangre! ¡Tigre!
Un estampido de cañón partió en aquel
momento de la vigilante cañonera y, por asaz casualidad, el proyectil tronchó
el asta e hizo caer la bandera de la piratería que flameaba en lo alto de las
defensas.
Sandokan se estremeció y en su rostro se
pintó un vivo dolor.
-¡Vencerá la flota enemiga! ¡El corazón me
lo anuncia! La escuadra se acercaba decididamente a Mompracem manteniendo su
formación en cuyo centro aparecían los pesados cruceros y en las alas los
prahos del sultán de Varauni y las embarcaciones holandesas y españolas.
Sandokan dejó que se acercasen a menos de media milla de la costa y luego,
alzando la voz y empuñando la cimitarra, ordenó a sus hombres:
-¡A vuestras piezas, tigrecillos! ¡No os
detengo más; limpiadme el mar de esos prepotentes; fuego!
A la orden del Tigre, los reductos, los
bastiones y los terraplenes dispararon simultáneamente todas sus piezas que se
confundieron en una única, horrísona detonación que debió oírse en las Romades.
Pareció que toda la isla saltase por el aire y la tierra y el mar retemblasen;
densas y negras nubes de humo se elevaron por doquier y envolvieron las
baterías que se preparaban a una nueva descarga general.
La escuadra aliada, aunque maltratada
seriamente por aquella formidable descarga, no tardó mucho en responder. Los
cruceros, las corbetas y los prahos se cubrieren de humo y fuego y un huracán
de hierro ,y metralla cubrió las defensas de los piratas, en tanto centenares
de hábiles tiradores abrían un cerrado fuego de fusilería contra les bastiones
de la isla tratando de aniquilar a sus defensores.
No se perdía un solo disparo por una y otra
parte y se rivalizaba en celeridad para devolver los golpes con precisión, resuelto,
uno y otro contendor, a exterminarse desde lejos.
La flota era superior por el número de bocas
de fuego de que disponía, amén de su mayor cantidad de hombres, teniendo
asimismo la ventaja de poder moverse y ofrecer un blanco escurridizo a los
artilleros de la isla.
Era
tremendamente hermoso ver a aquella villa defendida por un puñado de hombres
que corrían a todas partes para devolver con eficacia golpe por golpe, tiro
por tiro, vomitando torrentes de metralla, balas y granadas contra los navíos
enemigos.
Había hierro y metralla para todos; rugía
más fuerte el cañoneo de la flota que audazmente venía a desafiar a los defensores
de Mompracem a pocos centenares de metros de la misma bahía, con el acariciado
intento de desembarcar tropas y tomar las defensas a punta de bayoneta, pero
las descargas continuas de los piratas hacían hervir el agua de la bahía en
torno a la flota asaltante.
Sandokan, tras el cañón de a 24 que lanzaba
sin cesar granadas enormes, ordenaba siempre:
-¡Fuego, mis valientes! ¡Limpiad el mar...,
hundid a esas naves que vienen a intentar raptar a nuestra Reina!
Y su voz no se perdía. Los piratas,
conservando una admirable sangre fría, bajo aquella lluvia de balas que abatía
las defensas, derrumbando empalizadas y terraplenes, apuntaban sus piezas y se
daban valor con gritos tremendos.
Un praho del sultán de Varauni fue
incendiado y hecho salar en momento en que intentaba audazmente acercarse al
pie de la gran roca donde el Tigre tenía su aguilera; casi toda su tripulación
murió en la explosión, pero siete u ocho que ganaron la costa a nado, fueron
rápidamente liquidados por los tiros de los piratas.
Una cañonera española que intentaba
desembarcar su hombres fue completamente desarbolada y vino a embarrancar en
la arena de la playa de la misma bahía donde una descarga de las piezas de a 24
le hizo explotar las calderas. Ni uno solo de sus tripulantes se salvó.
Era evidente que en tanto los bastiones se
mantuviesen en pie y no faltasen la pólvora y los proyectiles a los piratas,
ningún navío enemigo se atrevería a acercarse a la isla.
Se combatió sin descanso hasta promediar la
tarde y la castigada escuadra enemiga estaba al parecer por abandonar el
combate a menos que apareciese en el mar un inesperado socorro, cuando una
gritería de júbilo de las tripulaciones indicó algo grave y malo para los
piratas: era la llegada de dos cruceros ingleses, una poderosa corbeta
holandesa y un bergantín de guerra.
Sandokan y
Yáñez, cubiertos por el humo y la pólvora, al ver a aquellos nuevos enemigos,
palidecieron¿ Comprendieron que la caída de la isla era cuestión de horas.
La escuadra enemiga, así reforzada,
reemprendió el combate con más ahínco aún, tratando de acercarse a la playa y
batiendo con más saña las defensas de los piratas, ya gravemente afectadas.
Las granadas caían por centenares,
derrumbando terraplenes y empalizadas y provocando un fuerte incendio en el caserío
de la villa; al cabo de otra hora de lucha las defensas de Mompracem sólo eran
un informe montón de ruinas y la villa había desaparecido en un huracán de
fuego. La mitad de los cañones y espingardas estaban desmontados e inservibles
en medio de grandes montones de cadáveres. Sandokan intentó un último golpe,
dirigiendo el fuego de todos sus cañones contra la nave almirante enemiga.
Por veinte minutos el crucero soportó
aquella lluvia de proyectiles que lo atravesaron de parte a parte,
destrozándole la maniobra y matando sin piedad a la tripulación, hasta que una
enorme granada lanzada por Giro-Batol dio al crucero el golpe de gracia
abriéndole un terrible rumbo en la proa, más abajo de su línea de flotación¿ El
crucero comenzó a hundirse rápidamente, herido de muerte y el resto de las
embarcaciones se dieron a la tarea de socorrer y salvar a los sobrevivientes
del crucero, suspendiendo momentáneamente el terrible cañoneo contra la isla, pero
casi en seguida lo reiniciaron con una violencia extraordinaria.
Las baterías de diestra y siniestra bien
pronto fueron reducidas a silencio y los piratas se vieron obligados a
replegarse a la segunda línea defensiva; luego a la tercera que estaba ya
bastante derruida. Sólo en pie y en regular estado se mantenía el gran reducto
central, el mejor armado y el más resistente.
Sandokan no cesaba de animar a sus hombres,
mas preveía que lentamente se acercaba el momento de la retirada. Media hora
más tarde explotaba un depósito de municiones y con ello murieron una docena de
piratas y más de veinte indígenas¿ Fue cuando intentó un supremo esfuerzo para
detener la marcha del enemigo y volvió a concentrar sus fuegos sobre un nuevo
crucero inglés, mas los cañones eran pocos, ya que la mayoría estaban
desmontados e inutilizados.
Los piratas, rodeando al Tigre y a Yáñez se
concentraron en torno al reducto central que siguió solo, soportando el
terrible fuego del adversario, pero al cabo de otros diez minutos aquello se
convertía en una ruina más.
Yáñez se precipitó junto a Sandokan que
acababa de disparar un último cañonazo con una pieza de a 24.
-La partida está perdida, hermanito.
-Es verdad -respondió Sandokan con voz
sofocada.
-Ordena la retirada o será demasiado tarde
La partida estaba irremisiblemente perdida:
dentro de pocos minutos, los atacantes, treinta o cuarenta veces más en número
que los tigrecillos, desembarcarían para atacar a la bayoneta el último reducto
de la piratería y ultimar a sus defensores.
Un retardo de pocos minutos podía ser
funesto para todos. Sandokan necesitó de toda su fuerza y voluntad rara ordenar
aquella cosa terrible para todos: ¡la retirada!
Con lágrimas en los ojos, los piratas, al
comprender que habían perdido la partida, con el corazón apretado por el
dolor, comenzaron a abandonar las ruinas de las fortificaciones v llevando sus
armas, municiones y los heridos, se iban internando en las lindes del vecino
bosque, en tanto los indígenas huían desordenadamente al interior de la isla.
El enemigo. por su parte, desembarcaba con las bayonetas en ristre.
Sandokan y Yáñez fueren los últimos en
ocultarse en la selva al tiempo que el Tigre de la Malasia, profundamente conmovido,
decía al portugués:
-¡La estrella de Mompracem se ha apagado
para siempre!
CAPÍTULO 27
EN EL MAR
Los piratas, reducidos a sólo setenta,
heridos en su mayor parte, mas siempre sedientos de sangre, prontos a reiniciar
la lucha y la anhelada venganza, se retiraban al interior de la isla, guiados
por el Tigre de la Malasia y Yáñez.
Sandokan, aunque hubiese perdido para
siempre su isla y su poderío, conservaba en aquella retirada una calma admirable.
Sin duda, aquella resignación se la daba el hecho de haber previsto hacía
tiempo el fin de la piratería y se había habituado ya a la idea de abandonar
aquellos mares, mas consolado ante el pensamiento de un futuro feliz junto a la
Perla de Labuan.
Apurando el paso, la banda de piratas se
encontró en breve en la orilla de un arroyo donde debía estar Mariana cuidada
por los seis fieles tigrecillos. La jovencita se precipitó en los brazos de
Sandokan en cuanto le descubrió, murmurando:
-¡Gracias a Dios, que te devuelve con vida a
mis brazos!
-Vivo, sí; mas derrotado...
-Así lo ha querido el destino, amado mío.
-Partamos, Mariana que el enemigo no está
lejano. Tigrecillos: no nos hagamos vilipendiar por el enemigo; ya llegará el
momento de volver a luchar. ¡En marcha!
En la lejanía se escuchaban los gritos de
los vencedores y un resplandor vivísimo se elevaba sobre la floresta, señal que
el incendio de la villa continuaba y se había propagado tal vez a cierto sector
de la floresta.
Mariana fue
colocada sobre la silla de un magnífico caballo y rodeada por su fieles
tigrecillos, el grupo se puso en marcha para ganar rápidamente la costa
occidental de Mompracem donde estaban los prahos y antes que el enemigo les
cortase la retirada.
Antes de la medianoche, luego de una marcha
ininterrumpida, los piratas llegaban a la costa opuesta donde estaban los
prahos.
-Embarquemos en seguida que el tiempo nos
apremia.
-¿Nos vendrán a atacar, Sandokan?
-Tal vez, pero mi cimitarra te protegerá y
mi pecho será un escudo contra los golpes de esos malditos que me han aplastado.
El Tigre se detuvo en la playa y escudriñó
el mar.
-No veo ningún fanal; podremos abandonar mi
pobre isla sin temor alguno, Mariana.
-¡A embarcar! -ordenó luego.
Los piratas comenzaron a embarcarse en los
prahos con los ojos llenos de lágrimas; treinta se ubicaron en el praho más pequeño,
los restantes se dividieron en el velero de Sandokan y en el tercer praho de
Yáñez que conducía los inmensos tesoros del Tigre de la Malasia.
Los tres prahos orientaron sus velas y
comenzaron a alejarse de la costa de la isla, llevándose consigo el último eco
de la feroz batalla librada por el Tigre y sus cachorros en defensa de su
cubil, legendarias bandas que habían sido el terror de los mares de la Malasia.
Habrían navegado unas seis millas cuando un
grito de furor se escapó de todos los labios¿ En medio de la oscuridad había
aparecido, imprevistamente, un punto luminoso sobre el mar, que a poco se
duplicó, al tiempo que se escuchaba en la quietud de la noche el ruido de unas
palas mordiendo el agua.
-¡El crucero! -gritó una voz-. ¡Atentos
todos! Sandokan, que se había sentado en la popa, con la mirada fija en su
perdida isla se levantó lanzando un rugido. -¡Nuevamente el enemigo! ¡Aun en el
mar, maldito, vienes a perseguirme! ¡Tigrecillos: el leopardo vuelve para terminar
de cebarse en nosotros! ¡Cada uno a su puesto de combate!
No era menester mucho para animar a los
piratas sedientos de revancha que deseaban un nuevo combate, aunque fuese
desesperado, con tal de poder volver a pisar Mompracem. Agitaron
frenéticamente las armas y todos corrieron a los cañones y a las espingardas,
alistando los garfios de abordaje Sandokan volvió a Mariana.
-Anda a tu camarote, amor mío. No uno, sino
dos cruceros nos siguen.
-¡Dios misericordioso! ¡Estamos perdidos!
-No todavía; los tigres de Mompracem tienen
sed de sangre.
-Pero el enemigo es poderoso, ¿cómo lucharás
contra dos cruceros?
-Aunque los tripulen mil hombres intentaré
abordarlos.
-No lo intentéis, Sandokan; a lo mejor no
nos han visto y podemos rehuirles.
-Tal vez milady tenga razón, capitán -dijo
el malayo que gobernaba el praho-, la noche es oscura, no llevamos luz alguna
a bordo y tal vez ignoren nuestra presencia.
-Sé prudente, Sandokan.
-Sea. Mas ardo en deseos de echarme sobre
esos perros y emprender una lucha desesperada. ¡Ah, como intenten seguirme!
-No comprometas a una última lucha a tus
hombres. Sandokan; sé prudente por ahora.
A una orden del Tigre, el praho viró de
bordo, acostándose sobre la costa occidental de la isla, donde existía una
bahía bastante amplia como para albergar en su seno a una flotilla. Las otras
embarcaciones imitaron la maniobra y siguieron la derrota del de Sandokan.
El viento fresco era favorable, soplando del
noreste, y era factible que los prahos consiguieran refugiarse en la pequeña
bahía antes de la salida del sol.
-¿Nos seguirán los otros prahos? -preguntó
ansiosa Mariana.
-Con esta obscuridad no puedo saberlo.
-¿Ves algo, Sandokan?
-Los cruceros han virado igualmente de
bordo.
-¿Vendrán sobre nosotros?
-Quizá.
-¿No alcanzaremos a escapar?
-¿Cómo poder luchar contra su maquinaria? El
viento ahora es débil para imprimir a nuestros prahos una mayor velocidad capaz
de vencer la del enemigo¿ El alba no está lejana y antes de salir el sol, en
estos parajes, el viento aumenta en fuerza.
Una voz surgida de otro praho les cortó el
diálogo:
-¡Hermanito!
-¿Qué ocurre, Yáñez?
-Me parece que aquellos cruceros se aprestan
para cortarnos el camino; he visto cambiar luces de inteligencia y ahora han
cambiado su ruta.
-¿Crees que se han apercibido de nuestra
presencia?
-Lo temo, Sandokan.
-¿Qué se te ocurre hacer?
-Navegar audazmente y tratar de pasar entre
ambos enemigos; mira: se aleja uno del otro para tratar de colocarnos en medio
de ellos.
El portugués no se engañaba; mientras uno se
dirigía a la costa septentrional de Mompracem, el otro se movía rápidamente
sobre la parte meridional.
Ya no se podía dudar de sus intenciones:
trataban de cortar cualquier camino a los piratas para evitar que se refugiasen
en alguna ensenada de la costa, obligándoles a salir al mar para allí atacarles
con asegurado éxito.
-¡Ah! -gritó con rabia Sandokan-. ¿Vuelves
para darme batalla? Bueno: ¡lucharemos!
-No ahora, hermanito; tratemos de pasar
rápidamente entre ellos y ganar el mar libre.
-Me parece imposible, el viento es muy
débil...
-Tentémoslo por lo menos, Sandokan.
-¡Oye, timonel: virar de fondo hacia el
oeste! Los artilleros a sus puestos.
La orden del portugués fue captada en los
prahos y las ágiles embarcaciones maniobraron con rapidez y se colocaron
resueltamente en la ruta hacia el oeste, buscando el centro entre ambos fanales
de los cruceros.
El enemigo, al darse cuenta de la audaz
maniobra de los piratas, cambió rápidamente su dirección y se colocó nuevamente
en camino para tratar de dar caza a los tres prahos.
Yáñez y Sandokan no cambiaron empero la
nueva dirección, suponiendo tal vez que por casualidad los cruceros habían
maniobrado buscando el mar libre; se desplegaron las velas al máximo para
captar toda brizna de viento y durante veinte minutos los prahos buscaron de
escapar entre los dos cruceros enemigos que parecían querer volver a reunirse.
Todos, junto a las piezas, espiaban
atentamente los movimientos del adversario para tratar de adivinar su plan; ya
habíanse alejado los veleros bastante apreciable trecho. cuando, súbitamente,
se vio por el movimiento de fanales, que ambos cruceros se lanzaban
decididamente sobre ellos. Yáñez lanzó el grito:
-¡Sandokan: comienzan a darnos caza!
-¡Canallas! ¡Venid a atacarme que aún tengo
hierro y plome!
-¿Estamos perdidos, verdad Sandokan?
-No todavía, Mariana; rápido, regresa a tu
cabina que dentro de pocos instantes las granadas caerán sobre el puente.
-Quiero permanecer a tu lado.
-No, asnada; si te viese cerca mío en la
batalla, disminuiría mi audacia y flaquearía mi valor al temer por tu vida.
-Necesito en estos momentos volver a
sentirme el Tigre de la Malasia.
-Déjame permanecer hasta que el enemigo esté
cerca; a lo mejor aún no nos han visto.
-Sin embargo se mueven a todo vapor. Les
distingo ya perfectamente¿
-¿Son cruceros?
-No, es una corbeta y una cañonera.
-¿Nos podrán vencer?
-Somos aquí todos valientes e intentaré
abordar a la nave más fuerte. Vete, Mariana, anda a tu cabina.
En aquel instante un tiro de cañón se
escuchó en el mar y una bala pasó roncando sobré el praho, atravesando sus
velas.
-¿Oyes? Nos han descubierto y se preparan
para darnos batalla. ¡Cuidado! ¡Se mueven simultáneamente sobre nosotros para
darnos un golpe imprevisto!
Las naves enemigas avanzaban ya a todo
vapor, como si tuviesen la intención de pasar a través de los tres veleros
piratas. La corbeta forzaba sus calderas arrojando negras nubes de humo y
chispas al espacio, marchando en derechura sobre el praho de Sandokan, en tanto
la cañonera se disponía al ataque¿
-¡A la cabina, Mariana!
Una segunda descarga se dejó oír y una
lluvia de metralla barrió la cubierta y el puente del velero, rebotando los proyectiles
contra el árbol mayor y las amuras.
-No me dejes Sandokan, permíteme que
permanezca cerca tuyo, tengo miedo.
-Nada temas, te repito, Mariana; deja que
vaya a librar tal vez la última batalla en estos mares que me supieron
poderoso.
El cañón tronaba ya furiosamente en todo el
mar; sobre el puente se escuchaban los salvajes gritos de los piratas de
Mompracem y los gemidos de los primeros heridos.
Sandokan se desprendió de los brazos de
Mariana y se precipitó por la escala gritando:
-¡Adelante mis valientes, el Tigre de la
Malasia está con vosotros!
La batalla estaba trabada con furia por
ambas partes; la cañonera daba el asalto al praho de Yáñez, intentando abordarlo,
pero de pronto se había vuelto cautelosa, pues la artillería del portugués,
castigándole severamente, le había destrozado parte del gobierno, derruido las
amuras, cortándole finalmente el mástil. La victoria de Yáñez había sido rápida
y completa, pero la corbeta, una nave poderosa, notablemente artillada y
montada por numerosa tripulación, era un enemigo temible para Sandokan.
Se había
acercado a los dos prahos de Sandokan y los cubría de ráfagas de fuego y
hierro, haciendo estragos entre los piratas. La presencia del Tigre reanimó a
los combatientes que ya comenzaban a sentirse impotentes frente a aquel
tremendo adversario.
El formidable hombre se lanzó sobre uno de
les cañones gritando ferozmente:
-¡Fuego! ¡Hundamos en el mar a quieres nos
desafían! Pero su presencia en nada pudo cambiar la suerte de tan despareja
lucha y la corbeta siguió vomitando metralla y grandes balas sobre el praho que
no podía contestar tamaña tempestad de fuego; era imposible aguantar esa
situación y en pocos minutos más ambos prahos estarían deshechos y en el fondo
del mar. Sólo Yáñez, habiendo logrado neutralizar a su enemiga, pugnaba por
correr en apoyo de Sandokan.
Sandokan con una rápida mirada se dio cuenta
de la gravedad de su situación y antes que sus prahos se hundieran en el mar,
ordenó que el más averiado trasbordara su gente al de él, hecho lo cual se
dispuso a una resolución extrema: ¡abordar la corbeta!
La nave enemiga facilitaba la maniobra, ya
que prácticamente estaba sobre el praho. Sandokan lanzó su grito de batalla:
-¡Tigres de Mompracem: al abordaje!
De una certera descarga de cañones y
espingardas abrieron una gruesa brecha en la amura de la corbeta y por ese
boquete se lanzaron como fieras sedientas de sangre sobre la cubierta enemiga,
empuñando los pesados sables de abordaje.
En el momento de saltar al abordaje de la
nave, Sandokan escuchó la desgarrante voz de Mariana que le llamaba. -Quédate
tranquila. Mariana..., regresaré en seguida. Y a la cabeza de sus valientes se
precipitó a una lucha desesperada abriendo sangrientos surcos en la compacta
tripulación de la corbeta, que intentaba cerrarle el camino hacia el castillo
de popa. donde estaba fuerte el enemigo.
-¡Sus! ¡Tigrecillos! ¡Matad! ¡Destruid! -
bramaba el Tigre
El combate se tornó sangriento y sin cuartel
y fue tan vigoroso el empuje de los piratas que los ingleses comenzaron a
retroceder hacia la popa arrollados por Sandokan y sus hombres.
-¡Abrid paso! -bramaba Sandokan dando
terribles golpes con su cimitarra-. ¡Cuidado! ¡Soy el Tigre de la Malasia!
Un oficial se le plantó delante con el acero
desenvainado:
-¿Vos? ¡Maldito baronet William!
-¿Dónde está Mariana execrable pirata!
-¡Tómala! ¡Préndela! -rugió el Tigre.
Y con un golpe de cimitarra derribó en el
puente de la nave al baronet y saltando sobre él como una pantera, rápido como
el rayo, le hundió el filoso kriss en el corazón...
En ese instante una explosión espantosa se
sintió bajo el puente de la corbeta v algo duro y cortante golpeó el cráneo de
Sandokan, que cayó en medio de una mortal oscuridad...
CAPÍTULO 28
¡PRISIONERO !
Cuando recobró el sentido no se encontró
sobre el puente de su praho, sino encadenado en la bodega de la corbeta. Creyó
ser víctima de un terrible sueño, mas el dolor que sentía en la cabeza le
recordó en seguida el tremendo golpe que había recibido al tiempo que ultimaba
a su odiado rival; sentía todo el cuerpo magullado y no dudó de que tenía
varias heridas.
Se puso en pie sacudiendo furiosamente las
cadenas que le amarraban las muñecas a una fuerte argolla empotrada en una viga
que sostenía la cubierta de la nave y gritó:
-¡Preso! ¡Preso el Tigre de la Malasia! ¿Qué
ha ocurrido, entonces? ¿Nuevamente me han vencido los ingleses? ¿Y Mariana?
¿Qué le habrá sucedido a mi amada Mariana? ¡Estará muerta!
Un espasmo tremendo le sacudió de pies a
cabeza.
-¡Mariana! -gritó desesperado-. ¡Amada mía!
¡Yáñez! ¡Paranoa! ¡Tigrecillos! ¿Dónde están todos que no me escucháis?
Respondedme... ¿Habrán muerto todos, tal vez?
Y aquel hombre que jamás había conocido el
miedo, sintió un profundo terror ante lo irreparable y creyó perder la razón¿
-¡Muertos! ¡Todos muertos! Sólo yo he
sobrevivido porque mis enemigos quieren llevarme a Labuan. ¡Mariana! ¡Yáñez,
mi buen amigo! ¿Aun vos, mi valiente, has caído bajo el plomo del enemigo?
Sería mejor para mí haber muerto junto con ellos a sobrevivir a tanta amargura.
-¿Creéis soñar, capitán? No, estáis
despierto y vivo. Sandokan miró con terror hacia el lugar de donde partía la
voz y a la opaca luz de un farol que iluminaba la bodega, percibió un bulto
humano tirado en un rincón que al moverse hizo sonar sus grillos.
-¿Quién eres tú? -preguntó el Tigre.
-¿Es el Tigre de la Malasia quien habla?
-respondió una voz.
Sandokan sintió que un rayo de alegría le
iluminaba en medio de aquella lóbrega oscuridad moral. Aquella voz le era un
tanto familiar. Volvió a preguntar.
-¿Quién eres?
-¿Os acordáis de Jiuoko, capitán?
-¡Jiuoko! ¡Rayos y truenos! ¿Qué haces tú
aquí?
-Ya lo véis, Tigre: encadenado...
Haciendo un esfuerzo el malayo se puso en
pie mostrando su estatura gigantesca y haciendo sonar los grillos con furor.
Era uno de los más valientes hombres de Mompracem y al parecer el único que
había corrido la misma suerte del Tigre de la Malasia.
-¡Por Alá! ¡Gracias que estáis vivo,
capitán.
-Preferiría estar muerto como los demás,
Jiuoko; ¿sabes qué les ha ocurrido a los demás compañeros?
-Han muerto todos los que abordaron la
corbeta. -respondió Jiuoko con la voz quebrada.
-¿Y Mariana? ¿Sabes algo de la Reina de
Mompracem? Dime: ¿ha muerto también?
-Oh no... ella estaba viva.
-¿Viva? ¡Viva mi Mariana! ¿Es verdad lo que
me dices?
-Sí, Tigre; vos estábais caído aún en tanto
resistíamos cuatro compañeros; a los otros los mataron y a mí me hicieron
prisionero; fue entonces cuando vi a la Perla de Labuan que era conducida al
puente de la nave.
-¿Y de allí?
-A una nave inglesa. Ella se debe haber
asustado del agua que penetraba en su camarote por un gran rumbo en el casco
del praho y salió a cubierta llamándole, capitán. Algunos marineros enemigos
que la vieron trasbordaron a nuestro velero que ya se hundía y la llevaron
consigo a viva fuerza, pues vi que ella se resistía. Unos minutos más tarde se
hubiese hundido en el mar.
-¿Así que tienes la certeza de que vive?
-Sí, Tigre; ella os llamaba desesperadamente
cuando la condujeron al puente de la nave enemiga.
-¡Maldición! Y yo sin poder hacer nada por
ella...
-Lo intentamos media docena de hombres, pero
nos masacraron antes que pudiésemos hacer nada.
-¿Estará a bordo de esta nave la Perla de
Labuan? -Aquí la trajeron; no sé si luego la habrán llevado a otro buque,
aunque me parece improbable. La cañonera que estaba con esta corbeta fue
hundida por el señor Yáñez y no vimos entonces otra nave que se acercase.
-¿De manera que el señor Yáñez vive?
-Sí, capitán; luego de abatir a la cañonera,
y viendo que nada podía hacer en nuestro socorro, a fin de evitar ser hundido
por la corbeta, enfiló la proa y se alejó mar adentro, no hay duda, pensando la
mejor forma de volver para rescatarnos de manos del enemigo.
Sandokan quedó un instante pensativo, como
si ordenase el fárrago de noticias que acababa de suministrarle Jiuoko, su
compañero de desventura, luego murmuró:
-¡Qué masacre en mis hombres! Pobres
compañeros... ¡qué triste fatalidad se ha cernido sobre Mompracem y sus tigres!
Y, finalmente, aniquilado por tanta
desgracia, cayó en un deplorable ensimismamiento y su pecho latía violentamente
y su rostro se descomponía por efecto de hondas emociones.
-Dime: ¿supones entonces que el señor Yáñez
seguirá nuestro rastro?
-Tengo esa absoluta convicción, capitán; el
señor Yáñez no os abandonaría jamás en una desventura semejante y estoy seguro
que con la debida precaución va siguiendo a la corbeta para intentar algo y
poder libertaros al igual que a la Perla de Labuan.
-Yo también así lo espere. Otro hombre, en
su lugar, hubiese aprovechado de mi desgracia irreparable para fugarse con los
incalculables tesoros que poseo y que él ahora guarda, mas él no lo hará; me
quiere demasiado para traicionarme.
-¿Qué pensáis hacer, capitán? ¿Tenéis algún
plan?
-Nos fugaremos.
-¿Fugarnos? ¿Cómo?
-Tengo un medio para hacernos arrojar al
mar.
-No os comprendo, Tigre.
-¿Qué hacemos en nuestros prahos cuando un
hombre muere en el mar?
-Se le arroja al agua... con una bala de
cañón atada a los pies.
-Pues con nosotros harán otro tanto.
-¿Váis a suicidaros, Tigre?
-Sí, pero de forma de poder retornar a la
vida.
-¡Hum! Lo dudo capitán...; el que se muere,
se muere...
-Pues te aseguro que nos moriremos y en el
mar resucitaremos.
-Eso sólo lo puede hacer Alá, capitán.
-Pues me convertiré en vuestro Profeta o en
vuestro dios. Debes creer cuanto te digo: ahora todo depende del señor Yáñez.
-¿Y si se encuentra lejos?
-Si sigue a la corbeta, tarde o temprano nos
recogerá del mar.
-¿Y luego?
-Regresaremos para libertar a la Reina de
Mompracem. ¿Has comprendido?
-No del todo, capitán; piensa que no tenemos
ni un kriss.
-No hará falta por ahora.
-...Y que estamos encadenados...
-¿Encadenados? El Tigre de la Malasia no es
hombre para aguantar hierros! ¡Mira! -y de un violento tirón hizo trizas las
cadenas que le aprisionaban las muñecas- ¡Ya está el Tigre libre!
En ese instante se abrió la compuerta de la
bodega y varios hombres se asomaron por ella, armas en mano. dispuestos a
bajar la escala de madera. Sandokan, en un acceso de furor y blandiendo los
hierros, hizo ademán de lanzarse contra ellos. Jiuoko le pegó un oportuno
grito:
-¡Capitán! ¿Os queréis hacer matar? ¿No véis
que están todos armados?
-Es verdad, Jiuoko, el Tigre está domado...
Los hombres descendieron a la bodega; era un
teniente de navío y dos marineros armados de fusiles; el oficial, indudablemente,
debía ser el comandante de la corbeta.
-Me envía aquí una dama...
-¿Mariana?
-El Tigre lanzó un grito de alegría.
-Sí, lady Guillonk.
-¿En verdad, vive, señor?
-Sí, Tigre de la Malasia; logré salvarla en
momentos en que vuestra nave se iba a hundir.
-¡Oh! ¡Habladme de ella, os lo ruego!
-Lady Guillonk se ha perdido por vos; ¿qué
esperanza puede quedaros?
-Tenéis razón; soy un hombre condenado a
muerte, ¿no es verdad?
El oficial nada respondió y su silencio
confirmó lo dicho por Sandokan. Sandokan continuó con voz dolorida.
-Ese era mi destino: tener una muerte
ignominiosa. ¿Adónde me conducís, señor?
-A Labuan.
-¿Seré ahorcado?
El oficial volvió a guardar significativo
silencio.
-Hubiese preferido ser fusilado, al menos
morir como un soldado.
-Yo en cambio, os hubiese perdonado la vida
y os hubiese dado un comando en la India. Hombres audaces y valientes necesita
Inglaterra.
-Gracias, señor, por vuestra intención, mas
ello no me salvará de la muerte.
-¿Qué otra cosa podría hacerse? Mis
compatriotas os temen y sólo desapareciendo vos terminará ese continuo sobresalto
a que los tenéis sometidos. Hubiesen preferido veros muy lejos de aquí.
-Precisamente, señor: cuando me atacasteis,
marchaba para un exilio voluntario y no pensaba jamás regresar a estos mares;
había dado ya un adiós definitivo a la piratería y a Mompracem.
El oficial escuchaba atentamente. Sandokan
continuó: -Deseaba una nueva existencia, tranquila y feliz junto a la mujer
amada, pero ya que no ha podido realizarse ese sueño, matadme de una vez,
sabré morir con entereza. -¿Entonces, ya no amáis a lady Guillonk?
-¿Que si la amo? ¡No tenéis una idea señor
de la pasión que siento por esa adorable criatura! Dadme a elegir entre
Mompracem y Mariana y, no lo dudéis, me quedaré con Mariana. Ofrecedme la
libertad a cambio de renunciar a ella y despreciaré vuestra oferta. ¡Estoy
inerme, pero por el amor de ella sería capaz de acometer a toda vuestra
tripulación y mandar a este navío al fondo del mar!
-Nos subestimáis demasiado... mas hemos
tomado nuestras precauciones para evitar que intentéis algo descabellado; todo
sería inútil y suicida; una bala domeña al hombre más valeroso.
-Lo preferiría a la muerte que me espera en
Labuan.
-Os creo, Tigre de la Malasia.
-Pero aún no hemos llegado a Labuan y antes
pueden ocurrir muchas cosas...
-¿Qué queréis decir? No pensaréis en
suicidaros. . .
-¿Qué os puede importar que vaya a la muerte
de una u otra forma?
-Francamente no os lo impediré; en verdad me
dolería veros ahorcar.
-¿No os opondríais a mi suicidio?
-No; a un valiente como vos no se le puede
negar un favor...
-Entonces consideradme un hombre muerto. El
oficial lo miró incrédulo y admirado.
-No veo que dispongáis de medio alguno para
cumplir con ese funesto propósito...
-Dispongo de lo necesario.
-¿Veneno, quizá?
-Y fulminante. Pero antes de marcharme al
otro mundo desearía haceros una súplica.
-¿Se le puede negar a un hombre que está a
las puertas de la muerte?
-Desearía ver por última vez a Mariana.
-Tengo orden de teneros separados ya que he
sido lo suficientemente afortunado en capturaros. Por otra parte creo que ello
es mejor para ambos; ¿a qué hacerla llorar nuevamente de dolor?
-¿Me lo negáis por un refinamiento de
crueldad? Yo no creo que un marino de Su Majestad pueda serio...
El oficial palideció.
-Os aseguro que son las órdenes que he
recibido antes
de zarpar en
vuestra persecución; me duele que dudéis de mi palabra.
-Perdonad, señor, no os he querido ofender.
-Para demostraros que no soy cruel y en
homenaje a un valiente como el Tigre de la Malasia, os prometo haceros hablar
con lady Guillonk; le daréis un gran dolor.
-No le diré que pienso suicidarme.
-¿Qué le diréis, entonces?
-Debo revelarle un ignorado lugar donde
tengo mis fabulosos tesoros que sólo a ella ahora pertenecen.
-¿Se los donáis a ella?
-Sí; ella dispondrá de ese tesoro como mejor
le plazca. ¿Cuándo la podré ver, señor?
-Esta misma noche.
-Gracias, señor.
-Prometedme que no le hablaréis de vuestro
suicidio.
-Os doy mi palabra. Imaginad lo terrible que
es pensar que se debe morir cuando se ha tenido la felicidad completa al
alcance de la mano.
-Bien os lo creo. ¿Adónde ibais con vuestros
veleros?
-Lejos, muy lejos..., tal vez a la India en
busca de una isla solitaria en medio del océano...
-Adiós, Tigre de la Malasia.
-Adiós, señor. Gracias por vuestra
concesión.
-Veréis esta noche a lady Mariana, os lo
aseguro.
Antes de marcharse el oficial ordenó librar
de las cadenas a Jiuoko, para que ambos prisioneros pudiesen consolarse mutuamente,
no dudando que aquel fornido malayo seguiría a su capitán hasta los dominios de
Alá.
Cuando quedaron solos una sonrisa extraña se
dibujaba en los labios de Sandokan. Jiuoko se le acercó.
-¿Tenéis buenas noticias, capitán?
-Esta noche seremos libres, Jiuoko.
CAPÍTULO 29
LA FUGA
Luego de partir el oficial, Sandokan se
sentó en el último peldaño de la escala y quedó ensimismado en profundos
pensamientos, revelándose ellos por los signos de alteración de
su rostro;
Jiuoko, sin atreverse a interrumpir la actitud de su capitán, se acomodó cerca
de él, pensando cuál sería el proyecto que maduraba el Tigre de la Malasia.
Transcurrieron así unos veinte minutos
cuando la compuerta de la bodega se volvió a abrir y por ella se filtró un haz
de luz. La figura inconfundible de Mariana comenzó a descender la escalera,
seguida por el oficial que empuñaba una pistola y sujetaba con la otra mano una
linterna.
Sandokan se había puesto rápidamente en pie
y Mariana cayó entre sus brazos que le estrecharon amorosamente. -¡Amor mío! -y
la llevó hacia un rincón de la sentina. -Sandokan! ¡Por fin vuelvo a verte!
¡Temía que ello no ocurriese jamás! -y de su pecho comenzó a escaparse un
sollozo.
-¡Mariana, coraje! No llores que tus
lágrimas me hacen daño.
-Tengo el corazón deshecho, Sandokan...; no
me dejes más, no te separes de mí que yo te defenderé de todo y contra todos.
-¡Mariana! ¡Mariana! No sabes lo que
dices... ¿Ignoras que me llevan a Labuan para matarme?
-¡Yo te salvaré!
-No podrás, pero en cambio ahora me puedes
ayudar.
-¿Tienes algún proyecto, entonces?
-Sí, si la suerte me protege. Escúchame amor
mío. Sandokan lanzó una mirada recelosa hacia el lugar donde se hallaba el
teniente de navío que seguía en su puesto sin moverse y ajeno al parecer al
coloquio de aquellos desventurados.
-Proyecto fugarme con este fiel tigrecillo,
pero por ahora tú no podrás venir conmigo.
-¿Por qué, Sandokan? ¿Crees que no soy capaz
de seguirte? ¿Crees que me falta coraje para afrontar el peligro? -No dudo de
ti, Mariana; pero en esta emergencia nada puedes hacer para estar a mi lado
como yo desearía. Necesito de tu ayuda para fugarme o todo será en vano; pero
te juro que no pasará mucho tiempo sin que vuelva a buscarte, aunque tenga que
levantar con mis tesoros un inmenso ejército para conducirlo a la toma y
destrucción de Labuan.
-Es necesario, Mariana, que aceptemos esta
separación forzosa, de no ser así, de fallar mi plan, sólo nos volveremos a
unir en el más allá... ¿Comprendes lo que quiero decirte?
Sandokan abrió su desgarrada camisa y
extrajo de una rara joya que pendía de una cadena de oro de su cuello un
pequeño tubito hecho con el canuto de una pluma de ave y cuyos extremos tapaban
dos chapitas de oro.
-¿Ves este tubillo? Contiene un veneno
poderosísimo pero que no es mortal; tiene la propiedad de suspender toda noción
de vida en el organismo por seis horas. Provoca un sueño idéntico a la muerte
misma y engaña al galeno más experto. -¿Y qué quieres hacer, Sandokan?
-Jiuoko y yo ingeriremos una cantidad de
esta droga, nos creerán muertos y nos arrojarán al mar donde volveremos
normalmente a la vida en cuanto pase el efecto de la droga. ¿Entiendes?
-Y se ahogarán...
-Para evitar ello es que te necesito.
-¿Qué debo hacer? Habla, ordena amor mío.
-¿Sabes qué hora es, Mariana?
Ella consultó una magnífica miniatura que
pendía de su cuello y que le había obsequiado Sandokan al llegar a Mompracem.
-Son las ocho.
-Bien: dentro de una hora ingeriremos la
poción y lanzaremos en señal un grito agudo; tú observarás atentamente tu
reloj y al sentir nuestra señal, dos segundos más tarde, comenzarás a contar
hasta las seis horas venideras con dos segundos siguientes, entonces nos harás
arrojar al mar; pide que nos echen al agua sin atarnos ningún peso a los pies;
arguye que los hombres de nuestra raza creen que así no podrían llegar al
paraíso prometido por nuestros dioses. ¿Entiendes?
Mariana asintió con un gesto.
-Durante esas horas haz como que velas
nuestros despojos y mantente lo más carea nuestro que puedas, y si la ocasión
te es propicia, trata de conseguir algún puñal y me lo guardas entre la ropa;
puedo necesitarlo. Graba en tu memoria cuanto te he dicho porque una
equivocación sería fatal. Tengo la certidumbre de que Yáñez anda tras la
corbeta y nos recogerá en el mar.
Ahora, simulando una ira que no sentía,
comenzó a lamentarse en voz alta para que le oyese el oficial.
-¡Maldito sea el dio en que me bautizaron
Tigre de la Malasia: Ese nombre me convirtió en pirata y en vengador y me
enemistó con tu pueblo y por ello no he podido lograr la felicidad de amarte
para siempre... ¿Comprendes Mariana mi tortura al sentirme prisionero en este
buque que me conduce a Labuan para ser ajusticiado? ¡Y pensar que te amo
tanto!
-Tus palabras me hacen daño, Sandokan...
-Es la cruel realidad, amor mío. Deja que te
contemple por última vez, pues en Labuan no me será dado volver a verte. La
estrechó entre sus brazos, y le dijo conmovido: -Ahora debemos separarnos,
Mariana... Parte, parte en seguida porque el corazón me sangra y me echaré a
llorar.
-¡Sandokan! ¡Sandokan!
-Partid, Mariana, no prolonguéis mi.
martirio.
El teniente se levantó y caballerescamente
se acercó a Mariana y le ofreció el brazo; milady, abatida se tomó de él y
lentamente abandonó la bodega cuya compuerta se cerró tras su grácil figura.
Sandokan impuso brevemente a Jiuoko de su
plan y le entregó una pildorita negra y brillante como el azabache. -Cuando yo
te lo indique, la colocas en la lengua y la tragas lanzando en ese momento un
agudo grito. Nada temas que lo demás corre por mi cuenta.
-Aunque supiese que no volvería a despertar,
gustoso iría a la muerte si ello me lo exige el Tigre de la Malasia. -Gracias,
Jiuoko, pero no morirás todavía.
Se volvió a sentar y quedó en absorto
silencio. La hora pasó lentamente y la campana del puente anunció las veintiuna:
el momento decisivo había llegado.
Sandokan se puso en pie y Jiunko lo imitó.
-¿Estás listo?
-Sí, Tigre.
-Ingiere entonces la droga.
Ambos la tragaron simultáneamente y presas
de un real acometimiento de un violento espasmo, lanzaron un grito desgarrador
que se escuchó hasta el puente de mando de la corbeta. Mariana ansiosa, también
lo oyó.
El oficial, sabiendo a qué atenerse,
precipitadamente. seguido de otros oficiales y el médico de a bordo,
descendieron a la bodega; a la luz de la linterna y al pie de la escalera se
encontraron con los dos pseudos cadáveres. El oficial no se sorprendió.
-Están muertos, lo que temía ha ocurrido.
El médico los examinó pero no pudo hacer
otra cosa que certificar la muerte súbita por efecto de un veneno fulminante.
Varios marineros, a una orden del oficial, transportaron los cuerpos sobre el
puente, donde Mariana, presa de una enorme aflicción, estaba apoyada contra la
borda.
Milady: una desgracia le ha acontecido al
Tigre de la Malasia..
-¿Ha muerto?
-Desgraciadamente, sí.
-Señor: vivo os pertenecía; muerto lo
reclamo para mí antes de ser sepultado en el mar.
-Os lo entrego, milady, pero quisiera daros
un consejo.
-¿Cuál, señor?
-Que lo hagáis arrojar al mar antes de que
lleguemos a Labuan; vuestro tío está tan furioso que a lo mejor se ensaña y
hace colgar de la horca el cadáver del Tigre de la Malasia.
-Acepto ese consejo, señor; os ruego que
hagáis conducir los cuerpos al puente de proa y me dejéis a solas con mi amado;
yo os indicaré cuando pueden ser arrojados al agua.
El oficial se inclinó ante aquel lógico
pedido de Mariana y pocos instantes más tarde ella estaba arrodillada junto al
cuerpo inanimado de Sandokan. Ningún tripulante osó acercarse para interrumpir
aquella piadosa y tocante escena. Su dulce mirada no se apartaba ni un instante
del lívido rostro del fiero pirata cuya máscara realmente reflejaba la quietud
de la muerte.
Comprobando que nadie la observaba, deslizó
entre la camisa y la faja de Sandokan, un par de puñales. Luego, mirando a
intervalos su diminuto reloj a la luz que lanzaba al puente uno de los fanales
de la corbeta, dejó que pasase el tiempo...
Así transcurrieron lentas y mortales las
horas... ; la campana del puente iba dando lentamente las campanadas que
repercutían siniestramente en el corazón dolorido de Mariana.
A las tres menos dos minutos de la madrugada
el lapso indicado por Sandokan llegaba a su término; Mariana, con una serenidad
pasmosa, se puso de pie y se acercó a la amura de babor y viendo allí un par de
salvavidas, los arrojó al mar.
Luego se acercó al oficial que estaba firme
como una estatua en el puente de mando y le dijo:
-Señor: haced que se cumpla la última
voluntad del Tigre de la Malasia; arrojadle al mar tal cual está; el rito de
sus
creencias
religiosas pide que se les arroje sin traba alguna; os suplico que así se haga.
El oficial dio
una breve y rápida orden y cuatro marineros se colocaron junto a los cuerpos de
los piratas. El oficial consultó a Mariana con la mirada y ante el
asentimiento de ella. simplemente ordenó:
-¡Al agua los cadáveres!
Los cuatro marineros alzaron los cuerpos a
la altura de los hombros, se acercaron a la borda y sin ninguna violencia los
dejaron caer al mar... Se sintió un fuerte chapuzón al tiempo que Mariana
lanzaba un desgarrador gemido.
El oficial se le acercó y tomándole
fraternalmente del brazo, la condujo hacia su cámara bajo el puente de mando.
CAPÍTULO 30
EL ATAQUE DEL PEZ MARTILLO
L suspensión de la vida era aparente durante
seis horas exactas, tal cual manifestara Sandokan a Mariana, de ahí que al caer
ambos al agua, al contacto con la misma, volvieron inmediatamente en sí sin
sentir malestar alguno por esa rara catalepsia.
Con un vigoroso golpe de talón retornaron a
la superficie del mar, girando rápidamente los ojos en torno; a menos de dos
cables de distancia se distinguía la mole y los fanales de la corbeta que
seguía rumbo a Labuan; la primera intención del Tigre fue de seguir a la nave,
en tanto que Jiuoko. medio aturdido por aquella extraña resurrección y
apabullado aún por el chapuzón comenzaba a nadar en dirección opuesta a la que
llevaba el buque.
Sandokan se detuvo en su intento, pero sus
ojos no se apartaron del navío a cuyo bordo estaba prisionera la mujer de su
corazón. Un grito sofocado se escapó de sus labios.
-¡Tú me huyes, nave maldita, llevándote a mi
adorada Mariana, pero llegará un día en que habré de destruirte!
Y con un par de brazadas se acercó a Jiouko
que le esperaba.
-¡Marchemos! -le dijo con la voz
estrangulada por la emoción-. Para mí todo ha terminado.
-Animo, capitán; nosotros la salvaremos a
cualquier precio.
-Calla, no reabras mi vieja herida del
corazón.
-¿Buscamos al señor Yáñez, Tigre?
-Sí, porque sólo de él depende nuestra
salvación.
El vasto mar de la Malasia se extendía
inconmensurable ante sus ojos cegados por la oscuridad que no les permitía
escudriñar el horizonte en busca de una señal, de una vela, de una luz... No se
veía en derredor otra cosa que las espumantes olas del mar, que chocaban entre
sí con sordo fragor; ambos eran eximios nadadores y escasa fatiga les costaba
luchar contra aquellas aguas revueltas, pero para no malgastar inútilmente las
fuerzas de que tanto necesitaban, nadaban despaciosamente.
De tanto en tanto Sandokan, con un vigoroso
taloneo, conseguía sacar más de medio cuerpo fuera del agua para tratar de
descubrir alguna vela que podría ser la ansiada nave de Yáñez; luego, dando un
suspiro, volvía a nadar.
Habrían nadado un par de millas cuando
tuvieron necesidad de desembarazarse de algunas prendas que les entorpecían
los movimientos y les pesaban por efecto del agua salada, y en ese instante
Jiuoko llamó la atención a Sandokan.
-¿Qué habéis oído, Jiuoko?
-Aun no he oído nada, pero mi mano ha tocado
algo que me ha parecido el torso de un tiburón...
-¿Dónde?
-Aquí... ;oh, no es un escualo! ¡Es un
salvavidas!
-No hay duda que lo ha arrojado al mar
Mariana para ayudarnos; ¡pobrecilla!
-Esperemos que tenga compañía.
-Es casi seguro; busquemos.
Nadaron en redondo y a los pocos minutos
Sandokan encontró el otro anillo de corcho salvador.
-¿Hacia dónde vamos, capitán?
-Debemos aguardar la presencia del praho de
Yáñez; la corbeta venía del noroeste, de manera que de aquel sector deben venir
nuestros amigos. El viento sopla demasiado débil y el velero no puede andar
rápido.
-¿Tendremos que esperar mucho?
-¿Qué importa? Aunque tuviésemos que estar
en el agua veinticuatro horas, en nada nos afectaría con tal de verles
-¿No pensáis en los tiburones, capitán? El
mar en este lado está infestado de estos horribles carniceros.
Sandokan, instintivamente, echó una rápida
mirada en suyo para comprobar que no tenían de vecino a ninguno
de estos feroces
habitantes del mar.
-No veo nada por el momento y esperemos que
los tiburones nos dejen tranquilos por ahora; seguiremos nadando en la misma
dirección y si no encontramos a Yáñez iremos a dar finalmente a las costas de
Mompracem.
Siguieron nadando un buen par de horas,
ahora uno junto al otro para prestarse recíproca ayuda en el caso que los atacase
cualquier escualo, sobre todo Jiuoko, que temía a cada brazada sentirse con las
piernas dentro de la horrible boca dentada de un tiburón.
Transcurrieron dos horas más lentamente y el
cielo comenzaba por el oriente a tomar cierta coloración purpúrea que iba
aclarando la negrura del mar. El malayo, que nadaba rítmicamente junto a
Sandokan, de pronto le preguntó:
-¿No habéis oído un soplido ronco?
-El miedo te lo hace oír.
-Los dientes comienzan a castañetearme.
-Mantente calmo, Jiuoko. Estamos armados de
puñales.
-¿Y si nos ataca por debajo del agua?
-Nos sumergiremos y le atacaremos
resueltamente.
-¡Y el señor Yáñez no se ve!
-Debe estar aún bastante lejos.
-¿Lo hallaremos, capitán?
-Así lo espero; es nuestra esperanza y
seguro estoy de que no me abandonará a mi triste destino; el corazón me dice
que sigue a la corbeta.
-Sin embargo no se adivina rastro alguno.
-Paciencia, Jiuoko; el viento aumenta de a
poco y hará correr al praho.
Nadaron en silencio durante una hora más,
observando siempre el horizonte y manteniéndose lo más unidos posible para
cualquier eventualidad. De pronto, ambos cesaron de nadar.
-¿Has oído, Jiuoko?
-Sí.
-El silbato de una nave de vapor, ¿verdad?
-Sí, capitán.
-¡Quédate firme!
Sandokan se
apoyó sobre los hombros de Jiuoko y con un esfuerzo logró sacar todo el torso
fuera del agua, lo cual le permitió abarcar un mayor horizonte con la mirada.
-¿Se ve algo, capitán?
-Una nave que avanza hacia aquí.
-Entonces nos podrá recoger.
-Ignoro a qué país pertenezca, si es
mercante o de guerra. Puede ser una de las naves que intervinieron en el bombardeo
de Mompracem y que ahora Pueda ir en seguimiento del praho de Yáñez.
-¡La dejaremos pasar sin llamar la atención!
-Nuestra libertad nos ha costado mucho para
volver a perderla. Si nos capturasen de nuevo todo habría terminado.
-¿Y si fuese una nave mercante?
-No es ruta para este tipo de buques
comerciales; aguardaremos un poco para tener mayor certeza.
A los diez minutos volvió a encaramarse
sobre Jiuoko y exploró de nuevo el mar.
-¡No lances un solo grito, Jiuoko! Es un
navío de guerra...
-¿Grande?
-¡Me parece un crucero..., mi maldita
sombra!
-¿Será inglés?
-No dudo de su nacionalidad. Lo dejaremos
pasar, pues sería peligroso que advirtiesen desde a bordo nuestra presencia.
Abandonemos los salvavidas y estemos prontos para sumergirnos.
El crucero -que tal suponía Sandokan-
avanzaba rápidamente levantando grandes oleadas en sus flancos a impulsos del
batir de sus ruedas de palas; se dirigía hacia el sur y debía pasar a brevísima
distancia de ambos piratas.
Sandokan y Jiuoko, apenas lo calcularon a
unos ciento cincuenta metros de ellos, se hundieron totalmente en el agua y
comenzaron a nadar ágilmente, alejándose del lugar, con apenas la nariz fuera
del agua, luego, con un oportuno movimiento, se zambulleron a varios metros de
profundidad. Al reaparecer en la superficie acababa de pasar por allí el buque
enemigo, al tiempo que una voz gritaba, en inglés:
-Juraría haber visto dos cabezas hacia el
lado de babor; si no supiese que a popa nos sigue un pez-martillo haría botar
una chalupa al agua para averiguar si no he visto visiones.
Al oír aquellas palabras, ambos piratas
volvieron a sumergirse por breves instantes. Al salir a la superficie, vieron
que el buque a vapor se alejaba en su ruta.
-Capitán: debemos estar en guardia; ¿habéis
oído lo que dijo ese hombre de a bordo? Tenemos la vecindad de un pez-martillo.
-Prepara tu puñal y mantente avizor.
-¿Nos atacará?
-Mucho lo temo, mi valiente Jiuoko;
semejantes monstruos tienen mala vista pero un olfato extraordinario y seguro
que ha dejado de seguir a la nave para dedicarse a nosotros.
-Puede venir por debajo del agua.
-Lo sentiremos y nos sumergiremos con él.
-¿Y los salvavidas?
-Allí los distingo, un par de brazadas y los
recuperamos.
-Estoy paralizado, Tigre; no me animo a
avanzar...
El pobre indígena estaba realmente
aterrorizado.
-No pierdas la cabeza, Jiuoko si no quieres
perder las piernas entre los dientes serruchos del pez-martillo; agárrate al
salvavidas y mantén en alto el puñal.
Jiuoko obedeció y se quedó inmóvil, con
medio cuerpo fuera del agua emergiendo junto al aro salvavidas.
-Ahora veremos qué intenta hacer ese
pez-martillo.
Se apoyó en Jiuoko. y escudriñó el mar en
derredor de ellos y al hacerlo le pareció ver entre la blanca espuma, surgir de
improviso, un gigantesco hocico en forma de enorme martillo.
-Estemos en guardia; creo que la bestia no
dista de nosotros más de cincuenta metros.
-¿Lo habrá atraído el olor de la carne
humana? -Eso es lo que creo, Jiuoko. ¡En guardia!
Se unieron, espalda con espalda y con los
puñales listos se prepararon para hacer frente al ataque del escualo.
Sandokan y Jiuoko permanecieron algunos
minutos en la mayor inmovilidad posible, escuchando atentamente; luego, no
oyendo nada, comenzaron a practicar una prudente retirada.
Habrían nadado unos cincuenta o sesenta
metros, cuando de improviso vieron reaparecer en la superficie del agua la
impresionante cabeza del pez-martillo que lanzó a ambos hombres una feroz
mirada con su ojillos glaucos de reflejo acerado. Miró por unos segundos a los
hombres y luego se lanzó decididamente al ataque.
-¡Capitán! -gritó desesperado Jiuoko.
El Tigre de la Malasia que comenzaba a
perder la paciencia, en vez de retirarse, abandonó bruscamente el salvavidas y
metiéndose el puñal entre los dientes, se fue resueltamente al encuentro del
zigaene.
-¿También tú vienes a provocarme? -gritó.
-Dejadlo marchar, capitán...
-¡Voy a terminarla! ¡A mí, pez-martillo!
El escualo, espantado al parecer por los
gritos del pirata y su resuelta actitud, en vez de continuar su carrera, se
detuvo un instante sorprendido y luego se sumergió velozmente.
Creyendo la bestia haber desorientado a los
hombres, volvió imprevistamente a la carga.
-¡Cuidado, capitán!
-¿Has perdido el miedo al pez-martillo?
-Comienzo a creerlo...
-No abandones por ahora el salvavidas;
espera que te dé la señal y ambos atacaremos a la fiera marina. Manteniéndose
los dos aferrados a los salvavidas, con una mano, empuñaban los cuchillos con
la otra, aguardando el ataque definitivo del animal, que de pronto, dando un
gigantesco salto cayó sobre Sandokan.
El Tigre de la Malasia, abandonando
prestamente el salvavidas se sumergió, en tanto Jiuoko, decididamente, se iba
contra la bestia empuñando el filoso cuchillo.
El pez-martillo, viendo desaparecer a
Sandokan, con un golpe de cola evitó-la acometida de Jiuoko y a su vez se
sumergió rápidamente; Sandokan lo esperaba y apenas le vio acercarse se agarró
a una de las aletas y con un terrible golpe de puñal le abrió el vientre de
arriba a abajo.
El escualo, herido de muerte, con un brusco
movimiento se desembarazó de su adversario que iba a repetir el golpe, y salió
a la superficie donde al descubrir a Jiuoko, rápidamente se volcó sobre el
dorso para partirle de una terrible dentellada; mas Sandokan estaba ya sobre el
pez-martillo y con fuerza hercúlea le hundió el puñal en mitad del cráneo, con
tanta potencia, que al retirar el arma vio que la hoja se había doblado.
El malayo
completó la obra del Tigre, asestando, una, dos, diez profundas puñaladas en el
vientre y cuello de la bestia. -Creo que ya no volverá jamás a la superficie,
Jiuoko; te has portado valientemente.
El malayo no respondió; con la mirada fija
en el horizonte trataba de descubrir algo aún muy lejano.
-¿Qué miras, Jiuoko?
-¡Mirad... hacia el noreste! ¿Estoy ciego o
veo un velero?
-¿Será Yáñez? ¡Por las barbas del Profeta!
Que oportuno.
-La oscuridad sigue siendo bastante espesa
para permitir distinguir bien, Tigre; siento que el corazón me late con fuerza.
-Déjame subir sobre tus hombros, miraré
mejor.
Sandokan emergió el busto del agua.
-¿Véis algo, capitán?
-Veo un praho . . . ¡Maldición!
-¿Por qué renegáis, capitán?
-Tras ese praho veo otros dos..., tal vez de
ese canalla del Sultán de Varauni...
-¿No habrá encontrado socorros el señor
Yáñez? -Amigos o enemigos hagamos que nos recojan; hace varias horas que
estamos nadando y no sé hasta qué punto dispondremos de fuerzas. ¡Llama la
atención de esos veleros y que la providencia nos ampare!
El malayo, haciendo acopio de energías,
lanzó un grito audible a tres millas de distancia en mitad de la soledad del
mar. -¡Eh, los del velero! ¡Socorro!
Un instante después se escuchó un tiro de
fusil y una lejana voz que preguntaba:
-¿Quién llama?
-¡Náufragos! -contestó Jiuoko.
De uno de los veleros partió hacia el
espacio una luz verde y a poco los tres prahos se reunieron poniéndose al pairo
y dando uno de ellos pequeñas bordadas hacia el lugar donde estaban los
piratas.
-¿Dónde estáis? -preguntó la voz de a bordo.
-¡A vuestra proa! -gritó Sandokan.
-¡Por Júpiter! ¡Yo conozco esa voz!
-gritaron desde el praho-. ¿Será posible o estoy borracho? ¿Quién vive?
-¡Yáñez! ¡Yáñez! ¡Aquí... Sandokan!
En los prahos se levantó como en coro un
tremendo alarido:
-¡Viva el Tigre de la Malasia!
El primer praho estaba ya sobre ellos y
desde la borda se arrojó un cable y luego otro; Sandokan y Jiuoko se encaramaron
por ellos con agilidad de monos. Un hombre se adelantó a Sandokan estrechándole
violentamente entre sus brazos y contra su pecho.
-¡Ah mi pobre hermanito! ¡Creía que ya no te
vería jamás! -Ven a mi cabina, estás empapado hasta los huesos; tendrás muchas
cosas que contarme. Tú, Jiuoko, anda a beberte una botella de aguardiente y
acuéstate con unas mantas.
Sandokan, sin hablar, siguió a Yáñez a la
cabina del praho que con todas las velas desplegadas, continuó su carrera.
-Bien: cuéntame ahora tus peripecias, hermanito; me resultas un resucitado de
ultratumba. Yo te suponía prisionero y me decidí a seguir el barco que te
llevaba esperando el momento de lanzarme sobre él al abordaje.
-¿De modo que seguías a la corbeta?
-Dispongo de tres prahos y ciento veinte
tigrecillos; ¿cómo no seguirte y empeñar un combate para liberarte?
-¿De dónde sacaste esa fuerza?
-Adivínalo: ¿sabes quiénes comandan los
otros prahos?
-No acierto.
-Pisangu y Maratua.
-¿De modo que no habían naufragado durante
la borrasca que nos sorprendió cerca de Labuan?
-No; fueron arrojados cerca de la isla de
Polo Gaya donde más tarde se les unió Pisangu con otro praho que yo había mandado
en tu busca durante tu primera incursión a Labuan; fue sorprendido por el
enemigo y para evitarlo se refugió en una bahía en Ambong; ahora están con
nosotros, pues al llegar a Mompracem tuvieron noticias del desastre y
suponiendo que nos íbamos a la India, allá iban a buscarnos; ayer por la mañana
los encontré en el mar.
-¿Quién ocupa ahora Mompracem?
-Nadie; los ingleses la abandonaron luego de
haber incendiado y destruido todas nuestras instalaciones.
-Mejor así.
-Ahora habla tú, hermanito: te vi abordar el
buque enemigo en tanto yo terminaba de liquidar esa maldita cañonera; escuché
los gritos de victoria de los ingleses y luego... nada. Escapamos para
salvarnos y salvar al menos tus tesoros, pero luego resolví seguir a la corbeta
para intentar algún golpe.
-Yo caí sobre el puente enemigo alcanzado
por un fragmento de metralla que me desvaneció; me hicieron prisionero junto
con Jiuoko. el único sobreviviente de nuestros tigrecillos que me acompañaron
en el combate. . . Las píldoras catalépticas que siempre llevo conmigo me
salvaron.
-Comprendo. . . -dijo Yáñez soltando una
sonora carcajada-; os arrojaron al mar creyéndoos cadáveres. Y de Mariana:
¿qué sabes?
-Está en la corbeta que la lleva a Labuan.
-¿Quién comandaba ese buque maldito?
-El baronet William Rosenthal. .., pero mi
kriss le partió el corazón de víbora que tenía...
-¡Me lo imaginaba!
-Y ¿qué piensas hacer ahora?
-Seguiremos la corbeta y la abordaremos.
-Eso mismo iba a proponerte. ¿Sabes a dónde
se dirigía?
-Supongo que a Labuan, pero tal vez pueda
cambiar de ruta; me pareció que demandaba las Tres Islas al tiempo de verla por
última vez.
-¿Y qué irá a hacer a las Tres Islas?
¿Andaba rápido?
-Cosa de ocho nudos por hora.
-Si el viento sigue soplando como hasta
ahora no creo que sea muy difícil que le demos alcance, pero...
Un vocerío entre
la gente del puente le cortó la palabra.
-¿Qué ocurre, Yáñez?
-Vamos a ver, hermanito mío.
Abandonaron
precipitadamente la cabina y salieron a cubierta; en ese momento, varios
hombres trataban de extraer del agua una caja de metal que flotaba sobre las
olas.
-¡Oh! ¡Oh! -dijo Yáñez-; ¿qué significará
eso? ¿Contendrá algún documento? No me parece un estuche común.
-¿Seguimos siempre tras la ruta de la
corbeta, Yáñez?
-Sí, Sandokan; ¿por qué?
-Ah, si fuese...
-¿Qué cosa?
Un marinero entregó la caja a Sandokan;
éste, rápidamente con un golpe del kriss que tomó de la cintura de Yáñez rompió
la tapa del estuche y del mismo extrajo un pliego doblado y mojado. Con el
corazón latiéndole con violencia regresó a la cámara seguido por Yáñez.
-¡Eh, hermanito! ¿Acaso has encontrado en el
mar el testamento de Mahoma? ¿Qué supones contenga ese mensaje? Sandokan sin
responder extendió el mojado papel sobre la mesa y a la luz de la lámpara de la
cabina, leyó:
"Socorro!
Me conducen a las Tres Islas donde me aguardará mi tío para conducirme a
Sarawak. - MARIANA."
Al terminar la breve lectura lanzó un rugido
de fiera herida:
-¡Perdida! ¡Perdida! ¡El Lord! ¡Maldito!
-¡Sandokan: la salvaremos, te lo juro! -dijo
Yáñez.
El Tigre, sin contestar, con un salto
extraordinario salió de a cámara y retornó al puente, con el rostro
descompuesto.
-¡Tigrecillos! -tronó-. Debemos correr a
salvar a nuestra Reina y a abatir al enemigo que la tiene secuestrada: ¡Todos a
las Tres Islas!
-¡Muerte a los ingleses! ¡Viva la Reina de
Mompracem! Un instante después los tres prahos viraban de bordo, navegando a
todo viento, rumbo a las Tres Islas.
CAPÍTULO 31
LA ÚLTIMA LUCHA DEL TIGRE
Cambiado el rumbo, los piratas se dieron a
la tarea de prepararse para una lucha que habría de ser decisiva y tremenda.
Sandokan y Yáñez animaban a sus tigrecillos prometiendo a todos que hundirían a
aquella maldita corbeta que ahora alejaba a Mariana del cariño de sus tigres.
-¡Lo destruiré! ¡Ojalá estemos a tiempo de
darle alcance!
-¡Atacaremos aunque sea al mismo Lord!
¿Quién resistirá el asalto de ciento veinte piratas de Mompracem?
-¿Y si ya fuese demasiado tarde y el Lord la
hubiese trasbordado a un navío rápido y ya estuviese cerca de Sarawak?
-En ese caso asaltaremos la capital de James
Brooke, aunque tengo la esperanza de sorprenderles antes que lleguen a
Sarawak; tal vez la corbeta fondee en las Tres Islas para aguardar a Lord
James. Ello sería lo ideal, siempre que...
-¿Qué dices, Yáñez?
-¿Te has olvidado la terrible orden del Lord
al soldado cuando le sorprendimos en el camino de Victoria?
-No la olvidaré nunca, pero... ¿qué puede
significar ahora aquello?
-Que tal vez el comandante de la corbeta
haya recibido idéntica orden en el supuesto que Mariana pudiese volver a
nuestras manos.
-¡No lo creo! ¡No es posible!
-Será, mas yo no estaré tranquilo.
-Para impedir que pueda ocurrir una
catástrofe se me ha ocurrido que en el momento del ataque uno de nosotros esté
a su lado para protegerla.
-Acertado: ¿y cómo?
-Escucha mi proyecto: tú sabes que entre los
atacantes de Mompracem había algunos prahos del sultán de Varauni.
-No lo he olvidado.
-Yo me disfrazo de oficial del sultán,
enarbolo su bandera y abordo a la corbeta fingiéndome mensajero de Lord James.
-¡Magnífico!
-Diré al comandante que debo entregar un
mensaje a milady Guillonk y apenas penetro en su camarote me atrinchero en él;
cuando os lance un silbido lanzad los prahos a la luchf, y marchad al abordaje.
-¡Ah, Yáñez! ¡Cuántas cosas habré de
deberte!
-Debemos llegar ante de que se presente el
Lord. En ese instante el gaviero anunció:
-¡Las Tres Islas!
Sandokan y Yáñez
salieron a cubierta. Las islas denunciadas aparecían a siete u ocho millas y
todos los ojos de los piratas recorrieron sus costas buscando al buque enemigo.
-¡Allá está! -gritó un dayako-; ¡veo el humo
de su chimenea!
-Es verdad -confirmó el Tigre, cuyos ojos
llameaban-: detrás de la escollera se levanta un penacho de humo; no hay duda
alguna: es la corbeta que debe acabar de anclar.
-Procedamos con orden y cautela y preparemos
el ataque: Pisangu, haz embarcar otros cuarenta hombres en nuestro praho.
La orden se cumplió de inmediato y la
tripulación, fuerte de setenta hombres decididos, se reunió en torno a
Sandokan.
-Tigrecillos de Mompracem: la partida que
nos vamos a jugar será terrible porque habremos de luchar contra una tripulación
más numerosa que nosotros; será tal vez ésta la última batalla que daréis bajo
el mando del Tigre de la Malasia y será la última vez que enfrentemos la
bandera que destruyó nuestra patria, nuestros hogares y nuestras esperanzas.
Cuando os dé la señal, irrumpid con el legendario valor de los Tigres de
Mompracem sobre el puente del barco enemigo: ¡yo, Sandokan, lo quiero!
-¡Los exterminaremos a todos! -bramaron los
piratas.
-¡Sobre el buque maldito que vamos a atacar
está la Reina de Mompracem; quiero que retorne a nosotros libre, quiero que
retorne mía!
-¡La salvaremos o moriremos todos!
-Gracias, amigos: a vuestros puestos de
combate ahora; Pisangu: haz enarbolar la bandera del sultán de Varauni, debemos
tener dos de los prahos que les abordamos cerca de la Romades.
Los prahos, amparados por el falso pabellón
del sultán, se dirigieron directamente hacia la primera de las tres islas, precisamente
hacia una pequeña bahía que se descubría en la parte septentrional de la isla
y en cuyo fondo debía estar anclada la corbeta.
Sandokan se volvió a Yáñez.
-Alístate, hermanito que dentro de una hora
estaremos en la bahía.
-En seguida, Sandokan -contestó Yáñez.
Sandokan se apoyó en la amura de babor con
la mirada clavada en la corbeta que se recortaba en el fondo de la bahía;
hondos suspiros dejaba escapar de su pecho y parecía que su mirada, acortando
la distancia, quisiera descubrir la silueta de su amada sobre la nave enemiga.
Su mano crispada aferraba la empuñadura de su cimitarra.
Sería el mediodía cuando les prahos
penetraban en la boca de la bahía. La corbeta estaba fondeada en mitad de la
misma y sobre su mástil ondeaba la bandera inglesa; sobre el puente se veía ir
y venir a algunos hombres; los piratas, al verles se lanzaron sobre los
cañones, mas Sandokan los contuvo. -¡Todavía no, tigrecillos!... ¡Yáñez!
El portugués en ese mismo momento reaparecía
en el puente vestido con el uniforme de oficial del sultán de Varauni: largos
calzones blancos, casaca verde con las insignias de capitán y un turbante azul
en la cabeza. En la mano llevaba un
papel.
-¿Qué llevas en la mano?
-Una carta; la que deberé entregar a
Mariana.
-¿Qué le has escrito?
-Le advierto que estamos pronto para actuar
y que no se traicione con gesto alguno.
-Será necesario que se la entregues
personalmente.
-No se la daré a nadie sino a ella y una vez
en su cabina me haré fuerte dentro de la misma. Quédate tranquilo, hermanito.
-¿Y si el comandante te acompañase a verla?
-Si veo que las cosas se complican, lo mate;
¿qué más puedo hacer para salvar a Mariana y mi propio pellejo?
-Te juegas una partida peligrosa, Yáñez.
-La piel, di mejor; espero saber bien de la
jugarreta que le haremos una vez más al Lord. Pisangu: que todos se escondan
bajo el puente y los que queden en cubierta que adopten una postura correcta...
Dadme el comando del praho por pocos minutos. Recuerden todos que somos
fidelísimos súbditos del Sultán de Varauni.
Apretó la mano de Sandokan y ordenó al
timonel:
-¡A la bahía: derecho a la corbeta!
El praho penetró rápidamente en la bahía y a
los pocos minutos estaba a un cable de distancia de la nave inglesa. Un centinela
apuntando su fusil, gritó:
-Alto: ¿quiénes sois?
-Borneo y Varauni. ¡Noticia importante de
Victoria! ¡Eh, Pisangu: larga el ancla y fila cadena! ...
Antes que el centinela abriese la boca para
impedir que el praho se acoderase casi a la corbeta, la maniobra había sido
ejecutada y ambos barcos quedaron juntos.
-¿Dónde está vuestro comandante? -preguntó
Yáñez.
-Apartad vuestro buque, señor.¿.
-Al diablo con los reglamentos. ¡Por
Júpiter! ¿Tenéis miedo que le vayamos a rayar la pintura? ¡Cala de una vez y
llama a vuestro comandante!
Un teniente de
fragata, salió de la cámara del comandante y se acercó a la borda.
-"Coraje" -se dijo Yáñez para sí
al tiempo que exhibía la carta que tenía en la mano.
El oficial ordenó colocar una planchada
entre ambos barcos e hizo señas a Yáñez de que pasase a bordo de la corbeta¿ Yáñez,
de soslayo, cambió con Sandokan que estaba oculto bajo el puente, una mirada de
inteligencia. Luego, decididamente, cruzó la planchada y se plantó con gracia y
apostura militar delante del oficial,
-Comandante: tengo una carta para lady
Guillonk.
-¿De dónde venís, capitán?
-De Labuan, señor.
-¿Qué hacía Lord Guillonk?
-Armaba un navío para venir a reunírsele,
comandante.
-¿Tenéis algún mensaje para mí?
-Ninguno, señor,
-Es extraño; dadme la carta, se la entregaré
a milady.
-Perdonad, comandante: debo entregarla
personalmente.
-Bien; venid, entonces.
Yáñez sintió que la sangre se le helaba en
las venas; echó una mirada al praho y vio a una docena de piratas que simulando
revisar la arboladura, se encaramaban a jarcias y mástiles, listos para
lanzarse sobre el puente de la enemiga.
Siguió al comandante que le guió por un
largo corredor, bajo la cubierta, hasta enfrentar una puerta de hierro que correspondía
a una cabina. Se detuvo el oficial y pregunto:
-Milady: ha llegado un mensajero para vos;
¿le podéis recibir?
-Entrad... -respondió la suave voz de
Mariana.
El oficial se adelantó precediendo a Yáñez.
-Un mensaje para milady de su tío, Lord
Guillonk. Mariana estaba en medio de la cámara, pálida pero con ademán
resuelto. Viendo a Yáñez, a quien reconoció de inmediato, no pudo reprimir un
ligero estremecimiento, mas sobreponiéndose rápidamente mantuvo una calma
admirable.
Yáñez le entregó el billete que ella abrió y
leyó con una pasmosa tranquilidad; el portugués estaba pálido como un muerto
ante la presencia intrusa del comandante; de pronto, acercándose a uno de los
ojos de buey, llamó la atención del oficial.
-¡Comandante; veo una embarcación que se
dirige hacia aquí!
El oficial se precipitó hacia la abertura
circular que daba al puente y de la cual se distinguía un amplio sector de la
bahía y el praho de Yáñez. El portugués, rápido como un relámpago, desenvainó
el kriss y con la empuñadura aplicó un terrible golpe en la cabeza del
comandante que cayó redondo al piso sin lanzar ni un gemido, quedando allí
inerte.
Yáñez levantó al pobre comandante y lo
colocó sobre un diván al tiempo que le maniataba manos y piernas con la faja
que desenrolló de su cintura.
-¡Sí le he matado, que Dios me perdone!
-¿Y Sandokan, Yáñez?
-Pronto a comenzar la batalla; necesitamos
atrincherarnos aquí dentro; la puerta es de hierro y a prueba de balas.
-¿Qué está por suceder, Yáñez?
-En seguida lo sabréis, milady.
Yáñez extrajo la cimitarra y la pistola;
luego se acercó al ojo de buey y lanzó un prolongado silbido.
Se escucharon tiros de fusil y de pistola y
la gritería, ahora ensordecedora, se escuchó ya sobre el puente de la corbeta.
donde al parecer todo era confusión, y una voz nerviosa se dejó escuchar frente
al camarote de Mariana.
-¡Comandante! ¡Nos asaltan! ¡Contestad, por
San Jorge. Al no recibir respuesta, la voz comenzó a gritar:
-¡Traición! ¡Traición!
La lucha se había generalizado sobre el
puente de la corbeta y por el ruido sordo y los gritos, se adivinaba que se
combatía con furor por una y otra parte.
Yáñez, queriendo saber el cariz que tenía la
lucha. abrió cautelosamente la puerta, al tiempo que una voz gritaba:
-¡Fuego! ¡Fuego! ¡Sálvese quien pueda!
Yáñez, palideció.
Con un supremo esfuerzo levantó el cuerpo
del comandante y lo lanzó fuera del pasillo que corría frente a los camarotes y
con el kriss le cortó las ligaduras. Pues el oficial comenzaba a dar señales de
volver en sí. Tomó a Mariana de un brazo y la obligó a levantarse, saliendo
ambos de la cámara.
Yáñez salió a cubierta con la cimitarra en
alto. La batalla estaba por terminar y el Tigre de la Malasia asaltaba furiosamente
con sus bandas el castillo de popa de la corbeta.
-¡Fuego! -gritó Yáñez-¿ ¡Arde el buque!
Ante aquel grito, los ingleses arrojaron las
armas sobre el puente y se lanzaron unos tras otros a las aguas de la bahía,
despedidos por una granizada de balas de los piratas. Sandokán, al divisar a
Yáñez y a Mariana, se precipitó a los brazos de su amada.
-¡Mariana! ¡Mía, mía al fin! -¡Sandokan!
¡Tuya, tuya para siempre! En ese preciso instante Sandokan lanzó un ahogado
grito.
-¡El Lord! ¡Todos a bordo de los prahos!
Sandokan, Mariana, Yáñez y todos los
piratas, obedeciendo a un solo impulso, se precipitaron al praho del Tigre y de
allí, cada uno trasbordó al suyo con los capitanes a la cabeza.
Ya era tiempo: en tanto la corbeta ardía
como una tea por sus cuatro costados, allá fuera, en el mar, se veía avanzar a
todo vapor a un poderoso crucero en el que ondeaba la bandera inglesa.
Los piratas, rápidamente condujeron sus
heridos a bordo y desplegando las velas y ayudados por docenas de remos, los
prahos cruzaron velozmente la boca de la bahía y ganaron el mar abierto.
Sandokan condujo
a Mariana a la proa de su barco y le indicó el buque enemigo que pugnaba por
cortarles la retirada; en lo alto del puente se veía la silueta de un hombre.
-¿Lo ves, Mariana?
Ella lanzó un grito y se cubrió la cara con
las manos.
-¡Mi tío!
-¡Trueno de Dios! ¡Es él, el Lord! -dijo
Yáñez.
Quitó la carabina de un malayo y rápidamente
apuntó a aquel odiado hombre; pero Sandokan, bajándole el arma, le dijo:
-Déjalo, Yáñez, ese hombre es para mí
sagrado.
El crucero avanzaba al máximo de su
maquinaria para tratar de cortar la retirada de los prahos, pero era ya un
poco tarde; el viento hacía correr veloces a los tres veleros.
Sobre el puente del crucero escuchóse la voz
del Lord:
-¡Fuego contra ese miserable!
Una descarga de cañón retumbó siniestramente
en el mar y una ráfaga de metralla pasó sobre los prahos.
Sandokan se llevó la mano al corazón.
-¡Adiós, piratería! ¡Adiós, Tigre de la
Malasia! Abandonó momentáneamente a Mariana y se inclinó sobre el gran cañón de
caza ubicado en la proa de su velero prolongando su mirada, del arma hasta una
de las ruedas del crucero que en esos momentos vomitaba hierro y fuego como un
volcán. El Tigre, impasible, no se movía, su mirada estaba clavada en el
crucero.
De improviso se alzó encendiendo la mecha;
el cañón se inflamó y un rugido partió de sus entrañas, portando una granada
de enorme calibre que fue a incrustarse entre las palas de la rueda del
crucero, deteniéndole en su vertiginosa carrera.
-¡Sígueme ahora! -gritó en son de triunfo
Sandokan.
El crucero giraba vertiginosamente sobre sí
mismo y negras columnas de espeso humo se escapaban a raudales de su chimenea.
Sandokan tomó a Mariana de la cintura y se
elevaron ambos sobre una gran caja de proyectiles, de manera que desde el
crucero se les pudiese ver nítidamente.
-¡He aquí la mujer del Tigre!
Luego descendió con ella y retrocedió
lentamente con la frente arrugada, la mirada torva y los labios apretados. Giró
rápidamente y cayó en brazos de Mariana. y aquel hombre terrible que jamás
había temblado en su vida, comenzó a agitarse v a llorar contra el pecho de su
amada, al tiempo que murmuraba:
-Yáñez: pon la proa hacia Java... ¡El Tigre
de la Malasia ha muerto para siempre!.

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