© Libro No. 657. Kískili-Káskala (selección). Otxoa, Julia. Colección E.O. Marzo 22 de 2014.
Título original: © Julia Otxoa. Kískili-Káskala
(selección).
Versión Original: © Alicante : Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes,
2003
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© Edición, reedición y
Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
CONTENIDO
Kískili-Káskala
(selección):
«The right man in the right place»
Imagen:
poetas vascos: JULIA OTXOA
poetasvascos.blogspot.com
(San Sebastián, 1953) Escritora española. Colaboradora habitual
en publicaciones literarias y medios de información general, ha cultivado la poesía,
la literatura infantil y el ensayo. Ha destacado sobre todo por su quehacer
poético, por el que ha obtenido diversos premios literarios. Su producción
lírica comprende Composición entre la luz y la sombra (1978), Luz del aire
(1982), Cuaderno de bitácora (1985), Centauro (1985), Antología poética (1986),
y La edad de los bárbaros (1997).
Desde sus primeros poemas, la identificación con la naturaleza
(la que conforma el espacio natural de su País Vasco) ha ido sirviendo de hilo
conductor en la evolución de su obra. Al mismo tiempo, los ritos y leyendas que
alimentan la tradición popular vasca se reflejan en sus versos, concebidos a
veces como una forma más de canalizar ese venero de la ficción colectiva. Por
último, en toda la producción literaria de Julia Otxoa queda patente el tajante
rechazo hacia cualquier forma de discriminación, así como un firme compromiso
con un ideario progresista.
http://www.biografiasyvidas.com/biografia/o/otxoa.htm
Realmente aquel hombre se obstinaba
en no querer entender. Mientras enfurecido me daba puntapiés en las costillas y
riñones, me insultaba y me perseguía por toda la casa, incapaz de soportar la
idea de esposo abandonado. Yo no me defendía, sabía perfectamente que hubiera
podido cortarle la yugular con la velocidad de un rayo. Pero en el fondo me
daba lástima, ya que en cuanto se cansara y dejara de golpearme, yo también me
iría dejándole totalmente solo. Porque ningún perro de mi categoría soportaría
vivir con un dueño que no le permite contemplar escondido tras las cortinas del
dormitorio cómo su mujer se desnuda todos los días.
Era un hombre tan delgado que a
menudo se lo llevaba el viento. Así que en previsión de este tipo de
catástrofes, habíase llenado los bolsillos de piedras. Pero la suerte no estaba
de su lado. Ocurrió durante una de aquellas noches en las que un fuerte viento
no lograba llevárselo. El pobre hombre loco de contento celebraba su dicha con
los marineros por las tabernas del puerto. Nunca fue tan feliz.
Al amanecer caminaba completamente
ebrio como un ángel frágil junto a los embarcaderos. Dicen que debió resbalar y
caer al mar mientras cantaba. De todas formas esta versión de los hechos nunca
fue escuchada. La oficial fue la del suicidio, llenos de pesadas piedras sus
bolsillos.
Todas las mañanas llego a la
Biblioteca Municipal cojo un libro cualquiera y me siento. Mi fama de estudioso
se ha extendido por toda la ciudad. Todos ignoran que en realidad, nada busco
saber. Bajo mi apariencia de lector tan sólo late mi irrevocable voluntad de
convertirme en una de esas «ratas de biblioteca» de las que tanto he oído
hablar.
Nadie lo sabe pero hoy he descubierto
frente al espejo los primeros síntomas: mi pecho ha empezado a cubrirse de un
pelaje pardo, mis uñas crecen, mi rostro se alarga, un apéndice cartilaginoso y
gris surge al final de mi espalda. Ahora que mi aspecto ha tomado la forma
definitiva de un roedor, habré de darme prisa en acudir a la Biblioteca, para
engrosar las filas del glorioso ejército de ratones comedores de libros.
Cuando Elisa pidió a su esposo, el
día del aniversario de su boda, la opinión sobre aquellos quince años pasados
juntos, a Juan le fue totalmente imposible volver de aquel lejanísimo tiempo en
que preguntas como aquélla hubieran podido tener algún sentido. De aquel lugar
casi prehistórico en su memoria en que constató y asumió como una calamidad más
en su vida, que vivía, y que posiblemente viviría por el resto de sus días con
una perfecta extraña.
Elisa miraba a Juan volviéndose a
medias desde el fregadero. Era obvio que esperaba su respuesta. Él, venciendo
un súbito e intenso ataque de terror, se levantó precipitadamente de la mesa en
que comía, alegando haberse olvidado unas carpetas dentro del coche.
Cuando Juan volvió, Elisa ya no
recordaba en absoluto, que hace unos pocos minutos era una esposa junto a un
fregadero esperando una respuesta.
Todo aquello resultaba para Horacio
extremadamente prodigioso. Nunca había viajado en tren. Su vida había
transcurrido hasta entonces en condiciones miserables. Sus días habían sido
rastreros como los de sus cinco hermanos. Su estirpe era hija de la basura, su
fama pésima.
En esas condiciones, aquel viaje
lejos de la ciudad, se le antojaba un verdadero regalo de la providencia. Las
calles donde creció siempre le habían parecido algo feo e inhóspito. Tal vez
fuera porque en aquella zona periférica todos eran muy pobres. Las calles de
los pobres no son bonitas.
Subir al tren no había sido difícil,
todo el mundo andaba muy atareado con sus despedidas y sus equipajes. Nadie
reparó en él. Además tomó sus precauciones, se acomodó en un vagón vacío.
Una vez que el tren se hubo alejado
de la ciudad, y aquellas verdes campiñas cubiertas de árboles, flores y blancos
corderos fueron apareciendo ante sus asombrados ojos, supo que siempre había
pertenecido a aquellos fantásticos lugares. Su futuro estaba allí, lejos de la
gran urbe. Se bajaría en cualquiera de aquellas pequeñas estaciones que veía.
Todas le parecían tremendamente acogedoras, con sus tejados rojos como de
cuento y sus blancas paredes recién pintadas. Todas tenían flores y farolitos
sobre el letrero que indicaba el nombre de las poblaciones. Era lo más hermoso
que había visto jamás.
Junto a ellas amables señores
elegantemente ataviados con chaquetas azules y botones plateados, la cabeza
engalanada con graciosas gorritas rojas, tocaban alegremente un silbato, dando
salida a los trenes.
Declinaba dulce la luz de la tarde
cuando Horacio se quedó plácidamente dormido sobre el asiento. Esa fue su
fatalidad. Porque de pronto, en una de aquellas estaciones con las que Horacio
soñaba en ese preciso momento, subió una señora inmensa y acalorada llena de
bolsos, cestas y paquetes.
Fue uno de esos reveses del destino,
aquella mujer grande y sofocada, fue a expandir de golpe sus cien kilos justo
sobre el lugar del asiento, donde una pequeña bolita peluda con forma de ratón
llamado Horacio, apaciblemente dormido estrenaba su primer viaje en tren.
El viajero no acababa de llegar. Sus
familiares le esperaban nerviosos. No se explicaban su tardanza. Se habían
gastado una buena suma de dinero en la compra de aquella trampa y en adornarla
con aquel pedazo de queso de la mejor calidad.
La mujer desesperada buscó
ansiosamente en el «Libro de las Desolaciones» solución a su problema. Al cabo
de algún tiempo de intentarlo en vano, se dio cuenta que había recurrido al
libro equivocado, que en realidad, lo que debía buscar era el volumen número
cinco de «La Gran Enciclopedia Universal», aquel que llevaba por título
«Senoicalosed». Pero lamentablemente tampoco en él encontró nada que pudiera
serle útil.
Pero no se desanimó por ello. Siguió
busca que te busca. De este modo fueron transcurriendo los días, los meses y
los años. Mientras, ella, enfrascada en su búsqueda apenas se daba cuenta del
paso del tiempo, ni de que era una mujer desesperada. La tristeza había
desaparecido se había convertido en una lectora insaciable. Con el tiempo llegó
a ser sabia.
«The right man in the right place»
«The right man
in the right place!», afirmó con voz solemne el primer
ministro, desde el balcón del Parlamento. Con esta frase se daba comienzo
oficial a la campaña electoral en Marivaudage, pequeño país al sur de Francia.
Al principio, los señores consejeros del primer ministro no dieron importancia
a estos giros anglófonos, creían que eran simpáticos tics para demostrar un
desenfadado carácter internacional. Pero según iba avanzando la campaña
electoral pudieron comprobar que éstos se repetían cada vez con mayor
frecuencia, hasta tal punto que a la semana, sus mítines eran totalmente en
inglés, como es lógico los ciudadanos de Marivaudage no se enteraban
absolutamente de nada, porque su lengua no era aquélla sino la seremita.
El primer ministro, mientras tanto,
hacía caso omiso a los múltiples consejos, a las protestas de unos y otros,
seguía rechazando a todo aquel que osaba llamarle la atención, con aquella
displicente frase: «Thing
of beauty is a joy for ever» que no venía al caso, pero que
a él en su delirio políglota debía sonarle a las mil maravillas.
Así las cosas, los habitantes de
Marivaudage no salían de su asombro. El resto de los candidatos se frotaban las
manos pensando que con aquella rara manía del primer ministro, su fracaso
electoral estaba asegurado, y serían menos a repartir las votaciones. Pero
entonces, ocurrió algo realmente inesperado, los mítines del primer ministro
comenzaron a ser los que más público atraían. Y es que se daba la circunstancia
de que el resto de los mítines aburrían sobremanera a la gente, mientras que
los del primer ministro, totalmente ilegibles, pero agradablemente sonoros y
cantarines, encandilaban y entretenían enormemente a los de Marivaudage.
Llegó por fin el esperado día, y
resultó lo que muchos de los candidatos ya temían, el primer ministro arrasó
con una amplia mayoría de votos.
«¡Anyone who
leaves litter in these woods will be prosecuted!» exclamó
visiblemente alborozado el primer ministro desde el balcón del parlamento. Que
a los seremitas les sonó como ¡hemos ganado! o algo así. La muchedumbre le
aclamaba enfebrecido, ¡por fin alguien había conseguido entretenerles con su
discurso!
A partir de ese momento, en las
sucesivas campañas electorales que tuvieron lugar en Marivaudage cada candidato
hablaba en sus mítines en una lengua diferente. Los había que comenzaban con un
serio «sublata causa
tollitur effectus», otros lo hacían con un «Se reduire a rien», etc., todo dentro
de un ambiente muy alegre y liberal, los votantes nunca se divirtieron tanto,
nadie entendía lo que los políticos decían, pero la predilección de los
electores variaba ostensiblemente en función de la musicalidad, la gravedad,
las pausas y demás particularidades que los diversos idiomas les ofrecían. Sus
votos solían ir en la dirección de aquellos candidatos que más les habían
complacido musicalmente el oído.
La situación social de los de
Marivaudage, no mejoró con los nuevos aires electorales, pero sus habitantes
solían esperar ilusionados los comicios, con el mismo encendido anhelo con el
que los niños desean la llegada del circo.
La mujer acababa de dar a luz.
Mostraba el bebé a su marido, un potentado industrial. El niño no quiso
estrechar la mano que su padre le ofrecía. Con gesto de rechazo se dio media
vuelta, y se volvió a meter por donde había salido. Con lo cual, la pobre mujer
quedó otra vez encinta.
Cuentan que aquel potentado
industrial, desesperado por haber sido tan brutalmente despreciado por su hijo,
se suicidó. Sólo entonces accedió a salir el niño. Logrando ser presentado en
sociedad como el industrial más potentado y joven de toda la localidad.
Aquel día Susi había salido de
rebajas desde primera hora de la mañana. Al poco tiempo de marchar su marido a
trabajar al banco, había cogido a su hijo Philip y se había dirigido
precipitadamente como quien teme perder el autobús, a los grandes almacenes
“Zix”. Philip tenía diez años y era paralítico cerebral. Iba sentado en uno de
esos cochecitos de niño, que resultaba demasiado pequeño para su tamaño. No iba
nada cómodo y además odiaba andar de rebajas.
Su madre Susi, como la gran mayoría
de las mujeres de la ciudad, tenía adicción a la compra de ropa. Daba igual de
qué se tratara. Habían llegado a tener en el armario: pantalones que a nadie
servían, faldas repetidas, blusas estrafalarias, cosas así de absurdas que
luego pasado un tiempo, acababan en la basura sin haber sido usadas.
La temporada del «todo a mitad de
precio» producía en Susi un cambio espectacular. Un estado ansioso en el que se
pasaba el día colgada del teléfono hablando con sus amigas de tiendas y
oportunidades. El ritmo de vida cambiaba totalmente. Madre e hijo salían por la
mañana y no volvían hasta el anochecer. Solían comer a base de pinchos en el
primer bar que encontraban. Recorrían durante horas y más horas los grandes
almacenes de toda la ciudad.
Aquella mañana Philip permanecía
aparcado con su cochecito cerca de la salida, dentro de la sección de ropa de
señoras en los almacenes «Zix». Le rodeaba una agobiante marea humana, que le
empujaba sin cesar y le rozaba como un monstruo sudoroso.
La cabeza de Philip colgaba como
invertebrada hacia atrás, fuera del coche, sus ojos eran de un tamaño demasiado
grande, desproporcionados para su rostro. Se tomaban desvariados en un intento
de mirar hacia los lados en busca de su madre. De sus labios colgaba
permanentemente un hilillo de baba mojando su camisa. Nadie parecía reparar en
él.
Muy cerca, una mujer pelirroja robaba
una cartera del bolso de otra muy gruesa que se afanaba desesperadamente en la
caza de una prenda. Philip las veía gritar enloquecidas, dando zarpazos hacia
los cestos de las ofertas. Empujándose brutalmente unas a otras como si les
fuera la vida en ello. Sus rostros acalorados por la excitación tenían algo de
animal. Entre todas ellas vio a su madre, casi no la reconoció.
La música del establecimiento estaba
programada de tal forma que cuando en alguna planta las peleas por la compra,
alcanzaban su punto álgido, comenzaban a sonar suaves melodías que calmaban
milagrosamente los ánimos. En poco tiempo todo volvía a la normalidad.
Este tipo de actividades apasionaba a
Susi. Luego cuando al anochecer volvían a casa cargados de cosas, ella solía
sentarse feliz en la sala abriendo los paquetes y extendiendo la ropa sobre la
alfombra.
A veces, sólo a veces, Susi dejaba
todo aquello tendido durante horas sobre el suelo, mirándolo ausente y llorando
suavemente. A la mañana siguiente Robert, su marido, lo recogía y lo metía de
cualquier forma en el primer armario que encontraba.
Philip se había llegado a acostumbrar
a esta clase de cosas. Cuando Robert, su padre, dijo un buen día que se iba a
vivir por razones de trabajo a otro país, también se tuvo que acostumbrar a ver
crecer los montones de ropa por toda la casa abandonados a su suerte sin que
nadie los recogiera.
Fue en mayo, cuando la montaña de
ropa acumulada durante días, meses y años los enterró definitivamente. El
suceso no parecía relevante, cosas así ocurrían a menudo. Eran, en todo caso,
como había declarado tajantemente el señor ministro del interior, consecuencias
lógicas del libre mercado. Consecuencias, que había que asimilar sin mayores
aspavientos sociales, con naturalidad, como lo venían haciendo otros países que
llevaban años de progreso.
Hortensia Salazar recogió de la
tintorería el abrigo rojo que días atrás había dejado para limpiar. El abrigo
traía en su bolsillo izquierdo una pequeña carta dirigida a ella. Se le
invitaba a acudir a una misteriosa cita en la playa, el martes doce a las tres
de la tarde.
La dama, picada por la curiosidad,
acudió a la cita y esperó por espacio de tres largas horas. Cuando cansada e
indignada se disponía a marcharse, un niño le entregó otra carta de color
verde. En ella, el misterioso personaje, que firmaba con las iniciales A. Z. se
excusaba por no haberse presentado y le volvía a convocar para dentro de siete
días en los jardines de la catedral.
Hortensia Salazar guardó fidelidad
ininterrumpida durante más de veinte años a los sucesivos requerimientos, a
pesar de que a ellos jamás acudió nadie.
Gracias a la diversidad geográfica de
las citas, la paciente dama llegó a conocer perfectamente todos los rincones de
su ciudad. Y cuando murió, siendo ya muy anciana, lo hizo quedando
profundamente agradecida a aquel desconocido, que durante tantos años había
llenado su vida, manteniendo viva en ella la llama de la pasión por lo ignoto e
inasequible.
Julia Otxoa (1953) es narradora y poeta. Con
frecuencia, en sus textos, hace referencia al mundo de las bibliotecas, a los
espacios, a los ambientes singulares que se conforman en torno a los libros y a
la gente que trabajamos con ellos. Uno de estos relatos lleva por título Cambio
de profesión y dice así:
«La mujer desesperada buscó ansiosamente en el
Libro de las Desolaciones solución a su problema. Al cabo de algún tiempo de
intentarlo en vano, se dio cuenta que había recurrido al libro equivocado, que,
en realidad, lo que debía buscar era el volumen número cinco de La Gran
Enciclopedia Universal, aquel que llevaba por título Senoicalosed.
Lamentablemente, tampoco en él encontró nada que pudiera serle útil.
Pero no se desanimó por ello. Siguió busca que te
busca. De este modo, fueron transcurriendo los días, los meses y los años.
Mientras, ella, enfrascada en su búsqueda, apenas
se daba cuenta del paso del tiempo, ni de que era una mujer desesperada.
La tristeza había desaparecido, se había convertido
en una lectora insaciable. Con el tiempo llegó a ser sabia.»
Pero, ¿a quién se le ocurre buscar en un libro la
solución a su problema?

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