© Libro No. 668. La Flecha
negra. Stevenson, Robert L. Colección E.O. Marzo 22 de 2014.
Título original: © La flecha
negra. Robert L. Stevenson
Versión Original: © La flecha negra. Robert L. Stevenson
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Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
La flecha negra
Robert L. Stevenson
D E D I C A T O R I A
Crítico de mi país:
Nadie sino yo sabe lo mucho que he sufrido y lo mucho que han
ganado mis obras gracias a tu infatigable vigilancia y admirable tesón. Y aquí
aparece una obra que se lanza al mundo sin tu imprimatur: ¡extraño
acontecimiento en nuestra vida compartida, y por razones más extrañas aún! He
observado con interés, dolor y al fin divertido, tus esfuerzos por examinar La
flecha negra. Creo que me faltaría sentido del humor si dejase escapar la
ocasión de colocar tu nombre en la dedicatoria del último de mis libros que
nunca has leído... y que nunca leerás.
Espero que haya otros que desplieguen una constancia mayor. La
historia la escribí hace algunos años para una audiencia muy especial y (me
atrevería a decir) rivalizando con un autor en concreto. Creo que debo dar su
nombre: el señor Alfred R. Phillips. En la época no estuvo desprovisto de
recompensas. No he podido, en realidad, desplazar al señor Phillips de su bien
ganada prioridad, pero a los ojos de los lectores que no pensaban demasiado
bien de La isla del tesoro, La flecha negra representaba un gran avance. Los
que leen libros y los que leen historias publicadas por capítulos en los
periódicos pertenecen a mundos muy diferentes. El veredicto sobre La isla del
tesoro fue el contrario en el otro tribunal: ¿ocurrirá lo mismo con su sucesor?
R.L.S.
Lago Saranac 8 de abril de 1888
PRÓLOGO
John Amend-all[1]
Cierta tarde, muy avanzada ya la primavera, se oye en hora
desusada la campana del Castillo del Foso, en Tunstall. Desde las cercanías
hasta los más apartado rincones, en el bosque y en los campos que se extendían
a lo largo del río, comenzaron las gentes a abandona sus tareas para correr
hacia el sitio de donde procedía el toque de alarma, y en la aldea de Tunstall
un grupo de pobres campesinos se preguntaba asombrado a qué se debería la
llamada.
En aquella época, que era la del reinado de Enri- que VI, el
aspecto que presentaba la aldea de Tunstall era muy parecido al que actualmente
tiene. No pasarías de unas veinte las casas, toscamente construidas con madera
de roble, que se hallaban esparcidas por el ex- tenso y verde valle que
ascendía desde el río. Al pie de aquél, el camino cruzaba un puente y, subiendo
por el lado opuesto, desaparecía en los linderos del bosque, hasta llegar al
Castillo del Foso, desde donde continua ba hacia la abadía de Holywood. Hacia
la mitad de
camino se alzaba la iglesia rodeada de tejos. A ambos lados,
limitando el paisaje y coronando las montañas se encontraban los verdes olmos y
los verdeantes robles del bosque.
Sobre una loma inmediata al puente se erguía una cruz de piedra,
a cuyo alrededor se había reunido un grupo -media docena de mujeres y un mozo
alto vestido con un sayo rojizo- discutiendo acerca de lo que podía anunciar
el toque de rebato. Media hora antes, un mensajero había cruzado la aldea, con
tal prisa que apagó la sed con un jarro de cerveza sin desmontar siquiera del
caballo, tan urgente era su mensaje. Mas ni él mismo sabía de qué se trataba;
únicamente, que llevaba pliegos sellados de sir Daniel Brackley para sir Oliver
Oates, el párroco encargado de cuidar del Castillo del Foso en ausencia del
dueño.
Se oyó entonces el galopar de otro caballo, y al rato, saliendo
de los linderos del bosque y cruzando con estrépito el puente, llegó a caballo
el joven master Richard Shelton, que se hallaba bajo la tutela de sir Daniel.
Él, al menos, sabría algo de lo que ocurría, por lo que, llamándole, le
suplicaron que se lo explicara. El muchacho, un joven que aún no había cumplido
los dieciocho años, de rostro curtido por el sol y ojos grises, con jubón de
gamuza con cuello de terciopelo negro, verde capuchón sobre su cabeza y una
ballesta de acero terciada a la espalda, detúvose de buena gana. Al parecer,
el correo había traído importantes noticias. Era inminente la batalla. Sir
Daniel había ordenado que todo hombre capaz de tensar un arco o de empuñar un
hacha partiese inmediatamente hacia Kettley, bajo pena de incurrir en su
enojo. Pero nada sabía Dick acerca de por quién habían de luchar ni del lugar
donde se libraría la batalla. El mismo sir Oliver no tardaría en llegar y
Bennet Hatch se estaba preparando en aquel momento, pues él había de acaudillar
a los hombres.
-¡Esto será la ruina de esta tierra! -exclamó una mujer-. Si los
barones viven en guerra constante, los campesinos tendrán que alimentarse de
raíces.
-Nada de eso -dijo Dick-: el que nos siga recibirá seis
peniques diarios, y los arqueros, doce.
-Eso será si viven -repuso la mujer-; pero ¿y si mueren, señor?
-Nada más honroso que morir por su señor natural.
-No será el mío -replicó el hombre del sayo-. Yo seguí a los
Walsingham, y como yo, todos los de Brierley, hasta hace un par de años por la
Candelaria. ¡Y ahora he de pasarme al bando de los Brackley! La ley lo hizo, y
no la naturaleza. ¿Qué me importan a mí sir Daniel ni sir Oliver, que entiende
más de leyes que de honradez? Yo no tengo más señor natural que el pobre rey
Enrique VI, a quien Dios bendiga, ese infeliz inocente que no sabe cuál es su
mano derecha ni cuál su izquierda.
-Mala lengua tenéis, amigo -dijo Dick-, si así difamáis a
vuestro buen amo y a mi señor, el rey, en la misma calumnia. Pero el rey
Enrique, ¡loados sean los santos!, ha recobrado el juicio y todo lo pondrá en
orden pacíficamente. En cuanto a sir Daniel, muy valiente os mostráis a
espaldas suyas. Pero no soy ningún chismoso, así que no hablemos más del
asunto.
-Nada he dicho en vuestro agravio, master Richard -repuso el
campesino-. Sois todavía un muchacho, pero cuando seáis un hombre, os
encontraréis con la bolsa vacía. Y no digo más: ¡que todos los santos del cielo
ayuden a los vecinos de sir Daniel y la Virgen bendita proteja a sus pupilos!
-Clipsby -dijo Richard-: lo que estáis diciendo no puedo
escucharlo, sin faltar a mi honor. Sir Daniel es un amo bondadoso para mí, y mi
tutor.
-¡Vamos! ¿Queréis descifrarme un acertijo? -repuso Clipsby-.
¿De qué bando es sir Daniel?
-No lo sé -murmuró Dick, enrojeciendo, pues su tutor, en los
disturbios de aquella época, cambiaba continuamente de partido, y a cada uno
de esos cambios acompañaba algún aumento en su fortuna.
-Claro -repuso Clipsby-; ni vos ni nadie, pues, en verdad, se
acuesta siendo de los Lancaster y se levanta de los de York.
En aquel preciso instante, el puente retumbó bajo los cascos de
un caballo. Se volvieron los del grupo y vieron llegar, a galope, a Bennet
Hatch. Era éste un hombre de rostro moreno, pelo entrecano y aspecto torvo; iba
armado con espada y lanza, una celada cubría su cabeza y su cuerpo una cota de
cuero. Hombre de relieve en aquellos lugares, se le consideraba la mano derecha
de sir Daniel, lo mismo en la paz que en la guerra, y, a la sazón, por
conveniencia de su amo, ejercía el cargo de alguacil.
-¡Clipsby! -gritó-: Corre al Castillo del Foso y manda a todos
los rezagados por el mismo camino. Bowyer os dará cotas y celadas. Hemos de
salir antes del toque de queda. Fíjate bien: al que sea el último en llegar a
la puerta, sir Daniel le dará su merecido. Conque mucho cuidado, porque ya te
conozco y sé que no eres hombre en quien se pueda confiar.
Y dirigiéndose a una de las mujeres, añadió:
-Nance, ¿dónde está el viejo Appleyard? ¿En la ciudad?
-En su campo, con toda seguridad -respondió la mujer.
El grupo se dispersó, y mientras Clipsby cruzaba pausadamente el
puente, Bennet y el joven Shelton cabalgaban juntos por el camino, atravesando
la aldea y dejando atrás la iglesia.
-Verás cómo ese cascarrabias -dijo Bennet- se pasa el tiempo
murmurando y hablando sin ton ni son de Enrique V. ¡Y todo porque estuvo en las
guerras de Francia!
La casa adonde se encaminaban era la última de la aldea, y se
alzaba solitaria entre unas lilas. Más allá de ella, por los tres lados, se
abría la pradera, elevándose hasta las márgenes del bosque.
Hatch desmontó, colocó las riendas sobre la cerca y echó a andar
por el campo, llevando a Dick junto a sí, hacia donde cavaba el viejo soldado,
hundido hasta las rodillas entre sus coles, tarareando con voz cascada una
cancioncilla. Todo él iba vestido de cuero excepto la capucha y la esclavina,
que eran de frisa negra, anudadas con cinta escarlata. Por el color y las
arrugas, dijérase que su rostro era una cáscara de nuez; pero sus viejos ojos
grises eran bastante claros y límpidos todavía, y perfecta su vista. Quizá
porque era sordo, quizá porque no creyese digno de un viejo arquero de
Agincourt prestar atención a semejantes disturbios, el caso es que ni las
ásperas notas de la campana tocando a rebato ni la proximidad de Bennet y el
muchacho parecieron impresionarle, y continuó cavando mientras con débil y
temblorosa vocecilla entonaba la melodía:
Si he de ser, mi señora, de
vuestra propiedad
os ruego que de mí tengáis
piedad.
-Nick Appleyard -dijo Hatch-: sir Oliver te saluda y te ordena
que, antes de una hora, te dirijas al Castillo del Foso para encargarte del
mando.
El viejo alzó la vista.
-¡Dios os guarde, señores míos! -repuso, sonriendo-. ¿Dónde va
master Hatch?
-Master Hatch parte para Kettley con todos los hombres que
puedan montar a caballo -contestó Bennet-. Parece que va a haber por aquellos
alrededores una batalla, y mi señor espera refuerzos.
-¡Bien! -dijo Appleyard-. ¿Y qué guarnición me dejáis?
-Te dejo seis hombres escogidos y, además, sir Oliver -contestó
Hatch.
-No bastan para defender la plaza -observó Appleyard-. Se
necesitarán cuarenta hombres para resistir como es debido.
-¡Cómo! ¿Para que nos salieras con eso te hemos venido a buscar,
viejo pícaro? -replicó Bennet-. ¿Quién sino tú es capaz de hacerlo con
semejante guarnición?
-¡Sí, cuando te aprieta el zapato te acuerdas del viejo!
-repuso Nick-. No hay uno de vuestros hombres capaz de sostenerse a caballo ni
de manejar una pica; y en cuanto a arqueros, si el viejo Enrique V resucitase,
sería capaz de ofrecerse, por un ochavo cada vez, a servir de blanco en
vuestros tiros.
-¡Vamos, Nick, que todavía hay alguien que sabe disparar un
arco! -exclamó Bennet.
-¡Disparar un arco! -repitió Appleyard-. ¡Sí! Pero ¿quién sería
capaz de dar en el blanco? Ahí es donde hay que tener buen ojo y la cabeza en
su sitio. Si no, vamos a ver, ¿a qué llamaríais vos un tiro largo de ballesta?
-¡Hombre! Largo sería a una distancia como de aquí al bosque
-contestó Bennet mirando en torno suyo.
-Sí, algo largo sería -murmuró el viejo, volviéndose para mirar
por encima del hombro. Después se colocó la mano sobre los ojos y permaneció
con ellos fijos en la lejanía.
-¿Qué miras? -preguntó Bennet entre dientes-. ¿Acaso ves a
Enrique V?
El veterano siguió mirando hacia la colina. El sol brillaba
esplendoroso sobre las praderas; ramoneaban algunas ovejas blancas. Todo estaba
en silencio, turbado tan sólo por el lejano tañido de la campana.
-¿Qué ocurre, Appleyard? -inquirió Dick.
-Qué ha de ocurrir... Los pájaros.
Sobre la parte superior del bosque, desde donde descendía como
una lengua a través de los prados, para terminar en un par de olmos verdes, a
un tiro de flecha aproximadamente del lugar donde nuestros interlocutores se
hallaban, una bandada de pájaros revoloteaba de un lado a otro con evidente
alarma.
-¿Qué pasa con los pájaros? -preguntó Bennet.
-¡Verdaderamente -repuso Appleyard-, hacéis bien en iros a la
guerra, master Bennet! Los pájaros son buenos centinelas; en los bosques suelen
ser los que primero figuran en la línea de batalla. ¡Mirad! Si éste fuera un
campamento, bien pudiera haber arqueros acechando para dar con nosotros, y,
sin embargo, aquí estaríais como si tal cosa.
-¡Qué dices, condenado! -gritó Hatch-. ¡Si en torno nuestro no
hay más hombres que los de sir Daniel, en Kettley! Estás más seguro que en la
torre de Londres, y quieres asustarnos con unos cuantos gorriones o algún
pinzón.
-¡Escuchadle! -rezongó Appleyard-. ¡Cuántos bribones se dejarían
cortar las orejas con tal de darse el gustazo de podernos enviar una flecha a
cualquiera de nosotros! ¡San Miguel nos valga! ¡Si nos odian como si fuéramos
la peste!
-¡Cierto es que odian a sir Daniel! -repuso Hatch algo más
sosegado.
-A sir Daniel y a todo el que le sirve -refunfuñó Appleyard-, y
en primer término a Bennet Hatch y al viejo Nicholas, el arquero. Mirad: si
allá lejos, en el extremo del bosque, hubiese un hombre forzudo y vos y yo
permaneciésemos aquí a merced suya, como lo estamos, ¿a quién creéis que
escogerían?
-Apuesto que a ti -repuso Hatch.
-¡Apuesto mi capote contra un cinto de cuero a que seríais vos
el elegido! -exclamó el viejo arquero-. Vos fuisteis quien incendió Grimstone,
Bennet, y eso no os lo perdonarán nunca, amigo mío. En cuanto a mí, pronto
estaré en lugar seguro, Dios mediante, lejos de los tiros de flecha y de los
cañonazos también... y de todas las ruindades de mis enemigos. Ya soy viejo y
me acerco rápidamente a mi última morada, donde el lecho está dispuesto. Pero
vos, Bennet, quedaréis a merced de todos los peligros, y si llegáis a mi edad
sin que os hayan colgado, será porque el genuino espíritu inglés habrá muerto
ya.
-Eres el viejo mastuerzo de peor genio de todo el bosque de
Tunstall -replicó Hatch, enojado por aquellos amenazadores presagios-. Anda de
una vez a armarte antes de que llegue sir Oliver, y déjate, por una vez en tu
vida, de charlas inútiles. Si a Enrique V le hablabas tanto, tendría más
llenos los oídos que el bolsillo.
Silbó en el aire una flecha como un gigantesco abejorro y vino
a clavársele al viejo Appleyard entre ambos omoplatos, atravesándole de parte
a parte y haciéndole caer de cabeza sobre las coles. Hatch contuvo un grito y
saltó en el aire; después, agachándose cuanto pudo, corrió a refugiarse en la
casa. Entretanto, sir Dick Shelton se había ocultado tras unas lilas y con el
arco tenso y apoyado en el hombro apuntaba hacia el bosque.
No se movía ni una hoja. Las ovejas pacían tranquilamente y los
pájaros se habían apaciguado. Pero en el suelo yacía el viejo, con una flecha
de una vara de largo clavada en la espalda. Hatch continuaba protegido bajo el
alero del tejado, y Dick estaba alerta, agazapado tras el árbol.
-¿Veis algo? -gritó Hatch.
-No se mueve ni una rama -contestó Dick.
-Me da vergüenza dejarle ahí tendido -dijo Bennet, adelantándose
de nuevo con vacilante paso y muy pálido el rostro-. No perdáis de vista el
bosque, mas ter Shelton; vigiladlo bien. ¡Los santos nos asistan! ¡Buen tiro
fue éste!
Bennet alzó al viejo arquero y lo apoyó sobre su rodilla.
Todavía no estaba muerto. Su rostro se contraía, abría y cerraba los ojos
maquinalmente, y tenía el horrible aspecto de quien sufre un gran dolor.
-¿Me oyes, Nick? -le preguntó Hatch-. ¿Deseas algo? ¿Tienes algo
que decir antes de dejar este mundo,
hermano?
-¡Arráncame esta flecha y déjame morir, por la Virgen María!
-susurró Appleyard-. ¡Ya se acabó para mí la vieja Inglaterra! ¡Arráncamela,
arráncamela!
-Master Dick -exclamó Bennet-, acercaos y dad un buen tirón a la
flecha. Lo que él quiere es morir, el pobre pecador.
Dick dejó en el suelo su ballesta y, tirando de la flecha con
todas sus fuerzas, consiguió arrancarla de la herida. Brotó un chorro de
sangre, intentó el viejo arquero ponerse de pie y, pronunciando el nombre de
Dios, cayó muerto.
Hatch, arrodillado entre las coles, oró con fervor por el
descanso de su alma. Mas, en tanto que oraba, veíase que su atención se hallaba
dividida: no dejaba de mirar ni un instante de reojo hacia aquel rincón del
bosque de donde partiera el certero flechazo. Terminada su oración, se alzó de
nuevo, se quitó una de sus manoplas de malla y se enjugó el pálido rostro, empapado
de un sudor aterrado.
-Sí -dijo-, la próxima vez me tocará a mí.
-¿Quién habrá hecho esto, Bennet? -preguntó Richard, conservando
aún en su mano la flecha.
-Sólo Dios lo sabe -respondió Hatch-. Quizá andan por ahí más de
cuarenta cristianos a quienes él y yo hemos arrojado de sus casas y de sus
tierras, persiguiéndolos después. Él ha pagado ya su deuda, pobre viejo, y
acaso no tarde yo mucho en pagar la mía. Sir Daniel tiene la mano demasiado
dura.
-Extraña flecha es ésta -dijo el muchacho contemplando la que
tenía en la mano.
-Sí, por cierto -exclamó Bennet-. Negra y guarnecida de plumas,
también negras. Nada tiene de bonita ni de alegre, porque dicen que el negro
es presagio de entierro. Y aquí se ven algunas palabras escritas. Limpiad la
sangre y leedlas. ¿Qué dicen?
-Para Appleyard, de John Amend-all -leyó Shelton-. ¿Qué
significa esto?
-¡No lo sé; pero no me gusta nada! -contestó el servidor
sacudiendo la cabeza. ¡John Amend-all! Vaya nombre para uno de esos bribones
rebeldes. Pero ¿qué hacemos aquí, sirviendo de blanco? Cogedle por las
rodillas, master Shelton, que yo le levantaré de los hombros, y dejémosle en
su casa. ¡Buen disgusto va a darle esto a sir Oliver! Más blanco que la cera se
quedará cuando lo sepa, y ni un molino de viento gruñirá más que él.
Entre los dos llevaron el cuerpo del viejo arquero a su casa,
donde había vivido completamente solo. Allí le dejaron tendido en el suelo,
para no manchar el colchón de la cama, y colocaron sus miembros lo mejor que
pudieron.
La casa de Appleyard era de aspecto limpio y sencillo. Sólo
contenía una cama con colcha azul, un aparador, un gran arcón, un par de
taburetes y una mesa con goznes en un rincón junto a la chimenea. De la pared
colgaba la armería del viejo soldado: sus arcos y su coraza. Hatch comenzó a
mirar en torno suyo con curiosidad.
-Nick tenía dinero -dijo-. Debe de tener escondidas unas
sesenta libras. ¡Cómo me gustaría encontrarlas! Cuando se pierde un buen
amigo, master Richard, el mejor consuelo es heredarle. Mirad ese arcón. Apostaría
cualquier cosa a que contiene cerca de su buena media fanega de oro. Appleyard
el arquero tenía la mano dura para recoger, y también para guardar. ¡Que Dios
le haya perdonado sus pecados! Cerca de ochenta años se ha mantenido en pie, y
siempre recogiendo y guardando; pero al fin ha tenido que tenderse de espaldas
para siempre, ¡pobre viejo huraño!, y ya se han acabado para él todas las
necesidades... Sin duda, pienso yo, si sus bienes van a parar a manos de un
buen amigo, se alegrará de ello y se sentirá más feliz allá en el cielo.
-¡Vamos, Hatch! -exclamó Dick-. Respetad esos ojos cerrados para
siempre... ¿Seríais capaz de robarle ante su propio cadáver? ¡Echaría a andar
para impedirlo!
Hatch hizo la señal de la cruz varias veces, pero luego volvió
el color a su rostro, y no fue fácil disuadirle de sus propósitos. La hubiera
emprendido con el arcón si en aquel momento no se hubiera oído ruido en la
puerta de la cerca, y si poco después no se hubiese abierto la de la casa,
dando paso a un hombre alto, corpulento y colorado, de ojos negros, de unos
cincuenta años de edad, cubierto con negro traje talar y sobrepelliz.
-Appleyard -entraba diciendo el recién llegado; pero al
contemplar el cuadro se quedó paralizado de asombro-. ¡Ave María! -exclamó-.
¡Dios y los santos nos asistan! ¿Qué escándalo es éste?
-Frío escándalo para Appleyard, señor cura -contestó Hatch sin
asomo de humor-. Acaban de asesinarle a la puerta de su casa, y llega en este
momento al Purgatorio. ¡Verdaderamente, si es cierto lo que cuentan, allí no
han de faltarle carbón ni lumbre!
Con vacilante paso se dejó caer sir Oliver sobre uno de los
taburetes, demudado el rostro y sintiéndose desfallecer.
-¡Esto es la ejecución de una sentencia! -dijo-. ¡Oh! ¡Qué
golpe! ¡Qué golpe! -exclamó sollozando. Y enseguida comenzó a rezar infinidad
de oraciones.
Hatch, entretanto, se despojaba respetuosamente de su celada e
hincaba su rodilla en tierra.
-¡Ay, Bennet! -murmuró el clérigo, algo repuesto de su asombro-.
¿Qué puede ser esto? ¿Quién será el enemigo que se ha atrevido a ejecutarlo?
-Aquí tenéis la flecha, sir Oliver. Mirad: lleva escritas unas
palabras -observó Dick.
-¡Cómo! -exclamó el cura-. ¡Esto es abominable! John Amend-all!
¡Un nombre digno de un lollardo![2]
¡Y negro el color de la flecha, como de mal agüero! ¡Caballeros, esta maldita
flecha no me gusta nada! Pero lo importante ahora es que deliberemos de dónde
puede venir. Ayúdame a pensar, Bennet. Entre tantos que nos quieren mal, ¿quién
será el que tan audazmente nos reta? ¿Simnel? No lo creo. ¿Los Walsingham? No,
no han llegado aún hasta ese punto; aún confían en imponérsenos cuando las
cosas cambien. También pudiera ser Simon Malmesbury. ¿Qué crees tú, Bennet?
-¿Podría ser, señor -repuso Hatch-, Ellis Duckworth?
-No, Bennet, no. Eso nunca -dijo el cura-. Jamás una revolución
se fraguó entre los de abajo, Bennet, y esta opinión la comparten todos los
cronistas sensatos. Las rebeliones se encaminan de arriba abajo. Cuando Dick,
Tom y Harry la toman por su cuenta, averigua siempre dónde está el personaje
que ha de aprovecharse de ella. Puesto que sir Daniel se ha unido, una vez más,
al partido de la reina, ha caído en desgracia con los señores de York. De ahí
viene el golpe, Bennet; por qué medios, es cosa que no puedo precisar aún; pero
ahí está el meollo del asunto.
-No quisiera que lo tomarais a mal, sir Oliver -repuso Bennet-,
pero tanto se ha apretado la soga al cuello de las gentes, que esto está a
punto de estallar; eso mismo veía venir el pobre Appleyard. Y si me lo
permitís, os diré que la gente nos odia tanto que no necesitan que los espoleen
los de York ni los de Lancaster. Oíd lo que yo pienso: vos, que sois clérigo, y
sir Daniel, que tan pronto navega a uno como a otro viento, os habéis apoderado
de los bienes de muchos y habéis hecho apalear y colgar a no pocos hombres.
Ahora os piden cuentas de todo ello; pero como, al fin, no sé por qué, siempre
os favorece la ley, creéis que todo queda arreglado. Pero permitidme que os
diga, sir Oliver, que el hombre que habéis despojado de sus bienes y mandado
apalear es el que más indignado está ahora, y un buen día, azuzado por el
diablo, echará mano de su arco y os meterá en el cuerpo una flecha.
-No, Bennet, estás en un grave error. Deberías agradecerme que
te corrija -replicó sir Oliver-. Eres un charlatán, Bennet, un chismoso; tienes
la lengua demasiado larga. Tienes que corregirte. Bennet, tienes que
corregirte.
-Bien, no diré una palabra más. Haced lo que os plazca -repuso
el escudero.
Se levantó el cura del taburete en el que estaba sentado y del
estuche que llevaba pendiente del cuello sacó cera y una vela pequeña, pedernal
y eslabón, procediendo con todo ello a sellar con las armas de sir Daniel el
arcón y el armario, mientras Hatch le miraba con profundo desconsuelo. A
continuación salieron todos de la casa, algo atemorizados, y se dispusieron a
montar a caballo.
-Ya hace rato que debiéramos estar en camino, sir Oliver -dijo
Hatch, al sostenerle el estribo para que montara.
-Es cierto; pero las cosas han cambiado, Bennet -repuso el
cura-. Ya no tenemos a Appleyard, que en paz descanse, para encargarse del
mando de la guarnición. Por tanto, tú vas a quedarte conmigo, Bennet. Necesito
a mi lado un hombre de confianza en estos tiempos de traidoras flechas negras.
«La flecha que de día vuela... », dice el Evangelio. Y no recuerdo lo que
sigue. ¡Verdaderamente soy un cura holgazán, demasiado ocupado de los asuntos
humanos! Mas cabalguemos, master Hatch. Nuestros hombres deben de estar ya en
la iglesia.
Emprendieron, pues, la marcha camino abajo, con el viento que
hacía flotar los hábitos del cura a su favor, y dejaron tras ellos algunas
nubecillas que velaban el sol poniente. Pasaron tres de las casas dispersas que
componían la aldea de Tunstall, y, al volver un recodo, apareció ante ellos
la iglesia. A su alrededor se apiñaban diez o doce casas, mas en la parte
posterior el cementerio parroquial lindaba con los prados. Ante el pórtico se
hallaban reunidos unos veinte hombres, montados unos y de pie otros junto a sus
caballos. Iban armados y montados de diversas formas: unos con lanzas, otros
con picas o con arcos y cabalgando algunos caballos de labor, salpicados
todavía del lodo de los surcos. Al fin y al cabo no eran más que la hez del
pueblo, ya que los mejores hombres y los mejor equipados se hallaban ya en el
campo con sir Daniel.
-No lo hemos hecho del todo mal, ¡alabada sea la cruz de
Holywood! Sir Daniel se pondrá contento -murmuró el cura, contando para sí los
que formaban la tropa.
-¿Quién vive? ¡Alto, si eres de los nuestros! -gritó de pronto
Bennet.
Acababa de ver a un hombre deslizarse por entre los tejos del
cementerio. Mas aquél, al escuchar su requerimiento, abandonó su escondite y
puso pies en polvoro
sa en dirección al bosque. Los hombres que se hallaban en el
pórtico, que no se habían percatado hasta entonces de la presencia del
intruso, se dispersaron. Los que habían echado pie a tierra volvieron a montar
precipitadamente, y el resto salió en persecución del fugitivo. Pero tuvieron
que dar un rodeo en torno al lugar sagrado y era evidente que se les escaparía
la presa. Hatch, lanzando un juramento, dirigió su caballo hacia los setos
para cortarle el paso, pero la bestia rehusó saltar y dejó a su jinete tendido
sobre el polvo. A pesar de que se levantó al instante y de nuevo se apoderó de
las riendas, había transcurrido el tiempo suficiente para que el fugitivo
ganase una buena ventaja, perdiéndose así toda esperanza de capturarle.
Quien mostró tener más cabeza fue Dick Shelton. En lugar de
empeñarse en la inútil persecución, descolgó la ballesta que llevaba a su
espalda, la armó, colocó en ella una saeta, y mientras los demás desistían ya
de la persecución, se volvió hacia Bennet y le preguntó si debía disparar.
-¡Dispara! ¡Dispara! -gritó el cura con sanguinaria violencia.
-Apuntad bien, master Dick -exclamó Bennet-, y dad con él en
tierra como manzana madura.
El fugitivo se hallaba a pocos pasos de su refugio; pero esta
última parte del prado ascendía en pronunciado declive, de forma que su
carrera resultaba, proporcionalmente, mucho más lenta. Entre la grisácea luz
del ocaso y la irregularidad de movimientos del fugitivo, el blanco no tenía
nada de fácil. Por otra parte, Dick, al alzar su arco, sintió una especie de
lástima y un vago deseo de errar el tiro. Voló al fin la saeta.
Vaciló el hombre y cayó; sus enemigos prorrumpieron en triunfal
vocerío. Pero su alegría fue prematura. El hombre había sufrido una caída sin
importancia; rápidamente se puso en pie, se volvió para agitar su gorro
mofándose de ellos, y pronto desapareció entre la espesura del bosque.
-¡Mala peste se lo lleve! -gritó Bennet-. ¡Tiene pies de ladrón!
¡Por san Banbury que sabe correr! Pero le disteis, master Shelton; aunque os ha
robado la saeta. ¡Ojalá no tenga nunca más suerte que la que yo le deseo!
-Pero ¿qué hacía rondando la iglesia? –preguntó sir Oliver-.
Mucho me temo que haya cometido alguna maldad. Clipsby, desmonta y mira con
cuidado por y entre esos tejos a ver si encuentras algo.
Partió Clipsby y al rato volvía con un papel en la mano.
-Esto encontré clavado en la puerta de la iglesia -dijo,
entregándoselo al párroco-. Nada más he hallado, señor cura.
-¡Vaya! ¡Por el poder de nuestra santa Madre Igle- sia! -exclamó sir Oliver-. ¡Esto raya en
sacrilegio! ¡Que se haga porque es voluntad del rey o del señor feudal
mandarlo... bien, pase; pero que cualquier descamisado vagabundo venga a pegar
papeles en la puerta del presbiterio... eso, eso es casi un sacrilegio!... Por
menos han llevado a la hoguera a muchos hombres. Pero, a ver, ¿qué se nos dice
aquí?... Va desapareciendo la luz por momentos... Master Richard, vos que sois
joven y tenéis buena vista, ¿queréis leerme este libelo?
Dick Shelton tomó el papel y leyó en voz alta. Contenía algunos
versos, toscas coplas de ciego que apenas si rimaban, escritas en burdos
caracteres y con mala ortografía. Algo corregidos y mejorados, decían más o
menos:
Tenía en el cinto cuatro
flechas
negras por las cuatro penas
que he soportado
y para los cuatro hombres
malvados
que nos tiranizan y nos
atropellan.
Una dio en el blanco, una ya
acertó
pues al viejo Appleyard
muerto lo dejó.
Otra, master Hatch, para
vos, no miento
por quemar Grimstone hasta
los cimientos.
A Oliver Oates otra irá a
parar
que a sir Harry Shelton
mandó degollar.
Y para sir Daniel la cuarta
será
y todos dirán que bien hecho
está.
Cada cual tendrá lo que ha
merecido
una flecha negra por cada
maldad
y ahora caed de rodillas,
rezad
¡porque ya estáis muertos,
vosotros, bandidos!
JOHN AMEND-ALL
de la Verde Floresta y sus
alegres compañeros
Ítem más: tenemos más flechas y buenas cuerdas de cáñamo para
otros secuaces vuestros.
-¡Malos tiempos para la caridad y el perdón cristiano! -exclamó
tristemente sir Oliver-. ¡Qué malo es el mundo, y cada día empeora más! Por la
cruz de Holywood os juro que tan inocente soy del mal causado a ese caballero,
de palabra u obra, como el niño que espera el bautismo. Tampoco es cierto que
le degollaran, pues también en eso están equivocados. Todavía viven testigos
que pueden demostrarlo.
-No importa eso, señor cura -interrumpió Bennet-. No hay que
hablar más del asunto.
-Nada de eso, master Bennet. Y hazme el favor de no propasarte.
Yo he de hacer que resplandezca mi inocencia. No permitiré perder la vida bajo
el peso de una calumnia. Pongo a todos por testigos de que nada tengo que ver
en este asunto. Ni siquiera estaba entonces en el Castillo del Foso.
Precisamente me habían mandado a un recado antes de las nueve de la noche...
-Sir Oliver -interrumpió Bennet-, puesto que, por lo visto, no
queréis acabar este sermón, acudiré a otro medio. Goffe, toca llamada. ¡A
caballo!
Y mientras sonaba el toque de corneta, Bennet se acercó al
sorprendido cura y le susurró al oído, acompañándose de violentos ademanes.
Dick Shelton vio cómo los ojos del cura se fijaron un instante
en él con una mirada de asombro. Motivos tenía de inquietud, pues aquel Harry
Shelton era su propio padre natural. Pero sus labios permanecieron mudos y su
rostro impasible.
Hatch y sir Oliver discutieron durante un largo rato la
situación. Decidieron reservar diez hombres, no sólo como guarnición del
Castillo del Foso, sino para dar escolta al cura a través del bosque. Como
Bennet habría de quedarse atrás, master Shelton tomaría el mando del refuerzo.
No cabía otra elección: los demás eran hombres rudos, torpes y nada diestros
para la guerra, mientras que Dick no sólo era popular sino que tenía un
carácter resuelto y cierta gravedad superior a sus años. Sir Oliver le había dado
una buena instrucción, y el mismo Hatch le había enseñado el manejo de las
armas y los primeros principios del mando. Bennet siempre se había mostrado
amable y servicial con él. Era Bennet uno de esos hombres crueles e implacables
con sus enemigos, pero rudamente fiel y cariñoso con sus amigos; por eso,
mientras sir Oliver entraba en la casa próxima para escribir el relato de los
últimos acontecimientos a su señor, Bennet se acercó al pupilo de éste para
desearle que le diera Dios muy buena suerte en su empresa.
-Debéis hacer todo el camino dando un gran rodeo, master Shelton
-le advirtió Hatch-. Por lo que más queráis, dad la vuelta al puente. Llevad
siempre delante, a cincuenta pasos, un hombre de confianza para que atraiga
sobre sí los tiros; y marchad siempre con cuidado, a la callada, hasta que
hayáis dejado atrás el bosque. Si los bribones caen sobre vos, seguid
cabalgando; nada ganaréis con hacerles frente. Y continuad siempre adelante,
master Shelton; no retrocedáis, si en algo apreciáis vuestra vida; acordaos de
que en Tunstall no podéis esperar auxilio. Y ahora, puesto que vais a servir
al rey en la guerra y yo he de quedarme aquí con evidente peligro de perder la
vida, por lo que sólo los santos del cielo saben si hemos de volver a vernos
en este mundo, voy a daros mis últimos consejos antes de vuestra marcha. No
perdáis de vista a sir Daniel: no es hombre de fiar. No depositéis vuestra
confianza en el clérigo ese: no es malo, pero no es más que un monigote o un
instrumento en las manos de sir Daniel. Cuidad mucho de buscar buenos amos
donde quiera que vayáis; ganad amigos poderosos. Y acordaos, aunque sólo sea
durante el tiempo necesario para rezar un padrenuestro, de Bennet Hatch. Otros
bribones, mucho peores que él, hay en este bajo mundo. Y ahora, ¡que Dios os dé
buena suerte!
-Y que el cielo te acompañe, Bennet -contestó Dick-. Siempre
fuiste un buen amigo para mí, y así lo diré en todo tiempo y ocasión.
-Otra cosa, señor -añadió Bennet con cierto embarazo-: si ese
Amend-all me ensartase con alguna flecha, bueno sería, acaso, que os
desprendieseis de alguna monedilla de oro o quizá de una libra por el bien de
mi alma, pues muy probable es que buena falta me haga allá en el Purgatorio.
-Tu voluntad será cumplida, Bennet -repuso Dick-. Pero ¡ánimo,
hombre! Todavía hemos de volver a encontrarnos en un lugar donde más
necesitado estés de cerveza que de misas.
-¡Quiéralo el cielo, master Dick! -exclamó Bennet-. Pero aquí
llega sir Oliver. Si tan rápido fuera
con el arco como con la pluma, bravo hombre de armas sería.
Sir Oliver entregó a Dick un pliego sellado con esta dirección:
«Al muy noble y venerado caballero sir Daniel Brackley, mi dueño y señor, para
serle entregado con toda urgencia.»
Y Dick, colocándolo en el pecho en su casaca, dio su palabra de
ejecutar la orden y partió hacia el este, con dirección a la aldea.
LIBRO PRIMERO
LOS DOS MOZALBETES
1
En la posada del Sol, de Kettley
Sir Daniel Brackley y sus hombres pernoctaron aquella noche en
Kettley, cómodamente alojados y protegidos por una buena guardia. Pero el
caballero de Tunstall era uno de esos hombres cuya codicia es insaciable, y
aun en aquel momento, a punto de meterse en una aventura que no sabía si había
de favorecerle o arruinarle, ya estaba en pie a la una de la madrugada
dispuesto a esquilmar a sus pobres vecinos. Solía dedicarse al tráfico de
herencias en litigio; su método consistía en comprar los derechos del demandante
que tuviese menos probabilidades de ganar y una vez hecho esto, valiéndose de
la influencia que los lores tenían con el rey, se procuraba injustas sentencias
a su favor; o, si eso era andarse con demasiados rodeos, se apoderaba del dominio
en litigio por la fuerza de las armas, confiando en su influencia y en las
marrullerías de sir Oliver para burlar la ley y conservar lo que había
arrebatado. Kettley era uno de los lugares adquiridos por él de tal modo;
recientemente había caído en sus garras y todavía luchaba con la oposición de
sus arrendatarios y de la opinión pública. Precisamente para imponer respeto y
contener ese descontento acababa de llevar allí sus tropas.
vez me haya yo cobrado lo que pueda, seré generoso contigo y te
perdonaré el resto.
-¡Ay de mí, señor! Eso no puede ser... porque no sé escribir
-contestó Condall.
-¡Qué pena! -dijo el caballero-. Porque entonces la cosa no
tiene remedio. Yo que hubiera querido perdonarte, aun teniendo que violentar mi
conciencia... Selden -añadió llamando a éste-: coge a este viejo bandido con
cuidado, llévale junto al olmo más próximo y cuélgale con cariño del pescuezo
en sitio que yo pueda verle al pasar a caballo. Ve con Dios, pues, mi buen
master Condall, apreciado master Tyndall; a todo galope vas hacia el Paraíso...
Que Dios te acompañe.
-No, mi muy querido señor -replicó Condall dibufando una forzada
y obsequiosa sonrisa-. Si tanto es vuestro empeño, haré cuanto pueda por
complaceros y, aunque torpemente, ejecutaré vuestro mandato.
-Amigo -ordenó sir Daniel-, ahora tendrás que firmar por
cuarenta. ¡Vamos, pronto! Eres demasiado - marrullero para no tener más que
setenta chelines. Selden, cuida de que firme en debida forma y ante los testigos
necesarios.
Y sir Daniel, que era el más jocoso caballero de cuantos en
Inglaterra pudieran hallarse, sorbió un trago de tibia cerveza y, recostándose
cómodamente en su asiento, sonrió satisfecho.
Entretanto, el muchacho que estaba tendido en el suelo comenzó a
agitarse, y pronto se halló sentado contemplando a los que le rodeaban con
asustada expresión.
-¡Ven acá! -exclamó sir Daniel, y en tanto que el muchacho se
levantaba y se le acercaba pausadamente, se recostó de nuevo en su asiento,
riendo a carcajadas-. ¡Por la santa cruz! ¡Vaya un muchacho valiente!
Al mozalbete se le encendió el rostro de ira, y sus ojos negros
relampaguearon con destellos de odio. Al verle de pie, resultaba más difícil
precisar su edad. La expresión de su semblante le hacía parecer mayor; pero su
rostro era fino y delicado como el de un niño, y, en cuanto al cuerpo, era
desusadamente esbelto y delgado y su porte algo desmañado.
-Me habéis llamado, sir Daniel -murmuró-. ¿Fue únicamente para
reíros de mi lastimoso estado?
-No, muchacho, no; pero deja que me ría -contestó el
caballero-. Deja que me ría, te lo ruego. Si pudieras verte a ti mismo, te
aseguro que serías el primero en reírte.
-¡Bien! -exclamó el mozalbete, sonrojándose de nuevo-. De esto
ya responderéis cuando respondáis de lo otro. ¡Reíros mientras podáis!
-Mira, primo -repuso sir Daniel con cierta ansiedad-, No creas
que me burlo de ti; es una simple broma entre parientes y buenos amigos. Voy a
proporcionarte un casamiento que te valdrá mil libras, ¿eh?, y a mimarte con
exceso. Cierto es que te apresé con dureza y brusquedad, como las
circunstancias lo exigían; pero de aquí en adelante te mantendré de muy buena
gana y te serviré con el mayor gusto. Vas a ser la señora Shelton... Lady
Shelton, ¡a fe mía!, pues el muchacho promete. Vamos, vamos, no te espantes de
una risa franca; cura la melancolía. El que ríe no es un mal hombre, primo
mío; los pícaros no ríen. ¡A ver, posadero! Traedme comida para master John,
mi primo. Y ahora, cariño mío, siéntate y come.
-No -replicó master John-. No probaré ni un bocado de pan.
Puesto que me obligáis a cometer este pecado, ayunaré por la salvación de mi
alma. Y vos, buen posadero, dadme un vaso de agua clara y os quedaré muy
agradecido.
-¡Bueno, ya te sacaremos bula! -exclamó el caballero-. ¡Y no
faltarán buenos confesores que te absuelvan! Tranquilízate, pues, y come.
Pero el muchacho era terco: se bebió el vaso de agua y,
envolviéndose de nuevo en su capa, se sentó en un rincón a meditar.
Una o dos horas después hubo gran conmoción en el pueblo, y se oyó el alboroto de las voces
de los centinelas dando el alto, acompañado del ruido de armas y caballos. A
poco, un escuadrón de soldados llegó hasta la puerta de la posada, y Richard
Shelton, salpicado d barro, apareció en el umbral.
-Dios os guarde, sir Daniel -dijo.
-¡Cómo! ¡Dick Shelton! -exclamó el caballero, y, al oír el
nombre de Dick, el otro muchacho le miró con curiosidad-. ¿Qué hace Bennet
Hatch?
-Dignaos, caballero, enteraros del contenido de este pliego de
sir Oliver, en el que se da cuenta detallada de todo lo sucedido -contestó
Richard, presentándole la carta del clérigo-.' Además, convendría que
partieseis a toda prisa para Risingham, pues en el camino encontramos a un
mensajero, portador de unos pliegos, que galopaba desesperadamente, y, según
nos dijo, mi señor de Risingham se encuentra en situación apurada y necesita
con urgencia vuestra presencia.
-¿Qué decís? ¿Que está en situación apurada? -preguntó el
caballero-. Entonces apresurémonos a sentarnos, mi buen Richard. Del modo que
van hoy las cosas en este pobre reino de Inglaterra, el que más despacio
cabalga es el que más seguro llega. Dicen que el retraso engendra el peligro;
pero yo más bien creo que ese prurito de hacer algo es lo que pierde a los
hombres; tomad nota de ello, Dick. Pero veamos primero qué clase de ganado
habéis traído. ¡Selden, trae una antorcha a la puerta!
Y sir Daniel salió a la calle, donde, a la rojiza luz de la
antorcha, pasó revista a las nuevas tropas que le llegaban. Como vecino y como
amo era muy impopular; pero como jefe en la guerra, queríanle todos cuantos
seguían su bandera. Su audacia, su reconocido valor, la solicitud con que
cuidaba de que estuvieran bien atendidos sus soldados y hasta sus rudos
sarcasmos eran muy del gusto de aquellos audaces aventureros que vestían cota
de malla.
-¡Por la santa cruz! -exclamó-. Pero ¿qué míseros perros son
éstos? Unos más encorvados que arcos, otros más flacos que lanzas. ¡Amigos
míos: iréis a la vanguardia en el campo de batalla! No perderé gran cosa con
vosotros. Mirad aquel viejo villano montado en el caballo moteado. ¡Un borrego
montado en un cerdo tendría un aire mucho más marcial! ¡Hola, Clipsby! ¿Estás
ahí, buena pieza? Eres uno de los que yo perdería de buena gana. Irás delante
de todos, con una diana pintada en tu cota, para que los arqueros puedan
apuntarte mejor. Tú me enseñarás el camino, pícaro.
-Os enseñaré cuantos caminos queráis, sir Daniel, excepto el que
os lleve a cambiar de partido -replicó audazmente Clipsby.
Soltó sir Daniel una estrepitosa carcajada.
-¡Bien contestado, muchacho! -exclamó alborozado-. Lengua
viperina tienes. Y te perdono la frase por lo graciosa. ¡Selden, cuida de que
den de comer a los hombres y a los caballos!
El caballero volvió a entrar en la posada.
-Ahora, amigo Dick -dijo-, empieza a despachar eso: ahí tienes
buena cerveza y buen tocino. Come, mientras yo leo la carta.
Abrió el pliego y a medida que leía fruncía más el entrecejo.
Terminada la lectura, se sentó unos momentos, pensativo. Luego clavó una
mirada penetrante sobre su pupilo.
-Dime, Dick -dijo al fin-: ¿viste tú esos versitos?
Contestó Dick afirmativamente.
-En ellos se cita el nombre de tu padre -continuó el caballero-
y algún loco acusa a nuestro pobre párro- co de haberle asesinado.
-Él lo niega enérgicamente -repuso Dick.
-¿Que lo ha negado? -exclamó el caballero viva mente-. No le
hagas caso. Tiene la lengua muy suel- ta, charla más que una cotorra. Día
llegará, Dick, e que, con más tiempo y calma, te ponga yo al tanto de, este
asunto. Se sospechó, por entonces, que el autor de todo fue un tal Duckworth;
pero andaban los tiempos muy revueltos y no podía esperarse que se hiciese
justicia.
-¿Ocurrió la muerte en el Castillo del Foso? -aventuró a
preguntar Dick, sintiendo que el corazón le latía deprisa.
-Ocurrió entre el Castillo del Foso y Holywood -contestó sir
Daniel con toda calma, pero lanzándole una mirada de reojo, preñada de recelo,
añadió-: Y ahora date prisa en terminar de comer, pues habrás de regresar a
Tunstall para llevar algunas líneas de mi parte.
Una expresión de tristeza apareció en el rostro de Dick.
-¡Por favor, sir Daniel! -exclamó-. ¡Mandad a uno de los
villanos! Os suplico que me dejéis tomar parte en la batalla. Yo os prometo que
he de asestar buenos golpes.
-No lo dudo -replicó sir Daniel, disponiéndose a escribir-. Pero
aquí, Dick, no esperes ganar ninguna 3 gloria. Yo no me moveré de Kettley hasta
tener noticias del curso de la guerra, y entonces me uniré al vencedor. Y no te
alarmes, ni me taches de cobarde; no es sino prudente discreción; pues tan
agitado está este pobre reino por las constantes rebeliones, y tanto cambia de
manos el nombre y la custodia del rey, que nadie puede asegurar lo que
ocurrirá mañana. Todo son trifulcas y concursos de ingenio, y, entretanto, la
Razón espera sentada a un lado, hasta que acabe la lucha.
Dicho esto, volvió la espalda a Dick sir Daniel, y al otro
extremo de la larga mesa comenzó a escribir su carta, algo torcido el gesto,
pues este asunto de la flecha negra se le había atragantado.
Entretanto, el joven Shelton daba buena cuenta de su desayuno
cuando sintió que alguien le tocaba el brazo al tiempo que, en voz muy baja,
le susurraba al oído:
-No os mováis ni deis señal alguna, os lo suplico -dijo la voz-;
pero indicadme, por el amor de Dios, el camino más corto para llegar a
Holywood. Buen muchacho, ayudadme a salir del grave peligro en que me hallo y
del que depende la salvación de mi alma.
-Tomad por el atajo del molino -contestó en el mismo tono Dick-.
Os conducirá hasta el embarcadero de Till, y allí preguntad de nuevo.
Y sin volver la cabeza, prosiguió devorando su comida. Mas con
el rabillo del ojo lanzó una rápida mirada al mozalbete, llamado master John,
que, arrastrándose furtivamente, salía de la estancia.
Vaya -pensó Dick-. ¡Si es tan joven como yo! Y me ha llamado
«buen muchacho». De haberlo sabido, habría dejado que ahorcaran a ese pícaro
antes que decirle lo que me preguntaba. Bueno, si logra atravesar los
pantanos, puedo alcanzarle para darle un buen tirón de orejas.
Media hora después entregaba sir Daniel la carta a Dick,
ordenándole que, a toda carrera, partiera para el Castillo del Foso. Y pasada
otra media hora más de su partida, llegaba precipitadamente otro mensajero
enviado por el señor de Risingham.
-Sir Daniel -dijo el mensajero-. ¡Grande es la gloria que os
estáis perdiendo! Esta mañana, al apuntar el alba, volvimos a la lucha y
derrotamos a la vanguardia y deshicimos toda su ala derecha. Sólo el centro de
la batalla se mantuvo firme. Si hubiéramos contado con vuestros hombres,
habríamos dado con todos en el fondo del río. ¿Queréis ser el último en la
lucha? No estaría ello al nivel de vuestra fama.
-No -exclamó el caballero-. Precisamente ahora iba a salir.
¡Toca llamada, Selden! Señor, estoy con vos al instante. Aún no hace dos horas
que llegó la mayor parte de mis fuerzas. La espuela es un buen pienso, pero
puede matar al caballo. ¡Aprisa, muchachos!
El toque de llamada resonaba alegremente en aquella hora
matinal, y de todas partes acudían los hombres de sir Daniel hacia la calle
principal, formando delante de la posada. Habían dormido sin dejar sus armas,
ensillados los caballos, y a los diez minutos cien hombres y arqueros,
perfectamente equipados y bien disciplinados, se hallaban formados y
dispuestos. La mayor parte vestía el uniforme morado y azul de sir Daniel, lo
que daba mayor vistosidad a la formación. Cabalgaban en primera línea los mejor
armados; en el lugar menos visible, a la cola de la columna, iba el misérrimo
refuerzo de la noche anterior.
Contemplando con orgullo las largas filas, dijo sir Daniel:
-Ésos son los muchachos que habrán de sacaros del aprieto.
-Buenos han de ser, a juzgar por su aspecto -respondió el
mensajero-. Por eso es mayor mi pesadumbre de que no hayáis partido más
pronto.
-¡Qué le vamos a hacer! -murmuró el caballero-. Así, señor
mensajero, el fin de una lucha coincidirá con el comienzo de una fiesta -y así
diciendo montó en su silla-. Pero... ¡cómo! ¿Qué es esto? -gritó ¡John!
¡Joanna! ¡Por la sagrada cruz!... ¿Dónde se ha metido? ¡Posadero!... ¿Dónde
está la muchacha?
-¿La muchacha, sir Daniel? No, no he visto por aquí a ninguna
muchacha.
-¡Bueno, pues el muchacho, viejo chocho! -rugió el caballero-.
¿Dónde tenéis los ojos que no vistes que era una moza? Aquella de la capa
morada..., la que tomó un vaso de agua por todo desayuno, ¡so bribón!:.. ¿dónde
está?
-Pero... ¡por todos los santos! -balbució el posadero-. ¡Master
John le llamabais vos, señor! Y claro... nada malo pensé. Le..., es decir, la
vi en la cuadra hace más de una hora... ensillando vuestro caballo tordo...
-¡Por la santa cruz! -rugió sir Daniel-. ¡Quinientas libras y
más me hubiera valido la moza!
-Noble señor -advirtió el mensajero con amargura-, mientras vos
clamáis al cielo por quinientas libras, en otra parte se está perdiendo o
ganando el reino de Inglaterra.
j-Decís bien, mensajero -repuso sir Daniel-. ¡Selden, escoge
seis ballesteros que salgan en su persecución. Y, cueste lo que cueste, que a
mi regreso la encuentre en el Castillo del Foso. Y ahora, señor mensajero, ¡en
marcha!
La tropa partió a buen trote y Selden y sus seis ballesteros se
quedaron atrás en la calle de Kettley, ante los asombrados ojos de los
lugareños.
2
En el pantano
Serían cerca de las seis de aquella mañana de mayo cuando Dick
entraba a caballo por los pantanos, de regreso a su casa. Azul y despejado
estaba el cielo; soplaba, alegre y ruidoso, el viento; giraban las aspas de
los molinos y los sauces, esparcidos por todo el pantano, ondulaban blanqueando
como un campo de trigo. La noche entera había pasado Dick sobre la silla de su
caballo y, sin embargo, se sentía sano de cuerpo y con el corazón animoso, por
lo que cabalgaba alegremente.
Descendía el camino hasta ir a hundirse en el pantano, y perdió
de vista las sierras vecinas, exceptuando el molino de viento de Kettley, en la
cima de la colina que a su espalda quedaba, y allí lejos, frente a él, la parte
alta del bosque de Tunstall. A derecha e izquierda se extendían grandes y rumorosos
cañaverales mezclados con sauces; lagunas cuyas aguas agitaba el viento, y traidoras
ciénagas, verdes como esmeraldas, ofreciéndose tentadoras al viajero para
perderle. Conducía el sendero, casi en línea recta, a través del pantano.
Databa de larga fecha el camino, pues sus cimientos los echaron los ejércitos
romanos; mas con el transcurso del tiempo se hundió gran parte del sendero, y,
de trecho en trecho, cientos de metros se hallaban sumergidos bajo las estancadas
aguas del pantano.
A cosa de una milla de Kettley, Dick tropezó con una de esas
lagunas que interceptaban el camino real, en un sitio en que los cañaverales y
sauces crecían desparramados cual diminutos islotes, produciendo confusión al
viajero. La brecha era sumamente extensa, y en aquel lugar un forastero,
desconocedor de aquellos parajes, podía extraviarse, por lo cual Dick recordó,
aterrado, al muchacho a quien tan a la ligera había encaminado hacia aquel
sitio. En cuanto a él, le bastó dirigir una mirada hacia atrás, sobre las aspas
del molino que se movían cual manchas negras sobre el azul del cielo; y otra hacia
delante, sobre las elevadas cimas del bosque de Tunstall, para orientarse y
continuar en línea recta a través de las aguas que lamían las rodillas de su
caballo, que él dirigía con la misma seguridad que si marchara por el camino
real.
A mitad de camino de aquel paso difícil, cuando ya vislumbraba
el camino seco que se elevaba en la orilla opuesta, sintió a la derecha ruido
de chapoteos sobre el agua y pudo ver a un caballo tordo hundido en el barro
hasta la cincha y luchando aún, con espasmódicos movimientos, por salir de él.
Instantáneamente, como si el noble bruto hubiese adivinado la proximidad del
auxilio, comenzó a relinchar de forma conmovedora. Giraban sus ojos inyectados
en sangre, locos de terror, y mientras se revolcaba en el cenagal, verdaderas
nubes de insectos se elevaban del mismo zumbando sordamente en el aire.
¡Ah! ¿Y el muchacho? -pensó Dick-. ¿Habrá perecido? Éste es su
caballo, sin duda. ¡Valeroso animal! No, compañero, si tan lastimosamente
clamas, haré cuanto puede hacer un hombre por ti. ¡No has de quedarte ahí,
hundiéndote pulgada a pulgada!
Y montando la ballesta, le hundió en la cabeza una certera
flecha.
Tras este acto de brutal piedad Dick siguió su camino, algo más
sereno su ánimo, mirando atentamente en torno, en busca de alguna señal de su
menos afortunado predecesor en el camino.
¡Ojalá me hubiera arriesgado a darle más detalles de los que le
di -pensó-, pues mucho me temo que se haya quedado hundido en el lodazal!
Pensaba esto cuando una voz le llamó por su nombre desde un
lado del camino y, mirando por encima del hombro, vio aparecer el rostro del
muchacho entre los cañaverales.
-¡Ah! ¿Estáis ahí? elijo, deteniendo el caballo-. Tan oculto
estabais entre las cañas, que pasaba de largo sin veros. A vuestro caballo vi
hundido en el fango y puse fin a su agonía, haciendo lo que a vos os correspondía,
siquiera fuese por lástima. Pero salid ya de vuestro escondite. Nadie hay aquí
que pueda causaros inquietud.
-¡Ah, buen muchacho! ¿Cómo iba a hacerlo, si no tenía armas? Y
aunque las tuviese... no sé manejarlas -contestó el otro, saliendo al camino.
-¿Y por qué me llamáis «buen muchacho»? No sois, me parece, el
mayor de nosotros dos.
-Perdonadme, master Shelton -repuso el otro-. No tuve la menor
intención de ofenderos. Más bien quería implorar vuestra nobleza y favor, pues
me encuentro más angustiado que nunca, perdido el camino, la capa y mi pobre
corcel. ¡Látigo y espuelas tengo, pero no caballo que montar! ¡Y sobre todo
-agregó, mirando con tristeza su propio traje-; ¡sobre todo... estoy tan sucio
y lleno de lodo!
-¡Queréis callar! -exclamó Dick-. ¿Os importa tanto un chapuzón
más o menos? Sangre de una herida o polvo o barro del camino... ¿qué son sino
adornos del hombre?
-Pues yo prefiero no verme tan adornado -objetó el muchacho-.
Pero, por Dios os ruego, ¿qué he de hacer? Buen master Shelton, aconsejadme, os
lo suplico. Si no llego sano y salvo a Holywood, estoy perdido.
-¡Vamos! -exclamó Dick, echando pie a tierra-. Algo más que
consejos voy a daros. Tomad mi caballo, que yo iré corriendo un rato. Cuando
esté cansado, cambiaremos; así, cabalgando y corriendo, los dos podemos ir más
deprisa.
Hicieron el cambio y siguieron adelante con toda la rapidez que
les permitía la desigualdad del camino, conservando Dick su mano sobre la
rodilla de su compañero.
-¿Cómo os llamáis? -preguntó Dick. -Llamadme John Matcham
-contestó el muchacho.
-¿Y qué vais a hacer en Holywood?
-Buscar un lugar seguro para librarme de la tiranía de un
hombre. El buen abad de Holywood es un fuerte apoyo para los débiles.
-¿Y cómo es que estabais con sir Daniel? -continuó Dick.
-¡Ah! -exclamó el otro ¡Por un abuso de fuerza! ¡Me sacó
violentamente de mi propia casa, me vistió con estas ropas, cabalgó a mi lado
hasta que desfallecí de fatiga, hizo continua burla de mí hasta hacerme
llorar, y cuando algunos de mis amigos salieron en su persecución creyendo que
podrían rescatarme, me colocó en la retaguardia para que yo recibiera los
propios disparos de los míos! Uno de los dardos me hirió en el pie derecho, y,
aunque puedo andar, cojeo un poco. ¡Ah, día vendrá en que ajustemos las cuentas
pendientes; entonces pagará caro todo lo que me ha hecho!
-¿No veis que lo que decís es como ladrarle a la luna? -replicó
Dick-. Sabed que el caballero es valiente y tiene mano de hierro, y si
sospechase que yo intervine en vuestra fuga, malos vientos soplarían para mí.
-¡Pobre muchacho! -exclamó el otro-. Ya sé que sois su pupilo.
Por lo visto, yo también lo soy, según dice, o si no, que ha comprado el
derecho de casarme a su gusto, con quien él quiera... No sé de qué se trata,
pero sí que le sirve de pretexto para tenerme esclavizado.
-¡Otra vez me llamáis «muchacho»! -exclamó Dick.
-¿He de llamaros «muchacha», amigo Richard? -replicó Matcham.
-¡No, eso sí que no! -repuso Dick-. Reniego de ellas.
-Habláis como un niño -replicó el otro-. Y pensáis más en ellas
de lo que os figuráis.
-Claro que no -repuso Dick con aire resuelto-. Ni siquiera pasan
por mi imaginación. ¡Para mí son la mayor calamidad que puede darse! A mí dadme
cacerías, batallas y fiestas y la alegre vida de los habitantes de los
bosques. Jamás oí hablar de muchacha alguna que sirviese para nada; sólo de una
supe, y aun esa, pobre miserable, fue quemada por bruja por llevar ropas de
hombre, contra las leyes naturales.
Se santiguó con el mayor fervor master Matcham al oír tales
palabras, y pareció murmurar una oración.
-¿Por qué hacéis eso? -preguntó Dick.
-Rezo por su alma -respondió el otro con voz algo trémula.
-¡Por el alma de una hechicera! -exclamó Dick-. Rezad, si ello
os place. Después de todo, esa Juana de Arco era la mejor moza de toda Europa.
El viejo Appleyard, el arquero, tuvo que huir de ella como del demonio. Sí,
era una muchacha valiente.
-Bien, master Richard -interrumpió Matcham-. Pero si tan poco
apreciáis a las mujeres, no sois un hombre como los demás, pues Dios los creó a
unos y a otras para que formaran parejas, e hizo brotar el amor en el mundo
para esperanza del hombre y consuelo de la mujer.
-¡Vaya, vaya! -exclamó Dick-. ¡Sois un niño de teta cuando así
abogáis por las mujeres! Y si os imagináis que no soy un hombre de veras,
bajad al camino y con los puños, con el sable o con el arco y la flecha, probaré
mi hombría sobre vuestro cuerpo.
-No, yo nada tengo de luchador -replicó Matcham con vehemencia-.
No quise ofenderos. Todo fue una broma. Y si hablé de las mujeres es porque oí
decir que ibais a casaros.
-¡Casarme yo! -exclamó Dick-. Es la primera vez que oigo hablar
de ello. ¿Y sabéis con quién he de casarme?
-Con una muchacha llamada Joan Sedley -contestó Matcham,
enrojeciendo-. Obra de sir Daniel, quien de ambas partes iba a sacar dinero.
Por cierto que oí a la pobre muchacha lamentarse amargamente de semejante
boda. Parece que ella opina como vos, o que no le gusta el novio.
-¡Bien! Al fin y al cabo el matrimonio es como la muerte: para
todos llega -murmuró Dick con resignación-. ¿Y decís que se lamentaba? Pues
ahí tenéis una prueba del poco seso de esas muchachas! ¡Lamentarse antes de
haberme visto! ¿Acaso me lamento yo? ¡En absoluto! Y si tuviera que casarme, lo
haría sin derramar una lágrima. Pero si la conocéis, decidme: ¿cómo es ella?
¿Guapa o fea? ¿Simpática o antipática?
-¿Y eso qué os importa? -replicó Matcham-. Si al fin habéis de
casaros, ¿qué remedio os queda sino aceptar la boda? ¿Qué más da que sea guapa
o fea? Eso son niñerías, y vos no sois ningún niño de pecho, master Richard.
Sea como fuere, os casaréis sin derramar una lágrima.
-Decís bien: nada me importa -repuso Shelton. -Veo que vuestra
esposa tendrá un agradable marido.
-Tendrá el que el cielo le haya deparado -replicó Dick-. Los
habrá peores... y mejores también.
-¡Pobre muchacha! -exclamó el otro.
-¿Y por qué pobre? -inquirió Dick.
-¡Qué desgracia tener que casarse con un hombre tan insensible!
-respondió su compañero.
-Realmente debo de ser muy insensible -murmuró Dick- desde el
momento que ando yo a pie mientras vos cabalgáis en mi caballo.
-Perdonadme, amigo Dick -suplicó Matcham-. Fue una broma lo que
dije; sois el hombre más bondadoso de toda Inglaterra.
-Dejaos de alabanzas -repuso Dick, turbado al ver el excesivo
calor que ponía en sus expresiones su compañero-. En nada me habéis ofendido.
Afortunadamente, no me enojo tan fácilmente.
El viento que soplaba tras ellos trajo en aquel instante el
bronco sonido de las trompetas de sir Daniel.
-¡El toque de llamada! -exclamó Dick.
-¡Ay de mí! ¡Han descubierto mi fuga, y no tengo caballo!
-gimió Matcham, pálido como un muerto.
-¡Ánimo! -recomendó Dick-. Les lleváis una buena delantera y
estamos cerca del embarcadero. ¡Por otra parte, me parece que quien se ha
quedado aquí sin caballo soy yo!
-¡Pobre de mí, me cogerán! -exclamó el fugitivo-. ¡Por amor de
Dios, buen Dick, ayudadme, aunque sólo sea un poco!
-Pero... ¿qué os pasa? -dijo Dick-. ¡Más de lo que os estoy
ayudando! ¡Qué pena me da ver a un muchacho tan acobardado! ¡Escuchad, John
Matcham, si es que os llamáis John Matcham; yo, Richard Shelton, pase lo que
pase, suceda lo que suceda, os pondré a salvo en Holywood! ¡Que el cielo me
confunda si falto a mi palabra! ¡Vamos, ánimo, señor Carapálida! El camino es
ya aquí algo mejor. ¡Meted espuelas al caballo! ¡Al trote
largo! ¡A escape! No os preocupéis por mí, que yo corro como un
gamo.
Marchando al trote largo, en tanto Dick corría sin esfuerzo a su
lado, cruzaron el resto del pantano y llegaron a la orilla del río, junto a la
choza del barquero.
3
La barca del pantano
Era el río Till de ancho cauce y perezosa corriente de aguas
fangosas, procedentes del pantano, que en esta parte de su curso se adentraba
entre una veintena de islotes de cenagoso terreno cubierto de sauces.
Sus aguas eras sucias, pero en aquella serena y brillante
mañana todo parecía hermoso. El viento y los martinetes quebrábanlas en
innumerables ondulaciones y, al reflejarse el cielo en la superficie, las
matizaban con dispersos trozos de sonriente azul.
Avanzaba el río en un recodo hasta encontrar el camino, y junto
a la orilla parecía dormitar perezosamente la cabaña del barquero. Era de
zarzo y arcilla, y sobre su tejado crecía verde hierba.
Dick se dirigió hacia la puerta y la abrió. Dentro, sobre un
sucio capote rojo, se hallaba tendido y tiritando el barquero, un hombretón
consumido por las fiebres del país.
-¡Hola, master Shelton! -saludó-. ¿Venís por la barca? ¡Malos
tiempos corren! Tened cuidado, que anda por ahí una partida. Más os valiera dar
media vuelta y volveros, intentando el paso por el puente.
-Nada de eso; el tiempo vuela, Hugh, y tengo mucha prisa
-repuso Dick.
-Obstinado sois... -replicó el barquero, levantándose-. Si
llegáis sano y salvo al Castillo del Foso, bien podréis decir que sois
afortunado; pero, en fin, no hablemos más.
Advirtiendo la presencia de Matcham, preguntó:
-¿Quién es éste? -y se detuvo un momento en el umbral de la
cabaña, mirándole con sorpresa.
-Es master Matcham, un pariente mío -contestó Dick.
-Buenos días, buen barquero -dijo Matcham, que acababa de
desmontar y se acercaba conduciendo de la rienda al caballo-. Llevadme en la
barca, os lo suplico. Tenemos muchísima prisa.
El demacrado barquero siguió mirándole muy fijamente.
-¡Por la misa! -exclamó al fin, y soltó una franca carcajada.
Matcham se ruborizó hasta la raíz de los pelos y retrocedió un
paso; en tanto, Dick, con expresión de violento enojo, puso su mano en el
hombro del rústico y le gritó:
-¡Vamos, grosero! ¡Cumple tu obligación y déjate de chanzas con
tus superiores!
Refunfuñando desató la barca el hombre y la empujó hacia las
hondas aguas. Hizo meter el caballo en ella Dick y tras la cabalgadura entró
Matcham.
-Pequeño os hizo Dios -murmuró Hugh sonriendo-; acaso
equivocaron el molde. No, master Shelton, no; yo soy de los vuestros -añadió,
empuñando los remos-. Aunque no sea nada, un gato bien puede atreverse a mirar
a un rey; y eso hice: mirar un momento a master Matcham.
-¡Cállate, patán, y dobla el espinazo! -ordenó Dick.
Se hallaban en la boca de la ensenada y la perspectiva se abría
a ambos lados del río. Por todas partes es taba rodeado de islotes. Bancos de
arcilla descendían desde ellos, cabeceaban los sauces, ondulaban los cañaverales
y piaban y se zambullían los martinetes. En aquel laberinto de aguas no se
percibía signo alguno del hombre.
-Señor -dijo el barquero, aguantando el bote con un remo-: tengo
el presentimiento de que John-a-Fenne[3]
está en la isla. Guarda mucho rencor a los de sir Daniel. ¿Qué os parece si
cambiáramos de rumbo, remontando-la corriente, y os dejara en tierra a cosa de
un tiro de flecha del sendero? Sería preferible que no os tropezarais con John
Fenne.
-¿Cómo? ¿Es él uno de los de la partida? -preguntó Dick.
-Más valdrá que no hablemos de eso -dijo Hugh-. Pero yo, por mi
gusto, remontaría la corriente. ¿Qué pasaría si a master Matcham le alcanzase
una flecha? -añadió, volviendo a reír.
-Está bien, Hugh -respondió Dick.
-Escuchad entonces -prosiguió el barquero-. Puesto que estáis de
acuerdo conmigo, descolgaos esa ballesta... Así; ahora, preparadla... bien,
poned una flecha... Y quedaos así, mirándome ceñudo.
-¿Qué significa esto? -preguntó Dick.
-Significa que si os paso en la barca, será por fuerza o por
miedo -replicó el barquero-. De lo contrario, si John Fenne lo descubriese, es
muy probable que se convirtiera en mi más temible y molesto vecino...
-¿Tanto es el poder de esos patanes? ¿Hasta en la propia barca
de sir Daniel mandan?
-No -murmuró el barquero, guiñando un ojo-. Pero, ¡escuchadme!
Sir Daniel caerá; su estrella se eclipsa. Mas... ¡silencio! -y encorvó el
cuerpo, poniéndose a remar de nuevo.
Remontaron un buen trecho del río, dieron la vuelta al extremo
de uno de los islotes y suavemente llegaron a un estrecho canal próximo a la
orilla opuesta. Entonces se detuvo Hugh en medio de la corriente.
-Tendríais que desembarcar entre los sauces.
-Pero aquí no hay senda ni desembarcadero, no se ven más que
pantanos cubiertos de sauces y charcas cenagosas -objetó Dick.
-Master Shelton -repuso Hugh-: no me atrevo a llevaros más
cerca, en interés vuestro. Ese sujeto espía mi barca con la mano en el arco. A
cuantos pasan por aquí y gozan del favor de sir Daniel los caza como si fueran
conejos. Se lo he oído jurar por la santa cruz. Si no os conociera desde tanto
tiempo, ¡ay, desde hace tantos años!, os hubiera dejado seguir adelante; pero
en recuerdo de los días pasados y ya que con vos lleváis este muñeco, tan poco
hecho a heridas y a andanzas guerreras, me he jugado mis dos pobres orejas por
dejaros a salvo. ¡Contentaos con eso, que más no puedo hacer: os lo juro por la
salvación de mi alma!
Hablando estaba aún Hugh, apoyado sobre los remos, cuando de
entre los sauces del islote salió una voz potente, seguida del rumor que un
hombre vigoroso causaba al abrirse paso a través del bosque.
-¡Mala peste se lo lleve! -exclamó Hugh-. ¡Todo el rato ha
estado en el islote de arriba! -Y así diciendo, remó con fuerza hacia la
orilla-. ¡Apuntadme con la ballesta, buen Dick! ¡Apuntadme y que se vea bien
claro que me estáis amenazando! -añadió-. ¡Si yo traté de salvar vuestro
pellejo, justo es ahora que salvéis el mío!
Chocó el bote contra un grupo de sauces del cenagoso suelo con
un crujido. Matcham, pálido, pero sin perder el ánimo y manteniéndose ojo
avizor, corrió por los bancos de la barca y saltó a la orilla a una señal de
Dick. Éste, cogiendo de las riendas al caballo, intentó seguirle. Pero fuese
por el volumen del caballo, fuese por la frondosidad de la espesura, el caso es
que quedaron ambos atascados. Relinchó y coceó el caballo, y el bote,
balanceándose en un remolino de la corriente, iba y venía de un lado a otro,
cabeceando con violencia.
-No va a poder ser, Hugh; aquí no hay modo de desembarcar
-exclamó Dick; pero continuaba luchando con la espesura y con el espantado
animal.
En la orilla del islote apareció un hombre de elevada estatura,
llevando en la mano un enorme arco. Por el rabillo del ojo vio Dick cómo el
recién llegado montaba el arco con gran esfuerzo, roja la cara por la precipitación.
-¿Quién va? -gritó-. Hugh, ¿quién va?
-Es master Shelton, John -respondió el barquero.
-¡Alto, Dick Shelton! -ordenó el del islote-. ¡Quieto, y os juro
que no os haré ningún daño! ¡Quieto! ¡Y tú, Hugh, vuelve a tu puesto!
Dick le dio una respuesta burlona.
-Bueno; entonces tendréis que ir a pie -replicó el hombre,
disparando la flecha.
El caballo, herido por el dardo, se encabritó, lleno de terror;
volcó la embarcación y en un instante estaban todos luchando con los remolinos
de la corriente.
Al salir a flote, Dick se halló a cosa de un metro de la orilla,
y antes de que sus ojos pudieran ver con toda claridad, su mano se había
cerrado sobre algo firme y resistente que al instante comenzó a arrastrarle
hacia delante. Era la fusta que Matcham, arrastrándose por las colgantes ramas
de un sauce, le tendía oportunamente.
-¡Por la misa! -exclamó Dick, en tanto recibía el auxilio para
poner pie en tierra-. Os debo la vida. Nado como una bala de cañón.
Y se volvió enseguida hacia el islote.
En mitad de la corriente nadaba Hugh, cogido a su barca volcada,
mientras que John-a-Fenne, furioso por la mala fortuna de su tiro, le gritaba
que se diera prisa.
-¡Vamos, Jack! -lijo Shelton-, corramos. Antes de que Hugh pueda
arrastrar su lancha hasta la orilla o de que entre ambos la enderecen estaremos
nosotros a salvo.
Predicando con el ejemplo, comenzó su carrera, ocultándose,
cambiando continuamente de dirección entre los sauces, saltando de promontorio
en promontorio sobre los lugares pantanosos. No tenía tiempo para fijarse en
qué dirección marchaba: lo importante era volver la espalda al río y alejarse
de aquel sitio.
Pronto observó que el terreno comenzaba a ascender, lo que le
indicó que marchaba por buen camino. Poco después penetraban en un repecho
cubierto de mullido césped, donde los olmos se mezclaban ya con los sauces.
Pero allí Matcham, que avanzaba penosamente, quedando muy
rezagado, se dejó caer al suelo y gritó, jadeante, a su compañero:
-¡Déjame, Dick, no puedo más!
Dick se volvió y retrocedió hasta donde se hallaba tendido su
compañero.
-¿Dejarte, Jack? -exclamó-. Eso sería una villanía, después de
que, por salvarme la vida, te has expuesto a que te hirieran de un flechazo y
a un chapuzón y quizá a ahogarte también. Ahogarte, sí, pues sólo Dios sabe
cómo no te arrastré conmigo.
-Nada de eso -repuso Matcham-; sé nadar y nos hubiéramos salvado
los dos.
-¿Sabes nadar? -exclamó Dick asombrado.
Era ésta una de las varoniles habilidades de que él se reconocía
incapaz. Entre las cosas que admiraba, la primera era la de haber matado a un
hombre en buena lid, pero la segunda consistía en saber nadar.
-¡Bueno! -dijo— Esto ha de servirme de lección. Yo prometí
cuidar de ti hasta llegar a Holywood y, ¡por la cruz!, más capaz te has
mostrado tú de cuidarme y salvarme a mí.
-Entonces, Dick, ¿somos amigos?... -preguntó master Matcham.
-¿Es que hemos dejado de serlo alguna vez? -repuso Dick-. Eres
un bravo mozo, a tu manera, aunque algo afeminado todavía. Hasta hoy no me
tropecé con nadie que se te pareciera. Mas, por amor de Dios, recupera el
aliento y sigamos adelante. No es éste el momento apropiado para charlas.
-Me duele este pie horriblemente -dijo Matcham.
-¡Ah! Ya se me había olvidado. ¡Bueno! Tendremos que ir más
despacio. Lo que yo quisiera es saber dónde estamos. He perdido el camino,
aunque tal vez sea mejor así. Si vigilan el embarcadero, quizá vigilen el
sendero también. ¡Ojalá hubiera vuelto sir Daniel con sólo cuarenta hombres!
Barreríamos a estos bribones como el viento barre las hojas. Acércate, Jack, y
apóyate en mi hombro... Pero... si no llegas... ¿Qué edad tienes? ¿Doce años?
-No; tengo dieciséis -respondió Matcham.
-Poco has crecido para esa edad -observó Dick-. Cógete de mi
mano. Iremos despacio... No temas. Te debo la vida... y soy buen pagador, Jack,
lo mismo del bien que del mal.
Comenzaron a remontar la cuesta.
-Tarde o temprano daremos con el camino -añadió Dick-, y
entonces sabremos adónde vamos. Pero... ¡qué mano tan pequeña tienes, Jack! Si
yo tuviese unas manos como las tuyas, me daría vergüenza enseñarlas... Y...
¿sabes lo que te digo? -prosiguió soltando una risita-: ¡Juraría que Hugh el
barquero te tomó por una muchacha!
-¡No es posible! -exclamó Matcham, ruborizándose.
-¡Te digo que sí y apuesto lo que quieras! -gritó Dick-. Pero no
hay por qué censurarle; más aspecto tienes de muchacha que de hombre. Para ser
muchacho tienes un extraño aspecto; pero para muchacha, Jack, serías guapa. Una
moza muy bien parecida.
-Bueno -repuso Matcham-; pero tú sabes muy bien que no lo soy.
-Claro que lo sé; es una broma -explicó Dick-. Hombre eres, y si
no, que se lo pregunten a tu madre. ¡Ánimo, valiente! Buenos golpes has de
repartir todavía. Y ahora dime, Jack: ¿a quién de los dos armarán caballero
primero? Porque yo he de serlo, o moriré por ello. Eso de «sir Richard Shelton,
caballero» suena muy bien, y tampoco sonará mal «sir John Matcham».
-Dick, por favor, espera que beba -suplicó el otro, deteniéndose
al pasar junto a una cristalina fuente que brotando del declive caía en
diminuto charco empedrado de guijarros y no mayor que un bolsillo-. ¡Ay, Dick,
si pudiera encontrar algo que comer! ¡Me muero de hambre!
-Pero, ¡tonto!, ¿por qué no comiste en Kettley? -preguntó Dick.
-Había hecho voto de ayunar... por un pecado que me indujeron a
cometer -balbució Matcham-. Pero, lo que es ahora, aunque fuese pan duro como
una piedra, lo devoraría.
-Siéntate, pues, y come -dijo Dick-, mientras yo exploro el
terreno para buscar el camino.
Echó mano Dick al zurrón que llevaba y de él sacó pan y unos
trozos de tocino seco, que Matcham comenzó a devorar, mientras él se perdía
entre los árboles.
A corta distancia corría un arroyuelo, filtrándose entre hojas
secas. Poco más allá se erguían, ya más corpulentos y espaciados, los árboles;
y las hayas y los robles comenzaban a sustituir al olmo y al sauce. Como el
viento agitaba de continuo las hojas, el rumor de los pasos de Dick sobre el
suelo cubierto de hayucos quedaba bastante amortiguado; eran para el oído lo
que una noche sin luna es para la vista. Sin embargo, Dick avanzaba con
precaución, deslizándose de un grueso tronco a otro, sin dejar de escudriñar en
torno suyo mientras marchaba. De pronto, rápido como una sombra, un gamo
atravesó la maleza. Contrariado por el encuentro, se detuvo. Sin duda esta
parte del bosque estaba solitaria; pero la huida del pobre animal azorado
podía resultar un aviso de que alguien transitaba por allí, por lo cual, en
vez de seguir adelante, se volvió hacia el árbol corpulento más próximo y
comenzó a trepar.
La suerte le fue propicia. El roble al que había subido era uno
de los más altos de aquel rincón del bosque: sobresalía unos dos metros de los
que le circundaban. Dick se encaramó sobre la horquilla más alta y, sentado en
ella, vertiginosamente balanceado por el vendaval, divisó a su espalda todo el
llano de pantanos hasta Kettley, y el río Till serpenteando entre frondosos
islotes, y enfrente, la blanca cinta del camino introduciéndose a través del
bosque. Enderezado el bote, se hallaba ya a mitad del camino de vuelta al
embarcadero. Fuera de esto, ni rastro de hombres por ninguna parte, y nada se
movía excepto el viento. A punto de descender estaba cuando, tendiendo en torno
la mirada por última vez, tropezó su vista con una línea de puntos movedizos
allá hacia el centro del pantano.
Era evidente que un pelotón de gente armada marchaba a buen
paso por el camino real, lo que le produjo cierta inquietud, pues rápidamente
descendió del árbol y regresó a través del bosque en busca de su compañero.
4
La cuadrilla de la Verde Floresta
Reanimado Matcham después de su reposo, los dos muchachos, a
quienes parecía haberles prestado alas lo que Dick había visto, atravesaron las
afueras del bosque, cruzaron sin el menor tropiezo el camino y comenzaron a
ascender por las empinadas tierras del bosque de Tunstall. Había más árboles
cada vez, formando bosquecillos, y entre ellos se extendían por la arenosa tierra
brezos y retamas espinosas, con algunas salpicaduras de añosos tejos. El
terreno se hacía cada vez más escabroso, lleno de hoyos y montecillos. Y a cada
paso de la ascensión, el viento silbaba con más fuerza y los árboles se
curvaban como cañas de pescar.
Acababan de llegar a uno de los claros cuando, de repente, Dick
se echó de cara al suelo entre unas zarzas y comenzó a arrastrarse lentamente
hacia atrás buscando el abrigo de un bosquecillo. Matcham, presa de gran
turbación -no comprendía el motivo de aquella huida-, le imitó, y hasta haber
llegado al refugio de la espesura no se atrevió a volverse para pedirle a Dick
una explicación.
Por toda respuesta, Dick señaló con el dedo.
En el extremo opuesto del claro se elevaba sobre los otros
árboles un abeto, cuyo oscuro follaje se recortaba contra el cielo. Su tronco,
recto y sólido como una columna, se elevaba unos quince metros sobre el terreno,
y a esta altura se bifurcaba en dos macizas ramas, y en la horquilla que
formaban, como marinero subido en el mástil, se hallaba un hombre cubierto con
verde tabardo, vigilando por todas partes. El sol relucía en sus cabellos; con
una mano se hacía sombra sobre los ojos para avizorar la lejanía, y lentamente
volvía la cabeza de uno a otro lado con la regularidad de un mecanismo.
Los dos jóvenes cambiaron una expresiva mirada.
-Probemos por la izquierda -dijo Dick-. Por poco caemos
tontamente en la trampa, Jack.
Diez minutos después llegaban a un camino trillado.
-No conozco esta parte del bosque -observó Dick-. ¿Adónde nos
conducirá este sendero?
-Sigámoslo -dijo Matcham.
Algunos metros más allá seguía el caminillo hasta la cresta de'
un monte, y desde allí descendía bruscamente hacia una hondonada en forma de
taza. Al pie, como saliendo de un espeso bosquecillo de espinos en flor, dos o
tres caballetes sin tejado, ennegrecidos como por la acción del fuego, y una
larga y solitaria chimenea mostraban las ruinas de una casa.
-¿Qué será eso? -murmuró Matcham.
-No lo sé -respondió Dick-. Estoy desorientado. Avancemos con
cautela.
Saltándoles el corazón en el pecho, fueron descendiendo por
entre los espinos. Aquí y allá descubrían señales de reciente cultivo; entre
los matorrales crecían los árboles frutales y las hortalizas; sobre la hierba
se veían pedazos de lo que fue un reloj de sol. Les parecía que caminaban sobre
lo que había sido una huerta. Avanzaron unos pasos más y llegaron ante las
ruinas de la casa.
Ésta debió ser, en su tiempo, una agradable y sólida mansión. La
rodeaba un foso profundo, cegado ahora por los escombros, y una viga caída
hacía las veces de puente. Hallábanse en pie las dos paredes extremas, a través
de cuyas ventanas desnudas brillaba el sol; pero el resto del edificio se había
derrumbado y yacía en informe montón de ruinas, tiznadas por el fuego. En el
interior brotaban algunas verdes plantas por entre grietas.
-Ahora que recuerdo -cuchicheó Dick-, esto debe de ser
Grimstone. Era el fuerte de un tal Simon Malmesbury, y sir Daniel fue su ruina.
Hace cinco años que Bennet Hatch lo incendió. Fue una lástima, pues la casa era
magnífica.
En la hondonada, donde el viento no soplaba, la temperatura era
agradable y el aire quieto y silencioso. Matcham, cogiéndose del brazo de Dick,
levantó un dedo, advirtiéndole:
-¡Silencio!
Oyeron un extraño ruido que vino a turbar aquella quietud. Se
repitió por segunda vez, y ello les permitió apreciar la naturaleza del mismo.
Era el sonido producido por un hombretón al carraspear. Al rato, una voz ronca
y desafinada comenzó a cantar:
Y habló así el capitán, de
los bandidos rey:
«¿Qué hacéis en la espesura,
mi muy alegre grey?»
Gamelyn respondía, los ojos
sin bajar.
« Quien por ciudad no puede,
por el bosque ha de andar. »
Hizo una pausa el cantor, se oyó un leve tintineo de hierros y
reinó de nuevo el silencio.
Los dos muchachos se miraron sorprendidos. Fuera quien fuera su
invisible vecino, el hecho era que se hallaba al otro lado de las ruinas. De
súbito se coloreó el rostro de Matcham, y un instante después atravesaba la
caída viga y trepaba con cautela sobre el enorme montón de maderos y escombros
que llenaban el interior de la casa sin techo. Dick le hubiera detenido de
haberle dado tiempo su amigo para ello; pero no tuvo ya más remedio que
seguirle.
En uno de los rincones del ruinoso edificio, dos vigas habían
quedado en cruz al caer, dando protección a un espacio libre, no mayor que el
que ocuparía un banco de iglesia, en el que se agazaparon en silencio los dos
muchachos. Quedaban perfectamente ocultos, y a través de una aspillera
escudriñaron el otro lado de las ruinas.
Al atisbar a través de este orificio, se quedaron como
petrificados de terror. Retroceder era imposible; apenas si se atrevían a
respirar. En el borde mismo de la hondonada, a menos de diez metros del lugar
donde estaban agazapados, borbollaba un caldero de hierro lanzando nubes de
vapor, y junto a él, en actitud de acecho, como si hubiera oído algún rumor
sospechoso al encaramarse ellos por los escombros, se hallaba un hombre alto,
de cara rojiza y tez curtida, con una cuchara de hierro en la mano derecha y
un cuerno de caza y una formidable daga colgados al cinto. Sin duda éste era el
cantor, y era evidente que removía el caldero cuando percibió el rumor de algún
paso entre los escombros. Algo más allá dormitaba un hombre tendido en el suelo,
envuelto en un pardo capote; sobre su rostro revoloteaba una mariposa. Todo
esto se veía en un espacio abierto que cubrían margaritas silvestres; en el
lado opuesto, suspendidos de un florido espino blanco, se veían un arco, un haz
de flechas y restos de la carne de un ciervo.
Enseguida, el individuo dejó su actitud recelosa, se llevó el
cucharón a la boca, saboreó su contenido, sacudió la cabeza satisfecho, y
volvió a remover el líquido del caldero mientras cantaba:
«Quien por ciudad no puede,
por el bosque ha de andar.»
Graznó, reanudando su canción donde la había dejado antes:
No venimos, señor, a causar
ningún mal
sino a clavarle una flecha a
un ciervo real.
Mientras así cantaba, de vez en cuando sacaba una cucharada de
aquel caldo y, después de soplarla, la saboreaba con el aire de un experto
cocinero. Al fin juzgó, sin duda, que el rancho estaba ya en su punto, pues,
empuñando el cuerno de caza que llevaba pendiente del cinto, lo hizo sonar tres
veces como toque de llamada.
Su compañero se despertó, dio en el suelo una vuelta, espantó
la mariposa y miró en torno.
-¿Qué pasa, hermano? -preguntó-. ¿Está lista la comida?
-Sí, borrachín -respondió el cocinero-. La comida está lista, y
bien seca por cierto, sin pan ni cerveza. Poco regalada se nos ha vuelto la
vida en el bosque; tiempo hubo en que se podía vivir como un abad mitrado,
porque a pesar de las lluvias y las blancas heladas, tenías vino y cerveza
hasta hartarte. Pero ahora, desalentados andan los hombres, y ese John
Amend-all, ¡Dios nos salve y nos proteja!, no es más que un espantapájaros.
-No -repuso el otro-, es que tú le tienes demasiada afición a
la carne y a la bebida, Lawless. Aguarda un poco, aguarda; ya vendrán tiempos
mejores.
-Mira -replicó el cocinero-; esperando estoy esos buenos tiempos
desde que era así de alto. He sido franciscano, arquero del rey, marinero; he
navegado por los mares salados y también he estado ya otras veces en los
bosques tirando a los ciervos del rey. ¿Y qué he ganado con todo ello? ¡Nada!
Más me hubiera valido haberme quedado rezando en el claustro. John Abbot es más
útil que John Amend-all. ¡Por la Virgen! Ahí vienen ésos.
Uno tras otro, iban llegando al prado una serie de individuos,
todos de elevada estatura. Cada uno de ellos sacaba, al llegar, un cuchillo y
una escudilla de cuerno, se servía el rancho del caldero y se sentaba a comer
sobre la hierba. Iban muy diversamente equipados y armados: unos con sucios
sayos y sin más arma que un cuchillo y un arco viejo; otros con toda la pompa
de aquellas selváticas partidas, de paño verde de Lincoln, lo mismo el capuchón
que el jubón, con elegantes flechas en el cinto adornadas de plumas de pavo
real, un cuerno en bandolera y espada y daga al costado. Llegaban silenciosos
y hambrientos, y, gruñendo apenas un saludo, se disponían inmediatamente a
comer.
Una veintena de ellos se habían reunido cuando, de entre los
espinos, salió el rumor de unos vítores ahogados, y al momento aparecieron en
el prado cinco o seis monteros, llevando unas parihuelas. Un hombre alto,
corpulento, de pelo entrecano, y de cutis tan oscuro como un jamón ahumado,
marchaba al frente con cierto aire de autoridad, terciado el arco a su espalda
y con una brillante jabalina en la mano.
-¡Muchachos! -gritó-. ¡Buenos compañeros y alegres amigos míos!
Hace tiempo que vivís sufriendo privaciones e incomodidades, sin un buen trago
con que refrescar el gaznate. Pero ¿qué os dije siempre? Soportad vuestra
suerte, pues cambia y cambia pronto. Y aquí está la prueba de que no me engañé;
aquí tenéis uno de sus primeros frutos... cerveza, esa bendición de Dios.
Hubo un murmullo de aprobación y aplauso cuando los portadores
dejaron sobre el suelo las parihuelas y mostraron un abultado barril.
-Y ahora, despachad pronto, muchachos -prosiguió aquel hombre-.
Hay trabajo que nos espera... Un puñado de arqueros acaba de llegar al
embarcadero; morados y azules son sus trajes, buen blanco para nuestras
flechas, que no ha de quedar uno que no pruebe... Porque, muchachos, aquí
estamos cincuenta hombres, y todos hemos sido vilmente agraviados. Unos
perdieron sus tierras, otros sus amigos, otros fueron proscritos y todos
sufrieron injusta opresión. ¿Y quién es el causante de tanto mal? ¡Sir Daniel!
¿Y ha de gozarse en ello? ¿Ha de sentarse cómodamente en nuestras propias
casas? ¿Ha de chupar el meollo al hueso que nos ha robado? Creo que no. Él
buscó su fuerza en la ley, ganó pleitos. Pero ¡ah! hay un pleito que no
ganará... En mi cinto llevo una citación que, con la ayuda de todos los
santos, acabará con él.
Al llegar aquí la arenga, ya andaba Lawless por el segundo
cuerno de cerveza; lo alzó como si fuera a brindar por el orador.
-Master Ellis -dijo-: clamáis venganza y ¡bien os sienta ese
papel! Pero vuestro pobrecillo hermano del bosque, que jamás tuvo tierras que
perder ni amigos en quien pensar, mira, por su parte, al provecho de la cosa.
¡Más quisiera un noble de oro[4]
y un azumbre de vino canario que todas las venganzas del Purgatorio!
-Lawless -replicó el otro-: para llegar al Castillo del Foso,
sir Daniel tiene que atravesar el bosque. Haremos que su paso le cueste más
caro que una batalla. Y cuando hayamos dado con él en tierra y con el puñado
de miserables que se nos hayan escapado, vencidos y fugitivos sus mejores
amigos, sin que nadie acuda en su auxilio, sitiaremos a ese viejo zorro y
grande será su caída. Ése sí que es un gamo rollizo; con él tendremos comida
para todos.
-Sí -repuso Lawless-; a muchas de esas comilonas he asistido
ya; pero cocinarlas es trabajo difícil, master Ellis. Y entretanto, ¿qué
hacemos? Preparamos flechas negras, escribimos canciones y bebemos buena agua
fresca, la más desagradable de las bebidas.
-Faltas a la verdad, Will Lawless. Aún hueles tú a la despensa
de los franciscanos; la gula te pierde -contestó Ellis-. Veinte libras le
cogimos a Appleyard, siete marcos anoche al mensajero y el otro día le sacamos
cincuenta al mercader.
-Y hoy -añadió uno de los hombres- he detenido yo a un
gordinflón perdonador de pecados que galopaba hacia Holywood. Aquí está su
bolsa.
Ellis contó el contenido.
-¡Cien chelines! -refunfuñó-. ¡Idiota! Llevaría más en las
sandalias o cosido en esclavina. Eres un chiquillo, Tom Cuckow; se te ha
escapado el pez.
A pesar de todo, Ellis se metió la bolsa en la escarcela con
aire indiferente. Apoyado en la jabalina, paseó la mirada en torno suyo. En
diversas actitudes, los demás se dedicaban a engullir vorazmente el potaje de
ciervo, remojándolo abundantemente con buenos tragos de cerveza. Era aquél un
día afortunado, pero los asuntos apremiaban y comían rápidamente. Los que
primero llegaron ya habían despachado su colación. Unos se tendieron sobre la
hierba y se quedaron dormidos; otros charlaban o repasaban sus armas, y uno que
estaba de muy buen humor, alzando su cuenco de cerveza, comenzó a cantar:
No hay ley en este bosque,
no nos falta el yantar,
alegre y regalado con carne
de venado
el verano al llegar.
El duro invierno vuelve, con
lluvia y con nieve,
vuelve de nuevo a helar,
cada uno en su emboscada, la
capucha calada
junto al fuego a cantar.
Durante todo este tiempo, los muchachos permanecieron ocultos,
escuchando, echados uno junto a otro. Pero Richard tenía preparada la ballesta
y empuñaba el gancho de hierro que usaba para tensarla. No se habían atrevido a
moverse, y toda esta escena de la vida selvática se desarrolló ante sus ojos
como sobre un escenario. Pero, de pronto, algo extraño vino a interrumpirla.
La alta chimenea que sobresalía del resto de las ruinas se
elevaba precisamente por encima del escondite de los dos muchachos. Un silbido
rasgó el aire, después se oyó un sonoro chasquido y junto a ellos cayeron los
fragmentos de una flecha rota. Alguien, oculto en la parte alta del bosque, tal
vez el mismo centinela que vieron encaramado en el abeto, acababa de disparar
una flecha al cañón de la chimenea.
Matcham no pudo contener un pequeño grito, que sofocó
inmediatamente, y hasta el mismo Dick se sobresaltó, dejando escapar de sus
dedos el gancho de hierro. Mas para los compañeros del prado era aquélla una señal
convenida. Al instante se pusieron todos en pie, ciñéndose los cinturones,
templando las cuerdas de los arcos y desenvainando espadas y dagas.
Levantó una mano Ellis; su rostro adquirió una expresión de
salvaje energía, y sobre su morena y curtida cara brilló intensamente el blanco
de sus ojos.
-¡Muchachos -exclamó-, ya sabéis vuestros puestos! Que ni uno
solo de ellos se os escape. Appleyard no fue más que un aperitivo; ahora es
cuando nos sentamos a la mesa. ¡Tres son los hombres a quienes he de vengar
cumplidamente: Harry Shelton, Simon Malmesbury y -se golpeó el amplio pecho-
Ellis Duckworth!
Por entre los espinos llegó otro hombre, rojo de tanto correr.
-¡No es sir Daniel! -exclamó jadeante-. No son más que siete.
¿Ha disparado ya ése la flecha?
-Ahí se ha roto ahora mismo -respondió Ellis.
-¡Maldición! -exclamó el mensajero-. Ya me pareció oírla
silbar. ¡Y me he quedado sin comer!
En un minuto, corriendo unos, andando otros rápidamente, según
se hallaran más o menos lejos, los hombres de la Flecha Negra desaparecieron
de los alrededores de la casa en ruinas; y el caldero, el fuego, ya casi
apagado, y los restos del ciervo colgados del espino, quedaron solitarios para
dar fe de su paso por aquel lugar.
5
«Sanguinario como el cazador»
Los muchachos permanecieron inmóviles hasta que el ruido de los
últimos pasos se hubo desvanecido. Se levantaron maltrechos y doloridos por lo
forzado de la postura, treparon por las ruinas y, valiéndose de la viga caída,
cruzaron el antiguo foso. Matcham había recogido del suelo el gancho de hierro
y marchaba el primero, seguido de Dick, rígido y con la ballesta bajo el
brazo.
-Ahora -dijo Matcham-, adelante, hacia Holywood.
-¡A Holywood! -exclamó Dick-. ¿Cuando buenos compañeros están
en peligro de ser alcanzados por los tiros de esa gente? ¡No! ¡Antes te dejaría
ahorcar, Jack!
-¿De modo que me abandonarías? -preguntó Matcham.
-¡Sí! -repuso Dick-. Y si no llego a tiempo de poner en guardia
a esos muchachos, moriré con ellos. ¡Cómo! ¿Pretenderías tú que abandonara a
mis propios compañeros, entre los cuales he vivido? Supongo que no. Dame el
gancho.
Nada más lejos de la imaginación de Matcham.
-Dick -le dijo-, tú juraste por los santos del cielo que me
dejarías a salvo en Holywood. ¿Renegarías de tu juramento? ¿Serías capaz de
abandonarme... para ser un perjuro?
-No -replicó Dick-. Cuando lo juré pensaba cumplirlo; ése era mi
propósito... Pero ahora... Hazte cargo, Jack, y ponte en mi lugar. Déjame
avisar a esos hombres, y, si es necesario, que corra con ellos el peligro.
Después, partiré de nuevo para Holywood a cumplir mi juramento.
-Te estás burlando de mí -repuso Matcham-. Esos hombres a
quienes quieres socorrer son los que me persiguen para perderme.
Dick se rascó la cabeza.
-No tengo más remedio, Jack -contestó-. ¿Qué le voy a hacer? Tú
no corres ningún peligro, muchacho; pero ellos van camino de la muerte. ¡La
muerte! -añadió-. ¡Piénsalo! ¿Por qué demonios te empeñas en retenerme aquí?
Dame el gancho. ¡Por san Jorge! ¿Han de morir todos ellos?
-Richard Shelton -dijo Matcham mirándole de hito en hito-:
¿Serías capaz de unirte al partido de sir Daniel? ¿No tienes orejas? ¿No has
oído lo que dijo Ellis? ¿O es que nada te dice el corazón cuando se trata de
los de tu sangre y del padre que esos hombres asesinaron? «Harry Shelton»,
dijo, y sir Harry Shelton era tu padre, tan cierto como ese sol que nos
alumbra.
-¿Y qué pretendes? ¿Que yo dé crédito a esa pandilla de
ladrones?
-No. No es ésta la primera vez que lo oigo -replicó Matcham-.
Todo el mundo sabe que fue sir Daniel quien lo mató. Y lo mató faltando a su
juramento de respetarle la vida; en su propia casa fue derramada su sangre
inocente. ¡El cielo clama venganza, y tú, el hijo de aquel hombre, pretendes
auxiliar y defender al asesino!
Jack exclamó el muchacho-, no lo sé. Acaso sea cierto, pero
¿cómo puedo yo saberlo? Escucha: ese hombre me ha criado y educado; con los
suyos compartí caza y juegos, y abandonarlos en la hora del peligro... ¡Oh!,
si talcosa hiciera, muchacho, sería prueba de que no tengo ni pizca de honor.
No, Jack, tú no me pedirías hacer tal cosa; no puedes querer que yo sea tan
villano.
-Pero ¿y tu padre, Dick? -dijo Matcham, indeciso-. Tu padre...
¿y el juramento que me hiciste? Al cielo pusiste por testigo.
-¿Mi padre? -exclamó Shelton-. ¡Mi padre me dejaría ir! Si es
cierto que sir Daniel le mató, cuando llegue la hora esta mano dará muerte a
sir Daniel; pero ni a él ni a los suyos los abandonaré en el momento del
peligro. Y en cuanto a mi juramento, mi buen Jack, tú vas a relevarme de él
ahora mismo. Por las muchas vidas que ahora peligran, de pobres hombres que
ningún mal te hicieron, y, además, por mi propio honor, tú vas a dejarme ahora
libre de ese peso.
-¿Yo, Dick? ¡Jamás! -repuso Matcham-. Y si me abandonas serás un
perjuro, y así lo pregonaré por todas partes.
-¡Me hierve la sangre! ¡Dame ese gancho! ¡Dámelo!
-¡No quiero dártelo! -le contestó Matcham-. ¡He de salvarte a
pesar tuyo!
-¿No? -gritó Dick-. ¡Pues te obligaré a ello!
-¡Inténtalo! -replicó el otro.
Quedaron mirándose frente a frente, dispuestos ambos a saltar.
Brincó entonces Dick, y aunque Matcham giró rápidamente y emprendió la huida,
le ganó la delantera. Dick, con otro par de saltos, le quitó el gancho,
retorciéndole la mano en que lo empuñaba, le arrojó violentamente al suelo y
quedó frente a él, amenazándole con los puños. Matcham quedó tendido en el
lugar donde había caído, con la cara sobre la hierba, sin ofrecer resistencia.
Dick aprestó entonces su arco.
-¡Ya te enseñaré!... -gritó furioso-. ¡Con juramento o sin él,
lo que es por mí, pueden ahorcarte!
Girando sobre sus talones, echó a correr. Instantáneamente
Matcham se levantó y corrió tras él.
-¿Qué quieres? -gritó Dick parándose-. ¿Por qué me sigues? ¡No
te acerques!
-Te seguiré si se me antoja -repuso Matcham-. El bosque es de
todo el mundo.
-¡Atrás! -rugió Dick, apuntándole con el arco.
-¡Ah! ¡Qué valiente! -replicó Matcham-. ¡Dispara!
Algo confundido Dick bajó su arma.
-Escucha -dijo-: ya me has hecho bastante daño. Sigue tu camino
en paz, porque, de lo contrario, lo quieras o no, te obligaré a hacerlo.
-Bien -dijo Matcham tercamente-. Tú eres el más fuerte de los
dos. Haz lo que quieras. Yo no dejaré de seguirte, Dick, a menos que me
obligues.
Dick estaba casi fuera de sí ante tal insistencia. No tenía
valor para golpear a una pobre criatura tan incapaz de defenderse; pero en
verdad que no conocía otro medio para librarse de aquel molesto y acaso -como
ya comenzaba a pensarlo- infiel compañero.
-Estás loco -gritó-. Pero, ¡imbécil! ¿No ves que corro en busca
de tus enemigos, tan deprisa como los pies puedan llevarme?
-No me importa, Dick -repuso el otro-. Si tú vas a que te maten,
yo moriré contigo. Mejor quisiera que me encarcelasen contigo que estar libre y
sin ti.
-Bien -respondió el otro-. No puedo detenerme más discutiendo.
Sígueme, si es preciso; pero si me traicionas, poco ganarás con ello, fíjate
bien. Te meteré una flecha en el cuerpo, muchacho.
Así diciendo, Dick emprendió de nuevo veloz carrera,
manteniéndose siempre en el borde del bosque y mirando atentamente en torno
suyo mientras corría. Sin aflojar el paso, salió de la hondonada y volvió a los
sitios más abiertos y despejados. A la izquierda surgía una eminencia,
salpicada de doradas retamas y coronada por un negro penacho de abetos.
Desde allí podré ver mejor, pensó, y se lanzó hacia aquel sitio,
atravesando un claro cubierto de brezos.
No había avanzado más que algunos metros cuando Matcham,
tocándole en un brazo, le señaló algo con el dedo. Al este de la cima se
iniciaba un declive, como si un valle cruzase al otro lado. No habían
desaparecido aún allí los brezos, y la tierra era rojiza como adarga
enmohecida, sobriamente punteada de tejos. En aquel lugar percibió Dick, uno
tras otro, a diez casacas verdes que escalaban la altura; marchando a la cabeza
de ellos, claramente discernible por llevar su jabalina, Ellis Duckworth en
persona. De uno en uno fueron ganando la cumbre, se dibujaron un momento
contra el cielo y se hundieron en el otro lado, hasta que el último desapareció.
Dick contempló a Matcham con ojos bondadosos.
-¿De modo que me eres fiel, Jack?-preguntó-. Pensé que acaso
fueras del otro partido.
Matcham se puso a sollozar.
-Pero ¡vamos! ¡Que los santos nos asistan! ¿Por una palabra vas
a lloriquear?
-Es que me hiciste daño -sollozó Matcham-. Me hiciste daño
cuando me arrojaste al suelo. Eres un cobarde que abusas de tu fuerza.
-¡No digas tonterías! -exclamó Dick bruscamente-. No tenías
derecho a quedarte con mi gancho. Lo que yo debía haber hecho era darte una
buena paliza. Si vienes tendrás que obedecerme; anda, vamos.
Casi le entraban ganas a Matcham de quedarse rezagado. Pero al
ver que Dick continuaba corriendo cuanto podía hacia la cumbre y ni siquiera
volvía la vista atrás, lo pensó mejor y corrió tras él a su vez. El terreno era
difícil y escarpado: Dick le había ganado una buena delantera, y lo cierto era
que tenía las piernas más ligeras. Por eso hacía ya rato que Dick había
llegado a la cima, rastreando entre los abetos y escondiéndose tras unas
espesas matas de retamas, antes de que Matcham, jadeante como un ciervo, se
reuniera con él y pudiera echarse a su lado.
Abajo, en el fondo del amplio valle, el atajo que partía de la
aldea de Tunstall descendía serpenteando hasta el vado. Camino bien trillado,
fácilmente podía la vista seguir su curso de punta a punta. Aquí lo bordeaban
los claros del bosque, abiertos por completo; quedaba más allá como encerrado
entre los árboles; y cada cien metros se extendía junto a un lugar propicio
para una emboscada. Muy abajo ya del camino se veían relucir al sol siete
celadas de acero, y, de cuando en cuando, donde los árboles clareaban,
aparecían en descubierto Selden y sus hombres, cabalgando animosos, dispuestos
a cumplir las órdenes de sir Daniel. El viento se había calmado un poco, mas
todavía luchaba algo alborotado con los árboles, y si allí hubiese estado
Appleyard quizá se hubiera puesto en guardia al observar la agitación de que
daban muestras los pájaros.
-Fíjate -murmuró Dick-. Muy adentro del bosque se hallan ya; y
en seguir adelante estriba más bien su salvación. Pero ¿ves ese extenso claro
que se alarga debajo de nosotros y en medio del cual hay unos cuarenta árboles
que parecen formar una isla? Allí es donde pueden salvarse. Si llegan sin
tropiezo hasta ese grupo, ya hallaré yo medio de advertirles del peligro. Pero
temo que el corazón me engaña: no son más que siete contra tantos... y sin más
armas que sus ballestas. El arco de grandes dimensiones será siempre superior a
éstas, Jack.
Selden y sus hombres continuaban ascendiendo por la tortuosa
senda, ignorantes del peligro que corrían, y por momentos se acercaban. Sin
embargo, una vez hicieron alto, se reunieron en un grupo y parecieron señalar
hacia determinado sitio y ponerse a escuchar. Pero lo que les había llamado la
atención era algo que hasta ellos llegaba a través de los llanos; el sordo
rugido del cañón que, de cuando en cuando, traía el viento, y que hablaba de la
gran batalla. Valía la pena fijarse en ello, puesto que si desde allí se oía en
el bosque de Tunstall, el combate debía de haberse ido corriendo hacia el este
y, en consecuencia, era señal de que la jornada no había sido favorable para
sir Daniel ni para los señores de la rosa roja.
Mas al instante reanudó su marcha el destacamento, aproximándose
a uno de los claros del camino, cubierto de brezos, adonde sólo una especie de
lengua del bosque venía a juntarse con la carretera. Se hallaban precisamente
frente a ésta cuando en el aire brilló una flecha. Uno de los hombres alzó los
brazos, se encabritó el caballo y ambos rodaron, agitándose en confuso montón.
Hasta el lugar donde se hallaban los muchachos llegaba el griterío que armaron
los hombres; vieron a los espantados caballos encabritarse y, poco después,
mientras el destacamento recobraba la serenidad, observaron que uno de los del
grupo se disponía a echar pie a tierra. Una segunda flecha centelleó
describiendo un amplio arco, y un segundo jinete mordió el polvo. Al hombre que
estaba descabalgando se le escaparon las riendas, y su caballo salió disparado
al galope, arrastrándole por la carretera cogido al estribo por un pie, rebotando
de piedra en piedra y herido por los cascos del animal en su huida. Los cuatro
que aún quedaban sobre sus sillas se dispersaron; uno giró, chillando, en dirección
al vado; los otros tres, sueltas las riendas y flotando al viento las ropas,
remontaron a galope tendido la carretera de Tunstall. De cada grupo de árboles
que pasaban salía disparada una flecha. Pronto cayó un caballo; mas el jinete,
poniéndose en pie, corrió tras sus compañeros hasta que un nuevo disparo dio
con él en tierra. Otro de los hombres cayó herido, y luego su caballo, quedando
sólo uno de los soldados, y desmontado. Solamente se oía en diferentes
direcciones el galopar de tres caballos sin jinete, que se extinguía rápidamente
en la lejanía.
Durante todo esto, ninguno de los atacantes se había mostrado
por parte alguna. Aquí y allá, a lo largo del sendero, hombres y corceles aún
vivos se revolcaban en la agonía. Mas ningún piadoso enemigo salía de la espesura
para poner fin a sus sufrimientos.
El solitario superviviente permanecía desconcertado en el
camino, junto a su caída cabalgadura. Había llegado a aquel ancho claro con el
islote de árboles señalado por Dick. Acaso se hallara a unos quinientos metros
del lugar en que estaban escondidos los muchachos, y ambos podían verle
claramente, mientras miraba por todos lados con mortal ansiedad. Mas, como nada
sucedía, comenzó a recobrar el perdido ánimo y rápidamente se descolgó y montó
su arco. En aquel mismo instante, por algo característico que vio en sus
movimientos, reconoció Dick en aquel hombre a Selden.
Ante tal intento de resistencia, salieron de cuantos sitios se
hallaban a cubierto, en torno suyo, rumores de risas. Veinte hombres, por lo
menos -se encontraba allí lo más nutrido de la emboscada-, se unieron a este
cruel e importuno regocijo. Centelleó entonces una flecha por encima del
hombro de Selden, que saltó, retrocediendo. Otro dardo fue a clavarse a sus
pies, temblando un momento. Se dirigió entonces a la espesura, y una tercera
flecha pasó ante su rostro, yendo a caer frente a él. Repitiéronse las sonoras
carcajadas, elevándose de diversos matorrales.
Era evidente que sus atacantes no hacían sino acosarle, como en
aquellos tiempos acosaban los hombres al pobre toro, o como el gato se divierte
con el ratón. La escaramuza había terminado; en la parte baja de la carretera,
un individuo vestido de verde recogía pausadamente las flechas, mientras los
demás, con malsano placer, gozaban ante el espectáculo que les ofrecía la
tortura de aquel infeliz, tan pecador como ellos.
Selden comenzó a comprender; lanzó un grito de rabia, se echó a
la cara la ballesta y disparó una saeta como al azar, hacia el bosque. Tuvo
suerte, pues le respondió un grito ahogado. Arrojando al suelo su arma, Selden
echó a correr por el claro del bosque, casi en línea recta hacia Dick y
Matcham.
Los de la partida de la Flecha Negra, al verle, comenzaron a
disparar de veras. Mas ya no era tiempo, habían dejado pasar el momento
oportuno y la mayor parte de ellos tenían que disparar ahora de cara al sol. Y
Selden, al correr, daba saltos de un lado a otro para dificultar la puntería y
engañarlos. Y lo mejor de todo: al dirigirse hacia la parte superior del claro,
había frustrado el plan que tenían preparado; no había tiradores apostados más
allá del que acababa de herir o matar, y la confusión de los cabecillas se hizo
pronto manifiesta. Sonaron tres silbidos, y después dos más... Desde otro
sitio volvieron a silbar. Por todos lados se oía el rumor de gente que corría a
través de los matorrales; un espantado ciervo apareció en el claro, se detuvo
un instante sobre tres patas, olfateando el aire, y de nuevo se internó en la
espesura.
Aún continuaba Selden corriendo y dando saltos, seguido sin
cesar por las flechas, mas todas erraban el blanco. Parecía que iba a conseguir
escapar. Dick había preparado la ballesta, pronto a proteger su huida, y hasta
Matcham, olvidándose de su propio interés, se sentía ya, en el fondo de su
corazón, a favor del pobre fugitivo, siguiendo ambos muchachos la escena
anhelantes y temblorosos.
Se hallaba ya a unos cincuenta metros de ellos cuando le
alcanzó una flecha y cayó. Se alzó, sin embargo, al instante; mas vacilaba en
su carrera y, como si estuviese ciego, se desvió de su dirección.
Dick se puso en pie de un salto y le hizo señas agitando la
mano.
-¡Por aquí! -gritó-. ¡Por este lado! ¡Aquí hallarás ayuda!
¡Corre, muchacho, corre!
Pero en aquel preciso instante una flecha hirió a Selden en el
hombro, y, atravesando su jubón por entre las placas de su cota de malla, dio
con él en tierra pesadamente.
-¡Oh, pobrecillo! -exclamó Matcham, juntando las manos.
Dick se quedó petrificado, sirviendo de blanco a los arqueros.
Diez probabilidades contra una tenía de que le alcanzase una
flecha, porque los habitantes de los bosques estaban furiosos consigo mismos y
la aparición de Dick a retaguardia de su posición les había cogido por sorpresa.
Pero en aquel momento, saliendo de una parte del bosque muy cercana al lugar
donde se hallaban los dos muchachos, se alzó una voz estentórea: la voz de
Ellis Duckworth.
-¡Alto! -gritó-. ¡No tiréis! ¡Cogedle vivo! Es el joven
Shelton... el hijo de Harry.
Inmediatamente se oyó un penetrante silbido que se repitió
varias veces, y sonó de nuevo más lejos. Al parecer, aquel silbido era la
corneta de guerra de John Amend-all, con la cual transmitía sus órdenes.
-¡Ah, qué mala suerte! -exclamó Dick-. Estamos perdidos.
¡Deprisa, Jack, vamos deprisa!
Y ambos muchachos dieron media vuelta y echaron a correr por
entre el grupo de pinos que cubría la cima de la colina.
6
Hasta el fin de la jornada
Había llegado el momento de correr. Por todos lados subía ya la
colina la partida de la Flecha Negra. Algunos, porque eran mejores corredores o
podían ascender por sitios más rasos, habían avanzado más que otros y se
hallaban muy cerca de su meta; los demás, siguiendo por los valles, se habían
esparcido a derecha e izquierda y tenían flanqueados a los muchachos por ambos
lados.
Dick se precipitó en la espesura más próxima. Era un alto
robledal, de terreno firme y limpio de maleza, por el cual, al extenderse
cuesta abajo, corrieron a gran velocidad. Venía luego un claro, que evitó
Dick, manteniéndose a la izquierda del mismo. Diez minutos después surgió el
mismo obstáculo, ante el cual siguieron igual procedimiento. Mientras los
muchachos torcían siempre hacia la izquierda, acercándose cada vez más al
camino real y al río que una o dos horas antes habían cruzado, la mayor parte de
sus perseguidores se inclinaban hacia el lado opuesto y corrían en dirección a
Tunstall.
Los muchachos se detuvieron a respirar. Ningún ruido se oía que
indicase que los perseguían. Dick aplicó el oído a tierra, mas siguió sin oír
nada; sin embargo, como el viento agitaba los árboles, era imposible averiguar
nada con certeza.
-¡Sigamos! -erijo Dick, y cansados como estaban, cojeando
Matcham debido a la herida de su pie, se pusieron en marcha de nuevo bajando
la colina.
Tres minutos después penetraban en una espesura de árboles de
hoja perenne. Por encima de sus cabezas se elevaban a gran altura los árboles,
formando techo continuo de follaje. El bosquecillo era como una bóveda poblada
de columnas, alta como la de una catedral, y, a excepción de los acebos, que
les estorbaban el paso, estaba despejado y cubierto de suave césped.
Por el lado opuesto, abriéndose paso entre la última franja de
arbustos, salieron a la débil claridad del bosquecillo.
-¡Alto! -gritó una voz.
Entre los enormes troncos, a unos veinte metros, apareció ante
ellos un individuo grueso, vestido de verde, jadeante por la carrera, que
inmediatamente les apuntó con el arco a punto de disparar. Matcham se detuvo
lanzando un grito; pero Dick, sin vacilar, se lanzó recto hacia el forajido,
desenvainando su daga. Sea que el otro se quedara sorprendido por la audacia
del ataque, o bien que las órdenes recibidas detuvieran su mano, lo cierto es
que no disparó: se quedó vacilando, y, antes de que tuviera tiempo de rehacerse,
Dick saltó a su cuello y le arrojó de espaldas sobre el césped.
Cayó la flecha por un lado y por otro el arco, con un chasquido
que resonó en la quietud del lugar. El desarmado forajido se aferró a su
atacante; pero la daga brilló en el aire y descendió dos veces. Se oyeron dos
gemidos y Dick se puso en pie. En el suelo quedaba el hombre, inmóvil,
atravesado el costado.
-¡Sigamos adelante! -gritó Dick, y una vez más se lanzó a la
carrera, siguiéndole algo rezagado Matcham.
Poco era lo que avanzaban, pues marchaban penosamente y
resollando con fuerza. Matcham sentía un agudo dolor en el costado, y la
cabeza le daba vueltas; a Dick le pesaban las rodillas como si fueran de plomo.
Mas prosiguieron la carrera sin perder el ánimo.
Al poco rato llegaron al final del bosquecillo. Terminaba
bruscamente; frente a ellos estaba el camino real que iba de Risingham a
Shoreby, encerrado en ese punto entre dos muros iguales de espeso bosque.
Al verlo, Dick se detuvo, y en cuanto cesó de correr advirtió un
confuso rumor, que rápidamente fue aumentando. Al principio parecía ser debido
a una ráfaga de fortísimo viento; pero pronto se hizo más definido, transformándose
claramente en el galopar de unos caballos. Con la velocidad del rayo, un
escuadrón de hombres dio la vuelta al recodo, pasó ante los muchachos y
desaparecieron en un instante. Galopaban como si en ello les fuera la vida, en
completo desorden; algunos iban heridos, y junto a ellos se veían caballos sin
jinete y con las sillas ensangrentadas. Eran fugitivos de la gran batalla.
Había empezado a desvanecerse el ruido de su paso en la
dirección de Shoreby, cuando un nuevo rumor de cascos de caballos resonó como
siguiendo su rastro y otro fugitivo apareció en la carretera, cabalgando solo y
demostrando por su espléndida armadura ser hombre de elevada condición. Le
seguían de cerca varios carros de bagaje que los caballos arrastraban sosteniendo
un medio galope desordenado, azuzados por los latigazos de los conductores.
Debían de haber emprendido su huida a primera hora del día, pero no había de
salvarles su cobardía: poco antes de llegar al sitio donde los muchachos
miraban asombrados, un hombre, con la armadura agujereada y al parecer fuera de
sí, ganó la delantera a los carros y con el puño de su espada comenzó a
derribar a los conductores. Algunos saltaron de sus puestos y a carrera tendida
se adentraron en el bosque; mas a los otros los acuchilló sentados donde
estaban, sin cesar de maldecirles por cobardes, con voz que apenas parecía
humana.
Había ido aumentando el ruido de la lejanía; el rodar de los
carros, los cascos de los caballos, los gritos de los hombres; todo llegaba en
alas del viento, en creciente y confuso rumor. Evidentemente, un ejército
derrotado llegaba por la carretera con el ímpetu de una inundación.
Sombrío el rostro, Dick permanecía allí. Había pensado seguir
el camino real hasta donde torcía en dirección de Holywood, y ahora se veía
forzado a cambiar de plan. Había reconocido los colores del conde de Risingham,
prueba de que la batalla había resultado adversa para los de la rosa de
Lancaster. ¿Se había unido a él sir Daniel y resultaba también ahora un
fugitivo? ¿O se habría pasado al partido de los de York, con menosprecio de su
honor? Horrible dilema.
-Vamos -dijo muy serio; y girando sobre sus talones, comenzó a
marchar a través del bosquecillo, precediendo a Matcham que le seguía
cojeando.
Durante un buen rato continuaron cruzando el bosque en
silencio. Atardecía; el sol se ponía más allá de la llanura de Kettley; las
altas copas de los árboles brillaban con reflejos de oro, pero las sombras se
espesaban y comenzaba a sentirse el frío de la noche.
-¡Si hubiera algo que comer! -exclamó de pronto Dick,
deteniéndose.
Matcham se sentó en el suelo y empezó a llorar.
-Lloras por tu cena; pero cuando se trataba de salvar la vida a
unos hombres, bien duro de corazón te mostrabas -le dijo Dick desdeñosamente-.
Siete muertos pesan sobre tu conciencia, master Jack; jamás te lo perdonaré.
-¡Conciencia! -gritó Matcham, mirándole fieramente-. ¡De mi
conciencia hablas! ¡Y en tu daga todavía está la sangre roja de un hombre! ¿Y
por qué mataste al desgraciado? Te apuntó con el arco, pero no disparó.
¡Te tuvo en sus manos y te perdonó la vida! Tan valiente es el
que mata a un gato como el que mata a un hombre que no se defiende.
Dick se quedó mudo de sorpresa.
-Le maté cara a cara, lealmente. Me arrojé contra él mientras me
estaba apuntando -replicó.
-Fue un golpe cobarde -repuso Matcham-. Master Dick, no eres más
que un patán y un bravucón; no haces más que abusar de tu superioridad o de la
ventaja que momentáneamente tienes. El día que topes con uno más fuerte que
tú, te veremos humillarte a sus pies. Ni siquiera sientes el deseo de
venganza..., pues aún está pidiéndola la muerte de tu padre, y permites tú que
su espectro clame en vano por la debida justicia. ¡Mas si en tus manos cae una
pobre criatura falta de fuerza y de destreza y que, a pesar de todo, quiere
favorecerte, tendrás que acabar con ella!
Demasiado furioso estaba Dick para advertir ese ella.
-¡Caramba! -gritó-. ¡Ésa sí que es una noticia! Entre dos
siempre habrá uno más fuerte. Si el más recio derriba al débil, éste recibirá
su merecido. Lo que tú te mereces, master Jack, son unos buenos azotes por tu
mala conducta y por tu ingratitud para conmigo; y puesto que lo mereces, lo
tendrás.
Y Dick, que hasta en los momentos en que más encolerizado
estaba sabía conservar una apariencia de serenidad, comenzó a desabrocharse el
cinturón.
-Ésta será tu cena -dijo, ceñudo.
Matcham no lloraba ya; estaba blanco como la cera. Pero miraba a
Dick con firmeza a la cara y permanecía inmóvil. Blandiendo el cinturón de
cuero, Dick avanzó un paso. Entonces se detuvo, desconcertado al ver aquellos
grandes ojos que le miraban de hito en hito y ante el demacrado y fatigadísimo
rostro de su compañero.
-Dime entonces que estabas equivocado -murmuró débilmente.
-¡No! -exclamó Matcham-. Yo tengo razón. ¡Anda, cruel! Estoy
cojo... estoy rendido... no me resisto... jamás te hice ningún daño, pero tú
... ¡Pégame, cobarde!
Levantó Dick el cinto ante esta última provocación, pero al ver
que Matcham retrocedía encogido con expresión de temor, de nuevo le faltó
valor. Cayó de su mano la correa y quedó indeciso, como atontado.
-¡Mala peste te lleve! -dijo-. ¡Si tan débil de manos eres, más
cuidado debieras tener con la lengua! Pero así me ahorquen que no he de ser yo
quien te pegue. -Y se ciñó de nuevo el cinturón-. No te pegaré, no -añadió-;
pero lo que es perdonarte..., eso nunca. Yo no te conocía; tú eras el enemigo
de mi amo; yo te presté mi caballo y devoraste mi comida; y me has llamado
insensible, cobarde y bravucón. ¡Has colmado la medida hasta rebosarla! Gran
cosa es ser débil, según veo. Puedes hacer todo el mal que quieras, que nadie
te castigará; puedes robar a un hombre sus armas en un momento de necesidad,
que, sin embargo, ese hombre no intentará recuperarlas... ¡Claro! ¡Eres tan
endeble! Entonces... si alguien te acometiera con una lanza, al mismo tiempo
que gritaba que es débil, deberías dejar que este hombre débil te atravesase de
parte a parte. ¡Vaya! ¡No hablemos más de tales necedades!
-Y a pesar de todo, no me pegas... -repuso Matcham.
-Dejemos eso -replicó Dick-. Voy a tener que enseñarte muchas
cosas. Eres muy mal educado, por lo que veo. Sin embargo, hay en ti algo bueno,
y desde luego no hay duda de que me salvaste allí en el río. ¿Ves? Ya se me
había olvidado. Soy tan desagradecido
como tú. Pero, ven acá: sigamos andando. Si hemos de llegar a Holywood esta
noche, o mañana temprano, mejor es que nos pongamos en marcha a toda prisa.
Pero aunque Dick había recobrado su habitual buen humor, Matcham no le
perdonaba nada de lo ocurrido. Su violencia, el recuerdo del hombre a quien
había dado muerte y, sobre todo, la visión de la correa en alto amenazándole,
eran cosas que no podía olvidar fácilmente.
-Por pura fórmula te daré las gracias -dijo Matcham-. Pero en
verdad, master Shelton, que preferiría buscar yo solo mi camino. Aquí está el
ancho bosque; elijamos cada uno nuestra senda. Ya sé que te debo una comida y
una lección. ¡Adiós!
-¡Si ése es tu deseo -gritó Dick-, que el diablo te lleve!
Tomó cada uno dirección distinta, comenzando a andar separados,
sin cuidar del rumbo que seguían, atentos sólo a su reyerta. Pero aún no se
había alejado Dick diez pasos, cuando oyó pronunciar su nombre y vio que
Matcham volvía tras él.
-Dick -le dijo-: no está bien que nos separemos tan fríamente.
Ésta es mi mano y en ella pongo mi corazón. Por lo que me has ayudado, y no
por pura fórmula, sino de todo corazón, te doy las gracias. ¡Que la suerte te
acompañe, adiós!
-Bien, muchacho -respondió Dick, estrechando la mano que Matcham
le tendía-. Que salgas con bien te deseo, si eres capaz de ello. Pero lo dudo:
te gusta demasiado discutir.
Se separaron por segunda vez; pero finalmente fue Dick el que
corrió en busca de Matcham.
-Escucha -le dijo-: toma mi ballesta; no vayas desarmado.
-¡Tu ballesta! -exclamó Matcham-. No, muchacho; no tengo fuerza
para tensar el arco, ni sabría apuntar con ella. De nada me serviría, mi buen
muchacho. De todos modos, gracias.
Había cerrado la noche, y bajo los árboles, ninguno podía leer
en el rostro del otro.
-Te acompañaré un rato -dijo Dick-. La noche está oscura.
Quisiera dejarte en el camino, por lo menos. Tengo miedo por ti; temo que
puedas perderte.
Comenzó a avanzar y Matcham le siguió una vez más. La oscuridad
iba en aumento; tan sólo en los sitios despejados se veía el cielo, salpicado
de estrellitas. Se percibía débilmente, a lo lejos, el rumor producido por la
derrota del fugitivo ejército de Lancaster. Pero a cada paso lo dejaban más a
su espalda.
Al cabo de media hora de silenciosa marcha, llegaron a una
ancha franja de brezos que formaba un claro. Al tenue resplandor de las
estrellas brillaba vagamente, como afelpado por los abundantes helechos y con
islotes de tejos agrupados. Allí se detuvieron y entonces se miraron uno a
otro.
-¿Estás cansado? -preguntó Dick.
-Sí; tanto -respondió Matcham-, que de buena gana me echaría
aquí y me dejaría morir.
-Oigo el murmullo de un río -dijo Dick-. Vamos hasta allí,
porque me muero de sed.
Descendía suavemente el terreno, y, en efecto, en el fondo
hallaron un riachuelo que corría por entre sauces. Se tendieron de bruces junto
a la orilla, y, aplicando la boca al agua de un remanso tachonado de estrellas,
bebieron hasta hartarse.
-Dick -dijo Matcham-, me es imposible continuar... No puedo
más.
-Al bajar vi una hondonada -dijo Dick-. Vamos allí y nos
echaremos a dormir.
-¡Sí, con toda el alma! -exclamó Matcham.
La hondonada era arenosa y seca; de uno de los bordes colgaban
unas zarzas formando una especie de refugio; allí se tendieron los dos
muchachos, apretados uno contra otro para lograr un poco de calor, olvidada ya
la pasada disputa. Pronto el sueño cayó sobre ellos cual pesada nube y, bajo el
rocío y al resplandor de las estrellas, descansaron plácidamente.
7
El encapuchado
Se despertaron antes de rayar el día; no sonaba aún el cantar de
los pajarillos, pero se oían ya sus gorjeos entre la fronda. No había salido
aún el sol; mas hacia el este el cielo se teñía de majestuosos colores. Medio
muertos de hambre y rendidos de cansancio, yacían inmóviles, sumidos en
deliciosa lasitud. Así estaban cuando, de pronto, llegó a sus oídos el tañido
de una campana.
-¿Una campana? -exclamó Dick, incorporándose-. ¿Tan cerca
estamos de Holywood?
Repicó de nuevo la campana, pero esta vez más cerca; y luego,
acercándose cada vez más, volvió a sonar, con interrupciones, a lo lejos, en el
silencio de la mañana.
-¿Qué significará esto? -murmuró Dick, despierto ya.
-Es alguien que camina -observó Matcham-, y la campana toca cada
vez que se mueve.
-Ya lo veo -dijo Dick-. Pero ¿por qué motivo? ¿Qué hace esa
persona en el bosque de Tunstall? Jack -añadió-, ríete de mí si quieres, pero
maldita la gracia que me hace ese sonido tan profundo.
-Sí -corroboró Matcham, estremeciéndose-. Lo cierto es que tiene
un tono lúgubre... Si no fuese ya de día...
En ese preciso momento, la campana comenzó a repicar más fuerte
y más deprisa, luego sonó una sola vez, secamente, y quedó en silencio durante
un rato.
-Parece como si el que la lleva hubiese corrido durante el
tiempo que se necesita para rezar un padrenuestro, y hubiera saltado al otro
lado del río -dijo Dick.
-Y ahora vuelve a caminar pausadamente -agregó Matcham.
-No, no tan pausadamente -repuso Dick-. Ese hombre anda bastante
rápidamente. Teme por su vida o lleva algún recado muy urgente. ¿No adviertes
con qué rapidez se acerca cada vez más el repique?
-Está ya muy cerca -contestó Matcham.
Se hallaban al borde de la hondonada, y por estar ésta situada
en una eminencia, dominaban la mayor parte del claro, hasta la parte alta del
bosque espeso que lo cercaba.
A la clara luz del día vieron un sendero que, como una cinta
blanca, se deslizaba serpenteando entre retamas. Pasaba a unos cien metros de
la hondonada y cruzaba todo el claro de este a oeste. Por la dirección que
seguía, Dick pensó que había de conducir, más o menos directamente, al Castillo
del Foso.
En aquel sendero, surgiendo de los linderos del bosque, apareció
una figura blanca. Se detuvo unos momentos, como para mirar en torno suyo;
luego, con paso lento y casi doblado el cuerpo, se fue aproximando a través
del brezal. A cada paso que avanzaba, sonaba la campana. No se le veía la
cara: una blanca capucha, ni siquiera agujereada al nivel de los ojos, le
cubría la cabeza; y cuando aquella criatura se movía, parecía ir tanteando el
camino, golpeando ligeramente el suelo con su bastón. Un miedo mortal heló la
sangre en el cuerpo de los dos muchachos.
-¡Un leproso! -exclamó Dick con ronco acento.
-¡Su contacto es la muerte! -dijo Matcham-. Corramos.
-No -repuso Dick-. ¿No lo ves?... Está ciego. Se guía con su
bastón. Quedémonos quietos; el viento sopla hacia el sendero y pasará de largo
sin hacernos daño. ¡Pobre desgraciado! ¡Debiéramos tenerle lástima!
-Yo se la tendré cuando haya pasado -replicó Matcham.
El ciego leproso se hallaba ya en la mitad del camino que le
faltaba para llegar frente a ellos. Salió entonces el sol, que iluminó de
lleno el velado rostro. De elevada estatura había sido el hombre antes de que
la repugnante enfermedad encorvase su cuerpo; y aun ahora andaba con paso
firme. El lúgubre tañido de la campana, el acompasado ruido de su bastón, la
opaca pantalla que cubría su semblante y la certidumbre de que no sólo estaba
condenado a muerte y a constante sufrimiento, sino que para siempre le estaba
vedado todo contacto con sus prójimos, llenaban de espanto el corazón de los
muchachos, y a cada paso que iba acercando al caminante, parecían abandonarles
más el valor y las fuerzas.
Al llegar al nivel de la hondonada, el hombre se detuvo y volvió
la cara hacia los muchachos.
-¡Que la Virgen María nos proteja! ¡Nos está viendo! -murmuró
Matcham.
-¡Calla! -susurró Dick-. No hace más que escuchar. ¡Está ciego,
tonto!
El leproso se quedó mirando o escuchando, sea lo que fuere lo
que realmente hiciese, durante unos segundos. Luego echó a andar de nuevo,
pero enseguida volvió a pararse y a volverse, de tal modo que parecía estar
mirando a los dos muchachos. El mismo Dick palideció entonces y cerró los ojos,
como si por el mero hecho de verle pudiera contagiarse. Pero pronto volvió a
sonar la campana, y esta vez, ya sin ninguna vacilación, el leproso cruzó el
resto del brezal y desapareció en la espesura.
-¡Nos ha visto! -dijo Matcham-. ¡Podría jurarlo!
-¡Silencio! -ordenó Dick, recobrando un asomo de la perdida
serenidad-. No hizo más que oírnos. Tenía miedo, ¡el pobre desgraciado! Si tú
fueras ciego y anduvieses rodeado de las tinieblas de una noche eterna,
también te alarmarías al solo crujido de una rama o por el piar de un pájaro.
-Dick, mi buen Dick, nos ha visto -repitió Matcham-. Cuando
alguien escucha, no hace lo que ha hecho ese hombre; obra de otro modo, Dick.
Éste veía; no escuchaba. Tenía malas intenciones. ¡Fíjate, si no lo crees, en
si vuelves a oír sonar la campana ahora!
No se equivocaba: la campana no volvió a sonar más.
-No me gusta eso -dijo Dick-. No, no me gusta ni pizca. ¿Qué
puede significar? ¡Sigamos adelante!
-Él siguió hacia el este -advirtió Matcham-. Dick, vámonos en
línea recta hacia el oeste. ¡No estaré tranquilo hasta haber vuelto la espalda
a ese leproso!
-No seas tan cobarde, Jack -replicó su compañero-. Iremos sin
rodeos a Holywood, o cuando menos lo más directamente que pueda guiarte, y para
ello tomaremos hacia el norte.
Se pusieron en pie enseguida, atravesaron la corriente,
saltando de piedra en piedra, y comenzaron a ascender por el lado opuesto, que
era más escarpado, hacia los linderos del bosque. El terreno era cada vez más
desigual, lleno de montículos y hondonadas; crecían los árboles esparcidos o
por grupos; era difícil elegir la senda, y los muchachos marchaban un poco a
la ventura. Además, estaban fatigados y caminaban penosamente, arrastrando los
pies por la arenosa tierra.
Finalmente, al llegar a la cima de un otero, se percataron de
que, a unos cien pies frente a ellos, cruzaba el leproso una hondonada,
precisamente por el camino que habían de seguir ellos mismos. Ya no hacía sonar
la campana, no tanteaba con su bastón la tierra para guiarse, y avanzaba con
el paso rápido y firme de un hombre que ve perfectamente. Un momento después,
desapareció en la espesura.
Al primer atisbo de aquella figura, los dos muchachos se habían
agachado tras unas matas de retama, y allí permanecieron sobrecogidos de
espanto.
-Nos persigue -exclamó Dick-. ¿Viste cómo sujetaba el badajo de
la campana para que no sonara? ¡Que el cielo nos ayude, pues no me siento con
fuerzas para luchar contra esa pestilencia!
-Pero ¿qué hace? -exclamó Matcham-. ¿Qué quiere? ¿Quién oyó
jamás que un leproso, por pura maldad, persiguiera a dos muchachos
desgraciados? ¿No lleva la campana para que la gente pueda alejarse de él?
Dick, esto encierra un misterio.
-¡No me importa! -gimió Dick-. Las fuerzas me han abandonado,
mis piernas flaquean... ¡Que el cielo me proteja!
-Pero ¿te vas a quedar ahí sin hacer nada? -le gritó Matcham-.
Regresemos al claro. Nuestra posición será mejor y no podrá pillarnos
desprevenidos.
-No, no haré tal cosa -replicó Dick-. Ha llegado mi hora. Y
acaso nos pase de largo.
¡Entonces móntame el arco! -exclamó Matcham-. ¡Vamos! ¿Eres un
hombre o no lo eres?
Dick se santiguó.
-¿Querrías que disparase sobre un leproso? La mano no me
obedecería. ¡No, no -añadió-; déjalo! Con un hombre sano sí lucharía; pero no
con fantasmas ni leprosos. Lo que es éste no lo sé; pero sea uno u otro, ¡que
el cielo nos proteja!
-Bien -dijo Matcham-; si ése es el valor de un hombre, ¡bien
poca cosa es un hombre! Pero ya que nada quieres hacer, ocultémonos.
Se oyó entonces una sola y sorda campanada.
-¡Se le ha escapado el badajo! -cuchicheó Matcham-. Pero,
¡cielos, qué cerca está!
Dick no pronunció una sola palabra. De puro terror sus dientes
casi castañeteaban.
Pronto vieron asomar por entre unos matorrales un pedazo de la
blanca vestidura; luego, la cabeza del leproso apareció tras un tronco, y
pareció escudriñar en torno con la mirada, antes de retirarse de nuevo. Para
sus nervios en tensión, toda la maleza se hallaba poblada de ruidos y crujir de
ramas, y el corazón les saltaba con tal fuerza en el pecho que oían sus
latidos.
De pronto, lanzando un grito, apareció el leproso en el claro
inmediato y corrió en línea recta hacia los muchachos. Entonces los dos se
separaron dando alaridos, y comenzaron a correr en distintas direcciones. Pero
su horrible enemigo se apoderó muy pronto de Matcham, lo arrojó violentamente
al suelo y al instante lo hizo prisionero. El muchacho lanzó un alarido que
resonó por todo el bosque, se resistió luchando frenéticamente y de pronto
desmayaron todos sus miembros y cayó inerte en brazos de su aprehensor.
Dick oyó el grito y se volvió. Vio caer a Matcham y en un
instante se avivaron en él el ánimo y las fuerzas perdidas. Con un alarido
mezcla de ira y de piedad, descolgó y montó su ballesta. Pero antes de que le
diese tiempo a disparar, el leproso alzó una mano.
-¡No dispares, Dick! -le gritó una voz que le era conocida-. ¡No
dispares, loco! ¿No conoces a tus amigos?
Y colocando a Matcham sobre el césped, se quitó del rostro su
capucha y aparecieron las facciones de sir Daniel Brackley.
-;Sir Daniel! -exclamó Dick.
-¡Sí! El mismo; sir Daniel -replicó el caballero-. ¿Ibas a
disparar sobre tu tutor, so granuja? Mas ahí está ése... ése. -Y aquí se
interrumpió para preguntar, señalando a Matcham-: ¿Cómo le llamas, Dick?
-Le llamo master Matcham -respondió Dick-. ¿No le conocéis? Él
me dijo que sí.
-Sí -contestó sir Daniel riendo entre dientes-. Conozco al
muchacho. Pero se ha desmayado, y realmente con menos podría desmayarse. ¿Qué
hay, Dick? ¿Te hice sentir el miedo a la muerte?
-En verdad que sí, sir Daniel -respondió Dick, suspirando-. Con
vuestro perdón os diré que hubiera preferido toparme con el diablo en persona.
Todavía tiemblo. Pero decidme, señor: ¿qué os indujo a adoptar semejante
disfraz?
Sir Daniel frunció el entrecejo y se le ensombreció el rostro de
ira al oír la pregunta.
-¿Qué me indujo a ello? -exclamó-. ¡Haces bien en recordármelo!
¿Qué? Pues el esconderme, para salvar la vida, en mi propio bosque de Tunstall.
Mal parados salimos en la batalla; tan sólo llegamos a tiempo de ser barridos
en la derrota. ¿Dónde están mis mejores hombres de armas? ¡No lo sé, Dick! Nos
han barrido, nos han acribillado; no he visto a un solo hombre que llevase mis
colores desde que vi caer a tres. En cuanto a mí, llegué a salvo a Shoreby, y,
acordándome de la Flecha Negra, me procuré este sayo y esta campana y paso a
paso, callandito, me vine por el sendero que va al Castillo del Foso. No hay
disfraz que pueda compararse a éste; el eco de esta campana hubiera ahuyentado
al bandido más valiente del bosque; todos palidecerían al oírla. Al fin me
encontré contigo y con Matcham. Veía muy mal a través de esta capucha; no
estaba seguro de que fueras tú, y grande mi asombro al encontraros juntos.
Además, al atravesar el claro, por donde había de pasar lentamente y golpear
con mi bastón, temía descubrirme. Pero, mira, ya empieza a volver en sí este
desgraciado. Un sorbo de vino canario le reanimará.
Levantándose el largo sayo, el caballero sacó una gruesa botella
que bajo él llevaba y comenzó a frotar las sienes y a humedecer los labios del
paciente, que, gradualmente, recobraba el conocimiento y posaba sus turbios
ojos sobre uno y otro.
- ¡Anímate, Jack! -le dijo Dick-. No era un leproso, sino sir
Daniel! ¡Míralo!
-Tómate un buen trago de esto -añadió el caballero-. Esto te
dará virilidad. Después os daré a los dos de comer, y juntos nos iremos a
Tunstall. Pues en conciencia he de confesar, Dick -prosiguió, colocando pan y
carne sobre la hierba-, que estoy deseando con toda mi alma verme sano y salvo
entre cuatro paredes. Desde que monto a caballo jamás me he visto en un apuro
semejante; mi vida en peligro, expuesto a perder mis tierras y mi hacienda, y,
para colmo, todos esos vagabundos de los bosques tratando de darme caza. Pero
todavía no estoy perdido. Algunos de mis muchachos se reunirán conmigo camino
de casa. Hatch llevaba diez hombres y Selden seis. ¡Ah, pronto volveremos a ser
fuertes! ¡Y si logro negociar la paz con mi muy afortunado e indigno señor de
York, entonces, Dick, volveremos a ser hombres y a montar a caballo!
El caballero llenó de vino canario su vaso de cuerno y brindó
con mudo ademán a la salud de su pupilo.
-Selden -dijo Dick, titubeando-, Selden... -Y se quedó callado.
Sir Daniel bajó su vaso de vino sin probarlo.
-¡Cómo! -gritó con voz alterada-. ¿Selden?
¡Habla, habla! ¿Qué le pasa a Selden? Tartamudeando Dick le
relató la emboscada y la matanza.
Le oyó en silencio el caballero; pero mientras escuchaba, iba
encendiéndose en ira y entristeciéndose hasta quedarse como convulso.
-¡Bien -gritó al fin-. ¡Por mi mano derecha juro que he de
vengarlos! Y si, dejo de hacerlo, si por cada uno de mis hombres no doy muerte
a diez, que me arranquen esta mano del cuerpo. A Duckworth lo destruí yo como
el que quiebra un junco, le sumí en la ruina, incendié hasta el techo de su
casa, le arrojé de este país, ¿y ha de venir ahora a subírseme a las barbas?
¡No, Duckworth; esta vez seré más inflexible!
Se quedó en silencio un rato, en que sólo por gestos manifestaba
su cólera.
-¡Comed! -gritó de pronto-. Y tú -añadió dirigiéndose a
Matcham-: júrame que me seguirás hasta el Castillo del Foso.
-Os lo prometo por mi honor.
-¿Y qué me importa a mí tu honor? -exclamó el caballero-.
¡Júramelo por la salud de tu madre!
Matcham pronunció su juramento y sir Daniel volvió a cubrirse
el rostro con la capucha y preparó la campana y el báculo. Al contemplarle,
una vez más, con aquel espantoso disfraz, sus dos compañeros sintieron renacer
la impresión de horror; pero el caballero se puso en pie sin pérdida de tiempo.
-Comed deprisa -ordenó-, y seguidme inmediatamente hasta mi
casa.
Diciendo así, se puso de nuevo en marcha hacia el bosque, y
comenzó a hacer sonar la campana, como contando sus pasos, mientras los dos
amigos, sentados junto a la comida, no gustada todavía, oyeron desvanecerse
lentamente el sonido en la lejanía.
-¿De modo que vas a Tunstall? -preguntó Dick.
-Sí, voy. ¿Qué remedio me queda? Soy más valiente a espaldas de
sir Daniel que en su presencia.
Comieron apresuradamente y tomaron después por el sendero,
siguiendo la parte alta del bosque, donde las grandes hayas se elevaban entre
los verdes prados y los pájaros y las ardillas retozaban sobre las ramas. Dos
horas después comenzaban a descender por la ladera opuesta, y ya entonces
divisaron, entre las cimas de los árboles, las rojas paredes y los techos del
castillo de Tunstall.
-Aquí -dijo Matcham deteniéndose- vas a despedirte de tu amigo
Jack, a quien no volverás a ver más. Ven, Dick, y perdónale todo el mal que te
hizo, que él por su parte te lo perdona de todo corazón.
-¿Y eso por qué? -preguntó Dick-. Si los dos vamos hacia
Tunstall, me parece que he de volver a verte, y con bastante frecuencia.
-No; no volverás a ver al pobre Jack Matcham -replicó el otro-,
tan miedoso y tan molesto para ti, a pesar de lo cual te sacó sano y salvo del
río. No volverás a verle, Dick... ¡te lo juro por mi honor!
Abriendo los brazos, recibió en ellos a Dick, y los muchachos se
abrazaron y se besaron.
-Óyeme una cosa, Dick -continuó Matcham-: me da el corazón que
algo malo va a ocurrir. Vas a conocer ahora a un nuevo sir Daniel; hasta este
momento todo, había prosperado en sus manos con exceso y la fortuna no le había
abandonado; pero ahora, cuando el destino se vuelve contra él y su vida está en
peligro, mal amo resultará para nosotros dos. Podrá ser bravo en la batalla;
pero en sus ojos lleva escrita la mentira; el temor está en ellos pintado, y el
miedo fue siempre más cruel que un lobo. En esa casa vamos a entrar, ¡que la
Virgen María nos guíe para salir de ella!
Continuaron descendiendo en silencio hasta llegar a la plaza
fuerte de sir Daniel en el bosque, donde se erguía, baja y sombría, rodeada de
redondas torres y manchada de musgos y líquenes entre las aguas ornadas de
lirios, que llenaban el foso. Al presentarse ellos bajó el puente levadizo, el
propio sir Daniel, con Hatch y el clérigo a su lado, les recibieron.
LIBRO SEGUNDO
EL CASTILLO DEL FOSO
1
Dick hace algunas preguntas
El Castillo del Foso no se hallaba muy lejos del escabroso
camino del bosque. Exteriormente, era un macizo rectángulo de piedra roja,
flanqueado en cada esquina por una torre redonda, con aspilleras para los
arqueros y coronado de almenas. En su interior encerraba un reducido patio. El
foso tendría unos cuatro metros de ancho y se hallaba cruzado por un solo
puente levadizo. Lo abastecía de agua una zanja que iba a parar a una laguna
del bosque y que, en toda su extensión, quedaba protegida y vigilada desde las
almenas de las dos torres del lado sur. A excepción de uno o dos altos y
gruesos árboles que se había permitido quedasen a medio tiro de ballesta de los
muros, la casa estaba en buena situación para la defensa.
Dick halló en el patio a una parte de la guarnición, ocupada en
los preparativos para rechazar el ataque y discutiendo con aire sombrío las
probabilidades de verse sitiados. Unos construían flechas y otros afilaban sus
espadas, largo tiempo en desuso; pero mientras trabajaban sacudían la cabeza
con aire preocupado.
Doce de los hombres de armas de sir Daniel habían escapado de la
batalla, cruzando, entre peligros continuos, el bosque y llegado con vida al
Castillo del Foso. Pero de esta docena, tres fueron gravemente heridos; dos, en
Risingham, en el desorden de la derrota, y el otro, por los tiradores de John
Amend-all al cruzar el bosque. Esto elevaba la fuerza de la guarnición, contando
a Hatch, sir Daniel y el joven Shelton, a veintidós hombres. Y continuamente se
esperaba la llegada de más. No consistía, pues, el peligro en la falta de hombres.
Lo que a todos tenía con el corazón oprimido era el terror que
inspiraban los de la Flecha Negra. Por sus francos y declarados enemigos del
partido de York, en aquellos tiempos de incesantes cambios, no sentía más que
cierta vaga inquietud. «Las cosas -como decían las gentes de aquella época-
pueden cambiar una vez más», antes de sufrir daño. Pero sus vecinos del bosque
sí que les hacían temblar. No era sir Daniel únicamente el blanco de su odio.
Sus hombres, conscientes de su impunidad, se portaron cruelmente en toda la
comarca. Las severas órdenes se ejecutaron con sumo rigor, y de la cuadrilla
que charlaba sentada en el patio no había uno solo que no fuese culpable de
algún acto de opresión o de barbarie. Pero ahora, por los azares de la guerra,
sir Daniel se hallaba impotente para defender a los que eran sus instrumentos;
ahora, a consecuencia de unas horas de combate, en el que muchos de ellos no
estuvieron presentes, todos se habían convertido en traidores al estado, sin
poder escudarse en la ley, diezmados y encerrados en una pobre fortaleza, casi
indefendible, y expuestos al resentimiento de sus víctimas. No les habían
faltado tampoco terribles anuncios de la suerte que les esperaba.
A diferentes horas de la tarde y de la noche, no menos de siete
caballos sin jinete llegaron a la puerta de la fortaleza, relinchando aterrorizados.
Dos pertenecían al destacamento de Selden; cinco a los hombres de armas que
fueron con sir Daniel al campo de batalla. Últimamente, poco antes de rayar el
alba, había llegado tambaleándose, hasta el borde del foso, un lancero, herido
de tres flechazos. Al conducirle para prestarle auxilio, entregó a Dios su
alma; pero por las palabras que pronunció en su agonía, comprendieron que era
el único superviviente de una considerable compañía.
Hasta el mismo Hatch, bajo su tez curtida por el sol, descubría
la palidez de su ansiedad, y cuando, llevándose a Dick a un lado, supo la
suerte de Selden, se dejó caer sobre un banco de piedra y lloró amargamente.
Los otros, desde las banquetas y los umbrales donde se hallaban sentados
tomando el sol, le miraron tan sorprendidos como alarmados; pero ninguno se
aventuró a inquirir la causa de su dolor.
-¿Qué os dije yo, master Shelton? -exclamó Hatch al fin-. ¿Qué
os dije yo? Así desapareceremos todos; Selden, un hombre hábil, para mí era
como un hermano. ¡Pues bien: ha sido el segundo que ha partido y tras él
iremos todos! Porque ¿qué decían aquellos malditos versos? «Una flecha negra
por cada maldad.» ¿No era esto lo que decían? Appleyard, Selden, Smith y el
viejo Humphrey se nos han ido, y allá está el pobre John Carter, pidiendo a
gritos un confesor, el desdichado pecador.
Dick se puso a escuchar. Desde una ventana baja, muy cerca de
donde estaban hablando ellos, llegaban a su oído gemidos y susurros.
-¿Está ahí? -preguntó.
-Sí, en el cuarto de la segunda guardia -contestó Hatch-. No
pudimos llevarle más lejos; tan mal estaba ya, en cuerpo y alma. A cada
escalón que le subíamos, creía morirse. Mas ahora creo yo que es su alma la
que sufre. Pide, sin cesar, un cura, y sir Oliver, no sé por qué, no llega
todavía. Larga va a ser su confesión, pero Appleyard y Selden, los pobres,
murieron sin ella.
Dick se asomó a la ventana y miró hacia el interior. La reducida
celda era baja de techo y sombría; sin embargo, distinguió al soldado herido
sobre el mísero lecho.
-Carter, amigo mío, ¿cómo estás? -le preguntó.
-Master Shelton -respondió el hombre muy bajo y con gran
excitación-: ¡Por la divina luz del cielo, traed al cura! ¡Ay de mí... me voy a
toda prisa... me siento sin fuerzas... mis heridas son de muerte! ¡Ya no
tendréis que prestarme otro servicio, éste será el último! Por el bien de mi
alma y como caballero leal, id pronto; mirad que tengo un peso sobre mi
conciencia que me arrastrará a los infiernos.
Lanzó algunos gemidos y Dick le oyó rechinar los dientes, bien
fuera de dolor o de miedo.
En aquel momento apareció sir Daniel en el umbral de la
habitación. En la mano llevaba una carta.
-Muchachos -dijo-: hemos sufrido un desagradable contratiempo;
hemos sufrido un revés, ¿a qué negarlo? Pero precisamente por ello aprestémonos
a ensillar de nuevo. Ese viejo Enrique VI se ha llevado la peor parte.
Lavémonos, pues, las manos de él. Tengo un buen amigo que goza de gran
influencia cerca del duque, el lord de Wensleydale. Pues bien: he escrito a mi
amigo rogándole a su señoría su intercesión y ofreciéndole grandes
satisfacciones por el pasado y razonables seguridades para el futuro. No cabe duda
de que nos atenderá. Pero las súplicas sin dádivas son como canciones sin
música; por eso le colmo de promesas, muchachos..., sin regatearle ninguna.
¿Qué falta, pues? ¡Ah! Una cosa importante... ¿para qué engañarnos?, una cosa
importante y bastante difícil: un mensajero que la lleve. Los bosques... bien
lo sabéis..., están llenos de enemigos nuestros. Muy necesaria es la rapidez;
pero sin astucia y cautela de nada nos serviría. ¿Quién hay, pues, en esta
compañía, que quiera llevar esta carta, entregarla a su señoría de Wensleydale
y traerme la respuesta?
Se levantó al instante uno de aquellos hombres.
-Yo iré, si os place -dijo-. No me importa arriesgar el pellejo.
-No, Dick Bowyer, no irás -repuso el caballero-. No me place.
Astuto eres, pero no rápido. Siempre fuiste un perezoso.
-Si es así, sir Daniel, aquí estoy yo -gritó otro.
-¡No quiera el cielo! -exclamó el caballero-. Tú eres rápido,
pero nada astuto. Tú cometerías el disparate de meterte de cabeza en el
campamento de John Amend-all. A los dos os doy gracias por vuestro valor, pero,
verdaderamente, no puede ser.
Se ofreció entonces Hatch y también fue rechazado.
-A ti te necesito aquí, amigo Bennet; tú eres mi mano derecha
-repuso el caballero.
Se adelantaron varios en grupo, y sir Daniel, al cabo, eligió
uno y le dio la carta.
-Ahora -dijo el caballero-, ten presente que de tu rapidez y
discreción dependemos todos. Tráeme una respuesta favorable y antes de tres
meses habré limpiado mis bosques de esos vagabundos que nos desafían en
nuestras propias barbas. Pero óyelo bien, Throgmorton: la tarea no tiene nada
de fácil. Has de partir de noche y deslizarte como un zorro. Cómo podrás cruzar
el río Till, lo ignoro, pero no será por el puente ni por el vado.
-Sé nadar -replicó Throgmorton-. No temáis; llegaré sano y
salvo.
-Bien, amigo; marcha entonces a la despensa -respondió sir
Daniel-, que, antes que nada, habrás de nadar en cerveza negra. -Y con estas
palabras, le volvió la espalda y entró en la sala.
-¡Qué lengua tan sabia la de sir Daniel! -dijo Hatch a Dick en
voz baja-. Fíjate, si no, en cómo donde otros hombres de menor calibre
hubieran andado buscando paliativos, él va derecho al asunto y habla claro a
toda la compañía. Éste es el peligro, les dijo, y ésta
la dificultad, y todo en tono de broma. ¡Ah, por santa Bárbara,
ése es un buen capitán! ¡No ha quedado un hombre que no se haya animado al
oírle! ¡Mira con qué ardor se han puesto todos a trabajar de nuevo!
Este elogio de sir Daniel suscitó una idea en la mente del
muchacho.
-Dime, Bennet -dijo-: ¿cómo murió mi padre?
-No me preguntes esto -respondió el otro-. Yo no tuve arte ni
parte en ello; además, he de guardar silencio, master Dick. Porque, mira: de
las cosas propias puede hablar un hombre, pero de rumores y habladurías no.
Pregúntaselo a sir Oliver... o a Carter, si quieres; pero no a mí.
Y con el pretexto de ir a realizar la ronda, Hatch se marchó,
dejando a Dick absorto en sus cavilaciones.
¿Por qué no querrá decírmelo? -pensó el muchacho-. ¿Y por qué
nombró a Carter? Carter..., ¿será que éste participó en el asesinato?
Penetró en la casa y, recorriendo un pasillo, llegó a la puerta
de la celda, donde yacía, gimiendo, el herido. Al verle entrar, Carter le
preguntó con ansiedad:
-¿Habéis traído al cura?
-Todavía no -contestó Dick-. Antes tienes que decirme una cosa.
¿Cómo murió mi padre, Harry Shelton?
A Carter se le alteró el rostro.
-No lo sé -respondió, hosco.
-Sí lo sabes -repuso Dick-. No intentes engañarme.
-Os digo que no lo sé -repitió Carter.
-Entonces morirás sin confesión -exclamó Dick-. Aquí me quedaré.
No tendrás a tu lado ningún cura; te lo aseguro. ¿De qué te serviría la
penitencia, si no tienes el propósito de reparar los males en que hayas
participado? Y sin arrepentimiento, la confesión no resulta más que una burla.
-Decís lo que no tenéis intención de hacer, master Dick -exclamó
Carter con toda calma-. Mal está amenazar a un moribundo y, en verdad, mal os
sienta. Pero si poco habla en vuestro favor, de menos os servirá. Quedaos, si
gustáis. Condenaréis mi alma... ¡pero no averiguaréis nada! Esto es todo cuanto
he de deciros.
Y el herido se volvió del otro lado.
Verdaderamente, Dick había hablado con precipitación y se
sentía avergonzado de su amenaza. Pero intentó un último esfuerzo.
-Carter -exclamó-: no me has comprendido. Sé perfectamente que
fuiste un instrumento en manos de otros; el vasallo ha de obedecer a su señor;
no quiero culpar a nadie. Pero, por muchas partes, empiezo a saber que sobre
mi juventud e ignorancia pesa el deber de vengar a mi padre. Por eso te
suplico, amigo Carter, que olvides mis amenazas, y que con sinceridad y
contrición me digas algo que pueda ayudarme.
Carter guardó silencio; por mucho que insistió Dick, no pudo
arrancarle una sola palabra.
-Muy bien -exclamó Dick-. Voy a llamar al cura, como deseas;
pues sean las que fueren tus deudas para conmigo o los míos, no quisiera yo
tenerlas con nadie, y menos con quien se halla en el tránsito de la muerte.
Una vez más el viejo soldado permaneció silencioso; hasta sus
gemidos había contenido; y, al volverse Dick y abandonar la estancia, no pudo
menos de admirar aquella huraña fortaleza de ánimo.
Sin embargo -pensó-, ¿de qué sirve el valor sin la inteligencia?
Si sus manos no hubieran estado manchadas de sangre, habría hablado; su
silencio ha confesado más claramente el secreto que todas las palabras que
pudiera emplear. De todos lados llueven pruebas sobre mí. Sir Daniel, sea por
propia mano o por la de sus hombres, es quien lo hizo todo.
Dick se detuvo un momento en medio del enlosado corredor,
sintiendo el corazón oprimido. En aquella ocasión, cuando la suerte de sir
Daniel estaba en decadencia, cuando sitiado por los arqueros de la Flecha
Negra y proscrito por los victoriosos partidarios de York ¿iba a volverse él
también contra el hombre que le había criado y educado, que si castigó con
severidad sus faltas infantiles, habíale protegido infatigablemente en su
juventud? Cruel necesidad sería ésta, si llegaba a ser ineludible su deber.
¡Quiera el cielo que sea inocente!, se dijo. Resonaron unos
pasos sobre las losas, y vio acercarse gravemente a sir Oliver.
-Alguien os espera con ansiedad -dijo Dick.
-Precisamente allá voy, mi buen Richard -contestó el clérigo-.
Es el pobre Carter... Desgraciadamente, no tiene remedio.
-Más enfermo del alma está que del cuerpo -repuso Dick.
-¿Le has visto? -preguntó sir Oliver con visible sobresalto.
-De allí vengo -respondió Dick.
-¿Qué te dijo?... ¿Qué te dijo? -exclamó el cura, con
extraordinaria vehemencia y cierta acritud.
-No hizo más que llamaros de un modo que daba lástima, sir
Oliver. Convendría que os dierais prisa, pues su estado es grave -replicó el
muchacho.
-Voy enseguida. ¡Qué le vamos a hacer! Todos tenemos nuestros
pecados. A todos nos llega nuestra hora, amigo Richard.
-Sí, sir Oliver, y ojalá que todos lleguemos a ella justa y
honradamente.
Bajó el cura los ojos, y, murmurando una bendición que apenas
pudo oírse, desapareció apresuradamente.
¡El también! -pensó Dick-. ¡Él, a quien debo mi educación
religiosa! ¿Qué mundo es éste, si todos los
que por mí se inquietan son culpables de la muerte de mi padre?
¡Venganza! ¡Ay! ¡Triste suerte la mía si he de verme obligado a vengarme de mis
propios amigos!
Esta idea trajo a su memoria el recuerdo de Matcham.
Sonrió al pensar en su raro compañero, y le asaltó la curiosidad
de saber dónde estaría. Desde que juntos llegaron a las puertas del Castillo
del Foso, había desaparecido el jovenzuelo, y ya empezaba Dick a sentir el
deseo de cruzar con él la palabra.
Cerca de una hora después, celebrada la misa rápidamente por
sir Oliver, se reunió la compañía en la sala, disponiéndose para la comida.
Era un largo y bajo aposento, cubierto de verdes juncos y ornadas sus paredes
con tapices de Arras representando hombres salvajes y sabuesos siguiendo un
rastro; aquí y allá colgaban lanzas, arcos y escudos. Ardía el fuego en la gran
chimenea. En torno a la pared había bancos tapizados y, en el centro, la mesa,
bien provista, esperaba la llegada de los comensales.
No se presentaron sir Daniel ni su esposa. El mismo sir Oliver
estaba también ausente, y tampoco se sabía nada de Matcham.
Dick comenzó a alarmarse, recordando los tristes presentimientos
de su compañero, y sospechando ya que algo malo le hubiera ocurrido a éste en
aquella casa.
Después de la comida se encontró con Goody Hatch, que marchaba
apresuradamente en busca de lady Brackley.
-Goody -le dijo-: por favor, ¿dónde está master Matcham? Cuando
llegamos te vi entrar con él.
La vieja se echó a reír a carcajadas.
-¡Ah, master Dick! ¡Sin duda tenéis buenos ojos! -y volvió a
reír.
-Bien, pero oye: ¿dónde está? -insistió Dick.
-No le veréis ya más -replicó la vieja-. Nunca más. Estad seguro
de ello.
-Si no he de verle -respondió el muchacho-, habré de saber por
qué razón. El no vino aquí por su propia voluntad; poco valgo, mas soy su mejor
protector y cuidaré de que se le trate bien. ¡Son ya demasiados misterios y
empiezo a estar cansado de ello!
Apenas acababa de hablar, cuando caía sobre su hombro una pesada
mano. Era Bennet Hatch, que llegó por detrás, en silencio, y con un gesto del
pulgar despidió a su mujer.
-Amigo Dick -le dijo tan pronto como estuvieron solos-: ¿estáis
realmente loco? Si no dejáis en paz ciertas cosas, más os valiera estar en el
mar salado que aquí en el Castillo del Foso. Me habéis venido a mí con
preguntas, habéis estado atormentando a Carter, y al clericucho le habéis
aterrorizado con insinuaciones. Tened más prudencia, no seáis necio, y sobre
todo ahora, cuando sir Daniel os llame, ponedle buena cara, por discreción.
Vais a sufrir un riguroso interrogatorio. Tened cuidado con lo que respondéis.
-Hatch -replicó Dick-: todo esto me huele a conciencia culpable.
-Y si no obráis con más prudencia, pronto os olerá a sangre
-repuso Hatch-. No hago más que advertiros. Y ahí viene uno a llamaros.
En efecto, en ese momento cruzaba el patio un hombre que venía
en busca de Dick para decirle que sir Daniel le esperaba.
2
Los dos juramentos
Sir Daniel se hallaba en la sala, paseando malhumorado ante la
lumbre y esperando la llegada de Dick. Nadie más había en la estancia, a
excepción de sir Oliver, y aun éste se mantenía discretamente sentado a cierta
distancia, hojeando su breviario y musitando sus preces.
-¿Me habéis mandado llamar, sir Daniel? -preguntó el joven
Shelton.
-En efecto, te he mandado llamar -respondió el caballero-.
Porque... ¿qué ha llegado a mis oídos? ¿Tan mal tutor he sido para ti que te
apresuras a difamarme? ¿O acaso porque me ves por el momento derrotado,
piensas abandonar mi partido? ¡No era así tu padre! Cuando le tenía uno a su
lado, allí podía estar seguro de que se quedaría, contra viento y marea. Pero
tú, Dick, me parece que eres amigo de los buenos tiempos solamente y buscas
ahora el medio de desembarazarte de tu fidelidad.
-Permitidme, sir Daniel: eso no es así -repuso Dick con
firmeza-. Soy agradecido y fiel, hasta donde pueden llegar el agradecimiento y
la fidelidad. Y antes de proseguir tengo que daros las gracias a vos y a sir
Oliver; los dos tenéis derechos sobre mí... nadie con más derechos que vos, y
sería un perro desagradecido si lo olvidase.
-Bien está eso -dijo sir Daniel. Pero mostrándose de pronto muy
enojado, continuó-: Gratitud, fidelidad... palabras nada más son, Dick
Shelton; yo quiero hechos. En esta hora de peligro para mí, cuando mi buen
nombre está en entredicho, se confiscan mis tierras y cuando en mis bosques
pululan los que anhelan destruirme, ¿de qué me sirve tu gratitud? ¿Qué valor
tiene tu fidelidad? No me quedan más que unos cuantos de mis hombres... ¿Es
gratitud o fidelidad envenenar sus almas con tus insidiosas murmuraciones?
¡Dios me libre de semejante gratitud! Pero, veamos, ¿qué deseas? Habla; aquí
estamos para contestarte. Si algo tienes que decir contra mí, adelántate y
dilo.
-Señor -contestó Dick-: mi padre murió siendo yo muy niño. Hasta
mis oídos llegaron rumores de que fue vilmente asesinado. Hasta mí ha
llegado... no he de ocultarlo, que vos tuvisteis parte en el crimen. Y en
verdad os digo que no podré tener paz en mi espíritu ni decidirme a ayudaros
hasta que se desvanezcan mis dudas.
Sir Daniel se sentó en un ancho escaño y, apoyando en una mano
la barbilla, miró fijamente a Dick.
-¿Y crees tú -preguntó- que hubiera sido yo tutor del hijo de un
hombre a quien asesiné?
-No -respondió Dick-; perdonadme si os contesto con rudeza:
pero lo cierto es que sabéis perfectamente cuán productiva es una tutoría.
Durante todos estos años, ¿no habéis estado disfrutando de mis rentas y
capitaneando mis hombres? No sé lo que eso os pueda valer; pero sé que algo
vale. Perdonadme de nuevo, pero si cometisteis la vileza de matar a un hombre
que estaba bajo vuestra guarda, acaso tuvierais razones suficientes para
cometer acciones menos viles.
-Cuando yo tenía tu edad, muchacho -replicó con severidad sir
Daniel-, jamás atormentaron mi espíritu semejantes sospechas. Y en cuanto a
sir Oliver, aquí presente -añadió-, ¿por qué había de ser él, un sacerdote,
culpable de una acción semejante?
-No, sir Daniel -exclamó Dick-; el perro va donde su amo le
ordena. Sabido es que este sacerdote no es más que vuestro instrumento. Hablo
con franqueza; no están los tiempos para cortesías. Del mismo modo que hablo
quisiera que se me contestara. ¡Y, sin embargo, no se me da una respuesta
categórica! Vos no hacéis sino volver a interrogarme. Os aconsejo que tengáis
cuidado, sir Daniel, porque por este camino aumentáis mis dudas en vez de
disiparlas.
-Te contestaré con toda franqueza, master Richard -dijo el
caballero-. Si pretendiera hacerte creer que no me enojan tus palabras, te
engañaría. Seré justo, aun en mi cólera. Cuando seas un hombre hecho y derecho,
y yo no sea tu tutor, y no pueda, por consiguiente, resentirme de ello, ven
entonces con eso, y verás qué pronto te contesto como te mereces: con un
puñetazo en la boca. Hasta entonces dos caminos tienes: tragarte esos insultos,
tener quieta tu lengua y luchar entretanto por el hombre que te ha dado de
comer y ha luchado por ti en la infancia, o si no... la puerta está abierta...
de enemigos míos están llenos mis bosques... vete.
La energía con que fueron pronunciadas estas palabras, y las
furiosas miradas que las acompañaron hicieron vacilar a Dick; sin embargo, no
le privaron de observar que, después de todo, continuaba sin obtener
respuesta.
-Nada hay que desee más ansiosamente, sir Daniel, que creeros
-repuso-. Aseguradme que sois inocente de ello.
-¿Aceptarías mi palabra de honor, Dick?
-La aceptaría -contestó el muchacho.
-Pues te la doy -contestó sir Daniel-. Por mi honor, por la
eterna salvación de mi alma, y tan cierto como he de responder de mis actos en
el otro mundo, afirmo que no tuve arte ni parte en la muerte de tu padre.
Tendió su mano y Dick la estrechó con vehemencia. Ni uno ni otro
se fijaron en el clérigo, quien, al oír pronunciar tan solemne como falso
juramento, se levantó casi de su asiento en un paroxismo de horror y remordimiento.
-¡Ah! -exclamó Dick-. ¡Ahora es cuando debo apelar a la bondad
de vuestro gran corazón para que me perdonéis! Me he portado como un verdadero
insensato al dudar de vos. Pero os prometo que no volveré a dudar.
-Estás perdonado, Dick -repuso sir Daniel-. Tú no conoces el
mundo ni su índole calumniosa.
-Tanto más culpable me reconozco -añadió el joven-, cuanto que
la villana acusación iba dirigida no a vos, sino a sir Oliver.
Volvióse, al hablar, hacia el clérigo e hizo una pausa en medio
de su última frase. Aquel hombre alto, colorado, corpulento, recio de miembros,
parecía en ese momento como materialmente deshecho; perdido su color, flojos
sus miembros, sus labios balbucían oraciones. Y en ese instante, cuando Dick
puso de pronto sus ojos sobre él, dio un fuerte grito, que más bien parecía
alarido de animal salvaje, y escondió su rostro entre las manos.
En dos zancadas acudió sir Daniel a su lado y le sacudió
furiosamente, cogiéndole por un hombro. Inmediatamente sintió Dick renacer sus
sospechas.
-¡Sí! -exclamó-. ¡También debe jurar sir Oliver! A él era a
quien acusaban.
-¡Jurará! -dijo el caballero.
Sir Oliver, mudo de espanto, agitaba los brazos.
-¡Ah, sí! ¡Tenéis que jurar! -gritó sir Daniel fuera de sí-.
Aquí, sobre este libro -añadió, recogiendo el breviario que había dejado caer
el cura-. ¿Cómo? ¿No lo hacéis? ¡Me hacéis dudar! jurad, os digo, jurad! Pero
el clérigo seguía sin hablar. El miedo que le infundía sir Daniel, mezclándose
con su terror al perjurio, elevados al mismo grado, ahogaban su garganta.
En aquel preciso instante, a través de la alta vidriera de
colores, que saltó en pedazos, penetró una flecha negra, que fue a clavarse en
el centro de la larga mesa.
Dando un gran grito, sir Oliver cayó desvanecido sobre los
juncos; mientras el caballero, seguido de Dick, se precipitaba hacia el patio y
subía a las almenas por la más cercana escalera de caracol. Alerta estaban allí
todos los centinelas. Brillaba plácidamente el sol sobre los verdes prados
salpicados de árboles y sobre los poblados collados del bosque que limitaban
el paisaje. No se descubría señal alguna de que alguien sitiara la casa.
-¿De dónde vino esa flecha? -preguntó el caballero.
-Del otro lado de aquel grupo de árboles, sir Daniel -contestó
un centinela.
El caballero se quedó un rato pensativo. Luego, volviéndose
hacia Dick, le dijo:
-Vigílame a esos hombres, Dick; a tu cargo los dejo. En cuanto
al clérigo, habrá de justificarse, o sabré qué razón hay que se lo impida. Casi
empiezo a participar de tus sospechas. Jurará, yo te lo aseguro, o de lo
contrario le haremos confesarse culpable.
Dick le contestó con cierta frialdad y el caballero,
dirigiéndole una penetrante mirada, se volvió precipitadamente a la sala. Lo
primero que hizo fue examinar la flecha. Era la primera que había visto de
aquella clase, y al volverla de uno y otro lado, su negro color le hizo sentir
cierto miedo. También allí había algo escrito... una sola palabra: Enterrado.
-¡Ah! -exclamó-. Saben, pues, que he regresado a mi casa.
¡Enterrado! ¡Bueno, sí; pero no hay entre todos ellos un solo perro que sea
capaz de desenterrarme!
Sir Oliver había vuelto en sí y se ponía en pie, no sin
esfuerzos.
-¡Ay de mí, sir Daniel! -gimió-. ¡Qué espantoso juramento
habéis hecho! ¡Estáis condenado para toda la eternidad!
-Sí -repuso el caballero-, es verdad que yo he pronunciado un
juramento, cabeza de chorlito, pero el que vos vais a hacer será mayor.
Juraréis sobre la bendita cruz de Holywood. Fijaos bien y aprendeos las palabras,
pues esta noche juraréis.
-¡Que el cielo os ilumine! -respondió el clérigo-. ¡Quiera el
cielo apartar de vuestro corazón tamaña iniquidad!
-Mirad, buen padre -dijo sir Daniel-: si vais a s inclinaron hacia el camino de la piedad, no
os diré más sino que habéis empezado demasiado tarde. Mas si en cualquier
sentido os inclináis a la prudencia, entonces escuchadme. Ese muchacho empieza
ya a molestarme más que si fuera una avispa. Le necesito porque quisiera
negociar su boda. Pero con toda claridad os digo que si continúa molestándome
irá a reunirse con su padre. Voy a dar ahora mismo orden de que le trasladen a
la cámara que está encima de la capilla. Si allí juráis que sois inocente con
firme juramento y en actitud serena, ¡
todo irá bien; el muchacho vivirá en paz un poco y yo podré perdonarle la vida.
Pero si tartamudeáis o palidecéis, o intentáis fingir o embrollar el
juramento, no os creerá, y entonces, ¡os juro que morirá! Ya tenéis, pues, algo
sobre qué meditar.
-¡La habitación que está encima de la capilla! -exclamó, sin
aliento casi, el cura.
-La misma -replicó el caballero-. Por consiguiente, si queréis
salvarle, salvadle; pero, si no queréis, ¡marchaos, os lo ruego, y dejadme en
paz! Porque de haberme yo dejado llevar por un momento de arrebato, ya os
hubiera atravesado con mi espada por vuestra intolerable cobardía y necedad.
¿Habéis escogido ya el camino que vais a seguir? ¡Hablad!
-Queda escogido -contestó el clérigo-. Que el cielo me perdone,
pero voy a hacer un mal para evitar otro mayor. Juraré por salvar a ese
muchacho.
-¡Es lo mejor! erijo sir Daniel-. Mandad a buscarle, pues,
inmediatamente. Le veréis a solas. Sin embargo, yo os vigilaré. Estaré ahí, en
la habitación forrada de madera.
El caballero levantó el tapiz y lo dejó caer tras él. Se oyó el
ruido de un resorte que se abría, al que siguió el crujir de unos peldaños al
subir alguien.
Al quedar solo, sir Oliver lanzó una medrosa mirada a la pared
cubierta con el tapiz y se persignó con muestras de terror y contrición.
-Si es cierto que está en la habitación de la capilla- murmuró
el cura-, aunque sea a costa de la condenación de mi alma he de salvarle.
Breves instantes después, Dick, llamado por otro mensajero,
encontró a sir Oliver de pie junto a la mesa de la sala, pálido el rostro y en
actitud resuelta.
-Richard Shelton -le dijo-: me has exigido un juramento. Podría
quejarme de tu conducta, podría negártelo; pero el recuerdo del tiempo pasado
influye en mi corazón y, por afecto, voy a complacerte. ¡Por la sagrada cruz
de Holywood, te juro que yo no maté a tu padre!
-Sir Oliver -dijo Dick-: cuando por vez primera leí aquel papel
de John Amend-all, yo estaba convencido de ello. Pero permitidme que os haga
dos preguntas: vos no lo matasteis, concedido. Pero ¿tuvisteis parte en su
muerte?
-Ninguna -contestó sir Oliver, y al mismo tiempo que esto decía
comenzó a hacer gestos y señas con la boca y las cejas, como si quisiera
advertirle de algo pero no se atreviera a pronunciar una sola palabra.
Dick le contempló asombrado y, volviéndose, lanzó una ojeada en
torno de la sala vacía.
-¿Qué hacéis? -preguntó.
-¿Yo? Nada -replicó el clérigo, dominándose rápidamente hasta
recobrar su anterior aspecto-. No hago nada; es que sufro, estoy enfermo...
Yo... yo..., por favor, Dick..., debo marcharme. Por la sagrada cruz de
Holywood, te juro que soy inocente, lo mismo de violencia que de traición.
Conténtate con eso, buen muchacho. ¡Adiós!
Y escapó del cuarto con extraordinaria rapidez.
Dick se quedó como petrificado en su sitio, paseando sus
miradas por la estancia y pintadas en su rostro las más variadas emociones:
sorpresa, duda, recelo, y aun la impresión del lado cómico de aquella conducta.
Gradualmente fue aclarándose su espíritu, las sospechas fueron imponiéndose a
todo lo demás, y al fin quedaron convertidas en certidumbre de lo peor que
cabía pensar. Alzó la cabeza y, al hacerlo, se sintió profundamente sobresaltado.
En la parte superior de la pared, tejida en el tapiz, veíase la figura de un
cazador salvaje. Con una mano se llevaba un cuerno a la boca; en la otra,
blandía una gruesa lanza, y su rostro moreno representaba un africano.
Pues bien: esto fue lo que tan vivamente sobresaltó a Richard
Shelton. El sol se había alejado ya de las ventanas de la sala, y al propio
tiempo ardía el fuego de leña en grandes llamaradas en la amplia chimenea,
lanzando cambiantes reflejos sobre el techo y las colgaduras. A aquella luz, la
figura del cazador negro acababa de parpadear, moviendo un párpado que era
blanco.
Continuó Dick mirando fijamente aquel ojo. La luz brillaba sobre
él como sobre una gema; parecía líquido, transparente: estaba vivo. De nuevo el
blanco párpado se cerró sobre el ojo durante una fracción de segundo, y un
instante después había desaparecido.
No podía haber error: aquel ojo vivo, que había estado
observándole a través del agujero abierto en el tapiz, había desaparecido. La
luz del fuego no brillaba ya sobre la superficie reflectora.
Instantáneamente se despertó en Dick el terror de su situación.
Las advertencias de Hatch, las mudas y raras señas del cura; aquel ojo que
desde la pared le había espiado, todo se agolpó en su mente. Comprendió que se
le había sometido a una prueba, que una vez más había revelado sus dudas, sus
sospechas, y que, a menos que ocurriera un milagro, estaba perdido.
Si no logro salir de esta casa -pensó-, soy hombre muerto. Y
también ese pobre Matcham... ¡a qué nido de basiliscos le he traído!
Aún estaba pensando en ello cuando llegó un hombre a toda prisa
para ordenarle que le ayudase a trasladar sus armas, sus ropas y sus dos o
tres libros a otra habitación.
-¿Otra habitación? -repitió él-. ¿Y por qué? ¿A qué habitación?
-A una que está encima de la capilla -contestó el mensajero.
-Ha estado vacía mucho tiempo -observó Dick, pensativo-. ¿Qué
clase de cuarto es ése?
-¡Ah! Pues excelente... -contestó el hombre-. Pero... -añadió
bajando la voz- le llaman el de los duendes.
-¿El de los duendes? -repitió Dick, estremeciéndose-. Nunca lo
oí decir. Pero, decidme... ¿quiénes son esos duendes?
El mensajero miró a todos lados; luego, en voz baja, que parecía
un murmullo, respondió:
-El sacristán de san Juan... Le pusieron a dormir allí una
noche, y a la mañana siguiente... ¡uf!, había desaparecido. El diablo se lo
llevó, según dicen; lo más significativo es que la noche antes estuvo bebiendo
hasta muy tarde.
Siguió Dick a aquel hombre, llena el alma de los más negros
presentimientos.
3
La habitación sobre la capilla
Nada nuevo podía observarse desde las almenas. El sol iba al
ocaso y, al fin, desapareció; pero ante los ojos ávidos de los centinelas no
apareció alma viviente en las cercanías del castillo de Tunstall.
Cuando la noche estuvo bien avanzada, Thrognaorton fue conducido
a una habitación que daba a un ángulo del foso. Desde allí le bajaron con
todas las precauciones; se le oyó agitar el agua nadando brevísimo rato;
después se vio cómo un bulto negro tomaba tierra, valiéndose de las ramas de
un sauce y arrastrándose inmediatamente por la hierba. Durante media hora sir
Daniel y Hatch permanecieron escuchando ansiosamente; pero todo permanecía en
completo silencio. El mensajero había logrado alejarse sano y salvo.
Sir Daniel desarrugó el entrecejo y se volvió hacia Hatch.
-Bennet -le dijo-, como ves, ese John Amendall no es más que un
hombre como los demás; también duerme. ¡Ya daremos buen fin de él!
Toda la tarde estuvo Dick de un lado para otro recibiendo
órdenes que se sucedían constantemente, hasta dejarle mareado el número y la
urgencia de ellas. Durante todo ese tiempo nada supo de sir Oliver ni de
Matcham; sin embargo, tanto el recuerdo del cura como el del joven acudían sin
cesar a su mente. Ahora se proponía, principalmente, huir del Castillo del
Foso tan pronto como pudiera; pero antes de partir deseaba poder cruzar unas
palabras con ambos.
Al fin, alumbrándose con una lámpara, subió a su nueva
habitación. Era amplia, baja de techo y algo oscura. La ventana daba al foso
y, a pesar de hallarse muy alta, estaba defendida por gruesas rejas. La cama
era lujosa, con una almohada de pluma y otra de espliego, ostentando un
cubrecama rojo con rosas bordadas. En torno a las paredes había unos armarios
cerrados con llave y candado, ocultos a la vista por oscuros tapices que de
ellos colgaban. Lo escudriñó todo Dick levantando los tapices, dando golpecitos
en los tableros y tratando inútilmente de abrirlos. Se aseguró de que la puerta
era resistente y sólido el cerrojo; luego colocó su lámpara sobre una repisa y
una vez más paseó la mirada en torno suyo.
¿Por qué le habían mandado a aquella habitación? Era mayor y más
elegante que la suya. ¿No sería aquello más que una trampa en que le tendrían
cogido? ¿Habría alguna entrada secreta? ¿Estaría, en verdad, poblada de
duendes? La sangre se le heló en las venas al pensarlo.
Casi encima de él las fuertes pisadas de un centinela resonaban
pesadamente. Sabía que debajo de él estaba la bóveda de la capilla y contigua
a ésta se hallaba la sala. Indudablemente existiría un pasadizo secreto en
dicha sala: el ojo que había estado observándole desde el tapiz era prueba de
ello. ¿No era más que probable que el pasadizo llegara hasta la capilla y en
tal caso que tuviese salida a su propia habitación?
Dormir en un lugar semejante, pensó, sería temerario. Preparó,
pues, sus armas y se colocó en posición de usarlas, en un rincón del aposento,
detrás de la puerta. Si algo tramaban contra él, vendería cara su vida.
Arriba, sobre el almenado techo, se oyó el rumor de numerosas
pisadas, las voces del ¡quién vive! y del santo y seña: era el relevo de la
guardia.
Y precisamente entonces oyó también un rumor sordo, como si
arañaran la puerta del cuarto; el ruido se hizo un poco más perceptible, y
enseguida oyó susurrar:
-¡Dick, Dick, soy yo!
Corrió Dick a la puerta, la abrió y entró Matcham. Estaba muy
pálido y llevaba una lámpara en la mano y una daga en la otra.
-¡Cierra la puerta! -cuchicheó-. ¡Deprisa, Dick! Esta casa está
llena de espías; los oigo seguirme por los corredores y respirar tras los
tapices que guarnecen las paredes.
-Sosiégate -repuso Dick-; ya está cerrada. Por ahora estamos
seguros, si es posible estarlo entre estas paredes. Pero me alegro mucho de
verte, muchacho. ¡Creía que habías volado! ¿Dónde te escondiste?
-No importa eso -repuso Matcham-, puesto que estamos juntos; ya
nada importa. Pero dime, Dick: ¿tienes los ojos bien abiertos? ¿Te han dicho lo
que van a hacer mañana?
-No -respondió Dick-. ¿Qué van a hacer?
-Mañana o esta noche, no lo sé -añadió el otro-. Pero el hecho
es que piensan atentar contra tu vida. Tengo pruebas de ello: les he oído
hablar en voz baja, y es como si me lo hubieran dicho.
-¡Ah! -exclamó Dick-. ¿Se trata de eso? ¡Ya me lo figuraba!
Y Dick contó entonces a Matcham detalladamente lo ocurrido.
Una vez que hubo terminado, se alzó Matcham y a su vez comenzó a
examinar la habitación.
-No -dijo-, no se ve ninguna entrada. Sin embargo, es
absolutamente seguro que existe alguna. Dick, yo no me separo de tu lado, y si
has de morir, moriré contigo... ¡Mira! He robado una daga. ¡Y haré todo lo que
pueda! Entretanto, si sabes de alguna salida, de alguna puerta falsa que
pudiéramos abrir o de alguna ventana desde la cual pudiéramos descolgarnos,
estoy dispuesto a afrontar cualquier peligro para huir contigo.
-¡Jack! -exclamó Dick-. ¡Jack, eres el mejor corazón, el más
fiel y más valiente de toda Inglaterra! Dame tu mano, Jack.
Y se la estrechó en silencio.
-Oye -continuó-: hay una ventana por la cual se descolgó el
mensajero que vino; la cuerda debe de estar todavía en la habitación. Siempre
es una esperanza.
-¡Chitón! -exclamó Matcham.
Ambos escucharon. Por debajo del suelo se percibía un ruido;
cesó un instante y luego volvió a comenzar.
-Alguien anda en el cuarto de abajo -cuchicheó Matcham.
-No -repuso Dick-. Abajo no hay habitación; estamos sobre la
capilla. Ése es el que viene a asesinarme, que pasa por el corredor secreto.
Bien; déjale que venga. ¡Mal lo pasará! -dijo, y rechinó los dientes.
-Apaga las luces -dijo Matcham-. Tal vez él mismo se descubrirá.
Apagaron las luces y quedaron en un silencio de muerte. Las
pisadas de debajo sonaban muy tenues; pero eran claramente perceptibles. Se
oyeron varias idas y venidas, y, después, el chirrido de una llave girando en
una mohosa cerradura, seguido de un prolongado silencio.
Enseguida comenzaron de nuevo los pasos: de pronto, apareció un
rayo de luz sobre la entabladura del cuarto, en un rincón apartado. La grieta
se ensanchó y se abrió una trampilla que dejó pasar un chorro de luz. Vieron
ambos muchachos una recia mano que empujaba aquélla, y Dick se echó a la cara
la ballesta, esperando que a la mano siguiera la cabeza del hombre.
Pero hubo entonces una inesperada interrupción. Procedentes de
un remoto ángulo del Castillo del Foso empezaron a oírse gritos, primero uno y
después varios, llamando a alguien por su nombre. Este ruido, evidentemente,
desconcertó al asesino, pues la trampilla descendió en silencio a su primera
posición y los pasos que retrocedían vertiginosamente resonaron una vez más
debajo de donde estaban los dos jóvenes, y, al fin, se desvanecieron.
Hubo un momento de tregua. Dick exhaló un profundo suspiro;
entonces, sólo entonces, se puso a escuchar el vocerío que acababa de
interrumpir el cauteloso ataque del desconocido, y que más bien iba en aumento
que otra cosa. Por todo el Castillo del Foso resonaban las carreras, el abrir
y cerrar de puertas, y entre todo este bullicio descollaba la voz de sir
Daniel, gritando: « ¡Joanna! ».
-Joanna! -repitió Dick-. ¿Quién diablos será? Aquí no hay
ninguna Joanna ni la ha habido nunca. ¿Qué significa esto?
Guardaba silencio Matcham. Se había apartado de su compañero.
Sólo la débil claridad de las estrellas penetraba por la ventana, y en el
extremo rincón del aposento, donde se hallaban los dos, la oscuridad era completa.
-Jack -dijo Dick-; no sé dónde estuviste todo el día. ¿Viste tú
a esa Joanna?
-No -respondió Matcham-. No la he visto.
-¿Ni has oído hablar de ella? -inquirió Dick.
El rumor de pasos iba aproximándose. Sir Daniel seguía llamando
a Joanna desde el patio.
-¿Oíste hablar de ella? -repitió Dick.
-Sí, oí hablar.
-¡Cómo te tiembla la voz! -exclamó Dick-. ¿Qué te sucede? Ha
sido una verdadera suerte el que busquen a esa Joanna; ella hará que se olviden
de nosotros.
-¡Dick! -exclamó Matcham-. ¡Estoy perdido! ¡Estamos los dos
perdidos! Huyamos, si aún es tiempo. No descansarán hasta que den conmigo. O si
no, déjame ir delante, cuando me hayan encontrado, tú podrás huir. ¡Déjame
salir, Dick, buen Dick, déjame salir!
Buscaba a tientas el cerrojo, cuando, al fin, Dick comprendió lo
que ocurría.
-¡Por la misa! ¡Tú no eres Jack, tú eres Joanna Sedley! -gritó-.
¡Tú eres la muchacha que no quería casarse conmigo!
La muchacha se detuvo y quedó muda e inmóvil. Tampoco pronunció
palabra Dick por unos momentos, hasta que, al cabo, continuó:
-Joanna: me salvaste la vida y yo salvé la tuya; juntos hemos
visto correr la sangre, y hemos sido amigos y enemigos... sí... y con mi cinto
te amenacé con darte azotes, creyendo siempre que eras un hombre. Mas ahora
que estoy en las garras de la muerte y se acerca mi hora, debo decirte antes de
morir: eres la muchacha más noble y más valiente que existe bajo el cielo, y si
escapase con vida me casaría contigo muy gozoso; y, viva o muerta, te amo.
Ella no respondió.
-Ven acá -siguió él-, habla, Jack. Acércate, sé buena chica y
dime que me amas tú también.
-¿Para qué, Dick? -repuso ella-. ¿Estaría yo aquí, si no?
-Pues bien, mira -continuó Dick-: si de aquí salimos vivos, nos
casaremos; y si hemos de morir, moriremos juntos, y todo habrá terminado. Pero
ahora que recuerdo, ¿cómo encontraste mi cuarto?
-Pregunté a la señora Hatch -contestó ella.
-Bien, esa mujer es de fiar; no te descubrirá. Tenemos tiempo
por delante.
Como para contradecir sus palabras, en ese mismo momento se
oyeron pasos en el corredor y el violento golpear de un puño sobre la puerta.
-¡Eh! -gritó una voz-. ¡Abrid, master Dick, abrid!
Dick no se movió ni respondió.
-Todo está perdido -dijo la muchacha, echando sus brazos al
cuello de Dick.
Llegaron más hombres que se agruparon en la puerta. Luego llegó
el propio sir Daniel e instantáneamente cesó el ruido.
-Dick -gritó el caballero-. No seas borrico. Hasta los Siete
Durmientes se hubieran despertado antes que tú. Sabemos que ella está ahí
dentro. Abre la puerta, hombre.
Dick continuó en silencio.
-¡Echad la puerta abajo! -ordenó sir Daniel.
Inmediatamente sus secuaces cayeron como furias sobre la puerta,
a puñetazos y a patadas. Por muy sólida que fuese, por bien atrancada que
estuviese, pronto habría cedido. Pero la fortuna, una vez más, vino en su
ayuda.
Entre la atronadora tormenta de golpes sobresalió el grito de un
centinela; a éste siguió otro y por todas las almenas se levantó un tremendo
vocerío, que fue contestado por otro desde el bosque. En los primeros momentos
de alarma pareció como si los forajidos del bosque asaltaran el Castillo del
Foso. Inmediatamente, sir Daniel y sus hombres desistieron del ataque contra el
aposento de Dick y corrieron a la defensa de los muros exteriores.
-Ahora -exclamó Dick-, estamos salvados.
Con ambas manos se cogió al pesado y anticuado lecho y trató en
vano de moverlo.
-¡Ayúdame, Jack! -gritó-. ¡Ayúdame con toda tu alma!
Haciendo un gran esfuerzo, entre los dos arrastraron la pesada
armadura de roble a través de la habitación, apoyándola contra la puerta.
-No haces más que empeorar las cosas con esto -observó con
tristeza Joanna-. Ahora entrarán por la trampa.
-No -replicó Dick-. Sir Daniel no se atrevería a revelar su
secreto a tanta gente. Por la trampa es por donde huiremos nosotros, ¿oyes? El
ataque a la casa ha terminado. ¡Quizá ni ataque ha habido!
Así era, en efecto: se trataba de la llegada de otro gran grupo
de fugitivos de la derrota de Risingham, que vinieron a estorbar los propósitos
de sir Daniel. Aprovechando la oscuridad llegaron hasta la gran puerta, y
estaban ahora descabalgando en el patio, con gran ruido de cascos y chocar de
armaduras.
-Pronto volverá -dijo Dick-. ¡Corramos a la trampa!
Encendió una lámpara y juntos corrieron al rincón del cuarto.
Fácilmente descubrieron la grieta, por donde todavía penetraba alguna luz, y
cogiendo una gruesa espada de su pequeña armería la introdujo Dick en la
hendidura y se apoyó con fuerza en la empuñadura. La trampa se movió,
entreabriéndose un poco, y al fin se levantó del todo. Cogiéndola a la vez
ambos jóvenes, la dejaron abierta por completo. Vieron entonces unos cuantos
escalones, y al pie de ellos, donde la dejara el hombre que se alejó sin cometer
el crimen que se proponía, ardía una lámpara.
-Ahora -dijo Dick- ve tú primero y coge la lámpara. Yo te
seguiré y cerraré la trampa.
Descendieron uno tras otro, y cuando Dick bajaba la trampa
comenzaron a oírse de nuevo los golpes en la puerta del aposento.
4
El pasadizo
El pasadizo en el que se hallaron Dick y Joanna era estrecho,
sucio y corto. En el extremo opuesto había una puerta entreabierta; la misma,
sin duda, que antes oyeron abrir al hombre. Espesas telarañas colgaban del
techo, y el empedrado suelo sonaba a hueco al andar por él.
Del otro lado de la puerta, se bifurcaba el pasadizo en ángulo
recto. Tomó Dick, al azar, por una de las dos ramas, y corrió la pareja
resonando sus pasos a lo largo del hueco formado por la bóveda de la capilla.
La parte superior del arqueado techo se elevaba como el lomo de una ballena a
la débil luz de la lámpara. De trecho en trecho había una especie de troneras,
disimuladas del otro lado por la talla de las cornisas; y mirando a través de
una de ellas vio Dick el empedrado suelo de la capilla... el altar con sus
cirios encendidos, y ante él, tendido sobre los escalones, la figura de sir
Oliver orando con las manos en alto.
Al otro extremo bajaron los fugitivos nuevos escalones. El
pasadizo se estrechaba allí; la pared, en uno de sus lados, era de madera y a
través de los intersticios llegaba el ruido de gente que hablaba y un débil
temblor de luces. En ese momento llegaron ante un agujero redondo, que tendría
el tamaño de un ojo humano, y Dick, mirando a través de él, contempló el
interior de la sala, en la que, sentados a la mesa, media docena de hombres,
con cotas de malla, bebían a grandes tragos y daban buena cuenta de un pastel
de carne de ciervo.
-Por aquí no hay salvación -dijo Dick-. Intentemos retroceder.
-No -replicó Joanna-. Es posible que el pasadizo continúe.
Y siguió adelante. Pero a los pocos metros terminaba el
pasadizo en el descansillo de una corta escalera; era evidente que mientras los
soldados ocupasen la sala, sería imposible escapar por aquel lado.
Volvieron sobre sus pasos con la mayor rapidez imaginable y
comenzaron a explorar la otra rama del corredor. Era ésta excesivamente
estrecha, permitiendo apenas el paso de un hombre grueso, y les conducía
continuamente ya hacia arriba, ya hacia abajo, por medio de pequeños y
empinados escalones, hasta que Dick acabó por perder toda noción del lugar en
que se hallaba.
Al final se hacía más angosto y bajo el pasadizo las escaleras
seguían descendiendo; las paredes, a uno y otro lado, eran húmedas y viscosas
al tacto; y frente a ellos, a lo lejos, oyeron chirridos y carreras de ratas.
-Debemos de estar en los calabozos -observó Dick.
-Y sin hallar salida por ninguna parte -añadió Joanna.
-Sin embargo, ¡una salida u otra debe haber!
Enseguida llegaron, en efecto, a un pronunciado ángulo, y allí
terminaba el pasadizo en un tramo de escalones. En el rellano había una pesada
losa a modo de trampa, y contra ella aplicaron la espalda, empujando para
levantarla. No lograron moverla siquiera.
-Alguien la aguanta -indicó Joanna.
-No lo creo -repuso Dick-, pues aunque estuviera sujetándola un
hombre con la fuerza de diez, algo tendría que ceder. Pero eso es un peso
muerto, como el de una roca. Algún peso hay sobre la trampa. Por aquí no hay
salida; ¡ah, Jack, tan prisioneros estamos como si tuviésemos grillos en los
pies! Siéntate en el suelo y hablemos. Dentro de un rato volveremos, cuando acaso
no nos vigilen ya tan cuidadosamente y... ¿quién sabe?, quizá podamos salir de
aquí y probar fortuna. Pero, en mi pobre opinión, estamos perdidos.
-¡Dick! -exclamó la muchacha-, ¡qué día tan desgraciado aquel en
que me viste por vez primera! Porque como la más desdichada y la más ingrata
de las mueres, yo soy quien te ha traído a este trance. -¡Ánimo! -repuso
Dick-. Estaba escrito, y lo que escrito está, de grado o por fuerza ha de
realizarse. Pero cuéntame qué clase de muchacha eres tú y cómo caíste en manos
de sir Daniel; más valdrá eso que estar quejándote en vano de tu suerte o de la
mía.
-Como tú -dijo Joanna-, soy huérfana de padre y madre, y, para
mayor desgracia mía, y también tuya ahora, soy rica, un buen partido. Lord
Foxham fue mi tutor; sin embargo, parece ser que sir Daniel compró al rey el
derecho de casarme con quien quisiera y lo pagó a buen precio. Aquí me tienes,
pues, a mí, pobre criatura, entre dos hombres ricos y poderosos que luchan por
cuál de ellos deberá concertar mi casamiento, ¡y apenas si he salido de los
brazos de mi nodriza! Mas las cosas cambiaron, vino un nuevo canciller y sir
Daniel compró mi tutoría, hollando los derechos de lord Foxham. Volvió a
cambiar la situación y entonces el lord compró mi boda, venciendo, a su vez, a
sir Daniel. Desde entonces todo fue de mal en peor entre ellos... Sin embargo,
lord Foxham me retuvo en su poder y se portó conmigo como magnánimo señor.
Llegó, por fin, el día en que había de casarme... o venderme, para hablar con
mayor propiedad. Lord Foxham recibiría por mí quinientas libras. Hamley se
llamaba el novio, y mañana, Dick, precisamente mañana, debía ser el día de mis
esponsales. Si no hubiese llegado a oídos de sir Daniel, me habrían casado,
no hay duda... ¡y no te hubiera conocido, Dick... Dick querido!
Al decir esto ella le tomó la mano y la besó con gracia y
delicadeza exquisitas; Dick atrajo la suya e hizo lo mismo.
-Pues bien -continuó ella-, sir Daniel se apoderó de mí por
sorpresa en el jardín y me obligó a vestirme con este traje de hombre, pecado
mortal para una mujer, y que, además, no me sienta bien. Me llevó a caballo a
Kettley, como viste, diciéndome que tenía que casarme contigo; pero yo, en el
fondo de mi corazón, juré que con quien me casaría, aun en contra de su voluntad,
sería con Hamley.
-¿Sí? -exclamó Dick-. ¡Entonces tú querías a Hamley!
-¡No! -replicó Joanna-. Yo no le quería; pero odiaba a sir
Daniel. Entonces, Dick, tú me auxiliaste, tú fuiste valiente y bondadoso, y,
contra mi voluntad, te apoderaste de mi corazón. Ahora, si podemos lograrlo, me
casaré gozosa contigo. Y si el destino cruel no lo permite, yo seguiría
queriéndote. Mientras lata en el pecho mi corazón, te seré fiel.
-Y yo -repuso Dick-, a quien hasta ahora nunca importó un
comino ninguna clase de mujer, me sentí atraído hacia ti que eras un hombre.
Tenía lástima de ti sin saber por qué. Cuando quise azotarte me faltaron las
fuerzas. Pero cuando confesaste que eras una muchacha, Jack..., porque Jack
seguiré llamándote..., entonces sí que tuve la seguridad de que eras la mujer
que había de ser mía. ¡Escucha! -dijo, interrumpiéndose-: alguien viene.
Fuertes pasos resonaban en el estrecho pasadizo, y al eco de los
mismos volvió a oírse el rumor de las ratas que huían a bandadas.
Dick examinó su posición. El brusco recodo del corredor le daba
evidente ventaja, ya que así podía disparar resguardado por la pared. Pero era
indudable que la luz estaba demasiado cerca de él; avanzando unos pasos, colocó
la lámpara en el centro del pasadizo y volvió a ponerse en acecho.
A poco, en el lejano extremo del pasadizo, apareció Bennet. Al
parecer, iba solo, y llevaba en la mano una antorcha encendida que hacía de él
un excelente blanco.
-¡Alto, Bennet! -le gritó Dick-. ¡Un paso más y eres hombre
muerto!
-De modo que estáis ahí -repuso Hatch, escudriñando en la
oscuridad-. No os veo. ¡Ajá! Habéis obrado con prudencia, Dick; habéis
colocado la lámpara delante. ¡A fe que, aunque sólo haya sido para mejor
apuntar a mi pobre cuerpo, me regocija ver que aprovechasteis mis lecciones!
Pero, decidme: ¿qué hacéis? ¿Qué buscáis? ¿Por qué habéis de tirar contra
vuestro viejo y buen amigo? ¿Tenéis ahí a la damisela?
-No, Bennet; soy yo quien ha de preguntar y tú quien ha de
responder -repuso Dick-. ¿Por qué me hallo en peligro de muerte? ¿Por qué
vienen los hombres a asesinarme en mi lecho? ¿Por qué tengo que huir en la
fortaleza de mi propio tutor y de los amigos entre quienes he vivido y a
quienes jamás hice daño alguno?
-Master Dick, master Dick -respondió Bennet ¿qué os dije? ¡Sois
valiente; pero también el muchacho más imprudente que pueda imaginarse!
Hatch se quedó en silencio durante breve rato.
-Escuchad -continuó-: vuelvo atrás para ver a sir Daniel y
decirle dónde estáis, y cómo os halláis apostado, pues, en verdad, para eso me
mandó venir. Pero vos, si no sois tonto, haréis bien en marcharos antes de que
vuelva.
-¡Marcharme! -repitió Dick-. ¡Ya me hubiera marchado si supiera
cómo! No puedo levantar la trampa.
-Poned la mano en la esquina y ved lo que allí encontráis
-contestó Bennet-. La cuerda de Throgmorton está todavía en la cámara oscura.
Adiós.
Y girando sobre sus talones desapareció Hatch entre las vueltas
y recodos del pasadizo.
Recogió inmediatamente su lámpara Dick y procedió a obrar tal
como le habían indicado. En una de las esquinas de la trampa había un hondo
hueco en la pared. Metiendo su brazo por aquella abertura tropezó Dick con una
barra de hierro, que empujó vigorosamente hacia arriba. Oyó entonces un
chasquido e instantáneamente se movió sobre su asiento la gran losa.
Quedaba libre el paso. Tras un pequeño esfuerzo alzaron
fácilmente la trampa y salieron a un cuarto abovedado que daba a un patio por
uno de sus extremos y donde dos hombres, arremangados los brazos, limpiaban
los caballos de los recién llegados. Dos antorchas, metidas en aros de hierro
fijos a la pared, iluminaban la escena.
5
Cómo cambió Dick de partido
Dick apagó su lámpara para no llamar la atención, tomó escaleras
arriba y traspasó el corredor. En la cámara oscura halló la cuerda atada a las
patas de una pesadísima y muy antigua cama, que no habían cuidado aún de
retirar. Cogiendo el rollo y llevándolo a la ventana, comenzó a bajar la
cuerda, lenta y cautelosamente, en medio de la oscuridad de la noche. Joanna
estaba a su lado; pero a medida que se extendía la soga y Dick continuaba
arriándola, comenzó a sentir que el ánimo le flaqueaba, dudando ya de poder
cumplir su resolución.
-Dick -murmuró-: ¿tan hondo está? No puedo siquiera intentar
bajar. Me caería, buen Dick.
Precisamente habló en el momento más delicado de la operación.
Dick se sobresaltó, resbaló de sus manos el resto de la cuerda yendo a caer su
extremo sobre el foso con estrépito. Instantáneamente desde las almenas
superiores gritó la voz de un centinela: «¿Quién va?»
-¡Qué desgracia! -exclamó Dick-. ¡Ahora sí que estamos arreglados!
Baja tú... Coge la cuerda.
-No puedo -dijo ella retrocediendo.
-Pues si tú no puedes, menos podré yo -repuso Shelton-. ¿Cómo
voy a pasar a nado el foso sin ti? ¿Me abandonas entonces?
-Dick -murmuró ella-. No puedo. Las fuerzas me faltan.
-¡Pues estamos perdidos! -gritó él, dando sobre el suelo una
furiosa patada. Mas al oír pasos, corrió a la puerta e intentó cerrarla.
Antes de que pudiese correr el cerrojo, unos brazos vigorosos la
empujaban contra él desde el otro lado. Luchó un instante, mas, viéndose
perdido, retrocedió hacia la ventana.
La muchacha había caído medio desplomada contra la pared en el
marco de la ventana; estaba casi sin sentido, por lo que, al cogerla para
levantarla, se le quedó t en los brazos
abandonada, sin fuerzas.
En el mismo instante los hombres que habían forzado la puerta
se lanzaron sobre él. De un puñetazo dejó tendido al primero y retrocedieron
los otros en desorden, y, aprovechando la oportunidad, montó sobre el
antepecho de la ventana y, agarrándose a la cuerda con ambas manos, se deslizó
por ella.
Era una cuerda de nudos, lo que facilitaba el descenso; pero
tan grande era la precipitación de Dick y tan poca su experiencia en semejante
gimnasia, que iba y venía sin cesar en el aire como ajusticiado en la horca, ya
golpeándose la cabeza, ya magullándose las manos contra las piedras del muro.
El aire zumbaba en sus oídos; las estrellas que se reflejaban en el foso las
veía girar en torbellino como hojas secas arrastradas por la tempestad. De
pronto no pudo agarrarse ya a la cuerda y cayó de cabeza en el agua helada.
Al volver a la superficie, su mano tropezó con la cuerda, que,
libre ya de su peso, se balanceaba de un lado a otro. En lo alto brillaba un
rojo resplandor; alzando la vista pudo ver, a la luz de las antorchas y de
faroles llenos de carbones encendidos, que las almenas
aparecían guarnecidas de rostros asomándose. Vio cómo los ojos
de aquel hombre escudriñaban buscándole de aquí para allá; pero estaba a
demasiada profundidad, y, por tanto, avizoraban en vano.
Se percató entonces de que la cuerda era mucho más larga de lo
necesario, y así, agarrado a _ella, comenzó a bracear lo mejor que pudo en
dirección al borde opuesto del foso, conservando la cabeza fuera del agua. Así
recorrió hasta mucho más de la mitad del camino; pero cuando ya la orilla se
hallaba casi al alcance de su mano, la cuerda, por su propio peso, empezó a
tirar de él hacia atrás. Sacando fuerzas de flaqueza, la soltó y dio un salto
para asirse a las colgantes ramas de sauce que aquella misma tarde sirvieron
al mensajero de sir Daniel para echar pie a tierra. Se hundió, salió a flote y
volvió a hundirse, hasta que, al fin, aferró la mano en una rama mayor; con la
velocidad del pensamiento se arrastró hasta la parte más frondosa del árbol; se
quedó allí abrazado, chorreando y jadeando, dudando de que realmente hubiera
logrado escaparse.
Pero todo esto era imposible hacerlo sin fuertes chapoteos, que
sirvieron para indicar su posición a los hombres que vigilaban desde las
almenas. Una lluvia de flechas y dardos cayó en torno suyo en medio de la
oscuridad como violento pedrisco; de pronto arrojaron al suelo una antorcha,
que brilló en el aire en su rápida trayectoria, quedó un instante pegada al
borde del foso, donde ardió con viva llama, alumbrando en torno suyo como una
luminaria... y, al fin, por fortuna para Dick, resbaló, cayo pesadamente en el
foso y se apagó al instante.
Pero había cumplido su objetivo. Los tiradores tuvieron tiempo
de ver el sauce y a Dick escondido entre sus ramas; a pesar de que el muchacho
saltó al instante y se alejó corriendo de la orilla, no pudo escapar a sus
tiros. Una flecha le alcanzó en un hombro y otra voló rozando su cabeza.
Pareció prestarle alas el dolor de las heridas, y, no bien se
halló sobre terreno llano, huyó desesperadamente a carrera tendida, sin
preocuparse de la dirección de su huida.
En sus primeros pasos le siguieron los disparos, pero pronto
cesaron éstos, y cuando al fin se detuvo y miró hacia atrás, se hallaba ya a
buen trecho del Castillo del Foso, aunque pudiera distinguir todavía la luz de
las antorchas, moviéndose de un lado a otro en las almenas.
Se recostó contra un árbol, chorreando agua y sangre,
magullado, herido y solo. De todos modos, por esta vez, había salvado la vida,
y aunque Joanna quedara en poder de sir Daniel, no se consideraba responsable
de un accidente que no estuvo en sus manos evitar, ni auguraba fatales
consecuencias para la muchacha. Sir Daniel era cruel, pero no era probable que
lo fuese con una damisela que contaba con otros protectores capaces de pedirle
cuentas. Más probable sería que se apresurase a casarla con algún amigo suyo.
Bien -pensó Dick-; de aquí a entonces ya encontraré medio de
someter a ese traidor, pues ¡por la misa!, que ahora sí que estoy libre de toda
gratitud u obligación; y una vez declarada la guerra, lo mismo puede el azar
favorecer a unos que a otros.
Mientras así pensaba, su situación era bien penosa.
Prosiguió durante un trecho su camino, luchando por abrirse paso
a través del bosque; pero, en parte por el dolor de sus heridas, en parte por
la oscuridad de la noche y la extrema inquietud y confusión de sus ideas,
pronto se sintió tan incapaz de guiarse como de continuar adelante entre la
espesa maleza, hasta que no tuvo más remedio que sentarse, apoyando el cuerpo
contra el tronco de un árbol.
Al despertar de su especie de letargo, mezcla de sueño y
desfallecimiento, ya la grisácea claridad de la mañana había sucedido a la
noche. Una ligera y helada brisa agitaba los árboles, y mientras permanecía
sentado, fija su mirada hacia delante, y adormilado todavía, advirtió que un
oscuro bulto se mecía entre las ramas, a unos cien metros de distancia. La
creciente claridad del día y el ir recobrando sus sentidos le permitieron, al
fin, reconocer aquel objeto. Era un hombre que colgaba de la rama de un alto
roble. Tenía la cabeza caída sobre el pecho, y a cada ráfaga que soplaba con
fuerza daba su cuerpo vueltas y más vueltas, y brazos y piernas se agitaban en
el aire como un grotesco juguete.
Se puso en pie con gran dificultad Dick, y, tambaleándose y
apoyándose en los troncos de los árboles, logró acercarse a tan horrendo
espectáculo.
La rama estaba quizá a unos siete metros del suelo, y tan alto
habían subido sus verdugos al infeliz ahorcado que sus botas se balanceaban
muy por encima de donde Dick pudiera alcanzarlas; además, le habían bajado la
capucha hasta cubrirle la cara, de modo que era imposible reconocerle.
Miró el joven a derecha e izquierda y al fin observó que el
otro extremo de la cuerda había sido atado al tronco de un espino blanco que,
cubierto de flor, crecía bajo la elevada bóveda del roble. Con su daga, única
arma que le quedaba, Dick cortó la cuerda e inmediatamente, con sordo ruido,
cayó el cadáver pesadamente al suelo.
Levantó Dick la capucha: era Throgmorton, el mensajero de sir
Daniel. No había llegado muy lejos en su misión. Un papel que, al parecer, pasó
inadvertido para los hombres de la Flecha Negra, asomaba en su pecho a través
del jubón; tirando de él, Dick pudo ver que era la carta de sir Daniel a lord
Wensleydale.
¡Vaya! -pensó-. Si las cosas cambian de nuevo aquí, tengo
suficiente para avergonzar a sir Daniel... y hasta quién sabe si para hacerle
decapitar.
Guardando el papel en su pecho, rezó una oración al muerto y
reanudó la marcha a través del bosque.
Su fatiga y su debilidad aumentaban por momentos; le zumbaban
los oídos, vacilaba en su paso y, a intervalos, se sentía desfallecer; a tal
punto había llegado por la pérdida de sangre. Indudablemente, se desvió varias
veces del verdadero camino que debía seguir; mas al fin salió a la carretera
real, no muy lejos de la aldea de Tunstall.
Una voz áspera le dio el alto.
-¿Alto? -repitió Dick-. ¡Por la misa, si casi me caigo!
Acompañando la acción a la palabra, cayó cuan largo era sobre
el camino.
Dos hombres salieron de la espesura, vistiendo verde jubón y
armados de grandes arcos, aliabas y espadas cortas.
-¡Mira, Lawless! -exclamó el más joven de los dos-. ¡Si es el
joven Shelton!
-Sabroso bocado ha de parecerle que le llevamos a John Amend-all
-repuso el otro-. Aunque a fe mía que ha estado en la guerra. Aquí tiene un
desgarrón en la cabellera que le habrá costado su buena onza de sangre.
-Y aquí -añadió Greensheve-, en el hombro, tiene un agujero que
le habrá escocido de lo lindo. ¿Quién te parece a ti que le habrá hecho esto?
Si es uno de los nuestros puede encomendarse a Dios, pues Ellis le dará muy
corta confesión y muy larga cuerda.
-Arriba con el cachorro -dijo Lawless-. Échamelo a la espalda.
Cuando Dick estuvo colocado sobre sus hombros y se hubo apretado
los brazos del muchacho en torno al cuello, afianzándolo bien, el ex fraile
franciscano añadió:
-Guarda tú el puesto, hermano Greensheve. Ya me lo llevaré yo
solo.
Volvió Greensheve a su escondite al borde del camino, y Lawless
se fue colina abajo, silbando tranquilamente, llevando sobre sus hombros, muy
bien colocado, a Dick, desmayado todavía.
Al salir del extremo del bosque, se alzó el sol en el horizonte
y apareció ante su vista la aldea de Tunstall esparcida y como trepando por la
colina opuesta. Todo parecía en calma, pero una sólida avanzada de unos diez
arqueros vigilaba atentamente el puente a cada lado del camino, y tan pronto
como divisaron a Lawless con su carga a cuestas, comenzaron a agitarse y
preparar sus arcos como buenos centinelas.
-¿Quién va? -gritó el que los mandaba.
-Will Lawless, ¡por la Cruz!... ¡Si me conoces tan bien como a
los dedos de tus manos! -contestó el forajido desdeñosamente.
-Di el santo y seña, Lawless -replicó el otro.
-¡Esa sí que es buena! ¡Vaya, que el cielo te ilumine, pedazo
de alcornoque! -repuso Lawless-. ¿No fui yo mismo quien te lo dio a ti? Pero
estáis todos locos, jugando a los soldados... Si estoy en el bosque, debo
proceder como en el bosque, y mi santo y seña es éste: «¡Una higa para estos
soldados de pacotilla!»
-Lawless: estás dando mal ejemplo; danos la consigna, loco
bufón -insistió el que mandaba la guardia.
-¿Y si se me hubiera olvidado? -preguntó el otro.
-Si se te hubiera olvidado... lo que sé que no es cierto... ¡por
la misa, que te metería una flecha en tu cuerpo gordinflón! -repuso el primero.
-Bien; si tan mal genio tienes -dijo Lawless-, te daré la
consigna: «Duckworth y Shelton», y como ilustración del mismo, aquí tienes a
Shelton en mis hombros, y a Duckworth se lo llevo.
-Pasa, Lawless -dijo el centinela.
-¿Dónde está John? -preguntó el ex fraile.
-Está en audiencia... y cobra rentas como si para ello hubiera
nacido -exclamó otro de los que allí estaban.
Así era, en efecto. Cuando Lawless se internó en el pueblo hasta
llegar a la pobre posada del mismo, encontró a Ellis Duckworth rodeado de los
arrendatarios de sir Daniel, a los cuales, por el derecho de conquista que le
daba su buena partida de arqueros, les iba cobrando muy tranquilamente sus
arrendamientos, dándoles a cambio los correspondientes recibos. A juzgar por
los rostros de los vasallos, era evidente cuán poco les agradaba el
procedimiento, porque alegaban, con mucha razón, que tendrían que pagarles dos
veces.
Tan pronto como supo lo que Lawless había traído despidió Ellis
a los arrendatarios, y con grandes muestras de interés y cuidado por su salud,
condujo a Dick a una habitación interior de la posada. Atendieron a las heridas
del muchacho y con remedios caseros le hicieron recobrar el conocimiento.
-Querido muchacho -dijo Ellis, estrechándole la mano-: estás en
poder de un amigo que quiso mucho a tu padre y que, por su causa, te quiere a
ti también. Descansa tranquilamente, pues bien lo necesita tu estado. Luego me
contarás tu historia y entre los dos hallaremos remedio a tus males.
Horas más tarde, y una vez Dick hubo despertado de un
confortable y ligero sueño, tras el que se sintió todavía muy débil, pero más
despejada la cabeza y más descansado el cuerpo, le rogó, por la memoria de su
padre, que le refiriera detalladamente las circunstancias de su fuga del
Castillo del Foso. Algo había en el robusto y varonil aspecto de Duckworth, en
la honradez que aparecía pintada en su moreno rostro, en la clara y penetrante
viveza de sus ojos, que movió a Dick a obedecerle, y el muchacho refirióle, de
cabo a rabo, la historia de sus aventuras durante los dos últimos días.
-Bien -dijo Ellis cuando hubo terminado-: mira todo lo que los
bondadosos santos han hecho por ti, Dick Shelton; no sólo te han salvado la
vida entre tantos mortales peligros, sino que te han traído a mis manos, que
no desean otra cosa que auxiliar al hijo de tu buen padre. Pórtate lealmente
conmigo... ya veo que eres leal... y entre tú y yo barreremos del mundo de los
vivos a ese falso y traidor.
-¿Vais a asaltar el castillo? -preguntó Dick.
-Ni que estuviera loco podría pensar en semejante cosa
-respondió Ellis-. Es demasiado poderoso; sus hombres le rodean, aquellos que
anoche se me escaparon y que tan oportunamente aparecieron, ésos le han
salvado. No, Dick, al contrario; tú y yo y mis bravos arqueros hemos de evacuar
a toda prisa estos bosques y dejar libre el terreno a sir Daniel.
-Temo por la suerte de Jack -dijo el muchacho.
-¿Por la suerte de Jack? -repitió Duckworth-. ¡Ah, sí, por la
muchacha! No, Dick; yo te prometo que si llega a hablarse de casarla con otro,
intervendremos inmediatamente; hasta entonces o hasta que llegue el momento
desapareceremos todos como las sombras al asomar el día. Sir Daniel mirará al
este y al oeste sin hallar un solo enemigo; pensará que lo pasado fue una
pesadilla de la cual despierta ahora en su lecho. Pero cuatro ojos, los
nuestros, Dick, le seguirán de cerca y nuestras cuatro manos... ¡quieran todos
los santos ayudarnos!... harán morder el polvo a ese traidor.
Dos días después, tan poderosa llegó a ser la guarnición de la
fortaleza de sir Daniel, que éste se aventuró a hacer una salida y a la cabeza
de unos cuarenta hombres a caballo avanzó hasta la aldea de Tunstall. No se
disparó ni una flecha ni un hombre se vio en la espesura; ya no estaba
custodiado el puente, sino que ofrecía paso franco a todo viandante; y al
cruzarlo, sir Daniel vio a los aldeanos contemplándole tímidamente a las
puertas de las casas.
De pronto, uno de ellos, sacando fuerzas de flaqueza, se
adelantó y con los más rendidos saludos presentó al caballero una carta.
A medida que leía su contenido a éste se le oscurecía el
rostro. Decía:
Al más falso y cruel de los señores, sir Daniel Brackley,
caballero, digo:
Desde un principio comprendí
que erais desleal y duro de corazón. Vuestras manos están manchadas con la
sangre de mi padre. No la toquéis; no conseguiréis lavarla. Os participo que
algún día pereceréis por mi causa, y os diré, además, que si intentáis casar
con algún otro a la damisela Joanna Sedley, con la cual he jurado solemnemente
casarme yo, el castigo que recibiréis será rapidísimo. El primer paso que deis
para ello será también el primero que os conduzca hacia la tumba.
RICHARD SHELTON
LIBRO TERCERO
LORD FOXHAM
1
La casa junto a la playa
Habían transcurrido varios meses desde el día en que Richard
Shelton pudo escapar de las garras de su tutor, meses extraordinariamente
fecundos en acontecimientos para Inglaterra.
El partido de Lancaster, casi moribundo entonces, logró levantar
cabeza una vez más. Derrotados y dispersos los de York, acuchillado su jefe en
el campo de batalla, pareció, durante una breve temporada del invierno que
siguió a los sucesos relatados, que la casa de Lancaster había triunfado
definitivamente sobre sus enemigos.
La pequeña ciudad de Shoreby-on-the-Till se hallaba llena de
nobles del partido de Lancaster, procedentes de las cercanías. Estaban allí el
conde de Risingham, con trescientos hombres de armas; lord Shoreby, con
doscientos; y el propio sir Daniel, de nuevo en auge y enriqueciéndose una vez
más a fuerza de confiscaciones, se alojaba en una casa de su propiedad, situada
en la calle principal, con sesenta hombres. Verdaderamente las cosas habían
cambiado.
Era una tarde oscura, de frío intenso, de la primera semana de
enero. Blanqueaba la escarcha, soplaba el vendaval y todo anunciaba nieve antes
del amanecer.
En una sórdida y mal alumbrada taberna de una callejuela cercana
al puerto, tres o cuatro hombres sentados bebían cerveza y despachaban una
frugal cena de huevos.
Todos eran parecidos:
hombres robustos, de tez curtida, mano dura y mirada audaz, y aunque vestían
simples tabardos, como pobres labriegos, hasta un soldado borracho lo hubiera
pensado un poco antes de buscar camorra alguna en semejante compañía.
Frente al enorme fuego que ardía en la chimenea y algo apartado
se hallaba también sentado otro hombre más joven, casi un niño, vestido de
forma muy parecida, aunque era fácil distinguir por su aspecto que era hombre
superior a ellos por nacimiento y que pudiera haber ceñido espada si la ocasión
lo requiriese.
-No -dijo uno de los hombres sentados a la mesa-. No me gusta
esto. Algo malo nos ocurrirá. No es éste sitio adecuado para gente alegre. A la
gente alegre le gusta el campo abierto, buen abrigo y pocos enemigos; pero aquí
estamos encerrados en una ciudad, rodeados de enemigos, y, para colmo de
desdichas, ya veréis cómo antes de amanecer nos regala el cielo una nevada.
-Eso díselo a master Shelton, que está ahí -repuso otro,
señalando con la cabeza al muchacho que estaba sentado frente al fuego.
-Mucho estoy yo dispuesto a hacer por master Shelton -replicó el
primero-. Pero lo que es ir a la horca por él o por cualquier otro... ¡no,
hermanos, no... eso sí que no!
Se abrió la puerta de la posada y entró apresuradamente otro
hombre que se aproximó al joven.
-Master Shelton -le dijo-: sir Daniel avanza con un par de
antorchas y cuatro arqueros.
Dick, pues de él se trataba, se puso inmediatamente en pie.
-Lawless -ordenó-: tú tomarás la guardia de John Capper.
Greensheve, sígueme. Y tú, Capper, abre la marcha. Esta vez le seguiremos los
pasos, aunque vaya a York.
Un momento después se hallaban fuera, en la oscura callejuela, y
Capper, el hombre que acababa de llegar, señalaba al sitio donde brillaban dos
antorchas cuyas llamas sacudía el viento.
Dormía ya profundamente la ciudad; ni un transeúnte circulaba
por las calles, y nada más fácil que seguir a aquel grupo sin ser notados. Los
dos portadores de las antorchas abrían la marcha; seguía un solo hombre, cuyo
largo capote flotaba al viento, y guardaban la retaguardia cuatro arqueros,
todos con los arcos al brazo. Marchaban a paso ligero, atravesando un dédalo
de callejuelas para acercarse, cada vez más, a la playa.
-¿Sigue todas las noches esa dirección? -preguntó Dick en voz
baja.
-Ésta es la tercera vez que pasa, master Shelton -respondió
Capper-, y siempre a la misma hora y con la misma reducida escolta, como si
quisiera guardar el secreto.
Sir Daniel y sus seis hombres habían llegado a las afueras de la
ciudad, donde empezaba el campo. Shoreby era una ciudad abierta, y aun cuando
los señores de Lancaster mantenían fuerte guardia en los caminos reales, era
posible, sin embargo, entrar o salir, sin ser visto, por cualquiera de las
callejuelas o cruzando campos.
La angosta callejuela que seguía entonces sir Daniel terminaba
bruscamente. Frente a él se extendía una áspera y desigual llanura y a un lado
se percibía el rumor de la resaca. No había guardias por los alrededores ni luz
alguna en aquella parte de la ciudad.
Dick y sus dos forajidos se acercaron algo más al grupo que
perseguían; de pronto, al salir de entre las casas y poder abarcar mayor
terreno por ambos lados, advirtieron que otra antorcha se aproximaba por distinta
dirección.
-Eh -exclamó Dick-. Esto me huele a traición.
Entretanto, sir Daniel había hecho alto. Clavaron las antorchas
en la arena y se echaron los hombres, como para esperar la llegada de otra
patrulla.
Ésta se acercaba a buen paso. La componían únicamente cuatro
hombres: un par de arqueros, un paje con la antorcha y un caballero embozado
caminando en el centro.
-¿Sois vos, milord? -gritó sir Daniel.
-Yo soy, en efecto; y si alguna vez dio un caballero leal
pruebas de serlo, yo soy ese hombre -respondió el jefe del segundo grupo-,
porque ¿quién no preferiría hacer frente a gigantes, brujos o herejes, mejor
que a este frío penetrante?
-Milord -repuso sir Daniel-: tanto más reconocida os estará la
belleza, no lo dudéis. Pero ¿vamos allá? Porque cuanto antes hayáis visto mi
mercancía, más pronto regresaremos a casa.
-Pero ¿por qué la guardáis ahí, buen caballero? -preguntó el
otro-. Si tan joven es, tan hermosa y tan rica, ¿por qué no la presentáis entre
sus compañeras? Pronto le encontraríais un buen partido, sin necesidad de
helaros los dedos y arriesgaros a recibir un flechazo, yendo por el mundo a
hora tan inoportuna y en plena oscuridad.
-Ya os he dicho, milord -replicó sir Daniel-, que el motivo de
ello sólo a mí interesa, y no pienso daros más explicaciones. Básteos saber que
si estáis ya cansado de vuestro viejo amigo Daniel Brackley, no tenéis más que
publicar por todas partes que vais a casaros con Joanna Sedley, y yo os doy
palabra de que inmediatamente os veréis libre de él. Pronto le encontraréis
con una flecha clavada en su espalda.
Entretanto avanzaban rápidamente por la llanura los dos
caballeros, precedidos por las tres antorchas inclinadas contra el viento,
esparciendo nubes de humo y penachos de llamas, y seguidos por los seis
arqueros.
Casi pisándoles los talones les seguía Dick. Desde luego, no
había oído ni una sola palabra de esta conversación; pero había reconocido en
el segundo de los interlocutores al anciano lord Shoreby, hombre de pésima
reputación, a quien hasta el mismo sir Daniel aparentaba condenar en público
al hablar de su conducta.
Llegaron pronto junto a la misma playa. Tenía el aire
emanaciones salinas, aumentaba el rumor de las olas y allí, en un amplio jardín
cercado, se alzaba una casita de dos pisos, con establos y otras dependencias.
El portador de la primera antorcha abrió una puerta que había
en la cerca y, una vez que todo el grupo hubo penetrado en el jardín, volvió a
cerrarla por el otro lado.
Dick y sus hombres quedaron así imposibilitados de continuar
siguiéndoles, a menos que escalasen el muro y se expusieran a caer en la
trampa.
Se sentaron entre un grupo de tejos y esperaron. El rojizo
resplandor de las antorchas iba y venía de un lado a otro dentro del cercado,
como si los portadores de las antorchas patrullaran por el jardín
continuamente.
Transcurrieron unos veinte minutos, al cabo de los cuales toda
la comitiva salió de nuevo. Sir Daniel y el barón, después de prolongados
saludos, se separaron, dirigiéndose cada cual a su respectivo domicilio, seguidos
de sus hombres y de sus luces.
Tan pronto como el rumor de sus pasos se hubo desvanecido en el
aire, Dick se puso en pie con toda la rapidez de que era capaz, pues tenía todo
el cuerpo dolorido y helado por el frío.
-Capper, vas a ayudarme a subir ahí -dijo.
Se adelantaron los tres hasta el muro, Capper se agachó y,
subiéndosele a los hombros, Dick trepó hasta la albardilla.
-Ahora, Greensheve -cuchicheó Dick-, súbete aquí, túmbate de
cara para que no te vean y mantente siempre pronto a tenderme una mano, si ves
que me ocurre algo desagradable al otro lado.
Diciendo esto se dejó caer en el jardín.
Reinaba una profunda oscuridad; ni una luz brillaba en la casa.
Soplaba penetrante el viento entre los arbustos y el mar azotaba la playa,
Dick avanzaba cautelosamente, tropezando con los matojos y tanteando con las
manos; de pronto el rechinar de la grava bajo sus pies le advirtió que se
hallaba en uno de los paseos.
Se detuvo allí y, sacando la ballesta que llevaba escondida
bajo el largo tabardo, se preparó para obrar sin pérdida de tiempo y avanzó de
nuevo con la mayor decisión y arrojo. El sendero le condujo en línea recta
hasta el grupo de edificios.
Todo tenía un triste y ruinoso aspecto; las ventanas estaban
resguardadas por desvencijados postigos, abiertos y vacíos los establos, sin
heno en el henil ni grano en el granero. Cualquiera hubiese dicho que aquélla
era una casa abandonada; pero Dick tenía pruebas suficientes de lo contrario.
Continuó su inspección, visitando todas las dependencias, comprobando la mayor
o menor solidez de las ventanas. Llegó al fin, dando un rodeo, al lado de la
casa que daba al mar y, como esperaba, allí vio una lucecilla en una de las
ventanas superiores.
Retrocedió unos pasos, hasta que creyó ver una sombra que se
movía sobre la pared del aposento. Se acordó entonces de que, al ir tanteando
en el establo, había tropezado su mano con una escalera, y fue rápidamente a
buscarla. Ésta era muy corta; sin embargo, poniéndose de pie en el último
peldaño, logró tocar los barrotes de hierro de la ventana, y, aferrándose a
éstos con todas sus fuerzas, levanta el cuerpo hasta que sus ojos alcanzaron a
ver el interior de la habitación.
En ella había dos personas. A la primera pronto la reconoció:
era la señora Hatch; la segunda, una joven alta, hermosa y de grave continente,
ataviada con un largo vestido bordado... ¿era posible que fuera Joanna
Sedley?... ¿Aquel compañero de los bosques, Jack, a quien pensó él en castigar
con su correa?
Volvió a dejarse caer en el último peldaño de la escalera,
presa de una especie de aturdimiento. Jamás se le había ocurrido que su amada
fuera un ser tan superior, por lo que inmediatamente experimentó una sensación
de timidez. Pero no era aquél el momento oportuno para pensar. Un ligero siseo
sonó muy cerca y se apresuró a descender.
-¿Quién va? -susurró.
-Greensheve -fue la respuesta en tono igualmente cauto.
-¿Qué quieres? -preguntó Dick.
-Que vigilan la casa, master Shelton -respondió el forajido-. No
somos nosotros solos los que espiamos, pues estando boca abajo sobre el muro,
vi a unos hombres rondando entre las sombras y les oí silbar quedamente para
avisarse unos a otros.
-¡Por mi fe, esto pasa ya de extraño! -exclamó Dick-. ¿No eran
hombres de sir Daniel?
-No, señor, no lo eran -respondió Greensheve-. O yo no tengo
ojos, o cada uno de esos monigotes llevaba una escarapela blanca en la gorra,
a cuadros oscuros.
-¿Blanca, con cuadros oscuros? -repitió Dick-. ¡No conozco esa
divisa! No es ninguna de las del país. Bien; si es así, salgamos de este jardín
tan silenciosamente como podamos, porque estamos en mala posición para
defendernos. Es indudable que en esta casa hay hombres de sir Daniel, y que nos
cojan entre dos fuegos es lo peor que puede sucedernos. Coge la escalera; debo
dejarla donde la encontré.
La restituyó, pues, al establo, y, a tientas, marcharon hacia el
lugar por donde habían entrado.
Capper ocupaba ahora el puesto de Greensheve sobre la
albardilla, y, tendiéndoles la mano, primero a uno y luego a otro, tiró de
ellos para hacerlos subir.
Cautelosa y silenciosamente se dejaron caer de nuevo al otro
lado, no atreviéndose a hablar hasta que volvieron a su anterior escondite
entre los tejos.
-Ahora, John Capper-dijo Dick-, vuelve a Shoreby, aunque en ello
te vaya la vida. Tráeme enseguida cuantos hombres puedas reunir. Éste será el
punto de cita, a no ser que los hombres estuviesen muy diseminados y vieses
que el día se acercaba antes de juntarlos, en cuyo caso el sitio de cita será
algo más allá, hacia la entrada de la ciudad. Greensheve y yo nos quedamos aquí
vigilando. ¡Date prisa, John Capper, y que los santos vengan en tu ayuda!
Y en cuanto hubo desaparecido el enviado, continuó diciendo
Dick:
-Ahora, Greensheve, vamos tú y yo a rondar el jardín, dando un
rodeo. Quiero ver si tus ojos te engañaron.
Manteniéndose a buena distancia del muro, y aprovechando todos
los altibajos del terreno, vigilaron la casa por dos de sus lados sin observar
nada de interés. En la tercera fachada, la tapia del jardín se hallaba muy
cerca de la playa, y para guardar la debida distancia tuvieron que descender
algún trecho sobre las arenas. Aunque la marea estaba todavía bastante baja, la
resaca era tan alta y tan llana la orilla que, al romper las olas, una gran
sábana de espuma y de agua la cubría rápidamente, y así Dick y Greensheve
tuvieron que realizar esta parte de su ronda hundidos hasta el tobillo o hasta
las rodillas, casi vadeando las frías y saladas aguas del mar del Norte.
De pronto, destacándose contra la relativa blancura de la tapia
del jardín, apareció la figura de un hombre, como una débil sombra chinesca,
haciendo señales con los brazos, que agitaba violentamente. Luego cayó a
tierra, y surgió otro algo más lejos, que repitió la misma operación. Así,
como silenciosa consigna, estas gesticulaciones hicieron la ronda del sitiado
jardín.
-Buena guardia han montado -cuchicheó Dick.
-Volvamos a tierra, buen amo -repuso Greensheve-. Estamos aquí
demasiado al descubierto, porque fijaos: cuando las olas rompan detrás de
nosotros, nos verán claramente contra la blanca cortina de espuma.
-Tienes razón -respondió Dick-. Volvamos a tierra y a toda
prisa.
2
Una escaramuza en las tinieblas
Empapados por completo y helado el cuerpo, volvieron los dos
aventureros a su escondrijo entre los tejos.
-¡Quiera el cielo que Capper se dé prisa! ¡Un cirio le prometo
a santa María de Shoreby si regresa antes de una hora!
-¿Tenéis prisa, master Shelton? -preguntó Greensheve.
-Sí, amigo mío -respondió Dick-, porque en esa casa está la
mujer a quien amo, y ¿quiénes piensas tú que pueden ser los que la rodean en
secreto esta noche? ¡Enemigos, sin duda!
-Bien -repuso Greensheve-; si John vuelve pronto, daremos buena
cuenta de ellos. No llegan a cuarenta los que están fuera; y cogiéndolos donde
se hallan, tan desperdigados, veinte hombres bastarían para espantarlos como
bandada de gorriones. Y, sin embargo, master Shelton, si ya está ella en poder
de sir Daniel, poco le perjudicará el que pase a manos de otro. ¿Quién será
éste?
-Sospecho que lord Shoreby -contestó Dick-. ¿Cuándo vinieron?
-Empezaron a llegar, master Dick -dijo Greensheve-, poco más o
menos cuando vos saltabais la tapia. Apenas si llevaba un minuto allí cuando vi
al primero de esos granujas arrastrándose hasta doblar la esquina.
En la casita se había extinguido la última luz cuando Dick y
Greensheve vadeaban las rompientes olas de la playa, y era imposible adivinar
en qué momento se lanzarían al ataque los hombres al acecho en torno al
jardín. De dos males, Dick prefería el menor: que Joanna continuase bajo la
tutela de sir Daniel, que no cayese en las garras de lord Shoreby; por tanto,
tomó la resolución de que si asaltaban la casa, acudiría inmediatamente en auxilio
de los sitiados.
Pero el tiempo pasaba y nada sucedía. De cuarto en cuarto de
hora se repetía la misma señal en torno a la tapia del jardín, como si el jefe
quisiera asegurarse de la vigilancia de sus diseminados esbirros; por lo demás,
nada turbaba la tranquilidad en torno a la casita.
Al rato empezaron a llegar los refuerzos de Dick. No estaba aún
muy avanzada la noche cuando cerca de veinte hombres hallábanse ya escondidos a
su lado, entre los tejos.
Dividiéndolos en dos grupos, tomó él el mando del más reducido y
dejó el más numeroso a las órdenes de Greensheve.
-Ahora, Kit -dijo a este último-, llévate a tus hombres al
ángulo de la tapia más cercana a la playa. Colócalos de modo que puedan
resistir y espera hasta que oigas atacar por el otro lado. Quisiera asegurarme
de los que están frente al mar, porque entre ellos debe estar el jefe. Los
demás huirán; déjalos que corran. Y vosotros, muchachos, no disparéis ni una
sola flecha, porque no conseguiréis más que herir a nuestros amigos. ¡Echad
mano al cuchillo y duro con él! Si vencemos, os prometo a cada uno de vosotros
un noble de oro, en cuanto entre yo en posesión de mi herencia.
De la singular colección de descamisados, ladrones, asesinos y
campesinos arruinados que Duckworth había reunido para que fueran sus
instrumentos de venganza, los más audaces y expertos en andanzas guerreras se
ofrecieron voluntarios para seguir a Richard Shelton. El servicio de vigilancia
de los movimientos de sir Daniel en la ciudad de Shoreby les pareció tan fastidioso
que por fin comenzaron a quejarse en voz alta, amenazando con disolver la
partida. La perspectiva de un violento encuentro y el probable botín les
devolvió el buen humor, y alegremente se prepararon para la batalla.
Despojándose de sus largos tabardos, aparecieron unos con
simples chaquetas verdes y otros con pesadas chaquetas de cuero; bajo el
capuchón, muchos llevaban gorros reforzados con placas de hierro; y en cuanto a
armas ofensivas, espadas, dagas, unas cuantas jabalinas y una docena de
brillantes hachas les ponían en situación de poder aventurarse a un choque
hasta con tropas regulares feudales. Los arcos, aliabas y tabardos, quedaron
ocultos entre los tejos y los dos grupos avanzaron resueltamente.
Cuando Dick hubo llegado al otro lado de la casa, colocó,
apostados en línea, a seis hombres, a unos veinte metros de la tapia del
jardín, situándose él mismo frente a ellos, a pocos pasos de distancia.
Entonces, lanzando todos a la vez un mismo grito, cerraron contra los
enemigos.
Éstos, que se hallaban muy esparcidos, echados en el suelo y
medio helados de frío, se pusieron atropelladamente de pie, sin saber qué
hacer. Antes de que tuvieran tiempo de recobrar la serenidad o de darse cuenta
del número e importancia de sus atacantes, un nuevo grito resonó en sus oídos
desde el lado opuesto del cercado. Entonces se dieron por perdidos y huyeron a
la desbandada.
De tal modo, los dos reducidos grupos de hombres de la Flecha
Negra se encontraron frente a la tapia que daba al mar; por decirlo así,
cogieron entre dos fuegos aparte de los desconocidos; mientras que el resto
huía en distintas direcciones, como si en ello les fuera la vida, y pronto se
dispersaron en la oscuridad.
Con todo, la lucha no había hecho más que empezar. Aunque los
forajidos de Dick contaran con la ventaja de la sorpresa, eran muy inferiores
en número a los hombres que habían rodeado. Entretanto la marea había subido;
la playa quedaba reducida a una pequeña franja, y en este húmedo campo de
batalla, entre los rompientes y la tapia del jardín, comenzó, en la oscuridad,
una incierta, furiosa y mortal batalla.
Los desconocidos iban bien armados; cayeron en silencio sobre
sus atacantes y la pelea se convirtió en una serie de combates individuales.
Dick, el primero que entró en liza, se vio atacado por tres a la vez; a uno lo
derribó del primer golpe; pero como los otros dos se arrojaron furiosamente
sobre él, hubo de retroceder ante la acometida. Uno de éstos era un hombretón,
casi un gigante, e iba armado de un espadón, que blandía como si fuera una
varilla. Contra semejante adversario, de tan largo brazo y tan largo y pesado
acero, Dick, con su hacha, quedaba casi indefenso, y si hubiera continuado con
igual vigor el otro atacante, el muchacho, acorralado, hubiera caído
enseguida. Pero el segundo contrincante, de menor estatura y movimientos más
lentos, se detuvo un instante para atisbar en torno suyo en la oscuridad y
prestar oído a los ruidos de la batalla.
El gigante seguía aprovechándose de la ventaja que llevaba; Dick
retrocedía, esperando el momento oportuno para atacar. De pronto, centelleó en
el aire la gigantesca hoja, descendió, y el muchacho, saltando a un lado y
lanzándose enseguida a fondo, le tiró un tajo oblicuo de abajo arriba con su
hacha. Se oyó entonces un rugido de dolor y, antes de que el herido pudiera
levantar de nuevo la formidable espada, repitió Dick el golpe por dos veces,
dando con él en tierra.
Un instante después peleaba en lucha más igual con el segundo de
sus perseguidores. No había ahora gran diferencia de estatura, y aunque el
hombre acometía con espada y daga, en contra de una sola hacha, y era astuto y
rápido en la defensa, lo que le daba cierta superioridad en las armas, quedaba
ésta compensada por la mayor agilidad de Dick. Al principio, ninguno de los dos
adquiría ventaja; pero el más viejo iba aprovechándose insensiblemente de la
furia del más joven para llevarle al terreno que quena, y a poco observó Dick
que habían cruzado todo el ancho de la playa y que estaban ya luchando
hundidos hasta más arriba de las rodillas en la espuma y las burbujas de las
rompientes olas. Resultaba allí inútil toda actividad, toda la ligereza de pies
del mozo, hallándose éste más o menos a discreción de su enemigo; un poco más y
quedaba de espaldas a sus propios hombres, advirtiendo que su diestro y
experto adversario no hacía otra cosa que alejarle más y más de los suyos.
Dick rechinó los dientes de coraje. Resolvió terminar al
instante el combate, y en cuanto rompió en la playa otra ola y, retirándose,
dejó en seco la arena, se precipitó sobre el otro, paró un golpe con el hacha y
de un salto se le agarró al cuello. El hombre cayó de espaldas y Dick sobre
él, y como la siguiente ola sucedió rápidamente a la anterior, quedó sepultado
bajo la sábana de agua.
Sumergido todavía, Dick le arrebató la daga de la mano y se puso
en pie, victorioso.
-¡Ríndete! -le gritó-. Te perdono la vida.
-Me rindo -contestó el otro, incorporándose hasta quedar
arrodillado-. Peleas como joven que eres, con ignorancia y temeridad; pero,
¡por toda la corte celestial, que te bates como un bravo!
Dick se volvió para mirar hacia la playa. El combate seguía aún
vivísimo e indeciso en medio de la noche; sobre el ronco bramar de las
rompientes olas se oía el chocar de los aceros y resonaban los ayes de dolor y
los gritos de combate.
-Llévame adonde está tu capitán, joven -dijo el vencido
caballero-. Ya es hora de que termine esta cacería.
-Señor -contestó Dick-: si estos valientes muchachos tienen
capitán, es este pobre caballero que os está hablando ahora.
-Pues, entonces, llamad a vuestros perros, y yo daré a mis
villanos la orden de que cesen.
Algo noble había en la voz y en las maneras del vencido
adversario de Dick, por lo que éste desechó al instante todo temor de
traición.
-¡Deponed las armas, muchachos! -gritó el desconocido
caballero-. Me he rendido bajo promesa de respetar mi vida.
El tono del forastero era de orden absoluta, inapelable, y casi
al instante cesó el estrépito y la confusión de la refriega.
-¡Lawless! -gritó Dick-. ¿Estás sano y salvo?
-¡Sí! -contestó éste-. Sano y animoso.
-Enciende la linterna -le ordenó Dick.
-¿No está aquí sir Daniel? -preguntó el caballero.
-¿Sir Daniel? -repitió Dick-. Por la cruz que espero que no.
Mal lo pasaría yo si aquí estuviese.
-¿Que vos lo pasaríais mal, noble caballero? -preguntó el
otro-. Entonces si no sois del partido de sir Daniel, confieso que no lo
entiendo. ¿Por qué os lanzasteis, pues, contra mi emboscada? ¿Por qué lucháis,
mi joven y fogoso amigo? ¿Con qué propósito? Y para terminar de preguntaros, ¿a
qué buen caballero me he entregado?
Pero antes de que Dick pudiera contestar, una voz habló en la
oscuridad junto a ellos. Dick pudo distinguir la divisa blanca y negra del que
hablaba y el respetuoso saludo que dirigió a su superior.
-Milord -dijo-; si estos caballeros son enemigos de sir Daniel,
es una verdadera lástima que hayamos tenido que venir a las manos; pero diez
veces mayor sería que ellos o nosotros permaneciésemos aquí entretenidos. Los
vigilantes de la casa, a menos que estén todos muertos o sordos, han tenido que
oír nuestros golpes desde hace un cuarto de hora; inmediatamente habrán hecho
señales a la ciudad, y como no nos apresuremos, es probable que unos y otros
tengamos que habérnoslas con un nuevo enemigo.
-Hawksley tiene razón -observó el lord-. ¿Qué opináis, señor?
¿Adónde vamos?
-Milord -respondió Dick-; por mí podéis ir adonde os plazca.
Empiezo a sospechar que tenemos motivos para ser amigos, y si bien es cierto
que nuestras relaciones empezaron de modo harto brusco, no quisiera yo
continuarlas groseramente. Separémonos, pues, milord, chocando vuestra mano con
la que os tiendo, y a la hora y en el lugar que digáis encontrémonos de nuevo
para ponernos de acuerdo.
-Sois demasiado confiado, joven -contestó el otro-; pero esta
vez no habéis depositado mal vuestra confianza. Al apuntar el día iré a
encontraros frente a la Cruz de Santa Brígida. ¡Vamos, muchachos, seguidme!
Los desconocidos desaparecieron del lugar de la escena con tal
rapidez que resultaba sospechosa, y mientras los forajidos se entregaban a la
agradable tarea de despojar a los muertos, Dick dio la vuelta una vez más a la
tapia del jardín para examinar el frente de la casa. En una pequeña tronera de
la parte alta del tejado distinguió una serie de luces, y como ciertamente
podían ser vistas desde las ventanas posteriores de la residencia de sir
Daniel, no dudó de que fuera ésta la señal temida por Hawksley y que, a no
tardar, llegarían los lanceros del caballero de Tunstall.
Puso el oído en tierra y le pareció percibir un sordo y lejano
ruido que venía de la ciudad. Volvió corriendo a la playa. Mas la tarea había
terminado: ya el último cadáver estaba desarmado y despojado de sus ropas, y
cuatro hombres, adentrándose en el mar, lo abandonaban a merced de las aguas.
Pocos minutos después, cuando salieron por una de las
callejuelas próximas de Shoreby unos cuarenta jinetes, ensillados a toda prisa
y marchando a galope, ya los alrededores de la casa junto al mar estaban
sumidos en el más profundo silencio y desiertos por completo.
Entretanto, Dick y sus hombres habían vuelto a la taberna de La
Cabra y la Gaita para procurarse algunas horas de reposo antes de la cita
matinal.
3
La Cruz de Santa Brígida
A espaldas de Shoreby, en los límites del bosque de Tunstall,
elevábase la Cruz de Santa Brígida. Dos caminos se cruzaban allí: uno era el
de Holywood, atravesando el bosque; otro, el de Risingham, por el cual vimos
huir en desorden a los vencidos partidarios de Lancaster. Allí se juntaban
ambos y descendían por la colina hasta Shoreby, y un poco antes del punto de
unión coronaba la cima de un montículo la vieja cruz, maltratada por los
embates del tiempo.
Las siete de la mañana serían cuando Dick llegó a aquel lugar.
El frío era vivísimo; la tierra aparecía grisácea y plateada por la blanca
escarcha; ya apuntaba el día por oriente, luciendo vivos colores purpúreos o
anaranjados.
Dick se sentó en el primer escalón de la cruz, se envolvió bien
en su tabardo y escudriñó por todos lados con vigilante mirada. No tuvo que
esperar mucho. Por el camino de Holywood descendía un caballero, con rica y
brillante armadura, cubierta con una sobrevesta de las más raras pieles,
marchando al paso sobre un magnífico corcel. A unos veinte metros de distancia
le seguía un pelotón de lanceros; pero éstos, tan pronto como divisaron el
lugar de la cita, hicieron alto, mientras el caballero de la sobrevesta de
piel seguía avanzando solo.
Llevaba levantada la visera y era su continente autoritario y
noble, como correspondía a la riqueza de su atavío y de sus armas. No sin
cierta confusión se levantó Dick al verle, y descendió del pie de la cruz para
ir al encuentro de su prisionero.
-Os doy las gracias, milord, por vuestra puntualidad -dijo,
haciendo una profunda reverencia-. ¿Quisiera su señoría echar pie a tierra?
-¿Estáis solo, joven? -preguntó el otro.
-No iba a ser tan cándido -repuso Dick-, y para ser franco con
su señoría, os diré que los bosques que se extienden a ambos lados de esta cruz
están llenos de hombres honrados que me acompañan, apostados ahí junto a sus
armas.
-Habéis hecho bien -replicó el lord-. Y tanto más me place
saberlo cuanto que anoche os batisteis temerariamente, más como un salvaje
sarraceno loco que como guerrero cristiano. Pero no está bien que me queje,
siendo yo quien llevó la peor parte.
-En efecto, milord, salisteis peor librado, puesto que caísteis
-repuso Dick-. Pero si no llegan a ayudarme las olas, yo hubiera sido el
vencido. Os complacisteis en dominarme, mostrando vuestra superioridad, por
medio de numerosas señales que me hizo vuestra daga y que aún llevo. En fin,
milord, sospecho que fui yo quien corrió todo el riesgo y sacó todo el provecho
de aquella refriega de ciegos que tuvimos en la playa.
-Veo que sois lo bastante astuto como para tomarlo a broma
-replicó el forastero.
-No, milord; astuto, no -repuso Dick-; no pretendo con eso
sacar ventaja alguna. Pero cuando, a la luz del nuevo día, veo cuán grande es
el caballero que se ha rendido, no sólo a mis armas, sino a la suerte, la
oscuridad y la resaca... y cuán fácilmente podía la batalla haber tomado bien
distinto giro, tratándose de un soldado tan inexperto y rústico como yo... no
os extrañe, señor, que me sienta confundido con mi propia victoria.
-Decís bien -respondió el forastero-. ¿Cómo os llamáis?
-Me llamo Shelton -contestó Dick.
-Lord Foxham me llama a mí la gente -añadió el otro.
-Entonces, milord, con vuestra venia, sois el tutor de la más
adorable doncella que existe en Inglaterra -exclamó Dick-. Y por lo que toca a
vuestro rescate y al de los que con vos quedaron prisioneros en la playa,
ninguna duda habrá ya respecto a las condiciones. Os ruego, señor, y a vuestra
benevolencia y caridad apelo, que me concedáis la mano de mi señora, Joanna
Sedley, y os daré, a cambio, vuestra libertad y la de vuestros seguidores; si
la aceptáis, podréis contar con mi gratitud y servicio hasta la muerte.
-Pero ¿no sois vos pupilo de sir Daniel? Sí, sois el hijo de
Harry Shelton, que así lo oí decir -dijo lord Foxham.
-¿Quisierais concederme, milord, el favor de desmontar?
Desearía explicaros detalladamente quién soy, cuál es mi situación y por qué
soy tan atrevido en mis demandas. Os ruego, milord, que os sentéis en estos
peldaños, que me oigáis hasta el fin y me juzguéis después con benevolencia.
Diciendo así, Dick tendió una mano a lord Foxham para ayudarle a
desmontar, le condujo por el montículo hasta la cruz, le instaló en el sitio
en que antes había estado sentado él y, quedándose respetuosamente en pie ante
su noble prisionero, le contó la historia de sus andanzas hasta los
acontecimientos de la noche anterior.
Lord Foxham le escuchó gravemente, y cuando hubo terminado Dick,
dijo:
-Master Shelton: sois el joven caballero más afortunado y más
desdichado a un tiempo; pero cuantas veces os sonrió la fortuna, fue, por
cierto, bien merecidamente; en cambio, cuando os acompañó la desgracia, no lo
merecíais. Pero levantad el ánimo, porque habéis sabido conquistaros un amigo
que no está, en verdad, desprovisto de poder y de influencia. En cuanto a vos,
aunque no siente bien a una persona de vuestra alcurnia andar asociado con
forajidos, he de confesar que sois valiente y honrado, muy peligroso en la
batalla y cortés en la paz, joven de excelentes condiciones y valerosa
conducta. En cuanto a vuestro patrimonio, no volveréis a verlo hasta que
cambien de nuevo las cosas; es decir, que mientras sea el partido de Lancaster
el que domine, gozará de lo vuestro sir Daniel como si suyo fuera. Mas por lo
que se refiere a mi pupila, ésa ya es otra cuestión; la había prometido yo a un
caballero de mi propia familia: un tal Hamley... Vieja es la promesa...
-Sí, milord, y ahora sir Daniel la ha prometido a lord Shoreby
-interrumpió Dick-. Y como esta promesa es la más reciente de las dos, es la
que mayor probabilidad tiene de cumplirse.
-Ésa es la pura verdad -observó lord Foxham-. Y teniendo,
además, en cuenta que soy vuestro prisionero, sin que admitáis más condiciones
que el concederme sencillamente la vida, y que, por otra parte, la doncella,
por desgracia, está en otras manos, consentiré. Ayudadme vos con vuestra buena
gente...
-Milord -exclamó Dick-; son los mismos forajidos con quienes
hace poco censurabais que me uniese.
-Que sean lo que quieran; el hecho es que saben luchar -replicó
lord Foxham-. Ayudadme, pues, y si entre los dos recuperamos a la doncella,
¡juro por mi honor de caballero que se casará con vos!
Dobló Dick la rodilla ante su prisionero; mas éste, levantándose
de la cruz, alzó al muchacho y lo abrazó como a un hijo.
-Vamos -dijo-, si vais a casaros con Joanna, debemos ser ya
buenos amigos.
4
El Buena Esperanza
Una hora después había regresado Dick a La Cabra y la Gaita,
desayunando allí y recibiendo las noticias de sus mensajeros y centinelas.
Duckworth continuaba ausente de Shoreby, y esto ocurría con mucha frecuencia
ya que representaba muchos papeles en el mundo; estaba interesado en diferentes
empresas y dirigía múltiples asuntos. Había fundado aquella Sociedad de la
Flecha Negra, como hombre arruinado y ansioso de venganza y dinero; sin
embargo, los que más a fondo le conocían, le tenían por agente y emisario del
gran hacedor de reyes de Inglaterra, Richard, conde de Warwick.
El caso es que, en su ausencia, le tocó a Richard Shelton
dirigir sus negocios en Shoreby, y, al sentarse a comer, se hallaba lleno de
preocupaciones que su rostro reflejaba. Había quedado acordado con lord Foxham
que aquella noche darían un golpe audaz para poner en libertad a Joanna Sedley
a viva fuerza. De todos modos, los obstáculos eran muchos y a medida que iban
llegando sus espías, todos traían noticias desagradables.
Sir Daniel se había alarmado por la escaramuza de la noche
anterior. Había aumentado la guarnición de la casa del jardín; pero, no
contento con esto, tenía estacionados hombres a caballo en todas las
callejuelas vecinas, de modo que pudieran comunicarle en el acto cualquier
movimiento que observaran. Entretanto, en el patio de su mansión, tenía
ensillados otros caballos, y los jinetes armados esperaban tan sólo la señal
para montar.
La nocturna aventura en proyecto iba haciéndose cada vez más
difícil de efectuar, hasta que, de pronto, el rostro de Dick se iluminó.
-¡Lawless! -llamó-. Tú que has sido marinero, ¿podrías robarme
un barco?
-Master Dick -repuso Lawless-, si vos me guardáis las espaldas,
capaz sería de robar la Abadía de York.
Poco después ambos partían con dirección al puerto. Era éste
una extensa concha situada entre arenosas colinas, rodeada de pequeñas dunas,
viejos árboles sin hojas y destartaladas casuchas de los barrios bajos.
Numerosos navíos y barcas estaban allí anclados o habían sido varados en la
playa. El prolongado mal tiempo les había llevado desde alta mar a buscar el
refugio del puerto, y el tropel de negras nubes y las frías borrascas que se
sucedían sin cesar, ya con una rociada de nieve, ya con una simple ventolera,
anunciaban que, lejos de mejorar, el tiempo amenazaba una próxima y más , seria
tormenta.
Los marineros, en vista del frío y del viento, se habían
retirado, en su mayor parte, a tierra y llenaban ahora de vocerío y cantos las
tabernas de la playa. Muchos de los buques estaban anclados, sin guardia alguna,
y como el día avanzaba y el tiempo no llevaba trazas de mejorar, su número
aumentaba continuamente.
A estos barcos abandonados y, sobre todo, a los que + se
hallaban bastante alejados, dirigió Lawless su atención, mientras Dick, sentado
sobre un áncora medio hundida en la arena, y prestando oídos ya a las rudas,
potentes y amenazadoras voces del ventarrón, ya a los roncos cantos de la
marinería en una taberna próxima, pronto se olvidó de cuanto le rodeaba y de
sus preocupaciones, al pensar en la gratísima promesa de lord Foxham.
En su ensimismamiento vino a interrumpirle una mano que se posó
sobre su hombro. Era la de Lawless, que le señalaba un barquito que aparecía
casi solitario a escasa distancia de la entrada del puerto, donde se balanceaba
suave y rítmicamente sobre el oleaje. El pálido resplandor del sol de invierno
brilló en aquel momento sobre la cubierta de la embarcación, haciéndola
destacar contra una masa de amenazadores nubarrones, y en esa momentánea
claridad logró ver Dick que un par de hombres halaban el esquife desde un
costado del buque.
-Allí está, señor -dijo Lawless-. Fijaos bien. Allí está el
barco para esta noche.
Al rato el esquife se apartó del costado del buque, y los dos
hombres, poniendo proa al viento, remaron vigorosamente hacia tierra. Lawless
se volvió hacia un individuo que por allí andaba.
-¿Cómo se llama? -le preguntó, señalando a la pequeña
embarcación.
-Se llama el Buena Esperanza, de Dartmouth -contestó el hombre-.
El nombre del capitán es Arblaster. Es ese que empuña el remo de proa en el
esquife.
Esto era cuanto Lawless quería saber. Dando precipitadamente
las gracias al hombre, se fue, rodeando la playa, hasta cierta caleta adonde se
dirigía el esquife. Se situó allí y tan pronto como se hallaron al alcance de
su voz, se dirigió a los marineros del Buena Esperanza, exclamando:
-¡Hola! ¡Compadre Arblaster! ¡Bienvenido, compadre; muy
bienvenido! ¡Por la cruz que me alegro de veros! ¿Es ése el Buena Esperanza?
¡Vaya, si lo conoceré yo! ¡Aunque estuviera entre mil!... ¡Buen barco, buen
barco! Pero ¡caramba!, venid pronto, compadre. ¡Vamos a echar un trago! Ya
cobré mi herencia, de la que sin duda habréis oído hablar. Ya soy rico, ya dejé
de navegar por los mares; ahora casi siempre navego sobre cerveza especiada.
¡Vamos, amigo! ¡Venga esa mano y a beber con un viejo camarada de barco!
El patrón, Arblaster, hombre maduro, de alargado y curtido
rostro, con un cuchillo que una trenzada cuerda sostenía pendiente de su
cuello, y exactamente igual a un marinero de hoy día en su porte y talante, se
había detenido, presa de asombro y desconfianza. Pero la mención de la
herencia y cierto aire de simplicidad de hombre borracho y de franca
camaradería, que tan bien fingía Lawless, se unieron para vencer su recelo, y
desapareciendo en él la tensión de su semblante, tendió de pronto su mano
abierta, que estrechó la del forajido en formidable apretón.
-No -dijo-; no recuerdo vuestra fisonomía. Pero ¿qué importa?
Con cualquiera estoy yo dispuesto a echar un trago, y lo mismo Tom, mi
marinero. Tom -añadió, dirigiéndose a su acompañante-: aquí tienes a mi
compadre, de cuyo nombre no puedo acordarme; pero que sin duda es un buen
marinero. Vamos a beber con él y con su amigo, que es hombre de tierra.
Abrió la marcha Lawless, y pronto estuvieron sentados en una
taberna que, por ser muy nueva y hallarse en lugar descubierto y solitario, no
estaba tan atestada de gente como las cercanas al centro del puerto. No era más
que un tugurio de madera muy parecido a los blocaos que existen en las
apartadas selvas, toscamente amueblado con uno o dos armarios, algunos bancos
de madera y unos tablones colocados sobre barriles en lugar de mesas. En el
centro, y como sitiado por violentas e innumerables corrientes de aire, ardía,
entre espesa humareda, un fuego de viejas tablas, restos de naufragios.
-¡Ajajá! -exclamó Lawless-. ¡Ésta es la alegría del marinero: un
buen fuego, un buen vaso de algo fuerte para beber en tierra, con un tiempo
loco ahí fuera y un ventarrón que llega de alta mar rondando en el tejado! ¡A
la salud del Buena Esperanza! ¡Porque se mantenga bien al ancla!
-¡Sí! -dijo el patrón Arblaster-, ¡buen tiempo para quedarse en
tierra, a fe mía! Y tú, Tom, ¿qué dices? Compadre, decís bien, aunque no
consigo acordarme de vuestro nombre; pero decís muy bien. ¡Porque el Buena
Esperanza se mantenga bien al ancla! ¡Amén!
-Amigo Dick -dijo Lawless dirigiéndose a su jefe-: si no me
equivoco, tenéis entre manos algunos asuntos. Pues bien: ocupaos de ellos al
instante, os lo ruego, que yo aquí me quedo con esta buena compañía, dos recios
y viejos marineros, y hasta que volváis yo os respondo de que estos dos
valientes aguantarán aquí conmigo bebiendo vaso tras vaso. ¡Nosotros, viejos lobos
de mar, no somos como los hombres de tierra!
-¡Bien dicho! -exclamó el patrón-. Podéis iros, muchacho, yo
cuidaré de vuestro amigo y buen compadre mío hasta el toque de queda... ¡Sí,
por María Santísima! Hasta que salga el sol de nuevo... Porque, mirad, cuando
un hombre ha estado mucho tiempo en el mar, la sal penetra en la arcilla de sus
huesos, y entonces ya puede beberse un pozo, que jamás apagará su sed.
Así, animado por todos, se levantó Dick, saludó y saliendo de
nuevo afuera, en la tarde de borrasca, se dirigió a toda prisa hacia La Cabra y
la Gaita. Desde allí mandó recado a lord Foxham de que tan pronto cerrase la
noche dispondrían de una buena embarcación para hacerse a la mar. Luego,
llevando consigo a un par de forajidos con cierta experiencia en la vida
marinera, regresó hacia el puerto en dirección a la caleta.
El esquife del Buena Esperanza estaba allí entre otros muchos,
de los cuales se distinguía fácilmente por su extremada pequeñez y fragilidad.
Cuando Dick y sus dos hombres ocuparon sus puestos y empezaron a alejarse de
la caleta para entrar en el puerto abierto, el pequeño cascarón se hundía en
el oleaje y se bamboleaba a cada ráfaga de viento como si fuera a naufragar.
El Buena Esperanza, como hemos dicho, se hallaba anclado
bastante lejos, donde la marejada era más fuerte. Ningún otro barco estaba
fondeado a distancia menor que la de muchos cables, y los más cercanos estaban enteramente
abandonados. Además, cuando el esquife se acercaba, una espesa cortina de nieve
y el repentino oscurecimiento del cielo ocultaron a los forajidos a todo
posible espionaje. En un abrir y cerrar de ojos saltaron sobre la cubierta, y
el esquife quedó balanceándose a popa. El Buena Esperanza había sido apresado.
Era un barco de sólida construcción, con cubierta en la proa y
en medio del buque, pero abierto en la popa. Tenía un solo mástil y estaba
aparejado entre falúa y lugre. Al parecer, el patrón Arblaster había hecho un
buen negocio, porque la bodega estaba llena de barriles de vino francés y en
una reducida cámara, además de una imagen de la Virgen María -prueba de la
devoción del patrón- se hallaban muchas arcas y armarios herméticamente
cerrados, que demostraban que era rico y cuidadoso.
Un perro, único ocupante del barco, ladró furiosamente,
mordiendo los talones de los huéspedes, pero pronto fue arrojado a puntapiés a
la cámara, quedando allí encerrado a solas con su justo resentimiento. Se
encendió una lámpara, que fue colocada en los obenques de forma que pudiera ser
fácilmente distinguido el navío desde la playa. Barrenaron uno de los barriles
de vino y bebieron sendos vasos de excelente Gascuña, brindando por el éxito de
la aventura de aquella noche. Luego, mientras uno de los forajidos preparaba
arco y flechas aprestándose para defender el buque contra cualquiera que
llegase, el otro haló el esquife, saltó en él, haciéndose a la mar, y esperó la
llegada de Dick.
-Bien, Jack, mantente alerta -dijo el joven jefe, disponiéndose
a seguir a su subordinado-. Tú vas a servirnos de mucho.
-¡Ya lo creo! -repuso Jack-. Mientras estemos aquí; pero en
cuanto ese pobre barco saque las narices fuera del puerto... ¡Mirad, ya
tiembla! El infeliz me ha oído y el corazón le ha presagiado algo malo, dentro
de su costillaje de roble. Pero fijaos, master Dick, cómo se cierra el cielo.
La oscuridad a lo lejos, era pasmosa, en efecto. Entre la
negrura se elevaban grandes oleadas, una tras otra, y, a compás de ellas, se
alzaba flotante el Buena Esperanza para hundirse vertiginosamente por el otro
lado. Una ligera rociada de nieve y de espuma cayó sobre la cubierta volando
como polvillo, en tanto el viento pulsaba lúgubremente el arpa entre las
jarcias.
-¡Sí que tiene mala cara! -observó Dick-. Pero ¡ánimo! Esto no
es más que un chubasco y pronto pasará.
Mas, a pesar de sus palabras, se sentía deprimido por la
amenazadora negrura del cielo y aquel gemir y silbar del viento. Por eso, al
saltar sobre un costado del Buena Esperanza y dirigirse de nuevo hacia la
caleta, se santiguó devotamente y encomendó a Dios las almas de cuantos se
aventuraran a merced del mar.
En la caleta ya se habían reunido una docena de forajidos. Les
entregaron el esquife, ordenándoles que se embarcaran sin demora.
Algo más adentro de la playa halló Dick a lord Foxham, que
corría en su busca, oculto el rostro con una oscura capucha y cubierta su
brillante armadura con un largo capote bermejo de pobre aspecto.
-Joven Shelton, ¿estáis decidido, verdaderamente, a haceros a la
mar?
-Milord -respondió Richard-; la casa está rodeada de hombres a
caballo; sería imposible llegar a ella sin provocar la alarma; y, una vez
advertido sir Daniel de nuestro propósito, no lograríamos llevarlo a buen
término, a pesar de vuestra asistencia, más que cabalgando contra el viento.
Ahora bien: dando un rodeo por mar corremos algún peligro por tener que luchar
contra los elementos; pero (y esto compensa de sobra todo lo demás) tenemos la
probabilidad de llevar a cabo lo que nos proponemos y rescatar a la doncella.
-Bien -contestó lord Foxham-. Conducidme. Os seguiré, en cierto
modo, por vergüenza; pero confieso que preferiría estar en la cama.
-Por aquí, pues -dijo Dick-. Vamos a buscar a nuestro piloto.
Y abrió la marcha, dirigiéndose a la tosca taberna donde diera
cita a varios de sus hombres. Algunos se hallaban rondando alrededor de la
puerta; otros, más atrevidos, estaban ya dentro, eligiendo los lugares más
próximos a aquél donde se hallaba sentado su camarada. Se reunieron en torno
de Lawless y de los dos marineros. Éstos, a juzgar por su alterado rostro y
sus turbios ojos, hacía ya rato que habían pasado de los límites de la
moderación, y, al entrar Richard, seguido de cerca por lord Foxham, entonaban
los tres una vieja y triste canción marinera, a coro con el continuo gemir del
viento.
Lanzó Dick una rápida ojeada por todo aquel tugurio. Acababan
de echar más leña al fuego, y éste arrojaba nubes de humo negro, por lo cual
era difícil distinguir claramente los rincones apartados. Era evidente, sin
embargo, que los forajidos eran muy superiores en número al resto de los
clientes. Satisfecho sobre este punto, para el caso de un fracaso en la
ejecución de su plan, se dirigió resueltamente hacia la mesa y volvió a ocupar
su puesto en el banco.
-¡Eh! -gritó el patrón, ya borracho-. ¿Quién sois, eh?
-Quisiera hablar dos palabras con vos ahí fuera, master
Arblaster -contestó Dick-, y de esto es de lo que vamos a hablar.
Al resplandor de la lumbre le mostró un noble de oro.
Los ojos del viejo marinero se encendieron como dos ascuas,
aunque no reconociera al que le hablaba.
-Sí, muchacho -dijo-. Os acompaño. Compadre, vuelvo enseguida.
Bebed de firme, compadre...
Y colgándose del brazo de Dick para asegurar sus vacilantes
pasos, fue hacia la puerta de la taberna.
No bien hubo franqueado el umbral, diez fuertes brazos se
apoderaron de él y le ataron; y en dos minutos, convertido en un fardo y con
una buena mordaza en la boca, le arrojaron cuan largo era a un pajar vecino.
Al momento, su sirviente Tom, asegurado de igual forma, fue a hacerle compañía,
y los dos quedaron allí abandonados a sus torpes reflexiones durante la noche.
Como ya no había necesidad de ocultarse, a una señal convenida
se reunieron los seguidores de lord Foxham, y la partida, apoderándose
audazmente de cuantos botes requería su número, partieron en flotilla hacia la
luz que brillaba en el aparejo de la embarcación. Mucho antes de que hubiera
subido a cubierta el último de los forajidos, ya sonaban furiosos gritos en la
playa, prueba de que al menos una parte de los marineros había descubierto la
desaparición de sus botes.
Pero tarde era ya, tanto para recuperarlos como para tomar
venganza. De los cuarenta hombres aguerridos que se reunieron en el barco
robado, ocho estaban avezados al mar y podían perfectamente constituir la
tripulación. Con la ayuda de éstos se izó una vela. Se picó el cable. Lawless,
tambaleándose aún y cantando todavía a voz en grito el estribillo de una
canción marinera, empuñó la larga caña del timón, y el Buena Esperanza comenzó
a deslizarse velozmente en medio de la oscuridad de la noche desafiando la
furia de las enormes olas que se alzaban más allá de la barra del puerto.
Tomó su sitio Richard junto al aparejo de barlovento. A
excepción de la propia linterna del barco y algunas lucecillas de la ciudad de
Shoreby, que quedaban a sotavento, todo estaba negro como boca de lobo. Sólo de
vez en cuando y a medida que el Buena Esperanza se precipitaba vertiginosamente
en el abismo de las olas, se rompía una de las crestas -una gran catarata de
nívea espuma-, que vivía un instante, y un momento después corría a confundirse con la estela del barco
y se desvanecía.
Muchos de los hombres de a bordo permanecían echados y agarrados
a lo que podían, rezando en voz alta; otros, mareados, se habían arrastrado
hasta el fondo del buque, echados de cualquier manera entre el cargamento. Y
entre la extremada violencia de movimientos del barco y las continuas bravatas
del borracho de J Lawless, que todavía cantaba vociferando agarrado al
gobernalle, hasta el más valiente de todos los de a bordo hubiera sentido no
pocas dudas y funestos presagios acerca del resultado de todo aquello.
Pero Lawless, que como guiado por el instinto dirigía el rumbo
por entre los rompientes, se lanzó a sotavento de un gran banco de arena,
donde navegaron un rato en aguas tranquilas, y bien pronto abarloaban en un
tosco malecón, donde precipitadamente fue amarrada la embarcación, que quedó
cabeceando y chocando contra las piedras en la oscuridad.
5
El Buena Esperanza
(continuación)
No se hallaba el malecón a gran distancia de la casa en la que
estaba Joanna. Lo que quedaba por hacer era sólo desembarcar a los hombres,
poner fuerte cerco a la casa, forzar la puerta y llevarse a la cautiva. Podían
despedirse, pues, del Buena Esperanza: había cumplido su misión de llevarles a
retaguardia de sus enemigos, y la retirada, tanto si salían victoriosos como si
fracasaban en su principal objetivo, deberían verificarla con mayores
esperanzas en dirección al bosque y de las fuerzas de reserva de lord Foxham.
Pero el desembarco de los forajidos no era tarea fácil: muchos
se habían mareado, todos se hallaban ateridos de frío, el desorden y la
confusión de a bordo habían relajado su disciplina, el movimiento desusado del
barco y la oscuridad de la noche les tenía acobardados. Se precipitaron, pues,
todos en tropel sobre el malecón; milord, con la espada desenvainada contra sus
propios partidarios, hubo de lanzarse al frente, y aquel tumultuoso impulso no
pudo refrenarse sin cierto vocerío, muy lamentable en aquel caso.
Cuando se restableció un cierto orden, Dick partió al frente de
unos cuantos hombres escogidos. La oscuridad en la playa, en contraste con los
destellos de luz de los rompientes, apareció ante sus ojos como si fuera un
cuerpo sólido, y los aullidos y silbidos de la tempestad ahogaban todo ruido
menor.
Apenas había llegado al final de la escollera cuando cesó el
ímpetu del viento, y entonces le pareció oír en la playa un sordo ruido de
cascos de caballos y chocar de armas. Deteniendo a sus inmediatos seguidores,
Dick se adelantó uno o dos pasos solo, y se alzó sobre una de las dunas; desde
allí le pareció adivinar formas de hombres y de caballos que iban de un lado a
otro. Le invadió un vivo desaliento. Si realmente sus enemigos estaban al
acecho, si habían cercado el extremo del malecón camino de la playa, lord
Foxham y él se hallaban en situación de difícil defensa, con el mar detrás y
sus hombres amontonados en la oscuridad en un estrecho paso. Lanzó un
cauteloso silbido, que era la señal previamente convenida.
Pero oyeron la señal muchos más de los que él deseaba.
Al instante, a través de la negra noche, cayó una lluvia de
flechas disparada al azar, y tan apiñados estaban los hombres en la escollera,
que más de uno fue herido, { contestando a las flechas con gritos de espanto y
dolor. Con aquella primera descarga lord Foxham cayó a tierra; Hawksley ordenó
que le llevasen de nuevo a bordo inmediatamente, y sus hombres, durante la
breve escaramuza que sucedió, lucharon -si es que siquiera luchaban- sin nadie
que los guiara. Ésta fue, quizá, la causa principal del desastre que no se hizo
esperar.
Al extremo del malecón, Dick se mantuvo firme, cosa de un
minuto, con su puñado de hombres; hubo una o dos bajas por cada bando; se
cruzaron los aceros; no se apreciaba la menor señal de ventaja cuando, de
pronto, en un abrir y cerrar de ojos, cambió la suerte en contra de los del
Buena Esperanza. Alguien gritó que todo estaba perdido. La gente se hallaba muy
predispuesta a prestar oídos a cualquier consejo funesto y desalentador. Y el
grito halló eco. «¡A bordo, muchachos, sálvese quien pueda!», gritó otro. Un
tercero, con el típico instinto del cobarde, lanzó la voz inevitable que se
alza en todas las retiradas: « ¡Traición! ¡Nos han vendido!» Y en un momento
aquella masa de hombres se lanzó, agolpándose y empujándose unos a otros, hacia
atrás, hacia el malecón, volviendo sus indefensas espaldas a sus perseguidores
y poblando la noche de pusilánimes alaridos.
Uno de aquellos cobardes empujaba hacia fuera la popa del barco,
mientras otro trataba de retenerlo aún por la proa. Los fugitivos saltaban
lanzando gritos, y eran halados a bordo o caían de espaldas en el mar, donde
perecían. Algunos eran derribados por sus perseguidores en la misma escollera.
Muchos se hirieron ellos mismos en la cubierta del buque por la ciega precipitación
y el terror con que se atropellaban, saltando uno por encima de otro, y un
tercero por encima de los dos. Al fin, deliberada o casualmente, quedó libre la
proa del Buena Esperanza; Lawless, siempre alerta, y que a viva fuerza se había
mantenido en su puesto junto al timón durante todo el tumulto y barullo,
haciendo uso de su daga, al instante viró en la dirección debida. Comenzó una
vez más a navegar el buque en aquel borrascoso mar, corriendo la sangre por los
imbornales, repleta la cubierta de hombres caídos que se arrastraban luchando
en la Oscuridad.
Lawless envainó entonces su daga y, volviéndose al que tenía más
próximo, le dijo:
-Todos esos perros cobardes y aulladores llevan mi señal,
compadre.
Mientras todos saltaban luchando para poner a salvo sus vidas,
no parecieron advertir los hombres los terribles empujones y las puñaladas con
que Lawless defendió su puesto en medio de la confusión y el tumulto. Pero
acaso habían comenzado ya a darse cuenta más clara de lo ocurrido, o tal vez
alguien más oyó las palabras del timonel.
Las tropas de las que se ha apoderado el pánico se rehacen
lentamente, y los hombres que acaban de deshonrarse por cobardes, como si
quisieran borrar el recuerdo de su falta, caen a veces en el extremo opuesto,
en la insubordinación. Así ocurría ahora, y los mismos que habían tirado las
armas y hubo que izar, con los pies por delante, al Buena Esperanza, comenzaron
a gritar contra sus) efes y a exigir un castigo para alguien.
Blanco de este ruin sentimiento de hostilidad fue, al fin,
Lawless.
Con objeto de tomar el largo conveniente, el viejo forajido
había puesto la proa del Buena Esperanza rumbo a alta mar.
-¡Cómo! -gritó uno de los que refunfuñaban-. ¡Ahora nos lleva
hacia alta mar!
-¡Es verdad! -exclamó otro-. No hay duda de que estamos
vendidos.
Y comenzaron todos a vociferar a coro lo mismo, que los habían
traicionado, y a reclamar con penetrantes gritos y abominables juramentos que
Lawless virara en redondo y los condujera inmediatamente a tierra.
Pero Lawless, rechinando los dientes, continuó en silencio gobernando
la nave del modo debido, guiando al Buena Esperanza entre las formidables olas.
Entre borracho y picado en su dignidad, despreció en silencio las infamantes
amenazas y vanos temores de los hombres. Los descontentos se reunieron a popa,
detrás del mástil, y era evidente que, como los gallos del corral, «cantaban
para infundirse valor». Pronto estarían dispuestos para cometer cualquier
injusticia o ingratitud. Dick comenzó a trepar por la escala, ansioso de intervenir;
pero uno de los forajidos, que también tenía algo de marinero, le ganó por la
mano.
-Muchachos -comenzó-: me parece que tenéis la cabeza más dura
que un madero. Para regresar, primero hay que tomar el largo, ¿no es verdad? Y
ese viejo Lawless...
Un puñetazo en la boca le impidió continuar; un momento después,
rápidamente, como prende el fuego en un montón de paja seca, fue arrojado sobre
cubierta, pisoteado y rematado a puñaladas por sus cobardes compañeros.
Estalló entonces la contenida ira de Lawless.
-¡Llevad, pues, el timón vosotros! -rugió lanzando una horrible
maldición.
Y sin importarle un comino el resultado, soltó el timón.
El Buena Esperanza temblaba sobre la cresta de una inmensa ola.
Se precipitó con velocidad vertiginosa por el lado opuesto. Inmediatamente otra
ola, cual negra y enorme fortaleza, surgió frente a él, y, con vacilante
embestida se hundió de cabeza en la líquida montaña. Las verdes aguas pasaron
por encima, de proa a popa, en una masa que alcanzaba la altura de las rodillas
de un hombre; la espuma subió más alta que el mástil, y el barco se levantó de
nuevo del otro lado, con espantosa y trémula indecisión, como gigantesco animal
mortalmente herido.
Seis o siete de los descontentos acababan de ser lanzados por
la borda; en cuanto al resto, tan pronto como recobraron el habla, comenzaron a
implorar a gritos a todos los santos del cielo y a suplicar a Lawless que
volviera a empuñar la caña del timón.
No esperó Lawless a que se lo pidieran dos veces. El terrible
resultado de su gesto de justo resentimiento le había serenado por completo.
Mejor que nadie de cuantos a bordo estaban sabía cuán cerca estuvo el Buena
Esperanza de irse a pique, y por la desmayada resistencia que había opuesto al
mar, que no había desaparecido el peligro.
Dick, que había sido arrojado al suelo por la conmoción, y
estuvo a punto de ahogarse, se alzó con el agua hasta las rodillas en la
inundada sentina de proa y se fue arrastrando hasta donde estaba el viejo
timonel.
-Lawless -dijo-, de ti dependemos todos; tú eres un valiente que
sabe gobernar el buque. Voy a ponerte tres hombres de confianza' que velen por
tu seguridad.
-Es inútil, señor, es inútil -repuso el timonel, escudriñando a
través de la oscuridad-. Por momentos nos alejamos de los bancos de arena y,
por lo tanto, el mar aprieta cada vez con mayor violencia; en cuanto a esos
llorones, muy pronto estarán tumbados de espaldas. Porque mirad, mi amo, podrá
ser un misterio, pero es una gran verdad que jamas un hombre malo fue buen
marinero. Sólo los honrados y los valientes pueden resistir este bailoteo del
barco.
-No, Lawless -exclamó Dick riéndose-. Ése es un adagio de buen
marinero que no tiene más alcance que el silbido del viento. Pero dime; por
favor: ¿vamos bien? ¿Es apurada nuestra situación?
-Master Shelton -repuso Lawless-; he sido franciscano (¡bendita
sea mi suerte!), arquero, ladrón y marinero. De todos estos trajes, preferiría
vestir a la hora de mi muerte el de fraile, como fácilmente comprenderéis, y
el que menos me gustaría es el embreado chaquetón de John el marinero; y eso
por dos razones excelentes: primero, porque la muerte puede pillarle a uno de
repente; y segundo, por el horror de ahogarme en este gran remolino salado que
tengo bajo mis pies.
Y Lawless dio una patada en el suelo.
-Sin embargo -añadió-, si no muero como un marinero esta noche,
le deberé un gran cirio a Nuestra Señora.
-¿Es cierto? -preguntó Dick.
-Tal como os lo digo -respondió el forajido-. ¿No observáis cuán
pesada y lentamente avanza el barco sobre las olas? ¿No oís cómo el agua ha
inundado la bodega? Casi no obedece ya al timón. Esperad a que se hunda un poco
más, y entonces lo veréis irse a pique como una piedra bajo vuestros pies o
iremos a encallar a sotavento y se hará pedazos como una cuerda retorcida.
-Hablas con mucha tranquilidad -observó Dick-. ¿No tienes miedo?
-¿Por qué, señor? -replicó Lawless-. Si hubo un hombre con mala
tripulación para llegar a buen puerto, ese hombre soy yo... fraile renegado,
ladrón y todo lo demás. Pues bien, quizá os maraville, pero aún llevo en las
alforjas provisión de esperanzas, y si he de ahogarme, creed que me ahogaré
con la vista clara y la mano firme, master Shelton.
Dick no contestó palabra. Pero sorprendido de hallar tan
resuelto de ánimo al viejo vagabundo y temiendo alguna nueva violencia o
traición, fue en busca de tres hombres de confianza. La mayor parte de los hombres
habían desaparecido de cubierta, que constantemente era barrida por la espuma
y donde quedaban expuestos al frío viento de invierno. Se habían reunido, pues,
en la bodega, entre los barriles de vino y alumbrados por dos oscilantes
linternas.
Algunos seguían de juerga, brindando unos a la salud de otros y
bebiendo grandes tragos del vino de Gascuña del patrón Arblaster. Pero como el
Buena Esperanza continuaba luchando con las encrespadas olas, y popa y proa se
alzaban alternativamente al aire para luego hundirse entre la espuma, el
número de los alegres bebedores disminuía a cada nuevo bandazo. Muchos se
sentaron aparte curándose las heridas, pero la mayoría yacían postrados por el
mareo y gimiendo en el pantoque.
Greensheve, Cuckow y un joven de los que seguían
a lord Foxham, en quien Dick se había fijado ya por su ' inteligencia y valor, seguían aún en
condiciones de entender y dispuestos a obedecer. A éstos colocó Dick como
guardias en torno al timonel; luego, dando una última mirada al negro cielo y
al mar, bajó a la cámara t adonde
llevaron a lord Foxham sus criados.
6
El Buena Esperanza
(conclusión)
Los gemidos del barón herido se mezclaban con los aullidos del
perro del barco. El pobre animal, bien por la pena de verse separado de sus
amigos, bien porque presagiase un peligro en la trabajosa lucha del buque,
lanzaba sus aullidos a cada minuto, como cañonazos intermitentes en señal de
duelo, por encima del rugir de las olas y del temporal, y los más
supersticiosos creían oír en ellos doblar a muerto por el Buena Esperanza.
Habían colocado a lord Foxham en una litera, sobre un capote de
piel. Una lamparilla ardía débilmente ante la Virgen colocada en la lámpara, y
a su tenue resplandor vio Dick el pálido semblante y los hundidos ojos del
herido.
-Estoy gravemente herido -dijo-. Acercaos, joven Shelton,
quiero tener junto a mí a alguien que, al menos, sea bien nacido, pues después
de disfrutar siempre de vida noble y regalada, bien triste y miserable trance
es el de caer herido rastreando en ruin escaramuza y morir aquí en este sucio
barco donde se hiela uno entre granujas y villanos.
-No, milord, no -objetó Dick-; yo pido a todos los santos y
confío en que pronto os curaréis de vuestra herida y llegaréis sano y salvo a
tierra.
-¿Cómo? -preguntó el lord-. ¿Llegar salvo a tierra? ¿Hay, pues,
esperanzas?
-El barco avanza con dificultad, malo está el mar, contrario es
el viento -respondió el muchacho-, y, por lo que me dice el timonel, mucho será
que lleguemos a tierra a pie enjuto.
-¡Ah! -exclamó el barón tristemente-. ¡Todos los terrores me
asaltarán así en el tránsito de la muerte! ¡Pedid a Dios, caballero, que os
conceda una existencia mísera y morir tranquilamente, mejor que veros toda la
vida ensalzado y regalado a son de gaita y tamboril, para que luego, en
vuestras postreras horas, os veáis hundido en la desdicha! Sea como fuere,
tengo algo en la mente que no admite dilación. ¿No tenemos cura a bordo?
-Ninguno -contestó Dick.
-Atendamos, entonces, a mis intereses profanos -resumió lord
Foxham-. Cuando haya muerto, debéis mostraros tan buen amigo mío como
intrépido enemigo fuisteis en vida. Caigo en mala hora para mí, para
Inglaterra y para los que en mí confiaron. Mis hombres son conducidos por
Hamley... el que era vuestro rival; se reunirán en la sala grande de Holywood;
este anillo que sacaréis de mi dedo acreditará que obráis por orden mía;
además, escribiré dos palabras en este papel, ordenando a Hamley que os ceda
la damisela. ¿Obedeceréis? No lo sé.
-Pero, milord, ¿de qué órdenes habláis?
-Sí -exclamó el barón-, sí: órdenes. -Y miró a Dick con aire
perplejo-: ¿Sois de los Lancaster o de los York? -preguntó al fin.
-Vergüenza me da decirlo -contestó Dick-, pero no puedo
contestaros clara y terminantemente. Lo que tengo por cierto, sin embargo, es
que desde el momento en que sirvo a Ellis Duckworth, sirvo a la casa de York.
Pues bien, siendo así, me declaro en favor de York.
-Está bien -dijo lord Foxham-, perfectamente. Porque, en verdad,
si hubierais preferido a Lancaster, no sé yo entonces lo que hubiera hecho:
Pero desde el momento que optáis por York, escuchadme: yo tan sólo vine aquí
para vigilar a esos lores de Shoreby, mientras el excelente y joven Richard de
Gloucester preparaba un ejército suficiente para caer sobre ellos y
dispersarlos. He tomado notas de sus fuerzas, de las guardias que han montado y
de dónde están situadas; todos estos datos debía yo entregarlos a mi joven lord
el domingo, una hora antes del mediodía, en la Cruz de Santa Brígida, junto al
bosque. No es probable que yo pueda acudir a la cita; pero os ruego que, por
cortesía, acudáis vos en mi lugar; y ved que ni placer, ni dolor, tempestad, herida
o pestilencia, os impidan llegar a la hora y sitio convenidos, porque van en
ello la suerte y la prosperidad de Inglaterra.
-Solemnemente me comprometo a ello -dijo Dick-. En cuanto de mí
dependa, quedará cumplida esta misión.
-Está bien -dijo el herido-. Milord el duque os dará otras
órdenes, y si le obedecéis con celo y valor, vuestra fortuna está hecha.
Acercadme ahora algo más la lamparilla, hasta que escriba esas líneas que he de
daros.
Escribió una breve misiva «a su honorable pariente sir John
Hamley», y luego otra que dejó sin sobrescrito.
-Ésta es para el duque -dijo-. El santo y seña es: «Inglaterra y
Eduardo», y la contraseña «Inglaterra y York».
-¿Y Joanna, milord? -preguntó Dick.
-No, a Joanna la conseguiréis como podáis -replicó el barón-.
En estas dos cartas os nombro elegido mío; pero a ella la habréis de conquistar
por vos mismo, muchacho. Como estáis viendo, yo lo he intentado, y he perdido
la vida. Más no podría hacer hombre viviente.
El herido comenzaba a sentirse muy fatigado y Dick, metiéndose
los preciados papeles en su seno, le dio ánimos y le dejó para que descansara.
Apuntaba el día, frío y sereno, con volanderos copos de nieve.
Muy cerca, a sotavento del Buena Esperanza, se extendía la costa, alternando
en ella los rocosos promontorios y las bahías arenosas; más cerca de tierra,
destacaban contra el cielo las cumbres de Tunstall, pobladas de bosques. Viento
y mar se habían apaciguado; pero el barco navegaba casi hundido y apenas se
levantaba sobre las olas.
Lawless se encontraba aún junto al timón, y ya entonces casi
todos los hombres habían ido arrastrándose hasta cubierta, y con sus caras
lívidas miraban atentamente la costa inhóspita.
-¿Vamos a tierra? -preguntó Dick
-Sí -contestó Lawless-, a menos que antes nos vayamos al fondo.
En aquel instante el buque se alzó tan lánguidamente ante un
golpe de mar, y con tanta fuerza batió el agua sobre la bodega que Dick,
involuntariamente, asió el brazo al timonel.
-¡Por la misa! -exclamó Dick cuando la proa del Buena Esperanza
reapareció sobre la espuma-. Creía que nos íbamos a pique. El corazón se me
subió a la garganta.
En el combés, Greensheve, Hawksley y los hombres más escogidos
de ambos grupos o compañías que había a bordo estaban rompiendo a toda prisa la
cubierta para construir una balsa. A ellos se sumó Dick, trabajando con
ahínco para ahogar el recuerdo de la difícil situación en que se hallaba. Mas,
aun en medio de su tarea, cada golpe de mar que azotaba a la pobre embarcación
y cada nuevo bandazo, mientras vacilaba revolcándose entre las olas, le
recordaba con horrible angustia la proximidad de la muerte.
Enseguida, al levantar la vista de su trabajo, observó que se
hallaban casi debajo de un promontorio; un trozo de acantilado que se había
desprendido, contra cuya base rompía el mar en abundante espuma, casi
sobresalía de la cubierta, y por encima de aquél aparecía una casa coronando
una duna.
Dentro de la bahía retozaban alegremente las olas; alzaron al
Buena Esperanza sobre sus hombros, cubiertos de espuma; arrebataron el mando
al timonel y, en un momento, arrojaron al barco con violento impulso sobre la
arena y rompieron las olas contra él a la altura de la mitad del mástil,
haciéndole bambolearse de un lado a otro. Siguió otra gran oleada; lo levantó
de nuevo y se lo llevó más hacia dentro aún; y luego otra ola llegó a
sucederla, dejándolo sobre la costa de los más peligrosos arrecifes, clavado
como una cuña en un bajío.
-Bien, muchachos -exclamó Lawless-; los santos nos han
protegido. La marea baja; sentémonos a beber un vaso de vino y antes de media
hora podréis marchar por tierra con tanta seguridad como si caminaseis sobre
un puente.
Barrenaron un barril y, sentándose donde encontraron refugio
que les librase de la nieve y de la espuma, los náufragos pasaron el vaso de
mano en mano, procurando hacer entrar el cuerpo en calor y levantar los abatidos
ánimos.
Volvió Dick, entretanto, junto a lord Foxham, a quien halló
perplejo y atemorizado, cubierto de agua su camarote hasta la altura de la
rodilla, y la lámpara, que era su única luz, rota y apagada con la violencia
del golpe.
-Milord -dijo el joven Shelton-; no temáis nada. Evidentemente
los santos nos protegen: las olas acaban de arrojarnos sobre un banco de arena,
y en cuanto baje la marea podremos ir por nuestro pie a la playa.
Casi transcurrió una hora antes de que el mar hubiera
descendido lo suficiente para dejar libre el buque, y pudieran al fin emprender
la marcha hacia tierra, que surgía confusamente ante ellos a través de una
espesa nevada.
Sobre un montículo, que se elevaba a un lado de su camino, un
grupo de hombres se apiñaba observando recelosamente los movimientos de los
recién llegados.
-Bien podrían acercarse y prestarnos auxilio -observó Dick.
-Bueno, si ellos no vienen hacia nosotros, vayamos nosotros a su
encuentro -dijo Hawksley-. Cuanto más pronto lleguemos a un buen fuego y cama
seca, mejor para mi pobre lord.
Pero no habían avanzado mucho en dirección al montículo cuando
aquellos hombres, de común acuerdo, se pusieron en pie y arrojaron sobre los
náufragos una lluvia de bien dirigidas flechas.
-¡Atrás, atrás! -gritó el lord-. ¡En nombre del cielo, guardaos
de contestar!
-No -exclamó Greensheve, arrancándose una flecha que se le
había clavado en la cota de cuero-. No estamos en situación de luchar,
enteramente empapados, jadeantes como perros y medio helados; pero por el amor
de nuestra vieja Inglaterra, ¿a santo de qué viene el disparar tan cruelmente
contra sus propios paisanos hundidos en la desgracia?
-Nos toman por piratas franceses -contestó lord Foxham-. En
estos turbulentos y degenerados tiempos, no podemos guardar nuestras propias
costas, y nuestros antiguos enemigos, a quienes antaño perseguíamos por mar y
tierra, piratean ahora por todas partes a su placer, robando, matando o
incendiando. Es la pena y el baldón de este desventurado país.
Los hombres del montículo se quedaron al acecho, observándoles
atentamente, mientras ellos se alejaban de la playa y se internaban en las
desoladas colinas de arena.
Llegaron aun a seguirles de lejos durante una o dos millas,
dispuestos a descargar otra nube de flechas sobre los cansados y deprimidos
fugitivos a una señal; sólo
cuando, al fin, llegaron a terreno firme de un camino real y comenzó Dick a
formar a sus hombres en orden marcial, desaparecieron silenciosamente entre la
nieve
aquellos celosos guardianes de la costa de Inglaterra.
Ya habían logrado lo que se proponían: proteger sus casas y sus
tierras, sus familias y sus ganados, y, salva dos ya sus intereses
particulares, poco le importaba a
ninguno de ellos que los franceses llevaran sangre y fue go a todas las demás
parroquias del reino de Inglaterra.
LIBRO CUARTO
EL DISFRAZ
1
La madriguera
El sitio por donde Dick había salido al camino real no estaba
lejos de Holywood, y distaba nueve o diez millas de Shoreby-on-the-Till. Allí,
después de asegurarse de que nadie les perseguía, se separaron los dos grupos.
Los hombres de lord Foxham partieron, llevando a su señor herido, en busca de
la comodidad y el abrigo de la gran abadía, y al verles desaparecer Dick tras
la espesa cortina de la nieve que caía, se quedó con una docena de sus
forajidos, últimos restos de su partida de voluntarios.
Algunos estaban heridos y todos, sin excepción, furiosos por su
mala suerte y difícil situación; harto helados y hambrientos para hacer otra
cosa, refunfuñaban lanzando foscas miradas a sus jefes. Dick repartió su bolsa
entre ellos sin quedarse nada; les dio las gracias por el valor que habían
mostrado, aunque con mucho gusto hubiérales echado en cara su cobardía; y así,
una vez suavizado un tanto el mal efecto de sus prolongadas desdichas, los
despachó para que, agrupados o por parejas, encontrasen por sí mismos el
camino que había de llevarles a Shoreby y a La Cabra y la Gaita.
Por su parte, influido por lo que acababa de ver a bordo del
Buena Esperanza, eligió a Lawless como compañero de ruta. Caía la nieve sin
pausa ni variación alguna, como una nube igual y cegadora; calmado el viento,
ya no oía su soplido, y el mundo entero parecía borrado y sepultado bajo el
sudario de aquella silenciosa inundación. Grande era el riesgo que corrían de
perderse en el camino y perecer entre montones de nieve; por ello Lawless,
precediendo siempre algo a su compañero, con la cabeza levantada como perro de
caza que ventea, iba avizorando cada árbol y estudiando la ruta como si
gobernara un barco entre escollos.
A eso de una milla en el interior del bosque se haliaron en un
cruce de caminos, bajo un bosquecillo de altos y retorcidos robles. Aun en el
reducido horizonte que dejaba la nieve al caer, era aquél un lugar que nadie
podía dejar de reconocer, y evidentemente Lawless lo reconoció con indecible
satisfacción.
-Ahora, master Richard -dijo-; si no sois demasiado orgulloso
para convertiros en el huésped de un hombre que no es de hidalga cuna, ni
siquiera buen cristiano, puedo ofreceros un vaso de vino y un buen fuego que
derrita el tuétano de vuestros helados huesos.
-Guíame, Will -contestó Dick-. ¡Un vaso de vino y un buen fuego!
¡Sólo por verlos sería capaz de andar lago trecho!
Torció a un lado Lawless, bajo las desnudas ramas de los
árboles, y avanzando resueltamente en línea recta durante un rato, llegó ante
un escarpado hoyo o caverna, que la nieve había cubierto ya en su cuarta parte.
Sobre el borde colgaba una haya gigantesca con las raíces al aire, y por allí,
apartando el forajido un montón de ramas secas, desapareció en las entrañas de
la tierra.
Algún furioso vendaval había casi desarraigado el haya y
arrancado buena porción de césped, y allí debajo había cavado Lawless su
selvático escondrijo. Las raíces servían de vigas; de techo de bálago el
césped, y de paredes y suelo la madre tierra. A pesar de lo tosco de todo
aquello, el hogar, que estaba en un rincón, ennegrecido por el fuego, y la
presencia de un arcón de roble con refuerzos de hierro demostraban, a la primera
ojeada, que aquello era la cueva de un hombre y no la madriguera de un animal
excavador.
A pesar de haberse amontonado la nieve en la boca, tamizándose
hasta llegar al suelo de aquella caverna de tierra, el aire era mucho más
cálido que afuera, y cuando Lawless hizo saltar una chispa y los secos haces
de retama comenzaron a arder crepitando en el hogar, aquel lugar adquirió
cierto aire de casero bienestar.
Exhalando un suspiro de satisfacción, Lawless extendió sus
manazas ante la lumbre y pareció complacerse aspirando el humo.
-Aquí tenéis, pues -dijo-, la madriguera del viejo Lawless.
¡Quiera el cielo que no entre aquí ningún perro raposero! Mucho he robado yo
por el mundo desde que tenía catorce años y huí por vez primera de mi abadía,
con la cadena de oro del sacristán y un misal que vendí por cuatro marcos. He
estado en Inglaterra, y en Francia, y en Borgoña, y en España también en
peregrinación por el bien de mi pobre alma, y en el mar, que no es país de
nadie. Pero mi sitio está aquí, master Shelton. Mi patria es esta madriguera en
la tierra. Llueva o sople el viento... luzca abril y canten los pajarillos y
caigan las flores en torno a mi lecho, o venga el invierno y me sienta solo
con mi buen compadre el fuego mientras el petirrojo gorjea en el bosque... aquí
están mi iglesia y mi mercado, mi mujer y mi hijo. Aquí vuelvo a refugiarme
siempre, y aquí, ¡quiéranlo los santos!, quisiera morir.
-No hay duda de que es un rincón caliente -observó Dick-,
agradable y escondido.
-Necesita serlo -repuso Lawless-, porque si lo descubriesen,
master Shelton, me destrozarían el corazón. Pero aquí -añadió escarbando con
sus gruesos dedos en el arenoso suelo-, aquí está mi bodega y vais a probar una
botella de fuerte y excelente cerveza añeja.
Tras haber ahondado un poco, en efecto, sacó de allí un botellón
de cuero, de un galón aproximadamente, lleno casi en sus tres cuartas partes de
un vino muy fuerte y dulce, y una vez que bebieron como buenos amigos cada
uno a la salud del otro y avivaron el fuego, que brilló de nuevo, se tumbaron
cuan largos eran, deshelándose y humeando y sintiéndose, en fin, divinamente
calientes.
-Master Shelton -observó el forajido-: dos fracasos habéis
sufrido últimamente, y es probable que os quedéis sin la doncella... ¿estoy en
lo cierto?
-Sí, cierto es -insistió Dick.
-Pues bien -prosiguió Lawless-; escuchad a un viejo loco que ha
estado en casi todas partes y ha visto casi de todo. Os ocupáis demasiado de
los asuntos ajenos, master Dick. Servís a Ellis, pero él no desea más que la
muerte de sir Daniel. Trabajáis por lord Foxham, bien... ¡que los santos le
protejan! Sin duda sus intenciones son buenas. Pero trabajad ahora por cuenta
propia, buen Dick. Id sin rodeos en busca de la doncella. Cortejadla, para que
no os olvide. Estad preparado, y en cuanto la ocasión se presente... ¡a galope
con ella en el arzón!
-Sí, Lawless; pero no hay duda de que está ahora en la propia
mansión de sir Daniel -repuso Dick. -Hacia allí iremos entonces -replicó el
forajido. Dick le miró sorprendido.
-Sé muy bien lo que me digo -afirmó Lawless-. Y si tan poca fe
tenéis que vaciláis ante una palabra, mirad.
Sacando del seno una llave, el forajido abrió el arcón de roble
y, rebuscando en su fondo, sacó primero un hábito de fraile, un cíngulo de
cuerda y luego un enorme rosario de madera, tan pesado que bien pudiera servir
de arma.
-Esto es para vos. Ponéoslo.
Una vez se hubo disfrazado Dick con el hábito, sacó Lawless unos
colores y un pincel y procedió con la mayor habilidad a desfigurar con ellos
sus facciones. Espesó y alargó sus cejas, análoga operación practicó con el
bigote, que en él apenas era visible, y con unos trazos en torno a los ojos
cambió su expresión y aumentó aparentemente la edad de aquel juvenil monje.
-Ahora -añadió-, cuando haya yo hecho lo propio conmigo mismo,
seremos la más gentil pareja de frailes que la vista pudiera desear. Audazmente
nos presentaremos en casa de sir Daniel, y allí nos prestarán hospitalidad,
por el amor de Nuestra Madre la Iglesia.
-Y ¿cómo podré pagaros yo ahora, querido Lawless? -exclamó el
muchacho.
-Callad, hermano -contestó el forajido-. Nada hago que no sea
por mi gusto. No os preocupéis de mí. Yo, ¡por la misa!, soy de los que saben
cuidar de sí mismo. Cuando algo me falta, larga tengo la lengua y tan clara la
voz como la campana del monasterio..., y pido, hijo mío, y cuando el pedir no
da resultado, generalmente me lo tomo yo mismo.
El viejo pillo hizo una graciosa mueca, y aunque a Dick le
desagradara deber tan grandes favores a tan equívoco personaje, no pudo
reprimir la risa.
Volvió Lawless al arcón y se disfrazó de modo parecido a Dick,
pero con sorpresa, el joven se percató de que su compañero ocultaba bajo el
hábito un haz de flechas negras.
-¿Por qué hacéis eso? -preguntó el muchacho-. ¿Por qué lleváis
flechas, si no tenéis arco?
-¡Ah! -replicó Lawless alegremente-. Es muy probable que haya
cabezas rotas, por no decir espinazos, antes de que vos y yo salgamos sanos y
salvos del lugar adonde vamos, y si alguien cae en la lucha, quisiera yo que
del hecho se llevara la fama nuestra partida. Una flecha negra, master Shelton,
es el sello de nuestra abadía; muestra quién escribió el mensaje.
-Si tan cuidadosamente os preparáis -observó Dick- también llevo
yo unos papeles que, por mi propio interés y el de los que me los confiaron,
estarían mucho mejor aquí que llevándolos encima, expuestos a que me los
encontraran. ¿Dónde podré esconderlos, Will?
-No, eso no es cosa mía -repuso Lawless-. Yo me voy ahí, al
bosque, y me entretendré silbando una canción. Entretanto, enterradlos vos
donde os plazca y allanad bien la arena después.
-Jamás! -exclamó Richard-. Confío en vos, hombre. No voy a
cometer ahora la bajeza de desconfiar.
-Hermano, sois un niño -replicó el viejo forajido, quedándose
parado en la boca de la cueva y volviendo el rostro hacia su compañero-;
cristiano viejo soy y no traidor a los de mi sangre, ni inclinado a escatimar
la mía cuando un amigo está en peligro. Pero, chiquillo loco, soy ladrón de
oficio, de nacimiento y por hábito. ¡Si mi botella estuviera vacía y seca mi
boca, os robaría, querido niño, tan cierto como que os quiero, os respeto y
admiro vuestras cualidades y vuestra persona! ¿Puedo hablaros con mayor
claridad? No.
Y haciendo chasquear sus gruesos dedos, se lanzó hacia fuera
entre los matorrales.
Al quedarse solo Dick, y después de pensar con asombro en las
inconsistencias de carácter de su compañero, sacó rápidamente los papeles, que
revisó y enterró. Sólo uno se reservó para llevarlo encima, puesto que en nada
comprometía a sus amigos y, en cambio, podía servirle como arma en contra de
sir Daniel. Era la carta del caballero dirigida a lord Wensleydale, enviada por
medio de Throgmorton el día de la derrota de Risingham, y hallada el siguiente
por Dick sobre el cadáver del mensajero.
Pisoteando los rescoldos del fuego, salió Dick de la caverna y
fue al encuentro del viejo forajido, que le esperaba bajo las desnudas ramas
de los robles y comenzaba a estar ya cubierto de los copos de nieve que iban
cayendo. Se miraron uno a otro y se echaron a reír: tan perfectos y jocosos
eran los disfraces.
-No me disgustaría, de todos modos -murmuró Lawless- que
estuviéramos ahora en verano y en día claro para poder mirarme mejor en el
espejo de algún estanque. Muchos de los hombres de sir Daniel me conocen; y si
nos descubrieran, pudiera ser que respecto a vos hubiera más de un parecer; por
lo que a mí toca, en menos que se reza un padrenuestro estaría yo pataleando,
colgado de una cuerda.
Tomaron ambos el camino de Shoreby, el cual en esta parte de su
curso seguía de cerca las márgenes del bosque, saliendo de cuando en cuando al
campo abierto y pasando junto a algunas casas de gente pobre y modestas
heredades.
De pronto, a la vista de una de éstas, Lawless se detuvo.
-Hermano Martin -dijo en voz perfectamente desfigurada y
apropiada a su hábito monacal-: entremos a pedir limosna a estos pobres
pescadores. Pax vobiscum. Sí -añadió con su voz natural-; es tal como yo me
temía. Se me ha olvidado algo el tonillo quejumbroso y, con vuestra venia, mi
buen master Shelton, tendréis que permitirme practicar en estos rústicos lugares,
antes de arriesgar mi rollizo pescuezo entrando en casa de sir Daniel. Pero
fijaos un momento, cuán excelente cosa es saber de todo un poco. Si no hubiese
sido marinero, os habríais hundido sin remedio en el Buena Esperanza; si no
fuese ladrón, no hubiera podido pintaros la cara; y de no haber sido fraile,
cantado de firme en el coro y comido a dos carrillos en el refectorio, no
podría llevar este disfraz sin que hasta los perros nos descubriesen y nos
ladrasen por impostores.
Se hallaba ya junto. a una ventana de la casa de labor, y
poniéndose de puntillas, atisbó el interior.
-¡Vaya! -exclamó-. Mejor que mejor. Aquí vamos a poner a prueba
nuestras caras, y encima vamos a divertirnos burlándonos del hermano Capper.
Así diciendo, abrió la puerta y entró en la casa.
Tres de los de su partida se hallaban ante la mesa, comiendo
vorazmente. Sus puñales, clavados junto a ellos en las tablas, y las foscas y
amenazadoras miradas que sin cesar lanzaban sobre la gente de la casa demostraban
que el festín se debía más a la fuerza que a la voluntad. Contra los dos
frailes, que, con cierta humilde dignidad, penetraban ahora en la cocina, se
volvieron con evidente enojo, y uno de ellos -John Capper en persona- que, al
parecer, asumía el papel de director, les ordenó con malos modos que se
retiraran inmediatamente.
-¡No queremos mendigos aquí! -gritó.
Mas otro -aunque muy lejos de reconocer a Dick y a Lawless- se
inclinó a procedimientos más moderados.
-¡Nada de eso! -gritó-. Nosotros somos hombres fuertes y
tomamos las cosas; ellos son débiles e imploran; pero al final, ellos serán
los que venzan y nosotros los que caigamos debajo. No le hagáis caso, padre;
acercaos, bebed en mi vaso y dadme la bendición.
-Sois hombres de espíritu ligero, carnal y maldito -dijo el
fraile-. ¡No permita el cielo que yo beba jamás en semejante compañía! Mas
oídme: por la lástima que me inspiran los pecadores, aquí os dejo una reliquia
bendita, y por el bien de vuestra alma os pido la beséis y conservéis con
cariño.
Al principio, Lawless lanzaba sus palabras contra ellos como un
fraile predicador; pero, al llegar a las últimas, sacó de debajo de su hábito
una flecha negra, la arrojó con fuerza sobre la mesa, frente a los tres asombrados
forajidos, se volvió al instante y llevandose consigo a Dick, salió de la
estancia y se perdió de vista entre la nieve que caía, antes de que tuvieran
tiempo de pronunciar una sola palabra o de mover un dedo.
-Hemos puesto a prueba nuestros falsos rostros, master Shelton
-dijo-. Ahora estoy dispuesto a arriesgar mi pobre pellejo donde queráis.
-Bien -repuso Richard-. Me muero ya de impaciencia por hacer
algo. ¡Partamos hacia Shoreby!
2
«En casa de mis enemigos»
Era la residencia de sir Daniel en Shoreby una mansión alta,
espaciosa y enlucida, con cerco de roble tallado y cubierta por techo de
bálago muy bajo. Por su parte posterior se extendía un jardín lleno de árboles
frutales y frondosos bosquecillos, dominado en un lejano extremo por la torre
de la iglesia de la abadía.
Hubiera podido alojarse en el edificio, si hubiera sido
menester, el séquito de cualquier personaje más principal que sir Daniel, pero
sólo con el que en este momento albergaba, el bullicio era ya extremado. Resonaban
en el patio ruidos de armas y de herraduras; la cocina, donde la actividad era
continua, parecía una rumorosa colmena; de la sala llegaban las voces de los
trovadores y músicos y los gritos de los titiriteros. Sir Daniel, en su
prodigalidad, en el fausto y ostentación de su morada, rivalizaba con lord
Shoreby y eclipsaba a lord Risingham.
Todo huésped era allí bien recibido. Bardos, saltimbanquis,
jugadores de ajedrez, vendedores de reliquias, medicinas, perfumes y
sortilegios, y con ellos toda clase de clérigo, fraile o peregrino, eran
bienvenidos en la mesa de inferior categoría y dormían juntos en los espaciosos
desvanes o en las desnudas tablas del largo comedor.
La tarde siguiente al naufragio del Buena Esperanza, la
despensa, las cocinas, las cuadras, los cobertizos para carros que rodeaban dos
de los lados del patio, se hallaban llenos de desocupados, algunos
pertenecientes a la servidumbre y vestidos de librea morada y azul, y otros
forasteros de carácter indefinido que la codicia atraía a la ciudad y eran
recibidos por el caballero por razones políticas y porque ésa era la costumbre
de la época.
La nieve, que seguía cayendo sin interrupción, la extremada
frialdad del aire y la proximidad de la noche, eran motivos suficientes para
retenerlos allí, al abrigo de un techo. El vino, la cerveza y el dinero corrían
en abundancia; muchos jugaban tendidos sobre la paja del granero, y muchos
seguían aún ebrios desde la comida del mediodía.
A los ojos de un hombre moderno, hubiera parecido aquello el
saqueo de una ciudad; a los ojos de un contemporáneo ocurría lo que en
cualquier otra noble y rica morada en tiempo de fiesta.
Dos monjes, joven el uno y viejo el otro, habían llegado a
última hora y se calentaban al fuego en un rincón del cobertizo. Una
abigarrada muchedumbre les rodeaba: juglares, charlatanes y soldados; y con
ellos había entablado el mas viejo una conversación tan animada, y cruzado tan
estentóreas carcajadas y chistes, que el grupo crecía por momentos.
Su joven compañero (en quien el lector ya habrá reconocido a
Dick Shelton) se había sentado algo más atrás, y poco a poco fue apartándose.
Escuchaba, en verdad, atentamente; pero no despegaba los labios, y, por la
grave expresión de su semblante, no parecía hacer mucho caso de las bromas de
su compañero.
Al fin, su vista, que vagaba inquieta continuamente, observando
todas las entradas de la casa, se iluminó al ver una pequeña comitiva que
penetraba por la puerta principal y cruzaba el patio en dirección oblicua. Dos
damas, embozadas en gruesas pieles, abrían la marcha; las seguían un par de
camareras y cuatro fornidos hombres de armas. Un momento después
desaparecieron en el interior de la casa y Dick, deslizándose entre la muchedumbre
de haraganes reunidos en el cobertizo, siguió sus pasos ansiosamente.
La más alta de las dos es lady Brackley -pensó- y donde está
lady Brackley no andará muy lejos Joanna.
En la puerta de la casa se quedaron los cuatro hombres de
armas; las damas subían ahora la escalera de bruñido roble, sin más escolta que
las dos camareras. Dick las seguía de cerca. Era ya la hora del crepúsculo,
pero en la casa parecía ya que fuera de noche. En los descansillos de la
escalera brillaban antorchas en soportes de hierro, y a lo largo de
alfombrados corredores ardía una lámpara frente a cada puerta. Y, donde ésta se
hallaba entreabierta, pudo ver Dick las paredes tapizadas y los suelos cubiertos
de juncos, reluciendo al resplandor de los fuegos de leña.
Dos pisos llevaban ya subidos y en cada descansillo la más joven
y más baja de ambas damas se había vuelto para mirar fijamente al fraile. Como
él conservaba bajos los ojos, afectando la gravedad de maneras que correspondía
a su disfraz, no había podido verla más que una vez, y no pudo darse cuenta de
que había llamado su atención. De pronto, en el piso tercero, el grupo se
separó y la dama más joven continuó sola su ascensión, mientras la otra,
seguida por las dos camareras, tomó por el corredor hacia la derecha.
Dick subió rápidamente y, escondiéndose en un rincón, asomó la
cabeza y siguió con la vista a las tres mujeres. En línea recta y sin mirar
atrás, continuaron ellas alejándose por el corredor.
Perfectamente -pensó Dick-. Si averiguo dónde está la cámara de
lady Brackley, mucho será que no encuentre a la dama Hatch cumpliendo algún
encargo.
En aquel preciso instante una mano se posó sobre su hombro, y
dando un salto y sofocando un grito, se volvió para coger a la persona de la
mano.
Se quedó avergonzado al ver que la persona que tan bruscamente
había asido era la joven de las pieles. Ella, por su parte, se había quedado
pasmada y muda de terror, temblando toda ella al sentirse cogida de tal modo.
-Señora -dijo Dick, soltándola-, os pido mil perdones; pero no
tengo ojos en la espalda, y en verdad, no podía adivinar que erais una
doncella.
La muchacha seguía mirandole; pero su terror comenzaba ya a
trocarse en sorpresa y su sorpresa en recelo. Dick, al leer en su rostro el
cambio que iba operándose en su espíritu, empezó a temer por su propia
seguridad en aquella casa hostil.
-Hermosa doncella -dijo, afectando tranquilidad-, permitidme
besar vuestra mano, como prueba de que perdonáis mi rudeza, y me marcharé
inmediatamente.
-Extraño monje sois, joven caballero -replicó la damisela,
mirándole con atrevimiento y suspicacia a un tiempo-. Ahora que he vuelto en mí
de mi asombro, me parece adivinar al seglar en cada palabra que pronunciáis.
¿Qué hacéis aquí? ¿Por qué andáis así sacrílegamente disfrazado? ¿Venís en son
de paz o de guerra? Y, ¿por qué espiáis a lady Brackley como si fuerais un
ladrón?
-Señora -repuso Dick-, de una cosa os ruego que no dudéis: no
soy un ladrón. Y aunque viniese en son de guerra, como en cierto modo vengo,
entended que no hago yo la guerra a hermosas doncellas; por tanto os suplico
que me imitéis y me dejéis marchar. Porque, en verdad os digo, bella señora:
gritad si así os place; lanzad sólo un grito y explicad lo que habéis visto...
y este pobre caballero que os está hablando será muy pronto hombre muerto. No
puedo creer que seáis tan cruel -añadió Dick.
Y cogiéndole a la muchacha una mano, que retuvo suavemente entre
las suyas, la miró con cortés admiración.
-¿Sois, pues, espía?... ¿Un yorkista? -preguntó la doncella.
-Señora -contestó él-, soy, en efecto, un yorkista y, en cierto
modo, espía. Pero lo que a esta casa me trajo, lo mismo que ha de ganarme
vuestra piedad, interesando en favor mío vuestro corazón, nada tiene que ver
con York ni con Lancaster. Voy a poner por entero mi vida en vuestras manos, a
discreción vuestra. Soy un enamorado y mi nombre...
En este momento la joven puso rápidamente su mano sobre la boca
de Dick, miró precipitadamente hacia arriba y hacia abajo y, viendo libre de
enemigos el terreno, comenzó a llevarse al joven, con gran fuerza y vehemencia,
escaleras arriba.
-¡Silencio! -le dijo-, y venid. Ya hablaréis después.
Algo desconcertado, Dick se dejó conducir hacia arriba, fue
empujado a lo largo del corredor y metido de pronto en un aposento alumbrado,
como tantos otros, por un leño que ardía en la chimenea.
-Y ahora -dijo la damisela obligándole a sentarse en un
taburete- sentaos ahí y obedeced mi soberana voluntad. En mi mano está vuestra
vida o vuestra muerte y no he de sentir el menor escrúpulo al abusar de mi
poder. Fijaos bien: me habéis maltratado cruelmente el brazo. ¡Y dice que no
sabía que era una doncella! ¡Pues si llega a saber que lo era, se quita el
cinto y me da de correazos con él!
Y tras estas palabras, salió vivamente de la estancia y dejó a
Dick boquiabierto de sorpresa y no muy seguro de si estaba soñando o
despierto.
-¡Quitarme el cinto para darle de correazos! -se repetía una y
otra vez.
Y el recuerdo de cierta tarde en el bosque acudió a su mente, y
una vez más le pareció ver a Matcham queriendo hurtar el cuerpo y mirándole
con ojos suplicantes.
Mas entonces le asaltó el temor de los peligros presentes. En
el aposento contiguo percibía un ruido como de alguien que se moviera
precipitadamente; luego siguió un suspiro que sonó extrañamente cerca; después
un crujir de faldas. Escuchando atentamente estaba cuando vio moverse el tapiz
que cubría una de las paredes, oyó el ruido de una puerta al abrirse, las
colgaduras se separaron y con una lámpara en la mano entró en la estancia
Joanna Sedley.
Iba ataviada con costosas ropas de oscuros y cálidos colores,
como corresponde a la estación de las nieves. El cabello lo llevaba recogido en
lo alto, como si ciñera una corona. Y aquella que tan pequeña y desmañada parecía
con el traje de Matcham, surgió ahora esbelta como un sauce joven y se
deslizaba sobre el piso como si despreciara la molesta tarea de andar.
Sin un estremecimiento, sin un temblor, levantó la lámpara y
contempló al joven monje.
-¿Qué os ha traído aquí, buen hermano? -le preguntó-. Sin duda
os dirigieron mal. ¿Por quién pregunta?
Y colocó la lámpara sobre una repisa.
-¡Joanna!... -exclamó Dick, y la voz se le anudó n la garganta-.
¡Me dijiste que me amabas, y yo, loco e mí, lo creí!
-¡Dick! -exclamó ella a su vez-. ¡Dick!
Con gran asombro del muchacho, la hermosa y esbelta damisela
avanzó un paso y, enlazando sus brazos a torno a su cuello, le dio cien besos
en uno solo.
-¡Oh, loco! -exclamó ella-. ¡Oh, Dick mío! ¡Si pudieras verte!
¡Ay! -añadió haciendo una pausa-. ¡Te he estropeado el rostro, Dick! Te he
borrado un poco de pintura. Pero eso puede enmendarse. Lo que no tiene
enmienda, Dick... mucho me temo... es mi boda con lord Shoreby.
-¿Está, pues, decidida? -preguntó el muchacho.
-Para mañana, antes del mediodía, Dick; en la iglesia de la
abadía -contestó ella-. Triste fin van a tener John Matcham y Joanna Sedley. De
nada sirven las lágrimas; si así fuera, lloraría hasta dejar mis ojos exhaustos.
No he dejado de rezar, pero el cielo no escucha mis súplicas. Y si té, Dick
mío, buen Dick, no puedes sacarme de esta casa antes de la mañana, besémonos
una vez más y digámonos adiós.
-No -repuso Dick-, no seré yo; jamás pronunciaré esa palabra.
Eso es desesperar, y mientras hay vida, Joanna, hay esperanza. Y, a pesar de
todo, abrigo una esperanza. ¡Sí, y triunfaré! Escúchame: cuando no eras más que
un hombre para mí, ¿no te seguí?... ¿No levanté una partida de hombres
fieles?... ¿No arriesgué mi vida en la contienda? Y ahora que te he visto tal
como eres, la más hermosa y noble de todas las doncellas de Inglaterra, ¿crees
tú que había de volverme atrás? Si los profundos mares se abriesen ante mis
pies, me lanzaría a ellos sin vacilar; si el camino estuviese poblado de leones,
los ahuyentaría como si fueran ratones.
-Ciertamente -contestó ella con sequedad-. Mucho te entusiasma
un vestido azul celeste.
-No, Joanna -protestó Dick-. No es sólo tu vestido. Comprende,
muchacha, que ibas disfrazada. También me tienes aquí disfrazado y, en
realidad, ¿no es digna de risa mi figura? ¿No parezco un verdadero payaso?
-Sí, Dick, sí; sí que lo pareces -contestó ella sonriendo.
-¡Pues entonces!... -arguyó él con aire triunfador-. Así te
ocurría a ti, pobre Matcham, en el bosque. Y en verdad que eras una moza que
daba risa. ¡Pero ahora!
Así pasaron el tiempo, cogidos de las manos, cambiando sonrisas
y amorosas miradas y fundiendo los minutos en segundos; y así hubieran seguido
toda la noche. Pero de pronto oyeron detrás de ellos un ruido y se percataron
de que la más baja de las jóvenes estaba allí, puesto el dedo sobre los
labios.
-¡Por todos los santos! -exclamó-. ¡Qué ruido armáis! ¿No podéis
hablar en voz baja? Y ahora, Joanna, mi hermosa doncella de los bosques, ¿qué
vais a dar a vuestra amiga por haberos traído a vuestro enamorado galán?
Por toda respuesta Joanna corrió hacia ella y la abrazó con
cariñoso arrebato.
-Y vos, caballero -preguntó la joven-, ¿qué vais a darme?
-Señora -contestó Dick-, de buena gana os pagaría en la misma
moneda.
-Venid, pues -dijo la dama-, se os da permiso. Pero Dick, rojo
como una amapola, tan sólo le besó la mano.
-¿Qué os asusta de mi cara, buen caballero? -preguntóle ella,
haciéndole una profundísima reverencia.
Y cuando Dick la abrazó al fin, muy tibiamente, añadió:
-Joanna, vuestro galán es muy indeciso delante de vos. Pero os
aseguro que cuando nos encontramos por vez primera era más decidido. ¡Mujer, si
aún estoy llena de cardenales! No creáis una palabra de cuanto os diga yo, si
no es verdad que toda la piel me dejó amoratada. Y ahora -prosiguió-, ¿os lo
habéis dicho ya todo? Porque he de despedir rápidamente a vuestro paladín.
Los dos exclamaron que nada habían podido decirse aún, que la
noche comenzaba entonces y que no querían separarse tan pronto.
-¿Y la cena? -preguntó la damisela-. ¿No hemos de bajar a cenar?
-¡Es verdad! -exclamó Joanna-. Se me había olvidado.
-Escondedme, entonces -sugirió Dick-; ponedme detrás de los
tapices, encerradme en un arca, lo que queráis, con tal de que esté yo aquí
cuando volváis. Pensad, hermosa dama, que tan duramente nos trata la suerte que
pasada esta noche acaso no podamos volver a vernos hasta la hora de la muerte.
La damisela se enterneció ante estas palabras, y cuando, poco
después sonó la campana llamando a la mesa a todos los de la casa de sir
Daniel, Dick fue colocado, muy tieso, como envarado, contra la pared, en un
lugar donde una división de los tapices le permitía respirar más libremente y
aun atisbar lo que pasara en el aposento.
No hacía mucho que en tal posición se hallaba cuando algo vino
a inquietarle de manera extraña. En aquel piso alto de la casa sólo turbaba el
silencio de la noche el chisporroteo de las llamas y el crepitar de algún leño
verde en la chimenea; pero, de pronto, al atento oído de Dick llegó el rumor de
alguien que andaba con extremada cautela, y, poco después se abría la puerta y
un hombrecillo de negro rostro y raquítico aspecto, vistiendo los colores de
la librea usada por la gente de lord Shoreby, asomaba primero la cabeza y
luego el encorvado cuerpo. Tenía abierta la boca, como si ello le ayudara a oír
mejor, y sus ojos, que eran muy brillantes, se movían rápidamente y con
inquietud, de un lado a otro. Dio la vuelta a la habitación, una y otra vez, golpeando
aquí y allá sobre las colgaduras; pero, por milagro, escapó Dick a la pesquisa.
Luego, miró debajo de los muebles y examinó la lámpara; al fin, como quien
acaba de sufrir amargo chasco, se disponía a marcharse tan silenciosamente
como había entrado cuando, de pronto, se arrodilló, recogió algo de entre los
juncos del suelo, lo contempló y, dando muestras de satisfacción, lo escondió
en la escarcela que llevaba pendiente del cinto.
A Dick se le cayó el alma a los pies al verlo, pues el objeto en
cuestión era una borla de su propio cíngulo, á
y era evidente que aquel raquítico espía, que tan maligno placer hallaba en su
oficio, no tardaría en llevárselo a su amo, el barón. Tentado estuvo de echar a
un lado el tapiz, caer sobre aquel miserable y, aun con riesgo de su vida,
arrebatarle aquella prueba delatora. Mas cuando se hallaba indeciso, otra nueva
causa de preocupación vino a aumentar su duda. De la escalera llegaba una voz
áspera, ronca, como de beodo, y poco después se oían en el co- rredor
desiguales, vacilantes y pesados pasos.
-«¿Qué hacéis aquí, alegres camaradas, entre los sotos de la
verde selva?» -cantaba aquella voz-. «¿Qué hacéis ahí, eh, borrachines, qué
hacéis ahí?» -continuó, lanzando sonora carcajada de beodo, y una vez más
rompió a cantar:
Si así empináis el blanco
vino,
gordo fray John, amigo mío,
y si yo como y vos bebéis,
¿quién dirá misa, lo sabéis?
Lawless, ¡ay!, cayéndose de puro borracho, vagaba or la casa, buscando
un rincón donde pasar, durmiendo, los efectos de sus libaciones. Vibró de ira
Dick. El espía, aterrorizado al principio, pronto se rehízo al ver que tenía
que habérselas con un borracho, y con rapidez de felino salió de la habitación
y desapareció de la vista de Richard.
¿Qué hacer? Si perdía su contacto con Lawless, no podría trazar
un plan que le permitiera rescatar a Joanna. Si, por otra parte, se atrevía a
dirigirse al forajido, aún podría estar oculto el espía, y las consecuencias serían
fatales.
A pesar de todo, Dick se decidió por este último riesgo.
Saliendo de su escondrijo, fue a la puerta del aposento y se quedó en ella,
presto a cuanto fuera necesario. Lawless, con la cara congestionada,
inyectados de sangre los ojos y tambaleándose, se acercaba vacilante. Al fin,
vio confusamente a su jefe y, a pesar de las imperiosas señas de Dick, le
saludó enseguida a voz en grito y llamándole por su nombre.
Dick dio un salto y sacudió al borracho furiosamente.
-¡Bestia! -le apostrofó en voz baja-. ¡Eres una bestia, no un
hombre! Tu imbecilidad es peor que la traición. Por tu borrachera podemos
vernos todos perdidos.
Pero Lawless seguía riendo y tambaleándose, intentando dar unas
palmadas en la espalda al joven Shelton.
En aquel momento, el fino oído de Dick percibió un rápido roce
en los tapices. De un salto se lanzó al sitio de donde provenía el ruido, y un
instante después caía arrancado un trozo de la colgadura de la pared y, envueltos
en él, Dick y el espía.
Rodaron una y otra vez, luchando por agarrarse del cuello,
frustrando sus propósitos el tapiz que estorbaba sus movimientos, y siempre
cogidos con silenciosa y mortal furia. Pero Dick era mucho más fuerte; pronto
quedó el espía postrado bajo su rodilla, y un solo golpe del largo puñal del
vencedor le dejó sin vida.
3
El espía muerto
Durante aquella violenta y rápida escena, no hizo Lawless más
que mirar inerte sin prestar auxilio, y hasta cuando todo hubo terminado y
Dick, ya de pie, escuchaba ansiosamente el lejano bullicio que llegaba desde
los pisos inferiores de la casa, seguía el viejo forajido bamboleándose cual
arbusto agitado por el viento, mirando estúpidamente el rostro del muerto.
-Menos mal que no nos han oído -murmuró Dick, al fin-. ¡Gracias
a todos los santos del cielo! Pero ahora, ¿qué voy a hacer con este pobre
espía? Por lo pronto, le quitaré de la escarcela la borla que encontró.
La abrió, en efecto, Dick, y halló en ella unas cuantas
monedas, la borla y una carta dirigida a lord Wensleydale y cerrada con el
sello de lord Shoreby. Tal nombre despertó los recuerdos de Dick e
instantáneamente rompió el lacre y leyó la carta. Breve era su contenido; pero,
con gran placer de Dick, daba prueba evidente de que lord Shoreby sostenía
traidora correspondencia con la casa de York.
El muchacho solía llevar consigo su tintero de cuerno y recado
de escribir; así pues, doblando la rodilla junto al cadáver del espía, pudo
escribir estas palabras una esquina del papel.
Milord de Shoreby: vos que habéis escrito esta carta ¿sabéis por
qué ha muerto vuestro amigo? Pero permitidme que os dé un consejo: no os
caséis.
JOHN AMEND-ALL
Colocó el papel sobre el pecho del cadáver, y entonces Lawless,
que había estado contemplando todo esto con ciertos destellos de inteligencia,
que reaccionaba ya, sacó de pronto una de las flechas negras que llevaba bajo
el hábito y rápidamente clavó con ella la carta en aquel cuerpo. El espectáculo
de esta irreverencia, que más bien parecía crueldad, arrancó un grito de horror
a Shelton; pero el forajido no hizo más que reírse.
-Quiero que la gloria de esta hazaña se la lleve mi orden
-exclamó con voz hiposa-. Mis alegres compañeros se han de llevar la fama...
la fama, hermano.
Cerrando apretadamente los ojos y abriendo la boca como un
sochantre, comenzó a cantar, con formidable voz:
Si así empináis el blanco
vino...
-¡Silencio, borracho! -exclamó Dick, empujándole violentamente
contra la pared-. Dos palabras voy a decirte... si es posible que me entienda
un hombre que tiene más vino que seso en la cabeza; dos palabras tan sólo, y en
nombre de la Virgen María: ¡márchate de esta casa, donde si continúas, no sólo lograrás
que te ahorquen a ti, sino a mí también! ¡Anda, aprisa, ligero, o por la misa,
que acaso me olvide de que soy, en cierto modo, tu capitán y tu deudor!
¡Márchate!
El falso monje comenzaba a recobrar el uso de la inteligencia, y
el timbre de voz y el centelleo de los ojos de Dick hicieron que le entrara en
la cabeza el sentido de sus palabras.
-¡Por la misa! -gritó también Lawless-. Si no hago falta aquí,
puedo marcharme.
Y tomó, dando traspiés, por el corredor, y fue escaleras abajo,
dando tumbos y golpes contra la pared.
Tan pronto como le hubo perdido de vista, Dick volvió a su
escondrijo, decidido a ver el fin de aquel asunto. La prudencia le aconsejaba
que se marchara; pero el amor y la curiosidad pesaron con más fuerza en su
ánimo.
Lentamente transcurría el tiempo para el joven, como emparedado
detrás de los tapices. Comenzaba a extinguirse el fuego de la habitación y a
disminuir la luz de la lámpara humeante. Ningún rumor se percibía que indicase
la vuelta de alguien a aquella parte superior de la casa; de abajo llegaba
todavía el débil murmullo y el estruendo de los de la cena; y bajo el espeso
manto de nieve la ciudad de Shoreby descansaba silenciosa a uno y otro lado.
Al fin, sin embargo, por la escalera comenzaron a acercarse
voces y ruido de pasos, y poco después varios de los huéspedes de sir Daniel
llegaban al descansillo, y al dar la vuelta al corredor, advirtieron el tapiz
desgarrado y el cadáver del espía.
Unos -corrieron hacia adelante y retrocedieron otros; pero todos
juntos comenzaron a dar gritos.
Al oír tal griterío, huéspedes, hombres de armas, damas,
criados, y, en una palabra, todos cuantos allí habitaban, llegaron corriendo de
todas direcciones y unieron sus voces a aquel tumulto.
No tardó en abrirse paso entre ellos sir Daniel mismo, que iba
acompañado del novio de la mañana siguiente, lord Shoreby.
-¿No os hablé yo, milord -dijo sir Daniel-, de esa maldita
Flecha Negra? ¡Ahí tenéis una prueba! Clavada está y, ¡por la cruz!, compadre,
sobre uno de los vuestros o de alguien que robó uno de vuestros uniformes.
-Realmente, era uno de mis hombres –contestó lord Shoreby,
echándose hacia atrás-. Muchos como éste quisiera tener. Era listo como un
sabueso y discreto como un topo.
-¿De veras, compadre? -preguntó con aguda intención sir
Daniel-. ¿Y qué venía a olisquear a estas alturas en mi pobre casa? Pero ya no
volverá a olfatear nada más.
-Con vuestro permiso, sir Daniel -dijo uno-, aquí hay un papel
con algo escrito, clavado sobre su pecho.
-Dádmelo con flecha y todo -ordenó el caballero.
Y cuando tuvo en su mano la saeta, se quedó un rato
contemplándola, como sumido en sombría meditación.
-Sí -dijo dirigiéndose a lord Shoreby-, he aquí la prueba de un
odio que me persigue constantemente, y como pisándome los talones. Este palo
negro, o uno semejante, acabará conmigo. Y, compadre, permitid que el buen
caballero os dé un consejo: si estos sabuesos dan en seguiros el rastro, huid.
Esto es como una enfermedad... Se agarra a los miembros con terca insistencia.
Pero veamos lo que han escrito. Me lo figuraba, milord; os han marcado ya, como
viejo roble que ha de derribar el leñador; mañana o pasado sentiréis el hacha.
Pero ¿qué escribisteis en esa carta?
Arrancó lord Shoreby el papel de la flecha, lo leyó, lo arrugó
entre sus manos y, venciendo la repugnancia que hasta entonces le había
impedido acercarse, se arrojó de rodillas junto al cadáver y ansiosamente
rebuscó en su escarcela.
Luego se puso en pie, algo descompuesto el semblante.
-Compadre -dijo-, he perdido, en efecto, una carta de mucha
importancia, y como yo pudiera echarle la mano encima al canalla que la ha
robado, de inmediato le mandaría a servir de adorno en una horca. Pero, ante
todo, aseguremos las salidas de la casa. ¡Por san Jorge, que bastante daño han
hecho ya!
Se apostaron centinelas en torno de la casa y del jardín; otro,
también, en cada descansillo de la escalera; todo un pelotón en el vestíbulo de
la entrada principal, y otro, además, junto a la hoguera del cobertizo. Los
hombres de armas de sir Daniel fueron reforzados con los de lord Shoreby; no
faltaban, por lo tanto, hombres ni armas para proteger la casa ni para cazar en
la trampa a cualquier enemigo que allí estuviera escondido, si es que alguno
había.
Entretanto, sacaron el cadáver del espía, llevándolo, bajo la
espesa nevada, a depositarlo en la iglesia de la abadía.
Sólo cuando se hubieron tomado todas estas precauciones y
volvió a reinar en la casa decoroso silencio, sacaron las dos muchachas a
Richard Shelton de su escondite, dándole cuenta detallada de todo lo sucedido.
Él, por su parte, les refirió la visita del espía, el peligro que corriera al
ser descubierto y el rápido fin de la escena.
Joanna se apoyó, medio desvanecida, contra la tapizada pared.
-¡De poco servirá esto! -exclamó-. ¡De todos modos, mañana por
la mañana han de casarme!
-¡Cómo! -dijo su amiga-. Aquí está nuestro paladín, que
ahuyenta los leones como si fueran ratoncillos. Poca fe tienes, en verdad. Pero
venid, amigo, terror de leones, dadnos alguna seguridad; hablad y oigamos
vuestros audaces consejos.
Dick se quedó confundido al ver que así le echaban en cara sus
propias y exageradas palabras, pero, aunque enrojeció, habló, no obstante, con
brío.
-Verdaderamente -dijo- nuestra situación es difícil. Sin
embargo, si lograse salir de esta casa nada más que media hora, creo que todo
podría marchar bien todavía; y en cuanto al casamiento, se impediría.
-Y en cuanto a los leones -remedó la joven-, serían
ahuyentados.
-Perdonad -murmuró Dick-. No hablo yo ahora por el gusto de
echar baladronadas, sino más bien como el que pide ayuda o consejo, pues si no
consigo salir de esta casa entre esos centinelas, menos que nada podré hacer.
Tomad, por favor, mis palabras en su justo sentido.
-¿Por qué dijiste que tu enamorado era un rústico, Joanna?
-preguntó la joven-. Te garantizo que no se muerde la lengua; su palabra es
fácil, suave y audaz, cuando quiere. ¿Qué más puedes querer?
-No -suspiró Joanna sonriendo-. Ése no es mi amigo Dick: me lo
han cambiado. Cuando yo le conocí era tosco y rudo. Pero eso nada importa;
para mí ya no hay salvación. No me queda más remedio que ser lady Shoreby.
-Pues bien -exclamó Dick-; voy a intentar la aventura. Nadie se
fija mucho en un fraile, y si encontré una buena hada que me condujo hasta
aquí, bien puedo encontrar otra que me haga llegar hasta abajo. ¿Cómo se
llamaba el espía?
-Rutter -respondió la damisela-. Pero ¿qué queréis decir,
terror de la selva? ¿Qué os proponéis hacer?
-Seguir audazmente mi camino como si tal cosa -replicó Dick-, y
si alguno me detiene, decirle que voy a rezar por el alma de Rutter. Ahora
mismo estarán rezando ante el pobre muerto.
-La estratagema es algo inocente -observó la muchacha-; pero
podría resultar viable.
-No, no es ninguna treta -exclamó el joven Shelton-, sino
simplemente un golpe de audacia, que, con frecuencia, vale más que nada en los
grandes apuros.
-Tenéis razón -dijo ella-. ¡Id, pues, en nombre de la Virgen
María, y que el cielo os proteja! Dejáis aquí a una pobre doncella que os ama
con toda su alma, y a otra que de todo corazón es vuestra amiga. Sed cauto, por
nuestro bien, y cuidad de vuestra seguridad.
-Sí -añadió Joanna-. Vete, Dick. No corres mayor peligro
marchándote que quedándote. Vete; mi corazón va contigo. ¡Que los santos te
protejan!
Pasó Dick por delante del primer centinela con aire tan decidido
que el hombre tan sólo se movió con cierta inquietud y le miró fijamente. Pero
al llegar al segundo descansillo, el otro centinela le cortó el paso con su lanza
y le ordenó que dijese qué le llevaba por allí.
-Pax vobiscum -contestó Dick-. Voy a rezar ante el cadáver de
ese pobre Rutter.
-Está bien -replicó el centinela-. Pero no está permitido ir
solo. -Se asomó sobre la barandilla de roble y lanzó un silbido-. ¡Ahí va uno!
-gritó.
Y entonces dejó paso a Dick.
Al pie de la escalera encontró a toda la guardia en pie para
recibirle, y cuando repitió su cantinela, el jefe del puesto ordenó que cuatro
hombres le acompañasen a la iglesia.
-¡No le dejéis escapar, muchachos! -dijo-. ¡Os va la vida si no
lo lleváis a sir Oliver!
Entonces se abrió la puerta, le cogieron dos hombres, uno por
cada brazo; otro se puso al frente con una antorcha y el cuarto, con el arco
tendido y la flecha en la cuerda, guardó la retaguardia. Así echaron a andar,
pasando por el jardín, bajo la densa oscuridad de la noche y la nevada,
llegando pronto a las iluminadas ventanas de la iglesia abacial.
En el portal del oeste había un piquete de arqueros, que se
refugiaban como podían bajo la bóveda de la entrada, y todos cubiertos de
nieve, y sólo después de haber cambiado unas palabras con los que conducían a
Dick se les permitió a éstos continuar, entrando en la nave del sagrado
edificio.
La iglesia estaba débilmente iluminada por los cirios del altar
mayor y por un par de lámparas que colgaban de las bóvedas, ante las capillas
particulares de familias ilustres. En el centro del coro yacía el cadáver del
espía, piadosamente dispuestos sus miembros, sobre un féretro.
Un precipitado murmullo de plegarias resonaba a lo largo de los
arcos; en los sitiales del coro, monjes con cogulla, arrodillados, y en los
escalones del altar mayor, un sacerdote, de pontifical, celebraba la misa.
Al ver a los recién llegados, uno de los que llevaba k cogulla
se levantó y, bajando los escalones que elevaban el nivel del coro sobre el de
la nave, preguntó al que guiaba a los cuatro hombres qué les llevaba a la
iglesia.
Por respeto a la ceremonia religiosa y al muerto, hablaron en
voz baja, pero los ecos del enorme y casi vacío edificio recogieron sus
palabras y las repitieron sordamente por las naves laterales.
-¡Un monje! -exclamó sir Oliver (era él), al oír el relato del
arquero-. Hermano, no os esperaba -añadió volviéndose hacia el joven Shelton-.
Con todos mis respetos, ¿quién sois? Y ¿a instancias de quién venís a unir
vuestras oraciones a las nuestras?
Conservando Dick la capucha sobre su rostro, hizo seña a sir
Oliver de que se apartara uno o dos pasos de ' los arqueros y, tan pronto como
el clérigo lo hubo hecho, le dijo:
-No puedo esperar engañaros, señor. En vuestras manos está mi
vida.
Sir Oliver se sobresaltó violentamente; palidecieron sus
rollizas mejillas y durante un rato guardó silencio.
-Richard -dijo luego-, no sé lo que te trae aquí; pero mucho me
temo que nada bueno es. Sin embargo, por los recuerdos del pasado, por el
cariño que me tuviste, no quisiera exponerte a ningún daño. Toda la noche
estarás sentado junto a mí en un sitial del coro: allí estarás hasta que lord
Shoreby se haya casado y la comitiva haya regresado sana y salva a casa. Y si
todo va bien y no has tramado tú nada malo, al final marcharás donde quieras.
Pero si tienes algún propósito sanguinario, caera sobre tu cabeza. ¡Amén!
Y santiguándose devotamente, el cura se volvió y se inclinó ante
el altar.
Tras esto, dijo unas palabras a los soldados y, cogiendo de la
mano a Dick, le hizo subir al coro y le colocó en el sitial contiguo al suyo,
donde, aunque no fuera más que por pura fórmula de respeto, tuvo el muchacho
que arrodillarse y aparecer muy absorto en sus devociones.
Sin embargo, su imaginación y sus ojos no paraban un momento.
Observó que tres de los soldados, en vez de regresar a la casa,
habían tomado tranquilamente una posición estratégica en la nave lateral, y no
le cupo la menor duda de que así lo habían hecho por orden de sir Oliver.
Había caído, pues, en una trampa. Allí había de pasar la noche rodeado del
resplandor espectral y las sombras de la iglesia, contemplando el pálido rostro
del que él mismo había matado. Y ahí, a la mañana siguiente, había de ver a su
adorada casarse con otro hombre, ante sus propios ojos.
Pero, a pesar de todo, logró dominar su espíritu y revestirse de
paciencia para esperar el desenlace.
4
En la iglesia de la abadía
Duraron las oraciones, en la iglesia, toda la noche sin
interrupción, ora cantando salmos, ora haciendo sonar de cuando en cuando el
fúnebre tañido de la campana.
Rutter, el espía, fue velado con honores de noble. Allí yacía,
entretanto, tal como lo habían puesto, cruzadas las manos inertes sobre el
pecho y mirando al techo con sus ojos muertos, y cerca, en el sitial del coro,
el muchacho que le había matado esperaba, con dolorosa inquietud, la llegada de
la mañana.
Sólo una vez, en el transcurso de aquellas horas, se inclinó sir
Oliver hacia su cautivo, para decirle con voz tan leve como un susurro:
-Richard, hijo mío, si algún odio abrigas contra mí, yo te
aseguro, por la salvación de mi alma, que lo haces contra un inocente. ¡Pecador
me confieso ante los ojos del cielo! Pero pecador contra ti no lo soy ni lo he
sido nunca.
-Padre -repuso Dick en el mismo tono de voz-, podéis creerme,
nada intento; pero en cuanto a vuestra inocencia, tal vez no olvide que no os
sincerasteis más que a medias.
-Un hombre puede ser culpable inocentemente -replicó el
clérigo-. Puede habérsele ordenado cumplir a ciegas una misión, ignorando su
verdadero alcance. Esto es lo que a mí me ocurrió. Yo atraje a tu padre hacia
la muerte; pero tan cierto como que nos está viendo el cielo en este lugar
sagrado, yo no sabía lo que hacía.
-Es posible -murmuró Dick-. Pero ved qué rara telaraña habéis
tejido, que ahora resulta que yo he de ser, en este momento, vuestro prisionero
a la par que vuestro juez; que al propio tiempo que amenazáis mi vida estáis
implorando que contenga mi ira. Creo yo que si toda la vida hubierais sido un
hombre recto y buen sacerdote, no tendríais ahora que temerme ni detestarme. Y
ahora volved a vuestras oraciones. Os obedezco, ya que la necesidad obliga;
pero no quiero que me molestéis con vuestra compañía.
Exhaló el cura tan hondo suspiro que casi se inclinó el
muchacho a sentir por él algo de lástima, y luego sepultó la abatida cabeza
entre las manos, como hombre abrumado por el peso de la zozobra. No volvió a
murmurar los salmos; pero Dick oyó el chocar de las cuentas entre sus dedos y
el acompasado murmullo de sus plegarias entre dientes.
Un rato después la grisácea claridad de la mañana penetraba por
las pintadas vidrieras de la iglesia, avergonzando al débil resplandor de los
cirios. Aumentaba la luz, haciéndose más viva, y al poco tiempo, a través de
las claraboyas del sudeste, un chorro de rosada luz solar jugueteaba en las
paredes. La tormenta había cesado; los nubarrones descargaron su nieve y
huyeron lejos, y el nuevo día apuntaba sobre un alegre paisaje de invierno,
cubierto por una blanca funda.
Entraron apresuradamente acólitos y encargados del servicio de
la iglesia, se llevaron el féretro al depósito de cadáveres y limpiaron de las
baldosas las manchas de sangre, para que ningún espectáculo de mal agüero
desluciese la boda de lord Shoreby.
Al propio tiempo, los mismos clérigos, que tan lúgubre
ocupación tuvieron durante la noche, comenzaron a poner sus rostros más en
consonancia con la mañana, para honrar la ceremonia, mucho más alegre, que a
punto estaba de empezar. Y como nuevo anuncio de la llegada del día, fue
congregándose allí la gente devota de la ciudad, entregándose a sus rezos ante
sus capillas favoritas o a esperar su turno ante los confesionarios.
En medio de toda esta actividad, era fácil burlar la vigilancia
de los centinelas de sir Daniel, que estaban apostados en la puerta. Y, poco a
poco, Dick, mirando aburridamente en torno suyo, tropezó con la mirada de Will
Lawless, nada menos, vistiendo aún el hábito de monje.
El forajido reconoció al momento a su jefe y reservadamente le
hizo señas con las manos y los ojos.
Muy lejos estaba Dick de haber perdonado al viejo bribón su
inoportuna borrachera, pero no quería complicarle en el aprieto en que se
hallaba; en consecuencia, contestó a su seña con otra, ordenándole que se marchara.
Como si la hubiera entendido, Lawless desapareció inmediatamente
detrás de uno de los pilares, y Dick respiró tranquilo.
Pero ¡cuál no sería su sorpresa y espanto al sentir que le
tiraban de la manga y ver al viejo ladrón instalado junto a él, en el sitial
contiguo, y con todas las apariencias de hallarse sumido en sus devociones!
Instantaneamente sir Oliver se levantó de su asiento y,
deslizándose por detrás de los sitiales, se dirigió hacia los soldados que
estaban en la nave lateral. Si tan pronto habían despertado las sospechas del
cura, el mal no tenía remedio, y Lawless quedaría prisionero en la iglesia.
-No te muevas -susurró Dick-. Estamos en el mayor de los
aprietos, gracias, sobre todo, a tu cochinada de ayer por la tarde. Cuando me
viste aquí sentado, donde no tengo derecho a estar, ni interés alguno, ¡mala
peste!, ¿no pudiste oler que algo malo había en todo esto y huir del peligro?
-No -repuso Lawless-, creí que habíais recibido noticias de
Ellis y que estabais aquí cumpliendo con vuestro deber.
-¿Ellis? -repitió Dick-. ¿Ha vuelto, pues?
-Ya lo creo -contestó el forajido-. Llegó anoche, y buenos
azotes me dio por haberme emborrachado... De modo que ya estáis vengado, mi
señor. ¡Ese Ellis Duckworth es una furia! A galope vino desde Craven para
evitar esa boda; y ya sabéis, master Dick, su manera de obrar...: lo que dice
lo hace.
-Pues entonces -dijo Dick, sin descomponersetú y yo, mi pobre
hermano, somos hombres muertos, porque aquí estoy prisionero sólo por sospechas
y mi cabeza responde de esa misma boda que él se propone desbaratar...
Peliagudo dilema: ¡perder la novia o perder la vida! Pues bien: la suerte está
echada... ¡me toca perder la vida!
-¡Por la misa! -exclamó Lawless levantándose a medias-. ¡Me
marcho!
Pero Dick le puso enseguida la mano en el hombro, deteniéndole.
-Amigo Lawless -le dijo-, quédate ahí quieto sentado. Y si
tienes ojos en la cara mira hacia allá, hacia el rincón, bajo el arco del
presbiterio. ¿No ves que, con sólo moverte tú para levantarte, esos hombres
armados se han preparado para interceptarte el paso? Ríndete, amigo. Cuando, a
bordo del barco, creíste que ibas a morir ahogado, fuiste valiente; sélo ahora
también para morir, dentro de poco, en la horca.
-Master Dick -suspiró Lawless-, ¡la cosa me ha pillado tan de
sorpresa! Pero dadme tiempo de recobrar el aliento, y, ¡por la misa!, tan
valeroso he de ser como vos mismo.
¡Ahora te reconozco, valiente! -murmuró Dick-. Sin embargo,
Lawless, mucho me apena tener que morir; pero, si de nada sirve el lloriquear,
¿para qué quejarse?
-¡Verdad es! -asintió Lawless-. Si así ruedan las cosas, ¡un
comino me importa la muerte! Un día u otro será, mi señor. Y morir colgado en
una buena pelea dicen que es una muerte dulce, aunque jamás supe de nadie que
volviera del otro mundo para contarlo.
Y diciendo eso, el bravo pícaro se recostó en su sitial, cruzó
los brazos y comenzó a mirar en torno con aire insolente y despreocupado.
-Respecto a esto -añadió Dick-, lo mejor que podemos hacer es
estarnos quietos. Todavía no sabemos lo que Duckworth se propone, y cuando se
haya dicho la última palabra, por muy mal que fueran las cosas, aun quizá
podríamos poner pies en polvorosa.
Al dejar de hablar, percibieron unos lejanos y débiles acordes
de alegre música, que se acercaban cada vez más fuertes. Las campanas de la
torre rompieron a repicar y una multitud, que crecía por momentos, comenzó a
apiñarse en la iglesia, sacudiéndose la nieve de los pies y frotándose y
calentándose las entumecidas manos con su aliento. Se abrió de par en par la
puerta del lado oeste, dejando ver el resplandor del sol sobre la nevada calle
y dando entrada a una ráfaga de aire sutil de la mañana; en una palabra: todo
demostraba que lord Shoreby deseaba casarse muy de mañana y que ya se acercaba
el cortejo nupcial.
Algunos de los hombres de lord Shoreby despejaron el paso hacia
la nave central, obligando a retroceder, con sus lanzas, a la gente; un momento
después se veía acercarse, sobre la nieve helada, los pífanos y trompeteros,
con la cara escarlata a fuerza de soplar; los tambores y los címbalos, tocando
con fuerza.
Al acercarse éstos a la puerta del templo, formaban fila a cada
lado, marcando el compás de su vigorosa música, golpeando con los pies sobre la
nieve. Por el paso que dejaban así abierto aparecieron los jefes del noble
cortejo nupcial, y tal era la variedad y vistosidad de sus trajes, tal la pompa
y derroche de sedas y terciopelos, de pieles y rasos, de bordados y encajes,
que la comitiva se destacaba sobre la nieve como un jardín cuajado de flores en
medio de un sendero, o como una gran ventana de pintados cristales sobre una
pared.
Venía primero la novia, triste espectáculo, pálida como el
invierno y apoyándose en el brazo de sir Daniel, acompañada, como madrina de
boda, por la damisela que protegiera a Dick la noche anterior. Inmediatamente
después, radiante en su atavío, seguía el novio, cojeando con su gotoso pie, y
cuando atravesó el umbral del sagrado edificio y se despojó de su sombrero, se
vio su calva rosada por la emoción.
Y entonces le llegó la hora a Ellis Duckworth.
Desde el sitio en que estaba Dick, como sacudido por encontradas
emociones y agarrando con crispada mano el atril que tenía delante, vio cómo la
multitud se agitaba y retrocedía en tropel, levantando los ojos y los brazos.
Siguiendo estas señales, vio a tres o cuatro hombres con los arcos tensos, a
punto de disparar, asomados a la galería de las claraboyas. En aquel preciso
instante dispararon las flechas, y antes de que el clamor y las voces de la
asombrada muchedumbre tuviesen tiempo de extenderse a todos los oídos, desaparecieron.
Llena quedó la nave de cabezas que se agitaban y de gritos de
horror; aterrorizados acudieron los clérigos desde sus sitios, cesó la música,
y aunque las campanas siguieron repicando unos segundos, alguna noticia del
desastre llegó al fin hasta donde los campaneros tiraban de sus cuerdas, pues
también ellos desistieron de su alegre tarea.
En el centro mismo de la nave yacía el novio, muerto en el
acto, atravesado por dos flechas negras. La novia se había desmayado. Sir
Daniel, en pie, miraba con aire dominante a la multitud, tan sorprendido como
airado, con una flecha de una vara temblando en su antebrazo izquierdo y la
cara chorreando sangre por otra que le había rozado una ceja.
Mucho antes de que pudiera practicarse la menor pesquisa para
capturarlos, los autores de esta trágica interrupción se precipitaron por una
escalera de caracol y desaparecieron por una poterna.
Pero Dick y Lawless todavía quedaban como rehenes; a la primera
señal de alarma se levantaron e hicieron varoniles esfuerzos para ganar la
puerta, pero entre la estrechez de los sitiales y la multitud de aterrorizados
curas resultó vano el intento, y no tuvieron más remedio que volver
estoicamente a sus puestos.
Entonces, pálido de horror, sir Oliver se puso en pie y llamó a
sir Daniel, señalando con una mano a Dick.
-¡Aquí -gritó- está Richard Shelton! ¡Hora funesta!...
¡Culpable de un asesinato! ¡Cogedle!... ¡Mandadlo prender! ¡Por nuestras
vidas, cogedle y atadle fuerte! ¡Ha jurado destruirnos!
Sir Daniel se quedó ciego de ira... ciego también por la sangre
caliente que aún corría por su rostro.
-¿Dónde? -rugió-. ¡Traédmelo a rastras! ¡Por la cruz de Holywood
que se ha de arrepentir de este momento!
Retrocedió la muchedumbre y un grupo de arqueros invadió el
coro, violentamente echó mano sobre Dick y empujándole le hicieron bajar los
escalones del presbiterio. Lawless, por su parte, se quedó en su asiento, más
quieto que escondido ratoncillo.
Sir Daniel, limpiándose la sangre que le corría por los ojos,
miró, parpadeando, a su cautivo.
-¡Ah, traidor, insolente -le dijo-; ya te tengo seguro! Y por
todos los juramentos de la tierra, por cada gota de sangre que me corre por los
ojos he de arrancarte un gemido de tu cuerpo. ¡Lleváoslo! -añadió-. ¡No es
éste el sitio! A mi casa con él. Dejaré en todas las articulaciones de tu
cuerpo la marca de la tortura.
Pero Dick, desasiéndose de los que le habían pren- dido, levantó su voz.
-¡Santuario! -gritó-. ¡Santuario! ¡Estoy en lugar sagrado y a él
me acojo! ¿Oís, padres míos? ¡Quieren arrancarme de la iglesia!
-De la iglesia que tú has profanado con un asesinato, muchacho
-añadió un hombrón, magníficamente vestido.
-¿Quién lo prueba? -gritó Dick-. Me acusan de complicidad, es
cierto, pero sin la menor prueba. Yo era, en verdad, un pretendiente a la mano
de esta damisela, y ella, me atrevo a decir, respondía a mi galanteo con su
favor. Pero ¿qué hay de malo en eso? Amar a una doncella no es ofensa, creo
yo... ni tampoco conquistar su amor. En cuanto a lo demás, limpio estoy de toda
culpa.
Se oyó un murmullo de aprobación entre los espectadores; con
tanta audacia proclamó Dick su inocencia. Pero inmediatamente una multitud de
acusadores se alzó por el otro lado, gritando que la noche anterior le hallaron
en casa de sir Daniel, llevando aquel sacrílego disfraz. Y en medio de aquella
Babel, sir Oliver, con la voz y el gesto, señalaba a Lawless como cómplice en
aquel delito. Éste, a su vez, fue arrancado de su asiento y colocado junto a su
jefe.
Se excitaron los ánimos de la multitud entre los dos bandos que
se habían formado ; y mientras unos arrastraban a los prisioneros de un lado a
otro para favorecer su huida, otros les llenaban de injurias y les golpeaban
con sus puños. A Dick le zumbaban los oídos y le daba vueltas la cabeza de puro
aturdido, como el que lucha con los remolinos de un impetuoso río.
Pero el hombrón que antes contestara a Dick restableció,
mediante un prodigio de resistencia vocal, el silencio y el orden en la
muchedumbre.
-Registradlos -ordenó-, a ver si llevan armas. Así podremos
juzgar mejor sus intenciones.
No le hallaron a Dick más arma que su largo puñal, y esto habló
en favor suyo, hasta que un hombre, oficiosamente, lo sacó de su vaina;
entonces se vio que estaba aún manchado con la sangre de Rutter. Se alzó
entonces un tremendo vocerío entre los partidarios de sir Daniel, cortándolo
enseguida el hombrón con un gesto y una mirada imperiosa.
Pero, al llegarle el turno a Lawless, se le encontró debajo de
su habito un haz de flechas idénticas a las que habían sido disparadas.
-¿Y qué decís ahora? -preguntó a Dick, con aire ceñudo, el
hombrón.
-Caballero -repuso Dick-, estoy en un santuario, ¿no es verdad?
Pues bien, caballero: por vuestro porte adivino que sois de elevada condición,
y en vuestro semblante leo señales de piedad y de justicia. A vos, pues, me
entregaré prisionero, con mucho gusto, renunciando al derecho que me concede
este sagrado lugar. Pero antes que rendirme a discreción a ese hombre, a quien
en voz alta acuso de ser el asesino de mi padre y el detentador injusto de mis
tierras y rentas, antes que eso os suplico la gracia de que, con vuestra noble
mano, me deis muerte en el acto. Vos mismo habéis oído que, aun antes de que
fuese probada mi culpabilidad, ya me amenazó con el tormento. No cuadra a
vuestro propio honor el entregarme a mi declarado enemigo y antiguo opresor,
sino el que me juzguéis conforme manda la ley, y si en verdad soy culpable, que
me deis misericordiosa muerte.
-Milord -gritó sir Daniel-, espero que no daréis oídos a ese
lobo. Su daga sangrienta le echa en cara su falsedad.
-No; pero permitidme que os diga, mi buen caballero -replicó el
alto desconocido-, que vuestra vehemencia dice muy poco en favor vuestro.
En ese momento, la novia, que había vuelto en sí de su desmayo
unos minutos antes y contemplaba con extraviados ojos la escena, se desasió de
los que la sostenían y cayó de rodillas ante el hombrón.
-Milord Risingham -exclamó-; oídme en justicia. Me hallo aquí,
bajo custodia de ese hombre, puramente obligada por la fuerza, secuestrada,
robada a mi propia familia. Desde el día en que esto ocurrió no he hallado
piedad, amparo ni consuelo en ningún hombre más que en éste, en Richard
Shelton, a quien ahora acusan y tratan de perder. Milord, si anoche estuvo en
la mansión de sir Daniel, fue porque a ella le llevé yo; fue porque yo se lo
pedí, y nunca pensó en cometer daño alguno. Cuando sir Daniel se portaba aún
con él como buen señor, luchó lealmente contra los de la Flecha Negra. Pero
cuando su vil tutor intentó quitarle la vida con ardides, y tuvo que huir de
noche para salvarse de aquella traidora morada..., ¿dónde podía ir en busca de
auxilio, sin recursos de ninguna clase? Y si cayó entonces en malas compañías,
¿a quién condenaríais por ello, al muchacho injustamente tratado o al tutor que
abusó de la confianza en él depositada?
Al llegar aquí, la otra damisela que la acompañaba se arrojó
también de rodillas junto a Joanna.
-Y yo, mi buen lord y tío -añadió ella-, puedo dar fe, en
conciencia y ante todos los presentes, de que lo que esta doncella ha dicho es
cierto. Fui yo, indigna compañera suya, quien llevó hasta allí al joven.
El conde de Risingham oyó en silencio, y cuando las voces
cesaron, continuó aún silencioso un rato. Luego, dio a Joanna la mano para que
se levantara, aunque pudo observarse que no usó igual cortesía con la que se
había llamado sobrina suya.
-Sir Daniel -dijo, al fin-, es éste un complicado asunto que,
con vuestro permiso, me encargaré yo de examinar y resolver. Contentaos, pues,
con saber que vuestro asunto está en buenas manos; se os hará justicia, y,
entretanto, marchaos a vuestra casa y haceos curar vuestras heridas. El aire
es muy frío y no quisiera que pillarais un enfriamiento además de esos
rasguños.
Hizo con la mano una seña, y ésta fue transmitida de unos a
otros, en el interior de la nave, por sus obsequiosos servidores, que
esperaban atentos al menor gesto.
Instantáneamente, fuera de la iglesia, sonó penetrante toque de
trompetas, y a través del abierto portal, arqueros y hombres de armas,
vestidos con los colores de la casa de lord Risingham y llevando su divisa,
comenzaron a entrar en la iglesia, marchando en fila; les quitaron los dos
prisioneros a los que aún los custodiaban, y cerrando filas tras Dick y
Lawless, marcharon de frente y desaparecieron.
Al pasar, Joanna tendió las manos hacia Dick y le gritó adiós; y
la madrina, sin que en nada la abatiese el evidente enojo de su tío, le envió
un beso acompañado de un grito de: «¡Ánimo, cazador de leones!», lo que por vez
primera, desde los sucesos ocurridos, hizo asomar una sonrisa a los labios de
la multitud.
5
El conde de Risingham
A pesar de ser, con mucho, el más importante personaje de
cuantos había entonces en Shoreby, el conde de Risingham se alojaba pobremente
en la casa de un caballero particular, en los barrios extremos de la ciudad.
Sólo los hombres armados que había en las puertas y los mensajeros a caballo
que iban y venían sin cesar anunciaban la residencia temporal de un gran lord.
Así sucedió que, por falta de espacio, Dick y Lawless fueron
encerrados en una misma habitación.
-Muy bien hablasteis, master Richard -dijo el forajido-. No
podíais hacerlo mejor, y, por mi parte, os doy las gracias cordialmente. Hemos
caído en buenas manos; nos juzgarán en justicia y a una hora u otra de esta
noche nos colgarán decentemente de un mismo árbol.
-La verdad es, pobre amigo mío, que así lo creo -respondió Dick.
-Sin embargo, aún nos queda una cuerda en nuestro arco -replicó
Lawless-. Ellis Duckworth es hombre como no se encontraría otro entre diez
mil; os tiene metido en el corazón, tanto por vos mismo como por vuestro
padre, y conociendo vuestra inocencia en este lance, removerá cielo y tierra
para salvaros.
-Tal vez no -dijo Dick-. ¿Qué puede hacer él? No tiene más que
un puñado de hombres. ¡Ay! Si fuese mañana... Si yo pudiera acudir a una cita
que mañana tengo una hora antes del mediodía... Creo que las cosas cambiarían
de aspecto... Pero ahora no hay remedio.
-Bien -dijo resumiendo Lawless-; si vos proclamáis mi
inocencia, yo proclamaré la vuestra con toda energía. De nada nos servirá; pero
si me han de ahorcar, no será por quedarme corto en jurar que somos inocentes.
Mientras Dick quedaba sumido en sus pensamientos, el viejo
pícaro se acurrucó en un rincón, tiró de su capucha monástica hasta taparse la
cara y se acomodó para dormir. Pronto sonaron sus fuertes ronquidos: hasta tal
punto su larga vida de penalidades y aventuras le había embotado el sentido del
miedo.
Largo rato hacía que pasara el mediodía, y el día comenzaba a
declinar, cuando se abrió 1 puerta de la habitación y Dick fue conducido a 1
parte alta de la casa, donde en tibio aposento meditaba el conde de Risingham,
sentado junto al fuego.
Al entrar su cautivo, alzó la vista.
-Caballero -le dijo-, conocí a vuestro padre, que era un hombre
de honor, y esto me inclina a ser más indulgente; pero no he de ocultaros que
pesan sobre vuestra conducta graves cargos. Andáis asociado con asesinos y
ladrones; existen pruebas evidentes de que habéis atentado contra la paz del
reino; se sospecha que os apoderasteis de un barco, como un pirata; fuisteis
hallado, oculto y disfrazado, en casa de vuestro enemigo; fue asesinado un
hombre aquella misma noche...
-Si me lo permitís, milord -interrumpió Dick-, os confesaré
inmediatamente mi culpa, tal como es. Yo maté a Rutter, y como prueba de ello
-añadió, buscando algo en su seno- aquí tenéis una carta que llevaba en su
escarcela.
Tomó la carta lord Risingham, la abrió y la leyó dos veces.
-¿Habéis leído esto? -preguntó.
-Sí, lo he leído -contestó Dick.
-¿Sois del partido de York o del de Lancaster? -inquirió el
conde.
-Milord, no hace mucho que me hicieron la misma pregunta y no
supe cómo contestarla -dijo Dick-; pero habiendo respondido a ella una vez, no
he de variar ahora. Milord, soy del partido de York.
Inclinó la cabeza el conde en señal de aprobación.
-Honrada respuesta -dijo-. Pero entonces, ¿por qué me entregáis
esta carta?
-Porque, contra los traidores, milord, ¿no están por igual
dispuestos todos los partidos? -exclamó Dick.
-Bien quisiera yo que así lo estuvieran, caballero -repuso el
conde-, y cuando menos apruebo vuestra frase. Observo que hay en vos más
juveniles impulsos que culpa, y, de no ser sir Daniel hombre tan poderoso en
nuestro partido, casi estaría tentado a defenderos en vuestra querella. Porque
he indagado y, por lo que parece, habéis sido tratado muy duramente, y tenéis
mucha excusa. Pero mirad, caballero, yo soy, antes que nada, un jefe que ha de
defender los intereses de la reina y aunque, según creo, hombre justo por
naturaleza, y hasta con exceso inclinado a la misericordia, estoy obligado a
dirigir de tal suerte mis actos que resulten beneficiosos para los intereses de
mi partido, y por conservar a sir Daniel sería capaz de ir muy lejos.
-Milord -repuso Dick-, sin duda os parecerá osadía el que yo os
aconseje; pero ¿contáis con la fidelidad de sir Daniel? Tenía yo entendido que
con intolerable frecuencia pasaba de un partido a otro.
-¡Ah! Ésa es la costumbre en Inglaterra. ¿Qué le vamos a hacer?
-replicó el conde-. Pero sois injusto con el caballero de Tunstall, y del modo
que se entiende la fidelidad en esta desleal generación, últimamente se ha
mostrado honradamente leal a nosotros, los de Lancaster. Hasta en nuestros
últimos reveses siguió firme a nuestro lado.
-Entonces -contestó Dick- si os dignáis echar una ojeada a esta
otra carta, podría ser que cambiarais la opinión en que le tenéis.
Y entregó al conde la misiva de sir Daniel a lord Wensleydale.
El efecto que ésta produjo en el semblante del conde fue
instantáneo; se enfureció como un león y, con repentino impulso, llevó la
crispada mano a su daga.
-¿También esto lo habéis leído? -preguntó.
-También esto -respondió Dick-. Vuestras posesiones es lo que
ofrece a lord Wensleydale.
-Sí, mis posesiones, como decís -exclamó el conde-. Esta carta
me convierte en vuestro servidor. Me ha mostrado la madriguera del zorro.
Mandadme, master Shelton; no seré mezquino en mi gratitud; y para empezar,
seáis de York o de Lancaster, hombre honrado o ladrón, desde este momento os
concedo la libertad. ¡Marchaos, en nombre de la Virgen María! Pero considerad
como un acto de justicia que retenga y ahorque a vuestro compañero Lawless. El
crimen se ha cometido públicamente y es conveniente que a él siga un castigo
público también.
-Milord, la primera súplica que os hago es que también a él le
perdonéis.
-Es un condenado pícaro, ladrón y vagabundo, master Shelton
-dijo el conde-. Hace lo menos veinte años que se tiene bien ganada la horca. Y
si, al fin, a ella ha de ir a parar, ¿qué más da mañana que pasado?
-Sin embargo, milord, por cariño a mí, vino él aquí -respondió
Dick-, y muy ruin y desagradecido sería si lo abandonara.
-Master Shelton, muy terco sois -repuso severamente el conde-.
Mal camino es ése para prosperar en el mundo. A pesar de todo, y para librarme
de vuestra importunidad, voy a complaceros una vez más. Marchaos, pues,
juntos; pero cautelosamente y salid rápidamente de la ciudad de Shoreby.
Porque ese sir Daniel, ¡a quien el cielo confunda!, tiene sed insaciable de
vuestra sangre.
-Milord, os expreso ahora con palabras mi gratitud, esperando
poder pagaros dentro de breve plazo una parte de mi deuda -contestó Dick
mientras salía de la habitación.
6
Otra vez Arblaster
Cuando a Dick y a Lawless se les permitió escapar por una puerta
trasera de la casa en la que lord Risingham tenía su guarnición, ya anochecía.
Hicieron alto un momento al abrigo de la tapia del jardín para
ponerse de acuerdo acerca del mejor camino a seguir. El peligro era extremado.
Si uno de los hombres de sir Daniel llegaba a verlos y daba la voz de alarma,
pronto les darían caza y les acuchillarían al instante. Y no sólo era la
ciudad de Shoreby una red de peligros para sus vidas, sino que salir a campo
abierto era correr el riesgo de tropezar con las patrullas de vigilancia.
Poco después, al entrar en un terreno descubierto, divisaron un
molino de viento y, junto a él, un espacioso granero con las puertas abiertas.
-¿Qué te parece si nos quedásemos ahí hasta que se hiciera de
noche? -preguntó Dick.
No ocurriéndosele a Lawless mejor recurso, corrieron hacia el
granero y se ocultaron detrás de la puerta, entre la paja.
La luz del día iba desapareciendo rápidamente y, al rato,
plateaba ya la luna la helada nieve. Entonces o nunca era el momento de llegar
a La Cabra y la Gaita 3 sin ser
vistos, y cambiar allí sus delatoras ropas. Aun así, lo más discreto era dar un
rodeo por las afueras y no arriesgarse a ir por el mercado, donde, entre la
aglomeración de gente, estaban en peligro más inminente de ser reconocidos y
muertos.
Largo era el camino. Les llevó aquel rodeo no muy lejos de la
casa junto a la playa, oscura y silenciosa entonces, dejándoles, al fin, al
borde del puente. A la clara luz de la luna, pudieron ver que muchos barcos habían
levado anclas y, aprovechando lo despejado del cielo, partieron con rumbo a
tierras más lejanas; por esta causa, las míseras tabernas de la playa -aunque
burlando la ley del toque de queda, tuviesen aún encendidos fuegos y velas- no
estaban ya llenas de parroquianos ni resonaban en ellas los coros de canciones
marineras.
Apresuradamente, casi corriendo, con sus hábitos monasticos
recogidos hasta la rodilla, se hundían los fugitivos en la nieve, cruzando por
entre el laberinto del maderamen marino, y ya llevaban recorrido más de la
mitad del camino en torno del puerto cuando, al pasar frente a una taberna, se
abrió de pronto la puerta y una ráfaga de luz cayó sobre sus fugitivas figuras.
Se detuvieron en el acto, con la intención de hacer creer que
estaban entregados a una animada conversación.
Tres hombres, uno después de otro, salieron de la taberna, y el
último cerró tras él la puerta. Iban los tres tambaleándose, como si hubieran
pasado el día en continuas libaciones, y se quedaron indecisos a la luz de la
luna, como quienes no saben qué hacer. El mas alto de los tres hablaba en voz
alta y lastimera.
-Siete barricas del mejor Gascuña que jamás sirviera tabernero
alguno -decía-. El mejor barco que jamás zarpara del puerto de Dartmouth, una
Virgen María medio dorada, trece libras en buena moneda de oro...
-Yo también he tenido grandes pérdidas -interrumpió uno de los
otros-. También he perdido cosas de mi propiedad, compadre Arblaster. En la
fiesta de san Martín me robaron cinco chelines y una bolsa de cuero que valía
nueve peniques y cuarto.
Lo que oyó Dick le llegó al alma. Hasta ese momento quizá no
había pensado ni un par de veces en el pobre patrón arruinado por la pérdida
del Buena Esperanza; con tal indiferencia miraban en aquellos tiempos, los
hombres que llevaban armas, los bienes e intereses de sus inferiores. Pero
aquel repentino encuentro le recordó vivamente lo duro de su proceder y el
triste fin de su empresa, y tanto él como Lawless volvieron del otro lado la
cabeza para evitar ser reconocidos.
El perro del barco, sin embargo, había logrado escapar del
naufragio y hallar el camino de regreso a Shoreby. Estaba ahora detrás de
Arblaster, junto a sus talones, y de pronto, olfateando y enderezando las
orejas, se lanzó hacia adelante y comenzó a ladrar furiosamente a los dos
falsos frailes.
Tambaleándose le siguió su amo.
-¡Eh, compañeros! -gritó-. ¿Tenéis un penique para este pobre y
viejo marino arruinado por los piratas? ¡Soy hombre que pudiera haber pagado
por vosotros dos el jueves por la mañana, y heme aquí ahora, el sábado por la
noche, mendigando para una jarra de cerveza! ¡Si no me creéis, preguntadle a
mi marinero Tom! ¡Siete barricas de buen vino de Gascuña, un barco que era mío,
y fue antes de mi padre, una bendita Virgen María de madera de plátano y medio
dorada y trece libras en oro y plata! ¿Eh? ¿Qué os parece? Un hombre que ha
luchado contra los franceses; porque yo me he batido contra ellos, y más
cabezas he cortado en alta mar que hombre alguno de cuantos se hicieron a la
vela en el puerto de Darmouth. Vamos, dadme un penique.
Ni Dick ni Lawless se atrevieron a contestarle una sola palabra,
por temor de que reconociera sus voces; y allí se quedaron tan inertes como
barco en tierra, sin saber hacia dónde volverse ni qué esperar.
-¿Eres mudo, muchacho? -preguntó el patrón-. Compañeros
-añadió, interrumpiéndole el hipo-, son
mudos. No me hace gracia esa descortesía, pues aunque un hombre sea mudo, si es
cortés, hablará, sin embargo, cuando se le habla, creo yo.
El marinero Tom, hombre extraordinariamente forzudo, pareció
concebir ciertas sospechas acerca de estas dos mudas figuras, y, más sereno que
su capitán, se plantó de pronto ante Lawless, le cogió bruscamente del hombro y
le preguntó qué le pasaba que tan quieta tenía la lengua.
Lawless, creyendo que todo disimulo era ya inútil, le contestó
con un puñetazo formidable que dejó tendido al marinero sobre la arena, y,
gritando a Dick que le siguiera, echó a correr por entre el maderamen.
La escena se desarrolló en un segundo. Antes de que Dick pudiera
correr poco ni mucho, Arblaster le tenía cogido entre sus brazos; Tom,
arrastrándose, lo agarró por un pie, y el tercero de aquellos hombres desenvainó
un machete y lo blandía sobre su cabeza.
No era el peligro en que se hallaba ni el enojo lo que abatía el
ánimo del joven Shelton; era la profunda humillación que sentía de haber
escapado de las garras de sir Daniel y de haber convencido a lord Risingham,
para venir ahora a caer indefenso en manos de este viejo marinero borracho, y
no sólo indefenso, sino, como su conciencia le decía a gritos cuando era ya
demasiado tarde, realmente culpable... insolvente deudor del hombre cuyo barco
había robado para perderlo después.
-Traédmelo hasta la taberna para que le vea la cara -gritó
Arblaster.
- No, no -objetó Tom-. Vaciémosle antes la bolsa, no sea que
vayan a reclamar su parte los demás compañeros.
Pero por más que lo registraran de pies a cabeza no le
encontraron encima ni un solo penique; tan sólo el sello de lord Foxham, el
anillo que le arrancaron brutalmente del dedo.
-Ponédmelo de cara a la luna -dijo el patrón, y cogiendo a Dick
por la barbilla, le levantó bárbaramente la cabeza.
-¡Virgen bendita! -gritó-. ¡Es el pirata!
-¿Qué? -exclamó Tom.
-¡Por la Virgen de Burdeos! ¡Es el mismo! -repitió Arblaster-.
¡Ah, ladrón, al fin te he cogido! ¿Dónde está mi barco? ¿Dónde están mis siete
barriles de Gascuña? ¿Eh? ¿Será verdad que te tengo en mis manos? Tom, dame un
pedazo de cuerda; voy a atar de pies y manos a este ladrón, como pavo en el
asador... ¡Por la Virgen, que así voy a atarlo! Y luego voy a tundirle a
golpes.
Así, por el estilo, siguió hablando, mientras, con la destreza
propia de los marinos, iba enrollando la cuerda alrededor de los miembros de
Dick asegurando cada vuelta y cada cruce con nudos y afianzando su obra con
salvaje tirón.
Cuando hubo terminado, el muchacho era un mero fardo entre sus
manos: tan indefenso como un muerto. Lo empujó el patrón hasta donde el brazo
le alcanzaba, y prorrumpió en una carcajada. Después le pegó un tremendo
puñetazo en un oído, que lo dejó aturdido; y volviéndole a uno y otro lado le
dio furiosos puntapiés.
La ira se alzó como una tempestad en el pecho de Dick, una
cólera que le ahogaba, y creyó morir. Pero cuando el marinero, cansado ya del
cruel juego, lo lanzó cuan largo era sobre la arena y se volvió para consultar
con sus compañeros, instantáneamente recobró la serenidad. Era un momento de
respiro: antes de que comenzaran de nuevo a torturarle, quizá pudiera hallar un
medio de escapar a aquella degradante y fatal desventura.
Muy pronto, en efecto, y mientras sus apresadores discutían lo
que habrían de hacer con él, sacó fuerzas de flaqueza y con voz firme les habló
así:
-¿Os habéis vuelto locos de remate? El cielo pone en vuestras
manos la mejor ocasión para enriqueceros que jamás tuvo marinero alguno; una
ocasión como no se os presentará otra en treinta aventuras que corráis en
lejanos mares... y, ¡por la misa!, ¿qué se os ocurre? ¿Pegarme? ¡Vaya, no haría
otra cosa un chiquillo rabioso! Pero vosotros, sesudos marineros que no teméis
al agua ni al fuego, y que amáis el oro tanto como la carne de buey, me parece
que no sois muy discretos.
-Sí -dijo Tom-; ahora que estás atado quisieras engañarnos.
-¡Engañaros! -repitió Dick-. Si fuerais tontos, sería fácil.
Pero si sois astutos, como creo que lo sois, podéis ver claramente dónde está
vuestro provecho. Cuando os quité el barco, nosotros éramos muchos, todos bien
equipados y armados; pero ahora, pensad un poco, ¿quién reunió aquellas tropas?
Alguien, sin duda, que tenía mucho oro. Y si éste, rico ya, continuaba aún
yendo a caza de oro, desafiando las tempestades... Pensad una vez más... ¿No
habrá un tesoro escondido en algún sitio?
-¿Qué querrá decir? -preguntó uno de los hombres.
-Pues que si habéis perdido un bote viejo y unas jarras de vino
picado -continuó Dick- os olvidéis de ello como cosa que no vale la pena y os
metáis más bien en una aventura, digna de ser así llamada, que en doce horas
habrá de enriqueceros o arruinaros para siempre. Pero levantadme de aquí y
vayamos a algún sitio cerca para hablar delante de una jarra de cerveza, porque
tengo el cuerpo dolorido y helado, y casi metida la boca entre la nieve.
-Lo que busca es engañarnos -dijo Tom, despectivamente.
-¡Engañarnos! ¡Engañarnos! -exclamó el tercero del grupo-. ¡Me
gustaría conocer al hombre capaz de engañarme! ¡Buen fullero habría de ser! No
me he caído yo de ningún nido. Sé distinguir una iglesia cuando tiene
campanario; y, lo que es yo, por mi parte, compadre Arblaster, creo que no
está desprovisto de razón este joven. ¿Queréis que le escuchemos? Decid:
¿queréis que le escuchemos?
-Contento me vería ante un azumbre de cerveza fuerte, master
Pirret -contestó Arblaster-. ¿Qué dices tú a eso, Tom? Pero la bolsa está
vacía.
-Yo pago -dijo el otro-. Yo pago. Estoy deseando saber de qué
se trata. Creo, en conciencia, que hay oro en el asunto.
-¡Si empezáis a beber otra vez, todo está perdido! -gritó Tom.
-Compadre Arblaster, a ese marinero vuestro le dejáis tomarse
demasiadas libertades -replicó master Pirret-. ¿Vais a permitir que os mande un
hombre asalariado? ¡Vaya, vaya!...
-¡Silencio, compañero! -dijo Arblaster, dirigiéndose a Tom-.
¿Vas a meter el remo, tú? ¡Bueno sería que la tripulación viniese a enmendarle
la plana al patrón!
-Haced, pues, lo que queráis -repuso Tom-. Yo me lavo las manos.
-Levantadle, pues --dijo master Pirret-. Sé yo ahí un sitio
reservado donde podremos beber y charlar.
-Si he de ir andando, amigos, tendréis que desatarme los pies
-observó Dick, una vez que estuvo derecho como un poste.
-Es verdad -concedió, riendo, Pirret-. Hay que reconocer que no
podría dar un paso tal como está. Dadle un corte a la cuerda... Sacad el
cuchillo y cortadla un poco, compadre.
Hasta el mismo Arblaster se quedó algo suspenso ante esta
proposición, pero como su compañero insistió y Dick tuviera el buen sentido de
aparentar una expresión de indiferencia, encogiéndose de hombros ante tal
retraso, el patrón cortó, al fin, las cuerdas que sujetaban al prisionero pies
y piernas. Esto no sólo le permitió a Dick caminar, sino que, al aflojarse
proporcionalmente toda la red de sus ataduras, observó que empezaba a mover
con mayor libertad el brazo que tenía atado a la espalda y concibió la
esperanza de que, a fuerza de tiempo y paciencia, podría llegar a dejarlo libre
por completo. De ello podía dar gracias a la simpleza y codicia de master
Pirret.
Este personaje asumió la dirección de todo, y los condujo a la
mismísima mísera taberna a la cual Lawless había llevado a Arblaster el día del
temporal. Casi desierta se hallaba ahora; el fuego era un montón de rojas
ascuas que irradiaban vivísimo calor, y cuando todos 11 hubieron tomado asiento y el amo puso ante ellos una medida de
cerveza tibia y especiada, tanto Pirret como Arblaster estiraron las piernas y
apoyaron los codos sobre la mesa como hombres dispuestos a pasar un rato
agradable.
Consistía la mesa a la que se sentaron, como todas las demás de
la taberna, en una pesada tabla cuadrada puesta sobre un par de barriles, y
cada uno de los cuatro compinches, de tan extraña y diversa catadura, había
tomado sitio en uno de los lados del cuadrado: Pirret frente a Arblaster y Dick
en el lado opuesto al marinero Tom.
-Ahora, joven -dijo Pirret-, al asunto. Verdaderamente parece
que os habéis portado bastante mal con nuestro compañero Arblaster; pero eso
¿qué importa?
Dadle una compensación... mostradle esa oportunidad de hacerse
rico... y yo os respondo de que os perdonará.
Hasta este momento había hablado Dick bastante a la ligera; pero
ya era necesario, bajo la vigilancia de seis ojos, inventar y relatar alguna
historia maravillosa y a ser posible recuperar aquel importantísimo
anillo-sello de lord Foxham. Lo primero que hacía falta era dejar correr el
tiempo. Cuanto más los entretuviera, más beberían sus apresadores y con mayor
seguridad podría intentar la huida.
Ahora bien: no tenía Dick grandes dotes para inventar
historias, y lo que contó se parecía mucho al cuento de Alí-Babá, sustituyendo
el oriente por Shoreby y el bosque de Tunstall y exagerando, más bien que disminuyendo,
los tesoros de la cueva. Como sabe el lector, ésta es una excelente historia,
que tan sólo un defecto tiene: el de no ser verdad. Así pues, como era la
primera vez que la oían aquellos sencillos marineros, los ojos se les salían de
las órbitas y se quedaban boquiabiertos como el bacalao en la pescadería.
Pronto pidieron una segunda medida de aquella cerveza tibia
mientras Dick desarrollaba aún, con toda habilidad, los incidentes de su
historia; una tercera jarra siguió a la segunda.
He aquí la situación de los contertulios cuando la historia
tocaba a su fin:
Arblaster, borracho y muerto de sueño, colgaba inerte sobre el
banco. El mismo Tom había escuchado encantado el cuento y su vigilancia había
disminuido en proporción. Entretanto, Dick había ido zafándose de sus ligaduras
y se hallaba ya dispuesto a jugarse el todo por el todo.
-¿De modo -preguntó Pirret- que vos sois uno de ésos?
-Contra mi voluntad me hicieron serlo -respondió Dick-. Pero si
yo pudiera lograr, por la parte que me tocara, uno o dos sacos de monedas de
oro, bien ' tonto sería si quisiera seguir viviendo en una asquerosa cueva,
exponiéndome a recibir tiros y bofetadas como un soldado. ¡Cuatro somos aquí!
Pues bien: vayamos mañana al bosque antes de que salga el sol. Si pudiéramos
procurarnos honradamente algún borrico, sería mucho mejor; pero si no podemos,
cuatro robustas espaldas tenemos, y yo os respondo de que volveremos tan
cargados que nos doblaremos al peso.
Pirret se relamió de gusto.
-Y esta palabra mágica... ese santo y seña con que se abre la
cueva... ¿cuál es, amigo? -pregunto.
-¡Ah! Esa palabra no la saben más que los tres jefes -respondió
Dick-. Pero ahora veréis la suerte que habéis tenido: que esta misma noche
traiga yo conmigo un amuleto para abrirla. Es una cosa que en todo el año no se
separa de la bolsa del capitán.
-¿Un amuleto? -pregunto Arblaster medio despierto y guiñando un
ojo a Dick-. ¡Vade retro! No me vengáis a mí con amuletos. Soy un buen
cristiano; preguntádselo si no a Tom el marinero.
-Pero si esto no es más que magia blanca -repuso Dick-. Nada
tiene que ver con el diablo; no se trata más que del poder oculto de los
números, de las hierbas y de los planetas.
-Sí, sí -asintió Pirret-; no es más que magia blanca, compadre.
No hay en ello pecado, os lo aseguro. Pero continuad, joven. Este amuleto...
¿en qué consiste?
-Voy a mostrároslo inmediatamente -respondió Dick-. ¿Tenéis ahí
el anillo que me quitasteis del dedo? ¡Bien! Cogedlo ahora con las puntas de
los dedos y sostenedlo así con el brazo extendido, contra el brillo de esos
rescoldos. Así, exactamente. Pues bien: ése es el amuleto.
De una rápida ojeada Dick se aseguro de que tenía libre el paso
entre él y la puerta. Se encomendó a Dios con el pensamiento y, tendiendo el
brazo, arrebato de un tirón el anillo; en el mismo instante levanto la mesa y
la arrojo de pronto sobre el marinero Tom. Este pobre infeliz cayo debajo,
gritando bajo la madera, y antes de que Arblaster comprendiera lo que ocurría
o de que Pirret pudiera fijar su inseguro pensamiento, Dick había corrido ya
hacia la puerta y conseguido escapar a la clara luz de la luna.
Ésta, que andaba ya por la mitad del cielo, y la extremada
blancura de la nieve, hacían que el despejado terreno que rodeaba al puerto
apareciese alumbrado como por la claridad del día, con lo que Shelton, saltando
entre el maderamen, con el hábito recogido, era una figura visible desde lejos.
Tom y Pirret le siguieron dando voces; salieron de todas las
tabernas gentes que, atraídas por los gritos, se les unieron; al poco rato,
toda una turba de marineros corría en su persecución. Pero el marinero en
tierra resulta mal corredor, y tal era en el siglo XV, y Dick además les
llevaba buena delantera, que aumento rápidamente, tanto que al llegar cerca de
una angosta callejuela se atrevió hasta a pararse y miro hacia atrás, riéndose.
Sobre la blanca alfombra de nieve corrían cuantos marineros
había en Shoreby, apiñados todos, formando una mancha borrosa, con algunas
colas de rezagados que les seguían en grupos aislados. Todos vociferaban y
gesticulaban agitando los brazos en el aire; algunos tropezaban, y para
completar el cuadro, al caerse uno, una docena más iban a caer también sobre
él.
El confuso ruido del vocerío, que talmente parecía elevarse
hasta la luna, resultaba cómico y terrorífico para el fugitivo, a quien
intentaban dar caza. Mas en sí era ineficaz, porque bien seguro estaba de que
ningún marinero podría darle alcance. Pero solamente la magnitud del alboroto,
que habría de despertar a cuantos dormían en Shoreby y atraer a las calles a
los centinelas ocultos, sería amenaza de peligros que le esperaban y podían
cerrarle el paso. Así pues, atisbando en una esquina el oscuro portal de una
casa, se metió rápidamente en él, y dejó pasar el salvaje acoso de todos aquellos
bárbaros perseguidores, que siguieron gritando y gesticulando, rojas las caras
con la excitación y la carrera, blancos sus cuerpos por las caídas en la
nieve.
Pasó largo rato antes de que terminara aquella invasión de la
ciudad por los del puerto, y mucho tardó en restablecerse el silencio. Durante
no poco rato se oyó aún a algunos marineros desperdigados gritando por las
calles en todas direcciones y en todos los barrios de la ciudad. Trajo esto no
pocas riñas, unas veces entre ellos mismos, otras con las patrullas que
encontraban; salieron a relucir cuchillos; se repartieron no pocos golpes, por
una y otra parte, y más de un cadáver quedó tendido sobre la nieve.
Una hora después, cuando el último marinero regresaba,
refunfuñando, hacia el puerto y se metía en su taberna favorita, si alguien le
hubiera preguntado qué clase de hombre perseguía, habría tenido que contestar
que, si lo supo, lo había olvidado.
A la mañana siguiente, muchas eran las extrañas historias que
corrían de boca en boca, y, poco después, la leyenda de que el diablo había
hecho una visita nocturna a Shoreby pasaba como artículo de fe entre los muchachos
de Shoreby.
Pero el regreso al puerto del último marinero no bastó para que
pudiera librarse Shelton de su fría prisión del portal.
Reinó aún, durante algún tiempo, gran actividad entre las
patrullas, y salieron partidas especiales a hacer la ronda del lugar y llevar
noticias de lo ocurrido a algunos de los grandes lores, cuyo sueño había sido
interrumpido de manera tan insólita.
Muy avanzada andaba ya la noche cuando Dick se aventuró a salir
de su escondite y llegó sano y salvo, pero dolorido el cuerpo por el frío y los
golpes recibidos, a la puerta de La Cabra y la Gaita.
Conforme mandaba la ley, no había ya en la casa ni fuego ni luz,
pero a tientas llegó hasta un rincón del helado cuarto que servía de posada;
halló allí una manta que se echó en los hombros y, arrastrándose hasta ponerse
al lado del más próximo durmiente, pronto le venció el sueño.
LIBRO QUINTO
CROOKBACK
1
La aguda trompeta
A la mañana siguiente, temprano, antes de apuntar el día, se
levantó Dick, se cambió de ropas, se armó de nuevo como un caballero y
emprendió la marcha hacia la guarida de Lawless, en el bosque.
Como recordará el lector, allí había dejado los documentos de
lord Foxham, y sólo podía recogerlos y estar de regreso para llegar a tiempo a
la cita con el joven duque de Gloucester partiendo muy de mañana y apretando
mucho el paso.
La helada era más fuerte que nunca; el aire, quieto y seco,
cortaba el rostro. Había desaparecido la luna, pero brillaban aún numerosas
estrellas, y el reflejo de la nieve era claro y vivo. Para caminar no era
necesaria linterna alguna, y aquel aire tranquilo, pero diáfano, no infundía
la menor tentación de detenerse.
Había cruzado Dick la mayor parte del terreno abierto entre
Shoreby y el bosque, y se hallaba ya al pie de la colina, a unos cien metros de
la Cruz de santa Brígida, cuando, en medio del silencio de aquella madrugada,
sonó la estridente nota de un toque de clarín, tan agudo, tan claro y
penetrante, que creyó no haber oído jamás otro igual. Sonó una vez, se repitió
precipitadamente otra, y luego sucedió el ruido de chocar de aceros.
Aguzó el oído Shelton y, desenvainando la espada, corrió monte
arriba.
Pronto divisó la cruz y pudo percatarse del feroz encuentro que
se desarrollaba en el camino, frente a ella. Siete u ocho eran los que atacaban
y sólo un hombre el que les hacía frente, pero tan rápido y diestro era éste,
tan desesperadamente acometía y dispersaba a sus adversarios, tan
gallardamente se aferraban sus pies sobre el hielo, que antes de que Dick
pudiera intervenir ya había matado a uno, herido a otro y mantenido a raya a
los demás.
Sin embargo, milagro parecía que de tal modo pudiera seguir
defendiéndose, ya que, a cada instante, cualquier accidente, el menor resbalón
sobre el helado suelo o un error de su mano, podía costarle la vida.
-¡No desmayéis, caballero! ¡Voy en vuestro auxilio! -gritó
Richard, olvidando que estaba solo y que el grito era impropio-. ¡A la Flecha!
¡A la Flecha! -exclamó, cayendo sobre la retaguardia de los agresores.
Gente brava eran éstos también, pues ni una pulgada cedieron
ante la sorpresa, sino que, haciendo frente, cerraron con asombrosa furia sobre
Dick. Cuatro contra uno lucharon entonces, y, al resplandor de las estrellas,
relampagueaban de continuo en torno suyo los aceros; las chispas saltaban con
furia; uno de sus contrincantes cayó... en el fragor de la pelea, apenas supo
por qué; luego sintió él mismo un golpe en la cabeza, y aunque el casquete de
acero que llevaba bajo la capucha le protegió, la fuerza del porrazo le hizo
caer sobre una rodilla y sentir que la cabeza le daba vueltas como si fuera el
aspa de un molino.
Entretanto, el hombre en cuyo auxilio acudiera en vez de tomar
parte entonces en la contienda, a la primera señal de intervención había
saltado hacia atrás con más fuerza y precipitación aún, tocando de nuevo aquella
misma trompeta de agudo sonido que había sido la voz de alarma. Un instante
después cargaban sobre él sus enemigos, y una vez más acometía y esquivaba, saltaba,
hería, caía de rodillas, usando indistintamente espada y daga, pies y manos,
con el mismo indomable valor y febril energía y destreza.
Pero aquella penetrante llamada, al fin, había sido escuchada.
Se oyó un rumor sordo en la nieve y en buena hora para Dick, que veía ya las
puntas de las espadas relucir junto a su garganta, un desatado torrente de
hombres de armas montados se lanzó desordenadamente desde el bosque por ambos
lados, todos ellos cubiertos de hierro, baja la visera, lanza en ristre o en
alto la desnuda espada, y llevando cada uno, por decirlo así, un pasajero, en
forma de arquero o paje, que saltaron uno tras otro de los caballos y pronto
doblaron el número de aquella tropa.
Viéndose cercados por fuerza tan superior, los primitivos
asaltantes tiraron sus armas sin pronunciar palabra.
-¡Prendedme a esa gente! -gritó el héroe de la trompeta, y una
vez cumplida su orden, se acercó a Dick y le miró a la cara.
Al devolverle Dick su escrutadora mirada, se quedó sorprendido
de hallar, en quien había desplegado tal fuerza, destreza y energía, a un
muchacho casi de su edad, ligeramente deformado, con un hombro más alto que el
otro, y de pálido, atormentado y torcido semblante.[5]
Sus ojos, sin embargo, eran límpidos, serenos y de audaz expresión.
-Caballero -dijo aquel muchacho-, en momento oportuno
llegasteis para mí.
-Milord -contestó Dick, con el vago presentimiento de que se
hallaba en presencia de un alto personaje-, tan maravilloso espadachín sois
que creo que les hubierais hecho morder el polvo vos solo. Sin embargo, lo que
sin duda fue una suerte para mí es que vuestros hombres no se retrasaran ni un
momento más.
-¿Cómo supisteis quién era yo? -preguntó el desconocido.
-Ni aun ahora mismo, señor, sé yo con quién estoy hablando.
-¿De veras? -preguntó el otro-. Y, a pesar de ello, os
lanzasteis de cabeza a esta desigual batalla.
-No vi mas que a un hombre que luchaba valerosamente contra
muchos -repuso Dick-, y hubiera considerado una afrenta para mí no prestarle
ayuda.
Singular e irónica sonrisa se dibujó en la boca del joven
hidalgo al contestar:
-Bravas palabras son ésas. Pero... vamos a lo más esencial:
¿sois de Lancaster o de York?
-Milord, no he de ocultarlo: soy francamente de , los de York.
-¡Por la misa! -exclamó el otro-, suerte tenéis. Se volvió hacia
uno de los suyos.
-A ver -continuó en el mismo tono cruel y burlón-, vamos a
acabar con estos bravos caballeros. Ahorcadlos.
Sólo cinco eran los supervivientes del grupo de los agresores.
Les cogieron del brazo los arqueros, los empujaron hasta el
borde del bosque y cada uno fue colocado bajo un árbol de apropiadas
dimensiones; se ajustaron convenientemente las cuerdas; un arquero, llevando
un cabo de las mismas, trepó a lo alto apresuradamente. Y antes de cinco
minutos, sin que por ninguna de las partes se cambiara una sola palabra, los
cinco hombres se balanceaban en el aire, colgados del cuello.
-Y ahora -gritó el deformado jefe- volved a vuestros puestos, y
cuando vuelva a llamaros, no os hagáis esperar tanto rato.
-Milord duque -dijo uno-, permitid que os suplique que no os
quedéis aquí solo. Quedaos, al menos, con un puñado de lanceros a vuestro
servicio.
-Muchacho -replicó el duque-, me he abstenido de reprenderos por
vuestra tardanza. Por tanto, no me contradigas. Confío en mi mano y en mi
brazo, por más jorobado que sea. Cuando sonó la trompeta, muy rezagado te
quedaste y ahora muy vivo te muestras con tus consejos. Aunque siempre ocurre
así: el último con la lanza y el primero con la lengua. Procura hacerlo al
revés.
Y con un ademán noble, pero no por ello menos peligroso,
despachó a todos sus hombres.
Los infantes montaron de nuevo a la grupa de los caballos de los
hombres de armas, y la tropa entera partió lentamente, desapareciendo en
veinte direcciones distintas, al abrigo del bosque.
Apuntaba el día y las estrellas se desvanecían. El primer
resplandor del alba brilló sobre los rostros de los jóvenes, que de nuevo se
hallaron frente a frente.
-Acabáis de ver mi venganza -dijo el duque-, que, como la hoja
de mi espada, es dura y rápida. Pero, por toda la cristiandad, no quisiera que
me creyerais desagradecido. Ya que vinisteis en mi auxilio con buena espada y
mejor ánimo, si no retrocedéis ante mi deformidad, acercaos junto a mi
corazón.
Y el joven jefe abrió los brazos para recibirle en ellos.
En el fondo de su corazón abrigaba Dick un gran terror y cierto
odio hacia el hombre a quien acababa de prestar auxilio, pero con tales
palabras fue hecha la invitación que no sólo hubiera sido descortés sino cruel
rechazarle o vacilar, y por ello se apresuró a aceptarla.
-Y ahora, milord duque -dijo una vez recobrada su libertad-,
¿estoy en lo cierto al suponer que sois milord el duque de Gloucester?
-Richard de Gloucester soy -contestó el otro-. Y vos, ¿cómo os
llamáis?
Dick le dijo su nombre y le presentó el sello de lord Foxham,
que el duque reconoció inmediatamente.
-Demasiado pronto habéis llegado -dijo-; pero ¿cómo he de poder
quejarme? Sois como yo, que dos horas antes de rayar el día ya estaba al
acecho. Pero ésta es la primera salida de mis armas, y en esta aventura, master
Shelton, va a sentarse o a quedar destruida mi fama. Allí están mis enemigos,
mandados por dos viejos y expertos capitanes, Risingham y Brackley, en fuertes
posiciones, según creo; pero sin retirada posible por dos lados: encerrados
entre el mar, el puerto y el río. Me parece, Shelton, que hay aquí un gran
golpe que asestar, y que nosotros podríamos darlo en silencio y repentinamente.
¿Tenéis las notas de lord Foxham? -preguntó el duque.
Habiéndole explicado Dick que no las llevaba encima, se atrevió
a ofrecerle cuantos informes quisiera tan fidedignos como pudieran ser los
otros.
-Y por mi parte, milord duque -añadió-, si contáis con
suficientes hombres, yo caería sobre ellos ahora mismo. Porque, mirad: al
apuntar el día, las guardias de noche han terminado; pero de día no tienen
guardia alguna, sólo algunos hombres que a caballo recorren los alrededores de
la ciudad. Pues bien: ahora que la guardia de noche ha dejado ya las armas y
el resto está desayunando..., ahora es el momento para acabar con ellos.
-¿Cuántos creéis que son? -preguntó Gloucester. -No llegan a dos
mil -contestó Dick.
-Yo tengo setecientos en los bosques, detrás de nosotros -dijo
el duque-; otros setecientos vienen desde Kettley y estarán aquí muy pronto; a
mayor distancia quedan cuatrocientos más y lord Foxham tiene quinientos a cosa
de medio día de aquí, en Holywood. ¿Esperamos que vengan o caeremos sobre el
enemigo?
-Milord -contestó Dick-, cuando ahorcasteis a esos cinco
infelices, decidisteis ya esta cuestión. Por muy ruines que fueran, en estos
tiempos revueltos, los echarán de menos, saldrán a buscarlos y darán la voz de
alarma. Por lo tanto, milord, si queréis contar con la ventaja que el cogerlos
por sorpresa pueda daros, no os queda, en mi humilde opinión, ni una hora que
perder.
-Es verdad, lo mismo creo yo -dijo Crookback-. Pues bien: antes
de una hora os hallaréis en plena batalla, ejecutando algunas hazañas que os
den fama y renombre, ganándoos la dignidad de caballero. Mandaré a toda prisa a
un hombre que vaya a Holywood llevando el sello de lord Foxham; otro irá por la
carretera para avivar a mis perezosos. Shelton, ¡por la cruz que la cosa va a
ser un hecho!
Volvió a llevarse a los labios la trompeta y sonó un segundo
toque.
No tuvo que esperar mucho. En un momento, todo el espacio que
quedaba libre cerca del sitio donde se erguía la cruz quedó lleno de hombres a
caballo y a pie.
Richard de Gloucester se colocó sobre los escalones y comenzó a
mandar a todas partes mensajero tras mensajero, para que activaran la
concentración de los setecientos hombres que estaban escondidos en las inmediaciones,
entre los bosques; y antes de un cuarto de hora, tomadas ya todas las
precauciones, se puso él mismo al frente y empezó a descender por la colina en
dirección a Shoreby.
Su plan era sencillo. Consistía en apoderarse de uno de los
barrios de la ciudad de Shoreby, situado a la derecha del camino real, y
hacerse fuerte allí, en las estrechas callejuelas, hasta que llegaran
refuerzos.
Si lord Risingham optaba por batirse en retirada, Richard le
seguiría para cogerlo entre dos fuegos; o bien, si prefería quedarse en la
ciudad, quedaría cogido en la trampa y poco a poco sería vencido por la superioridad
numérica.
Sólo un peligro había, pero grave e inminente: los setecientos
hombres de Gloucester podían ser arrollados y deshechos en el primer
encuentro; para evitar esto, era necesario que la sorpresa de su llegada fuera
lo más completa posible.
Por tanto los infantes subieron de nuevo a la grupa tras los
jinetes, y le cupo a Dick el señalado honor de montar detrás del mismo
Gloucester.
Avanzaron lentamente las tropas mientras pudieron ir a cubierto,
y cuando llegaron donde terminaban los árboles que bordeaban el camino real, se
detuvieron para tomar un respiro y reconocer el terreno.
El sol se hallaba ya algo alto, brillando con pálido resplandor
entre un halo amarillento, y enfrente mismo de aquella luminaria Shoreby, campo
sembrado de nevados techos y de rojizos remates, elevaba al cielo sus columnas
de humo matinal.
Se volvió Gloucester hacia Dick.
-En este pobre lugar -le dijo-, donde la gente cocina ahora sus
desayunos, o habéis de ganaros vos la
dignidad de caballero y comenzar yo una vida de grandes honores y de
gloria ante los ojos del mundo, o me parece que hemos de morir juntos y sin
renombre alguno. Dos Richard somos. ¡Pues bien, Richard Shelton, de los dos
han de hablar! Y nuestras espadas no han de sonar más fuertes sobre los yelmos
enemigos que nuestros nombres en los oídos de la gente.
Dick quedó asombrado ante una sed de gloria como aquélla,
expresada con tanta vehemencia en la voz y en el lenguaje, y contestó muy
cuerda y sosegadamente que él, por su Darte, prometía cumplir con su deber, y
que no dudaba de la victoria si todos hacían lo mismo.
Descansados ya los caballos, levantando en alto la espada el
jefe y dando rienda suelta, toda la caballería partió al galope, atronando los
aires y con su doble carga de combatientes, descendiendo el resto de la colina
y cruzando la nevada llanura que todavía les separaba de Shoreby.
2
La batalla de Shoreby
Toda la distancia que habían de recorrer no pasaba de un cuarto
de milla. Pero no bien hubieron salido del abrigo de los árboles, observaron
que a cada lado huía la gente gritando por las nevadas praderas. Casi al mismo
tiempo comenzó a levantarse en la ciudad un rumor que iba esparciéndose y
aumentando continuamente, y no se hallaban todavía a la mitad del camino de la
casa más próxima, cuando ya en el campanario tocaban a rebato.
Rechinaba los dientes de coraje el duque. Juzgando por aquellas
señales de alarma tan prontas, temió hallar preparados a sus enemigos, y si no
conseguía poner pie en la ciudad, sabía que su pequeño destacamento pronto
sería dominado y exterminado en campo abierto.
En la ciudad, sin embargo, los de Lancaster estaban muy lejos de
hallarse en tan buena situación como él temía. Ocurría lo que Dick había dicho.
La guardia nocturna se había despojado ya de sus arneses; los demás andaban
aún rezongando por los cuarteles, desceñidas las ropas, totalmente
desprevenidos para entrar en batalla y en todo Shoreby no había, tal vez,
cincuenta hombres armados por completo ni cincuenta caballos dispuestos para
ser montados enseguida.
El toque de rebato de las campanas y los terroríficos gritos de
los hombres que corrían por las calles golpeando las puertas sacaron de su
inacción, en tan breve tiempo que parecía imposible, a unos cuarenta hombres de
aquellos cincuenta. Montaron rápidamente a caballo, y como las voces de alarma
fuesen desordenadas y contradictorias, galoparon en diferentes direcciones.
Así sucedió que cuando Richard de Gloucester llegó a la primera
casa de Shoreby, le salió al encuentro, a la entrada de la calle, un simple
puñado de lanceros, que fueron barridos antes de que atacasen coro se lleva la
tempestad un barquichuelo.
Ya dentro de la ciudad, y a cosa de unas cien pasos, Dick
Shelton tocó al duque en el brazo, quien como 1 respuesta recogió riendas, se
llevó la trompeta a los labios y, con un toque ya de antemano convenido,
volvió el caballo hacia la derecha, abandonando la línea recta de su avance.
Desviándose, como un solo jinete, siguió tras él toda su fuerza, y marchando
siempre a galope tendido, barrió la estrecha callejuela. Sólo los últimos
veinte jinetes tiraron de las riendas, formando un frente en la entrada de la
calle; los infantes que tras s¡ llevaban sal- l
taron en el mismo instante a tierra, y unes empezaron a tensar sus arcos y
otros a irrumpir en las casas de uno y otro lado, apoderándose de ellas.
Sorprendidos ante este repentino cambio de dirección y
acobardados por el firme frente de la retaguardia, los pocos soldados de
Lancaster, después de rápida deliberación, dieron media vuelta y se alejaron
hacia el interior de la ciudad en busca de refuerzos.
La parte de la ciudad de la cual, por consejo de j Dick, se
había apoderado Richard de Gloucester, consistía en cinco callejuelas de
pobres casas habitadas por míseras gentes, que ocupaban un suave cerrillo y
daban al campo por la parte trasera.
Quedando cada una de las cinco calles defendida por una buena
guardia, la reserva ocuparía el centro, fuera de tiro y preparada, sin embargo,
para acudir en su auxilio donde hiciera falta.
Era tal la pobreza de aquella parte de la ciudad que ninguno de
los lores de Lancaster, y sólo algunos de sus secuaces, se habían alojado allí;
así pues, sus habitantes, de común acuerdo, abandonaron sus casas y huyeron
gritando por las calles o saltando las tapias de los jardines.
En el centro, donde confluían las cinco callejuelas, una taberna
fea y ruin lucía la muestra de un tablero de ajedrez, y allí sentó sus reales,
por aquel día, el duque de Gloucester.
A Dick le encargó de la guardia de una de las cinco calles.
-Id -le dijo-, id a ganaros las espuelas. Cubríos de gloria por
mí; un Richard por otro. Bien claro os lo digo: si yo me encumbro, vos os
elevaréis por la misma escala. Id -repitió estrechándole la mano.
Pero tan pronto como desapareció Dick, se volvió hacia un
harapiento arquerillo que tenía cerca y le ordenó:
-Ve inmediatamente, Dutton, y sigue a ese muchacho. Si ves que
es fiel, tú me respondes de su seguridad, cabeza por cabeza. ¡Desgraciado de ti
si vuelves sin él! Pero si nos fuese traidor... o si por un instante llegaras a
sospechar de él... dale de puñaladas por la espalda.
Entretanto, Dick se apresuraba a proteger su puesto. La calle
que había de guardar era muy estrecha, toda ella atiborrada de casas, que
sobresalían como suspendidas sobre la calzada; pero, aunque estrecha y además
oscura, dado que desembocaba en el mercado de la ciudad, era muy probable que
el final de la batalla se decidiese allí.
El mercado se hallaba lleno de gente que huía en desorden; pero
como aún no se percibía señal alguna de que ningún enemigo se dispusiera a
atacar, juzgó que tenía bastante tiempo para preparar su defensa.
Las dos casas que estaban al extremo de la calle se hallaban
abandonadas, con las puertas abiertas, tal como las habían dejado sus moradores
en su huida, y de éstas mandó sacar apresuradamente los muebles, que fueron
amontonados formando barricada en la entrada de la calleja.
Unos cien hombres tenía a su disposición, y de ellos distribuyó
la mayor parte por las casas, donde podían estar a cubierto y disparar sus
flechas desde las ventanas. Con el resto bajo su inmediata vigilancia, organizó
la defensa de la barricada.
A todo esto continuaba la ciudad presa del mayor alboroto y
confusión, y entre el arrebatado toque de campanas, el sonar de las trompetas,
las rápidas evoluciones de los caballos, los gritos de los jefes y los
chillidos de las mujeres, el ruido era ensordecedor. Gradualmente fue cesando
el tumulto, e inmediatamente después filas de hombres cubiertos de armaduras y
grupos de arqueros comenzaron a reunirse y formar en línea de batalla en el
mercado.
Gran parte de estas tropas vestían el uniforme morado y azul y
en el montado caballero que mandaba la formación reconoció Dick a Daniel
Brackley.
Hubo entonces larga pausa, que fue seguida por el sonar, casi
simultáneo, de cuatro trompetas desde cuatro barrios distintos de la ciudad. Un
quinto toque sonó en respuesta desde el mercado, y en el mismo instante comenzaron
a avanzar las filas y una lluvia de flechas cayó sobre la barricada, sonando
como secos golpes sobre las paredes de las dos casas de los lados de la calle.
Con aquella señal general, había comenzado el ataque en las
cinco salidas del barrio. Gloucester estaba, pues, sitiado por todos lados; así
juzgó Dick que, si había de mantenerse en su posición, no podía confiar en más
fuerza que en los cien hombres que a su mando tenía.
Siete descargas de flechas siguieron una tras otra, y en lo más
reñido del combate Dick sintió que alguien le tocaba en el brazo por detrás, y
vio a un paje que le presentaba una cota de cuero revestida con placas de metal
para mayor seguridad.
-De parte de milord de Gloucester -dijo el paje-. Ha observado,
sir Richard, que os habíais ido sin armaros.
Dick sintió ensanchársele el corazón al oírse llamar así, y,
poniéndose en pie, ayudado por el paje, se vistió la defensiva cota. Apenas lo
había hecho cuando dos flechas chocaban, sin causarle el menor daño, contra las
placas y una tercera derribaba al paje, mortalmente herido, a sus pies.
Entretanto, todas las fuerzas enemigas habían ido aproximándose
rápidamente, atravesando el mercado y llegando ya tan cerca que Dick dio orden
de responder a sus descargas. Inmediatamente otra nube de flechas, pero en
sentido contrario, cruzó los aires desde la barricada y desde las ventanas, y
fue a sembrar la muerte entre los de Lancaster.
Pero éstos, como si sólo esperasen una señal, respondieron con
fuertes gritos y cerraron a la carrera contra los de la barricada, quedándose
aún rezagados los jinetes, baja la visera.
Siguió luego una obstinada y mortífera lucha cuerpo a cuerpo.
Los asaltantes, blandiendo en una mano la cimitarra, se esforzaban con la otra
en derruir la barricada. En el lado opuesto se trocaban los papeles, y los
defensores exponían como locos su vida para defender su baluarte. Se mantuvo
así la pelea durante unos minutos, cayendo amigos y enemigos, unos sobre
otros. Pero siempre es más fácil destruir, y cuando un toque de corneta llamó a
los que atacaban liberándoles de su desesperada tarea, una gran parte de la
barricada había quedado reducida a pedazos, y el armazón entero hasta la mitad
de su altura, bamboleándose, a punto de derrumbarse por completo.
Entonces los infantes de la plaza del mercado retrocedieron,
corrieron por todos lados. La caballería, que había estado formada en fila de a
dos, dio de pronto media vuelta, convirtió el flanco en frente y, con la rapidez
de una víbora, la larga columna vestida de acero fue lanzada contra la ruinosa
barricada.
De los dos primeros jinetes cayó uno, junto con el caballo, y
fue atropellado por sus compañeros. El segundo saltó sobre la cima del
baluarte, atravesando con la lanza a un arquero. Casi en el mismo instante le
arrancaron de su silla y fue muerto su caballo.
En tal punto todo el peso y el ímpetu de la carga cayó sobre los
defensores, dispersándolos. Los hombres de armas, pasando por encima de sus
caídos compañeros y arrastrados por la furia de la acometida, se lanzaron a
través de la rota línea de Dick, y se precipitaron, con fragor de tempestad,
calle arriba y aún más allá, como desatada corriente que se desborda a través
de un dique roto.
Sin embargo, la lucha no había terminado. Todavía en la estrecha
bocacalle, Dick y unos cuantos supervivientes manejaban sus hachas de armas
como si fueran leñadores, y ya a través del arroyo se había formado una segunda
barrera, mas alta y más eficaz, de hombres caídos y destripados caballos,
estremeciéndose con la agonía de la muerte.
Burlada por este nuevo obstáculo, el resto de la caballería
retrocedió, y como al advertir esta maniobra arreciase la lluvia de flechas
desde las ventanas, su retirada adquirió, por un momento, caracteres de franca
huida.
Casi al mismo tiempo, los que habían cruzado la barricada y
avanzado calle arriba se encontraron frente a la puerta del Tablero de Ajedrez,
con el formidable jorobado y todas las reservas de yorkistas, por lo cual
comenzaron a retroceder dispersos en el colmo del desorden y del terror.
Les hicieron frente Dick y los suyos, y, para ayudarles, más
hombres salieron de las casas; una terrible descarga de flechas dio de frente
sobre los fugitivos, mientras que Gloucester les acometía ya por retaguardia
con los caballos; en cosa de un minuto y medio no quedó vivo en la calle ni uno
solo de los de Lancaster.
Entonces, y sólo entonces, alzó Dick su humeante espada y dio
rienda suelta a las victoriosas aclamaciones.
Entretanto, Gloucester desmontaba y se acercaba para
inspeccionar la posición. Su rostro estaba pálido como la cera, pero sus ojos
brillaban en las hundidas cuencas como dos raras joyas, y cuando habló lo hizo
con voz ronca y quebrada por la excitación de la batalla y la emoción de la
victoria.
Contempló aquella barrera, a la que nadie, amigo o enemigo,
podía acercarse sin precaución, tan furiosamente se agitaban los caballos en
los dolores de la muerte, y a la vista de aquella carnicería sonrió con
torcido gesto.
-Rematad a esos caballos -ordenó-; os impiden que os aprovechéis
de la ventaja adquirida. Richard Shelton -añadió-, estoy satisfecho de vos.
Arrodillaos.
Los de Lancaster habían reanudado su ataque con los arqueros, y
las flechas caían como espesa lluvia sobre la entrada de la calle; pero el
duque, sin hacer el menor caso, desenvainó lentamente su espada y armó
caballero a Richard sobre el mismo campo de batalla.
-Y ahora, sir Richard -continuó-, si veis a lord Risingham,
mandadme un correo al instante. Aunque no os quedara más que un hombre,
enviádmelo sin perder ni un momento. Antes preferiría perder esta posición que
la oportunidad de darle una buena estocada. Porque, oídlo bien todos -añadió
levantando la voz-, si el conde de Risingham cae por otra mano que no sea la
mía, contaré esta victoria como una derrota.
-Milord duque -dijo uno de sus servidores-, ¿no está vuestra
excelencia cansado de exponer su preciosa vida inútilmente? ¿Por qué os
detenéis aquí?
-Catesby -repuso el duque-, aquí y no en otro sitio es donde
está el campo de batalla. Los demás no son sino amagos de ataque. Aquí hemos de
vencer. Y en cuanto al riesgo... si fuerais un feo jorobado y los chiquillos
se mofasen de vos en plena calle, en menos estima tendríais vuestro cuerpo y
juzgaríais que una hora de gloria vale por una existencia entera. Sin embargo,
si queréis, montemos y vayamos a visitar los demás puestos. Sir Richard, aquí
presente, mi tocayo, se mantendrá firme en esta bocacalle, donde hasta los
tobillos se han hundido en sangre caliente. Podemos confiar en él. Pero fijaos,
sir Richard, que todavía no habéis terminado. Aún falta lo peor. No os durmáis.
Fue derecho hacia Shelton, mirándole fijamente a los ojos y
cogiéndole una mano con las dos suyas le dio tan fuerte apretón que milagro fue
que no brotara de ella sangre.
Ante aquellos ojos, sintió Dick que el valor le faltaba. La
loca excitación, la bravura y la crueldad que leyó en ellos le llenaron de
espanto al pensar en el futuro. Valeroso era, en verdad, el ánimo de aquel
joven duque que cabalgaba en primera línea en la batalla; pero después de la
guerra, en tiempo de paz y en el círculo de sus amigos de confianza era de
temer que aquel espíritu continuase dando frutos de muerte.
3
La batalla de Shoreby
(conclusión)
Abandonado Dick una vez más a sus propias iniciativas, comenzó
a mirar en torno suyo. Las descargas de flechas habían ido perdiendo algo de su
intensidad. El enemigo retrocedía por todos lados y la mayor parte de la plaza
del mercado se hallaba vacía; la pisoteada nieve se había convertido en fango
de color anaranjado, todo él salpicado de cuajada sangre y lleno de hombres y
caballos muertos erizados de emplumadas flechas.
En su propio bando las pérdidas habían sido terribles. En la
bocacalle y en las ruinas de la barricada se amontonaban los muertos y los
moribundos, y de los cien hombres con que empezara la batalla no quedaban ni
setenta que pudieran seguir peleando.
Al mismo tiempo iba transcurriendo el día. Era de esperar que
los primeros refuerzos llegaran de un momento a otro, y los de Lancaster,
desanimados ya por el resultado de su desesperada pero infructuosa carga, se
hallaban de mal temple para hacer frente a un nuevo invasor.
En la pared de una de las dos casas de la bocacalle un reloj de
sol señalaba las diez en aquella mañana de pálido sol de invierno.
Dick se volvió hacia el hombre que tenía al lado, un arquerillo insignificante,
que estaba entonces vendándose una leve herida en un brazo.
-Bien hemos peleado -dijo-, y a fe que no han de repetir la
carga.
-Señor -exclamó el arquerillo-, habéis luchado perfectamente por
York y por vos mismo. Jamás hombre alguno logró en tan breve espacio conquistar
el afecto del duque. Es asombroso que haya confiado semejante puesto a quien
no conocía. Pero ¡cuidado, sir Richard, os jugáis la cabeza! Si sois
vencido... si retrocedéis un solo paso... el hacha o la cuerda cuidarán de
castigaros, y francamente os diré que aquí me han puesto para que, si hacéis
algo sospechoso, os apuñale por la espalda.
Miró Dick estupefacto al hombrecillo.
-¡Tú! -exclamó-. ¡Y por la espalda!
-Así es -repuso el arquero- y como la misión no me gusta, os lo
digo. Habéis de manteneros en el puesto, sir Richard, si no queréis perder la
vida. ¡Ah! Nuestro Crookback es una espada valiente y buen guerrero; pero sea
a sangre fría o caliente, quiere que las cosas se hagan tal como él las manda.
Si alguien no cumple o es un obstáculo, es hombre muerto.
-Pero ¡por todos los santos del cielo! –exclamó Richard-. ¿Es
cierto eso? ¿Y siguen los hombres a semejante jefe?
-Le siguen, y de muy buena gana -replicó el arquero-, porque si
es severo en el castigo, bien generoso es en la recompensa. Y si no escatima la
sangre y el sudor de los demás, también es siempre pródigo de los suyos: en
todo tiempo el primero en el campo de batalla y el último en dormir. ¡Ese
jorobado, Dick de Gloucester, llegará muy lejos!
Si bravo v vigilante fue antes el joven caballero, con tanto
mayor motivo se inclinaba ahora a estar ojo avizor y a demostrar su valentía.
Comenzaba a percibir que el repentino favor de que gozaba traía consigo serios
peligros. Volvió la espalda al arquero y una vez más escudriñó ansiosamente el
mercado. Seguía tan vacío como antes.
-No me gusta esta quietud -observó-. Sin duda nos preparan una
sorpresa.
Como si respondieran a su observación, los arqueros enemigos
comenzaron de nuevo a avanzar contra la barricada y las flechas cayeron en
espesa lluvia.
Mas en el ataque se advertía cierta vacilación. No era el avance
completamente franco; más bien parecían esperar una nueva señal.
Miró Dick a todos lados con cierta zozobra, por si descubría
algún peligro oculto. En efecto, casi hacia la mitad de la calle se abrió de
pronto una puerta desde el interior y durante unos segundos continuó la casa vomitando,
por puertas y ventanas, un torrente de arqueros de Lancaster. Éstos formaron
inmediatamente en filas, tensaron sus arcos y comenzaron a disparar sus flechas
sobre la retaguardia de Dick.
Al mismo tiempo redoblaron sus tiros los que atacaban desde el
mercado y empezaron a cerrar resueltamente contra la barricada.
Dick mandó salir de las casas a sus fuerzas, y haciendo frente
por ambos lados y enardeciendo a los suyos con el ejemplo y la palabra, les
devolvió como pudo doble lluvia de flechas de las que habían caído sobre su
puesto.
Una tras otra se iban abriendo las casas de la calle y seguían
saliendo de ella los de Lancaster por puertas y ventanas, dando gritos de
¡victoria!, hasta que el número de enemigos que cayó sobre la retaguardia de
Dick era casi igual al de la vanguardia.
Era evidente que no podría mantenerse firme en el puesto por más
tiempo, y, lo que era peor, aunque hubiera podido sostenerse habría sido
inútil, pues todo el ejército de yorkistas hallábase en tal situación de impotencia
que estaba abocado a sufrir un completo desastre.
Los hombres que tenía tras de sí formaban el elemento vital en
toda la general defensa, y contra ellos cargó Dick, marchando a la cabeza de
sus tropas. Tan vigoroso fue el ataque que los arqueros de Lancaster perdieron
terreno, vacilaron y al fin, rompiendo filas, comenzaron a volver en grupos
hacia las casas de donde tan jactanciosamente acababan de salir.
Entretanto las fuerzas que procedían del mercado se habían
apiñado sobre la indefensa barricada, y cayeron ardorosamente sobre el otro
lado, por lo cual Dick se vio de nuevo obligado a hacerles frente una vez más,
forzándoles a retroceder. Una vez más triunfó el decidido espíritu de sus
hombres, desalojando la calle denodadamente; pero al instante salían de nuevo
los otros de las casas y los cogían por retaguardia por tercera vez.
Comenzaban los yorkistas a dispersarse; numerosas veces se halló
Dick solo, rodeado de enemigos, blandiendo su reluciente espada para salvar la
vida, y aun diversas veces advirtió que había sido herido. Y entretanto,
fluctuaba la lucha en la calle, sin resultado definido.
De pronto percibió Dick un gran trompeteo en las afueras de la
ciudad. El grito de guerra de los de York comenzó a elevarse hasta los cielos,
como si numerosas y triunfantes voces lo repitieran. Y al propio tiempo las
tropas que tenía delante empezaron a ceder terreno rápidamente y a abandonar
la calle y retroceder hacia el mercado. Alguien dio la voz de huida. Sonaban
alocadamente las trompetas, unas ordenando un repliegue, otras una carga. Era
evidente, acababa de darse un gran golpe, y los de Lancaster se hallaban, al
menos por el momento, en completo desorden y presos de cierto pánico.
En aquel punto, como ardid teatral, comenzó a desarrollarse el
último acto de la batalla de Shoreby.
Los hombres que se hallaban frente a Richard volvieron la
espalda, como perro al que se le ordena que vuelva a casa, y huyeron con la
rapidez del viento. En ese mismo instante, atravesando el mercado, llegó un
verdadero torbellino de jinetes, huyendo unos y persiguiéndolos otros,
teniendo que volverse los de Lancaster para defenderse con la espada, mientras
los yorkistas los derribaban a punta de lanza.
Muy visible en medio de la refriega, divisó Dick a Crookback.
Estaba dando anticipada prueba de aquel furioso brío y destreza para abrirse
paso entre las filas guerreras que años después había de demostrar plenamente
en el campo de batalla de Rosworth, cuando ya estaba manchado con la sangre de
sus crímenes, y que casi bastó para cambiar aquel día la suerte y los destinos
del trono de Inglaterra. Esquivando, golpeando, derribando, de tal modo
dominaba y hacía maniobrar a su vigoroso caballo, tan eficazmente se defendía y
tan pródigamente sembraba la muerte entre sus adversarios, que se hallaba ya
muy por delante de los primeros de sus caballeros, abriéndose paso con el azote
de su sangrienta espada hacia donde lord Risingham rehacía y acaudillaba a los
más bravos.
Un momento más y habíanse encontrado frente a frente el alto,
magnífico y renombrado guerrero y el deforme y enfermizo muchacho.
No dudó Dick del resultado. Y cuando, un instante después,
quedó al descubierto por un momento la pelea, la figura del conde había
desaparecido.
Mas todavía en la primera línea de peligro arremetía Richard
Crookback con su recio caballo y blandiendo su espada.
De este modo, por el valor demostrado por Dick al defender la
bocacalle en el primer ataque, y por la oportuna llegada de los setecientos
hombres de refuerzo, el muchacho que había de pasar a la posteridad con execrable
reputación bajo el nombre de Ricardo III, acababa de ganar su primera batalla
importante.
4
El saqueo de Shoreby
Ni un solo enemigo quedó a su alcance, y al mirar Dick
tristemente en torno suyo, contemplando los restos de su intrépida fuerza,
pensó a costa de cuántas vidas se había obtenido la victoria. Él mismo,
desaparecido ya el peligro, se sentía tan dolorido y maltrecho, tan magullado
y herido, y, sobre todo, tan acabado y exhausto por su desesperada e incesante
acción en la lucha, que se hallaba incapaz de cualquier nuevo esfuerzo.
Pero no había llegado aún la hora del descanso.
Tomada Shoreby por asalto, aunque fuera ciudad abierta y no
pudiese en modo alguno hacérsela responsable de la resistencia, era evidente
que aquellos rudos combatientes no habrían de serlo menos ahora que la lucha
había terminado y que habría de ponerse en ejecución la parte más horrible de
la guerra.
No era Richard de Gloucester de aquellos capitanes que protegen
a los ciudadanos de la enfurecida soldadesca, y hasta en caso de suponer que
quisiera hacerlo, cabría preguntar si hubiera podido lograrlo.
Por consiguiente, correspondía a Dick buscar y proteger a
Joanna, y con tal fin miró en torno suyo, escudriñando el rostro de sus
hombres. Separó a los tres o cuatro que parecía más probable que fueran
obedientes y no se embriagaran, y prometiéndoles una crecida recompensa y una
recomendación especial al duque, los condujo a través del mercado, libre ya de
jinetes, por las calles del extremo opuesto.
A cada paso se encontraban aún, en medio del arroyo, pequeños
grupos de combatientes, que oscilaban entre dos y una docena de hombres; y aquí
y allá, desde una casa sitiada, los defensores arrojaban bancos y mesas sobre
sus asaltantes. Aparecía la nieve sembrada de armas y de cadáveres; pero a
excepción de estos combates parciales, las calles estaban desiertas y las
casas, abiertas unas y cerradas y atrincheradas otras, habían dejado ya, en su
mayor parte, de lanzar humo.
Sorteando Dick esas escaramuzas, condujo rapidamente a sus
seguidores en dirección a la iglesia de la abadía; pero al desembocar en la
calle principal un grito de horror brotó de sus labios.
La soberbia mansión de sir Daniel había sido tomada por asalto.
Las puertas, convertidas en astillas, pendían de sus goznes, y una doble turba
de soldados entraba y salía continuamente en busca de botín o llevándoselo ya.
En los pisos altos se ofrecía aún alguna resistencia a los saqueadores, porque
precisamente al llegar a la vista del edificio Dick, hacían saltar una ventana
desde dentro, y un pobre desgraciado que vestía librea morada y azul, gritando
y resistiéndose, fue sacado por la abertura y arrojado a la calle.
Asaltaron a Dick los mas angustiosos temores. Echó a correr como
un poseso, se abrió paso hacia la casa entre los que se hallaban más
adelantados, y subió sin detenerse al cuarto del tercer piso, donde se había
separado de Joanna. Aquello era una verdadera ruina: los muebles habían sido
derribados, rotos y abiertos los armarios, y en uno de los lados un trozo de
tapiz, pendiente aún de la pared, se quemaba lentamente entre los tizones de
la chimenea.
Casi inconsciente de lo que hacía, apagó Dick con los pies el
incipiente incendio y se quedó luego mirando perplejo. Sir Daniel, sir Oliver,
Joanna, todos se habían ido; pero ¿quién podría decir si perecieron en la
derrota o escaparon a salvo de Shoreby?
Cogió por el tabardo a un arquero que pasaba.
-Amigo -le preguntó-, ¿estabas aquí cuando asaltaron la casa?
-Soltad -dijo el arquero-. ¡Mala peste! Soltad, si no queréis
que os pegue.
-Oye -repuso Richard-, a eso seremos dos. Párate y contesta
claro.
Pero el hombre, roja la cara por la bebida y el ardor de la
pelea, dio un golpe a Dick en un hombro con una mano, mientras con la otra daba
un fuerte tirón para hacer soltar su ropa.
Perdió entonces la cabeza Dick, se enfureció y cogiendo al
sujeto en estrecho abrazo, lo estrujó contra las placas de la malla que cubría
su pecho como si fuera un niño, y luego, manteniéndolo sujeto y estirado el
brazo, le ordenó que hablara si en algo estimaba su vida.
-¡Perdón! -imploró el arquero perdido casi el aliento-. Si
hubiera sabido que tan irritado estabais, hubiese tenido buen cuidado de no
tropezar con vos. Sí, estaba aquí.
-¿Conoces a sir Daniel? -continuó Dick.
-Y bien que lo conozco.
-¿Estaba él en la casa?
-Sí, señor, estaba. Pero cuando nosotros entramos por la puerta
del patio se escapó por el jardín.
-¿Solo? -gritó Dick.
-Llevaría con él unos veinte lanceros.
-¡Lanceros! Entonces, ¿no iban con él mujeres?
-La verdad es que no lo vi. Pero en la casa no había ninguna,
si es esto lo que deseáis saber.
-Gracias -dijo Dick-. Toma una moneda por la molestia-. Mas al
rebuscar en su escarcela, Dick no halló nada-. Pregunta por mí mañana -añadió-.
Richard Shel..., sir Richard Shelton -corrigió-, y ya cuidaré de recompensarte
generosamente.
Entonces se le ocurrió una idea a Dick. Descendió
apresuradamente al patio, corrió con todas sus fuerzas, cruzando el jardín, y
llegó a la gran puerta de la iglesia.
Estaba abierta de par en par. En el interior, todos los rincones
se hallaban atestados de fugitivos vecinos, con sus familias y cargados con sus
preciados bienes, mientras en el altar mayor, sacerdotes revestidos de las
sagradas vestiduras imploraban la misericordia divina. En el momento en que
Dick entraba, las fuertes voces del coro retumbaban bajo las bóvedas.
Pasó apresuradamente entre los grupos de refugiados y llegó a
la puerta de la escalera que conducía al campanario. Allí un alto clérigo le
cerró el paso.
-¿Adónde vais, hijo mío? -le preguntó severamente.
-Padre -contestó Dick-, vengo para cumplir una orden urgente. No
me detengáis. Estoy al mando de las fuerzas de milord de Gloucester.
-¿De milord de Gloucester? -repitió el sacerdote-. ¿Tan mal ha
ido, pues, la batalla?
-La batalla, padre, ha terminado. Lancaster ha sido derrotado
por completo y milord de Risingham, ¡Dios le tenga en paz!, ha quedado en el
campo. Y ahora, con í vuestra venia, voy a continuar mi comisión.
Y apartando a un lado al sacerdote, a quien aquellas noticias
parecieron dejar estupefacto, empujó Dick la puerta, subió de cuatro en cuatro
los peldaños de la escalera, sin detenerse a descansar y sin tropiezo, hasta
que puso el pie en la especie de plataforma en que terminaba.
La torre de la iglesia de Shoreby no sólo dominaba la ciudad,
que se extendía a sus pies como un mapa, sino que desde ella se veía una gran
extensión de tierra y mar. Era casi mediodía; aparecía el cielo muy claro y
alegre y la nieve tan brillante que deslumbraba. Y Dick, al mirar en derredor
suyo, pudo darse cuenta de las consecuencias de la batalla.
Un confuso y tumultuoso vocerío subía de las calles, y de
cuando en cuando, aunque muy raramente, el chocar de los aceros. Ni un barco,
ni un simple bote, quedaba en el puerto; pero se veía el mar salpicado de velas
y lanchas cargadas de fugitivos. También en tierra la llana superficie de las
nevadas praderas la cortaban pelotones de hombres a caballo; unos, abriéndose
paso hacia los bosques; otros, sin duda yorkistas, interponiéndose
vigorosamente y obligándoles a regresar a la ciudad. Por todo el terreno
descubierto yacía una prodigiosa cantidad de hombres y caballos, destacándose
claramente sobre la nieve.
Para completar el cuadro, aquellos soldados de infantería que
no habían hallado sitio en un barco continuaban aún un combate de arqueros en
las cercanías del puerto, desde el abrigo de las tabernas de la playa. También
en aquel barrio habían sido incendiadas un par de casas, y grandes masas de
humo remontábanse a la pálida luz del cielo, para ir después volando en
voluminosos pliegues hacia el mar.
Casi junto a los linderos del bosque, y en dirección a Holywood,
un singular grupo de jinetes que huían llamó la atención del joven vigía de la
torre. Era bastante numeroso; en ninguna otra parte de la campiña se veía
juntos a tantos de los de Lancaster; además, habían dejado tan ancha y
descolorida huella sobre la nieve que Dick pudo seguir paso a paso su rastro,
desde que abandonaran la ciudad.
Mientras Dick estaba contemplándolos, ganaron sin que nadie les
saliese al paso las primeras márgenes de la deshojada floresta y, desviándose
un poco de la dirección que llevaban, dio el sol de lleno, por un momento,
sobre el grupo, destacándose contra el oscuro fondo del bosque.
-¡Morado y azul! -exclamó Dick-. ¡Lo juraría! ¡Morado y azul!
Un instante después bajaba la escalera.
Le interesaba ahora buscar al duque de Gloucester, único que, en
medio del desorden en que se hallaban las fuerzas, podía suministrarle número
suficiente de hombres. La lucha, en el corazón de la ciudad, podía darse por
terminada; y al ir de un sitio a otro Dick buscando a su jefe, pudo ver las
calles llenas de soldados cargados con más botín del que podían llevar o que
vagaban ebrios y vociferantes.
Ninguno de ellos, al ser interrogado, tenía la menor noción del
paradero del duque, y al fin fue una verdadera suerte que Dick pudiera dar con
él. Estaba a caballo dirigiendo las operaciones para desalojar a los arqueros
de su refugio junto al puerto.
-Bienvenido seáis, sir Richard Shelton -le dijo-. Os debo algo a
lo que yo concedo escaso valor: la vida, y algo más que nunca podré pagaros:
esta victoria. Catesby: si yo tuviera diez capitanes como sir Richard,
marcharía ahora mismo y en línea recta sobre Londres. Pero ahora, caballero,
pedid vuestra recompensa.
-Sin reserva, milord -dijo Dick-; sin reserva y en voz alta.
Alguien de quien tengo yo recibidos agravios ha huido llevándose consigo a
quien debo amor y servidumbre. Dadme, pues, cincuenta lanzas para salir en su
persecución, y con esto quedará vuestra excelencia relevado de cualquier favor
que quisierais concederme.
-¿Cómo se llama ese hombre? -preguntó el duque. -Sir Daniel
Brackley -contestó Dick.
-¡Duro con ese traidor! -gritó el duque-. No es esto ninguna
recompensa, sir Richard, sino nuevo servicio que me ofrecéis, y si me traéis
su cabeza, echaréis una deuda más sobre mi conciencia. Catesby, dale esas
lanzas, y vos, caballero, id pensando entretanto qué placer, honor o provecho
me tocará daros.
En aquel preciso instante los escaramuzadores yorkistas
conquistaban una de las tabernas de la playa, rodeándola por tres lados y
ahuyentando o apresando a sus defensores. Richard Crookback se dignó aplaudir
la hazaña, y adelantando un poco más su caballo pidió ver a los prisioneros.
Eran éstos cuatro o cinco; entre ellos dos hombres de lord
Shoreby y uno de lord Risingham, y el último, pero no menos importante a los
ojos de Dick, un viejo lobo de mar, alto, de pesado andar, de pelo gris, un
poco bebido y con un perro gimoteando y saltando junto a él.
El joven duque los examinó por un momento con aire severo.
-Bien -dijo-. Ahorcadlos.
Y volvióse del otro lado para ir siguiendo los progresos de la
lucha.
-Milord -exclamó Dick-, si ello os place, ya encontré mi
recompensa. Concededme la vida y la libertad de ese viejo marino.
Volvióse Gloucester y miró en el rostro a su interlocutor.
-Sir Richard -dijo-, yo no hago la guerra con plumas de payo
real, sino con flechas de acero. A los que son mis enemigos, los mato, sin
excusa ni favor. Porque, reflexionad: tan roto en pedazos está hoy este reino
de Inglaterra, que no hay un solo hombre de los míos que no tenga un hermano o
un amigo en las filas del otro partido. Si empezara a otorgar estos perdones,
más valiera que envainara mi espada.
-Es posible, milord; sin embargo, he de cometer la temeridad,
con riesgo de incurrir en vuestro disgusto, de recordaros la promesa que
vuestra excelencia me hizo.
Se agolpó la sangre en la cara de Richard de Gloucester.
-Fijaos bien -dijo con acritud-, no me gusta la misericordia ni
los que la piden. Hoy habéis echado los cimientos de una gran fortuna. Si me
oponéis mi palabra, que he empeñado, habré de ceder. Pero ¡por el cielo! que
aquí morirá vuestro favor.
-Yo soy quien lo pierde -contestó Dick.
-Entregadle ese marino -ordenó el duque.
Y dando media vuelta al caballo, volvió la espalda al joven
Shelton.
No se sentía Dick ni contento ni apesadumbrado. Conocía ya lo
bastante al duque para no poner grandes ilusiones en su afecto, y el origen y
desarrollo de su valimiento habían sido demasiado débiles y rápidos para
inspirar mucha confianza. Sólo una cosa temía: que el ? vengativo caudillo
revocara la orden de suministrarle las cincuenta lanzas. Pero en esto no hacía
justicia al honor de Gloucester, tal como él lo entendía, ni sobretodo a su
decisión. Desde el momento en que juzgó a Dick como el más indicado para
perseguir a sir Daniel, no era él hombre que cambiase de opinión, y pronto lo
demos- 3 tró gritándole a Catesby que fuese diligente, pues el paladín
esperaba.
Entretanto se volvió Dick hacia el viejo marino, que con igual
indiferencia parecía haber recibido su condena que el perdón.
-Arblaster -díjole-, mucho mal te he causado; pero ahora ¡por la
cruz! creo haber saldado mis deudas para contigo.
Pero el viejo patrón no hizo más que mirarle tristemente y
guardó silencio.
-Vamos -continuó Dick-. Una vida es una vida, viejo pícaro, y
vale más que todos los barcos y todas las bebidas del mundo. Di que me
perdonas, porque si tu vida nada vale para ti, me ha costado a mí el renunciar
a los comienzos de mi fortuna. Ven acá; bastante caro lo he pagado, no seas
ruin.
-Si yo hubiera tenido mi barco -repuso Arblaster-, estaría ahora
navegando, sano y salvo, en alta mar... y conmigo mi criado Tom. Pero tú me
robaste mi barco, compadre, y has hecho de mí un mendigo, y marinero con un
sayo lo ha matado. «¡Mala peste!», Tom, un bribón y ya no volvió a hablar. «¡Mala peste!»,
fueron sus últimas palabras, y entregó su pobre alma. Ya no volverá a navegar
mi pobre Tom.
Dick se sintió embargado por un remordimiento y piedad inútiles;
intentó cogerle la mano al patrón, pero Arblaster evitó su contacto.
-No -dijo-. Déjame. Ya me has hecho bastante daño; conténtate
con eso.
La voz se le anudó en la garganta a Dick y en ella se le
quedaron las palabras. A través de las lágrimas vio alejarse al pobre viejo,
mareado por la bebida y abatido por el dolor, tambaleándose, con la cabeza baja
y cruzando la nieve, mientras el perro, que pasara inadvertido, le seguía
gimiendo; y por primera vez comenzó a comprender la terrible partida que
jugamos en la vida, y cómo, una vez hecha una cosa, no pueden ya cambiarla
contrición ni pena alguna.
Pero no tenía tiempo que perder en vanas pesadumbres. Catesby
había reunido a los jinetes y, dirigiéndose hacia Dick, descabalgó y le
ofreció su propio caballo.
-Esta mañana -le dijo- estaba yo algo celoso de vuestro
valimiento con el duque; pero corto ha sido su crecimiento, y ahora, sir
Richard, de muy buena gana os ofrezco este caballo... para que os marchéis.
-Un momento más tendréis que soportarme -replicó Dick-. Este
valimiento mío... ¿en qué se fundaba?
-En vuestro nombre -contestó Catesby-. Es la gran superstición
de mi señor. Si yo me llamara Richard, mañana sería conde.
-Bien, caballero, gracias -le contestó Dick-. Y como no es nada
probable que esta gran fortuna haya de seguirme, os diré adiós. No he de
pretender que me desagradara verme en el camino de la suerte; pero tampoco he
de pretender estar desconsolado por haberme alejado de él. Grandes cosas son,
indudablemente, el poder y las riquezas; pero os diré una cosa al oído: ese
duque vuestro es un muchacho muy de temer.
Catesby se echó a reír.
-Verdad es -dijo- que el que quiera cabalgar con Richard
Crookback, ha de correr de firme. Bien, ¡que Dios nos guarde de todo mal!
¡Buena suerte!
Dick se puso al frente de sus hombres y, dando la voz de mando,
emprendió la marcha.
Cruzó en línea recta la ciudad, siguiendo la que suponía era la
ruta de sir Daniel y mirando a todos lados en busca de algunas señales que le
demostraran que estaba en lo cierto.
Las calles estaban sembradas de muertos y heridos, cuya suerte,
en la terrible helada, movía aún más a lástima y compasión. Pandillas de
vencedores iban de casa en casa, robando y matando, y a veces cantando a coro
mientras marchaban.
De diferentes barrios llegaba a los oídos de Shelton los rumores
de violencias y ultrajes; ora el golpear de los martillos de herrero sobre
alguna puerta atrincherada; ora los desgarradores chillidos de las mujeres.
El corazón de Dick acababa de despertar. Acababa de ver las
crueles consecuencias de su propia conducta y la idea del cúmulo de dolores y
miserias que se cernían sobre Shoreby entera le llenaba de desesperación.
Llegó, al fin, a las afueras; allí vio recta ante él la misma
huella, amplia y trillada sobre la nieve, que antes observara desde lo alto de
la iglesia. Avivó la marcha; sin embargo, mientras cabalgaba miraba con
escudriñadores ojos los caídos hombres y caballos que yacían a los lados de
aquel rastro. Se consolaba al ver que muchos de éstos llevaban los colores de
sir Daniel, y hasta reconoció las caras de algunos que estaban tendidos de
espaldas.
Era evidente que, casi a la mitad de la distancia entre la
ciudad y el bosque, aquellos a quien él perseguía habían sido atacados por los
arqueros, porque los esparcidos cadáveres yacían muy cerca uno de otro, y cada
uno de ellos atravesado por una flecha.
Y allí vio Dick, entre los restos, el cuerpo de un jovenzuelo
cuyo rostro le era muy familiar.
Mandó parar su tropa, desmontó y levantó la cabeza del
muchacho. Al hacerlo, cayó hacia atrás la capucha y apareció una abundante
cabellera de color castaño. Al mismo tiempo se abrieron los ojos.
-¡Ah! ¡Cazador de leones! -exclamó una débil vocecilla-. Ella va
más adelante. ¡Corre... corre a galope tendido!
Y la pobre damisela cayó de nuevo desvanecida.
Uno de los soldados de Dick llevaba un frasco de cierto fuerte
cordial y con éste logró el joven que la muchacha recobrase el conocimiento.
Entonces montó a la amiga de Joanna sobre su arzón, y de nuevo emprendió la
marcha hacia el bosque.
-¿Por qué me lleváis? -preguntó la joven-. Con ello no hacéis
sino retrasar el paso.
-No, señora Risingham -repuso Dick-. Shoreby está lleno de
sangre, borracheras y tumultos. Aquí estáis a salvo; alegraos.
-No quiero deber ningún favor a nadie de vuestra facción
-gritó-. Bajadme.
-Señora, no sabéis lo que decís -replicó Dick-. Estáis herida...
-No lo estoy -repuso ella-. Fue a mi caballo al que mataron.
-No importa en lo más mínimo -respondió Richard-. Os halláis en
medio de la nieve y rodeada de enemigos. Queráis o no, os llevo conmigo. Y me
alegro de que se me presente esta ocasión, porque así pagaré parte de la deuda
que tengo con vos.
Guardó ella silencio durante breve rato. Luego, de pronto,
preguntó:
-¿Y mi tío?
-¿Milord de Risingham? -contestó Dick-. Quisiera poder daros
buenas noticias, señora; pero no tengo ninguna. Una vez le vi en la batalla,
sólo una vez. Esperemos que nada malo le haya ocurrido.
5
Noche en el bosque: Alicia Risingham
Era casi seguro que sir Daniel se había encaminado hacia el
Castillo del Foso; pero teniendo en cuenta la abundancia de la nieve, lo
avanzado de la hora y la necesidad en que se veía de huir de los pocos caminos
existentes y marchar a través del bosque, era igualmente cierto que no podría
llegar allí antes de la mañana.
Dos caminos se ofrecían a Dick: continuar siguiendo el rastro
al caballero y, a ser posible, caer sobre él aquella misma noche, o seguir otro
camino y procurar colocarse entre sir Daniel y el lugar de su destino.
Los dos planes presentaban serios inconvenientes, y Dick, que
temía exponer a Joanna a los azares de una lucha, todavía no se había decidido
por ninguno de los dos cuando llegó a los linderos del bosque.
En este lugar, sir Daniel había torcido un poco hacia la
izquierda, penetrando en línea recta en un bosquecillo de elevados árboles. Su
gente había formado en un frente más estrecho, para poder pasar entre los
troncos, y el rastro quedó en proporción impreso más profundamente en la
nieve.
Lo siguió con la vista, bajo los arcos de los desnudos robles,
recto y formando una angosta faja. Sobre él se alzaban los árboles con sus
nudosas articulaciones y el elevado y frondoso boscaje de las ramas; no se oía
ni el menor rumor producido por hombres o animales... ni siquiera el
revolotear de un petirrojo; y sobre aquel campo de nieve caía dorado el sol de
invierno entre el tejido de sombras.
-¿Qué te parece que sería mejor? -preguntó Dick a uno de sus
hombres-. ¿Seguir en línea recta o cortar de través hacia Tunstall?
-Sir Richard -contestó el hombre de armas-, yo seguiría la línea
recta hasta que veamos que se han dispersado.
-Sin duda tienes razón -dijo Dick-; pero salimos
precipitadamente a esta aventura porque no había tiempo que perder. Aquí no
hay casas, comida ni abrigo, y cuando apunte el alba vamos a saber lo que es
tener helados los dedos y el estómago vacío. ¿Qué decís a esto, muchachos?
¿Estáis dispuestos a padecer un poco por el buen resultado de la expedición o volvemos
hacia Holywood y cenamos en el seno de Nuestra Madre la Iglesia? El caso es
algo dudoso y no quiero obligar a nadie; pero si estáis prontos a dejaros guiar
por mí, yo escogería lo primero.
Casi a una voz contestaron unánimemente los hombres que
seguirían a sir Richard adonde quisiera.
Y Dick, picando espuelas al caballo, siguió hacia adelante.
Por lo muy pisoteada y apretada que estaba la nieve del rastro,
tenían los perseguidores gran ventaja sobre los perseguidos. Avanzaban, en
efecto, a trote largo, batiendo alternativamente sobre el sordo pavimento de
nieve doscientos cascos, y el chocar de las armas y el .: resoplido de los
caballos resonaban con clamor de guerra en el abovedado y silencioso bosque.
Luego, el ancho rastro que dejaban los perseguidos salió al
camino real de Holywood; se perdió allí un momento, y cuando de nuevo
reapareció sobre la nieve no hollada, del otro lado, Dick vio con sorpresa,
que era ya más estrecho y que estaba menos apisonado. Sin duda, aprovechándose
del camino, sir Daniel había empezado a diseminar sus fuerzas.
En todo caso, puesto que lo mismo era tomar una dirección que
otra, continuó Dick su persecución por la recta huella, la que después de una
hora de marcha le llevó a lo más profundo e intrincado del bosque; allí se dividía
de pronto, como bomba que estalla, en dos docenas de rastros que seguían las
más opuestas direcciones.
Tiró de la brida Dick, perdida ya toda esperanza. El corto día
de invierno tocaba a su término; el sol, opaca y roja naranja, sin un solo
rayo, flotaba muy bajo entre la espesura de desnudos matorrales; las sombras se
prolongaban a la distancia de una milla sobre la nieve; la helada mordía
cruelmente en las puntas de los dedos, y el aliento y el vapor de los caballos
se elevaban, formando nubes.
-Bien nos han ganado en astucia -confesó Dick-. Después de todo,
tendremos que marchar a Holywood. Todavía está más cerca que Tunstall... o, al
menos, así lo parece por la posición del sol.
Torcieron, pues, hacia la izquierda, volviendo la espalda al
rojo broquel del sol y dirigiéndose a campo traviesa hacia la abadía. Pero las
cosas habían cambiado para ellos: no podían ya marchar a buen paso por un
sendero apisonado antes por los caballos de sus enemigos, ni aquel camino les
conducía a una meta. Tenían que labrar su paso lentamente a través del
obstáculo de la nieve, parándose continuamente para decidir el rumbo y
hundiéndose a cada momento en los blancos montones. Pronto el sol les abandonó;
se desvaneció el resplandor de occidente y al rato vagaban, a la aventura,
entre las negras sombras, bajo las pálidas estrellas.
Pronto, sin embargo, alumbraría la luna la cima de las montañas
y podrían reemprender la marcha. Mas, entretanto, todo paso dado al azar podría
alejarles de su ruta. No podían hacer nada más que acampar y esperar.
Se colocaron centinelas; se limpió de nieve un trozo de
terreno, y tras varios intentos ardió en el centro una buena hoguera. Los
hombres de armas se sentaron en torno al selvático hogar, repartiéndose las
provisiones que llevaban y pasándose la botella de uno a otro, y Dick,
escogiendo lo más delicado de aquella tosca y escasa vianda, se lo llevó a la
sobrina de lord Risingham, que estada sentada aparte de la soldadesca,
recostada contra un árbol.
Le servía de asiento la manta de un caballo, se envolvía en
otra y contemplaba atentamente la escena alumbrada por el fuego. Al ofrecerle
Dick el alimento, ella se estremeció, como si despertara de un sueño, y lo
rechazó en silencio.
-Señora -dijo Dick-: permitidme suplicaros que no me castiguéis
tan cruelmente. No sé en qué os he ofendido; verdad es que os he traído
conmigo, pero con amistosa violencia; cierto es que os he expuesto a las
inclemencias de la noche, pero la precipitación con que me veo obligado a
proceder tiene por objeto la protección de quien no es menos débil que vos ni
se halla en menos amparo. Cuando menos, señora, no os castiguéis vos misma y
comed, si no por apetito, para conservar las fuerzas.
-No comeré nada que venga de las manos que mataron a mi tío
-contestó ella.
-¡Señora -exclamó Dick-, por la cruz os juro que mis manos no le
tocaron!
-Juradme que vive todavía -repuso ella.
-No quiero engañaron -contestó Dick-. La compasión misma me
obliga a heriros. En el fondo de mi corazón le creo muerto.
-¡Y me pedís que coma! -gritó ella-. ¡Y os llaman caballero!
Con el asesinato de mi buen tío, os ganasteis la dignidad de caballero. De no
haber sido yo tan necia y traidora a la vez, que os salvé la vida en casa de
vuestro mismo enemigo, seríais vos el que habría muerto, y él... él que valía
por una docena como vos... él estaría vivo.
-No hice más que cumplir con mi deber de hombre, lo mismo que
vuestro tío hizo en el otro partido -replicó Dick-. Si él viviera aún, como
juro al cielo que sería mi deseo, me elogiaría en vez de censurarme.
-Ya me lo dijo sir Daniel -repuso ella-. Os vio en la barricada.
Por vos (dijo) se desplomaba su partido; vos, quien ganó la batalla. Pues bien:
quien mató a mi buen tío lord Risingham fuisteis también vos, tan cierto como
si con vuestras propias manos lo hubierais estrangulado. ¡Y quisierais ahora
que comiera con vos... cuando aún tenéis las manos manchadas con el crimen!
Pero sir Daniel ha jurado vuestra ruina. ¡Él me vengará!
El desgraciado Dick quedó sumido en su aflicción. Volvió a su
mente el recuerdo de Arblaster y dijo con voz que parecía un gemido:
-¿Tan culpable me creéis?... ¿Vos, que me defendisteis
antes;... vos, que sois la amiga de Joanna?
-¿Qué teníais que hacer en la batalla? -replicó ella-. ¡No
pertenecéis a ningún partido; no sois más que un muchacho... sólo piernas y
cuerpo, y sin el gobierno del juicio y la prudencia! ¿Por qué peleabais, pues?
¡Por el gusto de hacer daño, pardiez!
-No exclamó Dick-. No lo sé. Pero tal como marchan las cosas en
este reino de Inglaterra, si un pobre caballero no lucha en un partido,
forzoso es que pelee en el otro. No puede permanecer solo; no sería natural.
-Los que no tienen juicio no debieran desenvainar la espada
-replicó la damisela-. Si peleáis al azar, ¿qué otra cosa sois más que un
matarife? La guerra no es noble más que por la causa que la inspira, y vos la
habéis deshonrado.
-Señora -dijo el infortunado Dick-, ahora veo, en parte, mi
error. He ido demasiado aprisa; he obrado antes de tiempo. A estas horas llevo
robado un barco... creyendo hacer un bien, os lo juro..., y con ello no hice
más que ser la causa de la muerte de muchos inocentes y de la desgracia de un
pobre viejo, cuyo rostro, hoy mismo, me ha apuñalado como una daga. Y en cuanto
a lo de esta mañana, lo único que me propuse fue ganar honra, conquistar fama
para poder casarme... y, ¡ved!, lo que he conseguido es acarrear la muerte de
vuestro querido pariente, que tan bondadoso fue para mí. Y, además de eso,
¡qué sé yo cuántas cosas! Porque, ¡ay de mí!, puedo haber puesto a York en el
trono y ser ésa la peor causa y la desgracia de Inglaterra. ¡Oh, señora! Bien
veo mi pecado. No sirvo yo para la vida del mundo. Como expiación, no bien haya
terminado esta aventura y para evitar peores males, ingresaré en un claustro.
Renunciaré a Joanna y a la profesión de las armas. Seré fraile y rezaré toda
mi vida por el alma de vuestro buen tío.
A Dick le pareció, al llegar a este punto de extrema humillación
y arrepentimiento, que la damisela se había reído.
Levantando el abatido semblante, vio que ella le miraba, a la
luz de la hoguera, con cierta expresión extraña, pero nada adusta.
-Señora -exclamó, creyendo que la risa fue ilusión
de sus oídos, pero esperando todavía, al ver su cambiada ;
expresión, haberle ablandado el corazón-, señora, ¿no estaréis satisfecha con
esto? Renuncio a todo para reparar el mal que llevo hecho; le aseguro la
gloria del cielo a lord Risingham. Y todo esto el mismo día en que he ganado
la dignidad de caballero y en que me consideraba el joven hidalgo más feliz
sobre la tierra.
-¡Oh, chiquillo! -dijo ella-. ¡Buen muchacho!
Y entonces, con gran sorpresa de Dick, enjugándose primero,
tiernamente, las lágrimas que corrían por sus mejillas, y luego, como
obedeciendo a repentino impulso, le echó ambos brazos al cuello, atrajo hacia
sí su cara y le besó. Una lastimosa turbación se apoderó del ingenuo Dick.
-Pero venid -dijo ella con gran animación-; vos que sois el
capitán, tenéis que comer. ¿Por qué no cenáis?
-Querida señora Risingham -replicó Dick, no hacía sino cuidar,
antes que nada, de mi prisionera; pero, a decir verdad, la penitencia que me he
impuesto me hace ya rechazar con desagrado hasta la vista de la comida. Mejor
sería, señora, que ayunara y rezase.
-Llamadme Alicia -dijo ella-. ¿No somos viejos amigos? Y ahora
venid: voy a acompañaros en la comida: bocado por bocado, sorbo por sorbo. De
modo que si no coméis, tampoco yo; pero si lo hacéis de firme, cenaré como un
labriego.
Y poniendo inmediatamente manos a la obra, ella comenzó a
despachar la comida; Dick, que tenía un estómago excelente, le hizo compañía,
al principio con gran repugnancia, pero animándose gradualmente, con más vigor
y apetito, hasta que, al fin, olvidándose de atender a su modelo, reparó con
creces las pérdidas de aquel día de trabajo y excitación.
-Cazador de leones --dijo ella, al fin-, ¿no admiráis a una
doncella vestida con jubón de hombre?
Alta andaba ya por el cielo la luna, y lo único que allí
esperaban era que descansasen los fatigados caballos. A su luz, el contrito
pero bien repleto Richard, observó que ella le miraba con cierta coquetería.
-Señora... -balbució, sorprendido ante el inesperado cambio en
sus maneras.
-No -interrumpió ella-, no hay necesidad de que lo neguéis, ya
me lo dijo Joanna; pero decid, señor cazador de leones, miradme... ¿tan fea
soy? ¡Hablad! Y le miró con dulces ojos.
-En verdad sois algo pequeñita... -comenzó Dick.
Volvió a interrumpirle ella; esta vez con risa sonora que
completó la confusión y la sorpresa del joven.
-¡Pequeñita! -exclamó-. ¡Vaya! Sed tan franco como audaz: soy
una enana o poco menos; pero, a pesar de ello... ¡vamos, decídmelo! A pesar de
todo, pasablemente hermosa de mirar, ¿no es verdad?
-No, señora; extremadamente hermosa -contestó el apurado
caballero, haciendo desesperados esfuerzos por aparecer sereno.
-¿Y creéis que un hombre se daría por muy feliz casándose
conmigo? -prosiguió ella. -¡Oh, señora, por completamente feliz!
-Llamadme Alicia.
-Alicia -repitió sir Richard.
-Pues bien, cazador de leones -continuó ella-, puesto que vos
matasteis a mi tío, y me dejasteis sin amparo en el mundo, me debéis, como
hombre de honor, toda clase de reparaciones, ¿verdad?
-Verdad es, señora -respondió Dick-. Aunque, en el fondo de mi
corazón, no me considero más que parcialmente culpable de la muerte de ese
caballero.
-¿Pretendéis burlarme evadiéndoos? -exclamó ella.
-No, señora, no es eso. Ya os lo he dicho: si me lo mandáis,
hasta me volveré monje -contestó Richard.
-Entonces, en cuanto afecta a vuestro honor, ¿me pertenecéis?
-concluyó ella.
-Por lo que toca a mi honor, señora, supongo... -comenzó a decir
el joven.
-¡Vaya! -interrumpió ella-. Estáis demasiado lleno de argucias.
Como hombre de honor, ¿me pertenecéis hasta que hayáis reparado todo el mal
que habéis hecho?
-Ante el honor, sí.
-Oídme entonces -prosiguió ella-. Creo que haríais un mal
fraile, y puesto que puedo disponer de vos como me plazca, estoy dispuesta a
tomaros por marido. ¡Nada, nada de palabras! -exclamó ella-. Sería
completamente inútil. Pues considerad cuán justo es que vos, que me habéis
privado de hogar, me proporcionéis otro. Y en cuanto a Joanna, creedme, ella
será la primera en alabar el cambio, porque, después de todo, como somos buenas
amigas, ¿qué importa con cuál de las dos os casáis? Nada absolutamente.
-Señora -dijo entonces Dick-, entraré en un claustro, si vos me
lo ordenáis; pero casarme con cualquiera otra persona en este mundo que no sea
Joanna Sedley es lo que no haré nunca, así se empeñen en obligarme toda la
fuerza de los hombres o el capricho de una dama. Perdonadme si con tal claridad
os digo mis sinceros pensamientos, pero ante el sumo atrevimiento de una
doncella, no le queda a un pobre hombre más recurso que mostrarse más atrevido
todavía.
-Dick -repuso ella-, chiquillo bueno, tenéis que darme un beso
por esas palabras que acabáis de pronunciar. No, no temáis, me besaréis en
nombre de Joanna, y cuando estemos juntas, yo le devolveré a ella el beso y le
diré que se lo he robado. Y en cuanto a lo que me debéis, bobito, me parece que
no estabais solo en la gran batalla, y que aunque llegara el jefe del partido
de York a sentarse en el trono, no seríais vos quien lo hubierais sentado en
él. Pero lo que es como hombre bueno, cariñoso y honrado, yo os aseguro que
todo eso lo sois, y si yo fuera capaz de envidiar algo que poseyera Joanna, os
digo que lo que le envidiaría es vuestro amor.
6
Noche en el bosque
(conclusión): Dick y Joanna
Habían ya terminado los caballos su reducido pienso y
descansado de sus fatigas. A la orden de Dick, se apagó con nieve el fuego, y
mientras sus hombres montaban, perezosos, una vez más sobre sus sillas, él,
recordando, algo tarde, una precaución muy propia en la vida de la selva,
escogió un elevado roble y ágilmente se encaramó hasta la horquilla más alta.
Pudo desde allí divisar, a la clara luz de la luna, una gran extensión de
bosque cubierto de nieve. Al sudoeste, proyectándose negros contra el
horizonte, se elevaban aquellos montaraces terrenos cubiertos de brezos donde
Joanna y él se encontraron con la terrorífica aparición del leproso. Y allí,
precisamente, divisó un punto brillante, no mayor que el ojo de una aguja.
Se reprochó entonces su anterior olvido. Si aquello era, como
parecía, el resplandor de una hoguera encendida en el campamento de sir
Daniel, habría visto ya hacía tiempo y se hubiera dirigido a tal sitio; y,
sobre todo, por ningún concepto debiera haber anunciado su proximidad
encendiendo él mismo hoguera alguna. Mas ahora no debía perder un tiempo
precioso. El camino recto para llegar a aquellas alturas tenía unas dos millas
de longitud; pero lo atravesaba una escarpada y honda cañada, que no podían
cruzar hombres a caballo. Para llegar más pronto, le pareció a Dick lo más
práctico abandonar los caballos e intentar la aventura a pie.
Diez hombres quedaron cuidando los caballos; se convinieron
señales con las que se comunicarían en caso de necesidad. Y Dick partió, al
frente de los demás, llevando a su lado a Alicia, que marchaba con resolución.
Los hombres se habían despojado de sus pesadas armaduras y
dejado sus lanzas, marchando animosos sobre la helada nieve a la grata luz de
la luna. El descenso a la cañada, por cuyo fondo pasaba, entre la nieve y el
hielo, una susurrante corriente, se efectuó en silencio y con orden; y una vez
en el lado opuesto, hallándose ya a menos de media milla del sitio donde Dick
había visto el resplandor de la hoguera, hizo alto el grupo para descansar
antes del ataque.
En el vasto silencio del bosque se percibían desde lejos los
menores ruidos, y Alicia, que tenía finísimo el oído, levantó el dedo en señal
de alarma y se inclinó para escuchar. Todos siguieron su ejemplo; pero, aparte
del gemir del obstruido arroyo que acababan de cruzar y de los gruñidos de una
zorra a muchas millas de distancia en medio de la selva, el aguzado oído de
Dick no percibió ni el rumor de un suspiro.
-Sin embargo -murmuró Alicia-, estoy segura de haber oído chocar
de arneses.
-Señora -repuso Dick, que temía más a la damisela que a diez
fornidos guerreros-, no quisiera yo decir que estáis equivocada, pero el ruido
lo mismo podría proceder de cualquiera de los dos campamentos.
-No venía de allá. Venía de la parte oeste -afirmó ella.
-Será lo que sea, y sin duda lo que Dios quiera. No hagamos caso
y avancemos con buen ánimo para darles alcance. ¡Arriba, amigos... ya hemos
descansado bastante!
A medida que avanzaban, aparecía la nieve cada vez más pisoteada
y cubierta de huellas de los cascos de los caballos, y era evidente que se
acercaban al campamento de una considerable fuerza de hombres montados.
Al rato divisaban el humo elevándose por entre los árboles,
coloreado de rojo en su parte inferior y esparciendo brillantes chispas.
Obedeciendo las órdenes de Dick, comenzaron sus hombres a
desplegarse, arrastrándose furtivamente entre la espesura, para rodear por
todos lados el campamento enemigo.
Y colocando a Alicia tras el tronco de un corpulento roble, se
deslizó él mismo en línea recta hacia donde brillaba el fuego.
Al fin, por entre un claro del bosque, su vista abarcó el
escenario del campamento. Habían encendido el fuego sobre un montecillo
cubierto de brezos, rodeado de maleza por tres lados, y estaba, en aquel
momento,. llameando con fuerza y bufando recio. Alrededor se hallaban sentadas
una docena de personas, bien envueltas en abrigos o capotes; pero, por más que
en torno se viera la nieve tan apisonada como si por allí hubiera pasado todo
un regimiento, en vano buscó Dick con la vista un solo caballo. Le asaltó el
terrible presentimiento de que le hubiesen adelantado. Al mismo tiempo reconoció
Dick en un hombre alto, con celada de acero, que se calentaba las manos a la
lumbre, a su antiguo amigo y actualmente benévolo enemigo Bennet Hatch; y en
otras dos personas, sentadas algo más atrás, reconoció también, a pesar de su
masculino disfraz, a Joanna Sedley y a la esposa de sir Daniel.
Bien -pensó-, aunque pierda mis caballos, si consigo recobrar a
mi Joanna, ¿por qué quejarme?
Desde el más lejano extremo del campamento llegó un débil
silbido anunciando que sus hombres se habían reunido y que el cerco era
completo.
Bennet, al oírlo, se puso en pie de un salto; pero antes de que
tuviera tiempo de echar mano a las armas, le gritó Dick:
-Bennet, amigo Bennet, ríndete. No harás más que comprometer
inútilmente vidas humanas si resistes.
-¡Si es master Shelton! ¡Por santa Bárbara! -exclamó Hatch-.
¿Rendirme? ¡Mucho pedís! ¿Con qué fuerzas contáis?
-Te digo, Bennet, que somos muy superiores en número y os
tenemos cercados -insistió Dick-. César y Carlomagno, en un caso así, pedirían
cuartel. Tengo cuarenta hombres, que, a un silbido mío, con una sola descarga
de flechas pueden dar buena cuenta de vosotros.
-Master Dick -dijo Bennet-, lo siento mucho; pero he de cumplir
con mi deber. ¡Que los santos os ayuden!
Y llevándose a los labios una trompetilla, dio el toque de
alarma.
Sucedió un momento de confusión, pues mientras Dick, temiendo
por las damas, vacilaba en dar la orden de disparar, la reducida cuadrilla de
Hatch se lanzó sobre sus arcos y formó un cuadro, como preparándose para una
feroz resistencia.
En la precipitación del cambio de sitio de todos, Joanna saltó
de su asiento y, veloz como una saeta, corrió al lado de su galán.
-¡Aquí, Dick! -gritó, cogiéndole una mano entre las suyas.
Pero Dick continuaba aún indeciso; no estaba todavía avezado a
las más crueles necesidades de la guerra, y la idea del peligro que corría la
anciana lady Brackley
detuvo en sus labios la orden. Sus propios hombres comenzaban a
impacientarse. Algunos le llamaron por su nombre; otros, por propio impulso,
comenzaron a disparar, y a la primera descarga mordió el polvo el pobre Bennet.
Entonces reaccionó Dick.
-¡Adelante! -gritó-. ¡Disparad, muchachos, y manteneos a
cubierto! ¡Inglaterra y York!
En ese instante en el hondo silencio de la noche se elevó de
pronto el sordo machacar de los cascos de caballo sobre la nieve, y con
increíble rapidez fue acercándose y creciendo más y más. Al mismo tiempo
respondían las trompetas, repitiendo una y otra vez, a la llamada de Hatch.
-¡Replegaos, replegaos! -gritó Dick-. ¡Replegaos hacia mí!
¡Replegaos para salvar la vida!
Pero sus hombres, a pie, esparcidos, sorprendidos cuando
contaban ya con un fácil triunfo, en vez de replegarse comenzaron a ceder
terreno separadamente y permanecían vacilantes o se internaban, dispersos,
entre la maleza.
Y cuando llegaron los primeros jinetes, cargando por las
abiertas alamedas y metiendo furiosamente sus corceles por la espesura, algunos
rezagados fueron abatidos o alanceados; la mayor parte de los que estaban al
mando de Dick habían desaparecido al solo rumor de su llegada.
Dick se quedó inmóvil un momento, reconociendo los frutos de su
precipitado e imprudente valor. Sir Daniel había visto la hoguera encendida por
sus enemigos y se había alejado con la mayor parte de sus fuerzas, para atacar
a sus perseguidores o para cogerlos por retaguardia, si se aventuraban a dar
el asalto. Se había conducido como sagaz capitán, mientras que la conducta de
Dick era la de un chiquillo vehemente e inexperto. Y así se hallaba él ahora,
con su amada, es cierto, estrechándole fuertemente la mano, pero por lo demás,
solo, dispersos sus hombres y caballos en medio de la noche en la inmensidad
del bosque, como puñado de alfileres en un pajar.
-¡Que los santos me iluminen! -pensó-. ¡Suerte que me armaron
caballero por lo de esta mañana, porque lo de ahora me honra poco!
Sin soltar a Joanna, echó a correr.
Rompían el silencio de la noche los gritos de los hombres de
Tunstall, galopando de un lado a otro, dando caza a los fugitivos. Audazmente
Dick se metió por entre la maleza, corriendo en línea recta con la rapidez de
un gamo.
LA claridad de plata de la luna sobre la nieve aumentaba por
contraste la oscuridad de los matorrales, y la extremada dispersión de los
vencidos llevaba a los perseguidores por los más divergentes senderos. De aquí
que, al poco rato, pudieran pararse Dick y Joanna en un lugar donde quedaban
completamente ocultos, y oyeran los rumores de la persecución extendiéndose en
todas direcciones, pero desvaneciéndose a la distancia.
-Si siquiera hubiera tenido la precaución de conservar agrupada
alguna fuerza de reserva -exclamó Dick, con amargura-, podría haberles devuelto
el golpe. En fin, viviendo se aprende; la próxima vez todo irá mejor, ¡por la
cruz!
-No, Dick -dijo Joanna-, ¿qué importa? Ya estamos juntos otra
vez.
La miró él, y, en efecto... allí estaba... Joanna Matchann, como
antaño, en calzones y jubón. Pero ahora ya la Conocía; ahora, aun con tan
desgarbada ropa, sonreíale ella, resplandeciente de amor, y sintió el joven que
el corazón se le inundaba de alegría.
Amor mío -le dijo-, si tú perdonas los desatinos de este
atolondrado, ¿qué puede importarme ya nada? Vayamos directamente a Holywood;
allí está tu buen tutor y mi mejor amigo, lord Foxham. Allí nos casaremos, y
pobres o ricos, famosos o desconocidos, ¿qué importa? En este día, amor mío, me
gané la dignidad de caballero; grandes hombres elogiaron mi valor; me creí el
mas bizarro guerrero en toda la vasta extensión del reino de Inglaterra.
Después perdí, primero, mi valimiento con el poderoso, y ahora me han dado una
paliza y he perdido a todos mis soldados. ¡Si grande fue mi engreimiento,
grande ha sido mi caída! Pero, amor mío, nada me importa...; si tú me quieres
todavía y nos casamos, me despojaría de mis honores de caballero sin importarme
un ardite.
-¡Dick mío! -exclamó ella-. ¿Te armaron caballero?
-Sí, amor mío: tú eres ahora mi lady -contestó cariñosamente-, o
lo serás mañana antes del mediodía. ¿Verdad?
-Lo seré, Dick, y con la mayor alegría -contestó ella.
-¿De veras, caballero? ¡Yo creí que ibais a ser fraile! -sonó
una voz en sus oídos.
-¡Alicia! -gritó Joanna.
-La misma -contestó la damisela adelantándose-. Alicia, a quien
dejaste por muerta y a quien halló tu cazador de leones, volviéndola de nuevo
a la vida; y no sólo esto, sino que haciéndole también el amor, si tanto quieres
saber.
-No lo creo -gritó Joanna-. ¡Dick!
-¡Dick! -remedó Alicia-. ¡Dick en persona! ¡Sí, galante
caballero, abandonáis a las pobres damiselas en los trances apurados!
-prosiguió, volviéndose hacia el joven-. Las dejáis plantadas detrás de los
robles. Con razón dicen que murió la época de la hidalguía.
-Señora -repuso Dick desesperado-. ¡Por mi alma os juro que os
había olvidado por completo! Señora: haced lo posible por perdonarme. ¡Ved que
había vuelto a encontrar a Joanna!
-Nunca supuse que lo hubierais hecho intencionadamente -replicó
ella-. Pero voy a vengarme cruelmente. Voy a revelarle un secreto a milady
Shelton... A la que ha de serlo -añadió, haciendo una reverencia-. Joanna
-continuó-, creo, por mi alma, que tu galán es valiente en la pelea; pero
permíteme que te lo diga francamente: es el bobalicón de más blando corazón de
toda Inglaterra. ¡Anda... que ya puedes hacer con él cuanto te venga en gana!
Y ahora, chiquillos locos, besadme primero a mí para que os traiga buena
suerte y para mostraros amables conmigo; después besaos uno a otro, sólo por un
minuto y ni un segundo más, y luego, vamonos los tres a Holywood. Vayámonos tan
aprisa como podamos, porque me parece que estos bosques están llenos de peligros,
y son excesivamente fríos.
-Pero ¿es cierto que mi Dick te hizo el amor? -preguntó Joanna,
colgándose del brazo de su amado.
-No, tonta -respondió Alicia-. Fui yo quien se lo hice a él; le
propuse que nos casáramos; pero él me contestó que fuera a casarme con uno de
mis iguales. Ésas fueron sus palabras. No, ya te digo; es mucho más franco que
galante. Pero ahora, chiquillos, tengamos juicio y pongámonos en marcha.
¿Volveremos a pasar por la cañada o marcharemos en línea recta a Holywood?
-Bien quisiera poner mi mano sobre un caballo -dijo Dick-,
porque en estos últimos días me han vapuleado tan cruelmente, de un modo u
otro, que mi pobre cuerpo es todo él un puro cardenal. Pero ¿qué os parece a
vosotras? Si mis hombres hubieran huido, en medio de la alarma de la pelea,
habríamos dado un rodeo para nada. De aquí a Holywood, en línea recta, no hay
más que unas tres millas; la campana no ha dado las nueve; la nieve está lo
bastante dura para andar por ella, y la luna es clara... ¿Qué os parece si
marcháramos tal como estamos?
-De acuerdo -exclamó Alicia.
Pero Joanna se limitó a apretar el brazo a Dick.
Atravesaron, pues, los claros y desnudos sotos y descendieron
por los caminos cubiertos de nieve, bajo el pálido rostro de la luna de
invierno; Dick y Joanna marchaban cogidos de la mano, sumidos en un paraíso de
delicias, y su atolondrada compañera, olvidadas ya sus penas, les seguía uno o
dos pasos detrás, ora burlándose de su silencio, ora pintándoles los más
seductores cuadros de lo felices que vivirían en el futuro.
Todavía se oía en la lejanía del bosque a los jinetes de
Tunstall continuando viva e incesantemente su persecución, y, de cuando en
cuando, los gritos y el chocar de los aceros anunciaban el encuentro con los
enemigos.
Pero en estos tres jóvenes, criados entre los sobresaltos de la
guerra y curtidos por los múltiples peligros que habían pasado, no era fácil
despertar el miedo ni la piedad. Contentos al observar que los ruidos iban alejándose
cada vez más, se entregaron con toda su alma a disfrutar del placer del
momento, marchando ya, como dijo Alicia, como cortejo nupcial, y ni la agreste
soledad del bosque ni el frío de la noche glacial bastaban para ensombrecer o
interrumpir su felicidad.
Desde lo alto de un cerro divisaron al fondo el valle de
Holywood. Brillaban las grandes ventanas de la abadía del bosque, iluminadas
por antorchas y cirios; se elevaban sus altos pináculos y chapiteles clarísimos
y silenciosos, y la cruz de oro que le servía de remate relucía alegremente a
la luz de la luna. En torno de la abadía, en los claros de la selva, ardían
las hogueras de los campamentos, se apiñaban numerosas chozas, y en el centro
de aquel cuadro tendía su curva el helado río.
-¡Por la misa! -exclamó Dick-. Todavía estan acampados los
hombres de lord Foxham. Sin duda que el mensajero se ha extraviado. Tanto
mejor. Así tendremos fuerzas a mano para hacer frente a sir Daniel.
Pero si las tropas de lord Foxham seguían aún acampadas en la
larga isleta de Holywood, esto era debido a causa muy distinta de la que
suponía Dick. En efecto, habían emprendido la marcha hacia Shoreby; pero, antes
de que llegaran a la mitad del camino, un segundo mensajero les salió al
encuentro, transmitiéndoles la orden de que regresaran a su campamento de la
mañana, para cerrarles el paso a los fugitivos de Lancaster y estar mucho más
cerca del principal ejército de York.
Porque Richard de Gloucester, terminada la batalla y
quebrantados sus enemigos en aquella comarca, hallábase ya en marcha para
reunirse con su hermano; y poco después del regreso de los soldados de lord
Foxham, el propio Crookback echaba pie a tierra frente a la puerta de la
abadía. En honor, pues, de este augusto visitante, brillaban iluminadas las
ventanas, y al llegar Dick con su amada y la amiga, todo el séquito del duque
era obsequiado en el refectorio con el esplendor que era propio de aquel poderosísimo
y suntuoso monasterio.
Frente a ellos fue conducido Dick, por cierto que no con mucho
gusto por su parte. Medio enfermo de fatiga, estaba sentado Gloucester,
apoyando en una mano el pálido y terrible semblante, teniendo a su izquierda,
en honorífico lugar, a lord Foxham, convaleciente y casi curado de su herida.
-¿Cómo, señor? -preguntó Gloucester-. ¿Me traéis la cabeza de
sir Daniel?
-Milord duque -respondió Dick resueltamente, pero sintiendo
oprimírsele el corazón-, ni siquiera he tenido la suerte de regresar con los
hombres de mi mando. He sido derrotado, y apelo a vuestra indulgencia. Miróle
Gloucester, fruncido el formidable entrecejo.
-Cincuenta lanzas os di,[6]
caballero -dijo.
-Milord duque -replicó el joven-, tan sólo llevé cincuenta
hombres de armas.
-¿Cómo fue eso? -dijo Gloucester-. Él me pidió cincuenta lanzas.
-Perdonad, excelencia -contestó Catesby con gran suavidad-. Como
se trataba de una persecución, no le dimos más que los jinetes.
-Está bien -dijo Gloucester, y luego añadió-: Shelton, podéis
marcharos.
-Deteneos -dijo lord Foxham-. Este joven llevaba también un
encargo mío. Acaso en su realización haya tenido mejor suerte. Decid, master
Shelton, ¿encontrasteis a la doncella?
-Con la ayuda de los santos, aquí está, en esta casa.
-¿De veras? Pues bien, milord duque -resumió lord Foxham-, con
vuestra venia, mañana, antes de ponerse en marcha el ejército, propongo una
boda. Este joven hidalgo...
-Joven caballero... -interrumpió Catesby.
-¿Caballero decís, sir William? -exclamó lord Foxham.
-Yo mismo, por sus buenos servicios, le armé caballero -explicó
Gloucester-. Dos veces me ha servido como un valiente. No es valor lo que le
falta, ni buen brazo, sino el férreo espíritu que necesitan los hombres. No se
elevará, lord Foxham. Mozo es para pelear muy bravamente en una refriega; pero
tiene el corazón de capón. ¡De todos modos, si ha de casarse, casadlo, en el
nombre de María Santísima, y terminad de una vez!
-No, es un bravo muchacho..., lo sé -dijo lord Foxham-.
Alegraos, pues, sir Richard. He arreglado este asunto con master Hamley, y
mañana os casaréis.
Después de lo cual Dick juzgó prudente retirarse; pero aún no
había salido del refectorio cuando un hombre, que acababa de apearse a la
puerta, subió las escaleras de cuatro en cuatro, y abriéndose paso por entre
los servidores de la abadía, se arrojó, hincando una rodilla en tierra, a los
pies del duque.
-¡Victoria, milord! -exclamó.
Y antes de que Dick hubiese llegado al aposento que, como
huésped de lord Foxham, le tenían destinado, se oían ya las aclamaciones de
las tropas reunidas en torno a las hogueras, pues aquel mismo día, a menos de
veinte millas, había sido asestado un segundo golpe demoledor al poderío de
Lancaster.
7
La venganza de Dick
A la mañana siguiente, Dick se hallaba en pie antes de que
saliera el sol, y elegantemente ataviado, gracias a la ayuda del ropero de lord
Foxham, y después de haber obtenido buenas noticias de Joanna, salió a dar un
largo paseo para calmar su impaciencia.
Al principio se limitó a dar vueltas por entre los soldados que,
a la pálida luz del alba de aquel día de invierno, estaban armándose al rojo
resplandor de las antorchas; pero gradualmente fue alejándose hacia el campo y,
al fin, pasó por completo al otro lado de las avanzadas, marchando solo por el
bosque helado, esperando la salida del sol.
Plácidos y dichosos eran sus pensamientos. Su breve valimiento
con el duque no lo consideraba digno de entristecerle el corazón; teniendo a
Joanna por esposa y a lord Foxham por protector, contemplaba venturosamente su
porvenir y nada encontraba en su pasado que le apesadumbrase.
Mientras así caminaba y meditaba, fue haciéndose más clara la
luz solemne de la mañana; coloreaba ya el sol el lado de oriente, y un
vientecillo cortante soplaba sobre la helada nieve. Volvíase hacia la casa;
pero al volverse, se fijó su mirada en una figura que se ocultaba tras un
árbol.
-¡Alto! -gritó-. ¿Quién va?
Avanzó la figura y agitó su mano sin contestar. Vestía de
peregrino, baja la capucha, cubriéndole el rostro.
Pero al instante Dick reconoció a sir Daniel.
Adelantó a grandes pasos hacia él desenvainando su espada y sir
Daniel, llevándose la mano al pecho, como para empuñar un arma oculta, esperó
con firmeza que llegase.
-Bien, Dick -dijo-. ¿Qué te propones? ¿Haces la guerra al caído?
-No hice yo la guerra contra vuestra vida -replicó el
muchacho-. Era yo vuestro amigo leal hasta que quisisteis quitarme la mía; pero
la habéis codiciado harto ansiosamente.
-No... obraba en defensa propia -repuso el caballero-. Y ahora,
muchacho, las noticias de la batalla y la presencia de vuestro diablo jorobado
en mis propios bosques me han perdido sin remedio. Voy a Holywood para acogerme
a sagrado; luego, me iré al otro lado del mar, con lo que pueda llevarme encima,
para comenzar de nuevo la vida en Borgoña o en Francia.
-Es posible que no vayáis a Holywood -respondió Dick.
-¿Cómo? ¿Qué es posible?
-Mirad, sir Daniel; esta mañana es la del día de mi boda -repuso
Dick-, y ese sol que comienza a levantarse alumbrará el día más feliz de mi
vida. La vuestra es doblemente merecedora de castigo: por la muerte de mi padre
y por vuestros manejos contra mí. Pero yo también he cometido faltas, he
ocasionado la muerte de no pocos hombres, y en este día feliz no quiero ser
juez ni verdugo. Aunque fueseis el mismo diablo, no había de poneros la mano
encima, y si lo fuerais, por mí, podríais marchar adonde quisierais. Buscad el
perdón de Dios; el mío lo tenéis ya. Pero eso de que vayáis a Holywood es ya
cosa muy diferente. Pertenezco al ejército de York, y no he de permitir que
haya un espía entre sus filas. Tenedlo, pues, por cierto: si dais un paso más,
levanto la voz y llamo a la avanzada más próxima para que os hagan prisionero.
-Te estás burlando de mí -dijo sir Daniel-. No hay para mí
salvación fuera de Holywood.
-No me importa ya eso -replicó Dick-. Os permito ir hacia el
este, hacia el oeste o hacia el sur: hacia el norte no os lo permitiré.
Holywood está cerrado para vos. Marchaos y no intentéis volver. Porque en
cuanto os hayáis alejado, avisaré a todos los puestos de avanzada del
ejército, y tal vigilancia habrá contra todos los peregrinos, que de nuevo os
digo, aunque fuerais el mismo diablo, veríais el desastroso resultado de
vuestro intento.
-Me sentencias a muerte -dijo con aire sombrío sir Daniel.
-No os sentencio a muerte -repuso Dick-. Si es que se os antoja
medir vuestro valor con el mío, venid, pues; y aunque temo que esto es ser
desleal a mi partido, aceptaré el reto francamente y sin reservas; me batiré
contra vos fiando en mis solas fuerzas, y a nadie llamaré para que me ayude.
Así vengaré la muerte de mi padre, con la conciencia tranquila.
-Sí -dijo sir Daniel-, tú tienes una larga espada contra mi
daga.
-Sólo en el cielo confío -contestó Dick, arrojando la espada
sobre la nieve-. Ahora, si a ello os obliga vuestro hado adverso, venid, y con
la ayuda del Todopoderoso, he de hacer que de vuestros huesos hagan festín las
zorras.
-No lo dije más que para probarte, Dick -replicó el caballero
con inquieta sonrisa-. No quisiera derramar tu sangre.
-Pues, entonces, marchaos antes de que sea demasiado tarde
-advirtió Shelton-. Dentro de cinco minutos llamaré al puesto de avanzada.
Empiezo a darme cuenta de que tengo demasiada paciencia. Si estuvieran
cambiados los papeles, ya hace rato que yo estaría atado de pies y manos.
-Bien, Dick, me marcharé -respondió sir Daniel-. La próxima vez
que nos encontremos, te arrepentirás de haberte mostrado tan duro conmigo.
Y sir Daniel dio media vuelta y comenzó a alejarse por entre los
árboles.
Dick se quedó observándole, presa de los más extraños y
opuestos sentimientos, mientras sir Daniel marchaba, rápida y cautelosamente,
volviéndose de cuando en cuando para lanzar una perversa mirada de reojo a
aquel muchacho que le había perdonado la vida y de quien no se fiaba aún del
todo.
Había, a un lado del camino por donde marchaba, un espeso
matorral alfombrado de verde hiedra, aun en mitad del invierno impenetrable a
la mirada.
Allí, de pronto, vibró un arco como una nota musical. Voló una
flecha, y con horrible, ronco grito de agonía y de ira, el caballero de
Tunstall alzó sus manos y cayó de bruces sobre la nieve.
Corrió a su lado Dick y lo levantó. Su cara se contraía con
desesperación, y todo su cuerpo se agitaba en violentas convulsiones.
-¿Es negra la flecha? -preguntó, casi sin aliento.
-Negra es -contestó Dick, gravemente.
Antes de que pudiera pronunciar ni una palabra más, una horrible
contracción de dolor sacudió al herido de pies a cabeza, hasta casi saltar de
los brazos de Dick, que lo sostenía, y con la extremada violencia de aquella
angustia, voló su alma en silencio.
El joven le tendió suavemente de espaldas sobre la nieve y rezó
por aquella alma pecadora, tan poco preparada para la hora de la muerte, y,
mientras sus preces se elevaban, salió de pronto el sol y comenzaron sus trinos
los petirrojos entre la hidra.
Al ponerse nuevamente en pie el joven, se halló con otro hombre,
arrodillado a pocos pasos detrás de él, y aun con la cabeza descubierta, esperó
Dick a que también el recién venido terminase su plegaria. Largo tiempo duró
ésta. Baja la frente, cubierto el rostro con las manos, rezaba el hombre presa
de gran agitación. Por el arco que yacía a su lado sobre la nieve, juzgó Dick
que no era otro que el arquero que acababa de matar a sir Daniel.
Al fin, se levantó también y mostró el semblante de Ellis
Duckworth.
-Richard -dijo gravemente-, os he oído. Vos tomasteis el mejor
camino, el del perdón; yo he tomado el peor, y ahí yace el cuerpo de mi
enemigo. Rezad por mí.
Y le estrechó fuertemente la mano.
-Caballero -contestó Richard-, por vos rezaré, aunque no sé si
mis rezos serán atendidos. Pero si tan largo tiempo habéis buscado venganza y
tan amargo halláis su sabor, ahora que la habéis logrado, reflexionad: ¿no
sería mejor perdonar a los demás? Hatch... murió, ¡el pobre infeliz! ¡Cualquier
cosa hubiera dado yo por salvarle la vida! Por lo que toca a sir Daniel, ahí
yace su cadáver. En cuanto al clérigo, si mi opinión en algo pudiera influir
en vos, desearía que le dejarais marchar en paz.
Una llamarada pasó por los ojos de Ellis Duckworth.
-No -dijo-, el diablo esta todavía aferrado dentro de mí. Pero
estad tranquilo: no volará ya más la Flecha Negra... Ha quedado disuelta la
hermandad. Los que aún viven llegarán a plena y tranquila madurez, hasta que el
cielo quiera que caigan en mis manos; en cuanto a vos, acudid adonde os llame
vuestra mejor fortuna y no os acordéis más de Ellis.
8
Conclusión
A eso de las nueve de la mañana, conducía lord Foxham a su
pupila, vestida esta vez más como correspondía a su sexo y seguida de Alicia
Risingham, a la iglesia de Holywood, cuando Richard Crookback, fruncido ya el
entrecejo por las inquietudes, se cruzó en su camino y se detuvo.
-¿Es ésta la doncella? -preguntó. Y cuando lord Foxham hubo
contestado afirmativamente, añadió-: Hermosa, levantad el rostro un momento
para que pueda yo contemplar vuestra belleza.
La miró un momento con agria expresión.
-Sois hermosa -dijo al cabo-, y, según me dicen, con buena dote.
¿Qué os parecería si os ofreciera yo un magnífico casamiento como corresponde a
vuestro bello rostro y a vuestra alcurnia?
-Milord duque -replicó Joanna-, si no ha de ser desagradable a
vuestra excelencia, preferiría casarme con sir Richard.
-¿Cómo es eso? -preguntó él con aspereza-. Casaos con el hombre
que yo os diga, y antes de esta noche él será milord y vos milady. Porque,
permitidme que os lo diga francamente, sir Richard morirá sin haber sido nunca
más que sir Richard.
-Nada más le pido al cielo, milord, que morir siendo la esposa
de sir Richard -replicó Joanna.
-Ved lo que hacéis, milord -dijo entonces Gloucester volviéndose
a lord Foxham-. Buena pareja tenéis. El muchacho, cuando por sus buenos
servicios le ofrecí mi favor, prefirió el perdón de un viejo marinero borracho.
Bien se lo advertí; pero él siguió terco en su estupidez. «Aquí murió vuestro
favor», le dije, y él, milord, con el mayor aplomo y aire impertinente: «Yo soy
quien lo pierdo», me respondió. ¡Así será, por la cruz!
-¿Eso dijo? -exclamó Alicia-. ¡Pues muy bien dicho, cazador de
leones!
-¿Quién es ésta? -preguntó el duque.
-Una prisionera de sir Richard -respondió lord Foxham-; la
señora Alicia Risingham.
-Cuidad de que se case con un hombre de quien podamos estar
seguros -dijo el duque.
-Había yo pensado en mi pariente Hamley, si es del agrado de
vuestra excelencia -repuso lord Foxham-. Ha prestado buenos servicios a
nuestra causa.
-Me parece bien -dijo Gloucester-. Casadlos rápidamente. Decid,
hermosa doncella: ¿queréis casaros?
-Milord duque -contestó Alicia-, si el hombre es recto y bien
hecho...
Y al llegar aquí, presa de gran consternación, se le ahogó la
voz en la garganta.
-Recto y bien hecho es, señora mía -replicó Gloucester, con toda
calma-. Yo soy el único jorobado de mi partido; todos los demás están
singularmente bien formados. Señoras y vos, milord -añadió con súbito cambio,
adoptando cierto aire de grave cortesía-, no me juzguéis muy descortés si os
dejo. En tiempo de guerra, un capitán no puede disponer a su gusto de sus
horas.
Y con un gentil saludo, desapareció seguido de sus oficiales.
-¡Ay de mí! -exclamó Alicia-. ¡Estoy perdida!
-No lo conocéis -repuso lord Foxham-. Eso es para él una
niñería. Ya ni se acuerda siquiera de vuestras palabras.
-Pues entonces es la misma flor de la caballería -observó
Alicia.
-No, sino que tiene otras cosas en qué pensar -replicó lord
Foxham-. No nos entretengamos más.
En el presbiterio hallaron a Dick esperando, acompañado de unos
cuantos jóvenes, y allí quedaron unidos él y Joanna. Cuando salieron de la
iglesia, felices, pero con serio continente, para volver al aire helado y a la
luz del sol, las largas filas de soldados ascendían ya por la carretera; ya
ondeaba, desplegada al viento, la bandera del duque de Gloucester, y comenzaba
a pasar frente a la abadía entre un grupo de lanzas; detrás de ella, rodeada
de caballeros cubiertos de acero, el audaz, malvado y ambiciosísimo jorobado
marchaba hacia su breve reinado y el eterno recuerdo de su infame reputación.
Pero el cortejo nupcial tomó hacia el lado opuesto de la
dirección que seguía el ejército, y se sentaba al rato a desayunar alegre y
sobriamente. Les sirvió el hermano cillerero, que también ocupó su puesto en
la mesa. Hamley, olvidados sus celos, comenzó a cortejar a la nada refractaria
Alicia. Y entre el sonar de las trompetas y el chocar de las armaduras de los
soldados y de los caballos, que pasaban continuamente, Dick y Joanna, sentados
uno junto al otro, se cogían las manos tiernamente y se miraban a los ojos con
siempre creciente amor.
Desde aquel momento, el polvo y la sangre de aquella época
turbulenta huyeron de su lado. Vivieron, alejados de sobresaltos, en la verde
floresta donde empezó su amor.
Entretanto, dos ancianos gozaban de sendas pensiones en plena
paz y prosperidad, y quizá hasta con demasiada abundancia de vino y de
cerveza, en la aldea de Tunstall. Uno había sido marino toda su vida y continuó
llorando hasta el fin a su criado Tom. El otro, que fue siempre hombre de
muchos oficios, se inclinó al fin, hacia la práctica de la piedad, y murió muy
religiosamente, bajo el nombre de hermano Honestus, en la cercana abadía. Así
pudo Lawless salirse con la suya y morir siendo fraile.
[1] “Amend-all” significa “ Enmiéndalo todo”, apodo de un personaje de
la novela.
[2] Se llama "lollardos" o "lolardos" a los
herejes discípulos de Wyclif, pertenecientes a cofradías que se dedicaban a
cuidar a los enfermos y llevaban una vida errante en la Inglaterra del siglo
XIV.
[3] John-a-Fenne o John Fenne, Juan el del Pantano.
[4] Moneda antigua cuyo valor era de seis chelines y ocho peniques.
[5] Richard Crookback hubiera sido, realmente, en aquella fecha, mucho
más joven.
[6] Técnicamente, considerábase incluido en el término «lanza» un
número, un tanto incierto, de soldados de infantería que iban unidos a los
hombres de armas.

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