© Libro No. 667. Jardín
de Venus. Samaniego, Félix María. Colección E.O. Marzo 22 de 2014.
Título original: © JARDÍN DE
VENUS. FÉLIX MARÍA SAMANIEGO
Versión Original: © JARDÍN DE VENUS. FÉLIX MARÍA SAMANIEGO
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© Edición, reedición y
Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
JARDÍN DE VENUS
FÉLIX MARÍA SAMANIEGO
JARDÍN DE VENUS
CUENTOS BURLESCOS
DE DON FÉLIX MARÍA
SAMANIEGO
Escribiolos
en el Seminario
de
Vergara de Álava por los años
de 1780 y
tienen burlas
de
frayles y monjas y mucho
chiste y
regocijo.
EL PAÍS DE AFLOJA Y APRIETA
En lo
interior del África buscaba
un joven
viajero
cierto
pueblo en que a todos se hospedaba
sin que
diesen dinero:
y con esta
noticia que tenía
se dejó
atrás un día
su
equipaje y criado,
y, yendo
apresurado,
sediento
y caluroso,
llegó a
un bosque frondoso
de
palmas, cuyas sendas mal holladas
sus
pasos condujeron
al pie de
unas murallas elevadas
donde sus
ojos con placer leyeron,
en
diversos idiomas esculpido,
un rótulo
que había este sentido:
Esta es la capital de Siempre-meta,
país de afloja y aprieta,
donde de balde goza y se mantiene
todo el que a sus costumbres se conviene.
-¡He aquí
mi tierra!- dijo el viandante
luego que
estoy leyó, y en el instante
buscó y
halló la puerta
de par en
par abierta.
Por ella
se coló precipitado
y vióse
rodeado,
no de
salvajes fieros,
sino de
muchos jóvenes en cueros,
con los
aquellos tiesos y fornidos,
armados
de unos chuzos bien lucidos,
los
cuales le agarraron
y a su
gobernador le presentaron.
Estaba el
tal, con un semblante adusto,
como
ellos, en pelota; era robusto
y en la
erección continua que mostraba
a todos
los demás sobrepujaba.
Luego que
en su presencia
estuvo el
viajero,
mandó le
desnudasen, lo primero,
y que con
diligencia
le
mirasen las partes genitales,
que
hallaron de tamaño garrafales.
La verga
estaba tiesa y consistente,
pues como
había visto tanta gente
con el
vigor que da Naturaleza,
también
el pobre enarboló su pieza.
Como el
gobernador en tal estado
le halló,
díjole: -Joven extranjero,
te
encuentro bien armado
y muy en
breve espero
que
aumentarás la población inquieta
de
nuestra capital de Siempre-meta;
mas antes
sabe que es el heroísmo
de sus
hijos valientes
vivir en
un perpetuo priapismo,
gozando
mil mujeres diferentes;
y si
cumplir no puedes su costumbre,
vete, o
te expones a una pesadumbre.
-¡Oh! Yo
la dejaré desempeñada
-el joven
respondió-, si me permite
que en
alguna belleza me ejercite.
Ya veis
que está exaltada
mi
potencia, y yo quiero
al
instante jo... -¡Basta! lo primero
-dijo el
gobernador a sus ministros-
se
apuntará su nombre en los registros
de
nuestra población; después, llevadle
donde se
bañe; luego, perfumadle;
después,
que cene cuanto se le antoje;
y después
enviadle quien le afloje.
Dijo y
obedecieron,
y al
joven como nuevo le pusieron,
lavado y
perfumado, bien bebido y cenado,
de modo
que en la cama, al acostarse,
tan solo
panza arriba pudo echarse.
Así se
hallaba, cuando a darle ayuda
una
beldad desnuda
llegó, y
subió a su lecho;
la cual,
para dejarle satisfecho,
sin que
necesitase estimularlo,
con diez
desagües consiguió aflojarlo.
Habiendo
así cumplido
las
órdenes, se fue y dejó dormido
al joven,
que a muy poco despertaron
y el
almuerzo a la cama le llevaron,
presentándole
luego otra hermosura
que le
hiciese segunda aflojadura.
Ésta, que
halló ya lánguida la parte,
apuró los
recursos de su arte
con
rápidos meneos
para que
contentase sus deseos,
y él, ya
de media anqueta, ya debajo,
tres
veces aflojó, ¡con qué trabajo!
No
hallándole más jugo
ella se
fue quejosa,
y otra
entró de refresco más hermosa,
que,
aunque al joven le plugo
por su
perfección rara,
no tuvo
nada ya que le aflojara.
Sentida
del desaire,
ésta
empezó a dar gritos, y no al aire,
porque el
gobernador entró al momento
y, al ver
del joven el aflojamiento,
dijo en
tono furioso:
-¡Hola!
Que aprieten a ese perezoso.
Al punto
tres negrazos de Guinea
vinieron,
de estatura gigantea,
y al
joven sujetaron,
y uno en
por de otro a fuerza le apretaron
por el
ojo fruncido,
cuyo
virgo dejaron destruido.
Así pues,
desfondado,
creyéndole
bastante castigado
de su
presunción vana,
en la
misma mañana,
sacándole
al camino,
le
dejaron llorar su desatino,
sin
poderse mover. Allí tirado
le
encontró su criado,
el cual
le preguntó si hallado había
el pueblo
en que de balde se comía.
-¡Ah, sí,
y hallarlo fue mi desventura!
-el amo
respondió. -¿Pues qué aventura
-el mozo
replicó-, le ha sucedido,
que está
tan afligido?
En esa
buena tierra
no puede
ser que así le maltrataran.
-Mil
deleites -el amo dijo- encierra
y, aunque
estoy desplegado, yo lo fundo
en que si
como aflojan no apretaran,
mejor
país no habría en todo el mundo.
LOS GOZOS DE LOS ELEGIDOS
Iba un guardia
de corps, lector amado,
a más de
media noche, apresurado
a su
cuartel y, al revolver la esquina
de la
calle vecina,
oyó que
de una casa ceceaban
y que,
abriendo la puerta, le llamaban.
Determinó
acercarse
porque
era voz de femenil persona
la que el
lance ocasiona,
y sin
dudar, a tiento,
de uno en
otro aposento,
callado y
sin candil, dejó guiarse
hasta
que, al parecer, llegó la dama
donde
estaba la cama
y le
dijo: -Desnúdate, bien mío,
y
acostémonos pronto, que hace frío.
El
guardia la obedece
metiéndose
en el lecho que le ofrece,
cuyo
calor benéfico al momento
le templa
el instrumento,
y mucho
más sintiendo los abrazos
con que
en amantes lazos
la dama
que le entona
expresiva
y traviesa le aprisiona.
Entonces,
atrevido,
intentó
la camisa remangarla
y rijoso
montarla;
más quedó
sorprendido
al ver
que ella obstinada resistía
la
amorosa porfía,
y que, si
la dejaba,
también
de su abandono se quejaba,
hasta que
al fin salió de confusiones
oyendo de
la dama estas razones:
-¿Cómo te
has olvidado
de modo
con que habemos disfrutado
siempre
de los placeres celestiales?
¿Los
deleites carnales
pudiera
yo gustar inicuamente
cuando mi
confesor honestamente
sabes que
me ha instruido
de cómo
gozar debe el elegido
sin que
sea pecado?
¡Pues
bien que te has holgado
conmigo
en ocasiones
sin
faltar a tan puras instrucciones!
El
guardia, deseando le instruyera
en lo que
eran caricias celestiales,
dejó que
dispusiera
la dama
de sus partes naturales;
y halló
que su pureza consistía
en que el
varonil miembro introducía
dentro de
su natura
por
cierta industriosísima abertura
que, sin
que la camisa se levante,
daba paso
bastante,
-como
agujero para frailes hecho-
a
cualquier recio miembro de provecho.
Con tal
púdico modo
logró
meter el guardia el suyo todo,
gozando a
la mujer más cosquillosa
y a la
más santamente lujuriosa.
Mientras
los empujones,
ella
usaba de raras expresiones,
diciendo:
-¡Ay, gloria pura!
¡Oh
celestial ventura!
¡Deleites
de mi amor apetecidos!
¡Ay,
goces de los fieles elegidos!
El guardia,
que la oía
y a su
pesar la risa contenía,
dijo:
-Por fin, señora,
no he
malgastado el tiempo, pues ahora
me son ya
conocidos
los goces
de los fieles elegidos.
Al
escuchar la dama estas razones,
desconoció
la voz que las decía;
mas, como
en los postreros apretones
entorpecer
la acción no convenía,
exclamó:
-¡Ay, qué vergüenza! ¡Un hombre extraño....!
¡No te
pares...! ¿Se ha visto tal engaño...?
¡Angel
del paraíso....! ¡Qué placeres....!
¡Ay,
métemelo bien, seas quien fueres!
LAS ENTRADAS DE TORTUGA
Estaba
una señora desahuciada
de esa
fiebre malvada
que, sin
ser, según dicen, pestilente,
se lleva
al otro lado a mucha gente.
Sus
criados y amigos la asistían
con celo
cuidadoso,
pues por
tonto tenían
de la
dama al esposo
y, así,
de su dolencia
nunca le
confiaron la asistencia.
Llególe,
al parecer, la última hora
a la
pobre señora;
trajéronla,
muy listos,
agonizantes
cristos,
y de la
sepultura
la eterna
llave con la Sacra Untura.
Después
que bien la untaron
y a su
placer los frailes le gritaron,
a media
noche túvola por muerta
él
médico, y dispuso
dejar del
todo abierta
la alcoba
de la enferma, según uso,
y que, ya
sin cuidados,
se
acostaran amigos y criados.
Fuéronse
todos a dormir bien pronto;
y luego
que esto vio el marido tonto,
quedito
entro en el cuarto de su esposa,
que nunca
más hermosa
le
pareció que entonces, porque hacía
un mes
que por su mal no la veía.
Mirándola
los pechos,
que a
torno parecían estar hechos,
y el ojal
del encanto,
en que
pecara un santo,
dijo:
-¿Se ha de comer esto la tierra
sin más
ni más? ¡Ah calentura perra!
Llévese
entre responsos y rosarios
toda la
retención de mis monarios.
Dicho y
hecho: de un brinco
montó,
enristró, y al golpe, con ahínco
quedó,
sin que más quepa,
clavada
en su terreno aquella cepa.
¡Vive
Dios que producen maravillas
del
masculino impulso las cosquillas,
según se
prueba en el siguiente caso!,
porque,
lector, al paso
que el
marido empujaba,
su mujer
se animaba,
y, cuando
sintió el fuego
del
prolífico riego,
abrió los
ojos, medio suspirando
y abrazó
a quien la estaba culeando.
Entonces
las culadas prosiguieron
hasta el
día; y los dos las suspendieron
porque
entraron las gentes
de la
enferma asistentes
en el
cuarto, y, hallándola sentada,
en brazos
de su esposo reclinada,
se
admiran y, -¡Milagro!- repitiendo,
van a
llamar al médico corriendo.
Éste,
luego que vino,
la tomó
el pulso y dijo: -Yo no atino
qué es lo
que la habrán dado,
que así
se ha mejorado.
Y el
marido, que en tanto se reía,
dijo:
-Señor doctor, será obra mía,
porque,
así que dejaron a mi esposa
los
presentes, entre yo con mi cosa
tiesa,
como la tiene el que madruga,
y le di
cinco entradas de tortuga.
-¡Bravo!
-el médico exclama-;
ya
comprendo la cura. ¿Y... por qué llama
con tan
extraño nombre
la genital
operación del hombre?
-¡Toma!
-el tonto replica-;
es un
modo de hablar que significa...
¡zas!...
soplarlo de golpe hasta lo hondo,
cual las
tortugas... ¡zas!... se van al fondo.
Pero, si
está mal hecho...
-No -el
médico le dice-; has acertado,
pues tus
entradas son de tal provecho
que a tu
pobre mujer vida le han dado.
Así que
esto oyó el tonto,
echó a
llorar de pronto,
y el
doctor, que el motivo no alcanzaba,
le
preguntó qué pena le apuraba.
-¡Ay!
-respondió afligido-,
que el
dolor me lo arruga.
¡Si yo
hubiera sabido
que las
tales entradas de tortuga
daban
vida de cierto,
nunca mis
padres se me hubieran muerto!
EL RECONOCIMIENTO
Una
abadesa, en Córdoba, ignoraba
que en su
convento introducido estaba
bajo el
velo sagrado
un
mancebo, de monja disfrazado;
que el
tunante, dormía,
para
estar más caliente,
cada
noche con monja diferente,
y que
ellas lo callaban
porque a
todas sus fiestas agradaban,
de modo
que era el gallo
de aquel
santo y purísimo serrallo.
Las cosas
más ocultas
mil veces
las descubren las resultas
y esto
acaeció con las cuitadas monjas,
porque,
perdiendo el uso sus esponjas,
se fueron
opilando
y de
humor masculino el vientre hinchando.
Hizo
reparo en ello por delante
su
confesor, gilito penetrante,
por su
grande experiencia en el asunto,
y,
conociendo al punto
que
estaban fecundadas
las
esposas a Cristo consagradas,
mandó que
a toda prisa
bajase al
locutorio la abadesa.
Ésta
acudió al mandato
por otra
vieja monja conducida,
pues la
vista perdida
tanía ya
del flato,
y al
verla, el reverendo,
con un
tono tremendo,
la dijo:
-¿Cómo así tan descuidada,
sor
Telesfora, tiene abandonada
su tropa
virginal?; pero mal dije,
pues ya
ninguna tiene intacto el dije.
¿No sabe
que, en su daño,
hay obra
de varón en su rebaño?
Las
novicias, las monjas, las criadas....
¿lo
diré?, sí: todas están preñadas.
-¡Miserere mei, Domine!- responde
sor
Telesfora-. ¿En dónde
estar
podemos de parir seguras,
si no
bastan clausuras?
Váyase,
padre, luego,
que yo
hallaré al autor de tan vil juego
entre las
monjas. Voy a convocarlas
y con mi
propio dedo a registrarlas.
El
confesor marchóse:
subió sor
Telesfora, y publicóse
al punto
en el convento
de las
monjas el reconocimiento.
Ellas, en
tanto, buscan presurosas
al joven,
y llorosas
el
secreto le cuentan
y el
temor que por él experimentan.
-¡Vaya!
No hay que encogerse,
-él
dice-. Todo puede componerse,
porque
todas estáis de poco tiempo.
Yo me
ataré un cordel en la pelleja
que cubre
mi caudal cuando está flojo;
veréis
que me la cojo
detrás;
junto las piernas, y la vieja
cegata,
estando atado a la cintura,
no puede
tropezar con mi armadura.
Se adoptó
el expediente,
se
practicó, y las monjas le llevaron
al coro,
donde hallaron
la
abadesa impaciente
culpando
la tardanza.
En fin,
para esta danza
en dos
filas las puso;
las gafas
pone en uso
y, una
vela tomando
encendida,
las iba remangando.
Una por
una, el dedo les metía
y después
-No hay engendro- repetía-.
El
mancebo miraba
lo que
sor Telesfora destapaba,
y se le
iba estirando
el bulto,
y el torzal casi estallando;
de modo
que tocándole la suerte
de ser
reconocido,
dio un
estirón tan fuerte
que el
torzal consabido
se rompió
y soltó al preso
al tiempo
que lo espeso
del
bosque la abadesa lo alumbraba;
y así,
cuando para esto se bajaba,
en la
nariz llevó tal latigazo
que al
terrible porrazo
la vela,
la abadesa y los anteojos
en el
suelo quedaron por despojos.
-¡San
Abundio me valga!,
-ella
exclamó-. ¡Ninguna de aquí salga,
pues ya,
bien a mi costa,
reconozco
que hay moros en la costa!
Mientras
la levantaron
al
mancebo ocultaron
y en su
lugar pusieron
otra
monja, la falda remangada,
que,
siendo preguntada
de con
qué a la abadesa el golpe dieron,
le
respondió: -Habrá sido
con mi
abanico, que se me ha caído.
A que la
vieja replicó furiosa:
-¡Mentira!
¡En otra cosa
podrán
papilla darme,
pero no
en el olfato han de engañarme,
que yo le
olí muy bien cuando hizo el daño,
y era un dánosle hoy de buen tamaño!
EL PIÑÓN
Compró un
turco robusto
dos
jóvenes esclavos, que un adusto
argelino
vendía.
Los llevó
a la mazmorra en que tenía
otros
muchos cautivos,
y,
cerrando la puerta,
detrás de
ella a escuchar se quedó alerta
los modos
expresivos
con que
los más antiguos consolaban
a los
recién venidos que allí entraban.
Eran un
andaluz y un castellano,
y el que
hablaba con ellos italiano,
que dijo
en voz de tiple, muy doliente,
a los
nuevos llegados lo siguiente:
-Compagni sventurati al par che cari,
i vostri
affani amari
io voglio consolar: nostro padrone
e un turco di bonissima intenzione,
pietoso cogli schiavi che la guerra
riduce al suo servizio;
solmente lidesina per l`uoffizio
che si costum là, nella mia terra,
strapazzandi l’occhio del riposo
col suo membro, che è troppo lungo e grosso.
-Compaire
-el andaluz dijo temblando-,
¿qué me
eztá uzté jablando?
¿Con que
ha dado eze perro en eza maña
que en
Italia ze eztila? ¡Ay, pobrecito
de mí,
dezfondacao en tierra extraña!
¡Yo, que
tengo un ojito
lo mezmo
que un piñón! ¿Zerá baztante
pa
rezguardarle ezte calzón de ante?
Iba a
darle respuesta el italiano,
pero el
turco inhumano
gritó
entonces: -¡No haber ante que valga!
¡El ojo
del piñón al aire salga!
Al punto,
cuatro moros,
sin
atender las quejas ni los lloros,
afuera le
sacaron
y a su
señor por fuerza le llevaron.
En tanto
que él la operación sufría,
el
italiano al otro le decía:
-Giovinetto garbato,
anche tu sia al momento preparato
a soffrir del padron membruto e fiero
il colpo assalitor dell’occhio nero,
perchè di bianca faccia o color bruno
il turco buzzarron non lascia alcuno.
El fuerte
castellano con arrojo
la
argolla de un cerrojo
arrrancó
de una puerta al oír esto,
y,
habiéndosela puesto
de su
gran nalgatorio en la angostura,
pudo con
tal diablura
guardar
el centro y pliegues del contorno,
y el
ataque esperó con este adorno.
Pasada
media hora, allí trajeron
al
andaluz lloroso y derrengado,
y al
castellano hicieron
ir a dar
gusto al turco bien armado.
Éste al
momento en cuatro pies le pone,
los
calzones le baja y se dispone
a
profanarle; le unta con aceite,
para
obviar el camino del deleite,
aquel
globo cerdoso,
fondo en
color de cardenillo oscuro,
y,
potente y rijoso,
no quiere
dilatar el choque impuro.
Considere
el lector, aunque yo callo,
qué
magnitud tendría
lo que
sacó, criado en un serrallo
sin
sujeción de bragas ni alcancía,
y después
se figure allá en su mente
que esta
mole indecente,
enfilando
la argolla en la trasera,
quedó
como ratón en ratonera.
Por
sacarlo se agita,
empuja,
hace desguinces, y al fin grita
para que en
su trabajo
no le
guillotinasen por abajo.
El
castellano, astuto, se endereza,
tirando
de la argolla con presteza
porque no
se la viesen
los que
en favor del turco allí viniesen;
pero esto
fue de un modo tan violento
que le
quitó el turbante al instrumento.
Quedó por
el dolor amortecido
el turco
en la estacada,
y el
castellano, habiendo conseguido
ver la
Naturaleza así vengada,
mientras
al desgorrado socorrían
los moros
que acudían
a la
prisión volvióse,
en donde
a poco tiempo divulgóse
su
valerosa hazaña.
Y el
italiano preguntóle ansioso:
-Ma dica; ¿che cucagna
l’a salvato del caso periglioso?
Y el
andaluz decía:
-¡Qué
piñón tendrá uzté tan duro, hermano,
cuando
pudo jazer tal jechuría!
A lo que
respondióle el castellano:
-Tengo
para ese perro,
no un
piñón natural, sino de hierro.
EL CONJURO
De un
tremebundo lego acompañado,
fue a
exorcizar un padre jubilado
a una
joven hermosa y desgraciada
que del
maligno estaba atormentada.
Empezó su
conjuro
y el
Espíritu impuro,
haciendo
resistencia,
agitaba a
la joven con violencia
obligándola
a tales contorsiones,
que la
infeliz mostraba en ocasiones
las
partes de su cuerpo más secretas:
ya
descubría las redondas tetas
de
brillante blancura,
ya,
alzando la delgada vestidura,
manifestaba
un bosque bien poblado
de crespo
vello en hebras mil rizado,
a cuyo
centro daba colorido
un breve
ojal, de rosas guarnecido.
El lego,
que miraba tal belleza,
sentía
novedad grande en su pieza,
y el
fraile, que lo mismo recelaba,
con los
ojos cerrados conjuraba
hasta que
al fin, cansado
de haber
a la doncella exorcizado
dos horas
vanamente,
para que
sosegase la paciente
y él
volviese con fuerzas a su empleo,
al campo
salió un rato de paseo,
diciendo
al lego hiciera compañía
a la
doncella en tanto que él volvía.
Fuese,
pues, y el donado,
de
lujuria inflamado,
apenas
quedó solo con la hermosa
cuando,
esgrimiendo su terrible cosa,
sin temor
de que estaba
el Diablo
en aquel cuerpo que atacaba,
la tendió
y por tres veces la introdujo
de sus
riñones el ardiente flujo.
Mientras
que así se holgaba el lego diestro,
a la casa
volviendo su maestro,
vio que
en la barandilla
de la
escalera, puesto en la perilla,
estaba
encaramado
el
Diablo, confundido y asustado,
y díjole
riendo:
-¡Hola,
parece que saliste huyendo
del
cuerpo en que te hallabas mal seguro,
por no
sufrir dos veces mi conjuro!
Yo me
alegro infinito;
mas, ¿qué
esperas aquí? ¡Dilo, maldito!
-Espero
-dijo el diablo sofocado-,
que sepas
que tú no me has lanzado
de esa
infeliz mujer por conjurarme,
sino tu
lego que intentó amolarme
con su
tercia de dura culebrina,
buscándome
el ojete en su vagina,
y pensé:
¡Guarda, Pablo!
Propio es
de lego motilón ladino
que no
respete virgo femenino.
¡Pero que
deje con el suyo al Diablo!
EL LORO Y LA COTORRA
Tenía una
doncella muy bonita,
llamada
Mariquita, un viejo consejero
que en
ella por entero,
cuando se
alborotaba
su
cansada persona, desaguaba
con tal
circunspección y tal paciencia
como si a
un pleito diese la sentencia.
Era de
este señor el escribiente
un
mozuelo entre frailes educado,
como
ellos suelen ser, rabicaliente,
rollizo y
bien armado,
que,
cuando el consejero fuera estaba,
a doña
Mariquita consolaba.
Sucedió
pues, que un día
la
consoló en su cuarto, donde había
en jaulas
diferentes
un loro
camastrón, cuyo despejo
todo lo
comprendía por ser viejo,
y una
joven cotorra muy parlera,
que la
conversación de los sirvientes
oyeron,
la cual fue de esta manera:
-¿Te
gusta, Mariquita?
-Sí,
mucho... mucho; estoy muy contentita.
-¿Entra bien
de este modo?
-Sí, mi
escribiente... ¡Métemelo todo!
-Pues
menéate más..., que estoy perdido.
-Y yo...
Que viene... ¡Ay, Dios...! ¡Que ya ha venido!
Con
efecto, llegaba el consejero
en aquel
mismo instante,
y apenas
su escribiente marrullero
dejó
regado el campo de su amante,
cuando,
con la ganilla que traía,
al mismo
cuarto entró su señoría.
Quitose
en él la toga,
dióse en
la parte floja un manoteo,
y a la
que su materia desahoga
manifestó
su lánguido deseo.
Ella,
puesta debajo
de un
modo conveniente,
se acordó
en su trabajo
del
natural vigor del escribiente,
y empezó
a respingar con tal salero
que por
poco desmonta al consejero.
Este,
viendo el peligro que corría,
dijo:
-Basta.... ¿Qué hacéis, doña María?
¡Guarde
más ceremonia con mi taco,
o por
vida del rey que se lo saco!
-De
veros, el contento
-replicó
la taimada-
me hace
tener tan fuerte movimiento.
¡Perdón!
-Sí -dijo el viejo-; perdonada
estás, si
es que te alegra mi llegada.
La
cotorra, que aquello estaba oyendo,
dijo
entonces, sus alas sacudiendo:
-Lorito,
contentita
está la
Mariquita.
A que
respondió el loro prontamente:
-¡Sí, se
lo metió todo el escribiente!
EL VOTO DE LOS BENITOS
Un
convento ejemplar benedictino
a grave
aflicción vino
porque en
él se soltó con ciega furia
el
demonio tenaz de la lujuria,
de modo
que en tres pies continuamente
estaba
aquel rebaño penitente.
Al
principio, callando con prudencia,
hacía
cada monje la experiencia
de
sujetar con mortificaciones
las
fuertes tentaciones.
No se
omitió cilicio,
ayuno,
penitencia ni ejercicio,
más
fueron vanas medicinas tales;
que,
irritadas las partes genitales,
el
demonio carnal más las apura,
dando a
más penitencia más tiesura.
Supo el
caso el abad, quien, aturdido
del feroz
priapismo referido,
a capítulo
un día
llamó a
la bien armada frailería
y,
después de entonado
el himno
acostumbrado,
a cada
cual, con humildad profunda,
pidió su
parecer, porque se hallase
en la
comunidad tal barahúnda.
Los
monjes del convento
poltronamente
estaban en su asiento
discutiendo
los modos diferentes
de alejar
con remedios convenientes
el
bullidor tumulto
que a
cada fraile le abultaba el bulto.
Viéndolo
ejecutado vanamente
hasta el
caso presente,
los
sapientes y místicos varones
con
santidad y ciencia propusieron
diversas
opiniones,
pero en
ninguna dieron
que a
propósito fuese
para que
luego la erección cediese.
En esta
confusión, con reverencia,
pidió el
portero para hablar licencia.
El
portero -no importa aquí su nombre-,
era un
legazo de tan gran renombre
que,
después de rascarse aquello a solas
hubo vez
de jugar diez carambolas.
-Hable
-clamó el abad- Y él, humillado,
dijo.
-Dios sea loado,
que a mí,
vil gusanillo, ha concedido
lo que a
Sus Reverencias no ha querido.
Yo un
tiempo tentaciones padecía,
más, por
fortuna mía,
hallé un
remedio fácil y gustoso
con que
al cuerpo y al alma doy reposo.
-¿Y cuál
es? -preguntaron, admirados
a una voz
los benitos congregados.
-Padres
-dijo el portero-,
tengo una
lavandera, cuyo esmero,
cuando a
traerme viene
ropa
conque me mude,
tanto
cuidado tiene
de
limpiarme de manchas exteriores
como de
la materias interiores,
de a este
fin de tal modo me sacude
que en
toda la semana
no se
alborota más mi tramontana.
Luego que
oyó el abad y el consistorio
el medio
tan sencillo y tan notorio
de obviar
las tentaciones,
decretaron
los ínclitos varones
que un
voto, de común consentimiento,
se
añadiese en las reglas del convento,
por el
cual no pudiera fraile alguno
vivir sin
lavandera.
El abad,
con presteza,
dejó al
punto aquel voto establecido
y a los
monjes, alzando la cabeza,
dijo: -El
Señor, hermanos, nos ha oído,
cuando
remedia así nuestras desgracias.
Cantemos,
pues: Agimus tibi gratias.
EL CABO DE VELA
Salió muy
de mañana
a oír
misa en la iglesia más cercana
una vieja
ochentona
de vista
intercadente y voz temblona.
A la del
Hospital se dirigía
porque
junto vivía,
llevando,
por no haber amanecido,
de una
vela encendido
el cabo
en su linterna,
cosa bien
útil, aunque no moderna.
Dejémosla
que siga su camino
y vamos a
contar lo que el destino
le tenía
guardado. El día antes
los mozos
practicantes
del
Hospital, cortaron con destreza,
en la
disecación, la enorme pieza
de un
soldado difunto
y para
mantenerla en todo el punto
de su
hermoso tamaño,
con un
cañón de estaño
la
llenaron de viento;
Enseguida
el pellejo al instrumento
con un
torzal ataron
al corte,
y como nuevo le dejaron.
Jugaron
luego al mingo
con él, y
cada cual daba un respingo
cuando se
lo tiraban
los unos
a los otros que allí estaban,
siendo de
tal diablura
objeto su
grandísima tiesura.
Después
que se cansaron,
a la
calle arrojaron
de su
fiesta el prolífico instrumento;
y aquí
vuelve mi cuento
a buscar
a la vieja, que con prisa
por la
calle pasó para ir a misa.
No
precisa el autor de aquesta historia
si
tropezó en la tiesa caniloria
o en otra
cosa; pero sí nos dice
que la
vieja infelice,
por ir
apresurada,
dio en la
calle tan fuerte costalada
que se
desolló el cutis de una pierna,
y, por el
golpe rota la linterna,
perdió el
cabo de vela y se vio a oscuras;
¡causa un
porrazo muchas desventuras!
La pobre,
al fin, se levantó diciendo:
-¡Ah,
Satanás maldito, ya te entiendo;
mas no te
bastarán tus tentaciones
para que
pierda yo mis devociones!
Entre
tanto, tentaba
el
empedrado, por si el cabo hallaba,
y tal
fortuna tuvo
que, al
poco tiempo que buscando anduvo,
dio con
la erguida pieza del soldado,
y al
cogerla exclamó: -¡Dios sea loado!
Como no
había allí dónde encenderla,
tuvo en
la faltriquera que meterla
y, a la
iglesia sus pasos dirigiendo,
llegó
cuando la puerta iban abriendo.
Oyó misa,
y entró en la sacristía
para
encender su cabo;
acercóle
una luz que en ella ardía,
pero el
maldito nabo
dio con
la llama tal chisporroteo
que apagó
aquella vela.
La vieja,
al ver frustrado su deseo,
al
sacristán apela
para que
le encendiese;
él le
tomó, ignorando lo que fuese
y le
arrimó a la luz de otra bujía;
mas, como
chispeaba y nunca ardía,
de la
vela a la llama
le
examina y exclama:
-¡Cuerpo
de Cristo! ¡Qué feroz pepino!
Tómelo,
hermana, usté, que tendrá tino
para
saber lo que con él se hace,
que yo no
enciendo velas de esta clase.
Atónita
la vieja, entonces mira
con
atención al cabo, y más se admira
que el
sacristán, diciendo:
-En
cincuenta y tres años que siguiendo
estuve la
carrera
de moza
de portal y de tercera,
no vi un
cirio tan tieso y tan soplado.
¡Quién en
sus tiempos se lo hubiera hallado!
EL CIEGO EN EL SERMÓN
Predicaba
un gilito en su convento
y, para
comenzar, buscó al intento,
de la
Escritura Santa en los lugares,
el texto
que aquí va de los Cantares
en latín
anotado,
y repitió
en romance, acalorado:
-¡Qué hermosas son tus tetas, oh mi hermana,
oh mi esposa! ¡Mejor hueles que el vino!
Así
hablaba a su amante soberana
Salomón,
lleno del amor divino.
Luego que
expuso el amoroso texto,
escondió
bajo el hábito las manos
y siguió
su sermón diciendo: -Hermanos,
¿hasta
qué extremo habrá de llegar esto?
Un lego
que, calada la capilla,
del
púlpito en la angosta escalerilla
sentado,
al reverendo acompañaba
y el
sermón escuchaba,
díjole en
tono bajo:
-No se
tenga las manos ahí debajo,
padre,
sáquelas fuera prontamente,
porque
quizás sospechara la gente
al ver su
acción y oyendo cómo empieza,
hasta qué
extremo ha de llegar la pieza.
Oyólo el
fraile y luego
las manos
saca y sigue predicando;
pero,
entre tanto, el lego
-o
porque, el verde texto recordando,
sintió el
vicio en sus partes exaltarse,
o porque
no quería ocioso estarse
mientras
se predicaba-
pensó lo
mismo hacer que sospechaba
al principio
del fraile reverendo,
con su
negocio el tiempo entreteniendo.
A este
fin, colocado en la escalera,
puso el
hábito en hueco bien afuera,
las manos
ocultando;
y,
cumplido miembro enarbolando;
empezó su
recreo;
mas,
porque no pudiese algún meneo,
de un
modo involuntario,
su fuego
descubrir extraordinario,
siempre
que se encogía o empujaba
o algún
suspiro el gusto le arrancaba,
ponía su
semblante compungido
diciendo:
-¡Ay, Dios, y cómo te he ofendido!
Al tiempo
que la empresa concluía,
el
glutinoso humor que despedía,
ardiente
como el fuego,
en los
ojos cayó de un pobre ciego
que
escuchaba el sermón allí debajo
y
exclamó: -¡Jesucristo, y qué gargajo
me has
echado, que pega cual jalea!
¿No ven
que estoy aquí? ¡Maldito sea
y ciego
como yo quede del todo
quien sin
mirar escupe de ese modo!
LAS LAVATIVAS
Cierta
joven soltera
de quien
un oficial era el amante,
pensaba a
cada instante
cómo con
su galán dormir pudiera,
porque
una vieja tía
gozar de
sus amores la impedía.
Discurrió
al fin meter al penitente
en su
casa, y, fingiendo que le daba
un cólico
bilioso de repente,
hizo a la
vieja, que cegata estaba,
que un
colchón le preparase
y en
diferente cama se acostase.
Ella en
la suya, en tanto,
tuvo con
su oficial lindo recreo,
dándole
al dengue tanto
que a
media voz, en dulce regodeo,
suspiraba
y decía:
-¡Ay...!
¡Ay...! ¡Cuánto me aprieta esta agonía!
La vieja
cuidadosa,
que no
estaba durmiendo,
los
suspiros oyendo,
a su
sobrina dijo cariñosa:
-Si
tienes convulsiones aflictivas,
niña, yo
te echaré unas lavativas.
-No, tía
-ella responde-, que me asustan.
-Pues si
son un remedio soberano.
-¿Y qué,
si no me gustan?
-Con
todo, te he de echar dos por mi mano.
Dijo, y
en un momento levantada
fue a
cargar y a traer la arma vedada.
La
mozuela, que estaba embebecida
cuando
llegó este apuro,
gozando
una fortísima embestida,
pensó un
medio seguro
para que
la función no se dejase
ni a su
galán la tía allí encontrase;
montó en
él ensartada,
tapándole
su cuerpo y puesta en popa,
mientras
la tía, de jeringa armada,
llegó a
la cama, levantó la ropa
por un
ladito y, como mejor pudo,
enfiló el
ojo del rollizo escudo.
En tanto
que empujaba
el caldo
con cuidado,
la
sobrina gozosa respingaba
sobre el
cañón de su galán armado,
y la
vieja, notando el movimiento,
le dijo:
-¿Ves cómo te dan contento
las
lavativas, y que no te asustan?
¡Apuesto
a que te gustan!
A lo cual
la sobrina respondió:
-¡Ay!,
por un lado sí, por otro no.
LA FUERZA DEL VIENTO
En una
humilde aldea el Jueves Santo
la pasión
predicaban y, entre tanto,
los payos
del lugar que la escuchaban
a lo vivo
la acción representaban,
imitando
los varios personajes
en la
figura, el gesto y los ropajes.
Para el
papel sagrado
de
nuestro Redentor crucificado
eligieron
un mozo bien fornido
que, en
la cruz extendido
con una
tuniquita en la cintura
mostraba
en lo restante su figura,
a los
tiernos oyentes, en pelota,
para
excitar su compasión devota.
La parte
de María Magdalena
se le
encargó a una moza ojimorena,
de
cumplida estatura
y rolliza
blancura,
a quien
naturaleza en la pechera
puso una
bien provista cartuchera.
Llegó el
predicador a los momentos
en que
hacía mención de los tormentos
que
Cristo padeció cuando expiraba
y su
muerte los orbes trastornaba.
Refirió,
entusiasmado,
que con
morir aniquiló el pecado
original,
haciendo a la serpiente
tragarse,
a su despecho, aunque reviente,
la
maldita manzana
que hizo
a todos purgar sin tener gana.
Esto dijo
de aquello que se cuenta,
y después
su fervor aún más aumenta
contando
los dolores
de la
Madre feliz de pecadores,
del
Discípulo amado,
y, en
fin, del sentimiento desgarrado
de la
fiel Magdalena,
la que,
entre tanto, por la iglesia, llena
de
inmenso pueblo, con mortal congoja
los
brazos tiende y a la cruz se arroja.
Allí
empezó sus galas a quitarse
y en
cogollo no más vino a quedarse,
con
túnica morada
por el
pecho escotada
tanto,
que claramente descubría
la
preciosa y nevada tetería.
Mientras
esto pasaba,
el buen
predicador siempre miraba
al
Cristo, y observó que por delante
se le iba
levantando a cada instante
la
tuniquilla en pabellón viviente,
haciendo
un borujón muy indecente.
Queriendo
remediarlo
por si el
pueblo llegaba a repararlo,
alzó la
voz con brío
y dijo:
-Hermanos, el vigor impío
de los
fieros hebreos se aumentaba
al paso
que la tierra vacilaba
haciendo
sentimiento,
y la
fuerza del viento
era tal,
que al Señor descomponía
lo que
sus partes púdicas cubría.
Apenas
oyó Cristo este expediente
cuando,
resucitando de repente,
dijo al
predicador muy enfadado:
-Padre,
el juicio sin duda la ha faltado.
¿Qué
viento corre aquí? ¡Qué berenjena!
¿Las
tetas no está viendo a Magdalena?
Hágala
que se tape,
si no
quiere que el Cristo se destape
y eche al
aire el gobierno
con que
le enriqueció su Padre Eterno.
LA POSTEMA (abceso supuroso)
Érase en
una aldea
un médico
ramplón, y a más casado
con una
mujer joven y no fea,
la que
había estudiado
entre los
aforismos de su esposo
uno u
otro remedio prodigioso
que, si
él ausente estaba,
a los
enfermos pobres recetaba.
Su
caridad ejercitando un día
la señora
Quiteria -este es su nombre-,
vio que a
su puerta había
un
zagalón, ya hombre,
que a su
esposo buscaba
porque
alguna dolencia le aquejaba.
Parecía
pastor en el vestido,
y a Febo
en la belleza y la blancura,
mostrando
en su estatura
la
proporción de un Hércules fornido,
tanto,
que la esculapia, alborotada,
cayó en
la tentación. ¡No somos nada!
Hizo
entrar al pobrete,
y con mal
pensamiento, en su retrete
en donde
le rogó que la explicase
la grave
enfermedad que padecía,
porque
sin su marido ella podía
un
remedio aplicar que le curase.
-¡Ay,
señora Quiteria! -el zagal dijo-,
Yo por lo
que me aflijo es por no hallar medio suficiente
para el
mal que padezco impertinente.
Sepa
usté, pues, que así que me empezaron
las
barbas a salir y me afeitaron,
también
me salió vello
alrededor
de aquello,
y cátate
que, a poco, tan hinchado
se me
puso que... ¡vaya!
no podía
jamás tenerlo a raya.
Yo,
hallándome apurado
y de ver
su tiesura temeroso
pensé y
vine a enseñárselo a su esposo,
el cual
me lo bañó con agua fría,
con lo
que se me aflojó por aquel día;
pero
después a cada instante ha vuelto
el humor
a estar suelto
y es la
hinchazón tremenda.
Dijo, y
sacó un... ¡San Cosme nos defienda!,
tan
feroz, que la médica al mirarlo
tuvo su
cierto miedo de aflojarlo;
pero
venció el deseo
de gozar
el rarísimo recreo
que un
virgo masculino la promete
cuando la
primera empuja y mete.
A este
fin, cariñosa,
dijo al
simple zagal: -¡Ay, pobrecito,
una
postema tienes! Ven, hijito,
ven
conmigo a la cama; haré una cosa
con que,
a fe de Quiteria,
se te
reviente y salga la materia.
El pastor
inocente
a la cura
de apresta
y ella,
regocijada de la fiesta,
le dio un
baño caliente,
metiendo
aquello hinchado
en el...,
ya usted me entiende, acostumbrado,
con una
habilidad tan extrema
y tales
contorsiones,
que dejó
la postema reventada
con dos o
tres o más supuraciones.
Fuese el
zagal, y, a poco, volvió un día
a la casa
del médico, que estaba
sentado
en su portal cuando llegaba;
y,
viéndole venir, con ironía
díjole:
-¡Hola! Parece, por tu gesto,
que se te
ha vuelto a hinchar... Pues entra presto,
te daré
el baño de aguas minerales
que
suaviza las partes naturales.
A que el
pastor responde: -¡Guarda, Pablo!
Para
postemas, que reciba el diablo
ese baño
que aplasta y que no estruja.
¡Toma!
Cuando arrempuja
la señora
Quiteria
me la
reviente y saca la materia.
LA RELIQUIA
Un
confesor gilito
En
opinión de santidad estaba,
Por lo
que despachaba
De
penitentes número infinito.
Además,
este padre reverendo
Llevaba
en un remiendo
De su
negra pretina
Cosida
una reliquia peregrina
Con
muchas indulgencias
Que
evitaban penosas penitencias
Siempre
que con dos dedos la tocaba
Al tiempo
de absolver al confesado,
Y así
todo pecado
Con esta
ceremonia perdonaba.
De clases
diferentes
El número
creció de penitentes
Sabiendo
la excelencia
de la
nueva indulgencia
Que este
varón profundo
Igualmente
aplicaba a todo el mundo.
Una moza
morena
Llegó a
sus plantas, de pecados llena,
Con ojos tentadores,
talle listo,
Y unas
tetas que hicieran caer a Cristo,
Pues,
conforme a la moda,
Ya en
taparlas ninguna se incomoda.
Empezó a
confesarse
Y, así
que llegó al sexto mandamiento,
De torpes
poluciones a acusarse
Con tanta
contrición, que el movimiento
De su
blanca pechera
Simpatizó
el fraile el instrumento,
Como era
natural, de tal manera
Que le
causó cuidado
Sentírselo
de pronto tan hinchado.
La
iglesia estaba oscura,
La gente
no era mucha y, temeroso
De más
descompostura,
El
bendito varón acudió ansioso
Al
corriente remedio
De
empuñar con recato por en medio
El
miembro rebelado;
Y esto
fue tan a tiempo ejecutado,
Que hizo
un memento homo
Pasándole
la mano por el lomo.
La moza
acabó en tanto
Su
confesión, y dijo al varón santo:
-Écheme,
padre mío,
la sacra
absolución en que confío,
y
aplíqueme, le ruego, la indulgencia
que su
reliquia tiene,
pues la
virtud que en ella se contiene
puede
excusar más grave penitencia.
Oyendo
estas razones,
De su
meditación medio aturdido,
El fraile
volvió en sí dando un ronquido;
Sacó de
sus calzones,
Para
absolver, la mano humedecida;
Tocóla en
la reliquia consabida
Y, en vez
de bendición, echó rijoso
A la moza
un asperges muy copioso.
-¡Jesús!
–ella exclamó-. ¿Para qué es esto
que me ha
echado en la cara?
Sintiera
que pegado se quedara,
Pues
parece de gomas un compuesto.
A que
respondió el fraile: -Eso, sin duda,
Es, ¡ay!,
que ha cometido un gran pecado,
Hermana,
y perdonárselo ha costado
Tanto,
que a mares la reliquia suda.
EL AJUSTE
DOBLE
A casa de
una moza un estudiante
llegó,
pobre y tunante,
y por
poco dinero
le pidió
algún carnal desaguadero.
-No puedo
socorrerle en ese apuro
-ella le
dijo-, sin que pague un duro;
no lo
hago más barato
porque
anda malo el tiempo y malo el trato.
Llevaba
el estudiante únicamente
el duro
que la moza le pedía,
mas no le
convenía
gastarle
en un desagüe solamente,
y así la
respondió: -Por el dinero
no habrá
dificultad; pero primero
haga la
diligencia
menor en
su orinal a mi presencia;
que yo,
viendo su líquida corriente,
conozco
si el rincón está doliente.
-En eso
no hay reparo
-la moza
replicó: luego, la hizo,
y el
estudiante avaro
con esto
su deseo satisfizo,
porque,
una tercia y algo más sacando
y el
orinal alzando,
empuñó la
cualquiera,
diciendo
en su función pasamanera:
-Con
caldo se contentan mis culadas,
porque
valen muy caro las tajadas.
La moza,
de la treta arrepentida,
le dijo:
-No prosiga, por su vida,
que yo no
tengo el corazón tan duro
y se lo
empuñaré por medio duro.
Al punto
el estudiante, alborozado,
el
partido aceptó, y en el estrado
junto a
ella se coloca,
a su
arbitrio dejando la bicoca.
La moza,
con despejo,
ya le
afloja o aprieta,
ya le
pliega el pellejo,
y en sus
pasavolantes
también
dio en trastear con los colgantes.
En tanto
que él se holgaba,
ella
atenta observaba
el
crítico momento
de la
expulsión; y a cierto movimiento
que hizo
el pobre estudiante indicativo,
tapando
el agujero expeditivo
le dijo:
-Señor guapo,
si no me
dais un duro, no destapo.
Él,
viéndose burlado en tal aprieto,
la dijo:
-Te lo doy si te lo meto,
pues el
ajuste doble que propones
no es
justo si debajo no te pones.
La moza,
que lo mismo deseaba
para
probar la pieza que empuñaba,
se
convino al instante
a la
proposición del estudiante,
y quitóse
la ropa
en una
santiguada,
y,
cogiendo la paga deseada,
tendióse
y la metió bajo su popa,
y se
prestó después al regodeo
de su
carnal deseo;
y en
tanto que retoza
y en
ondulantes giros se alboroza,
el
estudiante, que acabó primero,
cogió con
disimulo su dinero;
mas,
cuando iba a marcharse,
le echó
menos la moza al levantarse
y le
dijo: -Detente,
porque se
me ha perdido
el duro
que me diste,
ayúdame a
buscarle.
A que él
repuso: -En ti podrás hallarle,
pues como
con tal furia te moviste,
si bajo
las nalgas le has metido,
le
encontrarás en ellas derretido.
LA RECETA
De
histérico una monja padecía
y ningún
mes contaba
las
calendas purpúreas que aguardaba.
Al
convento asistía
un médico
arriscado
que por
su ciencia conoció el estado
de la
joven paciente
y cúal
era el remedio conveniente;
y con
oculta treta,
en papel
reservado
entrególe
a la sor como receta
cuyo
expedito y breve contenido
de esta
manera estaba concebido:
“Contra
ese flato histérico receto
un
fregado completo
en
aquellos canales
que los
censos expelen mensuales.
Yo para
esta faena,
una
tienta de carne tengo buena,
con que
ofrezco curarla
y la
matriz al par deshollinarla.”
Esto leyó
la monja, y afanosa
de cobrar
su salud, pensó una cosa
con que
deshollinada
quedase
con la tienta deseada;
para
ello, de repente,
con más
fuerza el histérico accidente
fingió,
de tal manera
que mandó
la abadesa se trajera
el médico
al momento,
y, sin
desconfianza, en el convento
le pidió
que quedase
en tanto
que la monja peligrase.
Llegó la
media noche y las campanas
a
maitines tocaron;
las
piadosas hermanas
de sus
celdas al coro se marcharon,
quedando
con la enferma una novicia
de
bastante malicia,
y el
médico, ajustándose su cuenta
de cómo
engañaría a la asistenta.
Ésta, que
recelaba el torpe empeño,
fingió
ceder al sueño
y vio que
el esculapio prontamente
montaba a
la paciente
y que
ella culeaba
mientras
él la estrujaba
tanto,
que la pobreta
tragaba
suspirando la receta.
La
novicia, por no llevar el gorro,
gritó:
-¡Hermanas, socorro!
¡Acudan,
que este médico maldito
a nuestra
hermana pincha el conejito!
Por
pronto que a esta voz saltó del lecho
el
agresor sin consumar el hecho,
las
monjas, que volaron
a la
celda, llegando a tiempo, vieron
lo que
nunca tuvieron
y siempre
desearon;
hallaron
a la enferma destapada;
vieron,
¡ay!, enristrada
la tienta
valerosa
del
médico en el aire y que, furiosa
porque su
ocupación se lo impedía,
con todas
juntas embestir quería.
A tal
vista, una clama: -¡Es un impío!
Otra
dice: -¡Qué escándalo, Dios mío!
Otra, con
mayor celo, repetía
que sobre
sí el delito tomaría
para
evitar que luego
llegue
sobre el convento a llover fuego.
En tanto
que gritaban, la abadesa
llegó
dándose priesa,
en brazos
de dos monjas apoyada,
con el
peso encorvada
de
ochenta y cinco años,
que le
habían causado, entre otros daños,
almorranas,
ceguera,
algo de
perlesía y de sordera,
y una
pronunciación intercadente
por
hallarse su boca sin un diente.
Ésta,
pues, enterada de la culpa,
vio que
la delincuente se disculpa
mostrando
la receta,
y adivinó
que el médico operaba
con la
tienta que en ella insinuaba.
La
abadesa, discreta,
de la
verdad queriendo cerciorarse,
en la
nariz montó los anteojos,
que eran
auxiliadores de sus ojos;
mandó
luego acercarse
al galeno
que estaba bien armado
por no
haber la receta consumado,
y,
alzándole deprisa
el
cumplido faldón de la camisa,
exclamó
con presteza:
-¡Bendígaselo
Dios! ¡Soberbia pieza!
La de mi
confesor, que pincha y raja,
con dos
palmos del vello a la cabeza
es un
meñique al lado de esta alhaja.
LA POCA RELIGIÓN
En la
Puerta del Sol, según costumbre,
haciendo
el corro andaba
por la
noche una moza
que,
aunque ya poca lumbre
este
oficio la daba,
siempre
la que lo ejerce en él se goza.
Al dar
una virada,
se halló
de cierto quidam abordada,
que,
pidiendo matute,
acompañarla
quiso complaciente;
y ella,
sin que en la paga le dispute,
a su casa
condujo al pretendiente.
Los
muebles que tenía por adorno
eran un
lecho grande y elevado,
sillas en
su contorno
y una
mesa, la cual el convidado,
porque
cenar quería,
hizo
cubrir de bodrios de hostería.
Los dos
solos cenaron,
y a pasar
se dispuso
toda la
noche allí, según el uso,
el
pagano; mas luego que llegaron
al
momento festivo de acostarse,
vieron un
hombre por la alcoba entrarse,
que,
sacando un colchón del alto lecho,
lo echó
al suelo y tendióse satisfecho.
Al verle
el convidado,
a la moza
le dijo, algo aturdido:
-¿Quién
es este señor recién venido?
Y ella le
respondió: -Deja el cuidado,
porque
ése es mi marido
que viene
a recogerse
y en
nuestra diversión no ha de meterse.
-Con
todo, yo me voy -él le replica-,
que no
quiero que turbe mi descanso.
-No hagas
tal, que es muy manso
-ella le
dice-, y esto no le pica;
que ya en
él es costumbre
vivir de
su profunda mansedumbre.
Apaga la
luz pronto,
y
acostémonos ya; no seas tonto.
El hombre
obedeció, y entró en la cama;
pero,
apenas la luz hubo apagado,
cuando el
marido exclama:
-¡Hay tal
bellaquería!
¡Echarse
de esta suerte, sin decoro!
¡Vaya,
que semejante picardía
no pienso
que se hiciese ni en el Moro!
-¿Lo ves?
-dijo a la moza el convidado-.
¡Si esto
era demasiado
para que
lo sufriera!
-¡Toma!
Pues... si lo sufre de cualquiera...
yo no sé
-repetía la señora-,
por qué
el bellaco se alborota ahora.
Mas el
pagano resolvió, no obstante,
marcharse,
y al paciente
le
demandó perdón humildemente;
a lo cual
respondióle el buen marido:
-Hombre,
no se levante,
que a mí
no me ha ofendido
porque
con mi mujer dormir pretende;
sólo la
poca religión me ofende
con que,
habiendo apagado
la luz,
en un momento
no diga: Sea bendito y alabado
el santo Sacramento.
AL MAESTRO CUCHILLADA
Allá en
tiempos pasados
salieron
desterrados
de la
Grecia los dioses inmortales.
Un asilo
buscaban,
cuando en
nuestro hemisferio se fundaban
diversas
religiosas monacales,
y entre
ellas, por gozar la vita bona,
se
refugió el dios Príapo en persona.
De tal
deidad potente el atributo
con que
hace cunda el genitario fruto,
es que
todo varón que esté en su vista
siempre tenga
la porra tiesa y lista.
Con que
de esta excelencia
sintiendo
la influencia,
en todos
los conventos donde estaba
el vigor
de los frailes se aumentaba
de modo
que las tapias eran pocas
para
tener a raya sus bicocas.
Furibundos
salieron y atacaron
a roso y
a velloso;
pero,
aunque más metieron y sacaron,
el efecto
rijoso
no por
eso cedía
y cada
miembro un roble parecía.
El dios
Príapo al momento
vio que
este monacal levantamiento
sus
fuerzas desairaba,
pues más
que él cualquier fraile trabajaba,
y por
miedo a los rudos empujones
de tales
campeones,
abandonarlos
luego
pensó,
tomando las de Villadiego.
Fuese,
por no pasar el tiempo en vano,
a un
convento de monjas de hortelano;
pero
cuando las madres recogidas
sintieron
de tal dios las embestidas,
crecieron
sus deseos
a par de
los continuos regodeos,
tanto que
al huésped molestando andaban
y a puto
el postre daban y tomaban.
Entre
ellas el potente fornicario
todavía
estuviera
si un
caso extraordinario
por su
influjo viril no sucediera;
y fue
que, como siempre en los conventos
hay
algunos jumentos,
en éste
dos las monjas mantenían
que los
trabajos de la huerta hacían;
item más, un verraco había en ella,
de
gordura hecho pella,
y un
choto ya mancebo
que para
procrear tenía cebo;
por
desdicha los pobres animales
sintieron
los impulsos naturales
del dios
que los cuidaba,
y al
tiempo que en la huerta paseaba
la
femenil comunidad en tropa,
oliendo
que eran hembras en la ropa,
el cerdo
con gruñidos,
el choto
con balidos,
y los
asnos a dúo rebuznando
y sus
virotes a lucir sacando,
tras de
las monjas daban
y, aunque
corriesen, bien las alcanzaban;
pero como
enfilarlas no podían,
en el
suelo caían,
donde el
polvo, esperma y otras cosas
las
dejaban molidas y asquerosas.
Entonces
protección al hortelano
pedían,
pero en vano,
porque a
los animales su presencia
aumentaba
la gana y la potencia.
Así que
esto las madres conocieron,
por el
maligno a Príapo tuvieron,
que,
después de gozarlas,
enviaba
el Señor a castigarlas;
conque,
dando al olvido
los
méritos del dios antecedentes,
después
de que le hubieron despedido
quisieron,
penitentes,
de su
buen confesor aconsejadas,
sólo por
éste ser refociladas.
Príapo,
despechado,
se marchó
a la mansión de un purpurado
de
geniazo severo,
donde
entrar pretendió de limosnero.
El señor
cardenal, con mil dolencias
se
hallaba, de sus obras consecuencias,
con tres
partes de un siglo envejecido
y en la
cama impedido,
cuando
sus pajes en la alcoba entraron
y al
pretendiente dios le presentaron.
Ya había
en ellos hecho
la
presencia del huésped buen provecho
inflamando
sus flojas zanahorias
de suerte
que, tornando a la antesala,
las
empuñaron con primor y gala
y se
hicieron sus cien dedicatorias.
En tanto,
el cardenal, que estaba a solas
con
Príapo, sintió que se estiraba
el cutis
arrugado de sus bolas
y que se
le inflamaba
tanto su
débil pieza,
que
enderezó la prepucial cabeza.
Hallóse,
finalmente, como nuevo
y,
echándole al mancebo
una
ardiente ojeada,
saltó del
lecho, la camisa alzada,
cerró la
puerta y atacó furioso
a Príapo
a traición, que, valeroso,
vio que
era, en tal apuro,
descubrirse
el remedio más seguro.
Con
efecto, impaciente
se
desataca y muestra de repente
al
cardenal impío
por
miembro un mastelero de navío.
Quedóse
estupefacto el purpurado
porque, a
su vista, el suyo viejo y feo
era lo
mismo que poner al lado
del
Coloso de Rodas un pigmeo;
y mucho
más, oyendo que decía
el dios:
-¡Habrá mayor bellaquería!
Sacrílega
Eminencia,
Eminencia
endiablada,
¿quieres
dar al maestro cuchillada?
Sepas que
es mi presencia
la que tu
miembro entona,
porque
soy el dios Príapo en persona;
las
cópulas protejo naturales,
pero no
los ataques sensuales
de puerca
sodomía;
y, pues
gozar ojete es tu manía,
quédese
el tuyo viejo,
que en
sempiterna languidez lo dejo.
-¡No, por
la diosa Venus! -humillado
exclamó
el cardenal-. ¡A ti, postrado,
dios de
fornicación, perdón te pido!
Mis
sucias mañas echaré en olvido;
pues, más
que en flojedad tan indecente,
quiero
tenerlo tieso eternamente.
EL CUERVO
En un
carro manchego
caminaba
una moza inocentona
de
gallarda persona
propia
para inspirar lascivo fuego.
El
mayoral del carro era Farruco,
de
Galicia fornido mameluco,
al que,
en cualquier atasco, daba asombro
verle
sacar mulas y carro al hombro.
Un
colchón a la moza daba asiento,
porque el
mal movimiento
del carro
algún chichón no la levante.
Lector,
es importante,
referir y
tener en la memoria
la menor
circunstancia,
para que,
por olvido o ignorancia,
la verdad
no se olvide de esta historia.
Yendo así
caminando,
vieron un
cuervo grande que, volando,
a veces
en el aire se cernía
y otras
el vuelo al carro dirigía.
-¡Jesús,
qué pajarraco tan feote!
-dijo la
moza-. ¿Y ese animalote
qué
nombre es el que tiene?
-Ese es
un cuervo -respondió el arriero-,
embiste a
las mujeres y es tan fiero
que las
pica los ojos, se los saca,
y después
de su carne bien se atraca.
Oyendo
esto la moza y reparando
que el
cuervo se acercaba
al carro
donde estaba,
tendióse
en el colchón y, remangando
las
faldas presurosa,
cara y
cabeza se tapó medrosa,
descubriendo
con este desatino
el bosque
y el arroyo femenino.
Al
mirarlos Farruco, alborotóse;
subió
sobre el colchón, desatacóse,
sacó...
¡poder de Dios, qué grande que era...!
y a la
moza a empujones
enfiló de
manera
que del carro
los fuertes enviones,
en vez de
impedimento,
daban a
su timón más movimiento.
Y en
tanto que él saciaba su apetito,
ella
decía: -¡Sí, cuervo maldito;
pica,
pica a tu antojo,
que por
ahí no me sacas ningún ojo!
LA SENTENCIA JUSTA
A cierta
moza un húsar, y no es cuento,
porque le
socorriera en sus apuros
del
carnal movimiento,
le
prometió ocho duros
y después
sólo cuatro la dio en paga.
La moza,
descontenta
con esta
trabacuenta,
para que
por justicia se le haga
aflojar
lo restante,
fue a querellarse
de él al comandante.
Era éste
un hombre adusto,
pero en
sus procederes siempre justo,
y antes
de oír a la moza querellante
quiso que
el húsar fuese allí al instante.
Presentóse,
en efecto, el demandado
y, siendo
preguntado
por su
jefe de dónde provenía
la deuda
que tenía
con
aquella señora,
el húsar
respondió: -Diga ella ahora,
si lo
tuviese a bien, de qué dimana
una deuda
que puede ser liviana.
-No tengo
impedimento
-la moza
dijo entonces-. Sabrá usía
que yo
alquilé al señor un aposento
que vacío
tenía
para que
en él metiese ciertos trastos
que dijo
le causaban muchos gastos;
me
ofreció media onza por la renta
y ahora
con la mitad pagarme intenta.
Calló, y
el húsar luego
empezó su
defensa con sosiego
diciendo:
-Aunque es verdad que ése fue el trato,
me salía
más caro que barato,
porque yo
solamente
pude
meter un trasto estrechamente
en el
zaquizamí que me alquilaron;
con que
si di por esto
la mitad
de la renta, fue bastante,
y no creo
que el resto
me
obligue ahora a pagar mi comandante.
A que la
querellante, sofocada,
replicó:
-Esa excepción no vale nada,
pues si
tuvo el señor por oportuno
de sus
trastos dejar alguno fuera,
no se
quedó ninguno
por no
tener en donde lo metiera;
que yo
desocupada
otra
pieza inmediata le tenía,
que,
aunque es un poco oscura y jaspeada,
para los
que sobraban bien servía.
No dijo
más, ni el húsar dijo respuesta
que su
defensa hiciese manifiesta,
por lo
que el comandante
esta
sentencia pronunció al instante:
-Vaya
usted, señor húsar, y en la pieza
que la señora
dice, con presteza,
meta
todos sus trastos por entero
y páguela
completo su dinero.
EL RAIGÓN
Mientras
ausente estaba
un pobre
labrador de su alquería,
su mujer
padecía
dolor de
muelas; esto lo causaba
un raigón
que, metido
en la
encía, tenía carcomido.
En el
lugar hacía de barbero
un
mancebo maulero
a quien
ella quería,
por lo
cual mandó a un chico que tenía
le
buscase y dijese
que a
sacarla un raigón luego viniese.
El
rapabarbas, como no era payo,
vino con
el recado como un rayo,
y para hacer
la cura
se
encerró con la moza. ¡Qué diablura!
A veces
son los niños de importancia
para que
en la ignorancia
no se
queden mil cosas
picantes
y graciosas;
digo esto
porque nunca se sabría
lo que el
barbero con la moza hacía
a no ser
por el chico marrullero,
que
curioso atisbó en el agujero
de la
llave la diestra sacadura
del
raigón. Repitamos: ¡qué diablura!
La
operación quirúrgica acabóse
y el
barbero marchóse
dejando a
la paciente mejorada,
mas del
tirón bastante estropeada,
mientras
el chico, alerta,
a su
padre esperó puesto a la puerta.
Éste, a
comer viniendo presuroso,
preguntóle
al muchacho cuidadoso:
-¿Está
mejor tu madre?
Y el
chico dijo: -Ya está buena, padre;
porque a
poco que vino
el
barbero a curarla
quiso el
raigón sacarla,
y se
encerraron para... ya usté sabe;
bien que
yo por el ojo de la llave
pude con
disimulo
ver que
no sacó la muela,
sino que
estuvo... amuela que te amuela,
dale... y
la sacó al fin de junto al culo
un
raigón... de una tercia, goteando,
con sus
bolas colgando;
y al
mirarlo, en voz alta
dijo mi
madre: “¡Ay, cómo se hace falta!”
En todas
ocasiones,
al buen
entendedor, pocas razones;
dígolo
porque luego
que éstas
oyó el buen hombre, echando fuego
por los
ojos, a su hijo:
-Ve
corriendo -le dijo-;
di al
barbero que en nada se detenga
y a
sacarme un raigón al punto venga,
que yo
entre tanto prevendré una estaca;
veremos
si se lleva lo que saca
ese
bribón malvado
cuando
hace falta lo que se ha llevado.
Partió a
carrera abierta
el chico,
y con la tranca de la puerta
el padre
prevenido,
a quien
le había así favorecido
con
intención dañosa
esperó,
sin decir nada a su esposa.
Erramos
los mortales
en
nuestros juicios intelectuales;
bien el
proverbio aquí lo manifiesta:
“Quien
con niños se acuesta...”
Pues,
como iba diciendo de mi cuento,
el chico
en un momento,
llegó a
la barbería,
llamó al
autor de la bellaquería
y le dio
su recado.
El
hombre, descuidado,
tomó capa
y gatillo,
y ya se
iba a marchar con el chiquillo
cuando,
por su fortuna,
de sus
ventosidades soltó una;
lo que el
muchacho oyendo
le dijo
sonriendo:
-Bien
puede usted, maestro, ahora aflojarse,
que
pronto ha de ensuciarse,
pues mi
padre, enfadado,
del
raigón que a mi madre le ha sacado
porque
falta le hacía,
la tranca
de la puerta prevenía;
y es que,
sin duda, intenta
de lo que
usté sacó tomarle cuenta.
Cuando
esto oyó el barbero,
soltó
capa y sombrero
y le
dijo: -Para esa paparrucha
no es
menester que vaya yo. Hijo, escucha:
corre y
dile a tu padre
que le
meta a tu madre,
si le
hace falta, en el lugar vacío,
otro
raigón que tiene igual al mío.
LOS RELOJES DEL SOLDADO
Dieron
alojamiento
a un
tunante sargento
en la
casa de cierta labradora,
viuda,
joven, con humos de señora,
cuyo
genio intratable
en breve
con su huésped se hizo amable,
habiendo
reparado
que era
rollizo, sano y bien formado;
tanto,
que dijo para su capote:
-¡Vaya!
Tendrá un bellísimo virote.
Al tiempo
que cenaron,
mil
pullas a los dos se les soltaron,
y después
el sargento
dijo:
-Patrona mía, lo que siento
es que mi
compañía
marcha al
romper el día,
por lo
cual tendré que irme tempranito,
y quizá
no habrá en este lugarcito
un reloj
de campana
que se
oigan dar las tres por la mañana.
-Aunque
no haya ninguno
-la viuda
respondió-, yo tengo uno
en mi
corral guardado,
que es
más fijo que el sol por lo arreglado:
mi gallo,
que no atrasa ni adelanta,
porque a
la aurora sin falencia canta.
-Yo
también -respondióla prontamente
el
sargento-, un reloj conmigo tengo
que,
cuando está corriente,
todas las
horas da que le prevengo;
pero para
arreglarle
es
preciso las péndolas colgarle,
dándolas
movimiento
mientras
que el minutero toma asiento,
que, en
teniéndolas a gusto,
apunta
bien y da las horas justo;
mas yo,
solo y cansado,
no le
puedo poner en tal estado.
-Lo hará
el señor sargento con mi ayuda
-le dijo
la viuda.
-Tanto
mejor -exclama
el
tunantón-; pero será en la cama.
Y no lo
dijo en vano,
que,
tomándola luego de la mano,
al lecho
la conduce
y,
halagándola, pronto la reduce
a que en
forma se ponga:
el
minutero mete,
las
péndolas le cuelga y arremete
tan firme
a la patrona a troche y moche,
que dio
todas las horas de la noche.
Gustosa
la viuda, aunque cansada,
vino a
dormirse hacia la madrugada,
y también
el sargento, sin cuidado,
en el
gallo fiado,
cogió el sueño,
contento
de la
repetición del movimiento.
Ya bien
entrado el día,
le
despertó la prisa que tenía
de
marcharse temprano,
porque no
cantó el gallo, o cantó en vano;
y viendo
que ya había falta hecho,
al corral
fue derecho,
pilló al
pobre reloj de carne y pluma,
y con
presteza suma
el
pescuezo torcióle
y en el
morral, colérico metióle.
Queriendo
antes de irse
de su
amable patrona despedirse,
volvió a
entrar en la alcoba
y
encontró a la muy boba
destapada
y despierta;
conque
cerró la puerta
y,
montándola presto,
le dijo:
-Mi reloj se ha descompuesto
otra vez
y, antes de irme en tal estado,
quiero
que me lo pongas arreglado.
La dócil
labradora
lo
arregló y le hizo dar la última hora;
y él, de
la compostura agradecido,
tomó la
puerta habiendo concluido;
mas ya en
la calle, díjola en voz alta:
-Si su
reloj, patrona, le hace falta,
no se le
dé cuidado,
porque
andaba también algo atrasado,
y yo para
ponerlo como nuevo,
en mi
morral a componer lo llevo.
DIÓGENES EN EL AVERNO
El cínico
Diógenes de Atenas
con su
filosofía
hizo,
mientras vivió, mil cosas buenas,
siendo su
gran manía
ponerse a
procrear públicamente
a sol
radiante y a faldón valiente.
Decía:
-No es razón que a ver a un hombre
morir se
junten tantos
y el ver
fabricar otro les asombre
para que
hagan espantos.
¡Ay, ya
murió ese sabio, y su tinaja
le sirvió
de sepulcro y de mortaja!
Libre,
después, del natural pellejo
descendió
a la morada
de las
errantes sombras, y el buen viejo
la halló
tan embrollada
que mandó
de su cóncavo profundo
la
redacción siguiente a nuestro mundo:
Dice,
pues, que llegando del Leteo
a la
terrible orilla,
vio al
anciano Carón, pálido y feo,
sentado
en su barquilla,
procurando
con mano intermitente
dar a su
seco miembro un emoliente.
Las
sombras de los muertos se agrupaban
en
fantásticas tropas;
con
ademanes lúbricos se alzaban
las
funerarias ropas,
y
trabajaban hembras y varones
en dar el
ser a mil generaciones.
Atónito
Diógenes severo,
esperó a
que acabara
su
operación prolífica el barquero
para que
a la otra orilla le pasara;
el cual,
luego que tuvo a bordo al sabio,
le dijo
así con balbuciente labio:
-¡Oh,
cínico filósofo! Has llegado
en un día
al Averno
de
polución, pues hoy está ocupado
el gran
Plutón eterno
en
procrear tres furias inhumanas,
porque
están las Euménides ya ancianas.
A este
fin, en su lecho, a lo divino
embiste a
Proserpina,
y, en
tanto, sus vasallos del destino
seguimos
la bolina.
Bien
puedes tú, pues hoy no han de juzgarte,
en los
Campos Elíseos embocarte.
Dijo, y
le desembarca al otro lado.
Diógenes,
siguiendo
su
camino, gustoso y admirado,
las obras
iba viendo
del
lujurioso influjo entre los diablos
de
aquellos oscurísimos establos.
El Can
Cerbero y la Quimera holgaban
en
lúbrico recreo;
las hijas
de Danao se lo daban
a Ixión,
a Prometeo,
a
Tántalo, a Sísifo y a otros muchos
condenados
espectros y avechuchos.
Minos
también, y Caco, y Radamanto,
alcaldes
infernales,
a las
tres viejas Furias entre tanto
atacaban
iguales,
y
Diógenes a todos, satisfecho,
al pasar
les decía: -¡Buen provecho!
Por
último, a Plutón y Proserpina
llegó a
ver en la cama,
metiendo,
al engendrar, tanta fagina
entre
sulfúrea llama,
que sus
varias y bellas contorsiones
imitaban
culebras y dragones.
En vez de
semen, alquitrán vertían;
moscardas
les picaban;
los
fétidos alientos que expelían
el Averno
infestaban;
lanzando
por suspiros alaridos,
de su
placer furioso poseídos.
Aquí
exclamó Diógenes -y acaba
su
relación con esto:
-¡Qué
bien hacía yo cuando engendraba
públicamente
puesto!
¡No
ocultéis más, mortales, un trabajo
que haces
diablos y dioses a destajo!
bolina:
bulla, ruido, pendencia, desazón
LA MEDICINA DE SAN AGUSTÍN
En la
ciudad alegre y renombrada
que
riega, saltarín, Guadalmedina,
empezó a
padecer de mal de orina
una
recién casada
de edad
de veinte años,
a quien
vinieron semejantes daños
de que su
viejo esposo
setentón
lujurioso,
por más
esfuerzos que a su lado hacía
y con sus
refregones la impelía
al
conyugal recreo,
jamás
satisfacía su deseo,
quedando
a media rienda el pobrecito
con un
poco de pavo tan maldito,
que la
moza volada
enfermó
de calor. ¡Ahí que no es nada!
Era harto
escrupulosa
la
requemada esposa,
y, por
calmar su ardor la Penitencia,
frecuentaba
los santos sacramentos
pensando
que aliviaran su conciencia
ciertos
caritativos argumentos
con que
un fraile agustino
daba
lecciones del amor divino.
Refirióle
afligida
las
fatigas que el viejo impertinente,
su
esposo, aunque impotente,
le
obligaba a sufrir, y que encendida,
después
que la atentaba
y de
asquerosas babas la llenaba,
en el
crítico instante
la dejaba
ardorosa y titilante.
Y aquí,
lector, no cuento
lo que
también contó de un sordo viento
fétido y
asqueroso
que
expelía en la acción su anciano esposo,
caliente
y a menudo:
porque la
edad en tales ocasiones
afloja
del violín los diapasones.
Volvamos
sin tardanza
al
agustino, que entendió la danza
y le
dijo: -Esta tarde
a solas
quiero, hermana, que me aguarde
en su
cuarto, y haré que el mal de orina
se le
cure con una medicina
que el
gran padre Agustín, santo glorioso,
a nuestra
religión dejó piadoso.
En esto
concertados,
el bravo
confesor y la paciente
a la
tarde siguiente
en una
alcoba entraron, y, encerrados
allí, Su
Reverencia
a la
joven curó de su dolencia
con un
modo suave
y al
mismo tiempo vigoroso y grave.
Entre
tanto, el esposo
con un
médico había, cuidadoso,
consultado
los males
que su
mujer sufría tan fatales
y a su
casa consigo le traía
a tiempo
que salía
de ella
el buen confesor, gargajeando
y de la
fuerte operación sudando.
Sin
detenerse el viejo en otra cosa,
entró y
dijo a su esposa:
-Mira,
hijita, qué médico he buscado,
que
dejará curado
ese tu
mal de orina
aplicándote
alguna medicina.
Y ella al
galeno entonces, muy serena,
dijo: -No
es menester, que ya estoy buena;
mi
enfermedad penosa
ha cedido
a la fuerza milagrosa
que San
Agustín puso en los pepinos
de los
robustos frailes agustinos.
ONCE Y
TRECE
I
Con un
robusto fraile carmelita
se
confesaba un día una mocita
diciendo:
-Yo me acuso, padre mío,
de que
con lujurioso desvarío
he
profanado el sexto mandamiento
estando
con un fraile amancebada,
pero ya
de mi culpa me arrepiento
y espero
verme de ella perdonada.
-¡Válgame
Dios! -el confesor responde,
encendido
de cólera-. ¿Hasta dónde
ha de llegar
el vicio en las mujeres,
pues
sacrílegos son ya sus placeres?
Si con
algún seglar trato tuviera,
no tanta
culpa fuera,
mas con
un religioso... Diga, hermana:
¿qué
encuentra en él su condición liviana?
La moza
respondióle compungida:
-Padre,
hombre alguno no hallaré en vida
que tenga
tal potencia:
sepa Su
Reverencia
que mi
fraile, después que me ha montado
trece
veces al día, aún queda armado.
-¡Sopla!
-dijo admirado el carmelita-.
¡Buen
provecho, hermanita!
De tal
poder es propio tal desorden;
de
once... sí... ya los tiene nuestra orden
cuando
alguno se esfuerza...
¡pero,
trece...! Jerónimo es por fuerza.
II
La casa
de una moza visitaba
un
jerónimo grave, con frecuencia,
y en ella
mucha veces exaltaba
de su
orden poderosa la excelencia.
Entre las
propiedades que elogiaba
con más
grave fervor Su Reverencia
era la de
las fuerzas genitales,
en que
son los jerónimos brutales.
-Ya sé
-dijo la moza-, que infinitas
son las
fuerzas de tropa tan valiente,
pues de
los monacales las visitas
sacian a
la devota más ardiente;
si hacen
once los padres carmelitas,
los
jerónimos trece comúnmente;
pero
trece, por más que se pondera,
es docena
de frailes cualesquiera.
-Ese
refrán no prueba lo bastante
-el
jerónimo dijo, algo picado-;
mas un
convenio hagamos al instante
que mi
instituto deje acreditado,
y es:
que, después que juguetón y amante
la docena
del fraile te haya echado,
por cada
vez de más que te lo haga
una onza
de oro me darás en paga.
-Está muy
bien; acepto ese partido,
la moza replicó;
mas convendremos
en que si
de las trece que ha ofrecido
falta
alguna, la falta ajustaremos
a onza de
oro, cual yo he prometido.
-Sea en
buen hora y juntos dormiremos
-respondió
el reverendo complacido-,
pues si
esta noche en mi convento falto
es para
conseguirle honor más alto.
Hecho el
trato, a las doce se acostaron;
matan la
luz, empiezan las quimeras,
y ocho
postas seguidas galoparon
sin dar
paz a riñones ni a caderas;
mas luego
que la nona comenzaron
paró la
moza sus asentaderas,
porque la
pobre ya más no podía.
¡Tan duro
y firme el fraile lo tenía!
En fin,
al ser de día, el religioso
corrió la
posta trece por entero
y de la
moza el chisme cosquilloso
puso como
de patos bebedero.
Ella,
viendo el estado vigoroso
del
fraile, y en peligro su dinero,
pretextando
un aprieto no decente,
salióse
de la alcoba prontamente.
Buscó y
llamó en silencio a su criada;
contóle
del concierto el mal estado
y que
ella no se hallaba para nada
porque el
fraile la había derrengado,
mas que,
por no quedar avergonzada,
el
recurso que había imaginado
era que
sin chistar corriendo fuera
y en la
cama con él se zambullera.
Una yesca
encendía el fraile en tanto,
y el
pedernal con lumbre brilladora
a la
criada al entrar dio tal espanto
que,
volviéndose, dijo a su señora:
-¡Ay, que
es su aquél como un brazo de santo!
¡Lo he
visto y no me atrevo a entrar ahora,
pues a lo
tieso al fraile se le junta
que le
está echando fuego por la punta!
LA ORACIÓN DE SAN GREGORIO
Un cura y
su criada en una aldea
la noche
de difuntos
se
calentaban juntos
al fuego
de una grande chimenea.
La
doncella era joven y graciosa
tanto
como inocente,
y el cura
un hombre ardiente,
de
barriga y gordura prodigiosa,
porque
siempre estos bienaventurados
son de
salud por el Señor colmados.
Al ir al
dormitorio
la mujer
dijo al cura, compungida:
-¡Ay,
señor! Estarán en la otra vida
almas del
Purgatorio
esta
noche esperando
los
sufragios que allí vayan llegando
de unas y
otras gentes,
para
subir al Cielo,
y, aunque
he rezado yo por mis parientes,
no sé si
este consuelo
lograrán
por mis cortas oraciones,
porque
esto también anda en opiniones.
-Cierto
-le dijo el cura, suspirando,
desnudo
ya, subiéndose a la cama
y sus
formas rollizas enseñando-;
cierto
que no hay sufragios suficientes
para
sacar las ánimas benditas
de la
llama cruel del Purgatorio,
si no es
cierta oración de San Gregorio
que
consigue indulgencias infinitas.
Cada vez
que se reza por un alma,
sube al
instante al Cielo con su palma;
mas no
puede rezarse
sino
entre dos al tiempo de acostarse.
-¡Oh! Si
en esto consiste,
-respondió
la doncella-,
señor
cura, por Dios que la recemos
entre los
dos, y luego dormiremos;
iránse
por mis padres aplicando
al tiempo
de ir rezando.
-Bien:
aunque tengo sueño, dijo el cura,
lo haré
porque te estimo:
acuéstate
a mi lado
y no
tengas cuidado
si en
medio del fervor a ti me arrimo,
porque
estas oraciones
tienen su
ahogo y sus espiraciones.
Con
arreglo a tales circunstancias,
rezaron
juntos la oración primera,
que se
aplicó a la madre
de la
pobre soltera,
y ella
exclamó: -Prontito por mi padre
recemos,
señor cura, que no dudo,
por el
placer que el rezo me ocasiona,
que mi
madre en el Cielo se corona.
Como
mejor se pudo,
y a fe
que bien lo hicieron
después
rezando fueron
por los
tíos, hermanos
y
parientes lejanos
de que se
fue acordando la mozuela,
y en fin
sólo un abuelo
faltaba
de tan larga parentela
que
conducir al Cielo.
El cura
ya cansado
porque
había salvado
con su
santa faena
diez
ánimas en pena,
por más
que se afanaba
se
encendía y sudaba
y mil
esfuerzos con vigor hacía,
arrancar
aquel muerto no podía;
y la
moza, notando
esta
falta, le dijo: -¿Qué? ¿Mi abuelo
no ha de
subir al cielo?
A que
respondió el cura desmontando:
-No,
porque él no rezaba a San Gregorio.
Déjalo
que se esté en el Purgatorio.
LOS NUDOS
Casarse
una soltera recelaba,
temiendo
el grave daño que causaba
el fuerte
ataque varonil primero
hasta
dejar corriente el agujero.
La madre,
que su miedo conocía,
si a su
hija algún joven la pedía
con el
honesto fin del casamiento,
procedía
con tiento,
sin
quitarle del todo la esperanza,
hasta que
en confianza
al
pretendiente preguntaba airosa
si muy
grande o muy chica era su cosa.
Luego que
esta cuestión cualquiera oía,
alarde al
punto hacía
de que Naturaleza
le había
dado suficiente pieza.
Quién
decía: -Yo más de cuarta tengo;
quién:
-Yo una tercia larga la prevengo;
y un
oficial mostró por cosa rara
un
soberbio espigón de media vara.
Tan
grandes dimensiones iba viendo
la madre
y a los novios despidiendo,
diciéndoles:
-Mi chica quiere un hombre
que con
tamaños tales no la asombre:
y marido
de medios muy escasos;
y así,
ustedes no sirven para el caso.
Corrió en
breve la fama
del
extraño capricho de esta dama,
hasta
llegar a un pobretón cadete
que luego
que lo supo se promete
vivir en
adelante más dichoso
llegando
con cautela a ser su esposo.
Presentóse
en la casa
y,
lamentando su fortuna escasa,
dijo que
hasta en las partes naturales
eran sus
medios en pobreza iguales.
Oyendo
esta noticia,
la madre
le acaricia,
y, como
tal pobreza la acomoda,
muy
pronto con su hija hizo la boda.
Concluida
conforme a su deseo,
en la
primera noche de himeneo
se acostó
con su novio muy gustosa,
sin
temor, la doncella melindrosa;
mas,
apenas su amor en ella ensaya,
cuando
enseñó el cadete un trativaya
tan
largo, tan rechoncho y desgorrado,
que mil
monjas le hubieran codiciado.
La moza,
al verlo, a todo trapo llora;
llama a
su madre y su favor implora,
la que,
en el cuarto entrando
y de su
yerno el avión (1) mirando,
empezó de
su engaño a lamentarse
diciendo
que le haría descasarse;
y el
cadete, el ataque suspendiendo,
así la
habló, su astucia defendiendo:
-Señora
suegra, en esto no hay engaño;
yo no le
haré a mi novia ningún daño,
porque
tengo un remedio
con que
el tamaño quede en un buen medio.
Déme un
pañuelo: me echaré en la cosa
unos
nudos que escurran, y mi esposa,
según que
con la puntita yo la incite,
pedirá la
porción que necesite.
Usté, que
por las puntas del pañuelo
tendrá
para evitar todo recelo,
los
nudos, según pida, irá soltando
y aquello
que le guste irá colando.
No
pudiéndose hallar mejor partido,
abrazaron
las dos el prevenido:
al
escabullo encasan el casquete,
y la alta
empresa comenzó el cadete.
Así que
la mocita
sintió la
tintilante cosquillita,
a su
madre pidió que desatara
un nudo,
para que algo más le entrara.
Siguiose
la función según se pudo,
a cada
golpe desatando un nudo,
hasta que
al fin, quedando sin pañuelo
el guión
que causó tanto recelo
dentro ya
del ojal a rempujones,
apenas
ver dejaba los borlones.
Mas ella,
no saciando su apetito,
decía:
-Madre, quite otro nudito!
A que la
vieja dijo sofocada:
-¡Qué
nudo ni qué nada!
Ya no
queda más nudo ni pañuelo;
que estás
con tu marido pelo a pelo.
-¡Toma!
-la hija respondió furiosa-.
¿Pues qué
hizo usté de tan cumplida cosa?
¡Ay!,
Dios se lo perdone;
siempre
mi madre mi desdicha fragua;
todo lo
que en las manos se la pone
al
instante lo vuelve sal y agua.
(1)
Avión: parece derivar de ‘gavión’, que es cierto pájaro parecido al vencejo.
LA LIMOSNA
A pedir
la limosna acostumbrada,
a una
granja del pueblo separada,
llegó un
fornido lego franciscano,
donde
halló de carácter muy humano
a una
viuda y joven labradora
que era
de aquella granja la señora.
Ésta, luego
que vio tan colorado
al lego,
tan robusto y bien tratado,
sintió
cierta pasión picante y viva
que animó
su virtud caritativa.
Echóle en
las alforjas varias cosas
al
paladar gustosas
con que
los reverendos regalones
suelen
regodearse en ocasiones,
y, ya muy
bien provisto por su mano,
le dijo
al irse: -¿Quiere más, hermano?
-Quiero
lo que me den, -respondió el lego-;
mas lo
que haya de ser démelo luego,
porque
quien pronto da y sin intereses
hace una
santa acción y da dos veces.
-Pues voy
a darle, replicó la hermana,
un
velloncito negro de mi lana,
que le
puede servir de cabecera
cuando se
quede del convento fuera.
Con
efecto, le trajo un velloncito
muy
negro, muy rizado y peinadito,
que el
lego recogió con gran sosiego,
queriendo
marchar luego,
diciendo:
¡Sea por Dios!, según costumbre,
sin que
el nuevo regalo diese lumbre.
Mas la
viuda, cogiéndole una punta
del
cordón, le detiene y le pregunta,
afable y
cariñosa,
si no
necesitaba de otra cosa.
A que él
dijo: -No habrá nada que sobre
a mi
comunidad, porque es muy pobre,
y de
todo, hermanita,
la orden
de San Francisco necesita.
Mientras
esto pasaba,
una
gallina dentro cacareaba
y la
viuda al lego dijo: -Espere,
hermano,
y llevará si lo quisiere,
pues por
mayor regalo se lo ofrezco,
de mi
pollita blanca un huevo fresco.
-Hermana,
uno no basta,
dijo el
lego, que cada fraile gasta,
las veces
que los come todo el año,
un par de
huevos y de buen tamaño.
La
labradora entonces hacia el lego
se arrima
con más fuego
y, sin
andarse en otros perendengues,
le dice
cariñosa, haciendo dengues:
-Pues,
hermano, que tome le aconsejo
para
regalo suyo este conejo.
-No lo
gasto tampoco; mas no obstante
-el lego
responde-, aquí delante,
pues es
limosna, póngale al momento:
le
llevaré al guardián de mi convento,
que lo
suele comer muy a menudo
aunque
tenga sus pelos y esté crudo.
A ROMA
POR TODO
Un payo a
confesarse a Madrid vino
por ver
si un reverendo capuchino,
que de
gran santidad fama tenía,
de sus
grandes pecados le absolvía.
Dirigióse
al convento
de este
varón sagrado
y le
halló en el asiento
de su
confesionario, rellanado,
absolviendo
a sujetos diferentes
que
traían las caras penitentes.
Llegó al
payo su vez y, arrodillado,
-Padre
–le dice-, mi mayor pecado,
consiste
en ser un hombre
que tiene
la desgracia de ser pobre.
-Cristo
amó la pobreza –el fraile exclama-,
y esa no
es culpa. -¡Ay, padre! –el payo dice-,
es que,
como yo estoy tan infelice,
mi mujer
y mi madre,
mis tres
cuñadas mozas y mi padre
para
vivir tenemos un cuartito
no más,
porque yo estoy muy pobrecito.
-Vamos
–le dice el fraile-, hijo, prosiga,
que
todavía en vano se fatiga.
-Allá voy
–siguió el payo, suspirando-;
pues,
como iba contando,
una cama
hay no más en esta pieza
para
tantas personas; mi pobreza
no
permite tampoco que tengamos
ninguna
luz cuando nos acostamos,
y así yo,
equivocado,
muchas
veces a oscuras he topado
en vez de
mi mujer, ¡ay!, con mi madre,
y otras
veces... ¡Ay, padre,
será
fuerza ir a Roma
si de
absolverme el cargo no se toma!
Aquí,
mientras el payo suspiraba,
el fraile
se encogía y encerraba
en el
confesionario, y luego dijo:
-Acaba
pronto, hijo,
mientras
que yo en seguro me acomodo,
porque,
como ahora estás tan agitado
y aquí no
hay luz, con este pobre modo
puedes
topar conmigo equivocado.
-No haré
–replica el payo-,
que huele
a capuchino vuestro sayo;
pero a mí
me han perdido
las
equivocaciones:
sin luz,
medio dormido,
he compuesto en diversas ocasiones,
lo mismo
que a mi madre a mis cuñadas,
y todas
cuatro están embarazadas.
¡Ah! Si
el cargo no toma
Su
Reverencia, padre, de absolverme,
me
costarán mis culpas ir a Roma
y so sé
en mi pobreza cómo hacerme.
A lo que
el fraile le dijo: -¡Pobrecito!
Todavía
no es tiempo. Corre, hijito;
ve y compón a tu padre, y de este modo
irás a
Roma de una vez por todo.
EL
RESFRIADO
Montada
en la trasera de su mulo,
a una
corta aldehuela
llevaba
un arriero a una mozuela,
la cual,
con disimulo,
o por
flato o por malos alimentos,
solía
soltar pestíferos alientos.
Iba
estando el arriero sofocado
del mal
olor, y díjola enfadado:
-Mira que
como des en aflojarte
de esa
suerte, no tienes que quejarte
si me
aburro y te apeo
y encima
de ti un rato me recreo,
porque el
flato se cura en ocasiones
con
ciertas lavativas a empujones.
La mozuela
calló atemorizada;
pero,
como la pobre iba cansada,
por más
que se encogía,
el aire a
su pesar se le salía,
y así, al
primer rumor extraordinario
que
escuchó el arriero temerario,
la bajó
diligente,
la tendió
prontamente
y, para
dar remedio a su fatiga,
la
estrujó cuerpo a cuerpo la barriga,
quedando
él más ligero
y ella
mucho mejor del flato fiero.
Concluyóse,
siguieron caminando,
y la moza
también de cuando en cuando
siguió
echando gerundios garrafales,
los que
nuestro arriero, con mil soles,
apenas
escuchaba,
cuando
otra vez de nuevo la estrujaba.
Tanto usó
del remedio,
que al
hombre al fin le vio a causar tedio,
y, aunque
con más estruendo ella expelía
el
viento, el arriero ya no oía;
y la
muchacha, al ver que su costumbre
no daba entonces
lumbre,
le dijo:
-¡Ay, Dios! Tío Juan, que me he aflojado.
¿No oye
usté qué rumor se me ha escapado?
Detengamos
el mulo
y póngame
en el suelo.
A que él
la respondió con disimulo:
-Si estoy
ya resfriado y no te huelo.
EL
ONANISMO
Un
zagalón del campo,
de estos
de “Acá me zampo”,
con un
fraile panzón se confesaba,
que
anteojos gastaba
porque,
según decía,
de
cortedad de vista parecía.
Llegó el
zagal al sexto mandamiento,
donde
tropieza todo entendimiento,
y dijo:
-Padre, yo a mujer ninguna
jamás
puse a parir, pues mi fortuna
hace que
me divierta solamente,
cuando es
un caso urgente,
con lo
que me colgó Naturaleza,
y lo sé
manejar con gran destreza.
-¿Con que
contigo mismo
-dice el
fraile, enojado-,
en un
lance apretado
te
diviertes usando el onanismo?
-No,
padre –el zagal clama-;
no creo
que es así como se llama
mi
diversión, sino la... –Calla, hombre
-dice el
fraile-; yo sé muy bien el nombre
que dan a
esa vil treta,
infame
consonante de retreta.
¿Tú no
sabes que fue vicio tan feo
invención
detestable de un hebreo,
y que tú,
por tenerla, estás maldito;
del
Espíritu Santo estás proscrito;
estás
predestinado
para ser
condenado;
estás
ardiendo ya en la fiera llama
del
Infierno, y...? -¡No más! –el mozo exclama,
queriendo
disculparse-.
Esta maña
no debe graduarse
en mí de
culpa, padre. Yo lo hacía
porque
veo muy poco, y me decía
el
barbero mi primo se aclaraba
la vista
el que retreta se tocaba.
Aquí con
mayor ira
el fraile
replica: -¡Eso es mentira!
Pues si
fueran verdad juicios tan varios,
las
pulgas viera yo en los campanarios.
LA PAGA
ADELANTADA
Una
soltera muy escrupulosa
casarse
rehusaba,
y decía a
su madre que pensaba
que hacer
la mala cosa
aun
después de casada era pecado.
Un
bigardón (*) del caso fue informado,
y,
habiéndose en la casa introducido
y
hallándose querido,
pidió a
la niña luego en casamiento.
Ella el
consentimiento
dio con
la condición de que tres veces
en la
primera noche se lo haría
por
ponerla al corriente, y seguiría
luego una
sola vez todos los meses.
Hízose al
fin la boda
y, e la
noche ya llegado el plazo,
la
muchacha tres veces, brazo a brazo,
sufrió,
sin menearse, la acción toda.
Concluyó
el fuerte mozo su trabajo
y
durmióse cansado; ella, impaciente,
andaba
impertinente
volviéndose
de arriba para abajo,
hasta que
él acabó por despertarse
y huraño
dijo: -¡Hay tal cosquillería,
que por
dos veces ya me has despertado!
Y ella
exclamó, acabando de arrimarse:
-¿Me
quieres dar un mes adelantado?
(*)
Bigardón: aumentativo de bigardo, es decir, haragán.
LAS
TIJERAS DEL FRAILE
Yéndose a
confesar cierta criada,
muy
joven, inocente y agraciada,
con un
fraile jerónimo extremeño,
más
bravío que toro navarreño,
le
sucedió un percance vergonzoso
digno de
ser sabido por chistoso.
Hizo su
confesión la tal sirviente
como la
hace cualquiera penitente,
con
profunda humildad y abatimiento,
y pasó en
blanco el sexto mandamiento.
Notando
el confesor el raro brinco,
le
preguntó con lujurioso ahínco
por qué
el santo precepto se saltaba
sin decir
de qué y cómo se acusaba;
a lo que
ella responde llanamente:
-Nunca he
pecado en él, ni venialmente.
Ante tan
gran rareza,
miróla de
los pies a la cabeza
el
fraile, y pensó al punto: -O yo estoy loco,
o esto no
es de perder, pues de esto hay poco.
Siéntese
con la cosa ya alterada
y,
echando por la iglesia una ojeada,
notó que
había en ella poca gente
y
discurrió un diabólico expediente.
No
hallando en qué imponerla penitencia,
pues la
moza era un pozo de inocencia,
la dice:
-¿Y cómo, siendo tan hermosa,
no pone
más cuidado en ser curiosa?
Ese pelo,
¿por qué no está atusado?
Esa cara,
¿por qué no se ha lavado?
¿Y qué
diré al mirar uñas tan fieras?
¿Acaso es
que en su casa no hay tijeras?
Pues,
para que haga lo que la prevengo,
voy a
darla unas finas que aquí tengo.
Agárrala
una mano y la dirige
sin más
ni más a donde tiene el dije
y,
estando ya la hornilla preparada,
en cuanto
tropezó se halló mojada.
Retira el
brazo, llena de sorpresa,
limpiándose
la goma a toda priesa,
y el
fraile la pregunta: -¿Te has cortado?
Pues ya
hace un mes que no se han amolado.
CUALQUIERA
COSA
Una noche
de enero,
estaba
calentándose al brasero
una joven
casada,
su ropa
en la rodilla remangada,
porque
así no temía quemarse
en tanto
que labor hacía.
De este
modo esperaba a su marido,
que era
un pobre artesano,
mientras
entretenido
un chico
que tenía, por su mano
castañas
en la lumbre iba metiendo
y el
rescoldo con ellas revolviendo.
Así
agachado, de su madre enfrente,
asaba
diligente
una y
otra castaña,
cuando,
la vista alzando descuidado
vio con
admiración cierta montaña
de pelo
engrifonado,
con que
se coronaba y guarnecía
un ojal
que su madre allí tenía.
Con tal
visión se puso
el
muchacho confuso;
mas
queriendo, curioso,
saber si
en aquel sitio tenebroso
alguna
trampantoja se escondía
y qué
hondura tenía,
poquirritito
a poco, aunque con miedo,
se fue
acercando, y... ¡zas!, le metió el dedo.
Respingóse
la madre, y dio un chillido
por no
estar su agujero prevenido
para esta
tentadura inesperada,
y al
dejar, agitada,
su silla,
tropezó con el puchero
del
guisado, y vertióle en el brasero.
El
muchacho, que vio con sobresalto
arruinada
la cena por el salto,
dijo:
-¿De qué se asusta, madre mía,
si era yo
quien el dedo la metía?
Dígame
usté: ¿qué es eso
que tiene
entre las piernas tan espeso?
-¿Qué te
importa? –le dijo muy rabiosa
la
madre-. Eso será... cualquier cosa.
¡Miren
qué travesura!
¡No es
mala tentación de criatura
buscarle
las cosquillas a su madre
para que
sin cenar deje a su padre!
Ya verás,
cuando venga y se lo cuente,
qué linda
zurra te dará en caliente.
El chico,
temeroso,
la pidió
que callase,
pues
jamás volvería a ser curioso
como a su
padre nada le contase,
y la
madre, por fin desenojada,
cuando
vino el marido
le
refirió que el gato había vertido
la cena
preparada,
derribando
el puchero
que
estaba calentándose al brasero.
El
hombre, que la amaba,
aunque no
le gustaba
quedarse
sin cenar, como a su hijo,
-¡Qué
hemos de hacer! –le dijo-.
Por esta
noche, esposa,
cenaremos
los tres cualquier cosa.
Apenas el
muchacho hubo escuchado
esta
resolución, cuando agitado,
de tal
suerte gemía,
que le
preguntó el padre qué tenía.
Y el
chico, con mayores desconsuelos,
respondió
en voz llorosa:
-¡Yo no
quiero cenar cualquier cosa,
padre,
que está mojada y tiene pelos!
EL
CAÑAMÓN
Cierta
viuda, joven y devota,
cuyo
nombre se sabe y no se anota,
padecía
de escrúpulos, de suerte
que a
veces la ponían a la muerte.
Un día
que se hallaba acometida
de este
mal que acababa con su vida,
confesarse
dispuso,
y dijo al
confesor: -Padre, me acuso
de que
ayer, porque soy muy guluzmera (*)
sin
acordarme de que viernes era,
quité del
pico a un tordo que mantengo,
jugando,
un cañamón que le había dado
y me lo
comí yo. Por tal pecado
sobresaltada
la conciencia tengo
y no
hallo a mi dolor consuelo alguno,
al
recordar que quebranté el ayuno.
Díjola el
padre: -Hija,
no con
melindres venga
ni por
vanos escrúpulos se aflija,
cuando
tal vez otros pecados tenga.
Entonces,
la devota de mi historia,
después
de haber revuelto su memoria,
dijo:
-Pues es verdad: la otra mañana
me gozó
un fraile de tan buena gana
que, en
un momento, con las bragas caídas,
once
descargas me tiró seguidas
y, porque
está algo gordo el pobrecillo,
se fatigó
un poquillo
y se fue con
la pena
de no
haber completado la docena.
Oyendo
semejante desparpajo
el cura
un brinco dio, soltó dos coces,
y salió
por la iglesia dando voces
y
diciendo: -¡Carajo!
¡Echarla
once, y no seguir por gordo!
¡Eso sí
es cañamón, y no el del tordo!
(*)
Guluzmera: golosa.
LA
LINTERNA MÁGICA
Un
novicio tenía en su convento
el
entretenimiento,
cuando a
solas estaba,
de
tocarse el guión que le colgaba,
porque,
como del claustro no salía,
gozar de
otros placeres no podía.
Sorprendióle
en sus sucios ejercicios
una vez
el maestro de novicios,
y el
converso, turbado,
queriendo
se ocultase su pecado,
imploró
la piedad del reverendo,
el cual
así le dijo sonriendo:
-Hermano,
yo conozco la flaqueza
de la
naturaleza;
sé que en
esta mansión de santa calma
nos domina
la carne en cuerpo y alma,
y a
perdonar sus culpas me acomodo;
pero
quiero me diga de qué modo
puede
hacerse ilusión consigo mismo,
pues,
aunque usaba yo del onanismo
cuando
era mozalbete sin dinero,
luego que
descubrí cierto agujero
que
tienen las mujeres,
sólo con
ellas pude hallar placeres.
El
novicio, admirando la clemencia
de su
maestro, así a Su Reverencia
le
descubre el secreto,
diciéndole:
-Maestro, en un aprieto,
es mi
imaginación ardiente y viva
quien me
ayuda la parte sensitiva,
porque,
en las ilusiones que me ofrece,
una
linterna mágica parece.
Verbi gratia:
figúrome que veo
pasar con
lujurioso contoneo
a la
Ojazos, y exclamo: “¡Ay, Dios! ¡Qué hermosa!”;
empuño,
como veis, luego mi cosa
dándole...
uno... dos... tres... golpes de mano
que a la
Ojazos dedico muy ufano.
Después
digo: “Ahora pasan las Trapitos
con
melindres y adornos exquisitos;
¡qué
morenas...! ¡qué provocantes!”;
y a su
salud van dos pasavolantes.
Luego
pienso: “Allá va la Zapatera,
que un
mar de tetas lleva en la pechera.
¡Ay!,
¡qué gorda!, ¡qué blanca!, ¡qué aseada!,
¡qué
pierna se la ve tan torneada!
Bien
merece su garbo soberano
la
dedique seis golpes de mi mano:
uno...,
dos...” Aquí el fraile, que veía
que el
novicio a lo vivo proseguía
su cosa
golpeando
y que ya
de la cuenta iba pasando,
le dijo:
-Espere y, ya que así se aplica,
dígame a
quién dedica
de su
linterna mágica el pecado.
A que el
novicio respondió siguiendo
su
negocio, y la obra concluyendo:
-¡Ay,
padre! Pues pasó la Zapatera,
esta va a
la... ¡qué gusto...! a la cualquiera.
EL ¿PUES
Y QUÉ?
A un
alcalde de corte a presentarse
fue una
mujer, diciendo iba a quejarse
de que al
débito santo la faltaba
su marido
y jamás la contentaba.
El
alcalde mandó que al otro día
ante su
señoría
los dos
se presentasen en la audiencia,
donde
recibirían su sentencia;
y,
después de cenar, de sobremesa
refirió a
la alcaldesa
la queja
que, pendiente
ante su
tribunal, al día siguiente
debía
sentenciarse,
con que
pensaba lindamente holgarse.
La
alcaldesa también quejosa estaba
del
alcalde en el punto de que hablaba,
pues,
aunque ella solía acariciarle
siempre
que la golilla le ponía,
no
lograba ablandarle
y aun
golilla en la cama mantenía.
Por lo
mismo, curiosa determina
escuchar
de esta queja la sentencia
y al otro
día se escondió en la audiencia,
muy
temprano, detrás de una cortina.
Entró el
alcalde; luego, el matrimonio;
y para
dar de todo testimonio,
después,
el escribano
con
semblante infernal y pluma en mano.
Cuando la
acusación oyó el marido,
de cólera
encendido,
se volvió
a su mujer y de esta suerte
la dice
sofocado: -Es cosa fuerte
que
pongas mi potencia en opiniones,
sabiendo
bien que en todas ocasiones,
apenas en
la cama estás metida,
cuando
enristro y te pego mi embestida.
A que
ella responde desdeñosa:
-¿Pues y
qué? Y él siguió: -Pues a otra cosa:
¿negarás
que también cuando amanece,
hora en
que todo humano miembro crece,
contra
tus partes gravemente juego
y el
perejil con profusión te riego?
-¿Pues y
qué? Y el marido proseguía,
viendo
que a su mujer no convencía:
-¿Y acaso
negarás que por las siestas,
a pesar
del calor, te hago mil fiestas
y que el
ataque entonces, aunque largo,
no
abandono jamás si no descargo?
A que la
mujer dice, haciendo un gesto:
-¿Pues y
qué? Pero apenas dijo esto,
cuando de
pronto se mostró en la sala
la
alcaldesa diciendo: -¡Enhoramala
váyase la
insolente de la audiencia
antes que
se me apure la paciencia
y mande
que la azoten como a Cristo!
¿Hay
mayor desvergüenza? ¿Quién ha visto
con tal
superchería
mujer de
poluciones más avara?
Yo soy
una alcaldesa y cada día
con sólo
un ¿pues y qué? me contentara.
EL MODO
DE HACER PONTÍFICES
Un joven
arriscado
de una
soltera estaba enamorado
y el
tiempo que en su casa se podía
el dedo
le metía
para
saciar de amor su ardiente llama
sin que
pierda su fama,
y ella,
en tanto, la mano deslizando
por bajo
de la capa,
que es
quien urgencias semejantes tapa,
manejándole
aquello, cariñosa,
le sacaba
la blanca quisicosa.
A este
entretenimiento
puso fin
de la Iglesia el cumplimiento;
fue a
confesar el joven, cabizbajo,
y
contándole al fraile su trabajo,
en vano
se disculpa
pues Su
Paternidad dice que es culpa
su
diversión muy grave,
y en tono
de sermón dice que sabe
que el
Espíritu Santo
maldice
al hombre que con vicio tanto,
por su
astuta malicia,
en la
tierra su jugo desperdicia
cuando,
bien empleado en cuerpo humano,
quizá
produciría
un obispo
o pontífice romano;
y que si
le absolvía
era con
condición de que volviese
pasada
una semana
enmendado
de culpa tan liviana
y que lo
mismo hiciese
la
cómplice infeliz de su delito.
Pasó el
tiempo prescrito
y el
penitente presentóse ufano.
-Padre
–le dice-, ya, porque no en vano
en la
tierra se vierta la simiente
al tiempo
que a salir se precipita,
mi amada,
diligente,
la ha
recogido en esta redomita,
que
traigo para que haga lo que quiera,
echándola
a su gusto en cuerpo humano;
pero si
mi elección forma le diera,
sólo
haría un pontífice romano.
LAS
GOLLERÍAS (*)
Oye,
Apolo, mi acento:
ven a
inspirarme un cuento,
pues hace
muchos días
quieres
que en vano tu piedad aguarde
y tu
fuego me infundes mal o tarde.
Parece
que se apiada
con esta
invocación, pues exaltada
por su
influencia mi memoria siento
y empiezo
a contar: En un convento
de padres
capuchinos, halló un día
el
guardián un billete que decía:
“Hermana
Mariquita,
espéreme
esta tarde peinadita,
lavadita
y compuesta,
que iré y
tendremos en la cama fiesta”.
Con este
escandaloso contenido,
de rabia
el reverendo poseído,
ordenó
que a capítulo tocasen
y que en
el refectorio se juntasen,
sin
tardar un momento,
todos los
gordos frailes del convento.
Obedecieron
éstos, cabizbajos,
diciendo:
-¿Qué apostólicos trabajos
nuestro
padre guardián hoy nos previene,
pues
tanta prisa en convocarnos tiene?
Ya la
comunidad estaba junta,
cuando el
guardián, ceñudo, les pregunta:
-¿Quién
es el fraile impío
que ha
escrito este billete?
¡Miren su
lujurioso desvarío!
Pues que
castigarlo me compete,
digan, lo
mando así, bajo obediencia,
quién es,
para imponerle penitencia.
Enseguida
leyó encolerizado
en voz
alta el billete mencionado
y, oyendo
su impiedad, los frailes todos
mostraron
su rubor de varios modos:
cuál, con
gestos horrendos,
la cita
detestaba;
cual, con
gritos tremendos,
“¿Es
joven la hermanita?”, preguntaba;
pero
ninguno, en tanto, su delito
confesó
como autor de tal escrito.
Por
último, a las plantas se arrojaron
del grave
superior y le rogaron
que no se
publicara
tan
infame papel, y deshonrara
a la
comunidad, con desatinos
indecentes
en frailes capuchinos.
-¡Ah!, no
es el crimen –exclamó furioso
el padre
guardián- lo que me irrita,
sino las
circunstancias de la cita;
pues en
un religioso
es la
mayor de las bellaquerías
pedir de
esa manera gollerías:
“Hermana
Mariquita:
espéreme
peinada y compuestita,
lavadita
y....” ¡Jesús, yo me sofoco!
¡Todo a
los frailes le parece poco:
pues yo
soy el guardián, y la tomara
sin que
se compusiera ni lavara!
(*)
Gollería: delicadeza excesiva.
EL MIEDO
DE LAS TORMENTAS
En todos
tiempos hubo algún amante,
nota que
solamente digo ‘alguno’,
que pudo
ser tenido por constante;
pero en
cuanto a ser fieles,
preciso
es confesar que no hay ninguno.
Es
desconsolador, triste, aflictivo,
mas si no
se hace adrede con pinceles,
en todo
el universo hallarás uno.
Se puede
aconsejar el paliativo
de atarse
los amantes uno al otro,
o usar
aquel anillo del demonio
que usó
Hans Carvel durante el matrimonio;
pero la
asiduidad es siempre potro,
y el
fastidio la sigue sin remedio;
elige,
pues, entre uno y otro medio.
La
historia con que voy a divertirte
te hará
ver cómo debes conducirte.
En una
casa rica y de linaje
servía
una doncella,
y pues el
consonante dice de ella
lo bella
que era, referir no quiero
cuánta
beldad celaba su ropaje;
mas no
puedo dejarme en el tintero
decirte
que tenía
un galán
a quien tierna recibía
en su
lecho, callada y diestramente;
y una
noche que estaban olvidados
del
mundo, con mil besos embriagados,
estalla
una tormenta de repente,
horrísona,
espantosa,
que
aturde a la doncella temerosa:
da en
pensar que los cielos encendidos
por sus
pecados van a consumirla:
¿qué
mucho que Isabel tanto temiera,
si era su
edad de veinte no cumplidos
y a más
era mujer, cual si dijera
devota y
pecadora todo junto?
Un nuevo
trueno acaba de aturdirla,
y huyendo
de la cama sale al punto,
sin que
el galán consiga disuadirla.
-¡Queda,
queda con Dios, fatal amigo,
y no
pretendas escapar conmigo,
que,
huyendo de la culpa, ansiosa corro
a
ocultarme en un sótano profundo!
¡Es Dios
el que irritado
nos
amenaza al ver nuestro pecado!
Y echó a correr,
y el otro en un segundo
durmió
como un cachorro.
Durmiendo
viene el bien, dice un proverbio
del
vecino francés; y así le vino
al
susodicho abandonado amante
que,
apenas el indino
un sueño
saboreaba tan soberbio,
siente
una mano suave... luego un brazo...
luego una
pierna... un beso acariciante...
-¡Qué!,
¿duermes Isabel? –y un nuevo abrazo
acabó de
incendiar al ex dormido.
Una niña
de quince había caído
como del
cielo, al lado del tunazo,
quien su
suerte bendice
mientras
la voz dulcísima le dice:
-¿Cómo
desnuda, así, dime, te acuestas?
¿Qué
tienes, Isabel, que no contestas?
¿Has
perdido la voz? A ti, sin duda,
lo que a
mí te sucede: que los truenos
miedo te
han dado; ¿es cierto...? ¿Sigues muda?
-No, no,
pero el temor... –dice en voz baja
la fingida
Isabel-. Ya van a menos
los
relámpagos; vuélvete de frente.
¡Jesús,
qué trueno! ¡El cielo se desgaja!
Y esto
diciendo, estrecha fuertemente
con los
brazos al mozo, que la enlaza
con los
suyos y el cuerpo al cuerpo anuda.
Cuán
difícil, lector, en tal estado
sería de
mujer tener la traza
ya tú lo
consideras. -¡San Conrado!
-grita la
niña-: ¡cómo!, ¿qué he tocado?
¿Eres
monstruo, Isabel?, porque me acuerdo
que yendo
con mi madre por el río
una
tarde, vi en él una persona
con una
cosa igual; ¡bien lo recuerdo!,
y al
preguntarle..., a ti te lo confío,
que mucho
me agradó considerarlo,
respondióme
mi madre: “Gran simplona,
ese es un
monstruo horrible; ni mirarlo
se
puede”. No creí que fuera tan mala
cosa que
así la vista nos regala.
¿Serás
monstruo también, amiga mía?
-¡Oh, no!
–responde quedo el mozalbete-;
es el
miedo que tengo. -¡Cómo! ¿El susto...?
-Sucede
algunas veces. –No sabía...
¿Con que
el miedo...? –Es capaz de cualquier cosa,
y al
pobre a que acomete
hay vez
que ha convertido en lobo o grulla,
en cuervo
o raposa;
a mí me
ha resultado aquí esta puya.
La
inocente muchacha tragó el cuento;
mas el
hado en aquel mismo momento
los
truenos arreció con tal bramido
que la
pobre, asustada, va a acogerse
a los
brazos abiertos de la amiga
y, para
más a gusto guarecerse,
una
pierna por encima le ha subido...
Júntanse
al fin barriga con barriga...
¿Qué
harías tú, lector, en tal postura?
Lo que
él: aprovechar la coyuntura.
-¿Dónde
lo metes? –dice la inocente-;
¡qué
singularidad!, ¡qué justo viene!
Parece
que lo han hecho expresamente...
No pudo
decir más; que tartamuda
la lengua
da señal de lo que tiene
y la voz
que perdió la deja muda.
Hace el
amor su jugo tan a gusto
que
redoblan los truenos los temores
y sucede
un asalto a cada susto.
Empero,
como al fin somos mortales,
el miedo
se le acaba, o los ardores,
a la
falsa Isabel. ¡Y es diferencia
que hay
del hombre a los dioses inmortales:
que en
aquél es muy corta la potencia,
y en
estos, más felices, es eterna,
lo cual
hace su dicha sempiterna!
-¡Cómo!,
amada Isabel, ¿no tienes miedo?
No turban
ya tus lánguidos sentidos
los
truenos repetidos?
¡Ay, mi
Dios! ¡Yo, por mí, parar no puedo!
¡Ten
miedo, Isabelica! ¡Teme un poco!
¡Este
trueno es atroz, nos pulveriza!
-No,
amiga mía, no; todo es ya en vano:
ya no me
atemoriza
el ruido
de los truenos, ni tampoco
suena ya
tanto; duerme, pues, querida,
que ésta
ha sido una nube de verano.
La niña,
resentida,
vuelve la
espalda y quédase dormida;
el
mozalbete, bien quisiera
imitar a
la bella, de cansado
que
estaba; mas ocúpale el cuidado
de
escaparse, que así son los amantes:
¡tan
prontos por marcharse a la carrera
cuanto
para llegar lo fueron antes!
Tomó el
trote por fin. La otra doncella,
dando
gracias al cielo y a su estrella
porque en
trance tan fuerte
escapó
del peligro de la muerte,
tranquila
ya, subió de su escondite
y, al par
que el miedo pierde a la centella,
el acceso
amoroso la repite.
¡Ignora
la infeliz su mala suerte!
A su cama
se vuelve con descoco
y,
creyendo abrazar al ser querido,
en los
brazos estrecha a la que ha poco
con él
perdiera el himen y el sentido.
-¿Duermes
–pregunta-, amor del alma mía?
¿Es
posible que el miedo...? -¡El miedo, el miedo!
-exclama
la novicia-, ¡oh, qué alegría!
¿Te ha
vuelto? Deja, a ver si te lo toco.
Mas, ¡qué
dolor! ¡Ay, Dios! ¡Si se está quedo!
Aunque
busco, Isabel, no te lo encuentro;
¿será que
se ha quedado todo dentro?
La
infeliz Isabel luego adivina
el caso
todo, y busca con su mano
la prueba
material que tanto teme;
no le
queda ya duda: el inhumano,
provisto
de una buena culebrina,
entreabrióle
el postigo medio geme.
El
disgusto que tuvo la doncella
se deja
concebir bien fácilmente;
y con qué
saña y qué furor la bella
acusa de
inconstante al pobre ausente,
sin
pensar que la culpa estuvo en ella;
que el
mismo San Pascual, aun siendo un santo,
en
ocasión igual haría otro tanto.
DIÁLOGO
Mandó a
Madrid venir de la montaña
un
mercader ricacho a su sobrino
para que
se instruyese de la maña
con que
era en el comercio ladrón fino.
Cuando
llegó buscando la cucaña
el tal
montanesillo a su destino,
tendría
de catorce a quince años,
edad en
que el amor hace mil daños.
A poco
tiempo que en la corte estaba
el tío le
mostró mucha tristeza,
y aunque
el joven por libras engordara
era de
mal humor; y con presteza
volverse
a la montaña deseaba
sin catar
de su tío la riqueza,
hasta que
éste le dijo ya aburrido:
-Muchacho,
¿por qué estás tan abatido?
-Por
nada. –Algo será: ¿dime, qué tienes?
-Pues
señor, yo a la tierra volver quiero.
-¿Por qué
con esa tontería vienes?
-Porque
yo antes que yo soy el primero.
-¿Y eso
qué significa? ¡Que!, ¿en mis bienes
no te doy
parte? ¡Dilo, majadero!
-No es
eso, lo primero solamente...
-Bruto,
explícate pronto claramente.
-Pues yo,
tío, estoy malo a lo que entiendo.
-¿Cómo,
bribón? ¡Tan gordo y colorado!
-¡Ay,
señor!, que la fuerza voy perdiendo.
-Pícaro,
te habrás tú la enfermedad buscado.
-No es
eso, ni el por qué yo le comprendo;
pero
antes de que hubiese aquí llegado
con una
mano el bicho me tenía,
y ahora
le echo las dos y no hay tu tía.
LAS
PENITENCIAS CALCULADAS
Va a
consultar a un padre jubilado
un joven
frailecito, ya aprobado
de
confesor, y empieza el pobrecito
diciendo:
-Yo quisiera
que su
paternidad modo me diera
de
aplicar penitencias competentes
a toda
calidad de penitentes,
porque a
las veces se me ofrece el caso
de no
saber salir, padre, del paso.
-No se
aflija por eso: tome y lea,
que en
este papel va lo que desea.
Toma, se
inclina y parte presuroso
con muy
grande alegría,
y, el
manuscrito examinando ansioso,
encuentra
que su título decía:
Lista de penitencias calculadas.
Acelerando
entonces las pisadas,
a su
confesionario llega ufano
sin dejar
el cuaderno de la mano
y, según
la tarifa, exactamente
va
despachando todo penitente.
Un quidam
llega en esto, y dice: -Padre,
yo tengo
una comadre
alegre y
juguetona de costumbre,
y,
hallándose ayer sola,
el
diablo, que no duerme, aplicó lumbre,
y por
tres veces hice carambola.
El
fraile, oyendo tal, baja la vista
y busca “Carambolas”
en su lista,
y ve que
manda: “Al par de carambolas,
pues no
es lo general que vayan solas
y hacer
dos es corriente y ordinario,
corresponde
una parte de rosario”.
Pierde
entonces la flema
ante lo
inesperado del problema:
siendo
tres, una parte no le cabe;
dos, es
mucho; y así, qué hacer no sabe,
hasta
que, cavilando, determina
esta idea
feliz y peregrina:
-Vaya,
-le dice- y busque a esa comadre,
y, que el
hecho le cuadre o no le cuadre,
haga la
cuarta carambola al punto;
y ya en
casa, devoto y con sosiego,
por ésta
y por las otras tres en junto,
dos
partes de rosario rece luego.
LAS
BENDICIONES DE AUMENTO
I. La
mujer safisfecha
Reñía una
casada a su marido
porque no
estaba bien favorecido
por la
naturaleza,
y a
gritos le decía:
-Fue grande
picardía
que con
tan chica pieza
pensaras
casarte y engañarme,
puesto
que no puedes contentarme;
marcha,
marcha de casa,
pues tu
fortuna escasa
te dio
para marido sólo el nombre
y eres en
lo demás un pobre hombre.
En
efecto, salióse despechado
el
infeliz al campo, contristado,
y, a muy
poco que anduvo,
el buen
encuentro tuvo
de un
mágico que al sol leyendo estaba
y en su
libro las furias invocaba.
Luego que
vio al marido,
el mágico
le dice: -Tú has venido,
amigo, a
este paraje a remediarte,
y yo te
espero para consolarte:
por mi
ciencia sé bien lo que te pasa
y ahora
mismo a tu casa
te
volverás contento.
Toma:
ponte al momento
en la
derecha mano
este
anillo, que tiene virtud rara,
pues todo
miembro humano
bendecido
con él, crece una vara
a cada
bendición rápidamente:
pero,
puesto en la izquierda, prontamente
mengua lo
que ha crecido
por la
mano derecha bendecido.
Al punto
el hombre, lleno de impaciencia,
quiso
hacer del anillo la experiencia:
le pone
en su derecha, se bendice
la
piltrafa infelice,
y se le
ve aumentar de tal manera
que, si
el mágico a un lado no se hiciera,
con él
diese en el suelo;
tan
rápido estirón dio aquel ciruelo.
Alegre, a
su mujer volvió el marido
y le
dice: -Ya vengo prevenido
para
satisfacer tu ardiente llama:
ven
conmigo a la cama,
pero
encima de mí has de colocarte
para
poder mejor regodearte.
Sobre él
luego se pone
la mujer,
y al ataque se dispone;
y,
viéndola el marido bien montada,
echó la
bendición premeditada...
y otra...
y otras corriendo, de tal suerte
que,
alzándola en el aire el miembro fuerte,
la moza
en él elevada parecía
un
esclavo que empalan en Turquía.
Viéndose
contra el techo así ensartada,
pide al
cielo favor. Entra asustada
la madre,
y ante cuadro tan terrible
da un
alarido horrible
diciendo:
-¡Santa Bárbara bendita,
qué
visión tan maldita!
¡Venga un
hacha que esté bien afilada
para
cortar garrocha de tal porte!
Mas la
mujer repuso atragantada:
-¡No,
madre! ¡Rompa el techo, mas no corte!
II. El
caudal del obispo
Ya se acuerda
el lector de aquel marido
que, por
mágico anillo socorrido,
alzó en
su miembro a su mujer al techo;
sepa
también que, al cabo satisfecho
de su
esposa y vengado,
en un
medio dejó proporcionado
el lanzón
monstruoso,
viviendo
en adelante muy gustoso,
dándole
aumento o merma en ocasiones
con
derechas o zurdas bendiciones.
Un día,
paseando alegremente,
llegó
junto a una fuente
en donde,
por azar, quiso lavarse
las
manos, y en el agua refrescarse;
la
sortija encantada
sacó del
dedo y la dejó olvidada
allí, sin
que cayera
en ello
ni su falta conociera;
fuese,
verificado su deseo;
y a muy
poco el obispo de paseo
vino a la
misma fuente deliciosa,
y, viendo
una sortija tan preciosa,
con tal
hallazgo ufano,
se la
coloca en su derecha mano.
Al tiempo
que a su coche se volvía,
un
pasajero le hizo cortesía,
a que el
obispo corresponde atento
con una
bendición, y en el momento,
saltando
el trampillón de sus calzones,
ve salir
de sus lóbregos rincones
un
mata-moscas, largo de una vara,
que igual
entre mil frailes no se hallara.
Su
Ilustrísima, al verlo, con el susto,
se empezó
a santiguar como era justo;
pero,
mientras más daba en santiguarse,
más veía
aumentarse
por
varas, a la vista
su
lanzón, sin saber en qué consista.
Los pajes
al obispo rodearon
y a
sostener el peso le ayudaron
de
aquella inmensa cosa,
encubriendo
la mole prodigiosa
con todos
sus manteos y sotanas;
pero
estas diligencias eran vanas,
porque,
apenas un nuevo pasajero
se
quitaba el sombrero
viendo el
obispo y él le bendecía,
cuando
otra vara más se le crecía.
Por fin,
cerca de la noche,
como
mejor pudieron a su coche
llevan al
Ilustrísimo afligido;
pero,
para que fuese en él metido,
el
cristal delantero le quitaron
y así la
mitad fuera colocaron
de aquel
feroz pepino
semejante
a una viga de molino.
A
oscuras, muy despacio,
al obispo
llevaron a Palacio,
con
trabajo pusiéronlo en el lecho
y de la
alcoba abrieron en el techo
agujero
por donde penetrara,
según su
altura, aquella cosa rara.
La fama
en breve lleva
de unos
en otros la sensible nueva
del
caudal que al obispo le ha crecido,
hasta
que, sabedor de ella el marido
de la
sortija dueño,
trató de
recobrarla con empeño.
Para esto
en el palacio de presenta,
y por
seguro cuenta
menguar
del Ilustrísimo el recado,
si un
anillo le da que se ha encontrado.
Admitiendo
el partido,
el
obispo, gustoso, al buen marido
entrega
la sortija, y él con tiento
en su
siniestra mano en el momento
la pone,
y bendiciendo a su prelado,
vio por
varas el miembro rebajado.
No
quedaba al paciente
ya más
que aquel tamaño suficiente
con que
desempeñara sus funciones;
pero
viendo que a echar más bendiciones
se
disponía el médico oficioso,
le ataja
temeroso
diciéndole:
-¡Por Dios, que se detenga,
y no otra
nueva bendición prevenga,
que me
pierde con ella si porfía!
¡¡Déjeme
al menos lo que yo tenía!!
LOS
CALZONES DE SAN FRANCISCO
A media
noche, horrendos gritos daba
una
casada, y confesión pedía
diciendo
que a pedazos se moría
de un
cólico que atroz la atormentaba.
Llamóse a
un reverendo franciscano
que era
su confesor... yde antemano
estaba
prevenido
para ver
de pegársela al marido
y gozar
con la dama sus placeres;
que esto
discurren frailes y mujeres.
Luego que
con la ninfa se halló a solas,
se quitó
el reverendo los calzones,
y, con el
taco libre de prisiones,
la hizo,
sin más ni más, tres carambolas,
y así que
la purgó de sus pecados,
volvióse
a su convento
dejando
los calzones olvidados;
pero el
olvido recordó al momento,
y el
lance claramente
contó al
portero y le dejó advertido
de una
industria prudente
para
evitar las iras del marido.
Entró
luego en el cuarto de su esposa
el buen
cornudo, y la primera cosa
que halló
en el suelo fueron los calzones
adornados
de sucios lamparones.
Cogiólos,
conoció la picardía,
y rabioso
se fue a la portería,
con
intención formada
de dar al
reverendo una estocada.
Llega,
pues, y el portero y el paciente
formalizan
el diálogo siguiente:
-Diga,
hermano, qué cosa solicita.
-Que
hablar se me permita
a fray
Pedro, el guardián. –Ahora no puede.
-¿Por qué
-¿Pues no sabéis lo que sucede
a la
comunidad? –Todo lo ignoro.
-¡Hermano,
que ha perdido su tesoro!
-¿Cuál
era? –Una reliquia peregrina,
por la
que hay en el coro disciplina.
-¿Cómo ha
sido? –Esta noche la han llevado
para una enferma,
y la han extraviado
no sé de
qué manera.
-¿Y qué
reliquia era
la que
causa tan grandes aflicciones?
-¡Si eran
de San Francisco los calzones!
-¡Esa
patraña cuéntela a su abuela
el fraile
motilón, que acá no cuela!
Yo traigo
aquí guardados
unos
calzones puercos, muy usados,
de un
fraile picarón que, con vileza,
a mi
honor ha jugado cierta pieza.
-¡Esos
son! –el portero gritó ufano,
y se los
quitó al punto de la mano,
diciéndole
muy grave:
-¿Cómo en
su mente cabe
tan
injuriosa idea?
¿Pues
acaso no sabe
que murió
San Francisco de diarrea?
LA
PEREGRINACIÓN
Iba a
Jerusalén, acompañada
de su
esposo, una joven remilgada,
de
carácter modoso, grave y serio,
y
aparentando un santo beaterio.
Siempre
que su marido la embestía
inmóvil
en la acción se mantenía;
y él,
pensando que en ella
duraba la
vergüenza de doncella,
su pudor
respetaba
al obrar,
cada vez que la atacaba.
Su
peregrinación y tiernos votos
iban ya a
ver cumplidos los devotos,
cuando,
antes de llegar al feliz puerto,
diez
árabes les salen del desierto
y en el
ancho camino
cogen al
matrimonio peregrino.
Sin
detención los dejan en pelota
y, viendo
la beldad de la devota,
resuelven,
sin oír sus peticiones,
en su
esponja exprimir los compañones.
Atan
luego al marido,
de vergüenza
y de rabia poseído,
y panza
arriba a la mujer recuestan
y alegres
manifiestan
diez
erguidos y gordos instrumentos
capaces
de empreñar hembras a cientos:
vergajos
que en el mundo no hay iguales
sino bajo
los sayos monacales.
Miró
nuestra heroína sin turbarse
el diezmo
musulmán que iba a cobrarse,
y, al
saciar del primero los deseos,
con
hábiles y rápidos meneos
agitó sus
caderas de tal suerte
que dejó
hecho un guiñapo al varón fuerte.
Según su
antigüedad y sus hazañas,
sobre
ella, los demás, pruebas extrañas
de su
vigor hicieron
y aún con
más prontitud vencidos fueron.
Quedaba
un musulmán de bigotazos
que
quitaba los virgos a porrazos;
engendrador
a roso y a velloso,
máximo
atacador del sexo hermoso.
Aqueste,
pues, embistió con la beata;
ella en
sus movimientos se desata,
él se
procura asir con fuerte mano
y la
quiere cansar; pero fue en vano,
que al
choque impetuoso
el árabe
rijoso
se sintió
vacilante y, reculando,
pierde su
dirección; así luchando,
barriga
con barriga,
puede más
que el deleite la fatiga,
y la
virilidad del moro bravo
vino a
quedar en un moco de pavo.
Concluida
de los árabes la empresa,
márchanse
a toda priesa;
la beata
se levanta y se sacude,
y a
desatar a su marido acude
que,
testigo infeliz de su trabajo,
estaba
pensativo y cabizbajo.
Viéndole
así la esposa,
le animó
cariñosa,
diciéndole
se aliente,
pues es
de Dios milagro muy patente
el haber
con las vidas escapado.
A lo cual
él responde: -Ya he observado,
el
milagro, lo han hecho tus meneos
que jamás
han cedido a mis deseos,
porque
siempre me decías: “Ahí lo tienes:
hazlo
solo, y tú solo te condenes”.
Y ella
entonces repuso enfurecida:
-¡Está
buena la queja, por mi vida!
Pues qué:
¿me he de mover por un cristiano
cual por
un vil y réprobo africano?
No te
hacía tan tonto.
¡A perra
gente, despacharla pronto!
EL
PANADIZO
Un gordo
capuchino confesaba
a una
sierva de Dios que se quejaba
de un
fiero panadizo que tenía
en un
dedo ya mucho tiempo hacía,
el cual,
negado al bálsamo y ungüento,
cada vez
la causaba más tormento.
El
fraile, de su mal compadecido,
le dijo:
-Hermana, tengo por perdido
el tiempo
que se aplica
a bregar
con emplastos de botica,
pues sé
por experiencia
que
cuando se endurece una dolencia
el
remedio mejor para curalla
es el
tratar el modo de ablandalla
metiendo
aquella parte dolorida
en paraje
caliente;
métala,
pues, hermana, por su vida,
para que
el panadizo se reviente,
dentro
del agujero
que de
las ingles hallará frontero.
La
devota, en el fraile confiada,
puso su
dedo en cura; y agitada
por las
muchas cosquillas que sentía
al tiempo
que allí dentro le tenía,
tan
incesantemente meneóse
que al
cabo el panadizo reventóse.
Para
mostrar su agradecido afeto,
le contó
al capuchino el buen efeto
que su
remedio había producido;
pero él le
respondió muy afligido:
-Sea,
hermana, para bien y norabuena;
mas sepa
que yo sufro de igual pena,
pues
tengo un panadizo pernicioso
en el
miembro colgante y pegajoso
que no
uso, Dios me guarde, en otros fines
que el de
dar libre suelta a los orines,
y no
encuentro, ¡ay de mí!, para ablandallo,
sitio
donde metello y meneallo.
-Por eso,
padre mío no se apure
-ella le
dice-; pues, porque se cure,
a pesar
del rubor, yo mi agujero
prestarle
agradecida al punto quiero.
En
efecto, a la cura que promete
la devota
se pone, y luego mete
su dedo
colosal el frailecico,
empujando
y moviendo despacico,
y logra,
al fin de operación tan seria,
que
suelte el panadizo la materia.
Sacó su
dedo sano y deshinchado
el
fraile; y ella, al verle sosegado,
le dice
ruborosa: -Padre mío,
perdone a
mi malicia un desvarío,
mas debo
confesarle francamente
que al
tiempo de la cura antecedente
sospeché,
por su ardor y movimiento,
que
atropellaba el sexto mandamiento.
El fraile
le responde: -¿Eso dudaba?
Acaso así
es verdad como pensaba;
pero ello
no le dé ningún cuidado,
que,
haciéndolo conmigo, no es pecado.
No creyó
la respuesta decisiva
la sierva
del Señor; quedó suspensa,
viendo
que su virtud madurativa
era tal
vez ofensa
del
precepto de Dios; dudó un instante;
tornósele
el semblante
rojo como
las flores del granado,
y dijo:
-Padre, pues si no es pecado
y con
ello su gusto satisfizo,
oiga:
¿cuándo tendrá otro panadizo?
EL SUEÑO
Vivían
una vez, y va de cuento,
en un
chico aposento
un pobre
matrimonio con un niño,
fruto de su
cariño,
y una
niña graciosa,
que más
que su hermanito era curiosa;
los
cuales con sus padres en un lecho,
por no
haber otra cama de provecho,
juntitos
se acostaban
y a los
pies abrigados reposaban.
Una noche
el marido,
jugando
al mete y saca, embebecido
con su
mujer, de tal ardor se inflama
que entre
los dos echaron de la cama,
sin saber
lo que hacían,
al niño y
a la niña que dormían.
Despertaron
del golpe dando gritos
los
tristes angelitos,
y el
muchacho, llorando sin consuelo,
exclama:
-¡Ay, padre mío!, ¿por qué al suelo
nos echa
usted y madre a puntillones,
cuando
cabemos bien en los colchones?
-Hombre
–dijo su padre-, no he podido
libraros
del porrazo, porque ha sido
sin saber
lo que hacía:
con tu
madre soñaba que reñía
y tuve
grande empeño
en amansarla
un poco con el sueño.
Dijo: y
luego enfadado
por no
haber el negocio consumado,
fue a
recoger sus hijos; y al meterlos
en la
cama queriendo componerlos,
la
muchacha, abrazándole llorosa,
le tocó
cierta cosa,
y
preguntó con mucho desenfado:
-Padre,
¿qué es esto tieso que he tentado?
-Es la
mano del niño, respondióle
el padre.
Y la muchacha replicóle:
-No
señor, que los dedos no le encuentro.
-Suelta:
los tiene vueltos hacia dentro
porque el
puño ha cerrado.
-¿Y a
dónde, padre, se ha mojado?
-Niña, en
la escupidera...
Duérmete
y no seas bachillera.
Calló,
atemorizada,
la chica;
pero como escarmentada
estaba
del dolor de la caída,
no se
quedó dormida;
y sus
padres, rijosos y encendidos,
creyendo
que ya estaban bien dormidos
los
chicos, la faena que dejaron
por su
golpe, de nuevo comenzaron.
Sintiólo
la muchacha y al chiquillo
despertándole
dice: -Oye, Juanillo,
agarrate
bien fuerte, que con madre
otra vez
a soñar se ha puesto padre.
EL
MATRIMONIO INCAUTO
Un
tejedor tenía
de poca
edad dos niños inocentes
con los
cuales dormía,
por ser
tan corto en bienes de fortuna
que no
había más cama ni más cuna.
Una noche
de frío
se arrimó
a la parienta su pariente
por gozar
del estío,
pues a
todo casado se permite
que
cuando tenga frío se lo quite.
Empieza
su tarea,
y tan a
pechos tómala y tal brinca
y tal se
bambolea,
que al
sacudir los pie el burro en celo
da con
los chiquitines en el suelo.
La madre,
que lo nota,
de la
cama se tira, aunque rendida
de volver
la pelota,
y al
levantar sus hijos adorados,
los
encuentra a los dos descalabrados.
Póneles
balsamina
y a la
cama los vuelve cariñosa,
cada cual
a su esquina,
diciéndoles
que aquello ha sucedido
porque
estaba su padre algo bebido.
Antes que
amaneciera
sintió el
amigo gana de más coles,
y la tal
curandera
se
entregó a los placeres reiterados,
sin echar
cuenta en los descalabrados.
El niño
mayorcito,
que notó
de la cama el movimiento,
dijo al
otro, quedito:
-¡Agárrate
al colchón pronto, muchacho,
mira que
vuelve padre a estar borracho!
LA PULGA
Una noche
ardorosa,
después
de haber cenado alguna cosa,
la joven
Isabela,
en su
lecho acostada,
del todo
despojada,
trataba
de entregarse al dulce sueño;
mas una
infame pulga la desvela
picando
con empeño
ya el
reducido pie, ya la rodilla,
ya la
rolliza y blanca pantorrilla.
La joven,
impaciente,
echa
inmediatamente
su linda
mano a donde piensa hallarla,
y algo
bueno daría por pillarla:
pero el
bicho maldito,
si
dársele un pito
cuanto
más le persigue
más
salta, y brinca, y sigue con su empeño;
hasta que
Isabelilla, incomodada,
con la
sangre encendida,
no
pudiendo sufrir más la cuitada,
salta
fuera del lecho enfurecida,
coge la
luz, se pone patiabierta
y en
medio de las piernas la coloca;
pero se
vuelve loca
y con la
infame pulga nunca acierta.
La ve muy
veces, y otras tantas huye,
sobre
ella pone el dedo, y se escabulle;
que de
aquí para allá siempre saltando,
parece
con la niña estar jugando.
Ésta, por
eso mismo más airada,
jura la
ha de pagar muy bien pagada,
y con tan
gran ahínco la persigue
que, vaya
adonde vaya, allí la sigue.
A fuerza
de luchar, casi perdida
se halla
al fin la insufrible picadora,
y por ver
si se libra, va y se mete
en aquel
lindo y virginal ojete
que tan
dulces placeres atesora.
La niña,
entonces, más sobrecogida,
más
sofocada y con la sangre hirviendo,
también
el albo dedo va metiendo
a ver si
allí la encuentra:
y a
medida que lo entra
y que
urga presurosa,
halla una
sensación tan deliciosa
que a
continuación la excita,
el dedo a
toda prisa meneando
hasta
que, blanca espuma derramando,
queda la
pobrecita,
la boca
medio abierta y fatigada
y los
ojos en blanco y desmayada.
Como, a
pesar de todo, no saliera
el
bichillo infernal de su tronera,
desde
entonces apenas pasa un día
que no lo
busque con igual porfía.
DISCULPA
Tiene su
aprendizaje cada oficio,
y lo debe
tener según mi juicio:
en la
forma que el fraile de novicio,
cuando
novio el casado,
son
muchos los deberes de su estado.
¿No tiene
aprendizaje el alfarero?
¿Valdrá
menos un niño que un puchero?
No hay
que aprender dirán: ¡Dios nos asista!
Dígalo
tanto padre moralista.
La gran
dificultad está en el modo;
hablo yo
en general de la enseñanza.
Respecto
a las mujeres, fuera chanza,
se ha de
tener presente, sobre todo,
que
deberá el maestro
virtuoso,
libertino, zurdo, diestro,
amigo o
enemigo,
dar todas
sus lecciones sin testigo.
La
experiencia está hecha,
más de lo
que se quiere se aprovecha.
Escribiré
al intento,
dedicado
a las madres, cierto cuento.
Estaba un
venerable religioso
con cierta
señorita
proponiéndola
a solas un esposo.
Ni
escuchaba la madre, ¡qué bendita!
La
historia cuenta que, con grande empeño,
caritativo
el fraile y halagüeño
procuraba
vencer la repugnancia
de la
modesta niña. A tal instancia
al fin
pronunció el sí mirando al suelo.
Con un
modesto velo
la
explica el padrecito el matrimonio,
Sánchez
para con él era un bolonio.
¡Oh!,
sabía muy bien su reverencia
que en el
mundo confunden la inocencia
con la
ignorancia crasa,
y que por
eso pasa lo que pasa.
La
modesta novicia
recibió
con placer y sin malicia
la
primera lección completamente.
La niña
se aficiona,
cuando
llegó a ponerla en un estado
a que
nunca había llegado
el más
sabio Doctor de la Sorbona.
Se
ajusta, se apresura el casamiento.
Cásase la
doncella en el momento,
y a los
seis meses, breve,
hizo lo
que las otras a los nueve.
EL DIOS
SCAMANDRO
Cuentan
que un orador célebre en Grecia,
mansión
en otro tiempo soberana
de cuanta
ciencia humana
el sabio
mundo aprecia,
quiso las
ruinas visitar de Troya:
Simón, su
amigo, el pensamiento apoya,
que
aunque no es anticuario,
antes por
el contrario
tiene su
sí es no es de tarambana,
le entró
no poca gana
de ver
tierra también; y suponía
que el
sabio ha de buscar su compañía.
Parten
los dos, y al término del viaje
llegaron
sin trabajos e incidentes:
¡qué
vista para el sabio! ¡Oh, fiero ultraje
de la
edad y barbarie de las gentes!
Donde
Ilión su altísimo homenaje
alzaba a
las esferas esplendentes,
hoy
hallaron tan sólo pobre aldea,
que ni remota
idea
da del
gran pueblo antiguo desolado.
El sabio,
en sus recuerdos embriagado:
-¡Cómo!
–decía-, ¿ni el menor vestigio
veré de
la ciudad, que fue prodigio
por mano
de los dioses levantado;
y abatido
también por las deidades,
pero cuyo
prestigio
pudo
sobrevivir a las edades?
-¿Dó
están las torres que Héctor defendía?
¿Dó los
campos, do Aquiles y Diomedes
mostraban
generosa valentía?
Erudito
lector, suponer puedes
que el
que así se explicaba,
a la
margen estaba
del
Scamandro undoso;
río que
entre sus ondas sanguinoso
arrastró
rotos petos y celadas,
a cabezas
calientes arrancadas.
Simón,
que en antiguallas no repara,
y su
imaginación tiene en reposo,
a otros
objetos dedicarse ansiara,
propios
de un hombre material y ocioso.
Llegó,
pues, la ocasión. Fresca y sencilla,
con una
linda cara
que hasta
la misma envidia enamorara,
llegó del
río a la yerbosa orilla
incauta
jovencilla,
que en
traje y compostura
parece
una aldeana,
lo cual
no perjudica a su hermosura:
al
contrario, al viajante
más
impresión le ha hecho, que si fuera
remilgada
y enclenque ciudadana.
La hora
terrible de la siesta era:
que en
Asia hace calor sabe cualquiera;
que el
calor importuno
excita
las eróticas pasiones,
y aún las
encienden más las ocasiones,
tampoco
hay que explicárselo a ninguno.
Allí, no
muy distante,
había
entre el ramaje gruta oscura,
asilo
cierto contra el sol vibrante,
en donde
la inocente criatura
las
calurosas horas
quiso
pasar, juzgándose segura.
Pero las
seductoras
ondas,
que limpias a sus pies pasaban
y a
refrescarse en ellas convidaban,
el calor,
la galbana,
de
bañarse en la niña
excitaron
la gana.
El
viajero se esconde y escudriña
aquellas
perfecciones,
que
atizan el volcán de sus pasiones.
¿Qué
hará? Si mete ruido
y espanta
a la deidad, todo es perdido.
Mas de
cómo rendirla, de repente,
después
que meditó por breve rato,
van a
suministrarle un expediente
las
creencias del tiempo mentecato.
¿No gozó
a Dánae, en oro convertido,
Júpiter
atrevido?
¿No hay
otros mil ejemplos
de
dioses, venerados en los templos,
que tras
una mortal ciegos corrieron
y madres
las hicieron
de
ilustres semideos,
que la
tierra llenaron de trofeos?
Manos a
la obra pues: no hay que aturdirse;
un dios
de este jaez puede fingirse.
Toma
entonces Simón los elevados
aires de
un dios acuático, ciñendo
sus
cabellos mojados
de césped
y espadaña,
y toda su
persona componiendo.
Luego con
voz y entonación extraña,
al gran
Mercurio invoca,
y a la
deidad potente
a quien
cuidar de los amantes toca.
La tímida
muchacha que lo siente,
aunque
sencilla ignora
del
mancebo la astucia disoluta,
se
atropella, se azora,
y huye a
esconderse en la profunda gruta.
-Huyes
del dios –le dice-, de este río:
ven,
pues, Nereida, ven, y no te escondas;
que con
ser dueño mío,
serás también
la diosa de estas ondas.
Por ti la
forma de hombre
me he
gozado en tomar: nada te asombre.
Vuelve al
río, dichoso
en gozar
de ese cuerpo delicioso,
que aún
más que su cristal puro es mi pecho.
Ven a
dejar mi anhelo satisfecho;
y en pago
estas riberas
esmaltaré
de flores
que
huellen esos pies encantadores;
y a ti y
tus compañeras,
siempre
que a ser mi esposa te resuelvas,
ninfas
haré del río o de las selvas.
Nuestra
joven, que estaba
con la
cabeza llena de otras tales
hazañas
de los dioses inmortales,
no dudó
que era un dios el que la hablaba.
A ceder
la deciden sin violencia
su
halagüeña elocuencia,
su grato
continente y rostro amable,
y, a
decir la verdad, que es bien palpable,
un no sé
qué de vanidad de moza
que en
superar a las demás se goza:
flaqueza
mujeril disimulable.
En sus
senos umbrosos,
aquella
gruta al sol impenetrable,
teatro
fue dulce de hurtos amorosos;
y él la
dio al separarse la advertencia
de que a
verle viniera con frecuencia,
mas que a
nadie su suerte revelara
hasta que
la ocasión se presentara,
conforme
a su deseo,
de
anunciar a los dioses su himeneo,
cuando el
cónclave sacro se juntara.
Ella,
¡cosa bien rara!,
el
secreto guardó con gran prudencia.
¡Qué
mujer no se paga
de contar
un secreto que la halaga!
Mas
hagamos justicia a la heroína
de
nuestra historia cierta:
siguiendo
fiel la insinuación divina,
calló
como una muerta;
y siempre
que podía,
esto es
menos extraño,
a la
gruta venía
a verse
con su dios, después del baño.
Mas
cuando vino el frío,
cansado
ya Simón de hacer de río,
poco a
poco dejó la dulce gruta;
que el
amor se fastidia si disfruta,
y
veleidosos son, como traidores,
los
dioses del Olimpo moradores.
La mísera
insensata,
viéndose
ya olvidada, triste y mustia,
sus
facciones maltrata,
y a los
cielos acude con angustia;
recorre
con afán la selva hojosa,
parte a
la cueva que la vio dichosa,
mil veces
sale y entra,
y por más
que se mueve a nadie encuentra.
Simón,
que desde el punto
que dejó
de ser dios le descontenta
esta
tierra de Troya,
y tiene
algún barrunto
de que
puede salirle mal la cuenta
si llega
a descubrirse la tramoya,
quisiera
abandonar tales regiones;
mas entre
tanto el sabio compañero,
emprendió
excavaciones,
por
comprobar las fábulas de Homero;
y héteme
aquí con nuevas detenciones.
Mi hombre
vivió encubierto,
como que
su conciencia está intranquila:
mas ¿cómo
no tener algún descuido
que en su
contra aprovechen
ojos que
amor celoso despabila?
Y así
sucede: el diablo que es experto
y tiene gran
placer en meter ruido,
cruzando
él casualmente,
dispuso
que se halle
a la
esposa endiosada en una calle;
en la
cual, de repente,
del
pueblo se juntó la gente toda
a ver
pasar una lujosa boda.
Héteme
sin escape al pobre mozo:
ella
desde el momento
que lo
reconoció con alborozo
dijo,
abiertos los brazos, y en su seno
echándose
llorosa:
-¡Scamandro,
mi dios! si sois tan bueno,
¿por qué
dejasteis vuestra amante esposa?
La gente
que escuchó a la desdichada,
luego
soltó sonora carcajada;
pero
cuando se entera
del
vergonzoso caso,
al mal
fingido dios del pueblo fuera
a palos
arrojó más que de paso.
Él
escapó: la incauta escarnecida,
en vista
del engaño,
de cada
lagrimal soltando un caño,
lloró
toda su vida
ser
juguete de un pillo,
cuando
creyó con ánimo sencillo
que daba
a un dios su mano y su persona.
¡Oh, vil superstición! ¿Y hay quien te abona?
EL PASTOR
ENAMORADO
El joven
Melibeo
guiaba su
rebaño
por la
frondosa orilla
de cierto
río tortuoso y claro.
Al pie de
una alta haya,
en el
sombrío campo,
se
sienta, y le rodea
paciendo
mansamente su ganado.
En el
cantar, maestro,
y en la
zampoña, sabio,
sus
versos pastoriles
entona
diestramente acompañado.
Mirlos y
ruiseñores
dulcemente,
entretanto,
aumentan
la armonía
que
repiten los valles y collados.
Del agua
hermosa y pura
la cabeza
sacando
una ninfa
le escucha
y vuelve
a sumergirse de contado.
A las
hondas cavernas
del
cristalino caos
baja y a
sus hermanas
llevó las
nuevas del vecino prado.
Con un
fuego lascivo,
diestramente
nadando,
se
acercan a la orilla
y
muestran sus gargantas de alabastro.
La dulce
melodía
la
hermosura del campo,
los
árboles frondosos
con la
hierba y las vides enlazados.
De fresca
sombra lleno
el suelo,
en flores vario,
la suave
fragancia
que
esparce en la ribera el viento manso.
Todo esto
que las ninfas
en
silencio admiraron
las
convida a que dejen
las
claras ondas por el verde prado.
Y con un
pie ligero,
más que
la nieve blanco,
entre
frondosas vides
a la
agradable sombra se ocultaron.
Atentas
escuchaban;
mas
entonces, mudando
sus
versos Melibeo,
de esta
suerte prosigue con el canto:
-Ninfas
que a la salida
del
cristalino baño
mostráis
la gentileza
de esos
cuerpos desnudos y lozanos,
¿por qué
entre verdes hojas
os
ocultáis? ¿Acaso
teméis la
competencia
de Nise,
la hermosura de estos campos?
¡Ah,
quién la viese ahora
libremente
en el prado
marchar
como una ninfa
sin saber
que la viesen los humanos!
Veríais
ya... ¡oh, qué rostro!
¡qué
talle tan gallardo!
¡qué
blancura de cuerpo!
no a
vosotras, a Venus la comparo.
Entonces
sus cabellos
flotantes
y poblados,
por el
cuerpo esparcidos
los
pondría por velo su recato.
Entonces
escondido
yo
estaría aguardando
que el
viento mansamente
corriese
el velo de su pecho blanco.
Y
entonces... ¿y si entonces
se
arrojase al ganado
algún
astuto lobo,
a Nise
acudiría o al rebaño?
Responda
Melibeo
al poeta,
y en tanto
nadie
entregue sus cabras
al pastor
que estuviese enamorado.
LA
PROCURADORA Y EL ESCRIBIENTE
De cierto
procurador
se
encontraba el escribiente
trasladando
el borrador
de un
pedimento algo urgente,
por orden
de su señor.
Iba con
mucha atención,
pero
tiene el ama al lado,
y estaba
en esta ocasión
tan
templada que al citado
lo llenó
de confusión.
Ya le
daba con el codo,
ya soltaba
una risita,
mas con
tanta gracia y modo,
que,
aunque el pobrete se irrita,
tiene que
sufrirlo todo.
De este
juego resultó
que
echaba muchos borrones,
y por
último exclamó:
-No dé
usted más empujones.
Y ella en
risa prorrumpió.
Conociendo
el escribiente
a dónde
se dirigía
su
intento nada prudente,
la pluma
con picardía
coge, y
la dice impaciente:
-Si usted
de esta raya pasa,
que yo
señalo en el suelo
y sus
límites traspasa,
aunque
luego clame al cielo,
ya verá
lo que la pasa.
Ella al
punto la pasó,
y el
escribiente malvado
lo que
ofrecía cumplió,
y
tomándola en sus brazos
en la
cama la tendió.
Lo que
allí los dos harían
ya se
deja conocer,
pues
quietos no estarían
ni
dejarían perder
la
ocasión que conseguían.
El
procurador tenía
un chico
de corta edad
que
estuvo con picardía
mirando
con seriedad
cuanto el
escribiente hacía.
Vino su
padre a comer
y fue
inadvertidamente
en la
raya el pie a poner,
y el
muchacho, cuerdamente,
sus pasos
fue a detener.
-No pase
usted adelante,
le dice,
porque a mi mama
por un
paso semejante
el
escribiente a la cama
se la
llevó muy galante.
El
procurador estuvo
suspenso
por algún rato,
y, aunque
algo remiso anduvo,
por
evitar un mal trato,
de
pasarla se contuvo.
Diciembre,
3 de 2000

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