© Libro No. 666. Antología de Cuentos de Dino Buzzati. Antologista
Guillermo Molina Miranda. Colección E.O. Marzo 22 de 2014.
Título original: © Antología
de Cuentos de Dino Buzzati. Gmm.
Versión Original: © Antología de Cuentos de Dino Buzzati. Gmm.
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Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
ANTOLOGÍA DE
CUENTOS DE DINO BUZZATI
GMM
CONTENIDO
(Belluno, 1906 - Milán, 1972)
Escritor y poeta italiano que fue uno de los pocos representantes en su país de
esa narrativa surrrealista o metafísico-existencial que tuvo en Franz Kafka a
su máximo exponente. Tras doctorarse en derecho en la Universidad de Milán,
inició en 1928 una extensa carrera de periodista en el Corriere della sera,
diario en el que también desarrolló labores de redactor y enviado especial. Más
tarde se empleó como redactor jefe en la Domenica del corriere.
Debutó en el campo de las letras
con Barnabó delle montagne (1933), pero fue en su segundo libro, Il segreto del
Bosco Vecchio (1935), una fantástica presentación de un mundo de gigantes, de
animales que hablan y de hechos prodigiosos, donde se hicieron evidentes
algunos de los motivos fundamentales de su obra: el gusto por la magia y la
alegoría, una inclinación a la fabulación y al romanticismo descriptivo y un
clima de leyenda nórdico-gótica.
Su mayor logro fue El desierto de
los tártaros (1940), historia de jóvenes oficiales que consumen toda su
existencia en una solitaria fortaleza fronteriza, esperando en vano la invasión
de los tártaros, en la que se retrata el ansia, la renuncia y la soledad del
hombre, incapaz de escapar a su propio destino. La novela tuvo un gran éxito de
público y de crítica y fue traducida a múltiples lenguas. El resto de su obra,
entre la que destacan Siete mensajeros (1942) o Sessanta racconti (1958), con
el que obtuvo el premio Strega, ahondan en su tendencia a lo grotesco, en el
misterio y la angustia de lo cotidiano o en el absurdo e inexplicable destino
humano.
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Arrestado
en un callejón de la ciudad y condenado solamente por contrabando -porque tuvo
la suerte de no ser reconocido- Gaspar Planetta, capitán de bandidos,
permaneció tres años en prisión.
Al salir
libre estaba muy cambiado. Consumido por la enfermedad, con una gran barba,
parecía un viejo y no el famoso "capo brigante", el mejor tirador
conocido, que no sabía errar un disparo.
Con sus
cosas en una bolsa, se puso en camino hacia el Monte Fumo, su antiguo reino,
donde suponía que debían estar sus compañeros.
Era un
domingo de junio cuando se internó en el valle donde estaba su casa. Los
senderos del bosque no habían cambiado: aquí afloraba una raíz: allá una piedra
que recordaba perfectamente. Todo estaba igual que antes. Como era fiesta, la
banda debía estar reunida en su casa. Al acercarse, Planetta oyó voces y
carcajadas. La puerta, a diferencia de sus tiempos, estaba cerrada.
Golpeó
dos o tres veces. Adentro se hizo un silencio. Después preguntaron:
-¿Quién
es?
-Vengo de
la ciudad -respondió- vengo de parte de Planetta.
Tenía
pensado darles una sorpresa, pero en cuanto abrieron la puerta, se dio cuenta
de que no lo reconocían. Sólo el viejo perro, el esquelético Tromba, le saltó
encima con alegría.
Al
principio sus antiguos compañeros, Cosimo, Marco, Felpa y también tres o cuatro
desconocidos, lo rodearon, pidiéndole noticias de Planetta. Les contó que había
conocido al jefe en prisión; dijo que Planetta sería liberado un mes más tarde
y que, mientras tanto, lo había enviado a él para saber cómo marchaban las
cosas.
Al rato,
los bandoleros ya habían perdido todo interés en el recién llegado y lo dejaban
con un pretexto cualquiera. Sólo Cosimo se quedó hablando con él, pero sin
reconocerlo.
-¿Y qué
piensa hacer cuando vuelva?
-¿Cómo
qué piensa hacer? ¿Es que acaso no puede volver acá?
-Ah, sí,
sí... yo no digo nada. Sólo estaba pensando en él. Las cosas aquí han cambiado
mucho. Y él va a querer mandar todavía, se entiende... pero no sé...
-¿Qué es
lo que no sabe?
-No sé si
Andrea estará dispuesto... no va a querer. Por mí que vuelva, nosotros dos
siempre nos llevamos bien.
Así supo
Gaspare Planetta que el nuevo jefe era Andrea, uno de sus antiguos compañeros.
En ese
momento se abrió la puerta de par en par y entró el propio Andrea, que se paró
en medio del cuarto. Planetta recordaba un tipo alto y flaco. Ahora tenía
delante una formidable estampa de forajido, con una cara dura y unos
espléndidos bigotes. Tampoco lo reconoció.
-¿Ah sí?
-dijo a propósito de Planetta- ¿Y cómo fue que no consiguió fugarse? No debe
ser demasiado difícil. También a Marco lo metieron adentro, pero no llegó a
estar ni seis días. Tampoco a Stella le resultó difícil evadirse. Y en cambio
él, que era el jefe, precisamente él, no hizo buen papel.
-Es que
ya las cosas no son como antes -repuso Planetta con una sonrisa burlona- Hay
muchos guardias ahora, cambiaron las rejas, jamás nos dejaban solos. Y además
él se enfermó.
Mientras
hablaba se iba dando cuenta que lo habían dejado afuera, comprendía que un
"capo brigante" no puede dejarse capturar y mucho menos permanecer
encerrado tres a cuatro años como un desgraciado cualquiera, comprendía que
estaba viejo, que ya no había lugar para él allí, que su tiempo había
terminado.
-Me dijo
-prosiguió con voz cansada- Planetta me dijo que había dejado aquí su caballo,
un caballo blanco que se llama Polak, me parece, y que tiene un bulto detrás de
la rodilla.
-Tenía,
querrá decir, tenía... -dijo Andrea arrogante, comenzando a sospechar que era
el propio Planetta el que tenía delante- Si el caballo se murió, no es culpa
nuestra.
-Me dijo-
continuó con toda calma Planetta- que también dejó aquí su ropa, una linterna y
un reloj- y sonriendo sutilmente se acercó a la ventana para que todos pudieran
verlo bien.
Y todos,
en efecto, lo vieron, reconociendo en aquel viejo flaco lo que quedaba de su
famoso jefe Gaspare Planetta, el mejor tirador conocido, que no sabía errar un
solo tiro.
Sin
embargo, ninguno habló. Tampoco Cosimo se atrevió a decir nada. Todos simularon
no haberlo reconocido porque estaba presente Andrea, el nuevo jefe y lo temían.
Y Andrea
hacía como si no pasara nada.
-Nadie ha
tocado sus cosas -respondió Andrea- deben estar por ahí, en algún cajón. De la
ropa, no sé nada. Probablemente alguien la usó.
-Me ha
dicho- continuó imperturbable Planetta, aunque esta vez ya no sonreía- me ha
dicho que dejó aquí su fusil, su escopeta de precisión.
-Su fusil
está aquí -dijo Andrea- y puede venir por él cuando quiera.
-Me
decía, siempre me decía: quién sabe qué trato le han dado a mi fusil, quién
sabe en qué chatarra me lo encuentro convertido a mi regreso.
-Yo lo
usé algunas veces- admitió Andrea con cierto tono de desafío- pero no creo que
por eso se haya estropeado.
Gaspare
Planetta se sentó sobre un banco. Se sentía afiebrado, cosa que solía pasarle;
no mucho, pero lo suficiente para sentir la cabeza pesada.
-Dime
-insistió, volviéndose a Andrea- ¿Me lo podrías dejar ver?
-Adelante
-respondió Andrea, haciéndole señas a uno de los nuevos integrantes de la
banda- Ve, ve a buscarlo.
Un
momento después le entregaron el fusil a Planetta. Lo observó minuciosamente,
con aire preocupado y poco a poco, mientras acariciaba el caño, pareció
serenarse.
-Bien
-dijo después de una larga pausa-... y también me dijo que dejó aquí las
municiones. Lo recuerdo bien: seis medidas de pólvora y ochenta y cinco
proyectiles.
-Adelante-
ordenó Andrea secamente- Tráiganle todo. ¿Hay alguna otra cosa?
-Eso
-dijo Planetta acercándose a Andrea con la mayor calma y sacándole de la
cintura un puñal envainado- Todavía falta ésta. Su cuchilla de caza- y volvió a
sentarse.
Corrió un
largo y pesado silencio.
-Bien...
buenas noches- dijo por fin Andrea para hacerle comprender a Planetta que la
entrevista había terminado.
Gaspare
Planetta levantó los ojos midiendo la poderosa corpulencia del otro.
¿Habría
podido desafiarlo, enfermo y cansado como estaba? Se levantó lentamente, esperó
que le dieran el resto de sus cosas, metió todas en la bolsa y se echó el fusil
al hombro.
-Buenas
noches, señores -dijo, encaminándose hacia la puerta.
Los
hombres quedaron mudos, paralizados de estupor, porque jamás hubieran imaginado
que Gaspare Planetta, el famoso "capo brigante" pudiera terminar así,
permitiendo que lo mortificaran impunemente.
Sólo
Cosimo consiguió emitir una voz extrañamente ronca:
-¡Adiós,
Planetta! -exclamó, haciendo a un lado toda simulación-. ¡Adiós y buena suerte!
Planetta
se alejó por el bosque, en medio de las sombra de la noche, silbando.
*
Eso le
sucedió a Planetta, que ya no era más "capo brigante" sino solamente
Gaspare Planetta, de Severino, del año cuarenta y ocho, sin residencia fija.
Aunque, en realidad, dónde vivir tenía, una cabaña sobre el Monte Fumo, de
troncos y piedra, en el medio del bosque, donde se refugiara una vez que lo
perseguían los guardias.
Planetta
llegó a su cabaña, encendió el fuego, contó el dinero que tenía (podía
alcanzarle para algunos meses) y comenzó a vivir solo.
Pero una
noche, mientras estaba sentado junto al fuego, se abrió de golpe la puerta y
apareció un joven, con un fusil. Tendría unos diecisiete años.
-¿Qué
pasa? -preguntó Planetta sin siquiera levantarse.
El
muchacho tenía un aire desenfadado, se parecía a él, Planetta, una treintena de
años antes.
-¿Está
aquí la gente del Monte Fumo? Hace tres días que los busco.
El
muchacho se llamaba Pietro. Explicó sin titubeos que quería unirse a la banda.
Había vivido siempre vagabundeando y hacía años que tenía ese proyecto, pero
como para ser bandolero debía contar por lo menos con un fusil, no había
tenidos más remedio que esperar un poco; ahora había robado uno bastante bueno.
-Llegaste
a buen lugar; yo soy Planetta.
-¿Planetta
el capitán, quiere decir?
-El
mismo.
-Pero,
¿no estaba en prisión?
-Allí
estuve, por así decirlo -explicó irónicamente Planetta-. Estuve tres días: no
tuvieron la suerte de retenerme por más tiempo.
El
muchacho lo miró entusiasmado.
-¿Y ahora
quieres que me quede contigo?
-¿Quedarte
conmigo? -dijo Planetta- Está bien, por esta noche duerme aquí, mañana veremos.
Los dos
vivieron juntos. Planetta no desengañó al muchacho, lo dejó creer que seguía
siendo el jefe, le explicó que prefería vivir solo y encontrarse con los
compañeros nada más que cuando era necesario.
El
muchacho lo creía poderoso y esperaba de él grandes cosas. Pero pasaban los
días y Planetta no hacía nada, a excepción de cazar un poco. El resto del
tiempo lo pasaba siempre junto al fuego.
-Jefe
-decía Pietro- ¿cuándo vamos a dar un golpe?
-Uno de
estos días- respondía Planetta- Llamaré a los compañeros y te sacarás el gusto.
Pero los
días siguieron pasando.
-Jefe-
insistía el muchacho-. Supe que mañana pasará por el camino del valle un tal
Francisco, que debe tener los bolsillos llenos.
-¿Un tal
Francisco? -repetía Planetta sin demostrar interés- Lo conozco hace tiempo. Es
un hombre astuto, un verdadero zorro: cuando viaja no lleva un solo escudo
encima, de miedo a los ladrones.
-Jefe-
decía el muchacho-. Supe que mañana pasan dos carros de buena mercadería. Todos
cosas de comer. ¿Qué dice, jefe?
-¿De
veras? -respondía Planetta- ¿Cosas de comer? - y dejaba languidecer el asunto,
como si no fuera digno de él.
-Jefe-
decía el muchacho- mañana es la fiesta de la ciudad y habrá mucho movimiento de
gente, pasarán cantidad de carruajes y muchos regresarán de noche. ¿No
tendríamos que intentar algo?
-Cuando
hay gente -contestaba Planetta- más vale no hacer nada. Hay gendarmes por todos
lados los días de fiesta. No hay que fiarse. Precisamente fue en un día de
fiesta que me capturaron.
-Jefe
-decía después de unos días Pietro- di la verdad, a ti te pasa algo. No tienes
ganas de hacer nada. Ni siquiera de ir a cazar. No quieres ver a los
compañeros. Debes estar mal, seguramente, ayer también tuviste fiebre. Siempre
estás al lado del fuego. ¿Por qué no hablas claro?
-Puede
que no esté bien- decía Planetta sonriendo- pero no es lo que tú piensas. Si
quieres que te los diga, así por lo menos me dejas tranquilo, es una estupidez
fatigarse para embolsarse algunas pocas monedas. Si hago algo, quiero que valga
la pena. Bien: he decidido esperar al Gran Convoy.
Se
refería al Gran Convoy que una vez al año, precisamente el 12 de setiembre,
llevaba a la capital un cargamento de oro, todo lo recaudado por concepto de
impuestos en las provincias del sur. Avanzaba entre sonidos de cuernos a lo
largo del camino principal, custodiado por guardia armada. El Gran Convoy
Imperial con el gran carro de hierro, todo lleno de monedas metidas en sacos.
No había bandolero que no soñara con él en las noches tranquilas, pero desde
hacía cien años nadie había logrado asaltarlo impunemente. Trece bandidos
habían muerto, veinte estaban en prisión. Ya nadie pensaba en el Gran Convoy en
serio; año tras año la recaudación de impuestos se hacía más grande y la
escolta armada era reforzada. Iban soldados adelante y atrás, patrullas a caballo
a los lados; los cocheros, los jinetes y los servidores, todos armados. Lo
precedía una especie de avanzada con trompeta y bandera. Después venían
veinticuatro guardias a caballo, armados con fusiles, pistolas y espadones, y
enseguida el carro de hierro con la insignia imperial en relieve tirado por
dieciséis caballos. Otros veinticuatro soldados en la retaguardia, otros doce a
los lados. Cien mil ducados de oro, mil onzas de plata, destinados a la casa
imperial.
El Convoy
pasaba a galope cerrado. Luca Toro, cien años antes, había tenido el coraje de
asaltarlo y le había ido milagrosamente bien. Era la primera vez: la escolta se
asustó y Luca Toro pudo huir a Oriente y darse la gran vida.
Otros
bandoleros lo habían intentado: Giovanni Borro, para nombrar algunos, el
Tedesco, Sergio de Topi, el Conde y el Jefe de los treinta y ocho. Todos, a la
mañana siguiente, aparecieron al borde del camino con la cabeza partida.
-¿El Gran
Convoy? -preguntó el muchacho maravillado- ¿De veras quieres arriesgarte?
-Sí,
quiero arriesgarme. Si lo logro, estoy hecho para siempre.
Eso dijo
Gaspare Planetta, pero estaba lejos de pensarlo. Aun contando con una veintena
de hombres habría sido una locura... ¡cuánto más solo!
Lo había
dicho por bromear, pero el muchacho se lo había tomado en serio y miraba a
Planetta con admiración.
-Dime-
preguntó-... ¿y cuántos seríamos?
-Quince,
por lo menos.
-¿Y para
cuándo?
-Hay
tiempo -respondió Planetta-. Tengo que hablar con mi gente. Esto no es cosa de
juego.
Pero los
días siguieron pasando y los bosques empezaron a ponerse rojos. El muchacho
esperaba con impaciencia. Planetta no lo desengañaba y en las largas noches que
pasaban junto al fuego, discutía el gran proyecto y se divertía también él. Y
en algunos momentos él mismo llegaba a creer que era verdad.
*
El 11 de
septiembre, el día de la víspera, el muchacho estuvo afuera hasta la noche.
Regresó con una cara sombría.
-¿Qué
pasa? - preguntó Planetta, sentado como de costumbre junto al fuego.
-Por fin
me encontré con tus compañeros.
Se hizo
un largo silencio y se oyó el restallar del fuego. También se escuchaba la voz
del viento que soplaba en el bosque.
-Y
bien... -preguntó Planetta con tono que quería parecer divertido- ¿Te lo
dijeron todo?
-Seguro.
Me lo contaron todo.
-Bien-
añadió Planetta y se hizo otra pausa en el cuarto iluminado tan sólo por el
fuego.
-Me
dijeron que me fuera con ellos, que hay mucho trabajo.
-Entiendo-
aprobó Planetta- Sería una tontería no ir.
-Jefe
-dijo entonces Pietro con voz casi llorosa- ¿por qué no me dijiste la verdad?
¿Por qué tantas historias?
-¿Qué
historias? -dijo Planetta, que hacía esfuerzos por mantener su habitual tono
alegre-. ¿Qué historias te he contado yo? Te dejé creer, no te quise
desengañar, eso fue todo.
-No es
verdad -repitió el muchacho-. Me retuviste aquí con falsas promesas, sólo por
atormentarme. Mañana, bien lo sabes...
-¿Qué
pasa mañana? -preguntó Planetta, otra vez tranquilo- ¿Te refieres al Gran
Convoy?
-Eso
mismo. ¡Y yo que te creí! Aunque tenía que haberme dado cuenta, enfermo como
estás... No sé como hubieras podido... -Pietro se calló por algunos segundos y
después, en voz baja, anunció:
-Mañana
me voy.
*
Pero el
otro día, Planetta fue el primero en levantarse. Se vistió de prisa sin
despertar al muchacho y tomó el fusil. Recién cuando llegaba al umbral Pietro
se despertó.
-Jefe
-dijo, llamándolo así por la fuerza de la costumbre-. ¿Adónde vas a esta hora,
se puede saber?
-Sí
señor, se puede saber -respondió Planetta sonriendo-. Voy a esperar al Gran
Convoy.
Pietro ni
siquiera se molestó en responder. Se limitó a darse vuelta en la cama, como
para hacerle ver que ya estaba cansado de aquella estúpida historia.
Pero está
vez no era sólo una historia. Para cumplir una promesa que había hecho en
broma, se disponía a asaltar el Gran Convoy. Ya lo habían fastidiado bastante
sus compañeros; por lo menos, que aquel muchacho supiera quién era Gaspare
Planetta. Pero, no... no era el muchacho lo que le importaba. En el fondo, lo
hacía por él mismo, para sentirse el de antes, aunque fuera por última vez.
Probablemente
nadie lo vería y hasta quizá, si lo mataban enseguida, nadie lo supiera jamás,
pero es no tenía importancia. Era un asunto personal con el poderoso Planetta
de antes. Una especie de apuesta a favor de una empresa desesperada.
Pietro
dejó que Planetta se fuera. Pero después le asaltó una duda. ¿No se propondría
de veras Planetta llevar a cabo el asalto? A pesar de que le parecía una idea
absurda, Pietro se levantó y salió a averiguar. Muchas veces Planetta le había
mostrado el sitio ideal para esperar al Gran Convoy, y hacia allí se dirigió.
El día ya
había amanecido pero el cielo estaba cubierto por largas nubes de tormenta. La
luz era clara y grisácea. De tanto en tanto se oía el canto de un pájaro. En
los intervalos, se escuchaba el silencio.
Pietro
corrió por el bosque hacia el fondo del valle, donde pasaba el camino
principal. Avanzaba con prudencia entre los matorrales en dirección a un grupo
de castaños, donde seguramente se encontraba Planetta.
Allí
estaba, en efecto, escondido detrás de un tronco y se había hecho un pequeño
parapeto de ramas para que no lo pudieran ver. Se había apostado sobre una
especie de colina que dominaba una brusca vuelta del camino: una fuerte subida
que obligaba a los caballos a andar más despacio. Todo lo que pasara por allí
se convertía en un blanco fácil.
El
muchacho miró la llanura del sur que se perdía en el infinito, cortada en dos
por el camino. Allá, en el fondo, vio una polvareda que se movía, avanzaba por
el camino: era el polvo que levantaba el Gran Convoy.
Planetta
estaba colocando el fusil con la mayor calma, cuando oyó que algo se agitaba
cerca de él. Se volvió y vio a Pietro con su fusil en el árbol vecino.
-Jefe-
dijo Pietro jadeando- Planetta, tienes que salir de aquí. ¿Te has vuelto loco?
-Chitón-
respondió sonriendo Planetta-. Que yo sepa, no estoy loco. Vete de aquí
enseguida.
-Estás
loco, te digo. Crees que van a venir tus compañeros, pero no vendrán, me lo han
dicho, nunca pensaron venir.
-Vendrán,
por Dios que vendrán, sólo es cuestión de esperar un poco. Tienen la manía de
llegar siempre tarde.
-Planetta
-suplicó el muchacho-. Hazme el gusto, sal de ahí. Era sólo una broma, nunca he
pensado dejarte.
-Lo sé,
lo sé -rió bonachonamente Planetta-. Pero ahora basta, vete, te digo. Este no
es lugar para ti.
-Planetta-
insistió el muchacho-. ¿No ves que es una locura? ¿Qué puedes hacer tú solo?
-Por
Dios, vete de una vez -gritó con voz ahogada Planetta, que ya no razonaba-. ¿No
te das cuenta de que vas a echarlo todo a perder?
En ese
momento se comenzaba a distinguir, en el fondo del camino principal, los
soldados que escoltaban el Gran Convoy, el carro, la bandera.
-¡Por
última vez, vete! -repitió, furioso, Planetta. El muchacho, reaccionando por
fin, empezó a arrastrarse entre el pastizal hasta que desapareció.
Planetta
escuchó los cascos de los caballos, dio una ojeada a las grandes nubes de
plomo, vio tres o cuatro cuervos en el cielo. El Gran Convoy ahora avanzaba
despacio, iniciando la subida.
Planetta
tenía ya el dedo en el gatillo cuando advirtió que el muchacho regresaba,
arrastrándose, y se apostaba otra vez detrás del árbol.
-¿Viste?
-susurró Pietro-. ¿Viste cómo no vinieron?
-Canallas
-murmuró Planetta sin mover ni siquiera la cabeza y esbozando una sonrisa-.
¡Canallas! Es demasiado tarde para retroceder. ¡Atención, muchacho, que ahora
comienza lo bueno!
Trescientos.
Doscientos metros. El Gran Convoy se acercaba. Ya se distinguía la gran
insignia en relieve sobre los lados del carro, se oían las voces de los
soldados que conversaban entre ellos.
Recién
entonces el muchacho tuvo miedo. Comprendió que estaba embarcado en una empresa
disparatada, de la que no se podía escapar.
-¿Viste
que no vinieron? Por caridad, no dispares.
Pero
Planetta no se conmovió.
-¡Atención!
-murmuró alegremente, como si no lo hubiera oído-. ¡Señores, la función va a
comenzar!
Planetta
ajustó la mira, su formidable mira que no podía fallar. Pero en aquel instante
sonó un disparo del otro lado del valle.
-¡Cazadores!
-comentó el "capo brigante", divertido, mientras resonaba un terrible
eco-. No son más que cazadores. ¡Nada de miedo, eh! Cuánto más confusión,
mejor.
Pero no
eran cazadores. Gaspare Planetta oyó un gemido. Volvió la cabeza y vio al
muchacho que soltaba el fusil y se desplomaba sobre la tierra.
-¡Me
hirieron, Planetta! ¡Oh, mama!
No habían
sido cazadores los que habían disparado, sino los soldados de la escolta
encargados de adelantarse al Convoy para evitar una emboscada. Eran todos
expertos tiradores, seleccionados en los combates. Tenían fusiles de precisión.
Uno de
ellos, mientras escrutaba el bosque, había visto al muchacho moverse entre los
árboles y tenderse después al lado del viejo bandolero.
Planetta
lanzó una blasfemia. Se fue levantando con precaución hasta quedar de rodillas,
disponiéndose a socorrer al compañero. Sonó un segundo disparo. El proyectil
atravesó el valle bajo las nubes tormentosas y después empezó a descender de
acuerdo a las leyes de la balística. Había sido dirigido a la cabeza, pero en
cambio entró en el pecho, cerca del corazón.
Planetta
cayó de golpe. Se hizo un gran silencio, como jamás había oído. El Gran Convoy
se había detenido. El temporal no terminaba de desatarse. Los cuervos estaban
allá, en el cielo. Todos se mantenían expectantes.
El
muchacho volvió la cabeza y sonrió:
-Tenía
razón -balbuceó-. Al final vinieron, los compañeros. ¿Los viste, jefe?
Planetta
no respondió, pero haciendo un supremo esfuerzo, miró en la dirección indicada.
Detrás de
ellos, en un claro del bosque, habían aparecido una treintena de jinetes con el
fusil en bandolera. Parecían diáfanos como una nube y sin embargo se
distinguían netamente sobre el fondo oscuro de la floresta. Por sus divisas
absurdas y sus caras bravías, se hubiera dicho que eran bandidos.
En
efecto, Planetta los reconoció enseguida. Eran sus antiguos compañeros, los
bandoleros muertos que venían por él. Rastros curtidos por el sol y atravesados
por largas cicatrices, horribles mostachos, barbas sacudidas por el viento,
ojos duros y clarísimos, espuelas inverosímiles, grandes botones dorados, caras
simpáticas, polvorientas de tanto combatir.
Ahí
estaba el buen Paolo, lento de entendederas el pobre, muerto en el asalto del
Mulino; Pietro del Ferro, que jamás había conseguido aprender a cabalgar;
Giorgio Pertica; Frediano, muerto de frío... todos los buenos y viejos
compañeros, que había visto morir uno a uno.
¿Y ese
facineroso de grandes bigotes y un fusil casi tan largo como él, montado en el
caballo blanco y flaco, no era el Conde, el famoso bandolero también caído por
causa del Gran Convoy? Sí, era él, el Conde, con el rostro iluminado de
cordialidad y satisfacción. ¿Y acaso se equivocaba Planetta o el último de la
izquierda que se mantenía erguido y orgulloso, era el propio Marco Grande en
persona, ahorcado en la capital en presencia del Emperador y de cuatro
regimientos de soldados? Marco Grande, cuyo nombre, cincuenta años después
todavía se pronunciaba en voz baja... Sí, también había venido para honrar a
Planetta, el último valiente y desafortunado capitán.
Los
bandidos muertos estaban silenciosos, evidentemente conmovidos, pero llenos de
una común felicidad. Esperaban que Planetta hiciera algo.
Y
Planetta (lo mismo que el muchacho) se levantó, ya no de carne y hueso como
antes sino transparente como los otros y, sin embargo, idéntico a sí mismo.
Lanzando
una mirada sobre su pobre cuerpo que yacía en el suelo, Planetta se encogió de
hombros, como para convencerse de que ya no importaba nada de eso y se dirigió
al claro, indiferente a los posibles disparos. Avanzó hacia los viejos
compañeros, feliz.
Estaban
por comenzar los saludos particulares, cuando en primera fila advirtió un
caballo ensillado a la perfección y sin jinete. Instintivamente se acercó
sonriendo.
-Por
casualidad -dijo, maravillado por el tono extrañísimo de su nueva voz- ¿no será
Polak este caballo?
Era
Polak, de verdad, su caballo. Al reconocer a su dueño lanzó una especie de
relincho (es necesario definirlo así, porque la voz de los caballos muertos es
mucho más dulce que la que conocemos). Planetta le dio dos o tres palmadas
afectuosas y desde ya empezó a saborear la delicia de la próxima cabalgata,
junto a sus fieles amigos, hacia el reino de los bandoleros muertos que si bien
no conocía, era legítimo imaginar lleno de sol, acariciado por un aire de
primavera, con largos caminos blancos y sin polvo, que seguramente conducían a
milagrosas aventuras. Apoyando la mano izquierda sobre la silla, como si se
dispusiera a montar, Gaspar Planetta habló.
-Gracias,
muchachos -dijo, tratando de no dejarse dominar por la emoción-. Les juro
que... -y se interrumpió al recordar a Pietro, que también transformado en
sombra se mantenía apartado, con el embarazo que produce estar entre personas
que recién se conoce. -Perdona- le dijo Planetta- Este es un bravo compañero-
agregó dirigiéndose a los bandoleros muertos-. Tenía tan sólo diecisiete años.
Hubiera sido todo un hombre.
Los
bandidos muertos sonrieron y bajaron levemente la cabeza en señal de
bienvenida.
Planetta
calló y miró a su alrededor, indeciso. ¿Qué debía hacer? ¿Irse con sus
compañeros, dejando al muchacho solo? Volvió a dar dos o tres palmadas al
caballo, hizo como que tosía y le dijo a Pietro.
-Bien,
¡adelante! ¡Monta en mi caballo! Es justo que te diviertas. ¡Vamos, vamos, nada
de historias! -agregó con fingida severidad, viendo que el muchacho no se
animaba a aceptar.
-Si
realmente quieres... -exclamó Pietro por fin, evidentemente halagado. Y con una
agilidad que jamás hubiera supuesto, dada la poca práctica que tenía en materia
de equitación, el muchacho saltó sobre la silla.
Los
bandoleros agitaron los sombreros, saludando a Gaspare Planetta. Alguno guiñó
un ojo, como diciendo "hasta la vista". Todos espolearon los caballos
y partieron al galope.
Se
alejaron como disparados entre los árboles. Era maravilloso ver cómo se
lanzaban en lo más intrincado del bosque y lo atravesaban sin que su marcha se
viera entorpecida en ningún momento. Los caballos tenían un galope suave y
hermoso de ver. El muchacho y algunos de los bandidos todavía agitaban el
sombrero.
Planetta,
que había quedado solo, dio una ojeada en torno. Su inútil cuerpo seguía al pie
del árbol. Parecía seguir mirando hacia el camino.
El Gran
Convoy estaba todavía detenido más allá de la curva y por eso no era visible.
En el camino sólo se veían seis o siete soldados de la escolta que miraban en
dirección a Planetta. Aunque parezca increíble, habían visto toda la escena:
las sombras de los bandidos muertos, los saludos, la cabalgata. Nunca se sabe
lo que puede pasar en ciertos días de septiembre, bajo las nubes de tormenta.
Cuando
Planetta, que había quedado solo, se volvió, el capitán del pequeño
destacamento se dio cuenta que era observado. Entonces se irguió y saludó
militarmente, como se saluda entre soldados.
Planetta
le devolvió el saludo tocándose el sombrero, con un gesto de familiaridad pero
lleno de hidalguía y sonrió. Después se encogió de hombros, por segunda vez en
el día. Se apoyó en la pierna izquierda, dio la espalda a los soldados, hundió
las manos en los bolsillos y se alejó silbando, sí señor, una marchita militar,
en la misma dirección por la que habían desaparecido sus compañeros.
Iba hacia
el mundo de los bandoleros muertos, que si bien no conocía, era lícito suponer
mejor que éste. Los soldados lo vieron hacerse cada vez más pequeño y diáfano;
su aspecto de viejo contrastaba con su paso ágil y rápido, el mismo paso alegre
y despreocupado que tienen los muchachos de veinte años, cuando son felices.
FIN
El tren
había recorrido sólo pocos kilómetros (y el camino era largo, nos detendríamos
recién en la lejanísima estación de llegada, después de correr durante casi
diez horas) cuando vi por la ventanilla, en un paso a nivel, a una muchacha.
Fue una casualidad, podía haber mirado tantas otras cosas y en cambio mi mirada
cayó sobre ella, que no era hermosa ni tenía nada de extraordinario. ¡Quién
sabe por qué había reparado en ella! Era evidente que estaba apoyada en la
barrera para disfrutar de la vista de nuestro tren, superdirecto, expreso al
norte, símbolo -para aquella gente inculta- de vida fácil, aventureros,
espléndidas valijas de cuero, celebridades, estrellas cinematográficas... Una
vez al día este maravilloso espectáculo y absolutamente gratuito, por
añadidura.
Pero
cuando el tren pasó frente a la muchacha, en vez de mirar en nuestra dirección
se dio vuelta para atender a un hombre que llegaba corriendo y le gritaba algo
que nosotros, naturalmente, no pudimos oír, como si acudiera a prevenirla de un
peligro. Solamente fue un instante: la escena voló, quedó atrás y yo me quedé
preguntándome qué preocupación le había traído aquel hombre a la muchacha que
había venido a contemplarnos. Y ya estaba por adormecerme, al rítmico bamboleo
del tren, cuando quiso la casualidad -se trataba seguramente de una pura y
simple casualidad- que reparara en un campesino parado sobre un murito, que
llamaba y llamaba hacia el campo, haciéndose bocina con las manos. También esta
vez fue un momento porque el expreso siguió su camino, aunque me dio tiempo de
ver a seis o siete personas que corrían a través de las praderas, los cultivos,
la hierba medicinal, pisoteándola sin miramientos. Debía ser algo importante.
Venían de diferentes lugares -de una casa, de una fila de viñas, de una abertura
en la maleza- pero todos corrían directamente al murito, acudiendo alarmados,
al llamado del muchacho. Corrían, sí, ¡por Dios cómo corrían!, espantados por
alguna inesperada noticia que los intrigaba terriblemente, quebrando la paz de
sus vidas. Pero fue sólo un instante, lo repito apenas un relámpago; no tuvimos
tiempo de observar nada más.
"¡Qué
extraño!", pensé, "en pocos kilómetros ya dos casos de gente que
recibe, de golpe, una noticia" (eso, al menos, era lo que yo presumía).
Ahora, vagamente sugestionado, escrutaba el campo, las carreteras, los
paisajes, con presentimiento e inquietud. Seguramente estaba influido por el
especial estado de ánimo, pero lo cierto es que cuanto más observaba a la
gente, más me parecía encontrar en todos lados una inusitada animación. ¿Por
qué aquel ir y venir en los patios, aquellas afanadas mujeres, aquellos
carros...? En todos los lados era lo mismo. Aunque a esa velocidad era
imposible distinguir bien, hubiera jurado que toda esa agitación respondía a
una misma causa. ¿Se celebraría alguna procesión en la zona? ¿O los hombres se
dispondrían a ir al mercado? El tren continuaba adelante y todo seguía igual, a
juzgar por la confusión. Era evidente que todo se relacionaba: la muchacha del
paso a nivel, el joven sobre el muro, el ir y venir de los campesinos: algo
había sucedido y nosotros, en el tren, no sabíamos nada.
Miré a
mis compañeros de viaje, algunos en el compartimiento, otros en el corredor. No
se habían dado cuenta de nada. Parecían tranquilos y una señora de unos sesenta
años, frente a mí, estaba a punto de dormirse. ¿O acaso sospechaban? Sí, sí,
también ellos estaban inquietos y no se atrevían a hablar. Más de una vez los
sorprendí echando rápidas miradas hacia fuera. Especialmente la señora
somnolienta, sobre todo ella, miraba de reojo, entreabriendo apenas los
párpados y después me examinaba cuidadosamente para ver si la había
descubierto. Pero, ¿de qué teníamos miedo?
Nápoles.
Aquí, habitualmente, el tren se detiene. Pero nuestro expreso, no, hoy no.
Desfilaron cerca las viejas casas y en los patios oscuros se veían ventanas
iluminadas. En aquellos cuartos -fue un instante- hombres y mujeres aparecían
inclinados, haciendo paquetes y cerrando valijas. ¿O me engañaba y todo era
producto de mi fantasía?
Se
preparaban para marcharse. "¿Adónde?", me preguntaba. Evidentemente
no era una noticia feliz, pues había como una especie de alarma generalizada
tanto en la campaña como en la ciudad. Una amenaza, un peligro, el anuncio de
un desastre. Después me decía: "Si fuera una desgracia se habría detenido
el tren; en cambio, el tren encontraba todo en orden, señales de vía libre,
cambios perfectos, como para un viaje inaugural.
Un joven
a mi lado, simulando que se desperezaba, se había puesto de pie. En realidad
quería ver mejor y se inclinaba sobre mí para estar más cerca del vidrio.
Afuera, el campo, el sol, los caminos blancos; sobre los caminos, carros,
camiones, grupos de gente a pie, largas caravanas, semejantes a las que marchan
en dirección a la iglesia el día del santo patrón de la ciudad. Ya eran
cientos, cada vez más gentío a medida que el tren se acercaba al norte. Y todos
llevaban la misma dirección, descendían hacia el mediodía, huían del peligro
mientras nosotros íbamos directamente a su encuentro; a velocidad enloquecida
nos precipitábamos, corríamos hacia la guerra, la revolución, la peste, el
fuego... ¿Qué más podía pasarnos? No lo sabríamos hasta dentro de cinco horas,
en el momento de llegar, y seguramente sería demasiado tarde.
Nadie
decía nada. Ninguno quería ser el primero en ceder. Cada uno quizás dudara de
sí mismo, como yo, y en la incertidumbre se preguntara si toda aquella alarma
sería real o simplemente una idea loca, una alucinación, una de esas
ocurrencias absurdas que suelen asaltarnos en el tren, cuando ya se está un
poco cansado. La señora de enfrente lanzó un suspiro, aparentando que recién se
despertaba, e igual que aquel que saliendo efectivamente del sueño levanta la
mirada mecánicamente, así ella levantó las pupilas, fijándolas, casi por azar,
en la manija de la señal de alarma. Y también todos nosotros miramos el
aparato, con idéntico pensamiento. Nadie se atrevió a hablar o tuvo la audacia
de romper el silencio o simplemente osó preguntar a los otros si habían
advertido, afuera, algo alarmante.
Ahora las
carreteras hormigueaban de vehículos y gente, todos en dirección al sur. Nos
cruzábamos con trenes repletos de gente. Los que nos veían pasar, volando con
tanta prisa hacia el norte, nos miraban desconcertados. Un multitud había
invadido las estaciones. Algunos nos hacían señales, otros nos gritaban frases
de las cuales se percibían solamente las voces, como ecos de la montaña.
La señora
de enfrente empezó a mirarme. Con las manos enjoyadas estrujaba nerviosamente
un pañuelo, mientras suplicaba con la mirada. Parecía decir: si alguien
hablaba... si alguno de ustedes rompiera al fin este silencio y pronunciara la
pregunta que todos estamos esperando como una gracia y ninguno se atreve a
formular...
Otra
ciudad. Como al entrar en la estación el tren disminuyó su velocidad, dos o
tres se levantaron con la esperanza de que se detuviera. No lo hizo y siguió
adelante como una estruendosa turbonada a lo largo de los andenes donde, en
medio de un caótico montón de valijas, un gentío se enardecía, esperando,
seguramente, un convoy que partiera. Un muchacho intentó seguirnos con un
paquete de diarios y agitaba uno que tenía un gran titular negro en la primera
página. Entonces, con un gesto repentino, la señora que estaba frente a mí se
asomó, logrando detener por un momento el periódico, pero el viento se lo
arrancó impetuosamente. Entre los dedos le quedó un pedacito. Advertí que sus
manos temblaban al desplegarlo. Era un papelito casi triangular. Del enorme
título, sólo quedaban tres letras: ION, se leía. Nada más. Sobre el reverso
aparecían indiferentes noticias periodísticas.
Sin decir
palabra, la señora levantó un poco el fragmento, a fin de que pudiéramos verlo.
Todos lo habíamos visto, aunque ella aparentaba ignorarlo. A medida que crecía
el miedo, nos volvíamos más cautelosos. Corríamos como locos hacia una cosa que
terminaba en ION y debía de tratarse de algo espeluznante; poblaciones enteras
se daban a la fuga. Un hecho nuevo y poderoso había roto la vida del país,
hombres y mujeres solamente pensaban en salvarse, abandonando casas, trabajos,
negocios, todo, pero nuestro tren no, el maldito aparato, del cual ya nos
sentíamos parte como un pasamano más, como un asiento, marchaba con la
regularidad de un reloj, a la manera de un soldado honesto que se separa del
grueso del ejército derrotado para llegar a su trinchera, donde ya la ha
cercado el enemigo. Y por decencia, por un respeto humano miserable, ninguno de
nosotros tenía el coraje de reaccionar. ¡Oh los trenes, cómo se parecen a la
vida!
Faltaban
dos horas. Dos horas más tarde, a la llegada, ya sabríamos la suerte que nos
esperaba a todos. Dos horas. Una hora y media. Una hora. Ya descendía la
oscuridad. Vimos a lo lejos las luces de nuestra anhelada ciudad y su inmóvil
resplandor reverberante, un halo amarillo en el cielo, nos volvió a dar un poco
de coraje.
La
locomotora emitió un silbido, las ruedas resonaron sobre el laberinto de los
cambios. La estación, la superficie -ahora oscura- del techo de vidrio, las
lámparas, los carteles, todo estaba como de costumbre. Pero, ¡horror! Aún el
tren se movía, cuando vi que la estación estaba desierta, los andenes vacíos y
desnudos. Por más que busqué no pude encontrar una figura humana. El tren se
detuvo, al fin. Corrimos por el andén hacia la salida, a la caza de alguno de
nuestros semejantes. Me pareció entrever al fondo, en el ángulo derecho, casi
en la penumbra, a un ferroviario con su gorro que desaparecía por una puerta,
aterrorizado. ¿Qué habría pasado? ¿No encontraríamos un alma en la ciudad? De
pronto, la voz de una mujer, altísima y violenta como un disparo, nos hizo
estremecer. "¡Socorro! ¡Socorro!", gritaba y el grito repercutió bajo
el techo de vidrio con la vacía sonoridad de los lugares abandonados para
siempre.
FIN
Cuando
Stefano Roi cumplió los doce años, pidió como regalo a su padre, capitán de
barco y patrón de un bonito velero, que lo llevase consigo a bordo.
-Cuando
sea mayor -dijo-, quiero navegar por los mares como tú. Y mandaré barcos
todavía más bonitos y grandes que el tuyo.
-Dios te
bendiga, hijo mío -respondió su padre. Y como justamente aquel día su carguero
debía partir, se llevó al chico consigo.
Era un
espléndido día de sol; el mar estaba tranquilo. Stefano, que nunca había subido
al barco, paseaba feliz por cubierta admirando las complicadas maniobras del
aparejo. Y preguntaba esto y lo otro a los marineros, que, sonriendo, se lo
explicaban todo.
Cuando
fue a parar a la toldilla, el chico, picado por la curiosidad, se detuvo a
observar una cosa que salía intermitentemente a la superficie a una distancia
de unos doscientos o trescientos metros, allí donde estaba la estela de la
nave.
Aunque el
carguero volara ya, empujado por un magnífico viento de popa, aquella cosa
mantenía siempre la misma distancia. Y, aunque él no comprendía su naturaleza,
tenía algo indefinible que lo atraía intensamente.
Al dejar
de ver a Stefano por allí, su padre, después de haberlo llamado a grandes voces
en vano, abandonó el puente y fue a buscarlo.
-Stefano,
¿qué haces ahí plantado? -le preguntó al verlo finalmente en la popa, de pie,
absorto en las olas.
-Ven a
ver, papá.
El padre
acudió y miró también en la dirección que le indicaba el muchacho, pero no
alcanzó a ver nada.
-Es una
cosa oscura que asoma cada tanto de la estela -dijo-, y que nos sigue.
-A pesar
de mis cuarenta años -dijo su padre-, creo tener todavía buena vista. Pero no
veo nada en absoluto.
Como su
hijo insistiera, fue en busca del catalejo y exploró la superficie del mar allí
donde estaba la estela. Stefano lo vio ponerse pálido.
-¿Qué es?
¿Por qué pones esa cara?
-Ojalá no
te hubiera escuchado -exclamó el capitán-. Ahora temo por ti. Eso que has visto
asomar de las aguas y que nos sigue no es una cosa. Es un colombre. Es el pez
que los marineros temen más que ningún otro en todos los mares del mundo. Es un
escualo terrible y misterioso, más astuto que el hombre. Por motivos que quizá
nunca nadie sabrá, escoge a su víctima y, una vez que lo ha hecho, la sigue
años y años, la vida entera, hasta que consigue devorarla. Y lo más curioso es
esto: que nadie puede verlo si no es la propia víctima y las personas de su
misma sangre.
-¿Y no es
una leyenda?
-No. Yo
nunca lo había visto. Pero como lo he oído describir tantas veces, en seguida
lo he reconocido. Ese hocico de bisonte, esa boca que se abre y se cierra sin
cesar, esos dientes espantosos... Stefano, no hay duda, desgraciadamente el
colombre te ha elegido y mientras andes por el mar no te dará tregua. Escucha:
vamos a volver ahora mismo a tierra, tú desembarcarás y nunca más te separarás
de la orilla por ningún motivo. Tienes que prometérmelo. El trabajo del mar no
es para ti, hijo mío. Tienes que resignarte. Por otra parte, en tierra también
podrás hacer fortuna.
Dicho
esto, hizo invertir el rumbo inmediatamente, volvió a puerto y, con el pretexto
de una inesperada indisposición, desembarcó a su hijo. Luego volvió a partir
sin él.
Profundamente
agitado, el muchacho permaneció en la orilla hasta que la última punta de la
arboladura se sumergió detrás del horizonte. Más allá del muelle que cerraba el
puerto, el mar quedó completamente desierto. Pero, aguzando la vista, Stefano
alcanzó a distinguir un puntito negro que aparecía intermitentemente sobre las
aguas: era «su» colombre, que iba lentamente de aquí para allá, empeñado en
esperarlo.
*
Desde
entonces se emplearon todos los recursos posibles para alejar al muchacho del
deseo del mar. Su padre lo mandó a estudiar a una ciudad del interior distante centenares
de kilómetros. Y durante algún tiempo, distraído por su nuevo ambiente, Stefano
dejó de pensar en el monstruo marino. Sin embargo, cuando en las vacaciones de
verano volvió a casa, lo primero que hizo en cuanto dispuso de un minuto libre
fue apresurarse a ir a la punta del muelle para hacer una especie de
comprobación aunque en el fondo lo considerase superfluo. Aun admitiendo que
toda la historia que le contara su padre fuera verdadera, después de tanto
tiempo el colombre sin duda habría renunciado a su asedio.
Pero
Stefano se quedó allí parado, con el corazón desbocado. A unos doscientos o
trescientos metros del muelle, en mar abierto, el siniestro pez iba arriba y
abajo con lentitud, sacando de cuando en cuando el hocico del agua y
volviéndolo hacia tierra, como si mirase ansiosamente si Stefano Roi aparecía
por fin.
De esta
suerte, la idea de aquella criatura enemiga que lo esperaba noche y día se
convirtió para Stefano en una secreta obsesión. E incluso en la lejana ciudad
le ocurría despertarse en plena noche víctima de la inquietud. Estaba a salvo,
sí, centenares de kilómetros lo separaban del colombre. Sin embargo, sabía que
más allá de las montañas, más allá de los bosques, más allá de las llanuras, el
escualo lo aguardaba. Y que, aunque se trasladara al continente más remoto, el
colombre se apostaría en el espejo del mar más cercano con la inexorable
obstinación de los instrumentos del destino.
Stefano,
que era un muchacho serio y diligente, continuó sus estudios con provecho y
apenas fue un hombre encontró un empleo digno y bien remunerado en un almacén
de la ciudad. Mientras tanto, su padre murió víctima de una enfermedad. Su
viuda vendió su magnífico velero y el hijo se halló en posesión de una discreta
fortuna. El trabajo, las amistades, las distracciones, los primeros amores:
ahora Stefano se había hecho ya su vida, pero, a pesar de todo, el pensamiento
del colombre lo perseguía como un espejismo a la vez funesto y fascinante; y,
con el paso de los días, en vez de desvanecerse, parecía hacerse más
insistente.
Grandes
son las satisfacciones de la vida laboriosa, holgada y tranquila, pero aún
mayor es la atracción del abismo. Apenas había cumplido Stefano veintidós años
cuando, tras despedirse de sus amigos y abandonar su empleo, volvió a su ciudad
natal y comunicó a su madre su firme intención de seguir el oficio paterno. La
mujer, a quien Stefano jamás había hecho mención del misterioso escualo, acogió
con júbilo su decisión. En el fondo de su corazón, que su hijo hubiera
abandonado el mar por la ciudad siempre le había parecido una puñalada a las
tradiciones de la familia.
Y Stefano
comenzó a navegar, dando prueba de dotes marineras, de resistencia a las
fatigas, de ánimo intrépido. Navegaba, navegaba y en la estela de su carguero,
de día y de noche, con bonanza y con tempestad, se afanaba el colombre. Él
sabía que aquella era su maldición y su condena, pero quizá por eso mismo no
tenía fuerzas para apartarse de ella. Y a bordo nadie veía el monstruo excepto
él.
-¿No ven
nada por allí? -preguntaba de cuando en cuando a sus compañeros señalando la
estela.
-No, no
vemos nada. ¿Por qué?
-No sé.
Me parecía...
-¿No
habrás visto por casualidad un colombre? -decían ellos entre risas al tiempo
que tocaban madera.
-¿De qué
se ríen? ¿Por qué tocaban madera?
-Porque
el colombre no perdona. Y si se pusiera a seguir a esta nave, eso querría decir
que uno de nosotros estaba perdido.
Pero
Stefano no cedía. La constante amenaza que iba en pos de él parecía más bien
multiplicar su voluntad, su pasión por el mar, su arrojo en los momentos de
fatiga y peligro.
Una vez
se sintió dueño del oficio, con el pequeño caudal que le había dejado su padre
adquirió junto con un socio un pequeño vapor de carga, luego se hizo su único
propietario y, gracias a una serie de travesías afortunadas, pudo a
continuación comprar un verdadero buque mercante y apuntar a metas cada vez más
ambiciosas. Pero los éxitos, los millones, no conseguían apartar de su ánimo
aquel continuo tormento; y nunca, por otra parte, se le pasó por la cabeza
vender y retirarse a tierra para emprender negocios distintos.
Navegar,
navegar, ese era su único afán. Apenas ponía pie en cualquier puerto después de
largas travesías, en seguida lo espoleaba la impaciencia por partir. Sabía que allá
lo esperaba el colombre y que el colombre era sinónimo de perdición. Era
inútil. Un impulso indomable lo arrastraba de un océano a otro sin descanso.
*
Hasta que
de pronto un día Stefano reparó en que se había hecho viejo, viejísimo; y
ninguno de los que lo rodeaban sabía explicarse por qué, siendo rico como era,
no dejaba por fin la azarosa vida del mar. Viejo, y amargamente infeliz, porque
toda su existencia se había gastado en aquella especie de loca fuga a través de
los mares para escapar de su enemigo. Pero para él siempre había sido más
fuerte que la dicha de una vida holgada y tranquila la tentación del abismo.
Y una
tarde, mientras su magnífica nave se hallaba fondeada frente al puerto donde
había nacido, se sintió próximo a morir. Entonces llamó a su segundo oficial,
en quien tenía mucha confianza, y le instó a que no se opusiera a lo que
pensaba hacer. El otro se lo prometió por su honor.
Una vez
seguro de esto, Stefano reveló al segundo oficial, que lo escuchaba turbado, la
historia del colombre que durante casi cincuenta años lo había seguido sin
cesar inútilmente.
-Me ha
seguido de un confín a otro del mundo -dijo- con una fidelidad que ni el amigo
más noble habría podido mostrar. Ahora me voy a morir. También él, ahora,
estará terriblemente viejo y cansado. No puedo traicionarlo.
Dicho
esto, se despidió, hizo arriar un bote y, después de hacer que le dieran un
arpón, partió.
-Ahora
voy a su encuentro -anunció-. Es justo que no lo defraude. Pero lucharé con las
fuerzas que me quedan.
Con
débiles golpes de remo se alejó del barco. Oficiales y marineros lo vieron
desaparecer a lo lejos, sobre el plácido mar, envuelto en las sombras de la
noche. En el cielo, como una hoz, lucía la luna.
No tuvo
que esforzarse mucho. Súbitamente, el horrible hocico del colombre emergió al
lado de la barca.
-Aquí me
tienes por fin -dijo Stefano-. ¡Ahora es cosa nuestra!
Y,
reuniendo sus últimas energías, levantó el arpón para lanzarlo.
-Ah -se
quejó con voz suplicante el colombre-, qué largo camino hasta encontrarte.
También yo estoy destrozado por la fatiga. Cuánto me has hecho nadar. Y tú
huías, huías. Y nunca has comprendido nada.
-¿Por
qué? -dijo Stefano picado en su orgullo.
-Porque
no te he seguido por todo el mundo para devorarte, como tú pensabas. El único
encargo que me dio el rey del mar fue entregarte esto.
Y el
escualo sacó la lengua, tendiendo al viejo capitán una esfera fosforescente.
Stefano
la cogió entre los dedos y miró. Era una perla de tamaño desmesurado. Reconoció
en ella la famosa Perla del Mar que procura a quien la posee fortuna, poder,
amor y paz de espíritu. Pero ahora era ya demasiado tarde.
-Ay de mí
-dijo meneando tristemente la cabeza-. Qué horrible malentendido. Lo único que
he conseguido es desperdiciar mi existencia; y he arruinado la tuya.
-Adiós,
hombre infeliz -respondió el colombre. Y se sumergió en las aguas negras para
siempre.
*
Dos meses
más tarde, empujado por la resaca, un bote arribó a una áspera escollera. Fue
avistado por algunos pescadores que, movidos por la curiosidad, se acercaron.
En el bote, todavía sentado, había un blanco esqueleto; y, entre sus dedos
descarnados, sujetaba un pequeño guijarro redondo.
El
colombre es un pez de grandes dimensiones, espantoso a la vista, sumamente
raro. Dependiendo de los mares y de los pueblos que habitan las orillas, recibe
también el nombre de kolomber, kahloubrha, kalonga, kalu-balu, chalung-gra.
Curiosamente, los naturalistas desconocen su existencia. Hay quien sostiene que
no existe.
FIN
Cuando
murió Stefano Martella, director de una sociedad de seguros y que había pasado
una temporada en la superficie de la tierra pecando, trabajando y viviendo su
partitura por casi cincuenta años, se encontró en una ciudad maravillosa hecha
de palacios suntuosos, calles amplias y regulares, jardines, prósperos
negocios, lujosos automóviles, cines y teatros, gente bien alimentada y
elegante, sol brillante, todo bellísimo. Caminaba plácidamente por una avenida
al lado de un señor muy cortés que le daba explicaciones mostrándole la ciudad.
"Lo
sabía -pensaba- no podía ser de otra manera. He trabajado toda mi vida, he
mantenido a mi familia, he dejado a mis hijos una herencia respetable. En
síntesis, he cumplido con mi deber; por eso estoy en el paraíso."
El señor
que lo acompañaba se presentó con el nombre de Francesco y le dijo que se
encontraba ahí desde hacía diez años.
-¿Contento?,
le preguntó Martella con una sonrisa de complicidad, como si la pregunta fuera
ridículamente superflua.
Francesco
lo miró fijamente:
-¿Cómo
negarlo?
Los dos
rieron.
¿Acaso
Francesco era funcionario del municipio o lo hacía por mera cortesía? Condujo a
Martella de una calle a otra, de maravilla en maravilla. Todo era perfecto,
ordenado, limpio, sin ruido y sin malos olores. Caminaron largamente sin que
Martella, que era bastante corpulento, sintiera ningún cansancio.
En una
esquina estaba estacionado un vehículo de lujo con un chofer de librea que
esperaba.
-Es de
usted -dijo Francesco e invitó a Martella a subir. Dieron un largo paseo. El
invitado miraba a la gente en las calles, hombres y mujeres de diferentes
edades y de variada condición social, pero todos bien vestidos y de aspecto
floreciente. Todos tenían buena expresión; sin embargo, en sus rostros se
advertía una especie de fijeza, de aburrimiento secreto.
"Por
supuesto -se dijo Martella- no pueden estar riendo de felicidad todo el
día."
Se
estacionaron en uno de los palacios más bellos.
-Es su
casa -dijo Francesco, invitándolo a entrar. La casa que había tenido Martella
en el mundo era una pocilga comparada con esto.
Como en
los cuentos de hadas, había de todo: salones, estudio, biblioteca, sala de
billar y una serie de comodidades que es inútil enumerar; jardín, naturalmente,
con cancha de tenis, pista para correr, alberca y un lago con peces. Y por
todas partes servidores que esperaban órdenes.
Subieron
en el elevador al último piso. Ahí se encontraba, entre otras cosas, un
encantador salón de música con un inmenso vitral por donde escapaba la mirada.
Martella
reía maravillado. Por más que forzase la vista, no alcanzaba a ver el límite de
la ciudad: terrazas, cúpulas, rascacielos, torres, pináculos, banderas al
viento y, una vez más, terrazas, cúpulas, pináculos, torres, banderas, siempre
más y más lejanas que parecerían no tener fin. Pero había otra cosa: no se veía
ningún campanario. Entonces Martella preguntó:
-¿Y las
iglesias, qué, no hay iglesias aquí?
-¡Bah!
-respondió Francesco y pareció sorprendido por la ingenuidad-. Aquí no parecen
necesarias, ¿no es verdad?
-¿Y Dios?
-preguntó Martella (en su corazón no le importaba en lo absoluto, pero le
parecía necesario, sólo por cortesía, preguntar por el anfitrión, por el señor
de aquel reino)-. ¿Y Dios? Recuerdo que cuando era pequeño, en el catecismo
decían que en el paraíso uno puede ver a Dios. ¿No se puede ver desde aquí
arriba?
Francesco
rió, en un tono un poco burlón, para ser sinceros.
-Hey,
querido Martella, perdóneme si se lo digo, pero me parece que usted es
demasiado pretencioso -(Pero ¿porqué se reía de aquel modo tan antipático?)-
Cada uno tiene el paraíso que se merece; por supuesto, conforme a su propia
naturaleza. ¿Por qué se interesa ahora por Dios, si jamás creyó en él?
Martella
no insistió; después de todo ¿qué le importaba?
Visitaron,
no todo el palacio que era enorme, sino los sitios principales: el conjunto
prometía una estancia beatífica. Después, Francesco le propuso ir al Círculo:
ahí, Martella podría conocer a un grupo de sus amigos más entrañables. Mientras
salían, el ex director de seguros, con curiosidad no exenta de astucia, susurró
a su guía:
-¿Y las
damiselas? ¿No hay jóvenes damiselas?
(No
porque en la calle no las hubiera visto: una más bella que la otra; pero quería
saber si él, a su edad, sin poner en juego su prestigio, hubiera podido
etcétera, etcétera.)
-Qué
pregunta -dijo Francesco con aquel tono burlón-. ¿Usted cree que falten, justo
aquí en el paraíso?
En el
Círculo, una residencia digna de un monarca, siete u ocho señores de conspicua
altura social se reunieron en torno a Martella con la cordialidad de los viejos
amigos. Tuvo la impresión de reconocer a dos; tuvo incluso la vaga sospecha de
que habían sido colegas, rivales suyos, a quienes quizá les había hecho alguna
mala jugada. Pero no estaba seguro. Al resto no lo reconoció.
-¡Hete
aquí también tú! -dijo el más viejo de aquellos señores, de cabellos blancos, y
que lo contemplaba dignamente ávido-: ¿Contento?, ¿contento?
-Forzosamente
contento -respondió Martella, atrapando al vuelo un aperitivo que le
ofrecieron.
-¿Por qué
dices forzosamente? -intervino otro, flaco, sobre la treintena, con un rostro
parecido al de Voltaire, con un gesto en los labios un poco irónico y amargo-
¿crees que es obligatorio estar contento?
-Te
suplico que no empieces con tus necedades, te lo ruego -le dijo el viejo de
pelo blanco, como si esas palabras lo hubieran molestado-. Por mi parte, digo
que es prácticamente obligatorio. Todo aquello que nos hacía sufrir allá...
-hizo un gesto extraño que Martella no había visto jamás, evidentemente un
gesto convencional y bastante común en el más allá para indicar la primera
existencia-. Todo aquello que nos hacía sufrir allá, ahora ha desaparecido.
-¿Todo,
absolutamente todo? ¿Incluyendo a los que no nos caían bien? -preguntó Martella
para hacerse el gracioso.
-Eso
espero -dijo el viejo de cabellos blancos.
-¿Y
enfermedades?, ¿no hay siquiera resfriados?
-¿Enfermedades?
¿Entonces para qué se estaría en el paraíso? -Y acentuó esta última palabra
como si la despreciase.
-Tranquilízate
-confirmó el flaco fijando la mirada en su nuevo compañero- es inútil esperar
enfermedades. No vendrán.
-¿Y qué
te hace pensar que las espero? Ya he tenido bastantes, yo diría -contestó
Martella complacido de que le hubiese salido, espontáneamente, una gracejada.
-Nunca se
sabe, nunca se sabe -insistió el flaco. No se entendía si estaba bromeando o
no-. No espere estar algún día en la cama con fiebre... o tener dolor de
muelas... Ni siquiera un retortijón. ¡Ni siquiera un vulgar retortijón le será
concedido!
-Pero
¿por qué le hablas así? ¡Como si fuera una desgracia! -exclamó el viejo,
dirigiéndose al recién llegado-. No se preocupe. ¿Sabe?, él se divierte
haciendo bromas.
-Sí, ya
me di cuenta -dijo Martella con forzada desenvoltura, porque en realidad se
sentía bastante incómodo-. Entonces, aquí no existe el dolor.
-No
existe el dolor, querido mío -confirmó el señor de cabello blanco- por lo tanto
no existen hospitales, ni manicomios, ni asilos.
-¡Precisamente!
-aprobó el flaco-, ¡vamos, explícale todo bien!
-Exacto
-continuó el viejo señor- nosotros no tenemos dolores. Y por lo tanto nadie
tiene miedo. ¿De qué cosa temeríamos? Ya verás que nunca vas a volver a sentir
el corazón desbocado.
-¿Ni
cuando tenga sueños desagradables? ¿Ni cuando tenga pesadillas?
-¿Y por
qué crees que vas a tener pesadillas? No creo que siquiera vayas a soñar. Desde
que estoy aquí no recuerdo haber soñado una sola vez.
-¿Y
tienen deseos? Me imagino que tienen deseos...
-¿Deseos
de qué? Lo tenemos todo. ¿Qué más podemos desear? ¿Qué nos hace falta?
-¿Y las
así llamadas... penas de amor?
-Tampoco
eso, naturalmente. Ni deseos, ni amores, ni arrebatos, ni odios, ni guerras.
Aquí todo es absolutamente tranquilo.
En ese
momento, el flaco se levantó con una expresión dura en el rostro.
-Ni
siquiera lo pienses -dijo a Martella con ímpetu-, clávatelo en la mente. Aquí
todos somos felices, ¿entiendes? Nada te va a costar trabajo. Nunca te sentirás
cansado, no tendrás sed, nunca te dolerá el corazón a la vista de una mujer,
nunca recibirás la luz del amanecer como una liberación, revolcándote en tu
cama. Aquí no tenemos ni nostalgias, ni remordimientos, nada nos da miedo, ¡no
tenemos miedo ni del infierno! Somos felices, como puedes darte cuenta. -(Aquí
hizo una pausa, como si se le atravesase un pensamiento desagradable.)- Y
además... además, especialmente una cosa, entre nosotros no existe la muerte,
¿entiendes? Ya no tenemos la facultad de morir.
-Qué
maravilla, ¿verdad? Estamos de-fi-ni-ti-va-men-te (remarcando las sílabas),
definitivamente exonerados. Aquí pasa lentamente el tiempo, hoy es igual a
ayer, mañana igual a hoy, nada malo nos puede suceder -la voz se hizo lenta y
grave-. ¿Te acuerdas cuánto odiábamos a la muerte? ¡Cómo nos amargaba la vida!
Y los cementerios, ¿te acuerdas? Y los cipreses. Y las luces en la noche, y los
fantasmas, los fantasmas con cadenas que salían de sus tumbas... Y el
pensamiento sobre el más allá, las discusiones que se hacían a ese respecto,
aquel misterio, ¿te acuerdas? ¿Quién se acuerda de eso ahora?... Aquí todo es
diferente; aquí somos libres finalmente, no hay nadie que nos espere a la
puerta. Qué satisfacción, ¿no es verdad? ¡Qué maravillosa alegoría!
El viejo
señor, que había escuchado el discurso con creciente aprensión, intervino
duramente:
-¡Ya
basta! ¡Ya basta! ¿Cómo es posible que pierdas así el control?
-¿El
control? Y ¿qué me importa? ¿Y por qué no tendría que saberlo él? -exclamó el
flaco, bufando, dirigiéndose otra vez a Martella-: Has venido tú también a
marchitarte, ¿qué no lo entiendes? A miles de gentes les pasa lo mismo que a
ti, ¿sabías? ¡Y encuentran su automóvil, castillos, teatros, mujeres, paseos, y
no tienen enfermedades, ni amores, ni ansia, ni miedo, ni remordimientos, ni
deseos, ni nada!
Era
demasiado. Sin escándalo, pero con una extrema firmeza, tres de los presentes,
entre ellos el viejo de cabellos blancos, cogieron al flaco por los brazos,
llevándolo por la fuerza hacia la salida, como convenía a un pacto imperioso
del cual dependía la existencia común. Por otra parte, la prontitud de la
intervención denotaba que no era una novedad. Escenas del mismo género
seguramente habían sucedido muchas veces.
El flaco
fue expulsado por la puerta y después por la escalera hacia el jardín, pero
continuó gritando, siempre dirigiéndose a Martella:
-¡Conserva
tu palacio, los jardines, las joyas, diviértete si eres capaz. ¿Qué, no te das
cuenta que hemos perdido todo? No has entendido que...
Aquí las
palabras fueron sofocadas, como si le hubieran puesto una mordaza. La frase
terminó en un murmullo informe que Martella no pudo descifrar. Ya no importaba,
después de todo. Una voz sutil, extremadamente precisa murmuró:
-Estamos
en el infierno.
-¿El
infierno? ¿Con esos palacios, esas flores y tantas criaturas agraciadas? ¿Esto,
el infierno? ¡Qué absurdo!
Sin
embargo, Stefano Martella miraba extraviado en torno suyo, sintiendo que se le
desbordaba el corazón. Miraba invocando algo que lo desmintiera. Pero a su
alrededor se encontraban seis o siete rostros impecables, con la piel lisa y
bien alimentada. Rostros misteriosos que lo miraban con los labios cerrados y
regularmente regocijados. Un sirviente se acercó para ofrecerle otra copa.
Martella tomó un sorbo con disgusto; se sentía horriblemente solo, abandonado
por la humanidad; lentamente se repuso, miró a la cara a sus queridos amigos,
uniéndose a la desesperada conjura. Y todos juntos, con un enorme cansancio,
trataron de sonreír.
FIN
*
Traducción: Patricia Rivas
Al cabo
de una interminable espera, cuando la esperanza comenzaba ya a morir, Giovanni
regresó a casa. Todavía no habían dado las dos, su madre estaba quitando la
mesa, era un día gris de marzo y volaban las cornejas.
Apareció
de improviso en el umbral y su madre gritó: «¡Ah, bendito seas!», corriendo a
abrazarlo. También Anna y Pietro, sus dos hermanitos mucho más pequeños, se
pusieron a gritar de alegría. Había llegado el momento esperado durante meses y
meses, tan a menudo entrevisto en los dulces ensueños del alba, que debía traer
la felicidad.
Él apenas
dijo nada, teniendo ya suficiente trabajo con reprimir el llanto. Había dejado
en seguida el pesado sable encima de una silla, en la cabeza llevaba aún el
gorro de pelo. «Deja que te vea», decía entre lágrimas la madre retirándose un
poco hacia atrás, «déjame ver lo guapo que estás. Pero qué pálido estás...»
Estaba
realmente algo pálido, y como consumido. Se quitó el gorro, avanzó hasta la
mitad de la habitación, se sentó. Qué cansado, qué cansado, incluso sonreír
parecía que le costaba.
-Pero
quítate la capa, criatura -dijo la madre, y lo miraba como un prodigio, hasta
el punto de sentirse amedrentada; qué alto, qué guapo, qué apuesto se había
vuelto (si bien un poco en exceso pálido)-. Quítate la capa, tráela acá, ¿no
notas el calor?
Él hizo
un brusco movimiento de defensa, instintivo, apretando contra sí la capa, quizá
por temor a que se la arrebataran.
-No, no,
deja -respondió, evasivo-, mejor no, es igual, dentro de poco me tengo que
ir...
-¿Irte?
¿Vuelves después de dos años y te quieres ir tan pronto? -dijo ella desolada al
ver de pronto que volvía a empezar, después de tanta alegría, la eterna pena de
las madres-. ¿Tanta prisa tienes? ¿Y no vas a comer nada?
-Ya he
comido, madre -respondió el muchacho con una sonrisa amable, y miraba en torno,
saboreando las amadas sombras-. Hemos parado en una hostería a unos kilómetros
de aquí...
-Ah, ¿no
has venido solo? ¿Y quién iba contigo? ¿Un compañero de regimiento? ¿El hijo de
Mena, quizá?
-No, no,
uno que me encontré por el camino. Está ahí afuera, esperando.
-¿Está
esperando fuera? ¿Y por qué no lo has invitado a entrar? ¿Lo has dejado en
medio del camino?
Se llegó
a la ventana y más allá del huerto, más allá del cancel de madera, alcanzó a
ver en el camino a una persona que caminaba arriba y abajo con lentitud; estaba
embozada por entero y daba sensación de negro. Nació entonces en su ánimo,
incomprensible, en medio de los torbellinos de la inmensa alegría, una pena
misteriosa y aguda.
-Mejor no
-respondió él, resuelto-. Para él sería una molestia, es un tipo raro.
-¿Y un
vaso de vino? Un vaso de vino se lo podemos llevar, ¿no?
-Mejor
no, madre. Es un tipo extravagante y es capaz de ponerse furioso.
-¿Pues
quién es? ¿Por qué se te ha juntado? ¿Qué quiere de ti?
-Bien no
lo conozco -dijo él lentamente y muy serio-. Lo encontré por el camino. Ha
venido conmigo, eso es todo.
Parecía
preferir hablar de otra cosa, parecía avergonzarse. Y la madre, para no
contrariarlo, cambió inmediatamente de tema, pero ya se extinguía de su rostro
amable la luz del principio.
-Escucha
-dijo-, ¿te imaginas a Marietta cuando sepa que has vuelto? ¿Te imaginas qué
saltos de alegría? ¿Es por ella por lo que tienes prisa por irte?
Él se
limitó a sonreír, siempre con aquella expresión de aquel que querría estar
contento pero no puede por algún secreto pesar.
La madre
no alcanzaba a comprender: ¿por qué se estaba ahí sentado, como triste, igual
que el lejano día de la partida? Ahora estaba de vuelta, con una vida nueva por
delante, una infinidad de días disponibles sin cuidados, con innumerables
noches hermosas, un rosario inagotable que se perdía más allá de las montañas,
en la inmensidad de los años futuros. Se acabaron las noches de angustia,
cuando en el horizonte brotaban resplandores de fuego y se podía pensar que
también él estaba allí en medio, tendido inmóvil en tierra, con el pecho
atravesado, entre los restos sangrientos. Por fin había vuelto, mayor, más
guapo, y qué alegría para Marietta. Dentro de poco llegaría la primavera, se
casarían en la iglesia un domingo por la mañana entre flores y repicar de
campanas. ¿Por qué, entonces, estaba apagado y distraído, por qué no reía, por
qué no contaba sus batallas? ¿Y la capa? ¿Por qué se la ceñía tanto, con el
calor que hacía en la casa? ¿Acaso porque el uniforme, debajo, estaba roto y
embarrado? Pero con su madre, ¿cómo podía avergonzarse delante de su madre? He
aquí que, cuando las penas parecían haber acabado, nacía de pronto una nueva
inquietud.
Con el
dulce rostro ligeramente ceñudo, lo miraba con fijeza y preocupación, atenta a
no contrariarlo, a captar con rapidez todos sus deseos. ¿O acaso estaba
enfermo? ¿O simplemente agotado a causa de los muchos trabajos? ¿Por qué no
hablaba, por qué ni siquiera la miraba? Realmente el hijo no la miraba, parecía
más bien evitar que sus miradas se encontraran, como si temiera algo. Y,
mientras tanto, los dos hermanos pequeños lo contemplaban mudos, con una
extraña vergüenza.
-Giovanni
-murmuró ella sin poder contenerse más-. ¡Por fin estás aquí! ¡Por fin estás
aquí! Espera un momento que te haga el café.
Corrió a
la cocina. Y Giovanni se quedó con sus hermanos mucho más pequeños que él. Si
se hubieran encontrado por la calle ni siquiera se habrían reconocido, tal
había sido el cambio en el espacio de dos años. Ahora se miraban recíprocamente
en silencio, sin saber qué decirse, pero sonriéndose los tres de cuando en
cuando, obedeciendo casi a un viejo pacto no olvidado.
Ya estaba
de vuelta la madre y con ella el café humeante con un buen pedazo de pastel.
Vació la taza de un trago, masticó el pastel con esfuerzo. «¿Qué pasa? ¿Ya no
te gusta? ¡Antes te volvía loco!», habría querido decirle la madre, pero calló
para no importunarlo.
-Giovanni
-le propuso en cambio-, ¿y tu cuarto? ¿no quieres verlo? La cama es nueva,
¿sabes? He hecho encalar las paredes, hay una lámpara nueva, ven a verlo...
pero ¿y la capa? ¿No te la quitas? ¿No tienes calor?
El
soldado no le respondió, sino que se levantó de la silla y se encaminó a la
estancia vecina. Sus gestos tenían una especie de pesada lentitud, como si no
tuviera veinte años. La madre se adelantó corriendo para abrir los postigos
(pero entró solamente una luz gris, carente de cualquier alegría).
-Está
precioso -dijo él con débil entusiasmo cuando estuvo en el umbral, a la vista
de los muebles nuevos, de los visillos inmaculados, de las paredes blancas,
todos ellos nuevos y limpios. Pero, al inclinarse la madre para arreglar la
colcha de la cama, también flamante, posó él la mirada en sus frágiles hombros,
una mirada de inefable tristeza que nadie, además, podía ver. Anna y Pietro, de
hecho, estaban detrás de él, las caritas radiantes, esperando una gran escena
de regocijo y sorpresa.
Sin
embargo, nada. «Muy bonito. Gracias, sabes, madre», repitió, y eso fue todo.
Movía los ojos con inquietud, como quien desea concluir un coloquio penoso.
Pero sobre todo miraba de cuando en cuando con evidente preocupación, a través
de la ventana, el cancel de madera verde detrás del cual una figura andaba
arriba y abajo lentamente.
-¿Te
gusta, Giovanni? ¿Te gusta? -preguntó ella, impaciente por verlo feliz. «¡Oh,
sí, está precioso!» respondió el hijo (pero ¿por qué se empeñaba en no quitarse
la capa?) y continuaba sonriendo con muchísimo esfuerzo.
-Giovanni
-le suplicó-. ¿Qué te pasa? ¿Qué te pasa, Giovanni? Tú me ocultas algo, ¿por
qué no me lo quieres decir?
Él se
mordió los labios, parecía que tuviese algo atravesado en la garganta.
-Madre
-respondió, pasado un instante, con voz opaca-, madre, ahora me tengo que ir.
-¿Que te
tienes que ir? Pero vuelves en seguida, ¿no? Vas donde Marietta, ¿a que sí?
Dime la verdad, ¿vas donde Marietta? -y trataba de bromear, aun sintiendo pena.
-No lo
sé, madre -respondió él, siempre con aquel tono contenido y amargo; entre
tanto, se encaminaba a la puerta y había recogido ya el gorro de pelo-, no lo
sé, pero ahora me tengo que ir, ése está ahí esperándome.
-¿Pero
vuelves luego?, ¿vuelves? Dentro de dos horas aquí, ¿verdad? Haré que vengan
también el tío Giulio y la tía, figúrate qué alegría para ellos también,
intenta llegar un poco antes de que comamos...
-Madre
-repitió el hijo como si la conjurase a no decir nada más, a callar por caridad,
a no aumentar la pena-. Ahora me tengo que ir, ahí está ése esperándome, ya ha
tenido demasiada paciencia-. Y la miró fijamente...
Se acercó
a la puerta; sus hermanos pequeños, todavía divertidos, se apretaron contra él
y Pietro levantó una punta de la capa para saber cómo estaba vestido su hermano
por debajo.
-¡Pietro!
¡Pietro! Estate quieto, ¿qué haces?, ¡déjalo en paz, Pietro! -gritó la madre
temiendo que Giovanni se enfadase.
-¡No, no!
-exclamó el soldado, advirtiendo el gesto del muchacho. Pero ya era tarde. Los
dos faldones de paño azul se habían abierto un instante.
-¡Oh,
Giovanni, vida mía!, ¿qué te han hecho? -tartamudeó la madre hundiendo el
rostro entre las manos-. Giovanni, ¡esto es sangre!
-Tengo
que irme, madre -repitió él por segunda vez con desesperada firmeza-. Ya lo he
hecho esperar bastante. Hasta luego Anna, hasta luego Pietro, adiós madre.
Estaba ya
en la puerta. Salió como llevado por el viento. Atravesó el huerto casi a la
carrera, abrió el cancel, dos caballos partieron al galope bajo el cielo gris,
no hacia el pueblo, no, sino a través de los prados, hacia el norte, en
dirección a las montañas. Galopaban, galopaban.
Entonces
la madre por fin comprendió; un vacío inmenso que nunca los siglos habrían
bastado a colmar se abrió en su corazón. Comprendió la historia de la capa, la
tristeza del hijo y sobre todo quién era el misterioso individuo que paseaba
arriba y abajo por el camino esperando, quién era aquel siniestro personaje tan
paciente. Tan misericordioso y paciente como para acompañar a Giovanni a su
vieja casa (antes de llevárselo para siempre), a fin de que pudiera saludar a
su madre; de esperar tantos minutos detrás del cancel, de pie, en medio del
polvo, él, señor del mundo, como un pordiosero hambriento.
FIN
Una
noche, el conde Giorgio Venanzi, aristócrata de provincias, de 38 años,
agricultor, acariciando a oscuras la espalda de su mujer Lucina, casi veinte
años más joven que él, se dio cuenta de que a la altura de la paletilla
izquierda tenía como una minúscula costra.
-Cariño,
¿qué tienes aquí? -preguntó Giorgio, tocando el punto.
-No lo
sé. No siento nada.
-Y sin
embargo hay algo. Como un grano, pero no es un grano. Algo duro.
-Te lo
repito. Yo no siento nada.
-Perdona,
¿sabes? Lucina, pero enciende la luz, quiero verlo bien.
Cuando se
hizo la luz, la bellísima esposa se incorporó hasta sentarse sobre la cama
dirigiendo la espalda hacia la lámpara. Y el marido inspeccionó el punto
sospechoso.
No se
adivinaba muy bien qué era, pero había una irregularidad en la piel, que Lucina
tenía por doquier extraordinariamente suave y lisa.
-¿Sabes
que es curioso? -dijo al cabo de un rato el marido.
-¿Por
qué?
-Espera
que voy a buscar una lupa.
Giorgio
Venanzi era meticuloso y ordenado hasta dar náuseas. Se fue al estudio,
encontró puntualmente la herramienta deseada, mejor dicho encontró dos, una
normal de al menos diez centímetros de diámetro, otra pequeña pero bastante más
potente, de las llamadas «cuentahilos». Con las dos lupas, Lucina sometiéndose
paciente, reanudó la inspección.
Callaba.
Luego dijo:
-No, no
es un granito.
-¿Entonces,
qué es?
-Como una
pelusilla.
-¿Un
lunar? -dijo ella.
-No, no
son pelos, es una suavísima pelusilla.
-Bueno,
oye, Giorgio, me muero de sueño. Mañana hablaremos. La muerte seguro que no es.
-La
muerte no, desde luego. Pero es extraño.
Apagaron
la luz.
Pero por
la mañana, nada más despertarse, Giorgio Venanzi volvió a examinar la espalda
de Lucina y descubrió no sólo que la irregularidad cutánea en la paletilla
izquierda, en lugar de atenuarse o de desaparecer, se había dilatado, sino que
durante el sueño se había desarrollado un fenómeno exactamente idéntico y
simétrico, en el extremo superior de la paletilla derecha. Tuvo una sensación
desagradable.
-Lucina
-gimió casi- ¿sabes que te ha salido en el otro lado?
-¿Qué me
ha salido?
-Aquella
pelusilla. Pero debajo de la pelusilla hay algo duro.
Reanudó
el examen con el cuentahilos, confirmó la presencia de dos minúsculas zonas de
suave y cándida pluma, casi como un botoncito automático. Se sintió invadir por
el desaliento. Se hallaba frente a un fenómeno de mínimas proporciones, y sin
embargo insólito, completamente extraño a sus experiencias. No sólo eso. La
fantasía evidentemente no era el fuerte de Giorgio Venanzi, licenciado en
agricultura pero siempre mantenido a distancia, sea por indiferencia o por
pereza, de los intereses literarios y artísticos: sin embargo, esta vez, quien
sabe por qué, su imaginación se desató: al marido en resumidas cuentas se le
metió en la cabeza que aquellos dos minúsculos plumeritos, sobre las paletillas
de su mujer, eran una especie de microscópico embrión de alas.
La cosa
en sí, más que extraña, era monstruosa; olía, más que a milagro, a brujería.
-Oye,
Lucina -dijo Giorgio dejando las lupas, después de emitir un profundo suspiro-.
Tienes que jurarme decir la verdad, toda la verdad.
La mujer
lo miró sorprendida. Casada con Venanzi no por amor sino, como todavía sucede
en provincias, por obediencia a sus padres, también nobles, que veían en aquel
matrimonio una consolidación del prestigio familiar, se había acostumbrado
pasivamente a aquel hombre apuesto, enamorado, vigoroso, educado, aunque de
mentalidad limitada y anticuada, de escasa cultura, escaso gusto, en casa
aburrido y a partir del matrimonio aquejado de unos violentos celos.
-Dime,
Lucina. ¿A quién has visto estos últimos días?
-¿Que a quién he visto? A las personas de siempre,
a quién voy a ver. No salgo nunca de casa, bien lo sabes. A la tía Enrica, fui
a verla el otro día. Ayer fui a comprar aquí a la plaza. No recuerdo nada más.
-Pero...
quiero decir... No habrás ido por casualidad a alguna feria... Sabes, donde
están los gitanos...
Ella se
preguntó si su marido, normalmente tan sólido, había perdido el juicio de
pronto.
-¿Se
puede saber en qué estás pensando? ¿Los gitanos? ¿Por qué tendría que haber
visto a los gitanos?
Giorgio
asumió un tono grave y conciliador:
-Porque...
porque... tengo casi la sospecha de que alguien te ha jugado una mala pasada.
-¿Una
mala pasada?
-Una
brujería, ¿no?
-¿Por
estas cositas en la espalda?
-¡Llámalas
cositas, tú!
-¿Y cómo
quieres que las llame? Ya nos lo dirá el doctor Farasi.
-No, no,
no, por favor, nada de médicos. Al médico por ahora no pienso llamarle.
-Eres tú
quien está preocupado, querido. Por mí, imagínate... Pero, por favor, deja de
tocarme ahí, me haces cosquillas.
Rumiando
en silencio el inquietante problema, Giorgio que mantenía a Lucina abrazada a
él cara a cara, seguía palpando con las dos manos las dos pequeñas
excrecencias, como hace el enfermo con el enigmático bultito que podría ocultar
la peste.
Finalmente
hizo un esfuerzo, se levantó, salió de casa, llegó a sus fincas, a unos veinte
kilómetros, y desde allí telefoneó a Lucina que no volvería a casa hasta la
noche. Quería mantenerse alejado a propósito, para no tener la quemazón de
querer controlar continuamente la amada espalda. Sin embargo no resistió a la
tentación de preguntarle:
-¿Nada
nuevo, cariño?
-No, nada
nuevo. ¿Por qué?
-Me
refería... ya sabes... a la espalda...
-Ah, no
lo sé -respondió ella-, no me he vuelto a mirar...
-Está
bien, de todas formas, olvídalo. Y no llames al doctor Farasi, sería
completamente inútil.
-No tenía
la menor intención.
Durante
todo el día estuvo en ascuas. Aunque la razón le repitiese que la idea era
insensata, contraria a todas las reglas de la naturaleza, digna del más supersticioso
de los salvajes, una voz opuesta, procedente quien sabe de dónde, insistía en
su interior, en tono burlón: ni granitos ni costras: ¡a tu hermosa mujercita le
están saliendo alitas! La condesa Venanzi como la Victoria del monumento a los
caídos, ¡oh, será un magnífico espectáculo!
No es que
Giorgio Venanzi fuese precisamente un modelo de castidad y costumbres
morigeradas. Ni siquiera después de casarse dudaba de insidiar a las campesinas
jóvenes de sus tierras, que además consideraba, como cazador, entre las piezas
más codiciadas. Pero ay de quién mancillara la honorabilidad, el decoro, el
prestigio de su apellido. Por tal razón eran obsesivos los celos que sentía por
su mujer, considerada la señora más fascinante de la ciudad, aunque diminuta y
grácil. En fin, nada le aterrorizaba tanto como el escándalo. Ahora bien, ¿qué
pasaría si a Lucina le crecían verdaderamente dos alas, aunque fuese de forma
rudimentaria, como «antojos» sin precedentes, que la convirtiesen en un
fenómeno de feria? Por eso no había querido llamar al médico. Podía ocurrir que
los dos mechones de plumas se metieran otra vez por el mismo sitio por el que
habían salido. Pero también podía ocurrir que no. ¿Qué encontrará en casa,
cuando vuelva esta noche?
Con
enorme ansiedad, nada más llegar, se retiró con Lucina al dormitorio, le
descubrió la espalda, se sintió desvanecer.
Con una
velocidad de crecimiento que sólo había observado en algunas raras especies del
reino vegetal, las dos irregularidades habían asumido el aspecto de reales y
verdaderas protuberancias plumosas. No sólo eso: sino que ahora ya no hacía
falta recurrir a una fantasía sobreexcitada para reconocer la forma típica de
las alas, exactamente como las que los ángeles de las iglesias llevan sobre los
hombros.
-No te
entiendo, Lucina -dijo el marido con voz sepulcral-. Tú también lo ves, no,
mirándote al espejo. Y estás ahí sonriente, como una boba. ¿No te das cuenta de
que es una cosa espantosa?
-¿Espantosa
por qué?
Atemorizado
ante la perspectiva de un escándalo, Giorgio se decidió a contárselo a su
madre, que vivía en el ala opuesta del edificio.
La vieja
señora se asustó cuando vio aparecer a su único hijo en aquel estado de
aprensión; y escuchó sin respirar su anhelante explicación. Finalmente, dijo:
-Has
hecho bien en no llamar al doctor Farasi. De todas formas, recordarás, espero,
que siempre fui contraria a ese matrimonio.
-¿Qué
quieres decir?
-Quiero
decir que en la sangre de esos Ruppertini, nobles o no nobles, hay algo raro. Y
que yo tuve buen olfato. Pero, veamos, ¿son muy largas esas alas?
-Digamos
veinte centímetros, a lo mejor menos. Pero ¿quién te dice que no sigan
creciendo?
-Y debajo
de la ropa, ¿se notan?
-De
momento, no. ¿Sabes? Lucina las tiene muy pegadas a la espalda, también a ella
le interesa disimularlo. Desde luego si tuviese que ponerse un traje de
noche... Dime, mamá: ¿qué vamos a hacer?
La vieja
señora, como siempre, tenía la respuesta en los labios:
-Hay que
decírselo en seguida a don Francesco.
-¿Por qué
a don Francesco?
-¿Y me lo
preguntas? Esas alas, digo yo, a tu mujer, ¿quién se las puede haber puesto?
Una de dos, ¿no? No hay que darles más vueltas. O Dios o el diablo. Y ni tú ni
yo podemos decidirlo.
Don
Francesco era una especie de capellán de familia, un personaje a la antigua, no
exento de un filosófico humorismo. Cuando supo que la condesa madre deseaba
hablarle, se apresuró a acudir a la casa, escuchó atentamente el relato de
Giorgio, y permaneció largo rato pensativo, con la cabeza inclinada como se
hace durante las oraciones, como si esperase una inspiración del cielo.
-Discúlpenme,
queridos amigos -dijo finalmente-, todo esto apenas se puede creer.
-¿Piensa
usted, don Francesco, que son figuraciones mías? Ojalá. Pero ahí fuera está
Lucina. Voy a llamarla, y la constatación será muy sencilla.
-¿Se
halla muy turbada, la pobrecilla?
-En
absoluto. Eso es lo raro, don Francesco. Lucina está tan alegre como siempre.
Mejor dicho, parece que esto la divierte.
Se llamó
a Lucina, que llevaba puesta una especie de bata floreada. Con la máxima
desenvoltura se la quitó, y apareció vestida con un sencillo vestidito de
algodón con dos cremalleras verticales por detrás correspondientes precisamente
a las aberturas por donde salían las alas. Actualmente los apéndices habían
asumido proporciones imponentes: a pesar de estar plegadas medían, de arriba
abajo, ochenta centímetros por lo menos.
Don
Francesco, se le veía en la cara, estaba anonadado. Y guardó silencio.
-Lucina
-dijo la suegra amablemente-, tal vez sea mejor que vuelvas a tu habitación.
Cuando la
graciosa criatura hubo salido, don Francesco preguntó:
-Aparte
de nosotros dos, ¿alguien más en la casa está al corriente?
-No,
afortunadamente -respondió la condesa-. Con las precauciones que tomó mi hijo, ninguna
de las personas del servicio ha sospechado nada. Ese vestidito, esa bata, se
los ha hecho ella. Ah, Lucina es una gran chica. Pero no podemos seguir de este
modo. No podemos pretender tenerla segregada, peor que si tuviera el cólera.
Por eso necesitamos su consejo, don Francesco.
El viejo
cura carraspeó un poco:
-Reconozco
-dijo- que es un caso extraordinariamente delicado. Un juicio por mi parte,
comprenderán, implica una responsabilidad tal vez superior a mis fuerzas. Pero
ante todo, creo, habría que establecer aunque sólo fuese de forma aproximada,
cuál es el origen del fenómeno. Y confío en que Dios nos ilumine.
-¿De qué
manera? -preguntó Giorgio.
-Tu
madre, querido hijo, ha aludido a ello hace un momento, demostrando como
siempre su excelente buen sentido. En resumidas cuentas, si se me pide mi
parecer como teólogo, les responderé: si estas alas, dejémonos de eufemismos,
tienen una procedencia diabólica, es decir si han sido creadas por el Maligno
con objeto de turbar las conciencias con el falseamiento de un aparente
milagro, entonces para mí no hay duda: sólo pueden ser un simulacro. Pero si en
cambio, como no podemos excluir, estas alas fuesen una señal de Dios,
demostración de una excepcional benevolencia del Señor hacia la condesa Lucina,
entonces no hay duda de que tendrían que ser alas de verdad, capaces de
volar...
-¡Eso es
una locura, una cosa terrible! -gimió el conde Giorgio, aterrorizado ante la
idea de lo que podría suceder si la segunda hipótesis se demostrase cierta:
¿Cómo seguir ocultando aquella especie de vergonzosa deformidad si Lucina se
pusiese a revolotear por la plaza? ¿Y cuántos problemas acarrearía? La
publicidad, la curiosidad de la multitud, la investigación por parte de las
autoridades eclesiásticas, su vida, la de Giorgio Venanzi, completamente
trastornada, destruida.
-En este
caso -preguntó el marido-, en este caso, ¿cree usted, don Francesco, que habría
que hablar de milagro? En una palabra, ¿Lucina se habría convertido en un
ángel, en una santa? Y yo, su legítimo marido...
-Démosle
tiempo al tiempo, hijo mío, no nos anticipemos a los designios de la
providencia. Que transcurran unos días. Esperemos a que estas benditas alas se
hayan desarrollado completamente, a que hayan dejado de crecer. Luego haremos
una prueba.
-¡Dios
mío, una prueba! ¿Dónde? ¿Aquí en el jardín, donde todos podrán verla?
-No, en
el jardín mejor que no. Mejor fuera, podríamos ir al campo, en la oscuridad,
sin testigos...
Cruzaron
la verja de la casa a las nueve de la noche: Giorgio, su mujer, la madre y don
Francesco, en el lujoso coche inglés.
No hubo
que esperar ni siquiera diez días a que las alas de Lucina alcanzasen
dimensiones adultas. Desde la articulación mediana hasta las puntas, que casi
llegaban al suelo, medían, para ser exactos, ciento veintidós centímetros. La
colcha de plumas, ya no blancas sino de un suave color rosado, se había hecho
compacta y sólida. (Por la noche, en el lecho matrimonial, no era nada fácil;
por suerte Lucina estaba acostumbrada a dormir boca abajo, y el apuro y el
enfurruñamiento del marido le hacían morirse de risa.) La envergadura de las
alas, medida como se hace con las águilas, superaba los tres metros. Todo
permitía suponer que las dos gigantescas aletas no tendrían que hacer excesivos
esfuerzos para levantar del suelo un cuerpo diminuto como el de Lucina que no
llegaba a los cincuenta kilos.
Dejaron
atrás las últimas casas, se adentraron en el campo, en aquella zona ahora
desierta, buscando un descampado lo bastante solitario. Giorgio no acababa de
decidirse. Bastaba con que la ventana iluminada de algún caserío centellease,
aunque fuese a gran distancia, para que reanudara la marcha.
Era una
hermosa noche de luna. Finalmente se detuvieron en un pequeño sendero que se
adentraba en una reserva de caza. Descendieron. A pie avanzaron por el bosque,
que Giorgio conocía como la palma de la mano, hasta un claro rodeado por unos
árboles altísimos. Había un inmenso silencio.
-Vamos,
vamos -dijo la suegra de Lucina-, quítate el abrigo. Y no perdamos tiempo. En
pijama tendrás frío, supongo.
Pero
aunque sólo llevaba el pijama, Lucina no sentía frío, en absoluto. Al
contrario, extrañas ráfagas de calor le recorrían el cuerpo estremeciéndola.
-¿Lo
conseguiré? -preguntó entre risas-. Y en seguida, a pasitos ligeros, remedando
burlonamente a las bailarinas clásicas, se dirigió al centro del claro y empezó
a agitar las alas.
Flot,
flot, se oyó el suave aleteo en el aire. De pronto, sin que a la trémula luz de
la luna pudieran percibir el momento preciso del despegue, los tres la vieron
ante ellos, a una altura de siete u ocho metros. Y no le costaba ningún
esfuerzo sostenerse: apenas una suave ondulación de las alas, y acompañaba el
ritmo dando unas palmadas.
El marido
se cubrió los ojos, horrorizado. Arriba, ella reía: nunca había sido tan feliz,
ni tan hermosa.
-Razonemos
con calma, hijo mío -decía don Francesco al conde Giorgio-. A tu jovencísima
mujer, criatura (convendrás conmigo, admirable desde todos los puntos de
vista), le han crecido alas. Hemos comprobado, tú, tu madre y yo, que con estas
alas Lucina es capaz de volar; no se trata pues de una intervención demoníaca.
Sobre este punto, te lo aseguro, todos los padres de la Iglesia (y he estado
releyéndolos a propósito), están de acuerdo. Se trata por tanto de una
investidura divina, ya que no queremos hablar de milagro. Eso sin mencionar
que, desde el punto de vista estrictamente teológico, Lucina ahora debería ser
considerada un ángel.
-Los
ángeles, si no me equivoco, nunca han tenido sexo.
-Tienes
razón, hijo mío. Sin embargo, estoy convencido de que a tu mujer no le habrían
salido alas si el Omnipotente no la hubiese designado para cumplir una
importante misión.
-¿Qué
misión?
-Inescrutables
son las decisiones del Eterno. De todas formas, no creo que tengas derecho a
mantener marginada a esa pobrecilla, peor que si se tratase de una leprosa.
-¿Entonces
qué, don Francesco? ¿Tengo que dejar que sea pasto del mundo? ¿Usted se imagina
el jaleo que se organizaría? Titulares así de grandes en los periódicos, asedio
de curiosos, entrevistas, peregrinajes, molestias de todo tipo. ¡Dios no lo
quiera! Un contrato cinematográfico, garantizado, no se lo quitaría nadie. ¡Y
esto en casa de los Venanzi! El
escándalo. ¡Eso nunca, nunca!
-¿Y quién
te dice a ti que esta publicidad no forma también parte de los propósitos
divinos? ¿Que precisamente el conocimiento del prodigio no pueda tener
incalculables efectos en las conciencias? Como una especie de nuevo pequeño
mesías, de sexo femenino. Piensa, por ejemplo, en que la condesa Lucina se
pusiese a sobrevolar la línea de fuego en Vietnam. ¿Te das cuenta, hijo mío?
-Se lo
ruego, don Francesco, ¡basta! Creo que voy a volverme loco. ¿Pero qué habré
hecho yo para merecerme esta desgracia?
-No la
llames desgracia: quién sabe, podría ser pecado. Se te ha asignado, como
marido, una dura prueba. De acuerdo. Pero al fin y al cabo tienes que
resignarte. Dime: ¿hay alguien, además de tu madre y yo, al corriente del
asunto?
-Sólo
faltaría eso.
-¿Y las
personas del servicio?
-Nada.
Lucina ahora vive en una casita aparte, donde el único que entra soy yo.
-¿Y la
limpieza? ¿Las comidas?
-Lo hace
ella misma. Mire, incluso hablando metafóricamente, es un verdadero ángel. No
se queja, no protesta, ha sido la primera en darse cuenta de la delicada
situación.
-¿Y a la
familia, a los amigos, qué les han dicho?
-Que se
ha ido a pasar una temporada a casa de sus padres en Val d’Aosta.
-Pero, me
refiero, no pensarás tenerla enclaustrada toda la vida.
-¡Y yo
qué sé! -y meneaba la cabeza, desesperado-. Encuéntreme usted una solución.
-Ya te lo
he dicho, hijo mío. Liberarla, presentarla al mundo tal como está. Apuesto a
que ahora también ella lo desea.
-Eso
nunca, reverendo. Ya se lo he dicho. Lo he pensado detenidamente. Es mi
tormento, mi pesadilla. No sería capaz, se lo juro, de soportar semejante
vergüenza.
Pero el
conde Giorgio no sabía lo que decía. Llegó octubre. De los pantanos que
rodeaban la ciudad empezaban a levantarse, desde el mediodía, las famosas
nieblas que a lo largo de toda la estación fría cubren la región como una
mortaja impenetrable. Los días en que el marido recorría sus tierras, y sólo
volvía ya entrada la noche, la pobre Lucina comprendió que se le presentaba una
ocasión formidable. De temperamento dócil, incluso algo apática, se había
adaptado a la férrea disciplina que Giorgio le había impuesto. En su fuero
interno, sin embargo, la exasperación crecía conforme pasaban los días. Con
menos de veinte años permanecer encerrada en casa sin poder ver a una amiga,
sin mantener relaciones con nadie, sin ni siquiera asomarse a las ventanas. Más
aún: era un suplicio no poder desplegar aquellas estupendas alas vibrantes de
juventud y de salud. Más de una vez le había rogado a Giorgio que la llevase
durante la noche, como la primera vez, al campo abierto, a escondida de todos,
y la dejase volar unos minutos. Pero el hombre era inconmovible. Para realizar
aquel experimento nocturno, al que habían asistido también la madre y don
Francesco, se habían expuesto a un grave peligro. Por suerte ningún extraño se
había percatado de nada. Pero intentarlo de nuevo habría sido una locura: ¡y
además por un capricho!
Bien. Una
tarde cenicienta, hacia mediados de octubre, la niebla había descendido sobre
la ciudad, paralizando el tráfico. Lucina, con un doble pijama de lana,
evitando las habitaciones de la servidumbre, se deslizó hasta el jardín,
arrebujada. Miró en derredor. Le parecía hallarse en un mundo de ensueño;
nadie, absolutamente nadie podía verla. Dejó caer el abrigo que escondió a los
pies de un árbol. Salió a campo abierto, agitó sus queridas alas, y echó a
volar sobre los tejados.
Estas
fugas clandestinas, que pudieron renovarse cada vez con más frecuencia gracias
a la inclemencia del tiempo, supusieron para ella un maravilloso consuelo.
Tenía la precaución de alejarse en seguida del centro, volando en dirección
contraria a las tierras del marido. Allí se sucedían los bosques solitarios
casi ininterrumpidamente y embargada por una ebriedad indecible rozaba las
copas de los árboles, se zambullía en la neblina hasta vislumbrar las sombras
de alguna casucha, daba vueltas sobre sí misma, feliz cuando alguna rara ave,
al verla, huía asustada.
En su
inocencia, un poco frívola, la joven condesa no se preguntaba por qué
precisamente a ella, la única persona en el mundo, le habían crecido alas.
Sencillamente, había sido así. La sospecha de divinas misiones ni siquiera
había pasado por su imaginación. Sólo sabía que se encontraba bien, segura de
sí misma, dotada de un poder sobrehumano que la llevaba, durante los vuelos, a
un beatífico delirio.
Como
suele ocurrir, el hábito a la impunidad acabó por hacerle descuidar la
prudencia. Una tarde, después de haber salido a la densa y humeante capa de
niebla que cubría herméticamente los campos, y haber disfrutado largamente del
dulce sol otoñal, sintió la curiosidad de explorar la zona inferior. Se lanzó
en picado por la gélida penumbra de la bruma y no detuvo su descenso hasta
escasos metros del suelo.
Exactamente
debajo de ella un muchacho que llevaba una escopeta estaba dirigiéndose a lo
que probablemente era el refugio de los cazadores de uno de los muchos cotos.
El cazador, al oír el batir de la enormes alas, se dio media vuelta como un
resorte e instintivamente levantó la escopeta de doble cañón.
Lucina
intuyó el peligro. En lugar de huir, para lo que no tenía tiempo, a costa de
desvelar el secreto, gritó con todas sus fuerzas:
-¡Espera,
no dispares!
Y, antes
de que el hombre pudiera recuperarse de su sorpresa, se posó delante de él, muy
cerca.
El
cazador era un tal Massimo Lauretta, uno de los más brillantes «lions» de la
pequeña sociedad provinciana; recién licenciado, de óptima y rica familia, buen
esquiador y piloto de coches de carreras; óptimo amigo del matrimonio Venanzi.
A pesar de su habitual desenvoltura, fue tal su extravío que, dejando caer la
escopeta, se arrodilló con las manos juntas, recitando en voz alta:
-Ave
María, gratia plena...
Lucina
soltó una carcajada:
-¿Pero
qué haces, tonto? ¿No ves que soy Lucina Venanzi?
El otro
se puso en pie tambaleándose:
-¿Tú?
¿Qué pasa? ¿Cómo puedes...?
-Da lo
mismo, Massimo... Pero aquí hace un frío de los mil demonios...
-Vayamos
dentro -dijo el joven indicando el refugio-. La chimenea debe de estar
encendida.
-¿Hay
alguien más?
-Nadie,
excepto el guardabosques.
-No, no,
es imposible.
Permanecieron
algún tiempo mirándose embobados. Al final Lucina:
-Te he
dicho que tengo frío. Abrázame, por lo menos.
Y el
joven, aunque todavía tembloroso, no se lo hizo repetir dos veces.
Cuando
volvió aquella noche, Giorgio Venanzi encontró a su mujer sentada en la sala y
cosiendo. Sin el menor vestigio de alas.
-¡Lucina!
-gritó- ¡cariño! ¿Cómo ha sido?
-¿El qué?
-dijo ella sin inmutarse.
-Pues las
alas, ¿no? ¿Qué ha pasado con las alas?
-¿Las
alas? ¿Te has vuelto loco?
Violentamente
turbado, él se quedó sin habla:
-Pues...
no sé... debo de haber tenido un mal sueño.
Nadie,
del milagro, o de la brujería, supo nunca nada, excepto Giorgio, su madre, don
Francesco y el joven Massimo que, como era un caballero, no dijo palabra a
nadie. Pero incluso entre los que sí sabían, el tema se consideró tabú.
Sólo, don
Francesco, unos meses después, encontrándose solo con Lucina, le dijo
sonriendo:
-Dios te
quiere mucho, Lucina. No me negarás que como ángel has tenido una suerte
extraordinaria.
-¿Suerte?
¿Qué suerte?
-La de
encontrar al Diablo en el momento justo.
FIN
La señora
Ada Tormenti, viuda de Lulli, fue a pasar unos días al campo, invitada por sus
primos los Premoli. Por el pueblo iba y venía mucha gente. Como era verano, la
sobremesa de la noche se hacía en el jardín, charlando hasta la una o las dos.
Una noche la conversación se refirió a las casas de la ciudad. Había allí un
tal Imbastaro, tipo inteligente, pero antipático. Decía:
-Siempre
que dejo mi casa de Nápoles, sucede algo, ¡je, je! -continuaba, riendo así, sin
motivo; ¿o el motivo era, en cambio, hacer daño al prójimo?-. Salgo, por
decirlo así, ni siquiera recorro dos kilómetros, y se sale el agua del lavadero
o se incendia la biblioteca por haber olvidado una colilla encendida, o se
meten ratas de los barcos y devoran hasta las piedras. ¡Je, je!, o en la
portería, la única persona que soporta allí el verano, recibe un golpe seco y
por la mañana se la encuentra preparadita para el entierro, con cirios, el
sacerdote y el ataúd. ¿No es así la vida?
-No
siempre -dijo con gravedad Tormenti-, por fortuna.
-No
siempre, es verdad. Pero usted, señora, por ejemplo, ¿podría jurar haber dejado
su casa en perfecto orden, no haberse olvidado nada? Piénselo bien, piénselo
bien. ¿Exactamente en orden?
A estas
palabras Ada se puso del color de los muertos; de repente tuvo un horrendo
pensamiento. Para poder ir a casa de los Premoli había llevado a su hija de
cuatro años a una tía. O mejor dicho, había decidido llevarla. Porque ahora, al
volver a pensar en ello, con todo y estar segura de haberlo hecho, no conseguía
recordar cómo y cuándo había llevado a Luisella a casa de su tía. ¡Qué extraño!
No recordaba ni cuándo habían salido de casa juntas, ni el camino recorrido, ni
las despedidas en casa de su tía. Como si en su memoria se hubiese abierto un
agujero.
En
resumen, la duda era la siguiente: que ella, Ada, se había olvidado de llevar a
la niña a casa de su tía y sin advertirlo, al irse, la había encerrado en casa,
Era una sospecha absurda; pero la imaginación fabrica a veces cosas muy
extrañas. Insensato, de loco, pero bastaba, no obstante, para helarle la sangre
en las venas. Con sorpresa la vieron ponerse bruscamente de pie y abandonar la
compañía de todos. Uno preguntó a Imbastaro:
-Perdone,
pero, ¿le ha dicho usted alguna cosa desagradable?
-¿Yo?
Nada de particular, ¡je, je! No comprendo.
Ada entró
en la casa y, sin decir nada a nadie, se dirigió al teléfono. Llamó
urgentemente a Milán, dando el número de casa. Esperó, retorciéndose las manos.
La
comunicación se la dieron casi en seguida. En el acto.
-¿Es
usted quien ha llamado a Milán, al 40079277?
-Sí, sí.
-Hablen.
-¿Hable?
¿Con
quién? Al llamar, esperaba que nadie le respondería. ¿No estaba la casa cerrada
y vacía? Si alguien acudía al aparato significaba, por lo tanto, que su primera
sospecha estaba fundada, que Luisella se había quedado encerrada dentro.
(Aunque apenas tuviera cuatro años, sabía contestar al teléfono). Habían pasado
ya 10 días; hacía un calor espantoso y en casa Ada no había dejado ni un bocado
de comida. ¡El calor! En los días de la canícula se cuecen los muebles en las
casas abandonadas, y se quedan sin aliento los seres vivos, si permanecen en
ellas. Ada se sintió morir. Temblando, dijo:
-¡Oiga!
-Diga
-dijo desde Milán una voz de hombre.
Y con la
velocidad de un relámpago, Ada imaginó lo ocurrido: Luisella, encerrada y sola
en casa, incapaz de abrir la puerta, sus gritos, la primera alarma en el
barrio, la policía, la puerta forzada, la niña enloquecida de miedo.
-Diga.
¿Quién es? -preguntó el hombre.
-Soy yo,
la mamá. Pero, ¿quién es usted?
-¿Qué
mamá? ¡Yo no tengo mamá! Se ha equivocado de número.
Y colgó.
Ada
volvió a llamar inmediatamente a Milán (pero la angustia había ya cedido). Dio
el número exacto, oyó la señal de línea y esta vez nadie le respondió.
Respiró
aliviada. Menos mal. ¿Qué estupidez había imaginado? Ante un espejo se puso
unos pocos polvos y salió afuera al jardín. La miraron, pero nadie dijo nada.
Sin
embargo, cuando se acostó y en la enorme casa de campo se estableció el plúmbeo
silencio de la noche y solamente por la ventana entornada entraban las voces de
los grillos, volvió a sentir miedo. En aquella hora imaginó a la niña, muerta
de calor y de hambre que, de rodillas, agarrada al pestillo de la puerta y con
los ojos desorbitados, lanzaba sus postreros lamentos. Pensó que, en el peor de
los casos, alguien debía de haber oído sus gritos. Otra voz, pérfida, objetaba:
si alguien la hubiese oído, ya la habrían socorrido; ya han pasado 10 días y a
estas alturas te habrían avisado. Pudo ocurrir también que los pisos contiguos
estuvieran desocupados en este período de vacaciones. La portera, cinco pisos
más abajo, ¿qué podía oír?
Miró el
reloj, eran las cuatro. A las seis salía un tren. Ada saltó de la cama, se
vistió, hizo la maleta. Acaso empieza así la locura, se dijo. Pero no podía
contenerse.
Dejó una
nota excusándose, Cautelosamente salió, abrió la puerta del jardín y se dirigió
a la estación. Había cuatro kilómetros de camino.
Cuanto
más avanzaba el tren, mayor era su angustia. Llegó a Milán hacia las tres de la
tarde. La ciudad ardía en un halo de polvo tórrido y húmedo. Balbuceando, dio
al taxi la dirección.
¡Por fin,
su casa! No se notaba nada anormal. Las persianas del piso estaban todas
bajadas, como las había dejado días antes.
Pasó
corriendo ante la portería. La portera le hizo el acostumbrado saludo. Bendito
sea Dios, pensó Ana. Ha sido todo una pesadilla, nada más.
Silencio
y quietud en el rellano del quinto piso. Pero, ¿por qué temblaba tanto su mano
al introducir la llave en la cerradura? Se descorrió el pestillo. Al abrirse la
puerta, salió un vaho caliente y denso.
De
pronto, cuando abrió la puerta interior, Ada sintió en el pecho un nudo
doloroso; porque, un poco por encima de su cabeza, flotó, ansioso de huir, un
pequeñísimo e incomprensible humo, una minúscula nubecilla, oblonga y pálida,
que no despedía olor.
Corrió a
la ventana del recibidor, abrió los postigos y se volvió.
Sobre el
suelo, a dos metros de ella, se veía algo, como una larga y recortada mancha,
pero de notable espesor. Se acercó, la tocó con el pie. Cenizas. Estaban
esparcidas uniformemente como formando una especie de dibujo. Aquel nudo que
tenía en el pecho se hizo fuego, infierno. Las cenizas tenían exactamente la
forma de Luisella.
FIN
Cuando la
noche ha caído, me gusta dar un paseo por mi jardín. No piensen que soy rico.
Un jardín como el mío lo tienen todos. Y más tarde comprenderán por qué.
En la
oscuridad, aunque realmente no está oscuro por entero porque de las ventanas
iluminadas de la casa viene un difuso resplandor, camino por el prado, los
zapatos hundiéndose un poco en la hierba, y mientras tanto pienso, y, pensando,
alzo los ojos para ver si el cielo está sereno, y si lucen las estrellas las
observo preguntándome un montón de cosas. No obstante, hay noches en que no me
hago preguntas; las estrellas se están ahí, encima de mí, completamente
estúpidas, y no me dicen nada.
Era yo un
muchacho cuando, dando mi paseo nocturno, tropecé con un obstáculo. Como no
veía, encendí una cerilla. En la plana superficie del prado había una
protuberancia, y eso era extraño. A lo mejor el jardinero ha hecho algo, pensé,
mañana por la mañana le preguntaré.
Al día
siguiente llamé al jardinero, cuyo nombre era Giacomo. Le dije:
-¿Qué has
hecho en el jardín? En el prado hay como un bulto, tropecé con él ayer por la
noche y esta mañana, apenas se ha hecho de día, lo he visto. Es un bulto
estrecho y oblongo, parece una sepultura. ¿Me quieres decir qué pasa?
-No es
que parezca, señor -dijo Giacomo el jardinero-, es que es una sepultura. Y es
que ayer murió un amigo suyo.
Era
cierto. Mi queridísimo amigo Sandro Bartoli, de veintiún años, se había partido
el cráneo en la montaña.
-¿Acaso
me estás diciendo -le dije a Giacomo- que mi amigo está enterrado aquí?
-No
-respondió-, su amigo el señor Bartoli -dijo así porque era persona educada a
la antigua y por ello todavía respetuoso- ha sido enterrado al pie de las
montañas que usted sabe. Pero aquí, en el jardín, el prado se ha levantado solo
porque éste es su jardín, señor, y todo lo que sucede en su vida, señor, tendrá
aquí una consecuencia.
-Vamos,
vamos, por favor, eso no son más que supersticiones absurdas -le dije-, te
ruego que aplanes ese bulto.
-No
puedo, señor -contestó-, ni siquiera mil jardineros como yo conseguirían
aplanar ese bulto.
Tras lo
cual no se hizo nada y el bulto se quedo allí, y yo continué paseando por el
jardín una vez había caído la noche, ocurriéndome de cuando en cuando tropezar
con el bulto, si bien no muy a menudo, ya que el jardín es bastante grande; era
un bulto de setenta centímetros de ancho y metro noventa de largo y sobre él
crecía la hierba, y sobresalía del nivel del prado unos veinticinco
centímetros. Naturalmente, cada vez que tropezaba en él pensaba en el querido
amigo perdido. Pero también podía pasar que fuera al revés. Es decir, que fuera
a dar en el bulto porque en aquel momento estaba pensando en él. Pero este
asunto es algo difícil de entender.
Pasaban
por ejemplo dos o tres meses sin que yo en la oscuridad, durante mi paseo
nocturno, tropezase con aquel pequeño relieve. En este caso su recuerdo volvía
a mí; entonces me paraba y en el silencio de la noche preguntaba en voz alta:
¿Duermes?
Pero él
no contestaba.
Él,
efectivamente, dormía, pero lejos, bajo las rocas, en un cementerio de montaña,
y con los años nadie se acordaba ya de él, nadie le llevaba flores.
Sin
embargo, pasaron muchos años y he aquí que una noche, en el curso de mi paseo,
justamente en el rincón opuesto del jardín, tropecé con otro bulto.
Por poco
caí de bruces cuan largo soy. Era pasada medianoche, todo el mundo había ido a
dormir, pero mi enfado era tal que me puse a llamar “Giacomo, Giacomo”,
justamente para despertarlo. De hecho, una ventana se iluminó. Giacomo apareció
en el antepecho.
-¿Qué
demonios es este bulto? -gritaba yo-. ¿Has cavado algún hoyo?
-No
señor. Sólo que mientras tanto un querido compañero suyo de trabajo se ha ido
-dijo-. Su nombre es Cornali.
Sin
embargo, algún tiempo después topé con un tercer bulto y, aunque fuera noche
cerrada, también esta vez llamé a Giacomo, que estaba durmiendo. Ahora sabía ya
muy bien el significado que tenía aquel bulto, pero aquel día no me habían
llegado malas noticias, y por eso estaba ansioso por saber. Giacomo, paciente,
apareció en la ventana. “¿Quién es? -pregunté- ¿Ha muerto alguien?” “Sí señor
-dijo-. Se llamaba Giuseppe Patané.”
Pasaron
luego algunos años bastante tranquilos, pero en determinado momento los bultos
volvieron a empezar a multiplicarse en el prado del jardín. Los había pequeños,
pero también habían aparecido otros gigantescos que no se podían salvar con un
paso, sino que realmente hacía falta subir por una parte y bajar después por la
otra, como si de pequeñas colinas se tratase. De esta importancia crecieron dos
a poca distancia una de la otra y no hubo necesidad de preguntar a Giacomo lo
que había pasado. Allí debajo, en aquellos dos túmulos altos como un bisonte,
estaban encerrados trozos queridos de mi vida arrancados de ella cruelmente.
Por eso
cada vez que me tropezaba en la oscuridad con estos dos terribles montículos,
muchas cosas dolorosas se revolvían en mi interior y yo me quedaba allí como un
niño asustado y llamaba a mis amigos por su nombre. Cornali, llamaba, Patané,
Rebizzi, Longanesi, Mauri, llamaba, los que habían crecido conmigo, los que
habían trabajado muchos años conmigo. Y luego, en voz más alta: ¡Negro!
¡Vergari! Era como pasar una lista. Pero nadie respondía.
Así, poco
a poco, mi jardín, antaño plano y agradable al paso, se ha transformado en un
campo de batalla; tiene hierba todavía, pero el prado sube y baja en un
laberinto de montículos, bultos, protuberancias, relieves, y cada una de estas
excrecencias corresponde a un nombre, cada nombre corresponde a un amigo, y
cada amigo corresponde a una tumba lejana y a un vacío dentro de mí.
Este
verano, no obstante, se alzó una tan alta que, cuando estuve a su lado, su
silueta tapó la visión de las estrellas; era grande como un elefante, como una
caseta, subir a ella era algo espantoso, una especie de ascensión, no se podía
hacer otra cosa que sortearla rodeándola.
Aquel día
no me había llegado ninguna mala noticia; por eso aquella novedad del jardín me
tenía muy sorprendido. Pero esta vez pronto supe también: era el mejor amigo de
mi juventud quien se había ido, entre él y yo había habido tantas verdades,
juntos habíamos descubierto el mundo, la vida y las cosas más bellas, juntos
habíamos explorado la poesía, la pintura, la música, las montañas y era lógico
que para contener todo este material destruido, aunque fuera compendiado y
sintetizado en mínimos términos, hiciera falta una auténtica y verdadera
montañita.
En ese
momento tuve un arranque de rebelión. No, no podía ser, me dije espantado. Y
una vez más llamé a mis amigos por sus nombres. Cornali, Patanè, Rebizzi,
Longanesi, llamaba, Mauri, Negro, Vergani, Segàla, Orlandi, Chiarelli,
Brambilla. En ese momento se alzó una especie de soplo en la noche que me
respondía que sí, juraría que una especie de voz me decía que sí y venía de
otros mundos, pero quizá fuera sólo la voz de un ave nocturna porque a las aves
nocturnas les gustaba mi jardín.
Ahora,
por favor, les ruego que me digan: por qué hablas de estas cosas tan tristes,
la vida es ya tan breve y difícil por sí misma, amargarse a propósito es una
idiotez; en fin de cuentas estas tristezas no tienen nada que ver con nosotros,
tienen que ver sólo contigo. No, respondo yo, desgraciadamente tienen que ver
también con ustedes; sería bonito, lo sé, que no fuera así. Porque esta
historia de los bultos del prado nos sucede a todos, y cada uno de nosotros, me
han explicado por fin, es propietario de un jardín donde suceden estos
dolorosos fenómenos. Es una historia antigua que se ha repetido desde el
principio de los siglos; también para ustedes se repetirá. Y no es un juego
literario, las cosas son así.
Naturalmente,
me pregunto también si en algún jardín surgirá algún día un bulto relacionado
conmigo, quizá un bultito de segundo o tercer orden, apenas una arruga en el
prado que de día, cuando el sol luce en lo alto, apenas conseguirá verse. Sea
como sea, una persona en el mundo, al menos una tropezará.
Puede
pasar que por culpa de mi maldito carácter muera solo como un perro al final de
un pasillo viejo y desierto. Sin embargo, esa noche una persona tropezará en el
bultito que surgirá en su jardín y tropezará también las siguientes noches, y
cada vez pensará (perdonen mi esperanza, como una punta de nostalgia) en cierto
tipo que se llamaba Dino Buzzati.
FIN
Habiendo
salido a explorar el reino de mi padre, día a día voy alejándome de la ciudad y
las noticias que me llegan son cada vez más raras.
Comencé
el viaje cuando tenía poco más de treinta años y han pasado ya más de ocho
años, seis meses y quince días de ininterrumpido camino.
Creía, en
el momento de partir, que en pocas semanas habría alcanzado los confines del
reino; por el contrario, seguí encontrando nuevas gentes y países y en todas
partes hombres que hablaban mi mismo idioma y que decían ser mis súbditos. A
veces pienso que la brújula de mi geógrafo se ha enloquecido y que, creyendo
avanzar siempre hacia el sur, en realidad damos vueltas sobre nuestros propios
pasos sin aumentar jamás la distancia que nos separa de la capital; esto podría
explicar por qué no estamos ahora junto a la extrema frontera.
Pero más
frecuentemente me atormenta la duda de que este confín no existía, que el reino
se extienda sin límite alguno y que, por más que yo avance, jamás podré arribar
a la frontera. Empecé el viaje cuando tenía más de treinta años, demasiado
tarde, quizás. Los amigos, los mismos familiares, se burlaban de mi proyecto,
opinando que iba a despilfarrar los mejores años de mi vida. Pocos de mis
leales, en realidad, aceptaron partir.
Si bien
era algo descuidado -mucho más que ahora- me preocupé de poder comunicarme,
durante el viaje, con mis seres queridos; entre los caballeros de la escolta
elegí los siete mejores para que me sirvieran de mensajeros. Creí, ignorante de
mí, que tener siete mensajeros era una verdadera exageración.
Con el
transcurso del tiempo advertí, por el contrario, que eran ridículamente pocos,
a pesar de que ninguno de ellos fue asaltado por los bandidos ni malogró su
cabalgadura. Los siete me han servido con una tenacidad y una devoción que
difícilmente podré recompensar.
Para
distinguirlos con facilidad les puse nombres cuyas iniciales eran
alfabéticamente progresivas: Alejandro, Benito, Carlos, Daniel, Eduardo,
Federico, Gregorio.
Poco
acostumbrado a estar lejos de mi casa, envié al primero, Alejandro, al caer la
noche del segundo día de viaje, cuando habíamos recorrido ya unas ochenta
leguas. A la noche siguiente, para asegurarme la continuidad de las
comunicaciones, envié al segundo, después al tercero, después al cuarto,
consecutivamente, hasta la octava tarde del viaje en que partió Gregorio. El
primero todavía no había regresado.
Llegó la
décima noche mientras acampábamos en un valle deshabitado. Supe por Alejandro
que su rapidez había sido menor a la prevista; había pensado que, yendo
separado y en un corcel inmejorable, podría recorrer en el mismo tiempo el
doble de distancia que nosotros, pero no había recorrido el doble, sino sólo
una vez y media; en unas jornadas, mientras nosotros avanzábamos cuarenta
leguas, él avanzaba sesenta, pero no más.
Lo mismo
pasó con los otros. Benito, que partió la tercera noche del viaje, retornó
recién a la décima quinta; Carlos, que partió a la cuarta noche, nos alcanzó en
la vigésima. Muy pronto comprendí que bastaba multiplicar por cinco los días
que llevábamos viajando para saber cuándo volvería el mensajero.
Al
alejarnos constantemente de la capital, el itinerario de los mensajeros se
hacía cada vez más largo. Después de cincuenta días de camino el intervalo
entre un arribo u otro comenzó a espaciarse sensiblemente; mientras antes veía
llegar al campamento un mensajero cada cinco días, el intervalo llegó a hacerse
de veinticinco días; la voz de mi ciudad, de esa manera, se volvía cada vez más
apagada: pasábamos semanas enteras sin tener ninguna noticia.
Una vez
que transcurrieron seis meses -ya habíamos atravesado los montes Fasani- el
intervalo entre uno y otro arribo de los mensajeros aumentó a cuatro meses.
Ahora ellos me traían noticias lejanas; el sobre me llegaba ajado, muchas veces
con manchas de humedad, debido a las noches que el portador se había visto
obligado a pasar al sereno.
Avanzábamos
aún. En vano buscaba persuadirme de que las nubes que se deslizaban rápidamente
sobre mí eran iguales a las de mi niñez, que el cielo de la ciudad lejana no
era diferente de la cúpula azul que tenía sobre mí, que el aire era el mismo,
igual el soplo del viento, idénticas las voces de los pájaros. Las nubes, el
cielo, el aire, los vientos, los pájaros se me aparecían en verdad, como cosas
nuevas y diversas; y yo me sentía extranjero.
¡Adelante!
¡Adelante! Vagabundos encontrados por la llanura me decían que los confines no
estaban lejos. Yo incitaba a mis hombres a no descansar, borraba las palabras
descorazonadoras que se formaban sobre sus labios.
Ya habían
pasado cuatro años de mi partida. ¡Qué larga fatiga! La capital, mi casa, mi
padre, se habían vuelto extrañamente remotos, casi no me parecían reales. Ahora
pasaban fácilmente veinte meses entre las sucesivas apariciones de los
mensajeros. Me traían curiosas misivas amarillentas por el tiempo y en ella
encontraba nombres olvidados, modos de decir insólitos para mí, sentimientos
que no lograba comprender. A la mañana siguiente, después de una sola noche de
reposo, mientras nosotros nos poníamos en camino, el mensajero partía en
dirección opuesta, llevando a la ciudad las cartas que yo había preparado en
ese mismo tiempo.
Pero ya
han transcurrido ocho años y medio. Esta noche cenaba solo en mi tienda cuando
entró Daniel, que aún lograba sonreír, aunque estaba muerto de cansancio. Hace
casi siete años que no lo veía. Durante todo este período larguísimo no ha
hecho más que correr, atravesando praderas, bosques y desiertos, cambiando
quién sabe cuántas veces de cabalgadura, para traerme el paquete de sobres que
hasta ahora no he tenido deseos de abrir. Ya se fue a dormir y volverá a partir
mañana mismo, al amanecer.
Partirá
por última vez. Consultando el calendario calculé que, aunque todo salga bien,
yo continuando mi camino como lo he hecho hasta ahora y él el suyo, no podré
volver a ver a Daniel hasta dentro de treinta y cuatro años. Entonces tendré
setenta y dos.
Pero
comienzo a sentirme cansado y es probable que me muera antes. No lo volveré a
ver. Dentro de treinta y cuatro años (quizás antes, mucho antes) Daniel
descubrirá, inesperadamente, los fuegos de mi campamento y se preguntará por
qué nunca antes le resultó el trayecto tan corto.
Como esta
noche, el buen mensajero entrará en mi tienda con las cartas amarillas, llenas
de absurdas noticias de un tiempo ya sepultado; pero se detendrá en el umbral y
me verá inmóvil tendido sobre el camastro, flanqueado por dos soldados con
antorchas, muerto.
¡Anda,
pues, Daniel, y no me digas que soy cruel! Lleva mi último saludo a la ciudad
donde nací. Tú eres la última ligazón con el mundo que en un tiempo fue también
mío. Los mensajes recientes me han hecho saber que han cambiado muchas cosas,
que mi padre ha muerto, que la corona pasó a mi hermano mayor, que me
consideran perdido, que han construido altos palacios de piedra, allá, donde
estaban las encinas a cuya sombra solíamos jugar. De cualquier manera, siempre
seguirá siendo mi vieja patria. Tú eres la última atadura con ella, Daniel.
El quinto
mensajero, Eduardo, que me alcanzará, si dios quiere, dentro de un año y ocho
meses, no podrá volver a partir porque no tendrá tiempo de regresar. Después de
ti, el silencio, ¡oh, dios mío!, a menos que encuentre los anhelados confines.
Pero cuanto más avanzo, más me convenzo de que no existe frontera. No existe,
sospecho, frontera alguna, por lo menos en el sentido que habitualmente le
damos. No hay muralla de separación, ni ríos divisorios, ni montañas que
cierran el paso. Probablemente atravesaré el límite sin ni siquiera advertirlo
e, ignorante de mí, continuaré mi camino. Por eso he decidido que cuando
Eduardo y los demás mensajeros, después de él, me alcancen nuevamente, en vez
de volver a tomar el camino de la capital, se me adelante, para que yo pueda
saber con anterioridad lo que me espera.
Desde
hace un tiempo una ansiedad inusitada se apodera de mí por las noches y ya no
se trata de la añoranza de las alegrías pasadas, como en los primeros tiempos
del viaje; más bien es la impaciencia de conocer la tierra ignota a la que me
dirijo.
Advierto
-y no se lo he confiado hasta ahora a nadie- cómo de día en día, a medida que
avanzo hacia la improbable meta, el cielo irradia una luz insólita como jamás
había visto, ni siquiera en sueños. Ha quedado definitivamente atrás el último
cielo azul.
Las
plantas, los montes, los ríos que atravesamos, parecen hechos de una esencia
diferente de lo ya conocido y el aire me acerca presagios que no sé transmitir.
Una nueva
esperanza me llevará mañana por la mañana aun más adelante, en dirección a
aquella montaña inexplorada que ahora ocultan las sombras de la noche. Una vez
más levantaré el campamento, y Daniel desaparecerá en el horizonte en dirección
opuesta, para llevar a la ciudad remota mi inútil mensaje.
FIN
Para la
primera representación de La matanza de los inocentes, de Pierre Grossgemüth
(novedad absoluta en Italia), el viejo maestro Claudio Cottes no dudó en
ponerse el frac. Ciertamente, el mes de mayo estaba ya avanzado, época en que,
a juicio de los más intransigentes, la temporada de la Scala comienza a decaer
y es buena norma ofrecer al público, compuesto en gran parte por turistas,
espectáculos de éxito garantizado, no excesivamente ambiciosos, seleccionados
del repertorio tradicional menos conflictivo; y no importa que los directores
no sean primeras figuras, que los cantantes, en su mayoría elementos de vieja
routine escalígera, no despierten curiosidad. En esta época los exquisitos se
permiten confianzas formales que escandalizarían en los meses más sagrados de
la Scala: parece casi de buen gusto en las señoras no insistir en las toilettes
de noche y vestir sencillos trajes de tarde y en los hombres ir vestidos de
azul o gris oscuro con corbata estampada, como si se tratase de una visita a
una familia amiga. Y hay abonado que, por esnobismo, llega hasta el punto de no
dejarse caer siquiera por allí, sin por ello ceder a otros el palco o la
butaca, que permanecen, por tanto, vacíos (y tanto mejor si los conocidos
quieren darse cuenta de ello).
Sin
embargo, aquella noche había espectáculo de gala. En primer lugar, La matanza
de los inocentes constituía un acontecimiento de suyo, a causa de las
controversias que la obra había suscitado cinco meses antes en media Europa
cuando se había escenificado en París. Se decía que en esta ópera (a decir
verdad se trataba, según la definición de su autor, de un «Oratorio popular,
para coro y solistas, en doce cuadros») el músico alsaciano, uno de los
principales maestros de la época moderna, había emprendido -bien es verdad que
a una edad tardía- un nuevo camino (después de haber probado tantos), adoptando
formas todavía más desconcertantes y audaces que las precedentes, con la
intención declarada, no obstante, de «rescatar por fin al melodrama del gélido
exilio en que los alquimistas intentan mantenerlo vivo con potentes drogas,
hasta las olvidadas regiones de la verdad»; es decir, según sus admiradores,
había roto los puentes con el pasado reciente, volviendo (aunque hacía falta
saber cómo) a la gloriosa tradición del diecinueve: había incluso quien le
había encontrado vínculos con las tragedias griegas.
Comoquiera
que fuese, el interés mayor nacía de las repercusiones de género político.
Nacido en una familia evidentemente originaria de Alemania, de aspecto casi
prusiano, si bien ennoblecido ya su rostro por la edad y la actividad
artística, Pierre Grossgemüth, establecido en Grenoble hacía ya muchos años,
había observado en los tiempos de la ocupación una conducta ambigua. Una vez
que los alemanes lo habían invitado a dirigir un concierto con fines benéficos,
no había sabido negarse, pero por otra parte, se contaba, había ayudado con
generosidad a los maquis de la región. Había hecho, por tanto, todo lo posible
para no tener que tomar una actitud declarada permaneciendo enclaustrado en su
rica villa, de donde, en los meses más críticos antes de la liberación, ni
siquiera salía ya la acostumbrada e inquietante voz del piano. Pero Grossgemüth
era un gran artista y aquellos días difíciles no se habrían desenterrado si no
hubiese escrito y dado a la escena La matanza de los inocentes. La
interpretación más obvia de este oratorio -con libreto de un jovencísimo poeta
francés, Philippe Lasalle, inspirado en el episodio bíblico- la calificaba como
una alegoría de las matanzas llevadas a efecto por los nazis, identificando a
Hitler con el torvo personaje de Herodes. Sin embargo, críticos de extrema
izquierda habían atacado a Grossgemüth acusándolo de ocultar bajo la
superficial e ilusoria analogía antihitleriana las eliminaciones perpetradas
por los vencedores, desde las venganzas menudas acaecidas en todos los pueblos
hasta las horcas de Nuremberg. Pero había quien iba más allá: según éstos, La
matanza de los inocentes pretendía ser una especie de profecía y aludir a una
futura revolución y a las matanzas con ella relacionadas; una condena
anticipada, pues, de tal revuelta y una advertencia a cuantos tuvieran la
potestad de sofocarla a tiempo: en resumen, un libelo de espíritu absolutamente
medieval.
Como era
previsible, Grossgemüth había desmentido las insinuaciones con pocas pero
tajantes palabras: si acaso, La matanza de los inocentes debía considerarse un
testimonio de fe cristiana y nada más. Pero en el estreno de París había habido
incidentes y durante mucho tiempo los periódicos habían polemizado a sangre y
fuego.
Añádase a
esto la curiosidad por la difícil ejecución musical, la expectación por los
decorados -que se anunciaban demenciales- y por la coreografía ideada por el
famoso Johan Monclar, al que se había hecho venir expresamente de Bruselas.
Grossgemüth hacía una semana que estaba en Milán con su mujer y su secretaria
para seguir los ensayos; y naturalmente iba a asistir a la representación. Todo
esto, en suma, daba al espectáculo un sabor de excepción. No había habido en
toda la temporada una soirée tan importante. Los principales críticos y músicos
de Italia se habían trasladado a Milán para la ocasión, y de París había
llegado un pequeño grupo de fanáticos de Grossgemüth. El cuestor, por su parte,
había organizado un extraordinario dispositivo de orden para la eventualidad de
que se desencadenase la borrasca.
Con todo,
varios funcionarios y muchos agentes de policía destinados en un primer momento
a la Scala se vieron trasladados a otros lugares. A última hora de la tarde se
había perfilado de improviso una amenaza diferente y mucho más preocupante.
Varios indicios apuntaban a una inminente acción de fuerza, quizá para esa
misma noche, por parte de la agrupación de los Morzi. Los jefes de este
movimiento nunca habían ocultado que su último objetivo era subvertir el orden
constituido e instaurar la "nueva justicia". Los últimos meses había
habido síntomas de agitación. Actualmente estaba en marcha una ofensiva de los
Morzi contra la ley relativa a la migración interna, pendiente de ser aprobada
en el Parlamento. Podía ser un buen pretexto para una intentona seria.
Durante
todo el día se habían visto en las plazas y calles del centro pequeños grupos
de aspecto decidido, diríase provocador. No llevaban ni distintivos ni banderas
ni pancartas, no estaban encuadrados, no intentaban formar grupos. Pero no era
difícil en absoluto adivinar su ralea. Nada raro, a decir verdad, porque
manifestaciones como ésta, inocuas y en sordina, hacía años que se repetían con
frecuencia. Y también esta vez la fuerza pública había dejado hacer. No
obstante, las informaciones secretas de la Prefectura hacían temer en un plazo
de pocas horas una maniobra de gran envergadura para conquistar el poder. Se
había avisado inmediatamente a Roma, se había puesto a policía y carabineros en
estado de alerta y acuartelado, asimismo, a las unidades del ejército. Tampoco
se podía excluir, sin embargo, que fuese una falsa alarma. Ya había ocurrido
otras veces. Los propios Morzi difundían rumores de este tipo, siendo éste uno
de sus juegos favoritos.
Sin
embargo, como suele suceder, una vaga y sorda sensación de peligro se había
extendido por la ciudad, No había ocurrido nada concreto que la justificara, no
había siquiera rumores que hicieran referencia a nada preciso, nadie sabía
nada, y sin embargo reinaba en el ambiente una tensión palpable. Aquella noche,
después de salir de las oficinas, muchos ciudadanos apretaban el paso en
dirección a su casa, escrutando con aprensión el camino, temerosos de ver
avanzar desde el fondo una masa oscura que bloqueara la calle. No era la
primera vez que la tranquilidad de los ciudadanos se veía amenazada; muchos
comenzaban a estar acostumbrados. Por esta razón, la mayoría continuó
dedicándose a sus ocupaciones como si fuera una noche como otra cualquiera. Con
todo, resultaba singular una circunstancia que muchos advirtieron: si bien,
filtrado a través de quién sabe qué indiscreciones, un presentimiento de cosas
grandes había empezado a serpentear por aquí y por allá, nadie hablaba de ello.
En un tono acaso diferente del habitual, con sobreentendidos herméticos, se
desarrollaban las conversaciones nocturnas de costumbre, se decía hola y adiós
sin apostillas, se quedaba para el día siguiente, se prefería, en definitiva,
no aludir de forma abierta a aquello que de un modo u otro reinaba en todos los
ánimos, como si hablar de ello pudiera romper el encanto, traer mala suerte,
provocar la desgracia; del mismo modo que en los buques de guerra es ley no
formular a bordo ni siquiera en son de broma hipótesis de torpedeos o cañonazos.
Entre
aquellos que pasaban por alto tales preocupaciones más que los demás se hallaba
sin lugar a dudas el maestro Claudio Cottes, hombre cándido, en determinados
aspectos incluso obtuso, para el cual nada existía en el mundo fuera de la
música. Rumano de nacimiento (si bien pocos lo sabían), se había establecido en
Italia siendo muy joven, en los años dorados, a principios de siglo, cuando su
prodigiosa precocidad como virtuoso le había procurado la celebridad en poco
tiempo. Extinguidos luego en el público los primeros fanatismos, había seguido
siendo un magnífico pianista, quizá más delicado que potente, que recorría
periódicamente las principales ciudades europeas para ciclos de conciertos,
invitado por las más renombradas instituciones filarmónicas; esto
aproximadamente hasta el año 40. Lo que más le agradaba recordar eran los
éxitos que más de una vez había alcanzado en las temporadas sinfónicas de la
Scala. Obtenida la ciudadanía italiana, se había casado con una milanesa y
ocupado con suma probidad la cátedra de piano del curso superior en el
Conservatorio. Ahora se consideraba milanés y menester es admitir que, en su
ambiente, pocos había que supieran hablar el dialecto mejor que él.
Si bien
estaba jubilado -no conservaba más que el cargo honorario de miembro del
tribunal en algunas sesiones de exámenes en el Conservatorio-, Cottes seguía
viviendo sólo para la música, no frecuentaba más que a músicos y melómanos, no
se perdía un concierto y seguía con una especie de azorada timidez los éxitos
de su hijo Arduino, compositor de veintidós años de prometedor talento. Decimos
timidez porque Arduino era un joven muy reservado, extremadamente parco en
confianzas y expansiones, de una sensibilidad incluso exagerada. Desde que se
había quedado viudo, el viejo Cottes se hallaba, por decirlo así, inerme y
cohibido frente a él. No lo entendía. No sabía qué vida llevaba. No dejaba de
darse cuenta de que sus consejos, también en materia musical, caían en el
vacío.
Cottes
nunca había sido un hombre guapo. Ahora, a los sesenta y siete años, sí era un
viejo guapo, de aquellos que se acostumbra llamar aparentes. Con los años se le
había acentuado un vago parecido a Beethoven; él, quizá sin saberlo, se
complacía en tratar con cariño esos cabellos blancos, largos y vaporosos que
daban a su cabeza un halo muy "artístico". Un Beethoven no trágico,
más bien bondadoso, de sonrisa fácil, sociable, dispuesto a ver lo bueno en
casi todos sitios; "casi", porque en materia de pianistas lo raro era
que no torciera el gesto. Era su único punto débil y se le perdonaba con
facilidad. «¿Qué, maestro?», le preguntaban sus amigos durante los descansos.
«Por mí bien. Pero si hubiera sido Beethoven...», respondía en dialecto; o
bien: «¿Que por qué? ¿Lo habrá oído alguna vez? Pero si se ha dormido... », o
parecidas gracias fáciles de viejo cuño, ya tocara Backhaus, Cortot o
Gieseking.
Esta
natural sencillez -de hecho, tampoco se había amargado al verse excluido, por
causa de la edad, de la activa vida artística-, hacía que resultara simpático a
todo el mundo y le garantizaba un tratamiento preferente por parte de la
dirección de la Scala. En la temporada lírica lo de menos son los pianistas y,
en las veladas algo difíciles, la presencia en la platea del bueno de Cottes
constituía un pequeño núcleo de optimismo garantizado. Cuando menos, se podía
contar con sus personalísimos aplausos como norma; y era probable que el
ejemplo de un concertista antaño famoso indujese a muchos discrepantes a
moderarse, a los indecisos a aprobar, y a los tibios a un respaldo más
manifiesto. Eso sin contar con su aspecto sumamente escalígero y sus pasados méritos
como pianista. Su nombre, por tanto, figuraba en la secreta y parca lista de
los «abonados perpetuos exentos de pago». La mañana de cada día de estreno
aparecía sin falta en su buzón de la portería de la via della Passione 7 una
entrada con una butaca. Sólo para los estrenos que se auguraban de escasa
recaudación las butacas eran dos, una para él y otra para su hijo. Esto, por lo
demás, a Arduino lo traía sin cuidado; prefería apañárselas solo, con sus
amigos, y asistir a los ensayos generales, en que no hay obligación de ir bien
vestido.
Precisamente,
Cottes hijo había escuchado el día anterior el último ensayo de La matanza de
los inocentes. Había hablado incluso de ello con su padre durante el almuerzo,
en términos muy nebulosos, tal como acostumbraba. Había hecho alusión a ciertas
«interesantes resoluciones tímbricas», a una «polifonía muy elaborada», a las
«vocalizaciones más deductivas que inductivas» (palabras, éstas, pronunciadas
con una mueca de desdén) y demás. Su ingenuo padre no había conseguido saber si
la obra era buena o no, ni siquiera si había gustado o no a su hijo. Tampoco se
empeñó en lograrlo. Los jóvenes lo habían acostumbrado a su jerga misteriosa, a
cuyas puertas, intimidado, se quedó también esa vez.
Ahora
estaba solo en casa. La sirvienta, que iba por horas, se había marchado.
Arduino comía fuera y el piano, gracias al Cielo, estaba mudo. Él "gracias
al Cielo" se hallaba sin duda en el ánimo del viejo concertista; con todo,
nunca habría tenido valor para confesarlo. Cuando su hijo componía, Claudio
Cottes entraba en un estado de extrema agitación interna. De aquellos acordes
aparentemente inexplicables aguardaba a cada momento, con una esperanza casi
visceral, que saliese finalmente cualquier cosa parecida a música. Comprendía
que era una debilidad de músico caduco, que no se podían recorrer de nuevo los
antiguos caminos. Se repetía que lo agradable debía evitarse como señal de
impotencia, de decrepitud, de marchita nostalgia. Sabía que el nuevo arte debía
ante todo hacer sufrir a los oyentes, y que ésa era la señal, decían, de su
vitalidad. Pero era superior a él. A veces, mientras escuchaba en el cuarto de
al lado, entrelazaba los dedos de las manos con tanta fuerza que los hacía
crujir, como si con ese esfuerzo fuera a ayudar a su hijo a
"liberarse". Sin embargo, su hijo no se liberaba; fatigosamente, las
notas se enredaban cada vez más, los acordes adoptaban sonidos aún más
hostiles, todo quedaba allí suspendido o caía a plomo abruptamente en nuevas
fricciones obstinadas. Que Dios lo bendijera. Burladas, las manos del padre se
separaban y, temblando un poco, se apresuraban a encender un cigarrillo.
Cottes
estaba solo, se sentía a gusto, un aire tibio entraba por las ventanas
abiertas. Eran las ocho y media, pero el sol todavía brillaba. Se estaba
vistiendo cuando sonó el teléfono.
-¿Está el
maestro Cottes? -dijo una voz desconocida.
-Sí, soy
yo -respondió.
-¿El
maestro Arduino Cottes?
-No, yo
soy Claudio, el padre.
La
comunicación se cortó. Volvió al dormitorio y el teléfono sonó de nuevo.
-Pero
Arduino ¿está o no? -preguntó la misma voz de antes con un tono de voz casi
grosero.
-No, no
está -respondió el padre intentando devolver la brusquedad.
-¡Pues
peor para él! -dijo el otro, e interrumpió la comunicación.
Qué
modales, pensó Cottes, ¿y quién podía ser? ¿Qué clase de amigos frecuentaba
ahora Arduino? ¿Y qué podía significar aquel «peor para él»? La llamada lo dejó
un poco fastidiado. Afortunadamente, le duró poco.
Ahora el
viejo artista contemplaba en el espejo del armario su frac a la antigua, largo,
con una caída perfecta, apropiado a su edad y al mismo tiempo muy bohémien.
Inspirándose, al parecer, en el ejemplo del legendario Joachim, Cottes, para
distinguirse del chato conformismo, tenía la vanidad de ponerse el chaleco
negro. Como los camareros, exacto, pero ¿quién en el mundo, aunque fuera ciego,
habría podido confundirle a él, Claudio Cottes, con un camarero? Aunque tenía
calor, se puso un abrigo ligero para evitar la curiosidad indiscreta de los
transeúntes y, después de coger unos pequeños binoculares, salió de casa
sintiéndose casi feliz.
Era una
noche deliciosa de principios de verano, de esas en que incluso Milán consigue
representar el papel de ciudad romántica, con las calles tranquilas y
semidesiertas, el perfume de los tilos que salía de los jardines y la luna como
la hoja de una hoz en medio del cielo. Saboreando por anticipado la brillante
velada, el encuentro con tantos amigos, las conversaciones, la contemplación de
mujeres hermosas, el vino espumoso que habría seguramente en la recepción
anunciada para después del espectáculo en el salón de descanso del teatro,
Cottes tomó por la vía Conservatorio; el camino era así un poco más largo, pero
le permitía ahorrarse la visión, para él sumamente desagradable, de los Navigli
cubiertos.
Allí el
maestro se topó con un espectáculo extraño. Un joven de largos cabellos rizados
cantaba en la acera una romanza napolitana sosteniendo un micrófono a pocos
centímetros de su boca. Del micrófono salía un cable que iba a una caja con un
acumulador, una instalación de amplificación y altavoz de la cual la voz salía
con tanta insolencia que resonaba entre los edificios. Había en aquel canto una
especie de desahogo salvaje, cólera, y aunque las conocidas palabras fueran de
amor, se habría dicho que el joven profería una amenaza. Alrededor, siete u
ocho muchachitos de aspecto pasmado y punto. A un lado y otro de la calle las
ventanas estaban cerradas y echadas las persianas, como si se negaran a
escuchar. ¿Estaban vacías todas aquellas viviendas? ¿O acaso los inquilinos se
habían encerrado, simulando estar ausentes, por temor a alguna cosa? Cuando
Claudio Cottes pasó, el cantante, sin moverse, aumentó tanto la intensidad de
las emisiones que el altavoz comenzó a vibrar: era una perentoria invitación a
poner dinero en el platillo colocado encima de la caja. Pero el maestro,
perturbado en su ánimo, ni siquiera sabía él cómo, pasó de largo apretando el
paso. Y durante muchos metros sintió en sus hombros el peso de un par de ojos
vengativos.
«¡Además
de bribón, malo!», imprecó en su interior el maestro al mendigo. La
desvergüenza de la exhibición le había estropeado, vaya a saber por qué, el
buen humor. Pero todavía le fastidió más un breve encuentro con Bombassei, un
joven formidable que había sido alumno suyo en el Conservatorio y que ahora
trabajaba de periodista.
-¿A la
Scala, maestro? -le preguntó al ver por el escote del abrigo la corbata blanca.
-¿Acaso
pretendes insinuar, insolente muchacho, que a mi edad ya sería hora...? -dijo
él solicitando, ingenuo, un cumplido.
-Bien
sabe usted -dijo el otro- que la Scala no sería la Scala sin el maestro Cottes.
Pero ¿y Arduino? ¿Cómo es que no va?
-Arduino
vio ya el ensayo general. Esta noche tenía que hacer.
-Ah, ya
entiendo -dijo Bombassei con una sonrisa de astuto entendimiento- Esta noche...
habrá preferido quedarse en casa...
-¿Y por
qué tendría que hacerlo? -preguntó Cottes advirtiendo la segunda intención.
-Esta
noche hay demasiados amigos de paseo... -y el joven hizo un gesto con la cabeza
señalando a la gente que pasaba-. Por otra parte, en su lugar, yo haría lo
mismo... Pero perdone, maestro, viene mi tranvía... ¡Que lo pase bien!
El viejo
se quedó allí suspenso, inquieto, sin comprender. Miró a la gente y no
consiguió advertir nada raro, salvo que quizá había menos que de costumbre, y
la poca que había tenía un aspecto descuidado y en cierto modo sumamente
ansioso. Las palabras de Bombassei seguían siendo un enigma, pero a su mente
afloraban recuerdos fragmentarios y confusos, medias palabras pronunciadas por
su hijo, nuevos compañeros salidos de no se sabía dónde en los últimos tiempos,
ocupaciones nocturnas que Arduino nunca había explicado, soslayando sus
preguntas con vagas excusas. ¿Se había metido su hijo en algún lío? ¿Pero qué
tenía de extraordinario aquella noche? ¿Y quiénes eran esos «demasiados amigos
de paseo»?
Dándole
vueltas a estos problemas llegó a la plaza de la Scala. Allí, los pensamientos
desagradables se esfumaron inmediatamente ante la visión consoladora del
bullicio a la puerta del teatro, de las señoras que se desplazaban con un
presuroso ondear de colas y de velos, de la multitud que curioseaba, de los
formidables automóviles detenidos en una larga hilera y a través de cuyos
cristales se entreveían joyas, escotes blancos, hombros desnudos. Cuando estaba
a punto de comenzar una noche amenazadora, quizá incluso trágica, la Scala,
imperturbable, mostraba el esplendor de los viejos tiempos. Nunca en las
últimas temporadas se había visto un concierto tan opulento y dichoso de
hombres, espíritus y cosas. La propia inquietud que había empezado a extenderse
por la ciudad acrecentaba probablemente la animación. Quien supiera podía
pensar que todo un mundo dorado y exclusivo se refugiaba en su amada ciudadela,
como los nibelungos en su palacio a la llegada de Atila, para una última noche
loca de gloria. Pero en realidad pocos sabían. La mayoría más bien tenía la
impresión -tal era la suavidad de la noche- de que con los últimos vestigios
del invierno había acabado un período turbulento y de que se anunciaba un
verano largo y sereno.
Arrastrado
por el torbellino de la multitud, muy pronto, sin apenas darse cuenta, Claudio
Cottes se halló en la platea, en medio del resplandor de las luces. Eran las
nueve menos diez y el teatro estaba ya atestado. Cottes miró a su alrededor,
extasiado como un muchachito. Los años habían pasado, pero su primera sensación
al entrar en aquella sala seguía siendo pura y vívida, como la que se
experimenta delante de los grandes espectáculos de la naturaleza. Muchos otros
con quienes cambiaba ahora fugaces gestos de saludo experimentaban lo mismo, lo
sabía. De allí nacía una peculiar fraternidad, una especie de inocua masonería
que a los extraños, a aquellos que no formaban parte de ella, quizá les
pareciera un poco ridícula.
¿Quién
faltaba? Los expertos ojos de Cottes inspeccionaron sector por sector el
abundante público, hallando a todo el mundo en su lugar. A su lado se sentaba
el famoso pediatra Ferro, que habría dejado morir de difteria a miles de sus
pequeños clientes antes de perderse un estreno (el pensamiento sugirió incluso
a Cottes un gracioso retruécano en relación con Herodes y los niños de Galilea
que se prometió utilizar más tarde). A su derecha, la pareja que alguna vez
había definido como los «parientes pobres», un hombre y una mujer ya mayores,
vestidos de ceremonia, sí, pero siempre con la misma ropa gastada, que no
faltaban a ningún estreno, aplaudían con idéntico ardor cualquier cosa que
pusieran, no hablaban con nadie, no saludaban a nadie y no cambiaban una
palabra ni siquiera entre ellos; hasta el punto de que todos los consideraban
claqueurs de lujo, desplazados al sector más aristocrático de la platea para
dar vía libre a los aplausos. Más allá, el excelente profesor Schiassi,
economista, famoso por haber seguido años y años a Toscanini allí adonde fuese
a dar un concierto; y como entonces anduviera escaso de dinero, viajaba en
bicicleta, dormía en los parques y comía las provisiones que llevaba en una
mochila; parientes y amigos pensaban que estaba un poco loco, pero lo querían
igual. Y ahí estaba el ingeniero Beccian, de canales y puertos, tan rico que
quizá fuera hasta multimillonario, melómano humilde e infeliz que, habiendo
sido nombrado hacía un mes consejero de la Sociedad del Cuarteto (por lo cual había
suspirado durante decenas de años como un enamorado y había hecho indecibles
esfuerzos diplomáticos), le había acometido tal ataque de soberbia en su casa y
en su empresa, que se había vuelto insoportable, y él, que antes no osaba
dirigir la palabra al último de los contrabajos, pontificaba ahora sobre
Purcell y D'Indy. Y allí, con su minúsculo marido, la bellísima Maddi
Canestrini, antigua dependienta que a cada nueva ópera se hacía catequizar por
la tarde por un profesor de historia de la música para no hacer ningún papelón;
nunca su célebre busto se había podido admirar en tanta plenitud y,
verdaderamente, resplandecía entre la multitud, como dijo uno, igual que el
faro en el cabo de Buena Esperanza. Allí estaba la princesa Wurz-Montague, con
su gran nariz de pájaro, venida expresamente de Egipto con sus cuatro hijas.
Allí, en el palco más bajo del proscenio, brillaban los ávidos ojos del barbudo
conde Noce, asiduo tan sólo a las óperas que prometieran la aparición de
bailarinas, y que en tal circunstancia, desde tiempo inmemorial, expresaba
incansablemente su satisfacción con la fórmula invariable: «Ah, ¡qué figuras!
Ah, ¡qué piernas!». En un palco del primer piso, toda la tribu de los Salcetti,
vieja familia milanesa que se jactaba de no haberse perdido un estreno de la
Scala desde 1837. Y en el cuarto piso, casi encima del proscenio, la pobre
marquesa Marizzoni, con madre, tía e hija núbil, que miraban de reojo con
amargura al suntuoso palco 14 del segundo piso, su feudo, que se habían visto
obligadas a abandonar este año por restricciones económicas; resignadas a
gastar en el abono un octavo de lo que acostumbraban, permanecían allí arriba,
entre las palomas, rígidas y comedidas como abubillas, procurando pasar
inadvertidas. Entre tanto, velado por un edecán en uniforme, un obeso príncipe
indio no muy bien identificado daba cabezadas y, obedeciendo al ritmo de su
respiración, la aigrette de su turbante subía y bajaba, asomando fuera del
palco. Poco más allá, con un vestido color rojo vivo que causaba estupor,
abierto por delante hasta la cintura, los brazos desnudos con un cordón negro
enroscado en ellos como una serpiente, se hallaba de pie, para hacerse admirar,
una impresionante mujer de unos treinta años; una actriz de Hollywood, decían,
pero las opiniones acerca de su nombre eran discordantes. A su lado se sentaba,
inmóvil, un niño guapísimo y espantosamente pálido que parecía que fuera a
morirse de un momento a otro. En cuanto a los círculos rivales de la nobleza y
de la burguesía adinerada, habían renunciado a la elegante costumbre de dejar
los balcones de proscenio medio vacíos. Los "señoritos" mejor
provistos de Lombardía se hacinaban ahí en apretados racimos de rostros
bronceados, de camisas brillantes, de fracs de los mejores sastres. Para
confirmar el éxito de la velada se veía, además, contra lo acostumbrado, gran
número de mujeres hermosas con décolletés sumamente atrevidos. Cottes se
propuso entregarse de nuevo, durante algún descanso, a una distracción que
acostumbraba permitirse en sus años mozos: abismarse tales panoramas desde lo
alto. Y en su interior escogió como observatorio el palco del cuarto piso en
que destellaban las esmeraldas gigantescas de Flavia Sol, excelente contralto y
buena amiga.
Sólo un
palco, semejante a un ojo tenebroso y fijo en medio de un tremolar de flores,
contrastaba con este frívolo esplendor. Estaba en el tercer piso y en él se
hallaban, sentados uno a cada lado y un tercero de pie, tres señores de treinta
a cuarenta años con trajes cruzados de color negro, corbatas oscuras y rostros
enjutos y sombríos. Inmóviles, átonos, ajenos a todo aquello que sucedía a su
alrededor, volvían obstinadamente la mirada hacia el telón, como si éste fuese
la única cosa digna de interés: parecían, no espectadores que hubieran acudido
para disfrutar, sino jueces de un siniestro tribunal que, pronunciada la
sentencia, aguardaran su ejecución y durante la espera prefirieran no mirar a
los condenados, no ya por piedad, sino por repugnancia. Más de uno se paró a
observarlos, experimentando cierto malestar. ¿Quiénes eran? ¿Cómo se permitían
entristecer a la Scala con su aspecto fúnebre? ¿Era una provocación? ¿Y con qué
objeto? También el maestro Cottes, cuando reparó en ellos, se quedó un poco perplejo.
Una maligna disonancia. Y experimentó una oscura sensación de temor, hasta el
punto de que no se atrevió a levantar hacia ellos sus binoculares. Entre tanto
se apagaron las luces. Resaltó en la oscuridad el blanco reflejo que ascendía
de la orquesta y surgió allí la descarnada figura de su director, Max Nieberl,
el especialista en música moderna.
Si
aquella noche había en la sala hombres temerosos o inquietos, la música de
Grossgemüth, la ansiedad del Tetrarca, las impetuosas y casi ininterrumpidas
intervenciones del coro, encaramado como una bandada de cuervos sobre una
especie de roca cónica (sus imprecaciones caían como cataratas sobre el
público, sobresaltándolo a menudo), los extravagantes decorados, no estaban
concebidos para tranquilizarlos. Sí, había energía, pero a qué precio.
Instrumentos, músicos, coro, cantantes, cuerpo de baile (que se hallaba casi
siempre en el escenario para dar minuciosas explicaciones mímicas, mientras que
los protagonistas raras veces se movían), director, e incluso espectadores, se
veían sometidos al máximo esfuerzo que se les podía exigir. Cuando concluyó la
primera parte, estalló el aplauso no tanto a modo de aprobación como por la
común necesidad física de liberar la tensión. Toda la maravillosa sala vibraba.
A la tercera llamada compareció entre los intérpretes la elevada figura de
Grossgemüth, quien correspondía con brevísimas y casi forzadas sonrisas,
inclinando rítmicamente la cabeza. Claudio Cottes se acordó de los tres
lúgubres señores y, sin parar de aplaudir, levantó los ojos para mirarlos:
todavía estaban allí, inmóviles e inertes como antes, no se habían desplazado
un milímetro, no aplaudían, no hablaban, ni siquiera parecían personas con
vida. ¿Serían maniquíes? Permanecieron en la misma posición aun después de que
la mayor parte de la gente hubo salido al salón de descanso.
Precisamente
durante el primer descanso los rumores de que fuera, en la ciudad, se estaba
gestando una especie de revolución se extendieron entre el público. Pero
también entonces se difundieron en sordina, poco a poco, gracias a una
instintiva inhibición de la gente. No consiguieron prevalecer, ciertamente,
sobre las encendidas discusiones sobre la ópera de Grossgemüth, en las que el
viejo Cottes participó sin expresar juicios, con jocosos comentarios en
milanés. Al fin sonó el timbre para anunciar la conclusión del entreacto.
Cuando bajaba por la escalera de la parte del Museo del teatro, Cottes se
encontró al lado de un conocido cuyo nombre no recordaba, quien, al reparar en
él, le sonrió con expresión astuta.
-Ah,
querido maestro -dijo- me alegro de verlo, precisamente tenía deseos de decirle
una cosa...
Hablaba
lentamente y con pronunciación muy afectada. Entre tanto, bajaban. Hubo un
atasco, por un instante se separaron.
-Ah, aquí
está -prosiguió el conocido cuando se volvieron a juntar- ¿dónde se había
metido? ¿Sabe que por un momento he pensado que se lo había tragado la
tierra... ¡Como a Don Giovanni!
Y le
pareció haber encontrado un símil muy gracioso porque se echó a reír con ganas;
y no paraba. Era un señor pálido, de aspecto incierto, un intelectual de buena
familia venido a menos, se habría dicho a juzgar por su smoking de corte
anticuado, su camisa floja de dudosa frescura y sus uñas de luto. El viejo
Cottes, incómodo, aguardaba. Casi habían llegado abajo.
-Bueno
-prosiguió, circunspecto, el conocido visto quién sabía dónde-, debe prometerme
que considerará lo que le voy a decir como una comunicación confidencial...
confidencial, ¿me explico? Quiero decir que no se imagine cosas que no son...
Ni se le ocurra considerarme, ¿cómo decirlo?, un representante oficioso... un
portavoz, ese es el término que se usa hoy, ¿no?
-Sí, sí
-dijo Cottes sintiendo renacer en él el mismo malestar experimentado al
encontrarse con Bombassei, si bien todavía más agudo-, sí... Pero le aseguro
que no entiendo nada... -Sonó el segundo timbrazo de llamada. Estaba en el
pasillo que corre, a la izquierda, a un lado de la platea. Iban a abordar la
escalerilla que lleva a las butacas.
Allí el
extraño señor se detuvo.
-Debo
dejarle -dijo-. Yo no estoy en la platea... Bueno... bastará que le diga esto:
su hijo, el compositor... quizá sería mejor... un poco más de prudencia, eso
es... ya no es ningún niño, ¿verdad, maestro?... Pero vaya, vaya, que ya han
apagado las luces... Y yo he hablado incluso demasiado, ¿sabe?
Rió,
inclinó la cabeza sin darle la mano, y se fue con rapidez, casi a la carrera,
por la alfombra roja del pasillo desierto.
De forma
mecánica, el viejo Cottes se adentró en la sala ya a oscuras, pidió disculpas y
llegó a su asiento. En su interior reinaba el tumulto. ¿Qué estaba tramando
aquel loco de Arduino? Parecía que todo Milán lo supiera mientras que él, su
padre, no alcanzaba siquiera a imaginárselo. ¿Y quién era ese misterioso señor?
¿Dónde se lo habían presentado? Intentaba recordar, sin éxito, las
circunstancias de su primer encuentro. Le pareció poder excluir los ambientes
musicales. ¿Dónde, entonces? ¿Quizá en el extranjero? ¿En algún hotel estando
de veraneo?
No, no
conseguía recordarlo en absoluto. Mientras tanto, en el escenario, la
provocativa Martha Witt, en bárbara desnudez, avanzaba con sinuosidad de
serpiente como encarnación del Miedo, o algo similar, que entraba en el palacio
del Tetrarca.
Como se
pudo, se alcanzó también el segundo entreacto. Apenas se encendieron las luces,
el viejo Cottes buscó alrededor, ansiosamente, al señor de antes. Le
preguntaría, haría que le explicara; una aclaración no se la podía negar. Pero
el hombre no aparecía. Por fin, su mirada, extrañamente atraída, se posó en el
palco de los tres lúgubres individuos. Ya no eran tres; manteniéndose un tanto
atrás, ahora había un cuarto, éste en smoking, pero también macilento. Un
smoking de corte anticuado (ahora Cottes no vaciló en mirar con los
binoculares), una camisa floja de dudosa frescura. Y, a diferencia de los otros
tres, el nuevo reía con expresión astuta. Un escalofrío recorrió la espalda del
maestro Cottes.
Se volvió
hacia el profesor Ferro como aquel que, hundiéndose en el agua, aferra sin
vacilar el primer asidero que se le presenta.
-Perdone,
profesor -preguntó con precipitación-, ¿sabría usted decirme quiénes son
aquellos individuos de ese palco, allí en el tercer piso, justo a la izquierda
de aquella señora que va de violeta?
-¿Esos
nigromantes? -dijo riendo el pediatra-. ¡Son el Estado Mayor! ¡El Estado Mayor
casi al completo!
-¿El
Estado Mayor? ¿Qué Estado Mayor?
Ferro
parecía divertido:
-Por lo
menos lo que es usted, maestro, vive siempre en las nubes. Dichoso usted.
-¿Qué
Estado Mayor? -insistió Cottes irritado.
-¡El de
los Morzi, bendito de Dios!
-¿Los
Morzi? -repitió el viejo... Los Morzi, terrible nombre. Él, Cottes, no estaba
ni a favor ni en contra. De eso no entendía, nunca había querido interesarse en
tales cuestiones, sólo sabía que eran peligrosos, que era mejor no meterse con
ellos. Y aquel desventurado de Arduino se les había enfrentado, se había
atraído su enemistad. No había otra explicación. A la política, a las intrigas
se dedicaba así pues aquel muchacho sin dos dedos de frente en vez de poner
algo de sentido común en su música. Un padre indulgente, sí, discreto,
comprensivo a más no poder; ¡pero al día siguiente sabía Dios que le habría de
oír! ¡Exponerse a una desgracia por un capricho idiota! Al mismo tiempo
renunció a la idea de interpelar al señor de poco antes. Comprendía que sería
inútil, cuando no perjudicial. Los Morzi eran gente que no se andaba con
bromas. Y gracias que habían tenido la delicadeza de avisarle. Miró detrás de
sí. Tenía la sensación de que toda la sala lo estaba mirando con desaprobación.
Mala gente, los Morzi. Y poderosos. Escurridizos. ¿Por qué meterse a
provocarlos?
Volvió en
sí con esfuerzo.
-¿Se
siente bien, maestro? -le preguntaba el profesor Ferro.
-¿Cómo?
¿Por qué...? -respondió, regresando poco a poco a la superficie.
-He visto
que se ponía pálido... Pasa a veces con este calor.. Perdone...
Le dijo:
-Al
contrario... se lo agradezco... de hecho he tenido un desfallecimiento... ¡Ya
soy viejo! -concluyó en dialecto. Se incorporó y se dirigió a la salida. E,
igual que por la mañana el primer rayo de sol desvanece las pesadillas que han
obsesionado al hombre durante toda la noche, el espectáculo de toda aquella
humanidad acaudalada, rebosante de salud, elegante, perfumada y viva entre los
mármoles del salón de descanso, rescató al viejo artista de las tinieblas en
que la revelación le había hecho sumirse. Resuelto a distraerse, se acercó a un
grupito de críticos que estaban conversando.
-En todo
caso -decía uno-, los coros siguen estando ahí, eso no se puede negar.
-Pero los
coros son a la música -dijo un segundo- como las cabezas de viejo a la pintura.
El efecto pronto se logra, pero del efecto nunca se desconfía bastante.
-Está
bien -dijo un colega célebre por su espontaneidad-. Pero entonces, ¿qué
ocurre?... La música actual no busca efectos, no es frívola, no es pasional, no
se puede repetir de memoria, no es instintiva, no es fácil, no es vulgar...
perfecto. Pero ¿me pueden decir qué queda?
Cottes
pensó en la música de su hijo.
Fue un
gran éxito. Es poco probable que hubiera en toda la Scala alguien a quien
gustara sinceramente la música de la Matanza. Pero anidaba en la generalidad el
deseo de mostrarse a la altura de las circunstancias, de figurar en la
vanguardia. En este sentido se entabló tácitamente una especie de competición
para superarse. Además cuando uno escruta una música con sus cinco sentidos
para descubrir en ella toda posible belleza, genialidad creativa y significado
oculto, la autosugestión trabaja sin freno. Por otra parte, ¿cuándo se habla
visto que alguien se divirtiese con las óperas modernas? Se sabía de partida
que los nuevos grandes maestros rehúyen divertir. Era tontería pretenderlo.
Para el que quisiera divertirse ¿no estaba acaso el teatro de variedades? Por
lo demás, aquella exasperación nerviosa a la que llevaban la orquestación de
Grossgemüth, las voces siempre empleadas en el máximo registro y,
especialmente, los machacones coros, no era desdeñable en absoluto. Aunque
fuera de forma brutal, el público en cierto sentido había experimentado una
conmoción, ¿cómo negarlo? El desasosiego que se acumulaba en los espectadores y
les obligaba, apenas se hacía el silencio, a aplaudir, a gritar
"bravo", a revolverse, ¿no era lo máximo a que podía aspirar un
compositor?
Con todo,
el verdadero entusiasmo lo desató la última, larga y apremiante escena del
"oratorio", cuando los soldados de Herodes irrumpieron en Belén en
busca de los niños y las madres se los disputaron a la puerta de las casas
hasta que aquéllos se salieron con la suya; entonces el cielo se oscureció y,
desde el fondo del escenario, un acorde altísimo de trompetas anunció la
salvación del Señor. Hay que decir que escenógrafo, figurinista y, sobre todo,
Johan Monclar, autor de la coreografía e inspirador de todo el montaje
escénico, habían conseguido evitar toda posible interpretación ambigua: el
conato de escándalo sucedido en París los había puesto en guardia. De modo que
Herodes, no es que se pareciese a Hitler, pero tenía sin duda un aspecto
decididamente nórdico que recordaba más a Sigfrido que al señor de Galilea. Y
sus soldados, especialmente por la forma del casco, tampoco se prestaban a
equívocos. «Pero esto», dijo Cottes en dialecto, «poco tiene que ver con el
palacio de Herodes. ¡Deberían haber escrito ahí encima
"Oberkommandantur"!».
Los
cuadros escénicos gustaron mucho. Efecto irresistible, como se ha dicho,
ejerció la trágica danza final de los verdugos y de las madres, mientras el
coro, en su roca, rabiaba por intervenir. La caracterización, por decirlo así,
de Monclar (no excesivamente innovadora, por lo demás) fue de suma sencillez.
Los soldados iban completamente de negro, incluido el rostro; las madres,
completamente de blanco, y representaban a los niños una especie de pupi hechos
al torno (según diseño, constaba en el programa, del escultor Ballarin), de
color rojo vivo, impolutos y, precisamente por su pulcritud, emocionantes. Las
sucesivas composiciones y descomposiciones de aquellos tres elementos, blanco,
negro y rojo, sobre el fondo violáceo del pueblo, que se precipitaban a un
ritmo cada vez más apremiante, se vieron interrumpidas a menudo por los
aplausos. «Mira qué radiante está Grossgemüth», exclamó una señora detrás de
Cottes cuando el autor avanzó hasta la corbata. «¡Menudo mérito!», replicó él
en dialecto. «¡Pero si tiene la cabezota como una bombilla!» De hecho, el
célebre compositor estaba calvo (¿o acaso afeitado?) como un huevo.
El palco
del tercer piso que habían ocupado los Morzi ya estaba vacío.
En esta atmósfera de satisfacción, mientras la
mayor parte del público se iba a casa, la créme afluyó con rapidez al salón de
descanso para la recepción. En los ángulos del resplandeciente salón se habían
colocado suntuosos floreros con hortensias blancas y rosas, escondidos hasta el
momento. En cada una de las dos puertas recibían a los invitados, por una
parte, el director artístico, el maestro Rossi-Dani, y por otra el director del
teatro, el doctor Hirsch, con su fea pero exquisitamente educada mujer. Un poco
más atrás de ellos, pues le gustaba hacer sentir su presencia pero al mismo
tiempo no quería ostentar una autoridad que no tenía oficialmente, la señora
Passalacqua, más frecuentemente llamada "doña Clara", charlaba con el
venerable maestro Corallo. Antigua secretaria y brazo derecho, muchos años
atrás, del maestro Tarra, el director artístico de entonces, la Passalacqua,
viuda desde hacía por lo menos treinta años, rica por su casa, emparentada con
la mejor burguesía industrial de Milán, había conseguido que la consideraran
indispensable aun después de la muerte de aquél. Naturalmente, tenía enemigos,
que la definían como una intrigante, pero incluso éstos se apresuraban a
obsequiarla si se la encontraban.
Aunque
probablemente no existiera ningún motivo para ello, se la temía. Los sucesivos
directores administrativos y artísticos del teatro no habían tardado en intuir
la ventaja de tenerla de su parte. Le preguntaban cuando se trataba de planear
la programación del año, le consultaban acerca de los repartos y, cuando surgía
cualquier problema con la autoridad o con los artistas, se le llamaba siempre
para solucionarlo; algo en lo cual, menester es decirlo, era sumamente diestra.
Por lo demás, para cubrir las apariencias, doña Clara era consejera del Ente
autónomo desde tiempo inmemorial: un cargo prácticamente vitalicio que nunca
nadie había tomado en consideración cuestionar. Sólo un director nombrado por
el fascismo, el commendatore Mancuso, hombre de óptima pasta pero carente de
cualquier noción del arte de marear en la vida, había intentado arrinconarla;
pero al cabo de tres meses, nadie sabe por qué, fue sustituido.
Doña
Clara era una mujer feíta, pequeña, magra, de aspecto insignificante,
descuidada en el vestir. Una fractura de fémur que había sufrido en su juventud
al caerse de un caballo la había dejado un poco coja (de ahí el mote de
"diabla coja" que le daba el clan adversario). Sin embargo, al cabo
de pocos minutos sorprendía la inteligencia que iluminaba su rostro. Aunque
parezca extraño, más de uno se había enamorado de ella. Ahora, pasados los
sesenta años, también por aquella especie de prestigio que le daba la edad,
veía consolidarse su poder como nunca. En realidad, tanto el director como el
director artístico eran poco más que funcionarios dependientes de ella; pero
sabía maniobrar con tanto tacto que no se daban cuenta de esto y se creían poco
menos que los dictadores del teatro.
La gente
entraba en oleadas. Hombres célebres y respetados, torrentes de sangre azul,
toilettes recién llegadas de París, joyas célebres, bocas, hombros y senos a
los que ni los ojos más morigerados se podían resistir. Pero junto con todo
esto entraba también aquello, runrún remoto e indigno de crédito, que hasta
entonces apenas había destellado fugazmente entre la multitud sin herirla: el
miedo. Los diferentes y discordes rumores habían acabado por encontrarse y,
confirmándose recíprocamente, hacer presa. Aquí y allá se cuchicheaba, se
decían secretos al oído, risitas escépticas, exclamaciones incrédulas de
aquellos que lo echaban todo a risa. En aquel momento, seguido por los
intérpretes, Grossgemüth compareció en el salón. Un tanto laboriosamente, se hicieron
las presentaciones, en francés. Luego el compositor, con la indiferencia que da
la costumbre, fue guiado hacia el buffet. A su lado estaba doña Clara.
Como
sucede en estos casos, los conocimientos de lenguas extranjeras se vieron
sometidos a dura prueba.
«Un
chef-d’oeuvre, véritablement, un vrai chef-d’oeuvre!», repetía sin cesar el
doctor Hirsch, el director, napolitano a pesar de su nombre, que parecía no saber
decir otra cosa. Tampoco Grossgemüth, a pesar de vivir hacía decenios en el
Delfinado, se mostraba demasiado suelto, y su acento gutural hacía la
comprensión todavía más difícil. Por lo que se refería al maestro Nieberl, el
director de la orquesta, también alemán, francés sabía poco. Hizo falta algún
tiempo antes de que la conversación se encarrilara. Único consuelo para los más
galantes: la sorpresa de que Martha Witt, la bailarina de Bremen, hablase
pasablemente el italiano, incluso con un curioso acento boloñés.
Mientras
los camareros se deslizaban entre la gente con vasos de vino espumoso y pastas,
se formaron los grupos.
Grossgemüth
hablaba en voz baja con la secretaria, de cosas al parecer muy importantes.
-Je parie
d'avoir apercu Lenotre -le decía-. Etesvous bien sure qu'il n' y soit pas?
-Lenotre era el crítico musical de Le Monde, que lo había destrozado en el
estreno de París; de haber estado presente esa noche, Grossgemüth habría
conseguido un formidable desquite. Pero monsieur Lenotre no estaba.
-A quelle
heure pourra-t-on lire le «Corriere della Sera»? -continuaba inquiriendo el
gran maestro a doña Clara con el desparpajo propio de los grandes-. C'est le
journal qui a le plus d’autorité en Italie n'est-ce-pas, Madame?
-Au moins
on le dit -respondió con una sonrisa doña Clara-. Mais jusqu'á demain matin...
-On le
fait pendant la nuit, n'est-ce-pas, Madame?
-Oui, il
parait le matin. Mais je crois vous donner la certitude que ce sera una espéce
de panégyrique. On m’a dit que le critique, le maitre Fratt, avait l'air
rudement bouleversé.
-Oh,
bien, ca serait trop, je pense. -Trató de improvisar un cumplido-. Madame,
cette soirée a la grandeur, et le bonheur aussi, de certains réves... Et, á
propos, je me rappelle un autre journal... le «Messaro», si je ne me trompe
pas...
-Le
«Messaro»? -doña Clara no comprendía.
-Peut-étre
le «Messaggero»? -sugirió el doctor Hirsch.
-Oui,
oui, le «Messaggero» je voulais dire...
-Mais
c'est á Rome, le «Messaggero»!
-Il a
envoyé tout de meme son critique -anunció uno a quien desgraciadamente nadie
conocía con tono triunfal; después pronunció la frase que había de hacerse
célebre y cuya belleza sólo Grossgemüth pareció no captar.
-Maintenant
il est derriere á téléphoner son reportage!
-Ah,
merci bien. J'aurais envie de la voir, demain, ce «Messaggero» -dijo
Grossgemüth inclinándose hacia la secretaria, y explicó-: Aprés tout c'est un
journal de Rome, vous comprenez?
En ese
momento apareció el director artístico para ofrecer a Grossgemüth, en nombre
del Ente autónomo de la Scala, una medalla de oro grabada con la fecha y el
título de la ópera en un estuche de raso azul. Siguieron las consabidas
protestas del agasajado, los agradecimientos, por unos instantes el gigantesco
compositor pareció realmente emocionado. Luego el estuche pasó a la secretaria.
Ésta lo abrió para admirar su contenido, sonrió extasiada y susurró al maestro:
«Épatant! Mais ca, je m’y connais, c'est du vermeil!».
El
conjunto de los invitados, en cambio, se interesaba por otra cosa. No le
preocupaba la matanza de los inocentes, sino otra distinta. Que se esperaba una
acción de los Morzi había dejado de ser el secreto de unos pocos bien
informados. El rumor, a fuerza de circular, había regado aun a aquellos que
acostumbraban a estar en la luna, como el maestro Claudio Cottes. Pero en el
fondo, a decir verdad, no muchos se lo creían. «Este mes incluso han reforzado
la policía. Hay más de veinte mil agentes sólo en la ciudad. Y luego están los
carabineros... Y luego el ejército...», decían. «¡El ejército! Pero ¿quién nos
garantiza lo que hará la tropa cuando llegue el momento? Si se le ordenara
abrir fuego, ¿dispararía?» «El otro día mismo hablé con el general De Matteis.
Dice que puede responder de la moral de la tropa... Claro que las armas no son
las más idóneas...» «¿Idóneas para qué?» «Idóneas para las operaciones de orden
público... Harían falta más bombas lacrimógenas... decía, además, que para
estos casos no había nada mejor que la caballería... Pero ¿qué se ha hecho hoy
día de la caballería?... Es prácticamente inofensiva, más ruido que otra
cosa...» «Escucha, querido, ¿no sería mejor irnos a casa?» «¿A casa? ¿Y por qué
a casa? ¿Crees acaso que allí estaríamos más seguros?» «Señora, por favor,
tampoco exageremos. Primero hay que ver qué pasa; además, si pasa algo, será
mañana, pasado mañana... Cuándo se ha visto que una revolución estalle de noche
con las fábricas cerradas... las calles desiertas... ¡eso, para la fuerza
pública, sería coser y cantar!...» «¿Una revolución? Dios santo, ¿has oído,
Beppe?... Ese señor ha dicho que hay una revolución... Beppe, ¿qué vamos a
hacer?... Pero di algo, Beppe, haz algo... ¡estás ahí como un pasmarote!» «¿Se
han fijado? En el tercer acto, en el palco de los Morzi ya no había nadie.»
«Tampoco en el de la Cuestura y la Prefectura, querido... ni siquiera en los
del ejército, ni las señoras... desbandada general... parecía que hubieran dado
una consigna.» «Ah, pero en la Prefectura no se chupan el dedo... allí saben...
el Gobierno tiene informadores entre los Morzi, incluso en las células
periféricas.» Y así todo. En su interior, todos habrían preferido estar a esa
hora en casa. Pero, por otra parte, nadie se atrevía a marcharse. Todos tenían
miedo de sentirse solos, miedo del silencio, de no tener noticias, de esperar
en la cama, fumando, el estallido del primer grito. En cambio allí, entre tanta
gente conocida, en un ambiente ajeno a la política, con tantos personajes
cargados de autoridad, se sentían como protegidos, en suelo inviolable, como si
la Scala fuese una sede diplomática. ¿En qué cabeza cabía, además, que todo
este viejo mundo, alegre, noble y educado, todavía tan sólido, que todos estos
hombres de talento, todas estas mujeres tan bellas y amantes de las cosas
buenas, pudieran verse barridos de un plumazo?
Con un
mundano cinismo que a él le parecía de muy buen gusto, Teodoro Clissi, el
"Anatole France italiano", como se le había definido hacía treinta
años, bien parecido, ajado su rostro rosado de querubín y unos bigotes grises
que obedecían a un preteridísimo modelo de intelectual, describía alegremente
aquello que todos temían que sucediera.
-Primera
fase -decía adoptando un tono magistral y agarrando con los dedos de la mano
derecha el pulgar de la izquierda, como cuando se enseña a contar a los niños-:
ocupación de los llamados centros neurálgicos de la ciudad... y quiera el Cielo
que la cosa no esté ya demasiado adelantada -consultó, riendo, su reloj de
pulsera-. Segunda fase, estimados señores: neutralización de los elementos
hostiles...
-¡Dios
mío! -exclamó sin poderlo evitar Mariú Gabrielli, la mujer del financiero-. ¡Y
mis pequeños están solos en casa!
-Nada de
pequeños, querida señora, no tema -dijo Clissi-. Esto es caza mayor: nada de
niños, sólo adultos, ¡y bien desarrollados!
Rió su
propia gracia.
-¿No
tienen a la nurse en casa? -exclamó la bella Ketti Introzzi, tan tonta como de
costumbre.
Intervino
una voz fresca y arrogante al mismo tiempo.
-Usted
perdone, Clissi, pero ¿de verdad le hacen gracia estas historias?
Era
Liselore Bini, quizás la señora joven más brillante de Milán, agradable tanto
por su cara rebosante de vida como por esa sinceridad irreprimible que sólo
proporcionan o un espíritu grande o la notoria superioridad social.
-Bueno
-dijo el novelista un poco cortado, pero sin abandonar el tono festivo-. Me
parece oportuno guiar a estas damas hacia la novedad que...
-Me va a
perdonar, Clissi, pero contésteme: ¿diría usted aquí, esta noche, las cosas que
dice si no se sintiese seguro?
-¿Seguro
de qué?
-Oh,
Clissi, no me obligue a decir lo que todos saben. Por otra parte, ¿por qué
reprocharle que tenga usted buenos amigos también entre, cómo decirlo, entre
los revolucionarios?... Al contrario, ha hecho bien, muy bien... Quizá dentro
de poco podremos comprobarlo... Usted sabe bien que puede contar con
librarse...
-¿Librarme?
¿Librarme de qué? -dijo él, súbitamente pálido.
-¡Diantre!
¡Del paredón! -y le dio la espalda entre las risas sofocadas de los presentes.
El grupo
se dispersó. Clissi se quedó prácticamente solo. Los otros, algo más allá,
hicieron círculo en torno a Liselore. Como si aquello fuese una especie de
vivac, el último desesperado vivac de su mundo, la Bini se acomodó
lánguidamente en el suelo, extendiendo entre las colinas y el champagne caído
la toilette de Balmain que había costado, a ojo de buen cubero, unas doscientas
mil liras. Se puso entonces a discutir vivamente con un acusador imaginario,
asumiendo la defensa de su clase. Pero como no había nadie que la contradijese,
tenía la impresión de no ser bien comprendida y, levantando el rostro hacia los
amigos que estaban de pie, se ensayaba infantilmente:
-¿Acaso
no saben los sacrificios que se han hecho? ¿Que no tenemos ya un céntimo en el
banco?... ¡Las joyas! ¡Aquí están las joyas! -y fingía quitarse un brazalete de
oro con un topacio de cuarto de kilo-. ¡Menuda fortuna! Y aun suponiendo que
diéramos toda la quincalla, ¿qué se arreglaría?... Pero no, no es por eso -y su
voz se aproximaba al llanto-. Es porque odian nuestro aspecto... No soportan
que haya gente educada... no soportan que nosotros no apestemos como ellos...
¡esa es la "nueva justicia" que quieren esos cerdos!...
-Prudencia,
Liselore -dijo un joven-. Nunca se sabe quién puede estar escuchando.
-¡Un
cuerno, prudencia! ¿Acaso crees que no sé que mi marido y yo somos los primeros
de la lista? ¿Quién quiere tener prudencia? Ya hemos sido demasiado prudentes,
eso es lo malo. Y ahora quizá... -calló-. Bueno, mejor dejarlo correr.
El único
de la concurrencia que perdió en seguida la cabeza fue el maestro Claudio
Cottes. Igual que el explorador -por hacer una comparación de antiguo cuño-
que, a fin de evitar contrariedades, ha dado un gran rodeo para evitar el
territorio de los caníbales y, después de bastantes días de viaje constante por
tierra segura, cuando ya no lo espera, ve asomar a centenares, por encima de la
maleza que crece detrás de su tienda, las azagayas de los ñam ñam y distingue
entre las hojas el brillo de famélicas pupilas, del mismo modo el viejo
pianista se puso a temblar ante la noticia de que los Morzi entraban en acción.
Todo se le había venido encima en el espacio de pocas horas: la primera
inquietud premonitoria causada por la llamada de teléfono, las ambiguas
palabras de Bombassei, la advertencia de aquel señor que no lograba situar y,
ahora, la catástrofe inminente. ¡Y ese imbécil de Arduino! Si había un
zambombazo sería uno de los primeros con quienes los Morzi ajustaran cuentas. Y
ahora era demasiado tarde para evitarlo. Luego, para consolarse, se decía:
«¿Pero acaso no es buena señal que ese señor de hace poco me advirtiera? ¿No
significa eso, acaso, que contra Arduino no tienen más que sospechas? Seguro»,
intervenía dentro de él otra voz, « ¡como que en las insurrecciones se andan
con tantas delicadezas ¿Por qué descartar, además, que la advertencia se haya
hecho esta misma noche por pura maldad, cuando a Arduino no le queda ya tiempo
para salvarse?». Fuera de sí, el viejo iba de grupo en grupo presa de los nervios,
el rostro ansioso, con la esperanza de oír cualquier noticia tranquilizadora.
Pero buenas noticias no las había. Acostumbrados a verlo siempre jovial y
hablador, sus amigos se hacían cruces de que estuviera tan trastornado. Pero
bastante preocupación tenían ya con sus propios casos como para ocuparse de
aquel inocuo viejo que justamente, además, nada tenía que temer.
Así
vagando, con tal de apoyarse en cualquier cosa que le proporcionara alivio,
trasegaba distraídamente una tras otra las copas de vino espumoso que los
camareros le ofrecían sin tasa. Y, en su cabeza, la confusión aumentaba.
Hasta que
se le ocurrió la decisión más sencilla. Y se maravilló de no haber dado antes
con ella: volver a casa, advertir a su hijo, esconderlo en cualquier sitio. Sin
duda no faltaban amigos que estarían dispuestos a acogerlo. Miró el reloj; la
una y diez. Se dirigió hacía la escalera.
Pero a
pocos pasos de la puerta se vio interceptado.
-¡Maestro!
¿Adónde va, bendito de Dios, a estas horas? Tiene usted mala cara. ¿No se
siente bien? -Era nada menos que doña Clara, que se había apartado del grupo de
gente más importante y estaba allí de pie, cerca de la salida, con un joven.
-Ah, doña
Clara -respondió Cottes haciendo acopio de ánimo-. ¿Y adónde cree usted que
puedo ir a una hora como esta, a mi edad? Pues a casa, naturalmente.
-Escuche,
maestro -y la Passalacqua adoptó un tono de estrecha confianza-. Hágame caso:
espere un poco. Mejor no salga... Fuera hay un poco de movimiento, ¿me
entiende?
-¿Cómo?
¿Ya han comenzado?
-No se
espante, querido maestro. No hay peligro. Nanni, ¿por qué no acompañas al
maestro a tomar un cordial?
Nanni era
el hijo del maestro Gibelh, un compositor que era viejo amigo suyo. Mientras
doña Clara se alejaba para detener a otros en la salida, el joven, en tanto
acompañaba a Cottes al buffet, lo puso al corriente. Hacía unos pocos minutos
había llegado el abogado Frigerio, hombre siempre bien informado, íntimo del
hermano del prefecto. Había corrido a la Scala para advertir que nadie se
moviera de allí. Los Morzi se habían concentrado en varios puntos de la
periferia y se disponían a converger en el centro. La Prefectura estaba ya
prácticamente rodeada. Varios cuarteles de la policía se hallaban aislados y
privados de medios de transporte. En resumen: la cosa estaba mal. Salir de la
Scala, y más en traje de etiqueta, no era aconsejable. Mejor esperar. A los
Morzi no se les ocurriría ocupar el teatro.
La nueva
noticia, transmitida de boca en boca con sorprendente rapidez, causó enorme
impresión en los invitados. Así pues, se había acabado el tiempo de las bromas.
El murmullo se apagó y sólo siguió habiendo cierta animación en tomo a
Grossgemüth, con quien no se sabía qué hacer. Su mujer, cansada, hacía ya una
hora que había llegado al hotel en coche. ¿Cómo acompañarlo ahora a él por las
calles sumidas, se suponía, en el desorden? Sí, era un artista, un anciano, un
extranjero. ¿Por qué habrían de amenazarle? Pero siempre cabía la posibilidad.
El hotel estaba lejos, enfrente de la estación. ¿Y si se le daba una escolta de
policía? Probablemente sería peor.
Hirsch
tuvo una idea:
-Escuche,
doña Clara. Si pudiéramos encontrar algún pez gordo de los Morzi... ¿No ha
visto a ninguno por aquí?... Sería un salvoconducto ideal.
-Ya
veo... -asintió doña Clara meditando-. Claro que sí, ¿sabe que es una idea
estupenda?... Y estamos de suerte... Hace poco me ha parecido ver a uno. Ningún
peso pesado, pero al fin y al cabo un diputado es un diputado. Me refiero a
Lajanni... Sí, sí, corro a ver.
El
excelentísimo señor Lajanni era un hombre pálido y modesto en el vestir.
Aquella noche llevaba un smoking de corte anticuado, camisa de dudosa frescura
y uñas de luto. Encargado por lo general de trabajar en cuestiones agrarias,
raramente iba a Milán y sólo unos pocos lo conocían de vista. Por lo demás,
hasta entonces, en vez de correr al buffet, se había ido solo a visitar el
Museo del teatro. Había vuelto al. salón hacía sólo unos minutos y se había
sentado en un sofá algo alejado, fumando un Nazionali.
Doña
Clara fue derecha hacia él. Éste se levantó.
-Dígame
la verdad su señoría -dijo la Passalacqua sin más preámbulos-, ¿está usted aquí
de guardia?
-¿De
guardia? ¿He oído bien? ¿Y por qué habría yo de estar de guardia? -exclamó el
diputado levantando las cejas para manifestar su estupor.
-¿Y usted
me lo pregunta? ¡Mejor dígamelo usted, que es de los Morzi!
-Ah, es
por eso... algo tengo que ver, sin duda... Y, para ser sincero, lo sabía todo
con antelación... Sí, desgraciadamente conocía el plan de batalla.
Doña
Clara, sin reparar en aquel «desgraciadamente», continuó con decisión:
-Escuche
su señoría, comprendo que pueda parecerle un poco cómico, pero nos hallamos en
una situación incómoda. Grossgemüth está cansado, quiere irse a dormir y no
sabemos cómo hacerle llegar al hotel. Ya me entiende, hay alboroto en las
calles... Nunca se sabe... un malentendido... un incidente... es un momento...
Por otra parte, tampoco sabemos cómo explicarle la dificultad. Me parecería
poco apropiado con alguien de fuera. Y luego...
Lajanni
la interrumpió:
-En
resumen, si no me equivoco, querrían que yo lo acompañara, que lo arropara con
mi autoridad, ¿no es eso? Ja, ja... -rompió a reír de tal modo que doña Clara
se quedó de piedra. Reía compulsivamente al tiempo que hacía un gesto con la
mano derecha como diciendo que lo entendía, sí, que era una grosería reír así,
que pedía disculpas, estaba desolado, pero el caso era demasiado cómico. Hasta
que recuperó el resuello y se explicó-: ¡El último, muy señora mía -dijo con su
pronunciación afectada, todavía sacudido por los hipos de la risa-... ¿sabe lo
que quiere decir el último?... el último de cuantos están en la Scala,
incluidos acomodadores y camareros... el último que puede proteger al bueno de
Grossgemüth, soy precisamente yo!... ¿Mi autoridad? ¡Esa sí que es buena! ¿Pero
sabe usted a quién liquidarían primero los Morzi de todos los que están aquí?
¿Lo sabe?... -y esperaba su respuesta.
-Pues no
sé... -dijo doña Clara.
-¡Pues al
que suscribe, muy señora mía! Arreglarían cuentas conmigo con absoluta
prioridad.
-Es
decir, que ha caído usted en desgracia, algo así... -dijo ella, que no tenía
pelos en la lengua.
-Eso es
precisamente.
-¿Pero
así? ¿De pronto? ¿Esta noche?
-Sí. Son
cosas que pasan. Exactamente entre el segundo y el tercer acto, en el curso de
una breve discusión. Pero creo que lo tenían pensado hacía meses.
-Bueno,
por lo menos no ha perdido usted el buen humor..
-Bueno,
nosotros -explicó con amargura-... siempre estamos preparados para lo peor.. Es
un hábito mental... Pobres de nosotros, sí no.
-Está
bien. La embajada ha sido inútil, parece. Disculpe... y buena suerte, si me lo
acepta... -añadió doña Clara volviendo la cabeza, pues ya se alejaba. «Nada que
hacer», le anunció después al director. «Su señoría no nos sirve para nada...
No se preocupe... Yo me encargo de Grossgemüth ...»
Desde una
cierta distancia, prácticamente en silencio, los invitados habían seguido el
encuentro y habían cazado al vuelo algunas frases. Pero nadie abrió tanto los
ojos como el viejo Cottes: aquel que ahora le Mataban como el Excelentísimo
señor Lajanni no era otro que el misterioso señor que le había hablado de
Arduino.
El
coloquio de dolía Clara con el diputado de los Morzi y su desenvoltura, sumados
al hecho de que fuera ella en persona a acompañar a Grossgemüth atravesando la
ciudad, suscitaron muchísimos comentarios. Así pues, había algo de cierto en
aquello que se rumoreaba hacía algún tiempo: que doña Clara intrigaba con los
Morzi. Aparentando mantenerse ajena a la política, se bandeaba entre uno y otro
campo. Algo lógico, por otra parte, sabiendo la clase de mujer que era. ¿Acaso
no era perfectamente posible que, con tal de permanecer en su cargo, doña Clara
hubiese previsto todas las eventualidades y se hubiera procurado entre los
Morzi las amistades suficientes? Muchas señoras estaban indignadas. Los
hombres, sin embargo, se inclinaban a disculparla.
Con todo,
la partida de Grossgemüth con la Passalacqua, dando fin así a la recepción,
acentuó la excitación general. Todo pretexto social para permanecer allí se
había agotado. La ficción se venía abajo. Sedas, décolletés, fracs, joyas, todo
el atalaje de la fiesta, adquirieron de pronto la amarga desolación de las
máscaras una vez que ha terminado el carnaval, cuando la fatigosa vida de todos
los días vuelve a hacer acto de presencia. Sin embargo, lo que había delante
esta vez no era la cuaresma, sino algo mucho más temible que acechaba detrás
del alba.
Un grupo
salió a curiosear a la terraza. La plaza estaba desierta; los coches estaban
adormecidos, más negros que nunca, abandonados. ¿Y los choferes? ¿Dormían
acaso, invisibles, en el asiento trasero? ¿O también ellos habían huido para
tomar parte en la revuelta? Pero las farolas lucían con normalidad, todo dormía
y se aguzaban los oídos para advertir si algún lejano murmullo, algún eco de
alborotos, algún rumor de columnas militares se aproximaba. No se oía nada.
«¿Pero es que estamos locos?», chilló alguien. «¿Imaginan lo que pasará si ven
todas estas luces? ¡No hay mejor reclamo!» Volvieron dentro y ellos mismos
cerraron los postigos de fuera mientras otro iba a buscar al electricista. Al
poco rato las grandes ararías del salón se apagaron. Los acomodadores trajeron
una docena de candeleros que dejaron por el suelo. También esto pesó sobre los
ánimos como un mal augurio.
Cansados,
los hombre y las mujeres, como había pocos divanes, comenzaron a sentarse en el
suelo después de extender en él los abrigos para no ensuciarse. Delante de un
pequeño despacho cercano al Museo, donde había un teléfono, se formó una cola,
También Cottes aguardó su turno, para intentar cuando menos advertir del
peligro a Arduino. A su alrededor ya nadie bromeaba, nadie se acordaba ya ni de
la Matanza ni de Grossgemüth.
Tuvo que
esperar al menos tres cuartos de hora. Cuando se halló solo en el pequeño
cuarto (allí, como no había ventanas, estaba encendida la luz eléctrica), tuvo
que marcar tres veces el número, pues las manos le temblaban. Por fin oyó la
señal de llamada. Le pareció un sonido amistoso, la tranquilizadora voz de su
casa. Pero ¿por qué no respondía nadie? ¿Acaso Arduino no había vuelto todavía?
Sin embargo, eran más de las dos. ¿Lo habrían detenido ya los Morzi? Apenas
podía reprimir su ansiedad. Por Dios, ¿por qué no contestaba nadie? Ah, por
fin.
-¿Sí?
¿Diga? -era la voz soñolienta de Arduino-. ¿Quién demonios es a estas horas?
-Sí -dijo
su padre. Pero se arrepintió de inmediato. Cuánto mejor haber callado, pues en
aquel instante se le había ocurrido que la línea podía estar intervenida. ¿Qué
decirle ahora? ¿Aconsejarle huir? ¿Explicarle lo que estaba pasando? ¿Y si ésos
estaban escuchando?
Buscó un
pretexto anodino. Por ejemplo, que fuese en seguida a la Scala para convenir un
concierto de piezas suyas. Pero no, Arduino habría tenido que salir. ¿Un
pretexto trivial, entonces? ¿Que se había olvidado la cartera y que estaba
preocupado? Peor. Su hijo no habría sabido lo que estaba pasando y los Morzi,
que sin duda lo estaban escuchando, entrarían en sospechas.
-¿Oye?
¿Oye?... -dijo para ganar tiempo. Quizá lo único que pudiera ser decirle era
que se había olvidado la llave del portal, la única justificación plausible e
inocente para una llamada tan intempestiva-. Oye, mira, que me he dejado ahí
las llaves. Dentro de veinte minutos estoy abajo -se apoderó de él una oleada
de terror. ¿Y si Arduino bajaba a esperarlo a la calle? Quizá hubieran enviado
a alguien a neutralizarlo y estuviera allí aparcado-. No, espera -rectificó-,
espera a que yo llegue para bajar. Silbaré.
-Imbécil
-se dijo- eso era decirle a los Morzi la forma más fácil de capturarlo-.
Escúchame bien -dijo-, escúchame bien... no bajes hasta que no oigas que silbo
el motivo de la Sinfonía románica... ¿Sabes cuál es, verdad?... Quedarnos así,
pues. Cuídate.
Cortó la
comunicación para evitar preguntas peligrosas. ¿Pero qué clase de lío había
organizado? Arduino todavía en ayunas del peligro y los Morzi prevenidos. Era
posible que entre ellos hubiera algún musicólogo que conociera la Sinfonía
convenida. Quizá, cuando llegara, encontraría en la calle enemigos esperándolo.
No había podido actuar de forma más estúpida. ¿Y si llamaba otra vez y hablaba
claro? Pero en aquel momento la puerta se entreabrió y vio asomar el rostro
receloso de una muchachita. Cottes salió enjugándose el sudor.
En el
salón, apenas iluminado por las débiles luces, halló agravado el ambiente de
desaliento. Señoras encogidas de frío, acurrucadas una junto a otra como podían
en los divanes, suspiraban. Muchas se habían quitado las joyas más vistosas y
las habían vuelto a meter en sus bolsos; otras, trabajando delante de los
espejos, habían reducido sus peinados a formas menos provocadoras; otras se
habían arreglado extrañamente con sus chales y sus velos para parecer casi
penitentes. «Esta espera es horrible, mejor acabar con ella como sea.» «No, si
esto era lo que faltaba... y yo que parecía que me lo oliera... Hoy teníamos
que ir a Tremezzo, pero Giorgio dijo pero es un pecado perderse el estreno de
Grossgemüth, digo pero nos esperan allí, no importa, dice, llamamos y lo
arreglamos, a mí no me apetecía nada, y ahora, además, esta jaqueca... mi pobre
cabeza...» «Oh, pero tú, perdona, no puedes quejarte, a ti te dejarán en paz,
tú no estás comprometida...» «¿Sabes que Francesco, mi jardinero, dice que ha
visto las listas negras con sus propios ojos?... Es de los Morzi... dice que
hay más de cuarenta mil nombres sólo en Milán.»
«Dios
mío, ¿será posible tal horror?... » «¿Hay algo nuevo?» «No, no se sabe nada.»
«¿Viene gente?» «No, decía que no se sabe nada.» Alguna tiene las manos juntas
como por casualidad y reza, otra cuchichea al oído de una amiga incesantemente,
sin parar, como presa de algún frenesí. Y luego hombres tumbados en el suelo,
muchos de ellos sin zapatos, con los cuellos desabrochados, las corbatas
blancas colgando, fuman, bostezan, roncan, conversan en voz baja, escriben
quién sabe qué con lápices de oro a la vuelta del programa. Cuatro o cinco
personas que miran a través de las ranuras de las persianas hacen de
centinelas, dispuestas a avisar de cualquier novedad que suceda fuera. Y en un
rincón, solo, el Excelentísimo señor Lajanni, pálido, un poco encorvado, con
los ojos como platos, que fuma Nazionali.
Sin
embargo, durante la ausencia de Cottes la situación de los asediados había
cristalizado de forma curiosa. Poco antes de que fuera a telefonear, se vio al
ingeniero Clementi, el propietario de las griterías, pararse a hablar con
Hirsch, el director, y luego alejarse un poco con él. Sin dejar de hablar, se
dirigieron hasta el Museo del teatro y allí permanecieron varios minutos en la
oscuridad. Luego Hirsch volvió al salón y murmuró algo sucesivamente a cuatro
personas, quienes lo siguieron; se trataba de, Clissi, el escritor, la soprano
Borri, un tal Prosdocitni, comerciante en tejidos, y el joven conde Martoni. El
grupito se llegó hasta donde estaba el ingeniero Clementi, que se había quedado
en la oscuridad, y allí se montó una especie de conciliábulo. Sin dar ninguna
explicación, un acomodador fue más tarde a coger uno de los candeleros del
salón y lo llevó a la pequeña sala del Museo adonde aquéllos se habían
retirado.
El
movimiento, en un principio inadvertido, despertó curiosidad, o más bien
alarma; en aquel estado de ánimo, poco era menester para infundir sospechas.
Aparentando ir a parar allí por casualidad, algunos se acercaron a echar una
ojeada; y de ellos, no todos volvieron al salón. De hecho, Hirsch y Clementi,
según el rostro que se asomaba a la puerta de la pequeña sala, callaban o bien
invitaban a entrar de forma bastante apremiante. En poco tiempo el número de
los secesionistas llegó a la treintena.
Conociendo
de quién se trataba, no era difícil comprender. Clementi, Hirsch y compañía
intentaban ir a la suya, pasarse de forma anticipada a los Morzi, dar a
entender que no tenían nada en común con todos esos podridos ricachones que
estaban en el salón de descanso. De algunos se sabía ya que en otras ocasiones,
más por miedo, probablemente, que por sincera convicción, se habían mostrado
tibios o indulgentes con la poderosa secta. En el caso del ingeniero Clementi,
aun siendo de mentalidad despótica y patronal, no había nada de extraño,
considerando que uno de sus hijos, que había renegado de sus padres, ocupaba
por si fuera poco un puesto de autoridad en las filas de los Morzi. No hacía
mucho que se había visto al padre entrar en el tabuco del teléfono, habiendo
debido aguantar los que aguardaban fuera más de un cuarto de hora; se supuso
que, viéndose en peligro, Clementi había pedido por teléfono ayuda a su hijo y
que éste, no queriendo comprometerse de forma personal, le había aconsejado
actuar por su cuenta de inmediato, reuniendo una especie de comité favorable a
los Morzi, algo así como una junta revolucionaria de la Scala que luego, cuando
llegaran, éstos reconocerían tácitamente y, lo que era más importante, pondrían
a salvo. Después de todo, observó alguien, la sangre era la sangre.
Pero, por
lo que se refería a muchos otros secesionistas, era como para hacerse cruces.
Se trataba de típicos campeones de la casta que los Morzi odiaban por encima de
cualquier otra; y a ellos o a gente como ellos podían imputarse muchos de los
conflictos que demasiado a menudo ofrecían a aquéllos socorridos pretextos para
la propaganda o la agitación. Y ahora, repentinamente, renegando de todo su
pasado y de las palabras pronunciadas hacía pocos minutos, se ponían de parte
de los enemigos. Evidentemente hacía tiempo que intrigaban en el campo
adversario sin reparar en nada con tal de asegurarse una vía de escape llegado
el momento oportuno; pero a hurtadillas, a través de terceras personas, para no
quedar mal en el mundo elegante que frecuentaban. Cuando por fin había llegado
la hora del peligro, se habían apresurado a quitarse la careta sin preocuparse
de salvar las apariencias: al infierno las relaciones, las amistades lustres,
la posición social, ahora se trataba de la vida.
La
maniobra, si bien al principio avanzó en sordina, muy pronto optó por
manifestarse con claridad con el fin de dejar definidas las respectivas
posiciones. En la pequeña sala del Museo se volvió a encender la luz eléctrica
y la ventana se abrió de par en par a fin de que se pudiera ver bien desde
fuera y los Morzi supieran así en seguida, cuando llegaran a la plaza, que
tenían allí amigos fieles.
De modo
que, de vuelta en el salón, el maestro Cottes, al advertir el blanco resplandor
que, reflejándose de uno en otro espejo, venía del museo y al oír el rumor de
las conversaciones que allí se tenían, reparó en esta novedad. Con todo, no
alcanzaba a entender las razones. ¿Por qué habían vuelto a encender la luz en
el Museo y, en cambio, en el salón no? ¿Qué ocurría?
-¿Y qué
hacen esos de allí? -preguntó por fin en voz alta.
-¿Que qué
hacen? -alzó su simpática vocecita Liselore Bini, que estaba sentada en el
suelo con la espalda apoyada en la de su marido-. ¡Bienaventurados los
inocentes, querido maestro!... Esos maquiavelos han fundado la célula
escalígera. No han perdido el tiempo. Apresúrese, maestro, el plazo de
inscripción se cierra dentro de pocos minutos. Una gente estupenda, ¿sabe?...
Nos han informado de que harán lo que sea necesario para salvarse... Ahora se
reparten el pastel, dictan leyes, nos han autorizado a volver a encender las
luces... vaya a verlos, maestro, vale la pena... Son formidables, ¿sabe?...
Pedazo de puercos, asquerosos -levantó la voz-... juro que si salimos de
esta...
-Vamos,
Liselore, cálmate -le dijo su marido, que sonreía con los ojos cerrados,
divirtiéndose como si aquello fuera una nueva clase de deporte de aventura.
-¿Y doña
Clara? -preguntó Cottes notando que sus ideas se nublaban.
-Ah,
siempre a la altura de las circunstancias, la cojita... Ha optado por la
solución más genial, aunque más cansada... Doña Clara camina. Camina,
¿comprende? Pasea arriba y abajo... dos palabritas aquí, dos palabritas allí, y
así, vayan como vayan las cosas, ella está en su sitio... no se decanta... no
se pronuncia... no se compromete... un poco de aquí, otro poco de allí... una
veleta... ¡nuestra sin par presidenta!
Era
verdad. Una vez de regreso después de haber llevado a Grossgemüth al hotel,
Clara Passalacqua seguía reinando, dividiéndose de forma imparcial entre los
dos partidos. Y por ello fingía ignorar el fin de aquella reunión por separado,
como si fuera un capricho de los invitados. Esto la obligaba, no obstante, a no
detenerse, porque detenerse equivalía a una elección comprometedora. Iba y
venía, tratando de animar a las señoras más alicaídas; suministraba más
asientos y, con muy buen sentido, animó a tomar un generoso segundo piscolabis.
Ella misma iba de acá para allá, cojeando, con las bandejas y las botellas, con
tal de obtener en ambos campos un éxito personal.
-Chist,
chist -advirtió en aquel momento uno de los centinelas apostados tras las
persianas, y señaló hacia la plaza.
Seis o
siete se precipitaron a ver. A lo largo de la fachada de la Banca Commerciale,
proveniente de la vía Case Rotte, avanzaba un perro: parecía un perro callejero
y, con la cabeza baja, rozando el muro, desapareció vía Manzoni abajo.
-¿Por ese
has llamado? ¿Por un perro?
-Creía
que detrás del perro...
De modo
que la situación de los asediados estaba a punto de volverse grotesca. Fuera,
las calles vacías, el silencio, paz absoluta, cuando menos en apariencia. Allí
dentro, un panorama de desolación: decenas de personas ricas, estimadas y
poderosas que, resignadas, soportaban aquella especie de humillación a causa de
un peligro aún no demostrado.
Con el
paso de las horas, el cansancio y el entumecimiento de los miembros iban en
aumento, pero a algunos se les despejó la cabeza. Si los Morzi habían
desencadenado la ofensiva, era muy extraño que no hubiese llegado todavía a la
plaza de la Scala siquiera una simple avanzada. Y habría sido amargo pasar
tanto miedo en balde. A la luz temblorosa de las velas, con una copa de vino
espumoso en la diestra, se vio adelantarse hacia el grupo en que se hallaban
las señoras de más consideración al abogado Cosenz, antaño célebre por sus
conquistas y tenido todavía por algunas viejas damas por hombre peligroso.
-Queridos
amigos, escuchen -declamó con voz insinuante-, es posible, digo que es posible,
que mañana por la noche muchos de los que nos hallamos aquí nos encontremos,
uso un eufemismo, en una situación crítica... -una pausa-. Pero también es
posible, y no sabemos cuál de las dos hipótesis es más digna de consideración,
que mañana por la noche toda Milán se desternille de risa al pensar en
nosotros. Un momento. No me interrumpan... Evaluemos los hechos con serenidad.
¿Qué hay que nos haga creer que el peligro está tan próximo? Enumeremos los
indicios. Primero: la desaparición en el tercer acto de los Morzi, del
prefecto, del cuestor, de las autoridades militares. Pero ¿quién puede
descartar, y perdóneseme la herejía, que estuvieran hartos de la música? Segundo:
las noticias, llegadas de distintas partes, de que se disponía a estallar una
revuelta. Tercero, y esto sería lo más grave: las noticias que se dice, repito,
se dice, ha traído mi benemérito colega Frigerio, el cual, no obstante, se ha
marchado poco después y en realidad debe de haber hecho acto de presencia muy
brevemente, ya que casi ninguno de nosotros lo ha visto. No importa.
Admitámoslo: Frigerio ha dicho que los Morzi habían comenzado a tomar la
ciudad, que la Prefectura estaba rodeada, etcétera... Pero yo pregunto: ¿de
quién ha sacado Frigerio a la una de la madrugada estas informaciones? ¿Es
posible que le hayan transmitido noticias tan reservadas a una hora tan
avanzada de la noche? ¿Y quién lo ha hecho? ¿Y por qué motivo? Mientras tanto,
en los alrededores no se ha advertido, y son ahora más de las tres, ningún
indicio sospechoso. No se han oído ruidos de ningún tipo. En conclusión,
podemos permitirnos cuando menos ponerlo en cuarentena.
-¿Y por
qué nadie ha conseguido tener noticias por teléfono?
-Justamente
-prosiguió Cosenz después de haber tomado un sorbo de champagne-. El cuarto
elemento preocupante es, por llamarlo así, la sordera telefónica. Todo aquel
que ha intentado hablar con la Prefectura y la Cuestura dice que no lo ha
conseguido o, por lo menos, que no ha obtenido ninguna información. Pero si
ustedes fueran un funcionario a quien una voz desconocida o dudosa les
preguntase a la una de la mañana cómo van las cosas en la ciudad, ¿qué
responderían?, digo yo. Y esto, adviértanlo bien, en medio de una fase política
sumamente delicada. Incluso los periódicos, es verdad, se han mostrado
reticentes... Varios amigos míos de las redacciones no me han dicho más que
vaguedades. Uno de ellos, Bertini, del Corriere, me ha respondido textualmente:
-Hasta
ahora aquí no se sabe nada preciso.
-¿Y no
preciso? -le he preguntado yo.
Y me ha
contestado:
-No
preciso, que no se entiende nada.
Yo he
insistido:
-Pero
ahí, ¿están preocupados?
Y ha
contestado:
-No
exactamente, al menos hasta ahora.
Tomó
aliento. Todos lo escuchaban con el loco deseo de poder aprobar su optimismo.
El humo de los cigarrillos se condensaba junto con un vago olor mezcla de
transpiración humana y perfumes. Un rumor de voces agitadas llegó a la puerta
del Museo.
-Para
concluir -dijo Cosenz-, por lo que se refiere a las noticias por teléfono o,
mejor dicho, a la falta de noticias, no me parece que sea como para alarmarse
demasiado. Probablemente tampoco en los periódicos saben demasiado. Y eso
significa que la tan temida revolución, si es que existe, todavía no se ha
perfilado bien. ¿Se imaginan que los Morzi, con la ciudad en su poder, dejaran
salir el Corriere della Sera?
Dos o
tres rieron en medio del silencio general.
-Pero no
acaban aquí las cosas. El quinto elemento preocupante podría ser la secesión de
esos de allí -y señaló con un gesto hacia el Museo-. Vamos: ¿creen ustedes que
serían tan imbéciles como para comprometerse de forma tan abierta sin la
completa seguridad de que los Morzi iban a tener éxito? Ya sé, ya me lo han
dicho: en el caso de que la revuelta fracasara, admitida la revuelta, no sería
difícil hallar buenos pretextos para justificar esa conjura particular.
Figúrense, el único problema que tendrían sería escoger: intento de
enmascararse, por ejemplo; la táctica de las dos barajas, preocupación por el
destino de la Scala, y demás... Escúchenme: esos de ahí, mañana...
Vaciló un
instante. Permaneció con el brazo izquierdo levantado sin acabar. En aquel
brevísimo momento de silencio, desde una lejanía que era difícil estimar, llegó
un sordo estruendo: el fragor de una explosión que retumbó en el corazón de los
presentes.
-Jesús,
Jesús -gimió Mariú Gabrielli cayendo de rodillas-. ¡Mis niños!
-¡Han
comenzado! -gritó otra, histérica.
-¡Calma,
calma, no ha pasado nada! Parecen chiquillas! -intervino Liselore Bini.
Entonces
el maestro Cottes se adelantó. Con el rostro alterado, el abrigo sobre los
hombros, las manos aferradas a las solapas del frac, miró fijamente a los ojos
al abogado Cosenz, y anunció de forma solemne.
-Me voy.
-¿Pero
adónde? ¿Adónde se va? -preguntaron al mismo tiempo numerosas voces con una
esperanza indefinible.
-A mi
casa. ¿Adónde quieren que vaya? No aguanto más aquí -y avanzó en dirección a la
salida. Pero se tambaleaba, se habría dicho que estaba borracho perdido.
-Pero ¿ya
mismo? No, no, ¡espere! ¡Dentro de poco será ya de día! -gritaron a sus
espaldas. Fue inútil. Dos de ellos le abrieron paso con las velas hasta abajo,
donde un portero soñoliento le franqueó el paso sin reparos. «Telefonee», fue
lo último que le dijeron. Cottes echó a andar sin responder.
Arriba,
en el salón, la gente se abalanzó sobre los ventanales para espiar desde las
rendijas de los postigos. ¿Qué pasaría? Vieron al anciano atravesar los raíles
del tranvía; con pasos torpes, como si tropezara, encaminarse al parterre del
centro de la plaza. Atravesó la primera hilera de coches detenidos y se adentró
en la zona despejada. Súbitamente cayó de bruces, cómo si le hubieran dado un
empujón. Pero, aparte de él, en la plaza no se veía un alma. Se oyó el impacto.
Quedó tendido en el asfalto con los brazos extendidos y la cara contra el
suelo. De lejos parecía una gigantesca cucaracha aplastada.
Todos los
que lo vieron se quedaron sin respiración. Permanecieron quietos, pasmados del
susto, sin decir una palabra. Luego se alzó un horrible grito de mujer: « ¡Se
lo han cargado!».
Nada se
movía en la plaza. Nadie salió de los coches que aguardaban para ayudar al
viejo pianista. Todo parecía muerto. Y, por encima de todo ello, la opresión de
una pesadilla inmensa.
-Le han
disparado. He oído el tiro -dijo uno.
-¿Pero
qué dice? Habrá sido el ruido de la caída.
-He oído
el tiro, lo juro. Una automática, sé lo que digo.
Nadie lo
contradijo. Permanecieron así, quién sentado, fumando desesperado, quién tirado
en el suelo, quién pegado a los postigos, espiando. Sentían avanzar al destino,
de forma concéntrica, desde las puertas de la ciudad hacia ellos.
Hasta que
un resplandor vago de luz gris se extendió sobre los palacios adormecidos. Un
ciclista solitario pasó con una bicicleta chirriante. Se oyó un fragor parecido
al de los tranvías en la lejanía. Luego apareció en la plaza un hombrecillo
encorvado que empujaba un carro. Con suma calma, partiendo del cruce con vía
Marino, el hombre comenzó a barrer. ¡Bravo! Bastaron unos pocos escobazos. Con
los papeles y la suciedad, barría también el miedo. Otro ciclista, un obrero a
pie, una camioneta. Milán despertaba poco a poco.
No había
pasado nada. Sacudido al fin por el barrendero, el maestro Cottes se incorporó
resoplando, miró con asombro a su alrededor, recogió su abrigo del suelo y,
tambaleándose, apretó el paso hasta su casa.
Con el
alba filtrándose a través de las persianas, se vio entrar con pasos quedos y
silenciosos en el salón de descanso a la vieja florista. Una aparición. Parecía
que hubiera acabado de vestirse y empolvarse para una velada inaugural y que la
noche hubiera pasado sobre ella sin marchitarla: el vestido de tul negro largo
hasta el suelo, el velo negro, las negras sombras rodeándole los ojos, el cestillo
colmado de flores. Atravesó por medio de la lívida asamblea y, con su
melancólica sonrisa, tendió a Liselore Bini una gardenia inmaculada.
FIN
Los
juncos, las hierbas de la orilla, las pequeñas matas de los sauces y los
árboles grandes vieron llegar también aquel domingo de septiembre al señor
mayor vestido de blanco.
Muchos
años antes -solo los troncos más viejos lo recuerdan vagamente- un desconocido
había empezado a pescar en aquel remanso solitario de aguas quietas y
profundas. Cuando hacía buen tiempo, todas las fiestas regresaba puntualmente.
Un día
había dejado de venir solo; con él estaba un niño que jugaba entre las plantas
y tenía una vocecita clara. Lentamente habían pasado los años: el señor cada
vez más fatigado, el chico cada vez más grande. Y al final, un domingo de
primavera, el viejo no apareció más. Llegó únicamente el mozo, que se puso a
pescar, solo.
Luego el
tiempo siguió consumiéndose. El mozo, que volvía de cuando en cuando, perdió
aquella su voz límpida, también él comenzó a envejecer. Pero también él un día
regresó acompañado.
Una larga
historia a la que todo el bosque es aficionado El segundo chico se hizo mayor y
su padre no se dejó ver más. Todo esto, sin embargo, se ha confundido en la
memoria de las plantas. Hace algunos años que los pescadores vuelven a ser dos.
También el mes pasado, con el señor vestido de blanco vino el niño, que se
sentó con su pequeña caña y empezó a pescar.
Las
plantas los vuelven a ver con gusto, los esperan incluso toda la semana, en
aquel gran aburrimiento del río. Se distraen observándolos; oyendo las cosas
que dice el niño, su voz fina que resuena tan bien entre las hojas; viéndolos
inmóviles a los dos, sentados en la orilla, tranquilos como el río que se
remansa mientras por encima pasan las nubes.
Algún
insecto volador ha contado que padre e hijo viven en una gran casa en la colina
cercana. Pero el bosque no sabe quiénes son con exactitud. Lo que sí sabe es
que todas las cosas tienen su conclusión, que tarde o temprano también el señor
anciano no podrá volver más y que dejará venir al mozo solo.
Hoy
también, a la hora acostumbrada, se ha oído el rumor de las hojas moviéndose.
Se ha oído un paso aproximándose. Pero el señor ha aparecido solo, un poco
encorvado, un poco magro y cansado. Se ha dirigido a la pequeña cabaña medio
escondida entre la maleza donde se guardan desde tiempo inmemorial los aparejos
de pesca. Esta vez el señor se demora más de lo acostumbrado a revolver entre
las viejas cosas en la caseta silenciosa.
Ahora
todo está inmóvil y quieto; la campana de la iglesia cercana ha dejado de
sonar. El pescador se ha quitado la chaqueta. Sentado al pie de un chopo,
sujetando su caña, dejando tendido el sedal en el agua, forma una mancha blanca
entre el verde. En el cielo hay dos grandes nubes, una con hocico de perro, la
otra con forma de botella.
El bosque
está ansioso porque el niño no viene. Las otras veces las plantas acuáticas se
agitaban adrede para ahuyentar a los peces y enviárselos al pequeño pescador.
Resulta más bien irritante ese hombre solo con esa cara demacrada y pálida.
Pero aunque los peces no acudan, el señor no se enfada. Sujetando en alto la
caña, mira en derredor con lentitud.
Las cañas
de la orilla del río atienden ahora a una gruesa viga cuadrada. Se ha quedado
atascada entre las hierbas y aprovecha para contar una historia; explica que
pertenecía a un puente, que se cansó de aquel trabajo, que cedió por la rabia
que le tenía al peso, haciendo venirse todo abajo. Las cañas la escuchan, luego
murmuran algo entre ellas, extienden en torno un rumor que se propaga por el
prado hasta las ramas de los árboles y se difunde con el viento.
Ahora el
pescador alza la cabeza, mira en derredor como si también él hubiera oído. De
la cercana cabaña llegan dos o tres golpecitos secos de origen misterioso.
Dentro de ella se ha quedado encerrada una vieja mosca. Se ha despistado y da
vueltas, vacilante, por la estancia. De cuando en cuando se para y se queda
escuchando. Sus compañeras han desaparecido. Quién sabe dónde habrán ido.
Extraña, esta atmósfera pesada.
La mosca
no se da cuenta de que es otoño, golpea aquí y allá. Se oyen los pequeños
choques de su cuerpo gordo que tropieza contra el ventanuco. Al fin y al cabo,
no hay ninguna razón para que las otras se hayan ido. A través de los cristales
se alcanza a ver una nube de tormenta.
El señor
ha encendido un cigarro. De cuando en cuando sale de las ramas hacia arriba una
bocanada de humo azul. El niño no vendrá ya, la tarde está demasiado avanzada.
La mosca ha conseguido huir de la cabaña por fin. El sol ha desaparecido entre
las nubes. Hace poco, el viento ha empujado la viga, la ha apartado de las
cañas, abandonándola a las aguas libres. La historia ha quedado interrumpida.
El madero se aleja, condenado a pudrirse en el mar.
La
tormenta se forma, pero el pescador no se ha movido, siempre inmóvil, con la
espalda apoyada en el tronco. Del cigarro, que se ha dejado caer encendido
sobre el prado, se escapa el humo que el viento desgarra. Las nubes que se han
vuelto negras dejan caer un poco de lluvia. Aquí y allá, en el agua se forman
círculos nítidos que se van haciendo mayores. En la cabaña cercana se repiten
con más insistencia los golpes inexplicables. Quién sabe por qué el señor no se
va. Una gota ha dado justamente en la brasa del cigarro y lo ha apagado con un
sutil rumor.
De una
grieta del cielo, a poniente, llega una luz fría y blanca de emboscadas. El
viento azota los árboles, arranca de ellos una voz fuerte; mueve también la
chaqueta blanca colgada de una rama. Ahora los árboles grandes, las pequeñas
matas de los sauces, las hierbas de la orilla y las plantas acuáticas comienzan
a comprender. Parece que el pescador se haya dormido, pese a que desde el final
del horizonte los truenos se aproximan. Su cabeza está inclinada hacia delante,
su barbilla presiona contra su pecho.
Las
hierbas sumergidas en el agua se agitan entonces para ahuyentar los peces y
enviarlos, como las otras veces, hacia el sedal, pero la caña del pescador, ya
no sujeta, ahora ha descendido lentamente; su punta está sumergida en el agua.
Al dar contra ella, la plácida corriente se encrespa apenas.
FIN
"Temporale
sul fiume"
Con
despecho comprendió que una treintena de metros más abajo otra muchacha caía.
Era sin dudas más bella que ella y llevaba un vestido de media tarde con mucha
clase. Quién sabe por qué, la otra
descendía a una velocidad muy superior a la suya, hasta el punto que en
pocos instantes la distanció y desapareció allá abajo, a pesar de los llamados
de Marta. Sin duda iba a llegar a la fiesta antes que ella; tal vez era un plan calculado de antemano para suplantarla.
Luego
Marta se dio cuenta de que ellas dos no eran las únicas que caían. A todo el
largo de los flancos del rascacielos, otras mujeres jóvenes se deslizaban en el
vacío, las caras tensas por la excitación del vuelo, agitando festivamente las
manos como para decir: aquí estamos, aquí venimos, es nuestra hora,
festéjennos, ¿no es verdad que el mundo es nuestro?
FIN
Él era el
Dictador. Pocos minutos antes había finalizado, en la Sala del Supremo Konzern,
el informe del Congreso Universal de las Hermandades, al término del cual la
moción de sus adversarios fue desestimada por aplastante mayoría. Por lo cual,
Él era el Personaje más Poderoso del País Y Todo Aquello Que Se Refería A Él En
Adelante Se Escribiría O Diría Con Mayúsculas, Por El Tributo De Honor.
Había
llegado, pues, a la meta final de la vida y no podía ya desear nada más. ¡A los
cuarenta y cinco años, el Dominio de la Tierra! ¡Y no lo había conseguido con
la violencia, según es uso y costumbre, sino con el trabajo, la fidelidad, la
austeridad, el sacrificio de los esparcimientos, de las carcajadas, de los
goces físicos y de las sirenas mundanas. Estaba pálido y llevaba gafas; sin
embargo, nadie estaba por encima de él. Asimismo, se sentía un poco cansado.
Pero feliz.
Una
salvaje felicidad, tan intensa que casi resultaba dolorosa, lo invadía hasta lo
más profundo del alma, mientras recorría a pie, democráticamente, las calles de
la ciudad, meditando sobre su propio éxito.
Él era el
Gran Músico que poco antes había oído en el Teatro Imperial de la Ópera las
notas de su obra maestra levitar y expandirse en el corazón del público
anhelante, conquistando el triunfo; y en los oídos le resonaban todavía las
grandes cataratas de los aplausos puntuadas de alaridos delirantes, como jamás
los había oído, ni para los demás ni para sí; en esos aplausos había éxtasis,
llanto, entrega.
Él era el
Gran Cirujano que, una hora antes, ante un cuerpo humano ya absorbido por las
tinieblas, en medio del espanto de los ayudantes que lo tomaron por loco, se
había atrevido a aquello que nadie había podido nunca ni siquiera imaginar, haciendo
surgir con sus mágicas manos la lucecita superviviente de las profundidades
incognoscibles del cerebro, allá donde la última partícula de vida había
anidado como el gozque moribundo que se arrastra a la soledad del bosque para
que nadie asista a su deshonrosa humillación final. Y él había liberado aquella
microscópica llamita de la pesadilla, casi recreándola, hasta el punto de que
el difunto había vuelto a abrir los ojos, y sonreído.
Él era el
Gran Banquero recién salido de una catastrófica tenaza de maniobras que debían
triturarlo y, en cambio, su golpe de genio las había revuelto súbitamente
contra los enemigos, derribándolos. Por lo que, en el frenético crescendo de
los teléfonos enloquecidos, de las calculadoras y de los teletipos
electrónicos, su masa crediticia se había agigantado de una capital a la otra
como un nubarrón de oro; sobre el cual, ahora, se alzaba victorioso.
Él era el
Gran Científico que, en un impulso de inspiración divina, en la mísera
estrechez de su estudio, había intuido poco antes la sublime potencia de la
fórmula definitiva; razón por la cual los gigantescos esfuerzos mentales de
centenares de sabios colegas esparcidos por el mundo se tornaban de golpe,
comparativamente, en ridículos e insensatos balbuceos; y, por lo tanto, él
saboreaba la beatitud espiritual de tener en su mano la última Verdad, como a
una dulce e irresistible criatura que le pertenecía.
Él era el
Generalísimo que, rodeado de ejércitos superiores, había transformado, con
astucia y mando, su menoscabado y tambaleante ejército en una horda de titanes
desencadenados; y el cerco de hierro y de fuego que lo sofocaba se había
resquebrajado en pocas horas, y las formaciones enemigas se habían deshecho en
aterrorizados jirones.
Él era el
Gran Industrial, el Gran Explorador, el Gran Poeta, el hombre que ha vencido
definitivamente, tras larguísimos años de trabajo, de oscuridad, de economías,
de interminables fatigas, y cuyas huellas, ay de mí, están impresas
indeleblemente en el cansado rostro, por lo demás exultante y luminoso.
Era una
estupenda mañana de sol, era un crepúsculo tempestuoso, era una tibia noche de
luna, era una gélida tarde de tormenta, era un alba purísima de cristal, era
sólo la hora extraña y maravillosa de la victoria que pocos hombres conocen. Y
él caminaba extraviado en aquella indecible exaltación, mientras los palacios
se extendían en torno con formas apropiadas, con la evidente intención de
honrarle. Si no se doblaban en ademán de reverencia, era sólo porque estaban
hechos de piedras, hierro, cemento y ladrillos; de allí su rigidez. Y también
las nubes del cielo, beatos fantasmas, se disponían en círculo, en fajas
superpuestas, formando una especie de corona.
Pero
entonces -él estaba atravesando los jardines del Almirantazgo-, sus ojos, por
casualidad, de soslayo, se posaron sobre una joven mujer.
En aquel
punto, lateralmente, se extendía, realzada, una especie de terraza, circundada
por una balaustrada de hierro forjado. La muchacha estaba acodada en la
balaustrada y miraba distraídamente hacia abajo.
Tendría
unos veinte años, era pálida, y entreabría perezosamente los labios en
expresión de rendida y muelle apatía. Su negrísimo pelo, peinado hacia arriba
formando un ancho moño -ala de cuervo jovencito- sombreaba la frente. También
ella aparecía como difusa por causa de una nube. Era bellísima.
Llevaba
un sencillo suéter de color gris y una falda negra muy ceñida en el talle.
Apoyado el peso del cuerpo en la balaustrada, las caderas desbordaban
libremente al sesgo, en actitud felina. Podía ser una estudiante de la bohemia
de vanguardia, uno de esos tipos que logran hacer una elegancia casi ofensiva
de la extralimitación y de la impertinencia. Llevaba grandes gafas azules. En
la palidez del rostro, le impresionó el rojo crudo de los labios, suavemente
relajados.
De abajo
arriba -pero fue una fracción infinitesimal de segundo-, vislumbró, a través de
la reja de la balaustrada, aquellas piernas femeninas, no demasiado, porque los
pies estaban tapados por los bordes de la terraza y la falda era más bien
larga. Sin embargo, sus ojos percibieron la silueta proterva de las
pantorrillas que, desde los finos tobillos, se ensanchaban en esa progresión
carnal que todos conocemos, oculta en seguida por el borde de la falda. A pleno
sol, el pelo rojizo llameó. Podía ser una buena hija de familia, podía ser una
mujer de teatro, podía ser una pobre tunanta. ¿O acaso una chica perdida?
Cuando
pasó frente a ella, la distancia sería de dos metros y medio a tres. Fue sólo
un instante, pero pudo verla muy bien.
No por
interés, sino sin duda más bien por indiferencia suprema -por no cuidar ella,
entregada al aburrimiento, de controlar siquiera las miradas-, la chica lo
miró.
Tras
haberla atisbado fugazmente, él desvió los ojos al frente, por decoro, tanto
más cuanto que el secretario y otros dos acólitos lo seguían.
Pero no
supo resistirse y, con la mayor rapidez posible, volvió de nuevo la cabeza para
verla.
La chica
lo miró de nuevo. A él incluso le pareció -pero debía tratarse de una
sugestión- que los exangües y voluptuosos labios se estremecían, como quien se
dispone a hablar.
Basta.
Por pura decencia, no podía arriesgarse más. Ya no volvería a verla. Bajo la
lluvia torrencial, cuidó de no meter los pies en los charcos del suelo. Le
pareció percibir un vago calor en la nuca, como si un hálito lo rozase. Quizás,
quizás, ella lo seguía mirando.
Apresuró
el paso.
Pero en
aquel preciso instante se percató de que algo le faltaba. Una cosa esencial,
importantísima. Jadeó. Se dio cuenta con espanto de que la felicidad de antes,
aquella sensación de saciedad y de victoria, había cesado de existir. Su cuerpo
era un triste peso, y numerosas molestias lo aguardaban.
-¿Por
qué? ¿Qué había pasado? ¿Acaso no era el Dominador, el Gran Artista, el Genio?
¿Por qué ya no lograba ser feliz?
Caminaba.
Ahora, el jardín del Almirantazgo se encontraba a sus espaldas. Quién sabe
dónde estaría la chica a estas horas.
¡Qué
absurdo, qué estupidez! Por haber visto a una mujer.
¿Enamorado?
¿Así, de golpe? No, ésas no eran cosas para él. Una chica desconocida, quizás
incluso de poca calidad. Y, sin embargo... Y, sin embargo, allí donde pocos
instantes antes vibraba un contento desenfrenado, ahora se extendía un árido
desierto.
Ya no
volvería a verla. Nunca sabría quién era. No hablaría jamás con ella. Ni con
ella ni con las semejantes a ella. Envejecería sin siquiera dirigirles la
palabra. Envejecido en medio de la gloria, sí, pero sin aquella boca, sin
aquellos ojos de lacerante apatía, sin aquel cuerpo misterioso.
¿Y si él,
sin saberlo, lo hubiese hecho todo por ella? ¿Por ella y las mujeres como ella,
las desconocidas, las peligrosas criaturas que jamás había tocado? ¿Y si los
años eternos de clausura, de fatigas, de rigor, de pobreza, de disciplina, de
renuncias, hubiesen tenido sólo aquel objeto; si en lo profundo de sus desnudas
maceraciones hubiese estado al acecho aquel tremendo deseo? ¿Si detrás del afán
de celebridad y de poder, bajo estas miserables apariencias, lo hubiese
impelido tan sólo el amor?
Pero él
nunca había comprendido algo como esto, ni lo había sospechado, ni siquiera en
broma. Sólo pensarlo le habría parecido una escandalosa locura.
Por ello,
los años habían pasado inútilmente. Y hoy, ya era demasiado tarde.
FIN
Después
de un día de viaje en tren, Giuseppe Corte llegó, una mañana de marzo, a la
ciudad donde se hallaba el famoso sanatorio. Tenía un poco de fiebre, pero aun
así quiso hacer a pie el camino entre la estación y el hospital, llevando su
pequeña maleta de viaje.
Si bien
no tenía más que una manifestación incipiente sumamente leve, le habían
aconsejado dirigirse a aquel célebre sanatorio, en el que se trataba
exclusivamente aquella enfermedad. Eso garantizaba una competencia excepcional
en los médicos y la más racional sistematización de las instalaciones.
Cuando lo
divisó desde lejos –lo reconoció por haberlo visto ya en fotografía en un
folleto publicitario– Giuseppe Corte tuvo una inmejorable impresión. El blanco
edificio de siete plantas estaba surcado por entrantes regulares que le daban
una vaga fisonomía de hotel. Estaba rodeado completamente de altos árboles.
Después
de un breve reconocimiento a la espera de un examen más detenido y completo,
Giuseppe Corte fue instalado en una alegre habitación de la séptima y última
planta. Los muebles eran claros y limpios, como el tapizado, los sillones eran
de madera, los cojines estaban forrados de tela estampada. La vista se extendía
sobre uno de los barrios más bonitos de la ciudad. Todo era plácido,
hospitalario y tranquilizador.
Giuseppe
Corte se metió sin dilación en la cama y, encendiendo la luz que tenía a la
cabecera, comenzó a leer un libro que había llevado. Poco después entró una
enfermera para preguntarle si quería algo.
Giuseppe
Corte no quería nada pero se puso de buena gana a conversar con la joven,
pidiendo información acerca del sanatorio. Se enteró así de la extraña
peculiaridad de aquel hospital. Los enfermos eran distribuidos planta por
planta según su gravedad. En la séptima, es decir en la última, se acogían las
manifestaciones sumamente leves. La sexta estaba destinada a los enfermos no
graves, pero tampoco susceptibles de descuido. En la quinta se trataban ya
afecciones serias, y así sucesivamente de planta en planta. En la segunda
estaban los enfermos gravísimos. En la primera, aquellos para los que no había
esperanza.
Este
singular sistema, además de agilizar mucho el servicio, impedía que un enfermo
leve pudiera verse turbado por la vecindad de un compañero agonizante y
garantizaba en cada planta un ambiente homogéneo. Por otra parte, de este modo
el tratamiento podía graduarse de forma perfecta y con mejores resultados.
De ello
se derivaba que los enfermos se dividían en siete castas progresivas. Cada
planta era como un pequeño mundo autónomo, con sus reglas particulares, con
especiales tradiciones que en las otras plantas carecían de cualquier valor. Y
como cada sector se confiaba a la dirección de un médico distinto, se habían
creado, siquiera fueran nimias, netas diferencias en los métodos de
tratamiento, pese a que el director general hubiera imprimido a la institución
una única orientación fundamental.
Cuando la
enfermera hubo salido, Giuseppe Corte, pareciéndole que la fiebre había
desaparecido, se llegó a la ventana y miró hacia fuera, no para observar el
panorama de la ciudad, que también era nueva para él, sino con la esperanza de
divisar a través de aquélla a otros enfermos de las plantas inferiores. La
estructura del edificio, con grandes entrantes, permitía este género de
observaciones. Giuseppe Corte concentró su atención sobre todo en las ventanas
de la primera planta, que parecían muy lejanas y no alcanzaban a distinguirse
más que de forma sesgada. Sin embargo, no pudo ver nada interesante. En su
mayoría estaban herméticamente cerradas por grises persianas.
Corte
advirtió que en una ventana vecina a la suya estaba asomado un hombre. Ambos se
miraron largamente con creciente simpatía, pero no sabían cómo romper aquel
silencio. Finalmente, Giuseppe Corte se animó y dijo:
–¿Usted
también está aquí desde hace poco?
–Oh, no
–dijo el otro–, yo ya hace dos meses que estoy aquí... –calló por un instante y
después, no sabiendo cómo continuar la conversación, añadió–: miraba ahí abajo,
a mi hermano.
–¿Su
hermano?
–Sí
–explicó el desconocido–. Ingresamos juntos, un caso realmente curioso, pero él
ha ido empeorando; piense que ahora está ya en la cuarta.
–¿Qué
cuarta?
–La
cuarta planta –explicó el individuo, y pronunció las dos palabras con tanto
sentimiento y horror que Giuseppe Corte se quedó casi sobrecogido de espanto.
–¿Tan
graves están los de la planta cuarta?
–Oh –dijo
el otro meneando con lentitud la cabeza–, todavía no son casos desesperados,
pero tampoco es como para estar muy alegre.
–Y
entonces –siguió preguntando Corte con la festiva desenvoltura de quien hace
referencia a cosas trágicas que no le atañen–, si en la cuarta están ya tan
graves, ¿a la primera quiénes van a parar?
–Oh –dijo
el otro–, en la primera están los moribundos sin más. Allá abajo los médicos ya
no tienen nada que hacer. Sólo trabaja el sacerdote. Y naturalmente...
–Pero hay
poca gente en la primera planta –interrumpió Giuseppe Corte, como si le urgiese
tener una confirmación, ahí abajo casi todas las habitaciones están cerradas.
–Hay poca
gente ahora, pero esta mañana había bastante –respondió el desconocido con una
sonrisa sutil. Allí donde las persianas están bajadas, es que alguien se ha
muerto hace poco. ¿No ve usted, por otra parte, que en las otras plantas todas
las contraventanas están abiertas? Pero perdone –añadió retirándose lentamente,
me parece que comienza a refrescar. Me vuelvo a la cama. Que le vaya bien...
El hombre
desapareció del antepecho y la ventana se cerró con energía; luego se vio
encenderse dentro una luz. Giuseppe Corte permaneció inmóvil en la ventana,
mirando fijamente las persianas bajadas de la primera planta. Las miraba con
una intensidad morbosa, tratando de imaginar los fúnebres secretos de aquella
terrible primera planta donde los enfermos se veían confinados para morir; y se
sentía aliviado de saberse tan alejado. Descendían entre tanto sobre la ciudad
las sombras de la noche. Una a una, las mil ventanas del sanatorio se
iluminaban; de lejos podría haberse dicho un palacio en que se celebrara una
fiesta. Sólo en la primera planta, allí abajo, en el fondo del precipicio,
decenas y decenas de ventanas permanecían ciegas y oscuras.
El
resultado del reconocimiento general tranquilizó a Giuseppe Corte. Inclinado
habitualmente a prever lo peor, en su interior se había preparado ya para un
veredicto severo y no se habría sorprendido si el médico le hubiese declarado
que debía asignarle a la planta inferior. De hecho, la fiebre no daba señas de
desaparecer, pese a que el estado general siguiera siendo bueno. El
facultativo, sin embargo, le dirigió palabras cordiales y alentadoras.
Principio de enfermedad, lo había, le dijo, pero muy ligero; probablemente en
dos o tres semanas todo habría pasado.
–Entonces
¿me quedo en la séptima planta? –había preguntado en ese momento Giuseppe Corte
con ansiedad.
–¡Pues
claro! –había respondido el médico palmeándole amistosamente la espalda–.
¿Dónde pensaba que había de ir? ¿A la cuarta quizá? –preguntó riendo, como para
hacer alusión a la hipótesis más absurda.
–Mejor
así, mejor así –dijo Corte–. ¿Sabe usted? Cuando uno está enfermo se imagina
siempre lo peor...
De hecho,
Giuseppe Corte se quedó en la habitación que se le había asignado
originalmente. En las raras tardes en que se le permitía levantarse intimó con
algunos de sus compañeros de hospital. Siguió escrupulosamente el tratamiento y
puso todo su empeño en sanar con rapidez; su estado, con todo, parecía seguir
estacionario.
Habían
pasado unos diez días cuando se le presentó el supervisor de la séptima planta.
Tenía que pedirle un favor a título meramente personal: al día siguiente tenía
que ingresar en el hospital una señora con dos niños; había dos habitaciones
libres, justamente al lado de la suya, pero faltaba la tercera; ¿consentiría el
señor Corte en trasladarse a otra habitación igual de confortable?
Giuseppe
Corte no opuso, naturalmente, ningún inconveniente; para él, una u otra
habitación era lo mismo; quizá incluso le tocara una enfermera nueva y más
mona.
–Se lo
agradezco de corazón –dijo el supervisor con una ligera inclinación–; de una
persona como usted, confieso que no me asombra semejante acto de
caballerosidad. Dentro de una hora, si no tiene inconveniente, procederemos al
traslado. Tenga en cuenta que es necesario que baje a la planta de abajo
–añadió con voz atenuada, como si se tratase de un detalle completamente
intrascendente–. Desgraciadamente, en esta planta no quedan habitaciones
libres. Pero es un arreglo provisional –se apresuró a especificar al ver que
Corte, que se había incorporado de golpe, estaba a punto de abrir la boca para
protestar–, un arreglo absolutamente provisional. En cuanto quede libre una
habitación, y creo que será dentro de dos o tres días, podrá volver aquí arriba
–Le
confieso –dijo Giuseppe Corte sonriendo para demostrar que no era ningún niño–
que un traslado de esta clase no me agrada en absoluto.
–Pero es
un traslado que no obedece a ningún motivo médico; entiendo perfectamente lo
que quiere decir; se trata únicamente de una gentileza con esta señora, que
prefiere no estar separada de sus niños... Un favor –añadió riendo
abiertamente, ¡ni se le ocurra que pueda haber otras razones!
–Puede
ser –dijo Giuseppe Corte–, pero me parece de mal agüero.
De este
modo Corte pasó a la sexta planta, y si bien convencido de que este traslado no
correspondía en absoluto a un empeoramiento de la enfermedad, se sentía
incómodo al pensar que entre él y el mundo normal, de la gente sana, se
interponía ya un obstáculo preciso. En la séptima planta, puerto de llegada, se
estaba en cierto modo todavía en contacto con la sociedad de los hombres; podía
considerarse más bien casi una prolongación del mundo habitual. En la sexta, en
cambio, se entraba en el auténtico interior del hospital; la mentalidad de los
médicos, de los enfermeros y de los propios enfermos era ya ligeramente
distinta. Se admitía ya que en esa planta se albergaba a los enfermos
auténticos, por más que fuera en estado no grave. Las primeras conversaciones
con sus vecinos de habitación, con el personal y los médicos, hicieron advertir
a Giuseppe Corte de hecho que en aquella sección la séptima planta se
consideraba una farsa reservada a los enfermos por afición, padecedores más que
nada de imaginaciones; sólo en la sexta, por decirlo así, se empezaba de
verdad.
De todos
modos, Giuseppe Corte comprendió que para volver arriba, al lugar que le
correspondía por las características de su enfermedad, hallaría sin duda cierta
dificultad; aunque fuera tan sólo para un esfuerzo mínimo, para regresar a la
séptima planta debía poner en marcha un complejo mecanismo; no cabía duda de
que si él no chistaba, nadie tomaría en consideración trasladarlo nuevamente a
la planta superior de los "casi sanos".
Por ello,
Giuseppe Corte se propuso no transigir con sus derechos y no dejarse atrapar
por la costumbre. Cuidaba mucho de puntualizar a sus compañeros de sección que
se hallaba con ellos sólo por unos pocos días, que había sido él quien había
accedido a descender una planta para hacer un favor a una señora y que en
cuanto quedara libre una habitación volvería arriba. Los otros asentían con
escaso convencimiento.
La
convicción de Giuseppe Corte halló plena confirmación en el dictamen del nuevo
médico. Incluso éste admitía que podía asignarse perfectamente a Giuseppe Corte
a la séptima planta; su manifestación era ab-so-lu-ta-men-te le-ve –y
fragmentaba esta definición para darle importancia–, pero en el fondo estimaba
que acaso en la sexta planta Giuseppe Corte pudiera ser mejor tratado.
–No
empecemos –intervenía en este punto el enfermo con decisión–, me ha dicho que
la séptima planta es la que me corresponde; y quiero volver a ella.
–Nadie
dice lo contrario –replicaba el doctor–, ¡yo no le daba más que un simple
consejo, no de mé-di-co, sino de au-tén-ti-co a-mi-go! Su manifestación, le
repito, es levísima (no sería exagerado decir que ni siquiera está enfermo),
pero en mi opinión se diferencia de manifestaciones análogas en una cierta
mayor extensión. Me explico: la intensidad de la enfermedad es mínima, pero su
amplitud es considerable; el proceso destructivo de las células –era la primera
vez que Giuseppe Corte oía allí dentro aquella siniestra expresión–, el proceso
destructivo de las células no ha hecho más que comenzar, quizá ni siquiera haya
comenzado, pero tiende, y digo sólo tiende, a atacar simultáneamente
respetables proporciones del organismo. Sólo por esto, en mi opinión, puede ser
tratado más eficazmente aquí, en la sexta planta, donde los métodos
terapéuticos son más específicos e intensos.
Un día le
contaron que, después de haber consultado largamente con sus colaboradores, el
director general del establecimiento había decidido cambiar la subdivisión de
los enfermos. El grado de cada uno de éstos, por decirlo así, se veía
acrecentado en medio punto. Suponiendo que en cada planta los enfermos se
dividieran, según su gravedad, en dos categorías (de hecho los respectivos
médicos hacían esta subdivisión, si bien a efectos meramente internos), la
inferior de estas dos mitades se veía trasladada de oficio una planta más
abajo. Por ejemplo, la mitad de los enfermos de la sexta planta, aquellos con
manifestaciones ligeramente más avanzadas, debían pasar a la quinta; y los
menos leves de la séptima pasar a la sexta. La noticia alegró a Giuseppe Corte
porque, en un cuadro de traslados de tal complejidad, su regreso a la séptima
planta podría llevarse a cabo más fácilmente.
Cuando
mencionó esta su esperanza a la enfermera, se llevó, sin embargo, una amarga
sorpresa. Supo entonces que sería trasladado, pero no a la séptima, sino a la
planta de abajo. Por motivos que la enfermera no sabía explicarle, estaba
incluido en la mitad más "grave" de los que se alojaban en la sexta
planta y por esta razón debía descender a la quinta.
Pasados
los primeros instantes de sorpresa, Giuseppe Corte montó en cólera; dijo a
gritos que lo estafaban vilmente, que no quería oír hablar de ningún traslado
abajo, que se volvería a casa, que los derechos eran derechos y que la
administración del hospital no podía ignorar de forma tan abierta los
diagnósticos de los facultativos.
Todavía
estaba gritando cuando el médico llegó sin resuello para tranquilizarlo.
Aconsejó a Corte que se calmara si no quería que le subiera la fiebre, le
explicó que se había producido un malentendido, cuando menos parcial. Llegó a
admitir, incluso, que lo más propio habría sido que hubieran enviado a Giuseppe
Corte a la séptima planta, pero añadió que tenía acerca de su caso una idea
ligeramente diferente, si bien muy personal. En el fondo su enfermedad podía,
en cierto sentido, naturalmente, considerarse de sexto grado, dada la amplitud
de las manifestaciones morbosas. Sin embargo, ni siquiera él lograba explicarse
cómo Corte había sido catalogado en la mitad inferior de la sexta planta.
Probablemente el secretario de la dirección, que había llamado aquella misma
mañana preguntando por la ubicación clínica exacta de Giuseppe Corte, se había
equivocado al transcribirla. Por mejor decir, la dirección había
"empeorado" ligeramente su dictamen a propósito, ya que se le
consideraba un médico experto pero demasiado indulgente. El doctor aconsejaba a
Corte, en fin, no inquietarse, sufrir sin protestas el traslado; lo que contaba
era la enfermedad, no el lugar donde se situaba a un enfermo.
Por lo
que se refería al tratamiento –añadió aún el facultativo–, Giuseppe Corte no
habría de lamentarlo; el médico de la planta de abajo tenía sin duda más
experiencia; era casi un dogma que la pericia de los doctores aumentaba, cuando
menos a juicio de la dirección, a medida que se descendía. La habitación era
igual de cómoda y elegante. Las vistas, igualmente amplias: sólo de la tercera
planta para abajo la visión se veía estorbada por los árboles del perímetro.
Presa de
la fiebre vespertina, Giuseppe Corte escuchaba las minuciosas justificaciones
del doctor con progresivo cansancio. Finalmente, se dio cuenta de que no tenía
fuerzas ni, sobre todo, ganas de seguir oponiéndose al injusto traslado. Y se
dejó llevar a la planta de abajo.
El único,
si bien magro, consuelo de Giuseppe Corte una vez se halló en la quinta planta,
fue saber que era común opinión de los médicos, los enfermeros y enfermos que
en aquella sección él era el menos grave de todos. En el ámbito de aquella
planta, en suma, podía considerarse con diferencia el más afortunado. Sin
embargo, por otra parte lo atormentaba el pensamiento de que ahora eran ya dos
las barreras que se interponían entre él y el mundo de la gente normal.
A medida
que avanzaba la primavera, el aire se hacía más tibio, pero Giuseppe Corte no
gustaba ya, como en los primeros días, de asomarse a la ventana; aunque
semejante temor fuese una verdadera tontería, cuando veía las ventanas de la
primera planta, siempre cerradas en su mayoría, que tanto se habían acercado,
sentía recorrerle un extraño escalofrío.
Su
enfermedad se mostraba estacionaria. Con todo, pasados tres días de estancia en
la quinta planta, se manifestó en su pierna derecha una erupción cutánea que en
los días siguientes no dio señas de reabsorberse. Era una afección, le dijo el
médico, absolutamente independiente de la enfermedad principal; un trastorno
que le podía ocurrir a la persona más sana del mundo. Para eliminarlo en pocos
días, sería deseable un tratamiento intensivo de rayos digamma.
–¿Y me
los pueden dar aquí, esos rayos digamma? –preguntó Giuseppe Corte.
–Nuestro
hospital –respondió complacido el médico– desde luego dispone de todo. Sólo hay
un inconveniente...
–¿De qué
se trata? –preguntó Corte con un vago presentimiento.
–Inconveniente
por decirlo así –se corrigió el doctor–; me refiero a que sólo hay instalación
de rayos en la cuarta planta, y yo le desaconsejaría hacer semejante trayecto
tres veces al día.
–Entonces
¿nada?
–Entonces
lo mejor sería que hasta que le desaparezca la erupción hiciera el favor de
bajarse a la cuarta.
–¡Basta!
–aulló Giuseppe Corte–. ¡Ya he bajado bastante! A la cuarta no voy, así
reviente.
–Como a
usted le parezca –dijo, conciliador, el otro para no irritarle–, pero, como
médico encargado de su tratamiento, tenga en cuenta que le prohíbo bajar tres
veces al día.
Lo malo
fue que el eccema, en vez de ir a menos, se fue extendiendo lentamente.
Giuseppe Corte no conseguía hallar reposo y no cesaba de revolverse en la cama.
Aguantó así, furioso, tres días, hasta que se vio obligado a ceder.
Espontáneamente, rogó al médico que ordenara que le hicieran el tratamiento de
los rayos y, por consiguiente, que lo trasladaran a la planta inferior.
Allí
abajo Corte advirtió con inconfesado placer que representaba una excepción. Los
otros enfermos de la sección estaban sin lugar a dudas en estado muy grave y no
podían abandonar la cama siquiera por un minuto. Sin embargo él podía
permitirse el lujo de ir a pie desde su habitación a la sala de rayos entre los
parabienes y la admiración de las propias enfermeras.
Al nuevo
médico le precisó con insistencia su especialísima situación. Un enfermo que en
el fondo tenía derecho a la séptima planta había ido a parar a la cuarta. En
cuanto la erupción desapareciese, pretendía regresar arriba. No admitiría en
absoluto ninguna nueva excusa. ¡Él, que legítimamente habría podido estar
todavía en la séptima!
–¡La
séptima, la séptima! –exclamó sonriendo el médico, que acababa justamente de
pasar visita–. ¡Ustedes, los enfermos, siempre exageran! Soy el primero en
decir que puede estar contento de su estado; por lo que veo en su cuadro
clínico, no ha habido grandes empeoramientos. ¡Pero de ahí a hablar de la
séptima planta, y disculpe mi brutal sinceridad, hay sin duda cierta
diferencia! Es usted uno de los casos menos preocupantes, lo admito, pero no
deja de ser un enfermo.
–Entonces
usted –dijo Giuseppe Corte con el rostro encendido, ¿a qué planta me asignaría?
–Bueno,
no es fácil decirlo, no le hecho más que un breve reconocimiento, y para poder
pronunciarme debería seguirle por lo menos una semana.
–Está
bien –insistió Corte–, pero más o menos sí sabrá.
Para
tranquilizarlo, el médico simuló concentrarse un momento; luego asintió con la
cabeza y dijo con lentitud:
–Bueno,
aunque sólo sea para contentarle, podríamos en el fondo asignarle a la sexta.
Sí, sí –añadió como para convencerse a sí mismo–. La sexta podría estar bien.
Creía así
el doctor contentar al enfermo. Por el rostro de Giuseppe Corte, en cambio, se
extendió una expresión de zozobra: el enfermo se daba cuenta de que los médicos
de las últimas plantas lo habían engañado; ¡y hete aquí que este nuevo doctor,
a todas luces más competente y más sincero, en su fuero interno –era evidente–
lo asignaba, no a la séptima, sino a la sexta planta, y quizá a la quinta, la
inferior! La inesperada desilusión postró a Corte. Aquella noche la fiebre le
subió de forma apreciable.
Su
estancia en la cuarta planta señaló para Giuseppe Corte el período más
tranquilo desde que ingresara en el hospital. El médico era una persona
sumamente simpática, atenta y cordial; a menudo se paraba, incluso durante
horas enteras, a charlar de los temas más diversos. Y también Giuseppe Corte
hablaba de buena gana, buscando temas relacionados con su vida habitual de
abogado y hombre de sociedad. Intentaba convencerse de que pertenecía aún a la
sociedad de los hombres sanos, de estar vinculado todavía al mundo de los
negocios, de interesarse por los acontecimientos públicos. Lo intentaba, pero
sin conseguirlo. De forma invariable, la conversación acababa siempre yendo a
parar a la enfermedad.
Entre
tanto, el deseo de una mejoría cualquiera se había convertido para él en una
obsesión. Los rayos digamma, aunque habían conseguido detener la extensión de
la erupción cutánea, no habían bastado a eliminarla. Todos los días Giuseppe
Corte hablaba de ello largamente con el médico y se esforzaba por mostrarse
fuerte, incluso irónico, sin conseguirlo.
–Dígame,
doctor –preguntó un día–, ¿cómo va el proceso destructivo de mis células?
–¿Pero
qué expresiones son esas? –le reconvino jovialmente el doctor–. ¿De dónde las
ha sacado? ¡Eso no está bien, no está bien, y menos en un enfermo! No quiero
oírle nunca más cosas semejantes.
–Está
bien –objetó Corte–, pero así no me ha contestado.
–Oh,
ahora mismo lo hago –dijo el doctor, amable–. El proceso destructivo de las
células, por emplear su siniestra expresión, es, en su caso, mínimo,
absolutamente mínimo. Pero me siento tentado de definirlo como obstinado.
–¿Obstinado?
¿Quiere decir crónico?
–No me
haga decir lo que no he dicho. Quiero decir solamente rebelde. Por lo demás,
así son la mayoría de los casos. Afecciones incluso muy leves necesitan a
menudo tratamientos enérgicos y prolongados.
–Pero
dígame, doctor, ¿para cuándo puedo esperar una mejoría?
–¿Para
cuándo? En estos casos, las predicciones son más bien difíciles... Pero escuche
–añadió después de una pausa meditativa–, según veo, tiene auténtica obsesión
por sanar... si no tuviera miedo de que se me enfade, le daría un consejo...
–Pues
diga, diga, doctor...
–Pues
bien, le plantearé la cuestión en términos muy claros. Si yo, atacado por esta
enfermedad aunque fuera de forma levísima, viniera a parar a este sanatorio,
que posiblemente es el mejor que existe, espontáneamente haría que me
asignaran, y desde el primer día, desde el primer día, ¿comprende?, a una de
las plantas más bajas. Haría que me ingresaran directamente en la...
–¿En la
primera? –sugirió Corte con una sonrisa forzada.
–¡Oh,
no!, ¡en la primera no! –respondió irónico el médico–, ¡eso no! Pero en la
segunda o la tercera, seguro que sí. En las plantas inferiores el tratamiento
se lleva a cabo mucho mejor, se lo garantizo, las instalaciones son más
completas y potentes, el personal más competente. ¿Sabe usted, además, quién es
el alma de este hospital?
–¿No es
el profesor Dati?
–En
efecto, el profesor Dati. Él es el inventor del tratamiento que se lleva a
cabo, el que proyectó toda la instalación. Pues bien, él, el maestro, está, por
decirlo así, entre la primera y la segunda planta. Desde allí irradia su fuerza
directiva. Pero le garantizo que su influjo no llega más allá de la tercera
planta; de ahí para arriba se diría que sus mismas órdenes se diluyen, pierden
consistencia, se extravían; el corazón del hospital está abajo y se necesita
estar abajo para tener los mejores tratamientos.
–Así que,
en definitiva –dijo Giuseppe Corte con voz temblorosa–, usted me aconseja...
–Añada a
eso una cosa –continuó imperturbable el doctor–, añada que en su caso
particular habría que insistir hasta que desaparezca. Es una cosa sin ninguna
importancia, convengo en ello, pero más bien molesta, que de prolongarse mucho
podría deprimir la "moral"; y usted sabe lo importante que es, para
sanar, la tranquilidad de espíritu. Las sesiones de rayos a que le he sometido
no han dado resultado más que a medias. ¿Que por qué? Puede ser tan sólo
casualidad, pero puede ser también que los rayos no tengan la suficiente
intensidad. Pues bien, en la tercera planta las máquinas de rayos son mucho más
potentes. Las probabilidades de curar el eccema serían mucho mayores, Y luego,
¿ve usted?, una vez la curación en marcha, lo más complicado ya está hecho. Una
vez iniciada la recuperación, lo difícil es volver atrás. Cuando se sienta
mejor de veras, nada le impedirá volver aquí con nosotros o incluso más arriba,
según sus "méritos", incluso a la quinta, a la sexta, hasta a la
séptima, me atrevo a decir...
–¿Y usted
cree que eso podrá acelerar el tratamiento?
–¡De eso
no cabe ninguna duda! Ya le he dicho lo que yo haría en su situación.
Charlas
de esta clase el doctor no las daba todos los días. Acabó llegando el momento
en que el enfermo, cansado de sufrir a causa del eccema, pese a su instintiva
reluctancia a descender al reino de los casos todavía más graves, decidió
seguir el consejo y se trasladó a la planta de abajo.
En la
tercera planta no tardó en advertir que reinaba en la sección, en el médico, en
las enfermeras, un especial regocijo, pese a que allí abajo recibieran
tratamiento enfermos muy preocupantes. Notó incluso que este regocijo aumentaba
con los días: picado por la curiosidad, una vez que hubo tomado un poco de
confianza con la enfermera, preguntó cómo era que en aquella planta estaban
siempre todos tan alegres.
–Ah,
¿pero es que no lo sabe? –respondió la enfermera. Dentro de tres días nos vamos
de vacaciones.
–¿Qué
quiere decir eso de «nos vamos de vacaciones»?
–Sí.
Durante quince días la tercera planta se cierra y el personal se va de asueto.
Las plantas descansan por turno.
–¿Y los
enfermos? ¿Qué hacen con ellos?
–Como hay
relativamente pocos, se reúnen dos plantas en una sola.
–¿Cómo?
¿Reúnen a los enfermos de la tercera y de la cuarta?
–No, no
–corrigió la enfermera–, a los de la tercera y la segunda. Los que están aquí
tendrán que bajar.
–¿Bajar a
la segunda? –dijo Giuseppe Corte pálido como un muerto–. ¿Tendré que bajar
entonces a la segunda?
–Pues
claro. ¿Qué tiene de raro? Cuando, dentro de quince días, regresemos, volverá
usted a esta habitación. No creo que sea para asustarse.
Sin
embargo, Giuseppe Corte –misterioso instinto le advertía– se vio embargado por
el miedo. No obstante, ya que no podía impedir que el personal se fuera de
vacaciones, convencido de que el nuevo tratamiento de rayos le hacía bien (el
eccema se había reabsorbido casi por completo), no se atrevió a oponerse al
nuevo traslado. Pretendió, con todo, y a pesar de las burlas de las enfermeras,
que en la puerta de su nueva habitación se pusiera un cartel que dijera:
«Giuseppe Corte, de la tercera planta, provisional». Esto no tenía precedentes
en la historia del sanatorio, pero los médicos, considerando que en un
temperamento nervioso como Corte incluso pequeñas contrariedades podían
provocar un empeoramiento, no se opusieron a ello.
En el
fondo se trataba de esperar quince días, ni uno más ni uno menos. Giuseppe
Corte empezó a contarlos con obstinada avidez, permaneciendo inmóvil en su
lecho durante horas enteras con los ojos fijos en los muebles, que en la
segunda planta no eran ya tan modernos y alegres como en las secciones
superiores, sino que adoptaban dimensiones mayores y líneas más solemnes y
severas. Y de cuando en cuando aguzaba el oído, pues le parecía oír en la
planta de abajo, la planta de los moribundos, la sección de los
"condenados", vagos estertores de agonía.
Todo
esto, naturalmente, contribuía a entristecerlo. Y su mengua de serenidad
parecía fomentar la enfermedad, la fiebre tendía a aumentar, la debilidad se
hacía más pronunciada. Desde la ventana –era ya pleno verano y las ventanas se
hallaban casi siempre abiertas– no se divisaban ya los tejados, ni siquiera las
casas de la ciudad; sólo la muralla verde de los árboles que rodeaban el
hospital.
Habían
pasado siete días cuando una tarde, hacia las dos, el supervisor y tres
enfermeros que empujaban una camilla con ruedas irrumpieron súbitamente.
–¿Listos
para el traslado? –preguntó en tono de afable chanza el supervisor.
–¿Qué
traslado? –preguntó Giuseppe Corte con un hilo de voz–. ¿Qué bromas son estas?
¿No faltan aún siete días para que vuelvan los de la tercera planta?
–¿La
tercera planta? –dijo el supervisor como si no comprendiera–. A mí me han dado
orden de llevarle a la primera, mire –y le enseñó un volante sellado para su
traslado a la planta inferior, firmado nada menos que por el mismísimo profesor
Dati.
El
terror, la cólera infernal de Giuseppe Corte estallaron en largos gritos que
resonaron por toda la planta. «Más bajo, más bajo, haga el favor», suplicaron
las enfermeras, «¡aquí hay enfermos que no se encuentran bien!». Pero hacía
falta algo más para calmarlo.
Al fin
acudió el médico que dirigía la sección, una persona amabilísima y sumamente
educada. Se informó, miró el volante, hizo que Corte le explicara. Luego se
voltio, encolerizado, hacia el supervisor, declarando que había habido un
error, él no había dado ninguna orden de ese tipo, desde hacía algún tiempo
había un desbarajuste intolerable, nadie le informaba de nada... Al cabo,
después de haber echado la bronca al subordinado, se volvió en tono cortés al
enfermo, deshaciéndose en excusas.
–Con
todo, desgraciadamente –añadió el médico–, el profesor Dati hace justo una hora
que se ha marchado para una breve licencia, y no volverá hasta dentro de dos
días. Estoy absolutamente desolado, pero sus órdenes no se pueden transgredir.
Él será el primero en lamentarlo, se lo garantizo... ¡Un error así! ¡No me
explico cómo ha podido suceder!
Un
lastimoso estremecimiento había empezado a sacudir a Giuseppe Corte. Su
capacidad de dominarse había desaparecido por completo. El terror se había
apoderado de él como de un niño. Sus sollozos resonaban en la habitación.
De este
modo, debido a aquel execrable error, alcanzó la última etapa. ¡Él, que en el
fondo, por la gravedad de su mal, a juicio de los médicos más severos, tenía
derecho a verse asignado a la sexta, cuando no a la séptima planta, en la
sección de los moribundos! La situación era tan grotesca que en algunos
momentos Giuseppe Corte casi sentía deseos de echar a reír a carcajadas.
Tendido
en la cama mientras la cálida tarde de verano pasaba lentamente sobre la
ciudad, miraba los verdes árboles a través de la ventana con la impresión de
haber ido a parar a un mundo irreal, hecho de absurdas paredes alicatadas y
esterilizadas, de gélidos y fúnebres zaguanes, de blancas figuras humanas
carentes de alma. Hasta dio en pensar que ni siquiera los árboles que le
parecía divisar a través de la ventana eran verdaderos: acabó incluso por
convencerse, al advertir que las hojas no se movían en absoluto.
Esta idea
lo agitó hasta tal punto que Corte llamó con el timbre a la enfermera e hizo
que le alcanzara sus gafas de miope, que no usaba en la cama; sólo entonces
consiguió tranquilizarse un poco: con su ayuda pudo asegurarse de que eran
realmente árboles auténticos y que las hojas, aunque ligeramente, se veían
agitadas por el viento de cuando en cuando.
Una vez
que salió la enfermera, transcurrió un cuarto de hora de completo silencio.
Seis plantas, seis terribles murallas, aun siendo por un error de forma,
abrumaban ahora a Giuseppe Corte con implacable peso. ¿Cuántos años –sí, tenía
que pensar en años– le harían falta para que consiguiera alcanzar de nuevo el
borde de aquel precipicio?
Pero
¿cómo de repente se hacía en la habitación tanta oscuridad? Seguía siendo plena
tarde. Con un esfuerzo supremo, Giuseppe Corte, que se sentía paralizado por un
extraño entumecimiento, miró el reloj que estaba sobre la mesita al lado de la
cama. Eran las tres y media. Volvió la cabeza hacia la otra parte y vio que las
persianas, obedientes a una misteriosa orden, descendían lentamente, cerrando
el paso a la luz.
Dino
Buzzati. Relatos. Traducción Javier Setó
©1996
Alianza Editorial S.A., Madrid, España
Cuando la
noche ha caído, me gusta dar un paseo por el jardín. Pero no crean que soy
rico. Cualquiera tiene un jardín como el mío. Y más adelante comprenderán por
qué.
En la
oscuridad, pero no una oscuridad completa, puesto que de las ventanas llega una
claridad vaga, en la oscuridad camino sobre el prado, con los zapatos un poco
hundidos en la hierba, y pienso mientras tanto, pensando alzo los ojos para ver
si el cielo está sereno, y si hay estrellas, las observo preguntándome muchas
cosas. Pero ciertas noches no me hago preguntas; las estrellas están allá
arriba, encima de mí, como estúpidas y nada me dicen.
Yo era un
muchacho cuando, dando mi paseo nocturno, tropecé con un obstáculo. Como no
veía bien, encendí un fósforo. Sobre la lisa superficie del prado había una
protuberancia, y la cosa era extraña. “Tal vez el jardinero hizo un trabajo”,
pensé. “Se lo preguntaré mañana.”
Al día
siguiente llamé al jardinero, cuyo nombre era Giacomo. Le dije:
¿Qué
hiciste en el jardín? En el prado hay una especie de joroba; ayer en la noche
tropecé con ella. La vi hoy en la mañana, muy temprano. Es una joroba estrecha
y oblonga, semejante a un túmulo mortuorio. ¿Me quieres decir qué pasa?
—No es
que se parezca, señor —dijo Giacomo, el jardinero—; es exactamente un túmulo
mortuorio. Porque ayer murió un amigo suyo, señor.
Era
verdad. Mi querido amigo Sandro Bartoli, de veintiún años, había muerto en la
montaña, con el cráneo destrozado.
—¿Y tu
crees —le pregunté a Giacomo— que mi amigo está enterrado aquí?
—No
—respondió—. Su señor amigo Bartoli —él habla así porque pertenece a la vieja
generación y es, por ende, muy respetuoso—, fue enterrado al pie de las
montañas que usted conoce. Pero aquí, en el jardín, se ha levantado solo,
porque éste es su jardín, señor, y todo lo que suceda en su vida, señor, tendrá
una consecuencia precisamente aquí.
—¡Pero
Giacomo, por favor! Estas son supersticiones absurdas. Te ruego que aplanes esa
joroba.
Pero nada
se hizo y la joroba siguió allí. Al caer la noche, continué paseando por el
jardín, y de vez en cuando tropezaba en aquella joroba, pero no muy a menudo,
ya que el jardín es bastante grande. Era una joroba de unos setenta centímetros
de ancho y un metro noventa de largo; encima de ella crecía el pasto y la
altura de la joroba era más o menos de unos veinticinco centímetros sobre el
nivel del prado. Naturalmente, todas las veces que tropezaba con ella pensaba
en él, en el querido amigo perdido. Pero podía ser que fuera al revés. Es
decir, que yo fuera a toparme con la joroba porque en ese momento estaba
pensando en mi amigo. Pero este asunto es difícil de entender.
Por
ejemplo: podían pasar dos o tres meses sin que yo, en la oscuridad, me topara
con aquel pequeño relieve. En este caso, su recuerdo regresaba; me detenía,
entonces, y en el silencio de la noche, le preguntaba en voz alta:
—¿Duermes?
Pero él
no respondía.
Él,
ciertamente, dormía, pero lejos, bajo la cruz, en un cementerio montañés, y con
el pasar de los años ya nadie se acordaba de él, nadie le llevaba flores.
Pasaron
muchos años aún, cuando una noche, paseando como siempre, precisamente en el
ángulo opuesto del jardín, tropecé con otra joroba.
Poco
faltó para que cayera de bruces. Ya habían sonado las doce y todos se habían
ido a dormir, pero mi irritación era tal, que empecé a llamar a gritos
“¡Giacomo, Giacomo!”, con la intención de despertarlo. Se iluminó una ventana y
Giacomo se asomó.
—¿Qué
diablos es esta joroba? —le grité—. ¿Escarbaste?
—No,
señor. Es que ha muerto su querido compañero de trabajo. Cornali.
Pasado
algún tiempo, tropecé con una tercera joroba; y aunque era ya muy tarde; llamé
otra vez a Giacomo, que estaba durmiendo. Yo ya sabía perfectamente el
significado de aquella joroba, pero como ese día no recibí ninguna mala
noticia, estaba ansioso de saber.
El
paciente Giacomo apareció en la ventana.
—¿Qué ha
ocurrido? —le pregunté—. ¿Alguien murió?
—Sí,
señor. Se llamaba Giuseppe Patané.
Pasaron
algunos años más o menos tranquilos; después de los cuales la multiplicación de
las jorobas recomenzó en el prado del jardín. Las había pequeñas, pero habían
surgido también algunas gigantescas, que no era posible atravesarlas de un solo
paso, sino que era menester subir por una parte para bajar por la otra, como si
fueran pequeñas colinas. Crecieron dos de este tamaño, a corta distancia una de
la otra, y no hubo necesidad de preguntarle a Giacomo qué había sucedido.
Debajo de esos dos cúmulos estaban encerrados dos queridos pedazos de mi vida
que me habían sido arrancados con crueldad.
Por eso,
todas las veces que tropezaba con esos dos montículos terribles, en medio de la
oscuridad, muchas vicisitudes dolorosas se removían dentro de mí, y me quedaba
allá, como un niño espantado, llamando a mis amigos por su nombre. Cornali,
llamaba. Patané, Rebizzi, Longanesi, ¡Mauri, llamaba. Los que crecieron
conmigo, los que por tantos años trabajaron conmigo. Y luego, con voz más alta
todavía: ¡Negro! ¡Vergani! Era como pasar lista. Pero ninguno respondía.
Poco a
poco, mi jardín, pues, que antes era llano y placentero al paso, se ha
convertido en campo de batalla; aún hay pasto, pero el prado sube y baja en un
laberinto de montecitos, jorobas, protuberancias, relieves; y cada una de estas
excrecencias corresponde a un nombre, cada nombre corresponde a un amigo, cada
amigo corresponde a una tumba lejana y a un vacío dentro de mí.
En este
verano surgió una joroba tan alta, que, cuando me acerqué a ella su perfil
borró la presencia de las estrellas; era grande como un elefante, como una casa
pequeña, era algo espantoso subir a ella, treparla, era absolutamente necesario
caminar alrededor de ella.
Aquel día
no me había llegado ninguna mala noticia, por lo que la novedad en el jardín me
asombraba muchísimo. Pero esta vez lo descubrí inmediatamente: se trataba de mi
más querido amigo de juventud, y se había ido. Entre él y yo había habido
muchas verdades, juntos habíamos descubierto el mundo, la vida y las cosas más
bellas; juntos habíamos explorado la poesía, los cuadros, la música, las
montañas, y era lógico que para contener todo este infinito material, si bien
resumido y sintetizado en los más mínimos términos, era necesaria toda una
montaña.
A este
punto, experimenté un arranque de rebelión. No, no puede ser, me dije,
espantado. Y llamé nuevamente a mis amigos por sus nombres. Cornali, Patané,
Rebizzi, Longanesi, llamaba. Mauri, Negro, Vergani, Orlandi, Chirelli,
Brambilla. A un cierto punto, hubo en la noche una especie de soplo, que me
respondía afirmativamente; podría jurar que una especie de voz me decía que sí,
y venía de otros mundos; pero tal vez era la voz de un pájaro nocturno, porque
a los pájaros nocturnos les gusta mi jardín.
Por
favor, les ruego que no me digan: no tiene sentido hablar de estas horribles
tristezas. La vida es tan breve y difícil en sí misma; amargárnosla
deliberadamente es algo cretino y, a fin de cuentas, nada tenemos que ver con
estas tristezas: sólo a ti te conciernen. No, respondo yo. Por desgracia,
tienen que ver también con ustedes; sé muy bien que lo mejor sería que no les
concernieran, porque el asunto de las jorobas del prado le sucede a todos; y
cada uno de nosotros, me explico al fin, es propietario de un jardín en el que
ocurren esos dolorosos fenómenos. Es una vieja historia que se ha repetido
desde el principio de los siglos; para ustedes también se repetirá. Y no es una
bromita literaria: las cosas están exactamente así.
Naturalmente,
me pregunto también si en algún jardín surgirá, llegado el día, una joroba que
me concierna, acaso una jorobita de segunda o tercera clase, apenas una
encrespadura en el prado, que durante el día, cuando el sol caiga a plomo, ni
siquiera se pueda ver. De cualquier manera, una persona en el mundo, al menos
una, tropezará con ella.
Puede ser
que, por culpa de mi endemoniado carácter, yo muera solo como un perro al fondo
de un viejo y desierto pasillo. Sin embargo, esa noche alguna persona tropezará
en la jorobita que crezca en el jardín; esa noche y también en las noches
sucesivas, y todas las veces pensará —perdonen mi esperanza—, con un poco de
añoranza, pensará en cierto tipo que se llamaba Dino Buzzati.
Un fraile
llamado Celestino, después de algún tiempo de vivir como ermitaño, decidió ir a
vivir en el corazón de la metrópoli, donde mayor es la soledad de los corazones
y más fuerte la tentación de Dios. Porque maravillosa es la fuerza de los
desiertos de Oriente, hechos de piedra, de arena y de sol, donde hasta el
hombre más burdo comprende su propia pequeñez ante la vastedad de la creación y
de los abismos de la eternidad; pero aún más poderoso es el desierto de la
ciudad, hecho de multitudes de estrépitos, de ruedas, de asfalto, de luces
eléctricas y de relojes que marchan sincronizadamente y pronuncian en coro el
mismo instante y la misma condena.
Pues
bien, en el lugar más soberbio de esta landa aridecida, vivía el padre
Celestino, raptado casi siempre por la adoración del Eterno. Y como todos
conocían su cualidad de iluminado, iban a verlo, desde los más remotos parajes,
personas afligidas o turbadas, para pedirle consejo y a confesarse. Al abrigo
de un enorme taller mecánico logró encontrar, nadie sabe cómo, los restos de un
viejo camión, cuya minúscula cabina, sin ningún vidrio sano, ay de mí, le
servía de confesionario.
Una
tarde, cuando ya estaba oscureciendo, y después de haber estado durante horas y
horas escuchando largas enumeraciones de pecados, más o menos contritas, el
padre Celestino se disponía ya a salir de su garita; mas se detuvo al ver en la
penumbra a una figura desmedrada que se acercaba hacia él, con actitud
penitente.
Sólo
hasta que el forastero se hubo arrodillado sobre el estribo, el ermitaño se dio
cuenta de que el recién llegado era un sacerdote.
—¿Qué
puedo hacer por ti, pequeño sacerdote? —le dijo el ermitaño, con su voz
paciente y suave.
—He
venido a confesarme —respondió el hombre; y sin demora alguna, empezó a
confesar sus culpas.
Celestino
ya estaba acostumbrado a sufrir las confidencias de las personas, especialmente
mujeres, que iban a confesarse por una especie de manía, aburriéndolo con
meticulosos relatos de acciones inocentísimas. Pero nunca antes había escuchado
a un cristiano tan carente de maldad. Las faltas de las cuales el sacerdote se
acusaba eran sencillamente ridículas, tan fútiles, débiles y ligeras. No
obstante, conociendo bien a los hombres, el ermitaño comprendió que aún faltaba
lo bueno, y que el humilde sacerdote se andaba por las ramas.
—Ánimo,
hijo; ya es tarde y, para ser sincero, empieza a hacer frío. ¡Vamos al grano,
pues!
—Me falta
valor, padre —balbuceó el sacerdote.
—¿Qué
pecado has cometido? Viéndote bien, me pareces un buen muchacho. No habrás
matado, puedo imaginármelo. No te has manchado de orgullo.
—Eso es
—dijo el otro, con un hilo de voz casi imperceptible.
—¿Asesino?
—No. Lo
otro.
—¿Orgulloso?
¿Es posible?
El
sacerdote asintió, contrito.
—Pero
habla, explícate, alma bendita. Aunque hoy se haga un excesivo consumo de ella,
la misericordia de Dios es infinita y todavía queda mucha en su depósito; creo
que con ésta puede bastarte.
El otro
se decidió, finalmente:
—Se trata
de esto, padre. La cosa es muy simple, pero tremenda. Soy sacerdote desde hace
pocos días. Me ocupo de los oficios en la parroquia que me asignaron. Y bien...
—¡Habla,
pues, criatura mía, habla! Pero si no te voy a comer, te lo juro.
—Pues
bien... cuando oigo que me dicen “reverendo”... ¿qué quiere que haga?, le va a
parecer ridículo, pero yo experimento una sensación de alegría como algo que me
calentara adentro...
A decir
verdad, no era un gran pecado. Jamás se le hubiera ocurrido confesar semejante
cosa a ninguno de los fieles, ni a los sacerdotes mismos. No obstante el
anacoreta, aunque muy experto en el fenómeno llamado hombre, nunca se lo
esperó. Y no sabía qué decirle, pues era algo nuevo para él.
—Ejem...
ejem... entiendo... No es nada bueno. Si no es el mismo demonio que te calienta
por dentro, poco le falta... Por fortuna, lo has entendido por ti mismo... Y tu
vergüenza deja esperar en que no recaerás... Desde luego, sería triste que
siendo tan joven te dejaras infectar... Ego te absolvo.
Pasaron
tres o cuatro años, y el padre Celestino ya casi se había olvidado
completamente del caso cuando el sacerdote anónimo volvió a buscarlo para
confesarse.
—Yo te
conozco ya, ¿o me confundo?
—Es
verdad.
—Déjame
verte... Pero si eres tú, eres tú, a quien le gustaba que lo llamaran
reverendo. ¿O me equivoco?
—Precisamente
yo —dijo el sacerdote, que acaso parecía menos humilde por una especie de mayor
dignidad reflejada en su rostro; pero seguía siendo tan joven y desmedrado como
la primera vez. Y estaba rojo de vergüenza.
—Ay, ay
—diagnosticó secamente Celestino, sonriendo con resignación—. ¿En todo este
tiempo no has sabido enmendarte?
—Peor,
peor.
—Casi me
inspiras miedo, hijo mío. Explícate.
—Bien
—dijo el sacerdote, haciendo un tremendo esfuerzo para animarse—. Es peor que
antes... Yo... yo...
—Ánimo
—lo exhortó Celestino, estrechándole las manos entre las suyas—, no me tengas
en suspenso.
—Me
sucede esto: si alguien me llama “monseñor”, yo... yo...
—Sientes
satisfacción, ¿eso quieres decir?
—Sí,
desgraciadamente.
—¿Una
sensación de calor, de bienestar?
—Precisamente...
Pero el
padre Celestino lo despachó con pocas palabras. La primera vez, el caso le
había parecido muy interesante, como singularidad humana. Ahora ya no.
Evidentemente —pensaba—, se trata de un pobre estúpido, un buen hombre tal vez,
de los que la gente se divierte tomándoles el pelo. ¿Qué caso tenía demorar la
absolución? En un par de minutos el padre Celestino lo mandó con Dios.
Y pasaron
todavía unos diez años. El ermitaño ya era viejo cuando el curita volvió. Éste
también había envejecido, naturalmente; más enjuto, más pálido, con los
cabellos grises. En un primer momento, el padre Celestino no lo reconoció. Pero
en cuanto el otro empezó a hablar, el timbre de la voz hizo despertar el
recuerdo adormecido.
—Ah, eres
tú el del “reverendo” y del “monseñor”, ¿o me confundo? —preguntó Celestino,
con su desarmante sonrisa.
—Tienes
buena memoria, padre.
—¿Cuánto
tiempo ha pasado desde entonces?
—Van a
cumplirse diez años.
—¿Y
después de diez años, tú... sigues todavía con lo mismo?
—Peor,
peor...
—¿Qué
quieres decir?
—Mira,
padre... ahora... si alguien se dirige a mí llamándome “excelencia”, yo...
—No digas
más, hijo mío —dijo Celestino con su paciencia a prueba de bomba. Ya entiendo.
Ego te absolvo.
Y
pensaba, mientras tanto: desgraciadamente, con el paso de los años, este pobre
cura se ha vuelto más ingenuo y simplón, y la gente se divierte aún más
tomándole el pelo.
Y cae en
el garlito y hasta le encuentra gusto, pobrecito. Apuesto a que dentro de cinco
o seis años lo veré otra vez delante de mí, para confesarme que cuando lo
llaman “eminencia”, etcétera, etcétera.
Y eso
mismo ocurrió, exactamente, con un año menos de lo previsto.
Con la
espantosa celeridad que todos conocen, pasó otra gran tajada de tiempo. El
padre Celestino era ya tan viejo y decrépito, que debían llevarlo cargando a su
confesionario todas las mañanas, y cargándolo lo regresaban a su yacija al
anochecer.
¿Es
necesario contar ahora con pelos y señales que el anónimo curita regresó un
buen día? ¿Y cuánto había envejecido él también, más blanco, encorvado y enjuto
que nunca? ¿Y cómo seguía atormentándolo el mismo remordimiento? No;
evidentemente, no es necesario.
—Mi pobre
curita —lo saludó con amor el anciano y venerable anacoreta—, ¿vienes aquí otra
vez con tu viejo pecado de orgullo?
—Tú sabes
leer mi alma, padre.
—Supongo
que ahora la gente te llama “su Santidad”.
—Exactamente
así —admitió el cura, con la más ardiente de las mortificaciones.
—¿Y cada
vez que te llaman así, una sensación de alegría, de bienestar, de vida, te
invade, como una felicidad?
—Desgraciadamente,
desgraciadamente. ¿Dios me perdonará?
El padre
Celestino sonrió en su fuero interno. Tanta obstinada ingenuidad le parecía
conmovedora. En un santiamén reconstruyó imaginariamente la oscura vida de
aquel pobre curita, humilde y poco inteligente, en una arrumbada parroquia de
montaña, entre rostros apagados, obtusos y malignos. Sus monótonas jornadas,
una igual a la otra, las monótonas estaciones y los monótonos años; y él cada
vez más melancólico y los parroquianos cada vez más crueles. Monseñor...
excelencia... eminencia ... ahora su Santidad. Ya no conocían medida las burlas
de los aldeanos. Sin embargo, él no se inmutaba; esas grandes y deslumbrantes
palabras suscitaban en su corazón una infantil resonancia de alegría.
Bienaventurados los pobres de espíritu, concluyó para sus adentros el ermitaño.
Ego te absolvo.
Hasta que
un día el viejísimo padre Celestino, sintiéndose próximo a morir, por primera
vez en su vida, pidió algo para sí mismo. Solicitó que lo llevaran a Roma, como
fuera. Antes de cerrar los ojos para siempre, le gustaría ver, al menos un
instante, San Pedro, el Vaticano y al Santo Padre.
¿Podían
decirle que no? Consiguieron una litera, pusieron en ella al ermitaño y lo
llevaron hasta el corazón de la cristiandad. Pero eso no fue todo. Sin perder
tiempo, porque Celestino tenía ya las horas contadas, lo llevaron por las
escalinatas del Vaticano y lo introdujeron, con mil peregrinos más, en un vasto
salón. Lo dejaron allí, en un rincón, esperando.
Después
de esperar y esperar, el padre Celestino vio que al fin la multitud se movía
para abrir paso, y al fondo tan lejano del salón, una delgada y blanca figura
que avanzaba. ¡El Papa!
¿Cómo
era? ¿Qué cara tenía? Con horror indescriptible, el padre Celestino, que
siempre había sido miope como un rinoceronte, se dio cuenta de que había
olvidado sus anteojos.
Para
fortuna suya, la blanca figura se acercaba, haciéndose cada vez más grande,
hasta llegar precisamente a su litera. El ermitaño se enjugó con el dorso de
una mano los ojos perlados de lágrimas, y los alzó lentamente. Miró el rostro
del Papa. Y lo reconoció.
—Oh, eres
tú, mi curita, mi pobre curita —exclamó el anciano con irresistible presencia
de ánimo.
Y en la
vetusta majestad del Vaticano, por vez primera en la historia, se asistió a la
siguiente escena: el Santo Padre y un viejísimo fraile desconocido venido de
quién sabe dónde, cogidos de la mano, sollozaban juntos.
Un amigo
siciliano me había dicho que hace muchos años, en la isla de Lípari, un viejo
individuo se había transformado en un escollo.
El hecho
no me había asombrado exageradamente, dado el aspecto de aquellas rocas
marinas.
En pocas
palabras, la historia que mi amigo me había contado, de tercera o cuarta mano,
era ésta:
Vivía el
siglo pasado, en Mesina, un individuo que poseía una modesta flota de barquitas
de pesca. A su único hijo, siendo todavía muy joven, le entró la pasión por el
mar y a menudo salía con los aparejos de pesca del padre, lo que para el
progenitor era a la vez motivo de orgullo y de preocupación. Pero una noche,
cerca de la isla de Lípari, a menos de cien metros de la costa occidental, un
súbito oleaje arremetió contra el muchacho, del que nunca más se volvió a
saber.
Desde
aquel día el padre, enloquecido por el dolor, se trasladó a Lípari y cada día,
si el mar lo permitía, se dirigía con una barquita al lugar donde el hijo había
hallado la muerte, permaneciendo allí largas horas. Y llamaba en voz alta al
muchacho y le dirigía interminables pláticas.
Pasaron
así varios años. El padre se quedó viudo, era ya viejo, y sólo los días de
mucha bonanza podía satisfacer su insensato capricho. Hasta que una noche
esperaron en vano su regreso. Se acudió al lugar, sólo se halló la barquita
vacía, meciéndose en la suave placidez de las aguas.
Pero, con
gran estupor, precisamente en ese lugar los pescadores, que conocían aquella
costa mejor que su propia casa, observaron que había surgido de las aguas un
escollo que antes no existía.
Se creyó
en consecuencia que por fin el dolor sin remedio había petrificado al viejo. Y
desde entonces —me contaba mi amigo— por la noche ni siquiera los jóvenes más
intrépidos osaban aventurarse por los alrededores y pasaban de largo. Pero
desde lejos, especialmente los días de luna llena, se oyen las invocaciones,
los sollozos, los gritos y los gemidos del desesperado padre.
Me decía
también mi amigo, que hacia el sur, aquel escollo tiene las facciones de un
hombre viejo y descarnado. Y que a altas horas de la noche la boca se abre y se
cierra al hablar, y que también los ojos se abren para derramar lágrimas. Pero
ay de aquel que se aventure, con indiscretas miradas, a violar la solitaria
aflicción. Un pescador que se atrevió a hacerlo perdió, en el espacio de pocos
meses, a sus cuatro hijos.
El
cuento, en cierto sentido, era muy hermoso. Y este año, en que regresé de
vacaciones a las islas Eolias, solicité informaciones más precisas.
Las
leyendas sin embargo florecen y se expanden cuanto más lejos viajan por el
mundo. Cuando se va a buscar su esencia al lugar de origen, en general sólo se
encuentran jirones de niebla.
En Lípari
algunos pescadores conocían, entre los muchos peñascos, pequeños y grandes que
asomaban al mar, el escollo denominado «U vecchio signore», pero no supieron
decirme nada más. La lacrimógena historia del pescador enloquecido por la
muerte del hijo nadie la conocía. Excepto un señor anciano, cuyo aspecto
emanaba una gran dignidad, y al que intenté acercarme en un café.
Tendría
unos sesenta años, de gran corpulencia, perfectamente afeitado, llevaba una
camisa inmaculada de manga corta y me recordaba al actor que hacía de jefe de
la «honorable sociedad» en la película «El mañoso» con Alberto Sordi.
—Discúlpeme
—le dije. ¿Es usted de aquí, de Lípari?
—Así es
—respondió con lentitud—. Pero en invierno no vivo aquí. ¿Puedo saber...?
—Mire,
sólo desearía pedirle una información, de carácter podríamos decir folklórico.
—Diga,
diga...
—¿Ha oído
usted hablar alguna vez de la historia de un señor de Mesina que hace muchos
años se transformó en un escollo?
—Oímos,
de pequeños oímos —fueron sus palabras textuales— tantas cosas extrañas... —y
aquí esbozó una sonrisa entre diplomática y recelosa—. Pero pasan los años...
pasan los años...
—¿Sabe
usted por casualidad cómo se llamaba? ¿Y cuándo se produjo el hecho?
—El
hecho, si se le puede llamar hecho, se remonta a 1870 por lo menos, pero
también podría ser anterior, o hasta incluso no haber ocurrido nunca...
—¿Por
qué? ¿Usted no cree en ello?
—No me
haga decir, se lo ruego, cosas que yo no... —se miró el reloj de pulsera—. Es
tarde, lo siento...
—Y se fue
riendo despedido con respeto por todos los parroquianos del café.
En el
muelle de puertecito, al día siguiente, les pregunté a dos chiquillos dónde
podía encontrar una barca con motor para poder acercarme a la isla. El mar
yacía inmoto sin la menor ondulación de sus aguas, no se requería una gran nave
para semejante expedición.
Los
chiquillos desaparecieron como una centella y apenas transcurridos cinco
minutos estaban de vuelta con el barquero más estrambótico que había visto en
mi vida.
Era alto,
esquelético, intensamente pálido y uno le habría echado sus buenos noventa años
o más de no ser porque su rostro, afiladísimo, no presentaba ni una sola
arruga. Por su singular sombrero de paja de ala horizontal anchísima recordaba
algunas apariciones de los trópicos cargadas de fatalidad, como salidas de las
páginas de Conrad. Pero lo que más sorprendía era su total «ausencia» como en
el caso de los fantasmas, que ignoran todo cuanto sucede a su alrededor.
Pude
observar que sus huesudos brazos terminaban en manos anormalmente nudosas que
se movían con esfuerzo, revelando largos padecimientos de artrosis. También su
paso era cansino y algo tambaleante. Si el mar no hubiese estado tan sosegado,
jamás habría aceptado un acompañante tan problemático.
—¿Sabes
—le pregunté antes de nada— dónde está el escollo del Vecchio Signore?
Él bajó
levemente la cabeza tal vez en señal de asentimiento y sin volver a mirarme se
dirigió a un cascarón miserable amarrado con un trozo de cuerda unos metros más
abajo. Para subir dio un desmañado saltito, que repercutió en todo su filiforme
cuerpo con doloroso espasmo. Yo le seguí. El hombre, que dijo llamarse
Crescenzo, con soltura insospechada puso en marcha un destartalado motorcito
del tamaño de una máquina fotográfica. Y nos fuimos, los dos, con rítmico
borboteo.
Yo me
había sentado enfrente de él. Inmóvil, con una mano sobre la caña del timón, él
contemplaba mi cara, pero no me veía, o al menos ésa era mi desagradable
sensación.
Mientras
tanto habíamos dejado atrás el muelle y la barquita había enfilado la proa
hacia el estrecho paso entre Lípari y Vulcano. Nada más dejar el pueblo, la
naturaleza se había tornado salvaje y las orillas se erguían en rocosos
acantilados de formas insólitas y siniestras.
Qué
distintos los perfiles de las Eolias de los solemnes, románticos y tan humanos
escenarios de la costa amalfitana, por ejemplo, o de Ischia, o de Capri.
También ahí, acantilados, pináculos y precipicios. Pero conformes a la fantasía
del hombre: profundidades de melodramas verdianos, grutas y acantilados
coronados de verde, a la vez aspérrimos y suaves, propicios a los vértigos de
amor. Mientras que allí las murallas y los peñascos se contorsionan, desnudos y
abrasados, en pose de angustia y de delirio, siempre rememorando el infierno
que bulle bajo sus pies.
Muchos
escultores de hoy harían bien en revitalizar su grácil inspiración costeando
las Eolias. Donde la naturaleza ha multiplicado inagotables invenciones de
monstruos, gigantes, arañas contorsionadas, ciclópeos órganos de tubos
sesgados, retorcidas sirenas, ruinas tambaleantes, mascarones destrozados,
abrasados altares, graníticas saetas, nefandas llagas supurantes, gnomos y
ogros expiando su culpa, desconsagradas catedrales. Creando así en brevísimos
espacios soledades profundas, condensando a cada paso lo que representa su
suprema belleza, o sea el misterio.
—¿Es ése
el Vecchio Signore? —le pregunté a Crescenzo, cuando estuvimos a medio camino
de la costa occidental de la isla. Lo había reconocido en seguida.
Él se dio
media vuelta para mirar, luego hizo un gesto de asentimiento.
Adosado a
una dramática muralla, por lo que fácilmente puede pasar desapercibido, el
escollo apenas alcanzaba los quince metros de altura. Su forma era tosca y
redondeada, sin aristas ni espigones. Hacia el sur, es decir hacia nosotros que
nos acercábamos, presentaba una ligera concavidad atormentada por un amasijo de
horribles protuberancias amarillas y violáceas que se arqueaban hacia abajo
como cera a punto de derretirse. Como el sol la iluminaba casi verticalmente,
las sombras dibujaban un rostro lejanamente humano, la cara de un encolerizado
déspota que se disolvía en la muerte. De las dos presumibles cavidades
orbitales descendían, ya cristalizados, abyectos churretes de color purpúreo. Y
en la base, allí donde las suaves olas, tropezando, marcaban una mínima franja
de espuma, se abría una minúscula caverna.
Cuando
estuvimos muy cerca, aunque el mar estuviese en reposo, se oyó sin embargo allí
dentro, en el negro agujero, el retroceso de la ola, que emitía un sonido de
sollozo.
Le pedí a
Crescenzo que apagase el motor. Con dificultad procedió a colocar los remos
sobre los escálamos, para impedir que la barca derivase a sotavento.
Ahora en
el gran silencio, bajo el gran sol, el sollozo del agua en la gruta Huía más
doliente y cavernoso.
—¿Es
verdad —le pregunté— que éste es un viejo señor de Mesina transformado en
piedra?
—Eso
dicen, eso dicen —murmuró él, casi sin voz.
—¿Es
verdad que de noche llama a su hijo muerto y le habla?
—Eso
dicen, eso dicen —respondió.
—¿Es
verdad que venir aquí de noche acarrea desgracia?
Me miró
inexpresivo, como si no hubiese entendido. Bajo la absurda ala del sombrero, el
rostro sin edad tenía la transparencia de las medusas muertas. Luego dijo:
—También
yo. También yo soy de piedra. Desde hace veinticinco años —y me miraba
fijamente, balanceando la cabeza con suavidad.
—¿Tú
también, un hijo...?
El
fantasma hizo un gesto de asentimiento.
—Giovanni,
se llamaba —dijo—. Suboficial de Marina. Matapan.
El
ingeniero Roberto Paudi, miembro del consejo ejecutivo de la COMPRAX y asesor
de urbanismo, se puso hecho una furia al sorprender una noche a la niñera Ester
que, para sofocar una rabieta del pequeño Franco, le decía: «Si no te portas
bien, esta noche vendrá el Coco.»
Era
intolerable, según él, que para educar a los niños se siguiese recurriendo a
estúpidas supersticiones que podían crear en tan tierna psique deplorables
complejos. Le echó un sermón a la chica, que se marchó llorando, y él mismo
metió en la cama al niño, que en seguida se tranquilizó.
Esa misma
noche el Coco, levitando a media altura como era su costumbre, se presentó en
la habitación donde el ingeniero Paudi dormía solo, deparándole unos instantes
de desasosiego.
El Coco,
como es sabido, adoptaba, según los países y costumbres locales, diferentes
formas. En aquella ciudad, desde tiempo inmemorial había asumido la apariencia
de un gigantesco animal de color negruzco, cuya silueta estaba a medio camino
entre el hipopótamo y el tapir. A primera vista horroroso. Pero si se le
observaba detenidamente con mirada desapasionada, se descubría, por el rictus
bondadoso de su boca y el destello casi afectuoso de sus pupilas, relativamente
minúsculas, una expresión que podía serlo todo menos malvada.
Lógicamente,
ante circunstancias de una cierta gravedad, podía infundir una ligera zozobra,
e incluso miedo. Pero por lo general cumplía su cometido con discreción. Cuando
se acercaba a la camita del niño al que había que reprender, ni tan siquiera le
despertaba, limitándose a penetrar en sus sueños donde dejaba, eso sí, huellas
imperecederas. De hecho es de sobras conocido que incluso los sueños de las más
tiernas criaturitas tienen una capacidad ilimitada y acogen sin esfuerzo
monstruos mastodónticos como el Coco, los cuales pueden deambular por ellos a
su antojo y en plena libertad.
Como es
natural, al presentarse ante el ingeniero Paudi, la antigua criatura no puso
una cara demasiado simpática, todo lo contrario, adoptó la fisonomía,
agigantada por supuesto, del profesor Gallurio, nombrado dos meses atrás
interventor extraordinario de la COMPRAX, sociedad que estaba navegando por
difíciles aguas. Y este profesor Gallurio, hombre severísimo por no decir
intratable, era precisamente la bestia negra de Paudi, cuya eminente posición
en la empresa, en semejante régimen de excepción, podía verse seriamente
amenazada.
Paudi,
despertándose envuelto en un sudario de gélida transpiración, tuvo tiempo de
distinguir al visitante que se escabullía a través de la pared (la ventana no
habría sido suficiente para semejante mole) mostrándole la monumental cúpula de
su trasero.
A la
mañana siguiente, Paudi se guardó muy bien de pedirle disculpas a la pobre
Ester. El haber constatado personalmente que el Coco existía de verdad no hacía
más que acrecentar, junto a su indignación, la firme determinación de hacer
todo lo posible para sacar de en medio a aquel tipo.
Durante
los días siguientes, en tono de broma por supuesto, fue sondeando el terreno
con su mujer, sus amigos y colaboradores. Y se quedó muy sorprendido al
descubrir que la existencia del Coco era algo que se daba generalmente por
descontado, cual clásico fenómeno de la naturaleza, como la lluvia, el
terremoto o el arco iris. Sólo el doctor Gemonio, de la oficina jurídica,
pareció aterrizar de las nubes: sí, cuando era pequeño había oído hablar
vagamente del asunto, pero luego había tenido sobradas pruebas de que era una
necia fábula sin sustancia.
Como si
intuyese su acerba hostilidad, el Coco desde entonces empezó a visitar con
mayor frecuencia al ingeniero, siempre con la desagradable máscara del profesor
Gallurio, haciéndole muecas, tirándole de los pies, sacudiéndole la cama, y una
noche llegó al extremo de acurrucarse sobre su pecho, de tal modo que casi le
ahoga.
No debe
extrañarnos por tanto que Paudi, en la siguiente reunión del Pleno municipal,
hablase de ello con algún colega: ¿acaso se podía tolerar, en una metrópolis
que se vanagloriaba de estar en la vanguardia, la perpetuación de semejante
superchería, propia de la Edad Media? ¿No había llegado el momento de hacer
algo de una vez por todas, con medios definitivos?
Primero
fueron fugaces pour-parler entre pasillos, intercambios informales de puntos de
vista. En breve, el prestigio del que gozaba el ingeniero Paudi le dio vía
libre. No habían pasado todavía ni dos semanas cuando el problema fue planteado
en el Pleno municipal. Ni que decir tiene que, en previsión del ridículo, en el
orden del día no se mencionaba al Coco sino que en el punto 5 se aludía
únicamente a «Un deplorable factor de turbación del descanso nocturno de la
ciudad».
Contrariamente
a lo que Paudi esperaba, no sólo el tema fue tomado por todos en seria
consideración sino que su tesis, que podía parecer obvia, encontró una enconada
oposición. Se levantaron voces en defensa de una tradición tan pintoresca como
inofensiva que se perdía en la noche de los tiempos, subrayando el carácter en
definitiva inocuo del monstruo nocturno, por lo demás totalmente silencioso,
destacando las ventajas educativas de aquella presencia. Hubo quien llegó a
hablar de «atentado al patrimonio cultural de la ciudad» como si se hubiese
recurrido a medidas represivas; y el orador cosechó una salva de aplausos.
Por otro
lado, sobre el problema en sí, prevalecieron finalmente los irrebatibles
argumentos de los que demasiado a menudo se pertrecha el llamado progreso para
desmantelar los últimos bastiones del misterio. Se acusó al Coco de dejar
huellas malsanas en los espíritus infantiles, de suscitar pesadillas contrarias
a los principios de una correcta pedagogía. También saltaron sobre el tapete
motivos de higiene: sí, de acuerdo, el mastodonte nocturno no ensuciaba la
ciudad ni esparcía excrementos de ninguna clase, pero ¿quién podía asegurar que
no era portador de gérmenes o virus? Tampoco se sabía nada a ciencia cierta
sobre su credo político: ¿cómo estar seguros de que sus sugestiones,
aparentemente tan toscas y elementales, no ocultasen insidias subversivas?
El
debate, en el que no se había admitido a los periodistas dada la delicadeza del
tema, terminó a las dos de la madrugada. La propuesta Paudi fue aprobada por
una ligera mayoría de cinco votos. En cuanto a su aplicación práctica, fue
creada una comisión especial de expertos, de la que Paudi fue nombrado
presidente.
Efectivamente:
condenar al Coco al ostracismo era una cosa, y otra muy distinta conseguir
eliminarlo. Estaba claro que no se podía confiar en su disciplina cívica, más
aún cuando ni siquiera se tenía la certeza de que entendiera la lengua. Como
tampoco cabía pensar en capturarlo y cederlo al zoo municipal: ¿qué jaula
podría contener un animal, si de animal se trataba, capaz de volar a través de
las paredes? También había que descartar el veneno: nunca se había sorprendido
al Coco en el acto de comer o beber. ¿El lanzallamas entonces? ¿Una pequeña
bomba de napalm? El riesgo para los ciudadanos era excesivo.
La
solución, en resumidas cuentas, aunque no imposible, se perfilaba como bastante
problemática. Y ya Paudi creía ver cómo se le escurría de las manos el
codiciado éxito, cuando le asaltó una duda: sí, la composición química y la
estructura física del Coco eran desconocidas pero, como acontece con muchas
criaturas inscritas en los archivos de las leyendas, ¿no podía quizá ser mucho
más débil y vulnerable de lo que se suponía? Quién sabe, tal vez era suficiente
un certero disparo en el lugar adecuado, y asunto concluido.
Las
fuerzas de orden público, tras la decisión del Pleno municipal refrendada por
el alcalde, no podían por menos que colaborar. Fue creada una patrulla
especial, dentro de la Brigada móvil, dotada de rápidos vehículos con
radiotransmisores. Fue muy sencillo. La única circunstancia extraña: una cierta
reluctancia, por parte de suboficiales y agentes, a participar en la batida;
¿era miedo? ¿era el oscuro temor a violar una puerta prohibida? ¿o simplemente
un nostálgico apego a unos exacerbados recuerdos de infancia?
El
encuentro se produjo una noche helada de luna llena. La patrulla apostada en
una oscura esquina de piazza Cinquecento, avistó al vagabundo que navegaba
plácidamente a unos treinta metros de altura, como un dirigible quinceañero.
Los agentes, metralleta en ristre, avanzaron. No se veía ni un alma. La breve
detonación de las ráfagas retumbó, de eco en eco, hasta muy lejos.
Fue una
escena extraña. Lentamente el Coco giró sobre sí mismo sin ningún
estremecimiento y, patas en alto, se desplomó hasta posarse sobre la nieve.
Donde quedó tendido bocarriba, inmóvil para siempre. La luz de la luna se
reflejaba sobre su vientre enorme y abultado, reluciente como la gutapercha.
«Algo que
preferiría no tener que presenciar por segunda vez», dijo más tarde el
remilgado Onofrio Cottafavi. Un manchurrón de sangre se extendió,
increíblemente, bajo la mole de la víctima, negra a la luz lunar.
Inmediatamente
fueron llamados por teléfono los basureros para la evacuación de los restos. No
llegaron a tiempo. En aquellos escasos minutos la gigantesca presencia, como
ocurre con los globos tras un pinchazo, empezó a contraerse a ojos vista, se
redujo a una pobre larva, más tarde a un gusanito negro sobre la blancura de la
nieve, hasta que por último también el gusanito desapareció, disolviéndose en
la nada. Quedó tan sólo el infame manchurrón de sangre que antes del alba las
mangueras de los barrenderos ya habían hecho desaparecer.
Se dice
que en el cielo, mientras la criatura expiraba, resplandecían no una luna, sino
dos. Se cuenta que por toda la ciudad se oyeron lamentos de perros y aves
nocturnas. Corrió la voz de que muchas mujeres, viejas y niñas, arrancadas del
sueño por una oscura llamada, salieron de sus casas, arrodillándose y
levantando preces en torno al desdichado. Nada de esto ha sido comprobado
históricamente.
De hecho,
la luna prosiguió suavemente su viaje prescrito por la astronomía, las horas se
sucedieron regularmente una tras otra, y todos los niños del mundo siguieron
durmiendo plácidamente, sin imaginarse siquiera que su extravagante
amigo-enemigo se había ido para siempre.
Era mucho
más delicado y tierno de lo que se creía. Estaba hecho de aquella intangible
sustancia que vulgarmente se llama fábula o ilusión: aunque era verdad.
Galopa,
huye, galopa, irreductible fantasía. Ansioso por exterminarte, el mundo
civilizado te acosa por doquier, nunca más tendrás reposo.
14 de
junio de 1968
Hoy he
ingresado en la clínica Casa Azul para someterme a una operación. A pesar de
todas las hipocresías de rigor, sé perfectamente que va a ser una operación muy
grave, tan grave que probablemente será inútil.
Aunque no
se lo he dicho nunca a nadie, mi mujer, mis hijos, los médicos intuyen lo que
pienso y hacen todo lo posible para tranquilizarme. Se ríen, bromean, hablan de
cosas agradables y frívolas, hacen proyectos a largo plazo. Está la perspectiva
de un crucero, de un viaje a Bretaña, de una cacería en Stiria. Mi total
curación está fuera de toda duda. Dentro de diez días como máximo estaré de
nuevo en casa, dentro de veinte estaré más pimpante que antes.
El doctor
Coltani, una eminencia, que es quien va a operarme, ha dicho: «Desde el momento
en que ha ingresado en la clínica, puede considerarse ya como convaleciente. La
operación en sí no presenta interrogantes de ningún tipo, cualquier
complicación está excluida de antemano. En cierto sentido, ahora que finalmente
se ha decidido, constituye una simple formalidad.»
El doctor
Coltani es ya bastante viejo pero sus diminutos ojos conservan una vivacidad
increíble. Me pareció cansado, esta mañana, cuando entró en mi habitación;
cansado y demacrado.
Pero
cuanto más ostentosa se hace en torno a mí la despreocupación y la alegría, más
me convenzo de que tengo razón. A lo largo de mi vida, he visto demasiadas
comedias parecidas. Más aún: la alegría y la serenidad que se le suministran al
enfermo en vísperas de la operación suelen estar en proporción directa con el
peligro. Precisamente cuando los médicos aseguran sonriendo que no existe la
menor sombra de peligro, es entonces sobre todo cuando hay que estar alerta.
Extraño tribunal, no hay duda: ya que a menudo la sentencia de completa
absolución precede al patíbulo.
15 de
junio de 1968
Todavía
no me han dicho cuándo van a operarme. Precisamente para eliminar de antemano
incluso la posibilidad de la menor sorpresa, se requiere una cantidad de
exámenes y de controles que pueden durar varios días; en cualquier caso, no más
de una semana. Eso es lo que me ha dicho el doctor Rilka, primer ayudante de
Coltani, un hombre pequeñito de unos cuarenta y cinco años, muy vivaracho, que
pareció sentirse halagado cuando se enteró de que soy escritor.
De
momento, se me permite tener televisión. Esta noche ha habido una interesante
mesa redonda —estuvieron especialmente brillantes Ruggero Orlando y el profesor
Silvio Ceccato— en torno al asteroide Ícaro, del que los periódicos empezaron a
hablar hace un par de años considerando la eventualidad de que pudiese caer
sobre la Tierra. La catástrofe había sido prevista para la segunda mitad de
junio de 1968, o sea justamente estos días. Ya entonces los observadores
astronómicos más autorizados desmintieron la noticia tajantemente. El asteroide
se aproximaría a la Tierra a no menos de seis millones y medio de kilómetros,
lo que excluía cualquier peligro; tampoco había ninguna razón para que la
prevista trayectoria sufriese el menor cambio. La mesa redonda de esta noche,
con la intervención de personas altamente cualificadas, tenía por objeto
disipar alegremente las últimas reminiscencias de duda o de temor entre el
público.
16 de
junio de 1968
Hacia las
cuatro de la tarde, hora para él inusitada, vino a verme el doctor Rilka.
Parecía turbado, como si tuviese que comunicarme algo desagradable. Y se ha
extendido en un tortuoso preámbulo, en fin quería hacerme una confidencia, que
no tenía nada que ver con el motivo de mi internamiento aquí.
Finalmente
se decidió. Quería que le hiciese una promesa: que antes de abandonar la
clínica, después de la operación por supuesto, leyese un opúsculo de sus
poesías inéditas; y le diese mi sincera opinión. Intentaba disculparse, como si
fuese una pecaminosa debilidad. Pero le brillaban los ojos. Y estaba claro que
la ambición literaria, y no el deseo de una carrera doctoral, dominaba su vida.
Le
tranquilicé en seguida. Leería sus poesías con la máxima atención. Animado,
Rilka empezó a recitarme una que, si mal no recuerdo, empezaba así: «El
conjunto apenas descompuesto, si la realidad doméstica del cosmos...». En aquel
momento por suerte entró la hermana Prenestina que requería su presencia en la
habitación de otro enfermo. Él se fue la mar de contento, dirigiéndome un guiño
que quería decir: «No te preocupes, volveré en cuanto pueda, no te quedarás sin
este bombón.»
17 de
junio de 1968
Ha sido
un día curioso. De buena mañana se ha presentado de nuevo el doctor Rilka,
todavía más emocionado que ayer. Tenía una gran noticia. Antes de anunciármela,
sin embargo, quería que yo modificase mi promesa: sus poesías, en lugar de
después de la operación, tendría que leerlas antes. ¿Temía que me quedase en la
mesa de operaciones? No. El motivo era mucho más grave. Y Rilka se inclinó para
susurrarme en un oído la noticia, tan confidencial era.
Bien.
Rilka había visto al profesor Nessaim, director del observatorio de Mehala, en
Ghana, que precisamente estos días se hallaba en la ciudad con motivo de un
congreso. Y Nessaim le había revelado que, en una reunión secreta celebrada el
año pasado en Inglaterra, los responsables de los principales observatorios
astronómicos, bajo juramento, habían estipulado un acuerdo, a propósito del
asteroide Ícaro, para ocultar la verdad de la forma más rigurosa, con objeto de
ahorrarle a la humanidad una inútil angustia. El asteroide, sin ninguna
posibilidad de error, iba a estrellarse sobre la corteza terrestre a primeras
horas del día 19 de junio de 1968. Dadas sus dimensiones —más de un kilómetro y
medio de diámetro— las consecuencias serían necesariamente apocalípticas; y no
había ninguna posibilidad de salvación. En pocas palabras, el fin del mundo.
Confieso
que la noticia, en la tétrica disposición de ánimo en la que me hallo durante
estos días, me proporcionó un inmenso consuelo. En cualquier caso, me iba a
morir. Pero lo peor, cuando uno se muere, es irse solo. Si nos vamos todos
juntos, y aquí no se queda nadie, no quiero decir que sea una fiesta, pero
casi. ¿Qué miedo se puede tener, si la suerte es igual para todos?
Y luego
—será egoísmo, mezquindad de ánimo, lo que se quiera—, qué gusto ver abolida de
golpe la escandalosa superioridad de quien tiene el único mérito de haber
nacido un poco más tarde. Y qué merecida lección para algunos bribones que
resuellan día y noche como búfalos por más dinero que meter en la hucha, por
conseguir un peldaño más de poder, un aplauso más, una mujer más, una canallada
más y ya han planificado sus éxitos para una horrible cantidad de años futuros.
Que sacrosanta ducha de agua fría para tantos jovenzuelos que ya se creen
dueños y señores del mundo, de la inteligencia, de lo justo y de lo hermoso y a
los viejos nos miran como a escarabajos putrefactos como si ellos tuvieran que
vivir eternamente, qué magnífica sorpresa, todos ellos embarcados en un abrir y
cerrar de ojos en el mismo carruaje negro, y arrojados en picado a las
cataratas de la nada.
También
Rilka, debo decir, da muestras en este aspecto de una considerable presencia de
espíritu. Pero antes del exterminio total desearía una cosa: que yo le dijera
si sus poesías valen o no. Dice que, si mi respuesta fuese positiva, moriría
feliz.
Y ahora
estoy aquí, solo, en la azul penumbra de mi habitación e invoco: «Oh sí,
bendito asteroide, no te equivoques de camino, cae sobre nosotros con toda tu
maravillosa energía, haz añicos este desdichado planeta.»
18 de
junio de 1968
Esta
mañana me ha despertado el doctor Coltani en persona, hacia las siete:
—Entonces
—me ha anunciado frotándose alegremente las manos satisfecho—, entonces, hasta
mañana por la mañana.
—¿Mañana
por la mañana, qué?
—La
operación, ¿no?, esa intervención de nada, esa pequeña formalidad...
—¿Pero
cómo? El doctor Rilka me ha dicho que ahora ya...
—¿Ahora
ya qué?
Le he
explicado la revelación del astrónomo Nessaim. Coltani se ha echado a reír. Él
también se hallaba presente en la conversación entre Rilka y Nessaim. Nessaim
no había dicho nada por el estilo; al revés, no había hecho más que confirmar
las desmentidas de todos los demás astrónomos dignos de este nombre.
Probablemente había sido un pequeño e ingenuo truco de Rilka para que yo leyese
en seguida sus poesías.
Coltani
parecía disfrutar mucho con el episodio. Luego de repente adoptó un aire
meditabundo:
—Ni lo
piense, querido amigo, usted dentro de unos días podrá salir a divertirse, le
quedan todavía muchos años de salud. A mí sí que me gustaría que Ícaro...
—¿A
usted? ¿Y por qué?
—Yo... yo
sigo trabajando... seguiré trabajando hasta que resista... es mi única
distracción posible... Pero no por mucho tiempo, no por mucho tiempo todavía,
querido amigo... está usted viendo a un hombre condenado... —se irguió,
recuperó el control, volvió a mostrar su impávida sonrisa—. Bueno, dejemos las
cosas tristes... Y usted, no se preocupe... los análisis están muy bien...
Hasta mañana, pues.
19 de
junio de 1968
Son las
dos de la madrugada, la clínica se halla en perfecto silencio. Dentro de cinco
horas vendrán a buscarme con la camilla para llevarme a la mesa de operaciones.
Ésta va a ser, probablemente, mi última noche íntegra y disponible. Dentro de
seis o siete horas a lo mejor ya no existo, o estoy hecho una ruina destinado a
consumirme rápidamente o, lo que es peor, me encuentro como ahora porque los
cirujanos, después de haber abierto, me han vuelto a cerrar en seguida, al no
haber nada que hacer. Y el asteroide Ícaro no ha llegado, el asteroide
pertenece a las hermosas y absurdas fábulas que hacen soñar al hombre durante
unos instantes y luego se desvanecen en una carcajada, el anhelado cuerpo
celeste está volando en este momento sobre esta clínica a una velocidad
vertiginosa y no sabe nada de mí, no tiene la menor sospecha de hasta qué punto
la deseo... yo y también el doctor Coltani, tal vez... El querido asteroide,
sobrepasado el punto de mínima distancia, ya está alejándose de nosotros,
perdiéndose en los abismos del cosmos y cuando vuelva a hablarse de él dentro
de diecinueve años yo seré polvo y cenizas, sobre mi tumba mi nombre estará
casi borrado...
Pero debe
haber algún enfermo grave, esta noche. Más allá de la doble puerta, oigo ruido
de pasos apresurados, graves y sombríos diálogos de mujeres. Suena un timbre
lejano. Fuera, en la calle, no se oye pasar ni un coche.
Extraño.
¿Tal vez una operación de urgencia? Las idas y venidas por el pasillo aumentan.
Se oyen también llamadas, casi gritos. Es como si toda la clínica estuviese
despierta.
Abren,
sin llamar. Entra alguien. Es el doctor Rilka, en mangas de camisa, más
trastornado que nunca. Corre hacia mi cama tendiéndome un legajo de folios
enrollados:
—Lea, se
lo ruego, lea por lo menos un par... quedan pocos minutos...
—¿Entonces
es verdad? —digo yo sentándome de un brinco, y me siento joven, sano,
fuertísimo—. ¿Entonces es verdad?
—¡Pues
claro que es verdad! —dice él y corre presuroso a la ventana, sube rápidamente
las persianas—. Y no pierda tiempo, se lo ruego, ¡lea por lo menos una!...
Pero
afuera hay luz. Y no es de luna. A las dos de la noche una luz blanquiazul
enceguecedora, parecida a la de la llama oxídrica. Y un estallido, un bramido,
un enorme estruendo que envuelve a toda la ciudad. Luego un alarido, dos
alaridos, mil alaridos juntos de terror (¿o de júbilo?). Y con los alaridos una
increíble voz no humana, ronquido, silbido, estertor que se propaga por el
cielo inmensamente. Y yo me río, feliz, desparramando por la habitación, como
un demente, las poesías. Y él, el doctor Rilka (con tres o cuatro segundos
todavía de vida) corriendo de aquí para allá desesperado, para recogerlas, y
protestando:
—Pero
¿qué es lo que hace, señor?
[Tomado
de Las noches difíciles, Argos Vergara, España, 1971]

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