© Libro No. 669. El Caballero de la Carreta. De Troyes,
Chrétien. Colección E.O. Marzo 22 de 2014.
Título original: © Chrétien
de Troyes. Lanzarote del Lago o El Caballero de la Carreta.
Versión Original: © Chrétien de Troyes. Lanzarote del Lago o El
Caballero de la Carreta.
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© Edición, reedición y
Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
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Chrétien de Troyes
Lanzarote del Lago
o
El Caballero de la Carreta
Edición a cargo de
Carlos García Gual y
Luis Alberto de
Cuenca

las ediciones liberales
editorial labor s. a.
barcelona
Prólogo
MITOLOGÍAS
CABALLERESCAS
1
La novela
de El Caballero de la Carreta se compuso hace unos ocho siglos. Su autor,
Chrétien de Troyes, poeta en la corte de Champaña, la escribió entre 1177 y
1181, siendo ya un novelista adiestrado y famoso por haber compuesto dos
refinadas novelas que conservamos: Erec y Cligés, y una versión de la leyenda
de Tristán e Isolda (tema que por aquel entonces hacía furor y que a él le
sirvió repetidamente de acicate) que desgraciadamente se ha perdido. Por los
mismos años en que trabajaba en el Lanzarote, Chrétien escribía,
simultáneamente, al parecer, otra novela: Yvain o El Caballero del León. Y, más
tarde, se dedicó a tramar la más famosa y enigmática, la última de estas cinco
obras que le acreditan como el primer gran novelista de Francia: Perceval o El
Cuento del Grial, escrita antes de 1190 y que dejó inacabada.
Chrétien
escribía en un claro francés medieval versificado en pareados octosílabos,
metro fácil y dúctil, que poseía ya una cierta tradición -si no muy larga, sí
importante y decisiva- para tal tipo de relatos románticos. Habían sido usados
los pareados octosílabos unos años antes por los autores que romancearon las
leyendas clásicas y trasladaron las viejas sagas épicas a la literatura
francesa medieval, expresando «la materia de Roma» en nuevos moldes, al gusto
de un público cortés. El Román de Thébes, el Eneas y el Román de Troie habían
utilizado y pulido el octosílabo en pareados, al servicio de sus creaciones de
alborada romántica.
Chrétien,
si bien ensayó sus talentos en adaptaciones de temas mitológicos antiguos
tomados de Ovidio, es el gran creador de la novela de tema artúrico, englobada
dentro de la denominación «materia de Bretaña». (Debemos considerarlo el primer
novelista, ya que desconocemos la obra de posibles contemporáneos de ingenio.)
No vamos a entrar aquí en el problema del origen de la temática bretona [ ] ,
sólo queremos recordar que Chrétien construye sus novelas con elementos de otra
mitología en desintegración, trasmitida oralmente, con antiguas raíces célticas
y motivos típicos. Sobre esta materia el escritor Chrétien construye sus tramas
con cuidada estructura narrativa y un nuevo sentido (fr. sen), humanístico y
cortés, a la altura de su momento histórico. La de El Caballero de la Carreta
tiene como protagonista a un héroe caballeresco que logrará enorme fortuna como
mito literario en la tradición novelesca posterior: es Lanzarote, amante de la
reina Ginebra. (Sobre la creación de esta figura en la novela de Chrétien,
volveremos luego.) De momento recordemos también que en torno a esta figura se
construirá la gran suma novelesca del Ciclo del Lanzarote en prosa o Vulgata
artúrica, enorme novela río, en la que se recopilan las más famosas aventuras
artúricas, a lo largo de cientos y cientos de páginas. Este ciclo en prosa,
compuesto entre 1215 y 1230, obra de varios autores, tiene fundamentalmente
tres secciones: el Lancelot propre, La Queste du Saint Graal y La Mort Artu. En
la vasta composición se incorporan, dentro de un esquema muy ambicioso, todas
las aventuras y destinos del reino de Arturo, con sus caballeros de la Tabla
Redonda, del orto al ocaso, hasta el crepúsculo trágico.
La
creación de este ciclo en prosa, con su amplia difusión e influencia, resultó
aplastante para las anteriores novelas en verso -las inventoras de los
personajes y de las aventuras-. Éstas no podían competir ni con el estilo más
moderno y alambicado ni con la interpretación del sentido caballeresco que la
reelaboración posterior ofrecía a sus devotos lectores. Así los epígonos
prosificadores oscurecieron durante siglos el conocimiento de las novelas de
Chrétien. El famoso Lanzarote al que citan Dante y Cervantes, entre tantos
otros, es el personaje de las novelas en prosa; no el héroe juvenil de
Chrétien, sino la figura más madura y melancólica que desciende de aquél. (Y
también lo es el del reciente film de Bresson, Lancelot du Lac (1973), última
reinterpretación de tal figura mítica.)
Lo que el
ciclo en prosa (seguido de otro más amplio, el Román dou Graal, hacia
1230-1240) viene a confirmar es la enorme coherencia -comparable a la de la
obra dé Balzac o de Proust- del universo mítico de la novela artúrica.
Como
advierte, con agudeza, un estudioso moderno de esta literatura, K. Wais, «la
novela artúrica significa un fenómeno colectivo» [ ] Es una literatura de resonancia sinfónica,
como compuesta por una orquesta de escritores. Pero Chrétien permanece siempre
como el viejo maestro, el más original, dotado de una gracia ingenua peculiar.
Creo que nuestra preferencia actual por su obra frente al gusto de otras
épocas, se debe no sólo al aprecio por su originalidad y su mayor brevedad,
sino también a nuestra simpatía por su estilo narrativo. Del mismo modo como
nos es más amable el estilo gótico inicial, con su airosa sencillez y su
proximidad al lento románico, que el gótico flamígero, airoso y de complicada
lacería, preferimos la sencillez de Chrétien, insinuante de simbolismos
cautivadores, al estilo de los novelistas en prosa, de cuyos torpes y desvaídos
epígonos se burlará Cervantes, unos cuatrocientos años después.
2
La novela
de caballerías conservó su prestigio literario durante siglos, aunque la etapa
de auténtica creación del universo artúrico apenas rebasará, en Francia, el
primer tercio del siglo XIII.
En cierto
modo, las novelas posteriores tienen algo de decadencia, si bien en una
literatura de corte arcaizante esa pátina decadente no desentona. En España,
como en el resto de Europa, la boga de tales lecturas caballerescas alcanzó
hasta finales del siglo XVI [ ] . La condenación de Cervantes en el Quijote es,
luego, el más logrado y definitivo rechazo de esa balumba de literatura
artificial y amanerada, incompatible con la época histórica que creó otros
tipos de narrativa (El Lazarillo de Tormes es de 1554; el Quijote de 1605 y
1615). Cervantes, como otros coetáneos suyos, pertenecía a esos últimos
hidalgos lectores nostálgicos de semejantes libros de aventuras [ ] .
(Precisamente en España habían obtenido un tardío florecimiento, a parir del
Amadís en 1508, con su descendencia prolífica.)
Sólo en
Inglaterra sobrevivió la literatura artúrica más allá de esa justa condenación,
de la que la irónica parodia cervantina fuera el portavoz más dichoso. Allí la
vasta compilación de aventuras y héroes artúricos se salvó gracias a una
traducción resumida que refundió el ciclo en prosa con un excelente estilo. El
texto gracias al cual la literatura artúrica evitó el eclipse y que logró de
tal materia una obra clásica de la literatura inglesa, fue la obra de Sir
Thomas Malory (titulada curiosamente Morte Darthur), compuesta hacia 1469-70 y
editada luego por J. Caxton [ ] . De ella dependen visiones tan conocidas y
dispares como la lírica de Tennyson, y las humorísticas de Mark Twain, Un
yanqui en la corte del rey Arturo, y T. H. White, The once and future King,
traducida al castellano como Camelot, de la que dependen las películas Camelot
de J. Logan y Merlín el Mago de W. Disney.
3
Conviene
no olvidar, al tratar del fenómeno de la novela como género, a uno de los
personajes enmarañados en él, por más que quede anónimo siempre. Me refiero al
lector. Porque el lector de novelas está en una relación con éstas muy
diferente de la que el público guarda frente a otras formas de literatura; una
relación siempre privada y personal. La trama novelesca le invita a una evasión
efímera, seduciéndole para una identificación fantástica en un ámbito más
interesante que la realidad cotidiana. Y de ahí emana el íntimo riesgo:
ilusionarse hasta confundir el mundo de su espejo mágico con el de la realidad,
lo que les pasó a Alonso Quijano y a Emma Bovary. No es casual que dos de las
más grandes novelas «realistas» tengan como héroes a esos lectores, paradigmáticos
y eternos lectores de novelas, seducidos de su vulgar circunstancia hacia un
mundo de novelerías, quimérico, idealizado románticamente. Como dice K.
Kerényi, «en la novela no es importante el concepto, sino la
"vivencia" del lector, su Romanerlebnis».
Por eso,
al tratar de la aparición del género hay que referirse a su público, casi tan
responsable de la literatura como los autores. Así se ha hecho al tratar de los
dos primeros nacimientos de la novela en Occidente: el de la tardía época
greco-latina y el de la época medieval, que aquí nos importa [ ] . Pero sería
largo repetir otra vez las referencias a esa clase nobiliaria, refinada y
cortés, que buscó una propaganda de ideales imposibles y un romanticismo
enaltecedor de las damas, víctimas de una opresión secular. Nos gustaría saber
más de los anhelos y ensoñaciones que todos esos textos novelescos suscitaban
en sus lectores o auditores medievales. El autor de novelas -Chrétien y los
demás- pensaría en tales reacciones, al describir los atavíos y las justas, los
apasionados monólogos, o esas tentaciones eróticas marginales, que parecen
pintadas con un guiño humorístico.
¡Quién
pudiera convocar, en una rápida evocación, las siluetas variadas de tantos
lectores de novelas caballerescas! Sería una larga galería la de las figuras a
las que este género ofreció ilusionadas e impenitentes fantasías. Desde las
altas damas corteses que en su salón castellano atendían al juglar o al clérigo
lector, émulas de María de Champaña; desde aquellas jóvenes románticas que, con
precursora audacia en medio de aquella noble sociedad de analfabetos,
aprendieron a leer, como esa muchacha que Chrétien nos pinta en el Yvain,
leyendo a sus padres en un prado idílico una novela; desde aquellos orgullosos
patrones feudales que encargaban novelas de inquieto trasfondo, como el conde
de Flandes, y que tal vez presentían en la búsqueda de Perceval un simbólico
trasunto de la cruzada que anhelaban emprender o de la que no intentarían
nunca, desengañados por los repetidos fracasos en Tierra Santa; desde los
jóvenes segundones desheredados, que se imaginaban poder imitar las gloriosas
hazañas de los héroes de las novelas, en torneos y en amoríos, hasta conseguir
la fama y la riqueza que la sociedad les regateaba; o desde tantos hidalgos y
caballeros que vieron en esta literatura el espejo mágico de sus afanes,
condenados, por el progreso histórico, a vanagloria irrealizable. ¡Para cuántos
desplegó la novela caballeresca sus prestigios y su quimérico encanto!
Todavía
en el siglo XVI las novelas de caballerías tenían en España un fervoroso
público. Desde el emperador Carlos, que, como sus abuelos Isabel y Fernando, o
como su rival Francisco I de Francia, dedicaba algún ocio a tal lectura, hasta
ese pelotón de rústicos y abigarrados caminantes que se reunían en la venta
quijotesca a escuchar con arrobo la lectura que el mesonero hacía de alguna
obra caballeresca que la providencia había dejado a su alcance [ ] . (Según
cuenta Cervantes, en el Quijote, primera Parte, c. XXXII.) Entre los dos
extremos, ¡cuántos otros lectores divertían sus horas y extraían de las
aventuras y maravillas de esas ficciones una lección personal! Gentes tan
inquietas y afanosas como Juan de Valdés, Bernal Díaz del Castillo, Teresa de
Cepeda y Ahumada, Ignacio de Loyola, etc. Alonso Quijano era, en cierto modo,
la caricatura patológica de un tipo de lector, vuelto ya ridículo por lo
extremado, viejo y arruinado, que había existido tiempo atrás.
Gracias a
la versión lírica de Tennyson, la materia bretona, con toda su legendaria
prosopopeya, revivió en el siglo XIX, con aura romántica renovada. «En
Inglaterra, como en los Estados Unidos, el honorable burgués leía con voz
sonora a su familia admirada los Idilios Reales; Galahad, Lanzarote, Ginebra y
el mismo rey Arturo los tenían bajo su hechizo, como habían tenido a los
contemporáneos de Malory.» «¿Quién habría podido pronosticar la resurrección
del culto del rey Arturo y de sus caballeros en la prosaica clase media
mercantil de Kensigton en la época victoriana?» [ ] Como los varones ilustres de la historia
antigua, los héroes de la Tabla Redonda eran símbolos de un pasado valioso, que
el hombre occidental sentía como herencia irrecusable. Pero en el caso de los
caballeros tratábase de figuras surgidas no de la historia sino de la poesía
para mayor mérito de la creación literaria.
4
Si, para
concluir en breve esta evocación, tuviéramos que escoger al lector más moderno
de novelas artúricas, nos decidiríamos, sin vacilación, por T. E. Lawrence. El
gran estilista de Los siete pilares de la sabiduría, y el intrépido liberador
de Arabia, era un devoto lector de Malory. Allá en la remota fortaleza de
Azrak, en medio del asolado desierto, en las pausas de las algaras y los
conciliábulos, Lawrence releía La muerte de Arturo [ ] .
Este
personaje ambivalente (escolar de Oxford, arqueólogo erudito y feroz jeque
guerrillero) compartía la admiración por las hazañas de los Cruzados y por las
de los quiméricos caballeros de la Tabla Redonda. Lawrence habría podido
codearse con unos y otros. En su espíritu atormentado y audaz había una fiereza
medieval y una sensibilidad ascética. Solitario y fatídico como los héroes
artúricos, este último aventurero [ ]
pudo sentir tal vez mejor que ningún otro lector todo el simbolismo
poético del estilizado universo caballeresco.
EL
CABALLERO DE LA CARRETA: TEMÁTICA Y PERSONAJES
1
De las
cinco novelas de Chrétien de Troyes tres destacan por la habilidad y destreza
en la composición narrativa, por esa «molt bele conjointure» de la que se
enorgullecía el primero de los grandes novelistas de Occidente. Erec, Cligés,
Yvain son relatos de una notable perfección técnica, en cambio, las otras dos:
El Caballero de la Carreta y El Cuento del Grial quedaron inconclusas, faltas
de un final que cerrara la trama definitivamente. En el último caso parece que
fue el sorprendente encuentro con la muerte lo que impidió al novelista dar fin
al relato. En el caso de El Caballero de la Carreta ignoramos el motivo.
Sabemos que, de modo enigmático, Chrétien dejó en manos de otro autor la
conclusión del texto, en un gesto extraño e inteligente.
Para
nosotros la inconclusión de ambas novelas posee una significación poética. Como
si el autor hubiera dejado abierta la salida a sus dos personajes más
inquietantes: Lanzarote y Perceval. O como si hubiera presentido que una sola
novela no podía albergar toda la inquietud mítica de estos héroes peregrinos,
apasionados en una aventura inagotable.
El
Caballero de la Carreta y El Cuento del Grial coinciden en algunos puntos más.
Pero lo fundamental es que una y otra novela se construyen sobre el esquema de
la queste, la búsqueda esforzada en pos del objeto anhelado, la reina Ginebra o
el misterioso Grial, que en una mágica lejanía aguardan al elegido liberador,
el protagonista de la aventura redentora. Este esquema novelesco, que recoge el
de un prototipo mítico, será de una tremenda resonancia, un éxito furioso en la
novela de caballerías, inventado por los novelistas corteses de fines del siglo
XII y reimitado por los de los siglos posteriores.
A algunos
estudiosos de las novelas artúricas no les parece El Caballero de la Carreta
una obra bien lograda. Expertos eruditos como J. D. Bruce no vacilan en
calificarla como «la más floja novela de Chrétien». Aunque, a la vez,
reconozcan que fue «la más influyente» [ ] . Se podrían recoger en su trama
algunas deficiencias de estructura (como esas repetidas aventuras en retahíla,
con sus cabos sueltos y sin justificación clara) o psicológicas (el irrealismo
y la exageración en las reacciones de los principales personajes), para
justificar tal aserto. A esto se contrapone la atmósfera misteriosa y fantasmal
de algunos episodios, como una excursión onírica.
Quien
cree en esos defectos, los achaca a la violencia con que el novelista se aplica
a un tema impuesto (por su patrona, la condesa María de Champaña), con un
trasfondo mítico que no comprende bien (el Viaje al Mundo de la Muerte), y con
un sentido (la exaltación del adúltero «amor cortés», de abolengo trovadoresco)
que contravenía sus ideas sobre la moral caballeresca. Dejamos para luego la
discusión en concreto de estos puntos, aquí anotemos sólo que, en efecto, la
influencia de la novela no parece depender de la perfección técnica del relato,
sino que el encanto parece emanar de la temática misma, del mito arcaico del
amante que va al Más Allá a rescatar a la amada de ese «país de donde nadie
retorna», y de la progresión ardua de Lanzarote, extático y melancólico, hacia
la dama altiva de su amor imposible, la reina Ginebra. La fantástica cabalgada
de Lanzarote se hace más insinuante por esa obnubilación amorosa del héroe,
sordo al peligro y a la tentación.
En la
reinterpretación de la gran novela en prosa en torno suyo, el Ciclo en prosa o
Vulgata, la figura de Lanzarote, peregrino de un amor imposible, se hundirá al
fin en la melancolía de un trágico destino. Allí se nos hablará de la infancia
y de la vejez del personaje; pero la creación de esta gran figura, «el mejor de
los caballeros andantes», con su carácter arriesgado a una pasión fatal, es el
gran mérito de la novela de Chrétien; y la desborda.
2
Como El
Cuento del Grial, también El Caballero de la Carreta es una obra de encargo. La
trama de Perceval está dedicada a un poderoso conde de Flandes, piadoso cruzado
a Tierra Santa. La de Lanzarote se presenta como elaborada en honor de la
condesa de Champaña, María, hija de la radiante Leonor de Aquitania. Así el
poeta sabía romancear una historia de invocación caballeresca y de fervor
religioso para un noble patrón, que se interesaba en la educación (había sido
preceptor del rey de Francia) y en la búsqueda de santas reliquias; y, antes,
había puesto todo su empeño en una novela de amor para una dama romántica.
Ahora
bien, ¿hasta dónde las inclinaciones de su señor mecenas condicionaban la
iniciativa y el talento del escritor medieval? He aquí un problema, que se nos
presenta de modo destacado en El Caballero de la Carreta, a propósito de la
famosa declaración de su prólogo (vs. 21-29):
Mes tant
dirai je que miauz oevre
Ses
comandemanz an ceste oevre
Que satis
ne painne que j'i mete.
Del
Chevalier de la Charrete
Comance
Crestiiens son livre;
Matiere
et san l'an done et livre
La
contesse, et il s'antremet
De panser
si que ríen n'i met
Fors sa
painne et s'antancion.
La
declaración prologal es bien explícita. La condesa invita con sus
requerimientos (ses comandemanz) al poeta y le brinda el tema (matiere) y el
sentido (san), para que se aplique a la novela con todo su oficio y su interés.
Para varios críticos esta intervención decisoria de la condesa María sería la
causa de las imperfecciones de la obra, que Chrétien habría emprendido a su
pesar (ya que el adulterio cortés iba en contra de la tesis en favor de la
alianza de la caballería y el matrimonio por amor defendida en sus otras
novelas); por lo que, al final, habría abandonado por cansancio o desinterés la
forzada tarea.
Estos
influyentes críticos (G. París, G. Gohen, T. P. Cross, W. A. Nitze, etc. [ ] )
distinguen y disocian el tema y el sentido, para analizarlos por separado. La
matière era una leyenda céltica de profundas raíces míticas: el descenso del
héroe redentor al país de los muertos para rescatarlos a la vida. Desafiaba la
infranqueable barrera como Orfeo, en pos de la amada cautiva, raptada como la
Reina de Mayo por el ardoroso Rey del Verano, y volvía con ella del misterioso
país de donde nadie regresa (dont nus ne retorne). Muchos estudiosos (W.
Foerster, G. Cohén, M. Roques, St. Hofer, etc.) niegan el interés o la
conciencia de Chrétien en el uso de ese trasfondo mítico. Pero, como A.
Pauphilet ya apuntaba [ ] , resulta inverosímil pensar que un poeta sensible y
humanista no hubiera percibido esa connotación profunda del tema, que estaba en
la mitología antigua y tenía su formulación clásica en el verso de Catulo:
Qui nunc
it per iter tenebrosicum
Illuc
unde negant rediré quemquam? [ ]
En cuanto
a su sentido, El Caballero de la Carreta sería el ejemplo novelesco más acabado
del amour courtois. Sin la ambigüedad y el conflicto trágico de Tristán e
Isolda, el amor de Lanzarote hacia Ginebra expresaría bien el rigor del
servicio a la dama (Frauendienst), y la postura sumisa del caballero adorador
de su altiva domina, ejemplo de un amor esforzado según el código refinado por
los trovadores. No en balde María era la hija de Leonor de Aquitania, hija del
primer trovador del Languedoc y soberana de las dos cortes reales más fastuosas
de la época. Pretensión de María podía ser emular a su madre en su corte de
Champaña, con la esplendidez de su acompañamiento de damas y audacia de sus
poetas. Fue a ella a quien dedicó el capellán Andreas el famoso Tractatus de
Amore, docta teoría del amor cortés, donde se niega el amor entre los esposos,
como falto de libertad, y se elogia la pasión ardua y arriesgada del adulterio
galante.
Desde
luego hay alguna base para fraguar una teoría romántica sobre tales temas, si
el crítico tiene afanes novelescos. Se puede hasta fabular una historia de la
condesa, sometida a un matrimonio forzado y aburrido, dejándose consolar por
fantasías y por el servicio de galantes poetas y teóricos del erotismo, como
Chrétien y Andreas, entre su corte de damas, bien dispuestas hacia la poesía y
el flirteo. Pero, si uno intenta ser preciso y aproximarse a los datos
históricos, el cuadro romántico se disuelve. El Caballero de la Carreta se
compuso unos ocho años antes que el Tractatus de Amore, de modo que
difícilmente puede novelar las teorías de aquél. Y de la influencia del círculo
intelectual de Champaña sabemos poco; así como de la relación, escasa al parecer,
entre María de Champaña y su madre, esposa de Enrique II, en el trono de
Inglaterra [ ] .
3
Ya señala
acertadamente J. Frappier que no es conveniente exagerar la obligación del
poeta frente a un tema impuesto y aceptado a disgusto. Desde luego Chrétien
polemiza en otras obras en contra del amor adúltero a la manera del Tristán, y
defiende la compatibilidad del matrimonio por amor y el servicio a la
caballería. Había compuesto también una novela sobre el mito tristaniano: Del
roi Marc et d'Yseut la Blonde, que se nos ha perdido, en ella debió haberse
ajustado al esquema tradicional. La situación del Lancelot es semejante a la
del Tristán; el caballero se apasiona por la mujer de su rey y señor feudal, en
un amor correspondido. Chrétien evita, en su novela, sondear el conflicto que
en Tristán e Isolda se plantea trágicamente. Los escritores de la larga versión
en prosa no dejarán de hacerlo, magnificando ese adulterio y sus consecuencias
trágicas, que abocan a la destrucción de la caballería artúrica. Pero Chrétien
no quiso siquiera plantearnos la situación posterior al rescate de Ginebra y la
vuelta a la corte. La convención optimista de sus otras obras aquí no podía
darse. Tal vez por eso prefirió dejar inconclusa la novela, cuyo final
definitivo no podía ser feliz, ya que los tres personajes del triángulo
amoroso, Lanzarote, Ginebra y Arturo habían de sentirse desgarrados entre dos
lealtades: la fidelidad a un amor imposible y la sujeción a una moralidad y una
afección indeclinables.
La novela
cobra más relieve si, en contra del parecer tradicional, se atribuye a su autor
la elección de la temática y del sentido; es decir la responsabilidad total,
dejando al margen las insinuaciones de la condesa. Esta es la opinión de J.
Rychner, bien defendida con docta pluma en un par de artículos: «que los
famosos versos de Lancelot no significan que Chrétíen de Troyes deba a María de
Champaña el tema narrativo y la idea dominante de su novela, sino que expresan
una amable adulación, según la cual la condesa le da a la vez la ocasión y la
capacidad de escribir; o en otros términos: bastaba con que ella expresara tal
deseo para que él se aplicara al trabajo y se sintiera inspirado» [ ] . El
novelista conserva así «la entera iniciativa de su libro», mientras que la
generosidad y la atención de la condesa le permiten dedicarse a él.
4
Creemos,
pues, que apostando por una deliberada y consciente intención del novelista
puede comprenderse mejor su tratamiento original, a partir de ciertos datos
tradicionales -como pueden serlo la expedición heroica al otro Mundo, y el
rapto y amor adúltero de la reina Ginebra- que el escritor cortés sabe
apropiarse y adaptar a una nueva estructura y un sentido más moderno.
El rapto
de la reina Ginebra y su subsiguiente rescate parece provenir de una vieja
leyenda, atestiguada por un relieve escultórico en una arquivolta del portal
norte de la catedral de Módena. Es la primera aparición de Arturo y sus
caballeros en la iconografía románica. La representación se fecha hacia el
1100, y se cree que el tema pudo haber sido difundido hasta allí por algún
conteor bretón, que llegara a Italia en el contingente del duque de Normandía
en la ruta de la Primera Cruzada.
Allí se
representa claramente el asedio de un castillo por unos caballeros; en él hay
una dama prisionera defendida por otros tres personajes. Los nombres adscritos
a las figuras no dejan lugar a dudas sobre su identidad. Allí están Artus de
Bretania con sus fieles Galvaginus (Galván), Che (Keu) e Isdernus (Yder),
enfrentados a Carado, Burmaltus y Mardoc, que tienen prisionera a Winlogee (del
bretón Winlowen, equivalente de «Ginebra»).
Además de
esta ilustración, bastante anterior a las novelas de Chrétien, poseemos otra
variante del motivo de un pasaje de la Vita Sancti Gildae (escrita por un
clérigo galés, Caradoc de Llancarvan, hacia mediados del siglo XII). Éste nos
cuenta que la mujer del rey Arturo, Guennuvar fue raptada por Melvas, soberano
de la aestiva regio (Somerset, «país del verano») que se la llevó a la Urbs
Vitrea (Glastonbury, «la ciudad de cristal»). Arturo logró luego rescatar a su
esposa gracias a la intervención de Gildas, abad del monasterio, tan destacado
luego por su influyente propaganda en la literatura de la época [ ] .
No nos
interesa tratar en detalle aquí de estas variantes. En este momento queremos
sólo dejar claro que el rapto y el rescate posterior de Ginebra eran un tema
divulgado ya, como uno más de esos raptos, aitheda, frecuentes en las leyendas
célticas.
En la
versión citada (escrita antes o después de la novela de Chrétien, pero en todo
caso independiente de ella), ciertos rasgos pueden aludir al otro mundo de
donde nadie retorna. (Así, p.e., la Isla de Cristal, que es un material de la
ciudad de los muertos en otras leyendas. Loomis ha supuesto que el misterioso
reino de Gorre, en Chrétien, es una modificación fonética de «Voirre», el
vidrio de ese fantástico y aislado lugar.) En ambas versiones, la plástica de
Módena y el relato hagiográfico, el rescatador de la reina es su esposo,
Arturo.
Resulta
bastante coherente pensar que, de ese modo, en un principio, fue el rey Arturo
el protagonista heroico y el salvador de Ginebra. Pero luego, fue desplazado
por Chrétien, retirado en el trono a su papel de roi fainéant, cavilando con la
mano en la mejilla, abismado y resignado en su melancólica impotencia ante la
acción, al tiempo que se encargaba del rescate un nuevo héroe de su corte,
Lanzarote. El declinar heroico del rey Arturo, desde su primitivo carácter
mítico de belicoso paladín, al monarca cortés que preside la civilizada Tabla
Redonda, ha sido bien estudiado, como reflejo sociológico [ ] . Por otra parte,
resulta claro que la sustitución del marido por el amante, de Arturo por
Lanzarote, ofrecía enormes ventajas novelescas, para ennoblecer la pasión
romántica como impulso a la acción imposible. Arturo renuncia a reconquistar a
Ginebra; Lanzarote, movido por el amor, se lanza en tromba ciega a la búsqueda
de la amada.
5
En cuanto
al personaje de Ginebra, la dama altiva y amorosa soberana, estaba también en
la leyenda artúrica aureolada de un extraño prestigio. J. Marx sospecha que
bajo su figura regia late el blanco fantasma de un hada voluble [ ] . En la
Historia de los reyes de Bretaña del increíble historiador Geoffrey de
Monmouth, Ginebra se convertía al fin en la esposa del traidor Mordred, en la
ausencia del rey Arturo; y es posible que este dato recogiera la ambigua
posición de la reina, proclive al adulterio. En otro relato se habla de sus
amoríos con el caballero Yder, y tal vez otras leyendas le atribuyeran una
predilección sentimental por algún otro, como Galván, el sobrino de su esposo.
Pero, desde la novela de Ghrétien, el amor de Ginebra la encadena a Lanzarote,
en una pasión que el gran ciclo cu prosa relatará como extendida por muchos
años, desde que el joven caballero recibe sus armas en la investidura hasta que
los dos amantes, ya viejos, asisten a la destrucción de la caballería artúrica
en una lucha fraticida, que es la consecuencia de su pecaminoso y trágico amor.
Lanzarote y Ginebra son los mártires de un amor tan paradigmático y trágico
como el de Tristán e Isolda. Si buscamos el parangón notamos que Lanzarote y
Ginebra son víctimas de un impulso menos tempestuosamente desencadenado, pero
no menos fatal; aunque aquí la fatalidad no opera por el mecanismo de un filtro
de amor, como en el Tristán, sino por la magia de los encuentros y las miradas.
En el
Lanzarote en prosa se describen atentamente los emotivos encuentros del tímido
Lanzarote y de la bellísima anfitriona de la corte artúrica; y la patética
nostalgia de los amantes, condenados al remordimiento y a la ausencia, al final
de largos años de fidelidad, se expresa inolvidablemente en el amargo
crepúsculo de La muerte de Arturo, parte final del ciclo en prosa. Lanzarote
quedará condenado a la melancolía por su amor imposible, y su pecaminosa pasión
le impedirá el acceso al Santo Grial, empresa reservada a su hijo Galaad, el
puro y casto sustituto de Perceval; el hijo de Lanzarote, pero no de Ginebra,
nacido de un encuentro amoroso forzado por la aventura y la magia. A Ginebra el
amor adúltero la obliga a larga infelicidad, a cambio de los momentos
magníficos de vibrante pasión.
Pero la
larga historia del amor de Lanzarote y de Ginebra no nos la cuenta Chrétien. A
él le interesa la hazaña romántica, no la patética y trágica melodía, propósito
de desarrollos posteriores, ocurrencia de unos novelistas de otra intención,
más pesimistas y más sistemáticos y moralistas.
Según
Elaine Soutrrward, [ ] Chrétien habría
compuesto su novela para justificar el adulterio atribuido por los relatos
tradicionales a la reina Ginebra, sustituyendo las alusiones a un amorío
corriente por la historia de un gran amor, que embellecía la infidelidad de la
reina a su matrimonio con el confiado Arturo. El caballero que iba al Más Allá,
que ponía el amor por encima del honor al subir a la infamante carreta, bien
merecía todo el afecto de su dama. El novelista dio al relato la pátina cortés,
reelaborando la doctrina del fin’ amors, [ ]
cantado por los trovadores, en honor de sus románticos y esforzados
protagonistas. El tratamiento novelesco dejó en la sombra las anteriores
leyendas sobre la infiel Ginebra, y dio a los amantes su fama definitiva.
6
Lanzarote
es un héroe de procedencia desconocida. Algunos celtizantes imaginativos han
pretendido ver en él un trasunto del dios céltico Lug. [ ] Pero como amante de Ginebra es, con
seguridad, una invención de nuestro novelista. Chrétien tenía algunas noticias
sobre un héroe del mismo nombre, al que ya en su primera novela, Erec, cita
entre los primeros caballeros del cortejo de Arturo. En la trama misma de El
Caballero de la Carreta hay algún trazo suelto que nos remite a la historia
anterior del personaje, que el novelista no nos cuenta. Así por ejemplo, el
anillo, regalo de un hada, que lleva en su dedo Lanzarote para defenderse de
los encantamientos; y que en la aventura particular de esta novela no tiene
utilidad directa. El hada protectora pertenece a la tradición anterior, tal vez
a un folktale bretón sobre la juventud del héroe. Es, probablemente, la Dama
del Lago, que recogerá el ciclo en prosa para presentarla como la madrina
misteriosa de sus «infancias». Algunos otros trazos de la vida del héroe que
recoge y reelabora el ciclo en prosa pueden depender de una tradición diversa;
pero lo esencial depende de Chrétien.
Lanzarote
-es decir, un héroe de nombre convergente con el de la novela de Chrétien- es
el protagonista de una famosa novela artúrica alemana: el Lanzelet de Ulrich
von Zatzikhoven. Compuesta entre 1195 y 1200, es una obra de excelente estilo,
pero a la que le falta lo esencial en la definición universal de Lanzarote: su
relación amorosa con Ginebra. El protagonista Lanzelet es un bravo caballero,
que desafía con magnanimidad peligros y aventuras, pero carece de la
personalidad de Lanzarote. Es sólo un típico caballero andante. El autor, un
clérigo poeta de las cercanías de Lommis en Thurgau, nos informa sobre la
procedencia de su temática. Ha utilizado un libro galés (Welsche buoch) que
trajo a Alemania uno de los caballeros ingleses encargados de pagar al
emperador alemán el rescate por Ricardo Corazón de León (hacia 1194). [ ]
J. Marx
coincide con E. Southward en apreciar la contribución esencial de Chrétien a la
figura del héroe en su presentación como amante ejemplar de Ginebra: «¿Había
habido un Lanzarote amante de la reina antes de la obra de Chrétien? Lo dudo,
puesto que en el Lanzelet, el valiente caballero que es bien sensible a la
belleza de las damas y se complace en sus amores, no es el amante de la reina.
En todo caso es Chrétien quien ha transformado la figura de Lanzarote. En la
novela de Perlesvaus, posterior a Chrétien, de quien procede, pero anterior al
ciclo en prosa, el autor hará decir magníficamente a Lanzarote, al que ruega el
Rey Ermitaño se arrepienta de su amor culpable por la reina, que no le es
posible arrepentirse de un amor que ha sido para él fuente de proeza, de honor
y cíe caballería. María de Francia y Chrétien han sabido transformar y
heroicizar el fin' amor cuya tradición había aportado el mundo occitano. Pero
del mismo impulso, por el éxito de la novela y el eco que ha encontrado, han
impuesto la transformación del personaje de Ginebra, ligera y discutida, cuya
figura antigua no sobrevive más que bajo forma de vagas reminiscencias y
tímidas alusiones». [ ]
7
Otro de
los grandes méritos de la novela de Chrétien es, a nuestro parecer, la
irrupción del caballero, misterioso y anónimo héroe cuyo nombre no conoce el
lector hasta mediada ya la trama, después de más de 3.000 versos y de su marcha
aventurada en pos del rastro de la reina raptada.
¿De dónde
viene? ¿A dónde irá después?
La
trayectoria del héroe excede los márgenes del texto de Chrétien, como ya
advertimos, inteligentemente inacabado. Para abarcar toda su historia personal
se necesitará la vasta arquitectura del ciclo en prosa, como una saga de
enormes episodios, como una suma novelesca inagotable en la que el rescate de
Ginebra es sólo un episodio central.
La
estructura de la novela de Chrétien es abierta y corresponde al esquema de la
queste, la búsqueda o demanda, solución narrativa de un asombroso éxito
posterior, entre los novelistas medievales. Este esquema narrativo, que a su
vez recoge, en cierta medida, el de «los cuentos de aventura», según la
terminología de J. Marx, tiene una serie de convenciones de gran interés.
El
caballero de la búsqueda va de incógnito; tan empeñado y presuroso que no puede
detenerse más que de noche, y por una sola noche en cada lugar, antes de dar
fin a su empresa; a lo largo de su frenética carrera triunfa en numerosas
aventuras, entre peligrosos encuentros violentos y tentaciones amorosas
cautivadoras; generoso con los vencidos, los envía a la corte del rey Arturo
para que atestigüen allí sus triunfos, mientras él prosigue su ascética
peregrinación, solitario hasta el fin. El propio Chrétien sugiere otra
complicación de este tipo de relato, al oponer a la queste del protagonista la
de otro caballero en una empresa paralela. Este otro compañero en la búsqueda,
que avanza por un camino paralelo, sirve para reflejar, con su intento fallido,
el mayor valer del protagonista. En las novelas de Chrétien el segundo
buscador, condenado a una divagación curiosa por otro periplo aventurero, es
Galván, el patrón ejemplar de la caballería artúrica, superado siempre por el
héroe protagonista de la novela. Galván, con toda su gloria y su buena
intención, queda desbancado por héroes como Lanzarote o Perceval, que
comprometen todo su ser, hasta el fondo de una existencia trágica, en la
empresa. Mientras que Galván es sólo el caballero ejemplar, que trata de lucirse
en su deber, gentil con las damas, campeón deportivo, amable «turista de la
queste» (J Frappier), perfecto «gentleman», condenado -por su falta de
personalidad profunda- al fracaso. No podrá alcanzar la gloria de un amor
inmortal ni llegará a aproximarse al misticismo del Grial, pese a toda su
gloria mundana. [ ]
Ese
doblar la búsqueda y el buscador para resaltar el valor de la auténtica empresa
parece un gran invento de la técnica narrativa. Se me ocurre que el mismo
procedimiento inventado por el novelista medieval se encuentra utilizado
asiduamente en la novela policíaca moderna, que, como F. Lacassin bien
advierte, [ ] reincorpora algunos
prestigios de la novela de aventuras caballerescas.
En la
novela medieval los participantes en la búsqueda se multiplican. Manessier en
su Continuación del Perceval intentó lanzar nada menos que treinta y cinco
caballeros en búsquedas paralelas; pero le faltaron fuerzas para ejecutar el
plan. En el ciclo en prosa los buscadores del Grial son tan numerosos que su
marcha deja desierta la corte de Arturo, y las aventuras de unos y otros se
relatan por una técnica narrativa de cruce de relatos episódicos, llamada
entrelacement, habilidosa.
8
En El
Caballero de la Carreta se nos ofrece el mejor paradigma novelesco del «amor
cortés». Aunque el tratamiento romántico es distinto del lírico, tanto por
razones del género mismo (la narración novelesca ofrece una visión del proceso
y del tiempo diferente a la momentánea y más subjetiva de la lírica), como por
la personalidad del autor, diferente en la intención ética y estética a la de
los trovadores provenzales. El «Amor cortés» de la novela se define en relación
con la aventura, como impulso y a la vez como tensión frente al servicio
caballeresco. La obra de Chrétien se ocupa lúcidamente de esta problemática,
como bien han indicado J. Frappier y E. Koehler, [ ] con una concepción optimista respecto a la
conciliación de las tensiones entre individuo y colectividad, a diferencia de
la visión trágica de Thomas, el poeta de la versión cortés del Tristán. En todo
caso, el amor de Lanzarote y Ginebra parece escenificar las normas de ese
código amoroso cortesano, que luego es teorizado en el Tractatus de Amore.
No vamos
aquí a entrar en detalles ni precisiones respecto a esa erótica, que ya ha
exigido demasiada tinta y erudición. Nos contentaremos con alusiones breves.
Ningún otro relato cumple tan primorosamente los cuatro requisitos con que C.
S. Lewis caracterizaba «el amor cortés» en su famoso libro The Allegory of
Love: los de Humildad, Cortesía, Adulterio y la Religión del Amor. (La verdad
es que pocas historias novelescas, o ninguna, los cumplen todos como la novela
de Chrétien.)
Otro
estudioso inglés, J. Stevens, más recientemente, señala, después de unas líneas
de comentario al Caballero de la Carreta: «Se puede ir más lejos y decir que en
las mayores novelas (romances) de amor están presentes todos los principales
motivos que caracterizan la experiencia del amor romántico en épocas
siguientes. Anoto cuatro, que enunciados como postulados son como sigue: el
amor deriva de una repentina iluminación; es esencialmente privado, y debe
mantenerse en secreto ante la gente; se intensifica mediante la frustración y
la dificultad; eleva a los amantes a un nuevo nivel de existencia». [ ]
En
ninguna otra novela medieval mejor que la de Lanzarote pueden ejemplificarse
esos trazos. El mito de Tristán e Isolda -en las versiones de Beroul, y sobre
todo en la de Thomas y la de Gottfried de Estrasburgo- se nos ofrece como la
alternativa en competencia. Aunque la situación básica es semejante -el
triángulo de Mark, Isolda y Tristán se corresponde con el de Arturo, Ginebra y
Lanzarote- la diferencia en el desarrollo novelesco es notable. Como señala A.
Duran, [ ] Lanzarote y Ginebra,
«alentados por los conceptos del amor cortés, no sólo no experimentan ningún
sentimiento de culpabilidad —(por quebrantar la lealtad al rey Arturo, esposo y
señor feudal)— sino que ni siquiera se plantean el problema de la traición».
Eso es cierto referido tan sólo a la novela de Chrétien; en el ciclo en prosa,
ya hemos dicho cómo la historia de ese adulterio cobrará un matiz tristaniano,
es decir, un trasfondo de tragedia. Chrétien ha soslayado ese conflicto final,
que hay que calificar de trágico por su carácter fatal e insoluble. En él no
sólo se opone la felicidad individual al deber y las exigencias de la sociedad,
sino que, a la vez, se nos presenta la esencia del amor como un anhelo de
imposible realización. Porque a la pasión, al eros, le es necesaria la distancia
y la oposición; mientras que el fácil logro de los deseos y la ausencia de
obstáculos apaga la tensión anímica que da a la pasión su grandeza. Haber
subrayado bien esta dialéctica dramática es uno de los grandes méritos de Denis
de Rougemont en un libro discutido, [ ]
inexacto en sus detalles, pero, en conjunto, muy sugestivo.
En fin,
este descubrimiento lo habían hecho ya los trovadores, que enlazaron la lejanía
de la amada como un atractivo más. «Los trovadores de 1150 enseñaban que la
dama del lonh era preferible a la dama propdana: la dama lejana otorgaba una
amistad de corazón, que ennoblecía, mientras que la dama cercana, la que uno
tenía al alcance de la mano, no podía más que envilecer. Es evidente que la
"dama jamás vista" simbolizaba en el límite -¿fue, jamás, algo más
que un símbolo?- la exigencia extrema de purificación que yace en el fondo de
la erótica del Languedoc.» [ ] Por esa
razón cuando Tristán tiene en sus manos a Isolda, va a devolverla al rey Mark;
y a Lanzarote no se le ocurre nunca quedarse con la reina Ginebra; como si uno
de los atractivos sobresalientes de la amada fuera su pertenencia a otro.
Es cierto
que «cualquier idealización del amor sexual, en una sociedad donde el
matrimonio es puramente utilitario, tiene que comenzar por ser una idealización
del adulterio» (C. S. Lewis). Ahora bien, queda por decidir la cuestión de
definir «lo sexual» y «lo espiritual-sentimental» en tal idealización. En la
refinada sociedad cortés ese fue, ante todo, «un juego sutil», [ ] y no hay que olvidar el talante lúdico de la
literatura, como opuesta a la praxis social, donde su influencia era,
seguramente, nula.
La
originalidad de Chrétien en sus otras novelas había sido defender la
compatibilidad del matrimonio, el verdadero amor y el servicio caballeresco.
Aunque alguna vez, por evitar un conflicto a lo Tristán, tuvo que emplear
procedimientos bastante ambiguos, como en la trama de Cligés. En El Caballero
de la Carreta no le ha interesado ahondar en la problemática social ni en la
psicológica, sino que se ha quedado en un nivel narrativo un tanto superficial,
sin explotar las sugestiones de su temática. Es curioso que, como ha señalado
J. Stevens, [ ] en esta novela escrita
para deleite de una gran dama, la heroína ocupa un lugar muy secundario.
Ginebra es «una figura ciertamente borrosa», mientras que es el caballero errante
el que ocupa todo el primer plano. Sólo hacia el verso 4.150 cobra vida
Ginebra, y por no largo trecho. Tan sólo se resalta su amor, para dar emoción
al encuentro nocturno de los amantes (donde asoma luego un eco tristaniano).
Cuando la domina altiva concede el más alto favor a su caballero -una extraña
concesión, más allá del código trovadoresco del amor sublimado-, el gesto
vivifica y humaniza a la heroína.
9
Dice
Northrop Frye, en alguna página de su Anatomy of Criticism, que la primitiva
novela idealista (en inglés romance) está a medio camino entre el mito y la
novela realista moderna (en inglés novel). Sobre ese proceso de una
descomposición del mito hacia la novela han insistido otros autores, p.e. G.
Dumézil y Cl. Lévi-Strauss, para quien la novela representa una parodia
degradada de la estructura mítica. Ya Hegel había formulado una teoría sobre el
progresivo decaer poético desde la epopeya a la novela; y, tras él, podemos
citar la bien conocida formulación de una teoría semejante, con intención
sociológica por G. Lukács, L. Goldman, etc. Aquí nos interesa esa mayor
cercanía al mito que Frye adscribe a la novela idealista.
Ya nos
hemos referido al trasfondo mítico de la «materia de Bretaña», de ese universo
artúrico con sus misterios y sus hechicerías, vagos remedos de una mitología
celta, que a través de una tradición versátil —de los filid irlandeses a los
cyffarewid galeses, y los conteor bretones— ha legado a los novelistas corteses
una atmósfera fascinante y unos temas y motivos de extraños atractivos. Los
escritores, orgullosos de su cultura clerical, despreciaban un tanto a esos
cuentistas y bardos errantes, que pagaban con sus narraciones fantásticas la
acogida en la corte ocasional. Esos que, según Chrétien de Troyes, «de conter
vivre vuelent» y sus cuentos «devant rois el devant contes / depecier et
corronpre suelent» y que «fabloiant vont par les cours / qui les bons contes
font a rebours / et des estoires / les eslongent / et les mençognes i
ajoignent», trasmitieron a los novelistas franceses esa temática fantástica de
lejanas raíces. Ese trasfondo mitológico aureola de extraño misterio las
maravillas y aventuras de la novela artúrica. Las aventuras -¡hermosa palabra!-
caballerescas se tiñen de esa fascinante atmósfera. A veces son motivos menores
-p.e. «el asiento peligroso» o la cama sobre la que desciende mágicamente una
flamígera lanza-, otras, temas amplios -el viaje del caballero al Más Allá, en
la búsqueda redentora- lo que el novelista reelabora. En El Caballero de la
Carreta, Chrétien ha utilizado una de esas incursiones heroicas al Más Allá. El
país «de donde nadie regresa» es una manera característica de designar, con
discreto eufemismo, el mundo de los muertos. (Ya en la literatura babilónica el
infierno es llamado Arallou, que significa «tierra sin retorno».) Que el nombre
de Gorre tiene una posible alusión al «cristalino» orbe de ultratumba ya lo
advertimos. Por otra parte, tal vez Meleagante es una variante de Maelwas, el
raptor de Ginebra en la Vita Gildae, y de Maheloas, «señor de la Isla de
Vidrio», según otra mención de Chrétien. (Maelwas, en galés, significa
«príncipe de la juventud», con resonancias míticas.) Ese extraño reino está
separado del de Arturo por una barrera fluvial, tan sólo vadeable sobre dos
terribles puentes, de los que el caballero cruza el más feroz: el «Puente de la
Espada». (Es evidente que los prisioneros de Gorre han entrado por un camino
más fácil, pero que sólo introduce en el siniestro dominio a los destinados a
él por rapto natural.) Tanto el puente como el río son motivos típicos de la
literatura escatológica. [ ]
El héroe
tiene un claro carácter redentor, y no sólo va a liberar a Ginebra, sino a los
demás prisioneros. Este carácter de la aventura explica la resignación del rey
Arturo ante el desafío de Meleagante. El rey sabe que la hazaña es imposible,
tan sólo el elegido está por encima de tal imposibilidad. La escena del
cementerio, en la que Lanzarote prueba su predestinación a la empresa, es muy
significativa. La proximidad de ambos mundos, el de los vivos y el de los
muertos, es uno de los rasgos de la mitología céltica, [ ] y el viaje a ese Mundo del Más Allá es en
ella más fácil que en otras mitologías.
Lanzarote
va como un nuevo Orfeo a rescatar a la amada del dominio infranqueable por
esencia. Y lo logra, como el Orfeo del poema inglés Sir Orfeo (siglo XIV).
¿Hasta
qué punto era consciente Chrétien, el poeta cortesano y el profano humanista,
de esas resonancias en el tema? Nos sería muy difícil precisarlo. En todo caso,
nos parece que uno de los méritos narrativos de Chrétien está en esa mezcla de
motivos fantásticos y de detalles realistas, un procedimiento que saben
utilizar los mejores narradores de tales relatos. (F. Kafka es el mejor ejemplo
moderno.)
Se puede
hablar de la «búsqueda» (queste) como de uno de los temas típicos de la épica,
[ ] pero no lo es menos de la novela. En
esa búsqueda aventurera se define la personalidad del héroe, frente al mundo
lleno de asechanzas y peligros. En ese peregrinar hacia la meta de su anhelo el
héroe se prueba a sí mismo su valor y su mérito ante la amada. Así sucede en El
Caballero de la Carreta. Su héroe solitario y su mundo misterioso han dejado la
seguridad del suelo épico para adentrarse en la romántica fabulación de la
novela.
C. GARCÍA
GUAL
L.
ALBERTO DE CUENCA
Barcelona-Madrid,
1975.
BIBLIOGRAFÍA
El libro
de F. D. kelly, «Sens» and «Conjointure» in the Chevalier de la Charrette, La
Haya-París, 1966, ofrece un resumen crítico de la bibliografía anterior sobre
el tema (cf. especialmente pp. 4-21).
Con
posterioridad, además de algún trabajo ya citado en nuestras notas, podemos
anotar los siguientes estudios:
B. N.
SARGENT, «L'"autre" chez Chrétien de Troyes», en Cahiers de
Civilisation Médiévale, X, 1967.
J.
RYCHNER, «Le sujet et la signif¡catión du Chevalier de la Charrette», en Vox
Romanica, XXVII, 1968.
E.
VINAVER, «Les Deux Pas de Lancelot», en Mélanges Jean Fourquet, Munich-París,
1969.
H.
DIVERRES, «Some thoughts on the sens of Le Chevalier de la Charrette», en Forum
for Modern Languages Studies, VI, 1970.
E. I.
CONDREN, «The paradox of Chrétien's Lancelot», en Modern Language Notes, LXXXV,
1970.
D. C.
FOWLER, «L'Amour dans le Lancelot de Chrétien», en Romania, XCI, 1970.
U. T.
HOLMES, Chrétien de Troyes, Nueva York, 1970.
F.
BOGDANOW, «The love theme in Chrétien de Troyes' Chevalier de la Charrette», en
Modern Language Review, LXVII, 1972.
T. HUNT,
«Tradition and originality in the prologues of Chrétien de Troyes», en Forum
for Mod. Lang. Studies, VIII, 1972.
Z. P.
ZADDY, «The structure of the Charrette», en su libro Chrétien Studies: Problems
of Form and Meaning, Glasgow, 1973.
Z. P.
ZADDY, «Le Chevalier de la Chárrete and the De amore of Andreas Capellanus», en
Studies in medieval literature and languages in memory of Frederick Whitehead,
Manchester, 1973.
D. J.
SHIRT, «Chrétien de Troyes and the cart», en el mismo volumen colectivo que el
artículo anterior.
Dos
representaciones de Lanzarote en el Paso del Puente de la Espada. Ilustración
de una versión de Lanzarote del Lago, hecha en Francia alrededor de 1300,
(arriba). Bajorrelieve del s. XIII en San Pedro de Caen, (abajo).
EL
CABALLERO DE LA CARRETA
(estructura
episódica)
El
Caballero de la Carreta no fue terminado por Chrétien. Ignoramos por qué
motivo, aunque no han faltado numerosos intentos de explicación a nuestro
parecer puramente hipotéticos. Lo cierto es que, a partir del verso 6.150,
comienza a actuar sobre el texto otro autor, Godefroi de Leigni (quizá Lagny,
cerca de Meaux), quien redacta, si no imagina, el resto de la narración, un
millar de versos poco más o menos. Entre corchetes hemos anotado su nombre al
margen del primer verso a él debido en el corpus de nuestra traducción. De la
participación de este segundo romancier nos informa el propio Leigni en el
epílogo de la novela (versos 7.098-7.112 de la edición Roques). Allí nos dice
que él ha terminado (parfinee) el relato, de acuerdo siempre (par le boen gré)
con Chrétien, qui le comança. Inmediatamente después indica que inició su tarea
an ça ou Lanceloz fu anmurez, esto es, a partir del verso 6.150 antes citado.
No cabe
duda de que lo narrado en los mil últimos versos, a más de la distancia
expresiva y de calidades -notable, por cierto- entre Chrétien y Godefroi,
presentan una cadena de episodios mucho menos sugestivos que los precedentes.
Son necesarios, sí, desde el punto de vista convencional del relato, pero no
dejan de ser pálidos reflejos ante la espléndida primera parte (zona de queste
e iniciación) y ante ciertos pasajes de la segunda, como la noche de amor o la
reunión festiva y bélica de Noauz. Quizá Chrétien dejase en manos de su
discípulo la redacción de esta parte final, más ingrata desde una perspectiva
estética, y así surgió a los ojos de la posteridad ese nombre, Godefroi de
Leigni, y esa imagen borrosa de clérigo-poeta que hoy es inevitable a la hora
de coleccionar imágenes eruditas del primer Lancelot. El estilo, sin duda,
pierde en intensidad y se nos antoja un tanto desmañado: son los riesgos del
taller, en pintura como en literatura. [ ]
Hecha
esta salvedad ineludible, pasemos a describir la estructura episódica de la
novela. La acción tiene lugar en dos topónimos más o menos fabulosos. El
primero es el reino de Logres (galés «Lloegr» o «Lloegyr»), y designa aquella
parte de Inglaterra (sudeste) fronteriza con el país de Gales, y también
Inglaterra en general. El segundo es Gorre o Goirre, reino de Baudemagus, quizá
relacionable con la Isla de Cristal (país del Otro Mundo céltico identificado
-como Avalon- con Glastonbury, en el condado de Somerset), al noroeste de
Logres.
1. ADVERTENCIA LIMINAR (versos 1-29)
Alabanzas
metaliterarias de María, condesa de Champaña. De ella proceden la matiere y el
san -dice Chrétien- del relato que va a comenzar.
2. LA CORTE DE ARTURO (30-223)
Es la
corte de Arturo, un día de Ascensión. Un caballero se presenta de improviso, un
caballero sin nombre y rebosante de jactancia [Meleagante] , Formula un
desafío: tiene prisioneros en Gorre, su patria «de donde nadie vuelve», un
número considerable de vasallos -inclúyense doncellas, damas y caballeros- de
Arturo; si el rey quiere volver a verlos en Logres, de regreso, ha de enviar a
Ginebra, su esposa, a un bosque vecino, bajo la protección de uno de sus
paladines; el desconocido medirá sus fuerzas con el campeón de la reina; en
caso de que venza este último, todos los cautivos serán puestos en libertad; si
Meleagante sale victorioso, Ginebra le acompañará a su reino, en calidad de
prisionera como los demás. El senescal de la corte, Keu, hermano de leche del
monarca, obtiene el favor de responder a tan impertinente provocación.
3. EN BUSCA DE LA REINA GINEBRA (224-320)
Galván y
Arturo, preocupados por la suerte de la reina y de Keu, parten en su busca por
la floresta. Pronto, el caballo ensangrentado del senescal les habla de la
catástrofe. Galván se destaca del grupo de los perseguidores y puede ver a otro
caballero [Lanzarote, sin nombre hasta el verso 3660] tras la pista del raptor de Ginebra. Le
presta un caballo y se separan de nuevo.
4. EL CABALLERO DE LA CARRETA (321-429)
Desmontado
en una emboscada por los esbirros de Meleagante, Lanzarote se ve obligado a
continuar a pie. Encuentra en seguida una carreta conducida por un enano
repugnante. Al ser preguntado por el caballero, el conductor responde que su
curiosidad será satisfecha si se atreve a subir a la carreta. (Hay que decir
que la carreta era en aquellas épocas una especie de picota en movimiento, y
que se cubría de deshonra quien subiese a una de ellas). Por tanto, el héroe se
debate entre Reisons y Amors: triunfa este último. Así, pues, Lanzarote queda
convertido en Caballero de la Carreta por amor de su dama, guiado por el único
afán de proseguir su búsqueda. Por su parte, Galván, que ha alcanzado de nuevo
a Lanzarote, sigue, montado en su caballo, el camino de tan vergonzoso
vehículo.
5. EL LECHO PROHIBIDO (430-579)
Llegan a
un castillo. Las gentes confunden a Lanzarote con un condenado a muerte. Poco
después, una hermosa y hospitalaria doncella les da la bienvenida. Se acerca la
noche y, después de cenar, la bella ofrece lecho confortable a los viajeros.
Junto a ambos lechos puede verse un tercero, riquísimamente ataviado, en el que
la joven prohíbe descansar a los héroes. Lanzarote a pesar del peligro, se
acuesta sobre el lecho vedado. A medianoche, una lanza terminada en pendón de
fuego está a punto de atravesarle. No obstante, evita el hierro y extingue las
llamas, superando esta prueba mortal y conciliando un sueño tranquilo hasta el
día siguiente. Al amanecer, tiene ocasión de contemplar, inclinado sobre una
ventana, la comitiva de Meleagante: Keu herido, la reina y el felón. A punto
está de caer abajo desde la ventana: Galván lo impide en el último instante.
Acto seguido, continúan su peregrinación en pos de Ginebra. La doncella del
castillo le proporciona a Lanzarote caballo y lanza nuevos.
6. EL REINO DE BAUDEMAGUS (598-709)
En una
encrucijada encuentran a una segunda doncella. Ésta les informa de los dos
únicos y terribles accesos a Gorre, el país del rey Baudemagus. El Puente de la
Espada corta como una hoja de acero, y el Puente bajo el Agua está sumergido en
plena corriente. Ambos caballeros escogen su destino: Galván elige el agua, y
Lanzarote la espada. Antes de partir, prometen a la doncella sendos galardones.
7. EL PASO DEL VADO (710-930)
Inmerso
en sus desolados pensamientos, Lanzarote no advierte que un caballero le
prohíbe el paso por un vado de un río. Tan ensimismado está que sólo reacciona
al verse en el agua, desmontado por su enemigo. Combaten. Al final es Lanzarote
el vencedor, pero, por ruego de una tercera doncella que acompaña al guardián
del vado, no da muerte a su adversario. A cambio de la vida y de la libertad de
su caballero, la doncella ofrece el don que guste al victorioso paladín. Éste
acepta el ofrecimiento y prosigue su camino.
8. LA DONCELLA HOSPITALARIA (931-1280)
Al caer
la noche, encuentra Lanzarote a una cuarta doncella. La joven le brinda
hospitalidad, a condición de compartir con él su lecho. Llegan al castillo, y
la doncella se retira a desvestirse a sus habitaciones. En ese instante,
Lanzarote oye gritos: un caballero intenta violentar a su anfitriona, desnuda
sobre el lecho. Varios esbirros protegen su cobarde acción. En duro combate,
Lanzarote consigue llegar junto a la doncella. Entonces ésta despide a los
supuestos asaltantes: todo ha sido un engaño, una prueba más en el riguroso
camino de iniciación del héroe hacia su amada. Pronto se acuestan juntos. Pero
Lanzarote no la roza siquiera. Al cabo, la doncelia comprende -bien a su
pesar-, y se dispone a ayudar al caballero en la difícil empresa que se ha propuesto
llevar a término.
9. EL PEINE DE MARFIL Y LOS CABELLOS DE
ORO (1281-1495)
Acompañado
por la tentadora doncella del castillo, llega Lanzarote junto a una fuente y
una escalinata. Sobre la escalinata había un peine de marfil que conservaba un
puñado de cabellos, rubios como el oro, de la reina Ginebra. Los excesos
sentimentales del héroe al conocer la procedencia de esos cabellos alcanzan
límites de locura: poco falta para que no caiga del caballo. Regala el peine a
la doncella, y él aprieta contra su pecho los cabellos de su dama, besándolos
una y mil veces.
10. EL PRETENDIENTE DE LA DONCELLA (1496-1828)
La
doncella y Lanzarote se aventuran por un camino muy estrecho. Allí les cierra
el paso un caballero enamorado de la joven, quien intenta llevársela consigo
por la fuerza. Lanzarote se opone. El combate de ambos se aplaza, dadas las
precarias condiciones del lugar, hasta llegar a un paraje más favorable. Llegan
a una pradera. Caballeros y damas juegan, cantan y bailan sobre la hierba, en
gratísima reunión. Allí está el padre del pretendiente de la doncella. No sé
qué oculta premonición hace que el viejo caballero prohíba a su hijo combatir
contra Lanzarote (quizá una inexplicable noción del privilegiado destino del
héroe). Lo cierto es que, mientras los circunstantes comentan burlonamente la
presencia del Caballero de la Carreta -todos parecen estar informados de este
hecho vergonzoso-, el padre del pretendiente impide el combate (que decidiría
la suerte de la doncella) entre su hijo y Lanzarote. Sin embargo, padre e hijo
deciden seguir al héroe y a la joven a distancia, por comprobar la misteriosa
naturaleza de la empresa que guía a Lanzarote, el objeto de su queste.
11. EL CEMENTERIO FUTURO (1829-2010)
La
doncella y el héroe llegan junto a una iglesia. Queda ella al cuidado de los
caballos, y Lanzarote entra en el templo con intención de orar. Allí encuentra
a un monje de avanzada edad, quien le conduce a un cementerio adyacente al
coro, rodeado de muros. En él pueden verse los epitafios de diversos héroes
artúricos. Epitafios que son cenotafios, pues aún no descansan bajo esas
inscripciones los cuerpos de los guerreros. El tiempo de este camposanto es el
temido Mañana, y la atmósfera que se respira es la del más puro relato
fantástico. Sin embargo, Lanzarote está ahí, revisando las tumbas de sus amigos
en compañía de un monje centenario. Aún está vivo, y sigue caminando hasta
llegar a su propia tumba. Allí consigue levantar la enorme losa reservada a aquél
que liberará a los cautivos de Meleagante, pulida para él desde el comienzo de
los siglos. La profecía que se cumple exige el nombre de quien le ha dado
cumplimiento: pero no puede ser, un caballero como Lanzarote es Nadie hasta
recuperar a su amada. El monje queda chasqueado, y se diría que la doncella,
fuera del cementerio, siente un escalofrío. Después llegan el padre y el hijo
enamorado: hizo bien este último en no enfrentarse con el héroe. Y la doncella
se despide: otra vez solo.
12. UN VAVASOR AFABLE (2011-2186)
Tras el
encuentro con lo inefable, Lanzarote se topa con lo afable. Lo afable está aquí
personificado en un hospitalario vavasor de Logres, cautivo por lo tanto (nos
hallamos en Gorre), que vuelve de caza. Sin dudarlo, ofrece albergue a
Lanzarote. Una vez en su casa, identifica al héroe como el caballero que ha
venido al reino de Baudemagus en busca de la reina, y se presta a informarle
acerca del camino a seguir en adelante. Antes de llegar al Puente de la Espada
habrá de atravesar el Paso de las Rocas, un desfiladero peligroso en extremo.
Dos de sus hijos le acompañarán en lo sucesivo. El héroe se lo agradece de
corazón.
13. EL PASO DE LAS ROCAS (2187-2256)
Llegados
al desfiladero, después de haberse levantado muy temprano, Lanzarote y sus
compañeros encuentran dificultades: desde una fortificación enemiga, surge un
caballero armado que se precipita sobre el héroe, reprochándole al mismo tiempo
la deshonrosa aventura de la carreta. Pronto es vencido y muerto por Lanzarote.
Los demás no oponen resistencia. El Paso de las Rocas es, así, franqueado.
14. EL TRAIDOR
(2257-2366)
Poco
después, un hombre se ofrece a darles albergue por esa noche. Ése hombre es un
traidor, y ellos lo ignoran. Mientras cabalgan en su compañía, un escudero les
informa de la rebelión de los cautivos de Logres contra sus carceleros de
Gorre: mucho les place la noticia. Caminan hacia una fortaleza erigida sobre un
montículo. Nada más entrar ellos, alguien deja caer unas puertas corredizas
sobre sus talones: han sido traicionados. Pero Lanzarote lleva un anillo en el
dedo, un anillo mágico que le regaló un hada. Piensa que ha sido encantamiento
y que su anillo dará al traste con él. Pero no ha habido magia, sólo traición.
Entonces logran alcanzar una poterna, rompiendo con sus espadas la barra que la
clausuraba. Ya están a salvo: hora es de reunirse con los rebeldes y brindarles
su ayuda sin condiciones.
15. LA BATALLA Y EL DEBATE (2367-2565)
Con la
ayuda de Lanzarote y los dos hijos del vavasor afable, el campo es pronto de
los de Logres. Comienza entonces el debate: ¿quién hospedará a tan
sobresaliente caballero, quién tendrá el privilegio de albergar a su salvador?
El héroe ha de intervenir personalmente para aplacar los ánimos de quienes con
tanta vehemencia pugnan por brindarle hospedaje. Por fin logran partir, él y
sus dos acompañantes. Esa noche se alojan en casa de otro vavasor hospitalario.
16. EL CABALLERO ORGULLOSO (2566-2778)
Están
sentados a la mesa de su huésped cuando se presenta un caballero, quien,
desdeñosamente, insulta a Lanzarote por el pasado episodio de la carreta y se
mofa de su intención de atravesar el Puente de la Espada. La provocación
obtiene respuesta. Combaten. Lanzarote es el vencedor. Pero no le da muerte:
aún puede salvarse si (es la ironía del héroe) sube a una carreta.
17. LA DONCELLA DE LA MULA (2779-3006)
En ese
instante llega una doncella a lomos de una mula. Su pretensión se manifiesta:
quiere la cabeza del caballero orgulloso (tiene sus motivos para ello).
Lanzarote se debate entre la piedad hacia el vencido y la cortesía para con la
dama. Opta por perdonar a su enemigo, a condición de enfrentarse de nuevo con
él, una vez armado, sin mediar tregua alguna. El orgulloso dice que le place.
Este segundo combate sí es decisivo, y Lanzarote puede entregar a la doncella
la cabeza de su ofensor. Semejante don tendrá más tarde consecuencias muy
importantes (cf. § 32). Pronto desaparece la doncella, y Lanzarote y sus
compañeros se retiran a casa del vavasor. Al amanecer, encaminan sus pasos al
Puente de la Espada, adonde llegan al declinar el día.
18. EL PUENTE DE LA ESPADA [ ] (3007-3180)
El filo
de dos lanzas en longitud y dos terribles leones al otro lado del puente
esperan a Lanzarote. Sus compañeros quieren hacerle desistir: todo es en vano.
El héroe se despoja de su armadura, afronta su aventura con las manos y los
pies desnudos. Si no lo hiciera así, caería al fondo de ese río maldito que le
separa de Ginebra: una vez más, el héroe viaja a los Infiernos (es Gilgamesh,
Orfeo, Ulises, Heracles), y sabrá regresar del Otro Mundo, no lo dudéis.
Llagado y maltrecho, alcanza la orilla deseada. Los leones no existen. Su
anillo le confirma que no eran sino alucinaciones, visiones fruto de un
encantamiento. Amor le ha guiado, y toda una confusa genealogía feérica (por si
el Amor no fuera por sí solo un Virgilio irreprochable) le ha brindado su apoyo
en tan difícil trance. Baudemagus, espejo de monarcas, y su hijo, el perverso
Meleagante, han seguido desde una torre las incidencias de tan memorable
hazaña.
19. BAUDEMAGUS Y MELEAGANTE (3181-3489)
Es la
hora de la disputa entre el rey bueno y justo y el príncipe desleal. Baudemagus
insta a Meleagante a devolver a la reina. Éste se niega a hacerlo. Por fin,
pese a los esfuerzos pacificadores del monarca, se decide que la suerte de
Ginebra se solventará en un duelo a muerte entre el felón y Lanzarote.
Baudemagus, cortésmente, hace curar las llagas que atormentan al héroe desde
que atravesó el Puente de la Espada. El combate es fijado para el día
siguiente.
20. COMBATE SINGULAR (3490-3898)
Las
heridas de Lanzarote hacen cobrar ventaja a Meleagante en un primer momento.
Una doncella de Ginebra pregunta entonces a la reina, que contempla el combate
desde una ventana, cuál es el nombre de su campeón. Ella le responde: Lanzarote
del Lago. Es la primera vez que oímos ese nombre a lo largo de la novela (v.
3660). Acto seguido, la doncella llama al héroe por su nombre, invitándole a
mirar hacia la ventana que ocupa Ginebra. Desde el instante en que la ve,
Lanzarote, extasiado, no se defiende. Pero la doncella le recrimina su
insensata conducta. Entonces el héroe, sin dejar de mirar a su dama, logra la
victoria sobre Meleagante. A punto está de darle muerte cuando la intercesión
de Ginebra, a quien se lo ha rogado Baudemagus, detiene su brazo. El felón
insiste en sus ataques, por más que Lanzarote no le golpea ya. Por fin, son
separados. Y estipulan un pacto de común acuerdo: la reina será liberada, a
condición de que, al cabo de un año, tenga lugar entre ambos contendientes un
nuevo combate, esta vez en la corte de Logres.
21. LANZAROTE Y GINEBRA (3899-4106)
Junto con
Ginebra, son liberados los demás cautivos. Entonces el rey Baudemagus conduce a
Lanzarote a la presencia de la reina. Ésta le dispensa la más cruel de las
acogidas: no se digna mirarle ni dirigirle la palabra. Para ella es un juego,
pero Lanzarote queda completamente destruido. Después visita a Keu,
convaleciente aún de su derrota ante Meleagante. Tampoco el senescal puede
explicarse el desdén (aparente) de Ginebra hacia su salvador. Lanzarote,
deshecho, decide partir en busca de Galván hacia el Puente bajo el Agua.
22. LAS DOS MUERTES FICTICIAS (4107-4400)
Pensando
obrar de acuerdo con su monarca, las gentes de Gorre prenden a Lanzarote y a
sus seguidores. Se difunde la falsa noticia de que el héroe ha muerto a manos
de sus enemigos. El dolor de la reina al conocer la nueva es indescriptible. Su
cruel acogida -piensa ella- ha sido la única causa de la muerte de su amado. Se
abstiene de comer y beber, tantos rigores se administra así misma que hay quien
cree que ha exhalado su último suspiro. La noticia de su falsa muerte llega a
su vez a Lanzarote, quien, tras un formidable y desesperado monólogo, intenta
suicidarse. Afortunadamente, sus guardianes impiden que se quite la vida.
23. LA CITA
(4401-4532)
Conducido
por sus raptores, Lanzarote regresa junto a la reina. Baudemagus promete vengar
cumplidamente la afrenta que sus gentes han infligido al héroe. La hora de la
reconciliación entre los amantes ha llegado. Lanzarote dudó, aunque sólo fuese
un instante, en subir a la carreta: por ello no había querido Ginebra hablarle
ni concederle una sola mirada. El caballero se disculpa. Pero se hace preciso
concertar una cita: esa noche podrán hablar a su placer en la ventana de la
reina. Exultan de alegría los enamorados ante la próxima entrevista.
24. UNA NOCHE DE AMOR (4533-4736)
Es la
noche de amor entre Ginebra y Lanzarote. Lanzarote abandona su posada y se
dirige hacia su cita. Llegado a la ventana, unos barrotes de hierro le separan
de su amada. Le pide licencia para romperlos: ella se la concede muy de su
grado. Lo consigue, pero no sin herirse los dedos con el filo cortante de la
reja. Entra en seguida en la cámara de la reina. Lo que resta es su noche de
amor, noche en extremo deleitosa, noche de «secreta alegría» (vv. 4674-4684).
Al amanecer, han de separarse. La sangre que mana de las llagas digitales de
Lanzarote ha manchado las sábanas de Ginebra. Ello traerá funestas
consecuencias.
25. DEFENDIENDO EL HONOR DE LA REINA (4737-5043)
Meleagante
ve las manchas de sangre en el lecho de la reina. Por otra parte, las heridas
de Keu, que duerme en la misma sala, se han abierto durante la noche, y también
están ensangrentadas sus sábanas. El felón extrae sus propias conclusiones,
acusando a Ginebra y a Keu de adulterio. El senescal lo niega, y está
dispuesto, a pesar de su debilidad, a probar su inocencia con las armas en la
mano. Pero la reina ha mandado llamar a Lanzarote. Él será el encargado de
lavar el honor de su dama. Ambos rivales juran por las reliquias de los santos
lo que pretenden evidenciar con su triunfo en el duelo. Combaten. Lanzarote
obtiene la victoria una vez más. La intercesión de Baudemagus, a través de
Ginebra, salva la vida del felón. Todo queda pendiente, en lo que a un
definitivo arreglo de cuentas se refiere, del combate fijado para un año más
tarde en la corte de Arturo.
26. LA TRAICIÓN DEL ENANO (5044-5236)
Lanzarote
y un nutrido grupo de caballeros se dirigen de nuevo al Puente bajo el Agua en
busca de Galván. A una legua de su destino, aparece un enano que invita a
Lanzarote a acompañarle, solo, a un lugar –dice- muy bueno para él. El héroe
cae en la trampa: ese enano es un traidor al servicio de Meleagante. Cuando los
compañeros de Lanzarote consiguen sacar a Galván del agua en que había caído,
no hay rastro ya del que fuera Caballero de la Carreta.
27. EL REGRESO DE LOS CAUTIVOS (5237-5358)
Una carta
engañosa recibida en la corte de Baudemagus insta a Ginebra y a sus
compatriotas a regresar a Logres: según la misiva, Lanzarote les espera en la
corte de Arturo. El objetivo de Meleagante con esta nueva estratagema es privar
al héroe de todo socorro por parte de Galván, Keu y los demás. Los ex-cautivos
regresan a su patria alborozados. Al llegar allí, la alegría se torna duelo:
Lanzarote no ha sido visto en Logres desde antes del rapto de la reina.
28. LAS DONCELLAS DE LOGRES (5359-5574)
Las damas
y doncellas del país de Arturo organizan un torneo, con el beneplácito y la
asistencia de la reina Ginebra, en Noauz. Es hora de que las más jóvenes
contraigan matrimonio con los más valientes de entre los justadores, la noticia
del torneo se expande por todas partes: llega por fin a casa del senescal de
Meleagante donde está prisionero Lanzarote. Éste suplica a la esposa del
senescal que le permita asistir a tan apetecible certamen. La dueña, después de
requerir de su cautivo trato amoroso sin resultado, le concede permiso, a
condición de que regrese nada más finalizar la reunión. Él lo promete así, y
parte hacia Noauz con las armas bermejas y el caballo que le proporciona la
dama, propiedad de su marido ausente. Llegando a su destino, logra pasar
inadvertido de la multitud. Sólo un heraldo le reconoce, mientras descansa en
su posada. Lanzarote le ordena guardar silencio respecto a su identidad. El
heraldo grita entusiasmado por todas partes: Or est venuz qui l'aunera! (cf.
nota ad loc. de nuestra traducción).
29. EL TORNEO
(5575-6056)
En la
primera jornada, el Caballero de las Armas Bermejas [Lanzarote] obtiene un triunfo señalado sobre los demás.
La reina, deseando comprobar si se trata de su enamorado, ordena que le diga de
su parte: au noauz («lo peor posible»). Lanzarote obedece y rehuye el combate
desde ese momento. Las gentes, enardecidas por su anterior comportamiento, no
ven en su actitud sino cobardía. Al término de la jornada, todos se mofan de
él. A la mañana siguiente, numerosos caballeros que no tomaban parte en el
torneo describen brillantemente ante la reina los blasones de los justadores. [
] Comienza la segunda jornada: también
en ella sigue Ginebra experimentando sumisiones extremas con su caballero,
manejando sus hilos a placer, como si se tratara de un títere. [ ] Todavía le ordena: au noauz. Pero más tarde:
au mialz («lo mejor posible»), y Lanzarote obtiene una rotunda victoria en el
torneo. Por su parte, el heraldo no cesa de gritar, ebrio de júbilo: Or est
venuz qui l'aunera!, y las doncellas hacen votos de no desposar a nadie en un
año, si no es al bravo Caballero de las Armas Bermejas. Aprovechando la
confusión reinante, Lanzarote se va. Debe regresar a su prisión: lo ha
prometido a la mujer del senescal de Gorre.
30. LA TORRE JUNTO AL MAR (6057-6146)
A la
vuelta de Lanzarote, Meleagante es informado de su participación en el torneo
de Noauz. Su ka no conoce límites. Para evitar que pueda escaparse de nuevo
hace construir una torre a la orilla del mar, sin otro vano que una pequeña
ventana por donde deslizar una comida escasa. Allí manda encerrar a su enemigo.
31. MELEAGANTE EN LA CORTE DEL REY ARTURO (6147-6373)
Llega el
felón a Logres a reclamar el duelo concertado con Lanzarote. Galván responde a
sus insolencias, ofreciéndose a tomar el lugar de su amigo, en caso de que el
héroe no estuviese presente la fecha del combate. Vuelve Meleagante a la ciudad
de Baudemagus. Allí discute con su padre (éste ignora que tiene cautivo a
Lanzarote), quien le echa en cara su orgullo desmedido y su locura. Hay que
advertir que, aproximadamente a partir del v. 6150, Godefroi de Leigni -como
arriba dijimos- ha tomado el relevo de la historia.
32. EN BUSCA DEL
HÉROE CAUTIVO (6374-6706)
Pero una
hermana de Meleagante ha oído la discusión entre padre e hijo. No es otra que
la doncella de la muía, a la que Lanzarote entregó (cf. § 17) la cabeza de su
enemigo, el caballero orgulloso. A lomos de una veloz mula (parece su medio
habitual de desplazamiento) la joven parte en busca de Lanzarote: no cesará
hasta encontrarle. Ha buscado por todo el país, y llega por fin a la torre
junto al mar donde está el héroe prisionero. Después de asegurarse que es él
quien está dentro, le procura un sólido pico para que ensanche la única
abertura de la torre, por donde logra salir. Libre de nuevo, la doncella
conduce a Lanzarote a una mansión, donde repone fuerzas el héroe. Allí le baña,
le viste y le proporciona un magnífico caballo: su deuda, pues, ha sido saldada.
33. EL COMBATE FINAL (6707-7097)
Se ha
cumplido el año de plazo, y Meleagante se presenta de nuevo en la corte de
Arturo. Ni rastro hay de Lanzarote. Galván empieza a armarse para el encuentro
decisivo. Pero he aquí que, en el último instante, llega Lanzarote. La alegría
desborda por todas partes. En esta ocasión el héroe, que da a conocer a todos
los presentes la traición de Meleagante, no perdona al felón: su cabeza rueda
por tierra. Así termina el relato propiamente dicho.
34. EPÍLOGO
(7098-7112)
Godefroi
de Leigni se confiesa responsable de El Caballero de la Carreta a partir de que
Lanzarote fuese encerrado en la torre. En todo momento obró de acuerdo en su
redacción con las prescripciones de Chrétien, su maestro. Fin de la novela.
NOTA DE
LOS TRADUCTORES
Hemos
seguido en nuestra traducción el texto fijado por Mario Roques sobre la copia
del escriba Guiot (manuscrito fr. 794 de la Biblioteca Nacional de París). La
edición que hemos manejado (París, Champion, núm. 86 de los Classiques Français
du Moyen Age) es una reimpresión de 1972. También nos ha sido útil la versión
de Jean Frappier al francés moderno (París, Champion), de la que hemos tenido
delante la 2ª edición revisada de 1971. La traducción de Frappier es muy
correcta en cuanto al contenido, pero excesivamente «moderna» en cuanto a la
forma. Nosotros hemos preferido conservar íntegro a Chrétien, incluso en sus
monotonías. De cualquier forma, Frappier nos ha dado la clave en algunos
pasajes especialmente complicados, y, a veces (verso 4232, por ejemplo) hemos
optado por vertir siguiendo el texto que él aconseja (en págs. 19 a 25 anota
cuidadosamente sus divergencias en la copia de Guiot, remitiendo casi siempre a
las lecturas de Wendelin Foerster, en su edición del Lancelot, Halle, Max
Niemeyer, 1899). Existe otra versión al francés moderno de esta novela, la de
Fourrier, difundida en la ed. de «Livres de Poche» (1970) y reimpresa en la
col. «Folio» (1975), traducción recortada y libérrima, que no hemos tenido en
cuenta. Para facilidad del lector interesado en cotejar nuestra versión con el
texto original, hemos numerado marginalmente cada cincuenta versos, según la
numeración de Roques en la edición anteriormente citada.
C. G. G.
L. A. de
C.
LANZAROTE
DEL LAGO
O
EL
CABALLERO DE LA CARRETA
por
Chretien de Troyes
Traducción
y edición de Carlos Garcia Gual y Luis Alberto Cuenca
Barcelona,
Labor, [1975]
Edición
digital de ......
EL CABALLERO
DE LA CARRETA
Ya que mi
señora de Champaña quiere que emprenda una narración novelesca, lo intentaré
con mucho gusto; como quien es enteramente suyo para cuanto pueda hacer en este
mundo. Sin que esto sea un pretexto de adulación. En verdad que algún otro
podría hacerlo, quien quisiera halagarla, y decir así -y yo podría confirmarlo-
que es la dama que aventaja a todas las de este tiempo; tanto como el céfiro
sobrepasa a todos los vientos que soplan en mayo o en abril. ¡Por mi fe, que no
soy yo el que desea adular a su dama! ¿Voy a decir: «Tantos carbunclos y jaspes
vale un diamante como reinas vale la condesa?» No, en verdad. Nada de eso diré,
por más que, a pesar de mi silencio, sea cierto. Sin embargo voy a decir
simplemente que en esta obra actúan más sus requerimientos que mi talento y mi
esfuerzo.
Empieza
Chrétien su libro sobre El Caballero de la Carreta. Temática y sentido se los
brinda y ofrece la condesa; y él cuida de exponerlos, que no pone otra cosa más
que su trabajo y su atención.
Así que
en una fiesta de la Ascensión había reunido el rey Arturo su corte, tan rica y
hermosa como le gustaba, tan espléndida como a un rey convenía. Después de la
comida quedóse el rey entre sus compañeros. En la sala había muchos nobles
barones, y con ellos también estaba la reina. Además había, a lo que me parece,
muchas damas bellas y corteses que hablaban con refinamiento la lengua
francesa.
En tanto
Keu, que había dirigido el servicio de las mesas, comía con los condestables.
Mientras Keu estaba sentado ante su comida, he aquí que se presentó un
caballero ante la corte, muy pertrechado para el combate, vestido con todas sus
armas. El caballero con tales arreos se llegó ante el rey, adonde estaba Arturo
sentado entre sus barones, y sin saludarle, así dijo:
[50] «¡Rey Arturo, retengo en mi prisión a
caballeros, damas y doncellas de tu tierra y tu mesnada! Pero no te digo tales
nuevas porque piense devolvértelos. Por el contrario te quiero advertir y hacer
saber que no tienes poder ni haberes con los que puedas recobrarlos. ¡Sábete
bien que morirás sin poderlos ayudar!»
El rey
responde que se resignará a sufrir, si no puede remediarlo; pero muy fuerte le
pesa tal penar.
Entonces
el caballero hace ademán de querer partir. Se da la vuelta, sin detenerse ante
el rey y viene hasta la puerta de la sala. Pero no traspone los peldaños. Se
detiene de pronto y dice desde allí:
«Rey, si
en tu corte hay caballero, siquiera uno, en quien fiaras a tal punto de
atreverte a confiarle a la reina para conducirla en pos de mí, a ese bosque,
adonde yo me dirijo, allí lo aguardaré con la promesa de devolverte todos los
prisioneros que están en cautividad en mi tierra; con tal que pueda defenderla
frente a mí y reconducirla aquí por su propio mérito.»
Esto oyó
todo el palacio, y toda la corte quedóse pasmada y conmovida.
La
noticia llegó a oídos de Keu, que estaba comiendo con los mayordomos. Deja su
yantar y acude con premura junto al rey y comienza a decirle con aspecto
airado:
«Rey, te
he servido bien, con clara fidelidad y lealmente. Ahora me despido y voy a
irme, así que no te serviré más. No tengo deseo ni intención de servirte de
ahora en adelante.»
Apenóse
el rey de lo que sucedía, y apenas se repuso para contestarle, le dijo
bruscamente:
«¿Es eso
verdad o chanza?»
Y Keu
responde:
[100] «Buen señor rey, no me dedico ahora a las chanzas. Bien cierto es que en
seguida me despido. De vos no pretendo más recompensas ni soldadas por mi
servicio. ¡He tomado la decisión de irme sin demora!
—¿Es por
ira o por despecho —pregunta el rey— por lo que os queréis marchar? ¡Senescal,
quedaos en la corte, en vuestro puesto habitual! Y sabed bien que no tengo nada
en el mundo que no os dé sin reparos para manteneros aquí.
—Señor
—dice él— no os esforcéis. No aceptaría, ni que me regalarais un bolsillo de
oro puro al día.»
Ya quedó
el rey muy desesperado; y así acudió a la reina:
«Señora
—le dijo—, ¿sabéis lo que el senescal me reclama? Pide licencia para despedirse
y afirma que no volverá a la corte jamás; no sé por qué. Lo que no quiere hacer
por mí lo hará pronto por vuestra súplica. Id a él, mi querida dama. Ya que no
se digna a quedarse por mí, rogadle que permanezca por vos. Y caed a sus pies,
si es preciso; que si pierdo su compañía, jamás estaré alegre.» El rey envía a
la reina al senescal, y ella va. Con su acompañamiento lo encontró; y, apenas
llega ante él, así habla:
«Keu,
gran pena he recibido, sabedlo con certeza, de lo que he oído decir de vos. Me
han contado, y eso me pesa, que os queréis partir lejos del rey. ¿Qué os
impulsa a ello?, ¿qué sentimiento? No me parece propio de un hombre sabio ni
cortés, como yo suelo consideraros. Que os quedéis, rogaros quiero. ¡Keu,
quedaos, os lo suplico!
—Señora
—él dice—, con vuestra venia; pero no voy a quedarme de ningún modo.»
Y la
reina aún más suplica, y todos los caballeros a coro; pero Keu contesta que se
fatigan por algo que es en vano. Y la reina, con toda su altura, se echa a sus
pies. [150] Keu le ruega que se levante;
pero ella afirma que no lo hará. No se levantará hasta que él otorgue su
petición.
Entonces
Keu le ha prometido que se quedará, con tal de que el rey le otorgue de
antemano lo que va a pedir, y ella misma haga otro tanto.
«Keu
—responde la reina—, lo que sea, él y yo lo concedemos. Ahora venid, que le
diremos que os habéis contentado así.»
Con la
reina vase Keu y así llegan ante el rey. «Señor, he retenido a Keu —dice la
reina—, con gran esfuerzo. Os lo traigo con la promesa de que haréis lo que os
pida.»
El rey
suspiró de alegría, y promete que cumplirá su petición, cualquiera que sea.
«Señor,
sabed pues lo que exijo y cuál es el don que me habéis asegurado. Por muy
afortunado me tendré, cuando lo obtenga por vuestra gracia. »Me habéis otorgado
la custodia y defensa de la reina que aquí está; así que iremos tras el
caballero que nos aguarda en el bosque.»
Al rey le
entristece su promesa. Pero la confirma, y a su pesar no se desdice de ella;
pero lo hace con amargura y tristeza, como se muestra bien en su rostro.
Mucho se
apesadumbró la reina; y todos comentan en el palacio que orgullo, exceso y
sinrazón había sido la petición de Keu, Tomó el rey a la reina de la mano y así
le dijo:
«Señora,
sin protestas conviene que marchéis.»
Y Keu
contestó:
«¡Bien,
dejadla a mi cuidado! Y no temáis más nada, que la volveré a traer muy bien
sana y salva!»
El rey se
la confía y él se la lleva. En seguimiento de los dos salieron todos; y nadie
estaba exento de preocupación.
Sabed que
pronto el senescal estuvo completamente armado, y su caballo fue conducido al
medio del patio. [200] A su lado estaba
un palafrén, que no era indócil ni remolón, sino como conviene a la montura de
una reina. Ésta llega a su palafrén, mortecina, doliente y suspirosa; lo monta
mientras dice por lo bajo, para no ser oída:
«¡Ah rey,
si lo supierais, creo que no permitiríais que Keu me alejara ni un solo paso!»
Creyó
haberlo murmurado muy bajo; pero la oyó el conde Guinable, que muy cerca estaba
de su montura.
A su
marcha tan gran duelo hicieron todos aquellos y aquellas que la presenciaron,
como si se partiera muerta sobre el ataúd. Pensaban que no regresaría jamás en
vida. El senescal, en su desmesura, se la lleva adonde el otro los aguarda.
Pero nadie se angustió tanto que intentara su persecución.
Hasta
que, al fin, mi señor Galván dice al rey su tío, en confidencia:
«Señor
—dice—, muy gran niñería habéis hecho, y mucho me maravillo de eso. Mas, si
aceptáis mi consejo, mientras aún están cerca, podríamos salir tras ellos vos y
yo, y aquellos que quieran acompañaros. Yo no podría contenerme por más tiempo
sin salir en pos de ellos. No sería digno que no les siguiéramos, al menos
hasta saber lo que le acontecerá a la reina y cómo Keu se comportará.
—Vayamos
pues, buen sobrino —dijo el rey—. Muy bien habéis hablado como noble cortés. Y
ya que habéis tomado el asunto a vuestro cargo, mandad que saquen los caballos,
y que les pongan sus frenos y monturas, para que no quede sino cabalgar.»
Ya han
traído los caballos; ya están aparejados y ensillados. El rey es el primero en
montar, y luego montó mi señor Galván, y todos los demás a porfía. [250] Todos quieren ser de la compañía, y cada uno
va a su guisa. Unos estaban armados, y muchos otros sin armadura. Pero mi señor
Galván iba bien armado, e hizo que dos escuderos le trajeran dos corceles de
batalla.
Así que
se aproximaron al bosque, vieron salir al caballo de Keu, y lo reconocieron.
Vieron que las riendas de la brida habían sido rotas por ambos lados. El
caballo venía sin caballero. La estribera traía teñida de sangre, y el arzón de
la silla por detrás colgaba desgarrado y en pedazos.
Todos se
quedaron angustiados; y uno a otros se hacían señas con guiños y golpes de
codo.
Bien
lejos en delantera a lo largo del camino cabalgaba mí señor Galván. Sin mucho
tardar vio a un caballero que avanzaba al paso sobre un caballo renqueante y
fatigado, jadeante y cubierto de sudor. El caballero fue el primero en saludar
a mi señor Galván; y éste le contestó luego. El caballero se detuvo al
reconocer a mi señor Galván, y le dijo:
«Señor,
bien veis cómo está cubierto de sudor y tan derrengado que de nada me sirve. Me
parece que esos dos corceles son vuestros. Así que querría pediros, con la
promesa de devolveros el servicio y galardón, que vos en préstamo o como don,
me dejéis uno, el que sea.
—Pues
escoged entre los dos el que os plazca —contestó.»
El otro,
como que estaba en gran necesidad, no fue a escoger el mejor, ni el más hermoso
ni el más grande, sino que montó al punto el que encontró más cerca de él.
Pronto lo ha lanzado al galope. Mientras, caía muerto el que había dejado, pues
demasiado lo había en aquella jornada fatigado y abusado.
[300] El caballero sin ningún respiro se va armado
a través del bosque. Y mi señor Galván detrás lo sigue y le da caza con ahínco
cuando ya había traspasado una colina. Después de avanzar gran trecho encontró
muerto el corcel que había regalado al caballero, y vio muchos rastros de
caballos y restos de escudos y de lanzas en torno. Se figuró que había habido
gran pelea de varios caballeros, y mucho le apenó y disgustó no haber llegado a
tiempo. No se paró allí largo rato, sino que avanza con raudo paso. Hasta que
adivinó que volvía a ver al caballero: muy solo, a pie, con toda su armadura,
el yelmo lazado, el escudo al cuello, ceñida la espada, había llegado junto a
una carreta.
Por aquel
entonces las carretas servían como los cadalsos de ahora; y en cualquier buena
villa, donde ahora se hallan más de tres mil no había más que una en aquel
tiempo. Y aquélla era de común uso, como ahora el cadalso, para los asesinos y
traidores, para los condenados en justicia, y para los ladrones que se
apoderaron del haber ajeno con engaños o lo arrebataron por la fuerza en un
camino. El que era cogido en delito era puesto sobre la carreta y llevado por
todas las calles. De tal modo quedaba con el honor perdido, y ya no era más
escuchado en cortes, ni honrado ni saludado. Por dicha razón, tales y tan
crueles eran las carretas en aquel tiempo, que vino a decirse por vez primera
lo de: «Cuando veas una carreta y te salga al paso, santíguate y acuérdate de
Dios, para que no te ocurra un mal.»
El
caballero a pie, sin lanza, avanza hacia la carreta, y ve a un enano sobre el
pescante, que tenía, como carretero, una larga fusta en la mano; [350] y dice el caballero al enano:
«Enano, ¡por Dios!, dime si tú has visto por aquí
pasar a mi señora la reina.»
El enano,
asqueroso engendro, no le quiso dar noticias, sino que le contesta:
«Si
quieres montar en la carreta que conduzco, mañana podrás saber lo que le ha
pasado a la reina.»
Mientras
aquél reanuda su camino, el caballero se ha detenido por momentos, sin montar.
¡Por su desdicha lo hizo y por su desdicha le retuvo la vergüenza de saltar al
instante a bordo! ¡Luego lo sentirá!
Pero
Razón, que de Amor disiente, le dice que se guarde de montar, le aconseja y
advierte no hacer algo de lo que obtenga vergüenza o reproche. No habita el
corazón, sino la boca, Razón, que tal decir arriesga. Pero Amor fija en su
corazón y le amonesta y ordena subir en seguida a la carreta. Amor lo quiere, y
él salta; sin cuidarse de la vergüenza, puesto que Amor lo manda y quiere.
A su vez
mi señor Galván acercábase hacia la carreta; y cuando encuentra sentado encima
al caballero, se asombra y dice:
«Enano,
infórmame sobre la reina, si algo sabes.»
Contesta
el enano:
«Si tanto
te importa, como a este caballero que aquí se sienta, sube a su lado, si te
parece bien y yo te llevaré junto con él.»
Apenas le
oyó mi señor Galván, lo consideró como una gran locura, y contestó que no
subiría de ningún modo; pues haría desde luego un vil cambio si trocara su
caballo por la carreta.
«Pero ve
adonde quieras, que por doquier vayas, allí iré yo.»
Así se
ponen en marcha; él cabalga, aquellos dos van en carreta, y juntos mantenían un
mismo camino. Al caer la tarde llegaron a un castillo. Sabed bien que el
castillo era muy espléndido y de arrogante aspecto.[400]
Los tres
entran por una puerta. Del caballero, traído en la carreta, se asombran las
gentes. Pero no lo animan desde luego; sino que lo abuchean grandes y pequeños,
viejos y niños, a través de las calles, con gran vocerío. El caballero oyó
decir de él muchas vilezas y befas. Todos preguntan:
«¿A qué
suplicio destinarán al caballero? ¿Va a ser despellejado, ahorcado, ahogado, o
quemado sobre una hoguera de espino? ¿Di, enano, di, tú que lo acarreas, en qué
delito fue aprehendido? ¿Está convicto de robo? ¿Es un asesino, o condenado en
pleito?»
El enano
mantiene obstinado silencio, y no responde ni esto ni aquello. Conduce al
caballero a su albergue -y Galván sigue tenazmente al enano- hacia un torreón
que se alzaba en un extremo de la villa sobre el mismo plano. Pero por el otro
lado se extendían los prados y por allí la torre se alzaba sobre una roca
escarpada, alta y cortada a pico. Tras la carreta, a caballo entra Galván en la
torre.
En la
sala se han encontrado una doncella de seductora elegancia. No había otra tan
hermosa en el país, y la ven acudir acompañada por dos doncellas, bellas y
gentiles.
Tan
pronto como vieron a mi señor Galván, le demostraron gran alegría y le
saludaron. También preguntaron por el caballero:
«Enano,
¿qué delito cometió este caballero que llevas apresado?»
Tampoco a
ellas les quiso dar explicaciones el enano. Sino que hizo descender al
caballero de la carreta, y se fue, sin que supieran adonde iba.
Entonces
descabalga mi señor Galván, y al momento se adelantan unos criados que los
desvistieron a ambos de su armadura.
[450] La doncella del castillo hizo que les
trajeran dos mantas forradas de piel para que se pusieran encima. Cuando fue la
hora de cenar, estuvo bien dispuesto la cena. La doncella se sienta en la mesa
al lado de mi señor Galván. Por nada hubieran querido cambiar su alojamiento,
en busca de otro mejor; ¡a tal punto fue grande honor y compañía buena y
hermosa la que les ofreció durante toda la noche la doncella!
Cuando
hubieron bien comido, encontraron preparados dos lechos, altos y largos, en una
sala. Allí había también otro, más bello y espléndido que los anteriores. Pues,
según lo relata el cuento, aquél ofrecía todo el deleite que puede imaginarse
en un lecho. En cuanto fue tiempo y lugar de acostarse la doncella acompaña a
tal aposento a los dos huéspedes que albergaba, les muestra los dos lechos
hermosos y amplios y les dice:
«Para
vosotros están dispuestos aquellas dos camas de allá. En cuanto a esta de aquí,
en ella no puede echarse más que aquel que lo merezca. Ésta no está hecha para
vosotros.»
Entonces
le responde el caballero, el que llegó sobre la carreta, que considera como
desdén y baldón la prohibición de la doncella.
«Decidme
pues el motivo por el que nos está prohibido este lecho.»
Respondió
ella, sin pararse a pensar, pues la respuesta estaba ya meditada.
«A vos no
os toca en absoluto ni siquiera preguntar. Deshonrado está en la tierra un
caballero después de haber montado en la carreta. No es razón que inquiera
sobre ese don que me habéis preguntado, ni mucho menos que aquí se acueste. ¡En
seguida podría tener que arrepentirse! Ni os lo he hecho preparar tan ricamente
para que vos os acostéis en él. Lo pagaríais muy caro, si se os ocurriese tal
pensamiento.
—¿Lo
veré?
—¡En
verdad!
—¡Dejádmelo
ver! No sé a quién le dolerá —dijo el caballero—, ¡por mi cabeza! [500] Aunque se enoje o se apene quien sea, quiero
acostarme en este lecho y reposar en él a placer.»
Con que,
tras haberse quitado las calzas, se echa en el lecho largo y elevado más de
medio codo sobre los otros, con un cobertor de brocado amarillo, tachonado de
estrellas de oro. No estaba forrado de piel vulgar, sino de marta cibelina. Por
sí misma habría honrado a un rey el cobertor que sobre sí tenía. Desde luego
que el lecho no era de paja ni hojas secas ni viejas esteras.
A media
noche del entablado del techo surgió una lanza, como un rayo, de punta de
hierro y lanzóse a ensartar al caballero, a través de sus costados, al cobertor
y las blancas sábanas, al lecho donde yacía. La lanza llevaba un pendón que era
una pura llama. En el cobertor prendió el fuego, y en las sábanas y en la cama
de lleno. Y el hierro de la lanza pasa al lado del caballero, tan cerca que le
ha rasgado un poco la piel, pero no le ha herido apenas. Entonces el caballero
se ha levantado; apaga el fuego y empuña la lanza y la arroja en medio de la
sala. No abandona por tal incidente su lecho, sino que se vuelve a acostar y a
dormir con tanta seguridad como antes.
Al día
siguiente por la mañana, al salir el sol, la doncella del castillo encargó la
celebración de una misa, y envió a despertar y levantar a sus huéspedes.
Después de cantada la misa, el caballero que se había sentado en la carreta se
acodó pensativo en la ventana ante la pradera y contempló a sus pies el valle
herboso.
En la
otra ventana de al lado estaba la doncella; allí algo le murmuraba al oído mi
señor Galván. No sé yo qué, ni siquiera el tema de su charla.
[550] Pero mientras estaban en la ventana, en la
pradera del valle, cerca del río, vieron acarrear un ataúd. Dentro yacía un
caballero y a sus costados un llanto grande y fiero hacían tres doncellas.
Detrás del ataúd ven venir una escolta. Delante avanzaba un gran caballero que
conducía a su izquierda a una hermosa dama.
El
caballero de la ventana reconoció que era la reina. Y no dejaba de contemplarla
con plena atención, y se embelesaba en la larga contemplación. Cuando dejó de
verla, estuvo a punto de dejarse caer por la ventana y despeñar su cuerpo por
el valle. Ya estaba con medio cuerpo fuera, cuando mi señor Galván lo vio y la
sujetó atrás, diciéndole:
«Por
favor, calmaos. ¡Por Dios, no pretendáis ya cometer tal desvarío! ¡Gran locura
es que odiéis vuestra vida!
—Con
razón, sin embargo, lo hace —dijo la doncella—. ¿Adonde irá que no sepan la
noticia de su deshonor, por haber estado en la carreta? Bien debe querer estar
muerto, que más valdría muerto que vivo. La vida será desde ahora vergonzosa,
triste y desdichada.»
Así los
caballeros pidieron sus armas y revistieron su arnés. Entonces, demostró su
cortesía y su hidalguía la doncella en un gesto de generosidad. Al caballero de
quien se había burlado y al que reprendiera le regaló un caballo y una lanza,
en testimonio de simpatía y amistad.
Los
caballeros se despidieron corteses y bien educados de la doncella, y después de
saludarla se encaminaron por donde vieran marchar al cortejo. Esta vez salieron
del castillo sin que nadie les hablara una palabra.
A toda
prisa se van por donde habían visto a la reina. [600] No alcanzan a la escolta que se había
alejado. Desde la pradera penetran en un robledal, y encuentran un camino de
piedras. Siguieron a la ventura por el bosque, y sería la hora prima del día
cuando, en un cruce de caminos, encontraron a una doncella y ambos la
saludaron. Cada uno le pregunta y suplica que les diga, si lo sabe, adonde se
han llevado a la reina. Como persona sensata les responde:
«Si me
pudierais dar vuestra promesa de servirme, bien podría indicaros el camino
directo, la senda, y aún os diría, el nombre de la tierra y del caballero que
allí la lleva. Aunque ha de sufrir grandes rigores quien quiera entrar en
aquella comarca. Antes de llegar allí encontrará mil dolores.»
Mi señor
Galván le dice:
«Doncella,
así Dios me ayude, que yo os prometo a discreción, poner a vuestro servicio,
cuando os plazca, todo mi poder, con tal que me digáis la verdad.»
Y el que
estuvo en la carreta no dice que promete todo su poder, sino que afirma -como
es propio de aquel a quien Amor hace rico, poderoso y atrevido a todo- que sin
temor ni reparo, se pone y ofrece a sus órdenes con toda su voluntad.
«Entonces
os lo diré —contesta ella—. Por mi fe, señores, fue Meleagante, un caballero
muy fuerte y tremendo, hijo del rey de Gorre, quien la apresó; y se la ha
llevado al reino de donde ningún extranjero retorna, sino que por fuerza mora
en el país, en la servidumbre y el exilio.»
Y entones
él le pregunta:
«¿Doncella,
dónde está esa tierra? ¿Dónde podremos buscar el camino?»
Ella
responde:
«Ya lo
vais a saber. Pero tenedlo por seguro, encontraréis por el camino muchos
obstáculos y malos pasos. [650] Que no
es cosa ligera el entrar allí, de no ser con el permiso del rey, que se llama
Baudemagus. De todos modos sólo se puede entrar por dos vías muy peligrosas,
dos pasajes muy traidores. El uno se denomina: El Puente bajo el Agua. Porque
ese puente está sumergido y la altura del agua al fondo es la misma que la de
por encima del puente, ni más ni menos, ya que está justo a mitad de la
corriente. Y no tiene más que pie y medio de ancho, y otro tanto de grueso.
Vale la pena no intentarlo y, sin embargo, es el menos peligroso; aunque haya
además aventuras que no digo. El otro es el puente peor y más peligroso, tanto
que ningún humano lo ha cruzado. Es cortante como una espada y por eso todo el
mundo lo llama: el Puente de la Espada. La verdad de cuan-puedo deciros os he
contado.»
Luego le
pregunta él:
«Doncella,
dignaos indicamos esos dos caminos.»
Y la
doncella responde:
«Ved aquí
el camino directo al Puente bajo el Agua, y el de más allá va derecho al Puente
de la Espada.»
Entonces
dice de nuevo el caballero que fue carretero:
«Señor,
me separo de vos de grado. Elegid uno de estos dos caminos y dejadme el otro a
mi vez. Tomad el que más os guste.
—Por mi
fe —dice mi señor Galván—, muy peligroso y duro es tanto uno como otro paso. Me
siento poco sabio para la elección, no sé cuál escoger con acierto. Pero no es
justo que por mi haya demora, ya que me habéis propuesto la elección. Tomaré el
camino al Puente bajo el Agua.
—Entonces
es justo que yo me dirija al Puente de la Espada, sin discusión —dijo el otro—
y accedo a gusto.»
Con que
allí se separan los tres. [700] El uno
al otro se han encomendado, de todo corazón, a Dios. La doncella cuando los ve
marchar, dice así:
«Cada uno
de vosotros debe devolver el galardón a mi gusto, en el momento que yo escoja
para reclamarlo. Cuidad de no olvidarlo.
—¡No lo
olvidaremos, de verdad, dulce amiga!», dicen los dos.
Cada uno
se va por su camino. El caballero de la carreta va sumido en sus pensamientos
como quien ni fuerza ni defensa tiene contra Amor que le domina.
Su cuita
es tan profunda que se olvida a sí mismo, no sabe si existe, no recuerda ni su
nombre, ni si armado va o desarmado, ni sabe adonde va ni de dónde viene. Nada
recuerda en absoluto, a excepción de una cosa, por la que ha dejado las demás
en olvido. En eso sólo piensa tan intensamente que ni atiende ni ve ni oye
nada.
Mientras
tanto su caballo le lleva rápido, sin desviarse por mal camino, sino por la
senda mejor y más derecha. Así marchaba en pos de la aventura. Así le ha
conducido a un campo llano.
En aquel
prado había un vado, y al otro lado del río se erguía el caballero que lo
guardaba.
Junto a
él había una doncella montada en un palafrén.
Había
pasado casi la hora nona, y todavía permanecía el caballero sin cansancio
abstraído en su meditación. Su caballo, que tenía gran sed, vio hermoso y claro
el vado, y corrió hacia el agua al divisarla.
Pero el
caballero que estaba en la otra ribera le grita:
«¡Caballero,
yo guardo el vado, y os lo prohíbo!»
El otro
no lo oye ni entiende ya que su meditar no le deja. Sin reparos se precipita su
caballo hacia el agua. El guardián le grita que lo retenga:
[750] «¡Deja el vado y te portarás como sensato,
que por acá no se permite el paso!»
Y jura
por su corazón que si penetra en el vado, lo atacará con su lanza. El otro
sigue ensimismado sin detener al caballo que a la carrera salta al agua y
comienza a beber a grandes tragos. El guardián dice que se arrepentirá y que no
ha de protegerle al trasgresor ni su escudo ni su yelmo.
Pone
luego su caballo al galope y lo aguija a un galope tendido. Y lo hiere y
derriba toda su altura en medio del vado que le había vedado antes. Del mismo
modo perdió el caído la lanza y el escudo que pendía de su cuello.
Apenas
siente el agua, se sobresalta, y de un salto se pone en pie aún medio atontado;
como quien se despierta de un sueño vuelve en sí, y mira en torno extrañado y
busca a quien le hirió. Entonces ha visto al otro caballero. Y así le grita:
«¡Villano!
¿Por qué me habéis atacado, decidme, cuando yo ignoraba vuestra presencia y no
os había causado ningún daño?
—¡Por mi
fe, que lo habíais hecho! —dice el otro—. ¿No me estimasteis como cosa vil,
cuando por tres veces os prohibí el vado y os lo dije lo más alto que pude
gritar? Bien me oísteis desafiaros dos o tres veces. Y aun así pasasteis
adelante. Bien dije que os daría con mi lanza hasta que os viera en el agua.»
A lo cual
responde el caballero:
«¡Maldito
sea si os oí jamás o si jamás os vi, que yo sepa! Bien pudo ser que me
prohibierais pasar el vado, pero estaba absorto en mis pensamientos. ¡Sabed de
seguro que en mala hora me atacasteis si puedo echar al menos una de mis manos
en el freno de vuestro caballo!»
Contesta
él:
«¿Qué
pasaría? Podrás tenerme a tu gusto por el freno, si te atreves a cogerlo. No
aprecio ni en un puñado de cenizas tu amenaza y tu orgullo.»
[800] Y responde el otro:
«No
quiero más otra cosa. Pase lo que tenga que pasar, he de tenerte a mi merced.»
Entonces
el caballero avanza al medio del vado. El otro le coge de las riendas con la
mano izquierda y de la cadera con la diestra. Le agarra y tira y aprieta tan
duramente que el guardián se lamenta de dolor; le parece sentir que con
violencia le desgarra su pierna del cuerpo. Así le ruega que lo deje y le dice:
«¡Caballero,
si te place combatir conmigo de igual a igual, toma tu escudo y tu lanza y tu
caballo y ven a justar contra mí!»
Aquél
responde:
«No lo
haré, por mi fe, que temo que huirías de mí en cuanto te vieras libre.»
El otro,
al oírlo, tuvo gran vergüenza, y le dice de nuevo:
«Caballero,
monta sobre tu caballo con toda confianza. Yo te garantizo lealmente que ni
cederé ni huiré. Me has dicho una infamia; y enojado estoy por tal.»
Y el otro
toma de nuevo la palabra:
«Antes me
habrás dado como garantía tu juramento. Quiero que me des tu palabra de honor
que no te apartarás ni huirás, y que no me tocarás ni te acercarás a mí, hasta
que no me veas a caballo. Te habré hecho buen favor, si, ahora que te tengo, te
suelto.»
Aquél le
dio su palabra; que ya no podía más.
Cuando el
caballero tuvo la fianza, recogió su escudo y su lanza que por el río flotando
iban y a toda prisa se alejaban. Ya estaban un largo trecho más abajo. Luego
regresa a por su caballo. Cuando lo hubo alcanzado y estuvo montado, empuñó las
correas del escudo y puso la lanza en ristre sobre el arzón. Entonces se
enfrentan el uno contra el otro a galope tendido de las monturas.
[850] El que debía custodiar el vado carga el
primero contra el otro, y con tanto ímpetu lo alcanza que su lanza vuela en
pedazos al golpe. Pero el otro le hiere en respuesta de tal modo que lo envía
al medio del vado, tan derribado que el agua lo tapó por entero.
Después
el de la carreta retrocede y desmonta, porque pensaba que cien enemigos como
aquél podría derribar y perseguir. De su vaina desenfunda la espada de acero.
El otro se pone en pie y desenvaina la suya, buena y con destellos. Se
entreatacan cuerpo a cuerpo. Por delante ponen los escudos, donde reluce el
oro, y con ellos se cubren. Las espadas realizan un duro trabajo, sin
conclusión ni reposo, y muy fieros golpes se asestan uno a otro. La batalla
tanto se prolonga que el caballero de la carreta se avergüenza de corazón, al
pensar que mal llevará a cabo la tarea de la aventura emprendida, cuando tan
largo espacio emplea en vencer a un solo caballero... ¡Si ayer, piensa él, no
habría encontrado en valle alguno cien tales que hubieran podido resistirle! Así
está muy dolido y airado, por haber empeorado hasta tal punto, que yerra sus
golpes y en vano consume su jornada. Entonces arrecia su embestida, y tanto lo
asedia que el otro ya cede y retrocede. Desampara y le deja libre el vado y el
paso, muy a su pesar. Pero él lo persigue de todas formas, hasta que le derriba
de bruces.
El
viajero de la carreta avanza sobre él entonces, y le recuerda que bien puede
ver cuan desdichado fue al derribarlo en el vado y sacarlo de su ensimismado
pensar.
La
doncella que consigo llevaba el guardián del vado ha escuchado y oído las
amenazas. Con gran espanto le suplica que, por ella, lo perdone y no lo mate.
El otro contesta que no puede, en verdad, perdonarlo, porque le ha infligido
gran afrenta.
Luego va
sobre él con la espada desnuda. El caído le dice, despavorido:
«¡Por
Dios y por mí, conceded la gracia que ella y yo os suplicamos!
—Pongo a
Dios por testigo —responde él— [900] que
nadie, por mucho mal que me hiciera, si me suplicó gracia por Dios, hay al que
en nombre de Dios no lo haya perdonado una vez. Y así lo haré contigo, pues no
te lo debo rehusar, cuando así me lo has suplicado. Pero, aun así, te
comprometerás a entregarte como prisionero, donde yo quiera, cuando te lo
reclame.»
El
vencido lo otorgó con gran pesadumbre.
La
doncella intervino entonces:
«Caballero,
por tu liberalidad, ya que él te pidió gracia y tú se la has concedido; si
alguna vez liberaste a un prisionero, deja a éste libre. Concédeme salvarlo de
su cautividad; con la promesa de que a su debido tiempo te devolveré tal
galardón, cuando te convenga, según mi poder.»
Entonces
él comprendió quién era, por las palabras dichas. Así que dejó al vencido libre
de su compromiso. Ella tuvo temor y vergüenza al pensar que la había conocido,
ya que tal cosa no deseaba. Mas el desconocido se parte en seguida. El
caballero y la doncella se despiden de él y lo encomiendan a Dios. Él les da su
adiós, y se va.
Al caer
la noche encontró a una doncella, que le salió al paso, muy hermosa y
distinguida, muy graciosa y bien vestida. La doncella le saluda, de modo
discreto y bien educado, y él le responde:
¡«Sana y
dichosa, doncella, os conserve Dios!
—Señor
—dice ella—, mi casa está aquí cerca preparada para albergaros, si aceptáis mi
invitación. Pero con una condición habéis de albergaros; con la de acostaros
conmigo. De tal modo os lo ofrezco e invito.»
Muchos
hay que por tal invitación le habrían dado mil gracias. Pero el caballero al
pronto se entristeció y le respondió de otra manera:
[950] «Doncella, por vuestro hospedaje os estoy muy
agradecido. En mucho lo aprecio. Pero, si os place, prescindiría muy bien del
acostamiento.
—¡Pues de
otro modo no ha de ser, por mis ojos!» dijo la doncella.
Él, como
que no puede mejorar la ocasión, lo concede a gusto de ella. Sólo al asentir ya
se le quiebra el corazón. ¡Cuando .tanto lo lastima la sola promesa, cuál será
la tristeza al acostarse! Mucho orgullo y tristeza habrá de sufrir la doncella
que lo guía. Y, tal vez, al amarle ella con pasión, no se resigne a dejarlo
marchar.
Después
de haber accedido a su proposición y deseo lo conduce hasta un castillo. No
encontraríase uno más bello de aquí hasta Tesalia. Estaba protegido en su
circunferencia por altos muros y por un foso de agua profunda. Y allí dentro no
se encontraba más hombre que el que ella esperaba.
Allá
había mandado la doncella, para su residencia, construir un buen número de
habitaciones y un gran salón principal.
Cabalgando
por la vera de un río llegaron a la mansión. El puente levadizo estaba bajo
para permitirles el paso. Una vez cruzada la entrada sobre el puente han
encontrado abierta la gran sala, con su artesonado de tejas. Por el portal que
encontraron abierto penetran y ven una gran mesa, amplia y larga, cubierta con
su mantel. Encima estaban servidos los platos, encendidas todas las velas en
los candelabros, y las grandes copas de plata dorada y dos jarras, una llena de
vino de moras y la otra de un fuerte vino blanco. A un lado de la mesa, sobre
uno de los bancos, encontraron dos palanganas llenas de agua caliente para
lavarse las manos; y al costado han hallado una toalla de hermosos bordados,
hermosa y blanca, para secarse las manos.
Allá no
encontraron ni atisbaron criado, lacayo ni escudero. [1000] El caballero se quita el escudo del cuello y
lo cuelga de un gancho, y toma su lanza y la deposita sobre el rastrillo de un
pesebre. Luego salta de su caballo al suelo, y la doncella desciende del suyo.
Al caballero le pareció muy bien que ella no esperara a que él la ayudase a
desmontar. Apenas hubo descendido sin demora ni vacilación corre a una cámara
de donde saca para él un manto escarlata y se lo pone sobre los hombros.
La sala
no estaba en sombras, por más que en el cielo lucían ya las estrellas. Por el
contrario había allí dentro tantas velas y antorchas grandes y ardientes que la
claridad la inundaba. Después de ponerle el manto al cuello, le dijo la
doncella:
«Amigo,
ved el agua y la toalla. Nadie os la ofrece ni brinda puesto que a nadie veréis
sino a mí. Lavad vuestras manos y sentaos, comed cuando os apetezca y venga en
gana. La hora y la comida bien lo piden, como podéis ver. Así que lavaos y
venid a sentaros.
—¡Con
mucho gusto!»
Y él se
sienta y ella, muy contenta, a su lado. Juntos comieron y bebieron hasta el fin
de la cena. Cuando se hubieron levantado de la mesa, le dijo la doncella al
caballero:
«¡Señor,
salid fuera a distraeros, si no os causa molestia, y aguardad allí, si os
place, hasta que calculéis que ya estoy acostada. No os enoje ni fastidie la
demora, porque bien podéis venir a tiempo, si vais a cumplir vuestra promesa.»
Repuso
él:
«Yo os
mantendré la promesa. De modo que volveré cuando piense que es ya hora.»
Entonces
se sale fuera y allí se demora un gran rato, pues debe mantener su promesa.
[1050] Vuelve de nuevo a la sala, pero no encuentra
allí a la que se hizo su amiga, que allí desde luego no estaba.
Cuando ni
la encuentra ni la ve, se dice:
«En
cualquier lugar que esté, iré en su busca hasta hallarla.» Y no se retrasa en
la busca, por la promesa que le tenía.
Al entrar
en una cámara oye gritos de una joven. Y era la misma con la que había de
acostarse.
De pronto
advierte la puerta abierta de otra habitación. Hacia allá va, y ante sus ojos
presencia cómo un caballero la había derribado y la tenía echada de través
sobre la cama, después de desnudarla. Ella que estaba bien segura de que
acudiría en su ayuda, gritaba bien alto:
«¡Ay!
¡Ay! ¡Caballero, tú que eres mi huésped! Si no me quitas a éste de encima, va a
ultrajarme en tu presencia. Tú eres quien debe compartir mi lecho, como has
pactado conmigo. ¿Me someterá éste ahora a su deseo, bajo tu mirada, a la
fuerza? ¡Gentil caballero, esfuérzate pues en venir en mi socorro a toda
prisa!»
Él ve que
muy vilmente tenía el otro a la doncella desnuda hasta el ombligo. La escena le
produce gran vergüenza y pesar, por el hecho de que el atacante acerque su
desnudez a la de ella. Por otra parte el espectáculo no le enardecía su deseo
ni tampoco los celos.
Además a
la entrada había como porteros, bien armados, dos caballeros con espadas
desnudas en la mano. Más allá cuatro lacayos estaban en pie. Cada uno blandía
un hacha, capaz de partir en dos una vaca por mitad del espinazo, tan
fácilmente como segar la raíz de un enebro o una retama.
El
caballero en la puerta se detiene y cavila:
«¿Dios,
qué podré yo hacer? Me mueve en mi aventura nada menos que el rescate de la
reina Ginebra. [1100] De ningún modo
puedo tener corazón de liebre, cuando por tal motivo estoy en esta búsqueda.
»Si
Cobardía me presta su corazón, y si obro a su mandato, no conseguiré lo que
persigo. ¡Deshonrado quedo si aquí me tardo! Incluso me resulta ahora un gran
esfuerzo haber mencionado la tardanza. Por ello tengo ya el corazón triste y
ensombrecido. Ahora siento vergüenza, ahora desespero, tanto que morir quisiera
por haberme tanto detenido aquí. ¡Que Dios no tenga piedad de mí, si lo digo
por vanidad, y si no quiero mejor morir con honor que vivir con infamia! Si
tuviera el paso franco, ¿qué honor habría merecido, si éstos me dieran su
permiso para pasar más allá sin disputa? Entonces podría pasar, sin mentir,
hasta el más cobarde de los vivientes. Bastante he oído a esta desgraciada
suplicarme socorro repetidamente, y me recuerda mi promesa y me la echa en
cara.»
Al
instante se acerca a la puerta e introduce el cuello y la cabeza por una
ventana de al lado, y levanta la vista al asomarse así. Ve caer sobre él las
espadas y súbito se retira de un brinco. Los dos caballeros no pudieron detener
su ímpetu, una vez lanzados a descargar el golpe. En tierra dan con sus espadas
con tal fuerza que ambas se hicieron pedazos.
Una vez
quebrados los aceros, él tuvo menos aprecio por las hachas y menos temió a
quienes las manejaban. Con que salta entre ellos y de un golpe al costado hiere
a un lacayo, y luego a otro. A los dos que encontró más cerca les da con puños
y brazos hasta abatirlos fuera de combate. El tercero erró su golpe. Pero el
cuarto le atina, al descargar el golpe. Del tajo rasga la capa y en todo el
hombro lo hiere, de modo que su camisa y su blanca carne se tiñen de la sangre
que gotea.
[1150] Pero nada consigue detenerle, ni se queja de
su herida. Rápido avanza a grandes saltos y levanta, agarrándolo por las
sienes, al que pretendía forzar a su
anfitriona. ¡Bien podrá mantenerle su promesa, antes de partir!
A pesar
de su resistencia, alza en pie al rufián. Mientras, el que había fallado su
golpe, corre hacia el caballero, a toda marcha, y blande en alto el hacha. Cree
que lo va a hendir de un tajo, desde la cabeza hasta los dientes. Pero él sabe
defenderse bien, y pone por delante al otro rufián. El del hacha le asesta el
golpe allí donde el hombro se une al cuello, con tal furia que escinde uno de
otro.
Entonces
el caballero se apodera del hacha, la arrebata de las manos de su enemigo y
arroja al herido. Bien le convenía defenderse, pues que contra él cargaban los
tres felones con sus hachas, que muy duramente lo asedian. Con toda intención
salta a parapetarse entre la cama y la pared. Les grita:
«¡Ahora,
venga, todos contra mí! ¡Aunque fuerais veintisiete, ahora que tengo un
parapeto os daré batalla a destajo; y no seré yo quien antes se fatigue de
ella!»
La
doncella, que contemplaba la escena, dice entonces:
«¡Por mis
ojos, no tengáis cuidado desde ahora en adelante, mientras esté yo presente!»
Al
momento manda retirarse a los caballeros y lacayos. Y se fueron todos de allí,
sin demoras ni excusas.
Luego
dijo la doncella:
«Señor,
habéis defendido bien mi honor, contra toda mi mesnada. Ahora venid, yo os
guío.»
A la sala
regresan cogidos de la mano. Él no iba precisamente encantado; sino que muy a
gusto se hubiera hallado bien lejos de allí. Una cama estaba ahora hecha en
medio de la sala. Sus sábanas relucían de limpias, blancas, amplias,
desplegadas. Tampoco la colcha era, ¡ni mucho menos!, de paja deshilachada ni
de áspero esparto. [1200] Y sobre la
colcha estaba extendido un sedoso cobertor de varios colores. Allí se acostó la
doncella, aunque sin quitarse la camisa.
Al
caballero le da grandes fatigas y reparos desnudarse. No puede evitar sudar de
disgusto. De todos modos, a pesar de sus angustias, su promesa le obliga y va a
cumplirla. ¿Es pues un hecho de fuerza? Como si lo fuera. Por fuerza tiene que
ir a acostarse con la doncella. Su promesa lo emplaza y reclama. Se acuesta
pues sin apresurarse. Pero no se quita tampoco la camisa, como no lo hizo la
doncella. Cuida mucho de no tocarla; sino que se va a un extremo y allí se
queda de espaldas. Sin decir una palabra, como a un fraile converso a quien le
está prohibido hablar cuando está echado en su lecho. Ni una vez vuelve su
mirada ni hacia ella ni a otro lado. No le puede hacer buena cara. ¿Por qué?
Porque no siente el corazón su atractivo, que en otro lugar su atención está
fijada. Así que no le atrae ni le seduce lo que tan hermoso y amable sería a
cualquier otro.
El
caballero no tiene más que un solo corazón; y éste no está ya más en su poder,
sino que está gobernado desde lejos y no lo puede prestar a otra persona.
Entero lo obliga a fijarse en un lugar Amor, que sojuzga todos los corazones.
¿Todos? No, desde luego, tan sólo los que él aprecia. Bien se debe estimar en
más, aquél que Amor se digna sojuzgar. Y el corazón del caballero apreciaba
tanto, que lo sojuzgaba por encima de los demás, y lo colmaba de tremenda
fiereza. Por tanto no quiero reprocharle si renuncia a lo que Amor le prohíbe,
y obedece lo que quiere Amor.
La
doncella se da cuenta y entiende que aquél aborrece su compañía y se pasaría
bien sin ella. No tiene intención de abrazarla. Ella lo comprende y le dice:
[1250] «Si no os ha de pesar, señor, me iré de aquí.
Iré a acostarme a mi cámara y vos os quedaréis más a gusto. No creo que os
plazca demasiado mi encanto ni mi compañía. No lo tengáis como descortés, si os
digo lo que pienso. Ahora reposad bien esta noche, que me habéis cumplido tan
bien vuestra promesa, que no os podría reclamar en derecho nada más. No me
queda más que encomendaros a Dios y marcharme.»
Luego se
levanta. El caballero en absoluto se apena; antes bien la deja marcharse a
gusto, como quien ama por entero a otra. Claramente lo comprende la doncella
por la muestra. Así que se ha retirado a su cámara donde se acuesta sin camisa,
al tiempo que se dice a sí misma:
«Desde
que por vez primera conocí a un caballero, no he conocido a uno solo, a
excepción de éste, que valiera la tercera parte de un doblón angevino. Seguro
que, como pienso y sospecho, quiere intentar una tan gran empresa tan peligrosa
y fiera que no osó emprender ningún otro caballero. ¡Qué Dios le permita llegar
hasta el final!» En seguida se adormeció y durmió hasta que apareció el claro
día.
Al rayar
el alba, presurosa se levanta. Tan pronto se despierta el caballero, se apresta
y reviste su arnés sin más ayuda. Así que cuándo se le presenta la doncella lo
encuentra ya equipado.
—Buen día
os dé Dios hoy —dice ella al verle.
«¡Y a
vos, doncella, así sea!», dice él a su vez. Y agrega que se le hace tarde; que
saquen su caballo de los establos. Ella dio órdenes de que se lo trajeran, y
dice:
[1300] «Señor, yo me iría con vos un buen trecho por
ese mismo camino, si es que vos os atrevéis a guiarme y acompañarme, de acuerdo
con los usos y costumbres establecidos en el reino de Logres desde antes de
nuestro nacimiento.»
Las
costumbres y franquicias eran así, por aquel entonces: que si un caballero
encontraba sola a una damisela o a una doncella villana no la atacaba, así
tuviera antes que cortarse el cuello, por todo su honor, si pretendía conservar
su buen renombre. Y, en caso de forzarla, para siempre quedaba deshonrado en
todas las cortes. Pero si la joven era acompañada por otro, entonces a
cualquiera que le gustara, que presentara batalla y venciera por las armas a su
defensor, podía hacer con ella su voluntad sin conseguir vergüenza ni reproche.
Por eso le dijo la doncella que si se atrevería a escoltarla según esa
costumbre, de modo que otro no pudiera molestarla, al ir en su compañía.
A lo que
contestó el caballero:
«Ninguno
ha de causaros enojos, os lo aseguro, si antes no me los presenta a mí.
—Entonces
con vos quiero marchar», dijo ella. Hizo ensillar su palafrén. Pronto estuvo
cumplida su orden. Y sacaron el palafrén de la doncella y el caballo al
caballero. Ambos montan sin escudero. Y salen con rápido trote.
Ella le
da conversación; pero él no presta atención a su charla. Más bien rehúsa el
diálogo. Le gusta meditar; hablar le enoja.
Amor muy
a menudo le reabre la herida que le ha causado. Jamás le aplicó vendajes para
curar ni sanar. No tiene intención ni deseos de buscar emplastos ni médicos, a
menos que su herida no empeore. Pero aún eso lo incitaría más y más.
Marcharon
por sendas y senderos, siguiendo el camino más recto, hasta que llegaron a la
vista de una fuente.
La fuente
estaba en medio de un prado, y a su lado había un bloque de piedra. [1350] En la roca vecina había olvidado no sé quién
un peine de marfil dorado. Jamás, desde los tiempos del gigante Isoré no había
visto uno tan bello hombre cuerdo ni loco. Y en el peine había dejado medio
puñado de cabellos la que se había peinado con él.
Cuando la
doncella atisbo la fuente y vio la escalerilla no quiso que el caballero los
apercibiera e intentó desviarse por otro camino. Él, que iba deleitándose y
saciado con su meditación muy a placer, no se dio cuenta al momento de que ella
se salía del camino. Pero cuando lo notó, temió que se tratara de algún engaño,
que la joven se apartaba y se salía del camino para esquivar algún peligro.
«¡Atención,
doncella —dijo—, que no vais bien! ¡Venid por acá! Nunca, pienso, puede
adelantarse quien se sale de esta senda.
—Señor,
iremos mejor por aquí —replicó la doncella—. Lo sé bien.»
Respondió
el caballero:
«No sé yo
lo que pensáis, doncella, pero bien podéis ver que éste es el camino batido y
recto. Una vez que por él he tomado, no me volveré en otro sentido. No
obstante, si os place, idos por ahí; que yo iré por éste libremente.»
Así
avanzan hasta llegar cerca de la mole de piedra y ver el peine.
«Jamás,
por cierto, en lo que recuerdo —dice el caballero— vi tan hermoso peine como
ése de ahí.
—Dádmelo
—dice la doncella.
—Con
mucho gusto, doncella», dice él.
Entonces
se baja y lo recoge. Cuando lo tiene en sus manos, lo mira con mucha atención,
y remira los cabellos. Mientras, ella empezó a reír. Y cuando se da cuenta, le
pregunta por qué ríe, que se lo diga. Responde la joven:
«Callad,
que no he de decíroslo por ahora.
—¿Por
qué? —dice él.
—Porque
no me importa nada», contesta.
[1400] Entonces él insiste, como quien piensa que ni
una amiga a un amigo, ni un amigo a una amiga deben engañarse bajo ningún
pretexto:
«Si vos
amáis a algún ser de todo corazón, doncella, por él os pido y suplico que no me
ocultéis más vuestro secreto.
—Demasiado
en serio me lo invocáis —dijo ella—; así que os lo diré, sin mentir en nada.
Este peine, si es que alguna vez supe algo seguro, fue de la reina. Lo sé bien.
Y creedme además una cosa: los cabellos tan bellos, lucientes y claros, que
veis prendidos entre sus dientes, fueron de la cabellera de la reina. Nunca
crecieron en otro prado.
—Por mi
fe, hay muchas reinas y reyes. ¿A quién queréis referiros?», dijo el caballero.
Y ella
contestó:
«¡Por la
fe mía, señor, a la esposa del rey Arturo !»
Al oírla
él, no pudo resistirlo su corazón y a punto estuvo de caer doblado. Por fuerza
tuvo que apoyarse por delante en el arzón de su silla de montar. La doncella
que lo vio se asombra y, sorprendida, temió que cayera. Si tuvo tal temor no la
censuréis; creyó que el caballero se había desmayado.
Y así
estaba él casi desvanecido, que muy poco le faltó. Tenía tal dolor en el
corazón que la palabra y el color tuvo perdidas por buen rato. Con que la
doncella se bajó de la montura y corrió con toda prisa para apoyarlo y
contenerlo, pues no hubiese querido, por nada en el mundo, verlo caer a tierra.
Apenas se
dio cuenta, el caballero se avergonzó, y la interpeló:
«¿Qué
venís a hacer aquí delante?»
[1450] No temáis que la doncella le haga reconocer
la razón. Que le hubiera causado vergüenza y pesar, y se habría afligido aún
más, de haber sabido la verdad. Así que le oculta con cuidado la verdadera
causa, y le contesta, la sagaz doncella:
«Señor,
vengo a requerir este peine. Por eso he desmontado a tierra. Tengo tales ansias
de poseerlo, que pensé que ya tardaba en tenerlo en mi mano.»
Como él
está de acuerdo en concederle el peine, se lo da; pero retira los cabellos de
modo tan suave que no se quiebra ninguno. Jamás ojos humanos verán honrar con
tal ardor ninguna otra cosa. Empieza por adorarlos. Cien mil veces los acaricia
y los lleva a sus ojos, a su boca, a su frente, y a su rostro. No hay mimo que
no les haga. Por ellos se considera muy rico, y por ellos alegre también. En su
pecho, junto al corazón, los alberga, entre su camisa y su piel. No preciará
tanto un carro cargado de esmeraldas y de carbunclos. No temía ya el ataque de
una úlcera u otras enfermedades. Desdeña el diamargaritón, el elixir contra la
pleuresía y la triaca medicinal. Desprecia a san Martín y a Santiago. Pues
tanto confía en aquellos cabellos que no piensa necesitar de la ayuda de los
santos. ¿Pues qué valían los tales cabellos? Por mentiroso y loco se me tendrá
si digo la verdad. Ni por la fiesta mayor de san Denis y todo su mercado de un
día rebosante hubiérase decidido el caballero, a cambio de aquellos cabellos
del hallazgo; y es la pura verdad. Y si me requerís la verdad, el oro cien
veces depurado y otras cien pulido luego, es más oscuro que la noche frente al
día más bello de este verano, en comparación con aquellos cabellos para quien
los confrontara. ¿Y para qué voy a alargar la descripción?
La
doncella vuelve a montar en seguida, con el peine que lleva consigo, mientras
él se deleita y contenta con los cabellos que guarda en su pecho.
[1500] Después de la llanura encuentran un bosque.
Siguen por una senda que se hace más estrecha hasta tener que marchar uno tras
el otro ya que de ningún modo podían pasar dos caballos de frente. La doncella
avanza delante de su huésped a buen paso por tal atajo.
Por donde
el sendero era más estrecho ven venir hacia ellos un caballero. Tan pronto como
lo vio la doncella, lo conoció y dijo así:
«Señor
caballero, ¿veis a ese que viene a vuestro encuentro todo armado y dispuesto
para la batalla? Ése piensa llevárseme consigo seguramente sin encontrar
defensa ninguna. Sé muy bien lo que piensa. Porque me ama, y no lo hace de modo
sensato. Por sí mismo y con mensajes me ha requerido desde hace mucho tiempo.
Pero mi amor tiene negado. Por nada del mundo lo podría amar. ¡Así Dios me
proteja, antes moriría yo que amarlo en algún modo! Tengo por seguro que ahora
rebosa de alegría y se regocija ya tanto como si me hubiera conquistado. ¡Ahora
se mostrará si sois valiente! Ahora veré la demostración de la garantía que
vuestra escolta protectora me ofrece. Si podéis garantizarme mi libertad,
entonces diré yo sin mentir que sois valiente y gran paladín.»
Le
contesta él:
«¡Avanzad,
avanzad!»
Esta
palabra equivalía a decir: «Poco me inquieta lo que decís, que por nada os
asustáis».
Mientras
van hablando así, se acerca a toda premura el caballero que avanzaba en contra,
a todo galope, a su encuentro. Le alegraba apresurarse porque pensaba que no
sería en vano, y por dichoso se cuenta el ver lo que más amaba en el mundo.
[1550] Tan pronto como está cerca la saluda, con la
boca y el corazón, diciendo:
«¡El ser
que yo más quiero, del que obtengo menos alegría y más penar, sea bien venido,
de doquier que venga!»
No
hubiera estado bien que ella hubiera contenido su palabra, sin devolverle, al
menos con los labios, el saludo. ¡Cómo le ha complacido al caballero que la
doncella le salude! Por más que su boca no se ha fatigado ni le ha costado nada
tal envío. Y aunque hubiera salido como vencedor en un torneo en aquel momento,
no lo hubiera apreciado en tanto, ni pensara haber conquistado tanto honor ni
premio. Con tal exceso de amor y de vanagloria, la ha tomado por la rienda de
su montura y dice:
«Ahora os
conduciré yo. Hoy he navegado bien y con fortuna, que arribé a puerto feliz.
Ahora he concluido con mi cautiverio. Desde el peligro llegué al puerto; de
gran tristeza a gran euforia; de gran dolor a gran salud. Ahora se cumple todo
mi deseo, ya que os encontré en tal circunstancia que puedo llevaros conmigo, y
en verdad, sin cubrirme de deshonor.»
Ella
contesta:
«No os
envanezcáis; que este caballero me acompaña.
—¡Desde
luego que os ha acompañado por su mala fortuna! —contestó— que ahora os llevo
yo. Le sería más fácil tragarse un modio de sal al caballero, creo, que
libraros de mí. Pienso que jamás veré a un hombre frente al que no os
conquistara. Y ya que os he encontrado a mi alcance, por mucho que le pese y le
duela, os llevaré conmigo, ante sus ojos. ¡Y que haga lo que mejor le plazca!»
El otro
no se encoleriza por nada de lo que le oyó decir con orgullo. Pero sin burla y
sin jactancia acepta el reto en un principio. Dice:
«Señor,
no os apresuréis ni gastéis vuestras palabras en vano. Hablad más bien con un
poco de mesura. No se os va a negar vuestro derecho, cuando lo tengáis.
[1600] Con mi acompañamiento, bien lo
sabréis, ha venido aquí la doncella. Dejadla libre: Ya la habéis detenido
demasiado. Aún no tiene ella que cuidarse de vos.»
El
caballero contesta que lo quemen vivo si no se la va a llevar, mal que le pese.
Éste
replica:
«No
estaría nada bien, si yo dejara que os la llevarais. Sabedlo: Antes he de
combatir por ella. Pero, si queremos pelear bien, no podemos hacerlo en este
sendero, ni con el mayor esfuerzo. Así que vayamos a un camino llano, hasta un
espacio abierto, un prado o una landa.»
El
caballero dice que no pide nada mejor:
«Estoy
muy de acuerdo. No os equivocáis en que este sendero es demasiado angosto. Mi
caballo ya va muy oprimido. Y aún dudo que pueda hacerle volver grupas sin que
se parta un anca.»
Entonces
se da la vuelta con gran destreza, sin dañar a su caballo ni lastimarlo en
nada. Dice:
«En
verdad que estoy muy furioso de que no nos hayamos encontrado en un terreno
amplio y ante gente. Me hubiera gustado que contemplaran cuál de los dos se
portaba mejor. Mas venid pues, que los iremos a buscar. Encontraremos aquí
cerca un terreno llano, espacioso y libre.»
Entonces
se van hasta una pradera. En ella había doncellas, caballeros y damas que
juzgaban a varios juegos. Pues era hermoso el lugar. No todos jugaban a
charadas; sino también a tablas de damas y ajedrez, y otros a diversos juegos
de dados. Varios jugaban a estos juegos, mientras otros de los que allí
estaban, recordaban su niñez con rondas, carolas y danzas. Cantan, brincan y
saltan; incluso practican deportes de lucha.
[1650] Un
caballero ya de edad estaba erguido al fondo del prado sobre un caballo bayo de
España. Tenía riendas y montura de oro; y el cabello entremezclado de canas.
Apoyaba una mano en un costado para mantener su postura. Por el hermoso tiempo
iba en camisa, sin arnés, y observaba los juegos y bailes. Un manto le cubría
desde los hombros, por entero de escarlata y piel. Al otro lado, junto a un
sendero, un grupo de veintitantos jinetes armados velaban sobre sus buenos
caballos de Irlanda.
Tan
pronto como ellos tres aparecieron, todos dejaron sus distracciones y gritaban
a través del prado:
«¡Ved,
ved al caballero, que fue llevado en la carreta! ¡Que nadie se dedique a jugar
mientras se encuentre aquí! ¡Maldito sea quien quiera alegrarse con juegos o
danzas, o lo intente, mientras ése esté aquí!»
He aquí
que el caballero recién llegado, el que amaba a la doncella y la consideraba
como suya, era hijo del caballero canoso. Y así se dirigió a él:
«Señor,
tengo gran contento, y que lo oiga quien quiera escucharlo, de que Dios me ha
dado la cosa que más he deseado en todos mis días. No me hubiera regalado tanto
si me hubieran hecho rey coronado, ni por ello me sentiría más agradecido ni
estuviera más beneficiado. Pues tan valioso y bello es mi botín.
—No sé si
ya es tuyo», replica a su hijo el caballero. Con brusca rapidez aquél responde:
«¿Qué no
lo sabéis? ¿No lo veis pues? Por Dios, señor, no tengáis la menor duda, puesto
que lo veis en mi poder. En el bosque de donde vengo acabo de encontrarla que
venía. Pienso que Dios me la traía, y como mía la he tomado.
—No sé
aún si lo consiente ese que veo venir detrás de ti.»
[1700]
Mientras hablaban estos dichos y frases, se habían detenido las danzas, a la
vista del caballero de la carreta. No se hacían más juegos ni festejos por
desprecio y ofensa de aquél.
En tanto
el caballero, sin prestarles atención, vino muy cerca de la doncella al
instante y dijo al otro:
«Dejad a
esta joven, caballero. Sobre ella no tenéis ningún derecho. Si osáis otra vez,
al punto la defenderé contra vos.»
Entonces
dijo el viejo caballero:
«¿No me
lo figuraba yo bien? Querido hijo, no retengas más a la doncella; sino que
devuélvesela.»
Nada bien
le pareció a éste, que jura que no ha de dejarla.
«¡Que
Dios no me dé más alegría en cuanto se la entregue! Yo la tengo en mi poder y
la retendré como cosa de mi propiedad. Antes se partirá el tahalí y las correas
de mi escudo, y he de perder toda la confianza en mi cuerpo, mis armas, mi
espada y mi lanza, antes de dejarle a mi amiga.»
Y su
padre dijo:
«No voy a
dejarte combatir, por más que digas. Confías demasiado en tu valer. Pero haz lo
que te ordeno.»
Por
orgullo él le responde entonces:
«¿Soy
quien pueda asustarse? Puedo enorgullecerme de esto: que no hay en la extensión
que ciñe el mar caballero alguno, de entre los muchos existentes, tan valioso
que yo se la cediera ni a quien no creyera que podía someter en breve plazo.»
Su padre
dijo:
«Te lo
concedo, querido hijo. Así lo crees tú. Tanta confianza tienes en tu valer.
Pero no quiero ni querré que hoy tú te midas con este rival.»
Él
responde:
«¡Vergüenza
tendría si escuchara vuestro consejo! ¡Condenado sea quien lo acepte y quien
por vos cobre temor de que yo no salga a combatir! Verdad es que mal se negocia
en la familia. [1750] Mejor podría yo mercar en otra parte, pues vos me queréis
engañar. Sé bien que en país extraño podría hacerme valer mejor. Ninguno que no
me conociera me haría desistir de mi voluntad; en cambio, vos me disuadís y
menospreciáis. Tanto más enojado estoy por cuanto me habéis reprochado. Pues
quien reprocha, bien sabéis, su pasión a hombre o mujer, más la aviva e
inflama. Mas si cedo en algo por vos, que Dios no me depare más alegría. Por el
contrario voy a pelear, a pesar vuestro.
—¡Por la
fe que debo al apóstol san Pedro! —dijo el padre—, ahora veo que no servirá de
nada mi ruego. Pierdo el tiempo al reprenderte con mis consejos. Pero pronto te
habré mostrado argumento tal que, a tu pesar, tendrás que hacer toda mi
voluntad, porque estarás sometido a ella.»
Al
momento llama a todos los caballeros de guardia, que acuden a él. Les ordena
que dominen a su hijo, que no se deja guiar por sus consejos. Dice:
«Lo
mandaría encadenar antes de dejarlo combatir. Todos vosotros en pleno sois mis
hombres. Por tanto me debéis amor y fidelidad. Por cuanto dependéis de mí os lo
ordeno, y suplico a la vez. Gran locura le mueve, me parece, y mucho procede
con exceso de orgullo, al contradecir lo que yo quiero.»
Los otros
afirman que lo prenderán, y que, después de estar en su poder, no tendrá ganas
de combatir; de modo que consentirá, a pesar suyo, en devolver a la doncella.
Entonces van todos a prenderlo y aprisionarlo por los brazos y por el cuello.
«¿No te
consideras ahora como loco? —dijo el padre—. Date cuenta de la realidad. No
tienes fuerza ni poder para combatir ni para justar, por más que te cueste, por
más que te duela y por más que te apene.
»Así que
acepta lo que me parezca bien, y obrarás con sensatez. ¿Y sabes cuál es mi
propuesta? [1800] Para que tu tormento sea menor, seguiremos, tú y yo, si tú
quieres, a ese caballero durante hoy y mañana, por el bosque y por el llano,
cabalgando a la par. Tal vez podemos encontrarlo de tal personalidad y talante
que yo te permita probar contra él tu valor y combatirlo según tu deseo.»
Así el
hijo ha accedido, a pesar suyo, a lo que le ha propuesto. Ya que no puede
modificarlo, dice que se aguantará a órdenes de su padre. Pero que ambos han de
seguir al caballero.
Ante el
desarrollo de esta aventura, las gentes que estaban en el prado, decíanse uno a
otro:
«¿Habéis
visto? El que estuvo en la carreta ha conquistado hoy tal honor que se lleva
consigo a la amada del hijo de mi señor; aunque mi señor lo sigue. En verdad
podemos asegurar que alguna virtud habrá encontrado en él, cuando permite que
se la lleve. ¡Maldito cien veces quede quien hoy deje de jugar y danzar a causa
de él! ¡Volvamos a nuestros festejos!»
Entonces
reanudan sus juguetees, danzan y bailan.
En
seguida se marcha el caballero. No se demora por más tiempo en el prado.
Tampoco tras de él se detiene la doncella que le acompaña. Ambos se alejan a
toda prisa.
El hijo y
su padre, de lejos, los siguen. A través de un prado ya segado cabalgaron hasta
la hora nona. Allí encuentran en un lugar muy bello un monasterio y, cerca del
coro, un cementerio rodeado de muros. No se portó como villano ni como necio el
caballero que entró a pie en el monasterio para rezar. Y la doncella le sujetó
el caballo hasta el regreso.
Cuando
había acabado su plegaria y se volvía atrás se le acerca un monje muy viejo. Lo
ve ante sus ojos salirle al paso. Al encontrarle le ruega muy amablemente que
le informe de lo que hay dentro de aquellos muros. [1850] Aquél responde que
allí hay un cementerio, y él dice:
«Conducidme
a él, con la ayuda de Dios.
—Muy a
gusto, señor.»
Entonces
le introduce en el cementerio, entre las más hermosas tumbas que se podrían
encontrar desde Bombes hasta Pamplona. Sobre cada una figuraban los nombres de
los que habían de yacer dentro de ellas. Y él mismo, por su cuenta comenzó a
leer los nombres, y encontró:
«Aquí
yacerá Galván, aquí Loonís y aquí Ivain.»
Después
de éstos ha leído muchos otros nombres de caballeros escogidos, de los más
apreciados y mejores en aquella tierra y de más allá. Entre las tumbas
encuentra una de mármol, que parece ser una obra maestra, la más bella muy por
encima de todas las otras.
El
caballero llama al monje y dice:
«Estas
tumbas de aquí ¿a qué se destinan?»
Responde
él:
«Ya
habréis visto las inscripciones. Si las habéis comprendido, entonces, bien sabéis lo
que dicen y lo que significan esas tumbas.
—Entonces,
decidme para qué es ésa más grande.»
El
ermitaño responde:
«Os lo
diré con precisión. Se trata de un sarcófago que ha superado a todos los que
jamás se han construido. Otro tan rico ni tan bien labrado ni yo ni nadie lo ha
visto nunca. Hermoso es por fuera y mucho más su interior. Pero no os ocupéis
de su belleza oculta, porque de nada os podría servir; que no lo tenéis que ver
por dentro. Pues se necesitarían siete hombres muy fuertes y enormes para
descubrirlo, si se pretendiera abrir la tumba, que está cubierta por una pesada
losa. Sabed que es cosa bien segura que se necesitan esos siete hombres, más
fuertes de lo que vos y yo somos.
»Existe
una inscripción que reza así:
[1900] “Aquel que sólo y por su propia fuerza
consiga levantar esta losa, liberaría a aquellos y aquellas que yacen en
cautividad en la tierra de donde no sale nadie, ni siervo ni gentilhombre, una
vez que ha penetrado en ella.” Hasta ahora ninguno de allí ha retornado. Los
extranjeros quedan allí prisioneros. Sólo las gentes del país van y vienen y
franquean los límites a placer.»
En
seguida el caballero avanza para agarrar la losa, y la levanta como si de nada
se tratara. Mejor de lo que diez hombres lo hubieran hecho si hubieran aplicado
toda su fuerza. El monje quedó tan atónito que por poco no cae desmayado. Pues
no creía que había de ver tal prodigio en toda su vida. Dijo luego:
«Señor,
ahora tengo gran deseo de saber vuestro nombre. ¿Podríais decírmelo?
—Yo no,
por mi fe de caballero —contestó él.
—Por
cierto que eso me pesa. Mas si me lo dijerais, haríais una gran cortesía, de la
que podríais obtener gran prez. ¿De dónde sois, cuál es vuestro país?
—Un
caballero soy, como veis, y nacido en el país de Logres. Con eso quisiera
contentaros. Y vos, si os place, decidme de nuevo, ¿quién ha de yacer en esta
tumba?
—Señor,
el que ha de liberar a todos los que están cautivos en la trampa del reino del
que ninguno escapa.»
Después
de que el monje le hubo respondido, el caballero lo encomendó a Dios y a todos
sus santos. Entonces sale y acude, con rápido paso, junto a la doncella. El
viejo monje, de pelo canoso, lo sigue afuera de la iglesia. Así que llegan a
mitad del camino, mientras la doncella monta en su cabalgadura, el monje le
refiere con detalle cuanto había pasado dentro y le ruega que le diga el nombre
del caballero, si ella lo sabe. [1950] De tal modo que ella le replica que no
lo sabe, pero que se atreve a afirmarle con seguridad una cosa: que no existe
en vida un caballero igual en toda la extensión por donde soplan los cuatro
vientos.
A
continuación la doncella lo deja y se aleja en pos del caballero. En ese
momento llegan los que los seguían, y allí encuentran ante sus ojos al monje
solo ante la iglesia. El viejo caballero de la camisa le dice:
«Decidme,
señor: ¿visteis a un caballero que acompaña a una doncella?
—No
tendré ningún reparo en contaros toda la verdad —responde el monje—.
Precisamente ahora se alejan de aquí. El caballero penetró en el cementerio, y
ha hecho una gran maravilla. Porque él solo sin fatigarse en lo más mínimo alzó
la losa de encima de la gran tumba marmórea. Va a socorrer a la reina. Y la
socorrerá sin duda; y con ella a todos los cautivos. Vos mismo bien los sabéis,
que muchas veces habéis leído la inscripción de la lápida.
»En
verdad que nunca nació de hombre y mujer ni se sentó sobre una montura un
caballero que valiera tanto como éste.»
Entonces
dijo el padre a su hijo:
«¿Hijo,
qué te parece? ¿Acaso no es un gran prohombre el que ha acometido tal hazaña?
Ahora ya sabes de fijo quién cometió el error. Ya te das cuenta de si fue tuyo
o mío.
»No
querría, ni por la ciudad de Amiens, que le hubieras presentado combate. Aunque
antes bien te has rebelado, hasta que se te pudo disuadir. Ahora nos podemos
volver, pues haríamos gran locura en seguirlo de aquí en adelante.
Su hijo
contestó:
«Accedo a
ello. No nos serviría de nada seguirle. Pues que así os place, volvámonos.» Al
aceptar la vuelta demostró gran cordura.
Entre
tanto la doncella durante todo el camino se arrimaba muy al costado del
caballero, para atraer así su atención, y quería saber de él su nombre. [2000]
Le requiere para que se lo diga. Se lo suplica una y otra vez, hasta que él le
dice ya cansado:
«¿No os
he dicho que yo soy del reino del rey Arturo? ¡Por la fe que debo a Dios y por
su virtud, que sobre mi nombre no habéis de saber más!»
Entonces
la joven le dice que si le da permiso para retirarse, se volverá atrás. Y él le
dice adiós con gesto alegre.
Así que
la doncella se retira. Y él, hasta que se hizo muy tarde, ha seguido cabalgando
sin compañía. Al anochecer, a la hora del ángelus, mientras proseguía su
camino, vio a un caballero que venía del bosque en que había cazado. Venía éste
con el yelmo anudado y con la caza que Dios le había concedido sobre la grupa
de su caballo de color gris.
El
vavasor se apresura a salir al encuentro de nuestro caballero y le ruega que
acepte su hospedaje.
«Señor,
no tardará en llegar la noche. Ya es momento de buscar albergue; así debéis
hacerlo razonablemente. Tengo una casa mía aquí cerca, adonde os puedo llevar
ahora. Nadie os albergaría mejor de lo que yo lo haré, por todos mis medios, si
a vos os place. A mí me alegrará mucho.
—También
yo estaré contento con ello», dijo él.
El
vavasor envía al momento a su hijo, para que se adelante en aprestar el
hospedaje y en apremiar los preparativos de la cocina. El muchacho sin demora
cumple al punto la orden; muy a su gusto y con diligencia se dirige a su casa a
toda marcha. Así los demás, sin premura, continúan el viaje hasta llegar a la
casa.
El
vavasor tenía como esposa una dama bien educada, y cinco hijos muy queridos,
tres cadetes y dos caballeros, y dos hijas gentiles y hermosas que eran aún
doncellas. [2050] No habían nacido sin embargo en aquel país, sino que estaban
allí detenidos y en tal cautividad habían permanecido muy largo tiempo; ya que
habían nacido en el reino de Logres.
El
vavasor ha conducido al caballero hasta el interior del patio. La dama acude a
su encuentro, y salen también sus hijos e hijas. Todos se afanan por servirlo.
Le ofrecen sus saludos y le ayudan a desmontar.
Menos
atenciones prestaron a su señor padre las hermanas y los cinco hermanos, puesto
que bien sabían que él prefería que obraran de tal modo. Al caballero le colman
de honores y agasajan. Después de haberle desvestido el arnés, le ha ofrecido
un manto una de las dos hijas de su anfitrión; y le ciñe al cuello el manto
propio, que ella se quita.
Si estuvo
bien servido en la cena, de eso ni siquiera quiero hablar.
Al llegar
la sobremesa no hubo la menor dificultad en encontrar motivos de charla.
En primer
lugar comenzó el vavasor en requerir de su huésped quién era, y de qué tierra;
aunque no le preguntó directamente su nombre.
A tales
cuestiones respondió él:
«Soy del
reino de Logres; y en este país vuestro no había estado nunca.»
Al oírlo,
el vavasor se sorprende en extremo, y también su mujer y todos sus hijos. Todos
se apesadumbraron mucho, y así le empiezan a decir:
«¡Por
vuestra mayor desdicha llegasteis, amable buen señor! Tan gran daño os alcanza.
Porque ahora quedaréis como nosotros en la servidumbre y el exilio.
—¿De
dónde sois vosotros? —dice él.
—Señor,
somos de vuestra tierra. En este país muchos hombres de pro de vuestra tierra
están en la servidumbre. ¡Maldita sea tal obligación y también aquellos que la
mantienen! Porque a todos los extranjeros que aquí llegan, se les obliga a
permanecer aquí, y en esta tierra quedan confinados. [2100] Entrar puede aquí
quien quiera, pero luego tiene que quedarse. Vos mismo no tenéis más solución.
No saldréis, me temo, ya nunca.
—Sí, lo
haré, si puedo.»
El
vavasor le volvió a decir luego: «¿Cómo? ¿Pensáis salir de aquí?
—Sí, si
Dios quiere. En ello emplearé todo mi esfuerzo.
—Entonces
podrían salir sin temores todos los demás tranquilamente. Ya que en el momento
que uno, en un leal intento, logre escapar de esta prisión, todos los demás,
sin reparos, podrán marchar, sin que nadie se lo prohíba.»
Entonces
el vavasor recuerda que le habían contado que un caballero de gran virtud
vendría al país a luchar por la reina, a quien retenía en su poder Meleagante,
el hijo del rey. Dícese entonces:
«Cierto,
creo que es él. Se lo preguntaré.
»No me
ocultéis luego, señor, nada de vuestra empresa, a cambio de la promesa de que
os daré el mejor consejo que sepa. Yo mismo obtendré prez si podéis cumplir tal
hazaña. Descubridme la verdad por vuestro bien y por el mío. A este país, según
lo que creo, habéis venido a por la reina, en medio de estas gentes traidoras,
que son peores que los sarracenos.»
El
caballero responde:
«No he
venido por ninguna otra razón. No sé dónde está encerrada mi señora. Pero vengo
decidido a rescatarla, y para ello he menester grande consejo. Aconsejadme, si
sabéis.»
Dice el
otro:
«Señor,
habéis emprendido un muy duro camino. La senda que seguís os lleva todo recta
hacia el Puente de la Espada. [2150] Os convendría seguir mi consejo. Si me
hicierais caso, iríais al Puente de la Espada por un camino más seguro, que os
haría indicar.»
Pero él,
que sólo ansiaba el más corto, respondió:
«¿Va esa
senda tan derecho como este camino de aquí?
—No,
desde luego. Es más larga pero más segura.
—Entonces
—dijo— no me interesa. Aconsejadme sobre ésta, pues estoy dispuesto a seguirla.
—Señor,
en verdad, no vais a conseguir en ella el éxito. Si avanzáis por tal camino,
mañana llegaréis a un paso donde al pronto podréis recibir gran daño. Su nombre
es el Paso de las Rocas. ¿Queréis que os diga de modo sencillo cuan peligroso
es tal paso? No puede pasar más que un solo caballo. No cruzarían por él dos
hombres de frente. Y además el pasaje está bien guardado y defendido. No se os
cederá el paso en cuanto lleguéis. Recibiréis muchos golpes de espada y de
lanza, y tendréis que devolverlos en abundancia antes de haberlo traspuesto.»
Cuando
hubo concluido el relato, avanzó uno de los caballeros hijos del vavasor hasta
su padre y dijo:
«¡Señor,
con este caballero me iré, si no os contraria!»
A la vez
uno de los hijos menores se levanta y dice:
«Del
mismo modo iré yo.»
El padre
da su permiso para la despedida a los dos muy de grado. Ahora ya no partirá
solo el caballero. Les da las gracias, ya que en mucho estimaba su compañía.
Con esto
dejan la conversación y conducen a su dormitorio al caballero. Allí durmió lo
que le apeteció. Apenas pudo vislumbrar el día, se puso en pie. Y lo
advirtieron los que debían acompañarle. También ellos se levantan al momento.
Los
caballeros se han vestido la armadura y se ponen en marcha, después de la
despedida. El cadete se ha puesto a la cabeza y así mantienen su marcha juntos
hasta llegar directamente al Paso de las Rocas a la hora de prima.
[2200] En
medio del pasaje había una barrera fortificada
sobre la que
estaba apostado un
hombre. Antes de que se acercaran, el que estaba sobre la barrera los
divisó; y grita con todas sus fuerzas:
«¡Por ahí
vienen al ataque! ¡Por ahí vienen al ataque!»
Entonces
aparece sobre un caballo un caballero en la fortificación, armado con un
luciente arnés, y acompañado por ambos lados de unos criados que empuñan hachas
cortantes.
Cuando el
otro se acerca al paso, éste que lo contempla le reprocha lo de la carreta con
feos gritos y denuestos:
«¡Vasallo,
gran osadía has cometido, y bien has obrado como loco necio al penetrar en este
país! ¡Desde luego que no debía venir un hombre que ha viajado sobre la
carreta! ¡Así Dios no te conceda más placer!»
Con que
uno hacia el otro se lanzan al máximo galope de sus caballos. El que debía
guardar el paso quiebra su lanza en pedazos, y los trozos caen de su mano a
tierra. El otro le asesta el golpe en la garganta directamente, pasando la
lanza sobre el borde superior del escudo. Lo derriba de lleno y lo tira
atravesado sobre las rocas. Los sirvientes con las lanzas saltan hacia el
invasor, pero deliberadamente no le alcanzan, ya que no tienen ganas de dañarle
ni a él ni a su caballo. El caballero se da cuenta de que no quieren
perjudicarle en nada ni causarle daño. Así que sin preocuparse de sacar la
espada franquea el paso sin más dilación. Y tras de él sus compañeros. De éstos
dijo el uno al otro:
«Jamás vi
tal caballero, ni hay ninguno que a él pueda igualarse. ¿No ha realizado un
gran prodigio al cruzar por aquí por la fuerza?
—Querido
hermano, por Dios, apresúrate —dijo el mayor a su hermano— hasta encontrar a
nuestro padre, e infórmale de esta aventura.»
[2250]
Pero el más joven se resiste y jura que no irá a decírselo; que no se apartará
de aquel caballero hasta que le dé el espaldarazo y lo arme caballero a él. Que
su hermano vaya a dar el mensaje si tiene tan gran interés.
De modo
que continúan la marcha los tres en grupo. Hasta que ya sería la hora nona, al
atardecer, cuando encontraron a un hombre, que les pregunta quién son.
Responden:
«Caballero
somos, que a nuestros asuntos vamos.»
El
individuo se dirigió al caballero de la carreta, que le pareció ser el señor y
jefe de los otros dos:
«Señor,
me gustaría albergaros a vos y a vuestros dos compañeros también.»
Él
contestó:
«No me
sería posible retirarme a un albergue a esta hora. Pues infame es quien se
demora o a su gusto reposa, cuando ha acometido tan gran empresa como la mía.
Tamaña es la que yo persigo que aún por largo tiempo no tomaré hospedaje.»
Replicó
después el hombre:
«Mi
mansión no está aquí cerca, sino a una gran distancia en adelante. Podéis venir
a ella con la seguridad de que recibiréis albergue a una hora justa, pues será
muy tarde cuando allí lleguéis.
—Entonces
—contestó— allí iré.»
De ese
modo se ponen en ruta; el hombre por delante, para conducirlos, y ellos tras él
por el camino llano. Después de cabalgar así por largo espacio, salió a su
encuentro un escudero; que se dirigió a ellos a toda marcha, a gran galope
sobre un rocín grueso y redondo como una manzana. Dijo el escudero al huésped:
«¡Señor,
señor, venid a toda prisa! Que las gentes de Logres se han lanzado en son de
guerra contra los del país. Ya ha comenzado el combate, la revuelta y la
tumultuosa pelea.
»Corre el
rumor de que en esta comarca se ha infiltrado un caballero que ya ha combatido
en numerosos lugares; y no se puede contener su avance ni su paso adonde quiere
dirigirse. Franquea el paso, sea quien sea el que lo impida. [2300] Así
murmuran todos en la región que va a liberarlos a todos y que derribará de
poder a los nuestros. Ahora pues, apresuraos, os lo aconsejo.»
Entonces
el hombre se va al galope. En tanto que ellos se regocijan mucho, apenas oyeron
la noticia. También quieren socorrer a los suyos. Y dice el hijo del vavasor:
«Señor,
oíd lo que dice ese servidor. Vayamos para ayudar a nuestras gentes que ya
pelean con los del lugar.»
Mientras
tanto el hombre se va, apresurado y sin aguardarlos. A toda prisa se dirige
hacia una fortaleza que se alzaba sobre una colina. En rápida carrera llegó
hasta la entrada y ellos tras él a golpe de espuela.
El
castillo estaba rodeado en torno por un alto muro y un foso. Apenas hubieron
penetrado en el recinto, allí dejaron caer una puerta tras sus talones para
impedirles salir de nuevo. Gritan ellos:
«¡Vamos,
adelante, que no nos detendremos aquí!»
En pos
del hombre en raudo pasar llegan hasta el portón de salida, sin que nadie se lo
impida. Pero apenas el hombre lo hubo traspuesto dejaron caer tras él una
puerta levadiza.
Quedaron
muy irritados cuando se vieron encerrados allí dentro, pues temían encontrarse
con un encantamiento.
Pero
aquél de que os relato la historia tenía en su dedo un anillo, cuya piedra
tenía la virtud mágica de vencer la prisión de cualquier encantamiento, una vez
que el caballero la mirase.
Pone el
anillo ante sus ojos, mira la piedra y dice:
«¡Dama,
dama, así Dios me proteja, ahora tendría gran necesidad, si podéis, de vuestra
ayuda!»
Aquella
dama era un hada que le había dado el anillo y le había criado en su niñez.
[2350] Tenía en ella gran confianza, de que en cualquier lugar que se
encontrase, le aportaría ayuda y socorro.
Pero
bien, se apercibe por su invocación y por la piedra del anillo, de que aquí no
se trata de un encantamiento, sino que se asegura de que están sencillamente
encerrados y atrapados. Entonces llegan ante una puerta con una poterna
estrecha y baja sujeta con una barra. Sacan a la vez sus espadas. Tanto la
baten los tres a golpes que al fin la quiebran.
Cuando
salieron de la torre contemplan ya comenzada la batalla en la cuenca de los
valles, muy extensa y feroz. Bien podría haber mil caballeros entre los de un
bando y del otro además de la muchedumbre de villanos.
A medida
que avanzaban hacia el llano de los prados el hijo del vavasor, joven sensato y
apercibido, tomó la palabra:
«Señor,
antes de que lleguemos allá, nos convendría, creo, que alguien fuera a
informarse y saber de qué lado combaten nuestras gentes. Yo no sé de qué parte
acuden, pero iré a enterarme, si queréis.
—De
acuerdo —dijo él—. Id pronto y regresad pronto, como importa.»
Se va en
seguida y en seguida vuelve, diciendo:
«Hemos
tenido buena fortuna, pues he reconocido con certeza que los nuestros son los
de este lado.»
Entonces
el caballero, al dirigirse hacia el tumulto, se encuentra con un caballero que
avanza hacia él, y contra éste justa. Tan fuerte lo hiere, hincándole la lanza
por un ojo, que lo abate muerto. El más joven de los hijos del vavasor
desmonta, se apodera del caballo del caído y de sus armas, y se reviste con
premura del arnés. Apenas estuvo armado, sin demorarse, sube a caballo, y
agarra el escudo y la lanza, que era grande, tensa y pintada de colores. Al
costado se había ceñido la espada, cortante, luciente y clara.
A la
batalla acude tras de su hermano y de su señor. Éste se mantuvo admirablemente
en la pelea durante largo rato, de tal modo que quebró, hendió y despedazó
escudos, lanzas y yelmos. [2400] Ni la madera del escudo ni el hierro de la
armadura protege a quien él alcanza de caer malherido o muerto a los pies del
caballo. Tan fuertemente luchaba él solo que por doquier ponía en fuga al
enemigo. Y muy bien le secundaban sus acompañantes detrás.
Así que
los de Logres se asombraban de no reconocer al caballero y preguntaron sobre él
a un hijo del vavasor. Respondió éste a sus repetidas preguntas:
«Señores,
él es quien nos librará del exilio y de la enorme desventura a que por largo
tiempo habíamos sucumbido. De modo que le debemos hacer gran honor, ya que,
para sacarnos de prisión, ha cruzado tantos pasos peligrosos y tantos ha de
cruzar aún. Mucho ha hecho y mucho le queda por hacer.»
Nadie
dejó de sentir la alegría, apenas oyó la noticia, que se propagó hasta que fue
contada a todos. Todos la oyeron y se enteraron. Con la alegría que tuvieron
les creció la fuerza, y se esmeran tanto que matan buen número de enemigos. Y
les inflingen grandes pérdidas. Me parece que más por la obra única de un solo
caballero que por el grupo entero de los demás. De no haber sido por la cercana
noche todos los contrarios se hubieran retirado en derrota total. Pero llegó la
noche tan oscura que tuvieron que retirarse. Al momento de la separación, todos
los cautivos, como de común acuerdo, se reunieron en torno al caballero. Por
todas partes le asían del freno y le decían:
«¡Bien
venido seáis, bello señor!»
Todos
repetían:
«¡Señor,
por mi fe, hoy os albergaréis en mi casa! ¡Señor, por Dios y por su nombre, no
busquéis posada en otro lugar!»
Todos
claman lo mismo, porque todo el mundo, tanto el viejo como el joven, quieren
darle albergue. Y dice uno y otro:
[2450]
«Estaréis mejor en mi hospedaje que en cualquier otro.»
Esto lo
dice cada uno alrededor de él. Y se lo arrebatan pronto el uno al otro, ya que
todos quieren tenerlo consigo. Y a punto están de pelear por tal motivo.
Entonces
les dice él que se pelean sin motivo y con gran necedad:
«¡Dejad
—dice— esta riña que no os conviene a vosotros ni a mí! No está bien la
disensión entre nosotros, cuando uno a otro debería ayudar. No os toca pleitear
sobre la tarea de albergarme, sino que debéis acordaos para hospedarme, en
mayor beneficio de todos, en tal lugar que esté junto al camino que he de
seguir.»
Todavía
dicen uno y otro de mil modos:
«¡Será en
mi casa!
—¡No, en
la mía!
—Aún no
habláis en razón —dice el caballero—.
A mi
parecer, el más sabio de vosotros está loco, por lo que os he oído
embarullaros. Deberíais ayudarme a avanzar y pretendéis desviarme. Si todos
vosotros por turno uno tras otro me hubierais colmado de honores y servicios,
tantos como pueden hacerse a un humano, ¡por todos los santos a los que se reza
en Roma!, no le estaría yo más agradecido por todos los beneficios recibidos,
cuanto lo estoy ya por tal intención. Así Dios me dé contento y salud, esa
atención me emociona tanto como si cada uno me hubiera colmado ya de honores y
beneficios. ¡Que la intención remplace a la realización!»
Con tales
palabras los contiene y apacigua a todos. Lo conducen luego a la casa de un
caballero de calidad, dándole escolta por el camino. Todos se esfuerzan por
servirle. Le honraron y agasajaron toda la noche hasta que se retiró a dormir.
Pues lo estimaban todos mucho.
Por la
mañana, cuando llegó la hora de partida, todos quieren marchar con él. Cada uno
se le presenta y ofrece su persona. [2500] Pero a él no la place ni acepta que
ningún otro le acompañe, a excepción, únicamente, de los dos que había traído
consigo. Éstos, y no más, le seguían.
Aquel día
cabalgaron desde la mañana al caer del sol sin encontrar aventura. Cabalgaban
en muy rápida carrera cuando muy tarde salieron de un bosque. Al salir
contemplaron la mansión de un caballero. A sus puertas estaba sentada su
esposa, que parecía ser una dama distinguida.
Tan
pronto como ella pudo verlos se levantó y salió a su encuentro. Les saluda con
rostro alegre y contento, con estas frases:
«¡Sed
bien venidos! Quiero que aceptéis mi hospedaje. Contad con este albergue;
descended.
—Señora,
cuando lo ordenéis, desmontaremos con vuestra venía. Durante esta noche pues,
aceptaremos vuestro hospedaje.»
Ponen pie
a tierra. Al desmontar la dama da órdenes de que retiren sus caballos, pues
tenía abundante personal en su casa. Convoca a sus hijos e hijas, y todos
acuden a su llamada en seguida, muchachos corteses y apuestos, caballeros, y
bellas jóvenes. La dama encarga a sus hijos que quiten las monturas a los
caballos y les den forraje. Ninguno lo tomó a mal, sino que lo hicieron muy a
gusto. Ordena desarmar a los caballeros; sus hijas se aprestan a quitarles la
armadura. Desarmados quedan, y luego les ofrecen dos cortos mantos para
cubrirse los hombros. En la casa, que era muy bella, los introducen a
continuación.
Pero el
castellano no estaba en el interior, sino en el bosque, y con él estaban dos de
sus hijos. Con que llegó después, y la gente de su casa, muy bien acostumbrada,
salió a darle la bienvenida. Al momento desatan y descargan la caza que traía,
mientras le informan diciendo:
[2550]
«Señor, señor, no sabéis que tenéis como huéspedes a dos caballeros.
—¡Dios
sea loado!», les responde.
El
caballero y sus dos hijos dispensan también una festiva acogida a sus
huéspedes. A la vez la gente de la casa no se quedaba ociosa, sino que hasta el
menor allí se aprestaba a hacer lo que debía hacerse. Unos corren a apresurar
la cena, otros a alumbrar las antorchas. Luego las encienden. Aportan la toalla
y las palanganas y ofrecen el agua de lavarse las manos. No se muestran avaros
de tal ofrecimiento. Todos se lavan y van a sentarse. Nada de lo que se veía en
el interior de la casa era de mal gusto ni entristecedor.
Al primer
plato sobrevino un acontecimiento inesperado: se presentó ante la puerta un
caballero más orgulloso que un toro, que ya es una bestia muy orgullosa. Venia
armado de la cabeza a los pies sobre un corcel. Con una pierna fija en el
estribo manteníase erguido, mientras que había colocado la otra, por equilibrio
o por jactancia, sobre el cuello del caballo de larga melena. Figuráoslo
aproximarse en tal postura, de modo que nadie se apercibió de él, hasta que se
puso delante de ellos y dijo:
«¿Quién
es ése, quiero saber, que tanta locura y vanidad rebosa, y que tan vacía tiene
de seso la mollera, que llega a este país, con la pretensión de cruzar el
Puente de la Espada? Para nada ha venido a fatigarse. Para nada ha perdido sus
pasos.»
El
aludido, sin amedrentarse, le responde con tono seguro.
«Yo soy
quien quiere atravesar el puente.
—¿Tú?
¿Tú? ¿Cómo osas pensarlo? Antes hubieras debido meditar, antes de emprender tal
intento, a qué fin y a qué meta podrías llegar. Debiste haberte acordado de la
carreta en que montaste. No sé yo si tienes vergüenza por haber montado en
ella, pero sí que nadie que estuviera en sus cabales hubiera acometido tamaña empresa,
después de haberse cubierto de esa infamia.» [2600]
A lo que
le oyó decir no se digna responderle una palabra. Mas el señor de la casa y
todos los demás se asombraron, con razón, en extremo:
«¡Ah,
Dios! ¡Qué gran desventura! —se dice a sí mismo cada uno—. ¡Maldita sea la hora
en que se inventó y se construyó la primera carreta! ¡Bien vil y despreciable
es el trasto! ¡Ah, Dios! ¿De qué fue acusado? ¿Y por qué fue puesto en carreta?
¿Por qué pecado? ¿Por qué delito? Ahora le será echado en cara todos los días.
Si estuviera libre de tal reproche, en toda la extensión del mundo, no se
encontraría un caballero tan avezado a la proeza que se pudiera comparar con
él. Quien al punto los reuniera a todos no vería entre ellos caballero tan
hermoso y tan gentil, si dijera la verdad.»
Esto
decían en común. Mientras el recién llegado volvió a tomar la palabra
orgullosamente:
«Caballero,
tú que vas al Puente de la Espada, escúchame: Si quieres, pasarás el agua muy
ligera y suavemente. Yo te haré navegar al otro lado del agua en una nave, muy
de prisa. Pero sí quiero exigirte peaje; cuando te tenga en la otra orilla, te
cortaré la cabeza, si así lo quiero, o no. Estarás a mi merced.»
Él le
replica que no pretende lograr tal infortunio. Que su cabeza en esa aventura no
quedará expuesta a un necio arbitrio.
El otro
replica de nuevo:
«Puesto
que no quieres hacer lo que te digo, tendrás que salir aquí afuera para
combatir conmigo cuerpo a cuerpo. ¡Sea a quien sea la derrota y el duelo!»
El
caballero responde, por seguirle el juego:
«Si lo
pudiera rehusar, muy de buen grado me lo ahorraría. Pero, en verdad, he de
combatir antes de soportar algo peor.»
[2650] Antes de levantarse de la mesa, donde con los
demás estaba sentado, ordena a los criados que la servían que le preparen en
seguida la silla sobre el caballo, y que cojan sus armas y se las traigan.
Ellos se
fatigan en hacerlo aprisa. Los unos se esfuerzan en armarle; los otros le
apartan su caballo. Y sabed bien, no parecía que debiera ser descontado de los
hermosos ni más nobles caballeros, según avanzaba al paso, armado con todas sus
armas, embrazando el escudo por la correa, bien montado sobre su caballo. Bien
parece que es suyo el corcel, tanto le ajusta; así como el escudo que mantiene
por su cincha embrazado. Llevaba el yelmo lazado sobre su cabeza tan bien
plantado que ni en el más mínimo detalle os parecería prestado o alquilado.
Antes hubierais dicho, tan a la medido os habría parecido, que había nacido y
crecido con él. En este punto me gustaría ser creído.
Más allá
del portal, en campo llano, donde debía de entablarse el combate, aguarda el
que la justa reclama. Tan pronto como se ven uno a otro ambos se embisten a
todo galope. Con tal ímpetu se entrechocan y tales golpes se dan con las
lanzas, que éstas se doblan, arquean y saltan las dos en pedazos. Las espadas
hieren los escudos, las cotas de malla y los yelmos. Rajan las maderas,
quiebran los hierros, hiriéndose en muchos lugares. Con furia se intercambian
los golpes por turno como si hubieran ensayado tal pelea. Pero las espadas una
y otra vez se deslizan hasta las grupas de los
caballos. Allí se abrevan y emborrachan de sangre y penetran en sus flancos,
hasta que los derriban a uno y otro muertos.
Una vez
caídos en tierra, un caballero se lanza contra el otro a pie. Aunque se odiaran
mutuamente a muerte, en verdad que no se golpearían con sus espadas con mayor
ferocidad. [2700] Más rápidos redoblan
sus golpes que aquel que juega en dinero a los dados y que no deja de apostar y
tirar por más que pierde el doble y el doble. Pero muy diferente era este
juego, donde no cabía el azar, sino la ardua y fiera contienda, muy terrible y
muy cruel.
Todos
habían salido de la casa: el señor y la dueña, las hijas e hijos. Tanto propios
como extraños allí fuera estaban todos en hilera, dispuestos para contemplar la
pelea en el anchuroso prado. El caballero de la carreta se censura y hace
reproches de cobarde, al verse observado por su anfitrión. También se da cuenta
de que todos los demás fijan en él sus miradas. Todo su cuerpo se estremece de
ira. Que ya debería, según su opinión, haber vencido buen rato antes al que se
le enfrenta en combate. Entonces le ataca y le envuelve con mandobles cerca de
la cabeza. Le asalta como una tempestad, lo asedia, le hostiga hasta hacerle
ceder su espacio. Le fuerza a retroceder y lo aflige tanto que ya pierde casi
el aliento, y a duras penas opone resistencia. Y entonces recuerda el caballero
que su enemigo le había mentado de muy villana manera la carreta. Carga sobre
él y tanto lo tunde que no le queda ni lazo ni correa sin romper, en torno al
cuello de la armadura.
Entonces
le hace volar el yelmo de la cabeza, a la par que derriba por tierra su visera.
Tanto le oprime y tanto le acosa que tiene que rendirse a su merced; como la
alondra que no puede oponerse al acoso del halcón ni sabe dónde ponerse a
seguro, cuando él la ha sobrepasado en su vuelo. [2750] También el otro, con la
más profunda vergüenza, viene a implorar y suplicar favor, sin más remedio.
Cuando él
oye que suplica merced, deja de golpearlo y herirlo, y le dice:
«¿Quieres
tú recibir merced?
—Habéis
ahora hablado con gran cordura —dice el otro—. Aunque un loco lo habría
reconocido. Jamás he necesitado nada tanto como ahora os pido merced.
—Te
tocará montar en una carreta —contestóle—. En nada puedes calcular todo-lo que
se te ocurra decirme si no montas en una carreta, en pago de los reproches que
vilmente me hiciste con tan loca lengua.»
El otro
caballero contesta:
«¡A Dios
no plazca que la monte!
—¿No?
¡Entonces aquí vais a morir!
—Señor,
bien lo podéis lograr. Pero, por Dios, os suplico y pido merced, con cualquier
condición, excepto el tener que subir a la carreta. No hay obligación, a
excepción de ésa, que yo no acepte, por dura y pesada que sea. Pero mejor
querría estar muerto que haber sufrido tal agravio. Pero ninguna otra
proposición tan fiera me haréis que yo no cumpla, por vuestra merced y vuestra
gracia.»
Mientras
éste suplica tal favor, he aquí que, cruzando el llano, ven acercarse sobre una
muía amarilla una doncella con el cabello y el vestido suelto y flotante. Con
un látigo que llevaba daba a la muía grandes golpes. Y ningún caballo a galope
tendido, en verdad, habría corrido tan de prisa que aventajara a la muía.
Al
caballero de la carreta se dirige la doncella:
«¡Dios
infunda, caballero, en tu corazón la más perfecta alegría, del ser que más
amas!»
La había
oído con gran gozo el caballero y le responde: «¡Dios os bendiga, doncella, y
os dé alegría y salud!»
Ella le
expuso entonces su petición:
«Caballero
—dijo— de lejos he acudido a ti por una gran necesidad. [2800] Para pedirte un
don como galardón y a cambio de una recompensa que te podré hacer. Pues tendrás
una vez necesidad de mi ayuda, según lo creo.»
Le
responde el caballero:
«Decidme
qué queréis. Y, si yo lo tengo en mi poder, lo podréis conseguir sin demora,
con tal que no sea nada muy grave.»
Ella
dice:
«Es la
cabeza de ese caballero al que has vencido. En verdad que tampoco has
encontrado a nadie tan felón ni desleal. No cometerás pecado ni daño con ello,
más bien limosna y bien, porque es el tipo más desleal que hubo nunca ni habrá
jamás.»
Apenas el
vencido comprendió que pedía que lo matara, le dijo:
«No la
creáis de ningún modo. Ella me odia. Yo os ruego que tengáis piedad de mí, por
Dios que es padre e hijo, y que hizo su madre a aquella de la que era hijo y
que era su sierva. —¡Ah, caballero —dijo la doncella— no creáis a ese traidor!
¡Así Dios te dé alegría y honor tan grande como puedas ansiar, y que te conceda
concluir con éxito la aventura que has emprendido!»
El
caballero se ha detenido indeciso, con la reflexión sobre si ha de dar la
cabeza a la que ruega la decapitación o preferirá proteger al que ruega piedad
para sí mismo. Tanto a una como a otro quisiera dar lo que piden. Generosidad y
Piedad le invitan a contestar a ambos, porque es a la vez generoso y piadoso.
Pero si la muchacha se lleva la cabeza quedará la Piedad derrotada y
aniquilada. Y si no se la lleva a su gusto, entonces quedará derrotada la
Generosidad. En tal aprieto, en tan gran apuro lo tienen la Piedad y la
Generosidad, pues una y otra lo afligen e incitan. La cabeza le exige la
doncella en su súplica. [2850] Y en sentido contrario le amonestan su piedad y
su buen natural. Una vez que el vencido ha suplicado perdón, ¿no ha de
obtenerlo? Sí, que no sucedió nunca que nadie, por más que fuera su enemigo,
después de haber sido derrotado y forzado a suplicar piedad, dejara de
recibirla por una vez. Pero esto ya le bastaba. Por tanto no le faltará en
absoluto a éste que le ruega y suplica, y a quien así se humilla. Y la que
reclama su cabeza ¿la obtendrá? Sí, si él puede dársela.
«Caballero
—dice— de nuevo te toca luchar contra mí. Tal es la merced que -lograrás de mí,
si quieres defender tu cabeza: que te dejaré recobrar tu yelmo y armarte de
nuevo, para cubrir tu cabeza y tu cuerpo del mejor modo que puedas. Pero sábete
que morirás si te venzo otra vez.»
El otro
responde:
«No
quiero nada más, ni te pido ningún otro favor.
—Y aún te
concedo más —dice—, yo combatiré contra ti sin moverme de donde estoy.»
Aquél se
apresta y reemprende la pelea con el mismo ardor. Pero el caballero le volvió a
dominar a su arbitrio más deprisa que antes. Y la doncella al momento le grita:
«No le
perdones, caballero, por más que te diga. Seguro que él no te perdonaría de
ningún modo si te hubiera vencido alguna vez. Sabe bien tú, que si le crees, te
engañará nuevamente. Córtale la cabeza al más desleal individuo del imperio y
del reino, buen caballero, y dámela. [2900] Por esto debes entregármela, porque
pienso devolverte el galardón, con creces, cuando llegue un día. Si él puede,
te volverá a engañar con su palabra otra vez.»
El otro
que ve su muerte cercana, le suplica merced a grandes gritos. Pero de nada le
valen ni sus gritos ni todos sus argumentos. El caballero le tira del yelmo tan
bruscamente que le rompe todos los lazados del cuello. Luego le arranca la
visera y el casquete blanco y los tira al suelo. El otro se esfuerza a más no
poder: «¡Perdón, por Dios! ¡Perdón, señor!
—Si soy
sensato no he de tener más piedad de ti —le responde—, que ya una vez te he
perdonado.
—Ah
—dice—, cometeréis un pecado, si creéis a mi enemiga, y me matáis de tal
manera.»
La otra,
que su muerte desea, le amonesta en sentido contrario, para que a toda prisa le
corte la cabeza, sin confiar en sus súplicas. El caballero descarga el golpe y
le vuela la cabeza hasta el medio del prado mientras el cuerpo se desploma.
¡Con gran placer de la doncella! Él toma la cabeza por los cabellos y se la
tiende a ella, que experimenta tamaña alegría que le dice:
«¡Tu
corazón reciba tan gran alegría del ser que más ama, como el mío obtiene ahora
del ser que más odiaba! Por nada me amargaba tanto sino de lo que duraba su
vida. Un galardón de mi parte te espera; bien te llegará en su momento
oportuno. Por este servicio que me has hecho, gran prez habrás, te lo aseguro.
Ahora me iré. Te encomiendo a Dios, que te guarde de todos los peligros.»
Pronto se
marcha la doncella, mientras mutuamente se encomiendan a Dios. Pero todos los
que en el prado han presenciado la pelea han sentido crecer una gran alegría.
Así que luego desarman al caballero, entre gestos de júbilo, honrándolo cuanto
saben. A continuación vuelven a lavarse las manos, ya que deseaban retornar a
cenar.
Entonces
estaban más alegres que de costumbre y comían entre el contento general. [2950]
Después de concluir la larga cena, el vavasor dijo a su huésped, que a su lado
estaba sentado:
«Señor,
nosotros vinimos tiempo ha del reino de Logres. Allí hemos nacido y por eso
querríamos que alcanzarais honor y gran dicha y éxito en este país. Porque
nosotros obtendríamos honor junto con vos y otros muchos serían beneficiados,
si honores y éxitos consiguierais en vuestra empresa.»
Y él
responde:
«¡Dios os
oiga!»
Después
que el vavasor acabó su arenga y quedó en silencio, tomó la palabra uno de sus
hijos:
«Señor, a
vuestro servicio deberíamos poner todos nuestros poderes y dar más que
prometer. Buena necesidad tenéis de recibir ayuda, y nosotros no debemos
esperar a que nos la pidáis. Señor, no os preocupéis por vuestro caballo, si
muerto está. Pues aquí tenemos fuertes corceles. Por tanto quiero que poseáis
lo que es nuestro; y, así, dispondréis del mejor, en lugar del vuestro. Bien lo
habéis menester. —¡Con mucho gusto!», respondió.
Entretanto
habían preparado las camas. Así que se van a dormir.
Al
despuntar el día se levantan y se disponen bien de mañana a partir. En su
despedida el caballero nada olvida. Se despide de la dama y del dueño de la
casa y de todos los demás.
Pero os
cuento una cosa, para que nada os pase por alto. El caballero no quiere montar
sobre el caballo prestado, al ofrecérselo en el portal. Sino que lo hizo
montar, así os lo digo, a uno de los dos caballeros que con él habían venido. Y
él monta sobre el caballo de éste, puesto que así le pareció mejor. [3000] Tras
haber montado cada uno sobre su caballo, se pusieron en camino los tres,
después de saludar a su anfitrión, que les había servido y honrado con todo su
poder. Van cabalgando por el camino recto a medida que el día pasa y declina, y
después de la hora nona, al anochecer llegan al Puente de la Espada.
A la
entrada del puente, que bien terrible era, han desmontado de sus caballos. Ante
sí ven el agua asesina, negra y rugiente, densa y espesa, tan horrorífica y
espantosa como si fuese la del río del demonio, y tan peligrosa y profunda que
no hay cosa en el mundo que, sí allí cayera, no desapareciera como en alta mar.
Y el puente que estaba tendido a través era diferente de cualquier otro; que
jamás hubo otro semejante ni lo habrá. Jamás hubo, que bien refiero la verdad,
tan maligno puente ni tan pérfida pasarela: Consistía el puente en una espada
afilada y luciente recubierta por el agua fría; pero la espada era fuerte y
tensa y tenía dos lanzas de largo. A cada lado había un gran tronco al que
estaba incrustada la espada. ¡Qué nadie tema caer de ella porque se quiebre o
flexione; a pesar de que no parece, a quien la contempla, que pueda soportar un
gran peso!
Pero lo
que infundía mayor desánimo a los dos caballeros que acompañaban al de la
carreta, era que creían ver dos leones o dos leopardos al otro extremo del
puente, encadenados a un bloque de piedra. El agua, el puente y los leones les
causaban un espanto tal que se estremecían por completo, con terror, y decían:
«Señor,
aceptad ahora el consejo que os procura la vista, que bien lo necesitáis en el
apuro. De manera perversa está construido y ensamblado este puente, y muy malos
son sus ajustes. Si no os tornáis ahora, llegaréis tarde a arrepentiros.
Conviene que calculéis los muchos riesgos. [3050] Supongamos que lo pasarais hasta el otro
lado... Lo que no puede suceder en ningún caso, como no podéis detener los
vientos ni prohibirlos soplar, ni a los pájaros impedir cantar; ni puede el
hombre entrar en el vientre de su madre y renacer de nuevo, eso es tan
imposible como vaciar el mar. ¿Podéis saber o pensar que esos dos leones
furiosos, que allá están encadenados, no os van a matar y sorber la sangre de
las venas, y devorar la carne y roer luego los huesos? Muy valiente soy con
osar mirarlos y resistir tal espectáculo. Si no os dais por avisado, os
matarán, sabedlo bien. Muy pronto os habrán despedazado y descuartizarán los
miembros de vuestro cuerpo; que no sabrán tener piedad de vos. Así que apiadaos
de vos mismo, y quedaos con nosotros. Con vuestra persona seréis injusto si a
un seguro peligro de muerte os lanzáis con plena conciencia.»
Y él les
responde, riendo:
«Señores,
muchas gracias os doy por asustaros tanto de mí. Lo motiva vuestra amistad y
franqueza. Bien sé que de ningún modo desearíais mi desdicha. Pero yo tengo
gran fe y confianza en Dios, que me protegerá de todo. Este puente y este agua
no me amedrentan más que esta tierra firme. Así que quiero arriesgarme a la
aventura de cruzar al otro lado y avanzar. ¡Mejor quiero morir que retroceder!»
Los otros
no saben qué más decirle, sino que de compasión lloran y suspiran el uno y el
otro sonoramente. En tanto él a traspasar el abismo como mejor sabe se apresta
y hace muy extrañas maravillas: que sus pies y sus manos desviste de armadura.
Desde luego que no ha de llegar sin heridas e indemne a alcanzar el otro
costado. [3100] ¡Bien se mantendrá sobre
la espada, que más afilada estaba que una hoz con las manos desnudas y
descalzo! Porque no se ha dejado sobre los pies ni calzas ni antepiés. No se
preocupaba en absoluto por llenarse de heridas en pies y manos. Antes prefería
llagarse que caer del puente y darse un baño en el agua de la que jamás
saldría.
Entre el
gran dolor que le causaba el paso, avanza con enorme destreza. Manos, rodillas
y pies se ensangrienta. Pero pronto le conforta y cura Amor que le conduce y
guía, de modo que dulce le era el sufrimiento. Con manos, pies y rodillas se
ayuda con tanto esfuerzo que llega al otro lado.
Entonces
se acuerda y rememora los dos leones que allí había creído ver cuando estaba al
otro lado. Por allí los busca su mirada: no había ni siquiera un lagarto ni
cosa alguna de temer. Eleva la mano ante su rostro, contempla su anillo y así
prueba, al no ver a ninguno de los dos leones que creyera vislumbrar, que ha
sido objeto de un encantamiento. Allí no había ningún ser vivo.
Y los que
quedaron en la otra ribera, al verlo así victorioso del paso, dan tales
muestras de alegría como se puede suponer. Pero ignoran sus padecimientos. Él,
sin embargo, considera gran provecho no haber sufrido mayor daño. Enjuga la
sangre que brota de sus heridas envolviéndolas con los paños de su camisa.
Entonces
ve ante él una torre tan fuerte como nunca en su vida había visto ninguna. La
torre no podía ser mejor.
Acodado
en una ventana estaba el rey Baudemagus, que era muy sutil y agudo para todo
honor y virtud, y quería, por encima de todo, guardar y mantener la lealtad. Y
su hijo, que hacía todo lo contrario por capricho todos los días, puesto que le
agradaba la deslealtad y jamás se había cansado ni aburrido de cometer
villanía, traición ni felonías, estaba a su lado apoyado. [3150] Desde allá
arriba habían visto al caballero pasar el puente con su gran esfuerzo y enorme
dolor. De ira, de disgusto había Meleagante demudado su color. Bien advierte
que ahora le será reclamada la reina. Pero era caballero tal que no temía a
hombre alguno, por muy fuerte ni fiero que fuera. No hubiera mejor caballero de
haber sido fiel y no desleal; pero tenía un corazón de madera, tan sin dulzura
y sin compasión.
Lo que le
alegraba y daba gozo al rey, dejaba al hijo lleno de pesar. El rey sabía bien
de cierto que el que había cruzado el puente era mucho mejor que ningún otro;
que no hubiera osado cruzar el puente nadie cuyo interior albergase
perversidad, que causa más baldón a los propios que honor les proporciona la
proeza. Pues no puede tanto la proeza, como la perversidad y la pereza, porque
es verdad, no lo dudéis en nada, que es más fácil hacer el mal que el bien.
Sobre
estas dos cosas os diría largamente, si me demorase en ello; pero me encamino a
otro tema, que retorno a mi asunto. Así oiréis cómo alecciona el rey a su hijo,
al que sermonea:
«Hijo —le
dice—, fue aventura llegarnos aquí, yo y tú, a asomarnos a esta ventana. Hemos
tenido gran recompensa, que hemos visto la más grande hazaña que jamás se
lograra, ni en imaginación. Ahora dime si no estás reconocido hacia el que
tamaña maravilla ha realizado. Ponte de acuerdo y en paz con él, y devuélvele
sana y salva a la reina. [3200] Así harás ahora que te tenga por sensato y por
cortés, enviándole a la reina antes de que se te presente. Hazle ese honor en
tu tierra: darle lo que ha venido a buscar antes de que te lo pida. Pues tú
sabes bien de seguro que viene a buscar a la reina Ginebra.
»No te
hagas calificar de obstinado, ni de loco u orgulloso. Si ése está en tu tierra
solo, debes hacerle compañía; que un hombre de pro a otro prohombre debe
atraérselo, honrarlo y cultivarlo, sin quedarse ajeno a él. Quien hace honor,
recibe honor. Has de saber bien que tuyo será el honor, si das honras y
servicio a ése que bien se muestra el mejor caballero del mundo.»
Su hijo
responde:
«¡Que
Dios me confunda, si no hay otro tan bueno o mejor!»
Mal hizo
su padre al olvidarlo, que él no se precia en menos, y dice:
«¿Con
pies y manos unidos pretendéis que yo me presente ante él como su vasallo y que
obtenga de él mi tierra? Pongo a Dios por testigo que antes he de ser su
vasallo que devolverle a la reina. De cierto que no la devolveré, sino que la
disputaré y defenderé ante todos cuantos sean tan locos que osen venir a
buscarla.»
Luego
contesta de rechazo el rey:
«Hijo,
mucho mejor harías si renunciaras cortés a esa ofuscación. Te ruego yo que te
mantengas en paz. Sabes bien que no obtendrá más honor el caballero de no
conquistar a la reina frente a ti en combate. Él prefiere obtenerla, sin
vacilar, más por combate que por generosidad; ya que eso redundará en su fama.
A mi parecer, no pretende obtenerla de grado, sino que desea conquistarla en la
batalla. Por tal motivo obrarías sabiamente si le privaras del combate. Yo te
ruego que elijas la paz. [3250] Y si tú desprecias mi consejo, no me cuidaré de
tu desdicha, y gran daño puede resultarte. El caballero no tiene nada que
temer, excepto de ti solo. De todos mis hombres y de mí he de ofrecerle
garantías y seguridad. Jamás cometí deslealtad ni traición ni felonía, y no voy
a cometerlas ahora de ningún modo ni por ti ni por nadie. Así que no quiero que
te hagas ilusiones. Es más, prometo al caballero que no tendrá necesidad de
nada, ni de armas ni caballo, por carecer de ellos, ya que tal hazaña ha
realizado al llegar hasta acá. Estará bien guardado y aprovisionado en salvedad
frente a todos los hombres, a excepción sólo de ti. Y eso te quiero advertir:
si puede defenderse ante ti, no ha de temer a ningún otro.
—Ahora
—dijo Meleagante— me es tiempo de oíros, mientras me habláis a vuestro gusto, y
de callar; pero bien poco me importa cuanto decís. No soy en absoluto un
ermitaño ni un prohombre tan caritativo, ni quiero ceder tanto al honor, como
para entregarle la cosa que más amo. No habrá de conseguir su demanda tan
pronto ni tan fácilmente; antes bien irá muy de otro modo de lo que pensáis vos
y él. Si en contra de mí le ayudáis, no he de ceder por tal motivo. Si de vos y
de todos vuestros súbditos recibe paz y treguas, ¿qué me importa? Jamás por tal
hecho me faltará corazón. Antes me place mucho, ¡así Dios me guarde! que no
tenga otro cuidado aparte de mí, y no quiero que por mí hagáis cosa alguna de
la que pueda sospecharse deslealtad o traición. Tanto como os plazca, sed
hombre de pro, y dejadme a mí ser cruel.
—¿Cómo?
¿No vas a cambiar?
—No
—contestó Meleagante.
—Pues ya
me callo. [3300] Ahora haz lo que te plazca; yo te dejo y voy a ir a hablar al
caballero. Quiero ofrecerle y presentarle mi ayuda y mi consejo sin reservas,
pues estoy por entero de su parte.»
Entonces
descendió el rey de la torre y mandó ensillar su caballo. Le trajeron un gran
corcel, al que monta con el pie en el estribo. Y lleva consigo a algunos de su
gente, tres caballeros y dos sargentos, sin más, a los que ordena cabalgar tras
él. A todo galope llegaron hasta la boca del puente y vieron al caballero que
enjugaba y contenía la sangre de sus heridas. El rey piensa en tenerle largo
tiempo como huésped hasta curar tales heridas; así podría también esperar que
la mar se secara.
El rey se
apresura a desmontar. El caballero, gravemente malherido, se alza al momento
frente a él. No porque le hubiera conocido, ni tampoco dando muestras del
doloroso estado de sus manos y pies; ni más ni menos que como si estuviera
indemne. El rey vio que se ponía en guardia, y corre muy pronto a saludarle,
diciendo:
«Señor,
mucho me admiro de que de improviso os hayáis presentado en este país ante
nosotros. Pero bienvenido seáis, que ningún otro jamás emprenderá otro tanto.
Ni jamás ocurrió ni ocurrirá que nadie acometiera tal audacia ni se metiera en
tal peligro. Sabedlo: más os amo por ello, porque habéis hecho lo que nadie
antes hubiera ni siquiera pensado hacer. Me encontraréis bien dispuesto hacia
vos, leal y cortés. Yo soy de esta tierra rey; así que os ofrezco a vuestra
disposición todo mi consejo y mi servicio. Ya me figuro con fundada razón lo
que venís a demandar: venís creo yo, en demanda de la reina.
—Señor
—dijo él—, bien lo creéis. Ningún otro asunto aquí me trae.
—Amigo,
aún os toca penar —dijo el rey— antes de obtenerla. [3350] Vos estáis
fieramente herido; veo las llagas y la sangre. No vais a encontrar tan generoso
a aquél que acá la condujo, que no os la va a entregar sin pelea. Mas os
conviene reposar y dejar que mejoren vuestras heridas, hasta que estén bien
curadas. Ungüento de las tres Marías y aún mejor, si se encontrara, os daré,
pues mucho me preocupa vuestro bienestar y vuestra curación.
»La reina
tiene una prisión decente, pues nadie la toca, ni siquiera mi hijo, por más que
le pesa a él que fue quien la trajo. Jamás un hombre desvarió tanto como él
enloquece y enfurece por tal motivo. Tengo hacia vos una afección muy cordial,
así que os daré, ¡Dios me ayude!, muy a gusto cuanto necesitéis.
»Por muy
buenas armas que mi hijo tenga, y por más rencor que me guarde, os he de dar
otras tan buenas y un caballo como os hace falta. Y os tomo bajo mi protección,
pese a quien pese, frente a todos los demás hombres. En vano desconfiaréis de
cualquier otro a excepción de aquél que trajo acá a la reina. Nunca un hombre
reprendió a otro como yo le he reprendido y poco faltó para que no lo expulsara
de mi tierra por despecho de que no os la devuelva. Pero es mi hijo. Si no os
vence en batalla, no podrá causaros por encima de mi autoridad, el menor daño.
—Señor
—contestó el otro—, gracias os doy. Pero estoy gastando aquí demasiado el
tiempo, que no quiero perder ni malgastar. De ninguna molestia me quejo ni
tengo herida que me estorbe. Llevadme solo a donde lo enfrente, pues con tales
armas cuales traigo estoy presto ahora mismo a dar y recibir golpes en la lid.
—Amigo,
más os valdría esperar, quince días o tres semanas hasta que vuestras heridas
se hubieran curado. [3400] Bien os iría una demora, por lo menos de quince
días, que yo no soportaría de ningún modo ni podría mirar que con tales armas
ni en vuestro estado presente combatierais en mi presencia.»
A lo que
él respondió:
«Si así
os pluguiera, no tendría yo otras armas que éstas, con las que de buen grado
entablaría la batalla, y no pediría aplazamientos de un paso o una hora; el
combate sería sin descanso término ni demora. Pero por vos cederé tanto que
aguardaré a mañana. Y sería vano hablar más de eso, que más tiempo no
aguardaré.»
Entonces
el rey le ha prometido que todo irá de acuerdo con su voluntad. Luego lo
conduce al hospedaje y con ruegos y órdenes manda a los que le albergan que se
esfuercen por servirle, y ellos del todo lo procuran. Y el rey, que muy por su
gusto hubiera elegido la paz, de haber podido, se fue de nuevo a buscar a su
hijo, y le sermonea como quien desea la paz y la concordia. Así le habla:
«Hijo
mío, a ver si te reconcilias con este caballero sin combatir. No ha venido aquí
para divertirse ni para practicar el tiro de arco ni para cazar en montería,
sino que ha venido para cobrar lo buscado y acrecentar su valor y su renombre.
Bien habría menester de un largo reposo, según le he visto yo. De haber creído
mi consejo ni en este mes ni en el siguiente se hubiera aprestado a la batalla
de la que ahora está tan ansioso. ¿Si tú le devuelves a la reina, temerás
incurrir en deshonor? Por eso no tengas miedo, que de ahí no te pueden resultar
enojos; más bien es pecado retener una cosa a la que no se tiene derecho y en
contra de toda razón. El otro habría trabado la batalla muy a gusto ahora
mismo, a pesar que no tiene enteros ni pies ni manos, sino llenos de cortes y
heridas.
[3450] —¡Con qué desvarío os precipitáis! —dijo
Meleagante a su padre—. ¡Por la fe que debo a san Pedro, que no os he de hacer
caso en este asunto! De cierto que deberían descuartizarme, si os creyera. Si
él busca su honor, también yo el mío; si él busca su prez, yo también la mía; y
si desea mucho la batalla, aún la deseo yo cien veces más.
—Bien veo
que te encaminas a la locura —dijo el rey—; así que la encontrarás. Mañana
probarás tu fuerza frente al caballero, cuando quieras.
—¡Que no
me venga ningún mal mayor que éste! —dijo Meleagante—. ¡Mejor quisiera que
fuese hoy por la tarde que mañana! Ved ahora cómo quedo con un talante más
triste del acostumbrado. Se me han turbado mucho los ojos y tengo una expresión
mortecina. Hasta que no entre en combate no tendré alegría ni humor ni placer,
pues ningún otro suceso puede divertirme.»
El rey
comprendió que de ningún modo valdrían allí sus consejos ni sus ruegos y lo ha
dejado muy a su pesar. Y escoge un caballo muy fuerte y capaz y bellas armas, y
se las envía al caballero que bien ha de emplearlas. En el castillo había
también un anciano servidor que era un devoto cristiano; en el mundo no había
otro tan leal, y sabía de curar heridas más que todos los médicos de
Montpellier. Éste se ocupó por la noche de cuidar al caballero con todo su
saber, pues el rey se lo había encomendado.
Y ya
sabían las nuevas los caballeros y las doncellas, las damas y los barones de
toda la región vecina. Allí acudieron desde todo el país de alrededor, desde
una jornada de camino, los extranjeros y los naturales; todos cabalgaron con
premura toda la noche hasta el amanecer. Unos y otros ante la torre se
precipitaban a instalarse en tal aglomeración que allí no podía uno revolver un
pie. [3500]
El rey se
levanta de mañana; le preocupa mucho la batalla. Así que de nuevo acude a su
hijo, quien tenía ya en su cabeza el yelmo, uno hecho en Poitiers. No se admite
la dilación, ni puede concertarse la paz; por mucho que el rey la ha rogado, la
paz no puede lograrse. Ante la torre en medio de la plaza donde toda la gente
ha convergido, allí ha de hacerse el combate, que así lo quiere y manda el rey.
En
seguida envía el rey a buscar al extranjero, y que lo conduzcan a la plaza, que
estaba llena de gentes del reino de Logres. Así como para escuchar los órganos
acuden de costumbre las gentes al monasterio en la fiesta anual, en Pentecostés
o en Navidad, de la misma manera se habían allí reunido todos. Durante tres
días habían ayunado y caminado con los pies descalzos y con la camisa de
estameña todas las doncellas exiladas del reino del rey Arturo para que Dios
fuerza y virtud le diera, contra su adversario, al caballero que debía pelear
por la liberación de los cautivos. Pero también los del país, repetían las
oraciones por su señor, para que Dios le concediere el honor y la victoria en
la pelea.
Bien de
mañana, antes de que tocaran la hora prima, los habían conducido a los dos
adversarios al centro de la plaza, con toda la armadura, sobre dos caballos
recubiertos de hierro. Muy gentil apariencia tenía Maleagante; era bien
proporcionado de talle, brazos, piernas y pies, y el yelmo y el escudo que de
su cuello colgaba le caían muy bien, admirablemente. Pero todos apostaban por
el otro, incluso quienes hubieran deseado su derrota y decían todos que de muy
poca monta era Meleagante frente a él.
[3550] Tan pronto como estuvieron ambos en mitad de
la plaza, acude el rey, que los detiene en lo que puede y se fatiga por lograr
la paz, pero no puede congraciar a su hijo. Así que les dice:
«Contened
vuestros caballos por el freno por lo menos hasta que me haya subido a lo alto
de la torre. No será un exceso de bondad que por mí os demoréis unos
instantes.»
Luego se
aparta de ellos, muy abatido, y va derecho a la cámara donde sabía que estaba
la reina, quien la noche anterior le había rogado que la colocara en un lugar
de donde pudiera ver con comodidad el combate. Y él le otorgó el don; de modo
que la fue a buscar para guiarla, puesto que se esmeraba en cuidarse de su
honor y servicio.
La ha
colocado junto a una ventana y él mismo se ha acodado a su lado, a su derecha,
en otra ventana. También se había reunido junto a ellos multitud de personas,
caballeros y damas de buen tino; doncellas nacidas en el país, y numerosas
cautivas que estaban muy atentas en oraciones y plegarias. Los prisioneros y
las prisioneras todos rogaban por su campeón, que en Dios y en él fiaban para
la salvación y la libertad.
Entonces
sin más tardanza los combatientes hacen retirarse a todo el gentío. Ya se
enfrentan, a sus costados los escudos y embrazando la adarga. Y se golpean de
tal modo que las lanzas se han hundido dos brazadas en mitad del escudo y han
estallado quebrándose como astillas del hogar. Y los caballos lanzados en pleno
galope se han entrechocado frente a frente y pecho contra pecho; y los escudos
y los yelmos han chocado con tal estrépito que parece como si hubiera sonado un
tremendo trueno. No lo resisten pretales ni cinchas, estribos ni riendas ni
correas, sin romperse; e incluso se cuartean los arzones de las sillas, que muy
fuertes eran. [3600]
No han
tenido gran vergüenza por caer a tierra, después de que todo su arnés les ha
fallado así. Muy pronto se alzan en pie y se acometen uno a otro, sin cruzar
palabra, más fieramente que dos jabalís. Se hieren, sin amenazas, con grandes
mandobles de sus espadas de acero, como quienes se detestan con fiero odio
mutuo. A menudo hienden con tal furia los yelmos y las cotas brillantes de
malla que tras el hierro brota un chorro de sangre. Muy bien hacen el gasto del
combate, que se enfurecen y malparan con mandobles pesados y cruentos.
Repetidos asaltos, fieros, duros y sostenidos se entrecambiaron por igual; en
ningún momento se sabía cuál de los dos la ventaja o el fracaso mantenía. Pero
no podía dejar de suceder que el que había pasado el puente no se resintiera
agudamente en sus manos que tenía cubiertas de heridas. Mucho se han espantado
las gentes que en él confiaban, cuando ven que sus mandobles se debilitan, y
temen entonces su derrota. Ya se figuraban que el caballero estaba sometido y
Meleagante se alzaba vencedor, y de ello murmuraban en torno.
Pero en
las ventanas de la torre había una doncella muy sagaz, que medita y se dice en
su corazón que el caballero no había entablado la batalla ni por ella ni por
aquella gente humilde que se había reunido en la plaza, y que no la hubiera
presentado a no ser por la reina. Y medita que si él supiera en qué ventana la
reina estaba, y que si viera que ella le contemplaba, recobraría vigor y
audacia. Y que, si ella supiera su nombre, muy de corazón le hubiera dicho que
la mirara unos instantes. [3650] Entonces
se acercó a la reina y le dijo:
«Señora,
por Dios y por vuestra prez, y por la nuestra, os requiero a que me digáis el
nombre de este caballero, si lo sabéis, con el fin de ayudarle.
—Lo que
me habéis rogado —dice la reina— carece a mi entender de malicia y perversidad.
No hay sino bien en ello: Lanzarote del Lago se llama el caballero, estoy
segura.
—¡Dios
mío! —dice la muchacha—, vuelve la sonrisa y la alegría a mi corazón: ya está
curado.»
Entonces
salta hacia adelante y así le llama en alta voz, tan alto que todo el gentío
puede oír lo que dice:
«¡Lanzarote!,
vuélvete y mira a quien de ti no aparta su mirada.»
Al oír su
nombre, Lanzarote no tardó en volverse. Gira sobre sí mismo y ve arriba a
aquélla que en el mundo más deseaba ver, a Ginebra sentada en las tribunas de
la torre. Desde el momento en que la vio, no apartó ya su rostro de allí, ni su
vista: se defendía por detrás. Maleagante, entre tanto, le perseguía sin
descanso, encarnizadamente; piensa que su enemigo no va a poder defenderse de
él por mucho tiempo, y ello constituye su alegría. Sus compatriotas exultan de
júbilo. En cuanto a los desterrados, muchos de ellos, tan llenos de angustia
que no pueden mantenerse en pie, van dejándose caer en tierra, unos sobre sus
rodillas, otros completamente tendidos. De este modo, el gozo y la tristeza
coexistían. Entonces gritó de nuevo la muchacha desde la ventana: «¡Ah,
Lanzarote! ¿Cómo es que te comportas de una forma tan insensata? Hace bien poco
que en ti se daban cita proezas y virtudes. No creo que Dios haya creado
caballero que pueda comparársete en valor y prez, y ahora te vemos tan apurado.
[3700] Vuélvete de este lado, sin que tus ojos dejen de fijarse sobre este
hermoso torreón que vale tanto contemplar.»
Lanzarote
considera lo que ha hecho un deshonor y una vergüenza, tanto que ha llegado a
odiarse a sí mismo. Bien sabe que ha llevado la peor parte de la batalla
durante demasiado tiempo. Todas y todos lo han podido ver. Entonces salta hacia
atrás, dando la cara a Meleagante, y le coloca por fuerza entre la torre y él.
Meleagante no regatea esfuerzos para recuperar la posición perdida. Pero
Lanzarote se precipita sobre él y le encuentra con el escudo con una fuerza tal
que le hace girar sobre su eje dos veces, tres veces, bien a su pesar. Crecen
en el héroe fuerza y audacia. Amor le presta valiosa ayuda, y es que no había
odiado a nadie nunca tanto como a su contrincante en este combate. Amor y un
odio mortal, tan grande como nunca visteis semejante, le hacen tan firme y tan
resuelto que Meleagante no puede ver en su actitud un juego. Tiembla el felón:
jamás ha conocido un caballero tan audaz, jamás ninguno le ha atormentado de
tal modo. De buen grado se aleja de él, hurta su cuerpo y huye, rehúsa el regalo
de unos golpes que odia. Y Lanzarote no le amenaza, sino que a tajos y
estocadas le hace retroceder hasta la torre donde la reina se apoyaba. Más de
una vez la ha servido y rendido vasallaje...
Ha
aproximado a su adversario a ella tan cerca como le convenía: si diera un paso
más, no la vería. Así, continuamente, Lanzarote le llevaba hacia atrás y hacía
adelante, allí por donde bien le parecía, para no detenerse sino ante la reina
su dama, la que puso en su cuerpo la llama que le impulsa a mirarla sin cesar.
Y esta llama le avivaba a tal punto su ardor contra Meleagante que podía
llevarle y perseguirle a voluntad, allí por donde le placía. Como a ciego y
como a fugitivo le pasea, sea ello o no de su grado.
Ve el rey
que su hijo está extenuado: ya ni siquiera se defiende. Ello le pesa y le mueve
a compasión. Pondrá remedio, si es que puede. Para que surta efecto, debe ir a
suplicar a la reina. Comenzó entonces a hablarle así:
«Señora,
desde que os tuve a mi cargo no he dejado un solo instante de serviros y
honraros como el mejor de los amigos. Nunca he dejado de hacer cosa que
realzara vuestro honor. Pediros quiero ahora un don que a buen seguro me
otorgaréis, si obráis por amistad: ésa será mi recompensa. Me doy perfecta
cuenta de que mi hijo lleva la peor parte en este combate. No os oculto que
ello no me produce el menor pesar. Pero os ruego que Lanzarote, dueño de su
vida, no le mate. No, vos no debéis querer su muerte, por más que os haya
perjudicado mucho a vos y a él. Os suplico me concedáis la gracia de que no
llegue a herirle con el golpe definitivo. De este modo, corresponderíais a mis
servicios de ayer para con vos.
—Mi buen
señor, pues que me lo rogáis, consiento en ello de mi grado —dice la reina—.
Guardara yo hacia vuestro hijo, a quien no puedo amar, un odio mortal: me
habéis servido con tanta generosidad que quiero, para complaceros, decirle a
Lanzarote que le deje vivir.»
No fueron
pronunciadas estas palabras en voz baja: las oyeron Lanzarote y Meleagante.
Quien ama es obediente: con rapidez lleva a cabo lo que place a su amiga si
está profundamente enamorado. [3800] ¿Qué otra cosa hubiera hecho Lanzarote, él
que amó mucho más de lo que amara Príamo, el más leal de los amantes? Sí,
Lanzarote ha oído la respuesta de su dama; desde que las últimas palabras
fluyeron de su boca, cuando dijo: «Puesto que deseáis que no le mate, yo
también lo deseo», desde ese instante, por nada del mundo habría tocado a
Meleagante, ni se habría movido aunque su vida peligrase. No le toca ni se
mueve. Su enemigo, por el contrario, le hiere tanto como puede, fuera de sí de
ira y de vergüenza al oír que ha llegado al extremo de que ha sido preciso suplicar
por su vida. El rey, para amonestarle, ha descendido de la torre y, llegado a
la batalla, dice así a su hijo:
«¿Cómo?
¿Es decoroso que él no te toque y tú le hieras? Furioso y cruel en demasía me
pareces ahora, ¡a destiempo ha aflorado tu valor! Sabemos con certeza que él te
ha superado limpiamente.»
Y
Meleagante le responde, enajenado de vergüenza:
«¡Se
diría que estáis ciego! A fe que no veis nada. Ciego está el que ponga en duda
que he obtenido la victoria.
—¡Busca
entonces —dice el rey— quien te crea! Bien saben todas estas gentes si dices
verdad, o si mientes. La verdad bien la conocemos.»
Ordena al
punto a sus barones que retiren a su hijo. No se demoran, pronto dan
cumplimiento a su mandado: Meleagante es sometido. Para retirar a Lanzarote no
hubo que prodigar grandes esfuerzos: mucho hubiera podido perjudicarle el otro,
antes que él le tocase. Entonces dice el rey a su hijo:
«Así Dios
me valga, debes ahora hacer las paces y devolver a la reina. [3850] Es preciso
que olvides y renuncies por completo a semejante querella.
—¡Muy
grande necedad habéis dicho! ¡Demasiado os he oído esgrimir naderías! ¡Idos!
Dejadnos combatir y no os mezcléis más en esto.»
El rey
dice que ha obrado así «porque bien sé que te mataría si os dejase combatir».
«¿Que él
me mataría? Antes sería yo quien le matase, si vos no nos estorbaseis y nos
dejaseis combatir.»
Responde
el rey:
«Así Dios
me salve, no vale nada cuanto dices.
—¿Por
qué?
—No
quiero oírte. No voy a confiar en la locura y el orgullo que te matarían. Loco
está quien su muerte desea, como tú, que ni siquiera lo sabes. Sé bien que me
odias porque quiero impedir que mueras. Espero que Dios no me dejará ver con
estos ojos tu muerte, porque sería para mí un dolor excesivo.»
Tanto le
dice y tanto le amonesta que han fijado paces y acuerdos. Se estipula que
Meleagante devolverá a la reina, a condición de que, al cabo de un año a partir
del día elegido por él para el reto, Lanzarote, sin demora alguna, se
enfrentará de nuevo con él. El acuerdo no entristece en absoluto a Lanzarote.
Todo el pueblo acepta la paz, y desea que la batalla tenga lugar en la corte
del rey Arturo, señor de la Bretaña y Cornualles. Allí desean que tenga lugar,
si la reina promete, y Lanzarote garantiza, que, si Meleagante consiguiera
vencerle, ella regresará con el vencedor y nadie la retendrá. Conforme está la
reina, y Lanzarote sale fiador. De este modo los han puesto de acuerdo, a más
de separarlos y desarmarlos.
[3900] Era costumbre del país: cuando uno era
liberado, los demás regresaban con él. Así, pues, todos bendecían a Lanzarote.
Podéis haceros una idea de la inmensa alegría que debía reinar allí entonces:
reinó, sin duda alguna. Todos juntos, los desterrados hacen visible su alegría
ante Lanzarote, y así le dicen, todos juntos, para que él pueda oírles:
«Señor,
mucho nos alegramos, en verdad, tan pronto oímos vuestro nombre, pues al punto
supimos con certeza que nos liberaríais a todos.»
A la
alegría se une un gran afán: cada cual, con fatiga y dificultades, intenta
tocar a su libertador. El que consigue aproximarse más, conquista una alegría
inenarrable. Al mismo tiempo reinan el gozo y la tristeza: los que han sido
rescatados se abandonan a su dicha; Meleagante y los suyos no tienen nada que
celebrar: pensativos están, sombríos y abatidos.
El rey
gira sobre sus pasos. Con él va Lanzarote, no le ha olvidado. Éste le ruega ser
conducido ante la reina.
«Por mí
no queda —dice el rey—, que me parece oportuno hacer lo que decís. Os mostraré
también a Keu el senescal, si lo deseáis.»
Poco
falta para que Lanzarote se arroje a sus pies, tan loco de alegría se halla. El
rey le condujo al instante a la sala donde esperaba la reina, recién llegada.
Cuando la reina ve al rey trayendo a Lanzarote por un dedo, se pone en pie
aparentando malhumor, baja la cabeza y no pronuncia palabra.
«Señora,
ved aquí a Lanzarote —dice el rey—, que viene a veros. Ello habrá de agradaros
sobremanera.
—¿A mí?
Señor, no puede agradarme. Su presencia no me interesa en absoluto.
—¡Cómo!
Señora —responde el rey generoso y cortés—, ¿de qué corazón os habéis
investido? [3950] Por cierto que cometéis sinrazón excesiva con el hombre que
tanto os ha servido. En su búsqueda ha puesto por vos su vida en peligro
mortal, y os ha rescatado y defendido de mi hijo Meleagante, quien muy a su
pesar os ha devuelto.
—Señor, a
la verdad, ha gastado su tiempo. No negaré que no le guardo la menor gratitud.»
He aquí a
Lanzarote fulminado. Como respuesta, dice muy suavemente, como cuadra a un
amante cumplido:
«Señora,
verdad es que me duelen vuestras palabras, y no me atrevo a preguntaros el
motivo.»
Mucho se
hubiera lamentado Lanzarote si la reina le hubiese escuchado; pero, para
atormentarle y confundirle, no quiso responder una sola palabra, retirándose a
una cámara cercana. Y Lanzarote la escoltó hasta la entrada con los ojos y con
el corazón. Corto fue el viaje de los ojos, que demasiado cerca estaba la
cámara; muy de su grado hubiesen entrado tras ella, si fuera posible. El
corazón, que es amo y señor mucho más poderoso, pasó tras su señora al otro
lado de la puerta. Los ojos se han quedado fuera, llenos de lágrimas, junto con
el cuerpo. El rey, entonces, a título confidencial, le dice:
«Lanzarote,
mucho me maravilla qué signifique o de dónde proceda el que la reina no os
quiera ver ni se digne dirigiros la palabra. Si nunca le plugo hablaros, no
debiera precisamente ahora dispensaros esta acogida ni rechazar vuestra
conversación, después de lo que habéis hecho por ella. Vamos, decidme, si lo
sabéis, por qué causa, por qué sinrazón os ha mostrado una apariencia
semejante.
—Señor,
hace sólo un momento no lo hubiera creído. Pero no hay duda de que no quiere
verme ni oír mi voz: ello me duele y pesa mucho.
—En
verdad —dice el rey— no tiene razón, pues por
ella habéis acometido
mortales aventuras. [4000] Y
bien, querido amigo, venid. Vais a hablar con el senescal.
—Iré con
mucho gusto.»
Ambos se
dirigen hacia el senescal. Cuando Lanzarote llegó ante él, Keu le espetó a
manera de saludo:
«¡Cómo me
has deshonrado!
—¿Yo?
—dice Lanzarote—, decidme en qué. ¿Qué vergüenza he podido causaros?
—Una muy
grande, que tú has llevado a cabo la empresa que yo no he podido concluir. Has
hecho lo que yo no pude hacer.»
Entre
tanto, el rey se va, los deja solos: de la cámara todos han salido. Lanzarote
pregunta al senescal si ha padecido mucho:
«Si
—responde Keu—, y padezco todavía: nunca he sufrido tanto como ahora. Y hubiese
muerto largo tiempo ha, a no ser por el rey que acaba de irse. Él se ha
apiadado de mí, demostrándome siempre dulzura y amistad; nunca, enterado él, me
ha faltado cosa alguna de la que hubiese menester que no me fuese aparejada al
punto, ni una sola vez. Pero por cada bien que me hacía, su hijo Meleagante,
lleno de malas artes, mandaba llamar cabe sí y a traición a los médicos, y les
ordenaba poner sobre mis llagas ungüentos tales que me hiciesen morir. De este
modo tenía yo padre y padrastro; cuando el rey, queriendo contribuir a mi
pronta curación, hacía colocar un buen emplasto sobre mis llagas, su hijo,
traicioneramente, hacía que me lo cambiaran por un ungüento lesivo, siempre con
la intención de matarme. Sé con absoluta certeza que el rey nada sabía de ello:
no habría consentido en guisa alguna tal crimen ni tal felonía. Además, no
sabéis de su generosidad para con mi señora la reina; nunca fue por ninguna
guarda tan 4050 bien guardada torre ni frontera, desde el tiempo en que Noé
construyó el arca, como ha sido guardada ella por él. A su hijo no le permite
ni siquiera verla, de no ser ante el común de las gentes o en su propia
presencia; mucho se duele Meleagante por ello. Con tan gran honra la ha tratado
y trata el noble rey (¡gracias le sean dadas!) como ella misma ha querido
disponer, que nunca hubo en esto otro arbitro que ella. Y el rey más y más la
ha ido estimando, al ver la lealtad que le demuestra. Pero, ¿es verdad lo que
me han dicho? ¿Tan gran cólera siente hacia vos que su palabra, delante de
todos, os ha retirado terminantemente?
—La
verdad os han dicho —responde Lanzarote—, la pura verdad. Pero, por Dios,
¿sabríais decirme por qué me odia?»
Keu le
contesta que no sabe, que se encuentra también extrañamente sorprendido.
«¡Sea
según sus órdenes!», dice Lanzarote, resignado, y añade: «Debo despedirme. Iré
en busca de mi señor Galván, también entrado en esta tierra: me prometió que se
dirigiría en línea recta hacia el Puente bajo el Agua.»
Dicho
esto, ha salido de la cámara y ha llegado delante del rey, a quien pide
licencia para partir. El rey la otorga de su grado. Pero aquellos a los que
había liberado de su prisión le preguntan qué harán. Y él les dice:
«Vendrán
conmigo todos los que quieran venir. Quédense los que
quieran quedarse junto a la reina; no es razón que conmigo vengan.»
Con él
van todos los que quieren, más alegres y felices de lo que acostumbraban. Con
la reina permanecen las doncellas, manifestando su alegría, y las damas, y más
de un caballero. [4100] No hay nadie de los que se quedan que no prefiera
volver a su país antes que prolongar su estancia allí. Pero la reina los
retiene; mi señor Galván está cerca, y ella no quiere moverse hasta saber
noticias suyas.
Por todas
partes se ha extendido la nueva: la reina está libre por completo; y todos los
cautivos han sido liberados con ella. Se irán sin falta cuando les plazca y les
convenga. Unos a otros se preguntan si es verdad: no hablaban de otra cosa
cuando estaban juntos. Desde luego no les enoja que sean destruidos los pasos
peligrosos. Se va y se viene a voluntad. Nada hay de lo que antes solía haber.
Cuando
supieron las gentes del país -los que no habían presenciado la batalla- cómo se
había comportado Lanzarote, se dirigieron todos hacia aquel lugar por donde
sabían que él marchaba; cuidan que al rey le agradaría que condujesen ante él a
Lanzarote prisionero. Éste y los suyos se hallaban desguarnecidos de armas; por
ello los sorprendieron, que los del país venían armados. No es maravilla que
prendiesen a Lanzarote, que iba desarmado, y que le hicieran retroceder con los
pies atados bajo su caballo.
«Muy mal
obráis, señores —dicen los desterrados—, pues el rey nos protege. Todos estamos
bajo su guarda.
—Nada
sabemos —les responden—. Habéis de venir con nosotros a la corte en calidad de
prisioneros.»
La
noticia corre, vuela hasta llegar al rey: sus gentes han apresado a Lanzarote y
le han matado. En cuanto el rey lo sabe, mucho se aflige, y jura, cuando menos
por su cabeza, que quienes le mataron morirán; no se podrán justificar y,
cuando caigan en su poder, no habrá cuestión sino de darles muerte en la horca,
en la hoguera o en el agua. [4150] Y si se atreven a negarlo, no les creerá a
ningún precio; demasiado han sumido su corazón en duelo, y le han causado una
deshonra tal que sobre él deberían caer los reproches, si no tomase venganza.
Pero la tomará sin duda alguna.
La nueva,
que por todas partes se expande, ha llegado hasta la reina, cuando estaba
sentada en la sala de banquetes. A punto estuvo de matarse al oír la noticia.
Aunque era falsa, ella la reputaba verdadera. Tan infelizmente desfallece que
falta poco para que pierda la palabra. No obstante, dice con claridad a cuantos
allí estaban:
«Mucho me
pesa su muerte, a la verdad. Y si me pesa no es sin razón, que él vino en mi
busca a este país; por eso siento este pesar.»
Acto
seguido -en voz muy baja, para que nadie la oiga- se dice a sí misma que no
beberá ni comerá en lo sucesivo, si es verdad que está muerto aquél por cuya
vida ella vivía. Al punto, se levanta muy dolorida de la mesa y va a lamentarse
donde nadie pueda escucharla. Tan ansiosa está de matarse que a menudo se
aferra la garganta. Pero antes se confiesa consigo misma: se arrepiente y
fustiga su culpa, mucho se censura y se acusa del pecado que había cometido
contra aquél que siempre había sido suyo -bien lo sabía ella- y todavía lo
sería si estuviese vivo. Tal duelo hace por su pasada crueldad que ha perdido
gran parte de su belleza. El recuerdo de su perversidad, junto con la vigilia y
el ayuno, la han vuelto pálida y sombría. Ha reunido todas sus faltas, y ahora
desfilan ante ella; a todas las recuerda:
«¡Ay,
desdichada! ¿En qué pensaría cuando mi
amigo se presentó ante mí, que no le dispensé una buena acogida, y ni siquiera
me digné escucharle? [4200] Cuando le
rehusé vista y palabra, ¿no cometí una locura? ¿Una locura? Así Dios me valga,
cometí más bien una perversa crueldad. Yo cuidaba que todo era un juego, pero
él no lo entendió así, y no ha podido perdonarme. Nadie sino yo le he asestado
el golpe mortal, por mi fe. Cuando llegó a mí sonriendo, seguro de que yo me
alegraría al verle, ¿no fue un golpe mortal el no querer concederle una mirada?
Cuando le retiré mi palabra, cuido que en ese instante le arranqué la vida con
el corazón. Estos dos golpes le han matado, ningún otro asesino a sueldo. ¡Dios
mío! ¿Podré algún día rescatarme de este crimen, de este pecado? Bien sé que
no; antes se secarían todos los ríos y el mar se agotaría. ¡Ay! ¡Cómo me
reconfortaría y cuánto mejor me sentiría si, al menos una vez antes de muerto,
le hubiese tenido entre mis brazos! ¿Cómo? Muy fácilmente: desnuda yo y desnudo
él, para que mayor fuese el placer. Pero está muerto, y muy cobarde seré si no
me doy la muerte yo también. Aunque, ¿irá en perjuicio de mi amigo el que yo
conserve la vida después de su muerte, cuando nada me produce placer en el
mundo sino el dolor que padezco por él? Ésa es mi única alegría tras su muerte;
muy dulce hubiera sido para él, mientras vivía, este sufrimiento de amor por el
que ahora siento un deseo semejante. Cobarde me parece la amiga que prefiere
morir a sufrir por su amigo. De grado elijo, pues, prolongar durante largo
tiempo mi dolor. Antes quiero vivir y sufrir que morir y descansar.»
Dos días
se mantuvo la reina en este duelo, sin comer ni beber, tanto que se creyó que
había muerto. Muchos hay que transmiten noticias: antes la triste que la
agradable. [4250] A Lanzarote llega la nueva de que ha muerto su dama y amiga.
Mucho le ha pesado, no lo dudéis. Bien puede imaginar cualquiera el grado de su
dolor. A la verdad, si queréis oírme y saberlo, estaba tan afligido que llegó a
sentir desprecio por su vida: quiere matarse sin demora, pero antes se
lamentará. En uno de los cabos del cinturón que le ciñe anuda un lazo
corredizo, y se dice a sí mismo, arrasados los ojos de agua:
«¡Ah,
Muerte! ¡Qué emboscada me has tendido! Sano estaba y tú me has hecho caer
enfermo. Enfermo estoy, ningún mal siento fuera del duelo que me oprime el
corazón. Este duelo es mi enfermedad, y mortal es. Mi afán es que lo sea, y, si
a Dios place, moriré. (¡Cómo? ¿No podré morir de otra manera, si ésa no es del
agrado de Dios? Sí podré, con tal que me permita apretar este lazo en torno a
mi garganta: así espero vencer a la muerte. Me mataré a despecho suyo. Mi
cinturón la conducirá prisionera ante mí, por más que ella no quiera llegarse
nunca a los que no la temen, y, tan pronto se encuentre en mi jurisdicción,
hará cuanto desee. Lentos serán, a la verdad, los pasos con que venga: tan
deseoso estoy de poseerla.»
No se
demora entonces, ni se tarda: antes bien, pasa su cabeza por el lazo, y fija
éste alrededor de su cuello. Para que el mal se cumpla, ata fuertemente el otro
cabo del cinturón al arzón de su silla, sin que nadie se aperciba de ello. Y se
deja en seguida caer a tierra. Quiere hacerse arrastrar por su caballo hasta
morir: no juzga digno vivir una hora más. Cuando los que con él cabalgaban le
ven caído en tierra, cuidan que se ha desvanecido: ninguno de ellos ha reparado
en el nudo que oprimía su cuello. Le han levantado al punto entre sus brazos.
[4300] Fue entonces cuando encontraron el lazo que le había convertido en su
propio enemigo, el lazo que en torno a su cuello había dispuesto. Se lo cortan
rápidamente. Pero el lazo había mortificado con tanto rigor a la garganta que
no pudo hablar en algún tiempo: por poco se le rompen todas las venas del
cuello. En lo sucesivo, es incapaz de hacerse mal, por más que lo desee. Mucho
le pesaba la vigilancia. A punto estuvo su duelo de consumirle: muy a su gusto
se habría matado, si nadie estuviera vigilándole. Viendo que no puede hacerse
daño, dice:
«¡Ah,
Muerte vil y despreciable! Muerte, por Dios, ¿no tenías poder y fuerza
suficientes para matarme a mí en lugar de mi dama? Tal vez no te dignaste ni
quisiste hacerlo por miedo a hacer un bien a alguien. Tu felonía no lo
permitió: ninguna otra razón. ¡Qué servicio el tuyo! ¡Qué bondad! ¡En qué lugar
te has situado! ¡Maldito sea quien te guarde gratitud! No sé quien me odia más,
si la Vida que me desea, o la Muerte que no quiere matarme: una y otra me
matan. Pero es con razón, así Dios me valga, si vivo yo a pesar mío, pues
debería haberme matado cuando mi señora la reina me mostró semblante de odio. Y
no lo hizo sin motivo; tenía una buena razón, aunque a mí se me escape cuál
fuera. Si hubiese conocido esta razón antes de que su alma fuese al encuentro
de Dios, habría reparado mi falta con tanta vehemencia como a ella le
pluguiera, con tal que se apiadase de mí. Dios, ¿cuál ha podido ser mi crimen?
[4350] Quizá ha sabido que subí en la carreta. No veo qué baldón puede
imputarme si no es ése, que me ha traicionado. Si fue la causa de su odio,
Dios, ¿por qué ese crimen me ha dañado tanto? Quien me lo reproche no sabe lo
que es Amor. La boca no debe censurar nada de lo que Amor inspira: todo lo que
se hace por la amiga se llama amor y cortesía. Pero yo nada he hecho por mi
amiga. No sé qué decir, ¡ay! No sé si decir amiga o no. No me atrevo a darle
ese nombre. Cuido saber de amor lo bastante para afirmar que ella no debió
considerarme el más vil de los hombres, si me hubiese amado. Antes bien,
debería haberme llamado su amigo fiel, por cuanto honor me parecía todo lo que
Amor deseaba: subir a la carreta, en ese caso. En ello sólo amor hubiera debido
ver ella, y su probanza: así pone a prueba Amor, y de este modo reconoce a los
suyos. Pero no tuvo a bien mi dama estas servidumbres: bien pude advertirlo en
la acogida que me dispensó. Y sin embargo, por ella hizo su amigo lo que más de
una vez le supuso vergüenza, reproches y censuras. He jugado ese juego que
todos vituperan, y mi felicidad, tan dulce, se me ha tornado amarga melancolía.
A fe que tal es la costumbre de aquéllos que de amor nada saben y lavan su
honor en la vergüenza: quien sumerge su honra en el oprobio, no hace otra cosa
que ensuciarla más. Son los mismos ignorantes que publican su desdén hacia Amor;
los que, muy lejos de él, no cumplen sus mandatos. Ño saben que mucho se ayuda
quien hace lo que Amor ordena -no hay nada más digno de perdón-, y que mucho
pierde quien rehúsa hacerlo.»
Así se
lamenta Lanzarote. A su lado se duelen sus compañeros, los que le guardan y
vigilan. Entre tanto, llegan noticias de que la reina no está muerta.
[4400] Al punto, Lanzarote se conhorta:
si antes por su muerte había hecho enorme duelo, ahora la alegría por su vida
es cien mil veces mayor. Como no se encontraban sino a seis o siete leguas de
donde estaba el rey Baudemagus, llegó a éste la noticia de que Lanzarote vivía
y que llegaba sano y salvo; de grado escuchó el monarca la buena nueva, y,
galantemente, fue en seguida a decírselo a la reina.
«Mi buen
señor —responde ella—, lo creo, pues que vos lo decís. Si hubiese muerto, os lo
prometo, no habría yo jamás recobrado la alegría. Para siempre se habría
desvanecido mi gozo, si un caballero hubiese recibido la muerte en mi
servicio.»
Dicho
esto, el rey de allí se parte. Muy impaciente está la reina de que regrese su alegría
junto con su amigo. No tiene el más mínimo deseo de mostrarle rigor en nada. Y
he aquí que, de nuevo, el rumor que no descansa y corre siempre sin
interrupción llega a la reina: ¡Lanzarote se habría matado por ella, si se lo
hubiesen permitido! Muy alegre está, y no duda en dar crédito a lo que oye: por
nada del mundo querría que le hubiese sobrevenido una desgracia irreparable.
Entre
tanto ahí tenéis a Lanzarote, recién llegado a toda prisa. En cuanto el rey le
ve, corre a besarle y a darle el abrazo de bienvenida. Se diría que vuela: tan
ligero le vuelve su alegría. Pero quienes capturaron y ataron al héroe la
nublan bruscamente; el rey les dice que han llegado para su desgracia, pues que
van a morir sin remedio. Ellos le han respondido que creían obrar según su
deseo.
«Me
contraría —dice el rey— que hayáis pensado así. [4450] No está implicado sólo
Lanzarote. A él no le habéis deshonrado, sino a mí, que era su salvoconducto.
En cualquier caso, la vergüenza es mía. Pero no bromearéis cuando salgáis de
aquí.»
Lanzarote
se esfuerza lo mejor que puede en poner paz y sosegar la ira del monarca, tanto
que lo consigue. Entonces el rey le conduce a ver a la reina. Esta vez ella no
dejó caer sus ojos en tierra. Por el contrario, fue alegremente a recibirle, le
honró cuanto pudo y le hizo sentar a su lado. Hablaron luego a su placer de
cuanto les venía en gana. Temas no faltaban, que Amor se los brindaba. Cuando
Lanzarote ve que la ocasión le es propicia y que no dice nada que no agrade a
la reina, le dice en voz muy baja:
«Señora,
mucho me pregunto maravillado el porqué de vuestra acogida el otro día. Al
verme, ni una sola palabra me dirigisteis: un poco más, y hubiese muerto. No
fue entonces tan audaz que me atreviera a preguntaros el motivo, pero ahora sí
me atrevo. Señora, estoy dispuesto a reparar mi falta, pero os ruego que me
descubráis el crimen que tanto me ha turbado.»
Le
responde la reina:
«¿Cómo?
¿No tuvisteis vergüenza de la carreta? ¿Acaso no dudasteis? Muy a vuestro pesar
subisteis en ella, pues que os demorasteis dos pasos. Es por eso, en verdad,
por lo que no he querido ni hablaros ni miraros.
—¡Dios me
libre otra vez de semejante fechoría! —dice Lanzarote—. Que Dios no tenga jamás
piedad de mí si no obrasteis con toda justicia. Señora, por Dios, aceptad lo
antes posible la reparación de mi culpa. Si algún día me vais a perdonar,
decídmelo, por Dios.
—Amigo,
yo os libero por completo de vuestra falta. Os perdono de todo corazón. [4500]
—Gracias
os sean dadas, señora. Pero aquí no puedo deciros cuanto quisiera. Con gusto os
hablaría más despacio, si fuese posible.»
La reina
le señala una ventana con la mirada, no con el dedo, y dice:
«Venid a
hablarme a esta ventana a medianoche, cuando todos duerman aquí dentro.
Pasaréis por ese vergel. Pero aquí no podréis entrar, ni albergar vuestro
cuerpo como un huésped. Yo estaré dentro y vos fuera, que dentro no podréis
pasar. Yo tampoco podré llegar hasta vos, no siendo con la boca o con la mano.
Hasta el amanecer estaré allí, si ése es vuestro gusto. No podríamos reunimos:
en mi cámara, delante de mí, se acuesta Keu, el senescal, quien, cubierto de
llagas, languidece en el lecho. La puerta tampoco está abierta: bien cerrada
queda, y bien guardada. Cuando vengáis, tened cuidado de no toparos con ningún
espía.
—Señora
—responde Lanzarote—, como pueda evitarlo, no me verá ningún espía de los que
piensan mal o alimentan murmuraciones.»
Así
conciertan su entrevista y, llenos de alegría, se separan.
Lanzarote
sale fuera de la cámara, tan alegre que no recuerda ninguno de los dolores
pasados. La noche tarda demasiado. El día se le antoja, en su impaciencia, más
largo que cien días o que un año entero. Muy gustoso habría acudido a la cita,
si fuese ya de noche. Tanto ha luchado la noche por vencer al día que lo ha
cubierto con su oscuridad, a modo de capa sombría sobre los hombros de la luz.
Cuando ya ha oscurecido, muestra el héroe visos de cansancio y fatiga, y dice a
los circunstantes que ha velado mucho y le es menester reposo. [4550] Bien
podéis comprender, vosotros que habéis acometido empresas de este género, que
él se finge cansado y que, engañosamente, se hace conducir a su cámara por las
gentes de su posada. Pero su lecho no le parecía atractivo: no hubiese reposado
allí por nada del mundo. No habría podido ni se hubiera atrevido. No hubiese
querido tampoco atreverse ni poder.
Pronta y
sigilosamente se levantó, sin lamentar en absoluto que no lucieran luna ni
estrellas, ni que no ardiese en la mansión antorcha, lámpara ni linterna. Así
se fue, acechando que ninguno le viese: cuidaban que dormiría en su lecho
durante toda la noche. Sin compañía ni escolta se dirige rápidamente hacia el
vergel. No encontró a nadie. Y tiene suerte: un lienzo de la pared que cercaba
el jardín se había derrumbado recientemente. Por esa brecha para veloz y pronto
llega a la ventana. Allí se detiene, sin hacer ruido, sin toser, sin
estornudar, hasta que llega la reina, envuelta en la blancura de una camisa. No
lleva encima saya ni brial, tan sólo un manto corto de escarlata y cisemus. ( )
Cuando Lanzarote ve a la reina que se inclina sobre la ventana, guarnecida de
barrotes de hierro, con un dulce saludo la ha saludado. Y ella se lo devuelve
al punto, que mucho estaban deseosos él de ella y ella de él. Nada hay de mal
tono, nada triste en la conversación que mantienen. Uno y otra se aproximan, y
mano a mano se entrelazan. Pero les pesa demasiado no poder juntarse más, y
ambos denigran los hierros que les separan. [4600] Con todo, Lanzarote se jacta
de que, si a la reina le 4600 place, conseguirá forzar la entrada: unos hierros
no le detendrán.
«¿No veis
—responde ella— que es muy difícil doblarlos, y más aún romperlos? Por más que
los apretéis y atraigáis hacia vos y estiréis, no podréis arrancarlos.
—Señora,
no os preocupéis. Esos hierros no valen nada. Nadie salvo vos puede impedirme
reunirme con vos. Si me otorgáis licencia, el camino me es franco. Pero si no
es de vuestro gusto, será tan peligroso que por nada del mundo pasaría.
—Sí —dice
ella—, bien lo quiero. Mi voluntad no es lo que os detiene. Pero os conviene
esperar a que esté acostada en mi lecho, y habréis de obrar en el mayor de los
sigilos. No sería ni motivo de diversión el que el senescal, que duerme aquí,
se despertase a causa del alboroto. Es razón, pues, que regrese a mi lecho,
pues él no podría interpretar favorablemente el verme estar de pie en este
lugar.
—Señora,
idos sin perder un instante. Pero no temáis que vaya a hacer ruido. Tan
suavemente pienso arrancar los barrotes que en modo alguno me fatigaré, y nadie
se despertará.»
Dicho
esto, la reina se va, y él se dispone a deshacerse de la ventana. Se agarra a
los barrotes, los sacude violentamente, tira de ellos tanto que consigue
doblarlos y arrancarlos de raíz. Pero era tan cortante su hierro que le hendió
la primera falange del dedo meñique hasta los nervios, y le produjo un profundo
corte en el primer nudillo del dedo contiguo. No se da cuenta el héroe de la
sangre que mana, gota a gota, de sus heridas: está pensando en algo muy
diferente. No es baja ni mucho menos la ventana, pero Lanzarote la franquea con
ligereza y soltura. En su lecho encuentra a Keu, dormido, y por fin llega al
lecho de la reina. [4650] Ante ella se
postra, y la adora: en ningún cuerpo santo creyó tanto como en el cuerpo de su
amada. La reina le encuentra en seguida con sus brazos, le besa, le estrecha
fuertemente contra su corazón y le atrae a su lecho, junto a ella. Allí le
dispensa la más hermosa de las acogidas, nunca hubo otra igual, que Amor y su
corazón la inspiran. De Amor procede tan cálido recibimiento. Si ella siente
por él un gran amor, él la ama cien mil veces más: Amor ha abandonado todos los
demás corazones para enriquecer el suyo. En su corazón ha recobrado Amor la
vida, y de una forma tan pictórica que en los demás se ha marchitado. Ahora ve
cumplido Lanzarote cuanto deseaba, pues que a la reina le son gratas su
compañía y sus caricias, y la tiene entre sus brazos y ella a él entre los
suyos. Tan tiernos y agradables son sus juegos, tanto han besado y han sentido,
que les sobreviene en verdad un prodigio de alegría: nadie oyó hablar jamás de
maravilla semejante. Pero nada diré al respecto: mi relato debe guardar
silencio. De entre las alegrías, quiero la historia mantener oculta y en
secreto la más selecta y deleitable.
La mucha
alegría y el placer ocuparon a Lanzarote toda la noche. Pero viene el día, su
tormento, pues que ha de levantarse de junto a su amiga. Mientras amanece,
semeja en todo un mártir: tanto le apena su partida que sufre gran martirio. Su
corazón regresa en seguida" al lugar donde queda la reina. No tiene poder
para detenerlo. Tanto le satisface su dueña que no desea abandonarla. El cuerpo
parte, permanece el corazón.
Derechamente,
Lanzarote se vuelve hacia la ventana. Ha dejado tras él un rastro de sangre:
las sábanas están manchadas de la que cayó de sus dedos. [4700] Muy destruido
parte el héroe, todo lágrimas y suspiros. No han fijado el momento de volver a
verse: ello le pesa, pero no puede ser de otro modo. De mala gana vuelve a
pasar por la ventana por donde entró con tanto placer. Sus dedos ya no están
enteros, que muy graves fueron las heridas. Sin embargo, ha enderezado los
barrotes de hierro y los ha vuelto a poner en su lugar, de tal manera que ni
por delante ni por detrás, ni por un lado ni por otro podía advertirse que
hubiese arrancado o doblado uno solo de ellos. Antes de partir, se humilla
vuelto hacia la cámara, como si se encontrase delante de un altar. Después se
va, cercado por la angustia. No encuentra hombre que le reconozca hasta que
llega a su posada, y en su lecho se acuesta, después de desnudarse, sin
despertar a nadie. Es entonces cuando, por vez primera, descubre maravillado
las llagas de sus dedos. Pero éstas no le inquietan, pues está completamente
seguro de que se hirió al arrancar del muro los hierros de la ventana. No se
lamenta por ello: hubiese preferido que le arrancaran ambos brazos del cuerpo a
no pasar al otro lado. Si en cualquier otra situación hubiese sido herido de
una forma tan deshonrosa, mucho se habría dolido y encolerizado.
Por la
mañana, la reina dormía muy dulcemente en su cámara de hermosos tapices. No
podía imaginar que sus sábanas estuviesen manchadas de sangre: cuidaba que
conservarían su blancura acostumbrada. Meleagante, por su parte, apenas se
vistió, se dirigió a la cámara donde yacía la reina. Despierta la encuentra, y
ve también las gotas de sangre fresca, aquí y allá dispersas por las sábanas.
[4750] Con el codo ha empujado a sus acompañantes, y, presintiendo el mal, mira
hacia el lecho de Keu, el senescal, y ve las sábanas igualmente manchadas de
sangre (habéis de saber que sus heridas se habían abierto de nuevo durante la
noche).
«Señora
—dice—, acabo de encontrar las pruebas que buscaba. Muy loco está en verdad
quien se afana en guardar el honor de una mujer. Pierde su tiempo y sus
desvelos: que antes engaña ella a quien mejor la guarda que a quien no la
vigila. Mi padre os ha guardado admirablemente de mí, pero esta noche Keu, el
senescal, os ha examinado atentamente y, mal que le pese a vuestro guardián, ha
hecho con vos toda su voluntad. Harto fácil será probarlo.
—¿Cómo?
—responde ella.
—He
encontrado sangre en vuestras sábanas: ella es mi testigo, puesto que es
necesario que os lo diga. Todo lo sé y todo lo probaré por el hecho de que
estoy viendo en vuestras sábanas y en las suyas la sangre que manó de sus
heridas. Veraz indicio me parece.»
Entonces
ve la reina por primera vez las sábanas sangrantes en uno y otro lecho. Mucho
se maravilla. Ha sentido vergüenza, y enrojece.
«Así Dios
me proteja —dice—, esa sangre que contemplo sobre mis sábanas no la derramó
Keu, en modo alguno. Me ha sangrado la nariz esta noche. De mi nariz procede,
estoy segura.»
Y piensa
estar diciendo la verdad.
«Por mi
cabeza —dice Meleagante—, todo lo que decís no vale nada. No os conviene seguir
fingiendo. Sois convicta de infamia: será probada la verdad.»
Y añade a
los guardianes allí presentes:
«Señores,
no os mováis de aquí y vigilad que nadie quite las sábanas del lecho hasta que
yo vuelva. Quiero que el rey me dé la razón cuando lo haya visto con sus
propios ojos.»
Tanto
busca a su padre que le ha encontrado. A sus pies se arroja, y le dice:
«Señor,
venid a ver algo que no podéis imaginar. [4800]
Venid a ver a la reina y veréis la probada maravilla que yo he visto y
tenido ante mis ojos. Pero, antes de venir, os ruego que no me neguéis justicia
ni derecho. Bien sabéis en qué aventuras he arriesgado mi cuerpo por ella.
Obtuve a cambio vuestra enemistad, ya que la hicisteis custodiar por mi causa.
Pues bien, hoy por la mañana he ido a observarla a su lecho, y tanto he visto
allí que he comprendido fácilmente que cada noche Keu duerme con ella. Señor,
por Dios, no os extrañe si sufro y me lamento, pues gran desdén considero el
que me odie a mí y me desprecie, mientras yace con Keu todas las noches.
—¡Cállate!
—dice el rey—. No puedo creerlo.
—Señor,
venid entonces a ver cómo ha dejado Keu las sábanas. Puesto que no creéis en mi
palabra y pensáis que os miento, voy a mostraros las sábanas y la colcha
ensangrentadas por las heridas de Keu.
—Vamos
allá, que quiero verlo. Mis ojos me enseñarán la verdad.»
Al punto
se dirige Baudemagus a la cámara de la reina, y la encuentra levantándose. Ve
en su lecho las sábanas sangrantes, y en el de Keu también.
«Señora
—dice—, mal están las cosas si mi hijo me ha dicho la verdad.»
Responde
ella:
«Así Dios
me valga, no se ha contado nunca, ni siquiera hablando de una pesadilla,
mentira tan funesta. Creo que Keu, el senescal, es lo bastante cortés y leal
como para no haber dado jamás motivos de sospecha. En cuanto a mí, yo no hago
de mi cuerpo una mercancía, ni me entrego a quien me desea. Keu, en verdad, no
es hombre que requiera de mí tal ultraje, ni yo he tenido nunca el corazón de
cometerlo, ni lo tendrá jamás.
—Señor,
mucho os agradecía —dice Meleagante a su padre— que Keu expiase su crimen de
modo que la vergüenza alcanzara también a la reina. [4850] Vos tenéis el poder
de hacer justicia: reclamo y ruego que hagáis uso de él. Al rey Arturo, su
señor, ha traicionado Keu, en quien tanto confiaba que le había encomendado lo
que en este mundo le era más querido.
—Señor
—exclama Keu—, hora es de que me permitáis responder, y de este modo podré
exculparme. Que Dios, cuando abandone el siglo, no conceda perdón a mi alma si
alguna vez gocé a mi señora la reina. Sí, preferiría estar muerto a haber
cometido contra mi señor semejante sinrazón. Que Dios no me conceda salud mayor
de la que ahora tengo y que la muerte se apodere de mí en este instante, si
alguna vez siquiera pensé en ello. Yo sólo sé que mis llagas han sangrado con
exceso esta noche, y han ensangrentado mis sábanas. Vuestro hijo no me cree,
pero es él quien no tiene razón.
—Así Dios
me ayude —responde Meleagante—, los diablos os han traicionado, los demonios en
persona. Demasiado os habéis acalorado esta noche: por eso os fatigasteis y
vuestras llagas reventaron. Cuanto decís es pura ficción: la sangre en ambos
lechos lo atestigua con absoluta evidencia. Razón es que paguéis, pues que sois
convicto del crimen que se os imputa. Un caballero de vuestro rango, ¿llevó a
cabo jamás algo tan deshonroso? La vergüenza es ahora vuestra única compañera.
—Señor,
señor —dice Keu al rey—, por mi dama y por mí habré de defenderme de lo que
vuestro hijo me acusa. Sin razón me atormenta y me aflige.
—No
estáis en condiciones de presentar batalla —le responde el rey—. Aún no estáis
curado.
—Señor,
si me lo permitís, voy a enfrentarme con él, a pesar de mi enfermedad, y sabré
demostrar que no tengo culpa en ese crimen que me atribuye.» [4900]
Entre
tanto, la reina ha enviado a buscar secretamente a Lanzarote, y dice al rey que
sabe de un caballero que defenderá al senescal contra Meleagante, si éste se
atreve a mantener su acusación.
«No
existe ningún caballero —exclama Meleagante— con el que yo no acepte entrar en
batalla hasta que uno de los dos quede vencido, aunque un gigante sea mi
adversario.»
Precisamente
entonces entra Lanzarote. Tal muchedumbre hay de caballeros que la sala está
llena. Ahora que él está aquí puede contar la reina ya lo sucedido, y, ante
todos, jóvenes y canos, dice:
«Lanzarote,
aquí mismo me ha imputado Meleagante esta vergüenza. Cuantos le han oído se
inclinan en mi disfavor, si no conseguís vos que se desdiga. Según él, Keu ha
yacido esta noche conmigo, pues que ha visto mis sábanas y las suyas manchadas
de sangre, y afirma que será condenado por ello si no puede defenderse en
persona de la acusación, o si nadie quiere librar batalla para defenderle.
—No
necesitáis añadir nada más —dice Lanzarote—, estando yo a vuestro lado. ¡No
quiera Dios que pese sobre vos y sobre Keu semejante sospecha! Estoy dispuesto
a presentar batalla para probar que el senescal ni tan siquiera lo pensó. Yo
seré su defensa, y le defenderé lo mejor que pueda. Por él emprenderé batalla.»
Entonces Meleagante
da un salto hacia adelante, y dice:
«Así Dios
me salve, bien lo quiero y mucho me agrada. Nadie vaya a pensar que me resulta
gravoso.
—Rey y
señor —dice Lanzarote—, sé de procesos y de leyes, conozco bien los juicios.
Sin juramentos no debe celebrarse una batalla en la que está en juego una
sospecha tal.»
Y
Meleagante, sin dudarlo, le responde rápidamente:
«¡Bienvenidos
sean los juramentos! [4950] ¡Que traigan inmediatamente los santos! Sé bien que la razón me asiste.
—Así Dios
me ayude —replica Lanzarote—, no conoció jamás a Keu, el senescal, quien le
atribuye este crimen.»
Al punto
reclaman sus armas y mandan traer a sus caballos. Los escuderos les arman: ya
están armados. Y los santos ya están aquí. Meleagante se acerca y Lanzarote
hace otro tanto. Ambos se arrodillan. Meleagante tiende su mano hacia las
reliquias y jura con potente voz:
«Juro por
Dios y por estas reliquias que Keu, el senescal, acompañó a la reina en su
lecho esta noche y de ella obtuvo todo su deleite.
—Y yo te
acuso de perjuro —dice Lanzarote—, y torno a jurar que él no la ha gozado. Tome
Dios, si le place, venganza contra quien ha mentido, y dígnese probar la
verdad. Pero voy a añadir un segundo juramento, pese a quien pese: si hoy
consigo tener a mi merced a Meleagante, juro por Dios y por estas reliquias que
no tendré piedad de él.»
No se ha
regocijado el rey al escuchar este juramento. Después de haber jurado, les han
traído sus caballos, magníficos ejemplares. Cada uno ha subido sobre el suyo, y
el uno contra el otro se dirige tan aprisa como puede su caballo. El choque es
tan formidable que de ambas lanzas no les queda sino el extremo que empuñaban.
Uno y otro ruedan por tierra, pero no están muertos, que muy pronto se levantan
y se hieren todo lo que pueden con el filo de sus espadas desnudas. [5000]
Chispas ardientes brotan de los yelmos hacia las nubes. Con tan gran ira se
acometen que sus espadas van y vienen sin reposo, sin tregua para recuperar el
aliento. El rey está sufriendo mucho. Decide recurrir a la reina, que seguía el
combate desde arriba, apoyada en las tribunas de la torre. Por Dios Creador le
suplica que ponga fin al combate.
«Cuando
os place y agrada —dice la reina—, en buena fe no atenta contra mi voluntad.»
Bien ha
escuchado Lanzarote la respuesta de la reina. Desde entonces no quiere
combatir: para él ha terminado la batalla. Por su parte, Meleagante le hiere y
le golpea sin tregua. Entonces el rey se interpone entre ambos y detiene a su
hijo, quien jura y perjura que no le preocupa la paz:
«Batalla
quiero, no me cuido de paz.»
—Cállate
—responde el rey— y hazme caso: obrarás cuerdamente. Si confías en mí, no te
sobrevendrá vergüenza ni perjuicio. Haz lo que debes hacer. ¿Has olvidado que
hay una batalla concertada entre tú y él en la corte del rey Arturo? ¿Dudas de
que es allí, y no en otro lugar, donde debes adquirir la mayor honra posible?»
Dice esto
el rey por ver si consigue convencer a su hijo. Logra que se apacigüe, y les
separa.
Retrasábase
mucho Lanzarote en encontrar a mi señor Galvan. Por ello va a pedir licencia de
partida al rey, y después a la reina. [5050] Con el permiso de ambos se
encamina hacia el Puente bajo el Agua. Le sigue un nutrido grupo de caballeros:
más de uno le hubiera complacido quedándose en la corte. A marchas forzadas se
han acercado al Puente bajo el Agua, tanto que les separa una sola legua de él.
Antes de llegar al puente, antes de poder verlo, un enano sale a su encuentro,
montado en un enorme caballo de caza y con un látigo en la mano para empujar a
su montura y estimularla. Inmediatamente pregunta, como si hubiese recibido
órdenes de hacerlo:
«¿Quién
de vosotros es Lanzarote? No me lo ocultéis, soy de los vuestros. Pero
decídmelo con seguridad, pues mi pregunta no tiene otro objeto que ayudaros.»
Lanzarote
en persona le responde:
«Yo soy
por quien preguntas y a quien buscas.»
—¡Ah!
Lanzarote, noble caballero, deja a tu gente, ten confianza y ven solo conmigo,
que te quiero conducir a un lugar muy bueno para ti. Pero nadie debe seguirte.
Que te esperen aquí. Volveremos en seguida.»
Sin
recelar mala intención, el héroe ordena a su gente que le aguarde, y sigue al
enano que le acaba de traicionar. Largo tiempo podrían esperar los que allí le
esperaban, pues quienes le han prendido y apresado ningún deseo tienen de
devolverle. Como ni regresa ni reaparece, sus hombres sufren y no saben qué
hacer. Todos piensan que el enano les ha traicionado, y si ello les indigna,
locura sería preguntárselo. En medio de su dolor comienzan a buscar, pero no
saben dónde encontrarle o por dónde iniciar su búsqueda. Celebran consejo todos
juntos. Los más razonables y juiciosos acuerdan, pienso, dirigirse al paso del
Puente bajo el Agua, que no está lejos, y buscar en seguida a Lanzarote con la
aprobación de mi señor Galván, si es que llegan a encontrarle en floresta o en
llano. [5100] Todos aceptan este plan: ni un ápice se alejan de él.
Hacia el
Puente bajo el Agua se dirigen. Recién llegados, ven a mi señor Galván, que
había tropezado y caído en el agua, a la sazón profunda. Ora asoma, ora se
hunde; ora le ven, ora le pierden de vista. Llegan los caballeros a la orilla y
consiguen asirle con ramas de árbol, pértigas y ganchos. No tenía más que la
cota de malla en la espalda, y sobre la cabeza puesto un yelmo que bien valía
diez de los otros, y las calzas de hierro calzadas, pero enmohecidas por el
sudor, pues muchos trabajos había padecido, y muchas refriegas y peligros había
atravesado como vencedor. En la orilla estaban su lanza, su escudo y su
caballo.
No
piensan que esté vivo los que le han sacado del agua: de ella tenía lleno el
cuerpo. Hasta que la hubo desalojado por completo, no le han oído decir
palabra. Pero cuando ve que puede oír y pueden ser oídas su palabra y su voz,
cuando su corazón vuelve a latir y su pecho vuelve a respirar, rompe a hablar
sin perder un instante: pregunta al punto a quienes tiene delante si conocen
alguna novedad referente a la reina. Y le responden que el rey Baudemagus la
tiene bajo su protección en la corte, colmándola de cortesía y de atenciones.
«¿No ha
llegado nadie después que yo —dice mi señor Galván— a buscarla a esta tierra?
—Sí
—responden los caballeros—, Lanzarote del Lago. Logró franquear el Puente de la
Espada: así la rescató y liberó, y con ella a todos nosotros. Pero nos ha
traicionado un vil canalla, un enano giboso y gesticulante: nos ha engañado
miserablemente, arrebatándonos a Lanzarote. [5150] No sabemos qué habrá sido de
él.
—¿Cuándo
fue eso?
—Señor,
ha sido hoy cuando nos ha burlado el enano, muy cerca de aquí, mientras nos
dirigíamos él y nosotros a vuestro encuentro.
—¿Y cómo
se ha portado Lanzarote desde que llegó a este país?»
Proceden
ellos a informarle: de cabo a rabo le refieren todo, sin olvidar un solo
detalle. Y le dicen que la reina le espera y ha prometido que nada le haría moverse
del país hasta volverle a ver, aunque tuviera noticias suyas.
«Cuando
nos alejemos de este puente —pregunta mi señor Galván—, ¿iremos en busca de
Lanzarote?»
La
opinión general es que primero deben reunirse con la reina. Baudemagus le hará
buscar, pues creen que su hijo Meleagante, que mucho le odia, le ha hecho
prisionero a traición. Esté donde esté Lanzarote, si el rey lo sabe, ordenará
su devolución. Puesto que están así las cosas, pueden esperar. Todos aceptaron
esta decisión y se dirigieron hacia la corte, donde estaban el rey y la reina,
y Keu con ellos, el senescal, y aquel felón, lleno hasta el colmo de
traiciones, que ha sembrado el desconcierto por la suerte de Lanzarote entre
todos los que ahora llegan. Muertos se consideran, después de la traición, y
hacen visible un gran duelo, que mucho les pesa.
No es
cortés la noticia que semejante duelo trae a la reina. Sin embargo, sabe
disimular lo mejor que puede su dolor. Por mi señor Galván se imponía
regocijarse, y así lo hace. Pero no puede ocultar por completo su pena: a veces
aparece. De este modo coexisten en su ánimo la alegría y el dolor: le falla el
corazón por Lanzarote, pero ante mi señor Galván aparenta una alegría sin
límites. [5200]
Nadie hay
que oiga la noticia que no se duela y desespere, al saber que Lanzarote ha
desaparecido. Hubiese el rey gozado de la llegada de Galván, mucho le hubiera
complacido conocerle, pero tal dolor tiene, tal pesar de que Lanzarote haya
sido traicionado que mudo está, y abatido. La reina le suplica que le haga
buscar de un extremo a otro de su tierra, y sin tardanza. Galván y Keu se lo
ruegan también. Ni uno solo ha dejado de unirse al ruego de la reina.
«Dejad
este cuidado sobre mí —dice el rey—, ni una palabra más. Hace ya tiempo que lo
tenía decidido. Sin súplicas ni ruegos por vuestra parte, pensaba y pienso
llevar a cabo tal búsqueda.»
Todos se
inclinan ante él. Inmediatamente envía el rey a través de su reino a sus
mensajeros, servidores expertos y avezados que por todo el país difunden la
noticia y preguntan por Lanzarote, pero no consiguen obtener ninguna
información positiva. No encontraron, pues, nada, y regresaron adonde
permanecían los caballeros, Galván y Keu y todos los demás. Declaran éstos que,
lanza en ristre y armados hasta los dientes, partirán en su busca: a ningún
otro enviarán en su lugar.
Un día,
después de comer, se armaban todos en la sala -había llegado el momento de
cumplir con el deber y ponerse en camino-, cuando entró un paje que, pasando a
través de ellos, fue a detenerse ante la reina. Ésta no conservaba su tinte
rosa habitual, pues, al no recibir noticias de Lanza-rote, sentía un gran dolor
y llegó a mudársele el tono de su cara. El paje saludó a la reina, y al rey que
se sentaba junto a ella, a Keu y a mi señor Galván, y a todos los demás
después. Una carta llevaba en la mano: se la tiende al rey, y éste la toma,
haciéndola leer en alta voz por alguien ducho en semejantes lides. El que lee
sabe decirles sin errores lo que ve escrito en el pergamino: que Lanzarote
saluda al rey como a su señor y le agradece la honra y los servicios que le ha
prestado, como quien se considera por completo a sus órdenes. Sabed con certeza
que él está ahora con el rey Arturo, lleno de fuerza y de salud, y hace saber a
la reina -si ello no contradice su voluntad-, así como a Galván y Keu, que
pueden emprender el camino de regreso. Por las señas, la carta parecía
auténtica: así lo creyeron todos.
La
noticia inundó la corte de alegría. Al día siguiente, con el alba, hablan de
regresar. El amanecer les sorprende preparando la marcha. Muy pronto ensillan,
montan y se ponen en camino. Muy de su grado el rey les acompaña una gran parte
de la ruta. Hasta los confines de su tierra va con ellos, y, una vez
traspasados, se despide de la reina y de todos en general. Ella, a su vez, le
da las gracias por todos los favores prestados, y le rodea el cuello con sus
brazos ofreciéndole sus servicios y los de Arturo, su señor: más no le puede
prometer. Y mi señor Galván y Keu y todos los demás lo prometen también,
tratándole de amigo y de señor. Esto dicho, prosiguen su camino, no sin que el
rey encomiende a Dios a la reina y a ambos caballeros, salude a los demás y
regrese con los suyos.
[5300] No descansa la reina a lo largo de una
semana, cabalga sin interrupción, tanto que la corte ha llegado a saberlo. Muy
grato es para el rey Arturo el que la reina se aproxime, y el regreso de su
sobrino le llena de alegría el corazón: cuidaba que por sus proezas había sido
la reina liberada, y Keu y los demás desterrados. La verdad es bien diferente.
La ciudad
está vacía, todos han salido al encuentro de los que llegan. Caballero o
villano, todos dicen al verles:
«Bienvenido
sea mi señor Galván, que nos ha devuelto a la reina, a tanta dama cautiva y a
tanto prisionero.»
Les ha
respondido Galván:
«Señores,
me alabáis sin razón. Cesad en vuestras alabanzas, que en nada me conciernen.
Me causan vergüenza vuestros honores. Cuando llegué, ya era tarde: mi lentitud
me hizo fracasar. Pero Lanzarote sí llegó a tiempo, y la honra que obtuvo no la
alcanzó jamás ningún caballero.
—¿Y dónde
está él, mi buen señor, puesto que no le vemos a vuestro lado?
—¿Dónde?
—responde mi señor Galván—. En la corte del rey nuestro señor. ¿Acaso no está
allí?
—A fe que
no, ni en ninguna otra parte de este país. Desde que mi señora la reina fue
arrebatada, no hemos tenido de él noticia alguna.»
Tan sólo
entonces comprendió Galván que la carta era falsa, que por ella habían sido
traicionados y burlados. Helos aquí de nuevo sumidos en la tristeza. A la corte
llegan, en medio de su dolor. El rey quiere saber sin tardanza noticias del
asunto. No faltan quienes le refieren cómo ha actuado Lanzarote, cómo gracias a
él fue liberada la reina y los demás cautivos, cómo y por qué traición aquel
enano consiguió hacerle prisionero. Mucho le aflige al rey semejante relato, y
mucho se lamenta. [5350] Pero tanto es el gozo que siente al volver a ver a la
reina que el corazón se le subleva: el duelo acaba en alegría. Tiene la cosa
que más quiere, lo demás apenas le preocupa.
Mientras
la reina estuvo fuera del país, celebraron consejo las damas y doncellas
privadas de protección, y decidieron que querían casarse lo antes posible. Para
ello, la asamblea creyó oportuno organizar un gran torneo. Presidían ambos
bandos la dama de Pomelegoi y la dama de Noauz. Los vencidos no obtendrán de
ellas sino silencio: dicen, en cambio, que concederán su amor a los vencedores.
Así, anunciaron el torneo por las tierras vecinas, y por las lejanas también, y
fijaron un día no demasiado próximo, para que la concurrencia fuese más
numerosa.
Dentro
del plazo que pusieron, llegó la reina al país. Apenas supieron que había
regresado, la mayor parte de ellas se dirigió a la corte y, una vez ante el
rey, le suplicó que un don les concediese y les otorgara un deseo. Antes
incluso de conocer la voluntad de las doncellas, el rey les prometió que haría
lo que le pedían. Entonces le dijeron que su deseo era que permitiese a la
reina asistir a su torneo. Él dice que le place, si ella acepta. Felices con el
permiso real, vanse a buscar a la reina, y le dicen súbitamente: [5400] «Señora, no nos retiréis lo que el rey nos ha
dado.
—¿De qué
se trata? —pregunta ella—. No me lo ocultéis.
—Si
queréis venir a nuestro torneo, él no os retendrá ni se opondrá a ello.»
La reina
dice que acudirá, pues que el rey lo permitía. Por su parte, las doncellas
envían mensajeros y hacen saber por todos los países de la corona que el día
fijado para el torneo traerían a la soberana. Por todas partes se ha extendido
la noticia, lejos y cerca, aquí y allá, tanto que ha llegado hasta el reino de
donde nadie regresar solía (aunque ahora todo el mundo puede entrar y salir,
sin que se lo impidan). Y tanto se ha extendido por ese reino la noticia que
llegó a casa de un senescal de Meleagante, ese traidor que en mal fuego se
queme. Dicho senescal tenía a Lanzarote bajo su custodia: su casa era la
prisión donde Meleagante, su enemigo que con gran odio le aborrece, le tenía
encerrado. La nueva del torneo conoció Lanzarote, la hora y la fecha, y sus
ojos no escasearon lágrimas, ni su corazón se alegró cuando lo supo. Doliente y
pensativo le ve la dama de la casa, y en secreto le dice:
«Señor,
por Dios y vuestra alma, decidme la verdad, ¿por qué estáis tan cambiado? No
bebéis ni coméis, no os veo bromear ni reír. Podéis confiarme sin temor alguno
vuestro pensamiento y vuestro dolor.
—¡Ah!
Señora, no os maravilléis, por Dios, si estoy triste. Desamparado estoy, en
verdad, cuando no puedo estar allí donde todo lo hermoso del mundo se da cita,
en este torneo que reúne, según se dice, a todo un pueblo. [5450] Sin embargo, si quisierais y Dios os hiciese
tan generosa que me dejaseis ir, estad completamente segura de que, como
respuesta a vuestro gesto, regresaría aquí inmediatamente, en calidad de
prisionero.
—En
verdad que lo haría muy gustosa, si no significase mi destrucción y mi muerte.
Pero tanto temo a mi señor, el despreciable Meleagante, que no me atrevería a
hacerlo, pues sería capaz de dar muerte a mi esposo. No es maravilla que le
tema: vos conocéis su crueldad.
—Señora,
si tenéis miedo de que yo, después del torneo, no vuelva a mi prisión,
obtendréis de mí un juramento que sabré respetar: nada me impedirá volver a
vuestra casa inmediatamente después del torneo.
—A fe que
os lo concedo, pero con una condición.
—¿Cuál
es, señora?
—Señor,
vais a jurar vuestro regreso, y, además, me vais a asegurar que obtendré
vuestro amor.
—Señora,
todo aquél del que puedo disponer, os lo daré, en verdad, a mi regreso.
—¡Heme
aquí reducida a nada! —dice la dama, sonriendo—. Por lo que puedo inferir,
habéis entregado y confiado a otra el amor que yo os he pedido. No obstante,
sin ningún desdén, acepto lo que pueda conseguir. Me bastará con lo que podáis
darme, pero habéis de jurar que volveréis aquí, como mi prisionero.»
Lanzarote
jura sobre la santa Iglesia que volverá sin falta, así como quería ella.
[5500] La dama al punto le proporciona
las armas de su esposo, bermejas, y un hermoso caballo, fuerte y audaz a
maravilla. Ensilla el héroe, y monta, y ha partido armado de muy hermosas
armas, completamente nuevas. Tanto cabalga que a Noauz llega. A este bando se
adscribe, y toma alojamiento fuera de la ciudad. Jamás hombre tan señalado se
hospedó en otro igual, pues muy pequeño era, y bajo de techo. Pero no quería
hospedarse en lugar donde fuese reconocido.
La flor y
nata de los caballeros se amontonaba en el castillo. La mayoría, sin embargo,
estaba fuera, pues tantos habían venido a causa de la reina que uno de cada
cinco no había podido instalarse dentro. Contra uno solo, siete no habrían
acudido sin la presencia de la reina. En cinco leguas a la redonda se fueron
alojando los varones, en tiendas, chozas y cabañas. Maravilla era ver reunidas
allí tantas damas y gentiles doncellas.
Lanzarote
ha colgado su escudo en la puerta de su posada. Para estar más cómodo, se
desarma y se acuesta sobre un lecho que muy poco le conhorta, estrecho como
era, con un colchón delgado cubierto por una grosera sábana de cáñamo. Sobre
este lecho reposa Lanzarote, completamente desarmado, sobre este pobre lecho
yace el héroe, sin defensa posible, cuando he aquí que llega un heraldo de
armas en camisa: su saya la había dejado en la taberna, junto con su calzado. Y
he aquí que viene a toda prisa, con los pies desnudos, inerme frente al viento.
Reparó en el escudo sobre la puerta de la calle, y lo examinó detenidamente: lo
ignoraba todo acerca de ese escudo y de su poseedor. Ve que la puerta está
entornada, entra en la casa y ¡ve tendido en el lecho a Lanzarote! [5550] Al reconocerle, no pudo por menos de
persignarse. Lanzarote fijó su mirada sobre él, y le prohibió que hablase de su
presencia en el torneo, allí donde se dirigiese. Y si lo hacía, más le valdría
que le arrancasen los ojos o le rompieran el cuello.
«Señor
—dice el heraldo—, mucho os he apreciado y siempre os apreciaré. Mientras viva,
no haré nada que no sea de vuestro agrado.»
De un
salto sale de la casa, y se marcha gritando a voz en cuello:
«¡Ha
llegado el que vencerá! ¡Ha llegado el que vencerá!» ( )
A tal
punto no ceja el pícaro en su griterío que de todas partes salen gentes, y le
preguntan qué es lo que grita. Él no es tan atrevido que lo diga. Antes bien se
aleja, gritando lo mismo. Y sabed que fue entonces cuando se dijo por primera
vez «¡Ha llegado el que vencerá!». Nuestro maestro fue este heraldo: él nos
enseñó a decirlo, pues por vez primera lo dijo.
Ya se han
reunido los grupos. La reina con todas las damas, los caballeros y sus gentes.
Muchos servidores había por todas partes, a la derecha y a la izquierda. Donde
el torneo iba a tener lugar, se construyó una gran tribuna de madera: allí se
situarían la reina, las damas y las doncellas. Jamás se había visto una tribuna
tan bella, tan amplia, tan bien hecha.
Al día
siguiente, allí están todas, junto a la reina. Quieren ver el torneo y juzgar
quién lo hará mejor y quién peor. Entonces se presentan los caballeros, diez y
diez, veinte y veinte, treinta y treinta, ochenta aquí, noventa allí, hasta
cien, por aquí más aún y dos veces más por allí. Tan numerosa es la asamblea
congregada delante y alrededor de la tribuna que la pugna va a dar comienzo.
Con o sin armadura, acuden al choque. [5600]
Las lanzas semejan un gran bosque, pues los que quieren obtener placer de
ellas han traído tantas que no eran visibles sino los extremos, con las
banderas y los gonfalones. Se lanzan a la justa los justadores: bastantes
compañeros han encontrado que venían con la misma intención. Los demás se
preparaban para llevar a cabo otras caballerías. Repletas están las praderas, y
los campos y tierras de labor; no se puede contar el número de los caballeros.
Lanzarote no tomó parte en este primer encuentro. Pero cuando avanzaba por la
pradera, el heraldo le vio venir, y no pudo por menos de gritar:
«¡Ved al
que vencerá! ¡Ved al que vencerá!»
Le
preguntan:
«¿Quién
es?» Él no les quiere decir nada.
En cuanto
Lanzarote ha entrado en la contienda, él solo vale por veinte de los mejores.
Comienza a hacerlo tan bien que nadie aparta los ojos de él, allí donde esté.
Había en el bando de Pomelegoi un caballero muy valiente. Iba sobre un caballo
brincador que corría más y mejor que un ciervo de los llanos. Era hijo del rey
de Irlanda: notablemente se portaba. Pero a todos complacía cuatro veces más el
caballero desconocido. Y se preguntan angustiados:
«¿Quién
es el que tan bien lo hace?»
La reina,
en secreto, llama a una doncella prudente y juiciosa, y le dice:
«Doncella,
os es preciso transmitir un mensaje. Lo llevaréis en seguida, pues tiene pocas
palabras. Bajad de esta tribuna e id al encuentro de ese caballero que lleva
escudo bermejo. Le diréis en voz baja que yo le ordeno: lo peor posible.»
Rápida y
hábilmente, cumple la joven el encargo de la reina. [5650] Se dirige al caballero, le sigue hasta llegar
muy cerca de él, y le dice, cuidando que no escuche vecino ni vecina:
«Señor,
mi señora la reina os ordena a través de mí: lo peor posible.»
Apenas lo
oye, responde él que lo haría muy de su grado, como quien es enteramente de la
reina. Y cabalga al punto a todo galope contra un caballero, y falla en el
encuentro, cuando le debió herir. Desde entonces hasta el anochecer se comportó
lo peor que pudo, pues que la reina así lo deseaba. El adversario, por su
parte, no ha fallado en su ataque: antes bien le ha asestado un duro golpe,
encontrándole con su lanza. Entonces Lanzarote emprende la huida. No volvió más
en aquel día el cuello de su caballo hacia caballero alguno. Nada hubiera
hecho, aun a precio de muerte, que no contribuyera a su vergüenza y a cubrirle
de deshonor. Aparenta tener miedo de cuantos van y vienen. Los caballeros que
antes le admiraban ahora se burlan y se mofan de él. Y el heraldo que solía
decir: «¡Él les vencerá a todos, uno tras otro!», se encuentran mal y muy
desengañado pues debe soportar toda clase de chanzas:
«Debes
callarte, amigo, tu caballero no vencerá. De tanto varear, su vara se ha
quebrado, la que tanto nos has encarecido.» ( )
Y la
mayoría se dice:
«¿Cómo
puede ser esto? Hace un momento era el más valiente, y ahora es tan cobarde que
no se atreve a enfrentarse con ningún caballero. Quizá lo hizo tan bien porque
era primerizo en la batalla: por eso fue tan fuerte en sus ataques que ningún
caballero, por experto que fuese, le pudo contener; golpeaba como fuera de sí.
Pero ha aprendido lo que son las armas y, mientras viva, no va a sentir deseos
de llevarlas. Su corazón no lo soporta: nadie en el mundo hay más miserable.»
La reina,
por su parte, no está enojada. [5700]
Antes bien está alegre, y mucho le place, pues sabe bien, aunque se
calla, que el caballero es con certeza Lanzarote. De este modo, hasta el
anochecer se hizo pasar por un cobarde. Después, al caer la noche, los
justadores se separan. Gran debate se ha suscitado sobre quiénes han sido los
mejores. El hijo del rey de Irlanda piensa que, sin lugar a ninguna duda, él ha
sido quien se merece premios y honores. En ello se equivoca por completo, que
bastantes hubo con méritos parecidos. Por su parte, el caballero bermejo agradó
a damas y doncellas -las más hermosas y gentiles-, tanto que a nadie como a él
otorgaron sus preferencias durante la jornada. Bien habían visto cómo se había
portado al comienzo, qué valiente y audaz había sido; y cómo, después, tan
acobardado estaba que no se atrevió a hacer frente a ningún caballero: el peor
de ellos podría haberle derribado y. prendido, si se lo hubiera propuesto.
Todas y todos decidieron en fin regresar al día siguiente al torneo. Así
tomarán las doncellas por esposos a los que obtengan el honor de la jornada.
Eso era lo acordado. Dicho esto, se vuelven a sus alojamientos.
Mientras
vuelven a sus posadas, por todas partes encuentran gentes que murmuran:
«¿Dónde
está el peor de los caballeros, el que no vale nada y es digno del mayor
desprecio? ¿Dónde ha ido? ¿Dónde se ha agazapado? ¿Dónde ha ido? ¿Dónde le
buscaremos? Quizá no le veamos más, pues Cobardía le ha expulsado; tanto de
ella lleva en sus brazos que no hay en el mundo nadie más cobarde. Y tiene
razón: cien mil veces más cómodo vive un cobarde que un valiente guerrero. Muy
agradable es Cobardía, por ello la ha besado en señal de vasallaje y ha tomado
de ella cuanto es. [5750] Jamás fue Valentía tan vil que viniese a habitar en
él ni a residir a su lado. Es Cobardía quien se ha hospedado dentro de él.
Tanto la adora y sirve su huésped que ha perdido el honor para aumentar el
suyo.»
Durante
toda la noche se burlan: enronquecen a fuerza de murmurar. A menudo, quien dice
mal del prójimo muy peor es que aquél a quien censura y desprecia. Cada uno
dice lo que le place.
Al
amanecer, todo el mundo estaba preparado para volver al torneo. La reina se
sentó de nuevo en la tribuna con las damas y las doncellas. Con ellas se
sentaron numerosos caballeros que no justaban: eran prisioneros o cruzados. Y
describían a las beldades las armas de los caballeros que más admiraban:
«¿Veis a
aquél del escudo rojo con una franja dorada? Es Governal de Roberdic. ¿Y veis a
aquél que sobre su escudo tiene un águila y un dragón? Es el hijo del rey de
Aragón, y ha venido a esta tierra para conquistar honor y prez. Ved al que está
a su lado, ¡qué bien ataca y qué bien justa! La mitad de su escudo es verde, y
lleva un leopardo pintado; la otra mitad, azul. Es el ardiente Ignauro, tan
agradable como enamorado. ¿Y aquél que lleva pintados en el escudo esos
faisanes pico con pico? Es Coguillante de Mautirec. ¿Y aquellos dos junto a él,
sobre caballos tordos, y leones grises en el escudo de oro? Llámase uno
Semíramis, el otro es su compañero fiel: por eso sus escudos son similares.
¿Veis a aquél que lleva una puerta figurada en su escudo? [5800] Se diría que
un ciervo sale de ella. Ése es el rey Yder, a la fe.»
De este
modo describen a los héroes desde la tribuna:
«Ese
escudo se fabricó en Limoges; Pílades lo ha traído, y está deseoso de entrar en
combate. Ese otro fue hecho en Tolosa, como todo el arnés: es el conde de
Estral quien quien lo trajo de allí. Ése vino de Lyon sobre el Ródano: ninguno
hay tan bello bajo el trono celeste. A cambio de un gran servicio prestado lo
obtuvo Taulas del Desierto: sabe llevarlo con gallardía y cubrirse con él.
Aquel otro salió de los talleres ingleses, fue fabricado en Londres; veis sobre
él dos golondrinas: se diría que van a emprender el vuelo, pero no se mueven,
soportando muchos mandobles de acero pata vino. Es el joven Toante quien lo
lleva.»
Así
describen y detallan las armas que les son conocidas. Pero no divisan a aquél
que se había granjeado su desprecio; piensan que ha emprendido la huida para no
tomar parte en la contienda. La reina tampoco le ve, y decide enviar a alguien
a través de las filas para que le busque y encuentre. No conoce nadie mejor
para ello que aquélla a la que enviara el día anterior. La llama inmediatamente
y le dice así:
«Id
ahora, doncella, a montar sobre vuestro palafrén. Os envío al caballero de
ayer. Le buscaréis, le encontraréis. No os retraséis por nada del mundo. De
nuevo le diréis que se comporte todavía lo peor posible. Y cuando se lo hayáis
advertido, escuchad bien lo que os responda.»
No tarda
la doncella en obedecer. Se había fijado la noche pasada hacia dónde se dirigía
el caballero, pues algo le decía con plena seguridad que sería enviada de nuevo
a él. Sabe orientarse entre las filas hasta llegar a su destino. Rápidamente se
acerca, y le repite en voz muy baja que todavía debe comportarse lo peor
posible, si quiere conservar el amor y la gracia de la reina: órdenes suyas
son.
Responde
Lanzarote:
«Gracias
le sean dadas a ella, pues tal cosa me ordena.»
La
doncella se fue. Mientras, se deja oír el griterío que levantan criados y
escuderos diciendo:
«¡Maravilla!
¡Ha regresado el caballero de las armas bermejas, venid a verle! Pero, ¿para
qué? No hay en el mundo hombre tan vil, tan digno de desprecio y tan cobarde.
La cobardía le domina, y él nada puede hacer contra ella.»
Ha vuelto
la doncella junto a la reina. Ésta no deja de apremiarla hasta conocer la
respuesta. Al oírla, mucho se ha alegrado, pues ahora sabe sin ninguna duda que
ese caballero no es otro que aquél a quien ella pertenece por entero, y que le
sigue perteneciendo él también a ella sin falta. Entonces ordena a la muchacha
que vuelva aprisa sobre sus pasos, y diga al caballero que ella le prescribe y
suplica que se comporte lo mejor posible.
«Iré
—responde la doncella—, sin concederme el menor reposo.»
Ha bajado
a tierra desde la tribuna: allí la espera un criado, guardándole su palafrén.
Ensilla, monta y parte al encuentro del caballero. Inmediatamente le dice:
«Ahora mi
dama os manda, señor, que lo hagáis lo mejor posible.
—Le
diréis —responde Lanzarote— que no me ordena nada que no me plazca, pues que a
ella le agrada. Todo lo que a ella place me es grato a mí.»
No fue
lenta ella en transmitir su mensaje, pues sabe que va a hacer feliz a la reina.
Por el camino más corto ha regresado a la tribuna. [5900] Al verla, se ha levantado la reina, y se
adelanta a su encuentro. Pero no baja hasta abajo: la espera en la plataforma.
La doncella se acerca, muy complacida en referir la nueva. Comienza a subir los
peldaños de la escalera. Llega por fin al lado de la reina.
«Señora
—le dice—, nunca vi caballero de carácter tan complaciente. Tan extremadamente
quiere hacer lo que vos le ordenáis que, a deciros verdad, acoge con idéntico
semblante honra y deshonra, bien y mal.
—A fe
—dice la reina—, puede que sea así.»
Y vuelve
a la tribuna para ver a los caballeros. Por su parte, Lanzarote no espera más:
ardiendo en deseos por mostrar toda su valentía, coge su escudo por las
correas. Endereza el cuello de su caballo y se precipita entre dos hileras de
justadores. Boquiabiertos quedan aquéllos a quienes ha engañado su fingimiento:
buena parte del día y de la noche han estado burlándose de él, durante
demasiado tiempo se han divertido a sus expensas. Con el escudo firmemente
sujeto, pica espuelas contra él, desde el otro bando, el hijo del rey de
Irlanda. Tanto se hieren mutuamente que el hijo del rey de Irlanda no piensa ya
en justar: su lanza ha quedado hecha pedazos, pues no ha golpeado sobre musgo,
sino sobre un escudo de planchas muy duras y secas. Lanzarote le enseñó en esta
justa uno de sus golpes maestros: ajustándole el escudo sobre el brazo, le
apretó el brazo contra el costado y le echó a rodar por tierra. En ese punto se
precipitan los caballeros de ambos bandos, picando espuelas. Unos combaten para
liberar al vencido, otros para acabar con él. [5950] Los primeros cuidan ayudar a su señor: la
mayoría vacía sus arzones en el tumulto de la refriega. Galván, que se
encontraba entre los segundos, se abstuvo de hacer armas aquel día; tanto le
placía mirar las proezas de aquél que llevaba las armas pintadas de sinople que
eclipsadas le parecían las de los demás caballeros; no brillaban al lado de las
suyas. En cuanto al heraldo, goza a sus anchas, y grita de manera que todos puedan
oír lo que dice:
«¡Ha
venido el que vencerá! ¡Es hoy cuando veréis de lo que es capaz! ¡Hoy aparecerá
su valentía!»
Entonces
el caballero hace girar a su caballo y pica espuelas contra un adversario muy
señalado. De tal forma le hiere que le envía a tierra, a cien pies por lo menos
de su caballo. Tan bien comienza a comportarse con la espada y la lanza que no
hay nadie que al verle no se regocije. Incluso entre los que llevan armas cunde
el placer y la alegría: gran fiesta es verle derribar al mismo tiempo caballos
y caballeros. Apenas uno de los que ataca consigue permanecer en la silla. Los
caballos que obtiene de ese modo los regala a quien los quiere. Y aquéllos que
burlarse de él solían, dicen:
«Deshonrados
estamos y perdidos. Muy grande sinrazón hemos cometido injuriándole y
despreciándole. Bien vale él solo por un millar de los valientes que no
escasean en este campo. Ha vencido y sobrepasado a todos los caballeros del
mundo. Nadie puede compararse con él.»
Y las
doncellas pensaban, mirándole con ojos maravillados, que no podrían desposarle:
no se atrevían a fiar de su belleza ni de su fortuna, no era suficiente un
origen ilustre, por alto que fuese. [6000]
Ninguna de ellas se reputaba digna del caballero, ni en hermosura ni en
riquezas: era un hombre de excesivo valor. La mayor parte de ellas, empero, se
obligan por votos tales que, si no consiguen desposarle, no se casarán ese año,
ni serán dadas en matrimonio a marido ni a señor. La reina, que ha oído estos
ingenuos propósitos, sonríe para sí burlonamente. Bien sabe que él no aceptaría
a la más bella y más gentil de las doncellas ni por todo el oro de Arabia. En
su común deseo, cada una querría guardarle para ella, y tiene celos de su
compañera, como si él fuese ya su esposo. Y es que le ven tan diestro en el
combate que piensan -tanto les placía- que ningún otro caballero podría llevar
a cabo tales hazañas.
Tan bien
lo hizo que, al final del torneo, ambas partes dijeron sin mentir que no había
tenido rival el caballero del escudo bermejo. Todos lo decían, y era verdad.
Entonces, al partir, dejó caer su escudo a toda prisa allí donde más gente
había, y su lanza, y la gualdrapa de su caballo. Acto seguido, se alejó a toda
velocidad. Tan furtivamente escapó que nadie de cuantos allí estaban se
apercibió de ello. Y se puso en camino, cabalgando en línea recta hacia aquel
lugar de donde había venido, con el fin de cumplir su juramento.
Entretanto,
terminado el torneo, todos buscan y reclaman al vencedor. Pero no le
encuentran: ha huido, no quiere ser reconocido. Gran duelo y gran angustia
sienten los caballeros. Grande alegría habrían, si le tuviesen con ellos. Pero
si a los caballeros les produjo pesar su partida, las doncellas lo hubieron
mucho mayor cuando supieron la noticia. [6050]
Juran por san Juan que no se casarán ese año. Puesto que aquél a quien
querían se ha marchado, conceden la libertad a todos los demás. De este modo
terminó el torneo, sin que una sola de ellas obtuviese marido.
Lanzarote
no se detiene. Pronto regresa a su prisión. Dos días o tres antes de volver él,
llegó a su casa el senescal que le guardaba, y preguntó dónde estaba su
prisionero. La dama no ocultó la verdad a su marido: había prestado a Lanzarote
su armadura bermeja lista para el combate, su arnés y su caballo, y le había
permitido acudir al torneo de Noauz.
«Señora
—dice el senescal—, no podíais haber obrado peor, a la verdad. Ello traerá
consigo para mí la desgracia mayor, pues mi señor Meleagante me tratará peor
que el gigante ( ) a los náufragos indefensos. Moriré entre tormentos cuando lo
sepa. No tendrá piedad de mí.
—Mi buen
señor —responde la dama—, no desmayéis. Ningún motivo hay para sentir el miedo
que sentís. Nada ni nadie retendrá a Lanzarote lejos de aquí. Me juró sobre sus
santos que volvería tan pronto como pudiese.»
El
senescal ensilla sin demora y cabalga hacia su señor, poniéndole al corriente
del suceso. Pero mucho le tranquiliza diciéndole cómo su mujer recibió de
Lanzarote el juramento de regresar a su prisión.
«No
faltará a su palabra, bien lo sé —responde Meleagante—. Sin embargo, no dejo de
lamentar vivamente lo que ha hecho vuestra mujer. A ningún precio hubiese
querido que participara en ese torneo. [6100]
Pero idos en seguida y cuidad que, cuando regrese Lanzarote, sea
dispuesta para él una prisión tal que no pueda salir fuera ni hacer libre uso
de su cuerpo. Me enviaréis noticias de ello en cuanto suceda.
—Se hará
como ordenáis.»
Parte de
regreso el senescal, encontrando en su casa a Lanzarote, prisionero de nuevo.
Un mensaje circula sin tardanza: se lo envía el senescal a Meleagante por el
camino más corto. En él le comunica que Lanzarote ha vuelto a su prisión. Tan
pronto como el felón lo oye, congrega albañiles y carpinteros que de grado o
por fuerza harán lo que les mande. Se hizo traer a los mejores del país y les
dijo que hiciesen una torre, y que no regateasen esfuerzos hasta su total
construcción. De piedra había de ser, y situada a la orilla del mar. En efecto,
cerca de Gorre fluye un ancho brazo de mar en cuya centro hay una isla: bien la
conoce Meleagante. Es allí donde ordena que se extraigan la piedra y la madera
para levantar la torre. En menos de cincuenta y siete días fue construida,
fuerte y espesa, larga y ancha. De este modo la construyeron, y allí hizo
conducir el felón a Lanzarote. Después mandó tapiar las puertas e hizo jurar a
todos los albañiles que jamás en su vida dirían palabra de esta torre. Con ello
perseguía que fuese ignorada por el mundo. Salvo una pequeña ventana, no tiene
huecos ni aberturas. Allí es donde se ve obligado a vivir Lanzarote. Le daban
de comer, escasamente, por la antedicha ventana: así lo ha prescrito el felón
desleal.
••••••••••••••
[Godefroi
de Leigni]
Por el
momento, Meleagante ha hecho toda su voluntad. [6150] Acto seguido, endereza
sus pasos hacia la corte del rey Arturo. Llega allí, y cuando está delante del
rey, comienza a decirle, lleno de orgullo y sinrazón:
«Rey, he
concertado una batalla ante ti en tu corte; pero no veo aquí a Lanzarote, que
es quien se ha comprometido a luchar contra mí. No obstante, mi deber es
reiterar mi oferta de combate ante todos los que me están escuchando. Si él
está aquí, que se adelante y se declare dispuesto a mantenerme su palabra en
vuestra corte de hoy en un año. No sé si os han dicho de qué manera y en qué
guisa fue concertada esta batalla, pero veo caballeros aquí presentes que
presenciaron el acuerdo, y bien os lo sabrían ratificar, si quisieran confesar
la verdad. Pero si alguien lo niega, no recurriré a un mercenario: yo mismo le
daré su merecido.»
La reina,
que se sentaba junto al rey, atrae a éste cabe sí y le dice:
«Señor,
¿sabéis quién os ha hablado? Es Meleagante, mi raptor. Me arrebató cuando me
escoltaba Keu, el senescal: mucha vergüenza y mal le ha causado.
—Señora
—le responde Arturo—, me he apercibido de ello. Sé muy bien que es aquél que
retenía a mis gentes en el destierro.»
Nada
añadió la reina. Entonces el rey se volvió hacia Meleagante y le dijo:
«Amigo,
por Dios os aseguro que no sabemos noticia de Lanzarote. Ése es nuestro gran
duelo.
—Señor
rey —dice Meleagante—, Lanzarote me dijo que aquí le encontraría sin falta. No
debo reclamarle esta batalla si no es en vuestra corte. Quiero que todos estos
varones me sean testigos: de hoy en un año le requiero para que cumpla la
promesa que hicimos cuando acordamos este combate.» [6200]
En este
punto se levanta mi señor Galvan, a quien no complacía un requerimiento
semejante. «Señor —dice—, ni rastro de Lanzarote se encuentra en todo este
país. Pero le haremos buscar y le encontraremos, si place a Dios, antes de que
se cumpla el plazo de un año, a no ser que esté muerto o en prisión. Y si él no
puede estar presente, concededme esa batalla, yo lucharé. Me armaré en su lugar
el día señalado, si no regresa antes.
—¡Ah! Mi
buen señor rey —responde Meleagante—, concedédselo. Él lo desea y yo os lo
ruego, que no hay en el mundo caballero, fuera de Lanzarote, con el que más a
gusto mediría mis fuerzas. Pero sabed con seguridad que si uno de los dos no me
combate, no aceptaré ningún otro a cambio.»
El rey
dice que se lo otorga, si es que Lanzarote no vuelve dentro del plazo.
Meleagante se marcha, y no descansa hasta regresar junto al rey Baudemagus, su
padre. En su presencia, comenzó a alardear y a jactarse, aparentando una
valentía de mérito singular. Aquel día muy alegre tenía a su corte el rey
Baudemagus en Bade ( ) su ciudad. Cumplíase el aniversario de su nacimiento, y
todo estaba lleno a rebosar. Le acompañaba una muchedumbre innumerable de
gentes de las más diversas procedencias. En el palacio se apiñaban caballeros y
doncellas. Entre ellas había una (era la hermana de Meleagante) a la que más
tarde dedicaré mi atención. Ahora no quiero decir más, pues no conviene a mi
relato el que deba decirlo en este punto. No quiero desfigurar mi historia, ni
alterarla, ni forzarla: quiero que siga siempre un camino recto. [6250]
Por ahora
sólo os diré que Meleagante, recién llegado, ante toda la corte —grandes y
pequeños— dice a su padre en alta voz:
«Padre,
así Dios os salve, decidme si os place la verdad: ¿no tiene motivos para estar
alegre y no se halla en posesión de un gran valor aquél que en la corte del rey
Arturo por sus armas se hace temer?»
Su padre,
sin escuchar más, responde a su pregunta:
«Hijo,
todos los valientes deben honrar y servir a aquél que pudo merecer tal honra, y
deben mantener su compañía.»
Ello le
adula y le invita a no seguir callando el motivo que le ha impulsado a hablar
así. Diga, pues, lo que ansia decir y de dónde viene:
«Señor,
no sé si recordáis los términos del acuerdo que, por mediación vuestra, puso
fin a la batalla que Lanzarote y yo librábamos. Recordaréis sin duda que muchos
estaban presentes cuando se dijo que en el plazo de un año a partir de mi
requerimiento debíamos acudir a la corte de Arturo, dispuestos para un nuevo
combate. Allí me presenté como era mi deber, preparado a la empresa que me
obligaba a ir. Hice lo que debía hacer: pregunté por Lanzarote, reclamé a aquél
contra quien debía luchar. Pero no pude verle ni encontrarle: se ha dado a la
fuga, me ha evitado. Pero no he vuelto de vacío: Galván me ha prometido por su
fe que, si Lanzarote no está vivo o no regresa dentro del plazo señalado, no se
diferirá la batalla, que él mismo me combatirá en lugar de Lanzarote. No tiene
Arturo otro caballero tan valioso como él, es bien sabido. [6300] Pero antes que florezcan de nuevo los saúcos
comprobaré sí los hechos concuerdan con su fama, en cuanto intercambiemos unos
golpes. ¡Ojalá fuese ahora mismo!
—Hijo
—responde Baudemagus—, te esfuerzas en conducirte como un loco. Tú mismo das a
conocer tu locura. Verdad es que se humilla quien tiene buen corazón, pero el
loco y el engreído no tienen salvación posible. Por ti lo digo, hijo, porque tu
carácter es tan duro y tan seco que no conoces la dulzura, ni la amistad. Tu
corazón no sabe lo que es la piedad: la locura lo ha extraviado. Es por eso por
lo que te desprecio, ello te hará caer. Si eres valiente, no faltará quien dé
testimonio de ello cuando sea necesario. Un valiente no necesita alabar su
valor para ensalzar sus hechos: sus proezas se alaban por sí solas. El elogio
que de ti mismo haces no te ayuda a aumentar tu valor, sino a disminuirlo.
Hijo, estás advertido; pero, ¿de qué te vale? Lo que se dice a un loco son
palabras perdidas. Inútilmente se debate aquél que quiere liberar de su locura
a un loco. De nada sirve un consejo si no se pone en práctica: en seguida se
pierde y desaparece.»
Fuertemente
turbado está Meleagante, como fuera de sí. Jamás hombre nacido de mujer —os
estoy diciendo la verdad— visteis tan lleno de ira como él. Entonces se rompió
el último lazo entre ellos, cuando, lleno de indignación, dijo contra su padre
estas palabras, abiertamente agresivas:
«¿Estáis soñando o deliráis cuando decís que yo he
perdido la razón por lo que acabo de contaros? Cuidaba haber venido a vos como
a mi padre y señor. [6350] Pero, según
parece, ello no es así, puesto que más vilmente me insultáis -ése es mi
parecer- de lo que debierais. ¿Sabríais decirme una razón para explicar vuestra
actitud?
—La
tengo, y suficiente.
—¿Cuál es
ella?
—Ninguna
cosa veo en ti sino rabia y locura. Conozco muy bien tu corazón que aún será
para ti fuente de males. ¡Maldito sea quien piense que Lanzarote, ese espejo de
caballeros en quien tú solo no te miras, haya huido por miedo de ti! Quizá ya
esté enterrado, o secuestrado en una prisión cuyas puertas estén tan
herméticamente cerradas que no pueda salir sin licencia del carcelero. Sentiría
un inmenso dolor si hubiese muerto o se encontrara en mala situación. Gran
pérdida sería el hecho de que una criatura tan perfecta, tan hermosa y
valiente, tan mesurada, hubiese perecido tan temprano. ¡Quiera Dios que no sea
verdad!»
Después
de estas palabras, Baudemagus guarda silencio. Pero cuanto se ha dicho y
referido lo ha oído su hija. Sabed bien que era la doncella de la que os hablé
más arriba. No le alegraron semejantes noticias de Lanzarote, y dedujo que le
tenían prisionero en un lugar secreto, pues que ni rastro había de él.
«¡Dios me
lo tome en cuenta —pensó—, si me concedo algún reposo antes de saber noticia
cierta de su paradero!»
Sin
demora, corrió con gran sigilo a montar sobre una muy hermosa muía de paso muy
suave. Al salir de la corte, no sabe hacía qué lado dirigirse. Y sin saber
dónde ir, toma el primer camino que encuentra, a la aventura, sin caballero ni
sirviente. [6400] Mucho se apresura:
tanto desea alcanzar lo que persigue. Gran ardor pone en su búsqueda, pero no
la culminará tan pronto. No puede descansar, ni detenerse en un lugar por mucho
tiempo, si es que quiere llevar a buen término lo que se ha propuesto: arrancar
a Lanzarote de su prisión, con tal que le encuentre y pueda hacerlo. Pero antes
de conseguirlo, antes de saber nuevas de él, cuido que muchas vueltas habrá
dado en todos los sentidos por el país, muchas comarcas habrá explorado. Pero,
¿de qué valdría que os hablara de sus paradas nocturnas y de sus jornadas?
Tantos caminos ha recorrido por monte, valle, arriba, abajo, que ha pasado un
mes largo y sabe lo de antes, ni más ni menos: nada.
Atravesaba
un día la campiña, cabalgando doliente y pensativa, cuando vio a lo lejos,
sobre la orilla, junto a un brazo de mar, una torre: en una legua a la redonda
no se veía choza, cabaña ni vivienda alguna. Meleagante había hecho encerrar
allí a Lanzarote, pero ella no lo sabía. Sin embargo, no puede separar sus ojos
de lo que ve. Su corazón le dice que ha encontrado al fin lo que buscaba.
Fortuna la ha conducido por el camino recto, después de haberla extraviado
durante tanto tiempo.
Se
aproxima la joven a la torre, tanto que llega a tocarla. La rodea, atentos sus
oídos a la escucha. Toda su atención tiende a percibir algo que pueda
devolverle su alegría. Mira hacia abajo, después hacia arriba: puede calibrar
así la altura y el volumen de la torre. Le maravilla no ver puerta ni ventana,
a no ser una, pequeña y estrecha. [6450]
Por lo demás, la torre que es alta y erguida, no tiene escala ni
escalera. Ello le hace sospechar que se hizo a sabiendas y que Lanzarote está
dentro; no comerá bocado hasta saber si es verdad o no. Iba a llamar a
Lanzarote por su nombre, pero optó por callarse: una voz se dolía en la
singular torre, una voz que no pedía sino la muerte. Quien así despreciaba
cuerpo y vida decía débilmente, en baja y ronca voz:
«¡Ah!
¡Qué infelizmente para mí ha girado tu rueda, Fortuna! Ayer estaba arriba y hoy
abajo. Ayer era feliz, hoy desgraciado. Ayer me sonreías, hoy me inundas de
llanto. ¡Pobre de mí! ¿Por qué confiaría en ella cuando tan pronto me ha
abandonado? En poco tiempo me ha derribado desde lo más alto hasta lo más bajo.
Fortuna, muy mal obraste cuando te burlaste de mí. Pero, ¿qué te importa? Nada
en absoluto. ¡Ay, santa Cruz, Espíritu Santo, estoy perdido, estoy perdido y
voy a perecer! ¡Ah, Galván, vos que tanto valéis y no tenéis igual en valentía,
mucho me maravillo de que no vengáis en mi socorro, ahora que me encuentro
completamente consumido! Demasiado tardáis, así no me hacéis cortesía. Bien
debería obtener vuestra ayuda aquél a quien tanto solíais amar. Sí, de este
lado o del otro de la mar puedo decir sin miedo que no hay lugar remoto ni
escondite donde yo no fuese a buscaros, durante siete años o diez, hasta
encontraros, si llegara a saber que estabais en prisión. Pero, ¿a qué
debatirme? [6500] No significo nada para
vos, pues no queréis arriesgaros por mí. Dice el villano con razón que
difícilmente se puede encontrar un amigo; en la necesidad se comprueba quién es
el buen amigo. ¡Ay! Más de un año hace que estoy aquí, prisionero en esta
torre. Galván, por despreciable tengo el que me hayáis abandonado. Pero si vos
no conocierais mi desgracia os habría insultado sin razón. Sí, verdad es, un
gran ultraje he perpetrado contra vos, gran mal os hice cuando os juzgué
insensible, pues estoy seguro de que nada de cuanto las nubes cubren os habría
impedido a vos y a vuestras gentes arrancarme de esta desgracia y de este azar
adverso, si conocierais la verdad. Por amistad y por amor habríais debido
hacerlo: ése es mi pensamiento. Pero no es cierto, no puede serlo. ¡Ay!
¡Maldito sea de Dios y de san Silvestre quien así me ha condenado a tamaña
deshonra! Es Meleagante, el peor de los hombres. Por envidia me ha hecho todo
el mal que ha podido.»
En este
punto calla e interrumpe sus quejas aquél cuya vida no es sino dolor. Pero
aquélla que abajo aguardaba ha oído todo cuanto ha dicho. No quiere demorarse
por más tiempo: sabe que ha llegado al final. Y así se dirige al cautivo:
«¡Lanzarote!
—lo más alto que puede—, amigo, vos que estáis arriba, hablad a una vuestra
amiga.»
Pero él,
dentro, no oye nada. Y ella más y más se esfuerza, tanto que él alcanza a oír
su voz, en medio de su postración. Maravilla era: ¿quién podría llamarle? Oye
la voz que le llama, pero no sabe de quién es: concluye que se trata de una
alucinación. Dirige sus miradas en derredor: no hay nadie. [6550] No están más
que la torre y él.
«Dios
—dice—, ¿qué es lo que oí? He oído hablar y a nadie he visto. Esto, a fe mía,
es increíble. Y no estoy soñando. Estoy despierto. Si me hubiese ocurrido
mientras dormía, cuidaría que es pura ilusión. Pero estoy despierto, y por eso
me inquieto.»
Entonces
se levanta a duras penas y se dirige, paso a paso, lentamente, hacia la pequeña
angostura. Llegado allí, se apoya y mira hacia arriba y hacia abajo, de frente
y de costado. Después de dirigida su vista al exterior, escudriña cuanto puede
y ve al fin a quien le había llamado. No la conoce, pero la ve. Ella, por su
parte, le conoció al momento, y le dijo:
«Lanzarote,
he venido de lejos para encontraros. La cosa es hecha, os he encontrado. Sean
dadas gracias a Dios. Yo soy aquélla que os rogó un don cuando ibais hacia el
Puente de la Espada, y me concedisteis de grado lo que deseaba de vos: la
cabeza del caballero derrotado a quien yo odiaba. Yo os la hice cortar. En pago
de ese don y de esa gracia, me he puesto por vos en estos trabajos. Os sacaré
fuera de aquí.
—Doncella,
mi gratitud es grande —dijo entonces el prisionero—. Bien recompensado será el
servicio que os hice si consigo salir de aquí. Si sucediera de ese modo, puedo
prometeros por san Pablo apóstol que consagraré todos mis días a vos. Pongo a
Dios por testigo de que no habrá día en que no haga lo que gustéis ordenarme.
No sabréis pedirme cosa que yo no os obtenga al instante, si depende de mí el
obtenerla.
—Amigo,
nada temáis. Muy pronto saldréis de vuestra prisión. [6600] Hoy mismo series libre. Ni por mil libras
renunciaría a veros libre antes de un nuevo día. Después os proporcionaré
alojamiento, reposo y bienestar. No habrá cosa que os plazca que no tengáis si
la queréis. Pero no desmayéis ahora. Primero he de buscar en esta tierra, no sé
dónde, algún utensilio, si es que lo encuentro, que pueda ensanchar esta
angostura hasta que podáis salir por ahí.
—¡Dios os
ayude a encontrarlo! —dice él, de acuerdo en todo con ella—. Aquí tengo yo
abundante cuerda, la que los carceleros me han dado para subir mi comida, un
pan duro de cebada y agua turbia que perjudica el cuerpo y el corazón.»
La hija
de Baudemagus encuentra entonces un pico fuerte, macizo y agudo. Lanzarote se
sirve de él, y tanto golpea, hendiendo el muro con todas sus fuerzas, que
consigue por fin una abertura por donde sale sin dificultad. ¡Qué gran alivio,
qué alegría salir de su prisión, donde tanto tiempo ha estado encerrado! Le
espera el aire libre. Aunque le ofreciesen todo el oro que hay en el mundo
sabed bien que no querría regresar a su cárcel.
Ya ha
salido Lanzarote de su encierro. Se tambalea de debilidad. La doncella, muy
suavemente, le ha colocado sobre su muía. Juntos se alejan a buen paso. Pero
ella elige los caminos escondidos, para que nadie pueda verles. Cabalgan
secretamente, pues, si no se ocultasen, quien les reconociera podría causarles
complicaciones; y ella no quería que esto les sucediese. [6650] Por eso esquiva
los pasos peligrosos, hasta que por fin llegan a un refugio donde solía a
menudo residir, pues era agradable y hermoso. Todos allí acataban de grado su
voluntad. Abundaban los frutos. El clima era sano y el retiro seguro. A este
lugar ha venido a para Lanzarote: recién llegado, la doncella le ha despojado
de su ropa, y en un lecho alto y hermoso le ha depositado con dulzura. Después
le baña, después le prodiga tantos cuidados que no sería capaz de deciros la
mitad. Suavemente le da masaje y le mima, como si se tratara de su padre: le
renueva totalmente, le restituye a su antiguo estado.
Ahora no
es menos hermoso que un ángel, ya no le roe el hambre, es fuerte y bello. En
este nuevo estado se levanta del lecho.
La joven
le había buscado el vestido más hermoso que tenía. Al levantarse, él se lo puso
alegremente, más ligero que pájaro que vuela. A la doncella abraza y besa,
después le dice amablemente:
«Amiga, a
vos sola y a Dios debo agradecer esta mi vuelta a la salud. Por vos estoy fuera
de prisión. Podéis tomar a cambio de ello mi corazón, mi cuerpo, mis servicios,
todo lo que tengo, en el momento en que os plazca. Tanto habéis hecho por mí
que vuestro soy. Largo tiempo hace que falto de la corte de Arturo, mi señor,
de quien tanta honra he recibido; bastante tendría que hacer allí. Mi noble y
dulce amiga, por amor os pediría licencia de partir; hacia allá me dirigiría
con gran placer, si me lo permitís.
—Lanzarote,
mi querido amigo, mi dulce y bello amigo —dice la joven—, consiento en ello. No
quiero otra cosa que vuestra honra y vuestro bien, aquí y allá.»
[6700] Un maravilloso caballo que ella tiene, el
mejor que visteis jamás, se lo obsequia, y él salta encima, sin pedir licencia
a los estribos: en un suspiro se encontró en la silla. Entonces, ambos se
encomiendan mutuamente a Dios que nunca es mentiroso.
Lanzarote
se ha puesto en camino, tan alegre que no sabría describiros cuánto, por haber
escapado así del lugar en que estuvo prisionero. Muy a menudo se dice para sí
que Meleagante, el traidor indigno de su estirpe, le ha tenido en prisión para
su propio mal, y que pagará cara su traición. «A pesar suyo, yo estoy fuera»,
se repite. Y jura en cuerpo y alma por Aquél que creó el universo que no hay
tesoro ni riqueza de Babilonia a Gante por el que dejaría escapar con vida al
felón, si le tuviera a su merced como vencedor: demasiada vergüenza y
perjuicios le ha causado.
Pero la
venganza se acerca, y el mismo Meleagante a quien amenaza ya ha llegado a la
corte, sin que nadie le hubiese hecho venir. Una vez llegado, preguntó por mi
señor Galván, tanto que obtuvo verle. Entonces el traidor probado se interesa
por Lanzarote, si ha sido visto o encontrado, como si él nada supiera a ese
respecto. (De hecho, no sabía nada, pero creía saberlo). Galván le dice la
verdad: que no le ha visto y no ha llegado aún.
«Y bien
—dice Meleagante—, puesto que aquí os encuentro, venid y mantenedme la palabra.
No esperaré más tiempo.
—Cumpliré
mi palabra, si a Dios place —responde Galván—. Haré frente a mi compromiso con
vos: con creces me liberaré de mi promesa. [6750] Pero, si lanzamos los dados por ver quién
consigue más puntos y yo consigo más que vos, así me valga Dios y santa Fe, no
cejaré hasta haberme llevado todo el dinero de las apuestas.»
Entonces,
Galván ordena que al punto se extienda una alfombra ante él. Rápidamente y en
silencio, cumplen su mandato los escuderos: sin gruñir ni mascullar nada entre
dientes, han emprendido su tarea. Cogen la alfombra y la colocan en lugar
señalado. No tarda Galván en saltar encima, y solicita ser armado
inmediatamente por los pajes que ante sí encuentra todavía sin manto. Eran tres
los que allí estaban, no sé si primos o sobrinos, todos expertos y avezados.
Irreprochablemente le han armado: en punto alguno se podría poner objeciones a
su trabajo. Acto seguido, uno de ellos le trae un corcel de España, más rápido
por campo, bosque, monte o valle que lo fuera el magnífico Bucéfalo. Sobre
semejante animal montó Galván, famoso caballero, el mejor enseñado de cuantos
recibieron el signo de la cruz.
Iba ya a
coger su escudo cuando vio a Lanzarote descender del caballo ante sus ojos. No
lo esperaba. Maravillado se quedó mirando a quien tan repentinamente había
llegado. A la verdad, le parecía una maravilla mayor que si hubiese caído de
las nubes en ese instante, delante de él. Pero cuando comprueba que está ahí de
verdad y no se trata de un error, nada le impide a él descender del caballo
también. [6800] Se dirige hacia
Lanzarote con los brazos extendidos, le saluda, le abraza, le besa. Gran
alegría es para él haber encontrado a su compañero. Os diré la verdad, no
dejéis de creerme: en este momento, no se hubiera cambiado por un rey, si
tuviese que prescindir de su amigo.
Ya sabe
el rey —y todos— que Lanzarote, tan largo tiempo retenido, ha llegado sano y
salvo a su cita en el día de hoy. Todos manifiestan gran alegría y, para
festejarle, toda la corte se reúne, después de haberle esperado durante tanto
tiempo. Nadie hay de avanzada o corta edad que no haga público su gozo. La
alegría ha borrado el dolor anterior; desaparece el duelo y el placer vuelve a
nutrir los corazones. Y la reina, ¿no participa de este júbilo? Por supuesto
que sí, es la primera en alegrarse. Pero, Dios mío, ¿dónde se halla? Jamás
sintió una dicha tan grande como ahora. ¿Cómo no habrá venido? A la verdad,
está tan cerca de su amado que poco falta para que el cuerpo siga al corazón.
¿Dónde está el corazón? Recibe a Lanzarote con besos y caricias. Y el cuerpo,
¿por qué se oculta? ¿Acaso no es completa su alegría? ¿Le consume tal vez la
indignación o el odio? No por cierto, ni una cosa ni la otra. Es que el rey y
los demás que están allí tienen los ojos muy abiertos, y podrían apercibirse de
todo el asunto si, a la vista de todos, quisiera hacer el cuerpo lo que hace el
corazón. Si la razón no pusiera freno a su loco pensamiento y a su extravío,
todos sus sentimientos se harían visibles: inútil y excesiva locura.
[6850] Por ello es por lo que la razón
ha doblegado corazón y pensamiento. Vale más esperar el instante oportuno, en
un lugar idóneo y adecuado, no donde se encuentran ahora.
Mucho
honra el rey a Lanzarote y, después de haberle tributado la mejor de las
acogidas, le dice:
«Amigo,
hace tiempo que no sentía la alegría que hoy siento al veros entre nosotros.
Pero mucho me pregunto extrañado en qué tierra y país habéis permanecido
durante todo este tiempo. En invierno y verano os he hecho buscar por todas
partes. Nadie os pudo encontrar.
—Mi buen
señor —responde Lanzarote—, en breves palabras os diré cuanto me ha sucedido.
Meleagante, el felón traidor, me ha tenido prisionero desde que fueron
liberados de su tierra los cautivos, condenándome a vivir vergonzosamente en
una torre, a la orilla del mar. Allí me hizo encerrar, y allí sufriría hoy el
peor de los destinos, si no fuese por una mi amiga, una doncella a la que
presté hace tiempo un pequeño servicio. A cambio de aquel favor, ¡gran galardón
me ha vuelto! Gran honra he recibido de ella, e impagable servicio. En cuanto a
aquél a quien no amo en absoluto, de quien he recibido tanta deshonra, quisiera
pagarle cuanto le debo en este lugar y sin tardanza. Ha venido a buscarme: aquí
me tiene. No es preciso que aguarde por más tiempo. Él está preparado y yo
también. ¡Dios quiera que no tenga en lo sucesivo motivos para jactarse!»
Entonces
dice Galván a Lanzarote:
«Amigo,
si pago vuestra deuda a vuestro acreedor, pequeña bondad será ésta. Ya estoy
armado y sobre mi montura, como veis. Hermoso y dulce amigo, no me neguéis este
favor os lo suplico encarecidamente.»
[6900] Lanzarote responde que se dejaría arrancar
ambos ojos de la cabeza antes de que lograra persuadirle. Jura que nada de eso
sucederá. Sólo él debe pagar una deuda que ha prometido satisfacer. Galván ve
bien que todo cuanto diga no surtirá efecto. Así, pues, se despoja de la cota
de malla y se desarma por completo. De estas armas se reviste Lanzarote sin
perder un instante. Le parece que nunca va a llegar la hora de la satisfacción
y la venganza. Ningún placer habrá para él mientras Meleagante no obtenga el
fruto de lo pactado. El felón, completamente fuera de razón, está maravillado
del espectáculo que se ofrece a sus ojos. Un poco más y perdería el juicio.
«Sí —se
dice a sí mismo—, loco había de estar para no ir a ver, antes de venir aquí, si
todavía tenía cautivo en mi prisión, en mi torre, a aquel que ahora se burla de
mí. ¡Ah, Dios! Pero, ¿por qué habría de ir? ¿Cómo iba a imaginarme que podría
salir de allí? ¿No están los muros sólidamente construidos? ¿No es la torre lo
suficientemente fuerte y alta? No había salida posible sin ayuda del exterior.
Quizá alguien me haya traicionado. Porque, si los muros se hubiesen venido
abajo, precozmente arruinados, ¿no habría muerto él confundido con ellos, y
desmembrado, y roto? Si hubiese caído, así Dios me ayude, habría muerto sin
escape posible. Pero antes de creer que los muros fallaron, prefiero creer que
el mar no tiene una gota de agua y que el mundo ha llegado a su fin, a no ser
que hayan sido abatidos por la fuerza. No, ocurrió de otro modo: alguien le
ayudó a salir; de no ser así, no hubiera conseguido escapar. Convengo en que no
ruedan para mí bien las cosas. [6950]
Sea como sea, él está fuera. Si le hubiese guardado bien entonces, no
habría sucedido esto ni hubiera él regresado a esta corte jamás. Pero es tarde
para arrepentirse. El villano, que no suele mentir, dice verdad: es demasiado
tarde para cerrar el establo cuando ya se han llevado el caballo. Sé bien que
ahora sólo me espera la vergüenza, si no supero con mi propio sufrimiento este
difícil trance. Pero, ¿hasta qué punto lograré resistir? En fin, haré cuanto
pueda, lucharé contra él con todas mis fuerzas, si place a Dios, mi única
esperanza.»
De ese
modo, va cobrando vigor y no pide otra cosa que ser conducido junto con su
enemigo al campo de batalla. Mucho no esperará, me parece, pues Lanzarote lo
requiere a su vez: quiere luchar y piensa vencerle de inmediato. Pero, antes de
que se ataquen mutuamente, les dice el rey que vayan a la llanura que se
extiende bajo el torreón: de aquí a Irlanda no existe otra tan bella. Así lo
hacen, hacia allá se dirigen. Muy pronto están en el lugar señalado. Les sigue
el rey, todos y todas en tropel, una gran muchedumbre. Nadie ha quedado atrás.
Y en las ventanas vense muchos caballeros, gentiles damas y hermosas doncellas,
todos por ver a Lanzarote en acción.
Había en
la llanura un sicómoro: más bello no podía ser. Cubría un gran espacio, y
estaba orlado todo alrededor de hierba fresca y menuda, siempre nueva y
hermosa. Bajo este sicómoro bello y gentil, que fue plantado en tiempo de Abel,
brota una clara fuente que fluye con ligereza. La arena parece de plata y el
conducto de oro, el más precioso y puro. Y corre a través de la llanura, entre
dos bosques, hasta un valle.
Al rey le
place sentarse junto a ese manantial: no encuentra nada allí que le desagrade.
[7000] Acto seguido, ordena a sus gentes
que se sitúen arriba. Fue entonces cuando Lanzarote cargó contra Meleagante con
gran ira, como quien mucho le odiaba. Antes de herirle, empero, le dijo en alta
y fiera voz:
«¡Acercaos,
yo os desafío! Y sabed bien que no tendré piedad de vos.»
Espolea
entonces a su corcel y vuelve atrás un poco a tiro de arco, para tomar impulso.
Después se precipitan el uno contra el otro a todo galope de sus caballos, e
intercambian sendos golpes en los muy sólidos escudos, tales que han conseguido
traspasarlos. Pero ninguno de los dos está herido: no llegaron las lanzas a la
carne en este primer encuentro. Cada uno ha pasado al lado del contrario en un
instante. En seguida, a todo correr, vuelven a dirigirse mutuamente grandes
golpes en los fuertes escudos. Gran esfuerzo despliegan los valientes
caballeros, y no es menor el de los rápidos y potentes caballos. A través de
los escudos, sin embargo, han pasado las lanzas, que no habían sido quebradas,
y por fuerza han llegado hasta la carne desnuda. El ímpetu de su ataque ha
derribado a ambos en tierra. Correas, cincha, estribos: nada puede impedir su
caída. Uno y otro vacían sus arzones y se desploman sobre la tierra inculta.
Sus corceles están espantados, van al azar de un lado a otro, cocea el uno, el
otro muerte, quisieran darse muerte mutuamente.
Los
caballeros caídos se levantan lo más pronto que pueden, y desenvainan las
espadas donde figuran sus divisas. [7050]
Ponen el escudo a la altura del rostro, y se disponen en lo sucesivo a
hacerse el mayor daño posible con el filo cortante de sus aceros. Lanzarote no
tiene miedo: su esgrima es, por lo menos, dos veces superior a la de su
adversario, pues había aprendido este arte en su infancia. Ambos intercambian
grandes golpes sobre los escudos y sobre los yelmos laminados de oro, tanto que
los han hendido y abollado. Fuertemente le apremia Lanzarote: de un tremendo
golpe le ha cortado el brazo derecho, por más que lo tenía cubierto de hierro,
por la zona que el escudo dejaba al descubierto. Meleagante, afrentado como se
siente por la diestra perdida, dice que hará pagar cara esta pérdida. Si hay
lugar para la venganza, hacia allá piensa dirigirse: tan loco está de irá y de
dolor. Poco puede hacer ya, si no es intentar alguna astucia. Corre hacia su
enemigo cuidando sorprenderle, pero Lanzarote se ha dado cuenta, y, con su
espada bien corta, le asesta un tajo tal que pasarán abril y mayo antes de que
el felón pueda recuperarse de la herida. Le ha hundido la nariz hasta los
dientes, rompiéndole tres de ellos.
Meleagante,
en medio de su ira, no puede articular palabra. Ni siquiera se digna suplicar
la merced del vencedor: hasta tales extremos su loco corazón le ha desviado el
seso. Lanzarote se acerca a él, le desata las cintas del yelmo y le corta la
cabeza. Ya no volverá a traicionarle: muerto ha caído, y él le ha matado. Yo os
digo que ninguno de los espectadores se ha compadecido de su suerte. El rey y
todos los que están allí manifiestan su júbilo. Los más alegres desarman a
Lanzarote, y se lo llevan ebrios de alegría.
Señores,
si yo dijese más, sería fuera de materia. Por eso me dispongo a acabar: aquí
termina mi relato. [7100] Godefroi de
Leigni, el clérigo, ha llegado al final de La Carreta. Nadie le reconvenga ni
le reproche haber llevado su tarea más allá de Chrétien, pues ha obrado de
acuerdo con él, que la comenzó. Su parte comprende desde que Lanzarote fue
encerrado en la torre hasta el fin de la historia. Tal es su parte, ni más ni
menos. De otro modo, saldría perjudicado el cuento.
AQUÍ
TERMINA LA NOVELA DE LANZAROTE DE LA CARRETA

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