© Libro No. 688. Schopenhauer y Nietzsche. Simmel, George.
Colección
E.O. Abril 5 de 2014.
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E O R
G E S
I M M
E L. S C H O P E N H A U E R Y N I E T Z S C H E
Versión Original: © G E O
R G E S I
M M E L. S
C H O P E N H A U E R Y N I E T Z S C H
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S C H O P E N H A U E R
Y
N I E T Z S C H E
VERSIÓN CASTELLANA POR
JOSÉ
R. PÉREZ-BANCES
FRANCISCO BELTRÁN
LIBRERÍA ESPAÑOLA
Y EXTRANJERA
L
i b e r a l o s L i b r o s
Indice
PRÓLOGO 3
I - SCHOPENHAUER Y NIETZSCHE
Y SU POSICIÓN EN LA HISTORIA DEL ESPÍRITU. 6
II - EL HOMBRE Y SU
VOLUNTAD. 18
III - LA METAFÍSICA DE LA
VOLUNTAD. 33
IV - EL PESIMISMO. 52
V - LA METAFÍSICA DEL ARTE. 73
VI - LA MORAL Y LA
AUTOSALVACIÓN DE LA VOLUNTAD. 102
VII - LOS VALORES HUMANOS Y
LA DECADENCIA. 132
VIII - LA MORAL DE LA
DISTINCIÓN. 157
PRÓLOGO
La
exposición del pensamiento de Schopenhauer y Nietzsche tropieza con
dificultades contrarias. Schopen¬hauer es un escritor absolutamente claro. Su
manera de pensar y su estilo hacen completamente imposible que aparezca una
«interpretación original» de su doctrina a reformar la tenida hasta aquí por
valedera — tal como es siempre posible tratándose de Platón y Spinoza, Kant y
Hegel —. Por tanto, si la exposición de Schopenhauer ha de ser algo más que una
mera información, elevándo¬se sobre el contenido de la doctrina, habrá de
presentarlo en relaciones críticas con hechos de cultura y encadena¬mientos
espirituales, con normas de conocimiento y valo¬res éticos. Si, según lo dicho,
tratándose de Schopen¬hauer no es necesaria la mera interpretación lógica, tra¬tándose
de Nietzsche es, por lo contrario, imposible. Si trato aquí de traer a frialdad
científica su lenguaje poético o condicional, al hacerlo, no sólo se modifica
la forma, sino que a sus expresiones se les presta un grado de abs¬tracción que
ellas mismas no han alcanzado, y que por eso inevitablemente puede
interpretarse en direcciones muy diversas. Nietzsche mismo da demasiado poco
para la interpretación filosófica meramente expositiva, mien¬tras que
Schopenhauer da demasiado. Por estas razones, de índole opuesta, puede
afirmarse que para ambos la manera profunda de tratarlos, en vez de ir a la
mera ex-posición de la filosofía del pensador, debe de ir a una filosofía sobre
el pensador.
De
este modo, el carácter de este libro, determinado por su objeto, se adecua a su
intención fundamental, que es la de ofrecer una contribución a la historia
general del espíritu y a la comprensión de la significación permanen¬te del
pensamiento de ambos filósofos. Lo que es esen¬cial desde este punto de vista,
coincide en absoluto con lo que es lo esencial y el núcleo de las
personalidades mismas de ambos pensadores. Esto no debe tomarse como
sobreentendido, y mucho menos si se refiere a Schopenhauer y a Nietzsche. De
ambos poseemos las consideraciones más variadas sobre problemas que no están en
relación necesaria, y a veces que no lo están en absoluto con la substancia
central de su pensamiento. Y no sería inverosímil que entre estas
consideraciones se encontrase precisamente lo más valioso, filosófica o
his¬tóricamente, de su obra, como de hecho ocurre con mu¬chas personalidades en
las cuales los productos que sub¬jetivamente eran secundarios, han resultado
objetiva¬mente los más importantes o los más fecundos. Pero la posibilidad y la
razón de ser de la exposición que sigue, se basa en que en el caso de nuestros
filósofos las cosas ocurran de otro modo. Pues parten del supuesto de que los
pocos motivos directivos, los núcleos más internos de las doctrinas de
Schopenhauer y Nietzsche, son al mismo tiempo lo que en ellos hay de más
valioso objetivamente y o propiamente duradero. En tanto que mi exposición sólo
enfoca este núcleo último de las conexiones del pensamiento, se borra todo lo
sensacional y paradójico que caracteriza a ambos pensadores realmente en el
mis¬mo grado, porque si Schopenhauer nos parece quizás menos paradójico que
Nietzsche, ello es obra del tiempo y de la costumbre. En realidad, todos estos
elementos revolucionarios, lógica o éticamente, sólo afectan a la parte
secundaria y accidental de su pensamiento. Todas las ingeniosidades, las
antítesis y paradojas de los dos escritores no son más que elementos de
decoración, o ataques y defensas que se refieren a las relaciones de sus
pensamientos con otros; pero no tocan a su ser más ínti¬mo, tal como se ha
producido del interior, como la expre¬sión de un tipo determinado del alma
humana.
Lo
que una doctrina tiene de positivo está, como se ha dicho, allí donde el núcleo
mismo de la doctrina, su pun¬to central subjetivo, coincide con el punto
central de su significación objetiva. Y esto tiene que darse en todo filó¬sofo
original, porque, como dice una vez Goethe, a pro¬pósito de Schopenhauer, saca
la contestación a la pre¬gunta por lo «objetivo» de su interior, más aún, del
inte¬rior de la humanidad. Con esto se comprenderá que se formule del modo que
sigue el programa de la presente exposición. Describir una personalidad por su
interés para la historia de la cultura no significa contar su vida entera, sino
que, según la peculiaridad de aquel interés, se suprimen muchas cosas, se
realzan otras y — esto es lo esencial — lo que se deja se reúne en una imagen
uni¬taria, a la que no corresponde un modelo inmediato de la vida real, sino
que da, análogamente al retrato artísti¬co, en lugar de la totalidad real del
objeto, una evocación ideal del mismo, el sentido y la significación que le
co¬rresponde a partir de un fin de exposición determinado. Frente a un
filósofo, el problema consiste en elegir de entre la totalidad de sus
manifestaciones aquellas que den una conexión de pensamiento firme, unitaria,
importan¬te, prescindiendo de que en aquella totalidad queden ele¬mentos
contradictorios, dudosos, de significado distinto. La evolución histórica del
pensamiento realiza donde-quiera esta separación, esta excisión y reunión de un
complejo de pensamientos, que en sí forman un todo co¬mún y de un filósofo sólo
ejerce influencia esta imagen así formada; pero no todas las fluctuaciones, por
decirlo así, sólo psicológicas, todo el ir y venir del pensamiento que juega
alrededor de aquella serie coherente o que in¬cluso la contradice. El expositor
no tiene sino que an¬ticipar con conciencia metódica este proceso, que así como
así se verificará en la actuación histórica del filó¬sofo. Este procedimiento,
a seguir en todo lo históri¬co en general, aplicado a la historia de la
filosofía, tie¬ne — siempre que lo dominante sea el interés filosófico objetivo
y de historia del espíritu — la significación espe¬cial de que las
«contradicciones», aquellas manifestacio¬nes del pensador que contrastan con
sus pensamientos esenciales, pueden dejarse aparte. El que un pensador vacile
entre ideas que recíprocamente se excluyen, e in¬cluso el que las haya reunido
en un pensamiento, puede hablar contra él como personalidad psicológica o
contra su capacidad de autocrítica; pero esto nada dice contra el hecho de que
una de estas series de pensamientos con-tradictorios sea verdadera, o por lo
menos importante. Se podrá, acaso, reunir pasajes de los escritos de Nietzsche,
que aparezcan completamente opuestos a la concep¬ción que yo he formado de él;
basta con que si la con-cepción que aquí se expone se deduce de otros pasa¬jes,
y si su significación objetiva lo justifica, se la con¬sidere como la
propiamente original y como el núcleo esencial para la cultura espiritual de
entre las doctrinas de Nietzsche.
I - SCHOPENHAUER Y NIETZSCHE
Y SU POSICIÓN EN LA HISTORIA DEL ESPÍRITU.
El
valor definitivo de la vida y el cristianismo. — La filosofía de la voluntad de
Schopenhauer como expresión del estado de ánimo interior del presente.— Pérdida
del fin absoluto de la vida y subsistencia de la necesidad de él. -Substitución
nietzscheana del fin absoluto por el relativo de la elevación del proceso mismo
de la vida. — El «superhombre» como fórmula de la evolución de la humanidad más
alta de todo estudio posible. — La relación entre ambas doctrinas como
resultado de esta diferencia fundamental partiendo del mismo punto.
Paradójicamente,
toda elevación de la cultura de nues¬tra especie consiste en que, a medida que
crece, necesi¬tamos ir a nuestros fines por caminos cada vez más com¬plicados y
más ricos en estaciones y rodeos. El hombre es el ser indirecto, y esto tanto más
cuanto más cultivado esté. El animal y el hombre incultivado alcanzan aquello
que su voluntad se propone, apoderándose de ello de un modo directo o empleando
tan sólo un número escaso de medios sencillos. La multiplicidad y complicación
cre¬cientes que la elevación de la vida trae consigo no per¬mite esta trinidad
de la serie: Deseo, medio, fin, sino que transforma al miembro intermedio en
pluralidad, en la que el medio propiamente eficaz resulta producido por otro
medio, y éste por otro a su vez, hasta que aparece aquella complicación
incalculable, aquel encadenamiento de la actividad práctica en que vive el
hombre de culturas maduras. Basta pensar en la adquisición de los alimen-tos,
en la simplicidad del procedimiento, que era sufi¬ciente — claro que con
frecuencia no lo era — para pro¬curarse el pan en las culturas primitivas y en
la ramifica¬ción de tan innumerables operaciones, aparatos, medios de
transporte que son necesarios para que el hombre mo¬derno encuentre el pan en
su mesa. Por esta prolongación de las series de fines que hace de la vida un
problema técnico, con frecuencia nos es imposible tener en la conciencia en
cada momento el último miembro de cada serie; en parte porque no podemos
abrazarla toda, en parte porque el paso inmediato, de transición, exige la
concentración de todas las energías de nuestra alma; la conciencia queda en los
medios, y los últimos fines, de los cuales recibe sentido y significación toda
la cadena, desaparecen de nuestro horizonte visible. La técnica, es decir, la
suma de los medios que para la existencia culti¬vada son precisos, se convierte
en el propio contenido de los esfuerzos y valoraciones, hasta que el hombre se
encuentra rodeado por todas partes de empresas e insti¬tuciones que corren en
todos sentidos, y a todas las cua-les les faltan los fines definitivos que les
dan valor. En esta situación de la cultura es cuando se siente la necesi¬dad de
un fin último para la vida en general. Mientras la vida se llena con series
cortas de fines, satisfactorias cada una de por sí, le falta el desasosiego que
tiene que producirse al darse cuenta de que se encuentra presa en una red de
medios, rodeos, soluciones provisionales. Sólo desde el momento en que
comprendemos el carác¬ter de medios que tienen de innumerables actividades e
intereses, en los que nos habíamos concentrado como en valores definitivos, se
despierta el problema punzante de la significación y objeto del todo. Por
encima de los fines singulares, que ya no son un último, sino un penúltimo y
antepenúltimo, se levanta el problema de una unidad verdadera en que hallen su
madurez y su descanso todos aquellos impulsos inacabados, que saque al alma de
la confusión de las soluciones incompletas.
Parece
que por primera vez en la historia del mundo que conocemos, las almas se
encontraron en esta dispo¬sición en la cultura del mundo grecorromano. Los
siste¬mas de fines deja vida habían devenido tan complicados, tan variadas las
series del hacer y del pensar, y los inte¬reses y movimientos de la vida tan
amplios y dependien¬tes de tantas condiciones, que lo mismo en los impulsos
seguros de la masa que en la reflexión de la conciencia filosófica, se despertó
una busca inquieta del objetivo y sentido general de la vida. El que el carpe
diem le corta¬ba al hombre sensual, la cuestión era precisamente la prueba de
su existencia. Las alegrías sensuales del mo¬mento tenían sin duda su fin en sí
mismas, y al escindir la vida en una serie de momentos singulares acentuados,
la libertaba violentamente de la necesidad de una unidad absoluta. El
misticismo de los cultos orientales importados, inclinación cada vez más a todo
género de su-persticiones, y por otra parte, al mismo tiempo, la lucha contra
la idolatría, prueban que el mundo había dejado de hallar sentido en la
amplitud de la vida confusa.
En
esta situación, quizás la más desesperada interior¬mente en que se haya
encontrado la Humanidad, fue el cristianismo el que trajo la salvación. El
cristianismo dió a la vida el fin absoluto que ansiaba, después de que la había
hecho perderse en un laberinto de meros medios y relatividades. La salud del
alma y el reino de Dios se ofre¬cían a los hombres como el fin absoluto más
allá de todo lo singular, lo fragmentario e insensato de la vida. Y de este fin
ha vivido hasta que en los últimos siglos perdió para incontables almas su
poder. Pero al per¬derse la fe no se perdió con ella el ansia de un fin último
de la vida, sino al contrario. Como las necesidades se hacen más firmes y
arraigan más cuando han estado satisfechas por largo tiempo, la vida había
conservado un ansia profunda hacia un fin absoluto, aun después de ha¬ber
desaparecido el contenido que antes había tomado este fin último. Esta ansia es
la herencia del cristianismo, que ha dejado tras sí la necesidad de un
definitivo de los movimientos de la vida, que sigue subsistiendo como un
impulso vacío hacia un fin que ha devenido inalcanzable.
La
filosofía de Schopenhauer es la expresión absolu¬ta, filosófica, de este estado
interior del hombre moder¬no. El punto central de su teoría es que la esencia
propia metafísica del mundo y de nosotros mismos, posee su expresión general y
decisiva en nuestra voluntad. La vo¬luntad es la substancia de nuestra vida
subjetiva, porque el absoluto del ser es un impulso incesante, un continuo ir
más allá de sí mismo, que está condenado, precisa-mente por ser; el fundamento
agotador de todas las cosas, a quedar eternamente insatisfecho. Pues la
voluntad no puede hallar nada fuera de sí en que pudiera satisfa¬cerse, no
puede encontrarse más consigo misma en mi¬les de disfraces distintos, y es
impulsada en un camino eterno a continuar adelante tras de cada punto de
des¬canso aparente. De esta manera se expresa en una con¬cepción general del
mundo la demanda de un fin último para la existencia, y al propio tiempo su
imposibilidad; el absoluto de la voluntad, que es idéntico con la vida, no le
deja llegar a aquietarse en nada que esté fuera de ella, porque fuera de ella
nada existe, y de esta manera ex¬presa la situación de la cultura del momento,
llena de an¬sia hacia un fin último de la vida, que siente como des¬aparecido
para siempre o como ilusorio.
Y
este mundo, impulsado por la voluntad de fines y privado de fines, es el punto
de partida de Nietzsche. Pero entre Schopenhauer y él está Darwin. Mientras que
Schopenhauer se detiene en la negación de la voluntad del fin final, y, por
tanto, no puede sacar como consecuen¬cia necesaria de ello más que la negación
de la voluntad de vivir, Nietzsche encuentra en el hecho de la evolución del
género humano la posibilidad de un fin que hace que la vida queda afirmarse.
Para Schopenhauer la vida está condenada en última instancia a la carencia de
valor y de sentido, por ser en sí misma voluntad: por eso es lo que en absoluto
no debiera ser. En el disgusto ante la vida se expresa en él aquel terror que
ciertas naturalezas sien¬ten ante el hecho del ser, al contrario de otras a las
que el ser, como forma, como tal, independientemente del con¬tenido que pueda
ofrecer, llena con la felicidad de un éx¬tasis sensual o religioso.
Schopenhauer no tiene com¬prensión para el sentimiento que penetra plenamente a
Nietzsche, para el sentimiento de la solemnidad de la vida. Nietzsche, en
oposición a Schopenhauer, ha sacado del pensamiento de la evolución un concepto
completa¬mente nuevo de la vida: el de que la vida es en su ser más íntimo y
propio, intensificación, aumento, concentra¬ción cada vez mayor de las fuerzas
ambientes en el sujeto. Por medio de este impulso, puesto inmediatamente en
ella, por el cual logra la elevación, el enriquecimiento, la vida puede devenir
su propio fin, y con eso queda suprimido el problema de un fin último que
estuviese coloca¬do más allá de su proceso natural. Esta representación de la
vida — la absolutización poético-filosófica de la idea darwiniana de la
evolución, cuya influencia ha desprecia¬do demasiado Nietzsche en su última
época —, esta re¬presentación me parece ser el resultado de aquel senti¬miento
general de la vida, decisivo en última instancia para toda filosofía, y en el
que se basa la diferencia más profunda y necesaria entre Nietzsche y
Schopenhauer.
La
vida en su sentido más fundamental, que está to¬davía más allá de la oposición
entre la existencia espiri¬tual y la corporal, aparece como una suma
incalculable de fuerzas o posibilidades, que están dirigidas en sí mis-mas a la
elevación, intensificación y aumento de eficacia del proceso vital; pero no es
posible describir analíticamente este fenómeno mismo, que en su unidad es el
últi¬mo fenómeno fundamental de nuestro ser. La vida efecti¬va será tanto más
«evolución» cuanto mayor número de los elementos que sirven al fortalecimiento
de su propio ser lleguen a desarrollarse. De manera que el que un pro¬ceso real
haya de constituir evolución — en el sentido histórico-psicológico o también en
el sentido metafísico —, no depende de ningún fin colocado fuera de él y que le
comunicase una cierta medida de medio o de trán¬sito para otros fines. En
Nietzsche se trata de volver á poner en la vida misma, como por una inversión,
el fin que la presta sentido y que se había hecho ilusorio colo¬cándolo fuera
de ella. Y esto de ninguna manera podía hacerse más radicalmente que afirmando
que la propia elevación, la mera realización de lo que la vida posee en
posibilidades de intensificación, contenga ya en sí todos los fines y valores
vitales. Según esto, cada estadio de la existencia humana ha dejado de hallar
su fin en algo absoluto y definitivo, si no en el estadio que sigue, en el cual
todo lo que en el anterior estaba iniciado se amplía y aumenta en eficacia, en
el cual, por tanto, la vida se ha hecho más plena y más rica, más vida. El
superhombre nietzscheano no es otra cosa que el grado de evolución, que está
por encima del realizado por la Humanidad en un momento determinado; no es un
fin final predetermi¬nado que diese su sentido a la evolución, sino la expre¬sión
de que no es necesario ningún fin semejante; de que la vida posee en sí misma,
es decir, en la superación de cada grado por otro más pleno y más perfecto su
pro¬pio valor. La vida, cuyos contenidos no son aquí más que los aspectos o
manifestaciones de su misterioso pro¬ceso unitario, ha devenido su propia
instancia última. Y como la vida es evolución y flujo constante, esto se
ex¬presa de manera que cada fijación de la vida tiene en la siguiente la norma
más elevada que le da sentido, y para llegar a la cual despliega sus fuerzas.
Aquí
es preciso acudir a la interpretación de Nietzsche para comprender su
contestación al problema de la situación histórica de que yo había partido.
Nietzsche no resuelve en verdad la cuestión decisiva en una forma
lógico-abstracta, sino que la solución hay que deducirla de sus manifestaciones
referidas, más bien a la solución de problemas particulares.
La
solución del problema por medio de un concepto semejante de la vida depende de
que sea posible formu¬lar una evolución que no esté dominada por un fin último,
pues a primera vista parece que sólo un fin último puede convertir en
«evolución» a una serie de aconteci¬mientos, es decir, sacar de la mera
sucesión de estadios del mismo valor un escalonamiento ascendente de éstos.
Pues ¿de qué manera habría de aparecer el posterior como más desarrollado que
el anterior, si aquél no se le¬gitimara como más valioso por su mayor
aproximación al miembro final que da valor definitivo de la serie, por la mayor
participación en lo que se considera como el úl¬timo objetivo? El mero devenir
otro, que se ofrece en el puro curso causal de las cosas, sólo se convertiría, se¬gún
esto, en evolución, considerada como una serie as¬cendente de valores por medio
de un objetivo de antemano predeterminado, de manera que el concepto de
evolución llevaría escondido en sí el fin último absoluto, del cual había de
redimir precisamente a la vida. Ahora que Nietzsche se salva de esta
consecuencia acaso, dando un concepto muy puro de la evolución, considerando
que la evolución no es otra cosa que el desarrollo de las ener-gías latentes,
la realización de aquello que está escondi¬do en la forma de mera posibilidad.
Pero entonces podría objetarse: todo acontecer sería una evolución, en tanto
que todo acontecer significa una realización de fuerzas latentes. Esto es
verdad; pero limitándonos a la esfera que a nosotros nos interesa, la de la evolución
espiritual y social, resulta que no todas las fuerzas latentes se desarrollan.
Un número incalculable de ellas permanecen en¬cadenadas, muchísimas desaparecen
en series de fenó¬menos que se cruzan con ellas y que vienen de otras
di¬recciones, y muchísimas, por defecto o hipertrofia de condiciones, se
distraen del camino que indudablemente seguirían por sí mismas, abandonadas a
su propio sen-tido. Por tanto, de evolución natural propiamente dicha, no
podemos hablar más que allí donde nos encontramos en un ser o en un complejo de
seres con energías latentes que siguen una dirección propia muy decidida, y
cuando una parte considerable de ellas logra la realiza¬ción que objetivamente
demandan.
Aquí
habla un optimismo enorme. Se presupone una estructura tal de las posibilidades
que yacen en el hom¬bre, que la mera realización de una masa considerable de
ellas garantiza o, mejor dicho, agota el valor de esta misma realización.
Cierto que podría objetarse; pero es que una evolución que hubiera de llevar en
sí el valor de la vida, sólo debiera encerrar las posibilidades valiosas y no
también las nocivas de nuestro ser, y, por consiguien¬te, toda la teoría se
apoya en el círculo vicioso de que el valor de la vida consiste en la evolución
de la vida; pero la evolución presupone ya la elección con ciertos criterios de
valoración; de esto se hablará más adelante. Por aho¬ra, bastará salir al
encuentro de esta objeción con una concepción tal de la idea de la evolución
que en ella esté contenida la transformación de la cantidad en cualidad. Las
series de vida a las que se llama las malas, y de las que se considera que no
tienen valor, son precisamente las que inmediatamente y en sus consecuencias
impiden que se desarrollen en nosotros energías latentes, y, por otra parte, lo
que nosotros consideramos como bueno y valioso es, en último término, aquello
que liberta en nos¬otros, en la humanidad, un mayor número de energías; por el
contrario, para el pesimismo de Schopenhauer todo «vivir más» es lo malo en
absoluto, el hecho meramente cuantitativo de que se introduzca en la realidad
una nueva serie vital confirma de nuevo la insensatez del he¬cho de la vida.
Teniendo
en cuenta esta distinción fundamental en la manera de considerar Nietzsche y
Schopenhauer la te¬leología de la vida, se comprende que para Schopenhauer la
existencia humana se exprese en su rítmica interior como una ininterrumpida
monotonía. De sus descripcio¬nes y valoraciones de la vida humana saco a veces
la impresión de que la substancia de su pesimismo no sean los dolores
positivos, sino el aburrimiento, la monotonía paralizadora de los días y los
años. La ausencia de toda idea de evolución arroja a la humanidad en una
uniformi¬dad desconsoladora. Mientras la vida tenía aún un fin úl¬timo, las
relaciones variadas en que se hallaba respecto de éste le daban un rico juego
de luz y sombras. Pero ahora que ese fin último ha desaparecido, y, sin embar¬go,
el ansia hacia él que sigue viviendo nos impide tomar tranquilamente la
realidad monótona, aparece el tormento del aburrimiento, la indignación contra
el desconsuelo gris de la vida, como la natural reacción de sentimiento. El
hecho del aburrimiento le demuestra a Schopenhauer la insensatez de la vida.
Pues si no estuviésemos ocupa¬dos en nada, si no estuviésemos saturados de
ningún contenido particular sentiríamos en su pureza la vida, y esto es lo que
precisamente determina aquella situación desesperada. Aquí se manifiesta con
mayor profundidad que en punto alguno la radical diferencia entre Nietzsche y
Schopenhauer. La humillación más profunda y el más alto triunfo del proceso de
la vida dependen igualmente de la negación de un valor y fin absoluto colocado
fuera de la vida misma. Humillación, si se considera que la vida sin fin, vacía
y sin sentido, parece no hacer otra cosa que dar vueltas alrededor de sí misma;
elevación, si la vida como evolución toma el carácter de fin que ha per¬dido
exteriormente en su ser más propio y más íntimo.
Del
mismo fundamento depende la diferencia que hay entre ambos sobre !a manera de
considerar las diferen¬cias de significación que se dan dentro de la humanidad.
Algunas veces, en Schopenhauer salta un orgullo que afirma la aristocracia del
espíritu; pero este sentimiento es una inconsecuencia frente a sus convicciones
funda¬mentales. Aquella monotonía, que depende de que a la vida le falta en
realidad una medida, según la cual pudie¬sen apreciarse diferencias de valor
dentro de ella, tiene que referirse también a las relaciones de los hombres
en¬tre sí. Si las existencias positivas no tienen valor alguno, sino que su
mayor perfección la adquiere a medida que se aproxima a su aniquilamiento, esta
uniformidad, esta falta de toda diferencia de rango no sólo debe aplicarse a
los distintos momentos de las existencias, sino a la se¬rie entera de ellas. Y
Schopenhauer saca las consecuen¬cias de esto, por lo menos al formular el
problema moral: El hombre plenamente moral no hace diferencia alguna entre sí
propio y los demás; si no teórica, por lo menos prácticamente reconoce la
profunda unidad metafísica de todo lo existente, frente a la cual la
particularizaron in¬dividual no es más que una apariencia engañosa, la
con¬secuencia de nuestras formas de concepción subjetivas. Parece como si
aquella absoluta unidad de la raíz de nuestro ser no fuese tanto el fundamento
de que en defi¬nitiva no existan diferencias, cuanto la consecuencia de la
expresión o el reflejo de esta no existencia de diferen¬cias, que depende de la
falta de un fin de vida definitivo al que estas diferencias pudiesen referirse.
Por lo contra¬rio, la concepción de Nietzsche tiene que poner en el lu¬gar de
la democracia metafísica una distanciación acen¬tuada de los rangos, una
aristocracia. La evolución de la vida total no se verifica al mismo tiempo en
todos sus portadores; por el contrario, su fórmula es que nuestra especie
consta en cada momento de una serie gradual de existencias más o menos
desarrolladas, y que las más elevadas de entre ellas indican la medida a que la
vida total ha llegado. Si esto depende de que la evolución es una evolución al
infinito, la diversidad de los grados de evolución trae consigo la diferencia
de valor entre los in¬dividuos. El principio de la evolución hace a Nietzsche
aristócrata, porque traslada el sentido de cada uno de los grados de la
existencia al inmediato que se eleva sobre él. Lo más elevado no es posible más
que bajo la condi¬ción de que haya o haya habido otro menos, al contrario de lo
que ocurre con la fórmula de «la igualdad ante Dios» y del valor absoluto de
toda alma humana como tal — lo cual es verdad también para Schopenhauer, aunque
con signo negativo —, para Nietzsche no puede llegarse a ningún valor si no
existe de antemano un me¬nos, y no hay ningún estadio de la evolución al que
co¬rresponda un valor absoluto; no puede tener más valor que el de ser un
desarrollo más pleno de otro estadio más bajo, el sentido de cuya existencia
estaba precisamente en esta capacidad de desarrollo, y, por otra parte, el de
ser la base de otro estadio que vaya más allá que él. Al afirmar que la vida es
evolución se afirma la desigualdad aristocrática de sus formas, así como al
hacer desapare¬cer el fin en general se rebaja a estas formas a un nivelamiento
uniforme.
La
diferencia de la posición de ambos filósofos, a pe¬sar de la comunidad del
punto de partida — la negación del fin absoluto como ser —, se acentúa en
aquellos va¬lores a que principalmente se dirige la desvalorización
schopenhaueriana del mundo. Cuando sobre el momento no existe ni un fin
absoluto, como en el cristianismo, ni uno relativo, como en la teoría de la
evolución de Nietzsche, el valor se traslada irremediablemente a las emocio¬nes
determinadas por el momento mismo, al dolor y al placer. El que niega un fin a
la vida tiene que ser eudemonista, porque el dolor y el placer se le aparecen
en¬tonces como la única acentuación de la vida concentrada sobre el momento,
sin poder ir más allá de él. La suma de dolor que se da en la existencia, la
imposibilidad de que este dolor sea equilibrado por una cantidad de felici¬dad,
por grande que sea, más aún, el mero hecho del do¬lor que, aparte de toda
cantidad, no puede ser verdade-ramente remediado por ninguna sensación
placentera, ésta es para Schopenhauer la prueba empírica y decisiva de la
insensatez del mundo, la cual está ya predetermina¬da por su carácter de
voluntad. La negación de la volun¬tad de la vida que ofrece como la solución
práctica del enigma del mundo, no es otra cosa, en sus consecuen¬cias prácticas,
que la redención de los sentimientos de dolor de la vida. Nietzsche está a
salvo de conceder al momento este valor absoluto, pues su evolución tiene su
valor precisamente en la superación de cada momento singular. Hacer depender de
dolor y placer el valor de la vida tiene que aparecérsele como una perversidad
en la misma medida y por la misma razón que la postulación ética de la igualdad
de todos los hombres. Tiene que aparecérsele como una detención del sentimiento
del va¬lor en la amplitud de los momentos provisionales de la existencia, la
cual está destinada a superarlos en benefi¬cio de las cumbres más altas de la
evolución. Con el do¬lor y el placer como normas de valor la vida se encuen¬tra
constantemente, por decirlo así, en un callejón sin sa¬lida, y el considerarlos
cada vez como un definitivo sería lo mismo que poner un punto en medio de una
proposi¬ción. El dolor y el placer son meros reflejos del movi¬miento de la
vida, que sigue siempre hacia adelante, y, por tanto, su fin, el alcanzar en
cada momento la mayor elevación posible de nuestra especie no necesita tenerlos
para nada en cuenta. A lo sumo, el placer y el dolor pue¬den utilizarse
poniéndolos al servicio de los verdaderos valores de la vida. «La disciplina de
los grandes dolores — dice Nietzsche en una ocasión — produjo todas las
elevaciones de la humanidad». En esta inversión del significado de los estados
eudemonísticos se manifiesta una vez más la oposición de los mundos de
Schopenhauer y Nietzsche. Para aquél, dicha y sufrimiento son lo definitivo del
valor de la vida, porque ellos solos se salvan, gra¬cias a su estructura
espiritual, de la falla de comparatibilidad en que la desaparición del fin
último había dejado a la vida; para éste son completamente indiferentes,
precisamente por ser cosas de momento, meras estaciones en las que no vale la
pena de que la vida se detenga. Y si cae sobre ellos un reflejo de valor no es
porque la vida se desarrolle hacia ellos, sino al contrario, porque ellos se
han desarrollado hacia la vida y en la medida en que lo hagan, porque pueden
ser utilizados como medios para su intensificación.
Y
esto no está en modo alguno contradicho por aque¬lla apoteosis del placer con
que termina Zarathustra:
Luts-tisfer
noch als Herzeleid:
Weh
spricht: vergeh!
Doch
alle Lust will Ewigkeit
Will
tiefe, tiefe Ewigkeit!
(Placer:
más hondo que el sufrimiento. Porque el do¬lor dice ¡pasa!, y todo placer
quiere eternidad. ¡Quiere eternidad profunda; profunda!)
Porque
aquí toma de la felicidad precisamente el ras¬go en virtud del cual supera su
mera vida momentánea, no en su efectividad, pero sí en el sentido ideal; toda
dicha encierra el ansia de su duración, a su realidad pasajera va íntimamente
unido — como una exigencia cuyo derecho no desaparece porque no pueda
cumplir¬se — un querer de su existencia eterna. Desde este pun¬to de vista es
como Nietzsche ve un reflejo de eterni-dad en la dicha, y la deja participar de
la significación que da a este concepto, en apariencia de una manera mística,
pero en realidad en completa consecuencia con sus concepciones fundamentales.
Para Schopenhauer la eternidad de un ser debe ser el más terrible de los
pensamientos; pues para él significa la irredención abso¬luta, la infinitud del
proceso del mundo, cada uno de cuyos momentos es ya de por sí un tormento
insensato. Como dentro de la existencia no hay salvación, la eter-nidad tiene
que ser para Schopenhauer la contradicción lógica del único pensamiento en que
él halla un consuelo y un sentido para la existencia, el pensamiento de su
negación espiritual y de su aniquilamiento metafísico. Y, en cambio, el único
pensamiento por el que Nietzsche se sal¬va del pesimismo de la carencia de
fines de vida, el pen¬samiento del triunfo de la vida, que se eleva al infinito
sobre el presente, siempre imperfecto, sólo puede conce¬birse bajo la condición
de la eternidad. Por lo menos, como ideal y como expresión simbólica de la
forma racio¬nal de la existencia, la eternidad tiene que estar a nuestra
disposición, como el único marco dentro del que puede encajarse el proceso de
fines del mundo. La eternidad es el puente a través del cual, partiendo de una
concepción pesimista, llega a un optimismo, pues le da la posibilidad absoluta
de unir al no que acompaña a todo lo dado, lo en el momento existente, con el
si de la existencia en ge-neral, que ofrece al presente imperfecto un marco
ilimi¬tado en el que puede ir desenvolviéndose cada vez a ma¬yor perfección. El
pensamiento de la eternidad es el punto en que las dos corrientes de
pensamiento de Scho-penhauer y Nietzsche, que habían partido de un mismo
origen, se separan para tomar direcciones opuestas. Si ahora nos ponemos frente a las tendencias
gene¬rales de ambos pensadores, la simpatía del hombre mo-derno se irá sin duda
con Nietzsche. Puede rechazarse la forma darwinista de la teoría de la
evolución; pero el que la vida, por su más ínfimo sentido y en sus más hondas
energías, posee la posibilidad, el impulso para marchar a formas más perfectas,
a un más de su ser, por encima de cada situación presente, esto es lo que no se
perderá de la obra de Nietzsche y lo que, merced a él, ha venido a iluminar
todo el paisaje espiritual. Este motivo funda¬mental brilla de tal modo sobre
la forma antisocial que Nietzsche le ha comunicado, que a pesar de eso se
apa¬rece como una expresión más adecuada que la de Schopenhauer, del
sentimiento actual de la vida. Y es uno de los aspectos trágicos de
Schopenhauer, el que defiende con las mejores fuerzas la peor de las causas.
Porque como filósofo es sin duda más grande que Nietzsche. Po¬see la relación
misteriosa con el absoluto de las cosas, que el gran filósofo sólo comparte con
el gran artista; de tal modo, que escuchando el fondo íntimo de su propia
al¬ma, oye el ser más profundo del mundo. Este tono puede estar coloreado
subjetivamente, y no sonar más que en las almas acordadas para él de antemano;
lo decisivo es la profundidad de la visión, la pasión por el conjunto del
mundo, mientras que el hombre no metafísico no pasa de sus partes. En cambio,
Nietzsche no posee esta exten¬sión de la vida subjetiva hasta lo hondo de la
existencia en general. No le mueve el impulso metafísico, sino el moral; no le
interesa la esencia del ser, sino la esencia del alma humana y de su deber
ético. Posee la genialidad psicológica de hacer que resuenen en su propia alma
la vida psíquica de las especies más heterogéneas de hom¬bres y la pasión ética
por el tipo hombre en general. Pero, a pesar de la nobleza de su intención y de
la flexibilidad de su espíritu, le falta el gran estilo que le presta a
Scho¬penhauer el dirigirse al fundamento absoluto de las cosas, no sólo del
hombre y sus valores, y que, cosa extraña, parece negada a los hombres de la
mayor finura psico¬lógica.
Es
interesante comprobar esta diferencia de nivel entre nuestros filósofos, tanto
más cuanto que ambos parten de la contestación del alma la cuestión del estado
de la cultura espiritual; ahora que, un paralelismo estricto en la exposición
de los dos pensadores, haría la con¬frontación de sus teorías más complicada de
lo que ya lo era. Pues una confrontación semejante despoja a cada uno de su
carácter propiamente personal, que sólo brilla en la conexión total con los
pensamientos que están en relación con él. Y esta conexión no es un mero tono
de lírica subida que no importa a la cosa, sino que toda afir¬mación efectiva
no adquiere su significación filosófica, su carácter orgánico, sino como
expresión parcial de una unidad espiritual dirigida en un sentido determinado,
de un aspecto total, personal, pero típico, de la vida. Cuan¬to más «personal»
sea una personalidad espiritual, guar¬dará tanto más celosamente el sentido
propio de cada una de sus expresiones en la conexión con su ser gene¬ral (aun
cuando este «ser» no sea mecánicamente idén¬tico a la totalidad de sus
expresiones concretas), tanto más falso y contradictorio será medirlo con otro,
indife¬rentemente que el resultado de esta comparación sea igualdad o
desigualdad. Más aún; yo pienso que la com¬paración, aunque sea de conjuntos de
personalidades, me parece una empresa contradictoria, aunque esto no sea tan
fácil de mostrar. Pues la personalidad, precisamente en cuanto lo es, es
absolutamente incomparable; y esto depende de su naturaleza interior, y no es
consecuencia de la complicación o dificultad de la tarea. Toda comparación que
tiene que reducir al uno a un común denominador con el otro violenta su
unicidad, que no encuentra su medi¬da más que en la idea del propio ser o en
las normas que van más allá de la personalidad en general. Pero este desvío y
esta humillación de las grandes personalidades, que significa el paralelismo,
la busca de «relaciones» le parece al epígono que le da una mayor confianza con
aquéllos rebajando el nivel de su inaccesibilidad.
Ahora,
la personalidad en este sentido es un fin de la evolución, al que nunca se
llega por entero; innumerables veces ocurre que las cualidades del hombre no
salen, por decirlo así, del estadio de comparabilidad, y no se con¬centran en
la unidad del alma. Toda gran filosofía es una anticipación de esta unidad de
formas, a la que la reali¬dad del alma no puede llegar. Pues así como el arte
es el mundo «visto a través de un temperamento», la filoso¬fía es un
temperamento visto a través de una concepción del mundo; es decir, una
explicación y una ordenación tal de los elementos del mundo, que se fije por
medio de ella un centro, una de las posiciones fundamentales que la humanidad
puede tomar frente a la existencia; separa (lo que en el resto de la vida no se
logra) todos los esta¬dos de ánimo que no encajan en la unidad del motivo
fun¬damental, único que abraza el todo. La concepción del mundo es tan cerrado
como el ideal de la personalidad; por eso toda filosofía que no sea ecléctica
es por natu¬raleza, y en su más hondo fundamento, incomparable con otra
cualquiera.
Si
a pesar de esto, en la que precede he puesto uno frente al otro a los dos
filósofos, lo he hecho porque hasta ahora no se trataba de la pura
individualidad de su pensamiento, sino de su posición dentro de una situación
determinada de cultura. Hasta aquí sólo han aparecido como representantes de
las posibilidades de conformar la base común de un período de la historia del
espíritu. Vistos desde este punto de vista, la figura de cada uno adquiere
mayor relieve comparada con la del otro, al paso que la exposición de cada uno
de ellos, partiendo del propio centro de su pensamiento, no permite ya esta
comparación. Sin embargo, el tratar como un problema estas dos exposiciones,
deriva precisamente de lo personal y sustantivo de sus concepciones; su
conexión no está en ellos mismos, sino en nosotros, porque cada uno de ellos ha
construido, de un modo puro y cerrado, una de las direcciones en medio de cuya
oposición está sus¬pendida la vida empírica.
II - EL HOMBRE Y SU
VOLUNTAD.
El
mundo cognoscible como fenómeno en nuestra conciencia frente al ser
incog¬noscible de la cosa en sí. — El alma humana como punto de contacto de
ambos mundos. — Nuestra voluntad como la realidad absoluta de nuestro propio
yo, como el único contenido de nuestra existencia fuera de nuestras
representa¬ciones. — Distinción entre esta voluntad fundamental y su
manifestación psi¬cológica en deseos aislados. — La explicación del hombre como
ser de razón, la reforma moderna en este concepto y la de Schopenhauer.
Si
la pluralidad de nuestras cualidades y fuerzas for¬ma la propia distinción
entre el hombre y el animal que está prisionero en la monotonía de una sola
actividad y posibilidad de vida, esta multiplicidad del sujeto se refleja luego
a su vez en la multiplicidad de las imágenes que de los objetos forma. La
representación de un objeto a que el animal ha llegado, acaso después de una
serie de en¬sayos y tentativas, es para él la expresión exclusiva de su
naturaleza unitaria con sus necesidades y concepciones propias y con su
relación con los objetos. Pero al hombre, que es un ser múltiple, su relación
con las cosas se le aparece como una pluralidad de maneras de con¬cepción, y
cada cosa aislada se le presenta como coloca¬da en más de una serie de
intereses y conceptos, de imá¬genes y significaciones. Así, el objeto no sólo
es objeto del deseo, sino también del conocimiento teórico; no sólo naturaleza,
que se refieren a aquel otro aspecto o for¬ma de existencia de los fenómenos
que se denomina la cosa en sí. Mientras el entendimiento construye el mundo con
el material sensible que se le ofrece, trabaja según el principio de la «razón
suficiente», es decir: Sea lo que sea un objeto de nuestra intuición o de
nuestro conocimiento, sólo lo es merced a otro, el cual a su vez sólo puede
ser, merced a otro, un elemento de este mun¬do. En el espacio sólo son las
cosas posibles por una, limitación recíproca; el acontecer sólo lo es por medio
de una causa, siendo él a su vez la causa de un acon¬tecer inmediato, y el obrar
sólo es posible por medio de una causalidad interior, a la que llamamos
motivación. De manera, que los objetos de la realidad cognoscible sólo pueden
presentársenos como limitados, finitos, rela¬tivos; y esta forma de salir de
otro, de existir para otro, del ser determinados por otro, es la forma de la
actividad de nuestro entendimiento, que por medio de ella crea el mundo de sus
representaciones. O dicho más exacta¬mente: El entendimiento humano no es más
que aquello que pone los contenidos dados en relaciones tales, que cada uno
sólo tiene su posición y cualidades por otro; resultando de este modo aquel
complejo exterior y psicológico, al que llamamos naturaleza, en el más amplio
sentido de la palabra. Pero sobre la relatividad de estos contenidos individuales
se pone, como es la esencia del entendimiento humano, la del sujeto y el objeto
en general colocados uno frente a otro como elementos del mundo. Puesto el
sujeto cognoscente, está puesto el objeto, y puesto el objeto conocido, el
sujeto; ambos se determi¬nan mutuamente: donde el uno cesa, comienza el otro;
si uno de ellos desaparece, el otro no continúa. Esta es la relatividad
fundamental de la imagen del mundo: El mundo de las representaciones, como
conjunto, y el portador que determina sus formas y cualidades, existen
recíprocamente, cada uno de ellos por y para el otro.
Por
consiguiente, el carácter fenomenal del mundo en general no es lo único que
hace referencia al fundamento transcendente de los fenómenos a su ser, que
existe por sí y no sólo para nosotros, sino que la forma peculiar en que el
intelecto humano se apodera de los fenómenos del mundo tiene que demandar un
absoluto en que se base. La relatividad del mundo de los fenómenos exige que en
otro aspecto exista como algo absoluto. Pues la relatividad no es mas que una
formación recíproca, una deter¬minación recíproca de la manera del ser, y, por
consi¬guiente, el último término necesita una substancia, un ser en el que
pueda formarse. Para que algo pueda ser de¬pendiente — sean las distintas cosas
entre sí, sean los Objetos en general en relación con el sujeto, sea el sujeto,
que sin objeto es una imposibilidad lógica —, para ello es necesario que antes
exista; es verdad que la cadena de las referencias de razón a razón no se
detiene en ninguna manifestación empírica, sino que va al infinito; pero no
podría llegar a esta combinación de relatividades si no tuviese en su fondo,
como conjunto, un ser absoluto. Por eso se puede preguntar por el origen de
todo fenómeno, de toda combinación de fuerzas, de toda decisión espiritual;
pero no puede sacarse de las series de relatividades el por qué hay cosas,
fuerzas y decisiones en general; para eso es preciso apelar a un ser
origi¬nario, que de ese modo se apareciera como el más allá unitario de los dos
rangos esenciales del mundo natural cognoscible. Su fenomenalidad, para la cual
tiene que haber un no, fenómeno, como el en sí del fenómeno, y su relatividad,
que lógicamente exige un absoluto. Schopenhauer ha negado, es verdad, su
absolutismo; pero en esta negación debe verse más bien una expresión de su
enemiga contra la filosofía contemporánea. Frente al aparente subjetivismo con
que Kant había trans¬formado en «fenómeno» todo lo cognoscible, trataban
Schelling y Hegel de dar una base sólida a la existencia, comprendiendo su
contenido como revelación inmediata o como pulsaciones de una vida metafísica.
Se liberta¬ron de la dependencia del sujeto porque para ellos lo real es
absolutamente objetivo, y el fenómeno empírico una manifestación metafísica al
propio tiempo; para ellos no existe la excisión entre el mundo como representación
y la cosa en sí, y con eso la existencia deviene algo abso¬luto en cada una de
sus partes. Schopenahauer tiene que rechazar un absoluto de esta clase, porque
para él la realidad inmediatamente dada es una ilusión, un sueño de almas
débiles, un velo, extendido sobre la realidad real, que está destinado a
rasgarse. Aquí se manifiesta la diferencia entre dos tipos humanos
fundamentalmente dis-tintos. Para uno, la propia substancia de la existencia y
su sentido definitivo llena todos los puntos en que se ma¬nifiesta con una
unidad total panteísta, que hace que la di¬vinidad del ser luzca en todos sus
contenidos de un modo uniforme que no admite gradación, o bien el ser absoluto
del mundo se manifiesta en una serie o desarrollo que contiene dentro de sí a cada
una de las distintas mani¬festaciones como insustituible e incomparable. Por el
contrario, el otro tipo saca espacio para lo absoluto, para lo que es
absolutamente, por una línea divisoria tra¬zada en el cuadro del mundo. Separa
del mundo un mundo de lo no esencial, un mundo en que las raíces de las cosas
no se manifiestan como tales, y en el que se coloca todo lo relativo y
pasajero, todo lo subjetivo y privado de substancias. Al otro lado está la
realidad que descansa en absoluto sobre sí, el núcleo del ser que para el
hom¬bre del primer tipo está en todo fenómeno, y para el del segundo está
precisamente fuera de todo fenómeno, en tanto fenómeno individual. Esta
oposición tiene sus raí¬ces, no en la especulación filosófica, sino en toda la
am¬plitud de la vida espiritual tal como se va ofreciendo en tentativas,
veleidades, realizaciones parciales. Siempre que se trate de buscar teórica o
prácticamente en una esfera de cosas individuales la expresión para un
esen¬cial o principal se encuentra puesta esta alternativa. La unidad ha de
encontrarse y realizarse con la totalidad de los fenómenos, o si se lograra con
mayor perfección y pureza por medio de una separación que desde el princi¬pia
excluya de aquel absoluto ciertas manifestaciones de la existencia, aquí decide
del cuadro final nuestra tenden¬cia a la distinción de la misma manera que en
el primer tipo decide el impulso a la unidad. La filosofía no hace más que
recoger esta oposición y llevarla hasta las últimas consecuencias desde sus
formas rudimentarias, muchas veces en verdad, intentando satisfacer igualmente
ambas tendencias. Y este es el esfuerzo de Schopenhauer. El mundo de lo
individual, que es un mundo de fenómenos, como tal pertenece a las normas de
nuestro intelecto y, por consiguiente, nada tiene que ver con la esencia
fundamental y con el ser en sí de la existencia. Entre ambos existe la
diferencia mayor posible, la diferencia absoluta, y el fundamento de las cosas
sólo puede comprenderse, en su unidad y pureza, separándolo de todas las determinaciones
del mundo de lo individual — ya trataremos esto con más detalle —. Ahora, que
como este absoluto real es también lo esencial de todas aquellas
sin¬gularidades múltiples, su unidad, considerada desde el punto de vista de la
realidad propiamente dicha, abraza ja plena totalidad del mundo. Así como la
realidad meta¬física por una parte se separa del fenómeno, pero por otra parte
lo penetra a él también, se satisfacen en la re¬presentación del mundo las dos
tendencias a la unidad y a la distinción. Pero a pesar de que de este modo el
fenómeno expresa perfectamente la existencia en su lenguaje, en la cabeza del
ser que forma la representación, y a pesar del carácter plenamente relativo de
todo lo empírico, esta imagen del mundo está orientada hacia lo abso¬luto, que
Schopenhauer rechaza en términos tan enérgi¬cos, pero del que no puede huirse
más que por dos caminos. En primer lugar, puede acallarse la sed de realidad en
el fenómeno, en sus conexiones y leyes. Este es, a mi juicio, el último sentido
de la filosofía de Kant, que Schopenhauer ha entendido tan mal en este punto.
Kant concluye: El mundo es fenómeno, y por eso es plenamente objetivo y real y
penetrable hasta su fondo, precisamen¬te porque todo más allá del fenómeno no
sería más que una fantasía sin contenido. Schopenhauer deduce lo con¬trario del
axioma kantiano del fenomenalismo del mundo. Por tanto, este mundo es algo
irreal, y la verdadera rea¬lidad hay que buscarla más allá de él. Para el
sentimien¬to que de ella tiene Kant, la realidad es una categoría formadora de
experiencia; mas para Schopenhauer, que ansia lo metafísico absoluto, es lo
contrario de toda ex¬periencia. Kant halló la conclusión y el punto de
descan¬so del pensamiento en la fenomenalidad de la existencia; en cambio para
Schopenhauer esta fenomenalidad se con¬virtió en un simple medio para señalar
un lugar al abso¬luto de la existencia, un lugar colocado más allá de
aque¬lla fenomenalidad. Lo que a Kant le
ha servido para rechazar el absoluto, lo ha empleado Schopenhauer en
legitimarlo.
El
otro camino, por el que puede formarse una repre¬sentación del mundo que no
esté acabada por el absolu¬to, va por más allá de la distinción entre el
fenómeno y la cosa en sí. Para él, todo ser, entre en la categoría que sea,
consiste en relaciones. Verdad y valor, existencia y derecho, libertad y norma
no son determinaciones que correspondan a un objeto por sí y que puedan ser
com¬prendidas independientemente, sino que los objetos sólo las poseen en
relación como una relación con otros. De la misma manera que ningún cuerpo es
pesado en sí mismo sino tan sólo en relación a otro, que a su vez sólo lo es en
relación al primero, así no hay ningún principio verdadero, ninguna cosa
valiosa, ninguna existencia ob¬jetiva, sino que todo esto se lo conceden mutuamente
unos a otros los distintos contenidos del mundo. No son sólo los elementos
materiales del mundo los que cada vez más, para el conocimiento progresivo, se
van resolvien¬do en funciones, es decir, en relatividades, y se deben
mutuamente todas sus determinaciones. Ahora, que a este punto de vista no puede
hacérsele la objeción que Schopenhauer hace a la relatividad tal como él la ve
en el empirismo. ¿Dónde están las substancias, de las que sale todo esto, y que
pudieran aparecer como los sujetos de todas estas relaciones recíprocas? Pues
esta objeción supone precisamente lo que niega el relativismo: el que la
relatividad tenga que descansar en absoluto. Esto no es más que trasladar a la
forma general de la existencia absoluta de una categoría vigente en lo práctico
y pasajero que en aquélla sólo son capas secundarias. Sin em¬bargo, aquí no se
trata de determinar el derecho a resol¬ver en un ser mutuo el ser por sí de las
cosas, sino de¬notar cómo esta concepción total es el reverso de la de
Schopenhauer, que busca, por el contrario, tras cada ser mutuo, un ser por sí,
tras de cada relatividad lo absoluto, en que descanse y que la sirva de
justificación.
Ahora,
como Schopenhauer se cierra estos dos cami¬nos, tiene que buscar, frente a la
condicionalidad de lo dado, un incondicional, frente a su fluir, el ser
permanen¬te frente al fenómeno, la cosa en sí. Por consiguiente, se trata de
hallar el punto en que para él que de esta manera inquiere coincidan los dos
mundos, y en el cual se abra desde el uno, que inmediatamente se ofrece, el
paso para el otro. Y si antes la filosofía ha convertido aquella mul-tiplicidad
de la existencia de que partíamos en una duali¬dad de mundos y los ha
distinguido y los ha unido, ten¬drá que buscar el contacto y el puente que
comunique ambos mundos en un solo lugar, en el alma humana, en el sujeto
constituido por nosotros mismos. Tírese como se quiera la línea que separa en
dos unidades opuestas a todo lo pensable, el hombre siempre participará de
ambas. El mundo de las ideas y el de la casualidad en el tiempo y en el
espacio, el orden divino y el del anticristo, el mecanismo de las cosas que no
conoce la finalidad y su sentido y valor, del que nosotros no podemos
pres¬cindir, la estructura natural — corporal de la existencia y del cosmos y
la estructura de lo espiritual e histórico —, todas estas dualidades si no se
armonizan precisamente en el hombre se encuentran por lo menos en él; el
hom¬bre pasa de un mundo al otro, y su doble naturaleza es la garantía de que
ambos mundos distintos no chocaran sin esperanza. El específico sentimiento de
la vida del hombre se expresa en esto: el sentimiento de estar en el conjunto
de la vida, y en los momentos aislados en el lí¬mite y en la decisión entre dos
direcciones opuestas, o mejor dicho, en ser éste límite y decisión. Lo que se
llama la personalidad del hombre y lo que constituye la forma de su libertad,
el no estar ligado incondicionalmente y con todo su ser a una sola posibilidad
de la existencia, es quizá la raíz, quizá el efecto de aquella dualidad que
penetra toda su existencia y la forma de su representación del mundo; merced a
ella se halla siempre en uno de estos puntos de encuentro de las dos
direcciones for¬zado a decidir. Por eso también, en cambio, la concep¬ción
panteísta del mundo de Spinoza, que rechaza toda dualidad, no tiene ninguna
aplicación, por decirlo así, al concepto de la libre personalidad. Ahora, de la
misma manera que la categoría de fenómeno y cosa en sí es la más acabada y
fundamental para reunir en sí la distin¬ción de la representación del mundo,
ofrece también al yo la posibilidad más pura y rica para reunir en sí am¬bos
mundos. El yo es el portador de todo el mundo de los fenómenos; los límites de
éste son los mismos que los límites de la intelectualidad humana. Pero este yo,
que considerado así, como la suma de sus representacio¬nes, es en cierto modo
el mundo de los fenómenos, es, por otra parte, un ser en el que radica un tal
conocer considerado como una función. Aunque todo el contenido del conocimiento
fuese un sueño, el ser en quien este sueño se realiza es él, al menos existe
realmente, aparte de lo que como realidad valgan sus representaciones. De modo
que mientras el sujeto produce como un reflejo suyo el mundo de las
representaciones, incluso su propia representación, visto desde adentro es al
mismo tiempo una realidad absoluta. Cuando se conoce a sí mismo, se or¬dena en
su mundo de representaciones como una parte de él. Pero en cuanto es el ser que
se aparece portador y llevado, objeto y sujeto absoluto además, contenido y
ac¬tividad engendradora del contenido, en este punto único tenemos, además del
fenómeno, el más allá, y lo tememos porque somos.
En
esta posición del sujeto, como posesión común del fenómeno y de la cosa en sí,
como ciudadano de ambos mundos, se basa la metafísica de Schopenhauer; esta
po¬sición es la que determina la dirección del camino por donde llega al
absoluto de la existencia. El hombre se aparece como una manifestación
corporal, como un cuerpo entre cuerpos. Su materia y sus movimientos están
determinados con la misma fatalidad que los de los de-más objetos; sus acciones
se realizan en una casualidad rigurosa de incitaciones y motivos. Así nuestra
vida intuible es, considerada de un modo puramente objetivo, tan comprensible
como cualquier otro fenómeno, y su na¬turaleza interior tan enigmática. Pero
los movimientos de nuestro cuerpo se nos presentan, además que de este modo exterior,
de otra manera completamente distinta. Son al mismo tiempo actos de nuestra
voluntad. Lo que exteriormente aparece como un movimiento nuestro,
inferiormente es una acción de voluntad; y al contrario, todo acto verdadero de
voluntad es al mismo tiempo, sin remisión e inmediatamente, una inervación
física. Lo que nos engaña sobre esta conexión es que confundimos las decisiones
que se refieran al porvenir, o los meros deseos, con la verdadera voluntad.
Sólo la ejecución hace la verdadera decisión que hasta entonces no pasa¬ba de
ser un propósito modificable, y todos los «me gus¬taría» son ecos de la
voluntad, pero no su verdadera realidad. Por otra parte, toda acción sobre el
cuerpo es inmediatamente una acción sobre la voluntad; se llama dolor cuando es
conforme a la voluntad, y placer cuando le es contraria. En la teoría de
Schopenhauer, desarro¬llada consecuentemente, no hay dolor que no quisiéramos
por ser tal dolor, ni placer que quisiésemos por ser tal placer. Esto parece a
posteriori. Pero en realidad el do¬lor no es otra cosa que la violencia que se
hace a nuestra voluntad; el que una impresión sea dolorosa no es la causa que
hace que yo no la quiera, sino que el que yo no la quiera es el nombre propio y
primario de aquel fenómeno, al que damos el nombre de dolor; y lo mismo puede
decirse del placer. La voluntad y la acción no son tampoco dos cosas que se
sigan en el tiempo y a quie¬nes una el lazo de la casualidad; no son más que el
as¬pecto exterior e interior de una misma realidad. La vo¬luntad en cuanto es
lo absolutamente interior, el portador de la acción que se manifiesta no puede
nunca aparecer en el fenómeno, y, por su parte, el fenómeno de nuestra
actividad está de tal manera en el mundo de los fenóme¬nos, en el tiempo y en
el espacio, que para su conoci¬miento científico no puede nunca apelarse a la
última ins-tancia de la voluntad fundamental. Más tarde se verá cómo se puede
compaginar esto con el hecho de que nos¬otros encontremos en nuestra conciencia
a la voluntad como miembro causal, temporal. De este modo resulta que nuestra
existencia práctica se nos da de dos mane¬ras. De una parte nos contemplamos a
nosotros mismos como un objeto, como una parte del mundo de los fenó¬menos;
pero al propio tiempo sentimos cómo estos fenó¬menos se producen interiormente;
sentimos la voluntad que está detrás de ellos como la verdadera realidad, y que
por eso no puede nunca estar contenida en sus for¬mas. En este punto único se
ha pasado de la esfera del mero contenido de las representaciones, o mejor
dicho, se ha descubierto su más allá, que en cierto modo no está detrás de
ellas, sino delante. Mientras que no hacemos más que conocer nuestra vida
activa en sus manifestacio-nes individuales, haciéndola nuestro objeto, nuestra
vo¬luntad crea. O mejor dicho: la voluntad es aquel ser que sólo a posteriori
se aparece a nuestro intelecto conscien¬te y a sus formas como manifestación
individual de nues-tra vida. De estas dos maneras y sólo en estas dos existimos
para nosotros mismos: Como seres productivos, creadores a cada momento de
nuestra vida práctica, y como reflejos de conciencia de este ser originario y
creador; como original y como imagen al mismo tiempo. Y como no encontramos en
nosotros mismos más que estas dos cosas, habrá que llamar, aplicando la fórmula
fundamental de Kant, a aquello que no es en nosotros fenómeno, a la voluntad,
que es el supuesto de nuestros fenómenos, el ser metafísico, la cosa en sí. Con
esto Schopenhauer ha declarado por el primer portador de la distinción kantiana
al sujeto mismo, siguiendo la tendencia fundamental del ser moderno de centrar
en el yo todas las categorías del mundo. En nosotros mismos, la única
existencia que no conocemos sólo de por fuera, se dan los dos aspectos del
mundo. El hondo sentimiento que acompaña a nuestra vida de que en cada momento
somos al propio tiempo espectadores y actores, fenómeno y última razón del
fenómeno, criaturas y creadores, éste es para Schopenhauer el primer fundamento
de la explicación filosófica de la existencia.
Para
comprender en toda su significación esta volun¬tad, que debe ser nuestra
realidad metafísica, no debe buscársela en un acto cualquiera de voluntad
determinado por un fin, sino más bien en aquello que resta, si separa¬mos el
querer de todos los contenidos, representaciones y motivaciones que constituyen
su vestidura, su forma de fenómeno. Todas estas voliciones, ligadas a un fin
singular, pertenecen a nuestro mundo espiritual empírico, que sigue el
principio de razón suficiente, y que no expre¬sa más que el reflejo de los
hondos acontecimientos que en nosotros mismos se verifican; éstos en sí mismo
están fuera de toda conciencia, y no saben nada de las formas singulares que
toman como parte de la historia de nues¬tra vida en el tiempo y en el espacio. Es
importante, sobre todo, separar las llamadas motivaciones que a me¬nudo parece
que agotan el acto de voluntad, y que en rea¬lidad pertenecen a la parte del
mundo exterior accesible a la experiencia, y coordinado al mundo exterior. Lo
que separado todo esto quede todavía, como lo absolutamente indiferenciado de
nuestros instintos e intenciones, no puede escribirse con palabras,
precisamente porque es el principio originario de toda vida consciente. Y esta
imposibilidad se corresponde con el hecho de que en todo hombre debe existir un
sentimiento obscuro de esta vo¬luntad impulsora, colocada más allá de la esfera
de nues¬tra existencia singular. Como aquí se trata de lo que to¬dos somos sin
distinción, la filosofía no puede hacer otra cosa sino elevar a saber
conceptual esta cosa funda¬mental, ultraterrena, que en todos suena de alguna
manera. Mas como esto, por metafísico que sea, no deja del ser conocimiento,
por medio de ello la voluntad sale del su apartamiento como cosa en sí, para
entrar en la región! de las representaciones. Y esto verifica la última
separa¬ción y distinción, que fija el puesto de la voluntad dentro de la
concepción del mundo de Schopenhauer.. Si llama¬mos voluntad al absoluto que en
nosotros se contiene, ya podemos tomar este concepto todo lo puro y por encima
de lo singular que queramos; también así será un fenómeno espiritual, una mera
referencia a algo innominable. Solamente que con la voluntad, como fenómeno
espiritual, se hace más claramente que con otro elemento cualquiera del mundo,
la referencia a lo que nunca podrá ser fenómeno. Al sabernos, como
absolutamente volentes, más allá de todo contenido individual de este querer
proporcionado por el mundo, no llegamos a aprehender aquel inaprehensible, pero
nos acercamos a él todo lo posible; estamos en el punto en que todavía no está
él mismo, sino su manifestación; pero su manifestación más clara y sensible, en
la cual, por lo menos, para hablar modernamente, se nos ofrecen en vez de las
alegorías que suelen representarnos al absoluto, un símbolo de éste.
Permanecemos en el mundo de los fenómenos, aun cuando tengamos conciencia de la
voluntad y hablemos de ella; pero en este lugar es más tenue que en parte
al¬guna el velo que oculta el en sí de nuestro ser; y si no se descubre por entero,
al menos se ciñe más estrechamente, con menos pliegues que en parte alguna, en
derredor del absoluto, que está en nosotros. Esto debe tenerse siempre en
cuenta, si no se quiere tomar la metafísica de Schopenhauer por una mitología,
por un antropomorfismo fantástico. Cierto que él mismo ha dado el pretexto para
ello, al declarar sin reservas: «La volun¬tad es la cosa en sí». Si para
interpretar esta fórmula se olvidan las reservas hechas, resultará una
inconsecuencia infantil, una traslación de lo empírico a lo transcen¬dente,
como en las religiones que crean los dioses a imagen del hombre. Pero, en
realidad, con su explicación de la voluntad no hace Schopenhauer más que dar
una di¬rección más directa al camino del pensamiento hacia el absoluto, sin
abandonar por eso el camino ordinario que queda siempre en lo relativo. Cuando
hablamos en el sentido de la intención de Schopenhauer de nuestro ser absoluto
colocado más allá del fenómeno, nos encontra¬mos en cierto modo en una
situación intermedia entre el ser y el conocer, a lo que podría llamarse la
situación metafísica. Mas no se entienda que se trata aquí de una mezcla de
ambos; esta situación es algo especial e incomparable en el fondo, lo mismo que
la intuición inte¬lectual de Schelling. Y lo que resulta en todas las
especu-laciones es esto: Dios, o el fundamento del mundo, lle¬ga en nosotros a
la conciencia de sí mismo. Pues en ello está ya el sentimiento de que la
conciencia no tiene aquí su objeto fuera de ella, de que el contenido de la
concien¬cia no está separado del ser como de un mundo hetero¬géneo, sino que,
en cierto modo, el ser lleva en su seno la conciencia.
Con esto no se trata la cuestión de la
verdad objetiva de esta concepción de Schopenhauer. Siempre habrá de quedar
para un sentimiento incontrolable la decisión de si por bajo o, mejor dicho,
por dentro de todo querer in¬dividual ha de haber aún una voluntad, una
distinta de sus varios contenidos, el correlativo real del concepto general
voluntad, o si este concepto no será más que una abstracción, algo así como el
concepto de azul, que sacamos de las cosas azules, o como el concepto del
sonido que sacamos de los distintos sonidos. Para Schopen¬hauer, la voluntad es
semejante al vapor que mueve las máquinas más distintas. Es verdad que la
voluntad vive en sus actos particulares; pero lo que hace de estos actos de
voluntad, no puede explicarse por causas del mismo género, de las que las hacen
existir como tales actos particulares. En todo caso, me parece que en esto
palpita un sentimiento general y hondo, bien que obscu¬ro, el mismo sentimiento
que asegura una infinitud en nosotros, que nos hace sentir como infinito a
nuestro yo, aun cuando su vida no se manifieste más que en conte¬nidos finitos.
Todos sentimos que en ningún proceso par¬ticular del alma — por muy amplia que
supongamos la representación, por muy enérgico que nos figuremos el acto de
voluntad, y por apasionado que sea el sentimien¬to que en él palpita — pueden
expresarse plenamente todas las fuerzas impulsivas y los profundos procesos que
con un proceso particular están en relación. Por encima de cada momento de la
vida del alma está la provisión de energía de donde sale; en él no queda
agotada la fuerza creadora del alma. Por eso nos sentimos cons¬tantemente como
un más, como algo que alcanza más lejos que la realidad que en cada momento
concreto se nos ofrece, y la repetición continua de este sentimiento hace que
cristalice en la conciencia de que nosotros so¬mos en absoluto algo más que una
cosa finita, que en cada manifestación particular, que se hace particular
precisamente por su contenido, se expresa algo en sí infinito. A este sentimiento
fundamental obedece Schopenhauer cuando ve en cada acto de voluntad, que se
individualiza merced a su contenido particular, una voluntad general, que de
antemano va más lejos de toda posible individualización, que no se considera
satisfecha con los fines particulares. Schopenhauer expresa esto diciendo que
se puede ciertamente explicar psicológicamente, porque yo quiero esta o aquella
cosa determinada; pero no porque quiero en general, o porque mi voluntad en
conjunto va en una dirección que agota la totalidad de mi carácter. Cada acto
de voluntad particular queda satisfecho principalmente considerándolo como
finito, pero no la voluntad general que vive en él, y que continúa viviendo
después de él, porque no puede dar en él toda su vida.
La
teoría de la voluntad, como lo absoluto en nos¬otros, tiene dos
significaciones, que separadas dejan pa¬sar entre ambas el dogma metafísico de
Schopenhauer. Una de ellas es la ya mencionada: la inagotabilidad de nuestro
ser total por la continuación y suma de los distintos actos particulares, el
más que esto que se siente al lado y tras cada esto. En nada parece revelarse
tan Inmediatamente esta configuración de nuestro ser más íntimo como en la
voluntad, cuyo ser espiritual consiste en el salirse de lo existente, y en el
círculo infinito de cu¬yos objetos refleja el alma su propia interior
ilimitación. Sin embargo, habría que preguntar si podemos conformarnos con una
explicación para ese último fundamento de la vida, que en substancia no es más
que una plausi¬ble analogía tomada de la esfera de la conciencia inme¬diata.
Aquello que sentimos como la inagotabilidad de nuestro ser, y al mismo tiempo
como lo que está más allá de todas nuestras manifestaciones particulares, y que
en más de un sentido puede calificarse de falto de funda¬mento, lo mismo puede
consistir en la infinitud de una encadenación lógica, que en la unidad del alma
que se va realizando aproximadamente en las relaciones mutuas de sus actos
particulares, pero que nunca se realiza plena¬mente, o también en las
relaciones con la existencia, que está fuera de ella, las cuales poseen en ella
una infinita posibilidad; de tal suerte, que lo que en ella acontece se siente
como sugestiones de un ambiente que nos rodea, y frente al cual sentimos en forma
latente en nosotros otras en número incontables. En resumen, es cierto que
Schopenhauer ha sentido de un modo nuevo, y con una profun-didad que no ha sido
superada, el problema que formuló primeramente Fichte como la oposición entre
el yo puro y el empírico. En cada acto particular de nuestra alma sentimos una
energía, que al propio tiempo va por enci¬ma de él, que se renueva como por sí
misma, sin cau¬sa alguna que esté fuera de ella, un infinito absoluto,
por¬tador de nuestras finitudes y relatividades. Este senti¬miento de la
existencia, que no puede ser nunca expresa¬do sino de un modo imperfecto, ha
encontrado en la me¬tafísica de la voluntad de Schopenhauer una explicación
cuya plasticidad hace acaso más claro el problema que ninguna otra. Sólo que
esta plasticidad, en la que la vo¬luntad simboliza que la vida profunda queda
por más allá de toda particularidad finita, como solución del problema no le
presta ventaja alguna sobre cualquiera de las mu¬chas posibles.
Pero,
por otra parte, esta metafísica de la voluntad encierra una significación que
hace de ella, aunque se rechace su exageración metafísica, uno de los pocos
progresos verdaderamente grandes que hasta ahora ha logrado el problema de la
vida humana en la filosofía. Prescindiendo de tan pocas excepciones, que pueden
considerarse como quantité negligeable para toda la filo¬sofía anterior a
Schopenhauer, el hombre aparecía como un ser de razón. Sin duda que todos los
filósofos están, de acuerdo en que es bastante irrazonable; pero esto no es más
que un apartamiento de su propia naturaleza, de aquello que debe ser porque ya
lo es, y porque lo es, no sólo según la idea, según la aspiración moral, sino
se¬gún el ser más hondo, según su más profunda realidad. El pensamiento ha
trabajado siempre con este doble sen¬tido de nuestro ser. Lo que de nosotros se
demanda como la superación de nuestro ser actual es también un ser, es el ser
más fundamental y más real. Toda fundamentación metafísica, o simplemente
profunda de la éti¬ca, sigue la fórmula — cuya plena significación
compren-deremos más adelante —: Hazte lo que eres. Ni siquiera es una excepción
de esto aquel radicalismo religioso para el cual el hombre es, por decirlo así,
una criatura de Sa¬tán, y sólo puede llegar a un valor por una gracia
incom¬prensible de arriba; porque en esta creencia se supone como último
fundamento que el hombre es una manera de hijo de Dios, un hijo perdido
ciertamente, pero en el cual vive una esencia mística que hace que pueda obrar
aquella gracia. De este modo resulta que el ser tiene un sentido más amplio y
otro más estricto, y así se produce la ilógica situación de que somos lo que no
somos y no somos lo que somos; esta es la expresión de una necesi¬dad
fundamental y característica, y acaso también de una cobardía de los hombres,
que creen que no podrán sopor¬tar una exigencia o deber, si no sienten que en
lo hondo de sí mismos viven ya las condiciones que los hacen realizables. Esta
categoría es la que ha convertido al hombre en un ser de razón, a pesar de que
la apariencia de su ser dice lo contrario. Ahora, el que sea precisa¬mente la
razón lo esencial del hombre y la racionalidad su función más honda, en cuyas
normas están conteni¬dos todos nuestros valores (de tal modo que hasta la
mo¬ral se aparece como un dominio de la razón), esto nace, sin duda, de que los
filósofos que así piensan tienen a la razón y al conocimiento por el centro de
la vida. La an-tigua representación ingenua de que «sólo conocemos iguales por
iguales», recibe en este punto una aplicación curiosa: El objeto tenía que
tener el carácter de patrimo¬nio subjetivo de conocimiento puesto en función,
porque si no éste creía que no podía cerciorarse de haber pene¬trado plenamente
a aquél. El principio de Kant, según el cual las condiciones del conocimiento
son al propio tiem¬po las condiciones del objeto del conocimiento (porque el
conocimiento se forma su objeto), se ha extendido al carácter general del
sujeto y del objeto, haciéndole pasar de las determinaciones particulares de
los objetos, a las cuales Kant se refería.
Schopenhauer
ha destrozado este dogma, de que la razón constituía el más hondo fundamento
esencial del hombre. Aunque estuviese velado en la superficie, y acep¬tase o no
lo que Schopenhauer pone en su lugar, por eso sólo hay que contarle entre los
grandes creadores filosó¬ficos y entre los descubridores de nuevas
posibilidades de interpretar la vida. Mientras que antes, como el último
fundamento del hombre se consideraba aquella energía que, como más
adecuadamente se expresaba, era en el pensamiento y en su lógica, Schopenhauer
arranca de este fundamento esencial a la razón, y por un giro atre¬vido la
transforma en un accidente, en un medio o en una consecuencia del querer, que
demanda para sí aquel puesto. Schopenhauer ha visto con gran profundidad que aun
los contenidos de representaciones y los encadena¬mientos del entendimiento
presuponen, como procesos espirituales, una fuerza impulsiva que viva más allá
de las relaciones meramente intelectuales y lógicas de aquellos contenidos.
Cuando de determinadas premisas deducimos una consecuencia, sentimos que con
eso no hace¬mos más que expresar relaciones ya necesarias de los conceptos,
realizar una exigencia ideal que estaba conte¬nida en ellos mismos. Y el que
nosotros la realicemos, el que traslademos a nuestro pensamiento aquella
rela¬ción real, no está dado con los contenidos ni asociacio¬nes de los
conceptos, en sí mismos faltos de fuerza, por decirlo así, ni es idéntico a
ellos. Este proceso de pro¬ducción de nuestro propio ser puede tomar aquel
conte¬nido lógico, objetivamente necesario, y será entonces ra¬cional; pero por
su esencia verdadera estará más allá de la razón y de la insensatez, de la
lógica y de la contradicción; más bien
al contrario, es irrazonable, en puro sentido negativo. Porque la voluntad de
Schopenhauer no está contra la razón, sino sólo fuera de ella, y por eso mismo
fuera también de su contrario. Esta inversión en el concepto del hombre, según
la que la razón deja de ser su realidad más profunda, si bien algo encubierta,
para convertirse en un contenido, o si se quiere en una forma que sólo
secundariamente es admitida o rechazada en el proceso de producción de nuestro
propio ser; por la vida verdaderamente real, esta inversión es un síntoma y un
factor de un movimiento muy hondo del conocimiento. Por todas partes se ha
le¬vantado en el siglo xix la representación de que nuestro ser, la propia
substancia de nuestra vida, sólo encuentra una expresión casual, incompleta y a
menudo falsa en nuestras representaciones y en nuestra conciencia. El germen de
esta convicción está en Kant, que declaró que nuestro yo empírico, es decir, el
conjunto de las repre¬sentaciones hechas en nuestra conciencia, eran las
ma-nifestaciones determinadas por las normas de la concien¬cia de una cosa en
sí, que yace en el fondo de nuestro mundo espiritual, y que es tan
transcendente e incognoscible como la cosa en sí de los fenómenos exteriores.
Ahora que en Kant este pensamiento no llega a la opo¬sición entre ser y
conciencia; de una parte, porque para él el mundo empírico de la conciencia es
el verdadero ser, y la cosa en sí que queda detrás de él «no es más que una
idea», y de otra parte, porque al buscar para esta idea un contenido positivo,
encuentra que la razón es el último fundamento de nuestro ser. En cambio, Marx
plantea de una manera aguda la oposición: ¿Es, pregun¬ta, la conciencia de los
hombres lo que determina su ser, o, por el contrario, su ser el que determina
su concien¬cia? Ahora, que Marx trata el problema de un modo limi¬tado, en
cuanto interesa a su fin el mostrar que lo que determina la conciencia del
hombre es su ser social. Se¬parándose decididamente del racionalismo del siglo
xviii, con su acentuación del valor de la conciencia, pasa por el xix la
valoración del ser como una realidad inmediata, no siendo la conciencia más que
una compañera acci-dental e irregular suya, una luz que aparece aquí y allá, ni
siquiera un símbolo que acompañase a nuestro ser de un modo continuo y le
hiciese cognoscible. Esta inver¬sión puede verse lo mismo en las corrientes
románticas del siglo, que en las materialistas e historicistas. En la
metafísica de la voluntad de Schopenhauer vive en toda su amplitud el
sentimiento de que nosotros somos algo y de que tenemos de este ser una certeza
de que no es la del conocimiento consciente. Con esto se niega el
racio¬nalismo, a quien Kant había destronado en la esfera par¬ticular del
conocimiento y substituido por la experiencia, como la única portadora del
conocer de la realidad; aho¬ra deja de explicar también la concepción general
del hombre. Por muy ligados que estemos a la vida de la conciencia y del
entendimiento, en ella no somos más que el lugar para un desfile de imágenes;
pero no somos propiamente ninguno de los contenidos de estas repre¬sentaciones,
ya se refieran al alma o al mundo exterior.
Schopenhauer
ha tenido valor para formular aquel radi¬calismo, en evitación del cual se
había creado la concep¬ción de que el hombre era un ser de razón. El
radicalis¬mo de que las imágenes de la conciencia, en que se ma¬nifiesta la
vida empírica, no encierran la realidad de nuestro ser, no pueden tener
contacto con él, porque el ser no tiene la misma esencia que la conciencia
racional. Pero no le basta este ser de un modo meramente negati¬vo; sólo desde
el momento en que por su contenido ha caracterizado este ser, como aquel
impulso metafísico, aquella ansia obscura de nuestro ser que se aparece como la
insaciabilidad de la voluntad, sólo por eso ha dado toda su amplitud al abismo
que media entre nuestra rea¬lidad y las representaciones e imágenes de la razón
y la conciencia. Y si entre ellos existe alguna unidad, es una unidad todavía
más contraria al racionalismo que aquella excisión, la unidad que deriva que de
toda conciencia e intelecto son meros productos de la voluntad, instru¬mentos
que forja para sus fines, y que por su propia de¬terminación son dependientes
de él, aun cuando en ocasiones sean infieles a esta determinación. Y de esta
ma¬nera queda aniquilado el carácter racional de la vida en fa¬vor de su
carácter de ser, o si se quiere, de fuerza en la voluntad misma. Si el hombre
es un ser de razón, siente los valores y los fines, y porque los siente como
tales, los quiere; el fin puesto y valorado determina la apeten¬cia; ésta es la
concepción corriente. En cambio, para Schopenhauer el fin que estimamos, y tras
del cual vamos impulsados, nace de la voluntad como del hecho originario. No
queremos, porque nuestra razón estatuya fines y valores, sino porque queremos;
tenemos fines, porque queremos continuamente, sin propósito, desde lo más hondo
de nuestro ser. Los fines no son otra cosa que la expresión o la organización
lógica de los procesos de la voluntad. Así, la racionabilidad de nuestra
existen¬cia pierde el último apoyo que tenía en el concepto de fin, mientras
parecía que el querer era el camino hacia los puntos previamente designados —
principalmente — por la razón. Mas ahora el intelecto no es más que la
ilu¬minación del proceso de la voluntad, que fluye de sí mis¬mo, al cual forma
la conciencia según las categorías del entendimiento, y los distintos fines
individuales no son más que puntos de luz esparcidos sobre aquel proceso. De
esta manera se comprende plenamente la afirmación que se había hecho antes de
que nosotros sabemos siem¬pre lo que queremos en cada determinado momento, pero
nunca lo que queremos en general y por qué lo quere¬mos. Esta es una división y
nueva ordenación de nues¬tro ser y nuestra conciencia, merced a la cual nuestra
exis¬tencia no consiste en los actos singulares que consciente-mente la
componen; según ella, se distingue el todo de la vida de la suma de sus
particularidades, y deviene aquella unidad de hechos que reconocemos en todas
sus parti¬cularidades como su substancia, pero a la cual sentimos, además,
detrás de ellas, como el obscuro destino de la vida, el destino, que no es algo
que se añada a la vida, sino la vida misma.
III - LA METAFÍSICA DE LA
VOLUNTAD.
La
variedad como la forma aparencial de la existencia, su ser en sí como su unidad
incondicionada. — De aquí resulta justificada la traslación de la esencia
funda¬mental reconocida en el hombre a la estructura metafísica de la
existencia en general. — El mundo como manifestación de la voluntad metafísica.
— Se des¬echa el reproche de la personificación mitológica del mundo. — La
contradic¬ción en la voluntad y la imposibilidad del ser y su humillación al
considerarlo como voluntad. — La unidad de la voluntad como motivo pesimista.
Para
Schopenhauer, el que el hombre devenga repre¬sentación de sí mismo, devenga un
objeto de la intuición y del conocimiento, acontece, porque al hacerlo se
liber¬ta de la raíz unitaria de su ser. Se escinde de su ser ce¬rrado en sí
mismo, y se ordena, como imagen, en una amplia conexión con otras variedades
que tienen como imágenes el mismo carácter y las mismas leyes. Estas series de
lo especial, lo temporal, lo causal, aunque sólo existen como representaciones
nuestras, se extien¬den como representaciones más allá de nuestro yo por todos
lados: más aún; nuestra propia representación, la imagen como la cual nos
presentamos ante nuestra con¬ciencia, no se forma sino por esta coordinación
con otros elementos innumerables y por la limitación y la forma que unos a
otros se dan mutuamente. Para la idea de Schopenhauer pasa también el círculo
de la materia y la energía por nuestra existencia, como por la de los astros
que giran y por la de las plantas florecidas, como se ha dicho después, y la
unidad de la ley de la Naturaleza en¬caja nuestras manifestaciones corporales
como las espi-rituales en la misma cadena a que pertenecen las más bajas o
lejanas creaciones de la Naturaleza. Por consi¬guiente, deduce Schopenhauer — y
con esto su principio del mundo de la significación para la existencia humana
se eleva a explicación del ser general —, debemos atribuir a todas estas
existencias, que como fenómenos son homo¬géneas con nosotros, el mismo ser
interior, absoluto, siendo en sí. Si los fenómenos cognoscibles son de la misma
clase, puede suponerse que también será igual lo incognoscible que está en su
fondo. La Naturaleza entera, comprendiéndonos a nosotros como existencia objeto
de experiencia, forma como una circunferencia cerrada en sí, y en la cual cada
sección hace referencia a la otra, pero no a nada colocado encima o debajo;
sólo en un punto único aparece en ella una línea de otra dirección, que en
cierto modo la traspasa; y es el punto de nuestra exis¬tencia en que nosotros
mismos, además de aparecer, somos; sólo en él tenemos el radio que conduce al
cen-tro de la esfera, y éste ha de valer para todo, pues para una de sus partes
es cierto que está ordenado, indiferenciado de todos los demás en la ley
general del todo.
Schopenhauer,
interpretado estrictamente, no recono¬ce en nosotros mismos la voluntad como
cosa en sí, por¬que ésta es más bien lo incognoscible y la voluntad cons¬ciente
tan sólo un fenómeno; ahora, que es aquel fenó¬meno en el cual el velo
irrompible que envuelve nuestro ser absoluto es menos denso, y de la misma
manera en el resto de la Naturaleza; una vez que nuestra mirada se ha dirigido
en este sentido, se descubren las huellas del mismo ser fundamental. El ímpetu
con que las aguas bus¬can el fondo, la violencia con que los polos eléctricos
pugnan por unirse, y que lo mismo que los deseos humanos se aumentan con los
obstáculos, el ansia con que el hierro se une al imán, la tendencia incesante
de la gra¬vedad que atrae a los cuerpos hacia el centro de la tie¬rra, todos
estos fenómenos son manifestaciones obscu¬ras y lejanas de aquello mismo que
ansia y pugna en nosotros a la luz de la conciencia.
Fácilmente
se ocurre acusar a esta explicación de hu¬manización de la naturaleza de usar
realistamente de ana¬logías poéticas y mitológicas, de retroceder al primitivo
animismo de la humanidad que en la conmoción del mar no veía más que la cólera
del dios que en él moraba y que explicaba el viento como el soplar de Eolo.
Pero esta crítica me parece superficial e hija de no haber compren¬dido bien el
pensamiento de Schopenhauer. Naturalmente que cada cual puede rechazar en
absoluto la explicación metafísica de la existencia, detenerse en los fenómenos
del agua fluyente, del hierro que se mueve magnética¬mente y del cuerpo que
cae, tal como se presenta, y ago¬tar su relación espiritual con el mundo, con
la mera des¬cripción de estos fenómenos, o a lo sumo con la formulación
matemática de sus leyes. Al que se conforme con esto no es posible imponerle la
necesidad de más, de la misma manera que no puede imponérsele al hombre
irre¬ligioso la necesidad de la salvación, o al hombre antiar¬tístico el
éxtasis ante Monna Lisa o ante la Misa en do mayor. El que la necesidad
metafísica sea indiscutible claro es que no debe explotarse para poner bajo su
protección cualquier fantasía insensata. Era preciso acentuar esto para poner
en claro que la crítica de la metafísica de Schopenhauer sólo puede hacerse
desde el punto de vis¬ta de que la metafísica en general está legitimada.
Admi¬tido esto, sólo podría calificarse de humanización infantil y
supersticiosa la explicación que hace Schopenhauer de toda existencia natural,
como manifestación de una voluntad si él viera la voluntad en la naturaleza,
tal como se aparece en nosotros, como hecho de conciencia empírico.
Pero
Schopenhauer no comete esta falta metódica. Por voluntad absoluta entiende
aquello que está en el fondo de la inmediata satisfacción de la voluntad en
nosotros. No traslada un hecho de la esfera de experiencia psicoló¬gica a lo
transcendente, que está separado de toda expe¬riencia en general. Verdad es que
esta falta es tan fre¬cuente en la religión y en la metafísica, que acostumbra
a presentarse en la crítica de la metafísica como hecho firme y forma valedera
a priori. Pero en Schopenhauer el pen¬samiento metafísico no va por debajo del
fenómeno psi¬cológico humano ni del físico. Entre ambos sólo existe la
diferencia de grados de que la voluntad psicológica, por ser consciente, ofrece
al pensamiento consciente su ser más íntimo super o infrapsicológico, mucho más
de lo que ocurre con los fenómenos meramente materiales en que consiste para
nosotros la naturaleza. Sin duda que nuestras adivinaciones y explicaciones
metafísicas tienen que ahondar en grado diverso por bajo de la su¬perficie de
la existencia, cuyas partes se aparecen para nosotros a diversas alturas. A
través de la experiencia de nosotros mismos brilla su núcleo no empírico más
clara y distintamente que cuando se trata de manifestaciones no psicológicas. Y
por eso, aceptando el supuesto de que aquel núcleo del ser es el mismo para sus
manifestaciones psicológicas y para sus manifestaciones meramente
exteriores, las primeras servirán
legítimamente para explicar las segundas. Aquí nos encontramos ante uno de los
pocos puntos en que Schopenhauer ha sido con frecuencia mal comprendido. No se
ha notado bas¬tante su distinción entre la voluntad metafísica y la volun¬tad
como manifestación de la conciencia; no se ha com-prendido con bastante
claridad que este hecho de expe¬riencia psicológica, por mucho que pueda
interpretarse en nosotros lo absoluto, lo eternamente inasequible, no hace más
que aproximársele, pero sin llegar nunca a coincidir con él. De manera que
Schopenhauer de ningún modo ha encajado en formas empíricas humanas el
fundamento metafísico de las cosas — que está por encima de nues¬tra
apariencia, como de toda apariencia —, sino que, al contrario, ha edificado lo
humano, como todo lo demás, sobre el cimiento de lo metafísico. Al hacer que el
mun¬do se conforme por el amor y el odio de los elementos como Empédocles, al
hacer del bien de la Humanidad el fin creador de toda existencia como la
metafísica teleológica, al dejar que el Dios que crea y dirige el mundo sea
determinado como nosotros por motivos y afectos, se re¬duce el mundo al denominador
hombre. Por el contrario, Schopenhauer ha reducido al hombre al denominador
valedero para el mundo, y sólo en el hombre, en el que se cortan el plano de
aquel denominador y el de las aparien¬cias, sólo en el pensamiento ha hallado
la posibilidad de una tal reducción.
Si
según esto era injusto querer rebajar a Schopen¬hauer al nivel metódico de un
animismo primitivo poético, por otra parte, es verdad que su metafísica
contiene pre¬suposiciones que son cosa exclusiva de la creencia per¬sonal. Y
ante todo, la de que — la cual no es más que , una presuposición que nada dice
del contenido que se dé a la explicación de la existencia — lo absoluto, lo en
sí de los fenómenos sea precisamente lo mismo para to¬dos ellos. Sin duda que
para Schopenhauer, que tiene un punto de partida idealista, esto se aparece
como sobre¬entendido. La excisión de las cosas en pluralidades sólo es posible
en el tiempo o en el espacio; nuestra representación sólo puede contener el ser
más que uno como una coexistencia en el espacio (nehencinander) o como una
sucesión en el tiempo (nacheinander). Pero como éstos no son sino formas de la
representación, e! ser en cuan¬to no está representado debe encontrarse libre
de ellos. El ser no puede contener pluralidad alguna; no es uno en el sentido
del uno individual, al lado del cual hay otro; la diferencia frente a un
segundo o un tercero no existe con respecto a él; su unidad no es aislamiento
de una pluralidad, es la unidad absoluta que sólo en las formas de nuestro
intelecto se esconde en una pluralidad de re-presentaciones. Por tanto, si el
ser que no es representa¬ción puede ser aprehendido en un punto, éste será el
pun¬to en que todas las representaciones tienen su esencia, que no es
representación. En el plano en que sólo una unidad existe, todos los radios que
van entre los fenó¬menos varios y esta unidad deben cruzarse en ella. Se
manifiesta aquí una conexión profunda entre la metafísica del ser fundada en el
yo y el pensamiento monista, o si se quiere panteísta, de la unidad metafísica
de este ser. El yo, para el cual la existencia es conciencia, no podría servir
nunca como intérprete del ser total, de puente ha¬cia él, si entre ambos no se
pusiera una identidad de na¬turaleza. Esto vale incluso para el idealismo de
Fichte, en el cual el yo es lo único absolutamente existente y pro¬duce el
mundo como su representación. Pues esto sería imposible si el yo creador y
representador no se supu¬siese al mismo tiempo como un creado y representado,
como la personalidad empírica que existe en el mismo ni¬vel con sujeción a las
mismas leyes y con la misma es¬tructura esencial que la piedra que cae o el pez
que nada en lo profundo del mar. Toda existencia debe formar en sí y con el yo
una unidad perfecta, caracterícese como se quiera, si ha de hallar en sí y en
su contenido el pun¬to a partir, del cual el pensamiento puede explicar la
to¬talidad de las cosas. La mutua relación y dependencia de los contrarios, a
la que no puede substraerse la unidad de criterio más radical, no se siente tan
claramente en ninguna parte como en este entretenimiento del pensa¬miento de la
unidad-todo en las doctrinas que encuentran en el yo el fundamento del conocer
y hasta el fundamento real de todo ser.
Para
tasar ahora en su valor esta convicción de la unidad metafísica de todas las
cosas — uno de los fundamentos de la concepción total schopenhaueriana del
mun¬do — es preciso percatarse de que Schopenhauer esta¬blece sin razón su
necesidad lógica. En conclusión: toda pluralidad existe en el tiempo y en el
espacio; el espacio y el tiempo no son más que maneras de comprensión de
nuestro intelecto; luego aquello que por
su concepto puede caer dentro de la esfera de nuestro intelecto, no
puede ser una pluralidad, sino una unidad absoluta; esta conclusión no es
legítima. En primer lugar, no es exacto que la pluralidad de lo real sólo pueda
existir en la suce¬sión de tiempo y del espacio. Nuestra conciencia no vive
exclusivamente, como supone un error tradicional, en la sucesión, en el tiempo
de sus elementos. Cuando yo pienso: Vivir es sufrir, sin duda que el contenido
de la conciencia vida precede al contenido de la conciencia sufrir. Pero además
de esta relación de la distinción por razón del tiempo, tienen en mí ambas
representaciones la relación de la contemporaneidad y de la coincidencia, que
es lo que hace que ambas formen un juicio, lo que les da un sentido de unidad.
Si fuesen sucesivas en sentido ri¬guroso, esto es, si una de ellas
desapareciese tan pronto como se presentase la otra, nunca podrían formar una
proposición. Nuestra alma posee le capacidad misteriosa, que no obstante se
manifiesta de un modo completamen¬te empírico, de unir en un pensamiento
absolutamente uni¬tario a una pluralidad de elementos, de los que ha adqui¬rido
conciencia sucesivamente; en el sentido pensado de la proposición, vivir es
sufrir, no hay antes ni después; es una conformación de lo vario que no
necesita del tiem¬po ni del espacio, ni de cualquiera otra manifestación del
principio de razón suficiente. Por tanto, aunque desapa¬reciese, suprimiesen
todas estas conformaciones, no que¬daría tan sólo una unidad absoluta,
transcendente, sino por lo menos aquella pluralidad relacionada de un modo
especial. En la incomparable creación del juicio humano, la unidad y la
pluralidad viven unidas por modo tan maravilloso, que la pluralidad de sus
elementos sobrevive a la supresión de toda representación en el tiempo y en el
espacio, y, por otra parte, la unidad que vive en él es en sí tan absoluta, tan
independiente de toda oposición y re¬latividad como Schopenhauer pensaba que
sólo en lo transcendente podría hallarse. Mas todavía en otro senti¬do no es
exacta la lógica aparente de aquella conclusión: Lo que caracteriza al fenómeno
es la diferenciación y la pluralidad; por tanto, lo que caracterice a la cosa
en sí tie¬ne que ser la unidad. Porque el que toda la existencia esté sometida
a las categorías de fenómeno y cosa en sí, no ocurre con aquella indiscutible
necesidad que supone Schopenhauer y con él toda la filosofía que deriva de
Kant. Que lo real, lo existente, sea en uno conciencia no es en último término
más que una hipótesis que somete a lo real inmediato al dominio del alma de un
modo que sólo al moderno subjetivismo puede aparecer como evidente. El que «el
mundo sea mi representación», de ningún modo es tan evidente a priori como
supone Schopenhauer. Pre¬supone de antemano que la categoría de sujeto y
objeto, que es válida dentro del mundo real empírico, lo abrace y lo contenga
dentro de sí considerado como todo. Pero aun concediendo esto, concediendo que
todo lo que se aparece como fenómeno de las cosas debe quedar exclui¬do de su
ser, de aquí se seguiría, es verdad, que no po¬dría considerarse como la
esencia fundamental de los fenómenos de la experiencia esta pluralidad y
diferencia¬ción en que se aparecen; pero de ninguna manera que esa esencia
fundamental hubiera de ser unida. Estamos aquí ante una falta lógica típica. La
de suponer que con la negación de un concepto queda ya sentado otro más
posi¬tivo. La cual se expresa en proporciones tan frecuentes como éstas: Lo que
no es finito tiene que ser infinito; el que no sea altruista tiene que ser un
egoísta; lo que no puede escindirse en partes, es imperecedero hasta toda aquella
teoría y práctica que está bajo la divisa; el que no está conmigo está contra
mí. Pero ocurre que el co¬nocimiento progresa de tal manera, que no puede
enca¬jarse a las cosas dentro de tales dualidades, que la nega¬ción de un
término no es idéntica con la afirmación del otro. El tertium non datur no
puede afirmarlo nunca el entendimiento humano con seguridad absoluta cuando se
trata de dos determinaciones positivas, porque siempre existe la posibilidad de
que aparezca una tercera que al excluir la primera pudiese entrar en su lugar,
en vez de la segunda, que se había considerado hasta entonces como inevitable.
Esto pasa con la conclusión de Schopenhauer, de que todo lo que no sea fenómeno
haya de ser unidad. Concedamos que la pluralidad, la individualidad, la
dife¬renciación, tal como la observamos en la experiencia, no puedan ser
patrimonio más que del fenómeno, esto es, de las representaciones determinadas
por las formas de nuestra conciencia, y que, por tanto, lo que está más allá de
las representaciones, la cosa en sí no pueda tener es¬tas características; aun
en ese caso, sin duda que el ab¬soluto puede ser una unidad; pero también puede
ser per¬fectamente una manera de individualidad, y de ser por sí particular,
tan distinta del carácter del fenómeno, tan poco empírica, tan absoluta e
incognoscible para la con-ciencia como pudiera serlo aquella unidad.
Aquí
se encuentran frente a frente dos posibilidades metafísicas, cada una de las
cuales penetra hasta lo más profundo del sentimiento de la vida y que se
prestan mu¬tuamente plena luz. La pluralidad y excisión del mundo de los
fenómenos es, como Schopenhauer repite constante¬mente, relativistas; es decir,
que cada una de las mani¬festaciones del mundo de los fenómenos está limitada
en el tiempo, en el espacio, o en relación de casualidad por otra, y sólo por
medio de esta limitación adquiere su ca-rácter peculiar; las cosas se prestan
mutuamente su con¬figuración individual; en el flujo del venir se aparecen como
olas, cada una distinta de las demás y, sin embargo, determinadas por las
mismas leyes, dependiente del ritmo de todas ellas, las más próximas y las más
aleja¬das, y determinando a su vez la forma de las demás. Muy otra es la
esencia, completamente opuesta de la indivi¬dualidad metafísica, de las
unidades absolutas, con las cuales la especulación construye el ser más allá de
las imágenes empíricas de las representaciones. En este mundo cada elemento
descansa en sí mismo de un modo absoluto; su vida y su configuración son la
expresión de su propio ser interior, y no como en el mundo de experiencia la
expresión de sus relaciones recíprocas con otras existencias. Dentro de ese
mundo cada trozo de él es, y es de tal modo tan sólo porque existen otros; por
el contra¬rio, la individualidad absoluta, cuyo tipo está en el senti¬miento
del ser por sí, libre de nuestra alma, es un ele¬mento último del ser, no dimana
de otro alguno, ni está sujeto a ninguna necesidad relativista; una
individualidad así puede ser igual a otras, o única en su género; pero su ser
nunca será determinado por otras, sino que es su rea-lidad interior
independiente principalmente de todas las demás. Es un característico
sentimiento de vida el que se expresa en el hecho de que al buscar en el fondo
de las co¬sas con este criterio no se encuentra una sola unidad, sino unidades,
y en este sentimiento coinciden las filosofías por lo demás tan distintas de
Leibnitz y Schleiermacher, de Herbart y Nietzsche. En cambio, si la imagen del
mundo la forma el sentimiento contrario, entonces hay que aplicar la fórmula
definitiva de Spinoza: Omnis determinatio est negatio. De este modo la
individualidad, la determinatio, se pone en la conexión de las cosas, en la
limitación que recíprocamente ejercen unas sobre otras, y merced a la cual
hallan su forma particular, porque un ser no es aque¬llo que los otros son, y
sólo por ello es lo que es. Se su¬pone así una unidad de todo ser, dentro de la
cual las formas particulares sólo aparecen como excisión, es de¬cir, por un no
ser parcial. Y como el ser real, absoluto, no puede contener ningún no ser, no
puede tener tam¬poco ninguna forma individualmente determinada. En su esencia
más honda y propia todas las cosas son idénticas entre sí. Ahora que la forma
individual, que se ofrece como hecho, salga sin otra explicación posible de
aquel ser, o que sea el contenido de una concepción imperfec¬ta meramente
subjetiva, o que la separación, el existir por sí del individuo se considere
como una especie de peca¬do místico, lo individual siempre tendrá su asiento en
la capa superior, secundaria de la imagen del mundo, nun¬ca será otra cosa que
la excisión, por decirlo así poste¬rior, de aquel ser absolutamente unitario,
en cuyo fon¬do — el último al que nosotros podemos llegar — no pe¬netra aquél.
Por el contrario, la esencia del individualismo metafísico es precisamente la
extensión de la forma par-ticular de la existencia, hasta su último fundamento,
más allá de la superficie de su manifestación empírica. En esta concepción del
mundo, la individualidad es aquella forma de la existencia particular que no
existe merced a una limitación e influjo mutuos de varias particularidades,
sino merced a un principio interior y propio derecho; existe en sí y por sí, es
decir, tiene la misma característica que en la otra concepción distinta que a
la unidad total de la mera relatividad y caracterización reciproca de los
hechos de la experiencia.
Con
esto resultará claro que la deducción que hace Schopenhauer, sacando la unidad
del ser del mundo, de la pluralidad de los fenómenos, no posee necesidad
ló¬gica y deja espacio a una tercera alternativa. La plurali¬dad absoluta del
ser yace tan hondamente bajo la relativa pluralidad del mundo empírico, como la
unidad metafísica del mundo de Schopenhauer, y puede deducirse lo mis¬mo que
ella de la pluralidad de los fenómenos. El deci¬dirse por una o por otra
posibilidad del pensamiento ya no es cosa del pensamiento mismo, sino del
sentimiento fundamental de la personalidad entera. Dependerá de que el sentido
general que cada cual tenga del mundo se sa¬tisface mejor poniendo en su fondo
una unidad incondicionada o una infinita variedad de unidades independien¬tes
unas de otras.
Aquí
es de notar, como cosa significativa, que en la metafísica de Schopenhauer no
hay lugar para el concep¬to de personalidad. La personalidad queda, por decirlo
así, en medio del yo como representación y del yo como voluntad. Sin duda que
el mundo de las representaciones es el lugar de la individualización, de la
excisión de la existencia en seres individuales separados unos de otros. Pero
esto no da individuos en el puro y absoluto sentido de la palabra. En el reino
de los fenómenos las existen¬cias individuales no se constituyen por una
limitación re¬cíproca, no por una existencia propia que salga de su esencia
interna; la forma de cada cual sale de tener un vecino antes y otro después,
uno a la derecha y otro a la izquierda; uno más arriba y otro más abajo, y no
por una necesidad interior propia de él e independiente de todo in¬flujo
interior. O mirado desde otro punto de vista: En la naturaleza, considerada
como el completo de los fenó¬menos cognoscibles, vive una corriente de energía
y ma¬teria que arrastra a cada cual en su continuidad. Objetiva¬mente no existe
aquí una delimitación propiamente dicha del uno por el otro; una necesidad
eternamente activa hace que el uno pase al otro de tal manera, que sólo es
posible hablar del «uno» y del «otro» para nuestra repre¬sentación que — aquí
secundaria, por decirlo así — va trazando líneas divisorias, las cuales no
existen en la es¬tructura objetiva de las cosas, que es también
represen-tación, pero en sentido primario. Por medio de análisis y síntesis de los
elementos de los fenómenos vamos crean¬do seres individuales. Por eso los
fenómenos individua¬les designados como «uno» no son como tales, más que algo
ideal, que se introduce a causa de aquella razón, meramente subjetiva en el
flujo de la existencia natural, absolutamente unitaria y que no conoce
delimitación alguna objetiva. Por tanto, en el reino de los fenómenos no puede
haber ningún yo, en el sentido de Schopenhauer, que con su propia sustantividad
interior se opusie¬se al mundo con los demás yos; pero tampoco puede ha¬berlo
en el fundamento metafísico de las cosas tal como él lo piensa. Aquí lo mismo
que allí, sólo que en otra for¬ma, la personalidad desaparece en una unidad
para la que no existen límites, y dentro de la cual la personalidad sería una
contradicción lógica. Pues la personalidad, to¬mada en su concepto pleno, es lo
único que puede ofre¬cer un pendant al todo del mundo, porque posee el estar
cerrada en sí misma y bastarse a sí propia, el existir por propio derecho y la
forma permanente, de la que puede fluir una infinidad de contenidos. Sólo la
obra de arte po-see esta unidad y perfección, este reposar pleno en sí misma.
Precisamente esta forma, merced a la cual toda obra de arte es «un mundo por
sí», y simboliza la totali¬dad de la existencia, la debe al alma personal que
ha es-tampado su manera esencial en ella. Pero en su tendencia a negar la
personalidad para salvar la unidad absoluta del ser, repite Schopenhauer la
singular consideración de que la estructura o la función de las cosas, que se
consi¬dera como su ser propio y absolutamente real, se pone al mismo tiempo
como exigencia que las cosas tienen que realizar. Esto depende de que el
profundo dualismo, que constituye la forma fundamental de nuestro ser, se
obje¬tiva en todas direcciones en la construcción de dos mun¬dos que están el
uno sobre el otro, pero al propio tiempo también el uno contra el otro. Un
mundo de la superficie y otro de la hondura; uno del acá y otro del allá; uno
de la apariencia y de la verdad otro; uno de la experiencia y otro de la cosa
en sí. Ahora, lo que es real en uno de ellos es por decirlo así lo real en
verdad; pero también lo otro es real de alguna manera o en alguna medida; al
fin tiene una forma, por leve o engañosa que sea, que puede coincidir o contrastar
con la realidad del otro. Y como estas dos dignidades del mundo no se separan
plena¬mente, sino que se siente que en ambas vive un ser común, y
particularmente el hombre siente que vive como una unidad en ambas, nace esta
exigencia, aparentemente ilógica, de realizar lo que ya está realizado en la
realidad más profunda. Así la estructura del ser absoluto en Schopenhauer es de
tal naturaleza, que en él no encuentra si¬tio la personalidad individual, y,
sin embargo, al propio tiempo el problema de nuestra actividad y de la
construc¬ción de nuestra vida es suprimir esta personalidad. Ya expondré cómo
esta es la última formulación de las sal¬vaciones que nos están concedidas
frente a la existencia; la estética en que el sujeto se pierde completamente en
la idea de la cosa, en el contenido de la representación; la ética, en la que
el yo anula toda diferencia con los otros yo, y la ascéptico-metafísica, en que
el alma sumerge su individualidad, su ser por sí, en la indistinción de la
nada. De esta manera, no contentándose Schopenhauer con ig¬norar o negar el
concepto de la personalidad, sino ha¬ciendo luego de su anulación el contenido
de todo deber, se perfecciona la profunda enemistad de su concepción del mundo
contra toda individualidad; en él quedan ente-ramente cortadas las raíces con
que se llega en otras con¬cepciones metafísicas hasta el fundamento metafísico
de toda existencia, la particularidad, el pertenecerse a sí mis¬mo, la
soberanía del ser individual.
Ahora,
de que la esencia fundamental del mundo, a la que llamaremos voluntad, por ser
la voluntad su expresión más clara, sea en sí absolutamente unitaria, o de que,
vis¬to de otra manera, la unidad de la existencia es voluntad, de esto se
deduce para Schopenhauer el carácter propio de toda vida. En el primer sentido,
a partir de ello, se determina toda la armonía y el orden del mundo de los
fenómenos. Para Schopenhauer, el que la planta y el sue¬lo, el animal y la
alimentación, el ojo y la luz se correspondan, el que las partes de un
organismo y las fases de su evolución estén en conexión conceptual unas con
otras, no es más que la unidad del ser, expresada en el tiempo y en el espacio.
En todo ello vive voluntad, la cual en los seres vivientes no puede ser otra
cosa que voluntad de vivir, y la unidad fundamental de la voluntad se
manifiesta en la conexión de todas las manifestacio¬nes distintas en que el
intelecto la escinde. Se procede injustamente con esta explicación típica para
toda meta-física y base de toda la obra de Schopenhauer, cuando se quiere ver
en ella una especie de competencia desleal con¬tra la explicación causal de las
ciencias naturales. Les es¬feras de ambas explicaciones no se tocan. Puede
explicar¬se de un modo mecánico la armonía normada de todo lo que ocurre; se
puede explicar la adaptación de los organis¬mos a sus condiciones de vida de un
modo darwinista o análogo, en el que aparezcan unidas en relación causal
fenómenos con fenómenos. Con esto no se contesta de ningún modo a la cuestión
de por qué haya de existir una explicación general suficiente para las
necesidades de las ciencias naturales. Estas ciencias explican por sus leyes
todas las conexiones particulares dadas, pero no el hecho general de que los
elementos del mundo estén en una co-nexión normada. Puede negarse desde luego
esta cuestión o declararla irresoluble, pero no puede rechazársela supo¬niendo
que no satisfaga las exigencias de otro problema que no pretende resolver.
Porque únicamente habría que protestar contra ella, si se confundiese con la
explicación de las ciencias naturales o quisiera suprimirla — de lo cual, por
cierto, no todas las metafísicas se han librado- ; pero en realidad aquí nada
tiene que ver una cuestión con otra, de la misma manera que nada tiene que ver
la cuestión de por qué los austríacos vencieron en Hochkirch a Federico II, y
en cambio fueron vencidos por él en Liernitz, con la cuestión general de por
qué los hombres ha¬cen guerra. Para la explicación de hechos físicos, dice
Schopenhauer mismo terminantemente, sirve tanto acu¬dir a la voluntad a que
está sometida toda la Naturaleza, como acudir a la fuerza creadora de Dios. La
física pide causas, y la voluntad no es nunca causa; su relación con el
fenómeno no es la de la causa al efecto, sino que lo que en si es voluntad, es
de otra manera fenómeno, que para ser producido necesita de otro fenómeno. La
cadena de la ciencia así formada, no puede ser interrum¬pida nunca por la
potencia metafísica de la voluntad; sólo en el que sea una cadena y, en general,
el que haya un mundo comprensible en esta forma, si no es producido por la
voluntad como cosa en sí, al menos es la manifes-tación de que esta voluntad
existe, y se explica merced a ella la relación entre los fenómenos, no al modo
de la relación causal, análogamente como comprendemos psi¬cológicamente los
actos individuales del hombre unos por otros; el contenido de cada uno de estos
actos no se explica en manera alguna por el hecho de que el hombre tenga un
alma y, sin embargo, esta alma inintuible e in¬demostrable, y pues
inmediatamente cada hombre no es para los demás más que una serie de
sensaciones de vis¬ta, oído y tacto, es el fundamento sin el cual no se
llega¬ría a aquella cadena comprendida psicológicamente.
De
la misma base metódica se deduce también la con¬secuencia de la unidad de la
voluntad metafísica, opues¬ta a aquella armonía. De ella se desprende que la
vo¬luntad que mueve de fuera adentro el mundo, o, por me¬jor decir, que agota
su esencia, no puede tener ningún fin definitivo, ni llegar en ningún punto a
una real satisfac¬ción. Pues la voluntad, por lo mismo que en la unidad
absoluta no tiene nada fuera de sí en que pudiera aplacar su sed y calmar su
inquietud, no puede hacer más que consumirse a sí misma, y por eso cada ser
necesita otro, destruye a otro su posibilidad de vida para apres¬tarse
inmediatamente a un nuevo robo. La voluntad de vivir deviene en miles de
disfraces su propio alimento; la aparente distinción de estas vestiduras le
proporciona una satisfacción momentánea, pero en realidad nunca encuentra nada
que no sea ella misma, porque fuera de ella nada hay. El lugar en que reside la
más alta concien¬cia, el género humano, es el teatro de la mayor elevación de
este consumirse a sí misma de la voluntad, cuya uni¬dad impide que pueda
saciarse. Los hombres consideran la Naturaleza entera como destinada para su
consumo, y entre ellos alienta, mal disimulada, y sólo en momentos de tregua
descansando, la lucha de todos contra todos. Precisamente el que la humanidad
en su fondo más pro¬fundo sea una unidad metafísica, y el que esta unidad sea
voluntad, es lo que determina que las manifestaciones distintas en que se
escinde se destruyan mutuamente su voluntad; la una tiene que querer, esto es,
que querer vi¬vir a cosía de la otra. En un pasaje, Schopenhauer ex¬presa con
gran profundidad la tragedia de la vida de este modo: como la voluntad es la
realidad absoluta de la vida, a su apetencia absoluta no puede satisfacer
plena¬mente ninguna parte, sino únicamente el todo; pero este todo es infinito,
de modo que no puede ser satisfecha en ningún momento dado de la vida. A la
voluntad le es in¬dispensable la excisión consigo misma, porque se saca siempre
de sí propia, aspira a sacar de cada ahora y cada aquí, a un de luego y un
allí, mientras que su unidad im¬pide que esta excisión se reconcilie realmente,
que uno de los miembros adquiera en el otro quietud. El momento en que se
encuentran el deseo y su objeto no puede ser sino el comienzo de una nueva volición,
ya que también el objeto, en el último fondo de su ser, es precisamente el
mismo ser de voluntad que aspira a él. Cada acto de vo¬luntad que se muestra en
el mundo de los fenómenos por la individualidad de su contenido tiene fin y
objetivo; to¬dos los hombres saben en cada momento determinado el por qué de su
hacer actual. Pero si se le preguntase por qué quiere en general, tendría esta
pregunta por incontestable e inadecuada, probando con esto que para él su
querer se comprende por sí mismo; allí donde cesa el por qué, estamos en el
reino de lo último y absoluto, que sólo en el por qué se hace finito. De la
misma manera se sabe de cada movimiento físico de dónde viene y adonde lleva,
pero no se sabe la razón de por qué existen en el mundo el movimiento y su
actuación en general. Esta in¬finitud e insaciabilidad de la voluntad,
proveniente de que metafísicamente es una, y de que fuera de ella no hay ser
alguno, la ve Schopenhauer expresada con la mayor cla¬ridad en lo inorgánico,
en la fuerza de gravedad, el sím¬bolo del ansia constante, para la que no puede
haber ob¬jetivo alguno asequible. Pues aunque lograse encerrar en un pedazo
apretado toda la materia, en su interior la gravedad tendría que luchar con la
impenetrabilidad, mostrando así el rasgo capital de la materia, como una
aspiración que puede ser impedida, pero no aquietada. Y en el otro polo de la
realidad, tampoco el deseo del hombre se satisface con el cumplimiento de sus
deseos. El querer no puede ser satisfecho; lo único que puede ocurrir es que
cambien los objetos que le da la conciencia. Por eso nos parece a menudo como
si la consecución de un fin inmediato satisficiese definitivamente a nuestra
voluntad, mientras que esa consecución nos pro¬duce un desengaño a la corta o a
la larga, abierta o veladamente, dejando el puesto a otro deseo. Pues la
vo¬luntad en nuestro querer no puede encontrar nunca paz por propia naturaleza;
lo único que puede llegar a térmi¬no y quietud son los contenidos y
motivaciones singula¬res; pero éstos yacen en una capa distinta, sin que su
fe¬necer y modificarse no alcanza al querer mismo, aunque éste se manifieste
por medio de ellos. Nuestro infinito apetecer en deseos, cada uno de los cuales
parece con¬cedernos todo cuanto ansiamos, sin que ninguno nos lo conceda, no es
más que el aspecto aparencial de la infi¬nitud de la voluntad. Su unidad la
condena, y por tanto a toda la existencia, a encontrarse siempre a si mismo y
no a su satisfacción.
En
la mera forma de presentar la imagen metafísica del mundo, aparecen en la
filosofía de Schopenhauer, más hondamente enraizados que en otras filosofías,
el desconsuelo y la falta de esperanza en la vida. El reducir a una unidad
absoluta la pluralidad múltiple de la realidad tiene en sí un color optimista.
De la confusión y oposición que reina entre los elementos de la existencia y de
su in¬diferencia y extrañeza recíprocas, más difíciles a veces de soportar que
su lucha abierta, nos redime el pensa¬miento de que todo es fenómeno y
apariencia, mero aca¬so o superficialidad inesenciales, más allá de los que la
existencia es uno y mismo ser, se reúne en una sola raíz, y no resulta
afectada, en su sentido verdadero, de la forma de la pluralidad y la oposición.
Las representacio¬nes metafísicas del ser, que en su último fundamento ponen
una pluralidad de elementos, sólo pueden expul¬sar de su concepción del mundo
la lucha y la excisión, negando a dichos elementos toda relación mutua. Si los
unos no actúan sobre los otros, si cada elemento es un mundo por sí, el todo no
estará sometido a la alternativa de guerra o paz. Ahora, cuando la variedad y
abigarra¬miento de la experiencia aparece fundida en una unidad transcendente,
reina en el mundo una paz divina con la vida, como en Spinoza, o la
reconciliación producida por la armonía estática, como en Schelling. Lo trágico
en la filosofía de Schopenhauer es que la unidad y la igualdad esencial de todo
ser, que según su significación formal es la garantía de aquietamiento y de un
sentimiento; pacífico del mundo, al determinarse su contenido como voluntad
lleva en su seno la excisión, la lucha, el anhelo insaciable. Con esto se ha
introducido en el punto radical unitario de la vida, cuya unidad, sólo por
serlo, concedería en otro caso a la existencia y a su reflejo es¬piritual la
tranquilidad suprema y la quietud, la lucha por la existencia y el huir de
ella, el ansia perpetua sin fin ni objeto, la excisión irreconciliable entre
todo presente y lo que nosotros propiamente queremos. La forma con que todo
monismo presta quietud, firmeza y paz a su concep¬ción del mundo, se transforma
aquí por razón de su con¬tenido en lo contrario, en el ansia e inquietud
perennes y en la contradicción interior. Al propio tiempo, por prime¬ra vez en
Schopenhauer, aparece la profunda incon¬gruencia que existe entre la
explicación sentimental metafísica del mundo y la forma de la ciencia. En casi
todos los filósofos anteriores esta incongruencia aparecía oculta, porque
consideraban a la razón, que es al mismo tiempo el vehículo de la ciencia, como
el medio o conte¬nido de aquella explicación. Como hombres científicos que
eran, permanecieron en armonía con el mundo que se les aparecía, especulativa o
místicamente, como una realización de la razón. Mientras el ser absoluto del
mun¬do se consideraba como razón, la razón aparecía como facultada para abrazar
el mundo en sus formas lógicas y sistemáticas; unas veces era la razón divina,
otras la ló¬gica hipostasiada en que consistían las ideas platónicas, otras el
ser interior de todos los elementos del mundo, como en Leibnitz, otras la razón
del yo que en Fichte producía el mundo. Hasta Schopenhauer, se ha tratado
siempre de encerrar el mundo en un conocimiento con¬ceptual, en el
entendimiento científico; por eso hasta él no se ha dado su puesto a aquel
impulso metafísico y más hondo oculto en esta forma científica, con su
rela¬ción completamente distinta, inmediata con la existencia, con su interior
extrañeza a todo el saber lógico del en¬tendimiento. Mientras se creía que el
contenido de la con¬cepción del mundo era conforme a razón, no se com-prendía
que el último fundamento del mundo no podía al¬canzarse por el camino de la
intelectualidad; únicamente la doctrina de que el fundamento del mundo es conforme
a voluntad y, por tanto, absolutamente irracional, hizo ver el dualismo que
existe — por más que en algunos in¬dividuos logre armonizarse — entre el hombre
científico y el metafísico, y la excisión que produce en la espiritua¬lidad de
la vida.
Yo
pienso que puede hallarse una relación más pro¬funda de esta determinación
negativa, esta mera nega¬ción de la racionalidad de la existencia, con su
realiza¬ción positiva contenida en la metafísica de la voluntad. Para
comprenderla, distinguiremos entre aquellas mani-festaciones del ser que pueden
ser derivadas causalmente y reunidas conceptualmente, y el hecho de que son la
forma del ser mismo en el que forman la realidad. Todas estas individualidades
designables de la existencia pue¬den penetrarse hasta el fondo en lo que a su
determina¬ción cualitativa se refiere. Por eso, Hegel pudo llamar racional a
toda la realidad. La razón puede ordenar prin¬cipalmente en sus normas a todo
contenido de la existen¬cia, puede dominar lógicamente a todo aquello que se
determina por sus cualidades; la misma razón que se nos presenta a nosotros
como pensamiento determina y orde¬na las cosas objetivas, porque si no nuestro
pensamiento no podría llegar a la verdad de las cosas. Pero este com¬prender
que conforme a razón deriva y reúne, no sirve si se trata de aplicarlo al ser
mismo. El que las cosas cuyas determinaciones vemos en sus recíprocas
relaciones, y en la necesidad con que las unas se producen, una vez dadas las
otras, el que las cosas sean es un factum impenetra¬ble, que puede ser
admitido, pero no comprendido, frente al cual nuestro entendimiento se detiene.
La necesidad que existe para que los contenidos se condicionen de la ma¬nera
dada, no existe en modo alguno para el hecho de que existan realmente; pues no
sería contradictorio que no existiese ser alguno, y sería tan comprensible como
que exista uno, esto es, no sería comprensible. Por eso Hegel, a quien lo que
interesa es construir espiritualmente los contenidos del mundo, equipara al ser
puro con la nada pura, aun cuando admitiendo que entre ambos existe una
diferencia, pero una diferencia inefable, y no susceptible de ser encerrada
dentro de un concepto. Esta incomprensibilidad lógica del concepto de ser
determina que cada uno de los distintos sentimientos de la vida lo interprete a
su manera. En Spinoza se siente el éxtasis revestido de una forma racionalista,
sobre el milagro del ser; todo lo individual desaparece en este abismo del ser,
pues todo lo individual significa determinación cualitati¬va, y, por
consiguiente, en tanto que es individual no es ser. En esta pasión por el ser,
para la cual Dios no le es más que una mera expresión, no puede tolerar que
exista todavía algo más que no sea el puro e ilimitado ser. La irracionalidad
del ser se esconde a su conciencia científi¬ca, porque todavía no ha visto
aquella distinción funda¬mental entre el contenido de las cosas y su ser, y
hace representar esta distinción por la de lo particular y com¬pletamente
general en las cosas. El que esté dominado por la profundidad mística del ser,
es al mismo tiempo causa y efecto de que no se le aparece todavía el ser como
algo lógicamente impenetrable. Y para que pue¬da ser comprendido racionalmente,
le llama causa sui, es decir, declara que lleva en sí la causalidad que hace
que las cosas sean comprensibles; el ser no es com-prensible en ningún otro —
pues no existe «otro» algu¬no —, sino únicamente en sí mismo. En cambio,
Schopenhauer está profundamente penetrado del obscuro destino del ser; no es
que el ser traiga una fatalidad con¬sigo — lo cual también ocurre
secundariamente, por lo demás —, sino que el mismo es ya una fatalidad. Sabe
con perfecta claridad que el ser no es comprensible para nuestra razón, y que
por eso para el espíritu metafísico es indeciblemente aterrador, insoportable,
a no ser que se decida a abrazarlo con místico amor, como hace Spinoza. Y ahora
creo que quizás la explicación del ser como voluntad fuese como un recurso para
librarse de la dureza incomprensible que el ser presenta frente a la ra¬zón. Al
querer, el ser nos parece que se nos hace de al¬gún modo comprensible. Herbart
nota en un pasaje, con gran profundidad, que la variación es algo
contradicto¬rio, en realidad insoportable para nuestro espíritu, y que esto lo
comprueba el concepto de causa. En la causali¬dad cristalizaría, según esto, la
exigencia que demanda no quedar parados en la variación que se nos presenta
inmediatamente como un último elemento; pero que como tal es problemático para
nuestro entendimiento, se le pre¬senta como algo incomprensible, que transforma
por me¬dio de la causalidad en un concepto más flexible. Es po¬sible que haya
influido también el motivo correspondiente en la metafísica de la voluntad. Al
caracterizar al ser como voluntad se crea en su fondo obscuro un elemento
comprensible. Sin duda que con esto no se ha hecho más que hacer pasar la
obscuridad del ser a la voluntad. Pero por mucho que parezca carecer de sentido
y de objeto esta voluntad del mundo, por muy lejos que esté de todo
proce¬dimiento racional, tiene, sin embargo, en su forma de vo¬luntad algo que
la salva de la rigidez del concepto de ser un elemento de productividad, un
encadenamiento de los momentos aislados. Es como cuando en la esfera de lo
empírico, tratándose de un acto de voluntad inexplicable de alguna persona,
podemos decir: «lo ha querido así»; en este caso, no sólo hemos trasladado lo
inexplicable del sujeto a la voluntad, sino que la voluntad ha sido en
rea¬lidad desde el principio lo inexplicable; y, sin embargo, nos sentimos más
aliviados que si tuviéramos que consi¬derar aquel acto como un acto puramente
mecánico, como un acontecimiento surgido sin la intervención de una voluntad
consciente. Frente al principio hegeliano, de que todo lo que es real es
racional, Schopenhauer diría que todo lo real es irracional, y esto, porque
aquél tiene a la vista el contenido de la realidad, y éste la realidad del
contenido, el hecho del ser impenetrable para la razón. Esta irracionabilidad
del ser hace nacer una doble necesidad metafísica, a la que basta a satisfacer
su inter¬pretación como voluntad. Por una parte, la necesidad de encontrar un
elemento de nuestro ser — y luego del mun¬do — que le dé un contenido positivo
a aquella determi¬nación meramente negativa; este elemento es la volun¬tad, en
cuanto quiere en general, abstrayendo de todos los contenidos que pueda
adoptar. Como seres intelec¬tuales no somos más que los portadores de
contenidos de representaciones, o dicho más exactamente, mientras no hacemos
más que representarnos, no somos; no que¬da de nosotros más que la voluntad,
con la que, o mejor como la que somos en realidad, y al propio tiempo y por lo
mismo estamos absolutamente más allá de lo racional de nuestro ser. Ahora, al
mismo tiempo que de esta ma¬nera la voluntad expresa en el lenguaje de lo
concreto lo irracional del ser, da en cierto modo una especie de re¬dención y
aligeramiento para el entendimiento, precisa¬mente porque es voluntad, es
decir, porque saca cada momento de sí mismo, porque significa que cada uno de
ellos se eleva sobre el precedente. No es que de esta ma¬nera se explique
causalmente el ser; no es que la volun¬tad se ponga como su causa; pero como
que se identifica con él, la rigidez en que se aparecía encerrado se con¬vierte
en una vida a la que se puede llegar, adquiere, por decirlo así, la forma de un
devenir comprendido, aun cuando nuestro entendimiento no pueda penetrar por
en¬tero con esta forma en este enigma extremo, o si se quiere, en este enigma,
que es el único principal, pues todo lo demás es contenido y, por lo tanto,
compren¬sible.
Vuelvo
ahora a la unidad metafísica la voluntad, en la que se esconde un doble motivo
pesimista. Por ser la voluntad el ser fundamental, uno e igual, de todas las
cosas y todos los elementos de la vida, los objetivos a que puede llegar no son
puntos de término, sino puntos de tránsito; a cada cosa que alcanza se pone de
nuevo en movimiento. Sin duda que aquí sólo se trata de satis¬facciones
relativas pertenecientes al reino de los fenóme¬nos, y que sólo sirven para un
impulso posterior, porque el fenómeno recibe de las capas de la vida que están
por debajo de él un desasosiego insaciable.. Pero ahora va¬yamos más adelante.
La voluntad absoluta metafísica que nosotros somos, no sólo tiene fines
engañosos e insuficientes, sino que no puede tener fin alguno. El fin es
siempre algo que está fuera del querer, y como no puede haber nada fuera de él,
no puede tener fin alguno. Para la voluntad que está dentro del mundo de los
fenómenos, todos los fines son ilusorios; pero para la volun¬tad absoluta ni
siquiera fines ilusorios, pues para ella no existe la forma de la distribución
en situaciones distintas, que sólo puede darse en el tiempo y en el espacio. Y
esto tiene un aspecto lógico peculiar. El concepto de volun¬tad que vive en
todas nuestras voliciones singulares, lo adquiere el pensamiento por
abstracción de las últimas; prescinde de lo que las separa, para no conservar
más que lo que les es común a todos. Pero aparte de las dife¬rencias de
intensidad, que aquí no juegan sin duda papel alguno, no hay más que una diferencia
entre ellas, la de sus fines. Un primer acto de voluntad no se diferencial de
un segundo más que porque tiene por contenido otro fin. Por tanto, no puede
adquirirse el concepto general de voluntad más que abstrayéndole de los fines
que dan forma, precisamente por su diversidad, a las manifesta¬ciones
singulares de la voluntad. La falta de fin de la vo¬luntad, en general, no es
más que la consecuencia de la abstracción lógica necesaria, por medio de la
cual única¬mente puede devenir un concepto general; tomar esto trágicamente,
sería lo mismo que si, por ejemplo, con Spinoza se hubiesen reducido todas las
realidades a una unidad absoluta del ser; lo cual sólo es posible
prescin¬diendo de sus formas, que son las que los diferencian entre sí, y luego
lamentarse de que no hay belleza en la existencia; pues ya en el procedimiento
lógico, por el que se había llegado al concepto de existencia, quedaba
eli¬minado aquello que constituye para nosotros toda belle¬za, la forma. El fin
del acto de voluntad y su determina¬ción singular son conceptos recíprocos; si
se borra la última, porque se quiere llegar a lo general de las voli¬ciones, a
lo que está más allá de su existencia individual, se ha prescindido también al
hacerlo del fin, y no puede fundarse una lamentación pesimista en que esta
voluntad general, indiferenciada y unitaria, no tiene ya fines. Pues no es más
que repetir lo mismo, el repetir de un concepto una determinación por medio de
la cual se la ha formado. Y sacar de este principio una consecuencia sobre el
valor y la significación de la voluntad, sería lo mismo que pre¬tender deducir
algo sobre el árbol de esta proposición: El árbol sin hojas está desnudo.
Por
tanto, el punto de arranque del pesimismo metafísico, el que parece desposeer
de todo sentido a la exis¬tencia, la irremediable carencia de fines de la
voluntad, que es un concepto absoluto que absorbe en su unidad todas las
manifestaciones singulares, se revela como in¬capacitado para deducir de él
juicio alguno sobre el mundo, porque es un ídem por ídem, y si se predica la
carencia de fines de la voluntad, no es sino porque el con-cepto de esta
voluntad sólo podía construirse suprimien¬do todo fin. Pero, aparte de este
defecto lógico de la tesis de Schopenhauer, queda todavía otra cuestión más
im¬portante. La crítica descansaba en que la voluntad, en general es una
creación del pensamiento, sacado de actos concretos de voluntad, abstracción de
lo que separa a unos de otros. ¿Pero y si esta abstracción no fuese más que un
camino del pensamiento, por el cual pueda expre¬sarse en la conciencia refleja
más que como una contra¬dicción lógica, lo que sólo se expresa por un concepto
que la suprime propiamente? Dentro del mundo de los fenómenos, que escinde en
actos singulares de vo¬luntad a aquella voluntad originaria, esta contradicción
se manifiesta por el disgusto que sigue a toda satis¬facción momentánea, . por
el paso incesante de unos fines a otros; igualmente la lucha incesante de los
indivi¬duos y de las especies entre sí, el suprimirse unos a otros los seres
individuales, no son más que la simbolización de aquel hecho fundamental en el
mundo aparente de los objetos; y, por último, el dolor del mundo, el predominio
del sufrimiento sobre el placer, la balanza negativa de la dicha, que pone como
infinitamente más valiosa a la ne¬gación de la vida frente a su afirmación —
puesto que ésta apenas si tiene algún valor — , todo este es el reflejo de
aquella estructura del ser del mundo en la esfera del sentimiento.
IV - EL PESIMISMO.
La
felicidad como el mero cesamiento del dolor de la privación. — Escisión
auto-psicológica de la vida en carecer de sufrimiento y tener felicidad. — La
felici¬dad anticipada en la aproximación al tener. — El motivo fundamental de
los errores de Schopenhauer; la unión violenta sistemática de la metafísica de
la voluntad con el pesimismo. — La balanza de dolor y de placer y la
significación absoluta del dolor. — La crueldad. —La justicia metafísica y la
distribución empírica de placer y sufrimiento.
La
imagen definitiva del valor de la vida, que ha dado a la filosofía de
Schopenhauer su marca exterior y la ha hecho importante para su influencia
sobre la cultura de los últimos decenios, se concentra en el absoluto
predo¬minio que en ella adquiere el dolor de la vida sobre la fe-licidad. A
distinción de las veleidades pesimistas, que no faltaban y que declaraban la
vida por un valle de lágri¬mas, la vida como no digna de ser vida y la
felicidad por un sueño pasajero, Schopenhauer hace al dolor substancia absoluta
de la vida, lo convierte en su determina¬ción a priori, lo sumerge en la raíz
de nuestra existencia de tal modo, que ninguno de sus frutos puede tener otra
naturaleza que la del dolor. Por primera vez el dolor es aquí, no un accidente
del ser, sino el ser mismo en tanto si refleja en sentimientos. Y en realidad
la metafísica de la voluntad no permite ninguna otra conclusión si se concede
que toda felicidad es voluntad satisfecha y todo dolor cumplimiento de voluntad
no logrado. Lo que importa es lo que es; no hay que creer que el que la
voluntad con¬siga sus fines sea la causa del sentimiento de placer. Pues como
en principio todo efecto puede provenir de muy diversas causas, la
insaciabilidad principal de nues¬tra apetencia no libraría al pesimismo
schopenhaueriano de la objeción de que quizá, aunque esta fuente estu¬viera
obstruida, pudiera fluir la felicidad de otras fuentes. Para eso la proposición
empírica: Voluntad satisfecha es felicidad, tendría que trocarse en esta otra
metafísica: Felicidad es voluntad satisfecha. Y como la voluntad por su
naturaleza, como el uno todo metafísico, nunca puede ser verdaderamente
satisfecha, con esto quedaría decidido lo negativo de la balanza de la
felicidad en la vida. Si ahora se entiende por dolor y por felicidad en el
sentido am¬plio, que sin duda está en la intención de Schopenhauer como la
expresión en la esfera del sentimiento del último a propio ser del mundo, de la
misma manera que los he¬chos de la intuición lo expresan en la esfera del
conocer, resultará que la cantidad de placer o de dolor será uno de los
problemas de más honda importancia de la vida; vis¬tas las cosas de esta
manera, no puede eludirse este pro¬blema como gusta de hacerlo la ética,
haciendo que el placer y el dolor pasen como situaciones de ánimo sub¬jetivas
que no tocan a la más honda estructura de la vida.
El
que la vida carezca de fin hace que el dolor y el pla¬cer tengan valor en sí
mismos, sin pretender una significación que salga del momento mismo en que son
senti¬dos, o sacarla de un fin colocado por encima de ellos, por lo cual una
teoría filosófica del fin último absoluto como la de Kant considera como tan
secundarios y poco importantes a estos sentimientos, como lo hace la teoría
nietzscheana de los fines relativos determinados por el hecho de la evolución.
Pero si el dolor y el placer tienen como en esta teoría su puesto en las
instancias supremas de la vida, pueden, precisamente porque sobre ellos no hay
fin alguno superior que disminuya su importancia, adquirir aquella
significación que hace que la vida entera se tiña de su color, y convierte su proporción
en una pie¬dra angular del cuadro schopenhaueriano del mundo. La consecuencia decisiva del carácter de
voluntad que tiene la felicidad, la expresa Schopenhauer con las si¬guientes
palabras: Toda felicidad es «esencialmente» ne¬gativa siempre. Deseo, esto es,
carencia, es la condición anterior previa de todo goce. Por eso la felicidad no
pue¬de nunca ser más que la liberación de un dolor, de una necesidad. Cuando al
fin todo se ha superado y conse¬guido, nunca se puede haber ganado otra cosa
que el li¬berarse de un dolor o de un deseo, y, por tanto, encon¬trarse en la
misma situación que cuando este dolor o de¬seo se había presentado. Estas
proposiciones sencillas, y en apariencia meramente lógicas, arrojan sobre la
vida más profundas sombras que pudieran hacerlo todas las enumeraciones de sus
dolores positivos y de los placeres que no pueden alcanzarse. Pues por grande
que sea la medida de eso que llamamos felicidad, está marcada des¬de su
nacimiento de mera negatividad; en este proceso la vida no nos concede ninguna
ganancia propiamente di¬cha, sino el llenar un vacío, el pago de una deuda a la
voluntad. Lo sumo que pudiera alcanzarse en todo caso, aunque en realidad nunca
se llegara a ello, sería la satis¬facción de toda apetencia, el equilibrio de toda
necesidad por la felicidad de la que es condición; una felicidad que fuese algo
más que la supresión de un dolor, que el apa¬ciguamiento de un ansia es una
quimera, un imposible ló¬gico. A distinción de aquellos pesimismos que derivan
de las cantidades comparadas de placer y de dolor y que, por lo tanto, tienen
siempre algo de relativos y corregi¬bles, aquí el pesimismo se levanta sobre el
concepto mis¬mo del placer. De esta manera se suprime a priori toda corrección
empírica en cuanto se declara que la felicidad, grande o pequeña, sólo es
posible por el dolor de enca-recer, no consintiendo ella en otra cosa que en la
supre¬sión en cada caso de éste carecer. Si hay algo que pue¬da llamarse el
error fundamental de la vida en general, esta negación de la felicidad sería su
formulación absoluta.
Su
lógica se basa en un hecho psicológico. Si no su¬piésemos por experiencia que
un deseo logrado va acom¬pañado del sentimiento específico, al que llamamos
pla¬cer, no existiría esta teoría. Por eso su fundamento pue¬de comprobarse en
hechos psicológicos. Y me parece que de entre estos hechos, el decisivo para la
crítica es el de que la voluntad que va unida con la privación de un valor, o
que es la expresión positiva de esta priva¬ción, en la mayoría de los casos y
en los decisivos para dar color a la vida, no es una voluntad súbita que en un
momento se viese ante la cuestión, alcanzar o no alcan¬zar, sino que la
voluntad suele permanecer durante algún tiempo, y luego va realizándose a
través de una serie de acciones prácticas, cada una de las cuales va acercando
un paso más al fin último, a aquel querer. Y si no me en¬gaño por completo,
este desarrollo de la voluntad no va acompañado en todas circunstancias del
sentimiento do¬loroso de la privación en la misma medida, sino que éste se
presenta cuando se presentan obstáculos en el camino de la voluntad. Sobre la
velocidad de su marcha se for¬man innumerables experiencias, según la clase del
fin perseguido y de las circunstancias en que se persiga, según la personalidad
y su destino, y a consecuencia de estas experiencias nace para cada una de
nuestras voli¬ciones una esperanza, esperanza que determina de ante¬mano el
tiempo, los procedimientos, la fuerza y las con¬diciones exteriores que serán
necesarias para alcanzar ese fin. Y si ahora la acción se va realizando
conforme a esta esperanza, no hay, excepto en circunstancias extra-ordinarias,
un sentimiento de dolor que vaya paralelo a ella, a pesar de que mientras
estamos en el camino queremos el fin, pero no lo tenemos todavía. Y, sin
embar¬go, esta marcha hacia él antes es placentera que dolorosa; dolorosa sólo
lo es en el momento en que se presenta un obstáculo, en que se aplaza la
consecución del fin o en que se paralizan las fuerzas. Es, sencillamente, falso
psicológicamente el que toda volición hubiera de ser do¬lor por ser en su base
privación, y que la privación le acompañe constantemente hasta que el fin se
consiga. Porque aunque metafísicamente se considera como un querer toda
privación, psicológicamente ocurre una cosa muy distinta: El querer es más bien
un movimiento que tiende a remediar la privación, y esta última no llega en
general a adquirir una significación dolorosa cuando la voluntad se aplica a
ella y se desarrolla de una manera normal, sin obstáculos, hacia el fin. Es
verdad que el querer, considerado de un modo puramente conceptual, es un no
tener; pero de hecho es el camino del no tener al tener y, por lo tanto, un
término medio entre ambos. Y lo mismo ocurre si se le considera
eudemonísticamente, de la misma manera que Platón llama al amor un es-tado
intermedio entre no tener y tener, sin que por eso se le sienta como una
desgracia; con el dolor del punto de partida para remediar la privación se
mezcla la felicidad de la paulatina aproximación al fin.
Pues
lo decisivo psicológicamente es esto: Que no sentimos el placer pura y
exclusivamente en el momento de la consecución del fin, sino en la medida en
que va¬mos acercándonos a éste. Y lo sentimos, no de un modo" ilusorio,
suponiéndonos en posesión de lo que en reali¬dad no poseyéramos y dejando que
la imagen de la fan¬tasía nos conmueva como si fuese la realidad, lo senti¬mos
de una manera perfectamente legítima, y sin necesi-dad de engañarnos; la
esperanza de la felicidad se con¬vierte en la felicidad de la esperanza. Sin
duda que en el respecto eudemonista vivimos por anticipado; pero esta felicidad
anticipada que sentimos la sentimos verdadera¬mente. Desde el punto de vista de
la posesión de un ob¬jeto en forma jurídica, claro es que no hay ningún tránsi¬to
intermedio entre el mero aspirar a una cosa y el tenerla; ambos términos se
ponen como el sí y el no; pero, por lo que toca a los sentimientos, esta
alternativa no es tan ri-gurosa, sino que el placer de la posesión futura
brilla, no sólo como placer futuro, sino como presente en el cami¬no hacia la
posesión mientras se marche realmente por este camino y no se encuentre en él
obstáculos infran-queables . . . ¿Qué importa la consideración, de la que no
pasa Schopenhauer, según la cual la felicidad no se jus¬tifica lógicamente
hasta que la voluntad no haya conse¬guido su objeto, si los hechos
psicológicos, que en la cues¬tión del valor de felicidad de la vida son los que
importan, deciden de otro modo? El dolor de la privación con que se inaugura el
proceso de voluntad cesa antes de que se haya conseguido lo deseado, y se
siente la felicidad de un modo anticipado, pero no menos real en cada uno de
los estadios del proceso, a medida en que se van acercan¬do al logro del fin de
la voluntad.
Pero
tenemos que ahondar todavía un paso más y quitar a esta fundamentación del
pesimismo la dignidad lógica en que hasta ahora había podido apoyarse. El que
entre los dos términos del tener y no tener, objetivamen¬te opuestos y que
rechazan todo intermedio, puede, sin embargo, presentarse aquella aproximación
paulatina, aquella anticipación del placer de la consecución que va suprimiendo
gradualmente el dolor de la privación, se funda en que el poseer y el haber
conseguido no adquiere significación, ni tiene valor para nosotros en cosa
algu¬na más que por el estado sentimental que produce. Lo que nosotros llamamos
posesión, alcanzar, conseguir, tiene distintas significaciones: la jurídica, la
física, la lógi¬ca. Pero no preguntaríamos por ninguna de ellas sin la
significación sentimental, esto es, sin el sentimiento de placer o de valor,
que no sólo es el efecto de la pose¬sión, sino su lado ulterior, su realidad
subjetiva para nos¬otros. Esto no es más que continuar en esta esfera el
idea¬lismo de la teoría del conocimiento, de la misma manera que el objeto
considerado teóricamente es mi representa¬ción, y que toda su significación
cualitativa se agota en el proceso en que yo me le represento; considerado
prác¬ticamente es mi sentimiento, y en esta relación de mí mis¬mo se agota su
relación para conmigo. Con esto se com¬prende claramente por qué el sentimiento
de felicidad que acompaña a la consecución de un objeto de la voluntad, real o
imaginario, pueda ya adquirirse en el camino de la voluntad hacia este objeto,
pues en él no hay, es ver¬dad, un poseer parcial, ya que el poseer en su
sentido jurídico o lógico no conoce más que un todo o nada; pero la posesión
total no es otra cosa que un estado senti¬mental que se va manifestando en una
serie de estadios progresivos. Precisamente en el ejemplo del amor resulta esto
con plena claridad. Sería absurdo pretender descri¬bir su proceso conforme a la
fórmula schopenhaueriana, como si el amor se limitase a la posesión interior y
exte¬rior de la persona amada, la cual proporciona una cierta medida de
felicidad en cuanto libertad del dolor, de que el amante iba acompañado durante
todo el tiempo en que aun no poseía. En realidad, la experiencia enseña que en
muchos casos el amor por sí sólo, aun cuando renuncia a conseguir su objeto, es
decir, cuando se ve obligado a detenerse en el punto de partida, se siente ya
como una felicidad. La felicidad del amor desgraciado es un hecho atestiguado
muchas veces. Y cuando se puede trabajar en su satisfacción, la felicidad existe
ya en los primeros momentos de este proceso; en los cuidados por el ser amado,
en la esperanza que aparece, al principio queda¬mente y con más fuerza después;
en las señales de co¬rrespondencia que empiezan a notarse; en las primeras
pruebas de ella, muy lejanas aún de la plena posesión, en toda esta escala
fluye una corriente de dicha que qui¬zá halla su momento supremo en la
consecución definiti¬va, pero que llega a ésta en una gradación gradual
inin¬terrumpida y no saltando del puro dolor a la plena dicha. Y esto es
posible porque la posesión y logro de lo queri¬do como hecho exterior que
llenase el concepto, nos se¬ría perfectamente indiferente si no consintiese en
lo que para nosotros es lo único esencial: en el sentimiento de felicidad, y
porque, por lo tanto, no ofrece la menor difi-cultad el llegar al logro
definitivo por una continuidad de grados de sentimiento análogos que no están
sujetos al todo o nada. Aquí radica el derecho a acusar de adulterio «al que
mira con deseo a la mujer de su prójimo». Pues desde el primer estadio de la
serie erótica hasta el último va ascendiendo la misma escala; sobre el puro
carácter gradual de su proceso sólo puede engañarse el que mira a la
discontinuidad exterior del tener y no tener psicoló¬gico, en lugar de preocuparse
del proceso interno, que es lo único que interesa eudemonista y moralmente.
En
general debe andarse con prudencia para declarar errores a decisiones sobre los
últimos sentimientos de la vida y del valor, porque éstos en realidad están más
allá de la alternativa de lo verdadero y lo falso. Son la expre¬sión de un ser,
de la relación de un alma con el mundo, y su «verdad» consiste en manifestar
esta relación de un modo fiel y adecuado. La verdad en este sentido nada tiene
que ver con que las afirmaciones en que aquella ex¬presión se hace real sean
verdaderas en el sentido obje¬tivo, medidas en sus objetos. Al contrario,
muchas veces a pesar de ser miradas objetivamente ilógicas,
irreales-contradictorias, o quizá por esto mismo, pueden expresar exactamente
aquel ser de un alma opuesta a toda reali-dad. Por tanto, si el valor metafísico
o de concepción ge¬neral de la vida que una afirmación pueda tener, no debe
medirse por su verdad objetiva, es preciso separar am¬bos significados, tanto
más cuanto que la negación de la una es lo que hace que la otra aparezca en
todo su sig¬nificado y fuerza. El error en que sin duda ha caído aquí
Schopenhauer para denunciar como dolor, en interés del pesimismo, al período
entero en que todavía no se tiene en el proceso de voluntad, es éste: El haber
dividido la vida con aparente razón lógica en el tener y no tener lo apetecido.
Esto es exacto, sin duda para el aspecto exterior, físico y jurídico de la
existencia; pero no lo es para aquel aspecto de la existencia, que es el que
importa para la cuestión del pesimismo eudemonista. Porque teniendo en cuenta la
frecuente continuidad de los grados eudemonistas, teniendo en cuenta la gran
independencia en que se presentan respecto de! tener real, definitivo,
indepen¬dencia que va tan lejos que a menudo la felicidad no acompaña más que
al anhelar, luchar y buscar, y que al fin ya conseguido no nos sabe dar ya más
felicidad, sino que aparece como indiferente, de la misma manera que una vez en
el puerto al marino le es indiferente la luz del faro que le había guiado hasta
allí; teniendo en cuenta todo esto, falta la base de donde deducir la
consecuencia, según la cual, mientras todavía queremos no tenemos aún, y, por
tanto, somos desgraciados y sufrimos mien¬tras queremos. Si esta consecuencia
fuese legítima, que¬daría sin duda justificado el pesimismo, porque la mayor
parte de la vida transcurre, en procesos de voluntad, y e] logro final no es
más que un momento insignificante. Pero Schopenhauer no puede prestar a esta
conclusión apa¬riencia lógica más que trasladando falsamente lo que ocu¬rre en
la esfera del tener y no tener exteriores a lo que ocurre en la esfera, que
aquí es la decisiva, de los refle¬jos sentimentales.
El
motivo último para este abuso del concepto de la voluntad, me parece que hay
que buscarlo en ¡o siguien¬te: Lo más esencial y lo más original de la obra de
Scho¬penhauer es qué ha hecho dos grandes desplazamientos en la concepción
filosófica del mundo. El primero consiste en que en el lugar que ocupada la
«razón» típica, que había pasado como el portador subjetivo y objetivo de la
existencia, si bien expresado en las más distintas formas, desde «la razón del
mundo» de estoicos hasta la «razón práctica» de Kant, lo ocupa ahora la
voluntad, que se coloca en el centro del alma y del mundo. Y el segundo, en
que, enfrente a la no menos típica explicación optimista de la realidad, dió al
dolor del mundo, considerado en toda su profundidad, la primera expresión
verdaderamen¬te principal. El error de Schopenhauer ahora hay que referirlo a
que quería crear una unidad plenamente siste¬mática entre estos dos resultados
del pensamiento, que en sí son perfectamente independientes. Por eso tenía que
extender o conformar de tal manera los conceptos de querer y sentir, que
aquella alternativa de tener o no tener, que sólo es propia de su manifestación
exterior, pasó a la oposición entre el placer y el dolor, pues única¬mente así
podía aparecer la felicidad como una mera ne¬gación del dolor que la privación
engendra. Por eso, des¬de el comienzo, Schopenhauer no ha concedido al placer y
al dolor aquella independencia espiritual y conceptual que asigna a la
representación, sino que su naturaleza la ha determinado como satisfacción o no
satisfacción de la voluntad. Al hacerlo así, no reconoció lo cualitativo del
sentimiento, lo específico y elemental de su esencia, que no puede confundirse
ni con la voluntad ni con la representación. Pero si la metafísica de la
voluntad había de ser la fundamentación del pesimismo, era preciso re¬ducir el
mundo a voluntad y representación. Era preciso que, conforme al concepto de la
voluntad, nuestro destino interior se escindiese en tener y no tener, y al lado
de estos dos aspectos de la voluntad, sólo podía permitirse todavía la
«representación», porque la representación, por su idealidad y objetividad, no
ejerce influjo alguno en la formación del pesimismo. Es un espectáculo curioso
el ver cómo Schopenhauer, que cuenta entre los espíritus más libres e
intelectualmente más puros de los tiem¬pos modernos, se deja llevar aquí de
necesidades siste¬máticas o de sentimiento, para formular una unidad que no
hubiera salido de una concepción enteramente honrada de su objeto. Si hubiera
dejado al sentimiento su propio ritmo, que de hecho no sigue a la lógica de la
voluntad, no hubiera podido continuarse tan sencillamente la meta¬física de la
voluntad en el pesimismo eudemonista. El que para Schopenhauer prescinda de la
particularidad del sentimiento y afirme que los factores elementales del alma
humana sean sólo «voluntad y representación», es la consecuencia de aquel
impulso sistemático que pensaba poder deducir uno de otro aquellos dos grandes
descu¬brimientos.
La
fundamentación metafísica del pesimismo hace que para Schopenhauer sea
superflua su fundamenta¬ción empírica, con la cual sus sucesores recorrían las
dis¬tintas esferas de la vida, señalaban en cada una el pre-dominio del dolor
sobre la felicidad conseguida, y luego, sumando y restando este pasivo y activo
de la balanza de nuestra vida, llegaban al resultado de su negatividad. Aun
cuando Schopenhauer es un pensador demasiado grande para pretender deducir
conclusiones sobre la tota¬lidad de la vida de la comparación de hechos
singulares, con el resultado estaría sin duda conforme. Si se supone que al
hombre medio — según su destino eudemonista —, al cual se le ofrece la suma
total de felicidad de su vida por la suma total del dolor de ella, Schopenhauer
le disuadiría también de este negocio; para que no saliese perdiendo tendría
que recibir una gran cantidad de placer; las alegrías ofrecidas habría que
pagarlas demasiado caras en dolor. Ahora, como este cálculo, decisivo para la
cuestión del pesimismo, no puede verificarse por la enumeración de las
diferentes sumas parciales, y como el camino metafísico está en contradicción
con conviccio¬nes indudables, será preciso encontrar otro procedimiento de
comprobación, que esté más allá de la empiria y más allá de la metafísica.
El
pesimismo, que tiene a la existencia del mundo por peor que su no existencia,
sería porque sus valores nega¬tivos, es decir, la cantidad de dolor que en ella
se sufre excede a su valor positivo, es decir, a la suma de felicidad que nos
proporciona, descansa sobre el supuesto de que ambas cantidades pueden
compararse, empírica o apriorísticamente. Ahora la posibilidad de semejante
com¬paración no es evidente en ningún modo, aun cuando esto pueda parecer
paradójico, si se tiene en cuenta el hecho de que nuestra vida práctica
descansa en cálculos de tal índole: a cada cambio, en cada trabajo, en toda
relación entre hombres que engendra obligaciones bila¬terales, se compara la
ganancia en felicidad con la entre¬ga, la renuncia, el esfuerzo, en una
palabra, la cantidad de dolor que tenemos que poner, y si éste pesa más que el
valor de felicidad que se nos ofrece en cambio, renun¬ciamos a la empresa o
pacto. Pero yo creo que podré probar que este hecho de experiencia no permite
deducir de él ninguna conclusión que demuestre que el dolor y el placer son en
general comparables.
Aquel
cálculo empírico que realizamos continuamente no puede conseguirse por una
aproximación inmediata de ambos factores, por una comparación de sus
magnitu¬des absolutas. Cuando se trata de cantidades de una mis¬ma cualidad —
v. gr., de dos alegrías o dos dolores de la misma clase — , sabemos
inmediatamente cuál es la mayor; su estructura homogénea hace que se las pue¬da
medir por medio de una medida común sobreentendi¬da, como se miden dos sumas de
dinero de la misma clase. Ahora, cuando se trata del valor en dinero de una
mercancía, es preciso acudir a un tercer factor para deter¬minar si es o no
medible, a la situación general de este artículo en el mercado, que establece
como su precio una suma determinada del medio de compra corriente. Sea el
que
sea el precio absoluto demandado, sólo será dema¬siado elevado cuando esta
mercancía o su equivalente pueda adquirirse más barata en otro sitio. Y lo
mismo ocurre con el precio en dolor con que pagamos nuestras alegrías. Una
persona sin experiencia no podría decir, entre una suma de dolor y otra de
placer, si éste era un precio «justo» por aquél, a no ser que se trate de un
dolor extremo. Sólo a lo largo de la vida, y después que se ha ido adquiriendo
experiencia, cesa esta inseguridad y se sabe con qué suma de felicidad negativa
puede comprar¬se otra de felicidad positiva sin perder en el cambio; y esta
medida no es definitiva, sino que se va modificando siempre por nuevas
experiencias. ¿Cuál podría ahora ser esta medida objetiva que el pesimismo necesita
y que subjetivamente en la práctica sólo de un modo aproxima¬do puede
alcanzarse? Parece que una medida semejante sólo podría lograrse poniendo
frente a frente el total de las sensaciones dolorosas y de las sensaciones
placen¬teras del mundo, y calculando que parte de cada una co¬rresponde, por
término medio, a cada individuo. Sólo aquellos individuos, cuya balanza
eudemonista tuviese menos alegría y más dolor que aquel promedio, habría
comprado demasiado caro la primera. La balanza media en sí no es ni positiva ni
negativa; es más bien el lugar en el que mezclan lo positivo o negativo de los
destinos individuales. Si se pudieran comparar inmediatamente, o por medio de
un denominador común, las sumas totales de placer y de dolor, sería otra cosa;
pero como esto no es posible, la medida para cada caso individual hay que
sacarla del conjunto, y el llamar grande o pequeña a esta medida sería tan
insensato como llamar grande o peque–a a la estatura media de los hombres. El
hombre con¬creto puede ser grande o pequeño, es decir, puede estar por encima o
por debajo del promedio; pero el promedio mismo no puede ser medido, puesto que
su papel es el ser¬vir de medida a los individuos; únicamente podría resultar
grande o pequeño este promedio de nuestra especie en el caso de que nos
figurásemos otros hombres existentes en otro planeta y lo comparásemos con su
promedio. Por las mismas razones no puede decirse tampoco que el hombre, en
general, tenga «más» dolor que placer, o que el precio del primero que dé por
el segundo sea demasia¬do «elevado», o que no sea «justa» la proporción
existen¬te entre ambos. Todos estos principios fundamentales del pesimismo
eudemonista descansan en el error metódico de pretender medir la medida misma y
trasladar una comparación cuantitativa, que puede aplicarse al destino
eudemonístico individual, a la suerte general del hombre, porque tenemos una
representación instintiva o empírica de ella.
Ahora
es verdad que la inmensa mayoría de los hom¬bres se lamentan de que las
cantidades de dolor y placer que les corresponden son desproporcionadas,
predomi¬nando el dolor, lo que sin duda sería imposible si fuese el promedio el
que diese la medida; y hay un sentimiento que no puede acallarse con
reflexiones lógicas, que nos dice que el promedio de los hombres sale perdiendo
si se compara la cantidad de felicidad que recibe con la canti¬dad de dolor que
tiene que entregar en cambio. Sólo que la medida que aquí aparece no es
aplicable racionalmente; no es la de la relación entre el todo y sus elementos,
sino la relación entre un ideal y un deseo. Aun cuando el comprador no tenga
derecho objetivamente a pedir por su dinero una cantidad de mercancía mayor que
la que corresponde al precio medio determinado por la relación entre el dinero
y las mercancías que domina en una situa¬ción concreta del mercado, sin
embargo, subjetivamente desea, por regla general, comprar más barato. Siempre
que no existen razones contrarias que nos obliguen, nos sentimos todos
inclinados a tomar por una exigencia de la justicia objetiva el ansia
subjetiva, que demanda un privilegio. El «hombre», en general, tiene sin duda
más dolores que alegrías; pero este más no depende de la medida que la cosa
misma proporciona, sino del deseo, que pretende conseguir en todo caso más
alegrías que dolores. El ansia de felicidad de los hombres es infinita, y por
eso no puede satisfacerle ninguna proporción entre felicidad y dolor; pero por
eso mismo fácilmente resulta que una determinada proporción, que excede en
felicidad a la que nos ha sido discernida, nos parece una exigencia
objetivamente justa, por muy problemática y vacilante que sea su cantidad. Este
es un procedimiento psicológico típico. La demanda de igualdad general de las
clases oprimidas no es más que la expresión del impulso gene¬ral humano, que
quiere pasar del estadio en que se en¬cuentra a uno más alto. Y para los que
están debajo, la igualdad con los que están arriba es la estación inmedia¬ta en
este camino sin término, que se prolonga al infinito; y esta estación aparece
mientras que no se ha alcanzado y, por tanto, mientras no se ve todavía más
allá de ella, como un objetivo que satisfará definitivamente nuestras ansias,
como una exigencia absoluta de la justicia. Aho¬ra, tan pronto como se
realizase, desde ese nuevo terre¬no conquistado, el ansia del individuo que
pretende supe¬rar a los otros se haría valer con la misma fuerza que el impulso
que había obrado hasta entonces: el de la equiparación con los demás. La
exigencia ideal del pesimismo de que el hombre ha de tener «tanta» alegría como dolor, para no ser
engañado por la vida, es el pendant de aque¬lla exigencia de «igualdad», en
cuanto que en ella ha cris¬talizado el deseo del hombre que demanda más
felicidad que la que de hecho se le ha deparado. Pero este deseo no puede
satisfacerse realmente con ninguna proporción concreta entre placer y dolor,
puesto que el hombre no se conforma con ninguna cantidad de dolor, por mínima
que sea, ni se satisface con ninguna cantidad de alegría, por grande que fuera.
Desde el punto de vista del ansia, que ha conducido a formar aquella balanza,
no hay equilibrio alguno que nos satisfaga, sino únicamente la desaparición del
sufrimiento y el reinado absoluto de la felicidad.
Esta
crítica, que muestra cómo lógicamente es insos¬tenible deducir el pesimismo de
la desproporcionalidad cuantitativa entre placer y dolor, ha sido prevenida por
Schopenhauer en una indicación ocasional, que entra en la génesis psicológica
del ideal de la justicia eudemonista, de que acabamos de hablar. Schopenhauer
funda el pesi¬mismo más radical, en que no nos pueda satisfacer nin¬guna
proporción entre placer y dolor; tampoco una pro-porción «justa», porque el uno
debe existir en absoluto — no de un modo meramente relativo — y el otro debe no
existir en absoluto. No es la cantidad de dolor lo que hace que la existencia
de] mundo sea algo insensato, lo que da al no ser una preferencia infinita
frente al ser, sino el mero hecho del dolor, pues el dolor no puede ser
suprimi¬do nunca; no hay delicia imaginable que pueda indemnizar de un dolor
cualquiera. Este es un sentimiento de va¬loración cuya profundidad puede
reconocerse, pero no criticarse; no puede criticarse tampoco poniendo frente a
él el sentimiento opuesto, en el que se expresa igualmente una concepción del
mundo inatacable. Según este senti¬miento, el hecho de que en el mundo haya
algo que sea felicidad, el que el ser pueda llegar a una cosa semejan¬te,
aunque sólo hubiera ocurrido una sola vez, eleva al mundo a un grado tal de
valor, que no hay cantidad de sufrimiento que pueda hacerle perder su
significación absoluta. La mera posibilidad de la felicidad, por muy es¬casa y
fragmentaria que en realidad se presente, ilumina la existencia con una luz brillante,
cuyo brillo pretende Schopenhauer disminuir, declarando que la felicidad no es
más que algo negativo, la mera cesación del dolor. Pero éste es precisamente el
punto débil en el pensamien¬to del filósofo, éste es un punto de vista incapaz
de fun¬damentar el pesimismo. Pues no debía olvidar el momento positivo en la
felicidad, el que la diferencia de la muerte y del sueño, los otros dos medios
que pueden hacer cesar el sufrimiento, y no debía olvidarlo, aunque luego le
apli¬case la medida y el valor que juzgase justos. Pero aque¬lla fundamentación
grandiosa del pesimismo, sobre el hecho de que exista el dolor, puede caber a
pesar de eso. El que exista felicidad, y que la felicidad sea todo lo posi¬tiva
que quiera, no mitiga en nada el hecho de que en el mundo exista el dolor.
Existen indudablemente almas que poseen un grado tal de sensibilidad para el
dolor, que no les deja ver el puesto que en realidad ocupa la felicidad, como
un valor de la existencia, de la misma manera que existen otras, cuya sensibilidad
es tan pronta a recibir la impresión de la felicidad, que no permite que
excitantes de otra naturaleza lleguen a penetrar en las capas profun¬das de su
personalidad. Por muy duro que sea el sufri¬miento que caiga sobre hombres
tales, no les parecerá nunca la última instancia de su destino; seguirán
sintien¬do la dicha y la alegría como el propio sentido de la vida, aun en el
caso de que a ellos personalmente les estén ne¬gadas, y por eso la existencia
se les aparece como algo bueno, no como resultado de un cálculo entre su
sufri¬miento y su dicha; les parece algo bueno tan sólo por el mero hecho de
existir el fenómeno maravilloso de la feli¬cidad, el único que puede vivificar
las fuerzas más hon¬das de su vida. Por paradójica que pueda sonar la frase de
Schopenhauer, de que la cantidad de dolor es indife¬rente frente a la
significación del dolor en general, desig-na de un modo acentuado el fundamento
más hondo y propio del pesimismo, precisamente porque el mismo sis¬tema de
valoración empleado con el signo contrario es el que fundamenta la forma más
pura del optimismo. Sig¬nifica la reducción a la forma más radical de la
reflexión arriba hecha, de que el placer y el dolor no pueden com¬pararse en
masa de un modo inmediato, para deducir el valor eudemonístico de la vida en
general, de que no tienen ninguna medida común de sus respectivas cualidades,
en la que pudiera mostrarse el más o el menos de cada una de ellas, sino que
únicamente sus cantidades de hecho, vividas, son las que dan el promedio eudemonístico
de la existencia humana, en comparación de la cual puede luego determinarse el
estar por encima o por deba¬jo, el «más» o «menos» de los destinos
individuales. Ambos factores son, por decirlo así, extraños el uno para el
otro, no se relacionan mutuamente, y el que devengan factores del cálculo del
destino humano en general sólo es debido a que son formas de la vida del mismo
sujeto. Y con esto se aparece la plena distancia que entre ellos existe, la
decisión entre pesimismo y el optimismo deja de depender en su último
fundamento de la comparación entre ambos, sino del mero hecho de que existe la
dicha y de que existe el dolor en el mundo. Claro que en la ex¬periencia
consciente no ocurren así las cosas; dentro de ella deciden impresiones de las
dos clases, y su medida con arreglo a un criterio real o idealmente demandado.
Pero aquel pensamiento de Schopenhauer muestra, aun¬que sea de un modo parcial,
que por encima de estos fenómenos superficiales, el conceder más o menos valor
a la existencia en naturalezas principales, depende de que el punto más hondo
de su alma posea la sensibilidad específica para la dicha o para el
sufrimiento. Hasta qué punto esta sensibilidad específica de las distintas
naturalezas individuales determina las decisio¬nes eudemonistas de que aquí se
trata, aparte de la suer¬te empírica individual, lo demuestra el hecho de que
per¬sonas a quienes el destino les ha sido desfavorable de una manera
principal, v. gr., enfermos crónicos, poseen a menudo una concepción del mundo
firmemente opti¬mista. Podría pensarse que en personas de sensibilidad tan
aguzada para las reacciones de felicidad, el destino doloroso había de producir
un efecto más amargo. Pero de hecho estas naturalezas sienten como una
felicidad tan indecible sus escasas y modestas alegrías, sus posibili¬dades de
dicha latente producen en tales momentos una tan esplendorosa luz, que para
ellos la vida aparece de-terminada por estos acontecimientos brillantes, y no
por la obscuridad de la existencia cotidiana. Donde la reac¬ción frente a las
excitaciones de felicidad es más fuerte que la contraria, y donde la estructura
del alma permite que las sensaciones actuales de felicidad se encuentren
aumentadas por influencias de estados de conciencia leja¬nos a ella o por
reproducciones de felicidades pasadas (y esta situación secundaria psicológica
frente a la felicidad y al sufrimiento me parece tan importante al menos como
las diferencias de sensibilidad primarias), donde esto ocurre, el alma saca de
un mínimum de ocasión una base de optimismo (o de pesimismo) mayor de lo que
sacarían naturalezas opuestas de una plenitud de dicha. Esta con formación
general del alma se explicará acaso mejor en procesos particulares, de los que
daré aquí un ejemplo. A menudo ocurre que los pensamientos y destinos que nos
hacen sufrir no los sentimos más que como las cau¬sas ocasionales que realizan
una parte de la posibilidad de dolor infinita que vive en nosotros. Los
pensamientos y acontecimientos no producirían todos estos tormentos si no existiesen
y aguardasen ya de alguna manera en nosotros. Lo más terrible de estos momentos
es que en ellos se apodera de nosotros el presentimiento de un de¬pósito de
dolor que arrastramos con nosotros como en una vasija cerrada, un ser obscuro
que no es todavía rea¬lidad, pero de donde el destino va sacando siempre
par¬tes sin llegar a agotarlo nunca por entero. Esta vasija generalmente
descansa tranquila en nosotros; pero cuan¬do un dolor o un sacudimiento la
entreabre se produce en ella una remoción, un movimiento sordo, y sentimos la
presencia de este terrible tesoro de posibilidades de sufrimiento que llevamos
irremisiblemente con nosotros, y que es nuestro dote, que nunca podrá ser
agotado por entero por ningún colmo de miserias, por grande que sea. Y el que tengamos
la seguridad de que nuestros dolores latentes no podrán ser nunca agotados, no
es un consue¬lo, sino precisamente lo más terrible; pues los tenemos todos
aunque no los tenemos. Ahora, quizás de la misma manera la sensación de una
dicha determinada se rodea como de un destello de la «felicidad total» que
seríamos capaces de sentir; quizás no sólo la belleza, sino toda dicha, es una
promesse de bonheur, un sonar de campa¬nas todavía intactas en nuestra alma. Si
realmente existe esta forma peculiar de actividad psíquica—a la cual sólo se
puede aludir desde lejos y con frases aproximadas—en la que todo el complejo de
posibilidades sentimentales, sin salir del estadio de mera posibilidad, y como
tal, obra como una especie de realidad sentimental, si esto es posi¬ble,
resultará claro como el que el alma individual esté particularmente dispuesta
hacia el uno o el otro polo de la escala del sentimiento, puede decidir sobre
nuestro sentimiento eudemonista de la vida, prescindiendo de nuestro destino
real individual.
Pero
el remate metafísico del pesimismo lo proporcio¬na el mismo motivo de la unidad
de la unidad de la voluntad del mun¬do, que, por otra parte, se nos ha mostrado
anteriormen¬te como su fundamento metafísico, y que debe construir y establecer
la relación que Schopenhauer busca por todas partes entre el pesimismo y el
hecho de que nues¬tra vida esté dominada por la voluntad, desde el punto de
vista ético.
Mientras
la estructura del mundo, tal como el pesimis¬mo la considera, existe como
hecho, será preciso que se subleve contra ella, no sólo nuestra ansia por una
felici¬dad y un sentido mejor de la existencia, sino también nuestro
sentimiento moral, como lo muestran las tentati¬vas, repetidas sin cesar a
pesar de los fracasos, de con¬ciliar la bondad y la sabiduría de Dios frente al
mal que reina en el mundo. Pero si esta existencia es la manifestación de la
voluntad, queda completamente justificada, pues entonces es exactamente lo que
la voluntad quiere que sea. De la misma manera que, tratándose de cosas
empíricas y concretas, nuestro sentimiento de justicia se aquieta cuando frente
a la desgracia de alguien podemos decir: no lo ha querido de otro modo, así
ocurre con el tormento y la insensatez general del mundo. Puesto que el mundo
es voluntad, él solo es por sí responsable, es como es porque quiere ser. La
voluntad metafísica, que está detrás de todos los fenómenos como su propia
rea¬lidad, como el impulso de sus impulsos, es absolutamente libre, porque no
tiene nada fuera de sí de lo que dependa o que pudiera determinarla. Si la
voluntad absoluta no lo quisiese no habría ningún mundo, y, por tanto, tampoco
habría el dolor y la miseria que él como mundo produce. De la misma manera, en
la esfera de lo relativo el hombre individual queda libertado de sufrimientos
incontables a medida que deja de desear. Del mismo modo que la culpa es siempre
un querer, el querer es siempre una culpa, no en un sentido moralista, sino en
un sentido metaético, en cuanto el querer se introduce en la contra¬dicción y
la infelicidad de su ser tan sólo por existir. Por eso el dolor del mundo
realiza una justicia eterna de la que la reparación empírica y singular no es
más que una forma imperfecta extendida en el tiempo; pues en el con¬junto del
mundo la culpa y la pena no están separadas en el tiempo, sino que la voluntad
del mundo, al realizar un acto de su querer, es decir, de su realidad, ha
puesto ya toda la miseria y la desilusión, toda la injusticia y la tra¬gedia
del mundo. Si se permite esta expresión paradóji¬ca, pudiera decirse que el que
en el mundo sean las co¬sas insensatas e injustas no es nada insensato e
injusto, sino que es la expresión lógicamente inevitable de su ca¬rácter de
voluntad. Toda la culpa del mundo de una par¬te, todo su dolor de otra, más
aún, reunidos en un solo conjunto guardan perfecto equilibrio, porque son la
expresión de un solo y mismo hecho, de que el mundo es voluntad en su
fundamento absoluto. El que esta volun¬tad absoluta sea libre — a diferencia de
sus manifestacio¬nes singulares determinadas causalmente — es lo que hace que
la existencia en general sea la culpa; el dolor del mundo es la penitencia
impuesta por esta culpa, pero este dolor no puede ser mayor ni menor que la
culpa, porque expresa la misma realidad de voluntad en el lenguaje del
sentimiento.
Pero
el sentimiento ético no puede darse por satisfe¬cho con esto, pues la reunión
de toda la culpa y todo el dolor en una misma suma sólo se consigue
prescindien¬do de aquello que nos parece ser el portador de las injus¬ticias
esenciales de la existencia, de la repartición de la culpa y el dolor. Aunque
en el conjunto del mundo, o se¬gún su significación metafísica, se correspondan
exacta¬mente culpa y dolor, puede siempre ocurrir que la culpa sea de una
personalidad y el dolor de otra, como cuando acontece cuando se oponen el
engañador y el engañado, el atormentador y el atormentado, el egoísta y su
vícti¬ma. Y esta injusticia, aun cuando no sea posible más que en
manifestaciones separadas especialmente, tiene que estar en último término
fundada en la estructura de con¬junto del mundo, y no resulta suprimida tampoco
por aquella justicia metafísica o abstracta; ésta da, es ver¬dad, un sentido al
todo, pero no sabe hacerlo pasar a las partes. Schopenhauer logra resolver esta
dificultad acen-tuando con la mayor intensidad y hasta con la mayor violencia
la unidad metafísica de la voluntad del mundo; pues por existir ésta resulta
que, en último término, el atormentador y el atormentado, el perseguidor y el
per-seguido son una unidad inseparable que sólo se separa en esta dualidad por
la escisión especial propia del mun¬do de los fenómenos. Sólo en aquella esfera
del engaño con que nuestras formas subjetivas de intuición velan el ser
verdadero de las cosas pueden existir seres separados, sólo en ella puede aparecer,
por tanto, la cuestión de la distribución que frente a lo que verdaderamente
so¬mos, es decir, frente al ser en su unidad absoluta, es completamente vacía y
desprovista de significación. El cruel que persigue sus intereses sin cuidarse
del tormen¬to que al hacerlo pueda producir a otro, o que encuentra en este
tormento un placer, cree poder hacerlo en virtud de la absoluta oposición que
entre sí y el otro existe. Pero esta individuación no sólo es una ilusión, sino
que en lo más íntimo de su ser sabe que lo es, aun cuando no en conceptos
conscientes. Este saber fundamental, esta convicción de nuestro ser, de su
inseparabilidad de todo ser, es lo que produce los remordimientos de
conciencia, el sentimiento obscuro, pero de una fuerza interior incon¬trastable,
que acomete al que hace mal; es el de que en la raíz profunda de su ser es
idéntico a aquel a quien hace sufrir, los remordimientos de su conciencia son
la forma en que siente el tormento de su víctima. Por eso el rostro de los
malvados expresa, dice Schopenhauer, el sufrimiento interior.
Al
poner la cuestión del antagonismo de los indivi¬duos en su forma más aguda, no
ya la de la mera indife¬rencia respecto de los dolores de otro, sino la del
placer cruel en su sufrimiento, ha tocado Schopenhauer, con su identificación
metafísica del atormentador y el atormentado, uno de los más hondos problemas
de la teoría del sentimiento. La manera como Schopenhauer explica
psicológicamente la crueldad, la afirmación de que en el hombre cruel existe
una voluntad extremadamente poten¬te, a cuyo tormento pretende escapar haciendo
sufrir a otros, esta grotesca explotación del valor de los «com¬pañeros de
infelicidad» me parece una construcción ar¬tificiosa que degenera en banalidad.
Esta identidad del cruel y del que sufre desempeña, en mi opinión, su papel
inmediatamente en el hecho mismo. El enigma del placer en el sufrimiento de
otro se resuelve porque el cruel tiene que sentir de alguna manera en sí los
tormentos que hace sufrir al otro, pues
si no podrían producir en él reacción alguna. Puesto que lo que observa
inmediata¬mente no son los sufrimientos de su víctima, sino soni¬dos y gestos
de los que tiene que deducir sus sensacio¬nes. ¿Y cómo podría ser esto posible,
si no tuviésemos en la propia posibilidad de sentimiento algo que nos
per¬mitiese interpretar lo que pasa en la conciencia del otro, lo cual de un
modo inmediato es incomprensible? Sólo un sentimiento propio, por inexacto que
sea, puede con¬vertir al autómata que grita y hace contorsiones en un hombre
que sufre y puede provocar así el placer del cruel. La psicología no ha
conseguido expresar sino muy imperfectamente la forma en que el sujeto siente
un dolor que ha sido excitado por la contemplación del dolor de otro y lo
siente como su propio dolor. Pero sea cualquie¬ra la forma en que esta explicación
psicológica se diese, y por mucha exactitud que mostrase, siempre quedaría en
pie la cuestión de la razón metafísica que hacía posible aquellas conexiones y
explicaciones psicológicas, del mismo modo que todas las descripciones y
formulacio¬nes de leyes de procesos químicos dejan en pie la cues¬tión de la
estructura fundamental de la materia, fundadas en la que ocurren aquellos
hechos y relaciones observa¬dos. El que exista el hecho general de sentir los
sentimientos de otro y de sentirlos como sentimientos propios, se refiere a la
más profunda estructura del mundo y del alma, aunque la psicología pueda desarrollar perfectamente la
técnica de este proceso. Y esto lo ha visto con plena claridad Schopenhauer al
afirmar que a la crueldad, la excisión extrema de los individuos, va unida su
identidad en los últimos fundamentos del mundo. Sólo que pensando que la
identidad era la expia-ción justa por la crueldad, mientras que en realidad
esta identidad obra ya en el acto mismo, en la combinación enigmática del
propio dolor con el ajeno. Pero que precisamente el placer en el sufrimiento de
otro, que es lo que parece poner más de relieve la oposición entre hombre y
hombre, sea precisamente el que suprima esta oposición, recuerda la supresión
del límite entre el yo y el tú; tanto más si se tiene en cuenta que con el
placer en el sufri¬miento de otro está íntimamente ligado el placer en el
pro¬pio sufrimiento. Tampoco esta paradoja del sentimiento ha encontrado una
explicación plenamente satisfactoria. Podría hablarse de que el placer en el
sufrir hace vivir en nosotros una expansión polar de las posibilidades de
sentimiento, y con ello origina una ampliación enorme del yo, porque no hay
otra combinación de sentimientos en que se cierren tales oposiciones. Es notable
el ob¬servar a qué arrogancias conduce a menudo el dolor, no sólo el
imaginario, sino el real; no hay muchos hombres que crean fácilmente ¡nadie
puede hacer tanto como yo!, pero hay bastantes que son lo suficientemente
pretencio¬sos para creer ¡nadie sufre tanto como yo! Este senti¬miento de una personalidad
acentuada que amplía su po¬der y su significación podría constituir un puente
psico¬lógico para el placer de la crueldad, entre cuyos motivos se cuenta —
hasta aquí sólo hemos hablado de su conte¬nido y de sus fundamentos — el ansia
de poder que con¬vierte al otro en propiedad nuestra, pues en la propiedad
puede marcarse nuestra voluntad sin encontrar resisten¬cia, y esto,
psicológicamente, lo hace con tanta mayor eficacia cuanto más se opone a ello
la propia voluntad del poseído. Por eso el placer de la crueldad es patrimo¬nio
de naturalezas sedientas de poder, de expansión de la personalidad, y que no
pueden adquirirlos por lo que en ellas hay de positivo en energías o en
méritos. Según esto, la expansión del sentimiento del yo sería el fin más
profundo, al que sirvieran como medios la crueldad con¬tra otro y la crueldad
contra sí mismo, a pesar de su an¬tagonismo inmediato. Y de hecho en algunas
naturalezas se encuentran reunidos, si bien en infinitas combinaciones, el
placer en el dolor ajeno y en el propio, cuyos ex¬tremos patológicos en la
esfera de lo sexual designamos con los nombres de sadismo y masoquismo. Me
parece completamente equivocada la teoría que piensa que la crueldad contra sí
mismo no es más que una manifesta¬ción secundaria, un extravío del instinto
originario de la crueldad contra otro, una derivación de éste hacia aden¬tro,
acaso como consecuencia de estar impedido de ac¬tuar hacia afuera, moral y
jurídicamente. Más bien ocu¬rre lo contrario; el placer en el propio
sufrimiento está ya en la base, aunque en una forma obscura, latente, en la
crueldad contra otro, porque el sentimiento de los dolo¬res de este otro se nos
ha mostrado como la condición indispensable para que puede devenir objeto de un
acto de conciencia, de un querer nuestro. Y también en el terreno de la
abstracción se combinan ambos impulsos, y se combinan en el fenómeno del
pesimismo. Hay un subli¬me placer de crueldad en la destrucción que el
pesimismo hace de valores por todos reconocidos, en la pasión con que eleva a
la conciencia sufrimientos que ordinariamen¬te sin él permanecerían
desconocidos, en el rebajar nues¬tro ser afirmando que no merece nada mejor que
esta vida y este mundo. Pero la concepción pesimista gene¬ral no sólo va unida
con el sufrimiento subjetivo, sino con frecuencia también con un cierto goce en
el sufrimiento. El solazarse en el propio dolor, el entregarse voluptuo¬samente
a cada pena, la tendencia a dar la mayor impor¬tancia a sus propias desgracias
aun ante sí mismo, todo esto se expresa siempre en la forma de una concepción
pesimista del mundo entero. Porque el placer, en el propio sufrimiento y en el
ajeno, se combinan aquí para engen¬drar un fenómeno unitario; justifican de
nuevo la cuestión de cuál sea la unidad metafísica en cuya hondura el
su¬frimiento del yo es solidario con el sufrimiento del tú, y que se revelan en
que sus dos direcciones, que al princi¬pio aparecen como radicalmente opuestas,
tornan a encontrarse de nuevo. La significación permanente de la teoría
schopenhaueriana de la justicia eterna, por medio de la identidad del yo y del
tú, está en haber promovido esta cuestión.
Pero
para resolver el problema de la distribución no basta la unidad metafísica, por
medio de la cual Schopenhauer quiere hacer con paradójica, pero profunda
con¬secuencia, no sólo que el atormentador participe del tor-mento de su
víctima, sino también que ésta participe de la culpa de aquél. No se trata de
la compensación entre distribuciones concretas de placer y dolor, sino de la
cuestión que interesa en su último fundamento al pesi-mismo. La de si el valor
de la vida, de la vida determi¬nada por felicidad y sufrimiento, depende en
general de la suma total de ambos, del destino medio eudemonista del hombre.
Para Schopenhauer esto está fuera de toda duda. Rechazaría toda pretensión de
considerar a la dis¬tribución de la felicidad como un valor independiente,
porque la unidad metafísica no permite separación alguna individual de los
portadores de la felicidad y el dolor en las regiones de la valoración
definitiva. En esto estriba la limitación dogmática de Schopenhauer. Aquella
preocu¬pación de la unidad le impediría el comprender siquiera que en el más o
menos de los valores eudemonísticos que el uno posee frente al otro, o en la
igualdad con que se reparten entre los diversos individuos pudiese existir un
valor definitivo, independiente de su promedio, ni el que la existencia de una
pluralidad de hombres puede ser más o menos valiosa, en un sentido plenamente
objetivo, no sólo porque suba o baje su patrimonio de felicidad total, sino
meramente por las proporciones de igualdad y des¬igualdad con que se reparta
este patrimonio, debiendo entenderse, naturalmente, que no se trata aquí de
igual¬dad o desigualdad en un sentido mecánico, sino referidas a normas de
justicia, de conveniencia, de organización. Los que están aquí frente a frente
son dos criterios de valoración última, completamente irreconciliables, y que
no pueden combatirse lógicamente porque se trata de oposiciones arraigadas en
lo profundo del ser y determi-nadas por lo más íntimo del carácter. Si en
general el placer y el dolor poseen, junto con su significación in¬terna y
externa, una significación metafísica aneja, podrá lógicamente tener esa
significación la manera de su dis¬tribución entre individuos, su forma, por
decirlo así, lo mismo que la tienen sus cantidades totales, sobre cuya
proporción discuten el pesimismo y el optimismo. Claro está que esto significa
que la individualidad posee una realidad y significación absolutas, de lo
contrario no po¬dría darse ningún valor definitivo en las relaciones entre los
estados individuales; aun cuando la igualdad domine como ideal se exige esta
significación fundamental de los individuos, puesto que si no, en último
término, no sería importante la igualdad o desigualdad de sus situaciones
relativas. Si la portadora de todos los valores e intereses es la unidad, que
está más allá de los individuos, sólo puede tener importancia la suma
eudemonística que com¬prende esta unidad y que le viene por igual de todos los
individuos. Ahora, si en vez de la identidad se considera lo importante su
diferenciación, la cuestión de la diferen¬ciación significará más que la de la
unidad total. Hay mu¬chos partidarios del socialismo que piensan que no se
al¬terará el promedio de la felicidad y del sufrimiento de la humanidad, y a
quienes lo que importa es la igualdad o justicia con que su masa total esté
distribuida. Sí, habría fanáticos de la igualdad; pero también fanáticos de la
jus¬ticia, del orden aristocrático, de la organización gradual de la sociedad,
que aceptarían una disminución de los valores totales de la vida, con tal que
esta cantidad se dis¬tribuyese en la forma única que para ellos puede dar un
sentido a la vida. En este antagonismo se ve claramente hasta qué punto está en
relación con la teoría metafísica de la unidad el cálculo de los valores de la
vida de la humanidad, según las cantidades de felicidad y sufrimiento que en
ella se den. Desde el momento en que los indivi¬duos devengan realidades
definitivas, la cuestión del más o el menos del uno comparado con el otro
adquirirá im¬portancia frente a la cantidad absoluta de este valor, puesto que
para esta concepción no hay ya, por decirlo así, ningún sujeto unitario, sino
que el sujeto sólo existe como un todo en la adición y abstracción del
observador. En la incapacidad de Schopenhauer para ver en las indi¬vidualidades
y en sus relaciones un término primero o úl¬timo — según lo cual el mero
carácter fenomenal de los individuos es más bien consecuencia que fundamento —,
alienta la misma rigidez de pensamiento que le hace inte¬riormente extraño a
toda idea de evolución. Más adelante mostraré cómo esta disposición suya
intelectual le mueve a fijar a la personalidad individual en una absoluta
inmuta¬bilidad de su carácter originario. En este rasgo de la ri¬gidez, en esta
hipnotización de la mirada en el punto uni¬tario de toda existencia descansa el
pesimismo de la vo¬luntad, porque el uno absoluto no conoce salvación en la
evolución del uno al otro; en ella descansa también el obscuro fatalismo
respecto al desarrollo del carácter del individuo, para el que no hay ninguna
mutación, ningún cambio en la dirección de la vida, sino sólo diversas
re-laciones de la unidad inalterable de nuestra vida con nues¬tras distintas
situaciones. Y sobre ella descansa, por últi¬mo, la apreciación del valor de la
vida, según la suma total de felicidad y dolor, cuya portadora es la unidad
metafísica del ser, y que no deja espacio alguno al valor profundo y autónomo
que se basa en la distri¬bución de aquella suma, indiferentemente que sea
ma¬yor o menor, en las relaciones variables de los indi¬viduos que la componen
y no en su altura absoluta permanente. Puede decirse que aquí los mismos
ele¬mentos de su contextura espiritual que le habían ocultado la significación
de la sucesión en la evolución, le ocultan la significación de la convivencia
de los individuos en el espacio.
Tiene
que parecer paradójico el asegurar que la rigi¬dez es un carácter de la
espiritualidad de Schopenhauer, para quien la esencia del mundo es el absoluto
desaso¬siego; desasosiego que no es meramente una cualidad fundamental del
mundo, sino su propia substancia; él ha desposeído al mundo de aquel punto de
descanso, que formaría un punto de término de sus movimientos aunque estuviese
colocado en el infinito. Lo que, sin embargo, apa¬rece en las manifestaciones
indicadas como su rigidez es quizás el equilibrio interior de su naturaleza
espiritual, sin la cual su sentimiento para el desasosiego y la falta de fin,
con el perseguir incesante y la sed insaciable de todo lo existente, le
destruiría. Sin duda que la naturaleza del filósofo consiste en que de entre
las múltiples corrientes de la realidad, que en ella aparecen fragmentariamente
cortándose unas a otras, en él corre una sola, en una línea recta, hacia el
infinito. El filósofo vive bajo un su¬puesto parcialmente orientado, pero que
por eso sobre¬puja al carácter rudimentario de la vida empírica. Ahora ocurre,
y el explicárselo es uno de los más difíciles, pero también de los más
indispensables problemas del análi¬sis psicológico, que esta parcialidad — que
es filosófica cuando encaja en su forma el conjunto del mundo — apa-rece roía y
se completa por la acción de la corriente con¬traría, que brota, por decirlo
así, de lo subterráneo del ser. Con frecuencia las «inconsecuencias» lógicas de
los filósofos no son más que el reflejo intelectual de aquel fenómeno que
arranca de las más hondas complicaciones del alma. Toda actividad o formación
parcial del indivi¬duo encuentra un límite para su exclusividad, porque la
energía que para su ejercicio se requiere no puede ser su¬ministrada más que
por la totalidad del organismo en que descansa; pero, a partir de un cierto
grado de unilateralidad, se alteran de tal manera las funciones normales de
aquel todo, basadas en el equilibrio de las distintas ener¬gías, que ya no
puede producir ni aun la fuerza que aquella dirección parcial exige. Por eso
toda exteriorización demasiado unilateral de la vida demanda, aunque sólo sea
por respetos a sí misma, una limitación y un equilibrio. Aunque cada pensador
haga acordar radical-mente la sinfonía del mundo en el tono que le es propio, y
aunque esto lo haga con la más extremada pasión, de pronto se oyen tonos que
provienen de otra dirección completamente distinta y que se mezclan en la
sinfonía general. Estos tonos revelan la base íntima del pensador, aun de aquel
que tenga un carácter intelectual más dife¬renciado, al hacer que al lado de su
dirección peculiar estén representados en mayor o menor grado otros mo-tivos
antagónicos del fundamentado y que lo equilibran.
V - LA METAFÍSICA DEL ARTE.
El
puro contenido de representación de las cosas escindido de su realidad la
«Idea» como contenido del arte. — Sujeto objeto del estado estético en su
liberación del mundo corno voluntad de la causalidad y de la individualidad. —
La significación del espacio. — El realismo.— Los problemas artísticos. - La
música como expresión artística inmediata de la voluntad metafísica. - La
fa¬cilidad del arte y el pesimismo.— El arte como la unidad de las oposiciones
de la vida.
La
teoría moderna de la evolución tiene la tendencia a ordenar en el proceso total
de la vida las distintas fun¬ciones de alma, que parece que viven
independientemente unas al lado de otras. Sin duda que los resultados que
produce la actividad estética, intelectual, práctica o reli-giosa, forman
esferas particulares, regida cual por sus leyes; cada uno de ellos produce en
su lenguaje, a su ma¬nera, el mundo o un mundo; pero esta soberanía de
nues¬tros distintos mundos sólo se refiere a su contenido cuan-do se le
considera independientemente de su producción. Y sólo en cuanto que este
contenido se piensa en abs¬tracción separada y se escinde de las energías
reales de la vida espiritual, sólo en cuanto se considera así puede parecer que
todas aquellas corrientes de la vida corren una al lado de otras sin
comunicación; frente a esto, el reunirías en un sistema unitario en relaciones
de dominación y dependencia es indudablemente un progreso. Ver¬dad es que esto
pierde valor al considerar que tan amplia teleología suele orientarse
exclusivamente en el sentido de las necesidades más primitivas y elementales de
la vida; la conservación de la vida fisiológica, la conserva¬ción de la
especie, las condiciones económicas se consi¬deran como «fines que se nos han
puesto por la misma naturaleza», y todas las actividades morales, espirituales,
estéticas, suelen no tener más valor que el de medios para aquellos fines. En
cambio, en la esfera de la actividad psicológica se presenta un cuadro
totalmente distinto; la unidad se forma en ella, precisamente por una
reciproci¬dad de las causas. Sin duda que las funciones intelectua¬les sirven a
las económicas, pero también sirven las eco-nómicas a las intelectuales; sin
duda que los instintos eróticos han producido innumerables veces actividades
estéticas, pero también el impulso artístico se ha aprove¬chado de las
potencias eróticas. A la coexistencia aislada en que aparecían estos mundos
mientras no se les consi¬deraba sino según su forma real, por decirlo así según
su idea, sucede la relación entre las funciones en que el alma vive estos
mundos, la relación mutua de fin y de medio con la cual llegan a ordenarse para
formar la uni-dad de la vida. Esta unidad funcional de las relaciones mutuas
puede ahora cristalizar en un concepto substan¬cial que lleve o exprese esta
unidad, algo así como el Es¬tado que por una parte indica las relaciones mutuas
polí¬ticas de sus elementos, pero que, además, aparece como un concepto que
está más allá de las manifestaciones in¬dividuales y que hace posible su
unidad. El concepto de la vida de Nietzsche, v. gr., muestra una reunión
seme¬jante de los fenómenos inferiores en un fin común, al que están
subordinados todos los fines individuales. En él la vida se aparece como un
valor absoluto, que es. lo abso¬lutamente significado en las manifestaciones
diversas de la existencia. El querer — y lo mismo el conocer y el sentir— no es
más que un medio de intensificación de la vida; ésta comprende en su concepto
irreductible todas nuestras funciones particulares. Es interesante notar que
así como en Nietzsche el proceso de la vida se apodera de la voluntad como de
su órgano y medio, en Schopenhauer, por el contrario, la voluntad adquiere
aquel signi¬ficado absoluto, según el cual la vida misma no es más que una de
sus revelaciones, un medio de expresarse a sí mismo y de hallar su camino. Para
Nietzsche queremos porque vivimos; para Schopenhauer vivimos porque que¬remos.
Ahora, que en ambos la función intelectual se subordina a estas determinaciones
definitivas. Por mucha que sea la sustantividad, el valor ideal que se dé a la
ver¬dad considerada como ciencia autónoma, el que la aco¬jamos es cosa de aquel
impulso práctico que emana de la vida y de la voluntad; sólo gracias a él
adquieren sangre y calor los contenidos del entendimiento. Claro está que con
esto pierden su sustantividad, su valor independiente, y — en Schopenhauer — se
convierten en súbditos de la voluntad, en la forma voluntaria de nuestra
existencia. Las ansias e impulsos, el coger una cosa para soltarla y el
soltarla para apoderarse de otra, se hacen dueños de nuestro intelecto, para
manifestarse por medio de él en fines concretos y para que les señale los
distintos caminos concretos de aquella ansia informe.
Pero,
al propio tiempo, Schopenhauer enseña que el intelecto tiene de cuando en
cuando la posibilidad de li¬brarse de la esclavitud de la voluntad; pero
entendiendo aquí por intelecto, no el pensar lógico, sino la esfera de
conciencia en que se forma el cuadro intuitivo del mundo en general. Describe
como un hecho, que no trata de fundamentar, cómo nosotros podemos sepultarnos
de tal modo en la intuición, en la mera representación de un objeto, que se
acallan todas las excitaciones que ordina¬riamente sentimos y que son, abierta
o veladamente, im¬pulsos de voluntad. En estos momentos de absoluta
contemplación estamos de tal modo plenamente saturados de la imagen de la cosa,
que desaparece la condición de la voluntad y la causa del tormento que nos
proporciona el sentir que el yo y su objeto se oponen, que están separa¬dos por
un abismo insondable de carácter especial y temporal. Por el contrario,
sumergidos plenamente en la con¬templación de un fenómeno, ya no sentimos un yo
que estuviera separado de su contenido, sino que nos senti¬mos «perdidos» en
éste. Con esto desaparece todo egoís¬mo, puesto que ha desaparecido también el
yo en quien incide, todo querer poseer, pues en aquella intuición plena tenemos
cuanto queremos y cuanto podemos querer de la cosa. La felicidad y la
infelicidad, los atributos de la voluntad quedan más allá del límite en que
comienza la pura intuición, en la que las cosas ya no existen para nosotros
como excitantes, sino meramente como repre¬sentaciones.
Este
es el núcleo de la situación estética. En ella se disocia plenamente el mundo,
como representación del mundo, como voluntad, que fuera de aquí es el que le
lleva y le impulsa. La existencia de las cosas en nuestro intelecto, que fuera
de aquí está colocada al servicio de los fines de nuestra vida, se separa de la
voluntad y vive en una esfera propia, sin dejar una existencia indepen¬diente
ni al mismo yo; el yo tiene que disolverse también en la imagen, en la
representación. Esta es la inversión radical del hombre interior, la salvación
por el estado estético, que puede provocarse frente a cualquier objeto, siempre
que su contenido, reflejado en una representación y sin servir a ningún interés
de la voluntad, nos llene. Llamamos bellos a aquellos objetos que nos facilitan
la contemplación de la imagen separada de toda base de voluntad: el genio
artístico es el hombre que consigue esto de un modo más pleno y más perfecto
que los demás; la obra de arte nos fuerza en cierto modo a su con¬templación,
con ella se eleva a una existencia propia el contenido de las cosas y destinos,
sacado de toda complicación con el deseo y con lo meramente práctico, como dice
maravillosamente en un pasaje: «El arte ha llegado siempre al fin». Colocado
entre el genio creador y el in¬dividuo receptivo, el arte es al propio tiempo
el efecto y la causa de la emancipación del puro intelecto, de la voluntad, de
donde se deriva toda la significación que tiene en la metafísica de
Schopenhauer.
Ya
he indicado cuál es la modificación primera que produce en el sujeto. La
individualidad, la particularidad del hombre en el tiempo y en el espacio
desaparece ante él. De la misma manera que el estado estético de una puesta de
sol es el mismo si se mira desde una cárcel o desde un palacio, así el ojo que
contempla un cuadro, el , oído que se entrega a las harmonías de la música,
viven en una esfera en que es indiferente que el ojo o el oído pertenezcan a un
rey o a un mendigo. Todo lo que hay en el hombre, además de esta actividad de
ver u oír este objeto, todas las cualidades y relaciones que le señalan un
papel determinado, individual en la serie de la existen¬cia espacial, temporal,
casual, social, no existe ahora; se le ha sacado de aquel encadenamiento que le
convertía en eslabón de la cadena sin término ni fin preconcebido en que se
desarrolla el mundo impulsado por la volun¬tad; todas las relaciones que se le
refieren y pudieran re-ferírsele, en cuanto está puesto en una mutua relación
con otros individuos han desaparecido. Así nota muy be¬llamente Schopenhauer
que precisamente aquello mismo que, llevado e impulsado por la voluntad es amor
sexual, puede libertarse de la voluntad, merced al predominio de la vida
representativa y de venir así un elemento pura¬mente objetivo para determinar
el valor estético de la figura humana. De modo que las características del
hombre que no hace más que contemplar, pues se entrega plenamente a la imagen
del objeto, lo cual es posible en el más alto grado colocado frente a la obra
de arte, frente al mero aspecto de representación del mundo conver¬tido en
esfera aislada, son: Que pierde su determinación como individuo concreto,
capital, y que como causa y como consecuencia de esto se escinde de las
relaciones que al mundo y a los elementos del mundo le unen, y que no hagan
relación con esta intuición momentánea. Pero este carácter momentáneo no impide
que la intuición es¬tética esté fuera del tiempo en su esencia más íntima. Pues
también es extraña a ella la relación de tiempo, que determina el momento por
el antes y el después, mientras que la elevación estética es tan independiente
de todo ahora o en otro tiempo.
Esto
no es, por de pronto, más que un proceso psico¬lógico, y para adquirir
significación dentro de la imagen metafísica del mundo necesita de la
particularidad del ob¬jeto de la intuición estética subjetiva, y no se
determina sino por medio de la contestación a la pregunta de qué es lo que
observamos en el objeto al contemplarle esté¬ticamente, a diferencia de lo que
en él observamos dentro de la conexión ordinaria, práctico-empírica. Aquí la
con¬sideración decisiva de Schopenhauer es que el objeto de la intuición
estética gana la misma salvación de la indi¬vidualidad, de la determinación
especial y casual y de las relaciones, que nace del flujo de los elementos
vitales; en ella separamos al objeto de su trabazón con el medio que no sea el
que entra en la intuición estética, y al perder su relatividad pierde al propio
tiempo su individualidad, que no consiste en otra cosa sino en la indiferencia
relativa a otros en la determinación de elementos fuera de sí. Y a lo que queda
lo llama Schopenhauer, refiriéndose a Pla¬tón, la idea de la cosa, que es el
objeto propio del arte (al que como la más elevada manifestación de la estética
nos limitamos aquí) y cuya aclaración es la dificultad central de esta teoría.
Todas
las cosas individuales, con realidad en el tiem¬po y en el espacio, además de
las relaciones causales y de las demás clases que unen entre sí sus realidades,
po¬seen relaciones de otro género completamente distinto. A menudo sentimos que
se presentan innumerables manifestaciones individuales, que no son sino
ejemplos de algo general no afectado del hundirse y desaparecer, de la
frecuencia y la rareza, del aquí y allí de aquellas realidades, sino que guarda
más allá de ellas una significación espe¬cial, la cual no está representada
plenamente y en toda su pureza por ninguna de las realidades individuales. En
donde esto aparece con más decisión — aunque aparez¬ca también en otras esferas
— es en los organismos, cu¬yas mutabilidades y posibilidades de desarrollo hace
que en ellos se vea más claramente que aspiran a una forma acabada, que yace en
ellos de antemano trazada con lí¬neas ideales. Esta forma no es lo que se llama
el «con¬cepto general de las cosas»; este concepto es más bien la concatenación
de las distintas manifestaciones indi¬viduales, a lo sumo la conformación ideal
de aquel ideal o forma-tipo. Ahora que este ideal, que con una intuición
especial vemos espejado en las cosas particulares, no se agota nunca en ellas,
sino que permanece intacto independientemente de que se realice con más o menos
per¬fección, que se presente a menudo o raras veces, y del dónde y cuando se
presente. Al percibir, pues, en el ob-jeto de que en cada intuición se trata,
no sólo su existen¬cia sensible inmediata, sino también la idea en que su ser
se agota, aun cuando el objeto no haga sino aproximar¬se a ella más o menos, ya
no vemos en él meramente su individualidad, sino un ser supraindividual el ser
que es común a una cantidad ilimitada de cosas particulares exis¬tentes en el
tiempo y en el espacio, que a diferencia del concepto formado a posteriori,
meramente lógico, va escondido en la cosa como la forma ideal y unitaria
siem¬pre igual, y es, sin embargo, visible para quien le con¬templa. Hay, por
tanto, objetos de representación que co¬rresponden exactamente de una manera
formal, por decirlo así, al sujeto de la representación estética. Al
contem¬plar el objeto como una expresión de su idea, la cual es al propio
tiempo su esencia más íntima y su ideal nunca ple¬namente realizado, le
sacarnos de su individualidad, le li¬bertamos de la mera relatividad de su
situación en el tiem¬po y en el espacio, de su complicación en la existencia
física, de la misma manera que estéticamente nosotros estamos también
libertados de todas estas cosas. Y esto fundamenta para Schopenhauer la
conclusión — a la que ciertamente no llega más que por una especie de prueba de
indicios — de que el objeto de nuestra «intuición estética» es precisamente esa
«idea», lo general que se refleja en lo individual y que sólo a través de él
podemos contem¬plar; pero que en su esencia es completamente indiferen¬te a
esta configuración individual. Estéticamente vemos en la cosa individual lo
general que hay en ella, mientras que en el concepto lógico general no hacemos
más que pensarlo. La obra de arte significa que el núcleo ideal, que la
contemplación estética descubre en cada cosa, se expresa en ella como en una
cristalización y se constru¬ye al propio tiempo su cuerpo, en el que no hay
ningún elemento extraño a él. El objeto pasa por el sujeto genial que lo
devuelve expresado según su valor ideal única¬mente, y así este valor se hace
más comprensible para los demás sujetos; la misma ventaja que ofrece para el
cuerpo la alimentación animal, por ser alimentación vege¬tal ya asimilada, es
la ventaja de la obra de arte para el espíritu, dice en un pasaje Schopenhauer.
Para que se produzca una intuición estética llena de contenido, es pre¬ciso que
en el sujeto y en el objeto se encuentren las mis¬mas determinaciones,
determinaciones que aparentemen¬te se contradicen, pero que — y esto se verá
con más de¬talle constituyendo el verdadero nervio de la teoría del arte de
Schopenhauer — precisan el punto decisivo, pre¬cisamente por la coincidencia de
lo que aparentemente se excluye. El hombre y el objeto coinciden en la
intuición estética, separados de todo lo que no sea ellos mismos, escindidos de
todas sus relaciones naturales e históricas que no pertenezcan a su pura
esencia. Este aislamiento de la corriente de la existencia, que arranca al
sujeto y al objeto de los lazos que les ligan con el resto de la reali¬dad,
parece que conserva la pura individualidad de am¬bos, su determinación absoluta
invariable basada en sí mismos. Pero en vez de esto, en Schopenhauer pierde su
individualidad, el ser singular se sumerge en uno gene¬ral, aparece algo típico
general que representa seres incontables, cada uno de los cuales en cuanto se
le consi¬dera en el respecto de su realidad, sólo ahora y nunca más puede
existir. Aquí el que intuye estéticamente y el objeto de la intuición aparecen
en el existir independiente más acentuado y al propio tiempo en su negación más
acabada, antinomia, cuya profunda verdad sentimos en cada momento de intenso
goce.
Su
fundamentación la ha limitado Schopenhauer al objeto, para el cual resuelve la
contradicción por una ca¬tegoría metafísica especial. La concepción del mundo
que hasta aquí se ha expuesto contenía dos elementos: La unidad metafísica de
la voluntad lo absoluto del ser de una parte y de otra los fenómenos singulares
determina¬dos, según las formas de nuestra conciencia, y que apa¬recen en mutua
relación por el tiempo, e! espacio y la cualidad. Pero dentro de esta oposición
fundamental falta espacio para un hecho: el hecho de que aquellas
mani¬festaciones singulares forman grupos con un contenido esencialmente
idéntico de tal manera, que para compren¬derlas intelectualmente es preciso
reunirías, y que en su individualidad aparecen más profunda y menos arbitrariamente
como ejemplos de aquellas «ideas». La naturaleza da la impresión de que existe
un número determina¬do de formas fundamentales que constituyen los tipos para
los innúmeros fenómenos singulares que, conforme a las leyes naturales, se
originan y desaparecen. Estas son las posibilidades esquemáticas o principales
que en¬cuentra la voluntad metafísica en que descansa la existen¬cia para
construir con ellas las realidades singulares de las cosas. Si en estas últimas
se objetiva la voluntad del mundo, aquellos tipos ideales en que coinciden son,
se¬gún la frase de Schopenhauer, los grados de esta obje¬tivación como
provincias de un reino ideal, cada una de las cuales está caracterizada de una
manera peculiar, v en la realidad aparece en infinitos seres singulares que
llevan el carácter fundamental de su tipo, más o menos claro y más o menos
puro. Estos grados de objetivación de la voluntad forman una serie ascendente —
lo cual, por lo demás, no tiene en Schopenhauer ninguna consecuen¬cia
importante por su falta de comprensión para todo pen¬samiento evolutivo — de
maneras que tiene la voluntad de expresarse en el lenguaje a que pueden llegar
los fe-nómenos, el de la materialidad y el peso, y que abarcan todas las clases
de forma y materia de la naturaleza has¬ta llegar al género humano; éste es tan
variado, que ape¬nas si es posible que se ordene enteramente con la idea de un
nombre otro alguno, sino que la idea a cuya reali¬zación está destinada una
personalidad individual no pue¬de en realidad cumplirse más que por ella.
De
esta manera las ideas forman como un término medio entre la voluntad
transcendente y el objeto empírico un tercer reino, cuyo grado de realidad no
precisa Schopenhauer. Pero quizás el lugar espiritual donde él piensa colocado
este reino pueda determinarse, hasta cierto punto, recordando a Platón. La
teoría platónica de las ideas parte de aquel descubrimiento de Sócrates, según
el cual la verdad, por tener un valor duradero y objetivo, no podía encontrarse
en las imágenes de las cosas que los sentidos nos proporcionan y que son
pa¬sajeras, poco seguras y variables de sujeto a sujeto, sino en los conceptos
del entendimiento, que pueden encon¬trarse siempre y con los que puede
calcularse como con cantidades fijas. De aquí siguió deduciendo Platón: El que
una representación sea verdadera significa que está conforme con su objeto.
Pero el objeto del concepto no puede ser la cosa singular, que por las
cualidades arriba indicadas no se presta para ello. Por tanto, será preciso que
exista algún otro objeto, algo fuera de los sentidos, por encima del acaso de
las existencias singulares, que flote con valor invariable sobre las cosas,
como el con¬cepto sobre las meras observaciones de las cosas. A este objeto lo
llama Platón idea, la cual, por tanto, conside¬rada en su origen, no sería una
esencia metafísica que se tornase luego en objeto de nuestro concepto, sino que
se admite sólo por la exigencia de que el objeto, puesto que es lo verdadero,
ha de tener un objeto que le propor¬cione, merced a su conformidad con él, la
dignidad de verdad. La idea del árbol o de la belleza se le aparece a Platón
como una realidad metafísica, porque el verda¬dero conocimiento de su esencia
no puede descansar en la percepción sensual de un árbol o de un hombre bello,
sino en el concepto general del árbol y de la belleza, y porque para que esto
sea posible es preciso suponer un objeto correspondiente a ellos, que les
legitime como verdad. Ahora, así como Platón buscaba un objeto para los
conceptos, Schopenhauer lo busca para la intuición estética. Sentía
perfectamente que cuando nosotros nos colocamos estéticamente frente a un
objeto, nos lo repre¬sentamos de muy otra manera que cuando lo contem-plamos
científica o prácticamente. La esencia incomparable del objeto estético es para
él, que por una parte significa un existir independiente, fuera de todas las
co¬nexiones, combinaciones y
condicionamientos de que está afectada la existencia de las cosas singulares,
mien¬tras que por otra parte va más allá del mero existir por sí de lo individual;
se extiende dominando, dando normas sobre una pluralidad, pero sujeto a otra
dimensión, como la coexistencia y sucesión, como la serie causal de las
realidades. Por tanto, Schopenhauer llama a aquello que estéticamente intuimos,
y cuya intuición ha adquirido en la obra de arte una existencia independiente,
la idea de la cosa, esto es, el tipo viviente como intuición, la forma tipo,
según cuyo molde la realidad funde un número infi¬nito de creaciones
singulares, sujetas a las leyes del existir en el tiempo y en el espacio. Este
estadio mismo— el contenido de la contemplación estética, el producto de la
obra artística—es absolutamente único, existente por sí, indiferente a todo
cuanto pueda existir antes y después y al mismo tiempo. Puede haber un número
infinito de estadios semejantes, puede haber infinitas posibilidades de
explicarlos por medio del arte, pero cada uno de ellos sólo existe una vez; lo
mismo existente por segunda vez coincidirá con lo de la primera vez, mientras
que las cosas singulares reales, que también están construidas según estos
modelos, en los que vive aquel estadio de la objetivación de la voluntad como
su forma esencial, existen al mismo tiempo y sucesivamente en una plurali¬dad
incalculable. La exigencia estética, unidad y unicidad autónomas, unida con una
validez y potencia normativa supraindividual para una infinidad de cosas
singulares, se fundamenta con la construcción en metafísico de los estadios, en
que la voluntad se expresa de un modo visi¬ble, y en los cuales el sentido y
contenido ideales de cada estadio sólo existe una vez en plena autonomía, y que
lucen como modelo tipo, nunca perfectamente reali¬zado para la mirada estética,
en cada una de las nume¬rosas manifestaciones en que la Naturaleza realiza
estos estadios.
El
que la idea, el objeto de la intuición estética no exista en el tiempo y en el
espacio pudiera parecer in¬comprensible, pensando en que en el drama y en la
na¬rración transcurre tiempo, y en que las artes plásticas se representan en el
espacio. Y en verdad, cuando Schopenhauer, refiriéndose a que lo estético no
vive en el espacio, dice: La figura especial que tengo ante mí no es la idea, la idea es su expresión, su
significación pura, su ser más íntimo,
y la idea puede ser la misma, aun existiendo grandes diferencias en las
condiciones especiales de la figura.
Cuando dice esto se expresa su diferencia de la moderna concepción del arte, de
la que él en muchas cosas fué, sin embargo, un precursor. Sin duda que ha dado a su filosofía del arte una relación
más estrecha con la intuición que
cualquiera de los filósofos anteriores a él. Pero, por una parte el clasicismo
goetiano, y por otra la coloración abstracto-intelectual que en él todavía
conserva la idea —a pesar de la claridad con que principalmente ve la oposición
entre concepto e idea—, le im¬pidieron llegar a la concepción puramente
artística del arte, la cual permite ciertamente una explicación meta¬física,
pero no el entrar en la conexión inmanente de lo estético, ni tampoco el
recurrir a las ciencias naturales; pero entre él y nosotros hay una
diferenciación más pre-cisa aún. El que el espacio sea un contenido esencial de
la obra plástica es perfectamente compatible con su liberación de la
determinación real en el espacio. Pues si el
espacio está en la obra de arte, no por eso ha de estar la obra de arte
en el espacio. Sin duda que el lienzo, con sus colores, o el trozo de mármol
están en el espacio. Pero el espacio que
el cuadro representa, la configura¬ción especial de la figura, que forma el
contenido de la plástica, no es un espacio real, no está limitado del mismo
modo que el lienzo y el trozo de mármol como materia, lo están en el espacio
real. Con el concepto de tiempo ocurre lo mismo. El tiempo en que transcurre el
drama es un tiempo ideal y perfectamente compatible con estar libertado del
tiempo como forma rea! de la existen¬cia. El tiempo y el espacio en que vivimos
rodean a toda cosa y a todo destino, los hacen por eso existencias me-ramente
individuales, les limitan desde afuera. Pero la obra de arte se coloca fuera
del lugar donde es posible que unas cosas se limiten a otras. De modo que el
tiempo y el espacio que aparecen en una obra de arte no están limitados por
otros tiempos y otros espacios, sino que cada uno de ellos forma su mundo para
sí solo, el mundo de la obra de arte. Por tanto, desde el punto de vista de la
realidad, la obra de arte sigue viviendo fuera del tiempo del espacio, aunque
encierre determinaciones temporales y espaciales, las cuales no viven más que
en la esfera de la idea y no en la de la realidad. El no dis¬tinguir entre los
dos espacios el espacio que vive dentro de la obra de arte, que pertenece a la
idea como uno de sus elementos, y el espacio que rodea a la obra de arte y que
para nada la afecta, hace que Schopenhauer intente expulsar de la obra de arte
al espacio, como algo que en ella no tiene relieve.
Por
tanto, en este punto basta con ampliar el princi¬pio schopenhaueriano para
resolver la discrepancia entre su teoría y la moderna concepción del arte. Pero
hay una diferencia más honda entre ambas, y esta diferencia es respecto al
objeto general del arte. Schopenhauer rechaza con la mayor decisión todo lo que
hoy llamamos naturalismo e impresiones. La imitación de la realidad está para
él fuera del arte; sus argumentos en defensa de esta manera de pensar pueden
resumirse en la conside¬ración de que la mera imitación no nos da sino aquello
que ya teníamos y, por tanto, no puede traernos la libe¬ración y el paso a otro
mundo, que el arte nos propor¬ciona. Una reunión de elementos naturales
repartidos en la realidad entre muchas manifestaciones singulares— no puede
constituir el objeto del arte por sí, del mismo modo que no podría constituirlo
un trozo de Naturaleza. Pues un empirismo semejante del arte no permitiría que
se manifestase con claridad su propio supuesto, el crite¬rio según el cual
debería hacerse la elección del elemento formador del arte de entre las
manifestaciones singulares ofrecidas por la Naturaleza. Por tanto, la esencia
del arte no puede hallarse por el camino del naturalismo y del empirismo,
porque su misión no es recoger lo dado y reflejarlo, sino que, aunque a través
de lo dado, vive de la idea y pone en actividad las fibras más profundas de
nuestro ser, más allá de las meramente receptivas y creadoras de experiencia.
Sin
embargo, aunque con esto se haya rechazado que el arte no sea sino un reflejo
de la realidad, no se ha con¬seguido todavía fundamentar su autonomía en el
sentido de la concepción moderna, porque aquí aparece en rela¬ción con la idea,
y esta relación puede ser una no pe¬queña dependencia. Nadie rechaza más
enérgicamente que Schopenhauer la pretensión de que el arte hubiera de tener un
«fin». Y, sin embargo, le asigna uno. El de expresar la idea de que su
significación emana, pues mien¬tras no salgamos de lo estético, la idea no
puede ser más que un nombre para el objeto del arte; pero dentro de la
concepción metafísica del mundo de
Schopenhauer es una realidad independiente, y el arte no es sino un medio de
expresarla. Si la humanidad dispusiese de formas para expresar más
adecuadamente que por medio del arte las
ideas, Schopenhauer, si quería ser consecuente, tendría que declarar superfluo
el arte. Aun cuando el arte no pueda ser pensado de otro modo que formando las
ideas su contenido, la manera peculiar como el arte crea este contenido posee
para el sentimiento moderno un valor y un sentido, independientes del valor y
sentido del conte¬nido mismo, al modo como el cuerpo humano tendría para
nosotros quizás un atractivo completamente distinto, si no fuese el portador de
un alma y, sin embargo, esa figura peculiar tiene valor para nosotros y
seguiría teniéndolo, aun cuando el alma pueda expresarse más perfectamente en
otra forma. Es muy difícil deducir, tratándose de dos elementos unidos en el
hecho de un modo incondicional, la esfera particular de cada uno que no puede
realizarse más que en unión con e! otro; pero es un mérito de la fórmula I'art
pour l'art el haber acentuado la significa¬ción propia de la forma del arte
como tal, independien¬temente de que acaso puede luego existir con otras
sig¬nificaciones histórica, psicológica o metafísicamente. Puede demandarse
subjetivamente un 1'art pour le sentiment y objetivamente un art pour l'idée;
pero aquella otra fórmula del arte por el arte es un tercer término que asigna
al arte su propio reino, como los que el conoci¬miento, la religión, la moral
poseen, a pesar de que cada una de ellas no aparece más que ligada a otros
valores que no pertenecen a sus dominios específicos. La idea tiene su realidad
metafísica, independientemente de que aparezca estéticamente, de que se encarne
en una forma artística, y si ahora el valor del arte descansa exclusivamente
sobre la idea que en él se expresa, y si como Schopenhauer quiere, es tanto más
perfecto cuanto ex¬prese la idea con mayor pureza y plenitud, resultará
en¬tonces que no es más que un medio en sí indiferente y que no se ha logrado
separar su significación propia de todo aquello que no es arte. Esto no se
consigue tam¬poco porque Schopenhauer ponga su esencia en la forma, puesto que
toda materia, lo absolutamente individual, sólo una vez existe, mientras que la
forma puede existir para una infinidad de seres como siempre idéntica. Pues
aquí queda algo más que la forma como constitutivo del arte, queda una tercera cosa,
que está sobre forma y ma¬teria, aquello que puede llamarse el contenido. Por
ejem¬plo, en una manifestación humana, para él sentido del arte, lo primero que
desaparece es la materia; lo que después de esto queda es ciertamente forma,
pero no la forma artística, sino la forma de su mera materialidad, que luego se
expresará en las distintas clases de artes: en la pintura, en la plástica, etc.
Así la realidad, despren¬dida de su materialidad, lo que ofrece a la obra de
arfe es su forma, que para ésta y para su potencia creadora deviene contenido.
Y ahora únicamente es cuando se presenta la cuestión realmente decisiva, la
cuestión de si la expresión de este contenido es lo que da valor y sentido a la
obra de arte, de si la transformación que el con¬tenido de la realidad sufre
para ser contenido de la obra de arte tiene su fin en la mera expresión de este
conte¬nido interesante en sí mismo, o si en ella misma hay un interés, que
basta para justificar la obra de arte, aun cuando haya de referirse siempre a un
contenido. Scho¬penhauer no ha puesto con esta precisión el problema, pero lo
ha resuelto en el sentido de que la obra de arte existe por su contenido — es
decir, la idea —, y que todo lo que podría llamarse lo funcional del arte, el
estilo, la aplicación de los medios técnicos, la expresión de la
in¬dividualidad artística, la solución del problema propio exclusivamente de
cada arte, sólo recibe su interés del interés de la idea que forma el contenido
de la obra de arte. Quiero citar un pasaje que muestra a las claras lo
irreconciliable del punto de vista de Schopenhauer con el peculiar artístico.
El «fin propio» de la pintura, dice, sería la comprensión de las ideas, por las
cuales nos vemos trasladados al estado de conocimiento libre de volición; pero,
además, «le corresponde una belleza independiente de eso y que descansa en sí
misma, que sale de la mera armonía de los colores, de lo agradable de la
agrupación de las figuras, de la distribución de la luz y de la sombra y del
tono del cuadro entero. Esta belleza de orden su¬bordinado fomenta el estado
del conocimiento puro, y en la pintura es lo mismo que en la poesía son la
dicción, el metro y la rima, no lo esencial, pero sí lo que primero hace
impresión». Desgraciadamente, no hay duda alguna; al decir esto, Schopenhauer
ha denunciado a una parte considerable, quizás la más considerable de aquella
forma de arte, pura y sólo a sus propias leyes sujeta, como un medio de
excitación que sólo subjetivamente obra, con lo cual, si el arte es realmente
como arte, como una conformación especial del contenido de la existencia, un
fin en sí mismo, entonces será cuando precisamente todos estos elementos
«subordinados» ten¬drán un valor objetivo y formarán con los elementos no
sensuales en tanta medida la unidad absoluta de creación de la forma artística.
Después que Schopenhauer ha salvado victoriosamente a la autonomía del arte de
toda dependencia de la experiencia inmediata y de todo contenido, exprésanle en
conceptos, lo humilla al grado de servidor, aun cuando sea de un contenido de
mera significación metafísica.
Para
someter, sin embargo, a una unidad a estas con¬cepciones divergentes del arte,
sin forzar ninguna de ellas, sería necesario acudir a un motivo que suena en
Schopenhauer, pero que se desarrolla plenamente por impedírselo su pesimismo.
Quizás exista una armonía entre las normas artísticas interiores de la obra de
arte y su poder de expresar un contenido del mundo; una armo¬nía tal que
bastaría seguir aquella normación inmanente del interés meramente artístico,
para que se manifestase también al cabo el sentido no intuitivo del contenido
expre¬sado, que ambos esfuerzos se encuentran a partir de un cierto grado de
perfección, sin que ninguno de ellos sea infiel por el otro a su propia
dirección. En este punto se cruzan los últimos problemas de las diversas artes.
El problema del arte del retrato de crear un conjunto de valor pictórico, que
al propio tiempo represente fielmente al modelo, mientras que parece casual el
que la realidad del modelo deje espacio a las exigencias interiores de la obra
de arte; la doble exigencia puesta al verso, de refle¬jar por medio del
atractivo de su forma y de su música la importancia y valor sentimental de su
contenido; el pro-blema de la arquitectura y de las artes decorativas, de hacer
que por la composición del todo, las condiciones especiales del material, el
peso y la flexibilidad, la expan¬sión, la rigidez, la estructura orgánica se
armonicen y produzcan la impresión aquietante que se quiere producir, y esto en
formas que puramente como disposición de superficies, de distribución de luz y
de colores, como es¬tructuras geométricas sean bastantes a satisfacer y ten¬gan
significación propia. La más profunda felicidad que el arte proporciona está en
esta armonía sorprendente, y por decirlo así inmerecida de valores, que en la
organi¬zación y concepción del mundo viven sin relación unos con otros; frente
al acaso con que la existencia inmediata presenta las series de valores, tan
pronto en armonía como en disonancia, el arte da la garantía de que hay una
necesidad que, aun cuando únicamente desde este punto de vista, las reúne en
sus últimas profundidades. Schopenhauer no ha podido resignarse a reconocer
esta última significación sentimental del arte, que une su valor artístico y el
valor que dimana de su contenido y pone en esta unión toda la significación del
arfe, porque contiene un momento de felicidad en el arte que no se compaginaría
con el pesimismo radical. La felicidad que del arte puede venirnos no tiene
para él más que un sentido negativo como toda felicidad; no consiste más que en
la liberación de la voluntad y su tormento. A consecuencia de eso, todo el
significado del arte se agota en la mera concen¬tración del interés en el
aspecto de representación del mundo, en el refugio en el único mundo a que no
alcanza la realidad, esto es, la voluntad y el dolor; en la separa¬ción de este
último, en su negación, en esta libertación, en este no sufrir, está toda la
felicidad que en e! arte, puesto en el lugar de la voluntad del mundo, puede
otor¬garnos. Así se comprende que Schopenhauer no puede atribuir al arte ningún
motivo fundamental sintético, del cual hubiera de fluir una felicidad positiva,
independiente de aquella mera liberación de la voluntad; basta el hecho de que
en el estado estético nos llena el contenido de las cosas — mientras que su ser
se refiere siempre a nues¬tros intereses relativos— , puede ya constituir la
felicidad estética, si como tal felicidad no ha de consistir más que en un mero
no querer. Del mismo modo que el pesimismo absoluto le había falseado la significación
de la voluntad en relación con el sentimiento, ocultándole el valor eudemonista
de la aproximación al fin definitivo, le ha ocultado aquí aquellas
características específicas del arte que le hacen desarrollar un valor
eudemonista que va mucho más allá del mero acallamiento de la voluntad.
Sin
embargo, sería injusto ver un intelectualismo en la estética de Schopenhauer,
porque subjetivamente esté basada sobre el dominio exclusivo de la conciencia y
objetivamente en contenido de ideas de las cosas. Es posible dar una
interpretación a su concepto del arte — el de más significaciones en su
filosofía tan precisa — , que atenúa en cierta medida esta degradación del
arte, que le convierte en simple medio de expresión de la idea, con¬siderada
como lo único que tiene valor e interés. Esta interpretación puede formularse
del siguiente modo: Lo esencia! y lo que proporciona la felicidad en el arte no
es sólo que por medio de él se expresan las ideas, sino que está también en la
propia expresión de estas ideas. Estos dos motivos corren paralelamente en
Schopenhauer. A primera vista parece que lo que únicamente importa es el llegar
a tener conciencia de las ideas; pero luego parece que también importa el que
las ideas se manifiesten en la materia sensual. Tenía que conceder que la idea
no es en sí «bella»; bella lo es más bien la cosa en que la idea se hace
visible con cierta claridad y perfección, y tanto más bella en la proporción en
que mejor realice esta función, en que nos lleve con mayor o menor seguridad a
la com¬prensión de las ideas. Según esto, lo que llamamos feo o antiartístico
serían seres u obras que no nos permitiesen ver claramente su idea en ellas en
aquel estadio del ser que debe expresar esta manifestación. Este elemento
ne¬gativo de lo feo es acaso lo que con más claridad permi¬te que se interprete
la concepción de lo estético. El que la belleza no radica en la idea, ni la
forma sensible es la portadora indiferente de esta belleza, se muestra en que,
inversamente, la mera no existencia de la idea no puede ser nada feo; fea lo es
tan sólo la cosa sensible en cuanto le falta la idea o, mejor dicho, en cuanto,
según su estruc¬tura y la de nuestra alma, nos dificulta para observar la idea
que en él, lo mismo que en lo «bello», vive. En sí mismos los objetos debían
ser todos igualmente hermo¬sos, ya que no hay ninguno que no sea el ejemplo de
una idea; para un intelecto que se acomodase exactamente a esta estructura
objetiva de las cosas, el arte no sería ne¬cesario ni aun posible. Pero como
nuestro espíritu huma¬no sólo tiene una relación imperfecta, casual, variable
con las ideas, lo bello se le aparece precisamente según las diversas medidas
en que los fenómenos le revelan las ideas, pues para aquel espíritu absoluto,
para el cual es todo hermoso en la misma medida, nada sería bello en realidad,
pues la belleza pierde su sentido y deja de expe¬rimentarse cuando se encuentra
en la misma medida en cada punto de la existencia. Si hay ciertos animales que
se nos aparecen siempre como feos, esto no se debe a que falte en su
manifestación objetiva la idea, sino en que
por una asociación de pensamientos irremediables los comparamos con
otras cosas, en virtud de cuya com¬paración resulta aquella fealdad — así el
mono nos re¬cuerda al hombre, la rana barro y fango, porque nos impide ver el ser ideal que en
ellos se refleja. Por tanto, al decir Schopenhauer que el arte no hace más que
ser¬vir a la expresión de las ideas, emplea una forma de ex¬presión imperfecta,
que fácilmente se presta a malas inte¬ligencias. Pues si esto fuese exacto, el
objetivo alcanzado sería ilusorio; si hubiéramos llegado a comprender
ple¬namente todas las ideas de las cosas, y esto fuese la belleza, resultaría
que no habría ya diferencias de valor estético y, por lo tanto, en general que
no habría valores estéticos. La obra del arte consiste en que expresa la idea
en algo material, en una figura concreta, que le ofrecen todavía alguna
resistencia, en las cuales no ha desapa¬recido plenamente todo aquello que no
es idea. En tal caso, la idea sería importante para el arte en el mismo sentido
y en la misma medida en que lo es la conforma-ción espiritual de una persona
para el amor sexual, que se ha originado fundado en ella. Aunque ese amor
reciba todo su calor, todo su sentido, toda su substancia de la simpatía por
aquella alma, de la misteriosa, redentora reacción que en él produce su
existencia, sin embargo, como tal amor no existiría, o no existiría de tal modo
si esa alma no estuviese unida a un cuerpo. Aun cuando ese cuerpo no haya
producido ninguna excitación eróti¬ca, aunque al ansia profunda del alma
aparezca como un obstáculo que hay que salvar, que quiebra y ensombrece el rayo
puro del alma, a pesar de esto parece que el alma sólo en esta forma velada, y
sin alcanzar nunca la plena animación de su envoltura, puede desarrollar la
energía específica del devenir amado. Quizás sea éste un tipo muy general de
conducta humana, la de que el interés por un objeto se dirige sólo a una parte
o signifi¬cación; pero no se dirigiría a esta misma parte completa¬mente
separada, sino al objeto entero en el que aquel valor se expresa mezclado con
una materia, a la que no logra nunca penetrar por entero. En este sentido no
habría en verdad contradicción alguna en derivar el valor y el sentido del arte
de las ideas, que hace visibles en los fenómenos, y a pesar de eso considerar
que este valor no está en las ideas propiamente, sino en el que una idea
penetre una materialidad que en sí le es indiferente. Sólo así se hace la
categoría de lo bello en el arte, una categoría originaria, no reducible a
otros componentes, puesto que tan pronto como la idea y la cosa penetrada por
ella desaparecen, el valor estético no puede encon¬trarse en ninguna de ellas,
sin traer a esta formulación el principio de Schopenhauer, porque en ella se
manifiesta como un ejemplo típico de pensamiento metafísico. Aquí ya no se
trata de una descripción de estados de hecho o de un análisis psicológico del
arte, sino de una explica¬ción de él, que es compatible con un estudio de
cualquie¬ra de esas otras clases, porque la categoría, dentro de la que se
desarrolla la metafísica, tiene su esfera aparte de la de la realidad, o de los
fenómenos del alma o de la validez normada general. Cuando se dice que la
metafí¬sica es arte, porque con los elementos de la existencia dada realiza construcciones
que no tienen la estructura de esta realidad, sino la que demandan las
exigencias espontáneas de un impulso meramente ideal y extraño a la realidad,
se dice una cosa que negativamente es exac¬ta, porque la metafísica, como el
arte, se desarrolla en un plano que no es el del cálculo y análisis del objeto;
pero en cambio, frente al arte tiene también su plano especial. No es tan pobre
en categorías nuestra vida espiritual, que toda imagen de las cosas que no sea
ciencia haya de ser arte. En la metafísica se trata de la reacción de una
intelectualidad caracterizada individualmente frente a la totalidad de la vida
(aun cuando naturalmente puede ma¬nifestarse también en problemas particulares,
como aquí ocurre). Esta reacción, porque se refiere al todo, sólo se verifica
en la forma de conceptos muy generales; una de las atracciones capitales de los
grandes problemas de la filosofía está en el contraste vivo entre la pasión
personal con que se siente la vida, la relación del alma con el fun¬damento de las
cosas, el valor de lo real y de lo no real, y los fríos conceptos, la
abstracción sublimada en que se expresa este sentimiento. Las ciencias exactas
y el arte combinan de otra manera estos elementos; aquélla es
general-abstracta, pero no individual; éste es indivi-dual, pero no
general-abstracto. Sólo la metafísica bus¬ca para un sentir individual — aunque
no subjetivo — la expresión en abstracciones conceptuales. De este gé¬nero es,
v. gr., la reducción de toda existencia a materia y forma, y la ordenación de
todos los fenómenos en una serie ideal, a uno de cuyos extremos está la mera
materia sin forma, y en el otro la mera forma sin materia; tam¬bién lo es la
representación de una unidad interior abso¬luta del mundo, tal que el dualismo irreconciliable entre
existencia en el espacio y representación
no hace más que expresar aquella unidad en dos idiomas distintos; y
también la idea de que el contenido todo del mundo tiene que expresarse real e
históricamente en el desarrollo lógico autónomo de los conceptos, porque es el
mismo el espí¬ritu del mundo, que en nosotros vive y se desarrolla, que el que alienta en las cosas. A esta provincia
metafísica pertenece también aquella explicación del arte, según la cual el valor
del arte está exclusivamente en las ideas, en los modelos típicos no sujetos al
tiempo que revela; pero que, sin embargo, la idea no lleva en sí misma ese
valor estético, sino que sólo lo adquiere en cuanto se expre¬sa en una
existencia concreta e intuible y, por tanto, de esencia distinta a la suya. De
esta manera no se explica el arte desde el punto de vista del artista ni del
contem¬plador, sino desde el punto de vista del metafísico; no es más que un
aspecto particular de la contestación que da alma de una coloración y
sensibilidad a la impresión de conjunto de la existencia; el alma no hace aquí
más que expresar, en los conceptos de concepción general del
mundo, el sentido y el valor que para ella tiene esta ma¬nera especial
en que el ser se manifiesta.
Donde
los motivos de esta filosofía del arte llegan a su culminación es frente al
problema de la música. Para la música no hay las cosas singulares, cuyas ideas
esen¬ciales se revelan en las obras de las demás artes. Estas artes, por su
referencia a las ideas, tienen un cierto carácter de individualidad, porque la
idea, si bien es la forma y esencia tipo de miles de manifestaciones reales,
frente a la unidad del ser es individual; refleja el resplandor uni¬tario del
ser en una serie infinita de grados de expresión en el intelecto humano. Y aun
cuando una poesía, un cuadro, un drama estén libres de la individualización del
aquí y del ahora, aun cuando en la forma de la intuición po¬sean la misma
generalidad que el concepto en la forma del pensamiento, aunque sea mucho más
que la limita¬ción de su manifestación
concreta, sin embargo, visto desde arriba es una creación individual, la
encarnación de una manera de expresarse la incondicionabilidad me¬tafísica.
Pero por medio de la música nos sentimos más cerca de esta generalidad plena,
redimidos de la concre¬ción en que la significación particular de las palabras,
de las formas del espacio, de los acontecimientos, nos tie¬nen atados en las
demás artes, y que hacen que éstos aparezcan como una expresión simplemente
mediata — realizada por intermedio de las ideas individuales — de la unidad de
la voluntad. Pero la música pasa por encima
de las ideas, no presenta el absoluto interior de la vida en una forma
particular, sino que la expresa inmediatamente. Es una imagen de la misma
voluntad, que es el ser de sus flujos y
reflujos, de sus extravíos, de sus di¬sonancias y de su ansia insaciable en
busca de solución y redención. En su lenguaje expresa plenamente lo que el
resto del mundo no puede expresar más que por medio de creaciones concretas
fundidas en el molde de las ideas, la esencia interior de la voluntad, y además
de la volun¬tad, antes que se haya plasmado en formas particulares no esta y
aquella alegría, este o aquel dolor, este encanto o aquel terror, sino la
alegría o el dolor, el júbilo o el te¬rror, la lucha o la quietud, lo esencia!
del ser, que es voluntad en sí misma, escindida de todos los motivos
particulares que determinan esta o aquella manifestación del querer. Por eso
cuando oímos sonar una música en rela¬ción con determinadas palabras, escenas o
ambiente, nos parece que nos revela el sentido más hondo de ellas, lo general e
incondicionado, que en las otras artes sólo se expresa en una forma particular.
Pero tampoco ella es más que una imagen de aquella realidad, la más íntima, en
la que alienta el ritmo del ser metafísico. Es la reali¬dad más perfecta, más
fundamental, más general, pero está lejos de la realidad misma; es el sentido y
la forma vital del ser, pero sin ser el ser mismo y, por tanto, libre de su
tormento. Por eso, aun en sus disonancias más dolorosas y en sus melodías más
melancólicas, es agrada¬ble, porque sólo expresa lo general, lo más hondo;
aleja al espíritu más que las demás artes de todo lo pequeño, estrecho, triste.
Porque ofrece el absoluto, en el que cada cual sólo puede sumergirse en la
medida de la profundi¬dad de su propio ser; ha podido decir con razón
Schopenhauer que oyendo una gran música cada cual siente lo que vale y lo que
pudiera valer. Si la música excluye de su reino todo lo ridículo, y aun en sus
ritmos de ale¬gría le es esencial la seriedad, es porque su reino ya no es el
reino de la representación, frente a la cual cabe des¬ilusión y ridículo, sino
que expresa inmediatamente el ser de la voluntad misma, que es lo más serio
posible, porque de ella depende la vida entera.
Quizás
es esta la explicación más honda que se ha dado de la música. Lo que se siente
fragmentariamente en los efectos individuales psicológicos de la música, el que
la música es un arte único, frente al cual todos los demás, considerados desde
el punto de vista del fin y sentido del arte en general, no aparece más que
como una tentativa con medios insuficientes; esto ha encontrado en Schopenhauer
su más pura y más típica expresión metafísica. Pues aquí no se describe la
realidad psicológica de la música. Desde este punto de vista la peculiaridad de
la música frente a las demás artes no es más que algo rela¬tivo en una
gradación. Ante una catedral antigua francesa o ante la madona de Castelfranco
de Giorgione, ante «Hamlet» o «Fausto», sentimos lo mismo que ante una cantata
de Bach o que ante el preludio de «Tristán», que desaparecen las singularidades
de los medios en que se expresan los últimos secretos de la existencia ante lo
inmediatamente que se dan. Pero donde se trata del sentido de la música es completamente
indiferente el que sus rea¬lidades particulares coincidan en sus efectos
específicos con las de las demás artes, de la misma manera que la religión
conserva su diferencia metafísica con todas las demás manifestaciones del ser y
del alma, aun cuando tengan a trozos significación análoga a la suya los
fenó¬menos psicológicos del amor y del patriotismo, del arte y de la moral.
Ahora,
no me parece que sea indiscutible el que la música pase por encima de las
ideas, es decir, que no manifieste por la representación de una cosa singular
la idea que va en ella oculta, sino que exprese inmediata¬mente el ser en la
forma artística. Convendrá insistir sobre ello para conservar el valor "de
la explicación me¬tafísica, aun en el caso en que su contenido fuese negado
desde el punto de vista de la empina. El punto de arran¬que de la música lo veo
en los elementos rítmicos y me¬lódicos del lenguaje, que, como lo muestra
especialmente la observación en pueblos incultos, se acentúan por me¬dio del
influjo de ciertos afectos — religiosos, guerreros, eróticos — de tal manera,
que el lenguaje llega a trocarse en canto. El canto así originado no es arte,
sino una manifestación natural como el grito; pertenece al ser inmediato y
espontáneo del hombre, y no es aún la forma del ser peculiar separada de las
demás que constituye el arte. Pero es suficiente para unir a las
representaciones del so¬nido ciertos sentimientos, su desarrollo y sus
variacio¬nes, a las representaciones del sonido, a su altura abso¬luta y
relativa, a su rítmica, a su dinámica, a su colori¬do. Ahora, de la misma
manera que la obra de arte plás¬tico se relaciona con el trozo de realidad, al
que como se decía «imita», esto es, lo conforma, según la forma que le da
significación, así se relaciona la música como arte con aquel canto meramente
real, natural, en que los afec¬tos fluyen. Toma de él su aspecto
formal-sensible, y saca de él, según leyes inmanentes, la obra musical con
infini¬tas complicaciones, refinamientos e intensificaciones, de tal manera,
que la significación típica, el sentido propio del enlace entre los movimientos
del alma, los sonidos se destacan de un modo puro. Y este enlace, refiriéndose
a correlaciones psico-físicas ocurridas en tiempos incalcu¬lablemente lejanos y
que descansan en lo hondo de nues¬tro ser, hace posible reacción de sentimiento
frente a la obra de arte musical que se conoce con el nombre de «en¬tender.»
Sin
duda que la realidad de tales relaciones entre el sentimiento y el sonido no se
ve tan claramente en una cultura elevada a causa de su obscuridad, de su ser
frag¬mentario, tan claramente como el modelo de una estatua o la escena
erótica, cuyas emociones se dan en una poe¬sía amorosa. Pero no por eso deja de
ser la realidad na¬tural, cuya «idea», que consiste en la lógica interior y
sig¬nificación de la gradación sentimental, se aparece en la música como arte y
se revela de un modo penetrante en la pureza de sus formas y en la impresión
completa que produce. Ahora, sea la explicación psicológica, la que aquí no
hemos hecho más que bosquejar ligeramente, o sea otra cualquiera, no por eso
queda excluida la dimen¬sión metafísica, que es independiente de ella. Aunque
la música fuese un arte «imitativo» y sacase su contenido de la «idea» de una
combinación determinada de la realidad, podría, no obstante, hacer de la
totalidad de la vida su objeto en el sentido que Schopenhauer quiere; de un
modo psicológicamente análogo ocurre muchas veces que frente a una persona a la
que amamos sentimos como si toda nuestra alma abrazase su alma entera, siendo
así que en realidad sólo son determinadas relaciones las que nos ligan,
quedando fuera de ellas un gran número de intere¬ses, pensamientos y
sensaciones que pertenecen también a «nuestra alma». También análogamente en la
religión ocurre que una personalidad sagrada, que no ha sido engendrada de un
modo excepcional y cuyos hechos no contradicen la marcha natural de las cosas
y, sin embar¬go, esa personalidad, mirada desde el punto de vista del sentido
metafísico de su existencia, puede ser conside¬rada como el hijo de Dios, y el
sentido de sus actos puede exceder de todo encadenamiento natural, como el
sentido de una proposición puede exceder a las causas psicoló¬gicas de su
aparición. No se comprende toda la riqueza de los movimientos de nuestra alma
hasta que no se ha aprendido a considerar la autonomía de todas estas
dis¬tintas esferas, cada una de las cuales concede al mismo contenido una
significación distinta, un valor diferente, y lo ve como enlazado de otra
manera. Por encima de todas las distintas maneras con que se pueda deducir
psicoló¬gicamente la música u ordenarla estéticamente, queda el derecho de
considerarla en el orden metafísico — que for¬mula precisamente la impresión
del ser en un alma indi¬vidual con los conceptos más generales posibles — como
el cuadro del destino absoluto del mundo, del cual, en las demás ordenaciones,
sólo da una parte en cada una. Con tanta mayor fuerza se levanta ahora, no sólo
fren¬te a la filosofía de la música, sino frente a toda la estética de
Schopenhauer, la cuestión de cómo esta concepción se compagina con el pesimismo
de su concepción gene¬ral del mundo. ¿Cómo puede hacernos dichosos el
cono¬cimiento puro y profundo de las cosas en que el arte con-siste, si lo
conocido no es más que tormento? Pues su objeto no es solamente la mera
intuición espacial desprovista de alma, de cuya independización y excisión de
to¬dos los encadenamientos de la vida agitada podría espe¬rarse la liberación
mayor posible de toda voluntad y do¬lor; de tal manera, que la concepción
moderna del arte plástico, como la representación y aclaración de las for¬mas
del espacio, nos asegura más que otra cosa alguna de vernos internados en la
obscuridad y vacilación de la interioridad de las cosas, y presta al alma
estéticamente productora la mayor libertad posible frente a su objeto, porque
no se les supone cualidad anímica alguna que pueda empañar nuestras relaciones
con ellos. Pero las artes, más allá de la mera intuición óptica y acústica,
tie¬nen, como su objeto, el todo y la interioridad de la vida, y Schopenhauer
saca de eso la consecuencia decidida que suprime completamente de la tragedia
el momento op¬timista de «justicia poética», y no ve representado en ella más
que el dolor y las lástimas de humanidad, el triunfo de la maldad y la caída de
los buenos y justos. De hecho, en esta concepción existe una excisión entre el
carácter del contenido y el goce que en su representación se sien¬te, cuya
excisión Schopenhauer no puede salvar, lo cual le mueve a borrar este goce y
poner en la moral mera-mente la significación de la tragedia en la resignación
y en la liberación interior de un mundo y de una voluntad de vida en que tales
frutos se muestran. Pero de hecho la representación de las escenas y
sentimientos de la vida deviene un goce estético, continúa existiendo la
contra¬dicción psicológica de que el contenido de aquellas esce¬nas es tanto
más temeroso para nosotros cuanto más hondamente y con más verdad se le
reconoce, y que al mismo tiempo este conocimiento nos proporciona un goce que
aumenta en la misma medida. Esta dificultad no pue¬de resolverse en el sentido
de Schopenhauer, en que se supone que los puros contenidos de las cosas
represen¬tadas como tales no contienen nada del tormento que cuando son y
cuando se representan como siendo es in¬separable de ellas. La lógica
protestaría contra esto. La cosa que es no puede contener cualitativamente nada
que la meramente representada no contenga, pues de lo con¬trario, no existiría
aquella que se ha representado, sino otra distinta. Según el famoso ejemplo de
Kant, cien talers reales no contienen un céntimo más que cien talers pensados.
Sin embargo, el punto de vista de Schopen¬hauer tiene una verdad y profundidad
psicológica que en nada resulta afectada por esta reflexión lógica. En
reali¬dad, un contenido de pensamiento personal, en el que en¬tra el destino,
produce al ahondar en él una cierta reacción sentimental que se modifica, incluso cualitativamente, cuando ese contenido se
representa como real. La catego¬ría del ser, el más simple y el más enigmático
de los as¬pectos en que se nos presentan contenidos de representa¬ciones, para
nada cambia lógicamente estos contenidos, pero sí psicológicamente, y no
solamente en el sentido de la diferencia entre los cien talers reales y los
cien talers posibles de Kant, de la diferencia en cuanto al «estado de mi
patrimonio», sino en un sentido objetivo, prescindien¬do completamente del
influjo que una realidad sino sola¬mente el mero contenido de su pensamiento —
puede ejercer sobre mi estado. Sin duda que las cosas tristes y terribles que
pasan por nuestra conciencia nos conmue¬ven, aun cuando sepamos que son meramente
pensadas y que nada tienen de reales. Pero es una conmoción de una naturaleza
completamente distinta que la que nos pro¬duciríamos si supiésemos que se
trataba de cosas reales. Y en esta diferencia se apoya el pesimismo. Aquella
cate¬goría del ser que lógicamente en nada altera el contenido de las cosas, es
la que hace entrar en el contenido la ab¬soluta negatividad del valor. Pues el
que el mundo sea significa la existencia de la voluntad metafísica, la cual,
por ser libre — puesto que nada hay fuera de ella que pudiera determinarla — es
la causa de todo el mal y con¬trasentido que en el mundo vive. Sería entender
mal esta doctrina el creer que su evidencia dimana de que nos-otros no podemos
sentir más que el ser y, por lo tanto, el dolor sólo puede presentarse frente a
una realidad, no frente a las meras imágenes de las cosas que no nos afec¬tan.
Pues esta última parte no es exacta. También la na¬rración inventada nos
conmueve; a la representación del mero contenido de las cosas contestamos con
una reac¬ción sentimental, en la cual hay también dolor. Sólo que a esta
reacción le falta el tono de lo irreconciliable, por decirlo así, que pesa
sobre toda realidad; le falta lo dolorosamente irremediable del ser. La forma
artística puede suprimir del contenido meramente representado de ¡as co¬sas la
participación que ellas tienen en la reacción de do¬lor, y por eso, a pesar de
que lógicamente nada signifique la mera forma del ser, Schopenhauer ve en el
arte la liberación del dolor que acompaña irremediablemente a su contenido en
cuanto es ser. Sólo podrá haber discusión sobre si esta mera negatividad, este
no sentir el dolor en el ser puede agotar realmente el goce positivo que
psico¬lógicamente proporciona sin duda el arte, y esto aun desde el punto de
vista de la concepción que Schopen¬hauer tiene de la felicidad como una mera
cesación de dolor, el llenar de un vacío, el dejar de ser de un deseo. Hay en
Schopenhauer un pasaje que permitiría dedu¬cir la positividad empíricamente
innegable del sentimien¬to de felicidad que el arte proporciona, de la mera
positi¬vidad del dolor desaparecido. Dice en una ocasión que en el reino del
arte no sólo estamos a salvo del dolor real, sino también de la posibilidad de
él. Pues en ese reino no puede caber ningún dolor real — a lo sumo el reflejo
del mismo —, porque según su ley fundamental excluye de sí a la voluntad,
asiento de todo dolor. Y esta imposibilidad del dolor es cualitativamente
distinta de su mera realidad. Si la vida de la realidad nos concede pausas de
sosiego en medio del dolor, siempre hay en ellas el peligro de que el
sufrimiento torne de nuevo; en el obscuro fondo de esta redención momentánea
sentimos cómo está sometida al acaso y cómo la misma ley que la ha traído puede
sobre¬cargarnos en el momento inmediato con una medida col¬mada de dolor, sin
limitación, por decirlo así, principal La conciencia de que en el mundo
estético no hay espa¬cio para este elemento del dolor, de que no estamos en él
sujetos a aquel acaso, puede dar sin duda un sentimien¬to de tranquilidad y de
redención, que si bien no pasa por su contenido de la negación del dolor,
produce en el alma una reacción completamente distinta que la producida por el
mero hecho de estar libres de sufrimiento en un mo¬mento determinado. La misma
diferencia que existe en la esfera de la intelectualidad entre la causalidad
como el enlace interior necesario de los acontecimientos y la mera sucesión de
hecho de los mismos en el tiempo, aun cuan¬do aquélla prácticamente no puede
hacer otra cosa que garantir la existencia de ésta, es la que existe en este
sen¬tido en la esfera de los sentimientos eudemonistas.
Sólo
que Schopenhauer parece no haberse dado cuen¬ta de lo nuevo y profundamente
fecundo de su propio pensamiento. La felicidad del arte, a la cual había
separado antes de la esfera de la realidad vivida, vuelve a in-troducirla en
ella, comparándola con la felicidad del sue¬ño. Mas con esto, la innegable
diferencia cualitativa de estas dos formas de felicidad queda completamente
obscu¬ra, y ya no puede explicarse partiendo del concepto mis¬mo. Aun cuando la
felicidad no sea por su esencia más que algo meramente negativo, las
diferencias que dentro de ella existen, y que no son simplemente cuantitativas,
requieren causas positivas que no puede dar el sistema pesimista. Y como ocurre
que la negación de una conce¬sión negativa tiene por consecuencia que luego hay
que hacerla en una más amplia medida, incluso de un modo absoluto, aquella
negación de que el arte nos proporcione una felicidad positiva, contiene un
optimismo enorme en dos aspectos. Primeramente, porque basta no ser infeliz
para ser feliz. A menudo ocurre con las afirmaciones ra¬dicales, que lo mismo
pueden tomarse positiva que nega¬tivamente. El considerar a la felicidad como
el mero cese del dolor, es el pesimismo más profundo; pero el que el cese del
dolor sea ya felicidad, es el mayor optimismo posible. Y cual de estos dos
aspectos se legitime en la afirmación, no depende de la afirmación misma, sino
del sentimiento general que cada cual tenga frente a este problema. Y en
segundo lugar, el que el mundo, desde el punto de vista de su contenido, de su
aspecto puramente de representación, sea perfectamente estético y productor de
felicidad y de dicha, me parece un optimismo que equilibra al pesimismo que en
esta concepción deriva del ser. El que el mundo, pensado como irreal, ya no
trajese en sí la falta de sentido, la contradicción, la desespera¬ción de lo
real, sino que en él no hubiera ni alegría ni dolor, que fuese tan indiferente
para nuestro destino como para la corriente de un río las imágenes de las nubes
que en él se espejan, podría compaginarse con el pesimismo radical; pero que
los contenidos del mundo pasen de la indiferencia y nos hagan dichosos, tanto
más dichosos cuanto más verdadero sea el espejo del arte que nos lo muestra,
esto significa que la estructura del mundo es apropiada para concedernos
felicidad; y en una medida tal, que frente a ella el pesimismo del ser del
mundo, aun admitido en todo su radicalismo, se aparece como algo
insignificante.
El
pesimismo de Schopenhauer se transforma cons¬tantemente en un optimismo tal, en
un pasaje decisivo formula de esta manera uno de sus pensamientos
fundamentales: «Sin tranquilidad no hay bienestar verdade-ro posible». Nos cabe
duda de que esto se piensa tam¬bién positivamente: la tranquilidad sería el
bienestar. No se necesita ahondar mucho para descubrir la fuente de donde esta
afirmación proviene. Sin duda que no hay bienestar que no tenga como supuesto
«una tranquilidad; la tranquilidad de ciertas cosas y la tranquilidad frente a
ciertas cosas. La senda de la felicidad corre entre dos muros, destruidos los
cuales la amenazarían miles de ataques y de obstáculos de todas partes. Ahora,
si la tranquilidad relativa y protectora se convierte en la tran¬quilidad
absoluta, pierde la tranquilidad aquellas notas que la hacen precisamente
condición de la felicidad. El creer que la tranquilidad no significa el mero
alejamiento de los obstáculos a la felicidad, sino que constituye su
substan¬cia, es un error empírico que en pequeño se muestra en el vacío de la
vida, y el aburrimiento de tantos rentistas que habían esperado la felicidad
plena de la liberación de sus negocios y de los trabajos y cuidados que traían
con-sigo. Pero si a pesar de esto, y por rechazar esta instan¬cia empírica,
hubiera de regir el principio de la felicidad de la pura tranquilidad, sobre
este principio se basaría un optimismo absoluto; entonces tendríamos que ser
felices sin necesidad de excitación alguna venida de afuera, por¬que si no, la
mera desaparición de los obstáculos no nos proporcionaría un sentimiento de
felicidad. En este caso, la felicidad aparece solidariamente ligada a la
esencia de nuestro ser, que partiendo de las profundidades de éste, el producto
o la forma de existencia del alma que apare¬ce inmediatamente en el fenómeno, y
que toma posesión de nuestra conciencia, siempre que en ello no le estorben
influencias exteriores, exactamente lo mismo que los con-tenidos del mundo,
basta que se les conozca según su ser más verdadero, el estético, para que
produzcan en nosotros la dicha. El que la tranquilidad por serlo sea ya la
felicidad es un optimismo radical, en el que se ha transformado el pesimismo, y
que no representa más que un caso especial de la teoría de la felicidad del arte
por la mera liberación de la voluntad.
Este
principio da cabida, no sólo al optimismo, sino al mismo realismo que hace al
arte súbdito de la mera realidad. Pues al poner la significación subjetiva
eudemonística del arte en la liberación de la realidad, se le hace dependiente
de la realidad misma, aunque con sig¬no negativo. Como en el realismo se mira
al arte desde el punto de vista de la realidad. El arte vive en el punto de
desaparición de la realidad, por decirlo así, pero no más allá de ella; la
realidad se ha introducido en nuestro estado estético de la misma manera que se
han introduci¬do en nuestra vida nuestros enemigos y aquellos a quienes
queremos evitar. Mientras Schopenhauer contempla al arte en sí mismo, le da la
pureza y autonomía de un modo cerrado en sí mismo, que saca su valor y
significa¬ción de su propio sentido positivo y de sus propias nor¬mas. Pero
desde el momento en que su pesimismo le fuer¬za a buscar los encantos del arte
en la huida de la reali¬dad, le hace perder su soberanía, deja de no depender
más que de sí mismo. La mera no realidad en sentido ne¬gativo en que vive y que
significa un más allá de la cues¬tión del ser y del no ser, por un error típico
de pensa¬miento se convierte en una no realidad, como una relación positiva de
huida de la realidad se convierte en la libera¬ción de un mundo, del que
originariamente no quería sa¬ber nada.
En
el fundamento del pensamiento schopenhaueriano nos tropezamos siempre con la
misma dificultad: la de que mezcla el principio del pesimismo con otros motivos
de pensamiento que provienen de otros sentimientos o instintos completamente
diversos. Al lado del elemento del pesimismo, que esencialmente proviene del
sentimien¬to, se presentan en los razonamientos más intelectuales motivos que
impiden llevarlo a sus puras consecuencias. Y esto se nota, finalmente, en una
posibilidad de la explicación del arte que en sí sería apropiada para salvar la
dificultad y que aparece en Schopenhauer en varias oca¬siones, pero nada más
que indicada. Si la significación subjetiva del arte es librarnos del querer y
transportarnos a la región de las ideas en toda su pureza, con eso, no sólo
desaparece el sufrimiento, sino también la dicha, que lo mismo que aquél está
sujeta al dominio de la voluntad. Schopenhauer no se escapa a esta
consecuencia: «Más allá de aquel límite no hay ni felicidad ni dolor». Sólo
que, no sólo sabe designar con claridad qué es lo que enton¬ces le quedaría al
arte en valor subjetivo, sino que tam¬poco puede evitar el hablar incontables
veces de las dichas del arte. De hecho existe en el estado estético un valor
sentimental que no es felicidad, pero tampoco mera liberación del sufrimiento,
sino que es algo positivo y es¬pecífico; que respecto a los dos términos de la
oposición eudemonista es tan indiferente como podía serlo la moralidad. Sin
duda que es más difícil de comprender el valor peculiar de la situación
estética que el de la ética, pues el valor moral se da en su unidad, a pesar de
que al mis¬mo tiempo somos desgraciados, y el estético, a pesar de que al
propio tiempo somos dichosos; ya los movimientos interiores que se aparecen
como elevaciones, como pun¬tos brillantes de la existencia, destacan más sobre
el fon¬do sombrío del sufrimiento que sobre el de la dicha. Pero el que de
hecho coincidan la reacción estética específica con la dicha producida, y por
el arte y la igualdad de su efecto psicológico en sus manifestaciones más
intensas, no impide que deba afirmarse la distinción de su ser. La reacción
producida frente al arte y frente a la belleza es tan primaria como la
religiosa, y, por tanto, no puede tampoco describirse reduciéndola a otro valor
de la con¬ciencia cualquiera que pudiera parecer análogo en su ma¬nifestación o
en sus efectos, aun cuando al poner en conmoción al ser entero del hombre
provocan la apari¬ción de todos los movimientos del alma, el ímpetu y la
humillación, el placer y el dolor, la expansión y la con¬centración, la fusión
o el alejamiento respecto de su objeto. Precisamente esto es lo que ha inducido
muchas ve¬ces a querer reducirlas a la afirmación y negación, a la combinación
y oposición de estas potencias fundamenta¬les de la vida. Schopenhauer, que fué
una de las pocas naturalezas verdaderamente estéticas entre los filósofos
alemanes, tenía evidentemente un instinto seguro de la positividad y lo
originario del estado estético. Pero si lo hubiese reconocido como tal, hubiera
introducido en nues¬tra existencia un valor que se resistiría a encajar en la
es¬tructura del pensamiento pesimista. Sin duda que está muy lejos de él
aquella falta de lealtad intelectual que consiste en abandonar una convicción
adquirida de al¬gún modo por salvar un principio puesto de antemano; pero la
necesidad interior de su sentimiento capital de la vida le ha conducido al
mismo resultado. Según su con¬secuencia interior, la filosofía schopenhaueriana
del arte tenía que llegar a la conclusión de que dentro del estado estético se
eleva de un modo positivo el valor de nuestra existencia, y esta elevación de
valor aparece coordinada en el sistema de la vida a los valores de la dicha y
unido a ellos en la efectividad psicológica, pero no depende en absoluto de
ellos. Pero no llega a esto porque e! pesimis¬mo no permite que el momento de
valor de un elemento cualquiera de la vida descanse en otra parte que en la
re¬dención del dolor. Indudablemente, entre las teorías del arte de los grandes
filósofos, la de Schopenhauer es la más interesante, la que cala más hondo, la
más conoce¬dora de los hechos del goce artístico, y el que sea precisa¬mente
esa teoría la que prive principalmente al goce ar¬tístico de su positividad y
autonomía, revela energía usurpatoria del pesimismo, más claramente de lo que
podía hacerlo su consideración en su esfera más propia: la de la comparación
entre la masa del dolor y la de la dicha de la vida.
Si
Schopenhauer da poco al arte en su significación definitiva subjetiva, me
parece demasiado el último valor objetivo que le adjudica. Ahora, que esta
demasía acla¬rara lo profundo de su sentimiento artístico de la misma manera
que aquél demasiado poco había aclarado lo pro¬fundo de su pesimismo. Su
opinión definitiva sobre la esencia objetiva de la obra de arte la resume así:
«Toda obra de arte, en su esencia, se esfuerza por mostrarnos las cosas tal
como son en verdad, es una respuesta más a la pregunta ¿qué es la vida?» Mas
con esto me parece que se pone en contradicción con todo lo anteriormente
expuesto de su concepción del arte. Porque el arte debía librarnos precisamente
de la vida, no debía hacer más que representar las formas de la existencia en nuestro
in¬telecto en su raíz y sus leyes, pero no la realidad, no lo que es la vida.
Pues la vida es voluntad, es el juego eter¬namente engañoso en el que cada fin
cumplido nace un nuevo deseo, de cada punto de descanso un movimiento
posterior. El arte se desprende de todo esto para flotar en aquel esplendor en
que la esencia para él no es ser el re¬flejo del ser, sino el reflejo del ser.
Y el decir ahora de pronto que el arte debe revelar la esencia de las cosas, es
decir, no su mera apariencia, que debe ser la respuesta a una pregunta que
penetra en la superficie de su propio dominio, es una contradicción evidente
con significación fundamental: significa traspasar aquellos límites que de¬bía
guardar frente a la vida, lo cual le daba su sentido y su justificación. Pero
precisamente en esta contradicción — aun cuando Schopenhauer no se dé cuenta de
ella, o quizá por eso mismo — se revela con mayor profundidad que el arte
verifica la fusión de valores y exigencias lógicamente contradictorios. El arte
expresa lo más exte¬rior, la pura apariencia superficial, lo inmediato sensual;
pero expresa al mismo tiempo lo eterno inefable, el sen¬tido más íntimo de la
existencia, para el cual toda intui¬ción no es más que el símbolo. Busca la
conexión pecu¬liar de los elementos en lo que aparece y en lo que ocurre, sin
apelar a las fuerzas ocultas que han producido esto que se ofrece y sin impedir
que pueda existir en el mundo real como realidad; con ello busca, por decirlo
así, el sentido del fenómeno. Pero moviéndose en esta esfera, al propio tiempo
ahonda en la otra, en la que radica el sen¬tido del fenómeno, el ser de la
inesencia, la significación psicológica o transcendental de la que no son más
que expresión todas las formas y excitaciones de la superfi¬cie. Pero mirada
propiamente no es más que una manera de expresión con que indicamos la unidad
de la impre¬sión artística que no puede designarse con un concepto inmediato.
Sería completamente incompatible con la significación esencial del arte el
pretender reducirlo a dos sentidos parciales, que recibiesen su valor de
fuentes com¬pletamente distintas, que por decirlo así coincidiesen
me-cánicamente, no siendo la una más que como una canti¬dad mayor de dicha que
se sumase a la otra. Al contrario; nosotros sentimos que la obra de arte, por
expresar una unidad objetiva, produce una reacción subjetiva unitaria, la cual
sólo puede ser vivida, pero no descrita por un concepto unitario
correspondiente, por lo cual en este caso, como en muchos análogos, tenemos que
acudir al remedio de dos determinaciones particulares que corren en dirección
opuesta. Y el que éstos no son en último tér¬mino más que los componentes que
expresan a posteriori aquellos resultados unitarios, se ve en la reciprocidad y
mutuo influjo que muestra entre ellos una concepción más profunda del arte. La
explicación del fenómeno, la pre-sentación del acontecer, el encanto sensual de
colores y sonidos no son sino medios de revelar la más profunda esencia, el
sentido inintuible de lo intuible, mientras que, al contrario, este valor
metafísico de la obra de arte que a menudo no se percibe sino de un modo
obscuro, perso¬nificada a menudo en el papel religioso y quizá también en el
erótico del arte, es a su vez un medio para que la conformación de lo externo
sea más clara y más llena de relaciones, tenga más sentido y más encanto en su
mera intuibilidad y sin salir de ella. Ahora he de notar aquí que la teoría del
arte de Schopenhauer tiene el defecto, apli¬cable a casi todas las filosofías
del arte: el de querer dic¬tar preceptos para todas las distintas artes.
Prescinda-mos de que sea o no posible tal determinación general. La dificultad
que existe, aunque sólo sea para dar una definición general del arte, parece
que induce a educarlo, y que más bien parece probable que la igualdad del
nom¬bre dado a actividades tan distintas, como la arquitectura y el arte de la
declamación, como la plástica y la música, no sea más que equiparación hecha
paulatinamente dentro de una de aquellas series típicas, en las cuales, si se
toman dos miembros inmediatos se encuentran muchas semejanzas entre ellos, pero
muy pocas entre miembros que están a distancia. En la serie AB-BC-CD se
com¬prende que a través de intermedios de B-C pase el mis¬mo nombre de A-C a
C-D, aunque esta igualdad de nom-bre no esté justificada por ninguna otra
igualdad cualita¬tiva. Muchas veces parece enormemente violento pensar que la
metafísica de la tragedia haya de ser también el fundamento de la jardinería.
Schopenhauer no se deja dominar en absoluto en este sentido, y con frecuencia
da hacia varios aspectos sus explicaciones metafísicas del arte. Pero como no
lo dice declaradamente, sino que man¬tiene el postulado de una explicación
unitaria del «arte», esta imperfección simboliza la profunda verdad de que el arte
reúne, en la raíz quizá no designable en que se jus¬tifica la unidad de su
nombre, reúne oposiciones que en las demás esferas aparecen como
inconciliables. Debe ser lo general y, sin embargo, se limita a una
manifes-tación concreta cerrada en sí misma, que es la expresión de un alma
absolutamente individual, y en los casos más elevados un alma incomparable. No
debe ser más que forma e idea y, sin embargo, es intuición que sólo puede
realizarse en una realidad material. Es pura intelectualidad, es la representación
de las formas de la conciencia separadas de toda cosa en sí y, sin embargo,
debe estar libre del principio de razón suficiente, que es la ley fundamental
de todas estas formas. Y todo esto culmina en la contradicción apuntada de que
el arte debe mostrarnos lo que es la vida, mientras que hace desaparecer de
ante nosotros la vida; en que su encanto y su dicha consiste en que nos sepulta
en la intuición como si ésta fuera el mundo entero, como si tras el juego de la
apariencia, que desfila ante nosotros como en un ensueño, no hubiera ninguna
realidad dura y sombría, y, sin em¬bargo, en él tiene que expresarse lo más
real de la realidad, el ser más propio y más profundo de las cosas y de la
vida. Desde un punto de vista meramente lógico, esta contradicción no haría más
que poner el problema; pero quizá el arte pertenece a aquellas esferas frente a
las cua¬les el último conocimiento a que nos es dado llegar es a comprender los
problemas que plantean en su pureza y su profundidad; ahora, para este fin nada
importa el que la teoría del arte de Schopenhauer haya venido a culmi¬nar en
esta interpretación, haya sido con su ánimo o con¬tra él.
La
salvación estética del ser, es decir, del dolor que realiza el arte, no puede
valer según su propia naturale¬za más que para los momentos de la elevación
estética; mientras que nos encontramos poseídos de ella, el ser y el dolor
siguen existiendo en el fondo de nuestra esencia, y el intelecto que se ha
libertado momentáneamente de ellos, pero que no puede vivir así duraderamente,
vuelve a caer en la servidumbre en que vive respecto de la vo¬luntad. En el
momento del goce artístico semejamos al esclavo que olvida sus cadenas o al
luchador que está li¬bre de la presencia de su enemigo poderoso, pero no por
haberle aniquilado, sino por haber huido de él; dentro de un momento volverá a
ser alcanzado. Lo insuficiente de la redención por el arte depende de lo mismo
precisamen¬te, merced a lo cual esta redención puede verificarse, de que no
hace más que desviarse de la voluntad, de la cual necesitamos ser libertados,
mientras que la redención ver¬dadera, duradera, tiene que alcanzarla a ella
misma. Y esto acontece en la esfera de la moralidad y de la ascé¬tica, a cuya
contemplación pasaremos ahora, como las soluciones prácticas de la sombra
problemática en que Schopenhauer había sumergido a la vida.
VI - LA MORAL Y LA
AUTOSALVACIÓN DE LA VOLUNTAD.
La
moral como la negación de la forma individual de la voluntad. — Renuncia de
Schopenhauer a todas las normas objetivas y su motivación por el pesimismo. La
unidad metafísica del ser como fundamento de la moral — Por el contra¬rio,
significación ética de la dualidad. — El error como compasión. — La co¬munidad
negativa de los valores de la vida. — El ser y el deber. — La libertad. El
aniquilamiento ascético de la voluntad. — El suicidio. — La redención
de¬finitiva.
Las
motivaciones que da Schopenhauer para el mal en el mundo, pueden todas ellas
reducirse a un pensa¬miento fundamental. La voluntad metafísica, pensada en su
unidad absoluta, antes que el intelecto humano la haya particularizado en
formas determinadas es, por decirlo así, la posibilidad de todo dolor y
sufrimiento, pero no su realidad. Ésta sólo viene desde el momento en que las
formas individuales le ponen algún fin aparente, que estas formas luchan unas
con otras y que el cerebro individual despierta a conciencia de todo esto y al
dolor. Por otra parte, si se piensan estas formas individuales, las crea¬ciones
de la representación que viven en el espacio y en el tiempo, antes de que la
voluntad las haya penetrado y hayan adquirido la categoría de ser, también
ellas están más allá del mal; en la estética aparece este aspecto de
representación, libre de voluntad del mundo, como el más inocente y el único
que nos hace dichosos. Por tanto, el dolor y la culpa y la contradicción
interior sólo pueden originarse cuando la voluntad adopta la forma de la
exis¬tencia individual, o dicho de otra manera, cuando entra , en la forma de
la representación. El dolor no está ni en la voluntad por sí sola ni en la
representación por sí sola. Sólo cuando estos dos elementos coinciden se
produce el deseo necesariamente engañoso, de lo relativo, que busca una
satisfacción absoluta, la lucha de las distintas manifestaciones individuales,
en cada una de las que vive la voluntad entera; el tormento de la existencia,
del que sólo adquiere conciencia el sujeto individualizado. De aquí se sigue
que ha de haber tres caminos para librarse del sufrimiento y del horror de la
existencia. Primeramen¬te, desprendiéndose la representación de la voluntad,
que es la que la precipita en el apetito y el dolor, como ocurre en la creación
y en el goce artísticos. En segundo lugar, suprimiendo la excisión en
existencias individuales, identificando a cada sujeto con todos los demás y
haciendo que así desaparezca toda lucha y contradicción y con ellas sus
reflejos dolorosos, que el pasar la voluntad a la forma individual había
engendrado. Y en tercer lugar, su¬primiéndose la voluntad a sí misma, empleando
el sujeto la voluntad que en él alienta para querer su propia nega¬ción, para
que de esta manera desaparezca toda posibili¬dad de lucha y de dolor, y el
mundo torne a la nada. El primero de estos caminos lo hemos visto ya como la
li¬beración estética; el segundo es lo que se llama moral; el tercero es la
santificación del hombre que renuncia, que ha conocido la esencia del mundo —
aun cuando no en conceptos conscientes — y se ha sustraído al círculo del
querer, del que está más allá de todo desengaño, de todo lo pasajero y todo lo
malo, porque ya no quiere nada. Es preciso que ahora describamos estos dos
caminos: la salvación en la moral y la salvación en la renunciación y en la
negación de la voluntad.
Los
fenómenos de la moral se caracterizan primera¬mente en su contrario. El
resultado meramente natural, lógico, por decirlo así, de la individualización
de la vo¬luntad en un yo particular, es que ese yo, poseyendo en la forma de su
persona la voluntad entera, «todo lo quiere para sí». Pero como existen más yos
que uno, y como el uno quiere lo que también quiere el otro, de aquí se sigue
que el yo más fuerte se introduce en la esfera del otro; este es el carácter
malo, satisface su voluntad — o al menos cree satisfacerla — a costa de otro, y
se muestra indiferente ante el sufrimiento que a este otro pueda ha¬ber
causado. Frente a esto se levanta el fenómeno de la justicia, que hace
determinar la esfera de la voluntad por los límites de las personalidades.
Aquella apariencia en¬gañosa que presenta a los individuos radicalmente
sepa¬rados unos de otros, que hace al uno el natural enemigo del otro y que
mira el daño de éste como su provecho, aquella apariencia ha sido penetrada por
el justo, que se reconoce como estando sujeto a las mismas leyes que los que
están fuera de él, y que cree que por tanto no debe dañar a los demás. De esta
manera se respeta el límite entre los individuos, sin que el egoísmo lo pase,
porque el individuo siente que más allá de él está una existen¬cia que no es
opuesta a la suya, sino de la misma esencia fundamental.
Con
esto la justicia es una cosa negativa, una mera abstención, una limitación que
los impulsos de voluntad infinitos de cada individuo experimentan por el hecho
de que exista más de un individuo. Lo positivo que hay en ella es el motivo
sentimental metafísico, que en sí va más allá de la justicia; la compasión, que
retrocede ante el pensamiento de forzar, de dañar a otro; el sujeto se salva de
la falta de consideración, que en realidad va unida ló¬gicamente al hecho de la
existencia individual, poniéndose en el caso otro, sintiéndose con él, lo cual
se hace lógicamente posible por el hecho de la identidad esencial entre ambos.
Lo trágico de la vida más honda, la lucha entre la lógica del fenómeno, la
lógica de la cosa en sí, se ha resuelto en favor de la última. Pero al mismo
tiem¬po ya se echa de ver aquí lo que caracteriza toda la ética de
Schopenhauer, y lo que la coloca decididamente en uno de los partidos entre las
grandes posibilidades de filosofía moral. Para él no existe la necesidad
objetiva, con valor absoluto e imperativo de normas morales, sino que éstas no
son más que expresiones o puntos de tránsito de un hecho, del hecho de que la
voluntad es una y la misma en todos los seres, y que al propio tiempo es
aquello que absolutamente no debe ser. Así la justicia, es suum cuique, no
tiene el sentido que otros le dan: el de que la justicia tiene valor en sí
misma, debe ser por sí misma, siendo indiferente que, produzca en alguien dolor
o placer, o que se funde en una identidad metafísica o, por el contrario, en el
ser por sí incondicionado de las personalidades. Por eso Schopenhauer no puede
hallar otra justificación para la justicia punitiva que el fin de la seguridad
social por medio de atemorizamiento. El cas¬tigo como reparación no es más que
venganza y crueldad sin sentido. Puede rechazarse la reparación como princi¬pio
de la punición por muchos motivos; mas no puede desconocerse que contiene un
principio objetivo que, si bien imperfecto, tiene en sí mismo su razón ética y
que no necesita apelar a la utilidad o a cualquier otra instan¬cia metafísica
más alta. Por lo menos es una representa¬ción posible el que el mal acontecido
encuentra un equili¬brio ético en el sufrimiento infligido al autor, y este
equi¬librio lo demanda la lógica de la moral, sin necesidad de otros
fundamentos sociales, históricos, teológicos, de la misma manera que la lógica
de la inteligencia exige que de ciertas premisas se deduzcan determinadas
consecuen¬cias, sin necesitar de otra legitimación distinta de esta necesidad
interior. Y en el castigo que a menudo demanda el criminal, en el sentimiento
de purificación que se siente después de cumplido el castigo, puede verse el
reflejo espiritual de aquella significación ideal de la pena. Pero el que haya
hechos o estados exigidos puramente por su propio sentido está fuera de la
manera de pensar de Schopenhauer. Para él la necesidad ética descansa, o en los
fines de la conducta o en la estructura metafísica del ser general. Ahora, la
legitimidad de estas dos clases de fundamentación no impide que al lado de
ellas subsista una tercera, que no deduce de ninguna otra cosa la necesidad
ética del acto, sino que la considera como algo inmediato legitimada en sí
misma. Sin duda que sobre cuál haya de ser el contenido de un imperativo semejante
habrá de haber discusión (aunque no más que sobre las instancias teleológica y
metafísica. El que sea justicia o en que do¬mine la voluntad de Dios, el que
las personalidades se fundan en una unidad social o místico-transcendente, o
que, por el contrario, aparezcan radicalmente con un valor autónomo e
independiente, el que hayan de des¬arrollarse a la misma altura todos los
aspectos esencia¬les del hombre, o que, por ejemplo, el aspecto sensual deba
combatirse y someterse al racional; todo esto se presentará innumerables veces,
en una generalidad principial o referida a actos y situaciones concretas, como
una exigencia que lleva en sí misma su sentido como un de¬ber, cuyo valor queda
agotado con su realización, pres¬cindiendo de que nos haga adelantar o retroceder.
No se trata aquí de que los individuos, los tiempos, los grupos, no se pongan
de acuerdo sobre el contenido de estos de¬beres y luchen cada cual en defensa
de lo que estima su derecho. Para nosotros lo que importa es la ética
posibi¬lidad de que todo contenido reconocido lo es en sí mis¬mo, y se presenta
como satisfacción definitiva de un sen¬timiento impulsor. Para Schopenhauer, y
merced a su pesimismo, está excluida esta solidaridad del deber en general con
cualquier situación positiva. Pues para que no fuese así tendría que reconocer
que existe un valor positivo. Toda la oposición contra la moral de Kant y de
Fichte, que Schopenhauer desarrolla en los más variados argumentos, dimana en
último término de que estos dos filósofos consideraban como absolutamente
necesarias ciertas formas de conducta y, por tanto, las creían tam¬bién de un
valor absoluto. Pero de la misma manera que el valor de la existencia no puede
nunca pasar del cero, tampoco ningún hacer ni ninguna situación puede tener en
sí misma un valor definitivo; con esto el mundo vol¬vería a adquirir aquella
significación en la cual se funda precisamente el pesimismo. El pesimismo no
tiene más camino que o introducir los valores éticos en la cadena infinita de
medios y fines relativos — como Schopenhauer hace con la pena, al no
considerarla más que como un medio de atemorización social — o, quitándoles
igual¬mente su valor inmediato, desarrollarlos a partir de la base metafísica
de la existencia, y cuidando de que no adquieran un valor, una significación
positiva, de la mis¬ma manera que tampoco la habían adquirido en el siste¬ma de
Schopenhauer el sentimiento de felicidad, de satis¬facción estética. En el
mismo sentido enseña Schopen¬hauer que si se quisiese fundamentar la moral —
que en sí es altruismo — habría que reducirla al egoísmo. Al en¬cerrar de tal
manera los impulsos humanos en esta opo¬sición entre impulsos egoístas e
impulsos altruistas — lo que no pertenezca al uno tiene que pertenecer al otro
— olvida que hay todavía un tercer término distinto de los dos. De hecho
queremos muchas cosas — las queremos por impulso inmediato o por necesidad
moral — que no son útiles ni al propio yo ni a ningún tú; y a veces, aun¬que
esta utilidad exista, no forma el motivo de la acción, sino que lo hacemos
porque queremos que se produzca este o el otro resultado, que se aparezca tal
cosa, o que algo sea conocido o creído. Estos contenidos de la voluntad flotan
ante nosotros en pura objetividad, como algo que en sí mismo
debe ser independiente de los refle¬jos sentimentales, placenteros o dolorosos,
egoístas o altruistas, que puedan estar en relación con él. El inves¬tigador
que con el conocimiento adquirido, el político que con la victoria de su
convicción, el artista que con la obra producida, el religioso que con la
realización de la volun¬tad de Dios se ha creado un valor, del que pueden
depen¬der satisfacciones y consecuencias para los mismos que obran y para los
hombres presentes y futuros; pero el campo de la motivación no se agota con
estas relaciones entre sujetos sensibles. Más bien al contrario, aquellos fines
se representan como poseídos de valor objetivo; su valor existe, aparte de que
sean sentidos de la misma manera que la verdad de un principio, es
independiente de que sea representado. Es verdad que Schopenhauer, cuya
desvalorización radical de la existencia aparecería amena¬zada por una
categoría de valor semejante, declara que todo valor es relativo, esto es, que
sólo puede existir para alguien. Pero si bien el valor necesita de una conciencia
subjetiva en el mismo sentido que para idealismo la ne¬cesita el mundo de los
hechos, de aquí no puede dedu-cirse que el valor sólo consista en situaciones
del sujeto o de otros sujetos. Siempre queda firme el hecho — que quizás no
puede explicarse — de que nuestro sentimiento puede escindirse de un fundamento
subjetivo y sentir una situación, un hacer como valioso, como debido de un modo
plenamente objetivo, sin preocuparse de sus resul¬tados para el yo o para un
tú. El que Schopenhauer nos tenga por capaces de liberarnos de la subjetividad
sujeta a la voluntad en la esfera del ideal estético y en la de los ideales
prácticos, depende de que allí nos hallamos en el reino de la apariencia, del
sueño pasajero de las meras formas de las cosas, en el cual desde el principio
se ve que no puede alcanzarse ningún valor positivo para la existencia, sino
precisamente un huir y olvidar momentáneo de esta misma existencia. Pero dentro
de los valo¬res éticos se trata de la realidad de la vida, y por eso había que
negar aquí la posibilidad de salvarse del enca¬denamiento en lo meramente
relativo, en la subjetividad, en la negación. Pues el admitir que aunque no sea
más que un solo positivo — una norma, una acción, una si-tuación—es bueno,
bueno en absoluto, sin recibir el predicado de aquellos encadenamientos,
introduciría un nuevo elemento del mundo, una nueva dimensión de va¬lores que
romperían la estructura del mundo, tal como el pesimismo radical se la
representa. No debe otro valor que el de placer y dolor, así como sus
condiciones y consecuencias, porque sólo haciendo el cálculo con es¬tos
factores es como es seguro llegar al resultado pe¬simista.
Ahora,
Schopenhauer considera como el hecho funda¬mental de la moral la elevación del
fenómeno de la jus¬ticia. De la misma manera que la justicia reconoce la
iden¬tidad metafísica entre el yo y el tú, respetando los límites naturales
entre ambos y conteniendo la tendencia del yo, a pesar de estos límites, esa
identidad puede obrar en el sentido de destruir ese límite. Schopenhauer cree
poder, caracterizar al hombre noble moralmente, diciendo que es que hace menos
diferencia de lo acostumbrado entre sí mismo y los demás. «Ha penetrado lo
engañoso de la individualidad, sabe — aunque no forma de conceptos y
reflexiones — que el sufrimiento de otro es en último tér¬mino su propio
sufrimiento, y hace cuanto puede para calmarlo, pues todo lo que el hombre en
virtud de su destino puede hacer por otros, y por tanto, en último término por
sí, es calmar sus dolores. La significa¬ción metafísica de toda moral es que la
unidad absoluta, superempírica de todo ser, por tanto también del yo y del tú,
se realice en el fenómeno, lo que sólo puede ocurrir de manera que la
naturaleza propia del fenómeno, la ex¬cisión individual entre los distintos
seres desaparezca. La moral no niega la voluntad, sino sólo aquello que en el
fenómeno contradice la determinación fundamental de esta voluntad: la de ser
unidad. Por eso sería una obje¬ción superficial contra la ética de la identidad
del ser el querer designarla como un egoísmo que ha hecho el rodeo sobre lo
transcendente, y que a la vuelta de éste ya no se reconoce a sí mismo. Si yo entrego
mis fuerzas, mi bienestar, mi patrimonio por otro, tan sólo porque en el fondo
este otro soy yo mismo, ¿dónde está, podría preguntarse, la diferencia frente a
toda otra conducta egoísta, que hace necesaria una cierta medida de
sacrifi¬cio, de entregarse a lo que no es el yo, sin perder por eso nada de su
egoísmo, para el cual todo esto no es más que un medio? La fórmula más decidida
de la inmo¬ralidad, el emplear a los otros tan sólo como medios, no podría
realizarse de ningún modo más radicalmente que sobre la base de que todo
aquello que yo haga por el bien del otro ha de redundar en beneficio de mí
mismo, y lo exclusivo de este carácter de medio atribuido al tú aparece aquí
con más decisión para el yo que en cual¬quier otra relación entre ambos, porque
con ella no hay posibilidad de considerar el tú como fin último, sino que
inevitablemente toda acción dirigida hacia él se refleja a través de la raíz
común de ambos, de la unidad metafísi¬ca en el yo. Como he indicado, esta
indicación superfi-cial la considero como equivocada. Pues aquella unidad
absoluta del ser suprime, es cierto, el tú en su existencia peculiar, pero
suprime también el yo. El sentido de la teoría de Schopenhauer no es el de que
como yo al dañar al tú me dañaría a mí mismo, al favorecerle a él me favo¬rezco
a mí también, sino el de que la acción altruista suprime en absoluto la
diferencia entre el yo y el tú, y viene en provecho del ser absoluto entero,
impersonal, que queda indeferenciado entre ambos. Cuando Schopenhauer declara
como la fórmula más general de la moral: No hagas daño a nadie, sino ayuda a
cada cual en la medida de tus fuerzas, enseña en apariencia el moralismo banal
de los buenos hombres prestos a prestar auxilio a los demás. Pero en realidad,
con su fórmula no hace más que describir el aspecto práctico-exterior de la
conducta moral. En lo hondo y en lo esencial, lo que im¬porta no es esta acción
entre el yo y el tú, que presupone la separación de ambos, sino que se exprese
su no sepa¬ración, y que la acción de este modo suprima su propio supuesto. Al
referirse ¡a significación propia de la ética de la identidad de Schopenhauer a
otra instancia comple-tamente distinta que la de la moral empírica de las
buenas gentes, se refiere al motivo, ya varias veces indicado, que penetra su
ética toda y que puede ser así: Sé aquello que eres. Parece que es uno de los
más típicos sentimientos o representaciones de la humanidad el de que todo
aquello debemos ser lo somos ya en alguna forma, existe en nos¬otros escondido
o sin desarrollar como una realidad, más aún, como nuestra realidad más segura
y propia. Ahora lo que parece contener una contradicción lógica es el que esta
realidad penetre también y domine la parte más su¬perficial de nuestra vida, la
más irreal, por decirlo así, el que hagamos de todo lo exterior casual
expresión de nuestro ser más verdadero, y nos parece contradicción porque nos
manda ser aquello que ya somos en nuestra realidad más real. Pero esta
contradicción no correspon¬de más que a la expresión conceptual de un ideal
plena¬mente unitario e intensamente espiritual. Este es sin duda el caso con la
moral racionalista que pone la esencia del hombre en su razón, y que resume sus
necesidades mo¬rales en la exigencia de que la razón dirija su vida, ha¬ciendo
que desaparezca aquello que el yo no es propia¬mente, los elementos sensibles.
Pero esto ocurre también, aun cuando no aparezca tan claramente, en el esquema
de la moral de Schopenhauer, para el cual la exigencia ética del altruismo, del
amor, de la compasión, de la ayu¬da mutua, no significa otra cosa sino que
aquella unidad, que ya son los individuos, la que constituye su esencia más
honda, se aparece también en las acciones exterio¬res de hombre a hombre, en
las relaciones entre los indi¬viduos que de ningún modo pertenecen a su más
honda realidad. Su moral sigue también aquel ideal formal de que la humanidad
debe devenir lo que ya es. Si esto es exacto, el principio moral de
Schopenhauer tiene una grandeza sobre el que podría engañar lo femeninamente
caritativo, lo pasivo que existe en las acciones que ex¬presan esta moral. El
pensamiento de que el hombre al obrar moralmente expresa, sí, su ser más
profundo y pro¬pio, pero no con esto se ha expresado lo último, sino que este
ser no es último y definitivo hasta que se revela como idéntico con el ser del
todo, con la estructura de la unidad metafísica del mundo, es un pensamiento
su¬blime. Ahora, frente a este dogma metafísico, y en oposi¬ción fundamental a
él, sin posibilidad de reconciliación ni de decisión a izquierda o a derecha,
está el principio contrario de que nuestra conducta exige estar determina¬da
por una individualidad inconfundible, porque ésta es el último elemento del ser
y no hay ninguna unidad total por encima o por debajo de la personal. El sé aquello
que eres no significa, según esta concepción, como en Scho¬penhauer: Sé lo que
también es el otro, sino, por el con¬trario, sé lo que e! otro no puede ser, lo
que tú exclu-sivamente puedes ser, porque la estructura absoluta, real, como
ideal del ser, se basa en la existencia inde¬pendiente de seres individuales,
en que se limitan y oponen unos a otros. Este pensamiento de la individualidad,
que llega hasta el fundamento mismo del mundo y que se revela en la conducta
como su valor moral, es desde el principio inaceptable para Schopenhauer,
porque con el valor definitivo e irreductible de la personalidad como tal
entraría en la representación del mundo un ele¬mento de valor incompatible con
el pesimismo; porque el valor de la personalidad está más allá de aquel cálculo
de proporción entre el dolor y el placer; es más, está por su concepto fuera de
un cálculo dentro de la totalidad de valores de la existencia, y permanece
firme en su signifi¬cación peculiar positiva, aun cuando el mundo se preci¬pite
en un abismo de dolores y negaciones.
Por
tanto, Schopenhauer está por encima de la sos¬pecha de no haber fundado con la
ética de la identidad más que un egoísmo sublimado, puesto que la acción
altruista no vuelve al yo, sino a una instancia más alta que no participa ni
del yo ni del tú en el sentido especial de ambos. Pero precisamente por eso se
produce contra él un reparo más serio desde el punto de vista del senti¬miento
moral. Y esto tanto más cuanto que él rechaza con decisión la pretensión de
fundar una nueva moral, sino que no quiere más que explicar el fundamento y
sentido de las representaciones morales de hecho. Ahora, si no se mira como
hasta aquí desde las acciones en que se manifiesta, al fundamento metafísico de
la moral, sino al contrario, desde este fundamento a las acciones reales, el
altruis¬mo pierde su sentido de la misma manera que antes lo había perdido el
egoísmo. Pues de la misma manera que la significación de lo moral era realizar
en las relaciones de los fenómenos individuales la unidad metafísica de los
seres, a pesar de que esta unidad se niega por la individualización, la
significación de con¬tenido de la moral no puede ser otra que la supresión del
tormento de aquel fundamento absoluto del mundo. Sin duda que el altruismo es
un hecho en el mundo de las manifestaciones individuales. Pero el dolor del
fenó¬meno no sólo es apariencia sino realidad absoluta, porque es expresión de
nuestra vida de voluntad. Por tanto, el aumento del dolor y su aplacamiento va
más allá del punto periférico de la existencia en que está nuestra
per¬sonalidad y penetra en su núcleo, en la cosa en sí, en cuya unidad
coinciden las líneas que vienen de todas las direcciones. Y si esto es así ya
no habrá razón alguna para poner por encima de mi propio bien el bien de otro,
pero tampoco para poner el mío por encima del suyo. Si el placer y el dolor de
la realidad coinciden en un mismo punto, si todos los valores aparecen así
confun¬didos, resultará completamente indiferente el que se llame yo o tú el
lugar en el cual dentro del fenómeno se mani-fiestan las distintas cantidades
del uno y del otro, y a partir del cual adquieren su significación verdadera al
llegar a aquel centro común, pero pierden al propio tiempo su proveniencia. Si
desde el punto de vista de la instancia metafísica decisiva el tú es tan bueno
como el yo, también será el yo tan bueno como el tú, y no habría razón para que
una acción que reportase al sujeto una cierta medida de felicidad hubiese de
ser menos valiosa que la que la proporciona a su prójimo. Este es el
fun¬damento más hondo del principio de Schopenhauer, según el cual la moral
sólo pide que se ame al prójimo «como así mismo», se le coloque prácticamente
como igual a uno mismo. Es más, un sacrificio que exceda del realizado en el
amor de sí mismo le parece un con¬trasentido. Pues esto significaría que
podrían existir cir¬cunstancias en las cuales yo sacrificaría una cantidad
relativamente grande de felicidad, cuando el otro no adquiriría más que una
cantidad relativamente pequeña por ello. Y como con una acción semejante se reduciría
la cantidad total de felicidad que pudiera adquirirse, aquella cantidad total
que recibe la unidad de ser metafí¬sica, prescindiendo de la particular
contribución de cada sujeto, resultaría condenable y desprovista de sentido una
tal acción.
Es
curioso cómo la consecuencia sistemática ha hecho sordo a Schopenhauer contra
la contradicción en que aquí se coloca con la efectividad del sentimiento
moral. Pues si éste es altruista, juzga sin duda que el valor moral de una
acción no termina en la equivalencia entre el propio sacrificio y la ganancia
ajena, sino que antes bien aumenta cuando la proporción entre ambos se altera
en perjuicio del yo. Pero si Schopenhauer hu¬biese admitido esto, habría dejado
entrar un valor subs¬tantivo de la conducta moral, que sería independiente del
cálculo de su significación eudemonista, que es el pesimis¬mo. Aun cuando
Schopenhauer aleja de la moral todo in-terés egoísta de felicidad, la asienta
sobre felicidad y su¬frimiento en general, en al proporción entre ambos, cuyo
portador unitario es el ser supraindividual. Por tanto, desde el momento en que
una acción fuese valiosa moralmente, aun cuando adquiriese, consciente o
incons-cientemente, una felicidad pequeña del tú, a cambio de un sufrimiento
superior del yo, desde ese momento ence¬rraría el mundo una categoría de valor
que no podría enlazarse en la medida que domina en el pesimismo, y que de este
modo haría ilusoria su balanza de los valo¬res del mundo. Quizás puede sacarse
de aquí una conclu¬sión, que exige la mayor reserva, porque puede inducir a los
más peligrosos errores y abusos; Schopenhauer no hubiese acaso forzado aquel
hecho de conciencia relati¬vamente trivial, pero profundamente enraizado
ética¬mente, si subjetivamente hubiese sido una naturaleza ética. Esto no
significa ningún juicio de valor morali¬zante; aun cuando sólo fuera porque
para el desarrollo del espíritu las naturalezas que como la de Schopen¬hauer
están orientadas estético-intelectualmente, tienen tanta importancia como las
naturalezas con tendencias éticas, y también porque no debe tomarse el sillón
de juez frente a oposiciones tan elementales, de las cuales no puede faltar
ninguna sin modificar de un modo incal¬culable la manera de ser de nuestra
especie. Lo contrario de las naturalezas éticas no son las artísticas sino las
estéticas. Nietzsche tenía una naturaleza artística y ética. Schopenhauer
estética e inética. Cuando habla de cono¬cimientos del arte y de la naturaleza
parece que habla de cosas personalmente sentidas, mientras que cuando habla del
ideal moral y de su perfeccionamiento en la autosupresión de la voluntad, más
bien parece sentirse que habla de lo que es su ansia y que no se hace ilusiones
respecto a su realización. Esta debe de ser también la razón por virtud de la
cual le falta una recta medida para los hechos de la ascética y de la negación
de sí mismo, y porque acepta sin crítica hasta sus degenera¬ciones poco puras y
patológicas. Esta es una posición típica frente a esferas de vida, a las cuales
damos un gran valor y por las que sentimos admiración, sin poseer, sin embargo,
un verdadero sentimiento interior para ellas. El que considera como suya una
esfera de la vida, el que de algún modo tiene participación en ella, por mucho
que venere sus manifestaciones más elevadas, ha de conser¬var siempre en sí una
medida para ellas, no perderá fácilmente la facultad crítica, y ante todo
poseerá un gran instinto para lo realmente puro, que le faltará al que viene
desde afuera a este campo. El dualismo que constituye la forma general de
existencia del alma humana y el ritmo en que todas las variedades hacen sonar
sus melodías se expresa, entre otras formas, en una oposición funda¬mental, por
medio de la cual al propio tiempo se inclina el dualismo ante su propia ley: la
excisión entre la uni¬dad y la pluralidad. Esta oposición alienta en los
proble¬mas teóricos en que se trata de reducir elementos a una unidad o una
pluralidad de elementos últimos; vive tam¬bién en lo práctico cuando se
presentan frente a frente el ideal de la fusión, del hacerse uno, y el ideal de
la inde¬pendencia y separación de las personalidades. Y como la ética se
fundamenta metafísicamenle, se combinan en ella de las maneras más distintas
ambas especies de oposición. La exigencia ideal de que los seres deben llegar a
unidad no se detiene ante su diferenciación me¬tafísica y ante la consideración
de que en última instancia sean irreconciliables; antes al contrario, a pesar
de toda la unidad metafísica, puede subsistir el anhelo acaso irrealizable de
que cada hombre sea una totalidad cerra¬da, un microcosmos con su centro en sí
mismo. Como hemos visto, Schopenhauer considera a la moral como la restauración
práctica de la absoluta unidad de la cosa en sí, superando la excisión
provisional en individuos separados. Mas, aun reconociendo la profundidad
meta¬física de este ideal, creo que no llega a la hondura del verdadero
problema metafísico. Pues si no me equivoco por entero, si se toma en toda su
amplitud aquel proble¬ma, la dualidad entre el yo y el tú va mucho más allá en
lo profundo del ser de lo que puede considerar la expli¬cación metafísica de
Schopenhauer. Puede aceptarse acaso que el problema de la moral está en !a
superación de esa dualidad; pero la solución de este problema está no sólo para
el fenómeno, sino también para la última realidad del hombre, en el infinito, y
no puede cortarse para ésta con un salto en una unidad transcendente sin que la
exigencia pierda su seriedad y su significación fundamental para la existencia.
Pero para mí es dema¬siado sencilla la formulación del problema de la
morali¬dad, como la submisión de la dualidad en la unidad; encierra la
multiplicidad de las relaciones que entran en la esfera ética en un esquema que
no puede contener toda su riqueza. Las incontables exigencias morales que el
hombre tiene que cumplir, en su relación con los demás, no quedan descritas en
la forma de que de dos resulte una unidad. No sólo eso, sino que precisamente
en las mayores alturas de la moral la dualidad subsiste; preci¬samente los más
ricos y profundos valores morales se producen en acciones y relaciones, en
sentimientos y sacrificios, bajo el supuesto de la plena autonomía, del valor
individual de las personalidades. Acaso no sea im¬posible ver la unidad y la
variedad como los polos de nuestra conducta moral, y descubrir en toda acción
moral una determinada medida de ambos como su caracterís¬tica. Pero no es que
la acción sea tanto más valiosa cuanto menos dualidad y más unidad se muestre
en ella; precisamente creo que la gran elevación de la moral está en que las
relaciones de los hombres contengan la plena dualidad y al propio tiempo la
plena unidad; el aconte¬cimiento moral entre hombres es precisamente aquel en
que se logra resolver este problema — conceptualmente, aparentemente contradictorio
—; es aquella relación en cuyas formas más altas no es preciso que la dualidad
desaparezca para que se convierta en unidad. No puedo negar que todas las
representaciones schopenhauerianas de la esencia de la moralidad, la unidad del
yo y el tú, la supresión de la diferencia entre sí y el otro, la igualdad entre
el amor al prójimo y el amor a sí mismo, todas ellas son inexactas. Aquella
unidad metafísica que ha de recoger en sí las diferencias de la individuación,
hace estancarse como en una substancia a las relaciones vivas, altamente
variadas de la moralidad, de la misma manera que cuando se declaraban como el
«espíritu de la vida» substancial, unitario, todas las innúmeras funciones y
relaciones mutuas que se dan entre los órganos de un ser viviente. El amor a
otro y el amor a sí mismo no son tan idénticos que sólo varíe en ellos el
sujeto, e interior¬mente sea el mismo estado, sólo que unas veces referido al
yo y otras al tú. Esta representación, que ha venido arrastrándose a través de
los siglos y a la que Scho¬penhauer ha dado una altura metafísica, es una
represen¬tación grosera y una falsedad psicológica. Sólo en un sentido
completamente traslaticio puede considerarse el egoísmo, como si en él nos
distribuyéramos en sujeto y objeto, de tal manera que el sujeto sintiese por sí
mismo como objeto, lo mismo que referido a otro se llama amor. Seguramente, no
sólo el objeto sino el sentimiento son en ambos casos completamente distintos,
y sólo el que el mismo objeto exterior pueda darse al otro o ser conser¬vado
para mí, pueda concedérsele o robársele, es lo que pudo haber dado origen a
esta representación, según la cual interiormente fuese también la misma acción,
que no hiciese más que cambiar el punto de dirección como amor al prójimo o
como amor de sí mismo, de la misma manera que el revólver no hace más que
cambiar la di¬rección según que quiera cometer un asesinato o un sui¬cidio. Las
cuestiones psicológicas sobre hechos senti¬mentales no pueden ser resueltas más
que por la expe¬riencia perso-subjetiva, y así quisiera afirmar que el que
verdaderamente ahonde en el estado psicológico que acompaña a una conducta
egoísta y el que acompaña a un amor que se sacrifica por otro, tiene que sentir
dife¬rencias cualitativas fundamentales entre ambos, una vida totalmente
distinta, dos sentimientos fundamentales que no pueden ser comprendidos bajo un
común denominador. Parece que no vale la pena de hacer estas críticas, puesto
que en sí es completamente indiferente el que Schopenhauer se haya equivocado
acá o allá, y puesto que frente al que da, lo importante es lo que de él puede
aceptarse y no lo que hay que rechazar. Pero lo que po-sitivamente enseñan
estos errores de Schopenhauer, por¬que es lo típico para el pensamiento humano,
es el que todos ellos convergen en un punto. En el esfuerzo para reducir todos
los movimientos de la existencia a dos co-rrientes, la del valor positivo y la
del valor negativo, las cuales se reúnen en un sólo punto, a consecuencia de la
fundamentación metafísica del mundo, y en que por no haber ninguna diferencia
cualitativa entre ellas, por no ser incomparables sus dimensiones de valor,
tenga que producir aquel resultado unitario que fundamenta el pesi¬mismo. Por
eso había que llevar tan abajo la esencia del altruismo, que llegase a perder
su sentido específico y a no tener más valor que como factor en el resultado
eudemonístico general que podía alcanzarse también por el egoísmo, una vez
desaparecida la distinción entre el yo y el tú; por eso la acción moral no
podía exigir sacrifi¬cios mayores que la felicidad producida en el otro, pues
de lo contrario adquiriría un valor fuera de aquel cálculo cuantitativo; por
eso la moral sólo podría consistir en la supresión de toda diferenciación
personal, en la fusión del yo con el tú, porque si la substantividad de ambos
fuese condición indeclinable del valor moral, quedaría amenazada aquella unidad
total metafísica en que el ha¬cer moral hace correr su significación de valor
para ayu¬dar a formar la balanza absoluta del mundo. Esta reducción de todos los
valores personales a la instancia metafísica que fundamentalmente no conoce más
que placer y dolor, y de hecho sólo dolor, culmina propiamente en esta
afirmación: Todo amor es compasión. Puesto que la substancia de la vida de los
seres es el dolor, los actos del amor no pueden ser otra cosa que la mitigación
de los dolores de los otros. De este modo el conocimiento del dolor ajeno, que
en virtud de la identi¬dad del ser sentimos como igual al nuestro, es el motivo
de todos los sacrificios, el motivo para el cual el amor no es más que un
nombre peculiar. Se ve aquí claramente cómo han sido forzados los hechos
lógicos y psicológi¬cos, por la tendencia a la reducción a la unidad de dolor
individual. Pues si el amor no fuera más que compasión ¿cómo lo diferenciaríamos
de aquella compasión a la que no calificamos de amor? Y quizás adquiriese un
sentido más profundo el principio de Schopenhauer si se le invir¬tiese
diciendo, toda compasión es amor; si así fuera, se explicaría el misterio del
amor en un sentido no muy dis¬tinto del cristiano, incluso en la relación con
los enemi¬gos, con los indiferentes, con los despreciados, mostrán¬dose así
como posible elemento de unidad de todas las relaciones humanas, ya que de
ninguna de éstas está excluida la compasión; sólo que Schopenhauer tenía que
rechazar esto, porque con ello se crearía un valor no reducible a su
explicación del mundo. Y, por tanto, queda en pie la cuestión de cómo él puede
separar al amor que es compasión de la compasión que no es amor. Por consiguiente,
al lado del amor que es compasión entra como específicamente distinto el amor
como amor, y nada más como un último elemento del mundo y del valor. Y al no
querer admitir esto Schopenhauer, por las razones ya indicadas, profesa un
error que yo creo ver en todas las representaciones corrientes del amor.
Cuan¬do el amor es correspondido, y parece llegar así a la perfección a que
según su esencia y sentido está des¬tinado, el lenguaje usual lo llama «feliz»;
con esto se expresa que el amor, según su directiva interior, está des¬tinado a
terminar en un sentimiento de felicidad; sólo cuando, por decirlo así, ha
devenido felicidad ha realizado su idea, mientras que cuando la falta de
correspondencia trunca su desarrollo, cuando no puede desarrollar todas sus
posibilidades se le considera como «desgraciado». Pero con esto me parece que
queda destruida la propia significación del amor, incluso como un fenómeno
inte¬rior, en beneficio de una manifestación secundaria. En la serie de los
acontecimientos de la vida interior el amor se presenta como una cosa valiosa
en sí, como un gran acontecimiento, y el que llegue o no a su perfección plena
no depende en modo alguno de que sea feliz o desgra-ciado, sino de la propia
constitución del sujeto, que le da la suprema medida, a veces en uno de estos
casos, a ve¬ces en el otro. El doble sentido de la felicidad coloca al amor en
una dependencia completamente equivocada de su reflejo eudemonista, y el amor
aparece en su propia significación y desarrollo como rudimento, como algo que
no alcanza toda su significación sin llegar a ser feliz. Que el valor que el
amor posee para el alma y que ayuda a conseguir al alma sea determinado por el
eco que encuentra y por los reflejos sobre el mismo, y que vaya acompañado de
distintas sensaciones eudemonistas es indudable; pero por encima de todo esto
su valor sub¬siste como algo único e independiente, como una función de la vida
que le da a ésta una nueva e incomparable significación, y que puede unirse en
todas las combinacio¬nes posibles con la felicidad y la desgracia, sin perder
por tales combinaciones la substantividad de su significación. Por diferentes
que sean la confusión de la conciencia popular que hemos criticado y la teoría
del amor de Schopenhauer, coinciden, sin embargo, en un punto esen¬cial en el
desconocimiento del valor propio, no reductible a otra cosa más general del
amor entre los demás valores de la vida, desconocimiento que en la conciencia
popular se da en una medida relativa y sin claridad, y que Scho¬penhauer realiza
absolutamente y con completa claridad. En el amor con su personalidad plena y
substantiva, y con su valor que está más allá de felicidad o desgracia, era
donde estaba el último peligro para la reducción de todos los valores de la
vida a una instancia absolutamente uni¬taria en la que se hiciese el cálculo,
basándole en factores meramente eudemonistas. Por eso buscó en la teoría de la
compasión el medio genial para que el amor recibiese su razón de ser de la
oposición de los individuos, hacién¬dolo consistir en la supresión de esta
oposición y para que el punto de esta fusión estuviese en el sufrimiento, en el
cual se reúnen todos los valores de la vida para poder ser comparados entre sí
de un modo puramente cuantita¬tivo. El amor no debía tener raíz substantiva,
como tam¬poco el goce artístico, como tampoco las relaciones mo¬rales entre los
hombres.
En
todas estas esferas, Schopenhauer ha sabido esco¬ger el único camino por el
cual podía hallar una unidad para los más heterogéneos valores de la vida, que
en realidad existen cada uno por sí. El camino era elevar a la categoría de
substancia lo negativo que hay en ellos, la supresión de la voluntad, de la
existencia personal, del dolor. Esto se da con una gran frecuencia en las cosas
humanas. Personalidades movidas por las más encontra¬das tendencias llegan
únicamente a entenderse para una acción común en virtud de una enemistad común,
del interés de ambas en la destrucción de algo; tan pronto como se trata de
construir positivamente, vuelven a diverger irreconciliablemente las
direcciones prácticas. A menudo ocurre que en grandes votaciones sólo se llega
al resul¬tado de rechazar las proposiciones presentadas, mientras que es muy
difícil reunir a los votantes en una opinión afirmativa común. En el antiguo
Egipto hay un curioso ejemplo de esto. Cuando en un período determinado se
trató de !a unión religiosa de los distritos que hasta en¬tonces habían sido
independientes, resultó que en uno de los distritos estaba prohibido comer una
especie de ani¬males, en el segundo otra especie, en el tercero una ter-cera,
etc. Y para reunir todos estos usos en uno general, no hubo otro recurso que el
de prohibir comer carne en absoluto. Sólo era posible unir todas estas
costumbres religiosas en su aspecto negativo,
con lo que positiva¬mente permitían
no hubiera sido posible construir una unidad. Toda la teoría de los valores
de Schopenhauer y su fundamentación ética sigue este procedimiento. Era preciso
reunir en un punto de vista todos los valores para que coincidiesen y se
pudiesen comparar entre sí como el juicio del pesimismo supone. Era preciso que
desapa¬reciese lo positivo y con ello lo específico e incomparable del goce
estético, de la moralidad, del amor, de nuestra actividad espiritual entera,
que no es para Schopenhauer más que «un aburrimiento constantemente combatido»;
era preciso que todo ello desapareciese en el fin de supri¬mir el sufrimiento,
para devenir así con esta homogeneidad factores de un cálculo único de los
valores de la vida. Ahora es digno de notarse, y el comprenderlo así lleva a
los últimos fundamentos del sentimiento ético de Scho¬penhauer, el que en él
todos estos valores morales, que descienden hasta el fundamento del mundo, no
se apare¬cen en la forma del deber. Y esto no sólo en el sentido de que niegue
al filósofo moral el derecho a predicar moral, porque no tiene que mandar sino
solamente que conocer, sino que aun la pura vida moral niega que salga de un
deber, de la conciencia de un imperativo que nos obligue. No hay más «deber»
que el que está determinado por re¬compensa y pena, ni más «obligación» que la
que se ha tomado como el reverso de un derecho, es decir, la que al adquirirse
asegura una ventaja. El deber separado de todo «fin», el deber categórico
válido por sí mismo, tal como Kant le enseñaba, es una construcción conceptual
nunca realizada y en realidad contradictoria. Ya he indicado más arriba, y esto
será más claro después de lo dicho, que el rechazar un deber ideal de una
validez absoluta depen¬de de la concepción pesimista; pues si existiese un
deber en el sentido de Kant, un deber que debe ser cumplido por ser deber y no por
otra cosa, este cumplimiento será un valor de la vida que no podría incluirse
en la balanza de los dolores y alegrías. El valor de una acción que no se
ejecuta en vista de un fin, sino por razón de un deber, es tan absoluto como el
imperativo mismo a que obedece y no necesita ser legitimado por ningún punto de
vista superior. Schopenhauer no puede reconocer este valor que destrozaría la
unidad de su concepción del mundo. Mas la significación de esta negación del
punto de vista kantiano no se agota en aquel motivo que no representa más que
un interés particular, por decirlo así, de la filo¬sofía pesimista. En realidad
se trata aquí de las oposicio¬nes últimas y más hondas que pueden darse en la
con¬cepción del mundo ético. Trataré de mostrar ahora cómo en la aparente
superficialidad del concepto del deber de Schopenhauer, que le hace agotarse en
fines de vida em¬pírico, se expresa un sentimiento y una concepción de la vida
interior que forma, juntamente con el de Kant, las dos grandes posibilidades de
la comprensión ética de nuestro yo.
Las
concepciones que aquí están frente a frente son: de una parte la de que nuestra
conducta es la expresión de un ser fundamental e inmutable, y de otra parte la
de que nosotros, como portadores de los valores prácticos, poseemos el poder de
realizar acciones no determinadas por la unidad inmutable de un ser y que
pueden confor¬marse a la exigencia moral. Esta oposición no es exactamente
equivalente a la oposición entre libertad y determinación. Esta última
alternativa se interesa tan sólo por la posibilidad de cómo se puede llegar a
una de aquellas determinaciones. Estas son las que expresan el juicio
definitivo sobre la estructura más interior de nuestro ser; en ellas se
formulan los sentimientos irreductibles con que acompañamos en nosotros las
decisiones de las úl¬timas instancias. La cuestión de si esto se compagina con
la causalidad de la naturaleza o la contradice es aquí secundario, pues pone
aquella contradicción en re¬lación con exigencias de un campo completamente
dis¬tinto, y el que esta relación se establezca seguramente o con dificultad,
no puede alterar por de pronto aquella de¬cisión que sencillamente fija
conceptualmente un hecho de la vida interior.
Por
que el ser del individuo es su voluntad, es por lo que Schopenhauer está
íntimamente convencido de que la cualidad moral del individuo es la misma
siempre, es una cualidad innata de que es una esencia inmutable a la que por
ser su ser no puede escapar el individuo. Nuestro hacer está determinado en
este modo de ser y con él, y no es más que el medio por el cual poco a poco
llegamos a conocernos nosotros mismos. Las distintas acciones no se deciden
cada vez de nuevo y según ellas mismas no es, como pretenden las construcciones
kan¬tianas, que la voluntad entre en cada caso con una deci¬sión exclusiva para
aquel momento y nacida en él, sino que porque somos como somos es por lo que la
decisión tiene que ser así necesariamente. Con esto queda negada la exigencia
del deber y su incondicionalidad. Pues sáquese ésta de la profundidad que se
quiera de la razón y de la conciencia del que obra, siempre resultará que es
una cosa exterior a la voluntad que ha de tomar la resolución definitiva,
aparecerá frente a ella siempre con un: Quieras o no quieras será así. Y esto
carece de sentido cuando la cualidad de la voluntad a la que se refiere el
deber está de antemano fijada de un modo inmutable. La frase fichtiana: «El que
diga no puedo es que no quiere», expresa la flexibilidad inagotable del alma,
que puede satisfacer todas las exigencias morales, sean las que sean, y por esa
razón es el correlativo del imperativo categórico del deber que, salido del
mundo de los valo¬res, rige en la realidad, obedézcale ésta o no, porque es su
propia última instancia y saca de sí mima su legitima¬ción y no de la realidad.
Con esto se suprimen todos los obstáculos que, nacidos del ser individual
originario del alma, pudieran oponerse al cumplimiento de la ley; pero al mismo
tiempo se crea una dificultad que para los con¬ceptos resulta muy difícil de
superar. Pues aquel deber autónomo antepuesto a nuestra voluntad ha tenido que
ser ya querido de alguna manera por nosotros, porque si no flotaría en el aire
sin ningún punto de apoyo en nuestro interior; para que pueda ser una norma de
nuestra voluntad es preciso que nosotros lo queramos. Cuando Kant asigna a
nuestra «razón pura» el papel de presentar a nuestra «voluntad» este imperativo
nacido en el mundo del ideal, no resuelve en realidad el problema, no hace más
que darle una formulación. Confieso que no conozco ninguna explicación plástica
bastante clara de este pro¬ceso espiritual en el cual sentimos que todas
nuestras fa¬cultades volitivas se rebelan contra un deber que, sin embargo, tiene
que ser al mismo tiempo de alguna ma¬nera un querer, puesto que al cabo, y sin
que aquellas resistencias disminuyan, terminamos por seguirle. Qui¬zás nos
hallamos ante uno de esos procesos fundamen¬tales que no podemos comprender en
su unidad, sino que no podemos más que describirlos por un círculo entre dos
elementos. El querer se dirige según el deber, pero el deber tiene que ser a su
vez un querer. O quizás en estas representaciones del deber y en su
significación, que unas veces es completamente insignificante para nuestras
acciones y otras veces lo arrolla todo, esté la¬tente una forma de la energía
espiritual, cuya naturaleza especial no coincide con la de la llamada voluntad.
Cuando
en sentido religioso se dice: Señor, hágase tu voluntad y no la mía, se dice
algo que psicológica¬mente es sin duda una contradicción. Pues lo que yo quiero que acontezca eso es
precisamente mi voluntad, y yo no puedo querer que acontezca aquello que no
quie¬ro. Y, sin embargo, con ello se expresa una realidad psicológica
interiormente verdadera y completamente in¬dudable para el sentimiento, a pesar
de que no sea posi-ble encajarla en nuestros conceptos psicológicos. La
exi¬gencia ideal hecha a la voluntad de no ser ella misma dentro de su
volición, de devenir una realidad que no sea su realidad propia, sino de un
deber cuyos conteni¬dos colocan su dignidad más allá del querer o no querer.
Para Schopenhauer esa dificultad no existe, porque se¬gún su punto de vista no
pueden existir los imperativos opuestos a la voluntad que constituyen un mundo
de valores independientes de ella. La voluntad es absoluta¬mente única y
unitaria, es el ser que en el desarrollo de su peculiar cualidad lleva la vida
del individuo con todos sus valores y negaciones de valores. Por eso, para él,
el remordimiento no es otra cosa sino la conciencia de no haber obrado en
consonancia con su propio ser y voluntad. Cuando una pasión ciega de tal manera
al en¬tendimiento, que no le deja ver en toda su importancia las razones en
contra de la acción por él aconsejada, y luego, una vez el hecho consumado,
estos motivos apa¬recen en toda su claridad y significación, entonces vemos que
no hemos hecho lo que según nuestros motivos de voluntad principales y más
duraderos hubiéramos debido hacer, y en esto consiste el remordimiento. Quizás en ninguna parle
aparece tan clara como aquí la divergen¬cia entre ambas direcciones éticas.
Cuando fuera de la voluntad existe un deber objetivo, el remordimiento
sig¬nificará precisamente que la voluntad se ha seguido a sí misma en lugar de
haber seguido al deber. Interprétese como quiera psicológicamente, según este
punto de vista el remordimiento castiga a aquella voluntad que sólo se sigue a
sí misma, castiga su falta de flexibilidad frente a la norma objetiva que
aparece frente a ella en un distinto plano ideal. El remordimiento es para este
punto de vis¬ta el sentimiento que acompaña a un cambio en la direc¬ción de la
voluntad, la negación del hecho por ella reali¬zado y la afirmación de la norma
distinta de ella. Scho¬penhauer no puede admitir un cambio semejante de la
voluntad. La voluntad es siempre lo que era; lo único que cambia es el
intelecto, que forma equivocaciones de momento por nuestra verdadera intención,
y al reconocer la verdadera tendencia de nuestra voluntad siente dolorosamente
este apartamiento de lo que era la propia subs¬tancia de nuestra voluntad.
Ambas explicaciones se con¬forman igualmente a los hechos. Pues lo que parece
es que explica mejor la de Schopenhauer el que el hombre malo se arrepienta de
haber obrado bien y altruístamente, porque reconoce más tarde que no ha obrado
conforme a su propia naturaleza, esto se comprende también con la otra
explicación. Para un hombre semejante lo negativo moral, el imperativo de la
inmoralidad es una norma obje¬tiva, un deber que, unas veces cumplido otras
incumpli¬do, se halla frente al querer, lo mismo que está la moral frente a los
hombres buenos. Hay que guardarse de identificar esta categoría del deber que
vale por sí mismo, en su peculiar alejamiento y cercanía a nuestra voluntad,
con un contenido determinado cualquiera. Quizás este contenido sea distinto
para cada hombre, aun dentro de la moralidad normal. Para el hombre que por su
idea, por su propia naturaleza, está indicado al mal y a la corrupción, la
forma del deber se llena con un contenido cuya falta puede llenarle del mismo
remordimiento que cuando en la concepción schopenhaueriana la falta no es la de
la norma que está fuera de la voluntad, sino la de la propia e individual
dirección de la voluntad.
Por
lo demás, hay una serie de hechos y efectos mo¬rales que parecen encontrar su
interpretación más pro¬funda en la afirmación de Schopenhauer, según la cual la
instancia decisiva de nuestra moralidad y el punto al que propiamente la
responsabilidad se encamina está en nuestro ser, pero no en la acción
particular, que no es más que la manifestación en nosotros de aquel ser, de la
voluntad metafísica. Al lado de las representaciones superficiales conque
acostumbramos a explicar nuestro sentimiento de responsabilidad, me parece la
explicación de Schopenhauer enormemente profunda. Los reproches de la
conciencia se refieren inmediatamente a lo que hemos hecho, pero en el fondo a
lo que somos. Y realmente lo terrible en los reproches de la conciencia, el que
todo lo malo y lo bajo que hayamos realizado nos parezca como algo
absolutamente imperdonable, algo que acaso se pueda olvidar, pero cuyo terrible
efecto nunca se extin¬gue para nosotros, esto no depende del acto mismo, de
aquel acto concreto de voluntad, de la situación en que nos encontrábamos en el
momento de obrar, sino que depende de que nosotros somos el que hace aquello,
de que nuestro ser es lo que corresponde a este acto, que nuestro ser es la
capacidad para realizarlo. Lo que ense–a la moral trivial, de que en la moral
no importa el hecho sino la intención que está detrás de él, alcanza toda la
profundidad y amplitud posibles desde el momento en que la voluntad no es el
impulso individual desarrollado por un movimiento determinado, sino el ser fundamental
del hombre que no conoce ni tiempo ni modificación. Comparado con esto aquella
explicación popular de la responsabilidad moral, no parece ser más que el
primer paso provisional más allá de la calificación jurídica, a la que sólo el
hecho exterior le importa. Mas con aquella explicación no se ha llegado sino al
moralismo, a la ins¬tancia de los diferentes actos aislados de voluntad que
para las necesidades de la práctica diaria es suficiente. En cambio, ahora se
ha alcanzado la última estación en aquel camino que iba separándose de los
meramente ex¬terior, más allá de lo moral en sentido estricto, la esta¬ción
metafísica. El hombre entero, es decir, su ser absoluto, no susceptible de
cambiar, es el portador; la propia realidad de todo lo bueno y de todo lo malo
y la responsabilidad por ello.
Quizás
sea la fidelidad el ejemplo más claro de una valoración moral que va más allá
de las voliciones par¬ticulares. El ser fiel a alguien interiormente no puede
al¬canzarse, o, a lo sumo, puede alcanzarse parcial e indi¬rectamente por una
voluntad consciente. Al seguir des¬arrollándose, con frecuencia desaparecen los
supuestos, bajo los cuales se había establecido la relación entre las dos
personas, y una se hace infiel con la misma necesi¬dad con que se marchitan las
hojas cuando el verano su¬cede al otoño. Y, sin embargo, la infidelidad se
siente como un defecto moral, y el conservarse fiel como un valor moral. En
este sentido se es moral cuando se es de tal calidad que aquella mutación no se
produce, cuan¬do el sentimiento permanece siendo el mismo, a pesar de que no
está en nuestro poder. Este ser es nuestra volun¬tad más profunda y fundamental
que decide sobre aque¬llo a que no alcanzan sus distintas manifestaciones
cons¬cientes, y sobre lo cual pesa la responsabilidad, aunque para aquéllas no
haya ninguna.
Por
último, me parece que existe aún un sentido más difícil de ver en la profunda
significación del pensamien¬to schopenhaueriano del ser responsable. Cuando
somos conscientes de nuestra inmoralidad, ocurre a veces que no es nuestro
sentir la causa de esta inmoralidad, sino que en ocasiones es la consecuencia
del hecho correspon¬diente. El acto, en cuanto podemos seguirlo en su
gene¬ración psicológica, se realiza con frecuencia en un esta¬do de
inconsciencia, en un momento de debilidad, por una seducción, por obra de la
presión mecánica de las circunstancias, en una palabra, en un especie de
semi-culpa. Pero el acto realizado
desmoraliza al hombre, produce después
el ánimo inmoral correspondiente. Mu¬chas veces ocurre que estamos
desmoralizados porque nos sentimos culpables, en vez de sentirnos culpables
porque estemos desmoralizados. Particularmente nos ha¬cemos malos sin darnos
cuenta de ello, cuando se reúnen muchas faltas pequeñas; al arrojar entonces
una mirada al conjunto de nuestro pasado moral, nos sentimos mucho más caídos
que lo que la conciencia del momento aquel aislado nos diría. Y el que podamos
hacernos malos de esta manera, sin que nos penetre la voluntad de serlo,
engendra en nosotros un profundo desmayo, nos parece que no podremos impedir la
caída.
Lo
que ocurre en las tragedias morales de esta índole no es quizás otra cosa que
lo que piensa Schopenhauer, que nuestras acciones que en apariencia salen de
impul¬sos de voluntad distintos cada vez, en realidad sólo son el medio de que
nos conozcamos a nosotros mismos. Todas aquellas acciones provienen de que
seamos de tal manera; el verlas unidas con multitud de circunstancias
exteriores las hace presentar muy distintos aspectos, hasta que una visión de
conjunto nos revela de pronto lo que en ellas hay de común, lo cual depende de
nosotros mismos, de nuestro propio ser, como su punto de arran¬que. Mientras
demos una gran importancia al acaso del momento, a que las circunstancias
exteriores e interiores nos sean favorables o desfavorables, nos creeremos en
situación de nuevas voliciones distintas, de cambios ra¬dicales en nuestra
conducta. Pero desde el momento en que reconocemos que todo este mundo de
casualidades aparentes está penetrado de una unidad estable, nos ve¬mos
encadenados a una inmutabilidad de nuestro ser, y a consecuencia de ello
nuestra conciencia se percata de que estamos colocados en un punto de la escala
moral más arriba del cual no nos es dado llegar. De las accio¬nes aisladas en
las cuales no se distingue el efecto del impulso de voluntad y el de las
influencias exteriores, no nos sentimos más que hasta cierto punto
responsables; pero este ser decisivo e inimitable, éste no podemos re-chazarlo,
tenemos que responder de lo que somos y no de sus manifestaciones particulares.
Se
podrá hacer comprender ahora claramente cómo se compagina esta «libertad» con
la determinación de nuestras acciones aisladas que Schopenhauer había aceptado
sobre la base del supuesto kantiano. Cada una de nuestras acciones que se dan
en el reino de los fenó¬menos y que se manifiestan en sus formas del espacio,
del tiempo y de la causalidad, está determinada con arreglo a leyes naturales,
exactamente lo mismo que puede estarlo la forma de una onda o de una llama.
Pero el que exista en absoluto un ser fundamental, que se ma¬nifiesta y, por
decirlo así, se individualiza en aquellas formas de representación, se da de un
modo absoluto que no puede explicarse por las conexiones del reino de la
empiria y de la causalidad. El ser en este sentido es «libre», porque no tiene
nada fuera de sí por lo cual pu¬diera ser determinado, y porque está colocado
más allá de aquellas relaciones causales que rigen sus manifesta¬ciones
particulares; no es el fenómeno para el cual estas leyes y relaciones rigen, es
el fundamento o supuesto del fenómeno. Una vez que el ser se ha dado en una de
sus manifestaciones, quedan necesariamente determi¬nadas todas las demás, pero
no era necesario que el ser existiese; el que no existiese no contradeciría
ninguna ley, ninguna necesidad del pensamiento. Y esto puede aplicarse sin duda
también al ser de nosotros mismos.
La
voluntad fundamental que es nuestro ser no necesita¬ba ser, no necesitaba,
según su cualidad originaria, ser como es, porque existe antes de toda
determinación cau¬sal, cuyo antes, naturalmente, no es el antes en el tiempo,
sino el de la interior significación y el del sentido metafísico. Sería una
falta de la filosofía moral, dice Schopenhauer, considerar a nuestro ser como
!o irremediablemente dado, como lo existente de antemano, y luego considerar
las acciones particulares en el sentido
de que seamos responsables por cada una de ellas como si hubiera podido ser de
otro modo. Al contrario, esto es lo que está irremediablemente determinado, y
en cambio el ser no necesitaba ser ni necesitaba ser así, lo cual se expresa en
el hecho de que es voluntad. Esta relación, que en sí es un misterio, podemos
expresarla con palabras sólo aproximadas, diciendo que manifestamos nuestro ser
por un acto fuera de tiempo, que somos este acto de volun¬tad metafísico y que
nuestro ser tiene que desarrollarse conforme a él y sin libertad de elección. La libertad, y con ella
la responsabilidad, ha pasado del hacer al ser, porque sólo éste corresponde, o
mejor dicho, coincide con la voluntad que se crea a sí misma. Esta es la
moti¬vación de aquella profunda nota de Schopenhauer, según la cual el dolor
que se produce en la conciencia después de una mala acción, no se refieren al
acto en su determi¬nación individual, sino a la cualidad general de nuestro ser
que conocemos por medio de aquella acción. El que seamos tales que podamos
producir un acto semejante en virtud de nuestra cualidad originaria, este es el
gran tor¬mento, el cual es tanto más terrible cuanto que sentimos esa cualidad,
de una parte como libre, como nuestro que¬rer así originario, y de otra como
absolutamente inmuta¬ble e irremediable.
La acción aislada podríamos mejo¬rarla por un cambio de nuestra
conducta, podríamos repararla y el
remordimiento imborrable sobre ella no sería comprensible. Pero nuestro ser es
algo firme, está fuera del tiempo, a él se refiere la responsabilidad, en él
sentimos el mal que a nosotros en nosotros se revela, que sale de lo más íntimo
de nuestro ser, que no puede ser remediado por ningún remordimiento ni
modificado por ninguna volición, y que, sin embargo, es la raíz de todo remordimiento
y de toda volición.
Con
todo esto descubre Schopenhauer quizás la más trágica de las situaciones
éticas. La plena responsabili¬dad por un ser principial que no puede
rectificarse, y cuya «libertad», al mismo tiempo que fundamentaba su
respon¬sabilidad, establecía su irremediabilidad. Toda modifica¬ción aparente
de nuestra cualidad moral es para Scho¬penhauer, o una mera modificación de las
circunstancias exteriores que hacen que aquel ser permanente, o dicho en una
forma más popular, innato, tome distintas mani¬festaciones, o en la
modificación del conocimiento que va poco a poco y con vacilaciones nuestra
verdadera esencia. Pero en este punto culminante de su explicación ética se
aparece de nuevo toda su profunda repugnancia contra cualquier pensamiento
evolutivo. La absoluta es-tabilidad de nuestro carácter tal como es en sí,
sobre cuya atemporalidad, y por tanto inmutabilidad, se dan todas las
variaciones de nuestra apariencia fenomenal, refleja inmediatamente la peculiar
inmovilidad de la natu-raleza — desde la terminación de su obra capital a los,
treinta años no puede verse ninguna evolución propia¬mente dicha de su espíritu
— que altera la concepción originaria de su pensamiento tratando las materias
más distintas. En realidad creo que la unión entre libertad y necesidad, tomada
de Kant — aquélla nos corresponde como cosa en sí, ésta como fenómeno sujeto al
tiempo y a la causalidad —, no nos arroja de la inmutabilidad ab¬soluta de una
voluntad expresada de una vez para siem-pre en actos colocados fuera del
tiempo. Schopenhauer declara que es imposible que un hombre obre ahora así y
luego de otra manera, porque las condiciones exteriores obran con arreglo a
leyes naturales inmutables, y la modificación tendría que salir de la voluntad
metafísica, la cual no puede cambiarse porque no está sujeta al tiempo. Pero
pudiera preguntarse: ¿Por qué no ha de ser posi¬ble que este ser último esté
sujeto a un cambio en su direc¬ción? ¿Por qué no ha de llevar dentro de sí un
ser de otra manera que en su manifestación temporal se aparecería como una
transformación, como un cambio, como un sí o un no? Schopenhauer identifica con
perfecta identidad el principio de que el carácter es innato con el principio
de que el carácter es invariable. Sin duda que esta modi-ficación no puede
verificarse en el tiempo, pues el tiempo no es más que una forma de concepción
que ordena los fenómenos, pero que para nada se refiere a la cosa en sí. Pero
podría pensarse muy bien que este ser en sí, este ser fundamental que determina
según su naturaleza el fenómeno (pues otro carácter metafísico produciría
tam¬bién un fenómeno empírico distinto), posee una cualidad que a nosotros se
nos revela como una modificación plena de nuestro ser producida en el tiempo.
Sin duda que no podríamos describir la estructura de una cualidad semejante,
pero también la unidad y la inmutabilidad son meras expresiones simbólicas para
el secreto y lo inefa¬ble de lo absoluto que está en el fondo del juego de
nuestra naturaleza empírica, de modo que el enigma que trajese consigo aquella
modificación y evolución trans¬cendente de nuestro ser no sería mayor que el
que en estos conceptos se encierra.
No
se trata con eso de una posibilidad conceptual es¬peculativa, sino de la
oposición entre sentimientos defini¬tivos y explicaciones últimas de la vida
inferior. Scho¬penhauer comparte el prejuicio muy extendido de que lo
transcendente que se funda puramente en sí mismo, tiene que ser en sí mismo
simple e inmutable, como si ésta fue¬se la única constitución de la existencia
fundamental pri¬maria, mientras que toda evolución necesitaría, por decirlo
así, un empuje, una motivación y destino que fuera más allá de lo evidente sin
más. Pero este dogma quizás no haya nacido más que de la observación
superficial de la práctica humana; el hombre, efectivamente, parece que sólo
cambia y se desarrolla por impulsos de afuera, por motivos que están más allá
de su actual situación. Pero si nos elevamos por encima de esta costumbre de
pensa¬miento, encontraremos que frente a lo inimitable y fuera de tiempo está
con el mismo derecho la otra interpreta-ción de nuestro ser. La de que la
evolución, el devenir de otro modo sea el último sentido interior de este ser,
la forma de su substancia metafísica, sin temer que por eso se degrade lo que
en nosotros es libre, en una suje¬ción al tiempo. Pues de esto nos libra una
analogía: Cuando de dos premisas sale una conclusión, se verifica una
evolución, un pasar de la una a la otra que no es, sin embargo, temporal. El
que la conclusión exista mien¬tras subsistan las premisas es una verdad
colocada fuera del tiempo. Si realizamos psicológicamente un proceso semejante,
van sin duda las premisas delante y la con¬clusión detrás. Pero lo que pensamos
con este proceso temporal, la verdad de que en él nos hacemos conscien¬tes está
mas allá de esa sucesión, es una evolución de un contenido según su sentido
puro, la unidad de un pensa¬miento, una verdad que consiste precisamente en que
sus elementos estén ordenados de esta manera. Ahora, de un modo análogo —
frente a este problema no pueden em¬plearse más que expresiones simbólicas —,
podría pen¬sarse que lo más hondo en nosotros en vez de ser per¬manente de un
modo inmutable tuviese su esencia en la evolución, en el cambio y en la
modificación en sí mis¬mas. Y como lo último que en nosotros existe es libre —
porque no tiene nada tras sí por lo que pudiera ser determinado —, la libertad
no significaría entonces, como para Schopenhauer, la decisión irremediable
fundada en la cualidad de la voluntad, sino que viviría en las modificaciones,
en el elevarse y descender de la vida interior. Sin duda en estas oposiciones
metafísicas se ve una vez más el sentimiento pesimista frente al de la
posibilidad de la salvación en el progreso, y en lo inesperado que diri¬ge al
fondo más íntimo de nuestro ser en el sentido opuesto a la dirección de su
pasado; siendo una explica¬ción tan natural y necesaria como la otra. En
cambio, la explicación schopenhaueriana del problema moral funda¬mental supone
que la conducta de los hombres es inva¬riable, variable sólo en cuanto a las
circunstancias y opi¬niones, pero encadenada a un ser inmutable, el cual, sin
embargo, es en sí libre, independientemente de la conducta con la cual se
manifiesta; y esta libertad, que no significa más que la liberación de la
influencia de la causalidad que rige el mundo de los fenómenos, recibe una
significación positiva por el hecho de que aquel ser es voluntad. Los distintos
contenidos de la voluntad engendran el encade¬namiento de los fenómenos; pero
el que en e! conjunto de la vida queramos como queremos, ésta es la cualidad
mística de la libertad. Y como la vida es continuamente voluntad y no otra
cosa, por eso es este conjunto de la vida, en su sentido más profundo, un
problema moral. Ahora, que con esto se entiende el problema moral en un sentido
más amplio del que hasta aquí se le ha dado. La obra de la voluntad por medio
de la cual se redimía de la fatalidad de su ser dado con el hecho del mundo,
estaba hasta aquí entre el yo y el tú. Aniquilaba — aun cuando sólo en una
medida relativa, la única posible — la contradicción a que la voluntad se
condena a sí misma por su excisión en las manifestaciones individuales. Pero
este es un procedimiento sintomático, por decirlo así, aunque sólo sea porque,
como hemos indicado más arri¬ba, nunca podremos superar de hecho las formas de
la concreción con que nuestra conciencia trabaja. Por tanto, por este camino no
podía alcanzarse la salvación com-pleta. Por él podía a lo sumo repararse una
de las más terribles contradicciones en que se coloca la voluntad al expresarse
en el mundo de las manifestaciones concre¬tas; pero la raíz de la cual nacen
estas contradicciones y por la que crecen constantemente queda viva. Por eso
Schopenhauer dice que no avalora las virtudes morales «como el último fin, sino
como un escalón hacia él». Por tanto, como último fin no queda otra cosa sino
el aniquilamiento de la voluntad. Para Kant podía la moral constituir el
estadio supremo, porque reconocía una nor¬ma suprema colocada por encima de la
voluntad, que le presta un valor absoluto. Pero para Schopenhauer, que no cree
en la existencia de norma alguna y para quien todo es voluntad, la virtud moral
no puede contener un valor definitivo, a pesar de que es siempre un acto
po¬sitivo de voluntad y precisamente por eso. Si toda la realidad es voluntad y
toda voluntad significa culpa y sufrimiento, si se rechaza la existencia de normas
supre-mas, no queda más que un camino de salvación, pro¬cediendo con plena
consecuencia lógica, y éste es la su¬presión de la voluntad. Si se prosigue el
camino empren¬dido por el altruismo moral, la supresión de las barreras que
separan al yo del tú, al final se encontrará la unidad del yo con la existencia
entera, el sentimiento de que en verdad no somos individuos sino la voluntad
del mundo entero e indivisible y que, por tanto, todo el dolor del mundo, todas
las contradicciones y contrasentidos están reunidos en este yo voluntad.
Naturalmente no es nece¬sario que esto se exprese en conceptos conscientes,
sino que es una situación del ser que la conciencia reflexiva no hace más que
expresar en estos conceptos. Pudiera decirse: El alma de que se trata se
comporta de tal modo, tiene las mismas cualidades que si estuviera determinada
por este conocimiento. Pero esta determinación no puede tener más resultado que
el que en el alma se produzca un pleno desvío de la voluntad. ¿Pues para qué
habría de atenerse a ella si no le proporciona más que el tormento, la terrible
falta de objetivo y la desilusión de la existencia? El poder instintivo que la
voluntad tiene en nosotros está roto desde el momento en que sabemos, no con el
entendimiento, sino con todo nuestro ser, que no puede ser satisfecha, que su
sentido es la falta de sentido. La voluntad de aquel que ha comprendido esto no
puede ya ser conmovida por nada. Los fenómenos del mundo ya no son fenómenos
para él, devienen aquietan¬tes, la voluntad muere en sí misma, suprime en un
pro¬ceso que no puede realizar sin duda una vida empírica, el fenómeno de su
existencia, al suprimir su fundamento. En qué sentido se ha de entender esto se
aclara con¬siderando que Schopenhauer presenta al suicidio como todo lo contrario
a esta salvación, a este auto supresión de la voluntad. El suicida no niega la
voluntad de vivir, quiere la vida, sólo que no la quiere en las circunstancias
en que se le ofrece. El que ha renunciado verdaderamente a la voluntad soporta
todos los sufrimientos, porque en sí mismo ya no hay nada que se presente
frente a ellos, porque ellos son el camino deseado para libertarse cada vez más
profunda y convencidamente en lo íntimo de su ser de la voluntad, y
precisamente lo que le horrorizan son los goces y las esperanzas, porque traen
consigo el peligro de que se renueve la unión con la vida. Por el contrario, el
suicida quisiera con gusto vivir si tuviese más que gozar y menos que sufrir;
precisamente porque no puede cesar de querer, cesa de vivir. Por eso el suicida
no adquiere redención ninguna. Pues la voluntad metafí¬sica que en él alienta
no ha muerto, sino que adquiere una violencia extrema tanta, que por sentirse
impedida por el sufrimiento destruye su propia manifestación, de la misma
manera que dirigida hacia afuera destroza la manifestación de otro. La voluntad
tiene que aniquilarse a sí misma y no su manifestación individual; si no — así
expresa Schopenhauer este acontecimiento místico — sigue existiendo sin trabas
la cosa en sí, y con ella todo el dolor de la existencia, que era precisamente
de lo que el suicida quería huir. Sin duda, esta construcción no conseguirá
encontrar una prueba. Sin más, se admitirá que quien desprecia verdaderamente
la vida no tiene razón alguna para quitársela, y quien lo hace no lo hace por
odio a la vida sino por amor desgraciado a ella. Pero, al mismo tiempo,
Schopenhauer tiene que conceder que quien destruye su vida empírica individual
destruye tam¬bién la posibilidad de sentir el dolor. Pues sólo allí donde la voluntad
posee el órgano de un cerebro sensitivo, se manifiesta su ser en la forma de
tormento. Claro es que la supresión de la voluntad en general acaba con la
posi¬bilidad del dolor; pero no necesita de esto cuando la destrucción de la
manifestación concreta corta, sin dejar resto, su realidad. Más que en otras
cuestiones de valores prácticos, insiste aquí Schopenhauer en que los
argumen¬tos de la moral burguesa y teológica contra el suicida son
insuficientes, porque sólo se le puede condenar en vista de que no consigue
metafísicamente su fin. Aun cuando salte a la vista la parcialidad de su
argumenta¬ción en que se calla el hecho de que la cura que hace el suicidio del
dolor de la vida, por ser radical produce los mismos efectos que la muerte
interior de la voluntad; a pesar de eso, al distinguir el suicidio de la
verdadera ne¬gación de la voluntad y degradarlo frente a ella, ha dado una
fórmula a un profundo sentimiento de valoración. El que, como el asceta, ha
superado la vida porque ni en conjunto ni en detalle quiere saber más de ella,
no nece¬sita aniquilarla violentamente, por lo mismo que para é es ya la nada.
Ahora que esto sólo puede aplicarse cuando se trata de la última significación
de la vida; otra cosa ocurre con la vida considerada como una serie de hechos
empíricos, la cual está también sujeta a la muerte. En esta esfera puede
justificar e! suicidio un padecimiento físico incurable o la pérdida de todas
las posibilidades de llenar la existencia con una actividad adecuada; aquí la
cuestión es una cuestión de cálculo entre determinados valores de la vida, lo
mismo que cuando se trata de la amputación de un miembro. Así, por paradójico
que esto pueda parecer el suicidio, puede resultar más bien como justificado en
los casos no muy importantes, para el
acabamiento profundo y total de la vida no es adecuado; para ésta vale la
creencia de Schopenhauer — que como ocurre tantas veces con tanta profundidad
afirma y tan mal demuestra —, de que el aniquilamiento exterior de la vida
sería una expresión totalmente inadecuada y completamente opuesta a la
liberación interior de la vida.
Ahora,
el que Shopenhauer no se arredrase ante los vacíos y violencias de la
demostración, depende de que su obstinación en no ver en la vida más que una
balanza entre valores de placer y de sufrimiento, tan fatal para él, pero unida
inseparablemente a su sistema de pensa¬mientos, le obligaba a demostrar algo
mucho más super¬ficial de lo que él mismo pensaba. Su explicación, de la
salvación de la voluntad por renuncia a todo querer y desvío de él, depende de
que la participación absoluta, supraindividual en los dolores de la realidad,
provoca en el sujeto un horror de este mundo, un desvío hacia toda existencia,
o lo que es lo mismo, hacia la realidad que procura al dolor la realidad y a la
realidad el dolor. Ahora que, para poder condenar el suicidio con esta
fundamentación de la negación de la voluntad, tenía que prescindir del hecho de
que el suicidio suprime el único instrumento en que el dolor como tal se
produce, el organismo individual, sin que una vez suprimido haya posibilidad de
volver al estado anterior ni haya, por tanto, posibilidad de dolor. Pero en
realidad, de la misma ma-nera que el goce estético y el valor moral tienen en
él verdadero pensamiento e instinto de Schopenhauer un arraigo mucho más hondo
y verdadero de lo que podía expresarlo con su valoración dogmática, según
placer y dolor, también aquí piensa algo más profundo de lo que parece expresado con arreglo a aquella
fórmula dogmá¬tica. El desvío de la vida, la renuncia ascética a todo) deseo en
las que ve Schopenhauer la perfección y santidad supremas del alma, es algo muy
amplio y muy fundamental para que pueda ser motivado exclusivamente por el
dolor, aun cuando fuese el dolor de la unidad metafísica del mundo reflejado en
el alma individual. En la vida de los santos ascetas de todas las religiones en
que Schopenhauer ve la realización de su ideal, pocas veces aparece un motivo
semejante de negación de voluntad. Y aun cuando Schopenhauer nota con gran
agudeza, con extraordinaria razón, que no deben tomar¬se por los motivos
verdaderos y decisivos, los motivos superticiosos, infantiles y fantásticos que
los ascetas mismos se figuran, no atendiendo más que a lo que pasa en la
superficie de su conciencia, sin embargo, no debe abusarse de esta discrepancia
entre el ser de estas almas y la representación que ellas puedan hacerse de los
mo¬tivos de este ser, para introducir una interpretación arbi¬traria de estos
motivos; la fecunda idea de Schopen-hauer, de que los verdaderos motivos de los
hombres no se corresponden necesariamente con la conciencia que de ellos se
tiene, ha conducido a incontables arbitrarieda¬des psicológicas para las cuales
él mismo ha dado aquí el modelo. No tenemos derecho alguno a aplicarles a los
santos ascéticos aquella especial fundamentación eudemonista de sus desvíos por
la vida. En ellos se realiza algo más general, un fenómeno elemental que la
metafí¬sica de la voluntad puede expresar de un modo incom¬parable si se
liberta de su unión con el pesimismo. De la misma manera que carece de motivos
el aumento de la voluntad de vivir, carece de ellos su disminución; de la misma
manera que no puede motivarse el que en general se dirija a fines — puesto que
lo que necesita motivación es el paso de unos fines concretos a otros —,
tampoco puede señalarse determinadamente la razón por la cual la voluntad se
dirige contra sí misma. Para el contem¬plador que está más allá de pesimismo y
optimismo, ambas direcciones constituyen un espectáculo igualmente maravilloso;
así el encanto de un surtidor no sólo está en los hilos de agua ascendientes y
en su fuerza vence¬dora de mil obstáculos invisibles, sino también en los hilos
descendientes que desarrollan al bajar la misma energía. Pues este apagamiento
de la voluntad en la resignación ascética nada tiene que ver con flaqueza de
voluntad; los débiles de voluntad no carecen de objeti¬vos, al contrario,
suelen desear muchos y aun desearlos con desesperada violencia; lo que les
falta es la concen¬tración en un fin determinado, su voluntad se disemina sin
encontrar la forma de la eficacia. En cambio, en la voluntad del asceta se da
la suma suprema concentración y energía eficaz, porque no se dirige a objetos
exteriores colocados en la periferia del yo, sino se toma a sí misma como
objeto; ya no vence al mundo, sino que se vence a sí misma. Por eso suelen ser
los hombres de vida más apasionada y más poderosa los que buscan la santidad.
La fuerza de la voluntad, que de otro modo al tener que salir de sí misma se
emplea intranquila, posesionándose ahora de esto luego de aquello, ahora está
cerrada en sí misma, la voluntad ya no muere en las cosas a las que no ha
podido domeñar sino en sí propia. El valor de la santa pureza y perfección de
la vida que esta vuelta en sí mismo determina es incalculable, y Schopenhauer,
que sabe mejor que nadie la hondura de este valor, empeque–ece su pensamiento
al querer deducirlo del dolor y de su supresión. Aquí se traía meramente de una
concep¬ción absolutamente metafísica de la vida, cuyo valor se mide, no por sus
resultados sino en sí misma, y que sólo puede compararse a la otra concepción
opuesta: el apoderamiento del mundo por la voluntad de vivir, que
enér¬gicamente se afirma.
La
metafísica de la voluntad expresa con una admirable amplitud y profundidad la
significación interior de la renunciación de! mundo, al hacer que el mundo de
los fenómenos salga de la voluntad. Pues con esto se explica, desde los últimos
fundamentos metafísicos, cómo para el santo desaparece el mundo, cómo se la
transforma en un sueño sin substancia ni realidad. Lo que suele decirse como
mero símbolo, que el mundo no existe para el santo, para el
penitente, adquiere con esto verdad inme¬diata. Al superar su voluntad ha
superado también el mundo, que no es
otra cosa que el producto y reflejo de esta voluntad, el lugar creado por ella para albergar sus
representaciones, cuando deseaba extenderse hacia afuera. La voluntad que se
afirma a sí misma tiene el mundo; la que se niega deja de poseerlo, porque ya no lo necesita y porque su deseo es
quien lo ha creado. La vida se ha perfeccionado a sí misma por encima de lo
meramente moral y por encima de todas las cues¬tiones de dolor y placer,
sin dejar tras sí restos del mundo; la
voluntad al libertarse de sí misma ha preci¬pitado en la nada todo lo que
estaba fuera de ella, puesto que ahora deja de ser creado, penetrado,
conservado por ella. Schopenhauer ha plasmado para todos los tiempos el estado
del santo en el que la voluntad se ha aniquilado así misma y al mundo,
por tanto, en palabras como sólo
podría hallarlas el irredento después de la rendición: «Contempla tranquilo y
sonriente las imágenes en¬gañosas
de este mundo,
que un tiempo tenían fuerza para
mover y apesadumbrar su ánimo; pero que ahora están ante sus ojos tan indiferentes como figuras de ajedrez
extendidas por el tablero después de terminada la partida, o como a la mañana
los disfraces de carna¬val que a la noche nos excitaban e inquietaban. La vida
y sus imágenes flotan ante él como una aparición pasa¬jera, como siluetas de un
dulce ensueño de madrugada a través del que ya penetra la realidad y que no
puede engañar.»
VII - LOS VALORES HUMANOS Y
LA DECADENCIA.
La
elevación histórica de la intensidad de la vida como valor definitivo. - Su
des¬trucción por cristianismo y democracia.— Coincidencia de hecho con ideales cristianos.
— Distinción entre los conceptos de humanidad y sociedad y la relación de ambas
con la individualidad. — La distancia natural como condi¬ción de la evolución
de la humanidad. — La sensibilidad psicológica para la distinción y la ética de
Maeterlinck. — La medida del valor de una época según su medio y según sus
puntos más elevados. — El sentido del inmoralismo.
Así
como Schopenahuer no conoce más que un valor, no vivir, Nietzsche tampoco
conoce más que uno, vivir. Mientras que para aquél todos los valores que suelen
re¬conocerse como substantivos, belleza y santidad, profundizamiento metafísico
y moral, no son más que me¬dios encaminados al fin último de la negación de la
vida, para Nietzsche estos y todos los demás bienes y perfec¬ciones no son más
que medios para la afirmación e intensificación de la vida. Con el valor
definitivo de la nega¬ción de la vida, ha encontrado Schopenhauer el medio de
dar a los movimientos de la vida una unidad ideal que, sin embargo, no es un
fin último — pues el fin de la vida no puede ser no vivir; este sentido es un
sentido que vie¬ne de afuera, que es completamente extraño al sentido teológico
— , y el medio de suprimir con el fin absoluto los relativos tal como aparecen
en la idea de la evolución. De este modo se invierte el sentido de la vida, y
sólo re¬cibe significación en la dirección que la lleva al aniquila¬miento, y
así se. explica perfectamente la aversión de Schopenhauer por la «historia».
Verdad es que él trata de justificarla de otro modo. Todas las ciencias, y
parti-cularmente la filosofía, sólo tienen que ver, según él, con lo general y
no sujeto al tiempo; y la historia no es un asunto digno del espíritu, porque
sólo se ocupa de lo que no ha ocurrido más que una vez, de lo individual y
casual. Pero esto no es más que la construcción lógica de aquella aversión
contra la historia, que arranca de más hondo. Allí donde la sucesión de los
hechos excluye principialmente todo desarrollo de valor, los hechos no pue-den
concatenarse en lo que llamamos historia. Pues, por lejos que se esté de
aquellas especulaciones que quieren ver en la historia de la humanidad la
realización de un fin último y de un valor general soberano, siempre resultará
que los diversos estadios de la historia están enlazados de manera que los
objetivos y valores que en uno aparecen en estado rudimentario, como una cosa
que se quiere con¬seguir, en el otro llegan a alcanzar realidad a su senti¬do
pleno. La historia en conjunto acaso no muestre sen¬tido ni progreso, ni
verdadera «evolución; pero si estas categorías no uniesen a los momentos
particulares que se van sucediendo unos a otros, no habría historia algu¬na,
sino solamente un acontecer. Desde el principio indi¬ca la mayor oposición con
Schopenhauer, el que el pensa-miento de Niestzsche esté todo él lleno de
representacio¬nes históricas; los conceptos de valor, cuya ascensión y
decadencia constituye para el sentido del proceso del mundo en cuanto se
refiere al hombre, son de naturaleza específicamente histórica; el ansia de
redención que en Schopenhauer se expresa en un no frente a la vida, se
satisface para él en el desarrollo histórico infinito de nuestra especie. La
distinción schopenhaueriana entre el acontecer casual histórico y la idea
general, con un valor fuera del tiempo, desaparece en Nietzsche, porque para él
los valores formados en la evolución de nuestra espe¬cie, los puntos más
elevados y de concentración de la vida histórica viven en la región de lo
absolutamente vá¬lido, de lo que debe ser en absoluto. Él piensa, aun cuan¬do
no con abstracción lógica, sino, por decirlo así, en aplicaciones concretas,
que todas las cualidades huma¬nas en que la vida se afirma, energía de voluntad
y dis¬tinción, fuerza de pensamiento y dulzura, grandeza de ánimo y belleza,
adquieren su valor en cuanto que con¬tribuyen a impulsar a la humanidad en su
marcha, pero de ninguna manera pueden ser considerados como meros medios.
Realizan, sí, aquel fin general, pero al propio tiempo poseen en sí mismos una
significación substan¬tiva; son valores absolutos, que no toman su cualidad de
valores del fin al que sirven de medios. Pues también aquella cosa más elevada
a la que preparan el terreno, la humanidad elevada un grado más alto, no
consiste en otra cosa que en que esas cualidades aparezcan de una manera más
alta y más intensa. Aun cuando la vida sea un hecho originario, que sólo de una
manera unitaria puede ser «vivida», por otra parte, si se la mira como
manifestación histórica, no es más que el nombre abstrac¬to, la unidad en que
se condensan aquellas energías y cualidades valiosas. El que éstas existan es
lo que cons¬tituye precisamente la vida; ellas son al mismo tiempo los
portadores de la energía vital creciente, y todo aquello que llamamos pequeño y
cobarde, estúpido y feo, es al mismo tiempo un menos de la vida y una
disminución de su porvenir. Y como para la plenitud de la vida no hay límite
alguno, esas cualidades son al propio tiempo en cada momento estación de
término, y al mismo tiempo estación de tránsito de la realización de nuestros
valores. Formulada así, la teoría de Nietzsche es la más pura ex¬presión del
pensamiento de la evolución, que encaja en
sí
misma el valor absoluto, en vez de dejarlo al final, esto es, fuera del proceso
mismo. Los estadios particulares del proceso vital histórico en que éste se
eleva y se con¬densa pueden, a pesar de su relatividad, de su carácter de
grados de una evolución, ser de un valor absoluto, que no necesita legitimarse
en otras formas; frente al hombre futuro, frente al superhombre, pueden poseer
este valor como ser, como cualidad, porque todo el futuro que se construye
sobre ellas y de ellas, no es más que un aumento de ellas mismas, no una
transformación repen¬tina de la existencia, como enseñaban Kant y la mística,
Schopenhauer y el cristianismo. Y así se desarrolla al infinito el proceso
histórico; así lo absoluto del ser se da en sus grados relativos, puede residir
en sus manifesta¬ciones pasajeras y transitorias. Porque la vida se da en la
forma de lo histórico, esto es, de lo finito, puede ser el valor absoluto, sin
necesidad que el proceso del mundo posea un fin último ni siquiera en la idea.
Esta
representación principal o sentimiento del valor de nuestra existencia que
existía en Nietzsche, idealmente proyectada, se manifestó luego merced a la
situación cul¬tural que encontró ante sí en una determinada dirección que
domina todo su pensamiento. O quizás más exacta¬mente, porque le dominaba el
sentimiento que se expresa en aquella teoría del valor, por eso entendía de la
mane¬ra que sigue el mundo histórico con que se encontró. A lo largo de la
historia — este es su motivo dominante —, y particularmente desde el
cristianismo, la mayoría, que naturalmente se compone de los débiles, los
mediocres, los insignificantes, ha alcanzado el dominio externo e in¬terno
sobre la minoría de los fuertes, de los distinguidos, de los originales. En
parte como causa, como consecuen¬cia y expresión de eso, en parte como causa de
ello, se desplazaron todos los valores morales originales. Como muestra la
historia del lenguaje, primitivamente se tenía por «bueno» el vencer, el
dominar, el desarrollar con éxito sus fuerzas y perfecciones, aunque fuese a
costa de otros; el malo era el vencido, el débil el vulgar. Estos valores han
sido alterados por las tendencias democrático-altruístas, que donde se expresan
con más claridad es en el cristianismo. Desde entonces el bueno era el no
egoísta, el que renunciaba a imponerse, el que quería vivir para otros, para
los débiles, los pobres, los caídos; y éstos, los que sufren, los que carecen,
los que no lo¬gran imponerse, eran los «buenos», los bienaventurados a quienes
quedaba reservado el reino del Señor. La con¬secuencia de esto es que hasta los
fuertes, los destinados por la naturaleza a mandar, los independientes externa
e internamente, no osan desarrollar naturalmente sus cuali¬dades sino sólo con
remordimientos de conciencia, de que sólo se salvan presentándose como
ejecutores de mandatos superiores de las autoridades, del derecho, de la
Constitución o de Dios; así, los que dominan fingen las virtudes de los que
sirven. Este desplazamiento hacia abajo de los intereses morales, esta
transformación de la dignidad moral, según la cual ya no corresponde ésta a la
elevación de la vida, a su plenitud, belleza y originali¬dad, sino al
renunciamiento en favor de los débiles, a la cesión de los más altos en favor
de los más bajos, tiene que producir irremediablemente una humillación del tipo
general humano y conducirlo a la mediocridad. El animal de rebaño hombre se ha
convertido en el vencedor de los más altos ejemplares, haciéndose a sí mismo,
es decir, a la mayoría, a los sometidos y retrasados el contenido del deber de
los mejores. Mientras el sano instinto de vida busca el crecimiento de las
fuerzas y alimenta la volun¬tad de poder, mientras la especie sólo puede
desarrollar¬se obedeciendo a estos impulsos por el desplazamiento hacia abajo,
se han enervado los instintos y fuerzas que empujaban hacia arriba a la
especie. Los conceptos de valor cristiano democrático-altruístas quieren hacer
del fuerte el servidor del débil, del sano el servidor del enfermo, del alto el
servidor del bajo, y en la medida en que esto se logre, los directores
descenderán al nivel de la masa, y toda la aparente moralidad del bien, de la
humi¬llación, de la renunciación, provoca una decadencia cada vez mayor del
tipo humano y de aquellos de sus valores que le impulsan hacia arriba.
El
punto central de esta cadena de pensamientos es el siguiente: El cristianismo
significa la consagración re¬ligiosa de la vida decadente. Hay una frase de San
Fran¬cisco — Nietzsche no la ha conocido sin duda —que pare¬ce contener sin
reserva la confirmación de la santificación que hace el cristianismo de lo que
no tiene valor, la nega¬ción del valor. «¿Quieres saber por qué me siguen los
hombres? Porque así lo han querido los ojos de los más altos. Como entre los
pecadores no han encontrado nin¬guno más pequeño, más incapaz, más pecador que
yo, me han elegido para perfeccionar la obra maravillosa em¬prendida por Dios;
El me ha escogido a mí, porque no podía hallar otro más indigno; porque quería
burlarse de la nobleza, grandeza, fuerza, hermosura y sabiduría del mundo».
Pero en la interpretación del cristianismo de Nietzsche hay una enorme mala
inteligencia que proviene de que la suya no era una naturaleza transcendente,
sino que lo que le interesaba era la vida, la historia y la mo-ral. Por eso le
quedó escondido el que, una gran parte de su valoración y de la cristiana, caen
bajo el mismo con¬cepto superior, cuando para la comparación se toman las
relaciones y creencias transcendentes del cristianismo, y no se limita a ver,
como Nietzsche, meramente su tabla de valores aplicada a lo terrenal. Ante
todo, a lo que am¬bos dan mayor importancia es a las cualidades de ser del
individuo, las cuales hallan para Nietzsche su culmi¬nación o expresión en el
concepto de la vida, y en el cris-tianismo la hallan como elementos de un orden
divino más elevado, dentro del cual poseen, como se ha visto antes en al
concepto de la vida de Nietzshe, la doble cualidad de valores finales y de
miembros de un conjunto superior a ellos. Al explicar Nietzsche el sentimiento
de valor del cristianismo olvida esta exaltación del propio valor del alma. A
Jesús no le importa lo que se da, sino el que da; no aquel por quien se vive,
sino el que vive. Cuando se aconseja al muchacho rico que dé sus bienes a los
pobres, esto, más bien que un consejo para dar li¬mosna, significa un medio y
un signo de perfección y libe¬ración del alma. Se trata aquí de diferencias de
la mayor finura que en la manifestación exterior no se ven, pero que deciden en
absoluto sobre el valor interior de la vida. El que la conducta del alma sea
importante, en cuanto es un hacer dirigido al objeto el que saque su derecho y
su valor de la acción sobre éste, o el que su propia cualidad, que no hace más
que expresarse en el hacer, o que no necesita del hacer más que como medio,
lleve en sí mis¬ma todo derecho y todo valor, esta es la gran alternativa. Y
aquella primera actividad no se piensa tan sólo en el sentido del éxito
exterior; puede ser entendida como mera «buena voluntad», como el impulso del
alma; lo decisivo para este aspecto de la alternativa es que la acción en el
objeto, en el bien del prójimo, en la producción de un va¬lor, es el sentido de
su existencia moral lo que hace su valor, aun cuando este hacer no se vea más
que como un mero proceso del alma. Esta es la valoración de Kant de la
democracia, de la ética social. En cambio, el cristia¬nismo y Nietzsche,
invirtiendo principialmente los valo-res, ponen todo el valor del alma en sus
cualidades pura¬mente interiores, en su ser así, que no se refiere a otra cosa
exterior. Sin duda que en el hacer este ser así se manifiesta de hecho
exteriormente, tiene que hacerlo y debe hacerlo; pero el valor de la conducta
no está en esta dirección centrífuga, aun cuando en ella se pueda ver también
un puro valor moral, sino en la centrípeta, pues¬to que la conducta no es más
que una revelación de aque¬lla cualidad del alma. Ahora, por más que en
Nietzsche y en el cristianismo esta cualidad pueda ser diferente por su
contenido y por sus manifestaciones, la forma de la valoración, la fijación del
punto de valor definitivo es la misma en ambos. Esta valoración la expresa
dentro del cristianismo el calvinismo de un modo curiosamente pa¬radójico.
Todas las almas están destinadas de antemano por decisión divina a la
bienaventuranza o a la condena¬ción, sin que su conducta terrenal pueda ejercer
el más mínimo influjo en este destino. Pero nadie conoce su pre-destinación, ni
existe el menor signo por el que pudiese ser adivinada. El destinado a la
bienaventuranza obra en la tierra moralmente; el hacer del condenado es inmoral
y carece de valor. Estas distintas conductas nada influ¬yen para adquirir con
ellas la suerte futura, la cual está tan fija como las mismas cualidades del
alma. Por tanto, si el hombre obra bien y con virtud, no es porque esto tenga
en sí valor, sino tan sólo porque al hacerlo así po¬see ya un medio de
reconocer su destino religioso. Por extrañamente que aparezca aquí invertida la
relación en¬tre el hacer moral y su valor, deja ver claramente que al cristiano
no le importa la renunciación, la humildad, la devoción como tales, sino
exclusivamente la cualidad de la persona que en sí misma descansa. Nietzsche no
ha visto esto, porque no ha sabido ir por encima de aquellas diferencias de
contenido hasta el último sentido de la va¬loración cristiana. Por lejos que el
altruismo cristiano pueda estar del ideal de fuerza y evolución de Nietzsche,
comparte con él la oposición contra todos los ideales mo¬rales y sociales en
sentido estricto. El valor definitivo no está en la acción altruista como tal.
sino en la santifica¬ción del alma que forma su aspecto interior. Al colocar
Nietzsche el valor de la vida en la cima de lo alcanzable y la determinación de
su cualidad independientemente de toda relación exterior, entra en la categoría
del peligro; cuanto más elevada sea la altura, en la cual sólo tiene valor la
existencia, tanto mayor será el peligro de resbalar antes de llegar a la cima
del vértigo una vez alcanza¬da. Esta forma de peligro que debe tener el valor
de la vida deviene en el síntoma de la falta de valor de todos los ideales
democráticos. Porque la masa quiere vivir bien, quiere seguridad y comodidad.
Pero nadie se hace fuerte si no necesita serlo. El hombre elevado ansia la
lucha; sólo los débiles quieren, por razones fáciles de comprender, «paz en la
tierra». Esto será aplicable a la gran masa filistea, pero no lo es al
cristianismo. Pues éste, con su enorme decisión por la eternidad, ésta más que
otra religión alguna bajó el imperio del peligro. En las religiones clásicas no
se encuentra analogía alguna con esto; y ni siquiera en las religiones indias
con sus renacimientos, puesto que en ellas los resultados de un período de la
existencia podían repararse en el siguien-te. Nietzsche no veía esto, porque
sólo veía el cristianis¬mo en su aspecto terrenal. Aquí sí predicaba paz el
cris¬tianismo, pero no por miedo al peligro, como creía Nietzsche, como una
especie de seguro del pueblo, sino únicamente porque lo terrenal le era
indiferente, y sólo debía adquirir la forma en que menos pudiese estorbar en la
lucha de peligro incalculable por el porvenir eterno. Sólo en virtud de esta
razón negativa buscaba paz y se¬guridad; y así las incitaciones al comunismo
que en él se encuentran no nacen, como el comunismo, por el inte¬rés por la
posesión terrenal, sino al contrario, por indi¬ferencia frente a ella. Aquí es
donde se ve quizás con ma-yor claridad cómo la incapacidad de comprender la
trans¬cendencia del cristianismo que tenía Nietzsche ha con¬seguido hacerle no
reparar en las semejanzas entre su doctrina y la cristiana.
Hay,
sin embargo, en Nietzsche un motivo puramente transcendente, según el cual la
elevación de la propia personalidad, que ordinariamente se verifica en la
relati¬vidad del proceso histórico, pasa a descansar en lo abso-luto. No puede
haber Dios, dice, pues si lo hubiera ¿cómo podría soportar el no ser Dios? Por
fantástico y exage¬rado que esto pueda sonar no hace más que expresar en la
forma del más radical personalismo un sentimiento que tampoco les ha sido
extraño a las corrientes cristianas de la vida interior. En el cristianismo, a
pesar de la distan¬cia que se proclama del hombre frente a Dios y de su
in¬dignidad, alienta el ideal de «igualarse» a El. Y este sen¬timiento se
manifiesta en el ansia que pasa por la mística de todos los tiempos y religiones
de hacerse uno con Dios, o expresado más osadamente, de hacerse Dios. La
escolástica habla de la deificatio; para el maestro Eckart el hombre puede
dejar de ser criatura y devenir Dios, como lo es según su esencia propia y
originaria, o como dice Ángelus Silesius:
Soll
ich mein letztes End und ersten Anfang finden, So muss ich mich in Gott und
Gott in mir ergründen Un werden das, was er.
(Si
he de hallar mi último fin y primer comienzo, tengo que fundarme en Dios y a
Dios en mí y convertirme en lo mismo que El es).
Es
la misma pasión de que también Nietzsche y Spinoza están saturados; no pueden
soportar el no ser Dios. Pero ambos sustentan el supuesto lo mismo que la
mística alemana, de que la individualidad, el ser para sí, la par¬ticularidad
no son compatibles con la universalidad, con lo divino, y en el sentido de
estos dos supuestos concluye Spinoza como la mística y con plena consecuencia;
por tanto, no hay ninguna particularidad, porque efectiva¬mente, si sólo Dios
es, si la individualidad de los seres no es más que una mera negación, una
nada, entonces no es. Lo que parecía separar a estas individualidades, la
determinación limitada, la forma exclusiva del yo que excluye toda otra, no es
realidad alguna, no es ningún ser verdadero, y así nos precipitamos en la
unidad indiferenciada de lo divino. Y si aquí la oposición entre Dios y el yo
desaparece por la supresión del yo, Nietzsche consigue el mismo resultado con
la negación de Dios. La oposición desaparece, sea el que sea el aspecto de ella
que se sacrifique. Por el camino de la mística y de Spi¬noza no se llega
tampoco a una unión entre el yo indivi¬dual y Dios, puesto que ambos aniquilan
la individualidad tan pronto como entra la deificatio. Para ellos, como para
Nietzsche, es tan insostenible el que el individuo no sea Dios, que prefieren
suprimir o al individuo o a Dios, para libertarse del tormento de la separación
de Dios. Sólo Schleiermacher ha superado esta dualidad, porque no admitía aquel
supuesto. Para el de la particularidad y la universalidad divina no se excluyen
y más bien aquella es la forma en que ésta se manifiesta; esto no ha de
en¬tenderse en el sentido de que la universalidad estuviese detrás de la
particularidad y se revelase en ella; la perso¬nalidad, concreción única, es la
forma en que vive el uni¬verso, es su existencia inmediata, no separable de
esta forma. Por eso vive el universo entero, lo divino, en cada individualidad
como tal individualidad. Ahora si la exci¬sión no existe no hay necesidad de
negar uno de los as¬pectos de ella. Pero si se cree en la oposición
irreconci¬liable entre Dios y el individuo, la supresión del individuo de la
mística cristiana y del spinozismo, y la supresión nietzscheana de Dios, son
los distintos caminos que en¬cuentran dos almas distintas para resolver la
misma difi¬cultad. El hombre cuyo sentido de la vida le induce a li¬brarse de
la forma individual, a la unión con el todo por medio de la supresión de la
concreción individual, sacrificará al individuo y conservará a Dios; el hombre
a quien se le presentan todos los ideales en la forma del ser individual
sacrificará a Dios y salvará al indivi¬duo. Tampoco en este punto la opinión de
Nietzsche es tan paradójica como su manera de expresarla. Sólo su motivo
fundamental de la personalidad como el valor supremo de la existencia le lleva
a sacar conclusiones tan distintas de las de aquellos pensadores, en
aparien¬cia mucho menos excéntricos que él, y cuyos supuestos de pensamiento y
sentimiento comparte.
Para
el cristianismo, como para Nietzsche, trátase de encajar la plena personalidad,
que es el absoluto portador de valor en el mundo, en un sentido superior y fin
de la existencia. El cristianismo alcanza esto por la idea del reino de Dios,
al que pertenece el alma acá y allá de la limitación terrenal Nietzsche por la
idea la humanidad, cuya evolución así se
realiza por medio de sus más per¬fectos individuos, es decir, en ellos como
ella. Esto ad¬quiere toda su significación desde el momento en que se presenta
el concepto de humanidad frente al concepto de sociedad. Cuando el hombre
moderno en busca de valo¬res va más allá del individuo, hace alto generalmente
en la sociedad como la última instancia de la formación y prestación de
valores; quizás porque ha devenido el por¬tador del poder material más
considerable y el objeto de intereses éticos, una clase con la cual los
miembros de las capas superiores no están
unidos más que por el hecho de pertenecer a una misma sociedad que ella.
Por lo demás, este concepto es tan poco claro como lo era, v. gr., e! de
«naturaleza que ha tenido el mismo papel en el siglo xviii. Ambos son síntesis
en que corren mezcladas todo género de representaciones sobre realidades
funda-mentales y norma ideales; la representación de Dios era la que hasta entonces había desempeñado
principalmente esta función. Sin duda, todo tiempo necesita un concepto en este
lugar de su sistemática espiritual, un concepto que sea lo bastante elevado y
lo bastante impreciso para servir a todos los intereses y necesidades de
explicación posibles, que posea la mezcla de mística e inmeditividad para que
se encuentren en él los movimientos del sentimiento y del pensamiento y para
que los unos adquieran en los otros un aquietamiento provisional. Durante algún
tiempo estos conceptos son absolutamente dogmáticos, y una crítica de su
dignidad se aparece como herejía aun a los espíritus más libres, pues están tan
íntimamente asociados con las exigencias elementales y duraderas y con los
pensamien¬tos y sentimientos que a ellas van unidos, que el dudar de ellos
parece dudar de las últimas esencialidades e interio¬ridades. En realidad, la
«sociedad» es una de las formas en que vive la humanidad, sus fuerzas, sus
contenidos, sus intereses. Pero también puede considerarse la huma¬nidad en la
forma de la existencia puramente individual, de los contenidos objetivos
individuales, de la existencia puramente natural, en la forma de su relación
con sus fundamentos religiosos o metafísicos. Al llegar a adqui-rir la conciencia
de que la vida era en cada momento tam¬bién una vida social, de que la
contemplación social—es decir, la que busca en la influencia mutua de los
indivi¬duos la determinación de todo lo concreto — podía apli¬carse siempre de
algún modo, se ha caído en la tentación de identificar la forma de la
existencia social con el hecho de la humanidad en general. El punto de vista
social— histórico social, psicológico social, ético social — que es uno de los
muchos posibles y que realmente hace visible una de las mayores energías
formadoras de la humani¬dad, se ha convertido a fines del siglo xix en el punto
de vista por excelencia. El que los límites de la humanidad coincidan, por
decirlo así, espacialmente con los límites de la socialización, ha dado ocasión
a que se les consi¬dere como conceptos paralelos en otras dimensiones, en
cuanto al sentido, a las funciones. Ahora, en cuanto al fundamento en el que
basa Nietzsche su teoría filosófico histórica del valor, puede formularse en su
significación más general diciendo que ha roto la identificación mo¬derna entre
sociedad y humanidad, que ha reconocido como tales en la vida de la humanidad
valores que principialmente y en su significación son independientes de la
formación social de la humanidad, aun cuando natural¬mente no pueden realizarse
más que en una existencia social. El mismo sentimiento es el que Goethe adopta
frente a los problemas éticos capitales. Le interesa exclu-sivamente lo
«general humano»; es preciso fomentar y dar expresión a esta unidad que penetra
todas las oposi¬ciones y limitaciones del mundo de los hombres, de ma¬nera que
para él el problema ético social que se eleva siempre por encima de las
oposiciones entre el yo y los grupos o entre los grupos entre sí, le parece
algo provi¬sional y en realidad indiferente. Por eso no es tan banal como hoy
pudiera parecemos la consideración que frente a los saintsimonistas hace de que
cada cual debía empe¬zar por sí mismo y hacer su propia felicidad, de lo cual
resultaría infaliblemente la felicidad del todo. La concate¬nación en las
variadas formas de la sociedad con sus valores y sus conflictos queda en
segundo término ante los otros dos conceptos fundamentales, la humanidad y el
individuo. Pues a través de toda la historia del espíritu, desde los cínicos y
estoicos hasta Rousseau y el moderno cosmopolitismo, estos dos conceptos
aparecen juntos, como fomentándose recíprocamente, y en este sentido en
oposición común con el término medio de la sociedad. Así, para Nietzsche la
humanidad, para la cual guarda toda su pasión, no vive más que en los
individuos, liberta a los valores e intereses humanos de aquellos límites y
concreciones que les da su unión exclusiva a la existencia en la forma de la
sociedad, con lo cual no ha dado todo su valor a la importancia que la sociedad
tiene aún para la formación de los valores individuales. La humanidad no cuenta
más que con individuos como con sus realida¬des definitivas; por el contrario,
las sociedades son tan independientes y substantivas que, desde el punto de
vista social, podría afirmarse que el individuo no es más que una ficción, como
el átomo. Es muy instructivo el ver por medio de qué síntesis
evolutivo-históricas Nietzsche da a! individuo una significación más amplia,
que va más allá de su puro aislamiento. También para él «el individuo es un
error, no es nada por sí, no es ningún átomo». Pero esto no en el sentido de
que se perdiese en las mutuas relaciones sociales, de que desapareciese en las
funcio¬nes del dar y el recibir dentro de su grupo, sino que «es en toda la
línea hombre». La sociedad como conjunto no puede ser individual, en la
concepción social es algo por sí y el individuo no puede existir más que en
ella. En cambio, la humanidad puede existir en el individuo, de tal modo, que
Nietzsche continúa: «Si él expresa una línea ascendente, la vida del conjunto
da con él un paso más allá». De esta profunda diferencia, en cuanto al sentido
del ser del individuo, deriva otra no menos profunda en cuanto al sentido de su
valor. El concepto social del indi¬viduo suele tender a la equiparación, el uno
como el otro no son más que puntos del tejido social, y como estos puntos nada
son por sí y, por tanto, no pueden fundar ninguna diversidad de las
configuraciones sociales que en ellos se forman, la justicia pide que todas
estas confi¬guraciones sean iguales en lo esencial de su valor. Y de aquí se
sigue además el dominio de los muchos sobre el individuo. Pues si todos son
principalmente iguales, mu¬chos tendrán más valor y más importancia que uno,
los muchos serán «la sociedad», y el fin y lo esencial y el in¬dividuo será en
sí irrelevante, y no podrá existir más que como uno entre muchos y como uno
para muchos; esta oposición no existe para el ideal del concepto de la
huma¬nidad, porque la humanidad no es una forma particular más allá de los
individuos que la integran, sino que cada uno de ellos representa la línea
entera de desarrollo. Esta es la unión entre la curva del valor de la historia
cons-truida por Nietzsche y su representación sobre humani¬dad e individuos. La
humanidad decae tan pronto como la cualidad de los individuos, que es la suya
propia, deja de constituir el interés
central, sino que el interés se
aplica a la conducta ética, social, altruista del individuo con los otros, con
los muchos. Y esto tiene que producirse tan pronto como, en vez de la síntesis
de la huma¬nidad en el concepto del individuo, toma la dirección el concepto de
sociedad, aquella conformación del material humano "que se señorea de los
individuos, los disuelve en si y por la igualdad ideal así conseguida hace a
los muchos contenido del deber de los individuos.
Pero
desde luego que este individualismo de Nietzsche nada tiene que ver con el del
liberalismo. Pues éste es un ideal completamente social, sólo que considera
como técnica de los impulsos finales de la sociedad la libertad del individuo,
la acentuación del interés indivi¬dual. El contenido de las normas es aquí el
individuo como tal, que unido con otros en una mera suma da de sí la sociedad,
su perfección, su fortalecimiento, su feli¬cidad. Pero a Nietzsche no le
importan los individuos en general, que como tales forman los elementos de la
so¬ciedad, sino solamente individuos determinados, a los cuales no son iguales
los demás, o no lo son a priori, como quiere el liberalismo, sino, por el
contrario, a priori desiguales. Nietzsche no loma partido ni por el socialis¬mo
ni por el liberalismo individualista, sino que se coloca más allá de esta
oposición. A él no le interesan ni la so¬ciedad como tal, ni el individuo por
serlo; no quiere acen¬tuar al individuo ni como individuo — acentuando así a
todo individuo — ni como elemento de la sociedad, sino exclusivamente a
aquellos individuos por cuyas cualida¬des el tipo humano adquiere un grado más
elevado del actual.
Pero
con lo dicho hasta aquí no resulta aún claro, porque ha de existir una
oposición de contenido entre ambos ideales, porque no ha de darse en el ideal
altruis¬ta-social la perfección del individuo en el sentido del des¬arrollo de
la humanidad. Esto lo determina otro supuesto de Nietzsche. La convicción de la
natural distancia que media entre unos hombres y otros. Es un hecho dado por la
naturaleza el que entre los individuos existen diferencias que para él hacen
que todos los ideales democráticos y socialistas aparezcan como cosas contra
natura, y que fundamentan un deber diferente entre los individuos así
diferenciados. La posición de Nietzsche es la más radical oposición frente a la
concepción socrática, de que sólo existe una virtud que es lo mismo para todos.
Y la per¬versidad de la evolución social cristiana consiste en que se ha hecho
virtud de todos lo que sólo es virtud de clase, la humildad y la obediencia, el
sacrificio y la renuncia¬ción. El mezclar las exigencias que deben ponerse a
los distintos hombres le repugna tanto como si viese un or¬ganismo compuesto de
miembros que perteneciesen a clases totalmente distintas. Y sin duda que la
experiencia le ha mostrado que a menudo lo que constituye la fuerza de los
débiles es la debilidad de los fuertes. La diferencia entre los hombres no está
sólo en la diferencia entre sus disposiciones y actividades, sino también en el
valor de las mismas; unos tienen cualidades no sólo distintas, sino más
valiosas que otros. Y esta distancia de hecho es lo que da motivo a la mayor
esperanza de la teoría de la evolución. El que la humanidad entera marche al
mismo paso hacia adelante es un pensamiento utópico y sin sen¬tido; una
evolución hacia arriba sólo puede realizarse estando diferenciados en distintos
valores sus individuos, de manera que uno o pocos pueden lo que los demás no
pueden. A partir de este hecho de la distancia, sólo hay dos caminos. El
altruista-democrático niega que esté jus-tificada; existe sin duda, pero no
debe existir; el proble¬ma moral consiste en una nivelación, sea en la forma
grosera de un comunismo mecánico, sea en una forma más fina. A cada cual deben
ofrecérsele las mismas posi-bilidades para la adquisición de los valores de la
vida, que la misma faena reciba el mismo salario, que el trabajo se mida según
su cantidad y no según sus diferencias de cualidad; que las diferencias de
aptitud deben ser equipa¬radas o bien de la previsión de adquisiciones sociales
o bien por el altruismo de las personalidades más preferi¬das. Y esta distancia
entre los individuos es la que da sentido a toda evolución humana, porque el
gran séquito marcha adelante tan despacio, que sólo las avanzadas de la
humanidad, que no se ligan al tiempo general, pue¬den adelantar
considerablemente en su camino y extender más allá las fronteras. Ahora,
inevitablemente, cuanto más enérgicamente y con mayor éxito esto acontezca,
tanto mayor será la diferencia entre los más altos ejemplares y la masa de la
humanidad. Así como para el punto de vis¬ta ético-social todo desarrollo individual
en el que al pro¬pio tiempo no se mire hacia atrás, en que no se recoja a los
que se quedan retrasados, en que la marcha no se adecué a las capacidades de la
mayoría, es un delito la teoría de la evolución; por el contrario, para la cual
los ejemplares más altos de la humanidad señalan el largo de su línea de desarrollo, tiene que tener por un
pecado contra la humanidad todo obstáculo puesto a la elevación de cualidades
individuales, todo retraso en el camino hacia arriba por respeto a los que
se quedan atrás. Para la teoría de la evolución, el hombre de cada estadio
de¬terminado tiene que ser superado en favor de otro más elevado; para la
ético-social, el hombre tiene que
supe¬rarse a sí mismo en favor de los más bajos. El que «el hombre sea
superado» es una de las ansias más profun¬das de la humanidad; allá, en el
fondo de nuestro ser, vive una gran
enemiga contra toda la realidad de nuestra existencia. La lucha contra nosotros
mismos, a la cual nos llaman con más o menos claridad desde esta hondu¬ra, ha
producido un ideal meramente negativo. El hombre ha de superarse a sí mismo,
según este ideal, aniquilan¬do la sensualidad, humillándose ante Dios, anulando
el yo empírico y poniendo en su lugar el yo puro, negando la voluntad de vivir.
Nietzsche es el que primero
intenta esta superación por un empleo de fuerza, que se dirige al hombre
mismo y no a sus más bajos elementos — como tampoco socialmente a los que están
por debajo de él —, sino exclusivamente por una elevación de elementos posi¬tivos
de vida. El hombre debe ser superado; pero no porque sea demasiado, porque se
esconda en algo que deba ser tronchado, sino porque es demasiado poco, por¬que
lo que hay en él de positivo debe ser intensificado de tal manera que se deje a
sí mismo tras de sí. También para Schopenhauer el hombre debe ser superado;
pero en Schopenhauer el hombre es el superado y para Nietzsche el que supera.
Toda
la oposición entre las morales de Nietzsche y Schopenhauer se condensa en el
punto de la compasión, que para Schopenhauer es portadora de la substancia de
toda moralidad, porque es la forma interior inmediata de la solidaridad de
todos los hombres, y en cambio Nietzs¬che la combate del modo más duro por la
misma razón. La ética social, prescindiendo de algunas muy escasas formas suyas
profundizadas, es plenamente eudemonista, nace de la miseria, de la privación,
de la existencia obs¬cura de la gran mayoría de los hombres, es el resultado
práctico del sufrimiento de las masas interiores, y acaso es el sufrimiento
mismo. En cambio, para Nietzsche el sufrimiento, y esto se verá después con más
detalles, no es un elemento ético, como tampoco lo es la felicidad, puesto que
sólo el ser del hombre, y no su reflejo eudemonístico subjetivo, es lo que
posee valor e interés ético; el sufrimiento es, a lo sumo, un medio de
intensificar por reacción, indignación y lucha del ser. Acusa al com¬pasivo que
quisiera suprimir el dolor en su profunda ne¬cesidad interior para el
desarrollo de la humanidad. Pero ante todo odia aquella solidaridad de los
seres en que se produce la compasión, y que con ella hace desaparecer la
substantividad de las personalidades y nivela sus dife¬rencias. Al compasivo le
quita el sufrimiento ajeno lo pro¬piamente personal, lo hace presa fácil para
el que sufre; la compasión es la virtud en que, como la experiencia enseña, se
distinguen las prostitutas; es decir, los seres en que la reserva de la
personalidad más ha cedido a la promiscuidad, a la entrega sin elección. La
compasión hace descender profundamente al hombre, y en la mayo¬ría de los casos
le hace descender a los débiles, a los caídos, a los vencidos. Y mientras que
ésta es precisa¬mente la misión social valiosa en sí misma del hombre
ético-social, para Nietzsche es la más radical negación de la distancia entre
los hombres, en la que vive el ideal de la evolución hacia la fuerza y belleza,
hacia la libertad y el rigor.
Estas
convicciones opuestas no pueden refutarse una a otra, pues cada una de ellas
sólo podría hacerlo ape¬lando a principios axiomáticos, a los cuales no concede
el otro partido fuerza decisiva. La humanidad, la preocu¬pación por los muchos,
el sacrificio en pro de los
des¬graciados no se admiten por Nietzsche como elementos que puedan dar la
última decisión en la valoración de la conducta de los hombres; y que esto es
absolutamente malo y condenable, no exige prueba ninguna para el pun¬to de
vista opuesto; pedir esta prueba sería tanto como exigir que, después de
señalada en un principio la
con¬tradicción lógica, se demandase aún la demostración de que era falso. Y si,
por otra parte, se piensa que la cuali¬dad de un individuo como tal, la altura
que ha alcanzado en un momento determinado el desarrollo de la humani¬dad es
indiferente frente a la miseria de las masas, frente a la falta de desarrollo
del término medio de los hombres, frente a la injusticia en la repartición de
los bienes, cesa¬ría para Nietzsche toda discusión, porque para él, eso que se
niega es el valor absoluto de la existencia. Prueba y contraprueba son sólo
posibles cuando se reconocen ciertas verdades comunes, y ambos partidos admiten
que la conformidad o no conformidad de estas verdades es decisiva. En tal caso,
la discusión es de naturaleza teórico-intelectual y tiene que poder decidirse
principalmente, porque en virtud de axiomas aceptados no puede haber más que
una verdad. Pero entre la teoría social-ética y la de Nietzsche la excisión va
hasta el fondo, falta el últi¬mo principio común, al cual pudiesen ambos
referirse, y por eso en ella no están frente a frente razones ni opinio-nes,
sino hechos, dos maneras de ser humanas que no pueden convencerse lógicamente
sino tan sólo psicoló¬gica o prácticamente. El odio de Nietzsche contra el
cris¬tianismo se dirige principalmente contra la igualdad de los hombres ante
Dios, de la cual es consecuencia la aplicación del interés práctico a los
pobres de espíritu, a los mediocres, a los caídos. El que el alma de un
desdi¬chado cualquiera, o de un imbécil, tenga el mismo valor que el alma de un
Beethoven, este es el punto en que se separan las dos concepciones del mundo. Y
aun cuando ninguno de los dos sistemas de valoración pueda apo¬yarse en una
prueba, se ve claramente cómo aquella igualdad tiene que ir en contra de un
punto de vista evo¬lutivo. Si hay una serie continua que va del animal al
hombre, o si por lo menos la ha habido en algún período de la historia del
mundo, no puede designarse el punto en que comienza el «alma»; y aun cuando
este límite pu¬diera precisarse, no podría precisarse el límite entre el alma
del animal y la del hombre; y aun cuando también sobre éste no hubiese duda,
resultaría que al ser el alma un producto de evolución, este primer momento, en
que el alma del animal se convertía en alma humana, tendría que representar un
estadio mucho más bajo de humani¬dad, sería un alma mucho más cerca de la
animalidad que otras almas producto de un desarrollo posterior. Si para llegar
a la humanidad ha habido una evolución, debe haberla también dentro de la
humanidad. La esen¬cia de la evolución, en contraposición con la fijación
defi¬nitiva de las especies, es que cada ser concreto represen¬ta, por decirlo
así, un grado de la evolución, que lo que se llama especie no es más que una
reunión prácticamente conveniente de seres semejantes, los cuales varían
infini¬tamente entre sí por mezclas y oposiciones, por progre¬sos y retrocesos.
Esta es la razón profunda en virtud de la cual un fanático de la evolución,
como Nietzsche, es individualista, y en virtud de la cual tiene que ser un
ene¬migo irreconciliable de la «igualdad ante Dios», que da la consagración
transcendente a la negación de aquel pensamiento.
Quizás
la igualdad ante Dios es una noble exaltación del hecho del alma en general, al
lado del cual todas las diferencias entre sus contenidos y modificaciones
singu¬lares son tan insignificantes, como para la significación cultural de la
escritura es indiferente el que un escrito de-terminado esté mejor o peor
escrito. De manera que aca¬so se refleja una exaltación del principio del alma
en la idea de que toda alma, como tal, está destinada a la bien¬aventuranza. Y
si las penas del infierno y la gracia pare¬cen limitar y contrapesar esta idea,
también estas ideas se producen sobre la base de una enorme significación del
alma, muestran su acentuación frente a todos los de¬más valores, sólo que con
signo negativo, pero en el fondo es lo mismo, de la misma manera que la cuantía
de una suma es la misma si se la considera como haber o se la considera como
debe. Esta valoración absoluta del alma ha encontrado su más plena expresión
filosófi¬ca en el idealismo de Fichte. Para Fichte no sólo el yo saca de sí el
mundo, que no es otra cosa que su repre¬sentación, sin dejar espacio para una
cosa en sí que no fuera representación, sino que el yo produce el mundo porque
es actividad y la actividad no puede realizarse verdaderamente más que en un
objeto, esto es, en la for¬mación, penetración, superación de un objeto. Sin
duda que el cristianismo habla de la superación del mundo, que realmente se
demanda al tasar de tal modo el alma, sim¬plemente porque es alma. Pero no
puede resolver com-pletamente la cuestión de a qué fin el rodeo por el mundo,
de por qué Dios no ha llamado inmediatamente a las al¬mas a bienaventuranza.
Únicamente cuando, como Fichte, se pone la esencia del alma en !a actividad y
productivi¬dad, se comprende por qué existe un mundo. El alma tiene que producirlo
para tener algo en donde ser y, más exactamente, en donde ocuparse, para
compenetrarse con él, esto es, para poder superarlo. Este absoluto valor del
alma, del cual es consecuencia la igualdad ante Dios — pues en lo absoluto no
hay diferencias —, repugna a la teoría de la evolución que liga estrechamente
al hom¬bre con el resto de la naturaleza en vez de contraponer ambos términos.
Ya de esto sólo deriva una disposición contra la igualdad de las almas, que
hace que se consi¬dere que lo importante no es la igualdad, sino los puntos más
altos en la serie de las almas.
Aquí
está la profunda excisión entre estas dos valora¬ciones opuestas. De un lado se
basa el valor de la huma¬nidad en la igualdad de sus ejemplares — considérese
esta igualdad como una realidad o como un ideal — , mientras que para Nietzsche
está en que existen en la hu¬manidad puntos más elevados, que su distanciación
per¬mite a ciertos individuos desarrollarse por encima del nivel corriente.
Esto último podrá considerarse como una exaltación de la necesidad psicológica
de diferenciación. Nuestra estructura es de tal modo, que las excitaciones que
más nos afectan son aquellas que se diferencian de las que acabamos de
experimentar. Cuando una serie de excitaciones sensuales va despertando en
nosotros sen¬saciones, las sensaciones crecen mucho más lentamente que las
excitaciones; es decir, que para que las sensacio¬nes se dupliquen, las
excitaciones tendrán que crecer en mayor proporción que el doble. Por tanto, no
somos sen¬sibles para la cuantía absoluta de la excitación, sino para la
diferencia entre ésta de ahora y la anterior. Todos los fenómenos que llamamos
embotamiento y que producen, por ejemplo, que en la quietud de la noche
percibamos innumerables ruidos que no llegaban a nosotros durante el día, a
pesar de que también estaban en él, nos indican aquella peculiar disposición
nuestra en virtud de la cual las impresiones no nos afectan en proporción a la
masa absoluta de su masa o contenido, sino según el estado en que nos
encontremos, según el fondo sobre que se dibu¬jen; en una esfera un poco más elevada
se ha hecho hace mucho tiempo fructuosa la observación corriente de que una
adquisición de patrimonio que produce la dicha del pobre, al rico le deja
completamente indiferente. Cuanto más complicado y suprasensible sea el
contenido en cues¬tión, tanto más contribuirá a determinar su efecto y éxito
interior la sensibilidad o embotamiento personal. A medi¬da que el último
crece, aumenta la exigencia que pide un ser siempre distinto para que sea
posible una impresión; y cuenta que el embotamiento no significa un estado
natu¬ral de cultura primitiva — en estos estados se da con frecuencia una
sensibilidad fácilmente afectable —, sino que, por el contrario, es el
resultado de una sensibilidad muy refinada, pero que al refinarse se ha
gastado. La moderna diferenciación de las personalidades y la
indi¬vidualización del hacer y del ser, están en corresponden¬cia mutua con un
crecimiento de la sensibilidad para la diferenciación en relación con las
imágenes de! mundo ambiente. Ahora existen ciertas capas de nuestra cultura en
las que esta individualización ha alcanzado un grado extremo, hasta llegar a
producir un sentimiento de pleno aislamiento, de un vivir para sí, en el que
los unos no entienden el lenguaje de los otros; de este estado, ahora, nacen
dos diversos resultados psicológicos. La sensibi¬lidad para la diferenciación
puede estar de tal modo can¬sada y saciada, lo mismo del propio yo como del
mundo ambiente, que nazca el ansia de una constitución distinta, que demande
una humillación de la individualización exaltada y que ha devenido
insoportable; según esto, la tendencia más o menos seria de los círculos a que
aquí nos referimos hacia el socialismo sería, expresada psico-lógicamente, la
necesidad de calma de la sensibilidad para la diferenciación, el ansia de una
constitución en que el propio sentimiento de la vida y la imagen del mundo de
los hombres no exigiesen una tan grande exal¬tación de la observación de
diferencias. Al contrario; precisamente porque la sensibilidad para la
diferencia¬ción ha adquirido un desarrollo tan grande, necesitamos buscar
excitantes mayores para poder todavía sentir. De este modo la acentuación
nietzscheana de las manifesta¬ciones individuales elevadas de la humanidad, su
de¬manda de distancias cada vez mayores entre ellas, es la expresión de una
sensibilidad embotada en la dirección del individualismo moderno que tiene que
apelar a exci-taciones de una diversidad cada vez mayor si quiere sen¬tir su
propia vida. La oposición radical entre el socialis¬mo y Nietzsche aparece aquí
como la oposición de las contestaciones de dos tipos espirituales opuestos a un
mismo hecho psicológico; del mismo modo — si se nos permite un símil tomado de
tan bajas esferas — que un gusto embotado por exceso de excitantes
gastronómicos, se refugiará, o en una alimentación completamente rústi¬ca, o
buscará refinamientos inauditos que superen a to-dos los hasta entonces
gozados.
Que
aquí se trata de oposiciones entre los, por decir¬lo así, sentimientos formales
de la vida, se verá clara¬mente contemplando como en el caso más original
antí¬poda de Nietzsche, en Maeterlinck la valoración demo¬crática desciende
hasta los elementos del alma individual. Así como para Nietzsche el valor de la
humanidad está en los individuos más elevados, así dentro de la vida
in¬dividual acentúa a menudo el valor de determinados mo¬mentos de gran
intensidad; éstos son también la culmi-nación de la vida, los polos decisivos
en nuestro pender entre el cielo y el infierno en que halla sentido nuestra
existencia. Por el contrario, para Maeterlinck los mayores valores de la vida
viven en la existencia cotidiana y en cada uno de sus momentos, y no necesitan de
lo he¬roico, lo catastrófico, de los hechos excepcionales. Con una
extraordinaria finura nota que precisamente lo des¬acostumbrado y excesivo,
aunque en ello se exprese la grandiosidad de la moral, del temperamento, tiene
siem¬pre algo de casual y exterior; no se verifica nunca sin mezcla de material
del mundo y del destino. El yo ver¬dadero, la totalidad segura del alma, está
en lo durade¬ro, en los miles de elementos de la existencia ininterrum¬pida.
Quisiéramos probar todas las grandes pasiones, las exaltaciones inauditas, los
placeres salvajes; pero su producto no es más que lo que de ellos queda para
las horas tranquilas, innominadas, uniformes, y el que nos hayan abierto los ojos para percibir profundidades y
bellezas que sin aquella interpretación exagerada no hu¬biéramos llegado a
percibir. El hacer descender de esta manera a lo extraordinario, convirtiéndolo
en un medio de espiritualizar lo ordinario, el valorar de esta manera lo
cotidiano, en el cual está toda la interioridad durade¬ra, el hombre es la más
profunda expresión filosófica de la tendencia democrática. Nuestra dicha y
nuestra digni¬dad arraigan en el nivel ordinario y duradero de nuestra vida, en
aquello que es común a todas nuestras acciones y aventuras — del mismo modo que
para el socialismo lo esencial es lo que es común a todos los hombres — , no en
lo extraordinario, sino en lo ordinario; no en lo inverosímil, sino en lo
seguro. Pues en esta esfera es donde
propiamente vive nuestra alma, mientras es inde¬pendiente de todo lo exterior,
de todas las posibilidades del acaso, de todas las excitaciones meramente
momen-táneas. En el esfuerzo
moderno, para comprender la vida
según su valor, por la cual emprendimos esta expo¬sición de Schopenhauer y
Nietzsche, se habla aquí de este adversario de Nietzsche, porque la
democratización de la vida interior — y como su consecuencia y manifestación de
la exterior también — no significa en él la re¬nuncia a aquellas cualidades,
profundizamientos, des¬arrollos que Nietzsche sólo cree posibles por la
diferen¬ciación y distanciación aristocrática de los elementos. Lo que
Maeterlinck representa es lo mismo que ha hecho ver la escultura de obreros de
Meunier: el valor indivi¬dual, aristocrático y estético del individuo, el que,
sin em¬bargo, se expresa como un igual en una multitud. Mae¬terlinck y Meunier
— por lo menos en la intención — han alcanzado por medio de la metafísica y el
arte, lo mismo que en la forma de la práctica socialista sólo es posible por la
renuncia a aquellos valores vitales que para Nietzs¬che dan su significación a
la vida.
Ahora,
la oposición fundamental entre los valores so¬ciales y los humanos, en la forma
que Nietzsche ha dado a estos últimos, puede expresarse de este modo: El valor
de la situación de un grupo de hombres determinado se ha considerado como igual
a la suma de los valores eudemonísticos, culturales, que corresponden en la
convi¬vencia y en la sucesión a cada uno de los seres indivi¬duales; y la
importancia de una forma de existencia, acto o institución, se producía, por
decirlo así, como el resul¬tado de la proporción entre la masa y dimensión
media de los valores que contiene. Mientras que para Nietzsche, la altura del
más alto punto alcanzado en un grupo de hombres, decide sobre el valor general
que representa el grupo entero. No le importa el que miles de hombres po¬sean
una medida media de felicidad, libertad, cultura, sino el que pocos, y en
último caso uno sólo, realicen en sí una medida excesiva de estos valores y
fuerzas, aun cuando para eso aquellos miles tengan que quedar en un estado muy
bajo; esto es para él el sentido, el fin último de la evolución de nuestra
especie. La altura del tipo huma¬no no se determina para él por el término
medio de los individuos, sino por la altura máxima que entre ellos ha alcanzado
la humanidad. Entre estas dos apreciaciones no hay arreglo ni unión posibles,
porque su oposición no se refiere al valor que ésta o la otra realidad pudieran
tener, sino a la medida según la cual han de medirse en general los valores. No
puede decidirse lógicamente la razón o sin razón entre dos maneras de pensar,
una de las cuales saca el valor de un complejo de elementos de la media del
valor de todos los elementos componentes, y para lo otra en el valor más alto
que en él se encuentre independientemente del número de elementos en que se dé.
Tampoco puede conciliárselas, pensando que la estruc¬tura de la sociedad que
tiende a elevar ilimitadamente a los elementos más capaces, eleva también el
nivel medio social, que los valores totales de un grupo, aun desde el punto de
vista de suma, alcanzan el máximun con una diferenciación aristocrática. Este
sería el punto de vista de una aristocracia social, en la que el orden
aristocráti¬co fuese el medio para el bienestar del todo; pero enten¬der así el
principio de Nietzsche sería una equivocación grosera. Pues para él, el que se
llegue al punto de máxi¬ma altura de las cualidades humanas, no es medio para
ningún bien ni progreso, sino que es fin en sí mismo, aun cuando no, como se
tratará más tarde con detalle, mirando a las ventajas egoístas de las personas,
sino porque así se eleva el tipo humano; ahora, que la eleva¬ción de los
valores personales no es un medio para este fomento del tipo humano, de manera
que la elevación de la humanidad, en el sentido de sus valores, fuera algo
distinto de este fomento, sino que con él tan sólo la hu-manidad ha progresado
ya un paso. Por tanto, sobre la base de la aristocracia social no pueden
conciliarse las dos medidas que pueden medir el valor de un complejo de
elementos, la de la suma o el promedio, y la de la altura de los elementos más
elevados.
El
procedimiento que emplea Nietzsche para apreciar los valores humanos es, en
cierto modo, una inversión de la teoría económica de la «utilidad límite». Si
ya existe en el mercado una determinada cantidad de una mer-cancía y está
fijado por la oferta y la demanda un precio para cada una de sus partes, una
cantidad nueva de la misma mercancía que llegue al mercado alcanzará un precio
más pequeño, puesto que la necesidad más ur¬gente está ya remediada por la
primera cantidad. Si el proceso transcurre naturalmente, la primera cantidad
será más cara que la segunda, la segunda más que la tercera, etcétera. Y ahora
se ha observado que el precio de una determinada cantidad de una mercancía
ofrecida toda ella al mismo tiempo no excede al que alcanzaría la úl¬tima parte
de ella, según el principio anterior. Por tanto, puede decirse en general que
la totalidad de una mercan¬cía no excede del precio de la parte más barata de
ella. Tampoco aquí, pues, se determina el valor de un com¬plejo de elementos
por un complejo, sino por un extremo, ahora que el extremo contrario al que
sirve de medida en la valoración nietzscheana, y esto porque en lo econó-mico
el comprador busca que el precio sea bajo, y en los valores humanos se busca la
mayor elevación del valor.
En
las valoraciones sociológicas, religiosas, éticas, se mezclan con frecuencia
las determinaciones por sus extremos y las determinaciones según promedios.
Israel hubo de salvarse por un justo. El prestigio que adquiere una familia u
otro cualquier grupo social por un miembro eminente, existe a menudo
independientemente del valor y de la significación que por lo demás y en
promedio tiene. Por otra parte, la solidaridad que. principalmente en estadios
primitivos de civilización reúne a los tipos más distintos de los grupos sociales
tienen efectos que, principalmente en el aspecto pesimista, van muy lejos. Pena
y venganza hacen responsables solidarios a todos los miembros de una comunidad
por el delito de uno sólo de ellos; en la práctica y en el sentimiento se hace
res-ponsable al todo del delito de uno de sus miembros. . .
con
mayor frecuencia que se aplica al todo una acción buena de un individuo.
Cuando, dentro de lo puramente ético, se presenta el problema de la
significación de los elementos de un individuo para el valor de su totalidad se
resuelve de muy distintas maneras. Hay una manera de sentir que se simboliza
típicamente en la balanza del juicio final, en la que se sopesan nuestras
buenas y ma¬las acciones, decidiendo el predominio de las unas o las otras de
la salvación o condenación. Esta es la máxima de valoración según el
predominio; el todo vale lo que vale la suma de sus elementos: los positivos
como los negativos. Pero también en esta esfera se encuentra el aprecio del
todo determinado por el valor del elemento más alto. Ocurre no pocas veces en
los juicios de los hom¬bres, sobre los hombres que un solo acto muy bueno o muy
malo, determina irremediablemente la representación de la personalidad entera,
y al lado de aquél en nada modifica esta representación el resto de las
acciones malas y buenas. El que un hombre haya realizado esta acción,
completamente buena o completamente mala, es suficiente para colocar su
personalidad todo lo alto o todo lo bajo que aquella acción trae consigo,
aparte de todos los demás factores que pudieran encontrarse en él para determinar
su rango. Y por cierto que esta valora¬ción del todo, en virtud del punto
supremo alcanzado en la escala de valores, no es sólo un tercero quien la hace,
sino que el mismo sujeto adquiere a menudo, como con¬secuencia de lo más bueno
que haya realizado una in¬conmovible seguridad en sí mismo, o como
consecuen¬cia de lo más malo, una incurable desesperación. Claro que estas
valoraciones no están nunca fijadas en princi¬pio; pero las valoraciones que en
la realidad se verifican contienen, puros o mezclados, estos dos criterios: El
de que un todo vale lo que vale la suma de sus elementos, y — esto acaso con
menos frecuencia y menos claramen¬te, pero no por eso menos decisivamente — el
de que vale lo que vale el elemento máximo positivo o negativo de entre todos
los que lo integran.
La
analogía más exacta del criterio de valoración de Nietzsche se halla en la
esfera del arte. El valor de una época de la historia del arte en que aparece
un genio de primer orden, entre un gran número de artistas de poca
significación, está para nosotros por encima del valor de otra época en que «la
capacidad media» es mucho mayor, en que viven un gran número de talentos
«estimables». Y el mismo criterio de valoración se aplica a la produc¬ción de
un artista determinado. La altura que para nos¬otros tienen el Ticiano y
Rubens, Shakespeare y Goethe, Bach y Beethoven, no está determinada por la
altura me¬dia de su obra. Cada uno de ellos ha producido en el transcurso de su
enorme creación una serie de obras in-diferentes y hasta de una mediocridad que
asombra, y si con ellas y las obras maestras construyéramos un resul¬tado
medio, quedaría muy disminuida sin duda la signi¬ficación que para nosotros
tienen. Pero su significación está determinada exclusivamente por sus obras
supremas; cada uno de ellos como conjunto vale para nosotros tanto como vale el
punto o los puntos más elevados de su producción. Y lo mismo ocurre, en último
término, con todas aquellas personalidades cuya significación está en una obra
independiente de su vida subjetiva, en una con¬tribución al espíritu objetivo.
Hay poderes históricos de todas clases que trabajan constantemente en la obra
de sepultar en el olvido lo menos importante de la obra de dichos hombres, y en
medir su significación por lo más óptimo de esta obra, aun cuando por su extensión
sea muy poco. Si he hecho fijar la atención sobre estos cri¬terios de
valoración, ha sido para que se viera claramen¬te que el medir, como lo hace
Nietzsche, el valor de la humanidad en sus más elevados ejemplares no es nada
inaudito como teoría de valor, sino que está dentro de un método que se emplea
con frecuencia, y que lo único que él ha hecho es darle una construcción
fundamental de que carecía, llevándolo a la esfera de la existencia social o
humana.
En
cuanto se ha visto esto, se comprende que Nietzsche tenía que ver las
corrientes democrático-socializantes del siglo xix como el camino hacia la
decadencia de los valores de la humanidad; más aún, como la decadencia en
absoluto. Su fórmula de valoración no es más que la expresión apasionada del
ansia de elevación de la huma¬nidad,
del fanatismo de la altura en la
evolución, que ciega completamente para la significación de la anchura en que
la evolución se verifica. Toda acentuación de esta anchura, de esta base, que
pudiera ser obstáculo al des¬arrollo de una energía individual cualquiera,
tenía que parecerle una traición a la humanidad. La tendencia de la democracia
a disminuir la distancia entre las capas supe-riores y las inferiores de la
humanidad, sólo le parece posible poniendo trabas al desarrollo de las
primeras. Como la mayoría no puede desarrollarse tan rápidamen¬te como los
pocos y escogidos, éstos tienen que descen¬der hasta aquéllos, o por lo menos
tienen que, por decir¬lo así, estarse parados algún tiempo para que aquéllos
puedan alcanzarlos. La coincidencia del pensamiento de la evolución, con el de
la determinación axiomática de todo valor humano por el valor del elemento más
eleva¬do del conjunto, produce lógicamente el que se considere como una
decadencia todo movimiento social en sentido democrático, es decir, en que se
le considere como pér¬dida de los instintos de crecimiento y elevación.
Lo
que Nietzsche llama «la voluntad de poder», en cuya disminución se sintetiza
para él toda decadencia, no es otra cosa que la culminación de esta teoría del
valor. Si quisiésemos resumir en una fórmula abstracta su sig-nificación, la
fórmula sería esta: La altura absoluta de un ser humano está condicionada por
su altura relativa. Es decir, que un hombre representa un grado elevado en la
escala social, en el sentido de que dentro del grupo so-cial ocupa el grado
esencialmente más alto que otro; na¬turalmente que esta elevación no ha de
entenderse en el sentido tradicional
exterior social. Para Nietzsche,
la elevación de la vida lleva
consigo una continua intensi¬ficación de fuerzas que irremediablemente
se dirigen al mundo ambiente, lo aprovechan, lo dominan y esta acu¬mulación de
fuerza, esta exaltación, que sólo puede rea¬lizarse venciendo y atropellando a
otros seres, es la por¬tadora de las
cualidades individuales de la fuerza y la nobleza, de la significación y la
intensidad de la persona¬lidad. Lo que
hasta aquí no era más que la condición exterior, por decirlo así, de la vida
creciente, y el motivo de la distanciación, el que los muchos, los innumerables
débiles y mediocres no puedan ascender con la rapidez de las avanzadas, de los
genios, de los nacidos para el mando, recibe ahora su razón positiva e
interior. El nivel de la masa o de la sociedad socialista puede elevarse o
permanecer el mismo, nunca podrá poseer por su natu-raleza el valor de la vida
concentrada, que sólo se eleva culminando sobre otros. Vivir es
irremediablemente acu¬mulación de fuerzas, lucha y victoria, poder que consume
y destroza; y esta voluntad de poder, esta dominación sube su altura, tanto
más, cuanto más vida es. Si en este concepto se prescinde de las brutales aplicaciones
que a primera vista se muestran, y se lleva a la explicación de los más finos
procesos de vida incesantes, en los que in¬numerables veces de un modo velado y fragmentario ejerce su acción,
no podrá negarse su profundo sentido. Del mismo modo que la esencia del amor es
crecer en sí constantemente mientras que su fundamento existe de veras, hasta
el punto de que con concisión paradójica pudiera decirse que amar es amar más,
así para Nietzsche vivir significa vivir más, y de esta manera cumple la vida
en su más profundo sentido su forma de evolución. Pero esto sólo es posible
viviendo la vida de su propio alimento, de manera que su altura se consiga a
costa de su anchura o base; y esto, no por una mera necesidad ex¬terior que
pudiera cambiarse bajo otras circunstancias sociales más favorables, sino por
la propia esencia inte-rior de la vida, que tiene que ser así o no ser. Por la
incondicionada solidaridad de la vida en general con este concepto, se explica
que Nietzsche no parece sentir lo enormemente trágico que esta representación
de la vida ha de encerrar para cualquier otra concepción, lo terrible de esta
necesidad lógica de que el interés social sea des¬trozado por el humano, de
poner la elevación del indivi¬duo en la altura en que está sobre los otros,
dominador y vencedor.
El
que para Nietzsche se trate de una deducción lógi¬ca de premisas axiomáticas,
hace comprensible el que no se dé cuenta de la incompatibilidad de este
pensamiento, de la imposición de las grandes personalidades a través de la
dominación de la amplia masa, con el ideal de la distinción, de cuya
importancia para él hemos de ocupar¬nos más adelante. Pues si la vida
individual necesita tan¬to, esto mostraría que no se basta a sí misma, que no
puede vivir como individual de sus propias fuerzas. Por lo menos Nietzsche ha
debido trazar exactamente el lími¬te entre su voluntad de poder y la
persecución vulgar del bienestar egoísta, poniendo en claro que el valor no
está en el dominio y la fuerza como realidades exteriores, sino en la cualidad
del alma soberana que en ellas se expresa. Por otra parte, a las resistencias
éticas contra esta doc¬trina sólo debiera oponerse un concepto metafísico de la
vida; habría que comprenderla como una unidad que adquiere su valor máximo,
conformándose con una pirá¬mide que desarrolla sus fuerzas más perfectamente,
ha¬ciéndolas culminar en una cima. Los individuos no serían, según esto, más
que aquellas vasijas o formas a través de los cuales, o en los cuales, se
realiza el único proceso esencial de la vida de la totalidad.
La
relación entre el ideal de Nietzsche y el general¬mente aceptado hace
comprender que él, en oposición con Kant y Schopenhauer, no pueda creer que el
filósofo se limita a la misión de codificar la moral generalmente practicada, o
por lo menos generalmente postulada, sino que le mira como el legislador que
tiene que redactar las «nuevas tablas». Igualmente aparece claro que el
«inmolismo» de que él constantemente habla no es, ni mucho menos, la negación
de la moral, del deber. Lo único que hace es llenar con otro contenido el deber
moral; pero su forma existe lo mismo que en Kant, y en realidad más
inmediatamente y con más fuerza, puesto que el impera¬tivo de Kant no pretende
más que formular un «factum» de la razón humana, mientras que los valores de
Nietzs¬che tienen en sí mismos un carácter imperativo. Pues Kant, el teórico
objetivo con su imperativo, no quiere más que formular un «factum» de la razón
humana que, sígase o no de hecho, siempre existirá como ideal fuera del tiempo;
en cambio Nietzsche, el moralista práctico, quiere formular un nuevo ideal,
demanda una nueva exi¬gencia. Sólo que en él se ha verificado la asociación
pe¬ligrosa y expuesta a malas inteligencias entre el conte¬nido que hasta
entonces había tenido la moral y la moral en general, que a la negación de
aquel contenido la llama inmoralismo. Y por este descuido de expresión, cuyo
complemento por el deber positivo y riguroso era, como más adelante se verá,
una cosa sobreentendida, ha en¬gendrado aquella triste descendencia para la cual
libera¬ción de la corriente anterior de la moral no significa una nueva ley,
sino la ausencia de toda ley. Para Nietzsche esto hubiera sido tan decadencia
como la democracia y como cualquier dirección de la línea de la voluntad en
sentido descendente. Pues el instinto, para los fines su-premos de la
humanidad, lo mismo falta si se manifiesta en leyes perversas, negadoras de la
vida, que tienden a la debilitación de los fuertes, que si no se expresa en
ninguna ley. Con claridad brillante se le presenta a él por encima de la
negación de la moral democrático-altruísta, sobre el «inmoralismo», la nueva
moral:
«La
moral es hoy en Europa moral de animales de rebaño. Es decir, tal como nosotros
vemos las cosas, una manera de moral humana, al lado de la cual, antes de la
cual, después de la cual son posibles o debían serlo otras morales, y sobre
todo otras morales más elevadas.»
VIII
- LA MORAL DE LA DISTINCIÓN.
El
carácter objetivo de la moral nietzscheana, el ideal de la distinción. — Ser y
hacer. — El precio del movimiento de ascenso. — Personalismo, pero no egoísmo
ni epicureismo. — La responsabilidad. — El eterno retorno de lo igual en su
significación ética y metafísica. — La absoluta terrenalidad (Dies-selligkeit)
del ideal nietzscheano. — La valoración del proceso de la vida como tal es el
motivo fundamental de distinción entre Scbopenhauer y Nietzsche.
Se
ha dicho que la doctrina de Nietzsche era una repe¬tición de la sofística
griega. En ésta aparecen también la oposición radical contra toda la moral
histórica recono¬cida, la entronización de lo meramente natural como regla de
conducta, la acentuación del arbitrio individual en el lugar que antes ocupaban
las normas objetivas, el reconocimiento del derecho de los fuertes, contra el
cual tienden a defenderse los débiles por la igualdad de dere¬cho de todos,
completamente infundada. Pero esta analo¬gía entre Nietzsche y la sofística,
significa no haberse dado cuenta de la significación de ambas doctrinas. La
esencia de la sofística consiste en sustituir el sentido y valor objetivo del
hacer y del ser por su valor para el sujeto. Por el contrario, para Nietzsche
sólo tiene valor el sujeto cuando posee valor objetivo. La sofística mide lo
objetivo según una escala subjetiva; Nietzsche, lo sub¬jetivo según una escala
objetiva. Sin duda que no se en¬tiende aquí por objetividad la obra externa, el
hacer demostrable en sus resultados, sino el ser, la cualidad del tipo humano
que en el hacer se manifiesta; pero ésta se mide según una medida absolutamente
objetiva, según el grado que este ser individual tiene en la evolución hu¬mana.
No es que Nietzsche ponga la persona al servicio de una «cosa»; la persona es
el portador definitivo de fines y valores, pero lo que importa no es la
significación de su ser y su conducta para su propia subjetividad, sino a su
significación desde el punto de vista de la evolución humana. Lo original de
esta valoración, que separa a Nietzsche de los sofistas, pero que fomenta una
diferen¬ciación más profunda y más fina del pensamiento, es que la «humanidad»,
en el sentido de Nietzsche, no está más allá de los individuos (como muchas
veces afirman los sociólogos de la sociedad), sino que vive exclusivamente en
ellos, dando, sin embargo, una medida para su valor. Según los sofistas, el
sujeto no halla en sí más que a sí mismo; según Nietzsche, se halla a sí mismo
como un progreso o retroceso de la humanidad, determinado por la medida que
está fijada por la evolución de nuestra es¬pecie, y esto ocurre con plena
objetividad, no importa nada el que reine unanimidad sobre el contenido de esta
evolución y sobre la cabida en ella de esta manifestación individual. Esta es
también la diferencia fundamental entre Nietzsche y Max Stirner, al cual se le
ha equipara¬do también en virtud de ciertos indicios tan superficiales como los
que le aproximaban a los sofistas, pues también para Stirner todas las medidas
y valoraciones son ilusio¬nes sin realidad, meras sombras, frente a las cuales,
como única realidad, está el sujeto. A Stirner le parecería sin sentido el que
el yo pudiera significar todavía algo suprasubjetivo, el que se le colocase en
una serie cual¬quiera de valores. En él es en quien ha encontrado su
renacimiento la sofística y no en Nietzsche, el cual ha escrito: «Me horroriza
el ánimo degenerado que excla-ma: ¡Todo para mí!»
Por
esta diferencia adúcese la teoría de Nietzsche frente a las otras, el cachet
específico de la distinción. Dentro de lo puramente espiritual reina unanimidad
sobre el que la objetividad sea sinónimo de nobleza. El tratar objetivamente la
opinión del contrario, el no dejarse arre¬batar por una pasión subjetiva, el no
emplear en la discu¬sión más que argumentos objetivos, son cosas del espí¬ritu
distinguido. Se designará la distinción, de la que ha¬bremos de tratar con más
detalle como una conducta formal, en la que coinciden de una manera
característica una personalidad decidida y una decidida objetividad. Como
criterio de valoración de la personalidad, significa que el valor objetivo de
la persona se siente. El senti¬miento verdaderamente aristocrático encierra la
severidad para consigo mismo, puesto que no aprecia el valor de la propia
existencia por la casualidad de la posición exte¬rior ni por lo que vida nos
proporciona en dones y goces, sino por que seamos dignos de poseer todo esto;
de aquí la «dignidad del hombre distinguido». La dignidad, con¬siderada en sí,
es un concepto de relación; se es «digno» de alguna cosa; le viene a uno, según
una medida objeti¬va, conténgase o no. Pero lo que da la impresión de digni¬dad
absoluta es una personalidad que en toda su conduc¬ta y exigencia demanda para
sí lo que le corresponde, según una medida objetiva nada más, pero tampoco nada
menos. Es posible que el aristócrata piense que los hom¬bres y las cosas tienen
que servirle; pero se diferencia del parvenú y del mero buscador de goces, en
que cree merecer esto por la objetiva cualidad de su persona, se¬gún una
justicia objetiva, y en que se comporta en corres-pondencia con esta creencia
suya. Ahora, que el deber que corresponde a estos derechos no siempre se dirige
a aquellos a quienes está obligado, sino en primer término a sí mismo. Se
siente obligado a conformar o conservar del tal modo su ser, que merced a esta
conformación le sean debidos aquellos derechos. Esta forma la afecta todo el
criterio de valoración que hemos visto en Nietzsche, la concentración
incondicionada del valor en el indi¬viduo, el cual, sin embargo, no recibe su
significación objetiva más que como grado del desarrollo de la huma¬nidad.
A
esta estructura del ideal de la distinción correspon¬de el que el rango del
hombre no esté determinado por su actuación exterior, sino por su propio ser
interno. Sin duda que serán valiosas las acciones del hombre valioso; pero lo
importante no está en este efecto de la actividad de su ser, que por lo demás,
siempre es un resultado de la combinación de éste con las circunstancias y
potencias del mundo exterior, y con el cual en cierto modo sale fuera de sí
mismo - Nietzsche llama a estas acciones constatables por sus resultados
acciones epidérmicas —, sino el hecho de que sea una naturaleza elevada. Todo
lo demás es puro accidente; el hacer puede ser uno de los medios de ayudar a la
humanidad en su ascensión, pero no es esta ascensión misma, pues en esta
ascensión no hace otra cosa sino mostrar lo que es; es decir, lo que son sus
más altos ejemplares. Por eso Nietzsche se diri¬ge contra los que combaten «el
culto de los héroes», y que para ello comparan la «obra» de los grandes
hom¬bres con la «obra» de las masas. Aquí se comete el error de equiparar lo
esencial y más valioso de «un grande hombre con los resultados de su acción».
Pero la mayor elevación de la naturaleza del grande hombre está en el ser de
otro modo, en la distancia de rango, no en sus obras, aunque por ellas
conmoviera el globo. Aquí apa¬rece nuevamente la oposición irreductible contra
toda concepción social. La sociedad se interesa exclusivamen¬te en lo que el
individuo hace; su existencia sólo es im¬portante pare ella en cuanto es la garantía
de que su hacer irá siempre en una dirección determinada; sin duda que cultiva
lo puramente moral, la fuerza moral de la superación de sí mismo, pero sólo
como profilaxis con¬tra daños exteriores. Para ella el hombre sólo existe por
sus efectos sociales, puesto que su principio es el de la acción de un hombre
sobre otro. Lo que él sea para sí, su cualidad e interioridad como tales, se lo
abandona a él, y no tiene interés en apreciar estas cualidades de otro modo que
por sus consecuencias, que van de sujeto a sujeto, ni tampoco posibilidad de
hacerlo de otro modo. Para Nietzsche, esta moral social no es más que un resto
de la antigua teleología, desechada en principio; el hom¬bre ya no es el fin
del mundo, pero sí el fin de los otros hombres. Aun la forma más sublimada de
esta moral de la actividad, la que pone todo valor en «la buena voluntad» pasa
por encima del más hondo y puro ser del hombre. Concede, es verdad, que el
logro o el fracaso, el éxito exterior ó su impedimento por las potencias de la
reali¬dad, son indiferentes para el valor moral de la persona¬lidad; pero este
valor depende de que sean queridos aquellos efectos producidos por la
personalidad. El alma sigue teniendo, por decirlo así, una dirección
centrífuga, aun cuando el punto que da el valor a esa dirección ya no esté
colocado fuera del individuo en general en el mundo social ambiente, sino de
antemano y en el interior del individuo. Por tanto, si no se identifican, como
Schopenhauer lo hace, el ser entero del hombre con su volun¬tad, a pesar de que
en la conducta visible no haya dife¬rencias, queda en pie la distinción entre
dos sentimientos de valoración; según uno, el valor del individuo lo decide la
mera cualidad del ser; según el otro, su manifestación en relaciones prácticas
con el exterior.
Así,
pues, si en frase de Schiller las naturalezas nobles cuentan con lo que son y
las vulgares con lo que hacen, y por esto precisamente las cualidades del
individuo, que para el interés social y para el moralismo de la voluntad son
una mera incumbencia de! sujeto, se elevan hasta un valor objetivo, se presenta
la cuestión difícil de por dónde las cualidades individuales del hombre
legitiman su valor objetivamente. La contestación de Nietzsche, que he
ex¬puesto, era que ciertas cualidades humanas estaban en el camino de la
disciplina natural. La humanidad ha llegado a la altura alcanzada por la
intensificación y exal¬tación de tales cualidades, y esto da un criterio
objetivo, independiente de toda apreciación subjetiva de su valor. Mas, por
tentador que esto sea, parece contener un círculo vicioso. La evolución
efectiva de nuestra especie no sólo ha producido belleza y pureza, grandeza de
áni¬mo y probidad, fuerza y valor, sino también las cualida¬des contrarias; y
la proporción en que ambas series estén no es sólo incontestable, sino que para
la cuestión del valor carece de importancia. Por tanto, es preciso elegir de
antemano en la efectiva evolución histórica ciertos rasgos, que luego, como el
contenido de los valores de la humanidad, nos den los imperativos para nuestra
con¬ducta y los criterios para nuestra valoración. Por tanto, no decide la
evolución natural como una medida objetiva sobre el valor de nuestras
cualidades, sino que debe exis¬tir ya una valoración de ciertas cualidades para
que pue¬da decidirse qué es aquello que dentro de la evolución efectiva, que
encierra igualmente lo elevado y lo bajo, ha de considerarse como evolución en
el sentido del valor. El concepto de la vida, al que la evolución había
presta¬do un nuevo significado, parece que puede dar de sí lo que por todas
partes se busca: el poder deducir lógica¬mente el contenido y sentido del deber
de una realidad dada y fija. Precisamente, la enorme dificultad de toda teoría,
y toda teoría del valor, era que dentro de lo com¬probable y real (en el más
amplio sentido) no podía dedu¬cirse lo necesario y valioso moralmente, y que
esto pare¬cía por tal razón abandonado al arbitrio personal y a la pura
convicción personal; esta consecuencia han tratado de evitarla casi todas las
metafísicas, introduciendo el bien y el deber en la verdadera realidad, la más
real. Mas al parecer, el concepto de la vida, como el más comprensivo, cuya
forma encierra todo lo que es esen¬cial al hombre, al contarse en el hombre
mismo el impul¬so hacia la elevación, el ennoblecimiento, la ampliación
extensiva e intensiva, y de este modo, al ser el proceso de la vida un proceso
dentro del cual aumentaban los valores, el ideal podía marchar a lo largo de
esta línea directiva de nuestra realidad, no siempre visible acaso, pero
existente siempre, como lo más íntimo del proceso. Pero además, se ha visto que
la evolución efectiva pro¬duce los valores negativos con la misma indiferente
nece¬sidad que los positivos, y que, visto de otra manera, no sólo ayudan a los
hombres a conseguir el poder, a des¬arrollar todas sus posibilidades, a ampliar
su vida, las cualidades nobles y elevadas, sino que la astucia y la fal¬ta de
conciencia, la codicia y el materialismo práctico ganan innumerables victorias
en la lucha por la vida. Por tanto, la elección de aquello que también para
Nietzsche es lo más valioso en la vida real, no está ya indicada en la
estructura de esta realidad, sino que sólo puede salir de un sentimiento de
valoración independiente de ella. Y sólo una creencia optimista y entusiasta de
la vida, tan indemostrable como el pesimismo de Schopenhauer, pue¬de considerar
como el nervio de la vida, como los facto¬res de su evolución efectiva a los
valores cuya constitu¬ción brota de fuentes completamente distintas. El hecho
de que, por tanto, Nietzsche no consigue constituir la serie de los valores
cualitativos individuales reconocidos, partiendo de que el valor se constituye
fundamentalmente como un resultado de la intensificación de la vida, es lo que
me ha inducido a separar en la exposición su cons¬titución general de los
valores de la humanidad, según sus principios y formas, de la enumeración de
los valo¬res individuales ya determinados en su contenido.
Por
tanto, la objetividad que estos valores poseen en Nietzsche no está en su
origen, en su fundamentación, sino en aquel carácter antes indicado, que hace
que en¬cuentren su centro en el ideal de la distinción. Pues, según éste, la
existencia de ciertos hombres y de ciertas cuali¬dades humanas es por sí misma
valiosa, no en vista del servicio que puedan prestar a otros hombres, no por
los resultados que puedan producir, ni siquiera en virtud de una ley «más
elevada», su existencia es fin en sí misma. Y no en sentido subjetivo, no por
su propio sentimiento de la vida y por el goce que al sujeto puedan
proporcio¬nar, sino de un modo puramente objetivo; la totalidad de las cosas
será tanto más llena de significación, tanto más valiosa, cuanto mayor sea el
número de tales existencias que en ella se contengan. Esta esencia objetiva de
los valores de distinción hace que sea indiferente el precio que haya de
pagarse por la realización de sus ideales en vidas individuales, en dolores
subjetivos, en sacrificios. El hombre distinguido no pregunta lo que las cosas
cues¬tan. Por eso es tan opuesto el estilo de la vida distinguida al de la
economía monetaria, en que el valor de las cosas se identifica más y más con su
precio. Taine cuenta que la aristocracia del antiguo régimen, tan derrochadora,
tomaba por síntoma de distinción el no conceder el menor valor al dinero. Este
es, sin duda, el mayor contraste po¬sible con el derroche de las gentes del
tanto por ciento, que parte precisamente de la creencia en el gran valor del
dinero. La profunda aversión de Nietzsche contra todas las. manifestaciones
específicas de la economía mo¬netaria debe ser referida a la oposición
fundamental entre su criterio de apreciación y el de los valores de
distin-ción; aquélla calculando la proporción entre el valor y el sacrificio
que cuesta, y no aceptando el valor que resulta paralizado por la cuantía del
esfuerzo realizado para ad¬quirirlo; éste, completamente indiferente ante la
cuestión del precio, no viendo en lo valioso más que el que lo sea, y
desprendiéndolo, por tanto, enteramente de su relación con el precio. La
extrema exaltación del principio de la distinción es que el valor objetivo de
la humanidad está exclusivamente en sus más altos ejemplares y que no se
pregunta por el dolor, la opresión y la falta de des¬arrollo de la amplia masa,
en cuanto que sirven de base a aquella elevación. Pues es
un axioma histórico de Nietzsche, el de que no se
puede llegar al ser humano más alto y más valioso sin la disciplina y selección
más seve¬ras y pasando por durezas y crueldades incontables. Y con esto por paradójico que parezca, aunque sólo
pueda resultar plausible liberando intelectualmente a la forma ética
fundamental de todos los sentimientos anuda¬dos a su contenido — Nietzsche ha
trasladado un senti¬miento fundamental de Kant, de la moral individual a la
ética de la especie. Para Kant, la moral sólo puede pen¬sarse como la
superación de los elementos inferiores, sensuales de nuestro ser. El hombre,
considerado como conjunto, en su fundamento natural una criatura sensual, no
sólo no es «bueno», sino que la razón tiene que impo¬nerse a cada momento en
lucha contra los elementos que le atan a la tierra, y esta dominación de lo más
bajo por lo más elevado sólo puede verificarse acompañada de manifestaciones de
dolor. Este es uno de los últimos mo¬tivos que determinan la historia del alma
humana; las de¬cisivas elevaciones de nuestro ser van unidas a la condi¬ción
del dolor. Kant ha puesto la unión en el punto extremo del sujeto, el valor de
la personalidad que descansa en sí misma «sólo se da a conocer por medio de
sacrificios». En cambio, Nietzsche traslada la ligazón del individuo a la
humanidad. Sólo la disciplina de los grandes dolores es lo que hasta aquí «ha
producido todas las elevaciones de la humanidad». Y por eso es posible que
suprima la aparentemente evidente identidad del portador de la ele¬vación y del
portador del dolor; el que haya incontables que sufren, que se vean oprimidos,
que tengan que sacrificarse, crea para el individuo las condiciones que
permi¬ten que se produzca aquella fuerza, productividad y am¬plitud del alma,
con las cuales conquista la humanidad un grado nuevo en su evolución. La
valoración que en Kant se verifica dentro del alma humana se ha ampliado al
conjunto de la sociedad histórica, la correlación de valor y dolor ha
abandonado la unidad del alma individual y se ha repartido entre una pluralidad
de sujetos, compren¬didos luego dentro de la unidad de la especie humana. Esta
original valoración, para la cual lo importante es la existencia objetiva de
las cualidades valiosas, mientras que éstas se realizan en una forma
absolutamente perso¬nal en la existencia individual del alma, que sólo se
pre¬ocupa que se alcance objetivamente una mayor altura de la evolución, sin
hacer depender el derecho de estos im-pulsos, del precio que signifiquen en
sacrificios o de las condiciones personales, no es más que el reflejo en otra
dirección de la indiferencia anteriormente acentuada frente a los efectos de la
actividad del individuo valioso; su
valor, que es el valor de un ser, es tan independiente de las condiciones entre
las cuales se produce, como de las consecuencias que de
él dimanan. Para
el valor del grande hombre nada
importa lo que los otros obtengan de su grandeza, ni tampoco lo que él mismo,
como su¬jeto, pueda obtener. Por eso, el personalismo de Nietzsche es la forma
de una valoración puramente objetiva y no un egoísmo o eudemonismo vulgar. El
reflejo del ser en las sensaciones de placer o dolor del sujeto no tiene nada
que ver con el valor de ese ser, y esto lo mismo si se trata de un sujeto ajeno
o de sí propio. Y como Nietzsche ha sido en este punto peor entendido que en
ningún otro, insertaré aquí algunos pasajes decisivos: «¿Busco yo acaso la felicidad?,
pregunta Zarathustra. Lo que yo busco son mis obras. Ser libre quiere decir
hacerse indi¬ferente a la fatiga, a la dureza, a las privaciones, incluso a la
vida misma; quiere decir que los instintos varoniles que ansían la lucha y la
victoria dominan sobre los otros, v. gr., sobre el instinto de la felicidad. El
hombre libre desprecia el bajo bienestar con que sueñan los tenderos, los
cristianos, las vacas, las mujeres, los ingleses y otros demócratas. No debe pretenderse gozar allí donde no hay
goce alguno y. . . no debe quererse gozar». De mi profunda indiferencia hacia
mí: «No quiero sacar ventaja alguna de mis conocimientos y no me arredran las
des¬ventajas que traen conmigo. Así, el que quiera la dicha deberá acaso
afiliarse entre los «pobres de
espíritu». Edonismo, pesimismo, utilitarismo, eudemonismo. Todas estas formas
de pensamiento que miden el valor de las cosas según placer y dolor, es decir,
según cosas secun¬darias, son pensamientos superficiales e ingenuidades, a las
cuales todo aquel que tenga conciencia de su fuerza creadora no puede mirar sin
burla y tampoco sin compa¬sión. La lucha de la Iglesia contra la sensualidad y
contra la alegría de la vida es comprensible y relativamente está justificada
cuando se trata de degenerados, «cuya voluntad es tan débil que pone a los
apetitos una medida». Pues «la voluptuosidad sólo es un veneno dulzón para »las
violetas, pero para el leoncillo es el mejor vino de »los vinos». Y si enjuicia
al «amor al prójimo» acaece «porque para él no es más que un amor propio mal
disi¬mulado». «Más alto que el amor a los que están cerca es el amor a los
lejanos y futuros; los lejanos son los que pagan vuestro amor a los cercanos»;
aquí quisiera yo notar que este amor a los lejanos no es más que una mera ampliación
del amor cristiano a los cercanos. No hay juez más severo que Nietzsche para
todo lo anarqui¬zante, indisciplinado, blando. Precisamente, para él toda la
decadencia en que ha caído el presente se manifiesta en que ha desaparecido la
severidad consigo mismo y con los demás, la dura disciplina, el respeto y la
autori¬dad, por obra de la manía de igualación, del impulso vulgar hacia la
felicidad de todos. Sin duda que predica el egoísmo, es decir, predica que el
alto, el que dirige, el distinguido se respete a sí, que no destruya por
blandura las cualidades que le hacen conductor y faro, que no ceda al impulso
momentáneo sacrificando el valor duradero, que guarde también exteriormente la
distancia interior frente a los que están más bajo que él, para no tener que
descender al nivel de aquéllos y hacer así descender sus valores
superiores. Pero todo esto no es
capricho ni cuestión de goce. «El hombre distinguido, dice, cuenta sus
privilegios y su ejercicio entre sus deberes», y por eso no piensa «en rebajar sus
deberes, convirtiéndolos en deberes para con otros». De manera que el sentido
de su supuesto egoísmo no es más que la conservación de los valores personales
más elevados, en virtud de los cuales exige la severidad mayor hacia sí mismo y
hacia los demás. Los primogénitos son siempre sacrificados. Ahora nosotros
somos primogénitos.—Pero así lo quiere nuestra especie y yo amo a aquellos que
no quieren con¬servarse. Y, sin duda, que predica falta de consideración,
dureza y hasta crueldad. Pero las predica tan sólo por¬que le parecen la
disciplina y la escuela únicas en que puede renacer la fuerza del hombre, que
amenaza a per¬derse en la reducción de nuestros ideales y, en último término,
también de nuestra realidad al interés del pro¬medio, de la generalidad. Tenéis
que vivir en condiciones cada vez peores y más duras; así únicamente crece el
hombre en la altura en que el rayo le alcanza y le des¬troza: «¡Altura
suficiente para el rayo!» El que a esta doc¬trina se la haya considerado como
un egoísmo frívolo, como la santificación del epicureismo sin freno, es uno de
los engaños más curiosos en la historia de la moral. Principalmente, proviene
este error de que las nuevas síntesis en que Nietzsche ha reunido los momentos
inte¬grantes del valor no han sido comprendidas, y por eso en su lugar se dejan
las asociaciones acostumbradas, que corresponden usualmente a los distintos
elementos de esta síntesis. Nietzsche ha transformado el personalismo en un
ideal objetivo y, de este modo, le ha diferenciado de un modo radical del
egoísmo, que tiene fija constan¬temente la mirada en el sujeto. El egoísmo
quiere tener algo, el personalismo
quiere ser algo. De este modo se coloca
más allá de la oposición entre moralismo y eudemonismo característica para la
moral kantiana. El eudemonismo pregunta: ¿Qué es lo que me da a mí el mundo? Y
el moralismo: ¿Qué le doy yo al mundo? Mas para Nietzsche no se trata de un
dar, sino de una cuali¬dad del ser que, naturalmente, ha de manifestarse
tam¬bién en acciones, en «virtud dadivosa»; pero el valor no está en esta
consecuencia y manifestación suya, el valor está inmediatamente en la cualidad
misma, en cuanto representa una altura determinada del tipo hombre. Y quizás,
al reflejarse sobre su sujeto, le llevará la felicidad; pero el valor no está
tampoco en esta consecuencia sen¬timental del ser — en cuanto la felicidad no
se considera como una ampliación, un ahondamiento, una espirituali¬zación de la
existencia —, sino en el ser mismo, que lo lleva lo mismo en sí, aun cuando en
nuestro sentimiento subjetivo se refleje como dolor, en vez de reflejarse como
placer.
Por
eso insiste constantemente Nietzsche en que la vida deviene más dura y más
severa en proporción a su elevación. Nadie se tornaría más indignado que él
con¬tra la interpretación del concepto del superhombre, que aprovecha la
liberación de la moral altruístico-democrática de la consideración para
proclamar el derecho al placer libertino, en vez de aprovecharla para cumplir
el deber de alcanzar el grado superior en el desarrollo objetivo de la
humanidad; teniendo presente este deber, el eudemonis¬mo subjetivo mal
disimulado de los «nietscheanos» se aparece como la vuelta a los grados
inferiores, a la blan¬dura del pesimismo a lo estéril — pues con el dolor y el
placer como estados subjetivos la vida se encuentra constantemente en un
atolladero — ; en una palabra, se mues¬tra como aquella decadencia de la vida,
que no ha hecho aquí más que cambiar el objeto, que en vez de aplicarse a los
más bajos elementos de la sociedad se aplica a los del sujeto mismo.
Con
la particularidad del ideal nietzscheano está uni¬do como una de sus partes
integrantes esenciales el ideal de la responsabilidad. Toda buena aristocracia
deja de ser una mera gozadora de sus prerrogativas por la con-ciencia de ser
responsable; responsable no frente a otros hombres, no frente a una ley
exterior, sino ante sí misma. Esta responsabilidad, que brota del ideal de la
propia esen¬cia, ha sido aclarada por Nietzsche con la introducción del
concepto de humanidad, cuya altura es idéntica con la altura de sus más
elevados ejemplares. No se crea que aquí piensa Nietzsche como ideal en la
actual aristocra¬cia, en la cual le parece «todo falso y podrido». Este
sen¬timiento de responsabilidad, que tiene que ser patrimonio de la moral de la
distinción, me parece ser el último mo¬tivo de la más original de sus teorías,
la teoría de la «vuelta eterna de lo mismo». Si el proceso del mundo, enseña,
se desarrolla en un tiempo infinito y en una masa finita de fuerzas y materias,
todas las combinaciones que con estos elementos puedan hacerse habrán de
agotarse en un tiempo finito más o menos largo. Y entonces ten¬drá que empezar
de nuevo el juego, y conforme a la ley de la casualidad se repetirán en el
mismo orden exacta-mente las mismas combinaciones, y así sucesivamente al
infinito; por donde, habida cuenta de la continuidad del proceso del mundo,
cada uno de sus momentos puede ser considerado como un momento en que coinciden
un período del mundo que acaba y uno que se inaugura. Así, el contenido de cada
momento, cada hombre y todo lo que con él vive, han existido ya incontables
veces y retor¬nará incontables veces absolutamente en la misma repe¬tición. Un
pasaje de la época de la aparición de esta doctrina nos traiciona su sentido
propio: «¿Qué ocurriría si un día un demonio se deslizase hasta ti en tu
soledad y te dijese: «Esta vida, tal como tú la vives y la has vivido hasta
aquí, habrás de vivirla todavía otra vez y veces in¬contables; y en esa vida
nada habrá que sea nuevo, sino que todo lo pequeño y lo grande de tu vida
actual retor¬nará, y todo en la misma sucesión. El eterno reloj de arena de la
existencia vuelve siempre a comenzar de nue¬vo, y tú con él, polvillo de polvo.
Si un tal pensamiento adquiriese dominio sobre ti, te transformaría, y quizás
te destrozara; la pregunta ¿quieres esto otra vez y lo quie¬res incontables
veces aún? pesaría constantemente sobre ti y sobre tu conducta. ¿O cómo habrías
de comportarte con ti mismo y con la vida, para no demandar otra cosa que esta
eterna confirmación?»
La
repetición infinita de nuestras acciones es el criterio en el que, según él,
adquirimos conciencia de su valor o de su carencia de él. Lo que parece poco
esen¬cial como acción limitada al momento, y puede fácilmen¬te ser expulsado de
la conciencia pensando que lo pasa¬do, pasado, adquiere un enorme peso, un
acento que fuerza a oír, cuando frente a él está un incesante «otra vez» y
«otra vez». El retorno eterno significa que toda existencia es eterna. Pues si
se repite un número infinito de veces, es su duración la misma que si
continuase eterna¬mente. Nos aparecemos como responsables de un modo
completamente distinto, porque ningún momento de la vida termina en sí mismo,
sino que nosotros y la huma¬nidad habremos de vernos innumerables veces ante él
en la misma figura que nosotros ahora le demos.
Con
esto nos encontramos nuevamente con un prin¬cipio de Kant, trasladado a otras
dimensiones. La piedra de toque para la moralidad de una acción está para Kant,
en que el que obra pudiera querer el principio, por el que dirige su acción
como una ley general absolutamente vá¬lida. En la tentación a robar y mentir,
de ser duro contra los débiles, de dejar sin desarrollar las fuerzas de la
pro¬pia personalidad, puedo afirmar la inmoralidad de tales acciones, porque no
puedo querer un mundo en el que tales máximas señoreasen como leyes naturales.
Si esto ocurriera, las contradicciones interiores lo aniquilarían, y el que
obra precisamente desde el punto de vista del interés egoísta que le impulsa en
su acción, no puede querer que se obre por todos, y por tanto también contra
él, de esa manera. Sin duda que la acción no cambia en su esencia interior por
la recapitulación incesante, pero, como bajo la acción de un cristal de
aumento, se perci¬ben en ella detalles que se escapaban a la mirada al no ser
más que una vez. Este era el sentido práctico preci¬samente de la norma
kantiana. La ampliación de nuestra conducta personal a una ley general no le
da, sin duda, significación real nueva que no pudiera verse también al no ser
ejercida más que una vez. Sólo que, tal como está la estructura de nuestra
observación espiritual, al juicio del hecho aislado le falta a menudo la
penetración sufi¬ciente, porque sus consecuencias se confunden en las múltiples
corrientes de la vida de la comunidad, que au¬mentando o desviando su efecto
nos le hacen incognos¬cible; la vida propia del acto comienza cuando se ha
abra¬zado todo su medio práctico, cuando sus consecuencias no están veladas por
las de otro acto; en una palabra, cuando su principio, en vez de ser un caso
aislado y ca¬sual en un caos de otras individualidades casuales tam¬bién, es
una norma sin excepción, una «ley general». Kant extiende el acto en la
dimensión de la anchura, en la repetición infinita, en la convivencia de la
sociedad, mientras que Nietzsche lo extiende a lo largo, haciendo que se repita
en una sucesión ilimitada en los individuos; a consecuencia de esto, Kant pone
lo esencial en las con¬secuencias del acto, y Nietzsche en el ser del sujeto
que en él se expresa inmediatamente. Pero ambas multiplica¬ciones del acto
sirven al mismo fin; sacarlo del imperio de la casualidad, bajo el que el
coloca su expresión en el sólo ahora, sólo aquí. El valor interior de la
acción, que en sí está más allá del tiempo y del número, del dónde y del con
qué frecuencia existe, para nosotros, que estamos ligados a esas categorías,
tienen que ser por lo menos representados en un tiempo y un número infinitos, a
fin de que pesen su peso verdadero.
En
la continuación de esta fórmula de Kant, por Fichte se acerca ya al
desplazamiento en la forma del tiempo que se realiza en la teoría del eterno
retorno. «El yo em¬pírico, dice Fichte, debe estar animado de tal modo, como si
estuviera frente a la eternidad. Por eso expresaría el principio fundamental de
la teoría de la moral en la si¬guiente forma: «Obra de modo que puedas pensar
como ley eterna para ti la máxima de tu voluntad.» Al aparecer el criterio de
valor extendido en el tiempo, en vez de ex¬tenderse en las series de la vida
social, adquiere, como en Nietzsche, su raíz en el individuo considerado en sí
mismo; la duración decide sobre el valor por cuya reali¬zación o no realización
somos responsables, en vez de su multiplicación en otros.
Ahora,
si la doctrina del eterno retorno no tuviera más significación que la de hacer
visible o expresar la infinita responsabilidad del hombre por su obra, no
existiría la cuestión de su verdad objetiva; sería un símbolo y una piedra de
toque, que ejercería su función como pensa¬miento y no como realidad. Pero como
Nietzsche no se conforma con esto, sino que afirma la realidad del eterno
retorno, no deben pasarse por alto las dificultades de esta afirmación. Aunque
se concediese que el proceso del mundo se desarrolla en un tiempo infinito
entre elemen¬tos finitos, con eso no se habría demostrado que la con¬figuración
tomada por estos elementos hubiera de repe¬tirse; sin duda que esto puede
ocurrir, pero también puede pensarse una
combinación tal de los elementos del mundo que excluya esta posibilidad. Pero
aun dejando aparte estos reparos, la realidad del eterno retorno de lo mismo no
añadiría nada a su valor como regulador ético. El profundo respeto y la
profunda devoción con que Nietzsche habla de él sólo se explica, a mi juicio,
por no haberlo puesto en exacta correlación con su pro¬pia concepción lógica.
Porque si se profundiza en él, des¬aparece plenamente su interior significado,
porque la re¬petición inmediata o la número tantos de lo mismo no permite hacer
ninguna síntesis suya. Si se repite un acontecimiento de mi existencia, esta
repetición, como tal puede tener para mí un enorme significado, pero sólo en el
caso de que yo me acuerde aún del primero, y si el segundo se encuentra con un
estado o conciencia míos modificado por el primero. Pero si se supone el caso —
empíricamente imposible — de que este segundo me en¬contrase absolutamente en
el mismo estado que el prime¬ro, mi reacción sería también exactamente la misma
que contra el primero, y no podría tener la menor significa¬ción para mí el
hecho de que sea una repetición. Una sig-nificación tal sólo puede tenerla el
que permanezca un yo, para el cual la segunda aparición de un mismo
acontecimiento tenga, precisamente porque el primero ha existido ya, un sentido
y consecuencia distintos que éste. Y lo mismo ocurre con el retorno de la
existencia entera. Su segunda vez sólo tendría una significación distinta de la
de la primera, en el caso de que el mismo yo viviera en ambas; pero en
realidad, no soy yo el que retorna, sino algo que coincide conmigo en todas las
propiedades y actos. Si en este segundo hubiera algo real, cualitativo, que
hiciera referencia al primero, y que debiera a la circunstancia de ser el
posterior, no sería ya la repetición exacta del pri¬mero, sino que se
diferenciaría precisamente por eso de él. Creo que Nietzsche no ha precisado lo
bastante el concep¬to del yo, y se ha dejado seducir a ver en la repetición de
los mismos fenómenos una resurrección del yo, por decir¬lo así, dando de esta
manera al segundo yo, o a los yos posteriores — que no son el mismo yo, sino un
yo cualita-tivamente homogéneo — , una significación no contenida en el primero
(con lo cual, por otra parte, desaparecería el supuesto retorno de lo mismo), y
cuya ausencia presta ya al primero una significación distinta. Si existiesen en
el espacio infinito muchos mundos absolutamente iguales entre sí, pero
desconocidos los unos para los otros, el contenido de mi yo se repetiría
ciertamente en cada uno de ellos, y a pesar de eso no podría decir que yo vivía
en cada uno de esos mundos. Y sin duda que la misma relación existente entre
estas personas absolutamente iguales que, coinciden en el espacio, existiría
entre aque¬llas que viven sucesivamente, de las que habla la doctrina del
eterno retorno. El retorno de lo mismo sólo significa algo para un espectador
reflexivo que reúne en su con¬ciencia la pluralidad de las repeticiones; en su
realidad, para los que lo viven no significa nada. Sólo su pensa¬miento tiene
una importancia ético-psicológica, y como este pensamiento se ha pensado en los
momentos corres¬pondientes en cada uno de los períodos pasados del mundo, y se
repetirá en cada uno de los venideros, la rea¬lidad de estas repeticiones nada
puede añadir a lo que cada uno de ellos posee ya en este mero pensamiento.
En
cambio, me parece inexacto que exista contradic¬ción, como se pretende, entre
la idea del eterno retorno y la del superhombre. El superhombre, lo mismo que
el eterno retorno, no es en su propio sentido más que un regulador y piedra de
toque de nuestra existencia. El su¬perhombre no es más que la cristalización
del pensa¬miento, de que el hombre puede y debe elevarse sobre el estadio
actual de la evolución. ¿Por qué habría de dete-nerse el hombre en el camino
que le ha conducido desde la forma animal hasta la humanidad? De la misma
ma¬nera que su forma actual está sobre la del animal, lo estará sobre la del
hombre su forma futura. El super-hombre es un problema que progresa en su
solución con el progreso mismo de la humanidad, y, sobre la solución que un
presente determinado ha dado a este problema, se eleva inmediatamente la nueva,
que corresponde al ideal del presente alcanzado. Por tanto, siendo el hom¬bre
un ser sujeto a evolución, el problema que en el con¬cepto del superhombre se
expresa no puede resolverse nunca definitivamente, sino que acompaña la marcha
de la humanidad como una exigencia que no está satisfecha al cumplirse, y como
la expresión de que el hombre en todos los momentos de su existencia empírica,
aun el más elevado que pudiera pensarse, no es más que una transición y un
puente. Esto sólo parecería una contra¬dicción, en cuanto la infinitud de este
problema no se compaginaría con la finitud de los períodos del mundo; dentro de
éstos, la humanidad no puede tomar más que un número determinado de formas de
evolución, y éstas se doblan en círculo por su repetición uniforme, al paso que
el ideal del superhombre exige una línea de evolución que corriese a lo
infinito. Pero en realidad, esta necesi¬dad no existe si no se considera al
superhombre como algo inmutable fijado de una vez para siempre, sino como un
ideal funcional, como la forma más alta que sobre las existentes puede alcanzar
en cada momento la humani¬dad. Para eso no tiene importancia alguna el que la
hu-manidad no pueda ir más allá de la medida alcanzada en cada una de aquellas
configuraciones del mundo. Sea la medida la que quiera, alta o baja, capaz de
elevación o no, el ideal está siempre por encima de cualquier mo¬mento,
independiente en su validez de todas aquellas determinaciones de la realidad.
Si para formularlo em¬pleáramos una categoría de Kant, diríamos: En cada
momento, aparezca como aparezca en la realidad, debe-mos vivir como si
quisiésemos elevarnos a lo que en el plano del ideal está por encima de esta
momentánea realidad; debemos vivir como si viviéramos eternamente, es decir,
como si existiera un eterno retorno.
El
valor real, muy dudoso del pensamiento del eterno retorno, está entre dos
significaciones esenciales, que al propio tiempo la anulan entre sí: la
significación que tiene como regulador ético, y de la que ya hablé, y su
significación metafísica. Con este pensamiento, Nietzsche ha reunido de una
manera original dos anhelos espi¬rituales fundamentales opuestos: el anhelo de
lo finito, de lo concretamente limitado, de la determinación de forma de lo
dado, y el anhelo de lo infinito, de lo que pasa por encima de toda limitación;
el anhelo que quiere perderse en lo indefinido. En la esfera de la lógica,
pue¬den contradecirse y hacerse imposibles recíprocamente ambos anhelos. Pero
en la realidad psicológica se en¬cuentran juntos, coincidiendo y excluyéndose,
y esta unión peculiar se refleja pasando por encima de la lógica en las
creaciones de la metafísica. En ella las representaciones se combinan de tal
modo, que la cuestión de la verdad, en sentido lógico, no puede aplicarse a
ellas; frente a la individualidad de los fenómenos se coloca, a una tal
dis¬tancia y altura abstracta que aquellos pierden sus contor¬nos bien
determinados con que cuentan la práctica, la lógica, las ciencias particulares,
y que, por tanto, la metafísica tiene objetos completamente distintos; estos
otros aspectos de los mismos objetos que aquellas otras formas de
consideración. Así, el arte cuenta en el mismo sentido que la ciencia y la
conducta. Así, la metafísica tiene exigencias y normas peculiares, de las
cuales no puede pedirse lógicamente que satisfagan a las condicio¬nes del resto
de la lógica científica. La «unidad» de los elementos varios que la metafísica
realiza no se decide según estas condiciones, sino que, con mucha frecuencia,
no es más que la objetivación o la expresión conceptual de la unidad espiritual
en que se funde en nosotros la variedad de elementos lógicamente distintos. De
esta manera, la idea de eterno retorno de lo mismo es la sín¬tesis del anhelo
de infinitud y el anhelo de limitación.
Enseña
que contenidos finitos, manifestaciones determi¬nadas según número y figura,
toman la forma de una y otra vez, de una sucesión indeterminada. Y esto no por
una coincidencia casual de determinaciones; la misma casualidad que produce y
forma los hechos finitos con¬cretos, es la que hace agotarse las combinaciones
de sus elementos, hasta que vuelven a repetirse en la misma forma. Por eso su
símbolo más exacto es el círculo cuya extensión es limitada. En los papeles
póstumos de Nietzsche se encuentra esta nota lapidaria: «El que todo vuelva es
la aproximación extrema del mundo del devenir al ser: suprema contemplación».
De esta manera queda confirmada, desde los más altos grados de la metafísica,
mi explicación de la teoría del retorno como síntesis de anhelo hacia la
limitación y del anhelo hacia lo infinito. La historia de la metafísica es la
historia de la contienda entre el ser y el devenir, ya desde los tiempos de
Heráclito y de los Eléatas; toda la filosofía griega no hace sino afanarse en
reunir en una imagen unitaria, libre de contradicción de la realidad, la
firmeza y substantividad substancial del ser, en cuyo concepto encuentra el
alma su tranquilidad y lo definitivo del mundo y de sí misma, con el fluir y
cambiar, con la variedad y la vida que encuentra también en sí misma y en el
mundo. El ser y el devenir forman la expresión más general, com-prensiva y
formal del dualismo fundamental, que es el esquema de todo ser humano, y todos
los grandes filó¬sofos buscan una nueva relación entre ambos, que los
reconcilie o que dé el predominio a uno de ellos.
Nietzsche
impone también al eterno retorno esta mi¬sión, y en él se verifica por ambos
lados una aproxima¬ción gradual de las categorías. Por una parte, los
acon¬tecimientos singulares y limitados son un devenir inte-rrumpido, un fluir
sin descanso, y toda su substancialidad se diluye en la corriente de Heráclito;
pero como estos acontecimientos retornan al infinito, adquieren un ser cada
punto singular, deviene un punto firme, al cual vuelve indefinidamente aquella
corriente del devenir. Así, lo finito reviste la forma de lo infinito y con
esto el deve¬nir en las del ser; y ahora, visto desde el otro aspecto, el ser
aparece dentro de la teoría del eterno retorno como lo finito, de forma
determinada, concreto y sólo la causa¬lidad del devenir le proporciona la
infinitud. Lo que somos es limitado en cada momento, nuestra conducta real es
perfectamente visible, nuestro anhelo de determi¬nación se sacia en el
contenido efectivo de nuestra exis¬tencia. Pero en cuanto estos contenidos del
ser, están sometidos a la ley de la causalidad y ésta conduce al agotamiento de
todas sus combinaciones, y de este modo a la repetición indefinida de lo mismo,
la finitud del ser se transforma en la infinitud del devenir, el anhelo del
infinito, de lo que está por encima de número y medida, bebe hasta saciarse en
la corriente del devenir. Sin duda que, lo que permite esta variedad de
combinaciones entre el ser y el devenir, es lo extensible y poco preciso de
estos conceptos. Pero, de que los conceptos sean así es de lo que vive la metafísica,
y lo que importa es señalar la extensión de las relaciones que la idea del
retorno de lo mismo pone entre ellos. El que el mismo ser limitado y finito se
repita con frecuencia infinita, el que por la causalidad, que hace aparecer y
sumergirse a la manifes¬tación singular en el flujo incesante del devenir, se
haga que esa misma manifestación se repita y le da con ello la firmeza y
eternidad del ser, que no poseería al no pre¬sentarse más que una vez, esto es
lo que hace que el eterno retorno se convierta en una síntesis o, como dice
Nietzsche, en una «aproximación» entre el ser y el deve¬nir. Lo cual se expresa
en la doble relación entre los conceptos; por una parte, la finitud del ser se
convierte en la infinitud del devenir, y por otra parte, la finitud del devenir
se convierte en la infinitud del ser. Es indiferente el punto desde el que se
trace la línea de unión establecida por aquella idea entre los dos polos
metafísicos. Y si ahora se considera la explicación aquí dada de la teo¬ría del
eterno retorno de lo mismo, teniendo en cuenta aquel punto de partida común a
la teoría de Schopenhauer y a la de Nietzsche, y más allá del cual comienza la
divergencia entre ambos, la negación de un fin último general de la vida, se
descubrirá la profunda significación de aquella doctrina y al mismo tiempo
acaso la razón, que si no, no es fácil de hallar el por qué Nietzsche la
considera como incondicionada y central para su pensa¬miento entero. En el
lugar del fin final, pone Nietzsche la evolución con sus fines objetivos
relativos; en el lugar de una altura absoluta, hacia la cual tiende el proceso
del mundo, la altura relativa de cada grado futuro de la evo¬lución sobre el
actual. Pero este proceso esta sometido a la inquietud de lo ilimitado, a la
inseguridad que da el no poder abarcarlo por entero. Y el eterno retorno le
pro¬porciona a Nietzsche, por la limitación de los particulares períodos del
mundo, sobre los cuales la exaltación al infinito de los valores sólo está como
una exigencia y como una «idea reguladora», toda la abarcabilidad y contorno
que es compatible en la existencia con la des¬aparición de su fin absoluto. La
infinitud del camino ahora demandada pasa a través de aquellos pensamien¬tos de
trozos finitos, el devenir indefinido gana forma y fijeza de límites por la
determinación, según número y género de las combinaciones que forman su
contenido. El pensamiento de que la vida retorna al infinito de un modo
invariable, que para la mayoría de los hombres es un terror y un espanto, puede
ser para él un consuelo y un punto de reposo; pues el impulso incesante de su
na-turaleza, que coincidía con aquella negación de fines para el mundo, había
tomado así, por lo menos, la determi¬nación de forma y la limitación del
círculo.
De
todas las teorías de Nietzsche, la que posee una mayor significación metafísica
es la del retorno eterno de lo mismo, aun cuando también se muestre en ella la
intención moral fundamental de Nietzsche, por su sentido como expresión de la
enorme responsabilidad del nom¬bre, cuya actividad toma una forma eterna por su
repeti¬ción constante. A pesar de que él se califique a sí mismo de
inmoralista, su pensamiento está orientado infinita¬mente más hacia la ética
que el de Schopenhauer, a pesar de que éste designa incesantemente a la ética
como el valor propio de la vida y como el sentido de todo ser. Ahora, que la
moral de Nietzsche es, por decirlo así, una moral desde abajo; le falta la
cúspide metafísica por lo cual Platón y Spinoza, Kant y Schopenhauer introducen
el ser transcendente en los movimientos de la voluntad de los hombres.
El
ideal de la distinción, a cuyo servicio entra tam¬bién, por medio del motivo de
la responsabilidad, el retorno de lo mismo, es de naturaleza terrena y
empírica, en cuanto es el remate de una evolución que arranca de lo más
profundo, y que carece de la consagración de todos los valores y legitimaciones
que vienen de arriba a abajo. Quizás sea éste el fundamento por el cual, en la
teoría del valor corriente y en la filosofía práctica, no se reconoce la
distinción como un valor peculiar del alma; es uno de los méritos de Nietzsche
el haber enseñado la peculiaridad de este ideal, no de un modo abstracto y
sistemático, pero sí en indicaciones amplias e indubi-tables. De hecho no puede
comprenderse dentro de las categorías de valor tradicionales, por más que por
una parte mantenga contacto con los éticos y por otra con los estéticos. Pero
que no se confunde con ninguno de ellos, lo prueba la falta en él de aquel tono
subido metafísico que suena en lo bello y en lo moral. Puede limitarse la
moralidad todo lo naturalista y empíricamente que se quiera; siempre resultará
que el pensamiento profun-do, al pretender explicarla, llegará a un límite, más
allá del cual, verificándose a veces de un modo imperceptible
el
tránsito, está el reino de la mística o el de la religión, el de la metafísica
o el del no menos metafísico escepti¬cismo; y análogamente la interpretación
del goce estético llega, partiendo de otro origen y en la misma dirección, en
su raíz o en su cima, a las mismas esferas. Merced a su falta de relación con
todo lo transcendente, carece el ideal de la distinción — no necesariamente sus
portado¬res, pero sí su contenido objetivo — de verdadera profun¬didad. La
inconmensurable significación interior y ahon¬damiento del hombre que se
observa en los cuadros de Rembrandt o en las novelas de Dostojewski, no impide
que, a pesar de la cantidad de valores humanos que en ellos están reunidos,
carezcan de! rasgo de la distinción, porque su sentido sale de alguna manera de
lo transcen¬dente o se refiere a él. La esencia de la distinción es —y por eso
constituye el remate de la teoría de los valores de Nietzsche — la exclusión de
la mayoría, la resistencia al hacerse vulgar, el rechazar toda comparación; por
eso no le importa el cuánto, como tampoco le importa a la representación
nietzscheana de los valores humanos, sino únicamente el que la evolución de la
existencia haya lle¬gado hasta él; el ser por sí solo el pleno representante de
su significación, es lo que le presta al ser distinguido su naturaleza
específica. Pero con eso no se borra su carácter, por decirlo así, biológico,
no sale de ser como la aristocracia en el sentido histórico-social, un producto
de cultivo que queda en la esfera de la realidad. El que la moral de Nietzsche
culmine en la distinción, corresponde perfectamente a lo pasionalmente, que
desea libertar de todo lo transcendente a la moral. La elevación ilimitada
sobre todas las cualidades de valor empíricamente dadas que él demanda
encuéntrase equilibrada, porque esa ele¬vación no puede producirse más que en
el terreno de lo histórico empírico, y porque su infinitud no puede aban¬donar
esta esfera.
Se
ha notado con frecuencia que la doctrina de Nietzsche constituye la oposición
más acentuada de su perso¬nalidad. Este llamamiento rudo y guerrero, y este
acento dionisíaco, sale de una naturaleza de una extremada sensibilidad vuelta
quietamente hacia sí misma, dulce y amable. Sin duda que esto nada prueba
contra su serie¬dad, puesto que innumerables veces e] filósofo da en su
doctrina su reverso: lo que le falta para completar la plenitud del hombre, lo
que es otra cosa que él, y lo que constituye su ansia no conseguida. Pero la
distinción es el punto en que se han encontrado el ideal que Nietzsche enseña y
la realidad de su naturaleza, que es al propio tiempo la cumbre de su ser
personal, desde la cual alzó el vuelo hacia el reino de los deseos para la
humanidad. Este carácter absolutamente terrenal de su ideal — por olvidar, lo
cual se ha interpretado falsamente el «su¬perhombre» — descansa en un
fundamento muy hondo, en el cual toma la teoría de Nietzsche su relación de
con¬tradicción con la de Schopenhauer, sobre la valoración última,
indiscutible, dogmática de la «vida». El hecho del proceso de la vida en
general, esa forma misteriosa que han adoptado los elementos del mundo, ha
producido en Nietzsche un poderoso efecto exaltador. El que hubiera un imperativo
que se dirigiese contra la vida, le parece absurdo y en sí contradictorio,
porque un juicio de la vida no puede ser más que el síntoma de una determina¬da
manera de vida, y el derecho para hacerlo sólo podría venir de algo que
estuviese colocado fuera de la vida misma. Pero la vida es el fenómeno
empírico, histórico, por antonomasia. Es posible que los frutos enigmáticos que
cultiva, que el alma y sus contenidos particulares, lleven su significación
hasta más allá de las fronteras terrenales; pero la vida como tal está presa
dentro de ellas, es hija de la tierra, y el ideal de la distinción no es sino
la más refinada sublimación a que la vida en su for¬ma como evolución, como
selección, puede llegar. Nietzs¬che, para quien la vida es el valor por excelencia,
ha consagrado su amor con seguro instinto al ideal de la dis¬tinción, que es el
único de entre los elementos del alma que no la fuerza a ir o al menos a mirar
en el reino de lo transcendente. Por eso toda su doctrina descansa en el
imperativo dogmático: ¡Debe ser la vida! Por eso Nietzsche ve al fin en
Schopenhauer su adversario filosófico, al cual no puede vencer, porque
precisamente niega aquel imperativo colocando en su lugar el contrario: ¡La
vida no debe ser! Al ver cómo parte siempre, al combatir a Schopenhauer, de la
base para él evidente de que la vida es y debe ser valiosa, y cree haberlo
refutado con decla¬rar que el pesimismo destruye la vida, puede acaso de¬cirse
que no ha entendido a Schopenhauer en toda su profundidad metafísica. Pues
precisamente el que como consecuencia de su teoría quede negada la vida, que es
de lo que Nietzsche se sirve para condenarla, es lo que para Schopenhauer
constituye la demostración de su verdad.
Pero
el que cesase aquí la comprensión lógica, el que Nietzsche no viese que quería
refutar a Schopenhauer, basándose en un supuesto dogmático de valoración
ne¬gado precisamente por éste, pone de relieve una contra¬dicción del ser de
ambos pensadores, sobre la que el en¬tendimiento no podía trazar puente alguno,
del mismo modo que por mucho que se ande por una llanura nunca se podrá llegar
a un punto que esté colocado en una lla¬nura paralela a la primera. Tratar de
buscar un acomodo entre estos adversarios es más bien malo que inútil, como
acontece en toda empresa inútil, porque así se falsea el sentido de su
contradicción, y con ello el sentido propio de ambas. La convicción de la
carencia de valor de la vida, que en la variedad de sus manifestaciones sólo
tiene ojos para la monotonía, para el predominio del su¬frimiento, para la
inutilidad de nuestros esfuerzos y, por otra parte, la convicción del valor de
la vida, para la cual toda carencia es el antecedente de una posesión, toda
monotonía, el juego de infinitos movimientos de vida, todo dolor indiferente en
comparación del valor as-cendente del ser y de la conducta; estas dos
conviccio¬nes no son saber teórico, sino expresión de una estruc¬tura
fundamental del alma, y no puede conciliarse en una «unidad superior», por lo
mismo que un ser no puede ser idéntico a otro. Pues el valor de lo que pudiera
llamarse su síntesis, consiste precisamente en que la humanidad haya podido
llegar a sentimientos tan distintos de la vida. Por eso, si ha de haber una
unidad de ambos, debe bus¬carse en otro sitio que en su contenido objetivo: en
el sujeto en que ambos se dan. Al sentir en la distancia entre estas
oposiciones la exaltación de la vida, se am¬plía el alma — aunque no se siente
dogmáticamente incli¬nada a ninguno de los dos partidos — hasta que pueda
abrazar y gozar la desesperación de la vida, y el júbilo de la vida como los
polos de su propia amplitud, de su fuerza, de la riqueza de sus formas.

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