© Libro No. 687. El Pájaro en la Nieve y otros Cuentos. Palacio
Valdés, Armando. Colección E.O. Abril
5 de 2014.
Título original: © EL PÁJARO
EN LA NIEVE Y OTROS CUENTOS. ARMANDO PALACIO VALDÉS
Versión Original: © EL PÁJARO EN LA NIEVE Y OTROS CUENTOS. ARMANDO
PALACIO VALDÉS
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Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
EL PÁJARO EN LA NIEVE
Y OTROS CUENTOS
ARMANDO PALACIO VALDÉS
EL PÁJARO EN LA NIEVE Y
OTROS CUENTOS
ARMANDO PALACIO VALDÉS
EL PÁJARO EN LA NIEVE
Era ciego de nacimiento. Le habían enseñado lo único que los
ciegos suelen aprender, la música; y fue en este arte muy aventajado. Su madre
murió pocos años después de darle vida; su padre, músico mayor de un
regimiento, hacía un año solamente. Tenía un hermano en América que no daba
cuenta de sí; sin embargo, sabía por referencias que estaba casado, que tenía
dos niños muy hermosos y ocupaba buena posición. El padre, indignado, mientras
vivió, de la ingratitud del hijo, no quería oír su nombre; pero el ciego le
guardaba todavía mucho cariño. No podía menos de recordar que aquel hermano,
mayor que él, había sido su sostén en la niñez, el defensor de su debilidad
contra los ataques de los demás chicos, y que siempre le hablaba con dulzura.
La voz de Santiago, al entrar por la mañana en su cuarto diciendo: "¡Hola,
Juanito! Arriba, hombre, no duermas tanto", sonaba en los oídos del ciego
más grata y armoniosa que las teclas del piano y las cuerdas del violín. ¿Cómo
se había transformado en malo aquel corazón tan bueno? Juan no podía
persuadirse de ello y le buscaba un millón de disculpas. Unas veces achacaba la
falta al correo; otras se le figuraba que su hermano no quería escribir hasta
que pudiera mandar mucho dinero; otras pensaba que iba a darles una sorpresa el
mejor día presentándose cargado de millones en el modesto entresuelo que
habitaban; pero ninguna de estas imaginaciones se atrevía a comunicar a su
padre. Únicamente cuando éste, exasperado, lanzaba algún amargo apóstrofe
contra el hijo ausente, se atrevía a decirle: "No se desespere usted,
padre; Santiago es bueno; me da el corazón que ha de escribir uno de estos
días".
El padre se murió sin ver carta de su hijo
mayor, entre un sacerdote que le exhortaba y el pobre ciego que le apretaba
convulso la mano, como si tratase de retenerle a la fuerza en este mundo.
Cuando quisieron sacar el cadáver de casa sostuvo una lucha frenética,
espantosa, con los empleados fúnebres. Al fin se quedó solo: pero ¡qué soledad
la suya! Ni padre, ni madre, ni parientes, ni amigos; hasta el sol le faltaba,
el amigo de todos los seres creados. Pasó dos días metido en su cuarto,
recorriéndolo de una esquina a otra como un lobo enjaulado, sin probar
alimento. La criada, ayudada por una vecina compasiva, consiguió al cabo
impedir aquel suicidio. Volvió a comer y pasó la vida desde entonces rezando y
tocando el piano.
El padre, algún tiempo antes de morir, había
conseguido que le diesen una plaza de organista en una de las iglesias de
Madrid, retribuida con tres pesetas diarias. No era bastante, como se
comprende, para sostener una casa abierta, por modesta que fuese: así que,
pasados los primeros quince días, nuestro ciego vendió por algunos cuartos, muy
pocos por cierto, el humilde ajuar de su morada, despidió a la criada y se fue
de pupilo a una casa de huéspedes pagando dos pesetas. Lo que restaba bastábale
para atender a las demás necesidades. Durante algunos meses vivió el ciego sin
salir a la calle más que para cumplir su obligación; de casa a la iglesia, y de
la iglesia a casa. La tristeza le tenía dominado y abatido de tal suerte que
apenas despegaba los labios. Pasaba las horas componiendo una gran misa de
requiem que contaba se tocase por caridad del párroco en obsequio del alma de
su difunto padre. Y ya que no podía decirse que tenía los cinco sentidos
puestos en su obra, porque carecía de uno, sí diremos que se entregaba a ella
con alma y vida.
El cambio de Ministerio le sorprendió cuando
aún no la había terminado. Ignoro si entraron los radicales, o los
conservadores, o los constitucionales; pero entraron algunos nuevos. Juan no lo
supo sino tarde y con daño. El nuevo Gabinete, pasados algunos días, juzgó que
Juan era un organista peligroso para el orden público, y que desde lo alto del
coro, en las vísperas y misas solemnes, roncando y zumbando en todos los
registros del órgano, le estaba haciendo una oposición verdaderamente
escandalosa. Como el Ministerio entrante no estaba dispuesto, según había
afirmado en el Congreso por boca de uno de sus miembros más autorizados,
"a tolerar imposiciones de nadie", procedió inmediatamente y con
saludable energía a dejar cesante a Juan, buscándole un sustituto que en sus
maniobras musicales ofreciese más garantías o fuese más adicto a las
instituciones. Cuando le notificaron el cese, nuestro ciego no experimentó más
emoción que la sorpresa; allá en el fondo casi se alegró, porque le dejaban más
horas desocupadas para concluir su misa. Solamente se dio cuenta de su
situación cuando al fin del mes se presentó la patrona en el cuarto a pedirle
dinero. No lo tenía, porque ya no cobraba de la iglesia; fue necesario que
llevase a empeñar el reloj de su padre para pagar la casa. Después se quedó
otra vez tan tranquilo y siguió trabajando sin preocuparse de lo porvenir. Mas
otra vez volvió la patrona a pedirle dinero, y otra vez se vio precisado a
empeñar un objeto de la escasísima herencia paterna; era un anillo de diamantes.
Al cabo ya no tuvo qué empeñar. Entonces, por consideración a su debilidad, le
tuvieron algunos días más de cortesía, muy pocos, y después le pusieron en la
calle, gloriándose mucho de dejarle libre el baúl y la ropa, ya que con ella
podía cobrarse de los pocos reales que les quedaba a deber.
Buscó una nueva casa, pero no pudo alquilar
piano, lo cual le causó una inmensa tristeza; ya no podía terminar su misa.
Todavía fue algún tiempo a casa de un almacenista amigo y tocó el piano a
ratos. No tardó, sin embargo, en observar que se le iba recibiendo cada vez con
menos amabilidad y dejó de ir por allá.
Al poco tiempo le echaron de la nueva casa,
pero esta vez quedándose con el baúl en prenda. Entonces comenzó para el ciego
una época tan miserable y angustiosa que pocos se darán cuenta cabal de los
dolores, mejor aún, de los martirios que la suerte le deparó. Sin amigos, sin
ropa, sin dinero, no hay duda que se pasa muy mal en el mundo; mas si a esto se
agrega el no ver la luz del sol y hallarse por lo mismo absolutamente
desvalido, apenas si alcanzamos a divisar el límite del dolor y la miseria. De
posada en posada, arrojado de todas poco después de haber entrado, metiéndose
en la cama para que le lavasen la única camisa que tenía, el calzado roto, los
pantalones con hilachas por debajo, sin cortarse el pelo y sin afeitarse, rodó
Juan por Madrid no sé cuánto tiempo. Pretendió, por medio de uno de los
huéspedes que tuvo, más compasivo que los demás, la plaza de pianista en un
café. Al fin se la otorgaron, pero fue para despedirle a los pocos días. La
música de Juan no agradaba a los parroquianos del Café de la Cebada. No tocaba
jotas, ni polos, ni sevillanas, ni cosa ninguna flamenca, ni siquiera polkas;
pasaba la noche interpretando sonatas de Beethoven y conciertos de Chopin. Los
concurrentes se desesperaban al no poder llevar el compás con las cucharillas.
Otra vez volvió a rodar el mísero por los
sitios más hediondos de la capital. Algún alma caritativa que por casualidad se
enteraba de su estado socorríale indirectamente, porque Juan se estremecía a la
idea de pedir limosna. Comía lo preciso para no morirse de hambre en alguna
taberna de los barrios bajos y dormía por quince céntimos, entre mendigos y
malhechores, en un desván destinado a este fin. En cierta ocasión le robaron,
mientras dormía, los pantalones y le dejaron otros de dril remendados. Era en el
mes de noviembre.
El pobre Juan, que siempre había guardado en
el pensamiento la quimera de la venida de su hermano, ahogado ahora por la
desgracia, comenzó a alimentarla con afán. Hizo que le escribiesen a la Habana,
aunque sin poner señas a la carta porque no las sabía; procuró informarse si le
habían visto, pero sin resultado, y todos los días se pasaba algunas horas
pidiendo a Dios de rodillas que le trajese en su auxilio. Los únicos momentos
felices del desdichado eran los que pasaba en oración en el ángulo de alguna iglesia
solitaria. Oculto detrás de un pilar, aspirando los acres olores de la cera y
la humedad, escuchando el chisporroteo de los cirios y el leve rumor de las
plegarias de los pocos fieles distribuidos por las naves del templo, su alma
inocente dejaba este mundo, que tan cruelmente le trataba, y volaba a
comunicarse con Dios y su Madre Santísima. Tenía la devoción de la Virgen
profundamente arraigada en el corazón desde la infancia. Como apenas había
conocido a su madre, buscó por instinto en la de Dios la protección tierna y
amorosa que sólo la mujer puede dispensar al niño; había compuesto en honor
suyo algunos himnos y plegarias y no se dormía jamás sin besar devotamente el
escapulario del Carmen que llevaba al cuello.
Llegó un día, no obstante, en que el cielo y
la tierra le desampararon. Arrojado de todas partes, sin tener un pedazo de pan
que llevarse a la boca ni ropa con que preservarse del frío, comprendió el
cuitado con terror que se acercaba el instante de pedir limosna. Trabóse una
lucha desesperada en el fondo de su espíritu. El dolor y la vergüenza
disputaron palmo a palmo el terreno a la necesidad; las tinieblas que le
rodeaban hacían aún más angustiosa esta batalla. Al cabo, como era de esperar,
venció el hambre. Después de pasar muchas horas sollozando y pidiendo fuerzas a
Dios para soportar su desdicha resolvióse a implorar la caridad; pero todavía
quiso el infeliz disfrazar la humillación y decidió cantar por las calles de
noche solamente. Poseía una voz regular y conocía a la perfección el arte del
canto; mas tropezóse con la dificultad de no tener medio de acompañarse. Al
fin, otro desgraciado que no lo era tanto como él, le facilitó una guitarra
vieja y rota, y después de arreglarla del mejor modo que pudo, y después de
derramar abundantes lágrimas, salió cierta noche de diciembre a la calle. El
corazón le latía fuertemente, las piernas le temblaban. Cuando quiso cantar en
una de las calles más céntricas no pudo; el dolor y la vergüenza habían formado
un nudo en su garganta. Arrimóse a la pared de una casa, descansó algunos
instantes y, repuesto un tanto, empezó a cantar la romanza de tenor del primer
acto de La favorita. Llamó, desde luego, la atención de los transeúntes un
ciego que no cantaba peteneras o malagueñas, y muchos hicieron círculo en torno
suyo, y no pocos, al observar la maestría con que iba venciendo las
dificultades de la obra, se comunicaron en voz baja su sorpresa y dejaron
algunos cuartos en el sombrero, que había colgado del brazo. Terminada la
romanza, empezó el aria del cuarto acto de La africana. Pero se había reunido
demasiada gente a su alrededor y la autoridad temió que esto fuese causa de
algún desorden, pues era cosa averiguada para los agentes de orden público que
las personas que se reúnen en la calle a escuchar a un ciego demuestran por
este hecho instintos peligrosos de rebelión, hostilidad contra las
instituciones, una actitud, en fin, incompatible con el orden social y la
seguridad del Estado. Por lo cual un guardia cogió a Juan enérgicamente por el
brazo y le dijo:
-A ver, retírese usted a su casa
inmediatamente y no se pare en ninguna calle.
-Pero yo no hago daño a nadie.
-Está usted impidiendo el tránsito. Adelante,
adelante, si no quiere usted ir a la prevención.
Es realmente consolador el ver con qué esmero
procura la autoridad gubernativa que las vías públicas se hallen siempre
limpias de ciegos que canten. Y yo creo, por más que haya quien sostenga lo
contrario, que si pudiese igualmente tenerlas limpias de ladrones y asesinos no
dejaría de hacerlo con gusto.
Retiróse a su zahúrda el pobre Juan,
pesaroso, porque tenía buen corazón, de haber comprometido por un instante la
paz intestina y dado pie para una intervención del poder ejecutivo. Había
ganado cinco reales y un perro grande. Con este dinero comió al día siguiente y
pagó el alquiler del miserable colchón de paja en que durmió. Por la noche
tornó a salir y a cantar trozos de ópera y piezas de canto. Vuelta a reunirse
la gente en torno suyo y vuelta a intervenir la autoridad gritándole con
energía:
-¡Adelante, adelante!
Pero, ¡si iba adelante no ganaba un cuarto,
porque los transeúntes no podían escucharle. Sin embargo Juan marchaba,
marchaba siempre, porque le estremecía, más que la muerte, la idea de infringir
los mandatos de la autoridad y turbar, aunque fuese momentáneamente, el orden
de su país. Cada noche se iban reduciendo más sus ganancias. Por un lado, la
necesidad de seguir siempre adelante, y por otro, la falta de novedad, que en
España se paga siempre muy cara, le iban privando todos los días de algunos
céntimos. Con los que traía para casa al retirarse apenas podía introducir en
el estómago algo para no morirse de hambre. Su situación era ya desesperada.
Sólo un punto luminoso seguía viendo tenazmente el desgraciado entre las
tinieblas de su congojoso estado. Este punto luminoso era la llegada de su
hermano Santiago. Todas las noches, al salir de casa con la guitarra colgada al
cuello, se le ocurría el mismo pensamiento: "Si Santiago estuviese en
Madrid y me oyese cantar me conocería por la voz". Y esta esperanza, mejor
dicho, esta quimera era lo único que le daba fuerzas para soportar la vida.
Llegó otro día, no obstante, en que la
angustia y el dolor no conocieron límites. En la noche anterior no había ganado
más que veinte céntimos. ¡Había estado tan fría!... Como que amaneció Madrid
envuelto en una sábana de nieve de media cuarta de espesor. Y todo el día
siguió nevando sin cesar un instante, lo cual tenía sin cuidado a la mayoría de
la gente y fue motivo de regocijo para muchos aficionados a la estética. Los
poetas que gozaban de una posición desahogada, muy particularmente, pasaron
gran parte del día mirando caer los copos al través de los cristales de su
gabinete y meditando lindos e ingeniosos símiles de esos que hacen gritar al
público en el teatro: "¡Bravo, bravo!", u obligan a exclamar cuando
se leen en un tomo de versos: "¡Qué talento tiene este joven!"
Juan no había tomado más alimento que una
taza de café de ínfima clase y un panecillo. No pudo entretener el hambre
contemplando la hermosura de la nieve, en primer lugar, porque no tenía vista,
y en segundo, porque aunque la tuviese era difícil que al través de la reja de
vidrio empañada y sucia de su desván pudiera verla. Pasó el día acurrucado
sobre el colchón, recordando los días de la infancia y acariciando la dulce
manía de la vuelta de su hermano. Al llegar la noche, apretado por la
necesidad, desfallecido, bajó a la calle a implorar una limosna. Ya no tenía
guitarra; la había vendido por tres pesetas en un momento parecido de apuro.
La nieve caía con la misma constancia, puede
decirse con el mismo encarnizamiento. Las piernas le temblaban al pobre ciego
lo mismo que el día primero en que salió a cantar; pero esta vez no era de
vergüenza, sino de hambre. Avanzó como pudo por las calles, enfangándose hasta
más arriba del tobillo. Su oído le decía que no cruzaba apenas ningún
transeúnte; los coches no hacían ruido y estuvo expuesto a ser atropellado por
uno. En una de las calles céntricas se puso al fin a cantar el primer trozo de
ópera que acudió a sus labios. La voz salía débil y enronquecida de la
garganta; nadie se acercaba a él ni siquiera por curiosidad. "Vamos a otra
parte", se dijo, y bajó por la carrera de San Jerónimo, caminando
torpemente sobre la nieve, cubierto ya de un blanco cendal y con los pies
chapoteando agua. El frío se le iba metiendo por los huesos; el hambre le
producía fuerte dolor en el estómago. Llegó un momento en que el frío y el
dolor le apretaron tanto que se sintió casi desvanecido, creyó morir y,
elevando el espíritu a la Virgen del Carmen, su protectora, exclamó con voz
acongojada: "¡Madre mía, socórreme!" Y después de pronunciar estas
palabras se sintió un poco mejor y marchó, o más propiamente, se arrastró hasta
la plaza de las Cortes. Allí se arrimó a la columna de un farol, y todavía bajo
la impresión del socorro de la Virgen comenzó a cantar el Ave María, de Gounod,
una melodía a la cual siempre había tenido mucha afición. Pero nadie se
acercaba tampoco. Los habitantes de la villa estaban todos recogidos en los
cafés y teatros o bien en sus hogares haciendo bailar a sus hijos sobre las
rodillas al amor de la lumbre. Seguía cayendo la nieve pausada y copiosamente,
decidida a prestar asunto al día siguiente a todos los revisteros de periódicos
para encantar a sus aficionados con una docena de frases delicadas. Los
transeúntes que casualmente cruzaban lo hacían apresuradamente, arrebujados en
sus capas y tapándose con el paraguas. Los faroles se habían puesto el gorro
blanco de dormir y dejaban escapar melancólica claridad. No se oía ruido alguno
si no era el rumor vago y lejano de los coches y el caer incesante de los copos
como un crujido levísimo y prolongado de sedería. Sólo la voz de Juan vibraba
en el silencio de la noche saludando a la Madre de los Desamparados. Y su
canto, más que himno de salutación, parecía un grito de congoja algunas veces;
otras, un gemido triste y resignado que helaba el corazón más que el frío de la
nieve.
En vano clamó el ciego largo rato pidiendo
favor al Cielo; en vano repitió el dulce nombre de María un sinnúmero de veces,
acomodándolo a los diversos tonos de la melodía. El Cielo y la Virgen estaban
lejos, al parecer, y no le oyeron; los vecinos de la plaza estaban cerca, pero
no quisieron oírle. Nadie bajó a recogerlo; ningún balcón se abrió siquiera
para dejar caer sobre él una moneda de cobre. Los transeúntes, como si viniesen
perseguidos de cerca por la pulmonía, no osaban detenerse.
Al fin ya no pudo cantar más; la voz expiraba
en la garganta; las piernas se le doblaban; iba perdiendo la sensibilidad en
las manos. Dio algunos pasos y se sentó en la acera al pie de la verja que
rodea el jardín. Apoyó los codos en las rodillas y metió la cabeza entre las
manos. Y pensó vagamente en que había llegado el último instante de su vida; y
volvió a rezar fervorosamente implorando la misericordia divina.
Al cabo de un rato creyó observar que un
transeúnte se paraba delante de él y se sintió cogido por el brazo. Levantó la
cabeza y, sospechando que sería lo de siempre, preguntó tímidamente:
-¿Es usted algún guardia?
-No soy ningún guardia -repuso el
transeúnte-; pero levántese usted.
-Apenas puedo, caballero.
-¿Tiene usted mucho frío?
-Sí, señor..., y además no he comido hoy.
-Entonces, yo le ayudaré... Vamos...,
¡arriba!
El caballero cogió a Juan por los brazos y le
puso en pie; era un hombre vigoroso.
-Ahora apóyese usted bien en mí y vamos a ver
si hallamos un coche.
-Pero, ¿dónde me lleva usted?
-A ningún sitio malo. ¿Tiene usted miedo?
-¡Ah, no! El corazón me dice que es usted una
persona caritativa.
-Vamos andando..., a ver si llegamos pronto a
casa para que usted se seque y tome algo caliente.
-Dios se lo pagará a usted, caballero..., la
Virgen se lo pagará... Creí que iba a morirme en ese sitio.
-Nada de morirse... No hable usted de eso ya.
Lo que importa ahora es dar pronto con un simón... Vamos adelante... ¿Qué es
eso? ¿Tropieza usted?
-Sí, señor; creo que he dado con la columna
de un farol... ¡Como soy ciego...!
-¿Es usted ciego? -preguntó vivamente el
desconocido.
-Sí, señor.
-¿Desde cuándo?
-Desde que nací...
Juan sintió estremecerse el brazo de su
protector; y siguieron caminando en silencio. Al cabo éste se detuvo un
instante y le preguntó con voz alterada:
-¿Cómo se llama usted?
-Juan.
-¿Juan qué?
-Juan Martínez.
-Su padre de usted, Manuel, ¿verdad? Músico
mayor del tercero de Artillería, ¿no es cierto?
-Sí, señor.
En el mismo instante el ciego se sintió
apretado fuertemente por unos brazos vigorosos que casi le asfixiaron y escuchó
en su oído una voz temblorosa que exclamó:
-¡Dios mío, qué horror y qué felicidad! Soy
un criminal, soy tu hermano Santiago.
Y los dos hermanos quedaron abrazados y
sollozando algunos minutos en medio de la calle. La nieve caía sobre ellos
dulcemente.
Santiago se desprendió bruscamente de los
brazos de su hermano y comenzó a gritar salpicando sus palabras con fuertes
interjecciones:
-¡Un coche, un coche! ¿No hay un coche por
ahí?...¡Maldita sea mi suerte! Vamos, Juanillo, haz un esfuerzo; llegaremos
pronto... Pero, señor, ¿dónde se meten los coches?... Ni uno solo cruza por
aquí... Allá lejos veo uno... ¡Gracias a Dios!... ¡Se aleja el maldito!... Aquí
está otro...; éste ya es mío. A ver cochero..., cinco duros si usted nos lleva
volando al hotel número diez de la Castellana.
Y cogiendo a su hermano en brazos como si
fuera un chico lo metió en el coche y detrás se introdujo él. El cochero arreó
a la bestia y el carruaje se deslizó velozmente y sin ruido sobre la nieve.
Mientras caminaban, Santiago, teniendo siempre abrazado al pobre ciego, le
contó rápidamente su vida. No había estado en Cuba, sino en Costa Rica, donde
juntó una respetable fortuna; pero había pasado muchos años en el campo, sin
comunicación apenas con Europa. Escribió tres o cuatro veces por medio de los
barcos que traficaban con Inglaterra y no obtuvo respuesta. Y siempre pensando
tornar a España al año siguiente, dejó de hacer averiguaciones, proponiéndose
darles una agradable sorpresa. Después se casó y este acontecimiento retardó
mucho su vuelta. Pero hacía cuatro meses que estaba en Madrid, donde supo por
el registro parroquial que su padre había muerto. De Juan le dieron noticias
vagas y contradictorias; unos le dijeron que se había muerto también; otros
que, reducido a la última miseria, había ido por el mundo cantando y tocando la
guitarra. Fueron inútiles cuantas gestiones hizo por averiguar su paradero.
Afortunadamente, la Providencia se encargó de llevarlo a sus brazos. Santiago
reía unas veces, lloraba otras, mostrando siempre el carácter franco, generoso
y jovial de cuando niño.
Paró el coche al fin. Un criado vino a abrir
la portezuela. Llevaron a Juan casi en volandas hasta su casa. Al entrar
percibió una temperatura tibia, el aroma de bienestar que esparce la riqueza;
los pies se le hundían en mullida alfombra. Por orden de Santiago, dos criados
le despojaron inmediatamente de sus harapos empapados de agua y le pusieron
ropa limpia y de abrigo. En seguida le sirvieron en el mismo gabinete, donde
ardía un fuego delicioso, una taza de caldo confortador y después algunas
viandas, aunque con la debida cautela, por la flojedad en que debía hallarse su
estómago. Subieron además de la bodega el vino más exquisito y añejo. Santiago
no dejaba de moverse, dictando las órdenes oportunas, acercándose a cada
instante al ciego para preguntarle con ansiedad:
-¿Cómo te encuentras ahora, Juan? ¿Estás
bien? ¿Quieres otro vino? ¿Necesitas más ropa?
Terminada la refacción se quedaron ambos
algunos momentos al lado de la chimenea. Santiago preguntó a un criado si la
señora y los niños estaban ya acostados y habiéndole respondido
afirmativamente, dijo a su hermano rebosando de alegría:
-¿Tú no tocas el piano?
-Sí.
-Pues vamos a dar un susto a mi mujer y a mis
hijos. Ven al salón.
Y le condujo hasta sentarle delante del
piano. Después levantó la tapa para que se oyera mejor, abrió con cuidado las
puertas y ejecutó todas las maniobras conducentes a producir una sorpresa en la
casa; pero todo ello con tal esmero, andando sobre las puntas de los pies,
hablando en falsete y haciendo tantas y tan graciosas muecas, que Juan al
notarlo no pudo menos de reírse, exclamando:
-¡Siempre el mismo, Santiago!
-Ahora toca, Juanillo, toca con todas tus
fuerzas.
El ciego comenzó a ejecutar una marcha
guerrera. El silencioso hotel se estremeció de pronto, como una caja de música
cuando se le da cuerda. Las notas se atropellaban al salir del piano, pero
siempre con ritmo belicoso. Santiago exclamaba de vez en cuando:
-¡Más fuerte, Juanillo, más fuerte!
Y el ciego golpeaba el teclado cada vez con
mayor brío. Ya veo a mi mujer detrás de las cortinas... ¡Adelante, Juanillo,
adelante!... Está la pobre en camisa..., ¡ji, ji!..., me hago como que no la
veo... Se va a creer que estoy loco...,¡ji, ji!... ¡Adelante, Juanillo,
adelante!
Juan obedecía a su hermano, aunque sin gusto
ya, porque deseaba conocer a su cuñada y besar a sus sobrinos.
-Ahora veo a mi hija Manolita, que también
sale en camisa. ¡Calla, también se ha despertado Paquito!... ¿No te he dicho
que todos iban a recibir un susto?... Pero se van a constipar si andan de ese
modo más tiempo... No toques más, Juan, no toques más.
Cesó el estrépito infernal.
-Vamos, Adela, Manolita, Paquito, abrigaos un
poco y venid a dar un abrazo a mi hermano Juan. Éste es Juan, de quien tanto os
he hablado, a quien acabo de encontrar en la calle a punto de morirse helado
entre la nieve... ¡Vamos, vestíos pronto!
La noble familia de Santiago vino
inmediatamente a abrazar al pobre ciego. La voz de la esposa era dulce y
armoniosa; Juan creía escuchar la de la Virgen; notó que lloraba cuando su
marido relató de qué modo le había encontrado. Y todavía quiso añadir más
cuidados a los de Santiago: mandó traer un calorífero y ella misma se lo puso
debajo de los pies; después le envolvió las piernas en una manta y le puso en
la cabeza una gorra de terciopelo. Los niños revoloteaban en torno de la
butaca, acariciándole y dejándose acariciar de su tío. Todos escucharon en
silencio y embargados por la emoción el breve relato que de sus desgracias les
hizo. Santiago se golpeaba la cabeza, su esposa lloraba; los chicos, atónitos,
le decían estrechándole la mano: "No volverás a tener hambre ni salir a la
calle sin paraguas, verdad, tiíto?... Yo no quiero; Manolita no quiere
tampoco..., ni papá, ni mamá".
-¡A que no le das tu cama, Paquito! -dijo
Santiago, pasando a la alegría inmediatamente.
-¡Si no quepe en ella, papá! En la sala hay
otra muy grande, muy grande, muy grande...
-No quiero cama ahora... -interrumpió Juan-
¡Me encuentro tan bien aquí!...
-¿Te duele el estómago como antes? -preguntó
Manolita abrazándole y besándole.
-No, hija mía, no, ¡bendita seas!... No me
duele nada...; soy muy feliz... Lo único que tengo es sueño...; se me cierran
los ojos sin poderlo remediar...
-Pues por nosotros no dejes de dormir, Juan
-dijo Santiago.
-Sí, tííto, duerme, duerme -dijeron a un
tiempo Manolita y Paquito echándole los brazos al cuello y cubriéndole de
caricias.
Y se durmió, en efecto. Y despertó en el
Cielo.
Al amanecer del día siguiente, un agente de
Orden público tropezó con su cadáver entre la nieve. El médico de la Casa de
Socorro certificó que había muerto por la congelación de la sangre.
-Mira, Jiménez -dijo un guardia de los que le
habían llevado a su compañero-. ¡Parece que se está riendo!
LA CONFESIÓN DE UN CRIMEN
En el vasto salón del Prado aún no había
gente. Era temprano: las cinco y media nada más. A falta de personas formales,
los niños tomaban posesión del paseo, utilizándolo para los juegos de aro, de
la cuerda, de la pelota, pío campo, escondite y otros no menos respetables, tan
respetables, por lo menos, y por de contado más saludables que los del ajedrez,
tresillo, ruleta y siete y media con que los hombres se divierten. Y si no
temiera ofender las instituciones, me atrevería a ponerlos en parangón con los
del salón de conferencias del Congreso y de la Bolsa, seguro de que tampoco
habían de desmerecer.
El sol aún seguía bañando una parte no
insignificante del paseo. Los chiquillos resaltaban sobre la arena como un
enjambre de mosquitos en una mesa de mármol. Las niñeras, guardianes fieles de
aquel rebaño, con sus cofias blancas y rizadas, las trenzas del cabello
sueltas, las manos coloradas y las mejillas rebosando una salud que yo para mi
deseo, se agrupaban a la sombra sentadas en algún banco, desahogando con placer
sus respectivos pechos, henchidos de secretos domésticos, sin que por eso
perdiesen de vista un momento -dicho sea en honor suyo- los inquietos y menudos
objetos de su vigilancia. Tal vez que otra se levantaban corriendo para ir a
socorrer a algún mosquito infeliz que se había caído boca abajo y se revolcaba
en la arena con horrísonos chillidos: otras veces llamaban imperiosamente al
que se desmandaba y le residenciaban ante el consejo de doncellas y amas de
cría, amonestándole suavemente o recriminándole con dureza y administrándole
algún leve correctivo en
la parte posterior, según el
sistema y el temperamento de cada juez.
Esperando la llegada de la gente me senté en
una silla metálica de las que dividen el paseo, y me puse a contemplar con ojos
distraídos el juego de los chicos. Detrás de mí estaban sentadas dos niñas de
once a doce años de edad cuyos perfiles -lo único que veía de ellas- eran de
una corrección y pureza encantadoras. Ambas rubias y ambas vestidas con
singular gracia y elegancia. En Madrid esto último no tiene nada de
extraordinario, porque las mamás que han renunciado a ser coquetas para sí lo
continúan siendo en sus hijas y han convenido en hacerse una competencia poco
favorable a los bolsillos de los papás. Me llamó la atención desde luego la
gravedad que las dos mostraban y el poco o ningún efecto que les causaba la
alegría de los demás muchachos. Al principio creí que aquella cirscunspección
procedía de considerarse ya demasiado formales para corretear, y me pareció
cómica; pero, observando mejor me convencí de que algo serio pasaba entre
ellas, y como no tenía otra cosa
que hacer, cambié de silla
disimuladamente y me acerqué cuanto pude a fin de averiguarlo.
La una estaba pálida y tenía la vista fija
constantemente en el suelo; la otra la miraba de vez en cuando con inquietud y
tristeza. Cuando me acerqué guardaban silencio; pero no tardó en romperlo la
primera exclamando en voz baja y con acento melancólico:
-¡Si lo hubiera sabido, no saldría hoy a
paseo!
-¿Por qué? -repuso la segunda-. De todos
modos algún día os habíais de encontrar.
La primera no replicó nada a esta
observación, y callaron un buen rato. Al cabo, la segunda dijo, poniéndole una
mano sobre el hombro:
-¿Sabes lo que estoy pensando, Asunción?
-¿Qué?
-Que debías decírselo todo. Lola es buena
niña, aunque tenga el genio vivo. ¿No te acuerdas cuando nos pegamos y nos
arañamos porque le quité de ser la mamá?... Ya ves que le pasó en seguida...
-Sí, pero esto es muy distinto.
-Ya lo sé que es distinto...; pero debes
decírselo.
-¡Ay! No me mandes eso, por Dios, Luisa... De
seguro no me vuelve a decir adiós y se lo cuenta en seguida a sus papás.
-¿Y no será peor que se lo cuente otra
persona?... ¡Hay niñas tan mal intencionadas!... Elvira lo sabe ya...; no sé
quién se lo ha dicho...
Profunda debió ser la impresión que esta
noticia causó en el ánimo de Asunción, porque no volvió a despegar los labios y
siguió escuchando consternada las razones de su amiga, que las amontonaba de un
modo incoherente, pero con resolución.
El paseo se iba poblando poco a poco. El sol
no se enseñoreaba ya sino de uno de los ángulos del salón; al retirarse dejaba
claro y nítido el ambiente, en el cual resaltaban con admirable pureza el
obelisco del Dos de Mayo y las agujas del Museo de Artillería y de San
Jerónimo. Los pequeños retrocedían ante la invasión de los grandes a los
parajes más apartados, donde establecían nuevamente sus juegos. Un chico rubio,
vestido de marinero, se quedó fijo delante de nuestras niñas contemplándolas
con insistencia; no hallando, al parecer, conveniente la gravedad que
mostraban, se puso a hacerlas muecas en son de menosprecio. Luisa, al verse
interrumpida en su discurso, se levantó furiosa y le tiró de los cabellos. El
chico se alejó llorando.
Al cabo de un rato, cuando ya me disponía a
dejar la silla para dar algunas vueltas, oí exclamar a Luisa:
-¡Calla..., calla..., me parece que ahí viene
Lola! Asunción se estremeció y levantó la cabeza vivamente.
-Sí, sí; es ella -continuó Luisa-. Viene con
Pepita y con Concha y Eugenia... Es el primer domingo que viene después de la
muerte de su hermano... ¡No te pongas así, niña!... No te asustes... Verás; yo
lo voy a arreglar todo.
Asunción, en efecto, había empalidecido y
estaba clavada e inmóvil en la silla como una estatua. Pronto divisé un grupo
de niñas de su misma edad que se aproximaba; en el centro venía una
completamente enlutada, morenita, con grandes ojos negros y profundos, que
debía ser la causante de los temores de Asunción. Luisa se levantó a recibirlas
y echó una carrerita para cambiar con ellas buena partida de besos, cuyo rumor
llegó hasta mis oídos. Asunción no se movió. Al llegar, todas la saludaron con
efusión, no siendo por cierto la menos expansiva la enlutada Lolita. Después de
cambiadas las primeras impresiones, observé que Luisa hacía señas a Asunción en
ademán de pedir algo, y que Asunción lo negaba, también por señas, pero con
energía. Luisa, sin embargo, se resolvió a hacer lo que pretendía a despecho de
su amiga, y llegándose a Lola, le dijo:
-Mira, Asunción tiene que decirte una cosa;
ve a sentarte junto a ella.
Lolita se vino hacia la melancólica niña y le
preguntó cariñosamente tocándole la cara:
-¿Qué tienes que decirme, Chonchita?
La pobre Asunción, completamente abatida, no
contestó nada; visto lo cual por su amiga, tomó asiento al lado, y la instó con
mucha viveza para que le contase lo que la ponía tan triste.
-Mira, Lola -comenzó con voz temblorosa y
casi imperceptible ; después que te lo diga ya no me querrás.
Lola protestó con una mueca.
-No, no me querrás... Dame un beso ahora...
Después que te lo diga no me darás ningún otro.
Lolita se manifestó sorprendida, pero le dio
algunos besos sonoros.
-Mañana hace un mes que murió tu hermano
Pepito... Yo sé que has tenido una convulsión por haber visto el ataúd... A mí
no me han dejado ir a tu casa porque decían que me iba a impresionar, pero toda
la tarde la pasé llorando... Luisa te lo puede decir... Lloraba porque Pepito y
yo éramos novios... ¿No lo sabías?
-¡No!
-Pues lo éramos desde hacía dos meses. Me
escribió una carta y me la dio un día al entrar en tu casa; salió de un cuarto
de repente, me la dio y se echó a correr. Me decía que desde la primera vez que
me había visto le había gustado, que podríamos ser novios si yo lo quería, y
que en concluyendo la carrera de abogado, que era la que pensaba seguir, nos
casaríamos. A mí me daba mucha vergüenza contestarle, pero como a Luisa le
había escrito también Paco Núñez declarándose, yo por encargo de ella le dije
un día en el paseo: "Paco, de parte de Luisa, que sí", y a la otra
vuelta Luisa le dijo a Pepito: "Pepito, de parte de Asunción, que
sí". Y quedamos novios. Los domingos cuando bailábamos en tu casa o en la
mía me sacaba más veces que a las demás, pero no se atrevía a decirme nada... A
pesar de eso, una vez bailando, como estaba triste y hablaba poco, le pregunté
si estaba enfadado, y él me contestó: "Yo no me enfado con nadie, y mucho
menos contigo". Yo me puse colorada... y
él también... Todos los días
por la tarde iba a esperarme a la salida del colegio; se estaba paseando por
delante hasta que yo salía y después me seguía hasta casa...
Aquí Asunción cesó de hablar y Lola, que la
escuchaba con tristeza y curiosidad, aguardó un rato a que continuase, y viendo
que no lo hacía, le preguntó:
-Pero, ¿por qué me decías que después de
contármelo no iba a darte más besos y todas aquellas cosas?... Al contrario,
ahora te quiero más... Mira cómo te quiero.
Y Lolita, al decir esto, le daba apasionados
besos.
-Espera, espera... No me beses... ¿De qué
murió tu hermano? ¿No dijeron los médicos que había muerto de una mojadura que
había cogido?
-Sí.
-Pues esa mojadura, Lola... la cogió por
causa mía... Sí, la cogió por causa mía... Una tarde en que estaba lloviendo a
cántaros, fue a esperarme al colegio... Le vi por los cristales metido en un
portal..., en el portal de enfrente. No traía paraguas. Cuando salimos yo me
tapé perfectamente porque la criada había traído uno para mí y otro para
ella... Pepito nos siguió al descubierto...; llovía atrozmente... y yo, en vez
de ofrecerle el paraguas y taparme con el de la criada, le dejé ir mojándose
hasta casa... Pero no fue gusto mío, Lola..., por Dios, no lo creas...; fue que
me daba vergüenza...
Al decir estas palabras le embargó la
emoción, se le anudó la voz en la garganta y rompió a sollozar fuertemente.
Lolita se la quedó mirando un buen rato, con ojos coléricos, el semblante
pálido, las cejas fruncidas; por último se levantó repentinamente y fue a
reunirse con sus amigas, que estaban algo apartadas formando un grupo. La vi
agitar los brazos en medio de ellas narrando, al parecer, el suceso con
vehemencia, y observé que algunas lágrimas se desprendían de sus ojos, sin que
por eso perdiesen la expresión dura y sombría. Asunción permaneció sentada, con
la cabeza baja y ocultando el rostro entre las manos.
En el grupo de Lolita hubo acalorada
deliberación. Las amigas se esforzaban en convencerla para que otorgase su
perdón a la culpable. Lolita se negaba a ello con una mímica (lo único que yo
percibía) altiva y violenta. Luisa no cesaba de ir y venir consolando a su
triste amiga y procurando calmar a la otra.
El sol se había retirado ya del paseo, aunque
anduviese todavía por las ramas de los árboles y las fachadas de las casas. La
estatua de Apolo que corona la fuente del centro recibía su postrera caricia;
los lejanos palacios del paseo de Recoletos resplandecían en aquel instante
como si fuesen de plata. El salón estaba ya lleno de gente.
Después de discutir con violencia y de
rechazar enérgicamente las proposiciones conciliadoras, Lolita se encerró en un
silencio sombrío. Al ver esta muestra de debilidad, las amigas apretaron el
asedio, enviando cada cual un argumento más o menos poderoso; sobre todo Luisa,
era incansable en formar silogismos, que alternaba sin cesar con súplicas
ardientes.
Al fin Lolita volvió lentamente la cabeza
hacia Asunción. La pobre niña seguía en la misma postura, abatida, ocultando
siempre el rostro con las manos. Al verla, debió pasar un soplo de
enternecimiento por el corazón de la irritada hermana; destacóse del grupo, y
viniendo hacia ella le echó los brazos al cuello diciendo:
-No llores, Chonchita, no llores.
Pero al pronunciar estas palabras lloraba
también. La cabecita rubia y la morena estuvieron un instante confundidas.
Rodeáronlas las amigas y ni una sola dejó de verter lágrimas.
-¡Vamos, niñas, que nos están mirando! -dijo
Luisa-. Enjugad las lágrimas y vamos a pasear.
Y en efecto, llevándose el pañuelo a los
ojos, la primera, con rostro sereno y risueño se mezclaron agrupadas entre la
muchedumbre, y las perdí pronto de vista.
EL CRIMEN DE LA CALLE DE LA
PERSEGUIDA
-Aquí donde usted me ve soy un asesino.
-¿Cómo es eso, don Elías? -pregunté riendo,
mientras le llenaba la copa de cerveza.
Don Elías es el individuo más bondadoso, más
sufrido y disciplinado con que cuenta el Cuerpo de Telégrafos; incapaz de
declararse en huelga, aunque el director le mande cepillarle los pantalones.
-Sí, señor...; hay circunstancias en la
vida..., llega un momento en que el hombre más pacífico...
-A ver, a ver; cuente usted eso -dije picado
de curiosidad.
-Fue en el invierno del setenta y ocho. Había
quedado excedente por reforma, y me fui a vivir a O... con una hija que allí
tengo casada. Mi vida era demasiado buena: comer, pasear, dormir. Algunas veces
ayudaba a mi yerno, que está empleado en el Ayuntamiento, a copiar las minutas
del secretario. Cenábamos invariablemente a las ocho. Después de acostar a mi
nieta, que entonces tenía tres años y hoy es una moza gallarda, rubia, metida
en carnes, de esas que a usted le gustan (yo bajé los ojos modestamente y bebí
un trago de cerveza), me iba a hacer la tertulia a doña Nieves, una señora
viuda que vive sola en la calle de la Perseguida, a quien debe mi yerno su
empleo. Habita una casa de su propiedad, grande, antigua, de un solo piso, con
portalón oscuro y escalera de piedra. Solía ir también por allá don Gerardo
Piquero, que había sido administrador de la Aduana de Puerto Rico y estaba
jubilado. Se murió hace dos años el pobre. Iba a las nueve; yo nunca llegaba
hasta después de las nueve y media. En cambio, a las diez y media en punto
levantaba tiendas, mientras yo acostumbraba a quedarme hasta las once o algo
más.
Cierta noche me despedí, como de costumbre, a
estas horas. Doña Nieves es muy económica, y se trata a lo pobre aunque posee
una hacienda bastante para regalarse y vivir como gran señora. No ponía luz
alguna para alumbrar la escalera y el portal. Cuando don Gerardo o yo salíamos,
la criada alumbraba con el quinqué de la cocina desde lo alto. En cuanto
cerrábamos la puerta del portal, cerraba ella la del piso y nos dejaba casi en
tinieblas; porque la luz que entraba de la calle era escasísima.
Al dar el primer paso sentí lo que se llama
vulgarmente un calé, esto es, me metieron con un fuerte golpe el sombrero de
copa hasta las narices. El miedo me paralizó y me dejé caer contra la pared.
Creí escuchar risas, y un poco repuesto del susto me saqué el sombrero.
-¿Quién va? -dije dando a mi voz acento
formidable y amenazador.
Nadie respondió. Pasaron por mi imaginación
rápidamente varios supuestos. ¿Tratarían de robarme? ¿Querrían algunos
pilluelos divertirse a mi costa? ¿Sería algún amigo bromista? Tomé la
resolución de salir inmediatamente, porque la puerta estaba libre. Al llegar al
medio del portal, me dieron un fuerte azote en las nalgas con la palma de la
mano, y un grupo de cinco o seis hombres me tapó al mismo tiempo la puerta.
-¡Socorro! -grité con voz apagada,
retrocediendo de nuevo hacia la pared. Los hombres comenzaron a brincar delante
de mí, gesticulando de modo extravagante. Mi terror había llegado al colmo.
-¿Dónde vas a estas horas, ladrón? -dijo uno
de ellos.
-Irá a robar a algún muerto. Es el médico
-dijo otro.
Entonces cruzó por mi mente la sospecha de
que estaban borrachos, y recobrándome, exclamé con fuerza:
-¡Fuera, canalla! Dejadme paso o mato a uno.
Al mismo tiempo enarbolé el bastón de hierro
que me había regalado un maestro de la fábrica de armas y que acostumbraba a
llevar por las noches.
Los hombres, sin hacer caso, siguieron
bailando ante mí y ejecutando los mismos gestos desatinados. Pude observar a la
tenue claridad que entraba de la calle que ponían siempre por delante uno como
más fuerte o resuelto, detrás del cual los otros se guarecían:
-¡Fuera! -volví a gritar, haciendo molinete
con el bastón.
-¡Ríndete, perro! -me respondieron sin
detenerse en su baile fantástico.
Ya no me cupo duda, estaban ebrios. Por esto
y porque en sus manos no brillaba arma alguna, me tranquilicé relativamente.
Bajé el bastón, y procurando dar a mis palabras acento de autoridad, les dije:
-¡Vaya, vaya; poca guasa! A ver si me dejáis
paso.
-¡Ríndete, perro! ¿Vas a chupar la sangre de
los muertos? ¿Vas a cortar alguna pierna? ¡Arrancarle una oreja! ¡Sacarle un
ojo! ¡Tirarle por las narices!
Tales fueron las voces que salieron del grupo
en contestación a mi requisitoria. Al mismo tiempo avanzaron más hacia mí. Uno
de ellos, no el que venía delante, sino otro, extendió el brazo por encima del
hombro del primero y me agarró de las narices y me dio un fuerte tirón que me
hizo lanzar un grito de dolor. Di un salto de través, porque mis espaldas
tocaban casi la pared, y logré apartarme un poco de ellos, y alzando el bastón,
lo descargué ciego de cólera sobre el que venía delante. Cayó pesadamente al
suelo sin decir ¡ay! Los demás huyeron.
Quedé solo y aguardé anhelante que el herido
se quejase o se moviese. Nada; ni un gemido, ni el más leve movimiento.
Entonces me vino la idea de que pude matarlo. El bastón era realmente pesado, y
yo he tenido toda la vida la manía de la gimnasia. Me apresuré, con mano
temblorosa, a sacar la caja de cerillas y encendí un fósforo.
No puedo describirle lo que en aquel instante
pasó por mí. Tendido en el suelo, boca arriba, yacía un hombre muerto. ¡Muerto,
sí! Claramente vi pintada la muerte en su rostro pálido. El fósforo me cayó de
los dedos y quedé otra vez en tinieblas. No le vi más que un momento, pero la
visión fue tan intensa que ni un pormenor se me escapó. Era corpulento, la
barba negra y enmarañada, la nariz grande y aguileña; vestía blusa azul,
pantalones de color y alpargatas; en la cabeza llevaba boina negra. Parecía un obrero
de la fábrica de armas, un armero, como allí suele decirse.
Puedo afirmarle, sin mentir, que las cosas
que pensé en un segundo, allí, en la oscuridad, no tendría tiempo de pensarlas
ahora en un día entero. Vi con perfecta claridad lo que iba a suceder. La
muerte de aquel hombre divulgada en seguida por la ciudad; la policía echándome
mano; la consternación de mi yerno, los desmayos de mi hija, los gritos de mi
nietecita; luego la cárcel, el proceso arrastrándose perezosamente al través de
los meses y acaso de los años; la dificultad de probar que había sido en defensa
propia: la acusación del fiscal llamándome asesino, como siempre acaece en
estos casos; la defensa de mi abogado alegando mis honrados antecedentes; luego
la sentencia de la Sala absolviéndome quizá, quizá condenándome a presidio.
De un salto me planté en la calle y corrí
hasta la esquina; pero allí me hice cargo de que venía sin sombrero y me volví.
Penetré de nuevo en el portal, con gran repugnancia y miedo. Encendí otro
fósforo y eché una mirada oblicua a mi víctima con la esperanza de verle
alentar. Nada; allí estaba en el mismo sitio, rígido, amarillo, sin una gota de
sangre en el rostro, lo cual me hizo pensar que había muerto de conmoción
cerebral. Busqué el sombrero, metí por él la mano cerrada para desarrugarlo, me
lo puse y salí.
Pero esta vez me guardé de correr. El
instinto de conservación se había apoderado de mí por completo, y me sugirió
todos los medios de evadir la justicia. Me ceñí a la pared por el lado de la
sombra, y haciendo el menor ruido con los pasos doblé pronto la esquina de la
calle de la Perseguida, entré en la de San Joaquín y caminé la vuelta de mi
casa. Procuré dar a mis pasos todo el sosiego y compostura posibles. Mas he
aquí que en la calle de Altavilla, cuando ya me iba serenando, se acerca de
improviso un guardia del Ayuntamiento.
-Don Elías, ¿tendrá usted la bondad de
decirme...?
No oí más. El salto que di fue tan grande que
me separé algunas varas del esbirro. Luego, sin mirarle, emprendí una carrera
desesperada, loca, al través de las calles. Llegué a las afueras de la ciudad y
allí me detuve jadeante y sudoroso. Acudió a mí la reflexión. ¡Qué barbaridad
había hecho! Aquel guardia me conocía. Lo más probable es que viniese a
preguntarme algo referente a mi yerno. Mi conducta extravagante le habría
llenado de asombro. Pensaría que estaba loco; pero a la mañana siguiente,
cuando se tuviese noticia del crimen, seguramente concebiría sospechas y daría
parte del hecho al juez. Mi sudor se tornó frío de repente.
Caminé aterrado hacia mi casa y no tardé en
llegar a ella. Al entrar se me ocurrió una idea feliz. Fui derecho a mi cuarto,
guardé el bastón de hierro en el armario y tomé otro de junco que poseía, y
volví a salir. Mi hija acudió a la puerta sorprendida. Inventé una cita con un
amigo en el Casino, y, efectivamente, me dirigí a paso largo hacia este sitio.
Todavía se hallaban reunidos en la sala contigua al billar unos cuantos de los
que formaban la tertulia de última hora. Me senté al lado de ellos, aparenté
buen humor, estuve jaranero en exceso y procuré por todos los medios que se
fijasen en el ligero bastoncillo que llevaba en la mano. Lo doblaba hasta
convertirlo en un arco, me azotaba los pantalones, lo blandía a guisa de
florete, tocaba con él en la espalda de los tertulios para preguntarles
cualquier cosa, lo dejaba caer al suelo. En fin, no quedó nada que hacer.
Cuando al fin la tertulia se deshizo y en la
calle me separé de mis compañeros, estaba un poco más sosegado. Pero al llegar
a casa y quedarme solo en el cuarto, se apoderó de mí una tristeza mortal.
Comprendí que aquella treta no serviría más que para agravar mi situación en el
caso de que las sospechas recayesen sobre mí. Me desnudé maquinalmente y
permanecí sentado al borde de la cama larguísimo rato, absorto en mis
pensamientos tenebrosos. Al cabo el frío me obligó a acostarme.
No pude cerrar los ojos. Me revolqué mil
veces entre las sábanas, presa de fatal desasosiego, de un terror que el
silencio y la soledad hacían más cruel. A cada instante esperaba oír
aldabonazos en la puerta y los pasos de la policía en la escalera. Al amanecer,
sin embargo, me rindió el sueño; mejor dicho, un pesado letargo, del cual me
sacó la voz de mi hija:
-Que ya son las diez, padre. ¿Qué ojeroso
está usted! ¿Ha pasado mala noche?
-Al contrario, he dormido divinamente -me
apresuré a responder.
No me fiaba ni de mi hija. Luego añadí
afectando naturalidad:
-¿Ha venido ya El Eco del Comercio?
-¡Anda! ¿Ya lo creo!
Traémelo. Aguardé a que mi hija saliese, y
desdoblé el periódico con mano trémula. Recorrílo todo con ojos ansiosos sin
ver nada. De pronto leí en letras gordas: El crimen de la calle de la
Perseguida, y quedé helado por el terror. Me fijé un poco más. Había sido una
alucinación. Era un artículo titulado El criterio de los padres de la
provincia. Al fin, haciendo un esfuerzo supremo para serenarme, pude leer la
sección de gacetillas, donde hallé una que decía:
SUCESO EXTRAÑO
"Los enfermeros del Hospital Provincial
tienen la costumbre censurable de servirse de los alienados pacíficos que hay
en aquel manicomio para diferentes comisiones, entre ellas la de transportar
los cadáveres a la sala de autopsia.
Ayer noche cuatro dementes, desempeñando este
servicio, encontraron abierta la puerta del patio que da acceso al !parque de
San Ildefonso y se fugaron por ella, llevándose el cadáver. Inmediatamente que
el señor administrador del Hospital tuvo noticia del hecho, despachó varios
emisarios en su busca, pero fueron inútiles sus gestiones. A la una de la
madrugada se presentaron en el Hospital los mismos locos, pero sin el cadáver.
Éste fue hallado por el sereno de la calle de la Perseguida en el portal de la
señora doña Nieves Menéndez. Rogamos al señor decano del Hospital Provincial
que tome medidas para que no se repitan estos hechos escandalosos."
EL POTRO DEL SEÑOR CURA
Muchos habrán conocido como yo al cura de
Arbín, y habrán tenido ocasión de admirar su carácter bondadoso y nobilísimo,
la sencillez de sus costumbres y cierta inocencia de espíritu que sólo otorga
Dios a los que elige para sí; por donde era estimado y querido de todos.
Habitaba en su casa rectoral a dos tiros de piedra del pueblo, servido por una
criada vieja y un criado no menos añoso. Había también un mastín, que nadie
recordaba cuándo había sido cachorro, y un caballo que había entrado en su
poder hacía más de veinte años cerrado ya, al decir de los peritos. Como don
Pedro, que así se llamaba el cura, pasaba bien de los setenta, con razón podía
decirse que aquella casa era un museo de antigüedades. Vamos a referir la
historia del caballo, dejando para otra sazón la del mastín, por ser menos
interesante.
Nadie le conocía en el pueblo síno por el
"potro del señor cura". Pero como el lector comprenderá, éste no era
más que un mote que por reír le habían puesto. El autor de la burla debía de
ser Xuan de Manolín, que era en aquel tiempo el espíritu más humorístico y
despreocupado con que contaba la parroquia. Su verdadero nombre era Píchón. Así
le designaba su dueño, lo mismo que los criados. Había sido tordo en otro
tiempo; pero cuando yo le vi, todos ¡,los pelos negros se le habían caído o se
habían trocado blancos. No tenía mala estampa; su condición, apacible; el paso,
medianamente saltón o cochinero. Por eso el cura hacia años que no osaba
ponerle al trote y prefería salir media hora antes en sus excursiones a las
parroquias inmediatas. Sufrido, noble, seguro y conocedor como nadie de
aquellos caminos, el Pichon reunía partes bastantes para ser estimado por su
amo como una alhaja. La virtud sobresaliente de este precioso animal era, no
obstante, la sobriedad. Como la poca yerba que daba el prado de mansos la comía
casi toda una vaca de leche que el cura poseía, el desgraciado Pichón veíase
necesitado a vagar nueve meses del año por trochas y callejas viendo crecer la
yerba para comérsela mucho antes de ser talluda. Ningún rocín, antiguo o
moderno, anduvo jamás a la gramática con tan feliz
aprovechamiento; porque su cuarto trasero
estaba siempre redondo y lucio como si se hallara a pupilo en casa de algún
marqués. Tanto, que más de una vez le preguntaron al cura si lo alimentaba con
paja y cebada. ¡Cebada el Pichón! Había oído hablar de ella en alguna ocasión;
pero verla, nunca.
Como si no fuesen bastantes estas prendas,
todavía el Pichón era poseedor de otra muy estimable: una memoria prodigiosa.
En cuanto el señor cura de Arbín se detenía una vez en cualquier casa de los
contornos, al pasar de nuevo por allí el Pichón paraba en firme como
invitándole a apearse. Claro esta que tratándose de la casa de la hermana del
párroco, que vivía en Felechosa, y de la del cura del Pino, con quien aquel
tenía empeñada hacía muchos años una partida permanente de brisca, el caballo
no solamente se paraba, sino que iba derecho a la cuadra.
Mas el Pichón, sin motivo alguno razonable,
tenía muchos enemigos en el pueblo, unos declarados, otros encubiertos. Los
cuales, no hallando sitio por donde combatirle en lucha franca, le hacían una
guerra sorda e insidiosa: le atacaban por la vejez. ¡Como si no hubiéramos
todos de llegar a ella bajo pena de la vida!, según pensaba el cuadrúpedo muy
acertadamente. Principiaron por darle el apodo burlesco de "potro".
Bien sabía el Pichón que no lo era, ni soñaba con echárselas de tal. ¿Cuándo se
le había visto hacer el "rucio verde, ni ponerse relamido y jacarero a la
vista de una yegua, por ligera de cascos que fuese? Vivir honradamente, no
atropellarse jamás, comer lo que hubiere, no meterse en elecciones. Éstos eran
los axiomas fundamentales que había sacado de su larga experiencia.
No satisfechos con apodarle, sus contrarios
le levantaban falsos testimonios. Decían que una vez yendo desde Lena a
Cabañaquinta se había dormido en el camino llevando al cura encima, y que fue
necesario que un arriero le despertase a palos. Pura calumnia. Lo que había
sucedido era que en casa del cura de Llanolatabla, donde su amo había estado
cerca de siete horas, no le habían dado una brizna de yerba, y, naturalmente,
la debilidad le hizo caer. Asimismo los vecinos chistosos, y muchos también que
no lo eran, se autorizaban chanzas de mal género en contra suya, y no cesaban
de dar vaya al párroco sobre este tema. Con lo cual, don Pedro, a pesar de su
paciencia bien reconocida, llegaba en ocasiones a ponerse irritadísimo.
"¡Cáscaras! ¿Qué les habrá hecho el pobre animal a estos zopencos para que
tan mal le quieran?"
El que más se ensañaba era Xuan de Manolín.
Jamás pasaba el cura a caballo por delante de su taberna que no saliese a la
puerta a soltar alguna de sus habituales ocurrencias; si es que ya no tenía de
la brida al jaco y, mostrándose primero muy fino no concluía por bajarle el
belfo y preguntar con aparente candidez:
-¿Está cerrado ya, señor cura?
Los parroquianos, que también salían a la
puerta, con ésta y otras agudezas por el estilo, se morían de risa, y don Pedro
se marchaba amoscado y murmurando pestes.
Finalmente, tan acosado se vio por la
cantaleta de sus feligreses, en la que también tomaban parte sus compañeros los
párrocos de los lugares inmediatos cuando se reunía con ellos en alguna fiesta,
que resolvió deshacerse del caballo, aunque le costase un disgusto serio. No
obstante, cuando llegó la feria de la Ascensión, donde pensaba llevarlo,
flaqueó y estuvo muy cerca de volverse atrás. Pero había soltado ya la especie
delante de algunos vecinos. Toda la parroquia sabía su resolución y aplaudía.
¡Qué dirían si al cabo se quedase otra vez con el Pichón!
Melancólico y acongojado, montó el cura en él
una mañana, y paso entre paso, se plantó en Oviedo. Según se acercaba a la
ciudad, le iban punzando más y más los remordimientos. Por vueltas que se diera
al asunto, y aunque se 'presentasen numerosos ejemplos de este caso, la verdad
es que no dejaba de ser una ingratitud vender al pobre Pichón después de veinte
años de buenos servicios. ¡Quién sabe a qué lo destinarían! Tal vez a una
diligencia quizá a morir inicuamente en una plaza de toros. De todos modos, el
martirio. La inocencia con que el rucio caminaba, sin recelo ni sospecha,
causaba en su amo una impresión de vergüenza que no era poderoso a reprimir.
En la feria el ganado andaba muy barato. El
Pichón era tan viejo que nadie le quería. Sólo un chalán ofreció por él quince
duros. El cura lo soltó al fin en este precio por temor a las burlas del
vecindario si se presentaba nuevamente con él en Arbín. Luego que lo hubo
perdido de vista, quedó más tranquilo, porque la presencia del cuadrúpedo mucho
le hacía padecer. Tomo el tren para el pueblo, y cuando llegó tuvo el disgusto
de recibir enhorabuenas por lo que él secretamente calificaba de mala acción.
A los pocos días, sin embargo, se había
olvidado enteramente del caballo.
Pero sin duda, necesitaba otro. Aunque
disfrutaba de buena salud y tenía, gracias a Dios, las piernas recias, algunas
parroquias estaban muy lejanas, y no era cosa de andar pidiendo todos los días
la yegua a Xuan de Manolín o el macho a Cosme el molinero. Por consejo de estos
y otros feligreses entendidos, se decidió a no aguardar la feria de Todos los
Santos en Oviedo y buscar montura en la de San Pedro de Boñar, donde acudía
casi todo el ganado caballar de la provincia de León.
Dicho y hecho. Cuando llegó la época,
aprovechando la mula de un arriero amigo que iba a León con su recua, tomó la
derrota de la vía de Boñar por el puerto de San Isidro. Allí sucedía lo
contrario que en Oviedo. Las bestias estaban caras. Menos de cuarenta duros no
había modo de mercar caballería que sirviese. En cuarenta y tres, y el
correspondiente alboroque, se hizo dueño nuestro cura de un caballo alazán
tostado, no muy vivo de genio, pero seguro y firme, que no había quien le
semejase en toda ;la ribera del Esla, ni aun en la del Orbigo, al decir de los
tratantes que se lo vendían. Y así debía de ser, porque don Pedro recordaba
aquel refrán castellano: "Alazán tostado, antes muerto que cansado".
Caballero en él dio otra vez la vuelta para
su pueblo, pasando por Lillo e Isoba y atravesando las abruptas angosturas del
San Isidro. Caminaba alegre y satisfecho de su compra, porque el animal sufría
bien aquellas cuestas agrias, y sobre todo no se espantaba, cosa que era la que
más temía. Mas al llegar a Felochosa sucedióle un caso que le maravilló en
extremo. Y fue que, tratando de apearse un instante en casa de su hermana, el
caballo se fue por sí solo en derechura a la cuadra.
-¡Vaya un olfato el de este animal! -exclamó
el cura, entrando en la casa.
Y el gozo le salía por los poros.
Detúvose allí más de la cuenta, y echándola
de lo que le faltaba, comprendió que era imposible parar en el Pino a jugar una
brisca con el cura. Mas al llegar aquí experimentó nuevo y mayor asombro. El
caballo, a pesar de los tirones de cabezón y vardascazos, resistióse a seguir
por el camino real y, desviándose un poquito, se dirigió a casa del párroco y
entró en la cuadra.
-¡Prodigioso, cáscaras, prodigioso! -murmuró
el cura, abriendo mucho los ojos.
Y en gracia de aquel instinto admirable no le
hostigó más y se bajó a saludar a su amigo.
Cuando llegó al pueblo era ya noche cerrada,
por lo cual no pudo ser visto y admirado de los vecinos el precioso e
inteligente animal. Pero al día siguiente se personaron en el establo algunos
de ellos, y después de visto, le reputaron por buen caballo y dieron a su amo
mil plácemes por la compra.
-¡Es un jaco de lo devino, señor cura! Ya
tiene montura hasta que se muera.
-¡Acabara de echar de casa aquel trasto
viejo, que si a mano viene un día le dejaba mayormente a pie en el mesmo
camino!
El cura mostrábase alegre con las norabuenas;
pero aquel recuerdo del Pichón le impresionaba todavía malamente.
Transcurrieron cinco o seis días sin que don Pedro tuviese necesidad de montar
su nuevo caballo, al cabo de los cuales mandó al criado que lo limpiase y
enjaezase, pues pensaba ir a Mieres. El doméstico se le presentó a los pocos
momentos diciéndole:
-¿Sabe, señor cura, que el León (así se
llamaba el jaco), tiene unas manchas blancas que no se pueden quitar?
-Limpia bien, borrego, limpia bien; se habrá
rozado con la pared.
Por más que hizo no logró que desaparecieran.
Entonces el cura, enojado, le dijo:
-Convéncete, Manuel, de que ya no tienes
puños. Vas a ver ahora cómo se marchan en seguida.
Y despojándose de la sotana y echando hacia
arriba las mangas de la camisa, tomó el cepillo y el rascador y él mismo se
puso a limpiarlo. Mas sus esperanzas quedaron fallidas. Las manchas no sólo no
desaparecían, sino que se iban haciendo cada vez mayores.
-A ver, trae agua caliente y jabón -dijo al
fin sudoroso y despechado.
¡Aquí fue ella! El agua quedó teñida al
instante de rojo, y las manchas blancas del caballo se extendieron de tal modo
que casi le tapaban el cuerpo.
En resumen: tanto fregaron por él, que al
cabo de media hora había desaparecido el alazán, quedando en su lugar un
caballo blanco.
Manuel se echó unos pasos atrás, y con la
consternación pintada en el semblante, exclamó:
-¡Así Dios me mate, si no es el Pichón!
El cura quedó clavado en el suelo.
En efecto, debajo de la capa de almazarrón u
otro menjurje asqueroso con que le habían disfrazado, se encontraba el viejo,
el sufrido, el parco, el calumniado Pichón.
La noticia corrió como una chispa por el
pueblo. Al poco rato una porción de gente se apiñaba delante de la rectoral
contemplando entre risotadas y comentarios chistosos el "potro del señor
cura" que el criado había sacado del establo. Cuando más divertidos
estaban, apareció en el corredor don Pedro, con el rostro torvo y enfurecido, y
dijo:
-¡Me está bien empleado, cáscaras, por haber
hecho caso de unos zopencos como vosotros!... ¡Al que me vuelva a hablar de él
una palabra le fraño los huesos, cáscaras, recáscaras!
Comprendiendo que le sobraba razón para
incomodarse, los mirones no chistaron y se fueron pian piano hacia el pueblo.
POLIFEMO
El coronel Toledano, por mal nombre Polifemo,
era un hombre feroz, que gastaba levita larga, pantalón de cuadros y sombrero
de copa de alas anchurosas, reviradas. Estatura gigantesca, paso rígido,
imponente, enormes bigotes blancos, voz de trueno y corazón de bronce. Pero aún
más que esto infundía pavor y grima la mirada torva, sedienta de sangre, de su
ojo único. El coronel era tuerto.
En la guerra de África había dado muerte a
muchísimos moros, y se había gozado en arrancarles las entrañas aún
palpitantes. Esto creíamos al menos ciegamente todos los chicos que al salir de
la escuela íbamos a jugar al parque de San Francisco, en la muy noble y heroica
ciudad de Oviedo.
Por allí paseaba metódicamente los días
claros, de doce a dos de la tarde, el implacable guerrero. Desde muy lejos
columbrábamos entre los árboles su arrogante figura, que infundía espanto en
nuestros infantiles corazones, y cuando no, escuchábamos su voz fragorosa,
resonando entre el follaje como un torrente que se despeña. El coronel era
sordo también, y no podía hablar sino a gritos.
-Voy a comunicarle a usted un secreto -decía
a cualquiera que le acompañase en el paseo-. Mi sobrina Jacinta no quiere
casarse con el chico de Navarrete.
Y de este secreto se enteraban cuantos se
hallaban a doscientos pasos en redondo.
Paseaba generalmente solo; pero cuando algún
amigo se acercaba, hallábalo propicio. Quizás aceptase de buen grado la
compañía por tener ocasión de abrir el odre donde guardaba aprisionada su voz
potente. Lo cierto es que cuando tenía interlocutor el parque de San Francisco
se estremecía. No era ya un paseo publico; entraba en los dominios exclusivos
del coronel. El gorjeo de los pájaros, el susurro del viento y el dulce
murmurar de las fuentes, todo callaba. No se oía más que el grito imperativo,
autoritario, severo, del guerrero de África. De tal modo, que el clérigo que le
acompañaba (a tal hora sólo algunos clérigos acostumbraban a pasear por el
parque) parecía estar allí únicamente para abrir, ahora uno, después otro,
todos los registros que la voz del coronel poseía. ¡Cuántas veces, oyendo
aquellos gritos terribles, fragorosos, víendo su ademán airado y su ojo
encendido, pensamos que iba a arrojarse sobre el desgraciado sacerdote que
había tenido la imprevisión de acercarse a él.
Este hombre pavoroso tenía un sobrino de ocho
o diez años, como nosotros. ¡Desdichado! No podíamos verle en el paseo sin
sentir hacia él compasión infinita. Andando el tiempo he visto a un domador de
fieras introducir un cordero en la jaula del león. Tal impresión me produjo,
como la de Gasparito Toledano paseando con su tío. No entendíamos cómo aquel
infeliz muchacho podía conservar el apetito y desempeñar regularmente sus
funciones vitales, cómo no enfermaba del corazón o moría consumido por una
fiebre lenta. Si transcurrían algunos días sin que apareciese por el parque, la
misma duda agitaba nuestros corazones. "¿Se lo habrá merendado ya?" Y
cuando al cabo le hallábamos sano y salvo en cualquier sitio, experimentábamos
a la par sorpresa y consuelo. Pero estábamos seguros de que un día u otro
concluiría por ser víctima de algún capricho sanguinario de Polifemo.
Lo raro del caso era que Gasparito no ofrecía
en su rostro vivaracho aquellos signos de terror y abatimiento que debían de
ser los únicos en él impresos. Al contrario, brillaba constantemente en sus
ojos una alegría cordial que nos dejaba estupefactos. Cuando iba con su tío
marchaba con la mayor soltura, sonriente, feliz, brincando unas veces, otras
compasadamente, llegando su audacia o su inocencia hasta a hacernos muecas a
espaldas de él. Nos causaba el mismo efecto angustioso que si le viésemos
bailar sobre la flecha de la torre de la catedral. "¡Gaspaar!" El
aire vibraba y transmitía aquel bramido a los confines del paseo. A nadie de
los que allí estábamos nos quedaba el color entero. Sólo Gasparito atendía como
si le llamase una sirena. "¿qué quiere usted, tío?", y venía hacia él
ejecutando algún paso complicado de baile.
Además de este sobrino, el monstruo era
poseedor de un perro que debía vivir en la misma infelicidad, aunque tampoco lo
parecía. Era un hermoso danés, de color azulado, grande, suelto, vigoroso, que
respondía por el nombre de Muley, en recuerdo sin duda de algún moro infeliz
sacrificado por su amo. El Muley, como Gasparito, vivía en poder de Polifemo lo
mismo que en el regazo de una odalisca. Gracioso, juguetón, campechano, incapaz
de falsía, era, sin ofender a nadie, el perro menos espantadizo y más tratable
de cuantos he conocido en mi vida.
Con estas partes, no es milagro que todos los
chicos estuviésemos prendados de él. Siempre que era posible hacerlo, sin
peligro de que el coronel lo advirtiese, nos disputábamos el honor de regalarle
con pan, bizcocho, queso y otras golosinas que nuestras mamás nos daban para
merendar. El Muley lo aceptaba todo con no fingido regocijo, y nos daba
muestras inequívocas de simpatía y reconocimiento. Mas a fin de que se vea
hasta qué punto eran nobles y desinteresados los sentimientos de este memorable
can, y para que sirva de ejemplo perdurable a perros y hombres, diré que no
mostraba más afecto a quien más le regalaba. Solía jugar con nosotros algunas
veces (en provincias y en aquel tiempo entre los niños no existían clases
sociales) un pobrecito hospiciano, llamado Andrés, que nada podía darle, porque
nada tenía. Pues bien: las preferencias de Muley estaban por él. Los rabotazos
más vivos, las carocas más subidas y vehementes a él se consagraban, en
menoscabo de los demás.
¿Qué ejemplo para cualquier
diputado de la mayoría!
¿Adivinaba el Muley que aquel niño desvalido,
siempre silencioso y triste, necesitaba más de su cariño que nosotros? Lo
ignoro; pero así parecía.
Por su parte, Andresito había llegado a
concebir una verdadera pasión por este animal. Cuando nos hallábamos jugando en
lo más alto del parque al marro o a las chapas, y se presentaba por allí de
improviso el Muley, ya se sabía, llamaba aparte a Andresito y se entretenía con
él largo rato, como si tuviese que comunicarle algún secreto. La silueta
colosal de Polifemo se columbraba allá entre los árboles.
Pero estas entrevistas rápidas y llenas de
zozobra fueron sabiéndole a poco al hospiciano. Como un verdadero enamorado,
ansiaba disfrutar de la presencia de su ídolo, largo rato y a solas.
Por eso, una tarde, con osadía increíble, se
llevó a presencia nuestra el perro hasta el Hospicio, como en Oviedo se
denomina la Inclusa, y no volvió hasta el cabo de una hora. Venía radiante de
dicha. El Muley parecía también satisfechísimo. Por fortuna, el coronel aún no
se había ido del paseo ni advirtió la deserción de su perro.
Repitiéronse una tarde y otras tales
escapatorias. La amistad de Andresito y Muley se iba consolidando. Andresito no
hubiera vacilado en dar su vida por el Muley Si la ocasión se presentase,
seguro estoy de que éste no sería menos.
Pero aún no estaba contento el hospiciano. En
su mente germinó la idea de llevarse el Muley a dormir con él a la Inclusa.
Como ayudante que era del cocinero, dormía en uno de los corredores al lado del
cuarto de éste en un jergón fementido de hoja de maíz. Una tarde condujo el
perro al Hospicio y no volvió. ¡Qué noche deliciosa para el desgraciado! No
había sentido en su vida otras caricias que las del Muley. Los maestros
primero, el cocinero después, le habían hablado siempre con el látigo en la
mano.
Durmieron abrazados como dos novios. Allá al
amanecer, el niño sintió el escozor de un palo que el cocinero le había dado en
la espalda la tarde anterior. Se despojó de la camisa:
-Mira, Muley -dijo en voz baja mostrándole el
cardenal.
El perro, más compasivo que el hombre, lamió
su carne amoratada.
Luego que abrieron las puertas, lo soltó. El
Muley corrió a casa de su dueño; pero a la tarde ya estaba en el parque
dispuesto a seguir a Andresito. Volvieron a dormír juntos aquella noche, y la
siguiente, y la otra también. Pero la dicha es breve en este mundo. Andresito
era feliz al borde de una sima.
Una tarde, hallándonos todos en apretado
grupo jugando a los botones, oímos detrás dos formidables estampidos.
-¡Alto! ¡Alto!
Todas las cabezas se volvieron como movidas
por un resorte. Frente a nosotros se alzaba la talla ciclópea del coronel
Toledano.
-¿Quién de vosotros es el pilluelo que
secuestra mi perro todas las noches, vamos a ver?
Silencio sepulcral en la asamblea. El terror
nos tíene clavados, rígidos, como si fuéramos de palo.
Otra vez sonó la trompeta del juicio final.
-¿Quién es el secuestrador? ¿Quién es el
bandido? Quién es el miserable...?
El ojo ardiente de Polifemo nos devoraba a
uno en pos de otro. El Muley, que le acompañaba, nos miraba también con los
suyos, leales, inocentes y movía el rabo vertiginosamente en señal de
inquietud.
Entonces Andresito, más pálido que la cera,
adelantó un paso y dijo:
-No culpe a nadie, señor. Yo he sido.
-¿Cómo?
-Que he sido yo -repitió el chico en voz más
alta.
-¡Hola! ¡Has sido tú! -dijo el coronel
sonriendo ferozmente-. ¿Y tú no sabes a quién pertenece este perro?
Andresito permaneció mudo.
-¿No sabes de quién es? -volvió a preguntar a
grandes gritos.
-Sí, señor.
- Cómo...? Habla más alto.
Y se ponía la mano en la oreja para reforzar
su pabellón.
-Que si, señor.
-¿De quién es, vamos a ver?
-Del señor Polifemo.
Cerré los ojos. Creo que mis compañeros
debieron hacer otro tanto. Cuando los abrí, pensé que Andresillo estaría ya
borrado del libro de los vivos. No fue así, por fortuna. El coronel le miraba
fijamente, con más curiosidad que cólera.
-¿Y por qué te lo llevas?
-Porque es mi amigo y me quiere -dijo el niño
con voz firme.
El coronel volvió a mirarle fijamente.
-Está bien -dijo al cabo-. ¡Pues cuidado con
que otra vez te lo lleves! Si lo haces, ten por seguro que te arranco las
orejas.
Y giró majestuosamente sobre los talones.
Pero antes de dar un paso, se llevó la mano al chaleco, sacó una moneda de
medio duro, y dijo volviéndose:
-Toma, guárdatelo para dulces. Pero, ¡cuidado
con que vuelvas a secuestrar el perro! ¡Cuidado!
Y se alejó. A los cuatro o cinco pasos
ocurriósele volver la cabeza. Andresito había dejado caer la moneda al suelo y
sollozaba, tapándose la cara con las manos. El coronel se volvió rápidamente.
-¿Estás llorando? ¿Por qué? No llores, hijo
mío.
-Porque le quiero mucho... porque es el único
que me quiere en el mundo -gimió Andrés.
-¿Pues de quién eres hijo? -preguntó el
coronel sorprendido.
-Soy de la Inclusa.
-¿Cómo? -gritó Polifemo.
-Soy hospiciano.
Entonces vimos al coronel demudarse.
Abalanzóse al niño, le separó las manos de la cara, le enjugó las lágrimas con
su pañuelo, le abrazó, le besó, repitiendo con agitación:
-¡Perdona, hijo mío, perdona! No hagas caso
de lo que te he dicho... Llévate el perro cuando se te antoje... Tenlo contigo
el tiempo que quieras..., ¿sabes?... Todo el tiempo que quieras...
Y después que lo hubo serenado con estas y
otras razones, proferidas con un registro de voz que nosotros no sospechábamos
en él, se fue de nuevo al paseo, volviéndose repetidas veces para gritarle:
-Puedes llevártelo cuando quieras, ¿sabes,
hijo mío?... Cuando quieras...
Dios me perdone; pero juraría haber visto una
lágrima en él ojo sangriento de Polifemo.
Andresillo se alejaba corriendo, seguido de
su amigo, que ladraba de gozo.
LOS PURITANOS
Era un caballero fino, distinguido, de
fisonomía ingenua y simpática. No tenía motivo para negarme a recibirle en mi
habitación algunos días. El dueño de la fonda me lo presentó como un antiguo
huésped a quien debía muchas atenciones. Si me negaba a compartir con él mi
cuarto, se vería en la precisión de despedirle por tener toda la casa ocupada,
lo cual sentía extremadamente.
-Pues si no ha de estar en Madrid más que
unos cuantos días, y no tiene horas extraordinarias de acostarse y levantarse,
no hay inconveniente en que usted le ponga una cama en el gabinete... Pero
cuidado..., ¡sin ejemplar...!
-Descuide usted, señorito, no volveré a
molestarle con estas embajadas. Lo hago únicamente por que don Ramón no vaya a
parar a otra casa. Crea usted que es una buena persona, un santo, y que no le
incomodará poco ni mucho.
Y así fue la verdad. En los quince días que
don Ramón estuvo en Madrid no tuve razón para arrepentirme de mi
condescendencia. Era el fénix de los compañeros de cuarto. Si volvía a casa más
tarde que yo, entraba y se acostaba con tal cautela, que nunca me despertó. Si
se retiraba más temprano, me aguardaba leyendo para que pudiese acostarme sin
temor de hacer ruido. Por las mañanas nunca se despertaba hasta que me oía
toser o moverme en la cama. Vivía cerca de Valencia, en una casa de campo, y
sólo venía a Madrid cuando algún asunto lo exigía; en esta ocasión era para
gestionar el ascenso de un hijo, registrador de la propiedad. A pesar de que
este hijo tenía la misma edad que yo, don Ramón no pasaba de los cincuenta
años, lo cual hacía presumir, como así era en efecto, que se había casado
bastante joven.
Y no debía de ser feo, ni mucho menos, en
aquella época. Aún ahora con su elevada estatura, la barba gris rizosa y bien
cortada, los ojos animados y brillantes y el cutis sin arrugas, sería aceptado
por muchas mujeres con preferencia a otros galanes sietemesinos.
Tenía, lo mismo que yo, la manía de cantar o
canturriar al tiempo de lavarse. Pero observé al cabo de pocos días que, aunque
tomaba y soltaba con indiferencia distintos trozos de ópera y zarzuela
deshaciéndolos y pulverizándolos entre resoplidos y gruñidos, el pasaje que con
más ardor acometía y más a menudo era uno de Los puritanos; me parece que
pertenecía al aria de barítono en el primer acto. Don Ramón no sabía la letra
sino a medias pero lo cantaba con el mismo entusiasmo que si la supiera.
Empezaba siempre:
Il sogno beato
de pace e contento
ti, ro ri, ra, ri, ro;
ti, ro, ri, ra, ri, ro.
Necesitaba seguir tarareando hasta llegar a
otros dos versos que decían:
La dolce memoria de un tenero amore.
Sobre los cuales se apoyaba sin cesar hasta
concluir el allegro.
-¡Hola, don Ramón! -le dije un día desde la
cama- parece que le gusta a usted Los puritanos.
-Muchísimo; es una de las óperas que más me
gustan. Daría cualquier cosa por conocer un instrumento para poder tocarla
toda. ¿Qué dulzura hay en ella! ¡Qué inspiración! Estas son óperas y ésta es
música. ¡Parece mentira que ustedes se entusiasmen con esa algarabía alemana
que sólo sirve para hacer dormir!... A mí me gustan con pasión todas las óperas
de Bellini: El Pirata, Sonámbula, Norma; pero sobre todas ellas Los
puritanos... Tengo además razones particulares para que me guste más que
ninguna otra añadió, bajando la voz.
-¡Ole, ole, don Ramón! -exclamé
incorporándome de un salto y poniéndome los calcetines-. Vengan esas razones.
-Son tonterías de la juventud..., cuestión de
amores -contestó ruborizándose un poco.
-Pues cuente usted esas tonterías. Me muero
por ellas, No lo puedo remediar, me gustan más esas cosas que la reforma de la
Ley Hipotecaria de que usted me habló ayer.
-¡Al fin poeta!
-No soy poeta, don Ramón, soy crítico.
-Pues me había dicho el amo que era usted
poeta... De todas maneras, se lo contaré, ya que usted tiene curiosidad... Verá
usted cómo es una tontería que no merece la pena... Pero, ¿vistase usted,
criatura, que se está helando!
-El año de cincuenta y ocho vine a Madrid con
una comisión del Ayuntamiento de Valencia para gestionar la rebaja de la cuota
de consumos. Tenía yo entonces..., eso es, veintinueve años, y ya hacía siete
cumplidos que estaba casado. Es una barbaridad casarse tan joven. Aunque no
tengo motivo para arrepentirme, no aconsejaré a nadie que lo haga. Vine a parar
a esta misma casa, esto es, a la misma pensión; la casa estaba entonces situada
en la calle del Barquillo. En aquella época, bueno será que le advierta que me
complacía en andar muy lechuguino o sietemesino, como ustedes dicen ahora, cosa
que tenía siempre escamada a mi pobre mujer. "¿Para qué te compones tanto,
hombre de Dios? ¿Vas de conquista?" "¡Quién sabe!", contestaba
riendo y dejándola un poco enojada. No es malo tener a las mujeres un sí es no
es celosas.
Una tarde, una hermosa tarde de invierno, de
las que sólo se ven en este Madrid, salí de casa después de almorzar con el
objeto de hacer algunas visitas y también para espaciarme por esas calles de
Díos. Iba caminando lentamente por la de las Infantas, meditando sobre el plan
de la noche, o sea el modo de pasarla más divertido, y saboreando un buen
cigarro habano, cuando de pronto, ¡zas!, recibo un fuerte golpe en la cabeza
que me hace vacilar. El flamante sombrero de copa fue rodando por un lado y el
cigarro por otro. Cuando me recobré del susto, lo primero que vi a mis pies fue
una enorme muñeca fresca, sonrosada y en camisa.
"Esta buena pieza es la que ha causado
el destrozo", dije para mis adentros, lanzándole una mirada iracunda, que
la muñeca aparentó no comprender. Mas como no era de presumir que ella por su
voluntad se hubiese arrojado sobre mí de aquel modo brusco e inconveniente,
pues jamás había hecho daño a ninguna muñeca, creí más probable que de alguna
casa me la hubieran arrojado. Alcé la cabeza vivamente.
En efecto, el reo estaba de pie en el balcón
de un primer piso, suspenso, atónito, consternado. Era una niña de trece a
catorce años.
Al observar la mirada de espanto y congoja
que me dirigía se templó mi furor, y en vez de lanzarle un apóstrofe violento,
como tenía determinado, le mandé una sonrisa galante. Puede ser que en la
formación de esta sonrisa haya intervenido más o menos directamente la belleza
nada vulgar del criminal.
Recogí el sombrero, me lo puse, y volví a
alzar la cabeza y a remitir otra sonrisa, acompañada esta vez de un ligero
saludo. Pero mi agresor seguía inmóvil y aterrado sin darse cuenta ni poder
explicarse las amables disposiciones en que su víctima se hallaba. A todo esto,
la muñeca seguía en el suelo, inmóvil también, pero sin mostrar en modo alguno
sorpresa, pesar, terror, ni siquiera vergüenza de su situacíón poco decorosa.
Me apresuré a levantarla, cogiéndola, si mal no recuerdo, por una pierna, y me
informé minuciosamente de si había padecido alguna fractura u otra herida
grave. No tenía más que leves contusiones. Alcéla en alto y la mostré a su
dueño haciéndole seña de que iba a subir para entregársela. Y sin más
dilaciones entro en el portal, subo la escalera y tomo el cordón de la
campanilla... Ya está abierta la puerta. Mi lindo agresor asoma su rostro
trigueño, gracioso, lleno de vida y frescura, y extiende sus manos diminutas,
en las cuales deposito respetuosamente a la muñeca desmayada. Quise hablar,
para dar mayor seguridad de que no era nada lo que había pasado, que la muñeca
conservaba íntegros sus miembros, y yo lo mismo, y que celebraba la ocasión de
conocer una niña tan hermosa y tan simpática, etcétera, etcétera. Nada de esto
fue posible. La chica murmuró confusamente "muchas gracias" y se
apresuró a cerrar la puerta, dejándome con el discurso en el cuerpo.
Salgo a la calle un poco disgustado como
cualquier otro orador en el mismo caso, y sigo mi camino, no sin volver
repetidas veces la cabeza hacia el balcón. A los treinta o cuarenta pasos
observo que está la niña asomada y me paro y le envío una sonrisa y un saludo
ceremonioso. Esta vez contesta, aunque ligeramente, pero se apresura a
retirarse. ¡Cuidado que era linda aquella niña! Al llegar al extremo de la
calle sentí la necesidad imperiosa de verla otra vez y di la vuelta, no sin
percibir cierta vergüenza en el fondo del corazón, pues ni mi edad, ni mi
estado, me autorizaban semejantes informalidades; mucho menos tratándose de tal
criaturita. Ya no estaba en el balcón.
Pues yo no me voy sin verla, me dije, y pian
pianito, comencé a pasear la calle sin perder de vista la casa, con la misma
frescura que un cadete de Estado Mayor. "Después de todo, aquí nadie me
conoce -me iba repitiendo a cada instante, a fin de comunicarme alientos para
seguir paseando-. Además, yo no tengo nada que hacer ahora y lo mismo da vagar
por un lado que por otro." Justamente, al cruzar tercera o cuarta vez por
delante del balcón apareció en él la gentil chiquita, que al verme hizo un
movimiento de sorpresa, acompañado de una mueca encantadora, se echó a reír y
se ocultó de nuevo.
Pero, ¡qué necios somos los hombres y qué
inocentes cuando se trata de estos asuntos! ¿Querrá usted creer que entonces no
sospeché siquiera que la niña estaba presenciando, sin perder uno solo, todos
mis movimientos?
Satisfecho ya el capricho, dejé la calle de
las Infantas y me fui a casa de un amigo. Mas al día siguiente, fuese
casualidad o premeditación, aunque es muy probable lo último, acerté a pasar
por el mismo sitio a la misma hora. Mi gentil agresor, que estaba de bruces
sobre la barandilla del balcón, se puso encarnado hasta las orejas así que pudo
distinguirme, y se retiró antes de que pasase por delante de la casa. Como
usted puede suponer, esto, lejos de hacerme desistir, me animó a quedarme
petrificado en la esquina de la primer bocacalle, en contemplación extática. No
pasaron cuatro minutos sin que viese asomar una naricita nacarada, que se
retiró al momento velozmente, volvió a asomarse a los dos minutos y volvió a
retirarse, asomóse al minuto otra vez y se retiró de nuevo. Cuando se cansó de
tales maniobras, se asomó por entero y me miró fijamente por un buen rato, cual
si tratase de demostrar que no me tenía miedo alguno. Entonces se generalizó
por entrambas partes un fuego graneado de miradas, acompañado, por lo que a mí
respecta, de una multitud de sonrisas, saludos y otros proyectiles mortíferos,
que debieron causar notables estragos en el enemigo. Éste a la media hora oyó
sin duda en la sala el toque de "alto el fuego", y se retiró cerrando
el balcón. No necesitaré decirle que por más que me sintiese avergonzado de
aquella aventura, seguí dando vueltas a la misma hora por la calle, y que el
tiroteo era cada vez mas intenso y animado. A los tres o cuatro días me decidí
a arrancar una hoja de la cartera y a escribir estas palabras: "Me gusta
usted muchísimo". Envolví una moneda de dos cuartos en la hoja y
aprovechando la ocasión de no pasar nadie, después de hacerle seña de que se
retirase, la arrojé al balcón. Al día siguiente cuando pasé por allí, vi caer
una bolita de papel que me apresure a recoger y desdoblar. Decía así, en una
letra inglesa, crecida, hecha con mucho cuidado y el papel rayado para no
torcer: "Tan bien ustez me gusta a mí, no crea que juego con muñecas, era
de mi hermanita".
Aunque sonreí al leer el billete amoroso, no
dejó de causarme sensación dulce y amable, que muy pronto hizo sitio a otra
melancólica, al recordar que me estaban prohibidas para siempre tales
aventuras. Aquel día mi chiquita no salió al balcón, sin duda avergonzada de su
condescendencia; pero al día siguiente la hallé dispuesta y aparejada al
combate de miradas, señas y sonrisas, que ya no escasearon por ambas partes.
Una hora o más duraba todas las tardes este juego, hasta que se oía llamar y se
retiraba apresuradamente. La pregunté por señas si salía de paseo, y me
contestó que sí; y en efecto, un día aguardé en la calle hasta las cuatro y la
vi salir en compañía de una señora que debía de ser su mamá, y de dos
hermanitos. Seguíles al Retiro, aunque a respetable distancia, porque me
hubiera causado mucha vergüenza el que la mamá se enterase. La chiquilla, con
menos prudencia, volvía a cada instante la cabeza y me dirigía sonrisas, que me
tenían en continuo sobresalto. Al fin volvimos a casa en paz. A todo esto, yo
no sabía cómo se llamaba, y a fin de averiguarlo escribí la pregunta en otra
hoja de la cartera: "¿Cómo se llama usted?". La chica contestó en la
misma letra inglesa y crecida, con el papel rayado: "Me llamo Teresa; no
crea ustez, por Dios, que juego con muñecas".
Diez o doce días se transcurrieron de esta
suerte. Teresa me parecía cada día más linda, y lo era en efecto, porque según
he averiguado en el curso de mi vida, no hay pintura, raso ni brocado que
hermosee tanto a la mujer como el amor. Le pregunté repetidas veces si podía
hablar con ella, y siempre me contestó que era de todo punto imposible; si la
mamá llegaba a saber algo, ¡adiós, balcón! Empecé a sospechar que me iba
enamorando y esto me traía inquieto. No podía pensar en aquella niña sin sentir
profunda melancolía, como si personificase mi juventud, mis ensueños de oro,
todas mis ilusiones, que para siempre estaban separados de mí por barrera
infranqueable. Al mismo tiempo me acosaban los remordimientos. ¡Cuál sería el
dolor de mi pobre mujer si llegase a averiguar que su marido andaba por la
corte enamorando chiquillas! Un día recibí carta suya, participándome que tenía
a mi hijo menor un poco indispuesto y rogándome que procurase arreglar los
negocios y volviese pronto a casa. La noticia me produjo el disgusto que usted
puede suponer, porque siempre he delirado por mis hijos. Y como si aquello
fuese castigo providencial o por lo menos advertencia saludable, después de
grave y prolongada meditación, en que me eché en cara, sin piedad, mi conducta
infame y ridícula, canté sin rebozo el yo pecador y resolví obedecer a mi
esposa inmediatamente. Para llevar a cabo este propósito, lo primero que se me
ocurrió fue no acordarme más de Teresa, ni pasar siquiera por su calle, aunque
fuese camino obligado; después, abreviar cuanto pudiese los asuntos. Según mis
cálculos, quedaría libre a los cinco o seis días.
Ya no seguí, pues, la calle de las Infantas
como acostumbraba después de almorzar, ni aun para ir a la de Valverde, donde
vivían unos amigos. Por la noche, después de comer, como no había peligro de
ver a Teresa, la cruzaba velozmente y sin echar una mirada a la casa.
Pasaron cuatro días. Ya no me acordaba de
aquella niña, o si me acordaba era de un modo vago, como la memoria de los días
risueños de la juventud. Tenía casi ultimados mis negocios y andaba preocupado
con la elección del día para marcharme. Será cosa, a más tardar del viernes o
el sábado, me dije después de comer, encendiendo un cigarro y echándome a la
calle. El ministro se había negado a rebajar la cuota del Ayuntamiento, lo cual
me tenía muy disgustado. Pensando en lo que había de decir a mis colegas cuando
me viese entre ellos, y en el modo mejor de explicarles la causa del fracaso,
crucé la plaza del Rey y entré en la calle de las Infantas. La noche era
espléndida y bastante templada. Llevaba abierto el gabán y caminaba lentamente
gozando con voluptuosidad de la temperatura, del cigarro y de la seguridad de
ver pronto a mi familia. Al pasar por delante de la casa de la niña me detuve y
la contemplé un instante casi con indiferencia. Y seguí adelante murmurando:
"¡Qué chiquilla tan mona! ¡Lástima será que se la lleve un tunante!"
Después me puse a reflexionar en lo fácil que me hubiera sido jugar una mala
pasada al alcalde y alzarme con el cargo; pero no: hubiera sido una felonía.
Por más que fuese un poco díscolo y soberbio, al fin era amigo; tiempo me
quedaba para ser alcalde. Pero cuando más embebido andaba en mis pensamientos y
planes políticos, y cuando ya estaba próximo a doblar la esquina de la calle,
he aquí que siento un brazo que se apoya en el mío y una voz que me dice:
-¿Va usted muy lejos?
-¡Teresa!
Los dos quedamos mudos por algunos instantes;
yo contemplándola estupefacto; ella con la cabeza baja y sin abandonar mi
brazo.
-Pero ¿dónde va usted a estas horas?
-Me voy con usted -respondió alzando la
cabeza y sonriendo como si dijese la cosa más natural del mundo.
-¿Adónde?
-¡Qué sé yo! Donde usted quiera.
A un mismo tiempo sentí escalofríos de placer
y de miedo.
-¿Ha huido usted de su casa?
-¡Qué había de huir!... Solamente se la he
jugado a Manuel del modo más gracioso... Verá usted cómo se ríe... Me empeñé en
ir a la tertulia de unas primas que viven en la calle de Fuencarral y papá
mandó a Manuel que me acompañase. Llegamos hasta el portal y allí le dije:
"Márchate, que ya no haces falta"; y me hice como que subía la
escalera, pero en seguida di la vuelta sin llamar y me vine detrás de él hasta
casa... ¡Cuando le vi entrar me dio una risa que por poco me oye!
La chiquilla se reía aún, con tanta gana y
tan francamente, que me obligó a hacer lo mismo.
-¿Y usted por qué ha hecho eso? -le pregunté
con la falta de delicadeza, mejor dicho, con la brutalidad de que solemos estar
provistos los caballeros.
-Por nada -repuso desprendiéndose de mi brazo
repentinamente y echando a correr.
La seguí y la alcancé pronto.
-¡Qué polvorilla es usted! -le dije echándolo
a broma-. ¡Vaya un modo de despedirse!... Perdón si la he ofendido...
La niña, sin decir nada, volvió a tomar mi
brazo. Caminamos un buen rato en silencio. Yo iba pensando ansiosamente en lo
que iba a decir y en lo que iba a hacer. Al fin, Teresa lo rompió,
preguntándome resueltamente:
-¿No me dijo usted por carta que me quería?
-¡Pues ya lo creo que la quiero a usted!
-Entonces, ¿por qué ha dejado de venir a
verme y de pasar por la calle de día?
-Porque temía que su mamá...
-Sí, sí, porque los hombres son todos muy
ingratos y cuanto mas se les quiere es peor. ¿Piensa usted que yo no lo se?...
Me ha tenido usted al balcón todas estas tardes esperándole; pero que si
quieres... Por la noche, detrás de los cristales, le veía pasar muy serio, muy
serio, sin mirar siquiera hacia mí. Yo decía: "¿Estará enfadado conmigo?
¿Por qué se habrá enfadado? ¿Será porque he cerrado el balcón a las tres menos
cuarto?" En fin, todo me volvía cavilar, cavilar, sin sacar nada en
limpio... Entonces dije: "Voy a darle un susto esta noche..."
-Ha sido un susto bien agradable.
-Si no llega usted a pararse delante de mi
casa y a quedarse mirando a los balcones, no salgo del portal...; pero aquello
me decidió.
Momento de pausa, en el cual me acudió a la
mente un tropel de pensamientos que todavía me avergüenzan. Teresa volvió a
mirarme fijamente.
-¿Está usted contento?
-¡Vaya!
-¿Va usted a gusto conmigo?
-Mejor que con nadie en el mundo.
-¿No le estorbo?
-Al contrario, siento un placer como usted no
puede figurarse.
-¿No tiene usted nada que hacer ahora?
-Absolutamente nada.
-Entonces vamos a pasear. Cuando llegue la
hora, usted me lleva a casa y mamá se figura que me trajo el criado de las
primas... Pero si le estorbo o no le gusta pasear conmigo, dígamelo usted...,
me voy en seguida...
Yo le contesté apretándole el brazo y
tirándole suavemente por la mano para encajárselo bien en el mío. Teresa
continuó hablando con graciosa volubilidad.
-Parece mentira que seamos tan amigos, ¿no es
verdad? Yo pensé cuando le dejé caer la muñeca encima que le había matado...
¡Qué miedo tuve! ¡Si usted viera!... Vamos a ver, ¿por qué en lugar de
enfadarse se sonrió usted?
-¡Toma! Porque me gustó usted mucho.
-Eso pensaba yo; debí de haberle sido
simpática, porque si no, la verdad es que tenía motivo para ponerse furioso.
Todavía cuando usted subió a llevármela estaba muerta de miedo y por eso cerré
tan pronto la puerta... ¡Dichosa muñeca! Me dio tal rabia que la tiré contra el
suelo y la partí un brazo.
-Pues no debe usted tratarla mal; al
contrario, debe usted conservarla como un recuerdo.
-¿Sabe usted que tiene razón? Si no hubiera
sido por la muñeca no nos hubiéramos conocido..., ni sería usted mi novio...,
porque tengo otro...
-¿Cómo otro?
-Es decir, ya no lo tengo; lo tenía... Es un
primo que está empeñado en que le he de querer a la fuerza... No vaya usted a
creer que es feo... al contrario, es guapo...; pero a mí no me gusta... No lo
puedo remediar. Le dije que sí porque me dio lástima un día que se echó a
llorar.
Mientras conversábamos de esta suerte íbamos
caminando sosegadamente por las calles. Para evitar el encuentro con cualquier
pariente o conocido de la niña, procuré seguir las menos principales. Teresa
iba cogida a mi brazo como al de un antiguo amigo, hablando sin cesar, riendo,
sacudiéndome a veces fuertemente y deteniéndose a lo mejor delante de un
escaparate para hacerme mirar cualquier chuchería. Su charla era un gorjeo
dulce, insinuante, que me conmovía y refrescaba el corazón. A impulso de ella
se fue disipando poco a poco el tropel de pensamientos pérfidos que vagaba por
mi cabeza. Sin saber de qué modo, también desaparecieron todos mis temores; me
figuraba que aquella niña tenía algún parentesco conmigo, y no hallaba
extraordinaria y peligrosa nuestra situación como al principio. Su inocencia
era un velo espeso que nos impedía ver el riesgo que corríamos.
En poco tiempo me contó una infinidad de
cosas. Era de Jerez; no hacía más que un año que estaban en Madrid
establecidos; su papá ocupaba un alto empleo; tenía dos hermanitos y una
hermanita. Acerca del carácter y costumbres de cada uno de ellos se extendió
considerablemente; la hermanita era muy buena niña, amable y obediente; pero
los chicos, insufribles; todo el día gritando, ensuciando la casa y peleándose.
Su mamá le había dado jurisdicción sobre ellos hasta para castigarles, pero no
quería usar de ella porque tenía miedo de que le perdiesen el cariño; que la
mamá se arreglara como pudiese. Después habló del papá, que era muy serio, pero
muy bueno. Lo único que la tenía apesadumbrada era que parecía querer más a los
chicos que a ellas. La mamá, en cambio, mostraba predilección por las niñas.
Habló después de las primas de la calle de Fuencarral; una era muy bonita, la
otra graciosa solamente; las dos tenían novio, pero no valían cuatro cuartos;
chiquillos que todavía estudiaban en el Instituto. Tenían, además, un hermano,
que era el primo que había sido su novio; éste ya era bachiller y se estaba
preparando para entrar en el colegio de Artillería. De vez en cuando, en los
cortos intervalos de silencio, levantaba graciosamente la cabeza,
preguntándome:
-¿Va usted a gusto conmigo? ¿Le estorbo?
Y cuando me oía protestar vivamente contra
semejante duda, su rostro expresivo se iluminaba de alegría y continuaba
hablando.
Habíamos recorrido algunas calles. Ya puede
usted imaginarse que yo iba gozando como los ángeles en el paraíso, y pendiente
de los labios de aquella niña, que al referirme todas las nonadas infantiles de
su vida parecía infundir en mi alma encantada la ciencia de la dicha. Sin
embargo, no podía desechar cierta vaga inquietud que turbaba mi alegría.
Buscando manera de pasar las horas de que disponíamos más dignamente que
vagando por las calles, tropezamos al bajar la cuesta de Santo Domingo con el
teatro Real. Al instante se me ocurrió la idea de entrar. Teresa la aceptó
inmediatamente, y a fin de que no reparasen en nosotros, tomamos entradas de
paraíso. Se cantaba Los puritanos, y aquel rebosaba de gente; de suerte que nos
costó algún trabajo introducirnos y escalar uno de los rincones; pero al cabo
llegamos. Teresa se encontró admirablemente y me pagaba los trabajos que había
pasado para llevarla hasta allí con mil sonrisas y palabras amables. Mientras
subían el telón seguimos charlando, aunque muy bajito. Se había establecido
entre nosotros una gran intimidad y me abandonó una de sus manos, que yo
acariciaba embelesado. Cuando empezó la ópera dejó de charlar y se puso a
atender tan decididamente que a mí me hizo sonreír al verla con la cabecita
apoyada en la pared y los ojos extáticos. Sabía música, pero había ido al
teatro pocas veces; así que las melodías inspiradas de la ópera de Bellini le
causaban profunda impresión, que se traducía por un leve temblor de las pupilas
y los labios. Cuando llegó el sublime canto del tenor que empieza A te, oh
cara, me apretó con fuerza la mano, exclamando por lo bajo: "¡Oh qué
hermoso!, ¡oh qué hermoso!" Después me hizo explicarle lo que pasaba en la
escena. Halló el matrimonio del tenor y la tiple muy proporcionado, pero
compadecía de veras al barítono, a quien birlaban la novia; quedó sumamente
disgustada cuando al fin del acto el tenor se ve en la precisión de acompañar a
la reina y dejar abandonada a
su futura, y declaró
resueltamente que ésta era una conducta indigna.
-Pero advierta usted que estaba obligado a
hacerlo porque era su reina quien se lo pedía.
-No importa, no importa; si la quisiera bien
no hay reina que valga. Lo primero siempre es la novia.
No me fue posible arrancarle tan extraña
teoría de la cabeza. Después que bajó el telón permanecimos en el mismo sitio y
me obligó a contarle mi vida y milagros, cuántas novias había tenido, a quién
había querido más, etc., etc. Ya comprenderá usted que necesité ensartar un
sinfín de patrañas. Después, sin motivo alguno serio, manifestó rotundamente
que todos los hombres eran ingratos. Yo me atreví a apuntar que había
excepciones, pero no fue posible hacérselo reconocer. "Usted será lo mismo
que todos (anunció en tono profético y mirando a un punto del espacio); me
querrá usted un poco de tiempo, y después..., si te vi no me acuerdo."
¡Qué rato tan delicioso y tan infernal a la
vez me estaba haciendo pasar aquella niña! Para llevar la conversación a otro
punto, le pregunté:
-¿Cuántos años tiene usted? Hasta ahora no me
lo ha dicho...
-Tengo..., tengo...; mire usted, yo siempre
digo que tengo catorce, pero la verdad es que no tengo más que trece y dos
meses... ¿Y usted?
-¡Una atrocidad! No me lo pregunte usted, que
me da vergüenza.
-¡Ah, qué presuntuosos! ¡Si yo le he de
querer lo mismo que tenga muchos que pocos!
En seguida me propuso que nos tratásemos de
tú; pero después de aceptado se volvió atrás ofreciéndome que yo la tratase de
tú y ella siguiese con el usted. No quise conformarme.
-Pues mire usted, yo no puedo hablarle de tú;
me da mucha vergüenza... Pero en fin, vamos a ensayar.
Del ensayo resultó que para evitar el
pronombre daba la pobrecilla infinidad de rodeos y se metía en una serie
interminable de perífrasis. Si se aventuraba a dirigirme un tú, lo hacía
bajando la voz y pasando como sobre ascuas.
Cuando empezó el segundo acto, volví a
escuchar atentamente. Mis ojos no se apartaban casi nunca de su rostro; ella
entornaba a menudo los suyos para dirigirme una sonrisa apretando al mismo
tiempo mi mano. Observé, no obstante, que se había amortiguado un poco la viva
expresión de su fisonomía y que iba perdiendo aquella graciosa volubilidad del
principio. Las sonrisas de sus labios se fueron haciendo tristes, y por la
cándida frente pasó una ráfaga de inquietud que comunicó a su lindo rostro
infantil cierta grave expresión que no tenía. Parecía que en virtud de un
misterioso movimiento de su espíritu la niña se transformaba en mujer en pocos
instantes. Dejó de apretar mi mano y hasta retiró la suya. Volvía a cogerla
disimuladamente, pero al poco tiempo la retiró de nuevo.
El segundo acto había terminado. Al bajarse
el telón me hizo mirar el reloj, y viendo las once, dijo que era necesario
partir en seguida, porque a las once y media, a más tardar, iba el criado a
buscarla.
Salimos del teatro. La noche seguía tibia y
estrellada. A la puerta aguardaba una larga fila de coches, que nos fue preciso
evitar. Ya no había en las calles el movimiento de las primeras horas; pero,
con todo, seguimos las más solitarias. Teresa no quiso aceptar mi brazo como
antes. Entonces me tocó llevar la voz cantante, y le dije al oído mil
requiebros y ternezas, explicándola por menudo el amor que me había inspirado y
lo que había sufrido en los días en que no pasé por su calle; recordéle todos
los pormenores, hasta los más insignificantes, de nuestro conocimiento visual y
epistolar, y le di cuenta de los vestidos que le había visto y de los adornos,
a fin de que me comprendiese la profunda impresión que me había causado. Nada
replicaba a mi discurso; seguía caminando cabizbaja y preocupada, formando su
actitud notable contraste con la que tenía tres horas antes al pasar por los
mismos sitios. Cuando me detuve un instante a respirar, exclamó sin mirarme:
-Hice una cosa muy mala, muy mala. ¡Dios mío,
si lo supiese papá!
Traté de probarle que su papá no podía
enterarse de nada, porque llegaríamos demasiado temprano.
-De todas maneras, aunque papá no se entere,
hice una cosa muy mala. Usted bien lo sabe, pero no quiere decirlo. ¿No es
verdad que una niña bien educada no haría lo que yo hice esta noche?... ¿Si lo
supiesen mis primas, que están deseando siempre cogerme en alguna falta!...
Pero no piense usted..., por Dios, que lo he hecho con mala intención... Yo soy
muy aturdida..., todo el mundo lo dice...; pero también dicen que tengo buen
fondo.
Al proferir estas palabras se le había ido
anudando la voz en la garganta, hasta que se echó a llorar perdidamente. Me
costó mucho trabajo calmarla, pero al fin lo conseguí elogiando su carácter
franco y sencillo, y su buen corazón, y prometiendo quererla y respetarla
siempre. Me hizo jurar una docena de veces que no pensaba nada malo de ella.
Después de secarse las lágrimas recobró su alegría y comenzó a charlar por los
codos. Me expuso en pocos instantes una infinidad de proyectos a cual más
absurdo.
Según ella, debía presentarme al día
siguiente en casa y pedirle al papá su mano; el papá diría que era muy niña;
pero yo debía replicarle inmediatamente que no importaba nada; el papá
insistiría en que era demasiado pronto, pero yo le presentaría el ejemplo de
una tía, hermana de su mamá, que estaba jugando a las muñecas cuando la
avisaron para ir a casarse. ¿Qué había de oponer a este poderoso argumento?
Nada seguramente. Nos casaríamos, y acto continuo nos iríamos a Jerez para que
conociese a sus amigas y a sus tíos. ¡Qué susto llevarían todos al verla del
brazo de un caballero, y mucho más cuando supieran que este caballero era su
marido!
Estaba tan linda, tan graciosa, que no pude
menos de pedirle con vehemencia que me permitiese darle un beso.
No fue posible. Ningún hombre la había besado
hasta entonces; solamente su primo le había dado un beso a traición; pero le
costó caro, porque le dejó caer dos vasos de limón sobre la cabeza; hasta en
los juegos de prendas hacía que pusieran las manos delante para que no le
tocasen la cara con los labios. Pero cuando estuviésemos casados ya sería otra
cosa; entonces todos los besos que se me antojaran, aunque sospechaba que no se
los pediría con tanto ardor como ahora.
Estábamos próximos ya a su casa. Los
carruajes de la gente que volvía de las tertulias, al cruzar a nuestro lado,
apagaban la voz de Teresa y la obligaban a esforzarla un poco. Las estrellas,
desde el cielo, nos hacían guiños, como si nos invitasen a gozar
apresuradamente de aquellos momentos felices, que no habían de volver. A lo
lejos sólo se veían, como fuegos fatuos, los faroles de los serenos.
Llegamos, por fin, a casa. Delante de la
puerta Teresa volvió a hacerme jurar que no pensaba nada malo de ella, y que al
día siguiente, a las dos en punto de la tarde, me presentaría debajo de sus
balcones.
-Cuidado que no faltes.
-No faltaré, preciosa.
-¿A las dos en punto?
-A las dos en punto.
-Llama ahora con un golpe a la puerta.
Cogí la aldaba y di un golpe fuerte. Al poco
rato se oyeron los pasos del portero.
-Ahora -dijo en voz bajita y temblorosa- dame
un beso y escape deprisa.
Al mismo tiempo me presentaba su cándida y
rosada mejilla. Yo la tomé entre las manos y la apliqué un beso, dos...,
tres..., cuatro; todos los que pude hasta que oí rechinar la llave. Y me alejé
a paso largo.
Dejó de hablar don Ramón.
-¿Y después qué sucedió? -le pregunté con
vivo interés.
-Nada, que aquella noche no pude dormir de
remordimientos y al día siguiente tomé el tren para mi pueblo.
-¿Sin ver a Teresa?
-Sin ver a Teresa.
EL CACHORRILLO
No recuerdo cuánto me costó. Tengo una idea
de que di por ella todo el dinero que tenía en la hucha, que sumaba lo menos
cuatro o cinco pesetas en calderilla. Además, entregué una cadenita de plata,
algunos botones dorados de un frac viejo de mi padre y una navajita que me
habían regalado.
A pesar de todo, quedé convencido de que
Ovidio, el hijo del boticario de la calle de la Fruta, había tenido un momento
de extravío y que yo había abusado miserablemente de este muchacho cambiando
aquellas baratijas por su pistola.
Porque era una pistola, una verdadera pistola
que se cargaba con pólvora, no uno de esos ridículos juguetes que nos regalaban
nuestros parientes por las ferias de San Agustín y que se disparan con un
muelle.
¿Cómo vino a poder de Ovidio esta arma? Lo
más probable es que perteneciese a un hermano mayor que había llegado de Cuba
hacía unos meses. Lo sospeché pensando en la facilidad y aun en la prisa con
que de ella se desprendió. Si hubiera llegado a sus manos por un camino honrado
es seguro que la habría conservado en su poder con el mismo agrado, ¡qué digo
agrado!, con el mismo entusiasmo que yo la hice mía.
Parece que la estoy viendo con su cañón
pavonado y sus llaves bruñidas. La culata era oscura y charolada. Compré un
cuarterón de pólvora y una cajita de pistones y recuerdo con emoción la primera
vez que la disparé. Fue en el bosque de la Magdalena, próximo a Avilés, cosa de
dos o tres kilómetros. Para este trascendental experimento, se reunieron cinco
o seis chicos de la escuela. Y en medio de ellos, caminaba hacia el campo de
operaciones pálido y agitado, como si fuese a un duelo. Después de cargarla cuidadosamente,
según las instrucciones que Ovidio me había dado, después de haber puesto el
pistón en la chimenea, permanecí con ella en la mano presa de amarga
incertidumbre. ¿Qué resultaría de aquello? Mis compañeros y yo nos mirábamos
unos a otros y a todos nos latía el corazón como si se jugase en aquel ensayo
nuestra existencia. Al fin, armándome de valor, me destaqué del grupo, avancé
unos pasos y grité: "¡A la una!, ¡a las dos...!, ¡a las tres!" ¡Pum!
El estampido causó en nosotros un
estremecimiento, pero muy especialmente en mí, como debe suponerse. Sin
embargo, todos al punto recobran el valor, todos quieren disparar la pistola.
Me costó no poco trabajo reprimir los ímpetus de aquellos héroes. Fui, no
obstante, lo bastante magnánimo en tal ocasión para gastar el cuarterón de
pólvora y buena parte de los pistones. Regresamos a nuestros hogares cubiertos
de gloria y con el corazón henchido de sentimientos bélicos.
Así que se divulgó entre la juventud de las
escuelas la nueva de que era poseedor de aquella arma preciosa, me vi rodeado
de aduladores. Cuando un hombre logra acaparar una cantidad respetable de
fuerza, los demás acuden a él por un impulso irresistible, como las raspaduras
del acero hacia el imán. Tal acaeció al califa Omar, a Pedro el Grande de
Rusia, a Napoleón; tal me acaeció a mí. Desde entonces no me vi libre ya de un
enjambre de cortesanos, especie de guardia fiel, que me seguía a todas partes
ansiando participar de mi imperio y tomar parte de las felices aventuras que
aquel instrumento mortífero había de proporcionarme.
En la escuela, sujetos que antes me
despreciaban profundamente mirábanme ahora con respeto y me preguntaban al oído
misteriosamente:
-¿Lo tienes ahí?
Yo me hacía el interesante.
-¿El qué?
-El cachorrillo.
-Lo tengo.
-¿Cargado?
-¡Ya lo creo!
Entonces aquel sujeto desdeñoso me apretaba
la mano con sigilo y se alejaba en silencio para comunicar a los demás noticia
de tanta sensación.
Debo advertir, para que el lector no se
sobresalte demasiado, que el cachorrillo estaba cargado solamente con pólvora.
Ni a mí se me ocurrió ni a mis compañeros tampoco, introducir en él ningún
proyectil.
Después de la escuela solíamos irnos a la
Magdalena, aldea deleitosa como pocas, en cuyo bosquecillo habíamos recibido
nuestro bautismo de fuego. Una vez allí, lejos de las miradas, aunque no de los
oídos de los hombres, nos entregábamos a un tiroteo pernicioso que tenía un
poco inquietos a los pacíficos labradores de aquel lugar.
Sin embargo, las aventuras gloriosas no
parecían. Hacía seis u ocho días que el cachorrillo estaba en mi poder y
todavía no había logrado utilizarlo para algo que pudiera ser narrado algún día
a mis amigos de Entralgo, pues en aquella época no sospechaba que pudiera tener
cabida en mis memorias.
La fortuna vino en mi ayuda al cabo en forma
semejante a la de Don Quijote. Caminábamos una tarde hacia nuestro acostumbrado
retiro de la Magdalena, cuando acertamos a ver un zagalote de quince a diez y
seis años que corría hacia nosotros siguiendo a una niña como de diez. La
alcanzó presto y comenzó a golpearla cruelmente, a tirarla del pelo y de las
orejas. Entonces yo, con el sentimiento de mi fuerza incontrastable, le grito
osadamente:
-¡Deja a esa niña, animal!
Levantó la cabeza y al ver el ínfimo ser que
se atrevía a hablarle de esta forma, quedó más estupefacto que indignado.
-Sí; voy a dejarla -respondió sonriendo
sarcásticamente-, pero es para comenzar contigo, granujilla.
Y avanzó con terrible calma hacia mí. Yo, en
vez de retroceder, avanzo también algunos pasos y sacando la pistola y
apuntándole al pecho, exclamo colérico:
-¡Si das un paso más eres muerto!
Quedó inmóvil, clavado por la sorpresa, y
dirigiendo la vista a mis compañeros, preguntó:
-No estará cargada, ¿verdad?
-¿Sí...! ¿Cargada...! ¿Está cargada! -le
respondieron a un tiempo todos.
Entonces el zagalote se pone pálido, vuelve
grupas instantáneamente y emprende a correr gritando:
-¡No tires, chico...! ¿No tires!
Yo le sigo corriendo también.
-¡Vas a morir! ¡Vas a morir!
-¡Por Dios, no tires! ¡Por Dios, no tires!
-exclamaba el pobre diablo volviendo de vez en cuando la cabeza con terror.
-¡Vas a morir...! ¡Vas a morir! -replicaba yo
lúgubremente entre colérico y alegre.
Al fin me cansé de seguirle y volví hacia mis
compañeros, que me acogieron con estruendosa alegría. ¡Cuánto reímos, cuánto
celebramos aquel triunfo! No nos hartábamos de recordarlo pintando el miedo de
aquel gran zángano con rasgos cada vez más cómicos. Y así que llegamos a la
villa cada uno de mis compañeros fue una bocina poderosa que esparció la nueva
por todos sus ámbitos.
De tal modo, que cuando al día siguiente por
la mañana entré en la escuela un poco tarde, todos los ojos se volvieron hacia
mí con viva curiosidad y admiración. Me senté en mi banco, pero aun allí me
seguían las miradas de los compañeros. Yo paladeaba mi triunfo con deleite,
pero en actitud modesta. ¡Ah, cuán lejos estaba de sospechar que tenía cerca la
roca Tarpeya!
Recuerdo que el maestro se hallaba frente al
encerado y nos explicaba una operación de quebrados. Su amplia levita flotaba
majestuosa a medida que su brazo, provisto de unas mangas postizas de percalina
negra para no ensuciarse, iba trazando cifras y borrándolas después con una
esponja. Pero aquel día nadie reparaba en la levita, ni en las mangas de
percalina, ni en la esponja, ni en las cifras. Toda la atención de la escuela
estaba concentrada sobre mí o, por mejor decir, sobre mi pistola.
Uno de mis amigos más íntimos, que estaba
cerca, se inclinó y me dijo en voz baja:
-Mariano quiere ver la pistola. Déjamela un
momento.
Me resistí porque tenía miedo que don Juan se
volviese de pronto. Sin embargo, mi amigo insistió, y como aquel Mariano era
uno de los chicos más respetables de la escuela por su fuerza y yo le debía
algunos favores, tuve la debilidad de ceder.
La pistola no se detuvo en las manos de
Mariano. Todos los chicos que se hallaban cerca querían tocarla y fue pasando
de uno a otro mientras yo estaba en brasas mordiéndome los labios y maldiciendo
de aquella peligrosa curiosidad.
Al fin la pistola comenzó a retroceder
lentamente sin que don Juan volviese la cabeza y pude recuperarla. Pero fuese
porque algún chico hubiera andado con las llaves o porque yo la tomara con
harto apresuramiento, en el momento mismo de ir a meterla en el bolsillo se
disparó.
El estampido fue horroroso. Parecía que la
escuela se había venido abajo. Don Juan cayó de bruces sobre el encerado y
permaneció unos instantes inmóvil. Al estampido había sucedido un silencio de
muerte. Don Juan se volvió al cabo y su faz estaba lívida; quizá contribuyese a
ello el haberla restregado contra las cifras de quebrados que acababa de
trazar. Paseó sus ojos extraviados por la escuela y como advirtiese que los de
todos se hallaban fijos en mí me miró y vio la pistola. Entonces a paso lento
se dirigió al sitio que yo ocupaba.
No es fácil definir lo que por mí pasaba en
aquel momento. Era, más que terror, una especie de anestesia de todos los
sentidos, una vaga conciencia de que iba a morir y cierta indiferencia por la
muerte. Mi sangre toda, sin faltar una gota, debió de haberse refugiado en el
corazón, porque según me dijeron después, mi rostro era el de un cadáver.
Don Juan llegó al fin hasta mí y me tomó la
pistola de las manos; las suyas temblaban tanto como las mías. Sin pronunciar
una palabra se dirigió a la mesa y depositó sobre ella el arma, despojóse
lentamente de los manguitos, abrió un pequeño armario donde guardaba siempre su
sombrero de copa alta y lo sacó y se lo puso; llamó después al pasante y habló
con el un momento en voz baja; volvió a tomar la pistola, la examinó
detenidamente y cerciorándose sin duda de que no había peligro alguno la guardó
en el bolsillo; luego vino de nuevo hacia mí, me tomó de la mano y en medio de
un gran silencio y expectación salimos ambos de la escuela.
La primera idea que acudió a mi mente cuando
me vi en la calle de aquella forma sujeto por la mano de don Juan fue que me
llevaba a la cárcel. Entonces resucitaron dentro de mi pequeño ser todos los
espíritus muertos y me propuse no entrar en ella sino hecho pedazos. En cuanto
aflojase un poco la mano, ¡zas!, daba un tirón y emprendía la carrera.
Pero no la aflojó. Llegamos a la plaza,
seguimos por los arcos y en vez de tomar la calle del Muelle, donde estaba la
prisión, seguimos por la de Rivero. Entonces comprendí que me llevaba a casa y
se me ensanchó el corazón.
De mi padre estaba yo bien seguro. Cuando don
Juan le explicó con su habitual compostura y modestia todo el negocio se mostró
grandemente colérico, aseguró que iba desde luego a comenzar sus
investigaciones para averiguar de dónde procedía aquella arma y prometió que se
me castigaría severamente.
Como yo esperaba, luego que don Juan se hubo
ido no hizo otra cosa más que amonestarme sin demasiada acritud, haciéndome
algunas reflexiones que me impresionaron profundamente. En cambio, mi madre se
alarmó y enfureció lo indecible, me privó de toda golosina y no me dejó salir a
la calle con mis amigos durante muchos días. Sin embargo, puedo asegurar que
las palabras de mi padre fueron medicina más provechosa.
CABALLERÍA INFANTIL
Cómo y por qué fui atacado de aquel humor
belicoso que hizo la desesperación de mis tías durante el segundo curso de
bachillerato, no lo sé yo mismo.
Si ahora ocurriese no dejaría de atribuirse a
un estado neurasténico, pero en aquella época remota, Asturias era un país
privado de vías de comunicación y no se conocía la neurastenia.
Aceptemos el hecho y en vez de investigar sus
causas, cosa siempre difícil, analicemos sus consecuencias.
No podían ser más funestas.
Arañazos en las mejillas, contusiones en la
nariz, cardenales en las piernas, desgarrones en el pantalón. Como entonces no
funcionaba la Cruz Roja en Oviedo, mis tías se veían diariamente necesitadas a
intervenir con sal y vinagre y aguardiente alcanforado. Me vendaban, me
recosían con delicado esmero y me sugerían los medios adecuados para no padecer
esta clase de enfermedades.
Yo no quería emplearlos. Al contrario; cada
vez más enardecido salía casi a diario desafiado de los claustros de la
Universidad.
El campo de Marte, o sea el lugar de nuestros
duelos estudiantiles en aquella época, era un lóbrego portalón de una casa
solariega vecina de la Universidad. Estaba empedrada con grandes piedras
azuladas y relucientes. Cada una de aquellas piedras guardará seguramente
memoria de las relaciones efímeras que mis narices han mantenido con ellas.
Pero casi tanto como la guerra me atrajo
durante aquel año el amor.
Habitaba entonces en Oviedo una distinguida
familia que figuraba en los paseos del Bombé y en las reuniones de confianza
del Casino. Era una familia dilatada, aunque sólo del lado femenino. Aquellos
señores tenían varias hijas, bastantes hijas, no sé cuántas hijas; pero, en
fin, muchas hijas. Pasaban todas ellas justamente por bonitas y las había de
diferentes tamaños. Mientras las primeras eran amigas de mi padre y nos
visitaban alguna vez en Avilés, la última podría tener once o doce años y era
mi contemporánea. Sin embargo, yo la miraba con cierto desdén. Aunque había
jugado con ella en la playa de Luanco cuando contaría seis o siete años de edad
y llevaba, como yo, cortado el pelo a punta de tijera, al llegar a Oviedo y
tropezarla en la calle me limité a decirle adiós dignamente.
Hay que confesar que era una dignidad
intempestiva. Tanto más cuanto que aquella chica me había gustado en su primera
juventud y me seguía gustando.
Era menuda, de facciones admirablemente
correctas y con unos ojos negros capaces de atravesar una barricada de sacos de
harina. Yo, que no era ningún costal, me sentía traspasado de parte a parte
cada vez que me cruzaba con ella en el paseo. Pero la dignidad me obligaba a
mostrarme completamente indemne.
Se llamaba Antonia; éste era su nombre legal:
Otro le daban completamente ilegal y era el de una monedita americana,
chiquita, bonita, a lo que oí decir, porque yo jamás la he visto. El nombre
estaba, pues, bien adaptado; pero yo la llamaré ahora por el suyo porque ya
está muerta y cuando se hizo mujer no le agradaba que la nombrasen de otra
suerte.
El lector se alegrará seguramente al saber
que toda mi dignidad se disipó como un sueño cierta tarde del mes de febrero.
Es un suceso que no interesará a todo el mundo como los presupuestos
municipales; pero estoy seguro de que hay chico de trece años a quien divertirá
más.
He aquí cómo ocurrió:
Se celebraba en Oviedo la feria de la
Candelaria, llamada allí también la Romería de las naranjas. Asturias no es un
país de naranjos, pero a la orilla del mar, por la parte de Oriente, crecen
algunos que dan una fruta bastante aceptable, sobre todo si se la come con
azúcar. El día de la Candelaria llegan a Oviedo por la carretera de Gijón
muchos carros cargados de ella y se establece en esta carretera un lucido
paseo. No tiene más que un inconveniente y es que el camino por aquella parte
ofrece una fuerte pendiente, lo cual le hace imposible para los asmáticos.
Antoñita no lo estaba, a Dios gracias, y
paseaba arriba y abajo entre cestos de naranjas con sus amiguitas toda la
tarde. Yo, sentado en el pretil con los míos, me sentía cada vez más subyugado
por sus ojos negros. Cuando cruzaba por delante de nosotros me venían ganas de
decirle alguna palabra amable.
En vez de esto, ¿qué es lo que se me ocurre?
Pues dispararle con mi tiragomas una corteza de naranja. Lo hice con tanta
fuerza y buena puntería que le di en mitad de la mejilla, produciendo un
chasquido temeroso.
La niña dejó escapar un grito y se llevó la
mano a la parte delicada, rompiendo a llorar perdidamente. Sus amiguitas acuden
a consolarla y encarándose después conmigo me ponen de "bruto” y
"animal" que no había por dónde cogerme.
Tenían razón; yo se la daba en el fondo del
alma. Me pesaba tanto y estaba tan avergonzado de mi vileza que me faltaba muy
poco para romper a llorar también. En vez de eso comencé a reír groseramente
coreado por las carcajadas de mis amigos.
¿Cómo llevé a cabo tal salvajada precisamente
en los momentos mismos en que me sentía más impresionado por el lindo rostro de
aquella niña? No me es posible explicarla Quizá estén en lo cierto los que
afirman que cualquier emoción nos puede impulsar a ejecutar actos
diametralmente contrarios.
Una señal rojiza quedó impresa en el rostro
de la hermosa niña, y con esta roja señal, testimonio de mi brutalidad, siguió
paseando toda la tarde. No es posible imaginarse el doloroso efecto que causaba
en mí aquella mancha cada vez que pasaba por delante de mis ojos. Aunque lo
disimulaba afectando alegría, mi corazón se sentía triste y me gritaba sin
cesar: "¡Miserable!"
Las amiguitas cuando pasaban cerca de
nosotros tornaban a encararse conmigo y tornaban a llamarme bruto. ¡Ay, cuánto
hubiera deseado que ella hiciese lo mismo! Pero no; ella se limitaba a
dirigirme una tímida mirada que apartaba velozmente. Era una mirada tan dulce y
tan triste que me acometían impulsos de arrojarme desde el pretil de la
carretera y desnucarme o, por lo menos, producirme algún grave desperfecto.
Cuando llegué a casa por la noche iba
determinado a realizar un acto trascendental. Me encerré en mi cuarto, tomé la
pluma y escribí la carta más disparatada que se haya escrito en la segunda
mitad del siglo XIX. Era una mezcla de Chactas y de Abelardo con ciertos
recuerdos del tronco feliz de mi tía y del Lago de Lamartine, rociado todo ello
con algunas gotas de El estudiante de Salamanca, de Espronceda. Pedía perdón a
Antoñita de un modo patético, le declaraba mi amor de un modo más patético y
aún le hacía saber, en el caso de que no me otorgase ambas cosas, mi designio
irrevocable de no asistir más a cátedra y dejarme morir lentamente de
inanición.
Pero lo más grave de las cartas, en casos
como el mío, no es escribirlas, sino entregarlas; todo el mundo lo sabe.
Hay quien apela al correo interior. Es el
medio más seguro de que no lleguen a manos de la interesada. Hay quien las
entrega en propia mano. Esto es mucho más eficaz, completamente eficaz; pero
tal procedimiento se halla reservado para los estudiantes de cuarto y quinto
año que juegan carambolas al billar y conocen el mundo. Yo era un pobre
estudiante de segundo de Latín y no podía lanzarme a tales aventuras.
Opté por un término medio. Espié la salida de
su doncella a un recado, la seguí disimuladamente y cuando iba a entrar en una
tienda de mercería me acerqué a ella y en la misma actitud humilde de un
mendigo que pide limosna le dije:
-¿Me haría usted el favor de entregar esta
carta a Antoñita?
La voz salió de mis labios como un blando
soplo, sin producir apenas sonidos perceptibles.
-¿Qué dices, niño? -me preguntó bruscamente.
Entonces yo, que debía de estar pálido, me
puse colorado. La misma vergüenza que sentía me hizo repetir con fuerza la
demanda.
La doncella me miró a la cara con risueña
curiosidad, estuvo algunos instantes indecisa, quizá, entre darme un bofetón o
tirarme de las orejas; al fin dijo arrancándomela carta de las manos:
-¡Bueno, se la entregaré!
Era una buena chica. Cumplió su palabra.
Al día siguiente estuve paseando por la calle
de Antoñita y ella se asomó al balcón, pero yo no osaba mirarla sino de lejos.
Cuando pasaba por debajo, en vez de levantar los ojos, los abatía mirando con
insistencia a la acera de la calle.
Pero he aquí que una de las veces veo caer
delante de mí, sobre esta acera, un papelito. Me bajo, lo recojo, y sin mirar
tampoco al balcón, lo meto en el bolsillo y desaparezco.
Después que doblé la esquina, lo abrí con
mano trémula. Dentro traía, para hacer peso, un trocito de lápiz, el lápiz, sin
duda, con que estaban escritos dos renglones que decían: "Estás perdonado,
si tú me quieres a mí, yo también te quiero a ti".
Estos renglones estaban horriblemente
torcidos y las letras eran horriblemente grandes y además gibosas y temblonas
como si las hubieran trazado los dedos arrugados de una vieja y no una linda
mano infantil. Pero yo me hubiera prosternado ante ellos como un musulmán ante
el autógrafo de Mahoma.
¡Ya tenía novia! Éste fue mi primer
pensamiento vanidoso. Vuelvo a decir que el amor juega poco papel en las
relaciones infantiles. Sin embargo, me sentía atraído particularmente hacia
aquella niña que tan dulcemente perdonaba mi brutalidad.
En los días siguientes seguí paseándole la
calle y, ya disipada mi timidez, la miraba y remiraba largamente, y ella me
miraba también con extraordinaria atención. Parecíamos dos gatos, aunque sin
exhalar el más leve maullido; es decir, que ni una sola palabra se cruzaba
entre nosotros. Solía ir a esperarla cuando salía del colegio. Un amigo íntimo
me prestaba el servicio de acompañarme en estos casos y juntos la seguíamos.
Marchaba colgada del brazo de su niñera y de vez en cuando volvía la cabeza
para dirigirme una rápida mirada. La niñera la volvía con más frecuencia y
sonreía, y alguna vez también me hacía señas para que me acercase. ¡Oh, cuánto
valor se necesitaba para ello!
Tuve, no obstante, una ocurrencia feliz. Como
yo paseaba no pocas veces la calle sin que ella estuviese al balcón, me vino el
pensamiento de comprar un pito y silbar. Tardó Antoñita en darse cuenta de que
era yo el autor de aquellos silbos prolongados, pero cuando lo hubo averiguado,
así que oía silbar, se asomaba al balcón. Mas, ¡suerte maldecida!, unos
estudiantes forasteros que se hospedaban por allí cerca observaban mis
maniobras y comprando un pito igual hicieron salir a Antoñita repetidas veces
en vano. Uno de estos estudiantes aún vive. Y cuando voy por Asturias me
recuerda la broma y reímos mucho. Y después de reír solemos quedar ambos
silenciosos y melancólicos.
Este incidente me produjo alguna desazón,
pero no puede compararse con la que poco después experimenté. Creo haber dicho
que un amigo íntimo me acompañaba algunas veces en mis paseos por la calle de
Antoñita y también cuando iba a esperarla al colegio. Pues bien: este amigo
repentinamente comenzó a enfriarse conmigo; se apartaba de mí en los claustros
de la Universidad; se negó a acompañarme cuando se lo proponía y hasta noté que
fingía no verme para no acercarse.
Pocos días después le encontré frente a los
balcones de Antoñita mirando hacia ellos con insistencia. En cuanto me divisó
siguió su camino. Pero otro día volví a hallarle en la misma posición y
entonces no se movió ni me saludó siquiera. En los siguientes comenzó a pasear
descaradamente la calle de mi novia y hasta iba a esperarla al colegio
acompañado de otro amigo.
Esta primera traición que padecí en mi vida
me sorprendió muchísimo; lo cual demuestra que es falsa la teoría de que hemos
vivido antes de ésta otras vidas. Porque si hubiera vivido antes, por poco que
fuese, habría encontrado aquello muy natural. Para colmo de dolor observé que
mi novia coqueteaba con él una chispita. Una corriente de odio de alta presión
se produjo entre él y yo. .
Para establecer el circuito no hacía falta
más que una ocasión.
Vino el contacto paseando por el claustro de
la Universidad antes de la hora de clase. Yo le dirigía miradas furibundas cada
vez que nos cruzábamos; él evitaba mirarme porque sin duda le quedaba todavía
un resto de pudor. Sin embargo, los amigos que paseaban con él debieron de
advertirle que yo le miraba de un modo provocativo y él se sintió humillado de
esta advertencia, porque en una de las vueltas volvió hacia mí el rostro y me
clavó una mirada insistente y retadora.
El choque fue terrible, ferocísimo. Yo tenía
tal ansia de dar golpes y los daba con tal coraje que no sentía los suyos. Nos
abrazamos, procurábamos con afán derribarnos y, no pudiendo conseguirlo, nos
separábamos y volvíamos a los golpes, y otra vez el odio nos juntaba cuerpo a
cuerpo. En torno nuestro se había formado un corro de chicos que presenciaba el
combate como una pelea de gallos.
Mas de improviso siento por detrás un
puntapié y un pescozón. Aquello no podía venir de mi enemigo. En efecto, unos
dedos mayores que los suyos me habían sujetado por el cuello y oí una voz
terrible que gritaba:
-¡Bedel! Abra usted la carbonera.
Era el secretario del Instituto y a la vez
catedrático de Historia y Geografía que desde su atalaya de la Secretaría nos
había atisbado.
El bedel abrió la carbonera y a empellones
nos metieron dentro.
El secretario del Instituto era un excelente
profesor, todo el mundo lo reconocía. Era, además, un hombre de recta intención
y valeroso, como lo demostró algún tiempo después renunciando a su cátedra y
marchando a engrosar las filas del ejército carlista. Pero el secretario del
Instituto no poseía ni penetración ni previsión. Porque si las tuviese no
encerraría solos a dos chicos que se estaban combatiendo con furor.
Siguió el combate mortífero, rabioso. Rodamos
por tierra, y unas veces caía él encima y otras caía yo. Luchábamos
desesperadamente y en silencio. Al cabo de algún tiempo las fuerzas nos fueron
abandonando. Por lo menos yo sentí claramente que las mías se debilitaban. Una
de las veces que caí debajo ya no pude levantarme y él logró ponerme una
rodilla sobre el pecho. Estaba vencido.
-Jura que no pasearás más la calle de
Antoñita.
-Lo juro -respondí.
-Júralo por tu madre.
-Lo juro por mi madre.
Entonces me soltó; nos levantamos y nos
limpiamos la chaqueta y los pantalones. Cinco minutos después vinieron a
abrirnos para entrar en clase. Y allí no había pasado nada.
Pude haber faltado a mi juramento sin grave
riesgo, porque nuestras fuerzas se hallaban bastante equilibradas; pero lo
respeté religiosamente. No volví a pasar por la calle de Antoñita.
Al cabo de quince o veinte días, hallándome
paseando, como de costumbre, por el claustro, sentí que una mano se apoyaba
sobre mi hombro. Me volví y me encontré con mi ex amigo, que me dijo en tono
natural:
-Oye, si quieres puedes pasear cuanto se te
antoje por la calle de Antoñita.

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