© Libro No. 689. Ruslán y Liudmila. Pushkin,
Alexander. Colección E.O. Abril 5 de 2014.
Título original: © ALEXANDER
PUSHKIN. Ruslán y Liudmila.
Versión Original: © ALEXANDER PUSHKIN. Ruslán y Liudmila.
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© Edición, reedición y
Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
ALEXANDER PUSHKIN
Ruslán
y
Liudmila
PROLOGO
En una playa próxima a cierto golfo crece un
robusto y verde roble. Un gato sabio, sujeto al tronco por una cadena de oro,
da vueltas sin cesar en torno a él.
Cuando corre a la derecha, entona una canción,
y cuando corre a la izquierda se pone a contar un cuento.
Por todas partes se producen allí milagros;
anda vagando el demonio, una ondina se balancea en las ramas... Y en los
senderos ocultos se ven huellas de animales nunca vistos...
También hay una casita con patas de gallina, y
que no tiene puertas ni ventanas. Allí cada bosque y cada valle albergan
innúmeros fantasmas...
Allí, al rayar el alba, cuando las olas
empiezan a rodar por las riberas arenosas, surgen de las límpidas aguas treinta
y tres hermosos héroes, capitaneados por el viejo Tío del Mar...
Allí un joven príncipe vence y hace prisionero
a un zar temible...
Allí, a la vista de todos, rapta un brujo a un
héroe esforzado y, subiendo con él a las nubes, vuela sobre bosques y mares...
Allí, encerrada en una celda, llora una
zarina, a la que sirve con fidelidad un oso pardo...
Allí camina por sí solo un mortero junto a la
bruja Yaga.
Allí el zar de los brujos, el Brujo-Inmortal,
tiembla por su oro...
Allí reina el espíritu ruso... Todo sabe a
Rusia allí.
Y allí estuve yo... Bebí dulcísimo hidromiel,
vi aquel roble verde, y también, a su sombra, al gato sabio, que me contó
buenos cuentos de los suyos. Y uno de ellos lo recuerdo, y voy a contarlo ahora
al mundo entero...
CANTO PRIMERO
Es ésta una historia de tiempos lejanos, una
leyenda de la antigüedad más remota.
Rodeado de sus hijos poderosos y de sus
amigos, el príncipe Vladimir el Sol daba un festín en la sala más espaciosa de
su palacio; celebraba los esponsales de su hija menor con el valiente Ruslán, y
levantaba a su salud una pesada copa de hidromiel.
Nuestros antepasados comían siempre con gran
calma, y las jarras y los vasos de plata, llenos de vinos espumosos y cerveza,
que infunden alegría en los corazones, se movían ante ellos con gran lentitud.
Vasos y copas, rebosantes de espuma, eran servidos por coperos que, al
ofrecerlos, se inclinaban con respeto ante los convidados.
Las voces se mezclan en un rumor confuso, en
un zumbido interminable. Pero de pronto resuenan las notas sonoras y fugaces
del salterio y la voz melodiosa del trovador. Todos callan y escuchan. El
cantor elogia la belleza de Liudmila, la valentía de Ruslán y la corona que les
ha preparado el amor.
Fatigado, sin embargo, por su emoción amorosa,
Ruslán ni come ni bebe; está inmóvil, sin apartar los ojos de su amada, suspira
e impaciente se retuerce los bigotes.
A la misma mesa están sentados tres mancebos,
los tres guerreros flamantes, que contemplan tristemente sus copas vacías
olvidándose de llenarlas, no prueban plato alguno y parecen no oír la canción
del trovador; son los tres rivales del prometido. Los desdichados sienten en
sus almas el veneno del odio y la amargura de un amor desgraciado.
Uno de ellos es Rogday, intrépido guerrerro
que supo ensanchar con su espada las fértiles tierras de Kiev.
El otro es Farlaf, un charlatán altanero a
quien nadie vence en los festines, pero guerrero mediocre en el fragor de las
batallas.
Y el tercero es Ratmir, el joven khan de los
kazares.
Los tres tienen pálido y sombrío el semblante
y a ninguno de los tres le divierte el festín.
Finalmente, concluye. Todos se levantan de la
mesa y contemplan a los jóvenes prometidos. La novia mira confusa al suelo y
parece un poco triste. En cambio Ruslán se muestra ahora alegre y animado en
extremo.
Se acerca la medianoche y las negras sombras
envuelven la naturaleza toda. Los boyardos, adormecidos por efecto del
hidromiel, se despiden con profundos saludos y se retiran a sus casas.
El novio está en las nubes y lleno de ventura.
El príncipe Vladimir, emocionado y algo
triste, da su bendición a los jóvenes. Seguidamente acompañan todos a la
muchacha a sus aposentos.
De súbito, retumba un espantoso trueno, brilla
un relámpago en la oscuridad y la lámpara se apaga.
Quedó todo envuelto en una nube de humo.
Parece como si todas las cosas empezaran a temblar en las tinieblas... y se
hace un profundo silencio.
Una voz extraña resuena dos veces en el
silencio terrible; una sombra negra desciende y desaparece después en una nube
de humo.
Y vuelve a reinar el silencio, como si todo el
palacio quedara abandonado.
Ruslán está pálido y bañado en un frío sudor.
Su mano yerta busca vanamente en las tinieblas
a su amada... Sólo encuentra el vacío. Liudmila ha desaparecido arrebatada por
una fuerza desconocida.
¡Ay de aquel que pierde a la amada para
siempre en un instante! A no dudarlo es preferible la muerte...
Mas el desdichado Ruslán siguió viviendo.
Y a todo esto ¿qué dijo el príncipe?
Sorprendido por la tremenda noticia y
enfurecido contra su yerno, llamóle, convocando al propio tiempo a su corte
entera.
—¿Dónde está Liudmila? —le pregunta con tono
amenazador.
Pero Ruslán no le oye.
—¡Hijos míos y amigos todos! —prosigue
lamentándose el príncipe—. A vosotros me dirijo recordándoos vuestros méritos.
¡Tened piedad de mí, que soy un anciano! ¿Cuál de vosotros está dispuesto a
salir en busca de mi hija? ¡El mérito del valiente que lo consiga no quedará
sin premio! Y tú, desdichado, que nos has sabido guardar a tu esposa, llora y
laméntate, porque he de darla al que la encuentre, con la mitad del reino de
mis abuelos... ¿Cuál, pues, de mis hijos o amigos está dispuesto a salir en su
busca?
—¡Yo! —exclamó el abatidísimo esposo.
—¡Yo, yo, yo! —contestaron a una Rogday,
Farlaf y el siempre alegre Ratmir—. Ahora mismo vamos a ensillar nuestros
caballos, y nos tienes dispuestos a recorrer el mundo entero. No temas,
padrecito, tu espera no será larga. ¡Correremos presurosos en busca de la
princesa!
El anciano padre, conmovido después de tanto
sufrir, les abre, llorando, los brazos.
*
Los cuatro salen juntos del palacio.
Ruslán, muy desanimado por su desventura; la
idea de haber perdido de manera tan súbita a su amada le atormentaba el
corazón.
Los cuatro saltan sobre sus corceles y vuelan
a lo largo de las rientes orillas del Dniéper, desapareciendo tras una nube de
polvo. Y todos, con el príncipe al frente, les siguen, aunque sólo con el
pensamiento, pues no ven ya ante sí más que el campo desierto.
Ruslán sufre y sigue callado; hasta la memoria
ha perdido.
Tras él va Farlaf que, poniéndose en jarras,
exclama:
—¡Qué contento estoy de poder obrar a mi gusto
y con total libertad! ¡Ojalá encontrara pronto al gigante! Entonces la sangre
correría de verdad. Muchas serían las víctimas que haría caer mi amor celoso.
¡Alégrate, pues, fiel espada, y también tú, corcel veloz!
El khan de los kazares baila en la silla,
viéndose ya en brazos de Liudmila. Hierve su sangre moza, y en su mirada brilla
la esperanza. Ora pone al galope su caballo, ora lo hace encabritar,
obligándole a vencer pasos abruptos.
Rogday calla y se muestra más taciturno que
sus compañeros. Está inquieto y, enfurecido, mira de reojo al khan de los
kazares.
Todos los rivales, durante el día entero,
siguen la misma ruta.
La orilla más baja del Dniéper tórnase ya
oscura. Desde Oriente se acercan las sombras de la noche y sobre el río
profundo extiéndese la bruma. Ha llegado el momento de dar reposo a los
caballos. Al pie de una montaña crúzanse varios caminos.
—Vamos a separarnos aquí —dicen todos.
Y cada cual deja que su corcel escoja la ruta
libremente.
*
¿Qué haces tú, infortunado Ruslán, solo en
este desierto silencioso? ¿Continúas recordando el aciago día de tus bodas con
Liudmila, que surge ante ti como en un sueño?
¿Por qué vas así con el casco de cobre hundido
hasta las cejas, dejando que se escapen las riendas de tus fuertes manos? ¿Por
qué vas con el paso tan lento por los campos, cada vez más perdidas la
esperanza y la fe?
Pero ahora aparece una cueva ante los ojos del
guerrero. En la cueva brilla una luz... El jinete se dirige allí sin detenerse,
y atraviesa bóvedas adormecidas, tan viejas como el mundo.
Se para y entra, lleno de tristeza... Y ¿qué
descubre allí?
En la cueva ve a un anciano, de luenga barba
blanca y de mirada clara y serena; está inclinado sobre un viejo libro, leyendo
con suma atención y ante él arde una lamparilla.
—Bienvenido seas, hijo mío —dice el anciano,
sonriendo—. Hace veinte años que estoy aquí completamente solo, extinguiéndome
lentamente en las tinieblas de mi vida. Pero por fin ha llegado el día previsto
por mí, el día en que la muerte nos une. Siéntate, pues, y escucha lo que voy a
decirte.
Sé, Ruslán, que has perdido a tu Liudmila y
que ya van desmayando las fuerzas de tu espíritu. Pero el mal es pasajero, y
pronto desaparecerá el dolor que te ha infligido el destino... Sigue, pues,
adelante y sin temor, alegre siempre y lleno de fe y esperanza. ¡No
desfallezcas! ¡Siempre adelante! Sigue tu camino y ábrete paso con la espada
dirigiéndote siempre hacia donde reina la medianoche.
Debes saber, Ruslán, que quien te ha agraviado
es un hechicero, el terrible Chernomor, conocido secuestrador de muchachas
hermosas. Es el dueño de las montañas del reino de la medianoche. Y hasta ahora
ni una sola mirada ha logrado penetrar en su palacio.
Pero tú, vencedor de la maldad, penetrarás en
la morada del malhechor y acabarás con él. Nada más debo decirte. Así, pues,
desde ahora se halla tu suerte en tus propias manos, hijo mío.
Cayó nuestro héroe a los pies del anciano, y
le besó la mano, radiante de alegría.
Va despejándose el mundo ante sus ojos y su
corazón se alivia y reanima. Mas de súbito vuelve a pasar por su rostro la
sombra de la tristeza...
—Adivino la causa de tus inquietudes, pero me
es fácil desvanecerlas —le dice el anciano—. Te preocupa el amor del brujo de
blancas canas... Tranquilízate; su amor no es peligroso para la joven. Terrible
es el poder de Chernomor; puede hacer que desciendan las estrellas y con su
silbido hace temblar a la luna. Pero contra la ley del tiempo nada vale su
ciencia y no puede recuperar su juventud. Es ya un mísero viejo y no conseguirá
que la joven olvide tu amor y consienta en ser su esposa.
Pero el día termina ya, guerrero, y te
conviene el reposo.
Ruslán se acuesta sobr el blando musgo, a la
tenue luz de la lamparilla, e intenta conciliar el sueño...
Suspira, cambia de posición; mas todo es en
vano.
—No puedo dormir, padre mío —acaba diciendo—.
No sé qué hacer. Mi alma está enferma... el sueño huye de mí... La vida me es
penosa en demasía... Permite que me alivie con tu santa conversación. Perdóname
una pregunta indiscreta: ¿quién eres tú, hombre bondadoso y enigmático?...
¿Quién te obligó a vivir en este lugar desierto?
El anciano, suspirando, le sonrió afablemente
y le dijo:
—Querido hijo mío. Yo soy finlandés, y por el
tiempo de mi despreocupada juventud, apacenté ganado de las vecinas aldeas en
valles sólo por nosotros conocidos. Ignoraba todo lo que no fueran bosques
impenetrables, arroyos y cavernas ocultas en las rocas, así como las
diversiones propias de nuestra salvaje miseria. A pesar de ello, no quiso la
suerte que viviera yo largo tiempo en aquella tranquila quietud.
Cerca de nuestra aldea crecía entonces, como
una flor solitaria, una muchacha llamada Naína, que sobresalía entre sus amigas
por su extraordinaria belleza.
Cierto día, al llevar yo mis rebaños por los
prados y cuando estaba preparando mi gaita, me encontré a orillas de un
torrente impetuoso.
Una hermosa muchacha trenzaba allí una corona
de flores... El destino me había llevado hasta ella...
¡Era Naína, guerrero! Me le acerqué, y mi
atrevida mirada vióse correspondida con otra no menos ardiente. Conocí entonces
lo que era el amor, con toda su celestial delicia y su angustia torturadora.
Así transcurrió medio año, durante el cual le
declaré mi amor diciéndole: "Te quiero, Naína."
Pero Naína, que se complacía sólo en sus
propios encantos, escuchó mis palabras con altivez e indiferencia y me contestó
fríamente: "Pues yo no te quiero, pastor."
Al escuchar tal respuesta, me pareció que el
mundo se oscurecía; y ni los árboles, ni los bosques frondosos, ni los alegres
juegos de los pastores, lograron ya calmar mi angustia.
Mi corazón languideció de tristeza. Y así,
decidíme al fin a abandonar los campos finlandeses y a atravesar los peligrosos
abismos del mar, a fin de conquistar el corazón de la altiva Naína, con la
gloria de guerreras hazañas.
Reuní, pues, a unos cuantos pescadores
decididos, y les invité a buscar peligros y oro. Por primera vez el país
tranquilo de mis padres y abuelos oyó el estrépito de las armas y miró pasar
las naves de guerra.
Así me perdí en la lejanía, henchido de
esperanza, con aquel puñado de valientes, hijos de mi tierra.
Por espacio de diez largos años salpicamos con
sangre de enemigos las nieves y las aguas. Nos precedió la fama; los reyes
temblaron ante mi arrojo, y sus orgullosos regimientos huyeron ante las armas
del Norte.
Guerreábamos denodadamente y llenos de
alegría. Nos repartíamos dones y botines y celebrábamos las victorias en unión
de los vencidos.
Pero mi corazón, rebosante de amor por Naína,
sufría silenciosamente en el fragor de las batallas y en el bullicio de los
festines, sin poder olvidar nunca las riberas finlandesas.
"¡Amigos!", dije. "Ya es hora
de volver y de colgar las armas a la sombra de nuestras casas paternas."
Moviéronse ruidosamente los remos, dejando
tras nosotros el terror y la muerte; y muy pronto atracamos con júbilo en el
golfo de nuestra querida patria.
"¡Por fin se ven realizadas mis ilusiones
y mis más ardientes deseos! Se aproxima la hora del dulce encuentro... Arrojaré
a los pies de la muchacha hermosa y altiva mi espada ensangrentada, arrojaré
perlas, y oro y corales."
Así comparecí ante ella, embriagado de pasión
y rodeado de sus envidiosas amigas, semejante en todo a un sumiso vencido.
Pero la hermosa muchacha se alejó y me dijo
con tono indiferente:
"¡Héroe! ¡No te quiero!"
Mas, ¿para qué contarte, hijo mío, todo lo
que, para ser contado, requeriría de mí fuerzas que no tengo?
¡Ay! Aún ahora, viviendo aquí completamente a
solas con mi alma, y encontrándome ya a las puertas de la tumba, corren amargas
lágrimas por mi barba blanca, recordando el pasado.
Pero déjame que prosiga. En mi patria, entre
los pescadores solitarios, se practica una ciencia milagrosa. Siempre ocultos y
al amparo del eterno silencio de los bosques, viven, en los más apartados
rincones, viejos hechiceros. Todos sus pensamientos se dirigen a la más alta
sabiduría. Saben todo lo pasado y todo lo por venir. Y las cosas todas están
sometidas a su terrible voluntad, la muerte y aun el mismo amor.
Ávido y empedernido buscador de oro como yo
era, resolvíme, en mi infinita tristeza, a conquistar a Naína por medio de las
artes mágicas, encendiendo una llama amorosa en el corazón de la hermosa
muchacha con artificios de hechicería.
Me alejé, pues, internándome en aquellos
bosques sombríos, en los que pasé largos años estudiando entre los sabios
hechiceros. Llegó finalmente el día, por mí tan anhelado, en que pude ya, con
mi clara inteligencia, penetrar los más ocultos y terribles arcanos de la
naturaleza y en el que comprendí todo el poder de las invocaciones mágicas.
"¡Así conseguiré coronar pronto mis
deseos y mi amor!" pensaba yo." Ahora, Naína. te venceré y serás
mía!"
Mas no fui yo el vencedor, sino el destino,
que me perseguía sin descanso.
Lleno de esperanzas juveniles, empecé a
invocar a los espíritus. Y he aquí que el silencio eterno de la fronda se vio
turbado por un trueno formidable, acompañado de la luz de un relámpago.
Prodújose un mágico torbellino... La tierra tembló bajo los pies... y ante mis
ojos apareció sentada una vieja canosa, con ojos brillantes y hundidos y una
enorme joroba, símbolo de la más triste decrepitud.
¡Ay guerrero! ¡Aquella mujer era Naína! Quedé
horrorizado y sin poder hablar, contemplando el repugnante fantasma y sin dar
fe a mis propios ojos...
Entonces prorrumpí en súbito llanto y dije:
"¿Es posible que seas tú, Naína? ¿Dónde
está tu hermosura? ¿Cómo has podido cambiar así?... Dime, ¿cuánto tiempo hace
que no nos hemos visto?..."
"¿Cuánto?... Pues cuarenta años
justos", me contestó ella. "Hoy he cumplido los setenta... ¡Qué se le
va a hacer!", prosiguió con su voz cascada y ronca. "El tiempo vuela.
Ha pasado ya tu primavera y la mía también... Los dos nos hemos hecho viejos...
Pero escúchame, querido mío, todo esto no tiene importancia... Claro que ahora
ya tengo canas... También me siento menos animada que en otros tiempos... No
tengo tantos atractivos... Pero en cambio voy a confesarte una cosa: ¡Soy
bruja!"
Y decía la verdad. Quédeme inmóvil y aturdido.
Comprendí que era un imbécil a pesar de toda
mi sabiduría.
¡Pero lo más terrible fue que la fuerza mágica
consiguió lo que yo me había propuesto! ¡Sintióse aquella vieja enamorada de
mí!
Entonces huí.
La vieja se puso a perseguirme, y llenándome
de insultos:
"¡Ah, ingrato!" me dijo. "¿Para
qué has querido turbar mi sosiego? ¿Por qué, al conseguir mi amor, huyes de mí,
de tu Naí-na, y me desprecias? ¡Ay, así son todos los hombres! ¡Traidores
todos! ¡Infeliz de mí!... ¡Pero me vengaré de ti, vil seductor, déspota y
raptor de doncellas inocentes!"
Así nos despedimos. Desde entonces vivo aquí
en la mayor soledad, con el alma destrozada. La naturaleza, la sabiduría y la
tranquilidad constituyen el consuelo de este anciano que miras ahora, y a quien
espera ya la tumba.
Pero la llama de amor de la vieja se ha
convertido en terrible odio. En su alma anida la más negra maldad, y, sin duda
alguna, la vieja bruja habrá de odiarte a ti también... Por fortuna, los
pesares no son eternos en este mundo nuestro.
*
El guerrero había escuchado ávidamente las
palabras del anciano, sin cerrar los ojos, sin sentir deseos de dormir; y,
meditando y reflexionando, no se dio cuenta de cómo transcurría la noche.
Empezó a clarear el nuevo día...
Suspirando, el agradecido mancebo se despidió
del anciano dándole un fuerte abrazo.
Su alma estaba llena de esperanza.
Salió de la cueva y, espoleando a su caballo
adormecido, y enderezándose en la silla, lanzó un silbido y gritó al hechicero:
—¡No me abandones, padre!
Y se lanzó el campo.
—¡Buen viaje! —le contestó el viejo—. ¡Adiós!
¡Quiere a tu esposa y no olvides los consejos de este anciano!
CANTO SEGUNDO
El indómito Rogday que, lleno de un
presentimiento inexplicable, se había dirigido a un país desierto, dejando a
sus compañeros, cabalgaba ahora meditabundo entre selvas solitarias, y el
espíritu maligno no dejaba de turbar un solo instante su alma entristecida.
Marchaba el guerrero, sombrío y malhumorado,
murmurando constantemente:
—¡Combatiré y mataré! ¡Venceré todos los
obstáculos que salgan a mi paso!... ¡Sabrás quien soy, Ruslán! ¡Y entonces
podrá prorrumpir en llanto la doncella!
Y dando una súbita vuelta, regresó cabalgando
por el mismo camino.
Aquella mañana el intrépido Farlaf, después de
un largo y muy tranquilo sueño dormido cerca de un arroyo, huyendo de los rayos
del sol, almorzaba, en completa soledad, para reponer sus fuerzas.
De pronto ve cómo vuela por el campo,
semejante a la tormenta, un jinete desconocido. Sin perder tiempo, Farlaf
abandona la comida, el casco, la coraza y los guantes y, saltando sobre el
caballo, huye al galope.
Pero el otro le persigue:
—¡Detente! ¡Villano! ¡Cobarde! —le grita el
desconocido—. ¡Espera! ¡Quiero cortarte la cabeza!
Farlaf reconoce la voz de Rogday y se
estremece; tiembla y espolea más aún a su caballo. Así corre la liebre, con las
orejas tiesas, a través de campos y bosques, huyendo del perro.
El terreno por el cual cabalgaba Farlaf,
estaba cruzado por turbios arroyos, producidos por el deshielo primaveral. Su
caballo veloz tropezó con un foso, pero agitando la cola y las blancas crines,
saltó y venció el obstáculo. Mas el cobarde jinete cayó pesadamente en el fango
del foso con los pies al aire; y, confundiendo tierra y cielo, aguardó la
muerte.
Rogday se acercó blandiendo su espada.
—¡Muere, cobarde! —exclamó.
Pero al reconocer a Farlaf, sus brazos cayeron
a lo largo del cuerpo. Su mirada expresó desconcierto y desdén. Y nuestro héroe
Rogday se apresuró a alejarse del foso.
Se sentía irritado y al propio tiempo no podía
menos de reírse de sí mismo.
Poco después encontró en el camino a una
anciana de larga cabellera canosa jorobada por más señas. La vieja apenas podía
caminar, pero, no obstante, señaló con el bastón la dirección del norte y le
dijo:
—¡Por allí le encontrarás!
Y Rogday, lleno de alegría, voló hacia el
norte, sin saber que volaba tal vez hacia la muerte.
*
¿Y Farlaf? ¿Qué hace Farlaf?
Pues Farlaf se ha quedado en el foso, sin
atreverse a respirar de nuevo, preguntándose si aún vive o no y cavilando sobre
la dirección que habría tomado su adversario.
Oye de pronto la voz cascada de una anciana
que le habla desde arriba:
—¡Levántate, mancebo! En el campo reina la
calma. Te traigo el caballo. Levántate y escúchame.
Turbado, abandona el guerrero el enfangado
foso, mira con recelo a todas partes y, animado ya y respirando por fin
libremente, exclama:
—¡Gracias a Dios, estoy sano y salvo!
—Está bien —prosigue la vieja—. Pero debes
saber que encontrar a Liudmila es cosa más que difícil. Está muy lejos. Y ni tú
ni yo daremos con ella. Además es sumamente peligroso andar errante por el
mundo. Créeme, mejor harás siguiendo mi consejo; regresa tranquilamente a tu
propiedad de Kiev, y descansa allí sin preocuparte. A Liudmila la encontrarán
sin nuestra ayuda.
Dicho esto, la vieja desapareció.
Por ser nuestro héroe muy prudente, púsose
acto seguido en camino hacia su casa, renunciando a la gloria y llegando hasta
a olvidar a la joven y hermosa princesa. Y cabalgó, asustándose por el menor
rumor del bosque, por el vuelo de un pájaro o por el murmullo de un arroyo.
*
Entre tanto, Ruslán estaba muy lejos de allí,
atravesando selvas o galopando por los campos, con el pensamiento fijo en
Liudmila, su única alegría.
—¡Ay, querida compañera! ¿Dónde estás? ¡Si yo
pudiera encontrarte, esposa fiel!... ¡Quién sabe si no volveré a contemplar ya
más tus hermosos ojos ni a oír tu dulce voz!... ¿ Querrá el destino que
permanezcas para siempre prisionera del hechicero y que languidezcas
marchitándote en tu prisión? ¿O me encontrará uno de mis rivales y...? ¡Pero
no, esto no! ¡No temas, tesoro mío, mi fiel espada me acompañará siempre y mi
cabeza se mantendrá firme sobre mis hombros!
Cierta noche oscura seguía Ruslán la orilla
abrupta y pedregosa de un río. Corría abajo el agua. Todo estaba tranquilo
alrededor. De pronto silbó una flecha... se oyó el ruido de una coraza y los
relinchos y el galope de un caballo.
—¡Detente! —le grita una voz.
Ruslán vuelve la cabeza. Un jinete vuela hacia
él con la lanza en alto. Es el khan de los kazares, que se precipita sobre el
príncipe.
—¡Por fin he logrado encontrarte, amigo!
¡Prepárate a morir! —le grita el jinete—. ¡Inmóvil te quedarás en este mismo
lugar... y entonces podrás ir en busca de tu princesa!
Ruslán, enfurecido, reconoció la voz de
Ratmir.
*
Pero, amigos ¿qué le ocurre a nuestra gentil
doncella? Dejemos de ocuparnos, por un momento, de los jóvenes guerreros. Más
tarde volveremos a ellos. Ha llegado ya el punto de acordarnos de la princesa y
del terrible Chernomor.
Os he contado ya cómo durante una noche oscura
desaparecieron, ante los ojos de Ruslán y envueltos en una densa niebla, los
encantos de la dulce princesa.
¡Pobre Liudmila! Cuando el raptor se apoderó
de ti, arrebatándote de tu aposento, voló contigo por las nubes y se dirigió,
envuelto en humo y tinieblas, hacia sus montañas; perdiste el conocimiento y te
encontraste después, pálida y temblorosa, en el castillo encantado del brujo.
Así vi también una vez, desde el umbral de mi
casita, cómo un día de verano corría un gallo, sultán del gallinero,
persiguiendo a una tímida gallina. Disponíase ya mi gallo a alcanzarla... Pero
por encima de él un azor gris, viejo raptor de los polluelos de la aldea,
volaba describiendo círculos caprichosos, y lleno de oscuras intenciones. De
súbito cayó como un rayo en el corral y volvió a subir. Y ya se encuentra la
pobrecilla en las garras del peligroso raptor, que se la lleva a sus oscuras
cuevas, lugar seguro para él. En vano el gallo, sorprendido y tembloroso, llama
a su compañera. No ve ya más que plumas que vuelan arrastradas por el viento...
*
La princesa permaneció sin sentido toda
aquella noche, sumida en una oscura pesadilla. Por fin volvió en sí, y era ya
la mañana, presa de una viva emoción, y angustiada a la vez por un funesto
presentimiento.
Su alma vuela al encuentro de la dicha y
buscando con impaciencia a aquel a quien ama, murmura:
—¿Dónde estás, esposo amado?
*
Pero se estremece al mirar en derredor...
¡Liudmila! ¿Dónde está tu habitación?... La
pobre doncella se despierta entre mullidas alfombras, bajo un rico baldaquín...
allí cortinas... aquí espesos colchones, borlas y bordados incomparables... Por
doquier riquísimos brocados... Brillan las piedras preciosas; y de los trípodes
de oro ascienden nubes de humo aromático...
Pero basta... No es preciso que describa un
palacio encantado, pues Scherezade lo hizo antes que yo.
Mas ningún valor tiene el más soberbio de los
palacios si no alberga a un ser querido.
*
Tres doncellas de adorable belleza, ataviadas
con ligeras y maravillosas vestiduras, presentáronse ante la princesa... Se
acercaron y la saludaron inclinándose hasta el suelo.
Una de ellas, con sus dedos ligeros como el
aire, le peinó sus dorados cabellos, disponiéndolos en trenzas, con maestría
digna de nuestros tiempos; luego ciñó su blanca frente con una corona de
perlas.
Acercóse después, con tímida mirada, una
segunda doncella. Y el esbelto cuerpo de Liudmila se vio envuelto en una
riquísima túnica color de cielo. Sobre sus hombros y su pecho cayó un velo
transparente como la bruma. Dos ligerísimas zapatillas comprimieron su par de
piececillos, maravilla entre las maravillas.
La tercera de las doncellas ofreció a la
princesa un cinturón de corales, mientras una cantante invisible entonaba
alegres canciones.
Pero ni las piedras preciosas, ni las perlas,
ni tampoco las alegres canciones de alabanza, podían aliviar el alma de la
joven princesa. En vano le mostraba el espejo sus encantos, sus espléndidos
vestidos; ella permanecía triste y callada.
Y los amantes de la verdad, como en general
todos los que pueden leer en el fondo de los corazones, saben sobradamente que
si una mujer se muestra apenada y si, a través de sus lágrimas, se olvida,
contra toda razón y costumbre, de lanzar una mirada, aunque sea de reojo, al
espejo, es que en verdad se siente en extremo afligida.
*
Liudmila vuelve a encontrarse sola. Sin saber
qué hacer se acerca a una ventana enrejada y su mirada se pierde en la brumosa
lejanía. Todo parece muerto. Los valles están cubiertos de blancas alfombras de
nieve. Los sombríos picos de las montañas parecen dormidos en medio de aquella
blanca monotonía y de aquel eterno silencio. En parte alguna se divisa una
humeante chimenea, ni huellas de vida humana. El son alegre del cuerno de caza
no resuena por aquellos montes desolados. Tan sólo ráfagas de viento soplan
sobre el campo desierto, agitando las copas de los árboles desnudos que se
elevan hacia el cielo pálido.
Llorando de desesperación, Liudmila se cubre
el rostro con las manos.
—¡Desventurada de mí! ¿Qué me aguarda
ahora?...
Se precipita hacia una puerta y ésta se abre
ante ella a los sones de una música melodiosa.
Liudmila se encuentra ahora en un jardín. ¡Qué
maravilloso lugar! ¡Es más bello que los jardines de Armida y más admirable aún
que los que poseyeron el rey Salomón y el príncipe de Taurida! Ofrécense a su
vista, agitados y rumorosos, espléndidos bosques de robles, avenidas de
palmeras y parques de laureles, hileras de mirtos, altivas copas de cedros y
dorados naranjales. Y todo se refleja en el espejo de las aguas.
La colina, los bosquecillos y los valles se
ven reanimados por un calor primaveral y una brisa de mayo sopla refrescando
los campos encantados. Un ruiseñor chino canta entre el follaje. Brillan los
surtidores lanzando hacia las nubes sus aguas cristalinas con alegre rumor, y
salpicando las estatuas que los rodean, que parecen vivas. El propio Fidias,
alumno de Febo y de Palas, contemplándolas, hubiera dejado caer, lleno de
envidia, su divino cincel. Las cascadas, cayendo desde gran altura, se quiebran
sobre rocas de mármol y se multiplican en perlas que brillan como el arco iris.
Bajo la verde sombra de los bosques serpentean millares de arroyuelos, que
vierten allí sus aguas soñolientas, lugares de frescura y descanso. Acá y
acullá surgen de entre el eterno verdor soberbios pabellones entre tupidos
rosales que bordean senderos solitarios.
Pero la inconsolable Liudmila ni siquiera mira
todas aquellas bellezas. Está cansada de tanta maravilla y todo la entristece.
Prosigue adelante su camino sin saber adonde va y pasea así por todo el jardín
dando rienda suelta a sus lágrimas y elevando sus miradas al cielo, que le
parece implacable y oscuro.
*
Paseándose mi encantadora Liudmila bajo el sol
matinal, acaba por sentirse cansada. Considera llegado el momento de enjugar
sus lágrimas y dice para sus adentros:
—¡Basta ya!
Se sienta sobre la hierba y empieza a mirar en
torno suyo.
Pero apenas lo ha hecho, ve extenderse ante
ella, con gran ruido, una sombreada tienda y ofrecérsele un suculento almuerzo
con toda la vajilla de cristal. En el silencio del jardín empieza a tocar un
arpa invisible.
La princesa cautiva se maravilla; pero piensa:
—¿Para qué seguiré viviendo lejos de mi amado
y privada de libertad? ¡Oh, amado mío, cuyo amor me consuela y me martiriza a
un tiempo! ¡Sábelo! No me infunde miedo el poder del malhechor. ¡Liudmila sabrá
morir! ¡No me hacen falta, infame, tus tiendas ni tus manjares, ni tus
canciones aburridas; no comeré, ni escucharé, y me verás morir en tus jardines!
Esto es lo que piensa Liudmila, pero se pone a
comer.
La princesa se levanta y desaparecen en el
acto la tienda y la lujosa vajilla, con las notas del arpa, y vuelve a reinar
el silencio. Otra vez vaga Liudmila por los jardines solitarios y por los
silenciosos bosques.
Mientras tanto, en el firmamento azulado
empieza a navegar la luna, reina la noche; de todas partes acuden las sombras,
cubriendo valles y promontorios. La princesa siente deseos de dormir, y
entonces una fuerza misteriosa la levanta como un céfiro suave y la lleva,
entre el aroma nocturno de las rosas, al castillo, depositándola en su
aposento.
*
Reina un silencio sepulcral, en el que sólo se
oye el palpitar de su corazón. Y en aquel silencio parécele de pronto que
alguien se aproxima a ella. La princesa oculta su cabeza entre las manos, y...
¡horror! se oye ruido, y en la estancia penetra una luz, se abre la puerta y
aparece una hilera de negros que se acercan majestuosa y silenciosamente
blandiendo sus sables brillantes. Dan una vuelta a la derecha, y se acercan
llevando sobre una gran almohada una larguísima barba blanca, tras la cual
camina lentamente y con arrogante porte, levantando la cabeza sobre un cuello
delgado y largo, un enano jorobado; a aquella cabeza, afeitada por completo y
cubierta por un gorro alto y puntiagudo, pertenece la larga barba.
Ya está junto a la joven. La princesa da un
salto y de un golpe hace caer el gorro del enano y se prepara a golpearle; al
mismo tiempo lanza un terrible grito y empieza a chillar de tal modo que todos
los negros se sobresaltan. El pobre enano, sorprendido y atemorizado, palidece
aún más que la propia princesa; se enreda en su barba, y cae en tierra
debatiéndose. Se levanta y vuelve a caer. Su séquito grita despavorido;
tropiezan los negros unos con otros y por fin cogen en sus brazos al hechicero
y salen con él de la estancia para desenredarlo de la barba. Pero dejan
olvidado en el dormitorio de Liudmila su gorro puntiagudo.
*
¿Qué hace, entre tanto, nuestro querido
guerrero? ¿Recordáis su último encuentro? Pues bien: bajo la luz indecisa de la
luna entablan combate los enemigos. Sus miradas relampaguean de ira. Han hecho
ya uso de sus lanzas, que cada uno ha arrojado desde lejos contra el
adversario. Ya se han roto sus espadas, y sus corazas están cubiertas de
sangre. Sus adargas han volado hechas pedazos. Ahora luchan cuerpo a cuerpo,
juntando sus corceles, que luchan también, levantando con sus patas negras
nubes de polvo. Los luchadores están pegados uno a otro y se diría que
permanecen inmóviles en sus sillas. Sus manos forman un solo nudo y parecen
rígidas en su tremenda tensión. Pero por sus venas corre fuego y tiemblan sus
pechos estrechamente unidos. Pronto caerá uno de los dos...
En esto uno de los guerreros, enfurecido,
apresa con su mano de hierro al enemigo y, arrancándolo y levantándolo de la
silla, lo alza por encima de su cabeza y lo lanza a los olas desde la orilla,
mientras exclama:
—¡Muere, odiado rival!
*
Lectores míos: con seguridad habréis olvidado
quién fue el que luchó con el valeroso Ruslán. Tratábase de un buscador de
luchas sangrientas, de Rogday, el mejor guerrero de los Kievlanas, el sombrío
enamorado de Liudmila. Mucho tiempo hacía que iba siguiendo las huellas de su
rival; pero esta vez le faltó al hijo de las batallas y al guerrero de la vieja
Rusia su fuerza acostumbrada y encontró su fin en aquellos parajes desolados.
Corrió la voz de que una joven ondina,
moradora de aquellas aguas, cogió en sus brazos a Rogday y de que, besándolo,
arrastró entre risas al guerrero a las profundidades del río. Desde entonces,
alguna que otra noche, por aquellas riberas solitarias vaga el enorme fantasma
del héroe atemorizando a los pescadores.
CANTO TERCERO
Ya la mañana —mañana muy fría— empieza a
iluminar las oscuras cimas de los montes, pero el castillo encantado permanece
aún silencioso. Chernomor, presa de una ira que no puede ocultar, yace en la
cama, envuelto en su bata y sin su gorro, y resopla enfurecido. Sus callados
servidores se mueven en torno a su barba blanca, en cuyos pelos ondulados
intenta poner orden un peine de marfil. Al propio tiempo, y para mayor eficacia
y belleza, vierten sobre sus infinitos bigotes aromas orientales. Empiezan ya a
ponerse en orden sus rizados bucles, cuando entra de súbito por la ventana una
serpiente voladora, haciendo sonar sus escamas de hierro, que se enroscan en
ágiles nudos. Y acto seguido, ante el asombro de los servidores, se transforma
en una mujer, en Naína.
—Te saludo, querido compañero —dice ella—.
Hasta ahora sólo por la fama de su nombre conocía a Chernomor. Pero un destino
fatal nos une en el odio común que alienta en nuestro pecho. Te amenaza un
peligro: negros nubarrones se ciernen sobre tu cabeza; y a mí me arrastra mi
honor ofendido, impulsándome a la venganza.
El enano astuto le tiende la mano y recibe la
de ella con una mirada llena de falsa adulación:
—¡Oh, divina Naína! Muy preciosa es para mí tu
alianza. Puedes estar segura de que habremos de reírnos de las astucias del
finlandés. Por lo demás no me inspiran temor sus manejos; es un adversario
débil para mí. Para que me comprendas voy a explicarte en qué consiste la
fuerza milagrosa con que me dotó el destino. Mientras la espada del enemigo no
consiga cortar mis barbas, ningún guerrero, por valeroso que sea, ni mortal
alguno, podrá nada contra mis proyectos y deseos; Liudmila permanecerá aquí
para siempre; y Ruslán está destinado a perecer.
La bruja repite sombríamente:
—¡Perecerá! ¡Perecerá!
Y al decir esto, lanza por tres veces un ronco
grito, tres veces golpea el suelo y, volviendo a convertirse en una serpiente
negra, desaparece volando.
*
Vestido con su manto de brocado y oro, el
hechicero, animado por las palabras de la bruja, ha decidido depositar a los
pies de su joven prisionera sus bigotes, en prueba de sumisión y de amor. El
barbudo enano se dirige ricamente ataviado a los aposentos de la princesa
pasando por una larga hilera de estancias. Pero no encuentra allí a la
muchacha. Se dirige al jardín, y de allí al bosquecillo de laureles, bordea el
lago, mira junto a la cascada, bajo el puente, en los pabellones... La princesa
ha desaparecido sin dejar huellas.
¿Quién podría expresar su sorpresa, su
indignación y su ira encendida? Perdiendo la cabeza, lanza el enano un alarido
salvaje:
—¡A mí, a mí! ¡Acudid, siervos! ¡Encontradme
inmediatamente a Liudmila! ¡Obedecedme en el acto! ¡De lo contrario voy a
ahorcaros a todos con mis propias barbas!
Voy a decirte ahora, lector, dónde se
encontraba la linda muchacha.
Durante toda la noche, unas veces llorando y
otras riendo, no había podido menos de asombrarse ante lo extraño de su suerte.
La barba del hechicero la había asustado. Pero ya conocía a Chernomor, que le
había parecido ridículo; y todos sabemos muy bien que lo ridículo está reñido
con lo espantoso. Sólo para ir al encuentro de los rayos matinales se levantó
Liudmila de la cama, y entonces se fijó involuntariamente en los grandes y
límpidos espejos que en la habitación había. Instintivamente empezó a arreglarse
con negligencia sus dorados cabellos, que le caían sobre los hombros en largas
trenzas, y descubrió sus vestidos del día anterior, que estaban en un rincón.
Vistióse la muchacha suspirando y hasta llegó a llorar. Pero aun en medio del
llanto no dejaba de lanzar miradas al espejo; y sucedió que, entre el tumulto
de ideas que pasaban por su mente, se le ocurrió la de probarse el gorro
puntiagudo de Chernomor. Todo parecía quieto y nadie la podía ver... Además ¿
qué gorro no le iría bien a una muchacha de diecisiete años? Las mujeres nunca
se cansan de ataviarse. Liudmila empezó, pues, a manejar el gorro ladeándolo ya
a la derecha, ya a la izquierda, hundiéndoselo hasta las cejas o probándoselo
al revés. ¡Y aquí vino lo maravilloso! Liudmila desapareció del espejo; y
volvió a aparecer en él cuando se puso bien el gorro. Intentó ponérselo al
revés y volvió a desaparecer.
—¡Qué bien! —exclamó ella—. ¡Qué contenta
estoy, hechicero mío! Ahora ya no te tengo miedo y me siento aquí en la mayor
seguridad.
Y al decir esto la princesa, encendida de
alegría, se puso el gorro del malvado brujo al revés.
*
Pero volvamos a nuestro héroe. Porque ¿no es
vergonzoso que nos ocupemos con tal atención de un gorro y de una barba,
mientras dejamos abandonado a Ruslán a su propia suerte?
Después de su combate con Rogday, internóse
Ruslán en un bosque frondoso. Al cabo de un rato surgió ante sus ojos un gran
valle iluminado por la primera claridad del alba. Nuestro guerrero quedó
sorprendido, y en verdad que tenía para ello razón: el valle había sido campo
de una antigua batalla; todo, hasta la lejanía, aparecía completamente desierto
y sembrado de huesos amarillentos; por doquier se veían corazas, adargas,
arneses...; aquí una mano de esqueleto que empuñaba todavía una espada llena de
herrumbre; allí, entre las hierbas, un casco en el cual se pudría un viejo
cráneo...; más allá los restos de un héroe y, al lado, los de su corcel,
rodeados de flechas y lanzas, hundidas en la tierra y cubiertas de plantas
trepadoras. Nadie turba el silencio de aquel desierto y únicamente el sol
abrasa con sus rayos aquel valle de muerte.
El guerrero lo contempla todo, suspirando.
—¡Oh, campo! ¿De quién fueron los huesos que
te cubren? ¿A qué héroe perteneció el caballo que te pisó en el último momento
de la sangrienta lucha? ¿Qué guerrero sucumbió aquí gloriosamente? ¿De quién
fueron las últimas plegarias que escuchó el Cielo? ¿Por qué, ¡oh, campo!,
permaneces silencioso y cubierto por el musgo del olvido? ¡Acaso no halle
salida yo tampoco y no pueda evitar las eternas tinieblas! ¡Quién sabe si en
aquella colina no irán a enterrar el ataúd de Ruslán!
Pero nuestro guerrero recuerda pronto que a un
héroe le hace falta una espada y también una coraza; y él, después de su último
encuentro, ha quedado desarmado.
Inmediatamente se pone a buscar armas,
creyendo poder encontrarlas entre los arbustos y montones de podridos huesos,
entre las corazas y los cascos destrozados. Entre tanto, el campo entero parece
revivir y se oyen sones y crujidos... Ruslán levanta del suelo una adarga y
después una coraza, la primera que ve. Encuentra además un cuerno, pero no
logra dar con ninguna espada, pues todas son o demasiado ligeras o cortas en
exceso; y es preciso saber que el príncipe era un joven robusto, en nada
parecido a los guerreros de nuestros tiempos.
Para tener algo en la mano escogió una lanza,
púsose la coraza y prosiguió su camino.
*
Sobre la tierra adormecida palidece ya la
aurora, cae una azulada niebla y aparece la blanca luna. Oscurécense los
campos. Ruslán camina pensativo por un sombrío sendero y en la lejanía, a
través de la bruma, divisa una oscura colina. No tarda en advertir que de ella
se escapa un ronco rugido. Se acerca un poco más y ve entonces que la mágica
colina parece moverse y respirar.
Ruslán la examina pacientemente con la mayor
atención, pero su caballo se asusta, mueve las orejas, tiembla y quiere
retroceder; agita la cabeza y se le erizan las crines.
De pronto la luna, despejada por completo,
ilumina a través de la bruma la extraña colina. El guerrero mira y contempla
algo sorprendente. No sé si encontraré palabras y colores para describirlo...
Ante él se yergue una Cabeza, una cabeza viva.
Sus ojos están cerrados y duermen. La Cabeza emite un son ronco, y agita el
plumaje que lleva en el casco; las plumas, al moverse, proyectan grandes
sombras. Y entonces la Cabeza aparece con toda su horrible belleza en la
extensión de la estepa oscura, destacándose como temible guardián de aquel
desierto silencioso. Surge amenazadora, algo velada por ligeras nubes.
Ruslán la mira indeciso, se acerca más aún, da
una vuelta en torno a ella y, deseando despertarla de su profundo sueño, se
para ante sus narices y le hace cosquillas introduciendo en ellas la lanza.
La Cabeza hace una mueca, arruga la frente,
bosteza, abre los ojos... y estornuda.
Sopla entonces un viento huracanado; el campo
se estremece, se levanta una nube de polvo. De cejas, bigotes y orejas salen
volando manadas de buhos. Se despiertan los bosques silenciosos...
A causa del estornudo el caballo de Ruslán se
encabrita relinchando, y salta con tal violencia, que a duras penas puede
sostenerse el guerrero sobre la silla.
En aquel momento se deja oír la voz de la
Cabeza:
—¿A dónde vas, imprudente guerrero? ¡Vuelve
atrás! ¿O no sabes que no tolero bromas y que me tragaré al osado que quiera
jugar conmigo?
Ruslán la mira con desprecio, detiene el
caballo y sonríe lleno de arrogancia.
—¿Qué quieres de mí? —prosigue la Cabeza—.
¡Qué extraño visitante me envía el destino!
E, indignándose, le grita:
—¡Fuera de aquí! Es de noche y quiero dormir.
¡Márchate!
Pero el valiente guerrero, al oír tan
descorteses palabras, e indignándose a su vez, le contesta:
—¡Cállate, cráneo vacío! Sé de un proverbio
que dice: "Frente grande, pocos! sesos" y otro conozco aún que dice
así: "Voy con cuidado, pero no doy cuartel al quien me planta cara".
Enmudece entonces la Cabeza y tórnase roja de
furor; lanzan fuego sus ojos quel se llenan de sangre; sus labios tiemblan y se
cubren de espuma; de su boca y de sus oídos se escapan nubes de vapor; y con
tremenda violencia sopla sobre el príncipe.
En vano procura el caballo resistir haciendo
frente a la tromba con su pecho; es arrastrado por un huracán mezclado con
lluvia y queda rodeado de tinieblas. Cegado, atemorizado y sin fuerzas, corre
al campo traviesa, sin encontrar el camino, con la esperanza de salvarse y de
descansar lejos de allí.
Pero el guerrero lo obliga a regresar.
Y les aguarda la misma suerte; otra vez es
rechazado el guerrero. Pierde ya la esperanza de triunfar.
Mientras tanto, la Cabeza se burla de él
riendo a carcajadas.
—¡Ja, ja! ¡Vaya un héroe! ¡Vaya un
guerrero!... ¡Eh! ¿A dónde vas tan aprisa? ¡Aguarda! ¡Párate! ¡Sé valiente,
buen guerrero, e intenta cuando menos alcanzarme con tu lanza antes de que se
te muera el caballo!
Y al decir esto, le enseña burlonamente su
horrible lengua.
Ruslán, profundamente ofendido, pero no
dejando traslucir su indignación, primero la amenaza blandiendo la lanza sin
decir palabra, y luego, escogiendo un momento que le parece propicio, la arroja
con gran fuerza. El arma tiembla, vuela y se hunde en la lengua de la que sale
en el acto un torrente de sangre.
La Cabeza, sorprendida y atormentada por un
inmenso dolor, pierde su anterior arrogancia, mira con asombro al intrépido
guerrero y palidece de rabia mordiendo el hierro de la lanza.
Aprovechando la ocasión, nuestro valiente
guerrero salta como un azor hacia la Cabeza, y con su diestra poderosa, armada
con el guante de hierro, le da un tremendo bofetón.
El eco repite el golpe, que resuena por toda
la amplitud de la estepa. La sangre mancha la hierba en torno a la Cabeza, que
se tambalea y rueda, haciendo sonar con estrépito su casco.
Entonces, en el lugar que ocupaba aquélla, ve
el guerrero una enorme espada. La coge sonriendo y se precipita sobre la Cabeza
con la terrible intención de cortarle la nariz y las orejas.
Ya levanta la mano. La espada centellea.
Pero se para al oír el gemido lastimero y
suplicante de la Cabeza.
Baja la espada. Desaparecen su ira y su afán
vengativo, ablandados por la súplica.
Así se derrite el hielo en los campos bajo el
sol del mediodía.
*
—Tu mano, ¡oh héroe!, me ha hecho comprender
—dijo la Cabeza, suspirando— que soy culpable ante ti. Desde ahora me someto,
pues, a tu voluntad. ¡Pero sé¡ magnánimo, guerrero! Mi suerte merece, en
verdad, tu compasión.
En mis tiempos yo también fui un guerrero
valeroso, y jamás encontré quien me superara en las batallas. Y hoy seguiría
siendo feliz si no hubiera tenido un rival en la persona de mi hermano menor.
¡Oh. sanguinario y vengativo Chernomor! ¡Tú eres el culpable de todas mis
desdichas! ¡Tú que naciste enano y con una barba descomunal, has sido la
deshonra de toda nuestra familia!
Desde pequeño sintióse él envidioso de mi
gigantesca estatura y por ello me empezó a odiar desde la infancia. Yo era
grande, pero en extremo confiado; y aquel infeliz, a pesar de su ridícula
pequeñez, pues se trataba de un auténtico enano, era listo como el propio
diablo.
Debes saber, además, que toda su fuerza reside
en su barba milagrosa, y desdeña los peligros porque sabe el malvado que a
nadie puede temer mientras conserve intacta su barba.
Pero una vez, fingiéndome amistad, me dijo:
"Oye, no me niegues un favor. He
descubierto en unos libros que tras unas montañas, allá en Oriente, en las
apacibles orillas del mar, y guardada tras pesados cerroios, en un sótano
oscuro, hay una espada. Pues bien: las líneas secretas de aquel libro me han
revelado que dicha espada nos debe ser fatal por designio del cielo, y que por
ella hemos de perecer, cortándome a mí la barba y a ti la cabeza. Y con esto
puedes ya comprender lo importante que es para nosotros apoderarnos de este
engendro de los espíritus malignos."
"Bueno", dije yo al enano, "no
veo en ello inconveniente ni dificultad alguna. Me tienes dispuesto a hacerlo.
¡Iré a buscarla hasta el fin del mundo si es preciso!"
Arranqué un pino, me lo cargué sobre uno de
mis hombros, e hice sentarse a mi hermano sobre el otro, para que me pudiera
servir de consejero.
Así emprendí la marcha. Al principio todo fue
bien, gracias a Dios, a pesar de los malos augurios. En efecto, tras las
lejanas montañas, descubrimos el sótano en cuestión. Excavé en él con mis manos
y encontré la espada allí escondida.
Pero —y aquello estaba escrito ya— surgió
entre nosotros una disputa, cuyo motivo era el siguiente: ¿Quién debía quedarse
con la espada?
Yo persuadía, mi hermano se indignaba, y así
discutimos largo rato. Pero por fin inventó el muy astuto una celada y fingió
calmarse.
"Dejemos de discutir inútilmente",
me dijo, lleno de gravedad Chernomor, "discutiendo, lograremos sólo
debilitar nuestra alianza. La razón nos aconseja que vivamos en paz. Así es que
mejor será que lo sometamos todo a la suerte, para que ésta decida a cual de
los dos debe pertenecer la espada. Vamos a echarnos, pues, en tierra y a
escuchar pegando el oído al suelo (¡qué cosa no es capaz de inventar el odio!)
y el que primeramente oiga un ruido, aquél será dueño de la espada hasta su
muerte".
Y dicho esto se echó a tierra. Y yo, ¡tonto de
mí!, imité su ejemplo.
Permanezco echado, pero no oigo nada, aunque
empiezo a pensar en engañarle.
¡Pero el engañado fui yo! El enano se levantó
y se acercó a mí de puntillas sin hacer ruido. Brilló en lo alto la afilada
espada y antes de que pudiera volverme, rodó mi cabeza, separada de mis
hombros. Pero una fuerza mágica conservó la vida a mi cabeza.
El resto de mi cuerpo se quedó allí,
entretejido con hierbas y olvidado del mundo, descomponiéndose tal vez sin
recibir sepultura.
Mi cabeza fue trasladada por el enano a este
país solitario, en el que, por designio del destino, debía yo guardar
eternamente la espada que acabas de coger.
¡Oh, guerrero! ¡Que la suerte te proteja!
¡Guárdatela y que Dios te ayude! ¡Quién sabe si surgirá en tu camino el brujo
enano!
Pero si te topas con él, no dejes de vengarme
por la mala acción que cometió.
Entonces quedaré satisfecho, podré abandonar
ya tranquilo este mundo y mi agradecimiento será tan grande que me hará olvidar
tu bofetón.
CANTO CUARTO
El joven Ratmir, que había puesto su caballo
en dirección al sur, esperaba encontrar a la esposa de Ruslán antes de la caída
del sol.
Pero era ya el atardecer, tornábase todo de un
color rosado, y en vano los ojos del guerrero intentaban penetrar, a través de
la bruma, la lejanía. Todo estaba tranquilo en las proximidades del río, y
sobre el bosque dorado se apagaba el último rayo de sol.
Nuestro héroe cabalgaba con lentitud junto a
las negras rocas, buscando entre los árboles dónde poder pasar la noche.
Penetra por fin en un valle y allá arriba, en
la cima de un picacho, descubre un castillo rodeado de altos y almenados muros,
en cuyos ángulos se levantan negros torreones. Y sobre uno de los muros pasea,
como un cisne sobre el lago, una doncella, iluminada por la aurora.
La doncella canta, pero su voz apenas se oye
en el silencio del profundo valle:
Cae sobre el campo la bruma nocturna.
Las olas despiden un viento frío.
¡Es tarde ya, joven viajero!
¡Ven aquí, a refugiarte en nuestro alegre
castillo!
Aquí reina durante la noche el placer y el
descanso.
Y durante el día se vive en continuo festín.
¡Oh, ven aquí, joven viajero!
¡Oh, ven aquí, al alegre festín!
Aquí, entre nosotras, encontrarás bellezas sin
cuento.
Dulces palabras y canciones.
Obedece a mi invitación misteriosa.
¡Ven aquí, joven viajero!
Al rayar el alba te llenaremos,
Para despedirte, una gran copa de vino.
Acude a mi llamamiento misterioso.
¡Ven aquí, joven viajero!
Cae sobre el campo la bruma nocturna.
Las olas despiden un viento frío.
¡Es tarde ya, joven viajero!
¡Ven aquí a refugiarte en nuestro alegre
castillo!
La doncella canta y parece llamarle. Y el
valeroso khan se encuentra ya frente a los muros. Ábrense las puertas y se ve
al punto rodeado de hermosas doncellas, que le reciben con dulces palabras. Las
miradas de sus hermosos ojos no se apartan de él. Dos de ellas se llevan el
caballo.
El joven khan entra en el castillo, donde le
sigue el grupo de las hermosas solitarias. Una de ellas le quita el casco
adornado con plumas, otra la coraza, la tercera la espada, y la cuarta su
adarga polvorienta. Y para substituir estos atributos guerreros le visten con
ligeros ropajes, propios para el descanso.
Pero antes lo llevan a un soberbio estanque.
Llénanse de agua tibia los cubos de plata y saltan los fríos surtidores; el
khan se acuesta sobre una mullida alfombra y lo envuelven transparentes nubes
de vapor. En torno a él, formando un animado grupo, se colocan las hermosas
muchachas y, mostrando una atención silenciosa, bajan su mirada llena de
dulzura. Una de ellas le abanica con ramas tiernas de abedul, que despiden un
cálido aroma; otra refresca sus miembros fatigados con esencia de rosas
primaverales, y hunde sus negros cabellos en líquidos perfumes.
El guerrero, embelesado, olvida los encantos
de Liudmila, tan poco ha raptada.
Abandona finalmente el estanque. Ratmir,
vestido de rico terciopelo y rodeado de encantadoras muchachas, se sienta a la
mesa y da comienzo un gran festín.
*
Pero, amigos míos, dejemos al joven Ratmir.
Debemos ocuparnos de Ruslán, guerrero incomparable, temple de héroe y amante
fiel.
Fatigado por la dura lucha, duerme junto a la
Cabeza gigante.
Mas el alba ilumina el horizonte. Todo se
aclara; el rayo juguetón de la mañana dora la velluda frente de la Cabeza.
Ruslán se levanta y el caballo vuela ya, veloz como la flecha, montado por el
guerrero.
Pero también vuelan los días. Los trigales
amarillean. Los árboles pierden sus hojas marchitas. Por el bosque sopla un
viento otoñal, amortiguando con su silbido el canto de las aves. Una opaca y
densa niebla envuelve las montañas peladas.
Comienza el invierno. Ruslán prosigue
valientemente su camino siempre hacia el norte. Y cada día surgen nuevos
obstáculos: aquí lucha con un guerrero, allá con un gigante; tropieza después
con una bruja o se encuentra con unas ondinas que, balanceándose en las ramas,
llaman silenciosamente con la mano al joven guerrero...
Pero, protegido por una fuerza misteriosa, el
guerrero sale siempre adelante. Dominado siempre por un deseo único, de nada
hace caso para pensar nuevamente en Liudmila.
*
¿Qué hace, mientras tanto, mi princesa, mi
hermosa Liudmila, protegida contra toda agresión del hechicero por su mágico
gorro? Se pasea sola por los jardines, siempre callada y triste. Piensa en su
amado y suspira. O, dando rienda suelta a su imaginación, recuerda, olvidándose
de todo, los campos natales de Kiev y se ve abrazando a su padre y a sus
hermanos. Recuerda a sus amigas y a sus viejas damas, y así olvida por unos
instantes su cautiverio y su separación. Pero al volver a la realidad y
sentirse abandonada, vuelve a entristecerse.
Entre tanto los siervos del mago buscan día y
noche por los jardines, sin darse reposo, a la hermosa cautiva. Por todas
partes la llaman y la buscan, mas todo es en vano: Liudmila se burla de ellos.
Ahora, por ejemplo, paseando por los parques y
por los jardines encantados, se quita el gorro y grita:
—¡Estoy aquí! ¡Estoy aquí!
Todos se precipitan hacia el lugar, pero
vuelve a su estado invisible y, alejándose silenciosamente, esquiva sus manos
ávidas.
En todas partes y a todas horas encuentran
huellas suyas: acá desaparecen de las ramas algunos frutos dorados; acullá caen
gotas de agua, sobre el prado que ella acaba de pisar; y así saben todos en el
castillo lo que come y bebe la princesa.
Buscando un corto sueño, pasa las noches
sentada en las ramas de un cedro o de un abedul; pero no puede dormir, llamando
siempre a su esposo y llorando, sin conseguir descansar. Bostezando de sueño se
martiriza pensando en lo triste de su situación, y sólo al despuntar el día
apoya la cabeza en el tronco y se queda dormida por un breve momento. Luego,
apenas ha salido el sol, Liudmila se dirige a una cascada para refrescarse,
lavándose con agua fría. Hasta el propio enano vio, cierta vez, cómo las aguas
eran agitadas por una mano invisible.
Así vaga, pues, por los jardines hasta entrada
la noche, y con frecuencia se oye al atardecer el agradable sonido de su voz. A
veces se encuentran también una corona de flores, un pedazo de su chai o un
pañuelo bañado en lágrimas, perdido por ella en el bosque.
*
La pobre princesa se aburría sentada
tranquilamente a la ventana en la frescura de un pabellón de mármol; y a través
de las ramas, movidas por la brisa, contemplaba el campo cubierto de flores.
Oye de pronto que alguien la llama: "¡Querida amiga!" Y al momento ve
ante ella a Ruslán. No hay duda: es aquel su rostro, es su cuerpo, y su manera
de andar. Pero está pálido, tiene la mirada turbia y lleva una herida reciente
en el costado.
La prisionera corre hacia su marido y llorando
y temblando, le dice:
—¡Tú aquí! ¿Estás herido?... ¿Qué tienes?
Ya está junto a él... ya le abraza...
Mas ¡horror!: la visión desaparece. La
princesa ha caído en la red. Su gorro cae al suelo y, aterrada, oye un grito
amenazador:
—¡Ya eres mía!
Y comparece el hechicero ante sus ojos. La
muchacha deja escapar un gemido, cae desvanecida y un mágico sueño la cubre con
sus alas.
¡Chist!... Se oye de pronto el son de un
cuerno y una voz llama al enano. Sorprendido y turbado, el pobre hechicero
cubre con el gorro la cabeza de la doncella. El cuerno se oye más cercano y
Chernomor se precipita al nuevo encuentro, echándose la barba a los hombros.
CANTO QUINTO
¿Quién ha hecho sonar el cuerno? ¿Quién ha
retado al hechicero a un combate implacable? ¿Quién ha atemorizado al
malhechor?
Ha sido Ruslán. Impaciente en su deseo de
venganza, ha llegado a la morada del enano.
Ya está el guerrero al pie de la montaña y su
cuerno retador suena como la tempestad, mientras su caballo se impacienta y
golpea la nieve con sus cascos poderosos. El príncipe espera al enano. De
pronto queda sorprendido por un ruido semejante a un trueno. Ruslán levanta su
mirada indecisa y ve que por encima de su cabeza vuela el enano Chernomor,
amenazándole con una enorme maza. Ruslán se cubre con su adarga, se inclina y,
blandiendo la espada, se prepara para asestar el golpe. Pero el otro se levanta
hasta las nubes y desaparece por un instante, para precipitarse de nuevo sobre
el príncipe. El guerrero se aparta ágilmente y el brujo se precipita contra el
suelo, hundiéndose en la nieve; y allí se queda sentado sin poder moverse.
Entonces Ruslán salta silenciosamente del caballo, se aproxima a él y lo agarra
por la barba. El hechicero gime, hace un terrible esfuerzo y de pronto se
levanta y vuela con Ruslán...
El veloz corcel los mira. Ya está el hechicero
en las nubes con el guerrero suspendido de su barba. Ambos vuelan sobre los
sombríos bosques, vuelan por encima del mar, Ruslán, entorpecido, se aferra a
la barba del malhechor. Mientras tanto, sintiendo que pierde sus fuerzas, pero
sin dejar de volar, el hechicero, asombrado ante la fuerza del ruso, dice
pérfidamente al arrogante mancebo:
—¡Escucha, príncipe! No temas ya nada de mí;
respetaré tu juventud y tu valor. Todo lo olvidaré, te perdonaré y te dejaré en
tierra, pero con una condición...
—¡Cállate, astuto hechicero! —le interrumpe
nuestro mancebo—. ¡ Ruslán no pacta con Chernomor, con el torturador de su
esposa! ¡Esta espada mía castigará al raptor; y aunque sigas volando hasta que
surja la estrella de la noche, te quedarás sin barba!
El miedo se apodera de Chernomor. Pero,
impotente en su furia, y cansado ya, sacude con violencia su luenga barba.
Ruslán no la suelta de las manos y aún de vez en cuando arranca de ella algunos
pelos.
Durante dos días vuela así el hechicero con
nuestro héroe; pero al tercero le implora gracia:
—¡Guerrero! ¡Ten piedad de mí! ¡Casi no
respiro! ¡Ya no puedo más! ¡Déjame con vida, estoy a tu merced! ¡Basta que lo
ordenes y bajaré adonde quieras!...
—¡Por fin te tengo! ¡Ríndete ante la fuerza de
un ruso! ¡Llévame ante mi Liudmila!
Chernomor le escucha humildemente y, con la
carga del guerrero, se dirige a su morada. Vuela, y en un momento desciende
entre sus tristes bosques. Entonces Ruslán empuña la espada, y sin dejar de
agarrar la barba con la otra mano, la corta como si fuera un manojo de hierbas
y la separa de la cabeza.
—¡Ahora ya sabes quien soy! —le dice con
crueldad—. Dime, animal feroz, ¿ dónde están ahora tu belleza y tu fuerza?
Y ata la barba a su alto casco. Llama luego a
su fiel caballo, que corre hacia él relinchando. Nuestro guerrero mete en el
saco que lleva atado a la silla al enano, más muerto que vivo, y sin perder
momento asciende por la abrupta montaña y corre con júbilo hacia el castillo
encantado.
Los sirvientes negros y las tímidas esclavas,
al divisar desde lejos el casco adornado de cabellos, demostración segura de la
victoria del guerrero, corren a esconderse en abigarrada confusión y
desaparecen cual fantasmas.El héroe se pasea solo por las soberbias
habitaciones llamando a su amada. Pero sólo le contesta el eco de las bóvedas
silenciosas.
Preocupado e impaciente, Ruslán abre la puerta
del jardín. Camina, busca por todas partes y no la encuentra. Preocupado, mira
en torno suyo: todo parece muerto. Los bosques están silenciosos, vacíos los
pabellones; ni en los desfiladeros, ni en los valles encuentra huellas siquiera
de Liudmila. Nada oye.
El príncipe se estremece. Parécele como si se
apagara la luz del día; le asaltan las ideas más sombrías... ¡Quizás la
desaparición... el cautiverio!... ¡Quién sabe si en cierto momento aquellas
aguas!...
Así permanece nuestro guerrero, cabizbajo y
sumido en sombrías reflexiones. Se siente presa de un temor indefinido. Se para
como petrificado, con la mente ofuscada, y por su sangre corre el fuego del
veneno de un amor desesperado.
Mas de pronto parécele como si le besara la
sombra de su amada princesa... Y el guerrero vuelve de nuevo a recorrer los
jardines. Desesperado, vuelve a llamar a Liudmila, arranca peñas, todo lo
destruye; con la espada hace trizas los pabellones; bajo sus golpes caen
árboles y bosques, y los puentes desaparecen sumergidos en las olas; la estepa
parece un desierto; golpes y crujidos se oyen a gran distancia.
Por todas partes se oye el ruido de la espada.
El maravilloso dominio queda devastado. El guerrero busca, enloquecido, a sus
víctimas, y hace girar el arma a derecha y a izquierda, cortando el aire... Y
he aquí que de pronto un inesperado golpe de la espada hace caer el último
obsequio de Chernomor a la princesa.
Desaparece en el acto la fuerza del
encantamiento. Liudmila aparece presa en la red.
No dando fe a sus propios ojos y ebrio de una
dicha tan inesperada, nuestro guerrero cae a los pies de su fiel e inolvidable
compañera, le besa las manos, rompe las redes y llora de emoción. Vuelve a
llamarla. Pero la princesa duerme. Sus ojos y sus labios están cerrados y un
dulce sueño agita su joven pecho. Ruslán no aparta de ella la mirada. Vuelve a
sentirse torturado por la angustia... pero oye de pronto la voz de su
bienhechor el finlandés:
—¡Ánimo, príncipe! Prepárate para emprender el
regreso con Liudmila. No te preocupe su sueño. Infunde nueva fuerza a tu
corazón y mantente fiel a tu amor y a tu honra. El rayo de Dios caerá sobre el
maleficio, volverán tiempos de paz y laj princesa despertará de su sueño
encantado en Kiev, y en presencia de Vladimir.
Reanimado por aquella voz, Ruslán coge en sus
brazos a su esposa y abandona plácidamente aquellas alturas, bajando a los
valles solitarios.
En silencio, y con el enano atado a la silla,
emprende el regreso. Liudmila descansa en sus brazos, fresca como la aurora; su
cabeza reposa sobre el hombro del guerrero. El viento del desierto juguetea con
los bucles de sus cabellos, y sus labios murmuran el nombre de su esposo.
Ruslán, en su dulce ensimismamiento, percibe
su aliento delicioso, su sonrisa, sus lágrimas y sus apagados gemidos.
Y el guerrero prosigue noche y día su camino
por valles y montes. Aún está lejos el término y la doncella continúa dormida.
Surge ante ellos un valle en el que crecen
escasamente algunos pinos; en el horizonte se divisa sobre el fondo claro del
cielo azul una redonda colina. Ruslán adivina que se acerca a la Cabeza. Su
caballo acelera el trote. Ya se ve claramente el milagro de los milagros. La
Cabeza le mira fijamente. Sus cabellos, que le crecen sobre la vasta frente,
semejan un oscuro bosque. Pero su rostro aparece inánime y pálido, como
cubierto de una capa de plomo. Tiene abierta la enorme boca y se ven sus
dientes apretados... Pesa sobre la Cabeza el último de sus días. El guerrero
corre hacia ella, llevando consigo a la princesa y al enano atado a la silla, y
le grita:
—¡Te saludo, Cabeza! ¡Aquí estoy! ¡El que te
traicionó ha recibido ya su castigo! ¡Mira! ¡Aquí lo llevo! ¡El infame es ahora
nuestro prisionero!
Estas palabras del príncipe reaniman a la
Cabeza; recobra los sentidos y, como despertando de un sueño, le mira; y lanza
un terrible gemido al reconocer al guerrero y adivinar la suerte de su hermano.
Se le hinchan las narices, vuelven a coloreársele las mejillas y en sus ojos
furibundos se refleja una última llamarada de furor. En su muda rabia hace
rechinar sus dientes y balbucea con su lengua ya inánime denuestos
ininteligibles.
Pronto debían concluir sus prolongados
sufrimientos. Su frente se enfrió, su respiración fatigosa hízose más lenta, y
el príncipe y Chernomor no tardaron en asistir a las convulsiones de la
agonía... Y quedó dormida en el eterno sueño.
El guerrero se apartó silenciosamente de la
Cabeza: el enano, que temblaba atado a la silla, no se atrevía a moverse ni a
respirar y en el idioma de la magia negra rezó fervorosamente a los demonios.
*
En el declive de las sombreadas orillas de
cierto río hasta ahora sin nombre, se levantaba una casita con techumbre
derruida, rodeada de frondosos pinos y oculta en la frescura de un bosque.
La apacible corriente del río lamía el seto
con sus perezosas olas, murmurando a la caricia de un fresco céfiro. El valle
eraj solitario, sombrío y de los más apartados, Parecía que hubiera reinado
allí el silencio más absoluto desde la mismísima creación del mundo.
Ruslán había hecho detenerse a su caballo.
Todo estaba tranquilo y reinaba la paz más absoluta. El valle y el bosque de
junto al río aparecían envueltos en la bruma matutina.
Depositó Ruslán a su esposa en tierra, sentóse
junto a ella y, en silencio, suspiró triste y tiernamente.
Ve de pronto la vela de una barca y oye la
canción de un pescador que resuena por la superficie de las tranquilas aguas.
El pescador, arrastrando las redes e inclinado
sobre los remos, se dirige hacia la orilla cubierta de bosques, acercándose a
la humilde cabana. El príncipe ve cómo amarra la barca en la orilla. Una
muchacha sale de la cabana y corre al encuentro del pescador. Su cuerpo
esbelto, sus cabellos en desorden, su tímida mirada, todo es tan gracioso que
cautiva las almas sin querer. Se abrazan y se sientan junto a las frescas
aguas. Ha llegado para ellos la hora de la charla y del descanso.
Pero nuestro joven guerrero, sentado allí
junto a su amada, y en su muda sorpresa, ¿a quién reconoce en aquel feliz
pescador?
Pues al khan de los kazares, al glorioso
Ratmir, su joven rival de amor y de sangrientas luchas, a Ratmir, que en aquel
lugar despoblado se ha olvidado de la hermosísima Liudmila.
El héroe se acerca a él, y también aquel
hombre retirado del mundo reconoce a Ruslán y corre a su encuentro. Se oye una
exclamación... El príncipe abraza al joven khan.
—¿Qué ven mis ojos? —pregunta el héroe—. ¿Qué
haces aquí? ¿Has huido acaso de la vida agitada de las batallas, dejando
abandonada tu espada victoriosa?
—¡Amigo! —le contesta el pescador—. Mi alma
estaba cansada de las vanas y fugaces ilusiones de la gloria guerrera. Puedes
creer que las distracciones inocentes, el amor y los bosques apacibles me
gustan cien veces más. Ahora, al haber perdido aquel afán de luchar, ya no pago
tributos a la locura, disfruto de una felicidad amable, y ¿creerás, buen
compañero, que todo lo he olvidado ya... hasta los encantos de Liudmila?...
—¡Querido khan! ¡Me alegro por ti! —le dice
Ruslán—. Porque la traigo conmigo.
—¿Es posible? ¿Cómo ha sido esto? ¿Qué
escucho? ¿Dónde está? Yo tengo ya una esposa a la que quiero. Ha sido ella la
causa de mi feliz transformación. ¡Ella representa ahora para mí toda mi
alegría, mi vida entera! Ha sido ella la que me ha devuelto mi perdida
juventud, la que me ha traído la paz y la que me ha hecho conocer el verdadero
amor. Doce eran lasj doncellas que me enamoraban; pero a todas las abandoné por
ésta. Abandoné su alegre castillo, oculto entre bosques del robles. Abandonados
quedaron mi espada y mi pesado casco, me olvidé de la gloria y de mis enemigos.
Me convertí en pacífico y anónimo anacoreta, y permanecí en este lugar
tranquilo y solitario... ¡contigo, querida esposa, contigo, luz de mi alma!...
La pastora escuchaba sonriendo y suspirando la
franca conversación de los amigos y miraba cariñosamente al khan de los
kazares.
El pescador y el guerrero permanecieron hasta
entrada la noche sentados en aquellas riberas, hablando animadamente y a
corazón abierto.
Las horas transcurren veloces. Oscurécense ya
el bosque y las montañas. Asciende la luna. Todo se sumerge en una paz todavía
mayor.
El héroe se da cuenta de que ya debería haber
emprendido la marcha. Cubriendo con un manto a la doncella dormida, Ruslán
monta a caballo. El khan le sigue pensativo, con la vista, y con toda el alma
le desea fama, victorias, felicidad y amor; pero el recuerdo de los años de su
gallarda juventud le llena de tristeza.
*
El indigno buscador de la princesa y anónimo
Farlaf, al renunciar a la fama, se había marchado a un lugar desierto y también
tranquilo, en el que no dejaba de aguardar a Naína. Por fin llegó la hora
solemne.
La bruja se presentó ante él y le dijo: —¿Me
reconoces? ¡Pues ensilla el caballo y sigúeme!
Y dicho esto, la bruja se transformó en una
gata. El caballo estaba ensillado ya. La hechicera se puso en camino y empezó a
atravesar los lúgubres senderos de los bosques seguida por Farlaf.
*
El tranquilo valle estaba sumido en un sueño
profundo y envuelto en la niebla nocturna. La luna corría de una nube a otra,
iluminando una colina, al pie de la cual estaba sentado Ruslán, silencioso y
sumido en su eterna melancolía. Junto a él yacía la princesa, que continuaba
dormida.
Ruslán se hallaba abstraído en una profunda
meditación; unas tras otras acudían las ideas a su mente; pero todas se
referían al sueño aquél, que le abanicaba con sus frías alas. Por último, miró
desesperadamente a la joven muchacha y, fatigado, dejóse caer a sus pies y se
durmió a su vez.
Y tuvo un sueño.
Ve a la princesa junto a un precipicio, pálida
e inmóvil... Un momento después desaparece, y se queda solo. Desde el fondo del
precipicio llega la débil y conocida voz de su esposa, que le llama; Ruslán se
lanza hacia ella y rueda en las tinieblas... Encuéntrase de pronto en los
aposentos de Vladimir, rodeado de viejos guerreros —sus doce hijos —y de una
multitud de invitados. Todos están sentados a la mesa, reunidos en consejo de
guerra. El viejo príncipe parece tan furioso como el desdichado día de la separación.
Todos permanecen inmóviles, sin atreverse a turbar el silencio. No se oyen
risas, como antes, y laj gran copa no gira como antaño. Entre los; invitados
está también Rogday, el guerrero que cayó muerto en la lucha; pero ahora lo ve
sentado como si estuviera vivo; Rogday bebe en su vaso espumeante, está
contento y parece no reconocer al sorprendido Ruslán. El príncipe ve también al
joven khan y a algunos otros de sus amigos y enemigos. Entretanto, suenan las
notas fugaces del salterio y se ove la voz del adivino, cantor de héroes y de
memorables hazañas. En el aposento entra Farlaf, trayendo de la mano a
Liudmila. Pero el viejo príncipe, aunque lo ve, no se mueve y permanece callado
y cabizbajo. También enmudecen los demás príncipes y boyardos, como ocultando
sus pensamientos.
Y, de súbito, desaparece todo. El príncipe se
estremece, siente un frío mortal en el corazón, y vierte, dormido, abundantes
lágrimas.
—¡No debe ser más que un sueño! —-murmura
confusamente. Pero a pesar de todo no puede escapar a un funesto
presentimiento.
La luna ilumina apenas la montaña; los bosques
están envueltos aún en tinieblas; y la llanura permanece silenciosa... El
traidor se acerca cabalgando. Entra en el valle, divisa la colina y ve a Ruslán
dormido a los pies de Liudmila y al caballo del guerrero, paciendo no lejos de
allí.
Farlaf los contempla con temor; la bruja ha
desaparecido en las sombras. Se pone a temblar, su corazón parece cesar de
latir, deja caer de sus frías manos las bridas de sú corcel...
Luego desenvaina la espada con cuidado y se
dispone a partir en dos al guerrero, de un solo golpe y sin que entre los dos
haya habido lucha.
Ya se acerca...
El caballo de Ruslán, adivinando en Farlaf a
un enemigo, se pone a relinchar y a golpear la tierra. Mas todo es en vano:
Ruslán no despierta; su pesadilla le tiene aletargado. El traidor, animado por
la bruja, hunde tres veces con su miserable mano la fría hoja en el pecho del
héroe...
Poco después huye tembloroso con su valiosa
presa.
*
Durante toda la noche la sangre de Ruslán
corrió al pie de la colina. Volaban las horas. La sangre corría como un río de
sus heridas inflamadas. Al rayar el día abrió sus ojos oscurecidos y, gimiendo
débilmente, intentó levantarse. Miró en torno suyo y cayó inmóvil, sin vida...
CANTO SEXTO
¿Dónde estábamos? ¿Y Ruslán?
Yace muerto en el campo. La sangre no corre
ya. Vuela por encima de él un cuervo rapaz. Pero no suena el cuerno ni se mueve
el casco ni la coraza.
En torno a Ruslán se pasea su caballo con la
cabeza inclinada y los ojos apagados; ya no se agitan sus doradas crines, no
juguetea ya ni corre: sólo espera que se levante su dueño. Pero el frío sueño
del príncipe es muy profundo, y mucho tiempo pasará antes de que pueda manejar
la adarga.
¿Y Chernomor? ¿Qué hace? Pues, olvidado por la
bruja, continúa en el saco, atado a la silla y sin darse cuenta aún de lo
ocurrido. Cansado, con ganas de dormir, aburrido y exasperado, maldice a la
princesa y al guerrero.
Pero como pasa el tiempo y nada oye, decídese
a echar una mirada en torno suyo.
Y ¡cosa sorprendente! Ve al guerrero muerto,
en medio de un charco de sangre. Y observa también que Liudmila ha desaparecido
y que el campo está desierto. El malhechor empieza a temblar de alegría y se
dice:
—¡Ya está! ¡Soy libre!
Pero el viejo enano se equivoca.
*
Mientras tanto, Farlaf, siguiendo el consejo
de Naína, se dirige a Kiev con Liudmila dormida. Temeroso y esperanzado, vuela
galopando.
Ya se divisan los olas del Dniéper, que corren
ruidosamente a través de los trigales; ya se distingue la ciudad de cúpulas
doradas...
Ahora Farlaf cabalga por las calles. La gente
que ha logrado verle desde los cultivos le sigue corriendo y se apresura a dar
la alegre noticia al padre.
El traidor está ya a las puertas de palacio.
En aquellos momentos Vladimir el Sol, con el
alma siempre acongojada, está sentado en sus aposentos, torturándose con sus
constantes y amargas ideas. Le acompañan sus boyardos y guerreros, cuya
expresión continúa siendo triste y grave.
De pronto se oye un griterío; y un inusitado
alboroto se levanta en la entrada del palacio... Se abre una puerta y aparece
ante sus ojos un guerrero desconocido. Se levantan cuchicheando... Y, de
repente, empiezan todos a gritar llenos de sorpresa:
—¡Ha llegado Liudmila! ¡Farlaf! ¿Eres tú?
Trasmudado el semblante, el viejo príncipe se
levanta del sillón y con pesados pasos se precipita hacia su hija. Se acerca.
Quiere palparla con sus propias manos. Pero la muchacha de nada se da cuenta y
sigue durmiendo su sueño encantado en brazos del asesino. Todos miran al viejo
príncipe Vladimir y, confusos, quedan esperando.
El anciano permanece un momento callado, y de
súbito lanza sobre el guerrero una mirada inquieta.
Pero éste se lleva astutamente el dedo a los
labios y dice:
—¡Liudmila duerme! ¡Así la encontré hace poco
en los solitarios robledales de Murom y en brazos de un demonio de los
bosques!... Lo que sucedió allí fue tremendo... Luchamos tres días: tres veces
la luna se levantó para iluminar nuestro combate. Por fin cayó él, y la joven
princesa, sumida en un profundo sopor, quedó en mis manos... Pero quién podrá
despertarla de su larguísimo y maravilloso sueño, es cosa que yo no sé; las
leyes del destino permanecen ocultas, y, para consolarnos, sólo nos quedan la
esperanza y la paciencia.
Muy pronto la terrible noticia se propagó por
toda la ciudad y la muchedumbre se agolpó en la plaza.
Para todo el mundo están abiertas las puertas
de palacio. La gente se agita y se precipita al lugar donde, sobre un alto
catafalco cubierto de rico brocado, descansa la princesa en su profundo sueño.
Príncipes y guerreros la rodean, sumidos en honda tristeza. Suenan junto a ella
cuernos, tímpanos, salterios y tamboriles. Rendido por el dolor, el viejo
príncipe llora silenciosamente, y caen sus niveos cabellos a los pies de su
hija.
Junto a él, cubierto el semblante de mortal
palidez, está Farlaf. Arrepentido y furioso a un tiempo, tiembla, perdida todaj
su arrogancia.
Llega la noche. Pero nadie duerme en la
ciudad. Todos se apretujan gritando y comentando el milagro.
Pero tan pronto como ha desaparecido la luz
del cuarto menguante ante la faz del alba, toda la ciudad de Kiev se agita a
causa de nuevas noticias alarmantes. De todas partes llegan ahora el griterío y
el alboroto. Los habitantes de Kiev se agolpan ante los muros de la ciudad y
desde allí presencian este cuadro: a través de la bruma matutina descúbrense
claramente blancas tiendas de campaña en la orilla opuesta del río; centellean
las adargas, por el campo galopan los jinetes y a lo lejos se ve como se aproximan
los carros de combate, levantando negras nubes de polvo; en las cimas de las
montañas se ven arder hogueras. ¡Oh, desgracia! ¡Se han sublevado los
pechenegos!
*
Mientras tanto, el sabio finlandés, poderoso
señor de los espíritus, aguardaba tranquilo en el desierto la llegada
inevitable del día fijado desde hacía mucho tiempo por el destino.
Existe un valle milagroso, rodeado de
abrasadoras estepas, protegidas por abruptas cordilleras, morada de vientos y
tempestades; un valle existe en el cual a la caída del sol no se atreve a
penetrar siquiera la mirada de la bruja.
Por aquel valle corren los arroyuelos. Uno de
ellos lleva "agua de la vida", que murmura saltando alegremente sobre
las piedras. Y el otro lleva el "agua de la muerte". Reina allí un
profundo silencio. Duermen los vientos, no sopla la fresca brisa primaveral, se
yerguen inmóviles los pinos seculares, los pájaros no revolotean, y el ciervo
no se atreve a beber aquellas aguas misteriosas; ni aun en los días más
sofocantes del verano. Custodia aquellas riberas desde el principio de los
siglos una silenciosa pareja de espíritus.
A ellos se presentó, pues, el anacoreta,
llevando en las manos dos jarros vacíos. Los espíritus despertaron de su sueño,
pero, al verlo, se alejaron llenos de temor.
Inclinándose el anacoreta, sumergió en las
vírgenes aguas sus dos jarros y, hecho esto, se elevó y desapareció en los
aires.
En un instante compareció en el valle, donde
yacía inmóvil Ruslán, bañado en su sangre.
El anciano se acercó al guerrero, le roció con
unas gotas del "agua de la muerte" y| al momento se cicatrizaron las
heridas. Y el cuerpo del mancebo pareció revivir em toda su belleza. Roció
luego el hechicero al príncipe con unas gotas de "agua de la vida" y
Ruslán se levantó animoso, con fuerzas nuevas, rebosante de juventud, y
contempló con ávida mirada la luz del día. Lo sucedido le parecía ahora una
pesadilla.
Pero ¿y Liudmila?... ¡Está solo!... Su corazón
deja de latir...
Se estremece de pronto, sin embargo, al oír la
voz del finlandés, que le llama y que, abrazándole, le dice:
—¡Se ha cumplido lo que estaba escrito! Te
espera la felicidad, pero te aguarda antes una sangrienta batalla, en la que tu
espada caerá como la tormenta sobre tus enemigos. Después gozará Kiev de una
dulce paz. Allí encontrarás entonces a tu esposa. Toma esta sortija sagrada.
Toca con ella la frente de Liudmila e instantáneamente perderá su fuerza el
encantamiento. Ante ti temblarán tus enemigos. La paz quedará restablecida y se
desvanecerá la enemistad. ¡Sed, pues, felices los dos! Y ahora, ¡adiós, querido
guerrero, y para mucho tiempo! Dame la mano... nos volveremos a ver al otro
lado de la tumba... antes no.
Dicho esto, el anciano desapareció,
esfumándose.
Loco de alegría, Ruslán, nacido a una vida
nueva, hace un gesto como queriendo detenerle, pero nada se oye ya. El guerrero
se encuentra solo en el campo. El, caballo, con el enano atado a la silla, se
encabrita y corre impaciente junto a él, agitando las crines y relinchando. El
príncipe, que ya lo espera, monta sano y salvo y vuelve a galopar a través de
montes y selvas.
*
Por el mismo tiempo la asediada ciudad de Kiev
presentaba un aspecto vergonzoso.
El pueblo, desesperado, contempla desde muros
y torres los campos devastados y aguarda con terror el castigo del Cielo. Los
habitantes lloran silenciosamente en sus casas y junto a los depósitos de
trigo.
Vladimir, solo, reza fervorosamente al lado de
su hija; una multitud de valerosos guerreros se prepara para la sangrienta
lucha en unión de las fieles tropas de los príncipes.
*
Y llega el día en el cual las vastas e
incontenibles masas de enemigos se ponen en movimiento; bajan de las lomas e,
irrumpiendo en el valle, se acercan a los muros de la capital.
En la ciudad suenan las trompetas, los
combatientes cierran sus filas y se precipitan al encuentro del temible
enemigo. Y se entabla el combate.
Olfateando la muerte, los caballos se
encabritan; empiezan a sonar espadas y corazas; silban nubes de flechas y la
sangre inunda el campo. Los jinetes intervienen y chocan en abigarrada
confusión.
Combaten por un lado las filas una frente a
otra; más allá lucha un soldado de a caballo con otro de a pie; aquí galopa
asustado un corcel sin jinete.
Allí yace un ruso, acullá un pechenego. Allí
se oyen gritos de victoria, aquí se emprende la fuga.
Allí un combatiente ha caído muerto de un
golpe de maza, aquí otro yace atravesado por una flecha veloz y, más cerca
todavía, se ve un caballo enloquecido pisoteando a un luchador derribado.
La batalla dura hasta entrada la noche, pero
ni el enemigo ni los de Kiev consiguen la victoria.
Los combatientes duermen fatigados entre
montones de ensangrentados cadáveres, y sólo llegan del campo de batalla
lamentos y oraciones de guerreros.
*
Palidecen las sombras; empiezan a brillar las
aguas del río y nace un día gris, con un oriente brumoso. Montes y bosques
empiezan a clarear y se despierta el cielo. Pero el campo de batalla permanece
todavía dormido.
Mas de pronto se anima con gran ruido el
campamento contrario; de nuevo se entra en batalla y resuenan los gritos de
guerra.
En las filas de los de Kiev empieza a reinar
la confusión y corren a la desbandada.
Pero en aquel momento se ve surgir en el
campo, entre los enemigos, un extraño jinete. Su armadura resplandece a los
rayos del sol y le hace aparecer como envuelto en llamas.
El jinete corre, salta, reparte mandobles a
diestro y siniestro y hace sonar el cuerno.
Es Ruslán, que cae sobre los paganos como el
rayo enviado por Dios. Galopa por todo el campamento del acobardado enemigo
llevando al enano atado a la silla. Por donde silba su espada, por donde su
caballo corre, caen segadas las cabezas. Las filas retroceden unas tras otras,
y unas sobre otras van cayendo. En un instante se levantan montones de
ensangrentados cadáveres, que son aplastados por los caballos o se confunden
con los que quedan todavía vivos, y con enorme cantidad de lanzas, corazas y
flechas.
Al oír resonar el cuerno, los ejércitos
eslavos acuden junto al héroe. Y vuelve a entablarse la lucha...
—¡Muere, pagano!
El pánico se apodera de los pechenegos, hijos
perpetuos de las batallas. Intentan reunir a sus caballos dispersados. Ya no se
sienten con ánimos de resistir por más tiempo y corren a la desbandada, dejando
abandonado el campo polvoriento y huyendo de las espadas de Kiev. Pero están
destinados a acabar en el infierno.
La espada rusa los hace caer por millares. La
ciudad entera de Kiev celebra la victoria. El héroe esforzado recorre las
calles. En la mano derecha sostiene su espada victoriosa; brilla la lanza como
una estrella y resbala la sangre sobre su coraza de cobre. El viento hace mover
la barba que lleva atada al casco. Y el guerreo se dirige apresurado, y animado
por la esperanza, al palacio del príncipe, abriéndose paso entre la inmensa
multitud.
El pueblo, entusiasmado, lo aclama
calurosamente.
La alegría infunde nuevas fuerzas al joven
príncipe. Llega a palacio. Se halla éste sumido en el silencio en que duerme
Liudmila su sueño encantado. A sus pies está el gran príncipe Vladimir, triste
y sin esperanzas. Todos sus amigos han sido llamados al campo de la sangrienta
batalla.
Farlaf, que huye de la fama y prefiere
hallarse lejos de las espadas enemigas y de los peligros del campamento, monta
la guardia a las puertas del palacio.
Apenas el asesino reconoce a Ruslán, parécele
que se le hiela la sangre en las venas, se le enturbia la mirada; se ahoga una
exclamación en sus labios y, casi desvanecido, cae de rodillas. Su traición
espera sólo el castigo que merece.
Pero Ruslán, acordándose del mágico anillo,
corre ya en busca de Liudmila; la ve dormida plácidamente y aplica a su frente
la sortija con mano temblorosa...!
¡Y se cumple el milagro!
¡La joven princesa suspira y abre sus ojos
claros!
Parece extrañada por lo larga que ha sido la
noche. Cree estar soñando todavía.
Pero no tarda en ver que tiene ante ella a su
esposo...
El príncipe abraza a Liudmila, y en su alegría
nada oye ni ve.
El anciano, por su parte, abraza emocionado y
llorando a los seres queridos.
*
Y ¿cómo voy a acabar el cuento? ¡Lo adivináis
ya, amigos míos!
La ira algo injustificada del anciano se
ablandó. Farlaf, arrodillado ante Ruslán y Liudmila, reconoció y confesó su
infamia y su vergonzosa conducta, y el príncipe le perdonó.
El enano, perdida ya su fuerza mágica, fue
admitido en palacio.
Y en vista del feliz desenlace, Vladimir
volvió a organizar un festín en sus espaciosos aposentos.
Es ésta una historia de tiempos lejanos, una
leyenda de la antigüedad más remota.
* * *

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