© Libro No. 641. El mundo perdido. Crichton, Michael. Colección
E.O. Marzo 8 de 2014.
Título original: © The Lost World. Copyright ©1995
by Michael Crichton
Versión Original: © The Lost World. Copyright ©1995 by Michael Crichton
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© Edición, reedición y
Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Michael Crichton
El mundo
perdido
Título original: The Lost
World
Copyright ©1995 by Michael
Crichton
Mapa: Copyright ©1995 by David
Cain
Ilustraciones de los dinosaurios: Copyright © 1995 by Gregory Wenzel
© Emecé Editores S.A., 1996
Alsina 2062 — Buenos Aires, Argentina
Primera edición Avellaneda, febrero de 1996
A Carolyn Conger
Lo que realmente me interesa
es si Dios tuvo alguna elección en la creación del mundo.
ALBERT EINSTEIN
En lo más profundo del
régimen caótico los pequeños cambios en la estructura causan casi siempre
enormes cambios en el comportamiento. Un comportamiento complejo controlable
es, por lo visto, imposible.
STUART KAUFFMAN
Las consecuencias son
intrínsecamente imprevisibles.
IAN MALCOLM

INTRODUCCIÓN
EXTINCIÓN EN EL LÍMITE K-T
En las últimas décadas del siglo XX ha crecido notablemente el
interés científico por la extinción.
No es en absoluto un tema nuevo; ya en 1786, poco después de la
Guerra de la Independencia norteamericana, el barón Georges Cuvier había
demostrado que las especies se extinguen. Por lo tanto, el hecho de la
extinción era ya aceptado por los científicos tres cuartos de siglo antes de
que Darwin formulase su teoría de la evolución. Y después de Darwin las
innumerables controversias generadas en torno de su teoría no atañían por lo
general a los problemas de la extinción.
Por el contrario, la mayoría de los científicos no otorgaba
mucha más importancia al fenómeno de la extinción que al hecho de que un
automóvil se quedase sin combustible. La extinción demostraba simplemente la
incapacidad de adaptación. El modo en que se adaptaban las especies era objeto
de profundos estudios y acalorados debates; pero la circunstancia de que alguna
especie fracasase apenas se tomaba en consideración. ¿Qué podía decirse al
respecto? Sin embargo, a principios de la década del 70, dos nuevos datos
concentraron el interés en la extinción.
El primero fue la toma de conciencia del enorme crecimiento
demográfico y de que la superpoblación estaba provocando alteraciones en el
planeta a un ritmo muy rápido: la eliminación de los hábitats tradicionales, la
deforestación, la contaminación del aire y el agua, y quizás incluso cambios en
el clima global. Simultáneamente se extinguían muchas especies animales.
Algunos científicos dieron la voz de alarma; otros sobrellevaron en silencio su
desasosiego. ¿Acaso era demasiado frágil el ecosistema terrestre? ¿Había
incurrido la especie humana en un comportamiento que causaría finalmente su
propia extinción?
Nadie lo sabía con certeza. Dado que la extinción no se había
estudiado sistemáticamente, existía poca información acerca de sus índices en
otras eras geológicas. De manera que los científicos empezaron a estudiar
detenidamente la extinción en el pasado con la esperanza de disipar las
inquietudes en cuanto al presente.
El segundo dato guardaba relación con la muerte de los
dinosaurios. Se sabía que todas las especies de dinosaurios se habían
extinguido en un tiempo relativamente breve al final del período cretácico,
hace unos sesenta y cinco millones de años. Exactamente a qué ritmo se había
producido tal extinción era tema de discusión desde hacía mucho tiempo: algunos
paleontólogos sostenían que había sido catastróficamente acelerado; otros
pensaban que los dinosaurios habían desaparecido de un modo más gradual, a lo
largo de un período que oscilaba entre diez mil y diez millones de años, es
decir, no precisamente muy deprisa.
Pero en 1980, el físico Luis Álvarez y tres colaboradores suyos
descubrieron altas concentraciones de iridio en rocas formadas a finales del
cretácico y principios del terciario, el llamado límite K-T (El cretácico se
abrevió como "K" para evitar confusiones con el cámbrico y otros
períodos geológicos.) El iridio es un elemento poco común en la Tierra; en
cambio, abunda en los meteoritos. Según el equipo de Álvarez, la presencia de
tal cantidad de iridio en las rocas del límite K-T indicaba que un meteorito
gigante, con un diámetro de muchos kilómetros, había entrado en colisión con la
Tierra en esa época. Plantearon la teoría de que el polvo y los cascotes
resultantes oscurecieron el cielo, imposibilitaron la fotosíntesis,
exterminaron plantas y animales y pusieron fin al reinado de los dinosaurios.
Esta sensacional teoría cautivó la imaginación de los medios de
comunicación y el público. Dio origen a una controversia que se ha prolongado
durante muchos años. ¿Dónde estaba el cráter abierto por ese meteorito? Se
propusieron varias posibilidades. En el pasado se produjeron básicamente cinco
períodos de extinción, ¿fueron los meteoritos la causa de todos ellos? ¿Acaso
esta catástrofe sobreviene cíclicamente cada veintiséis millones de años?
¿Espera el planeta en estos momentos otro impacto devastador?
Después de más de una década estas preguntas seguían sin
respuesta. El debate continuó en plena efervescencia hasta agosto de 1993,
cuando en un seminario semanal del Instituto Santa Fe un matemático iconoclasta
llamado lan Malcolm anunció que estas cuestiones carecían de importancia y que
la discusión acerca del impacto meteórico era "una especulación frívola y
ajena al problema".
—Consideren las cifras — decía Malcolm, inclinado en el podio y
mirando a su auditorio— . En nuestro planeta conviven actualmente cincuenta
millones de especies entre plantas y animales. Aunque esto nos parezca una
notable diversidad, no es nada en comparación con la que ha existido
anteriormente. Calculamos que han pasado cincuenta mil millones de especies por
este planeta desde que surgió la vida. Eso significa que de cada mil especies
que existieron queda sólo una. Por lo tanto, casi el ciento por ciento de todas
las especies que han vivido alguna vez se hallan ahora extintas. Y las grandes
matanzas sólo dan cuenta de un cinco por ciento de ese total. La abrumadora
mayoría de las especies ha muerto una por una.
El hecho, explicó Malcolm, era que la vida en la Tierra estaba
marcada por un ritmo de extinción continuo y estable. En general, el promedio
de vida de una especie era de cuatro millones de años. En el caso de los
mamíferos se reducía a un millón de años. Transcurrido ese tiempo la especie
desaparecía. De modo que el desarrollo de cualquier especie se ajustaba a un
mismo patrón: surgimiento, pujanza y extinción en unos cuantos millones de
años. A lo largo de la historia de la vida en la Tierra, se había extinguido
una especie al día en promedio.
—Pero, ¿por qué? — preguntó Malcolm— . ¿Qué provoca la aparición
y el ocaso de las especies terrestres en un ciclo de cuatro millones de años?
"La respuesta es, en parte, que no somos conscientes de que
nuestro planeta permanece en continua actividad. Sólo en los últimos cincuenta
mil años (apenas un abrir y cerrar de ojos desde el punto de vista geológico)
las selvas tropicales se han contraído significativamente y luego han vuelto a
crecer. Las selvas no son un elemento inalterable del planeta; de hecho, son
muy recientes. Hace tan sólo diez mil años, cuando había ya cazadores humanos
en el continente americano, una masa de hielo flotante se extendió hasta lo que
hoy en día es la ciudad de Nueva York. Muchos animales se extinguieron durante
esa época.
"De manera que en su mayor parte la historia de la Tierra
muestra animales que viven y mueren en un entorno extremadamente activo. Esto
explica probablemente el noventa por ciento de las extinciones. Si el mar se
seca o aumenta su salinidad, como es lógico el plancton morirá. Pero no ocurre
lo mismo con los animales complejos, como los dinosaurios, ya que éstos se
aíslan, literal y figurativamente, de tales cambios. ¿Por qué se extinguen los
animales complejos? ¿Por qué no se adaptan? Físicamente parecen aptos para la
supervivencia. En apariencia no existe razón alguna para que mueran. Y sin
embargo, mueren.
"Mi planteo es que los animales complejos no se extinguen a
causa de un cambio en su adaptación física al medio ambiente, sino de su propio
comportamiento. Me atrevería a afirmar que las recientes conclusiones derivadas
de la teoría del caos, o dinámica no lineal, ofrecen interesantes indicios de
cómo se produce esta situación.
"Nos revelan que el comportamiento de los animales
complejos puede modificarse muy rápidamente, y no siempre para bien. Revelan
que el comportamiento puede dejar de ser una respuesta al medio ambiente y
conducir, en cambio, al ocaso y la muerte. Revelan que los animales pueden
renunciar a la adaptación. ¿Es esto lo que ocurrió con los dinosaurios? ¿Es
ésta la verdadera causa de su desaparición? Puede que nunca lo sepamos. Pero no
es casualidad que los seres humanos muestren tanto interés en la extinción de los
dinosaurios. El ocaso de los dinosaurios posibilitó el desarrollo de los
mamíferos, incluida la especie humana. Y eso nos lleva a preguntarnos si la
desaparición de los dinosaurios va a repetirse tarde o temprano en nosotros, si
en el nivel más profundo la culpa no recae en el ciego destino (en un feroz
meteorito procedente del cielo), sino en nuestro comportamiento. Por el momento
no tenemos respuesta.
En ese momento sonrió y añadió:
—Pero yo tengo algunas sugerencias.
PRÓLOGO
LA VIDA AL BORDE DEL CAOS
El Instituto Santa Fe, en la ciudad del mismo nombre, ocupaba
una serie de edificios de Canyon Road que habían sido antiguamente un convento,
y los seminarios del instituto se dictaban en una sala utilizada en otro tiempo
como capilla. En aquel momento Ian Malcolm, de pie en el podio e iluminado por
un haz de sol, hizo una pausa retórica antes de proseguir con su conferencia.
Malcolm tenía cuarenta años y era un asiduo visitante en el
instituto. Estaba entre los primeros defensores de la teoría del caos, pero su
prometedora carrera se había visto truncada por las graves heridas sufridas
durante un viaje a Costa Rica; de hecho, varios noticiosos lo habían dado por
muerto. "Aunque lo lamenté mucho, tuve que interrumpir las celebraciones
en los departamentos de matemáticas de todo el país — declararía más tarde— ,
pero resultó que sólo estaba levemente muerto. Los cirujanos han hecho
maravillas, como ellos mismos enseguida les contarán. Así que he vuelto... en
mi siguiente iteración, podría decirse."
Vestido totalmente de negro y apoyado en un bastón, Malcolm
ofrecía una imagen de rigidez. En el instituto se lo conocía por la
originalidad de su análisis y por su tendencia al pesimismo. La charla de aquel
agosto, titulada "La vida al borde del caos", era un ejemplo
característico de su pensamiento. En ella, Malcolm presentaba su análisis de la
teoría del caos aplicado a la evolución.
No podría haber disfrutado de unos oyentes más duchos en la
materia. El Instituto Santa Fe se había fundado a mediados de los años 80, bajo
la tutela de un grupo de científicos interesados en las consecuencias de la
teoría del caos. Dichos científicos procedían de muy diversos campos: la
física, la economía, la biología, la informática. Tenían en común la convicción
de que la complejidad del mundo ocultaba un orden básico que había escapado
hasta el momento a la ciencia, y que sería revelado por la teoría del caos,
conocida ya como teoría de la complejidad. Según las palabras de uno de ellos,
la teoría de la complejidad era "la ciencia del siglo XXI.
El instituto había investigado el comportamiento de una gran
variedad de sistemas complejos — las empresas en el mercado, las neuronas en el
cerebro humano, las cascadas enzimáticas en una célula individual, la conducta
grupal de las aves migratorias— , sistemas tan complejos que no había sido
posible estudiarlos antes de la aparición de la computadora. La investigación
era reciente y los descubrimientos asombrosos.
Los científicos no tardaron en advertir que los sistemas
complejos presentaban ciertos comportamientos comunes. Pronto concibieron tales
comportamientos como rasgos característicos de todos los sistemas complejos.
Comprendieron que estos comportamientos no podían explicarse mediante el
análisis de los componentes de dichos sistemas. El enfoque científico clásico
del reduccionismo — desmontar el reloj para ver cómo funciona— no servía de
nada en el caso de los sistemas complejos, porque el comportamiento interesante
parecía fruto de la interacción espontánea de los componentes. El
comportamiento no obedecía a ningún plan o norma; simplemente ocurría. Por lo
tanto, este comportamiento se denominó "autoorganizativo".
—Entre los comportamientos autoorganizativos — dijo Ian Malcolm—
, existen dos de especial interés para el estudio de la evolución. Uno es la
adaptación. Encontramos ejemplos de ella por todas partes. Las empresas se
adaptan al mercado; las células cerebrales se adaptan a las señales de tráfico;
el sistema inmunológico se adapta a las infecciones; los animales se adaptan al
suministro de alimentos. Hemos llegado a la conclusión de que la capacidad de
adaptarse es propia de los sistemas complejos, y quizá por esta razón entre
otras la evolución tiende aparentemente hacia organismos más complejos. —
Cambió de postura en el podio desplazando el peso al bastón. — Pero aún más
importante es el modo en que los sistemas complejos parecen alcanzar un
equilibrio entre la necesidad de orden y la imperiosa obligación de cambio. Los
sistemas complejos tienden a situarse en un espacio que llamamos "el borde
del caos". Concebimos el borde del caos como un lugar donde existen
suficientes innovaciones para que un sistema vivo permanezca vibrante y
suficiente estabilidad para impedir que caiga en la anarquía. Es una zona de
conflicto y convulsiones donde lo viejo y lo nuevo se hallan continuamente en
guerra. Encontrar el punto de equilibrio no debe de ser fácil: si un sistema
vivo se acerca demasiado, corre el riesgo de sumirse en la incoherencia y la
disolución; pero si el sistema se aleja demasiado del borde, se torna rígido,
inerte, totalitario. Ambos estados llevan a la extinción. El cambio resulta tan
destructivo por exceso como por defecto. Los sistemas complejos sólo se
desarrollan al borde del caos. — Tras una pausa añadió: — Por lo tanto, la
extinción es el resultado inevitable de una u otra estrategia: el exceso o la
falta de cambio.
Los oyentes expresaron con gestos su asentimiento. Ésa era una
idea ya conocida para la mayoría de los investigadores presentes. En realidad,
el concepto de "borde del caos" casi se aceptaba como dogma en el
Instituto Santa Fe.
—Por desgracia — continuó Malcolm— , un gran abismo separa este
marco teórico y el hecho de la extinción. No hay manera de saber si nuestras
conclusiones son acertadas. El registro fósil nos indica que un animal se
extinguió en determinada fecha, pero no por qué razón. Las simulaciones por
computadora tienen una validez limitada. Y tampoco podemos realizar
experimentos con organismos vivos. Por lo tanto, nos vemos obligados a admitir
que la extinción, como fenómeno no verificable ni susceptible de experimentación,
puede no ser en absoluto un tema científico. Esto explicaría por qué la
cuestión ha dado pie a intensas controversias religiosas y políticas. Piensen,
por ejemplo, que el número de Avogadro, la constante de Planck o las funciones
del páncreas no han originado ninguna clase de discusión religiosa. En cambio,
la extinción es causa de un incesante debate desde hace doscientos años. Y me
pregunto cómo va a resolverse si... ¿Sí? ¿Qué ocurre?
Al fondo de la sala se había alzado una mano y se agitaba con
impaciencia. Malcolm arrugó la frente, manifiestamente molesto. En el
instituto, tradicionalmente, las preguntas se reservaban para el final de la
exposición; no se consideraba correcto interrumpir al orador.
—¿Tiene alguna pregunta? — inquirió Malcolm.
Al fondo de la sala se puso de pie un hombre de poco más de
treinta años.
—En realidad — aclaró— , se trata de una observación.
Era un joven moreno y delgado, de ademanes precisos, vestido con
pantalón corto y camisa de color caqui. Malcolm lo reconoció. Era un
paleontólogo de Berkeley llamado Levine que había ido al instituto a pasar el
verano. Malcolm no había hablado antes con él, pero conocía sus méritos: según
la opinión general, Levine era el mejor paleobiólogo de su generación, tal vez
el mejor del mundo. Sin embargo, en el instituto no había despertado grandes
simpatías, pues sus colegas lo encontraban grandilocuente y arrogante.
—Coincido — prosiguió Levine— en que el registro fósil poco
aporta al estudio de la extinción. Menos aún si aceptamos su tesis de que el
comportamiento es la causa de la extinción, porque los huesos no revelan gran
cosa acerca del comportamiento. Pero discrepo en cuanto a que su tesis del
comportamiento no sea verificable. De hecho, implica un resultado. Aunque quizá
no lo haya usted considerado todavía.
La sala se hallaba en silencio. En el podio Malcolm frunció el
entrecejo. El eminente matemático no estaba acostumbrado a oír que no había
desarrollado plenamente sus propias ideas.
—Explíquese — exigió Malcolm.
—Es muy sencillo — dijo Levine, aparentemente ajeno a la tensión
que reinaba en la sala— . En el cretácico los Dinosauria se hallaban repartidos
por todo el planeta. Hemos encontrado restos en todos los continentes y en
todas las zonas climáticas, incluso en la Antártida. Entonces si la extinción
se debió realmente a su comportamiento y no a una catástrofe, una enfermedad,
un cambio en la vida vegetal o a cualquiera de las distintas explicaciones a
gran escala que se han propuesto, me parece muy poco probable que todos
cambiasen de comportamiento simultáneamente y en todas partes. Y de ahí se
desprende a su vez que aún podrían quedar vivos algunos de esos animales en la
Tierra. ¿No podríamos acaso buscarlos?
—Claro que podríamos — respondió Malcolm fríamente— , si nos
diera algún placer hacerlo, y siempre y cuando no tuviésemos nada mejor en qué
emplear el tiempo.
—No, no — protestó Levine con vehemencia— . Hablo muy en serio.
¿Y si los dinosaurios no se hubiesen extinguido? ¿Y si aún existiesen? En algún
lugar aislado del planeta.
—Habla usted de un Mundo Perdido — sugirió Malcolm, y los
oyentes de la sala asintieron con gestos de complicidad. Los científicos del
instituto habían desarrollado un lenguaje taquigráfico para referirse a los
escenarios más comunes del evolucionismo. En sus charlas había menciones a los
Campos de Balas, a Ruina del jugador, el juego de la Vida, el Mundo Perdido, la
Reina de Corazones y el Ruido Negro. Eran formas bien definidas de pensar en la
evolución. Pero todas eran...
—No — insistió Levine obstinadamente— . Lo digo en sentido
literal.
—En ese caso usted está muy equivocado — respondió Malcolm,
haciendo un claro gesto de rechazo con la mano. Volvió la espalda al auditorio
y se acercó lentamente al pizarrón. — Y ahora si consideramos las consecuencias
de la vida al borde del caos, podemos empezar por preguntarnos cuál es la menor
unidad de vida. En la mayoría de las definiciones contemporáneas de vida
estaría presente el ADN, pero existen dos ejemplos que demuestran que tales
definiciones son demasiado limitadas. Si tenemos en cuenta los virus y los llamados
priones, está claro que la vida puede darse sin ADN...
Al fondo de la sala Levine lo miró fijo por un instante. A
continuación, de mala gana, se sentó y comenzó a tomar notas.
LA HIPÓTESIS DEL
MUNDO PERDIDO
Una vez que terminó la conferencia, poco después del mediodía,
Malcolm atravesó cojeando el patio abierto del instituto. Lo acompañaba Sarah
Harding, una joven bióloga que realizaba trabajos de campo en África y se
hallaba de visita en Santa Fe. Malcolm la conocía desde que, hacía ya unos
años, le habían solicitado que actuase como supervisor externo de la tesis
doctoral que ella preparaba entonces en Berkeley.
En el patio, bajo el intenso sol veraniego, formaban una dispar
pareja: Malcolm vestido de negro, encorvado y ascético, ayudándose con el
bastón; Harding, sólida y musculosa, con un pantalón corto y una remera que le
daban un aire vigoroso y juvenil y el pelo negro y corto sujeto hacia atrás con
unos anteojos de sol. Su área de estudio eran los depredadores africanos,
concretamente los leones y las hienas. Tenía previsto regresar a Nairobi al día
siguiente.
Estaban muy unidos desde el período de convalecencia de Malcolm,
después de su paso por el quirófano. Por entonces Harding se hallaba en Austin
disfrutando de un año sabático y cuidó a Malcolm hasta su total
restablecimiento después de las numerosas operaciones que le habían practicado.
Durante un tiempo dio la impresión de que el amor había surgido entre ellos, y
que Malcolm, un solterón empedernido, sentaría cabeza. Pero finalmente Harding
volvió a África y Malcolm se marchó a Santa Fe. Fuera cual fuese su anterior
relación, en esos momentos eran sólo amigos.
Hablaban de las preguntas formuladas al final de la conferencia.
Según Malcolm, sólo se habían planteado las objeciones previsibles: que las
extinciones en masa sí eran importantes; que los seres humanos debían su
existencia a la extinción que, en el cretácico, había aniquilado a los
dinosaurios y permitido a los mamíferos reemplazarlos. Como había dicho con
cierta ampulosidad uno de los asistentes: "Gracias al cretácico afloró en
el planeta nuestra conciencia sensible".
La respuesta de Malcolm no se hizo esperar: "¿Qué le lleva
a pensar que los seres humanos son sensibles y conscientes? No existe prueba
alguna de eso. Los seres humanos nunca piensan por su cuenta, les resulta
incómodo. En general, los miembros de nuestra especie se limitan a repetir lo
que oyen y se desconciertan ante cualquier punto de vista distinto. El rasgo
humano característico no es la conciencia sino el conformismo, y el resultado
característico es la guerra religiosa. Otros animales luchan por el territorio
o el alimento; los seres humanos, en cambio, son los únicos en el reino animal
que luchan por sus "creencias". Ello se debe a que las creencias
rigen el comportamiento, el cual tiene importancia evolutiva entre los seres
humanos. Pero en una época en la que nuestro comportamiento puede conducirnos a
la extinción no veo razón alguna para suponer que poseemos conciencia. Somos
unos conformistas obcecados y autodestructivos. Cualquier otra opinión acerca
de nuestra especie es una simple ilusión, fruto de la suficiencia. Siguiente
pregunta.
Mientras cruzaban el patio Sarah Harding se echó a reír y dijo:
—Eso no les gustó nada.
—Reconozco que es desalentador, pero ¿qué se le va a hacer? —
respondió Malcolm. Moviendo la cabeza en un gesto de desánimo, añadió: —
Estaban presentes algunos de los mejores científicos del país y, sin embargo,
ni una sola idea interesante. Por cierto, ¿qué sabes de ese tipo que me
interrumpió?
—¿Richard Levine? — Harding dejó escapar una carcajada. —
Insoportable, ¿no es cierto? Su fama de pelmazo lo acompaña por todo el mundo.
—No me extraña — convino Malcolm con un gruñido.
—Es rico, ése es su problema — explicó Harding— . ¿Has oído
hablar de las muñecas Becky?
—No — contestó Malcolm, lanzándole una mirada.
—No existe una sola niña en Estados Unidos que no las conozca.
Hay toda una serie: Becky, Sally, Frances y varias más. Forman parte de nuestro
patrimonio cultural. Levine es el heredero de la empresa que las lanzó al
mercado. O sea, es un niño rico de familia bien. Y además impetuoso: hace lo
que le da la gana. Malcolm asintió con la cabeza y propuso:
—Si tienes un rato, podríamos ir a comer.
—Claro que sí...
—¡Doctor Malcolm! ¡Espere, por favor! ¡Doctor Malcolm! Malcolm
se volvió. Hacia ellos corría por el patio la desgarbada figura de Richard
Levine.
—¡Mierda! — exclamó Malcolm.
—Doctor Malcolm — dijo Levine mientras se acercaba— , me
sorprendió que no tomase más en serio mi propuesta.
—¿Cómo iba a tomarla en serio? — repuso Malcolm— . Es absurda.
—Sí, pero...
—La señorita Harding y yo íbamos a comer — lo interrumpió
Malcolm, señalando a Sarah.
—Sí, pero opino que debería reconsiderarla — perseveró Levine— .
Porque creo que mi argumento es válido. Es muy posible, o incluso probable, que
aún existan dinosaurios. Sin duda conoce los continuos rumores al respecto que
llegan de Costa Rica, donde, si no me equivoco, pasó usted una temporada.
—Sí, y en el caso de Costa Rica le aseguro...
—Y lo mismo ocurre en el Congo — añadió Levine— . Los pigmeos
vienen informando desde hace años de la presencia de un gran saurópodo, quizás
incluso un apatosaurio, en los espesos bosques que rodean Bokambu. Y parece que
también en las selvas altas de Iran Occidental habita un animal del tamaño de
un rinoceronte, que podría ser un ceratopsio...
—Fantasías — objetó Malcolm— . Puras fantasías. Nunca se ha
visto nada. No hay fotografías. No hay pruebas consistentes.
—Quizá no — concedió Levine— , pero la ausencia de pruebas no es
prueba de ausencia. Tengo la convicción de que puede haber un lugar donde hayan
sobrevivido estos animales, vestigios del pasado.
—Todo es posible — dijo Malcolm con un gesto de indiferencia. —
Pero la supervivencia es realmente posible — insistió Levine— . No dejan de
llegarme noticias sobre la aparición de nuevos animales en Costa Rica. Restos,
fragmentos.
Después de un silencio Malcolm preguntó:
—¿Recientemente?
—No, desde hace un tiempo.
—Mmm — murmuró Malcolm— . Lo suponía.
—Me llamaron por última vez hace nueve meses — informó Levine— .
Estaba en Siberia examinando la cría de mamut congelada que acababan de
encontrar allí y no conseguí regresar a tiempo. Pero me dijeron que era una
especie de lagarto grande y fuera de lo común, hallado muerto en la selva de
Costa Rica.
—¿Y bien? ¿Qué fue de él?
—Quemaron los restos.
—Es decir, no queda nada.
—Así es.
—¿Ni fotografías? ¿Ni pruebas?
—Por lo visto, no.
—Entonces no son más que habladurías— dijo Malcolm.
—Tal vez. De todos modos creo que vale la pena organizar una
expedición para conocer más detalles sobre esos supervivientes de los que se
habla.
Malcolm le clavó la mirada.
—¿Una expedición? ¿Para encontrar un hipotético Mundo Perdido?
¿Quién va a financiarla?
—Yo — afirmó Levine— . Ya he iniciado los preparativos.
—Pero eso costaría...
—No me importa lo que cueste — aseguró Levine— . El hecho es que
la supervivencia es posible. Ha ocurrido con diversas especies de otros géneros
y podría haber también supervivientes del cretácico.
—Fantasías — repitió Malcolm, negando con la cabeza.
Levine guardó silencio por un instante y miró a Malcolm a los
ojos.
—Doctor Malcolm, le confieso que me sorprende su actitud. Acaba
de exponer una tesis, y yo le ofrezco la oportunidad de verificarla. Esperaba
verlo saltar de entusiasmo ante la perspectiva.
—Ya no estoy para saltos — repuso Malcolm.
—Y en lugar de aceptar mi propuesta se...
—No me interesan los dinosaurios — espetó Malcolm.
—A todo el mundo le interesan los dinosaurios.
—A mí no — respondió Malcolm, y giró sobre su bastón dispuesto a
marcharse.
—A propósito — añadió Levine— . ¿Qué hacía en Costa Rica? Según
he oído, pasó allí casi un año.
—Estaba en la cama de un hospital. No pudieron sacarme de
terapia intensiva durante seis meses. Ni siquiera era posible trasladarme en
avión.
—Sí, ya sé que tuvo un accidente — dijo Levine— . Pero, ¿qué lo
llevó hasta allí? ¿No fue a buscar dinosaurios?
Malcolm lo miró con los ojos entornados a causa del sol
resplandeciente y se apoyó en el bastón.
—No — contestó— . En absoluto.
Se hallaban los tres sentados alrededor de una pequeña mesa en
un rincón del café Guadalupe, al otro lado del río. Sarah Harding bebía cerveza
directamente de la botella y observaba a los dos hombres que tenía delante:
Levine, visiblemente complacido de estar con ellos, como si compartir su mesa
fuese para él un triunfo; Malcolm, con aspecto de hastío, como un padre que ha
pasado demasiado tiempo con un hijo hiperactivo.
—¿Quiere saber qué ha llegado a mis oídos? — preguntó Levine— .
Que hace un par de años una compañía llamada InGen creó dinosaurios mediante
ingeniería genética y los llevó a una isla de Costa Rica. Pero algo salió mal,
mucha gente resultó muerta, y los dinosaurios fueron eliminados. Ahora, por
alguna razón legal, nadie está dispuesto a hablar. Debe de haber un pacto de no
divulgación o algo así. Y el gobierno costarricense no quiere que el asunto
afecte negativamente al turismo. Así que todo el mundo guarda silencio. Eso he
oído.
Malcolm lo miró fijo.
—¿Y se lo creyó?
—Al principio no, la verdad — respondió Levine— . Pero el caso
es que lo he oído una y otra vez. Los rumores están en el aire. Según se dice,
usted, Alan Grant y unas cuantas personas más estuvieron allí.
—¿Le preguntó a Grant al respecto?
—Sí, el año pasado, en un congreso celebrado en Pekín. Me
contestó que era una idea absurda.
Malcolm movió lentamente la cabeza en un gesto de asentimiento.
—¿También ésa es su respuesta? — inquirió Levine entre sorbo y
sorbo de cerveza— . Por cierto, conoce a Grant, ¿no?
—No, no lo conozco.
Levine observó a Malcolm atentamente.
—Por lo tanto, ¿no es verdad?
Malcolm suspiró.
—¿Le suena el concepto de tecnomito? Lo desarrolló Geller en
Princeton. Básicamente la tesis sostiene que hemos perdido los mitos antiguos:
Orfeo y Eurídice, Perseo y Medusa. De modo que los hemos sustituido por
tecnomitos modernos. Geller enumeró una docena aproximadamente. Uno es que hay
un alienígena vivo en un hangar de la base aérea de Wright-Patterson. Otro es
que alguien inventó un carburador con un consumo de un litro por cada sesenta
kilómetros, pero los fabricantes de automóviles compraron la patente y la
mantienen archivada. También existe el cuento de que unos niños adiestrados por
los rusos en técnicas de percepción extrasensorial en una base secreta de
Siberia son capaces de matar con la mente a personas en cualquier lugar del
mundo. O la fantasía de que las líneas de Nazca, en Perú, son un aeropuerto
para naves espaciales. Que la CIA propagó el virus del sida para acabar con los
homosexuales. Que Nikola Tesla descubrió una increíble fuente de energía, pero
sus notas han desaparecido. Que en Estambul existe un dibujo del siglo X que
representa la Tierra vista desde el espacio. Que el Instituto de Investigación
de Stanford encontró a un individuo que resplandece en la oscuridad. ¿Capta la
idea?
—Pretende darme a entender que los dinosaurios de InGen son un
mito — dijo Levine.
—Claro que lo son. No puede ser de otro modo. ¿Acaso cree que la
ingeniería genética podría crear dinosaurios?
—Según sostienen los expertos, no.
—Y tienen razón — aseguró Malcolm. Dirigió una mirada a Harding
como si buscase su confirmación. Ella permaneció en silencio, limitándose a
beber cerveza.
En realidad, Harding sabía algo más sobre esos rumores
referentes a los dinosaurios. Una vez, tras una intervención quirúrgica,
Malcolm empezó a delirar a causa de la anestesia y los calmantes. Aparentemente
asustado, se retorcía en la cama y repetía los nombres de varias clases de
dinosaurios. Harding se lo comentó a la enfermera, quien le explicó que le
ocurría lo mismo después de cada operación. El personal del hospital dio por
sentado que se trataba de una fantasía provocada por la medicación, pero a Harding
le pareció que Malcolm revivía alguna experiencia real aterradora. Esa
impresión se vio reforzada por la familiaridad con que Malcolm se refería a los
dinosaurios en una especie de jerga: "raptores", "compis",
"trices". En apariencia, los raptores lo atemorizaban de una manera
especial.
Más tarde, cuando Malcolm volvió a su casa, Harding le preguntó
por aquellos delirios. Él les restó importancia contestando con un chiste malo:
"Al menos no mencioné a otras mujeres, ¿no?" A continuación se escudó
en vaguedades sobre su afición a los dinosaurios en la infancia y las
regresiones causadas por los estados de enfermedad. En su actitud se adivinaba
una afectada indiferencia, como si todo aquello fuese intrascendente. Harding
tuvo la clara sensación de que sus respuestas no eran más que evasivas, pero
prefirió no insistir; por aquel entonces estaba enamorada de él y se sentía
inclinada a la condescendencia.
Ahora Malcolm la miraba con expresión interrogativa, como
preguntándole si tenía intención de contradecirlo. Harding levantó una ceja y
le devolvió la mirada. Malcolm debía de tener sus razones, y ella esperaría con
paciencia.
—¿Así que el asunto de InGen es totalmente falso? — preguntó
Levine inclinándose sobre la mesa hacia Malcolm.
—Totalmente falso — afirmó Malcolm sin titubear— . Totalmente
falso.
Malcolm llevaba ya tres años desmintiendo esas especulaciones. A
esta altura ya había desarrollado una verdadera maestría; su hastío no era ya
fingido sino auténtico. En realidad, actuó como asesor de International Genetic
Technologies de Palo Alto en el verano de 1989, y en representación de la
compañía realizó un viaje a Costa Rica que terminó en un desastre.
Inmediatamente después todos los implicados en el suceso se apresuraron a
evitar la difusión de la noticia. InGen deseaba limitar su responsabilidad. El
gobierno de Costa Rica quería salvaguardar su fama de paraíso turístico. Y los
científicos participantes tenían prohibido hablar por un pacto de no
divulgación, revalidado posteriormente mediante generosas gratificaciones
destinadas a garantizar su silencio. En el caso de Malcolm consistían en el
pago de dos años de facturas médicas por parte de la compañía.
Mientras tanto, las instalaciones de InGen en la isla de Costa
Rica habían sido desmanteladas. Ya no quedaba allí ninguna criatura viviente.
Además la compañía había contratado al eminente profesor George Baselton de
Stanford, un biólogo y ensayista que gracias a sus frecuentes apariciones
televisivas se había convertido en una autoridad popular en temas científicos.
Baselton afirmó haber visitado la isla y desmintió infatigablemente los rumores
de que habían existido allí animales extintos. Especialmente eficaz resultaba
su irónico comentario: "¡Sí, ya lo creo, tigres de dientes de sable!"
Con el paso de los meses, el interés decayó. InGen había
quebrado hacía tiempo ya; los principales inversores europeos y asiáticos
aceptaron sus pérdidas. Aunque los bienes materiales de la compañía — edificios
y equipo de laboratorio— se venderían parte por parte, se decidió que la
tecnología básica desarrollada no se pondría en venta. En resumen, el capítulo
InGen se había cerrado.
Ya estaba todo dicho.
Así que todo es mentira — comentó Levine mientras devoraba su
tamal de maíz tierno— . Para serle sincero, doctor Malcolm, eso me tranquiliza.
—¿Por qué? — preguntó Malcolm.
—Porque significa que los restos que vienen apareciendo en Costa
Rica deben de ser auténticos. Dinosaurios reales. Tengo un amigo de Yale, un
biólogo, que está allí trabajando y asegura que los ha visto. Y yo le creo.
Malcolm se encogió de hombros y dijo:
—Dudo de que se encuentren más animales en Costa Rica.
—Es cierto que no ha aparecido ninguno desde hace casi un año.
Pero por si acaso voy a viajar hasta allí. Y mientras tanto tengo la intención
de preparar una expedición. He pensado mucho en eso. Creo que los vehículos
especiales podrían construirse y estar disponibles en un año. Ya hablé con Doc
Thorne. Luego reuniré un equipo en el que podría incluirse a la doctora Harding
aquí presente, o a algún otro naturalista de experiencia equiparable, y a unos
cuantos estudiantes graduados...
Malcolm negaba con la cabeza mientras escuchaba.
—Piensa que es una pérdida de tiempo — adivinó Levine.
—Sí, en efecto.
—Pero suponga, simplemente suponga, que aparecen otros animales.
—No ocurrirá.
—Pero suponga que así fuese — insistió Levine— . ¿Le interesaría
ayudarme? ¿A organizar una expedición?
Malcolm terminó de comer y apartó el plato.
—Sí — respondió por fin— . Si aparecen más animales, lo ayudaré.
—¡Magnífico! — exclamó Levine— . Eso quería saber.
Afuera, bajo el deslumbrante sol que bañaba Guadalupe Street,
Sarah y Malcolm se encaminaron hacia el destartalado Ford de éste. Levine subió
a su Ferrari roja, se despidió con un alegre gesto y se alejó ruidosamente.
—¿Crees que es posible? — preguntó Harding— . ¿Que aparezcan
otra vez... estos animales?
—No — contestó Malcolm— . Tengo la total certeza de que no
aparecerá ningún otro.
—¡Qué optimista!
Malcolm sacudió la cabeza y subió torpemente al coche, metiendo
la pierna lesionada bajo el volante con un balanceo. Harding ocupó el asiento
contiguo. Malcolm la miró y puso el motor en marcha. Volvieron al instituto.
Al día siguiente Harding regresó a África. Durante los dieciocho
meses posteriores tuvo una vaga noción de los progresos de Levine por las
esporádicas llamadas que recibía de él para preguntarle sobre los
procedimientos característicos de un trabajo de campo, los neumáticos más
apropiados para los vehículos, o el mejor anestésico para animales en estado
salvaje. A veces la llamaba Doc Thorne, encargado de la construcción de los
vehículos. Casi siempre lo notaba preocupado.
De Malcolm no tuvo más noticia que la felicitación que le envió
por su cumpleaños. Llegó con un mes de retraso. Al pie de la tarjeta escribió:
"Feliz cumpleaños. Tienes suerte de no estar cerca de él. Me está
volviendo loco".
PRIMERA CONFIGURACIÓN
En la región conservadora, lejos del borde caótico, los
elementos se agrupan lentamente, sin mostrar pautas definidas.
IAN MALCOLM
FORMAS ABERRANTES
El helicóptero sobrevolaba a baja altura la costa en la tenue
luz vespertina, siguiendo la línea donde se unían la playa y la densa selva.
Las últimas aldeas de pescadores habían quedado atrás hacía unos diez minutos.
En esos momentos sólo se divisaban la impenetrable selva costarricense, los
manglares y un kilómetro tras otro de arena desierta. Sentado junto al piloto,
Marty Gutiérrez veía pasar velozmente la costa por la ventanilla. En aquella
zona no había siquiera carreteras, o al menos no a la vista.
Gutiérrez era un biólogo norteamericano de treinta y seis años,
tranquilo y barbudo, que llevaba ocho afincado en Costa Rica. Al principio
viajó hasta allí sólo para estudiar la especiación de los tucanes en la selva
tropical, pero consiguió un puesto de asesor en la Reserva Biológica de Carara,
el parque nacional situado al norte del país, y se quedó a vivir. Accionó el
micrófono de la radio y preguntó al piloto:
—¿Cuánto tiempo falta?
—Cinco minutos, señor Gutiérrez.
Gutiérrez se volvió y anunció:
—No tardaremos en llegar.
Pero el hombre alto que viajaba comprimido en el exiguo espacio
del asiento trasero del helicóptero no contestó ni se dio siquiera por aludido.
Permaneció inmóvil, mirando por la ventanilla con una mano bajo el mentón y el
entrecejo fruncido.
Richard Levine llevaba un uniforme caqui desteñido y un sombrero
australiano de ala ancha calado hasta las orejas. De su cuello colgaban unos
desgastados prismáticos. Sin embargo, pese a su tosco aspecto, Levine
transmitía una imagen de ensimismamiento intelectual. Detrás de los anteojos de
armazón metálica se advertían unas facciones angulosas, así como una expresión
intensa y crítica por lo que veía a través de la ventanilla.
—¿Dónde estamos? — preguntó.
—En una región llamada Rojas — contestó Gutiérrez.
—¿Tan al sur hemos bajado?
—Sí. Nos hallamos a unos ochenta kilómetros de la frontera
panameña.
—No veo carreteras — comentó Levine, contemplando la selva— .
¿Cómo lo localizaron?
—Lo encontraron unas personas que estaban de campamento —
explicó Gutiérrez— . Llegaron por mar y desembarcaron en la playa.
—¿Cuándo fue?
—Ayer. En cuanto lo vieron, salieron corriendo.
Levine asintió. Con los largos miembros encogidos y las manos
bajo el mentón parecía una mantis religiosa. Así lo habían apodado sus
compañeros en los cursos de doctorado, en parte por su apariencia, en parte por
su propensión a devorar a quienquiera que lo contradijese.
—¿Estuvo antes en Costa Rica? — preguntó Gutiérrez.
—No. Es mi primera visita — contestó Levine. A continuación hizo
un gesto de enojo con la mano, como si no desease ser molestado con
intrascendencias.
Gutiérrez sonrió. Levine no había cambiado en absoluto con el
paso del tiempo. Seguía siendo uno de los científicos más destacados e
insoportables del momento. Habían sido compañeros en los cursos de doctorado de
Yale hasta que un buen día Levine cambió de especialidad para graduarse en
zoología comparativa. Levine anunció que no le interesaba el tipo de
investigación de campo contemporánea que tanto atraía a Gutiérrez. Con el
desdén que lo caracterizaba dijo una vez que el trabajo de Gutiérrez consistía
en "recoger mierda de loro por todo el mundo".
La realidad era que a Levine — genial y puntilloso— lo seducía
el pasado, el mundo que ya no existía. Y estudiaba ese mundo con una vehemencia
obsesiva. Era conocido por su memoria fotográfica, su arrogancia, su lengua
afilada y el manifiesto placer que sentía señalando los errores de sus colegas.
Como declaró uno de ellos en una ocasión: "Levine nunca olvida un hueso...
y consigue que los demás tampoco lo olviden".
Los investigadores de campo lo detestaban, y él les correspondía
con igual aversión. Era en el fondo un amante del detalle, un catalogador de la
vida animal, y su mayor pasión era rebuscar en las colecciones de los museos,
reclasificar especies, reordenar los esqueletos expuestos. Le desagradaban el
polvo y las incomodidades de la vida al aire libre. De haber tenido elección
Levine nunca habría salido de un museo. Pero el destino había querido que
viviese en la época de mayores descubrimientos en la historia de la
paleontología. El número de especies de dinosaurios conocidas se había
duplicado en los últimos veinte años, y se describían nuevas especies a un
ritmo de una cada siete semanas. Por lo tanto, debido a su prestigio
internacional, Levine estaba obligado a viajar continuamente por todo el mundo,
inspeccionando los nuevos hallazgos y ofreciendo su experta opinión a
investigadores que de mala gana admitían necesitarla.
—¿De dónde vienes ahora? — preguntó Gutiérrez.
—De Mongolia — respondió Levine— . He estado en los Acantilados
Flameantes del desierto de Gobi, a tres horas de Ulan Bator.
—¿Ah, sí? ¿Y qué hay allí?
—John Roxton llevó a cabo una excavación. Encontró un esqueleto
incompleto y pensó que podía tratarse de una nueva especie de Velocirraptor.
Quería que le echase un vistazo.
—¿Y?
—Roxton nunca ha sabido anatomía — contestó Levine, encogiéndose
de hombros— . A la hora de recaudar fondos se dedica con auténtico entusiasmo,
pero si realmente descubre algo, es incapaz de seguir adelante.
—¿Se lo dijiste?
—¿Por qué no iba a decírselo? Es la verdad.
—¿Y el esqueleto?
—El esqueleto no era de un raptor ni remotamente — explicó
Levine— . Los metatarsianos no se correspondían; el pubis era demasiado
ventral; el isquion carecía del característico obturador, y los huesos largos
eran demasiado livianos. En cuanto al cráneo... — Alzó la mirada al techo en un
gesto de desesperación. — El palatal era demasiado grueso, las fenestras
anteorbitarias demasiado rostrales, la carina distal demasiado pequeña y un
sinfín de detalles más. Para colmo, la uña incisiva apenas estaba desarrollada.
Así que nada.
No sé en qué estaría pensando Roxton. Sospecho que en realidad
tiene una subespecie de troodon, aunque todavía no lo sé con seguridad.
—¿Troodon? — preguntó Gutiérrez.
—Un pequeño carnívoro del cretácico, unos dos metros desde el
pie hasta el acetábulo. A decir verdad, un terópodo bastante corriente. Y el
hallazgo de Roxton no era un ejemplar especialmente interesante. Aunque había
un detalle curioso. El material contenía un artefacto tegumentario, es decir,
una huella impresa de piel de dinosaurio. Eso no es raro en sí mismo. Hasta la
fecha quizá se haya obtenido una docena de huellas de piel en buen estado,
principalmente entre los hanrosauridae. Pero nada comparable a esto. Porque
estaba claro que la piel de este animal poseía ciertas características muy poco
comunes que hasta el momento no se habían sospechado siquiera en los
dinosaurios...
—Señores — los interrumpió el piloto— , estamos llegando a la
bahía de Juan Fernández.
—Primero sobrevuélela en círculo si es posible — pidió Levine.
Miró por la ventanilla con renovada intensidad en el rostro, olvidándose de la
conversación. Debajo de ellos, kilómetros de selva se extendían por las colinas
hasta donde la vista alcanzaba. El helicóptero se ladeó, describiendo un
círculo sobre la playa.
—Ahí está — anunció Gutiérrez, señalando por la ventanilla.
La playa era una media luna limpia y blanca, totalmente desierta
bajo la luz de la tarde. Al sur vieron un único bulto oscuro en la arena. Desde
el aire parecía una roca o tal vez un enorme cúmulo de algas. Era amorfo y
medía un metro y medio aproximadamente. Alrededor había numerosas pisadas.
—¿Quién ha estado aquí? — preguntó Levine con un suspiro.
—Los del Servicio de Salud Pública vinieron esta mañana —
respondió Gutiérrez.
—¿Hicieron algo? ¿Tocaron o alteraron algo de algún modo?
—No lo sé.
—¡El Servicio de Salud Pública! — repitió Levine, moviendo la
cabeza en un gesto de irritación— . ¿Qué saben ellos de estas cosas? No
deberías haberles permitido acercarse, Marty.
—Oye, yo no gobierno este país — protestó Gutiérrez— . Hice lo
que estaba en mis manos. Querían destruirlo antes de que lo vieses. Por lo
menos he logrado conservarlo intacto hasta tu llegada. Aunque no sé cuánto
esperarán.
—En ese caso mejor será que empecemos ya — dijo Levine. Pulsó el
botón del micrófono. — ¿Por qué seguimos volando en círculo? Estamos perdiendo
tiempo de luz. Aterrice en la playa ahora mismo. Quiero echarle un vistazo a
eso con mis propios ojos.
Richard Levine corrió por la arena hacia la forma oscura, con
los prismáticos balanceándose ante su pecho. Incluso a lo lejos percibía el
hedor de la carne en estado de descomposición. Mientras se aproximaba, extrajo
ya sus primeras impresiones. El animal muerto yacía medio enterrado en la arena
y lo rodeaba un enjambre de moscas. La identificación resultaba difícil, porque
la piel se había hinchado a causa de los gases internos.
Se detuvo a unos metros de la criatura y sacó una cámara. Al
instante el piloto del helicóptero se acercó a él y lo obligó a bajar la mano.
—No está permitido.
—¿Cómo?
—Lo siento, señor. No se permiten fotografías.
—¿Por qué no, maldita sea? — se quejó Levine. Se volvió a
Gutiérrez, que trotaba hacia ellos por la playa. — Marty, ¿por qué no puedo
tomar fotografías? Esto podría ser importante...
—Fotografías no — repitió el piloto, y le arrancó la cámara de
las manos.
—Marty, esto es ridículo.
—Acércate y examínalo — indicó Gutiérrez, y se dirigió al
piloto, que le respondió airadamente agitando las manos.
Levine los observó por un momento y dio media vuelta. "¡Al
diablo. Podrían estar discutiendo eternamente", pensó. Se aproximó
rápidamente al animal, respirando por la boca. En las inmediaciones la fetidez
era mucho más intensa. Advirtió que, pese al gran tamaño del cuerpo, no habían
acudido aves, ratas ni otros carroñeros. Sólo había moscas, una nube de moscas
tan densa que cubría toda la piel y distorsionaba el perfil del animal muerto.
De todos modos se apreciaba claramente que había sido una
criatura de considerables dimensiones, más o menos como una vaca o un caballo,
antes de que la hinchazón la agrandara más aún. La piel seca se había agrietado
por efecto del sol y empezaba a levantarse, dejando a la vista la capa de grasa
subcutánea derretida y amarillenta.
"¡Uf, cómo apesta!", se dijo Levine con una mueca. Se
obligó a acercarse, concentrando toda su atención en el animal.
Aunque tenía el tamaño de una vaca, sin duda no era un mamífero.
La piel no estaba cubierta de pelo. En vida del animal, la piel debía de haber
sido verde, surcada de estrías longitudinales algo más oscuras. La superficie
epidérmica presentaba una granulación a base de tubérculos poligonales de
diversos tamaños, formando un dibujo que recordaba la piel de un lagarto. Esta
textura variaba en cada parte del animal, siendo el granulado más amplio y
menos definido bajo el vientre. Tenía prominentes pliegues de piel en las
articulaciones del cuello, hombro y la cadera, también como un lagarto.
Sin embargo, el cuerpo era enorme. Levine calculó que en vida el
animal debía de haber pesado unos cien kilogramos. Salvo los dragones de Komodo
indonesios, los lagartos no alcanzaban tales dimensiones en ningún lugar del
mundo. El varanus komodoensis era un lagarto monitor de hasta tres metros de
longitud, un carnívoro del tamaño de un cocodrilo que devoraba cabras, cerdos
y, de vez en cuando, también seres humanos. Pero no habitaban lagartos monitor
en ningún lugar del Nuevo Mundo. Naturalmente, cabía pensar que aquel animal
perteneciese a la familia de los iguanidae. Había iguanas en toda Sudamérica y
las iguanas marinas se desarrollaban considerablemente. De todos modos, aquel
ejemplar poseía un tamaño excepcional.
Levine rodeó lentamente el cadáver, dirigiéndose hacia la parte
delantera. "No, esto no es un lagarto", pensó. El animal yacía de
costado, con la mitad izquierda de la caja torácica hacia arriba. Tenía
enterrado casi medio cuerpo; la hilera de protuberancias que marcaban los
procesos espinosos dorsales de la columna vertebral se alzaba apenas unos
centímetros sobre la arena. El largo cuello estaba doblado y la cabeza había
quedado oculta bajo el cuello, como si fuese un pato que escondía la cabeza
entre las plumas. Levine vio un miembro delantero, en apariencia débil y
pequeño. El apéndice distal se hallaba hundido en la arena. Excavaría para
echar un vistazo, pero antes de alterar el espécimen in situ quería tomar
fotografías.
De hecho, cuanto más observaba el cuerpo, mayor era su
convicción de que debía obrar con sumo cuidado, pues una cosa estaba clara: se
trataba de un animal muy raro y posiblemente desconocido. Levine sintió
entusiasmo a la vez que era consciente de la necesidad de cautela. Si aquel
hallazgo tenía la trascendencia que empezaba a entrever, era esencial
documentarlo debidamente.
En la playa Gutiérrez seguía hablando a gritos con el piloto,
que negaba una y otra vez con la cabeza obstinadamente. "¡Estos burócratas
de república bananera", pensó Levine. ¿Qué problema había en tomar unas
fotografías? No podían causar el menor daño. Y era vital documentar el estado
cambiante de aquella criatura.
De pronto oyó un ruido atronador. Al levantar la vista vio un
segundo helicóptero sobrevolar la bahía mientras su sombra oscura se deslizaba
por la arena. Era de color blanco como una ambulancia, con letras rojas en el
costado. El resplandor del Sol poniente no le permitió leer el rótulo.
Se volvió hacia el animal muerto y reparó en que la pata
trasera, muy distinta del miembro delantero, estaba dotada de una poderosa
musculatura. Eso indicaba que aquella criatura caminaba en posición erguida,
manteniendo el equilibrio sobre unas fuertes patas posteriores. Se sabía que
muchos lagartos se erguían, desde luego, pero ninguno de aquel tamaño. De hecho
Levine, a medida que inspeccionaba la forma general del cuerpo, estaba más seguro
de que no era un lagarto.
Decidió apresurarse, pues la luz disminuía por momentos y tenía
aún mucho trabajo por delante. Con todos los especímenes se planteaban siempre
dos dudas básicas, ambas de igual importancia. Primero, ¿qué era el animal?
Segundo, ¿cuál era la causa de la muerte?
Deteniéndose junto al muslo, advirtió que la piel se había
agrietado y abierto, sin duda debido a la acumulación de gas subcutáneo.
Pero cuando Levine examinó con mayor detenimiento la abertura,
vio que no era una grieta sino una incisión nítida y profunda que atravesaba la
región femorotibial y dejaba a la vista los músculos rojos y el hueso claro. De
pronto se olvidó del hedor y de los gusanos blancos que serpenteaban por los
tejidos abiertos de la hendidura, porque se dio cuenta de que...
—Lo siento — se disculpó Gutiérrez mientras se acercaba— . El
piloto se niega. El piloto caminaba nerviosamente junto a Gutiérrez y observaba
con atención.
—Marty — insistió Levine— , tengo que tomar fotografías.
—Lamentablemente no es posible — dijo Gutiérrez, encogiéndose de
hombros.
—Es importante, Marty.
—Lo siento. Hice todo lo posible.
En otro punto de la playa aterrizó el helicóptero blanco y se
redujo el zumbido del motor. De inmediato empezaron a salir hombres
uniformados.
—Marty, ¿qué crees que es este animal?
—Bueno, son sólo conjeturas — aventuró Gutiérrez— , pero por las
dimensiones diría que se trata de algún tipo de iguana desconocido hasta el
momento. Es de gran tamaño, desde luego, y obviamente no pertenece a la fauna
autóctona de Costa Rica. Supongo que este animal procede de las Galápagos o de
alguna de las...
—No, Marty — lo interrumpió Levine— . No es una iguana.
—Antes de seguir — le advirtió Gutiérrez, lanzando una mirada al
piloto— , deberías saber que han aparecido en esta zona varias especies de
lagarto anteriormente desconocidas. Nadie sabe muy bien por qué. Quizá se deba
a la destrucción de la selva tropical o alguna otra cosa. Pero el hecho es que
están apareciendo nuevas especies. Unos años atrás empecé a ver especies sin
identificar de...
—Maldita sea, Marty, esto no es un lagarto.
—¿Qué dices? — protestó Gutiérrez parpadeando— . Claro que es un
lagarto.
—No lo creo.
—Probablemente te ha confundido su tamaño. Aquí en Costa Rica
encontramos de vez en cuando estas formas aberrantes...
—Marty, yo nunca me confundo — dijo Levine fríamente.
—Sí, por supuesto, no quería decir que...
—Y te aseguro que esto no es un lagarto.
—Lo siento — repuso Gutiérrez, negando con la cabeza— , pero no
puedo darte la razón.
Junto al helicóptero blanco los hombres agrupados, se colocaban
mascarillas quirúrgicas.
—No te pido que me des la razón — dijo Levine. Se volvió hacia
el animal muerto. — El diagnóstico puede determinarse fácilmente. Sólo tenemos
que excavar la cabeza o en todo caso cualquiera de los miembros, por ejemplo
este muslo que, según creo...
Se interrumpió y se agachó junto al animal. Examinó de cerca la
cara posterior del muslo.
—¿Qué viste? — preguntó Gutiérrez.
—Dame tu navaja.
—¿Para qué?
—Dámela — insistió Levine.
Gutiérrez sacó la navaja y la dejó por la empuñadura en la mano
extendida de Levine.
—Ya verás como esto te parece interesante.
—¿Qué?
—Justo a lo largo de la línea dermal posterior hay una...
De pronto oyeron gritos en la playa y, al levantar la vista,
vieron que los hombres del helicóptero blanco corrían por la playa hacia ellos.
Llevaban tanques en la espalda y vociferaban.
—¿Qué dicen? — preguntó Levine con expresión ceñuda.
—Nos ordenan que retrocedamos — respondió Gutiérrez con un
suspiro.
—Diles que estamos ocupados — sugirió Levine, y volvió a
inclinarse sobre el cuerpo muerto.
Pero los hombres siguieron gritando y de repente se oyó un
rugido. Levine dirigió hacia ellos la mirada y vio las lenguas de fuego que
brotaban fragorosamente de sus lanzallamas en la tenue luz. Rodeó el cuerpo del
animal y se dirigió rápidamente hacia ellos exclamando:
—¡No! ¡No!
Pero los hombres no le prestaron la menor atención.
—¡No! — protestó— . Esto tiene un valor incalculable...
El hombre que encabezaba el grupo agarró a Levine y lo arrojó a
la arena sin contemplaciones.
—¿Qué diablos hacen? — gritó Levine, levantándose de inmediato.
Pero aún no había terminado la frase cuando vio que era ya demasiado tarde. Las
primeras llamas lamían ya el cuerpo, ennegreciendo la piel y alcanzando las
bolsas de gas metano, que se inflamaron con un súbito fulgor azul. Una densa
columna de humo empezó a elevarse hacia el cielo.
—¡Alto! ¡Alto! — Levine se volvió hacia Gutiérrez. — ¡Diles que
paren!
Pero Gutiérrez permaneció inmóvil, contemplando el cuerpo.
Devorado por el fuego, el torso crepitó, y una vez consumidas la piel y la
grasa quedaron a la vista las costillas negras y planas del esqueleto. De
pronto el torso giró y, debido a la contracción de la piel, el cuello del
animal se irguió entre las llamas. En medio de la pira Levine vio un hocico
largo y puntiagudo, hileras de afilados dientes de depredador y las cuencas
vacías de los ojos, mientras todo el animal ardía como un dragón medieval alzándose
hacia el cielo entre las llamas.
SAN JOSÉ
Levine estaba sentado en el bar del aeropuerto de San José,
tomándose lentamente una cerveza mientras esperaba la salida del avión que lo
llevaría de regreso a Estados Unidos. En los últimos minutos él y Gutiérrez
habían caído en un incómodo silencio. Gutiérrez observó la mochila de Levine,
que estaba en el suelo a sus pies. Era de un material especial de color verde
oscuro e iba provista de bolsillos adicionales para el equipo electrónico.
—Una mochila preciosa — comentó Gutiérrez— . ¿De dónde la
sacaste? Parece obra de Thorne.
Levine tomó un sorbo de cerveza.
—Lo es.
—Una maravilla — siguió Gutiérrez— . ¿Qué llevas ahí en la
solapa superior? ¿Un teléfono portátil para comunicaciones vía satélite? ¿Y un
GPS? ¿Qué se les ocurrirá la próxima vez? Muy ingenioso. Te habrá costado
una...
—Marty — dijo Levine con tono irritado— , déjate de pavadas.
¿Vas a contármelo o no?
—¿Contarte qué?
—Quiero saber qué demonios pasa aquí.
—Oye, Richard, siento que...
—No — lo interrumpió Levine— . En la playa había un espécimen
muy importante, Marty, y lo han destruido. No me explico por qué lo permitiste.
Gutiérrez lanzó un suspiro y echó un vistazo a los turistas que
ocupaban las otras mesas.
—Esto es confidencial, ¿queda claro? — dijo por fin.
—Sí, de acuerdo.
—Se ha convertido en un grave problema para el país.
—¿A qué te refieres?
—De vez en cuando aparecen en la costa... en fin, formas
aberrantes. Viene ocurriendo desde hace varios años.
—¿Formas aberrantes? — repitió Levine, moviendo la cabeza en un
gesto de incredulidad.
—Es el término oficial para esa clase de especímenes — aclaró
Gutiérrez— . En el gobierno nadie desea una definición más exacta. Empezó hace
unos cinco años. Se descubrieron unos cuantos animales en las montañas, cerca
de un apartado centro de investigación agrícola donde cultivaban variedades
experimentales de semillas de soja.
—¿Semillas de soja?
Gutiérrez asintió con la cabeza.
—Por lo visto esos animales se sienten atraídos por las semillas
y algunas clases de hierba. Se supone que necesitan a toda costa una
alimentación rica en cierto aminoácido, la lisina. Pero no son más que
conjeturas. Quizá simplemente les gusten ciertos cultivos...
—Marty, no me importa si les gustan la cerveza y las galletas
saladas — dijo Levine— . Sólo una cosa importa: ¿de dónde proceden esos
animales?
—Nadie lo sabe.
Levine pasó eso por alto, al menos por el momento.
—¿Qué sucedió con todos esos otros animales?
—Todos fueron destruidos, y que yo sepa durante varios años no
se encontró ninguno más. Pero, según parece, ahora ha empezado de nuevo. En el
último año encontramos los restos de otros cuatro animales, incluido el que
viste hoy.
—¿Y qué se hace? — preguntó Levine.
—Las... formas aberrantes siempre se destruyen, tal como has
visto. Desde el principio el gobierno tomó todas las medidas a su alcance para
asegurarse de que no corra la voz. Hace unos años ciertos medios de información
norteamericanos publicaron que algo raro sucedía en una isla llamada Nublar.
Menéndez invitó a venir a un grupo de periodistas para realizar una visita
especial a la isla... y los llevaron en avión a otra isla. No notaron la
diferencia. Ya conoces esa clase de maniobras. Puedes creerme, el gobierno se
ha tomado el asunto muy en serio.
—¿Por qué?
—Están preocupados — respondió Gutiérrez.
—¿Preocupados? — exclamó Levine— . No veo por qué tiene que
preocuparles...
Gutiérrez levantó una mano y cambió de posición en la silla,
acercándose a Levine.
—Por una enfermedad, Richard.
—¿Una enfermedad? — repitió Levine.
—Sí. Costa Rica posee uno de los mejores sistemas sanitarios del
mundo — explicó Gutiérrez— . Los epidemiólogos han estado buscando la causa de
una extraña encefalitis que parece en aumento, especialmente en la costa.
—¿Encefalitis? ¿De qué origen? ¿Virósico?
Gutiérrez negó con la cabeza.
—No se ha encontrado ningún agente patógeno.
—Marty...
—Ya te dije, Richard. Nadie lo sabe. No es un virus, porque en
los análisis no aumenta la concentración de anticuerpos ni varían los
diferenciales de glóbulos blancos. No es de origen bacteriano, porque no ha
habido ningún cultivo. Es un misterio. Los epidemiólogos sólo saben que afecta
principalmente a campesinos, personas que viven cerca de animales y ganado. Y
es una auténtica encefalitis: dolores de cabeza insoportables, confusión
mental, fiebre, delirios.
—¿Y la mortalidad? — preguntó Levine.
—Hasta el momento parece autolimitarse. Dura unas tres semanas.
Aun así preocupa al gobierno. Este país depende del turismo, Richard. Nadie
quiere que corran rumores sobre enfermedades desconocidas.
—¿Entonces piensan que existe alguna relación con esas... formas
aberrantes?
—Los lagartos transmiten muchas enfermedades virósicas — dijo
Gutiérrez, encogiéndose de hombros— . Son un vector conocido. Así que tiene
cierta lógica, podría haber una conexión.
—Pero tú mismo has dicho que no se trata de una enfermedad
virósica.
—Sea lo que sea, creen que existe una relación — afirmó
Gutiérrez.
—Mayor razón para averiguar de dónde vienen esos lagartos.
Supongo que habrán buscado...
—¿Que si buscaron? — lo interrumpió Gutiérrez, echándose a reír—
. ¡Claro que buscaron! Rastrearon hasta el último centímetro cuadrado del país
una y otra vez. Organizaron docenas de partidas de búsqueda; yo mismo encabecé
varias. Hicieron reconocimientos aéreos. Sobrevolaron la selva. Sobrevolaron
las islas. Eso sólo ya representa un trabajo enorme. Hay muchas islas, ¿sabes?,
sobre todo frente a la costa occidental. ¡Por Dios, rastrearon incluso las que
son propiedad privada!
—¿Hay islas de propiedad privada? — preguntó Levine.
—Unas cuantas. Tres o cuatro. Como isla Nublar, que tuvo
alquilada durante años una compañía norteamericana, InGen.
—Pero, según tú, esa isla fue rastreada..
—De arriba abajo, y nada.
—¿Y las otras?
—Veamos — dijo Gutiérrez, y empezó a enumerarlas con ayuda de
los dedos— . Está isla Talamanca, en la costa este; ahí hay una urbanización
del Club Méditerranée. Está también Sorna, en la costa este; ésa la tiene en
alquiler una compañía minera alemana. Luego tenemos Morazan, al norte, que
pertenece a una acaudalada familia costarricense. Y puede que haya otra que no
recuerdo.
—¿Y cuál fue el resultado de las búsquedas? — quiso saber
Levine.
—Nulo — contestó Gutiérrez— . No han encontrado nada. Se supone,
por lo tanto, que los animales salen de algún recóndito lugar en la selva. Y
por eso aún no los hemos encontrado.
—En ese caso, buena suerte — comentó Levine con un gruñido.
—Sí, ya sé, la selva es un entorno idóneo para ocultarse. Una
partida de búsqueda podría pasar a diez metros de un animal grande sin llegar a
verlo. Y ni siquiera los sensores de tecnología más avanzada sirven de mucho,
porque deben traspasar múltiples capas: nubes, las copas de los árboles, la
flora de bajo nivel. En resumen, el gobierno está desesperado. Y el gobierno no
es la única parte interesada, naturalmente.
Levine alzó la vista al instante.
—¿Y eso?
—Sí — prosiguió Gutiérrez— . Por alguna razón, esos animales han
despertado mucho interés.
—¿Qué clase de interés? — preguntó Levine, aparentando toda la
despreocupación posible.
—El pasado otoño el gobierno concedió permiso a un equipo de
botánicos de Berkeley para realizar un reconocimiento aéreo de la fronda
tropical en las tierras altas del centro del país. Cuando las tareas de
reconocimiento llevaban ya un mes en marcha, surgió una disputa en relación con
una factura de combustible para avión o algo así. El caso es que un burócrata
de San José llamó a Berkeley para quejarse. Y en Berkeley le dijeron que no
sabían nada de ese equipo de reconocimiento. Para entonces el equipo había
salido ya del país.
—¿Así que nadie sabe quiénes eran realmente?
—No. Y después — continuó Gutiérrez— un par de geólogos suizos
aparecieron por aquí para recoger unas muestras de gas en las islas costeras,
como parte de un estudio, afirmaron, sobre la actividad volcánica en
Centroamérica. Todas esas islas son de origen volcánico y la mayoría siguen
activas en cierto grado, de modo que parecía una petición razonable. Luego
resultó que los supuestos "geólogos" trabajaban en realidad para
Biosyn, una compañía norteamericana especializada en genética, y buscaban...
animales grandes en las islas.
—¿Por qué habría de estar interesada una compañía de la
industria biotecnológica? comentó Levine— . No tiene sentido. — Para ti y para
mí quizá no — dijo Gutiérrez— , pero Biosyn tiene unos antecedentes
especialmente deplorables. Su jefe de investigaciones es un tal Lewis Dodgson.
—Ah, sí — recordó Levine— . Lo conozco. Es el individuo que
probó una nueva vacuna contra la rabia hace unos años. El que expuso a unos
campesinos a la rabia sin advertírselo.
—El mismo. También puso en el mercado a modo de prueba una clase
de papa producida mediante ingeniería genética sin hacer público que estaba
manipulada. Provocó diarreas leves entre los niños; un par acabaron en el
hospital. Después de eso la compañía tuvo que contratar a George Baselton para
limpiar su imagen.
—Por lo visto, todo el mundo recurre a Baselton — observó
Levine.
—Hoy en día los profesores universitarios de renombre se dedican
a la asesoría — comentó Gutiérrez con un gestó de indiferencia— . Forma parte
del trato. Y Baselton es el rector de biología. La compañía lo necesitaba para
salir del aprieto, porque Dodgson tiene la mala costumbre de violar la ley.
Dodgson tiene gente que trabaja para él en todo el mundo. Roba íntegramente las
investigaciones de otras compañías. Se dice que Biosyn es la única compañía de
la industria biogenética con más abogados que científicos.
—¿Y por qué se han interesado en Costa Rica? — inquirió Levine.
—No lo sé — respondió Gutiérrez, encogiéndose de hombros— , pero
la actitud general respecto de la investigación ha cambiado, Richard. Aquí
resulta muy evidente. Costa Rica posee una de las ecologías más ricas del
mundo. Existe medio millón de especies en doce hábitats medioambientales
distintos. El cinco por ciento de todas las especies del planeta se hallan
representadas aquí. Este país es un centro de investigación biológica desde
hace años, y te aseguro que las cosas han cambiado. Antes venían científicos
entregados a su trabajo, con el único objetivo de conocer algo por sí mismo, ya
fuesen los monos aulladores, las avispas del papel o la planta sombrilla. Esas
personas habían elegido su campo de estudio porque les atraía. Obviamente no
pretendían enriquecerse. Ahora, en cambio, todo en la biosfera posee un valor
potencial. Nadie sabe de dónde saldrá el próximo medicamento, así que las
empresas farmacéuticas financian toda clase de investigaciones. Quizás el huevo
de un ave incluye en su composición una proteína que lo hace impermeable al
agua. Quizás una araña produce un péptido que inhibe la coagulación de la
sangre. Quizá la superficie cerosa de un helecho contiene un sedante. Se ve
cada vez con más frecuencia una nueva actitud hacia la investigación. La gente
ya no estudia el mundo natural, lo explota. Se ha impuesto la mentalidad del
saqueador. Cualquier cosa nueva o desconocida suscita interés automáticamente,
porque podría ser valiosa. Podría valer una fortuna. — Gutiérrez se interrumpió
para terminar la cerveza. Luego añadió: — El mundo está patas arriba, y el
hecho es que hay mucha gente interesada en saber qué son esos animales
aberrantes... y de dónde vienen.
Por los altavoces anunciaron el vuelo de Levine. Cuando se
levantaron de la mesa, Gutiérrez preguntó:
—¿Mantendrás todo esto en secreto? Me refiero a lo que has visto
hoy.
—Para serte sincero — respondió Levine— , no sé qué vi hoy.
Podría tratarse de cualquier cosa.
Gutiérrez sonrió.
—Buen viaje, Richard.
—Cuídate, Marty.
LA PARTIDA
Con la mochila al hombro, Levine se encaminó hacia la salida de
la terminal. Se volvió para despedirse de Gutiérrez, pero su amigo cruzaba ya
la puerta con el brazo en alto para llamar un taxi. Levine hizo un gesto de
indiferencia y se dio media vuelta.
Frente a él se hallaba el mostrador de aduanas, donde unos
cuantos viajeros esperaban a que les sellasen los pasaportes. Levine había
reservado pasaje en un vuelo nocturno a San Francisco con una larga escala en
México; no había demasiada cola. Probablemente tenía tiempo de llamar a su
oficina y dejarle un mensaje a su secretaria, Linda, informándole que viajaba
en aquel vuelo; y quizá debiera también llamar a Malcolm. Echó una ojeada
alrededor y vio una hilera de teléfonos en la pared de su derecha bajo el
rótulo ICT TELÉFONOS INTERNACIONALES, pero eran pocos y en todos había alguien.
Mientras se descolgaba la mochila, pensó que le convenía utilizar el teléfono
portátil y quizá...
De pronto se quedó inmóvil, con expresión ceñuda. Volvió a mirar
hacia la pared.
Cuatro personas usaban los teléfonos. La primera era una mujer
rubia en pantalón corto y remera sin espalda que, mientras hablaba, mecía en
sus brazos a un niño de corta edad muy bronceado. junto a ella se encontraba un
hombre con barba que vestía una chaqueta safari y consultaba sin cesar su Rolex
de oro. A continuación había una mujer canosa con aspecto de abuela que hablaba
mientras sus hijos ya mayores asentían tajantemente con la cabeza.
La cuarta persona era el piloto del helicóptero. Se había
quitado la chaqueta del uniforme y llevaba una camisa de manga corta y corbata.
Estaba de cara a la pared, con los hombros encorvados.
Levine se acercó y oyó que el piloto hablaba en inglés. Dejó la
mochila en el suelo y se inclinó sobre ella, simulando ajustar las correas
mientras escuchaba. El piloto seguía de espaldas a él. Lo oyó decir:
—No, no, profesor. No es así. No. — Luego permaneció en silencio
por un instante. — No. Le aseguro que no. Lo siento, profesor Baselton, pero
eso no lo sabemos. Debemos esperar a que aparezcan más. No, se marcha esta
noche. No, creo que no sabe nada y no ha tomado fotografías. No. Lo comprendo.
Adiós.
Levine agachó la cabeza mientras el piloto se dirigía con paso
enérgico hacia el mostrador de la compañía aérea LACSA, en el otro extremo del
aeropuerto.
"¡Qué diablos!", pensó Levine. Es una isla, pero
cuál...
¿Cómo sabían que era una isla? El propio Levine aún no estaba
seguro de eso. Y había estudiado día y noche aquellos hallazgos intentando
extraer conclusiones: de dónde venían; por qué se producían.
Se fue a un rincón para no ser visto y sacó el pequeño teléfono
portátil. Marcó apresuradamente un número de San Francisco. Tras una rápida
sucesión de chasquidos se estableció comunicación con el satélite. Empezó a
sonar. Se oyó un zumbido y una voz electrónica dijo: "Por favor,
introduzca el código de acceso." Levine pulsó otros seis dígitos.
Se produjo otro zumbido. La voz electrónica dijo: "Deje su
mensaje".
—Llamo para informar sobre los resultados del viaje — comenzó
Levine— . Un único espécimen, en mal estado. Situación: BB-17 de tu mapa. Es
muy al sur, lo cual encaja con nuestras hipótesis. Me fue imposible hacer una
identificación exacta antes de que quemasen el espécimen. Pero diría que se
trataba de un ornitolestes. Como sabes, este animal no está en la lista. Un
hallazgo muy significativo. — Echó un vistazo alrededor, pero no había nadie
cerca, nadie se fijaba en él. — Además, el fémur lateral presentaba una
profunda incisión. Este detalle resulta en extremo inquietante. — Titubeó,
resistiéndose a ser mucho más explícito. — Envío una muestra que requiere un
minucioso examen. Creo también que hay otra gente interesada. De todos modos,
lan, aquí está pasando algo totalmente nuevo, sea lo que sea. No se habían
encontrado especímenes desde hacía un año y ahora vuelven a aparecer. Algo
nuevo está ocurriendo. Y aún no tenemos la menor idea de qué puede ser.
"¿O sí la tenemos?", pensó Levine. Apretó el botón que
daba por finalizada la comunicación, desconectó el teléfono y volvió a
guardarlo en el bolsillo exterior de la mochila. "Quizá sepamos más de lo
que creemos", se dijo. Miró pensativamente en dirección a la puerta de
salidas de la terminal. Era hora de tomar el avión.
PALO ALTO
Eran las dos de la madrugada cuando Ed James llegó al
estacionamiento casi vacío del restaurante Marie Callender, en Carter Road. El
BMW negro ya se encontraba allí, estacionado junto a la entrada. A través de la
vidriera vio a Dodgson en el interior, sentado ante una mesa con una expresión
ceñuda que desfiguraba sus suaves rasgos. Dodgson nunca estaba de buen humor.
En ese momento hablaba con el hombre robusto que lo acompañaba y consultaba su
reloj. El hombre robusto era Baselton, el profesor que salía por televisión.
James siempre experimentaba una sensación de alivio cuando Baselton se hallaba
presente. Dodgson le ponía los pelos de punta, pero le costaba imaginar a
Baselton envuelto en algo turbio.
James apagó el motor e inclinó el espejo retrovisor para verse
mientras se abotonaba el cuello de la camisa y se subía la corbata. Se miró en
el espejo: un hombre cansado y mal peinado con barba de dos días. Pero, ¿por
qué demonios no iba a parecer cansado? Era plena noche. Dodgson siempre lo
citaba en plena noche, y siempre en aquel horroroso restaurante, el Marie
Callender. James no alcanzaba a entenderlo; el café era espantoso. Pero tampoco
entendía muchas otras cosas.
Agarró el sobre marrón, salió del coche y cerró la puerta con
fuerza. Se dirigió hacia la entrada moviendo la cabeza en un gesto de hastío.
Desde hacía semanas Dodgson venía pagándole quinientos dólares diarios por
seguir a unos cuantos científicos de un lado a otro. Al principio James supuso
que se trataba de espionaje industrial. Pero ninguno de los científicos
trabajaba en una empresa; sólo desarrollaban actividades académicas, y en áreas
aburridísimas. Por ejemplo, la paleobotánica Sattler, especializada en los
granos de polen prehistóricos. James había asistido a una de sus clases en
Berkeley, y le había costado un verdadero esfuerzo no dormirse. Mientras se
sucedían una diapositiva tras otra de pequeñas esferas claras semejantes a
bolas de algodón ella hablaba sin parar de los ángulos de enlace de los
polisacáridos y el límite campaniensemaestrichtiense. Había sido soporífero.
Sin duda aquello no valía quinientos dólares al día, pensó. Al
entrar en el restaurante parpadeó deslumbrado por la luz y se acercó a la mesa.
Se sentó, saludó a Dodgson y Baselton con un gesto y levantó la mano para
pedirle un café a la camarera.
—No tengo toda la noche — dijo Dodgson, lanzándole una mirada
colérica— . No perdamos más tiempo.
—Muy bien — respondió James, bajando la mano— . Sí, de acuerdo.
— Abrió el sobre y empezó a sacar hojas y fotografías que iba entregándole a
Dodgson mientras hablaba. — Alan Grant: paleontólogo de Montana. Ahora está con
licencia y se encuentra en París dando un ciclo de conferencias sobre los
últimos hallazgos de dinosaurios. Según parece, ha desarrollado la nueva
hipótesis de que los tiranosaurios se alimentaban de carroña y...
—No me interesa — ordenó Dodgson— . Pasemos a otra cosa. — Ellen
Sattler Reiman — prosiguió James, deslizando una fotografía sobre la mesa— .
Botánica. Tiempo atrás mantuvo relaciones con Grant; ahora está casada con un
físico de Berkeley y tiene dos hijos. Trabaja medio día en la universidad y
pasa el resto del día en su casa porque...
—El siguiente, el siguiente — lo interrumpió Dodgson. — Bien.
Casi todos los otros han fallecido. Donald Gennaro, abogado... murió de
disentería en un viaje de negocios. Dennis Nedry, experto en sistemas
informáticos integrados... también fallecido. John Hammond, el fundador de
International Genetic Technologies... murió durante una visita a las
instalaciones de su compañía en Costa Rica. Lo acompañaban sus nietos; los
niños viven ahora con su madre en el Este y...
—¿Alguien se ha puesto en contacto con ellos? — preguntó
Dodgson— . ¿Alguien de InGen?
—No, nadie. El chico está ya en la universidad y la niña termina
este año la secundaria. Y al morir Hammond, InGen se acogió a la protección del
Capítulo 11. El asunto está en manos de jueces desde entonces. Finalmente las
posesiones materiales se han puesto en venta. De hecho, en estas últimas dos
semanas.
—¿Se incluye el Enclave B en la venta? — preguntó Baselton, que
hasta entonces había permanecido en silencio.
—¿El Enclave B? — repitió James con cara de incomprensión.
—Sí. ¿Nadie le mencionó el Enclave B todavía?
—No, ésta es la primera noticia que tengo. ¿Qué es?
—Si oye algo acerca del Enclave B — advirtió Baselton— ,
queremos saberlo.
Sentado junto a Baselton, Dodgson fue pasando una por una las
fotografías y hojas de datos; al acabar, las apartó con un gesto de
impaciencia. Levantó la vista y miró a James.
—¿Qué más tiene?
—Eso es todo, doctor Dodgson.
—¿Esto es todo? — dijo Dodgson— . ¿Y Malcolm? ¿Y Levine? ¿Son
aún amigos?
James consultó sus anotaciones.
—No estoy muy seguro.
—¿Que no está seguro? — preguntó Baselton con el entrecejo
fruncido— . ¿Cómo que no está seguro?
—Malcolm conoció a Levine en el Instituto Santa Fe — explicó
James— . Coincidieron allí durante un tiempo hace un par de años. Pero Malcolm
no ha vuelto por Santa Fe últimamente. Aceptó un puesto de profesor visitante
en la Facultad de Biología de Berkeley. Da un curso sobre modelos matemáticos
en el campo de la evolución. Y al parecer ya no tiene contacto con Levine.
—¿Se han enemistado?
—Puede ser. Según mis informaciones, discutieron por la
expedición de Levine.
—¿Qué expedición? — inquirió Dodgson, inclinándose.
—Levine lleva ya alrededor de un año preparando una expedición a
alguna parte. Encargó vehículos especiales a una empresa llamada Mobile Field
Systems. Es un pequeño negocio de Woodside dirigido por un tal Jack Thorne.
Thorne equipa jeeps y camiones destinados a científicos en investigaciones de
campo. Muchos científicos usan sus vehículos en África, Sichuan, Chile, y todos
confían plenamente en ellos.
—Entonces, ¿Malcolm está al tanto de esa expedición?
—Debe de estarlo. Visita de vez en cuanto el taller de Thorne.
Una vez al mes, más o menos. Y naturalmente Levine va por allí casi a diario.
Así es como terminó en la cárcel.
—¿En la cárcel? — dijo Baselton.
—Sí — confirmó James, y echó un vistazo a sus notas— . Veamos.
El 10 de febrero Levine fue detenido por conducir a ciento noventa en un tramo
donde el límite de velocidad era de veinticinco, justo frente al instituto de
Woodside. El juez ordenó el embargo de su Ferrari, le retiró el permiso de
conducir y lo condenó a realizar servicios para la comunidad, básicamente dar
clases en el instituto.
—¡Richard Levine dando clases a adolescentes! — exclamó Baselton
sonriendo— . Me gustaría verlo.
—Se lo ha tomado muy en serio. De todos modos, ha pasado mucho
tiempo con Thorne. Es decir, hasta que se marchó del país.
—¿Cuándo se marchó? — preguntó Dodgson.
—Hace dos días. Fue a Costa Rica. Un viaje corto. Debía estar de
vuelta esta mañana temprano.
—¿Y dónde está ahora?
—No lo sé, y me temo... que va a ser difícil averiguarlo.
—¿Por qué?
James tosió, vacilante.
—Porque — dijo por fin— estaba en la lista de pasajeros del
vuelo procedente de Costa Rica, pero no se encontraba en el avión cuando
aterrizó. Según mi contacto en Costa Rica, dejó su habitación en un hotel de
San José antes del vuelo y no volvió. Y no ha salido de la ciudad en ningún
otro vuelo. Así que por el momento, me temo que el paradero de Richard Levine
es desconocido.
Se produjo un largo silencio. Dodgson se reclinó contra el
respaldo, dejando escapar aire entre los dientes con un siseo. Miró a Baselton,
que negó con la cabeza. Dodgson tomó con sumo cuidado las hojas de papel y
formó un pulcro montón golpeándolas suavemente por el borde contra la mesa. Las
introdujo en el sobre y se las devolvió a James.
—Y ahora escúcheme, pedazo de idiota — dijo Dodgson— . A partir
de este momento sólo le pido una cosa. Es muy sencilla. ¿Me oye?
James tragó saliva.
—Sí.
Dodgson se inclinó sobre la mesa y ordenó:
—Encuéntrelo.
BERKELEY
Sentado detrás del escritorio de su desordenada oficina, Malcolm
levantó la vista al entrar su ayudante, Beverly. La seguía un mensajero de DHL
con un pequeño paquete.
—Perdone que lo moleste, doctor Malcolm, pero tiene que firmar
estos papeles... Es la muestra que esperábamos de Costa Rica. Malcolm se puso
de pie y rodeó el escritorio. Ya no usaba bastón. En las últimas semanas se
había ejercitado mucho para caminar sin apoyo. Aún le dolía a veces la pierna,
pero estaba resuelto a mejorar. Incluso su fisioterapeuta, una mujer
permanentemente alegre, llamada Cindy, había hecho un comentario al respecto.
—¡Vaya, doctor Malcolm, después de tantos años y ahora de
repente se siente motivado! — había dicho— . ¿Qué le ha pasado?
—Bueno, ya sabe — había respondido Malcolm— , uno no puede
depender de un bastón toda su vida.
La verdad era otra. Ante el inquebrantable entusiasmo de Levine
por la hipótesis del Mundo Perdido y la ilusión con que lo llamaba por teléfono
a cualquier hora del día o la noche, Malcolm había empezado a reconsiderar su
propia actitud. Y había llegado a la conclusión de que era posible, o incluso
probable, que existiesen animales extintos en algún lugar remoto en el que
hasta entonces nadie hubiese pensado. Malcolm tenía sus propias razones para
creerlo, pero apenas se lo había insinuado a Levine.
De todos modos, era la posibilidad de que ese lugar fuese otra
isla lo que lo había inducido a caminar sin bastón. Quería prepararse para una
futura visita a esa isla. Por lo tanto, empezó a esforzarse día a día.
Él y Levine habían restringido la búsqueda a una serie de islas
situadas en aguas costarricenses, y Levine siempre se dejaba arrastrar por su
entusiasmo. Para Malcolm, en cambio, seguía siendo una mera hipótesis.
Se negaba a entusiasmarse hasta tener pruebas sólidas —
fotografías o muestras de tejidos— que demostrasen la existencia de nuevos
animales. Y hasta el momento no había visto nada en absoluto. No estaba seguro
de si sentía decepción o alivio.
Malcolm tomó el sujetapapeles del mensajero y firmó rápidamente
en la primera hoja: "Entrega de materiales/muestras excluidos:
investigación biológica."
—Tiene que completar los casilleros — indicó el mensajero.
Malcolm leyó la lista de preguntas que llenaba la hoja, acompañada cada una de
sus respectivos casilleros. ¿Era un espécimen vivo? ¿Era el espécimen un
cultivo de bacterias, hongos, virus o protozoos? ¿Estaba registrado el
espécimen según un protocolo de investigación establecido? ¿Era un espécimen
contagioso? ¿Procedía el espécimen de una granja o criadero de animales? ¿Era
el espécimen materia vegetal, semillas propagativas o bulbos? ¿Era el espécimen
un insecto o materia relacionada con un insecto...?
Marcó en todas el casillero del "No".
—La hoja siguiente también — dijo el mensajero. Echó una ojeada
a la oficina, fijándose en los papeles apilados de cualquier manera y los mapas
con tachuelas de colores clavadas que cubrían las paredes. — ¿Hacen
investigaciones médicas aquí?
Malcolm pasó la hoja y firmó el segundo formulario.
—No.
—Aún hay otra — señaló el mensajero.
La tercera hoja eximía de responsabilidad a la empresa de
transportes. Malcolm la firmó también.
—Adiós y buenos días — se despidió el mensajero.
Al instante Malcolm se encorvó con una mueca y descansó su peso
en el borde del escritorio.
—¿Todavía le duele? — preguntó Beverly. Llevó el espécimen a la
mesa auxiliar, apartó unos papeles y se dispuso a desenvolverlo.
—Estoy bien — contestó Malcolm. Miró el bastón, que estaba
apoyado en su butaca, al otro lado del escritorio. Respiró hondo y cruzó
lentamente la oficina.
Beverly retiró el envoltorio del paquete, dejando a la vista un
pequeño cilindro de acero inoxidable del tamaño de un puño. El tapón de rosca
estaba precintado con el símbolo de la triple hoja que advierte de peligro
biológico. El cilindro llevaba adosada una pequeña caja, con una válvula
metálica; contenía el gas refrigerante. Malcolm enfocó el cilindro con la
lámpara y dijo:
—Veamos a qué venía tanto entusiasmo.
Rompió el precinto y desenroscó el tapón. El gas salió con un
silbido y una ligera vaharada blanca de condensación. La cara externa del
cilindro se empañó. Echó una ojeada al interior y vio una bolsa de plástico y
un papel. Puso el cilindro boca abajo y vertió el contenido en la mesa. En la
bolsa había un pedazo irregular de carne verdosa de unos diez centímetros
cuadrados con una pequeña etiqueta verde de plástico. Lo levantó a la luz, lo
examinó con una lupa y lo dejó nuevamente en la mesa. Observó la piel verde y
la textura granulada.
"Podría ser. Podría ser...", pensó.
—Beverly — dijo— , llama a Elizabeth Gelman al zoológico y dile
que quiero mostrarle una cosa. Adviértele que es confidencial. Beverly asintió
y salió a llamar por teléfono. Una vez solo, Malcolm desenrolló el papel que
acompañaba la muestra. Era un fragmento de una hoja de papel pautado. En
mayúsculas se leía:
YO TENÍA RAZÓN Y TÚ ESTABAS EQUIVOCADO
Malcolm arrugó la frente. "Ese hijo de puta", pensó.
—Cuando hayas avisado a Elizabeth, llama a Richard Levine a su
oficina. Tengo que hablar con él ahora mismo.
EL MUNDO PERDIDO
Richard Levine apretó la cara contra la roca tibia del
acantilado y se detuvo a recobrar el aliento. Ciento cincuenta metros más abajo
el mar se agitaba y las olas blancas y resplandecientes embestían las rocas
negras con un ruido atronador. El barco que lo había llevado hasta allí
navegaba ya con rumbo este y no era más que una mota blanca en el horizonte.
Había tenido que marcharse, porque no existía un solo puerto seguro en aquella
isla inhóspita y desolada. En esos momentos se hallaban librados a su suerte.
Levine respiró hondo y miró a Diego, que subía por la pared del
acantilado a unos seis o siete metros por debajo de él. Diego cargaba con la
mochila que contenía todo el equipo, pero era joven y fuerte. Sonrió
jovialmente y señaló hacia lo alto con la cabeza.
—¡Ánimo! — exclamó— . Ya estamos cerca.
—Eso espero — dijo Levine. Al examinar el acantilado con los
prismáticos desde el barco, le había parecido un buen sitio para realizar el
ascenso. Pero en realidad se trataba de una pared casi vertical, y muy
peligrosa porque la roca, de origen volcánico, se desmenuzaba fácilmente.
Levine levantó los brazos y extendió los dedos buscando otro
asidero. Al aferrarse a la roca, se desprendieron pequeñas piedras y le resbaló
la mano. Volvió a agarrarse y ascendió un poco más. Respiraba entrecortadamente
a causa del cansancio y el miedo.
—Ya sólo quedan veinte metros — lo alentó Diego— . Lo logrará.
—Por supuesto — masculló Levine— . Teniendo en cuenta la
alternativa.
A medida que se acercaba a lo alto del acantilado, el viento
arreciaba, silbándole en los oídos y tirándole de la ropa. Levine tenía la
sensación de que intentaba arrancarlo de la pared rocosa. Miró hacia arriba y
vio el denso follaje que crecía justo al borde del acantilado.
"Ya casi estamos. Casi", pensó.
Con un último esfuerzo logró encaramarse a la cima y,
desfallecido, rodó entre los helechos húmedos. Todavía jadeante, volvió la
cabeza y vio asomar a Diego, fresco, sin el menor indicio de cansancio. Ya en
lo alto Diego se sentó en cuclillas sobre el musgo y sonrió. Levine fijó la
mirada en las enormes hojas de helecho que pendían sobre su cabeza y dejó
escapar la tensión acumulada durante el ascenso en forma de largas y trémulas
exhalaciones. Le ardían las piernas.
Pero no le importaba: ¡Por fin estaba allí!
Contempló la selva que lo envolvía. Era un bosque primario, no
alterado por la mano del hombre, exactamente tal como lo mostraban las imágenes
del satélite. Levine no había tenido más remedio que fiarse de las fotografías
del satélite, porque no existían mapas de las islas privadas. Aquel lugar era
una especie de Mundo Perdido, aislado en medio del océano Pacífico.
Levine escuchó el silbido del viento y el rumor de las palmeras,
cuyas hojas desprendían gotas de agua que le mojaban el rostro. De pronto oyó
un sonido lejano, como el llamado de un ave pero más grave, más resonante.
Escuchó atentamente y lo oyó de nuevo.
Un chasquido cercano lo obligó a volver la mirada. Diego acababa
de prender un fósforo y se disponía a encender un cigarrillo. Levine se
incorporó al instante y le apartó de un golpe la mano, indicándole su
desaprobación con la cabeza.
Diego, desconcertado, frunció el entrecejo.
Levine se llevó un dedo a los labios y señaló en dirección al
llamado del ave.
Diego hizo un gesto de incomprensión y lo miró con indiferencia.
Aquello no lo inquietaba. No veía razón para preocuparse. Obviamente no sabía
con qué se enfrentaban, pensó Levine mientras abría la mochila de color verde
oscuro y empezaba a montar el imponente rifle Lindstradt. Lo habían fabricado
especialmente para él en Suecia y representaba lo último en tecnología para el
control de animales. Enroscó el cañón en la culata, encajó el cargador Fluger,
verificó la carga de aire comprimido y le entregó el rifle a Diego, que lo tomó
con otro gesto de incomprensión.
A continuación Levine sacó de la mochila la pistola enfundada,
una Lindstradt negra, de metal anodizado, y se la ciñó a la cintura.
Desenfundó el arma, verificó dos veces el seguro y volvió a
guardarla en la funda. Luego se puso de pie e indicó a Diego que lo siguiese.
Diego cerró la mochila y se la echó a los hombros.
Se alejaron del acantilado e iniciaron el descenso por la
empinada ladera. La ropa se les empapó casi de inmediato debido a la humedad de
la vegetación. Apenas tenían visibilidad; la selva los rodeaba por todas partes
y alcanzaban a ver apenas unos pasos por delante de ellos. Los helechos, de
unos siete metros de altura y tallos ásperos y erizados, tenían enormes
frondas, comparables a un hombre en longitud y ancho. Y por encima de los
helechos el tupido follaje de las copas de los árboles impedía casi por completo
el paso del sol. En la penumbra, avanzaron silenciosamente por la tierra húmeda
y esponjosa.
Levine se detenía con frecuencia para consultar su brújula de
pulsera. Bajaron por la escarpada pendiente en dirección oeste, hacia el
interior. Levine sabía que la isla se había formado sobre los restos de un
antiguo cráter volcánico desgastado por siglos de erosión climática. El terreno
interior se componía de una serie de crestas montañosas que conducían al lecho
del cráter. Pero allí donde se hallaban, en el extremo oriental, el paisaje era
abrupto, irregular y engañoso.
La sensación de aislamiento, de haber regresado a un mundo
primigenio, se palpaba en el aire. Levine notaba que el corazón le latía con
fuerza mientras descendían por la pendiente, cruzaban un riachuelo pantanoso y
empezaban a subir de nuevo. En lo alto de la siguiente cresta se abría un claro
en la vegetación, y sintió una agradable brisa. Desde aquella altura se
avistaba el extremo opuesto de la isla, el duro y negro contorno de una costa
peñascosa a kilómetros de distancia. Entre su posición y aquellos acantilados
no se veía más que la suave ondulación de la selva.
—Fantástico — comentó Diego, deteniéndose junto a él. Levine lo
obligó a callar de inmediato.
—Pero si estamos solos — protestó Diego, señalando el paisaje.
Levine, enojado, negó con la cabeza en un gesto de recriminación. Se lo había
dicho claramente a Diego en el barco. Una vez en la isla, nada de charla. Nada
de loción para el pelo, nada de colonia y nada de tabaco. La comida debía ir
guardada en bolsas de plástico con cierre hermético. Todo tenía que
empaquetarse con extremo cuidado. Debía evitarse cualquier olor o ruido. Había
advertido a Diego una y otra vez sobre la importancia de esas precauciones.
Sin embargo, como ahora resultaba evidente, Diego no le había
prestado la menor atención. No había entendido nada. Levine, furioso, le dio un
codazo y volvió a negar con la cabeza.
—Por favor, aquí hay sólo pájaros — dijo Diego, sonriendo.
En ese preciso instante oyeron un sonido grave y retumbante, un
grito sobrenatural que surgía de algún lugar del bosque. Al cabo de un momento
se produjo un segundo grito en respuesta al anterior en otra parte de la selva.
Diego miró con los ojos muy abiertos.
—¿Pájaros? — preguntó Levine, formando la palabra con los labios
sin emitir sonido alguno.
Diego guardó silencio. Se mordió el labio y observó el bosque
con expresión de asombro.
Al sur las copas de los árboles empezaron a moverse, toda una
sección del bosque que pareció cobrar vida de repente como agitada por el
viento. Pero el resto del bosque permanecía inmóvil. No era el viento.
Diego se santiguó.
Oyeron otros gritos que se prolongaron durante casi un minuto;
después se impuso de nuevo el silencio.
Levine salió del claro e inició el descenso entre la espesura,
adentrándose más en la isla.
Avanzaba a paso rápido con la vista baja por temor a cruzarse
con alguna serpiente cuando oyó un suave silbido a sus espaldas. Al volverse
vio que Diego señalaba hacia la izquierda.
Levine retrocedió, se abrió paso entre la vegetación y siguió a
Diego, que se había encaminado hacia el sur. Pasados unos minutos se
encontraron con dos señales paralelas en la tierra; la hierba y los helechos
habían vuelto a crecer, pero sin duda se trataba de una antigua pista de jeeps
que penetraba en la selva. Naturalmente continuaron por allí. Levine sabía que
el avance sería mucho más rápido por un camino ya abierto.
Con un gesto Levine indicó a Diego que dejase la mochila. Era su
turno; se cargó el peso a los hombros y ajustó las correas.
En silencio, siguieron por el camino.
En algunos puntos la vegetación había vuelto a crecer de tal
modo que las roderas apenas se veían. Era evidente que el sendero no se
utilizaba desde hacía años, y la selva estaba siempre dispuesta a recuperar el
terreno perdido. Detrás de él, Diego lanzó un gruñido e insultó en voz baja. Al
volverse Levine vio que Diego levantaba una pierna con cuidado; había metido el
pie hasta el tobillo en un montón de excrementos verdosos de animal. Levine
retrocedió.
Diego se limpió la bota en el tallo de un helecho. Aparentemente
los excrementos se componían de motas claras de heno y una masa verde. La
materia, seca y vieja, pesaba poco y se desmenuzaba fácilmente. No desprendía
olor.
Levine rastreó el suelo hasta dar con el resto de la excreción.
Eran heces bien formadas, de unos doce centímetros de diámetro. Sin duda
procedían de un herbívoro de gran tamaño.
Diego guardaba silencio pero tenía los ojos muy abiertos. Levine
movió la cabeza y siguió adelante. En tanto apareciesen sólo indicios de
herbívoros no había por qué preocuparse. Al menos, no demasiado. De todos
modos, acarició la culata de la pistola con los dedos como para darse
confianza.
Llegaron a un arroyo de márgenes lodosas. Levine se detuvo.
Nítidamente marcadas en el barro advirtió unas huellas de tres dedos, algunas
muy grandes. La palma de su mano extendida cabía holgadamente en una de las
huellas.
Cuando Levine levantó la vista, Diego volvía a santiguarse. En
la otra mano sostenía el rifle.
Permanecieron inmóviles junto al arroyo, escuchando el suave
gorgoteo de la corriente. Un objeto que brillaba en el agua llamó la atención
de Levine. Se agachó y lo tomó. Era un fragmento de un tubo de cristal poco
mayor que un lápiz. Tenía un extremo roto. A un lado se veían aún las marcas de
una escala de medición. Comprendió que se traba de una pipeta como las que se
usan en cualquier laboratorio del mundo. Levine la alzó y la miró al trasluz,
haciéndola girar entre los dedos. Aquello le extrañó. Una pipeta como aquella
implicaba...
Levine giró y de reojo percibió un movimiento, algo pardo y
pequeño que se escabullía por el lodo de la orilla. Algo del tamaño de una
rata.
Diego emitió un bufido de sorpresa. El animal desapareció en la
espesura.
Levine avanzó unos pasos y se puso en cuclillas junto al arroyo.
Examinó el rastro dejado por el minúsculo animal. Las pisadas tenían tres
dedos, igual que las huellas de un ave. Vio otras pisadas, algunas mucho
mayores, de varios centímetros de ancho.
Levine ya había visto antes huellas semejantes en senderos como
el del río Purgatoire, en Colorado, donde la antigua costa se había fosilizado
y las pisadas de los dinosaurios se conservaban en la piedra. Pero las pisadas
que tenía ante sus ojos en esos instantes estaban impresas en barro, y
pertenecían a animales vivos.
Aún agachado, Levine oyó un chirrido a su derecha. Miró en esa
dirección y observó que los helechos se agitaban ligeramente. Se quedó muy
quieto, aguardando.
Al cabo de un momento un pequeño animal asomó entre las hojas.
Aparentemente no era mucho mayor que un ratón; tenía la piel suave y sin pelo,
y los grandes ojos situados muy atrás en la cabeza. Era de un color pardo
verdoso y emitía un continuo y furioso chirrido, como si pretendiese ahuyentar
a Levine, que permanecía inmóvil, sin atreverse siquiera a respirar.
Naturalmente, reconoció a aquella criatura. Era un musaurio, un
pequeño prosaurópodo del triásico tardío. Sólo se habían encontrado esqueletos
en Sudamérica. Era uno de los dinosaurios conocidos de menor tamaño.
"Un dinosaurio", pensó.
Si bien aquello confirmaba sus expectativas, no por eso era
menos sobrecogedor tener delante a un miembro vivo de los Dinosauria.
Especialmente uno tan pequeño. Era incapaz de apartar la mirada del animal.
Estaba fascinado. Después de tantos años, después de tantos esqueletos
polvorientos... ¡por fin un dinosaurio vivo!
El diminuto musaurio se aventuró a abandonar la protección del
follaje, y Levine comprobó que en efecto no era mayor de lo que había pensado
en un principio. Medía unos diez centímetros de longitud y tenía una cola
asombrosamente gruesa. En conjunto se asemejaba mucho a un lagarto. Se hallaba
sentado sobre las patas traseras en una de las grandes hojas de helecho. Levine
advirtió en su caja torácica el rítmico movimiento de la respiración. Agitaba
sus pequeños miembros anteriores en dirección a Levine y chirriaba una y otra
vez.
Despacio, muy despacio, Levine alargó la mano.
La criatura volvió a chirriar pero no huyó. En realidad, por el
modo en que ladeaba la cabeza, como suelen hacerlo los animales muy pequeños,
parecía sentir curiosidad por la mano que se le acercaba.
Cuando los dedos de Levine rozaron la punta de la hoja, el
musaurio se irguió sobre las patas traseras manteniendo el equilibrio con ayuda
de la cola y, sin el menor indicio de miedo, se posó en la palma de su mano.
Tan liviano era que Levine apenas notaba su peso. El musaurio se paseó por la
mano y olfateó los dedos. Levine sonrió embelesado.
De pronto la pequeña criatura, con un silbido de furia, saltó de
la mano y desapareció entre las palmeras. Levine parpadeó sin comprender su
reacción.
Al cabo de un instante le llegó un olor repugnante acompañado de
un intenso rumor entre los arbustos. Se oyó un apagado gruñido y de nuevo el
rumor.
Por un breve instante Levine recordó que los carnívoros en
libertad cazaban a orillas de los arroyos, atacando a sus presas mientras
bebían, cuando más vulnerables eran. Pero comprendió su error demasiado tarde;
oyó un alarido aterrador, y al volverse vio que Diego gritaba desesperadamente
mientras algo lo arrastraba hacia los arbustos. Diego forcejeó y las ramas se
agitaron con violencia. Levine vio por un momento un enorme pie con una uña
curva y corta en el dedo medio. El pie desapareció y los arbustos siguieron
agitándose.
De repente el bosque entero estalló en pavorosos rugidos. Levine
advirtió de reojo que un gran animal arremetía contra él. Dio media vuelta y
echó a correr, sintiendo la descarga de adrenalina provocada por el miedo, sin
saber adónde ir, consciente sólo de que cualquier intento era inútil. Sintió un
brutal zarpazo que le desgarró la mochila y cayó de rodillas en el barro. En
ese momento comprendió que, pese a toda su planificación, pese a sus
perspicaces deducciones, aquello iba a terminar en una tragedia, y estaba a
punto de morir.
EL COLEGIO
—Cuando consideramos la extinción en masa como consecuencia de
un impacto meteorítico — decía Richard Levine— , debemos plantearnos dos
preguntas. En primer lugar, ¿existe en nuestro planeta algún cráter causado por
él impacto de un meteorito con un diámetro mayor de treinta kilómetros, que es
el tamaño mínimo necesario para provocar un suceso de extinción a nivel
mundial? Y segundo, ¿algún cráter coincide en el tiempo con algún período de
extinción conocido? Resulta que efectivamente hay en el planeta una docena de
cráteres de esas dimensiones, de los cuales cinco concurren con extinciones
conocidas...
Kelly Curtis, una alumna de séptimo grado, bostezó en el aula a oscuras.
Se acodó en el pupitre y apoyó la barbilla en las manos, intentando no
dormirse. Ya conocía de sobra todo aquello. El televisor colocado ante la clase
mostraba una vista aérea de un inmenso maizal con desdibujados contornos
curvos. Kelly lo reconoció; era el cráter de Manson. En la oscuridad, la voz
grabada del doctor Levine explicó:
—Éste es el cráter de Manson, en Iowa, que data de hace sesenta
y cinco millones de años, precisamente la época en que los dinosaurios
empezaron a extinguirse. Pero, ¿fue éste el meteorito que acabó con los
dinosaurios?
"No. Probablemente fue el de la península de Yucatán. El de
Manson era demasiado pequeño", pensó Kelly bostezando.
—Ahora pensamos que este cráter es demasiado pequeño — prosiguió
Levine— Estableciendo un orden de magnitudes creemos que debe descartarse en
favor del cráter próximo a Mérida, en Yucatán. Cuesta imaginarlo, pero el
impacto vació todo el Golfo de México, provocando olas mareales de hasta
seiscientos metros de altura que inundaron una gran franja de tierra. Sin
embargo, este cráter también ha suscitado dudas, sobre todo en relación con la
estructura anular de la sima y el ritmo de mortalidad diferencial del fitoplancton
en los depósitos marinos. Aunque esto les suene complicado, no se preocupen
demasiado por el momento. Otro día lo trataremos en más detalle. Así que eso es
todo por hoy.
Las luces se encendieron. La profesora, la señora Menzies, se
acercó a la computadora que controlaba la imagen y el sonido y la apagó.
—Bien — comentó— , es una suerte que el doctor Levine nos dejase
esta grabación. Me advirtió que quizá no llegase a tiempo para la clase de hoy,
pero seguramente lo tendremos de nuevo con nosotros a la vuelta de las
vacaciones de primavera. Kelly, tú y Arby trabajan con el doctor Levine, ¿es
eso lo que les dijo?
Kelly lanzó una mirada a Arby, que estaba acurrucado en su
asiento con expresión ceñuda.
—Sí, señora Menzies — contestó Kelly.
—De acuerdo. Bien, y ahora todos presten atención. La tarea para
estas vacaciones es el capítulo siete completo. — Un susurro de protesta
recorrió el aula. — Incluidos todos los ejercicios del final de la primera
parte, así como los de la segunda. No se olviden de traerlos terminados, cuando
regresen. Que lo pasen bien. Nos veremos dentro de una semana.
Sonó el timbre. Los alumnos se levantaron arrastrando las sillas
ruidosamente y un repentino bullicio llenó el aula. Arby se aproximó a Kelly y
la miró con tristeza. Arby medía una cabeza menos que Kelly; era el chico más
bajo de la clase. También era el más joven. Kelly tenía trece años, como los
demás estudiantes de séptimo; Arby, en cambio, tenía sólo once. Por su
extraordinaria inteligencia, lo habían adelantado dos años. Y corrían rumores
de que quizá lo adelantasen aún más. Arby era un genio, especialmente con las
computadoras.
Arby guardó el bolígrafo en el bolsillo de su camisa blanca y se
reacomodó los anteojos de carey en el puente de la nariz. R.B. Benton, que así
se llamaba Arby, era negro; sus padres ejercían la medicina en San José y
siempre lo hacían ir muy atildado, como si fuese un universitario o algo así. Y
tal como progresaba, se dijo Kelly, probablemente lo sería en un par de años.
En compañía de Arby, Kelly siempre se sentía desgarbada. Ella
tenía que ponerse la ropa usada de su hermana mayor, que su madre había
comprado en alguna tienda barata hacía al menos un millón de años. Incluso
debía llevar las Reebok viejas de Emily, tan rozadas y sucias que nunca
conseguía limpiarlas del todo, ni siquiera metiéndolas en el lavarropas. Kelly
lavaba y planchaba toda su ropa; su madre siempre andaba escasa de tiempo. Su
madre casi nunca estaba en casa. Kelly miró con envidia la indumentaria de Arby
— el pantalón caqui pulcramente planchado, los mocasines caros y lustrosos— y
suspiró.
A pesar de ese resentimiento, Arby era su único amigo verdadero,
la única persona que no le reprochaba su inteligencia. A Kelly le preocupaba
que lo pasasen a noveno y no pudiese verlo más.
A su lado Arby seguía con el entrecejo fruncido. Levantó la
vista y preguntó:
—¿Por qué no volvió el doctor Levine?
—No lo sé — respondió Kelly— . Quizás haya tenido algún
problema.
—¿Qué problema?
—No lo sé. Cualquier contratiempo.
—Pero nos prometió que estaría aquí — protestó Arby— . Nos dijo
que nos llevaría de excursión. Estaba todo preparado. Hasta teníamos permiso.
—¿Y qué importa? Podemos irnos igualmente.
—Pero tendría que estar aquí — insistió Arby obstinadamente.
Kelly ya lo había visto actuar de aquel modo antes. Arby estaba acostumbrado a
confiar en los adultos. Sus padres eran personas en quienes podía confiar.
Kelly no pensaba en esas cosas.
—No le des tanta importancia, Arb — recomendó Kelly— . Vamos a
ver al doctor Thorne nosotros solos.
—¿Te parece?
—Claro. ¿Por qué no? Arby vaciló.
—Quizá debería llamar antes a mi madre.
—¿Para qué? — dijo Kelly— . Te dirá que vuelvas a casa, ya lo
sabes. Arb, vámonos y no le des más vueltas.
Arby seguía indeciso. Podía ser muy inteligente, pero el menor
cambio de planes siempre lo perturbaba. Kelly sabía por experiencia que si ponía
mucho empeño en convencerlo, Arby se quejaría y discutiría. Debía esperar a que
tomase la decisión por sí mismo.
—De acuerdo — accedió por fin— . Vamos a ver a Thorne. —
Espérame en la entrada — dijo Kelly, sonriente— . No tardaré más de cinco
minutos.
Cuando bajaba por la escalera desde el segundo piso, tuvo que
aguantar una vez más la cantinela de siempre.
—Kelly es una agrandada, Kelly es una agrandada...
Siguió adelante con la cabeza bien alta. Era la estúpida de
Allison Stone, con sus estúpidas amigas burlándose de ella al pie de la
escalera.
—Kelly es una agrandada...
Pasó ante ellas como si no estuvieran. Cerca de allí vio a la
señorita Enders, la encargada del orden en los pasillos, tan indiferente como
de costumbre, pese a que en una reunión con los alumnos el señor Canosa, el
subdirector, había prohibido expresamente las burlas. Detrás de ella las chicas
continuaron molestándola.
—Kelly es una agrandada... Es la reina de la computadora... y
acabará con la cara verde como el monitor...
El grupo rompió en carcajadas.
Kelly vio que Arby la esperaba en la puerta con un manojo de
cables grises en la mano. Apretó el paso. Cuando llegó a su lado, Arby le
aconsejó:
—No les hagas caso.
—Son una banda de idiotas.
—Exactamente.
—De todas maneras, me tienen sin cuidado.
—Ya lo sé. Olvídate de ellas.
Detrás de ellos, las chicas se rieron.
—Kelly y Arby van a una fiesta... y sólo hacen sumas y restas...
Salieron a la calle y para alivio de ambos el bullicio exterior
ahogó las voces de las chicas. En el estacionamiento había transportes
escolares amarillos. Los alumnos corrían escalera abajo hacia los coches de sus
padres, que esperaban en fila alrededor de la manzana. Era un auténtico
hervidero de gente.
Arby esquivó un disco volador que pasó con un zumbido sobre su
cabeza y echó un vistazo al otro lado de la calle.
—Ahí está otra vez.
—No lo mires — instó Kelly.
—Pero si no lo miro.
—Recuerda lo que nos dijo el doctor Levine.
—Por favor, Kel. Lo recuerdo.
Junto a la otra acera había estacionado un Ford Taurus gris que
habían visto en varias ocasiones durante los últimos dos meses. Tras el
volante, fingiendo leer un periódico, se hallaba el mismo hombre de siempre.
Era un individuo de barba desprolija que vigilaba al doctor Levine desde que
empezó a dar clases en Woodside. Kelly sospechaba que aquel hombre era la
verdadera causa de que el doctor Levine hubiese propuesto a ella y a Arby
actuar como ayudantes suyos.
Levine les había explicado que su trabajo consistiría en
acarrear el equipo, fotocopiar los ejercicios para la clase, recoger los
trabajos y otras tareas de rutina semejantes. Ellos pensaron que sería un gran
honor colaborar con el doctor Levine — o por lo menos que sería interesante
ayudar a un auténtico científico profesional— , así que aceptaron.
Después resultó que nunca había nada que preparar para la clase;
el doctor Levine se ocupaba de todo personalmente. En lugar de eso, recurría a
ellos para pequeños encargos. Y había insistido en que se mantuviesen alejados
a toda costa del hombre de la barba. Hasta el momento no había sido difícil;
como eran niños, aquel hombre nunca se fijaba en ellos.
Según el doctor Levine, el hombre de la barba lo vigilaba por
algo relacionado con su detención, pero Kelly no le creyó. Su propia madre
había sido detenida dos veces por conducir en estado de ebriedad y nunca la
había vigilado nadie. Por lo tanto, aunque ignoraba por qué seguía aquel hombre
a Levine, tenía la certeza de que éste llevaba a cabo una investigación secreta
y no deseaba que nadie lo averiguase. De una cosa estaba segura: al doctor
Levine no le entusiasmaba demasiado la clase que dictaba. Por lo general,
improvisaba y en algunas ocasiones entraba por la puerta principal del colegio,
les entregaba la clase grabada y salía por la parte de atrás.
Por entonces Kelly y Arby no sabían aún adónde iba.
También sus encargos eran muy misteriosos. Una vez fueron a
Stanford a recoger de manos de otro profesor cinco objetos cuadrados de
plástico. Era un plástico muy liviano, de textura similar a la gomaespuma. En
otra ocasión pasaron a buscar un artefacto triangular por una tienda de
electrónica del centro de la ciudad, y notaron muy nervioso al hombre que los
atendió, como si se tratase de algo ilegal. Otra vez recogieron un tubo
metálico semejante a un estuche de cigarros. Incapaces de reprimir la curiosidad,
lo abrieron y descubrieron con cierta inquietud que contenía cuatro ampollas
precintadas, de plástico, con un líquido de color pajizo. Todas llevaban el
símbolo internacional de las tres hojas para sustancias de peligro biológico y
un rótulo donde se leía: ¡MÁXIMA PRECAUCIÓN! ¡TOXICIDAD LETAL!
Pero la mayor parte de sus tareas eran sumamente triviales. Con
frecuencia los enviaba a las bibliotecas de Stanford a fotocopiar trabajos
sobre los temas más diversos: la fabricación de espadas japonesas, la
cristalografía por rayos X, los vampiros de México, los volcanes de
Centroamérica, las corrientes marinas de El Niño, los hábitos de apareamiento
de la oveja montés, la toxicidad de la holoturia, los arbotantes de las
catedrales góticas...
El doctor Levine nunca les explicaba la razón de su interés en
tales temas. A menudo los enviaba un día tras otro en busca de más material
hasta que de pronto abandonaba el tema y no volvía a mencionarlo jamás.
Entonces pasaban a otra cosa.
Naturalmente, entendían algunas de sus peticiones. Parte de sus
dudas guardaban relación con los vehículos que el doctor Thorne construía para
la expedición del doctor Levine. Pero en la mayoría de los casos los temas eran
un misterio.
Kelly se preguntaba de vez en cuando qué podía sacar en claro de
todo aquello el hombre de la barba y si acaso sabía algo que ellos ignoraban.
Pero en realidad aquel hombre parecía bastante perezoso. Por lo visto, no se
había enterado siquiera de que Kelly y Arby hacían recados para el doctor
Levine.
En ese preciso momento el hombre de la barba echó un vistazo
hacia el colegio sin prestarles atención. Caminaron hasta el final de la calle
y se sentaron en el banco a esperar el ómnibus.
LA ETIQUETA
La cría de onza soltó el biberón y se tendió sobre el lomo,
levantando las garras. Lanzó un suave maullido.
—Quiere que la mimen — dijo Elizabeth Gelman.
Malcolm tendió la mano y le acarició la panza. El cachorro se
revolvió y le mordió los dedos. Malcolm gritó.
—A veces hace eso — explicó Gelman— . ¡Dorje! ¡Mala! ¿Ésas son
maneras de tratar a nuestro distinguido visitante? Alargó el brazo y tomó la
mano de Malcolm. — No tienes herida, pero lo limpiaremos de todas formas.
Eran las tres de la tarde y se hallaba en el laboratorio blanco
del zoológico de San Francisco. Elizabeth Gelman, la joven jefa del
departamento de investigaciones, lo había citado para darle el resultado de los
análisis, pero el informe tuvo que postergarse porque era la hora de comer de
los cachorros. Malcolm los observó mientras alimentaban a una cría de gorila,
que escupía igual que un bebé humano, a un coala y por último al precioso
cachorro de onza.
—Lo siento — se disculpó Gelman. Lo llevó a un lavatorio
empotrado en la pared y le enjabonó la mano. — Pensé que era mejor hacerte
venir ahora que los empleados del zoológico están en la reunión semanal.
—¿Y eso por qué?
—Porque el material que nos enviaste es muy interesante, Ian.
Muy interesante. Gelman le secó la mano con una toalla y volvió a examinarla. —
Creo que sobrevivirás.
—¿Qué has averiguado? — preguntó Malcolm.
—Tienes que reconocer que es muy sugerente. Por cierto,
¿proviene de Costa Rica?
—¿Qué te hace pensar eso? — dijo Malcolm con la mayor
naturalidad posible.
—Los rumores que llegan continuamente sobre la aparición de
animales desconocidos en Costa Rica. Y esto es sin duda un animal desconocido,
Ian.
Salieron del criadero y pasaron a una pequeña sala de reuniones.
Malcolm se desplomó en una silla y apoyó el bastón en la mesa. Gelman dejó la
habitación en penumbra y encendió un proyector de diapositivas.
—Bien. Aquí tienes un primer plano del material original antes
de iniciar el examen. Como ves, consiste en un fragmento de tejido animal en un
estado muy avanzado de necrosis. El tejido mide cuatro por seis centímetros.
Lleva pegada una etiqueta cuadrada de plástico de dos centímetros de lado. La
muestra de tejido se cortó con un cuchillo, y no muy afilado.
Malcolm asintió.
—¿Qué utilizaste, lan? ¿Tu navaja de bolsillo?
—Algo parecido.
—Bien. Empecemos por la muestra de tejido. — Cambió de
diapositiva; Malcolm vio una imagen microscópica. — Ésta es una sección
histológica ampliada de la epidermis superficial. Esas brechas irregulares son
las zonas donde la alteración necrótica ha erosionado la superficie de la piel.
Pero lo interesante es la disposición de las células epidérmicas. Habrás notado
la gran densidad de cromatóforos o células pigmentarias. En la sección
transversal se aprecia la diferencia entre los melanóforos, aquí, y los alóforos,
aquí. La estructura global hace pensar en un Lacerta o un Amblyrhynchus.
—¿Un lagarto, quieres decir? — preguntó Malcolm.
—Sí — contestó Gelman— . Parece un lagarto, pero se observan
algunas incoherencias. — Tocó el lado izquierdo de la pantalla. — Fíjate en
esta célula, la que vista en sección presenta un fino anillo alrededor. Creemos
que es músculo. El cromatóforo podía abrirse y cerrarse, lo cual significa que
este animal cambiaba de color como un camaleón. ¿Y ves aquí esta gran forma
oval con una mancha clara en el centro? Ése es el poro de una glándula olorosa
femoral. En el centro contiene una sustancia cerosa que aún no hemos terminado
de analizar. Pero suponemos que se trata de un animal macho, pues sólo los
lagartos macho poseen glándulas femorales.
—Entiendo — dijo Malcolm.
Gelman pasó a la siguiente diapositiva. A ojos de Malcolm, la
nueva imagen parecía un primer plano de una esponja.
—Aquí una zona más profunda, donde vemos la estructura de las
capas subcutáneas. Aparece muy distorsionada a causa de las burbujas de gas
producidas por el clostridium que provocó la infección y la hinchazón del
animal. Pero podemos formarnos una idea acerca de los vasos sanguíneos... aquí
se ve uno y aquí otro... que están rodeados de fibra muscular lisa. Éste no es
un rasgo característico de los lagartos. De hecho, si juzgamos por esta
diapositiva, no se trataría de un lagarto ni de ningún otro reptil.
—¿Quieres decir que eso correspondería a un animal de sangre
caliente?
—Exacto — confirmó Gelman— . No un mamífero, pero sí quizás un
ave. Podría ser... no sé... un pelícano muerto o algo así.
—Ajá.
—Salvo que ningún pelícano tiene una piel así.
—Entiendo — repitió Malcolm.
—Y no se advierte el menor rastro de plumaje — añadió Gelman.
—Ajá.
—Por otra parte — prosiguió Gelman— hemos conseguido extraer una
ínfima cantidad de sangre de los espacios intraarteriales. No es mucha, pero
nos ha permitido realizar un examen microscópico. Aquí lo tienes.
Cambió de nuevo la diapositiva. Malcolm vio un revoltijo de
células, en su mayoría glóbulos rojos y algún que otro glóbulo blanco aparecido
allí por accidente. Mirarla lo aturdía.
—Ésta no es mi especialidad, Elizabeth — dijo Malcolm.
—Bueno, sólo te explicaré lo más interesante. En primer lugar,
glóbulos rojos con núcleo. Eso es propio de las aves, no de los mamíferos.
Segundo, una hemoglobina bastante atípica, que difiere en varios pares básicos
respecto de la de los lagartos. Tercero, una estructura aberrante de los
glóbulos blancos. No disponemos de material suficiente para extraer una
conclusión, pero sospechamos que es un animal con un sistema inmunológico muy
poco común.
—¿Y eso qué significa? — preguntó Malcolm con un gesto de
incomprensión.
—Aún no lo sabemos, y la muestra no nos proporciona la
información necesaria para averiguarlo. Por cierto, ¿podrías conseguir más
material?
—Es posible — respondió Malcolm.
—¿Dónde? ¿En el Enclave B?
Malcolm la miró desconcertado.
—¿El Enclave B? — repitió.
—Bueno, eso es lo que aparece grabado en la etiqueta. — Gelman
cambió la diapositiva. — Te diré, lan, que la etiqueta es también muy
interesante. Aquí en el zoológico marcamos animales continuamente y conocemos
las marcas comerciales más corrientes de todo el mundo. Nadie había visto antes
una etiqueta como esta. Aquí la tienes, aumentada diez veces. El objeto real es
aproximadamente del tamaño de una uña. La superficie externa es de plástico
uniforme y va sujeta al animal mediante una grapa de acero inoxidable
recubierta de teflon. La grapa es muy pequeña, como las que se utilizan para
las crías. ¿El animal que viste era adulto?
—Eso parecía.
—Es decir, que probablemente la etiqueta llevaba mucho tiempo
colocada, desde que el animal era muy joven — comentó Gelman— . Lo cual encaja
perfectamente, considerando el grado de desgaste. Como veras, la superficie
está picada. Eso es bastante anormal. Se compone de duralon, el plástico que se
emplea para los cascos de fútbol. Es un material en extremo resistente, y estas
picaduras no pueden ser resultado sólo del uso.
—¿Y entonces? — dijo Malcolm.
—Casi sin duda se deben a una reacción química, tal como la
exposición a alguna clase de ácido, quizás en forma de aerosol.
—¿Como, por ejemplo, emanaciones volcánicas?
—Podría ser, sobre todo teniendo en cuenta otros detalles que
hemos observado. Notarás que la etiqueta es bastante gruesa, de unos nueve
milímetros de sección. Y es poco profunda.
—¿Poco profunda? — preguntó Malcolm con expresión ceñuda.
—Sí. Contiene una cavidad interior. Preferimos no abrirla, así
que la examinamos por rayos X. Mira.
Gelman pasó a la siguiente diapositiva, y Malcolm vio una maraña
de casilleros y líneas blancas en el interior de la etiqueta.
—Al parecer ha sufrido una considerable corrosión, también
quizás a causa de las emanaciones ácidas. Pero no existe ninguna duda sobre
cuál fue su función en otro tiempo. Es un transmisor de rastreo, lan. Y eso
implica que este animal, este lagarto de sangre caliente o lo que sea, fue
marcado y criado por alguien desde su nacimiento. Ésa es la parte que más
preocupación ha despertado aquí. Alguien se dedica a criar animales como este.
¿Sabes cómo ha ocurrido?
—No tengo la menor idea — respondió Malcolm. Elizabeth Gelman
dejó escapar un suspiro.
—Eres un embustero y un cretino.
—¿Podrías devolverme la muestra? — pidió Malcolm, tendiendo la
mano.
—lan — protestó Gelman — después de todo lo que he hecho por
ti...
—¿La muestra?
—Creo que me debes una explicación.
—Y la tendrás, te lo prometo — aseguró Malcolm— . Dentro de un
par de semanas. Te invitaré a cenar.
Gelman lanzó a la mesa un paquete envuelto en papel plateado.
Malcolm lo recogió y se lo guardó en un bolsillo.
—Gracias, Liz. — Se puso de pie. — Siento tener que dejarte,
pero debo hacer una llamada urgentemente.
Cuando Malcolm se dirigía hacia la puerta, Gelman preguntó: — A
propósito, lan, ¿cómo murió ese animal?
Malcolm se detuvo.
—¿Por qué quieres saberlo?
—Porque cuando analizábamos por separado las células de la piel,
encontramos algunas células extrañas bajo la capa epidérmica externa, células
pertenecientes a otro animal.
—¿Y de ahí qué se deduce?
—Es una circunstancia que suele darse cuando dos lagartos se
pelean. Con la fricción de los cuerpos, las células de uno penetran bajo la
capa superficial del otro.
—Sí — aclaró Malcolm— , había indicios de lucha en el cadáver.
El animal estaba herido.
—También deberías saber que las arterias presentaban síntomas de
vasoconstricción. Ese animal se hallaba sometido a una gran tensión, lan. Y no
sólo por la pelea en la que resultó herido. Eso habría desaparecido en los
primeros cambios posteriores a la muerte. Me refiero a una tensión crónica y
continua. Esa criatura vivía en un entorno de extrema tensión y peligro.
—Entiendo.
—¿Cómo es posible que un animal marcado tuviese una vida tan
tensa?
En la entrada del zoológico Malcolm se volvió para comprobar si
alguien lo seguía y a continuación se acercó a un teléfono público para llamar
a Levine. Atendió el contestador; Levine no estaba. "Muy propio de
él", pensó Malcolm. Siempre que se lo necesitaba, desaparecía.
Probablemente había ido otra vez a tratar de recuperar la Ferrari.
Malcolm colgó el auricular y se encaminó hacia su coche.
THORNE
Uno de los talleres del extremo más alejado del polígono
industrial tenía una gran puerta metálica de persiana donde se leía en letras
negras: THORNE MOBILE FIELD SYSTEMS. A su izquierda había una puerta común.
Arby pulsó el timbre, que sobresalía de una pequeña caja con rejilla. Un voz
malhumorada contestó:
—¡Lárguese!
—Somos nosotros, doctor Thorne. Arby y Kelly.
—¡Ah! De acuerdo.
El pasador de la puerta se descorrió con un chasquido y los
chicos entraron en el amplio cobertizo abierto. Los mecánicos realizaban
modificaciones en varios vehículos; el aire olía a acetileno, aceite lubricante
y pintura. Frente a la entrada Kelly vio un Ford Explorer verde oscuro al que
le habían extraído el techo; dos ayudantes subidos a unas escaleras encajaban
un gran panel de células solares negras en lo alto del automóvil. El Explorer
tenía el capó abierto y unos mecánicos sustituían el motor V-6 original por
otro más pequeño semejante a una caja de zapatos redonda con el brillo apagado
de la aleación de aluminio. Otros acercaban el convertidor Hughes, un
rectángulo ancho y plano, que se montaría sobre el motor.
A la derecha vio los dos trailers que el equipo de Thorne había
estado acondicionando en las últimas semanas. No se parecían en nada a la clase
de trailers que uno veía en la carretera los fines de semana. Uno era brillante
y enorme, tan grande casi como un ómnibus, con capacidad para cuatro personas y
una gran cantidad de equipo científico especial. Se llamaba Challenger y poseía
una característica fuera de lo común: una vez estacionado las paredes se
deslizaban hacia afuera, ampliando el espacio interior.
El Challenger estaba preparado para comunicarse mediante una
pasarela especial de fuelle con el segundo trailer, éste algo menor y remolcado
por el primero. El segundo trailer contenía un laboratorio y algunos prodigios
tecnológicos, aunque Kelly no sabía exactamente qué eran. En ese momento el
segundo trailer quedaba casi oculto por la cortina de chispas que despedía el
soplete del soldador que trabajaba en el techo. Pese a aquella febril
actividad, el trailer parecía prácticamente terminado, aunque Kelly veía a
varias personas adentro y las sillas y los asientos estaban afuera.
Thorne se hallaba de pie en medio del taller y apremiaba al
soldador del techo.
—¡Vamos, Eddie, vamos, que es para hoy! ¡No te duermas! — Se
volvió y, gritando, dijo: — ¡No, no, no! ¡Fíjate en los planos, Henry! No
puedes colocar ese montante lateralmente; tienes que ponerlo transversalmente,
para que sirva de refuerzo. ¡Fíjate en los planos!
Doc Thorne, a sus cincuenta y cinco años, era un hombre canoso,
de pecho robusto. Salvo por los anteojos de armazón de metal, parecía un
boxeador retirado. A Kelly le costaba imaginarlo como profesor universitario;
poseía una extraordinaria fuerza física y estaba siempre en continuo
movimiento.
—¡Maldita sea, Henry, Henry! ¿No me oíste? — Thorne insultó otra
vez y blandió un puño. Luego, volviéndose hacia los chicos, comentó: — ¡Gran
ayuda tengo con ellos! — En el Explorer se produjo de pronto un destello blanco
como un relámpago. Los dos hombres inclinados sobre el motor se apartaron de un
salto y una nube de humo de olor acre envolvió el vehículo. — ¿Qué les había
dicho? ¡La toma de tierra! ¡Antes que nada la toma de tierra! Aquí trabajamos
con voltajes altos, muchachos. Si no andan con pies de plomo, van a terminar
carbonizados. — Volvió a mirar a los chicos y movió la cabeza en un gesto de
desesperación. — Es que no lo entienden. Ese DIU es un sistema de defensa
serio.
—¿DIU?
—Disuasorio Interno contra Úrsidos, así lo llama Levine — aclaró
Thorne— . Ésos son sus chistes. De hecho, elaboré este sistema hace unos años
para los guardabosques de Yellowstone, donde los osos entran a veces en los
trailers. Enciendes un interruptor y pasan diez mil voltios por la capa externa
del trailer. Eso ahuyentaría al oso más grande. Pero con un voltaje así estos
tipos podrían salir volando. Y entonces ¿qué? El sindicato me demanda y tengo
que pagar una indemnización. Y todo por una estupidez de ellos. — Hizo un gesto
de indignación. ¿Y bien? ¿Dónde está Levine?
—No lo sabemos — contestó Arby.
—¿Cómo que no lo saben? ¿No les dio clases hoy?
—No, no vino.
Thorne insultó de nuevo.
—Hoy lo necesito para la revisión final, antes de salir a probar
los vehículos sobre el terreno. Tenía que volver hoy.
—¿Volver de dónde? — preguntó Kelly.
—Ah, de una de sus expediciones. — respondió Thorne— . Estaba
muy emocionado antes de marcharse. Yo mismo le preparé el equipo; le presté mi
última mochila. Todo aquello que podía necesitar en sólo veintiún kilos. Le
encantó. Partió el lunes pasado, hace cuatro días.
—¿Hacia dónde?
—¿Cómo voy a saberlo? — protestó Thorne— . No tenía intención de
decírmelo, así que no insistí. Hoy en día todos son iguales. No trato con
ningún científico que no actúe en secreto. Y no me extraña. A todos les
preocupa que los engañen o los demanden. El mundo moderno. El año pasado monté
el equipo para una expedición al Amazonas, y claro, lo impermeabilizamos todo.
Eso es fundamental en la selva amazónica; los instrumentos electrónicos
empapados de agua no funcionan. El responsable del grupo fue acusado de
malversación de fondos. ¡Por la impermeabilización del equipo! Según un
burócrata de la universidad, era un "gasto innecesario". De verdad,
es una locura. Una locura. ¡Henry! ¿Oíste lo que te dije? ¡Colócalo en forma
transversal!
Thorne atravesó el taller dando zancadas y agitando los brazos.
Los chicos lo siguieron.
—Fíjense. Llevo meses modificando los, vehículos y por fin están
listos. Los quiere livianos, se los hice livianos. Los quiere fuertes, se los
hice fuertes. Livianos y a la vez fuertes. Lo que pide es imposible, pero con
titanio y compuesto de carbono suficientes lo hacemos de todos modos. Además no
quiere depender del suministro de combustible ni de una red eléctrica. Así que
finalmente tiene lo que deseaba: un laboratorio portátil de extraordinaria
resistencia para ir a algún sitio donde no hay nafta ni electricidad. Y ahora
que está terminado... No puedo creerlo. ¿De verdad no se ha presentado a dar
clase?
—No — confirmó Kelly.
—O sea, que ha desaparecido — se quejó Thorne— . Maravilloso.
Perfecto. ¿Y ahora qué hacemos con la prueba sobre el terreno? íbamos a sacar
estos vehículos durante una semana y comprobar su funcionamiento.
—Ya lo sé — dijo Kelly— . Hasta teníamos permiso de nuestros
padres para ir.
—Y ahora resulta que no está — bramó Thorne— . Tendría que
haberlo imaginado. Estos niños de familia bien... hacen lo que les da la gana.
Con un individuo como Levine decir malcriado es quedarse corto.
Una gran jaula de metal cayó del techo y se estrelló en el suelo
junto a ellos. Thorne se apartó de un salto.
—¡Eddie! ¡Maldita sea! ¿Por qué no tienes un poco de cuidado?
—Lo siento, Doc — se disculpó Eddie Carr desde el techo— . Pero
según las especificaciones no sufre deformaciones hasta una presión de
ochocientos cuarenta kilogramos por centímetro cuadrado. Teníamos que probarlo.
—Me parece muy bien, Eddie. ¡Pero no lo pruebes con nosotros
debajo!
Thorne se inclinó para examinar la jaula, que era circular y
tenía unos barrotes de aleación de titanio de un grosor de dos centímetros y
medio. Había sobrevivido a la caída sin el menor desperfecto. Y era liviana;
Thorne la enderezó con una sola mano. Medía aproximadamente un metro ochenta de
altura por uno veinte de diámetro. Parecía una descomunal jaula para pájaros.
Tenía una puerta de vaivén provista de una sólida cerradura.
—¿Para qué es eso? — quiso saber Arby.
—De hecho, forma parte de aquello — explicó Thorne, señalando
hacia el otro extremo del taller, donde un empleado agrupaba un montón de
barras de aluminio telescópicas— . Es una plataforma de observación, pensada
para montarse sobre el terreno. Una vez armado, el andamiaje constituye una
estructura rígida de unos cinco metros de altura. En lo alto lleva un pequeño
refugio, también desmontable.
—Una plataforma para observar ¿qué? — inquirió Arby.
—¿A ustedes les dijo? — preguntó Thorne.
—No — contestó Kelly.
—No — repitió Arby.
—Bueno, a mí tampoco — dijo Thorne, negando con la cabeza— . Yo
sólo sé que quiere algo extraordinariamente fuerte. Liviano y fuerte, liviano y
fuerte. Imposible. — Lanzó un suspiro. — Dios me libre de los profesores
universitarios.
—Creía que usted era profesor — comentó Kelly.
—Ex profesor — se apresuró a rectificar Thorne— . Ahora me
dedico a hacer cosas, y no simplemente a hablar.
Los colegas de Jack Thorne coincidían en que con la jubilación
se había iniciado el período más feliz de su vida. Como profesor de ingeniería
aplicada y especialista en materiales exóticos siempre se había caracterizado
por su orientación práctica y su estima a los estudiantes. Su curso más famoso
en Stanford, Ingeniería Estructural 101 a, se conocía entre los alumnos como
"Los Espinosos Problemas de Thorne", porque él les planteaba
continuamente desafíos en el campo de la ingeniería aplicada. Algunos de estos
problemas habían adquirido ya rango de leyenda en el mundo universitario. Uno,
por ejemplo, era el Desastre del Papel Higiénico: Thorne pidió a sus alumnos
que lanzasen cajas de huevos desde la Torre Hoover de modo que llegasen al
suelo indemnes. Como amortiguación sólo podían utilizar los cilindros de cartón
en los que se enrolla el papel higiénico. Abajo, la plaza entera quedó llena de
huevos rotos.
Otro año Thorne encargó a sus alumnos que construyesen una silla
capaz de sostener a un hombre de cien kilos empleando sólo tacos de papel
engomado e hilo. Y en otra ocasión colgó una hoja con las respuestas del examen
final en el techo del aula e invitó a los alumnos a bajarla mediante cualquier
artefacto que consiguiesen construir con una caja de zapatos que contenía medio
kilo de regaliz y unos cuantos escarbadientes.
Cuando no se dedicaba a sus tareas académicas, Thorne actuaba a
menudo como testigo pericial en juicios que requerían la opinión de un experto
en ingeniería de materiales. Se especializó en explosiones, accidentes aéreos,
desmoronamientos de edificios y otras catástrofes. Con estas incursiones en el
mundo real se reafirmó aún más en su idea de que los científicos necesitaban
una educación lo más amplia posible. Solía afirmar: "¿Cómo puede diseñarse
algo para la gente si no se sabe nada de historia y psicología? Es imposible.
Ya que por perfectas que sean las fórmulas matemáticas la gente meterá la pata.
Y si eso ocurre, la culpa será de ustedes". Sus clases estaban salpicadas
de citas de Platón, Chaka Zulu, Emerson y Chang-tzu.
Pero como profesor querido por sus alumnos — y como defensor de
una enseñanza de carácter general— , Thorne no tardó en descubrir que nadaba
contracorriente. El mundo académico avanzaba hacia un conocimiento cada vez más
especializado, expresado mediante una jerga cada vez más opaca. En este
ambiente gozar de las simpatías de los estudiantes se interpretaba como indicio
de superficialidad, y el interés en los problemas del mundo real revelaba
limitación intelectual y una lamentable indiferencia ante la teoría. En una
reunión de departamento uno de sus colegas se puso de pie y anunció: "Las
pavadas míticas de un chino no sirven de un carajo para la ingeniería".
Un mes más tarde Thorne se acogió a la jubilación anticipada y
poco después fundó su propia empresa. Su trabajo le apasionaba, pero echaba de
menos el contacto con los estudiantes, y por esa razón se sentía a gusto con
los dos jóvenes ayudantes de Levine. Eran chicos inteligentes y entusiastas, y
gracias a su corta edad el mundo académico aún no había anulado su interés en
aprender. Todavía eran capaces de utilizar realmente sus cerebros, lo cual
desde el punto de vista de Thorne era una prueba indudable de que aún no habían
completado su educación formal.
—¡Jerry! — gritó Thorne a uno de los soldadores que trabajaban
en los trailers— . ¡Regula los montantes a ambos lados! ¡Recuerda las pruebas
de colisión! — Thorne señaló un monitor colocado en el suelo, que mostraba la
simulación por computadora de un choque del trailer contra un obstáculo.
Primero se estrellaba de frente, después de costado, y luego giraba y volvía a
chocar. En cada ocasión el vehículo sobrevivía con mínimos daños. El programa
había sido desarrollado por los fabricantes de automóviles y posteriormente
desechado. Thorne lo adquirió y modificó. — Claro que lo desecharon: es una
buena idea. No quieren que salga ninguna buena idea de una gran empresa. Podría
dar como resultado un buen producto. — Suspiró. Mediante esta computadora
hicimos chocar estos vehículos diez mil veces: diseñamos, chocamos, modificamos
y volvemos a chocar. Nada de teorías; sólo pruebas reales. Como debe ser.
La aversión de Thorne por la teoría alcanzaba dimensiones
legendarias. A su juicio, una teoría no era más que un sucedáneo de la
experiencia propuesta por alguien que no sabía de qué hablaba.
—Y ahora ya ven. ¿Jerry? Jerry! ¿Para qué hemos hecho tantas
simulaciones si ustedes no se atienen a los planos? ¿Están todos cerebralmente
muertos?
—Lo siento, Doc...
—¡No lo sientas y haz bien las cosas!
—De todos modos ya los hemos reforzado de sobra...
—¿Así que a esa conclusión llegaste? ¿Ahora el diseñador eres
tú? ¡Respeta los planos!
Arby trotaba al lado de Thorne.
—Estoy preocupado por el doctor Levine — dijo.
—¿En serio? Yo no — repuso Thorne.
—Pero siempre ha cumplido su palabra. Y es muy organizado.
—Eso es verdad — coincidió Thorne . Pero también es muy
impulsivo y hace lo que le da la gana.
—Puede ser —aceptó Arby— , pero dudo de que hubiese dejado de
venir sin una razón de peso. Temo que le haya pasado algo. La semana pasada nos
envió a Berkeley a ver al profesor Malcolm, que tenía en su oficina un
mapamundi donde aparecían...
—¡Malcolm! —repitió Thorne con un bufido— . No me digas más.
¡Vaya dúo! Tal para cual. Si uno tiene poco sentido práctico, el otro tiene
menos. Pero mejor será que me ponga en contacto con Levine ahora mismo. — Se
dio media vuelta y se dirigió a su oficina.
—¿Va a usar el fonosat? — preguntó Arby.
Thorne se detuvo.
—¿El qué?
—El fonosat — repitió Arby— . ¿No se llevó un fonosat el doctor
Levine?
—¿Cómo iba a llevárselo? — dijo Thorne— . Ya sabes que los
teléfonos para comunicación por vía satélite más pequeños son del tamaño de un
maletín.
—Sí, pero no tendrían por qué ser tan grandes — afirmó Arby— .
Usted podría haber fabricado uno muy pequeño.
—¿Yo? ¿Cómo?
A Thorne, a su pesar, le divertía aquel muchacho. Era imposible
no sentir simpatía por él.
—Con aquella centralita de comunicaciones VLSI que fuimos a
buscar — precisó Arby— . La de forma triangular. Contenía dos series de chips
Motorola BSN-23, y son tecnología de uso restringido desarrollada para la CIA
porque permiten...
—¡Eh, eh! — lo interrumpió Thorne— . ¿Dónde aprendiste todo eso?
Ya te advertí sobre los riesgos de la piratería de sistemas...
—No se preocupe, tengo cuidado — respondió Arby— . Pero lo de la
centralita de comunicaciones es verdad, ¿no? Podría utilizarla para construir
un teléfono de menos de medio kilo. Pero, ¿lo hizo?
Thorne lo miró fijo durante un rato.
—Puede ser — contestó por fin— . ¿Y qué?
Arby sonrió.
—¡Magnífico! — dijo.
La pequeña oficina de Thorne se hallaba en un rincón del taller.
Adentro las paredes estaban cubiertas de planos, hojas de pedidos colgadas de
sujetapapeles y dibujos por computadora en tres dimensiones de motores y
piezas. Esparcidos sobre el escritorio había componentes electrónicos,
catálogos de material y montones de faxes. Thorne empezó a revolverlo todo y
por fin dio con un minúsculo teléfono portátil gris.
—Aquí lo tenemos. — Lo levantó para mostrárselo a Arby. — No
está nada mal, ¿eh? Lo diseñé yo mismo.
—Parece un teléfono portátil corriente — comentó Kelly.
—Sí, pero no lo es. Un teléfono portátil depende de una red. Un
fonosat conecta directamente con los satélites de comunicaciones del espacio.
Con un teléfono como este puedo hablar con cualquier lugar del mundo. — Marcó
rápidamente. Antes se necesitaba una antena parabólica de un metro. Luego una
de treinta centímetros. Y ahora ya no hace falta antena; basta con el
auricular. Aunque no esté bien que yo lo diga, es una maravilla, ¿no? Veamos si
contesta.
Pulsó el botón del altavoz y oyeron los tonos de marcación y un
zumbido de interferencia estática. — Conociendo a Richard, seguramente perdió
el avión o se olvidó de que tenía que estar aquí hoy para dar el visto bueno. Y
ya prácticamente hemos terminado. Cuando ya estamos en la etapa de los
montantes exteriores y la tapicería, el trabajo ya está hecho. Esto nos va a
retrasar. Es muy desconsiderado de su parte. — El teléfono sonó con un pitido
electrónico intermitente. — Si no consigo hablar con él, llamaré a Sarah
Harding.
—¿Sarah Harding? — repitió Kelly, levantando la vista.
—¿Quién es Sarah Harding? — preguntó Arby.
—Nada menos que la especialista en comportamiento animal más
famosa del mundo, Arb.
Sarah Harding era una de las heroínas de Kelly. Leía todos los
artículos sobre ella que aparecían. Sarah Harding había sido una mediocre
becaria en la Universidad de Chicago, pero ahora, a los treinta y tres años,
era profesora en Princeton. Era una mujer atractiva e independiente, una
rebelde que hacía las cosas a su modo. Había elegido la investigación de campo
y vivía sola en África, donde se dedicaba al estudio de los leones y las
hienas. Se la conocía por su tenacidad. En una ocasión se descompuso el Land
Rover en que viajaba y recorrió a pie treinta kilómetros por la sabana
ahuyentando a los leones a pedradas.
En las fotografías siempre aparecía junto a un Land Rover, en
pantalón corto y camisa caqui, con unos prismáticos colgados del cuello. Con el
pelo corto y oscuro y un cuerpo fuerte y musculoso, ofrecía un aspecto a la vez
tosco y fascinante. Al menos eso pensaba Kelly, que siempre observaba sus
fotografías detenidamente, fijándose hasta en el último detalle.
—Nunca oí hablar de ella — comentó Arby.
—¿Pasas demasiado tiempo con las computadoras, Arby? — preguntó
Thorne.
—No — contestó Arby. Kelly notó que encorvaba los hombros y se
encerraba en sí mismo, como siempre que se sentía criticado. Malhumorado, dijo:
— ¿Especialista en el comportamiento de animales?
—Exactamente — respondió Thorne— . Me consta que Levine ha
hablado varias veces con ella en estas últimas semanas. Lo ayudará con todo
este equipo cuando por fin parta la expedición. O lo asesorará. O algo así. O
quizás esté en contacto con Malcolm. Al fin y al cabo, estuvo enamorada de él.
—¡No puedo creerlo! — exclamó Kelly— . Quizás era él quien
estaba enamorado de ella...
Thorne la miró y preguntó:
—¿La conoces?
—No. Pero lo sé todo sobre ella.
—Ya veo. — Thorne se abstuvo de hacer más comentarios. Adivinaba
en aquella actitud todos los signos de la mitomanía. Pero una niña podía tener
héroes peores que Sarah Harding. Al menos no era una atleta o una estrella de
rock. De hecho, resultaba estimulante que una chica tan joven admirase a
alguien cuyo propósito era ampliar el conocimiento...
El teléfono seguía sonando. No había respuesta.
—Por lo menos sabemos que el equipo de Levine funciona — dijo
Thorne— . Porque de lo contrario no habría señal. Algo es algo.
—¿Puede localizar su paradero? — preguntó Arby.
—Por desgracia, no. Y si no cortamos la llamada, probablemente
se le agotará la pila del teléfono, así que...
De pronto se produjo un chasquido y oyeron una voz masculina con
notable claridad:
—Levine.
—Bueno. Aquí lo tenemos — dijo Thorne, asintiendo con la cabeza.
Pulsó el botón del auricular. — ¿Richard? Te habla Doc Thorne.
Por el altavoz llegaba el continuo zumbido de la interferencia
estática. A continuación oyeron una tos, seguida de una voz ronca:
—¿Hola? ¿Hola? Aquí Levine.
Thorne volvió a apretar el botón del auricular.
—Richard, soy Thorne. ¿Me oyes?
—¿Hola? — repitió Levine al otro lado de la línea— . ¿Hola?
Thorne lanzó un suspiro.
—Richard, para transmitir debes pulsar el botón con la letra
"T". Cambio.
—¿Hola? — Otra tos, grave y áspera. Aquí Levine. ¿Hola?
Thorne movió la cabeza en un gesto de enfado.
—Está claro que no sabe cómo funciona. ¡Maldita sea! Y eso que
se lo expliqué punto por punto. Pero, como cabía esperar, no prestó atención.
Los genios nunca atienden. Se creen que lo saben todo. Esto no es un juguete.
Apretó de nuevo el botón para hablar. Richard, escúchame. Debes pulsar el botón
con la letra "T" para...
—Aquí Levine. ¿Hola? Levine. Por favor. Necesito ayuda. — Se oyó
una especie de gemido. — Si me oyen, envíen ayuda. Escuchen. Estoy en la isla.
Conseguí llegar aquí sin problemas, pero...
La línea crepitó y después se oyó un silbido.
—¡Vaya! — protestó Thorne.
—¿Qué pasa? — dijo Arby, inclinándose hacia él.
—Lo perdemos.
—¿Por qué?
La pila — explicó Thorne— . Se agota por momentos. ¡Maldita sea!
Richard, ¿dónde estás?
Oyeron la voz de Levine por el altavoz:
ya un muerto... situación... grave... no sé... si me oyen, pero
si... envíen ayuda...
—¡Richard, dinos dónde estás! — gritó Thorne.
El zumbido era cada vez más intenso y la transmisión empeoraba
gradualmente. Oyeron decir a Levine:
—... me tienen rodeado, y... crueles... los huelo... sobre todo
de noche...
—¿De qué habla? preguntó Arby.
—. .. herida... no podré... mucho tiempo... por favor...
El zumbido se desvaneció y de repente se cortó la comunicación.
Thorne pulsó una y otra vez el botón de su aparato y desconectó el altavoz. Se
volvió hacia los chicos, que se habían quedado pálidos.
—Tenemos que encontrarlo — dijo— . Inmediatamente.
SEGUNDA
CONFIGURACIÓN
La autoorganización tiende a la complejidad a medida que el
sistema avanza hacia el borde caótico.
IAN MALCOLM
INDICIOS
Thorne abrió la puerta del departamento de Levine y encendió las
luces. Los chicos contemplaron asombrados el lugar.
—¡Parece un museo! — comentó Arby.
Era un departamento de dos habitaciones, decorado en un estilo
vagamente asiático, con elegantes armarios de madera y antigüedades caras.
Estaba inmaculado y la mayoría de las antigüedades se hallaban expuestas en
urnas de plástico. Todo había sido minuciosamente etiquetado. Entraron despacio
en la habitación.
—¿Vive aquí? — preguntó Kelly, incrédula. El departamento le
parecía impersonal, casi inhumano. Y ella siempre tenía la casa tan
desordenada...
—Sí — respondió Thorne a la vez que se guardaba la llave en un
bolsillo— . Siempre está así. Por eso es incapaz de vivir con una mujer. No
tolera que nadie le toque nada.
Los sofás del living se encontraban dispuestos en torno de una
mesita de vidrio. En la mesita había cuatro pilas de libros, todas
cuidadosamente alineadas con el borde. Arby leyó los títulos: Teoría de la
catástrofe y estructuras emergentes, Procesos inductivos en la evolución
molecular, Autómatas celulares. Metodología de la adaptación no lineal, Fases
de transición en los sistemas evolutivos. Vio también algunos libros más viejos
con títulos en alemán.
Kelly olfateó el aire.
—¿Hay algo en el fuego?
—No lo sé — dijo Thorne, y entró en el comedor.
Junto a la pared se extendía una placa calentadora con una
hilera de platos tapados. La lustrosa mesa de madera estaba preparada para un
comensal, con cubiertos de plata y una copa de cristal tallado. Había un tazón
de caldo humeante. Thorne se acercó a la mesa, tomó un hoja de papel colocada
junto a los cubiertos y leyó en voz alta:
—"Crema de langosta, verduras orgánicas, atún a la
plancha." — Pegado a la hoja había un papel adhesivo amarillo. —
"¡Espero que haya tenido un buen viaje! Romelia."
—¡Vaya! — exclamó Kelly— . ¿Viene alguien a cocinarle todos los
días?
—Eso parece — contestó Thorne, que no parecía impresionado. Ojeó
la correspondencia sin abrir que había junto a la placa.
Kelly examinó unos faxes que estaban en una mesa cercana. El
primero era del museo Peabody de Yale, en New Haven.
—¿Esto es alemán? — preguntó, tendiéndoselo a Thorne.
Estimado doctor Levine:
El documento que nos solicitó:
("Geschichtliche Forschungsarbeiten
über die Geologie
Zentralamerikas, 1922— 1929 )
ha sido enviado hoy por correo urgente.
Dina Skrumbis, archivera
Saludos.
—No lo entiendo — reconoció Thorne— , pero creo que se refiere a
algún tipo de investigación sobre la geología de Centroamérica. Y es de los
años 20, así que no es precisamente de gran actualidad.
—¿Para qué lo querría? — dijo Kelly.
Sin contestar, Thorne entró en el dormitorio.
Éste ofrecía un aspecto austero. La cama, pulcramente hecha, era
un futon negro. Thorne abrió el armario y vio hileras de prendas espaciadas
regularmente, todas planchadas y la mayoría en fundas de plástico. Abrió el
cajón superior de la cómoda y encontró calcetines plegados y ordenados por
colores.
—No sé cómo puede vivir así — comentó Kelly.
—No tiene ningún mérito — aseguró Thorne— . Sólo necesitas
mucamas. — Abrió rápidamente los demás cajones uno tras otro. Kelly curioseó en
la mesa de luz. Encima había varios libros. El primero del montón era muy
pequeño y el papel amarilleaba por su antigüedad. Estaba escrito en alemán y se
titulaba Die Fünf Todesarten. Lo hojeó, fijándose en las láminas en color de
indígenas con vistosas indumentarias como las que usaban los aztecas; parecía
un libro infantil ilustrado.
Debajo encontró libros y artículos de periódico con la cubierta
roja del Instituto Santa Fe: Algoritmos genéticos y redes heurísticas; Geología
de Centroamérica; Autómatas para teselación de dimensión arbitraria. Estaba
también el informe anual de InGen Corporation correspondiente a 1989. Y junto
al teléfono vio una hoja con apresuradas anotaciones. Reconoció la letra clara
de Levine.
Se leía:
"ENCLAVE B"
Vulkanische
¿Tacaño?
¿Nublar?
¿Una de cinco Muertes?
¿en las mtñas? ¡¡¡No!!!
quizá Gutiérrez
cautela.
—¿Qué es el Enclave B? — inquirió Kelly— . Aquí hay algo anotado
al respecto.
Thorne se acercó a mirar.
—Vulkanische. Eso, si no me equivoco, significa
"volcánico" explicó— . Y tacaño y nublar... parecen topónimos.
Podemos verificarlo en un atlas...
—¿Y esto de "una de cinco muertes"?
—Ni idea — contestó Thorne.
Mientras intentaban descifrar la hoja, Arby entró en el
dormitorio y preguntó:
—¿Qué es el Enclave B?
Thorne levantó la vista.
—¿Por qué lo preguntas?
—Mejor será que venga a la oficina — sugirió Arby.
Levine había acondicionado la segunda habitación como oficina.
Al igual que el resto del departamento, estaba admirablemente ordenada.
Contenía un escritorio con papeles dispuestos en pulcras pilas junto a una
computadora cubierta por un plástico. Un enorme tablero de corcho abarcaba casi
toda la pared situada tras el escritorio, y allí Levine había clavado mapas,
gráficos, recortes de prensa, imágenes de satélite y fotografías aéreas. En lo
alto del tablero había un gran rótulo que rezaba: ¿enclave b?
Al lado se veía una instantánea borrosa y ajada de un chino con
anteojos y bata de laboratorio en plena selva junto a un letrero de madera que
indicaba: enclave b. Tenía la bata desabrochada y debajo llevaba una remera con
una inscripción en el pecho.
Junto a la fotografía había una ampliación de la remera tal como
aparecía en el original. Era difícil descifrar la inscripción, que se hallaba
parcialmente cubierta a uno y otro lado por la bata, pero parecía leerse:
"nGen Enclave B
entro de Investig".
Con su cuidada caligrafía, Levine había anotado: "¿InGen
Enclave B Centro de Investigación? ¿dónde?"
Inmediatamente debajo había puesto una hoja extraída del informe
anual de InGen, donde aparecía marcado con un círculo el siguiente párrafo:
Además de la sede central de Palo Alto, donde InGen mantiene un
modernísimo laboratorio de investigación de 18.000 metros cuadrados, la
compañía supervisa la actividad de campo de otros tres laboratorios en
distintos lugares del mundo: un laboratorio geológico en Sudáfrica, donde se
obtienen ámbar y otros especímenes biológicos; una granja experimental en las
montañas de Costa Rica, donde se cultivan variedades exóticas de plantas; y
unas instalaciones en isla Nublar, a doscientos kilómetros al oeste de Costa
Rica.
Al lado Levine había escrito: "¡No hay B!
¡Mentirosos!"
—Está realmente obsesionado con ese Enclave B — observó Arby.
—Desde luego — convino Thorne— . Y piensa que está en alguna
isla.
Aproximándose al tablero, Thorne examinó las imágenes de
satélite. Advirtió que, pese a estar impresas en colores falsos y distintos
grados de ampliación, aparentemente todas correspondían a la misma área
geográfica: una costa rocosa y varias islas mar adentro. En el litoral se veía
una playa y una densa selva; podía ser Costa Rica, pero era imposible saberlo
con certeza. En realidad, había al menos una docena de lugares semejantes en
todo el mundo.
—Por teléfono dijo que estaba en una isla — señaló Kelly.
—Sí — dijo Thorne con un gesto de impotencia— , pero eso no nos
sirve de gran ayuda. Ahí debe de haber unas veinte islas o más. Thorne reparó
en un memorándum situado en la parte baja del tablero.
ENCLAVE B @#$#A TODOS LOS DEPARTAMENTOS DE[ ]****
VERTENCIA SOBRE%$#Ces#!NECESIDAD DE EVITAR LA DIVULG******
El señor Hammond desea recordar a todos. **** tras*&de mercado*%** Una estrategia de mercado a
largo plazo*&A&A%
En cuanto a las instalaciones recreativas propuestas, por
razones comerciales la tecnología del PJ no debe revelarse difundirse darse
a conocer en toda su complejidad. El señor Hammond desea recordar a todos
los departamentos que el centro de producción no se incluirá en ningún caso
entre los temas asuntos tratados en informes de prensa o discusiones.
El centro de producción/fabricación no puede#@#$# referencia alguna a la
localización de la isla de prod. Isla S. sólo en referencias internas
tringir***A%$** de prensa a las instrucciones generales.
—Qué raro es esto — comentó Thorne— . ¿Te dice algo? Arby se
acercó y observó el memorándum pensativamente.
—¿Les ves algún sentido a todas esas letras que faltan y a esos
signos? — preguntó Thorne.
—Sí — respondió Arby. Chasqueó los dedos y se dirigió al
escritorio de Levine. Descubrió la computadora y dijo: — Lo suponía. Contra lo
que Thorne habría imaginado, no se trataba de un equipo moderno. Era una
voluminosa computadora con varios años de antigüedad y tenía la superficie
bastante rayada. Una banda negra estampada en la caja incluía un rótulo que
rezaba: "Design Associates, Inc." Y más abajo, en una reluciente
placa metálica colocada a la altura del interruptor de encendido, se leía:
"Propiedad de International Genetics Technology, Inc., Palo Alto,
CA".
—¿Qué es esto? — inquirió Thorne— . Levine tiene una computadora
de InGen?
—Sí — contestó Arby— . Nos mandó a comprarla la semana pasada.
Estaban liquidando el equipo informático.
—¿Y los envió a ustedes?
—Sí. A mí y a Kelly. Prefirió no ir él personalmente. Sospecha
que lo siguen.
—Pero esto es un sistema cad/cam y debe tener cinco años por lo
menos — afirmó Thorne. Los sistemas cad/cam eran utilizados por arquitectos,
diseñadores gráficos e ingenieros mecánicos. — ¿Para qué lo quería Levine?
—No nos lo dijo — respondió Arby a la vez que accionaba el
interruptor de encendido— . Pero ahora ya lo sé.
—¿Ah, sí?
—Ese memorándum — aclaró Arby señalando hacia la pared con la
barbilla— . ¿Sabe por qué ha salido así? Porque es un archivo informático
recuperado. Levine recuperó los archivos de InGen de esta computadora.
Como Arby explicó, todas las computadoras vendidas por InGen
aquel día habían sido reformateadas para eliminar cualquier información
reservada de los discos rígidos. Pero los sistemas cad/cam eran una excepción.
Aquella clase de computadoras contenían un software especial instalado por el
fabricante. Ese software era introducido específicamente en cada computadora,
utilizando códigos particulares. Por esa razón resultaba engorroso
reformatearlas, pues el software habría tenido que reinstalarse después computadora
por computadora y eso hubiera implicado horas de trabajo.
—O sea que no lo hicieron — adivinó Thorne.
—Exacto — confirmó Arby— . Se limitaron a borrar los directorios
antes de vender las máquinas.
—Por lo tanto, los archivos originales siguen en el disco.
—Así es.
El monitor resplandeció. En la pantalla se leía: total de
archivos recuperados: 2.387.
—¡Vaya! — exclamó Arby. Se inclinó y miró atentamente con los
dedos suspendidos sobre el teclado. Pidió el directorio y una interminable
columna de archivos empezó a deslizarse por la pantalla. En total, más de dos
mil.
—¿Cómo vas a...? — preguntó Thorne.
—Un momento — lo interrumpió Arby, y comenzó a teclear
rápidamente.
—Muy bien, Arb — lo alentó Thorne. Le divertía la actitud
apremiante que Arby adoptaba cuando se ponía ante una computadora. Parecía
olvidar su corta edad, y su habitual timidez desaparecía. En el mundo
electrónico se hallaba sin duda a sus anchas. Y era consciente de su propia
destreza. — Cualquier dato que nos facilites puede servirnos... — agregó.
—Por favor, Doc — protestó Arby— . Vaya y... ayude a Kelly o
haga lo que quiera.
Luego se volvió y siguió tecleando.
EL RAPTOR
El velocirraptor medía un metro ochenta de altura y era de color
verde oscuro. En posición de ataque, emitía un potente silbido y adelantaba su
musculoso cuello, abriendo las fauces. Tim, uno de los modelistas, preguntó:
—¿Qué le parece, doctor Malcolm?
—No lo encuentro muy amenazador — contestó Malcolm, sin
detenerse al pasar por su lado. Se hallaba en el ala posterior de la facultad
de biología, camino de su oficina.
—¿Que no lo encuentra muy amenazador? — repitió Tim.
—Nunca se erguían de ese modo, apoyados torpemente en las dos
patas traseras. — Agarró un cuaderno de una mesa y se lo colocó al animal en
las extremidades anteriores. — Dale un libro y parecerá que está cantando un
villancico.
—¡Bueno! — se lamentó Tim— . No creí que estuviese tan mal.
—¿Mal? — dijo Malcolm— . Esto es una ofensa a un gran
depredador. Debería transmitir una sensación de velocidad, peligro y poder.
Separa más las mandíbulas. Baja el cuello. Tensa los músculos y la piel. Y
levanta esa pata. Recuerda: los raptores no atacan con sus fauces; utilizan las
garras. Quiero ver la garra más alta, lista para hendirse y sacarle las tripas
a su presa.
—¿Está seguro? — se resistió Tim, poco convencido— . Podría
asustar a los niños...
—¿A los niños o a ti? — Malcolm siguió por el pasillo. — Y otra
cosa: cambia ese silbido. Suena como si alguien estuviese meando. Reemplázalo
por un gruñido. Dale a un gran depredador lo que merece.
—¡Vaya! — exclamó Tim— . No sabía que tenía opiniones tan
personales al respecto.
—Tiene que ser fiel a la realidad — aclaró Malcolm— . Como bien
sabes, una cosa puede ser precisa o imprecisa, independientemente de tus
opiniones. — Continuó caminando, irritado, olvidando por un momento el dolor de
la pierna. El modelista lo sacaba de quicio, aunque reconocía que en realidad
Tim era simplemente una muestra más del confuso modo de pensar imperante, lo
que Malcolm llamaba "ciencia para bobos".
Desde hacía mucho tiempo Malcolm no resistía la arrogancia de
sus colegas científicos. Esa arrogancia, como él bien sabía, se sustentaba en
su resuelto olvido de la historia de la ciencia. Según los científicos, la
historia carecía de importancia, ya que los errores del pasado se rectificaban
en el presente mediante los nuevos descubrimientos. Pero naturalmente sus
predecesores habían pensado lo mismo. Se equivocaban entonces, y los
científicos modernos se equivocaban también ahora. Ningún otro episodio de la
historia de la ciencia demostraba ese hecho mejor que el retrato que se había
ofrecido de los dinosaurios una década tras otra.
Era un acto de humildad darse cuenta de que la percepción más
exacta sobre los dinosaurios había sido la primera. Allá por la década del 40
del siglo XIX, cuando Richard Owen describió por primera vez huesos gigantes en
Inglaterra, denominó a aquellos animales Dinosauria: lagartos terribles. Ésa
seguía siendo la descripción más precisa de aquellas criaturas, pensaba
Malcolm. Ciertamente parecían lagartos, y sin duda eran terribles.
Pero después de Owen la imagen "científica" de los
dinosaurios había experimentado numerosos cambios. Dado que en la época
victoriana se creía en la inevitabilidad del progreso, se insistió en que por
fuerza los dinosaurios debían ser inferiores, ¿por qué, si no, se habían
extinguido? Así que en esa época se los transformó en criaturas gordas,
aletargadas y sin la menor inteligencia: los grandes estúpidos del pasado. Esta
percepción fue desarrollándose, de modo que a principios del siglo XX los
dinosaurios se habían convertido en seres tan débiles que apenas podían
sostener su propio peso. Los apatosaurios debían permanecer sumergidos en el
agua hasta el vientre o corrían el riesgo de aplastarse ellos mismos las patas.
La concepción global del mundo prehistórico se vio inundada por esta
caracterización de los dinosaurios como animales débiles, estúpidos y lentos.
Esta imagen persistió inalterable hasta los años 60, cuando un grupo de
científicos renegados, con John Ostrom al frente, empezó a imaginar dinosaurios
rápidos y ágiles de sangre caliente. Como estos científicos incurrieron en la
temeridad de poner en duda un dogma, fueron blanco durante años de atroces
críticas pese a que sus ideas comenzaban a parecer acertadas.
Sin embargo, en la última década el creciente interés por el
comportamiento social había propiciado un nuevo punto de vista. De pronto los
dinosaurios se presentaban como dóciles criaturas que vivían en grupo y
cuidaban de sus crías. Eran animales bondadosos, e incluso adorables. Estos
encantadores gigantes no habían hecho nada para merecer su horrible destino,
que les llegó con el meteorito de Álvarez. Y esta pueril idea había dado origen
a gente como Tim, reacia a ver la otra cara de la moneda, el lado ingrato de la
vida. Desde luego, algunos dinosaurios desarrollaron un comportamiento social y
vivían en grupo. Pero otros fueron cazadores, capaces de matar con una crueldad
sin parangón. Para Malcolm, la verdadera imagen del pasado incluía la
interacción de todos los aspectos de la vida, lo bueno y lo malo, la fortaleza
y la debilidad. De nada servía engañarse.
¡Claro que asustaría a los niños! Malcolm lanzó un gruñido de
indignación mientras seguía por el pasillo.
En realidad el mal humor de Malcolm se debía a lo que Elizabeth
Gelman le había revelado sobre la muestra de tejido, y especialmente sobre la
etiqueta. Aquella etiqueta auguraba problemas, de eso estaba seguro.
Sin embargo, no sabía qué hacer.
Dobló al final del corredor y pasó ante las vitrinas donde se
hallaban expuestas las puntas de flecha de Clovis, fabricadas en la prehistoria
por los primeros hombres que poblaron América. Más allá se encontraba su
oficina. Beverly, su ayudante, estaba de pie tras su escritorio ordenando
papeles, lista ya para marcharse. Le entregó los últimos faxes recibidos y
dijo:
—Dejé un mensaje para el doctor Levine en su oficina, pero no
llamó. Por lo visto, no pueden localizarlo.
—Para variar — comentó Malcolm con un suspiro. Trabajar con
Levine no resultaba fácil; era tan veleidoso que uno nunca sabía a qué
atenerse. Fue Malcolm quien tuvo que depositar la fianza cuando lo detuvieron
en su Ferrari. Ojeó por encima los faxes: fechas de congresos, peticiones para
la reimpresión de algunos trabajos... nada interesante. — Muy bien, Beverly.
Gracias.
—Ah, ya han venido los fotógrafos. Terminaron hace una hora.
—¿Qué fotógrafos? — preguntó Malcolm.
—Los de Caos trimestral. Para fotografiar su oficina — aclaró
Beverly.
—¿De qué me hablas?
—Vinieron a fotografiar su oficina — repitió Beverly . Para una
serie de reportajes sobre los lugares de trabajo de matemáticos famosos. Traían
una carta firmada por usted donde decía...
—Yo no envié ninguna carta — aseguró Malcolm— . Y es la primera
vez que oigo hablar de Caos trimestral.
Entró en la oficina y echó un rápido vistazo. Beverly,
visiblemente preocupada, corrió tras él.
—¿Qué pasa? ¿Se llevaron algo?
—No — contestó Malcolm mientras abría uno tras otro los cajones
del escritorio. Por lo visto, no había desaparecido nada. — Parece que está
todo en orden.
—¡Menos mal! exclamó Beverly— . Porque...
Malcolm se volvió y miró hacia el otro extremo del despacho. El
mapa.
En la pared tenía un gran mapamundi donde había marcado con
tachuelas los puntos en que habían aparecido "formas aberrantes",
como Levine las llamaba. Según el recuento más optimista — el recuento de
Levine— eran doce en total, desde Rangiroa en el oeste hasta Baja California y
Ecuador en el este. Sólo unas pocas se habían verificado. Pero ahora contaban
con una muestra de tejido que confirmaba la existencia de un espécimen, y eso
daba visos de realidad al resto.
—¿Fotografiaron ese mapa?
—Sí, fotografiaron todo. ¿Puede traer algún problema? Malcolm
contempló el mapa intentando verlo con otros ojos, intentando adivinar qué
conclusiones extraería un intruso. Él y Levine habían pasado horas ante aquel
mapa, especulando sobre un posible "Mundo Perdido", tratando de
determinar dónde podía hallarse. Finalmente se habían concentrado en cinco
islas situadas en aguas de Costa Rica. Levine creía firmemente que era una de
aquellas islas, y Malcolm empezaba a pensar que tenía razón. Pero aquellas
islas no estaban marcadas en el mapa...
—Eran gente muy amable — comentó Beverly— . Muy educados.
Extranjeros... suizos, diría.
Malcolm asintió y lanzó un suspiro.
"¡Qué importancia tiene! Tarde o temprano tenía que salir a
la luz", pensó.
—Puedes quedarte tranquila, Beverly.
—¿De verdad?
—Sí, no pasa nada. Vete, y que descanses.
—Buenas noches, doctor Malcolm.
Cuando se quedó solo en la oficina, marcó el numero de Levine.
Sonó el teléfono y al cabo de un momento apareció el contestador. Levine aún no
había regresado.
—Richard, ¿estás ahí? Si estás, atiende. Es importante.
Esperó, pero no hubo respuesta.
—Richard, soy lan. Escucha, ha surgido un problema. El mapa ya
no es seguro. Por otra parte, hice analizar la muestra, y me parece que revela
el paradero del Enclave B, si mi...
Se oyó un chasquido cuando al otro lado de la línea levantaron
el auricular. Malcolm oyó una respiración.
—¿Richard?
—No — respondió una voz— ; soy Thorne, y creo que debería venir
aquí enseguida.
LAS CINCO MUERTES
—Lo sabía — dijo Malcolm al entrar en el departamento de Levine
y echar un vistazo alrededor— . Sabía que acabaría haciendo algo así. Ya habrán
notado lo irreflexivo que es. Se lo advertí claramente: no vayas hasta que
reunamos toda la información posible. Pero debería haberlo imaginado. Se fue,
por supuesto.
—Sí, se fue — afirmó Thorne.
—Puro ego — reprochó Malcolm— . Richard tenía que ser el
primero. El primero en averiguarlo, el primero en llegar allí. Estoy muy
preocupado; podría echarlo todo a perder. Ese comportamiento impulsivo... es
como una tempestad en el cerebro, las neuronas al borde del caos. La obsesión
es una forma de adicción. Pero, ¿qué científico ha sabido alguna vez
controlarse? Ya se lo enseñan en las facultades: el equilibro no está bien
visto. Olvidan que Neils Bohr no sólo era un gran físico sino también un atleta
olímpico. Ahora todos se empeñan en ser insoportables. Es su estilo
profesional.
Thorne miró pensativamente a Malcolm. Creyó detectar cierta
competitividad en su tono de voz.
—¿Sabes a qué isla ha ido? — preguntó.
—No. No lo sé. — Malcolm iba de un lado a otro del departamento,
observándolo todo. — La última vez que hablamos habíamos reducido las
posibilidades a cinco islas, todas en el sur. Pero aún no habíamos decidido
cuál de ellas era.
Thorne señaló el tablero colgado de la pared, concretamente las
imágenes de satélite.
—¿Esas islas de ahí?
—Sí — respondió Malcolm, echándoles una ojeada— . Forman un arco
y se encuentran todas a unos quince kilómetros mar adentro de la bahía de
Puerto Cortés. Según se cree, están todas deshabitadas. Los lugareños las
conocen como las Cinco Muertes.
—¿Por qué? — quiso saber Kelly.
—Por una antigua leyenda india — explicó Malcolm— . Algo sobre
un valiente guerrero capturado por un rey que le dio a escoger entre cinco
formas de morir: quemado, ahogado, aplastado, colgado y decapitado. El guerrero
eligió las cinco y fue de isla en isla afrontando los distintos desafíos. Una
versión americana de los trabajos de Hércules...
—¡Ahora lo entiendo! — exclamó Kelly, y corrió hacia el
dormitorio.
Malcolm la miró desconcertado. Se volvió hacia Thorne, que hizo
un gesto de incomprensión.
Kelly regresó con el libro infantil en alemán y se lo entregó a
Malcolm.
—Sí — asintió Malcolm— . Die Fünf Todesarten. "Las cinco
maneras de morir." En alemán... ¡qué interesante!
—Tiene muchos libros en alemán — indicó Kelly.
—¿Ah, sí? El muy hijo de puta. No me lo había dicho.
—¿Eso tiene alguna importancia? — preguntó Kelly.
—Sí, mucha. Alcánzame esa lupa, ¿quieres?
Kelly tomó una lupa del escritorio y se la dio.
—¿Por qué es tan importante?
—Las Cinco Muertes son islas volcánicas muy antiguas — dijo
Malcolm— . Y eso significa que poseen una gran riqueza geológica. En los años
20, los alemanes llevaron a cabo prospecciones mineras en esas islas. — Escrutó
las ilustraciones con los ojos entornados. — Sí, son éstas: Matanceros, Muerte,
Tacaño, Sorna y Pena. Todas tienen nombres relacionados con la muerte y la
destrucción. Muy bien. Creo que nos acercamos. ¿Hay alguna fotografía del
satélite con análisis espectrográficos de la capa nubosa?
—¿Va a servirnos eso para localizar el Enclave B? — inquirió
Arby.
—¿Cómo? — Malcolm giró en redondo. — ¿Qué sabes tú del Enclave
B?
Arby seguía ocupado con la computadora.
—Nada. Sólo que el doctor Levine lo buscaba. Y es el nombre que
aparece en los archivos.
—¿Qué archivos?
—Recuperé algunos archivos de InGen en esta computadora. Y
aplicando la función de búsqueda en documentos antiguos encontré referencias al
Enclave B... Pero son bastante confusas. Como esta referencia por ejemplo.
Arby se echó hacia atrás para que Malcolm viese la pantalla.
Sumario: modificaciones al proyecto #35
PRODUCCIÓN (ENCLAVE
B)
REGULADORES DE AIRE Grado 5
a Grado 7
ESTRUCTURA LAB 400
cmm a 510 cmm
BIOSEGURIDAD Nivel
PK/3 a Nivel PK/5VEL.
CINTA TRANSP 3
mpm a 2,5 mpm
CERCADOS 13
hect. a 26 hect.
PERSONAL 17
(4 admin.) a 19 (4 admin.)
PROTOCOLO COM ET(VX)
A RDT(VX)
Malcolm frunció el entrecejo.
—Curioso, pero no muy útil. No nos indica qué isla es, o ni
siquiera si es una isla. ¿Qué más encontraste?
—Bueno... — Arby tecleó rápidamente. — Veamos. También está
esto.
RED DE LA ISLA (ENCLAVE B) PUNTOS
NODALES
ZONA 1 (RÍO) 1—
8
ZONA 2 (COSTA) 9—
16
ZONA 3 (MONTAÑA) 17—
24
ZONA 4 (VALLE) 25—
32
—Bien, así que es una isla — observó Malcolm— . Y el Enclave B
tiene una red, pero ¿qué clase de red? ¿Una red informática?
—No lo sé — admitió Arby— . Quizás una red de radio.
—¿Con qué fin? — preguntó Malcolm— . ¿De qué serviría una red de
radio? Esto no es de gran ayuda.
Arby se encogió de hombros. Tomó aquello como un reto. Volvió a
teclear con vehemencia.
—¡Un momento! — dijo— . Aquí hay otro. Si consigo darle
formato... ¡Ya! ¡Lo tengo!
Se apartó de la pantalla, dejándola a la vista de los demás.
—Muy bien — aprobó Malcolm al ver el nuevo archivo— . ¡Muy bien!
ENCLAVE B
ALA ESTE ALA
OESTE ÁREA DE
CARGA Y DESCARGA
LABORATORIO ÁREA
DE REUNIÓN ENTRADA
PERIFERIA NÚCLEO
PRINCIPAL GEOTURBINA
TIENDA POBLADO
GEONÚCLEO
ESTACION DE SERVICIO CANCHA
DE TENIS MINIGOLF
CENTRO ADMINISTRATIVO RECORRIDO
DE AEROBISMO CONDUCCIÓN DE GAS
SEGURIDAD UNO SEGURIDAD
DOS LÍNEAS
TÉRMICAS
MUELLE FLUVIAL COBERTIZO
PARA BOTES SOLAR UNO
CARRETERA DEL PANTANO CARRETERA
DEL RIO CARRETERA DE MONTAÑA
CARRETERA PANORÁMICA CARRETERA
DEL ACANTILADO CERCADOS
—Ahora sí vamos por buen camino — afirmó Malcolm, leyendo las
listas— . ¿Puedes imprimir una copia?
—Claro. — Arby estaba radiante. — ¿De verdad sirve?
—De verdad — confirmó Malcolm.
Kelly miró a Arby y dijo:
—Arb, ésos son los rótulos de un mapa.
—Sí, eso parece — convino Arby— . No está mal, ¿eh? — Apretó una
tecla y el texto de pantalla pasó a la impresora.
Malcolm estudió de nuevo el listado y luego se concentró en las
fotografías del satélite, examinándolas detenidamente una por una con la lupa.
Casi las rozaba con la nariz.
—Arb, no te quedes ahí parado — reprobó Kelly— . ¡Vamos,
recupera el mapa! ¡Eso es lo que necesitamos!
—No sé si será posible — contestó Arby— . Es un archivo
protegido en un formato de treinta y dos bits... Quiero decir que va a costarme
mucho trabajo...
—Arb, deja de quejarte y manos a la obra — apremió Kelly.
—No te molestes — terció Malcolm. Se apartó de las imágenes del
satélite. — Ya no tiene importancia.
—¿No? — dijo Arby, un poco dolido.
—No, Arby. Puedes dejarlo. Con lo que averiguaste estoy seguro
de que ya podemos identificar la isla.
JAMES
Ed James bostezó y se ajustó el auricular. Deseaba asegurarse de
que no se le escapaba un solo detalle de la conversación. Se revolvió en el
asiento de su Taurus gris buscando una posición más cómoda e intentando
permanecer despierto. La cinta avanzaba en el pequeño grabador que tenía sobre
las rodillas, junto a un bloc y los envoltorios arrugados de dos hamburguesas.
James miró hacia el edificio donde vivía Levine, en la otra acera. Las luces
del departamento del tercer piso estaban encendidas.
Y el micrófono que había colocado allí la semana anterior
funcionaba correctamente. Por el auricular oyó decir a uno de los chicos:
—¿Cómo?
Y Malcolm, el cojo, contestó:
—La esencia de la verificación reside en la convergencia en un
único punto de múltiples hilos de razonamiento.
—¿Y eso qué significa? — inquirió el chico.
—Sólo tienen que fijarse en las fotografías del Landsat. En el
bloc, James anotó: LANDSAT.
—Ya las hemos mirado antes — protestó la chica.
James se avergonzó de no haber descubierto antes que los dos
chicos colaboraban con Levine. Los recordaba bien; iban a su clase. Eran un
niño negro de corta estatura y una chica blanca desgarbada. Tendría que haberse
dado cuenta.
Sin embargo, ya no importaba, pensó. Conseguiría la información
de todos modos. James alargó el brazo y sacó las dos últimas papas fritas de la
bolsa que había dejado en el tablero; estaban frías pero se las comió.
—Vean — oyó decir a Malcolm— . Es aquí. Ésta es la isla adonde
ha ido Levine.
—¿Eso cree? — preguntó la chica, poco convencida— . Ésa es...
isla Sorna.
James escribió: ISLA SORNA.
—Ésa es nuestra isla — aseguró Malcolm— . ¿Por qué? Por tres
razones independientes. Primera, es propiedad privada, y por lo tanto el
gobierno de Costa Rica no la ha rastreado a fondo. Segundo, ¿propiedad de
quién? De los alemanes, que la alquilaron en los años 20 con la intención de
explotar el subsuelo.
—¡Y por eso todos esos libros alemanes!
—Exacto. Tercero, de la lista de Arby, y de otra fuente de
información independiente, se desprende que hay gas volcánico en el Enclave B.
¿Y qué islas tienen gas volcánico? Casualmente sólo una. Agarren la lupa y
verifíquenlo ustedes mismos.
—¿Se refiere a ésta? — aventuró la chica.
—Precisamente. Eso es humo volcánico.
—¿Cómo lo sabe?
—Por el análisis espectrográfico — explicó Malcolm— . ¿Ven ese
pico? Revela la presencia de azufre elemental en la capa nubosa. Las
emanaciones de azufre sólo pueden ser de origen volcánico.
—¿Y ese otro pico? — quiso saber la chica.
—Metano — respondió Malcolm— . Al parecer, existe una
considerable fuente de gas metano.
—¿También es de origen volcánico? intervino Thorne.
—Podría ser — asintió Malcolm— . La actividad volcánica libera
metano, pero generalmente durante las erupciones. La otra posibilidad es que
sea orgánico.
—¿Orgánico? ¿Y eso a qué obedecería?
—A la existencia en la isla de grandes herbívoros y...
James no consiguió oír el final de la frase. A continuación el
chico dijo con tono enojado:
—¿Termino de recuperar estos archivos o no?
—No — contestó Thorne— . Déjalo, Arby. Ahora ya sabemos lo que
debemos hacer. ¡Vámonos, chicos!
James miró hacia el departamento y vio que se apagaban las
luces. Momentos después Thorne y los chicos aparecieron en la puerta del
edificio. Subieron a un jeep y se alejaron. Malcolm fue a su coche, entró
torpemente y se marchó en sentido opuesto.
James pensó en seguir a Malcolm, pero tenía otra tarea
pendiente. Encendió el motor, levantó el auricular del teléfono y marcó un
número.
LOS VEHÍCULOS
Media hora más tarde, ya de regreso en el taller de Thorne,
Kelly miró asombrada alrededor. La mayoría de los mecánicos se habían marchado
y habían dejado todo limpio. Los dos trailers y el Explorer, uno al lado del
otro, estaban recién pintados de color verde oscuro y listos para partir.
—¡Terminaron!
—Ya te lo había dicho — recordó Thorne, volviéndose hacia el
jefe del taller, Eddie Carr, un joven robusto de poco más de veinte años.
Agregó:
—¿Cómo vamos con el trabajo, Eddie?
—Dando los últimos retoques, Doc — respondió Eddie— . La pintura
aún está húmeda en algunos sitios, pero mañana ya se habrá secado.
—No podemos esperar hasta mañana. Tenemos que ponernos en marcha
ahora mismo.
—¿Tenemos? — preguntó Eddie.
Arby y Kelly cruzaron una mirada. Aquello también era nuevo para
ellos.
—Te necesitaré para conducir uno de los vehículos, Eddie —
aclaró Thorne— . Debemos estar en el aeropuerto a medianoche.
—Creía que íbamos a probarlos...
—No hay tiempo para pruebas. Iremos directamente al lugar de
destino. — Sonó el timbre de la puerta. — Debe de ser Malcolm. — Pulsó el botón
del portero automático.
—¿No va a realizarse ninguna prueba sobre el terreno? — insistió
Eddie, alarmado— . Creo que necesitarían un buen tanteo, Doc. Hemos introducido
modificaciones muy complejas y...
—No queda tiempo — lo interrumpió Malcolm al entrar— . Tenemos
que partir inmediatamente. — Volviéndose hacia Thorne, añadió: — Estoy muy
preocupado por Levine.
—¿Llegaron los permisos de salida, Eddie? — preguntó Thorne.
—Ah, sí. Los recibimos hace dos semanas.
Entonces tráelos y avisa a Jenkins. Dile que se reúna con
nosotros en el aeropuerto y que se ocupe él de los detalles. Quiero despegar
dentro de cuatro horas.
—Pero, Doc. ..
—No discutas.
—¿Van a Costa Rica? — inquirió Kelly.
—Así es. Tenemos que encontrar a Levine. Si ya no es demasiado
tarde...
—Los acompañaremos — propuso Kelly.
—Eso — convino Arby— . Nosotros también iremos.
—Ni hablar — atajó Thorne— . Imposible.
—¡Nos lo merecemos!
—¡El doctor Levine habló con nuestros padres!
—¡Nos dieron permiso!
—Les dieron permiso para un viaje de prueba por un bosque que
está a doscientos kilómetros de aquí — repuso Thorne severamente— . Pero ahora
no se trata de eso. Nos vamos a un lugar que podría ser muy peligroso, y
ustedes no van a venir. No se hable más.
—Pero...
—Chicos, no me enloquezcan — advirtió Thorne— . Voy a llamar por
teléfono. Váyanse de aquí. Márchense a casa.
Dicho esto, se dio media vuelta y se fue.
—¡Vaya! — exclamó Kelly.
Arby le sacó la lengua a Thorne, que estaba de espaldas, y
masculló:
—¡Qué imbécil!
—Obedece, Arby — instó Thorne sin volver la cabeza— . Márchense
los dos a casa. Y punto.
Entró en su oficina y cerró de un portazo. Arby se metió las
manos en los bolsillos.
—No lo habrían localizado sin nuestra ayuda.
—Lo sé, Arb — dijo Kelly— . Pero no podemos obligarlo a que nos
lleve.
Se volvieron hacia Malcolm.
—Doctor Malcolm, si usted...
—Lo siento. No es posible.
—Pero...
—La respuesta es no, chicos — contestó Malcolm— . Es demasiado
peligroso.
Cabizbajos, se acercaron a los vehículos, que resplandecían bajo
las luces del taller. El Explorer tenía el techo y el capó cubiertos de paneles
fotovoltaicos y el interior repleto de reluciente material electrónico. Su sola
imagen les transmitía una sensación de aventura, una aventura en la que no
participarían.
Arby escudriñó por la ventanilla del trailer más grande,
ahuecando las manos alrededor de los ojos.
—¡Eh, fíjate! — exclamó.
—Voy a entrar — anunció Kelly, y abrió la puerta. Sorprendida
por su peso y solidez, se quedó inmóvil durante un momento. A continuación
subió por la escalerilla.
Adentro, el trailer estaba tapizado de color gris y contenía
mucho más material electrónico. Se dividía en secciones, cada una
correspondiente a un laboratorio de determinada función. El área principal era
un laboratorio biológico con bandejas para especímenes, receptáculos de
disección y microscopios conectados a monitores. Incluía asimismo equipo
bioquímico, espectrómetros y una serie de analizadores de muestras
automatizados. El departamento contiguo era una amplia sección informática, con
una batería de procesadores y un complejo equipo de comunicaciones. Todo estaba
miniaturizado y encajado en mesas corredizas que se introducían en la pared y
se plegaban hacia abajo.
—¡Increíble! — dijo Arby.
Kelly guardaba silencio. Sin perderse detalle inspeccionaba el
laboratorio que el doctor Levine había diseñado para aquel trailer, al parecer
con una finalidad muy concreta. No estaba pertrechado para investigaciones
geológicas, botánicas o químicas, ni de hecho para nada de lo que teóricamente
debería estudiarse en una expedición de aquellas características. No era en
absoluto un laboratorio de propósito general. En realidad era sólo una unidad
de biología asistida por una gran unidad informática.
Biología y computadoras. Nada más.
¿Con qué objeto se había construido ese trailer?
En la pared había una pequeña estantería empotrada con los
libros sujetos mediante una tira de velcro. Leyó los títulos: Modelos de
sistemas biológicos adaptativos, Dinámica del comportamiento en los
vertebrados, Adaptación en sistemas naturales y artificiales, Los dinosaurios
de Norteamérica, Preadaptación y evolución... No era una biblioteca demasiado
corriente para una expedición a la selva; si aquello escondía alguna lógica,
Kelly no se la veía.
Siguió adelante. A intervalos quedaban a la vista los refuerzos
de las paredes: oscuras franjas alveolares de carbono hasta el techo. Había
oído decir a Thorne que en los cazas supersónicos empleaban ese mismo material.
Muy liviano y resistente. Y advirtió que todas las ventanillas habían sido
sustituidas por unos cristales especiales que contenían una fina malla
metálica.
¿Por qué necesitaban un vehículo tan fuerte?
Si se detenía a pensarlo, se inquietaba un poco. Recordó la
llamada telefónica al doctor Levine de unas horas antes. Había dicho que estaba
rodeado. ¿Rodeado por qué? Había dicho: "Los huelo, sobre todo de
noche". ¿A qué se refería? ¿A quiénes?
Aún intranquila, Kelly avanzó hacia el fondo del trailer, donde
había un confortable habitáculo; tenía hasta cortinas de algodón. Incluía una
cocina, un baño y cuatro camas. Encima y debajo de las camas se extendían
hileras de armarios. Contaba incluso con una pequeña ducha. Resultaba acogedor.
Desde allí cruzó el fuelle que comunicaba los dos trailers. Era
más o menos como la pasarela que une los vagones de un tren, un corto pasillo
de transición. Salió al interior del segundo trailer, que parecía básicamente
un espacio de almacenaje: ruedas de auxilio, repuestos, más material de
laboratorio, estantes y armarios. Todos los implementos necesarios para una
expedición a un lugar lejano. Incluso había una motocicleta colgada en la pared
del fondo. Intentó abrir los armarios, pero estaban cerrados con llave.
También aquella sección se había reforzado especialmente.
"¿Por qué? ¿Por qué tan fuerte?", se preguntó.
—Mira esto — dijo Arby, de pie ante una unidad electrónica
mural. Era un panel lleno de indicadores y botones; a Kelly le pareció una
especie de complicado termostato.
—¿Qué es? — preguntó.
—Desde aquí se controla todo el trailer — explicó Arby— . Con
estos comandos puedes activar cualquier cosa. Todos los sistemas, todo el
equipo. Y fíjate, un circuito de televisión. Apretó un botón y un monitor cobró
vida. En él vieron a Eddie, que se dirigía hacia el trailer. — ¿Y qué será
esto? — Arby señaló un botón con una cubierta de seguridad situado en la parte
baja del panel. Retiró la cubierta. El botón era plateado y llevaba grabadas
las letras DEF. — Seguro que es la defensa contra osos de la que nos habló.
Al cabo de un instante Eddie abrió la puerta del trailer y dijo:
—Mejor será que apagues eso o nos dejarás sin batería. Vengan,
ya oyeron a Doc. Es hora de marcharse a casa.
Kelly y Arby cruzaron una mirada.
—Bueno — contestó Kelly— . Ya nos vamos. A su pesar salieron del
trailer.
Cruzaron el taller en dirección a la oficina de Thorne para
despedirse.
—Ojalá nos dejasen ir — deseó Arby.
—Ojalá.
—No tengo ganas de quedarme en casa estas vacaciones — declaró
Arby— . Van a estar todo el tiempo trabajando. — Se refería a sus padres.
—Ya lo sé.
Kelly, tampoco deseaba volver a su casa. Para ella participar en
la prueba sobre el terreno durante las vacaciones de primavera era la solución
ideal, porque la alejaba de su casa y de una mala situación. Su madre ingresaba
datos para una compañía de seguros durante el día y trabajaba de camarera en
Denny's por la noche. De manera que pasaba la mayor parte del tiempo fuera de
casa, y su último novio, Phil, aparecía por allí con frecuencia, especialmente
de noche. Cuando Emily estaba en casa, eso no había supuesto ningún problema,
pero ahora Emily estudiaba en la escuela de enfermería, así que Kelly se
quedaba sola. Y Phil era un personaje detestable. Pero a su madre le gustaba,
de modo que no quería oír hablar mal de él. Se limitaba a decirle a Kelly que madurase.
Por lo tanto, camino de la oficina de Thorne, Kelly albergaba la vana esperanza
de que en el último minuto él cediese. Cuando llegaron, Thorne estaba hablando
por teléfono, de espaldas a ellos. En la pantalla de la computadora vieron una
de las imágenes del satélite que se habían llevado del departamento de Levine.
Mediante la función de zoom Thorne obtenía sucesivas ampliaciones de la imagen.
Llamaron a la puerta y la entreabrieron.
—Adiós, doctor Thorne.
—Hasta la vista, doctor Thorne.
Thorne se volvió con el auricular del teléfono pegado a la
oreja.
—Adiós, chicos — dijo, e hizo un lacónico gesto de despedida con
la mano.
Kelly vaciló.
—¿Podría hablar un momento con usted sobre...?
—No — la interrumpió Thorne, negando con la cabeza.
—Pero...
—No, Kelly. Esta llamada no puede esperar. Son casi las cuatro
de la mañana en África, y dentro de un rato se irá a dormir.
—¿Quién?
—Sarah Harding.
—¿Sarah Harding también va? — preguntó, resistiéndose a alejarse
de la puerta.
—No lo sé. — Thorne se encogió de hombros. — Que pasen unas
buenas vacaciones. Nos veremos dentro de una semana. Gracias por su ayuda. Y
ahora márchense. — Lanzó una mirada al otro extremo del taller. — Eddie, los
chicos se van. Acompáñalos a la puerta y cierra bien para que no vuelvan a
entrar. ¡Tráeme esos papeles! ¡Ah, y prepara tu mochila! ¡Vienes conmigo! — A
continuación, cambiando de tono, agregó: — Sí, operadora, sigo esperando.
Se volvió de espaldas.
HARDING
Con los anteojos de visión nocturna el mundo se revestía de un
color verde fluorescente en todas sus tonalidades. Sarah Harding contempló la
sabana de África. Adelante, por encima de la alta hierba, veía un promontorio
rocoso. Unos diminutos puntos verdes resplandecían sobre los peñascos.
Probablemente se trataba de damanes, pensó, o de algún otro pequeño roedor.
De pie en el jeep, envuelta en una camisa para protegerse del
aire frío de la noche, giró lentamente la cabeza, notando el peso de los
anteojos. Oía unos gañidos en la noche y quería localizar su procedencia.
Sabía que pese a hallarse sobre el vehículo y disfrutar, por lo
tanto, de una vista más amplia, no sería fácil divisar a los animales, que
trataban de permanecer ocultos a toda costa. Se volvió despacio hacia el norte,
buscando algún movimiento en la hierba. No vio nada. De pronto se dio media
vuelta, y por un momento aquel mundo verde se convirtió en un torbellino.
Miraba hacia el sur.
Y entonces los vio.
La hierba se rizaba formando un complejo dibujo mientras la
manada avanzaba rápidamente, aullando y ladrando, dispuesta para el ataque. Vio
por un instante a la hembra que llamaba Cara Uno o C1. C1 se diferenciaba de
las demás por una veta blanca entre los ojos. C1 avanzaba deprisa con el
peculiar trote de las hienas. Mostraba los dientes y volvía la cabeza,
observando la posición de los otros miembros de la manada.
Sarah Harding, con ayuda de los anteojos, rastreó en la
oscuridad la zona hacia donde se dirigían. No tardó en ver la presa: un rebaño
de búfalos africanos hundidos en la hierba hasta el vientre. Estaban nerviosos;
se oían sus bramidos y el ruido de sus patadas contra el suelo.
Los aullidos de las hienas se hicieron más intensos; era un
sonido destinado a desorientar a la presa. Corrieron entre los búfalos con la
intención de disgregar la manada y separar a las crías de sus madres. Los
búfalos, pese a su apariencia de torpeza y estupidez, son en realidad criaturas
poderosas y fieras provistas de puntiagudos cuernos. Se encuentran entre los
grandes mamíferos más peligrosos de África. Las hienas sabían que eran
incapaces de abatir a un búfalo adulto a menos que estuviese herido o enfermo.
Pero intentarían llevarse una cría.
Sentado al volante del jeep, Makena, su ayudante, preguntó:
—¿Quiere que nos acerquemos más?
—No, ya está bien.
De hecho, ocupaban una posición ideal. El jeep se hallaba en lo
alto de una ligera elevación y disfrutaban de una vista mucho mejor que de
costumbre. Con un poco de suerte grabaría toda la maniobra de ataque. Encendió
la videocámara, montó el trípode a una altura de un metro y medio por encima de
su cabeza, y empezó a dictar rápidamente en el grabador.
—C1 al sur; C2 y C5 en los flancos, a veinte metros. C3 en el
centro. C6 describe un amplio círculo por el este. No veo a C7. C8 avanza en
círculo por el norte. C1 avanza en línea recta, alborotando al rebaño. Los
búfalos se revuelven, cocean. Ahí está C7. De frente. C8 traza un ángulo desde
el norte. Se abre y continúa avanzando en círculo.
Ése era el comportamiento clásico de las hienas. Los animales de
cabeza atravesaban el rebaño mientras los otros lo rodeaban para después
estrechar el círculo. De ese modo la presa no podía seguir la trayectoria de su
atacante. Siguió oyendo los bramidos de los búfalos incluso cuando,
aterrorizados, rompieron su apretada formación. Los animales de mayor tamaño,
separados del grupo, se volvían y vigilaban. Harding no veía a las crías; las
tapaba la hierba. Pero oía sus lastimeros quejidos.
Las hienas acometieron de nuevo. Los búfalos lanzaban coces y
agachaban las enormes cabezas amenazadoramente. La hierba volvió a rizarse
mientras las hienas envolvían al rebaño aullando y ladrando de un modo cada vez
más entrecortado. Avistó por un instante a la hembra C8, que tenía ya las
fauces ensangrentadas. Sin embargo, Harding no había visto el ataque.
El rebaño de búfalos se alejó hacia el este, reagrupándose a
corta distancia. Un búfalo hembra permanecía apartado del resto, bramando sin
cesar a las hienas. Debían de haber capturado a su cría. Harding sintió
frustración. Había ocurrido todo muy deprisa — demasiado deprisa— , y eso sólo
podía significar que las hienas habían tenido suerte o que la cría estaba
herida. O quizás era muy joven, tal vez incluso recién nacida; para esa época
aún parían algunas hembras. Tendría que revisar la cinta e intentar reconstruir
lo sucedido. Ésos eran los riesgos de estudiar animales nocturnos de rápidos
movimientos, pensó.
Pero sin duda habían atrapado un animal. Todas las hienas se
apiñaban en un mismo punto entre la hierba; gañían y brincaban. Vio a C3 y
luego a C5 con los hocicos rojos. Empezaban a acercarse sus propios cachorros,
reclamando su parte del animal muerto con agudos gritos. Las hienas adultas les
abrieron paso de inmediato y los ayudaron a comer. A veces arrancaban trozos de
carne y se los ofrecían a las más jóvenes.
Aquel comportamiento era de sobra conocido para Sarah Harding,
que en los últimos años se había convertido en la mayor experta en hienas del
mundo. Cuando informó por primera vez sobre sus hallazgos, se encontró con la
incredulidad e incluso las impertinencias de sus colegas, que cuestionaron sus
observaciones en términos muy personales. La agredieron por ser mujer, por ser
atractiva y por ofrecer "una perspectiva despóticamente feminista".
La universidad le recordó que aún no era profesora titular. Sus colegas
rechazaron sus afirmaciones con gestos de desdén. A pesar de todo Harding
perseveró y con el paso del tiempo, a medida que acumulaba datos, su visión de
las hienas fue aceptándose.
No obstante, las hienas nunca despertarían simpatía, pensó
viéndolas comer. Eran desgarbadas, tenían la cabeza grande y el cuerpo caído,
el pelo desigual y jaspeado, caminaban torpemente, y emitían un sonido que
recordaba demasiado una risa desagradable. En un mundo cada vez más urbano de
rascacielos de hormigón, los animales salvajes, vistos desde una perspectiva
irreal, eran clasificados en nobles e innobles, en héroes y villanos. Y en ese
mundo dominado por los medios de comunicación las hienas no eran suficientemente
fotogénicas para suscitar admiración. Etiquetadas desde hacía mucho tiempo como
los risueños villanos de las llanuras africanas, no se las había considerado
dignas de un estudio sistemático hasta que Harding inició su investigación.
Sus descubrimientos presentaban a las hienas bajo una luz muy
distinta. Valientes en la caza y atentas con sus crías, habían desarrollado una
estructura social muy compleja, basada además en el matriarcado. En cuanto a
sus famosos gañidos, representaban en realidad una elaborada forma de
comunicación.
De pronto oyó un rugido y a través de los anteojos de visión
nocturna vio acercarse el primer león al animal muerto. Era una hembra de gran
tamaño, y empezó a dar vueltas alrededor de la manada. Las hienas ladraban e
intentaban arañar a la leona, apartando a la vez a las crías y ocultándolas
entre la hierba. En cuestión de minutos aparecieron otros leones y comenzaron a
devorar la presa ganada por las hienas.
"Ahora leones", pensó. Ésa sí era una bestia
repugnante. Pese a ser considerado el rey de todos los animales, los leones
actuaban con verdadera mezquindad y...
Sonó el teléfono.
—Makena — dijo Harding.
El teléfono volvió a sonar. ¿Quién podía ser a esas horas?
Arrugó la frente. Vio que los leones levantaban la cabeza en la oscuridad.
Makena buscó a tientas el teléfono bajo el tablero. Sonó otras
tres veces antes de que lo encontrara.
Harding lo oyó decir:
—Jambo, mzee. Sí, la doctora Harding está aquí. —Le pasó el
auricular. — Es el doctor Thorne.
De mala gana se quitó los anteojos y tomó el teléfono. Conocía
bien a Thorne; le había diseñado la mayor parte del equipo que llevaba en el
jeep.
—Doc, más vale que sea algo importante — advirtió.
—Lo es — repuso Thorne— . Te llamo por algo relacionado con
Richard.
—¿Qué le pasa? — Harding percibió la inquietud de Thorne, pero
no se imaginó la causa. Últimamente Levine se había convertido en una auténtica
molestia. Llamaba casi a diario desde California para extraerle toda clase de
información sobre el trabajo de campo con animales. La asaeteaba con preguntas
sobre puestos de observación, protocolos de datos, registro de información y un
sinfín de cuestiones más.
—¿Te dijo alguna vez qué se proponía estudiar? — preguntó
Thorne.
—No — respondió Harding— . ¿Por qué?
—¿No te ha dado siquiera algún indicio?
—No — repitió Harding— . Es muy reservado. Pero deduzco que ha
localizado una población animal que podría utilizarse para demostrar algo sobre
los sistemas biológicos. Ya sabes lo obsesivo que es. ¿Por qué me lo preguntas?
—Porque desapareció — explicó Thorne— . Malcolm y yo creemos que
está en apuros. Lo localizamos en una isla de Costa Rica y salimos en su busca
ahora mismo.
—¿Ahora?
—Esta noche. Dentro de unas horas tomamos el avión a San José.
lan viene conmigo, y querríamos que nos acompañases.
—Doc protestó Harding— , aun cuando tomase el vuelo de Seronera
a Nairobi mañana a primera hora, tardaría casi un día en llegar allí. Y eso con
suerte. Quiero decir que...
—Tú decides — la interrumpió Thorne— . Te daré los detalles, y
resuelve lo que consideres conveniente.
Thorne le proporcionó la información, y ella la anotó en un
cuaderno que llevaba colgado del cinturón. A continuación Thorne colgó.
Inmóvil, Harding contempló la noche africana, sintiendo en la
cara la brisa fría. En la oscuridad oía los gruñidos de los leones mientras
devoraban la presa. Su trabajo estaba allí. Su vida estaba allí.
—¿Doctora Harding? — dijo Makena— . ¿Qué hacemos?
—Volvamos — ordenó ella— . Tengo que preparar el equipaje.
—¿Se marcha?
—Sí — contestó Harding— . Me marcho.
EL MENSAJE
Las luces de San Francisco se desvanecían tras ellos a medida
que se alejaban camino del aeropuerto con Thorne al volante del trailer.
Malcolm ocupaba el asiento contiguo. Volvió la cabeza y echó una ojeada al
Explorer, en el que los seguía Eddie.
—¿Sabe Eddie en qué andamos metidos? — preguntó Malcolm.
—Sí — respondió Thorne— . Pero si se lo cree o no ya es otra
cosa.
—¿Y los chicos lo saben?
—No — aseguró Thorne.
Thorne oyó un zumbido junto a él y sacó su Envoy negro, un
localizador personal. Destellaba una luz. Encendió la pantalla y se lo entregó
a Malcolm.
—Léemelo.
—Es de Arby — informó Malcolm— . Dice: "Buen viaje. Si nos
necesita, llámenos. No nos moveremos de aquí por si precisa nuestra
ayuda". Y deja un número de teléfono.
Thorne se echó a reír.
—Son encantadores. Nunca se rinden. — De pronto lo asaltó una
sospecha y frunció el entrecejo. ¿De qué hora es el mensaje?
—Es de hace cuatro minutos — contestó Malcolm— . Lo envió a
través de la red.
—Ah, bueno. Simple comprobación.
Doblaron a la derecha en dirección al aeropuerto. Vieron las
luces a lo lejos. Malcolm miraba al frente con expresión sombría.
—No es prudente actuar con tanta precipitación — se lamentó— .
Estas cosas no pueden hacerse así.
—Saldremos del paso — lo tranquilizó Thorne— . Siempre y cuando
ésa sea la isla.
—Lo es — aseguró Malcolm.
—¿Por qué estás tan seguro?
—El indicio más importante es algo que prefería no comentar
delante de los chicos. Hace unos días Levine vio uno de esos animales muertos.
—¿Sí?
—Sí. Tuvo ocasión de echarle un vistazo antes de que lo quemasen
y descubrió que estaba marcado. Cortó la etiqueta y me la mandó.
—¿Marcado? — inquirió Thorne— . Quieres decir como...
—Sí. Como un espécimen biológico. La etiqueta era vieja y tenía
la superficie picada debido al ácido sulfúrico.
—De origen volcánico — conjeturó Thorne.
—Exacto — confirmó Malcolm.
—¿Y dices que era vieja?
—Tenía varios años — explicó Malcolm— . Pero lo más interesante
es la causa de la muerte. Levine dedujo que el animal había resultado herido
aún en vida: un profundo corte en la pata, que llegaba hasta el hueso.
—Es decir, que el animal fue herido por otro dinosaurio.
—Sí. Así es.
Guardaron silencio durante un rato.
—Aparte de nosotros, ¿quién más conoce la existencia de esa
isla? — preguntó Thorne.
—No lo sé — respondió Malcolm— . Pero alguien está interesado.
Hoy entraron en mi oficina unos intrusos y fotografiaron todo.
—Estupendo. — Thorne lanzó un suspiro. — Pero, ¿tú aún no sabías
qué isla era?
—No. Aún no había atado cabos.
—¿Crees que alguien más podría haber llegado a la misma
conclusión?
—No — contestó Malcolm— . Estamos solos.
EXPLOTACIÓN
Lewis Dodgson abrió la puerta donde se leía SECCIÓN DE ANIMALES
e inmediatamente todos los perros empezaron a ladrar. Dodgson siguió por el
corredor entre las hileras de jaulas que se elevaban a una altura de tres
metros a ambos lados. El pabellón era enorme; Biosyn Corporation de Cupertino,
California, necesitaba unas amplias instalaciones para la experimentación con
animales.
A su lado Rossiter, el presidente de la compañía, se limpió las
solapas del traje italiano, con expresión adusta.
—No soporto este horroroso lugar — protestó— . ¿Por qué me
hicieron venir aquí?
—Porque tenemos que hablar sobre el futuro — respondió Dodgson.
—Esto apesta — rezongó Rossiter, consultando su reloj— . Vamos
al grano, Lew.
—Aquí podremos hablar. — Dodgson lo llevó a la cabina del
vigilante, situada en el centro del pabellón.
El vidrio ahogó los ladridos, pero por las ventanas seguían
viendo las hileras de animales.
—Es muy sencillo — empezó Dodgson— . Pero también muy
importante.
Lewis Dodgson tenía cuarenta y cinco años. Era un hombre de
facciones suaves y pelo ralo. Tenía un aspecto juvenil y un trato amable. Pero
las apariencias engañaban. Dodgson, pese a su cara de niño, era uno de los
genetistas más implacables y agresivos de su generación. La controversia había
sido la nota dominante de su carrera. Había sido expulsado de Hopkins durante
el curso de doctorado por proyectar una terapia genética aplicada a seres
humanos sin solicitar permiso a las autoridades sanitarias. Más tarde, tras su
incorporación a Biosyn había llevado a cabo en Chile una polémica prueba con
una vacuna para la rabia; los campesinos incultos con quienes experimentó no
fueron informados de que se trataba de un ensayo.
Tanto en un caso como en otro Dodgson se justificó aduciendo que
era un científico con prisa y no podía refrenarse por normativas creadas para
espíritus menores. Se definía como un hombre "orientado a los
resultados", lo cual significaba que estaba dispuesto a hacer cualquier
cosa con tal de alcanzar sus objetivos. Además era un incansable vendedor de su
propia imagen. En la compañía Dodgson se presentaba como investigador, pese a
que carecía de aptitudes para realizar investigaciones originales y de hecho jamás
había investigado. Poseía un intelecto esencialmente mimético; nunca concebía
nada hasta que alguien lo había pensado primero. Su fuerte era el
"desarrollo" de investigaciones, lo cual equivalía a robar el trabajo
de otro en sus etapas iniciales. En este campo no tenía escrúpulos ni rivales.
Durante muchos años había dirigido el departamento de contraingeniería de
Biosyn, dedicado en teoría a analizar los productos de la competencia y
determinar su elaboración. En la práctica, la "contraingeniería" se
centraba básicamente en el espionaje industrial.
Rossiter, naturalmente, no se engañaba con respecto a Dodgson.
Le inspiraba un profundo rechazo y lo eludía en la medida de lo posible.
Dodgson siempre corría riesgos y buscaba atajos; lo ponía nervioso. Pero
Rossiter no ignoraba que la moderna biotecnología era un campo muy competitivo.
Toda compañía, para no quedar rezagada, necesitaba a un hombre como Dodgson. Y
Dodgson sobresalía en su especialidad.
—No andaré con rodeos — anunció Dodgson, volviéndose hacia
Rossiter— . Si actuamos deprisa, podemos adquirir la tecnología de InGen.
Rossiter lanzó un suspiro.
—Otra vez no...
—Lo sé, Jeff Conozco tu opinión al respecto, y lo reconozco: en
este asunto tuvimos muchos contratiempos...
—¿Contratiempos? — lo interrumpió Rossiter— . El único
contratiempo es que fracasaste. Lo intentamos por todos los medios, lícitos e
¡lícitos. ¡Maldita sea, incluso tratamos de comprar la compañía cuando estaba
acogida al Capítulo 11 porque, según tú, era accesible! Pero resultó que no lo
era. Los japoneses se negaron a vender.
—Te comprendo, Jeff; pero no olvidemos...
—Lo que no puedo olvidar — prosiguió Rossiter— es que pagamos
setecientos cincuenta mil dólares a tu amigo Nedry y no sacamos nada en claro.
—Pero, Jeff...
—Y luego pagamos quinientos mil a ese alcahuete del Banco
Dai-Ichi. Tampoco de ahí obtuvimos beneficio. Todos nuestros intentos de
adquirir la tecnología de InGen han sido un estrepitoso fracaso. Eso sí que no
puedo olvidarlo.
—Pero la cuestión — insistió Dodgson— es que esos intentos se
deben a una buena razón. Esa tecnología es vital para el futuro de la compañía.
—Si tú lo dices...
—El mundo está cambiando, Jeff. Te hablo de resolver uno de los
mayores problemas con que deberá enfrentarse esta compañía en el siglo XXI.
—¿Cuál?
Dodgson señaló hacia los perros que ladraban al otro lado del
vidrio.
—La experimentación con animales. No nos engañemos, Jeff, cada
año recibimos mayores presiones para que interrumpamos los ensayos con
animales. Cada año tenemos más manifestaciones en contra, más intrusiones y
peor prensa. Al principio eran sólo los fanáticos y las celebridades de
Hollywood. Pero ahora son multitudes; hasta los filósofos de universidad
sostienen ya que no es ético someter a las atrocidades de la investigación en
laboratorios a los monos, los perros e incluso las ratas. Nos han llegado quejas
sobre la "explotación" que padecen los calamares por nuestra causa,
pese a que se sirven para la cena en todo el mundo. Jeff, esta tendencia no va
a modificarse. Al final alguien dirá que ni siquiera podemos utilizar bacterias
para elaborar productos genéticos.
—Vamos, no exageres.
—Tú espera y verás. Y nos obligarán a cerrar. A menos que
dispongamos de un animal genuinamente creado. Piensa, por ejemplo, en un animal
extinto que devolvemos a la vida; a efectos prácticos no sería un animal. No
podría tener derechos. Ya se ha extinguido. Por lo tanto, si existe es porque
nosotros lo creamos. Lo creamos, lo patentamos y es de nuestra propiedad. Y
cumple todos los requisitos para la experimentación. Y creemos que los sistemas
enzimáticos y hormonales de los dinosaurios son idénticos a los de los
mamíferos. En el futuro podrían probarse los fármacos en pequeños dinosaurios
tan satisfactoriamente como ahora con los perros y las ratas... y con muchos
menos riesgos legales.
—Eso crees — dijo Rossiter, negando con la cabeza.
—Tengo la total seguridad. En esencia son lagartos grandes,
Jeff. Y a nadie le gustan los lagartos. No son como esos perritos encantadores
que te lamen la mano y conquistan tu corazón. Los lagartos no tienen
personalidad. Son serpientes con patas.
Rossiter lanzó un suspiro.
—Jeff. Hablamos de libertad real. Ya que por el momento todo lo
que tiene que ver con animales vivos está sujeto a limitaciones morales y
legales. Los cazadores no pueden disparar contra un león o un elefante, los
mismos animales que sus padres y abuelos mataban para fotografiarse después
posando orgullosamente junto a la pieza. Ahora hay solicitudes, permisos,
gastos... y mucho sentido de culpabilidad. En estos tiempo no te atreverías a
cazar un tigre y después contarlo. En el mundo moderno se considera más grave
matar a un tigre que a tus padres. Los tigres tienen abogados. Pero ahora
imagina una reserva de caza especialmente abastecida, quizás en algún lugar de
Asia, donde la gente rica e importante pudiese cazar tiranosaurios y
triceratops en un marco natural. Sería una atracción en extremo apetecible.
¿Cuántos cazadores tienen una cabeza de reno disecada en la pared? Muchísimos.
En cambio, ¿cuántos pueden alardear de tener una cabeza de tiranosaurio con las
fauces abiertas colgada sobre el bar?
—No hablas en serio — dijo Rossiter.
—Sólo quiero que entiendas una cosa, Jeff esos animales son
totalmente explotables. Podemos hacer con ellos lo que queramos. Rossiter se
metió las manos en los bolsillos, suspiró y miró a Dodgson.
—¿Esos animales existen todavía?
Dodgson asintió lentamente.
—¿Y sabes dónde están? Dodgson asintió de nuevo.
—Muy bien — accedió Rossiter— . Adelante. — Se dirigió hacia la
puerta. Antes de salir se detuvo y volvió la cabeza. — Pero que quede claro,
Lew. Nunca más. Ésta es la última vez. O consigues esos animales, o se acabó.
¿Entendido?
—No te preocupes — dijo Dodgson— . Esta vez los conseguiremos.
TERCERA CONFIGURACIÓN
En la fase intermedia, el rápido aumento de la complejidad
dentro del sistema oculta el riesgo de caos inminente. Sin embargo, el riesgo
existe.
IAN MALCOLM
COSTA RICA
En Puerto Cortés caía una lluvia torrencial. El agua golpeteaba
ruidosamente sobre el tejado metálico del pequeño cobertizo situado junto al
aeródromo. Completamente empapado, Thorne aguardaba mientras el policía
costarricense revisaba una y otra vez la documentación. Se llamaba Rodríguez y
tenía poco más de veinte años. Le caía mal el uniforme y andaba con pies de
plomo por miedo a cometer un error.
Thorne miró hacia la pista, donde, en la tenue luz del alba, se
disponían a acoplar los contenedores en la parte inferior de los enormes
helicópteros Huey. Eddie se hallaba con Malcolm bajo la lluvia y daba
instrucciones a los operarios que aseguraban las abrazaderas. Rodríguez,
indeciso, examinó de nuevo los papeles.
—Veamos, señor Thorne, según esto, su lugar de destino es isla
Sorna.
—Exactamente.
—¿Y en los contenedores sólo transportan vehículos? — prosiguió
Rodríguez.
—Sí, así es. Vehículos especiales para investigación.
—Sorna es una isla despoblada — advirtió Rodríguez— . No hay
combustible ni medios de abastecimiento ni mucho menos carreteras...
—¿Ha estado allí? — lo interrumpió Thorne.
—Yo personalmente, no. Aquí no tenemos ningún interés en esa
isla. No hay más que rocas y selva. Y por mar sólo puede llegarse en
condiciones meteorológicas óptimas. Hoy, por ejemplo, sería imposible
desembarcar.
—Comprendo.
—Mi única intención — justificó Rodríguez— es asegurarme de que
están preparados para las dificultades con que van a encontrarse.
—Creo que lo estamos.
—¿Llevan combustible suficiente para los vehículos?
Thorne suspiró, decidiendo que no tenía sentido entrar en
detalles.
—Sí, de sobra.
—Y viajan sólo tres personas: el doctor Malcolm, usted y su
ayudante, el señor Carr.
—Correcto — confirmó Thorne.
—¿Y piensan quedarse menos de una semana?
—Así es. Unos dos días. Con un poco de suerte abandonaremos la
isla mañana mismo.
Rodríguez volvió a revisar los papeles, como si buscase alguna
señal oculta.
—Bueno...
—¿Hay algún problema? — preguntó Thorne, consultando el reloj.
—Ninguno, señor. Sus permisos los ha firmado el director general
de Reservas Biológicas. Todo está en orden... — Rodríguez titubeó. — Pero es
muy raro que les hayan concedido el permiso.
—¿Por qué?
Desconozco los detalles, pero hace unos años pasó algo en una de
esas islas, y desde entonces el Departamento de Reservas Biológicas prohibe la
entrada de turistas en todas las islas del Pacífico.
—Nosotros no somos turistas — le aclaró Thorne.
—Lo sé, señor Thorne.
Rodríguez revisó los documentos una vez más. Thorne aguardó.
En la pista los contenedores estaban ya acoplados e izados.
—Muy bien, señor Thorne — dijo Rodríguez por fin, sellando los
papeles— . Buena suerte.
—Gracias — respondió Thorne. Se metió los papeles en un
bolsillo, agachó la cabeza para protegerse de la lluvia y volvió corriendo a la
pista.
Cinco kilómetros mar adentro, los helicópteros dejaron atrás la
capa de nubes costera y salieron a la luz de la mañana. Desde la cabina del
primer Huey, Thorne contempló la costa a izquierda y derecha. Vio cinco islas,
unas más alejadas de tierra que otras: abruptas crestas rocosas irguiéndose en
medio de un mar encrespado. Thorne accionó el botón del micrófono y preguntó:
—¿Cuál es isla Sorna?
El piloto señaló al frente.
—Las llamamos Cinco Muertes — explicó— . Isla Muerte, isla
Matanceros, isla Pena, isla Tacaño e isla Sorna, que es esa grande situada más
al norte.
—¿Usted ha estado allí alguna vez?
—No, nunca — contestó el piloto—. Pero creo que encontraremos
dónde aterrizar.
—¿Cómo lo sabe? — inquirió Thorne.
—Hace unos años se realizaron algunos vuelos hasta allí. Según
he oído, vinieron unos norteamericanos y sobrevolaron la isla unas cuantas
veces.
—¿Alemanes no?
—No, no — aseguró el piloto— . No han venido alemanes desde...
no sé, desde la Guerra Mundial. Los que vinieron eran norteamericanos.
—¿Cuánto hace de eso?
—No sabría decirle. Quizá diez años.
El helicóptero giró hacia el norte y sobrevoló la isla más
cercana. Thorne observó el terreno volcánico e irregular, poblado por una
tupida selva. No se advertían signos de vida ni de presencia humana.
—Los lugareños no sienten ningún aprecio por estas islas —
comentó el piloto— . Según dicen, nunca traen nada bueno. — Sonrió. — ¿Qué
sabrán ellos? Son indios supersticiosos.
De nuevo sobrevolaban el mar; isla Sorna se encontraba justo
delante de ellos. Se veía claramente que era un antiguo cráter volcánico: un
cono erosionado, con desnudas paredes de roca gris rojiza.
—¿Adónde llegan los barcos? — preguntó Thorne.
El piloto señaló un punto donde el mar hervía y embestía el
acantilado.
—En el flanco este de la isla hay muchas cuevas formadas por las
olas. Algunos lugareños la llaman isla Gemido, por el ruido que producen las
olas al penetrar en las cavidades. Algunas de esas cuevas llegan al interior de
la isla y un barco puede navegar por ellas en determinadas circunstancias. No
con este tiempo, claro.
Thorne pensó en Sarah Harding. Si se decidía a acompañarlos,
llegaría esa tarde.
—Quizá dentro de unas horas venga a reunirse con nosotros una
colega — dijo— . ¿Podrá traerla?
—No, lo siento — contestó el piloto— . Tenemos un trabajo
pendiente en golfo Juan. No volveremos hasta la noche.
—¿Cómo puede trasladarse hasta aquí?
El piloto echó un vistazo al mar.
—Tal vez en barco. El estado del mar cambia continuamente. Quizá
tenga suerte.
—¿Vendrán a recogernos mañana? — preguntó Thorne.
—Sí, señor Thorne. Estaremos aquí por la mañana temprano. Es la
mejor hora, por los vientos.
El helicóptero se aproximó por el oeste y, elevándose más de doscientos
metros, pasó por encima del acantilado. Ante ellos apareció el interior de la
isla. Presentaba el mismo aspecto que las otras: una densa selva, crestas
volcánicas y barrancos. Desde el aire ofrecía una bella vista, pero Thorne supo
de inmediato que no sería fácil moverse por aquel terreno. Miró hacia abajo,
buscando alguna carretera.
Se atenuó el zumbido de los rotores y el helicóptero trazó un
círculo sobre la zona central de la isla. Thorne no vio edificios ni
carreteras. El aparato descendió hacia la selva.
—Aquí el viento es muy peligroso a causa de los acantilados.
Llega en ráfagas y se forman remolinos. Sólo hay un lugar en la isla donde
podemos aterrizar sin riesgos. — Miró por la ventanilla. — Allí.
Thorne vio un claro cubierto de hierba alta.
—Aterrizaremos allí — repitió el piloto.
ISLA SORNA
Eddie Carr, de pie en medio de la alta hierba del claro, volvió
la cara ante la polvareda que levantaron los helicópteros al despegar. En
cuestión de unos instantes eran dos pequeñas manchas apenas audibles. Eddie los
siguió con la vista protegiéndose los ojos del sol con la mano. Con voz
lastimera preguntó:
—¿Cuándo vuelven?
—Mañana a primera hora — respondió Thorne— . Para entonces ya
habremos encontrado a Levine.
—Más nos vale — comentó Malcolm.
Los helicópteros desaparecieron detrás del elevado contorno del
cráter. Los tres permanecieron inmóviles en el claro por un momento, sumidos en
el calor de la mañana y el profundo silencio.
—Este sitio le pone a uno carne de gallina — se lamentó Eddie,
bajándose un poco más la visera de la gorra de béisbol.
Eddie Carr tenía veinticuatro años y se había criado en Daly
City. Era moreno y robusto. Pese a su recia musculatura sus manos eran
elegantes, de dedos largos y finos. Eddie poseía un talento natural — genio,
habría dicho Thorne— para la mecánica. Era capaz de construir o arreglar
cualquier cosa. Le bastaba una ojeada para desentrañar el funcionamiento de un
mecanismo. Thorne lo había contratado tres años atrás, cuando aún no había
terminado sus estudios. En principio se trataba de un empleo temporario que le
permitiese ganar dinero para volver a la universidad y graduarse. Pero no tardó
en convertirse en un ser indispensable para Thorne. Y Eddie, por su parte, no
mostraba mucho interés en volver a los libros.
Sin embargo, mirando alrededor en el claro, pensó que jamás
había imaginado una situación como esa. Eddie era un joven urbano, acostumbrado
al trajín de la ciudad, los bocinazos y el tráfico. Aquel silencio inhóspito lo
incomodaba.
—Vamos — ordenó Thorne, apoyándole una mano en el hombro— ,
manos a la obra.
Se volvieron hacia los contenedores, que el helicóptero había
dejado a unos metros en la hierba.
—¿Los ayudo? — se ofreció Malcolm.
—Si no le importa, preferiría que no — contestó Eddie— . Será
mejor que nos ocupemos nosotros.
Les llevó media hora desatornillar los paneles posteriores,
bajarlos y entrar en los contenedores. Después sólo tardaron unos minutos en
desenganchar los vehículos. Eddie se sentó al volante del Explorer y puso el
motor en marcha. Sólo se oyó un suave susurro al encenderse la bomba de vacío.
—¿Cómo está de carga? — preguntó Thorne.
—Al máximo — informó Eddie.
—¿Y las baterías están en condiciones?
—Sí. Todo parece en orden.
Eddie suspiró aliviado. Había supervisado la conversión a
energía eléctrica de los vehículos, pero la falta de tiempo no le había
permitido probarlos a fondo. Y si bien los automóviles eléctricos empleaban una
tecnología menos compleja que los motores de combustión interna — ese
estridente vestigio del siglo XIX— , Eddie era consciente de los riesgos que
entrañaba poner directamente sobre el terreno equipo no probado. Sobre todo
cuando el equipo incluía la tecnología más avanzada. Esa circunstancia
inquietaba a Eddie más de lo que admitía. Como la mayoría de los mecánicos
natos, su actitud era en extremo conservadora. Su único deseo era que las
máquinas funcionasen, fuera como fuese, y para él eso equivalía a utilizar
tecnología sólida y probada. Por desgracia, en aquel caso no habían tenido en
cuenta su opinión.
Dos aspectos preocupaban de manera especial a Eddie. En primer
lugar, los modernos paneles fotovoltaicos montados en el techo y el capó de los
vehículos, con sus microplaquetas octagonales de silicona. Esa clase de paneles
era muy eficaz y mucho menos frágil que los antiguos. Eddie los había provisto
de unas unidades de amortiguación de vibraciones diseñadas por él mismo. En
cualquier caso, si los paneles resultaban dañados, sería imposible alimentar
los motores y usar el equipo electrónico. Todos los sistemas dejarían de
funcionar.
Su otra preocupación eran las baterías mismas. Thorne había
elegido las nuevas baterías de ion litio lanzadas al mercado por Nissan, que
ofrecían un excelente rendimiento considerando su peso. Pero se encontraban aún
en fase de experimentación, lo cual para Eddie significaba en términos
eufemísticos que no merecían confianza.
Eddie había propuesto encarecidamente la inclusión de sistemas
auxiliares, de un pequeño generador de gasolina por precaución, y muchas cosas
más. Pero todas sus sugerencias habían sido rechazadas. Considerando las
circunstancias, Eddie había optado por la única solución sensata: incorporar
algunos complementos por su propia cuenta.
Estaba casi seguro de que Thorne lo había notado. Pero Thorne
nunca decía nada. Y Eddie no había sacado el tema a relucir. En esos momentos,
viéndose en aquella isla perdida, no se arrepentía de haberlo hecho. Porque la
realidad era que uno nunca sabía qué podía ocurrir.
Eddie, bajo la mirada atenta de Thorne, dio marcha atrás y salió
del contenedor. Dejó el Explorer en medio del claro, donde los paneles quedaban
expuestos al sol, para asegurarse el suministro de energía.
Thorne se puso al volante del primer trailer y retrocedió.
Resultaba extraño conducir un vehículo tan silencioso. El ruido más audible era
el roce de los neumáticos contra el suelo metálico del contenedor, y una vez en
la hierba apenas producía sonido alguno. Thorne bajó de la cabina y unió los
dos trailers mediante el fuelle de acero flexible.
Por último, Thorne entró a buscar la motocicleta, que también
era eléctrica. La empujó hasta la parte trasera del Explorer, la colgó de los
soportes correspondientes y la conectó al mismo sistema que alimentaba el
vehículo, para recargar la batería. A continuación dio un paso atrás.
—¡Listos! — anunció.
Desde el claro tórrido y callado, Eddie observó el elevado borde
circular del cráter, que se alzaba a lo lejos sobre la densa selva. La roca
desnuda brillaba al sol de la mañana y las paredes presentaban un aspecto
rígido e imponente. Se sintió atrapado, desolado.
—¿Por qué se le ocurriría a alguien venir aquí? — comentó.
Malcolm, apoyado en el bastón, sonrió.
—Para escapar de todo, Eddie — explicó— . ¿Tú no deseas a veces
escapar de todo?
—No, si puedo evitarlo — respondió Eddie— . A mí me gusta tener
siempre cerca un Pizza Hut. ¿Entiende lo que quiero decir?
—Aquí no hay ninguno en muchos kilómetros a la redonda.
Thorne regresó al panel trasero del trailer y sacó un par de
potentes rifles. Cada uno de ellos llevaba acopladas bajo el cañón dos pequeñas
cajas de aluminio. Le entregó un rifle a Eddie y mostró el otro a Malcolm.
—¿Habías visto alguno de éstos? — preguntó.
—Leí algo sobre ellos — dijo Malcolm— . Son los suecos, ¿no?
—Exacto. El rifle Lindstradt de aire comprimido. Es el rifle más
caro del mundo. Sólido, sencillo, certero y confiable. Dispara un dardo
subsónico Fluger de descarga por impacto que puede contener cualquier
sustancia. — Thorne abrió la cubierta del cargador para mostrarle una hilera de
cartuchos de plástico transparente con un líquido de color pajizo; cada uno
llevaba en la punta una aguja de ocho centímetros. — Nosotros hemos usado
veneno concentrado de Conus purpurascens, una subclase de celentéreos, más conocidos
como conos, que se encuentra en los mares del Sur. Es la neurotoxina más
poderosa del mundo. Actúa en dos milésimas de segundo, una velocidad superior a
la de la conducción nerviosa. El animal cae antes de sentir la punzada del
dardo.
—¿Es letal?
Thorne asintió con la cabeza y dijo:
—No hay margen de error. Recuérdalo: procura que esto no se te
dispare en un pie, porque estarás muerto antes de darte cuenta de que has
apretado el gatillo.
—¿Existe antídoto? — inquirió Malcolm.
—No. Pero, ¿qué importancia tiene? De todos modos, no habría
tiempo de administrarlo.
—Eso simplifica las cosas — afirmó Malcolm, agarrando el arma.
—Me pareció conveniente que lo supieses — observó Thorne— .
¿Eddie? Vámonos.
EL ARROYO
Eddie subió al Explorer. Thorne y Malcolm se acomodaron en la
cabina del trailer. Al cabo de un instante se oyó el chasquido de la radio.
—¿Va a conectar la base de datos, Doc?
—Ahora mismo — contestó Thorne.
Introdujo el disco óptico en la ranura del tablero. En el
pequeño monitor que tenía enfrente vio aparecer la isla, pero las nubes la
tapaban en gran parte.
—¿De qué nos servirá eso? — preguntó Malcolm.
—Un momento — pidió Thorne— . Es un sistema. Tiene que reunir y
evaluar datos.
—¿Y de dónde obtiene los datos?
—De un radar.
Pasados unos segundos la imagen de radar ofrecida por el
satélite se superpuso a la fotografía. El radar traspasaba las nubes. Thorne
pulsó un botón y la computadora trazó los perfiles de la isla, realzando los
detalles y destacando la desdibujada red de caminos.
—Muy ingenioso — comentó Malcolm, pero Thorne lo notaba tenso.
—Lo tengo — informó Eddie por la radio.
—¿Él ve esa misma imagen? — quiso saber Malcolm.
—Sí, en el monitor de su tablero.
—Pero aún no recibo señal del GPS — añadió Eddie, impaciente— .
¿No funciona?
—¡Calma, muchacho! — pidió Thorne— . Dale un minuto. Tiene que
leer el disco óptico. La imagen se está formando.
En el techo del trailer había montado un GPS cónico. Mediante
las señales de radio que recibía de los satélites de navegación en órbita, el
GPS determinaba la posición geográfica de los vehículos con una precisión de
metros. Al cabo de un momento una X roja empezó a destellar en el mapa de la
isla.
—Muy bien — dijo Eddie por la radio— . Ya lo tengo. Parece que
sale un camino de la parte norte del claro. ¿Vamos por ahí?
—Yo diría que sí — decidió Thorne. Según el mapa, el camino
serpenteaba durante unos kilómetros por el interior de la isla hasta el lugar
donde confluían todos los caminos. Daba la impresión de que en aquel punto se
alzaban unos edificios, pero era imposible saberlo con certeza.
—De acuerdo, Doc. Allá vamos.
Eddie se adelantó y encabezó la marcha. Thorne pisó el
acelerador y el trailer avanzó con un leve susurro tras el Explorer. Junto a él
Malcolm guardaba silencio y jugueteaba con una pequeña agenda electrónica que
tenía sobre las piernas. No miró por la ventanilla ni una sola vez.
En unos instantes salieron del claro y se adentraron en la
espesa selva. Las luces del tablero parpadearon: el vehículo había pasado a
alimentarse de las baterías. A través de los árboles no llegaba sol suficiente
para impulsar el trailer. Siguieron adelante.
—¿Cómo van las cosas, Doc? — preguntó Eddie— . ¿Retiene la
carga?
—Todo funciona perfectamente, Eddie.
—Parece nervioso — observó Malcolm.
—Está preocupado por el equipo — explicó Thorne.
—¡Qué demonios! — exclamó Eddie— . Estoy preocupado por mí.
A pesar del pésimo estado en que se encontraba el camino y la
crecida vegetación, los vehículos avanzaban sin problemas. Al cabo de unos diez
minutos llegaron a un arroyo de orillas lodosas. El Explorer empezó a cruzarlo,
pero de pronto se detuvo. Eddie se bajó y retrocedió saltando sobre las rocas
que asomaban por encima del agua.
—¿Qué pasa? — preguntó Thorne.
—He visto algo, Doc.
Thorne y Malcolm bajaron del trailer y se quedaron inmóviles en
la orilla del arroyo. Oyeron unos gritos lejanos semejantes a los reclamos de
un ave. Malcolm levantó la vista con expresión ceñuda.
—¿Pájaros? — aventuró Thorne.
Malcolm movió la cabeza en un gesto de negación.
Eddie se agachó y recogió un fragmento de tela del barro. Era un
material verde oscuro ribeteado de piel.
—Esto es de una de nuestras mochilas — advirtió. — ¿La que
preparamos para Levine?
—Sí, Doc.
—¿Colocaste un sensor en la mochila? — preguntó Thorne. Por lo
general, cosían sensores de posición en el forro de las mochilas.
—Sí.
—¿A ver? reclamó Malcolm. Agarró el trozo de tela y lo examinó a
la luz. Pensativo, recorrió con un dedo el borde rasgado. Thorne desprendió un
pequeño receptor que llevaba sujeto al cinturón. Era como un localizador
personal pero algo mayor. Observó el monitor de cristal líquido y dijo:
—No recibo señal...
Eddie inspeccionó la orilla y volvió a agacharse.
—Aquí hay otro trozo de tela. Y otro. Por lo que se ve, Doc, la
mochila quedó hecha trizas.
En el aire flotó otro grito de ave, remoto, sobrenatural.
Malcolm miró a lo lejos, tratando de localizar su procedencia. Y de pronto oyó
decir a Eddie:
—Parece que tenemos compañía.
Agrupados junto al trailer había seis o siete animales de un
llamativo color verde, semejantes a lagartos. Eran del tamaño de un pollo y
chirriaban animadamente. Se erguían sobre las patas posteriores, ayudándose a
mantener el equilibrio con la cola. Al caminar balanceaban la cabeza de arriba
abajo, exactamente igual que los pollos, y su característico chirrido recordaba
el gorjeo de un pájaro. Sin embargo, parecían lagartos de cola larga.
Contemplaban a los tres hombres con cara burlona y alerta, ladeando la cabeza.
—¿Qué es esto? — preguntó Eddie— . ¿Una asamblea de salamandras?
Los lagartos verdes se irguieron más aún y observaron atentos.
Salieron varios más de debajo del trailer y de entre el follaje. Pronto se
congregó allí alrededor de una docena, vigilando y chirriando.
—Compis — informó Malcolm— . Su verdadero nombre es
Procompsognathus tríassicus.
—¿Quiere decir que son...?
—Sí. Dinosaurios.
Eddie, arrugando la frente, los miró con asombro.
—No sabía que los hubiese tan pequeños.
—La mayoría de los dinosaurios eran pequeños — explicó Malcolm—
. La gente cree que eran enormes, pero el tamaño promedio de un dinosaurio se
aproximaba al de una oveja o un potro.
—Parecen pollos — dijo Eddie.
—Sí. Tienen gran semejanza con las aves.
—¿Son peligrosos? — inquirió Thorne.
—En realidad, no — contestó Malcolm— . Son pequeños carroñeros,
como los chacales. Se alimentan de animales muertos. De todos modos, yo no me
acercaría demasiado. Su mordedura es ligeramente venenosa.
—No pienso acercarme — aseguró Eddie— . Me dan pánico. Da la
impresión de que no los asustamos.
Malcolm también había reparado en ese detalle.
—Supongo que no han visto antes seres humanos. Estos animales no
tienen ninguna razón para temer al hombre.
—Bueno, entonces démosles una razón — dijo Eddie, inclinándose
para agarrar una piedra.
—¡Eh, no! — advirtió Malcolm— . La idea es...
Pero Eddie ya había lanzado la piedra. Cayó junto a un grupo de
compis, y éstos se apartaron. Los demás apenas se movieron. Alguno que otro
balanceó la cabeza con cierto nerviosismo. Sin embargo, en su mayoría
permanecieron inmóviles, limitándose a chirriar y ladear la cabeza.
—¡Qué extraño! — exclamó Eddie. Olfateó el aire.
—¿Han notado ese olor?
—Sí — respondió Malcolm— . Tienen un olor característico.
—Un olor a podrido, diría yo — rectificó Eddie— . Apestan. Como
animales muertos. Si quiere saber mi opinión, no es normal que los animales no
se asusten. ¿Y si tienen rabia o algo así?
—No, es imposible — respondió Malcolm.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque sólo los mamíferos transmiten la rabia — afirmó Malcolm.
No obstante, aun antes de terminar la frase dudó de sus propias palabras. La
rabia la transmitían los animales de sangre caliente. ¿Tenían los compis sangre
caliente? No estaba seguro.
Se oyó un rumor sobre ellos. Malcolm alzó la vista y observó las
copas de los árboles. Vio agitarse las hojas mientras pequeños animales
invisibles saltaban de rama en rama. Percibió gorjeos y chirridos, sin duda
sonidos animales.
—Ésos no son pájaros — advirtió Thorne— . ¿Monos tal vez?
—Podría ser — repuso Malcolm— . Pero lo dudo.
Eddie se estremeció.
—Sugiero que nos larguemos de aquí — propuso.
Regresó al arroyo y se subió al Explorer. Malcolm y Thorne
retrocedieron con cautela hacia el trailer. Los compis se apartaban a su paso,
pero no huían. Permanecieron todos alrededor de sus piernas chirriando
alborotadamente. Malcolm y Thorne subieron al trailer y cerraron las puertas
con cuidado de no atrapar a ninguna de las pequeñas criaturas.
Thorne se sentó al volante y puso el motor en marcha. Adelante,
vieron que Eddie atravesaba ya el arroyo y se dirigía hacia la pendiente que
ascendía al otro lado.
—Los... eh... procomso... como se diga... son reales, ¿no? —
preguntó Eddie por la radio.
—Sí — respondió Malcolm en voz baja— . Claro que son reales.
EL CAMINO
Thorne estaba inquieto. Empezaba a comprender el malestar de
Eddie. Aquellos vehículos eran, obra suya, y experimentaba una desagradable
sensación de aislamiento, de hallarse en un lugar remoto con equipo que no
había probado. El camino siguió su empinado ascenso a través de la lóbrega
selva durante otros quince minutos. Dentro del trailer aumentó la temperatura;
el calor resultaba ya agobiante. Sentado junto a él, Malcolm preguntó:
—¿Y el aire acondicionado?
—No quiero consumir más batería de la necesaria.
—¿Te importa si abro la ventanilla?
—Si te parece seguro... — respondió Thorne.
—¿Por qué no? — dijo Malcolm con un gesto de indiferencia.
Apretó el botón y el vidrio de la ventanilla eléctrica bajó. Un aire tibio
penetró en la cabina. Miró a Thorne de reojo y añadió: — ¿Nervioso, Doc?
—Claro — admitió Thorne, que incluso con la ventanilla abierta
notaba cómo le corría el sudor por el pecho— . ¿Cómo quieres que esté?
—Insisto, Doc — intervino Eddie por la radio— , deberíamos
haberlos probado antes. Deberíamos haber seguido el procedimiento de costumbre.
Uno no viene a un sitio lleno de pollos venenosos si no está seguro de que los
vehículos responderán.
—Los vehículos funcionan a la perfección — replicó Thorne— .
¿Cómo están los niveles según tus indicadores?
—Todo normal en la franja alta — informó Eddie— . Hasta ahora no
nos podemos quejar. Pero sólo hemos recorrido ocho kilómetros. Son las nueve de
la mañana, Doc.
En el camino apareció una sucesión de cerradas curvas a
izquierda y derecha a medida que la pendiente aumentaba. Como arrastraba los
dos grandes trailers, Thorne debía permanecer atento al camino; era una suerte
tener algo en qué concentrar la atención. Ante ellos el Explorer giró a la
izquierda y siguió subiendo.
—No veo más animales — comentó Eddie, notablemente aliviado.
Por fin, tras un recodo, llegaron a terreno llano. Durante un
trecho el camino seguía por la cresta de la montaña. Según la imagen del GPS
avanzaban en dirección noroeste hacia el interior de la isla. Sin embargo,
encerrados aún entre las dos densas paredes de vegetación, apenas disponían de
visibilidad.
Un poco más adelante se encontraron con una bifurcación, y Eddie
se arrimó a un lado del camino. Thorne advirtió que en la confluencia se alzaba
un desgastado cartel de madera con una flecha en cada dirección. Hacia la
izquierda indicaba "Pantano"; hacia la derecha, "Enclave
B".
—¿Hacia dónde? — preguntó Eddie.
—Continúa hacia el Enclave B — señaló Malcolm.
—Como usted diga.
El Explorer se desvió por el ramal derecho. Thorne lo siguió. A
la derecha del camino brotaba de la tierra un vapor sulfúreo amarillento, que
blanqueaba las hojas de las plantas cercanas. El olor era muy intenso.
—Emanaciones volcánicas — observó Thorne— , como habías
predicho.
Cuando pasaron, vieron un charco burbujeante con una gruesa
costra amarilla incrustada alrededor.
—Sí — afirmó Eddie— , pero eso está activo. De hecho, diría...
¡Mierda!
Las luces de freno del Explorer se encendieron y el vehículo se
detuvo bruscamente. Para esquivarlo, Thorne tuvo que dar un golpe de volante y
los helechos arañaron el costado del trailer. Se detuvo junto al Explorer y
lanzó a Eddie una mirada de furia.
—¡Por amor de Dios, Eddie, podrías...!
Pero Eddie no lo escuchaba.
Tenía la vista fija al frente y la boca abierta. Thorne giró la
cabeza.
Delante, en una curva, los árboles que flanqueaban el camino
habían sido derribados, dejando una abertura en el follaje. A través de aquel
hueco se divisaba toda la parte oeste de la isla. Sin embargo, Thorne apenas
reparó en la vista panorámica. Porque toda su atención se centró en un enorme
animal, del tamaño de un hipopótamo, que cruzaba el camino. Pero obviamente no
se trataba de un hipopótamo. Era un animal de color marrón claro, con la piel
cubierta de escamas planas. Alrededor de la cabeza tenía una cresta ósea
semicircular y de la base de esa cresta nacían dos cuernos de punta roma. De la
nariz le salía un tercer cuerno.
Por la radio oyeron la respiración entrecortada de Eddie.
—¿Saben qué es eso?
—Un triceratops — contestó Malcolm— . Y un ejemplar joven, a
juzgar por su aspecto.
—Debe de serlo — comentó Eddie. Ante ellos atravesó el camino un
animal mucho mayor. Como mínimo doblaba en tamaño al anterior, y poseía unos
cuernos largos, curvos y afilados. — Porque ahí está la mamá.
A continuación apareció un tercer triceratops y luego un cuarto.
Era toda una manada, y uno por uno cruzaron parsimoniosamente el camino sin
fijarse siquiera en los vehículos. Penetraron por la abertura del follaje y
descendieron por la ladera perdiéndose de vista.
Sólo entonces vieron el paisaje que se desplegaba ante ellos:
una extensa llanura pantanosa surcada por un ancho río. En ambas márgenes del
río pacían animales. Al sur había unos veinte dinosaurios de color verde oscuro
y tamaño mediano que asomaban intermitentemente sus enormes cabezas por encima
de la hierba. A corta distancia de este grupo, Thorne vio ocho dinosaurios de
pico de pato con grandes crestas de forma tubular; bebían y levantaban la
cabeza, graznando lastimeramente. justo delante de ellos advirtió la presencia
de un estegosaurio solitario con su lomo curvo y sus hileras de placas
verticales. La manada de triceratops pasó lentamente ante el estegosaurio, que
permaneció indiferente. Y al oeste, elevándose sobre una arboleda, avistaron
los cuellos largos y elegantes de una docena de apatosaurios, cuyos cuerpos se
hallaban ocultos entre la vegetación que comían perezosamente. Era una escena
apacible, pero aun así una escena de otro mundo.
—¿Doc? — dijo Eddie— . ¿Dónde estamos?
ENCLAVE B
Sentados en los vehículos, contemplaron la llanura y los
pausados movimientos de los dinosaurios a través de la profunda hierba. Oyeron
el suave reclamo de los pico de pato. Las distintas manadas se desplazaban
tranquilamente junto al río.
—¿Cómo debemos interpretar esto? — preguntó Eddie. ¿La evolución
pasó de largo por aquí? ¿Es uno de esos sitios donde se ha detenido el tiempo?
—En absoluto — respondió Malcolm— . Existe una explicación
racional para lo que estamos viendo. Y vamos a...
Un agudo zumbido intermitente sonó de pronto en el tablero. En
el mapa del GPS se superpuso una retícula azul y en ella empezó a destellar una
marca triangular donde se leía LEVN.
—¡Es él! — exclamó Eddie— . ¡Hemos dado con ese hijo de puta! —
¿Lo captas? — preguntó Thorne— . Es muy débil...
—No hay problema. La señal llega con potencia suficiente para
transmitir el rótulo de identificación. Es Levine, sin duda. Por lo visto,
proviene de ese valle. — Puso en marcha el Explorer y prosiguió traqueteando
por el camino. — Vamos allá. Quiero salir de aquí cuanto antes, maldita sea.
Accionando un interruptor, Thorne encendió el motor eléctrico
del trailer, escuchando el apagado tableteo de la bomba de vacío y el leve
gemido de la transmisión automática. Puso el trailer en movimiento y siguió al
Explorer.
La impenetrable selva volvió a envolverlos, cerrada y sofocante.
Las copas de los árboles impedían casi por completo el paso del sol. A medida
que avanzaban el zumbido se hizo irregular. Thorne miró el monitor y vio que el
triángulo de luz se desvanecía por momentos.
—¿Lo perdemos, Eddie? — advirtió Thorne.
—Da igual — contestó Eddie— . Ahora lo tenemos localizado y
podemos ir derecho hacia él. En realidad, debe de estar más adelante en este
mismo camino, pasado ese puesto de guardia o lo que sea.
Thorne miró al frente por encima del Explorer y vio una
estructura de hormigón y una barrera de acero inclinada. Ciertamente parecía un
puesto de guardia. Se hallaba en un estado ruinoso y cubierto de enredaderas.
Siguieron sin detenerse y entraron en una carretera asfaltada. Se notaba
claramente que en otro tiempo se habían talado unos cinco metros de selva a
cada lado. No tardaron en llegar a un segundo puesto de guardia y un segundo
control.
Durante otros cien metros la carretera seguía trazando una
gradual curva sobre la cresta de la montaña. La vegetación circundante era
menos densa, y por entre los claros Thorne vio cobertizos de madera, todos del
mismo color verde. Parecían destinados a albergar material. Tenía la sensación
de estar entrando en un amplio complejo.
De pronto, tras un recodo, el complejo entero se mostró ante
ellos. Se hallaba más abajo, a medio kilómetro de distancia.
—¿Qué demonios es eso? — preguntó Eddie.
Thorne miró asombrado. En el centro del claro vio el tejado
plano de un enorme edificio. Abarcaba una superficie de varias hectáreas,
equivalente más o menos a dos estadios de fútbol. Más allá del inmenso edificio
había una sólida construcción de tejado metálico con el aspecto funcional de
una central eléctrica. Pero si realmente lo era, por sus dimensiones habría
podido abastecer a todo un pueblo.
En el extremo más alejado del edificio principal, Thorne divisó
muelles de carga y descarga y una zona de maniobra para camiones. A la derecha,
parcialmente oculta por la vegetación, se extendía una serie de pequeñas
estructuras que parecían cabañas, aunque a aquella distancia era difícil
precisarlo.
El complejo presentaba el aspecto utilitario de un polígono
industrial o una planta de producción. Arrugó la frente, buscando una
explicación a lo que veía.
—¿Sabes qué es esto? — preguntó.
—Sí — contestó Malcolm, asintiendo lentamente con la cabeza— .
Lo que empezaba a sospechar que encontraríamos.
—¿Sí?
—Es un planta manufacturera — explicó Malcolm— . Una especie de
fábrica.
—Pero es enorme — observó Thorne.
—Sí convino Malcolm— . No podía ser de otro modo. — Aún recibo
la señal de Levine — avisó Eddie por la radio— . ¿Y a que no adivinan de dónde
viene? Del interior de ese edificio.
Descendieron con los vehículos y atravesaron el pórtico medio
hundido que daba acceso al recinto. Era una construcción moderna, de hormigón y
vidrio, pero la selva la había invadido desde hacía tiempo. Colgaban
enredaderas del tejado; había muchos vidrios rotos, y brotaban helechos en las
grietas de los muros.
—¿Eddie? — llamó Thorne— . ¿Recibes la señal?
—Sí, viene de adentro. ¿Qué hacemos?
—Vamos a establecer allí el campamento base — ordenó Thorne,
señalando hacia un campo situado a unos quinientos metros a su izquierda, que
aparentemente había sido en otro tiempo una amplia franja de césped. La selva
aún no lo había vuelto a ocupar, así que el sol llegaría bien a los
fotovoltaicos. — Después iremos a echar un vistazo.
Eddie estacionó el Explorer, dejándolo orientado en dirección a
la salida. Thorne maniobró con los trailers hasta colocarlos junto al otro
vehículo y apagó el motor. A continuación salió al aire caliente e inmóvil de
la mañana. Malcolm bajó también y se quedó a su lado. Allí, en el centro de la
isla, sólo el zumbido de los insectos rompía el profundo silencio.
Eddie se acercó, dándose una palmada en la mejilla.
—Un sitio precioso, ¿eh? Y mosquitos no faltan. ¿Vamos a buscar
ya a ese hijo de puta? — Eddie tomó el receptor que llevaba prendido al
cinturón y ahuecó la mano sobre el monitor para evitar el reflejo del sol. —
Sigue ahí. — Señaló el edificio principal. — ¿Qué hacemos?
—Vamos por él — decidió Thorne.
Se volvieron, subieron al Explorer y, dejando los trailers en el
campo, se dirigieron hacia el enorme y ruinoso edificio.
EL TRAILER
En el interior del trailer se desvaneció el sonido del motor y
todo quedó en silencio. El panel de instrumentos resplandecía. El mapa del GPS
seguía en pantalla y en él destellaba la X que determinaba su posición. En el
monitor, una pequeña ventana bajo el rótulo "Sistemas Activos"
indicaba la carga de la batería, el rendimiento fotovoltaico y el consumo en
las últimas doce horas. Todos los niveles estaban en verde.
En el habitáculo de la parte trasera, donde se hallaban la
cocina y las camas, el agua gorgoteó suavemente en la pileta al volver a
circular por las tuberías. De pronto se oyó un golpe procedente del armario
superior, situado cerca del techo. Tras un segundo golpe todo siguió en
silencio.
Al cabo de un instante asomó una tarjeta de crédito por el
intersticio de la puerta del armario. La tarjeta se deslizó hacia arriba,
levantando el pestillo y desenganchándolo. La puerta se abrió de par en par y
cayó al suelo un fardo de ropa blanca con un ruido sordo. El fardo se
desenrolló y apareció Arby Benton, gimiendo y estirando los miembros.
—Si no meo, voy a explotar — dijo, y se precipitó hacia el baño,
con piernas temblorosas.
Exhaló un suspiro de alivio. La idea de ir había sido de Kelly,
pero Arby se había ocupado de los detalles. Y le parecía que lo había planeado
todo perfectamente, o al menos casi todo. Había previsto acertadamente que en
el avión de carga tendrían que soportar temperaturas muy bajas, y convenía por
lo tanto abrigarse. Habían metido en los armarios todas las mantas y sábanas
del trailer. Había calculado que permanecerían allí unas doce horas, y en
consecuencia se habían provisto de galletas y botellas de agua. En realidad, lo
había tenido todo en cuenta salvo el hecho de que, en el último minuto, Eddie
Carr entraría a revisar el trailer y cerraría los armarios desde afuera,
dejándolos encerrados e impidiéndoles ir al baño. ¡Durante doce horas!
Volvió a suspirar y se relajó. Un constante chorro de orina caía
aún en el inodoro. No era de extrañar después de semejante martirio. Y
continuaría atrapado allí adentro si no se le hubiese ocurrido...
Oyó unos gritos ahogados a sus espaldas. Tiró de la cadena y
salió del baño. Se agachó ante el armario situado bajo la cama y se apresuró a
quitar el pestillo. Cayó otro fardo de ropa y, al desenrollarse, apareció
Kelly.
—¡Qué tal, Kel! — saludó orgulloso— . ¡Lo logramos!
—Me hago encima — dijo, echándose a correr hacia el baño. Cerró
la puerta al entrar.
—¡Lo logramos! — repitió Arby— . ¡Estamos aquí!
—Espera un momento Arb, ¿quieres?
Arby se asomó por la ventanilla del trailer. Se encontraban en
un claro cubierto de hierba y rodeado por una selva de helechos y árboles
altísimos. Por encima de las copas de los árboles vio el borde negro y curvo
del cráter volcánico.
Sin duda aquello era isla Sorna. ¡Sin duda!
Kelly salió del baño.
—¡Oh, pensé que me moría! — exclamó Kelly. Miró a Arby, levantó
la mano y formó una V con los dedos en señal de victoria. — Por cierto, ¿cómo
abriste la puerta?
—Con una tarjeta de crédito — respondió Arby.
—¿Tienes tarjeta de crédito? — inquirió Kelly, arrugando la
frente.
—Me la dieron mis padres para casos de emergencia. Y me pareció
que esto era una emergencia. — Trató de presentarlo como algo gracioso, algo
intrascendente. Sabía lo susceptible que era Kelly en cuestiones de dinero.
Hacía continuas alusiones a la ropa que Arby llevaba y esas cosas, o al hecho
de que siempre tuviese dinero para un taxi o una Coca Cola al salir de clase.
En una ocasión Arby comentó que el dinero no le parecía tan importante, y ella
replicó con tono irónico: "¿Cómo iba a parecértelo?" Desde entonces
Arby procuraba eludir el tema.
Arby no sabía cómo comportarse ante la gente. Además, todos lo
trataban de un modo extraño. Porque era más joven que los demás, claro. Y
porque era negro. Y porque era un "agrandado", como los otros lo
llamaban. Contra su voluntad, estaba obligado a realizar un permanente esfuerzo
para ser aceptado, para integrarse. Pero no lo conseguía. No era blanco, no era
alto, no era un as en los deportes y no era tonto. En el colegio, la mayoría de
las clases lo aburrían tanto que a duras penas lograba mantenerse despierto. A
veces los profesores se enojaban con él, pero ¿cómo podía evitarlo? El colegio
era como un vídeo en cámara muy lenta. Uno podía mirar las imágenes una vez
cada hora y no perderse nada. Y cuando estaba con otros chicos, ¿cómo podía
esperarse que mostrase interés en series como Melrose Place o en el último
anuncio de tal o cual marca? Le era imposible. Esas cosas carecían de
importancia.
Sin embargo, Arby había descubierto hacía mucho tiempo que
expresando esas opiniones se ganaba la antipatía de los demás. Era mejor
quedarse callado porque, salvo Kelly, nadie lo entendía. Ella casi siempre
parecía saber de qué le hablaba.
Y también el doctor Levine. Al menos el colegio organizaba un
seminario de estudios avanzados, y Arby lo encontraba relativamente
interesante, no mucho, desde luego, pero más que las otras materias. Y cuando
el doctor Levine decidió darles clases, Arby empezó a asistir ilusionado al
colegio por primera vez en su vida. De hecho...
—Así que esto es isla Sorna, ¿eh? — comentó Kelly, mirando por
la ventanilla hacia la selva.
—Sí — respondió Arby . Supongo que sí.
—A propósito, ¿oíste lo que decían antes, cuando pararon?
—No. Envuelto en todas esas mantas...
—Yo tampoco — dijo Kelly— . Pero parecían muy nerviosos por
algo.
—Sí, es verdad.
—Me dio la impresión de que hablaban de dinosaurios. ¿Tú has
oído algo de eso?
Arby se echó a reír, moviendo la cabeza en un gesto de negación.
—No, Kel.
—Yo juraría que sí — insistió Kelly.
—Vamos, Kel.
—A mí pareció que Thorne decía "triceratops".
—Kel — reprobó Arby— , los dinosaurios se extinguieron hace
sesenta y cinco millones de años.
—Ya sé que...
—¿Ves ahí algún dinosaurio? — la interrumpió Arby, señalando por
la ventanilla.
Kelly no respondió. Se acercó al lado opuesto del trailer y miró
por la ventanilla. Vio desaparecer a Thorne, Malcolm y Eddie en el edificio
principal.
—Cuando nos encuentren, no va a hacerles ninguna gracia —
advirtió Arby— . ¿Cómo crees que deberíamos explicárselo?
—Que sea una sorpresa.
—Se pondrán como fieras.
—¿Y qué importa? — dijo Kelly— . Ahora ya no tiene remedio.
—A lo mejor nos envían a casa.
—¿Cómo? — preguntó Kelly— . No pueden.
—No. Supongo que no — coincidió Arby con un gesto de
despreocupación. Sin embargo, aquel razonamiento lo inquietaba más de lo que
admitía. La idea había sido de Kelly. Arby no era proclive a quebrantar las
reglas o meterse en problemas. Siempre que un profesor lo reprendía, aunque
fuese con delicadeza, Arby se sonrojaba y sudaba copiosamente. Y durante las
últimas doce horas no había dejado de pensar en la posible reacción de Thorne y
los otros.
—Mira — propuso Kelly— , vinimos a colaborar en la búsqueda de
nuestro amigo el doctor Levine, y eso es todo. Ya hemos ayudado antes al doctor
Thorne.
—Sí... — titubeó Arby.
—Y podemos serles útiles otra vez.
—Quizá...
—Necesitan nuestra ayuda — afirmó Kelly.
—Puede ser — aceptó Arby, no muy convencido.
—Me pregunto qué tendrán por aquí para comer. — Kelly abrió la
heladera. — ¿Tienes hambre?
—Muchísima — respondió Arby, tomando conciencia súbitamente de
su propio apetito.
—¿Y qué quieres?
—¿Qué hay? Arby se tendió en el sofá acolchado, de color gris, y
observó a Kelly mientras revolvía en el interior de la heladera.
—Ven y mira — repuso ella, enojada— . No soy tu mucama.
—Bueno, bueno. Calma.
—Esperas que todo el mundo te sirva — reprobó Kelly.
—No es así — se defendió Arby, levantándose de un salto.
—Eres un malcriado, Arby.
—Oye — protestó Arby— , ¿a qué viene tanto alboroto? Cálmate.
¿Estás nerviosa?
—No, no lo estoy.
Kelly sacó un sándwich envuelto de la heladera. Junto a ella,
Arby echó una ojeada al interior y tomó el primer sándwich que vio.
—Ése no te va a gustar — advirtió Kelly.
—¿Cómo que no?
—Tiene ensalada de atún.
Arby detestaba la ensalada de atún. Se apresuró a dejarlo y
volvió a mirar.
—Ese de la izquierda es de pavo — informó Kelly.
—Gracias — dijo Arby después de sacar el sándwich de pavo.
—De nada.
Kelly se sentó en el sofá, desenvolvió el sándwich y lo devoró
con avidez.
—Al menos he conseguido que ahora estemos aquí — se justificó
Arby. Retiró con cuidado el plástico del sándwich, lo plegó pulcramente y lo
dejó a un lado.
—Sí. Es verdad. Lo reconozco. En eso estuviste bien.
Arby saboreó el sándwich. Pensó que en la vida había probado
algo tan exquisito. Estaba más sabroso incluso que los sándwiches de pavo que
le preparaba su madre.
Al acordarse de su madre sintió remordimientos. Era ginecóloga y
muy hermosa. Llevaba una vida muy ajetreada y pasaba poco tiempo en casa, pero
cuando la veía, la notaba siempre tranquila. Y a su lado Arby se contagiaba de
su serenidad. Tenían una relación muy especial. Sin embargo, últimamente ella a
veces parecía desconcertada por lo mucho que Arby sabía. Una noche Arby entró
en su oficina y la encontró repasando unos artículos de una revista sobre los
niveles de progesterona y la HEF. Arby examinó por encima de su hombro las
columnas de números y le sugirió que aplicase una ecuación no lineal para
analizar los datos. Ella le lanzó una mirada extraña, una mirada distante y
pensativa, y en ese momento Arby experimentó una sensación...
—Voy a agarrar otro — anunció Kelly, volviendo a la heladera.
Regresó con dos sándwiches, uno en cada mano.
—¿Crees que habrá suficiente comida? — preguntó Arby.
—¿Qué importancia tiene? Me muero de hambre — repuso Kelly,
arrancando el envoltorio del primer sándwich.
—Quizá no deberíamos comer...
—Arb, si vas a preocuparte por todo de esa manera, mejor sería
que nos hubiésemos quedado en casa.
Arby decidió que Kelly tenía razón. Con sorpresa advirtió que él
mismo se había terminado su sándwich y aceptó el otro que le ofrecía Kelly.
Kelly comía y miraba por la ventanilla.
—Me pregunto qué será ese edificio en el que entraron — comentó
Kelly— . Parece abandonado.
—Sí, y desde hace años.
—¿Por qué habrán construido un edificio tan grande aquí, en una
isla despoblada de Costa Rica?
—Tal vez realizaban alguna actividad secreta — aventuró Arby.
—O peligrosa — añadió Kelly.
—Sí, es posible — admitió Arby. La idea de peligro resultaba a
la vez estimulante y estremecedora. Se sintió lejos de casa.
—¿Qué estarán haciendo? — Kelly, todavía comiendo, sé levantó y
fue a mirar por la ventanilla. — Realmente es enorme el edificio. ¿Y eso? ¡Qué
raro!
—¿Qué? — inquirió Arby.
—Fíjate ahí fuera. El edificio está muy descuidado, como si no
se utilizase desde hace muchos años. Y este campo lo mismo; la hierba está muy
crecida.
—Sí...
—Pero justo ahí adelante observó Kelly, señalando hacia el suelo
a corta distancia del trailer— hay un camino despejado.
Arby, masticando, se acercó a mirar. Efectivamente a unos metros
del trailer la hierba aparecía pisoteada y amarillenta. En muchos puntos
quedaba a la vista la tierra desnuda. Era un sendero estrecho, pero bien
definido, que atravesaba el claro de un lado a otro.
—¿Cómo se explica eso? — preguntó Kelly— . Si nadie ha estado
aquí desde hace años, ¿cómo se formó ese camino?
—Habrán sido los animales — sugirió Arby. No se le ocurría otra
posibilidad. — Debe de ser un paso de animales.
—¿Qué clase de animales?
—No lo sé. Los que vivan por aquí. Ciervos o algo así.
—Yo no he visto ningún ciervo — objetó Kelly.
—Quizá cabras — sugirió Arby con un gesto de indiferencia—.
Cabras montesas, como las de Hawai.
—Ese camino es demasiado ancho para cabras o ciervos.
—Tal vez sea un rebaño entero de cabras montesas.
—Demasiado ancho — repitió Kelly. Encogiéndose de hombros, se
apartó de la ventanilla y volvió a la heladera. — Quizás hay algo de postre.
Al mencionar Kelly el postre, Arby se acordó de repente de una
cosa. Se acercó a la cama, se subió y buscó algo dentro del armario superior.
—¿Qué haces? — preguntó Kelly.
—Reviso la mochila.
—¿Para qué?
—Creo que me olvidé el cepillo de dientes.
—¿Y qué? — insistió Kelly.
—No voy a poder lavarme los dientes.
—Arb, ¿y eso qué importa?
—Siempre me lavo los dientes...
—Sé más aventurero — lo instó Kelly— . Vive un poco la vida.
Arby lanzó un suspiro.
—Quizás el doctor Thorne haya traído uno de más. — Bajó de la
cama y se sentó en el sofá junto a Kelly, que tenía los brazos cruzados y movía
la cabeza en un gesto de desolación. — ¿No hay postre?
—Nada. Ni siquiera yogur helado — se lamentó Kelly— . ¡Estos
adultos! Nunca piensan en nada.
—Sí. Eso es verdad.
Arby bostezó. Hacía calor en el trailer. Estaba adormilado.
Acurrucado en el armario durante las últimas doce horas, con
frío y anquilosado, no había conseguido pegar un ojo. De pronto lo invadió el
cansancio.
Miró a Kelly y vio que ella también bostezaba.
—¿Salimos? — propuso Kelly— . A ver si así nos despejamos.
—Será mejor que esperemos en el trailer.
—Si me quedo aquí, terminaré durmiéndome — dijo Kelly. Arby se
encogió de hombros. El sueño lo vencía por momentos. Se levantó y fue a echarse
en la cama junto a la ventanilla. Kelly lo siguió.
—Yo no pienso dormirme — protestó.
—Como quieras, Kel. — Le pesaban los párpados y se dio cuenta de
que no podía mantenerlos abiertos.
—Pero quizá... — Kelly bostezó otra vez. — Quizá me acueste un
momento.
Arby vio que Kelly se acostaba en la cama del lado opuesto. A
continuación cerró los ojos y se quedó dormido de inmediato. Soñó que se
hallaba de nuevo en el avión, sintiendo el suave balanceo y oyendo el rumor
grave de los motores. Durmió con sueño ligero, y en una ocasión se despertó por
un instante convencido de que el trailer se balanceaba realmente y de que del
exterior llegaba un suave rumor. No obstante, volvió a dormirse enseguida y
esta vez soñó con dinosaurios, los dinosaurios de Kelly, y en su soñolencia
aparecieron dos animales, tan grandes que por la ventanilla no veía sus cabezas
sino únicamente sus patas escamosas mientras desfilaban con pesados pasos junto
al trailer. Pero en su sueño el segundo animal se detenía y, movido por la
curiosidad, acercaba la enorme cabeza a la ventanilla, y Arby se daba cuenta de
que tenía ante sí la descomunal cabeza de un Tyrannosaurus rex, con las
mandíbulas abiertas y los dientes brillando al sol, y en su sueño lo observaba
todo con calma y seguía durmiendo.
EL INTERIOR
Dos grandes puertas oscilantes de vidrio en la entrada del
edificio daban acceso a un lóbrego vestíbulo. El vidrio estaba rayado y sucio;
los picaportes metálicos, picados a causa de la corrosión. Pero el rastro de
dos arcos gemelos se advertía claramente en el polvo, los escombros y las hojas
muertas acumulados ante la puerta.
—Alguien ha abierto recientemente estas puertas — observó Eddie.
—Sí — asintió Thorne— . Alguien que llevaba una botas Asolo. —
Abrió la puerta. — ¿Entramos?
Penetraron en el edificio. En el interior se percibía un aire
caliente, estancado y fétido. El vestíbulo era pequeño y discreto. El mostrador
de recepción situado frente a la puerta, forrado en otro tiempo de tela gris,
aparecía cubierto de una capa oscura de liquen. Detrás, en la pared, un rótulo
de letras cromadas medio tapado por una maraña de hiedra rezaba:
"Construimos el futuro". En la alfombra se criaba toda clase de
hongos. A la derecha vieron un área de espera con una mesa de café y dos largos
sofás.
Uno de los sofás estaba salpicado de manchas marrones de moho;
el otro había sido protegido con un hule. Al lado de éste se hallaba la mochila
verde de Levine con varios desgarrones en la tela. En la mesa había dos
botellas de plástico vacías, un teléfono portátil, un pantalón corto embarrado
y varios envoltorios de chocolates arrugados. Una serpiente de color verde
oscuro se escabulló rápidamente cuando se acercaron.
—Así que éste es el edificio de InGen — comentó Thorne,
contemplando el letrero de la pared.
—Sin duda — confirmó Malcolm.
Eddie se inclinó sobre la mochila de Levine y pasó los dedos por
los desgarrones de la tela. Mientras lo hacía, una enorme rata saltó del
interior de la mochila.
—¡Dios mío!
La rata huyó lanzando agudos chillidos. Eddie inspeccionó con
cautela el interior de la mochila.
—No creo que a nadie le apetezcan los chocolates que quedan —
dijo. Reparó en la ropa. — ¿Llega de aquí la señal? Algunas de las prendas
preparadas para la expedición llevaban microsensores cosidos.
—No — contestó Thorne, moviendo el localizador de mano— . Recibo
una señal pero... parece que viene de allí.
Señaló en dirección a unas puertas metálicas situadas tras la
recepción. Los herrumbrosos candados habían sido forzados y estaban en el
suelo.
—Vamos a buscarlo — propuso Eddie, encaminándose hacia las
puertas— . ¿Qué clase de serpiente sería ésa?
—No lo sé — respondió Thorne. — ¿Era venenosa?
—No lo sé.
Las puertas se abrieron con un estridente chirrido. Daban a un
desolado pasillo con ventanas rotas a un lado y hojas secas y escombros en el
suelo. Las paredes estaban sucias y en varios sitios se veían manchas oscuras
que podían ser sangre. A la izquierda había una hilera de puertas. Ninguna
parecía cerrada con llave.
A través de los desgarrones de la alfombra crecían plantas.
Cerca de las ventanas, donde había más claridad, una tupida capa de hiedra se
extendía por la pared agrietada y el techo. Thorne y los otros avanzaron por el
pasillo. No se oía más sonido que el de sus pies al pisar las hojas secas.
—Ahora la recibo con más intensidad — dijo Thorne, mirando el
monitor— . Tiene que estar en algún lugar de este edificio. Thorne abrió la
primera puerta y vio una sencilla oficina: un escritorio y una silla; un mapa
de la isla en la pared; una lámpara de mesa caída bajo el peso de la hiedra; un
monitor de computadora cubierto de moho; al fondo, una ventana mugrienta por la
que se filtraba la luz.
Siguieron por el pasillo hasta la segunda puerta y encontraron
una oficina casi idéntica: un escritorio y una silla similares, y otra ventana
al fondo.
—Parece que estamos en unas oficinas — comentó Eddie con un
gruñido.
Thorne prosiguió. Abrió la tercera puerta y después la cuarta.
También oficinas. Abrió la quinta puerta y se detuvo. Se hallaba en una sala de
reuniones sucia de hojas y escombros. Sobre la larga mesa de madera colocada en
el centro se amontonaban los excrementos de animal. Un velo de polvo oscurecía
la ventana del fondo. Un gran mapa que cubría toda una pared de la sala llamó
la atención de Thorne. Tenía clavadas tachuelas de varios colores. Eddie entró
y frunció el entrecejo. Bajo el mapa había hileras de cajones. Thorne intentó
abrirlos, pero estaban todos cerrados con llave. Malcolm se paseó lentamente
por la sala, mirando alrededor, sacando conclusiones.
—¿Qué representa ese mapa? — preguntó Eddie— . ¿Tiene alguna
idea de qué indican las tachuelas?
Malcolm le echó un vistazo.
—Veinte tachuelas de cuatro colores distintos — observó— . Cinco
de cada color. Dispuestas por toda la isla en forma de pentágono o de alguna
otra figura de cinco puntas. Yo diría que se trata de una red.
—¿No dijo Arby algo sobre una red?
—Sí, así es — recordó Malcolm— . Interesante.
Bueno, olvídense de eso ahora — ordenó Thorne. Volvió al pasillo
siguiendo la señal del localizador. Malcolm cerró la puerta al salir y
continuaron la búsqueda. Vieron otras oficinas, pero no abrieron más puertas.
Se limitaron a seguir la señal. Al final del pasillo se encontraron con dos
puertas corredizas de vidrio, en las que se leía el letrero: SÓLO PERSONAL
AUTORIZADO. Thorne escudriñó a través del vidrio, pero el polvo y las manchas
sólo le permitieron entrever un amplio espacio y compleja maquinaria.
—¿Estás seguro de que sabes cuál era la función de este
edificio? — preguntó a Malcolm.
—No tengo la menor duda — aseguró Malcolm— . Es una planta
manufacturera de dinosaurios.
¿Quién iba a querer una cosa así? — dijo Eddie.
—Nadie — contestó Malcolm— . Por eso lo mantenían en secreto.
—No lo entiendo — admitió Eddie.
—Es una larga historia — afirmó Malcolm con una sonrisa.
Introdujo las manos entre las puertas y trató de separarlas,
pero permanecieron firmemente cerradas. Lo intentó de nuevo, gruñendo por el
esfuerzo, y de pronto se abrieron con un chirrido metálico. Se adentraron en la
oscuridad que reinaba al otro lado, alumbrando el pasillo con las linternas.
—Para comprender el sentido de este lugar — explicó Malcolm—
debemos remontarnos diez años atrás, hasta un hombre llamado Hammond y un
animal conocido como cuaga.
—¿Cómo?
—Cuaga — repitió Malcolm— . Se trata de un mamífero africano muy
parecido a la cebra. Se extinguió el siglo pasado, pero en la década del 80
alguien aplicó las técnicas más avanzadas de extracción de ADN a una piel de
cuaga y recuperó una cantidad considerable de ADN, tanto que empezó a hablarse
de la posibilidad de devolver la cuaga a la vida. Y si podía recuperarse la
cuaga, ¿por qué no otros animales extintos? Por ejemplo, el dodo, el tigre de
dientes de sable o incluso un dinosaurio.
—¿Y de dónde iban a sacar el ADN de dinosaurio? — inquirió
Thorne.
—En realidad, hace años que los paleontólogos vienen encontrando
fragmentos de ADN de dinosaurio. Nunca han hablado mucho al respecto, porque
nunca han reunido material suficiente para utilizarlo como instrumento de
clasificación. Por lo tanto, no parecía poseer mucho valor; era sólo una
curiosidad.
—Pero para recrear un animal no bastaría con fragmentos de ADN —
señaló Thorne— . Se necesitaría la cadena completa.
—Así es — confirmó Malcolm—. Y el hombre que concibió la manera
de obtenerla fue un arriesgado empresario llamado John Hammond. Se dio cuenta
de que cuando vivían los dinosaurios probablemente los insectos los picaban y
les chupaban la sangre tal como ocurre ahora. Y algunos de esos insectos podían
posarse en una rama y quedar atrapados en la resina. Y esa resina podía
endurecerse formando ámbar. Hammond llegó a la conclusión de que si se
perforaba a esos insectos y se extraía el contenido del estómago, tarde o
temprano se encontraría el ADN de un dinosaurio.
—¿Y lo encontró?
—Sí — contestó Malcolm— . Lo encontró. Y fundó InGen para
desarrollar su descubrimiento. Hammond era un hombre emprendedor, y su
verdadero talento consistía en reunir dinero. Se planteó cómo conseguir dinero
suficiente para llevar a cabo la investigación que permitiría pasar de la
cadena de ADN a un animal vivo. No existían fuentes de financiación claras,
porque si bien recrear un dinosaurio podía resultar apasionante, no era
precisamente un remedio contra el cáncer. De manera que decidió convertirlo en
una atracción turística. Planeó recuperar la inversión destinada a los
dinosaurios exhibiéndolos en un zoológico o un parque donde se cobraría una
entrada.
—¿Es una broma? — dijo Thorne.
—No. Hammond llegó a hacerlo. Construyó el parque en una isla
llamada Nublar, al norte de aquí, y se proponía abrirla al público a finales de
1989. Yo lo visité poco antes de la fecha de inauguración prevista. Pero
surgieron problemas. Los sistemas del parque fallaron y los dinosaurios
quedaron en libertad. Varios visitantes resultaron muertos. Después de eso el
parque y todos los dinosaurios fueron destruidos.
Pasaron ante una ventana desde donde se veía la llanura y los
dinosaurios que pacían junto al río.
—Si los exterminaron, ¿qué representa esta isla? — preguntó
Thorne.
—Esta isla — aclaró Malcolm— es la trampa subrepticia de
Hammond, la cara oscura de su parque.
Siguieron avanzando por el pasillo.
—En el parque de Hammond de isla Nublar se mostraba a los
visitantes un imponente laboratorio genético con computadoras, secuenciadores
de genes y toda clase de instalaciones para incubar y criar jóvenes
dinosaurios. Se decía a los visitantes que los dinosaurios eran creados allí
mismo, en el parque. Y el recorrido por el laboratorio era plenamente
convincente.
"Pero de hecho la visita introductoria al parque se
salteaba varios pasos del proceso. En una sala Hammond explicaba cómo se
extraía el ADN de los dinosaurios. En la siguiente mostraba huevos a punto de
abrirse. Era fascinante, pero ¿cómo había obtenido un embrión viable a partir
del ADN? Esa fase crítica permanecía oculta. Se presentaba simplemente como
algo que había ocurrido, entre una sala y la otra.
"En realidad, el espectáculo de Hammond era demasiado bueno
para ser verdad. Por ejemplo, tenía un criadero, donde los pequeños dinosaurios
salían del cascarón mientras los visitantes observaban asombrados. Pero nunca
surgían contratiempos. Ni crías muertas ni malformaciones ni complicaciones de
ninguna clase. En la presentación de Hammond esta deslumbrante tecnología se
aplicaba sin el menor tropiezo.
"Y si uno se detiene a pensarlo, eso era imposible. Según
Hammond, allí se fabricaban animales extintos utilizando tecnología de punta.
Pero con cualquier tecnología manufacturera los resultados iniciales son
lentos, del orden de un uno por ciento como mucho. Así que Hammond debía de
producir miles de embriones por cada nacimiento con éxito. Eso implicaba una
enorme operación industrial, y no el pequeño e impecable laboratorio que nos
mostraron.
—Es decir, esta planta — adivinó Thorne.
—Sí. Aquí, en otra isla, lejos de la mirada del público y en
secreto, podía llevar a cabo libremente su investigación y hacer frente a la
ingrata realidad que se escondía tras su precioso parque. El zoológico genético
de Hammond no era más que una fachada. La verdad se hallaba en esta isla. Aquí
era donde se fabricaban los dinosaurios.
—Y si se eliminaron los animales del zoológico — comentó Eddie—
, ¿por qué no se los destruyó también en esta isla?
—Una pregunta crucial — dijo Malcolm—. Posiblemente en unos
minutos conozcamos la respuesta. — Apuntó a lo lejos con la linterna y la luz
se reflejó en una pared de vidrio. — Porque, si no me equivoco, el primer punto
de la cadena de producción se encuentra ante nosotros.
ARBY
Arby se despertó, se incorporó en la cama y parpadeó deslumbrado
por el sol matutino que entraba por las ventanillas del trailer. En la otra
litera Kelly seguía dormida y roncaba ruidosamente.
Miró hacia la entrada del enorme edificio y vio que los adultos
habían desaparecido. El Explorer se hallaba estacionado frente a la puerta,
pero no había nadie adentro. El trailer estaba aislado en medio del claro
cubierto de hierba alta. Arby se sintió totalmente solo — aterradoramente solo—
y se le aceleró el corazón con una súbita sensación de pánico. Pensó que no
debería estar allí. Había sido una estupidez. Y para colmo, lo había planeado
él. Cuando se habían quedado agazapados en el trailer y habían vuelto después a
la oficina de Thorne. Y cuando Kelly había hablado con Thorne para que él
pudiese robar la llave. Y el mensaje de radio diferido que debía recibir Thorne
para que pensase que se habían quedado en Woodside. En esos momentos Arby se
había sentido muy astuto, pero ahora se arrepentía. Decidió que debía llamar a
Thorne inmediatamente. Tenía que delatarse. Lo abrumaba el deseo de confesar.
Necesitaba oír una voz. Ésa era la verdad.
Salió del habitáculo posterior del trailer, donde Kelly dormía,
y se dirigió a la parte delantera. En la cabina pulsó el interruptor de
encendido del tablero de control y tomó el micrófono de la radio.
—Habla Arby — dijo— . ¿Hay alguien ahí? Cambio. Habla Arby.
No hubo respuesta. Arby observó el monitor del tablero, que
registraba todos los sistemas que estaban en funcionamiento. No vio nada
relacionado con las comunicaciones. Pensó entonces que el sistema de
comunicaciones debía de estar incorporado a la computadora. Decidió ponerlo en
marcha.
Retrocedió hasta la parte central del trailer, soltó las correas
de seguridad del teclado, lo conectó y encendió la computadora. En la pantalla
apareció un menú titulado "Thorne Field Systems" y debajo una lista
con todos los subsistemas del trailer. Uno de ellos era radiocomunicaciones.
Desplazó el cursor hasta aquella opción y la ejecutó.
El monitor recogió sólo interferencia estática. Al pie de la
pantalla se leía una línea de comando: "Múltiples entradas de frecuencia
recibidas. ¿Desea pasar a autosintonización?"
Arby no sabía qué significaba eso, pero las computadoras no lo
intimidaban. La autosintonización le pareció una opción interesante. Sin
vacilar, tecleó: "Sí."
La interferencia estática permaneció en la pantalla a la vez que
en la línea inferior un grupo de cifras cambiaba rápidamente. Aunque no estaba
seguro, supuso que eran frecuencias en megaherzios.
De pronto la pantalla quedó en blanco salvo por una palabra que
parpadeaba en el ángulo superior izquierdo:
ACCESO:
Desconcertado, arrugó la frente. Al parecer, la computadora le
pedía que iniciase el sistema informático del trailer. Eso significaba que
necesitaría una clave de acceso. Probó: THORNE.
No ocurrió nada.
Aguardó un instante y probó con las iniciales de Thorne: JT.
Nada.
LEVINE.
Nada.
THORNE FIELD SYSTEMS.
Nada.
TFS.
Nada.
USUARIO.
Nada.
Al menos el sistema no lo había rechazado. La mayoría de las
redes negaban el acceso después de tres intentos fallidos. Pero, por lo visto,
Thorne no había instalado ningún dispositivo de seguridad. Arby nunca habría
programado así el sistema; era demasiado paciente y servicial.
Probó con AYUDA.
El cursor saltó a la línea siguiente y se produjo una pausa. Oyó
trabajar al disco.
—¡Acción! — dijo, frotándose las manos.
EL LABORATORIO
Mientras su vista se adaptaba a la escasa luz, Thorne advirtió
que se hallaba en un enorme espacio donde se alineaban incontables hileras de
cajas rectangulares de acero inoxidable, cada una provista de una maraña de
tubos de plástico. Todo estaba cubierto de polvo y muchas cajas yacían volcadas
en el suelo.
—Las primeras filas — informó Malcolm— son secuenciadores de
genes Nishihara, y detrás están los sintetizadores automáticos de ADN.
—¡Es una fábrica! — exclamó Eddie— . Parece una planta
agropecuaria o algo así.
—Sí, así es.
En un rincón de la sala había una impresora, y junto a ella unas
cuantas hojas sueltas de papel amarillento. Malcolm agarró una y echó un
vistazo.
[GALRERIF1) Factor eritroide de transcripción específico de
Gallimimus erifl mARN, cód. completos [GALRERIF1 1068 bp ss— mARN VRT 15— DIC—
1989]
FUENTE [FTE]
Sangre embriónica de 9 días de Gallimimus bullatus (macho), cADN
a mARN, clon E120— 1.
ORGANISMO Gallimimus bullatus
Animalía; Chordata; Vertebrata; Archosauria; Dinosauria;
orníthomimisauria.
REFERENCIA [REF]
1 (bases 1 a 1418) T. R. Evans, 17— JUL— 1989. CARACTERÍSTICAS
[CAR]
Situación/Calificadores
/nota = "Erifl proteína gi: 212629"
/codon— inicio = 1
/traducción="MEFVALGGPDAGSPTPFPDEAGAFLG
LGGGERTEAGG LLASYPPSGRVSLVPWADTGTLGTP
QWVPPATQMEPPHYLELLQPPRGSPPHPSSGPLLPLSS
GPPPCEARECVNCGATATPLWRRDGTGHYLC NACGLYHRLNGQNRPLIRPKKRLLVSKRAGTVCSNCQT
STTTLWRRSPMGDPVCNACGLYYKLHQVNRPLTMRKDGIQTRNRKVSSKGKKRRPPGGGNPSATAGGGAPMGGGGDSMPPPPPPRAAAPPQSDALYALGPVVLSG
HFLPFGNSGGFFGGGAGGYTAPPGLSPQI"
RECUENTO DE BASE [REA]
206 a 371 c 342 g 149 t
—Es una referencia a una base de datos informática — dijo
Malcolm— . De algún factor sanguíneo de dinosaurio. Algo relacionado con los
glóbulos rojos.
—¿Y ésa es la secuencia?
—No — respondió Malcolm. Hojeó los otros papeles. — No, la
secuencia debería ser una serie de nucleótidos... Aquí.
Separó una hoja.
|
SECUENCIA |
|
|
|
|
|
|
|
1 |
GMTTCCGGA |
AGCGAGCAAG |
AGATMGT |
TGGCATCAGA |
TACAGTTGGA |
GATAAGGA |
|
61 |
GACGTGTGGC |
AGCTCCCGCA |
GAGGATTCAC |
TCGAAGTCCA |
TTACCTATCC |
CATGGGAGCC
|BB |
|
121 |
ATGGAGTTCG |
TGGCGCTGGG |
GGGGCCGGAT |
GCGGGCTCCC |
CCACTCCGTT |
CCCTCAÍGAA
91 |
|
181 |
GCCGGAGCCT |
TCCTGGGGCT |
GGGGGGGGGC |
GAGAGGACGG |
AGGCGGGGGG |
GCTGCTCGCC
|
|
241 |
TCCTACCCCC |
CCTCAGGCCG |
CGTGTCCCTG |
GTCCCGTCGG |
CAGACACGGG |
TACTTTGGGG |
|
301 |
ACCCCCCAGT |
GGGTCCCGCC |
CGCCACCCAA |
ATGGAGGCCC |
CCCACTACCT |
GGAGCTGCTG
|
|
361 |
CAACCCCCCC |
GGGGCAGCCC |
CCCCCATCCC |
TCCTCCGGGC |
CCCTACTGCC |
ACTCAGCAGC |
|
421 |
GGGCCCCCAC |
CCTGCGAGGC |
CCGTCAGTGC |
GTCATGGCCA |
GGAAGAACTG |
CGGAGCGACG |
|
481 |
GCAACGCCGC |
TCTGGCGCCG |
GGACGGCACC |
GGGCATTACC |
TGTGCAACTG |
GGCCTCAGCC
91 |
|
541 |
GACGTGTGGC |
AGCTCCCGCA |
GAGGATTCAC |
TCGAAGTCCA |
TTACCTATCC |
CATGGGAGCC
|BB |
|
601 |
ATGGAGTTCG |
TGGCGCTGGG |
GGGGCCGGAT |
GCGGGCTCCC |
CCACTCCGTT |
CCCTCAÍGAA
91 |
|
661 |
GCCGGAGCCT |
TCCTGGGGCT |
GGGGGGGGGC |
GAGAGGACGG |
AGGCGGGGGG |
GCTGCTCGCC
|
|
721 |
TCCTACCCCC |
CCTCAGGCCG |
CGTGTCCCTG |
GTCCCGTCGG |
CAGACACGGG |
TACTTTGGGG |
|
781 |
GACGTGTGGC |
AGCTCCCGCA |
GAGGATTCAC |
TCGAAGTCCA |
TTACCTATCC |
CATGGGAGCC
|BB |
|
841 |
ATGGAGTTCG |
TGGCGCTGGG |
GGGGCCGGAT |
GCGGGCTCCC |
CCACTCCGTT |
CCCTCAÍGAA
91 |
|
901 |
GCCGGAGCCT |
TCCTGGGGCT |
GGGGGGGGGC |
GAGAGGACGG |
AGGCGGGGGG |
GCTGCTCGCC
|
|
961 |
TCCTACCCCC |
CCTCAGGCCG |
CGTGTCCCTG |
GTCCCGTCGG |
CAGACACGGG |
TACTTTGGGG |
|
1021 |
GACGTGTGGC |
AGCTCCCGCA |
GAGGATTCAC |
TCGAAGTCCA |
TTACCTATCC |
CATGGGAGCC
|BB |
|
1081 |
ATGGAGTTCG |
TGGCGCTGGG |
GGGGCCGGAT |
GCGGGCTCCC |
CCACTCCGTT |
CCCTCAÍGAA
91 |
|
1141 |
GCCGGAGCCT |
TCCTGGGGCT |
GGGGGGGGGC |
GAGAGGACGG |
AGGCGGGGGG |
GCTGCTCGCC
|
|
1201 |
TCCTACCCCC |
CCTCAGGCCG |
CGTGTCCCTG |
GTCCCGTCGG |
CAGACACGGG |
TACTTTGGGG |
|
1261 |
GACGTGTGGC |
AGCTCCCGCA |
GAGGATTCAC |
TCGAAGTCCA |
TTACCTATCC |
CATGGGAGCC
|BB |
|
1321 |
ATGGAGTTCG |
TGGCGCTGGG |
GGGGCCGGAT |
GCGGGCTCCC |
CCACTCCGTT |
CCCTCAÍGAA
91 |
|
1381 |
GCCGGAGCCT |
TCCTGGGGCT |
GGGGGGGGGC |
GAGAGGACGG |
AGGCGGGGGG |
GCTGCTCGCC
|
DISTRIBUCIÓN [DIS]
Wu /C. Op.
Lori Ruso /Prod
Venn /LLv — 1
Chang /Cercado 89
NOTA DE PRODUCCIÓN [NOTP1
Secuencia definitiva y aprobada.
—¿Tiene esto algo que ver con el hecho de que los animales hayan
sobrevivido? — preguntó Thorne.
—No estoy seguro — dijo Malcolm. ¿Guardaba aquella hoja alguna
relación con los últimos momentos de la planta manufacturera? ¿O era
simplemente una copia impresa solicitada por un empleado y olvidada allí?
Inspeccionó los alrededores de la impresora y encontró una pila
de hojas en un estante. Las tomó y advirtió que eran memorandos. Todos eran
breves y estaban impresos en un descolorido papel azul.
De: CC — P Jenkins
A: H. Wu
El exceso de dopamina en Alfa 5 impide que el receptor Dl actúe
con la avidez deseada. A fin de minimizar las conductas agresivas en organismos
terminados deben alternarse las informaciones genéticas. Conviene empezar con
esto hoy mismo.
Y de nuevo:
De: CC
A: H. Wu/Sup
El glicógeno sintasa kinase-3 aislado de Xenopus puede dar mejor
resultado que el GSK-3 alfa/beta de mamífero que empleamos ahora. Cabría
esperar un establecimiento más fuerte de la polaridad dorsoventral y reducir la
pérdida de embriones en su fase inicial. ¿Está de acuerdo?
Malcolm leyó el siguiente:
De: Backes
A: H. Wu/Sup
Es posible que los pequeños fragmentos de proteínas actúen como
priones. Los informes son aún dudosos, pero sugiero que se interrumpa la
administración de proteínas exógenas a organismos carnívoros hasta que se
esclarezcan las causas. ¡Debe detenerse la enfermedad!
—Por lo visto tenían problemas — comentó Thorne, mirando por
encima del hombro de Malcolm.
—Sin duda — convino Malcolm— . Lo raro sería que no los hubiesen
tenido. Pero la cuestión es...
Al ver el siguiente memorando, que era más largo, se
interrumpió.
ÚLTIMOS DATOS DE PRODUCCIÓN 10/10/88
De: Lori Ruso
A: Todo el personal
Asunto: Baja productividad
Las recientes pérdidas de animales durante las 24-72 horas
posteriores al nacimiento se atribuyen a la contaminación de la bacteria
Escherichia coli. Como consecuencia se ha reducido la productividad en un 60%,
y ello se debe a las deficientes medidas asépticas adoptadas por el personal de
planta, principalmente durante el Proceso H (Fase de Mantenimiento del Huevo,
Intensificación Hormonal 2G/H).
Se han sustituido y reenfundado los brazos articulados de los
robots 5A y 7D, pero además las agujas deben reemplazarse diariamente según lo
establecido por las normas de esterilidad (Manual General: Instrucciones 5-9).
Durante el próximo ciclo de producción (12/10 - 26/10)
sacrificaremos uno de cada diez huevos en la Fase H para analizar el nivel de
contaminación. La criba debe comenzar de inmediato. Notifiquen cualquier error.
Detengan la cadena siempre que sea necesario hasta que esta cuestión quede
aclarada.
—Tenían dificultades para controlar las infecciones y la
contaminación de la cadena de producción — observó Malcolm— . Y quizá también
otras fuentes de contaminación. Fíjate.
Entregó a Thorne el siguiente memorando:
ÚLTIMOS DATOS DE PRODUCCIÓN 18/12/88
De: H. Wu
A: Todo el personal
Asunto: DX: IDENTIFICACIÓN Y PUESTA EN LIBERTAD
Los organismos recién nacidos serán marcados con las nuevas
etiquetas Grumbach en el plazo más breve posible. No se les proporcionará
ninguna clase de alimento dentro de los límites del laboratorio. El programa de
puesta en libertad y las redes de seguimiento están ya en marcha.
—¿Significa eso lo que me temo? — preguntó Thorne.
—Sí — confirmó Malcolm— . No conseguían mantener vivos a los
animales recién nacidos, así que los marcaron y los dejaron en libertad.
—¿Y les siguieron el rastro mediante algún tipo de red?
—Sí. Eso parece.
—¿Soltaron los dinosaurios en esta isla? — preguntó Eddie— .
Debían de estar locos.
—Desesperados más bien — rectificó Malcolm— . Imagínate: se
gastan una fortuna en organizar este proceso con la tecnología más avanzada, y
después de todo eso los animales enferman y mueren. Hammond debía de treparse
por las paredes. De modo que decidieron sacar los animales del laboratorio y
dejarlos en la selva.
—Pero, ¿por qué no buscaron la causa de la enfermedad? ¿Por qué
no...?
—Por razones comerciales — lo interrumpió Malcolm— . Sólo les
interesaban los resultados. Y sin duda estaban convencidos de que tenían
localizados a los animales y podían recuperarlos cuando quisiesen. Además, no
olvidemos una cosa: seguramente la medida surtió efecto. Soltaban a los
animales y después, cuando ya eran adultos, los capturaban y los enviaban al
zoológico de Hammond.
—Pero no a todos...
—Aún desconocemos muchos detalles — admitió Malcolm— . En
realidad no sabemos qué ocurrió aquí.
Cruzaron la siguiente puerta, que daba acceso a una pequeña
habitación con un banco en el centro y armarios adosados a las paredes. En
varios carteles se leía: CUMPLA LAS MEDIDAS DE ASEPSIA Y ATÉNGASE A LAS NORMAS
SK4. Al fondo había una estantería con amarillentos gorros y batas apilados.
—Es un vestuario — afirmó Eddie.
—Eso parece — dijo Malcolm. Abrió un armario. Sólo contenía un
par de zapatos de hombre. Abrió varios armarios más. Todos estaban vacíos. En
el interior de uno de ellos había una hoja pegada con cinta adhesiva:
¡La seguridad nos concierne a todos!
¡Comunique cualquier anomalía genética!
¡Elimine como es debido los desechos biológicos!
¡Ponga fin a la propagación de DX!
—¿Qué es DX? — preguntó Eddie.
—Si no me equivoco — respondió Malcolm— , es el nombre de esa
misteriosa enfermedad.
En la pared del fondo había dos puertas. La del lado derecho era
neumática y se abría accionando un pedal de goma empotrado en el suelo. Pero
estaba cerrada con llave, así que atravesaron la otra puerta.
Salieron a un largo pasillo con paneles de vidrio hasta el techo
a la derecha. Aunque el vidrio estaba rayado y sucio, les permitió observar la
sala que se extendía al otro lado. Thorne nunca había visto nada semejante.
Abarcaba una gran superficie, aproximadamente del tamaño de un
estadio de fútbol. A dos niveles distintos se entrecruzaban cintas
transportadoras, una muy elevada y la otra a la altura de la cintura. La enorme
maquinaria, provista de intrincadas redes de tubos y brazos articulados, se
agrupaba en varios puntos junto a las cintas.
Thorne dirigió el haz de la linterna hacia las cintas
transportadoras y comentó:
—Una cadena de montaje.
—Pero parece intacta, como si estuviese lista para entrar en
funcionamiento — advirtió Malcolm— . Allí crecen un par de plantas en el suelo,
pero en conjunto está notablemente limpia.
—Demasiado limpia — precisó Eddie.
—Si es un entorno libre de impurezas, probablemente disponga de
cierres herméticos — adujo Thorne con un gesto de indiferencia— . Debe de
seguir tal como estaba hace años.
—¿Años? — dijo Eddie, negando con la cabeza— . Lo dudo mucho,
Doc.
—Entonces, ¿cómo se explica?
Escudriñando a través del vidrio, Malcolm arrugó el entrecejo.
¿Cómo era posible que una sala de aquellas dimensiones permaneciese limpia
después de tanto tiempo? No tenía sentido.
—¡Eh! — exclamó Eddie.
Malcolm reparó también en lo que había llamado la atención a
Eddie. En el ángulo más alejado, en la mitad de la pared, se veía una pequeña
caja azul con cables conectados. Era obviamente una caja de empalmes eléctricos
e incluía una pequeña luz roja.
Estaba encendida.
—¡Ahí llega corriente eléctrica! — afirmó Eddie. Thorne se
acercó al vidrio y miró la caja.
—Imposible — descartó—. Debe de ser alguna clase de carga
acumulada o una batería...
—¿Después de cinco años? — cuestionó Eddie— . No hay batería que
dure tanto. ¡Se lo aseguro, Doc, ahí llega corriente eléctrica!
Arby miraba con atención las letras blancas que aparecían
lentamente en el monitor:
¿ES LA PRIMERA VEZ QUE ACCEDE A LA RED?
Tecleó: Sí.
Se produjo otra pausa.
Esperó.
La computadora formuló otra pregunta: ¿CUÁL ES SU NOMBRE
COMPLETO?
Escribió su nombre.
¿DESEA QUE SE LE ASIGNE UNA CONTRASEÑA?
"Me estás cargando", pensó Arby. Esto era sólo un
jueguito de niños. Casi lo decepcionaba. Habría esperado algo más sutil por
parte del doctor Thorne. Tecleó:
Sí.
Al cabo de un momento en la pantalla se leyó:
SU NUEVA CONTRASEÑA ES VIG/&*849/. TOME NOTA, POR FAVOR.
"¡Cómo no! Claro que tomo nota", se dijo Arby. En la
mesa no había papel; se palpó los bolsillos, encontró un trozo de hoja y anotó
la contraseña. POR FAVOR, INTRODUZCA SU CONTRASEÑA. Repitió la serie de
símbolos y números.
Tras otra pausa empezó a formarse una nueva frase en la
pantalla. El texto aparecía a una velocidad anormalmente lenta, con frecuentes
interrupciones. Quizá con el traslado el sistema no funcionaba...
GRACIAS. CONTRASEÑA ACEPTADA.
La pantalla parpadeó y de pronto se volvió de color azul oscuro.
Se oyó un tintineo electrónico. Apareció un rótulo y Arby lo leyó boquiabierto:
INTERNACIONAL GENETIC TECHNOLOGIES
ENCLAVE B
SERVICIOS DE LA RED NODAL LOCAL
Era incomprensible. ¿Cómo podía haber una red del Enclave B?
InGen había cerrado el Enclave B hacía años. Arby había leído los documentos.
InGen había quebrado. ¿Qué red era ésa? ¿Y cómo había conseguido entrar? El
trailer no tenía ninguna conexión con el exterior. No había cables. De modo que
sólo podía ser una red de radio ya instalada en la isla, y Arby había accedido
a ella de alguna manera. Pero, ¿cómo era posible? Una red de radio necesitaba
energía eléctrica, y allí no había fuente de alimentación.
Arby aguardó.
Nada ocurrió. El rótulo permanecía fijo en la pantalla. Esperó
en vano a que apareciese un menú. Al cabo de un rato Arby empezó a pensar que
quizás el sistema estuviese inactivo, o bloqueado. Tal vez permitía el acceso,
pero después no era posible seguir adelante.
O quizás el usuario debía dar alguna instrucción. Entonces hizo
lo más sencillo, que era apretar la tecla de RETORNO.
SERVICIOS DE LA RED REMOTA DISPONIBLES
ARCHIVOS DE TRABAJO ACTUALES Ultimas
modificaciones
I/Investigación 02/10/89
P/Producción 05/10/89
R/Registro de campo 09/10/89
M/Mantenimiento 12/11/89
A/Administración 11/11/89
ARCHIVOS DE DATOS
ALMACENADOS
11 /Investigación (AV — AD) 01111/89
I2/Investigación (GD — 99) 12/11/89
P/Producción (FD — FN) 09/11/89
VIDEORED
A, 1 — 20 CCD NDC.1.1
De manera que era realmente un sistema antiguo: los archivos no
se modificaban desde hacía años. Con curiosidad por saber si aún funcionaba,
seleccionó VIDEORED y pidió el archivo. Para su asombro vio que se abría una
serie de pequeñas ventanas; eran quince en total y llenaban la pantalla.
Ofrecían imágenes de distintas partes de la isla. La mayoría de las cámaras se
hallaban en alto, en árboles o algo así, y mostraban...
Arby miró fijo. Mostraban dinosaurios.
Entornó los ojos. No era posible. Debían de ser películas. En la
ventana situada en uno de los ángulos vio una manada de triceratops; en la
ventana contigua, unos animales verdes con aspecto de lagarto que asomaban la
cabeza por encima de la alta hierba; en otra, una estegosaurio paseándose solo.
"Tienen que ser películas. El canal de los
dinosaurios", pensó. Pero en otra imagen Arby observó los dos trailers
unidos en medio del claro. Vio los paneles fotovoltaicos negros, que
resplandecían en el techo. Casi imaginó que se veía a sí mismo por la
ventanilla del trailer.
"¡Dios mío!", se dijo.
En otra ventana Thorne, Malcolm y Eddie montaban rápidamente en
el Explorer verde y se dirigían hacia la parte trasera del laboratorio.
Estupefacto comprendió que las imágenes eran reales.
ENERGÍA ELÉCTRICA
Se trasladaron en el Explorer hacia la parte posterior del
edificio principal, donde se hallaba la central eléctrica. Antes de llegar
pasaron frente a un pequeño poblado situado a la izquierda del camino. Thorne
vio seis cabañas rústicas y una construcción mayor con un cartel que rezaba:
RESIDENCIA DEL DIRECTOR. Sin duda un agradable jardín rodeaba las cabañas en
otro tiempo, pero ahora la hierba estaba muy crecida y la selva había
recuperado parte del terreno. Una cancha de tenis, una pileta vacía y un pequeño
supermercado con un surtidor de nafta ante la entrada ocupaban el centro del
complejo.
—Me pregunto cuánta gente vivió aquí — dijo Thorne.
— ¿Cómo sabe que ya no vive nadie? — preguntó Eddie.
— ¿Qué quieres decir?
—Doc, después de tantos años hay energía eléctrica — argumentó
Eddie— . Eso tendrá alguna explicación.
Giraron al final de las áreas de carga y descarga y siguieron
hacia la central eléctrica, que se encontraba justo enfrente.
La central era un bloque de hormigón sin más aberturas ni rasgos
distintivos que el respiradero de acero acanalado que se extendía a lo largo de
las paredes casi a la altura del tejado. El acero estaba revestido de una
uniforme capa de herrumbre marrón, salpicada de manchas amarillas.
Rodearon el edificio en busca de una puerta. La encontraron en
la parte posterior. Era una pesada puerta de acero con un letrero descascarado
donde aún se leía: PRECAUCIÓN: ALTO VOLTAJE. NO ENTRAR.
Eddie saltó del vehículo. Malcolm y Thorne salieron tras él.
Thorne olfateó el aire y observó:
—Azufre.
—Y el olor es muy intenso — añadió Malcolm con un gesto de
asentimiento.
—Tengo un presentimiento — anunció Eddie mientras tiraba con
fuerza de la puerta, que chocó ruidosamente contra la pared de hormigón.
En la oscuridad Thorne vio un laberinto de tuberías y un chorro
de vapor que se elevaba del suelo. En el interior hacía un calor sofocante y se
oía un zumbido intenso y continuo.
—¿Será posible? — exclamó Eddie, mirando los indicadores,
ilegibles en su mayoría por la gruesa costra amarilla que recubría el vidrio.
Las juntas de las tuberías presentaban también un aro de polvo amarillo
alrededor. Eddie pasó el dedo por el polvo y dijo: — ¡Asombroso!
—¿Azufre?
—Sí, azufre. Asombroso. — Se volvió hacia el lugar de donde
provenía el zumbido y vio un enorme orificio circular con una turbina en su
interior. Las palas de la turbina, que giraban rápidamente, eran de un amarillo
opaco.
—¿Y eso también es azufre? — preguntó Thorne.
—No — contestó Eddie— . Eso debe de ser oro. Las palas de esa
turbina están hechas de aleación de oro.
—¿Oro?
—Sí. Se necesitaba un material muy inerte. — Volvió la cabeza
hacia Thorne. — ¿Se da cuenta de lo que es esto? Es increíble. Tan compacto y
con semejante rendimiento... Nadie ha conseguido antes una cosa así. La
tecnología es...
—¿Quieres decir que es geotérmica? — inquirió Malcolm.
— Exactamente — confirmó Eddie— . Han aprovechado una fuente de
calor, probablemente gas o vapor, que han canalizado a través del suelo
mediante tuberías. Luego el calor se utiliza para hervir agua en un ciclo
cerrado, es decir, en esa red de tuberías, y accionar la turbina, que genera
energía eléctrica. Sea cual sea la fuente de calor, la explotación de recursos
geotérmicos implica siempre un alto grado de corrosión. Normalmente el
mantenimiento es terrible. Sin embargo, esta planta sigue en funcionamiento. Es
asombroso. En una pared se encontraba el panel de control principal, que
distribuía energía a todo el complejo. Estaba enmohecido y mellado en algunos
puntos.
—Parece que no ha entrado nadie aquí desde hace años — dijo
Eddie— . Y la mayor parte de la red está desconectada, pero la planta en sí aún
recibe corriente. Increíble.
Thorne tosió a causa del azufre que flotaba en el ambiente y
salió al aire libre. Observó la parte trasera del laboratorio. Una de las áreas
de carga y descarga parecía en buen estado; la otra, en cambio, se había
desmoronado. El vidrio de la pared posterior del edificio estaba hecho añicos.
Malcolm se acercó a Thorne y comentó:
—Me pregunto si algún animal ha embestido el edificio.
— ¿Crees que un animal podría haber causado semejante
estropicio?
—Algunos dinosaurios pesan cuarenta o cincuenta toneladas —
explicó Malcolm con un gesto de asentimiento— . Un solo ejemplar posee la masa
de un rebaño entero de elefantes. Sí, esos destrozos podrían ser fácilmente
obra de un animal. ¿Te has fijado en ese sendero que atraviesa las áreas de
carga y descarga y baja luego por la ladera? Es un paso de animales. Sí, podría
haber sido un dinosaurio.
—¿No pensaron en eso cuando soltaron los animales? — preguntó
Thorne.
—Seguramente pretendían dejarlos sueltos sólo unas semanas o
unos meses y reunirlos después cuando aún fuesen jóvenes. Dudo de que
pensasen...
Los interrumpió una crepitación eléctrica, como una
interferencia estática. Procedía del Explorer. Eddie corrió hacia el vehículo,
visiblemente preocupado.
—Lo sabía — se lamentó— . El módulo de comunicaciones falla.
Sabía que tenía que haber instalado el otro. — Abrió la puerta del Explorer y
subió por el lado del pasajero. Agarró el micrófono y pulsó el sintonizador
automático. A través del parabrisas vio aproximarse a Thorne y Malcolm.
De pronto la radio captó la transmisión.
— ...¡al coche! — instó una voz ronca.
— ¿Quién habla? — preguntó Eddie.
— ¡Doctor Thorne! ¡Doctor Malcolm! ¡Suban al coche!
—Doc, es ese maldito muchacho — informó Eddie cuando llegó
Thorne.
—¿Cómo? — dijo Thorne.
— Es Arby.
—¡Suban al coche! — repitió Arby por la radio— . ¡Lo veo
acercarse!
—¿De qué habla? — preguntó Thorne, frunciendo el entrecejo— . No
está aquí, ¿o sí? ¿Está en la isla?
La radio crepitó.
—¡Sí, estoy aquí! ¡Doctor Thorne!
— ¡Pero cómo demonios...!
— ¡Doctor Thorne! ¡Suba al coche! — repitió Arby. Thorne, rojo
de ira, apretó los puños.
—¿Cómo se las ingenió ese pequeño hijo de puta para llegar hasta
aquí? — Le arrancó el micrófono a Eddie de las manos. — ¡Arby, maldita sea...!
—¡Se acerca! — lo interrumpió Arby.
—¿De qué habla? — quiso saber Eddie— . Parece histérico.
— ¡Lo veo por la televisión! ¡Doctor Thorne!
—Quizá sea mejor que subamos al Explorer — sugirió Malcolm en
voz baja, mirando hacia la selva.
—¿Cómo que en la televisión? — preguntó Thorne, furioso.
— No lo sé, Doc — contestó Eddie— , pero si ha captado algo
desde el trailer, nosotros también podemos verlo. — Encendió el monitor del
tablero y observó mientras se formaba la imagen.
— ¡Ese muchacho! — protestó Thorne— . Voy a retorcerle el
pescuezo.
—Pensaba que te caía bien — observó Malcolm.
— Y así es, pero...
—El caos actúa de nuevo — sentenció Malcolm, sacudiendo la
cabeza.
Eddie, mirando el monitor, exclamó:
— ¡Mierda!
La pequeña pantalla mostraba un plano superior del poderoso
cuerpo de un Tyrannosaurus rex avanzando hacia ellos por el paso de animales.
Tenía la piel salpicada de manchas rojizas, exactamente del color de la sangre
seca. Bajo el sol que se filtraba a través de las copas de los árboles veían
claramente los robustos músculos de sus patas traseras. Se movía deprisa, sin
dar la menor señal de temor o indecisión.
Sin apartar los ojos de la pantalla, Thorne ordenó:
— ¡Todo el mundo adentro!
Entraron apresuradamente en el Explorer. El tiranosaurio salió
del ángulo de visión de la cámara, pero sentados en el Explorer lo oyeron
aproximarse. La tierra temblaba bajo ellos y el vehículo se balanceaba
ligeramente.
—¿lan? — dijo Thorne— . ¿Qué debemos hacer?
Malcolm no contestó. Estaba paralizado, con la vista al frente y
mirada inexpresiva.
—¿lan? — repitió Thorne.
En la radio sonó un chasquido.
—Doctor Thorne, ha desaparecido del monitor — informó Arby— .
¿Ahí todavía lo ven?
—¡Dios santo! — exclamó Eddie.
El tiranosaurio irrumpió en el claro con sorprendente prontitud,
saliendo del follaje a la derecha del Explorer. Era inmenso, del tamaño de un
edificio de dos pisos, y su cabeza se perdía de vista sobre ellos. Sin embargo,
pese a sus dimensiones, se desplazaba con una agilidad y rapidez increíbles.
Thorne lo contempló expectante y mudo de asombro. Percibía cómo vibraba el
vehículo con cada atronadora pisada. Eddie lanzó un suave gemido.
Pero el tiranosaurio no reparó en ellos. Pasó de largo sin
aminorar siquiera la marcha. Cuando se adentró de nuevo en la espesura apenas
habían tenido ocasión de observarlo. Ya sólo veían la gruesa cola, enorme por
su función de contrapeso, que se agitaba de un lado a otro a unos dos metros de
altura a medida que el animal caminaba.
"¡Qué rápido! ¡Qué rápido!", pensó Thorne. El
gigantesco animal había surgido de entre el follaje, había ocupado totalmente
su campo de visibilidad y había vuelto a desaparecer. Thorne no estaba
acostumbrado a ver algo tan grande moverse tan deprisa. Ya sólo quedaba la
punta de la cola balanceándose en el aire.
De pronto la cola golpeó la parte delantera del Explorer con un
sonoro ruido metálico.
Y el tiranosaurio se detuvo.
Oyeron un gruñido grave y vacilante entre los árboles. La cola
volvió a mecerse, esta vez con un movimiento de tanteo. No tardó en rozar de
nuevo el radiador.
Repentinamente el follaje crujió y se agitó a su izquierda. La
cola desapareció. Porque el tiranosaurio, comprendió Thorne, se disponía a
regresar.
Salió nuevamente de la selva y se dirigió hacia el vehículo.
Deteniéndose justo enfrente, volvió a gruñir — un sonido grave y retumbante— y
movió ligeramente la cabeza de izquierda a derecha para inspeccionar aquel
extraño objeto. A continuación se inclinó, y Thorne vio que el tiranosaurio
tenía algo entre las fauces; vio las patas de una criatura colgando a ambos
lados de la boca. Un enjambre de moscas zumbaba en torno de la cabeza del
tiranosaurio.
— ¡Carajo! — gimió Eddie.
— Silencio — susurró Thorne.
El tiranosaurio resopló y observó el Explorer. Se inclinó más
aún e inspiró repetidas veces, desplazando gradualmente la cabeza a cada
inhalación. Thorne se dio cuenta de que olfateaba el radiador. Se movió a un
lado y husmeó las ruedas. A continuación alzó despacio la enorme cabeza hasta
que sus ojos quedaron a ras del capó. Los contempló oblicuamente a través del
parabrisas. Parpadeó. Tenía la mirada fría de un reptil.
Thorne habría jurado que los miraba uno por uno. Con su hocico
chato empujó el vehículo por un costado, balanceándolo ligeramente, como si
comprobase su peso, como si evaluase a un adversario. Thorne agarró el volante
firmemente y contuvo la respiración.
De pronto dio un paso atrás y se colocó otra vez frente al
Explorer. Les dio la espalda y levantó la cola. Lentamente retrocedió, y oyeron
que la cola arañaba el techo. Las patas traseras se aproximaron, y el
tiranosaurio se sentó en el capó, inclinando el vehículo con su descomunal peso
hasta que el paragolpes tocó el suelo. Al principio no se movió; simplemente
permaneció allí sentado. Al cabo de un momento empezó a contonearse con un
rápido movimiento, haciendo chirriar el metal.
—¿Qué demonios es esto? — exclamó Eddie.
El tiranosaurio se irguió de nuevo y el Explorer recuperó
bruscamente su posición normal. Thorne vio una sustancia blanca y espesa
diseminada por el capó. De inmediato el tiranosaurio se apartó de ellos, se
alejó por el paso de animales y desapareció en la selva.
Al cabo de un momento surgió otra vez de entre el follaje por
detrás del Explorer y atravesó el claro. Rodeó el supermercado, pasó entre dos
cabañas y se perdió de vista.
Thorne miró a Eddie, que señaló a Malcolm con la cabeza. Malcolm
no se había dado vuelta para ver cómo se alejaba el tiranosaurio. Seguía tenso,
con la mirada al frente.
—¿lan? — dijo Thorne, tocándole el hombro.
— ¿Se fue? — preguntó Malcolm.
—Sí. Se fue.
lan Malcolm se relajó e inclinó los hombros. Exhaló lentamente y
dejó caer la cabeza hacia adelante. Respiró hondo y levantó otra vez la cabeza.
—Hay que reconocerlo — afirmó— : estas cosas no se ven todos los
días.
—¿Te encuentras bien? — se interesó Thorne.
—Sí, sí. Estoy bien. — Se llevó la mano al pecho y se palpó el
corazón. — Claro que estoy bien. Al fin y al cabo éste era pequeño.
— ¿Pequeño? — repitió Eddie— . Si eso le parece pequeño...
— Sí, para un tiranosaurio era pequeño. Las hembras son mucho
más grandes. Los tiranosaurios presentan un dimorfismo sexual: las hembras son
más grandes que los machos. Según se cree, se encargaban ellas de la caza. Pero
puede que tengamos la oportunidad de verlo nosotros mismos.
—Un momento — saltó Eddie— . ¿Cómo está tan seguro de que era un
macho?
Malcolm señaló el capó del vehículo, donde la sustancia blanca
empezaba a desprender un olor acre.
—Ha marcado el territorio — explicó Malcolm.
—¿Y qué? Puede que las hembras también marquen...
—Muy probablemente, sí — lo interrumpió Malcolm— . Pero sólo los
machos poseen glándulas olorosas anales. Y ya has visto cómo lo ha hecho.
Eddie contempló disgustado el capó.
—Espero que podamos quitar la mancha — comentó— . Traje algunos
disolventes, pero no contaba con... bueno, perfume de dinosaurio.
Volvió a oírse el chasquido de la radio.
—Doctor
Thorne — dijo Arby— . ¿Doctor Thorne? ¿Todo en orden?
—Sí, Arby. Gracias a ti — contestó Thorne.
—¿Qué esperan entonces? ¿Doctor Thorne? ¿No ha visto al doctor
Levine?
—Todavía no. — Thorne buscó el receptor en el cinturón, pero
había caído al suelo. Se inclinó y lo recogió. Las coordenadas de Levine habían
cambiado. — Se está moviendo...
—Ya sé que se está moviendo. ¿Doctor Thorne?
—Sí, Arby — respondió Thorne. Al cabo de un instante añadió: —
Un momento. ¿Cómo sabes que se está moviendo?
—Porque lo veo — replicó Arby— . Va en bicicleta.
Kelly apareció en la parte delantera del trailer bostezando y
apartándose el pelo de la cara.
—¿Con quién hablas, Arb? — preguntó. Mirando el monitor, agregó:
— ¡Qué fantástico!
—Accedí a la red del Enclave B — anunció Arby.
— ¿Qué red?
—Una red de radio de ámbito local, Kel. Por alguna razón aún
funciona.
—¿En serio? Pero cómo...
—¡Chicos! —reprendió Thorne por la radio— . Si no les importa,
estamos buscando a Levine.
Arby agarró el micrófono.
—Va en bicicleta por un camino de la selva. Es muy empinado y
estrecho. Creo que tomó el mismo camino que el tiranosaurio.
— ¿El qué? — inquirió Kelly.
Thorne puso el vehículo en marcha y se alejó de la central
eléctrica en dirección al poblado. Pasó ante el surtidor de nafta y después
entre las cabañas. Tomó por el mismo camino del tiranosaurio. El paso de
animales era bastante ancho y fácil de seguir.
— Esos chicos no deberían estar aquí — dijo Malcolm, preocupado—
. No es seguro.
—Ahora poco podemos hacer al respecto — repuso Thorne. Accionó
el micrófono. — Arby, ¿aún ves a Levine?
El Explorer traqueteó al atravesar lo que en otro tiempo fue un
jardín y continuó por detrás de la residencia del director. Era un edificio de
dos pisos de estilo colonial con balcones de madera en todo el segundo piso. Al
igual que las otras casas, estaba abandonado.
— Sí, doctor Thorne — contestó Arby por la radio— . Lo veo.
— ¿Dónde está?
—Sigue al tiranosaurio. En la bicicleta.
—¡Sigue al tiranosaurio! — repitió Malcolm con un suspiro— . No
debería haberme metido en esto con él.
—En eso estamos todos de acuerdo — coincidió Thorne. Aceleró y
cruzó por una brecha el muro de piedra que aparentemente delimitaba el
perímetro del complejo.
—¿Lo ve ya? — preguntó Arby.
— Todavía no.
El camino se estrechó gradualmente a medida que serpenteaba
ladera abajo. Tras una curva vieron de repente un árbol caído que obstruía el
paso. En su franja central el tronco estaba desprovisto de ramas, según cabía
suponer a causa del continuo paso de animales grandes por encima.
Thorne frenó a corta distancia del árbol. Se bajó y fue a la
parte trasera del Explorer.
—Doc, déjeme ir a mí — sugirió Eddie.
—No — repuso Thorne— . Si algo pasara, sólo tú serías capaz de
reparar el equipo. Eres más importante, sobre todo sabiendo que los niños están
aquí.
Detrás del Explorer, Thorne desenganchó la motocicleta de los
soportes y la dejó en el suelo. Después de comprobar la carga de la batería, la
empujó hasta la parte delantera del vehículo.
—Dame ese rifle — pidió a Malcolm. Éste le entregó el arma, y
Thorne se la colgó al hombro. A continuación tomó unos auriculares del tablero
y se los colocó en la cabeza, prendiéndose en el cinturón la caja de la pila y
ajustándose el micrófono a la altura de la boca. Después dijo:
— Ustedes vuelvan al trailer y cuiden a los niños.
—Pero Doc... protestó Eddie.
—Hagan lo que les digo — ordenó Thorne, y levantó la motocicleta
para pasarla sobre el árbol caído. La dejó al otro lado y luego saltó él.
Entonces advirtió que el tronco estaba también impregnado de la secreción
blanquecina y acre del tiranosaurio; se había manchado las manos. Lanzó una
mirada interrogativa a Malcolm.
— Marcó el territorio aclaró Malcolm.
— Estupendo — se lamentó Thorne— . Estupendo.
Después de limpiarse las manos en el pantalón subió a la
motocicleta y se alejó.
Las ramas le azotaban los hombros y las piernas mientras
avanzaba por el sendero tras los pasos del tiranosaurio. El animal no podía
estar muy lejos, pero aún no lo veía. Aceleró la marcha.
La radio crepitó.
—¿Doctor Thorne? — dijo Arby— . Ahora lo veo a usted.
— Muy bien respondió Thorne.
La radio volvió a crepitar.
—Pero ya no veo al doctor Levine informó Arby con voz inquieta.
La motocicleta eléctrica era muy silenciosa, sobre todo cuesta
abajo. Un poco más adelante el paso de animales se bifurcaba. Thorne se detuvo
y se inclinó para inspeccionar la tierra lodosa. Las huellas del tiranosaurio
se desviaban por el ramal izquierdo. Vio asimismo la fina huella dejada por la
bicicleta; doblaba también a la izquierda.
Thorne siguió por el camino de la izquierda pero más despacio.
Después de recorrer unos diez metros pasó junto a la pata de alguna criatura
parcialmente devorada. Debía de llevar allí un tiempo, porque estaba cubierta
de gusanos blancos y moscas. Con el calor, el penetrante hedor de la
descomposición resultaba nauseabundo. Siguió adelante y se cruzó con el cráneo
de un enorme animal que aún llevaba adheridos al hueso trozos de carne y piel
verde; también lo envolvía un enjambre de moscas.
—Acabo de pasar restos de animales comunicó por el micrófono.
La radio crepitó y esta vez habló Malcolm:
— Me lo temía.
—¿A qué te refieres? — preguntó Thorne.
—Es posible que haya un nido — explicó Malcolm— . ¿Viste el
animal que el tiranosaurio sostenía entre las fauces? No lo había devorado. Es
muy probable que fuese comida para su nido.
—Un nido de tiranosaurios... — murmuró Thorne.
— Yo andaría con cuidado — aconsejó Malcolm.
Thorne apagó el motor y bajó en punto muerto hasta el pie de la
ladera. Al llegar a terreno llano se bajó. Percibió vibraciones en el suelo y
oyó un rumor grave procedente de la maleza, como el ronroneo de un gran gato
salvaje. Thorne miró alrededor. No encontró el menor rastro de la bicicleta de
Levine.
Thorne descolgó el rifle del hombro y lo agarró con manos
sudorosas. El ronroneo se repitió con variable intensidad. Había algo extraño
en aquel sonido. Al cabo de un momento Thorne comprendió qué era. Procedía de
más de una fuente: varios animales grandes ronroneaban tras el follaje justo
enfrente.
Thorne se agachó, arrancó un puñado de hierba y lo soltó en el
aire. La hierba volvió hacia sus piernas: el viento soplaba de frente. Se
deslizó entre la vegetación.
Se encontraba rodeado de grandes helechos y espeso follaje, pero
a unos metros veía el resplandor del sol en un claro. El ronroneo era más
sonoro. Le llegó también otro ruido, un agudo chirrido semejante al de un
engranaje oxidado.
Thorne vaciló. Por fin, muy lentamente, apartó una hoja de
helecho. Y miró asombrado.
EL NIDO
Ante Thorne, bajo el sol intenso de media mañana, surgieron dos
enormes tiranosaurios, ambos de más de seis metros de altura. Tenían una piel
rojiza, tipo cuero, y las descomunales cabezas, provistas de poderosas
mandíbulas y afilados dientes, ofrecían un aspecto feroz. Sin embargo, por
alguna razón no transmitían una sensación de amenaza. Se movían con lentitud,
casi con suavidad, inclinándose una y otra vez sobre un amplio refugio circular
de barro seco con una pared de alrededor de más de un metro de altura. Cada vez
que se agachaban y metían la cabeza en el refugio sujetaban entre los dientes
trozos de carne roja. Esta acción era recibida con un agudo y nervioso chirrido,
que se interrumpía casi de inmediato. Cuando los adultos alzaban nuevamente la
cabeza, la carne había desaparecido.
Indudablemente aquello era el nido. Y Malcolm no se había
equivocado: un tiranosaurio era mucho más grande que el otro. Después de unos
instantes el curioso chirrido se reanudaba. Sonaba como los gritos de los
pollitos. Los adultos siguieron agachando la cabeza, dando de comer a las
invisibles crías. Un pedazo de carne cayó en el borde del montículo de barro.
Ante la mirada de Thorne, una cría de tiranosaurio se asomó por encima de la
pared del nido e intentó encaramarse. Era del tamaño de un pavo y tenía la
cabeza y los ojos muy grandes. Cubría su cuerpo una fina pelusa roja — blanca
alrededor del cuello— , que le daba una apariencia descarnada. La cría emitió
su intermitente chillido y reptó torpemente hacia la carne, ayudándose con los
débiles miembros anteriores. Cuando por fin alcanzó la carroña, hincó con
decisión sus pequeños y puntiagudos dientes.
Mientras devoraba laboriosamente la carne, empezó de pronto a
resbalar por el lado exterior de la pared de barro seco y gritó alarmada. De
inmediato la madre agachó la cabeza e interceptó la caída de la cría. A
continuación la empujó con el hocico hasta devolverla al interior del nido.
Thorne observó impresionado la delicadeza de sus movimientos, el esmero con que
cuidaba a su cría. Entretanto el padre siguió arrancando pequeños trozos de
carne. Los dos tiranosaurios adultos producían un incesante ronroneo, como para
tranquilizar a las crías.
Thorne cambió de postura y pisó una rama: se oyó un sonoro
chasquido.
Al instante los dos adultos levantaron la cabeza. Thorne se
quedó inmóvil y contuvo la respiración.
Los tiranosaurios escudriñaron las inmediaciones del nido,
mirando atentamente en todas las direcciones. Estaban tensos y alertas,
dirigiendo la mirada a un lado y a otro con breves y entrecortados movimientos
de cabeza. Al cabo de un momento se relajaron. Balancearon las cabezas y
entrechocaron delicadamente los hocicos. Parecía una especie de ritual, casi
una danza. Luego siguieron dando de comer a las crías.
Una vez que se calmaron, Thorne retrocedió sigilosamente hacia
la motocicleta.
—Doctor Thorne, lo veo — susurró Arby por los auriculares.
Thorne no contestó. Se limitó a golpear ligeramente el micrófono con un dedo
para indicar que había oído el mensaje.
—Creo que he localizado al doctor Levine — informó Arby en voz
baja— . Está a su izquierda.
Thorne volvió a golpear el micrófono y se volvió.
A su izquierda, entre los helechos, vio una bicicleta oxidada.
Estaba apoyada contra un árbol y llevaba un rótulo donde se leía: "Prop.
InGen Corp."
"No está mal", pensó Arby en el trailer mientras
seleccionaba y distribuía las imágenes de las distintas cámaras en el monitor.
Finalmente había optado por dividir la pantalla en cuadrantes; era una buena
solución intermedia, ya que le permitía obtener imágenes más grandes y a la vez
mantener simultáneamente varias vistas.
Una de las cámaras ofrecía un plano superior de los dos
tiranosaurios en el recóndito claro. El sol de media mañana se reflejaba en la
hierba pisoteada y lodosa. En el centro de la imagen veía un nido de barro
circular rodeado de una alta pared. En el interior había cuatro huevos blancos
moteados, del tamaño de pelotas de fútbol. El nido contenía asimismo algunos
fragmentos de cascarón y dos crías semejantes a pajaritos desplumados y
chillones. Levantaban la cabeza y abrían la boca como pollitos en espera de su
alimento.
—Mira, son preciosos — comentó Kelly, contemplando la imagen del
monitor. Luego añadió: — Tendríamos que estar allí. Arby guardó silencio. Él no
albergaba tales deseos de acercarse a aquellos animales. Los adultos actuaban
con mucha serenidad, pero a Arby aquellos dinosaurios le inspiraban un temor
profundamente arraigado que no conseguía analizar. Arby siempre hallaba sosiego
en la organización y el orden; incluso disponer las imágenes pulcramente en la
pantalla de la computadora lo tranquilizaba. Sin embargo, en aquella isla todo
era desconocido e imprevisible, uno nunca sabía qué podía ocurrir. Eso lo
inquietaba.
Kelly, en cambio, no cabía en sí de emoción. Hablaba sin cesar
sobre los tiranosaurios: sus grandes dimensiones, el tamaño de sus dientes.
Estaba entusiasmada y no demostraba el menor miedo.
La actitud de Kelly enojaba un poco a Arby.
—A propósito — dijo Kelly—, ¿por qué estás tan seguro de que
localizaste al doctor Levine?
Arby señaló la imagen del nido en el monitor.
— Fíjate.
—Sí, ya lo veo.
—No, Kel. Fíjate bien — insistió Arby.
Mientras miraban la pantalla, la imagen se desplazó ligeramente.
Mostró parte del paisaje a la izquierda y de inmediato volvió a centrarse.
—¿Viste? — preguntó Arby.
—Sí, ¿y qué? A lo mejor es el viento.
Arby negó con la cabeza.
—No, Kel. Está subido al árbol. Es Levine quien mueve la cámara.
—¡Oh! — exclamó Kelly. Tras contemplar de nuevo la imagen,
añadió: — Tal vez tengas razón.
Arby sonrió. Ésa era la máxima concesión que podía esperar de
Kelly.
—Sí, creo que sí.
—Pero, ¿qué hace el doctor Levine subido al árbol?
— Quizás esté ajustando la cámara.
Por la radio oían la respiración de Thorne.
Kelly miró las cuatro imágenes del monitor, cada una de una
parte distinta de la isla.
—Estoy impaciente por salir — dijo con un suspiro.
—Sí, yo también — mintió Arby. Echó un vistazo por la ventanilla
del trailer y vio acercarse el Explorer con Eddie y Malcolm. Para sus adentros,
se alegró de que llegasen.
Al pie del árbol, Thorne levantó la vista. Las hojas le impedían
ver a Levine, pero sabía que estaba allí por el ruido que hacía, excesivo a su
juicio. Thorne lanzó una mirada intranquila hacia el claro, oculto tras el
follaje. Seguía oyendo el ronroneo, uniforme e ininterrumpido.
Thorne aguardó. Se preguntó para qué demonios habría trepado
Levine al árbol. Se produjo un rumor de hojas entre las ramas. Siguió un
silencio, luego un gruñido y otro rumor de hojas.
De pronto Levine maldijo en voz alta. Inmediatamente después se
oyó un golpe, varios crujidos de ramas y un grito de dolor. Finalmente Levine
cayó al suelo de espaldas a los pies de Thorne. Se dio vuelta, agarrándose el
hombro.
—¡Maldita sea! — se quejó.
Levine llevaba un uniforme caqui desgarrado por varios sitios y
sucio de barro. Bajo una barba de tres días y numerosas manchas de barro,
estaba ojeroso y demacrado. Alzó la vista cuando Thorne se acercó a él y
sonrió.
—Eres la última persona que esperaba encontrarme, Doc — dijo
Levine— . Pero tu llegada no podía ser más oportuna.
Thorne le extendió la mano. Cuando Levine estaba a punto de
tomársela, del claro detrás de ellos, los tiranosaurios emitieron un bramido
ensordecedor.
—¡Oh, no! — exclamó Kelly.
En el monitor los dos tiranosaurios, inquietos, se movían
rápidamente en círculo levantando la cabeza y bramando.
— ¿Qué pasa, doctor Thorne? preguntó Arby.
Por la radio oyeron la voz de Levine, débil y ronca, pero no
consiguieron descifrar sus palabras. Eddie y Malcolm entraron en el trailer.
Malcolm echó un vistazo al monitor y ordenó:
—¡Diles que se marchen de ahí ahora mismo!
En la imagen, los dos tiranosaurios se daban la espalda y
vigilaban los límites del claro, protegiendo a las crías. Blandían sus
voluminosas colas sobre el nido. Pero la tensión era palpable.
De pronto uno de ellos bramó y se precipitó hacia el follaje.
— ¡Doctor Thorne! ¡Doctor Levine! ¡Salgan de ahí!
Thorne pasó una pierna sobre la motocicleta y asió los puños de
goma del manubrio. Levine saltó detrás y se aferró a la cintura de Thorne. Éste
oyó un escalofriante rugido y, al volver la cabeza, vio un tiranosaurio
atravesar el follaje y abalanzarse hacia ellos. El animal avanzaba a toda
velocidad, con la cabeza baja y las fauces abiertas en una inconfundible
postura de ataque.
Thorne accionó el arranque. El motor eléctrico se puso en marcha
con un ligero susurro y la rueda trasera giró en el barro sin moverse.
—¡Vamos! — gritó Levine— . ¡Vamos!
El tiranosaurio corría hacia ellos sin dejar de rugir. Thorne
notaba temblar el suelo. El rugido era tan atronador que hería los oídos. El
animal se hallaba casi sobre ellos, adelantando la enorme cabeza, abriendo la
boca completamente.
Thorne empujó con los talones. De pronto la rueda trasera
recuperó la tracción, lanzando barro hacia atrás, y la motocicleta empezó a
ascender rápidamente por el camino lodoso. Aceleró al máximo. La motocicleta
patinaba peligrosamente.
A sus espaldas, Levine vociferaba, pero Thorne no lo escuchó. El
corazón le latía con fuerza. La motocicleta saltó en un pozo del camino y casi
perdieron el equilibrio. Cuando recuperaron la estabilidad, Thorne volvió a
acelerar. No se atrevía a volver la cabeza. Percibía un hedor de carne podrida,
oía la respiración estentórea del animal...
—¡Doc, calma! — gritó Levine.
Thorne no le prestó atención. La motocicleta ascendía velozmente
por la ladera. Las ramas los golpeaban; el barro les salpicaba en la cara y el
pecho. La rueda delantera se metió en un surco y la motocicleta se desvió hacia
el follaje. Thorne reaccionó rápidamente y volvieron al centro del camino. Oyó
otro rugido e imaginó que era más débil, pero...
—¡Doc! — protestó Levine, acercando la boca a la oreja de
Thorne— . ¿Quieres que nos matemos? ¡Doc! ¡Estamos solos!
Llegaron a un tramo llano del camino y Thorne se arriesgó a
mirar hacia atrás por encima del hombro. Levine tenía razón. Estaban solos. El
tiranosaurio había desaparecido, aunque sus rugidos se oían aún a lo lejos.
Redujo la velocidad.
—Cálmate — repitió Levine, moviendo la cabeza en un gesto de
desaprobación. Estaba pálido y asustado. — Eres un pésimo conductor, ¿lo
sabías? Deberías tomar algunas clases. Casi nos matamos.
—Pero nos atacaba el tiranosaurio — se justificó Thorne,
indignado. Ya conocía de sobra el tono crítico de Levine, pero en esos
momentos...
—Eso es ridículo — refutó Levine— . No nos atacaba ni mucho
menos.
—Pero sin duda parecía que sí — afirmó Thorne.
—No, no, no — insistió Levine— . No nos atacaba. El rex defendía
su nido, que es muy distinto.
—Yo no he notado la diferencia — dijo Thorne. Detuvo la
motocicleta y miró a Levine con furia.
—De hecho — continuó Levine— , si el rex hubiese decidido
cazarnos, ahora estaríamos muertos. Pero se detuvo casi de inmediato.
—¿En serio?
—Sin lugar a dudas — aseguró Levine con su habitual pedantería—
. El rex sólo pretendía ahuyentarnos y defender su territorio. Nunca habría
dejado indefenso el nido a menos que hubiésemos tomado o alterado algo. Con
toda seguridad ahora mismo está otra vez con su pareja, pendiente de los
huevos, sin moverse de allí.
—Tuvimos suerte de que sea tan buen padre — comentó Thorne,
acelerando el motor.
—Claro que es un buen padre — afirmó Levine— . Cualquier idiota
se daría cuenta de eso. ¿No te fijaste en lo delgado que está? Descuida su
propia alimentación para dar de comer a sus crías. Probablemente lleva así
semanas. Un Tyrannosaurus rex es un animal complejo, con hábitos de caza complejos.
Y también desarrolla un comportamiento complejo en el cuidado de la nidada. No
me sorprendería que la función paterna de un tiranosaurio adulto se prolongase
durante meses. Es posible que enseñen a sus crías a cazar, por ejemplo. Quizá
lleven al nido pequeños animales heridos y dejen que los más jóvenes acaben con
ellos. Esa clase de cosas. Será interesante averiguar cómo actúan exactamente.
¿Qué esperamos aquí parados?
La radio crepitó a través del auricular de Thorne.
—Nunca se le ocurriría darte las gracias por haberle salvado la
vida — dijo Malcolm.
Thorne lanzó un gruñido.
— Obviamente no.
—¿Con quién hablas? — preguntó Levine— . ¿Con Malcolm? ¿Está
aquí?
—Sí — contestó Thorne.
—Seguro que está de acuerdo conmigo, ¿verdad?
—No exactamente repuso Thorne, negando con la cabeza.
— Oye, Doc, siento que te hayas asustado, pero no había razón
para ello. El hecho es que no corríamos ningún peligro... salvo por tu
desastrosa manera de conducir.
—Bien. Muy bien. — A Thorne todavía le martilleaba el corazón en
el pecho. Respiró hondo, giró a la izquierda con la motocicleta e inició el
descenso hacia el campamento por un camino más ancho.
—Me alegro mucho de verte, Doc —admitió Levine— . De verdad.
Thorne guardó silencio. Siguió ladera abajo por el camino que se
abría entre el follaje. Descendieron hasta el valle, cobrando velocidad con la
pendiente. No tardaron en ver los trailers en medio del claro.
—Estupendo aprobó Levine— . Trajiste todo. ¿Y funciona el
equipo? ¿Todo llegó en buen estado?
—Parece que sí.
—¡Perfecto! — exclamó Levine— . Todo va sobre ruedas.
— Yo no diría tanto comentó Thorne.
Por la ventanilla trasera del trailer Kelly y Arby los saludaban
alegremente.
—¿Es una broma? — preguntó Levine.
CUARTA CONFIGURACIÓN
Al aproximarse al borde caótico los elementos dan señales de
conflicto interno. Una región inestable y potencialmente letal.
IAN MALCOLM
LEVINE
Atravesaron el claro corriendo y gritando:
— ¡Doctor Levine! ¡Doctor Levine! ¡Está a salvo!
Se echaron a sus brazos y Levine, a su pesar, sonrió.
—Doc — dijo, volviéndose hacia Thorne , esto es un disparate.
—¿Por qué no se lo explicas a ellos? — replicó Thorne— . Son
alumnos tuyos.
—No se enoje, doctor Levine — suplicó Kelly.
—Fue decisión nuestra — confesó Arby— . Vinimos por nuestra
cuenta.
—¿Por su cuenta? — preguntó Levine.
—Pensamos que necesitaba ayuda — explicó Arby. Dirigiéndose a
Thorne, añadió: — Y así era.
Thorne asintió.
Sí. Nos han ayudado.
—Y prometemos no molestar — intervino Kelly— . Ustedes hagan lo
que tengan que hacer, y nosotros...
—Los chicos estaban preocupados por ti — dijo Malcolm,
acercándose a Levine— . Porque pensaban que estabas en problemas.
— De todos modos, ¿por qué tanto apuro? — inquirió Eddie— . Nos
encarga estos vehículos y luego se va sin ellos...
—No me quedaba otra opción — se excusó Levine— . El gobierno de
Costa Rica se enfrenta con otro brote de encefalitis. Han llegado a la
conclusión de que está relacionado con los cuerpos de dinosaurios que aparecen
de vez en cuando. Desde luego la idea es estúpida, pero eso no va a impedirles
exterminar todos los animales de esta isla tan pronto como los encuentren.
Tenía que llegar yo antes. El tiempo apremia.
—Así que decidiste venir tú solo — le reprochó Malcolm.
— Déjate de tonterías, lan. Y no me mires con esa cara. Pensaba
llamarte en cuanto verificase que ésta era la isla. Además, no vine solo. Me
acompañó un guía llamado Diego, un lugareño que me aseguró que había estado en
la isla de niño, muchos años atrás. Y realmente parecía familiarizado con el
terreno. Me llevó hasta lo alto del acantilado sin ningún problema. Todo fue
bien hasta que nos atacaron en el arroyo, y Diego...
—¿Los atacaron? — lo interrumpió Malcolm— . ¿Quiénes?
—En realidad, no llegué a verlo — contestó Levine— . Todo
ocurrió muy deprisa. Un animal me derribó de un golpe y destrozó la mochila. No
sé qué pasó después. Posiblemente lo confundió la forma de la mochila, porque
cuando me levanté y seguí corriendo, no me persiguió.
Malcolm lo miraba atentamente.
— Tuviste mucha suerte, Richard.
—Sí, bueno. El caso es que corrí mucho rato, y cuando volví la
cabeza, estaba solo en la selva. Y perdido. No sabía qué hacer, así que me subí
a un árbol. Me pareció buena idea. Y hacia el anochecer aparecieron los
velocirraptores.
—¿Velocirraptores? — preguntó Arby.
—Unos pequeños carnívoros —explicó Levine —. La forma del cuerpo
es la de un terópodo común y tiene el hocico largo y visión binocular. Mide
unos dos metros de longitud y pesa alrededor de noventa kilos. Son dinosaurios
muy rápidos, inteligentes y peligrosos. Viajan en grupo. Anoche conté hasta
ocho, todos saltando alrededor del árbol intentando cazarme. Toda la noche
saltando y gruñendo, saltando y gruñendo... No pegué un ojo.
—¡Qué lástima! — se burló Eddie.
—Oye — replicó Levine, enfadado— , no es mi problema si...
—¿Pasaste la noche en el árbol? preguntó Thorne.
—Sí, y por la mañana los raptores ya se habían ido, así que
bajé a echar un vistazo por la isla.
Encontré el laboratorio o lo que sea. Está claro que lo abandonaron a toda
prisa y dejaron aquí parte de los animales. Inspeccioné el edificio y vi que
aún tiene suministro eléctrico... después de tantos años todavía funcionan
algunos sistemas. Y aún más importante, existe una red de cámaras de seguridad.
Eso es una suerte. De manera que salí a verificar esas cámaras, y estaba en eso
cuando ustedes me interrumpieron...
—Un momento — protestó Eddie. Vinimos a rescatarlo.
—No entiendo por qué —repuso Levine—. Yo no se lo pedí.
—No fue ésa la impresión que nos dio cuando hablamos contigo por
teléfono.
—Eso fue un malentendido — adujo Levine—. Pasaba por un momento
de debilidad porque no conseguía poner en funcionamiento el teléfono. Lo has
hecho demasiado complicado, Doc, ése es el problema. Y bien, ¿empezamos ya a
trabajar?
Levine se calló y miró los rostros indignados que lo rodeaban.
— Un gran científico — comentó Malcolm, volviéndose hacia
Thorne— y un gran ser humano.
—Eh, ¿qué les pasa? — dijo Levine. La expedición tenía que venir
a esta isla tarde o temprano. Y tal como están las cosas, cuanto antes mejor.
Todo ha salido bien y, la verdad, no veo ninguna razón para seguir hablando del
tema. No es momento para discusiones. Tenemos mucho que hacer y creo que
deberíamos empezar ya, porque esta isla es una oportunidad excepcional y no va
a durar eternamente.
DODGSON
Lewis Dodgson estaba sentado a una mesa en un rincón oscuro de
la cantina Chesperito, encorvado sobre una cerveza. Junto a él, George
Baselton, rector de Stanford, devoraba con fruición un plato de huevos
rancheros. Las yemas amarillas se desbordaban sobre la salsa verde. Dodgson
sentía náuseas sólo de verlo. Desvió la mirada, pero siguió oyendo cómo se
relamía los labios Baselton.
Aparte de ellos sólo había en el establecimiento unas cuantas
gallinas que cloqueaban por el suelo. De vez en cuando se asomaba un niño a la
puerta, apedreaba a las gallinas y se alejaba a toda prisa riéndose. Por los
corroídos altavoces de un ronco estéreo sonaba una vieja cinta de Elvis
Presley. Dodgson tarareó Falling in Love With You y procuró controlar su mal
genio. Hacía casi una hora que esperaban en aquel tugurio. Baselton terminó los
huevos y apartó el plato. Sacó un pequeño cuaderno que siempre llevaba encima y
dijo:
—Verás, Lew, he estado pensando cómo debe manejarse este asunto.
—¿Qué asunto? — repuso Dodgson, irritado— . No habrá ningún
asunto que manejar a menos que consigamos llegar a esa isla. — Mientras
hablaba, tamborileó con los dedos sobre una pequeña fotografía de Richard
Levine colocada junto al borde de la mesa. Después la dio vuelta, observó la
imagen del revés y volvió a ponerla del derecho. A continuación lanzó un
suspiro y consultó el reloj.
—Lew — dijo Baselton con impaciencia— , llegar a esa isla es lo
de menos. Aquí lo importante es cómo presentar al mundo nuestro descubrimiento.
—Nuestro descubrimiento — repitió Dodgson— . Eso me gusta,
George. Buena idea. Nuestro descubrimiento.
—Bueno, es la verdad, ¿no? — afirmó Baselton con una afable
sonrisa— . InGen quebró y su tecnología desapareció. Una trágica pérdida, como
no me he cansado de repetir por televisión. En tales circunstancias, cualquiera
que la encuentre habrá realizado un descubrimiento. No sé de qué otra manera
podría llamárselo. Como dijo Henri Poincaré...
—Muy bien, muy bien — lo interrumpió Dodgson— . Así que hacemos
un descubrimiento. Y luego ¿qué? ¿Una conferencia de prensa?
—Nada de eso — rechazó Baselton con expresión de horror— . Una
conferencia de prensa sería una torpeza. Nos dejaría a merced de toda clase de
críticas. No, no. Un descubrimiento de esta magnitud debe tratarse con decoro.
Debe notificarse, Lew.
—¿Notificarse?
—A través de la prensa especializada, sí. Nature, supongo.
— ¿Quieres anunciar esto en una publicación académica? —preguntó
Dodgson entornando los ojos.
—¿Qué mejor para legitimarlo? — replicó Baselton— . Presentar el
hallazgo a nuestros colegas es lo más correcto. Naturalmente suscitará un
debate, ¿y en qué consistirá ese debate? En una acalorada disputa, en un
intercambio de severas críticas entre los profesores que llenará las secciones
científicas de los diarios durante tres días, hasta que el tema pierda interés
y sea sustituido por las últimas novedades en implantes de mama. Y en esos tres
días habremos afianzado nuestra posición.
—¿Te ocuparás tú del texto?
—Sí — respondió Baselton—. Y después un artículo en American
Scholar o quizás en Natural History, algo de interés humano: qué representa el
descubrimiento para el futuro, qué revela sobre el pasado, esas cosas...
Dodgson asintió. Comprendió que Baselton tenía razón y vio en
ello una prueba más de lo mucho que lo necesitaba y de lo acertado que había
sido incluirlo en el equipo. Dodgson no pensaba jamás en la reacción del
público; Baselton, en cambio, no pensaba en otra cosa.
—Bien, de acuerdo — convino Dodgson— . Pero eso no tendrá
ninguna importancia a no ser que lleguemos a la isla. — Volvió a consultar el
reloj. Oyó que se abría una puerta tras él y Howard King, su ayudante, entró
acompañado de un fornido costarricense con bigote. Dodgson se volvió sin
levantarse de la silla y preguntó:
—¿Es éste?
—Sí, Lew — contestó King.
— ¿Cómo se llama?
—Gandoca.
—Señor Gandoca. — Dodgson levantó la fotografía de Levine—.
¿Conoce a este hombre?
Gandoca apenas miró la fotografía y asintió con la cabeza.
—Sí. El señor Levine.
—Exacto. El maldito señor Levine. ¿Cuándo estuvo aquí?
— Hace unos días. Se marchó con Dieguito, mi sobrino. Todavía no
han vuelto.
—¿Y adónde fueron? — preguntó Dodgson.
— A isla Sorna.
—Bien. — Dodgson se apresuró a terminar la cerveza y dejó a un
lado la botella. — ¿Tiene un barco? — Volviéndose hacia King, repitió la
pregunta: — ¿Tiene un barco?
—Es pescador — respondió King— , así que tiene un barco.
— Un barco de pesca — asintió Gandoca— . Sí.
—Bien. Yo también quiero ir a isla Sorna.
— Sí, pero hoy el tiempo...
—Me importa un comino el tiempo — prorrumpió Dodgson— . El
tiempo mejorará. Quiero ir ahora.
—Quizás un poco más tarde...
—Ahora.
—Lo siento — insistió Gandoca, extendiendo las palmas de las
manos— , pero...
—Muéstrale el dinero, Howard — ordenó Dodgson.
King abrió un maletín. Estaba lleno de billetes de cinco mil
colones. Gandoca lo miró y agarró un billete para examinarlo. Volvió a dejarlo
cuidadosamente y se movió inquieto.
—Quiero ir ahora.
—Sí, señor — cedió Gandoca— . Zarparemos en cuanto ustedes estén
listos.
—Eso me gusta más — dijo Dodgson— . ¿Cuánto tardaremos en llegar
a la isla?
—Unas dos horas.
—Bien — aprobó Dodgson— . Muy bien.
LA PLATAFORMA DE
OBSERVACIÓN
—¡Allá vamos!
Se oyó un chasquido cuando Levine conectó el cable flexible al
cabrestante del Explorer. Accionó el mecanismo y el cable giró lentamente bajo
el sol.
Habían bajado todos hasta la amplia llanura de hierba que se
extendía al pie del acantilado. El Sol estaba alto y se reflejaba en el borde
rocoso de la isla. Abajo, un resplandor trémulo envolvía el valle.
A corta distancia pacía una manada de hipsilofodontos, unos
animales verdes parecidos a gacelas; alzaban la cabeza sobre la hierba cada vez
que oían el tintineo del metal mientras Eddie y los chicos colocaban en el
suelo las barras de aluminio de la estructura que tanto había dado que hablar
en California. Hasta ese momento la estructura, extendida en la hierba, no era
más que un revoltijo de finas barras, como si fuesen descomunales palitos
dispuestos de cualquier modo para jugar a extraerlos uno por uno del montón.
— Ahora veremos — dijo Levine, frotándose las manos.
A medida que giraba el cabrestante, las barras de aluminio
empezaron a moverse, elevándose lentamente. La estructura que iba formándose
parecía frágil y endeble, pero Thorne sabía que los tirantes cruzados
proporcionarían una gran resistencia al armazón. Las barras se desplegaron y la
estructura se alzó más de tres metros. El pequeño refugio situado en lo alto se
hallaba justo por debajo de las ramas inferiores de los árboles cercanos,
quedando casi oculto. Sin embargo, la estructura que lo sostenía brillaba bajo
el sol.
—¿Ya está? — preguntó Arby.
—Ya está — contestó Thorne, que a continuación rodeó la
estructura para ajustar los pasadores de enganche de los cuatro ángulos.
—Brilla demasiado — se quejó Levine— . Tendríamos que haber
usado un esmalte negro mate.
—Eddie, tenemos que camuflar esto — indicó Thorne.
— Podemos darle una pasada con el pulverizador — sugirió Eddie—
. Creo que traje pintura negra.
Levine movió la cabeza en un gesto de negación.
—No, entonces dará olor. ¿Y si usamos las hojas de esas
palmeras?
—Bien, no hay problema — dijo Eddie. Se acercó a un palmeral
cercano y empezó a cortar grandes frondas con el machete.
Kelly contemplaba el armazón de aluminio.
—Es fantástico — comentó— . Pero, ¿para qué sirve?
—Es una plataforma de observación — explicó Levine— . Vamos.
Los chicos y Levine empezaron a trepar por el andamiaje.
Coronaba la estructura un pequeño refugio con un techo sostenido
sobre barras de aluminio separadas entre sí un poco más de un metro. El suelo
del refugio lo formaban también barras de aluminio, más juntas, a unos quince
centímetros. Para evitar que alguno metiese el pie accidentalmente entre las
barras, Levine tomó los primeros haces de frondas que Eddie le hacía llegar con
una cuerda y los extendió sobre el suelo. Ató el resto de las frondas en el
exterior del refugio para ocultarlo.
Arby y Kelly observaban los animales. Desde aquella altura veían
todo el valle. A lo lejos, en la otra orilla del río, había una manada de
apatosaurios. Al norte pastaba un grupo de triceratops y unos cuantos
dinosaurios de pico de pato se acercaban al agua a beber. El grave bramido de
un pico de pato cruzó el valle; era un sonido profundo y sobrenatural. Al cabo
de un momento respondió otro animal desde el bosque.
—¿Qué fue eso? — preguntó Kelly.
—Un Parasaurolophus — dijo Levine— . Brama a través de la cresta
nucal. Los sonidos en baja frecuencia son audibles desde grandes distancias.
Al sur vieron una manada de animales de color verde oscuro;
tenían una frente prominente y curva y, en lo alto de la cabeza, un anillo de
pequeños cuernos nudosos. Recordaban vagamente a los búfalos.
—¿Cómo se llaman aquellos de allí? — quiso saber Kelly.
— Buena pregunta — contestó Levine— . Muy probablemente sean
Pachycephalosaurus wyomingensis. Es difícil saberlo con certeza, ya que nunca
se encontró un esqueleto entero de esos animales. La frente está formada por un
hueso de gran grosor, y por eso se han hallado numerosos fragmentos craneales
abovedados. Pero es la primera vez que veo un ejemplar completo.
—¿Y esas cabezas? — preguntó Arby— . ¿Cuál es su finalidad?
— Nadie lo sabe — admitió Levine— . Se da por supuesto que las
utilizaban para embestir, en las disputas entre machos de la misma especie por
las hembras.
Malcolm subió en ese momento a la plataforma y dijo con tono
áspero:
—Sí, para embestir, tal como puede verse.
—De acuerdo — replicó Levine— , ahora no están embistiéndose.
Quizás haya terminado la época de reproducción.
—O quizá no se embistan nunca — puntualizó Malcolm, observando
los animales verdes— . A mí me parecen bastante pacíficos.
— Sí — concedió Levine— , pero eso no quiere decir nada. El
búfalo africano parece muy pacífico casi siempre; de hecho permanece inmóvil la
mayor parte del tiempo. Sin embargo, es un animal peligroso, de reacciones
imprevisibles. Hay que suponer que esos cráneos abovedados existen por alguna
razón, aun cuando ahora no la veamos. — Levine se volvió hacia los chicos. —
Para eso hemos construido esta estructura. Queremos someter a observación a
esos animales las veinticuatro horas del día. En la medida de lo posible
intentaremos recoger información completa sobre sus actividades.
— ¿Por qué? — preguntó Arby.
—Porque esta isla — respondió Malcolm— ofrece una oportunidad
única de estudiar uno de los mayores misterios de la historia de nuestro
planeta: la extinción.
—Cuando InGen cerró sus instalaciones precipitadamente, dejó
aquí animales vivos. De eso hace cinco o seis años. Los dinosaurios maduran
rápidamente; la mayoría de las especies alcanzan la edad adulta en cuatro o
cinco años. A esta altura la primera generación de dinosaurios creados por
InGen, es decir, engendrados en un laboratorio, ha empezado a reproducirse en
libertad. Existe ahora en esta isla un sistema ecológico completo con una
docena de especies de dinosaurios viviendo en grupos por primera vez en sesenta
y cinco millones de años.
—¿Y por qué representa eso una oportunidad? —inquirió Arby.
—Piénsalo — instó Malcolm, señalando hacia la llanura— . La
extinción es un tema de estudio muy complicado. Compiten docenas de teorías.
Los datos aportados por el registro fósil son insuficientes. Y no es posible
realizar experimentos. Galileo podía subir a la Torre de Pisa y lanzar objetos
esféricos al vacío para verificar su teoría de la gravedad. En realidad no lo
hizo, pero podría haberlo hecho. Newton utilizó prismas para verificar su
teoría sobre la luz. Los astrónomos observaron los eclipses para verificar la
teoría de la relatividad de Einstein. La verificación es una constante en la
historia de la ciencia. Ahora bien, ¿cómo verificamos una teoría de la
extinción? Es imposible.
—Pero aquí... — dijo Arby.
—Sí. Aquí tenemos una población de animales extintos
introducidos artificialmente en un entorno cerrado donde pueden desarrollarse
de nuevo. Es la primera vez que ocurre algo así en la historia. Sabemos que
estos animales se extinguieron, pero nadie sabe por qué.
—¿Y pretenden averiguarlo? — preguntó Arby—. ¿En unos pocos
días?
—Sí contestó Malcolm . Exactamente.
— ¿Cómo? ¿No esperarán que vuelvan a extinguirse?
—¿Ante nuestros ojos, quieres decir? — Malcolm se echó a reír—.
No, no. Ni mucho menos. La cuestión es que por primera vez no estudiamos sólo
huesos. Estamos viendo animales vivos y observando su comportamiento. Tengo una
teoría y creo que, incluso en un plazo breve de tiempo, descubriremos indicios
que respalden esa teoría.
—¿Qué indicios? — quiso saber Kelly.
— ¿Qué teoría? — inquirió Arby.
Malcolm sonrió.
—Esperen y verán.
LA REINA DE
CORAZONES
Los apatosaurios se habían acercado al río a la hora de máximo
calor; sus elegantes cuellos curvos se reflejaban en el agua mientras bebían.
Sus colas largas como látigos se mecían perezosamente en el aire. Los
apatosaurios jóvenes, mucho menores que los adultos, correteaban por la hierba
en el centro de la manada.
—Es una maravilla, ¿no? —comentó Levine—. Ver cómo van encajando
las piezas. Una verdadera maravilla. — Se inclinó hacia un lado y le gritó a
Thorne: — ¿Dónde está el bastidor?
—Ya sube — contestó Thorne.
Sujeto a la cuerda llegó un pesado trípode de base ancha con un
bastidor circular en lo alto. El bastidor llevaba cinco videocámaras montadas,
y por detrás colgaban los cables que descendían hasta las conexiones de los
paneles solares. Levine y Malcolm comenzaron a instalarlo.
—¿Dónde se recibirán las imágenes? —preguntó Arby.
—Los datos se combinarán a través de un multiplexor y se
transmitirán a California vía satélite. Conectaremos también la red de
seguridad, así dispondremos de muchas tomas.
—¿Y no será necesario que estemos aquí?
— Exacto — respondió Levine.
—¿Y esto es lo que llaman una plataforma de observación?
— Sí. Al menos así lo llaman los científicos como Sarah Harding.
Thorne subió también. En el pequeño refugio ya apenas cabían,
pero Levine ni siquiera reparó en ello. Tenía puesta toda su atención en los
dinosaurios; contemplaba con unos prismáticos a los animales dispersos por la
llanura.
—Tal como pensábamos — advirtió Malcolm— . Organización
espacial. Las crías y los animales jóvenes en el centro de la manada y adultos
protectores en la periferia. Los apatosaurios utilizan la cola con fines
defensivos.
— Eso parece.
—Sí. No hay la menor duda — aseguró Levine, exhalando un
suspiro— . ¡Resulta tan gratificante comprobar que uno estaba en lo cierto!
En el suelo, Eddie desembaló la jaula circular de aluminio que
habían visto en California. Medía un metro ochenta de altura por uno veinte de
diámetro y estaba provista de barrotes de titanio de más de dos centímetros de
grosor.
—¿Qué hago con esto? — preguntó Eddie.
— Déjalo ahí — ordenó Levine— . Ése es su sitio.
Eddie colocó la jaula de pie en un ángulo del andamiaje. Levine
bajó a tierra.
—¿Y eso para qué sirve? —inquirió Arby, mirando hacia abajo— .
¿Para atrapar un dinosaurio?
—En realidad, para todo lo contrario. — Levine acopló la jaula
al costado del andamiaje. Abrió y cerró la puerta, revisándola. Verificó
también la cerradura y dejó la llave en su sitio, colgada de una goma elástica.
— Es una jaula contra depredadores, como una jaula contra tiburones. Si andas
por aquí y ocurre algo, entras y estarás a salvo.
—¿Qué puede ocurrir? — preguntó Arby, preocupado.
—De hecho, no creo que ocurra nada — lo tranquilizó Levine
mientras subía de nuevo al refugio— . Porque dudo mucho de que los animales nos
presten atención a nosotros o a la plataforma una vez que hayamos camuflado la
estructura.
—¿Quiere decir que no la verán?
—Sí, sí la verán — contestó Levine— . Pero no le prestarán
atención.
—Pero si nos huelen...
Levine negó con la cabeza.
—Hemos levantado la plataforma de modo que el viento dominante
sopla contra nosotros. Y habrás notado que esos helechos tienen un olor
característico. — Desprendían una fragancia suave, ligeramente acre, casi como
un eucalipto.
—Pero imagine — insistió Arby, inquieto— que se comen los
helechos.
—Imposible descartó Levine— . Son Dicranopterus cyatheoides,
unas plantas un poco tóxicas que provocan una erupción en la boca. De hecho,
existe la teoría de que desarrollaron su toxicidad en el jurásico como defensa
contra los dinosaurios que pacían.
—Eso no es una teoría — rebatió Malcolm— ; es una especulación
sin fundamento.
—Tiene cierta lógica — sostuvo Levine— . En el mesozoico la vida
vegetal debió de haberse sentido gravemente amenazada por la llegada de enormes
dinosaurios. Las manadas de herbívoros gigantes, en las que cada animal comía
cientos de kilos de materia vegetal diariamente, habrían eliminado cualquier
clase de plantas que no desarrollasen alguna defensa: un mal sabor, pelos
urticantes, espinas o toxicidad química. Así que quizá la cyatheoides
desarrolló su toxicidad por aquel entonces. Y es muy eficaz, porque los
animales contemporáneos no comen estos helechos en ningún lugar del mundo. Por
eso abundan tanto, como habrán notado.
—¿Las plantas tienen defensas? — intervino Kelly.
—Claro que sí. Las plantas evolucionan como cualquier otra forma
de vida, y han desarrollado sus propios medios de agresión y defensa. En el
siglo XIX la mayor parte de las teorías hacían referencia a los animales, a una
naturaleza roja con garras y dientes. Los científicos actuales, en cambio,
conciben una naturaleza verde con raíces y tallos. Hemos descubierto que las
plantas, en su lucha incesante por la supervivencia, han desarrollado toda
clase de tácticas, desde complejas simbiosis con algunos animales hasta señales
para advertir a otras plantas, pasando por la guerra química directa.
—¿Señales? — preguntó Kelly, arrugando la frente— . ¿Como
cuáles?
—Ah, hay muchos ejemplos aseguró Levine— . En África, hace mucho
tiempo, las acacias desarrollaron espinas largas y afiladas, de unos ocho
centímetros. En respuesta, animales como la jirafa o el antílope desarrollaron
lenguas largas capaces de superar las espinas. Por lo tanto, las espinas por sí
solas ya no servían. De modo que en la carrera armamentista de la evolución las
acacias desarrollaron entonces toxicidad. Empezaron a producir grandes
cantidades de tanino en las hojas, sustancia que provoca una reacción
metabólica letal en los animales que las comen. Los mata literalmente. Al mismo
tiempo las acacias desarrollaron un sistema de aviso químico. Si un antílope
empieza a comer de un árbol en un bosque, ese árbol desprende etileno
induciendo a los otros árboles a aumentar su producción de tanino. En cinco o
diez minutos, los demás árboles son venenosos.
—¿Y qué pasa entonces con el antílope? ¿Muere?
—No, ya no — contestó Levine— , porque la carrera armamentista
de la evolución no se detuvo. Al final los antílopes aprendieron que sólo
podían comer durante un breve espacio de tiempo. En cuanto los árboles
comenzaban a producir más tanino, debían detenerse. Y entonces los animales
desarrollaron nuevas estrategias. Por ejemplo, cuando una jirafa come las hojas
de una acacia, evita después todos los árboles que se hallan a favor del viento
y busca otra acacia a cierta distancia. Así que los animales se han adaptado
también a esta defensa.
—En teoría evolutiva — añadió Malcolm— se conoce a este fenómeno
como la Reina de Corazones, porque en Alicia en el País de las Maravillas la
Reina de Corazones le dice a Alicia que debe correr tanto como pueda para
permanecer donde está. Aparentemente eso mismo ocurre con las espirales
evolutivas. Todos los organismos evolucionan a un ritmo frenético para mantener
el equilibrio, para permanecer donde están.
—¿Y es ése un hecho común? — quiso saber Arby— . ¿Incluso en las
plantas?
—Sí, claro — afirmó Levine— . A su manera, las plantas son muy
activas. Los robles, por ejemplo, producen tanino y fenol a modo de defensa
cuando los atacan las orugas. Tan pronto como un árbol resulta infestado todo
el bosque se pone sobre aviso. Es una manera de proteger el bosque, una especie
de cooperación entre árboles, podríamos decir.
Arby asintió y desde la plataforma observó los apatosaurios,
todavía junto al río.
—¿Entonces por eso es que los dinosaurios no se comieron todos
los árboles de esta isla? — aventuró Arby— . Porque esos enormes apatosaurios
deben de comer muchas plantas. Están provistos de cuellos largos para poder
llegar a las hojas más altas, y sin embargo, los árboles parecen casi intactos.
—Buena observación —aprobó Levine— . Yo también me había fijado
en eso.
—¿Es por las defensas de estas plantas?
—Podría ser — contestó Levine— . Pero creo que existe una
explicación muy sencilla para el buen estado de conservación de los árboles.
—¿Cuál?
—Mira atentamente — indicó Levine— . Tienes la respuesta delante
de tus propios ojos.
Arby tomó los prismáticos y miró las manadas.
— ¿Cuál es esa sencilla explicación?
—Entre los paleontólogos — explicó Levine ha habido un
interminable debate sobre por qué los saurópodos tienen el cuello largo. El
cuello de esos animales que ves mide unos seis metros. Tradicionalmente se
creía que los saurópodos desarrollaron un cuello largo para poder comerse las
hojas altas a las que no llegaban los animales de menor tamaño.
—¿Y dónde está el debate? — inquirió Arby.
—La mayoría de los animales de este planeta tienen el cuello
corto — dijo Levine— , porque un cuello largo acarrea muchas complicaciones.
Complicaciones de carácter estructural: cómo distribuir los músculos y
ligamentos para sostener un cuello largo. Complicaciones relativas al
comportamiento: los impulsos nerviosos deben recorrer un largo camino desde el
cerebro hasta el cuerpo. Complicaciones para la ingestión: los alimentos tienen
un largo trecho desde la boca hasta el estómago. Complicaciones respiratorias:
el aire debe inhalarse por una larga tráquea. Complicaciones cardíacas: la
sangre debe bombearse hasta la cabeza o el animal se desvanece. Desde un punto
de vista evolutivo, todo esto resulta muy difícil.
—Pero así ocurre con las jirafas — adujo Arby.
—Sí, en efecto. Pero el cuello de una jirafa es mucho más corto
que el de estas criaturas. Las jirafas han desarrollado un voluminoso corazón y
una gruesa fascia alrededor del cuello. En realidad, el cuello de una jirafa es
como la abrazadera de un aparato para tomar la presión sanguínea, pero que se
extiende de un extremo a otro.
— ¿Y los dinosaurios tienen esa misma abrazadera?
—No lo sabemos. Suponemos que los apatosaurios tienen el corazón
muy grande, quizá de unos ciento cincuenta kilos o más. Pero existe otra
posible solución al problema del bombeo de sangre por un cuello largo.
—¿Sí?
—La estás viendo ahora mismo — señaló Levine. Arby batió palmas.
—¡No levantan el cuello!
—Correcto — confirmó Levine— . Por lo menos, no muy a menudo o
durante largo rato. Naturalmente ahora los animales están bebiendo, así que es
lógico que agachen el cuello; pero sospecho que si los observamos durante un
prolongado período, comprobaremos que no pasan mucho tiempo con el cuello en
alto.
—¡Y por eso no se comen las hojas de los árboles!
— Exacto.
—Pero si no emplean ese cuello tan largo para comer — intervino
Kelly, frunciendo el entrecejo— , ¿por qué lo desarrollaron?
— Debe de existir una buena razón — dijo Levine con una sonrisa—
. Creo que tiene que ver con la defensa.
—¿Con la defensa? ¿Él cuello largo? — Arby miró a Levine con
expresión de sorpresa. — No lo entiendo.
—Sigue atento — indicó Levine— . Es bastante evidente.
Arby observó los animales con los prismáticos y comentó a Kelly:
—No soporto cuando dice que es evidente.
— Te comprendo — asintió Kelly con un suspiro.
De reojo Arby advirtió que Thorne le hacía señas. Formó una V
con los dedos e inclinó uno de ellos. El movimiento del primer dedo obligaba al
segundo a desplazarse. Es decir, los dos dedos guardaban relación...
Si era una pista, Arby no la captaba. Arrugó la frente.
A continuación Thorne, en silencio, dibujó con los labios la
palabra puente.
Arby contempló de nuevo la llanura y reparó en las largas colas
de los apatosaurios, que se mecían sobre los animales más jóvenes.
—¡Ya lo tengo! — exclamó Arby— . Utilizan las colas para
defenderse, y necesitan un cuello largo a modo de contrapeso. Es como un puente
colgante.
—Lo has deducido muy deprisa — le reprochó Levine, mirando a
Arby de soslayo.
Thorne volvió la cabeza, ocultando una sonrisa.
— Pero tengo razón... — dijo Arby.
—Sí — admitió Levine— . En esencia tu interpretación es
correcta. Los cuellos largos existen en función de las colas largas. Es
distinto con los saurópodos, que se yerguen sobre las patas traseras. Pero en
los cuadrúpedos es necesario contrarrestar el peso de la cola; de lo contrario,
el animal se caería de espaldas.
—Sin embargo, hay algo mucho más sorprendente en esa manada de
apatosaurios — observó Malcolm.
—¿Sí? — preguntó Levine— . ¿Qué?
—No se ven verdaderos adultos — afirmó Malcolm— . Esos animales
son muy grandes para lo que estamos acostumbrados a ver. Pero la realidad es
que ninguno ha alcanzado el tamaño adulto. Me parece desconcertante.
—¿En serio? A mí no me inquieta en absoluto — repuso Levine— .
Sin duda se debe sencillamente a que aún no han tenido tiempo de alcanzar la
madurez. Con toda seguridad los apatosaurios crecen más despacio que otros
dinosaurios. Al fin y al cabo, también los mamíferos grandes, como el elefante,
se desarrollan más lentamente que los pequeños.
Malcolm movió la cabeza en un gesto de negación.
— Ésa no es la explicación.
—¿Ah, no? ¿Y cuál es? — inquirió Levine.
—Sigue atento — sugirió Malcolm, señalando la llanura— . Es
bastante evidente.
Los niños se rieron con disimulo. Levine dio un respingo de
enojo.
—Lo evidente — argumentó— es que ninguna de las especies ha
alcanzado plenamente su tamaño adulto. Los triceratops, los apatosaurios y aun
los parasaurios son algo menores de lo que cabría esperar. Eso hace pensar en
algún factor común a todos: algún elemento de la dieta, los efectos del
confinamiento en una isla pequeña o quizás incluso el modo en que fueron
creados. Pero eso no me parece preocupante ni especialmente destacable.
—Tal vez tengas razón — dijo Malcolm— , o tal vez no.
PUERTO CORTÉS
—¿No hay vuelos? — protestó Sarah Harding— . ¿Cómo que no hay
vuelos?
Eran las once de la mañana. Harding llevaba quince horas
volando, la mayor parte del tiempo en un transporte militar estadounidense que
la había trasladado de Nairobi a Dallas. Estaba agotada. Se sentía sucia;
necesitaba ducharse y cambiarse de ropa. Y en vez de eso estaba obligada a
discutir con un terco policía en un miserable pueblo costero de Costa Rica.
Afuera había cesado de llover, pero el cielo seguía gris y las nubes flotaban a
baja altura sobre el desierto aeródromo.
—Lo siento — se disculpó Rodríguez— . No es posible concertar
ningún vuelo.
—Pero, ¿y el helicóptero que transportó antes a esos hombres?
— Hay un helicóptero, sí.
—¿Y dónde está? — preguntó Harding.
—No está aquí.
—Me doy cuenta. Pero, ¿dónde está?
—Se fue a San Cristóbal — respondió Rodríguez, abriendo las
palmas de las manos.
—¿Cuándo volverá?
—No lo sé. Mañana o quizá pasado.
—Señor Rodríguez — dijo Harding con firmeza— , tengo que estar
en esa isla hoy.
—La entiendo. Pero no está en mis manos ayudarla.
— ¿Qué me sugiere?
—No se me ocurre nada — contestó Rodríguez con un gesto de
indiferencia.
—¿Hay algún barco que pueda llevarme?
— No sé de ningún barco.
—Esto es un puerto —insistió Harding, señalando por la ventana—
. Ahí fuera veo varias embarcaciones.
—Lo sé. Pero dudo de que zarpe alguno hacia las islas. Las
condiciones meteorológicas no son favorables.
—Y si voy a...
—Sí, por supuesto — admitió Rodríguez con un suspiro— . Claro
que puede preguntar.
Fue así como poco después de las once de aquella lluviosa mañana
Sarah Harding se encontró en el precario muelle de madera con su mochila a la
espalda. Había cuatro barcos amarrados, y todos despedían un intenso olor a
pescado. Sin embargo, no se veía a nadie en las inmediaciones. Toda la
actividad se desarrollaba al otro extremo del muelle, donde se encontraba
atracado un barco mucho mayor. En esos momentos se disponían a cargar un jeep
Wrangler rojo, junto con varias cajas de provisiones y unos grandes bidones
metálicos. Harding contempló el jeep con admiración; incluía modificaciones
especiales y tenía el tamaño de un Land Rover Defender, el vehículo más
codiciado para la investigación de campo. Pensó que las alteraciones de aquel
jeep debían de ser muy caras, asequibles sólo a investigadores con mucho
dinero.
De pie en el muelle, dos norteamericanos con sombreros de ala
ancha daban instrucciones mientras una vieja grúa izaba el jeep ladeado para
depositarlo en la cubierta del barco.
—¡Cuidado! ¡Cuidado! — gritó uno de ellos cuando el jeep
aterrizó bruscamente en la cubierta de madera— . ¡Maldita sea, un poco más de
atención!
Varios estibadores empezaron a cargar las cajas en el barco. La
grúa giró nuevamente hacia el muelle para recoger los bidones. Harding se
acercó al hombre más próximo y dijo educadamente:
— Disculpe, pero quizá podría ayudarme.
El hombre la miró de reojo. Era de estatura mediana, con la piel
rojiza y facciones suaves; la indumentaria caqui de safari no le sentaba bien.
Estaba tenso.
—Ahora estoy ocupado — contestó— . ¡Ojo, Manuel! ¡Ahí hay
material muy delicado!
—Perdone la molestia —insistió ella— , pero me llamo Sarah
Harding e intento...
—No me interesaría aunque fuera Sarah Bernhardr... ¡Manuel!
¡Maldita sea! — Agitó los brazos. — ¡Eh, tú! ¡Sí, tú! ¡Coloca esa caja de pie!
—Intento llegar a isla Sorna.
Al oír esto el hombre cambió de actitud radicalmente.
—¿Isla Sorna? — preguntó— . ¿Tiene algo que ver por casualidad
con el doctor Levine?
—Sí.
—¡Por Dios! ¡Qué coincidencia! — exclamó, y de pronto asomó a
sus labios una cálida sonrisa. Tendiéndole la mano, añadió: — Soy Lew Dodgson,
de Biosyn Corporation, en Cupertino. Éste es mi compañero Howard King.
—Hola — saludó el otro hombre. Howard King era más joven y alto
que Dodgson, y atractivo según los patrones de California. Sarah lo clasificó
de inmediato: un eterno subordinado, servil hasta la médula. A la vez advirtió
algo extraño en su comportamiento hacia ella: se apartó un poco, aparentemente
tan incómodo en su presencia como Dodgson cordial.
—Y allí — continuó Dodgson, señalando hacia el barco— está
nuestro otro acompañante, George Baselton.
Harding vio en la cubierta a un hombre fornido inclinado sobre
las cajas que se encontraban ya a bordo. Tenía las mangas de la camisa
empapadas de sudor.
—¿Son amigos de Richard? — preguntó Harding.
—Ahora precisamente íbamos a verlo — respondió Dodgson. Por un
instante titubeó, frunciendo el entrecejo. — Pero... no nos ha hablado de
usted...
Sarah Harding tomó conciencia súbitamente de su propio aspecto:
una mujer de unos treinta años, de baja estatura, vestida con una camisa
arrugada, un pantalón corto de color caqui y unas robustas botas. Estaba sucia
y despeinada después de tantas horas de vuelo.
—Conocí a Richard a través de Ian Malcolm — declaró— . lan y yo
somos viejos amigos.
—Ya veo... — dijo Dodgson, mirándola como si desconfiase de
ella.
Harding se sintió obligada a dar explicaciones:
—He estado en África. Decidí venir a último momento. Me llamó
Doc Thorne.
—Ah, sí. — Dodgson pareció relajarse, como si de pronto todo
encajase. — Doc, cómo no.
—¿Richard está bien? — preguntó Harding.
— Espero que sí, porque todo este material es para él.
—¿Salen ahora hacia Sorna? — quiso saber Harding.
—Sí, enseguida, si el tiempo se mantiene — respondió Dodgson,
echando un vistazo al cielo— . Estaremos listos dentro de cinco o diez minutos.
Si quiere venir con nosotros, será bienvenida — añadió alegremente— . No nos
vendrá mal la compañía. ¿Dónde están sus cosas?
—Sólo llevo esto — contestó Harding, levantando la pequeña
mochila.
—Viaja con poco equipaje, ¿eh? Bueno, señorita Harding,
bienvenida a la fiesta.
Tanta amabilidad contrastaba notablemente con su actitud
inicial. Sin embargo, advirtió que el hombre más atractivo, King, seguía
actuando con recelo. King le volvió la espalda y simuló estar muy ocupado,
advirtiendo a los estibadores que cargasen con cuidado las últimas cajas, que
llevaban estampado el rótulo "Biosyn Corporation". Harding tuvo la
clara impresión de que la eludía. Por otra parte, apenas había visto al tercer
hombre, el de la cubierta. Por un momento vaciló.
—¿Seguro que no hay inconveniente...?
—¡Claro que no! — repuso Dodgson— . ¡Estamos encantados! Además,
si no viene con nosotros, ¿cómo va a llegar a la isla? No hay aviones y el
helicóptero se ha ido.
—Sí, ya lo sé. Pregunté...
—Bueno, ya lo sabe. Si desea ir a la isla, mejor será que nos
acompañe.
Harding miró el jeep y comentó:
—Creo que Doc ya debe de estar allí con su equipo.
Al oír esto el segundo hombre, King, de repente volvió la cabeza
visiblemente alarmado. Dodgson se limitó a asentir.
—Sí, eso creo. Salió hacia allí anoche, según tengo entendido.
— Eso me dijo — confirmó Harding.
—Muy bien — aprobó Dodgson— . Entonces estará allí. Al menos eso
espero.
Desde la cubierta llegaron gritos. Al cabo de un instante el
capitán, vestido con un mameluco mugriento, se asomó y anunció:
— Señor Dodgson, todo a punto.
—Perfecto — dijo Dodgson— . Excelente. Suba a bordo, señorita
Harding. ¡Nos vamos!
KING
En medio de una humareda negra el barco de pesca salió del
puerto y se adentró en el mar. Howard King notaba bajo sus pies la vibración de
los motores y los crujidos de la madera. Oía los gritos de la tripulación.
Cuando se dio vuelta, vio el pequeño pueblo de Puerto Cortés, un puñado de
casas arracimado junto a la orilla. Confiaba en que aquel maldito barco
estuviese en condiciones de navegar, pues se hallaban en el último rincón del
mundo.
Y Dodgson estaba actuando precipitadamente. Volvía a correr
riesgos.
Ésa era la situación que King más temía.
Howard King conocía a Lewis Dodgson desde hacía casi diez años,
prácticamente desde que se incorporó a Biosyn recién salido de Berkeley, cuando
era una joven promesa en el campo de la investigación, con energía suficiente
para conquistar el mundo. Como tema de la tesis doctoral King había elegido los
factores de coagulación de la sangre. Había entrado en Biosyn en un momento de
gran interés por esos factores, que parecían entrañar la clave para disolver
coágulos en pacientes con ataques cardíacos. Las compañías biotecnológicas
competían para desarrollar un nuevo fármaco capaz de salvar vidas y, de paso,
generar considerables beneficios.
En un principio King trabajó con una prometedora sustancia
llamada hemaglutin v-5 o HGV-5. En los primeros ensayos disolvía agregaciones
de plaquetas en un grado asombroso. King se convirtió en el joven investigador
con más porvenir en Biosyn. Su fotografía ocupó un lugar destacado en el
anuario. Disponía de un laboratorio propio y de un presupuesto de casi medio
millón de dólares.
Y de pronto, sin previo aviso, se le vino el mundo abajo. En las
pruebas preliminares con seres humanos el HGV-5 no disolvió los coágulos ni en
infartos de miocardio ni en embolias pulmonares. Peor aún, produjo graves
efectos secundarios: hemorragias gastrointestinales, erupciones cutáneas y
complicaciones neurológicas. Cuando un paciente murió con convulsiones, la
compañía suspendió las pruebas. Al cabo de unas semanas King perdió su
laboratorio. Un investigador danés recién llegado ocupó su puesto; estaba
desarrollando un extracto a base de saliva de sanguijuela amarilla de Sumatra
al parecer con más posibilidades de éxito.
King, trasladado a un laboratorio más modesto, decidió que
estaba ya cansado de los factores sanguíneos y se concentró en los calmantes.
Tenía un interesante compuesto, el isómero L de una proteína extraída del sapo
cornudo africano, que por lo visto poseía efectos narcóticos. Pero ya había
perdido la confianza en sí mismo, y cuando la compañía revisó su trabajo, se
llegó a la conclusión de que la investigación no estaba suficientemente
documentada para garantizar el visto bueno de las autoridades sanitarias. Su
proyecto sobre el sapo cornudo se suspendió de inmediato.
King tenía entonces treinta y cinco años y había fracasado dos
veces. Su fotografía no se incluía ya en el anuario y corrían rumores de que le
rescindirían el contrato en la siguiente revisión de resultados. Cuando propuso
un nuevo proyecto, fue rechazado en el acto. Eran momentos difíciles en su
vida.
Fue en esta época que, un día, Lewis Dodgson lo invitó a comer.
Dodgson tenía muy mala fama entre los investigadores; era
conocido como "el maquillador", porque se apropiaba del trabajo ajeno
y lo embellecía para presentarlo como propio. Tiempo atrás, King nunca se
habría dejado ver con él. Sin embargo, en esa ocasión permitió que Dodgson lo
llevase a una marisquería cara de San Francisco.
—La investigación es ardua — comentó Dodgson con tono
comprensivo.
—Dímelo a mí —coincidió King.
—Ardua y arriesgada — añadió Dodgson— . El hecho es que la
investigación innovadora rara vez da el resultado que uno espera. Pero, ¿se
hacen cargo de eso los directivos de las compañías? No. Si la investigación
fracasa, tú cargas con la culpa. Eso no es justo.
—A mí me lo vas a contar — dijo King.
—Pero así son las reglas del juego — sentenció Dodgson con un
gesto de resignación, y ensartó la pata de un cangrejo con el tenedor.
King guardó silencio.
—A mí personalmente no me gusta el riesgo — prosiguió Dodgson— ,
y todo trabajo original entraña un riesgo. En su mayoría las nuevas ideas son
malas, y en su mayoría el trabajo original fracasa. Ésa es la realidad. Si
estás obligado a realizar una investigación original, debes prepararte para el
fracaso. Eso no importa si trabajas en una universidad, donde el fracaso es
objeto de elogios y el éxito conduce al ostracismo. Pero en la industria... no,
no. En la industria la investigación original no es una elección prudente. Sólo
sirve para meterse en aprietos. Que es la situación en la que tú te encuentras
ahora, amigo mío.
—¿Qué puedo hacer? — preguntó King.
—Bueno — dijo Dodgson— , yo tengo mi propia versión del método
científico. Lo llamo desarrollo de la investigación encauzada. Si sólo unas
cuantas ideas van a dar resultado, ¿para qué intentar elaborarlas uno mismo? Es
demasiado difícil. Que las elaboren otros, que ellos asuman el riesgo, que
ellos persigan la gloria. Yo prefiero esperar y desarrollar ideas que presentan
ya un futuro claro. Es decir, tomar lo que es bueno y mejorarlo, o por lo menos
modificarlo lo suficiente para poder patentarlo. Y entonces es de mi propiedad.
Es mío.
King no salía de su asombro ante la desfachatez con que Dodgson
confesaba sus robos. No parecía avergonzarse en absoluto. King hurgó en su
ensalada por un momento.
—¿Por qué me cuentas esto? — inquirió finalmente.
—Porque detecto algo especial en ti — afirmó Dodgson— . Detecto
ambición. Ambición frustrada. Y sinceramente, Howard, no tienes por qué
sentirte frustrado. No tienes siquiera por qué quedarte en la calle en la
próxima revisión de resultados de la compañía. Que es precisamente lo que va a
ocurrir. ¿Qué edad tiene tu hijo?
—Cuatro años — contestó King.
—¡Qué desastre! Sin trabajo y con una familia. Y no te será
fácil encontrar otro empleo. ¿Quién va a darte ahora una oportunidad? En la
ciencia, a los treinta y cinco años un investigador ya ha triunfado o es poco
probable que lo logre. No digo que eso sea verdad, sino que así es como ellos
piensan.
King sabía que así era como pensaban en todas las compañías
biotecnológicas de California.
—Pero, Howard — continuó Dodgson, inclinándose sobre la mesa y
bajando la voz— , te espera un mundo lleno de posibilidades maravillosas si te
decides a ver las cosas de otro modo. Existe otra manera completamente distinta
de vivir la vida. Creo que deberías considerarlo.
Dos semanas más tarde King pasó a ser ayudante personal de
Dodgson en el Departamento de Tendencias Biogénicas Futuras, nombre que daba
Biosyn a sus esfuerzos en el área del espionaje industrial. Y en los años
siguientes King reanudó su fulgurante carrera en Biosyn, esta vez porque le
había caído en gracia a Dodgson.
En esos momentos King disfrutaba de todos los atributos del
éxito: un Porsche, una hipoteca, un divorcio y un hijo al que veía los fines de
semana. Y eso gracias a su incuestionable aptitud como segundo en la jerarquía,
trabajando interminables jornadas, ocupándose de los detalles y sacando de
apuros a su lenguaraz jefe. Entretanto King había descubierto todas las facetas
de Dodgson: su lado carismático, su lado visionario y su lado oscuro e
inhumano; King intentaba convencerse de que, con el paso de los años, había
aprendido a controlar ese lado inhumano, a mantenerlo a raya.
Pero a veces tenía sus dudas. Como en aquel momento.
Porque en aquella tensa situación, en un desolado pueblo de
Costa Rica a punto de zarpar en un maloliente e inestable barco de pesca,
Dodgson había decidido de pronto jugar a un extraño juego aceptando a aquella
mujer a bordo.
King ignoraba las intenciones de Dodgson, pero advertía en sus
ojos un intenso brillo que había visto muy pocas veces antes, y era una mirada
que siempre lo alarmaba.
Sarah Harding se hallaba en la cubierta de proa contemplando el
mar. King vio a Dodgson junto al jeep y lo llamó nerviosamente con una seña.
—Oye, tenemos que hablar — dijo King.
—Claro — respondió Dodgson con tono despreocupado— . ¿Qué te
preocupa?
Y sonrió con aquella encantadora sonrisa.
HARDING
Sarah Harding miraba el cielo gris y amenazador. El barco se
balanceaba en el mar encrespado. Los marineros de cubierta aseguraban apresuradamente
las correas del jeep, que una y otra vez parecía a punto de soltarse. Harding
permanecía en la proa, esforzándose por controlar el mareo. A lo lejos avistó
por primera vez isla Sorna, una raya negra en el horizonte.
Volvió la cabeza y vio a Dodgson y King hacia la mitad del
barco, junto a la baranda, enfrascados en una acalorada conversación. King,
preocupado, gesticulaba impetuosamente. Dodgson escuchaba y respondía con un
continuo gesto de negación. Al cabo de un momento rodeó a King por el hombro
con un brazo, aparentemente con intención de calmarlo. Los dos parecían ajenos
a la febril actividad que se desarrollaba en torno del jeep, lo cual resultaba
extraño considerando el cuidado con que habían supervisado la operación de
carga. En ese momento daba la impresión de que no les importaba.
En cuanto al tercer hombre, Baselton, Harding naturalmente lo
había reconocido, sorprendida de encontrarlo a bordo de aquel pequeño barco de
pesca. Baselton le había estrechado la mano con un ademán expeditivo y había
desaparecido en el interior del barco tan pronto como zarparon. No había vuelto
a verlo. Quizá también él estuviese mareado.
Mientras Harding observaba, Dodgson se apartó de King y corrió
junto al jeep para dar instrucciones a los marineros. King fue a verificar las
correas que sujetaban los bidones y las cajas colocados en la popa. Las cajas
que llevaban estampado el rótulo "Biosyn".
Harding nunca había oído hablar de Biosyn Corporation. Se
preguntaba qué relación podía tener con Ian y Richard. Ante ella, lan siempre
hablaba con tono crítico, incluso con desdén, de las compañías biotecnológicas.
Y aquellos hombres no se correspondían con la imagen habitual de los amigos de
lan. Eran demasiado rígidos, demasiado... desagradables.
Pero lo cierto, reflexionó Harding, era que Ian tenía amigos muy
extraños. Siempre aparecían de improviso en su departamento: el calígrafo
japonés, los músicos de un gamelán indonesio, el malabarista de Las Vegas con
su chaqueta de fiesta brillante, el estrafalario astrólogo francés convencido
de que la Tierra estaba hueca... Y por otra parte sus amigos matemáticos, que
eran una verdadera banda de locos, o esa impresión tenía ella. Todos con la
mirada perdida y absortos en sus demostraciones. Hojas y hojas de
demostraciones, centenares de hojas. Aquello era demasiado abstracto para Sarah
Harding. Ella prefería el contacto con la tierra, la presencia de los animales,
la experiencia de los sonidos y los olores. Para ella eso era lo real. Todo lo
demás se reducía a teorías, que podían ser correctas o incorrectas.
Las olas empezaron a embestir la proa y Harding retrocedió unos
pasos para no mojarse. Bostezó; apenas había dormido en las últimas
veinticuatro horas. Dodgson terminó de verificar las correas del jeep y se
acercó a ella.
—¿Todo en orden? — preguntó Harding.
—Sí, sí — respondió Dodgson con una jovial sonrisa.
— Su amigo King parece preocupado.
—No le gusta viajar por mar — explicó Dodgson, señalando las
olas con el mentón— . Pero avanzamos más deprisa de lo previsto.
Desembarcaremos dentro de una hora más o menos.
—Dígame, ¿qué es Biosyn Corporation? — preguntó Harding— . Jamás
la oí nombrar.
—Es una empresa pequeña — contestó Dodgson— . Nos dedicamos a lo
que se conoce como productos biológicos de consumo. Nos hemos especializado en
organismos destinados a fines recreativos y deportivos. Por ejemplo, hemos
creado mediante ingeniería genética nuevas clases de trucha y otros peces para
la pesca fluvial. También preparamos nuevas clases de perro, animales de
compañía más pequeños para la gente que vive en departamentos. Ese tipo de
cosas.
"Precisamente las cosas que lan más aborrece", pensó
Harding.
— ¿De dónde conoce a lan?
—Ah, nos conocemos desde hace mucho tiempo — dijo Dodgson.
Harding advirtió la intencionada vaguedad de la respuesta e
insistió:
—¿Cuánto tiempo?
—Desde la época del parque.
—¿El parque? — repitió Harding interrogativamente.
— ¿No le contó cómo se rompió la pierna?
—No — contestó Harding— . No le gusta hablar del tema. Sólo dice
que le pasó mientras asesoraba a una empresa. Hubo... no sé, algún
contratiempo. ¿Fue en un parque?
—Sí, en cierto modo — dijo Dodgson, contemplando el mar. Al cabo
de un instante se encogió de hombros y preguntó: — ¿Y usted? ¿De dónde lo
conoce?
—Me supervisó la tesis doctoral. Soy etóloga. Estudio los
grandes mamíferos de los ecosistemas formados en las llanuras africanas. En
África oriental. Concretamente los carnívoros.
—¿Carnívoros?
—Ahora me he concentrado en las hienas — precisó Harding— .
Antes estudiaba los leones.
—¿Y lleva mucho tiempo con eso?
—Casi diez años. Seis de manera ininterrumpida desde el
doctorado.
—Interesante — afirmó Dodgson— . ¿Así que ahora viene de África?
—Sí, de Seronera, en Tanzania.
Dodgson asintió distraídamente, mirando por encima del hombro de
Harding hacia la isla.
—¡Bueno! — comentó— . Parece que, después de todo, empieza, a
despejarse.
Harding volvió la cabeza y vio vetas azules entre las nubes. El
sol intentaba abrirse paso. La marejada amainaba. Y con sorpresa advirtió que
la isla se hallaba mucho más cerca. Sobre el mar divisaba claramente los
acantilados volcánicos, escarpadas paredes de roca gris rojiza.
—En Tanzania — repitió Dodgson—. ¿Dirige un equipo de
investigación numeroso?
—No. Trabajo sola.
—¿No tiene alumnos? — preguntó Dodgson.
—Lamentablemente no. Mi trabajo es poco gratificante. Los
grandes carnívoros de la sabana africana son básicamente nocturnos, así que la
mayor parte de mi investigación se desarrolla de noche.
—Debe de ser duro para su marido.
—No estoy casada — repuso Harding con un gesto de indiferencia.
—Me sorprende — afirmó Dodgson— . Al fin y al cabo, una mujer
atractiva como usted...
—No he tenido tiempo — lo interrumpió Harding. Para cambiar de
tema, añadió: — ¿En qué parte de la isla vamos a desembarcar?
Dodgson observó la isla. Desde donde se encontraban veían ya las
olas, altas y blancas, estrellarse contra la base del acantilado. Estaban sólo
a dos o tres kilómetros de distancia.
—Es una isla poco común — advirtió Dodgson— . Toda esta región
de Centroamérica es volcánica. Existen unos treinta volcanes activos entre
México y Colombia. Estas islas cercanas a la costa fueron en otro tiempo
volcanes activos, parte de la cadena central. Pero en las islas, a diferencia
del continente, la actividad volcánica se ha extinguido. Hace miles de años que
ninguna de estas islas entra en erupción.
—Entonces estamos viendo el exterior del cráter.
—Exacto. Los acantilados son fruto de la erosión meteorológica,
pero el mar, por su parte, también desgasta la base externa del cráter. Esa
franja de roca lisa al pie del acantilado es donde golpea el mar, y hay amplias
zonas completamente horadadas. Es roca volcánica muy blanda.
—Y piensan desembarcar...
—Hay varios puntos en el lado de barlovento donde el mar ha
abierto cuevas en el acantilado. Y en dos de esos puntos las cuevas confluyen
con ríos que vierten sus aguas desde el interior. Así que son navegables. —
Dodgson señaló al frente. — Ahora precisamente se ve allí una de las cuevas.
Sarah Harding divisó una abertura lóbrega e irregular en la base
del acantilado. Alrededor las olas rompían contra la roca y penachos de agua
blanca se elevaban en el aire a una altura de quince metros.
—¿Van a penetrar en esa cueva con este barco?
—Si el tiempo se mantiene, sí. — Dodgson volvió la cabeza. — No
se preocupe, no es tan difícil como parece. Por cierto, ¿qué me decía? Sobre
África. ¿Cuándo se marchó de allí?
—Después de hablar por teléfono con Doc Thorne. Dijo que él y
lan iban a rescatar a Richard y me preguntó si quería acompañarlos.
—¿Y qué le contestó? — preguntó Dodgson.
— Que lo pensaría.
—¿No le dijo que venía? — preguntó Dodgson, frunciendo el
entrecejo.
—No, porque no estaba segura. Tengo mucho trabajo, y esto está
muy lejos.
—Pero por un viejo amor — comentó Dodgson, asintiendo
comprensivamente.
Harding lanzó un suspiro.
— Bueno. Adivinó. lan.
— Sí, conozco a lan — declaró Dodgson— . Todo un personaje.
— Es una manera de definirlo — convino Harding.
Por un instante se produjo un incómodo silencio. Dodgson se
aclaró la garganta.
—Una cosa no me queda clara — dijo— . ¿A quién le dijo
exactamente que venía?
—A nadie — respondió Harding— . Tomé el primer avión y vine.
—Pero, ¿y su universidad o sus colegas?
—No tuve tiempo — se lamentó Harding, encogiéndose de hombros— .
Como ya le dije, trabajo sola. — Miró de nuevo la isla. Los acantilados se
alzaban sobre el barco. Se hallaban sólo a unos centenares de metros. Desde
allí la cueva parecía mucho mayor, pero grandes olas arremetían contra las
rocas a ambos lados. Movió la cabeza en un gesto de desconfianza. — El mar está
muy movido.
—No se preocupe — la tranquilizó Dodgson— . ¿Ve? El capitán ya
ha enfilado hacia la cueva. En cuanto entremos el riesgo será mínimo. Además,
puede ser muy emocionante. El barco se balanceó y la proa, escorada, se hundió
en el mar. Harding se agarró a la baranda. junto a ella, Dodgson sonreía.
—¿Entiende lo que le decía? Es emocionante, ¿no? — De pronto
pareció inquieto, como si una corriente eléctrica recorriese sus miembros. Con
el cuerpo en tensión, se frotó las manos. — No tiene por qué preocuparse,
señorita Harding, no permitiré que le pase...
Sarah Harding no sabía de qué le hablaba, pero antes de que
pudiese responder la proa del barco volvió a hundirse, levantando espuma.
Harding se tambaleó, y Dodgson se abalanzó rápidamente sobre ella, en
apariencia para sujetarla. Sin embargo, algo extraño ocurrió. Harding notó el
cuerpo de Dodgson contra sus piernas y de pronto se sintió izada. Entonces otra
ola embistió el barco y Harding se vio lanzada por el aire. Gritó y se aferró a
la baranda, pero todo sucedió muy deprisa; el mundo, dado vuelta, giró
alrededor. Se golpeó en la cabeza con la baranda y cayó al vacío. Vio la
pintura descascarada del casco pasar ante sus ojos y el agua verde del océano
cada vez más cerca. Súbitamente, al entrar en contacto con el mar encrespado,
percibió un frío intenso y de inmediato se hundió bajo las olas, perdiéndose en
la oscuridad.
EL VALLE
—Todo está saliendo de maravillas — anunció Levine, frotándose
las manos— . Admito que esto supera con creces mis expectativas. No podría
estar más satisfecho.
Se encontraba en la plataforma de observación, contemplando el
valle acompañado de Thorne, Eddie, Malcolm y los chicos. Apretados en el
pequeño refugio, sudaban copiosamente; la temperatura todavía era alta y no se
movía el aire. Alrededor la pradera estaba casi desierta; la mayoría de los
dinosaurios se había resguardado bajo los árboles, buscando la sombra.
La excepción eran los apatosaurios, que habían abandonado el
cobijo de los árboles para regresar al río, donde se hallaban bebiendo de
nuevo. Los enormes animales se apiñaban junto a la orilla. En las
inmediaciones, pero en formación menos apretada, estaban los parasaurios; estos
dinosaurios ligeramente menores se colocaban siempre cerca de la manada de
apatosaurios.
—¿Por qué estás tan satisfecho si puede saberse? — preguntó
Thorne, enjugándose el sudor de la frente.
—Por lo que ocurre ante nuestros ojos — respondió Malcolm.
Consultó el reloj y anotó algo en su cuaderno. — Estamos reuniendo los datos
que necesitaba. Es apasionante.
Thorne bostezó, soñoliento a causa del calor.
—¿Qué tiene de apasionante? Los dinosaurios están bebiendo. No
veo por qué le das tanta trascendencia.
—Están bebiendo de nuevo — rectificó Levine— . Por segunda vez
en una hora. Al mediodía. Tal ingestión de líquido revela en gran medida las
estrategias termorreguladoras de esas grandes criaturas.
—Es decir, que beben para refrescarse — interpretó Thorne, poco
aficionado a la jerga científica.
—Sí, claro. Beben mucho. Pero, a mi juicio, su regreso al río
puede tener otro significado completamente distinto.
—¿Cuál?
—Vamos, vamos — lo reprendió Levine, señalando la llanura— .
Fíjate en las manadas. Observa atentamente la distribución espacial. Estamos
viendo algo que nadie ha presenciado antes, y ni siquiera sospechado en los
dinosaurios. Ante nosotros tiene lugar nada menos que una simbiosis entre
especies.
—¿Ah, sí?
—Sí — afirmó Levine— . Los apatosaurios y los parasaurios están
juntos. Ayer también los vi juntos. Apostaría cualquier cosa a que permanecen
siempre juntos cuando salen a la llanura. Sin duda te preguntarás por qué.
—Sin duda — dijo Thorne.
—La razón — explicó Levine— es que los apatosaurios son muy
fuertes pero cortos de vista mientras que los parasaurios son menores pero
poseen una gran agudeza visual. De manera que las dos especies permanecen
juntas porque se proporcionan defensa mutua, igual que las cebras y los
mandriles en las llanuras africanas. Las cebras tienen un fino sentido del
olfato y los mandriles una vista extraordinaria. Juntos son más eficaces contra
los depredadores que por separado.
—Y piensas que eso se cumple también en los dinosaurios
porque...
—Es bastante evidente — declaró Levine— . Sólo tienes que
observar su comportamiento. Cuando las dos manadas están solas, se agrupan
estrechamente. Cuando están juntas, los parasaurios se dispersan, abandonando
su anterior disposición de manada para formar un círculo exterior en torno de
los apatosaurios, tal como vemos ahora. Eso sólo puede significar que los paras
individuales van a ser protegidos por la manada de apatosaurios y viceversa.
Sólo puede interpretarse como defensa mutua contra los depredadores.
Mientras observaban, un parasaurio alzó la cabeza y miró hacia
la otra orilla del río. Bramó lastimeramente, emitiendo un sonido largo y
melodioso. Los otros parasaurios levantaron la vista y miraron también. Los
apatosaurios continuaron bebiendo, pero una pareja de adultos irguió el largo
cuello.
En el calor del mediodía los insectos zumbaban alrededor del
refugio.
—¿Y dónde están los depredadores? — preguntó Thorne.
—Allí — dijo Malcolm, señalando una arboleda situada al otro
lado del río, a corta distancia del agua.
Thorne escudriñó la orilla con la mirada y no vio nada.
— ¿No los ves?
—No.
—Sigue mirando. Son unos animales pequeños con aspecto de
lagartos, de color marrón oscuro. Son raptores.
Thorne se encogió dé hombros. Seguía sin ver nada. junto a él,
Levine se dispuso a comerse una barra energética. Preocupado por mantener la
posición de los prismáticos, arrojó el envoltorio al suelo del refugio. Unos
fragmentos de papel volaron y cayeron en la hierba.
—¿Es rico eso? — preguntó Arby.
—Sí. Es un poco azucarado — contestó Levine.
— ¿Tiene más?
Levine buscó en los bolsillos y le dio una. Arby la partió y le
entregó la mitad a Kelly. Desenvolvió su trozo y se guardó el papel en el
bolsillo pulcramente doblado.
—¿Se dan cuenta de la importancia de estas observaciones para el
estudio de la extinción? — dijo Malcolm— . Ahora ya es obvio que la extinción
de los dinosaurios fue un fenómeno mucho más complejo de lo que habíamos
supuesto.
—¿En serio?
—Piénsenlo detenidamente — indicó Malcolm— . Todas las teorías
de la extinción se basan en el registro fósil. Pero el registro fósil no nos
muestra el comportamiento de los animales como ahora lo vemos. No recoge la
complejidad de la interacción entre grupos distintos.
—Porque los fósiles son sólo huesos — afirmó Arby.
— Correcto. Y los huesos carecen de comportamiento. Si nos
paramos a pensar, comprenderemos que el registro fósil es comparable a una
serie de fotografías: instantáneas estáticas de lo que de hecho fue una
realidad en movimiento. Examinar el registro fósil es como hojear el álbum de
fotos familiares. Sabemos que el álbum es incompleto, que entre foto y foto
transcurre la vida. Pero lo que ha ocurrido en medio no ha quedado registrado;
sólo tenemos las fotografías. Así que las observamos una y otra vez, y pronto
concebimos el álbum no como una serie de momentos sino como la propia realidad.
Entonces empezamos a explicarlo todo a partir del álbum, olvidándonos de la
realidad subyacente. Y la tendencia ha sido pensar en función de los
acontecimientos físicos, dar por sentado que las extinciones fueron causadas
por algún acontecimiento físico externo: un meteorito cae en la Tierra y cambia
el clima; o los volcanes entran en erupción y cambian el clima; o un meteorito
provoca la erupción de los volcanes y cambia el clima; o la vegetación se
modifica y las especies se mueren de hambre y se extinguen; o surge una
enfermedad nueva y las especies se extinguen; o aparece una planta nueva y
envenena a todos los dinosaurios. En todos los casos sólo se plantea la posibilidad
de un acontecimiento externo. Ahora bien, nadie concibe la hipótesis de que
cambiasen los propios animales, no sus huesos sino su comportamiento. Sin
embargo, al observar animales como estos y advertir la compleja interrelación
de comportamientos, uno se da cuenta de que una alteración en el comportamiento
del grupo podría haber ocasionado fácilmente la extinción.
—Pero, por qué habría de cambiar el comportamiento del grupo? —
preguntó Thorne— . De no ser en respuesta a una catástrofe externa, ¿por qué
habría de modificarse el comportamiento?
—En realidad — prosiguió Malcolm— , el comportamiento varía
continuamente. Nuestro planeta es un entorno activo, dinámico. El clima cambia.
La tierra cambia. Los continentes se desplazan. Los mares suben y bajan. Las
montañas asoman sobre la superficie y luego son asoladas por la erosión. Todos
los organismos del planeta se adaptan sin cesar a esos cambios, y los mejores
organismos son aquellos que se adaptan más deprisa. Por eso cuesta entender que
una catástrofe pueda causar la extinción, ya que de todos modos se producen
cambios continuamente.
—Entonces, ¿qué origina la extinción? — inquirió Thorne.
— No sólo un cambio rápido, desde luego — aseguró Malcolm— . Eso
lo indican claramente los hechos.
—¿Qué hechos?
—A todo cambio importante en el medio ambiente sigue una oleada
de extinciones, pero no de manera inmediata. Las extinciones se producen miles
o millones de años después. Tomemos, por ejemplo, la última glaciación en
Norteamérica. Los glaciares descendieron hacia el sur y el clima se alteró
profundamente, pero los animales no murieron. Sólo cuando los glaciares
retrocedieron, cuando cabría pensar que las cosas habían vuelto a la
normalidad, se extinguió un gran número de especies. Fue entonces cuando las jirafas,
los tigres y los mamuts desaparecieron de este continente. Y ésa es la pauta
habitual. Da la impresión de que las especies se debilitan con el gran cambio,
pero se extinguen más tarde. Se trata de un fenómeno claramente identificado.
—Se conoce como Debilitamiento de la Cabeza de Puente — añadió
Levine.
—¿Y cuál es la explicación?
Levine guardó silencio.
—No la hay— respondió Malcolm— . Es un misterio paleontológico.
Pero creo que la teoría de la complejidad tiene mucho que decir al respecto;
porque si la noción de vida al borde del caos es cierta, los grandes cambios
acercan a los animales más aún a ese borde. Desestabilizan toda clase de
comportamientos. Y cuando el medio ambiente vuelve a la normalidad, no es
realmente una vuelta a la normalidad. Desde el punto de vista evolutivo es otro
gran cambio y desborda el ritmo de adaptación de los animales. Pienso, además,
que puede surgir un nuevo comportamiento en una población de manera imprevista,
y creo que sé por qué los dinosaurios...
—¿Qué es eso? — lo interrumpió Thorne, que había visto salir un
dinosaurio de entre los árboles. Era relativamente esbelto, se desplazaba con
agilidad sobre las patas posteriores y se ayudaba con la cola para mantener el
equilibrio. Medía aproximadamente un metro ochenta y era de un color marrón
verdoso con rayas rojas, como un tigre.
—Eso — anunció Malcolm— es un velocirraptor.
—¿Eso fue lo que intentó darte caza en el árbol? — preguntó
Thorne, volviéndose hacia Levine— . Parece peligroso.
—Eficaz, diría yo — corrigió Levine— . Esos animales son
máquinas de matar magníficamente diseñadas; sin duda los depredadores más
eficaces en la historia del planeta. El ejemplar que acaba de aparecer será el
animal alfa. Es el jefe de la manada.
Thorne advirtió otro movimiento bajo los árboles.
—¡Hay más! — exclamó.
—Sí — confirmó Levine— . Se trata de una manada especialmente
numerosa. — Se llevó los prismáticos a los ojos y observó el bosque. — Me
gustaría localizar el nido. No he logrado encontrarlo en toda la isla. Son
animales muy sigilosos, pero así y todo...
Los parasaurios bramaban sonoramente y se acercaban a la manada
de apatosaurios. Los grandes apatosaurios, en cambio, parecían indiferentes al
peligro; de hecho, los adultos más próximos al agua dieron la espalda al
raptor.
—¿No les importa? — preguntó Arby— . Ni siquiera lo miran.
— No te dejes engañar por las apariencias — lo amonestó Levine—
. Les importa y mucho. Quizá parezcan vacas gigantes, pero están muy lejos de
serlo. Esas colas como látigos tienen una longitud de diez o doce metros y
pesan varias toneladas. Observa con qué velocidad las agitan. Un golpe con esa
cola puede romperle la espalda al atacante.
—¿De modo que darse vuelta forma parte de la defensa?
— Indudablemente. Y ahora se ve con toda claridad que los largos
cuellos actúan como contrapeso de las colas.
Las colas de los adultos llegaban sobradamente al otro lado del
río. Intimidado por los coletazos y los bramidos de los parasaurios, el raptor
que encabezaba el grupo retrocedió. Al cabo de un momento huyó la manada
entera, alejándose por el límite del bosque en dirección a las colinas.
—Parece que tenías razón — comentó Thorne— . Las colas los han
ahuyentado.
—¿Cuántos has contado? — preguntó Levine.
—No lo sé — respondió Thorne— . Entre diez y doce. Quizá más.
Puede que se me haya escapado alguno.
—Doce — repitió Malcolm, anotando la cifra en su cuaderno.
— ¿Los seguimos? — propuso Levine.
—Ahora no.
—Podríamos agarrar el Explorer.
— Quizá más tarde — se resistió Malcolm.
—Creo que conviene localizar el nido — insistió Levine— . Es
vital, Ian, si pretendemos determinar las relaciones entre el depredador y la
presa. Nada hay más importante que eso. Y ésta es una oportunidad excelente
para seguir...
—Quizá más tarde — lo interrumpió Malcolm. Volvió a consultar el
reloj.
—Ya es la centésima vez que miras el reloj esta mañana — observó
Thorne.
—Ya es casi la hora de comer — repuso Malcolm con un gesto de
indiferencia— . Por cierto, ¿y Sarah? ¿No debería estar a punto de llegar?
—Sí — contestó Thorne— . Debería aparecer en cualquier momento.
—Hace calor aquí — comentó Malcolm, enjugándose la frente.
— Sí, mucho.
Escucharon el zumbido de los insectos y contemplaron la retirada
de los raptores.
—La verdad, creo que será mejor que volvamos — sugirió Malcolm.
—¿Volver? — protestó Levine— . ¿Ahora? ¿Y las observaciones? ¿Y
las otras cámaras que queremos colocar?
—No sé, quizá sea un buen momento para tomarnos un respiro.
Levine le lanzó una mirada de incredulidad, pero calló.
Thorne y los chicos permanecían atentos a Malcolm en silencio.
— Bueno — añadió Malcolm— , creo que si Sarah ha viajado desde
África, lo mínimo que podríamos hacer es darle la bienvenida, por simple
cortesía.
—No me había dado cuenta de que... — dijo Thorne:
—No, no — se apresuró a desmentir Malcolm— . No tiene nada que
ver con eso. Es sólo que... Bueno, quizá ni siquiera venga. — De pronto pareció
indeciso. — ¿Dijo que vendría?
—Dijo que lo pensaría. Malcolm frunció el entrecejo.
—En ese caso, vendrá. Si Sarah dijo eso, seguro que viene. La
conozco. Entonces, ¿qué les parece? ¿Volvemos?
—Ni loco — replicó Levine, mirando por los prismáticos— . Ahora
no me movería de aquí por nada del mundo.
Malcolm se volvió hacia los demás.
— ¿Doc? ¿Quieres volver?
—Sí — afirmó Thorne, secándose la frente— . Hace calor.
— Conociendo a Sarah — comentó Malcolm mientras descendía por el
andamiaje— , probablemente se presentará en la isla con un aspecto fantástico.
LA CUEVA
Luchó por salir a flote y finalmente consiguió asomar a la
superficie, pero sólo vio agua alrededor, grandes olas de cinco metros de
altura. La fuerza del mar era inmensa. La corriente la arrastró de un lado a
otro haciendo inútiles sus esfuerzos. No vio el barco, sólo un mar espumoso por
todas partes. No vio la isla, sólo agua y más agua. Trató de vencer la opresiva
sensación de pánico.
Intentó nadar contra la corriente, pero las botas le pesaban
como el plomo. Volvió a sumergirse y logró salir de nuevo, tragando bocanadas
de aire. Tenía que quitarse las botas. Respiró hondo y hundió la cabeza bajo el
agua para desatarse las botas. Los pulmones le ardían mientras forcejeaba con
los cordones. El mar la zarandeaba sin cesar.
Se quitó una bota, tomó aire y volvió a hundir la cabeza. Tenía
los dedos entumecidos a causa del frío y el miedo. Desprenderse de la otra bota
le resultó una tarea interminable. Por fin, con las piernas libres, contuvo la
respiración y nadó torpemente. A merced de las olas se elevó y volvió a bajar.
No veía la isla. El pánico la asaltó otra vez. Se volvió en el agua y una ola
la alzó de nuevo. En ese instante vio la isla.
El acantilado se hallaba cerca, aterradoramente cerca. Las olas
embestían las rocas con un ruido atronador. Estaba a menos de cincuenta metros,
y el mar la arrastraba inexorablemente hacia la rompiente. En la cresta de la
siguiente ola logró ver la cueva, unos cien metros a su derecha. Trató de nadar
en esa dirección, pero era imposible. Sus fuerzas no bastaban para moverse en
medio del gigantesco oleaje. Notaba sólo la potencia del mar, que la llevaba
hacia el acantilado.
Con el miedo se le aceleró el corazón. Sabía que su muerte era
inminente. Una ola le pasó por encima; tragó agua de mar y tosió. Se le nubló
la vista. Sintió náuseas y un profundo terror.
Agachó la cabeza y empezó a nadar, lanzando un brazo tras otro y
empujándose con los pies tan fuerte como podía. No tenía sensación de
movimiento, salvo por el tirón oblicuo de las olas. No se atrevía a levantar la
vista. Se impulsó aún con más fuerza. Cuando alzó la cabeza para respirar,
advirtió que se había desplazado un poco hacia el norte. Se encontraba algo más
cerca de la cueva.
Eso la alentó, pero no disipó el pánico. Estaba al límite de sus
fuerzas. Las piernas y los brazos le dolían. Le ardían los pulmones. Su
respiración era apenas un jadeo entrecortado. Volvió a toser, tomó aire
nuevamente, hundió la cabeza y siguió nadando.
Aun con la cabeza bajo el agua oía el estruendo de las olas
contra el acantilado. Nadó con ahínco. Las corrientes y el oleaje la
arrastraban a izquierda y derecha, adelante y atrás. Era inútil. Igualmente lo
intentó.
Gradualmente el dolor de los músculos se convirtió en una
molestia regular y difusa. Tuvo la sensación de haber convivido siempre con
aquel tormento y gradualmente dejó de notarlo siquiera. Continuó nadando, ajena
a todo.
Al percibir que una ola volvía a levantarla, alzó la cabeza para
tomar aire. Sorprendida, vio que la cueva se hallaba muy cerca. Unas cuantas
brazadas más y estaría adentro. Había esperado que la corriente fuese menos
intensa en las inmediaciones de la cueva, pero no era así. A ambos lados de la
entrada las olas embestían a gran altura y el agua subía por la pared del
acantilado para después resbalar nuevamente hasta el mar. No vio el barco por
ninguna parte.
Agachó la cabeza una vez más y, reuniendo las últimas fuerzas,
siguió braceando. Una creciente sensación de debilidad se adueñaba de todo su
cuerpo. No aguantaría mucho más. Sabía que el mar la empujaba hacia el
acantilado. Oía más cerca el ruido de la rompiente. De pronto la levantó una
ola enorme y la llevó hacia el acantilado. De nada servía resistirse. Alzó la
cabeza para mirar y sólo vio oscuridad, una oscuridad absoluta.
Agotada y dolorida, comprendió que se encontraba en el interior
de la cueva. Las olas la habían arrastrado hasta allí. El estruendo de la
rompiente le llegaba hueco y resonante. La oscuridad era tal que no veía las
paredes. La corriente era fuerte y la empujaba hacia adentro. Jadeó y trató en
vano de nadar en contra. Rozó las rocas y sintió un dolor penetrante. A
continuación la corriente siguió impulsándola hacia las profundidades de la
cueva. Pero ahora había una diferencia. De lo alto llegaba una tenue luz y el
agua parecía resplandecer alrededor. El oleaje amainó. Le costaba menos
mantener la cabeza sobre el agua. De pronto vio enfrente un luz viva, muy viva:
el final de la cueva.
La corriente siguió empujándola y, como por arte de magia, se
encontró de pronto al aire libre, en medio de un ancho río lodoso, rodeada de
un denso follaje. Hacía calor y no soplaba ni la más leve brisa. Oyó los
reclamos lejanos de las aves.
Delante, en un recodo del río, asomó la popa del barco de
Dodgson, ya amarrado. No vio a nadie, ni lo deseaba.
Haciendo acopio de las pocas fuerzas que le quedaban, nadó hacia
unos mangles que crecían apretadamente en el agua junto a la orilla. Demasiado
débil para seguir, se asió a una raíz y flotó de espalda en la suave corriente,
mirando al cielo y respirando hondo. Pasado un rato, recobró fuerzas
suficientes para desplazarse por el agua agarrándose a las raíces de los
mangles hasta llegar a una brecha en el follaje que conducía a un pequeño claro
en la orilla. Mientras salía a rastras del río advirtió en el barro varias
huellas de animal bastante grandes. Eran unas extrañas pisadas de tres dedos,
cada uno de los cuales terminaba en una enorme uña.
Se agachó para examinarlas de cerca y de pronto notó que la
tierra vibraba bajo sus manos. Una descomunal sombra se proyectó sobre ella.
Cuando levantó la vista, vio perpleja el vientre claro y curtido de un
gigantesco animal. Estaba demasiado débil para reaccionar e incluso para alzar
la cabeza. Lo último que vio fue un pie enorme y correoso que se hundía en el
barro junto a ella; a la vez oyó un blando resoplido. Entonces, vencida
súbitamente por el cansancio, se desplomó de espaldas y perdió el conocimiento.
DODGSON
A unos metros de la orilla del río, Lewis Dodgson se subió al
jeep Wrangler modificado y cerró la puerta. En el asiento contiguo Howard King,
retorciéndose las manos, dijo:
—¿Cómo pudiste hacer eso?
—¿Hacer qué? — preguntó George Baselton desde atrás. Dodgson no
contestó. Hizo girar la llave de contacto y el motor se puso en marcha. Colocó
la palanca de cambios en la posición de tracción a las cuatro ruedas, y el jeep
se alejó del barco montaña arriba, adentrándose en la selva.
—¿Cómo pudiste? —repitió King, nervioso— . Hablo en serio.
— Fue un accidente — se justificó Dodgson.
—¿Un accidente? ¿Un accidente?
—Exacto, un accidente — afirmó Dodgson tranquilamente— . Se cayó
por la borda.
—Yo no vi nada — declaró Baselton.
King movió la cabeza en un gesto de desesperación.
— ¡Por Dios! ¿Y si alguien viene a investigar y...?
—Si alguien viene a investigar ¿qué? — lo interrumpió Dodgson— .
El mar estaba revuelto. Ella se encontraba en la proa. Vino una ola grande y se
la llevó. No sabía nadar demasiado bien. Dimos la vuelta, pero ya no había nada
que hacer. Un desgraciado accidente. ¿Qué te preocupa tanto?
—¿Y tú me preguntas qué me preocupa?
—Sí, Howard. ¿Qué demonios te preocupa exactamente?
—Por el amor de Dios, lo vi.
—Te equivocas — dijo Dodgson.
—Yo no vi nada — aseguró Baselton— . Estuve abajo todo el
tiempo.
—Me parece muy bien — protestó Howard King— . Pero, ¿y si hay
una investigación?
El jeep traqueteaba por el camino de tierra ya en plena selva.
— No la habrá — garantizó Dodgson— . Se marchó de África
apresuradamente y no comunicó a nadie adónde iba.
— ¿Cómo lo sabes? — gimoteó King.
—Porque me lo dijo ella, Howard, por eso lo sé. Ahora toma el
mapa y deja de lloriquear. Cuando aceptaste mi oferta ya conocías las
condiciones.
—No sabía que acabarías matando a alguien.
—Howard — dijo Dodgson con un suspiro— , no va a pasar nada.
Saca el mapa de una vez.
—¿Cómo estás tan seguro? — insistió King.
—Porque sé lo que tengo entre manos — afirmó Dodgson— . Por eso.
A diferencia de Malcolm y Thorne, que andan por algún rincón de esta maldita
selva haciendo vaya a saber qué.
La mención de los otros hombres despertó en King nuevas dudas.
Inquieto, comentó:
—Quizá los encontremos...
—No, Howard, eso no va a ocurrir. Ni siquiera se enterarán de
que hemos venido. Sólo vamos a estar en la isla cuatro horas, ¿recuerdas? Hemos
desembarcado a la una. Regresaremos al barco a las cinco. Llegaremos a puerto a
las siete. A las doce de la noche estaremos de vuelta en San Francisco, y
listo. Finito. Después de tantos años tendré lo que debería haber conseguido
hace ya mucho tiempo.
—Los embriones de dinosaurio — apuntó Baselton.
— ¿Embriones? — preguntó King, sorprendido.
—No, ya no me interesan los embriones — aclaró Dodgson— . Años
atrás buscaba embriones congelados, pero ahora ya no hay razón para molestarse
con los embriones. Ahora quiero huevos fecundados. Y dentro de cuatro horas
dispondré de huevos de todas las especies que habitan en la isla.
—¿Cómo piensas lograrlo en cuatro horas?
—Porque ya conozco el emplazamiento exacto de todos los puntos
de reproducción de la isla. El mapa, Howard.
King desplegó el mapa. Era una amplia representación topográfica
de la isla, de unos sesenta por noventa centímetros, que mostraba las
elevaciones del terreno con contornos azules. En los llanos había varias zonas
marcadas con círculos concéntricos rojos, y en algunos casos grupos de
círculos.
—¿Qué es esto? — inquirió King.
—¿Por qué no lo lees? — sugirió Dodgson.
—"Datos sigma Landsat/Nordstat espectros mixtos
REV/RFA/RI." Y luego una serie de números. No, espera. De fechas.
—Correcto — confirmó Dodgson— . Fechas.
—¿Fechas de paso? ¿Es un mapa sumario con todos los datos
combinados de varias pasadas del satélite?
—Correcto.
King frunció el entrecejo. .
—Y parece que son... el espectro visible, el radar de falsa
apertura y. .. ¿qué más?
—El infrarrojo. Un registro térmico de banda ancha. — Dodgson
sonrió. — Lo hice todo en un par de horas. Pedí los datos del satélite, elaboré
el sumario y obtuve las respuestas que buscaba.
—Ya entiendo — dijo King— . ¡Los círculos rojos son signaturas
infrarrojas!
—Sí — afirmó Dodgson— . Los animales grandes dejan grandes
signaturas. Tomé los datos de las sucesivas pasadas del satélite sobre la isla
en los últimos años y marqué en el mapa las fuentes de calor. La ubicación de
estas fuentes se superponía una y otra vez, y eso es lo que reflejan las marcas
rojas concéntricas. De ahí se desprende que los animales tienden a localizarse
en esos puntos. ¿Por qué? — Se volvió hacia King. — Porque ahí están los nidos.
—Sí, muy probablemente — coincidió Baselton.
— Quizá sea donde comen — sugirió King. Dodgson, irritado, negó
con la cabeza.
—Obviamente esos círculos no pueden corresponderse con los
lugares donde se alimentan.
—¿Por qué no?
—Porque estos animales pesan en promedio unas veinte toneladas,
por eso. Si reúnes una manada de dinosaurios de veinte toneladas por cabeza,
tendrás una biomasa total de más de un cuarto de millón de kilos desplazándose
a través del bosque. Esos enormes animales deben de comer mucha materia vegetal
en el transcurso del día. Y sólo pueden hacerlo moviéndose. ¿Queda claro?
—Creo que sí... — dijo King.
—¿Crees? — replicó Dodgson— . Echa un vistazo alrededor, Howard.
¿Ves alguna zona del bosque despoblada de vegetación? No. Comen unas pocas
hojas de los árboles y se van a otro sitio. Créeme, estos animales tienen que
moverse para comer. En cambio, anidan siempre en el mismo sitio. — Miró el
mapa. — Y si no me equivoco, el primer nido se encuentra precisamente al otro
lado de este promontorio.
El jeep patinó en el barro y siguió adelante, traqueteando
cuesta arriba.
LLAMADAS DE
APAREAMIENTO
Richard Levine contemplaba las manadas con los prismáticos desde
lo alto de la plataforma. Malcolm y los otros habían vuelto al trailer y lo
habían dejado solo. Levine disfrutaba observando aquellos extraordinarios
animales y era consciente de que Malcolm no compartía su ilimitado entusiasmo.
De hecho, Malcolm siempre parecía tener en mente otras consideraciones, y era
evidente que lo impacientaba el acto de observación: deseaba analizar los datos
pero no le gustaba reunirlos.
Entre científicos eso representaba una conocida diferencia de
personalidades. Los físicos ofrecían un ejemplo perfecto. Los experimentalistas
y los teóricos vivían en mundos aparte; cruzaban papeles continuamente pero
tenían muy poco en común. Casi daba la impresión de que cultivasen disciplinas
distintas.
Y en cuanto a Levine y Malcolm las diferencias de enfoque se
habían puesto pronto de manifiesto ya durante sus primeras conversaciones en
Santa Fe. Los dos estaban interesados en la extinción, pero Malcolm abordaba el
tema de manera global, desde un punto de vista puramente matemático. Su
objetividad y sus fórmulas inexorables habían fascinado a Levine en un
principio, y ambos iniciaron un intercambio informal durante frecuentes
almuerzos: Levine enseñó paleontología a Malcolm; Malcolm enseñó a Levine matemática
no lineal. Empezaron a extraer conclusiones provisionales que entusiasmaron a
los dos. Pero también surgieron las primeras discrepancias. En más de una
ocasión les pidieron que abandonasen el restaurante a causa de sus exacerbadas
discusiones; entonces salían al calor de Guadalupe Street y regresaban hacia el
río sin dejar de vociferar mientras los turistas, al verlos acercarse, se
apresuraban a cambiar de acera.
Finalmente sus diferencias entraron en un terreno personal.
Malcolm consideraba a Levine pedante y puntilloso, preocupado sólo por detalles
nimios. Levine nunca veía las cosas en conjunto.
Nunca calculaba las consecuencias de sus actos. Levine, por su
parte, no dudaba en acusar a Malcolm de engreído y distante, reprochándole su
indiferencia ante los detalles.
—Dios está en los detalles — le recordó una vez Levine.
—Tu Dios quizá — replicó Malcolm— . No el mío. El mío está en el
proceso.
De pie en la plataforma de observación Levine pensó que ésa era
exactamente la respuesta que cabía esperar de un matemático. Levine seguía
convencido de que los detalles lo eran todo, al menos en biología, y el error
más frecuente de sus colegas era descuidar los detalles.
En cuanto a él, vivía siempre pendiente de los detalles y nunca
pasaba nada por alto. Como con el animal que lo había atacado al llegar a la
isla con Diego. Levine había pensado en ello a menudo, reviviendo la escena una
y otra vez, porque algo no terminaba de encajar.
El animal había atacado rápidamente, y Levine se había quedado
con la idea de que poseía la forma básica de un terópodo — erguido sobre las
patas posteriores, cola rígida, cráneo grande, lo usual— , pero durante el
breve instante en que vio a la criatura le pareció advertir también una
peculiaridad en torno de las órbitas, que le indujo a pensar que podía tratarse
de un Carnotaurus sastrei, de la formación de Gorro Frigio, en la Argentina.
Por otra parte, la piel era muy poco común, de un vivo color verde y moteada,
pero había algo...
Desistió con un gesto de resignación. La idea que lo inquietaba
flotaba en el fondo de su mente pero no conseguía precisarla. Le era imposible.
De mala gana volvió a concentrarse en la manada de parasaurios
que pacía en la orilla del río junto a los apatosaurios. Escuchó el
característico bramido de los parasaurios. Levine reparó en que con frecuencia
los parasaurios emitían un sonido de corta duración, una especie de bocinazo
retumbante. En ocasiones varios animales producían ese sonido simultáneamente o
con breves intervalos de separación, así que debía de ser una manera audible de
indicar la posición de todos los miembros de la manada. Sin embargo, a veces
emitían una llamada mucho más larga y perentoria. Este sonido era poco
frecuente y provenía sólo de los dos animales más grandes de la manada, que
alzaban la cabeza y producían aquel trompeteo sonoro y prolongado. Pero, ¿qué
significaba aquel sonido?
Inmóvil bajo el sol, Levine decidió llevar a cabo un pequeño
experimento. Ahuecó las manos en torno de la boca e imitó la llamada del
parasaurio. No había sido una gran imitación, pero de inmediato el jefe de la
manada levantó la vista y buscó alrededor. A continuación lanzó un grave
bramido en respuesta a Levine. Levine volvió a imitar el sonido.
El parasaurio contestó nuevamente.
Complacido por el resultado del experimento, Levine tomó nota en
su cuaderno. Pero cuando miró de nuevo hacia la llanura, advirtió con sorpresa
que la manada de parasaurios se separaba de los apatosaurios. Se agruparon y,
en fila, se encaminaron hacia la plataforma de observación.
Levine empezó a sudar. ¿Qué había hecho? En algún rincón de su
mente se preguntó si habría imitado una llamada de apareamiento. Sólo le
faltaba eso, atraer a un dinosaurio en celo. ¿Quién sabía cómo actuaban
aquellos animales en el apareamiento? Con creciente desasosiego los observó
acercarse. Lo mejor era llamar a Malcolm para pedirle consejo. Pero
considerando esa posibilidad cayó en la cuenta de que al imitar aquel bramido
había interferido en el medio ambiente, había introducido una variable nueva, que
era precisamente lo que, como había asegurado a Thorne, no pretendía hacer.
Había sido un acto irreflexivo, desde luego. Y si bien no repercutiría
seguramente de manera esencial en la marcha de las cosas, Malcolm sin duda iba
a ensañarse con él. Levine bajó los prismáticos y contempló el rebaño. En el
aire resonó un grave bramido, tan intenso que le hirió los oídos. La tierra
empezó a temblar y la plataforma se tambaleó precariamente.
"¡Dios mío! ¡Vienen directo hacia mí!", pensó. Se
inclinó y buscó la radio a tientas en la mochila.
LOS PROBLEMAS DE
LA EVOLUCION
En el trailer Thorne sacó del microondas los platos de comida
rehidratada y los repartió. Sentados alrededor de la pequeña mesa, los
desenvolvieron y empezaron a comer. Malcolm hurgó en su plato con el tenedor y
preguntó:
—¿Qué es esto?
—Pechuga de pollo a las finas hierbas —contestó Thorne. Malcolm
probó un bocado y movió la cabeza en un gesto de desagrado.
—¿No es maravillosa la tecnología? — comentó irónicamente— .
Consiguen que tenga el gusto del cartón.
Malcolm miró a los chicos, que comían vorazmente frente a él.
Kelly levantó la vista y señaló con el tenedor los libros sujetos al estante
que había junto a la mesa.
—Hay una cosa que no entiendo — dijo.
— ¿Sólo una? — bromeó Malcolm.
—Es sobre todo esto de la evolución. Darwin escribió su libro
hace mucho tiempo, ¿no?
—Darwin publicó El origen de las especies en 1859 — contestó
Malcolm.
—Y a esta altura ya nadie lo pone en duda, ¿no? — continuó
Kelly.
—Creo que puede afirmarse que hoy en día todos los científicos
del mundo coinciden en que la evolución es una de las características de la
vida en la Tierra — aseguró Malcolm— . Y en que descendemos de los animales.
Sí.
—Pues si es así, ¿a qué viene ahora tanto interés en el tema?
Malcolm sonrió.
—Ese interés se debe a que si bien todo el mundo está de acuerdo
en que la evolución existe, nadie comprende las leyes que la rigen. La teoría
plantea grandes problemas. Y los científicos se muestran cada vez más
dispuestos a admitirlo.
Malcolm apartó el plato.
—Conviene remontarse a los orígenes de la teoría, hace unos
doscientos años. Comencemos con el barón Georges Cuvier, el más famoso
anatomista de su época, que vivía en el centro intelectual del mundo: París.
Alrededor de 1800 se desenterraron los primeros huesos antiguos, y Cuvier
comprendió que pertenecían a animales que no se encontraban ya en la Tierra.
Eso representó un serio problema, pues por aquel entonces se creía que todas
las especies animales creadas seguían vivas. Era una idea lógica, porque se atribuía
a la Tierra una antigüedad de unos miles de años. Y porque Dios, que había
creado a todos los animales, nunca permitiría que sus criaturas se
extinguiesen. Así que la extinción se consideraba imposible. Para Cuvier el
hallazgo de aquellos huesos supuso un verdadero tormento, pero finalmente llegó
a la conclusión de que, con Dios o sin Dios, muchos animales se habían
extinguido a causa, pensó, de catástrofes planetarias como, por ejemplo, el
diluvio universal.
—Entiendo.
—De modo que Cuvier, a su pesar, acabó aceptando la extinción —
prosiguió Malcolm— , pero no así la evolución. Para Cuvier la evolución no
existía. Unos animales morían y otros sobrevivían, pero ninguno evolucionaba.
En su opinión, los animales no cambiaban. Entonces llegó Darwin, que afirmó que
los animales sí evolucionaban y que los huesos desenterrados pertenecían de
hecho a los predecesores de los animales vivos. Las consecuencias de la teoría
de Darwin sobresaltaron a mucha gente. Se resistían a admitir que las
creaciones de Dios cambiasen, y que hubiese monos en sus árboles genealógicos.
Lo consideraban vergonzoso y ofensivo. La controversia fue encarnizada, pero
Darwin acumuló una gran cantidad de datos objetivos y presentó argumentos
contundentes. Así que su idea de la evolución fue aceptada gradualmente por los
científicos y por el mundo en general. Pero la duda básica seguía sin
resolverse: ¿cómo se produce la evolución? Para eso Darwin no tenía una buena
respuesta.
—La selección natural — apuntó Arby.
—Sí, ésa fue la explicación propuesta por Darwin. El medio
ambiente ejerce una presión que favorece a ciertos animales, y éstos se
reproducen más fácilmente en las siguientes generaciones; así tiene lugar la
evolución. Pero como mucha gente advirtió, esto no era de hecho una
explicación. Simplemente era una definición: si un animal sobrevive, debe de
haber superado la selección. Pero, ¿qué características de ese animal son
favorecidas? ¿Y cómo actúa realmente la selección? Darwin lo ignoraba y nadie
aportó una sola idea al respecto durante los siguientes cincuenta años.
—Pero son los genes — afirmó Kelly.
—En efecto — respondió Malcolm— . Bien, llegamos al siglo XX. Se
redescubre el trabajo de Mendel con las plantas. Fischer y Wright llevan a cabo
estudios de población. Pronto averiguamos que los genes controlan la herencia,
sean lo que sean los genes. Recuerden que durante la primera mitad del siglo,
hasta pasada la Segunda Guerra Mundial nadie tenía la menor idea de qué era un
gen. A partir de los descubrimientos de Watson y Crick en 1953 supimos que los
genes eran nucleótidos dispuestos en una doble hélice. Magnífico. Y también
conocimos la existencia de las mutaciones. Entonces a finales del siglo XX
disponemos de una teoría de la selección natural que sostiene que las
mutaciones se producen espontáneamente en los genes, que el medio ambiente
favorece las mutaciones útiles, y que, partiendo de este proceso de selección,
tiene lugar la evolución. Es simple y claro. Dios no interviene en ningún
momento. No hay implicado ningún principio organizativo superior. En
definitiva, la evolución no es más que el resultado de un puñado de mutaciones
que sobreviven o mueren. ¿Correcto?
— Correcto — contestó Arby.
—Pero esta idea presenta ciertos problemas — declaró Malcolm— .
En primer lugar, un problema de tiempo. Una sola bacteria (la primera forma de
vida) contiene dos mil enzimas. Los científicos han calculado cuánto tiempo
tardarían en concurrir aleatoriamente esas enzimas a partir de un caldo de
cultivo primordial. Las estimaciones oscilan entre cuarenta y cien mil millones
de años. Ahora bien, la edad de la Tierra es de sólo cuatro mil millones de
años. Así que el azar por sí solo resulta demasiado lento. Sobre todo teniendo
en cuenta que las bacterias aparecieron de hecho cuatro cientos millones de
años después de la formación de la Tierra. Es decir, la vida surgió muy
deprisa, y por eso algunos científicos afirman que la vida en la Tierra debe de
ser de origen extraterrestre. Pero eso, a mi juicio, es eludir la cuestión.
—Exacto.
—En segundo lugar está el problema de la coordinación. Si
aceptamos la actual teoría, la increíble complejidad de la vida se reduce a una
acumulación de sucesos aleatorios, un puñado de accidentes genéticos
concatenados. Sin embargo, cuando uno observa detenidamente los animales, da la
impresión de que muchos elementos hayan evolucionado simultáneamente. Tomemos
como ejemplo los murciélagos, que poseen ecolocación, es decir, que se guían
por el sonido. Para llegar a eso deben desarrollarse muchas otras cosas. Los
murciélagos necesitan un aparato especializado para la emisión de sonidos,
necesitan unos oídos especializados para captar el eco, necesitan un cerebro
especializado para interpretar los sonidos, y necesitan un cuerpo especializado
para subir y bajar en el aire y capturar insectos. Si todas estas facultades no
se desarrollan simultáneamente, no sirven de nada. E imaginar que todo esto
puede ocurrir por azar es como imaginar que un tornado puede arremeter contra
un depósito de chatarra y formar con las piezas un Boeing 747 en perfecto
estado. Es difícil de creer.
—Desde luego — convino Thorne— . Estoy de acuerdo.
— Siguiente problema. La evolución no siempre actúa como una
fuerza ciega. Ciertos espacios del medio ambiente no se llenan. Ciertas plantas
no se emplean como alimento. Y ciertos animales apenas evolucionan. Los
tiburones no han cambiado desde hace ciento sesenta millones de años. Las
zarigüeyas no han cambiado desde que se extinguieron los dinosaurios, hace
sesenta y cinco millones de años. El medio ambiente de estos animales se ha
alterado radicalmente, pero los animales han seguido casi iguales. No exactamente
iguales, pero casi. En otras palabras, da la impresión de que no hayan
respondido a su medio ambiente.
—Quizás aún estén bien adaptados — sugirió Arby.
— Quizás. O quizás exista algo más que no conocemos.
— ¿Como qué?
—Como otras reglas que influyan en el resultado.
—¿Quieres decir que la evolución está dirigida? — preguntó
Thorne.
—No — contestó Malcolm— . Eso es creacionismo y no explica nada.
Nada en absoluto. Lo que digo es que la selección natural que actúa en los
genes no da cuenta de todo. Sería demasiado sencillo. Intervienen también otras
fuerzas. La molécula de hemoglobina es una proteína que se pliega y envuelve
como un sándwich un átomo central de hierro que atrae el oxígeno. La
hemoglobina se expande y contrae cuando toma y libera oxígeno, como un
minúsculo pulmón molecular. Ahora conocemos la secuencia de aminoácidos que
constituye la hemoglobina. Pero ignoramos cómo plegarla. Afortunadamente no es
necesario saberlo, pues si creamos la molécula, se pliega por sí sola. Se
organiza ella misma. Y continuamente se demuestra que los seres vivos poseen la
facultad de la autoorganización. Las proteínas se pliegan. Las enzimas
interactúan. Las células se disponen en forma de órganos y los órganos se
disponen en forma de individuos coherentes. Los individuos se organizan para
constituir una población. Y las poblaciones se organizan para constituir una
biosfera coherente. Gracias a la teoría de la complejidad empezamos a intuir
cómo se produce esta autoorganización y a qué apunta. Y representa un
importante cambio en nuestra percepción de la evolución.
—Pero en definitiva — dijo Arby— la evolución sigue siendo el
resultado de la acción del medio ambiente sobre los genes.
—No creo que se reduzca a eso, Arb — discrepó Malcolm— . Creo
que hay otras cosas en juego... otras cosas que explican incluso cómo surgió
nuestra especie.
—Hace tres millones de años — prosiguió Malcolm— unos simios
africanos que hasta ese momento vivían en los árboles descendieron al suelo.
Aquellos simios no se destacaban en nada. Tenían el cerebro pequeño y no eran
especialmente inteligentes. No poseían garras ni afilados dientes que usar como
armas. No sobresalían por su fuerza ni por su velocidad. Sin duda no podían
competir con un leopardo. Pero como su estatura era corta, empezaron a erguirse
sobre las patas traseras a fin de mirar por encima de la alta hierba africana.
Así comenzó todo: unos simios corrientes asomándose sobre la hierba.
"Estos simios permanecían erguidos cada vez más tiempo. Eso
les dejaba las manos libres. Como todos los simios, se valían de ciertas
herramientas. Los chimpancés, por ejemplo, usan ramas para capturar termitas.
Con el paso del tiempo, nuestros antepasados elaboraron herramientas más
complejas. Este hecho estimuló el crecimiento del cerebro en tamaño y
complejidad. Se inició ahí una espiral: la mayor complejidad de las
herramientas generaba cerebros más complejos que a su vez generaban
herramientas más complejas. Y desde el punto de vista evolutivo nuestro cerebro
estalló literalmente. En alrededor de un millón de años se duplicó el tamaño de
nuestro cerebro, y eso nos creó ciertos problemas.
—¿Como cuáles?
—Como venir al mundo, sin ir más lejos. Un cerebro grande no
puede pasar a través del canal del parto, lo cual implica la muerte tanto de la
madre como del niño durante el alumbramiento. Ésa no es una alternativa viable.
¿Cuál es entonces la respuesta evolutiva? El nacimiento del niño en una etapa
muy prematura del desarrollo, cuando el cerebro no es aún demasiado grande para
atravesar la pelvis. Es la solución de los marsupiales: la mayor parte del
crecimiento se produce fuera del cuerpo de la madre. Durante el primer año de
vida el cerebro del niño multiplica por dos su tamaño. Ésa es una buena
solución al problema, pero crea otros problemas. Significa que los niños
humanos no se valen por sí solos hasta mucho después del nacimiento. Las crías
de muchos mamíferos caminan minutos después de nacer; las de otros, al cabo de
unos días o unas semanas. Los niños, en cambio, tardan todo un año en caminar y
más aún en comer solos. Así que parte del precio por un cerebro de mayor tamaño
fue el desarrollo entre nuestros antepasados de organizaciones sociales
estables que permitiesen el cuidado de los niños a largo plazo, durante muchos
años. Estos niños desvalidos de cerebro grande cambiaron la sociedad. Pero no
fue ésa la consecuencia más importante.
—¿No?
—No. Nacer en un estado tan inmaduro implica que los niños no
tienen el cerebro plenamente formado. No llegan al mundo con demasiado
comportamiento instintivo incorporado. Instintivamente un recién nacido puede
succionar y agarrar, pero no mucho más. El complejo comportamiento humano no
tiene nada de instintivo. Así que las sociedades humanas deben desarrollar un
sistema educativo para adiestrar los cerebros de los niños, para enseñarles a
comportarse. Toda sociedad humana destina una considerable cantidad de tiempo y
energía a enseñar a sus niños un comportamiento adecuado. Si examinamos una
organización social más simple, en algún lugar de la selva, descubriremos que
todo niño nace en medio de una red de adultos responsables de criarlo. No sólo
los padres, sino también los tíos, los abuelos y los ancianos de la tribu. Unos
enseñan al niño a cazar o recolectar alimento o tejer; otros lo aleccionan
sobre el sexo o la guerra. Pero las responsabilidades aparecen claramente
definidas, y si un niño no tiene, supongamos, una tía que le enseñe una tarea
específica, la tribu designará una sustituta. Porque criar a los niños es, en
cierto sentido, la razón de ser de la sociedad. Es el hecho más importante que
se produce, y a la vez la culminación de todos las herramientas, el lenguaje y
la estructura social que se han desarrollado. Y finalmente, varios millones de
años después, tenemos niños que manejan computadoras.
"Entonces si todo esto tiene algún sentido, ¿dónde
interviene la selección natural? ¿Actúa en el cuerpo, agrandando el cerebro?
¿Actúa en la secuencia de desarrollo, poniendo a los niños en el mundo antes?
¿Actúa en el comportamiento social, generando la cooperación y el cuidado de
los niños? ¿O actúa en todas partes a la vez: los cuerpos, el desarrollo y el
comportamiento social?
—En todas partes a la vez — afirmó Arby.
—Eso creo yo — coincidió Malcolm— . Pero puede haber elementos
de esta historia que se produzcan automáticamente, como resultado de la
autoorganización. Por ejemplo, las crías de todas las especies ofrecen un
aspecto característico. Ojos grandes, cabezas grandes, caras pequeñas,
movimientos mal coordinados. Eso se da por igual en los bebés humanos, los
cachorros y los pollitos, y despierta la ternura de los adultos de todas las
especies. En cierto sentido, la apariencia de las crías es determinante en la
autoorganización del comportamiento adulto. Y en nuestro caso es además un
rasgo útil.
—¿Qué tiene eso que ver con la extinción de los dinosaurios? —
preguntó Thorne.
—Los principios autoorganizativas pueden ejercer una influencia
positiva o negativa. Del mismo modo que la autoorganización puede coordinar el
cambio, puede también conducir una población a la decadencia y a una situación
de desventaja. Espero que en esta isla veamos adaptaciones autoorganizativas en
el comportamiento de dinosaurios auténticos, y que eso nos revele cómo se
extinguieron. De hecho, estoy casi seguro de que ya sabemos qué llevó a los
dinosaurios a la extinción.
Se oyó el chasquido de la radio.
—Bravo — dijo Levine por el intercomunicador— . Yo no lo habría
expresado mejor. No estaría de más que vinieses a ver lo que ocurre aquí. Los
parasaurios están haciendo algo muy interesante, Ian.
—¿Qué?
—Ven y lo verás.
—Chicos — ordenó Malcolm— , quédense aquí y permanezcan atentos
a los monitores. — Apretó el botón de la radio. ¿Richard? Ya vamos.
PARASAURIOS
Richard Levine se agarró a la baranda de la plataforma y observó
expectante. justo enfrente, tras un pequeño promontorio, vio aparecer la
magnífica cabeza de un Parasaurolophus walkeri. El cráneo de aquel hadrosaurio
de pico de pato tenía una longitud aproximada de un metro, pero lo agrandaba
aún más una cresta en forma de cuerno que se extendía hacia atrás y sobresalía
notablemente por encima del lomo.
Cuando el animal se acercó, Levine vio el moteado verde de la
cabeza, el cuello largo y poderoso, y el robusto cuerpo de vientre verde
pálido. El parasaurio medía más de tres metros y medio de altura,
aproximadamente como un elefante grande. Su cabeza casi llegaba al suelo de la
plataforma. El animal avanzaba resueltamente hacia él con pesados pasos. Al
cabo de un momento vio asomar una segunda cabeza tras el promontorio, y luego
una tercera y una cuarta. Los animales bramaban y se dirigían en fila hacia él.
En cuestión de minutos el primer animal se hallaba ante la
plataforma. Levine contuvo la respiración mientras pasaba junto a la
estructura. El animal lo miró desviando sus grandes ojos marrones. Se lamió los
labios con una lengua de color morado. La plataforma se sacudía con sus
pisadas. Pasó de largo y se adentró en la selva. Poco después desfiló ante él
el segundo animal.
El tercer parasaurio rozó la estructura, balanceándola un poco,
pero siguió adelante sin inmutarse. Lo mismo hicieron los otros. Uno por uno
desaparecieron en la densa vegetación tras la plataforma. La tierra dejó de
temblar. Sólo entonces Levine reparó en el sendero que discurría junto a la
estructura y penetraba en la selva.
Levine lanzó un suspiro y se relajó lentamente. Tomó los
prismáticos y respiró hondo, cada vez más tranquilo. El pánico se disipó.
Empezó a sentirse mejor.
De pronto pensó: "¿Qué hacen? ¿Adónde van?" Aquel
comportamiento de los parasaurios le resultó sumamente extraño. Mientras comían
se hallaban en formación defensiva, pero al moverse se habían dispuesto en
fila, lo cual alteraba la habitual agrupación de la manada y dejaba a los
animales individuales a merced de los depredadores. Sin embargo, se trataba
obviamente de un comportamiento organizado. Debían desplazarse en fila por
alguna razón. Pero, ¿cuál?
Una vez en la selva los animales empezaron a emitir bramidos de
corta duración. Levine se reafirmó en que debían de ser vocalizaciones para
transmitir la posición, quizá para que ningún miembro de la manada se perdiese
mientras cruzaban la selva, mientras se trasladaban de un sitio a otro.
Pero, ¿por qué se trasladaban? ¿Adónde iban? ¿Qué hacían?
Desde luego quedándose allí en la plataforma no lo averiguaría.
Escuchando los bramidos, vaciló por un instante. Después, dejándose llevar por
un impulso, levantó una pierna por encima de la baranda y se descolgó
rápidamente por el andamiaje.
CALOR
Sarah Harding sentía calor y humedad. Algo áspero, como papel de
lija, le rozó la cara. Al cabo de un instante volvió a notar en la mejilla esa
misma aspereza. Tosió. Le cayeron unas gotas en el cuello. Percibía un extraño
olor dulzón, como la cerveza fermentada africana. Oyó muy cerca un siseo grave.
Sintió de nuevo el áspero contacto, empezando en el cuello y siguiendo hacia la
mejilla.
Abrió lentamente los ojos y vio ante ella la cara de un caballo.
El ojo grande e inexpresivo de un caballo la miraba entre unas suaves pestañas.
El caballo le daba lametones. Resultaba casi agradable, pensó, casi
tranquilizador. Tendida boca arriba en el barro con un caballo...
No era un caballo.
De pronto advirtió que la cabeza era demasiado estrecha, el
hocico excesivamente alargado; las proporciones no se correspondían. Se volvió
para examinarlo con más detenimiento y vio una cabeza pequeña unida por un
cuello extraordinariamente robusto a un cuerpo macizo.
Se incorporó en el acto y quedó de rodillas en el barro.
— ¡Dios mío! — exclamó.
Sus bruscos movimientos sobresaltaron al enorme animal, que
resopló alarmado y se alejó despacio. Avanzó unos pasos por la orilla lodosa y
se volvió de nuevo, lanzándole una mirada de reproche.
Harding tenía ahora una perspectiva completa del animal: cabeza
pequeña, cuello grueso, cuerpo enorme y pesado, una doble hilera de placas
pentagonales a lo largo del lomo. Arrastraba la cola, formada por púas.
Harding parpadeó. No era posible.
Confusa y algo aturdida, buscó en la memoria el nombre de
aquella criatura, teniendo que remontarse hasta la infancia. Estegosaurio.
Era un estegosaurio.
En su asombro, recordó la habitación blanca del hospital donde
había visitado a lan Malcolm, quien, delirando, mencionaba los nombres de
varios dinosaurios. Harding siempre había albergado sospechas, pero incluso en
ese momento, hallándose ante un estegosaurio vivo, su reacción primera fue
pensar que se trataba de un truco. Sarah escudriñó al animal con los ojos
entornados, buscando la costura del disfraz, las articulaciones mecánicas bajo
la piel. Pero no las había, y la criatura se movía de un modo integrado,
orgánico. El estegosaurio pestañeó lentamente y se dio media vuelta. Se acercó
al agua y bebió a lametones con su lengua grande y áspera.
La lengua era de color azul oscuro.
¿Cómo era posible? ¿Azul oscuro de sangre venosa? ¿Era un animal
de sangre fría? No. Se movía con demasiada fluidez; poseía la serenidad — e
indiferencia— de una criatura de sangre caliente. Los lagartos y reptiles
siempre parecían pendientes de la temperatura de su entorno. Aquel animal no se
comportaba así ni remotamente. Permanecía en la sombra y bebía agua fría, ajeno
a todo.
Harding se miró la camisa y vio la saliva espumosa que le
resbalaba desde el cuello. Había babeado sobre ella. Tocó la sustancia con los
dedos. Estaba caliente.
Era en efecto un animal de sangre caliente. Un estegosaurio.
Harding lo observó con atención.
La piel del estegosaurio presentaba una textura granulada, pero
no escamosa como la de un reptil. Se semejaba más a la piel de un rinoceronte o
un jabalí verrugoso, salvo que no tenía pelos ni púas.
Se movía con lentitud. Ofrecía un aspecto apacible y un tanto
estúpido. Y a juzgar por su cabeza, pensó Harding, probablemente era estúpido.
La cavidad cerebral debía de ser mucho menor que la de un caballo, muy pequeña
para el peso del cuerpo.
Harding se puso de pie y gimió. Le dolía hasta el último músculo
y le temblaban las piernas. Tomó aire.
A unos metros de ella el estegosaurio se quedó inmóvil,
observando su apariencia en posición erguida. Al ver que no se movía, perdió el
interés y siguió bebiendo.
—¡Maldita sea! — dijo Harding.
Consultó el reloj. Era la una y media; el Sol continuaba
prácticamente en su cenit. No podía usar el Sol para orientarse y el calor era
intenso. Decidió que era mejor ponerse en marcha y buscar a Malcolm y Thorne.
Descalza, se vio obligada a andar rígidamente y los músculos le dolieron más
aún. Se encaminó hacia la selva, dejando atrás el río.
Pasada media hora empezó a acuciarla la sed, pero en la sabana
africana se había acostumbrado a estar sin agua largos períodos de tiempo.
Siguió caminando, indiferente a su propio malestar. Al llegar a lo alto de un
monte, encontró un paso de animales, un sendero ancho y lodoso que atravesaba
la selva. Por allí era más fácil andar. Quince minutos después oyó unos gañidos
nerviosos que provenían de más adelante. Le recordaron al sonido de los perros.
Avanzó con precaución.
Al cabo de un momento estalló un repentino fragor en la
espesura, procedente de varias direcciones y de pronto un animal lacertiforme,
de color verde oscuro, salió de entre el follaje a gran velocidad, gritó y
brincó sobre ella. Harding se agachó instintivamente, y cuando apenas se había
recuperado del sobresalto, apareció un segundo animal y pasó rápidamente junto
a ella. En cuestión de segundos se vio rodeada por una manada entera que corría
y emitía gañidos de terror. Un animal tropezó con ella y la derribó. Harding
cayó en el barro mientras otros animales saltaban y chocaban alrededor.
A un par de metros vio un árbol grande de ramas caídas. Sin
pensarlo dos veces se levantó, agarró la primera rama y trepó a ella. Consiguió
afianzarse en una posición segura en el preciso instante en que pasaba bajo el
árbol en persecución de las criaturas verdes un dinosaurio de otra clase, con
afiladas garras. Cuando el animal se alejó, pudo observar su cuerpo oscuro, de
un metro ochenta de altura y surcado de rayas rojizas como las de un tigre.
Poco después apareció un segundo animal rayado y luego un tercero; era toda una
manada de depredadores, que silbaban y gruñían mientras daban caza a los
dinosaurios verdes.
Después de tantos años dedicada a la investigación de campo,
casi instintivamente empezó a contar los animales que corrían bajo ella. Había
diez depredadores rayados, y eso despertó de inmediato su interés. No tenía
sentido, se dijo. Una vez que pasó el último depredador, saltó al suelo y
siguió a la manada. Por un instante pensó que era una imprudencia, pero se
rindió a la curiosidad. Subió por el sendero tras el rastro de los dinosaurios
atigrados, pero incluso antes de llegar a lo alto del monte adivinó por sus
gruñidos que ya habían capturado una presa. Desde lo alto observó cómo
devoraban al animal abatido.
En África nunca había visto nada igual. En la llanura de
Seronera el acto de comerse a la presa tenía su propia organización, bastante
previsible y casi majestuosa. Los depredadores mayores, leones o hienas, se
disponían alrededor del animal muerto, alimentándose junto con sus crías. A
cierta distancia aguardaban su turno los buitres y marabús, y aún más lejos,
moviéndose en círculo con gran cautela, se hallaban los chacales y otros
pequeños carroñeros. Los distintos animales devoraban diferentes partes del
cuerpo: las hienas y los buitres comían los huesos; los chacales mordisqueaban
el animal hasta dejarlo limpio de carne. Éstas eran las pautas establecidas, y
en consecuencia apenas se producían disputas por el alimento.
Allí, en cambio, se desplegaba ante sus ojos un verdadero caos,
un torbellino en torno de la comida. Los depredadores rayados se apiñaban sobre
el animal caído y arrancaban furiosamente trozos de carne, interrumpiéndose con
frecuencia para amenazarse y agredirse entre ellos. Se peleaban con auténtica
saña. Un depredador hincó los dientes al animal situado junto a él,
infligiéndole una profunda herida en un costado. De inmediato otros
depredadores intentaron morder al mismo animal, que retrocedió mal herido,
renqueando y sangrando. Una vez en la periferia del grupo, el animal herido se
desquitó asestando una dentellada en la cola a otra de las criaturas y
causándole también una grave herida.
Un ejemplar joven, aproximadamente la mitad de grande que los
otros, forcejeaba para alcanzar un trozo de carne. Los adultos, en vez de
abrirle paso, le gruñían y lo atacaban. A menudo el más joven estaba obligado a
saltar ágilmente hacia atrás y mantenerse a distancia de los afilados colmillos
de sus mayores. Harding no vio crías. Aquélla era una sociedad de adultos
brutales.
Observando a los enormes depredadores, embadurnados de sangre,
advirtió en sus costados y cuellos innumerables cicatrices. Sin duda eran
animales veloces e inteligentes, pero se peleaban sin cesar.
¿En esa línea había evolucionado su organización social? En tal
caso, era un fenómeno insólito.
Los animales de muchas especies pugnaban por la comida, el
territorio y el sexo, pero las disputas se limitaban normalmente a exhibiciones
de fuerza y agresiones rituales; rara vez terminaban en heridas de
consideración. Había excepciones, desde luego. Cuando los hipopótamos luchaban
por el dominio de un harén, a menudo herían de gravedad a otros machos. Pero
nada comparable a lo que Harding presenciaba en esos momentos.
Mientras observaba, el animal herido que había quedado al margen
del grupo se aproximó furtivamente y mordió a otro adulto. Éste gruñó y se
abalanzó sobre él, clavándole la larga garra. En un instante, el depredador
quedó destripado y salían por la ancha hendidura los bucles de intestino
blanco. El animal se desplomó aullando, e inmediatamente otros tres adultos
abandonaron la presa muerta, saltaron sobre el cuerpo caído de su congénere y
empezaron a desgarrar la carne del animal con una intensidad rapaz.
Harding cerró los ojos y se dio media vuelta. Aquél era un mundo
distinto, un mundo que no entendía. Desconcertada, bajó sigilosamente por la
ladera, procurando mantenerse alejada de los depredadores.
RUIDO
El Ford Explorer se deslizaba silenciosamente a través de la
selva, camino de la plataforma de observación. Seguía un paso de animales
abierto en la cresta de la montaña que dominaba el valle. Thorne, al volante,
comentó:
—Antes dijiste que sabías por qué se extinguieron los
dinosaurios...
—Sí, estoy casi seguro — afirmó Malcolm— . La situación básica
es bastante sencilla. — Cambió de posición en el asiento. — Los dinosaurios
aparecieron en el triásico, hace alrededor de doscientos veintiocho millones de
años, y proliferaron a lo largo de los períodos jurásico y cretácico. Fueron la
forma de vida dominante en el planeta durante cerca de ciento cincuenta
millones de años, que es mucho tiempo.
—Considerando que nosotros llevamos aquí sólo tres millones de
años — puntualizó Eddie.
—No nos agrandemos — corrigió Malcolm— . Ciertos simios
enclenques llevan aquí tres millones de años. Nosotros no. En este planeta
habitan seres humanos reconocibles sólo desde hace treinta y cinco mil años.
Ése es el tiempo que ha transcurrido desde que nuestros antepasados pintaban en
las cuevas de Francia y España para conjurar un resultado favorable en las
cacerías. Treinta y cinco mil años. En la historia de la Tierra eso no es nada.
Acabamos de llegar.
—Desde luego.
—Y naturalmente ya treinta y cinco mil años atrás provocábamos
la extinción de especies. Los cavernícolas cazaban tanto que empezaron a
extinguirse animales en varios continentes. Antes había leones y tigres en
Europa, y jirafas y rinocerontes en Los Ángeles. Hace diez mil años los
antepasados de los indios de Norteamérica acabaron con el mamut lanudo. Esta
tendencia humana no es nueva...
—Ian.
—Sí, así es, por más que los modernos ecologistas crean que es
una cosa de ahora...
—lan — volvió a interrumpirlo Thorne— . Estabas hablando de los
dinosaurios.
—Bien. Los dinosaurios. Decía que durante ciento cincuenta
millones de años los dinosaurios prosperaron de tal modo en este planeta que en
el cretácico existían veintiún grupos básicos distintos. Algunos grupos, como
los camarasaurios y los fabrosaurios habían muerto; pero la gran mayoría de los
dinosaurios perduraron a lo largo de todo el cretácico. Y de pronto, hace
sesenta y cinco millones de años, se extinguieron todos los grupos. Sólo
quedaron las aves. Así que la cuestión es... ¿Qué pasa?
—Pensaba que lo sabías — comentó Thorne.
— No. Me refiero a ese ruido. ¿No oyeron nada?
— No — contestó Thorne.
—Para — indicó Malcolm.
Thorne detuvo el vehículo y apagó el motor. Bajaron las
ventanillas y entró el calor del mediodía. Apenas se movía el aire.
Permanecieron atentos durante un rato.
—Yo no oigo nada — dijo Thorne con un gesto de indiferencia— .
¿Qué crees...?
—Chist — lo instó Malcolm. Ahuecó la mano en torno de la oreja
derecha y asomó la cabeza por la ventanilla, aguzando el oído. Al cabo de un
momento se acomodó de nuevo en el asiento. — Juraría que oí un motor.
—¿Un motor? ¿Un motor de combustión interna?
—Sí. — Malcolm señaló hacia el este. — Me pareció que venía de
allí.
Volvieron a escuchar atentamente, pero no oyeron nada. Thorne
movió la cabeza en un gesto de negación.
—Dudo mucho de que pueda haber un motor de nafta aquí, lan. No
hay posibilidad de recargar.
Sonó la radio.
—¿Doctor Malcolm? — Era Arby desde el trailer.
— Sí, Arby.
—¿Quién más está en la isla?
—¿A qué te refieres? — preguntó Malcolm.
—Encienda el monitor.
Thorne pulsó el interruptor de la pantalla incorporada al
tablero. Vieron la imagen de una de las cámaras de seguridad. Abarcaba una
escarpada y sombría ladera del angosto extremo oriental del valle. Una rama
próxima a la cámara obstruía en gran medida la visibilidad. Pero la imagen
permanecía quieta, silenciosa. No se advertían indicios de actividad.
—¿Qué ves, Arby? — Fíjense bien.
A través de las hojas Thorne vio por un instante una mancha
caqui. Cuando volvió a aparecer, se dio cuenta de que era una persona que
caminaba y se deslizaba por la empinada pendiente hacia el lecho del valle.
Tenía un cuerpo robusto y pequeño, y el pelo corto y oscuro.
—¡Será posible! — exclamó Malcolm con una sonrisa.
— ¿Sabes quién es? — inquirió Thorne.
—Claro. Es Sarah.
—Bueno, será mejor que vayamos por ella. — Thorne agarró el
micrófono de la radio y pulsó el botón. — Richard.
Levine no respondió.
— ¿Richard? ¿Me oyes? Siguió sin responder. Malcolm exhaló un
suspiro.
—Estupendo. No contesta. Probablemente se ha ido a dar un paseo.
Obsesionado con su investigación...
—Eso me temo — dijo Thorne— . Eddie, desengancha la motocicleta
y ve a ver en qué anda metido Levine ahora. Llévate un Lindstradt. Nosotros
vamos a buscar a Sarah.
EL CAMINO
Levine se adentró en la oscuridad de la selva por el paso de
animales. Los parasaurios lo precedían abriéndose paso ruidosamente entre los
helechos y las palmeras. Al menos ya entendía por qué habían formado fila: no
había otra manera de avanzar a través de la densa vegetación.
Seguían emitiendo ininterrumpidamente sus vocalizaciones pero,
como Levine advirtió, con un matiz distinto, más agudas, más nerviosas. Levine
apretó el paso, quitando de en medio húmedas hojas de palmera más altas que él.
Mientras escuchaba los bramidos de los animales, empezó a percibir un olor
característico, penetrante y agridulce. Tuvo la sensación de que el olor se
hacía más intenso a medida que avanzaba.
Sin duda algo ocurría más adelante. Las vocalizaciones de los
parasaurios se habían vuelto entrecortadas, casi como ladridos. Creyó adivinar
en ellas cierta inquietud. Pero, ¿qué podía inquietar a animales de tres metros
y medio de altura y nueve de longitud?
Lo venció la curiosidad. Se echó a correr por la selva,
apartando hojas y saltando sobre troncos caídos. Entre el follaje oyó una
especie de siseo, como una efusión de líquido, y entonces un parasaurio emitió
un bramido grave y prolongado.
Eddie Carr llegó en la motocicleta hasta la plataforma de
observación y se detuvo. Levine se había marchado. Examinó la tierra en torno
de la estructura y vio numerosas pisadas de animales. Eran huellas enormes, de
medio metro de diámetro, y penetraban en la selva por detrás de la plataforma.
Detectó también las marcas recientes de unas botas. Eran las
suelas de unas Asolo, sin duda las de Levine. En algunos sitios las huellas de
las botas se superponían al contorno de las pisadas de animal, lo cual
significaba que eran posteriores. Las huellas de las botas se dirigían también
hacia la selva.
Eddie Carr maldijo. Si algo no deseaba, era adentrarse en la
selva. Pero no le quedaba elección. Tenía que sacar de allí a Levine. Aquel
individuo, pensó, iba a convertirse en un auténtico problema. Eddie se descolgó
el rifle del hombro y lo colocó atravesado sobre el manubrio de la motocicleta.
A continuación hizo girar el arranque y penetró lentamente en la oscuridad.
Con el corazón martilleándole en el pecho por la emoción, Levine
apartó la última hoja y se detuvo de repente. Frente a él un parasaurio blandía
la cola. El animal se hallaba de espaldas a Levine y un grueso chorro de orina
salió a borbotones de su pubis posterior, salpicando el suelo. Levine
retrocedió de un salto para esquivar el chorro. Detrás del parasaurio más
cercano vio un claro abarrotado de patas de animal. Los parasaurios se habían
distribuido por el claro y orinaban juntos, hábito conocido como comportamiento
de letrina.
"Fascinante y totalmente inesperado", pensó Levine.
Muchos animales contemporáneos, incluidos los rinocerontes y los
ciervos, preferían evacuar en lugares determinados, y en muchos casos las
manadas lo hacían de manera coordinada. En general, el comportamiento de
letrina se consideraba un método para marcar el territorio. Pero al margen de
cuál fuese su verdadera función nadie había imaginado que los dinosaurios
actuasen de aquel modo.
Los parasaurios terminaron de orinar y cada uno sé desplazó unos
cuantos pasos de costado. En la nueva posición defecaron, también
simultáneamente. Cada parasaurio produjo un gran montón de excrementos de color
pajizo. A continuación cada animal emitía un bramido grave a la vez que
expulsaba una enorme cantidad de gases de un olor que recordaba al metano.
Detrás de Levine una voz susurró:
— Muy bonito.
Al volver la cabeza, vio a Eddie en la motocicleta. Se abanicaba
con una mano.
—Así que los dinosaurios se tiran pedos —comentó—. Mejor que no
encendamos aquí un fósforo o volaremos por los aires.
— ¡Chist! — le ordenó Levine furiosamente, y siguió observando
los parasaurios. No era momento de escuchar las impertinencias de un joven
necio y vulgar. Varios parasaurios agacharon la cabeza y empezaron a lamer los
charcos de orina, sin duda para recuperar los nutrientes perdidos, quizá la
sal, las hormonas o alguna sustancia estacional. O quizá...
Levine avanzó un poco más.
Era tan poco lo que sabían sobre aquellas criaturas. Ni siquiera
conocían los aspectos más elementales de sus vidas: cómo comían, cómo
evacuaban, cómo dormían, cómo procreaban. Un mundo entero de intrincadas pautas
de comportamiento se había desarrollado entre aquellos animales extinguidos
desde hacía tanto tiempo. Comprenderlas requeriría el esfuerzo de docenas de
científicos durante toda una vida. Pero eso probablemente no ocurriría. Sólo
podía aspirar a extraer unas cuantas conjeturas, algunas deducciones simples
que apenas traspasarían la superficie de sus complejas vidas.
Los parasaurios bramaron y se adentraron más aún en la selva.
Levine avanzó unos pasos con la intención de seguirlos.
—Doctor Levine — dijo Eddie en voz baja— . Suba a la moto. Ahora
mismo.
Levine no le hizo el menor caso. Cuando los parasaurios se
marcharon, docenas de minúsculos animales verdes saltaron al claro emitiendo un
curioso chirrido. Levine los identificó de inmediato: Procompsognathus
triassicus, unos pequeños carroñeros descubiertos en Baviera por Fraas en 1913.
Los contempló fascinado. Conocía bien aquellos pequeños dinosaurios, pero sólo
a partir de reconstrucciones, porque no se habían hallado esqueletos completos
en ningún lugar del mundo. Ostrom había llevado a cabo un exhaustivo estudio,
pero sólo disponía de un esqueleto fragmentario y en mal estado. En las
descripciones de Ostrom nada se decía sobre la cola, el cuello y los miembros
superiores. Sin embargo, allí estaban los procompsognátidos, plenamente
formados y activos, brincando por el claro como pollos. Mientras Levine los
observaba, empezaron a devorar los excrementos y a beber la orina que quedaba.
Levine arrugó la frente. ¿Era eso parte del comportamiento habitual de un
carroñero?
Levine no estaba seguro...
Se adelantó para examinarlo de cerca.
—¡Doctor Levine! — susurró Eddie.
Curiosamente los compis se comían sólo los excrementos recientes
y dejaban los restos secos diseminados por todo el claro. Cualesquiera que
fuesen los nutrientes que así obtenían, debían de encontrarse sólo en la
materia fecal reciente. Por lo tanto, probablemente se trataba de alguna
proteína u hormona que se degradaba con el tiempo. Levine consideró oportuno
tomar una muestra para análisis. Sacó una bolsa de plástico del bolsillo de la
camisa. Se movió entre los compis, aparentemente ajenos a su presencia.
Se agachó junto al montón de excrementos más cercano.
— ¡Doctor Levine — insistió Eddie.
Levine, enojado, volvió la cabeza, y en ese momento un compi
brincó hacia él y le mordió la mano. Otro le saltó al hombro y le mordió la
oreja. Levine gritó y se puso de pie. Los compis se escabulleron.
—¡Maldita sea! — exclamó.
Eddie se acercó con la motocicleta.
—Ya basta — dijo— . Suba de una vez. Nos vamos de aquí.
EL NIDO
El jeep Wrangler se detuvo. El sendero por el que habían llegado
seguía a través del follaje hasta un claro. Era un sendero ancho y lodoso,
abierto por enormes animales. En el barro vieron huellas grandes y profundas.
Desde el claro llegó un grave graznido, como el sonido de un
ganso gigante.
—Muy bien — dijo Dodgson— . Dame la caja.
King guardó silencio.
—¿Qué caja? — preguntó Baselton.
—A tu lado, en el asiento hay una caja negra y una batería —
indicó Dodgson— . Dámelas.
—¡Cómo pesa! — exclamó Baselton, gruñendo.
—Es por los imanes. — Dodgson se dio vuelta y agarró la caja,
que era de metal anodizado negro. Tenía el tamaño de una caja de zapatos pero
uno de sus extremos terminaba en un cono redondeado. Debajo llevaba montada una
empuñadura de pistola. Dodgson se prendió la batería del cinturón y la conectó
a la caja. A continuación sujetó la caja por la empuñadura. En la parte trasera
había un botón y un cuadrante graduado. — ¿Está cargada la batería?
—Sí — contestó King.
—Muy bien — dijo Dodgson— . Primero iré yo. Ajustaré la caja y
me desharé de los animales. Ustedes me siguen, y cuando se alejen los animales,
toman un huevo cada uno del nido y los traen al jeep. Yo seré el último en
volver, y entonces nos marcharemos. ¿Entendido?
—De acuerdo — asintió Baselton.
—Bien — convino King— . ¿Qué clase de dinosaurio hay ahí? — No
tengo la más remota idea — respondió Dodgson, saliendo del jeep— . Y da lo
mismo. Tú limítate a hacer tu parte. — Cerró la puerta con cuidado.
King y Baselton se bajaron sigilosamente y avanzaron por el
húmedo sendero. Sus pies chapoteaban en el barro. Del claro seguían llegando
graznidos. Dodgson tuvo la impresión de que se trataba de un gran número de
animales.
Apartó los últimos helechos y los vio.
Era una amplia área de nidificación con cuatro o cinco
montículos de tierra cubiertos de hierba cortada. Cada montículo medía unos dos
metros de diámetro y casi uno de altura. Alrededor de los nidos había veinte
adultos de color marrón claro, toda una manada de dinosaurios. Eran animales
enormes, de unos nueve metros de longitud y tres de altura. Todos graznaban y
resoplaban.
—¡Dios mío! — exclamó Baselton, contemplándolos asombrado. — Son
maiasaurios — susurró Dodgson— . Va a ser pan comido.
Los maiasaurios debían su nombre a Jack Horner. Antes de los
Hallazgos de Horner los científicos daban por sentado que los dinosaurios abandonaban
sus huevos, como la mayoría de los reptiles. Esta idea se correspondía con la
antigua imagen de los dinosaurios como criaturas de sangre fría. Se creía que,
al igual que los reptiles, eran animales solitarios; las pinturas murales de
los museos rara vez mostraban más de un ejemplar de cada especie: un
brontosaurio aquí, un estegosaurio o un triceratops allá, siempre vadeando las
aguas de un pantano. Sin embargo, las excavaciones de Horner en las tierras
yermas de Montana ofrecieron pruebas claras y contundentes de que por lo menos
una especie de hadrosaurios había desarrollado un comportamiento complejo en
relación con la nidificación y el cuidado de las crías. Horner se basó en ese
comportamiento, para darles un nombre a estas criaturas: maiasaurio significaba
"lagarto buena madre".
Al observarlos, Dodgson comprobó que efectivamente los
maiasaurios eran padres atentos; los grandes adultos se disponían alrededor de
los nidos y se movían con precaución para no pisar los montículos. Los
maiasaurios eran dinosaurios de pico de pato; tenían cabezas de gran tamaño con
un hocico ancho y plano que recordaba realmente el pico de un pato.
Arrancaban hierba con la boca y la colocaban sobre los huevos.
Como Dodgson sabía; era una manera de regular la temperatura de los huevos. Si
aquellos gigantescos animales se sentaran sobre ellos, los aplastarían; por lo
tanto, en lugar de empollarlos con su cuerpo, los cubrían de hierba para
concentrar el calor y mantenerlos a temperatura constante. Los animales
realizaban esta tarea ininterrumpidamente.
—Son descomunales — comentó Baselton.
—Son sólo vacas grandes — afirmó Dodgson. Si bien los
maiasaurios alcanzaban un extraordinario tamaño, eran herbívoros, y mostraban
la actitud dócil y un tanto estúpida de las vacas. — ¿Listos? Allá vamos.
Dodgson levantó la caja como un arma y salió al claro.
Contra sus previsiones, los maiasaurios no reaccionaron al
verlo. De hecho, siguieron actuando como si no hubiesen advertido siquiera su
presencia. Uno o dos adultos lo observaron con ojos inexpresivos y luego
desviaron la mirada. Continuaron depositando hierba sobre los huevos, que eran
blancos y esféricos y medían más o menos medio metro de diámetro,
aproximadamente el doble que un huevo de avestruz. Eran del tamaño de una
pelota de playa. Ningún animal había roto aún el cascarón.
King y Baselton salieron también de entre el follaje y se
colocaron junto a Dodgson.
—¡Qué raro! — dijo Baselton.
—Mejor para nosotros — repuso Dodgson. Y puso en marcha la caja.
Un silbido agudo y continuo llenó el claro. Los maiasaurios se
volvieron inmediatamente hacia el sonido, graznando y alzando la cabeza.
Parecían nerviosos, desconcertados. Dodgson hizo girar el botón y el silbido
aumentó de intensidad, alcanzando un volumen ensordecedor.
Los maiasaurios balancearon la cabeza y se apartaron del
penetrante sonido. Se amontonaron en un extremo del claro. Varios, asustados,
se orinaron. Algunos se adentraron en el follaje y abandonaron los huevos.
Estaban inquietos, pero se mantenían a distancia.
—Ahora — ordenó Dodgson.
King entró en el nido más cercano y levantó un huevo con un
gruñido. Apenas podía rodear con los brazos la enorme esfera. Los maiasaurios
graznaron al verlo, pero ningún adulto se atrevió a aproximarse. A continuación
Baselton entró en el nido, agarró un huevo y siguió a King hacia el jeep.
Dodgson retrocedió, apuntando a los adultos con la caja. Al
llegar al borde del claro la apagó.
Los maiasaurios regresaron al instante, emitiendo potentes y
repetidos graznidos. Pero de vuelta junto a los nidos parecieron olvidar lo que
acababa de ocurrir. En unos segundos dejaron de graznar y siguieron cubriendo
de hierba los huevos. No prestaron atención a Dodgson mientras se alejaba
camino del jeep.
"¡Animales estúpidos!", pensó mientras iba hacia el
vehículo. Baselton y King guardaban los huevos en grandes contenedores de
espuma, encajándolos cuidadosamente en el hueco. Los dos reían como niños.
—¡Increíble!
— ¡Genial! ¡Fantástico!
—¿Qué les había dicho? — preguntó Dodgson— . Que sería pan
comido. — Consultó el reloj. — A este paso terminaremos en menos de cuatro
horas.
Se sentó al volante y puso en marcha el motor. Baselton volvió a
la parte de atrás. King se acomodó en el asiento contiguo a Dodgson y miró el
mapa.
—El siguiente — dijo Dodgson.
LA PLATAFORMA DE
OBSERVACIÓN
—En serio, no es nada — aseguró Levine, malhumorado. Sudaba
copiosamente a causa del agobiante calor que se concentraba bajo el techo del
refugio. — Fíjate, ni siquiera ha traspasado la piel. — Tendió la mano. Se veía
un semicírculo rojo donde el compi le había hincado los dientes, pero eso era
todo.
—Sí, bueno, pero la oreja le sangra un poco — dijo Eddie, junto
a él.
—No siento nada. No puede ser grave.
—No, no es grave — confirmó Eddie, abriendo el botiquín— . Pero
será mejor que desinfectemos la herida.
—Prefiero seguir con mis observaciones — insistió Levine.
Los dinosaurios se hallaban a menos de quinientos metros de la
plataforma. Desde allí los veía bien. En el aire quieto del mediodía incluso
los oía respirar.
Los oía respirar.
O mejor dicho, los oiría si aquel joven lo dejara en paz.
—Oye — protestó Levine— , sé lo que hago. Interrumpiste el final
de un experimento muy interesante y provechoso. Había convocado a los
dinosaurios imitando su llamado y habían venido hacia mí.
— ¿De verdad? — dijo Eddie.
—Sí — afirmó Levine— . Eso los atrajo hacia el bosque. Así que
considero que tu ayuda es innecesaria.
—La cuestión es — explicó Eddie— que tiene mierda de dinosaurio
en la oreja y un par de pequeñas punzadas. Y ahora déjeme que se lo limpie. —
Empapó una gasa en desinfectante. — Es posible que le arda un poco.
—No me importa, tengo... ¡Ay!
—No se mueva — le pidió Eddie— . Enseguida termino.
— Esto está de más.
—Si se queda quieto un segundo, terminaremos antes. Ya está, muy
bien.
Eddie apartó la gasa. Estaba manchada de marrón con un ligero
rastro de sangre. Era una herida insignificante, como Levine imaginaba. Se
llevó la mano a la oreja y se tocó. No le dolía.
Levine contempló la llanura con los ojos entornados mientras
Eddie cerraba el botiquín.
—¡Dios, qué calor hace aquí! — comentó Eddie.
—Sí — asintió Levine con un gesto de indiferencia.
—Llegó Sarah Harding, y creo que la llevaron al trailer. ¿Quiere
volver conmigo?
—No veo por qué — contestó Levine.
— Pensaba que quizá le agradaría saludarla.
Mi trabajo está aquí — afirmó Levine. Se volvió y levantó los
prismáticos.
—Por lo tanto, ¿no quiere volver?
—Ni lo sueñes — repuso Levine, mirando por los prismáticos— . No
me marcharé de aquí ni en un millón de años. Ni en sesenta y cinco millones de
años.
EL TRAILER
Kelly Curtis oía el sonido de la ducha. Le costaba creerlo.
Contempló la ropa manchada de barro dejada en la cama descuidadamente. Un
pantalón corto y una camisa de manga corta de color caqui.
La auténtica ropa de Sarah Harding.
No pudo contenerse. Alargó el brazo y la tocó. Notó que la tela
estaba gastada y deshilachada. Los botones habían sido cambiados y no hacían
juego. Cerca del bolsillo vio unas rayas rojizas que podían ser antiguas
manchas de sangre.
—¿Kelly?
Sarah la llamaba desde la ducha. "Recuerda mi nombre."
—¿Sí? — contestó Kelly con una voz que delató su nerviosismo.
— ¿Hay champú?
—Voy a ver, doctora Harding — dijo Kelly, y empezó a abrir
cajones atropelladamente. Los hombres habían salido al compartimento contiguo
para dejarla sola con Sarah mientras se duchaba. Kelly buscó desesperadamente,
abriendo cajones y cerrándolos con fuerza.
—Si no encuentras, me da igual — desistió Sarah.
— Lo estoy buscando...
—¿Hay detergente?
Kelly se quedó callada por un instante. junto a la pileta había
una botella verde de plástico.
—Sí, doctora Harding, pero...
—Dámelo. Es todo lo mismo. No me importa. — Asomó la mano por la
cortina de la ducha. Kelly le entregó el jabón.
— Ah, y me llamo Sarah.
—Bien, doctora Harding.
— Sarah.
—De acuerdo, Sarah.
"Sarah Harding es una persona como cualquier otra. Muy
informal y normal."
Extasiada, Kelly se sentó en el banco de la cocina y esperó
balanceando los pies por si la doctora Harding — Sarah— necesitaba algo más. Oyó que Sarah tarareaba I’m Gonna Wash
That Man Right Out of My Hair. Al cabo de unos minutos se
interrumpió el sonido de la ducha y Sarah alargó el brazo para descolgar la
toalla. Un instante después salió envuelta en la toalla.
Sarah se sacudió el pelo, al parecer la única atención que
dedicaba a su aspecto.
—Mucho mejor. ¡Qué lujo de trailer! Doc ha hecho un trabajo
excelente.
—Sí — asintió Kelly— . Está muy bien.
Sarah le sonrió.
—¿Qué edad tienes, Kelly?
— Trece años.
—Y eso es... ¿qué grado?
— Séptimo — respondió Kelly.
— Séptimo grado — repitió Sarah pensativamente.
—El doctor Malcolm dejó ropa para ti — informó Kelly, señalando
una remera y un pantalón corto limpios— . Cree que te vendrá bien.
—¿De quién es?
—De Eddie, me parece. Sarah tomó la ropa.
—Servirá. — Se fue a un rincón y empezó a vestirse. — ¿Qué te
gustaría ser cuando seas grande?
—No lo sé — contestó Kelly.
— Buena respuesta.
—¿Sí? — preguntó Kelly. Su madre insistía continuamente en que
buscase un empleo de medio día para ir decidiendo qué deseaba ser en la vida.
—Sí — afirmó Sarah— . Ninguna persona inteligente sabe a qué
quiere dedicarse hasta los veinte o treinta años.
—¡Vaya!
—¿Qué materia te gusta más?
—Bueno... en realidad las matemáticas — respondió con cierto
tono de culpabilidad.
Sarah debió de advertirlo, porque inquirió:
— ¿Qué problema hay con las matemáticas?
—Bueno, las chicas no somos muy buenas para eso, ya sabes.
— No, no sé — replicó Sarah con voz inexpresiva.
Kelly se sobresaltó. Había comenzado a notar que entre ella y
Sarah Harding fluía una sensación de afecto, pero de pronto tuvo la impresión
de que se disolvía, como si, ante la desaprobación de un profesor, hubiese dado
una respuesta incorrecta. Optó por callarse. Aguardó en silencio.
Un momento después Sarah se acercó de nuevo, vestida ya con la
holgada ropa de Eddie. Se sentó para calzarse un par de botas. Se movía de un
modo normal, sin la menor afectación.
—¿Qué quiere decir eso de que las chicas no son buenas para las
matemáticas?
—Bueno, eso es lo que dice todo el mundo — adujo Kelly.
— ¿Quién es todo el mundo?
—Mis profesores. Sarah lanzó un suspiro.
—¡Magnífico! — exclamó, moviendo la cabeza en un gesto de
incredulidad— . Tus profesores...
—Y los otros chicos me llaman sabionda o agrandada. Cosas así.
Ya sabes.
Kelly hablaba sin pensar. No podía creer que estuviese
contándole eso a Sarah Harding, a quien apenas conocía salvo por sus artículos
y fotografías. Sin embargo, allí estaba, compartiendo con ella sus problemas
personales, todo aquello que tanto la preocupaba. Sarah sonrió jovialmente.
—Si dicen eso, debes de ser un verdadero genio de las
matemáticas, ¿no?
—Supongo que sí.
—Eso es estupendo, Kelly — aseguró Sarah con una sonrisa.
— Pero a los chicos no les gustan las chicas demasiado
inteligentes.
—¿Te parece? — preguntó Sarah, arqueando las cejas.
— Bueno, eso dice la gente...
—¿Qué gente?
—Mi madre, sin ir más lejos.
—Ya veo. Y probablemente ella sabe lo que dice.
— No lo sé — admitió Kelly— . La verdad es que mi madre sólo
sale con imbéciles.
—O sea, que podría estar equivocada — afirmó Sarah, mirando a
Kelly mientras se ataba los cordones.
—Es posible.
—Por mi experiencia me consta que a unos hombres no les gustan
las mujeres inteligentes y a otros sí. Es como todo en este mundo. ¿Te suena
George Schaller?
—Claro. El que estudió los pandas.
—El mismo. Los pandas, y antes de eso las onzas, los leones y
los gorilas. En el campo de la zoología es el investigador más importante del
siglo XX, ¿y sabes cómo trabaja?
Kelly negó con la cabeza.
—Antes de iniciar una investigación de campo George lee todo lo
que se ha escrito sobre el animal que se propone estudiar. Libros de
divulgación, artículos de prensa, informes científicos, todo. Luego se marcha y
observa al animal con sus propios ojos. ¿Y sabes qué descubre normalmente?
Kelly volvió a negar con la cabeza, demasiado insegura de sí
misma para hablar.
—Que casi todo lo que se había escrito o dicho era incorrecto.
Como con el gorila. George estudió los gorilas de montaña diez años antes de
que a Dian Fossey se le ocurriese siquiera. Y se encontró con que todas las
opiniones que circulaban sobre los gorilas eran exageraciones, errores o
simples fantasías, como la idea de que no podían participar mujeres en las
expediciones para el estudio de los gorilas porque éstos las violarían. Falso.
Todo falso. — Sarah terminó de atarse las botas y se levantó. — Así que, Kelly,
aunque todavía eres muy joven, debes saber una cosa: durante toda tu vida oirás
hablar a la gente, y la mayoría de las veces, probablemente el noventa y cinco
por ciento de las veces, lo que la gente te diga será falso.
Kelly siguió en silencio. Aquella afirmación le resultaba
desalentadora.
—Es un hecho — afirmó Sarah— . Los seres humanos acumulan
información errónea, así que es difícil saber a quién creerle. Entiendo cómo te
sientes.
—¿En serio?
—Claro. Mi madre siempre me decía que no llegaría a nada en la
vida. — Sonrió. — Y lo mismo pensaban algunos de mis profesores.
—¿De verdad? — A Kelly le parecía imposible.
— Sí. En realidad...
En la otra sección del trailer oyeron decir a Malcolm:
— ¡No! ¡No! ¡Esos idiotas van a echarlo todo a perder!
Sarah se dio media vuelta y pasó de inmediato al otro
compartimento. Kelly se levantó de un salto y corrió tras ella.
Los hombres se apretujaban en torno del monitor. Hablaban todos
a la vez, visiblemente alterados.
—¡Es un desastre! — exclamó Malcolm— . ¡Un desastre!
— ¿Es un jeep eso? — preguntó Thorne.
—Traían un jeep rojo — informó Harding, acercándose a mirar.
— Entonces es Dodgson — afirmó Malcolm— . ¡Maldita sea!
— ¿Qué hace aquí?
—Me lo imagino.
Kelly se abrió paso para echar una ojeada al monitor. En la
pantalla vio vegetación y un vehículo rojo y blanco que aparecía de manera
intermitente entre las hojas.
—¿Dónde están ahora? — preguntó Malcolm a Arby.
—Creo que en la parte este del valle — respondió Arby— . Cerca
de donde encontramos al doctor Levine.
Se oyó el chasquido de la radio.
—¿Quieren decir que hay más gente en la isla? — inquirió la voz
de Levine.
—Sí, Richard.
—Más vale que los detengan antes de que lo estropeen todo.
— Ya lo sé. ¿Quieres volver?
—No sin una razón de peso. Infórmenme en caso de que la haya —
contestó, y cortó la transmisión.
Harding miró la pantalla, prestando atención al jeep.
—Son ellos, sin duda — declaró— . Ése es tu amigo Dodgson.
— No es mi amigo — replicó Malcolm. Al levantarse asomó a su
rostro una mueca de dolor a causa de la pierna. — Vámonos. Tenemos que detener
a esos hijos de puta. No hay tiempo que perder.
EL NIDO
El jeep Wrangler rojo se detuvo suavemente. justo adelante se
alzaba una tupida pared de follaje por la que se filtraba la luz del claro
situado detrás.
Dodgson permaneció en silencio dentro del jeep, aguzando el
oído. King volvió la cabeza hacia él e hizo ademán de hablar, pero Dodgson le
indicó que se callara.
De pronto oyó con nitidez un ligero gruñido, casi un ronroneo.
Procedía del otro lado del follaje y sonaba como un gigantesco gato montés. Y
de manera intermitente percibió una leve vibración, mínima pero suficiente para
que las llaves del jeep oscilasen, tintineando contra la columna de dirección.
Mientras sentía la vibración, cayó en la cuenta: "Está caminando".
Era un animal enorme y caminaba.
junto a él, King miraba al frente boquiabierto. Dodgson se
volvió y advirtió que, en la parte trasera, el profesor Baselton se aferraba al
asiento con los dedos blancos y escuchaba el sonido.
Ante ellos una sombra se desplazó sobre los helechos. A juzgar
por la sombra, era un animal de seis metros de altura y doce de longitud.
Andaba sobre las patas traseras y tenía el cuerpo voluminoso, el cuello corto y
la cabeza grande.
Un tiranosaurio.
Dodgson contempló la sombra indeciso. El corazón le saltaba en
el pecho. Se planteó la posibilidad de ir al siguiente nido, pero estaba
convencido de que la caja volvería a surtir efecto.
—Acabemos con esto cuanto antes — decidió— . Dame la caja.
Baselton se la entregó tal como había hecho antes.
—¿Están cargadas las baterías?
— Sí — confirmó King.
—Muy bien — dijo Dodgson— . Allá vamos. Todo igual que antes. Yo
voy primero, ustedes me siguen y traen los huevos al jeep. ¿Preparados?
—Preparado — afirmó Baselton.
King no contestó. Seguía con la mirada fija en la sombra.
— ¿Qué clase de dinosaurio es ése?
—Un tiranosaurio.
—¡Dios mío! — exclamó King.
—¿Un tiranosaurio? — repitió Baselton.
—¿Qué importa si es uno u otro? — repuso Dodgson, irritado— .
Basta con atenerse al plan, como antes. ¿Listos?
—Un momento — rogó Baselton.
— ¿Y si no funciona? — inquirió King.
—Ya sabemos que funciona — adujo Dodgson.
— Recientemente se hizo público un dato curioso sobre el
tiranosaurio — explicó Baselton— . Un paleontólogo llamado Roxton realizó un
estudio sobre la cavidad cerebral del tiranosaurio y llegó a la conclusión de
que su cerebro no difería mucho del de la rana, aunque era mucho mayor. De eso
se desprende que el sistema nervioso del tiranosaurio está adaptado sólo al
movimiento. Si estás quieto, no te ve. Para ellos cualquier objeto inmóvil es
invisible.
— ¿Estás seguro? — preguntó King.
—Eso sostenía el informe, y tiene sentido. No olvidemos que los
dinosaurios, pese a su intimidador tamaño, poseían una inteligencia bastante
primitiva. No deja de ser lógico que un tiranosaurio tuviese el cerebro de una
rana.
—No veo por qué tenemos que precipitarnos — comentó King,
nervioso— . Es mucho más grande que los anteriores.
—¿Y qué? — replicó Dodgson— . Ya oíste a George. No es más que
una rana gigante. Terminemos de una vez. Salgan del jeep. Y cierren las puertas
con cuidado.
Al recordar ese insignificante artículo, George Baselton se
había sentido muy satisfecho y seguro de sí mismo. Había desempeñado su papel
habitual: proporcionar información a quienes carecían de ella. Sin embargo,
cuando se acercaba al nido, advirtió con consternación que le temblaban las
rodillas. Se mordió el labio y se esforzó por controlarse. No estaba dispuesto,
se dijo, a, exteriorizar su miedo. Era dueño de la situación.
Dodgson se encaminaba ya hacia el nido, sujetando la caja negra
como una pistola. Baselton observó a King, que se había quedado blanco como el
papel y sudaba profusamente. Avanzaba a paso lento y parecía a punto de
desmayarse. Baselton caminó junto a él, asegurándose de que se encontraba bien.
Dodgson echó un último vistazo atrás e indicó a Baselton y King
que se apresurasen. Les lanzó una mirada feroz y atravesó el follaje. Baselton
vio al tiranosaurio. ¡No, había dos! Flanqueaban un montículo de barro. Eran
dos adultos: seis metros de altura, poderosos, erguidos sobre las patas
traseras, piel de color rojo oscuro, fauces imponentes. Al igual que los
maiasaurios, miraron a Dodgson por un momento con expresión estúpida, como
asombrados de ver a un intruso. Pero de inmediato prorrumpieron en rugidos de
furia, rugidos increíblemente atronadores.
Dodgson levantó la caja y apuntó hacia los animales. Al instante
el silbido agudo y continuo inundó el claro.
En respuesta los tiranosaurios rugieron, agacharon la cabeza,
alargaron el cuello y lanzaron dentelladas al aire, dispuestos para atacar.
Eran enormes y el sonido no los intimidaba. Empezaron a rodear el montículo,
avanzando hacia Dodgson. La tierra temblaba a cada paso que daban.
—¡Carajo! — exclamó King.
Sin embargo, Dodgson conservó la calma e hizo girar el botón de
la caja. Baselton se cubrió las orejas con las manos.
El silbido aumentó de intensidad, alcanzando un volumen
doloroso. La reacción no se hizo esperar: los tiranosaurios retrocedieron como
si hubiesen recibido un golpe físico. Agacharon la cabeza y parpadearon a un
ritmo frenético. El sonido parecía vibrar en el aire. Volvieron a rugir pero
más débilmente, sin convicción. En el nido de barro se oía un terrible
griterío.
Dodgson siguió adelante, apuntando directamente a los animales
con la caja. Los tiranosaurios recularon, mirando alternativamente a Dodgson y
al nido. Sacudían la cabeza de arriba abajo como si intentasen destaparse los
oídos. Dodgson, sereno, ajustó de nuevo el botón de la caja y subió el volumen.
Ahora el silbido era insoportable.
Dodgson empezó a ascender por el montículo de barro. Baselton y
King treparon tras él atropelladamente. Al mirar en el interior del nido,
Baselton vio cuatro huevos blancos moteados y dos crías semejantes a grandes
pavos desplumados o, en todo caso, pollos gigantes. Los dos tiranosaurios
permanecían al borde del claro, mantenidos a raya por el sonido. Al igual que
los maiasaurios, se orinaron de terror. Pateaban con fuerza, pero no se
acercaban.
Por encima del ensordecedor silbido de la caja, Dodgson gritó:
— ¡Agarren los huevos!
King, aturdido, entró tambaleándose en el nido y tomó el huevo
más cercano. Trató de levantarlo entre sus brazos trémulos, pero se le resbaló.
Volvió a agarrarlo y retrocedió torpemente. Pisó la pata de una cría, y ésta
gritó de miedo y dolor.
Ante los alaridos de la cría los adultos trataron de avanzar de
nuevo. King salió apresuradamente del nido y desapareció entre el follaje.
Baselton lo vio marcharse.
—¡George, agarra el otro huevo! — ordenó Dodgson, apuntando aún
a los tiranosaurios con la caja.
Baselton se volvió hacia los tiranosaurios adultos y, viendo su
ansiedad y su rabia, viendo sus fauces abrirse y cerrarse, presagió que con
sonido o sin él aquellos animales no consentirían que nadie más irrumpiese en
el nido. King había tenido suerte, pero Baselton presintió que él no la
tendría.
—¡George, ahora!
—¡No puedo! — respondió Baselton.
— ¡Qué imbécil!
Manteniendo en alto el arma, Dodgson se dispuso a entrar él
mismo en el nido. Pero al bajar se dobló por la cintura y se desconectó la
batería.
El sonido cesó repentinamente y en el claro reinó el silencio.
Baselton gimió.
Los tiranosaurios sacudieron la cabeza una última vez y
rugieron. Baselton vio que Dodgson se quedaba rígidamente quieto, como
paralizado. Baselton también permaneció inmóvil. De algún modo logró que su
cuerpo le obedeciese, que sus rodillas dejasen de temblar. Contuvo la
respiración.
Y aguardó.
Al otro lado del claro los tiranosaurios comenzaron a moverse
hacia él.
—¿Qué hacen? — preguntó Arby en el trailer. Estaba tan cerca del
monitor que casi rozaba la pantalla. — ¿Están locos? Se han quedado ahí
quietos.
Kelly, junto a él, guardó silencio y siguió con la mirada fija
en la pantalla.
—¿Ahora también te gustaría estar ahí afuera, Kel? — dijo Arby.
— ¡Cállate! — replicó Kelly.
—No, no están locos — contestó Malcolm por la radio, sin apartar
la vista del monitor instalado en el tablero. El Explorer traqueteaba camino
abajo hacia el sector oriental de la isla. Thorne conducía. Sarah y Malcolm
ocupaban el asiento trasero.
—Tendría que intentar poner otra vez en marcha ese aparato —
indicó Sarah— . ¿Realmente van a quedarse ahí parados?
—Sí — respondió Malcolm.
— ¿Por qué?
—Porque están mal informados — explicó Malcolm.
DODGSON
Dodgson veía aproximarse al primer tiranosaurio. Pese a su gran
tamaño eran animales cautelosos. Sólo uno de los adultos se aproximaba hacia
ellos, y aunque cada pocos pasos se detenía a rugir ferozmente, no parecía muy
confiado, como si lo desconcertase el hecho de que los dos hombres
permaneciesen allí inmóviles. O quizá no los veía. Quizás él y Baselton habían
desaparecido de su campo de visión.
El otro adulto se quedó atrás, al otro lado del nido,
balanceando y agachando la cabeza, nervioso.
Nervioso pero sin intención de atacar.
Los rugidos del dinosaurio que se aproximaba eran aterradores,
escalofriantes. Dodgson no se atrevía a mirar a Baselton, sólo a unos metros de
él. Probablemente Baselton estaba meándose en los pantalones en ese preciso
momento, pensó Dodgson. De todos modos se mantenía firme y no caía en la
tentación de echarse a correr. Si corría era hombre muerto. Si se quedaba
totalmente quieto, no pasaría nada.
Con el cuerpo rígido, Dodgson sostenía la caja de metal
anodizado en la mano izquierda a la altura de la cadera, cerca de la hebilla
del cinturón. Con la mano derecha tiró muy lentamente del cable de la batería.
En unos instantes el enchufe llegaría a su mano y volvería a conectarlo en la
caja.
Mientras tanto no apartaba la vista del tiranosaurio que se
acercaba. Sentía que la tierra se sacudía bajo sus pies. Oía los chillidos de
la cría que King había pisado. Ese sonido parecía molestar a los padres,
parecía excitarlos.
No importaba. Unos segundos más y enchufaría otra vez la
batería. Y entonces...
El tiranosaurio se encontraba ya muy cerca. Dodgson percibía el
olor pútrido del carnívoro. El animal rugió, y Dodgson sintió su aliento tibio.
Estaba justo al lado de Baselton. Dodgson giró mínimamente la cabeza y miró.
Baselton se hallaba absolutamente inmóvil. El tiranosaurio se
acercó aún más y bajó la enorme cabeza. Resopló ante Baselton. A continuación
alzó la cabeza como sorprendido.
"Realmente no lo ve", pensó Dodgson.
El tiranosaurio lanzó un fiero rugido, pero Baselton no se
movió. El tiranosaurio se inclinó de nuevo, abriendo y cerrando las fauces.
Baselton mantuvo la mirada al frente sin pestañear. Acercando su enorme nariz
acampanada, el tiranosaurio lo olfateó, y con la prolongada y ruidosa
aspiración las piernas de los pantalones de Baselton se agitaron.
Después el tiranosaurio, vacilante, empujó a Baselton con el
hocico. Y en ese momento Dodgson se dio cuenta de que el animal sí lo veía.
Acto seguido el tiranosaurio, con un vaivén de cabeza, golpeó a Baselton en el
costado y lo derribó sin mayor problema. Baselton gritó al ver que el inmenso
pie del tiranosaurio descendía sobre él y lo sujetaba al suelo. Mientras
vociferaba y agitaba los brazos, la cabeza del animal bajó con la boca abierta
y se cerró sobre su brazo. Fue un movimiento suave, casi delicado, pero al
instante siguiente la cabeza se alzó bruscamente, con un violento tirón,
desgarrando el cuerpo. Dodgson oyó un alarido y vio que algo pequeño y flácido
colgaba entre las fauces del tiranosaurio, y advirtió que era el brazo de
Baselton. La mano se balanceaba inerte y la malla metálica del reloj
resplandecía bajo el enorme ojo del animal.
Baselton gritaba, con un chillido monocorde y continuo, y
Dodgson, oyéndolo, sintió un sudor frío en todo el cuerpo. De inmediato se dio
media vuelta y empezó a correr hacia el jeep, de vuelta a la seguridad, de
vuelta a cualquier cosa.
Corrió.
Kelly y Arby desviaron la vista del monitor simultáneamente.
Kelly sintió náuseas. Era incapaz de mirar, pero por la radio continuaban
oyéndose los gritos del hombre que yacía de espaldas mientras el tiranosaurio
lo descuartizaba.
—Apágalo — suplicó Kelly.
Al cabo de un momento el sonido cesó. Kelly suspiró y hundió los
hombros.
—Gracias.
—Yo no hice nada — respondió Arby.
Kelly echó un vistazo a la pantalla y volvió a apartar la mirada
de inmediato. El tiranosaurio desgarraba algo rojo con los dientes. Kelly se
estremeció.
En el trailer reinaba el silencio. Kelly oyó el leve ruido de
los contadores electrónicos y el zumbido de las bombas de agua instaladas bajo
el suelo. De afuera llegaba el suave rumor de la hierba agitada por el viento.
Súbitamente Kelly se sintió muy sola y aislada en aquella isla.
—Arby, ¿qué vamos a hacer?
Arby no contestó.
Se levantó y corrió hacia el baño.
—Lo sabía — se lamentó Malcolm, mirando el monitor del tablero—
. Sabía que ocurriría algo así. Han intentado robar los huevos. ¡Y ahora,
fíjense, los tiranosaurios se van! ¡Los dos! — Pulsó el botón de la radio. —
Arby. Kelly. ¿Están ahí?
—No podemos hablar — dijo Kelly.
El Explorer siguió descendiendo por la ladera en dirección al
nido de tiranosaurio. Thorne sujetaba con fuerza el volante.
— ¡Qué horror! — exclamó.
—Kelly. ¿Me escuchas? No vemos qué está pasando. ¡Los
tiranosaurios han abandonado el nido! ¿Kelly? ¿Qué pasa?
Dodgson corrió a toda prisa hacia el jeep. La batería se
desprendió de su cinturón y cayó al suelo, pero no le importó. Vio a King,
pálido y tenso, que esperaba junto al jeep.
Dodgson se sentó al volante y encendió el motor. Los
tiranosaurios rugieron.
—¿Dónde está Baselton? — preguntó King.
— No pudo escapar — contestó Dodgson.
— ¿Qué quieres decir?
¡Quiero decir que no pudo escapar, y punto! — gritó Dodgson, y
arrancó bruscamente. El jeep empezó a subir por la cuesta tambaleándose. Oyeron
los rugidos de los tiranosaurios tras ellos.
King, con el huevo entre los brazos, miró hacia atrás.
— Quizá deberíamos deshacernos de esto — sugirió.
— ¡Ni se te ocurra! exclamó Dodgson.
King comenzó a bajar la ventanilla.
— Quizá sólo quieran recuperar el huevo.
—No — dijo Dodgson— . ¡No! Alargó el brazo hacia el asiento
contiguo y forcejeó con King mientras conducía. El sendero era estrecho y tenía
profundos baches. El jeep se sacudía de un lado a otro.
De pronto uno de los tiranosaurios salió de entre los árboles y,
gruñendo, se plantó ante ellos en el camino.
—¡Dios mío! exclamó Dodgson, pisando el freno. El jeep se
deslizó vertiginosamente sobre el barro hasta detenerse.
El tiranosaurio avanzó hacia ellos rugiendo.
— ¡Da la vuelta! — indicó King— . ¡Da la vuelta!
Dodgson, en lugar de dar la vuelta, dio marcha atrás y pisó el
acelerador. El vehículo salió disparado por el estrecho camino.
— ¡Estás loco! — gritó King— . ¡Nos vamos a matar!
Dodgson alargó el brazo y golpeó a King.
— ¡Cállate de una vez!
Maniobrar marcha atrás por aquel sinuoso camino requería toda su
atención. Aun yendo a máxima velocidad, estaba seguro de que el tiranosaurio
los alcanzaría. No iba a funcionar. Se encontraban en un jeep de mierda con una
capota de tela de mierda e iban a terminar muertos...
—¡Cuidado! — advirtió King.
Detrás apareció el segundo tiranosaurio, que arremetía contra
ellos. Dodgson miró al frente. El primer tiranosaurio avanzaba implacablemente.
Estaban atrapados.
Aterrorizado, dio un golpe de volante y el jeep salió del
camino, retrocediendo entre la densa maleza y los árboles. De repente Dodgson
sintió un sacudón. El vehículo se inclinó peligrosamente por la parte
posterior, y Dodgson comprendió que las ruedas traseras colgaban al borde de un
precipicio. Pisó desesperadamente el acelerador, pero las ruedas giraban en el
aire. Era inútil. Y lentamente el jeep empezó a resbalar hacia atrás,
hundiéndose más y más en un follaje tan denso que impedía toda visibilidad. Junto
a él, King sollozaba. Oyó los rugidos de los tiranosaurios, ya muy cerca.
Dodgson abrió la puerta del jeep y saltó al vacío. Se precipitó
a través del follaje, chocó contra el tronco de un árbol y rodó por una
empinada pendiente. En algún momento sintió un fuerte golpe en la frente y vio
estrellas hasta que, instantes después, lo envolvió la oscuridad y perdió el
conocimiento.
LA DECISIÓN
Permanecían en el interior del Explorer, detenidos en lo alto
del monte que dominaba la parte oriental del valle. Llevaban las ventanillas
abiertas y oían los rugidos de los tiranosaurios, que se movían ruidosamente
entre la vegetación.
—Los dos abandonaron el nido — comentó Thorne.
—Sí — asintió Malcolm con un suspiro— . Esos individuos deben de
haberse llevado algo.
Guardaron silencio durante un rato y escucharon atentamente.
Oyeron un suave zumbido, y al cabo de un momento llegó Eddie en la moto.
—Pensé que podrían necesitar ayuda. ¿Van a bajar hasta el nido?
Malcolm negó con la cabeza y dijo:
—No, ni hablar. Es demasiado peligroso; no sabemos dónde están.
—¿Por qué se quedó Dodgson inmóvil? — preguntó Sarah Harding— .
Ésa no es la manera de actuar ante depredadores. Si uno se encuentra rodeado de
leones, tiene que hacer mucho ruido, agitar las manos y lanzarles cosas. En
fin, intentar asustarlos. Uno no se queda ahí parado.
—Probablemente había leído el artículo que no debía— observó
Malcolm— . Circula la teoría de que los tiranosaurios sólo ven el movimiento.
Un tal Roxton reprodujo mediante moldes la cavidad cerebral del rex y llegó a
la conclusión de que los tiranosaurios poseían el cerebro de una rana.
La radio volvió a sonar.
—Roxton creyó que los tiranosaurios estaban dotados de un
sistema visual comparable al de un anfibio, al de una rana — explicó Levine— .
Y una rana ve el movimiento pero no la inmovilidad. Sin embargo, es imposible
que un depredador como el tiranosaurio tuviese un sistema visual de esas
características. Absolutamente imposible, porque la defensa más común de una
presa es adoptar una postura totalmente estática. Un ciervo o algún otro animal
semejante se queda quieto en cuanto percibe el peligro. Un depredador tiene que
ser capaz de verlos se muevan o no. Y naturalmente el tiranosaurio podía
hacerlo. — Levine lanzó un bufido de disgusto. — Es como esa otra estúpida
teoría de que los tiranosaurios podían desorientarse a causa de una lluvia
torrencial, porque no estaban adaptados a los climas húmedos. La formuló Grant
hace unos años. Eso también es absurdo. El cretácico no fue un período
especialmente seco. Y en todo caso los Tyrannosaurus rex son animales de
Norteamérica; sólo se han hallado restos en Estados Unidos y Canadá. Los
tiranosaurios vivían en las orillas del gran mar interior, al este de las
montañas Rocosas. En las vertientes montañosas se producen muchas tormentas.
Estoy convencido de que los tiranosaurios vieron mucha lluvia y desarrollaron
mecanismos para protegerse de ella.
—¿Existe alguna razón por la que un tiranosaurio no atacase a
alguien? — inquirió Malcolm.
—Sí, claro — contestó Levine— . La más evidente.
— ¿Cuál?
—Que no tuviese hambre. Que acabara de devorar a otro animal.
Cualquier cosa mayor que una cabra aplacaría su hambre durante unas horas. El
tiranosaurio ve perfectamente todos los objetos, tanto si se mueven como si
están quietos.
Oyeron los rugidos procedentes del valle y vieron agitarse el
follaje unos quinientos metros al norte. Más rugidos. Probablemente los dos
tiranosaurios estaban comunicándose.
—¿Qué armas llevamos? — preguntó Sarah Harding.
—Tres Lindstradts con toda su carga — respondió Thorne. — Bien —
dijo Sarah— , vamos a bajar.
Se oyó el chasquido de la radio.
—Yo no estoy ahí, pero en su lugar esperaría — aconsejó Levine.
— ¡Nada de esperar! — repuso Malcolm— . Sarah tiene razón.
Bajemos a verificar la magnitud del desastre.
—Se está cavando la tumba — presagió Levine.
Arby volvió, a sentarse ante el monitor, secándose la barbilla.
Todavía estaba pálido.
—¿Qué hacen ahora? — quiso saber.
—El doctor Malcolm y los demás se dirigen hacia el nido —
respondió Kelly.
—¿En serio? — dijo Arby, alarmado.
—No te preocupes. Sarah controla la situación.
— ¡Qué optimista! — exclamó Arby.
EL NIDO
Se detuvieron ante el follaje, justo al otro lado del claro.
Eddie se acercó en la moto, la dejó apoyada contra un árbol y aguardó a que los
otros bajasen del Explorer. Sarah Harding percibió el olor acre de excrementos
y carne descompuesta, característico de las áreas de nidificación de los
carnívoros. Con el calor del mediodía resultaba un poco nauseabundo. Las moscas
zumbaban en el aire quieto. Harding tomó uno de los rifles y se lo colgó al
hombro. Miró a los tres hombres. Permanecían inmóviles, tensos, incapaces de
dar un paso. Malcolm estaba pálido, especialmente alrededor de los labios.
Harding recordó que en una ocasión Coffmann, su antiguo profesor, fue a
visitarla a África. Coffmann era un hombre al estilo Hemingway: bebedor
empedernido, mujeriego y siempre dispuesto a contar sus aventuras con los
orangutanes en Sumatra y los lémures de Madagascar. Un día Harding lo llevó a
presenciar cómo devoraban a su presa unos carnívoros en la sabana. Y no tardó
en desmayarse. Pesaba más de cien kilos, y ella tuvo que arrastrarlo por el
cuello de la camisa acosada por una manada de leones. A Harding eso le sirvió
de lección. Inclinándose hacia los tres hombres, susurró:
—Si tienen alguna duda al respecto, no entren. Esperen aquí. No
quiero tener que preocuparme también par ustedes. Puedo ocuparme de esto yo
sola.
Se encaminó hacia el nido.
— ¿Estás segura...?
—Sí. Y no hagan ruido.
Avanzó directamente hacia el claro. Malcolm y los otros se
apresuraron a seguirla. Apartó las frondas de palmera y penetró en el claro.
Los tiranosaurios se habían marchado y no había nadie en las inmediaciones del
cono de barro. A la derecha vio un zapato con un trozo de carne desgarrada
asomando por encima de un calcetín roto. Eso era todo lo que quedaba de
Baselton. Del nido llegaba un chirrido agudo y lastimero. Harding trepó al
montículo de barro y Malcolm la siguió con esfuerzo. Adentro, encontraron dos
crías que gimoteaban. Cerca había tres huevos de gran tamaño. En el barro se
veían profundas pisadas por todas partes.
—Se llevaron un huevo — observó Malcolm— . ¡Maldita sea!
— Y tú no querías que nadie alterase tu pequeño ecosistema.
— Eso esperaba — respondió Malcolm con una sonrisa sesgada.
— Es una lástima — comentó Harding, y bordeó rápidamente el
nido. Se inclinó para examinar las crías. Una se encogió de miedo, escondiendo
el descarnado cuello bajo el cuerpo. La otra se comportó de un modo distinto.
No se movió cuando se acercaron; permaneció tendida de costado. Respiraba con
dificultad y tenía la mirada vidriosa.
—Ésta está herida — dijo Harding.
Levine seguía en la plataforma de observación. Se acercó el
auricular a la oreja y habló por el micrófono que tenía cerca de la mejilla.
—Necesito una descripción.
—Hay dos — contestó Thorne— . Miden poco más de medio metro de
longitud y deben de pesar unos veinte kilos. Son aproximadamente del tamaño de
los casuarios. Ojos grandes. Hocico corto. Color marrón claro. Y tienen una
especie de aro alrededor del cuello.
—¿Pueden erguirse?
—Están prácticamente inmóviles y chirrían mucho.
— Entonces son recién nacidos — conjeturó Levine— .
Probablemente tienen sólo unos días de vida. No deben de haber salido aún del
nido. Yo andaría con pies de plomo.
—¿Por qué?
—Con crías tan jóvenes — dijo Levine— , los padres no estarán
lejos mucho tiempo.
Harding se acercó a la cría herida. Todavía gimoteando, el
pequeño animal intentó reptar hacia ella, arrastrando el cuerpo torpemente.
Tenía una pierna doblada en un ángulo extraño.
—Creo que está herida en una pata.
Eddie se aproximó a ella para echar un vistazo.
— ¿La tiene rota? — preguntó.
—Sí, probablemente, pero...
—¡Eh! — exclamó Eddie. La cría se lanzó hacia adelante y le
hincó los dientes en la caña de la bota. Eddie tiró del pie, pero la cría se
mantuvo firmemente aferrada. — ¡Eh! ¡Suéltame!
—¡Qué criaturas tan agresivas! — comentó Sarah— . Y desde que
nacen...
Eddie observó los afilados dientes de la cría. No habían
traspasado el cuero, pero se resistía a desprenderse. La golpeó suavemente en
la cabeza un par de veces con la culata del rifle. No sirvió de nada. La cría
yacía en el suelo respirando entrecortadamente. Miró a Eddie parpadeando
lentamente, pero no lo soltó. A lo lejos, hacia el norte, oyeron los rugidos de
los padres.
— Vámonos de aquí — sugirió Malcolm— . Ya hemos visto lo que nos
interesaba. Tenemos que encontrar a Dodgson.
—Creo que vi un desvío en el paso de animales. Quizás hayan
seguido por allí.
—Será mejor que lo verifiquemos. Sarah, Malcolm y Thorne se
encaminaron hacia el Explorer.
— ¡Un momento! — exclamó Eddie, mirándose la bota— . ¿Qué hago
con la cría?
—Dispárale — contestó Malcolm por encima del hombro.
— ¿Cómo? ¿Que la mate?
—Tiene una pata rota, Eddie — adujo Sarah— . Morirá de todos
modos.
—Sí, pero...
—Eddie, nosotros retrocederemos por el paso de animales,
y si no encontramos a Dodgson iremos en dirección al laboratorio por la cresta
de la montaña y regresaremos al trailer.
—Muy bien, Doc. Los sigo dentro de un momento. Eddie levantó el
rifle y encañonó al animal.
—Termina de una vez — lo urgió Sarah mientras subía al Explorer—
. Porque no te conviene estar aquí cuando vuelvan los padres.
LA RUINA DEL
JUGADOR
Mientras avanzaban por el paso de animales, Malcolm observaba el
monitor del tablero, donde la pantalla parpadeaba, ofreciendo sucesivamente las
imágenes de las distintas cámaras. Buscaba a Dodgson y el resto de su grupo.
—¿Causaron muchos destrozos? — preguntó Levine por la radio.
— Se llevaron un huevo — informó Malcolm— . Y tuvimos que matar
a una de las crías.
—Es decir, dos pérdidas. De una camada de cuántos. ¿Seis?
— Exacto.
—Sinceramente, diría que es una alteración menor — afirmó
Levine—. Siempre y cuando impidan que esa gente siga actuando.
— Estamos buscándolos — repuso Malcolm, malhumorado.
— Tenía que pasar, lan — dijo Harding— . Sabes que no hay manera
de observar a los animales sin cambiar nada. Es una imposibilidad científica.
—Desde luego — asintió Malcolm— . Ése es el mayor descubrimiento
científico del siglo XX. No es posible estudiar nada sin modificarlo.
Desde Galileo los científicos defendían la idea de que eran
observadores objetivos del mundo natural. Esa actitud estaba implícita en todos
los aspectos de su comportamiento, incluso cuando escribían sus informes, donde
usaban expresiones como: "Se ha observado..." Como si nadie lo
hubiese observado. Durante trescientos años este carácter impersonal fue el
rasgo distintivo de la ciencia: la ciencia era objetiva, y el observador no
influía en los resultados que describía.
Esta objetividad diferenció a la ciencia de las humanidades o la
religión, áreas en las que el punto de vista del observador era parte
integrante, en las que el observador estaba inextricablemente ligado a los
resultados observados.
Sin embargo, en el siglo XX esa diferencia ya no existía. La
objetividad científica había desaparecido aun en los niveles más básicos.
Los físicos sabían ya que era imposible medir una única
partícula subatómica sin afectarla globalmente. Si uno aplicaba sus
instrumentos para medir la posición de una partícula, se alteraba su velocidad.
El principio de la incertidumbre de Heisenberg se convirtió en la verdad
fundamental: todo aquello que uno estudiase resultaba modificado. Al final
nadie ponía ya en duda que todos los científicos formaban parte de un universo
participatorio que admitía la posibilidad de que alguien fuese un mero observador.
—Ya sé que la objetividad es imposible — replicó Malcolm con
impaciencia— . No es eso lo que me preocupa.
—Entonces, ¿qué te preocupa?
—Me preocupa la Ruina del jugador — afirmó Malcolm sin apartar
la vista del monitor.
La Ruina del Jugador era un famoso y controvertido fenómeno
estadístico que tenía consecuencias importantes tanto para la evolución como
para la vida cotidiana.
—Imaginemos que tú eres una jugadora — dijo Malcolm— . Y juegas
a lanzar una moneda al aire. Cada vez que sale cara ganas un dólar; cada vez
que sale ceca pierdes un dólar.
—Muy bien.
—¿Qué ocurre con el paso del tiempo?
—Las probabilidades de obtener cara o ceca son las mismas —
respondió Harding con un gesto de duda— . Así que quizá ganes, quizá pierdas.
Pero al final quedarás como estabas al principio.
—Desgraciadamente, no — rebatió Malcolm— . Si sigues jugando el
tiempo suficiente, acabarás siempre perdiendo; el jugador se arruina
invariablemente. Por eso continúan abiertos los casinos. Pero la cuestión es:
¿qué ocurre con el paso del tiempo? ¿Qué ocurre antes de que el jugador se
arruine definitivamente?
—De acuerdo. ¿Qué ocurre?
—Si llevas a cabo un seguimiento de la suerte del jugador a lo
largo del tiempo, advertirás que el jugador gana durante un período o pierde
durante un período. En otras palabras, todo en el mundo ocurre por rachas. Es
un fenómeno real y encuentras pruebas de ello en todas partes: en la
meteorología, las inundaciones fluviales, el béisbol, los ritmos cardíacos, el
mercado de valores. Si una cosa va mal, tiende a seguir mal. Eso se refleja en
el dicho popular que afirma que las desgracias nunca vienen solas. La teoría de
la complejidad revela que el dicho popular es acertado. Las desgracias se
agrupan. Las cosas siempre van de mal en peor. Ése es el mundo real.
—¿Y de ahí que se desprende? ¿Que aquí va a ir todo de mal en
peor a partir de ahora?
—Podría ser, gracias a Dodgson — contestó Malcolm, contemplando
el monitor con expresión ceñuda— . Pero, ¿qué habrá sido de esos hijos de puta?
KING
Se oía un zumbido, como el sonido lejano de una abeja. King lo
percibía vagamente mientras recobraba poco a poco el conocimiento. Abrió los
ojos y vio un parabrisas, y detrás ramas.
El zumbido se hizo más intenso.
King no sabía dónde estaba. No recordaba cómo había llegado
hasta allí ni qué había ocurrido. Le dolían los hombros y la cadera. Le
palpitaba la frente. Intentó recordar pero el dolor lo distrajo y le impidió
pensar con claridad. Lo último que recordaba era la aparición del tiranosaurio
ante ellos en el camino. Eso era lo último. Después Dodgson había dado marcha
atrás y...
King volvió la cabeza, gritando, cuando una súbita punzada de
dolor le subió por el cuello hasta el cráneo. El dolor lo obligó a jadear, a
contener la respiración. Cerró los ojos con una mueca. Luego volvió a abrirlos
lentamente.
Dodgson no estaba en el jeep. La puerta del conductor se hallaba
abierta y la sombra de los árboles moteaba el panel interior. Las llaves
seguían en el contacto.
Dodgson había desaparecido.
Había una mancha de sangre en la parte superior del volante. La
caja negra yacía en el suelo junto a la palanca de cambios. La puerta del
conductor se movió ligeramente y chirrió.
A lo lejos, King oyó de nuevo el zumbido, como el de una abeja
gigante. Era un sonido mecánico, advirtió. Algo mecánico.
Eso le hizo pensar en el barco. ¿Cuánto tiempo esperaría el
barco en el río? ¿Qué hora era? Consultó el reloj. El vidrio estaba roto y las
agujas fijas en la 01:54.
Volvió a oír el zumbido. Se acercaba.
Con esfuerzo se despegó del asiento, inclinándose hacia el
tablero. Sintió espasmos eléctricos en la columna, pero enseguida remitieron.
Respiró hondo.
"Estoy bien. Por lo menos aún estoy aquí", pensó.
King miró el Sol por la puerta abierta del conductor. Estaba
todavía alto. Debían de ser aún las primeras horas de la tarde. ¿Cuándo zarpaba
el barco? ¿A las cuatro? ¿A las cinco? No lo recordaba. Pero con toda seguridad
los pescadores no se quedarían allí cuando empezase a oscurecer. Abandonarían
la isla.
Y Howard King quería hallarse a bordo cuando eso sucediese. No
deseaba otra cosa en el mundo. Con una mueca de dolor, se deslizó hacia el
asiento del conductor. Se acomodó, tomó aire y se asomó por la puerta abierta.
El jeep pendía en el vacío, sostenido por las ramas. Vio debajo
una escarpada pendiente boscosa. Las copas de los árboles apenas dejaban pasar
la luz. Sintió vértigo sólo de mirar hacia abajo. Debía de encontrarse a ocho o
diez metros sobre el suelo. Vio unos cuantos helechos dispersos y algunos
peñascos. Se inclinó un poco más.
Entonces lo vio.
Dodgson yacía de espaldas en la ladera del monte, cabeza abajo.
Tenía el cuerpo encogido, con los brazos y piernas en posiciones forzadas. No
se movía. King no lo veía demasiado bien a causa del follaje, pero parecía
muerto.
De pronto el zumbido sonó muy intenso, aumentando rápidamente, y
King, a través de las ramas que tapaban el parabrisas, avistó un vehículo a
menos de diez metros. ¡Un vehículo!
En cuestión de segundos el vehículo desapareció. A juzgar por el
sonido, era eléctrico. Así que debía de ser Malcolm.
Por alguna razón la idea de que hubiese más gente en la isla le
resultó alentadora. Pese al dolor sintió renovadas fuerzas. Alargó el brazo e
hizo girar la llave de contacto. El motor arrancó.
Puso un cambio y pisó suavemente el acelerador.
Las ruedas traseras giraron. Colocó la palanca en la posición de
tracción a las ruedas delanteras. El jeep avanzó al instante, abriéndose paso
entre las ramas. Al cabo de unos segundos estaba en el camino.
De pronto recordó aquel camino. A la derecha se encontraba el
nido de los tiranosaurios. El vehículo de Malcolm iba hacia la izquierda.
King dobló a la izquierda, intentando recordar el camino de
regreso al río, de regreso al barco. Recordó vagamente una bifurcación en lo
alto del monte. Allí, decidió, se desviaría por el sendero descendente y se
marcharía por fin de la isla.
Ése era su único objetivo.
Marcharse de aquella isla antes de que fuese demasiado tarde.
MALAS NOTICIAS
El Explorer llegó a lo alto del monte, y en la bifurcación
Thorne tomó por el camino de la cresta. El camino, cortado en la pared de roca
del acantilado, transcurría sinuosamente. En muchos puntos la pendiente era
escarpada, pero disfrutaban de excepcionales vistas de toda la isla. Finalmente
llegaron a un recodo desde donde se divisaba el valle. A la izquierda vieron la
plataforma de observación y, más cerca, el claro donde se hallaban los
trailers. A la derecha estaban el laboratorio y la zona residencial.
—No veo a Dodgson por ninguna parte — dijo Malcolm con
consternación— . ¿Dónde se habrá metido?
Thorne encendió la radio.
— ¿Arby?
—Sí, Doc.
— ¿Los ves?
— No, pero... — titubeó.
— ¿Qué?
—¿No podrían volver ya? Es algo asombroso.
— ¿De qué hablas? — preguntó Thorne.
—Es Eddie — dijo Arby— . Acaba de volver. Y se trajo la cría.
Malcolm se inclinó en el asiento.
—¿Que
hizo qué?
QUINTA CONFIGURACIÓN
Al borde del caos se producen resultados imprevistos. La
supervivencia se encuentra seriamente amenazada.
IAN MALCOLM
LA CRÍA
En el trailer, todos se hallaban alrededor de la mesa donde la
cría de Tyrannosaurus rex yacía inconsciente sobre una amplia bandeja de acero
inoxidable, con los ojos cerrados y el hocico enfundado en una mascarilla de
oxígeno transparente. La mascarilla se adaptaba perfectamente al hocico romo de
la cría. El oxígeno fluía con un suave susurro.
—No tuve valor para dejarla — admitió Eddie— . Y pensé que
podíamos curarle la fractura...
—Pero Eddie... — lo amonestó Malcolm moviendo la cabeza con
gesto de contrariedad.
—Así que le inyecté la morfina que llevaba en el botiquín y la
traje. La mascarilla de oxígeno le encaja perfectamente.
—Eddie — se quejó Malcolm— , no deberías haber hecho una cosa
así.
—¿Por qué? El animal está bien. Podemos curarle la pata y
devolverlo al nido.
—Pero has interferido en el sistema — repuso Malcolm. Se oyó el chasquido
de la radio.
—Ésta es una imprudencia grave — advirtió Levine— . Muy grave.
—Gracias, Richard — contestó Thorne.
—Me opongo rotundamente al traslado de animales al trailer.
— Ya es demasiado tarde para preocuparse por eso — dijo Sarah
Harding. De pie junto a la cría, le colocó sensores cardíacos en el pecho;
oyeron el latido del corazón. El ritmo era muy rápido, más de ciento cincuenta
pulsaciones por minuto. — ¿Cuánta morfina le inyectaste?
—Bueno, pues... — titubeó Eddie— . La jeringa entera.
— ¿Cuánto es eso? ¿Diez centímetros cúbicos?
— Puede ser. Quizá veinte.
Malcolm miró a Harding.
—¿Hasta cuándo le durará el efecto?
—No tengo la menor idea — contestó Harding— . He administrado
sedantes a leones y chacales para marcarlos. Con esos animales existe una
correlación aproximada entre la dosis y el peso. Pero con animales jóvenes es
imprevisible. Quizás unos minutos, o quizás horas. Además, no sé nada de crías
de tiranosaurio. En esencia, va en función del metabolismo, y en este caso
parece rápido, como el de un ave. El corazón bombea muy deprisa. Lo único que
puedo decir es que cuanto antes la saquemos de aquí mejor.
Harding tomó el pequeño transductor ultrasónico y lo acercó a la
pata de la cría. Miró hacia el monitor por encima del hombro. Kelly y Arby
tapaban la imagen.
—Por favor, dejen un poco de espacio. No tenemos mucho tiempo.
Cuando los chicos se apartaron, Sarah vio los contornos
verdiblancos de la pata y los huesos, sorprendida por la gran semejanza con los
de un ave, un cuervo o una cigüeña. Movió el transductor.
—Bien, éstos son los metatarsianos. Y ahí están la tibia y el
peroné, los huesos de la parte inferior de la pata...
—¿Por qué los huesos tienen distintos tonos? — preguntó Arby.
Las patas presentaban densas secciones blancas delimitadas por contornos
verdes.
—Porque es una cría — contestó Harding— . Sus patas aún son
básicamente cartílago, con muy poco hueso calcificado. Seguramente esta cría
todavía no puede andar, o al menos no muy bien. Aquí. Miren la rótula. Se ve
claramente la irrigación sanguínea de la cápsula articular.
—¿Cómo sabes tanta anatomía? — inquirió Kelly.
—No me queda más remedio. Paso mucho tiempo estudiando los
desechos de los depredadores, examinando restos de huesos y deduciendo qué
animales han sido devorados. Para eso es necesario poseer amplias nociones de
anatomía comparativa. — Desplazó el transductor a lo largo de la pata. —
Además, mi padre era veterinario.
Malcolm levantó la vista al instante.
— ¿Tu padre era veterinario?
—Sí. En el zoológico de San Diego. Era especialista en aves.
Pero no veo... ¿Puede ampliarse esto?
Arby pulsó una tecla y el tamaño de la imagen se duplicó.
— Ah. Muy bien. Perfecto. Ahí está. ¿Lo ven?
—No.
—Hacia la mitad del peroné. Una raya negra muy fina, justo por
encima de la epífisis.
—¿Esa pequeña raya negra de ahí? — preguntó Arby.
—Esa pequeña raya negra es una herida mortal para esta cría
aseguró Sarah— . Al soldarse, el peroné no quedará recto, de modo que la
articulación del tobillo no girará cuando se yerga sobre las patas traseras.
Este animal será incapaz de correr y quizás incluso de caminar. Estará tullido,
y cualquier depredador acabará con él en cuestión de semanas.
—Pero podemos curarlo — insistió Eddie.
—Veamos — dijo Sarah— . ¿Qué vamos a usar para inmovilizar el
miembro?
—Diesterasa — sugirió Eddie— . Traje un kilo en tubos de cien
centímetros cúbicos. Cargué bastante para usarla como pegamento. Es una resina
polimérica; solidificada llega a ser dura como el acero.
— Estupendo — dijo Harding— . Eso también matará a la cría.
— ¿Por qué?
—Está creciendo, Eddie. Dentro de unas semanas será mucho mayor.
Necesitamos algo que sea rígido y a la vez biodegradable, algo que se desgaste,
que se rompa en tres o cuatro semanas, cuando el hueso se haya soldado. ¿Hay
alguna otra cosa que pueda servirnos?
—No lo sé — contestó Eddie, arrugando la frente.
—No disponemos de mucho tiempo — observó Harding.
— Doc, esto es como una de sus famosas preguntas de examen —
dijo Eddie— . ¿Cómo preparar un yeso para dinosaurio con sólo papel y pegamento
rápido?
—Sí — asintió Thorne, consciente de lo irónico de la situación.
Durante tres décadas había planteado problemas como aquel a sus alumnos, y de
pronto él mismo se encontraba ante un caso semejante.
—Quizá podríamos degradar la resina — propuso Eddie—, por
ejemplo mezclándola con azúcar.
—No — repuso Thorne— . Los grupos hidróxidos de la sacarosa
quitarán consistencia a la resina. La masa se endurecería bien, pero se
rompería como el cristal en cuanto el animal se moviese.
—¿Y si mezclamos la resina con tela previamente empapada en
azúcar líquida?
—¿Para que la tela se descomponga por efecto de la actividad
bacteriana?
—Sí.
—¿Y entonces se rompa el yeso?
— Exacto.
—Eso podría dar resultado — dijo Thorne con un gesto de
incertidumbre— . Pero sin probarlo, no sabemos cuánto tiempo aguantará. Podrían
ser días o podrían ser meses.
—Eso es demasiado — terció Sarah— . Este animal crece muy
deprisa. Si se interrumpe el crecimiento, quedará tullido a causa del yeso.
—Entonces necesitamos — reflexionó Eddie— una envoltura de
resina orgánica que acabe descomponiéndose. Algún tipo de goma.
— ¿Chicle? — aventuró Arby— . Porque tengo mucho...
— No, pensaba en otra clase de goma. Químicamente hablando, la
diesterasa...
—Por medios químicos no lo resolveremos — dijo Thorne— . No
disponemos del material necesario.
—¿Qué otra cosa podemos hacer? No nos queda más elección que...
—¿Y si fabricamos algo que sea diferente en sus distintas
direcciones? propuso Arby— . Fuerte en una dirección y débil en otra.
— Imposible — contestó Eddie— . Es una resina homogénea, una
pasta espesa que se vuelve dura como una piedra cuando se seca y...
—No, un momento — dijo Thorne, volviéndose hacia Arby— . ¿Qué
quieres decir?
—Bueno, según ha dicho Sarah, la pata está creciendo. Eso
significa que va a crecer de largo, lo cual no importa en cuanto al yeso, y de
ancho, lo cual sí importa, ya que empezará a oprimirle. Pero si fabricamos un
yeso débil en su diámetro...
—Tiene razón — afirmó Thorne— . Eso podemos resolverlo
estructuralmente.
—¿Cómo? — preguntó Eddie.
—Mediante un corte longitudinal, así de simple. Podríamos usar
papel de aluminio. Tenemos en la cocina.
—Eso es poco resistente — objetó Eddie.
—No si lo revestimos de una ligera capa de resina. — Thorne se
volvió hacia Sarah. — Podemos hacer un yeso muy resistente a los esfuerzos
verticales, pero débil ante los esfuerzos laterales. Es un problema elemental
de ingeniería. La cría podrá caminar, y el yeso aguantará bien en tanto el
esfuerzo sea vertical. Cuando la pata crezca, la presión romperá el papel de
aluminio y el corte longitudinal se abrirá.
—Eso mismo — asintió Arby. — ¿Es muy difícil hacerlo?
—No. Al contrario. Basta con formar una abrazadera de papel de
aluminio y revestirla con resina.
—¿Y cómo mantendremos firme la abrazadera mientras la
recubrimos? — preguntó Eddie.
—¿Con chicle, quizá? — sugirió Arby.
— Diste en la tecla — dijo Thorne, sonriendo.
En ese momento la cría de rex se agitó, sacudiendo las patas
espasmódicamente. Levantó la cabeza, desprendiéndose la mascarilla de oxígeno y
emitió un débil chirrido.
—Más morfina, deprisa — pidió Sarah, sujetándole la cabeza.
Malcolm ya tenía preparada una jeringa y se la clavó al animal en el cuello.
—Sólo cinco centímetros cúbicos — precisó Sarah.
—¿Por qué no un poco más? ¿No la mantendría dormida más tiempo?
—Se encuentra en estado de shock a causa de la herida, Ian.
Puedes matarla si le pones demasiada morfina. Le provocarás un paro
respiratorio. Probablemente sus glándulas suprarrenales se hallen también bajo
tensión.
—Si es que tiene glándulas suprarrenales — observó Malcolm— .
¿Acaso produce hormonas el organismo de un Tyrannosaurus rex? El hecho es que
no sabemos nada sobre estas criaturas.
Se oyó el chasquido de la radio y Levine dijo:
—No hables en nombre de todos, lan. Puedes matarla si le
administras demasiada morfina. Francamente sospecho que si lo verificamos,
observaremos que los dinosaurios tienen hormonas. Y considerando que ya
cometiste el error de llevar la cría al trailer, podrías extraer unas muestras
de sangre. Entretanto, Doc, ¿te importaría ponerte al teléfono?
Malcolm lanzó un suspiro.
—Este tipo empieza a sacarme de quicio.
Thorne se dirigió al módulo de comunicaciones, situado cerca de
la cabina. La petición de Levine era extraña. Había un excelente sistema de
micrófonos repartido por todo el trailer, y Levine lo sabía, ya que él mismo lo
había diseñado.
Thorne descolgó el auricular.
— ¿Sí?
—Doc — dijo Levine— , no andaré con rodeos. Llevar la cría al
trailer fue una grave equivocación. Puede traer problemas.
— ¿Qué problemas?
—No lo sabemos. Y no quiero parecer alarmista, pero ¿por qué no
traes a los niños a la plataforma durante un rato? ¿Y por qué, de paso, no se
quedan también aquí tú y Eddie?
—¿Me estás pidiendo que salgamos de aquí a toda prisa? ¿De
verdad crees que es necesario?
—En una palabra — respondió Levine— , sí.
Cuando la morfina entró en su cuerpo, la cría lanzó un gemido y
dejó caer la cabeza en la bandeja de acero. Sarah volvió a ajustarle la
mascarilla de oxígeno. Echó un vistazo al monitor para controlar el ritmo
cardíaco, pero Arby y Kelly estaban otra vez adelante.
—Chicos, por favor.
Thorne reapareció y dio una palmada.
—¡Muy bien, chicos! ¡Nos vamos de excursión! En marcha.
— ¿Ahora? — protestó Arby— . Pero queremos ver cómo...
— No, no — lo interrumpió Thorne— . El doctor Malcolm y la
doctora Harding necesitan espacio. Es hora de ir a la plataforma de
observación. Podemos contemplar los dinosaurios durante lo que queda de la
tarde. .
—Pero Doc...
—No discutan. Aquí estorbamos, así que será mejor que nos
marchemos — dijo Thorne— . Eddie, tú también vienes. Dejemos trabajar a estos
dos tortolitos.
Abandonaron de inmediato el trailer y cerraron la puerta al
salir. Sarah Harding oyó el suave zumbido del Explorer cuando se alejaban.
Inclinada sobre la cría, ajustando la mascarilla, repitió:
— ¿Tortolitos?
Malcolm hizo un gesto de incomprensión.
— Levine. ..
—¿Fue idea de Levine sacarlos a todos de aquí?
— Probablemente.
—¿Sabe algo que nosotros ignoramos?
Malcolm se echó a reír.
—Al menos eso debe de creer él.
—Bien, preparemos el yeso — propuso Sarah— . Quiero acabar
cuanto antes para devolver la cría al nido.
LA PLATAFORMA DE
OBSERVACIÓN
Cuando llegaron a la plataforma, unas nubes bajas ocultaban el
Sol y todo el valle se hallaba envuelto en un suave resplandor rojizo. Eddie
estacionó el Explorer bajo la estructura de aluminio. Subieron los cuatro al
pequeño refugio. Allí estaba Levine, observando el valle con los prismáticos.
No parecía muy contento de verlos.
—No se muevan tanto — se quejó malhumorado.
Desde el refugio disfrutaban de una magnífica vista del valle.
Hacia el norte se oyó un trueno. El aire era más frío que horas antes y se
notaba cargado de electricidad.
—¿Se avecina una tormenta? — preguntó Kelly.
— Eso parece — contestó Thorne.
Arby miró con recelo el techo metálico del refugio.
— ¿Cuánto tiempo vamos a quedarnos aquí? — quiso saber.
— Un rato — dijo Thorne— . Sólo vamos a pasar un día en la isla.
Los helicópteros vendrán a recogernos mañana a primera hora. Así que he pensado
que se merecían ver otra vez a los dinosaurios.
— ¿Cuál es la verdadera razón? — inquirió Arby, entornando los
ojos.
—Yo la sé — terció Kelly con tono mundano.
— ¿Ah, sí? ¿Cuál es?
—El doctor Malcolm quiere quedarse a solas con Sarah, tonto.
— ¿Por qué?
—Son viejos amigos — contestó Kelly.
— ¿Qué? Nosotros sólo pretendíamos mirar.
— No, quiero decir viejos amigos — matizó Kelly.
—Sé a qué te refieres — protestó Arby— . No soy idiota.
— Basta ya — ordenó Levine sin apartar los prismáticos de los
ojos— . Se están perdiendo algo interesante.
—¿Qué es?
—Esos triceratops, allí junto al río. Algo los ha alarmado. —
Momentos antes los triceratops bebían apaciblemente, pero de pronto habían
empezado a alborotarse. Sus agudas vocalizaciones no concordaban con su enorme
tamaño; parecían más bien gañidos de perro.
—Hay algo entre el follaje — advirtió Arby— , al otro lado del
río.
Efectivamente se observaban indicios de movimiento bajo los
árboles.
Los triceratops se reagruparon formando una especie de
escarapela con los cuernos hacia fuera, contra la amenaza invisible. Una cría
solitaria se había refugiado en el centro de la manada y gimoteaba asustada.
Uno de los animales adultos, seguramente la madre, se volvió y la acarició con
el hocico. La cría se tranquilizó.
—Los veo — anunció Kelly con la vista fija en los árboles— . Son
raptores.
Los triceratops les hicieron frente a los raptores. Los adultos
emitían sus peculiares ladridos y blandían los afilados cuernos. Crearon una
especie de barrera de punzones móviles, ofreciendo una inconfundible imagen de
coordinación, de defensa en grupo contra los depredadores.
Levine sonreía complacido.
—No existía ninguna prueba de esto — comentó— . De hecho, la
mayoría de los paleontólogos lo consideran imposible.
— Imposible ¿qué? — preguntó Arby.
—Ese comportamiento defensivo en grupo. Especialmente en los
trices. Como tienen aspecto de rinocerontes, se daba por sentado que eran
animales solitarios. Pero ahora vemos... Ah, sí.
De entre los árboles asomó un velocirraptor. Corría ágilmente
sobre las patas traseras, equilibrándose con la cola rígida.
Los triceratops ladraron sonoramente al aparecer el raptor. Los
otros raptores continuaron ocultos entre los árboles. El velocirraptor
solitario trazó un lento semicírculo frente a la manada y se dispuso a
atravesar el río algo más arriba. Lo cruzó a nado con facilidad y salió del
agua en la otra orilla, a unos cincuenta metros de los estridentes triceratops,
que giraron para presentar un frente unido. Habían concentrado su atención en
aquel velocirraptor.
Lentamente, los demás raptores abandonaron sus escondrijos y
avanzaron despacio, ocultándose en la alta hierba.
—¡Vaya! — exclamó Arby— . Van a cazar.
—En manada — añadió Levine, asintiendo con la cabeza. Agarró del
suelo un fragmento del envoltorio de un chocolate y lo soltó en el aire,
observando su trayectoria. — El grupo principal va en contra del viento, de
modo que los trices no pueden olerlos. — Volvió a llevarse los prismáticos a
los ojos. — Creo que estamos a punto de presenciar una matanza.
Vieron cómo los raptores rodeaban a la manada. De pronto cayó un
rayo a lo lejos, en el acantilado, y el valle se iluminó por un instante. Uno
de los raptores, sorprendido, se irguió, asomando fugazmente la cabeza sobre la
hierba.
De inmediato los triceratops giraron una vez más, reagrupándose
para hacerle frente a la nueva amenaza. Los raptores se detuvieron, como si
reconsiderasen el plan.
—¿Qué pasa? — preguntó Arby— . ¿Por qué se paran?
— Surgieron complicaciones.
—¿Por qué?
—Fíjate. El grupo principal está aún al otro lado del río. Se
encuentran demasiado lejos para organizar el ataque.
—¿Quiere decir que abandonan? ¿Tan pronto?
— Eso parece — contestó Levine.
Los raptores ocultos en la hierba levantaron uno por uno la
cabeza, dando a conocer sus posiciones. Los triceratops ladraban con fuerza
cada vez que aparecía un nuevo depredador. Al parecer, los raptores
comprendieron que la situación no era propicia y se escabulleron otra vez hacia
los árboles. Al verlos retroceder, los triceratops ladraron aún con mayor
intensidad.
De repente el raptor solitario que se hallaba en la orilla del
río atacó. Recorrió los cincuenta metros que lo separaban de la manada como un
leopardo, a una velocidad asombrosa. Los triceratops no tuvieron tiempo de
reaccionar. La cría quedó a merced del depredador y chilló aterrorizada al ver
acercarse al raptor.
El velocirraptor saltó hacia adelante, alzando las dos patas
posteriores. Volvió a caer un rayo, y bajo el intenso destello vieron las
garras curvas en el aire. En el último momento el triceratops adulto más
cercano se revolvió y, con su cabeza enastada, asestó un golpe oblicuo al
raptor, levantándolo del suelo. El raptor cayó en el barro, y el triceratops
arremetió contra él con la cabeza en alto. Al llegar ante el animal caído bajó
la cabeza para cornearlo. Pero el raptor, siseando, se irguió ágilmente, y los
cuernos del triceratops se hundieron inocuamente en el barro. El raptor se dio
media vuelta e hirió al triceratops en el hocico con su garra curva. El
triceratops bramó, pero para entonces otros dos adultos acometían contra el
raptor mientras el resto de la manada permanecía junto a la cría. El raptor se
alejó rápidamente por la hierba.
—¡Vaya! — exclamó Arby— . ¡No estuvo mal!
LA MANADA
King lanzó un suspiro de alivio al llegar a la bifurcación. Giró
a la izquierda por el ancho camino de tierra. Lo reconoció al instante: era el
camino de regreso al barco. A su izquierda tenía una vista panorámica de la
sección oriental del valle. Afortunadamente el barco seguía allí. King dio un
grito de alegría y pisó el acelerador. Los pescadores estaban en la cubierta
mirando el cielo. Pese a las señales de inminente tormenta no parecían estar
preparándose para zarpar. Esperaban a Dodgson.
"Bien. Perfecto", pensó. Llegaría en quince minutos.
Tras abrirse paso por la densa selva sabía por fin dónde se hallaba. El camino
discurría a gran altura por una de las crestas volcánicas. Allí la vegetación
era mucho más escasa, y el sinuoso camino le ofrecía vistas de toda la isla. Al
este veía el estrecho desfiladero y el barco en la orilla del río; al oeste el
laboratorio y los dos trailers de Malcolm casi al borde del claro.
Pensó que no habían llegado a averiguar qué demonios hacía allí
Malcolm. Pero ya daba igual. King iba a marcharse de la isla. Eso era lo único
importante. Casi sentía la cubierta del barco bajo sus pies. Quizá los
pescadores pudiesen ofrecerle incluso una cerveza. Una deliciosa cerveza fría
mientras bajaban por el río y abandonaban aquella maldita isla. Se la tomaría a
la salud de Dodgson, eso haría.
Al doblar en un recodo King encontró el camino obstruido por una
manada de animales. Eran unos dinosaurios verdes de poco más de un metro de
altura y cabeza grande y abovedada provista de pequeños cuernos en lo alto. Por
su apariencia le recordaron los búfalos verdes de agua. Era un grupo numeroso.
Frenó bruscamente y el jeep patinó hasta detenerse. Al ver que no se movían,
King hizo sonar la bocina y encendió los faros de manera intermitente. Los
animales se limitaron a mirar.
Eran unas criaturas de aspecto curioso, con aquella prominencia
lisa en la frente y los pequeños cuernos alrededor. Lo observaban con una
estúpida expresión de vaca. King puso el jeep en marcha y avanzó lentamente con
la esperanza de que le abriesen paso, pero no hicieron ademán de moverse.
Finalmente empujó con el paragolpes al animal más cercano, que gruñó,
retrocedió un par de pasos, agachó la cabeza y embistió el coche con fuerza por
la parte delantera. Se oyó un estridente sonido metálico.
King se alarmó, temiendo que perforase el radiador. Volvió a
detener el jeep y esperó con el motor en marcha. Los animales se acomodaron
nuevamente en el camino.
Varios se recostaron. Era imposible pasar por encima. Miró hacia
el río y vio el barco. Hasta ese momento no se había dado cuenta de que se
encontraba a menos de quinientos metros. Asimismo, advirtió actividad en la
cubierta. Los pescadores habían retirado la grúa y la aseguraban con correas.
Se disponían a zarpar.
No podía esperar más. Abrió la puerta y salió del jeep. Los
animales se levantaron de inmediato, y el más cercano lo embistió. Golpeó la
puerta y dejó una profunda abolladura en el metal. King corrió hacia el borde
del camino y se encontró con un precipicio casi vertical de más de treinta
metros de altura. No conseguiría bajar, al menos por allí. Más adelante la
pendiente no era tan escarpada. Pero en ese momento lo acosaron más animales.
No tenía alternativa. Rodeó el jeep por detrás y otro dinosaurio arremetió
contra las luces posteriores e hizo añicos el plástico.
Un tercer animal se abalanzó directamente contra la parte
trasera del vehículo. King saltó sobre la rueda de auxilio en el momento en que
el animal golpeaba el paragolpes. Con la sacudida perdió el equilibro y rodó
por tierra mientras los búfalos resoplaban alrededor. Se levantó y corrió hacia
el lado contrario del camino, donde la ladera ascendía con una ligera
inclinación; subió atropelladamente y se escabulló entre el follaje. Los
animales no lo persiguieron. Sin embargo, su situación se había complicado;
ahora estaba al otro lado del camino.
Tenía que volver a cruzarlo.
Insultando para sus adentros, trepó hasta lo alto del monte y
siguió adelante. Decidió avanzar unos cien metros por la cresta, hasta dejar
atrás la manada y cruzar entonces el camino. Si lo conseguía, llegaría al
barco.
Casi de inmediato se vio rodeado por una tupida selva. Tropezó,
cayó por una pendiente lodosa, y al levantarse no supo hacia dónde seguir.
Estaba en el lecho de un desfiladero, rodeado de altas palmeras. El follaje era
tan denso que apenas tenía unos metros de visibilidad en cualquier dirección.
En un instante de pánico comprendió que se había perdido. Se abrió paso entre
las hojas húmedas con la esperanza de orientarse.
Los chicos seguían en la plataforma viendo cómo se alejaban los
raptores. Thorne se llevó a Levine aparte y dijo en voz baja:
— ¿Por qué querías que viniésemos?
—Simple precaución — contestó Levine— . Llevar la cría al
trailer implica riesgos.
—¿Qué riesgos?
—No lo sabemos — respondió Levine, encogiéndose de hombros—, ésa
es la cuestión. Pero en general los padres reaccionan violentamente cuando se
ven despojados de sus crías. Y este animal tiene unos padres muy grandes.
Al otro lado del refugio Arby indicó:
— ¡Miren! ¡Miren!
—¿Qué pasa? — preguntó Levine.
— Allí hay un hombre.
King salió jadeando de la selva y siguió caminando por la
llanura. Por fin veía por dónde iba. Empapado y manchado de barro, se detuvo
intentando orientarse.
Para su decepción advirtió que no se hallaba cerca del barco. Al
parecer estaba aún en el lado incorrecto del camino. Ante él se extendía una
amplia llanura cubierta de hierba y atravesada por un río. A lo lejos, junto a
la orilla, había unos cuantos dinosaurios. Tenían cuernos, así que debían de
ser triceratops: A juzgar por cómo sacudían la cabeza y por los ladridos que
emitían, parecían nerviosos.
Obviamente King tendría que seguir el curso del río hasta el
barco. No obstante, debería pasar ante los triceratops con sumo cuidado. Sacó
un chocolate del bolsillo y mientras rompía el envoltorio observó a los
triceratops, deseando que desapareciesen. ¿Cuánto tardaría en llegar al barco?
Ésa era su obsesión en aquel momento. Decidió seguir adelante con triceratops o
sin ellos, y empezó a caminar por la alta hierba.
De pronto oyó un silbido de reptil. Procedía de entre la hierba,
de algún lugar a su izquierda. Percibió también un peculiar olor a podredumbre.
Se detuvo y aguardó. El chocolate ya no le parecía tan sabroso.
A continuación oyó un chapoteo a sus espaldas. Provenía del río.
King se volvió a mirar.
—Es uno de los hombres del jeep — dijo Arby, de pie en la
plataforma de observación— . Pero, ¿qué espera?
Desde su elevada posición veían las formas oscuras de los
raptores a través de la hierba al otro lado del río. Dos de los animales se
adelantaron y entraron en el agua, en dirección al hombre.
— ¡Oh, no! — exclamó Arby.
King vio dos lagartos rayados que vadeaban el río. Caminaban
sobre las patas traseras con paso entrecortado, como una especie de brincos.
Sus cuerpos oscuros se reflejaban en el agua. Lanzaban dentelladas al aire con
sus mandíbulas alargadas y silbaban amenazadoramente.
King miró río arriba y vio que cruzaban otros dos lagartos.
Éstos se encontraban ya en la parte profunda del río y habían comenzado a
nadar.
Howard King retrocedió, alejándose de la orilla y adentrándose
en la hierba. Entonces se dio media vuelta y echó a correr con la hierba a la
altura del pecho. De repente asomó frente a él la cabeza de otro lagarto,
silbando y gruñendo. Cambió de dirección para esquivarlo, pero súbitamente el
lagarto más cercano saltó por el aire, alcanzando tal altura que todo su cuerpo
quedó a la vista por encima de la hierba. King vio las patas en posición de
ataque y unas garras curvas como dagas.
King modificó de nuevo la trayectoria, y el lagarto emitió un
chirrido al caer al suelo tras él. King siguió corriendo. El miedo le daba
fuerzas. Oyó a sus espaldas los gruñidos del lagarto, y aceleró aún más. Lo
separaban veinte metros de la selva. Vio árboles, árboles altos. Podía trepar a
uno y escapar de aquellas terribles garras.
Por la izquierda apareció otro lagarto avanzando en diagonal
hacia él. King sólo veía su cabeza sobre la hierba. El animal parecía moverse a
una velocidad increíble.
"No lo lograré", pensó King. Pero lo intentó.
Jadeando, con los pulmones ardiendo, hizo un último esfuerzo.
Los árboles se hallaban a sólo diez metros. Se impulsó enérgicamente con brazos
y piernas. Respiraba con dificultad.
En ese momento notó un violento golpe por detrás y perdió el
equilibrio. Sintió un dolor penetrante en la espalda y supo que eran las
garras. Al caer a tierra intentó rodar, pero el animal lo tenía firmemente
aferrado. Estaba inmovilizado boca abajo y oía gruñir al animal sobre él. El
dolor en la espalda era insoportable; la cabeza le daba vueltas.
Inmediatamente después percibió el aliento abrasador del animal
en la nuca, y un terror extremo se apoderó de él. Cayó entonces en una especie
de lasitud, una profunda y bienvenida soñolencia en la que todo adquirió un
ritmo lento. Como en un sueño, veía las briznas de hierba brotar de la tierra
ante su cara. Las veía con lánguida intensidad, y casi sintió indiferencia al
notar el lancinante dolor que le provocaron las fauces calientes del animal al
cerrarse alrededor de su cuello. Aquello parecía ocurrirle a otra persona. Él
estaba a muchos kilómetros de allí. Experimentó un instante de sorpresa cuando
oyó crujir los huesos de su cuello.
Y luego sólo hubo oscuridad. Nada.
—No miren — dijo Thorne, apartando a Arby de la baranda de la
plataforma. Atrajo al chico contra su pecho, pero él lo empujo con impaciencia
para ver qué ocurría. Thorne alargó un brazo para tomar a Kelly, pero ella se
zafó y siguió observando la llanura. Thorne repitió:
— No miren, por favor.
Los chicos contemplaron la escena enmudecidos.
Levine enfocó los prismáticos hacia la presa caída. Cinco
raptores rodeaban el cuerpo y lo desgarraban brutalmente. Uno de los animales
arrancó la cabeza de un tirón y rasgó un trozo de camisa ensangrentada. Otro
sacudió entre sus fauces la cabeza seccionada de la víctima y por fin la dejó
caer al suelo. A lo lejos destelló un rayo, seguido de un trueno. Oscurecía, y
Levine empezaba a perder visibilidad. Sin embargo, resultaba evidente que
cualquier organización jerárquica que existiese durante la caza perdía toda
vigencia en el momento de devorar a la presa.
Llegados a ese punto cada animal luchaba por lo suyo. Los
enardecidos raptores brincaban y agachaban la cabeza mientras descuartizaban el
cuerpo, y se producían continuos enfrentamientos entre ellos. Un raptor se
irguió con algo marrón en las fauces; mascaba con una extraña expresión en la
cara. De pronto se apartó del resto de la manada y sostuvo el objeto marrón
cuidadosamente entre los miembros anteriores. En la creciente oscuridad Levine
tardó un momento en comprender qué hacía: estaba comiéndose un chocolate. Y
parecía saborearlo.
El raptor se volvió y hundió de nuevo el hocico en el cadáver
ensangrentado. Otros raptores, medio corriendo medio brincando, se acercaban
rápidamente por la llanura para sumarse al festín. Con furiosos gruñidos se
aprestaban para la lucha.
Levine bajó los prismáticos y miró a los chicos. Contemplaban la
escena con serenidad y en silencio.
DODGSON
Unos estridentes chirridos, semejantes al gorjeo de cien
pequeños pájaros, despertaron a Dodgson. Poco a poco tomó conciencia de que
estaba tendido de espaldas en la tierra húmeda e inclinada. Intentó moverse,
pero le pesaban los miembros y le dolía todo el cuerpo. Algo le oprimía las
piernas, los brazos y el estómago. La presión en el pecho casi le impedía
respirar.
Y sentía un profundo sopor. Su único deseo era volver a
dormirse. Cuando estaba a punto de desvanecerse nuevamente, algo tiró de su
mano, de sus dedos uno por uno, como para devolverle el conocimiento.
Dodgson abrió los ojos.
Junto a su mano había un minúsculo dinosaurio. Se inclinaba y le
mordía un dedo con sus diminutas mandíbulas. Los dedos le sangraban; ya habían
sido arrancados pequeños trozos de carne.
Aterrorizado, apartó la mano, y de repente el chirrido se hizo
más intenso. Al volverse vio que estaba rodeado de una multitud de pequeños
dinosaurios; se habían subido a sus piernas y su pecho. De tamaño eran
aproximadamente como gallinas, y como gallinas le picoteaban sin cesar el
vientre, los muslos y las ingles.
Con una fulminante sensación de asco se levantó de un salto, y
los lagartos se dispersaron con chirridos de rabia. Se alejaron unos metros y
lo contemplaron sin dar señales de miedo. Por el contrario, parecían esperar.
Fue entonces cuando los reconoció. Eran procompsognátidos.
Compis.
Carroñeros.
"¡Dios mío! Creían que estaba muerto", pensó.
Retrocedió con paso vacilante y casi perdió el equilibrio.
Sentía un dolor intenso y la cabeza le daba vueltas. Sin dejar de chirriar, los
pequeños animales observaban todos sus movimientos.
—¡Vamos! — exclamó, agitando una mano— . ¡Fuera de aquí! Pero
los compis siguieron allí, ladeando la cabeza en un gesto burlón y a la espera.
Dodgson bajó la vista y examinó su estado. Tenía la camisa y los
pantalones hechos jirones. Bajo la ropa la sangre brotaba de cien pequeñas
heridas. Momentáneamente aturdido, se llevó las manos a las rodillas. Respiró
hondo y vio caer gotas de sangre en la tierra cubierta de hojas.
"¡Dios mío!", se dijo, y volvió a tomar aire.
Como no se movía, los animales empezaron a avanzar lentamente.
Dodgson se irguió, y retrocedieron. Pero al cabo de un momento reanudaron su
avance.
Uno se adelantó al resto. Dodgson le asestó una violenta patada
que lo lanzó por el aire. El compi chilló, pero cayó como un gato, derecho e
indemne.
Los otros permanecieron donde estaban. Esperando.
Dodgson miró alrededor y se dio cuenta de que oscurecía.
Consultó el reloj: eran las 18:40. Quedaban sólo unos minutos de luz. Bajo las
copas de los árboles reinaba ya la oscuridad.
Tenía que buscar refugio, y pronto. Miró la brújula que llevaba
sujeta a la muñeca y se encaminó hacia el sur. Estaba casi seguro de que el
barco se hallaba al sur. Debía llegar al barco. Allí estaría a salvo.
Cuando se puso en marcha, los compis chirriaron y lo siguieron.
Se mantenían a uno o dos metros de distancia, avanzando ruidosamente entre el
follaje. Había docenas, advirtió Dodgson. A medida que caía la noche, sus ojos
adquirían un resplandor verde.
Dodgson tenía todo el cuerpo dolorido. Cada paso era un
suplicio. Perdía sangre ininterrumpidamente y lo vencía el sueño. No
conseguiría llegar hasta el río; como mucho lograría recorrer otros doscientos
metros. Tropezó con una raíz y cayó. Se levantó lentamente, con polvo adherido
a la ropa empapada de sangre.
Miró los ojos verdes que lo acosaban y se obligó a seguir
adelante. De pronto, justo frente a él, vio una luz entre el follaje. ¿Sería el
barco? Se apresuró a continuar, oyendo el fragor de los compis.
Se abrió paso entre la vegetación y encontró un pequeño
cobertizo de hormigón con tejado de hojalata, como una caseta para herramientas
o un puesto de guardia. Tenía una ventana cuadrada, y por ella salía la luz.
Dodgson volvió a caerse y, de rodillas, se arrastró hasta el cobertizo. Alargó
el brazo hacia la puerta, se aferró al picaporte para levantarse y abrió.
Adentro estaba vacío. Del suelo salían unas cuantas tuberías, en
otro tiempo conectadas a algún tipo de maquinaria. Sin embargo, en ese momento
no había ninguna máquina; sólo quedaban las manchas de óxido allí donde habían
estado sujetas al suelo.
En un rincón había una lámpara eléctrica provista de un
temporizador programado para que se encendiese por las noches. Ésa era la luz
que había visto. ¿Había corriente eléctrica en la isla? ¿Cómo era posible? No
le importaba. Entró tambaleándose en el cobertizo, cerró la puerta a sus
espaldas y se desplomó en el suelo de hormigón. A través de los sucios vidrios
de la ventana vio a los compis, que golpeaban el vidrio por fuera y brincaban
con manifiesta frustración. Pero por el momento estaba a salvo.
Naturalmente tenía que seguir. De un modo u otro debía abandonar
aquella maldita isla. Pero no en ese instante, pensó.
Más tarde.
Más tarde se preocuparía por todo.
Dodgson apoyó la mejilla en el suelo húmedo de hormigón y se
quedó dormido.
EL TRAILER
Sarah Harding envolvió con papel de aluminio la pata herida de
la cría, que seguía inconsciente, respirando con normalidad. Estaba relajada e
inmóvil. El oxígeno fluía con un suave silbido.
Terminó de darle forma a la abrazadera de quince centímetros de
longitud y, con la ayuda de un pincel, recubrió de resina el papel de aluminio.
—¿Cuántos raptores hay? — preguntó Sarah— . Yo no estoy muy
segura de cuántos vi. Creo que eran nueve.
—Me parece que son más — rectificó Malcolm— . Yo conté once o
doce.
—¿Doce? — repitió ella, levantando la vista— . ¿En una isla tan
pequeña?
—Sí.
La resina desprendía un olor penetrante, como de pegamento. La
extendió de manera regular sobre el papel de aluminio.
—Ya sabes qué pienso, ¿no? — dijo Sarah.
—Sí —respondió Malcolm— . Son demasiados.
—Sí, es una cantidad excesiva, lan. — Sarah trabajaba sin pausa.
— Eso no tiene sentido. En África los depredadores activos como los leones
están muy dispersos. Hay un león cada diez kilómetros cuadrados, a veces cada
quince. El ecosistema no admite más. En una isla de esta superficie no debería
haber más de cinco raptores. Sujeta esto.
—Sí. Pero no te olvides de una cosa: aquí la presa es enorme.
Algunos de estos animales pesan veinte o treinta toneladas.
— Dudo de que ése sea un factor decisivo — objetó Sarah— , pero
suponiendo que lo sea, debería haber como mucho diez raptores, y tú afirmas que
hay doce. Además viven en la isla otros grandes depredadores, como los
tiranosaurios.
—Sí, así es.
—Son demasiados — insistió Sarah, moviendo la cabeza en un gesto
de negación.
—La densidad de población animal es bastante alta — adujo
Malcolm.
—En todo caso, no lo suficiente para tantos depredadores. En
general los estudios sobre depredadores, ya sean los tigres de la India, ya
sean los leones africanos, indican que la proporción debe ser de un depredador
por cada doscientas presas como mínimo. Eso significa que aquí, para mantener
veinticinco depredadores, debería haber al menos cinco mil presas. ¿Existe esa
cantidad de animales?
— No — contestó Malcolm.
—¿Cuántos crees que hay en conjunto?
—Unos doscientos — calculó Malcolm, encogiéndose de hombros— .
Como mucho quinientos.
—Es una proporción muy desequilibrada, Ian. Sujeta esto. Voy a
acercar la lámpara.
Enfocó la lámpara de calor hacia la cría para endurecer la
resina y le ajustó la mascarilla de oxígeno.
—La isla no admite esa cantidad de depredadores — comentó Sarah—
, y sin embargo, aquí están.
—¿Qué explicación podría haber? — preguntó Malcolm.
— Debe de existir alguna fuente de alimentos que desconocemos.
—¿Una fuente artificial, quieres decir? Dudo de que la haya.
— No — corrigió Sarah— . Las fuentes de alimentación
artificiales amansan a los animales. Y estos depredadores no son para nada
dóciles. La única posibilidad que se me ocurre es que se dé un índice de
mortalidad diferencial entre las presas. Si crecen muy deprisa o mueren
jóvenes, eso podría representar una mayor cantidad de alimento del previsto.
—He notado que los animales más grandes tienen un tamaño menor
del que les correspondería, como si no hubiesen alcanzado la madurez. Quizá
mueren prematuramente.
—Puede ser — admitió Sarah— , pero si existiese un índice de
mortalidad diferencial suficientemente alto para mantener esta población de
depredadores, tendrían que verse muchos restos de cadáveres y esqueletos por la
isla. ¿Has visto alguno?
—No. Ahora que lo mencionas, no he visto un solo esqueleto.
— Yo tampoco. — Sarah apartó la lámpara. — Hay algo extraño en
esta isla, Ian.
—Lo sé — convino Malcolm.
— ¿Sí?
—Sí — repuso Malcolm— . Lo he sospechado desde el primer
momento.
Retumbó un trueno. En el valle ya había anochecido y desde la
plataforma de observación no se oía nada salvo los gruñidos lejanos de los
raptores.
—Quizá deberíamos volver — sugirió Eddie, impaciente.
— ¿Por qué? — preguntó Levine, que se había puesto los anteojos
de visión nocturna, contento de tenerlos a mano. A través de los anteojos, el
mundo se mostraba en toda una gama de tonos verde claro. Veía claramente a los
raptores en el lugar donde habían abatido a su presa, donde la alta hierba
aparecía pisoteada y salpicada de sangre. Aunque ya habían devorado el cadáver,
se oían aún los crujidos de los huesos mientras los animales los roían.
—Como ya es de noche — insistió Eddie— , pienso que estaríamos
más seguros en el trailer.
—¿Por qué? — repitió Levine.
—Bueno, está reforzado, es resistente y muy fiable. Además, allí
tenemos todo lo que necesitamos. Simplemente creo que sería mejor estar allí.
Porque, ¿no estará pensando quedarse aquí toda la noche?
—No — replicó Levine— . ¿Qué te crees que soy? ¿Un fanático?
Eddie dejó escapar un gruñido.
—En todo caso, quedémonos un rato más — dijo Levine. Eddie se
volvió hacia Thorne.
—¿Doc? ¿Usted qué dice? Va a ponerse a llover de un momento a
otro.
—Sólo un poco más — respondió Thorne— . Luego regresaremos todos
juntos.
—Habitan dinosaurios en esta isla desde hace cinco años, quizá
más — explicó Malcolm— , y no habían aparecido en ninguna otra parte. De
pronto, el año pasado, empezaron a encontrarse cuerpos de animales muertos en
las playas de Costa Rica y también, según los informes, en algunas islas del
Pacífico.
—¿Arrastrados por las corrientes?
—Se supone. Pero la cuestión es: ¿Por qué ahora? ¿Por qué de
repente después de cinco años? Algo ha cambiado, pero no sabemos... Un momento.
— Se acercó a la consola de la computadora y miró la pantalla.
—¿Qué haces? — preguntó Sarah.
—Arby logró entrar en la antigua red — informó Malcolm— y
todavía se conservan algunos archivos de los años 80. — Agarró el mouse y se
desplazó por la pantalla. — No los hemos examinado... — Vio aparecer el menú,
que incluía archivos de trabajo y archivos de datos. Comenzó a pasar páginas de
texto. — Hace unos años tuvieron problemas con alguna enfermedad. En el
laboratorio quedan muchos documentos.
—¿Qué clase de enfermedad?
— No lo sabían.
—Entre los animales hay muchas enfermedades de evolución lenta —
dijo Sarah— . Una vez contraídas pueden tardar cinco o diez años en
manifestarse. Son provocadas por virus o priones. Ya sabes, fragmentos
proteínicos, como el carbunco o la actinomicosis en el ganado.
—Pero en esas enfermedades el agente patógeno es siempre la
comida contaminada.
—¿Con qué alimentaban a los animales? — inquirió Sarah— . Porque
si yo criase dinosaurios, tendría mis dudas. ¿Qué comen? Leche, supongo,
pero...
—Leche, sí — respondió Malcolm sin apartar la vista de la
pantalla— . Las primeras seis semanas leche de cabra.
—Ésa es la elección lógica — convino Sarah— . En los zoológicos
siempre dan a las crías leche de cabra, porque es hipoalergénica. Pero ¿y
después?
—Un momento — pidió Malcolm.
Harding sostenía la pata de la cría con la mano en espera de que
la resina se endureciese. Observó el yeso y lo olfateó. Despedía aún un olor
intenso.
—Espero que no haya problemas — comentó— . A veces si los padres
perciben un olor extraño, no aceptan a las crías. Pero quizá se disipe cuando
la resina esté seca. ¿Cuánto tiempo ha pasado?
Malcolm consultó el reloj.
—Unos diez minutos. Estará totalmente seca en otros diez.
— Me gustaría devolver la cría al nido cuanto antes — dijo
Sarah. Volvió a tronar. Miraron por la ventana y advirtieron que ya era noche
cerrada.
—Probablemente ya es demasiado tarde para llevarla — observó
Malcolm, que seguía tecleando y leyendo el texto de la pantalla— . ¿Con qué los
alimentaban? En el período comprendido entre 1988 y 1989... los herbívoroS
recibían una sustancia vegetal macerada tres veces al día... y los
carnívoros... — Se interrumpió.
—¿Qué daban a los carnívoros?
—Parece que un extracto de proteínas animales...
—¿De qué animales? — preguntó Sarah— . Por lo general se utiliza
pavo o pollo y se añaden antibióticos.
—Sarah, usaban extracto de cordero.
— ¡No es posible! — exclamó Sarah.
—Sí, aquí consta. Lo recibían de su proveedor, que usaba carne
de cordero picada.
—No puedo creerlo.
—Me temo que así es — afirmó Malcolm— . Veamos ahora si podemos
averiguar...
De pronto sonó una suave alarma. En el panel de la pared, sobre
la pantalla de la computadora, destelló una luz roja. Un instante después se
encendieron los focos instalados en el techo del trailer, bañando el área
circundante en un vivo resplandor halógeno.
—¿Qué es eso? — preguntó Sarah.
—Los sensores. Algo los ha activado. — Malcolm se apartó de la
computadora y escudriñó el claro a través de la ventana. Sólo vio la alta
hierba y, más allá, los oscuros árboles del perímetro. Todo estaba en calma.
—¿Qué ha pasado? — inquirió Sarah, pendiente aún de la cría.
— No lo sé. No veo nada.
—Pero algo deben de haber detectado los sensores.
— Supongo — dijo Malcolm.
—¿El viento?
— No hay viento.
En la plataforma de observación Kelly advirtió:
— ¡Eh, fíjense!
Thorne volvió la cabeza. Desde su elevada posición en el valle
veían la cresta de la montaña que se alzaba tras ellos y los dos trailers
estacionados en lo alto.
Los focos exteriores se habían encendido.
Thorne agarró el transmisor que llevaba prendido en el cinturón.
— ¿lan? ¿Estás ahí?
Tras una breve crepitación Malcolm contestó:
— Aquí estoy, Doc.
—¿Qué ha pasado?
—No lo sé — respondió Malcolm— . Se encendieron los focos del
techo. Por lo visto se han activado los sensores. Pero afuera no vemos nada.
—La temperatura del aire baja muy deprisa — observó Eddie— .
Quizá la alarma se haya disparado a causa de las corrientes de convección.
—¿Todo en orden, lan? — preguntó Thorne.
— Sí. No te preocupes.
—Ya me temía yo que nos habíamos excedido con el grado de
sensibilidad — comentó Eddie— . Debe de ser eso.
Levine frunció el entrecejo pero guardó silencio.
Sarah dio por terminada la cura de la cría, la envolvió en una
manta y la sujetó a la mesa mediante correas de tela. A continuación se acercó
a Malcolm y miró por la ventana.
—¿Qué crees que puede haber sido?
—Según Eddie, el sistema es demasiado sensible — dijo Malcolm
con un gesto de duda.
—¿Y lo es?
—No lo sé. No se había probado antes. — Malcolm observó la línea
de árboles que delimitaban el claro, atento a cualquier movimiento. Le pareció
oír un resoplido, casi un gruñido. Al instante tuvo la impresión de que, en
respuesta, llegaba un sonido semejante del otro lado del trailer. Fue a mirar
por la ventana del costado opuesto.
Malcolm y Sarah aguzaron la vista intentado detectar algo en la
oscuridad. De pronto Malcolm, tenso, contuvo la respiración. Al cabo de un
momento Sarah lanzó un suspiro.
—No veo nada — anunció.
—No. Yo tampoco — dijo Malcolm. — Habrá sido una falsa alarma.
Entonces Malcolm sintió la vibración, un golpe resonante en el
suelo. Miró a Sarah, que tenía los ojos muy abiertos.
Malcolm sabía qué era aquello. La vibración se repitió, esta vez
de manera inconfundible.
Sarah se asomó a la ventana.
— lan — susurró— . Lo veo.
Malcolm se dio vuelta y se acercó a ella, que señalaba hacia los
árboles cercanos.
—¿Qué? — preguntó Malcolm.
En ese momento vio aparecer la enorme cabeza entre el follaje a
la altura de la sección central de un árbol. La cabeza giró lentamente de un
lado a otro, como si escuchase. Era un Tyrannosaurus rex adulto.
—Mira, lan, hay dos.
A la derecha un segundo animal surgió entre los árboles. Era de
mayor tamaño: la hembra de la pareja. Los animales gruñeron, un profundo rugido
en la noche. Salieron lentamente al claro. Parpadearon ante la intensa luz.
—¿Son los padres? — quiso saber Sarah.
— No lo sé. Supongo.
Malcolm echó un vistazo a la cría. Seguía inconsciente y
respiraba con normalidad; la manta subía y bajaba a un ritmo regular.
— ¿Qué han venido a hacer aquí? — dijo Sarah.
—No lo sé.
Los animales permanecían inmóviles al borde del claro. Parecían
indecisos, expectantes.
—Quizá buscan la cría.
—Sarah, por favor — desdeñó Malcolm.
— Hablo en serio.
—Eso es absurdo.
—¿Por qué? Deben de haberle seguido el rastro hasta aquí —
afirmó Sarah.
Los tiranosaurios levantaron la cabeza con el hocico en alto y
la movieron a izquierda y derecha trazando lentos arcos. Después de repetir
varias veces el mismo movimiento avanzaron un paso hacia el trailer.
—Sarah — dijo Malcolm— . Estamos a kilómetros del nido. Es
imposible que nos hayan seguido el rastro.
—¿Cómo lo sabes?
— Sarah.. .
—Tú mismo lo has dicho — recordó Sarah— : no sabemos nada de
estos animales. Desconocemos por completo su fisiología, su bioquímica, su
sistema nervioso, su comportamiento. Y tampoco sabemos nada de su dotación
sensorial.
—Sí, pero...
—Son depredadores, lan. Poseen un buen sentido de la vista, un
buen sentido del oído y un buen sentido del olfato.
—Supongo que sí — admitió Malcolm.
— Pero ignoramos qué más poseen.
— ¿Qué más?
—lan, existen otras modalidades sensoriales — afirmó Sarah— .
Las serpientes tienen percepción infrarroja; los murciélagos ecolocación; las
aves y las tortugas magnetosensores, es decir, son capaces de detectar el campo
magnético de la Tierra, y así es como se orientan en sus migraciones. Los
dinosaurios pueden disponer de modalidades sensoriales que ni siquiera
imaginamos.
—Sarah, eso no tiene sentido.
—¿Ah, no? Entonces dime, ¿qué hacen ahí?
Afuera, cerca de los árboles, los tiranosaurios permanecían en
silencio. Ya no gruñían, pero continuaban trazando lentos arcos con la cabeza.
Malcolm arrugó la frente.
— Parece como si... mirasen...
— ¿Hacia los focos? No, lan. Están cegados.
Malcolm comprendió de inmediato que Sarah tenía razón. Sin
embargo, movían la cabeza a un ritmo regular.
—Entonces, ¿qué hacen? — preguntó Malcolm— : ¿Olfatear?
— No — descartó Sarah— . Mantienen la cabeza en alto y no
dilatan las aletas nasales.
—Quizás estén escuchando — aventuró Malcolm.
— Posiblemente.
—Pero escuchando ¿qué?
— Quizás a la cría.
Malcolm echó un vistazo a la mesa.
— Sarah, la cría sigue inconsciente.
— Lo sé.
—No hace ningún ruido — aseguró Malcolm.
—Ningún ruido que nosotros podamos oír. — Sarah observaba
atentamente los tiranosaurios. — Pero están haciendo algo, lan. Ese
comportamiento que vemos tiene algún significado, y nosotros simplemente lo
desconocemos.
Desde la plataforma de observación Levine oteó el claro con los
anteojos de visión nocturna y avistó a los dos tiranosaurios en el límite del
bosque. Movían la cabeza de un modo extraño y sincronizado.
Avanzaron con paso vacilante hacia el trailer, levantaron la
cabeza, la giraron de un lado a otro y finalmente parecieron decidirse.
Empezaron a cruzar el claro con paso rápido, casi agresivo.
Por la radio oyeron decir a Malcolm:
— ¡Son las luces! ¡Los atraen las luces!
Al cabo de un instante los focos exteriores se apagaron y el
claro quedó sumido en la mayor oscuridad.
—Era eso — confirmó Malcolm.
—¿Qué ves? — preguntó Thorne a Levine.
— Nada.
—¿Qué hacen?
— Se han parado.
Con los anteojos de visión nocturna Levine vio que los
tiranosaurios se habían detenido, como desconcertados por el cambio de luz.
Pese a la distancia oyó sus gruñidos; estaban inquietos. Balanceaban las
enormes cabezas y lanzaban dentelladas al aire. Pero no se acercaban al
trailer.
—¿Qué pasa? — quiso saber Kelly.
—Aguardan — contestó Levine— . Al menos por el momento.
Levine tenía la clara impresión de que los tiranosaurios estaban
nerviosos. El trailer debía de representar una gran y temible alteración en su
entorno. Quizá, pensó, darían media vuelta y se marcharían. A pesar de su
extraordinario tamaño actuaban con cautela, casi con timidez.
Volvieron a gruñir. Levine vio entonces que avanzaban hacia el
trailer a oscuras.
—lan, ¿qué hacemos?
—Y yo qué sé — susurró Malcolm.
Se hallaban agazapados en el fuelle que comunicaba los dos
trailers, para no ser vistos desde afuera. Los tiranosaurios avanzaban
implacablemente. Notaban cada paso como una clara vibración: dos animales de
diez toneladas cada uno dirigiéndose hacia ellos.
— ¡Vienen derecho hacia aquí! — exclamó Sarah.
— Ya lo he notado.
El primero de los animales llegó al trailer y se acercó tanto
que obstruyó totalmente la visibilidad a través de la ventana. Malcolm sólo
veía el vientre y las musculosas patas del tiranosaurio. La cabeza quedaba muy
por encima del trailer.
A continuación el segundo tiranosaurio se acercó por el otro
lado. Los dos animales comenzaron a girar en torno del trailer, gruñendo y
resoplando. Sarah y Malcolm percibían el penetrante olor de los depredadores.
Uno de los tiranosaurios rozó el costado del trailer, produciendo un áspero
sonido de piel escamosa contra metal.
Una repentina sensación de pánico asaltó a Malcolm. Se debía a
aquel olor, que volvió de pronto a su memoria después de varios años. Empezó a
sudar. Miró a Sarah y vio que observaba atentamente los movimientos de los
animales.
—Éste no es comportamiento de caza — susurró.
—No sé — dijo Malcolm— . Quizá sí. Al fin y al cabo no son
leones.
Uno de los tiranosaurios lanzó un temible y ensordecedor bramido
en la noche.
—No han venido a cazar — repitió Sarah— . Están buscando, lan.
Instantes después el segundo tiranosaurio bramó también en
respuesta. Súbitamente la enorme cabeza apareció en la ventana, escudriñando el
interior. Malcolm se echó al suelo, y Sarah cayó sobre él, pisándole la oreja.
—Todo saldrá bien, Sarah, no te preocupes. —Afuera se oían los
gruñidos de los tiranosaurios. — ¿Te importaría salir de encima? — masculló
Malcolm.
Sarah se apartó a un lado, y Malcolm se incorporó lentamente,
asomándose con cuidado por encima de los almohadones de los asientos. El
gigantesco ojo del rex lo miraba a través de la ventana, girando en la órbita.
Vio que abría y cerraba las mandíbulas. El aliento cálido del animal empañó el
vidrio.
El tiranosaurio retiró la cabeza, y por un momento Malcolm
respiró aliviado. Pero al cabo de un instante la cabeza volvió a acercarse y
golpeó con fuerza el trailer, que se balanceó notablemente.
—No te preocupes, Sarah — repitió Malcolm— . El trailer es muy
resistente.
—No sabes cuánto me tranquiliza — susurró Sarah.
En el lado opuesto, el otro rex bramó también y asestó un
tremendo golpe con el hocico. La suspensión chirrió con el impacto. Los dos
tiranosaurios arremetieron alternada y rítmicamente contra el trailer desde
ambos lados. Malcolm y Sarah se tambalearon en el interior. Sarah intentó
sujetarse, pero la siguiente sacudida la derribó. El suelo se ladeaba
alarmantemente con cada golpe. El material de laboratorio salió despedido de
las mesas. El suelo quedó cubierto de vidrios rotos.
De repente cesó el traqueteo y reinó el silencio.
Malcolm, gruñendo, se irguió sobre una rodilla y miró por la
ventana. Vio alejarse los cuartos traseros de un tiranosaurio.
— ¿Qué hacemos? — preguntó en un murmullo.
Se oyó el chasquido de la radio, y Thorne dijo:
— ¿Ian, estás ahí? ¿Ian?
—¡Por Dios, apaga eso! — susurró Sarah.
Malcolm tomó el transmisor que llevaba prendido del cinturón.
— Estamos bien comunicó en voz baja, y desconectó la radio.
Sarah se dirigió a gatas hacia el laboratorio biológico. Malcolm la siguió y
vio que el más voluminoso de los tiranosaurios contemplaba por la ventana a la
cría atada. El tiranosaurio emitió un suave ronroneo. A continuación, sin
apartar la vista de la ventana, calló durante un momento y volvió a ronronear.
—Quiere su cría, lan — susurró Sarah.
—Yo no tengo inconveniente en que se la lleve — afirmó Malcolm.
Se hallaban los dos acurrucados en el suelo, ocultos a la mirada del
tiranosaurio.
—¿Cómo vamos a devolvérsela?
—No lo sé — respondió Malcolm— . Quizá podríamos sacarla por la
puerta.
—No quiero que la pisen — objetó Sarah.
—¿Y qué importa eso ahora? — protestó Malcolm.
El tiranosaurio emitió una serie de suaves gruñidos seguidos de
un rugido largo y amenazador. Era la hembra.
—¡Sarah...! — exclamó Malcolm.
Pero Sarah estaba ya de pie, frente al tiranosaurio. De
inmediato empezó a hablar con voz tranquilizadora:
—De acuerdo... No hay problema... La cría está bien... Ahora voy
a desatarla... Mira cómo lo hago...
La cabeza del tiranosaurio era tan grande que abarcaba toda la
ventana. Sarah advirtió cómo se ondulaban los poderosos músculos del animal
bajo la piel del cuello. Las mandíbulas se separaron ligeramente. A Sarah le
temblaban las manos mientras soltaba las correas.
—Así... Tu cría está bien... ¿Ves? Está bien...
—¿Qué haces? — preguntó Malcolm en voz baja, agachado a los pies
de Sarah.
Ella contestó sin variar de tono:
—Ya sé que parece un disparate... Pero a veces da resultado con
los leones... Listo... Tu cría ya está libre... — Sarah retiró la manta y la
mascarilla de oxígeno. Levantando a la cría con las manos, añadió: — Ahora...
lo único que tenemos que hacer... es devolvértela...
De pronto la hembra apartó la cabeza, tomó impulso y golpeó el
vidrio, que quedó reducido a una telaraña blanca. Sarah vio una sombra al otro
lado y sintió el segundo impacto, que desprendió el vidrio. Dejó la cría en la
bandeja y retrocedió de un salto mientras la cabeza penetraba en el trailer.
Por el hocico del animal adulto corrían hilos de sangre como consecuencia de
los cortes producidos por los fragmentos de vidrio. Pero una vez que cesó la
violencia inicial sus movimientos se tornaron delicados. Olfateó lentamente a
la cría de la cabeza a los pies. Se detuvo un instante en el yeso y lo lamió.
Por último apoyó la mandíbula inferior en el pecho de la cría y permaneció
inmóvil en esa posición durante un largo rato. Se limitaba a parpadear, mirando
a Sarah.
Malcolm, tendido en el suelo, vio la sangre que goteaba por el
borde de la mesa. Levantó la vista, pero Sarah lo obligó a agachar la cabeza
con la mano y le indicó que se callara.
—¿Qué pasa? — preguntó Malcolm.
—Le palpa el pecho buscando el latido del corazón.
El tiranosaurio gruñó, abrió la boca y levantó suavemente a la
cría con las fauces. A continuación retrocedió despacio a través del vidrio
roto, llevándose a la cría.
La dejó en el suelo, fuera del ángulo de visión de Sarah, y
agachó la cabeza.
—¿Se despertó? — susurró Malcolm— . ¿Está despierta la cría?
— ¡Chist!
Se oyeron repetidos lengüetazos intercalados con blandos
gruñidos guturales. Malcolm vio que Sarah se inclinaba para asomarse por la
ventana.
—¿Qué ocurre? — murmuró Malcolm.
—Lame a la cría y la empuja con el hocico — explicó Sarah.
— ¿Y?
—Eso es todo. No hace nada más que eso una y otra vez.
— ¿Y la cría? — inquirió Malcolm.
—Nada. Rueda por la hierba como si estuviese muerta. ¿Cuánta
morfina le administraste en la última inyección?
—No lo sé — contestó Malcolm— . ¿Cómo quieres que lo sepa?
Malcolm siguió en el suelo escuchando los lametones y gruñidos.
Y finalmente, después de lo que le pareció una eternidad, oyó un agudo
chillido.
—¡Está despertándose, lan! — anunció Sarah— . ¡La cría está
despertándose!
Malcolm se incorporó y, de rodillas, miró por la ventana. El
tiranosaurio adulto sujetaba a la cría entre las fauces y se dirigía hacia el
límite del bosque.
—¿Qué hace?
—Supongo que se la lleva respondió Sarah.
Entonces apareció el segundo adulto, que siguió tras los pasos
del primero. Malcolm y Sarah vieron alejarse a los dos tiranosaurios por el
claro.
Malcolm se relajó, encorvando los hombros.
— Estuvimos cerca.
—Sí, estuvimos cerca — dijo Sarah con un suspiro a la vez que se
enjugaba la sangre del antebrazo.
En la plataforma de observación Thorne pulsó el botón de la
radio.
—¡lan! ¿Estás ahí? ¡lan!
—Quizá desconectaron la radio — apuntó Kelly.
Empezó a lloviznar y las gotas tamborilearon en el techo del
refugio. Levine miraba hacia el claro de lo alto de la montaña con los anteojos
de visión nocturna. Cayó un rayo, y Thorne preguntó:
— ¿Ves qué hacen los animales?
—Yo sí — se apresuró a responder Eddie— . Parece... parece que
se marchan. Todos lanzaron gritos de alegría.
Sólo Levine guardó silencio y siguió observando. Thorne se
volvió hacia él.
—¿Es así, Richard? ¿Todo en orden?
—Creo que no, la verdad — contestó Levine— . Me temo que hemos
cometido un grave error.
Malcolm, asomado a la ventana rota, observó cómo se alejaban los
tiranosaurios. Junto a él, Sarah permanecía callada sin apartar la vista de los
animales.
Había empezado a llover; el agua goteaba de los fragmentos de
vidrio que seguían aún unidos al marco de la ventana. Un trueno retumbó a lo
lejos y el violento destello de un rayo iluminó a los gigantescos animales. Se
detuvieron junto a los árboles y dejaron a la cría en el suelo.
—¿Por qué hacen eso? — preguntó Sarah— . Deberían volver al
nido.
—No lo sé, quizá...
—Quizá la cría está muerta — aventuró Sarah.
Pero no. A la luz del siguiente rayo vieron que la cría se
movía. Aún vivía. Oyeron sus agudos chillidos cuando uno de los adultos la
recogió entre sus fauces y la colocó delicadamente en la horcadura formada por
dos ramas altas.
—¡Oh, no! — exclamó Sarah— . Algo no anda bien, lan. Algo no
anda bien.
El tiranosaurio hembra permaneció con la cría durante unos
minutos, moviéndola, acomodándola. A continuación se dio media vuelta, abrió
las fauces y rugió.
El tiranosaurio macho rugió en respuesta.
Entonces los dos animales arremetieron a toda velocidad contra
ellos.
—¡Dios mío! — imploró Sarah.
—¡Agárrate, Sarah! — instó Malcolm— . El golpe va a ser fuerte.
El asombroso impacto los lanzó a los dos por el aire. Sarah
gritó y se desplomó. Malcolm se golpeó la cabeza y cayó al suelo. El trailer se
balanceó con un chirrido metálico sobre los amortiguadores. Los tiranosaurios
rugieron y embistieron de nuevo.
Malcolm oyó que Sarah lo llamaba y de repente el trailer volcó.
Malcolm rodó; alrededor, los objetos de vidrio y el material de laboratorio
quedaron hechos añicos. Cuando levantó la vista, todo estaba de costado. Ante
sí tenía la ventana que el tiranosaurio había destrozado. La lluvia le azotó en
la cara. Cayó un rayo, y vio una gran cabeza que gruñía y lo miraba por el
hueco. Oyó rechinar las garras del tiranosaurio contra el flanco metálico del
trailer. De pronto la cabeza desapareció, y un momento después los oyó bramar
mientras empujaban el trailer por la hierba.
Llamó a Sarah y la vio detrás de él justo cuando todo alrededor
volvía a girar descabelladamente. El trailer había quedado ahora del revés.
Malcolm empezó a arrastrarse por el techo hacia Sarah. Sobre su cabeza veía el
equipo de laboratorio, sujeto a las repisas. Sobre él, cayó el líquido de una
docena de frascos. Algo le quemó el hombro. Oyó un siseo y comprendió que debía
de ser ácido.
Sarah gemía en la oscuridad ante él. Otro rayo iluminó el
trailer, y Malcolm la vio enroscada en el techo junto al fuelle, que estaba
totalmente retorcido, lo cual significaba que el otro trailer seguía derecho.
Era demencial. Todo aquello era demencial.
Afuera los tiranosaurios rugieron, y Malcolm oyó una explosión
sorda. Habían mordido un neumático. "Lástima que no muerdan el cable de la
batería. Se llevarían una buena sorpresa", pensó.
De pronto los tiranosaurios embistieron otra vez, y el trailer
avanzó lateralmente por el claro. En cuanto se detuvo lo golpearon de nuevo y
siguió desplazándose de costado.
Por fin Malcolm llegó hasta donde se hallaba Sarah, que se
abrazó a él.
—Ian — dijo.
Tenía una mancha oscura en la mitad izquierda de la cara. A la
luz del siguiente rayo Malcolm advirtió que era sangre.
—¿Te encuentras bien?
—Sí, estoy bien — contestó ella. Con el dorso de la mano se
limpió la sangre que le corría sobre el ojo. — ¿Ves dónde está la herida?
Al caer otro rayo Malcolm vio brillar un grueso fragmento de
vidrio incrustado cerca del límite del pelo. Lo extrajo e intentó detener con
la mano la súbita efusión de sangre. Estaban en la cocina; alargó el brazo y
tiró de un paño. Lo sostuvo contra la frente de Sarah y observó que se
oscurecía rápidamente.
—¿Te duele?
— Estoy bien.
—No creo que sea grave — dijo Malcolm.
Afuera los tiranosaurios rugieron.
—¿Qué hacen? — preguntó Sarah con voz apagada.
Los tiranosaurios arremetieron nuevamente. Con el impacto el
trailer pareció desplazarse un tramo mucho mayor, deslizándose lateralmente y
hacia abajo.
Deslizándose hacia abajo.
—Nos están empujando — respondió Malcolm.
— ¿Hacia dónde?
—Hacia el borde del claro. — Los tiranosaurios , volvieron a
embestir. — Nos están empujando hacia el precipicio. — El precipicio eran
ciento cincuenta metros de roca sobre el valle.
No sobrevivirían a la caída.
Sarah sostuvo ella misma el paño y le apartó la mano.
— Haz algo.
—Sí, de acuerdo — repuso Malcolm.
Se separó de Sarah, agarrándose firmemente en espera del
siguiente impacto. No sabía qué hacer. No se le ocurría nada. El trailer estaba
dado vuelta y todo era absurdo. Le ardía el hombro y percibía el olor del ácido
que corroía la camisa. O quizá la carne. Le ardía mucho. El trailer se hallaba
sumido en la mayor oscuridad, la electricidad estaba cortada, había vidrios por
todas partes y...
La electricidad estaba cortada.
Malcolm empezó a levantarse, pero el siguiente impacto lo lanzó
de costado. Al caer se golpeó la cabeza contra la heladera. La puerta se abrió,
y una avalancha de cartones de leche y botellas de vidrio se precipitó sobre
él. Pero no había luz en la heladera.
Porque la electricidad estaba cortada.
Tendido de espaldas Malcolm miró por la ventana y vio el enorme
pie de un tiranosaurio en la hierba. En el preciso momento en que destellaba
otro rayo el pie se alzó para golpear de nuevo. Inmediatamente el trailer
volvió a moverse, esta vez deslizándose con más facilidad, rechinando e
inclinándose hacia abajo.
—¡Mierda! — exclamó Malcolm.
— Ian... — llamó Sarah.
Pero ya era demasiado tarde. Todo el trailer chirriaba y gemía
en una metálica protesta. Malcolm vio entonces que la parte delantera se hundía
al llegar al borde del precipicio. Comenzó a decantarse lentamente, pero
enseguida cobró velocidad. El techo en el que yacían se precipitó, todo se
precipitó, Sarah se precipitó agarrándose a él al sentirse arrastrada al vacío,
y los tiranosaurios lanzaron un bramido triunfal.
"Nos caemos por el precipicio", pensó Malcolm.
Sin saber qué más hacer, se aferró firmemente a la puerta de la
heladera. Estaba fría y resbaladiza a causa de la humedad. El trailer se ladeó
y cayó rechinando ruidosamente. Malcolm notó que le resbalaban las manos en el
esmalte blanco, le resbalaban... le resbalaban... Al final no pudo sostenerse
más y cayó irremediablemente hacia la cabina del trailer. Vio acercarse
rápidamente el asiento del conductor, pero antes de llegar allí se golpeó con
algo, sintió un penetrante dolor y se dobló.
Lenta y suavemente lo envolvió la oscuridad.
La lluvia golpeaba ruidosamente el techo del cobertizo y caía
por los costados formando una cortina homogénea. Levine enjugó las lentes de
los anteojos y volvió a llevárselos a los ojos. Miró hacia el precipicio en la
oscuridad.
—¿Qué pasó? — preguntó Arby.
—No lo sé — respondió Levine. Con aquel aguacero apenas se veía.
Unos momentos antes habían presenciado con horror cómo los dos tiranosaurios
empujaban el trailer hacia el precipicio. Los enormes animales habían
conseguido llevar a cabo su objetivo con relativa facilidad; Levine calculó que
los dos tiranosaurios constituían una masa conjunta de veinte toneladas
mientras que el trailer pesaba sólo dos. Una vez que lograron ponerlo del revés
lo deslizaron sin problemas, impulsándolo con el vientre y las poderosas patas.
—¿Por qué hicieron una cosa así? — preguntó Thorne, de pie junto
a Levine.
—Sospecho que hemos invadido su territorio.
— ¿Otra vez lo mismo?
—Recuerda con qué nos enfrentamos — dijo Levine— . Aunque el
comportamiento de los tiranosaurios parezca complejo, es básicamente
instintivo. Es un comportamiento irreflexivo, maquinal. Y la territorialidad
forma parte de ese instinto. Los tiranosaurios marcan y defienden su
territorio. No es un comportamiento reflexivo (no poseen cerebros muy grandes),
sino que actúan así por instinto. Todo comportamiento instintivo obedece a unos
factores desencadenantes, a unos activadores. Y me temo que, al desplazar a la
cría, hemos redefinido su territorio, incorporando en él el claro donde han
encontrado a la cría. Así que ahora expulsando el trailer simplemente defienden
su territorio.
Un rayo iluminó la isla y todos vieron simultáneamente la
aterradora escena. El primer trailer había rebasado el borde del precipicio y
colgaba en el vacío, sujeto aún por el fuelle de conexión al segundo trailer,
que permanecía en el límite del claro.
—¡El fuelle no aguantará mucho más! — presagió Eddie.
A la luz del rayo vieron a los tiranosaurios en el claro,
empujando metódicamente el segundo trailer.
Thorne se volvió hacia Eddie.
— ¡Voy por ellos! — anunció.
— Lo acompaño — se ofreció Eddie.
— ¡No! ¡Quédate con los niños!
— Pero necesitará...
—¡Quédate con los niños! ¡No podemos dejarlos solos!
— Pero Levine puede...
—¡No, quédate! — ordenó Thorne. Descendía ya por el andamiaje,
resbaladizo a causa de la lluvia. Vio que Kelly y Arby lo observaban desde
arriba. Subió rápidamente al Explorer y puso el motor en marcha, calculando ya
la distancia que lo separaba del claro, unos cinco kilómetros, quizás un poco
más. Aun conduciendo a toda velocidad tardaría en llegar siete u ocho minutos.
Para entonces sería ya demasiado tarde. No conseguiría llegar a
tiempo.
Pero iba a intentarlo.
Sarah Harding oyó un rítmico chirrido y abrió los ojos.
La rodeaba una oscuridad absoluta; estaba desorientada. De
pronto cayó un rayo y ante sus ojos apareció el valle, ciento cincuenta metros
más abajo. La vista se mecía suavemente.
Estaba mirando a través del parabrisas del trailer, que colgaba
al borde del precipicio. Ya no caían. Pero pendían precariamente en el vacío.
Ella se hallaba tendida en el asiento delantero, que se había
desprendido de su anclaje y había destrozado el panel de control de la pared;
asomaban cables sueltos y parpadeaban los indicadores.
La sangre que le corría sobre el ojo le impedía ver con
claridad. Tiró del borde de su camisa y arrancó dos tiras de tela. Plegando
una, formó una compresa y se la apretó contra la herida de la frente; la
segunda tira de tela se la ató alrededor de la cabeza para sujetar la compresa.
Por un instante sintió un dolor intenso; apretó los dientes hasta que
disminuyó.
Percibió una vibración procedente de arriba. Al volverse vio el
trailer en toda su longitud, suspendido verticalmente. Malcolm se encontraba a
tres metros por encima de ella, inmóvil y doblado contra una mesa de
laboratorio.
—Ian — dijo.
Malcolm no respondió. No se movió.
El trailer se estremeció de nuevo, chirriando a causa de un
golpe sordo. De pronto Sarah comprendió qué ocurría. El primer trailer colgaba
totalmente al borde del precipicio, balanceándose en el aire. Sin embargo,
seguía unido al segundo trailer, que permanecía en el claro. El primer trailer
pendía del fuelle de conexión. Y los tiranosaurios, arriba, empujaban el
segundo trailer hacia el precipicio.
— Ian — repitió— . Ian.
Pasando por alto el dolor que sentía en todo el cuerpo, se puso
de pie. Al notar que le daba vueltas la cabeza, se preguntó cuánta sangre
habría perdido. Empezó a trepar irguiéndose primero sobre el respaldo del
asiento y aferrándose a la mesa más cercana del laboratorio biológico. Se
incorporó hasta alcanzar una manija montada en la pared. El trailer se meció.
Desde la manija consiguió llegar a la puerta de la heladera y
meter los dedos entre los alambres de un estante. Tiró con fuerza para
asegurarse de que resistiría su peso y se dejó ir. Levantó una pierna y colocó
el pie en el interior de la heladera. Balanceó el cuerpo hasta poder erguirse y
alcanzar la manija de la puerta del horno.
Pensó que era como practicar alpinismo en una maldita cocina. Se
hallaba ya junto a Malcolm. A la luz de otro rayo vio que tenía la cara
magullada. Malcolm gimió. Se acercó más a él para ver si estaba mal herido.
—Ian.
—Lo siento, yo te metí en esto — dijo Malcolm con los ojos
cerrados.
—No te preocupes por eso ahora. ¿Puedes moverte? ¿Estás bien?
— La pierna... — se quejó Malcolm.
—Ian. Tenemos que hacer algo.
Sarah oyó los rugidos de los tiranosaurios en el claro. Tenía la
impresión de llevar toda una vida oyendo aquel sonido. El trailer avanzó
ligeramente y se balanceó. Perdió pie y quedó colgando de la puerta del horno.
El otro extremo del trailer se hallaba seis metros más abajo.
La manija del horno no soportaría su peso mucho rato, lo sabía.
Agitó las piernas desesperadamente y por fin tocó algo sólido. Tanteó con el
pie y encontró apoyo. Bajando la vista advirtió que se sostenía sobre la pileta
de acero inoxidable. Movió el pie y accionó la canilla. Se empapó las botas.
Los tiranosaurios rugieron y golpearon con fuerza el metal. El
trailer se separó aún más de la pared del precipicio y se balanceó.
— Ian, no nos queda mucho tiempo. Tenemos que hacer algo.
Malcolm levantó la cabeza y le dirigió una mirada inexpresiva.
Volvió a caer un rayo. Malcolm movió los labios.
—La corriente eléctrica.
— ¿Qué?
—Está cortada.
Sarah no captó la idea en un primer momento. Claro que estaba
cortada. De pronto cayó en la cuenta: la había cortado él poco antes, cuando se
acercaban los tiranosaurios. Inicialmente la luz los había mantenido a
distancia; quizá los ahuyentaría.
—¿Quieres que dé la corriente? — preguntó Sarah. Malcolm asintió
ligeramente con la cabeza.
—Sí.
— ¿Cómo, Ian?
— Hay un panel — dijo Malcolm.
— ¿Dónde?
Malcolm no contestó. Sarah le sacudió el hombro.
— ¿Dónde está el panel, Ian?
Malcolm señaló hacia abajo.
Sarah miró en la dirección que le indicaba y vio los cables
sueltos del panel.
—No puedo. Está roto.
—Arriba... — sugirió Malcolm.
Sarah apenas lo oía. Vagamente recordó que había otro panel a la
entrada del segundo trailer. Si llegaba hasta allí, conseguiría dar la
corriente.
—De acuerdo, Ian. Voy a intentarlo.
Sarah trepó aún más alto. La parte delantera del trailer se
hallaba ahora a nueve metros por debajo de ella. Los tiranosaurios rugieron y
embistieron de nuevo. Sarah se balanceó en el aire pero de inmediato continuó
el ascenso.
Cuando llegó a lo alto del primer trailer, la luz áspera de un
rayo iluminó el interior, y Sarah vio que era imposible acceder al otro
vehículo. El fuelle estaba retorcido y el paso quedaba totalmente cerrado.
Se encontraban atrapados en el primer trailer.
Oyó los rugidos de los tiranosaurios y un nuevo golpe.
— ¡lan!
Sarah bajó la vista. Malcolm no se movía.
Allí colgada, comprendió con una sensación de vértigo que estaba
derrotada. Otra embestida, otras dos tal vez, y todo habría terminado. Caerían
al abismo. No había nada que hacer. Ya no quedaba tiempo. Se hallaba suspendida
en la oscuridad, con la corriente eléctrica cortada, y no había nada...
¿O sí había una última posibilidad? Oyó un zumbido eléctrico a
corta distancia. ¿Acaso había otro panel en aquel extremo del trailer? ¿Habían
instalado un panel en cada punta?
Colgada casi en el extremo del trailer, con los brazos y hombros
al límite de su resistencia, buscó a su alrededor un segundo panel. Si existía,
no podía estar lejos. Pero, ¿dónde? Al iluminarse el trailer con el resplandor
de otro rayo, miró rápidamente a uno y otro lado. No vio ningún panel.
Le dolían los brazos.
— lan, por favor.
No había panel.
No era posible. Seguía oyendo el zumbido eléctrico. Sin duda
tenía que haber un panel. Se volvió a izquierda y derecha, y de pronto, gracias
al destello de otro rayo, lo vio.
Se hallaba a quince centímetros por encima de su cabeza. Estaba
del revés, pero Sarah veía todos los botones e interruptores. Si lograba
descifrar en la oscuridad cuál...
"¡Al diablo!", pensó.
Soltó la mano derecha y, colgada de la izquierda, empezó a
pulsar uno por uno todos los botones que encontraba. Al instante comenzaron a
encenderse las luces interiores del trailer.
Siguió apretando botones, uno tras otro. Algunos provocaron
cortocircuitos; saltaron chispas y se formó una nube de humo. Siguió apretando
botones.
De pronto el monitor lateral se encendió, a unos centímetros de
su cara. Vio una mancha azul veteada, pero de inmediato apareció una nítida
imagen de los tiranosaurios en el claro, junto al segundo trailer, tocándolo
con los miembros delanteros y golpeándolo con las poderosas patas. Pulsó más
botones. El último tenía un protector plateado; levantó la cubierta y también
lo pulsó.
En el monitor vio desaparecer a los tiranosaurios en medio de un
estallido de chispas incandescentes y los oyó rugir enfurecidos. A continuación
se desvaneció la imagen y se produjo una explosión de chispas en torno de
Sarah, que le quemaron la cara y las manos. De pronto todas las luces se
apagaron y quedaron sumidos nuevamente en una total oscuridad.
Por un momento reinó el silencio.
Luego, inexorablemente, se reanudaron los golpes.
THORNE
Las escobillas del limpiaparabrisas se deslizaban a un lado y a
otro. Thorne tomaba deprisa las curvas pese a la lluvia torrencial. Consultó el
reloj. Ya habían pasado dos minutos, quizá tres. Quizá más. No estaba seguro.
El camino era un barrizal, resbaladizo y peligroso. Al atravesar
los profundos charcos contenía la respiración. Los sistemas del vehículo habían
sido impermeabilizados en el taller, pero con aquellas cosas nunca existían
totales garantías. Cada charco era una nueva prueba, y hasta el momento las
había superado todas satisfactoriamente.
Ya habían pasado tres minutos. Tres por lo menos.
Tras una curva un rayo iluminó el camino, y Thorne vio un
profundo charco unos metros más adelante. Lo cruzó a toda velocidad, levantando
olas de agua a ambos lados. El Explorer lo pasó y siguió adelante. ¡Siguió
adelante! Al principio de una pendiente Thorne vio oscilar anormalmente las
agujas de los indicadores y oyó la inconfundible crepitación que acompañaba
siempre a un cortocircuito. Se produjo una explosión bajo el capó y un humo
acre se elevó del radiador. El Explorer se detuvo.
Cuatro minutos.
Thorne se quedó sentado en el vehículo, escuchando el sonido de
la lluvia contra el techo metálico. Intentó poner el motor en marcha de nuevo.
No respondió.
No llegaba corriente.
Por el parabrisas caía una cortina de agua. Se recostó en el
asiento, exhaló un suspiro y miró el camino. En el asiento contiguo sonó el
chasquido de la radio.
—¿Doc? Ya casi debe de haber llegado.
Thorne miró fijo el camino, intentando adivinar dónde se
hallaba. Calculó que se encontraba aún a casi dos kilómetros del trailer,
quizás un poco más. Demasiado lejos para intentarlo a pie. Maldijo y golpeó el
asiento.
—No, Eddie. Ha habido un cortocircuito.
— ¿Cómo?
—Eddie, el vehículo no funciona. Estoy...
Thorne se interrumpió.
Notó algo.
Al otro lado de la siguiente curva advirtió un resplandor rojo.
Thorne escudriñó entre la lluvia entornando los ojos. No, no eran visiones
suyas. Estaba allí, sin duda: un resplandor rojo.
—¿Doc? ¿Está ahí? — dijo Eddie.
Thorne no contestó. Tomó la radio y el rifle Lindstradt, salió
del Explorer y, agachando la cabeza para protegerse de la lluvia, empezó a
subir por la pendiente hacia el cruce con el camino de montaña. Al doblar la
curva, vio claramente el jeep rojo, en medio del camino, con las luces traseras
encendidas, una de ellas rota.
Corrió hacia el jeep, intentando ver el interior. Al caer un
rayo comprobó que no había nadie adentro. La puerta del conductor no estaba
cerrada y presentaba una profunda abolladura en la chapa. Thorne subió y buscó
a tientas en la columna de dirección. Sí, tenía la llave en el contacto. La
hizo girar y el motor arrancó.
Puso el jeep en movimiento, cambió de sentido y se dirigió hacia
el claro. Después de unos cuantos recodos más avistó el tejado verde del
laboratorio y dobló a la izquierda. Los haces de los faros trazaron un arco
sobre la hierba y alumbraron a los dinosaurios, todavía concentrados en su
empeño de empujar el trailer.
Ante la presencia de aquellas otras luces los tiranosaurios se
volvieron al unísono y bramaron en dirección al jeep. A continuación
abandonaron el trailer y emprendieron una veloz carrera por el claro. Thorne
dio marcha atrás desesperadamente, pero enseguida se dio cuenta de que no se
dirigían hacia él, sino hacia un árbol cercano. Se detuvieron ante el árbol con
las cabezas en alto. Thorne apagó las luces y esperó. Sólo veía a los animales
de manera intermitente bajo el resplandor de los rayos. Una de las veces
advirtió que bajaban a la cría del árbol. Obviamente su repentina llegada les
había hecho temer por la seguridad de la cría.
Cuando cayó el siguiente rayo, los tiranosaurios ya habían
desaparecido. El claro estaba vacío. ¿Se habían marchado o simplemente se
habían escondido? Bajó el vidrio de la ventanilla y asomó la cabeza. En ese
momento oyó un chirrido continuo. Se asemejaba al gemido de un animal, pero era
demasiado regular, demasiado constante. Escuchó atentamente y se dio cuenta de
que era otra cosa: un sonido metálico.
Thorne volvió a encender las luces y avanzó despacio. Al parecer
los tiranosaurios se habían marchado definitivamente. En el haz de luz de los
faros vio el segundo trailer.
Con un continuo chirrido metálico se deslizaba aún poco a poco
por la hierba, hacia el precipicio.
—¿Qué hace? — preguntó Kelly en voz alta para hacerse oír sobre
el ruido de la lluvia.
—Está en el vehículo — informó Levine, mirando en la oscuridad
con los anteojos de visión nocturna. Desde la plataforma de observación veía
los faros de Thorne en el claro. — Avanza hacia el trailer. Y ahora...
—¿Ahora qué? — inquirió Kelly— . ¿Qué hace ahora?
—Da vueltas alrededor de un árbol — dijo Levine— . Un árbol
grande situado en el límite del claro.
—¿Por qué?
—Debe de estar enrollando el cable alrededor del árbol —
respondió Levine— . No se me ocurre otra razón.
Se produjo un momento de silencio.
— ¿Qué hace ahora? — preguntó Arby.
— Salió del jeep y corre en dirección al trailer.
Thorne estaba de rodillas en el barro y sostenía entre las manos
el enorme gancho del jeep. Pese a que el trailer seguía deslizándose hacia el
precipicio, logró arrastrarse debajo y colocar el gancho en el eje trasero.
Retiró los dedos en el preciso momento en que el gancho se trababa contra la
cubierta de los frenos y rodó a un lado.
Recién sujetado, el trailer se desplazó bruscamente de costado y
las ruedas segaron la porción de hierba donde Thorne estaba tendido hacía unos
instantes.
El cable metálico del cabrestante se tensó. La parte inferior
del trailer rechinó en protesta.
Pero la estructura aguantó.
Thorne salió de debajo del trailer y lo miró bajo la lluvia con
los ojos entornados. Observó atentamente las ruedas del jeep para comprobar si
se movían. No. Con el cable enrollado al árbol, el jeep bastaba como contrapeso
para mantener el segundo trailer al borde del precipicio.
Regresó al jeep, subió y fijó el freno. Oyó decir a Eddie por la
radio:
—Doc, Doc.
— Estoy aquí, Eddie.
— Logró detenerlo.
— Sí. Ya no se mueve.
La radio crepitó.
—Estupendo. Pero escuche, Doc. Ya sabe que el fuelle no es más
que una malla metálica de cinco milímetros de grosor montada sobre espirales de
acero inoxidable. No está pensada para...
—Ya lo sé, Eddie. Estoy en eso.
Thorne bajó del jeep y corrió hacia el trailer bajo la lluvia.
Abrió la puerta lateral y entró. El interior estaba completamente oscuro. No
veía nada. Todo se había caído de las estanterías. Pisó fragmentos de vidrio.
Todas las ventanas estaban rotas. Con la radio en la mano dijo:
—¡Eddie!
— Sí, Doc.
—Necesito una cuerda. — Le constaba que Eddie había reunido toda
clase de material.
—Doc.. .
—Sólo dime dónde está.
— En el otro trailer, Doc.
Thorne chocó contra una mesa en la oscuridad.
— ¡Magnífico! — exclamó.
—Puede que haya una cuerda de nailon en el armario de
herramientas — dijo Eddie— . Pero no sé cuánta. — No parecía muy esperanzado.
Thorne se abrió paso hasta el fondo del trailer y llegó hasta
los armarios empotrados. Las puertas estaban atrancadas. Tiró con fuerza en la
oscuridad, pero finalmente desistió. El armario de repuestos estaba al otro
lado del fuelle. Quizás allí había cuerda. Y en ese momento era cuerda lo que
necesitaba.
EL TRAILER
Sarah Harding, todavía colgada en el extremo del trailer,
levantó la vista y contempló el fuelle retorcido que comunicaba con el segundo
trailer. Las embestidas de los dinosaurios habían cesado y el trailer ya no se
movía. Pero ahora notaba un goteo de agua fría en la cara. Y sabía lo que eso
significaba.
El fuelle empezaba a rasgarse.
Miró hacia arriba y vio el principio de una rajadura en la tela
que dejaba al descubierto las espirales de acero que formaban el fuelle. La
rajadura era aún pequeña, pero se extendería rápidamente. Y al romperse la
malla, el acero se desenroscaría, se alargaría y finalmente cedería.
Sólo disponían de unos minutos antes de que el trailer se
desprendiese y cayese al vacío.
Descendió de nuevo hasta donde se encontraba Malcolm y buscó un
punto de apoyo firme junto a él.
—lan.
—Ya lo sé — contestó Malcolm con un gesto de negación.
— lan, tenemos que salir de aquí. — Lo agarró por las axilas y
lo ayudó a enderezarse. — Y tú vienes conmigo.
Malcolm, derrotado, volvió a negar con la cabeza. Sarah ya había
visto antes en su vida ese mismo gesto de renuncia, y lo detestaba. Ella jamás
se rendía.
Malcolm lanzó un gruñido.
— No puedo...
—Tienes que hacerlo — instó Sarah.
— Sarah.. .
—No pienso escucharte, lan. No tenemos nada de qué hablar. Y
ahora vamos. — Tiró de Malcolm, y él gimió. Pese a todo Sarah lo obligó a
erguirse y lo separó de la mesa.
El resplandor de un rayo iluminó el trailer, y Malcolm pareció
hacer acopio de energía. Consiguió mantenerse recto al borde del asiento
situado frente a la mesa. Vacilaba, pero se mantenía recto.
—¿Y ahora qué? — preguntó Malcolm.
—No lo sé, pero tenemos que salir de aquí... ¿Hay cuerda por
alguna parte?
Malcolm asintió débilmente.
— ¿Dónde? — preguntó Sarah. Malcolm señaló hacia la cabina.
— Allí. Bajo el tablero.
— Vamos, pues — ordenó Sarah.
Se inclinó y buscó apoyo para los pies en el lado opuesto.
Adoptó la misma posición que un alpinista en la chimenea de una montaña. El
tablero se encontraba a seis metros por debajo de ellos.
— Muy bien, lan. Vamos.
—No puedo, Sarah. De verdad.
— Entonces apóyate en mí. Yo te llevaré.
— Pero...
—¡Ahora, maldita sea!
Malcolm se levantó y asió con mano temblorosa una manija montada
en la pared. Arrastraba la pierna derecha. A continuación, repentinamente,
Sarah notó todo su peso sobre ella y casi resbaló. Malcolm se aferró a su
cuello, ahogándola. Sarah jadeó, se echó las manos a la espalda, agarró a
Malcolm por los muslos y lo levantó en el aire mientras él se sujetaba mejor a
su cuello. Finalmente consiguió respirar.
—Lo siento — se disculpó Malcolm.
—No importa — dijo Sarah— . Allá vamos.
Empezó a descender por el pasadizo vertical, aferrándose a todo
aquello que encontraba. En algunos sitios había manijas, y donde no las había
recurría a los tiradores de los cajones, las patas de las mesas, las fallebas
de las ventanas o la alfombra del suelo. En un punto la alfombra se levantó y
Sarah se deslizó hacia abajo hasta que consiguió afianzarse nuevamente con las piernas.
Colgado a sus espaldas, Malcolm gemía y le temblaban los brazos.
—Eres muy fuerte — comentó él.
—Fuerte pero femenina — contestó Sarah severamente.
Ya estaban sólo a tres metros del tablero. Luego a uno. Sarah
encontró una manija, se colgó y dejó ir las piernas. Apoyó los pies en el
volante. Bajó y colocó a Malcolm en el tablero. Él se recostó, respirando con
dificultad.
El trailer rechinó y se balanceó. Buscó a tientas bajo el
tablero y encontró un pequeño armario. Al abrirlo cayeron varias herramientas.
Y encontró una cuerda de nailon de algo más de un centímetro de grosor y
posiblemente unos quince metros de longitud.
Se levantó y miró por el parabrisas hacia el valle, ciento
cincuenta metros más abajo. junto a ella tenía la puerta del conductor. Al
abrirla, giró completamente hacia afuera y chocó ruidosamente contra la
superficie exterior del trailer. La lluvia le azotó en la cara.
Sarah se asomó y examinó el costado del trailer. Se componía de
paneles lisos de metal, sin manijas. Sin embargo, en la parte inferior tenía
que haber ejes, cajas y otros puntos de apoyo. Agarrándose de la manija húmeda
de la puerta, se inclinó hacia afuera para echar un vistazo a la parte inferior
del vehículo. En ese momento oyó un golpe metálico y alguien dijo:
—¡Ya era hora!
Una silueta robusta apareció de pronto ante sus ojos. Era
Thorne, colgado de la parte inferior del trailer.
—¡Por Dios! — protestó Thorne— . ¿Qué esperaban? ¿Una invitación
formal? ¡Vamos!
—El problema es lan — explicó Sarah— . Está herido.
"Muy propio de él", pensó Kelly, mientras observaba a
Arby en la plataforma. "Cuando las cosas se complican, es incapaz de
hacerles frente. Demasiadas emociones, demasiadas tensiones, y empieza a
temblar y a comportarse de un modo extraño." Arby había apartado la vista
del precipicio hacía rato y miraba en la otra dirección, hacia el río, como si
no ocurriese nada. Muy propio de él.
Kelly se volvió hacia Levine.
— ¿Qué pasa ahora? — preguntó.
— Thorne acaba de entrar — informó Levine.
— ¿Entrar? ¿En el trailer, quiere decir?
—Sí. Y ahora... ha salido alguien.
— ¿Quién?
—Creo que es Sarah.
Kelly se esforzó por ver algo en la oscuridad. La lluvia había
amainado y ya sólo caía una fina llovizna. Al otro lado del valle el trailer
colgaba aún en el vacío. Kelly creyó distinguir una figura agarrada a la parte
inferior del vehículo. Pero no estaba segura.
— ¿Qué hace?
—Trepa.
— ¿Sola?
— Sí — respondió Levine— . Sola.
Sarah Harding salió de la cabina, contorsionándose bajo la
lluvia. No miró abajo. De sobra sabía que el valle se hallaba a ciento
cincuenta metros. Notó que el trailer se balanceaba. Llevaba la cuerda
enrollada al hombro. Giró, bajó la pierna y se apoyó en la caja de cambios.
Buscó a tientas con la mano, agarró un cable y quedó colgada en parte inferior.
Thorne, desde la cabina, dijo:
—No conseguiremos sacar a Malcolm sin una cuerda. ¿Puedes subir?
Al resplandor de un relámpago Sarah levantó la vista y examinó
la parte inferior del trailer. Vio brillar la grasa. La oscuridad reinó de
nuevo.
—Sarah, ¿podrás subir?
—Sí — contestó Sarah. Alargó un brazo y empezó a trepar.
En la plataforma de observación, Kelly preguntó:
— ¿Dónde está? ¿Qué pasa? ¿Está bien?
Levine miraba hacia el precipicio con los anteojos de visión
nocturna.
—Está subiendo — anunció.
Arby no prestaba atención a sus voces. Contemplaba el río que
surcaba el oscuro llano. Aguardó con impaciencia el siguiente rayo para
comprobar si sus ojos no lo habían engañado segundos antes.
Sarah no sabía cómo pero, pese a resbalar una y otra vez, había
llegado al borde del precipicio. No había tiempo que perder; desenrolló la
cuerda y se arrastró bajo el segundo trailer. Pasó la cuerda por una manija de
metal y la ató rápidamente. A continuación volvió al borde del precipicio y
lanzó la cuerda al vacío.
—¡Doc! — avisó.
Asomado a la puerta del trailer, Thorne agarró la cuerda y ató
con ella a Malcolm, quien gimió.
—Vámonos — anunció Thorne. Rodeó a Malcolm con el brazo y giró
con él hasta que los dos estuvieron apoyados en la caja de cambios.
—¡Dios mío! — exclamó Malcolm al mirar hacia arriba. Pero Sarah
tiraba ya de él.
—Utiliza sólo los brazos — indicó Thorne.
Malcolm empezó a subir. En cuestión de segundos se hallaba ya a
tres metros de Thorne.
Thorne empezó a trepar, buscando puntos de apoyo firmes para los
pies. La parte inferior del trailer era en extremo resbaladiza.
"Deberíamos haber usado material antideslizante. Pero, ¿quién demonios usa
material antideslizante en la parte inferior de un vehículo?", pensó.
Mentalmente vio rasgarse el fuelle... lentamente... abriéndose
cada vez más.
Siguió trepando. Una mano tras otra. Un pie tras otro. Cayó un
rayo, y Thorne vio que ya estaban cerca.
Sarah, de pie al borde del precipicio, tendió las manos para
ayudar a Malcolm, cuyas piernas colgaban fláccidas. Subía sólo con la fuerza de
los brazos, pero no se daba por vencido. Sarah lo agarró por el cuello de la
camisa y tiró de él.
Thorne vio que desaparecía sobre el borde del precipicio. Siguió
trepando. Resbalaba una y otra vez y le dolían los brazos.
Sin embargo, continuó subiendo. Sarah alargaba los brazos hacia
él.
— Vamos, Doc — dijo.
Sarah le tendía las manos.
Con un ruido metálico la tela del fuelle se rasgó totalmente y
el trailer descendió tres metros, sujeto sólo por las espirales, cada vez más
extendidas.
Thorne trepó más deprisa, mirando a Sarah, que le tendía la
mano.
—Aún puedes lograrlo, Doc...
Thorne trepó, cerró los ojos y trepó, agarrándose a la cuerda,
aferrándola firmemente. Le dolían los brazos, le dolían los hombros y la cuerda
pareció estrecharse entre sus manos. Se la enrolló en el puño, para asirse
mejor. Pero en el último momento empezó a resbalar, y de pronto notó un vivo
dolor en el cuero cabelludo.
—Lo siento, Doc — dijo Sarah, tirándole del pelo. El dolor era
intenso pero no le importó; de hecho, apenas lo notó porque estaba ya a la
altura del fuelle y veía desprenderse las espirales como un corsé a punto de
reventar. El trailer descendió aún más, pero Sarah no lo soltó. Era una mujer
extraordinariamente fuerte. Por fin Thorne tocó con los dedos la hierba húmeda
y se encaramó al borde del precipicio. Estaba a salvo.
Bajo ellos se produjo una serie de estallidos metálicos a medida
que se rompían una tras otra las espirales, y finalmente, con un último gemido,
el fuelle se rompió y el trailer cayó al vacío, haciéndose cada vez más
pequeño, hasta estrellarse contra las rocas. A la luz del siguiente rayo lo
vieron yacer al pie del precipicio como una bolsa de papel arrugada.
Thorne se volvió y miró a Sarah.
— Gracias.
Sarah se dejó caer al suelo junto a él. La sangre rezumaba del
vendaje que le cubría la frente. Abrió la mano y soltó un puñado de pelo gris,
que cayó al suelo formando un húmedo haz.
—¡Qué nochecita! — dijo Sarah.
LA PLATAFORMA DE
OBSERVACIÓN
Mirando con los anteojos de visión nocturna, Levine anunció:
— ¡Lo lograron!
—¿Todos? — preguntó Kelly
— ¡Sí! ¡Se salvaron todos!
Kelly empezó a saltar y lanzar gritos de júbilo.
Arby se volvió y le quitó a Levine los anteojos de la mano.
— ¡Eh! — protestó Levine— . Un momento.
—Los necesito — aseguró Arby. Se dio media vuelta y observó el
llano oscuro. Por un momento no vio más que una mancha verde. Encontró la rueda
de enfoque, la ajustó rápidamente y una imagen nítida apareció ante sus ojos.
—¿Qué demonios es tan importante? — inquirió Levine,
malhumorado— . Esos anteojos son muy caros...
En ese momento todos oyeron los gruñidos. Estaban cada vez más
cerca.
En distintos tonos de verde pálido, Arby vio con toda claridad a
los raptores. Había doce y avanzaban dispersos por la hierba en dirección a la
plataforma. Un animal, al parecer el jefe de la manada, encabezaba la marcha a
unos cuantos metros del grupo; pero era difícil discernir una organización
interna en la manada. Los raptores gruñían y se lamían la sangre del hocico,
limpiándose la cara con las garras delanteras en un gesto curiosamente
inteligente, casi humano. A través de los anteojos de visión nocturna, sus ojos
parecían despedir un resplandor verde.
Aparentemente no habían reparado en la presencia de la
plataforma, pues no la miraban en ningún momento. Pero sin duda se dirigían
hacia allí.
De pronto le arrancaron los anteojos.
—Disculpa — dijo Levine— . Será mejor que me ocupe yo de esto.
—De no ser por mí ni siquiera se habría dado cuenta — protestó
Arby.
—Silencio — ordenó Levine. Tomó los anteojos, los enfocó y
suspiró ante la imagen: doce animales, a unos veinte metros.
— ¿Nos ven? — preguntó Eddie en voz baja.
—No. Y el viento sopla de frente, así que tampoco nos huelen.
Imagino que siguen el paso de animales que entra en la selva junto a la
plataforma. Si no hacemos ruido, pasarán de largo.
La radio crepitó, y Eddie se apresuró a apagarla.
Los cuatro mantenían la vista fija en la llanura. En esos
momentos la noche estaba serena. Ya no llovía y la Luna empezaba a asomar entre
las nubes. Vieron acercarse a los animales, formas oscuras contra la hierba
plateada.
—¿Pueden subir hasta aquí? — susurró Eddie.
—No veo cómo van a poder — contestó Levine con un murmullo— .
Nos encontramos a unos seis metros sobre el suelo. No creo que haya peligro.
—Pero tú mismo dijiste que podían trepar a los árboles.
— Chist. Esto no es un árbol. Y ahora todos agachados y en
silencio.
Malcolm hizo una mueca de dolor cuando Thorne lo tendió en una
mesa del segundo trailer.
—Por lo que se ve, no tengo mucha suerte en estas expediciones,
¿no?
—No, desde luego — coincidió Sarah— . Y ahora tranquilo, Ian. —
Bajo la luz de la linterna que Thorne sostenía, Sarah cortó la pierna del
pantalón de Malcolm. Tenía una profunda herida en la pierna derecha y había
perdido mucha sangre. Preguntó: — ¿Hay algún botiquín a mano?
—Creo que tenemos uno afuera, donde enganchamos la motocicleta —
dijo Thorne.
—Tráelo.
Thorne salió a buscarlo. Malcolm y Sarah se quedaron solos en el
trailer. Sarah acercó la luz a la herida para examinarla de cerca.
— ¿Está muy mal? — quiso saber Malcolm.
—Podría haber sido peor — contestó Sarah para calmarlo— . Sobrevivirás.
En realidad, el corte era muy profundo, casi hasta el hueso,
pero afortunadamente no afectaba la arteria. Sin embargo, la herida estaba
sucia. Sarah vio grasa y trozos de hojas adheridos a la carne rasgada. Tendría
que limpiarla a fondo, pero esperaría a que la morfina hiciese efecto.
—Sarah, te debo la vida — admitió Malcolm.
— No tiene importancia, lan.
—Sí, sí la tiene.
—Ian — dijo Sarah— , esa sinceridad no es propia de ti.
—Se me pasará — bromeó Malcolm con una leve sonrisa. Sarah era
consciente de que el dolor debía de ser intenso.
Thorne regresó con el botiquín, y Sarah llenó la jeringa,
expulsó las burbujas y le inyectó a Malcolm la morfina en el hombro. Malcolm
gruñó.
—¿Qué cantidad has puesto?
— Mucha.
—¿Por qué?
—Porque tengo que limpiar la herida, Ian — explicó Sarah— , y no
va a gustarte.
Malcolm lanzó un suspiro. Volviéndose hacia Thorne, comentó:
— Siempre pasa algo, ¿no? Adelante, Sarah, hazlo lo mejor que
puedas.
Levine observaba a los raptores con los anteojos de visión
nocturna. Formaban un grupo disperso y avanzaban con su característico trote.
Intentó detectar alguna organización en la manada, alguna estructura, algún
indicio de jerarquía. Los velocirraptores eran animales inteligentes y cabía
esperar que se organizasen jerárquicamente, y eso debía ponerse de manifiesto
en su configuración espacial. Sin embargo, Levine no identificó pauta alguna.
Parecían una banda de merodeadores, sin orden, silbándose y agrediéndose
mutuamente.
Junto a Levine, Eddie y los chicos se hallaban agachados. Eddie
los rodeaba con los brazos para tranquilizarlos. El chico en particular estaba
aterrorizado. La chica, en cambio, parecía más calmada.
Levine no entendía la razón de tanto miedo. En lo alto de la
plataforma se encontraban a salvo. Él observaba acercarse la manada con
objetividad académica, tratando de advertir algún patrón en sus rápidos
movimientos.
Sin duda seguían el paso de animales. Mantenían exactamente la
misma trayectoria que los parasaurios unas horas antes: del río a la selva
pasando junto a la plataforma. Los raptores no prestaron la menor atención a la
estructura. Básicamente interactuaban entre sí.
Los animales rodearon la plataforma, y parecían alejarse cuando
el raptor más cercano se detuvo, quedó rezagado del resto de la manada y
olfateó el aire. De pronto se inclinó y comenzó a hurgar con el hocico al pie
de la estructura.
Levine se preguntó qué hacía.
El raptor solitario gruñó. Continuó husmeando en la hierba y por
fin se irguió con algo entre las garras delanteras. Levine entornó los ojos
esforzándose por ver de qué se trataba.
Era un trozo del envoltorio de un chocolate.
El raptor alzó la vista. Miró directamente a Levine con ojos
resplandecientes y gruñó.
MALCOLM
—¿Te encuentras bien? — dijo Thorne.
—Cada vez mejor — respondió Malcolm con un suspiro. Estaba
relajado. — No es raro que a la gente le guste la morfina.
Sarah Harding ajustó la férula de plástico inflable en torno de
la pierna de Malcolm y preguntó a Thorne:
—¿Cuánto falta para que llegue el helicóptero?
Thorne consultó el reloj.
—Menos de cinco horas. Estará aquí al amanecer.
— ¿Seguro?
—Sí.
—Muy bien — dijo Sarah, asintiendo con la cabeza— . Se pondrá
bien.
—Estoy perfectamente — afirmó Malcolm con voz de sueño— . Sólo
que lamento que concluya el experimento. Y ha sido un buen experimento. Tan
elegante. Tan único. Darwin no sabía nada.
—Voy a limpiar la herida ahora — anunció Sarah a Thorne— .
Sujeta bien la pierna. — Levantando la voz, añadió: — ¿Qué es lo que Darwin no
sabía, lan?
—Que la vida es un sistema complejo — contestó Malcolm— y todo
lo que de eso se desprende. Arquitectura genética. Adaptación controlada. Redes
de Boole. Comportamiento autoorganizativo. ¡Pobre hombre! ¡Ay! ¿Qué haces?
—Tú cuéntanos — instó Sarah, inclinada sobre la herida— . Darwin
no tenía idea...
—De que la vida es tan increíblemente compleja — prosiguió
Malcolm— . En realidad, nadie se da cuenta. Un solo huevo fecundado contiene
cientos de miles de genes que actúan de modo coordinado, activándose y
desactivándose en circunstancias específicas para transformar esa única célula
en una criatura viva completa. Esa primera célula empieza a dividirse, pero las
células siguientes son distintas. Se especializan. Unas constituyen el sistema
nervioso, otras el tejido intestinal, otras los miembros. Cada conjunto de
células sigue su propio programa, desarrollándose, interactuando. Al final hay
doscientas cincuenta clases de células distintas, todas desarrollándose
conjuntamente y en el momento preciso. Justo cuando el organismo requiere un
sistema circulatorio, el corazón comienza a bombear. Justo cuando son
necesarias las hormonas, las glándulas suprarrenales empiezan a producirlas.
Semana tras semana este desarrollo extraordinariamente complejo continúa de
manera perfecta. Perfecta. Es increíble. No hay actividad humana que se parezca
ni remotamente.
"De verdad. ¿Construyeron una casa alguna vez? Una casa es
simple en comparación. Aun así los albañiles hacen mal la escalera o ponen la
pileta de la cocina del revés; el encargado de los azulejos no llega cuando
debe. Infinidad de cosas salen mal. Y sin embargo la mosca que se posa en la
comida del albañil es perfecta. ¡Ay! Cuidado.
—Lo siento — se disculpó Sarah, que seguía limpiando la herida.
—Pero la cuestión es — continuó Malcolm— que apenas podemos
describir, y ni hablemos de comprender, este intrincado proceso de desarrollo
de la célula. ¿Se dan cuenta de los límites de nuestra comprensión?
Matemáticamente podemos describir la interacción de dos objetos, por ejemplo
dos planetas en el espacio. La interacción de tres objetos, tres planetas en el
espacio, es ya más complicada. Pero describir la interacción de cuatro o cinco
objetos es imposible. Y en el interior de la célula se produce la interacción
de cientos de miles de objetos. Es verdaderamente increíble. Es algo tan
complejo que parece mentira que exista la vida. Algunos piensan que las formas
vivas se autoorganizan. La vida crea su propio orden del mismo modo que la
cristalización genera un orden. Algunos creen que la vida se cristaliza en el
ser, y así interpretan la complejidad.
"Porque si no supiésemos nada de química, miraríamos un
cristal y nos formularíamos las mismas preguntas. Contemplaríamos esas bellas
calizas, esas facetas geométricas perfectas, y nos preguntaríamos: ¿Qué
controla este proceso? ¿Cómo es posible que un cristal esté tan perfectamente
formado y sea tan semejante a otros cristales? Pero resulta que un cristal es
sólo el modo en que las fuerzas moleculares se distribuyen en forma sólida.
Nadie controla el proceso. Se produce por sí solo. Si uno tiene demasiadas
dudas sobre el cristal, significa que no comprende la esencia de los procesos
que conducen a su creación.
"Así que quizá las formas vivas son una especie de
cristalización. Quizá la vida simplemente ocurre. Y quizá los seres vivos, como
los cristales, poseen un orden característico generado por la interacción de
sus elementos. Y bueno, una de las cosas que nos enseñan los cristales es que
el orden surge muy deprisa. Tan pronto tenemos un líquido donde todas las
moléculas se mueven al azar como se forma un cristal y todas las moléculas se
disponen según un orden. ¿No es así?
—Sí...
—Y pensemos ahora en el ecosistema establecido en el planeta por
la interacción de las distintas formas de vida. Eso resulta aún más complejo
que un solo animal. Toda disposición es en extremo complicada. Como, por
ejemplo, la yuca. ¿Saben qué ocurre con la yuca?
—No. Cuéntanos.
—La yuca depende de una mariposa nocturna que recoge el polen,
forma una bola con él y lo transporta a otra planta, no a una flor distinta de
la misma planta. Luego restriega la bola de polen en la otra planta y la
fertiliza. Sólo entonces la mariposa pone sus huevos. La yuca no sobrevive sin
la mariposa. La mariposa no sobrevive sin la yuca. Esa clase de interacciones
es la que nos hace pensar que el comportamiento es también una especie de
cristalización.
— ¿Hablas metafóricamente? — preguntó Sarah.
—Hablo del orden de todo el mundo natural — afirmó Malcolm— . Y
de lo deprisa que puede surgir a través de la cristalización. Porque el
comportamiento de los animales complejos puede evolucionar rápidamente. Pueden
producirse alteraciones a gran velocidad. Los seres humanos están transformando
el planeta, y nadie sabe a ciencia cierta si ese desarrollo es peligroso o no.
De modo que esos procesos del comportamiento se producen más deprisa de lo que
suele creerse. En diez mil años los seres humanos han pasado de la caza al
cultivo de la tierra, del cultivo a la vida en las ciudades, y de las ciudades
al ciberespacio. El comportamiento evoluciona y arrasa, y nadie sabe si
podremos adaptarnos. Aunque yo personalmente creo que el ciberespacio será el
final de la especie.
— ¿Sí? ¿Por qué?
—Porque significa el fin de la innovación — dijo Malcolm— . Esa
idea de mantener interconectado al mundo entero equivaldrá a la muerte en masa.
Todo biólogo sabe que los pequeños grupos aislados evolucionan más rápidamente.
Si dejamos mil aves en una isla, evolucionan muy deprisa. Si ponemos mil aves
en un gran continente, el ritmo evolutivo disminuye. Actualmente en nuestra
especie la evolución se produce en esencia a través del comportamiento.
Innovamos el comportamiento para adaptarnos. Y todo el mundo sabe que la
innovación sólo se da en pequeños grupos. Si tenemos un comité de tres
personas, es posible que lleguen a alguna parte. Con diez personas el asunto se
complica. Y si son treinta ya no hay nada que hacer. Con treinta millones
resulta absolutamente imposible. Ése es el resultado de la comunicación de
masas: impide que ocurran cosas. La comunicación de masas anula la diversidad.
Uniforma todos los rincones del planeta. Bangkok, Tokio o Londres se convierten
en lo mismo: un McDonald's en una esquina, un negocio de Benneton en otra, y un
negocio de Gap al otro lado de la calle. Las diferencias regionales se
desvanecen. En un mundo dominado por los medios de comunicación, hay menos de
todo salvo listas de los diez mejores libros, discos, películas o ideas. A la
gente le preocupa que se pierda la diversidad de las especies en las selvas
tropicales, pero, ¿y la diversidad intelectual, nuestro recurso más valioso?
Eso está desapareciendo más deprisa que los árboles. Sin embargo, de eso no nos
damos cuenta, y ahora planeamos conectar a cinco mil millones de personas
mediante el ciberespacio. Y con eso se paralizará la especie entera. Todo se
detendrá de repente. Todo el mundo pensará lo mismo al mismo tiempo.
Uniformidad global. ¡Eh, me haces daño! ¿Terminaste?
—Casi — respondió Sarah— . Sigue hablando.
—Y sin duda ocurrirá muy deprisa. Si observamos la evolución de
un sistema complejo en un gráfico de adaptación, vemos que el comportamiento
varía a un ritmo tan rápido que la capacidad de adaptación puede quedarse atrás
fácilmente. No es necesario que caiga un asteroide o aparezca una enfermedad.
Un simple cambio en el comportamiento puede ser fatal para una especie. En mi
opinión, los dinosaurios, unas criaturas muy complejas, podrían haber sufrido
uno de estos cambios. Y eso los llevó a la extinción.
—¿A todos?
—Bastaría con que se extinguiesen primero unos cuantos — aclaró
Malcolm— . Supongamos que una clase de dinosaurios se establece en los pantanos
que rodean el mar interior: altera la circulación de agua y destruye la
vegetación de la que dependen otros animales. Varias clases desaparecen. Eso
provoca nuevos trastornos. Se extingue un depredador, y su presa prolifera
descontroladamente. El ecosistema se desequilibra. Las cosas empeoran. Mueren
más especies. Y de pronto todo ha terminado.
—Sólo por el comportamiento...
—Sí — afirmó Malcolm— . Al menos ésa era la idea. Y pensaba que
aquí podríamos verificarla... Pero se acabó. Tenemos que marcharnos. Mejor será
que les avisen a los otros.
Thorne pulsó el botón de la radio.
— ¿Eddie? Soy Doc.
No hubo respuesta.
— ¿Eddie?
La radio crepitó, y a continuación oyeron un ruido que
inicialmente sonó como una interferencia estática. Tardaron un momento en darse
cuenta de que era un grito humano.
LA PLATAFORMA DE
OBSERVACIÓN
El primer raptor siseó y empezó a saltar hacia la plataforma. A
cada intento sacudía la estructura y arañaba el metal con las garras. Eddie
observó con asombro la altura de sus saltos: sin aparente esfuerzo se elevaba a
dos metros y medio del suelo. Esos saltos atrajeron a los otros animales, que
rodearon lentamente la plataforma.
Al cabo de un momento la estructura comenzó a balancearse a
causa de las embestidas de los animales, que se lanzaban una y otra vez
intentando sujetarse al andamiaje. Pero lo más alarmante, como advirtió Levine,
era que aprendían. Algunos de los raptores habían empezado a utilizar los
miembros anteriores para agarrarse a la estructura y sostenerse mientras
buscaban un punto de apoyo para las patas traseras. Uno de los raptores casi
trepó hasta el refugio antes de caer. Las caídas no parecían afectarlos; se levantaban
de inmediato y seguían saltando.
Eddie y los chicos se pusieron de pie.
—¡Atrás! — ordenó Levine, empujando a los chicos al centro del
refugio— . No miren.
Eddie sacó una bengala de la mochila y la arrojó por encima de
la baranda. Dos raptores cayeron al suelo. Sin embargo, el resplandor de la
bengala no ahuyentó a los animales. Eddie arrancó una barra de aluminio de la
estructura y se asomó por encima de la baranda blandiéndola como una estaca.
Uno de los raptores encaramados al andamiaje lanzó una
dentellada al cuello de Eddie. Éste, sorprendido, se apartó pero las fauces del
animal le atraparon la camisa. A continuación el raptor cayó, arrastrando a
Eddie con su peso.
—¡Auxilio! ¡Auxilio! — gritó, doblado sobre la baranda. Levine
lo agarró entre los brazos y tiró de él. Eddie golpeó al raptor en el hocico
con la barra, pero el animal siguió aferrado a él como un bulldog. Eddie se hallaba
inclinado precariamente sobre la baranda; podía caer en cualquier momento. Le
clavó la barra en un ojo al animal, y éste lo soltó. Eddie y Levine cayeron de
espaldas en el refugio. Cuando se levantaron, vieron a varios raptores trepando
por los costados de la estructura. En cuanto asomaban en lo alto, Eddie los
golpeaba con la barra.
—¡Deprisa, al techo! — ordenó a los chicos— . ¡Deprisa!
Kelly trepó fácilmente por la estructura y subió al techo. Arby,
en cambio, se quedó inmóvil, con la mirada perdida.
—¡Vamos, Arb! — instó Kelly.
Arby estaba paralizado por el miedo. Levine corrió a ayudarlo.
Eddie blandía la barra, trazando amplios círculos alrededor, golpeando una y
otra vez a los raptores.
Uno agarró la barra entre los dientes y tiró con fuerza. Eddie
perdió el equilibrio, retrocedió a tropezones y cayó gritando por encima de la
baranda. De inmediato todos los animales saltaron al suelo. Desde lo alto de la
plataforma oyeron los alaridos de Eddie. Los raptores no dejaban de gruñir.
Levine estaba aterrorizado. Aún tenía a Arby entre sus brazos
para ayudarlo a subir al techo.
—Vamos — repetía— . Vamos. Vamos.
Desde arriba Kelly dijo:
—Arb, puedes lograrlo.
El chico se agarró del techo y subió. Tenía las piernas
agarrotadas de terror. Sin querer golpeó a Levine en la boca. Levine lo soltó y
vio cómo resbalaba y caía de la plataforma.
—¡Dios mío! — exclamó Levine— . ¡Dios mío!
Thorne se hallaba bajo el trailer desenganchando el cable.
Cuando logró soltarlo, salió a rastras y corrió hacia el jeep. Oyó el zumbido
de un motor y vio que Sarah se había montado en la motocicleta y se alejaba ya
con un rifle Lindstradt al hombro.
Se sentó al volante del jeep, encendió el motor y aguardó con
impaciencia a que el cable del cabrestante se enrollase. Miró por encima del
hombro y vio desaparecer entre el follaje la luz posterior de la moto.
Por fin se detuvo el motor del cabrestante y Thorne arrancó.
Pulsó el botón de la radio y dijo:
—Ian.
—No te preocupes por mí — contestó Malcolm con voz soñolienta— .
Estoy bien.
Kelly estaba tendida boca abajo en el techo inclinado del
refugio, asomada al borde. Vio caer a Arby violentamente contra el suelo. Eddie
había caído por el lado opuesto de la estructura. Kelly volvió la cabeza para
aferrarse mejor al húmedo metal, y cuando miró de nuevo, Arby había
desaparecido.
Desaparecido.
Sarah Harding avanzaba rápidamente por el camino embarrado. No
sabía con seguridad dónde se hallaba, pero supuso que bajando llegaría tarde o
temprano al valle. Al menos eso esperaba.
Aceleró, dobló en una curva y de pronto vio un tronco enorme que
obstruía el paso. Frenó, dio la vuelta y volvió hacia atrás. Más arriba vio los
faros del jeep de Thorne, que giraban a la derecha. Siguió al jeep, acelerando
en la oscuridad.
Levine se hallaba de pie en el centro de la plataforma,
paralizado por el miedo. Los raptores ya no intentaban trepar por la
estructura. Oía sus gruñidos al pie de la plataforma. Arby no había llegado a
emitir un solo sonido.
Un sudor frío le recorrió el cuerpo. De pronto oyó los gritos de
Arby:
— ¡Atrás! ¡Atrás!
Kelly se arrastró por el techo para asomarse por el otro lado. A
la tenue luz de la bengala ya casi apagada vio que Arby se había metido en la
jaula. Había conseguido cerrar la puerta y asomaba una mano entre los barrotes
para cerrar con llave. Alrededor de la jaula había tres raptores, que se
abalanzaron sobre él al ver la mano.
— ¡Atrás! — gritó Arby.
Los raptores mordieron la jaula, torciendo la cabeza para roer
los barrotes. La goma elástica que colgaba de la llave se enredó en la
mandíbula inferior de uno de ellos. El raptor tiró con fuerza y de pronto la
llave saltó de la cerradura, golpeándolo al animal en el cuello.
El raptor lanzó un chirrido de sorpresa y retrocedió con la goma
elástica enrollada en la mandíbula y la llave destellando a la luz de la
bengala. Intentó desprendérsela con los miembros delanteros pero había quedado
atrapada en los curvos dientes posteriores.
Mientras tanto los otros raptores consiguieron desenganchar la
jaula de la estructura y la volcaron. Trataron de morder a Arby a través de los
barrotes, pero al comprender que eso no daría resultado, golpearon la jaula
repetidamente con las patas. Acudieron otros raptores. En un instante siete
animales rodeaban la jaula. Empujándola con los pies, la alejaron de la
plataforma.
En ese momento Kelly oyó un suave zumbido y vio unos faros a lo
lejos.
Se acercaba alguien.
Arby se encontraba en medio del infierno. Dentro de la jaula,
estaba rodeado por rugientes formas renegridas. Los raptores no lograban
introducir las fauces por los espacios entre los barrotes, pero la saliva
caliente se vertía sobre Arby. Cuando pateaban, las garras penetraban en la
jaula y le desgarraban los brazos y los hombros mientras se contorsionaba. Le
dolía la cabeza por los golpes contra los barrotes. El mundo daba vueltas; era
un aterrador pandemonio. Sólo estaba seguro de una cosa.
Los raptores estaban alejando la jaula de la plataforma.
Cuando el jeep se aproximó, Levine fue hasta la baranda y miró
hacia abajo. A la luz de la bengala vio que tres raptores arrastraban los
restos de Eddie hacia la selva. Vio también que otro grupo empujaba la jaula
con las patas por el paso de animales hacia los árboles. Miró hacia el jeep.
Thorne estaba al volante. Levine confiaba en que llevase un arma. Deseaba matar
hasta el último de aquellos malditos animales. Deseaba matarlos a todos.
Desde el techo del refugio Kelly veía cómo se llevaban la jaula
los raptores. Uno de ellos quedó rezagado, haciendo girar una y otra vez la
cabeza como un perro frustrado. Kelly advirtió que se trataba del raptor que
tenía la goma elástica enganchada entre los dientes de la mandíbula inferior.
La llave colgaba aún ante su cuello.
El jeep llegó a toda velocidad, y el raptor pareció
desconcertado por el repentino brillo de los faros. Thorne aceleró, intentando
atropellarlo. El raptor se dio vuelta y huyó por la llanura.
Kelly abandonó el techo y empezó a bajar.
Thorne abrió la puerta del jeep, y Levine subió de un salto.
— Tienen al chico — dijo Levine, señalando hacia el paso de
animales.
—¡Esperen! — gritó Kelly, colgada aún del andamiaje.
— Vuelve ahí arriba — ordenó Thorne— . Sarah viene hacia aquí.
Nosotros vamos por Arby.
—Pero...
—No podemos perderles el rastro.
Thorne pisó el acelerador y siguieron a los raptores por el paso
de animales.
En el trailer lan Malcolm oía los gritos por la radio. Percibía
en las voces miedo y confusión.
"Ruido negro. El caos se impone. La interacción de cien mil
objetos", pensó.
Lanzó un suspiro y cerró los ojos.
Thorne conducía rápidamente entre la densa vegetación. El paso
de animales se estrechó. Las hojas de las palmeras azotaban los costados del
jeep.
—¿Podremos pasar? — preguntó Thorne.
—El ancho es suficiente — dijo Levine— . Yo lo recorrí esta
mañana. Los parasaurios usaron este camino.
—¿Cómo pudo ocurrir una cosa así? — se lamentó Thorne— . La
jaula estaba enganchada a la estructura.
—No lo sé — contestó Levine— . Cedió.
— ¿Cómo? ¿Cómo?
—No lo vi. Pasaron muchas cosas.
—¿Y Eddie? — preguntó Thorne sombríamente.
— Fue muy rápido.
Thorne siguió avanzando temerariamente. Ante ellos los raptores
se movían deprisa; apenas veían al último del grupo.
—¡No me escucharon! — exclamó Kelly cuando Sarah llegó en la
motocicleta.
—¿A qué te refieres?
—¡El raptor se llevó la llave! ¡Arby está encerrado en la jaula
y el raptor se llevó la llave!
—¿Por dónde? — preguntó Sarah.
—Por allí — dijo Kelly, señalando hacia la llanura. A la luz de
la luna vieron la silueta oscura del raptor a lo lejos. — ¡Necesitamos la
llave!
—Sube — instó Sarah, descolgándose el rifle del hombro y
entregándoselo a Kelly— . ¿Sabes disparar?
—No. Bueno, nunca...
— ¿Sabes conducir una moto?
— No...
—Entonces tendrás que ocuparte del rifle — ordenó Sarah— . Mira,
éste es el gatillo. ¿De acuerdo? Éste es el seguro. Se quita así. ¿Entendido?
Va a ser un viaje agitado, así que manténlo puesto hasta que estemos cerca.
—¿Cerca de qué? — inquirió Kelly.
Pero Sarah no la oyó. La motocicleta aceleraba ya por la llanura
tras el raptor. Kelly se agarró a Sarah con un brazo.
El jeep avanzaba por el camino embarrado sacudiéndose
violentamente.
—No recordaba que estuviese en tan mal estado — comentó Levine,
sujetándose a la manija del jeep— Quizá deberías ir más despacio...
—Ni hablar — contestó Thorne— . Si los perdemos de vista, no
habrá nada que hacer. No sabemos dónde está el nido de los raptores. Y en esta
selva, de noche... ¡Maldita sea!
Ante ellos los raptores abandonaron el camino y desaparecieron
entre el follaje. Thorne apenas veía el terreno, pero parecía descender casi
verticalmente.
—No lo lograrás — dijo Levine— . Hay demasiada pendiente.
— No hay alternativa.
—No seas loco — amonestó Levine— . Afronta los hechos. Perdimos
al chico, Doc.
Thorne lanzó una mirada de furia a Levine.
—Él no te abandonó a ti, y nosotros no vamos a abandonarlo a él.
Thorne giró el volante y salió del camino. El jeep se inclinó peligrosamente,
cobró velocidad e inició el descenso.
—¡Mierda! — exclamó Levine— . ¡Vamos a matarnos!
— ¡Agárrate fuerte!
Traqueteando, se precipitaron ladera abajo en la oscuridad.
SEXTA CONFIGURACIÓN
El orden se desmorona en regiones simultáneas. La supervivencia
es ahora poco probable para individuos y grupos.
IAN MALCOLM
LA PERSECUCIÓN
La motocicleta avanzaba rápidamente por la hierba. Kelly se
aferraba a Sarah con una mano y sostenía el rifle con la otra; empezaba a
cansársele el brazo. La motocicleta se sacudía por el irregular terreno. El
pelo, agitado por el viento, le azotaba en la cara.
—¡Agárrate fuerte! — advirtió Sarah.
La Luna asomó entre las nubes, y ante ellas la hierba adquirió
una tonalidad plateada. El raptor se encontraba a cuarenta metros, justo en el
límite dei espacio iluminado por el faro. Ganaban terreno poco a poco. Kelly no
veía más animales en la llanura, salvo la manada de apatosaurios que pacía a lo
lejos.
Se acercaron al raptor. El animal corría a gran velocidad con la
cola rígida, prácticamente oculta entre la hierba. Cuando lo alcanzaron, Sarah
giró gradualmente a la derecha para aproximarse al animal. Entonces se inclinó
hacia atrás, acercando la boca al oído de Kelly.
—¡Prepárate!
—¿Qué hago? — preguntó Kelly.
Avanzaban ya junto a la cola del raptor. Sarah aceleró, para
alcanzar la cabeza.
—¡El cuello! — indicó Sarah— . ¡Dispárale al cuello!
— ¿Adónde?
—¡A cualquier sitio! ¡Al cuello!
Kelly manipuló torpemente el rifle y preguntó:
— ¿Ahora?
—¡No! ¡Aún no! ¡Espera!
El raptor, aterrorizado por la proximidad de la motocicleta,
aumentó la velocidad.
Kelly buscó el seguro. El rifle saltaba entre sus manos. Por fin
dio con el seguro y lo quitó. Para disparar tendría que usar las dos manos, y
eso significaba soltarse de Sarah.
—¡Prepárate! — le avisó Sarah.
— Pero no puedo...
—¡Ahora! ¡Dispara ya!
Sarah giró levemente, acercándose aún más al raptor. Se hallaba
sólo a un metro de distancia. Kelly percibía el olor del animal. El raptor
volvió la cabeza y lanzó una dentellada. Kelly disparó, notando el violento
retroceso del rifle. Se agarró de nuevo a Sarah. El raptor seguía corriendo.
—¿Qué pasó? — preguntó Kelly.
— ¡Fallaste!
Kelly movió la cabeza en un gesto de pesar.
—¡No te preocupes! — dijo Sarah— . ¡Puedes hacerlo! ¡Me acercaré
mas!
Sarah volvió a aproximarse, pero esta vez fue distinto. Cuando
se encontraban junto al raptor, éste las embistió de pronto con la cabeza.
Sarah gritó y giró a la izquierda, aumentando la distancia.
—¡Son criaturas inteligentes! — comentó— . ¡No dan segundas
oportunidades!
El raptor las persiguió por un momento y de pronto cambió de
dirección, alejándose por la llanura.
—¡Va hacia el río! — advirtió Kelly. Sarah aceleró.
—¿Es muy profundo?
Kelly no contestó.
—¿Es muy profundo? — repitió Sarah, levantando la voz.
— ¡No lo sé! — gritó Kelly. Le pareció recordar que había visto
a los raptores cruzar el río a nado. Eso equivalía a...
—¿Más de un metro? — preguntó Sarah.
— ¡Sí!
—No conseguiremos pasarlo.
El raptor se encontraba ahora a diez metros por delante de la
motocicleta y aumentaba gradualmente su ventaja. Sarah giró a la izquierda,
alejándose del raptor en dirección al río.
—¿Qué haces? — dijo Kelly.
— Tenemos que cortarle el paso.
De pronto una bandada de pájaros alzó vuelo justo delante de la
motocicleta. Kelly, sobresaltada, agachó la cabeza. El rifle se le sacudió en
la mano.
—¡Ten cuidado! — exclamó Sarah.
— ¿Qué pasó?
—¡Se te disparó el rifle!
— ¿Cuántos cartuchos quedan?
— ¡Dos! — contestó Sarah— . ¡Aprovéchalos!
El río apareció ante ellas, resplandeciente bajo la luna.
Salieron de la hierba, y Sarah giró en la orilla lodosa. La motocicleta patinó,
y las dos cayeron al barro. Sarah se levantó de un salto y corrió hacia la
motocicleta.
—¡Vamos! — gritó.
Kelly, aturdida, la siguió. El rifle estaba cubierto de barro y
ella se preguntó si aún funcionaría. Sarah ya se había subido a la motocicleta
y le indicó que se apresurase. Kelly saltó tras ella y Sarah avanzó rápidamente
por la orilla.
El raptor salió de entre la hierba veinte metros más adelante y
corrió hacia el agua.
—¡Se escapa!
El jeep de Thorne bajaba por la ladera sin control. Las hojas de
las palmeras golpeaban el parabrisas. No veían nada. El vehículo se desplazó de
costado, y Levine gritó.
Thorne sujetó firmemente el volante e intentó corregir la
trayectoria. Pisó el freno. El jeep se enderezó y siguió bajando por la ladera.
De pronto se abrió una brecha en el follaje, y Thorne vio al otro lado un claro
salpicado de grandes rocas negras. Los raptores comenzaron a trepar a las
rocas. Quizá si doblaba a la izquierda...
— ¡No! — exclamó Levine— . ¡No!
— ¡Agárrate!
Thorne dio un golpe de volante. El jeep perdió tracción y se
deslizó hacia adelante. Chocaron contra la primera roca y se hizo añicos un
faro. El jeep se elevó peligrosamente y volvió a caer al suelo. Thorne pensó
por un momento que eso habría inutilizado la transmisión, pero milagrosamente
el jeep funcionaba todavía. Siguieron bajando de costado. Golpearon la rama de
un árbol y perdieron el segundo faro. Continuaron descendiendo a oscuras y de
pronto llegaron a terreno llano.
El jeep rodó suavemente sobre tierra blanda. Thorne lo detuvo.
Silencio.
Miraron por las ventanillas, intentando orientarse. Pero la
oscuridad era tal que apenas veían. Al parecer se hallaban en un profundo
desfiladero totalmente tapado por las copas de los árboles.
—Contornos aluviales — observó Levine— . Debemos de estar en un
arroyo.
Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, Thorne advirtió
que Levine tenía razón. Los raptores corrían por el lecho de un arroyo
flanqueado de grandes rocas. Sin embargo, el lecho en sí era arenoso y su ancho
permitía el paso del jeep. Siguieron a la manada.
El arroyo se ensanchó y desembocó en un amplio embalse. En las
orillas los árboles sustituyeron a las rocas. La luz de la Luna se filtraba
entre las ramas y la visibilidad era mayor.
Pero los raptores habían desaparecido. Thorne detuvo el jeep,
bajó la ventanilla y escuchó. Oyó sus gruñidos y siseos procedentes de algún
lugar a la izquierda.
Thorne volvió a poner el jeep en marcha y abandonó el arroyo.
Avanzaron por la orilla entre pinos y helechos.
—¿Crees que el chico habrá sobrevivido a ese descenso?
— No lo sé — respondió Thorne.
De pronto los árboles dieron paso a un claro donde los helechos
habían sido pisoteados. Más allá del claro vieron las orillas del río. De algún
modo habían regresado al río.
Pero fue el claro lo que atrajo su atención. Varios esqueletos
de apatosaurios salpicaban aquel amplio espacio. Las enormes cajas torácicas
resplandecían a la luz de la Luna. En el centro había un gigantesco cadáver
parcialmente devorado y envuelto por una nube de moscas.
—¿Qué es esto? — preguntó Thorne— . Parece un cementerio.
— Sí — respondió Levine— . Pero no lo es.
Todos los raptores se hallaban agrupados a un lado, disputándose
los restos de Eddie. Al otro extremo del claro vieron tres montículos de barro;
las paredes estaban rotas en muchos puntos. En los nidos había fragmentos
aplastados de cascarón. El hedor de la carne descompuesta flotaba en el aire.
—Éste es el nido de los raptores — dijo Levine, observando el
claro.
En la oscuridad del trailer Malcolm se incorporó con una mueca
de dolor y tomó la radio.
—¿Encontraron el nido?
La radio crepitó.
—Sí — afirmó Levine— . Eso creo.
— Descríbelo — le pidió Malcolm.
Levine habló en voz baja, enumerando características, calculando
dimensiones. El nido de los velocirraptores le pareció descuidado y mal
construido. Eso lo sorprendió, porque normalmente los nidos de dinosaurio
transmitían una inconfundible sensación de orden, como él mismo había
comprobado una y otra vez en nidos fosilizados desde Montana hasta Mongolia.
Entre los velocirraptores, en cambio, la situación era distinta. Todo su
entorno ofrecía una imagen caótica: nidos mal hechos, continuas peleas entre
los adultos, muy pocos animales jóvenes, cascarones aplastados, montículos
pisoteados. Alrededor de los montículos Levine advirtió pequeños huesos
dispersos y supuso que eran los restos de recién nacidos. No vio crías vivas en
el claro. Había sólo tres ejemplares jóvenes, pero estaban condenados a
arreglárselas por su cuenta y presentaban ya numerosas heridas; los tres
mostraban evidentes síntomas de desnutrición.
—¿Y los apatosaurios? — preguntó Malcolm por la radio— . ¿Qué me
dices de los cadáveres?
Levine contó cuatro cuerpos en distintos grados de
descomposición.
—Díselo a Sarah.
Pero Levine se preguntaba otra cosa: ¿Cómo habían llegado hasta
allí aquellos cuerpos? Obviamente no habían muerto allí por accidente; sin duda
el resto de los dinosaurios procuraba mantenerse a distancia de aquel nido. No
podían haber sido atraídos hasta allí y eran demasiado grandes para ser
arrastrados. Entonces, ¿cómo habían llegado? Algo le rondaba por la mente,
alguna idea evidente que no conseguía...
—Han llevado a Arby hasta ahí — apuntó Malcolm.
— Sí — dijo Levine . Así es.
Observó el nido, intentando desentrañar el misterio. De pronto
Thorne lo golpeó con el codo.
—Allí está la jaula — advirtió, señalando un lugar al otro lado
del claro.
Levine vio el brillo de los barrotes de aluminio, tapados
parcialmente por los helechos.
—¡Vamos allá! — propuso Levine.
Los raptores, disputándose todavía el cuerpo de Eddie, no
prestaban atención a la jaula. Thorne agarró un rifle Lindstradt y abrió el
cargador. Seis dardos.
—Con esto no basta — comentó. Había al menos diez raptores en el
claro.
Levine buscó su mochila en el asiento trasero. La encontró en el
suelo. Abrió el cierre y sacó un cilindro metálico del tamaño de un refresco.
En su exterior llevaba estampados unos huesos cruzados y una calavera. Debajo
se leía: PRECAUCIÓN, METACOLINA TÓXICA (MIVACURIUM).
—¿Qué es eso? — preguntó Thorne.
—Una sustancia que elaboraron en Los Álamos — explicó Levine— .
Es un neutralizador no letal. Desprende un aerosol de colinesterasa de corta
duración. Paraliza toda forma de vida durante tres minutos. Dejará a los
velocirraptores fuera de combate.
—Pero, ¿y el chico? — objetó Thorne— . No puedes usar eso. Lo
paralizarás a él.
—Si lanzamos el cilindro a la derecha de la jaula, el gas volará
en la otra dirección, hacia los raptores.
—O quizá no — dijo Thorne— . Y podría afectarlo gravemente.
Levine asintió. Guardó de nuevo el cilindro en la mochila y se quedó inmóvil,
contemplando a los raptores.
—Y bien, ¿qué hacemos entonces?
Thorne observó la jaula de aluminio, parcialmente oculta entre
los helechos. De pronto vio algo que lo obligó a erguirse en el asiento: la
jaula se había movido ligeramente.
—¿Te fijaste? — preguntó Levine.
—Voy a sacar a ese niño de ahí — anunció Thorne.
—Pero, ¿cómo?
—A la antigua — contestó Thorne. Salió del jeep.
Sarah aceleró en la motocicleta por la orilla del río. El raptor
se dirigía en diagonal hacia el agua.
—¡Vamos! — exclamó Kelly— . ¡Vamos!
El raptor las vio y cambió de dirección, yendo aún hacia el río
pero en un ángulo más abierto. Pero en la orilla la motocicleta desarrollaba
una velocidad mayor. Le cortaron el paso, y el raptor dobló a la derecha,
adentrándose de nuevo en la hierba.
—¡Lo lograste! — gritó Kelly.
Sarah mantuvo la velocidad para ganarle terreno al raptor, que
aparentemente había renunciado a cruzar el río y huía sin rumbo.
— ¡Maldita sea! — protestó Sarah.
—¿Qué? — ¡Mira!
Kelly se inclinó a un lado y miró por encima del hombro de
Sarah. Frente a ellas, a unos cincuenta metros, se hallaba la manada de
apatosaurios. Bramaban y giraban asustados.
El raptor corría derecho hacia la manada.
—¡Cree que así nos perderá! — Sarah aceleró para acercarse. —
¡Ahora! ¡Dispara!
Kelly apuntó y disparó. Sintió el retroceso del rifle. Pero el
raptor siguió adelante.
—¡Fallaste otra vez! — dijo Sarah.
Frente a ellas, los apatosaurios pateaban el suelo y les volvían
la espalda, blandiendo las pesadas colas en el aire. El raptor continuaba
avanzando hacia la manada.
—¿Qué hacemos? — preguntó Kelly.
— ¡No nos queda otra elección!
La motocicleta corría paralela al raptor. Juntos pasaron bajo el
primer apatosaurio. Kelly echó un vistazo a la curva del vientre, a un metro
sobre sus cabezas. Las patas eran tan gruesas como troncos de árbol.
El raptor serpenteó entre las patas. Sarah no se despegaba de
él.
Se encontraban ya en medio de la manada. Justo delante, una pata
enorme pisó el suelo con fuerza. La motocicleta se sacudió. Sarah giró a la
izquierda y pasaron rozando la piel del animal. El raptor dejó atrás la manada
y dobló bruscamente para despistarlas.
—¡Mierda! — exclamó Sarah. La cola de un apatosaurio pasó a
escasos centímetros de ellas, pero siguieron persiguiendo al raptor, de nuevo
en campo abierto. Sarah gritó: — ¡Última oportunidad! ¡Dispara!
Kelly levantó el rifle. La motocicleta se acercó al raptor, que
nuevamente intentó embestirla; ella mantuvo la posición y le asestó un puñetazo
en la cabeza.
—¡Ahora! — ordenó.
Kelly apoyó la culata en el hombro y apretó el gatillo. El
disparo retumbó, pero el raptor siguió corriendo.
—¡No! — se lamentó— . ¡No!
Pero de pronto el animal se desplomó y rodó por la hierba. Sarah
detuvo la motocicleta a cinco metros del raptor, que aún gruñía. Al cabo de un
instante dejó de emitir sonido alguno.
Sarah tomó el rifle y abrió el cargador. Kelly vio otros cinco
dardos.
—Creía que era el último — dijo.
—Te mentí — admitió Sarah— . Espera aquí.
Sarah se aproximó con cautela al animal caído y le disparó de
nuevo. Luego se inclinó sobre el cuerpo inerte.
Cuando regresó, llevaba la llave en la mano.
En el nido los raptores seguían desgarrando el cuerpo de Eddie,
pero con menor vehemencia. Frotándose las mandíbulas con los miembros
delanteros, algunos se separaron y se encaminaron al centro del claro, en
dirección a la jaula.
Thorne subió a la parte trasera del jeep y retiró la capota de
lona. Sostenía el rifle en las manos.
Levine se deslizó sobre el asiento y se puso al volante.
Encendió el motor.
— ¡Adelante! — indicó Thorne.
El jeep se adentró rápidamente en el claro junto al cadáver, los
raptores alzaron la vista, sorprendidos ante la intrusión. El jeep había ya
pasado el centro del claro y se desplazaba por debajo de las anchas costillas
de uno de los enormes esqueletos. Levine giró a la izquierda y se detuvo junto
a la jaula. Thorne saltó del jeep y levantó la jaula con las dos manos. En la
oscuridad era incapaz de ver en qué estado se hallaba Arby. Levine bajó del
jeep, pero Thorne le ordenó que volviese a subir. Cargó la jaula en la parte
trasera y él se colocó al lado. Levine puso el jeep en marcha. Los raptores
salieron en su persecución. Atravesaron el claro a una velocidad asombrosa.
Cuando Levine pisaba el acelerador a fondo, el raptor más
cercano saltó por el aire y cayó en la parte trasera del jeep, aferrándose a la
lona de la capota con los dientes.
Levine aceleró y el jeep abandonó el claro con un violento
traqueteo.
En la oscuridad, Malcolm se hundía en los sueños de la morfina.
Flotaban imágenes ante sus ojos: paisajes de adaptación, las imágenes
multicolores de la computadora, que ahora se empleaba para pensar sobre la
evolución. En este mundo matemático de cumbres y de valles, se veían
poblaciones de organismos que trepaban las cumbres de la adaptación o que se
caían por los valles de la incapacidad de adaptarse. Stu Kauffman y sus
colaboradores habían demostrado que los organismos avanzados tenían
limitaciones internas complejas que hacían que fuera más probable que no
alcanzaran la adaptación, sino que se cayeran por los valles. Sin embargo, al
mismo tiempo, las criaturas complejas eran seleccionadas para la evolución,
porque tenían la capacidad de adaptarse por sí mismas. Con herramientas, con el
aprendizaje, con la cooperación.
Pero los animales complejos habían pagado un costo alto por
lograr la flexibilidad adaptativa: habían cambiado una dependencia por otra. Ya
no era necesario que modificasen sus cuerpos para adaptarse, porque ahora la
adaptación se refería al comportamiento, que estaba socialmente determinado.
Ese comportamiento implicaba el aprendizaje. De algún modo, entre los animales
superiores la capacidad de adaptación ya no se transmitía a la próxima
generación a través del ADN. Ahora se transmitía por medio de la enseñanza. Los
chimpancés les enseñaban a sus crías a juntar termitas con una ramita. Estas
acciones implicaban al menos los rudimentos de una cultura, una vida social
estructurada. Pero los animales criados en forma aislada, sin padres, sin
parámetros, no eran del todo funcionales. Los animales del zoológico a menudo
no se ocupaban de sus crías porque jamás habían visto hacerlo. No les prestaban
atención o las aplastaban o simplemente se enfadaban con ellas y las mataban.
Los velocirraptores estaban entre los dinosaurios más
inteligentes y más feroces. Ambas características exigían el control en el
comportamiento. Hace millones de años, en el ya desaparecido período cretácico,
el comportamiento debía de haber estado socialmente determinado y se
transmitiría de los animales más viejos a los más jóvenes. Los genes
controlaban la capacidad de crear estos patrones, pero no los patrones en sí.
El comportamiento adaptativo era una especie de moral. Era un comportamiento
que había evolucionado a través de muchas generaciones porque era exitoso:
permitía que los miembros de las especies cooperaran, vivieran juntos, cazaran
y criaran a las crías.
Pero, en esa isla, los velocirraptores habían sido creados en un
laboratorio genético. A pesar de que sus cuerpos físicos estaban genéticamente
determinados, no sucedía lo mismo con el comportamiento. Estos nuevos raptores
llegaron al mundo sin ningún animal viejo que los guiara, que les enseñara el
comportamiento apropiado para un raptor. Tuvieron que valerse por sí mismos y
ésa era la manera en que se comportaban: sin estructura, sin reglas, sin
cooperación. Vivían en un mundo descontrolado y egoísta, donde los más fuertes
y agresivos sobrevivían y todos los demás morían.
Thorne se agarró a las barras del chasis para no salir
despedido. El raptor seguía sujeto a la lona. Levine se dirigió a la orilla del
río y avanzó junto al agua. Sin faros la visibilidad era escasa. Se inclinó y
miró al frente con los ojos entornados, atento a posibles obstáculos.
En la parte trasera el raptor soltó la lona, cerró las
mandíbulas en torno de los barrotes de la jaula y empezó a tirar hacia atrás.
Thorne se aferró al otro extremo y entabló una feroz pulseada con el raptor.
Pero ganaba el raptor. Thorne se sujetó con las piernas al asiento delantero.
El raptor gruñó, y Thorne percibió su furia ante la posibilidad de perder la
presa.
—¡Toma! — dijo Levine, tendiéndole el rifle. Thorne, tendido de
espaldas y agarrado a la jaula con las dos manos, no podía agarrar el arma.
Levine volvió la cabeza y se percató de la situación. Miró por el espejo
retrovisor y vio que el resto de la manada los seguía. No podía reducir la
marcha. Sin levantar el pie del acelerador, giró en el asiento y apuntó el
rifle hacia atrás, consciente de lo que ocurriría si disparaba accidentalmente
a Thorne o Arby.
— ¡Cuidado! — exclamó Thorne— . ¡Cuidado!
Levine consiguió quitar el seguro y dirigió el cañón hacia el
raptor, que continuaba aferrado a la jaula. El animal levantó la vista y, con
un rápido movimiento, atrapó el cañón entre las mandíbulas. Empezó a tirar del
arma.
Levine disparó.
El raptor abrió los ojos desmesuradamente cuando el dardo se
alojó en su garganta. Emitió un extraño gorgoteo y al instante, en medio de
violentas convulsiones, cayó del jeep, arrancándole el rifle de las manos a
Levine.
Thorne se puso de rodillas y reacomodó la jaula en el interior
del coche. Volvió la vista atrás y advirtió que los otros raptores aún los
perseguían, pero se encontraban ya a veinte metros y perdían terreno
rápidamente.
Se oyó el chasquido de la radio.
— Doc.
Thorne reconoció la voz de Sarah.
— Sí, Sarah.
—¿Dónde están?
—Seguimos el curso del río — contestó Thorne.
— No veo las luces — dijo Sarah.
—Las llevamos apagadas.
Se produjo un silencio. La radio crepitó. Con voz tensa, Sarah
preguntó:
—¿Y Arby?
—Con nosotros — respondió Thorne.
—¡Gracias a Dios! — exclamó Sarah— . ¿Cómo está?
— No lo sé. Vivo por lo menos.
De pronto salieron a un amplio valle. Thorne miró alrededor,
tratando de orientarse. Enseguida se dio cuenta de que habían regresado al
valle, pero mucho más al sur. Debían de estar en el mismo lado del río que la
plataforma de observación. Por lo tanto tenían que buscar a su izquierda el
camino de montaña, que los conduciría al claro y al trailer. Y a la seguridad.
Tocó con el codo a Levine y dijo:
—¡Por allí!
Thorne pulsó el botón de la radio.
— Sarah.
—Sí, Doc.
—Volvemos al trailer por el camino de montaña.
— Muy bien — respondió Sarah— . Voy hacia allí.
—¿Cuál es el camino de montaña? — preguntó Sarah.
—Creo que es el que está allá arriba — respondió Kelly,
señalando la montaña por encima de ellas.
—Bien — dijo Sarah e hizo arrancar la moto.
Aprovechando que el terreno era menos accidentado, Thorne se
agachó junto a la jaula entre los asientos y examinó a Arby, que gemía entre
las barras.
Tenía media cara manchada de sangre y la camisa empapada. Pero
abría los ojos y aparentemente movía brazos y piernas. Thorne se acercó más a
los barrotes y preguntó en voz baja:
— ¡Eh, hijo! ¿Me oyes?
Arby asintió con la cabeza, gimiendo.
— ¿Cómo te encuentras?
—He estado mejor otras veces — respondió Arby.
El jeep llegó al camino e inició el ascenso. Levine experimentó
una sensación de alivio mientras subían, alejándose del valle. Por fin estaban
en el camino de montaña, a salvo.
Dirigió la mirada hacia la cresta. Y entonces vio las formas
oscuras bajo la luz de la Luna. Saltaban en lo alto del monte.
Eran raptores.
Los esperaban en el camino. Detuvo el jeep.
—¿Y ahora qué hacemos?
—Deja — dijo Thorne severamente— . A partir de aquí conduzco yo.
AL BORDE DEL CAOS
Thorne llegó a la cresta de la montaña y dobló a la izquierda,
acelerando. La carretera se extendía ante el jeep, formando una estrecha cinta
entre la pared de roca a la izquierda y un escarpado precipicio a la derecha. A
seis metros por encima de ellos, en la cresta, vio a los raptores, saltando y
resoplando mientras corrían paralelos al jeep. Levine también los vio.
— ¿Qué vamos a hacer?
Thorne movió la cabeza en un gesto de duda.
—Mira en la caja de herramientas. Mira en la guantera. Agarra lo
primero que encuentres.
Levine se inclinó y buscó a tientas en la oscuridad. Pero Thorne
sabía que la situación era difícil. Habían perdido el rifle; estaban en un jeep
con el techo de lona, y había raptores por todas partes. Calculó que debían de
estar a más de medio kilómetro del claro y el trailer.
Más de medio kilómetro.
Thorne aminoró la velocidad al llegar a la siguiente curva. Al
otro lado apareció un raptor agazapado en medio del camino, frente a ellos,
bajando la cabeza amenazadoramente. Thorne aceleró. El raptor saltó por el aire
y se posó en el capó del jeep. Oyó el chirrido de las garras contra el metal.
Golpeó el parabrisas y una telaraña se formó en el vidrio. Con el cuerpo del
animal contra el parabrisas, Thorne no veía nada. Pisó el freno.
—¡Eh! — protestó Levine, yéndose hacia adelante.
El raptor cayó a un lado. Thorne pisó el acelerador, y la
inercia lanzó de nuevo a Levine contra el respaldo. Otros tres raptores
corrieron hacia el jeep desde el costado.
Uno saltó al estribo del lado del conductor y mordió el
retrovisor lateral. Thorne giró a la izquierda el volante, rozando la pared de
piedra con el jeep. Diez metros más adelante sobresalía una roca. El raptor
siguió tenazmente aferrado hasta que el golpe con la roca arrancó el retrovisor.
El raptor desapareció.
La carretera se ensanchó. Thorne tenía más espacio para
maniobrar. Oyó un sonido sordo y vio que la lona se hundía sobre su cabeza.
Unas garras la rajaron junto a su oreja.
Giró bruscamente a izquierda y derecha. Las garras
desaparecieron, pero el techo seguía combado a causa del peso del animal.
Levine encontró un cuchillo de caza y lo hundió en la lona. De inmediato otra
garra perforó el techo e hirió a Levine en la mano. Levine lanzó un grito de
dolor y dejó caer el cuchillo. Thorne lo recogió.
Por el retrovisor veía dos raptores más persiguiendo al jeep.
Thorne aprovechó un tramo más ancho del camino para acelerar. El raptor del
techo se inclinó y asomó la cabeza por el parabrisas roto. Thorne clavó el
cuchillo una y otra vez en el techo. El animal no se inmutó. En la siguiente
curva giró violentamente y el jeep entero se ladeó. El animal perdió el
equilibrio y cayó por detrás, derribando a los otros dos perseguidores. Los
tres se precipitaron monte abajo.
Pero al cabo de un momento saltó de la cresta otro raptor a unos
metros por detrás del jeep.
Y ágilmente, casi con facilidad, subió a la parte trasera del
jeep.
Levine miró asombrado hacia atrás. El raptor estaba
completamente dentro del jeep con la cabeza baja, los miembros anteriores en
alto, las fauces abiertas, en una inconfundible postura de ataque. El raptor
emitió un silbido.
"Todo ha terminado", pensó Levine.
La criatura volvió a silbar, abriendo y cerrando las fauces,
flexionándose para saltar, y de pronto apareció espuma en las comisuras de su
boca y puso los ojos en blanco. Una serie de espasmos sacudió su cuerpo y se
desplomó de costado sobre el jeep.
Detrás del jeep vio entonces a Sarah en la motocicleta y a Kelly
con el rifle. Thorne aminoró la velocidad, y Sarah se arrimó al jeep. Le
entregó la llave a Levine.
—¡Es de la jaula! — gritó.
Levine la tomó torpemente y casi se le cayó.
— ¡Agarra el rifle! — indicó Thorne.
Levine miró a la izquierda, donde varios raptores más corrían
hacia el jeep. Contó seis, pero probablemente eran más.
— ¡Agarra el maldito rifle! — repitió Thorne.
Levine tomó el rifle que le tendía Kelly, notando el metal frío
del cañón en las manos.
De repente el jeep se sacudió entre estertores.
— ¿Qué pasa? — preguntó a Thorne.
— Problemas. Se terminó la nafta.
Thorne puso el coche en punto muerto y perdió velocidad. Delante
de ellos había una ligera subida y detrás de la siguiente curva el camino
volvía a bajar. Sarah los seguía en la motocicleta.
Thorne comprendió que su única esperanza era llegar a lo alto de
la subida.
—Abre la jaula — ordenó a Levine— . Sácalo de ahí.
Levine, movido por el pánico, actuó rápidamente. Se arrastró a
la parte trasera, metió la llave en la cerradura y abrió la jaula. La puerta se
abrió con un chirrido, y Levine ayudó a salir a Arby.
Thorne vio caer la aguja del cuentakilómetros. Los raptores
empezaron a acercarse.
—Ya está afuera — informó Levine.
— Tira la jaula — dijo Thorne.
Levine obedeció, y la jaula rodó por la pendiente.
El jeep avanzó lentamente hasta que, por fin, llegaron a lo alto
de la subida e iniciaron el descenso, ganando velocidad.
—¡No lograremos llegar al trailer! — gritó Levine.
— Ya lo sé.
Thorne vio el trailer a su izquierda, separado de ellos por una
suave pendiente en el camino. No podrían llegar. Pero ante ellos el camino se
bifurcaba, y el ramal derecho bajaba al laboratorio. Si la memoria no lo
engañaba, todo el camino era cuesta abajo.
Thorne dobló a la derecha.
Vio el vasto tejado del laboratorio. Siguió hacia el poblado.
Vio una tienda y los surtidores de nafta. ¿Quedaría combustible en los tanques?
—¡Mira! — exclamó Levine— . ¡Mira! ¡Mira!
Thorne volvió la cabeza y vio que los raptores se quedaban
atrás, abandonando la persecución. En las inmediaciones del laboratorio
parecían vacilar.
—¡Ya no nos siguen! — dijo Levine.
— Sí. Pero, ¿dónde está Sarah?
La motocicleta se había perdido de vista.
EL TRAILER
Sarah Harding hizo girar el manubrio y la moto subió a toda
velocidad por la breve cuesta del camino. Llegó a lo alto y descendió en
dirección al trailer. Cuatro raptores las perseguían gruñendo. Sarah volvió a
acelerar, intentando ganar unos metros preciosos, porque iban a necesitarlos.
—Cuando lleguemos al trailer, salta y entra lo más deprisa que
puedas. No me esperes. ¿Entendido?
Kelly asintió visiblemente tensa.
— ¡Pase lo que pase, no me esperes!
— De acuerdo.
Sarah frenó y la motocicleta se deslizó en la hierba húmeda,
topando con el costado metálico del trailer. Kelly se bajó de inmediato y
entró. Sarah hubiese deseado guardar adentro la motocicleta, pero los raptores
se hallaban demasiado cerca. Empujó hacia ellos la motocicleta y se lanzó al
interior del trailer. Cayó de espaldas en el suelo. Se revolcó y cerró la
puerta de una patada en el preciso momento en que el primer raptor intentaba
entrar.
—lan, ¿tiene alguna cerradura esta puerta?
Oyó la voz soñolienta de Malcolm en la oscuridad:
— La vida es un cristal.
—lan, presta atención.
Kelly apareció junto a ella y buscó a tientas en el marco. Los raptores
embestían la puerta una y otra vez.
—Aquí está — dijo— . Casi en el suelo.
Sarah se acercó a Malcolm, que yacía en la cama. Los raptores
arremetían contra la ventana, cerca de su cabeza.
—¡Qué ruidosos son, los hijos de puta! — protestó.
Sarah vio junto a él el botiquín abierto y una jeringa en la
almohada. Probablemente había vuelto a inyectarse. Los raptores dejaron de
lanzarse contra el vidrio. Se oyó un ruido metálico. Sarah miró por la ventana
y vio que saltaban furiosamente sobre la motocicleta. No tardarían en pinchar
las ruedas.
—lan — dijo Sarah— . Tenemos cosas que hacer.
— Yo no tengo prisa — contestó Malcolm con calma.
— ¿Hay armas aquí?
—¿Armas?... No sé... — Lanzó un suspiro. — ¿Para qué quieres
armas?
—lan, por favor — rogó Sarah.
—Hablas demasiado deprisa. De verdad, Sarah, deberías relajarte.
En la oscuridad del trailer, Kelly estaba asustada, pero la
tranquilizaba la determinación con que Sarah hablaba de las armas. Kelly
empezaba a darse cuenta de que Sarah no permitía que nada la detuviera:
simplemente hacía lo que tenía que hacer. Esta actitud de no permitir que los
demás la detuvieran, de creer que uno es capaz de hacer lo que quiere era una
conducta que ella misma comenzaba a imitar.
Al oír hablar a Malcolm, Kelly comprendió que no les sería de
gran ayuda. Estaba bajo el efecto de la morfina. Y Sarah no conocía el trailer.
En cambio, Kelly sí; lo había inspeccionado antes en busca de comida. Y le
parecía recordar...
Empezó abrir cajones en la oscuridad, convencida de que en
alguno había visto una bolsa marcada con unos huesos cruzados y una calavera.
Aquella bolsa debía de contener armas. Por fin tocó una lona áspera. Era eso.
Lo sacó. Pesaba mucho.
—Sarah, mira.
Sarah acercó la bolsa a la ventana para examinarla a la luz de
la luna. Abrió el cierre y observó el contenido. Estaba dividida en
compartimentos acolchados. Notó tres bloque cúbicos de un material que parecía
goma. Había también un pequeño cilindro plateado, como una pequeña botella de
oxígeno.
—¿Qué es esto?
—Pensamos que sería buena idea — contestó Malcolm— . Pero ahora
no estoy tan seguro. El caso es...
—¿Qué es? — inquirió Sarah, interrumpiéndolo. Tenía que
obligarlo a concentrar la atención. No hacía más que divagar.
—Gas no letal — explicó Malcolm— . Se elaboró en Los Álamos.
Queríamos...
—¿Qué es esto? — preguntó, levantando uno de los bloques.
— Un cubo de humo para maniobras de dispersión. Su función...
—¿Sólo humo? — dijo Sarah— . ¿Sólo despide humo?
— Sí, pero...
—¿Y esto? — preguntó Sarah, alzando el cilindro plateado.
Llevaba un rótulo estampado.
—Una bomba de colinesterasa. Desprende un gas que produce una
parálisis de corta duración. O eso sostienen.
—¿Cómo de corta?
—Unos minutos, creo, pero...
—¿Cómo funciona? — dijo Sarah. El cilindro tenía una tapa con un
anillo. Se dispuso a abrirla para inspeccionar el mecanismo.
— ¡No! — advirtió Malcolm— . Así se activa. Hay que tirar del
anillo y lanzar la bomba. Actúa en tres segundos.
—Muy bien.
Sarah guardó la jeringa en el botiquín y lo cerró.
— ¿Qué vamos a hacer? — preguntó Malcolm.
—Nos vamos de aquí — respondió Sarah, dirigiéndose ya hacia la
puerta.
—Es tan agradable tener un hombre en la casa — dijo Malcolm con
un suspiro.
Sarah lanzó el cilindro. Uno de los animales lo vio caer en la
hierba.
Sarah observaba desde la puerta, esperando. Nada ocurrió.
No hubo explosión. Nada.
¡lan! ¡No funcionó!
Uno de los raptores se acercó al cilindro y lo recogió con la
boca.
— No funcionó — repitió Sarah con un suspiro.
—No te preocupes — dijo Malcolm con tranquilidad. El raptor
sacudió la cabeza y mordió el cilindro.
— ¿Y ahora qué hacemos? — preguntó Kelly.
De pronto se produjo una estruendosa explosión y una densa nube
de humo se extendió por el claro.
Sarah se apresuró a cerrar la puerta.
—¿Y ahora qué? — volvió a preguntar Kelly.
Con Malcolm apoyado en su hombro empezaron a atravesar el claro.
La nube de gas se había disipado hacía unos minutos. El primer raptor que
encontraron yacía de costado, totalmente inmóvil y con los ojos abiertos. Pero
no estaba muerto; Sarah vio su pulso regular en el cuello. Simplemente había
quedado paralizado.
— ¿Cuánto dura el efecto? — inquirió Sarah.
—No tengo ni idea — respondió Malcolm— . Pero hay demasiado
viento.
Uno de los animales había caído sobre la motocicleta. Sarah dejó
a Malcolm en la hierba, y él empezó a cantar.
Sarah tiró del manubrio de la motocicleta, pero el animal pesaba
demasiado. Sin pensarlo dos veces se inclinó sobre el raptor y le rodeó el
cuello con los brazos. Con una oleada de asco al notar la caliente piel
escamosa, levantó la cabeza del animal e indicó a Kelly que tirase de la
motocicleta.
—¡Todavía no! — dijo Kelly, tirando con todas sus fuerzas.
Sarah, con las mandíbulas del velocirraptor a escasos centímetros de su cara,
intentó levantarlo más.
—Ya casi está — avisó Kelly.
Sarah gimió e hizo un último esfuerzo. El ojo del raptor
parpadeó.
Asustada, Sarah lo soltó. Kelly consiguió sacar la motocicleta
en ese preciso instante.
—¡Ya la tengo!
Sarah rodeó al raptor, advirtiendo convulsiones en una pata y
movimiento en el pecho.
—Vámonos — ordenó Sarah— . lan, atrás. Kelly, en el manubrio.
—Vamos. — Sarah subió a la motocicleta sin perder de vista al
raptor. La cabeza dio una sacudida. El ojo volvió a parpadear. Sin duda estaba
despertándose. — Vamos. Vamos. ¡Vamos!
EL POBLADO
Sarah se dirigió hacia el poblado y vio el jeep estacionado ante
una tienda, no lejos de los surtidores de nafta. Se detuvo al lado, y los tres
desmontaron bajo la luz de la Luna. Kelly abrió la puerta de la tienda y ayudó
a Malcolm a entrar. Sarah empujó la motocicleta hasta el interior y cerró la
puerta.
—¿Doc? — llamó.
—Estamos aquí — dijo Thorne— . Con Arby.
En la tenue luz que se filtraba por las ventanas Sarah vio que
el establecimiento era como el de cualquier estación de servicio. Había una
heladera con refrescos; las puertas de vidrio estaban enmohecidas. La
estantería metálica contigua contenía chocolates y caramelos con los
envoltorios cubiertos de larvas verdes; al lado, las revistas amarillentas y
arrugadas tenían titulares de cinco años atrás.
En un extremo del local había hileras de suministros básicos:
pasta de dientes, aspirinas, cremas solares, champús, peines y cepillos. Al
lado estaban los colgadores de ropa y más allá algunos estantes con recuerdos
del lugar: llaveros, ceniceros y vasos.
En el medio había una pequeña isla con una caja registradora
conectada a una computadora, un horno de microondas y una cafetera agrietada y
llena de telarañas.
—¡Qué sucio está todo! — comentó Malcolm.
—Yo lo encuentro bien — dijo Sarah. Todas las ventanas tenían
rejas y las paredes parecían sólidas. Los alimentos enlatados aún debían ser
comestibles. En un cartel se leía: BAÑOS, así que quizá hubiese incluso agua
corriente. Allí estarían a salvo, al menos durante un rato.
Sarah ayudó a Malcolm a tenderse en el suelo y se acercó a
Thorne y Levine, que examinaban a Arby.
—Traje el botiquín — informó Sarah— . ¿Cómo está?
—Muy golpeado — respondió Thorne— . Con algunas heridas. Pero
nada roto. En la cabeza tiene un tajo considerable.
—Me duele todo — dijo Arby— . Hasta la boca.
—¿Alguien se fijó si aún hay luz? — preguntó Sarah— . Déjame
ver, Arby. Sí, has perdido un par de dientes, por eso te duele. Pero eso tiene
arreglo. La herida de la cabeza no es tan grave como parece. — Limpió el corte
con una gasa. Volviéndose hacia Thorne, preguntó: — ¿Cuánto falta para que
llegue el helicóptero?
Thorne consultó el reloj.
— Dos horas.
¿Y dónde aterriza?
La plataforma está a varios kilómetros de aquí.
—Así que disponemos de dos horas para llegar hasta la
plataforma.
—¿Cómo iremos? —inquirió Kelly— . El jeep se quedó sin nafta.
—No te preocupes — dijo Sarah— . Ya pensaremos en algo.
— Siempre contestas lo mismo — observó Kelly.
—Porque siempre es la verdad — repuso Sarah— . Muy bien, Arby.
Necesito tu ayuda. Voy a incorporarte y quitarte la camisa.
Thorne se llevó aparte a Levine, que tenía los ojos muy abiertos
y se movía de un modo convulso. Por lo visto, el viaje en el jeep le había
destrozado los nervios.
—¿De qué habla Sarah? — dijo Levine— . ¡Estamos atrapados!
¡Atrapados! — Se percibía histeria en su voz. — No podemos ir a ninguna parte.
No podemos hacer nada. Nos van a. ..
—Tranquilízate — dijo Thorne, agarrándolo del brazo— . No
asustes a los chicos.
—¿Y qué importa? Van a enterarse tarde o... ¡Eh, cuidado! Thorne
le apretaba el brazo con fuerza. Acercó la cabeza a Levine.
—Ya eres mayorcito para comportarte como un tontito — advirtió
en voz baja— . Ahora cálmate, Richard. ¿Me escuchas?
Levine asintió.
—Muy bien. Ahora, Richard, voy a salir a ver si los surtidores
funcionan.
—Es imposible — objetó Levine— . ¿Cómo van a funcionar después
de cinco años? Te lo aseguro, es una pérdida de tiempo...
—Richard, tenemos que probar los surtidores. Los dos hombres
cruzaron una mirada en silencio.
— ¿Quieres decir que vas a salir ahí afuera? — preguntó Levine.
— Sí.
Levine frunció el entrecejo.
—¿Qué hay de las luces? — insistió Sarah, agachada junto a Arby.
—Un momento — contestó Thorne. Inclinándose hacia Levine, dijo:
— ¿De acuerdo?
—De acuerdo — accedió Levine, respirando hondo.
Thorne se dirigió a la puerta y salió a la oscuridad. Levine
cerró la puerta. Thorne, afuera, oyó el chasquido del pestillo. Se volvió de
inmediato y llamó a la puerta. Levine la entreabrió y se asomó.
— ¡Por Dios, Richard! — dijo Thorne— . No la trabes.
— Pero pensaba...
—¡No la trabes!
—Muy bien, muy bien. Perdona.
Thorne cerró la puerta y se volvió hacia la noche.
Alrededor reinaba el silencio. La quietud era casi excesiva,
pensó. Pero quizá se debía al contraste con los gruñidos de los raptores. Tras
permanecer largo rato observando el claro, se encaminó hacia el jeep. Abrió la
puerta y buscó la radio. La encontró bajo el asiento del pasajero. La tomó,
volvió a la tienda y llamó a la puerta.
— No está cerrado — dijo Levine al abrir.
—Toma. — Thorne le entregó la radio y volvió a cerrar.
A continuación se acercó a los surtidores y los examinó. Agarró
la manguera del primero y quitó el seguro. No salió nada. No había nafta.
Advirtió que eran surtidores sencillos y fiables, como los que se encuentran en
cualquier lugar aislado, y era lógico, pues al fin y al cabo aquello era una
isla.
Reflexionó.
Aquello era una isla, lo cual significaba que todo llegaba en
avión o barco. Probablemente en barco la mayoría de las veces. En barcos
pequeños, donde las provisiones se descargaban a mano.
Se inclinó y examinó la base del surtidor. Se confirmaron sus
sospechas: no había depósitos enterrados. Bajo el suelo, casi en la superficie,
había una tubería. Vio que la tubería iba hacia la parte trasera de la
estación.
Thorne la siguió, avanzando con cautela y deteniéndose a
escuchar de vez en cuando.
Llegó a la esquina y encontró lo que buscaba: tres bidones de
doscientos litros alineados contra la pared y conectados a una serie de tubos
negros. Golpeó suavemente los bidones con los nudillos. Estaban vacíos. Levantó
uno con la esperanza de oír un chapoteo en el fondo. Les bastaba con cuatro o
cinco litros.
Nada.
Pero debía de haber más bidones. Unas instalaciones como
aquellas necesitaban entre diez y treinta bidones como esos. Además, los
bidones llenos eran muy pesados, de modo que probablemente los almacenaban
cerca de los surtidores.
Volvió lentamente la cabeza. La luz de la Luna le permitía ver
con claridad. A la derecha de la cancha de tenis, cerca de la tienda, la
vegetación se había adueñado de nuevo del terreno. Pero vio una brecha en el
follaje. Un camino.
Se acercó y entre los matorrales vio una línea vertical.
Enseguida comprendió que era el marco de una puerta de madera abierta. Había un
cobertizo en el follaje. La otra puerta estaba cerrada. Al aproximarse vio un
cartel metálico oxidado con letras rojas. Se leía:
PRECAUCIÓN
NO FUMAR
INFLAMABLE
Se detuvo y escuchó. Oyó los lejanos gruñidos de los raptores,
procedentes de la montaña. Por alguna razón todavía no se habían acercado al
poblado.
Thorne entró en el cobertizo, y cuando sus ojos se acostumbraron
a la oscuridad, vio al fondo una docena de bidones herrumbrosos. Había tres o
cuatro más a los costados. Thorne los tocó todos rápidamente, uno detrás del
otro. No pesaban: estaban vacíos. Todos vacíos.
Con una sensación de frustración retrocedió hacia la entrada del
cobertizo. Se detuvo un instante y miró alrededor. De pronto oyó el
inconfundible sonido de una respiración.
En el interior de la tienda Levine iba de una ventana a otra
procurando no perder a Thorne de vista. A lo lejos oyó los gruñidos de los
raptores y comprendió que se habían quedado a la entrada del laboratorio. Se
preguntó por qué no habrían seguido a los vehículos. Se le ocurrieron toda
clase de explicaciones. Quizá sentían un miedo atávico ante el laboratorio, el
lugar de su nacimiento. Recordaban las jaulas y no querían perder otra vez la
libertad. Pero sospechó que la explicación más probable era, como siempre, la
más sencilla: probablemente el área que rodeaba el laboratorio formaba parte
del territorio de otro animal y los raptores no se atrevían a entrar. Incluso
el tiranosaurio, recordó, había pasado por allí rápidamente, sin detenerse.
Pero, ¿un territorio de qué animal?
—¿Y las luces? — volvió a decir Sarah— . Necesito luz aquí.
— Enseguida — contestó Levine.
Thorne permaneció en silencio a la entrada del cobertizo. Oía
roncas exhalaciones, como resoplidos de un caballo. Afuera aguardaba algún gran
animal. El sonido procedía de la derecha. Thorne se asomó lentamente. A la
derecha vio sólo un grupo de rododendros y, más allá, la cancha de tenis.
Nada más.
Miró y aguzó el oído.
Los débiles resoplidos continuaban, semejantes a una suave
brisa. Pero no soplaba la más leve brisa: los árboles y arbustos no se movían.
¿O sí?
Thorne tuvo la sensación de que algo se le escapaba, algo que
tenía justo delante de los ojos. Por un momento creyó detectar un ligero
movimiento en los arbustos de la derecha. El contorno de las hojas pareció
desplazarse y volver a su anterior posición. Pero no estaba seguro.
Thorne miró fijo y empezó a pensar que no eran los arbustos lo
que había llamado su atención sino la tela metálica de la cancha de tenis. En
casi toda su extensión estaba cubierta de enredaderas, pero en algunos puntos
los rombos de alambre eran aún visibles. Sin embargo, advertía algo anormal en
la tela metálica.
De pronto se encendieron las luces en la tienda. La luz de las
ventanas enrejadas proyectó una forma geométrica sobre el claro y los arbustos
situados junto a la cancha de tenis. Entonces, durante un breve instante,
Thorne vio que los arbustos tenían una forma extraña, y eran de hecho dos
dinosaurios de más de dos metros, uno junto a otro.
Sus pieles formaban una especie de mosaico de tonos claros y
oscuros que les permitía confundirse perfectamente con las hojas de detrás e
incluso con la tela metálica de la cancha de tenis. Gracias a ese aspecto
habían permanecido totalmente ocultos a la vista hasta que se encendieron las
luces de la tienda.
Thorne los observó conteniendo la respiración y se dio cuenta de
que el mosaico de tonos claros y oscuros cubría sólo la mitad inferior de su
cuerpo; de medio tórax para arriba la piel de los animales mostraba un dibujo
romboide idéntico al de la valla.
Y mientras Thorne miraba, el complejo dibujo, de sus pieles se
desvaneció, y los animales adquirieron una tonalidad blanca lechosa surcada a
lo largo por una serie de rayas oscuras que imitaban exactamente las sombras
proyectadas por las ventanas.
Los dos dinosaurios se tornaron de nuevo invisibles. Entornando
los ojos, Thorne veía apenas sus contornos. Habría sido incapaz de verlos si no
hubiese sabido que estaban allí.
Eran camaleones, pero con un poder mimético incomparablemente
superior al de cualquier camaleón.
Thorne retrocedió lentamente en la oscuridad del cobertizo.
—¡Dios mío! — exclamó Levine, mirando por la ventana.
—Lo siento — se disculpó Sarah— , pero tenía que encender las
luces. Este chico necesita ayuda.
Levine no contestó. Siguió mirando asombrado por la ventana,
buscando una explicación a lo que acababa de ver. Comprendió en ese instante
qué había visto de reojo el día que murió Diego. Levine tenía ya la total
certeza, pero aquello excedía las facultades de cualquier animal terrestre.
—¿Qué pasa? — preguntó Sarah, acercándose a la ventana.
— Mira — indicó Levine.
Sarah miró a través de la reja.
—¿Hacia los arbustos? ¿Qué? ¿Qué se supone que tengo...?
— Mira atentamente.
Sarah observó los arbustos durante un rato.
— Lo siento pero no veo nada.
— Entonces vuelve a apagar las luces.
Sarah apagó las luces y regresó a la ventana. Esta vez vio a los
animales al instante.
—¡Mierda! — exclamó— . ¿Hay dos?
— Sí. Uno junto al otro.
—Y... ¿se desvanece el dibujo?
— Sí.
—¿Qué son? — preguntó Sarah.
—Camaleones incomparablemente dotados. Aunque no sé hasta qué
punto es correcto llamarlos camaleones, considerando que los camaleones no
poseen la facultad...
—¿Qué son? — repitió Sarah con impaciencia.
—Yo diría que Carnotaurus sastrei. Un espécimen propio de la
Patagonia. Unos tres metros de altura con una cabeza muy característica. Fíjate
en esos hocicos cortos, como de bulldog, y el gran par de cuernos sobre los
ojos, casi como alas...
—¿Son carnívoros? — inquirió Sarah.
— Sí, claro. Tienen...
—¿Dónde está Thorne?
—Desapareció entre esos arbustos de la derecha hace un rato. No
lo he visto, pero...
—¿Qué hacemos? — dijo Sarah.
—¿Hacer? — replicó Levine— . No sé si te entiendo.
— Tenemos que hacer algo — insistió Sarah, hablándole en voz
baja, como si fuese un niño— . Tenemos que ayudar a Thorne.
— No sé cómo — respondió Levine— . Esos animales deben de pesar
doscientos kilos cada uno. Y hay dos. Ya le advertí que no saliera. Pero
ahora...
—Ve a encender las luces — ordenó Sarah, arrugando la frente.
— Preferiría...
—¡Ve a encender las luces!
Ofendido, Levine obedeció.
— ¡Enciende! — gritó Sarah, mirando por la ventana.
Levine pulsó los interruptores y se dispuso a volver a la
ventana para seguir con sus observaciones.
—¡Apaga! — dijo Sarah.
Levine retrocedió apresuradamente y apagó las luces.
— ¡Enciende!
Volvió a encenderlas.
Sarah se apartó de la ventana y comentó:
— Eso no les gustó. Les molesta.
—Bueno, probablemente hay un período refractario... — empezó a
explicar Levine.
—Sí. Eso parece. Ven. Quítale los envoltorios a esto.
— Tomó varias linternas de un estante y se las entregó a Levine.
A continuación fue a buscar pilas a la estantería contigua.
— Espero que no estén gastadas.
—¿Qué vas a hacer? — preguntó Levine.
—Vamos a hacer — replicó Sarah severamente— . Tú y yo.
Thorne permanecía en la oscuridad del cobertizo mirando a través
de la puerta abierta. Alguien había estado encendiendo y apagando las luces en
la tienda. Después quedaron encendidas durante un rato y de pronto se habían
apagado otra vez.
Thorne oyó un susurro. Al cabo de un instante vio avanzar a los
dinosaurios hacia el cobertizo, erguidos y con las colas rígidas. Sus pieles
cambiaban de dibujo y color mientras caminaban; era difícil seguirlos.
Llegaron a la entrada y los contornos de sus cuerpos se
dibujaron por fin nítidamente contra la claridad de la Luna. Parecían demasiado
grandes para cruzar la puerta, y Thorne creyó por un momento que no lo
conseguirían. Pero el primero agachó la cabeza, gruñó y atravesó la entrada.
Thorne contuvo la respiración, intentando pensar qué hacer. Pero
no había nada que hacer. Los animales eran metódicos; el primero se apartó de
la entrada para dejar pasar al segundo.
De repente junto a la tienda destelló media docena de luces. Los
haces se agitaban, iluminando los cuerpos de los dinosaurios como reflectores.
Los dinosaurios eran claramente visibles, y eso los incomodaba.
Gruñeron e intentaron alejarse de las luces. Cada vez más inquietos, acabaron
saliendo del cobertizo y bramaron furiosos. Sin embargo, las luces siguieron
moviéndose. Los dinosaurios volvieron a bramar y avanzaron hacia las luces
amenazadoramente pero sin convicción. Al cabo de un momento retrocedieron
arrastrando los pies hacia la cancha de tenis seguidos por las luces.
Thorne se asomó a la puerta del cobertizo.
—¿Doc? — dijo Sarah— . Más vale que salgas de ahí antes de que
decidan volver.
Thorne corrió hacia las luces y encontró detrás a Sarah y
Levine. Sostenían unas cuantas linternas cada uno..
Los tres volvieron juntos a la tienda.
Una vez en la tienda, Levine dio un portazo y se recostó sobre
ella.
Jamás sentí tanto miedo en mi vida.
—Richard — dijo Harding con frialdad— , trata de calmarte. —
Atravesó la habitación y colocó las linternas sobre el mostrador.
— Salir fue una idea descabellada — afirmó Levine, mientras se
enjugaba la frente. Estaba empapado en transpiración; su camisa, plagada de
manchas oscuras.
—En realidad, fue de mucho provecho — dijo Harding. Se dirigió a
Thorne. — Vimos que tienen un período refractario para las reacciones de la
piel. Es rápido comparado con el de un pulpo, por ejemplo, pero existe. Mi
hipótesis era que aquellos dinosaurios eran como todos los animales que se
valen del camuflaje. Básicamente, tienden emboscadas. No son especialmente
rápidos o activos. Se mantienen tiesos durante horas en un entorno estático que
les permite desaparecer y esperan hasta que un insospechado bocadillo se
acerque. Pero si tienen que adaptarse a nuevas condiciones de luminosidad,
saben que no pueden esconderse. Se ponen nerviosos. Y si se ponen lo
suficientemente nerviosos, escapan. Y eso es lo que sucedió.
Levine se dio vuelta y miró a Thorne con furia.
— Todo fue culpa tuya. Si no hubieras salido...
—Richard — lo interrumpió Harding— , necesitamos combustible o
jamás podremos salir de aquí. ¿No quieres marcharte de una vez?
Levine no respondió. Estaba ofendido.
—Bueno — dijo Thorne—, de todos modos no había combustible en el
cobertizo.
—Miren todos quién está aquí — dijo Sarah.
Apareció Arby, apoyándose en Kelly. Vestía prendas que había
encontrado en la tienda: un pantalón de baño y una remera que decía
"Laboratorios de Bioingeniería InGen". Debajo continuaba
"Construimos el futuro".
Arby tenía un ojo morado, una mejilla inflamada y un corte en la
frente, que Harding le había vendado. Tanto los brazos como las piernas
presentaban intensos moratones. Pero estaba de pie y sonreía con dificultad.
—¿Cómo te sientes, muchacho? — le preguntó Thorne.
— ¿Sabes qué es lo que más quiero en el mundo en este momento? —
dijo Arby.
—¿Qué? — le preguntó Thorne.
— Una Coca Diet y muchas aspirinas.
Sarah se acercó a Malcolm. Canturreaba suavemente y miraba hacia
arriba.
—¿Cómo está Arby?
— Se pondrá bien.
—
¿Necesita
morfina? — preguntó Malcolm.
— No, no lo creo.
—Bien. — Extendió el brazo y levantó la manga de la camisa.
Thorne limpió el horno de microondas y calentó un poco de carne
enlatada. Encontró un paquete con platos de cartón decorados con un motivo de
Halloween, donde sirvió la comida. Los dos niños comieron con desesperación.
Le entregó un plato a Sarah y luego se dirigió a Levine:
— ¿Quieres?
—No.
Thorne se encogió de hombros.
Arby se acercó, con el plato en la mano.
— ¿Hay más?
—Por supuesto — dijo Thorne y le extendió su propio plato.
Levine se acercó a Malcolm y se sentó junto a él.
—Bueno, al menos no estábamos equivocados con respecto a una
cosa. Esta isla era un verdadero Mundo Perdido: una ecología prístina e
inalterada. Estuvimos en lo cierto desde el comienzo. Malcolm levantó la
cabeza.
—¿Estás bromeando? ¿Y todos los apatosaurios muertos?
— Estaba pensando en eso. Sin duda, los raptores los mataron. Y
luego los raptores...
—¿Qué? ¿Los arrastraron hasta el nido? Esos animales pesan
cincuenta toneladas, Richard. Ni cien raptores podrían arrastrarlos. No, no. —
Suspiró. — Los esqueletos deben de haber flotado hasta un recodo en el río,
donde se vararon. Los raptores formaron el nido cerca de una buena fuente de
alimentación: apatosaurios muertos.
— Bueno, tal vez...
—Pero, ¿por qué tantos apatosaurios muertos, Richard? ¿Por qué
ninguno de los animales llega a ser adulto? ¿Y por qué hay tantos depredadores
en esta isla?
—Bueno, necesitamos más información, por supuesto... — empezó a
decir Levine.
—No. ¿No estuviste en el laboratorio? Ya sabemos cuál es la
respuesta.
—¿Cuál?
—Priones — respondió Malcolm y cerró los ojos. Levine frunció el
ceño y dijo:
—¿Qué son los priones?
Malcolm suspiró.
—lan, ¿qué son los priones?
—Sal de aquí — le respondió Malcolm, sacudiendo la mano.
Arby estaba acurrucado en un rincón, casi dormido. Thorne
enrolló una remera y la colocó debajo de la cabeza del muchacho. Arby masculló
algo y sonrió.
En escasos segundos, comenzó a roncar.
Thorne se puso de pie y se acercó a Sarah, que estaba parada
junto a la ventana. Afuera, el cielo comenzaba a aclarar, celeste, por sobre
los árboles.
—¿Cuánto tiempo nos queda? Thorne consultó el reloj.
— Más o menos una hora.
Sarah empezó a pasearse de un lado a otro.
—Necesitamos combustible — afirmó— . Con nafta llegaremos al
helicóptero.
—Pero no hay combustible — insistió Thorne.
—Tiene que haber en alguna parte. — Sarah siguió deambulando por
la tienda. — Probaste los surtidores...
—Sí. Están secos.
—Y dentro del laboratorio.
— Lo dudo.
—Entonces, ¿dónde? ¿Y en el trailer?
Thorne negó con la cabeza.
—Es sólo un remolque pasivo. La otra unidad disponía de un
generador auxiliar y algunos bidones de nafta. Pero se ha caído por el
precipicio.
—Tal vez los bidones no se hayan roto con la caída. Aún tenemos
la motocicleta. Podría ir hasta allí y...
—Sarah — dijo Thorne.
— Vale la pena intentarlo.
— Sarah... — repitió Thorne.
—¡Miren! — advirtió Levine en voz baja desde la ventana— .
Tenemos visita.
UNA BUENA MADRE
En la tenue luz previa al amanecer los animales salieron de
entre el follaje y avanzaron directamente hacia el jeep. Eran seis: enormes
dinosaurios de pico de pato marrones, de cuatro metros y medio de altura.
—Maiasaurios — anunció Levine— . No sabía que también hubiese en
la isla.
—¿Qué hacen?
Los gigantescos animales rodearon el jeep y de inmediato
empezaron a destrozarlo. Uno arrancó el techo de lona. Otro empujó la barra
estabilizadora y sacudió el vehículo de un lado a otro.
—No me explico — comentó Levine— . Son hadrosaurios. Herbívoros.
Esta agresividad no es propia de ellos.
—Veo — dijo Thorne.
Los maiasaurios volcaron el jeep. Uno de ellos se irguió y apoyó
las patas delanteras sobre los paneles laterales y aplastó el vehículo. De
pronto cayeron al suelo dos cajas blancas de poliestireno, y los maiasaurios se
concentraron en ellas. Mordisquearon tirando los pedazos sobre la hierba.
Actuaban apresuradamente, con desesperación.
—¿Buscarán algo de comer? — aventuró Levine.
Entonces la parte superior de una de las cajas se rasgó. En el
interior vieron un huevo agrietado. Del cascarón asomaba un trozo de carne
arrugada. Los movimientos de los maiasaurios se tornaron más cautos, más
delicados. Graznaron y gruñeron. Los grandes cuerpos de los animales les
impedían ver.
Se oyó un chirrido.
—¡No es posible! — exclamó Levine.
Un pequeño animal se agitaba en el suelo. Era de color marrón
claro, casi blanco. Trató de levantarse, pero se desplomó al instante. Medía
menos de medio metro y tenía pliegues alrededor del cuello. Al cabo de un
momento apareció junto a él un segundo animal. Sarah lanzó un suspiro.
Uno de los maiasaurios bajó lentamente la cabeza y abrió el
ancho pico ante la cría. Al subir la cabeza mantuvo la boca abierta. La cría,
posada tranquilamente en la lengua del adulto, miraba alrededor.
Otro maiasaurio recogió a la segunda cría. Tras permanecer allí
un momento, como si no supiesen si quedaba algo por hacer, se alejaron
graznando.
Atrás dejaron el jeep destrozado.
—Creo que la nafta ya no es problema — comentó Thorne.
— Eso parece — dijo Sarah.
Thorne observó los restos del jeep con un gesto de asombro.
— Es peor que un choque de frente — afirmó— . Parece que hubiera
pasado por un compresor. Desde luego no estaba concebido para esta clase de
presiones.
—Los ingenieros de Detroit no esperaban que un animal de cinco
toneladas se subiese encima — dijo Levine con un bufido.
— Me habría gustado ver cómo soportaba nuestro vehículo una cosa
así — comentó Thorne.
—¿Por lo reforzado que estaba, quieres decir?
—Sí — respondió Thorne—. Lo construimos para resistir
extraordinarios esfuerzos. Simulamos choques por computadora, añadimos los
paneles de carbono y todo eso...
—¡Un momento! — exclamó Sarah, apartando la vista de la ventana—
. ¿De qué hablan?
—Del otro vehículo — aclaró Thorne.
— ¿Qué vehículo?
—El que trajimos. El Explorer.
—¡Claro! — dijo Sarah con repentino entusiasmo— . ¡Hay otro
vehículo! Me había olvidado por completo. ¡El Explorer!
— Bueno, ahora ya es historia pasada — explicó Thorne— . Anoche,
cuando venía al trailer, me metí en un charco y se produjo un cortocircuito.
—Pero puede que todavía...
—No — desechó Thorne con un gesto de negación— . Un
cortocircuito como ese acaba con los sistemas. Es un vehículo eléctrico. No
tiene remedio.
—Me sorprende que no coloquen disyuntores para estos casos.
—Bueno, antes no los poníamos, aunque en esta última versión...
— Se interrumpió y movió la cabeza con un gesto de estupefacción. — ¡No puedo
creerlo!
—¿El vehículo tiene disyuntores?
—Sí. ¿Cómo he podido olvidarme? Eddie los instaló en el último
momento.
—Es decir, puede que el Explorer aún funcione — dijo Sarah.
— Sí, probablemente, reajustando los disyuntores.
—¿Dónde está? — preguntó Sarah, encaminándose ya hacia la
motocicleta.
—Lo dejé en el camino que baja de la montaña a la plataforma.
Pero Sarah...
—Es nuestra única posibilidad — afirmó Sarah. Se colocó los
auriculares de la radio, se ajustó el micrófono junto a la boca y empujó la
motocicleta hasta la puerta.
Asomados a la ventana la vieron alejarse hacia la montaña.
— ¿Qué probabilidades crees que tiene? — inquirió Levine. Thorne
se limitó a mover la cabeza.
Al cabo de un momento crepitó la radio.
—Doc.
—Sí, Sarah.
—Estoy ya en el camino. Veo... seis.
— ¿Raptores?
—Sí. Están... Oye. Voy a intentarlo por otro camino. Veo una...
La radio crepitó.
— ¿Sarah?
Se estaba cortando la comunicación.
—... especie de paso de animales que... Aquí. Creo que será
mejor...
—Sarah, se corta la comunicación — advirtió Thorne.
— ... lo haga ahora. Así que... ojalá tenga suerte.
Por la radio llegaba el zumbido de la motocicleta. A
continuación oyeron otro sonido, que podía ser un gruñido o una interferencia
estática. Thorne se inclinó, pegándose la radio a la oreja. De pronto sonó un
chasquido y quedó en silencio.
—¿Sarah? — llamó Thorne. No hubo respuesta.
—Quizá la ha desconectado — apuntó Levine. Thorne negó con la
cabeza.
—¿Sarah?
Nada.
— ¿Sarah? ¿Estás ahí?
Esperaron.
Nada.
El tiempo pasó lentamente. Levine miraba por la ventana. Kelly
roncaba en un rincón. Arby yacía junto a Malcolm profundamente dormido.
Thorne estaba sentado en el suelo, recostado contra la caja
registradora. De vez en cuando tomaba la radio e intentaba hablar con Sarah.
Probó en vano por los seis canales.
Finalmente se rindió.
De pronto la radio crepitó.
—... odio estas porquerías. Nunca funcionan bien. — Un gruñido.
— No entiendo... ¡Maldita sea!
Levine se dio vuelta. Thorne agarró la radio.
— ¿Sarah? ¿Sarah?
—Por fin. ¿Dónde estabas, Doc?
— ¿Estás bien?
—Claro que estoy bien — aseguró Sarah.
—La radio falla. Se ha cortado la comunicación.
— ¿Sí? ¿Qué tengo que hacer?
—Aprieta el tornillo que sujeta la tapa de la batería.
Probablemente se ha aflojado.
—No. ¿Qué hago con el Explorer?
— ¿Cómo? — dijo Thorne.
—Estoy en el Explorer, Doc. ¿Qué hago? Levine consultó el reloj.
—Faltan veinte minutos para la llegada del helicóptero. Quizá lo
logre.
DODGSON
Dodgson se despertó, dolorido y entumecido, en el suelo de
hormigón del cobertizo. Se levantó y miró por la ventana. Vio vetas rojas en el
cielo azul. Abrió la puerta del cobertizo y salió.
Tenía sed y le dolía todo el cuerpo. Empezó a andar bajo los
árboles. Alrededor la selva estaba en silencio. Necesitaba agua. Ante todo
necesitaba agua. A su izquierda oyó el gorgoteo de un arroyo. Se encaminó hacia
el sonido, caminando más deprisa.
A través de los árboles vio que clareaba. Eso significaba que
Malcolm y su grupo se encontraban aún allí. Debían de tener un plan para
marcharse de la isla. Y si ellos podían marcharse, también él podía.
Llegó a una pendiente. Abajo corría un arroyo. El agua parecía
limpia. Descendió apresuradamente. Poco antes del arroyo tropezó con una raíz y
cayó.
Se puso de pie y volvió la vista atrás. Advirtió que no era una
raíz el motivo de su caída.
Era la correa de una mochila.
Dodgson tiró de la correa y la mochila entera salió de entre el
follaje. Estaba rajada y tenía manchas de sangre seca. Al moverla, el contenido
se desparramó entre los helechos. Alrededor zumbaba un enjambre de moscas. No
obstante, vio una cámara, una fiambrera metálica y una botella de agua. Echó
otro vistazo entre los helechos, pero no encontró nada más, salvo unos
chocolates mojados.
Dodgson bebió el agua y notó que tenía hambre. Abrió la
fiambrera con la esperanza de encontrar comida decente. Pero la fiambrera no
contenía comida. Estaba llena de espuma de embalar.
Y en el centro había una radio.
La conectó. El piloto de la batería brilló con intensidad. Pasó
de un canal a otro, oyendo interferencias estáticas.
De pronto sonó la voz de un hombre.
— ¿Sarah? Aquí Thorne. ¿Sarah?
Al cabo de un momento una voz femenina dijo:
—Doc. ¿Me oyes? He dicho que estoy en el Explorer.
Dodgson escuchó y sonrió.
Así que había un vehículo.
En la tienda, Thorne sostenía la radio cerca de la boca.
—Muy bien, Sarah. Escucha atentamente. Sube al coche y haz
exactamente lo que te diga.
—De acuerdo — contestó Sarah— . Pero antes una cosa. ¿Está ahí
Levine?
—Sí, aquí está.
—Pregúntale si es peligroso un dinosaurio verde con la frente
abovedada y una altura aproximada de un metro veinte.
Levine asintió.
—Dile que sí. Se llaman paquicefalosaurios.
—Dice que sí — transmitió Thorne— . Se llaman paqui no sé qué, y
debes andar con cuidado. ¿Por qué lo preguntas?
—Porque hay unos cincuenta alrededor del Explorer.
EL EXPLORER
El Explorer estaba en medio de un tramo sombrío del camino, bajo
los árboles. Se había detenido poco después de una profunda depresión donde sin
duda se había formado un charco la noche anterior. El charco era en esos
momentos un barrizal gracias a la docena de animales que bebían, chapoteaban y
se revolcaban en él. Eran algunos de los dinosaurios verdes de frente abovedada
que venía observando desde hacía unos minutos mientras intentaba decidir qué
hacer. Ya que no sólo estaban en el charco, sino que se habían acomodado
asimismo frente al Explorer y a los costados. Había contemplado a los
paquicefalosaurios con inquietud, pues si bien en su vida había pasado mucho
tiempo entre animales salvajes, normalmente se trataba de animales que conocía
bien. Basándose en una larga experiencia, sabía cuánto podía aproximarse y en
qué circunstancias.
Se acercó el micrófono a la boca y dijo:
— ¿Cuánto tiempo nos queda?
— Veinte minutos.
—Entonces mejor será que entre ya. ¿Alguna sugerencia?
Se produjo un silencio. Luego la radio crepitó.
—Según Levine, nadie sabe nada de estos animales, Sarah.
— Estupendo.
—Levine dice que no se ha recuperado ningún esqueleto completo,
así que de su comportamiento sólo se sabe que probablemente son agresivos.
—Estupendo — repitió Sarah.
—Levine sugiere que te acerques lentamente y veas si la manada
te deja pasar. Pero sin movimientos rápidos, sin gestos bruscos. Sarah observó
a los animales y pensó: "Tienen esas cabezas abovedadas por alguna
razón". .
— No, gracias — contestó— . Voy a probar otra cosa.
—¿Qué?
En la tienda, Levine preguntó:
— ¿Qué dijo?
—Dijo que iba a probar otra cosa.
—¿Como qué? — preguntó Levine. Se acercó a la ventana y miró
hacia afuera. El cielo estaba aclarando. Frunció el ceño. Eso tenía una
implicancia. Algo que sabía, pero en lo que no estaba concentrado.
Algo con respecto a la claridad. Y el territorio.
El territorio.
Levine volvió a mirar hacia el cielo, tratando de comprender.
¿Qué diferencia representaba el hecho de que estuviera amaneciendo? Sacudió la
cabeza y se dio por vencido por el momento.
— ¿Cuánto tiempo lleva reajustar los disyuntores?
— Uno o dos minutos — respondió Thorne.
— Entonces quizá todavía haya tiempo.
Se oyó un silbido estático de la radio y Harding que decía:
— Bien, estoy arriba del auto.
—¿Dónde?
—Estoy arriba del auto. En un árbol.
Sarah trepó a un árbol cercano cuyas ramas se extendían sobre el
Explorer. Eligió una rama que parecía flexible y empezó a deslizarse por ella.
Se hallaba a unos tres metros por encima del coche. Sólo algunos animales se
habían fijado en ella, pero la manada estaba inquieta. Los que momentos antes
reposaban en el barro se habían levantado y giraban sin cesar. Sarah vio cómo
sacudían las colas nerviosamente.
Avanzó por la rama y ésta se inclinó. Estaba resbaladiza a causa
de la reciente lluvia. Intentó calcular su posición respecto del coche. Parecía
la adecuada.
De pronto uno de los animales embistió el tronco con fuerza. El
árbol se balanceó. Sarah trató de agarrarse, pero las hojas y la corteza
estaban demasiado húmedas. En el momento de caer vio que en realidad no había
avanzado suficientemente por la rama. Aterrizó en el barro.
Justo al lado de los animales.
La radio crepitó.
—¿Sarah? — llamó Thorne. No hubo respuesta.
—¿Qué hace ahora? — Levine, intranquilo, empezó a pasearse. — Me
gustaría ver qué hace.
En un rincón Kelly se levantó, frotándose los ojos.
— ¿Por qué no usa el vídeo?
—¿Qué vídeo? — inquirió Thorne.
—Eso es una computadora — dijo Kelly, señalando la caja
registradora.
—¿En serio?
— Sí. Eso creo.
Kelly bostezó mientras se sentaba frente a la caja registradora.
Parecía una terminal pasiva, lo cual significaba que probablemente no tenía
acceso a casi nada, pero no se perdía nada probando. La encendió. No se puso en
funcionamiento. Pulsó varias veces el botón de arranque. Nada.
Distraídamente movió las piernas y tocó un cable que colgaba
bajo la mesa. Se agachó y vio que la terminal estaba desenchufada. La enchufó.
La pantalla destelló y apareció una única palabra:
ACCESO
Sabía que necesitaba una contraseña para seguir adelante. Arby
tenía una contraseña. Volvió la cabeza y vio que Arby dormía. No quería
despertarlo. Recordó que la había anotado en un pedazo de papel y se lo había
guardado en un bolsillo. Quizás aún lo llevaba encima. Cruzó la tienda,
encontró en el suelo la ropa húmeda y embarrada de Arby y buscó en los
bolsillos. Encontró la billetera, las llaves de su casa y algunas otras cosas.
Por fin dio con el papel en el bolsillo trasero del pantalón. Estaba mojado y
manchado de barro.
La tinta se había corrido, pero aún se leía: VIG/&*849/
Con el papel, Kelly volvió a la computadora. Tecleó
cuidadosamente todos los caracteres y a continuación apretó la tecla de
retorno. La pantalla cambió. Advirtió sorprendida que era distinta de la
pantalla que había visto antes en el trailer.
Estaba ya dentro del sistema, pero el formato era muy distinto.
Quizá porque aquello no era la red de radio, pensó. Debía de haber accedido al
sistema del laboratorio. Ofrecía una presentación gráfica porque la terminal
estaba físicamente conectada a la red, quizás incluso con cableado de fibra
óptica.
—¿Cómo va eso, Kelly? — preguntó Levine desde el otro extremo
del local.
—Estoy en eso — contestó Kelly.
Con cautela empezó a teclear. Rápidamente aparecieron en la
pantalla hileras de íconos, uno tras otro:
Kelly sabía que tenía en pantalla una interfase gráfica, pero
era incapaz de interpretar los íconos y no había texto explicativo. La gente
que había utilizado aquel sistema probablemente había aprendido el significado
de los íconos. Pero Kelly lo desconocía. Ella quería acceder al sistema de
vídeo, pero ninguna de las ilustraciones remitía claramente a él. Indecisa,
desplazó el cursor por la pantalla.
Se decidió a probar. Seleccionó el ícono romboide situado en el
ángulo inferior izquierdo y pulsó la tecla del mouse.
—¡Vaya! — exclamó
Kelly, alarmada.
— ¿Algún problema? — preguntó Levine.
—No. No pasa nada. — Desplazó el cursor hasta la parte superior
de la pantalla y apretó la tecla y volvió a la pantalla anterior. Esta vez
probó con uno de los íconos triangulares.
La pantalla cambió de nuevo:
"Ahí la tenemos", pensó. Inmediatamente la pantalla
gráfica se desvaneció y dio paso a las imágenes reales de las cámaras. En el
pequeño monitor de la caja registradora, las imágenes eran minúsculas, pero al
menos estaba ya en territorio conocido. Desplazó rápidamente el cursor,
manipulando las imágenes.
—¿Qué buscan? — preguntó.
—El Explorer — respondió Thorne. Seleccionó la imagen y la
amplió. Aquí está — anunció Kelly.
—¿En serio? — dijo Levine, sorprendido.
— Sí — repuso Kelly.
Levine y Thorne se acercaron y contemplaron la pantalla por
encima del hombro de Kelly. Vieron el Explorer en un camino sombreado. Un gran
número de paquicefalosaurios rodeaba el vehículo, husmeando las ruedas y el
paragolpes delantero.
Sin embargo, no vieron a Sarah por ninguna parte.
— ¿Dónde estará? — preguntó Thorne.
Sarah Harding estaba debajo del Explorer, tendida boca abajo en
el barro. Se había arrastrado hasta allí después de caer — no tenía otro sitio
adonde ir— y observaba las patas de los animales alrededor.
—¿Estas ahí, Doc? — dijo— . ¿Doc? ¿Doc?
Pero la maldita radio volvía a fallar. Los paquis pateaban y
resoplaban, intentando embestirla bajo el vehículo.
De pronto se acordó. Thorne le había dicho que el tornillo de la
batería debía de haberse aflojado. Echó un brazo hacia atrás, desprendió la
batería y apretó la tapa.
De inmediato oyó la interferencia estática en el auricular.
— Doc — llamó.
—¿Dónde estás? — quiso saber Thorne.
— Debajo del Explorer.
—¿Qué haces ahí? ¿Ya lo has intentado?
— Intentar ¿qué?
—Ponerlo en marcha — aclaró Thorne.
—No — respondió Sarah— . No lo intenté todavía. Me caí.
—Bueno, desde ahí puedes verificar los disyuntores — explicó
Thorne.
—¿Los disyuntores están debajo del vehículo?
—Algunos — contestó Thorne— . Mira junto a las ruedas
delanteras.
Sarah se deslizó por el barro.
— Bien. Ya estoy mirando.
—Hay una caja justo detrás del paragolpes — indicó Thorne— ,
hacia la izquierda.
—Ya la veo.
— ¿Puedes abrirla?
—Supongo. — Sarah se arrastró hacia adelante y quitó el pasador.
La tapa se abrió. Adentro había tres interruptores negros. — Veo tres
interruptores y todos apuntan hacia arriba.
—¿Hacia arriba?
—Hacia la parte delantera del vehículo — precisó Sarah.
— Mmm — masculló Thorne— . Eso no tiene sentido. ¿Ves las
letras?
—Sí. Dice "15 VV" y "02 R".
— Bien. Eso lo explica.
—¿Qué explica? — preguntó Sarah.
—La caja está invertida. Cambia de posición todos los
interruptores. ¿Estás seca?
—No, Doc. Estoy empapada, tendida en el barro.
—Entonces usa la manga de la camisa o lo que tengas a mano —
aconsejó Thorne.
Sarah se arrastró un poco más hacia adelante. Los paquis
resoplaban y golpeaban el paragolpes.
—Tienen muy mal aliento — comentó Sarah.
— ¿Cómo dices?
—No tiene importancia. — Pulsó uno por uno los interruptores.
Oyó un zumbido sobre su cabeza. — Ya está. Oigo un ruido en el motor.
—Perfecto — dijo Thorne.
— ¿Y ahora qué hago?
— Nada. Mejor será que esperes — recomendó Thorne.
Se volvió de espaldas en el barro y observó las patas de los
paquis.
—¿Cuánto tiempo queda?
— Unos diez minutos.
— Estoy aquí atrapada, Doc.
— Lo sé.
Los animales parecían cada vez más excitados. Golpeaban el suelo
con las patas y resoplaban. ¿Por qué estarían tan inquietos? De pronto echaron
todos a correr, alejándose por el camino, y todo quedó en silencio.
—¿Doc?
— Sí.
— ¿Qué los ha espantado?
—Quédate debajo del Explorer — indicó Thorne.
— ¿Doc?
—No hables.
Sarah esperó sin saber qué ocurría. Había advertido tensión en
la voz de Thorne. Entonces oyó unos pasos y, al mirar en dirección al sonido,
vio unos pies en el lado del conductor.
Dos botas cubiertas de barro. Botas de hombre.
Sarah arrugó la frente. Las reconoció. Reconoció también el
pantalón caqui, aunque ahora estaba húmedo y sucio.
Era Dodgson.
Las botas se detuvieron ante la puerta. Sarah oyó el chasquido
de la manija de la puerta.
Dodgson se disponía a subir al Explorer.
Sarah actuó sin pensarlo dos veces. Gruñendo, se revolvió en el
barro, agarró a Dodgson por los tobillos y tiró con fuerza. Dodgson cayó,
lanzando un grito de sorpresa. Al ver a Sarah, la miró con desdén.
—¡Mierda! — exclamó— . Creía que había acabado con usted en el
barco.
Sarah, roja de ira, se arrastró por el suelo para salir de
debajo del vehículo. Estaba casi afuera cuando Dodgson consiguió ponerse de
rodillas, pero en ese momento notó temblar la tierra. De inmediato supo la
causa. Vio que Dodgson volvía la cabeza y se echaba al suelo. Apresuradamente
se arrastró bajo el vehículo.
Sarah miró hacia adelante y vio que un tiranosaurio se acercaba
por el camino. Dodgson se encontraba ya bajo el Explorer, apretado a ella. Los
enormes pies se detuvieron junto al vehículo. Cada uno medía cerca de un metro.
Sarah oyó los gruñidos del tiranosaurio.
Miró a Dodgson, que estaba inmóvil, aterrorizado. El animal
volvió a gruñir y bajó la cabeza. La mandíbula inferior tocó el suelo. El
tiranosaurio olfateó el vehículo.
Los había olido.
Junto a ella Dodgson temblaba incontrolablemente. Sarah, en
cambio, se sentía extrañamente serena. Sabía qué debía hacer. Se contorsionó
ágilmente, deslizándose en el barro hasta apoyar la cabeza y los hombros en la
rueda trasera. Dodgson se volvió hacia ella al notar que lo empujaba con los
pies hacia afuera.
Horrorizado, Dodgson forcejeó, pero la posición de Sarah era
mucho más firme. Centímetro a centímetro sus piernas empezaron a asomar en el
camino.
Sarah oyó gruñir al tiranosaurio y vio moverse los pies.
— ¡No! ¿Está loca? ¡No! — gritó Dodgson.
Sarah siguió empujando y de pronto notó que el cuerpo de Dodgson
se deslizaba más fácilmente. El tiranosaurio había atrapado sus piernas con la
boca y tiraba de él.
Dodgson se aferró a la bota de Sarah, intentando arrastrarla.
Sarah le asestó una patada en la cara con la otra bota. Dodgson la soltó.
Dodgson la miró con cara de terror. Abrió la boca pero fue
incapaz de emitir sonido alguno. Hundió los dedos en el barro, dejando
profundos surcos. Ya totalmente al descubierto se dio vuelta y miró hacia
arriba. Sarah vio sobre él la sombra del tiranosaurio. Vio bajar la enorme
cabeza con las fauces abiertas. Y oyó el grito de Dodgson cuando las mandíbulas
del tiranosaurio rodearon su cuerpo y lo elevaron.
Dodgson, en el aire, sabía que el animal cerraría la boca de un
momento a otro y lo mataría. Sin embargo, el tiranosaurio se limitó a
sostenerlo entre los dientes. Sin dejar de gritar, Dodgson se vio transportado
por la selva en las fauces del animal. Notaba su aliento caliente. Su saliva le
corría por el torso. Pero las fauces no se cerraban.
En la tienda, todos miraban en el pequeño monitor cómo Dodgson
era transportado en las fauces del tiranosaurio. Por la radio, oían sus gritos
distantes.
—Ven — dijo Malcolm— . Existe un Dios.
Levine tenía el ceño fruncido.
—El rex no lo mató. — Señaló la pantalla. — Se pueden ver los
brazos todavía en movimiento. ¿Por qué no lo mató?
Sarah aguardó a que se desvaneciesen los gritos y salió de
debajo del Explorer. Abrió la puerta y se sentó al volante. Encendió el motor.
Oyó una suave succión y luego un ligero zumbido. Las luces del tablero
destellaron.
—Doc.
— Sí, Sarah.
— El Explorer funciona. Voy a volver.
—De acuerdo. Date prisa.
Sarah puso el vehículo en marcha. Era anormalmente silencioso, y
eso le permitió oír el ruido lejano del helicóptero.
LA LUZ DEL DÍA
Sarah avanzaba bajo los árboles de regreso al poblado. El sonido
del helicóptero creció en intensidad, desplazándose aparentemente hacia el sur.
Se oyó el chasquido de la radio.
—Sarah.
—Sí, Doc.
—Escucha, no podemos comunicarnos con el helicóptero.
— De acuerdo. — Sarah comprendió de inmediato qué debía hacer. —
¿Dónde aterriza?
—Al sur. A unos dos kilómetros. Verás un claro. Toma el camino
de montaña.
En ese preciso momento llegaba a la bifurcación.
— Muy bien. Voy hacia allí.
—Diles que nos esperen — dijo Thorne— . Luego regresa a
buscarnos.
—¿Todos están bien?
—Sí, todos están bien.
Avanzó por el camino y percibió un cambio en el sonido del
helicóptero. Le pareció que debía de estar aterrizando. Los rotores continuaron
emitiendo un leve ronroneo, lo que demostraba que el piloto no estaba dispuesto
a apagarlo.
El camino giró hacia la izquierda. El sonido del helicóptero era
ahora sólo un sordo golpeteo. Aceleró a toda velocidad por la curva. El camino
aún estaba mojado por la lluvia de la noche anterior. No estaba levantando
polvo a su paso. No había forma de que nadie supiera que estaba allí.
—Doc, ¿cuánto tiempo esperarán?
— No lo sé. ¿Puedes verlo?
— Todavía no.
Levine miraba por la ventana. El cielo clareaba entre los
árboles. Las vetas rojizas del amanecer habían desaparecido. Por fin brillaba
la luz del día.
La luz del día...
Levine cayó de pronto en la cuenta y se estremeció. Fue a la
ventana del lado opuesto y miró hacia la cancha de tenis, confirmando sus
sospechas: los carnotaurios habían desaparecido.
—Esto no me gusta nada — comentó Levine.
—Son sólo las ocho — dijo Thorne, consultando el reloj. ¿Cuánto
tardará en llegar Sarah?
—No lo sé. Tres o cuatro minutos.
—¿Y el viaje de regreso? — inquirió Levine.
— Cinco minutos más.
—Espero que consigamos aguantar — dijo Levine, arrugando la
frente.
—¿Por qué lo dices? Aquí estamos a salvo.
— Dentro de unos minutos saldrá el Sol.
—¿Y qué? — preguntó Thorne.
La radio crepitó.
—Doc, lo veo — anunció Sarah— . Veo el helicóptero.
Sarah tomó una última curva y vio la plataforma de aterrizaje.
El helicóptero estaba allí, con los rotores en marcha. Encontró otro desvío en
el camino, un estrecho sendero que bajaba al claro. Descendió envuelta de nuevo
por la selva. Finalmente llegó a terreno llano, atravesó un arroyo y aceleró.
Delante de ella se abrió una brecha entre los árboles. Más allá
estaba el claro. Vio el helicóptero. Los rotores empezaron a girar más deprisa.
¡Iba a despegar! A través del vidrio de la cabina vio que el piloto consultaba
el reloj, hacía gestos negativos con la cabeza e iniciaba el ascenso.
Sarah hizo sonar la bocina y pisó el acelerador
desesperadamente. Pero el aparato estaba ya en el aire. El vehículo se sacudió.
Thorne, por la radio le decía:
—¿Qué sucede, Sarah?
Mientras avanzaba, gritaba por la ventanilla:
—¡Espere, espere!
Pero el helicóptero ya se elevaba en el aire y lo perdía de
vista. El sonido comenzó a desvanecerse. Cuando el Explorer salió de la selva,
el helicóptero desaparecía sobre el contorno rocoso de la isla. Se había
marchado.
—Conservemos la calma — instó Levine, paseándose de un lado a
otro— . Dile que vuelva de inmediato. Y sobre todo conservemos la calma. —
Parecía hablar para sí mismo. — Dile que se dé prisa. ¿Crees que podrá llegar
en cinco minutos?
—Sí — respondió Thorne— . ¿Por qué? ¿Qué pasa, Richard?
Levine señaló por la ventana.
—La luz del día. Estamos aquí atrapados en pleno día.
—Ya hemos estado aquí atrapados toda la noche — dijo Thorne— y
no ha pasado nada.
—Pero de día es distinto — adujo Levine.
— ¿Por qué?
Porque de noche esto es territorio del carnotaurio. Los demás animales
no entran. Pero de día los carnotaurios ya no pueden esconderse en espacios
abiertos, a plena luz. Así que se marchan, y esto deja de ser su territorio.
—¿Y eso qué quiere decir? —preguntó Thorne.
Levine lanzó un vistazo a Kelly, que seguía ante la computadora.
— Créeme — insistió— . Tenemos que salir de aquí.
—¿Y adónde vamos?
Sentada a la computadora, Kelly escuchaba a Thorne hablando con
el doctor Levine. Tenía presionado entre los dedos el trozo de papel de Arby
con la contraseña. Estaba muy nerviosa. La forma en la que el doctor Levine
hablaba la ponía muy nerviosa. Deseaba que Sarah ya hubiera regresado. Se
sentiría mejor cuando estuviera con ella.
A Kelly no le agradaba pensar en la situación en que se
encontraban. Había mantenido la entereza y el buen ánimo hasta que llegó el
helicóptero. Pero el helicóptero se había marchado. Y se dio cuenta de que
ninguno de los hombres hablaba sobre cuándo regresaría. Quizá sabían algo. Por
ejemplo, que no regresaría.
—Lo ideal sería marcharnos de la isla, pero como eso no es
posible, supongo que lo mejor será volver al trailer. Estaremos más seguros —
afirmó Levine.
"Otra vez al trailer, donde fuimos a buscar a
Malcolm", pensó. Kelly no quería regresar al trailer.
Quería regresar a casa.
Tensa, Kelly estiró el papel húmedo sobre la superficie plana de
la mesa junto a ella.
Levine se acercó a ella y le pidió:
— Intenta localizar a Sarah.
— Quiero irme a casa — dijo Kelly.
— Lo sé, Kelly. Todos queremos irnos.
Levine lanzó un suspiro y se alejó de nuevo con paso rápido y
tenso.
Kelly tomó el papel, lo dio vuelta y lo deslizó bajo el teclado
por si volvía a necesitarlo. Al hacerlo, vio vagamente unas columnas de texto
al dorso.
Volvió a sacar el papel y lo miró:
ENCLAVE B
ALA ESTE ALA
OESTE ÁREA DE
CARGA Y DESCARGA
LABORATORIO ÁREA
DE REUNIÓN ENTRADA
PERIFERIA NÚCLEO
PRINCIPAL GEOTURBINA
TIENDA POBLADO
GEONÚCLEO
ESTACION DE SERVICIO CANCHA
DE TENIS MINIGOLF
CENTRO ADMINISTRATIVO RECORRIDO
DE AEROBISMO CONDUCCIÓN DE GAS
SEGURIDAD UNO SEGURIDAD
DOS LÍNEAS
TÉRMICAS
MUELLE FLUVIAL COBERTIZO
PARA BOTES SOLAR UNO
CARRETERA DEL PANTANO CARRETERA
DEL RIO CARRETERA DE MONTAÑA
CARRETERA PANORÁMICA CARRETERA
DEL ACANTILADO CERCADOS
Enseguida supo qué era: el listado de pantalla que habían sacado
en el departamento de Levine. Parecía que habían pasado miles de años, pero
sólo habían pasado... ¿cuánto? Dos días.
Recordaba lo orgulloso que Arby estaba cuando recuperó la
información. Recordaba cómo todos habían intentado comprender esa lista.
Naturalmente ahora todos aquellos nombres tenían sentido. Eran lugares reales:
el laboratorio, el poblado, la tienda, la estación de servicio...
Miró atentamente la lista. "¡No es posible!", pensó.
— Doctor Thorne — dijo— . Venga a ver esto.
Le mostró la lista a Thorne, y éste leyó el nombre que ella
señalaba.
—¿Tú crees? —preguntó Thorne.
—Eso es lo que dice: cobertizo para botes. ¿Puedes encontrarlo?
—¿Con la red de vídeo, quiere decir? — Kelly se encogió de
hombros. — Puedo intentarlo.
Kelly pasó una tras otra las imágenes del sistema de vídeo hasta
que finalmente lo encontró: un muelle de madera protegido por un cobertizo
abierto en un extremo. El interior parecía en buen estado. Vio amarrada una
lancha de motor, meciéndose contra el muelle. A un lado había tres bidones de
combustible. Al parecer estaba en el río.
—¿Usted qué cree? — preguntó Kelly.
—Vale la pena intentarlo — dijo Thorne— . Pero, ¿dónde estará?
¿Puedes encontrar un mapa?
—Quizá.
Kelly tecleó y volvió a la pantalla principal con sus
desconcertantes íconos.
Arby se despertó, bostezó y se acercó a ver qué hacía.
—No están mal esos gráficos — comentó— . Has entrado en el
sistema, ¿eh?
—Sí — contestó Kelly— , pero no consigo descifrar los iconos.
Levine se paseaba de un lado a otro, mirando por las ventanas.
— Tenemos que salir de aquí — repitió— . Este edificio no
aguantará. Está bien para el trópico, pero es básicamente una choza.
—Aguantará, no te preocupes — aseguró Thorne.
—Tres minutos como mucho.
Levine se aproximó a la puerta y la golpeó con los nudillos.
— Fíjate, esta puerta...
Con un súbito golpe la puerta se astilló en torno de la
cerradura y se abrió de par en par. Levine salió despedido y cayó al suelo. En
el vano apareció un raptor siseando.
UNA VÍA DE ESCAPE
Sentada ante la consola de la computadora, Kelly quedó
paralizada por el miedo. Vio cómo Thorne se lanzaba contra la puerta y la
cerraba ante el raptor. El animal, sorprendido, retrocedió. La puerta le atrapó
una pata al cerrarse. Thorne se apoyó contra la puerta. Al otro lado el animal
gruñía y embestía.
—¡Ayúdame! — gritó Thorne a Levine, que se levantó de un salto y
corrió a la puerta.
—¡Te lo decía! — recordó Levine.
En cuestión de segundos la tienda estuvo rodeada de raptores,
que se abalanzaban contra las ventanas y las paredes de madera, derribando las
estanterías. En varios puntos la madera empezó a astillarse.
Levine miró a Kelly.
—¡Encuentra una manera de salir de aquí!
Kelly permaneció inmóvil. Se había olvidado de la computadora.
—Vamos, Kel — dijo Arby— . Concéntrate.
Kelly miró de nuevo la pantalla sin saber qué hacer. Seleccionó
la cruz situada en la mitad superior izquierda. No pasó nada. Seleccionó el
círculo contiguo y de pronto la pantalla se llenó de íconos.
—No te preocupes,
debe de haber un menú de ayuda — dijo Arby— . Sólo necesitamos saber...
Pero Kelly no lo escuchaba. Se limitaba a seleccionar un ícono
tras otro con la esperanza de que ocurriese algo.
De repente la pantalla entera empezó a girar y distorsionarse. —
¿Qué hiciste? — preguntó Arby, alarmado.
Kelly sudaba copiosamente.
—No lo sé contestó, apartando las manos del teclado.
— Lo has complicado más — acusó Arby.
—¡Deprisa, chicos! — rogó Levine.
— Lo estamos intentando — dijo Kelly.
La pantalla seguía contrayéndose y los íconos cambiaban sin
cesar.
—Está
convirtiéndose en un cubo advirtió Arby.
Thorne arrastró la heladera de puertas de vidrio hasta la
puerta.
— ¿Dónde están los rifles? — preguntó Levine.
—Sarah tiene tres en el Explorer — respondió Thorne.
— Magnífico.
Los barrotes de las ventanas estaban cada vez más arqueados y en
la pared de la derecha empezaba a aparecer una ancha rajadura.
En la pantalla Kelly vio un cubo en rotación. Era incapaz de pararlo.
—¡Vamos, Kel! —
dijo Arby . Puedes hacerlo. Concéntrate. Vamos.
Todos gritaban. Kelly contempló el cubo de la pantalla con
sensación de impotencia. Ya no sabía qué hacer. Dejó que su mente vagara. Ideas
sueltas acudieron a su mente.
El cable de la computadora bajo la mesa. Las conexiones físicas
de la red. Muchos gráficos.
La conversación con Sarah en el trailer.
—Vamos, Kel — insistió Arby— . Tienes que hacerlo. Encuentra una
salida.
En el trailer Sarah había dicho: "La mayoría de las veces
lo que la gente te diga será falso".
Kelly siguió pensando en el cable de la computadora, y de pronto
cayó en la cuenta. Se agachó bajo la mesa.
—Pero, ¿qué haces? — gritó Arby.
Kelly tenía ya la solución. El cable de la computadora penetraba
en el suelo a través de un nítido orificio. Vio una ranura en la madera. Metió
las puntas de los dedos y levantó el panel. Miró abajo. Oscuridad.
Sí.
Había sitio para esconderse. No, más aún. Había un túnel.
— ¡Por aquí! — gritó.
La heladera cayó al suelo y entraron los raptores, pero ellos ya
habían desaparecido.
LA HUIDA
Kelly iba adelante con una linterna. Avanzaban en fila por un
húmedo túnel de hormigón con paneles de cables a la izquierda y tuberías de
agua y gas cerca del techo.
Llegaron a una bifurcación: a la derecha un pasadizo largo y
recto que conducía probablemente al laboratorio; a la izquierda un tramo de
túnel mucho más corto con escaleras al final.
Tomó por la izquierda.
Salieron a un pequeño cobertizo lleno de cables y tuberías
oxidadas. El sol penetraba por las ventanas. Kelly se asomó al exterior y vio
descender el Explorer por la montaña.
Sarah, al volante del Explorer, seguía la orilla del río. Kelly
ocupaba el asiento contiguo. Vieron un cartel que indicaba la dirección hacia
el cobertizo para botes.
El camino que bordeaba el río era un charco y la vegetación lo
había invadido casi por completo. Sarah esquivó un árbol caído. Poco más allá
vieron el cobertizo.
—¡Vaya! — exclamó Levine . Mis peores presentimientos se han
cumplido.
Desde afuera, el cobertizo, cubierto de hiedra, presentaba un
aspecto ruinoso. El tejado se había hundido en varios puntos. Nadie habló
cuando Sarah detuvo el vehículo ante las anchas puertas de madera cerradas con
un grueso candado.
—¿Es posible que haya un bote ahí adentro? — comentó Arby con
incredulidad.
Malcolm se apoyó en Sarah mientras Thorne se lanzaba contra la
puerta. La madera podrida crujió y se astilló.
—Ven, ayuda tú a Ian — dijo Sarah a Thorne. A continuación
golpeó la puerta con el pie hasta abrir un agujero suficientemente ancho para
pasar. Entró de inmediato. Kelly la siguió.
—¿Qué ves? — preguntó Levine mientras arrancaba tablas de la
puerta para ensanchar el paso.
—Sí, hay un bote — confirmó Sarah— . Y parece en buen estado.
Levine asomó la cabeza por el orificio.
—¡Maldita sea! — exclamó— . Después de todo, quizá podamos salir
de aquí.
LA SALIDA
Lewis Dodgson cayó de la boca del tiranosaurio y aterrizó en una
pendiente de tierra. Con el golpe se le cortó la respiración y quedó aturdido
por un instante. Abrió los ojos y vio una pared inclinada de barro seco.
Percibía el olor acre de la podredumbre. De inmediato oyó un chirrido
escalofriante.
Se incorporó apoyándose en un codo y vio que estaba en el nido
del tiranosaurio, dentro del montículo de barro seco. Ahora había tres crías,
una de ellas con la pata envuelta en papel de aluminio. Las crías se
aproximaron a él emitiendo chirridos de excitación.
Dodgson, vacilante, se puso de pie. El segundo tiranosaurio
adulto se hallaba al otro lado del nido, ronroneando y resoplando. El que lo
había llevado hasta allí se erguía a sus espaldas.
Dodgson observó a las crías, que se acercaban a él con sus
cuellos descarnados y sus afiladas mandíbulas. Dio media vuelta y echó a
correr. En un instante el adulto bajó la cabeza y lanzó a Dodgson al nido con
el hocico.
Dodgson se levantó de nuevo con cautela y el adulto volvió a
derribarlo. Las crías chirriaron y se acercaron más aún. Dodgson intentó
alejarse a gatas, pero algo tiró de él. Volvió la cabeza y vio que el
tiranosaurio lo había agarrado por la pierna. Lo mantuvo así por un momento y
después mordió con fuerza, aplastándole los huesos.
Dodgson gritó de dolor. Ya no podía moverse. Sólo podía gritar.
Las crías reptaron hacia él con impaciencia. Durante unos segundos se
mantuvieron a distancia, lanzando fugaces dentelladas. Al comprobar que Dodgson
no se movía, una cría se abalanzó sobre su pierna y hundió los dientes en la
carne sangrante. La segunda saltó sobre sus ingles y lo mordió en la cintura.
La tercera se aproximó a su cara y le dio una dentellada en la
mejilla. Dodgson aulló. Vio cómo la cría devoraba la carne de su mejilla. La
cría echó atrás la cabeza y tragó el pedazo de carne. A continuación abrió de
nuevo la boca y la cerró en torno del cuello de Dodgson.
SÉPTIMA CONFIGURACIÓN
Tras eliminar los elementos destructivos puede producirse una
reestabilización parcial. La supervivencia viene determinada en parte por
sucesos aleatorios.
IAN MALCOLM
LA PARTIDA
El bote dejó atrás el río y se adentró en la oscuridad. El ruido
de los motores resonaba en las paredes de la cueva mientras Thorne conducía el
bote a través de la corriente mareal. A su izquierda se alzó una columna de
agua y vieron a través de ella un rayo de sol. No tardaron en salir a mar
abierto. Kelly lanzó un grito de júbilo y abrazó a Arby, que sonrió cegado por
la luz.
Levine contempló la isla.
—No creía que fuésemos a lograrlo — admitió— . Pero con las
cámaras en su sitio y el enlace con el satélite espero que podamos seguir
reuniendo datos hasta que por fin encontremos una explicación a la extinción de
los dinosaurios.
—Quizá la encontremos o quizá no — dijo Sarah.
— ¿Por qué no? Es un Mundo Perdido perfecto.
Sarah le dirigió una mirada de incredulidad.
—Ni mucho menos. Hay demasiados depredadores, ¿recuerdas?
— Eso parece, pero no sabemos...
—Richard — lo interrumpió Sarah— , lan y yo consultamos los
archivos. En esta isla cometieron un error hace años, cuando el laboratorio
estaba aún en actividad.
—¿Qué error?
—Fabricaban crías de dinosaurio y no sabían con qué alimentarlas
— explicó Sarah— . Durante un tiempo les dieron leche de cabra, como
corresponde. Es muy hipoalergénica. Pero cuando los carnívoros crecieron, los
alimentaron con un extracto especial de proteínas animales. Y ese extracto se
elaboraba con carne picada de cordero.
—¿Y qué? ¿Cuál es el problema?
—En un zoológico nunca se usa extracto de cordero — añadió
Sarah— . Por el peligro de infección.
—Infección — repitió Levine en voz baja— . ¿Qué clase de
infección?
—Priones — intervino Malcolm.
—Los priones — confirmó Sarah— son los agentes patógenos más
simples que se conocen. Son más simples aún que los virus. Son sólo fragmentos
de proteínas. Su simplicidad es tal que ni siquiera pueden invadir un
organismo. Deben ser ingeridos pasivamente. Pero una vez en el organismo
provocan distintas enfermedades en cada animal: carbunclo y actinomicosis en el
ganado; cefaleas en los seres humanos. Y los dinosaurios desarrollaron una
enfermedad llamada NX. El laboratorio la combatió durante años, intentando
deshacerse de ella.
—¿Quieres decir que no lo consiguieron? — preguntó Levine. — Al
principio parecía que sí. Los dinosaurios crecieron. Pero algo falló y la
enfermedad empezó a propagarse. Los priones se expulsan en las heces, así que
es posible...
—¿En las heces? — dijo Levine— . Los compis comían heces...
— Sí, todos los compis están contagiados. Los compis son
carroñeros; contaminaron con la enfermedad los cuerpos muertos, y luego se
contagiaron otros carroñeros. Al final todos los raptores contrajeron la
enfermedad. Los raptores atacan a animales sanos, no siempre con éxito. Y así,
mordedura a mordedura, la enfermedad se propaga por toda la isla. Por eso los
animales mueren jóvenes. Y el rápido ritmo de mortalidad propicia la existencia
de un mayor número de depredadores de lo que cabría esperar...
Levine parecía nervioso.
—A mí me mordió un compi — dijo.
—Yo no me preocuparía demasiado lo tranquilizó Sarah— . Puedes
llegar a tener una ligera encefalitis, pero por lo general sólo un dolor de
cabeza. Te llevaremos al médico en San José.
Levine empezó a sudar.
—La verdad es que no me encuentro muy bien.
—Tiene un período de incubación de una semana, Richard. Levine
se encorvó en el asiento.
—Pero la cuestión es — prosiguió Sarah— que dudo mucho que esta
isla aporte datos fiables sobre la extinción.
—Quizá sea mejor así — dijo Malcolm, contemplando los
acantilados— . Porque la extinción ha sido siempre un gran misterio. Se ha
producido cinco veces de manera importante en este planeta, y no siempre debido
a un asteroide. Todo el mundo se interesa por la muerte de los dinosaurios en
el cretácico, pero también se produjeron extinciones en el jurásico y el
triásico. Y pese a su gravedad, no fueron nada en comparación con la extinción
ocurrida en el período pérmico, que aniquiló el noventa por ciento de la vida
en el planeta, tanto en el mar como en la tierra. Nadie sabe a qué se debió esa
catástrofe. Sin embargo, lo que yo me pregunto es si nosotros seremos la causa
de la siguiente extinción.
—Y eso, ¿por qué? — preguntó Kelly.
—Los seres humanos son muy destructivos — contestó Malcolm— . A
veces pienso que somos una especie de plaga. Lo destruimos todo tan bien que a
veces pienso que ésa es nuestra función. Quizá de vez en cuando surge en la
historia del planeta una especie que aniquila a todas las demás y permite así
que la evolución pase a su siguiente etapa.
Kelly sacudió la cabeza. Se apartó de Malcolm y fue a sentarse
junto a Thorne.
—¿Has oído eso? — preguntó Thorne— . Yo no le daría mucha
importancia. Son sólo teorías. Los seres humanos no pueden dejar de formular
teorías, pero son sólo fantasías y cambian. Cuando Estados Unidos era aún un
país joven, la gente creía en la existencia del flogisto. ¿Sabes qué es eso?
¿No? Bueno, no importa, porque en todo caso no es real. También creían que el
comportamiento era regido por cuatro humores y que la Tierra existía desde
hacía sólo unos cuantos miles de años. Ahora, en cambio, creemos que la Tierra
tiene una antigüedad de cuatro mil millones de años, y creemos en los fotones y
los electrones, y pensamos que el comportamiento humano se rige por cosas como
el ego y la autoestima. Unas teorías suceden a otras, y siempre creemos que las
últimas son más científicas y mejores.
—¿Y lo son? — inquirió Kelly. Thorne hizo un gesto de
indiferencia.
—Son sólo fantasías, porque nada de eso existe. Por más que la
gente se las tome en serio, no son reales. Dentro de mil años la gente se reirá
de nosotros. Dirán: "¿Saben en qué creía la gente entonces? En fotones y
electrones. ¿Se imaginan qué estupidez?" Se reirán de nosotros porque por
esa época habrá otras fantasías. Y entretanto, ¿te das cuenta de cómo se mueve
el bote? Eso es el mar. Es real.
¿Hueles el salitre en el aire? ¿Notas el sol en la piel? Eso es
real. ¿Nos ves a todos aquí juntos? Eso es real. La vida es maravillosa. Estar
vivo, respirar y ver el sol es un don. Y de hecho no hay nada más que eso.
Ahora mira la brújula y dime dónde está el sur. Quiero llegar a Puerto Cortés.
Es hora de volver a casa.
AGRADECIMIENTOS
Esta novela es una obra de ficción, pero al escribirla me he
inspirado en los trabajos de investigadores de muy diversos campos. Estoy en
deuda especialmente con la obra y las especulaciones de John Alexander, Mark
Boguski, Edwin Colbert, John Conway, Philip Currie, Peter Dodson, Niles
Eldredge, Stephen Jay Gould, Donald Griffin, John Holland, John Horner, Fred
Hoyle, Stuart Kauffman, Christopher Langton, Ernst Mayr, Mary Midgley, John
Ostrom, Norman Packard, David Raup, Jeffrey Schank, Manfred Schroeder, George
Gaylord Simpson, Bruce Weber, John Wheeler y David Weishampel.
Sólo queda decir que las opiniones expresadas en esta novela son
mías, no de ellos, y recordar a los lectores que un siglo y medio después de
Darwin casi todas las hipótesis acerca de la evolución siguen sujetas a un
intenso debate.

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