© Libro No. 634. La forja de un rebelde, II. La Ruta.
Barea, Arturo. Colección E.O. Marzo 1 de 2014.
Título original: © ARTURO BAREA. La forja de un
rebelde II. LA RUTA
Versión Original: © ARTURO BAREA. La forja de un rebelde II. LA RUTA
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© Edición, reedición y
Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
ARTURO
BAREA
La
forja de un rebelde II
LA RUTA
©
1951 Arturo Barea y Herederos de Arturo Barea
|
Í n d i c e |
|
PRIMERA PARTE
|
|
|
Bajo la tienda |
I |
|
La pista |
II |
|
Tetuán |
III |
|
La higuera |
IV |
|
El blocao |
V |
|
Víspera de batalla |
VI |
|
El Tercio |
VII |
|
Desastre |
VIII |
|
El hospital |
IX |
|
Recolecciones |
X |
|
SEGUNDA PARTE |
|
|
Cambio de juego |
I |
|
Frente al mar |
II |
|
Ceuta |
III |
|
El cuartel |
IV |
|
El embrión de dictador |
V |
|
Adiós a las armas |
VI |
|
El regreso |
VII |
|
Golpe de Estado |
VIII |
|
Villa Rosa |
IX |
|
La ruta sin fin |
X |
Primera
parte
Bajo la tienda
Capítulo I
Estoy sentado sobre una
piedra pulida por millones de gotas de agua de lluvia; pulida como un cráneo
pelado. Es una piedra blancuzca llena de poros. Arde con el sol y suda con la
humedad. Enfrente de mí, a treinta metros escasos, está la vieja higuera, con
sus raíces retorcidas como venas de abuelo robusto, con sus ramas
contorsionadas, repletas de hojas carnosas, tréboles carcomidos. Al otro lado
del arroyo, salvando el barranco, trepando cuesta arriba, están los restos de
la kábila.
Hace meses era un grupo
de chozas de paja. Dentro, esterillas de paja trenzada. Una en la puerta, para
dejar las babuchas al entrar. Otra dentro, para agruparse en cuclillas
alrededor de las tazas de té. Otras más largas, adosadas a la pared, para
dormir. La kábila era chozas de paja y esterillas de paja. El pan era tortas
chamuscadas, cocidas sobre piedras calientes, hecho con el grano machacado
entre piedras, barbudas de pajas enhiestas requemadas. Cuando coméis este pan,
los pelos agudos de la hierba seca del trigo se os agarran al fondo de la
garganta y os muerden allí con sus mil dientes.
La kábila despertaba en
las montañas con el sol. Los hombres salían de las chozas apaleando el
borriquillo mísero. Montaban en él y sus babuchas lamían la tierra. Tan pequeño
era el burro. La mujer salía detrás, cargada, siempre cargada. Iban los tres a las
tierras más llanas de la ladera y el hombre desmontaba; la mujer descargaba de
sus hombros el primitivo arado de madera y uncía el burro al arado. Después,
mansa, se uncía ella; y el hombre revisaba los nudos del atalaje del burro y de
la mujer; empuñaba el arado, y la mujer y el burro marchaban a compás, lentos.
El burro tirando de las cuerdas con su collarón sobre el cuello desollado, la
mujer tirando de la cuerda cruzada sobre sus pechos fláccidos. Lentos los dos,
clavando en tierra los pies, doblando las rodillas en el esfuerzo. Los señores
de la kábila amanecían a caballo, sobre un caballejo nervioso de crines
espesas, el fusil en bandolera. Se perdían monte arriba, monte abajo. Quedaban
en la kábila las gallinas, los corderos y los chicos con las viejas; todos
juntos, revoloteando entre las chozas, picando, mordisqueando, revolcándose en
el polvo. Todos sucios de mugre, de mocos, de polvo y de sol.
Hace meses, la kábila fue
arrasada de la raíz de la tierra. A tan corta distancia que los telémetros no
eran necesarios. El capitán de la batería había dicho:
-¿Para qué? Se tira a
ojo, como se le tira una piedra a un perro.
Al primer cañonazo se
derrumbó todo: la paja de las chozas saltó en briznas encendidas. Los chicos
huyeron piedras arriba. Las gallinas y los corderos se dispersaron a donde su
instinto los empujó. Las mujeres lanzaron chillidos agudos que repercutían en
el valle. Los señores de la kábila caracoleaban en sus caballos, agitando en el
aire el fusil. Después de los pocos cañonazos, la infantería subió la cuesta y
se apoderó del poblado. Los soldados cazaban las gallinas huidas y los corderos
extraviados que iban volviendo a la querencia al ponerse el sol. Encendieron
fogatas y cenaron, el aire lleno de plumas de cuello de gallina, que
revoloteaban lentas y a veces caían en el plato mansas. La operación había sido
una cosa perfecta. A la caída de la tarde sólo quedaban unos montoncitos de
paja humeantes y dos o tres chicos despanzurrados por el primer cañonazo.
Plumas de gallinas volteando en el aire y pieles de cordero -festín de moscas-
clavadas en palos cruzados. Donde estuvo la kábila, olía a yute de los mil y un
sacos terreros que formaban el parapeto; olía a carne asada, a caballos y a
soldado. Ese olor de soldado sudoroso con piojos en cada pliegue de su
uniforme.
El general que conquistó
la kábila estaba en su tienda delante de una mesa: un cabo de vela encendido,
una bandeja y dos botellas de vino, rodeadas de varios vasos. Iban entrando los
oficiales de cada una de las armas que realizaron la conquista, con su lista de
muertos y heridos. Cada oficial traía dos o tres muertos, diez o doce heridos.
El ayudante del general apuntaba. El general invitaba a un vasito de vino. Los
oficiales se iban soñando con las cruces que aquellos muertos les hincarían
sobre la guerrera al lado del corazón. En la noche, luego, se oían los
ronquidos del general, ronquidos de viejo borracho que duerme con la boca
abierta, los dientes en el fondo de un vaso.
Al amanecer vinieron los
caballeros de la kábila: traían un toro y le degollaron allí, delante del
general que aún tenía los ojos inflamados de sueño y de vino. El toro mugía a
todos los valles y a todas las piedras de la montaña. El general hizo un discurso,
hambriento de sueño: «¿Por qué madruga tanto esta gentuza?», pensaba. Después,
el ayudante dio a los caballeros un talego lleno de monedas de plata.
Hace meses de aquella
batalla gloriosa, en que un ejército heroico logró una victoria inmensa sobre
la kábila. La kábila ya no existe y sólo hay unos manchones negros por el humo.
Ahora estoy yo aquí. El valle es un hormiguero. Cientos de hombres cavan la
tierra y allanan un camino ancho que pasará al pie de la kábila y la kábila se
beneficiará del camino. ¡Ah! No. No podrá beneficiarse, porque ya no existe.
Pero... dicen que la
montaña tiene dentro hierro y carbón. Y aquí, donde estuvo la kábila, quizá se
alce pronto una ciudad de mineros. Tal vez un alto horno. Al lado de la
carretera correrá un tren cargado de mineral y de trozos de hulla. Volverán los
moros de la vieja kábila. Comerán pan blanco sin pajas ásperas. Viajarán en las
bateas del tren, sucios de polvo y carbón; irán a la ciudad y se divertirán en
la feria: darán vueltas en el tiovivo y habrá una barraca con un negro que
asoma la cabeza a un agujero de arpillera; por una moneda de cobre podrán
tirarle una pelota a la cara y reír a carcajadas de los visajes del negro.
Volverán felices a la mina.
En la montaña habrá una
cama de cemento llena de soldados. Cuando los moros no sean felices con la mina
y con el negro magullado a pelotazos, los soldados montarán sus ametralladoras.
Pero esto vendrá después
y tal vez yo nunca lo vea. Ahora la carretera tiene que pasar por aquí, al pie
de la kábila y a través de la vieja higuera. Como tiene raíces tan hondas,
mañana la volaremos con medio cartucho de dinamita. Bajo su tronco estamos haciendo
un taladro profundo que llegará hasta su mismo corazón.
Y hoy, nos hemos comido
sus últimos higos que eran dulces como miel vieja.
Hasta el Zoco del Arbaa,
Córcoles y yo fuimos en uno de los cuatro camiones cargados de material que
conducíamos a Hámara. En el Zoco del Arbaa nos esperaba una sección de soldados
al mando de Herrero, un sargento ya reenganchado, veterano de África, seco y
huesudo, de facciones tostadas pero finas, bien humorado. Celebramos la amistad
con unas botellas de cerveza alemana, más barata que la cerveza de España. Los
veinte hombres de la sección comenzaron a descargar los camiones y a cargar la
reata de mulos que había de llevar los materiales a la posición. Asombraba ver
la cabida de los cuatro vehículos, conforme se iba amontonando en tierra yeso y
cal, cemento y ladrillos, barras de hierro, madera en tablones, sacos terreros.
Los soldados pasaban y repasaban y se apedreaban desde lo alto de los camiones
en un ágil lanzarse los ladrillos unos a otros en una cadena; volvían la cabeza
rápidos y me miraban.
Miraban al nuevo
sargento, con sus galones de plata cosidos en la bocamanga, nuevos de quince
días. «¿Quién será éste?», se cuchicheaban unos a otros.
Cuando estuvo cargado el
primer convoy de mulos, Herrero se quedó con dos soldados al cuidado del resto
y Córcoles y yo emprendimos la marcha con el convoy. Córcoles se puso en la
cabeza y me indicó quedarme el último, por si alguno se rezagaba. Y así marchaba
detrás de todos, absolutamente aislado. Miraba curioso el paisaje. Delante, los
hombres hablaban de mí; lo sentía como un tacto físico, pero no me producía
ninguna reacción. Miraba el paisaje.
A la izquierda se
sucedían las montañas de granito pelado sin vegetales, que se ven a lo largo de
la costa desde la desembocadura del río Martín hasta Alhucemas. A la derecha se
alineaban las montañas lejanas del yébel Alam-Yebala, verdes, plenas de
vegetación. Caminábamos por un valle que no era más que el lecho , limpio de
arena de una torrentera donde se vierten las aguas de las montañas en la época
de las grandes lluvias. El Zoco quedaba atrás en alto, y enfrente se levantaban
varios cerros que cortaban el fondo del arenal. Uno de aquellos cerros era
Hámara.
Después de una marcha de
dos horas, asfixiantes por el calor y el polvo que levantaban en la arena las
patas de los mulos, llegamos al pie de Hámara. Un arroyo trazaba un semicírculo
alrededor del cerro y allí, en el lecho mismo del arroyo, nacía una cuesta
empinada. Un camino de herradura lleno de fango en el margen del arroyo; un
barro amasado por pies de hombres y patas de caballos húmedos de cruzar el
vado.
La cresta del cerro era
plana, como si un cuchillo hubiera rebanado su cumbre; en esta llanura circular
se encontraba la posición. Una circunferencia de piedra de un metro de alta, y,
fuera, otra circunferencia de alambre de espino roñoso. Dentro, tiendas de lona
sucias y dos pequeñas barracas de madera. Esta fue mi primera visión de Hámara.
Córcoles se quedó con los
soldados que descargaban los mulos. Yo fui a presentarme al capitán. Desconocía
el terreno y tropezaba con los vientos de las tiendas ocultos a medias entre
las hierbas. Di dos o tres rodeos innecesarios que hicieron sonreír a espaldas
mías a los soldados que me miraban curiosos; entré en la tienda del capitán un
poco azorado.
-Bien -me dijo-. Váyase a
su tienda y descanse hasta la hora de la comida. Entonces le presentaré a la
compañía.
En la tienda había otro
sargento. Nos saludamos: -Tú eres el nuevo, ¿no? -Sí. El nuevo. Llamó al
machacante.
-¡Manzanares! Éste es el
sargento Barea.
El machacante era un
hombrecillo diminuto, rápido, lleno de gestos, como si tuviera la cara
fabricada de goma blanda. Rompió a hablar en madrileño puro:
-Todo está arreglado. Ahí
tiene usted su cama, que ni la de un rey. Y lo que le haga falta, me lo dice.
-Oye. ¿Y no hay nada para
beber?
-¡Puff! Montones. Lo que
quiera: vino, cerveza, aguardiente, coñac, de todo menos agua. El agua da las
palúdicas. Prohibida. No sirve ni para lavarse.
-Bueno. Pues, tráete
algo, lo que esté más fresco.
Trajo una botella de vino
que se cubrió instantáneamente de una capa gris de vapor de agua condensado. El
vino estaba casi helado.
-¿Tenéis hielo aquí?
-Ca, no, señor. Se
refresca con el sol.
Me eché a reír ignorante.
Aunque eran las cinco de la tarde el sol abrasaba y la tienda era un horno.
El sargento me hizo unas
cuantas preguntas obligadas sobre el mundo exterior y yo le hice otras sobre
aquel mundo en que entraba.
-¿Algo nuevo en Tetuán?
-No sé; he venido directo
de Ceuta.
-Hace más de dos años que
no he ido por allí. Aquí somos cuatro sargentos: Córcoles y Herrero, a quienes
ya conoces, y Julián, que está en el tajo. Y por último yo. Esta semana estoy
de servicio y además estoy de cocina este mes, así que bajo poco a la carretera.
Me llamo Castillo. Comeremos a las seis.
El machacante vino a
decirle que le llamaba el capitán y me quedé solo en la tienda que iba a ser mi
hogar.
En medio, un mástil de
unos cuatro metros de alto y alrededor de él colgaba la lona, extendiéndose en
un cono que en la base tendría unos seis metros de diámetro. Apoyados en el
mástil, los fusiles y las mochilas de los cuatro sargentos. Opuesta a la puerta
-un roto en la lona-, una mesa portátil y media docena de asientos hechos de
ramas de árbol. Adosados a la pared de lona, los pies hacia el centro y la
cabecera tocando el techo de la tienda, siete camas, como los radios de una
rueda. Cada cama estaba construida de seis ramas clavadas en tierra, cortadas
en horquilla por arriba, y sobre las horquillas un marco de cuatro ramas en el
que había clavada una tela de alambre. Sobre la tela de alambre, un jergón y
una almohada de tela de saco rellena de paja. Dos sábanas y una manta. Al lado
de cada cama, un cajón o una maleta con la propiedad de cada uno de los
sargentos. Pero había siete camas y éramos cinco.
Tocaron a rancho. Me
abotoné la guerrera y salí. Fuera, en la explanada, delante de la posición,
había dos calderos enormes y a partir de ellos se formaba lenta una doble fila,
los cabos en cabeza. Detrás de la fila había unas chozas de paja y un barracón
de madera. El barracón se veía claramente que era un almacén de materiales. Las
chozas de paja, no más altas de un metro y medio, estaban rodeadas de moros con
chilabas mugrientas y raídas, que entraban y salían de ellas a gatas.
Herrero se colocó delante
de la fila y comenzó a pasar lista. La respuesta «Presente» saltaba de un lado
a otro a lo largo de los cien hombres. Cuando acabó, se quedó esperando. Salió
el capitán Blanco con el alférez y el teniente a su lado.
Herrero gritó:
-¡Firmes! Sin novedad, mi
capitán.
El capitán se enfrentó
con la fila y me colocó a su lado:
-El sargento Barea, que
ha sido destinado a la compañía, se ha incorporado hoy a ella. -Se volvió hacia
mí-: Mándeles: «¡En su lugar, descanso!».
-¡En su lugar... anso!
La presentación estaba
hecha. El capitán me presentó después al teniente y al alférez:
-El teniente Arriaga. El
alférez Mayorga.
Córcoles presidía el
reparto de la comida. Yo me uní a los otros sargentos. Córcoles me presentó a
Julián, a quien aún no conocía. Hacían un contraste: Córcoles era alto,
agitanado, con el pelo rizoso, nervioso y alegre. Julián era bajito, gordo todo
él, redondo; la voz atiplada, la cara de manzana llena de carmines, el pelo
lacio.
Los soldados iban
recogiendo sus platos de comida y repartiéndose por la tierra. Cuando acabó la
distribución surgió una fila de moros, unos con viejos platos de soldado
roñosos y abollados, otros con latas vacías de conserva. El cocinero iba
vertiendo un cazo a cada uno. Los moros se amontonaban alrededor de sus chozas
y comían, muchos con los dedos, algunos, pocos, con cucharas cortas de soldado.
Les miraba a todos y
ellos me miraban a mí. Cuchicheaban entre sí sus impresiones y creo que alguno
hubiera sido capaz de venir a tocarme para cerciorarse. Me irritaba la mirada
de aquella multitud; una mirada en la que se escondía un recelo. Cuando se acabó
la comida, el capitán me llamó a su tienda:
-Desde mañana se encarga
usted de las obras. Éstas son las instrucciones que tengo de Tetuán. Parece que
usted conoce topografía, ¿no?
Me hablaba un poco
altanero, mirándome con ojos estrábicos. El capitán era bizco, terriblemente
bizco.
-Un poco, mi capitán.
-¿Y contabilidad?
-Sí, señor. Esto mejor.
-Bueno. Pues desde mañana
corren de su cuenta los materiales y los jornales; y las obras. Claro que...
como ayudante mío.
-Naturalmente, mi
capitán.
-Puede usted retirarse.
-Pero, yo quisiera...
-Puede usted retirarse.
-A sus órdenes, mi
capitán.
Salí de la tienda un poco
aturdido. Hacía diez meses que estaba en Madrid, vestido de paisano. De
entonces acá había sido soldado y después cabo; había pasado de una oficina
civil a una oficina militar y había seguido trabajando entre papeles y números.
De la noche a la mañana me veía en el corazón del Pequeño Atlas, en una
posición de primera línea, encargado de las obras de una carretera que ni aun
sabía por dónde pasaba y de la contabilidad de unas obras que no conocía.
Además, era un sargento, es decir una vértebra de la espina dorsal de cualquier
ejército del mundo. La pared donde se estrellan los golpes de arriba, la
oficialidad, y los de abajo, los soldados.
En la vida civil se miden
las dificultades y se lanza uno contra ellas, o se soslayan. Si se fracasa,
mala suerte. Si se triunfa, mérito a uno. Si no se decide uno a luchar, se
queda donde está y no pasa nada. Pero en el ejército es distinto: le colocan a
uno frente a las dificultades y no hay más remedio que atacarlas; si se
fracasa, le castigan a uno; si se triunfa, se ha cumplido con el deber. Jamás
se me hubiera ocurrido a mí en la vida civil solicitar el puesto de encargado
de la construcción de una carretera y contable de las obras. En la vida
militar, mis «peros» me los había cortado el capitán: «Puede usted retirarse».
¿Qué demonios iba yo a
hacer al día siguiente?
Me dirigí a nuestra
tienda y el machacante vino detrás:
-¿Quiere usted comer
algo? Los sargentos no cenan hasta las nueve. ... -Bueno. Tráete algo.
Entré en la tienda. Sobre
una de las siete camas estaba tumbado un paisano que se incorporó a medias al
entrar yo. Un hombre macizo, más bien gordo, la bragueta desabrochada, el pecho
cubierto sólo por una camiseta de malla sin mangas, pleno de vello negro y
espeso que se escapaba por la red. Unas manos cuadradas sobre la panza, los
dedos amorcillados con manchones negros de vello en cada falange. Dos suelas
claveteadas con clavos gordos de cabeza cuadrada. Calcetines rojos caídos. Me
señaló una caja de botellas de cerveza al pie de la mesa:
-Sírvase. Aunque no está
muy fresca.
Me serví un vaso de
cerveza y me lo bebí de un trago. ¿Quién sería el tipo aquél? ¿Qué hacía, allí,
en la tienda de los sargentos, un paisano? Se sentó completamente sobre la
cama. El vientre le hacía tres fajas de grasa.
-Creo que nosotros no nos
conocemos. Yo soy José Suárez. El señor Pepe me llaman todos. El contratista de
la piedra. Creo que usted y yo nos entenderemos bien.
-Supongo que sí, que nos
entenderemos. ¿Por qué no? -Le di mi nombre y apellido.
Pero el hombre era
expansivo. Se salió de la cama, sujetándose la pretina de los pantalones con
las dos manos, y se sentó enfrente de mí, la mesita plegable en medio; rebuscó
en una petaca enorme y escogió un cigarro, después de hacer crujir dos o tres
entre sus dedos.
-Fúmese éste. Es
magnífico.
-Lo siento, pero sólo
fumo cigarrillos.
-Yo también. Pero éstos
son necesarios. -Se sonrió con una risilla cómplice. Encendimos los cigarrillos
y quedamos en silencio, mirándonos. Al fin dijo:
-Supongo que ya estará
usted al tanto de las cosas. Me eché a reír un poco forzado.
-Hombre, no sé nada. Como
dicen en Madrid: «Acabo de llegar del pueblo». Anteayer en Ceuta y hoy aquí,
sin haber sido nunca sargento, y sin haber hecho, en mi vida, vida de compañía;
menos con estos líos de hacer una carretera; y para colmo, sin conocer a nadie
aquí. Así que no sé nada de nada.
Manzanares entró con la
merienda y otra de sus botellas de vino tapizadas de vapor de agua. Tras la
espalda del gordinflón me guiñó un ojo.
-Me lo figuraba. Por eso
me alegro que estemos los dos solos. En cinco minutos nos ponemos de acuerdo.
Como ya le he dicho, yo soy el contratista de la piedra. Tengo una punta de
moros trabajando; unos hacen barrenos en la cantera y otros machacan la piedra.
La compañía me da la dinamita que yo pago. Luego la compañía me paga cada metro
cúbico de piedra. Usted tiene que anotar la dinamita que gasto y los metros
cúbicos de piedra que les doy. A fin de mes, liquidamos cuentas. A veces, los
moros que yo tengo les ayudan a ustedes a desmontar el terreno y entonces es lo
mismo: tantos metros cúbicos de tierra, tantas pesetas.
-Pues, me parece que la
cosa no es muy difícil; no creo que vayamos a tener discusiones.
-No, hombre. Hay para los
dos. Yo acostumbro a dar una tercera parte de los beneficios.
-¿A quién?
Se me quedó mirando muy
extrañado:
-¿A quién va a ser? En
este caso a usted.
-¡Ah! Vamos. Usted
pretende que las cuentas no sean claras, ¿no?
-Las cuentas son
clarísimas. Ni Dios las puede tocar. Claro que para ello hace falta que usted
lo apruebe. El capitán se lleva la otra tercera parte.
-¿Así, el capitán está en
la combinación?
-Sin él no se podría
hacer nada. Pregúntele.
-Yo no le pregunto nada.
Si tiene algo que decirme, que me lo diga él.
Debí contestar muy agrio. El señor Pepe se
calló y luego seguimos hablando de cosas indiferentes. Al cabo de un rato se
abrochó los pantalones y se marchó: «A ver cómo se las arregla el chico», dijo.
¿Quién sería el chico? Diez minutos después me llamaba el capitán:
-A sus órdenes, mi
capitán.
-Baje la cortina de la
tienda y siéntese un poco. -Se me quedó mirando con cada uno de sus dos ojos
alternativamente-. Supongo que se ha puesto usted de acuerdo con Pepe.
-Me ha hablado algo. Pero
en realidad no le he entendido. Además, como usted sabe, yo no conozco nada
aún.
-Bien, bien. Le he
llamado por eso. Le voy a explicar cómo están las cosas. Usted sabrá que el
Estado español realiza todas sus obras por uno de dos procedimientos: por
contrata o por gestión directa. En las contratas se saca a subasta la obra a
realizar y se paga lo convenido a un contratista. En la gestión directa, se
calcula el importe y la administración lleva la dirección de las obras y paga
los jornales y los materiales. Claro es que esta carretera no podría hacerse
por contrata, a través de un territorio que es territorio enemigo. Así que se
hace por gestión directa; nosotros pagamos los jornales y compramos los
materiales. Trazamos el proyecto y llevamos a cabo las obras totalmente. Para
esto está la Comandancia de Obras de Tetuán, que se encarga de la parte técnica
y administrativa. Cada uno tiene su jornal: los soldados ganan 2,50 pesetas,
usted seis, nosotros los oficiales doce. Éste es un gran beneficio para todos.
A los soldados se les da 1,50 en dinero y el resto se les mejora en comida. Así,
no hace falta robarles nada en el rancho ni en la ropa. Y lo demás, es
sencillo... -Alargó una pausa y sacó de una caja una botella de coñac y dos
copas-. No he querido llamar al ordenanza... -Ahora continuó-. Le voy a hablar
claro, para que nos entendamos bien: la compañía tiene un fondo particular, que
se nutre de las economías que se realizan sobre lo presupuestado. Así, tenemos
ciento once hombres, pero no todos trabajan; unos están enfermos, otros con
permiso, otros tienen un destino, etc. Pero como el presupuesto son ciento
once, los jornales son, naturalmente, ciento once. Pero como el que no trabaja
no cobra, el sobrante de jornales pasa a la caja de la compañía. Con los moros
es igual: el presupuesto son cuatrocientos, pero nunca se les puede tener completos;
en realidad, son unos trescientos cincuenta. Pero como tienen que ser
cuatrocientos, se agregan cincuenta nombres árabes y en paz. ¿Quién va a venir
a contarlos? Los moros ganan cinco pesetas al día. Y se les da el pan que
quieren a cuenta. Pero ésta es una cuestión de usted. En cuanto a Pepe, pues,
es una cosa parecida; él saca la piedra y nosotros se la pagamos. Cada
kilómetro de carretera necesita tantos metros de piedra. Pero... si la
carretera tiene cinco centímetros menos de piedra..., bueno, calcule usted:
cinco centímetros menos son unos doscientos metros cúbicos en kilómetro. En
realidad -agregó cínico-, ponemos algo más en la cuenta. Además, sus moros nos
ayudan a desmontar la tierra y la pagamos por metro cúbico también. Nada
importa si se cuentan algunos de los que ha desmontado nuestra gente... -Se
bebió la copa de coñac-. Hay además, claro, una porción de detalles pequeños
que irá usted comprendiendo. Así que, ¿entendidos, no?
Y como nada tenía que
hacer allí, me marché.
Después de la cena, el
señor Pepe sacó una baraja y puso una banca de bacará con cincuenta duros. Me
negué a jugar y me eché sobre mi cama.
-Aquí jugamos todos
-dijo.
-Bien. Pero yo no puedo
jugar la primera paga que aún no he cobrado.
-Por dinero no se apure.
¿Cuánto quiere?
-Yo, nada. Ya le he dicho
que no juego.
-Yo le regalo cien
pesetas. Siéntese con nosotros.
Me senté. Repartió las
cartas y apunté las cien pesetas a las primeras que me sirvió.
-¡Hombre! Eso no es
jugar. Si pierde, le voy a tener que regalar otras cien pesetas. Gané. Aquellas
cien pesetas, y más de dos mil. El señor Pepe interrumpió el juego:
-Vamos a dejarlo por hoy.
Hay que hablar de negocios.
Pepito, el hijo, el
huésped de la otra cama, un mozallón con cara de albañil en traje de domingo,
asintió:
-¡Ele, padre!
La ciencia de Pepito era
simular el idiota perfecto, siendo un pillo redomado. El señor Pepe se dirigió
a mis compañeros:
-Ya le he enterado a
Barea de las costumbres. Y estamos de acuerdo. Además, creo que ha hablado con
el capitán. ¿No?
-Sí. Ya me ha enterado de
todo. Pero no sé si estamos de acuerdo. El señor Pepe me da la tercera parte de
la piedra que yo apunte de más...
Córcoles estalló:
-¡La mitad!
-¿De acuerdo, don José?
-pregunté con sorna.
-¡Hombre! La mitad para
todos; eso se entiende.
-Bueno. Ahora el capitán
me ha explicado todo el mecanismo de los jornales y del señor
Pepe, pero no me ha
ofrecido nada y parece que todo es para él. Córcoles volvió a tomar la palabra:
-El capitán,
naturalmente, no te va a ofrecer nada. Pero es muy sencillo: los jornales nunca
pueden ser cuatrocientos moros y ciento once soldados. La cifra es incompleta
siempre para no llamar la atención. Nosotros, por ejemplo, nos reservamos diez
jornales de los moros, que son diez duros diarios para los cinco. Lo mismo pasa
con la piedra y la tierra del señor Pepe. Aquí es donde está nuestra ganancia.
-¿Y el teniente y el
alférez?
-El teniente es
millonario y no sabe de esto ni jota. Figúrate. Es un hombre que deja su paga a
beneficio de la comida de los soldados. El alférez tiene parte en lo nuestro y
también con el capitán. Es un águila.
-¿Así, que el capitán se
guarda para él las economías de la compañía?
-No seas idiota. Las
economías de la compañía es lo que se puede ahorrar del presupuesto militar de
la compañía. Lo de las obras se lo reparten entre él y los de la comandancia de
Tetuán.
-Entonces, ¿el comandante
está también en el lío?
-Pues, hombre, si no
estuviera, no podríamos hacer nada. No seas idiota.
Nos quedamos todos en
silencio. Por lo visto yo era un idiota perfecto. Las cartas estaban
desparramadas sobre la mesa. Comencé a recogerlas mecánicamente:
-A mí esto me parece un
robo.
-Lo es -afirmó Córcoles-,
un robo al Estado.
-Y si no me da la gana
robar, ¿qué pasa?
Córcoles me miró y se
encogió de hombros. Se echó a reír, pero yo tenía la cara muy seria, y entonces
se levantó y vino a mí; me cogió del brazo:
-Hace mucho calor aquí.
Vente afuera conmigo.
Nos fuimos juntos y nos
recostamos en el parapeto de piedra que rezumaba humedad. El campo estaba en
silencio, surcado de trazos de luna.
-¿Has hablado en serio?
-Sí. Esto es una
porquería. Yo no he robado en mi vida y esto es robar.
-Mira: robar es quitar el dinero a alguien.
Pero esto no es robar. ¿Quién es el Estado? Si robamos a alguien, es al Estado,
y bastante nos roba él a nosotros. ¿Tú crees que un sargento, con noventa
pesetas al mes, puede vivir? Y aun aquí, en África, con ciento cuarenta por
estar en campaña, ¿se puede vivir? Tienes derecho a casarte. Cásate con
veintiocho duros al mes y verás... -Se quedó mirando a lo lejos y luego siguió
en voz muy baja-: Acércate. Aparte de todo esto, hay otra cosa. Esto es como si
una máquina te coge una mano; después va el brazo y luego todo el cuerpo. Y no
puedes escapar. Si no te prestas a robar para otros y para ti, te quitarán la
plaza, te trasladarán después, te mandarán a donde revientes de hambre y corras
el riesgo de un tiro a cada momento. Si se te ocurre hablar o protestar, hay
medios más sencillos: te quitarán los galones de sargento por cualquier falta
corregida y aumentada y hasta... -bajó mucho más la voz- un accidente puede
ocurrirle a cualquiera. Todos los días hay «pacos» en el camino del Zoco.
Ahora, piensa todas estas cosas. ¿Tú no has oído decir que cuando entramos en
el cuartel hay un clavo en la puerta donde tenemos que colgar lo que llevamos
de hombres? Luego -dijo pensativo-, cuando salimos, el que puede, recoge lo que
queda.
Volvimos a la tienda. El
señor Pepe había reanudado la banca. Jugamos hasta las dos de la madrugada.
Perdí todo. Nos acostamos en las camas puestas en radio, el palo de la tienda
en medio, los fusiles recostados sobre él. Poco a poco iban roncando todos. El
señor Pepe roncaba como un cerdo comiendo en una artesa de patatas cocidas con
mucha agua. En mi cabeza daban vueltas los consejos de Córcoles, el viaje desde
Ceuta a Hámara, el dinero perdido...
Corrían los primeros días
del mes de junio de 1920.
La
pista
Capítulo
II
Se tocaba diana a las
seis de la mañana. El campamento, donde nada se movía, con excepción de las sombras
grises de los centinelas, adquiría de pronto una vida ruidosa. Se gritaban los
soldados unos a otros entre el tintineo de los platos y los vasos de estaño. Se
iban alineando en una doble fila, a partir del enorme caldero de café y el
cesto colmado de trozos de pan, y esperaban pateando, los pies fríos por el
frío matinal que venía de las montañas, a que el sargento de semana diera la
señal para la distribución del café. A las siete, cuando se había terminado la
limpieza general de caballos, hombres y tiendas, se formaban las escuadras de
trabajo. Se pasaba lista y los hombres iban descendiendo el cerro armados de
pico y pala. Mientras, comenzaban a llegar los moros, unos saliendo adormilados
de sus chozas, otros llegando cansinos de sus poblados. Muchos de ellos
preferían dormir en el campamento, porque sus casas estaban lejos o simplemente
porque no existían, pero también porque podían contar con las sobras abundantes
del rancho para alimentarse. Otros vivían en los poblados vecinos y llegaban con
sus carteras de cuero cruzadas sobre el pecho y repletas de higos secos. Estos
higos y la ración de pan -unas dos libras- que se daba a todo el que la
reclamaba, constituía su alimento durante el día. Nunca volvían a sus kábilas
hasta la caída de la tarde.
Los moros estaban bajo el
mando de un capataz que les transmitía las órdenes, mantenía la disciplina,
pasaba lista y ocasionalmente castigaba al que se desmandaba con un par de
estacazos en las costillas. Tenían miedo de la mano dura del capataz y no paraban
en su trabajo, pero cada uno de sus movimientos era tan lento y medido que el
levantar y dejar caer el pico o lanzar una paleta de tierra parecía cosa de
minutos y no de segundos.
El señor Pepe se
desesperaba con sus moros y a veces usaba el rebenque sobre sus espaldas para
hacerles moverse. A nosotros nos tenía sin cuidado la marcha del trabajo. Nadie
tenía interés en que se terminara pronto. Cuanto antes se terminara, antes nos quedábamos
sin jornal. Los soldados resentían el que se les empleara como peones de pico y
pala. Y así, los seiscientos hombres extendidos a lo largo de los cuatro
kilómetros de pista eran una masa perezosa que se movía lentamente bajo el sol
de África, y no trabajadores afanados en construir un camino.
El sargento de semana
nunca bajaba al trabajo. Uno de los otros sargentos generalmente iba de compras
al Zoco del Arbaa. El capitán dormía el coñac de la noche anterior. El teniente
dormía, el alférez también. A las siete de la mañana sólo tres sargentos
bajaban al tajo a la cabeza de los soldados y los moros. Horas más tarde el
capitán o uno de los dos oficiales solía venir a caballo y recorrer la pista.
Después se iban a tirar unos tiros a los conejos o a los pájaros.
Frecuentemente uno de ellos se marchaba a Tánger o a Tetuán.
Así, automáticamente, la
construcción de la pista cayó de lleno en mis manos. Tenía que llevar no sólo
la contabilidad, sino también realizar el trabajo topográfico. El comandante
Castelo mandó una orden diciendo que yo debía preparar un mapa del terreno
desde Xarca- Zeruta al Zoco del Arbaa y proyectar el trazado de la pista en
este trozo con arreglo a mi mejor criterio. Hasta ahora, los hombres habían
trabajado a lo largo de la llanura, y la tierra a nivel hacía imposibles los
errores. Pero desde Hámara en adelante, la pista tenía que sortear los cerros y
descender al valle del río Lau. Era necesario planear el trazado
cuidadosamente. Esto me llevó unas tres semanas, durante las cuales me adapté,
sin darme cuenta, a la rutina diaria. Pero después me encontré de pronto sin
tener nada que hacer, más que vigilar a la gente durante las ocho horas de
trabajo.
Me sentaba sobre una
piedra lisa entre las raíces de una vieja higuera a los pies del cerro de
Hámara y desde allí podía abarcar el conjunto de la obra. A veces uno de los
dos sargentos o el capataz venían para alguna consulta, pero la mayor parte del
día estaba solo, con la excepción del cornetín de órdenes que se sentaba cerca.
Tenía que acompañarme a todas partes y dar el toque de descanso o el de
atención y llevar recados a unos u otros. Para no aburrirnos a lo largo de
estas horas de soledad vacías, no nos quedaba más remedio que charlar. Podía
decir por su edad y por su estatura que era un voluntario, porque en Ingenieros
sólo ingresaban elegidos reclutas de una estatura mínima determinada y con un
oficio adecuado. El cornetín era un hombrecillo rechoncho de unos treinta y dos
años de edad, de presencia quieta y silenciosa, pero de movimientos ágiles. Y
era un maestro consumado en todas las picardías de tambores y cornetas. Los
cornetas, los tambores y los asistentes son en el ejército lo que los sirvientes
son en la aristocracia, y se entienden entre sí por signos y hablando un
lenguaje críptico de ellos mismos. Si uno de ellos os dice en un momento
determinado que es mejor que no habléis al capitán, lo único que os queda es
seguir el consejo.
El cornetín de nuestra
compañía, Martín, era casi analfabeto, en el sentido de que era incapaz de
sacar algo en limpio de lo que leía, pero estaba saturado de lo que él llamaba
«ciencia africana». Ésta comprendía desde el arte de hacer nudos científicamente
en los vientos de las tiendas, hasta el arte de mantener encendida una hoguera
bajo la lluvia más torrencial: incluía una habilidad extraordinaria para
remendar ropa y echar medias suelas a unas botas viejas y un arte en la
fabricación de cadenas de reloj, pulseras y sortijas construidas con crines de
caballo tejidas en diminutos anillos y entrelazadas en fantásticos dibujos.
Pero, sobre todo, comprendía el estar al corriente de la más insignificante
noticia, pública o privada, desde la organización de las próximas operaciones
contra el Raisuni hasta las enfermedades secretas de cualquier soldado o
cualquier general.
De Tetuán había traído yo
un gran número de novelas francesas, muchas de ellas con grabados: generalmente
tomaba conmigo dos o tres para pasar el tiempo en las horas de trabajo. Mi
primera conversación con el cornetín tuvo su origen en esta costumbre mía. Un
día se acercó:
-¿Me deja usted ver los
«santos», mi sargento?
Comenzó a pasar hojas
ávidamente. Las ilustraciones de estas novelas abundaban en figuras de mujer
forzosamente atractivas a los ojos de un español primitivo. Pero, por
coincidencia, la novela que estaba leyendo entonces era un ejemplar de
Aphrodite, de Pierre Louys, y la edición estaba cuajada de grabados de talla
dulce, mostrando escenas griegas en las que imperaba el desnudo. A cada nueva
página el cornetín estallaba en exclamaciones:
-¡Mi madre! ¡Qué tía!
¡Vaya muslos y vaya tetas! -Se quedó después un tiempo contemplando las páginas
impresas libres de grabados y dijo al fin-: Las cosas que debe decir aquí... ¿Y
usted las entiende, mi sargento?
-¿Qué te crees que dice,
tonto?
-Bueno, bien claro se ve.
Con estas tías así pintadas y el libro en francés, pues, indecencias. Vamos,
eso que llaman pornografía, con las cosas que hacen en la cama y cómo las
hacen. Una vez compré yo un libro como éste en Tetuán, que me costó diez pesetas;
pero me lo robaron después. Allí explicaba todas las posturas. Hay también
postales que las venden a peseta cada una. Bueno, me está usted tomando el
pelo, yo contándole esto como un idiota y usted sabiendo mucho más de eso que
yo.
Abdella, el capataz de
los moros, venía hacia nosotros en aquel momento. Era un hombre espléndido, de
tipo beréber, con una barbita negra, ojos rasgados, con las facciones correctas
desfiguradas por la viruela. Llevaba no un albornoz o chilaba, sino un uniforme
con la insignia de Ingenieros -una torre de plata- en el cuello. Antes de que
pudiera hablar en su perfecto español, lento, de palabras escogidas, el corneta
le llamó la atención:
-Tú, ¡mira! Fíjate qué
hembra hay aquí. -Y le puso bajo los ojos una de las ilustraciones del libro.
El moro miró la novela y se dirigió a mí en francés:
-Así, ¿habla usted
francés, mi sargento?
-¿Dónde has aprendido tú
a hablarlo?
-En Tánger, con los
franceses. Serví con los Goumiers y después en los Regulares con los españoles.
Ahora llevo con Ingenieros los últimos diez años.
Martín nos miraba a uno y
a otro sorprendido:
-¡Anda, Dios! ¿También
habla usted árabe?
-No seas estúpido. Esto
es francés, el mismo idioma en que están escritos esos libros.
Este incidente tuvo
varios resultados inesperados: Martín extendió la noticia entre los soldados de
que yo hablaba francés, y su resentimiento contra mí -el resentimiento natural
contra el sargento nuevo- aumentó. Abdella hizo amistad conmigo y venía a verme
a la sombra de la higuera con una u otra excusa. El cornetín veía reducidas sus
conversaciones con esta intromisión y mostraba su hostilidad a Abdella,
haciendo esfuerzos desesperados para conquistar mi amistad y separarme de todo
contacto con el moro. Los otros sargentos se sintieron curiosos y los
visitantes a la higuera se hicieron más numerosos. Hasta que al fin
constituíamos bajo el árbol un círculo reducido. Desde aquí comencé a hacer
contacto con el mundo que me rodeaba y comencé a verle.
Cada cuatro o cinco
minutos veía al moro realizar la misma operación: dejaba de lado el pico y se
rascaba furiosamente con ambas manos todas las partes accesibles de su cuerpo.
Después se sacudía dentro de su chilaba como un perro saliendo del agua. A veces
se frotaba la espalda contra el canto del corte recién hecho en la tierra,
antes de reanudar el trabajo. Me fui hacia él:
-¿Qué te pasa?
-Estoy muy malo, muy
malo. Todo el cuerpo pica. Todo el cuerpo mío muy malo.
Tenía unas manos nudosas,
enrojecidas, cubiertas de escamas resecas, sarna, pero una sarna terrible. Le
señalé las manos:
-¿Y tienes todo el cuerpo
así?
-Sí, sargento. Y peor.
Hacía una figura
lastimera, alto, huesudo, negro, peludo, con olor de cabra desprendiéndose de
las innumerables capas de sudor resecadas sobre su piel; descalzo, con las
piernas desnudas, piernas y pies semejantes a las patas de una gallina vieja,
escamosas, plaqueadas de sarna y basura sujetas por una envoltura córnea. La
cabeza rapada estaba apuñalada de costurones de la sarna y de las cortaduras
que el barbero salvaje había prodigado. Los ojos eran pitarrosos. Aquel hombre
no estaba enfermo, estaba simplemente sucio. Llevaba encima una carga horrible
de suciedad acumulada sobre la piel en la miseria de toda su vida miserable.
-¿Quieres que te cure? Me
miró ansioso:
-Sí.
-Te voy a hacer daño, mucho daño. Pero si eres
capaz de aguantarte, te curo.
-Sí.
Sus «síes» sonaban como
el ladrido temeroso de un perro asustado.
Teníamos en almacén
grandes cantidades de pomada de azufre y de lo que llamábamos «jabón de
perros». Era un jabón inglés, rojo, con un olor penetrante de ácido carbónico.
Me armé de ungüento y jabón abundantes y aquella tarde, después del trabajo,
bajamos al arroyo el moro, dos vecinos suyos y yo.
Le mandé desnudarse. Los
otros dos comenzaron a fregarle tan brutalmente que la sangre brotaba de la
piel carcomida. Después le untaron de pies a cabeza con el ungüento. Le
embutimos en un par de pantalones de soldado y en una vieja guerrera y quemamos
la chilaba. En dos semanas de este tratamiento estaba curado.
Un día me llevó una cesta
llena de higos y dos gallinas. Parecía un hombre diferente y hasta había
engordado. Cavaba mucho más de prisa y cada vez que le miraba se reía como un
chico. Poco a poco fueron viniendo moros a mí, tímidos. Me mostraban las marcas
de la sarna entre los dedos y pedían un poco de ungüento. Algunas veces me
traían lo mejor que poseían y dejaban unos pocos huevos, una gallina y siempre
higos secos entre las raíces de la higuera. Algunas veces uno de ellos dejaba
de trabajar y venía a la higuera para hablarme en secreto, receloso. Se quedaba
de pie delante de mí, retorciendo el borde de su chilaba entre los dedos. Por
último decía:
-Sargento, no trabajar
más. Me voy. Tener bastante trabajo.
-¿Y qué vas a hacer?
Volvía a enmarañar sus
dedos en los pliegues de la chilaba:
-Yo decir la verdad a ti.
Yo tiene treinta duros y compra un fusil. Pero nunca viene a matar sargento.
Ninguno de nosotros mata sargento.
-¿Quién te va a vender el
fusil?
-Los franceses. ¿Sabes?,
un buen fusil con balas gordas como esto. -Y me mostraba todo el largo de su pulgar-.
Después tendré un caballo y una mujera.
Se marchaban, sonriendo
felices como chicos revoltosos y asegurándome que no me matarían. Pero un fusil
era todo su futuro; un fusil para matar soldados españoles. Su técnica era
simple: al amanecer se emboscaban en una cuneta con su fusil cargado y esperaban
por el primer soldado solitario que pasara. Le mataban, le robaban y
desaparecían. Los viejos fusiles Remington que el gobierno francés vendía a
comerciantes poco escrupulosos venían a parar aquí. La gruesa bala de plomo
producía un sonido peculiar cuando salía de la boca del fusil, un ruido que
sonaba en los cerros: «Pa... co». Y por este nombre «Paco» los conocíamos
todos. En las primeras horas de la mañana, parejas de soldados de caballería
hacían un recorrido de reconocimiento entre las posiciones: eran la presa que
más codiciaban los pacos. Un tiro afortunado les hacía dueños de un fusil y un
caballo.
Una mañana, al fin de mi
primer mes en la posición de Hámara, vino el comandante Castelo. Venía en un
Ford, uno de aquellos Ford legendarios que corrían mejor sobre un campo arado
que sobre un camino. Poco después un soldado vino a buscarme:
-A sus órdenes, mi
sargento. El comandante, que se presente usted.
El comandante y los tres
oficiales de la compañía estaban agrupados al lado del coche. Sobre su techo
negro habían extendido mi plano del terreno. El comandante Castelo me miró de
alto abajo. Nunca nos habíamos visto. Era un hombre bajo, corpulento, con la
atrayente agilidad infantil de algunos hombres gordos que parecen sentarse de
culo a cada paso. Sus ojos pequeños eran vivos, las manos muy finas y sus botas
increíblemente brillantes en todo este polvo.
Señaló el plano:
-¿Es usted quien ha hecho
esto?
-Sí, señor.
-Bien. Véngase con
nosotros.
Me senté al lado del
chófer, el comandante y don José -nuestro capitán-, en el interior. Cruzamos la
llanura y trepamos al Zoco. En la cima dejamos el coche y el comandante mandó a
su chófer que pidiera a la Compañía de Ingenieros que había en el Zoco del
Arbaa que nos prestaran los instrumentos topográficos necesarios y cuatro
soldados con jalones. Nos quedamos esperando y contemplando la llanura. En la
distancia emergía el pico de Hámara como un pecho de mujer erecto. Su verdor,
alimentado por el arroyo, resaltaba agriamente sobre la tierra amarilla. Don
José dijo:
-Abrasa el sol. Debíamos
de beber algo primero.
El comandante no replicó.
Después se dirigió a mí:
-Ha trazado usted la
pista casi en una línea recta, pero me parece que hay una pendiente excesiva.
-Se volvió a don José-. Dispense. Ha trazado usted la pista casi en una línea
recta... pero, como es Barea quien ha dibujado el plano...
-Oh, sí, sí. No importa.
Personalmente, yo lo encuentro mejor así. Ya sabe usted, Castelo, entre dos
puntos lo más corto es una línea recta. -Y se echó a reír con una risita
chillona que el comandante cortó en seco con una mirada.
-¿No cree usted, Barea,
que hubiera sido mejor hacer aquí un descenso en ángulo, bordeando la ladera?
-Posiblemente, mi
comandante, pero había un problema de nivelación. La trinchera que yo he
marcado tiene aproximadamente unos cien metros de largo y supone desmontar
bastante tierra. Pero un descenso en zigzag supone más de cuatrocientos metros
para llegar al mismo sitio. En total habría que desmontar mucha más tierra,
construir mucho más firme y pagar más jornales. Por mis cálculos, creo que se
ahorran unas cinco mil pesetas...
Venía el coche con los
instrumentos. El comandante alargó a don José el estuche del teodolito:
-Póngale aquí en estación
y corrija los niveles -dijo señalando un punto en el terreno. Un soldado armó
el trípode. El comandante explicaba a cada uno el sitio donde tenía que ir con
los jalones. Don José había sacado el teodolito de su estuche y estaba allí
quieto, sosteniéndole con ambas manos. Uno de los soldados tomó el instrumento
y lo atornilló al trípode. El capitán le hizo girar y se inclinó a mirar
curioso por el anteojo. El comandante preguntó:
-¿Estamos listos?
-Cuando usted quiera.
El comandante fue al
instrumento y lo hizo girar:
-Pero le he dicho que
corrigiera los niveles, capitán Blanco.
-Oh, ya está. Se puede
ver Hámara perfectamente. El comandante se dirigió a mí como a un cómplice:
-¿Quiere usted
comprobarlo, Barea?
Corregí los niveles, la
brújula y las retículas. El comandante me dijo:
-Coja un eclímetro.
Trabajamos juntos toda la
mañana el comandante y yo. Don José se paseaba a nuestras espaldas, fumando sin
cesar. De tiempo en tiempo se acercaba:
-Qué, ¿cómo van las
cosas, bien?
Volvimos a la posición.
Después de comer, el comandante me mandó llamar. Entré en la tienda del
capitán. Estaban los dos en mangas de camisa, sentados a la mesa con el plano
entre medias y una caja de botellas de cerveza a los pies:
-Coja usted una botella
de cerveza si quiere -dijo el comandante; y al capitán:
-Deje usted que se siente
aquí Barea.
Me senté enfrente del
comandante y éste comenzó:
-Aquí hay un error, pero
es insignificante...
Nos enzarzamos en una
larga discusión sobre el terreno. Don José se sentó en su cama y por un rato
nos contempló con sus ojos bizcos. Después dejó caer la cabeza sobre la
almohada y te quedó dormido. Comenzó a poco a roncar suavemente, como un
puchero que hierve al rescoldo.
El comandante Castelo era
un hombre inteligentísimo. Sus explicaciones eran claras y simples. De vez en
cuando aclaraba fácilmente mis dudas. Conocía cada palmo del terreno y la
lección que me dio fue admirable. Corregimos el plano a lápiz. Al fin lo dobló
y cogió su guerrera del respaldo de la silla.
-Le mandaré un
ferroprusiato de Tetuán. -Se quedó mirando a don José:
-Me voy. -Cuando
estábamos fuera de la tienda volvió la cabeza hacia ella-: Por Dios, no le deje
usted meter mano a este hombre. Si tropieza usted con dificultades, llámeme al
teléfono. Voy a arreglar esto; ¿dónde está el telefonista?
Dio órdenes de poner el
teléfono a mi disposición siempre que le quisiera llamar. Le acompañé hasta el
coche y cuando bajábamos la cuesta le pregunté:
-Mi comandante, ¿y qué
hacemos con el teniente y el alférez? Porque me parece que me coloca usted en
una situación violenta.
-No se apure. El teniente
se va a la campaña el mes que viene. El alférez, ¡puf!, le costó veinte años
llegar a serlo. ¿Qué diablos entiende él de estas cosas? Cuando don José
despertó de su siesta, me preguntó:
-Qué, ¿le agrada el
comandante?
-Mucho, mi capitán.
-Bueno. Supongo que se
habrá enterado usted bien de todo. Haga lo que quiera. La verdad es que yo no
entiendo una palabra de estas cosas. Se me ha olvidado todo. De todas maneras,
para lo que sirve... -Hizo una pausa-. Mañana me voy a Tánger.
Martín me contó su
historia a trozos: cuando nació le echaron a la Inclusa de Madrid. Unos pocos
días más tarde le pusieron en manos de una nodriza que vino a buscar un crío,
desde un pueblecito escondido en las montañas de León. Tuvo suerte. La beneficencia
generalmente confía los expósitos a nodrizas de los pueblos, que se presentan
atraídas porque la paga miserable representa una riqueza en su pueblo. Después
hinchan a los chicos con sopas y vuelven a buscar un nuevo crío cuando el
primero se ha muerto de disentería. Pero la nodriza de Martín era una mujer
montañesa, casada, a quien el chico le había nacido muerto y, además, se había
quedado inutilizada para tener más. Crió al expósito a sus pechos y ella y su
marido le tomaron cariño como si fuera el hijo propio. Los familiares odiaban
al intruso y el pueblo entero le llamaba el Hospiciano. Cuando tenía quince
años, sus padres adoptivos murieron con unos meses de diferencia; los
familiares tomaron posesión del trozo de tierra, de las dos mulas y de la casita
donde habían vivido y devolvieron al hospiciano al Hospicio. Nadie le quería
aquí y él no se podía acostumbrar a vivir encerrado. Solicitó ir de corneta a
un regimiento, y allí, un niño entre hombres, se convirtió otra vez en el chico
mimado. Cuando llegó a dieciocho años, se vino voluntario a África. Desde
entonces nunca había salido de allí. Ahora llevaba en el regimiento casi veinte
años. ¡Las cosas que había visto!
-¿Y qué piensas hacer?
¿Vas a estar aquí toda la vida?
-¡Oh, no! Tengo derecho a
retirarme dentro de tres años. Me darán una pensión de cinco reales diarios y
con mis ahorros, pues, yo he pensado poner una taberna en Madrid. Y casarme.
-¿Has ahorrado mucho?
-Figúrese. Todos los
premios de voluntario. Cuando me marche de la mili, tendré unas seis mil
pesetas. La única cosa es que, si yo hubiera sabido leer bien, me hubieran
hecho un cabo de banda y ahora sería un sargento de banda y no me iría.
-¿Por qué no has
aprendido a leer?
-No pude. Las letras y
los números se me revuelven en la cabeza y no puedo separarles. Es aquí; debo
tener una cabeza muy dura. -Se golpea el cráneo para convencerme de que nada
podía entrar dentro de él.
Cada tienda contenía
veinte hombres. Dormían sobre sacos rellenos de paja, tendidos en el suelo y
puestos como los radios de una rueda alrededor del palo de la tienda. Algunas
veces encendían una vela y la pegaban al poste. Se quitaban las guerreras y las
camisas y se quedaban desnudos de cintura arriba. Buscaban entre los pliegues
de la ropa y mataban los piojos uno a uno. El piojo era el amo y señor del
campamento. Nada en Marruecos estaba libre de piojos. Se contaba que el día de
la toma de Xauen, el general Berenguer se quejó de no tener carne en la comida.
El general Castro Girona dijo:
-¿Carne? -Se metió una
mano bajo el sobaco y sacó dos o tres piojos de allí-. Ésta es la única carne
que hay aquí, si te sirve...
Entre los árabes de la
montaña el piojo debía ser un animal sagrado. Escarbaban con los dedos entre
sus chilabas y durante horas sacaban piojos de entre sus pliegues, pero los
dejaban caer a sus pies sin matarlos. Así, sentarse era correr el riesgo de ser
asaltado por un ejército de insectos hambrientos. En el arroyo habíamos cavado
un remanso y construido un baño. Se obligaba a todos a bañarse el sábado y,
después, a lavarse las ropas que se secaban al sol rápidamente. Los domingos
por la mañana,
Hámara estaba habitado
por una tribu de salvajes desnudos. A la hora de la comida se ponían sus ropas
calientes de sol. Por la tarde estaban infestados de piojos. Era una batalla
silenciosa, en la que era imposible vencer.
Una tarde, Manzanares,
nuestro ordenanza, comenzó a hablarme:
-Usted es de Madrid, ¿no?
-Sí, ¿por qué?
-Nada. Curiosidad. Vaya
juergas que me he corrido en Madrid. -Tomó una actitud interesante que
resultaba cómica por su figurilla y agregó-: ¿Usted sabe quién soy yo?
-¿Quién eres tú? -le
contesté muy serio, conteniendo la risa.
-Primero me llamaban el
Manzanares, pero luego comenzaron a llamarme el Marquesito, porque me casé con
tres muchachas contándoles que era el hijo de un marqués. Dos en Barcelona y
una en Madrid.
Me le quedé mirando.
Nuestro ordenanza, o padecía megalomanía o había bebido más de la cuenta.
-Bien, hombre, anda,
márchate y déjame en paz.
Cuando vinieron los otros
sargentos, les conté la historia y Córcoles dijo:
-No sé si la historia
sobre los casamientos es verdad. Pero lo que sí es verdad es que Manzanares es
un carterista famoso; y tiene gracia cómo ha venido a parar aquí. La policía de
Madrid no conseguía atraparle nunca ni probarle ningún robo, y uno de los
inspectores decidió estropearle la carrera. Un día arrestaron a Manzanares en
la calle y le llevaron a la comisaría. Le preguntaron el nombre, la edad, el
domicilio, hasta que llegaron a la profesión. Manzanares tenía dinero, pagaba
puntualmente a la patrona, se gastaba un pico en mujeres y vino, pero no podía
explicar de dónde le venían los cuartos.
-Conque, ¿sin oficio, eh?
-dijo el comisario-. Bien, pues con arreglo a la ley de vagos, te pasarás una
quincena a la sombra.
No podían imponerle más.
Manzanares fue a la cárcel, tomó una celda de pago y vivió quince días como un
príncipe. Una noche le abrieron las puertas de la cárcel y le pusieron en la
calle. A los diez minutos la policía le detenía y le llevaba ante el mismo
comisario. Otros quince días. Y así por meses, hasta que Manzanares se hartó
del juego y un día le dijo al inspector:
-Bueno, ¿qué es lo que se
propone usted?
-Nada, terminar contigo.
Le mandaron otra vez a la
cárcel y Manzanares se puso a cavilar. Le escribió una carta al inspector y le
ofreció marcharse voluntario a África si le dejaban en paz. Y aquí le trajeron
directamente desde la cárcel Modelo.
-¿Y qué? -pregunté.
-¡Psch!, al parecer ha
aprendido la manera de abrir las carteras a los moros en los zocos. Pero como
gana dinero es con las cartas en las manos. En esto es simplemente maravilloso.
-No comprendo por qué le
habéis hecho machacante.
-Te diré: Manzanares
tiene su filosofía. Dice que como es el único ladrón acreditado que existe
aquí, le harán responsable de todo lo que falte. Y no sé cómo se las arregla,
pero desde que él está no falta un botón en la compañía.
Julián me contó su
historia:
-¿Tú conoces a mi padre?
-No lo sé, si no me dices
quién es. Pero seguramente no.
-Sí, hombre, le conoces.
Es el capitán Beleño, el maestro de talleres de la comandancia en
Ceuta.
Me eché a reír. Claro que
le conocía. ¿Quién no le conocía en Ceuta? Julián, amoscado por la risa, dijo:
-Claro que le conoces.
Todos le conocen. Bueno, pues yo soy su hijo.
-No lo hubiera creído
nunca, porque él es flaco como un espárrago y tú pareces un queso de bola. No
te enfades, pero la verdad es que estás gordito.
-Sí. Me llaman el
sargento Bolita. He salido a mi madre, que parece el corcho de un barril. Bien,
pues si yo estoy aquí, es por culpa de mi padre.
El padre de Julián, el
capitán Beleño, era un carpintero de ribera en Málaga cuando tenía sus veinte
años. Con una sierra, un hacha y una azuela, construía barcos de pesca con el
mismo arte rudimentario y las mismas reglas que los griegos y los fenicios usaban
hace dos mil años. Por razón de su oficio, le destinaron al regimiento de
Pontoneros. Cuando acabó el servicio, su capitán le sugirió que se quedara en
el ejército como un obrero afiliado. en el ejército español, cada regimiento
tiene varios obreros agregados, tales como herreros, carpinteros y
guarnicioneros, que no sirven como soldados de filas, sino como obreros
contratados por el estado y sujetos a la disciplina militar. en esta condición
de personal agregado al ejército se les asimila a los diferentes rangos y se
les concede promoción por escala de antigüedad. los obreros recién alistados
tienen la categoría de sargentos; en el curso de los años van ascendiendo en
paga y en rango hasta llegar a capitanes. tienen derecho a llevar el uniforme
de un capitán, pero en la práctica visten como paisanos y se presentan en el
cuartel a realizar su trabajo en horas fijas.
Pero el capitán Beleño
jamás prescindía del uniforme, a no ser que el trabajo entre manos le obligara
a ello, y era famoso por la estricta disciplina que él, el capitán honorario,
exigía de los soldados. Llevaba viviendo en Ceuta más de veinte años y su sueño
era que su hijo llegara a realizar lo que él nunca podría realizar, mandar una
compañía. Julián se crió en la disciplina de un cuartel. Cuando comenzó a
balbucear sus primeras palabras, comenzó a aprender los principios básicos del
arte militar vistos a través de la mente de su padre. Cuando tuvo diecisiete
años, su padre le llevó un día al cuartel, le hizo firmar unos cuantos
documentos en la oficina del regimiento y le dijo solemne: -Hijo mío, tu vida
comienza hoy. Trabaja duro y en treinta años serás un capitán del ejército
español como lo es tu padre. Más que tu padre, porque tú puedes ser un capitán
de verdad y no un pobre trabajador como yo.
Los oficiales, que
estimaban al viejo, metieron al muchacho en la oficina y le mantuvieron allí
hasta que ascendió a sargento.
-Pero ahora que ya soy un
sargento, esto se ha acabado. Es-toy preparándome para oposiciones en Correos y
en cuanto sean los exámenes y apruebe, me licencio. ¡A la mierda mi padre y sus
estrellas de capitán, que ojalá no hubiera visto en mi vida!
Herrero protestó agrio:
-Tu eres un idiota. Si te
hubiera costado lo que me ha costado a mí llegar a sargento, mirarías las cosas
de otra manera. Pero claro, tú nunca has pasado hambre.
-Hombre, yo creo que está
en su derecho de preferir una profesión y dejar el cuartel. Yo mismo, en cuanto
cumpla mis tres años, me licencio.
-¿Y entonces, por qué te
has hecho sargento?
-¿Por qué te has hecho
tú?
-¿Yo? Para poder comer.
Cuando yo entré en el cuartel, hace doce años, me moría de hambre y me
hinchaban a bofetadas. Porque los sargentos de entonces pegaban de firme y a mí
me tocó una buena ración. No sabía leer ni escribir, ni tenía oficio. Pero cuando
me dijeron que aprendiendo cosas podía llegar a sargento y no tendría que
volver más a cavar y a andar detrás de las mulas y el arado, ni volver a pasar
hambre... Bueno, me costó doce años, pero estoy orgulloso de ello. Y si Dios me
da salud, me he de ver con mi pensión cuando sea viejo sin tener que ir al
asilo.
Pepito, el hijo del señor
Pepe, estaba zascandileando a mi alrededor mientras preparaba mi maletín para
ir a Tetuán. Tenía que presentar las cuentas del mes y volver con el dinero
para los jornales.
-Buena juerga se va usted
a correr, ¿eh?
-No creo. No me interesan
mucho las putas de Tetuán.
-Porque no las conoce
usted. Hay para todos los gustos, con dinero, claro. Hay cada tía... Bueno, ya
me lo contará después. Pero hablando de Tetuán, mi padre me ha dicho que le
diera a usted esto. -Y me alargó un sobre con quinientas pesetas.
-Y esto, ¿para qué?
-¿Para qué va a ser? Para
lo que le pida el cuerpo.
Nos marchamos juntos
Córcoles y yo. En el camino del Zoco le conté el incidente. Se indignó:
-El hijo de zorra. Una
miseria, quinientas pesetas. ¡A mí podía habérmelas ofrecido!
En el Zoco montamos en un
camión que nos llevó hasta Tetuán. El comandante Castelo me recibió
cariñosamente y echó una ojeada al montón de papeles con la firma del capitán.
-¿Ha comprobado usted
todo?
-Sí, mi comandante.
Firmó rápidamente y me
los devolvió sin mirarlos.
-Vete al capitán cajero y
vuelve a verme antes de marcharte. -Había cambiado al tratamiento de tú.
Cobré y volví a su
despacho. El comandante tenía un plano de la carretera extendido sobre su mesa.
Me señaló un puntito negro dibujado al pie del cerro de Hámara entre las dos
líneas paralelas de la carretera.
-¿Qué es esto?
-Una vieja higuera, mi
comandante. Un árbol magnífico que nos va a costar trabajo arrancar. Yo creo
que tiene más de quinientos años.
-Hacerle un barreno y
meterle un cartucho de dinamita.
Encendió un cigarrillo y
metió la mano en un cajón de la mesa. Sacó un papel y un sobre y me los alargó:
-Bueno, ahora tómate un
descanso y diviértete un poco. Aquí tienes un pase libre por cuarenta y ocho
horas. Deja el dinero de los jornales con el cajero y vete donde te dé la gana.
Te recomiendo la casa de Luisa. Y esto es para que te diviertas.
Tetuán
Capítulo
III
Durante los primeros
veinticinco años de este siglo Marruecos no fue más que un campo de batalla, un
burdel y una taberna inmensos.
Córcoles y yo nos fuimos
juntos a la comandancia. Él iba a introducirme en la vida alegre de Tetuán.
-Vamos al Segoviano
-dijo-. La primera taberna de Tetuán. Luego iremos a casa de la Luisa. La dueña
de la casa de putas más lujosa de Tetuán.
-¿Y dónde vamos a comer?
-De eso no te preocupes;
en cualquier parte. La calle de la Luneta está llena de restaurantes. La
taberna del Segoviano se abría directamente a la calle. Entramos en ella. Desde
la puerta se extendía el largo mostrador de cinc chorreante de agua desde un
extremo a otro, con sus pilas desbordadas para lavar los vasos y su columna
central llena de grifos. Tres dependientes mantenían un concierto
ininterrumpido de cristal contra cristal, de chapoteo de patos en una charca,
de glu-glus de aire entre el cuello y la panza de las botellas, llenando vasos
con vino, vaciando los restos de los bebidos, sumergiéndolos en las pilas para
lavarlos de nuevo, volviéndolos a llenar de vino, en movimientos mecánicos,
precisos e interminables. Detrás de los dependientes y a lo largo de la pared
se extendía un vasar y sobre él desfilaba incesante una cadena de frascos
cuadrados llenos de vino en la cabeza de la hilera, allá en el fondo, vacíos en
su final. Los dependientes cazaban ágiles los frascos llenos, los vaciaban,
llenando hileras de vasos sudosos de agua, y los volvían vacíos con un empujón,
para que la cadena siguiera avanzando. En un extremo un muchacho ponía
incansable frascos llenos. En el otro, un segundo muchacho retiraba los frascos
vacíos.
A lo largo del mostrador
se empujaba, apretujándose contra el borde, una mesa de soldados chillando más
alto que el estrépito de los vasos, el borboteo del agua y el tintineo de las
monedas de cobre. Se hablaba a gritos. Más allá del mostrador, en el fondo,
reinaba una mezcolanza caótica: barriles, cajas de botellas de vino y cerveza,
damajuanas de aguardientes, banquetas con tres patas pintadas de almazarrón,
cajas de embalaje abiertas y a medio abrir volcando sus intestinos de paja,
negruzcas jarras de estaño para medir, frascos vacíos y llenos, ristras de
chorizos y salchichón colgando de las paredes y del techo. El suelo era
escurridizo por el mosto pegajoso, amasado en una pasta espesa con el polvo de
las suelas de centenares de personas. Y todo estaba cubierto de moscas,
millones de moscas cuyo zumbido se fundía en una nota única, intensa y
persistente, que daba la impresión de que cada cosa estaba vibrando. Lo único
limpio en este océano de basuras eran los vasos emergiendo incesantes del agua
corriente de las pilas. El salón olía exactamente como el aliento de un
borracho hiposo.
Córcoles me empujó a
través de la mesa de gente:
-Vamos dentro. -Y me guió
por una puerta estrecha a un segundo cuarto.
En este cuarto, oscuro,
con su puerta a la calle bloqueada por barriles y su piso de losas de piedra,
estaban diseminados, entre el laberinto de cajas, botellas, damajuanas,
barriles y pellejos de vino. Cada barril servía como una mesa, cada caja como
un asiento. Uno de los barriles servía de soporte a una bandeja enorme cargada
de chatos de manzanilla, y el otro, a un frasco grande de vino en el centro de
un círculo de vasos gruesos, llenos hasta el borde de vino tinto.
En el cuarto no había un
solo soldado. A través de la puertecilla aquella no se permitía pasar a nadie
que no fuera al menos un sargento. Así, todos aquellos grupos ruidosos se
componían de todas las categorías militares desde sargentos a comandantes. Varios
muchachos atendían a los clientes y llevaban sus bandejas de estaño cargadas de
vasos y botellas de un rincón al otro en fantásticas peregrinaciones.
El suboficial Carrasco
nos llamó desde uno de los barriles convertidos en mesa. Era un andaluz que
llevaba veinte años en África, un poco calvo, un poco panzudo, bebedor
insaciable, listaba con un teniente de Regulares y un sargento de la compartía
de telégrafos y nos invitó a que nos uniéramos a ellos.
-Qué, ¿cómo van las
cosas? -me preguntó.
-No mal del todo.
Con la punta de los dedos
me golpeó amistoso el estómago:
-No mal del todo, ¿eh?
Vas a echar una barriga como un obispo. -Les contó a sus amigos mi carrera a
grandes rasgos. El oficial de Regulares se cambió de sitio y vino a sentarse a
mi lado.
-Tiene que ser muy
interesante ese trabajo suyo. ¿Qué le parece a usted? -Y sin transición, sin
esperar mi respuesta, continuó, verboso-. Lo que usted necesita es un reloj
como este -y sacó no sé de dónde un reloj de oro de pulsera.
Un poco azorado y
creyendo que el teniente estaba borracho, cogí el reloj y lo examiné. Debía
valer sus buenas quinientas pesetas.
-Es una pieza magnífica
-le dije al devolvérselo.
-¿Le gusta?
-Mucho.
-Bueno. Quédese con él.
-¿Quién, yo?
-Sí, hombre. Quédese con
él. Me lo paga cuando quiera y como quiera.
-Pero yo no quiero un
reloj de oro -exclamé.
-¡Qué pena! Éste es un
reloj para una persona de gusto, no para esos paletos de infantería. Es un
reloj para un oficial. Garantizado por cinco años. Pero, bueno, si no lo
quiere, no vamos a regañar por eso.
Desapareció el reloj en
sus bolsillos y de otra parte sacó una estilográfica:
-Pero esto sí le va a
gustar. A propósito para usted. Cincuenta pesetas. Una verdadera
Watterman. La puede usted
pagar ahora o en plazos de cinco pesetas al mes o como quiera.
-Pero bueno, ¿usted es un
viajante de comercio, o una bisutería ambulante, o qué?
-Un poquito de todo. -Me
dio una tarjeta de negocios: «Pablo Revuelta. Teniente de Regulares. Joyería
fina de todas clases. Plazos y contado»-. Uno tiene que vivir de alguna manera.
Con esto y con la paga me las voy arreglando.
La estilográfica era
buena. Me quedé con ella por cuarenta pesetas al contado y Revuelta continuó
dándome explicaciones.
-En casa tengo de todo y
todo de primera calidad. Lo que se le antoje: un reloj de oro o unos pendientes
de diamantes para la chica. El pago como quiera. Me firma usted un contrato y
el regimiento descuenta los plazos de su paga cada mes sin que tenga que
preocuparse.-¿El regimiento? Pero las deudas están prohibidas...
-Esto no es deuda, es una
compra. Todos los regimientos en la zona aceptan mis recibos.
Cuando nos marchábamos se volvió,
confidencial:
-Si algún día se
encuentra usted en un apuro, venga a casa a verme. Se lo ofrezco como amigo.
En la calle le pregunté a
Córcoles.
-¿Qué clase de pájaro es
éste?
-Verdaderamente, no sé
como se las ha arreglado para llegar a lo que es. Un oficial de Regulares, pero
nunca en operaciones. Oficialmente tiene un cargo en la oficina de Mayoría,
pero nunca aparece por allí. Su casa es un almacén de joyería y vende a plazos
a toda la guarnición desde sargentos a generales, desde estilográficas hasta
joyas de dos mil duros. Pero éste no es un gran negocio. Tú vas allí y le
compras la joya que te guste más o lo que te dé la gana. Pero no te lo llevas y
él te paga lo que vale, menos un descuento del veinte por ciento. Es decir, si
te hace falta dinero le firmas un contrato según el cual le has comprado una
sortija por valor de mil pesetas y él te da ochocientas. Lo pagas a plazos y no
te puedes escapar de pagar, porque el regimiento acepta sus recibos y también
porque la sortija la tienes en depósito hasta que terminas, y él tiene el
derecho de perseguirte por estafa si pretendes evadir el pago.
-Pero no comprendo que
estas cosas se toleren en el ejército.
-Ta, ta, ta. Si a ese tío
le da la gana de abrir el cajón de los secretos, como él lo llama, ni los
generales se escapan del escándalo. Ochenta y cinco por ciento de la guarnición
le debe dinero. Aparte de eso, el hombre es una institución necesaria. Sin él,
la mitad de nosotros estábamos en la cárcel. Mira: como tú sabes, cada noche
armamos la partida de bacará. Un día Herrero tuvo una racha mala y perdió. El
señor Pepe le prestó quinientas pesetas; las perdió. Entonces cogió quinientas
pesetas del dinero de la cocina y las perdió también. El señor Pepe le dijo que
no le daba un céntimo más y Herrero no tenía dinero para dar de comer a los
soldados. Pidió permiso al capitán para bajar a Tetuán y volvió por la tarde
con mil pesetas. Ahora le descuenta cincuenta pesetas cada mes.
Habíamos llegado al final
de la calle de la Luneta y Córcoles dio una vuelta en redondo.
-Oye, tú, ¿dónde vamos?
-A pasear un poco -me
contestó.
-Bueno, pues vámonos de
aquí. Me gustaría ver un poco de la ciudad.
-Aquí no hay otro paseo
que éste. Después de cenar nos iremos a la Alcazaba. Pero ahora no puedes ir a
ninguna parte. Aquí ves a todo el mundo y puedes echar un trago cuando te da la
gana.
En la calle de la Luneta,
indudablemente, todo el mundo estaba haciendo lo mismo que nosotros, pasear la
calle arriba y abajo de una punta a otra, de vez en cuando entrando o saliendo
de las tabernas y bares. La calle era un hormiguero, pero uno se encontraba las
mismas caras la segunda vez que la recorría.
Todo el comercio de
propietarios europeos o judíos más o menos europeizados se encontraba en la
calle de la Luneta. Fuera de allí todo eran callejas silenciosas y solitarias.
La calle en sí comenzaba en la misma estación del ferrocarril y terminaba en la
Plaza de España. En un trecho de quinientos metros se concentraba toda la vida
de la ciudad. En el lado izquierdo se abrían las puertas del antiguo barrio
judío, y por ellas se volcaba una riada de chiquillos astrosos que acosaban
infatigables a los transeúntes, en libre competencia con innumerables
chiquillos mo-ros y cristianos igualmente haraposos.
La calle era una extraña
mezcla de colores: predominaba el caqui de los uniformes, resaltando aquí y
allá sobre su fondo la nieve de las capas blancas, los albornoces y los
pantalones bombachos de las unidades moras, los fajines rojos y azules del
Estado Mayor y unos pocos generales, con los entorchados de oro de los
ayudantes de campo, y los trajes azules de los mecánicos de los parques. Se
cruzaba uno con los moros de la montaña, escuálidos, piojosos y descalzos,
envueltos en sus chilabas haraposas, grises o color café, y con los moros ricos
de Tetuán en albornoces blancos y azules, de lana o de seda, calzados con
babuchas limpísimas de color amarillo o en cuero taraceado lleno de
policromías. Se encontraban judíos envueltos en hopalandas sucias y grandes,
mezclados con judíos cuyos caftanes eran de fina lana o fina seda y cuyas
camisas deslumhraban por su blancura. Había gitanos vendiendo cuanto es
vendible bajo el sol, mendigos de las tres razas mosconeando dioses,
limpiabotas a cientos que se amparaban de vuestros pies mientras andabais. Y
muy pocas mujeres.
Tan pocas mujeres había
en la calle de la Luneta que el paso de una de ellas, si no era vieja y gorda,
producía un murmullo que la acompañaba a lo largo de toda la calle.
Un polvo impalpable
flotaba en el aire, el polvo de innumerables e incesantes pisadas. La calle
entera se moría de sed y alimentaba incansable las tabernas de ambos lados,
siempre llenas, siempre abiertas.
Al caer la noche,
Córcoles me llevó al casino de sargentos y me inscribió como socio. El casino
consistía en un salón con divanes y sillas, un bar, y otro salón como tertulia
con unas pocas mesas de billar, unas cuantas mesitas aisladas forradas de verde
para las partidas de cartas y una enorme mesa para bacará, treinta y cuarenta y
rouge et noir. Una multitud de sargentos y suboficiales estaban jugando;
miramos el juego un rato, arriesgamos unas monedas, perdimos un poco de dinero
y nos fuimos a cenar. Córcoles planeaba el ir a casa de la Luisa.
-No te creas que todo el
mundo puede entrar allí. Sargentos sólo admiten unos pocos que ya conocen. Pero
allí yo soy alguien.
-Si te digo la verdad,
preferiría irme a dormir -dije.
-Te llevas una a la cama
y te duermes después.
-No me gustan mucho las
casas de putas para dormir.
-Y yo te digo que es el
mejor sitio donde puedes dormir, en los hoteles te dan ganas de vomitar. Están
llenos de mierda y de chinches y no puedes cerrar los ojos. Aquí pagas cinco
duros y tienes una mujer y cama limpia.
-Bueno, vamos donde
quieras, me es igual.
Cruzamos la Plaza de
España, entramos en el barrio moro y nos enfrentamos con una calleja empinada,
estrecha y retorcida, con casas bajas, la mayoría de un piso, y empedradas con
cantos de río formando ángulo hacia el centro convertido en un albanal de agua
sucia y maloliente.
-Esto es la Alcazaba
-dijo Córcoles-. Aquí están todas las putas de Tetuán.
No veía nada más que
miserables casuchas y largas tapias Manqueadas con cal, taladradas de vez en
cuando por recias puertas con gruesos clavos. Córcoles se paró ante una de
estas puertas v llamó; se abrió un ventanillo y alguien nos inspeccionó desde
dentro y abrió una puertecilla para que entráramos. Nos recibió una vieja que
nos condujo a una sala brillantemente alumbrada, sobrecargada de espejos, con
una mesa en el centro y un piano en el fondo. Dio unas palmadas y detrás de
nosotros entró un grupo de mujeres, la mayoría de ellas en una simple bata y
medio desnudas bajo ella.
Cuatro sargentos estaban
en la sala bebiendo y bromeando. La repugnancia fría que siempre me han dado
los burdeles me condujo a reunirme a ellos y evitar la invitación de las
mujeres. Charlamos, bebimos, reímos y al fin cantamos a coro metiendo un poco de
escándalo. Uno tras otro fueron desapareciendo, unos discreta, otros
ruidosamente.
Córcoles y yo nos encontramos solos, él con
una muchacha que mantenía ser de Marsella, con una voz estridente y gutural,
gruesa y pesada como una vaca. Yo aún era el centro de atracción de tres de las
chicas.
Córcoles estaba un poco
borracho ya.
-Si tú no te quieres
acostar con nadie, a mí no me quitas de acostarme con ésta -dijo, palmeando los
hombros desnudos y macizos de la francesa que sonaban a gelatina.
-Te espero aquí si no
tardas mucho, y si tardas me voy. No tengo ganas de acostarme con nadie.
Pedí una botella de vino
para matar la espera. Las muchachas me miraron despectivas y dos se marcharon;
una se quedó conmigo.
-¿No te gusto?
-No.
-¿Te aburro?
-No, quédate y bebe
conmigo.
Llenó dos vasos y me
alargó uno. Bebimos ambos. Se sentó en el sofá a mi lado:
-Déjame estar aquí un
rato. Es tan cansado esto, siempre lo mismo, el día entero. Sabes, es una vida
miserable... -Y comenzó a contarme una historia sentimental que había oído
cientos de veces. No la escuchaba.
Me aburría: bebía mi vino
a sorbos y encendía un cigarrillo tras otro. Al fin se calló.
-Te estoy aburriendo. Lo
siento.
Cerró la puerta sin ruido
y me quedé solo. Me fui al piano y me entretuve en punzar sus teclas con un
dedo. En la calleja sonaban los pasos de los transeúntes y algunas veces las
herraduras de un burro o un caballo, sonoras sobre los cantos. Una voz detrás
de mí me dijo:
-¡Pobrecito! Te han
dejado solo.
Había entrado otra de
ellas, más elegante que las otras. Llevaba un traje de noche crema de seda
espesa, que se ceñía estrechamente a su cuerpo. Podría verse que debajo estaba
desnuda y el traje la hacía más desnuda aún.
-No me quieren por flaco
-repliqué.
-Pobrecito -replicó
sentándose en el diván y mirándo-me-. ¿No te gustan nuestras chicas?
-No.
Se enderezó rígida, como
si la hubiera insultado:
-Gusto a muchos.
-No lo dudo. Contra
gustos no hay nada escrito.
-¿Es que no te gustan las
mujeres?
-Sí. -Y agregué como un
idiota-. Pero las otras.
-¡Tonterías! En la cama
todas somos iguales.
Se levantó del diván, fue
al piano y se puso a tocar. Tocaba bien, con un tacto nervioso. Golpeó un grave
y cerró la tapa con ruido. En aquel momento Córcoles entró un poco más colorado
que antes. Llenó un vaso de vino y lo apuró de un trago.
-Buena compañía tienes
-dijo.
-No está mal. ¿Nos vamos?
Intervino ella:
-¿Qué le pasa a tu amigo?
No se puede marchar así. -Se volvió burlona a mí-. ¿Con quién quieres acostarte
tú, rico?
-¿Yo? ¡Con el ama! Anda,
vámonos. La mujer se volvió a Córcoles:
-¿No sabe éste quién soy yo?
-Chica, acaba de llegar a
Tetuán. Es un paleto aún. La mujer me cogió del brazo y me empujó:
-Ven, te vas a acostar
con el ama -dijo riéndose.
Tenía el espíritu tan
cansado que no intenté resistir. ¿Qué más daba? Hay que tomar una broma como
viene. El ama sería sin duda una vieja gorda hidrópica, sentada en un sillón
con un gato en las faldas. Nos reiríamos todos. La seguí a través del laberinto
de corredores y puertas, rozándonos con putas y maricas que se volvían a
mirarnos. Entramos en una alcoba llena de pieles espléndidas, de cristales
tallados como diamantes. Cerró la puerta y yo me quedé en medio del cuarto
mirando. Nunca había visto un cuarto semejante en un burdel. Cuando me volví,
se había quitado el traje y estaba completamente desnuda:
-¿Sabes? El ama aquí soy
yo.
Se rebelaron todos mis instintos.
¡El ama era ella! Podía ser el ama de la casa, pero no iba a ser el ama de mí.
No era más que una zorra como las otras, sin más privilegio que ser su ama.
Pero yo no había ido allí a dormir con nadie, menos a someterme a nadie. Si una
mujer me hubiera gustado, lo habría aceptado y me hubiera ido a la cama con
ella. Pero no me daba la gana de aceptar que si yo le gustaba al ama, me tenía
que acostar con ella.
Luisa era muy hermosa. Me
acosté con ella. Fui actor y espectador a la vez. Como macho me sentía
completamente independiente, liberado de la hembra. La miraba con mi cerebro y
dominaba las sensaciones de mis sentidos. La miraba, la oía, la sentía, la olía,
gustaba su boca, como uno disfruta de un espectáculo. Debió sentirlo, porque
intentó arrastrarme a lo más hondo del placer y hacerse el ama de mí. Llegué en
aquella ocasión a comprender el poder del chulo, el poder del macho mentalmente
frígido sobre una mujer.
En las primeras horas de
la madrugada cenamos Luisa y yo, una cena fría en un gabinetito inmediato a la
alcoba. Muchas veces me puso su mano sobre un muslo y muchas veces mi mano tocó
los suyos. Le quemaba la piel. Cuando terminamos se sentó al piano -¿cuántos
pianos había en aquella casa?- y yo me quedé de pie detrás de ella, mirando el
revolotear de los dedos perezosos sobre las teclas. Echó hacia atrás la cabeza
contra mí y yo miré hacia abajo sobre los planos enérgicos de su barbilla
poderosa, sus pestañas largas, los rizos de sus cabellos.
En uno de sus meñiques
brillaba una esmeralda. Cuando dejó de tocar, la piedra se apagó, casi muerta,
con sólo un reflejo profundo, funeral. Tenía un rubí sangriento colgado entre
sus pechos, y cuando respiraba la piedra me lanzaba un destello a los ojos como
una señal. Dejó las manos sobre el teclado como dos pájaros muertos, volvió la
cabeza y se recostó más pesadamente sobre mí.
-¿Tú sabes que soy judía?
Mi nombre verdadero es Miriam. Mi padre es platero. Cincela la plata con un
martillo pequeñito. Mi abuelo era platero y el suyo también. Mis dedos son la
herencia de generaciones de hombres que han manejado y tocado el oro y la plata.
-Se acarició el rubí y la esmeralda con la yema de los dedos, cruzando sus
manos sobre los pechos como en un gesto de súplica o de pudor-. Y piedras.
Ahora ya no hay oro. En casa el padre conserva sus monedas de oro, unas monedas
muy viejas, envueltas en un viejo paño de seda juntas con una gran llave
roñosa. Al abuelo le echaron de España, le echaron de lo que vosotros llamáis
la Imperial Toledo y se vino aquí con sus monedas y su llave. Cuando la llave
vuelva a su antigua cerradura, las viejas monedas se cambiarán por moneda
nueva. Padre sueña con ir a Toledo. Dicen que es una ciudad de calles muy
estrechas y allí tenemos nosotros una casa construida en piedra. Porque me han
contado que todas las casas que una vez fueron de los judíos existen aún en Toledo.
¿Has visto tú Toledo?
No aguardó por mi respuesta y continuó:
-Mientras tanto nos
moríamos de hambre. Padre martilleaba su plata y yo me iba a mendigar a la
Luneta, aquí en Tetuán.
Se calló y acarició el
teclado. Echó la cabeza atrás otra vez y se rió con la risa estridente y seca
de un borracho o de una mujer histérica.
-¡Oro! ¿Sabes que yo soy
tal vez la mujer más rica de Tetuán? Tengo miles y miles, tal vez un millón.
Todo mío. De Miriam, la judía.
Se levantó y se volvió
hacia mí, cara a cara:
-¿Tú quieres dinero?
¿Mucho dinero?
-Yo, no. ¿Para qué?
-Estaba cansado y somnoliento. «¿Es que aquí en África nadie piensa más que en
dinero?», me pregunté yo mismo aburrido.
-Tienes razón. ¿Para qué?
Dejó caer las manos sobre
las teclas y las hizo sonar en un cascabeleo de notas.
-Pide café, ¿quieres? -le
dije.
-¿Me quieres? ¿Te gusto?
-preguntó acercando su cara a la mía.
-No te quiero. Me gustas.
Se le contrajo la cara con rabia.
-¿Por qué dices que no me
quieres? Todos dicen que me quieren. Todos están dispuestos a hacer lo que yo
diga. Son mis esclavos todos y yo soy el ama. Y tú no. ¿Por qué?
-Pues, porque no. Muy
simple.
-¿No dices que te gusto?
-Sí.
-Entonces, bien, ¿te
pegarías por mí? ¿Le matarías a uno a puñaladas por mí?
-No. ¿Por qué? No seas
ridicula. ¿Por qué tenía yo que matar a alguien por el capricho de esta mujer?
Se rió blandamente y se
me quedó mirando. Después de una larga pausa dijo:
-Tiene gracia -y se
marchó de la habitación.
Poco después, uno de los
homosexuales que hacían de sirvientes en la casa trajo café y coñac. Dejé
disolver el azúcar en mi taza, con un sentimiento de irrealidad en el fondo de
mi pensamiento, como si estuviera leyendo una novela francesa picara y barata.
Cuando Luisa volvió,
llevaba puesto de nuevo el traje pesado de seda crema sobre la piel dorada. Sus
ojos tenían una mirada ausente. Andaba rítmica y majestuosa, como la Reina de
Saba, con un fruncir desdeñoso de su boca. Me la imaginé de repente en una serie
de imágenes furtivas, como una niña judía harapienta vagabundeando en las
calles de Tetuán, frotándose contra los pantalones inmaculados de los
oficiales, pisando los albornoces de seda de los notables moros, escupiendo las
hopalandas de seda de los banqueros judíos, agria y vengativa. Podía sentir
ahora su odio rencoroso vivo aún. Por un momento tuve miedo y quise marcharme,
pero ella dijo:
-Dame coñac. Creo que
quiero emborracharme hoy.
-¿Te sientes trágica? -le
dije, llenando el vaso.
Cogió el vaso y lo miró a
contraluz. Lo llevó lentamente a su boca y se detuvo, cuando casi tocaba sus
labios.
-¿Trágica, yo? Chiquillo,
tú no sabes lo que te dices. La tragedia la hacen otros para que yo me
divierta.
Accionaba como una actriz
perfecta. Y así, la cara se le cambió de repente en un gesto de locura violenta
y llamó al timbre. El homosexual que había traído el café apareció
instantáneamente.
-¿Ha venido ése?
-No, Luisa, no es su hora aún. Tienes tiempo
de sobra.
-¿Tiempo para qué?
El marica tartamudeó
temblón:
-Para nada..., para
nada...
Luisa saltó sobre él y le
sacudió furiosamente. Temblaba entre sus manos y parecía que de un momento a
otro iba a estallar en sollozos como un chiquillo asustado.
-¿Para qué? ¿Tiempo para
qué? -le chilló furiosa.
-Yo creía que querías
estar sola para..., por un rato..., hasta que él viniera. Le empujó fuera
violenta y echó el cerrojo a la puerta.
-Si se atreviera, ése,
como los otros, me matarían. Les falta coraje. Son cobardes, todos. Ésos por
maricas y los otros igual. Todos los hombres son cobardes asquerosos.
Se quedó mirando
insultante mi cara. Saqué un cigarrillo del bolsillo, deliberadamente, y lo
encendí, mientras le miraba los ojos. ¿No los tenía un poco dilatados? ¿Estaba
loca aquella mujer?
-¡Tú también eres un
cobarde como los demás! Y rápidamente levantó la mano para abofetearme. Se la
cogí en el aire y le retorcí los dedos en una torsión de jiu-jitsu. Se mordió
los labios para no gritar. Aumenté la torsión, fría, deliberadamente, sintiendo
el placer salvaje de hacer daño. Cayó sobre las rodillas y al fin chilló,
intentando a la vez morder mi mano con sus dientes agudos. Le golpeé los
dientes con su propia mano. Cuando la solté, se quedó en el suelo, en un
montón, y se mordió furiosa un brazo. Bebí un poco de café, alerta a su próxima
reacción. Se levantó, llenó otro vaso de coñac, se lo bebió de un golpe y se me
quedó mirando con ojos profundos, amansados, de los que la locura se había ido.
Así, dijo despacio:
-Eres muy bruto. Me has
hecho daño.
-Lo sé. No me gusta pegar
a las mujeres, pero no dejo que las mujeres me peguen a mí. Tú querías cruzarme
la cara y es mejor que no lo hayas hecho. Sufrió un nuevo cambio:
-¿Qué hubieras hecho, di?
¿Te hubieras atrevido a pegarme? -Se golpeó el pecho, haciendo saltar asustado
el rubí.
-¿Pegarte? No. Lo único
que hubiera hecho es escupirte a la cara y marcharme.
-Hubiera sido capaz de
matarte -dijo después de un silencio-. Mejor que me pegaras. ¿Sabes que a veces
me gusta que me peguen?
-Para eso te buscas un
chulo. Yo no sirvo.
Durante los últimos
momentos de esta discusión se había producido una conmoción insólita en el
burdel. En este momento alguien llamó a la puerta y Luisa abrió. El homosexual
volvió a aparecer con los ojos llenos de miedo. Susurró algo casi a la oreja de
Luisa, y ésta dijo:
-Ahora bajo, en un
momento.
Me sentía cansadísimo.
Sentía los párpados pesados como plomo después de la cena. Me bebí otro vaso de
coñac. Hubiera querido marcharme, pero me invadía una pereza enorme ante la
perspectiva de bajar a la ciudad a aquella hora de la noche en busca de un hotel.
Me quedaría allí, solo, en una de las alcobas, y dormiría. Volvió Luisa:
-Ven. Han venido algunos
amigos y quiero presentarte.
Me llevó a la sala
reservada para los oficiales. El cuarto estaba lleno de mujeres riendo y
alborotando, la mesa cargada de botellas y vasos. Luisa, colgada de mi brazo,
me arrastró al borde de la mesa. Oficiales y prostitutas nos dejaron pasar y
todo quedó en silencio. Luisa se detuvo delante del general.
-Mi novio -le dijo.
Cogido de sorpresa, tartamudeé ridiculamente,
bajo su mirada:
-A sus órdenes, mi
general.
El general, con la cara
roja de repente, se enderezó:
-Nada, nada, muchacho.
Aquí no hay generales. En esta casa todos somos iguales tan pronto como se
cierra la puerta. Beba usted algo, sargento. -Y volvió a sentarse, casi
dejándose caer en la butaca.
En una voz muy baja, como
si se lo dijera a sí mismo, exclamó:
-¡Esta chica, esta chica!
Un oficial de Regulares
se me quedó mirando fijo. Instintivamente me puse firme.
-¿Conque usted es el
capricho de Luisa, eh? Debí reírme con una risa estúpida:
-Es una broma de ella, mi
capitán. -¿Era un capitán? Los pliegues del albornoz cubrían la insignia.
Me arrastró gentilmente
fuera de la mesa y me dijo en voz baja:
-¿Se da usted cuenta que
ha insultado al general?
-¿Yo? ¿Por qué?
-¡Caray! ¿No lo sabe? ¿De
dónde sale usted?
-He venido hoy del campo
y nunca había estado en Tetuán. Fui allí directamente desde Ceuta y aquí no conozco
a nadie.
-Pero, hombre de Dios...
Luisa es el ojito derecho del viejo esta jugarreta se la paga usted. Ande,
desaparezca de aquí antes que nadie le pregunte su nombre.
Pero el general se había
levantado:
-Vamonos, señores -dijo.
Al pasar acarició la
barbilla de Luisa. Los oficiales se marcharon tras él, escoltándole. Sobre la
mesa quedaban aún muchas botellas llenas. Mientras el pataleo del grupo
resonaba aún en el corredor, Luisa se volvió a mí y se echó a reír. Hubiera
cogido a aquella mujer por la garganta que se hinchaba espasmódica con la risa,
y le hubiera estrellado la cabeza contra la pared. Me marché a la calle sin que
nadie me detuviera. Preguntando me fui al casino de sargentos. Eran las cuatro
de la mañana. Córcoles estaba jugando bacará. Se levantó al verme.
-Oye, ¿es verdad que te
has acostado con la Luisa?
Se interrumpió el juego y
todos se me quedaron mirando curiosos:
-Sí, ¿y qué pasa? Vamonos
a dormir.
-Espera un momento a que
acabemos esta baraja.
Me senté en uno de los
divanes y me dormí. Desperté allí cuando la mañana estaba ya bien avanzada.
Unos soldados estaban barriendo la sala. Me marché a la calle en busca de un
café o de algo que me reanimara. Todos los sargentos que me iban encontrando en
la calle parecían conocerme de toda la vida:
-¿Es verdad que te has
acostado con la Luisa? -preguntaban.
La
higuera
Capítulo
IV
Un barreno no es más que
un agujero en la roca, un tubo ahuecado por la punta triangular de una barra de
acero que va entrando en la piedra a golpes de martillo. En el fondo de este
túnel perforado en la entraña de granito se pone un cartucho de dinamita, un
fulminante y una mecha. Rellenáis el resto del tubo con tierra apisonada
fuertemente; encendéis la mecha y la dinamita explota: la piedra se abre como
un fruto maduro que reventara salpicando con su jugo.
-¿Qué es esta mota, aquí?
-había preguntado el comandante.
-Una vieja higuera -le
había respondido yo.
-Un barreno y un cartucho
de dinamita.
Y ahora, Jiménez, un
minero de Asturias, junto con dos soldados, está haciendo un barreno en el
corazón de la higuera. Jiménez blasfema porque a cada golpe la barra de acero
se clava en la raíz y él tiene que arrancar la barra, retorcerla y aguantar el
segundo golpe, para que otra vez el acero muerda la madera.
-¡Leche!, es más fácil
hacer un agujero en granito. Los soldados se ríen:
-Pero si esto es manteca.
Para ellos el trabajo no
es duro; golpean suavemente porque un golpe de lleno hundiría la barra como un
clavo en la madera jugosa. Pero Jiménez, que tiene que retorcer y arrancar la
barra tras cada golpe, suda. Los otros aguardan a que termine, descansando
sobre los largos mangos de los machos.
Estaba sentado sobre una
de las raíces de la higuera y los golpes vibraban dentro de mí como una queja.
Me daba lástima el viejo árbol y hubiera querido salvarlo.
En la lejanía se formó un
grupo sobre la pista. Jiménez y los soldados interrumpieron su faena y miraron:
-Tenemos visita -dijeron.
El grupo marchaba lento a
lo largo del desmonte, deteniéndose acá y allá.
-¿Cómo van las cosas? -me
preguntó el comandante cuando llegó a nosotros.
-Muy despacio, mi
comandante. Es muy difícil taladrar la madera. El barreno se agarra. El
comandante golpeó el tronco con su látigo:
-Un buen árbol. Lástima
que tengamos que arrancarlo. Bueno, véngase con nosotros. Vamos a ver cómo
tendemos el puente sobre el barranco.
Nos fuimos juntos cerro
arriba. Nos perseguía el ruido intermitente de los martillazos, sordo y cada
vez más lejano, como una queja, como si fueran las propias entrañas de la
tierra y no las del árbol las heridas a cada golpe.
Se me ocurrió la idea en
la tienda del capitán mientras estudiaba el ferroprusiato de la pista.
Estábamos discutiendo qué anchura habíamos de dar a una curva para que pudieran
pasar uniones de diez toneladas. La higuera seguía siendo una mota sobre el papel,
un diminuto manojo de rayitas blancas sobre el fondo azul.
-Ya está -dije-. Aquí hay
agua.
El comandante me miró
asombrado:
-Caramba, ¿qué le pasa a
usted?
-Perdone, mi comandante. Estaba pensando en la
higuera. No hay necesidad de destruirla.
-¿Qué otra cosa va usted
a hacer? ¿Quiere usted un puente para pasar por encima?
-No, señor. Algo mejor.
Una fuente.
-Bueno, bueno. Bébase
algo; bébase una cerveza y sigamos.
-Pero estoy seguro de que
aquí hay agua, mi comandante.
-Vino, vino, muchacho; no
beba agua, que da las palúdicas.
El comandante encendió un
cigarrillo y se me quedó mirando de arriba abajo. Debí ponerme terriblemente
colorado.
-Bueno, cuéntenos su
historia de la fuente y de la higuera.
El capitán se echó a reír
y a guiñar sus ojillos bizcos. Le hubiera dado de bofetadas. Vergonzoso,
comencé a explicar:
-Yo creo que aquí, al
final de la barrancada, hay agua a flor de tierra. Hay un rincón que siempre
está húmedo y cubierto de hierba y palmitos. Si encontramos la vena, podemos
hacer una fuente; y así podría construir un pilón para beber los caballos y ensanchar
un poco la pista para formar una plaza alrededor de la higuera. Al fin y al
cabo, desde Tetuán hasta aquí no se encuentra agua en ninguna parte sin salirse
del camino. Si me da usted permiso, hacemos una zanja en busca del agua. Total,
no son más que unos golpes de pico. El comandante se quedó pensando un momento
y dijo:
-Bueno, inténtelo.
Siempre nos queda tiempo de volar la higuera.
Cuando volví al lado del
árbol después de haberse ido el comandante, Jiménez blasfemaba más furioso que
nunca. Cuanto más profundo penetraba el barreno, más fuertemente se agarraban
las raíces esponjosas a la punta triangular que ahora brillaba como plata.
-Dejad eso, ya no volamos
la higuera.
Orgullosamente, les
expliqué mi idea a los tres. En seguida formamos una cuadrilla de moros que
comenzaron a cavar al pie del cerro. Al poco rato la tierra rezumaba y
comenzamos a explorar en busca de la vena de agua. Aquella tarde la
encontramos, y al anochecer quedó allí un arroyuelo que serpenteaba a través
del tajo yendo a inundar las raíces de la higuera.
«Y ahora, madre -escribía
yo en mi carta-, hemos puesto un tubo de hierro y sale un chorro tan grueso
como mi brazo. Vamos a hacer un pilón para que beban los caballos y una plaza
alrededor de la higuera.»
El tubo de hierro existía
sólo en mi imaginación. Pero yo no le podía contar a mi madre que el manantial
estaba allí vertiendo agua día y noche, encharcando la tierra e inundándola,
sin que nadie se preocupara.
Porque la historia de la
higuera constituía el tema de la carta de mi madre. Le había prometido una
carta al menos cada semana, y Dios sólo sabe el trabajo que me costaba escribir
y encontrar algo que decir. En aquella carta el sujeto era la higuera, «mi
higuera», y naturalmente la historia tenía que tener un final feliz: un caño de
hierro fundido y un pilón de piedra y cemento. Una multitud de caballos
bebiendo con toda la sed de África. Nosotros tampoco pasaríamos más sed.
Había otra razón también:
mi madre era una mujer simple con conocimientos escasos. Leía con trabajo y
escribía mucho más trabajosamente aún. Tenía ya sesenta y cuatro años y el
trabajo y las penas la habían desgastado. África era para ella una pesadilla horrible,
un desierto con unas pocas palmeras solitarias, donde los soldaditos españoles
eran asesinados despiadadamente. Mis descripciones nunca la convencían. ¿Cómo
podía creer que Ceuta no era ni más ni menos que un pueblo andaluz al otro lado
del estrecho? Su mente estaba atiborrada con una mezcolanza de historias y
tradiciones: piratas berberiscos, cautivos redimidos por frailes de la Merced,
esclavos a bordo de una galera, remando incansables bajo el látigo del cómitre
moro que se pasea arriba y abajo entre los blancos de forzados.
¡Oh, sí! Ella nunca decía
estas cosas; la gente se reiría de ella. Lo pensaba a solas. Su cerebro estaba
lleno de historias de viejos libros que ella había leído de joven, en voz alta,
junto al hogar de la casona del pueblo.
Yo mismo, cuando era un
muchacho, solía leerle en las tardes La cabaña del tío Tom y ella nunca se
cansaba de escuchar. Había conocido aun los esclavos negros. Me contaba
historias de la guerra de Cuba, historias terribles llenas de cadáveres de
españoles que habían sido macheteados o morían de la peste bubónica y del
vómito negro. Todos estos horrores los trasplantaba al África desierta. La
travesía de Algeciras a Ceuta suponía para ella atravesar el océano,
enfrentándose con el mar embravecido, arriesgando el ser destrozado contra las
rocas de la costa.
Pero aquella carta -lo
sentía entonces y lo supe después -por cierto-, la carta con la historia del
manantial y de la higuera, mi madre la conservó entre sus viejos papeles. La
releyó infinitas veces, sus gafas balanceándose en la punta de su nariz, envolviéndose
en la frescura del viejo árbol y el caño de hierro cantarín que vertía su agua
en el pilón profundo donde los caballos bebían ansiosos.
Pusimos una tubería de
cinc encauzando el manantial. Hicimos un pilón circular con piedras y cemento.
Los moros hacían allí sus abluciones de la mañana; me saludaban:
-Salaam aleicum.
-Aleicum
salaam.
Un día, un soldado que
estaba picando tierra en la pista gritó: un escorpión había clavado un aguijón
en la planta de su pie a través de la suela de cáñamo de sus alpargatas. Había
muchos escorpiones negros, de unos doce centímetros de largo, ocultos bajo la
superficie de la tierra, que se volvían furiosos cuando se les molestaba. El
pie del soldado comenzó a hincharse casi instantáneamente. Le llevamos a la
posición y pedí al sanitario de la compañía, un muchacho de Cáceres sordo como
una tapia, que me trajera el estuche de cirugía de urgencia. Me alargó una caja
llena de instrumentos completamente oxidados.
-¿Qué diablos es esto?
-le dije.
-El estuche de cirugía.
Aquí nadie usa eso. Pero no me diga usted que falta nada.
Abrí la herida del
soldado con una cuchilla de afeitar, la lavé a fondo; después cogí aparte al
Sordo, como todos le llamábamos, y le dije:
-¿Quién te ha hecho a ti
sanitario?
-Pues, sabe usted, como
soy sordo, pues me pusieron aquí y me dijeron que tuviera cuidado de las cosas.
No falta nada, mi sargento.
-Pero ¿a ti no te han
enseñado que los instrumentos tienen que estar limpios?
-No, señor. Aquí nadie
los usa. Si alguno se hace algo, pues se le echa un chorro de yodo y ya está.
-Pero ¿quién te ha hecho
a ti sanitario?
-¿Eh?
-¿Que quién te ha hecho
sanitario?
-Pues, el capitán. Decía
que no servía para nada, como soy sordo.
-Si eres sordo, ¿por qué
estás en el cuartel? Los sordos son inútiles.
-Sí, señor. Pero dicen
que no soy sordo. El médico de mi pueblo dijo que yo no era sordo. Todo ha sido
por las décimas, ¿sabe?
-¿Por las décimas...?
-Bueno, verá usted:
cuando un pueblo es muy pequeño y hay en él pocos mozos, que no son bastantes
para mandar un soldado, pues juntan este pueblo con otro y entre los dos
pueblos, pues, siempre hay bastante para dar un soldado al cuartel. Y esto es
lo que pasó en mi pueblo. En el pueblo de al lado, al que le tocaba ser soldado
era el hijo del cacique, y en mi pueblo, yo. Debíamos de haber sorteado a ver
cuál iba, pero como yo soy sordo, el hijo del cacique tenía que ir de todas
maneras. Así que vino el médico y dijo que yo no era sordo y que el hijo del
cacique estaba tísico. Y aquí me trajeron. Y aquí, pues, me hicieron sanitario,
porque como soy sordo..., pues, usted comprende.
Me hice cargo del
botiquín. Cuando era muchacho había aprendido algo de medicina y cirugía por
pura afición. Enseñé al Sordo cómo tener limpios los instrumentos. Al cabo de
unas semanas habían disminuido notablemente los casos de infección tan
frecuentes por arañazos y pequeñas heridas que en aquel clima se infectaban
horriblemente en pocas horas; y así, una tarde Manzanares entró en nuestra
tienda cuando acababa de regresar de la pista:
-Tenemos visita -dijo-.
Un morazo viejo y cuatro fulanos con fusiles. El viejo se ha metido en la
tienda del capitán y está discutiendo con él. Es el jefe de la kábila del otro
lado del barranco y no me gusta un pelo su cara.
Al poco rato me llamó el
capitán. Tenía la inseparable botella de coñac sobre la mesa y la cara mucho
más roja de lo que solía ponérsela el alcohol:
-En buen lío nos ha
metido usted, Barea. Entiéndaselas usted con el fulano éste.
Me señaló a un moro con
una amplia barba blanca, erecto y fuerte como una torre. El moro comenzó a
hablar, rítmicamente, como si estuviera rezando:
-Mi hijo mío estar malo.
Muy malo. Su tripa estar dura, muy dura. Tener mucho calor y mucho ruido en
cabeza. Yo venir por ti, el sargento doctor; tú venir conmigo y nada pasar. Yo
deja aquí cuatro moros con fusila. Si algo pasa a ti, capitán puede matar a
todos.
-Bueno, señor
«Matasanos», apáñeselas como pueda.
Discutí con el moro: yo
no era un médico y no podía hacerme responsable de curar a su hijo. Debía ir al
Zoco del Arbaa y pedir un médico allí en el hospital. Incansable y monótono, el
moro insistía. Negarse suponía que aquella noche íbamos a andar a tiros.
-Bueno -dije al fin-, me
voy a ir contigo y voy a ver a tu hijo. Haré lo que pueda y mañana pediré un
doctor al Zoco. -«Si quiere venir», dije para mí.
-Tú vienes y tú curas a
él. Nada pasa a ti. Yo promesa.
-Sí, ¿verdad? Y si se
muere, ¿qué pasa? -le pregunté irritado.
-La voluntad de Alá es
única.
-Haga usted lo que le dé
la gana -dijo el capitán-. Pero yo me lavo las manos. Si algo pasa, yo no sé
nada. Usted va sin yo saberlo.
Le dije a Manzanares que
viniera conmigo y tomé varias cosas del botiquín. Por lo que el viejo contaba,
el hijo debía haber comido demasiados higos, o tenía un ataque de malaria, o
alguna cosa parecida. Manzanares cargó cuidadosamente una pistola:
-Yo voy, pero al primero
que me ponga mala cara le suelto un tiro.
La kábila estaba entre las
cadenas de cerros a lo largo de los cuales estábamos construyendo la pista y
las montañas de granito que se extienden a lo largo de la costa. En realidad,
no era más que uno de los aduares de una gran kábila que se extiende a lo largo
de cincuenta kilómetros desde los montes de Tetuán a las montañas de Xauen. En
teoría la kábila era una kábila amiga, pero en la práctica, la amistad de sus
notables estaba en estrecha relación con la proximidad de las fuerzas
españolas. Alrededor de Tetuán eran amigos íntimos y cobraban un subsidio del
gobierno español. En la región de Hámara, estaban en guerra, una guerra de
emboscadas y tiros sueltos. En la región de Xauen luchaban abiertamente al lado
de los montañeses.
La kábila consistía en un
grupo de cabañas de paja y unas pocas casas de adobe encaladas, en una de las
cuales encontramos al enfermo. Estaba sobre un jergón de paja, envuelto en unas
viejas mantas de soldado y rodeado de una muchedumbre de vecinos fumando kiffi
y discutiendo a gritos sin hacer caso de la letanía monótona del enfermo:
«¡Ay..., maa! ¡Ay..., maa!».
Tenía el vientre duro
como un tambor, una fiebre de caballo y se quejaba de dolor de cabeza
intolerable, pero yo estaba convencido de que lo único que tenía era una
indigestión de cuscús. A pesar de ello, no me atrevía a prescribir el más
simple tratamiento que me parecía razonable y le dije al padre que le enviaría
un doctor a la mañana siguiente:
-Pero ¿qué medicina le
vas a dar ahora? -me preguntó, mirando a la caja de instrumentos quirúrgicos y
a las botellas que Manzanares había extendido sobre una mesita baja.
Tenía que hacer algo. La
quinina no le iba a hacer daño, ya que tenía fiebre, y un vaso de aceite de
ricino le ayudaría. Me decidí en favor de ambas cosas. El enfermo se dejó poner
una inyección de quinina, aunque quejándose lastimero. Después le di el aceite
de ricino. Lo probó y comenzó a bebérselo despacio a sorbitos. Me estaba dando
náusea verle y le obligué a que se lo bebiera de prisa. Cuando me devolvió la
taza vacía pidió más. Me negué.
El padre nos invitó a
tomar té con él. Por primera vez bebí un verdadero té marroquí con hojas de
hierbabuena flotando en él y todo el ritual de un moro notable. Y por primera
vez fumé kiffi. Cuando decidimos marcharnos, Manzanares fue a recoger el botiquín
al cuarto del enfermo; volvió inmediatamente con cara de susto:
-Se ha bebido todo el
aceite de ricino.
El enfermo había
convencido a uno de los innumerables chiquillos que le diera la botella y se la
habían bebido juntos, aunque al chico no debía haberle gustado a juzgar por su
cara llena de lágrimas y de churretones aceitosos. La botella de litro estaba mediada.
Provoqué una escena y
grité al padre que si pasaba algo era de su responsabilidad, pero no le dio
mucha importancia; tenía la antigua y primitiva idea de que nunca es mucho si
la medicina es buena.
A la mañana siguiente, el
viejo llegó a nuestra posición antes de que bajáramos al trabajo. Me eché a
temblar cuando le vi. Pero estaba más que contento y se empeñó en darme todos
los detalles exactos de la prodigiosa purga que había salvado a su hijo. Después
me preguntó qué podía hacer, porque el enfermo se había quedado muy débil. Con
la mayor seriedad le dije que no tenían que darle comida alguna y sólo una taza
de leche cada dos horas. Dos días más tarde, el viejo nos visitaba de nuevo,
seguido por cuatro mujeres cargadas con frutas y huevos y cuatro gallinas
atadas por las patas en un manojo. Parece que el viejo moro me consideraba como
su mejor amigo y no sólo yo, sino toda la posición era en adelante inviolable
para los miembros de la kábila.
El mismo viejo, Sidi
Jussef, venía a veces a buscarme al pie de la higuera y charlaba durante horas;
frecuentemente me invitaba a tomar té en su casa. El capitán insistió un día,
bastante borracho, en que el moro tenía que beber coñac con él y nos colocó a
todos en una situación difícil y ridicula. Sidi Jussef se negó a beber y yo me
quedé temiendo que un día el capitán se encontrara una bala perdida, sin saber
de dónde, por insulto religioso. Pero nunca se alejaba mucho de la posición sin
compañías; no le pasó nada, con la excepción de que perdió completamente el
respeto entre los trabajadores moros, la mayoría de los cuales procedían de la
kábila de Sidi Jussef.
Por aquellos días
estábamos trazando el camino que iba a seguir la pista en su descenso al valle
de Charca-Xeruta. Me iba en las mañanas con una docena de soldados y tres o
cuatro mulas llevando instrumentos y comida y descendíamos al valle,
desarmados, aunque hubiera sido bien fácil matarnos a todos y robarnos las
preciadas mulas. Pero Sidi Jussef nos había pedido que no lleváramos armas en
estas excursiones.
-A veces los moros de las
montañas bajan aquí -me había dicho-. Si os ven llevando armas os van a hacer
una emboscada. Nosotros nos encargaremos de que no os pase nada.
Y nada nos pasó, con la
excepción de que ocasionalmente veíamos a lo lejos, en la cresta de un cerro,
la silueta de un moro y su fusil.
En el calor asfixiante de
una tarde, después de la comida, Sidi Jussef se enfrascó en una conversación
conmigo, una conversación que no puedo recordar cómo surgió.
-Los españoles son malos
conquistadores -dijo-, pero son buenos colonizadores. El español tiene una
adaptabilidad peculiar. Puede adoptar todas las características del mundo que le
rodea y sin embargo mantener su personalidad intacta. La consecuencia es que a
la larga absorbe el pueblo que ha invadido.
Se interrumpió y miró mi
cara sorprendida, porque aunque a veces habíamos discutido las divergencias y
afinidades entre españoles y árabes, Sidi Jussef nunca había expresado su
opinión sobre los españoles en una forma tan dogmática.
-Mira la historia de la
conquista de América: los conquistadores fueron igual que los soldados que hay
ahora aquí: aventureros, desesperados, ladrones, borrachos y mujeriegos.
Conquistan matando y corrompiendo. ¿Qué otra cosa hacen que usar la fuerza bruta,
el soborno o la hipocresía política, los mismos medios que usaron Cortés o
Pizarro, que soñaban con oro y nobleza, con riqueza y fama? La conquista
militar de América es una vergüenza para España, pero su colonización es su
gloria. Todas las gentes miserables que fueron allí y echaron raíces
mezclándose con los indios, teniendo hijos y repoblando la tierra, fueron los
verdaderos conquistadores de América. No fueron las colonias españolas las que
se rebelaron contra España, sino los españoles de América los que se rebelaron
contra su viejo país. Sí, les ayudaron los mestizos y los indios, pero cada
revolución americana ha tenido un español a su cabeza...
Le conté esta
conversación a Córcoles, porque me había impresionado que aquel moro conociera
la historia de España mucho más profundamente que la mayoría de los españoles.
Córcoles se encogió de hombros:
-Dicen que Sidi Jussef es
un español que hace muchos años se escapó del penal de Ceuta. No me extrañaría
que fuera verdad. Mi padre fue un oficial de prisioneros y ha conocido muchos
presidiarios que se escaparon, o a quienes se puso en libertad, que se fueron
con los moros. La mayoría de ellos llegaron a jefes de kábila... pero, me
parece que tú estás tomando Marruecos muy en serio.
-Hombre, me interesa.
Aquí podríamos hacer una obra grande. Si no fuéramos tan bárbaros como somos...
-Mira, no tomes las cosas
así. Esto es justamente un negocio.
-Conformes. Es un
negocio. Matamos moros y los moros nos matan a nosotros. ¿A ti no te importa?
-No. Si me matan, mala
suerte; si no, en unos cuantos años me hago rico.
-Sí, las riquezas que tú
hagas...
-¿Por qué no? Justamente ahora se va a
licenciar el suboficial Pedrajas. Después de veinte años de servicio tiene el
ochenta por ciento de la paga como pensión. Tiene tres o cuatro cruces
pensionadas, aunque nunca ha estado en el frente; y tiene 150.000 pesetas en el
banco, y una casa, una verdadera casa, en su pueblo. Y no creas que se ha
privado de nada en todo este tiempo, ni vino, ni mujeres, ni un billete de mil
pesetas en una banca de bacará. En los ocho años que ha sido subayudante del
regimiento, rico.
-¿Y cómo se ha hecho
rico?
-Robando. Robando grano
de los caballos, garbanzos y ropa de los soldados y hasta las lámparas
eléctricas del cuartel. Robando hasta escobas para barrer la cuadra.
-Ah, sí; y me puedo
imaginar cuántos soldados han caído enfermos por no tener la manta que él había
robado. ¿Y eso a ti te da lo mismo?
-No. No me da igual. He
sido soldado y he dormido con una manta que tenía más años de servicio que el
general Sanjurjo. Pero yo no puedo cambiar las cosas. Aquí, o comes o te comen;
no hay otra solución. Naturalmente, ha habido gentes que han querido enderezar
las cosas, pero todos han fracasado. Y lo peor es que si no robas, es lo mismo;
te lo dan por hecho.
-Un día se rebelarán los
soldados, como pasó en Madrid y Barcelona el año nueve. O los moros.
-¿Los soldados? ¡Quia! Se
puede insurreccionar uno u otro; los fusilan y en paz. ¿Los moros? Los notables
están comprados y nosotros somos los que tenemos los cañones y las
ametralladoras. No le des vueltas en la cabeza a estos problemas; no los
resuelves. Y en cuanto a los moros, no te hagas muy amigo de ellos. No hay más
que una forma de tratar a los moros si quieres que te respeten, y es a palo
limpio. Y encima más palos. Tan pronto como ven que te has ablandado, te has
caído. Es a lo que están acostumbrados. El mejor jefe es para ellos el que pega
más fuerte. Hay que tratarlos firme. Vente mañana al zoco conmigo; es día de
zoco y voy de compras. Vas a ver cómo hay que tratar esa gentuza. Yo nací en
Ceuta y he conocido los moros desde que andaba a gatas. Vente mañana.
-Bueno. Le diré a Julián
que haga mis veces. Vamos a ver tus talentos como un sargento de este ejército
pacificador y colonizador.
-¿Sin chuflas, eh? ¿Te
has creído que soy un misionero?
El
blocao
Capítulo
V
En cualquier parte en
Marruecos -al menos en el Marruecos de los moros- os encontráis siempre cerca
de un zoco. Un zoco no es nada más que un mercado al aire libre. Casi siempre
se le llama por el día de la semana en que se celebra y el sitio donde está
emplazado: el Zoco de Jemis de Beni-Arós, el Zoco de Arbas de Tlazta, etcétera.
Antes de amanecer,
comienzan a llegar a través de las veredas de la montaña las mujeres cargadas
como bestias y tras ellas sus amos y señores, caballeros en sus burros. A
veces, el burro va también cargado con un carnero, o una cabra, atadas las
patas y atravesado sobre su lomo o con un atado de gallinas, pendientes de sus
patas, las cabezas balanceantes empinándose en espasmos; porque los moros nunca
venden carne muerta. Al amanecer, el sitio destinado al mercado está lleno con
vendedores que a la vez son compradores potenciales.
Córcoles y yo fuimos al
Zoco del Arbaa acompañados de cuatro soldados y tres mulos. Ibamos a comprar
carne fresca, huevos y fruta para toda la compañía. Cuando llegamos, a las
nueve de la mañana, el zoco estaba en su apogeo.
-La carne la compraremos
lo último -dijo Córcoles-. Algunas veces se llena de gusanos en media hora.
Además, cuanto más tarde, más barata.
Zascandileamos de un lado
a otro curiosos y nos detuvimos en el corro de un encantador de serpientes.
Escuchamos su historia, interminable como siempre, y huimos cuando comenzó sus
trucos, porque nos daban ganas de vomitar ver al moro meterse un reptil por la
nariz y sacarlo por la boca.
Nunca he podido resistir
la tentación de los puestos de cosas viejas, y allí había uno que me fascinaba
particularmente: papeles de cocina amarillos, pintarrajeados de rameados verdes
y rojos chillones, extendidos sobre el suelo. Cajas de velas inglesas y de
jabón marsellés. Dos viejas lámparas de petróleo. Cartuchos de perdigones para
todos los calibres imaginables, revueltos en un montón. Una cesta de huevos.
Cinco gallinas atadas a un poste. Un revólver roñoso, con el gatillo roto y
seis cartuchos dispares colocados alrededor de él, con las vainas cubiertas de
verdín y sus balas de plomo dentadas y manchadas hasta perder la forma. Un
montón de lana de oveja recién esquilada y pringosa aún de churre, y otro
montón de latas de petróleo vacías. En el centro, en el sitio de honor, una
montaña indescriptible de piezas de metal: trozos de espuelas, ruedas dentadas
de despertadores, agujas roñosas para coser sacos, alicates con las pinzas
rotas...
El propietario era un
moro envuelto en una chilaba astrosa color café, que fumaba su pipa de kiffi y
no hacía nada más. Sentado sobre sus ancas tras su exposición permanecía mudo,
mientras todos a su alrededor gritaban a cuello herido sus ofertas. Por un
momento levantó la vista y nos miró a Córcoles y a mí, para volver a hundirse
indiferente en las delicias de la simiente de cáñamo. Córcoles señaló la cesta
de huevos:
-¿Cuánto quieres?
-Cincuenta céntimos la
docena.
-Dame dos docenas.
El moro alargó su mano
para coger el dinero sin cambiar de postura. Córcoles le dio una moneda de
plata. El moro no la cogió y en cambio dijo:
-Cincuenta céntimos españoles.
Córcoles se guardó su
dinero, me cogió del brazo y me alejó del puesto.
-¿Qué pasa?
-¿Sabes? Aquí hay dos
clases de moneda, la nuestra y lo que ellos llaman assani, que es la del
Sultán. Yo le he dado un duro assani, que vale medio duro de los suyos. Pero
estos granujas no quieren tomar su moneda. Bueno, no tardará en llamarnos. No
te apures.
No nos llamó. Ibamos
despacio, pero el moro seguía allí sin moverse, lanzando bocanadas de humo.
Córcoles murmuró:
-Vamos a volver. Los
huevos son baratos. Dame seis docenas -dijo al moro.
-Seis docenas son un duro
español, cinco pesetas.
-Pero ahora mismo has
pedido cincuenta céntimos por docena...
-Oh, sí. Eso era antes...
-y siguió fumando su pipa.
Córcoles sacó del
bolsillo su cartucho de máuser y se puso a juguetear con él en la mano. El moro
apartó la pipa de su boca y se quedó mirando.
-¿Lo vendes? -preguntó al
fin.
-No -dijo Córcoles. Y nos
marchamos desdeñosos. Pero ahora el moro se levantó y vino tras nosotros,
tirando a Córcoles de la manga para llamar su atención:
-Yo compro cartuchos.
-¿Cuántos huevos hay en
la cesta?
-Nueve docenas.
-¿Cuánto?
-Cincuenta céntimos la
docena.
-¿Assanis?
El moro tragando saliva:
-Assanis.
-¿Cuántos cartuchos
quieres? El moro barboteó jubiloso:
-Todos los que traigas.
Cien, mil, yo compra todos.
-Te van a costar caros,
¿sabes?
Volvimos al puesto.
Córcoles cogió la cesta de huevos y me la colgó al brazo:
-Toma, dale esto a los
muchachos, que lo pongan con cuidado en un mulo. -Me guiñó un ojo y me marché
sin replicar.
Cuando volví, Córcoles
tenía al lado suyo un soldado de la Mehalla, la policía nativa. Los tres
estaban empeñados en una discusión acalorada. Al cabo de un rato, Córcoles dejó
a los moros frente a frente y se reunió a mí:
-¿Qué es lo que ha
pasado? -le pregunté.
-Nada, que tenemos huevos
baratos, a veinte céntimos la docena, y le he dado un susto al moro que no le
va a salir del cuerpo en tres meses.
-Pero ¿qué es lo que has
hecho?
-Nada. Simplemente le he
ofrecido mil cartuchos a un real la pieza. Cuando ha aceptado, he llamado al
Mehalla. Y, naturalmente, con la policía al lado, se ha arrepentido de la
compra, y no ha pasado más. Toda esta gentuza es peor que los gitanos. Ya verás.
Ahora vamos a comprar una cabra.
El puesto del carnicero
consistía en una hilera de postes con ganchos, de algunos de los cuales
colgaban las pieles de los animales ya vendidos. En la parte de atrás había un
corralillo atestado de corderos y cabras. Córcoles escogió una cabra.
-¿Cuánto?
-Siete duros, sargento.
-Cinco.
-Seis y medio.
Después de un regateo
interminable se pusieron de acuerdo en los cinco duros y la piel para el
carnicero. -Ahora verás -susurró Córcoles.
El carnicero degolló la
cabra sobre la tierra y colgó el cuerpo en uno de los ganchos. Hizo un corte
triangular en una de las patas, levantó la solapa de piel, puso sus labios en
el corte y comenzó a soplar. Lentamente la piel se iba despegando de la carne y
la cabra se iba hinchando, adquiriendo una figura monstruosa. Finalmente hizo
un largo corte en el vientre y arrancó la piel como si le quitara al animal un
abrigo. Dejó el cuerpo ya pelado sobre una mesa cubierta con hule amarillo,
vivero de moscas, y Coreóles puso cinco duros assanis al lado. El vendedor
estalló en una protesta violenta:
-¡Assanis, no!
Córcoles recogió el
dinero y, dejando la cabra muerta sobre la mesa, me llevó consigo:
-Ahora verás, la cabra es
nuestra.
El carnicero salió tras
de nosotros. Chilló, insultó e imploró, sin que le hiciéramos caso alguno. Por
último, aceptó cuatro duros españoles por la cabra y nos llevamos el animal con
todas las maldiciones de Alá encima.
-Es muy sencillo -explicó
Córcoles-: la cabra ya no podía venderla. Los moros no compran carne cuando no
presencian el matarla. Dentro de una hora, en este sol de julio, la cabra es
invendible. Ningún español le daría entonces ni diez pesetas. ¡A no ser tal vez
un sargento de Cazadores!
-¿Por qué un sargento de
Cazadores?
-Porque es de lo único de
donde pueden robar, de la comida. Pagan cinco o diez pesetas por una cabra o un
carnero que está medio podrido, lo meten en el rancho de los soldados y lo
ponen en la cuenta en treinta pesetas. Es de lo que chupan. No tienen paga
extra como nosotros, ni pueden hincharse de comer grava de carretera.
-¡Pero es una
bestialidad! ¿Y los soldados?
-Bueno, los soldados; a
unos les da disentería y a otros el tifus. Pero los soldados cuestan baratos.
-Verdaderamente, entre
nosotros no hay muchas epidemias.
-Nosotros somos
príncipes. Aquí se está bien, si tienes dinero. ¿Cuándo has visto tú un general
con malaria? Pero mira a los de infantería, sobre todo a los Cazadores, y
verás.
El carnicero volvió a
aparecer, conduciendo una cabra con las tetas goteando leche.
-He vendido los cabritos.
Te la vendo.
-¿Qué te parece? -me
preguntó Córcoles.
-No estaría mal tener
leche.
-¿Cuánto quieres?
-Diez duros españoles.
-Te doy cinco.
Después de otro regateo
interminable compramos la cabra en los cinco duros y nos la llevamos atada a la
cola de uno de los mulos. Volví a reanudar la discusión:
-¿Entonces tú crees que
tendrían menos enfermos en infantería si les dieran mejor de comer?
-Naturalmente. Bueno, tú
no conoces todavía las cosas aquí, pero ya te las iré explicando. Casi todos
los oficiales que vienen aquí, vienen a hacerse ricos. La verdad es que, cuando
están aquí, se gastan los cuartos y nunca llegan a ricos; pero eso es otra
cosa. Pero con los sargentos y los suboficiales es diferente.
No vienen aquí a hacerse
ricos, vienen como soldados, a la fuerza; y vienen la mayoría de ellos de sus
pueblos, hartos de pasar hambre. Un buen día se encuentran con una paga en la
que no podían ni soñar como jornaleros, y con un uniforme y una categoría que
les permite manos sucias. Ésos son los hombres que se hacen ricos aquí. Ya va
siendo hora que te vayas enterando de las cosas. Mañana te voy a llevar al
blocao.
Blocaos, como entonces
los conocíamos, eran barracas de madera, de unos seis metros de largo por
cuatro de ancho, protegidas hasta la altura de un metro y medio por sacos
terreros y muy raramente por plancha de blindaje, y rodeadas por alambre de
espino. En este reducido espacio se estacionaba una sección de compañía al
mando de un sargento: veintiún hombres, aislados del resto del mundo. En casos
excepcionales se destacaba con ellos un soldado telegrafista con un heliógrafo
y una lámpara Magin, para mantener día y noche comunicación con el blocao más
cercano y, a través de él y de una cadena de otros, comunicar con la base. Pero
la mayoría de ellos no tenía este medio de comunicación.
Sobre un cerro más alto
que el nuestro, al otro lado del arroyo de Hámara, había un blocao semejante.
De día y de noche oíamos los «pacos» que le disparaban algunas veces. Era un
puesto avanzado enfrentado con el valle de Beni-Arós y los moros permanecían
constantemente emboscados y disparaban a la silueta de un soldado o a la brasa
de un cigarrillo. La guarnición era una sección de Cazadores.
Cuando llegamos Córcoles
y yo, nos recibió entusiasta un sargento barbudo y flaco, con la cara amarilla
de fiebre. Nuestros caballos llevaban unas pocas botellas de cerveza, una
ristra de chorizos y dos botellas de coñac. Un hombrecillo pringoso, embutido
en un uniforme harapiento, recibió la orden de guisar un arroz en honor
nuestro. Otro hombrecillo se paseaba arriba y abajo, detrás del parapeto de
sacos terreros que cubría la puerta de la alambrada. Los campos bajo nosotros
tenían una paz infinita.
-Lo mejor es que nos
metamos dentro -dijo nuestro anfitrión-. Aquí nunca está uno seguro, y menos un
grupo como el que ahora estamos. Esos hijos de puta tienen buena puntería.
Entramos. En el rincón de la derecha, detrás de la puerta, el sargento había puesto
un tabique de tablas para hacerse una alcoba. El resto de la barraca era una
simple habitación con la tierra desnuda como piso. Las camas de los hombres
estaban en dos hileras a lo largo de las paredes laterales, dejando un pasillo
estrecho en medio. Encima de cada cama, en una repisa, estaba el macuto y una
caja de madera. La mayoría de los hombres estaban tumbados fumando. Alrededor
de una de las camas del fondo un pequeño grupo jugaba a las cartas. A la altura
de los ojos, las paredes estaban perforadas por troneras. El sol entraba a
través de ellas en chorros de luz que dibujaban rectángulos deslumbrantes sobre
el piso y sumergían todo lo demás en la oscuridad, hasta que los ojos se
acomodaban a la penumbra. Había un olor que no sólo le saltaba a uno a las
narices, sino que parecía agarrarse a la piel y a los vestidos y depositarse
allí en capas como pintura. Un olor semejante al olor de ropa sucia dejada por
semanas en un rincón húmedo, sólo que cien veces peor.
Charlamos de unas cosas y
otras, hasta que yo dije que quería saber cómo vivían allí.
-Éste es novato aquí
-dijo Córcoles- y, lo que es peor, tiene ideas socialísticas o algo así. No es
de los nuestros en todo caso.
Hizo una mueca, la mueca
del hombre que está en el secreto, y el barbudo sargento me consideró
compasivamente.
-Ya cambiará -dijo-. Por mí puede usted mirar
lo que quiera o hacer lo que le dé la gana. Yo me quedo aquí con esta moza. -Y
acarició el cuello de una de las botellas de cerveza. Salí del cuarto del
sargento al cuarto común. Al pasar a lo largo de los camastros, los hombres me
miraban con ojos de perro curioso. A mitad de camino, uno de ellos se levantó
obsequioso:
-Si quiere usted mear, mi
sargento, la lata está allí.
En un rincón había una
lata de petróleo. Más tarde me contaron la historia: los hombres la usaban para
orinar, porque si no tenían que salir afuera. Cuando los ataques del enemigo
eran muy frecuentes, la usaban para todo. Cuando la lata estaba llena, tenía
que vaciarla fuera de la alambrada el que le tocaba el turno. Esto,
frecuentemente, provocaba un tiro, algunas veces una baja, y entonces se perdía
la lata. El primero que tenía necesidad de aliviarse podía elegir entre salir
por la lata, que era seguro estaba cubierta por un «paco», o evacuar en alguna
parte fuera de la alambrada, a su propio riesgo. En un sitio tal, donde pueden
imponerse pocos castigos por faltas de disciplina, los castigos consistían en
dobles guardias de noche, en tener que ir por agua al exterior, o en vaciar la
lata de petróleo durante un cierto número de días. Así, la lata de petróleo y
su contenido se había convertido en un símbolo de vida o muerte y en el tópico
principal de comentario y conversación. Cuando llegué a la cama donde los
soldados jugaban a las cartas, éstos interrumpieron el juego y se quedaron en
silencio, embarazados. Saqué un paquete de tabaco y liaron parsimoniosos sus
cigarrillos.
-Qué, ¿cómo van las cosas
aquí? -pregunté.
-Bien -contestó uno de
ellos después de un largo silencio-. Si no le dan a uno un tiro y si no le dan
las palúdicas.
Me senté en el borde de
la cama, un saco relleno de paja, tendido en el suelo y cubierto con dos mantas
viejas.
-Ahora contadme qué
hacéis aquí todo el día. -Trataba de hacerles hablar-. Allí abajo en Hámara
estamos desmontando para hacer una pista y os vemos a veces; también a veces
oímos que os sueltan un «paco».
-Pues, bueno, aquí, no
hacemos nada del todo -dijo el que había hablado antes-. A mí me quedan tres
meses sólo...
-Entonces, ya eres un
veterano completo.
-Treinta y tres meses de
mili. El más viejo de aquí. Todos estos son quintos al lado mío; vamos,
«borregos». ¡La cantidad de piojos que me he quitado! Nunca desde que era un
chico, porque, ¿sabe usted, mi sargento?, cuando somos chicos todos tenemos
piojos, ¿sabe usted?
-¿Y qué vas a hacer
cuando te licencies? -¿Qué va a hacer uno? Trabajar...
-¿Qué oficio tienes?
-¿Oficio? Pues, cavar y
arar detrás de unas mulas. ¿Qué profesión va usted a tener en un pueblo como el
mío, como no sea usted el cura? Y a veces hasta el cura tiene que cavar. Allí
todo el mundo destripa terrones.
-Hombre, supongo que en
tu pueblo habrá alguna tienda; y un médico y un boticario; aunque sea un
zapatero remendón. No van a ser todos destripaterrones como tú dices.
-Pues sí, señor. Yo vengo
de un sitio que llaman Maya, allá en la sierra en la provincia de Salamanca, y
allí no hay nada de lo que usted dice. Una especie de taberna es lo único que
hay, que ni es taberna ni es nada y venden pan allí. Y si alguno se pone malo,
pues hay que llamar al doctor a Béjar. Pero tenemos un curandero que sabe más
que el doctor. Mire usted, cuando el doctor viene, seguro que alguien se muere.
-¿Tienes novia?
-Anda, claro.
-¿Le escribes?
-Yo no, porque no sé.
Ése, Matías, que es el único que sabe escribir bien aquí. -Me señaló a un
soldado con una cara lastimosa de puro estúpido, que se sonrojó y se echó a
reír locamente.
-¡Y le escribo cada cosa!
-soltó entusiástico el escriba.
-Cuéntame qué le
escribes.
-Anda, ¿qué le escribo?
Pues las cosas que éste suelta: «¡Tengo unas ganas de darte un pechugón!» y
cosas así. Un día se le ocurrió una buena y la escribí tal como la dijo. Luego
la escribí a las novias de todos éstos y hasta a la mía también. Fue y dijo:
«Cuando nos casemos y nos metamos en la cama, voy a meter la cabeza entre tus
tetas y voy a hozar allí como los cerdos hasta que me ahogue». El inventor de
la frase se puso encarnado, más de orgullo que de modestia, y explicó:
-Sabe usted, mi sargento,
si no hace usted nada en todo el día, pues se pone uno a pensar y le vienen
ideas. Y luego éste, que ha dormido con no sé cuántas mujeres, nos cuenta cosas
y... bueno, usted sabe lo que yo quiero decir. -Hizo una pausa-.
No es que a mí me dé
vergüenza, porque éstas son cosas de hombres, pero bueno, pues uno no puede
dormir después.
-¿Así que tú tienes
experiencia, eh? -le dije al que sabía de mujeres, un tipo de golfillo en un
uniforme demasiado grande. -Imagine usted, mi sargento, he sido limpiabotas en
Salamanca. Y esto ya es algo. La ciudad de la sífilis, la llaman. ¿Ha estado usted
allí?
-Sí.
-Bueno, entonces usted
conoce cómo es. De día en los cafés y en los soportales de la plaza, y por la
noche en las casas de putas. Las putas son buenas chicas y siempre piden que
les limpien los zapatos para que paguen los cabritos. Y claro, siempre tiene
uno un capricho. Éstos no saben nada de la vida.
-Pues yo me he acostado
con mi novia antes de venir aquí -exclamó uno de ellos.
-¡Qué, lo dices tú que te
has acostado! Sois unos maricas. Cuando vais a Tetuán os da miedo acostaros con
una mujer.
-Porque son unas guarras.
Dame una de las putas de los sargentos y verás. Mire usted, mi sargento, en
Tetuán hay putas a dos reales, pero tienen más piojos que aquí. Para lo único
que son buenas es cuando va a haber operaciones.
-¿Operaciones?
-Sí, señor. Cuando va a
haber tiros. Si tiene uno suerte, pues le dan un permiso para ir a Tetuán y se
busca uno una tía que esté mala, y se acuesta con ella. Le mandan a uno al
hospital por dos o tres meses y no tiene uno que andar corriendo cuando llueven
balas. Pero las tías piojosas lo saben y piden doble.
Nos interrumpió el rancho
de mediodía, un caldero enorme lleno de judías blancas nadando en un caldo rojo
ladrillo, seguido por otro lleno de café, agua tenuemente coloreada, en la que
los soldados empapaban trozos de pan. Uno de ellos trajo una lata de leche
condensada y dejó caer un chorrito fino en su café.
-Caray, ¡vaya un lujo que
te gastas!
-No, señor. Es que tengo
las tercianas y me dan una lata de leche cada tres días.
-Pero si tienes
tercianas, debías estar en el hospital.
-Bueno, eso es si tiene uno las palúdicas todo
el día. Pero con un poco de fiebre un día sí y otro no, le ponen a uno a
quinina y a leche y le dejan de servicio. Claro que el día que me da, no lo
hago.
Comimos con el sargento,
arroz hecho con los chorizos que habíamos llevado, y bebimos café, un café que
era indudablemente mejor que el de los soldados, pero que era infernalmente
malo. Después nos pusimos a charlar con una botella de coñac entre nosotros.
-Y usted, ¿cómo lo pasa
aquí?
-No muy mal. La cocina me
da unas diez pesetas al día: y siempre se saca algo de la ropa, aunque haya que
dejarle su parte al suboficial. Y la comida me sale gratis; donde comen
dieciséis, comen diecisiete.
-Ya hay que hacer números
para alimentar a diecisiete y sacar diez pesetas diarias.
-No tanto como parece.
Judías, garbanzos, patatas, arroz y bacalao; sal, aceite y vinagre y mucho
pimentón. Todo de Intendencia y todo barato. No me gasto más que tres reales
por cabeza y a veces hasta les compro un barrilito de vino. No me gusta explotar
a los pobres diablos. Saben que les robo, pero otros son peores que yo y
también lo saben. En Miscrela hubo un sargento que los alimentó dos meses con
sólo judías con pimentón, cocidas en agua. Además, ellos también arramblan con
lo que pueden. Si uno de los moros se descuida, le roban alguna gallina o algún
cordero y hay fiesta; ponen trampas a los conejos, y cuando se presenta la
ocasión, le dan un tiro a un pájaro. -Se calló pensativo-: Pero uno gana mucho
más dinero cuando hay una operación o cuando se va de convoy. Entonces se le da
a cada hombre una lata de sardinas y un par de galletas, y ya está aviado para
todo el día.
-No me choca que
revienten y acaben en el hospital.
-Los que acaban en el
hospital son los que no sirven para nada. Yo llevo en África veinte años y hoy
se vive con lujo. Tenía usted que haber visto la comida que nos daban entonces.
Galletas a cada comida. Galletas de la guerra de Cuba. Tan duras que las teníamos
que partir con el machete sobre una piedra, o empaparlas en agua para comerlas.
Todavía hay algunas, pero ya no se atreven a darlas, porque están llenas de
gusanos.
-¿Cuánto tiempo está
usted en el blocao?
-La regla es un mes, pero
yo me quedo voluntario. Si va uno a Tetuán, se gasta los cuartos. Aquí gana uno
dinero y es lo único que importa. Ya tengo ahorradas más de diez mil pesetas.
Aparte de eso, se está mejor en el blocao que en el frente; es más tranquilo.
Pero usted, usted tiene suerte. Si a mí me hubiera tocado Ingenieros, a estas
horas era rico.
A la caída de la tarde
Córcoles y yo nos fuimos cerro abajo. Los campos seguían absurdamente llenos de
paz. Un moro pasó por una vereda, trotando sobre un borriquillo, un perro
flacucho trotando a compás tras él. De la pista, que aparecía en la distancia
como un hormiguero, venían las notas del cornetín tocando alto el trabajo.
-Pero esa gente vive peor
que los moros en sus chozas de paja -dije a Córcoles.
-Bah. No te preocupes.
Mierda que no ahoga, engorda -me replicó.
Víspera
de batalla
Capítulo
VI
Es terroríficamente fácil
para un hombre el caer en estado de bestialidad.
En la monotonía de los
días invariables, reducido al pequeño círculo de la población que era mi
ciudad, y al aún mucho más pequeño círculo de la tienda cónica que era mi
hogar, lentamente fui cayendo en la rutina diaria embrutecedora, sin hacer
esfuerzo alguno para romperla. Desayunar, sentarse a la sombra de la higuera,
comer, sentarse a la sombra de la higuera, cenar, dormir y despertarse con el
mismo programa ante uno.
Al principio leía; poco a
poco me iba olvidando de abrir un libro.
Al principio me gustaba
tirar a los conejos y a las perdices; después, la escopeta dormía inactiva por
horas enteras contra el tronco de la higuera; al fin, se quedó en la tienda
días y días.
Había terminado el
trabajo topográfico y no tenía que hacer más que vigilar a los moros, sentarme
y mirar vigilante. Vigilar, ¿para qué? Dejaba pasar las lentas horas igual que
una bestia rumiante, con algunos cabeceos adormilados, diciéndome a mí mismo muchas
veces que estaba pensando en algo, pero sin pensar del todo, sumergido en una
niebla perezosa. Recuerdo que durante aquel tiempo sólo se me ocurrió una
observación: que lo mismo que me estaba pasando a mí, les estaba pasando a
todos los demás. Los soldados, la mayoría de ellos simples obreros o campesinos
en la vida civil, se estupidizaban rápidamente y se convertían en máquinas de
comer y digerir, poseídos por el pensamiento único de que el trabajo era algo
que había que evitar a toda costa. Cada uno se degeneraba en esta existencia
sin acción, dentro de un mundo de un kilómetro en radio. Todos olvidábamos en
qué día de la semana o del mes vivíamos. Dormíamos, comíamos y digeríamos.
Cuando recibí un
telegrama ordenándome presentarme en Tetuán, lo cogí como un alivio y como una molestia.
No me sentía con ganas de ir a Tetuán; quería ir. Estaba contenido en uno el
aburrimiento y el deseo de arrancarme de él.
En el ejército una orden
es una orden. Marché al día siguiente. El comandante Castelo me dijo:
-Hasta que el ejército
haya cruzado el río Lau, no podemos hacer nada. El Estado Mayor necesita
alguien que conozca topografía. Preséntese al comandante Santiago de Estado
Mayor. Creo que estará usted a gusto.
El comandante Santiago
era un mestizo. Los soldados le llamaban el Chino, porque tenía los ojos
oblicuos y la piel amarilla. Parece que era hijo de uno de aquellos oficiales
españoles que estuvieron estacionados en Filipinas y se casaron con una mujer
nativa. Su color y sus ojos de almendra le habían producido un complejo de
inferioridad agudo y le mantenían en un estado de mal humor perpetuo. Pero era
un hombre inteligente, de una agilidad mental excepcional.
Me dijo que me sentara
frente a un tablero de dibujo.
-Copie usted esto. -Me
dio un croquis topográfico de la bahía de Río Martín. Cuando lo hube terminado,
lo examinó cuidadosamente-. Se va usted a quedar aquí. Tenemos que hacer un
mapa completo de la zona de Beni-Arós.
-A sus órdenes, mi
comandante.
-¿Mis órdenes? ¡Hacer un
mapa de Beni-Arós! ¿Usted sabe cómo hacerlo? ¿No? Tampoco yo. Pero no tenemos
ningún mapa, y los mapas franceses son una porquería. Han dibujado la línea de
la frontera, han hecho unas cuantas rayas y ya está. Bueno, muchacho, tenemos
que hacer un mapa de Beni-Arós.
Se marchó de la
habitación y me dejó solo con un cazador que estaba muy atareado, inclinado
sobre una hoja de papel de calco. Al cabo de un corto silencio, le dije:
-El comandante no parece
tener muy buen genio.
-¿Cómo lo va a tener?
Berenguer dice: «Hágame un mapa de Beni-Arós», cuando nadie conoce Beni-Arós,
con la excepción de Castro Girona, que fue una vez a la boda de alguien de la
familia del Raisuni. Y no hay mapas, ni croquis, ni nada. Hágame un mapa de Beni-
Arós. Lo mismo nos podían pedir un mapa del Polo Norte... ¡Usted ha venido como
delineante!
-Sí; bueno, supongo que
sí.
-Me alegro, al menos
seremos dos. Nos repartiremos las broncas a medias. No tiene usted idea de qué
clase de trabajo es éste.
Se puso de pie y vi que
era un cabo. Facciones finas, lentes de miope, manos finas.
-Eche usted una mirada a
esto.
La hoja de papel
transparente que tenía delante mostraba parte de la zona española de Marruecos,
con un espacio en blanco en la mitad.
-Esto es Tánger, aquí
está Tetuán, Ben-Karrick, el Zoco del Arbaa, Xauen, y esto es la frontera
francesa pasando por Larache. Aquí está Larache, Alcazarquivir, Arcila... En
fin, todo está bien. Pero todo el blanco que hay en el medio es Beni-Arós. Y
tenemos que llenarlo. Las operaciones van a empezar en primavera y se necesitan
los planos.
-¿Cómo lo vamos a llenar?
-Ésta es precisamente la
cuestión. Ya verá usted; dentro de poco comenzarán a venir. Volvió a entrar el
comandante:
-Qué, Montillo, ¿le ha
explicado usted el problema?
-Sí, señor.
-Cuando empiece a venir
la gente, váyale enterando. Barea, éste es Montillo, el dibujante topógrafo del
Estado Mayor. Van ustedes a trabajar juntos y tendrá usted que seguir sus
órdenes, aunque no es más que un cabo.
-Muy bien, mi comandante.
Montillo comenzó a
mostrarme mapas y más mapas, y a explicarme el método de trabajo: se dibujaban
sobre papel de calcar transparente y se sacaban ferroprusiatos. Era asombrosa
la falta de mapas. No existía ni aun un plano completo de la ciudad de Tetuán.
Una hora más tarde llegó
un soldado moro de Regulares acompañado de otro moro.
-¿De dónde venís?
-preguntó Montillo.
-De Tlazta. Éste conoce
toda la región.
Tlazta era un puesto
avanzado, un punto en el mapa. Montillo, el soldado y el moro se enzarzaron en
una serie de preguntas:
-Aquí está Tlazta. Desde
aquí hacia Beni-Arós, ¿cómo irías tú?
-Pues, se coge una vereda
y se va monte arriba y luego se tuerce a la izquierda y luego... Montillo
extrajo del moro los detalles más insignificantes e imaginables: un árbol, una
piedra allá, una vereda, un arroyo, un barranco...
Cuando los dos se habían
ido, Montillo exclamó:
-¡Con lo fácil que esto
podría ser! Un aeroplano y unas pocas fotos. Sabe usted, hay un capitán aquí,
el capitán Iglesias, que quiere hacerlo y no lo dejan. Hay un sistema nuevo que
llaman fotogrametría, que simplemente se toman unas fotografías con un aparato
nuevo alemán y de ellas se puede hacer el croquis del terreno con las cotas de
todos los puntos.
-No he oído nunca nada de
eso.
-Pues existe. Lo que pasa
es que Iglesias pidió no sé cuántos miles de pesetas para poderlo hacer; y como
es una persona decente, no le dan el dinero y nosotros nos tenemos que estrujar
los sesos. ¡Esto es una marranada!
Durante la mañana no
hicimos trabajo alguno. Comimos juntos y nos paseamos en la calle de la Luneta
arriba y abajo. A la caída de la tarde Montillo dijo:
-Vámonos a casa de la
Luisa.
-Vaya usted, si quiere.
Lo siento, pero yo prefiero no ir. -Estúpidamente, le pregunté brusco-: ¿Usted
sabe que yo me he acostado con la Luisa?
-Atiza, ¡vaya un cuento!
-Se me quedó mirando y agregó-: Pues tenemos que ir de todas maneras; ya verá
usted por qué.
Mientras remontábamos la
Alcazaba, me informó:
-Tenemos que tener
agentes para toda clase de informaciones. Pero muchos de ellos no quieren por
nada del mundo que les vean entrar en la comandancia general. Ahora bien, a
casa de la Luisa todo el mundo puede ir y a nadie le llama la atención. ¿A qué
se va allí? A acostarse con una mujer. Así, es el mejor sitio para charlar un
rato con alguien.
La casa de la Luisa era
un centro de información militar. Nos llevaron a una pequeña salita en la parte
de atrás, donde nos fue visitando una multitud heterogénea que entraba uno a
uno con cortos intervalos: moros de las montañas, cantineros, vendedores ambulantes
de té, un narrador de cuentos del zoco. Montillo les interrogaba, tomaba notas
y hacía croquis. Hasta que cerró el cuaderno y dijo:
-Se acabó por hoy. Que
nos traigan una botella de vino.
Entró la Luisa. Cuando me
vio allí, mostró claramente su sorpresa de verme metido en aquellas
actividades:
-¡Qué bien guardado te lo
tenías!... Me alegro que hayas venido. Esta noche me voy a correr una
juerguecita. Me lo piden mis huesos.
Nos bebimos la botella
entre los tres y Montillo se marchó. Luisa y yo nos quedamos solos. Estaba
mimosa como una gata.
-Y tú, ¿vas a ir a las
operaciones?
-Pues, no lo sé.
-Van a empezar en abril.
-Eso dicen. La primavera
es el mejor tiempo.
-Hay quien dice que van a
empezar desde Ben-Karrick y otros que desde Xauen. Naturalmente, tú lo sabes
mejor que yo...
-Claro.
No conocía una palabra de
los planes de campaña, pero no pude resistir el deseo de mostrarme bien
enterado.
-Cuéntame. Me apuesto a
que van a empezar por Xauen.
-Naturalmente. Fíjate, el
valle de Beni-Arós está cerrado por Xauen y por Larache en las dos puntas, y
por las posiciones francesas y las nuestras por ambos lados. Vamos a mandar una
columna desde Larache y otra desde Xauen y vamos a coger al Raisuni en medio,
sin que tenga escape.
Pero Luisa quería conocer
mucho más. Como un estratego de café, le fui detallando todas las operaciones
que se planeaban.
Después, nos acostamos.
Aquella noche no esperaba al general.
Al día siguiente le conté
a Montillo el curioso interés de la Luisa en el plan de operaciones.
-Has hecho bien en
contarle un cuento. La zorra esa está chupando por los dos lados, o mejor, yo
creo que por tres, porque me parece que está dando información a los moros por
un lado y a los franceses de Tánger por otro. De todas maneras, tenemos que contárselo
al comandante.
La consecuencia fue que
se me pidió que cultivara la amistad de la Luisa y que le fuera dando informes
cada vez más detallados de las operaciones que iban a emprenderse por el camino
de Xauen. Yo seguía sin tener más nociones que antes del plan. Mi trabajo era
coleccionar los informes de los agentes, hacer notas y trazar mapas más o menos
rudimentarios del valle de Beni-Arós v de sus líneas de comunicaciones.
Poco a poco fui
conociendo a los jefes de las fuerzas de operaciones. El general Dámaso
Berenguer, alto comisario de Marruecos, macizo y pesado, con una voz untuosa.
El general Marzo, también de la familia de los generales gordos, con un corsé
bajo el uniforme, sanguíneo y apopléjico, con un genio explosivo. El coronel
Serrano, rechoncho y valiente hasta la temeridad, un hombre paternal a quien
adoraban sus soldados por su buen humor y por su carencia absoluta de miedo. El
teniente coronel González Tablas, alto, enérgico, una autoridad entre los moros
de Regulares, de quien era el jefe, con mucho del aristócrata entre los demás
jefes, que la mayoría parecían campesinos acomodados y quienes le odiaban
cordialmente, o al menos a mí me lo parecía. Y, finalmente, el general Castro
Girona, amabilísimo, pero extraño, con su piel tostada, su cabeza rapada y su
interés genuino por los moros.
Este general, que parecía
fundido para ser el «Hombre de Marruecos», disfrutaba de un prestigio tremendo
entre los moros, muchos de cuyos dialectos hablaba bien. Político astuto, hizo
posible la ocupación de Xauen sin derramamiento de sangre, a costa sólo de unos
cuantos tiros sueltos; semanas antes de la operación entró en la ciudad
disfrazado de carbonero moro y negoció el rendimiento con los notables,
amenazándolos con un bombardeo del pueblo y ofreciéndoles a la vez beneficios
pecuniarios.
Esta hazaña,
indudablemente, salvó a cientos de familias españolas de llevar luto, porque
Xauen está escondida entre montañas en una posición casi inexpugnable. Pero le
ganó la enemistad unánime de los generales que soñaban con una «conquista» de
Xauen, la ciudad sagrada, y con escribir «una página gloriosa de historia». En
las operaciones siguientes Castro Girona no recibió ningún mando de fuerza. Las
condecoraciones y los ascensos se reservaban para los otros.
Lo que yo vi del Estado
Mayor del ejército español en aquella época, me mueve a hacerle justicia. He
visto allí hombres que representaban la ciencia y la cultura militares,
estudiosos y desinteresados, luchando constantemente contra la envidia de sus
hermanos oficiales en otros cuerpos y contra el antagonismo de los generales,
muchos de los cuales eran incapaces de leer un mapa militar y, siendo por tanto
dependientes del Estado Mayor, odiaban o despreciaban a sus miembros. Los
oficiales del Estado Mayor, en general, eran impotentes: cuando un general
tenía «una idea», su único trabajo era tratar de encontrar la forma menos
peligrosa de ponerla en práctica, ya que les era imposible rechazarla. Las
ideas de los generales eran, casi sin excepción, basadas en lo que ellos se
complacían en llamar «por cojones».
Hacia el fin de marzo de
1921, los preparativos del Estado Mayor para las operaciones próximas estaban
terminados. Volví a la compañía en Hámara. Tenía la orden de cesar el trabajo
en la pista y unirme a una de las columnas, dejando en la posición un pelotón a
las órdenes del alférez Mayorga y al señor Pepe con sus moros.
Por primera vez iba a ir a la guerra.
Cada soldado cogido en el
mecanismo de un ejército se pregunta a sí mismo en la víspera de ir al frente:
«¿Por qué?». Los soldados españoles en Marruecos se hacían la misma pregunta.
No podían evitar el intentar entender por qué se encontraban en África y por
qué tenían que arriesgar sus vidas. Los habían hecho soldados a los veinte
años, porque tenían veinte años; los habían destinado a un regimiento y los
habían mandado a África a matar moros. Hasta aquí, su historia era la misma de
todos los soldados que son movilizados por una ley y mandados al frente de
batalla. Pero en este punto comenzaba su historia puramente española:
«¿Por qué tenemos
nosotros que luchar contra los moros? ¿Por qué tenemos que
"civilizarlos" si no quieren ser civilizados? ¿Civilizarlos a ellos,
nosotros? ¿Nosotros, los de Castilla, de Andalucía, de las montañas de Gerona,
que no sabemos leer ni escribir? Tonterías. ¿Quién nos civiliza a nosotros?
Nuestros pueblos no tienen escuelas, las casas son de adobe, dormimos con la
ropa puesta, en un camastro de tres tablas en la cuadra, al lado de las mulas,
para estar calientes. Comemos una cebolla y un mendrugo de pan al amanecer y
nos vamos a trabajar en los campos de sol a sol. A mediodía comemos un
gazpacho, un revuelto de aceite, vinagre, sal, agua y pan. A la noche nos
comemos unos garbanzos o unas patatas cocidas con un trozo de bacalao.
Reventamos de hambre y de miseria. El amo nos roba y, si nos quejamos, la
Guardia Civil nos muele a palos. Si yo no me hubiera presentado en el cuartel
de la Guardia Civil cuando me tocó ser soldado, me hubieran dado una paliza. Me
hubieran traído a la fuerza y me hubieran tenido aquí tres años más. Y mañana
me van a matar. ¿O voy a ser yo el que mate?»
El soldado español
aceptaba Marruecos como aceptaba las cosas inevitables, con el fatalismo racial
frente a lo irremediable. «Sea lo que Dios quiera», dice. Y esto no es una
resignación cristiana, sino una blasfemia subconsciente. Dicho así, significa
que uno se siente impotente ante la realidad y tiene que resignarse a la
voluntad del usurero cuando le quita a uno el trozo de tierra, aunque se haya
pagado tres veces su valor, por la simple razón de que nunca tuvo uno junta la
suma total de la deuda.
Este español «sea lo que
Dios quiera» no significa esperanza en Dios y en su bondad, sino el fin de toda
esperanza, la expectación de lo peor.
Los soldados españoles en
Marruecos tenían todos los motivos para sentirlo así.
En la víspera de nuestra
marcha, tres soldados se presentaron a reconocimiento médico. Uno tenía una
alta fiebre y hubo que dejarlo en la tienda. Otro, que se había herido
ligeramente en un dedo con el alambre de espino, tenía la mano terriblemente
hinchada. El tercero tenía gonorrea. Tuvieron que quedarse en Hámara hasta que
se les evacuara al hospital del Zoco del Arbaa o de Tetuán. El resto de la
compañía emprendió la marcha a Ben-Karrick.
El cornetín marchaba al
lado de mi caballo. No sólo reanudaba así la intimidad de nuestras
conversaciones bajo la higuera, sino que también podía descargar parte de su
equipo sobre las ancas del caballo y agarrarse a su cola cuando escalábamos un
cerro.
-Martínez tenía una mala
fiebre -dije, por decir algo.
-Lo que tiene es
frescura.
-¿Frescura?
-¡Cómo se ve que no
conoce usted a esa gente! No le pasa nada. Ni a los otros dos tampoco.
-No me digas que estoy
ciego o tonto. Martínez tiene fiebre. Sotero tiene la mano como mi bota y
Mencheta está chorreando pus.
-Sí, sí. Y ninguno de ellos quiere ir adonde
voy yo. Martínez se puso una cabeza de ajo bajo el sobaco durante la noche.
Sotero se metió ortigas machacadas en el rasguño que tenía y Mencheta se ha
puesto un sinapismo.
-¿Un sinapismo?
-Sí, señor. Uno de esos
papeles untados de mostaza, que venden en la botica para los catarros. Hace
usted un tubito delgado con ellos y se los mete en el caño de la orina y lo
deja allí toda la noche; al día siguiente es un chorro. Ahora los tres irán al
hospital, y cuando ya no puedan seguir más con sus trucos, las operaciones se
han acabado. Yo lo he hecho muchas veces. Hay muchas cosas más que se pueden
hacer: come uno tabaco y se vuelve amarillo, como si tuviera ictericia. Se
calienta una perra gorda y se hace uno una úlcera en una pierna. Ahora estamos
aquí en el campo y no se puede hacer nada, pero en Tetuán, seguro que toda la
noche ha habido colas en las casas de zorras donde hay alguna enferma. En una
semana, docenas van a ir de cabeza al hospital.
-¿Me supongo que sabes lo
que se arriesga con esas cosas?
-Sí. Pero un balazo en la
tripa es peor. Si le dan a uno, se acabó. Le da a usted peritonitis y revienta;
porque los doctores se quedan en la retaguardia. Ya lo verá usted. Todos éstos
vienen, la mayoría porque son tontos y otros porque no han podido ir a Tetuán.
A veces, en víspera de operaciones hay docenas más.
-Entonces, tú, ¿por qué
vienes? Podías haber usado uno de esos trucos.
-Yo ya no lo puedo hacer
más. Tarde o temprano empiezan a fijarse en uno y se corre el riesgo de ir a
presidio. Ahora, cuando toca ir de operaciones, me digo: «Sea lo que Dios
quiera», y echo para adelante.
A primeras horas de la
tarde llegamos a Ben-Karrick. En la época era una de las bases de operaciones.
Era un pequeño campamento con un cuartel para los Regulares y la infantería, un
depósito de intendencia y almacenes para los contratistas del ejército. Tenía
varias cantinas bien abastecidas de vino, licores y comestibles en conserva. De
vez en cuando, dos o tres mujeres venían de Tetuán y se pasaban allí unos días.
Armamos las tiendas fuera
de la posición. Se estaba formando una columna de ocho mil hombres a las
órdenes del general Marzo. Tendríamos que esperar un par de días, hasta que
todo estuviera listo, y entre tanto Ben-Karrick se convirtió en una fiesta. No había
más que comida y bebida, pero ¡cómo comimos y bebimos!
En el código español de
relaciones personales, la borrachera se considera no sólo desagradable y
molesta, sino también como una falta de virilidad. Un grupo de amigos acabará
por expulsar al que no puede soportar su bebida o restringirse de acuerdo con su
resistencia. Le echarán por exhibirse él mismo como «poco hombre». Pero en
ciertas ocasiones esta regla no rige, como por ejemplo en Nochebuena o en la
noche de Año Nuevo. Y en Ben-Karrick era lo mismo. Se bebía para emborracharse.
La cantina del Malagueño
era un sitio favorito de reunión de los sargentos, y el propietario, orgulloso
de su clientela, ponía en la puerta a cualquier soldado que se atreviera a
entrar. El Malagueño había comenzado como un cantinero que seguía a las columnas
en marcha con un borriquillo cargado con cuatro damajuanas llenas de agua.
Vendida a vasos, el agua se transformó en vino, las damajuanas en pellejos y el
burro en mulo. Después levantó una barraca de tablas en la posición de Regaia.
Ahora tenía un gran almacén en Ben-Karrick, lleno de jamones, chorizos, latas
de sardinas, cerveza alemana, leche holandesa en lata, licores de todos los
orígenes, vinos finos andaluces y una cocina en la que se podía hacer comida a
cualquier hora. Junto al almacén había instalado un barracón donde mataba
corderos y de vez en cuando una vaca, y de allí surtía las cocinas de todos los
oficiales y sargentos de la guarnición con carne fresca.
Julián estaba en la misma
situación que yo: iba a entrar en acción por primera vez en su vida. Su alegría
natural de hombre gordo estaba nublada por sus pensamientos. Él, que
acostumbrada a beber vino mezclado con agua en las comidas, estaba apurando
vasos grandes de manzanilla.
-Te vas a emborrachar -le
dije.
-Cuanto más borracho,
mejor. Me quiero emborrachar. La culpa es de mi padre: si mañana me dan un tiro
y me matan, ¿qué pasa?
-Nada, te enterramos y en
paz. No te apures.
-Pobrecito -dijo
Herrero-, está tan gordo que hace un blanco precioso. Te van a dar un tiro en
la misma tripa.
-No te apures, tú te
escondes detrás de mí -remató Córcóles, estirándose en toda su flacura. Pero
Julián no estaba para aguantar bromas. Se iba poniendo más y más moroso y
bebiendo más y más. De repente estrelló el vaso contra el suelo y gritó:
-¡Me cago en mi padre!
El Malagueño conocía a
Julián y a su padre y la historia de ambos. Levantó la trampilla del mostrador,
se vino a nosotros y golpeó amistoso un hombro de Julián.
-Sí, señor. ¡Me cago en
mi padre!
-Bien hecho. Si yo fuera
tú, haría lo mismo. Y además le jugaría una mala pasada. ¿Sabes lo que yo
haría, si fuera tú?
-¿El qué?
-Pues, mañana o al otro,
el día que te encuentres ante los moros, si yo fuera tú, iba a echar para
adelante y les iba a dejar que me dieran un tiro. Y mi padre se iba a arrancar
las barbas de rabia.
Estallamos en carcajadas,
pero Julián se puso lívido y le pegó una bofetada al Malagueño. El otro comenzó
a soltar blasfemias horrendas y, agarrando el cuchillo de cortar el jamón,
comenzó a gritar:
-¡Le mato! ¡Le voy a
rajar las tripas! Ni el mismo Dios me ha pegado a mí en la cara. ¡Le voy a
degollar como a un cerdo!
-Primero danos unos vasos
de manzanilla. Después le rajas las tripas, si quieres. Pero lo mejor que
podrías hacer era darle un vaso grande de coñac.
-Eso es una idea,
compadre.
El Malagueño llenó
nuestros vasos de vino y llenó el de Julián de coñac hasta los bordes.
-¡Bébetelo, hijo,
bébetelo, a ver si se te cura la mala leche!
Julián vació el vaso de
un golpe. Tres segundos más tarde estaba en el suelo como un talego. El
Malagueño le levantó amorosamente en los brazos, le metió en la trastienda y le
dejó sobre unos fardos del almacén. Nos mezclamos con un grupo de sargentos de
infantería, todos hombres ya maduros, con largos años de servicio en África.
Uno de ellos, un tipo flaco y amarillento, pareció cogerme simpatía:
-¡Con las ganas que tenía
yo que empezaran las operaciones! -dijo.
-Qué, ¿te gusta el jaleo?
-No me hace mucha gracia,
pero es la única probabilidad que tiene uno de un poco de suerte.
-¿De suerte para qué?
-De que caiga un ascenso.
Con nosotros no pasa lo que en Ingenieros. Para llegar a suboficial,
necesitamos diez o doce años. La única suerte que uno puede tener es que le den
un tiro de suerte o que le maten a uno la sección. Es mucho más fácil ascender por
méritos de guerra que por antigüedad.
-¿Y qué ibas a sacar?
Diez duros más al mes.
-¿Que qué iba a ganar?
Algo más que eso. De sargento no sacas nada más que cuando te nombran de cocina
o cuando te mandan a un blocao. Pero de suboficial, eres tú quien te encargas
del vestuario de la compañía. Imagínate, lo menos mil pesetas al mes y me quedo
corto. Y con un poco de suerte en operaciones.
-¿Qué suerte? ¿Otro tiro?
-No, hombre, no seas
idiota. Si yo soy el suboficial y me toca una de esas operaciones en que las
cosas se ponen serias y me matan la mitad de la compañía, me pongo las botas.
Al día siguiente doy parte de la pérdida del equipo de la compañía completo. Figúrate:
doscientas mantas, doscientos pares de botas, doscientas camisas, doscientas
guerreras...
El
Tercio
Capítulo
VII
Fuimos de los primeros en
llegar. Solamente Artillería e Intendencia habían llegado antes que nosotros.
Sobre la cima del cerro se veía la silueta de ocho cañones apuntando al valle.
En la falda del cerro, Intendencia había levantado sus tiendas y de allí subía
un fuerte olor a cuadra: paja y caballos. El capitán del listado Mayor que
organizaba el campamento general nos señaló nuestro sitio en la ladera. Media
hora más tarde, nuestras tiendas estaban montadas y las fogatas de la cocina
encendidas.
El cerro se elevaba sobre
una llanura amarillenta por el rastrojo de la cebada recién segada. En la
lejanía se veían las chozas de la kábila que una semana antes se había rendido.
A esta distancia, la fealdad repulsiva de sus cabañas se borraba y tenía un
aire de aldea alegre en medio de los campos recolectados. Nuestras tiendas
cónicas esparcidas por las laderas daban la impresión de que el pueblo se
preparaba para celebrar su feria.
Nuestro capitán había
sugerido al capitán del Estado Mayor que se nos dejara acampar en el llano. La
respuesta había sido:
-Ese sitio está reservado
para el Tercio.
Nuestro capitán se había
puesto de mal humor. El Tercio llegó por la tarde, una bandera completa que iba
a entrar en fuego por primera vez. Levantaron las tiendas rápidamente. En el
extremo más lejano del campo se alineaban barriles de vino entre los tiendas
cuadradas: la taberna y el burdel. Los soldados del Tercio comenzaron a
agruparse alrededor de los barriles y de las tiendas para beber y parodiar el
amor.
Los otros sargentos y yo
contemplábamos cómo crecía a nuestros pies este campamento.
-Ésos son los nuevos
americanos -dijo Julián-. Supongo que la mayoría no saben dónde han caído. A
los pobres los han engañado.
-¿Engañado? No digas que
aquí alguien viene por equivocación. Córcoles apuntó:
-¡Bah! Aún quedan idiotas
en este mundo. Les han largado unos floridos discursos sobre la Madre Patria y
sus hijas de América y los nietos se han venido para acá. Bueno, me parece que
no se van a divertir mucho en los cinco años y se van a cagar en su puta madre
miles de veces.
Un legionario comenzó a
subir la cuesta en nuestra dirección. Córcoles le señaló:
-¿Adonde va ése? Me
parece que se ha equivocado de piso.
En aquellos días los
legionarios y los soldados de Regulares no fraternizaban.
Cuando el hombre estuvo
más próximo le reconocí. Era Sanchiz. Nos saludamos con un ademán el uno al
otro. Córcoles dijo:
-¿Le conoces?
-Es un viejo amigo mío.
-Vaya unos amigos que
tienes.
Mientras, Sanchiz había
llegado a nosotros:
-Qué, ¿cómo van las
cosas? He venido a buscarte. Tenemos un vinillo estupendo ahí abajo. Me han
dicho que estaba aquí tu compañía, así que si estás libre, vente conmigo.
Nos fuimos juntos cuesta
abajo: Sanchiz se había colgado de mi brazo. Los legionarios me miraban con
hostilidad. Nos encontramos un sargento con cara de viejo presidiario que le
preguntó agrio a Sanchiz:
-¿Adónde vas con ese
fulano?
-Es un viejo amigo. Vente
con nosotros y bébete un vaso.
-No. Me toca de guardia
esta noche y si empiezo a beber me empapo.
El cantinero era un viejo
flaco y amarillento con las orejas luminosas de puro transparentes y una nariz
de berenjena, tan sordo que había que pedirle las cosas a gritos y señalarle lo
que se quería. Como una regla fija, el vino que se vendía a los soldados en
África contenía una cantidad desvergonzante de agua y media docena de productos
que evitaran su rápida fermentación. Pero este vino era excelente, seco y
fuerte, que obligaba a chasquear la lengua en el paladar.
-¿Qué hacéis para que no
ponga agua en el vino?
-El Sordo se guardaría
muy bien. Si no, a lo mejor no encontraba un hueso sano en su cuerpo una
mañana, por no decir otra cosa.
-Pero ¿cómo es que estás
aquí? Yo te hacía en la oficina de Ceuta viviendo como un príncipe.
-La culpa la tiene el
vino. Me emborraché y el capitán me mando aquí con estos tipos por un par de
meses como castigo. He venido de instructor. Son una manada de piojosos. Hijos
de negra y chinarros o pieles rojas. Mal tiro les den a todos. Te están hablando
con tanta dulzura y tan pronto vuelves la cabeza te encuentras una navaja
metida en las costillas.
¡Hijos de zorra! Míralos
a la cara... No sé qué les va a decir mañana Millán Astray.
-¿Ha venido también?
-Sí, y mañana a las diez
les va a echar un discurso. Vente a oírle. Es terrorífico cómo habla. Voy a ir
a buscarte a tu tienda mañana.
El abstemio sargento se
reunió con nosotros:
-Me habéis dado envidia.
¿Me pagas un vaso? Se lo bebió con sorbos lentos mirándome:
-¿Es verdaderamente un
amigo tuyo, Sanchiz?
-Como si fuera mi
hermano. Bueno, mejor, como si fuera un hijo, porque puedo ser su padre.
El sargento me alargó una
mano callosa, enorme.
-Si es así, tanto gusto
en conocerle. -Bebió otro sorbo de vino-. Y si eres su amigo, ¿por qué no te
vienes con nosotros? Si yo estuviera en su pellejo -le dijo a Sanchiz-, mañana
era teniente.
-No seas idiota. No
podría pasar de suboficial y gracias. Pero no sirve para nosotros. Le hemos
asustado en la taberna del Licenciado.
La algarabía alrededor de
las barricas de vino era ahora infernal. Era imposible oír uno al otro y
Sanchiz y yo nos fuimos fuera de los límites del campamento del Tercio.
Mientras ascendíamos la cuesta, mi vieja repugnancia al Tercio revivía
violentamente, y los recuerdos de la taberna del Licenciado brincaban en mi
memoria.
Las tabernas en España se
pintan generalmente de rojo. Esta taberna en la Plaza de Nuestra Señora de
África también estaba pintada de rojo. Un rojo furioso de bermellón que se
había volcado sobre las puertas, las mesas, las banquetas, el mostrador y los anaqueles
cargados de botellas. La taberna era como una puñalada sangrienta en la
blancura de cal de la pared. Fuera, el sol blanqueó el color rojo y lo
convirtió en un rosa sucio. Dentro, el humo lo había oscurecido hasta darle un
tinte de sangre seca. El tabernero era un viejo ex presidiario del penal de
Ceuta; andaba siempre con una camiseta sin mangas, sucia, a través de cuyas
mallas surgían pelos recios. Su mote -el Licenciado-, hacía referencia a su
pasado y a su conocimiento de las leyes. Sus parroquianos eran legionarios y
putas. El vino tenía irisaciones verdes sobre el rojo y sabía fuertemente a
sulfato de cobre. Para beber aquel vino, había que tener una sed como la que el
Licenciado producía sirviendo tajadas de bonito seco con cada vaso. Los pescados
colgaban de una viga que cruzaba la taberna a lo largo del mostrador. Cortados
de arriba abajo y abiertos como murciélagos sobre una armazón de cañas,
parecían pequeñas cometas. De la misma viga pendían de sendos ganchos dos
enormes lámparas de petróleo montadas sobre alambres retorcidos. Por la noche,
el Licenciado encendía las dos lámparas y su humo lamía lentamente los secos
pescados hasta cubrirlos de un tinte negro; después, sabían a hollín y a
petróleo.
A mediodía la taberna
estaba vacía. Una mujer o un legionario entraban un instante y se llevaban una
botella de vino. A la caída de la tarde comenzaban a llegar los parroquianos.
Algunas tardes yo había ido allí, cuando la taberna aún estaba desierta, a esperar
a Sanchiz. El primero en llegar solía ser un legionario solitario que se
sentaba cerca de la luz y escribía, sabe Dios qué. Después, una avalancha de
hombres que había terminado su trabajo en la oficina de la Mayoría del Tercio
en Ceuta. Se recostaban a lo largo del mostrador y discutían quién
iba a pagar a quién. Al
cabo de un rato, unos se enredaban en una partida de cartas, otros se sentaban
en pequeños grupos con un frasco de vino presidiendo en medio, unos pocos se
marchaban. Las mujeres venían sólo con las sombras de la noche, coincidiendo
con el encendido de las lámparas. Muchas veces venían con alguno a quien habían
obligado a pagar un vaso de vino como final de su accidental relación. Otras
venían preguntando por alguien cuyo nombre gritaban desde la puerta
entreabierta. Una voz las invitaba y entraban. Unas pocas, clientes habituales,
venían simplemente a beber y tratar de encontrar alguno que pagara.
El restallar de las
blasfemias, el lenguaje bárbaro, las luces humosas, la pintura roja y el vino
metálico llenaban la taberna de una brutalidad desnuda y salvaje que no
disminuían, sino acrecentaban, los uniformes. La nota destacada la daban las
mujeres: la mayoría eran viejas, roídas por enfermedades, vestidas con harapos
de colorines, sus voces roncas de alcohol y sífilis, sus ojos pitañosos. Cuando
las mujeres venían, las blasfemias eran chasquidos de látigo en el aire en una
batalla sexual entre machos y hembras. A veces un jaque abofeteaba la mejilla
pintarrajeada de una mujer, otras veces se levantaba con furia una banqueta
sobre la cabeza de un jugador.
Cuando la bronca
sobrepasaba los límites del código del Licenciado, éste abandonaba lentamente
su sitio tras el mostrador, con movimientos de oso, y ponía a los adversarios
en medio de la plazuela, sin decir una palabra. Volvía y cerraba con parsimonia
el picaporte de la puerta. La puerta no tenía cerrojo v era simplemente una
vidriera con unas cortinillas de muselina roja. Sin embargo, nunca he visto que
alguien intentara volver a entrar. El tabernero era tabú por una curiosa mezcla
de miedo físico a su pasado criminal y de miedo instintivo de que se cerrara la
taberna, que era una de las pocas donde podía campar libremente el Tercio.
La taberna tenía para mí
la misma atracción que un manicomio para una persona normal en su primera
visita: repulsión, miedo y la fascinación del terror desconocido de la locura.
A través del código peculiar de los sin ley, yo era una persona sagrada allí,
porque yo no era uno de los suyos y sin embargo era el amigo de uno de ellos.
Pero su contacto me llenó de un miedo, casi diría terror, hacia el Tercio, que
ha durado por toda mi vida.
En la víspera de una
batalla siempre existe una tensión nerviosa que nace de la expectación del
peligro que va a correrse. Aquella noche me costaba trabajo dormirme, pero mi
tensión nerviosa, mi miedo, nacía del campo de cebada segado donde acampaba el
Tercio y no del otro lado de los cerros, donde las avanzadillas se tiroteaban
en la oscuridad.
El teniente coronel
Millán Astray salió de la tienda seguido por un par de oficiales. La multitud
quedó en silencio. El jefe estiró su armazón huesuda, mientras las manos
retorcían un guante volviéndose hasta mostrar su forro de pelo. El peso total
de su voz estentórea llenó el campamento y los ruidos de las otras unidades se
apagaron en susurros. Ochocientos hombres trataban de oírle y escuchaban:
-¡Caballeros legionarios!
Sí. ¡Caballeros! Caballeros del Tercio de España, sucesor de aquellos viejos
Tercios de Flandes. ¡Caballeros!... Hay gentes que dicen que antes que
vinierais aquí erais... yo no sé qué, pero cualquier cosa menos caballeros;
unos erais asesinos y otros ladrones, y todos con vuestras vidas rotas,
¡muertos! Es verdad lo que dicen. Pero aquí, desde que estáis aquí, sois
Caballeros. Os habéis levantado, de entre los muertos, porque no olvidéis que
vosotros ya estabais muertos, que vuestras vidas estaban terminadas. Habéis
venido aquí a vivir una nueva vida por la cual tenéis que pagar con la muerte.
Habéis venido aquí a morir. Es a morir a lo que se viene a la Legión. ¿Quiénes
sois vosotros? Los novios de la muerte. Los caballeros de la Legión. Os habéis
lavado de todas vuestras faltas, porque habéis venido aquí a morir y ya no hay
más vida para vosotros que esta Legión. Pero debéis entender que sois
caballeros españoles, todos. Como caballeros eran aquellos otros legionarios
que, conquistando América, os engendraron a vosotros. En vuestras venas hay
gotas de la sangre de aquellos aventureros que conquistaron un mundo y que,
como vosotros, fueron caballeros, fueron novios de la muerte. ¡Viva la muerte!
El cuerpo todo de Millán
Astray había sufrido una transformación histérica. Su voz tronaba, sollozaba,
aullaba. Escupía en las caras de aquellos hombres toda su miseria, toda su
vergüenza su suciedad y sus crímenes, y después los arrastraba en una furia fanática
a un sentimiento de caballerosidad, a un renunciamiento de toda esperanza fuera
de la de morir una muerte que lavara todas las manchas de su cobardía en el
esplendor del heroísmo. Cuando la bandera gritó con entusiasmo salvaje, yo
grité como ellos.
-Es un tío grande, ¿no?
-me dijo Sanchiz, apretándome el brazo.
Millán Astray iba
recorriendo el círculo de legionarios, deteniéndose aquí y allá ante las caras
más exóticas o más bestiales. Se detuvo frente a un mulato de labios gruesos,
de ojos inmensos amarillentos de bilis, estriados de sangre.
-¿De dónde vienes tú,
muchacho? -preguntó.
-¿Y a usted qué diablos
le importa? -contestó brutal el hombre. Millán Astray se quedó rígido,
mirándole a los ojos:
-Tú crees que eres muy
bravo, ¿no? Mira, aquí el jefe soy yo. Cuando uno como tú me habla, se cuadra y
dice: «A sus órdenes, mi teniente coronel.
-No quiero decir de dónde
vengo.
-Y está bien. Tú tienes
perfecto derecho a no mentar tu país, pero no tienes derecho a hablarme como si
yo fuera un igual tuyo.
-¿Y qué tienes tú más que
yo? -escupió el hombre, con los labios húmedos de baba y rojos como sexo de
perra en celo.
Hay veces que los hombres pueden rugir. A
veces pueden saltar como si sus músculos fueran de caucho y sus huesos varillas
de acero.
-¿Yo?... -rugió el
comandante-. Yo soy más que tú, ¡mucho más hombre que tú! -Saltó sobre el otro
y le cogió por el cuello de la camisa. Le levantó del suelo, le lanzó en el
centro del círculo y le abofeteó horriblemente con ambas manos. Fue cosa de dos
o tres segundos. Se golpearon uno a otro como los hombres de las selvas
debieron hacerlo antes de que fuera fabricada la primera hacha. El mulato quedó
en el suelo casi sin conocimiento, chorreando sangre.
Millán Astray, más
rígido, más horrorífico que nunca, epiléptico, en una locura homicida furiosa,
aulló:
-¡Firmes!
Los ochocientos
legionarios y yo respondimos como autómatas. El mulato se levantó, arañando la
tierra con las manos y las rodillas. La nariz chorreaba la sangre mezclada con
polvo como la de un muchacho sucio chorrea mocos. El labio reventado era más
grueso que nunca; deforme. Juntó los talones y saludó. Millán Astray le golpeó
las espaldas macizas:
-Mañana necesito los
valientes a mi lado. Supongo que te veré cerca de mí.
-A sus órdenes, mi
teniente coronel. -Los ojos, más sangrientos que nunca, más amarillentos de
ictericia, flameaban fanáticos.
Rompía el amanecer. En el
fondo del valle, donde corría el río, la luz empujaba contra el azul-negro
profundo del cielo. De súbito se incendió una llama de sol y su disco rojo
sembró de reflejos sangrientos el agua mansa. Desde la altura en que estábamos,
la luz parecía trepar por las vertientes de las montañas y las sombras se
alargaban a través del valle, inmensas y deformes. Las crestas se iluminaban
por la luz viniendo de abajo y las copas de los árboles se encendían como si
sus troncos se hubieran incendiado. Las columnas de humo de la kábila
bombardeada se teñían de rojo, como si las llamas hubieran revivido.
Nuestra artillería
protegía el avance. Veíamos los rápidos jinetes moros trepando cerro arriba y
la infantería de Regulares corriendo entre las retamas y los palmitos. Pequeños
copos algodonosos surgían acá y allá con un fogonazo que evocaba el magnesio de
un fotógrafo. Los disparos de fusil se confundían en un ruido continuo lleno de
chasquidos, que aumentaba rápidamente. El Tercio, en el centro, conducía el
asalto contra la cima, donde en medio de un llano de roca pelada se encontraba
la kábila rodeada de un parapeto de piedra. Las granadas volvían a caer en el
recinto. Las ametralladoras sonaban como innumerables motocicletas acelerando
en caminos lejanos.
A las diez se nos dio a
los zapadores la orden de avanzar. íbamos a fortificar el cerro que la Legión
acababa de asaltar. Lo íbamos a convertir en una posición bastante grande para
contener una compañía de infantería y una batería de 75, protegidos por un
círculo de diez mil sacos terreros. Cuando llegamos al borde de la cúspide, se
nos ordenó echar cuerpo a tierra, cargar nuestros fusiles y dispersarnos. Un
capitán del Estado Mayor iba y venía; mantenía una conversación en voz baja con
nuestro comandante y galopaba hacia la cima, para reaparecer al poco rato con
otro mensaje. Se nos volvió a ordenar avanzar. Avanzábamos despacio,
cautelosos, y así alcanzamos el borde del llano, levantando curiosos nuestras
cabezas. Detrás de cada piedra, en cada arruga de la roca desnuda, había un
legionario disparando su fusil. De vez en cuando, uno de ellos intentaba
incorporarse y caía fulminado. Unos pocos trataban de encontrar un abrigo mejor
retrocediendo. Era una retirada individual y lenta, pero los legionarios estaban
retrocediendo. Una y otra vez, uno de ellos llegaba más cerca de nosotros,
agazapados, inmóviles y fascinados al abrigo del tronco de las encinas. El
parapeto de piedra de la kábila parecía arder, en un disparo continuo. Las
balas silbaban sobre nuestras cabezas, mientras nos pegábamos a la tierra,
alargando el cuello para ver.
En medio del claro
apareció un jinete galopando arriba y abajo; a su lado una figurilla corriendo
incansable: Millán Astray y su cornetín. Hubo un alto momentáneo en la
fusilada. El caballo se detuvo en seco. El jinete se enderezó sobre los
estribos:
-¡A mí la Legión! ¡A la
bayoneta! Levantó un brazo manchado de sangre.
Los hombres saltaron el
parapeto de piedra en manojos.
La sección de explosivos
de la compañía estaba a mi cargo. Aquella tarde vinieron a buscarme. Un
sargento de la Legión vino con uno de sus oficiales y me explicaron el caso.
Estaban enterrando los muertos. Un legionario había dado un bayonetazo a un
moro y le había atravesado la tabla del pecho, pero con tal furia que el fusil
había penetrado en el hueso hasta el cerrojo. Era imposible arrancarle de allí
salvo que se serrara el cadáver en dos. Pero el fusil aún estaba útil. Así que
habían pensado en meter un explosivo dentro del fusil y destruirlo.
Organicé la explosión
como mejor pude. Dejé caer cuidadosamente por el cañón del fusil unos cuantos
pistones de fulminato de mercurio, de los que usábamos para explotar los
barrenos. El cañón del fusil sobresalía de la espalda haraposa del moro. Era un
cuerpo esquelético envuelto en una chilaba gris, empapada de sangre.
El mulato con el labio
aún monstruosamente inflamado, las manos colgantes, me miraba curioso, mientras
yo dejaba caer los pistones dorados uno a uno. Se echó atrás cuando di la
orden. Encendí la mecha en la boca del fusil y salí corriendo. Las entrañas del
moro se abrieron de par en par.
El mulato se reía a
carcajadas, haciendo muecas a la vez por el dolor del labio roto.
Cuando regresé a la
tienda, me bebí un vaso grande lleno de coñac y conseguí evitar el vómito.
Caía la tarde. En el
fondo del barranco, al otro lado de la montaña, los moros habían cesado de
disparar. Había un gran silencio sobre los campos. Sólo en nuestra posición el
fuego aún crepitaba entre la algarabía de los vencedores que elevaban sus tiendas,
ataban sus caballos, cantaban, se quejaban de sus heridas y gritaban órdenes.
Se levantó una voz en el
fondo del barranco, entonando la plegaria de la tarde. Veía las figuras
distantes, color de tierra, de los moros haciendo sus zalemas al sonido del
canto bárbaro, ululante, con sus fusiles al lado. De la falda de las montañas
en sombra comenzó a subir la neblina del río, envolviendo las figuras en
plegaria. Sólo el canto continuaba sobre el manto de la niebla, como si la
niebla misma estuviera gimiendo. Fuera del parapeto, sobre el calvero, yacía un
moro muerto, boca abajo, los brazos en cruz, las manos engarfiadas en la
piedra, aparte las flacas y negras piernas. El gran mechón de pelo sobre su
cabeza afeitada flameaba en el viento azul de la noche.
Desastre
Capítulo
VIII
Son las tres de la tarde
y aún estamos esperando la orden de avanzar y empezar la tarea de fortificar.
Al amanecer, las columnas
nuestras se volcaron en el valle de Beni-Arós como un ejército de hormigas
emigrantes: nosotros, la columna de Ben-Karrick, desde el norte, la columna de
Larache desde el oeste. Los dos ejércitos convergen ahora hacia el centro del
valle y podemos ver las chozas de Zoco-el-Jemis de Beni-Arós, uno de los
mercados más importantes de toda la zona. Las posiciones de la zona francesa
cierran el valle al sur, los montes del yébel Alam y una columna de apoyo
estacionada en Xauen cierran el este. Las fuerzas del Raisuni están
en-trampilladas por los cuatro costados y su única salida es a través de la
frontera francesa o la huida a las alturas del yébel Alam.
Los moros se defienden
furiosamente detrás de cada piedra y de cada mata. Los ataques de nuestra
vanguardia, los Regulares y el Tercio, se estrellan contra un enemigo
impalpable que se encuentra en todas partes. Ahora la caballería mora nos
desafía. Contemplamos la carga de la caballería nuestra contra los jinetes
moros que galopan en retirada a través de la pradera del Zoco, arrastrando a
sus perseguidores al sitio donde sus tiradores están emboscados tras las
piedras. Vemos a nuestra caballería romper sus filas y retirarse. Alguien debe
haber dado la orden de cañonear las guerrillas enemigas, porque las granadas
están cayendo exactamente sobre nuestros jinetes. Los heliógrafos están
lanzando llamaradas de sol en todas direcciones. Seguro que enfrente de nosotros,
a diez kilómetros de distancia, los franceses están contemplando, como
nosotros, el espectáculo que se desarolla a sus pies.
El día es tan hermoso, la
luz tan violenta en el cielo limpio de nubes, la tierra tan rica de verde de
hierba y árbol, y los hombres en el campo de batalla tan diminutos, que se
pierde toda idea de guerra y se cree estar asistiendo a una función de teatro
sobre un escenario colosal. El tableteo de las ametralladoras y los estampidos
de los cañones; el aeroplano solitario que ha volado tranquilo sobre la cuenca
del valle y ha dejado caer tres bombas sobre la casita blanca, diminuta desde
aquí, envolviéndola en algodón; las figurillas que surgen de pronto
imprevistas, corren y a veces se desploman: todo es artificial y falso contra
el fondo de estos campos verdes bajo este sol.
Hace mucho tiempo que
hemos comido un rancho frío. Llevamos horas aquí en el refugio de la ladera del
cerro, esperando que llegue nuestro turno. Los muchachos cabecean su sueño;
muchos se han tendido a lo largo sobre la tierra y dormitan, aburridos del espectáculo
de una lucha aún no resuelta, cuyas escenas se repiten monótonas hora tras
hora. Al fin, el capitán del Estado Mayor llega a galope y comenzamos la
marcha, ahora con gran prisa, subiendo y bajando cerros. Los mulos tropiezan a
veces y los conductores blasfeman, más por mantenerse despiertos que por la
rabia que les causa la cincha floja colgando a un lado la carga, que golpea las
patas del mulo.
Nos tomó una hora llegar
a nuestro destino, un cerro asomando la nariz sobre el valle, sobre el cual
tenemos que montar un blocao. El Tercio está luchando en la misma cima del
cerro,pero esto no hace diferencia alguna. Tenemos que terminar y marcharnos antes
de que caiga la noche y el blocao tiene que estar construido para entonces,
cueste lo que cueste.
En el lado descubierto
del cerro, nuestros muchachos cavan a toda prisa y llenan sacos terreros. Las
piezas de madera numeradas que son el blocao yacen sobre la tierra en haces
ordenados para que el rompecabezas pueda armarse sin dificultad. Los rollos de
alambre de espino se desatan y sus extremos libres restallan como látigos con
zarpas.
Lo primero que ha de
hacerse es levantar un parapeto frente al enemigo; de otra manera, no se podría
trabajar. Los hombres se arrastran a la cima del cerro empujando los sacos
terreros llenos enfrente de su cabeza; pero cuando llegan a la cima, quedan al
descubierto y ponen los sacos en línea llevándolos como si fueran niños
dormidos, corriendo a gatas después, más rápidos que lagartos asustados,
mientras las balas silban sobre sus cabezas o se estrellan en la tierra o en
los sacos repletos con un golpeteo sordo. El enemigo está concentrando su fuego
sobre la cresta del cerro. Y los legionarios dispersos, que tropiezan con los
sacos y con nuestros pies, nos insultan furiosos. Pero cuando el parapeto
comienza a elevarse, lo usan como protección. El golpeteo de las balas sobre la
tierra de los sacos suena ahora como goterones de lluvia de tormenta sobre las
losas de un claustro; por encima de nuestras cabezas las balas silban como
abejas rabiosas. El esqueleto de madera del blocao se va elevando y el sol le
va arrancando la esencia de pino recién aserrado y llenando el aire con su
olor.
Hay una pausa. Los moros
saben lo que va a ocurrir y están esperando sin prisa. Nosotros lo sabemos
también. Sabemos que están apuntando cuidadosamente al tejado no existente aún
del blocao, esperando que surjamos allí con la hoja de chapa acanalada a cuestas,
una silueta limpia contra la hoja de metal brillante al sol, contra la armadura
de madera, contra la línea del cerro y el fondo del cielo.
Estas hojas de chapa
están ahora a nuestros pies como libros monstruosos con sus hojas rizadas.
Tenemos miedo de abrirlos; miedo de encontrar escrito nuestro destino en una de
ellas, en una escritura ondulada como una serpiente extendida a lo largo de los
folios.
La historia cuenta
millares de hechos heroicos en el calor de la batalla: el guerrero o el soldado
corta, raja, pincha, aplasta cráneos con su maza o con la culata de su fusil y
entra en las páginas de la historia. Aquí no pasa nada de eso.
Nosotros no luchamos, ni
aun casi vemos al enemigo. Cogemos una hoja de chapa medio metro de ancha y dos
de larga; trepamos por una escalera conservando el equilibrio; colocamos la
chapa en un ángulo de 45°, y mientras el sol se refleja en nuestros ojos clavamos
clavos a través de los cuatro bordes de la chapa, uno a uno, con cuidado de no
martillarnos un dedo. Mientras tanto, diez, veinte o cien pares de ojos detrás
de la mira de sus fusiles apuntan fríamente al muñeco que se destaca en negro
sobre el espejo del metal brillante. Las balas abren agujeros de bordes
cortantes en el metal, a veces en la carne y en los huesos. El orificio por
donde una bala entra en el cuerpo es pequeñito, por donde sale es un boquete de
bordes sanguinolentos, fibrosos de piltrafas de carne y pingajos de tela
desgarrados por el metal.
Se ha terminado y se alza
ya el blocao, pero aún ha de montarse la alambrada. En grupos de cinco,
nuestros muchachos saltan el parapeto. Uno lleva los piquetes y los pone
verticales sobre la tierra, mientras otro martillea rápido, hundiéndolos; un
tercero desenrolla el alambre de púas, que le muerde y le araña las manos, de
un carrete que un cuarto sostiene. Y el quinto sujeta el alambre a las estacas
clavando de prisa horquillas de acero. Trabajan bajo una lluvia de plomo.
Hacia las siete hemos terminado. Tenemos tres
muertos y nueve heridos. Un blocao más se alza sobre el valle de Beni-Arós.
Recibimos la orden de retirarnos. Van cayendo las sombras y tenemos aún que
recorrer veinte kilómetros antes de llegar a la base. Dos horas más tarde la
compañía de Ingenieros marchaba aún a través de los campos oscurecidos. Los
ruidos de la batalla habían cesado ya hacía tiempo tras nosotros.
¿Que en qué pensamos? En
la guerra los hombres se salvan por el hecho de que son incapaces de pensar. En
la lucha, el hombre retrocede a sus orígenes y se convierte en animal de rebaño
sin más instinto que el de autopreservación. Músculos que nadie usó por siglos
resucitan. Las orejas se enderezan al silbido de un proyectil próximo; el vello
se eriza en el momento exacto; se salta de lado como un mono o se tira uno de
bruces en la única arruga de la tierra, justo a tiempo para evitar la bala que
no se ha visto ni se ha oído. Pero ¿pensar? No. No se piensa. Durante estas
retiradas en las cuales un hombre marcha tras otro como un sonámbulo, los
nervios van calmándose poco a poco. Al fin no existe más que el ritmo pesado de
los pies -¡y cómo pesan!-, el de las manos colgantes penduleando autómatas a
tiempo con vuestros pies, y el del palpitar de un corazón que escucháis dentro
de vosotros mismos y que marcha en ritmo con el corazón del hombre que va
delante de vosotros, al cual no oías porque vuestro corazón hace demasiado
ruido. Beber y dormir. Beber y dormir. El cerebro se os llena de un deseo de
beber, de un deseo de dormir. En la oscuridad, sed y sueño cabalgan sobre el
cuello de cien soldados en marcha, en cien cerebros vacíos.
A medianoche era claro
que habíamos perdido nuestro camino. Nos encontrábamos al pie de las montañas,
sombras inmensas bajo un cielo estrellado. ¿Dónde estábamos? Se mandó alto y el
capitán consultó con los sargentos. No teníamos ni una lámpara, ni un plano, ni
una brújula. Delante de nosotros, la pared de piedra de la montaña; detrás, los
campos oscuros con aullidos de perros y hienas en la distancia. Decidimos
trepar montaña arriba; desde la cima podríamos ver una luz, un punto que nos
guiara. Y comenzamos el ascenso, tropezando en la oscuridad, las cabezas sobre
el pecho, como peregrinos, pero mascullando blasfemias.
Desde la cima divisamos
una luz, dos, y muy lejos un centelleo blanco guiñándonos rítmico. La montaña
se precipitaba vertical ante nosotros. Acordamos acampar y esperar la luz del
día que no tardaría más de un par de horas. Improvisamos un parapeto usando las
cargas de los mulos y los mismos mulos. En su recinto encendimos fuegos,
pusimos centinelas y dormimos todos, hombres y bestias, apretándonos unos
contra otros, asustados como niños perdidos.
Al amanecer vimos frente
a nosotros el mar. El sol se tendía en arrugas de oro y plata deslumbrantes
sobre un campo inmenso de olas verdes empenachadas de lunas. Debajo, a nuestros
pies, estaba Rio Martín.
Nunca sabremos cuántos
kilómetros recorrimos aquella noche. Teníamos los pies hinchados y todos los
músculos entumecidos. Hubo que prolongar el descanso hasta mediodía para poder
comenzar nuestro descenso a Rio Martín.
Fue allí, mientras el
capitán esperaba que el telefonista le pusiera en comunicación con el cuartel
general, donde tuve el primer pensamiento consciente -inconscientemente me
había hormigueado toda la noche en el cráneo- de que ¡no teníamos ni una brújula,
ni una lámpara, ni un mapa! Las unidades del ejército español en Marruecos iban
a la batalla sin medio alguno de orientación. Se mandaba a los hombres al
frente, y se dejaba a su instinto el averiguar hacia dónde avanzar y sobre todo
como regresar a sus bases; y unidad tras unidad se perdían en la noche. De
repente entendí aquellas trágicas retiradas de Marruecos, donde después de una
operación victoriosa, los hombres morían a cientos en emboscadas. Dos días más
tarde recibíamos la orden de marchar a Xauen, ochenta kilómetros al este.
Íbamos a reunirnos a la columna que cerraba la salida del valle de Beni-Arós y
de las laderas del yébel Alam.
Xauen es una ciudad
infinitamente vieja en una garganta estrangulada por montañas. Se la ve
únicamente cuando se entra en la misma garganta. La ciudad se presenta de golpe
como una sorpresa. No es una ciudad árabe, sino un pueblo de las sierras andaluzas
con tejados de rojas tejas en ángulo agudo sobre los muros de sus casas
enjalbegadas, tejados sobre los cuales la nieve se escurre en invierno. Los
moros llaman a Xauen la Ciudad Sagrada, y la Misteriosa. Cuando se ve la ciudad
encerrada entre sus paredes de granito se comprende por qué fue inconquistable
durante siglos. Un puñado de hombres, distribuidos en los picos que la rodean,
a pedradas pueden cerrar el paso a un invasor.
Las calles de Xauen,
estrechas, empinadas y retorcidas, eran un laberinto. En el principio de
nuestra ocupación, no era raro que un soldado español fuera atravesado por una
gumía sin que se supiera de dónde había surgido el golpe. El barrio hebreo era
una fortaleza cerrada por rejas de hierro, que se abrieron de par en par por
primera vez en centurias cuando los españoles ocuparon la ciudad. Dentro de un
recinto -gruesas paredes, puertas estrechas, troneras por ventanas-, todavía se
hablaba español, un español arcaico del siglo XVI. Y unos pocos de los judíos
aún escribían este castellano mohoso en letras anticuadas, todas curvas y
arabescos, que convertían un pliego de papel recién escrito en un viejo
pergamino. Me enamoré de Xauen. No de la Xauen de los militares, con su plaza
de España y su campamento general, con sus cantinas y burdeles en borrachera
eterna, con sus presuntuosos oficiales, con sus moros obsequiosos y falsos. Me
enamoré de la otra Xauen, de la Misteriosa. Sus calles quietas en sombra, en las
que repercute el eco de los borriquillos; su muecín salmodiando su plegaria en
lo alto del minarete; sus mujeres tapadas y envueltas en la amplitud de las
blancas telas que no dejan nada vivo en sus ropas fantasmales, más que la
chispa de sus ojos; sus moros de la montaña, andrajosos en sus pingajos o
resplandecientes en chilabas de lana blancas como la leche, pero siempre
altivos. Sus judíos silenciosos deslizándose a lo largo de las paredes, tan
pegados a ellas como sombras sin cuerpos, corriendo siempre a pasitos cortos,
rápidos y furtivos.
En las noches de luna,
Xauen evocaba en mí a Toledo con sus callejuelas solitarias y tortuosas. Y para
siempre Toledo ha evocado en mí a Xauen. Tienen un mismo fondo de ruido, el
ruido del río corriendo rápido y tumultuoso, el viento enredándose en los árboles
y en los recovecos de las montañas, aullando en la profundidad de los
barrancos.
Xauen era una ciudad
industrial. Lavaban sus lanas en los torrentes y las blanqueaban al sol;
después las teñían con rojos, azules y amarillos, hechos de jugos de árbol y de
piedras pulverizadas con recetas religiosamente transmitidas de padres a hijos.
Repujaban el cuero con el arte perdido de Córdoba, la ciudad de los califas.
Molían su grano entre las piedras en forma de pera, que el agua había hecho
girar durante quinientos años; piedras pulidas cubiertas de poros diminutos,
que giraban perezosas como los pechos de una mujer volviéndose en sueños.
Martilleaban su hierro y lo templaban sobre carbones hechos de vieja encina; lo
sumergían chirriante en el agua del río y surgía azul como pluma de paloma o
amarillo como paja tostada al sol. Los judíos repujaban la plata con golpes
rápidos de sus martillos, sobre lechos de pez que recibían suaves las figuras
que la herramienta iba haciendo surgir en el metal. Tenían hornos de cal y
ruedas de alfarero, donde torneaban cacharros de líneas simples y proporciones
esbeltas. Y tenían la leyenda de las piedras que arden:
Un santón de una de las
grandes tribus que viven al sur, en el desierto, emprendió el peregrinaje a la
Tumba del Profeta acompañado de sus discípulos. Marcharon día y noche, por
meses y meses, hasta que llegaron a las altas montañas que encierran Xauen. En
invierno, las noches son frías y la nieve duerme en las cimas: los hombres del
desierto creyeron morir en la nieve. No podían encender un fuego allí, donde
sólo había piedras, y la hora de morir había llegado. El hombre santo se retiró
en oración. Alá le ordenó recoger las piedras negras que se clavaban en sus
rodillas mientras rezaba, y encender un fuego con ellas. El fuego ardió con una
llama más brillante que la que madera alguna puede dar. Y los peregrinos se
salvaron. Al amanecer, decidieron apagar el fuego y arrojaron en él agua que
brotaba de un manantial entre las piedras. Pero el fuego era tan poderoso que
el agua ardió en llamas más altas que los hombres.
En un rincón ignorado de
la montaña -la leyenda lo dice-, las piedras y el agua están aún ardiendo en
honor de Alá. Muchos ojos miran en la noche para ver la llama que arde, nadie
sabe dónde.
Los árabes exploran en la
noche la llama milagrosa. Rastreadores de todas las partes del mundo han
buscado y aún buscan pacientemente en estas montañas, con sus martillos de
geólogos, para hallar el carbón y el petróleo que sin duda engendraron la
leyenda.
Pero nadie encontrará ya
estas visiones en Xauen. Se perdieron hace ya muchos años. La invasión española
barrió la magia de la vieja ciudad. Hoy sus lanas se tiñen con las anilinas de
la I. G. Farben-Industrie y se mezclan con algodón. Los pocos telares que aún
existen ya no funcionan con pies y manos, sino a motor. Los cinceladores
cerraron sus talleres hace años y la plata estampada de Marrakech o de
Pforzheim se exhibe desvergonzada en tiendas europeizadas. El cuero no se curte
ya más con cortezas de árbol ni se le suaviza más con el trabajo laboríoso de
las manos hábiles; sus dibujos no se trazan más con martillo y hierros
calentados al fuego. Se lo curte por procesos químicos, se lo corta a máquina,
se lo estampa en relieve con placas de aceros grabadas en París o Dios sabe
dónde. El Fondak, la vieja posada para los viajeros, no existe más, pero
existen hoteles con cocina francesa. Xauen ya no es más ni sagrada ni
misteriosa. La ha invadido la taberna y el burdel y se ha prostituido. En 1931
era un lugar de turismo, con anuncios pegados en las paredes y una carretera
ancha por la cual podían viajar ricos ingleses o americanos. Una ciudad que
hacía prosperar el negocio de sedas estampadas de Lyon.
Pero yo he conocido Xauen
cuando aún no estaba prostituida, cuando pasear por sus calles era aún
aventura. Un moro os miraba los galones plateados de sargento y os saludaba:
«Salaam aleicum». Un
judío canturreaba en viejo romance un «Dios os guarde». Un montañés os lanzaba
una mirada preñada de odio y echaba la mano a la empuñadura de cuerno de su
gumía; os miraba y escupía despectivo en medio de la calle. Los ojos de las mujeres
árabes os miraban desde la profundidad de sus velos y nunca podíais adivinar ni
la edad ni los pensamientos de su propietaria. Las muchachas judías bajaban los
ojos y enrojecían. Los pies os resbalaban sobre los cantos redondos, sobre los
que caballos y burros andaban tan seguros.
Cuando nos encontrábamos
allí, en medio de tal mezcolanza de razas y de odios, ancestrales y modernos,
en tal mezcla de religiones rivales -nuestro altar en el campamento general, el
muecín cantando las glorias de Alá y los judíos deslizándose en silencio en su
sinagoga, las manos cruzadas y escondidas en las bocamangas de sus caftanes-,
era para mí como si la España medieval hubiera resucitado y estuviera ante mis
ojos. Si no me causaba asombro alguno el ver a un guerrero árabe jinete en su
caballo, con una gualdrapa de seda y espuelas de plata maciza, tampoco me
hubiera causado asombro el ver un guerrero forrado de hierro con la noche cruz
de los cruzados esmaltada en su escudo.
Estábamos descansando en
el campamento general, reorga-nizándonos para las operaciones inmediatas. Como
siempre, los comentarios y las conjeturas corrían de boca en boca, de tienda en
tienda y de cantina en cantina. Manzanares vino a mí con aire de misterio:
-Pasa algo grande.
-¿Qué pasa?
-¡Yo qué sé! Pero todos
los oficiales del Estado Mayor andan corriendo de la tienda del general a la de
todos los comandantes y el teléfono está funcionando sin parar con Tetuán y con
Ceuta. Uno de los ordenanzas del coronel Serrano ha dicho que los moros han
cogido Ceuta y que nos han cortado; y que van a venir a hacernos trizas.
A la caída de la tarde de
aquel día -debía ser el 11 o 12 de julio de 1921-, los cornetines tocaron
llamada general y todos los jefes de todas las unidades se fueron reuniendo
ante la puerta de la tienda del comandante general. Antes del amanecer emprendíamos
la marcha hacia Tetuán, con la excepción de una guarnición reducida que se
quedó en Xauen.
Los kilómetros se fueron
sucediendo uno a otro. La marcha continua y el sol de julio apagaba nuestra sed
de noticias y de comentarios. A mediodía, el alto por el cual todos
suspirábamos no llegó; seguimos sin descanso en una marcha forzada. Algunos de
los hombres no podían más y comenzaban a quedarse rezagados. Cuando el primero
de nuestra compañía cayó, el capitán me dio una orden seca:
-Si no puede seguir, que
se quede y se las arregle como pueda.
A las diez de la noche
entrábamos en Tetuán. Caíamos dormidos sobre las losas de piedra del cuartel,
sin tiempo ni aun para quitarnos el correaje. Al amanecer marchábamos a Ceuta;
allí, sin descanso, a bordo de un barco. En Ceuta supimos lo que pasaba: los
moros habían matado a toda la guarnición de Melilla y estaban a las puertas de
la ciudad.
Los libros de historia lo
llaman el Desastre de Melilla o la Derrota española de 1921; dan lo que se
llama los hechos históricos. No sé nada de ellos, con excepción de lo que leí
después en estos libros. Lo que yo conozco es parte de la historia nunca escrita,
que creó una tradición en las masas del pueblo, infinitamente más poderosa que
la tradición oficial. Los periódicos que yo leí mucho más tarde describían una
columna de socorro que había embarcado en el puerto de Ceuta, llena de fervor
patriótico, para liberar Melilla.
Todo lo que yo conozco es
que unos pocos miles de hombres exhaustos embarcaron en Ceuta con destino
desconocido, agotados hasta el límite de su resistencia después de cien
kilómetros de marcha a través de Marruecos, bajo un sol asfixiante, mal
vestidos, mal equipados y peor comidos. Tan pronto como el barco dejó el
puerto, comenzaron a marearse y a ensuciar la cubierta del buque. Comenzaron a
blasfemar y a hacer lo que les vino en gana, jugar o emborracharse, peleándose
en su borrachera por las incidencias del juego: cantar y chillar, burlarse de
los que vomitaban, reírse del coronel tripudo con la cara verdosa y el uniforme
salpicado de comida a medio digerir. El barco era un infierno. Y Melilla era
una ciudad sitiada.
Muchos años después
aprendí lo que significa vivir en una ciudad sitiada, bajo la amenaza constante
de la entrada del enemigo que se ha prometido a sí mismo botín, vidas y carne
fresca de mujer. Las gentes en las calles pasan de prisa, porque nadie sale de
su casa sin un motivo urgente. Los servicios públicos no existen; el teléfono
no funciona, las cañerías revientan, no hay carbón, la luz se apaga de pronto,
los zapatos se agujerean y las zapaterías están cerradas o vacías; los que no
cayeron enfermos en diez años se sienten graves de pronto y hay que buscar al
doctor cuando caen las granadas; las calles están oscuras en la noche y el
peligro escondido tras cada esquina.
En la Melilla sitiada, un
barco panzudo volcó estos miles de hombres mareados, borrachos, agotados de
cansancio, que iban a ser sus liberadores. Establecimos un campamento, no sé
dónde. Oímos cañonazos, tableteos de ametralladora, disparos de fusil en alguna
parte fuera de la ciudad. Invadimos los cafés y las tabernas; nos emborrachamos
y asaltamos las casas de putas. Putas y taberneros son imprescindibles en la
guerra. Provocábamos a los habitantes asustados: «Ahora vais a ver lo que son
cojones. ¡Mañana no queda un moro vivo!». Los moros habían desaparecido de las
calles de Melilla; cuando el barco había atracado en el muelle, un legionario
había cortado las orejas de uno de ellos y las autoridades habían ordenado a
todos los moros no salir de sus casas. A la mañana siguiente marchamos hacia
las afueras de la ciudad: íbamos a romper el cerco y comenzar la reconquista de
la zona.
Durante los primeros
pocos días, nosotros, los ingenieros, construimos posiciones nuevas, volviendo
cada noche del campamento a la ciudad. Los periódicos estaban llenos de
cabeceras gritando horrores que nosotros aún no habíamos encontrado. Así nos
fuimos alejando de la ciudad, adentrándonos en el campo abierto, y vimos el
horror.
Una gran casa acribillada
de balas. La cal blanca saltada de sus paredes mostrando detrás los ladrillos
como salpicaduras de sangre. En el patio un caballo muerto, el vientre rajado
como por la cornada de un toro furioso, las entrañas azules vivas de moscas y
una de sus patas inexistente, cortada por el anca. En las ventanas del primer
piso, uno, dos, tres, cinco muertos, un muerto en cada ventana, alguno con un
agujero limpio en la frente, caído como una muñeca de la que se ha escapado el
aserrín, otros hundidos en el charco de su propia sangre. Cartuchos vacíos
rodando por el suelo, sonando a cada paso como cascabeles, haciéndonos escurrir
cómicamente delante de los muertos. En los cuartos del piso bajo, huellas
sangrientas, huellas de hombres arrastrados por los hombros con la sangre
corriendo a lo largo de sus piernas y trazando con los talones dos paralelas
vacilantes como tiza roja sobre las losas de piedra.
Y el cuarto del fondo:
Un niño se ha apoderado
del puchero donde mamá hizo el chocolate. Primero se pintó la cara y las manos,
después embadurnó sus piernecitas y su traje, la mesa y las sillas. Saltó de la
silla al suelo y dejó caer un goterón de chocolate. Paseó sus dedos por las
paredes y dejó la estampa de su mano en cada rincón, en cada mueble, en líneas
y rayas, en ganchos y jeroglíficos. Saltando de alegría en su júbilo de ver
manchurrones en cada cosa limpia, metió el pie en el puchero y salpicó el
chocolate sobre las paredes, tratando de llegar muy alto. Era tan delicioso el
juego que hundió ambas manos en el pote y salpicó rociadas de gotas grandes y
chicas por todas partes, hasta en el techo. En el mismo centro de la
habitación, un gran charco está ya seco y pegajoso.
En el cuarto de atrás
había cinco hombres muertos. Estaban empapados en su propia sangre, la cara,
las manos, los uniformes, el cabello, las botas. La sangre había hecho charcos
en el suelo, manchurrones en las paredes, goterones en el techo, plastrones en
cada rincón. Sobre cada sitio limpio, blanqueado, había pintadas manos, manos
con cinco, con dos, con un dedo, manos sin dedos, dedos sin manos, aplastados y
monstruosos. Una mesa y unas sillas eran un montón de astillas. Millones de
moscas zumbando incesantes, que se emborrachaban en el festín, sobre la huella
de un pulgar en la pared, sobre los labios del cadáver del rincón de la
izquierda.
Pero no puedo describir
el olor. Penetramos en él como se entra en las aguas de un río. Nos sumergimos
en él y allí no había ni fondo ni superficie; no había escape. Saturaba los
vestidos y la piel, se filtraba a través de la nariz en la garganta y en los
pulmones, nos hacía toser, estornudar, vomitar. El olor disolvía nuestra
sustancia humana. La empapaba instantáneamente y la convertía en una masa
viscosa. Frotarse las manos era frotar dos manos que no eran más de uno, dos
manos que parecían pertenecer a un cadáver en corrupción, pegajosas e
impregnadas de olor.
Amontonamos los muertos
en el patio sobre el caballo, los rociamos de petróleo y prendimos fuego a la
pila. Apestaba a carne asada y vomitábamos. Aquel día comenzamos a vomitar y
seguimos vomitando días y días incontables.
La lucha en sí era lo
menos importante. Las marchas a través de los arenales de Melilla, heraldos del
desierto, no importaban; ni la sed y el polvo, ni el agua sucia, escasa y
salobre, ni los tiros, ni nuestros propios muertos calientes y flexibles, que poníamos
en una camilla y cubríamos con una manta; ni los heridos que se quejaban
monótonos o aullaban de dolor. Nada de esto era importante, porque todo había
perdido su fuerza y sus proporciones. Pero ¡los otros muertos! Aquellos muertos
que íbamos encontrando, después de días bajo el sol de África que vuelve la
carne fresca en vivero de gusanos en dos horas; aquellos cuerpos mutilados,
momias cuyos vientres explotaron. Sin ojos o sin lengua, sin testículos,
violados con estacas de alambrada, las manos atadas con sus propios intestinos,
sin cabeza, sin brazos, sin piernas, serrados en dos. ¡Oh, aquellos muertos!
Seguimos quemando
cadáveres en montones rociados de petróleo, seguimos luchando en crestas de
cerro, en honduras de barranco, seguimos avanzando más y más, durmiendo en el
suelo, devorados de piojos, torturados de sed. Construimos nuevos blocaos,
llenando miles de sacos terreros, y levantamos en ellos parapetos. No
dormíamos: nos moríamos cada día, para resucitar en la mañana siguiente, y en
el intervalo vivíamos a través de pesadillas horrendas. Y olíamos. Nos olíamos
unos a otros. Olíamos a muerto, a cadáver putrefacto.
Yo no puedo contar la
historia de Melilla de julio de 1921. Estuve allí, pero no sé dónde; en alguna
parte, en medio de tiros de fusil, cañonazos, rociadas de ametralladora,
sudando, gritando, corriendo, durmiendo sobre piedra o sobre arena, pero sobre
todo vomitando sin cesar, oliendo a cadáver, encontrando a cada nuevo paso un
nuevo muerto, más horrible que todos los vistos hasta el momento antes.
Un día al amanecer
regresamos a la ciudad. Estaba llena de soldados y de gentes que ya no estaban
sitiadas. Vivían y reían. Se paraban en la calle para hablarse unos a otros, se
sentaban en la sombra a beberse su aperitivo. Los limpiabotas se deslizaban entre
la multitud de los cafés. Un aeroplano de plaza trazaba curvas graciosas en el
aire. La banda de música tocaba un pasodoble alegre en el paseo. Aquella tarde
embarcamos.
Volvimos a Tetuán.
Después de pasar dos días alocados por la imagen de las cosas vistas,
torturados por un estómago fuera de orden, caí en un desmayo de muerte sobre la
mesa del sargento de guardia del cuartel de la Alcazaba.
El
hospital
Capítulo
IX
Alguien me zarandeaba el
brazo. Había estado durmiendo y debía ser muy tarde. Enfrente de mí, una ventana
estaba llena de sol.
-Sí, sí. Ya voy.
Pero no podía hablar. La
lengua dentro de mi boca era una masa de carne deforme. Me dolían las
mandíbulas.
-El doctor -dijo alguien
a mi lado.
-¿El doctor? -contesté,
pero sin hablar. Mi boca se negaba a hablar.
A los pies de mi cama
estaban un doctor y un soldado, dos figuras borrosas con la cruz de San Juan
blanca sobre el cuello de sus guerreras.
-¿Cómo te sientes,
muchacho?
-¿Yo? ¿Cómo? Bien. -Pero
sin hablar. El soldado dijo algo:
-Parece como si entendiera.
Creo que le vamos a sacar adelante, mi capitán.
-Bueno. Seguir con lo
mismo.
Los dos desaparecieron
del pie de la cama. Lentamente comencé a darme cuenta de lo que me rodeaba.
Estaba en una cama; frente a mí había una hilera de camas y otras dos a mi
derecha y a mi izquierda. Sentía un olor nauseabundo que se desprendía de mis
sábanas, es decir de mí. Un olor diferente del de la sala. ¿La sala? Era una
enorme barraca de madera con un techo en ángulo sobre vigas cruzadas, una
hilera de ventanas a cada lado y el sol entrando a raudales por las de enfrente
a mí. Había un olor pegajoso de fiebre y un zumbido incesante sobre el que
sobresalían respiraciones trabajosas y quejidos sordos. Moscas y moribundos.
Sobre la mesilla de noche
había una jarra de porcelana y una caja de pildoras. La jarra estaba llena de
leche en la que nadaban docenas de moscas. Sentía una sed torturante, con
aquella piltrafa de carne que era mi propia lengua entre los dientes. Separé la
vista del estanque de moscas y vi una cara lívida, huesos y pellejo, respirando
trabajosamente como si a cada momento fuera a detenerse para siempre.
Sabía dónde estaba: en el
hospital de Tetuán, en el pabellón de infecciosos. Lo llamaban el Depósito,
porque los pacientes salían de él a través de una puerta trasera sobre una
camilla con ruedas de goma, cubiertos por una sábana. Y nunca volvían.
En la sala no estaban más
que los enfermos; ni sanitarios, ni ordenanzas, ni enfermeras. Nadie. A los
pies de la cama colgaba mi ropa. Los galones de plata de las bocamangas
brillaban. Pensé que otro «yo» estaba allí, esperando al pie del lecho. Tenía
cigarrillos en la guerrera y su recuerdo me provocó un deseo irresistible de
fumar. Me arrastré sobre la cama, cogí el uniforme y saqué cigarrillos y
cerillas. Se pasó una hora antes de que se me calmara el latir del corazón y
que el sudor dejara de inundarme. Sólo entonces encendí el cigarrillo. No tenía
sabor y el chupar de él era un esfuerzo doloroso; debía tener los labios
terriblemente hinchados.
Un soldado de sanidad
entró y comenzó a marchar de cama en cama. Ponía un termómetro en la boca del
enfermo, lo dejaba allí un rato, lo sacaba, lo frotaba con un trapo, lo ponía
en la boca del inmediato. Escribía algo en la cabecera de cada cama. Otro ordenanza
le seguía con
un cubo vacío y otro lleno. Vaciaba las jarras de porcelana de cada mesilla de
noche en el primero y las llenaba sumergiéndolas en el segundo. El hombre con
el termómetro llegó a mí.
-¿Está usted mejor?
-Sí -le dije, moviendo la
cabeza.
-Abra la boca.
-No. -Le señalé con la
mano derecha mi sobaco izquierdo.
-No. Tiene que ser en la
boca.
-No.
Me puso el termómetro en
el sobaco y dobló mi brazo para cubrirle.
-Estése quieto ahora.
¿Quiere un poco de leche?
-No. Agua. -Pero no podía
hablar y tuve que hacer un esfuerzo para indicarle por gestos lo que quería. Me
entendió al fin.
-¿Agua? -Sí.
-No, leche; sólo leche.
El agua está prohibida. -Quería darme la jarra que todavía goteaba de haberla
sumergido en el cubo.
-No.
Dejó la leche sobre la
mesilla de noche y las moscas se precipitaron zumbando sobre ella. El otro
ordenanza me puso una píldora en la boca. Se me pegó al paladar hasta que se
disolvió la envoltura, y la boca se me llenó de un gusto amargo. Quinina.
¿Tenía malaria?
Cuando se marcharon los
dos sanitarios, me volví trabajosamente a leer la hoja clavada en la cabecera
de la cama. Decía:
«Tifus ex». Debajo mi
nombre y una fecha, y encima una curva de fiebre trazada sobre una cuadrícula.
¿Llevaba allí cuatro días? Y, ¿tifus exantemático?
Pero ¡yo estaba vacunado
contra el tifus!
La mente de un enfermo
grave es como la mente de un niño. Se agarra desesperadamente a una ilusión o
se hunde en el pesimismo absoluto. Yo estaba inoculado contra el tifus, por
tanto no podía morirme de tifus. No podía morirme. Todos los tratados de medicina
del mundo lo afirmaban; y no me moriría. Naturalmente, si no me hubiera
vacunado... Me invadió una calma infinita. Estaría malo una semana o dos o
tres, pero no me moriría.
-Dame un pitillo -me dijo
una voz débil- y enciéndemelo. -Una mano débil esquelética apareció bajo la
sábana.
Encendí un cigarrillo y
se lo di.
-¿Qué tienes? -dije. Me
asombré de oír una voz bronca y tartamuda saliendo de mí, hablando con la
lengua hinchada.
-Tisis.
-¡Caray! No fumes.
Tíralo.
-Qué más da. Me voy a
morir hoy... -lo dijo tan naturalmente que me convenció de que iba a morirse.
Al atardecer movió una mano y dijo algo.
-¿Eh? -le pregunté.
-A-d-i-ó-s. -Pronunció
muy claro y muy despacio.
Poco después, los dos sanitarios
volvieron, uno con el termómetro, el otro con los cubos. Estiraron la sábana de
la cama de mi vecino hasta la cabecera de hierro, cubriéndole completamente.
Cuando habían terminado, volvieron empujando una de esas camillas de ruedas de
los hospitales. Uno le cogió por los pies y otro por los hombros; sin retirar
la sábana, recogieron bajo él los lados colgantes y le pusieron sobre la
camilla. Desaparecieron a través de la puerta de atrás.
Aquella noche no pude
dormir. Las moscas adormiladas caían sobre la blancura de las sábanas y sobre
mi cara y mis manos. El calor era asfixiante. Las lámparas eléctricas colgadas
de las vigas lucían con una luz rojiza a través de la capa de polvo que las
cubría. Alguien al fondo de la sala comenzó a chillar, no, a aullar. Se tiró de
la cama y anduvo a cuatro patas entre las dos hileras de camas. Pero antes de
llegar a mi altura, se agarró a los hierros de una cama, se enderezó, vomitó y
se desplomó. Ni un sanitario, ni un timbre. Se quedó allí toda la noche sobre
el suelo de tierra apisonada. En la mañana le envolvieron en una sábana y se lo
llevaron en la camilla de ruedas de goma.
Después vino el doctor.
Pasaba rápidamente de una cama a otra.
-¿Cómo estás hoy,
muchacho? -me preguntó.
-Mejor, mi capitán.
-¡Caray! ¡Pues es verdad!
-Se volvió al lecho vacío-: ¿Y éste?
-Se murió ayer.
-Bueno. Seguid dándole
quinina al sargento. Anímate, muchacho, esto no es nada.
Aquel día se murieron
dos. Al siguiente, cinco. Uno de ellos murió de viruela negra en las primeras
horas de la noche.
Al amanecer estaba en
plena descomposición. Náusea, miedo y horror se habían apoderado de mí. Por la
mañana le dije al médico:
-Mi capitán, ¿podría
evacuarme a Ceuta?
-Cómo, ¿no estás bien
aquí?
-Sí, señor. Pero tengo
familia en Ceuta.
-Ah, bueno. Eso es otra
cosa. Esta tarde te pondré una inyección y te mandaremos en una ambulancia.
Comprendo que quieras ir allí.
Me pusieron una inyección
en un brazo, me envolvieron en mantas y me pusieron en una camilla en un coche
de sanidad, íbamos seis, tres a cada lado. Debieron darme morfina, porque
cuando el coche comenzó a moverse, me mareé y perdí el conocimiento.
Me desperté en otra cama
al lado de una ventana abierta de par en par. Había árboles cerca de la ventana
llenos de pájaros chillones. Estaba en la cresta de un cerro y en la distancia
se veía el mar. El barracón contenía sólo seis camas, cinco de ellas vacías.
Había tres ventanas más y el sol inundaba la habitación. «Es una buena cosa la
morfina», pensé. Pero no eran los efectos de la morfina.
Estaba en Ceuta, en el
hospital Docker para enfermedades infecciosas, a dos kilómetros de la ciudad,
sobre un cerro que domina el estrecho de Gibraltar. Un viejo, vestido con un
blusón blanco, estaba sentado cerca de la puerta leyendo un periódico. Volvió
la cabeza, me miró y vino a mí renqueando.
-Qué, muchacho, ¿te
encuentras mejor? Voy a darte un poco de leche.
Se metió en un cuartito
pequeño al lado de la puerta y vino con un vaso de leche fría. La bebí con
ansia.
-Bueno, ahora estáte
quieto. El comandante está al llegar.
He olvidado el nombre del
comandante, como se olvida siempre el nombre de los que nos ayudaron, mientras
recordamos a los enemigos. Era un hombre alto y delgado con sienes grises, una
cara joven y sensitiva y las manos de un prestidigitador. Era un gran cirujano
y gran psicólogo.
Se sentó en la cama, sacó el reloj y me tomó
el pulso; me auscultó largamente. Quitó la sábana y me reconoció el vientre con
dedos inteligentes. Lo sentía como si estuviera cogiendo uno a uno mis
intestinos y haciéndoles preguntas. Me tapó y dijo:
-¿De dónde eres,
muchacho?
-De Madrid, mi
comandante.
-¿Fumas?
-Sí, señor.
Sacó una pitillera, me
dio un cigarrillo y encendió otro para él:
-¿Te gustan las chicas?
-Bastante.
-Bien. Supongo que como
todos habrás corrido un poquito, ¿no? ¿Has tenido alguna vez algo?
-No, señor.
-Eso es bueno. Y cuando
chiquillo, ¿qué te acuerdas tú haber tenido?
En un cuarto de hora sacó
de mí una confesión general de todos mis pecados y una historia de mi vida. Al
final dijo:
-¿Sabes lo que tienes?
-Tifus, creo. Pero estoy
vacunado.
-Sí, tifus. Y estás muy
débil. Pero no te preocupes. Te sacaremos adelante.
A mediodía, el viejo puso
un cubo de agua a los pies de mi cama. El comandante vino, me tomó el pulso y
le dijo al viejo:
-Vamos con ello.
Empapó una sábana en agua
y entre los dos me envolvieron en la sábana húmeda y en varias mantas. La
humedad fría sobre mi piel húmeda de fiebre dolía; a los pocos minutos estaba
seco. Me quitaron la envoltura humeante y me envolvieron en otra sábana húmeda,
dándome un vaso de leche y una pildora. Me dormí profundamente. De esta forma
se pasaron los días. Cada día el comandante venía a ayudar al viejo. Mis manos
sobre la sábana se habían vuelto transparentes. Perdí toda noción del tiempo.
Un día el viejo me
envolvió en una manta y me llevó en brazos como un niño a un sillón cerca de la
ventana. Me dejó por una hora mirar al mar y a los árboles y escuchar a los
pájaros. Había olvidado cómo andar. El viejo me enseñaba un ratito cada día. Después
comencé a andar los pocos pasos que había hasta la sombra del árbol más cercano
en la cima del cerro, y me quedaba allí respirando hondo el aire del mar; pero
estaba tan débil que los cincuenta pasos desde el barracón hasta el árbol me
costaban un río de sudor. Pesaba treinta y siete kilos y medio.
Un día me pusieron en una
ambulancia y me llevaron al hospital Central, de Ceuta. Había un tribunal de
cinco médicos; leyeron mi nombre y el comandante explicó mi caso; cuchichearon
entre sí los cinco y uno de ellos dijo:
-Dos meses.
Vino un sargento y me
preguntó: -¿Dónde quieres ir? Te han dado dos meses de permiso. Una mañana
volví a mi cuartel, preparé una maleta y embarqué para España. Antes de
marcharme, el comandante mayor Tabasco, el jefe de la oficina del regimiento,
me dijo:
-Cuando vuelvas, tengo
una sorpresa para ti.
Se habían pasado casi dos
años desde que había salido de España, dejando tras mí la vida civil y mi
propia vida, para sumergirme en el anonimato de la vida militar en África. Esta
vida militar no estaba aún terminada; me quedaba por delante poco más de un año
todavía. Pero volver a España, aun en uniforme, era como una resurrección. Y
por dos meses hasta el uniforme me iba a quitar; haría lo que me diera la gana:
comer, dormir, ir donde y como quisiera. Sería libre y tenía dinero.
A medida que el barco
avanzaba en el Estrecho y el anfiteatro de casitas blancas que era Ceuta se iba
perdiendo a lo lejos, mientras la roca de Gibraltar crecía más y más, todo
aquello -África, Melilla, Tetuán, Ceuta, el ejército- iba haciéndose borroso y
escapándose de mi mente.
Tan pronto como el barco
atracó en Algeciras tuve mi primer encuentro con una realidad de la cual mi
largo aislamiento durante la campaña y la enfermedad me habían tenido
ignorante. Sobre el muelle había coches de la ambulancia, muchachas en uniforme
de la Cruz Roja, doctores y sanitarios. Examinaron mis documentos:
-¿Enfermo? -preguntó uno
de los médicos de sanidad; se volvió a una muchacha que llevaba la cruz roja
sobre la toca blanca y dijo-: Para ti, Luisa.
La muchacha vino a mí, me
palmeó suavemente un hombro y exclamó:
-¡Pobrecito! Ha estado
usted en Melilla, ¿no?
-Sí, al principio.
Me condujo a un rincón de
la estación del ferrocarril y me ofreció un vaso de leche hirviendo, una cosa
que odio.
-Bébase esto. Le hará
bien y le ayudará a sudar.
¿Sudar? Había sudado
bastante con mi fiebre y rechacé la bebida. Me miró ofendida.
-¿Usted sabe? -le dije-.
He tenido que beber tanta leche cuando estaba en el hospital que ahora la
aborrezco. Últimamente ya no me la dan, pero sí en cambio un vasito de jerez
con dos galletas a media mañana.
Luisa me trajo un vaso de
jerez y galletas. Eran buenos. Se sentó a mi lado y comenzamos a charlar.
-Ahora, cuénteme: ¿cómo
era en Melilla? Terrible, ¿no? A mí me hubiera gustado ir a un hospital allí,
pero papá no me ha dejado. ¡Hemos tenido unas broncas por eso! Figúrese, la
duquesa de la Victoria, que es de la familia real, ha ido allí, y a mí no me
han dejado. Mi papá es así. Bueno, no realmente, es mamá la que es muy rara:
«¿Vas a ver esas heridas horrorosas que hacen los moros? Peor aún, yo sé bien
que las enfermeras tienen que limpiar el trasero y sus partes a los soldados y
ver cada cosa. No, hija, no; una señorita como tú no puede ver eso. ¡Nunca!».
Esto fue lo que dijo, pero yo quería tanto ser una enfermera. Todas mis
amiguitas lo eran y además el uniforme me sienta muy bien, ¿no? Así que papá,
que a Dios gracias tiene buenos amigos, se encargó de ello y aquí estoy en el
Comité de Recepción de los Heridos en África. Una tiene que hacer su poquito,
¿no? Naturalmente, no estoy en el hospital, porque no tengo estudios, pero una
amiga mía está allí y lo ve todo. -El torrente de palabras se interrumpió un
momento-: Sabe usted, un día me tocó un teniente. Como el capitán médico es un
amigo de casa, pues, siempre me da lo mejorcito que viene. Si es un capitán,
pues el capitán. Hoy le ha tocado a usted, no venían oficíales. Ahora,
cuénteme, ¿cómo son los moros?
-Pues..., bueno, muy
sucios y feos; muy largos y flacos, en fin, salvajes, completamente salvajes.
-¿Y Abd-el-Krim?
-Pues, a decir verdad,
nunca he visto a Abd-el-Krim. Pero las gentes dicen que es un tipo con una
barba muy negra y unos ojos feroces, que atormenta a los prisioneros y luego
les pega un tiro.
-¡Qué horrible, qué
horrible! Nosotros tenemos un primo ¿quién sería nosotros?-, un primo segundo,
¿sabe?, que era teniente de infantería y ahora es piloto y vuela en Melilla.
Nos gustaría tanto verle. Dios me perdone, pero casi me alegraría que le hirieran,
claro, no grave, para que nos lo mandaran a casa tuviéramos que cuidarle y
cambiarle los vendajes cada mañana. Estoy segura que no me desmayaba. No lo
parezco, pero realmente soy muy fuerte; tengo buenos nervios. Ahora que ya sé
lo que iba a pasar: mi hermana y yo nos íbamos a pelear por él, porque a las
dos nos gusta. Ahora tenemos a nuestro hermano en casa. No ha ido, porque papá
compró un sustituto para él, pero como ahora se están llevando a todos...
Aunque desde luego a él no le van a llevar allí, aunque llamen a su regimiento.
Papá ya lo ha arreglado todo.
La señorita Luisa me
estaba dando sobre los nervios y cuando su amiga, Encarnita de no sé cuántos,
se juntó a nosotros, temía que iba a estallar:
-¡Qué suerte tienes,
hija! -dijo-. A mí me han largado un soldado de Cáceres con la cabeza abierta y
lleno de suciedad. Es horrible verle la cara. Y ¡tan sucio! Creo que si se le
mira de cerca, se le encuentran piojos... ¿Y usted ha estado en Melilla?
-Sí.
-¿Herido?
-No. Tifus.
-¡Oh, tifus! Pero, eso se
pega, ¿no? Yo he oído que todos los que tienen el tifus infestan al que se
arrima... -interrumpió-. Bueno, Luisa, guapa te tengo que dejar; mi soldadito
me está esperando. Tengo que ponerle en el tren. El pobrecillo es más feo. !Si
vieras!
Y la señorita Encarna
huyó a toda prisa de los bacilos del tifus. La señorita y yo nos fuimos al
tren. Me dio una lata de leche condensada y un paquete de cigarrillos.
En el compartimento,
enfrente de mí, estaban sentados tres gitanos. Un matrimonio entre los treinta
y cuarenta y un viejo que indudablemente era el padre del marido. Cuando la
señorita Luisa se marchó, el viejo se quedó mirándome:
-¿De dónde viene? De
África, ¿eh? ¿Herido?
-No, enfermo.
-Pobrecillo. No le han
dejado a usted más que los huesos, amigo. Tome un trago -y sacó una botella de
debajo del asiento-
-¿No tiene usted un vaso
o algo? He tenido unas malas fie bres, ¿sabe?
-Amigo, beba lo que le dé
la gana a morro. Nos tenemos que morir de algo.
Bebí un trago de vino. El
viejo cogió la botella y frotó la boca del frasco enérgicamente con el dorso de
la mano.
-¡Aplastaos! -dijo. Bebió
un largo trago, se limpió los labios con el revés de la misma mano y alargó la
botella a los otros-: ¡La gloria de Dios! -Chasqueó la lengua y sacó una petaca
enorme llena de tabaco y un librillo de papel de fumar que me alargó-: ¿Y tiene
usted que volver?
-Aún me queda un año.
-Puash, mal asunto.
Bueno, ahora escúcheme, pero primero tengo que decirle que a mí los sargentos
me revuelven las tripas. Yo tuve uno, ¡maldita sea su madre!, que nos molía a
palos. Porque yo también tuve que servir al Rey en tiempos de la Cristina. Y ahora,
cuando veo un sargento, se me agria la bilis. Pero usted tiene una cara
simpática; y además, se ve que las ha pasao negras. Parece usted talmente un
gato despellejao. ¿Quiere usted otro trago, amigo?
-No, gracias, si bebo
más, me voy a emborrachar.
-Como quiera. Y a lo que
iba diciendo, pues cuando he visto su cara, me he dicho... Al grano: ¿usted nos
quiere hacer un favor?
-¿Yo? No sé qué puedo
hacer.
-Es muy fácil. Estos dos son mis chicos y nos
ganamos la vida como buenos cristianos, ¿sabe? Compra uno unas poquillas cosas
en Gibraltar: un cachillo de tela y una miaja de tabaco, y así, pues, lo vende
uno en Cádiz y se gana unos pocos duros para los chavalillos. Todo eso que
usted ve -señaló varios bultos en la red del vagón- es tela. Pero la tela no da
mucho; en lo que se gana algo es en el tabaco. Ésta, que parece que está
avanzada ya, lleva un poco rodeado a la tripa. El tabaco, además, nos cuesta mucho
más dinero que los trapos. Por cada pieza de tela, le pagamos un real a cada
uno de los carabineros que hacen la requisa de aquí a Cádiz. Y hay cuatro o
cinco de esos arrastraos. Pero por el tabaco, les tenemos que dar un real por
cajetilla y luego nosotros no sacamos más que dos pesetas con suerte. Así que,
si usted quiere..., aunque supongo que usted lleva tabaco.
-No, no llevo ni un
paquete. Quería haberlo comprado en Algeciras que es más barato que en Ceuta,
pero con las niñas de la Cruz Roja colgadas al brazo, imposible.
-De perlas. Yo le vendo
todo el que quiera a lo mismo que me cuesta a mí y nos va usted a hacer un
favor.
-Bueno, ¿qué favor es
ése?
-Pues, es muy sencillo.
Como ahora están matando tantos soldados en Melilla y aquí viene cada día un
cargamento de heridos, pues los carabineros no dicen una palabra si vienen con
tabaco, o si se traen un poco de seda. Así, si usted dice que esta maletilla es
suya, pues hace usted un favor muy grande a unos pobres. Y Dios permita que
encuentre a todos los suyos con salud. Vamos a echar un trago.
Poco después un
carabinero se asomó a la ventanilla. Iba recorriendo el tren a lo largo de los
estribos. Abrió la puerta y se acaró con los gitanos. -¿Dónde vas, José?
-A Cádiz. A llevar unas
cosillas. -Metió la mano en la faja y sacó unas cuantas monedas que el
carabinero contó cuidadoso.
-¿Nada más que esto?
-Nada más. Esta vez sólo
llevamos un poquillo de tela.
-¡Hum! No te creo.
-Pues, míralo.
El carabinero se dirigió
a mí:
-¿Qué lleva usted,
sargento?
-Estas dos maletas.
-Señalé la mía y la de los gitanos. Mi maleta llevaba la marca en tiza de la
Aduana. El carabinero señaló la otra:
-Pero ¿por qué no está
marcada esta maleta? Me hice el loco:
-Anda, ¿y por qué tengo
yo que marcar la maleta?
-Marcada por la Aduana,
como esta otra. ¿Usted no sabe que las maletas se marcan en la Aduana?
-Yo no sé nada. Es la
primera vez que vengo a España desde que hace dos años me llevaron allí. En
cuanto a las maletas, la Cruz Roja se ha encargado de ellas; pero si quiere
usted saber lo que hay dentro, le diré que las dos están llenas de tabaco.
Ahora que, fíjese, después de haber pasado por el infierno de Melilla y haber
escapado con la piel por milagro, me parece que vamos a tener una gorda si
quiere usted quitarme el tabaco.
-No se apure. Fúmese su
tabaco y buen provecho le haga. ¡Así es como me gusta a mí que me hable la
gente, con la verdad clarita! Pero es que los hay que creen que el hijo de mi
madre es tonto. No le quito yo un paquete de tabaco a uno que está pasando las
malas en África. Pero le quito hasta los pitillos del bolsillo al que crea que
soy un idiota que se mama el dedo.
El gitano sacó su
botella:
-Un traguito, amigos.
Bueno, si a usted no le importa, porque el sargento aquí presente ha tenido las
fiebres y ha chupado antes de la botella.
-Ya se ve en la cara que
está hecho una birria. -El carabinero frotó el cuello de la botella con sus
dedos y bebió hondo, más hondo aún que el gitano. Se limpió los labios con el
forro del gorro de paño y dijo:
-Para matar los gérmenes,
¡esto! -acariciando la botella.
Antes de ir a Madrid,
había decidido pasar un par de semanas en Córdoba. Mi madre había insistido en
que debía aceptar una invitación hecha por mi hermano mayor. No lo hacía de
buena voluntad. Desde que había estado algunos veranos en mis vacaciones con la
familia de Córdoba, me desagradaba su compañía.
El tío Juan, el hermano
mayor de mi madre, había emigrado de Méntrida a Córdoba cuando era poco más que
un niño. En el curso de los años, a fuerza de ahorro y privaciones, había
establecido un negocio de pañería que se convirtió en uno de los más importantes
de la ciudad. Se casó y el matrimonio había sido prolífico: siete hijas y
cuatro hijos. Sin embargo, su casa estaba regida por los padres salesianos y
los canónigos de la catedral. Las hijas crecieron en una atmósfera de fanatismo
rígido y la casa tenía su oratorio privado con una imagen de Jesús en una
túnica roja sobre un traje azul celeste, sobre el cual se destacaba un corazón
rodeado de llamitas doradas. La imagen tenía dos dedos levantados en el aire y
tenía un halo de florecitas de lis doradas sobre su cabeza. La capilla estaba
siempre llena de flores y tenía cuatro lámparas de aceite colgando del techo.
El olor denso de las flores marchitándose se mezclaba con el olor agrio del
aceite de oliva hirviente y humeante en las lámparas.
Uno de los hijos se
suicidó. Otro dejó a su mujer después de tres años de matrimonio. El tercero
fue muerto en un accidente de caza; y en cuanto al cuarto, nadie sabía a
ciencia cierta dónde estaba; por los últimos veinte años, se suponía que estaba
en alguna parte en América. Tres de las siete hijas se casaron y las cuatro
restantes se convirtieron en solteronas beatas. En esta casa, donde después de
la muerte de mi tía las cuatro solteronas habían cogido las riendas, se
desarrolló mi hermano. Era claro que estaba destinado a ser el continuador del
negocio y el cabeza de familia cuando muriera mi tío. Cuando mi hermano había
ido a Córdoba tenía once años, sus primas más de veinte. Se domesticó bajo la
férula áspera de mi tío y la piedad empalagosa de mis primas.
Por aquel entonces, mi
hermano, tres años después de la muerte de mi tío, estaba administrando los
bienes de las cuatro hermanas. El almacén de paños había sido liquidado y las
hijas solteronas estaban tratando de restablecer el negocio con mi hermano como
gerente. Había dinero bastante.
Mi hermano José y las
cuatro hermanas me esperaban en la estación. Me cubrieron de besos y abrazos.
Se compadecieron largamente de mí. Me llevaron en triunfo en medio de todos
ellos y me hicieron parar infinidad de veces en el camino, para presentarme a los
amigos. Me sentía ridículo al lado de mi hermano -que era bajito y delgado, con
una ligera cojera y un bigote indecente, mitad rubio, mitad negro- y aquellas
cuatro mujeres, todas ellas de tipo matronil, altas, con anchas caderas, pechos
generosos y cabellera abundante como crines de caballos árabes.
Elvira me tomó a un lado
en cuanto llegamos a la casa:
-Querrás lavarte -y se
quedó a mi lado mientras me quitaba la suciedad del viaje, obligándome así a
que la limpieza fuera sumaria.
-Desgraciadamente la casa ya no es nuestra,
desde que se murió papá, así que no puedes ir a la capilla y darle gracias a
Dios por la protección que te ha dispensado. Pero puedes ir con José a la
catedral, que no está más que a un pasito de aquí.
José y yo fuimos a la
catedral, después de haber escuchado detalladas instrucciones sobre qué
capilla, a qué virgen o qué santo teníamos que visitar, y quiénes eran los
«padres» que debíamos saludar.
-Gracias a Dios -dije a
mi hermano, tan pronto como nos encontramos en la calle-, mira, vamos a algún
sitio donde nos den algo de comer y un buen vaso de manzanilla.
-Vamos primero a la
catedral, porque si no, se nos va a hacer tarde. Cierran a la una.
-Oye, pero yo no he
pensado en ir a la catedral.
-Pues, vamos a tener que
ir, porque Elvira me ha dicho que te presentara al padre Jacinto. Y además,
Gonzalo nos estará esperando. ¿Sabes que le han hecho canónigo?
Gonzalo era un nieto, el
más viejo, del tío Juan, y por tanto un sobrino mío, aunque yo era más joven
que él. Se había hecho cura y gracias a las influencias de la familia, era
ahora un canónigo de la catedral de Córdoba con poco más de veinticinco años.
Fuimos a la catedral y
encontramos a Gonzalo, un muchachón corpulento enfundado en una sotana ceñida.
Me dio una bienvenida cariñosa y me preguntó:
-¿Has venido a rezar?
-Mira, podemos perdonar
los rezos, ¿no?
-Está bien, entonces,
vámonos.
Me llevó a su casa y nos
invitó a unos bollos y a unos vasos de montilla. Su madre, la tía Antonia, me
recibió con un aluvión de besos, me pidió que contara en detalle mis aventuras
en Marruecos, se echó a llorar como la Magdalena arrepentida antes de que yo
pudiera hablar una palabra. A continuación me contó la historia de Mercedes, su
hija.
La tía Antonia había sido
amiga de rezos de mi difunta tía Ángela, la mujer del tío Juan, y así había
conocido a su hijo Gonzalo. Se casaron, y al quedarse viuda a los pocos años,
para la tía Antonia se convirtió en obsesión que los dos niños, Gonzalo y Mercedes,
serían servidores de la Iglesia. Gonzalo se había convertido en canónigo, pero
Merceditas, antes de tomar los votos, se había encontrado con un turista que
andaba pintando vistas de la catedral. Como la muchacha sabía que su amistad
con el pintor nunca iba a ser tolerada por la madre, un día desapareció con él.
-... y ¿te puedes
imaginar? -sollozaba la tía Antonia-, me dejó una carta en la que me decía sin
vergüenza alguna, no sólo que se marchaba con un hombre, sino que esperaba
tener un hijo suyo y le faltaba el valor de decírmelo en la cara.
La tía Antonia enderezó
su armadura huesuda, haciendo crujir las juntas, y con los ojos llorosos,
encendidos de ira, prosiguió:
-Me conoce. No ha tenido
el coraje de decirlo, ¿eh? ¡Claro que no! Con estos dedos -unos dedos grandes,
amarillos, espatulados- ¡le hubiera sacado la cría de las entrañas!
-Bueno, madre, no se
excite -dijo Gonzalo, suavemente-. Cualquiera creería que era usted capaz de
una cosa semejante. Hay que perdonar para que Dios nos perdone a nosotros.
-Tienes razón, hijo,
tienes razón. Pero es porque tú eres un santo. -Se abrazó al hijo llorando. Los
diez dedos de sus manos descansando sobre la sotana, con sus uñas fuertes,
ribeteadas de negro, sus puntas apretadas contra los hombros poderosos de él, más
espatulados que nunca, como esas cucharas de madera que se usan para sacar
ungüentos espesos de sus jarras de cristal. Tuve que mirar a otra parte, porque
me imaginaba demasiado claramente cómo estos dedos y uñas hubieran arrancado a
tiras la vida nueva en el vientre de la muchacha.
Cuando salimos de la casa, Gonzalo dijo:
-No hagas caso a lo que
dice mi madre. La pobre está trastornada. Debería ver más gente, charlar y
quitarse de encima sus pesadumbres. Arturo, tú deberías venir mañana cuando
esté sola y tratar de consolarla un poco.
Aquella noche hubo cena
en mi honor, con mis tres primas casadas, sus maridos y Gonzalo en su sotana.
Comimos abundantemente a las seis y media, mientras el sol todavía estaba alto.
Los tres maridos y mi hermano, entonces un presunto marido de mi prima Elvira,
no tenían nada que decir. Las siete mujeres se enredaron en una conversación en
la que los argumentos se reforzaban, pidiendo las casadas apoyo a sus maridos y
las solteras a José y a Gonzalo, y saltando ciegamente de un argumento a otro
en una discusión sobre Marruecos.
-¡Es simplemente horrible
lo que los moros han hecho en Melilla! Todavía no se sabe cuántos pobres
españoles han sido asesinados a traición. Lo que hace falta es un gobierno
fuerte que arrase Marruecos hasta que no quede un moro vivo. Debemos mandar un
millón de hombres o dos, si hace falta. ¡Y no dar cuartel! Esas gentes no son
cristianos, son salvajes sin civilizar. Y aún se permite que esos socialistas
protesten contra el envío de tropas.
-Hacen bien. Casi sería
lo mejor... -estallé.
-¿Qué?
-... abandonar Marruecos
y no mandar un simple soldado allí. Marruecos es la mayor desgracia de España,
un negocio desvergonzado y una estupidez inconmensurable al mismo tiempo. Yo he
estado allí dos años, y que me digan a mí qué es lo que civilizamos nosotros.
Los soldados, mejor dicho, la clase de soldados que se manda a Marruecos, son
la gente más miserable e inculta de España, tan incivilizados como los moros.
Ommás. ¿A qué los mandan a Marruecos? A matar y a que los maten. Marruecos es
bueno sólo para los oficiales y para los contratistas. -Sabía que me estaba
excitando tontamente y sin finalidad, pero no podía remediarlo.
-Pero, hijito -dijo
Elvira-, a los oficiales también los matan.
-Claro. La lástima es que
no matan más. Tú, ¿piensas que debían matar sólo soldados?
-Sigues tan incorregible
como siempre, tú y tus ideas. Tú acabarás mal. ¡Muy mal!
-Es posible que yo acabe
mal, muy mal, como dices, pero una cosa es cierta. España va a acabar peor, si
Dios no lo remedia.
Gonzalo, untuoso como un
canónigo viejo, cortó la discusión antes de que tomara caracteres más agrios:
-Y Dios lo evitará, si se
lo pedimos de rodillas.
-Tienes razón, Gonzalito.
Mañana voy a ir a escuchar tu misa y yo voy a rezar a Dios por haber salvado la
vida de este ateo.
Después de esto, los
hombres nos fuimos a beber algo. En aquella época, los cafés en Córdoba eran
exclusivamente para uso de los hombres; ninguna mujer arriesgaba entrar en
ellos, ni sola ni en compañía. Las mujeres de nuestra reunión consideraban como
natural que las dejáramos solas. Pero tan pronto como estuvimos en la calle,
Manuel, uno de los maridos, preguntó:
-Ahora, ¿dónde vamos a
llevar al primo que vea un poquillo de la vida?
-A casa de Antonio.
-Está bien -dijo
Gonzalo-, vosotros os vais allí y me esperáis, mientras voy a casa a mudarme de
ropa. -Y se marchó a largos pasos.
-Lo peor es que las mujeres se enterarán
-gruñó mi hermano-. En este pueblacho todo el mundo se conoce. Mañana por la
mañana están enteradas, podéis estar seguros.
-¿Y qué? Que se enteren.
Se les dice que nos hemos traído aquí a Arturo, porque es el único sitio donde
se puede beber un montilla decente. ¿Qué saben las mujeres de eso?
Yo no sé si
verdaderamente Antonio fue o no un picador famoso en la cuadrilla del Guerra,
pero en todo caso las paredes de su taberna eran un museo de trofeos taurinos:
cabezas de toro disecadas con una placa grabada en metal contando su historia
de quince minutos famosos; banderillas cruzadas con los pegotes de sangre
reseca ya de veinticinco años antes; estoques famosos por haber servido para
matar famosos toros; capas bordadas protegidas en vitrinas encristaladas;
viejos programas impresos en seda; viejas fotografías conservando aún vivo el
color de ciruela madura de los daguerrotipos, y otras más modernas,
descoloridas ya y enfermizas, blanqueadas por la luz.
La taberna estaba llena
de gente, pero Manuel nos guió a la trastienda, donde un camarero agitanado nos
recibió y condujo a un reservado minúsculo con paredes de tablas, la puerta
cortada a medio metro del suelo, de manera que se pudiera ver lo que pasaba
dentro sin entrar.
-Mira, Rafaelillo, somos
seis con Gonzalo, que va a venir en un momento. Éste es el primo que estaba en
Melilla. Díselo a Antonio, y que vea si hay alguien para armar una juerguecilla
-El Currillo está ahí con
los niños, si quiere usted llamarle.
Nos trajo una bandeja
monstruosa cargada de vasos de vino, «De parte del señor Antonio»; y apareció
Currillo, un gitano de setenta años con patillas de chuleta, una colilla
colgando de la esquina de los labios y una guitarra bajo el brazo.
-A la paz de Dios, señor
Manuel y la compañía. -Se descolgó la colilla del labio-. Déme usted lumbre,
sargento. -Le alargué uno de los paquetes de tabaco de contrabando. El viejo
gitano abrió unos ojos atónitos y cogió el paquete como si fuera una cosa delicada
y frágil.
-Usted viene de África,
compadre, esto está claro. ¡Las cosas que esto me recuerda! Los buenos tiempos
en que yo era un buen mozo, porque uno ha sido un tipo bien plantao, con su
permiso; y usted no sabe los miles de fardos de esto que tengo metidos, a veces
a tiros con los del resguardo.
El viejo, mientras, se
lió un cigarrillo grueso como una estaca.
-Quédese usted con el
paquete; tengo de sobra. Después de lo de Melilla no nos miran el equipaje.
-Dios se lo pague, hijo;
y aunque ya tenga uno la voz cascada, la primera copla la voy a cantar yo a su
salud.
Los «niños» habían
entrado silenciosos tras él: un muchacho de piel aceituna y chaquetilla corta,
con tufos, sombrero cordobés, pantalones abotinados ceñidos de cintura y faja
de seda; y una muchacha alta y cimbreña, color caoba, con el pelo aceitado sostenido
hacia arriba por una profusión de peinecillos rojos y azules, una blusa con
mangas abullonadas y falda de volantes
salpicada de flores. El mozo iba a cantar y la muchacha a bailar.
-Y aquí estamos todos
-dijo el viejo Currillo, haciendo las introducciones- para servir a la buena
gente. Pero primero va usted a oír mi coplilla, que no se me ha olvidado.
Rasgueó la guitarra
templándola durante un largo rato, carraspeó y entonó al fin:
Marinero, sube al palo
Y dile a la madre mía
Si se acuerda de aquel
hijo
Que en el África tenía.
Entró Gonzalo,
desconocido en su traje de paisano, un sombrero cordobés caído sobre una oreja
a lo flamenco, una cadena de oro a través del chaleco, y calzado con zapatos de
charol. -¡Hola, Currillo, hola, muchachos! -Tomó la barbilla de la muchacha-.
¡Cada día estás más guapa, Currilla!
-Y tú más sinvergüenza
-replicó la gitanilla, riéndose y mirándole de arriba abajo.
La juerga se puso a tono.
Hasta la medianoche nos dedicamos concienzudamente a beber, escuchar cante
flamenco y mirar a Currilla taconear sobre el círculo de la mesa. A veces
aparecían en la puerta cabezas de amigos y conocidos. Entraban, bebían y correspondían
a la cortesía enviando una de las enormes bandejas cargadas de chatos de
manzanilla. A medianoche, Gonzalo declaró de pronto que no bebía más, porque
tenía que decir misa en la mañana; poco después estábamos en la calle, un
poquito borrachos.
A la mañana siguiente
salimos todos en parada: mis cuatro primas en negro con mantilla, mi hermano en
negro con corbata también negra y yo en uniforme y condecorado, porque mis
primas querían exhibirme. En el pórtico de la catedral se nos reunió el resto
de la familia, la mayoría de ellos también de negro, dando la apariencia de un
duelo, muy serios, muy solemnes. Gonzalo dijo su misa con gran solemnidad, como
si fuera una misa para nosotros solos. Después entramos en la sacristía, donde
Gonzalo se desvestía sin interrumpirse por nuestra presencia.
-Anda, Gonzalito,
enséñanos el tesoro.
Gonzalo abrió vitrinas y
arcones y nos mostró las riquezas de la catedral: joyas y paños de altar,
casullas y capas, cálices y custodias en oro y plata repujado y cincelado, y
ofrendas de fieles en las que era difícil saber qué admirar más, si la ingenuidad
o la buena fe. Había pendientes que alguien se había quitado de sus orejas para
ofrendarlos a un particular santo; otros habían abandonado allí sus inmensos
relojes de plata maciza, grandes como piedras de río atados a cadenas deformes,
a las que hubiera podido atarse un perro.
Cuando muchacho, me
habían enseñado ya el tesoro de la catedral, igual que se me habían mostrado
los grandes festivales de la Iglesia con su suntuoso esplendor. Nunca me habían
impresionado. Pero una vez, cuando yo era un chiquillo de diez u once años, alguien
me había llevado a ver la columna del esclavo. Entre las ochocientas cincuenta
columnas de la Gran Mezquita, que hoy es la catedral, existe una sobre la cual
está esculpida una pequeñísima imagen de Cristo en la cruz, que no mide más de
un palmo. La escultura es completamente primitiva y sus relieves se han borrado
a fuerza de besos de beatas a través de siglos. Quienquiera que fuese el que me
lo mostró, me contó la leyenda:
«Los moros -dijo- cogían
cautivos a los españoles y los encadenaban a las columnas.» (Algunas de las
columnas presentan restos de anillos de hierro embutidos en la piedra, pero yo
personalmente no puedo creer que los califas de Córdoba llenaran su mezquita
con prisioneros encadenados...) Uno de estos cautivos, encadenado durante años
a una columna, había dejado crecer sus uñas y con ellas había emprendido la
tarea de esculpir la imagen de Cristo a fuerza de rascar la piedra. Y allí
estaba, una muestra palpable de la fe católica.
La cruz y la mezquita
hicieron una honda impresión en mí; la mezquita como tal, no como catedral. Me
había proporcionado un placer inmenso errar entre los cientos de columnas,
perderme en los rincones húmedos y oscuros y surgir del bosque de piedra en un
claro lleno de sol, donde la cruda luz venía a caer de lleno sobre las rotundas
inscripciones árabes de dibujo perfecto, brotando en relieve del contraste
violento de los blancos de luz y los negros de sombra; de allí se sumergía
nuevamente en el laberinto de columnas y en la soledad de sus hileras. Me
divertía en remirar sus capiteles y en escudriñar los rincones, donde se
descubrían restos de los viejos relieves de geométricas líneas que aún
conservaban los restos de los oros, rojos y azules descoloridos por el tiempo,
y que dejaban ver a través de sus grietas su fundación de estuco.
Aun cuando era un
chiquillo, no podía contener mi indignación porque el centro de la vieja
mezquita hubiera sido destruido y profanado por los católicos, para incrustar
allí su altar mayor, su coro y sus pulpitos horribles, sobre todo uno que
descansaba sobre un toro de mármol, aplastado por el peso, mostrando los
intestinos desbordantes de su vientre estallado.
Ahora, mientras me
mostraban las riquezas de la catedral, recordaba las luces y sombras, la
diminuta imagen del Cristo en la mezquita. Después de dejar a Gonzalo, me
despedí de los otros en el pórtico.
-¿Adónde vas? -me
preguntaron.
-Voy a echar una mirada a
la mezquita.
-Ah, ¿te quieres quedar
un ratito en la catedral?
-No. Quiero estar en la
mezquita. La catedral no me interesa.
-Bendito sea Dios. ¡Qué
raro eres, Arturito! José se quedará para acompañarte.
-No, tú te vas a casa, o
haces lo que quieras.
-¿Es que te molesto?
-No, pero no me dejarías
en paz o te aburrirías.
Me dejaron solo como una
cosa sin remedio. Veía lo que estaban pensando entre ellos:
«Pobrecillo, las fiebres
de África le han trastornado un poco».
En el Patio de los
Naranjos, los árboles eran masas verdes cargadas de bolas casi amarillas. La
mezquita en toda su inmensidad parecía vacía. La poca gente que allí había
estaba rezando, o bien ante la reja de una de las capillas o entre los bancos y
sillas del crucero, ante el altar mayor. Pero los rincones frescos de humedad,
los rincones sin sol escondidos entre el laberinto de pilares, estaban
desiertos, y mis pasos resonaban huecos, remotos, como podían haber sonado
sobre las losas de un castillo en ruinas.
Tenía una vaga idea de
dónde encontraría la columna del Cristo. Recordaba que era de una piedra negra,
y la busqué dando vueltas entre los pilares. La encontré al fin. Alrededor de
la imagen de Cristo habían puesto una reja y un cepillo para limosnas, cerrado
con un candado niquelado. Una placa niquelada pedía limosnas para una cosa u
otra, no sé. Sólo sé que habían destruido mi leyenda.
Aquella tarde, mi hermano
y yo nos fuimos juntos de paseo. Cruzamos el puente romano, pero José se negó a
ir más lejos en los campos. Volvimos a la ciudad y le arrastré a través del
barrio que aún se llamaba de la Morería, con sus calles moriscas estrechas y
retorcidas, sus casitas bajas con azoteas, sus chiquillos descalzos, tostados
de sol, medio desnudos, sus mujeres pequeñas y morunas aún desgreñadas, una
flor incrustada en el pelo, dando de mamar a sus chiquillos con un pecho
desbordante sobre la blusa abierta.
Al fin, José se quejó
agrio:
-Tienes un gusto raro.
Vámonos al Gran Capitán, que esta tarde toca allí la banda.
Fuimos a la gran avenida
y nos sentamos a una mesa de un puesto de refrescos. Una banda militar tocaba
ruidosamente y fuera de tono.
-¿Y qué planes tienes?
-me preguntó José.
-¿Cómo que qué planes?
-¿Te vas a hacer oficial?
-¿Oficial yo? Tú estás
loco.
-Bueno. A mí me parece
que es lo mejor que podrías hacer. Aquí en Córdoba está la Academia para sargentos.
Vendrías aquí, vivirías con nosotros y te convertirías en un oficial en tres
años. Tendrías asegurado el porvenir.
-¿A qué llamas tú tener
el porvenir asegurado?
-¿A qué le voy a llamar?
A tener asegurada la vida, una paga decente, una posición social. Tú todavía
eres joven y en Marruecos se puede hacer carrera. Tú no eres ningún tonto... Al
menos esto es lo que a mí me parece, claro que no es más que una opinión
personal.
-Que da la casualidad no
es la mía.
-Creo que cometes una
tontería. Quedamos en silencio por largo rato.
-¿Sabes lo que estaba
pensando? -dijo al fin.
-¿Cómo quieres que lo
sepa?
-Estaba pensando que en
lugar de haber estado enfermo tan gravemente con tifus, podías haber tenido la
suerte de que te dieran un tiro, claro, sin matarte. Te hubiéramos traído al
Hospital de Córdoba, porque se lo hubiéramos pedido al tío Antonio, que está de
comandante en Sevilla, y lo hubiera arreglado y lo hubieras pasado
estupendamente aquí.
-¿Así que tú crees que
debían haberme pegado un tiro?
-Hombre..., hubiera sido
por tu bien; mejor que esto. Bueno, también nos hubiera sido útil a nosotros.
Desde la muerte del tío Juan y la liquidación del negocio, la gente nos ha dado
un poquito de lado. Pero si tú, por ejemplo ahora, estuvieras aquí herido
grave, puf, no puedes imaginarte... Están dando fiestas cada día en casa del
duque de Hornachuelos y de Cruz Conde. Imagínate.
-Me lo imagino. Tú solo
con las cuatro primas, que empiezan a ser solteronas viejas y la moneda
acabándose. ¡Ya lo creo que me lo imagino! Dime otra cosa, ¿a qué hora pasa por
aquí el expreso de la noche para Madrid?
-Hombre, ¿qué te pasa?
Tienes tiempo de sobra para estar aquí, ¿por qué te entran de pronto prisas? El
expreso pasa a las diez.
-Bueno, mira: esta noche
a las diez me voy. Te acordarás que una vez tuvimos un serio disgusto en
Madrid. Te dije entonces que no volvería a dirigirte la palabra en mi vida. He
venido aquí porque tú lo has pedido y porque madre también lo quería, pero no
creo que nos vayamos a volver a ver, al menos por mi parte.
Aquella noche cogí el
expreso para Madrid.
Recolecciones
Capítulo
X
Un día, cuando tenía
diecisiete años, sufrí una mala caída en el gimnasio y perdí el conocimiento.
Me llevaron a la casa de socorro y de allí a casa. Volví en mí en mi cama
envuelto en vendas y con un dolor agudo. Fue un mal trastazo que pudo haberme
costado la vida, pero una semana más tarde estaba en la calle. La única
reliquia del accidente fue el choque que recibí al despertar en mi casa, sin
haber ido a ella conscientemente, y el encontrarme rodeado por las caras
ansiosas de los míos. Un choque que se me repitió al encontrar las cosas y las
personas tan absolutamente diferentes la primera vez que pisé la calle.
Cuando llegué a Madrid,
me acometió el mismo sentimiento. Llevaba conmigo una pintura clara y rotunda
de Madrid y de mi gente. Pero cuando en la estación me dieron la bienveni- da
mi madre, mi hermana y mi hermano, y cuando al salir de la estación me enfrenté
con Madrid, mi Madrid, todo era distinto. Existía un vacío de dos años entre mi
familia y yo, entre Madrid y yo. Habíamos roto el hilo de la vida diaria. Si
queríamos reanudar nuestras vidas juntas otra vez, teníamos que atar con un
nudo las puntas rotas; pero un nudo no es una continuidad, es la unión de dos
trozos con un roto entremedias.
-¿Cómo estás, hijo, cómo
estás?
-Bien, madre. Muy bien.
-Muy delgado..., en los
puros huesos.
-Sí, ya lo sé, pero no se
preocupe, estoy vivo. Otros se han quedado allí.
-Sí, ya lo sé. Otros se
han quedado allí.
-Y usted, ¿cómo está,
madre?
-Bien.
-¿Y todas las demás
cosas?
-Nos arreglamos. No te
preocupes. En un par de semanas te habremos cebado un poquito. Nos cogimos del
brazo y abandonamos la estación. Rafael llevando mis maletas.
-¿Has traído tabaco? -me
preguntó.
-Sí.
-Y a mí, ¿qué me has
traído? -preguntó mi hermana.
-Un poco de seda. Pero a
madre no le he traído nada.
-Has venido tú.
-Ah, pero te he traído
algo, abuelilla, vieja; te he traído algo. -Había recuperado el «tú». Se rió
con aquella risa suya, callada y suave.
La plaza de Atocha estaba
llena de los ruidos de las primeras horas del día: las gentes asaltaban los
tranvías para ir al trabajo. Los taxis que salían de la estación y los camiones
que iban al mercado se disputaban a bocinazos el derecho de paso, mientras que
los carros cargados de hortalizas trataban de filtrarse entre ellos, a fuerza
de blasfemias gritadas a cuello herido por sus conductores. La algarabía de
bocinas, campanas y gritos barría la plaza. Por dos años no había oído los
ruidos de una ciudad; me sentía débil, más débil que nunca desde que había
salido del hospital.
-Vamos a tomar un café o
algo; he dormido muy mal en el tren.
Tomamos café y yo me bebí
una copa de coñac para reanimarme, pero por último tomamos un taxi. Tan pronto
como llegamos a casa, me metí en la cama sin entretenerme más que en sacar de
la maleta el tabaco para Rafael, la seda para la Concha y el pañuelo para mi
madre. Me habían preparado la cama, mi vieja cama de barras doradas, con
sábanas finas, y el cuarto olía a pintura fresca.
Por la tarde me presenté
en el gobierno militar y después volví a casa y me vestí de paisano. Mi
uniforme se quedó colgado de la percha de mi alcoba y Rafael y yo nos fuimos a
dar un paseo. Cuando ya estábamos en la puerta de la casa, mi madre dijo:
-Mira, vete a ver a
Fulano y a Mengano, que han estado preguntando por ti todo el tiempo.
-Mira, madre, no quiero
ver a nadie. La última visita se me ha indigestado.
-Haz lo que quieras,
hijo.
Pero Madrid era aún demasiado
para mí. Mis oídos no podían soportar el tumulto de la Puerta del Sol. Nos
refugiamos en las callejas silenciosas que rodean la calle de Segovia, dando
una vuelta antes de volver a casa. No hablamos mucho; no sabíamos por dónde
empezar. Comentábamos los incidentes que urgían en la calle y volvíamos a caer
en silencio. En casa, mi madre tenía la mesa puesta para la cena. Había
preparado filetes patatas fritas y lo puso alegre y satisfecha sobre la mesa.
Ninguno de nosotros había
hablado aún una palabra sobre Marruecos. Yo hubiera querido evitar el disgusto
a mi madre; hubiera querido poder comer aquella carne con apetito y con cara
risueña. Pero desde aquellos muertos de Melilla, no podía tocar la carne. Su
visión y su olor me hacían ver y oler de nuevo los cadáveres, pudriéndose al
sol o ardiendo en las piras empapadas de petróleo, y vomitaba. Me producía una
reacción y asolación mental contra las cuales era impotente.
Traté de dominarme y
comencé a cortar la carne que tenía en el plato. Surgió el jugo rosáceo.
Vomité.
Se alarmaron todos y tuve
que explicar:
-No es nada; no estoy
enfermo. Es sólo una náusea.
Y para escapar a mí
mismo, comencé a hablar. Les conté lo que había visto con todos sus detalles;
les hablé de los muertos de Melilla, de los moribundos del hospital de Tetuán,
del hambre y los piojos, de las judías agusanadas cocidas con pimentón, de la
vida miserable de los soldados españoles y de la desvergüenza y de la
corrupción de sus jefes. Y me eché a llorar como un niño pequeño, más infeliz y
miserable que nunca, por el daño que estaba haciendo, por el dolor que había
visto.
-¡Cómo me has engañado!
-dijo mi madre.
-Yo?
-Sí. Tú con tus cartas.
Yo sé que las cosas no van bien. Nunca van bien para los soldados. Pero
últimamente estaba contenta. Eras un sargento. Y creía muchas cosas,
muchísimas, de las que me contabas en tus cartas.
-Pero madre, todas eran
verdad.
-Oh, sí. Seguro que eran
verdad. Pero siempre me escribías sobre las cosas, nunca sobre ti mismo. Ahora
ya sé por qué ¡Maldita sea la guerra y quien la inventó!
-Pero madre, no podemos
hacer nada.
-No sé... ¡No sé!
A la mañana siguiente me
sentía incapaz de salir de la cama. Mi madre llamó al médico, un viejecillo
alegre que me examinó de pies a cabeza. No tenía nada, simplemente estaba muy
débil y resentía el cambio súbito de clima y de altitud. Debía acostumbrarme a
la ciudad poco a poco, ir a uno de los parques y sentarme allí, al aire libre,
y respirar. Tan pronto como me fuera sintiendo fuerte, debía comenzar a pasearme.
Me quedaba solo grandes
ratos. Mi hermano se marchaba al trabajo. Mi hermana se iba a la frutería que
la familia había puesto en la calle Ancha. Mi madre zascandileaba por el
cuarto. Me levanté y busqué algo que leer.
En un rincón encontré un
montón de periódicos atrasados, un centenar de ellos, una mezcla de fechas y
títulos. Había periódicos de la tarde y de la mañana, semanarios y revistas
literarias. El tema principal de casi todos ellos era Marruecos. Los leí todos.
Lo que un soldado ve de
una guerra puede compararse con lo que un actor ve de un film en el que toma
parte. El director le dice que se coloque en un lugar determinado, que haga
determinados gestos, que diga determinadas palabras. Le pone en un campo y le
hace repetir una secuencia de frases y de gestos; diez veces le hace abrir la
puerta de la sala que no tiene más que tres paredes, y besar la mano de la
señora de la casa. Cuando el actor ve la película terminada, difícilmente se
reconoce a sí mismo y tiene que forzarse para reconstruir mentalmente las
escenas que repitió un sinnúmero de veces. El actor así llega a tener dos
distintas impresiones: una es parte de su propia vida y consiste en una serie
de posturas, de maquillajes, efectos de luz, de ensayos y repeticiones, de
órdenes del director de escena. La otra serie de impresiones se produce cuando
ve la película terminada, en la cual ya ha dejado de ser él mismo y es una
personalidad distinta, es parte de un argumento, es una persona con una vida
artificial que depende de la forma en la cual las escenas que él interpretó se
encadenan con las escenas que ejecutaron otros.
Me encontré a mí mismo
atravesando una experiencia similar mientras leía el montón de papeles
atrasados.
«La vanguardia avanza
entre un diluvio de balas. Los soldados cantan canciones patrióticas al atacar.
¡A ellos, hijos míos! -grita el coronel a su cabeza-. Los feroces rifeños se
emboscan tras cada piedra y cada mata. El valiente comandante X conduce sus
Regulares en un ataque a la bayoneta. Un escuadrón de caballería persigue a los
moros huidos con los sables desenvainados. Al mismo tiempo, la columna de
Larache se despliega por el flanco izquierdo en un frente de más de dos
kilómetros y da comienzo a un movimiento envolvente.» Y así indefinidamente.
Yo he visto a los
corresponsales de guerra españoles, agregados al cuartel general de la columna,
vestidos mitad de uniforme y mitad en traje de sport, con los prismáticos
colgados en banderola, observando el frente a cinco kilómetros de distancia,
tomando notas y preguntando detalles y explicaciones a los capitanes del Estado
Mayor. Ocasionalmente, uno de ellos arriesgaba su vida uniéndose a las fuerzas
de avance en una operación. En ningún caso veían la guerra como un conjunto,
pero estaban obligados a contarla como si lo vieran; para ello creaban para
beneficio de sus lectores una guerra tan artificial como el argumento de un
film, y describían la guerra como si por arte de magia hubieran flotado en las
nubes sobre el campo de batalla y hubieran visto cada detalle, aun el más
mínimo, con una simple ojeada.
La guerra -mi guerra- y
el desastre de Melilla -mi desastre- no tenían semejanza alguna con la guerra y
con el desastre que estos periódicos españoles desarrollaban ante los ojos del
lector.
Una fotografía mostraba
«El general X arengando a las heroicas fuerzas de la columna de socorro de
Ceuta antes de embarcar para Melilla».
Allí estaba yo, en alguna
parte entre los «héroes». La información que ilustraba la fotografía contaba
que la arenga del general había sido escuchada con emoción y recibida con
aclamaciones entusiásticas. ¡Como si hubiéramos estado de humor de escuchar ni
de aclamar a cualquiera después de atravesar medio Marruecos! Nos habían
alineado en revista para ser inspeccionados por uno de los generales y sus
ayudantes. Unos cuantos sol dados en las filas de atrás simplemente se habían
dormido instantáneamente. Unos pocos se habían desmayado, mientras estábamos
firmes después de aquel día de marcha incesante. Las únicas aclamaciones que yo
recuerdo fueron maldiciones y blasfemias. Mientras el viejo barbudo general se
paseaba arriba y abajo de las filas, nosotros le llamábamos entre dientes
«cabrón», «hijo de puta»; teníamos los pies llagados, las gargantas de esparto,
y nos obligaba a estar firmes con cada hueso de nuestros cuerpos un dolor.
«Un mortero del 15
bombardeando al enemigo.»
La fotografía
representaba un enorme cañón con la boca humeante. Tal vez era uno de aquellos
famosos que nos enviaron de las islas Canarias, que sembraban de shrapnels nuestras propias líneas y nos
hacían correr en todas direcciones como conejos.
Las descripciones del
desastre de Melilla estaban llenas de la visión horrible de las posiciones
reconquistadas, que permitían reconstruir las últimas horas de la guarnición
aniquilada. A veces, en la narración de la tragedia figuraba el «único
sobreviviente». Todas las informaciones coincidían en el valor temerario de los
oficiales que habían sostenido la moral de las tropas.
Yo he encontrado
supervivientes cuyos oficiales se habían arrancado las insignias o simplemente
habían cambiado su uni forme con el de un soldado, porque esto les daba una
probabilidad de que los moros no les mataran, y habían huido de sus puestos,
perseguidos por las balas de sus propios hombres. Y he conocido al menos un
oficial superviviente que ganó sus laureles de bravura pasando la noche del
desastre en un burdel de Melilla. En su posición no quedó ninguno que pudiera
testificar contra él, y sus superiores se vieron en la alternativa de
condecorarle por su valentía o formarle consejo de guerra por abandono de sus
fuerzas en la línea de fuego. Le condecoraron, naturalmente. Podía ser uno de
éstos citados en los periódicos.
Vertí toda mi amargura
sobre Rafael.
-Sabéis tanto de
Marruecos aquí como de lo que pasa en la luna -le dije.
-No lo creas -me
contestó-. Te has estado tragando los periódicos, pero las cosas son mucho más
serias. Yo creo que al Rey le va a costar la corona. Las gentes piden una
investigación de lo que ha ocurrido, y desde luego la oposición en pleno ha
hecho uso de la oportunidad para airear en las Cortes el problema de Marruecos.
Se dice públicamente que el Rey, personalmente, dio la orden de avanzar al
general Silvestre a toda costa, aun en contra de las instrucciones de
Berenguer. Y dicen que se va a abrir un proceso.
-¿Un proceso? ¿Tú quieres
decir un proceso militar contra el Rey y el ejército? ¿Y quién va a hacerlo?
Estáis locos de remate. La primera comisión parlamentaria que vaya a África y
trate de averiguar lo que aquellos señores han hecho y lo que están haciendo,
sale de allí a patadas o a tiros.
-Te digo que las cosas se
están poniendo muy serias. Hay un factor muy importante en la opinión pública,
y son las fuerzas expedicionarias. La gente que pagó sus cuotas y sus
sustitutos para que otros fueran a Marruecos en lugar suyo, están yendo ahora. Todos
los papás que soltaron los cuartos para que los hijos no fueran a África, se
encuentran con que ahora se los están llevando y que encima han tenido que
pagar el equipo. Naturalmente, se sienten estafados. ¡Ah, sí! Si fuera
únicamente la gente pobre la que saliera perdiendo, tendrías seguramente razón.
Pero ahora a los otros les duele en el peor sitio. Las cosas marchan.
Poco a poco fui siendo
absorbido por la atmósfera que reinaba en Madrid. Mi ignorancia de las cosas
pasadas dificultaba mi comprensión. Pocos periódicos españoles, y raramente,
llegaban al frente de África. En Ceuta, unos pocos de los diarios madrileños y
el periódico local El Defensor de Ceuta eran los únicos en venta. Y en todas
partes en Marruecos, tanto en Ceuta como en el último blocao, sólo se admitía
la prensa más reaccionaria. Un soldado que leyera El Liberal quedaba marcado
instantáneamente como un «revolucionario». En el cuartel, periódicos como El
Socialista estaban estrictamente prohibidos; el encontrarse en posesión de un
ejemplar era arriesgar el arresto inmediato y la persecución implacable. En
teoría, todos eran libres de comprar el periódico que quisieran. En la
práctica, los propietarios de los pocos quioscos conocían todas las reglas del
juego: cuando alguien les pedía un periódico de izquierdas, contestaban
inocentemente que ya se habían vendido todos o que aquel día no había llegado paquete
en el barco, y ofrecían el ABC o El Debate. La población civil ayudaba a
mantener este boicot. La mayoría dependía del ejército más o menos
indirectamente; como no existía industria, tampoco existían obreros
especializados fuera de los que pertenecían al ejército; y los pocos pescadores
y marinos que allí existían, eran por regla general gentes sencillas y rudas,
iletrados y sumisos.
Al principio de estar en
África, intenté mantener la lectura de mis periódicos favoritos de Madrid. Se
me indicó amablemente que, si quería quedarme en la oficina (entonces era aún
un cabo) y no ir al frente, debería leer el ABC o El Debate. Durante un cierto
tiempo no leí más que El Defensor de Ceuta; incluso mandé algunos poemas bajo
un seudónimo. Los publicaron, me pagaron cinco pesetas por cada uno, y me
sirvieron como una especie de venganza semiconsciente. Más tarde deje
totalmente de leer periódicos y me encerré en la lectura de libros, formando
poco a poco una pequeña biblioteca. Pero un día, cuando estaba leyendo en la
oficina, el comandante mayor me vio enfrascado en la lectura y pidió ver el
libro. Era una edición barata de ¡Abajo las armas! de Berta von Suttner.
-¡Caramba, pues sí que te
traes tú unos libritos al cuartel!
No había leído más de
unas pocas páginas y le dije ingenuamente:
-Me han mandado algunos
libros de casa entre los que venía éste. Como usted ve, no he hecho más que
empezarlo y no puedo decir aún de qué se trata, aunque no creo que sea muy
revolucionario, ya que el autor es una baronesa austríaca. -Me había leído la introducción.
-Bien, bien. ¿De manera
que te han mandado más libros? Bueno, vamos a verlos -lo dijo no severamente,
paternalmente. Don José Tabasco era un buen hombre, amable y cariñoso, pero
completamente el tipo de oficial católico. Estaba convencido de la
infalibilidad de las leyes y decretos de la Iglesia católica apostólica romana
y de sus sanos efectos en la práctica. Así, perdí un buen número de libros:
Victor Hugo, Anatole France, Miomandre, Blasco Ibáñez... y, desde luego, ¡Abajo
las armas!
No. No me confiscó los
libros. Era un hombre incapaz de faltar a la ley, que me concedía el derecho de
leer todos los libros publicados en España. Me dio unas palmaditas en la
espalda.
-Muchacho, voy a hablarte
como si fuera tu padre. Esto es un cuartel, ¿sabes? Ya sé que tú eres un
muchacho inteligente y no tengo nada en contra de que leas éstos u otros
libros. Pero yo sé cómo pasan las cosas en un cuartel. Los compañeros te
pedirán prestados los libros y tú no puedes decir que no. Bien, en el momento
que estos libros caen en las manos de estos pobres diablos que apenas si saben
leer o escribir, es lo mismo que si les pusieras dinamita en las manos. Mira,
haz lo que yo te digo y quémalos.
El comandante era mi superior inmediato. Me
quedaban aún años de servicio. El comandante se puso muy contento cuando me vio
quemar los libros en los hogares de la cocina del regimiento. Sin embargo, yo
sabía que existía una completa tolerancia por parte de los oficiales, casi
diría una libertad absoluta, hacia la compra y venta clandestina de libros
pornográficos; lo mismo en el cuartel que en el frente. Cuando alguno de los
capitanes recién llegados iniciaba una campaña para limpiar de porquería su
compañía, sus compañeros le decían:
-Mira, mira, hay que
dejar a los muchachos algo con que divertirse un poco. Después de todo, a
nosotros también nos gusta ver una buena mujer, mejor en cueros que con ropa.
Además, no vas a cambiar las cosas. No vas a estar volviéndoles el forro de los
bolsillos cada día, y al fin y al cabo, mejor es que lean eso que no que lean
El Socialista.
Después de mis
experiencias en Ceuta, me había limitado a leer libros en francés, mientras
construimos la pista en Hámara y allí no había visto ni un periódico. En Tetuán
nunca había intentado romper las convenciones de la vida militar. Después
vinieron las operaciones de Beni-Arós, de Xauen y de Melilla, rematadas en el
hospital. Cuando me encontré en Madrid, tuve que volver a empezar de nuevo,
recogiendo cabos sueltos acá y allá, para entender lo que estaba pasando.
La taberna del Portugués
todavía existe al lado de la esquina de la calle de la Paz. Los empleados de
los bancos y de las compañías de seguros de la vecindad siguen reuniéndose
allí, como hacían cuando yo era un meritorio en el banco. A las siete de la tarde
la taberna estaba llena de gente, pero yo sabía que mi viejo amigo Pla estaría
sentado en su rincón habitual. Al entrar, le vi inmediatamente en la segunda
mesa de la izquierda en la trastienda. Estaba más gordo y más miope. Parecía
que sus gafas fueran más gruesas que nunca, y más que nunca su nariz estaba
pegada al periódico. Llevaba el pelo cortado en cepillo, muy corto, y como su
pelo era grueso y áspero, su cabeza parecía realmente un cepillo desgastado por
el uso.
-¡Hola, Pla!
Levantó sus ojillos
cerdunos, más pequeños aún a través de los cristales. Una de dos, o no veía o
no me reconoció; pero creo que era su miopía, porque mi cara no había cambiado
apenas de cuando tenía dieciséis años, excepto por la barba que brotaba aún por
distritos.
-¿Eh? ¡Hola! Siéntate, y
que te den un vaso.
-¿De modo que ya no
recordamos a los amigos?
Sus ojillos parecieron
olerme; porque, cuando intentaba mirarle a uno, moviendo su cabeza de lado a
lado para encontrar el foco de visión, sus ojos saltones parecían más que
olieran que el que os miraran. Cuando su cara estaba a una cuarta de la mía, me
reconoció. Se levantó, pataleando con sus piernas cortas, y me abrazó lleno de
exclamaciones salivosas. Primero tuve que contarle todas mis aventuras, después
volcó sobre mí su sarta de quejas sobre su trabajo en el banco, y por último
comenzamos a hablar sobre la situación política.
-Y tú, ¿qué opinas de
todo ello, Luis? -le pregunté.
-A mí me parece que ahora
la cosa va de veras. Al Narizotas -el Rey- se le ha acabado el chupen. Dentro
de un año tenemos la República.
-¡Caray, Luis, tú eres un
optimista!
-Pero no tiene más
remedio que venir. -Bajó la voz confidencial-: Toda la porquería del Narizotas
está ahora saliendo a relucir: los millones que le pagó Marquet para abrir las
casas de juego, el Palacio de Hielo y el Casino de San Sebastián, ¿te acuerdas?
También en el Círculo de Bellas Artes dicen que está pringado el Narizotas.
Está en las minas del Rif con Romanones y en el suministro de camiones para el
ejército con Mateu; y para colmo de todo, el lío de Marruecos.
-¿Y cuál es el lío de
Marruecos?
-¡Puff! Una historia
sucia, porque resulta que es él el responsable del desastre. Le escribió a
Silvestre, a escondidas de Berenguer, y le dijo que siguiera adelante. Dicen
hasta que, cuando Annual acababa de ser conquistado, le mandó un telegrama a
Silvestre que decía:
«¡Vivan tus cojones!». Y
cuando se le habló de la catástrofe y de los miles de muertos que había, dijo:
«La carne de gallina es barata». Claro es que todos los reaccionarios le están
defendiendo en las Cortes, pero los republicanos y los socialistas están
pegando duro. Además, hay otra cosa: ahora que están mandando fuerzas
expedicionarias y todos los fulanos que se escaparon con su dinero de ir a
Marruecos tienen que ir, aunque no quieran, muchos de los liberales quieren que
se depure la cosa. Les sienta como un tiro que tengan que perder el dinerito y
si a mano viene, los hijos. De todas maneras, una cosa es cierta: va a haber un
proceso.
-¡Un proceso! -exclamé.
-Sí. Un proceso para
establecer la responsabilidad de lo que ha pasado en África. Los generales
están que revientan de rabia. Hasta han amenazado con un pronunciamiento como
en los tiempos de Isabel II. Pero ahora las cosas son distintas; ¡que vengan!
Los vamos a recibir con fuegos artificiales.
-¿Y qué pasa en
Barcelona?
-¡Oh! ¿En Barcelona?
Nada. Solamente que la gente en Barcelona sale a la calle a dar un paseo y a lo
mejor sale uno que les llena las tripas de balas. Unas veces los pistoleros son
anarquistas y otras veces los paga el Gobierno. Pero a mí no me interesan los
catalanes; por mi parte, los pueden matar a todos juntos. Desde luego que todas
estas cosas ayudan. Cuanto mas grande la bulla, mejor. Tendremos un gobierno
cada quince días y así, ¿crees tú que va a haber gobierno que pueda resolver
las cosas? -Se interrumpió, se bebió su vaso de vino, llamó al muchacho y pidió
otros vasos:
-Pero claro es que todo
esto ha venido por la guerra europea. Es una cuestión económica, ¿sabes?
-No lo veo muy claro.
-Pues es muy sencillo.
Durante la guerra la gente se ha hinchado de ganar dinero. Tipos que toda su
vida habían ido con los pantalones rotos, los has visto de repente abriendo
cuentas corrientes fantásticas; los periódicos que antes no se vendían, de
pronto los compraba una embajada y se convertían en un rotativo de gran
circulación; a los ministros se les daban propinas de un millón de pesetas; las
mulas viejas por las que un gitano no hubiera dado diez duros, se han vendido a
mil duros; los catalanes han fabricado millones de mantas; la gente de Valencia
vendía sus frutos en los árboles a peso de oro; el trigo valía el doble;
barquitos de pescadores ganaban mil duros por atravesar de Bilbao a San Juan de
Luz, y si los torpedeaban en el camino, cobraban diez mil de seguro. De repente
se acabó la guerra y se acabó el chupen. Las fábricas nuevas se cerraron de la
noche a la mañana y pusieron los obreros en la calle. Los ferrocarriles se
arruinaron o al menos eso dicen. Mientras todo el mundo tenía dinero, Madrid se
llenó de taxis y ahora los que tienen un taxi se mueren de hambre. Los bancos
que se establecieron durante la guerra están suspendiendo pagos cada día. Del
Rey abajo hasta el último español, todos claman ahora por su dinerito, y andan
buscando la forma de ganarlo como antes. El Rey vende una licencia para abrir
un casino o le exige más huevos a Silvestre para poder venderle unas minas más
a Romanones. Las compañías de ferrocarriles piden que el Estado las mantenga y
amenazan con interrumpir el tráfico si no; así, se les da su subsidio y los
ministros se ganan sus buenas comisiones. Hoy puedes ir a cualquier ministro
con cincuenta pesetas en la mano y te dan lo que pidas. Si vas con un millón,
te dan el ministro, el ministerio, los empleados y hasta las máquinas de
escribir. Y como alguien tiene que pagar por todo esto, pues se pone en la
calle a los obreros para hacer economías o se les regala los jornales. ¿La
solución? Una huelga cada diez días. Créeme, esto va a acabar muy mal.
Rafael me trajo una
invitación de su jefe para que le hiciera una visita. Don Manuel Guerrero era
el gerente de Panaderías Madrileñas, S. A. (en liquidación), pero había sido
también un comandante del cuerpo de Ingenieros que, al igual que la mayoría de
los más cultos y más independientes de los oficiales e ingenieros, había dejado
las armas por la industria, sobre todo porque siempre se encontraban en
conflicto con sus hermanos oficiales cuyo único interés era hacer una carrera o
negocios fáciles en Marruecos.
Don Manuel era un hombre
de unos cincuenta años, pelo entrecano, un cuerpo macizo pero corto, ojos
profundos, una frente poderosa y una mandíbula inferior algo agresiva. Hablaba
un poco brusco, pero al cabo de unos minutos de conversación perdió toda rigidez
y me condujo a través de la fábrica desierta, contándome al mismo tiempo su
historia que era lo único que llenaba su mente:
Había fundado una fábrica
harinera y panadería en las afueras de Madrid, inmediata a la línea del
ferrocarril de circunvalación, con un ramal directo a la fábrica, y en teoría
la instalación produciría una revolución en el sistema de abastecimiento de pan
a la capital. Por la situación de la fábrica, podía comprar el trigo y
transportarlo directamente desde los centros productores o desde los puertos a
las máquinas de moler. Sus instalaciones de hornos automáticos modernos al pie
de la molienda le permitirían fabricar pan mejor, en mejores condiciones
higiénicas, y más barato que nunca se había comido en Madrid, donde aún en
muchas panaderías el pan se amasaba con los pies y la competencia se hacía
agregando a la masa del pan toda clase de materias inertes o robando en el
peso. No existía en Madrid una panadería grande, más que la que era propiedad
del conde de Romanones. Había lanzado el negocio como una sociedad anónima
financiada por algunos bancos. Pero bien pronto se había encontrado arrinconado
contra los intereses creados de dos poderosos grupos que se beneficiaban con el
alto precio del trigo: los terratenientes y los almacenistas de granos, que
controlaban el trigo nacional, y los especuladores que manejaban la importación
del trigo suplementario que se necesitaba cada año. Teóricamente, él no
necesitaba más que pedir el permiso de importación para tener cuanto trigo
quisiera. Pero automáticamente, cuando sus embarques estaban próximos a llegar
a puerto español, las tarifas de entrada subían misteriosamente y don Manuel se
encontraba frente a una pérdida. Al principio trató de luchar, pero entonces se
estrelló contra los bancos que preferían como clientes a sus competidores mucho
más poderosos. Se arruinó.
-Mi última esperanza -me
explicó- fue obtener un contrato de aprovisionamiento de la guarnición militar
de Madrid; pero para ponerme de acuerdo con Intendencia, tenía que dejar de ser
honrado. Y yo he sido siempre un hombre honrado.
Entre las bandejas
enormes de los hornos fríos, las enormes hélices de las amasadoras, las vigas
de acero de los techos y las correas de transmisión paralíticas, las telarañas
se multiplicaban infinitas.
-¿Se da usted cuenta que
ésta es una lección repugnante, un síntoma gravísimo de la catástrofe que
amenaza a España? Si Dios no lo evita. Pero no parece como si tuviera mucho
interés. Mire usted, somos un país exportador, y si no importamos el trigo y otras
cosas que necesitamos, los demás países no nos compran nuestro aceite, nuestras
frutas o nuestros minerales o tejidos. Yo no puedo importar trigo, y los
telares de Cataluña están paralizados, porque la Argentina no puede comprar
tejídos si no les compramos su trigo. Los obreros protestan y al fin todo
termina en matarse unos a otros en la calle. Y ahora, para rematarlo todo, esta
cuestión de Marruecos. Cuénteme algo de allá.
Le dije que yo no sabía
nada de Marruecos y que sólo podía contarle lo que había visto yo mismo. Le
hablé sobre la pista de Hámara y de la expedición de Melilla. Me escuchó,
meneando la cabeza de vez en cuando. Después dijo:
-Lo mejor sería abandonar
Marruecos. Dejar a las potencias que hicieron el convenio de Algeciras que se
las arreglaran como pudieran. Pero lo malo es que el que intente hacer
semejante cosa provoca una revolución desde arriba. ¿Dónde y de qué iba a vivir
esa gente sin Marruecos? No podrían vivir sin sus beneficios. Y son demasiado
poderosos.
Pero yo ya no le
escuchaba. El nombre de Romanones, pronunciado en la inmensa nave polvorienta y
desierta, había evocado en mí el recuerdo de otra fábrica en la que yo había
trabajado unos años antes, como secretario de su director: Motores España S.
A., la inmensa fábrica que iba a transformar la aviación española.
En aquella época era yo
un muchacho de diecinueve años. Había tomado las cosas como venían, sin
preocuparme mucho y sin entenderlas. Tenía un trabajo importante y envidiable:
las muchachas más guapas de Guadalajara se interesaban por mí, porque yo era el
secretario de don Juan de Zaracondegui y porque miles de pesetas, todas las
pesetas de todos los jornales de la fábrica, pasaban por mis manos, y porque yo
podía contratar trabajadores. Tuve mis aventurillas y me divertí con una de
ellas, en la que pude escapar de un padre y unos hermanos calderonianos.
Guadalajara es la capital de una de las provincias españolas; una ciudad
mísera, sometida a la férula del terrateniente mayor, del cacique más grande de
España, del diputado y ministro casi permanente, conde de Romanones. Su
población eran algunos propietarios, algunos taberneros y unos cuantos
comerciantes , modestos, porque Madrid está muy próximo. Su mayor provecho era
la Academia de Ingenieros Militares. Las muchachas de la ciudad se convertían
en novias de los cadetes y se casaban con los hijos de los labradores. El
resultado era que por la noche los estudiantes y los campesinos venían a dar
serenata a las muchachas y acababan a golpes. A veces un cadete, cuando ya
había llegado a capitán, regresaba a Guadalajara y se casaba con su antigua
novia. Esto mantenía vivas las esperanzas de todas las muchachas.
Pero cuando se instaló en
Guadalajara la fábrica de Motores España, se produjo una revolución: un
ejército de dibujantes, empleados y mecánicos invadieron las tabernas de
cadetes y campesinos. Jornaleros locales que hasta entonces habían ganado tres
pesetas cuando había trabajo, se convirtieron en obreros de la fábrica ganando
el doble. Los padres y las muchachas solteras vieron el cielo abierto. Su vida
había cambiado. Todo aquello fue para mí una alegre diversión.
Pero ahora, cuatro años
más tarde, veía el otro lado de la historia.
Durante la gran guerra,
los Motores Iberia de Barcelona produjeron motores para los aliados en
cooperación con grandes fábricas francesas. A la vez, como una cosa secundaria,
comenzaron a equipar el ejército español, que entonces atravesaba las primeras etapas
de su mecanización. Más tarde, estos elementos mecanizados se convirtieron en
un nuevo departamento militar que se llamó el Centro Electrotécnico, a la
cabeza del cual figuraba un capitán de Ingenieros, don Ricardo Goytre. Tal vez
porque los Motores España tenían que pagar comisiones tan altas para el
suministro de material al ejército, este material falló totalmente en
Marruecos, desde 1918 en adelante. Los camiones se caían en pedazos. Hubo que garantizar presupuestos
extraordinarios para comprar camiones nuevos y mejores. Y por último, las
Cortes decidieron que se hiciera un gran concurso nacional para el suministro
de camiones y aeroplanos. Los modelos premiados serían adoptados por el
ejército, y los contratos, dados a sus fabricantes. Esto sí, ¡sólo se admitían
fábricas nacionales!
La única fábrica nacional
de alguna importancia era Motores Iberia, pero los campos de Marruecos estaban
llenos de chatarra en los parques militares y no hubiera sido buena política
que la misma fábrica surgiera como vencedora del concurso. Se creó así Motores
España de Guadalajara, S. A.
El conde de Romanones
facilitó un gran espacio de terreno al lado de la línea del ferrocarril, donde
se elevaron rápidamente las naves de la fábrica en cuanto se emitieron los
cinco millones de acciones de la sociedad. Se dejó amplio espacio para un aeródromo,
el cual por su situación estratégica parecía destinado a convertirse en el más
importante de España e incluso de Europa. Don Miguel Mateu se convirtió en
gerente de la empresa. Daba la casualidad que también era el gerente de la otra
sociedad catalana. Don Ricardo Goytre dimitió de su cargo de director del
Centro Electrotécnico y se convirtió en director técnico. El capitán Barrón,
creador del prototipo de avión que había de ganar el concurso, resignó también
y se convirtió en jefe de ingenieros. Don Juan de Zaracondegui, un aristócrata
vasco y miembro del consejo de la sociedad catalana, se convirtió en el
director administrativo, y por último el representante general de la casa
catalana en Madrid, don Francisco Aritio, se convirtió en el director de ventas
de la sociedad de Guadalajara.
«Los ricos tienen todo
sin pagar nada», dicen las gentes pobres de España.
Don Miguel Mateu poseía
en Barcelona el mayor almacén de maquinarias de España; era también el
representante de las mayores fábricas de máquinas, herramientas y aceros de
Alemania y de los Estados Unidos de Norteamérica. Hizo la instalación de la
nueva fábrica. El conde de Romanones poseía inmensos terrenos en Guadalajara
que no le producían un céntimo. Facilitó el sitio para la fábrica.
Ninguno de los dos aceptó
dinero por esto. Motores España era una empresa patriótica que iba a liberar a
España de su dependencia de otros países y le iba a dar su aviación propia. El
conde y el industrial eran grandes patriotas. ¡Se emitieron cinco millones de
pesetas en acciones liberadas y yo abrí el libro mayor de la sociedad,
encabezando las siguientes cuentas con mi mejor letra gótica:
S. M. Don Alfonso de
Borbón ..... 1.000.000
Don Miguel
Mateu................. …… 2.000.000
El conde de Romanones
.............. 1.000.000
Don Francisco Aritio
................... 500.000
El resto de las acciones
se inscribieron a nombre del inventor de los motores, por los derechos de sus
patentes que ya cobraba en Barcelona, pero que ahora se iban a fabricar bajo
otro nombre. He olvidado el nombre que inscribí.
Se celebró el concurso
con todos los requisitos. El contrato se adjudicó a los Motores España,
mientras el ingeniero La Cierva, con el primero de sus autogiros volando, era
ridiculizado. La nueva fábrica fue inspeccionada por S. M. el Rey con toda
solemnidad. Don Miguel Mateu mandó espléndidas máquinas herramientas de la
Allied Machinery Company de Chicago. Las acciones subían como espuma en la
Bolsa. Camiones pintados de gris horizonte llegaban directos desde Barcelona a
Guadalajara y se entregaban en la puerta de la fábrica al ejército. El consejo
de directores arregló con una sociedad inglesa que se encargaran ellos de la
construcción de los aviones.
Fue entonces cuando tuve
que dejar la fábrica a causa de que mi aventura amorosa me había llevado
demasiado lejos.
Y nunca más me volví a
preocupar.
Ahora, con el escalofrío
del tifus africano aún en mis huesos, en la atmósfera cargada de nubes de
amenaza de Madrid, en la nave vacía de la fábrica de harinas, veía con toda
claridad la ruta que llevaba desde Guadalajara a Marruecos.
Volví a Marruecos, al
terminar mis dos meses de permiso, hondamente asustado.
Segunda
Parte
Cambio
de juego
Capítulo
I
Las aguas del Estrecho
estaban un poco alborotadas. El viejo cascarón de nuez que hacía la travesía
diaria cabeceaba en todas direcciones. Los cerros y las casas de Ceuta se
columpiaban sobre las olas, surgiendo sobre ellas, para hundirse después hasta
desaparecer de la vista. Cuando entramos en el puerto, los muelles aún parecían
balancearse suavemente. Encontré la ciudad completamente cambiada.
Cuando se vive en un
sitio, se construye uno una imagen mental del medio que le rodea. Esta imagen
se queda dormida en lo más profundo de la mente, mientras se vive allí en carne
y hueso; pero en el momento que os marcháis de allí, surge con plena vida y
sustituye la antigua visión directa y rutinaria. Así, un día volvéis esperando
encontrar los sitios, las cosas y las personas, tal como los habéis conservado
en vuestra mente, tal como creéis que son. Vuestra visión mental y la realidad
chocan violentas y el choque repercute dentro de vosotros.
La callejuela que
imagináis fresca y callada está ahora llena de gentes chillonas y deslumbrante
de luz. El café lleno de gentes, donde os sentabais con vuestros amigos para
sostener discusiones acaloradas, está casi vacío, y el camarero amigo ya no se
acuerda qué es lo que acostumbrabais tomar. Es algo así como si un actor fuera
al teatro a las diez de la mañana, convencido de que iba a aparecer en escena
donde le estaban esperando, y se encontrara allí con la fregatriz quitando el
polvo de las butacas, frente a frente de un escenario vacío cargado de
decoraciones revueltas, y todo alumbrado por la luz gris de las claraboyas.
He sufrido a menudo este
choque, pero cuando llegué a Ceuta desde Madrid, creo que fue la primera vez
que me di plena cuenta. Conocía cada uno de los rincones de Ceuta y cada rincón
en un momento determinado, en su momento. Ahora, el sitio y el tiempo no
estaban sincronizados y me encontraba de pronto en tierra extraña.
Antes de ir al cuartel,
quería desayunar y me fui directo a mi café, es decir, al café donde iba cuando
era un cabo. Pero en la misma puerta me sorprendió a mí mismo el hecho de que
ahora era un sargento. Éste no era ya más para mí el sitio adecuado; tendría
que ir al café de los sargentos. Así, volví atrás y me encaminé a La Perla.
Había unos cuantos sargentos desayunando café con bollos o churros: me senté
solo y pedí café. El camarero no me conocía, yo no conocía el café, y cada uno
me miraba como se mira a un extranjero. Me bebí mi café de prisa y me marché,
echando de menos amargamente la calurosa acogida que hubiera tenido en mi café
«de soldados», donde el camarero era un amigo y donde el salón era sucio y
maloliente, pero sin pretensiones. Mucho más humano.
Porque ser sargento en
Ceuta suponía pertenecer a una clase social. En la pequeña ciudad había tres
castas claramente separadas entre sí, como compartimentos estancos: los
soldados rasos y los cabos, juntamente con los jornaleros, los pescadores, los
albañiles, los barrenderos y otros semejantes, eran el proletariado. Los
suboficiales y sargentos, con los obreros calificados, los pequeños
comerciantes y los oficinistas, eran la clase media. La clase alta, la
aristocracia, consistía en los magistrados y el clero. El conjunto de la vida
social de la ciudad estaba organizado de tal manera que ninguno de estos tres
grupos podía mezclarse con los otros. Había cafés para soldados, para sargentos
y para oficiales, y burdeles para cada uno de los tres grupos. Algunas calles,
y hasta a veces parte de la misma calle, estaban prácticamente reservadas para
uno de los tres grupos. En la calle Real, que atraviesa el pueblo de extremo a
extremo, los soldados marchaban siempre por el medio de la calle. En la acera
tenían que ceder el sitio a las mujeres y a sus superiores jerárquicos; y como
no podían evitar el cruzarse con una mujer o con un superior cada cinco pasos,
preferían no tener que estar dando brincos a cada momento de la acera al
empedrado. En general, los soldados huían de las calles céntricas, donde
estaban condenados a saludar incesantemente, y los oficiales evitaban las
calles extraviadas, donde no podían exhibirse con la gente de categoría.
Como en otros muchos
pueblos de España, en Ceuta era costumbre el pasearse a la caída de la tarde, a
lo largo de una calle, saludando a los amigos y piropeando a las muchachas;
pero allí, cada casta tenía su trozo de acera en la misma calle. En uno, los soldados
se paseaban con las criadas. En otro, los oficiales se paseaban con las
señoritas acompañadas de la mamá y vigiladas por la cara seria y ceñuda del
papá. Los sargentos tenían también su trozo de paseo propio, para ellos y para
las niñas aspirantes a señoritas bien, con papás pretenciosos de altos puestos.
No podía ir más al café
de los soldados.
No podía entrar más en la
taberna familiar; no podría pasearme por el mismo trozo de acera; y así, todo.
En este estado de ánimo
llegué al cuartel; me dijeron que me avistara con el comandante, cuando viniera
como siempre a las once, y por más de una hora anduve de un lado a otro a
través del cuartel de Ingenieros. Un edificio con dos grandes terrazas, una enorme
casamata de madera, un gallinero, cuadras, talleres, enfermería, todo alrededor
de un patio grande y otro pequeño, todas las paredes enjalbegadas y blancas
como leche fresca. Cada día un soldado se dedicaba a poner cal nueva sobre
alguna de las paredes, y así continuaba todo el año a través de todo el
cuartel.
Me aburrí mientras
esperaba; me aburría de la espera y del blanco sin fin de las paredes del
cuartel, casi desierto a aquella hora. Bien, al día siguiente estaría en Tetuán
y de allí iría a parar a la línea de fuego; al menos sería menos aburrido. Al
menos encontraría gentes conocidas. En Ceuta apenas conocía a alguien. Mi
contacto con los soldados se había terminado y mi contacto con los pocos
sargentos fijos en la plaza aún no se había iniciado. Me sentía aislado de
todos.
A las once; el comandante
mayor entró en las oficinas de Mayoría. Dejé pasar un ratito y me presenté en
su despacho:
-A sus órdenes, mi
comandante.
-¡Hola, Barea! ¿Ya has
vuelto? Estás flaco de veras. Cuídate. Bueno, mira, el sargento Cárdenas ha
ascendido a suboficial y se queda de subayudante. Así que tú dirás, si lo
prefieres a volver al frente. Aunque supongo que lo preferirás.
Le di las gracias.
-Bueno, tómalo con calma:
descansa unos días y ponte en contacto con Cárdenas para que te vaya explicando
las cosas. Pero no me hagas tonterías.
Se entraba en las
oficinas del regimiento a través de un pequeño recibimiento, provisto de dos
mesas y un banco monacal de madera dura, largo para seis personas. Era el sitio
donde los dos ordenanzas de la oficina estaban sentados invariablemente, haciendo
todo lo posible porque ningún visitante les quitara el sitio. Detrás de la mesa
había dos escribientes encargados de recibir a los visitantes o invariablemente
forzándolo a llenar un impreso. Al fondo de la sala había un tabique de madera
rematado por una fina red de alambre, y detrás de él dos cubículos separados
también por el tejido de alambre y unidos por un ventanillo. El de la izquierda
lo ocupaba el cabo Surribas, el de la derecha el sargento Cárdenas. Surribas
era el contable y una especie de secretario de Cárdenas, de quien recibía las
órdenes a través del ventanillo. Cárdenas era una especie de secretario del
comandante mayor y tenía una gran mesa, con una más pequeña al lado que
ocasionalmente usaba para dictar a un escribiente.
Al fondo se abría aún un
cuarto más grande, en el que había cinco mesas y cuatro escribientes. Las
paredes estaban forradas de anaqueles repletos de legajos, todos atados con
balduque rojo. Estos legajos contenían la historia de cada uno de los soldados que
habían pasado por el regimiento en los últimos veinte años. Uno de los
anaqueles estaba cargado de grandes carpetas, de tamaño folio, conteniendo la
historia de cada oficial a través del mismo número de años.
La oficina olía a papel
apolillado y a insectos. Porque existe un olor de insectos; es dulzón y se
agarra a la nariz y a la garganta, impregnado del polvillo fino siempre
flotante. Si sacáis de su sitio un legajo de viejos papeles o un libro ya roído
de gusanos, se eleva una nube levísima de polvo, y el olor es tan violento que
ni aun el escribiente más viejo puede evitar un estornudo.
Y la oficina estaba llena
de ruido de insectos. En mis días de cabo había trabajado allí y había llegado
a conocerlo. Mientras los cuatro que éramos escribíamos, o tecleábamos en las
máquinas, cuchicheando para no irritar al sargento, no oíamos el ruido. Pero
cuando yo me metía allí en las noches calurosas de África, buscando un rincón
fresco donde leer tranquilo, escuchaba el trabajo de demolición incesante de
estos seres diminutos que trataban de destruir la burocracia. Roían el papel,
lo taladraban, hacían nidos en él, se hacían el amor. Había centísedos con
mandíbulas como pinzas de cangrejo, que taladraban los más gruesos legajos de
lado a lado. Había cucarachas gigantes que roían los bordes, incansables;
gusanos que tejían sus capullos tras un legajo, para surgir en mayo convertidos
en mariposas. En los anaqueles más altos, donde se acumulaban los más viejos
documentos, estaba el reino de las arañas monstruosas, de las avispas y de las
moscas de caballo, que acumulaban allí sus nidos y sus dormitorios invernales.
En las hileras más próximas al suelo, los ratones roían las cintas rojas para
acolchar sus nidos. De vez en cuando, las hormigas invadían la plaza como si
quisieran arrancar una a una las letras escritas y llevárselas a sus
hormigueros como granos de trigo.
Cuando yo trabajaba allí,
le habíamos dado al sargento Cárdenas el mote de el Loro, en parte por la jaula
de alambre en que estaba encerrado y en parte por su voz chillona, que cortaba
a través del silencio, siempre agria y siempre rasposa. Aparte de esto no
conocía más de él, fuera de lo exterior. Un hombre moreno, bien formado,
afeitado de raíz, siempre serio y siempre irritable, dejando ver su origen
campesino a través de la rigidez con que llevaba su uniforme, costoso e
impecable, pero que parecia pertenecer a otra persona.
Y ahora me encontraba yo
mismo en la jaula de el Loro, sentado a la mesita frente a él y esperando.
Llevaba un uniforme nuevo de suboficial. Después de su ascenso no se había
cosido los nuevos galones en lugar de los viejos, se había hecho un traje
nuevo.
-Bien, ahora va usted a
ser mi sucesor. Debía haberlo sido Surribas por derecho de antigüedad, pero el
pobre está loco como una cabra. No se puede tener confianza en él y éste es un
sitio donde hace falta mucho tacto. El trabajo no es difícil, pero hay que
saber siempre dónde pone uno los pies y quién es cada uno. Tenga usted los ojos
abiertos, porque si pueden, le meten un paquete sin que se dé cuenta. Ya le iré
explicando cómo funcionan las cosas en detalle; ahora se lo voy a explicar en
general. De todas maneras, vamos a estar en contacto los dos, porque yo me
quedo de subayudante del regimiento. -Hizo una pausa, encendimos un cigarrillo
y continuó-: La contabilidad la he estado llevando yo mismo y usted tendrá que
hacerlo también, si quiere que las cosas marchen. Surribas lleva los libros y
le ayudará en todo el trabajo auxiliar, pero las cuentas es trabajo de usted.
Surribas puede escribir los números en el diario y sumarlos, pero es usted
quien tiene que darle las cifras, y usted el único que tiene que conocer el
porqué de cada cantidad. Algunas ve ces ni aun esto: por ejemplo, si el
comandante mayor le dice «anotar esto o aquello», usted lo anota y no se mete
en más averiguaciones. Se puede usted figurar el porqué, pero se calla la boca
y no pregunta. En estos casos usted es para el mayor lo que Surribas es para
usted. Pero éstos son casos excepcionales. Normalmente usted no tiene nada que
hacer más que llevar las cuentas de la comandancia. -Continuó-: Como usted
sabe, el Estado asigna una cantidad por cada hombre en el ejército, desde
soldado a coronel. Sobre la base de esta asignación, cada compañía hace sus
liquidaciones y se las presenta a usted, para comprobación, al fin de cada mes.
Usted las examina, les da el conforme y la compañía cobra en caja el dinero que
se le debe.
-No parece ser muy
difícil.
-No. Esto no es difícil.
Un estado de cuentas se manda cada mes al Tribunal de Cuentas, donde lo
aprueban y lo archivan. Y el punto es que bajo ningún concepto tiene nunca que
ser rechazado un estado de cuentas. Para eso, cada anotación debe tener su comprobante
correspondiente. Y aquí tiene usted la llave más importante de nuestra
contabilidad: EL COMPROBANTE. No hay comprobante, no hay dinero. Ésta es la
regla.
-Tampoco eso me parece
muy difícil.
-Ah, pero es difícil. La
cuestión del comprobante es la más difícil de todas. Voy a darle un ejemplo y
verá usted por qué: de acuerdo con el presupuesto, cada soldado tiene derecho a
un par de alpargatas cada tres meses. Cuando se le dan sus alpargatas, se le
anota en su hoja de vestuario. Esto sirve de prueba de que las ha recibido y ya
no puede reclamar otro par. Ahora bien, la compañía tiene cien hombres, y cada
tres meses Intendencia da cien pares de alpargatas para la compañía. El
suboficial de la compañía firma un recibo por estos cien pares. Esto prueba que
la compañía ha recibido sus cien pares de alpargatas, y no puede reclamarlas
más. El depósito de Intendencia precisa cada año, digamos, ochenta mil pares de
alpargatas. Se da la orden al almacenista o al fabricante, e Intendencia firma
el recibo de estos pares, con el cual el fabricante se presenta a cobrar su
dinero. Nadie puede hacer una reclamación, porque, como usted ve, cada uno tiene
su comprobante.
-Lo encuentro
perfectamente claro.
-En teoría sí, pero en la
vida real es distinto. Pocas alpargatas duran tres meses. Si un soldado pide
otro par, después de uno o dos meses, se le dan las alpargatas, pero el coste
se le descuenta de su haber. El coste total, no la cantidad proporcional al
tiempo que le falta hasta que le den nuevas alpargatas. Cuando debía
corresponderle un nuevo par de alpargatas, el soldado espera y espera, hasta
que al cabo se decide a pedírselas al suboficial.
-Pero, hombre, ¡te han
dado alpargatas a primeros de mes!
-No, señor -dice el
soldado.
-¿Cómo que no? Mira la
hoja del vestuario, tus alpargatas están tachadas. Pero en fin, si no estás
conforme, reclámaselas al capitán.
«Claro es que ningún
soldado es tan idiota que vaya a quejarse del suboficial, pero como realmente
necesita otras alpargatas, se calla y las pide a descuento. Es decir que, a la
corta o la larga, cada soldado se paga sus alpargatas. Ahora, recuerde usted
que el Estado ha pagado por cuatro pares para dárselos gratis al soldado en el
curso del año. Al fin de año, el suboficial coge todas sus hojas de vestuario
-es decir, sus comprobantes- y las presenta al almacén del regimiento para que
le den un repuesto de alpargatas y para liquidar sus cuentas. Sus comprobantes
demuestran que ha dado a sus hombres 1.000 pares de alpargatas; 400 pares
gratis y 600 pagados. En su bolsillo tiene el dinero de los 600 pares, pero en
su almacén de la compañía tiene 400 pares que no debían existir allí. Ahora, él
debe recibir del almacén el equivalente de sus comprobantes, es decir, 1.000
pares, pero entonces tendría en la compañía 400 de más y no podría explicarlo
en el caso de una inspección. No necesita 1.000 pares, necesita sólo 600. ¿Cómo
se las arregla? Le da los comprobantes al sargento del almacén y retira 600
pares solamente. Por 200 de ellos paga en dinero, y los otros 400 son los que
se le deben a la compañía. Y esto le deja a él un importe de 400 pares en el
bolsillo y al almacén de la compañía con los 400 pares legales. Naturalmente,
reparte el dinero con el sargento del almacén, porque ahora es éste el que
tiene que ver cómo se las arregla para que sus existencias no estén en exceso,
porque las cuentas de la compañía están ya saldadas y es él el que tiene los
400 pares demás. El almacén espera hasta que el fabricante tenga que
suministrar al regimiento, digamos 8.000 pares de alpargatas según los
comprobantes y el presupuesto. Ahora bien, al fabricante se le dice que en
lugar de 8.000 pares entregue sólo 4.000, por ejemplo. A él estas cosas no le
importan, claro es. Se le da un recibo por 8.000 y quedan las cuentas y los
comprobantes claros para la inspección. Nuestro cajero paga al fabricante 8.000
pares contra el recibo del almacén y el fabricante, que es una persona decente
y quiere conservar su negocio, simplemente reparte con Intendencia el dinero de
los pares que nunca ha entregado. Así, las cuentas de cada uno quedan en orden,
porque cada cosa tiene su comprobante. ¿Ha comprendido usted?
-Sí, sobre poco más o
menos. Ya no me extraña que esté usted siempre tan nervioso con todas esas
complicaciones.
-Sí. Imagínese que con
toda pieza del equipo es lo mismo, de hombres y de caballos; y con la comida de
ambos también. Hasta con el armamento. Y todas estas cuentas con todos sus
comprobantes tienen que pasar por sus manos y las tiene usted que aprobar. Lo
único que tiene usted que comprobar es que cada cosa tenga su justificante, y
no preocuparse de nada más. Pero es bastante. Ahora, para que se dé una idea de
cómo funciona esto, coja la última liquidación y váyase a ver a Romero, el
sargento del almacén, y a los suboficiales de las compañías. Ellos le
explicarán los trucos. Yo no le doy ningún trabajo hasta el lunes, que hagamos
la subasta de ganado. Usted tiene que ser el secretario de la subasta, pero
como es la primera vez, yo le ayudaré.
En el patio grande,
rodeado de las cuadras, se había puesto una gran mesa, un confortable sillón y,
a ambos lados de él, una hilera de sillas. La documentación de los doce
animales que iban a subastarse estaba sobre la mesa. Los paisanos a quienes se
había dado entrada libre en el cuartel paseaban por el patio y entraban y
salían en la cantina. Cegaba la luz del sol, reflejada por las paredes
blanqueadas de cal. En esta luz cruda, los gitanos se mantenían quietos como
estatuas, sus chaquetillas blancas resaltando la anchura de los hombros y la
estrechez de la cintura ceñida por los pantalones de pana que se ensanchaban
sobre las rodillas para cerrarse sobre el tobillo. Golpeaban rítmicos el
empedrado del patio con sus varitas y cuchicheaban como conspiradores, contando
sus monedas y pidiendo vino. Los caballos y las mulas estaban atados a lo largo
del abrevadero, hundiendo de vez en cuando sus belfos en el agua, más para
refrescarse que para beber. El patio entero olía a sudor de hombre y de
caballo.
La gente estaba esperando
desde las diez de la mañana, pero la subasta no empezaba hasta las once. A las
once y media, el coronel de sanidad que iba a presidir llegó. Me sentía
nervioso. Tenía que ser el rematante y el secretario de la subasta. Tenía que
anotar el precio logrado, cobrar el dinero, escribir los recibos, entregar los
documentos de cada animal a cada comprador y recoger su firma.
Por último, se estableció
la mesa: el coronel veterinario, un viejo de movimientos lentos y reumáticos,
con una voz chillona, se sentó en el sillón; y a su derecha e izquierda nuestro
coronel, el comandante mayor, el capitán veterinario, el capitán ayudante y dos
oficiales que yo no conocía.
Los gitanos se agruparon
en un círculo alrededor de la mesa. El capitán veterinario, de pie en el
centro, dio la orden de traer el primer caballo: me levanté a mi vez y leí en
voz alta:
-Fundador. Tres años.
Seis dedos sobre la marca. Bayo con capa blanca sobre el lomo. Tuberculosis
pulmonar. Tasa: cincuenta y cinco pesetas.
Cada seis meses los
caballos y mulos inútiles para el servicio se vendían en pública subasta. El
caballo tuberculoso era una criatura espléndida, de patas finas, a través de
cuya piel corrían estremecimientos nerviosos. Un viejo gitano con el sombrero
terciado sobre la nuca se adelantó, levantó los labios del caballo para
descubrir los dientes y miró sus encías. Le dio unas palmaditas en las ancas y
dijo lento:
-Setenta y cinco pesetas.
Una voz en el corro gritó:
-Cien.
El viejo gitano hundió
sus manos en las costillas del caballo y esperó inclinado, escuchando el
respirar agitado de la bestia. Después se puso a un lado, hizo una pausa,
volvió al centro del círculo y dijo al otro postor:
-Para ti, hijo.
-¿No hay quien dé más?
-grité. Silencio.
-Adjudicado.
Un gitano joven se
adelantó, desató cuidadosamente las cintas de su cartera, liadas en diez
vueltas, y puso un billete de cien pesetas sobre la mesa. Lo tomé, anoté su
nombre y señas y le di un recibo.
-A las tres puedes venir
a recoger el caballo.
Siguió la subasta. El
gitano viejo compró un caballo y un mulo. Los doce animales se vendieron a un
promedio de cincuenta pesetas cada uno. Al final los dos coroneles se fueron
con los oficiales a la oficina y se bebieron unas botellas antes de ir a comer.
Cárdenas y yo hicimos lo mismo. Después volvimos a la oficina, pesada,
dormilona, cargada de vapores del mar. Uno de los ordenanzas nos subió unas
botellas de cerveza de la cantina.
Llegó el primer gitano y
Cárdenas se volvió al ordenanza.
-Tú, Jiménez, te vas
fuera, a la puerta, y le dices al que venga que se espere hasta que este señor
salga, y no le dejes entrar antes.
Nos quedamos solos los
tres.
El «señor», un gitano
grasiento como si le acabaran de sacar de una sartén, se quitó el sombrero con
una reverencia, se sentó en la silla dispuesta para él, plantó su varita recta
entre los muslos y nos ofreció dos gruesos cigarros ensortijados:
-Fumen ustedes, señores.
-Los dejaremos para luego
-dijo Cárdenas-, estábamos fumando. -Abrió un cajón y metió dentro los puros.
-Bueno, pues, uno viene a
pagar la cuenta.
El gitano abrió la
cartera rellena de billetes de banco, y comenzó a contar, chupándose los dedos
a cada billete y haciéndole crujir:
-Porque un día, ¿sabe
usted?, me pasó que dos «sábanas de las grandes» se me pegaron y bueno, me
devolvieron la que iba de más gracias a que estaba entre personas decentes.
Pero nunca está uno seguro de esto... Bueno, ustedes perdonen. -Puso sobre la
mesa mil quinientas pesetas.
-Ahora firme aquí -le
dijo Cárdenas.
El gitano garrapateó su
firma y Cárdenas le alargó la documentación del caballo.
-Vaya usted a las cuadras
y allí le darán el caballo.
Cuando todos los gitanos
se habían ido, teníamos más de ocho mil pesetas en el cajón. Cárdenas las
recogió y las guardó en la caja fuerte.
-Vámonos a dar un paseo
-dijo.
-Bueno, ahora cuénteme,
¿cuál es exactamente el truco?
-El comprobante, mi
amigo, el comprobante. Todo está comprobado y todo está en orden. Tuberculosis
pulmonar, de acuerdo con el certificado del veterinario y el certificado del
inspector veterinario. ¿Valor? No más de cien pesetas. Este clima de África es
muy malo para los caballos, se mueren de un día a otro, de un montón de
enfermedades.
-Pero nadie paga mil
quinientas pesetas por un caballo tuberculoso.
-Claro. El caballo
tuberculoso está ahí en la cuadra y se morirá un día u otro, como decía. Hemos
vendido un caballo sano. Pero en nuestros registros tenemos el certificado de
que estaba tuberculoso y el recibo de que el gitano ha pagado cien pesetas por
él, para llevárselo al único sitio donde se puede usar un caballo tuberculoso,
a la plaza de toros...
A la mañana siguiente,
cuando el comandante mayor llegó a la oficina, Cárdenas sacó el fajo de
billetes de la caja y se encerró en el despacho del comandante. Cuando salió,
no me dijo ni una palabra.
Me hice cargo de la
oficina de la comandancia. Los que eran escribientes cuando yo era un cabo,
estaban aún allí, aún solda-dos y aún escribientes. Pero ya no eran más mis
amigos. Me llamaban «mi sargento» y vivían sus vidas a escondidas de mí. Los
dos ordenanzas eran los mismos: sólo que ahora yo era para ellos un señor
respetable. Cárdenas era el subayudante del regimiento. Me trataba
paternalmente y me iba transmitiendo su sabiduría. Una vez más me encontraba
aislado de todos.
Muchas tardes, cuando no
tenía trabajo, no sólo por el calor de las tardes sino porque, con excepción
del fin de mes, el trabajo era escaso salvo que llegara un licenciamiento o los
reclutas de cada año, me iba a la orilla del mar. El mar estaba a unos pasos
del cuartel. Me compré aparejos de pesca y me sentaba a pescar sobre las rocas.
Frente
al mar
Capítulo
II
La pesca me dio una
excusa para escaparme de la vida del cuartel. Las diversiones que Ceuta ofrecía
eran la taberna, el burdel o la mesa de juego del casino. Si alternaba con los
de mi misma categoría, es decir con los otros sargentos, tenía la seguridad de
que cada tarde acabaría al menos en uno, pero posiblemente en dos o en los tres
de estos establecimientos. No es que yo fuera un puritano, pero la perspectiva
de esta forma diaria de vida bastaba para aburrirme.
Me gustaban el vino, las
mujeres y una partida de cartas de vez en cuando, pero no siete días en la
semana, en una repetición monótona. Toda mi vida ha sido para mí un placer ir a
la taberna en la tarde, al finalizar el trabajo, beber unos vasos de vino con
los amigos, charlar y charlar de mil y una cuestiones, personales o no; luego
irme a cenar. Pero me aburría sentarme alrededor de una botella con gente a la
que he estado viendo hablar todo el día, aburrirnos juntos por no tener nada
que decir, vaciar una segunda botella y una tercera, y dejar pasar las horas
hasta que todos estábamos un poco más o menos borrachos. Me repugnaba ir todos
los días a la misma casa de mujeres y allí oír y repetir las mismas frases y
las mismas bromas. Me aburría sentarme cada día a la misma mesa de juego y
pasarme los treinta días del mes en una cadena de buenas y malas rachas,
prestando dinero a mis compañeros de mesa y pidiéndoles un préstamo.
En una habitación a
espaldas de las oficinas vivíamos juntos los cuatro sargentos: el del almacén,
el de la oficina de coronela, el de caja y yo. Teníamos allí nuestras camas,
una mesa, media docena de sillas y nuestros baúles. Teníamos un ordenanza que se
ocupaba de la limpieza, y un cocinero que guisaba para noso tros, y un comedor
común para comer sus guisos. En las horas de trabajo estábamos en constante
contacto unos con otros, a la hora de comer comíamos juntos en la misma mesa.
Dormíamos en camas separadas metro y medio una de otra. Como el calor nos
obligaba a dormir casi todo el año en cueros, nos sabíamos de memoria hasta los
más mínimos movimientos de nuestra piel. Nos contábamos las más secretas
aventuras y nos sabíamos de memoria las más secretas costumbres. Lo
extraordinario fue que, a pesar de esto, nunca tuvimos una bronca que rompiera
nuestra comunidad amistosa. Sin embargo, a mí me faltaba un eslabón que me
uniera a ellos completamente.
Romero, el sargento del
almacén, tenía treinta y ocho años y era un andaluz alegre, expansivo y ágil.
Procedía de un pueblecito de la provincia de Córdoba, donde sus padres eran
unos modestos labradores llenos de chicos, que defendían trabajosamente su
vida. Para escapar de aquella miseria en casa, Romero se había quedado en el
cuartel.
Oliver, el sargento de
caja, era un castellano alto y robusto, con sus buenos treinta años, el hijo de
un escribiente de ministro con poca paga. Cuando se murieron sus padres, un tío
le recogió como de limosna. A los dieciocho años, Oliver fue suspendido en unos
exámenes para oficial de Correos y el tío le indicó que la única carrera que le
quedaba era sentar plaza en el ejército. Se alistó con la intención de tan
pronto como fuera sargento, pasar a la Academia Preparatoria de Oficiales en
Córdoba. Pero le convirtieron en secretario del cajero. La atmósfera de Ceuta y
el dinero fácil, combinados con un temperamento muy sensual, arruinaron sus
planes para siempre, dejándolos en un proyecto remoto.
Fernández, el sargento de coronela, tenía sólo
veintidós años, pero llevaba viviendo en el cuartel al menos seis. Era el hijo
de un coronel en activo. Nacido y criado en Madrid, había comenzado a estudiar
leyes en la universidad, pero sus calaveradas eran tan salvajes que al fin el
padre le metió un día de cabeza en el cuartel, para que «sentara la cabeza». Al
principio se rebeló y desertó por una semana entera, con la consecuencia de que
le condenaron a dos años de servicio en África. Allí le metieron en la oficina
de escribiente; después le indultaron y al final lo ascendieron a sargento,
parte por su inteligencia, parte por el influjo de su padre. Al fin se había
acostumbrado al trabajo, pero seguía siendo el calavera de Madrid, de juerga
perpetua. Sus únicas dificultades eran monetarias: cómo salir de trampas cada
fin de mes y cómo seguir manteniendo su cartel de don Juan en todas las casas
de putas de Ceuta. Tenía una buena figura y era cuidadoso hasta la exageración
en el vestir. Tenía sus «amiguitas» en tres o cuatro burdeles y dejaba que le
hicieran regalos, aunque nunca admitía dinero. Era el tipo del que las
prostitutas se encaprichan, sin que llegara a ser un chulo.
Éstos eran mis
compañeros. Vivíamos juntos y nos llevábamos bien, pero nada más. La compañía
de los soldados estaba prohibida para mí. En el ejército español se mira con
malos ojos la intimidad entre sargentos y soldados y aun cabos. Tampoco se mira
bien que los oficiales intimen con los sargentos; les pueden guardar una
estimación oficial, pero sin saltar la barrera que divide ambas clases.
Así, me fui de pesca para
sentirme libre.
El borde del mar es una
ancha franja de rocas bajas, que la marea alta cubre y la baja descubre,
dejando charcos entre las piedras. Las rocas están tapizadas de un musgo espeso
y duro, verde pálido, como blanqueado por la sal del agua del mar. Los cangrejos
anidan allí y los peces escarban con sus bocas en busca de los gusanos
escondidos entre las prietas raíces.
Vertéis un chorro de
vinagre sobre el musgo, y los gusanos brotan en legiones, retorciendo locamente
sus cuerpecillos frágiles y estirando el cuello como si se ahogaran faltos de
aire. Pasáis la mano sobre el musgo y los recogéis a cientos; los ponéis dentro
de una vieja lata de conservas medio llena de barro, y allí se entierran en
seguida, para aliviarse de sus quemaduras. Ya tenéis el cebo. Claváis un gusano
en el anzuelo, con cuidado de no aplastarlo y de dejarle libre la cola, para
que pueda retorcerse en el agua tranquila, y en unos momentos las bogas, las
sardinas y las doradas acuden voraces a la llamada, mientras un número infinito
de otros peces mayores bogan cerca, sembrando el agua de chispas azules y
negras, rojas y amarillas, oro y plata.
Los bloques de cemento
del muelle estaban siempre llenos de pescadores de caña, pescando entre la
pared lisa del muelle y la panza de los barcos anclados. Pero yo no estaba
interesado en ir allí a pescar. Exploré las rocas que rodean el monte Hacho y
encontré un balcón de piedra colgado sobre el mar.
El balcón era tres
piedras, dos sobre el agua formando una V y una mayor, más alta, con la forma
de un sillón frailero, el asiento pulido, y el respaldo musgoso y lleno de
grietas. Bajo la V, la piedra se hundía vertical hasta una profundidad de seis
u ocho metros, formando un estanque tranquilo, hondo como un pozo. Mar adentro,
frente a frente, una hilera de rocas, casi invisible sobre el agua, servía de
rompiente y mantenía el pozo en calma perpetua. Sólo en un temporal el mar
saltaba sobre las tres rocas y las sumergía en un torrente de espumas.
Coleccionaba mis gusanos
entre las rocas, cogía algunas sardinas o alguna boga y las usaba como cebo
para mis líneas. Estas líneas consistían en cincuenta metros de cordón de seda
con un plomo en un extremo. Allí las llaman «cordeles». Cerca del plomo se
introduce un sedal con un nudo corredizo y un anzuelo grande, al que se fija la
sardina, o la boga por la cola. Y así preparado, se voltea el cordel con el
plomo en su extremo y se lanza como piedra de honda al mar libre. La sardina
nada y se mueve libremente a lo largo del cordel, en busca de su libertad, y
los grandes peces que nunca vendrían al lado de las rocas acuden al cebo. Lo
demás es cuestión de suerte.
Cada día cebaba cuatro
cordeles, los ataba a la roca y me sentaba en el sillón de piedra a leer, a
escribir o simplemente a pensar; a veces ni aun eso. Si un pez mordía, un
cascabel atado al cordel repiqueteaba desenfrenadamente.
Era un día de calma
absoluta. Las aguas del Estrecho estaban quietas como las de un estanque de
jardín. Reflejaban el cielo azul y ellas mismas eran azules, con un color
límpido y profundo, lleno de centelleos. Sobre este espejo las corrientes
marcaban riachuelos lechosos. Eran los signos externos de las corrientes
profundas producidas por los dos mares que se encuentran allí, y que se reúnen
en un ancho río que penetra en el puerto de Ceuta por el oeste y se escapa
hacia el este. A veces este río y sus arroyitos cambian de dirección: el
Mediterráneo se vacía en el Atlántico o éste trata de desbordar en aquél.
Abandoné el libro y me sumergí en esta oleada de calma perfecta. Veía en la
distancia la costa de España y la silueta de Gibraltar; y todo estaba lleno de
luz y de paz, como si el cielo fuera una cúpula enorme de vidrio con un
reflector en la cima, y el mundo exterior no existiera.
Había llegado a un cruce
de caminos con mi vida. Tenía veinticuatro años, no tenía bienes de fortuna, y
seguía siendo aún el hijo de la señora Leonor, la lavandera, aunque mi madre
hacía ya años que había dejado de romper el hielo del Manzanares con su pala de
batir la ropa en las madrugadas de invierno o de tostarse al sol de mediodía en
julio. En menos de un año terminaría el tiempo de mi servicio militar. Tenía
que hacer un plan para el futuro. Era un sargento del ejército. Si me
reenganchaba en lugar de licenciarme, me quedaría en África, tendría cincuenta
duros fijos de sueldo y las manos sucias para siempre. Había llegado al puesto
de sargento de la oficina, un puesto envidiable y envidiado; podía vivir en paz
y hacer dinero durante ocho o diez años, hasta que ascendiera a suboficial.
Podía también entrar en la Academia Preparatoria de Córdoba, estudiar tres años
y convertirme en un oficial.
Si me licenciaba al
cumplir, tenía que volver a la vida civil y buscarme una colocación
inmediatamente. En Madrid había entonces miles de empleados de oficina sin
trabajo. Después de mis tres años en el ejército, perdido el contacto con el
mundo de los negocios, con certificados de trabajo viejos, lo más seguro era
que me convertiría en uno más de los sin trabajo. Y aunque encontrara trabajo
inmediatamente, no ganaría más de treinta duros al mes como máximo.
Sin embargo, éstas eran
las dos únicas soluciones prácticas que se me ofrecían, una de ellas segura, el
ejército, la otra problemática. ¿Quién iba a mantenerme, si tenía que estar en
Madrid seis meses o más sin encontrar trabajo?
Existían aún dos caminos
potenciales, mucho más de acuerdo con mis deseos; pero ambos tan difíciles de
realizar que eran prácticamente imposibles: yo hubiera querido ser un ingeniero
mecánico o un escritor.
Mi ansia de ser un
ingeniero era tan vieja como yo mismo. Cuando la muerte de mi tío cortó de raíz
toda esperanza y ello me convirtió en un chupatintas para poder vivir, seguí
manteniendo mi ilusión. Los jesuitas habían establecido una escuela técnica en
Madrid, que era infinitamente mejor que la escuela oficial. Los hijos de las
familias más ricas estudiaban allí la carrera; al fin de los cursos, pagaban
las matrículas al Estado, pasaban los exámenes oficiales y se convertían en
ingenieros con título. Al mismo tiempo, la escuela de los jesuitas ofrecía
enseñanza gratuita a los hijos de familias pobres que fueran católicos
garantizados. Mis parientes de Córdoba, conociendo mis ambiciones, me enviaron
una introducción para el rector del colegio cuando yo tenía diecisiete años.
Fui allí. Tuvimos una conversación interminable. Me mostró toda la escuela, que
entonces era una maravilla de técnica y de organización, y al final planteó
ante mí la cuestión con toda franqueza. Un muchacho inteligente como yo estaba
en condiciones inmejorables para hacer la carrera de ingeniero en la escuela.
Cuando terminara, la escuela me daría un certificado de estudios que
indudablemente era una garantía absoluta de empleo en la industria española.
Desde luego, este certificado no era un certificado oficial, un verdadero
título de ingeniero, que costaba miles de pesetas. Sería simplemente un
certificado de una escuela, acreditando que su titular poseía los mismos
conocimientos que un ingeniero con título, o más. Los industriales españoles
aceptaban este certificado, porque sabían hasta qué grado el colegio
garantizaba a sus discípulos. No tendría ninguna dificultad en encontrar
trabajo; las posibilidades eran ilimitadas.
Había aprendido bastante
en mis años de meritorio en el banco para conocer el poder de la Compañía de
Jesús en España. Sabía que el Sagrado Corazón estaba entronizado en muchas
fábricas del norte, que los grandes navieros tenían por confesores a los padres
jesuitas, que los grandes bancos estaban de tal manera liados con la Orden que
a algunos de ellos se les consideraba simplemente como sus testaferros. Había
visto que una carta de recomendación de un jesuíta abría todas las puertas de
la industria española, y también, que una simple indicación del mismo origen
tenía el poder de cerrarle a uno estas puertas para siempre. Podría trabajar en
cualquier fábrica de España como un ingeniero mecánico sin título legal, pero
se entendería tácitamente que seguiría en contacto con la Orden, confesaría mis
pecados a un jesuita y obedecería sus instrucciones, a no ser que quisiera
quedarme sin trabajo de la noche a la mañana. ¿Y dónde iba a ir entonces con un
certificado que, sin el plácet de la Compañía de Jesús, no era más que un papel
mojado?
Bajo tales condiciones,
rechacé la invitación de convertirme en un estudiante del colegio de Areneros.
Volví al banco a llenar columnas de números y archivé mis ilusiones.
Más tarde, cuando fui
secretario de don Ricardo Goytre en los Motores España de Guadalajara, un día
encontré que podía ayudarle también en los croquis de sus proyectos. Me mandó
que estudiara en unas clases nocturnas qué habían abierto en Guadalajara, creo
que los padres agustinos.
La Orden había visto una
oportunidad de influir sobre los obreros tan pronto como se estableció la
fábrica, y había abierto una escuela técnica con clase para dibujo y
matemáticas. Fui allí.
En España, un sacerdote
no necesitaba título para dirigir una escuela, ni para enseñar, y los buenos
hermanos de Guadalajara se habían embarcado en una enseñanza técnica sin más
preparaciones. Al cabo de una semana, había visto claramente que yo allí no era
más que un elemento de discordia. Con mi escaso conocimiento técnico, sabía más
dibujo mecánico y más matemáticas que todos los maestros juntos. El rector me
llamó un día:
-¿Nos quisiera usted
ayudar, hijo mío? Aparte de nuestros trabajos en favor de los pobres, hemos
abierto este instituto que no es más que una escuela elemental en su clase.
Necesitaríamos poder dar una enseñanza un poco más avanzada que lo que hacemos,
como ocurre con usted. Y no es que yo quiera decirle que no venga más a
nuestras clases, todo lo contrario; pero venga usted a ayudarnos. Su ayuda nos
sería muy valiosa.
Me habían sido simpáticos los frailes y por un
tiempo di lecciones de francés elemental y de dibujo lineal. Pero las únicas
ventajas que obtuve fueron tener que asistir a todos los actos religiosos,
cenar tarde e incurrir en la hostilidad de los obreros. Al cabo de unas semanas
deserté de los agustinos y comencé a estudiar cálculo integral con un compañero
de hospedaje.
Cuando fui llamado para
el servicio militar, elegí el Segundo Regimiento de Ferrocarriles. Me aceptaron
como dibujante y tuve la esperanza de aprender una especialidad. Pero entonces
vino el sorteo para África y me tocó ir allí. Servía en Ingenieros, sí, pero
mis conocimientos técnicos sólo me habían servido para convertirme en un
escribiente.
Me quedaba aún la
posibilidad de comenzar como un simple mecánico después de licenciarme. Tendría
que entrar como aprendiz en un taller, pero ¿podía hacerlo? Las organizaciones
obreras no toleran aprendices de veinticinco años y, menos aún, aprendices que
paguen por aprender. Los aprendices adultos suponían que, en tiempos de crisis
industrial, a los obreros se les tomaría a bajo precio, bajo el disfraz de
aprendices; y los aprendices que pagan por aprender el oficio quitan el jornal
a un obrero. Yo sabía que podía ser un excelente mecánico, y sin embargo en el
orden establecido no había para mí sitio, ni como mecánico ni como ingeniero.
El camino estaba cerrado y había que aceptarlo así. Podía ser un escritor.
Ésta había sido la
segunda ambición de mi juventud. En la escuela Pía se publicaba una revista
infantil bajo el título Madrileñitos. Cuando yo tenía diez años era un
colaborador asiduo. Publicaban mis cuentos y mis versos, todos profundamente
religiosos y morales. Había olvidado todos, con excepción de dos contribuciones
importantes: una biografía de san José de Calasanz, fundador de la Orden, y una
biografía de Pablo de Tarsos, que me valió una edición de las Epístolas a los
Corintios. Todavía las tenía en casa.
A los dieciséis años,
cuando aún estaba en el banco, traté de entrar en el mundo literario. Un colega
mío, Alfredo Cabanillas, y yo, nos animábamos uno al otro para enviar nuestros
trabajos, él sus versos y yo mi prosa, a cada concurso literario que organizaban
las revistas. Nunca ganamos un premio; a él le publicaron algunos poemas y a mí
dos cuentos cortos; naturalmente, sin pagarnos un céntimo. Cuando se publicó el
segundo de los cuentos, mi vecino en las buhardillas, Rafael, el hijo de la
cigarrera, me llevó un día al Ateneo para presentarme a los grandes maestros de
la literatura española. Rafael era el barbero del Ateneo.
-Si tienes talento, haces
tu carrera aquí -me dijo.
Me encontré al lado del
círculo de los grandes intelectuales del país, intimidado y sacudido en mi
confianza en aquella atmósfera de ardiente discusión. De alguna forma me
encontré de pronto distinguido por el hombre que llevaba con todo desenfado el
apodo que él mismo se había dado, el Último Bohemio, Emilio Carrére, a quien
conocí otro día, en un café.
Tenía cara de luna, una
gran melena, un sombrero blanco con alas enormes, una bufanda atada al cuello y
el corpachón de un campesino, fumando incesante una pipa que, a veces,
rellenaba con colillas. Sentí como un gran honor que se dignara permitir que le
invitara a un vaso de cerveza. Una tarde que tenía dinero, le sugerí que
fuéramos a casa de Álvarez, una cervecería famosa por su cerveza y sus mariscos
en la esquina de la plaza de Santa Ana y la calle del Prado. Comenzó a
hablarme: -¿Así que tú quieres ser un escritor? Pues, te daré unos cuantos
consejos. En España, ser un escritor es hacer oposiciones a muerto de hambre.
La única manera de ganar dinero escribiendo, es escribir teatro o pornografía.
Mejor dicho, no hay más que una manera de ser escritor. ¿Qué autor de los vivos
te gusta más?
-No sé, realmente.
Benavente, Valle-Inclán, muchos otros también.
-Da lo mismo. Escoge el que te sea más
simpático. Te arrimas a él, le das coba, te las arreglas para pagarle el vaso
de café, y que se entere, y un buen día, cuando esté de buen humor, le lees una
de tus cosillas. Pero ten buen cuidado de esperar hasta que sepa quién eres y
que se haya fijado en que tú aplaudes siempre lo que dice, aunque sea un
disparate. Entonces te dará una tarjeta de introducción a un periódico y te
publicarán la cosa, sin pagarte, claro. Después, si realmente sabes escribir y
tienes suerte, en diez o doce años tendrás un nombre y te pagarán diez duros
por un artículo o un cuento. Es mucho más difícil que le acepten a uno una
comedia, pero el procedimiento es el mismo. De todas formas, una vez que hayas
elegido tu maestro, perteneces a él incondicionalmente. Si es de derecha, tu
perteneces a las derechas; si de izquierda, a las izquierdas. No importa lo que
escribas. En este país se es de un lado o del otro, derecho o torcido.
Hablaba bien, pero mi
reacción fue en contra, lo mismo que me ocurría con sus escritos. Emilio
Carrére había hecho su camino en las letras españolas especializándose en la
novela galante. Sus historias de mendigos, prostitutas, borrachos y calaveras
estaban siempre construidas alrededor de sí mismo como el héroe que presenta en
su narración, que no sólo puede aclimatarse a cualquier ambiente, sino hasta
sobrepasarlo. Pensé que sus explicaciones eran malicia y calumnia juntas y
decidí adquirir mi pronta experiencia.
En el saloncillo del
Ateneo unos señores graves discutían política, ciencias y letras, pero pronto
me aburrí del papel de audiencia en interminables discusiones sobre La
República de Platón, o la significación esotérica de Don Quijote. Carecía de
interés y de conocimientos suficientes. Me atraían mucho más las varias
tertulias literarias que se formaban por las tardes en los cafés de Madrid, y
comencé a explotarlas.
El círculo más
aristocrático era el del Café de Castilla, presidido por don Jacinto Benavente,
que estaba entonces en el pináculo de la gloria como dramaturgo. El Café de
Castilla era un salón único con columnas de hierro fundido, divanes rojos y
paredes cubiertas de espejos y de caricaturas, en el cual nadie escapaba a las
miradas de los demás, pero se veía a sí mismo y a los otros multiplicados bajo
ángulos innumerables en las interminables reflexiones de los espejos.
Una tarde fui allí,
titubeando, y me engarfié a la cortina roja de la puerta, paseando la vista por
el pequeño salón que me parecía enorme en la multiplicidad de las lunas.
Alguien frente a mí me hizo señas con la mano desde una de las mesas; un
muchacho que había encontrado en el Ateneo. Me senté al lado suyo, recobrado ya
mi aplomo. Entonces reconocí a don Jacinto en medio de una gran reunión, un par
de mesas más lejos. Estaba recostado a medias en el diván y parecía más pequeño
que nunca; todo lo que veía de su cara era un cigarrillo entre una barbita
canosa y una frente calva y enorme.
Don Jacinto escuchaba los
argumentos de uno de la peña, que explicaba los defectos de una comedia de gran
éxito que se representaba entonces en Madrid. En apoyo de cada uno de sus
puntos, citaba como comparación una escena o un párrafo de la obra de Benavente.
Tan pronto como el hombre terminó, entre murmullos de aprobación de toda la
mesa, otro comenzó la dilección de una segunda obra de teatro, con una nueva
serie de citas de obras de Benavente. Don Jacinto se acariciaba la barbita y
escuchaba. Daba la impresión de estar profundamente aburrido. Cuando terminó el
otro, se quitó el cigarrillo de la boca y dijo con voz meliflua:
-Bien. Todos estamos de
acuerdo, señores, en que yo soy un genio. Pero ¿quién se lleva los cuartos?
¡Todos esos que ustedes han mencionado!
-¡Ah, pero el arte!...
-exclamó alguien-. El arte, señor, es la gran cosa. El dinero, por otra
parte...
-Usted no tiene razón de quejarse, don Jacinto
-interrumpió otro-. Usted llena siempre el teatro.
-Sí, lleno el teatro,
pero el teatro no me llena a mí los bolsillos.
Y la conversación volvió
a recaer en el tema de la obra superlativa de Benavente. Don Jacinto escuchaba
y daba chupaditas a su cigarro.
El joven del Ateneo me
dio un codazo y nos fuimos.
-¿Sabes? Siempre es la
misma historia aquí. La única cosa que oyes es alabar a don Jacinto. Claro que
es necesario venir para que te vayan conociendo, pero si quieres aprender algo,
debes ir a otro sitio. Vamos a La Granja, seguramente don Ramón está allí.
La Granja, un café con un
techo bajo, paredes y gruesas columnas cubiertas de paneles de madera de un
ocre ligero, estaba lleno y su atmósfera era fétida. Don Ramón del Valle-
Inclán estaba allí en el centro de una reunión, para hacer sitio a la cual se habían
juntado mesas y sillas tan estrechamente que formaban una masa sólida de
mármol, madera y gente. Cuando entramos, don Ramón estaba inclinado sobre la
mesa, su barba flameando como un banderín, sus gafas de concha saltando
incesantes de una cara a la otra, para ver si alguno se atrevía a contradecirle
Una tarde me tomé la
libertad de disentir de una de sus manifestaciones, que como muchas que hacía,
era un patente absurdo que no tenía más fin que humillar a sus oyentes.
Don Ramón se volvió a mí:
-¿Así que el jovencito
piensa que me he equivocado?
-Yo no creo que se haya
usted equivocado, lo que creo es que lo hace usted a sabiendas y que todos
estos señores lo saben también.
Se levantó un murmullo de
protesta a mi alrededor. Don Ramón impuso silencio con un gesto altivo.
Comenzó a disputar
conmigo y yo a replicarle, herido por el desdén que mostraba hacia todos
nosotros. Pero don Ramón cortó de repente la discusión:
-Y ahora, jovencito,
¿cuál es su profesión? ¿Usted escribe?
-Me gustaría escribir.
-Entonces, ¿qué pinta
usted aquí? ¿Viene usted a aprender a escribir?
-Podría decir que sí.
-Entonces no lo diga y se
evita decir una idiotez. Usted viene aquí a tomar café, mejor si otro lo paga,
a hablar mal de todos los demás y a mendigar un día una presentación. Pero si
lo que usted quiere es aprender a escribir, quédese en casa y estudie. Después
es posible que pueda empezar a escribir... Usted se imagina que le estoy
insultando, pero se equivoca. No le conozco, pero me merece una opinión mejor
que la mayoría de los que están aquí mirándonos como bobos. Y por eso le digo,
no venga a estas tertulias. Siga con su trabajo, y si quiere usted escribir,
escriba. De aquí no va usted a sacar más provecho que, si acaso, un puesto de
chupatintas en un periódico y la costumbre de tragarse todos los insultos.
Alfredo Cabanillas me llevó al viejo Fornos, un café donde iban maletillas
aprendices de torero y la morralla de cómicos y literatos. Allí se sentía uno
como en una casa de locos. Discutían a gritos los últimos ensayos en arte y en
literatura. Se recitaban unos a otros trozos de verso y de prosa, de los cuales
yo era incapaz de entender una palabra.
Cabanillas tenía un gran
papel en estas tertulias, porque acababa de publicar un libro de versos y se
había pagado él mismo la edición, un acontecimiento insólito entre aquella
pandilla de bohemios hambrientos. Todos alababan su libro desmesuradamente, le
pedían ejemplares gratis, y le dejaban que pagara el café. Se indignaban a coro
cuando Cabanillas contaba y recontaba sus experiencias:
Primero, había mandado el manuscrito de su
libro a un editor y luego a otro, quienes se lo iban devolviendo sin leerlo.
Tenía la seguridad de esto, porque en el manuscrito había pegado algunas hojas
una con otra y siempre volvían pegadas. Cuando agotó la lista de editores,
decidió imprimir el libro a su costa, mejor dicho, a expensas de su familia. Se
fue a ver a uno de los más famosos editores y el gerente le escuchó muy atento.
-Desde luego, estamos
dispuestos a publicar su libro, si usted hace frente a los gastos. Un libro de
poemas, ha dicho, ¿no? ¿Qué clase de poesía?
-Poesía moderna, desde
luego.
Y Cabanillas se lanzó con
todo el entusiasmo de sus dieciocho años.
-Poesía moderna, una
revolución en el arte poético, en la
línea de las nuevas corrientes que se desarrollan en Francia, pero
puramente española...
-Bien, bien. Poesía
revolucionaria, ¿eh?
-Sí, en el sentido
poético, claro. Yo no soy un anarquista... Poesía romántica en una forma
moderna...
-Bien, bien. Y usted ¿qué
es?
-Pues... un empleado de
banco.
-Oh, no. No quiero decir
eso... Quiero decir ¿cuáles son sus ideas políticas? A mí me suena como si
usted fuera uno de esos jóvenes modernos avanzados, llenos de ideas, ¿no?
-Sí. Naturalmente, hay
que llevar la revolución al arte y...
-Sí. Comprendo,
comprendo. Pero, mire usted, nuestra casa es una firma seria. Usted es un autor
novel. Comprendo que esté usted dispuesto a pagar para que nuestro nombre
figure en la cubierta, porque el público sabe que nosotros sólo publicamos
cosas serias; y esto, no. Lo siento mucho, pero no po demos publicar su libro.
Cabanillas visitó otros
editores. Uno de ellos era de la izquierda. Sobre el respaldo de su silla tenía
un grabado impresionante de una matrona con una teta al aire, envuelta en un
peplo rojo y tocada con un gorro frigio, que simbolizaba la República. Pero
Cabanillas no era republicano. Su poesía no era repúblicana, ni revolucionaria,
simplemente lírica con su saborcillo de modernismo. El editor lo sentía mucho.
Rechazó el libro sin ni siquiera mirarlo.
Comencé a pensar que, al
fin y al cabo, Emilio Carrére tenía razón. Pero para mí era imposible
convertirme en un adulador y tampoco tenía ni el tiempo ni el dinero necesarios
para convertirme en un miembro regular de las tertulias.
Existía entonces un
centro cultural en Madrid, la Institución Libre de Enseñanza, que había fundado
Giner de los Ríos. De allí y de su Residencia de Estudiantes estaba saliendo
una nueva generación de escritores y de artistas; yo creía que mi manera de pensar
estaba de acuerdo con los fines de ambas instituciones. Pero cuando intenté
establecer un contacto, me encontré con una nueva aristocracia, que nunca había
pensado pudiera existir. Una especie de aristocracia de la izquierda. Era tan
caro ingresar en una de estas instituciones como en una de las aristocráticas
escuelas de los jesuítas. Sí, había cursos y conferencias gratuitos, pero para
seguirlos tenía que abandonar mi trabajo, es decir mi único medio de vida. Me
convencí que la obra magnífica de Giner de los Ríos adolecía del mismo defecto
de toda la educación española: que sus puertas estaban cerradas para las clases
trabajadoras. No creo que ésta fuera la intención del maestro, quien lo que
quería era crear con sus discípulos maestros de las futuras generaciones.
No había camino abierto
para mí. Renuncié a escribir.
Pero ahora resurgía el
viejo problema. En el cuartel había comenzado de nuevo a escribir. Sentía la
necesidad de hacerlo y creía tener el don de expresión necesario.
Pero ¿esto me iba a dar de comer? Tal vez,
después de unos cuantos años de sumisión y sometimiento a las reglas. No me
servía para resolver el problema que tenía que enfrentar al licenciarme.
La vida no consiste en
ganar o no ganar dinero; pero hay que ganar dinero para poder vivir. Yo no
podría enfrentarme contra cien peñas literarias y disponer de dinero para pagar
convites a derecha e izquierda, ni tampoco de tiempo para ser miembro de una
tertulia día y noche. También, una de las cosas que uno no puede comprar o
vender es su propia estimación: seguir en el ejército era perder mi propia
estimación para siempre. Por otra parte, el licenciarme era enfrentarme con la
miseria...
Tenía que pensar sobre
todo en mi madre. Había aceptado la responsabilidad de ello mientras viviera.
La responsabilidad de que no tuviese que trabajar más, ni lavando ropa sucia en
el río ni fregando suelos como una asistenta. Pero yo también quería un hogar y
una familia, quería casarme un día... Para tener todo esto, había que ganar
dinero, porque si se quiere tener una mujer, hijos, una casa, hay que pagar por
ello.
El cuartel me ofrecía la
seguridad de que podía tener todo esto mientras viviera, y aun después de
muerto. Si moría, mi madre o mi viuda y los chicos tendrían lo bastante para no
morirse de hambre. La viuda de un empleado de banco se enfrenta con la miseria
la semana después de haber enterrado a su marido.
Pero ¿era verdad que el
cuartel me ofrecía esta seguridad? ¿Era verdad que, pasara lo que pasara,
tendría siempre mi puesto seguro y mi paga y el pan de cada día de mi familia?
Cuando se lanza un cordel al mar, nunca se le deja tirante. Hay un sobrante que
se recoge en un montoncito de círculos a los pies de uno sobre las rocas.
Uno de estos montoncitos
de pronto comenzó a desenrollarse, y el cordel brincó al fin con el movimiento
de una víbora que ataca. El cascabel atado a él tintineó loco. El cordel se
tenso y se quejó, como la prima de un violoncelo que pellizcáis con los dedos.
En el espejo del mar nació un surco furioso de espuma que dibujaba un arco.
Algo como si un hierro candente corriera bajo las aguas.
Cogí el cordel y tiré. Me
contestó un tirón violento al otro lado, un tirón como el de un caballo que
rehusa las riendas. Se me escapó el cordel de las manos y dio un tirón rabioso
a la roca donde estaba atado; templándose, vibrando, deseando escapar al mar.
Cogí el cordel con las dos manos, me apoyé contra la saliente de la roca y tiré
otra vez. El pez dejó de hacer fuerza, el cordel se aflojó y yo di un traspiés.
Antes de que recuperara mi equilibrio, el ser vivo enganchado en el anzuelo se
disparó de nuevo al mar libre. El cordel me abrasó las manos en su huida y se
distendió brusco. En el mar ahora había un remolino furioso. Mejor dejarlo y
esperar que el pez se cansara, o el cordel se rompiera, o se quedara un cacho
de mandíbula en el anzuelo, o se tambaleara la roca y se cayera al mar. Me
quedé mirando el trazo de espuma, el temblor del cordel y el campanilleo del
cascabel, tan pequeñín y tan colérico.
Un pez luchando por su
libertad es seguramente uno de los seres más espléndidos de la creación, aunque
ninguno de nosotros seamos capaces de medir su coraje. Allí está, un simple
manojo de músculos que saca su fuerza de la resistencia que le presta el agua,
donde el más violento puñetazo del hombre más fuerte es nada, cargado de la
rabia furiosa de un jabalí acorralado o de un gato acosado por perros. Un
gancho de acero se ha hundido en su mandíbula. El único alivio de la tortura
salvaje del acero en la carne desgarrada y en el hueso astillado es ceder,
aflojar el tirón del cordel, abandonar la lucha. Y sin embargo, hasta el más
insignificante pececillo de estanque se retuerce y brinca, salta sobre el agua
o se hunde en lo profundo, tirando siempre, tirando sin tregua, a costa de un
dolor enloquecedor, sólo por ser libre.
Traté una vez más de
recoger el cordel, pero el cerebro furioso que animaba el manojo de músculos
potente sentía cada movimiento de mis manos a través de la herida abierta, y se
rebelaba con ira inagotable. Una vez y otra el cordel se escapaba de mis manos,
dejando en las palmas un surco húmedo y doloroso. En uno de los tirones
conseguí rodear la roca con el cordel y acortarle así un medio metro; me
pareció una victoria. Durante minutos el pez se contrajo en convulsiones de
rabia haciendo gemir el cordel que parecía romperse de un momento a otro. El
pez sabía que le habían robado unos pocos centímetros de libertad.
Tras una hora de batalla,
me convencí de que nunca sería capaz de apoderarme de aquella bestia. Pasaron
dos obreros por la carretera, con sus taleguillos de la merienda y con sus
blusas blancas al hombro. Tiraron las blusas sobre las rocas y se quedaron mirando
guasones, burlándose del sargento señoritingo que quería pescar y no podía
coger un pez. Uno de ellos al fin comenzó a tirar del cordel, después los dos,
al fin yo con ellos, los tres tirando al unísono, pataleando, sudando y
jurando, brazos y piernas apoyados contra las rocas. Poco a poco íbamos
enrollando el cordel sobre la piedra.
-¡Qué mala bestia es
ésta! -blasfemó uno de ellos.
Descansamos un poco los
tres, contemplando el remolino de agua y espuma que ahora estaba a sólo veinte
metros de nosotros. Un coletazo violento nos mostró por un instante un lomo
negro moteado de plata.
El obrero gritó:
-¡Una murena! Ésta no la
cogemos.
La murena es una especie
de anguila de mar que no suele tener más de un metro de largo a lo sumo, por
diez centímetros de diámetro, con una cabeza achatada y unas mandíbulas
poderosas erizadas de dientes triangulares. Ataca y devora peces más grandes
que ella, destruye redes y sedales y hasta ataca a las personas, causando
heridas profundas como una amputación. La cola de una murena puede romper el
brazo de un hombre, horas después de estar muerta. Las gentes de la costa a
menudo se niegan a comer su carne porque puede estar cebada con carne humana.
La murena que había en mi
anzuelo tenía unos dos metros de largo y era gruesa como un muslo de hombre.
Uno de los obreros se
marchó a una taberna de la carretera y volvió con un bichero y un par de
curiosos. Entre todos tiramos. del cordel, hasta que la murena estuvo dentro
del pozo entre las rocas, y aun entonces, cuando ya la teníamos a nuestros pies
sin escape, veíamos que el cordel iba a estallar de un momento a otro y que al
fin la bestia iba a escapársenos. El hombre del bichero intentaba engancharla
por la cabeza, agarrándose firme a la roca. El pez se revolvía contra la nueva
arma con furibundos coletazos; vimos entonces que no podía cerrar la boca. El
cordel pasaba a través del orificio sangriento de la garganta, entre las
hileras de dientes agudos que trataban en vano de juntarse y cortarlo.
El hombre enganchó al fin
el bichero en uno de los ojos del monstruo y una mancha como una vedija de
niebla se disolvió en el agua. El pez se movía ahora sólo con estremecimientos
espasmódicos. Tiramos todos. Cayó sobre las rocas, contrayéndo se en una rabia
loca, untando la piedra con la baba viscosa de su piel, mirándonos con su único
ojo lleno de odio, retorciéndose sobre el vientre blanco en busca de una presa.
Nos refugiamos tras las piedras y desde allí la apedreamos con trozos de roca.
Tratábamos de aplastarle la cabezota chata y repugnante, matarla y librarnos de
la visión de su máscara cargada de odio. Un pedrusco acertó con la cabeza y la
convirtió en una pulpa blancuzca llena de grises, sucia de barro. El cuerpo se
contrajo violentamente y se estiró.
La llevamos entre los tres. Los dos obreros se
ofrecieron a ir conmigo y ayudarme a llevarla al cuartel. Nos beberíamos una
botella de vino allí; Antonio, el cantinero, la cortaría en lonchas y la
freiría para pasar el vino.
Pesaba sus buenos 50
kilos y teníamos que ir despacio y a compás, seguidos por un grupo de mirones y
arrapiezos que se atrevían a hundir un dedo en el cuerpo de la murena para
confirmar su valor. Donde había estado la cabeza, no existía más que algo como
un trapajo sucio que goteaba.
De pronto, el cuerpo se
contrajo en un espasmo y se escapó de nuestras manos, brincando sobre el polvo
de la carretera, una masa viva de cieno y mugre. El hombre que había sostenido
la cola se dobló sobre sí mismo: la cola le había golpeado en las costillas.
Pateó furioso la masa que se retorcía en el polvo, y el cuerpo sin cabeza se
retorció una vez más, se estiró y se quedó inmóvil. La cogimos de nuevo y
reemprendimos la marcha, puercos de barro pegajoso. Se nos escapó aún dos veces
más. Los chiquillos nos seguían con sus risas, chillando y alborotando.
Debíamos presentar una vista ridicula, con el barro goteándonos en la cara y en
las manos, agarrados a aquella masa de fango vivo que se estremecía en espasmos
y nos hacía detener de vez en cuando.
Cuando llegamos al
cuartel, la tiramos en el pilón del abrevadero de los caballos; y al contacto
del agua, restalló como si hubiera sufrido una descarga eléctrica. El cuerpo
ciego se lanzaba contra las paredes de cemento con toda la violencia de su
vitalidad intacta. Vinieron los soldados corriendo a través del patio. Antonio,
el cantinero, vino despacito, echó una ojeada y se volvió a su cantina. Regresó
con el cuchillo de cortar el jamón.
-Cogedla unos cuantos y
sujetadla contra el borde -dijo.
Veinte manos se
apoderaron del cuerpo ahora limpio y metálico manteniéndole contra el reborde
de cemento, y Antonio comenzó a cortar lonchas blancas, con una gota de sangre
roja en el centro que al caer en el agua se disolvía lenta.
Antonio me pagó treinta
pesetas.
Ceuta
Capítulo
III
Una mañana, cuando
paseaba por la calle Real, me llamó la atención una mujer que caminaba delante
de mí, una figura menuda y graciosa con un taconeo alegre. Apresuré el paso
para verle la cara, y la cara era bonita. Le dije unos cuantos piropos, los
acogió con risas, e insistí. Las cosas se desarrollaron de la manera corriente
en que estas cosas se desarrollan. Cuando llegamos al hotel María Cristina, la
muchacha de pronto se metió en una dé las puertas de servicio, se volvió a mí y
dijo:
-Bueno, adiós.
-¡Caramba! No podemos
decirnos adiós así. Nos tenemos que volver a ver.
Nos encontramos al día
siguiente y los que vinieron después. Me contó su historia. Era de Granada y un
día se había ido a vivir con su novio. Se fueron juntos a Cádiz, pasaron allí
unas semanas, y el novio un día no volvió. Se las arregló para entrar de camarera
en un hotel de Cádiz y después de allí se había ido a Ceuta en mejores
condiciones. Ahora vivía sola. Al cabo de unas semanas, alquilé una alcoba en
una fonda. Lo pasábamos perfectamente y al fin me decidí a proponerle que
alquiláramos un pisito pequeño y que dejara el hotel.
La vida se convirtió en
una cosa tranquila y pacífica, y a mí me agradaba tener algo como un hogar. Por
la tarde nos íbamos juntos a la playa o al cine, todo simplemente, como marido
y mujer. Pero Ceuta es un pueblo pequeño, donde todo el mundo se conoce, y al
cabo de una semana todo el mundo conocía todo lo que había que conocer de
nuestra unión. Sin embargo, ni Chuchín ni yo habíamos hecho por mantenerlo en
secreto. ¿Por qué teníamos que hacerlo? Después de todo, la mayoría de los
oficiales tenían sus queridas en la plaza, aunque algunos tenían allí la mujer
y los hijos, y todo el mundo lo sabía. Todos los sargentos y suboficiales
tenían sus amiguitas, muchos de ellos simplemente una de las pupilas de un
burdel. Si ninguno de ellos había puesto un pisito para vivir a gusto con su
capricho, ¡peor para ellos! Al menos así pensaba yo. Don José, nuestro
comandante mayor, me llamó un día a su despacho:
-Mira, Barea, cuando te
puse aquí, te dije que no me hicieras tonterías. Aparentemente, las estás
haciendo, y gordas. ¿Quién diablos es la chica esa que va contigo a todas
partes? Hubiera sido una tontería negar lo que indudablemente sabía ya todo el
mundo. Así, le dije:
-Creo que he encontrado
una solución para mi vida personal, mi comandante. Me repugna ir a las casas de
mujeres y acostarme con una mujer que acaba de levantarse de estar con otro. He
encontrado una muchacha que me gusta y a la que le gusto yo, y vivimos juntos.
-Pues eso tiene que
terminarse.
-No creo, mi comandante,
que cometa ninguna ofensa viviendo con una mujer. Aquí todo el mundo hace lo
que quiere, y todos los días oímos de un escándalo. Francamente, no veo que
haya hecho nada mal hecho, y menos aún que haya dado ningún escándalo.
Don José se echó a reír:
-¡Ningún escándalo! Pero
muchacho, tú vives en la luna. Naturalmente que has dado un escándalo, y el
peor que podías haber dado.
Se echó atrás en el
sillón y encendió un cigarrillo:
-Cierra la puerta y
siéntate. Ahí, enfrente de mí, como si fueras un hijo mío. Mira: esto es Ceuta,
donde tú, como el sargento de Mayoría de la Comandancia de Ingenieros, eres
casi un personaje. Todas las chicas solteras de Ceuta dentro de tu propia clase
andan tratando de ver si pueden engancharte y casarse contigo.
-Pero yo no pienso
casarme todavía.
-Mira, no interrumpas.
Los papás y las mamás están detrás de ti igual que las niñas; detrás de ti y
detrás de todos los sargentos. Conocen más sobre antigüedad, ascensos y
reenganches que tú y que yo. No sé cómo se las arreglan, pero en el momento que
un sargento pide relaciones a una muchacha, ya tienen una copia de su hoja de
servicios, para saber cuál es su porvenir. Ahora bien, los papás y las niñas
saben de memoria que Ceuta está infestado de putas y que un hombre tiene
derecho a divertirse un poco, emborracharse y a veces hasta irse a la cama con
una, si le gusta; incluso saben que la mayoría tiene una amiguita en una de las
casas. Pero todo eso no importa. Pero lo que a nadie se le ocurre ni nadie
tolera, es coger a la querida del brazo y pasearse con ella a la luz del día o
irse a bañar a la playa por la tarde mezclándose con las personas decentes. Lo
que hacen los sargentos y los oficiales durante el día es piropear a las chicas
honradas y darles una posibilidad de que les enganchen. Y tú vienes tan fresco
y te presentas con una muchacha que ha estado de camarera en un hotel, y le
restriegas a todo el mundo por las narices que estás viviendo con ella como si
fuera tu mujer; y ni te da vergüenza. Esto es anarquismo puro. No es que a mí
me asuste que un hombre o una mujer se acuesten juntos, pero este lío tuyo se
ha terminado.
Me enfurecí. No podía
discutir el asunto con mi comandante, tampoco podía decirle crudamente lo que
opinaba de su actitud y de la de los demás. Me tragué las palabras que se me
venían a la boca, me levanté y me puse firme:
-Lo siento infinito, mi
comandante. ¿Sería usted tan amable como para designar un sustituto para mí y
enviarme a una compañía en el campo? Así al menos tendré la libertad de ir con
quien quiera, cuando baje con permiso a Ceuta o Tetuán.
-Ta, ta, ta, muchacho, no
te sulfures. Nos haces falta en la oficina y no es necesario hacer un dramón de
la cosa. Si te digo que esto se ha terminado, no quiero decirte que dejes a la
chica. Te puedes seguir acostando con ella cuanto quieras, y hasta irte de
juerga. Lo que no puedes hacer es seguir viviendo así con ella, ni llevártela
del bracete a pasear por el pueblo como si fuerais marido y mujer, ni mezclarla
en la playa con gente decente...
-¿Gente decente?
-Bueno. Lo que se llama
gente decente. Todo esto tiene que terminarse, y el seguir haciendo vida de
casado, yendo a casa a comer y a cenar y a dormir como un buen padre de
familia. Puedes tener a la chica y acostarte con ella cuando quieras, pero no
más escándalos.
-Pero, mi comandante...
-No hay «peros». Si te
conviene así, lo tomas; si no, acuérdate que ésta es una plaza militar y puede
ocurrir muy fácilmente que las autoridades militares estimen que tu amiguita no
es persona grata aquí. Entonces, le van a pagar el billete hasta Algeciras y la
van a acompañar hasta allí. Y entonces la cosa se termina. ¿Entiendes?
Si se encuentra uno como
un sargento delante de un comandante, no se le puede dar de bofetadas, como de
hombre a hombre. Don José debió leer lo que me pasaba por la cabeza.
-No es falta mía, hijito.
Personalmente, a mí no me importa lo que haces, ni cómo vives. Hasta tu
decisión me parece excelente. Pero no soy yo quien manda. La gente viene a mí y
me dice: «Don José, ¿cómo puede usted tolerar semejante escándalo?». Y al fin,
se me dice directamente: «Ya va siendo hora de que ese sargento tenga un poco
más de respeto. ¿Quién se ha creído que es?».
Chuchín y yo no volvimos
a salir más a la calle a la luz del día, sólo por la noche. «Las gentes
decentes se quedan en casa por la noche.»
A las diez, casi todos
los soldados de la guarnición estaban en el cuartel o precisaban un permiso
especial para andar por la calle. La ciudad pertenecía durante la noche a los
oficiales y a los sargentos. Se admitía a algunos paisanos, pero eran pocos y
la mayoría gentes que dependían del ejército. La vida de noche comenzaba en
unos cuantos restaurantes, de los cuales el más famoso era Los Corales, lleno
de parejas en las cuales las mujeres eran inconfundibles. El Café Cantante
abría sus puertas. Era un enorme barracón con un salón sucio, repleto de mesas
de mármol, frente a un escenario pequeño con un telón de fondo del tipo de
fotografía de feria, es decir un jardín frondoso con una escalera de mármol.
Allí, bajo el foco de un reflector, desfilaba sin descanso una serie de
cantantes y danzarinas, cuyo mérito dependía en general del mayor o menor grado
de obscenidad que podían imprimir a su actuación. La concurrencia jaleaba para
terminar aullando en el último número, invariablemente una mujer completamente
desnuda que se retorcía en una danza lúbrica, mientras la luz cruda del
reflector convertida en lanza de luz le perseguía el sexo.
El Café Cantante estaba
en una placita diminuta que formaba parte de un callejón retorcido
-La Barría-, en el cual
todas las casas eran burdeles. Las cuatro casas más elegantes flanqueaban el
café y sus pupilas pasaban su vida en el café y su casa, pasando de manos de un
cliente a las de otro. Las prostitutas de las casas más miserables del callejón,
habiendo perdido los soldados, que eran su clientela habitual, se concentraban
en las puertas del Cantante, con la esperanza de encontrar un borracho o un
caprichoso que las invitara dentro. Mientras tanto, pequeños grupos de
oficiales y sargentos se reunían en los «comedores» de los burdeles
distribuidos por toda la ciudad, y bailaban y bebían hasta el amanecer.
Las mesas de juego
comenzaban a funcionar temprano en la tarde. Aparte del casino de oficiales y
el de sargentos, había una timba prácticamente en cada esquina. Había mesas en
las que la banca eran cincuenta pesetas, para que los soldados pudieran jugar apuestas
de un real, y había bancas de diez mil pesetas para los de arriba. En los dos
casinos militares, el bacará y el «treinta y cuarenta» se jugaban
reglamentariamente, pero en las timbas la banca estaba en general en manos de
jugadores profesionales, que a la vez controlaban a la mayoría de las
prostitutas.
Cárdenas vino a buscarme
un día a la oficina:
-Véngase a beber una
cerveza conmigo. Entramos directamente en la sala de juego.
-Vamos a coger una banca
juntos.
-Yo no llevo dinero
encima para eso -le dije-. Llevaré en el bolsillo treinta o cuarenta pesetas.
-No importa.
Compramos una baraja
subastada en quinientas pesetas.
Cárdenas se sentó a dar
las cartas y yo como croupier. La primera baraja nos dio dos mil pesetas.
-Pida usted una
continuación, Cárdenas.
-¡Ca, hombre! Ahora es
cuando empieza a ser esto interesante.
-Pero hemos ganado mil
pesetas cada uno.
-¿Las quiere usted? -me
preguntó agrio.
-Bueno, vengan.
Contó mil pesetas y me
las dio:
-Vamos a no regañar
-dijo.
-Le espero abajo, en el
salón -le contesté.
Me aislé en un sillón con
un libro, que cogí del armario que era la librería del casino. Al cabo de un
tiempo dejé de leer. Alguien estaba tocando al piano las danzas de Granados, y
tocándolas extremadamente bien. Al piano había un individuo aproximadamente de
mi edad, en traje de paisano. Me acerqué a él. Dejó de tocar y se volvió.
-¿Le molesto?
-Absolutamente, no. Puedo
estarme toda una tarde escuchando a Granados.
-¡Caramba! Eso sí que es
una cosa rara.
-¿El qué es raro?
-No se enfade. Ya veo que
le gusta la música. Yo soy Alcalá-Galiano, con un apellido heroico y un
estómago vacío. Tercer clarinete del regimiento de Ceuta número 60, pianista
del casino de sargentos, oboe en el teatro cuando viene una compañía de zarzuelas
y... ¡oh, sí!, se me olvidaba que toco el jazz-band en los bailes de carnaval.
¡Esta vida! Uno de los pocos pianos buenos que hay en Ceuta es éste, tal vez
porque no le toca nadie más que yo. Vengo aquí por las tardes para practicar un
poco, cuando no hay nadie. Cuando hay alguien, en general, al cabo de un rato,
menea la cabeza y me dice, unas veces con amabilidad, pero la mayoría de mal
humor: «¿No puedes callar ya ese ruido? Si tienes que tocar, toca algo
agradable». -Hizo una pausa y agregó-: Pero como veo que le gusta Granados, voy
a tocar todas las danzas. Antes estaba sólo practicando, pero ahora voy a tocar
de verdad.
Era un artista. Raras
veces he oído Granados tocado tan bien como aquella tarde, y nunca me ha
conmovido más intensamente. Al final charlamos un rato:
-Yo, como le decía antes,
vengo de una familia ilustre. Mi apellido es famoso en la historia de España,
pero en casa no hay mucho dinero. Muchas pretensiones y poco que comer. Mi
hermano está chiflado con ser un escritor y ha conseguido meter la cabeza en el
ABC. Yo estoy chalado con la música. Cuando me tocó ser soldado, se me planteó
un problema: no tenía dinero, ni para ser de cuota ni para pagarme un
sustituto. Y tampoco podía interrumpir mis estudios por tres años. Tenía que
ser soldado. Solicité una plaza en la banda del regimiento y me hicieron
clarinete. La paga da para mal comer, pero tiene uno casi todo el tiempo libre,
y con las cinco pesetas que me dan aquí y un poquillo que me gano como puedo,
voy tirando y sigo mis estudios. Lo peor es que tengo que aprender a tocar más
instrumentos, si quiero ganar más dinero; ahora ya toco cinco. Al final ya no
sabré cómo tocar el piano.
Cárdenas entró de mal
humor:
-¿Quiere usted prestarme
quinientas pesetas?
Se las di. Después de
todo, el dinero que tenía en la cartera se lo debía a él.
-Mañana le pagaré -dijo.
Y se marchó escaleras arriba, mientras Alcalá-Galiano y yo seguíamos charlando:
-Su hermano escribe bien,
me parece, aunque yo no esté conforme con sus ideas políticas - dije.
-Sí, es un buen
periodista. No es que yo esté conforme con sus ideas, pero claro es que con
nuestro apellido hay que pertenecer a las derechas. ¿Puede usted imaginarse un
periodista llamado Alcalá-Galiano, sangre de héroes, escribiendo en El
Socialista?
-Pero ¿usted tampoco será
de izquierdas?
-Yo soy apolítico. La
política es buena para los granujas, al menos en España. Pero si por izquierda
quiere usted decir progresivo, entonces soy izquierdista. Para mí hay una
revolución, la revolución en el arte. Ya tenemos bastantes Traviatas y Bohemias.
¿Conoce usted a Debussy? ¿Y a los rusos? -Giró sobre el asiento y comenzó a
tocar algo que no había oído en mi vida y que me confundió totalmente. Después
se volvió a mí triunfante-. Esto es Debussy. Ya veo que no le ha gustado, pero
esto es simplemente porque no lo ha entendido. ¿Lo había oído usted antes?
-Nunca. Pero he oído
bastante música rusa moderna y me gusta. He visto muchas veces los bailes rusos
de Diaghilev, en Madrid.
Volvió a tocar. Comenzó a
oscurecer. Tocó un timbre y dijo al camarero:
-Tráete mi cena, anda.
El camarero le trajo un
vaso de leche y dos bollos.
-¿Ésa es la cena?
-Bueno. Es lo que el
casino me paga. No puede usted figurarse qué cara es la música. Cuando vivía en
Madrid, me pagaban cuatro pesetas en la orquesta del Apolo. En casa copiaba
música y así me ganaba diez o doce pesetas cada día.
Volvió Cárdenas radiante.
Había ganado y me devolvió las quinientas pesetas.
-Ahora nos vamos a beber
una botella de cerveza. No, de vino, con una amiguita mía.
Me llevó a uno de los
mejores burdeles. Cárdenas pidió la cena de Los Corales para dos de las
muchachas y para nosotros. Estuvimos allí hasta las cuatro de la mañana y al
fin tuve que llevar a Cárdenas a su casa. Estaba más borracho que yo.
Al día siguiente Chuchín
protestó «porque no había ido a buscarla la noche antes». Le dije que habíamos
tenido trabajo urgente y se convenció. Aquella tarde me encontré a la mujer de
Cárdenas de paseo con la hija mayor, que llevaba en brazos al chiquitín.
-Buena juerguecita se
corrieron ustedes anoche -me dijo. Me azoré:
-Es que, tuvimos que...
-Sí, sí. No me cuente.
Bien, los hombres tienen que divertirse alguna vez, ¿no? ¿Ha visto usted los
pendientes que me ha comprado Manuel con las ganancias de anoche? -Volvió la
cabeza para que viera el centelleo de los diamantes en sus orejas, y agregó-:
Todos los hombres son unos sinvergüenzas.
Aquella noche Chuchín
conocía todos los detalles de nuestra juerga.
-Me duele mucho que te
vayas por ahí, pero claro, me doy cuenta. Sólo que si te vas con otra mujer a
espaldas mías, soy capaz de hacer una barbaridad. -Me miró a la cara-: Sí, ya
sé que te acostaste anoche con la fulana; pero si un día te echas una amigui ta
y me dejas a mí, soy capaz de matarte. El que te vayas por ahí alguna vez, te
lo perdono; todos los días perdiz, cansa.
Chuchín, que era una
muchacha primitiva pero inteligente, se dio cuenta de que no comprendía muy
bien su actitud, y trató de explicarse:
-¿Sabes? Muchas veces los
hombres parecéis tontos. Las mujeres se casan para tener marido. Naturalmente,
saben que tienen que estar con él, cuando él quiera. Después, las empiezan a
hacer chicos y las aburren; así que, si de vez en cuando se van de juerga, les
importa poco, porque las dejan en paz. Hay otras mujeres que no se casan, pero
se enamoran de un hombre. Lo que me pasó a mí con el otro y ahora contigo.
Sabemos bien que a los hombres les gustan todas las mujeres, y cuando nuestro
hombre hace una escapada, no nos duele mucho. Tal vez, hasta nos gusta un poco
que sea un gallito. Pero lo que no podemos aguantar es que, casadas o no, el
hombre se vaya a vivir con otra y nos deje plantadas. Las casadas porque es su
marido, y nosotras porque es el hombre que queremos. -Y terminó poniendo un
hociquillo mimoso-: Pero no te me vuelvas a escapar por ahí, ¡que te saco los
ojos!
Nos hicimos amigos,
Alcalá-Galiano y yo. Discutíamos de arte y literatura y muchas veces tocaba
sólo para mí. Un día dijo:
-Vámonos al Cantante.
-¡Caray! No me imaginaba
que te gustaba mucho el sitio. Yo tengo que decir que me da asco y me aburre
terriblemente.
-No vamos como clientes.
Lo que pasa es que de vez en cuando les escribo a las chicas unos cuplés y me
los pagan bastante bien. Vente, es interesante. Y lo que es más, ¿tú dices que
escribes? Escríbeme unas cuantas canciones y te puedes ganar unas perras con
ello. Unos cuantos postes de madera sin desbastar mantenían en su sitio las
decoraciones de papel del escenario. Nubes de papel colgaban de cuerdas sujetas
al viguerío del barracón, y el romántico jardín con su escalinata de mármol,
clavado a un bastidor de tablas, descansaba sobre la pared de ladrillo de la
casa medianera. Bajamos a través de una trampilla y cuatro escalones empinados
al foso del escenario, un espacio cuadrado con piso de tierra dura, a lo largo
de cuyas paredes estaban los cuartos de las artistas: cuatro cortinas baratas
colgando de cuatro alambres. Algunas de las muchachas gatearon por la escalera
carcomida y sus tacones comenzaron a repiquetear sobre nuestras cabezas,
mientras sus voces nos llegaban lejanas. Cuando taconeaban, parecía que un
enjambre de chicos tocaba el tambor, y el techo, que era el piso del escenario,
escupía sobre nosotros oleadas de polvo a través de las tablas mal unidas.
Allí abajo, en el polvo,
estaban sentadas las mamás y los habituales, varios oficiales ya maduros, un
par de paisanos mucho más viejos y unos pocos así llamados «hermanos» de las
artistas. Olía a polvo y sudor de sobacos femeninos. En un rincón había un montón
desordenado de cajas, maletas y baúles. Un camarero agitanado abría botellas de
unas cajas y las distribuía entre los grupos de artistas, mamás, chulos y
clientes. Detrás de las cortinas rojas salían llamadas urgentes:
-Mamá, ven un momento,
que se me ha corrido un punto.
-Sal sin medias, hace
mucho calor.
-Pero, mamá, el punto no
es en la media.
Se levantó una mujercita
fofa y resignada, con un gesto de hombros, y se fue a zurcir las mallas de su
retoño.
-Antoñito -gritó otra
voz-, tráeme un poco de agua. Antoñito se levantó de mala gana:
-Te vas a pelar con tanto
lavarte.
Un comandante panzudo
miró gravemente hacia el techo con una botella en la mano. Arriba una artista
estaba taconeando furiosamente.
-Preparar los vasos. -En
una interrupción del taconeo los llenó rápido. -Bebéroslos de prisa, si no
queréis beber jugo de telarañas en el montilla.
En dos vasos medianos que
estaban sobre la mesa de pino, una capa de polvo espesa y gris cubría el vino.
Las lámparas eléctricas estaban rodeadas de un halo neblinoso. Un capitán de
artillería encendió un cigarrillo:
-Un día habrá aquí una
explosión; este polvo es inflamable. -Y paseaba lentamente la cerilla encendida
a través de las nubes que descendían del techo. La artista estaba taconeando un
galop furioso.
Alcalá-Galiano estaba
siendo asaltado por todas las chicas desocupadas y por las mamás.
-¿Qué nos has traído hoy? ¿Sabes?, a Luisa le
han subido el sueldo, pero ¡tiene que cambiar el repertorio cada quince días!
Danos algo nuevo. ¿Quién es este amigo tuyo?
-Un poeta. Me va a
escribir cuplés.
Los oficiales se estaban
amoscando. Les estábamos robando la oportunidad de pellizcar los muslos
desnudos de las muchachas. Galiano tarareaba una musiquilla a una de ellas,
mientras otra me asaltaba a mí:
-Él me escribe la música,
¿sabes? Pero tú me tienes que escribir un cuplé bonito como el... Cuando
salimos del Cantante, Galiano me dijo:
-Desde luego, hay una
Asociación de Autores que se encarga de cobrar todos los derechos de autores y
compositores en cada representación. Pero eso es sólo para los grandes. Los
«pelaos» como yo, no vemos un céntimo. Así que lo que hago es escribirles a estas
chicas una musiquilla sobre unos versos malos, muy sentimentales o con muchas
puñaladas, y cobrarles diez duros por el derecho exclusivo.
Después de esta visita
dediqué mis aficiones literarias a escribir textos para pasodobles.
Alcalá-Galiano me daba cinco duros por cada uno que vendía. Las muchachas y
hasta las mamás comenzaron a hacerme abiertas invitaciones.
-No te acuestes con una
de las chicas, si no quieres que nos arruinemos -me dijo Alcalá- Galiano-. Una
vez que comiences a darles música y texto gratis, no paga ni Dios.
Me iba enterando de
muchas más cosas acerca de la vida sexual de los demás que las que me había
imaginado, y pensaba mucho más acerca de ello.
Estimaba mucho a Antonio
Oliver, el sargento de caja. Era joven, sencillo y francote. Tenía un corpachón
con huesos tremendos y un apetito voraz. Cada lunes y cada martes volvía
borracho a las cinco de la mañana. En los burdeles se encontraba como en su casa.
Le pregunté un día:
-Pero, Antonio, ¿no te
cansas de andar siempre entre golfas?
-Sí. La mañana después.
Pero te lo voy a explicar, no puedo remediarlo. Salgo de la oficina dispuesto a
beberme un vasito de vino, y termino con una mujer sin darme cuenta. Me voy a
tener que casar.
La noche después de esta
conversación estaba yo de guardia. A las cuatro vino a buscarme nuestro
ordenanza:
-El sargento Oliver está
arriba con una tía. Han puesto el gramófono y están bailando en medio del
cuarto en cueros. Y hay un montón de soldados mirando por las ventanas.
Oliver y la mujer estaban
borrachos perdidos. A fuerza de gritos y súplicas los hice al fin entrar un
poco en razón. Mandé a la mujer por la puerta de atrás de la cocina con un
soldado y metimos a Antonio en la cama. El soldado volvió a las siete de la mañana,
completamente borracho. Se había acostado con la mujer en la cuneta de la
carretera y luego se había ido a beber con ella.
El
cuartel
Capítulo
IV
Recibí mi lección sobre
las diferentes razas que pueblan España manejando los «cargamentos» de reclutas
que nos llegaban cada año.
Era la época más atareada
de nuestra oficina. Primero, recibíamos una lista de los reclutas que habían
sido destinados a la Comandancia de Ingenieros de Ceuta de cada uno de los
centros de reclutamiento de España. Después, comenzaban a llegar los barcos
cargados con lo que en el lenguaje de cuartel llamábamos «los borregos». Los
reclutas venían en grupos de quinientos a mil, conducidos por un sargento y
varios cabos de la región militar de procedencia. En cuanto llegaban al puerto,
los sargentos de las diversas unidades en la plaza los separaban y los recogían
con arreglo a su destino futuro.
Atracaba el barco, se
fijaba la pasarela y comenzaban a desembarcar. La mayoría de ellos, campesinos
y jornaleros de toda España. Llegaban los andaluces con sus chaquetillas cortas
de dril blanco o caqui, a menudo en mangas de camisa, los pantalones sujetos
con un trozo de cuerda o una soga. Solían ser delgados y erectos, morenos,
flacos, con tipo agitanado, los ojos negros abiertos en una mezcla de aprensión
y curiosidad, charloteando rapidísimos en un chorro de obscenidades.
Llegaban los hombres de
las mesetas de Castilla y de las altas sierras, taciturnos, pequeños de
estatura, huesudos, requemados de sol, aire, escarchas y nieves, con sus
pantalones de pana negra, atados con una cuerda en la boca sobre los
calzoncillos de punto largos y espesos, que a su vez estaban atados con cintas
colgantes sobre gruesos calcetines azules y rojos de confección casera. De vez
en cuando, toda la alineación se deshacía: a uno de los reclutas se le habían
desatado las cintas de los calzoncillos.
Vascos, gallegos y
asturianos solían llegar mezclados en el mismo barco -un transatlántico ya
catarroso de vejez-, y el contraste entre estos tres grupos era fascinante. Los
recios y altos vascos, enfundados en sus blusas azules y con la inevitable
boina colgada de sus cabezas diminutas, eran serios y silenciosos; cuando a
veces hablaban en su lenguaje ininteligible, lo lucían con palabras reposadas y
firmes. Se sentía la fuerza de su individualidad y de su ancestral cultura. Los
gallegos solían ser procedentes de las aldeas más miserables de la región; la
mayoría estaban increíblemente sucios, pringosos; frecuentemente descalzos.
Hacían frente a la nueva catástrofe que había caído sobre ellos, y que
consideraban peor que la miseria de sus hogares, con una resignación de bueyes
cansinos. Los asturianos de la montaña eran fuertes y ágiles, con un apetito
insaciable, ruidosos y alegres, burlones infatigables de la resignación de los
gallegos, tanto como de la gravedad de los vascos.
De las provincias del
Mediterráneo llegaban también viejos transatlánticos de panza negra, repletos
de reclutas de Cataluña, Aragón, Valencia y Alicante. Los reclutas de las
montañas de Aragón y Cataluña se diferenciaban en el lenguaje, pero en lo demás
eran semejantes: primitivos y rudos, casi salvajes. Los catalanes de la costa,
en contacto con la civilización mediterránea, eran completamente distintos de
sus propios conciudadanos de la montaña. Las gentes de Levante, con sus blusas
negras y sus alpargatas de cintas trenzadas sobre los tobillos, saludables de
aspecto, pero linfáticos y un poco fofos, con la promesa ya de una barriga
temprana, formaban un grupo aparte.
Contemplándoselos, me parecía a mí que un
madrileño era menos extranjero lado a lado de un neoyorquino que lo es un vasco
de un gallego, cuyos pueblos no están a cien kilómetros de distancia.
A lo largo de este
desfilar de reclutas, los sargentos comenzábamos a gritar nuestros regimientos:
-¡Regimiento de Ceuta!
¡Regimiento de África! ¡Cazadores! ¡Intendencia! ¡Ingenieros...! Algunos de los
recién llegados comprendían inmediatamente la significación de los gritos y se
alineaban por sí mismos en una doble fila al lado de su sargento. Pero la
mayoría estaba en una confusión terrible, después del largo viaje a través de
ciudades desconocidas, después de su primera travesía marítima, revueltos por
el mareo, con el miedo del ejército metido en sus huesos. Iban de acá para
allá, desconcertados en su desamparo; había que cazarlos uno a uno como
borregos asustados, sacudirlos del brazo:
-Tú, muchacho, ¿a qué
regimiento te han destinado? Los ojos estúpidos le miraban a uno llenos de
miedo:
-No lo sé.
-Vamos a ver. Tú, ¿vas a
caballería o a infantería, o adónde?
-No sé. Me dijeron que
iba a ser artillero. Pero yo no sé nada. Gritábamos al sargento de artillería:
-¡Tú, aquí tienes otro!
De esta manera los íbamos
clasificando, hasta que no quedaba uno sobre el muelle, salvo los tres o cuatro
más idiotizados, de los cuales teníamos que extraer con paciencia su propio
nombre, el de su pueblo, o los datos que podíamos, para identificarlos en
nuestras listas. Al final siempre faltaban uno o dos. Los encontrábamos en el
rincón más oscuro del barco, dormitando o quejándose monótonos, revolcados en
sus propios vómitos.
El comandante general de
Ceuta, Álvarez del Manzano, acostumbraba bajar al muelle cada vez que llegaba
uno de los grandes barcos de Cataluña o del Norte. Pesado y paterno, le gustaba
hablar a los quintos más asustados y palmearles cariñosamente la espalda. Un
día se enfrentó con un campesino gallego, a quien habíamos sacado casi a la
fuerza de un rincón del barco, aterrorizado como un perro azotado.
-¡Hola, muchacho! ¿Cómo
te llamas tú?
-Juan... Juan.
-Bien, bien. No te
asustes. ¿De dónde vienes? -Y el general le dio unas palmaditas en el hombro.
El recluta se volvió como
una bestia herida:
-No me toque. ¡Me cago en
Dios!
-¿Qué te pasa, hombre,
qué te pasa? ¡Cálmate!
-¡Que no me toque! Que he
jurado por éstas -y se besó furioso los pulgares cruzados- que le machaco la
cabeza al primer hijo de puta de sargento que me toque.
-¡Pero muchacho! Esto no
es pegarte. Y nadie aquí te va a pegar.
-¿Nadie, eh? ¿Y todas las
bofetadas que le dieron a mi padre, y los palos que le dieron a mi abuelo? Ya
se lo he dicho a ellos: al que me toque a mí, ¡lo mato!
-Bueno, mira. Yo soy aquí
el general, ¿sabes? Si alguien te pega, vienes a mí y me lo dices.
-¡Puah! ¡El general!
¡Vaya una broma! ¿Se ha creído usted que yo soy uno de estos borregos?
Cuando los habíamos
conducido al cuartel, los hacíamos pasar uno a uno a la oficina para llenar sus
filiaciones:
-Tú, ¿cómo te llamas?
-¿Huh? Que ¿cómo me llamo? Pues, el Conejo.
-Bueno, eso es en tu
pueblo, ¿no? Allí te llaman el Conejo, ¿no es verdad?
-Claro. A cada uno le
llaman algo. Y como mi abuela tuvo veinte chicos, pues la pusieron la Coneja y
ahora, pues, toda la familia somos los Conejos.
-Claro, claro. Pero tú
tendrás un nombre cristiano, como todos. Antonio o Juan o Pedro...
-Sí, señor: Antonio.
-Bien. Y un apellido
también: Pérez o Fernández.
-Sí, señor: Martínez.
-Bueno, ya está. Mira,
aquí nadie te va a llamar el Conejo. Aquí eres Antonio Martínez, y cuando pasen
lista y digan: Antonio Martínez, tú contestas «¡Presente!». ¿Entiendes? Te
llamas Antonio Martínez. ¿Y tu padre y tu madre?
-Muy bien, muchas
gracias, mi sargento. ¿Su familia está bien?
Cuando terminábamos con
todos, se les daba su primera comida de cuartel. Los Ingenieros éramos un
cuerpo privilegiado: la comida era abundante y sustanciosa. Muchos de los
reclutas no habían comido tan bien en toda su vida.
Un día un recluta, que
procedía de uno de los pueblecillos más pobres de la provincia de Cáceres, se
negó a comer:
-¿Por qué no comes? -le
pregunté.
-Yo no como rancho.
-¿Por qué no? -Yo conocía
perfectamente esta resistencia arraigada. Tenía su origen en las historias que
a los reclutas les cuentan sobre la comida en el cuartel, comida que, en
tiempos anteriores a la primera guerra mundial, era efectivamente pura basura.
-Porque eso es una
porquería.
-Mira, aquí hay que
comer, aunque no le guste a uno. Tú coges un plato de comida y la pruebas. Si
no te gusta, la tiras después. Pero tienes que coger tu parte y al menos
probarlo. En el cuartel no se puede decir «no me da la gana».
El recluta presentó su
plato y se lo llenaron. Había aquel día arroz con cordero. Lo probó y se le
transfiguró la cara.
-¿Te gusta?
-¿Que si me gusta? Nunca
he comido nada así.
-Bueno. Pues cómete todo,
y si quieres más, te vas adonde está el caldero y te llenarán el plato otra
vez. Come cuanto quieras.
Después del rancho los
reclutas se dispersaban en el patio, esperando que se les llamara al almacén
para darles las ropas y el equipo. Mi recluta comenzó a dar vueltas a mi
alrededor, tímido pero decidido; y era tan obvio que quería hablarme que al fin
le llamé:
-¿Querías algo?
Se quitó su gorrilla
grasienta de la cabeza y comenzó a retorcerla entre las manos.
-Sí, señor... Quería
saber... ¿Es que siempre le dan de comer a uno así?
-Sí, hombre, todos los
días y, a veces, mejor que hoy. Algunos domingos tenéis patatas fritas y
filetes de carne. Por la tarde te darán judías guisadas con patas de cerdo. Y a
mediodía, casi siempre tendrás cocido, con sopa de pasta, carne y chorizo. Ya verás.
-Se está usted burlando
de mí, mi sargento.
-No, hombre, no. Ya lo
verás.
La gorra daba vueltas más
y más aprisa. Se quedó allí con la cabeza baja pensando hondo. De repente se
enderezó y dijo:
-Pues... si me dan de
comer así, ¡de aquí no me voy, aunque me echen!
-¿Qué comías en tu
pueblo?
-Pues, en el verano todo iba bien, porque
teníamos lechugas, y tomates y cebollas; pero era mejor en el otoño, que
teníamos trabajo en el encinar vareando la bellota para los marranos, porque
nos dejaban comer cuanto queríamos. Ahora que en el invierno, pues no teníamos
nada, ¿sabe? Un cacho de pan seco untado con ajo y alguna cebolla.
-¿No comíais cocido?
-No, señor. Nunca. Cuando
habíamos ganado algo con el vareo de la bellota, pues la madre hacía un guisado
de patatas con un cacho de tocino dentro. Pero cuando no había trabajo...
Bueno, para decirle a usted la verdad: poníamos trampas para los conejos, lazos,
¿sabe usted?, y a veces caía alguno y... también robábamos bellotas de las de
los cerdos. Pero era muy arriesgado. Si la Guardia Civil le cogía a uno, pues
paliza segura. A mí me han pegado dos veces, pero no me han lisiado. Al chico
de la tía Curra le dejaron inútil para toda su vida. El médico en Cáceres dijo
que le habían roto una costilla y que los cachos del hueso se habían pegado a
otra, así que ya nunca se puede volver a poner derecho. En medio de todo ha
tenido suerte, porque le han dado por inútil y no ha tenido que venir como yo.
Aunque no sé. Tal vez es mala suerte, porque si él supiera lo que yo he comido
hoy, se venía aquí de cabeza, torcido y todo.
Una de las cosas que me
impresionaban profundamente era el hambre de tantos reclutas; la otra, su
ignorancia. Entre los hombres de algunas regiones, el analfabetismo llegaba al
ochenta por ciento. Del veinte restante, algunos eran capaces de leer y
escribir malamente, pero la mayoría no sabía más que deletrear trabajosamente
la letra impresa y garrapatear su nombre. Generalmente destinábamos los
completamente analfabetos a Zapadores, y del resto hacíamos una selección
cuidadosa para los servicios especiales. Nos dábamos por contentos cuando de un
grupo de cuatrocientos reclutas de un reemplazo podíamos separar una veintena
que podían pasar inmediatamente a la clase de telegrafistas y aprender Morse, y
cincuenta más a quienes se les pudiera enseñar después de un curso intenso de
lectura y escritura. Con dificultad encontrábamos tres o cuatro útiles para la
oficina, pero en cambio abundaban los que tenían un oficio y se podían
distribuir entre las diversas compañías, como barberos, zapateros, albañiles,
carpinteros o herreros. La gran dificultad era siempre encontrar personal
suficiente para los servicios que requerían algo más que la más elemental
enseñanza primaria. Esta situación me puso a mí en un grave aprieto mucho
después de mi nombramiento para la oficina de Mayoría.
En 1922 la
radiotelegrafía estaba aún en sus principios. En un cuarto reducido del
pabellón opuesto al cuartel había un transmisor-receptor Marconi, de los más
primitivos, con un oscilador entre puntas, un casco con auriculares para la
recepción por oído y una lámpara de carbón para la recepción visual. Cuando se
escuchaba, a veces se recibían descargas eléctricas en las orejas. La estación
estaba a cargo de un sargento, dos cabos y un número de soldados capaces de
transmitir en Morse y de recibir por vista u oído; pero la única persona que
entendía la instalación era el capitán de la compañía de telégrafos.
Durante las cortas
visitas del capitán Sancho a nuestra oficina y en nuestras conversaciones
accidentales, me di cuenta de que entre nosotros existía una simpatía mutua, y
una vez que vino a Ceuta para hacer unas reparaciones en la estación de radio,
le insinué que me agradaría verla por dentro. Me invitó a ir con él y ya allí
comenzamos a discutir la instalación, pero tan pronto como se dio cuenta de que
yo no ignoraba sus dificultades, me abrumó a preguntas. Al cabo de un rato
estábamos enfrascados en una discusión técnica. Al final me preguntó:
-¿Usted conoce el Morse?
-No, señor. Todo lo que
conozco de radio es teoría.
-Es una lástima, pero eso se aprende en quince
días. Tengo que hablar a don José. Quiero que se venga usted aquí conmigo.
-Me temo que no va a ser
fácil el que consienta.
-Ya veremos. A mí me hace
falta gente que entienda de estas cosas y simplemente no existe, pero empleados
para la oficina se encuentran fácilmente.
El capitán Sancho habló
con don José y recibió una negativa rotunda. Poco después, el capitán Sancho me
llamó un día a la oficina del coronel. El coronel era un viejo cariñoso que
había llegado a este grado por antigüedad.
El capitán Sancho entró
de lleno en la cuestión:
-Mi coronel, éste es el
sargento de que le he hablado. Usted se da cuenta de la importancia de la
estación. Tengo unos pocos muchachos que pueden transmitir Morse, pero que no
entienden una palabra de la instalación. Usted sabe que cada vez que algo va mal,
tengo que venir a Ceuta y dejar la compañía y las estaciones de campaña
abandonadas; y cuando estamos en operaciones, la estación se queda paralizada
por semanas en cuanto algo se estropea.
-¡Caramba! No me había
usted dicho que se trataba de Barea. ¿Ha hablado usted al comandante Tabasco?
-Sí, señor, pero no está
de acuerdo. Si no, no le hubiera molestado a usted. El viejo se puso lívido:
-Es decir, que si el
comandante mayor le hubiera dicho que sí, ¿no hubiera hecho falta decirme nada?
Ustedes han caído en la costumbre o en el vicio de hacer aquí lo que les da la
gana, sin contar con sus superiores. Esto tiene que terminarse.
-Mi coronel...
-Perdone usted, no he
terminado aún y no me agrada que me interrumpan. Oprimió el botón del timbre y
dijo al ordenanza que llamara al comandante.
-Creo que ya sabe usted
lo que el capitán quiere. ¿Cuál es su opinión? El mayor desvió la pregunta:
-¿Mi opinión? Es una
cuestión que debe decidir Barea. Si él quiere abandonarnos...
Y así me encontré de
pronto entre los tres. El capitán Sancho me miró y dijo sonriendo:
-Usted, ¿qué dice, Barea?
-¿Yo? Pues... que me
quedo en la oficina.
El capitán Sancho avanzó
hacia mí y me estrechó calurosamente la mano:
-Lo entiendo. Es usted
inteligente. Y espero que no sea usted tan estúpido como para quedarse en el
cuartel cuando cumpla el tiempo de su servicio. -Se puso firme frente al
coronel-: ¿Manda usted algo, mi coronel? -Dio media vuelta y se cuadró ante el
comandante-: ¿Manda usted algo, mi comandante?
El coronel se atiesó en
su asiento con la cara apopléjica.
-¿Qué significa esa
actitud, capitán?
-Nada, mi coronel. La
insignia de nuestro grado la llevamos bordada en la bocamanga, pero el
distintivo del talento lo llevamos en otra parte. Lo primero es visible e
impone respeto por obligación, lo segundo es invisible y se respeta únicamente
por convicción.
-No entiendo todas esas
retóricas.
-Claro, mi coronel, y no
creo que valga la pena de hacerlo más claro. Usted coloca al sargento en la
alternativa de hacer enemigos, o bien de ustedes dos o de mí, pero no le dan
ocasión de elegir lo que él cree mejor. Es inteligente, pero no es más que un
sargento, y naturalmente prefiere hacer de mí un enemigo. Sólo que yo no lo
tomo a mal. Le he dado la mano porque entiendo su posición, y por la misma
razón le he dicho que espero continúe siendo inteligente y no se quede aquí
pudriéndose.
-Haga usted el favor de
retirarse. Eso es una impertinencia.
El capitán1 dejó el
cuarto. Y allí me quedé yo, cara a cara con los dos amos del regimiento. El
coronel se rascó su barba blanca:
-Bien, bien. Una bonita
escena. Muy bonito. ¿Cómo es que ha pedido usted un traslado?
-Yo no he pedido ningún
traslado, mi coronel. -Y le expliqué lo que había pasado. El coronel dijo al
comandante:
-Tenemos siempre la misma
historia.
Este hombre, con el pretexto de que
telecomunicaciones es una cosa técnica, nos roba los mejores muchachos.
-Puedo comprender que
quiere los hombres con la mejor educación, pero ¡diablos!, en este caso se
trata del sargento de la oficina del regimiento.
-Lo mismo digo yo. En
fin, el asunto está terminado.
El comandante inició su
retirada y yo le seguí. De pronto el coronel me llamó:
-Un momento, Barea.
Cuando nos quedamos
solos, el coronel dejó caer su rigidez:
-¿Así que tú conoces algo
de radiotelegrafía?
-No mucho, mi coronel,
pero entiendo un poco.
-Y claro, ¿te hubiera
gustado pasar a hacerte cargo de la estación, eh? Lo dijo con una sonrisa tan
paternal que me forzó a contestar la verdad:
-Bien, sí, señor,
francamente me gustaría más que la oficina. Se cambió instantáneamente en una
furia:
-Lo que son todos
ustedes, es un hato de desagradecidos. Se le saca a usted del frente, y se le
ofrece un cargo que supone seguridad para el futuro, y éste es el pago que nos
da. ¡Largo de aquí, pronto!
Tan pronto como los
reclutas estaban completamente equipados, se les distribuía entre las compañías
adscritas a Ceuta o a Tetuán para el período de instrucción. El choque entre
los soldados veteranos y los reclutas era siempre violento, más porque los veteranos
eran del mismo origen que los recién llegados. Su vida de cuartel de uno, dos o
tres años no les había hecho menos primitivos, sino sólo les había ayudado a
construir sus defensas en el ambiente en que estaban, y a menudo había
contribuido a desarrollar sus peores cualidades. Las bromas brutales y
tradicionales, las novatadas, se sucedían unas a otras.
En nuestro cuartel, una
de las primeras noches después de la incorporación, el cabo de servicio se
lanzaba a la tarea de despertar a los reclutas uno por uno con una larga lista
en la mano,
-¡Tú, arriba!
El recluta, mal despierto
en su primer sueño profundo, después de la exhaustación de los primeros días de
instrucción bajo el sol africano, abría unos ojos asustados.
-¿Cómo te llamas? [1]
-Juan Pérez.
El cabo miraba a través
de la lista.
-Se te ha olvidado mear
antes de acostarte. Hala, ya estás yendo a mear, ¡de prisa!
Obligaba así a cincuenta
reclutas a correr en calzoncillos al otro extremo del patio. La broma se le
había ocurrido a un cabo de la Primera Compañía de Zapadores y se había
convertido en tradicional. Otra broma era colocar un cubo lleno de agua sobre
la taquilla con el equipo que había a la cabecera de la cama, en forma tal que
el recluta recibía una ducha total al acostarse o al levantarse. Y era
inevitable que este mismo recluta, hoy tan iracundo, jugara mañana la misma
trastada sobre los reclutas del año siguiente. Normalmente, el período de
instrucción duraba cuatro o cinco meses. Pero aquel año se necesitaban los
hombres en el frente. Los reclutas recibieron una instrucción sumaria y se les
envió al campo, mezclándolos con los veteranos. Aquella masa de campesinos analfabetos,
mandada por oficiales irresponsables, era el espinazo del ejército de España en
Marruecos. Sí, se mandaron de la Península los así llamados «regimientos
expedicionarios», despedidos con muchos discursos y muchos chin-chin, que
llegaron a las tres zonas de Marruecos y fueron recibidos con idénticos
discursos patrióticos e idénticas músicas militares. Durante semanas llenaron
las primeras páginas y las columnas de ecos de sociedad de los periódicos; los
hijos de buenas familias estaban entre los simples soldados de cupo, y los
hijos de las familias más aristocráticas entre los «oficiales auxiliares». Pero
estas unidades no fueron más que un estorbo. Las historias que corrían acerca
de ellas eran incontables.
Un regimiento de
artillería enviado desde las islas Canarias se hizo famoso por su puntería: tan
pronto como nuestros puestos de vanguardia plantaban sus banderines para guiar
a los telemetristas de su posición, las baterías de Canarias sembraban sus granadas
sobre las señales con una maestría infalible. Un regimiento de Madrid se
desbandó en el mayor pánico en plena operación, dejando en grave riesgo una
compañía del Tercio; aquella noche los hombres del Tercio y los del regimiento
madrileño se peleaban a puñaladas en una cantina en la playa de liguisas.
Los soldados de cuota que
habían pagado su dinero para no ser soldados, y ahora se les obligaba a serlo,
exigían privilegios sobre los soldados de cupo. Esto llevaba a un descontento
general, no sólo entre los soldados sino también entre los oficiales, porque
muchos de estos expedicionarios llegaban con cartas de recomendación de
diputados, de obispos y hasta de cardenales. En los cuartos de banderas se
festejaba a los hijos de aristócratas famosos, quienes, en pago de salvarse de
ir a las líneas de fuego, pagaban el vino -a veces las mujeres- y mandaban a
papá una lista de candidatos a futuro ascenso por méritos de guerra o al menos
a una condecoración.
Los veteranos de África
tocaban las peores consecuencias de esta situación. Lo sentían y lo resentían.
Sabían que desde la llegada de estos «refuerzos» se habían aumentado su
trabajo, sus marchas y sus contramarchas, y el peligro en el frente de batalla.
Hasta el Tercio presentaba signos de insubordinación.
Un día una compañía del
Tercio se negó a comer el rancho. El primer hombre en la fila gritó algo como:
-¡Estos hijos de puta de
los expedicionarios tienen gallina y champán con los oficiales y a nosotros nos
dan mierda!
Cogió el plato de estaño
y lo estampó en el suelo. El oficial de guardia le pegó un tiro en la cabeza.
El segundo legionario se negó a coger su comida. El oficial le dejó tendido al
lado del caldero. El tercero titubeó, recogió su comida, y después la tiró al
suelo. El oficial le mató. El resto se comió sus porciones en silencio. Unos
pocos días después, tres oficiales de aquella compañía fueron muertos en
Akarrat en una operación. Los tres habían recibido los tiros por la espalda.
Sin embargo, esta clase
de reacción violenta era rara. En general, los hombres adoptaban una actitud de
resistencia pasiva, de evasión y de indiferencia, que hacía mucho más difícil
el manejo de las fuerzas en el campo. Cuando los oficiales trataban de imponer
una disciplina más rígida, las cosas empeoraban. Los reclutas sufrían más que
ninguno bajo las violencias de los de arriba y la violencia de sus propios
compañeros, que les atemorizaban o los convertían en soldados indisciplinados e
inquietos capaces de cualquier rebelión imprevista.
Estos soldados, la quinta
de los nacidos en 1900, los ecos de cuya instrucción oía diariamente en Ceuta,
estaban condenados más tarde a resistir el choque brutal de la retirada de
1924, un desastre infinitamente mayor que el Desastre de Melilla de 1921.
Los ataques de los moros
rebeldes aumentaban. Fue el período de las victorias de Abd-el- Krim; hasta la
zona de Ceuta se encontraba bajo la amenaza de su agresión. Todos los hombres
útiles, con excepción de los «destinos imprescindibles», estaban en el frente.
En Ceuta no quedábamos fijos más que unos treinta en total. Por la noche, el
cuartel de Ingenieros estaba totalmente vacío. Durante el día montaban la
guardia un cabo y cuatro soldados; por la noche, uno de los cuatro sargentos de
oficina se hacía cargo y dormía en el cuerpo de guardia. El comandante mayor
vivía en un pabellón a cien metros del cuartel y era fácil llamarle en caso de
necesidad. Todos los que no estaban de guardia tenían pase para circular de
noche y hasta para dormir fuera del cuartel. En los demás regimientos ocurría
lo mismo, así que al cabo de un tiempo formábamos un clan en el que todos nos
conocíamos, sabíamos nuestros sitios habituales en cada hora, y nos habíamos
agrupado por antipatías y simpatías. De vez en cuando una compañía bajaba del
frente por una semana de descanso, pero veíamos poco de ella. La compañía se
instalaba en uno de los dormitorios comunales, los oficiales desaparecían
instantáneamente, los sargentos les imitaban, y nosotros hacíamos la vista
gorda a las andanzas de los soldados. Por una semana disfrutaban de libertad y
se divertían como mejor podían. Nuestro pequeño mundo egoísta se mantenía
inconmovible e indiferente, aun cuando la lucha no estaba tan lejos de
nosotros.
Por entonces nuestro
coronel alcanzó el límite de la edad y pasó a la reserva. Fue una revolución.
El nuevo coronel procedía del Tercer Regimiento de Zapadores de Valencia. Tan
pronto como puso pie en el muelle, se dirigió al cuartel a la inusitada hora de
las nueve y media de la mañana.
En la puerta le recibió
el cabo de cocina, un muchacho increíblemente gordo y bajo, con el uniforme
lleno de grasa, y acompañado de dos soldados de la cuadra, igualmente sucios.
-¿Dónde está el oficial
de guardia? -ladró el coronel.
-No hay oficial de
guardia, mi coronel.
-¿Eh? ¿No hay oficial de
guardia? Vaya usted a buscarle inmediatamente. ¿Por qué están ustedes tan
puercos? ¿Y por qué hay sólo dos hombres aquí? ¿Dónde está el resto de la
guardia? En la cantina, supongo, ¿no?
-Mi coronel, estamos
solos...
-Cállese. Quedan ustedes
arrestados. Esperen, venga conmigo uno, que yo vea esto. El cabo le acompañó a
la oficina. Yo estaba allí solo, arreglando cuentas.
-¡Usted! ¿Qué hace usted
aquí?
-Soy el sargento de
Mayoría, mi coronel.
-Supongo que será usted
alguna cosa, porque si no, no estaría aquí. ¿Cree usted que soy idiota? ¿Dónde
está el comandante mayor?
-Creo que en su casa. En
general no viene hasta las once.
-¿Y no hay ningún oficial
aquí?
-No, señor.
-Cuando venga el mayor,
que pase a verme inmediatamente. ¿Por qué tiene usted desabrochada la guerrera?
-Porque estaba solo, mi
coronel. Hace tanto calor aquí, que en general trabajamos en mangas de camisa.
-Bien. Esto no puede
volver a pasar. Queda arrestado. Esto le enseñará a presentarse ante sus
superiores.
Cuando el comandante
mayor vino, se encerró con el coronel, pero todos nosotros, hasta los
ordenanzas, encontramos un sitio desde donde escuchar. La situación del
despacho del coronel lo hacía fácil y también las voces destempladas de éste:
-¡Esto es una vergüenza!
Ni un oficial de guardia; sólo un cabo sucio y dos soldados más sucios aún en
la puerta. Ni un solo oficial en todo el cuartel, y ¡usted durmiendo sin ningún
cuidado en su casa! Todo esto se ha terminado. ¿Ha entendido usted?
Hubo un silencio, en el
que era imposible entender la respuesta del comandante. Después, otra
explosión:
-Ya veo. Aquí lo que pasa
es qué ustedes están acostumbrados a arramblar con todo lo que pueden. Y eso se
acabó. Desde hoy, todas las cuentas tienen que pasar por mis manos. Y no quiero
ver más soldados sucios.
El comandante salió de
allí con las orejas encendidas. A mediodía, casi todo el mundo estaba arrestado
en el cuartel. Aquella noche llegó la Primera Compañía de Zapadores, después de
estar un año sin interrupción en el frente. Seguramente nadie se enteró de que
existía un nuevo coronel, y una hora más tarde todos se habían perdido en las
tabernas y en los burdeles de la ciudad. Yo me fui a casa de Chuchín a cenar y
volví a las once de la noche para hacerme cargo de la guardia. Pero llegué
cinco minutos más tarde. El cabo de guardia me dijo:
-Sin novedad. Lo único
que pasa es que el capitán Jiménez, el de la Primera Compañía, está en el
cuarto de banderas y ha dicho que se presente usted a él.
No tenía nada de extraño
que el capitán estuviera allí. El cuarto de banderas servía a menudo de
alojamiento a los oficiales de paso, y se habían previsto allí tres
dormitorios, siempre preparados, y un cuarto de baño. También era normal que un
oficial llamara al sargento de guardia y le pidiera alguna cosa. Llamé a la
puerta y entré.
-A sus órdenes, mi
capitán.
-¿Sabe usted la hora que
es?
-Las once y cinco...
-Cállese. Cuando un
superior le habla usted se calla. ¿Qué hora es ésta de venir al cuartel? Los
sargentos tienen que estar aquí a las once en punto. Queda usted arrestado.
-Pero...
-Cállese, le digo. Y
márchese inmediatamente.
-Mi capitán...
-¡Cállese! -Saltó de la
silla como un poseso, como si fuera a lanzarse sobre mí. Perdí la cabeza y a la
vez grité:
-¡Cállese usted! Aquí soy
yo el comandante de la guardia. Y mientras lo sea, no permito que usted ni
nadie me trate así.
Lo absurdo de la
situación debió dejarle paralizado. Se sentó de nuevo:
-Qué, ¿usted es el
comandante de guardia? Vamos a aclarar eso. Así que usted está de guardia como
yo, sin saberlo. ¿De dónde sale usted ahora?
-De cenar. Tengo pase
para dormir fuera del cuartel. Lo que pasa es que todos los sargentos turnamos
cada noche para que haya alguien aquí, y nos hacemos cargo de la guardia.
-Todavía lo entiendo
menos. Bueno, está bien. Está usted arrestado y mañana ya aclararemos esto. Y
se me olvidaba: hoy soy yo el capitán de guardia.
Aquella noche los cuatro
sargentos estábamos arrestados. Nos siguieron todos los soldados de la Primera
Compañía de Zapadores, que iban al calabozo a medida que llegaban en la noche;
y por ultimo todos los destinos. Se tocaba diana a las siete, y cinco minutos
antes de las siete apareció el coronel. Afortunadamente estaba despierto,
porque el sargento de guardia debe formar para la distribución del desayuno y
preparar el parte de novedades de la noche, para que esté a las ocho en la
comandancia general. El capitán Jiménez estaba profundamente dormido en su
cama, desnudo como le parió su madre, agotado de su cacería nocturna y olvidado
de que fuera comandante de guardia. No tenía tiempo de despertarle y tuve que
dar yo mismo la novedad al coronel.
-¿Dónde está el capitán
de guardia?
-Creo que durmiendo, mi
coronel.
El coronel se precipitó
en el cuarto de oficiales y cinco minutos más tarde salía con el capitán con la
cara roja de sueño, peleándose con los botones del uniforme. Se tocó llamada
para el desayuno, y se presentó una docena escasa de soldados. El coronel
inició uno más de sus rugidos:
-¿Dónde está esta
canalla? Durmiendo, ¿no? Por esto es por lo que yo he venido. Esto es una
vergüenza.
Y se dirigió a uno de los
dormitorios con el capitán y yo pisándole los talones. El dormitorio estaba
vacío. El coronel se quedó en medio de la inmensa nave, contemplando
estupefacto los equipos amontonados sobre las camas.
-Pero ¿dónde está esta
gente?
El capitán, tragando
saliva, contestó:
-Están arrestados, mi
coronel. En la Prevención.
Y continuó sus
explicaciones. Cuando terminó, el coronel le arrestó a él también. Los
sargentos acordamos quedarnos bajo el arresto en el cuerpo de guardia, la
Corrección, y no ir a nuestras oficinas, dejando el trabajo empantanado. Nos
vinieron a buscar a media mañana y nos levantaron el arresto. Desde aquella
mañana se entabló una guerra abierta entre el coronel y el regimiento. El peso
más grande de esta batalla cayó sobre el comandante mayor y sobre mí. El rigor
de la disciplina militar llevado al extremo puede hacer miserable la vida de un
subalterno, pero el mismo rigor aplicado por todo un regimiento puede destruir
la vida de su coronel. Ocasionalmente, yo disfruté lo indecible con aquella
batalla.
Pero aprendí una lección
más: aprendí los límites de seguridad que ofrecía el cuartel. Un sargento no
era más que un sargento. Un trastorno en el hígado de un superior le podía
convertir de nuevo en un soldado raso de la noche a la mañana, después de tres
o de veinte años de servicio.
El
embrión de dictador
Capítulo
V
Mi amigo Sanchiz había
sido reintegrado a la oficina de la Legión en Ceuta y nuevamente me llevó a la
taberna del Licenciado. Fui en contra de mi aversión interna, pero mi pesadilla
ya no existía más. La puerta había perdido su color de puñalada y estaba
pintada ahora en un rosa claro. En lugar de las lámparas de petróleo goteantes,
colgando de ganchos de alambre, resplandecía la luz eléctrica; las paredes
rojas eran ahora color crema, y el mostrador, similar al de millares de
tabernas en España, un tablero de encina y sobre él la columna de grifos sobre
la pila le estaño. El Licenciado se había cambiado en un comerciante próspero y
satisfecho, enfundado en su mandilón a rayas verdes y negras.
La mayoría de los
clientes eran aún soldados del Tercio y prostitutas de la Barría, pero los
viejos presidiarios y las viejas celestinas con sus caras taraceadas de sífilis
o de sarna habían desaparecido. Soldados de otros regimientos entraban
libremente v se sentaban a beber una botella de vino acompañada de un bonito
curado al sol. El pescado seguía colgado de la viga central sobre el mostrador,
pero ahora la viga estaba limpia y el bonito no sabía más a hollín de petróleo.
-Chico, ¡cómo ha cambiado
esto! -le dije a Sanchiz.
-Nada cambia a las gentes
como el tener dinero. Cuando el Licenciado se instaló aquí con unas cajas de
botellas y unos pellejos de vitriolo en lugar de vino, no tenía un céntimo. Lo
único que tenía era los ríñones de poner una taberna para dar de beber al
Tercio, cuando nadie quería vendernos en todo Ceuta ni un vaso de vino. Ahora
ha ganado un montón de dinero y hasta se da el lujo de escoger los
parroquianos. Espérate un poco, y le vas a ver en un par de años más montar un
bar moderno aquí mismo y presentarse a las elecciones para concejal. Sanchiz
hizo una pausa y se quedó pensativo:
-¿Tú sabes que de todos
aquellos que formaron la primera bandera del Tercio no queda casi nadie ya? Los
novios de la muerte, ¿te acuerdas?, se han casado. Yo soy uno de los pocos que
aún no han encontrado la novia, y parece que voy a tener que esperar aún un
rato. Es una pena.
-No pienses en ello. Te
morirás como nos morimos todos, cuando te llegue la hora. Y no lo vas a
cambiar, aunque te empeñes en pegarte un tiro o en que alguien te lo pegue. En
lugar de eso, cuéntame qué ha sido de tu vida todo este tiempo.
-He cambiado mucho,
muchacho. ¿Tú sabes que hace ya un año que nos encontramos en Beni-Arós? En
este año he visto más cosas que en todos los demás treinta y ocho años de mi
vida. Me he quedado cano. -Se quitó el gorro y vi que sus cabellos rubios se
habían vuelto de plata.
-Bueno, cuéntame qué te
ha pasado.
Pero aquel día Sanchiz no
estaba de humor para hablar de la guerra ni del Tercio. En cambio comenzó a
contar a retazos lo que le había llevado a la Legión, cuando tenía treinta y
seis años, a él, un hombre que nunca había sido soldado y que parecía predestinado
a trabajar toda su vida en una oficina.
Sanchiz procedía de una
familia de clase media en buena posición. Sus padres le habían dado una
educación sólida. Había estudiado la carrera de comercio en una época en que
aquellos estudios eran una novedad en España, y hasta una absurdidad. Obtuvo
también el título de abogado y antes de los treinta años era director de una
sucursal en España de una de las más famosas firmas de Norteamérica. Se casó.
Fue un matrimonio perfecto. Al cabo de un año, el matrimonio esperaba el primer
hijo, pero éste no llegó a nacer. La mujer tuvo que ser operada y quedó
inutilizada para tener más hijos. Sanchiz se resignó a esto y dedicó toda su
energía a hacer feliz la vida de su mujer. La amaba ciegamente. Pocos años
después, la mujer comenzaba a languidecer y la sensibilidad física que había
producido la operación se acentuó. Fue en aquella época cuando yo conocí a
Sanchiz. La llevaba entonces de un especialista a otro, en una peregrinación de
esperanzas, mientras ella empeoraba más y más. Hasta que al fin los doctores decretaron
que no podían seguir viviendo más como marido y mujer; tenía un cáncer en la
matriz. Era posible una operación, pero los doctores se mostraban pesimistas
sobre el resultado y la inválida se negó a ser operada. Fui testigo de lo que
le pasó a Sanchiz entonces: el pensamiento de que el contacto físico, que para
él era necesidad y felicidad, había herido a la mujer que quería, se convirtió
en su tortura íntima. Cuando sobrepasó este estado, se encontró con que él, que
era un macho normal y sano, vivía lado a lado de su mujer a quien deseaba sin
cesar y sin esperanza. Intentó escapar de las exigencias del sexo, buscando
otras mujeres, y el sexo se negaba a ello. A quien él quería era a ella. Acabó
refugiándose en la bebida. La enfermedad de ella se había llevado los ahorros,
y las borracheras de él le privaron de su trabajo. Tras un período de pobreza
aguda, Sanchiz encontró un puesto de contable en una oficina, con doscientas
pesetas al mes. Pero ¿qué eran doscientas pesetas para quien tenía una mujer enferma
que necesitaba diariamente una inyección de morfina?
Cuando murió la mujer de
Sanchiz, fui a su casa. La mujer murió envuelta en una vieja manta, sobre un
somier, malamente cubiertos sus muebles con sacos rellenos de paja. No quedaban
ropas ni muebles. Todo había pasado a las casas de empeño. Cuando se llevaron
el cadáver, Sanchiz cerró la puerta del cuarto y dio la llave al portero. No
volvió. Los pocos que le conocíamos creíamos que se había suicidado, porque
desapareció. Pero nunca tuvo la decisión necesaria para ello: vagabundeó por
Madrid, limosneando la comida y durmiendo en los bancos de los paseos. Cuando
se formó la Legión, se alistó inmediatamente. La edad límite para ingresar en
el Tercio era más baja que la de Sanchiz, pero su apariencia era de ser mucho
más joven: era rubio, con piel blanca como leche, y sus mejillas eran frescas.
No le pusieron dificultades. El Tercio no insistía en documentos, ni aun en los
nombres de sus reclutas.
Se alistó en la Legión
para que le mataran. Pero cuando se organizó y se establecieron las oficinas,
le escogieron y le enviaron allí. El riesgo del frente de batalla le eludía. Se
emborracho y se volvió pendenciero para que le echaran de la oficina. Pero sus
superiores se habían encariñado con él y todo lo que hacían era dejarle
arrestado en el cuartel por semanas enteras. Trató de provocar y desafiar a los
peores asesinos de la Legión. Pero en un sitio donde las disputas se resolvían
muchas veces con una puñalada o un tiro, los hombres simplemente se burlaban de
Sanchiz y le pagaban una botella de vino para que se le quitara el mal humor.
Consiguió por fin que le
enviaran al frente por dos meses de instructor de la bandera de voluntarios
americanos, como un castigo, y fue entonces cuando se produjo el desastre de
Melilla Sanchiz fue enviado allí. Hubo compañías del Tercio de las que no escapó
un solo hombre ileso. Más de la mitad murieron allí. Sanchiz no recibió
siquiera un simple arañazo. Por último, le reintegraron a la oficina. Nos
encontrábamos muy a menudo: cada vez que Sanchiz se ponía a pensar en su propia
historia, se emborrachaba hasta perder el conocimiento. Cuando se le pasaban
los efectos de la borrachera, tenía un ataque de arrepentimiento e
invariablemente o me mandaba un recado o venía a buscarme para dar un paseo
juntos. Nos íbamos a lo largo del muelle de la Puntilla, a casi tres kilómetros
de la ciudad, y nos sentábamos sobre las rocas de la escollera abierta al
Adántico, cara a cara al mar, que a veces nos escupía.
-Hoy han venido cincuenta
quintos -me dijo una tarde-. No tienen idea de dónde se han metido. Esa gente
no viene por las mismas razones que nosotros los viejos. Vienen sólo por darse
postín.
Se puso a tirar piedras
planas a ras del agua y a divertirse viéndolas brincar:
-¿Sabes?, la bestialidad
es seguramente la cosa más contagiosa que existe. Cuando la primera bandera fue
a Melilla inmediatamente nos pusimos a tono con el salvajismo de los moros.
Ellos les cortaban los testículos a los soldados y se los atascaban en la boca,
para que se murieran asfixiados por un lado y desangrándose por otro,
tostándose al sol. Tú mismo lo has visto. Entonces nosotros inventamos un
juego: les cortábamos las cabezas a los moros y adornábamos el parapeto de la
posición durante la noche con ellas, para que los otros las vieran allí al
amanecer. Bueno, también lo has visto; de todas formas, esto es lo que el
Tercio fue desde el principio. Y ya no tiene enmienda. Pero no sé si tú te has
enterado que ahora hay una nueva forma de engancharse en el Tercio; la gente
firma sólo por el tiempo que dure la reconquista de Marruecos. Así, son
diferentes a nosotros. Cientos han venido ya, muchos hijos de buenas familias,
gentes educadas con un título universitario. Te puedes imaginar que al
principio entre ellos y nosotros, los viejos, estalló la gorda y algunos no
pudieron aguantarlo. Pero la mayoría se quedaron; y créeme, son hoy más
salvajes que nosotros.
-Yo creo que esto depende
sobre todo de los oficiales.
-Sí, naturalmente,
depende de los oficiales. Pero tienes que darte cuenta que a los oficiales les
ha pasado lo que a nosotros. Me acuerdo muy bien cuando se organizó el Tercio,
que nuestros oficiales eran como los demás, con la única diferencia que la mayoría
de ellos se habían jugado el dinero de su compañía y no tenían más salida que
venirse al Tercio, y algunos eran lo que se llama valientes y querían ascender
aunque fuera arriesgando el pellejo. Pero en cuanto tuvieron que entendérselas
con la primera bandera, ¿tú te acuerdas que la primera cosa que hicimos en
Ceuta fue matar tres o cuatro gentes y que nos tuvieron que mandar a Riffien a
toda prisa?, cambiaron inmediatamente.
-Creo que en el fondo no
era más que miedo. Nos tenían miedo. Pero ellos eran los jefes y nosotros, la
mayoría, no teníamos ni aun un nombre. Impusieron la disciplina bárbara que hay
ahora: si un hombre se negaba a obedecer, se le pegaban dos tiros en la cabeza
y en paz. Si otro se sobrepasaba un poco, se le llenaba la mochila de arena y
se le hacía correr dos horas bajo el sol de mediodía. Lo que yo quiero decir es
que nos contagiábamos unos a otros; y ahora los oficiales se han convertido en
salvajes no sólo contra nosotros, sino contra todos y contra todo. De la
primera bandera no quedó ni uno de ellos sano. Bueno, sí, el comandante Franco,
creo que fue el único que escapó sin un agujero en la piel.
-Cuéntame algo sobre él.
He oído un montón de historias. Por ejemplo, ¿es verdad que Millán Astray le
tiene odio?
-Naturalmente, Millán
Astray es un bravucón. Le he visto yo mismo. Cuando comienza a gritar: «¡A mí,
mis leones!», seguro que nos vemos en un momento en un fregado serio. Atacamos
a la bayoneta en avalancha, mientras él hace caracolear su caballo y da media
vuelta y se va al Estado Mayor: «Eh, ¿qué les parecen mis muchachos?». Como,
naturalmente también, ni el Estado Mayor ni los generales están nunca a la
cabeza de las tropas, cuando hay un ataque de verdad pues ni ven ni quieren ver
el truco. Se ha ganado la fama de héroe y ya no hay quien se la quite. Y
precisamente el hombre que podría hacerlo es Franco Sólo que esto es un poco
complicado de explicar.
Sanchiz se encerró de
nuevo en su juego de tirar piedras al mar y se calló, hasta que insistí:
-Bueno, deja ya eso y
continúa con tu historia.
-Mira, Franco... No,
mira: el Tercio es algo así como estar en un presidio. Los más chulos son los
amos de la cárcel. Y algo de esto le ha pasado a este hombre. Todo el mundo le
odia, igual que todos los penados odian al jaque más criminal del presidio, y
todos le obedecen y le respetan, porque se impone a todos los demás,
exactamente como el matón de presidio se impone al presidio entero. Yo sé
cuántos oficiales del Tercio se han ganado un tiro en la nuca en un ataque. Hay
muchos que quisieran pegarle un tiro por la espalda a Franco, pero ninguno de
ellos tiene el coraje de hacerlo. Les da miedo de que pueda volver la cabeza
precisamente cuando están tomándole puntería.
-Pero seguramente pasa lo
mismo con Millán Astray.
-Ca, no. A Millán Astray
no se le puede dar un tiro por la espalda. Ya tomó él buen cuidado de ello.
Pero con Franco no es difícil. Se pone a la cabeza y... bueno, es alguien que
tiene riñones, hay que admitirlo. Yo le he visto marchar a la cabeza de todos,
completamente derecho, cuando ninguno de nosotros nos atrevíamos a despegar los
morros del suelo, de espesas que pasaban las balas. ¿Y quién era el valiente
que le pegaba un tiro entonces? Te quedabas allí con la boca abierta, esperando
que los moros le llenaran de agujeros a cada momento, y a la vez asustado de
que lo hicieran, porque entonces estabas seguro que echabas a correr. Hay
además otra cosa, es mucho más inteligente que Millán Astray. Sabe lo que se
hace; y ésta es la otra razón por la que Millán Astray no puede tragarle.
-¿Cómo se portó en
Melilla?
-¿Franco? Créeme, es un
poco duro ir con Franco. Puedes estar seguro de tener todo a lo que tienes
derecho, puedes tener confianza de que sabe dónde te mete, pero en cuanto a la
manera de tratar... Se le queda mirando a un fulano con unos ojos muy grandes y
muy serios y dice: «Que le peguen cuatro tiros». Y da media vuelta y se va tan
tranquilo. Yo he visto a asesinos ponerse lívidos sólo porque Franco los ha
mirado una vez de reojo. Además, ¡es un chinche! Dios te libre si falta algo de
tu equipo, o si el fusil está sucio o si te haces el remolón. ¿Sabes?, yo creo
que ese tío no es humano; no tiene nervios. Además, es un solitario. Yo creo
que todos los oficiales le odian, porque los ¡trata igual que a nosotros y no
hace amistad con ninguno de ellos. Ellos se van de juerga y se emborrachan -
como cada hijo de vecino después de dos meses en el frente-, y éste se queda
solo en la tienda o en el cuartel, como uno de esos escribientes viejos que
tienen que ir a la oficina hasta los domingos. Nadie le entiende, y menos aún
siendo tan joven.
En el año 1922 los
acontecimientos se desarrollaron rápidamente en Marruecos y en España. Más de
60.000 hombres se mandaron desde la Península a título de refuerzos, pero el
desorden y la desorganización entre estas tropas era tal que algunos de los
jefes con experiencia en la campaña de África rechazaron el emplear estas
fuerzas fuera de la retaguardia. Se extendió el descontento. En España, la
protesta pública contra el desastre de Annual, y la exigencia de una
investigación en las responsabilidades de este desastre, se habían enfocado
primero sobre la persona del Rey y la del desaparecido general Silvestre; ahora
se centraba sobre el alto comisario de España en Marruecos, general Berenguer.
En la zona de Melilla, casi todo el territorio perdido en la catástrofe del año
anterior se había recuperado en una reconquista espectacular. Sin embargo, la
situación era crítica. Abd-el- Krim había hecho contacto con diferentes grupos
políticos en diversos países de Europa, y sus fuerzas, bajo el mando de su
hermano, se habían filtrado en la zona de Ceuta, amenazando Xauen. El Raisuni
se había aliado con Abd-el-Krim, cuya amenaza a Xauen prometía romper el cerco
que aún encerraba a los hombres del Raisuni, el cual también amenazaba con
provocar una rebelión en la zona de Ceuta.
El número de bajas
aumentaba incesantemente. El general Berenguer comenzó a hablar de dimisión tan
pronto como se sometiera al Raisuni. Se contaba públicamente que el general
Sanjurjo, comandante general de la zona de Melilla, era en realidad el alto comisario.
En Madrid se sucedían uno a otro los gobiernos, sin lograr mantenerse más de
unas pocas semanas a lo sumo. Cada uno dejaba a su sucesor el pleito marroquí,
como un testamento en litigio.
Las cancillerías europeas
consideraban la posibilidad de que España abandonara el protectorado de
Marruecos y de que Francia lo recogiera. Nadie ponía en duda el hecho de que
Abd-el-Krim estaba recibiendo material y auxilio técnico a través de la frontera
francesa.
Todos nos dábamos cuenta
de las contracorrientes que nos afectaban, pero no podíamos apreciar su
extensión. Lo único que conocíamos con certeza eran los cambios del personal.
Así, el teniente coronel Millán Astray había sido ascendido a coronel y había
dimitido del mando de la Legión bajo pretexto de incapacidad física, debida a
sus varias y terribles heridas.
Le pregunté un día a
Sanchiz:
-¿Quién va a suceder a
Millán Astray? ¿Franco?
-¡Puah! ¡Franco! A Franco
se la han jugado de puño. Van a nombrar al teniente coronel Valenzuela.
¿Sabes?, no hay más que tres sucesores posibles entre los de su categoría:
González Tablas, Valenzuela y Franco. Pero Franco es sólo un comandante y los
otros son tenientes coroneles. Para hacerle a Franco jefe de la Legión, le
tienen que ascender también a teniente coronel. Aparentemente, Sanjurjo le ha
propuesto dos veces para el ascenso, pero todos los abuelos han dicho que sería
demasiado ascenderle y, además, darle el mando del Tercio. Así que se lo van a
dar a Valenzuela, y a Franco le van a dar una medallita.
En la primavera de 1923
el general Berenguer emprendió las operaciones contra Tazarut, el último
refugio del Raisuni. Hacia el fin de mayo, las tropas entraron allí. El
teniente coronel González Tablas fue muerto en la operación. Berenguer dimitió;
el gobierno de Madrid decretó la suspensión de todas las operaciones y anunció
el licenciamiento de gran número de tropas. Por unos pocos días pareció como si
la guerra en Marruecos estuviera tocando a su fin. Se habían entablado
negociaciones con Abd-el-Krim, en un esfuerzo para hacer la paz con las tribus
del Rif. En la zona de Melilla el ejército español había detenido su avance y
se había atrincherado frente a Beni-Urriaguel, en espera del resultado de las
negociaciones. Pero Abd-el-Krim quería la proclamación y reconocimiento como un
Estado autónomo de la República del Rif, y para dar peso a sus exigencias, sus
tropas continuaban atacando a las avanzadas españolas día y noche.
Una mañana temprano se
corrió el rumor en Ceuta de que en la zona de Melilla había ocurrido un segundo
desastre. Los legionarios estacionados en Larache habían sido enviados a
Melilla a toda prisa. Pero en la prensa no había referencia alguna, y los
oficiales que estaban en el secreto supieron guardarlo.
Al comandante Tabasco le
llamaban cada media hora de la comandancia general de Tetuán. Al fin tuvo una
conferencia con el coronel, y cuando dejó su despacho, tenía la cara muy seria.
Al fin me dijo:
-Las cosas están yendo
malamente otra vez, Barea.
-¿Pasa algo en Melilla, no, mi comandante?
-Sí. Parece que los moros
han rodeado Tizzi-Azza y si lo toman va a haber un segundo Annual. No te vayas
de paseo esta tarde, porque es posible que tengamos que organizar una columna
de socorro en Ceuta.
Había oído hablar a
menudo de la posición fortificada de Tizzi-Azza. Estaba en la cima de un cerro
y había que aprovisionarla periódicamente con agua, comida y municiones. Los
convoyes de abastecimientos tenían que pasar por un desfiladero estrecho y cada
vez había que abrirse paso a tiros. Esta vez, los moros habían cortado la
carretera. El último convoy había entrado, pero no podía salir, y la posición
estaba cercada.
Se organizó una enorme
columna de socorro, y se rompió el cerco de Tizzi-Azza, pero durante el ataque
el nuevo comandante del Tercio, el teniente coronel Valenzuela, fue muerto.
-Ahora Franco es el jefe
de la Legión -dijo Sanchiz.
-Pero todavía no le han
hecho teniente coronel -le repliqué yo.
-Le harán ahora. Aunque
no quiera Millán Astray. ¿A quién otro van a poner aquí? De todos los oficiales
que hay, no hay uno que coja el sitio, aunque se lo ofrezcan en una bandeja.
Les da miedo.
Tuvo razón Sanchiz. Se
pasó en las Cortes el ascenso de Franco y se le nombró jefe del Tercio.
El único comentario del
comandante Tabasco fue:
-Bien, le han dado la
extremaunción.
Al principio de julio, el
general Berenguer cesó como alto comisario de Marruecos; le sucedió el general
Burguete, y Ceuta preparó un desfile militar para rendirle honores. El día
antes de su llegada el comandante mayor me llamó:
-Mañana hay un desfile en
honor del general Burguete. Lo siento, pero no tengo a nadie más que a ti para
ser cabo de gastadores.
En el ejército español,
al frente de cada regimiento en formación, marcha la así llamada «escuadra de
gastadores» -ocho soldados escogidos por su estatura y su apariencia física,
que marchan en dos filas de a cuatro, precedidos de un cabo que actúa como guía
del regimiento y ejecuta y marca todos los movimientos que han de ser seguidos
por el resto.
No teníamos un cabo que
pudiera realizar estos movimientos sin correr el riesgo del ridículo, e
Ingenieros tiene una tradición de elegancia, con sus gastadores equipados con
herramientas niqueladas. Me tuve que quitar mis galones de sargento y coser en
su lugar los de cabo; después, escoger los ocho soldados más decorativos que
encontré en el cuartel. A fuerza de combinaciones llegamos a reunir algo que
tenía apariencia de dos compañías con nuestro comandante mayor como jefe de la
fuerza, jinete en un caballo blanco. Afortunadamente el coronel estaba en
Tetuán. Las otras unidades de guarnición en Ceuta estaban tan escasas de
hombres como nosotros y se arreglaron en una similar manera echando mano de
todos los destinos. Éramos un gran número de sargentos convertidos en cabos y
suboficiales convertidos en tenientes. Nos tuvimos que vestir en uniforme de
«media gala» con guerrera de paño azul, insoportable en el calor africano de
julio. Pero teníamos la seguridad de que la revista no iba a durar más de media
hora y nos consolábamos, pensando que el barco estaba anunciado a las nueve y
media de la mañana. Por esa razón de ser cuerpo distinguido, se nos destinó al
pie del desembarcadero donde atracaría el barco. Estábamos allí a las ocho de
una mañana radiante de luz, con un mar como un espejo. Por una hora aguardamos,
fumando cigarrillos y consumiendo bebidas de los vendedores ambulantes que
habían acudido como moscas. Pero después de las nueve atracó el barco y las
bandas de los regimientos comenzaron a tocar la Marcha real, porque el alto
comisario tenía los mismos honores que el Rey, en ausencia de éste. Todos los
oficiales tuvieron que presentarse a rendir homenaje. Después, el general
comenzó la revista de las fuerzas.
El general Burguete era
un hombre alto, un poquito barrigudo, pero encorsetado, con un bigote enorme a
lo káiser. Inmediatamente mostró que su inclinación hacia el prusianismo no se
limitaba al estilo de sus bigotes. Escrutaba a los soldados uno por uno minuciosamente,
mientras nos asábamos bajo el sol.
El uniforme de paño azul
se usaba raramente en Marruecos, y la mayoría de los hombres lo habían recibido
en el último momento de los almacenes del regimiento. Así que el general
encontró ocasión sobrada para descubrir faltas en cada detalle de cada pieza
del uniforme. Comenzó a gruñir; al poco rato chillaba indignado; los oficiales
de cada unidad chillaban a sus subalternos con idéntica indignación, y así
sucesivamente, hasta el último hombre en las filas. Entre ochenta o cien
quedaron arrestados. La revista se terminó a las once. Cuando ya parecía que
era imposible prolongarla más, y esperábamos que nuestras desdichas y nuestros
sudores tocaran a su fin, el general decidió que las fuerzas tenían que rendir
el tradicional homenaje a la imagen de Nuestra Señora de África, a quien él iba
a ofrecer su bastón de mando.
Permanecimos en formación
otra hora frente a la iglesia, ensartando rosarios de maldiciones a la patrona
y al general. Para final, éste decidió asomarse al balcón de la comandancia
general, y desde allí presenciar nuestro desfile en columna de honor. Volvimos
al cuartel a las dos. Tuvimos dos casos de insolación y cinco de desmayo. Lo
mismo ocurrió con los demás regimientos. El nuevo alto comisario había
emprendido bien su carrera.
Ah, ¡pero el general
Burguete había venido «a poner orden en Marruecos»! La misma tarde se paseaba
por las calles de Ceuta, arrestando soldados a diestro y siniestro. Se
presentaban en grupos en los cuerpos de guardia. Los oficiales comenzaron a
llegar después. El ejército de Marruecos tenía su manera peculiar de vestir y
de comportarse en la calle, y esta manera era indudablemente diferente de la
que se usaba en Madrid. Pero el general Burguete pretendía que los soldados de
Marruecos, con sus uniformes descoloridos por el sol y con todas las huellas de
la vida de campamento encima, aparecieran como los soldados de guarnición en
Madrid en tarde de domingo.
Uno de ellos le replicó
ásperamente:
-No tengo otra cosa, mi
general. No tengo más que estos harapos, y piojos en cada costura, porque no me
dan otra cosa.
-Todo el que no tenga un
uniforme decente, debe quedarse en el cuartel. Preséntese al oficial de guardia
de su regimiento.
-Franco puede ser hermano
suyo -me dijo Sanchiz, cuando le conté la historia-. Ya verás cuando venga a
Ceuta.
Burguete entabló
negociaciones inmediatas con el Raisuni. De un día al otro, el Raisuni, que
estaba cercado en Tazarut a la merced del Gobierno español, se convirtió en un
personaje importante: se le restauraron sus honores principescos, se le pagó
una importante indemnización, y las tropas se retiraron del yébel Alam. Más
tarde, el cabecilla comenzó a hacer indicaciones acerca de los oficiales
españoles o nativos que deberían destituirse porque no le eran simpáticos. Los
Ingenieros no estaban afectados por estas intrigas, pero la repercusión en
otras unidades fue gravísima.
-Las cosas se están
poniendo serias, chico -me dijo Sanchiz un día. A él le llegaban más noticias
en la oficina del Tercio que a mí en la mía-. Tú sabes que nuestros oficiales
están en muy buenas relaciones con los de Regulares. Al fin y al cabo, la mayoría
de ellos habían servido con las unidades moras antes de venirse con nosotros.
Como Franco. Y ahora, Burguete está despidiendo gente, según dicen, de acuerdo
con una lista que le ha dado el Raisuni. Y algunos de los nuestros quieren
rebelarse. Bien, yo creo que es una cochinería el poner al granuja ese del
Raisuni en andas, después de los miles de muertos que nos ha costado. Yo no sé
lo que Franco va a hacer. Dicen que está verdaderamente furioso y que ha hecho
una protesta. Pero lo que sí puedo decirte es una cosa: si quiere levantar la
Legión, nos vamos detrás de él como un solo hombre y te advierto que la cosa
sería un poco más seria de lo que puede imaginarse.
Sin embargo, lo que
estaba pasando no era una política personal de Burguete, sino del Gobierno de
Madrid. Quería atraerse al Raisuni, para tener las manos libres con Abd-el-
Krim y terminar el conflicto de una manera o de otra. Al mismo tiempo, seguían
negociaciones de paz con Abd-el-Krim y negociaciones para el rescate de los
prisioneros que tenía.
Era simplemente una
renovación de la tradicional política seguida en Marruecos: la política de
soborno de los jefes de kábila que eran bastante fuertes para enfrentarse con
el ejército. Se sobornaba al Raisuni, y se tenían esperanzas de sobornar a
Abd-el-Krim. Se estaban repatriando las fuerzas expedicionarias. El país estaba
en la mayor ignorancia de lo que se tramaba, pero nosotros en Marruecos
estábamos tensos y comenzaban a formarse facciones en el ejército.
El ejército contenía
dentro de sí tres grandes núcleos. Dejando aparte los pocos que estaban en
contra de la aventura marroquí en un sentido general, la parte del Gobierno la
tomaban abiertamente todos los que querían estar tranquilos y vivir a gusto en una
guarnición provinciana que tenía un sobresueldo de guerra. Pero estaban allí
los veteranos de África, interesados sólo en la vuelta de los tiempos felices
en que sin mucho riesgo se podía robar a manos llenas. Y por último estaban los
«heroicos», que se llenaban la boca del honor de España, del honor de la
monarquía y del honor de la nación, que sólo se podían salvar con guerra a toda
costa.
Entre los «heroicos»
estaba el nuevo jefe del Tercio. Y el Tercio crecía rápidamente como un Estado
dentro del Estado, como un cáncer dentro del ejército. Franco no estaba
contento con su ascenso y su carrera brillante. Necesitaba guerra. Y ahora
tenía en sus manos el Tercio, un instrumento de guerra. Hasta el último de los
soldados del Tercio compartía esta creencia y se sentía absolutamente
independiente del resto del ejército español, como si fuera de una raza aparte.
Formaban su sociedad aparte, voceaban sus hazañas y mostraban su desprecio
hacia los demás.
-Nosotros somos los
salvadores de Melilla -decían. Y era verdad.
Pero de ser un héroe de
esta clase a ser un rebelde -y un fascista-, no hay más que un paso.
Adiós
a las armas
Capítulo
VI
Un día, el comandante
Tabasco me llamó al Despacho y me dio un paquete de hojas manuscritas.
-Haz el favor de copiarme
esto a máquina, con tantas copias como puedas. Es una cosa completamente
confidencial lo mejor sería que lo hicieras a solas por las tardes.
Me copié largas listas de
«miembros» y de «candidatos a miembro»; de proposiciones y de resoluciones. Me
tomó algún tiempo llegar a comprender que don José era algo así como una
especie de secretario general de las juntas de Oficiales de Ceuta. Aparentemente
se planeaba una asamblea de representantes de todas las juntas militares de
España para la segunda mitad del año 1923 en Madrid, «pendiente de
acontecimientos imprevistos», y don José iba a ir allí como uno de los
delegados. Sería fácil organizar la conferencia durante los permisos de
vacaciones veraniegas y reunirse representantes de todas las armas, de todas
las unidades y de todas las guarniciones:
«No podemos cerrar los
ojos a la marcha que los acontecimientos están tomando en el país. Nosotros,
los militares, tenemos el deber de servir a la Nación, y el país no puede ir
más lejos en este camino desastroso. Estamos en las manos de los revolucionarios
¿Cómo, si no, el Parlamento se atrevería a atacar al jefe supremo del Estado, o
cómo podría haber partes del país que pretendan declararse independientes? Es
nuestra obligación salir al paso de los acontecimientos...»
Había oído hablar de las
juntas -¿qué español no había oído hablar de ellas?-, pero nunca había
encontrado a uno de sus miembros. Interesado en saber más, le pregunté
ingenuamente a don José:
-Entonces, ¿las juntas
están dirigidas por el Gobierno, don José?
-¡Hombre! Eso es lo que
el Gobierno quisiera. ¡Ca!, las juntas son independientes. Son los cimientos de
la nación.
Puse una cara
perfectamente idiota y don José se echó a reír:
-Ya veo que no te das cuenta
de lo que está pasando a tu al rededor. Mira, muchacho: España estuvo ya una
vez al borde del desastre, en 1917, durante la gran guerra. Los franceses y los
ingleses no estaban muy contentos con nuestra neutralidad y trataron de
arrastrarnos a la guerra, protegiendo a todos los enemigos de la nación, a los
socialistas, a los anarquistas y a los republicanos y masones; hasta lo
intentaron con los liberales. Se las arreglaron para convencer al conde de
Romanones, que entonces era el presidente. Los socialistas y los anarquistas
organizaron una huelga general... Pero tú debes acordarte de aquello, porque ya
eras un muchacho.
-Claro que me acuerdo, mi
comandante. Pero la huelga general estalló por la subida de los precios y
porque el pueblo decía que estábamos mandando fuera todo lo que necesitábamos
para vivir. Los trabajadores pedían o una baja en el precio del pan o un aumento
en los jornales.
-¡Puah! Eso fue
únicamente el pretexto. La verdad era que lo que ellos pretendían era hacer una
revolución idéntica a la que entonces comenzaba en Rusia.
-Pero los aliados estaban
en contra de la Revolución rusa, mi comandante.
-Tú no entiendes una
palabra de esto. Los aliados se volvieron contra los revolucionarios rusos
después, cuando los rusos se negaron a seguir luchando por ellos. Les estuvo
bien empleado, porque la revolución fue fabricada por los mismos ingleses y
franceses. La criada les salió respondona. ¿No te acuerdas cómo los aliados
fomentaron la revolución en Alemania?
-¿Así que usted cree que
los aliados hicieron la revolución alemana?
-Pues claro, muchacho.
¿Quién, si no? Ciertamente no fueron los alemanes. Estaban bastante deshechos
ya los pobres para buscarse más complicaciones. La hicieron los aliados, porque
querían destruir a Alemania para siempre. Pero eso es otra historia. De todas
maneras, en España Romanones nos quiso meter en la guerra; y como él solo era
muy poco, él y sus amigos incitaron a los republicanos y a los obreros para
poder así justificar que todo el país quería ayudar a los aliados. Pero había
que mostrar a la gentuza que no habían contado con la huéspeda: un gran
patriota llamó a todos los oficiales que tenían un sentido del honor, y se
habló clarito al Gobierno: «¡O se rompe con la gentuza, o ponemos las tropas en
la calle!». Afortunadamente no fue necesario. Pero las juntas siguieron
funcionando. Después de todo, habíamos tenido un buen ejemplo de lo que son
capaces los malos españoles y no queríamos que nos cogieran descuidados otra
vez.
-Me parece recordar que
en 1917 el ejército no estaba todo él unido. El mismo Millán Astray se puso en
contra de las juntas, ¿no, mi comandante?
-¡Oh, sí! Y hasta nos
quería fusilar a todos. Pero Millán Astray no es un militar, es un maníaco. ¿Tú
no conoces su historia?
-No, señor.
-Bien. Allá, a fines del
siglo, en los noventa, su padre era director de la cárcel Modelo de Madrid.
Cuando los prisioneros querían irse de juerguecita, le daban una propina al
director y se marchaban libremente toda la noche. Pero ocurrió que un preso,
que se llamaba Varela, salió una noche, asesinó a su madre, aplastándole la
cabeza, y le robó lo que tenía, con la complicidad de la criada. Cuando la
policía descubrió cómo habían pasado las cosas, metieron en la cárcel al viejo
Millán Astray. El hijo, que entonces era un chiquillo, se volvió loco. Dijo que
su padre era inocente y que él mismo iba a restaurar el honor de la familia.
Entonces la guerra de Filipinas estaba en su apogeo, y allá se hizo famoso por
su bravura. Le ascendieron y pusieron al padre en libertad, pero esto no curó
al hijo. En 1917 ametralló a los obreros en huelga, y nos hubiera ametrallado a
nosotros también.
-Y ahora las juntas
quieren evitar que Millán Astray se subleve.
-No, las juntas no se
preocupan de pequeñeces. Lo que nosotros queremos es evitar que las cosas sigan
como van. Estamos al borde de una revolución. La plebe se las ha manejado para
hacerle al Rey responsable de cada cosa que ha pasado en Marruecos. Intentan
proclamar la República y hacernos abandonar Marruecos. Los ingleses estarían
encantados. Se establecerían ellos mismos en Ceuta y se saludarían de una a
otra orilla. Pero las cosas no les van a salir tan fáciles.
-Entonces, ¿usted cree
que el general Picasso [2] está en combinación con
toda esa gente?
-El general Picasso es un
pobre infeliz que no ve más allá de sus narices. Le han echado arena en los
ojos y se traga cada historia que le cuentan. ¡Como si los papeles, que se
supone haber encontrado en la mesa de Silvestre, fuera posible, si hubieran existido,
que Silvestre los dejara a la vista de cualquiera! No importa, todos esos
trucos no conducen a nada, porque para eso estamos nosotros. Y si es necesario
un pronunciamiento, lo habrá.
Me era un poco difícil comprender lo que
quería decir. ¿Un pronunciamiento? ¿Contra quién? ¿Por qué? ¿Por una vuelta a
los tiempos de Fernando VII o de Isabel II, cuando los generales regían el
país?
Hablé de ello con Sanchiz
y se echó a reír:
-Está bien que toda esa
gente charle, pero no han contado con Franco, ni con nosotros. Pasará lo que el
Tercio quiera que pase; ya lo verás.
Me encontré más
confundido aún y al mismo tiempo inquieto. Unos pocos días más tarde hablé al
capitán Barberán, nuestro capitán cajero, quien yo sabía era diferente a los
otros. Había una especie de camaradería entre el capitán y yo, desde que un día
me encontró dibujando un mapa de Marruecos, cuando era cabo en la oficina. Él
mismo se encerraba cada tarde en su despacho para estudiar y hacer cálculos.
Aquel día vino a mi mesa, miró lo que hacía, lo criticó y corrigió y comenzó a
enseñarme topografía. De vez en cuando me llevaba a las canteras de Benzú para
hacer prácticas de campo, mientras él hacía sus experimentos con algunos
aparatos eléctricos extraños, en tanto que yo levantaba los croquis. Al cabo de
un tiem-po, me explicó lo que estaba haciendo. Él era un piloto de aviación y
estaba haciendo estudios en navegación aérea. Existía un nuevo método de
orientación, que no era conocido de media docena de personas en España; era muy
complicado de explicar, pero, contado en dos palabras, consistía en guiarse por
ondas radioeléctricas. Ahora estaba trabajando en ello, porque «unos pocos
amigos y yo tenemos un proyecto: queremos volar a América».
Estaba obsesionado con
volar, y supongo que me contó la historia, simplemente porque yo no me cansaba
de escuchar sus disertaciones técnicas. El capitán Barberán era un hombre
pequeño y vivaracho, con ojos febriles tras las gafas, prematuramente calvo, silencioso
y retraído. Sus relaciones con los otros oficiales eran restringidas; nunca
tomaba parte en sus juergas y vivía una vida de recluso. Parecía un fraile
ascético vestido de uniforme.
No me hubiera atrevido a
hablar al capitán Barberán de problemas políticos. Pero unos pocos días después
de haberme tropezado con las juntas en nuestra reducida vida de guarnición, él
mismo me dio la ocasión de ello, comenzando como siempre con su obsesión:
-Claro que se arriesga la
vida volando. Pero al menos se arriesga por algo grande. -Se rió con una
risilla nerviosa-. Realmente, yo soy un ambicioso. Ya se han hecho vuelos
transatlánticos, pero nosotros, los españoles, tenemos el deber de volar a
Suramérica. Tenemos tantas obligaciones...
Estábamos recostados en
el parapeto de la terraza del cuartel, que domina el conjunto del estrecho de
Gibraltar. El capitán Barberán se inclinó sobre el telémetro y ajustó los
tornillos. Se quedó mirando un largo rato a través de los oculares. Cuando se enderezó,
dijo:
-Ésta es otra de las
cosas que tenemos que hacer. El Peñón es un trozo de tierra española que
tenemos que rescatar... ¿Qué opinas tú de esta guerra?
-Mi capitán, yo no tengo
opinión.
-Todo el mundo tiene
opiniones. No te acuerdes de que soy un capitán.
-Pues..., en mi
opinión..., creo que Marruecos es un mal asunto para España.
-¡Caramba! Un mal asunto.
Así en rotundo. ¿Y de quién crees tú que es la culpa?
-De mucha gente. Primero,
de los que hicieron el tratado de Algeciras. Por un lado, el Gobierno de España
quería algo que permitiera al ejército borrar las derrotas de Cuba y Filipinas,
y a la vez diera una manera de vivir a los generales. Por otro lado, estaba
Inglaterra interesada en no tener frente a frente en el Estrecho otra potencia,
ni aunque fuera Francia. Y Alemania tampoco quería a Francia en el Estrecho.
Entre todos, nos metieron en el lío. Mientras nos estemos peleando con este
problema de Marruecos, ni somos ni seremos una potencia en Europa. Tal vez nos
ha salvado de la gran guerra, pero nos ha arruinado como nación.
-¡Hum! ¡Vaya unas teorías
que te has formado! Aunque hay algo de verdad en ellas. ¿Tú sabes que
Inglaterra no nos permite fortificar Ceuta o Sierra Carbonera? Todavía están
allí las viejas baterías Ordóñez de 1868, y en algunos sitios hasta cañones de
bronce.
-Pero ¿quién ha estado
suministrando a los moros municiones, desde que comenzó el ataque en Melilla
hace veinte años? Los fusiles son franceses y los cartuchos también. Pero este
tráfico sirve a los intereses de nuestra propia gente; ¿por qué negarlo, mi
capitán? Una vez, en Kudia Tahar, escuché una conversación por teléfono entre
el general Berenguer y el general Marzo. El general Marzo había realizado una
operación para establecer unos cuantos blocaos y una posición fortificada. Y
pasó que yo estaba con el telegrafista que hizo la conexión con el cuartel
general. Preguntó el general Berenguer: «¿Qué, cómo lo habéis pasado?». «Muy
mal, viejo», dijo el general Marzo. «¿Pues qué ha pasado? ¿Habéis tenido muchas
bajas?» «No. Lo que ha pasado es que esos cabrones no han disparado un solo
tiro contra nosotros; y así no se va a ninguna parte.» Y ahora hacemos la paz
con el Raisuni, dándole todos los honores, y tratamos de hacer lo mismo con
Abd-el-Krim, porque las cosas se han puesto feas. Una guerra de verdad no le
conviene a cierta gente, porque puede terminar con una verdadera conquista y
con una pacificación final de las kábilas. Y esto sería matar la gallina de los
huevos de oro.
-Entonces, ¿tú crees que
deberíamos o conquistar la zona de una vez o abandonar Marruecos?
-Sí, señor. Evacuarlo. Yo
creo que nos deberíamos dirigir a las potencias que nos hicieron el encarguito,
y decirles: «Señores, aquí lo tienen ustedes y compónganselas como quieran». Y
creo que tres cuartas partes del pueblo español cree lo mismo. Menos los
militares de carrera, claro.
-Bien, no sé; unos pocos
en el ejército estarían de acuerdo contigo. En fin, ya veremos en qué acaba
todo esto...
De improviso apareció un
nuevo personaje en las cabeceras de los periódicos: Horacio Echevarrieta, uno
de los magnates de la minería española. Era un amigo de Abd-el-Krim y se
ofrecía a ir a verle en el corazón del Rif y negociar con él el rescate de los
prisioneros. Las gentes aclamaban entusiasmadas la idea; Echevarrieta aparecía
como un salvador. Los oficiales del ejército en Marruecos protestaron: «Sería
una intolerable desgracia. A los prisioneros había que liberarlos a
bayonetazos». Pero el Gobierno soportó el proyecto y Echevarrieta logró el
rescate de los prisioneros, a cambio de unos cuatro millones de pesetas.
El comandante Tabasco se
paseaba furioso en su despacho:
-Esto es una indecencia.
¡Como si nosotros no existiéramos! El ejército ya no cuenta para nada.
Naturalmente, Echevarrieta es un buen amigo de los Mannesmann, y lobos a lobos
no muerden.
Honradamente, yo estaba
un poco desconcertado por la ira del mayor. A mí me parecía magnífico que
alguien hubiera rescatado a unos centenares de españoles de una esclavitud tan
mala como la de la Edad Media. Sabía, sin embargo, que no podía discutir el problema
con mi jefe y que lo mejor era hacerse el sordo y el mudo. Pero Tabasco
necesitaba una audiencia que respondiera a su peroración:
-¿Qué estás ahí, haciendo
caras? ¿No sabes quién es Echevarrieta?
-No sé más que lo que todo el mundo sabe, que
es un millonario de Bilbao y que conoce a Abd-el-Krim de cuando estudiaron
juntos en la Escuela de Minas; y eso porque lo han contado los periódicos.
-Ya, ya, muy bonito. Lo
que es, es un estafador y un granuja. Un amigo de Prieto, el socialista
millonario; un granuja, eso es lo que es. ¿Tú no te has enterado aún que
Abd-el- Krim tiene algunas minas extremadamente ricas en el Rif, y que esas
minas son en realidad de Echevarrieta? Aquí tienes cuál es la verdadera amistad
de esos dos.
-Es la primera vez que
oigo eso, mi comandante.
-Y no me choca. Esas son
las cosas que las gentes que quieren que abandonemos Marruecos no van a
contarte. ¡Esas gentes que quieren hacerle a Abd-el-Krim sultán de la República
del Rif! Escucha: dos hermanos alemanes, los Mannesmann, encontraron que en el
Rif había minas de hierro y de algo más, manganeso o no sé qué. Y cuando
Abd-el-Krim, el padre del actual, era jefe de Beni-Urriaguel, se fueron a verle
y le sacaron una concesión. Esto pasó hace veinte años. Naturalmente, no
podíamos conformarnos con este despojo, y entonces los hermanos Mannesmann
promovieron la guerra de 1909 contra nosotros. Y Abd-el-Krim padre trató de
destruir nuestras minas. Le tuvimos que sentar la mano y hasta metimos en
presidio a uno de los hijos de Abd-el-Krim que se había establecido en Melilla
y fundado un periódico. Cuando los alemanes vieron que su negocio se convertía
en nada, arreglaron las cosas con Echevarrieta. Compró su concesión por una
miseria y después hizo un convenio con Abd-el-Krim, el hijo. Juntos pidieron la
firma del sultán reconociendo la concesión. Sí, muchacho, las gentes dicen que
nosotros tenemos la culpa de todo lo que pasa; pero nadie os cuenta que en 1920
el sultán decidió que la concesión no era válida. Y esto es lo que ahora
estamos pagando. Es el colmo de la impudencia, que uno de esos mismos hombres
que han provocado el conflicto vaya ahora a visitar a su cómplice y a llevarle
cuatro millones de regalo a costa del pueblo español. ¡Me puedo imaginar lo que
se habrán reído los dos granujas, repartiéndose el dinero! ¡Vaya una mina que
han encontrado! Bueno, no les va a durar mucho.
Cuando le conté a Sanchiz
esta explosión, me dijo:
-Se le ha olvidado
decirte que el hombre que anda ahora detrás de las minas es el conde de
Romanones. Él es el propietario de todas las minas del Rif.
-Eso dicen los
periódicos.
-Y lo creo. Los generales
y los millonarios siempre se ponen de acuerdo. Los generales, porque no quieren
perder sus ingresos, y los millonarios, porque quieren aumentar los suyos. Pero
a mí me da igual. Que me peguen un tiro y me dejen seco, y los políticos se
pueden ir juntos a la mierda.
-A ti te dará igual, pero
a mí, no -le dije-. Yo creo que deberíamos acabar con Marruecos de una manera o
de otra. Al menos así no matarían a gente que no quiere que la maten. Si tú
quieres, os pueden dejar aquí a ti y a tu Tercio, y regalaros Marruecos.
-No sería mala idea. Pero
¿qué iban a hacer entonces los generales? ¿Y todos los que chupan aquí? ¿Los
ibas a meter en el Tercio con nosotros? No seas idiota, hombre. El día que se
termine Marruecos, habrá que encontrar otra guerra para los generales o, si no,
la inventarán ellos. Y si las cosas se ponen muy mal, acabarán haciéndose la
guerra entre ellos mismos, igual que hace cien años.
Entre tanto se iba
aproximando la fecha en que expiraba mi tiempo de servicio militar y en la cual
tendría el derecho de licenciarme. La situación financiera de mi familia estaba
muy mal. Mi hermano Rafael estaba sin trabajo por haberse terminado la liquidación
de la Panificadora. Sus cartas explicaban la imposibilidad de encontrar un
empleo; no sólo había muy pocas vacantes, sino que los sueldos habían
descendido enormemente. Los bien pagados no ganaban más de 150 pesetas al mes.
Mi madre y mi hermana estaban viviendo de los ahorros y de las pequeñas
ganancias de la frutería. Pero si las cosas seguían igual, tendrían que cerrar
la tienda. Indudablemente, yo no tenía el derecho de presentarme allí y ser una
carga más.
Sin embargo, sabía que
tenía que abandonar el ejército. La decisión era cada vez mayor dentro de mí, o
la había tenido siempre. Encontraba intolerable el ambiente del cuartel, mucho
más ahora que estaba cargado de tensión. Me daba cuenta de que no podía sostener
mucho tiempo mi situación equívoca, ni bailar en la cuerda floja, sin
estrellarme un día. Hasta entonces había logrado no mezclarme en negocios
sucios, sin chocar con los otros, gracias a que Cárdenas estaba más que
dispuesto, bajo pretexto de ayudarme, a encargarse de liquidar las cuentas
mensuales. Se resistía a perder los ingresos de la oficina de Mayoría y seguía
firmando como antes, primero con la excusa de mi ignorancia y después con la de
que el nuevo coronel con sus interferencias había creado dificultades, que sólo
podía evitar uno con práctica. Pero ahora ya comenzaba a pensar que era hora de
que yo me convirtiera en una pieza del mecanismo, y me repetía más a menudo:
-En lo sucesivo le voy a
dejar en las manos todo esto, porque la verdad es que le estoy quitando la
oportunidad.
-¡Bah! No se apure -le
replicaba yo-. Me queda tiempo de sobra, y vale más que no haga ahora un
desaguisado y me meta en un lío por unas pocas pesetas.
Hasta entonces, Cárdenas
me daba quinientas pesetas de su bolsillo. Nunca he sabido cuánto se guardaba,
ni tampoco llegué a entrar en el secreto de las cuentas entre él y el
comandante mayor; pero aunque éste odiaba la idea de perder al hombre que había
sido el depositario de sus secretos durante ocho años, era indudable que
Cárdenas no podía continuar para siempre. Tarde o temprano, me vería forzado a
firmar una cuenta o un recibo con una historia sucia detrás. Ambos, el
comandante y Cárdenas, estaban seguros de que yo me iba a reenganchar y
quedarme en tan provechoso puesto; de otra forma nunca me hubieran puesto allí;
y yo me había cuidado muy bien de no desengañarlos. Pero ahora estaba en un
callejón sin salida. No había más que dos alternativas clarísimas o me
licenciaba y corría el riesgo del hambre, o me quedaba y podía decirle adiós a
mi vida propia.
Comencé a escribir cartas
a casi cada persona que conocía en España, y las respuestas eran
descorazonadoras: familiares y amigos me decían que no fuera un loco y que me
quedara en el ejército. En él tenía mi carrera asegurada: ¿qué más quería?
Escribí a mí madre,
explicándole la situación y pidiéndole consejo. «Haz lo que quieras», me
contestó. «Las cosas van malamente aquí, pero donde comen tres, comen cuatro.
Yo, por mí, me alegraría verte fuera del cuartel y tengo la seguridad de que
saldrás adelante, aunque las cosas sean difíciles al principio.»
Con este consejo me
decidí. Después de licenciarme, tendría aún dinero bastante para sostenerme
tres o cuatro meses, y en este tiempo pueden pasar muchas cosas. Pero me rompía
la cabeza pensando cómo iba a decirle al comandante que me marchaba, sin enfadarle
y sin herirle después de lo que había hecho por mí. Y como a veces pasa, esta
última dificultad la arregló el destino.
Caí enfermo de la noche a
la mañana con una fiebre reumática aguda. Mi experiencia en Tetuán me hacía
odioso el hospital y logré convencer al médico del regimiento que me dejara en
el cuartel. Era un capitán joven, amistoso y locuaz, pero no muy interesado en
su profesión, y me rellenó el cuerpo de salicilato y de morfina. Un día se
sentó a la cabecera de mi cama:
-Bueno, ahora ya va usted
estando mejor; un poquito débil, ¿no? De todas formas, no es usted muy fuerte.
La culpa es de este cochino clima; el calor y la humedad no van con usted,
amigo. Debería irse a España y vivir allí en un sitio alto y seco.
Cogí mi oportunidad
instantáneamente:
-Para decirle la verdad,
mi capitán, me he llevado un susto. Es la segunda vez que las he visto negras
en África. Pero hay otra cuestión: en un mes tengo que decidirme si me
reengancho o no. Naturalmente, yo querría quedarme en el cuartel, porque aquí
tengo la vida asegurada, pero estoy mucho más interesado en salvar el pellejo.
Lo que no sé es lo que el comandante va a decir, si le digo que me voy.
-Decídase usted y deje de
mi cuenta al comandante. Mi consejo es que se licencie. Usted no tiene el
corazón muy fuerte y estos ataques siempre repercuten allí y producen
complicadones; hasta es posible que ya no sea usted útil para el servicio
militar. Yo le hablaré al comandante.
Efectivamente le habló,
porque el comandante vino a verme
-¿Qué, cómo vamos?
-Mucho mejor, mi
comandante. En dos o tres días creo que me levantaré.
-Bien, pero no te des
mucha prisa. El doctor me ha dicho que no eres lo bastante fuerte para aguantar
este clima. ¿Qué piensas hacer?
-Para decir la verdad, mi
comandante, estaba pensando en licenciarme, porque el pedir el traslado a la
Península no me conviene mucho. Usted sabe que yo no tengo mucha vocación
militar y la paga de sargento en España es mucho menos que lo que yo puedo ganar...
Claro es que estoy dispuesto a quedarme aquí, hasta que encuentre usted otro y
esté enterado de las cosas.
-Siento mucho perderte,
pero veo que no hay otra solución. No hace falta que te quedes más tiempo que
el de tu licenciamiento, porque tenemos a Surribas que conoce todas las teclas
que hay que tocar.
Y así se arregló todo, de
la manera más fácil y más absurda. Me quedaban sólo dos problemas personales
que resolver, el problema de Chuchín y el de mi perro Alí.
Durante nuestro ataque
sobre Rockba-el-Gozal cruzamos a través de una kábila que había sido arrasada
por nuestra vanguardia. La mayoría de sus chozas no eran más que tizones y
cenizas, cadáveres al sol y ruinas humeantes. La kábila había sido además saqueada
y los restos del botín estaban esparcidos acá y allá. En el umbral de una
puerta había un trozo de madera tallada que atrajo mi atención, y me incliné a
recogerlo. Un perro surgió de un rincón y avanzó, gruñendo y mostrándome sus
colmillos; pero cuando le hablé, medio en broma, medio en lástima, dejó de
gruñir y se dejó acariciar y rascar las orejas. Estaba tan asombrado de la
caricia que creo que fue la primera que había recibido en su vida. Después se
vino tras de mí. Era un verdadero chucho: pelo lanoso sucio, de un amarillo
rojizo mezclado con blanco, un rabo temblón medio pelado, un hocico narigudo y
un cráneo chato y taladrado con dos ojos vivarachos: a través de su pelambrera
enmarañada y sucia se le podían contar todos los huesos del esqueleto. Los
perros de kábila aprenden a robar y a guardar su botín enterrado para los días
de hambre; piedras, palos y puntapiés son para ellos la normalidad de cada día.
Aquel chucho asqueroso era uno de éstos. El día que yo le encontré, trotó al
lado nuestro veinticinco kilómetros. Cuando regresamos al campamento bebió agua
hasta caerse sobre su tripa y después se tumbó atravesado a la puerta de
nuestra tienda. La compañía le acogió como un elemento de diversión. En unas
pocas semanas tenía el pelo lustroso y los huesos cubiertos de carne. Pero este
perro, que toda su vida había vivido con moros, se convirtió de la noche a la
mañana en su más encarnizado enemigo y se lanzaba rabiosamente sobre cada moro
que se cruzaba en su camino. Nunca pude quitarle este resabio; podía detenerle
en seco con un silbido agudo antes de que mordiera, pero el próximo moro que
aparecía le ponía igualmente furioso.
Le puse de nombre Alí. Me
adoptó como único amo. Mie-tras estuve con el tifus, esperaba días enteros a la
puerta de la posición, incapaz de comprender, no haciendo caso a nadie. Cuando
me incorporé a la oficina de Ceuta, un soldado me lo trajo un día y al verme se
volvió loco de júbilo. Aquel mismo día desapareció y no volví a verle, hasta ya
entrada la noche en que surgió de pronto, meneando alegremente el rabo. Se
plantó ante mí y dejó caer a mis pies un enorme trozo de carne. Pero el
comandante Tabasco odiaba los perros y la oficina quedó prohibida para Alí. De
alguna forma se dio cuenta de que el comandante era el autor de la prohibición,
y por sí solo adoptó un sistema que llevaba a cabo cada día: en la mañana me
acompañaba a la oficina y se quedaba allí, hasta cinco minutos antes de las
once, la hora en que el comandante tenía costumbre de venir. Desaparecía
entonces y volvía a la una, cinco minutos escasos después de marcharse el
comandante, para acompañarme a comer.
Chuchín y Alí no se
llevaban bien. Y sin embargo eran los dos únicos seres con los cuales tenía
verdadera intimidad. Tenía amigos y conocidos, los soldados me estimaban y me
respetaban, los sargentos eran buenos compañeros conmigo, bastantes oficiales
me trataban amistosamente, pero no tenía intimidad con ellos. Los únicos que
eran parte de mi propia vida eran Chuchín y Alí.
Y ahora sabía que tenía
que sacrificarlos. Era claro que no podía presentarme en Madrid con una mujer y
un perro, aunque yo mismo me decía que el inconveniente no era que fueran una
mujer y un perro, sino que ambos fueran de la calle.
Le hablé a Chuchín:
-Mira, me voy a
licenciar. El médico dice que el clima no me va.
-Entonces, ¿nos vamos a
ir a Madrid? -replicó alegre.
-Bueno..., ése es el
problema.
Cuando un hombre no tiene
el coraje de enfrentarse con la verdad, una mujer se da cuenta perfecta. Se
quedó silenciosa un poco y después dijo:
-Tal vez puedo encontrar
trabajo en Madrid...
-Supongo que sí, pero la
dificultad es precisamente qué podemos hacer hasta entonces. Ya sabes que mi
hermano está sin trabajo; y yo me puedo sostener sólo tres o cuatro meses, pero
¿después?
-Podríamos...
-¿Qué?
-Podríamos vivir juntos.
En lugar de irte a vivir con tu familia, podríamos vivir esos tres o cuatro
meses, y en ese tiempo seguro que uno de los dos encontramos trabajo.
-Pero yo no puedo hacer
eso.
Lo dije espontáneamente,
sin pensar, y en aquel momento me di cuenta de que interiormente ya había
decidido abandonar a Chuchín. Lo entendió instantáneamente. Y se enfrentó
bravamente con ello.
-Está bien -dijo-; no
necesitamos discutir más.
-Pero, chiquilla, déjame
que te explique...
-No expliques nada. Sería
peor.
Durante los siguientes
días, Chuchín no cambió absolutamente su actitud externa; seguía tan cariñosa y
tan alegre como siempre. Pero de vez en cuando, en momentos de distracción, su
cara tomaba una gravedad que nunca la había visto antes. Una tarde la encontré
con los ojos enrojecidos.
-¿Qué te pasa?
-Nada, querido. -Me miró
con una sonrisa forzada. Me miró con sus ojos infantiles, grandes y claros; con
la mirada de un perro perdido en la calle que os mira preguntando:
«¿Sabe usted dónde
está?».
-Alégrate un poco. He
venido para decirte que nos vamos a cenar a Los Corales esta noche. Tienes
tiempo bastante para vestirte.
Y me marché huyendo
porque veía que, si me quedaba, lo mismo iba a acabar llorando.
Nos fuimos a Los Corales
aquella noche. Oliver estaba allí con una muchacha, los dos ya un poquito
bebidos. Se acercó a nuestra mesa y se sentó:
-¿Es la cena de
despedida?
-No seas idiota.
-¿Qué vas a hacer con
esta mujercita guapa? ¿La dejas viuda?
-¡Mira, cállate!
-No te enfades. La
cuestión es que si la dejas viuda, yo estoy dispuesto a casarme con ella. Es
decir, si ella me quiere.
-¡Te he dicho que te
calles!
-Bueno, bueno. Me voy.
Pero mantengo lo dicho, muchacha; si este golfo te deja, aquí estoy yo.
No conseguimos animarnos.
La intromisión de Oliver había sacado a la superficie lo que queríamos ignorar.
Volvimos a casa en silencio y morosos, y nos acostamos. Chuchín se volvió de
espaldas y los dos nos quedamos allí, sin palabras, sin dormir. Se pasaron dos
horas y yo seguía despierto, y la sentía despierta a ella. A tientas, cogí un
cigarrillo de la mesita de noche y lo encendí. Chuchín preguntó:
-¿No te duermes?
-No puedo.
Encendí la luz. La
almohada tenía un redondel húmedo al lado suyo.
-¿Sabes? He encontrado
trabajo. Me voy a Tetuán.
Abrió los brazos en cruz
sobre la cama y se echó a llorar con sollozos que la sacudían toda entera.
Cuando se calmó, se quedó dormida sin cambiar de postura. La cara hundida en la
al mohada. Estaba amaneciendo. Me levanté sin ruido, me vestí y me fui a la
calle.
El amanecer es rápido en
el norte de África. Cuando llegué a la playa, el Estrecho estaba inundado de
sol y sus rayos sesgados pintaban de cobres las casas blancas. Ceuta estaba
vacío aún. El olor pesado del mar, acumulado durante la noche quieta, inundaba
la ciudad y todo estaba cubierto de una capa finísima de rocío, que se
evaporaba rápidamente bajo el sol, oliendo a sal.
Estaba disgustado y
titubeante conmigo mismo. Yo había querido quitarme de encima el problema que
representaba Chuchin, y ahora que el problema estaba ya resuelto, me encontraba
vejado por la solución. Las bromas de Oliver me habían enfadado agriamente, las
lágrimas de Chuchín me habían deprimido, y el anuncio de que se marchaba
inmediatamente a Tetuán me irritaba. ¿Tenía tanta prisa que no podía ni aun
aguardar a despedirme? Me caía de sueño y me escocían los ojos bajo la luz.
Detrás de las rocas de la
playa del Sarchal me quité las ropas y me metí en el mar, El agua estaba aún
fría de la noche. Me calenté desnudo, tumbado al sol, me vestí y me fui a una
taberna de pescadores. Se me había despertado un apetito feroz y en lugar de
desayuno me di un festín de pescado en salsa, recalentado de la noche antes.
Cuando entré en el cuartel a las diez de la mañana, tenía la mente
completamente despejada. Alí saltó a mí. Decidí también su futuro.
Se quedaría con Oliver.
Entre los dos intentamos enseñarle a conocer quién era su nuevo amo, sin éxito
alguno. Alí hasta entonces gustaba de jugar con Oliver y muchas veces se iba
con él de paseo, por su propia voluntad, pero ahora no quería separarse de mí y
hasta rechazaba desdeñoso los terrones de azúcar que el otro le ofrecía, aunque
el azúcar era una de sus mayores debilidades. Hice un chiste estúpido:
-Bueno, Alí, ¿supongo que
tú no querrás marcharte a Tetuán también?
Oliver estaba detrás de
mí cuando lo dije, aunque yo no me había dado cuenta:
-¿Habéis regañado? No te
enfades conmigo por la broma de la otra noche. Estaba un poquito borracho.
-No. No hemos regañado,
pero se marcha a Tetuán. Comprende que no puede venir conmigo y es mejor que la
cosa se resuelva así.
-Bueno, ahora, sobre el
perro. Yo he pensado llevarle a casa de una muchacha amiga mía, hasta que te
hayas marchado. Como ahora está es imposible. No hay nadie que le haga estar
quieto. La noche última nos despertó a todos y al fin le tuve que atar en el
patio.
-Mira, deja en paz al
perro hasta que yo me vaya. Una vez que yo no le vea más, ya no me importa.
Pero déjalo aquí hasta entonces.
-No te enfades. Yo lo
decía porque verdaderamente nos está dando la lata.
-A mí no. Pero si te
molesta a ti...
-Bueno, bueno. Tú tienes
ganas de bronca. Aquella noche me quedé de guardia por última vez. A medianoche
alguien llamó en los cristales de la puerta del cuerpo de guardia: -¡Adelante!
Entró el capitán Blanco.
O mejor dicho, lo que quedaba de él: un hombrecillo miserable, más bizco que
nunca, vestido con unos pantalones caqui sucios y una camisa pringosa. Estaba
yo solo en el cuarto y lo hice sentar en mi propia silla, que no se veía desde
fuera. Sabía que había sido juzgado por un tribunal de honor, por cobardía
frente al enemigo, y que su expulsión le había librado de comparecer ante un
tribunal de guerra. Naturalmente, estaba curioso de conocer sus reacciones.
Mandé por una botella de coñac.
Blanco se sirvió un vaso
grande, lo mantuvo contra la luz un momento y se lo bebió. Se limpió los labios
con el dorso de la mano en un gesto cansado, encendió un cigarrillo y sólo
entonces abrió la boca:
-Hola, Barea. Se acabó el
capitán Blanco. Lo único que queda es lo que estás viendo: unos pantalones
viejos y una camisa sucia. Lo siento, pero me han faltado los riñones para
pegarme un tiro.
-¡Bah! Eso fue un
accidente, como le puede pasar a cualquiera, «mi capitán».
-No hay accidente que
valga. Fue miedo, miedo puro.
Se me venía a la memoria
lo que había oído: durante un ataque, había detenido a dos camilleros de la
Legión que llevaban un herido, y había intentado, pretextando sentirse enfermo,
que los camilleros dejaran al herido en el suelo y le cogieran a él en la
camilla. Algunos oficiales del Tercio querían pegarle un tiro
Entonces preguntó:
-¿Tenéis algo que comer
aquí?
-Antonio ya ha cerrado la
cantina, pero no creo que se haya acostado. Voy a llamarlo. Mandé un ordenanza
que volvió con el cantinero. Antonio había conocido a Blanco desde los tiempos
en que éste vino de teniente a Ceuta. Con ruda franqueza le golpeó los hombros
-¿Qué te pasa? ¡Te han
dado la patada! Bueno, no te preocupes, todos nacemos en cueros. Anímate y no
pongas esa cara de leche agria.
Le trajeron huevos y
chorizos fritos. Blanco se quedó mirando el plato y la media botella de vino.
-Lo siento, Antonio, pero
no puedo pagarte esto.
-Pues no lo pagues. ¿Tan
arruinado estás?
-No tengo ni lo que cabe
bajo esta uña. -Hizo chasquear con los dientes la uña del pulgar derecho-. Me
han echado sin dejarme recoger mi equipaje. Estos decentes señores me dijeron
que era un ladrón y un cobarde, y que podía darme por contento que no me metían
en la cárcel o me ponían contra la pared. Así, se han quedado con todo lo mío,
hasta con la querida. Ahora está de puta en Xauen y los oficiales hacen cola
para acostarse con ella.
¿Sabes? A veces creo que
yo mismo soy mejor que todos ellos juntos. Dígase lo que se quiera, al fin y al
cabo, yo he pagado bastante por todo lo malo que haya hecho; pero a ellos aún
no les han pasado la cuenta.
-¿Y qué vas a hacer
ahora? -preguntó Antonio.
-Y yo qué sé. Me dan
pasaje gratis hasta Algeciras, pero no más allá, y esto como un favor, porque
no tengo derecho al pasaje. Pero claro es que no me quieren tener aquí. Ya veré
lo que hago cuando llegue a Algeciras. -Se quedó pensativo-. Si al menos fuera
Madrid, pero en ese pueblacho, ¿qué voy a hacer?
-Vete a Madrid.
-Claro, a pie y en mangas
de camisa.
-Espera un momento,
hombre, siempre hay una solución. Tú vienes a tener mi estatura, aunque claro,
yo estoy más gordo, pero me parece que una de mis chaquetas te va a venir
pintada. ¡Y si no, la mujer es una buena costurera.
Antonio se marchó y
volvió acompañado de la mujer. Después de una discusión interminable, bajé una
de mis viejas americanas de paisano. Las mangas eran demasiado largas, pero
esto era fácil de arreglar. La mujer de Antonio se sentó a coser.
-Bueno, esto ya está
arreglado, pero ¿qué piensas hacer?
-No lo sé. Trabajar...
¿dónde? No lo sé. No tengo oficio, no sé nada de nada, ¿qué diablos puedo hacer
yo? Estoy podrido por dentro y por fuera. Lo único que debería hacer es pegarme
un tiro. Pero no tengo valor.
Fue imposible hablar más
con él. Se bebía vaso tras vaso de coñac y repetía testarudo:
-Estoy podrido,
podrido... ¡No tengo c...!
Al fin se dejó caer sobre
la mesa y se quedó dormido sobre los brazos cruzados. A la mañana siguiente le
di sus documentos. El comandante Tabasco me dijo que le diera cincuenta pesetas
y se las puse en un sobre con algún dinero mío. Fui con él al muelle y subí a
bordo. Antes de marcharme le di el sobre:
-De parte del comandante,
para que pueda usted ir a Madrid.
De alguna forma había
encontrado una gorrilla grasienta que se había encasquetado achuladamente. Se
quitó la gorra de un tirón nervioso y se metió el sobre en el bolsillo de la
chaqueta, sin abrirlo.
El
regreso
Capítulo
VII
Chuchín no vino a
despedirme. Fui al muelle acompañado por Oliver y Alí, por un soldado que había
cumplido su tiempo de servicio e iba a viajar a mi cargo hasta Aranjuez, y por
Manzanares, que había sido licenciado por inútil y vendría hasta Madrid
incluido en la misma hoja de ruta. En Tazarut, durante las últimas operaciones
contra el Raisuni, había sido herido en un pulmón. Había escapado de milagro a
la muerte y ahora parecia un pájaro desplumado metido en un uniforme demasiado
largo.
Subimos a bordo los tres,
y Oliver se quedó en el muelle con Alí ladrando incesante. El barco comenzó
lentamente a soltarse de sus amarras, viró en redondo y enfiló su proa hacia la
boca del puerto. Alí se tiró al agua. Los pasajeros en nuestro barco se arremolinaron
en la borda para ver al perro nadando tras la es tela de las hélices. Oliver
cogió una lancha y comenzó a remar detrás de Alí. Cuando cruzábamos la boca del
puerto, el bote quedaba atrás diminuto y Alí no era más que un punto en el
agua.
Formamos inmediatamente
una pandilla a bordo: Manzanares, el soldado de Aranjuez y yo nos unimos a otro
sargento licenciado, que conducía una partida de una docena de soldados
licenciados también. Alguien trajo una guitarra y comenzamos a cantar y a beber.
Pero en medio del Estrecho, el mar estaba alborotado. Lo que las gentes de allá
llaman el levante - un viento que empuja el mar dentro de la bahía de
Algeciras-, estaba soplando.
Un comandante de
Regulares, resplandeciente en su capa blanca, apareció de la cabina de primera
clase, seguido por su esposa, y ambos se sentaron en uno de los bancos de
cubierta.
-Al aire libre te
sentirás mucho mejor -dijo la mujer. La cara del comandante estaba verdosa y su
mujer, una belleza, le miraba con ojos asustados. Manzanares me alargó la
botella.
-Eche usted un trago,
antes que «Ocho puntas» comience a vomitar (la insignia de un comandante es una
estrella de ocho puntas).
El viento de levante en
el Estrecho es diferente de una borrasca en alta mar: las olas se estrellan
contra los costados del barco, pero simultáneamente el mar se hunde hondo o se
hincha desmesuradamente ante la proa, precipitándole de pronto en un abismo o
levantándole veloz hacia las nubes. Y así el barco se balancea de babor a
estribor y al mismo tiempo cabecea de proa a popa. Pocas personas pueden
soportar este cuádruple movimiento, que va de peor en peor cuanto más cerca de
Algeciras. A menudo los barcos se encuentran forzados a anclar a dos millas de
la costa y esperar allí, azotados por el vendaval, hasta que pueden entrar en
puerto.
Cuando entramos en el
centro del Estrecho, casi todos los pasajeros estaban mareados y el mar los
lanzaba de un lado a otro como peleles, mientras hacían esfuerzos desesperados
para agarrarse a alguna parte de la estructura. Nos agarrábamos a la barandilla
como los chicos en un tobogán de feria. De pronto, el barco se inclinó
violentamente de lado y Manzanares gritó: -¡Agárrese, que hay curva!
Y ambos, él y yo, que
estábamos hasta entonces libres de mareo, comenzamos a gritar a compás con cada
bandazo: «¡Agarrarse, que hay curva!», y a reír como locos, viendo a ios demás
dar traspiés sobre cubierta y aferrarse desesperadamente a los bancos, las
piernas bailoteándoles algodonosas. El comandante en su asiento se balanceaba
como un arlequín de trapo que ha perdido mucho aserrín; la capa blanca estaba
puerca de vómito y sus mano se agarraban a la mujer que luchaba valientemente
por sostenerle y evitar que se cayera, y que le limpiaba las babas de vez en
cuando.
-Mire el comandante -dijo
Manzanares-D. Ahora me gustaría ver un general pasando delante de él. ¿Cómo
cree usted que iba a saludar? A Burguete por ejemplo... -Manzanares abombó su
pecho de pájaro y se retorció un imaginario bigote imperial-: ¡Hum! ¡Burr!
¿Qué porquería es ésta,
eh? Preséntese inmediatamente al oficial de guardia.
-Pero ¡imagínate,
Manzanares, que Burguete se mareara también!
Comenzamos a reírnos a
carcajadas, pintándonos al general Burguete con su bigote encerado, su panza
encorsetada y su mirada feroz, en la lastimosa situación del comandante.
Manzanares cogió una bufanda de uno de los soldados y se la ató a la cintura
como un fajín de general. Comenzó a sacudir a los soldados despatarrados por
cubierta:
-¡A formar! ¡Vivo! Media
vuelta a la derecha... -Se agarro a la pasarela y gritó-: ¡Agarrarse, que hay
curva!
El vino y el mar se
apoderaron de él y se quedó allí, vomitando violentamente. Después, leyendo la
carilla contorsionada, la carilla de un golfillo madrileño, se sonrió
trabajosamente y gritó a cuello herido:
-Su excelencia, el
capitán general de la región, ha echado la primera leche que le dio su
excelentísima señora madre. ¡Rompan filas!
Desembarcar en Algeciras
fue un problema. Las lanchas que acostaron el barco subían y bajaban,
embarcaban agua y golpeaban los costados. Se proporcionaron cuerdas para
desembarcar a la mayoría. El comandante, con su capa blanca hinchada por el
viento, era más que nunca un pelele. Me traía a la imaginación una escena de
los bailes rusos.
Pero el mareo desaparece
tan pronto como se pisa tierra firme. Sobre el muelle, los pasajeros trataban
bien o mal de limpiar sus trajes. Manzanares estampaba los pies sobre el
cemento para convencerse que no se movía. Detrás de mí, una voz ladró:
-¡Oiga, sargento! -Me
volví. El comandante me llamaba-. ¿A qué regimiento pertenece usted?
-Supongo que a ninguno,
mi comandante.
-¡Eh! ¿Cómo es eso?
Preséntese en el depósito de transeúntes de Algeciras. Ya me encargaré yo de lo
demás.
-Excuse usted, mi
comandante, pero yo ya no pertenezco al ejército. Estoy licenciado. Pero de
todas maneras, no creo haberle ofendido.
-¡No, eh! ¡Cada vez que
ha gritado su broma estúpida, me ¡ha hecho ridículo a mí, a mí!, delante de
toda la tripulación. Si no fuera por ensuciarme las manos, le daba de
bofetadas. Lo mejor era desaparecer. Era capaz de tratarme como, sin duda,
había tratado a los moros de su regimiento, y además tenía motivos para estar
furioso. Me marché rápidamente hacia la Aduana. Aquí nos aguardaba otro
problema. Todos llevábamos llenas de tabaco las maletas pero los buenos tiempos
se habían acabado: ya no éramos héroes y se examinaban los equipajes. Se decía
que los oficiales de la Aduana abrían las maletas y quitaban el tabaco de los
soldados y exigían cantidades exorbitantes por ello. La primera víctima fue un
soldado de Cazadores. El carabinero abrió la maleta y dijo:
-Queda confiscado.
El sargento de
infantería, a cuyo grupo pertenecía el hombre, se enderezó como un gallo:
-¿Qué es eso? ¿Que nos
van a quitar el tabaco? ¡Ca, no señor! -Se volvió a sus hombres-:
¡A formar! ¡De frente,
march...!
El sargento tomó su sitio
a la cabeza de la diminuta tropa. Un oficial de carabineros le cerró el paso:
-¡Alto! ¿Qué significa
esto?
El sargento lo miró de
arriba abajo y replicó:
-Excuse usted, mi
capitán. Esto es una fuerza a mi mando y va en formación. Usted no tiene ningún
derecho a detenerla. Haga el favor de dejarnos el paso libre. ¡De frente,
march...! Marchaban marcando el paso, balanceando rítmicas las maletas,
mientras las gentes reían alrededor. El oficial los miraba apabullado y se veía
claramente que no sabía qué partido tomar. No tenía más que dos hombres, y
éstos en el otro extremo de la gran nave. Entonces, con la mayor seriedad
posible, me volví a mis dos soldados y les di la orden de formar y marchar al
paso, yo a la cabeza. El oficial se precipitó sobre nosotros, rojo de ira, pero
las gentes comenzaron a aplaudir y a gritar a coro: «¡Que los deje! ¡Que los
deje!». El oficial prefirió tomarlo todo a broma y entramos en el tren con
nuestro equipaje sin abrir.
Todos los viajeros que
quieren ir de Madrid a Algeciras van por la línea principal de Córdoba-Sevilla,
pero el Estado mantenía que el transporte militar debía hacerse por la línea de
los ferrocarriles andaluces, que se une a la línea Madrid-Sevilla en Espeluy.
Ese ferrocarril no va a ninguna parte y sólo sirve, a fuerza de vueltas y
revueltas, para unir entre sí innumerables pueblos de las cuatro provincias
andaluzas, tardando doce o catorce horas en un recorrido de cien kilómetros en
línea recta. Sobre sus bancos de tablas desnudas sujetos a los techos con
barras de hierro los campesinos se sientan apretados y erectos y pasan el viaje
interminable comiendo, bebiendo y fumando incansables. Entran en el tren en una
estación insignificante y se apean en otra de más importancia o viceversa. A
veces, el viaje es más largo y a menudo ocurre que un viajero se orina por la
ventanilla o que una campesina lo hace en un rincón, protegida por tres o
cuatro comadres que la rodean con las faldas esponjadas y hablando atropelladamente,
como un grupo de gallinas en querella.
Nos sentamos en uno de
esos vagones quebrantahuesos y comenzamos a charlar. Yo le pregunté a
Manzanares qué pensaba hacer.
-No lo sé. Supongo que
tendré que volver a robar carteras. No tengo oficio y no he nacido para chulo
de putas. Puedo conquistar a una mujer, pero al fin me da por hacer las cosas
decentemente y acabo casándome con ella. Esto ya me ha ocurrido tres veces.
Pero, bueno, mientras esté permitido el juego, no me voy a morir de hambre.
Había visto muchas veces
a Manzanares haciendo sus trucos. Cogía un paquete de cartas, sellado, y
abierto y barajado por un extraño, y volvía las cartas una a una anunciándolas
de antemano, después de «verlas» con las yemas de sus dedos sensitivos. Era asimismo
un parlanchín magnífico y un gran psicólogo, y sabía mantener animada y
distraída a su concurrencia. Había aprendido todos los juegos que los moros
practican, y en los campamentos se iba a un corro de ellos -son jugadores
inveterados- y se hacía pasar por un soldadito estúpido, que estaba pidiendo le
limpiaran los cuartos. Pero al final era él el que dejaba todos los bolsillos
limpios.
-Pero si empiezas otra
vez con tus antiguas mañas, acabarás otra vez en la cárcel.
-Sí, todos los oficios
tienen su quiebra. Pero no se está mal en la cárcel cuando se tiene dinero.
Claro que para los que no pueden pasarse sin mujer es bastante negro, pero en
eso yo tengo suerte. Me puedo pasar un año sin acostarme y sin echarlo de menos,
si no tengo ninguna cerca de mí. En todo caso, no puedo remediarlo: si veo a un
tío sacando la cartera en un café, enseñando a todo el mundo el fajo de
billetes, y luego abotonarse muy cuidadosamente, entonces no me puedo aguantar.
Después que le he quitado la cartera, la verdad es que no me interesa mucho,
hasta podría devolvérsela. Es sólo por excitación. De todas maneras, pase lo
que pase, no vuelvo a Marruecos ni atado.
-No has tenido mucha
suerte, pero no puedes quejarte: te han dado un tiro de suerte y una cruz con
pensión; te has licenciado antes de tiempo, y ¿qué más quieres?
-¿Un tiro de suerte? Una
mierda. En unos pocos años me entierran. Y en cuanto a la pensión, sí,
magnífica: treinta reales al mes por el resto de mi vida; bastante para
comprarme dos panecillos cada día y dejar cinco céntimos en una hucha para la
vejez. Y esto, si me pagan. Aún hay veteranos de la guerra de Cuba que no han
visto un céntimo de sus haberes. Algunos cobran, pero el agente que maneja los
papeles se queda con la mitad. Esto es lo que le dan a uno: una crucecita de
lata y treinta reales.
Ahora me arrepentía de
haber iniciado la conversación. Era verdad: a Manzanares le habían dado una
cruz de guerra y una pensión de siete pesetas cincuenta céntimos al mes. Para
cobrar, tendría primero que pagar tal vez dos pesetas en pólizas y esperar por
días sin fin en el Ayuntamiento, para que le dieran una certificación de que
estaba vivo. Con este certificado tendría que ir al Ministerio de Hacienda y
presentar una instancia para que le pagaran. Le darían un número de orden, y
tendría que esperar hasta que este número se publicara en la Gaceta; después le
pagarían su pensión por un mes. Estas pensiones ridiculas del ejército tomaban
tanto tiempo y presentaban tantas dificultades, que la mayoría de ellas nunca
pasaban de ser un derecho sobre el papel que se convertía en una burla.
-Si me hubieran declarado
inválido -prosiguió Manzanares-, al menos me hubieran mantenido por el resto de
mi vida y no tendría que volver a robar. Yo no entiendo qué diferencia hay
entre ser inválido o que le den a uno por inútil. Si a alguien le cortan una
pierna por un balazo, le declaran inválido y tiene el pan seguro; pero si a uno
le hacen polvo un pulmón como a mí, le dicen que ya no es útil para el servicio
y le ponen en la calie con un fuelle de menos... Es muy fácil decir a uno que
se busque la vida. ¿Dónde cree usted que puedo ir yo a pedir trabajo con mis
referencias y un pulmón solo? Me gustaría ponerme a trabajar, pero no sé cómo.
No tengo más salida que robar carteras. Y puede usted creerme, lo que a mí me
gustaría más, sería crear una familia y tener una ristra de hijos.
No hablamos mucho más en
las largas horas encerrados en el lento y polvoriento tren. Cuando al fin
cambiamos al tren de Sevilla-Madrid, todos tratamos de encontrar un rincón
cómodo y descabezar un sueño. Manzanares, con su cara de tísico y su
cuerpecillo encogido, encontró un sitio fácilmente, pero yo me encontré
incrustado entre otros dos viajeros que iban a Madrid y tenía que mantenerme
derecho. Nadie podía dormir al principio y hablamos. Cada uno hablaba de sí
mismo.
Había un hombre joven y
corpulento de un pueblo de la provincia de Granada, que iba a Madrid. Otro de
los viajeros le preguntó:
-Y usted, ¿dónde va,
muchacho?
-A Madrid, a ver si uno
puede vivir allí.
-No es muy buena plaza
para encontrar algo.
-Peor que en mi pueblo no
puede ser. -El hombre se calló pensativo y después prosiguió-: Aunque uno no
sea más que un patán y no sepa mucho, hay cosas que son un contra-Dios. En mi
pueblo pasa lo que en todos: hay un tío rico de Madrid, que es el amo de todas
las tierras y de todos los olivares. Algunos de nosotros tenemos un cacho de
tierra de nuestros abuelos, pero aun así, el que más y el que menos está
entrampado y malamente saca para vivir. Todo el pueblo trabaja para el amo.
Unos tienen trabajo todo el año, pero la mayoría sólo por temporadas y viven en
la miseria. Para mí era mejor que para muchos, porque yo soy un herrero y el
amo me llamaba para herrar los caballos y las mulas, arreglar los carros y a
veces alguna máquina, y con esto y con la cosecha de la aceituna, pues, iba
viviendo, malamente pero mejor que muchos. Pero el año pasado, al principio del
verano, las gentes comenzaron a decir que el ferrocarril estaba tomando
jornaleros para reparar la vía, y como no tenía nada que hacer y quería ganarme
una peseta, pues me fui al capataz y le dije que yo era un herrero. Me tomaron
y ¡me daban seis pesetas cada día! Nunca había ganado tanto en mi vida. Trabajé
con ellos hasta el fin de año, en que se acabó el trabajo y nos despidieron, y
volví al pueblo. Un día fui a la finca del amo y me vio y me dijo: «Tú, ¿qué
quieres aquí?». Yo le dije: «Pues, he venido a ver si tenía usted algo para
mí». «¿Dónde has estado este tiempo?» «Pues -le dije-, trabajando en la vía.»
«¡Ah! ¿Sí? -me contestó-, pues entonces te puedes volver allí.» Y ustedes no lo
creerán, pero no me volvió a dar un mal caballo a herrar. Las cosas comenzaron
a ponerse negras para mí, porque el administrador de la finca comenzó a ir de
un lado a otro y a contar a todo el mundo que no había más trabajo para mí,
aunque me muriera de hambre, y que lo mejor que podía hacer era marcharme del
pueblo. A poco de esto, nadie quería darme trabajo, por no enemistarse con el
amo, y al fin ni en la tienda me daban un pan al fiado. Un día me fui a él y le
dije:
«Bueno, don Antonio, ¿qué
es lo que usted se ha propuesto?». Me miró un rato con la sonrisita suya y me
dijo: «Que te vayas a hacer puñetas de aquí». «Pero ¿qué es lo que yo le he
hecho?» «¿A mí? Nada. Eres muy poca cosa para hacerme nada a mí. Pero no quiero
revolucionarios en la finca. La gente que trabaja para mí, no trabaja para
otros, y al que no le guste, que se marche; y te voy a dar un buen consejo: ten
mucho cuidado con lo que haces.» Y así terminó la cosa. Pero al día siguiente,
el sargento de la Guardia Civil me llamó al cuartelillo: «Tú, escucha», me
dijo, «ya sé que no has guardado el respeto debido a don Antonio. Por esta vez
pase, pero ten cuidado con lo que haces, porque la próxima vez te doy una
paliza que te rompo el espinazo». ¿Y qué se puede hacer si la han tomado con
uno? Lo único que podía hacer era agarrar el cuchillo de la cocina y metérselo
en las tripas al amo, que debe tenerlas más negras que las plumas de un cuervo.
Vendí los cuatro trapos que tenía y aquí estoy, camino de Madrid. Al fin me
dijeron que todo había sido porque me había ido a trabajar en la vía sin
pedirle permiso al amo.
Los viajeros dormitaban o
francamente roncaban. Aquello era una historia vieja sin interés. El herrero se
calló, se recostó contra el respaldo y comenzó a roncar a su vez. Sólo quedó al
lado de la ventanilla un viejo que estaba despierto inmóvil y silencioso,
fumando sin cesar. Intenté leer, pero la luz del vagón era una miserable
candileja de aceite, que no me dejaba seguir la letra impresa más de dos
minutos. Abandoné la lectura y dejé correr libremente mis pensamientos.
Pensaba que mi situación
era en un sentido muy similar a la del joven campesino. Todos los eslabones que
me unían al mundo en el que había vivido durante los últimos cuatro años
estaban rotos; y ahora al volver al mundo que había conocido antes, me iba a
encontrar un extraño en él y tendría que forjar nuevos eslabones. Este hombre
tenía un par de hombros sólidos y anchos. Ganaría siempre en Madrid el pan que
le habían negado en su pueblo, porque, aunque no fuera más, sería capaz de
subir maletas de la estación o descargar sacos si no encontraba otra cosa.
Contra el hambre -hambre pura-, estaba mejor defendido que yo. Lo único que yo
podía hacer era trabajar en una oficina, con el cuello bien planchado y las
tripas vacías.
El tren estaba ahora ya
en plena meseta castellana y su esqueleto de acero tintineaba monótono. La
lamparilla estaba casi ahogada por su propia mecha ya carbonizada; y la brasa
del cigarrillo en los labios del viejo, despierto siempre en su rincón, llenaba
el compartimento de un silencio tan fino y penetrante como el humo azulado del
tabaco dormido en el aire.
Hubiera sido capaz de
preguntar al viejo en qué iba pensando.
Yo, ahora, pensaba en la
vida y en Dios. Frase por frase iba creando el diálogo que con él tendría un
simple campesino de Castilla, muerto a tiros en los campos de África,
pidiéndole justicia, justicia seca. Porque yo me sentía, como él, prisionero en
esta jaula que es el vivir, una jaula que nosotros no tejemos; y me sentía
aterrorizado y a la vez rebelde, como un pájaro:
Estábamos llegando a
Aranjuez y comenzaba a amanecer. Un amanecer frío que mordía a través de
nuestras ropas de África y helaba los huesos. El humo de los cigarrillos ahora
era gris y pesado y llenaba las gargantas de toses. Manzanares y yo le dijimos
adiós al soldado, que se quedaba allí esperando el tren para su pueblo; no nos
había hablado, no había hecho más que estar sentado, cabeceando su sueño a
veces, a veces roncando, las manos posadas siempre sobre las rodillas. Nos
bebimos juntos unas tazas de café y unas copas de coñac en la fonda de la
estación. El café era espeso como pintura y se pegaba a los labios, pero estaba
caliente; el coñac era una mezcla de jarabe y vitriolo, que caía en el estómago
como una masa de mercurio, pero después ardía dentro y nos despertó. Compramos
una merienda descomunal: una tortilla fría, grande como un pan, chuletas de
cordero y dos botellas de vino, y nos volvimos a nuestro compartimento. En dos
horas estaríamos en Madrid. Manzanares tenía las mejillas enrojecidas cuando
acabamos de comer. Rebuscó en los bolsillos y contó todo su dinero. Tenía menos
de cien pesetas.
-¡Mierda! ¿Qué puedo yo
hacer con esto? Lo primero que me hace falta es un traje de paisano y encontrar
un sitio donde dormir, al menos hasta que me oriente un poco. -Se quedó mirando
las monedas en su mano-. Usted cree que yo estaba durmiendo. Pero no dormía. La
herida me despertó. Cuando estoy quieto, siempre empieza a dolerme dentro,
hasta que me ahoga. El doctor dice que es que el pulmón se pega a la pleura.
Seguramente usted sabe lo que quiere decir, pero yo no. Lo único que sé es que
no me deja dormir en paz. Y estaba pensando en esto, en el dinero que me queda.
¿Cómo quieren que sea uno una persona decente con noventa pesetas y un pulmón
seco? Y estaba pensando en lo fácil que sería robar una cartera cuando uno está
vestido de uniforme. ¿A quién se le va a ocurrir sospechar de un licenciado de
África?
-Mira; no seas idiota.
Que hayas escapado de África para caer en la cárcel.
-No. Si no es que sea un
idiota, es que esto es un callejón sin salida. Ahora ya no puedo ir en uniforme
y si me compro un traje de paisano, me quedo sin comer.
-Pero tendrás algún amigo
que te deje un poco de dinero...
-Sí. Amigos tengo, pero
tan pronto como me arrime a ellos, estoy perdido. Tengo que volver a robar y lo
que es peor aún, en un par de horas la policía sabrá que estoy en Madrid.
Bueno, yo sé lo que tengo que hacer.
Su cara de granujilla se
cortaba ahora por dos hondas líneas que iban desde las aletas de la nariz a las
comisuras de los labios, en un gesto duro y cínico que empujaba su labio
inferior hacia adelante, como si fuera a escupir a alguien en la cara.
Llegamos a Madrid en un
silencio hostil. Mi madre, mi hermana y mi hermano estaban en la estación. Como
yo esperaba, tuvimos nuestra escena de abrazos, besos y unas lágrimas de mi
madre (a quien yo había comenzado ya a llamar la Abuelilla). Les presenté a
Manzanares y le invité a un café con nosotros en la Puerta de Atocha.
-No, señor. Muchas
gracias. Usted ha encontrado a los suyos y aquí nos despedimos.
¡Buena suerte! Creo que
nunca nos volveremos a encontrar. Usted tiene su camino y yo el mío, y van
aparte.
Nos estrecharnos las
manos y desapareció. Subimos la cuesta de la estación y Rafael propuso que
tomáramos café en el bar Cascorro. Nos sentamos alrededor de una mesa y
mientras ellos desayunaban, me agobiaron a preguntas, me repitieron cien veces
lo contentos que estaban que hubiera salido del ejército, y me aseguraron que
en cuanto descansara unos días, encontraría trabajo sin dificultad. De pronto
hubo un revuelo entre las gentes que llenaban el bar. En cada una de las
puertas estaba un guardia que no dejaba salir a nadie, y dentro dos policías
que iban de uno a otro, pidiendo los documentos y cacheando o preguntando a
veces al camarero del mostrador.
-¿Cuánto tiempo hace que
está éste aquí?
-Media hora. ¿Qué pasa,
don Luis?
-¿Estás seguro que hace
media hora? Entonces no va nada contigo. Acaban de robar una cartera con cuatro
mil pesetas en la salida de la estación.
Cuando el policía vino a
nuestra mesa, miró a mi maleta y dijo:
-¿Licenciado, sargento?
-Sí. Ha terminado mi
tiempo en África.
-Enhorabuena de haber
escapado sano y salvo. Andamos buscando un sinvergüenza que acaba de robarle la
cartera a un viajero, precisamente del tren en que usted ha llegado. Pero no es
uno de los habituales, porque todos están vagueando por aquí.
Rafael sacó su cartera
para mostrar su cédula personal. El detective hizo un gesto de rechazo:
-No hace falta, muchacho.
Ustedes no pueden negar que son hermanos y su uniforme es bastante para mí.
Nadie roba carteras cuando acaba de llegar de Marruecos.
Se marchó la policía al
fin y se restablecieron los ruidos del bar, más animados aún con los
comentarios de lo ocurrido. Entonces apareció Manzanares en la puerta, se
acercó al mostrador y pidió una copa de coñac. Me saludó con la mano
afectuosamente y a poco el camarero vino a nosotros:
-De parte del soldado que
está en el mostrador, que ¿qué quieren ustedes tomar?
Manzanares volvió hacia
mí su carilla infantil y me miró con sus ojillos vivos de ratón. Unos ojillos
que ahora eran chispeantes y alumbraban la cara abierta en una sonrisa alegre.
Acepté la . invitación y levanté el vaso hacia él.
Después salió y se perdió
en la gran plaza. Ha sido la última vez que le he visto en mi vida.
Golpe
de Estado
Capítulo
VIII
Una de las primeras cosas
que hice fue visitar a mi antiguo sastre, elegir un paño oscuro y tomarme
medidas para un traje. Hasta que no pudiera estrenar este uniforme civil, no
podía desprenderme del militar y no podía hacer nada. Me fui a la Puerta del
Sol, sin otro pensamiento que el de verla una vez más y al mismo tiempo ver si
encontraba algún conocido. Porque, tarde o temprano, todo el mundo en Madrid
cruza la Puerta del Sol.
-¡Caramba, Barea! ¿Otra
vez en Madrid? Yo pensaba que estabas en Marruecos.
-De allí he llegado hoy,
don Agustín.
-Me alegro mucho de
verte. ¿Has venido con permiso?
-No, cumplido.
-Mejor que mejor. Y
ahora, ¿qué vas a hacer?
-Mi oficio, supongo,
chupatintas. Es decir, si encuentro trabajo, que parece es una cosa bastante
difícil.
-Sí, las cosas están
mal... Bueno, te diré, ve a verme a la oficina. No te puedo ofrecer una gran
cosa, pero siempre hay un sitio para ti.
Y así me encontré
empleado en las oficinas de don Agustín Ungría el mismo día que llegué a
Madrid.
Don Agustín tenía una
oficina en la plaza de la Encarnación con cincuenta empleados, acomodados en
dos inmensos salones sostenidos por columnas de hierro y repletos de mesas de
todas las descripciones imaginables. Había viejos pupitres con tapas ruidosas
en los que había que trabajar de pie, mesas de ministro que habían perdido el
barniz, dos o tres burós con cierre de persiana, cada uno de un color
diferente, y una legión incontable de mesas, grandes y chicas, cuadradas,
redondas, poligonales u ovaladas. Había sillas con asientos de paja trenzada y
patas curvadas, con respaldos y asiento de encina, incómodas y duras, sillones
monacales, banquetas redondas y cuadradas y hasta bancos. La firma había
comenzado allí mismo, hacía treinta años, con seis empleados. Para cada nuevo
empleado que había ido incorporándose hasta llegar a los cincuenta se había
comprado una mesa y una silla en cualquier tienda de viejo.
El personal era como el
mobiliario, todo él de segunda mano. Tampoco se exigía a más de cuatro
empleados el conocer algo más de lo que se necesitaba para rellenar un impreso
o hacer una suma. Los salarios eran miserablemente bajos. Había un núcleo de
viejos escribientes que ya no tenían donde ir y que se agarraban allí a su
vieja mesa, reumáticos y catarrosos. Y había un grupo de jóvenes alborotadores,
llenos de protestas, que desaparecían de la noche a la mañana y eran
sustituidos por otros de la misma clase. El trabajo en aquella oficina se
tomaba únicamente hasta encontrar un nuevo empleo. Los empleados de Madrid la
llamaban El Refugio, haciendo alusión al dormitorio gratuito de los sin hogar.
Las actividades de la
firma eran también múltiples y complejas, como el mobiliario y el personal. Don
Agustín era un agente de negocios. Suministraba informes comerciales, cobraba
deudas de personas privadas y del Estado, registraba patentes, dirigía pleitos,
y en general se encargaba de hacer todo lo que tuviera que ver con papeles y
documentos en las cien oficinas del Estado.
Don Agustín, cabeza y propietario de la firma,
tenía sesenta y seis años y parecía haberse escapado de un cuadro del Greco: el
cabello, blanco puro, le caía en largas y rizadas guedejas enmarcando una
frente noble; su rostro largo, de piel como cera, se alargaba más aún por una
barbita puntiaguda, tan blanca como el cabello y el bigote. Pero el arco de sus
cejas sobre los ojos vivísimos era recio y pesado, su boca amplia y sensual y
su nariz poderosa y graciosamente curvada. El cuerpo parecía pertenecer a otra
persona, a un hombre de esqueleto pesado sin una onza de grasa en él. Era el
corpachón de un campesino aragonés. Podía aún trabajar treinta horas sin
descanso, comerse una gallina asada como postre de una comida de tres platos, o
vaciar media docena de botellas de vino. Nadie sabía exactamente el número de
sus hijos ilegítimos.
Había ido a Valencia
desde un oscuro pueblecillo de Aragón, cuando tenía veinte años. Hasta entonces
había trabajado la tierra. En la ciudad aprendió a leer y a escribir. Trabajaba
como un jornalero y vivía entre los cargadores del puerto. El rumor decía que
su primer dinerillo lo ganó contrabandeando seda y tabaco. De todas maneras, él
comenzó a emplear sus ahorros en el negocio de la naranja, prestando dinero a
huertanos pequeños a quienes los pagos, con el acostumbrado retraso del
comercio, causaban grandes dificultades. Estableció una oficina en Valencia. En
sus tratos con los comerciantes de naranja notó que los exportadores
extranjeros andaban siempre a la caza de informes comerciales; y cambió su
oficina en una oficina de información, explotando su conocimiento íntimo de
todas las gentes locales. Más tarde hizo el depósito que exige la ley y se
convirtió en un agente de negocios legal. Había muy pocos competidores. Don
Agustín prosperó y trasladó su negocio a Madrid.
Trataba a su familia y al
personal con las maneras de un déspota patriarcal, y con todo su éxito nunca
perdió los valores de su juventud en el pueblecillo zaragozano, donde una
simple moneda de plata era riqueza. Honores y condecoraciones tenían para él una
atracción irresistible. Por algún servicio que hizo al Estado durante el
reinado de Alfonso XII se le había concedido la Orden de Isabel la Católica, y
uno de sus mayores placeres era asistir a banquetes vestido de la más rigurosa
etiqueta con la placa de la Orden prendida en el pecho. La condecoración era en
esmalte con una fina orla de diamantes, pero los empleados la llamábamos «el
huevo frito».
No era mísero. Si pagaba
sueldos miserables era porque sus instintos eran aún los de un pobre campesino
para quien cien pesetas representaban una suma fantástica.
-Cuando yo tenía sus años
-le gritaba a uno de los empleados-, ganaba tres pesetas al día, mantenía la
mujer y los chicos, tenía una querida y ¡ahorraba! -Después le prestaba cien
pesetas al pedigüeño, para sacarle de un apuro, y nunca exigía el pago de la
deuda. Una vez me enseñó un grueso legajo-: ¿Tú sabes cuánto me deben mis
empleados en préstamos que nunca han pagado, desde que monté la oficina hace
cuarenta años? Más de cien mil pesetas. Todo lo tengo anotado aquí. Pero ¡aún
no están contentos! Cada día veo caras nuevas en la oficina; los únicos que se
quedan son los viejos, que ya no sirven para nada. En fin, no los puedo poner
en la calle a los pobres.
Unos pocos años antes, yo
había ya trabajado unos meses en la oficina y el Abuelo -como le llamábamos- y
yo habíamos simpatizado. Ahora me ofrecía un puesto de confianza. Iba a
trabajar con su hijo Alfonso, «que tenía ideas en la cabeza» como él decía y quería
extender la tramitación de patentes al extranjero. Tenía ya un secretario
inglés y quería que yo trabajara con él, porque conocía francés y podía
entendérmelas con los clientes en cuestiones técnicas. La verdad es que don
Alfonso tenía una inteligencia extrañamente limitada: aprendía con gran
facilidad y recordaba cada cosa aprendida, pero era incapaz del más pequeño
esfuerzo creativo. Tenía el título de abogado y podía citar de memoria los más
intrincados artículos de cualquier código, pero era incapaz de dar un consejo
legal basado en estos mismos artículos. Su francés era excelente y sus
traducciones del español al francés también, pero era incapaz de dictar una
carta de negocio ordinaria, ni mantener una conversación normal en este idioma.
Estaba profundamente interesado en organización industrial, conocía el sistema
de Taylor y de Ford en todos sus detalles, pero fracasaba en la organización de
su propia oficina.
Esta situación me dio una
oportunidad: había aceptado el trabajo como una solución intermedia, pero
pronto me absorbí en los problemas de las patentes industriales que me hacían
volver a mi antiguo cariño por la mecánica. Las patentes en España no requieren
más que ser solicitadas, pero pronto comenzamos a tratar con agentes
extranjeros, que nos enviaban patentes y nos sometían consultas que envolvían
un estudio minucioso del aspecto técnico y legal. Nadie en la oficina de Ungría
estaba calificado para este trabajo. Por pura satisfacción personal, comencé a
estudiar el lado técnico y teórico de cada patente que venía a nuestras manos y
pronto me convertí en un especialista. Mi salario era muy reducido -130 pesetas
al mes- pero las traducciones de patentes se me pagaban aparte, con arreglo al
número de palabras; había meses en que doblaba y triplicaba mi salario, aunque
eso sí, trabajando quince horas al día y más.
Esto me proporcionó una
independencia financiera, así como en mi trabajo, y el respeto de los empleados
más antiguos.
El señor Laguna -viejo, o
mejor dicho aviejado, flaco, con perneras flotantes sobre los carcañales, el
pelo lacio y los pómulos salientes, ganando setenta pesetas al mes por ocho
horas de trabajo silencioso y humilde- me acosó un día al abandonar la oficina:
-¿Podría hablar con usted
un ratito?
Nos marchamos juntos y
por un largo tiempo no dije palabra alguna. De pronto se detuvo y me preguntó:
-¿Cree usted que don
Agustín me prestaría cien pesetas?
-No lo sé. Todo depende
del humor que tenga. Desde luego le dirá que no, pero si insiste usted mucho,
lo más seguro es que se las dé.
Otro largo silencio y
otra parada:
-¿Usted cree que tomaría
a mi chico en la oficina? Esto sería mi salvación.
-Pues, le digo a usted lo
mismo: primero le dirá que no y al fin dirá que sí. Sobre todo, si hace usted
un llamamiento a su bondad. ¿Van tan mal las cosas, Laguna?
Dio un suspiro profundo y
seguimos andando. Comenzaba ya a fatigarme de estos largos silencios, de su
andar lento y de su apariencia miserable.
-Vamos a tomar algo.
Venga usted.
Entramos en un bar y nos
dieron un bock de cerveza con unas patatas fritas a la inglesa. Cuando Laguna
hizo crujir en la boca la primera patata, vi que lo que tenía era hambre. Un
segundo vaso de cerveza y un bocadillo de jamón le quitaron de golpe la timidez.
-Usted no sabe -dijo-.
Somos cinco en casa, la mujer, dos chicas, el chico y yo; y yo soy el único que
gana, así que puede usted imaginarse.
-¿Las chicas son aún
pequeñas para trabajar?
-No, pero están muy
delicadas las pobres. Nuestro cuarto es muy húmedo. Pero es verdaderamente
barato: quince pesetas al mes. Sólo que está dos metros más abajo que el nivel
de la calle... y claro, no tienen mucho para comer, ahora que están en el
crecimiento... Me dio tanta lástima que al día siguiente yo mismo hablé con don
Agustín. Tomó al chico como escribiente y ascendió al padre a cien pesetas al
mes, porque no hubiera sido justo que el chico ganara tanto como el padre. El
sueldo más pequeño era cincuenta pesetas y ahora entre los dos ganaban 150.
Laguna me compró el cigarro más grande y más grueso que encontró en todo
Madrid.
Veinticuatro horas
después de comenzar a trabajar Pepito Laguna, le habíamos bautizado con el
apodo de Charlot.
Tenía unos ojos inmensos
y febriles en una carilla pálida y chupada, cabellos rizados y un cuello flaco
y largo -un ridículo pescuezo pelado de gallina-, que surgía de una camisa
grande y unos hombros rellenos de borra, como el gancho de una percha para colgar
ropa surge de un gabán grueso. Los pantalones demasiado largos y demasiado
anchos caían sobre unas botas en las que sus pies debían tener sitio para
pasearse.
Márquez, el contable, un
día trajo un bastoncillo de junco y se lo alargó muy serio:
-Toma, es lo que te
falta, Charlot.
Se llenaron de agua los
ojos del chiquillo y se quedó allí en medio del salón, entre las risas de
todos, con el bastoncito balanceándose entre sus dedos. Márquez recalcó su
triunfo.
-Fijarse bien: ¡Charlie
Chaplin en carne y hueso!
Laguna me invitó a comer
un domingo. Vivía en la calle de Embajadores en una inmensa casa de piedra tres
siglos vieja. Desde el portal enlosado descendimos por una escalerilla oscura,
también de piedra, a lo que parecía un calabozo medieval. Allí, entre los
cimientos, había una habitación cuadrada con paredes revestidas de cemento; en
ella, dos camas de hierro detrás de una cortina de flores descoloridas sobre un
fondo amarillo; una mesa con un hule lleno de grietas, rodeada por media docena
de sillas dispares, una vieja cómoda y un baúl forrado de piel apolillada;
sobre la cómoda, una virgen de escayola y un ramo de flores de papel. El cuarto
olía a leche agria.
-Afortunadamente podemos
guisar en el patio -explicó Laguna-. Allí tenemos un cuartito con una hornilla,
pero lo malo es que no tiene puerta y la mujer se hiela cuando guisa en
invierno.
Resonaron unos pasos
sobre nuestras cabezas. A través de la reja de la ventana, que era un pie de
alta por tres de larga, abierta a ras de la acera, veíamos la sombra de los
transeúntes y los extremos de sus piernas.
Estar en aquel cuarto era
un tormento físico.
Charlot no duró más que
un par de meses. Cogió un catarro y se murió. Laguna se hizo más silencioso y
encogido. Algunas veces me murmuraba:
-Precisamente ahora,
cuando podíamos comer cada día... -y se callaba. Charlot se había muerto
simplemente de hambre.
Odiaba esta hambre
horrible, escondida y vergonzante de los empleados de oficina que imperaba en
tantos cientos de hogares en Madrid.
Un día me encontré con mi
viejo amigo Antonio Calzada; estaba flaco y amarillo, muy bien zurcidos los
bordes deshilachados de los puños de la camisa y de la americana. Estaba sin
trabajo. Su historia era la vieja historia de la prosperidad y la crisis de la
guerra. Durante la gran guerra le habían nombrado pomposamente director de la
recién fundada sucursal del Banco Hispano-Americano en el Puente de Vallecas.
Su salario no era más de 250 pesetas, pero tenía habitaciones para vivir encima
del banco sin pagar renta, luz o calefacción. Se casó y tenía tres hijos. La
sucursal prosperó: pronto tuvo un contable, dos empleados, un ordenanza y una
caja fuerte; le dieron poderes. Si el negocio seguía prosperando, podía contar
con un ascenso y un puesto en alguna otra sucursal más importante. Cuando se
acabó la guerra, el banco comenzó a despedir personal. La sucursal se quedó
sólo con el ordenanza, hasta que un día éste también desapareció. Calzada
continuó como director, escribiente y ordenanza todo en uno, acuciado por el
miedo de ser puesto en la calle en cualquier momento.
-Todos los empleados de
banco -dijo- parecían sentir los mismos temores e intentaron unirse en forma
que pudieran defenderse con una resistencia colectiva. Al principio los bancos
despedían a todos los que se sabía pertenecían a un sindicato. Más tarde apareció
en escena el Sindicato Libre de Banca y Bolsa. Sus organizadores venían de
Barcelona con la fama de resolver todas las cuestiones sociales por la acción
directa; iban a resolver el problema de los empleados con sus pistolas y, si
era necesario, iban a liquidar a unos cuantos directores. A mí, como a muchos,
me pareció que eran diferentes de tus viejos dormilones amigos de la UGT y no
creí entonces, aunque me lo dijeron, que Martínez Anido y sus pistoleros y
hasta los bancos estaban detrás. Me inscribí. Se inscribieron miles de
empleados, y la organización entonces exigió el cese de los despidos y una
escala mínima y fija de salarios. Fuimos a la huelga y la perdimos.
Los organizadores del
Sindicato Libre abandonaron a los huelguistas. Los despidos fueron a cientos.
Calzada se unió a los huelguistas y perdió su plaza.
-Hasta ahora me he ido
manejando, con los ahorrillos primero y empeñando lo que había en casa que
valiera algo. Pero ya no sé por dónde vamos a salir. No tengo más que lo
puesto, debo dos meses de casa, y comemos de milagro, cuando comemos.
Don Agustín le admitió
con 100 pesetas al mes. Fue uno de los privilegiados entre los miles de pobres
gentes que buscaban trabajo sin encontrarlo durante el verano de 1923. Por
aquella época comenzaron a producirse en Madrid atracos, robos y asesinatos, al
igual que en mayor escala venía ocurriendo en Barcelona. Se sucedían los
gobiernos y el caos aumentaba de mal a peor.
Una tarde me encontré en
la calle al comandante Tabasco. Me saludó muy cariñoso y me forzó a contarle
cómo iba viviendo. Sabía por qué había venido a la capital, pero hubiera sido
una impertinencia mía hacer una alusión directa.
-¿Ha venido usted de
veraneo, don José? -le dije.
-¡De veraneo! Sigues tan
inocente como siempre. Je, inocente! Es una lástima que tuvieras que
licenciarte, ahora nos hubieras sido muy útil. Tú sabes muy bien a qué he
venido. Si hubieras estado en Ceuta te hubiera traído conmigo. Estoy abrumado
de trabajo y un secretario me hubiera venido bien.
-Pero las cosas van bien,
¿no?
-Oh, sí. Todo está
arreglado. Dentro de dos o tres meses, las cosas van a cambiar de arriba abajo.
Hemos decidido acabar con todas estas intrigas. Tenemos que enseñar a toda esta
canalla que existe una patria y que España no es una colonia extranjera. Mira
lo que ha pasado en Italia -en Italia, Mussolini acababa de asaltar el poder-,
y aquí estamos en idéntica situación. O dejamos que haya una revolución como en
Rusia, o los españoles, ios verdaderos españoles, tenemos que coger las riendas
en la mano. Y ya es tiempo que esto se haga.
-Francamente no me he
formado aún una idea de lo que está pasando en política. En los pocos meses que
hace que dejé Marruecos, no he hecho más que trabajar para salir adelante, y
nada más. Y la vida es tan distinta de la vida de cuartel, que no puedo decir
que he comprendido aún todos los problemas que hay. Nadie está de acuerdo con
nadie. Y parece que las cosas de Marruecos no marchan bien, ni mucho menos.
Don José se excitó:
-¿Cómo diablos van a ir
bien las cosas, si no nos dejan a nosotros que las arreglemos? Ahí están,
mandando paisanos a negociar con Abd-el-Krim; ¿qué saben ellos de Marruecos?
Ese granuja quiere una República
independiente, y los comunistas de Francia y los socialistas de la Casa del
Pueblo de aquí le apoyan. Lo que hay que hacer es fusilar a unos cuantos
cientos y arrasar el Rif. Bueno, todo vendrá en su día y ¡antes de lo que la
gente cree!
Aquella noche tenía ganas
de encontrarme entre gente y charlar un rato. Me fui a la tabernita de la calle
de Preciados (una bomba alemana la destruyó totalmente en noviembre de 1936)
donde se reunían innumerables empleados de las oficinas próximas a la Puerta
del Sol, cuando terminaban su trabajo. Me junté a un grupo de conocidos y les
conté la esencia de la conversación que había tenido con el comandante.
-Lo que nos hace falta es
una República -explotó Antonio, un jovencito flacucho y enfermizo, cuyos
bolsillos siempre atiborrados de folletos anarquistas y comunistas abultaban
más que él.
-No. Lo que necesitamos
aquí es un tío con cojones que enseñe disciplina a toda esta gentuza -replicó
el señor Pradas, un contable miope, haciendo oscilar peligrosamente los gruesos
cristales de sus gafas en los límites extremos de su nariz.
-¡Eso es lo que hace
falta! -aplaudió Manuel, un jefe de ventas próspero de un gran almacén.
-No tengo nada contra
ello -dijo Antonio-, siempre que el hombre tenga cojones y sea un socialista,
un verdadero socialista, un Lenin. Sí, señor. Esto es lo que necesitamos: una
revolución y un Lenin.
El señor Pradas puso
ambos codos sobre la mesa:
-Mire, usted simplemente
es un chalao. Bueno, no un chalao, un chiquillo en pañales. La desgracia de
este país es que no tenemos otro Espartero, que no tenemos un general tan
grande como él, que agarre del pescuezo a todos los políticos y barra las calles
con ellos. Necesitamos un tío que se presente en el Congreso, dé dos puñetazos
en la mesa y los ponga a todos en la calle. Yo no estoy en favor de matar a
nadie, pero créame, unas docenitas de fusilamientos y se quedaba todo como una
seda. Y en cuanto a los socialistas, un tiro en la nuca a Prieto, Besteiro y
compañía. Eso es lo que hace falta aquí.
Antonio se levantó
lívido:
-¡Usted es un cabrón y un
hijo de puta!
En la tabernita no
existían conversaciones privadas. Medio minuto más tarde, cien personas
apretujadas en un cuartucho de veinte metros cuadrados estaban chillando y
levantando los puños. Cinco minutos más tarde sonó la primera bofetada, y poco
después Antonio y cuatro más eran conducidos a la comisaría entre una pareja de
guardias. El suelo estaba lleno de cristales y de charcos de vino; y Miguelito,
el más avispado de los chicos de la taberna, le estaba lavando una
descalabradura a un antiguo parroquiano, frotándole concienzudamente la calva
con un trapo de limpiar mesas empapado en aguardiente. El señor Pradas, con la
cara roja y los ojos ciegos tras las cristales, peroraba:
-¡Anarquistas, sí señor,
anarquistas! Eso es lo que son. Todo esto porque uno se atreve a decir la
verdad como una persona decente. Yo soy una persona decente. Cuarenta años he
estado trabajando como un mulo y ¡ahora este mocoso quiere darme lecciones! Lo
que necesitamos aquí es un hombre como el general Espartero, un hombre con
cojones que meta en cintura a todo el mundo. ¡Viva España!
La segunda bronca que
comenzaba a iniciarse quedó ahogada en vino. El tabernero, un hombre enérgico,
con la filosofía de su profesión, la cortó de raíz:
-Bueno, señores, se
acabó. No se habla más de política. El que quiera hacerlo, que se marche a la
calle. Aquí la gente viene a beber y a pasar un buen rato. Miguelito, pasa una
ronda a todos estos señores por cuenta de la casa.
Se me quitaron
completamente las ganas de volver a la tertulia.
El general Picasso
terminó sus investigaciones del Desastre de Melilla en 1921. Su informe estaba
en las manos del Parlamento; de un momento a otro se esperaba el día del debate
en la Cámara. La minoría socialista había copiado e impreso el informe y unas
pocas copias circulaban ya por Madrid. Entre los papeles encontrados en el
despacho del general Silvestre, el general Picasso había descubierto un número
de documentos que probaban la interferencia personal de Alfonso XIII en el
curso de las operaciones militares. Pero ninguno de los efímeros gobiernos de
aquellos días se atrevía a plantear la cuestión ante las Cortes. La oposición
formaba un bloque y pedía cada vez con mayor energía que se abriera un debate
público para definir las responsabilidades de la catástrofe de Marruecos. Se sentía
que iba a pasar algo grave.
Si queréis hipnotizar una
gallina, ponedla sobre una mesa cubierta con un tapete negro y forzadla el pico
contra el tapete. Poned un trozo de tiza frente a su pico entre los dos ojos y
en el momento psicológico en que la gallina se queda quieta, id alejando el
trozo de tiza del pico de la gallina, marcando una línea blanca intensa sobre
el tapete negro. Podéis dejar libre la gallina. El animal se quedará allí
inmóvil, en ridículo equilibrio sobre sus dos patas y su pico, persiguiendo con
ojos bizcos la línea blanca que se aleja.
Ahora me parece a mí que
algo similar nos pasó a todos en aquellos días del mes de septiembre de 1923,
en que el general Primo de Rivera se proclamó a sí mismo dictador de España por
un golpe de Estado.
Todos estábamos esperando
que pasara algo, algo muy grave y muy violento. El destronamiento del Rey, una
insurrección militar, un levantamiento de los socialistas o de los anarquistas,
en una palabra, una revolución. Tenía que pasar algo, porque la vida de la
nación se encontraba en un callejón sin salida.
Yo estaba en el café
Negresco en la noche del 12 al 13 de septiembre. Mi viejo amigo Cabanillas
solía venir allí cuando terminaba su trabajo en la redacción de El Liberal. Me
había unido al círculo de periodistas y aspirantes a escritor, porque quería oír
de él las últimas noticias. Llegó a las dos de la madrugada, pálido y excitado,
con la pelambrera en desorden:
-¿Qué te pasa? ¿Has
estado en un estreno?
-A mí no me pasa nada,
pero ¿sabes la última noticia?
-¿El qué?
-La guarnición de
Barcelona se ha echado a la calle con Miguel Primo de Rivera a la cabeza.
-Alfredito, tú estás malo
-dijo alguien-. Que te den una copa de coñac.
-Que es verdad, os digo.
Primo ha declarado el estado de sitio en Barcelona y tomado el mando de la
ciudad. Y ahora dicen que ha mandado un ultimátum al Gobierno.
La noticia se extendió
por el café como debió extenderse a través de todos los cafés de Madrid
cuajados de gente a aquella hora. Cuando nos marchamos, la Puerta del Sol era
un hormiguero. Las gentes se preguntaban unas a las otras:
-¿Qué va a pasar aquí?
Y no pasó nada. Mi
hermano y yo nos quedamos en la Puerta del Sol tomando parte en las discusiones
de los innumerables corrillos, hasta que llegó el primer tranvía lleno de
obreros de los barrios extremos y los barrenderos comenzaron a regar y barrer
la plaza. Cuando los periódicos de la mañana aparecieron, con sus gruesas
cabeceras sobre la proclamación del general y sobre el anuncio de que el Rey le
había llamado a Madrid, no pasó nada. La mayoría de los periódicos dieron la
bienvenida incondicional al dictador; unos pocos se reservaron su juicio. Los
dos periódicos más importantes de la izquierda, El Liberal y El Sol,
maniobraron hábilmente, sin criticar el asalto al poder y sin apoyarlo. El
hombre de la calle se quedó mirando atónito lo que pasaba, como la gallina
hipnotizada se queda mirando el trozo de tiza; y cuando trató de recobrar su
equilibrio, los acontecimientos le habían sobrepasado: el Gobierno había
dimitido, algunos de sus miembros habían huido al extranjero, el Rey había dado
su aprobación al hecho consumado y España tenía un nuevo gobierno llamado el
Directorio, que suspendió todos los derechos constitucionales.
-Hola, Luis, ¿cómo van
las cosas?
Los ojillos de cerdo de
Pla trataban de encontrarme en alguna parte siguiendo la dirección de mi voz.
-Siéntate y toma algo.
-¿Estás todavía en el
banco? ¿Cómo escapaste durante la huelga?
-He tenido una suerte
loca, chico. Dos semanas antes de que estallara la huelga, cogí una pulmonía, y
cuando pude volver al trabajo todo se había acabado. De otra forma me hubieran
puesto en la calle, seguro. No estaba en favor de esos granujas del Sindicato
Libre, pero hubiera ido a la huelga con los otros. En cambio, me han subido el
sueldo. Ahora tengo 250 pesetas. Bueno, es verdad que llevo en el banco
veinticinco años...
-No exageres, ¿eh?
-Bien, desde 1906, es
decir diecisiete años. De todas formas, toda mi vida.
-¿Y qué te parece Primo
de Rivera?
-Si digo la verdad, me gusta
el tipo. Tiene cojones y buen humor. ¿Has leído su último manifiesto? Es
español verdadero decirle a la gente que él está donde está por sus
«atributos de
masculinidad». Me gusta. Claro que no puedo imaginarme en qué va a acabar todo
esto. Parece que quiere colaborar con todo el mundo, incluso con los
socialistas, y ya ha invitado a Largo Caballero y a unos pocos más para que le
sometan los problemas obreros. Y los pistoleros de Barcelona ya no están tan
flamencos. Ha dicho que le pega cuatro tiros al primero que coja, aunque sea
uno de los de Martínez Anido.
Una avalancha de
vendedores de periódicos pasó corriendo ante la puerta, llenando la calle de
una algarabía de gritos; dos de ellos entraron en la taberna:
-¡El asalto al Correo de
Andalucía!
Cada parroquiano compró
un ejemplar. En letras gigantescas los periódicos anunciaban el último robo y
asesinato: el coche correo del tren Madrid-Sevilla había sido asaltado, el
oficial de correos en cargo asesinado, y las sacas de correo robadas.
-No se le ponen las cosas
muy fáciles a Primo. Aquí tiene otra vez a los pistoleros vivitos y coleando,
cuando él creía que había acabado con ellos.
-Ésos son los anarquistas
-dijo alguien.
-Ya verás. A esos socios
no los cogen -gruñó Pla.
Este crimen fue una
prueba seria para Primo de Rivera. La gente en España tiene la inclinación de
divertirse con cualquier ataque a los poderes constituidos y contemplarlo como
un espectáculo, con una cierta simpatía hacia el rebelde contra la autoridad.
El robo a mano armada había casi desaparecido por entonces, y el sentimiento de
peligro e inestabilidad de la ola de atentados se había mitigado. Ahora este
nuevo asalto, aunque provocaba la natural repulsión por la brutalidad del
asesinato, proporcionaba también la excitación de un desafío al flamante
dictador.
La prensa de derecha explotó esta oportunidad
para una campaña desatada contra las fuerzas «aún libres de la masonería, el
bolcheviquismo, el socialismo, el anarquismo y tal y tal, aún rampantes en el
más católico país, regido por un general patriota..., etc.». Ésta era la
ocasión para hacer un escarmiento ejemplar, sin piedad alguna para los
culpables, y salvar así la ley y el orden en el país.
Se cogió a los asesinos y
resultaron ser dos jóvenes de familias acomodadas de la clase media,
degenerados y viciosos, con un homosexual feminoide como cómplice. Los dos
asesinos fueron ahorcados y su cómplice condenado a cadena perpetua. Hubiera
sido imposible salvarlos de la pena capital, después de la campaña intensa que
se había realizado de antemano bajo la presunción de que los asesinos
pertenecían a un grupo político. Sin embargo, aunque este mito se había
destruido, el rigor de la dictadura hirió a todas las agrupaciones de
izquierda: unas fueron disueltas, otras sometidas a una vigilancia extrema y
restringidas en sus funciones; el derecho de huelga se suspendió y al mismo
tiempo se erigieron tribunales para resolver los conflictos sociales. El Directorio
emprendió una serie de trabajos públicos en gran escala y el paro disminuyó
rápidamente. El nuevo régimen se afirmaba en su posición.
Pero aún quedaba la
cuestión de Marruecos.
El duque de Hornachuelos
se presentó un día en la oficina y dio la orden de registrar una patente de
invención por el hecho de poner anuncios en los paquetes de cigarrillos. Le
dije que esto no podía registrarse como un invento y me contestó:
-Usted solicita las
patentes, y el ministerio las concederá.
El jefe de la oficina de
patentes se negó a conceder el registro porque aquello no era invención alguna,
pero una amistosa carta del nuevo amo de España le hizo cambiar de opinión.
Durante el trámite tuve ocasión de hablar frecuentemente con el duque.
Yo estaba interesado en
él y él parecía interesarse por mí. Por mi parte, este interés arrancaba de un
recuerdo de mis tiempos de infancia. En una de mis vacaciones en Córdoba había
oído una historia acerca del entonces joven y presunto heredero del mísero
duque de Hornachuelos. En un baile de carnaval había hecho el ridículo, porque
su padre no le daba más que cincuenta céntimos a la semana para sus gastos; y
había exclamado furiosamente en público: «¡Qué ganas tengo que reviente mi
padre, para poderme gastar un duro a gusto!».
Cuando llegué a
conocerle, había cumplido su deseo; se había gastado la fortuna de la familia y
estaba entrampado hasta los ojos, pero como era uno de los compañeros de juerga
de Alfonso XIII, se encontraba en una posición privilegiada. Ahora, bajo la dictadura,
contaba con tener en sus manos el monopolio de las envolturas de cigarrillos y
cerillas con anuncios, bajo los derechos imaginarios de sus pretendidas
invenciones; sería muy fácil para él encontrar quien financiara el fantástico
negocio. Y un día hablamos sobre Marruecos:
-Yo he estado allí como
teniente y conozco el país. Es donde está el futuro de España. Pero ahora don
Miguelito está hablando de abandonar Marruecos. Es una pura cobardía y así se
lo he dicho en su cara. Marruecos es español por derecho propio, es nuestra
herencia de los Reyes Católicos, es un deber sagrado que no podemos eludir. Lo
que menos podemos consentir es que el viejo Miguelito haga el tonto con esta
cuestión. Sería tanto como dejar a los ingleses establecerse allí en dos
semanas y que los pescadores de Málaga tuvieran que pedir permiso para pescar
en las aguas de Cádiz. Cortaría España en dos. No. Si Primo intenta de verdad
abandonar Marruecos, le vamos a tener que echar a patadas.
El segundo de nuestros clientes con quien yo
hablé acerca de la cuestión de Marruecos, por aquel entonces, fue el comandante
Marín, un hombrecillo cínico, inteligente y despreocupado, que trabajaba para
una famosa sociedad de leche condensada y obraba como un intermediario en la
negociación de contratos para el suministro a las tropas y los hospitales de
Marruecos. Ahora bien, unos cuantos protegidos del dictador habían establecido
una nueva fábrica de leche condensada, contando con la seguridad de las órdenes
para el ejército como base del negocio. Y habían registrado una serie de marcas
de fábrica que imitaban las marcas de la compañía que representaba Marín.
Nuestra oficina iba a dirigir el procedimiento legal contra estas imitaciones,
y Marín nos visitaba con frecuencia para discutir el asunto. Así, un día me
dijo:
-¡Vaya un lío! Este Primo
de Rivera nos va a volver locos a todos. Aquí está haciendo favores a sus
amiguitos y dando monopolios a derecha e izquierda, y mientras tanto se le ha
olvidado que en Marruecos es donde únicamente puede dar de comer al ejército.
Hay más de cien mil hombres en África en este momento y es el tiempo de las
vacas gordas. Si les dejamos, van a vender más leche condensada en un año que
nosotros en diez. ¡Y a este hombre se le ha metido en la cabezota que el país
quiere que se termine Marruecos, y que él está para servir al país! Le digo a
usted que el viejo puede ser decente, pero idiota, un completo idiota que no
tiene la menor idea de lo que es gobernar un país.
Mi hermano y yo estábamos
viviendo solos con nuestra madre, desde que mi hermana se había casado y había
montado su propia casa. Cada vez que Rafael y yo discutíamos acaloradamente el
presente y el futuro del país, mi madre no mostraba ni excitamiento ni
aprensión. Tampoco lo había mostrado cuando Primo de Rivera había dado su golpe
de Estado:
-Tenía que pasar esto
-decía-, era lo mismo cuando yo era una chiquilla y después cuando trabajé de
doncella en la casa del duque de Montpensier. Había gentes que querían que el
duque fuera rey de España en lugar de Isabel II. Todo esto pasó antes de la
República y el propio general Primo vino desde Inglaterra para tomar el partido
del duque. Yo era una chiquilla entonces, pero me acuerdo que todos los días
había motines, hasta que destronaron a la Reina y vino la República. Pero
entonces los generales se quedaron de brazos cruzados, sin tener nada que
hacer, y se echaron a buscar un rey por todas partes. Algunos querían intentar
otra vez que lo fuera el duque. Y en aquellos días, un general u otro estaban
siempre haciendo una revolución con dos o tres regimientos. O le fusilaban o le
hacían jefe de gobierno. El palacio del duque estaba siempre lleno de
generales, y uno de ellos era el padre o el tío de este Primo de Rivera, un
hombre que unas veces estaba contra los carlistas y otras buscando un rey para
echar a los republicanos. Al fin pescaron a Alfonso XII y le casaron con la
hija del duque. Una lástima que se muriera aquel verano. Y desde entonces hasta
ahora, siempre ha habido un general a mano para protestar contra esto o
aquello. Pero ninguno de ellos arregló jamás el país. Éste tampoco lo hará.
-¿Quién cree usted que
podría poner España en orden? -le pregunté un día.
-¿Yo qué sé? Yo no
entiendo de esas cosas. Si viviera tu padre, él te lo podría explicar mejor que
yo. Fue un republicano toda su vida y yo creo que tenía razón.
Yo sabía la debilidad
secreta de mi madre por contar un incidente histórico en la vida de mi padre:
-Ande, cuéntenos la
historia otra vez -le dije.
-Pues... Todo ello pasó
en el 83, cuando querían que volviera la República, un poco después de que
coronaran a Alfonso XII. Y tu padre salvó el pellejo gracias a que se dormía
como un tronco. En Badajoz los sargentos habían formado una junta y tu padre era
el secretario. Iban a sacar las tropas a la calle una madrugada y tu padre se
echó a dormir en el cuarto de los sargentos y dijo que le despertaran. No sé si
le olvidaron o si no se despertó. Pero el general Martínez Campos, que mandaba
entonces, se enteró del proyecto por algún soplón y cuando abrieron las puertas
del cuartel para sacar los soldados a la calle, todos los sargentos fueron
arrestados; se les formó consejo sumarísimo y se les fusiló. Y tu padre
durmiendo como un bendito. No le pasó nada, porque ninguno de sus compañeros le
denunció. Pero al general que estaba a la cabeza del levantamiento le
ahorcaron... Creo que tu padre se hacía muchas ilusiones, porque si aquello
hubiera salido bien, la República hubiera sido una república de generales y para
eso lo mismo daba tener un rey.
Estábamos viviendo
bastante bien. Yo ganaba lo suficiente, y Rafael había encontrado una plaza de
contable con un contratista catalán que había venido a Madrid a la caza de
contratos para las obras públicas que se emprendían. Había obtenido ya algunos
contratos pequeños de carreteras, pero su objeto principal eran los grandes
contratos de barriadas de casas baratas que se planeaban en los suburbios de
Madrid.
Un día Rafael vino a casa
con la noticia de que a su jefe le habían dado el contrato para dos de estas
barriadas:
-Si todos los negocios
con el Directorio son como éstos, vaya un lío que se va a armar.
¿Sabes? Mi jefe tiene
amigos en el ministerio que le tienen al corriente de las propuestas que se
hacen en los otros pliegos de las subastas. En el último momento, le dijeron
que podía tener los contratos si estaba dispuesto a pagar un millón de pesetas en
dinero contante y sonante. Naturalmente, no tenía dinero para pagar así, porque
estaba trabajando con el crédito que le dio Urquijo. Así que se tuvo que ir a
verle otra vez; primero para ver si le daban el millón y segundo para saber si
le abrían crédito hasta que el Estado le pagara a él. Y todo está ya arreglado.
Le han dado los dos contratos, el banco le ha abierto un crédito por los gastos
generales, ha pagado el millón y el banco ha puesto como condición el derecho
de transferir los contratos a un testaferro si no paga el préstamo y los
intereses. Todo, una broma de diez millones de pesetas.
-Bien, pero al fin y al
cabo no está mal que la gente pobre tenga casa propia, aunque cueste mucho
dinero -dijo mi madre.
Rafael la miró compasivo:
-Pero ¿es que usted se
cree que las casas son para la gente pobre? Van a construir dos barrios de
hotelitos, cada uno con su jardincito y su tapia, y los van alquilar a 150 o
350 pesetas al mes. La más barata es tanto como mi sueldo.
-Lo siento que sea otra
granujada. ¿Sabéis que nuestra vieja buhardilla, que yo pagaba nueve pesetas,
vale ahora veinticinco? Ya os he dicho que de los generales nunca sale nada
bueno.
Se quedó pensativa y
agregó:
-Si al menos este hombre
terminara la guerra en Marruecos... pero ¿cómo puede un general terminar
guerras?
Villa Rosa
Capítulo IX
El año 1924 marca una
profunda huella en mi vida. Si la evolución posterior de mi país no hubiera
obrado sobre mí como un catalítico -como lo hizo sobre veinte millones de otros
españoles-, el curso de mi vida interna y externa hubiera podido quedar
determinado entonces.
Me casé y cambié mi
categoría social en el curso de aquel año.
Mi familia, y sobre todo
mi madre, tenía la convicción de que yo encontraría una mujer con todas las
cualidades de lo que se llama «un buen partido». Tenía una amiguita,
exactamente como cada uno de mi edad en España, porque hubiera sido humillante
no tenerla. Mi familia no esperaba que se convirtiera en mi mujer y yo tampoco;
hasta entonces no había pensado seriamente en casarme. Otras relaciones
satisfacían mis necesidades sexuales y mi «novia» era simplemente una
exhibición de mi hombría. La idea de matrimonio la había dado de lado hasta que
mi situación financiera fuera mejor. Pero parece que los demás habían comenzado
a pensar que ya estaba en edad de casarme.
Un día, el viejo don
Agustín me llamó a su despacho mientras su hija, una atractiva muchacha de
veintitrés años, estaba con él. Comenzó a dictarme unas notas y la muchacha nos
dejó solos. Cuando terminamos, se quitó las gafas y preguntó:
-¿Qué te parece Conchita?
-Una chica muy guapa y
muy simpática. -Le dije lo que pensaba y él era bastante inteligente para darse
cuenta de ello.
-Es la clase de muchacha
que hará una buena madre de familia y debería encontrar un buen marido, pero
hasta ahora no hay asomo de ello.
-¿No tiene novio?
-Tiene bastantes
pretendientes; todos señoritingos. Pero lo que yo quiero para ella es un marido
que sepa lo que es trabajar, y si puede ser, alguien que entienda este negocio
nuestro. Yo ya voy siendo viejo. No te rías, aún me quedan veinte años más de vida;
aunque tal vez no. Bueno, de todas maneras, lo mejor para Conchita sería un
marido como tú. ¿Tienes novia?
-Sí.
-Cuéntame quién es. ¿Es
de buena familia?
-Si lo que quiere usted
decir es si la familia tiene dinero, no lo es, sino muy pobre. Y si lo que
usted llama una buena familia es una familia de distinción, tampoco lo es.
-Pero, hombre, entonces
estás haciendo el tonto. Lo que tú necesitas es una boda que te ponga
definitivamente en un nivel de vida. Tú necesitas una mujer como Conchita.
Después de todo, ella tiene su dote y en cuanto a su marido, tendrá un puesto
seguro en la firma. Tú comprenderás que no hay dificultad alguna en convertir
en socio al hijo político.
-¿Me está usted haciendo
una proposición, don Agustín?
-Tómalo como quieras.
Nosotros los viejos no tenemos que andar con muchos miramientos, pero tú
deberías ir pensando en lo que es más conveniente para ti y no seguir siendo un
don nadie.
Y aquí terminó la
conversación. Nunca pude saber si la iniciativa había partido del padre, de la
hija o de la madre, que me mostraba gran afecto.
Pero yo tenía al lado un ejemplo vivo de las
consecuencias del celo matrimonial de don Agustín en la persona de su hijo
político Domingo. Éste solía decir que su padre era un maquinista de trenes
expresos, pero de los detalles que a veces se le escapaban en la conversación,
era claro que su padre no había pasado de ser un fogonero en los muelles de la
estación de Albacete. Era una familia numerosa, llena de dificultades para ir
viviendo. Domingo resultó tener una buena cabeza para los números y una magnífica
caligrafía, y el padre, con estas dos cualidades en consideración, le mandó a
Madrid a que se buscara la vida. El muchacho anduvo rodando de una oficina a
otra, siempre hambriento y sin encontrar jamás un porvenir. Cuando andaba ya en
los treinta, cayó en casa de Ungría, como otros muchos, aceptando una miserable
existencia por escapar de un hambre segura. La hija mayor de don Agustín
parecía encontrarle atractivo y le saludaba afectuosamente a menudo desde los
balcones que dominaban la entrada de la oficina. Era ya una solterona que no
cumpliría más los treinta, pero Domingo había pasado mucha hambre. Se casaron.
Don Agustín les montó la casa, le señaló un sueldo de cincuenta duros, que
entonces era una gran cantidad, y le hizo apoderado suyo. La pareja resultó
prolífera y don Agustín iba pagando cada nieto que Domingo le daba con un
aumento de veinticinco pesetas.
Después, le llamaba a su
despacho:
-Tú eres un idiota. Si no
fueras el marido de mi hija, te ponía en la calle ahora mismo. Da las gracias a
tu mujer, que es una santa, y a tus hijos, que son mis nietos, que no te pongo
en la calle. Te voy a poner a copiar facturas. ¿Y tú eres mi hijo? Tú eres un
idiota.
Todo el personal
escuchaba estas broncas. Don Agustín disfrutaba en hacerlas en público y la
única defensa del pobre don Domingo era renegar -también en público- de la
maldita hora en que se le había ocurrido escapar de la miseria casándose.
La oferta de don Agustín
no tenía atracción alguna para mí. Pero se lo conté a mi madre.
-Y tú, ¿qué le has
contestado?
-Nada. La chica no me
interesa, pero claro es que esto no podía decirle al padre sin ser grosero.
-¿Y qué vas a hacer?
-Nada. Ya le digo que el
asunto no me interesa lo más mínimo. Me basta el espejo de don Domingo para
saber las consecuencias.
-Pero tú eres más
inteligente que don Domingo.
-¿Y qué? Seguramente el
viejo no se atrevería a decirme que soy un idiota estúpido como a él, pero un
día u otro diría que me había sacado de la miseria.
Se quedó pensando un poco
y dijo:
-¿Sabes? Si no te casas
por amor, vas a ser un infeliz; y esto es una cosa muy rara en este mundo.
Aunque mi madre no siguió
el tema, habló de ello con algunos familiares y conocidos. Como una
consecuencia, durante días y días tuve que soportar los consejos desinteresados
que todos se encontraban en obligación de darme: no tenía que ser un tonto y
perder la ocasión que se me presentaba. Al mismo tiempo se estableció una
oposición abierta contra mi novia, incluso por parte de su propia familia. Sus
padres y hermana consideraban que, si no decidía casarme o dejarla libre,
estaba perdiendo el tiempo conmigo. Ambas actitudes acabaron por enfurecerme y
un día dije que me iba a casar con ella. Y me casé.
Casi simultáneamente, uno
de los jefes de una de las agencias de patentes más importantes de España
falleció inesperadamente. Yo sabía que iba a ser difícil encontrar quien le
sustituyera, porque su trabajo necesitaba conocimientos especiales, y me fui a
ver al director de la firma. Me conocía, como nos conocíamos todos dentro del
círculo estrecho de la profesión, y llegamos a un acuerdo. Me haría cargo de la
dirección técnica de la firma, con un salario de quinientas pesetas y una
comisión. Mi matrimonio comenzaba con buenos auspicios. Aunque ya había
comprobado que había poco en común entre las ideas de mi mujer y las mías,
tenía la seguridad de que en unos cuantos meses de vivir juntos se convertiría
a mi manera de pensar en lo que yo entendía debían ser las relaciones entre
marido y mujer.
Al cabo de unos pocos
meses dominaba perfectamente mi nuevo trabajo y había fracasado completamente
en mi matrimonio.
Mi suegro vino a verme un
día:
-Quiero hablarte
seriamente -me dijo-. La chica me ha contado las cuestiones que tenéis. Tú
tienes la cabeza llena de modernismos y quieres cambiar el mundo; eso es lo que
te pasa. Pero el mundo no es así. Mira, una mujer o es una mujer casada, y en
este caso su puesto es tener la casa arreglada y ocuparse de los chicos, o es
una puta y entonces su puesto es pasearse en las esquinas. Y no se te meta en
la cabeza nada diferente. El hombre tiene que mantener la casa y los chicos, ésta
es su obligación. Y si un día le da la gana de divertirse un poco, pues bien,
te vas por ahí, te buscas una fulana y haces lo que te pida el cuerpo sin dar
escándalo. Y nada más. Hazme caso, que yo tengo ya mis sesenta y voy para viejo
y sé lo que me digo. Pero si seguís como vais, vais a acabar mal.
Traté de no exigir de mi
mujer más de lo que ella podía dar. Nuestro matrimonio quedó pronto deshecho y
reducido tan sólo al contacto físico. Pero naturalmente, si la propia mujer de
uno no se diferencia de las demás mujeres, más que por el color del pelo, el
perfil de la cara o las líneas del cuerpo, se convierte irremisiblemente en una
más de las muchas mujeres que le atraen a cada hombre, con la desventaja de ser
la única que se tiene a mano de día y de noche, sus atractivos sometidos a una
comparación constante y a un desgaste por su uso sin cariño.
El señor Latre era un
hombre de setenta años, tan bien conservado que nadie le hubiera tomado por más
de cincuenta. Hablaba tres idiomas fluentemente y conocía el mundo fuera de
España. Era el propietario de una de las mejores tiendas de novedades de Madrid
y había viajado frecuentemente por Europa, aparte de haber sido educado en una
universidad alemana. Se había mantenido soltero y ahora estaba retirado de los
negocios. Rumiando mi aislamiento, pensaba que no podía soportar la reacción de
mis amigos a mis problemas, que en general no era otra cosa que la misma de mi
suegro en diferente forma. Pero un día le hablé a Latre:
-No sé qué hacer. No
puedo formular ninguna queja completa contra mi mujer. Físicamente me gusta y
creo que yo le gusto a ella; de todas maneras, sexualmente estoy satisfecho y
no siento celos de ninguna clase. Pero aparte de esto somos dos completos extranjeros
el uno para el otro, como si fuera una mujer de la calle y yo un parroquiano
habitual. Mi vida y mi persona no le interesan y en esto me estrello contra una
pared que no puedo saltar. Su frase favorita es: «Esto son cosas de mujeres».
Tampoco puedo llamarlo incompatibilidad. No somos incompatibles, ni aun
antagónicos, me atrevería a decir. Simplemente vivimos en dos mundos distintos,
sin que haya comunicación entre ellos.
-Al fin y al cabo, ¿qué
puedo decirte yo? Tú eres el enfermo y estás dando tú mismo el diagnóstico. Que
yo sepa, no hay remedio para esta enfermedad. El problema no radica ni en ella
ni en ti; mejor dicho, si radica en alguien, es en ti precisamente. Pero de
todas formas no veo qué puedes hacer.
-No entiendo a dónde va usted a parar.
-El problema es
complicado en detalles, pero es muy simple en sus líneas generales. Mira, en
España, los chicos y las chicas se crían en dos grupos separados, aislados unos
de otros. Al chico se le dice que no debe arrimarse a las chicas o jugar con
ellas; y si lo hace, se le llama un mariquita. A las chicas se les enseña que
los chicos son brutos y bestias, y que la muchacha a quien le gusta jugar con
ellos no es una mujercita, sino una marimacho, lo cual es muy malo. Más tarde
los maestros de escuela se dedican a enseñar a los chicos que la mujer es un
saco de porquerías y de impurezas, y a las chicas que el hombre es la
encarnación del demonio, creado sólo para la perdición de las mujeres. Así, los
muchachos forman su sociedad masculina y las muchachas su sociedad femenina.
Cuando el sexo se despierta con todas sus exigencias, el muchacho se va a un
burdel y aprende allí todo lo que hay que aprender, y la muchacha espera hasta
que uno de los muchachos, harto ya de prostitutas, venga a pedirle que se acueste
con él. Unas consienten a través del matrimonio y otras sin matrimonio; las
primeras se convierten en mujeres casadas decentes y las segundas en putas.
¿Cómo puedes esperar que nazcan matrimonios de verdad, completos, en este
ambiente?
-Todo eso ya me lo sé yo,
pero lo que no entiendo es por qué después de casarse no pueden adaptarse los
dos, uno al otro.
-Bien, bien. ¿Te adaptas
tú a tu mujer, o no intentas que se adapte ella a ti? Pero, en fin, aparte de
tu caso, ninguno lo puede hacer, porque el conjunto de la sociedad de su propio
sexo está contra ello. Te voy a describir lo que pasa en la vida de cada día, y
tú mismo vas a reconocer que lo has visto millares de veces: se casan dos
jóvenes, porque están más o menos enamorados uno del otro. Durante los primeros
dos meses van juntos, agarraditos del brazo, a todas partes, y hasta se besan
delante de la gente y todos dicen: «Da gusto verlos. ¡Cómo se quieren!». Pero
después de la luna de miel comienza la gran ofensiva, que aunque es
completamente inconsciente es realmente efectiva. Un día, cuando él ha
terminado su trabajo, los amigos vienen y le dicen: «Anda, vente con nosotros a
casa de la Fulanita, que nos vamos a beber una botella de vino». «No -responde
él- «me voy a casa.»
«Caramba, ¿todavía te
dura la fiebre? No se te va a escapar la mujer... Todos los días perdiz,
cansa.» El hombre se escapa, pero ellos renuevan el ataque otro día y esta vez
más directo: «Bien, parece que estás cosido a sus faldas. Mira, el hombre es el
que tiene los pantalones, no la mujer». Y si todavía resiste el marido, los
amigos acaban por abandonarlo, se le deja solo, y el pueblo en pleno dice que
en su casa es la mujer la que lleva los pantalones.
»Lo mismo pasa con la
recién casada. Si muestra muy abiertamente su cariño al marido, sus amiguitas y
hasta su propia madre comienzan a criticarla abiertamente. Le dicen: "Qué,
¿todavía no se ha acabado la luna de miel?". Y al final le dicen: "¡Pero,
muchacha, estás igual que una perra caliente, corriendo siempre detrás de
él!". Al fin, ella no se atreve ya a mostrar que está encariñada con él,
porque tiene miedo de las burlas de las otras mujeres y acaba por convencerse
que él tiene su derecho a mantener sus amistades y hasta sus diversiones;
incluso que no es un real hombre si no lo hace. Todo termina, como terminan la
mayoría de los matrimonios en nuestro país, en un vacío absoluto. Lo raro sería
que, siendo las cosas como son, no fuera así.
No había solución. Traté
de incorporarme a la sociedad masculina; no quería convertirme en un solitario
aburrido. Por un tiempo estuve yendo a la taberna de la calle de Preciados.
Pero rápidamente todos se enteraron de mi nueva colocación, y perdí los antiguos
conocidos. Comenzaba una discusión y fuera él que fuera el que tenía la
palabra, se interrumpía de pronto y decía:
-Claro, don Arturo -ahora
ya era «don Arturo»- no puede estar conforme con lo que yo digo. Lo comprendo.
Está en otra situación que nosotros ahora. Se ha convertido en un burgués y hay
muchas cosas que ya no puede ver con los mismos ojos que las vemos nosotros...
En otras ocasiones las
palabras tomaban un giro más agresivo:
-Lo que necesitamos es
una revolución. Hay que hacer una limpieza y ahorcar a todos los generales y a
todos los curas. Hay que quemar las iglesias y...
-Al fin, te ibas a quedar
tú solo, ¿no? -decía yo.
-Claro, tú eres un
burgués. Ya te han comprado y tú ya te has vendido por el plato de lentejas.
Sí, amiguito, ahora no te falta más que engordar, comprarte una sortija con un
diamante gordo, e ir a misa a los jesuítas. Ya hemos visto muchos como tú.
Una tarde de domingo,
después de una corrida de toros en la cual había actuado un torero famoso,
entonces muy discutido, nos reunimos en la taberna y comenzamos a discutir sus
faenas. Uno de sus entusiastas hizo una afirmación que yo contradije.
-Naturalmente -replicó-,
usted lo ha visto mucho más cerca que yo. Como don Arturo ahora pertenece a los
de arriba, se puede permitir el lujo de una contrabarrera y ver lo que nosotros
no podemos ver desde la andanada de sol.
De esta forma, nuestras
discusiones se hundían en el ridículo. Si alguien decía que hacía frío y yo
decía que no me lo parecía, se me contestaba que «claro, como yo podía
comprarme un buen gabán». Unas veces reaccionaba furioso y otras lo tomaba a
broma. Al fin dejé de ir allí.
Me refugié en la taberna
del Portugués, en compañía de Pla. Me había conocido como un muchacho y como un
hombre, y no era capaz de malentenderme. Al cabo de unas semanas, Pla era el
único que me defendía en nuestra peña y a veces por puro compromiso. Mi carnet
de miembro de la UGT se había convertido en un arma de dos filos. A los que
estaban por encima de mí, les parecía una desgracia que yo, un jefe de una gran
firma, me mezclara con la gentuza de la Casa del Pueblo. A los obreros, incluso
a los de cuello duro, les parecía un intruso.
Al final me sumergí
totalmente en mi trabajo, que tenía grandes atracciones para mí. No había
logrado llegar a ser un ingeniero, ni aun un mal mecánico, pero ahora era
consejero de inventores. A menudo los ayudaba en sus investigaciones y en sus
problemas, solamente por escapar de mí mismo. Escribía artículos técnicos o
jurídicos para dos revistas profesionales y mi jefe me dejó editar una revista
técnica como propaganda de la firma. Mi trabajo me llevó al corazón de la gran
industria, y mis viajes a los dos centros industriales de España -Cataluña y
Vizcaya- se hicieron más frecuentes. Más y más, cada vez iba perdiendo mi
contacto personal con las gentes. Y sin embargo, me seguía gustando mezclarme
con gentes del pueblo. Fue por entonces cuando me convertí en un parroquiano
habitual de dos sitios absolutamente dispares: Villa Rosa y la taberna de
Serafín.
Villa Rosa era uno de los
colmados andaluces más conocidos de Madrid, en una esquina de la plaza de Santa
Ana. Acostumbraba a ir allí cuando tenía dieciocho años, abundante dinero en el
bolsillo y una debilidad por los vinos andaluces. De aquel período no había
quedado nada que me uniera a Villa Rosa, más que mi amistad con un viejo
camarero, Manolo. Había sido para mí como un padrazo gruñón, que sabía
regañarme y hasta echarme a la calle cuando tenía un poco más de vino que lo
que me convenía. Había sido mi consejero infinitas veces, con el humor picaro
de un viejo corrido y con una honestidad que raramente se encuentra en España,
excepto entre granujas y cínicos que tienen su propio código de decencia entre
sí. Un día me lo encontré en la calle y comenzamos a desenterrar recuerdos. Su
apariencia era la de un digno mayordomo de casa grande, con sus ribetes de
bufón alegre que se ha aviejado y se ha vuelto sabio como el diablo, «más por
viejo que por diablo», todo encerrado en una cara infinitamente sagaz encuadrada
de cabellos canos.
-Todavía estoy en Villa
Rosa -me dijo-. Venga usted a verme un día.
-Mañana por la noche voy.
Te lo prometo, Manolo.
Y fui. Manolo me presentó
y respondió por mí a toda la concurrencia de calaveras jóvenes y viejos que
eran los habituales.
Hacia el mismo tiempo, un
día pasé ante la taberna del señor Fernando, en la calle de las Huertas. En
aquella tabernita, frecuentada por trabajadores de Lavapiés, por prostitutas de
Antón Martín y sus chulos, yo había bebido mi primer vaso de vino. Cuando
Rafael y yo éramos aún niños, habíamos ido muchas veces por una botella de vino
para comer. El propietario, el señor Fernando, nos daba un vaso de limonada o
diez céntimos para caramelos y cuando su hijo, Serafín, gordito como una
morcilla, no estaba muy ocupado fregando vasos y botellas, jugábamos con él
tras el mostrador. Cuando pasé aquel día estaba en la puerta un muchachote
fornido y rollizo en mangas de camisa y con un delantal a rayas verdes y
negras, que se me quedó mirando. Dio un paso hacia mí:
-Perdone usted. Usted es
Arturo, ¿no?
-Y tú eres Serafín.
Me metió en la taberna
entonces vacía. En la trastienda sonó la carraspera del señor Fernando. Me
senté con ellos y les conté mi vida. La suya no había cambiado: seguían con su
negocio y con sus parroquianos que se iban haciendo un poquito viejos, y entre
los que había algunos jóvenes que iban reemplazando a los que desaparecían:
-Ven a vernos -dijo el
señor Fernando-. Bueno, si no te has vuelto orgulloso para rozarte con
nosotros.
-Todavía soy el hijo de
la señora Leonor, la lavandera -le dije-. Vendré.
Cuando no iba a Villa
Rosa a bromear un rato con Manolo, me iba a la taberna del señor Fernando,
mejor dicho a la taberna de Serafín, porque el señor Fernando se murió muy poco
tiempo después. Allí se me aceptaba como un proletario, porque Serafín había jugado
conmigo y el señor Fernando había conocido a mi madre cuando aún bajaba a lavar
al río.
Manolo vino a mi mesa, la
limpió con el paño y preguntó:
-¿Qué va a ser hoy? ¿Lo
de siempre? Y un chato para mí que estoy seco de sed. -Tráete media docena.
-Tenemos una buena juerga
dentro. Ya le contaré después.
Trajo una bandeja con los
seis vasitos de manzanilla y levantó uno de ellos en alto:
-¡A su salud! -se inclinó
confidencial-: ¿Sabe usted quién está en el patio?
Villa Rosa tenía un patio
con techo de cristal, imitando un patio andaluz, lleno de tiestos con flores,
paredes cubiertas de azulejos e imitadas ventanas moriscas decoradas con
escayola.
-Yo qué sé. ¿Quién está
dentro?
-Don Miguelito.
-Bueno, y ¿quién es don
Miguelito?
-¡La madre de Dios, pues
no es usted cerrao, ni náa! ¿Quién va a ser? ¡El Rey de España! El mismísimo
Primo de Rivera. Se ha liado de juerga hoy y ahí está La Caoba con él y unos
cuantos cantores. En cuanto se pase la hora del vermut, vamos a cerrar para el
público.
-Por eso es por lo que he
visto unos cuantos tipos raros fuera.
-La secreta. Él no quiere que la policía vaya
detrás de él, pero no puede quitárselos de encima.
Manolo se marchó a
atender a otros parroquianos, pero volvió en seguida y comenzó a dar vueltas
alrededor de mí.
-¿Qué opinas tú de don
Miguelito, Manolo?
-Hum, ¿qué quiere usted
que diga? Yo no me meto en política. Es un tío con reaños. Esto es lo que me
gusta de él. Pero, mire usted, todos esos señoritingos que andan siempre a su
alrededor como moscas a la miel, son una colección de mangantes que ni aun saben
beber. Entre los dos, le diré que yo creo que va a acabar mal. Todos estos
fulanos no vienen más que a chupar del bote: «Don Miguel, bébase un chato...» y
otro y otro. Y al final, yo mismo lo he visto, cuando le tienen caliente, le
sacan un contrato para una carretera, para un amigo suyo o un puesto en un
ministerio o una recomendación para sabe Dios qué. Pero en cuanto acaben de
ordeñar la vaca, la mandan al matadero. Ya lo vera.
Manolo salpicaba su
charla con gestos de gitano viejo que está contando la buenaventura.
-Me gustaría verle de
cerca -dije.
-¿No le ha visto usted
nunca?
-En retrato sólo.
-Espérese usted un poco.
Le voy a presentar. Es un tío muy campechano. -Desapareció por un rato y cuando
volvió, me dijo al oído-: ¡Venga! -Asomó la cabeza a través de la puerta
entreabierta del patio-: Si Su Excelencia da permiso...
-¡Entra, Manolo!
-Pues, aquí lo traigo a
este señor, que es un viejo amigo y que quería saludar a Vuestra Excelencia.
-Dile que pase.
Entré en el patio,
bastante excitado y confuso, enfrentado con las miradas de todos los de la
reunión. El general Primo de Rivera estaba repantigado en un sillón de mimbre y
tenía a su lado una mujer de tipo agitanado. En el rincón opuesto había un
grupo de gitanos con guitarras y dos muchachas con faralaes. Las mesitas del
patio se habían agrupado en el centro para formar una mesa única, grande, que
estaba llena de vasos y botellas, y alrededor de ella una colección de hombres
y mujeres, los hombres de todas las edades, las mujeres todas jóvenes, menos
dos con tipo de alcahuetas.
-¿Cómo está usted? Tome
usted alguna cosa -dijo el general.
Era una situación
embarazosa. ¿Qué diablos podía yo decirle a este hombre y qué era lo que podía
decirme él a mí? Brindar por la dictadura era algo que yo no podía hacer.
Decirle algo así como «a su salud» me parecía ridículo. El general me salvó de
la dificultad:
-Si quieren ustedes beber
buena manzanilla, señores, vayan al Montillano, en Ceuta. Ese hombre sabe lo
que es vino.
-Tiene usted razón, mi
general -dije espontáneo.
-¡Caramba! ¿Usted conoce
el Montillano?
-He sido sargento en
Ceuta, mi general, y el general Serrano me invitó alguna vez allí.
-¡Ah, aquéllos eran los
buenos tiempos! ¿Cuándo dejó usted Marruecos?
-Hace un año, poco más o
menos.
-Bien, bien. ¿Y qué opina
usted de Marruecos?
-Es muy difícil para mí
decir lo que pienso, mi general. He sido allí un soldado y no me quejo; no me
fue muy mal. Otros lo han pasado peor que yo, sin hablar de los que no han
vuelto y se han quedado allí bajo tierra.
-No es eso lo que yo le
preguntaba. Yo estaba hablando de Marruecos. ¿Debemos abandonarlo o no?
-Ésas son cosas muy altas
para mí, mi general.
-Sí, naturalmente, pero
yo quiero saber lo que usted piensa. Usted ha estado allí, ¿qué haría usted si
estuviera en mi puesto? Dígalo con toda franqueza.
-Pues..., diciendo la
verdad -muchas veces he pensado si en aquel momento fui tan atrevido por causa
del vino-, yo he servido en filas y he visto mucha miseria y muchas cosas mucho
peores que miseria. Creo, mi general, que el hombre que quiera gobernar España
debe abandonar Marruecos, que no es más que un matadero.
Manolo, a espaldas mías,
puntuó mis frases con una simple exclamación gitana:
-¡Ele!
-El general Primo de
Rivera opina lo mismo, muchacho. Y si puede lo hará. Y podrá, aunque el diablo
se empeñe.
El general se había medio
incorporado de la butaca, pero ahora se dejó caer pesadamente contra el
respaldo curvo. La cara paternal se cambió en una de aburrimiento. No dijo nada
más.
-Excusen ustedes por
haberles interrumpido, señores. ¿Manda usted alguna cosa, mi general?
De pronto la rutina
automática del ejército había surgido en mí, ayudándome a salir de la
situación. Me daba lástima el viejo que ahora estaba en la silla con la cara de
un perro azotado.
-Nada, muchacho. Muchas
gracias. Manolo me acompañó a mi mesa:
-¿Qué opina usted del
general? -preguntó-. Es un gran tipo, ¿no?
-Manolo, ¿te das cuenta
que me puedo ganar ahora mismo mil pesetas, contando lo que acaba de decir el
general? -Me venía a la cabeza una visión de mi interviú en la primera página
de los periódicos. Manolo se puso serio:
-¡Por la salud de su
madre, don Arturo! No sea usted idiota y vaya a hacer un disparate que nos
comprometa a todos, y que le cueste a usted que le metan en la cárcel hasta que
le salgan canas. Escuche usted a un viejo que no le ha engañado en su vida. Y me
parece que lo mejor que puede usted hacer ahora es marcharse a cenar.
Hasta que yo me uní a la
tertulia de la taberna de Serafín, el señor Paco había sido allí la voz
cantante. Ahora lo era yo. Podía haberse resentido de que yo le hubiera
arrebatado un derecho adquirido en veinte años de discusiones políticas
alrededor de la mesa de mármol de la trastienda. Pero con todo su aplomo
revolucionario, el señor Paco era un hombre sencillo que se asombraba por todo
lo que no conocía.
Lo que él conocía a fondo
eran las cuatro paredes de su taller de carpintería, las mil y una clase de
maderas que existen bajo el sol, las informaciones de los periódicos de
izquierda más rabiosos, sobre todo los satíricos, la topografía de todo el
barrio de Lavapiés, y el río Jarama a donde iba a pescar y a bañarse en los
veranos.
-El oficio ahora es una
vergüenza. A mí deme usted una buena mesa de nogal macizo, y no esas porquerías
de pino sin labrar, forradas con una chapita que se llena de bultos con un
puchero caliente. O encina. La encina es la mejor madera del mundo. Pero hay
que saberla trabajar, si no, la herramienta se escurre como si fuera hierro en
vez de madera. Mi maestro, el señor Juan, que Dios tenga en paz, me tuvo
serrando encina un año entero, hasta que me harté y un día le tiré la
herramienta encima del banco: «¡No sierro más!». Me dio un pescozón, era lo que
le daban a un aprendiz entonces y a veces hasta a los oficiales, y me dijo:
«Qué, ¿te crees que ya lo sabes todo? Bueno, pues vas a trabajar con la
garlopa». Y me dio un cepillo y un tablero de encina para que lo alisara. Me
hubiera gustado veros a uno de vosotros allí. La condenada herramienta se
atasca en la madera y no corta aunque eches las tripas por la boca. Me costó
dos años aprender a cepillar encina y sacar virutas tan finas como papel de
fumar. Pero ahora... Sierras con una máquina, cepillas con una máquina y
barnizas a máquina. ¡Todo lo más que hay que hacer es serrar unos cachos de
pino y pegarles una tapa de caoba y después darle con el pulverizador!
-Pero, señor Paco, las
máquinas significan progreso. A ver si nos ponemos de acuerdo. Está usted
siempre hablando de socialismo y de progreso y luego empieza usted a maldecir
de las máquinas.
-¡Pero por Dios vivo! Yo
no quiero decir nada de eso, lo que quiero decir es que ahora ya no hay obreros
de verdad. Yo puedo trabajar la madera, pero me da grima que los otros no son
capaces de hacer ni esto -e hizo crujir las uñas-. Todo es mecánico. Y lo que
pasa es que ahora hacen las cosas a montón como los buñuelos y luego, cuando
los obreros piden más jornal, les grita el amo: «Hala, largo de aquí. Para
serrar me basta cualquiera, hasta una mujer, si hace falta».
-Bueno, ¿y qué hay de
malo con que las mujeres sierren?
-¡Las mujeres a fregar y
a dar de mamar a los chicos!
-¿Y se llama usted un
socialista?
El señor Paco no sabía
qué decir, cuando yo atacaba su socialismo emocional con burlas a veces
bastante crueles.
Una noche los periódicos
publicaron la noticia de que Abd-el-Krim había cortado las comunicaciones entre
Tetuán y Xauen. No lo decían así; contaban la historia de algunos ataques y la
pérdida de ciertas posiciones, cuyos nombres no significaban nada para el
lector ordinario, aunque significaban desastre para los que conocían el campo
de batalla. No sólo significaban que los rebeldes habían cortado las
comunicaciones entre Xauen y Tetuán, sino que también amenazaban cortarlas con
Ceuta. Habían capturado varias posiciones del macizo de Gorgues, la montaña que
domina Tetuán, y desde allí podían escoger o atacar la ciudad o cortar la línea
del ferrocarril y la carretera de Ceuta. La kábila de Ányera, cuyas
ramificaciones cubren la costa entre Tánger y Ceuta, daba muestras de rebelión.
Aparentemente, se había dado a los jefes de las kábilas armas como una medida
de buena política y ahora se sentían inclinados a usar estas mismas armas para
un asalto a Ceuta y a Tetuán, de acuerdo con Abd-el-Krim.
Dejé el periódico sobre
el mármol del velador en el rincón de la taberna de Serafín. El señor Paco lo
cogió y leyó los titulares.
-¡La misma historia de
siempre! Ese viejo calzonazos de Primo de Rivera, siempre prometiendo que va a
acabar con Marruecos y lo único que hace es tomarnos el pelo, como nos lo
tomaron cuando yo estuve allí.
-Esta vez va en serio,
Paco. Abd-el-Krim ha ido demasiado lejos.
-Bah, ¡mierda! Éstos son
los viejos trucos de los generales. Me los sé de memoria. Una lástima que no
nos echen de allí a patadas para siempre. Nos costaría diez mil hombres o más,
pero se acabaría. Como ahora es, no es más que una sangría suelta.
-Voy a contarle algo,
Paco. -Me acodé en la mesa, muy confidencial. Serafín cerró la puerta de
cristales-. Hace pocas semanas estuve hablando con Primo de Rivera.
-Sí, ¡y un jamón!
-exclamó el señor Paco.
-Bueno, lo puede usted
creer o no. Pero Primo de Rivera quiere abandonar Marruecos.
El círculo de amigos se
quedó silencioso, esperando que aquello iba a acabar en una de mis bromas habituales.
El señor Paco se puso serio:
-Ésa no me la trago, don
Arturo. Usted se burla de uno como yo, porque uno no tiene estudios ni nada,
pero no está bien que haga usted eso. Por menos que una broma así le doy yo dos
bofetadas a cualquier hijo de madre. Ya soy muy viejo para que se rían de mí.
-Estaba hablando en
serio, Paco.
-Y yo le digo que hemos
terminado de tratarnos como amigos. Me levanté:
-Bien, no quiero armar
una bronca. Serafín, danos una ronda por mi cuenta.
Bebimos en un silencio
hostil. De pronto el señor Paco estampó el vaso sobre el mármol:
-Primo de Rivera es un
hijo de mala madre, como todos los generales habidos y por haber, pero...
Bueno, usted me ha estado tomando el pelo y yo se lo perdono. Pero broma o no
broma, si el viejo marrullero ese abandona Marruecos, el señor Paco, el ebanista,
se planta en medio de la Plaza de Antón Martín y grita a voces que es el tío
más grande que ha nacido en España. He dicho. Y ahora, Serafín, danos otra
ronda, no tengo ganas de que esto acabe mal.
Unos pocos días más tarde
comenzaron las operaciones para liberar la guarnición sitiada en Xauen. En un
discurso en Málaga, el general Primo de Rivera anunció que intentaba retirar
las tropas a las plazas de soberanía -Ceuta, Melilla y Larache- y abandonar la
zona de Protectorado. Inmediatamente la kábila de Ányera se sublevó y las
comunicaciones entre Ceuta, Tánger y Tetuán quedaron cortadas. Comenzaron a
enviarse millares de soldados a Marruecos. Los periódicos no publicaban más que
noticias de la guerra.
El señor Paco devoraba
los periódicos y comentaba las noticias a su manera:
-Ahora vais a ver cómo se
acaba esto: otro desastre como el de Melilla y otros cincuenta mil muertos. Y
al fin se harán las paces con Abd-el-Krim, se le dará un buen puesto y se le
forrarán los bolsillos de dinero. Y así se arreglarán las cosas, hasta que se
subleve otro y se vuelva a empezar.
-Esta vez las cosas son
diferentes, Paco.
-¿Diferentes? Eso
quisiera yo. Todos son una banda de granujas. Por eso es por lo que han hecho
la dictadura. Primero, para que no se sepa lo que el Rey ha hecho; ¿dónde han
ido a parar los papeles de Picasso? Segundo, para poder hacer otro amaño de los
suyos y guardarse unos millones. ¡La carne de cañon está barata! Y tenga usted
hijos para que se los maten. ¡Así permita Dios revienten todos ellos! -El señor
Paco se enjugó la frente; el verano de 1924 fue tórrido. Después agregó-: Y no
me venga usted más con sus cuentos. Marruecos no se ha arreglado ni se
arreglará nunca. Es la maldición de España y todas nuestras desdichas vendrán
de allí. Ya lo veréis con el tiempo todos vosotros.
Primo de Rivera se marchó
a Marruecos a hacerse cargo del mando de las fuerzas. Se llevó a cabo la
retirada. Fue una victoria estratégica y una hecatombe. Todas las kábilas de la
zona de Ceuta y Tetuán se unieron a los rebeldes. La táctica de Primo de Rivera
fue liberar las guarniciones de las posiciones y de los blocaos lo mejor que
pudo: unas peleando y otras por rescate en dinero y en municiones. Muchas
guarniciones fueron liberadas a cambio de entregar su armamento a los moros, a
quienes además se les entregaba una cantidad idéntica de armamento como premio:
es decir, pagaban dos fusiles por cada hombre rescatado. Las fuerzas españolas
afluían al Zoco del Arbaa, desarmadas y desmoralizadas. Desde allí tenían aún
que llegar a Ceuta, atravesando territorio hostil que se levantaba a su paso.
Se perdieron veinte mil hombres y una cantidad inmensa de material de guerra.
Yo me conocía el terreno palmo a palmo y
podía seguir la catástrofe paso a paso. Tomé la costumbre de comprar los
periódicos de la tarde al salir de la oficina y sentarme a leerlos en Villa
Rosa hasta la hora de cenar. Me sentía incapaz de discutir más el asunto con el
señor Paco. Hacia fines de 1924, la mayor parte de las fuerzas españolas habían
sido licenciadas. Se dejaron fuertes guarniciones en Ceuta, MeJilla y Larache y
se abandonó el resto del territorio. La insurrección se había hecho dueña de toda
la zona del Protectorado. Primo de Rivera decretó el bloqueo de la zona. La
prensa y la opinión pública le aclamaban como el salvador de Marruecos
La ruta sin fin
Capítulo X
En la noche del 26 de
diciembre de 1924, un sargento de Ingenieros entró en Villa Rosa. Yo estaba
sentado en mi rincón habitual y no veía más que su espalda, mientras él estaba
reclinado sobre el mostrador del bar. Encontraba algo familiar en su figura que
me forzaba a seguir mirando. En verdad deseaba que fuera alguien a quien yo
conociera. Me encontraba solo, entre gentes ignorantes de este Marruecos que
aún era una obsesión para mí.
El sargento se volvió a
medias y me presentó su perfil. Era Córcoles. La amistad entre gentes que han
estado juntos en una guerra es un sentimiento extraño: el ejército le obliga a
uno a compartir la misma tienda o a sentarse lado a lado en el círculo que pela
patatas alrededor del caldero. Son gentes absolutamente desconocidas. La vida
común los convierte en camaradas. La guerra, al fin, los suelda unos a otros
con una solidaridad que no es humana, sino más bien la de animales en un
peligro común que se agrupan en manada; y al fin esta solidaridad se convierte
en amistad. Cuando el licenciamiento llega, cada uno de estos amigos vuelve a
su hogar y la masa anónima del pueblo se lo traga. Cada uno de ellos contando
sus experiencias a sus conocidos recuerda a veces al amigo perdido, lo menta, y
lo convierte en personaje de una historia. A veces exclama entusiasta: «Ha sido
el mejor amigo que he tenido en mi vida». Y sin embargo este amigo se ha
disuelto en el aire, ha dejado de existir; no cuenta más en su nueva vida. Pero
un día ambos se encuentran de nuevo frente a frente, y de golpe resucita un
trozo de vida que es inolvidable, no importa cómo hayamos tratado de enterrarla
en el olvido. Se abrazan, se golpean los hombros, balbucean, gritan, hablan...
y después vuelven a separarse, posiblemente para siempre. Pero cada uno de
estos encuentros revuelve en la mente todos los pasos que allí guarda dormidos
todo el que ha sido soldado y trata de no acordarse más.
Corcóles y yo nos
abrazamos tan ruidosamente que ahogamos por un momento el ruido del bar, lleno
a aquella hora. Hubiéramos reducido al silencio los ruidos del café más lleno
de Europa. Córcoles había escapado a la matanza, había vivido a través de la retirada
de Xauen y ahora estaba con permiso en Madrid, con cada nervio de su cuerpo
felino desatado. Nunca me había dado cuenta de cómo lo quería. Ahora sentía
como si fuera a llorar. Grité:
-¡Manolo, manzanilla!
¡Manzanilla, Manolo! Una botella o dos o las que quieras. Ven y bebe con
nosotros; yo pago. Tráete vino pronto; tenemos que emborracharnos. Mírale, se
ha escapado. ¡Tiene siete vidas como un gato!
Cuando Córcoles se
emocionaba, se volvía tartaja y las vocales le salían como un cacareo de una
gallina:
-¡Vi-iii-no-oo!
¡Aaa-buu-eloo!
-¿Quién es el abuelo
aquí, cascarria? Todavía puedo preñar a tu madre.
-¡Manolo, no seas bestia!
-¡A este niño le rompo yo
las narices, don Arturo!
-¡Tú harás muy bien de
guardarte de ello, voceras!
-Bueno, bueno, vamos a
ver qué pasa. ¿Usted es un amigo de don Arturo o qué?
-Manolo, no seas idiota.
Éste es el mejor amigo que he tenido en África. Mírale a la cara.
-Bueno; y entonces, ¿por qué es este
escándalo? La botella la pago yo y ustedes se callan.
¡Vino, vino! Usted viene
y le dice a Manolo: «Yo soy amigo de don Arturo», ¡y ya está! Aquí está Manolo
a su servicio. Pero nada de hablar de las canas, ¿eh? Y ahora dígame una cosa:
¿a usted no le mataron en Marruecos?
-¡Caray! Creo que estoy
aquí vivito y coleando. ¿No me ve?
-¡Ca, hombre, ca! Usted
es un fantasma, con huesos y esa ropa. Le voy a traer a usted una tapa de
salchichón que le va a rellenar en dos minutos.
-¡Ay, su madre! Este
viejo se está quedando conmigo.
Manolo y Córcoles
simpatizaron uno con otro de tal manera como para ponerme a mí celoso. Manolo
puso frente a Corcóles una colección de tapas bastantes para hacer una comida
abundante, en lugar de las transparentes rajitas que en general se servían con
el vino. Se quedó a su lado con un paño al hombro, mirándole comer.
-Usted coma y beba. Está
usted más flaco que el hilo de zurcir. ¡Y no me mire usted a la zorra esa! A
usted lo que le hace falta es comer y beber y guardarse el aceite en el
pellejo. Verdaderamente si a Córcoles se le hubieran rapado los rizos revueltos
que le hacían la cabeza de doble tamaño, y le hubieran dejado en cueros, no
hubiera parecido más que una armazón de huesos cubierta de pellejo negro: la
nuez le brincaba sobre el cuello, los ojos estaban hundidos en el cráneo y las
manos eran cinco rabillos de perro pelón. Pero su guasa era mordaz y más cínica
que nunca. Tenía la insolencia de un hombre que se ha enfrentado con la muerte.
-Bueno, cuéntame, ¿cómo
estás?
-Pues ya lo ves. En los
puros huesos. Cuando llegamos a Ceuta me tuvieron que meter en el hospital en
piezas, porque me había desarmado. Y el doctor dijo: «Dos meses de permiso.
¿Dónde quiere ir?». «A
Madrid», le dije. «Pero ¿no tiene usted aquí familia?» «Sí, señor, le contesté,
pero la familia y los trastos viejos, lejos. ¡Qué!, ¿quiere usted que salga del
hospital para que la mamaíta y las hermanitas me cuiden y me mimen? Para que se
pasen todo el día diciendo: Estate quieto, no te muevas, siéntate al sol.
Bébete esta tacita de caldo. Arrópate; no, gracias.» El doctor se echó a reír y
me dio un vale para que me bañase en el Manzanares.
Se volvió y se quedó
mirando a una muchacha:
-¡Caray! ¡Vaya unas
mujeres que tenéis por aquí! Manolo, tráeme más jamón. Te voy a subir la
propina. Me estoy gastando la mitad de la grava de la carretera de Tetuán a
Xauen. Durante la semana entre Nochebuena y Año Nuevo, los negocios se
paralizan. Pedí unos días de permiso y me dediqué a actuar como cicerone de
Córcoles, que no conocía Madrid. Y poco a poco fue contándome sus experiencias:
-¿Tú sabes? En Xauen se
estaba estupendamente. Tú no lo has conocido cómo cambió. Hasta la Luisa puso
allí una sucursal y una taberna en cada esquina. Está estupendo. Bueno, estaba,
porque allí ya no quedan ni las ratas. La misma historia de siempre: los moros
atacaban uno u otro de los convoyes, pero en Xauen se estaba más tranquilo que
aquí con todos estos tranvías; no me acostumbro al ruido. Y así un día oímos
que habían atacado Uad Lau, y al siguiente que habían atacado a Miskrela, y al
tercero que... Bueno, así una lista. Pero no nos preocupábamos mucho. Hasta que
de pronto un día nos dijeron que las cosas iban mal: estábamos cortados con
Tetuán. Y allí nos tienes, dando vueltas como burros de noria, los moros
poniéndonos caras feroces y el zoco vacío sin que apareciera nadie a vender, y
nos estábamos quedando sin nada que comer. Bien, no nos querían vender comida y
nos la tomamos: un día limpiamos hasta los rincones de Xauen. Mientras tanto,
nos estaban friendo a tiros. Municiones teníamos de sobra, si no, no salimos de
allí uno vivo. Al final comenzaban a tirarnos piedras. Así, un día vino el
Tercio y dijo: «Se acabó,
¡nos vamos!». «¿Nos vamos
dónde?» «Sí -nos dijeron-, nos vamos a España y la guerra se acabó.»
La guerra podía haberse
acabado, pero en Xauen no había un dios que lo dijera; nos estaban asando a
balazos de día y de noche. La Legión se quedó allí; habían recibido refuerzos y
había venido Franco. Se evacuaron las tropas peninsulares y nos mandaron al
Zoco del Arbaa a la luz del día. Tuvimos un poco de tiroteo en el camino, pero
íbamos bien protegidos y la cosa no fue grave.
Tú ya conoces el Zoco.
Fue allí donde yo te conocí primero, ¿te acuerdas? Cuando llegamos allí, las
cosas estaban bastante mal. Había miles y miles viniendo de todas partes, todos
hambrientos, comidos de piojos, muertos de sed, sin armas, medio en cueros.
Todos parecíamos mendigos; y todos los peces gordos estaban en el Zoco; Millán
Astray, Serrano, Marzo, Castro Girona, bueno, toda la pandilla. Nadie sabía qué
hacer. Los cantineros no tenían ni agua. Dos días mas tarde llegó la Legión a
medianoche. Habían estado rellenando uniformes con paja todo el día y después
se habían escapado de Xauen dejando los peleles entre los parapetos, con palos
imitando fusiles. Supongo que los moros se tiraron de los pelos al otro día.
Pero los legionarios nos metieron prisa: "¡Hala, fuera de aquí antes que
se enteren!".
Córcoles apuró su vaso de
vino y se puso a trazar líneas con el dedo sobre la mesa.
-Debes acordarte de la
situación del zoco. Está en lo alto de un cerro y si vas de allí a Tetuán, lo
primero que tienes que hacer es bajar una cuesta empinada con un bosque a la
derecha. ¿Te acuerdas aquel camión que estaba ardiendo el día que tú llegaste?
Los moros acababan de hacer una emboscada. Bueno, siguiendo con la cuestecita:
cuando llegas abajo, tienes que pasar un barranco lleno de árboles, allí donde
comienza el bosque, y tienes que empezar a subir otra cuesta. Después, la
carretera va derecha a Ben-Karrick. Cuando empezamos a bajar la cuesta, nos
metimos en un infierno de balas. La Legión se tiró al barranco y nosotros de
cabeza a la cuneta. Los moros se cargaron a todos los que no anduvieron listos.
Nos tomó cuatro horas llegar al barranco y dos horas subir la otra cuesta,
antes de que estuviéramos en campo abierto. Ha sido la carnicería más grande
que he visto en mi vida. Mataron a casi todos los oficiales del Tercio, mataron
al general Serrano, le hirieron otra vez a Millán Astray; y te puedes imaginar
lo que le pasaba al pescado menudo que caía a cientos, si esto le pasaba a los
peces gordos. En el fondo del barranco no podías verte los dedos de la mano,
con el humo y el polvo, los gritos y las blasfemias, y no había más remedio que
pisar a los que habían caído para seguir andando. En Ben-Karrick era peor aún:
desde la montaña nos tiraban de día y de noche. Llegamos a Tetuán la mitad o
menos. Y en Tetuán los cerdos nos asaban de día y de noche desde Gorsgues.
-Córcoles se bebió otro vaso de vino-: Sí. Ahora, escucha: yo no puedo tragar a
esos fulanos del Tercio. El que no ha matado a su padre o ha hecho algo peor,
está para que le encierren en un manicomio. Pero la verdad es que sin ellos, el
resto de nosotros no hubiéramos salido vivos. Y el tal Franco está más loco que
todos ellos juntos. Le he visto en el maldito barranco más fresco que una
lechuga dando gritos: «¡Agacha la cabeza, idiota...! ¡Dos hombres detrás de
aquella piedra de la derecha...!». Levantaba la nariz un soldado y le zumbaron
patas arriba; un oficial se acercó a él y le mandaron a hacerle compañía; pues
bien, Franco salió sin un rasguño. A mí me asustaba más verle que las balas.
-Se bebió otro vaso de vino y volvió a nuestras viejas reminiscencias-: ¿Te
acuerdas de la posición que estaba llena de tortugas y tú amaneciste una mañana
con dos pequeñitas, verdes aún, entre el pecho y la camisa? Y ¡te acuerdas de
la posición de donde nos echaron las pulgas!
Así, llegó una noche en la que nos pusimos a
discutir el problema político que entonces estaba centrado en Marruecos.
-Yo no entiendo una
palabra de los líos que se traen aquí - dijo Córcoles-, pero en Marruecos las
cosas están que arden.
Estábamos en Villa Rosa.
Manolo nos trajo una bandeja llena de chatos y se quedó recostado en el
respaldo de una silla. Córcoles se calló.
-Sigue -le dije.
-Bueno, seguiré. En
Marruecos las gentes dicen que nos vamos de veras.
-Sí, amiguito -dijo
Manolo-. Nos vamos y ustedes se pueden ir con sus granujerías a otra parte.
-Ya me parecía a mí que
lo mejor era callarme.
-Tú sigue -dije yo-. Y
tú, Manolo, deja por una vez hablar a la gente.
-Está bien. Me callo,
pero no me voy.
-Por mí, se puede usted
quedar -replicó Córcoles-. No le gusta lo que ha oído, pero va usted a oír un
poco más. Marruecos es una vergüenza. -Algunos de los clientes volvieron la
cabeza y Córcoles, inspirado por el auditorio, levantó la voz-: Sí, señor. Una
vergüenza. Los españoles no tenemos derecho a abandonar Marruecos. Lo que se ha
hecho con nosotros ha sido una canallada. Han dejado que maten a miles de los
nuestros, nada más que porque los políticos creen que sería muy cómodo
abandonar Marruecos. Pero nosotros en el ejército tenemos nuestro honor y las
cosas no van a seguir como están. No van a seguir, te lo digo yo, aunque se
empeñe el mismísimo Primo de Rivera.
Un hombre se acercó a
Córcoles:
-¡Usted se calla! El
general Primo de Rivera es la cabeza del Estado. Otro cliente vino detrás del
primero y le tiró de la manga:
-El que se calla es
usted. El sargento, aquí, tiene razón. ¿Qué es eso de dejar que nos maten los
hombres y encima abandonar lo que nos ha costado tanta sangre? Y limpiarnos el
culo con los tratados. ¡Usted es un idiota!
Manolo se encrespó:
-Usted se calla, ¡marica!
Siga usted, sargento.
Se había formado un gran
corro alrededor de nuestra mesa. La mayoría vociferaba que debíamos abandonar
Marruecos, pero había una minoría que mantenía lo contrario. De repente, el
chico de los periódicos gritó:
-Claro, los señoritos no
quieren que nos marchemos de allí. ¡Viva la República!
El grito fue tan
absurdamente inesperado que por un instante se hizo un silencio total. Pero un
momento más tarde sonaban bofetadas, se levantaban sillas en alto y volaban
algunos vasos y botellas. Manolo nos cogió a los dos por el brazo y nos plantó
en el corredor. Abrió la puertecilla de atrás que daba a la calle del Gato:
-¡Hala, fuera de aquí,
vivos! Ustedes no saben nada de lo que ha pasado. Yo me voy dentro, a ver si
llego a tiempo de soltar un cogotazo a uno de esos señoritingos.
La calle del Gato es en
realidad una calleja de tres metros de ancho pavimentada con viejas losas. Uno
de esos callejones que se han quedado olvidados en el corazón de cada gran
ciudad. Cuando se entra en ellos, la vida es distinta: no pasan carruajes y los
transeúntes son escasos. El ruido de coches y tranvías se oye muy lejano. Las
casas están cerradas y en los balcones las persianas echadas. En aquel callejón
no había más que una taberna con la vidriera siempre cerrada, una tienducha que
vendía preservativos, un café de camareras con algunas viejas putas hinchadas
por la edad y la sífilis sentadas a la puerta, aguardando a unos parroquianos
que nunca llegaban. Los gatos se paseaban libremente por la calle, haciéndose
el amor y a veces bufando a los transeúntes. Algunas de las bombillas de luz
sobre los portales de las casas estaban apagadas, pero hasta las que ardían
sólo daban una lucecilla amarillenta que llenaba la oscuridad de sombras.
Córcoles y yo empujamos
la puerta de la taberna, que estaba precisamente enfrente de nosotros, y nos
hundimos en una atmósfera de olor de pescado frito, vino agrio y humo de tabaco
frío. Nos sentamos a una mesa y pedimos un poco de pescado frito y dos vasos de
vino:
-Vaya un lío que he
armado -dijo Córcoles-. Y no me hubiera hecho gracia dormir en la comisaría,
sobre todo estando de uniforme.
-Bueno, ya está hecho.
Ahora cuéntame de verdad lo que tú crees, pero sin ataques patrióticos, ¿eh?,
ya te conozco.
-El patriotismo fue para
la galería. Pero para decirte la verdad, chico, la verdad es que ¿dónde diablos
vamos a ir nosotros? Si se acaba Marruecos, yo mismo me veo en la Península con
treinta duros al mes, ahora que tengo una chica y quiero casarme con ella. Y si
me licencio, ¿qué puedo yo hacer sin oficio ni beneficio? Y lo mismo nos pasa a
todos. Coge uno de los coroneles con su paga de 999,99 pesetas, quítales el
chupen de Marruecos y ponle en una provincia, con la señora «coronela»
acostumbrada a ser una dama de alta sociedad, y ¿qué pasa? Te digo, a Primo se
le ha hinchado la cabeza con el puesto. Pero créeme, lo de Marruecos va a traer
cola. Nuestra gente está dispuesta a rebelarse por las buenas o por las malas
como dé la orden de abandonar aquello y nos embarque para España. Y hay más. Es
muy fácil decir que España se va a quedar con Ceuta y Melilla, pero ¿tú sabes
lo que está pasando ahora? Ahora no puedes ni ir de noche al muelle de la
Puntilla, porque los moros de Ányera te cortan el pescuezo, te limpian los
bolsillos y te tiran al mar. Si las cosas siguen así, el día menos pensado se
nos meten en Ceuta y nos echan a todos a la bahía. Ir de Ceuta a Tánger es
jugarse la vida, porque no tenemos más que estrictamente la carretera y la vía
del tren y por ambos lados los moros te sueltan un tiro cuando se les antoja.
Primo quiere algo que es imposible: estar allí y no estar; repicar y andar en
la procesión.
-Bien -dije yo-, no sé
cómo están allí las cosas, pero lo que sí sé es que aquí todo el mundo está
convencido de que vamos a abandonar Marruecos. Primo de Rivera se ha
comprometido a ello y lo ha dicho públicamente al país.
-Una cosa es predicar y
otra dar trigo. Ni los generales ni nosotros los sargentos nos queremos
marchar. Si es necesario, Sanjurjo se va a levantar contra Primo, y Franco con
él y el Tercio y los Regulares. Además hay otro factor... -Córcoles tenía la boca
llena de pescado frito y me dejó en suspenso.
-¿Qué otro factor? ¿El
Rey?
-No, señor. Más grande
que eso. Mira: en África la gente habla y se cuenta una cantidad de historias,
la mitad de ellas mentiras. Pero esto me parece serio. Con la retirada les
hemos dejado a los franceses con el culo al aire. Lo primero, se les ha acabado
el negocio de vender fusiles y municiones a los moros; y lo segundo,
Abd-el-Krim les está dando un mal rato con sus propagandas en la zona. Pero lo
peor para ellos es que si nos vamos de Marruecos, se van a meter allí los
ingleses o los italianos o los alemanes, y esto Francia no lo aguanta. Para
acabar la historia: lo que se cuenta es que el Gobierno francés le ha dicho a
Primo que o respeta los convenios o que se atenga a las consecuencias. Y
aparentemente se han puesto a la vez de acuerdo con Sanjurjo y han estado muy a
bien con Franco, desde que estuvo en París estudiando con el viejo Pétain, y la
cosa parece como si todo estuviera listo para armar una gorda. Así que en unos
pocos meses comenzamos la reconquista.
-Todo eso me parece una novela por entregas.
Cuando vuelvas a Marruecos, escríbeme y cuéntame el próximo capítulo.
Salimos de la oscuridad
de la calle y nos sumergimos en la luz y el ruido cien metros más allá.
Ocurrieron varios
acontecimientos entre enero y junio de 1925. Las tropas de Abd-el-Krim y las
del Raisuni se habían unido para echar a las tropas españolas de Xauen, pero
cuando llegó la hora de repartirse el botín, comenzaron a pelearse. Xauen
pertenecía al territorio de Yebala, el dominio del Raisuni, y los rifeños se
habían establecido allí como los amos. El Raisuni mismo, inmovilizado por la
hidropesía en sus montañas de yébel Alam, llamó a sus partidarios; y los dos
cabecillas comenzaron una guerra. Pero el Raisuni no podía hacer cosa alguna
contra los cañones y las ametralladoras de Abd-el-Krim. La guerra no duró más
que unos días. Abd-el-Krim hizo prisionero al «señor de la Montaña» en su
guarida de Tazarut, le quitó su tesoro que valía millones y se lo llevó
prisionero al Rif, donde murió en abril.
Mientras el cabecilla
ganaba esta victoria, su hermano Mohammed se fue a Londres, hizo una serie de
visitas y publicó unas declaraciones sensacionales en las que prometía la paz
tan pronto como las naciones europeas reconocieran la República del Rif. Simultáneamente
se volvieron más frecuentes las incursiones y las emboscadas en la zona
francesa. En abril, los franceses llevaron tropas de la metrópoli y comenzaron
una ofensiva. En mayo, Primo de Rivera dio el paso más arriesgado de toda su
carrera: negoció un armisticio de tres meses con Abd-el-Krim.
Las fuerzas francesas
sufrieron derrota tras derrota ante las tribus rifeñas y en la Cámara de
Diputados se produjeron escándalos que repercutieron en motín en las calles de
París. Jacques Doriot, el líder comunista, lanzó un manifiesto en el cual
tachaba como agresor al Imperio francés y pedía el reconocimiento de la
independencia del Rif y el abandono de Marruecos por los franceses. El envío de
fuerzas expedicionarias para una guerra colonial provocaba el descontento de
las masas, con los recuerdos de la gran guerra aún frescos. Al fin de mayo, los
escándalos en la Cámara eran diarios y el Gobierno francés parecía impotente
para dominar la situación.
Por aquella época, yo
estaba tratando de entender y seguir el desarrollo de las dos grandes ideas
opuestas, fascismo y socialismo -o comunismo- fuera de España. En mi propio
país encontraba difícil ajustar los movimientos políticos en la forma ortodoxa:
el movimiento obrero, al cual yo pertenecía, tenía grupos pequeños y
articulados, pero sin influencia, y a la vez grandes masas inarticuladas e
inquietas, arrastradas por fuerzas y sentimientos que desafiaban cualquier
expresión organizada. La dictadura de Primo de Rivera había copiado
abiertamente el sistema político que Mussolini había creado en su país:
estableció el partido único y las corporaciones. Y sin embargo, pocos de
nosotros llamábamos abiertamente un fascista a Primo de Rivera. Yo mismo, con
todo mi odio y desconfianza hacia los generales, tenía una esperanza de que el
viejo era honrado en sus vociferaciones y liberaría a España del íncubo de
Marruecos y de la ola de violencia. Por otra parte, aún entonces me sentía
asustado de las fuerzas que estaban tomando desarrollo detrás de la escena; las
había visto en su propio traje en Marruecos, pero casi no entendía lo que había
visto y sentido. Este miedo vago me hacía leer entre líneas la información
escasa de la prensa, como si a través de lo que estaba pasando en el exterior
pudiera llegar a encontrar el ángulo exacto, la perspectiva necesaria, para
apreciar lo que estaba ocurriendo con nosotros.
La acción de Doriot me
perturbaba y me extrañaba. Me parecía obvio que una revuelta de las masas en
Francia, conducidas por el Partido Comunista bajo una bandera prestada de
Abd-el-Krim, provocaría inmediatamente una contrarreacción de todos los poderes
que habían firmado el tratado de Algeciras. Arrastraría a toda la casta militar
francesa a una actividad pronta y efectiva. En verdad, el único efecto
inmediato del manifiesto de Doriot fue que M. Malvy visitó a Primo de Rivera en
Madrid y como consecuencia los dos gobiernos se pusieron de acuerdo para
destruir a Abd-el-Krim con una acción común. Pensaba yo que la actuación de
Doriot había sido tan absolutamente estúpida que igualaba a la de un agente
provocador. Su carrera política ulterior hace posible el preguntarse si era, no
un demagogo torpe, sino un sirviente eficaz de sus amos.
A principios del verano
de 1925 recibí una carta de Córcoles. Decía: «No sabemos lo que va a pasar,
pero Primo no va a durar mucho. Ya habrás oído que Franco presentó la dimisión
como jefe del Tercio. Sobre esto corre una historia que te va a divertir: cuando
Primo vino a Melilla, Franco y los oficiales del Tercio y los Regulares le
invitaron a una comida y le gastaron un bromazo. Todos los platos que sirvieron
eran platos de huevos: fritos, escalfados, cocidos, tortillas, y yo no sé en
cuántas formas. El viejo preguntó -al menos así lo cuentan- por qué había tanta
abundancia de huevos, y le contestaron que, como se iban a ir de Marruecos, los
huevos no hacían falta, porque los que se quedaban eran los únicos que
necesitaban tener huevos. Se armó una bronca terrible y hasta se dice que uno
de los oficiales le amenazó con la pistola a Primo. Franco mandó su dimisión y
todos los oficiales han declarado su solidaridad con él. Los sargentos de
Ingenieros le mandamos una declaración de lealtad y casi todos la hemos
firmado. Yo también».
Los reyes de España
construyeron un famoso camino que se dirige de Madrid al norte. Lo comenzó
Felipe II, cuando erigió la mole del Escorial. Los reyes que vinieron después
construyeron sus sitios de refugio más cerca del palacio, en la Granja y en el
Pardo, pero siempre dentro de esta ruta a los montes del Guadarrama. Se
convirtió en la ruta del rey Alfonso XIII cuando iba a visitar sus posesiones o
cuando conducía sus coches de carrera a la costa del Cantábrico. Es una ruta de
reyes. A ambos lados siguen creciendo aún árboles milenarios, restos de los
bosques primeros que una vez rodearon Madrid. Por un trecho el río Manzanares,
con sus arenales, sus juncos y sus retamas, corre a lo largo de este camino. A
la derecha están las laderas de la Moncloa y del Parque del Oeste, cubiertas de
álamos, de olmos, de pinos y de castaños de indias; ya cerca del Pardo comienza
un bosque espeso y salvaje de encinas, una vez propiedad del Rey.
Los domingos solía yo
coger un libro y marcharme a lo largo de esta carretera hasta los pinares.
Algunas veces, antes de meterme en la arboleda, entraba en la capilla de San
Antonio de la Florida y me recreaba un rato contemplando el techo pintado por
Goya.
En las mañanas temprano
solía haber únicamente unas cuantas mujerucas, perdidas en las sombras de la
capilla, mientras el cura, un hombrón campechano, estaba sentado al sol a la
puerta de la rectoría, o a la sombra de los árboles pomposos. Sabía que yo no
venía a rezar; plegaba su periódico o cerraba su breviario, y me saludaba como
un viejo conocido. Después entraba conmigo en el templo y encendía la luz de la
cúpula para que pudiera ver los frescos, brillantes aún tras una película de un
siglo de humo de velas. Las viejas mujeres volvían la cabeza, se nos quedaban
mirando y luego volvían la vista a lo alto. El cura y yo solíamos discutir
detalles de las pinturas en un susurro de iglesia. Se divertía en señalar la
figura que se llama La maja de Goya y que se supone fue la duquesa de Alba, una
figura de mujer joven vestida de rojo lado a lado del santo ermitaño.
-Mi amigo -decía a
veces-, aquéllos eran otros tiempos. Los reyes se paraban aquí y la iglesia se
llenaba. Ahora, las únicas gentes que aquí vienen son las lavanderas que
encienden una vela al santo porque les ha salvado un chico, o jovencitas que
quieren un novio y le rezan de rodillas para que haga el milagro.
Un domingo, cuando salía
al pórtico soleado, vi un periódico sobre el banco de piedra. Era El Debate; y
en él grandes titulares anunciaban un ataque a lo largo de la costa del Rif y
un desembarco en la bahía de Alhucemas. La guerra en Marruecos había comenzado
de nuevo. El desembarco había sido hecho por el coronel Franco a la cabeza de
sus legionarios.
Me fui a los pinares de
la Moncloa y me dejé caer sobre la alfombra blanda y escurridiza de agujas de
pino. Mientras miraba los grupos de gentes domingueras al pie del cerro,
pensaba en Marruecos; y la ruta de los reyes que se extendía allá abajo, entre los
árboles, me hizo pensar en aquella otra ruta que yo había ayudado a construir.
Veía el trazado de la
pista desde Tetuán a Xauen, desarrollándose sin cesar hacia adelante a través
de los cerros; y veía a los hombres cavando lentos la tierra y machacando la
piedra.
Y recordaba algo que pasó
antes de que la pista llegara hasta la higuera, que aún era un cruce de caminos
entre todas las veredas usadas por los moros los jueves en su camino hacia el
zoco.
Un moro ciego vino
lentamente montaña abajo, golpeando con su palo los montones de tierra cavada y
tanteándolos para no perder el leve rastro de la vereda en sus revueltas a
través de las zarzas. De pronto, la vereda se interrumpió y el palo del ciego
golpeó en el vacío. No había más tierra firme frente a él. Los moros y los
soldados habían dejado de trabajar y miraban al ciego, bromeando entre sí.
Abandoné mi asiento bajo la higuera y cogí al hombre del brazo para guiarle en
el corte del terreno. Gruñó algo entre dientes, algo en árabe que no pude
entender.
-¿Va usted al zoco,
abuelo? -le dije-. Si va usted allí, venga conmigo, que le pondré en buen
camino. Estamos haciendo una carretera y ya no existe más la vereda.
Al sonido de mis palabras
levantó la cara roída de arrugas y de sol. Tenía una barba blanca sucia y unas
cuencas vacías con ribetes rojos, los párpados legañosos hundidos en las
cuencas.
-¿Una carretera?
-Sí, abuelo. Una
carretera a Xauen. Será un gran camino, porque podrá usted ir sin tropezar. El
ciego estalló en una carcajada aguda y convulsiva. Golpeó con su palo los
montones de tierra cavada y el tronco de la higuera. Después extendió en
círculo el brazo, como si quisiera abarcar el horizonte, y gritó:
-¿Un camino llano? Yo
siempre he caminado por la vereda. ¡Siempre, siempre! No quiero que mis
babuchas se escurran en sangre y este camino está lleno de sangre todo él. Lo
veo. Y se volverá a llenar de sangre, ¡otra vez y otra y cien veces más!
El moro ciego y loco
volvió a sus montañas por el sendero que le había llevado hasta allí; y por un
largo tiempo pudimos ver su silueta sombría en los cerros, huyendo de aquella
maldita ruta que avanzaba hacia la ciudad.
Había olvidado el
incidente. Ahora lo recordaba. Dos veces ya aquella ruta se había empapado de
sangre española.
Y por aquellos días,
miles de hombres estaban trazando nuevas rutas a través de toda España.
Fin
del volumen segundo de
“La Forja de un Rebelde”
(La Ruta)
[1] Años después de esta escena, el capitán Sancho se
convirtió en una de las víctimas del movimiento fascista-reaccionario de
España. Su nombre pertenece hoy a la historia de la República española, como el
de uno de sus héroes. (N. del A.)
[2] Auditor del
Consejo Supremo de Guerra y Marina, a quien se confió la investigación de las
causas del desastre de Melilla, y quien en 1922-1923 preparaba el así llamado
«Expediente Picasso», un documentado proceso en el que aparecía la culpabilidad
del Rey. (N. del A.)

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