© Libro No. 635. La forja de un rebelde, III. La Llama.
Barea, Arturo. Colección E.O. Marzo 1 de 2014.
Título original: © ARTURO BAREA. La forja de un
rebelde III. LA LLAMA
Versión Original: © ARTURO BAREA. La forja de un rebelde III. LA LLAMA
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© Edición, reedición y
Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
ARTURO BAREA
La Forja de un Rebelde
III
La Llama
© 1951 Arturo
Barea y Herederos de Arturo Barea
ÍNDICE
PRIMERA PARTE.....................................................................................
4
Capítulo
I El pueblo
perdido...................................................................... 4
Capítulo
II: La tela de araña
.....................................................................16
Capítulo
III: Inquietud
........................................................................... 25
Capítulo
IV: Las
elecciones.......................................................................35
Capítulo
V: El combustible
........................................................................ 47
Capítulo
VI: La chispa
...............................................................................59
Capítulo
VII: La Llama
..............................................................................
69
Capítulo
VIII: La calle
...............................................................................
82
Capítulo
IX: La caza del hombre
............................................................... 92
Capítulo
X: La amenaza
........................................................................... 107
SEGUNDA
PARTE
................................................................................
122
Capítulo
I: Madrid
....................................................................................
123
Capítulo
II: En la Telefónica
.................................................................... 137
Capítulo
III: El
sitio...................................................................................
147
Capítulo
IV: Retaguardia
.......................................................................... 159
Capítulo
V: El frente
................................................................................
168
Capítulo
VI: La lesión
..............................................................................
183
Capítulo
VII: La voz de
Madrid................................................................ 196
Capítulo
VIII: La caída
.............................................................................
212
Capítulo
IX: Frente a
frente.......................................................................
226
Capítulo
X: No hay cuartel
....................................................................... 242
¡... sea dado honor eterno al BRAVO Y NOBLE PUEBLO DE ESPAÑA,
merecedor de mejores gobernantes y de mejor fortuna! Y ahora, que los trabajos
e intrigas de sus juntas, la mala conducta y la incapacidad de sus genera-les,
se están hundiendo en el merecido olvido y oscuridad, la Resistencia nacional
se eleva noblemente por encima de detalles ridículos... Tal resistencia fue
realmente salva-je, desorganizada, indisciplinada y argelina, pero mostró a
Europa un ejemplo que no fue dado por los civilizados italianos o los intelectuales
alemanes.
RICHARD FORD, Handbook for Travellers in Spain and Readers at
Home, Londres, 1845
Primera
parte
El pueblo perdido
Capítulo I
El calor de agosto disuelve el almidón. El interior del cuello
planchado se convierte en un trapo húmedo y pegajoso; la tela exterior conserva
su rigidez y sus aristas rozan la piel sudorosa.
Cuando trato de procurarme alivio metiendo el pañuelo entre mi
piel y el cuello de la camisa, surge en mi mente la imagen del tío José
introduciendo su pañuelo de seda cuidadosamente do-blado entre su fuerte
garganta y el cuello almidonado, mientras esperábamos la diligencia para ir a
Brunete. Hace treinta años.
Odio esperar en el calor.
En treinta años mueren muchos hombres y muchas cosas. Se siente
uno como rodeado de fantasmas o como si el fantasma fuera uno mismo. Aquel niño
que venía aquí hace treinta años era yo, aquel niño que ya no existe.
La vieja posada de San Andrés es la misma, con su portalón de
piedra y su patio en el que picotean las gallinas; con su tabernita adosada al
portalón, donde aun se vende el vino sacado del pellejo. Busco en mi memoria, y
el dibujo es el mismo. Soy yo quien se siente un poco perdido y gris, o tal vez
las cosas pare-cen más crudas y secas en esta luz que ciega. Entonces las
tien-das de la calle eran alegres para mis ojos niños; y hoy la calle es la
misma: no han cambiado sus viejas posadas, ni sus viejas tiendas donde se
venden los aperos de labranza, los paños bur-dos y espesos, los dulces
empalagosos y los cromos chillones a gusto de los clientes de los pueblos de
Castilla y Toledo.
Oh, sí, ya sé que Toledo es también Castilla; pero esto es sólo
en los tratados de geografía. Toledo es tierra aparte, Toledo fue siempre un
islote en el viejo mapa de Castilla. Dejaron en él sus huellas las legiones de
Roma y la flor y nata de los árabes que invadían Europa; los caballeros
medievales y los cardenales de sangre real bastarda que dejaban la misa para
empuñar la espa-da; los viejos artífices moros y judíos que labraban oro, plata
y piedras y los artesanos que batían el acero con sus martillos, lo templaban
en las aguas del Tajo y lo adornaban con filigranas de oro. El Greco está aún
vivo en Toledo. Tendré que escapar un día y perderme una vez más en sus
callejuelas.
En fin, aquí está el autobús. Es curiosa la prisa de los
viajeros, al asalto del coche, como si fuera a escapar sin ellos. Como en la
vieja diligencia. Y como entonces, es fácil separarlos: los hombres magros y
cenceños de las tierras de pan de Brunete con sus mujeres flacas, huesudas, sus
cuerpos agobiados de partos y sus caras recomidas de sol y hielo; y los hombres
de la vega de Toledo, hombres de las tierras de vino de Méntrida, un poquito
panzudos, bonachones, la piel curtida pero blanca, con sus mujeres abundantes y
alborotadoras.
Me divierte pensar que yo soy un cruce entre los dos; mi padre
era castellano, mi madre toledana. Ahora, nadie podría decir qué soy yo porque,
mezclado entre estos dos grupos, nadie po-dría marcarme un sitio entre ellos.
Somos diferentes; y estoy fuera de lugar, tan fuera de lugar como mi cuello
planchado y mi traje de ciudad entre los trajes de labriego que llenan el
co-che.
Se agria mi diversión momentánea: los vivos que me rodean me
convierten en un extranjero, y el recuerdo de los muertos en un fantasma. Me
siento al lado del chófer. No lleva uniforme An-tonio, sino un chaquetón de
campo, y, cuando chirrían los fre-nos, blasfema como un carretero. No es su
sitio aquí, empuñan-do el volante, sino empuñando la tralla larga que alcanza
con su punta a las orejas de la mula delantera.
Las gentes se acomodan, se chillan sus noticias y sus compras de
la ciudad; bajando la cuesta de la calle de Segovia todo es ruido. Pero cuando
el coche, cruzando el puente, cambia su marcha para vencer la pendiente que
sube a Campamento, el motor, el sol, el polvo, el olor a gasolina van
imponiendo silen-cio a las lenguas. Cuando llegamos a la planicie desierta de
Al-corcón, toda terrosa, con sus campos segados, secos, y sus casas de barro,
¡os ocupantes del coche cabecean adormilados o ru-mian sus pensamientos. Hemos
pasado así Navalcarnero y la carretera es ahora frontera: Almojado y Santa Cruz
del Retamar son los dos jalones entre Toledo y Ávila. En Santa Cruz, el
au-tobús abandona la principal y tuerce hacia el este. Estamos en tierras de
Toledo y éste es un viejo camino: Madrid era aún «castillo famoso» y nada más,
y entonces este camino, hoy casi desierto, era una arteria de traficantes y
viajeros que unía Tole-do con Ávila. A lo largo de él se comerciaba y se
batallaba. De los montes toledanos bajaban los guerreros moros al valle del
Alberche e intentaban trepar por las montañas a las tierras altas de Castilla.
De allí -de las tierras de Ávila y Burgos- salían los caballeros en torrente a
cruzar la llanada de los valles a intentar arrebatar a la morisma Toledo, la de
piedra. Sí, esto es literatura barata, pero ¿por qué no divertir el tedio del
viaje con ella? Hoy esta ruta duerme. No pasan por ella más que lugareños con
sus carros y sus burros y algún que otro camión aislado cargado con frutos de
la tierra. Hoy este camino es camino que no va a nin-guna parte y sólo sirve
para unir unos cuantos pueblecitos que han quedado olvidados de todos. Entre
Santa Cruz y Torrijos, en esta vieja ruta guerrera, está Novés. Iba camino de
Novés e iba pensando el porqué.
Claro que sabía el porqué: en Novés había alquilado una casa.
Era la tarde de un sábado e iba a pasar allí mi primer fin de se-mana en «mi
casa del pueblo», como todos la llamábamos ya. Me iba preguntando a mí mismo
por qué había montado esta casa en un pueblecito perdido en la provincia de
Toledo.
Antes de ir a Novés ya había planeado tener una casa en un
pueblo cercano a Madrid. Dos años antes, en 1933, había pasa-do casi un año en
Villalba, pero Villalba es un pueblo de vera-neantes donde aún continúa la
ciudad y yo quería un sitio de descanso para los fines de semana, un pueblo de
verdad. Novés era un pueblo de verdad. Lo que ya no era verdad eran estas
razones que yo daba y me daba a mí mismo para escapar de Madrid. Había razones
más complejas:
Mi mujer y yo habíamos vuelto a establecer casa después de un
año de separación amistosa. Había intervenido la familia y ha-bía pesado la
razón de los hijos, pero pronto resurgió la antigua incompatibilidad. Tener una
casa en un pueblo algo distante de Madrid era recuperar un poco la libertad,
escapar de la vida en común. Era también una razón decente -de las llamadas
decen-tes- a los ojos de los demás, que evitaba una nueva separación que sería
un poco ridicula; era además beneficioso para la salud de todos: Aurelia estaba
resentida de su último parto, los chi-quillos precisaban aire más puro que el
de Madrid, y a mí me vendría bien un descanso semanal y un cambio de ambiente.
Tenía medios económicos suficientes y así, ¿por qué no?
Cuando se comienza una introspección, no puede detenérsela, hay
que seguirla hasta el fin. Estas razones eran razones concre-tas, pero ya no
podía engañarme a mí mismo a fuerza de repe-tírmelas. Delante de mí se
desarrollaba un paisaje gris, monó-tono, y extraño a todos los demás, no tenía
la distracción ni el refugio de una conversación de viaje.
¿No era Novés una derrota más y una huida de mí mismo?
Había la cuestión con María. Llevábamos seis años de relacio-nes
y no habíamos tenido ningún disgusto. Pero yo había tenido la ilusión de
formarla a mi medida -como una vez la tuve con Aurelia-. María se había
desarrollado a su manera y yo había fracasado en mi intento. Posiblemente el
error fue mío: no es posible forzar la camaradería. En todo caso no era falta
suya. Tal vez lo peor era que se había enamorado profundamente y yo no. Se
había convertido en absorbente y esto hacía más claro aún que yo no estaba
enamorado. Ir a Novés era huir de los inevitables sábados por la tarde y
domingos con ella. Huir du-rante la semana de mi mujer y el fin de semana de la
amiga: ¡vaya solución! Pero no era sólo el problema de ambas mujeres.
Ir a Novés era crearme un aislamiento para escapar del
aisla-miento enervante que me rodeaba a diario. Teóricamente me había resignado
a ser un buen burgués, soportar la mujer y la casa en apariencia, disfrutar
unos ratos agradables con María y costearme los caprichos que quisiera. Pero en
realidad las dos mujeres me tenían harto y me forzaban a una comedia
constan-te; y el dinero no era ni había sido nunca de gran importancia para mí.
En cambio, mis deseos de haber sido un ingeniero, mis deseos de escribir, tenía
que darlos ya por imposibles. Me había asomado a la política y aun había tenido
ilusiones en 1921, cuando trataba de formar el Sindicato de Empleados de
Ma-drid. Pero indudablemente yo carecía de la flexibilidad que es necesaria
para someterse a un partido y hacer carrera política. Pretender que la buena
voluntad es bastante para hacer una labor provechosa era ingenuidad. Sin
embargo, no podía renun-ciar a ninguna de estas cosas y resignarme a ser un
burgués sa-tisfecho.
Creía aún que tenía que existir la mujer con la cual pudiera
compenetrarme y tener una vida en común completa. Se me escapaban los dedos
irremediablemente tras cualquier mecanis-mo estropeado, o me hundía meses
enteros en problemas técni-cos profundos que me presentaba mi trabajo, pero que
en reali-dad eran ajenos a él. Me disgustaba la enorme cantidad de lite-ratura
barata que abundaba entonces en España, y sentía que podía hacer cosas mejores.
Era todavía un socialista. Pero tenía que vivir la vida en que estaba cogido, o
que yo mismo habíame creado.
Estaba en una crisis que me tenía sumergido en un marasmo
intelectual y hasta físico, con explosiones extemporáneas en las cuales
discutía y me enfurecía con los que me rodeaban. Me sentía impotente ante los
hechos, los míos personales y los ge-nerales del país. Novés era una huida de
todo esto; era un fra-caso total de mí mismo; era declararse egoísta no por
condición sino por cálculo. ¿Egoísta? No, desilusionado y sin esperanzas. La
llanura continuaba alrededor de nosotros; la cinta de la ca-rretera se perdía
en el horizonte de montañas. Antonio señaló un punto delante de nosotros y
dijo:
-Está Novés.
Lo único que se veía era, en la misma línea de la carretera, una
bola dorada con una cruz de hierro encima.
-La cruz esa es la torre de la iglesia.
El automóvil se asomó al barranco y se precipitó bamboleante en
las calles del pueblo. Paró poco después en una plaza delante de una taberna.
Comenzaban a alargarse las sombras, pero aún el sol pesaba con fuerza. Me
esperaban Aurelia y la chica ma-yor. Todos ellos habían venido por la mañana
con el camión que había traído los muebles.
-¿Qué habéis hecho?
-Nada, esperándote. Tú comprenderás que con los chicos no se
puede hacer nada.
-Papá, la casa es muy grande, ya verás.
-Oh, ya la he visto, tontita. ¿Te gusta?
-Sí. Sólo que da un poquito de miedo. Como está vacía y... tú no
sabes lo grande que es.
Los enseres estaban descargados en el portal y la casa olía a
cerrado. Los mozos del camión habían ido arrimando los mue-bles contra las
paredes y el centro estaba lleno de bultos de ropa de cama, maletas y cajones.
Me esperaba una tarea para poner en orden todo aquello. Los chicos -tres- se
enredaban entre los pies.
-Con chicos o sin chicos, me vas a tener que ayudar.
-Mira, aquí hay una mujer que quiere venir como criada. Ahora
hablas tú con ella y decides lo que quieras. Ha dicho que ven-dría cuando oyera
el coche.
Entró en aquel momento. Pero no sola, sino acompañada de una
muchacha de unos diecisiete años y de un hombre de unos cua-renta. Los tres se
quedaron en el marco de la puerta, ancha de sobra para enmarcarlos. El hombre
se quitó la gorra y la mujer habló:
-Buenas tardes. Yo soy la Dominga, para servirle, y aquí, pues
la chica y el marido. Conque usted dirá.
-¿Y qué tengo que decir? Pasen, no se queden en la puerta. ¿Qué
querían ustedes?
-Pues la «señorita» ya le habrá explicado. Que como había di-cho
en casa de don Ramón el de la tienda que ustedes querían una mujer para todo,
pues he venido. Así que si a usted le pare-ce bien, pues aquí estamos.
-Bueno, mujer, ¿y en qué condiciones?
Siguiendo la costumbre de los campesinos, la mujer desvió la
respuesta:
-Pues la chica vendrá a echar una mano, y entre las dos, ustedes
no se preocupen, que la casa estará como una patena.
-Pero bueno, francamente, yo no quiero dos personas.
-No. La chica viene a ayudarme; a ustedes no les cuesta un
cén-timo. Claro que, si usted tiene la voluntad, comerá aquí, porque es lo que
digo: «Donde comen tres, comen cuatro». Pero por lo demás, ustedes sólo tienen
que ver conmigo. Yo ya he servido en Madrid antes de casarme y conozco las
costumbres de los señores. Y en cuanto a honradez, usted pregunta en el pueblo
a cualquiera...
-¿Y qué va usted a ganar?
-Podemos empezar ahora mismo. Por eso ha venido éste, para echar
una mano con los muebles. Como está demás.
-Pero contésteme a lo que le pregunto: ¿cuánto quiere usted
ganar?
-Pues si a usted le parece, cinco duros al mes y la comida. Por
dormir, no se preocupe, que nosotros dormimos en casa, aquí al lado, y si
alguna noche hace falta no tiene más que decirlo.
-Bueno, mujer, conformes.
Mariano, taciturno, y yo, nos dedicamos a colocar los muebles y
armar las camas. Las mujeres se ocuparon de las ropas, de la cena y de los
chicos.
La casa era una vieja casa de labor enorme, de una sola planta,
que comprendía en sí diecisiete habitaciones, la mayoría de ellas fuera de
proporción. En la habitación elegida para comedor, la mesa era un islote en
medio y el aparador una miniatura perdi-da, se le pusiera en un rincón o en el
medio de una pared. Se hizo de noche. Pusimos tres velas, usando botellas
vacías como candelabros. Formaban tres círculos de luz encima de la mesa. En el
resto de la habitación, trenzaba danzas la sombra.
Dominga tuvo una idea:
-Lo mejor será encender un fuego aquí, aunque es agosto.
Tenía la habitación una chimenea de campana, tan grande como una
habitación pequeña de nuestro piso en Madrid. Mariano trajo haces de retama y
poco después se elevaba una llama alta como un hombre. La habitación se pintó
de rojo, las velas eran tres llamitas pálidas, perdidas.
Cuando terminamos la distribución, la casa seguía vacía y las
pisadas resonaban a hueco. Allí se necesitaban los viejos arco-nes de encina y
los aparadores de tres pisos y las camas con dosel y cuatro colchones de
nuestros abuelos. Nos acostamos temprano, cansados y en silencio. Mis dos
cachorros de perro lobo ladraron en los corrales durante largo rato.
Madrugué a la mañana siguiente. En la puerta esperaban Do-minga,
la chica y Mariano. Las mujeres entraron y se perdieron en el interior de la
casa. Mariano se quedó delante de mí, dán-dole vueltas a la gorra:
-Me parece que por hoy hemos terminado, Mariano. -Le había dado
una propina la noche antes y sin duda volvía al olor de otra.
-El caso es que, verá usted. Como uno no tiene nada que hacer,
pues me he dicho, yo voy allá. Y usted manda hacer lo que sea.
Por la cara que debí hacer, se apresuró a agregar:
-Claro que no es que uno venga a por nada. Si usted tiene la
voluntad un día, pues da la voluntad, y si no, tan amigos. Al fin y al cabo, a
las mujeres siempre las puedo ayudar a cortar leña y sacar agua.
El fondo de la casa era un corral empedrado, capaz de contener
media docena de carros con sus mulas, y los pesebres se alinea-ban a ambos
lados. Me llevé a Mariano al corral:
-Bien. Como veo que me tendré que quedar con toda la familia,
vamos a ver si arreglamos esto un poco. Me va usted a quitar piedras y vamos a
intentar hacer un jardín con unas cuantas flores.
Así, se incorporaron Mariano y su familia a casa. A media
ma-ñana fui a ver el pueblo. Novés se extiende a lo largo de un barranco que
atraviesa de norte a sur la llanura. El plano de No-vés es como la espina
dorsal de un pescado. Una calle muy an-cha, por el centro de la cual corre un
arroyo de aguas negras que son los residuos del pueblo entero. A ambos lados se
abren ca-llejuelas cortas que trepan cuesta arriba, en pendiente áspera. Cuando
llueve, el barranco se convierte en torrentera y se lavan las inmundicias del
pueblo. Para estas ocasiones el arroyo está cruzado por puentes de trecho en
trecho. Uno de estos puentes es un viejo puente romano de piedras ajustadas que
se eleva en una joroba aguda. Otro de los puentes es de cemento y sobre él pasa
la carretera.
Con excepción de media docena de casas, todas las demás son de
una planta, construidas de adobes y jalbegadas. Son todas iguales y reflejan el
sol implacablemente. Hay una plaza con unos cuantos árboles pequeños en la que
están la iglesia, la boti-ca, el casino y el Ayuntamiento. Esto es todo Novés:
en total unas doscientas casas.
Seguí el curso del arroyo sucio, barranca abajo. Pasadas las
úl-timas casas del pueblo, el barranco se abría en un valle abrigado de todos
los vientos del llano. Y el valle era un vergel aun en agosto. A ambos lados
del arroyo se extendían huertas, con sus cuadrados de vegetales, sus frutales y
sus flores. Cada huerta con su pozo y su noria. Había un murmullo de agua y de
hierros en el aire. Kilómetro y medio más allá el valle se estrechaba y el
arroyo volvía a correr por un barranco que no era más que una grieta en el
llano polvoriento. Aquello era toda la riqueza de Novés.
Al regresar me di cuenta de que las huertas en su mayoría
esta-ban desiertas y las norias calladas. Como domingo, no era ex-traño. Pero,
no. Las huertas estaban abandonadas. Se veían planteles pequeños de melones
bien cuidados, pero las huertas grandes no parecían haber sido trabajadas en
meses. La tierra estaba seca y aterronada. Me asomé a una noria al lado del
ca-mino: la cadena de cangilones estaba mohosa, el agua en el fondo del ancho
pozo tenía plantas flotando. Aquella noria no funcionaba hacía tiempo. Cuando
regresé a casa, Mariano me explicó concisamente:
-Un contra-Dios. La gente sin trabajo y las tierras abandonadas.
Usted no lo creerá, pero aquí va a haber un día algo muy gordo. Tres años
llevamos así, casi tanto como la República.
-¿También aquí tienen ustedes cuestiones? Ya sé que donde hay
grandes fincas, los amos no quieren dar trabajo, pero aquí no creo que haya
grandes señores.
-Aquí no hay más que cuatro ricos de pueblo. Y aun, si no fuera
por Heliodoro, las cosas no irían muy mal, porque los otros no son mala gente.
Pero Heliodoro los tiene a todos metidos en un puño, y esto es una guerra
continua. -Mariano se excitaba ha-blando, y ahora sus ojos grises estaban despiertos
y sus faccio-nes rígidas se animaban.
-Cuénteme usted lo que pasa.
-Pues muy sencillo. Antes de que viniera la República, pues
había unos cuantos, media docena, de muchachos que se habían apuntado, unos a
los socialistas y otros a los anarquistas. No sé cómo se atrevían, porque la
Guardia Civil no los dejaba en paz y a todos ellos les han molido las costillas
más de una vez. Pero claro, cuando vino la República, pues el cabo de la
Guardia Civil tuvo que aguantarse y muchos más se apuntaron también. Ahora casi
todo el pueblo son socialistas o anárquicos. Y He-liodoro, que siempre ha sido
el cacique del pueblo y el que ha mangoneado las elecciones para el diputado de
Torrijos, pues hizo lo que siempre; antes, para no perder, unas veces era
liberal y otras conservador, y cuando vino la República pues se hizo de los de
Lerroux, y ahora como las derechas ganan, pues desde lo de Asturias es de los
de Gil Robles. Y en cuanto la gente aquí pidió que se le pagaran jornales
decentes, Heliodoro cogió a los cuatro ricachos del pueblo y les dijo: «A estos
granujas hay que enseñarles una lección».
»Y comenzaron a poner gente en la calle y a no dar trabajo más
que a los que se sometían a lo de antes, que también los hay. Y como aquí -lo
que pasa en los pueblos-, muchos tienen un troci-to de tierra y siempre pasa
algo, que la mujer se pone mala o que hay un aluvión en el barranco con las
lluvias, pues había muchos que le debían dinero a Heliodoro. Como es el mandón
del pueblo, cogió al secretario y al alcalde y puso a todos por justicia para
quedarse con las tierras. Y ahora la cosa está muy fea. Ya se puso fea hace dos
años, que las gentes se metieron en las huertas e hicieron un destrozo, pero
ahora está peor, porque ahora son ellos los que mandan.
-Y los mozos, ¿qué hacen?
-¿Qué quiere usted que hagan? Ahora, callarse y apretarse el
cinturón. Cuando lo de Asturias, se llevaron a dos o tres y aho-ra nadie se
atreve a decir una palabra. Pero el mejor día pasa algo. Heliodoro no va a
morir en su cama.
-Entonces tienen ustedes aquí un sindicato, mejor dicho, dos.
-No hay sindicato ni nada. Los mozos se reúnen en casa de
Eli-seo, que tiene una taberna que la ha convertido en casino de obreros, y
allí hablan. Eliseo fue anarquista allá en la Argentina.
-Pero ¿habrá un presidente o algo?
-Ca, no, señor. Lo único que hacen es reunirse y hablar, porque
nadie quiere líos con el cabo.
-Tengo que ver el casino ese.
-Usted no puede ir allí, señorito. Aquello es para los pobres.
Usted tiene el casino de la plaza, que es donde van los señores.
-También voy a ir allí.
-Pues de uno de los dos le echan. Seguro.
-¿Y usted está asociado, Mariano?
-No lo tome usted a mal, pero cuando vino la República me pasó
lo que a todos, que nos entusiasmamos y me hice de los de la UGT. Pero ya ve
usted para lo que ha servido...
-Yo también soy de la UGT.
-¡Atiza! -Mariano se me quedó mirando muy serio-. Vaya un lío.
¡A buena parte ha venido usted a parar!
-Ya lo veremos. Supongo que no va a venir el cabo de la Guar-dia
Civil a darme una paliza.
-No se fíe usted mucho, por si acaso.
Aquella tarde, Mariano y yo nos fuimos al casino de pobres, como
él lo llamaba.
El casino era un salón amplio con techo de vigas cruzadas, que
seguramente fue en tiempos una cuadra. A lo largo de las pare-des, un par de
docenas de mesas despintadas; al fondo un mos-trador pequeño y detrás unos
cuantos anaqueles con algunas botellas; en el centro una mesa de billar. Las
paredes desnudas y en un rincón un viejo aparato de radio barato, ojival, como
una ventana de catedral gótica. La mesa de billar me fascinaba. No podía
imaginar cómo pudo ir a parar a Novés. Era una mesa antigua y el paño estaba
lleno de costurones remendados con bramante. Tenía ocho patas elefantíacas, y,
seguramente atrave-sadas, podían tumbarse en ella ocho hombres lado a lado y
hol-gadamente. Al parecer la mesa se utilizaba para todo, incluso para jugar al
billar, pues estaban jugando una partida en la que el azar y los costurones
disponían el rumbo que las bolas se-guían sobre el tablero.
Mariano me llevó hasta el mostrador.
-Danos algo de beber, Elíseo.
El hombre detrás del mostrador llenó dos vasos de vino, sin
decir palabra. En el salón había hasta unos cuarenta individuos, y de pronto me
di cuenta de que todos se habían quedado en silencio y nos estaban mirando.
Eliseo me estaba mirando de frente.
La primera impresión de la cara de Eliseo era un choque: tenía
en una de las ventanillas de la nariz una úlcera que le había roí-do parte de
ella. Entre los bordes de la lesión, amontonados, casi verdes, brotaban algunos
pelos del interior de la nariz. Pa-recía una llaga de la Edad Media, una llaga
bíblica. Lo curioso era que el individuo estaba tan independiente de su llaga
que no inspiraba lástima, ni repulsión física hacia él. Era una cosa aparte que
atraía la vista por sí propia. Eliseo era un hombre de unos cuarenta y cinco
años, más bien bajo y ancho, moreno y tostado, con unos ojos vivos y una boca
sensual. Su inspección mientras yo bebía un sorbo de vino tenía algo de
provocativa. Cuando dejé el vaso sobre la mesa, dijo:
-Y usted, ¿a qué ha venido aquí? Éste es el casino de obreros, y
si no hubiera usted venido con Mariano no le hubiera despa-chado.
Mariano intervino:
-Don Arturo es un compañero. Está también en la UGT.
-¿De veras?
Le enseñé el carnet del sindicato. Elíseo lo hojeó y levantó la
voz:
-Muchachos, don Arturo es un compañero. -Después agregó
dirigiéndose a mí-: Cuando ha venido usted al pueblo, nos he-mos dicho todos:
otro hijo de puta. ¡Como si aquí no tuviéra-mos bastantes!
Eliseo salió de detrás del mostrador y todos se agruparon en un
corro alrededor. Les tuve que explicar un poco cómo andaban las cosas en
Madrid. Un vaso de vino es barato. Invité a todos, y la reunión se animó. Había
grandes ilusiones y grandes pro-yectos; las izquierdas volverían a gobernar el
país y entonces no sería como antes. Los ricos tendrían que escoger: o pagar
jorna-les decentes o dejar las tierras para que las labraran los otros. Novés
sería una huerta colectiva, con su camión propio que llevaría las verduras y la
fruta a Madrid cada mañana. Se termi-naría la escuela...
-¡Los canallas! -dijo Eliseo-. ¿Usted ha visto la escuela? La
Re-pública dio el dinero para ella y mandaron de Madrid un dibujo muy bonito de
una casa con unas ventanas muy grandes y jar-dín. Heliodoro y los que andan con
él convencieron a las gentes de Madrid de hacer la escuela en lo alto, en el
llano, y allá em-pezó. Heliodoro cobró buenos cuartos de la tierra, que era
suya, y ahora allí están' las cuatro paredes sin terminar.
-La próxima la vamos a hacer nosotros. En el fondo de las
huer-tas. Que aquello es una bendición de Dios -dijo uno.
Eliseo volvió a la primera reacción:
-¡Caray! No sabe usted el alegrón que me ha dado con ser de los
nuestros. Ahora les vamos a enseñar a éstos que no somos unos pobres paletos.
Claro que le van a tomar a usted entre ojos.
Y aquella noche fui al casino de los ricos.
Consistía en el obligado salón grande con veladores de mármol
llenos de hombres tomando café y aguardiente, una mesa de billar y una
atmósfera espesa de tabaco, y dentro un salón pe-queño lleno de jugadores: la
tertulia. Inmediatamente de entrar, un hombrecito pequeño, rechoncho y
afeminado en la piel, los modales y la voz, vino directamente hacia mí.
-Buenas noches, don Arturo. Qué, ¿ha venido usted a hacerse
socio? Pase, pase. Usted ya conoce a Heliodoro, ¿no? -Y me encaminaba a su
mesa.
Sí, conocía al hombre de labios finos hacía el que me empujaba;
era el propietario de mi casa. El feminoide dijo afanoso:
-Yo me retiro, sabe, porque estoy preparando los cafés. Pero
vengo en seguidita. Heliodoro estaba sentado con otros dos, vestidos en traje
de ciudad.
-Siéntese y tome algo. Aquí estos amigos; son los médicos del
pueblo. Don Anselmo y don Julián.
-Tanto gusto.
-Qué, ¿cómo va la mudanza? ¿Se ha instalado usted ya?
Comenzamos una de esas conversaciones banales en las que se
habla de todo y de nada. El feminoide me trajo un café y me hizo las mismas
preguntas. Uno de los médicos, el don Julián, le interrumpió:
-José, apúntale al señor.
José sacó una cartera del bolsillo que resultó ser un cuaderno
lleno de páginas con nombres y columnas de números debajo.
-Bueno, vamos a ver. ¿Cuántos son ustedes?
-Supongo que no tengo que hacer socios a toda la familia.
-¡Oh! No. Esto no es para el casino. Es para la iguala. Aquí yo
lo apunto a usted y tiene derecho a médico cuando le haga fal-ta.
-Yo tengo médico en Madrid. Don Julián terció:
-Bueno, si no quiere no se apunte. Pero le advierto que después,
si pasa algo urgente, éste -y señaló a su colega- le pasará la cuentecita. Si
se ha pinchado un dedo y lo saja, pondrá: «Por una operación quirúrgica: 200
pesetas».
-¿Y si lo llamo a usted?
-Es lo mismo. La cuenta se la pasará éste.
-Bueno. Apúnteme. La mujer, los chicos y yo. Seis.
-¿En qué categoría lo ponemos, don Julián?
-Eso no se pregunta. En la nuestra.
-Pagará usted cinco pesetas al mes. ¿Y qué hacemos con la
criada?
-Supongo que la criada estará igualada.
-Sí, está, está. Pero no paga. Así que está dada de baja, y si
tiene un accidente del trabajo, pues va usted a tener que pagar. Don Julián
soltó una risita:
-Figúrese que se quema con el puchero. Éste, «por una opera-ción
quirúrgica y asistencia, 200 pesetas».
-Apunte usted a la criada.
-Dos pesetas. ¿Quiere usted pagar ahora? Yo soy el cobrador. Le
hago los recibos en un momento.
José se embolsó sus siete pesetas. Desapareció en su cueva y
reapareció a los pocos momentos con un paquete de cartas en la mano.
-Se tallan veinte duros -dijo.
Y se marchó al salón del fondo, instalándose en un asiento alto
detrás de la mesa grande:
-Muchachos, hay cien pesetas, si nadie pone más.
Bacará. La clientela se fue agrupando alrededor de la mesa. Las
sillas las fueron ocupando al parecer los más distinguidos. José barajaba
incansablemente.
Nos sentamos todos. Una voz dijo:
-Copo.
Un hombre magro, vestido de luto, de movimientos nerviosos y
algo febril en sus accionamientos, puso un billete de cien pese-tas sobre la
mesa. José dio cartas y uno recogió el billete. El hombre soltó una blasfemia
en voz baja. Comenzó el juego ge-neral.
-Mal empieza, Valentín -dijo un viejo huesudo que estaba de pie
detrás de él.
-Como siempre, para no variar, tío Juan.
El viejo meneó la cabeza con sentimiento y no dijo nada.
Va-lentín puso veinticinco pesetas. El resto de los jugadores apos-taban
cantidades pequeñas, a lo más de dos pesetas. Se veía que la atención de todos
estaba concentrada en el juego de Va-lentín y de José. A los pocos pases
alguien dijo detrás de mí:
-Como todas las noches.
Efectivamente, las posturas de Valentín iban desapareciendo,
unas tras otras, casi sin falla. El resto de los jugadores jugaba ahora en
contra descaradamente. Al cabo de una hora Valentín había agotado su dinero.
José pidió una continuación. Valentín protestó:
-Eso no está bien.
-Pero hombre, si se han acabado los cuartos no tengo yo la
cul-pa.
-Heliodoro, dame cien pesetas.
Heliodoro le dio cien pesetas. Valentín las perdió al poco rato.
-Te vendo la mula, Heliodoro.
-Te doy quinientas pesetas por ella.
-Vengan. -Heliodoro sacó quinientas pesetas de la cartera y las
puso en la mesa. La mano del tío Juan se interpuso.
-Valentín, no vendas la mula.
-Creo que puedo hacer lo que quiera.
-Bueno. En ese caso yo te doy mil pesetas por ella.
-¿Ahora?
-No. Mañana.
-Mañana no me hacen falta. -Valentín cogió los billetes y
He-liodoro comenzó a escribir una hoja de papel. Al final la alargó a Valentín.
-Fírmame el recibo.
Se cambiaron las tornas del juego. Ahora Valentín acumulaba
delante de sí billetes, mientras José incansablemente iba repo-niendo la banca.
Alguien abrió la puerta de la calle:
-¡Buenas noches! -gritó la voz.
José recogió la baraja y su dinero y los demás el suyo. En un
momento se distribuyeron por las mesas en grupos, charlotean-do ruidosamente.
Fuera se oían los cascos de unos caballos so-bre las piedras; pararon a la
puerta del casino y entró una pareja de la Guardia Civil; un cabo y un número.
-Buenas noches a la compañía.
José se deshizo en obsequios y zalemas. Los guardias civiles
aceptaron un café. El cabo levantó la cabeza y se quedó mirán-dome:
-Usted es el forastero, ¿eh? Ya sé que ha estado usted esta
tar-de en casa de Eliseo. -Se volvió paternal-: Le voy a dar a usted un
consejo: aquí nadie se opone a que haga usted lo que quiera, pero nada de
mítines, ¿eh? Aquí no quiero señoritos comunis-tas.
Se limpió los bigotes escrupulosamente con un pañuelo, se
le-vantó y se marcharon los dos. Me había quedado estupefacto. José vino a
saltitos:
-Tenga usted cuidado con el cabo, porque tiene malas pulgas.
-Me parece que mientras no cometa ningún delito, no tengo nada
que temer.
-No es que yo quiera decir nada, pero no le conviene a usted ir
a casa de Eliseo. La verdad es que allí no se reúne más que la canalla del
pueblo. Claro que usted todavía no conoce a la gen-te...
Heliodoro escuchaba atento. Valentín se aproximó a nosotros con
la cara radiante y un puñado de billetes en las manos. He-liodoro dijo:
-Qué, ¿te has desquitado?
-De hoy y de ayer, y si no es por los guardias, le pelo a éste.
- Y le dio un manotón a José en las espaldas redondas.
-Espérate a mañana -replicó el otro filosóficamente. Valentín
alargó unos billetes a Heliodoro.
-Toma. Tus seiscientas pesetas. Y gracias.
-¿Qué me das ahí?
-Las seiscientas pesetas.
-A mí no me debes nada. Bueno, sí, me debes cien pesetas que te
he dado antes, pero las quinientas eran la mula.
-Pero ¿tú crees que te voy a dar por quinientas pesetas una mula
que vale 2.000?
-No me la vas a dar. Me la has dado. ¿No me has vendido la mula?
¿Sí o no? Aquí hay testigos y el recibo lo tengo en el bolsillo. Así que me
parece que no hay nada que discutir.
Valentín hizo un ademán de avance hacia Heliodoro:
-Eres un hijo de puta.
Heliodoro se llevó una mano atrás del pantalón, sonriéndose
frío:
-Mira, mira. Tengamos la fiesta en paz. Si no quieres perder, no
juegues. Buenas noches, señores.
Heliodoro salió lento sin volver la cabeza y detrás de él otro
de la reunión que se quedó mirando fijamente a Valentín. El tío Juan cogió a
Valentín por un brazo:
-¡Hala, déjate de tonterías! La mula la has vendido y no hay
nada que hacer. Lo que hacía falta es que te sirviera de lección.
-Pero ese tío es un hijo de puta. -Valentín estaba a punto de
llorar de rabia-. Y además se guarda las espaldas con ese...
José repartió unas copas de aguardiente entre todos:
-Bueno, bueno, haya paz. El que más ha perdido soy yo.
Pero no se reanudó el juego. Poco después salíamos todos a la
calle blanca de luna. El tío Juan emparejó conmigo:
-Llevamos el mismo camino. ¿Qué le va pareciendo el pueblo?
-¿Qué quiere usted que le diga? Para un día ya es bastante.
-Aquí estábamos comentando todos el que haya ido usted a casa de
Elíseo, y yo creo que el cabo ha venido solamente para verle a usted.
-Pero ¿aquí no hay Guardia Civil?
-No. Son de Santa Cruz, pero las noticias corren pronto. A mí
personalmente me parece bien lo que ha hecho y así se lo he dicho a todos, pero
como no tenga usted buenas agarraderas, le van a hacer difícil la vida en el
pueblo.
-Mire usted; no pienso meterme en la vida del pueblo, porque al
fin y al cabo yo no voy a venir por aquí más que dos días a la semana. Pero si
yo quiero beberme un vaso de vino donde sea, no me lo van a quitar. ¿Qué es lo
que pasa aquí?
Sabía que estaba eludiendo el problema y sentía a la vez que no
podría eludirlo mucho, mientras escuchaba la voz serena del viejo contándome
una historia que me parecía haber oído ya contar cientos de veces y que cada
vez despertaba mis odios. Heliodoro era el amo del pueblo; había heredado su
posición de usurero y cacique de su padre y su abuelo, que ya lo habían sido en
tiempos de Cánovas. La mitad de las tierras y casas eran de él, y los pocos que
aún labraban sus propias tierras de él depen-dían. Cuando vino la República las
gentes habían tenido la es-peranza de una vida nueva y mejor; unos pocos de los
propieta-rios independientes se habían atrevido a pagar los salarios más altos,
pero Heliodoro había anunciado que la gente que quisiera trabajar para él
tendría que hacerlo en las viejas condiciones. Si no, a él no le importaba,
porque «él no necesitaba trabajar la tierra para vivir». Hacía dos años, en su
desesperación, los hombres se habían amotinado y destruido algunos árboles
fruta-les y plantas en las huertas de Heliodoro; desde entonces no volvió a dar
trabajo a nadie. Y desde que su partido -el de Gil Robles- estaba en el poder,
ya no dejaba en paz a los pocos que había independientes.
-La dificultad mayor que puso fueron los camiones. Él tiene dos
camiones y con ellos llevaba el grano y los frutos a Madrid. La mayoría le
vendían a él los frutos. Se negó a comprar más, y claro, la gente trató de
alquilarle los camiones; dijo que no. Vi-nieron unos camiones de Torrijos, pero
como el diputado es por Torrijos, al poco tiempo los camiones no vinieron más.
La gente tuvo que buscar camiones en Madrid. Claro que esto ya salía muy caro,
porque los camiones venían vacíos y había que pagar-los doble, pero aun así,
podían vender. Heliodoro comenzó a darle vueltas al magín y un día se marchó a
Madrid. Ahora yo no sé si usted conoce cómo funciona el mercado en Madrid.
-No, realmente.
-Usted lleva el fruto que quiere vender y en el mercado hay unos
individuos que se llaman asentadores que son como los agentes de venta. Ellos
tienen el sitio en el mercado y reciben la fruta y le ponen precio con arreglo
a la calidad y los precios del día. Y ellos se encargan de venderla y de
liquidarle a usted la cuenta, menos su comisión. Pues bien, después del viaje
de He-liodoro, Paco, uno de los huertanos más ricos que hay aquí -pero claro
que no tiene más riqueza que su trozo de tierra-, mandó al mercado un camión
grande lleno de pimientos encar-nados que era gloria verlos y que bien valían
un puñado de pe-setas. Entonces se pagaban a dos pesetas la docena y más. A los
tres días volvió indignado y nos contó en el casino lo que le había ocurrido:
cuando llegó a Madrid, un asentador después de otro le dijeron que no tenían
sitio disponible para poner los pimientos y que tenía que esperar a que se
desalojara alguno de los sitios. Los pimientos se quedaron en el camión, hasta
por la tarde, pero por la tarde los tuvo que descargar alquilando un almacén.
Al día siguiente los asentadores volvieron con la mis-ma historia y con que
había muchos pimientos en el mercado. Le ofrecieron quinientas pesetas por
todos. Dijo que no y se pasó otro día. Los pimientos son muy delicados, y al
tercer día, los de debajo estaban hechos caldo. El hombre los tuvo que vender
en trescientas pesetas y de ahí pagar el almacén, la po-sada y el camión. Si se
descuida un poco tiene que poner dinero encima.
«Cuando nos acabó de contar esto, con las tripas que puede usted
imaginarse, Heliodoro se echó a reír y dijo: "Si es que no entendéis los
negocios. De Novés, no vende fruta en Madrid nadie más que yo". Y ahora,
ahora la gente tiene que venderle a él, que paga lo que quiere, y además
someterse a lo que él quie-ra, porque si no, no compra. Así que, ahora,
mientras el pueblo se muere de hambre, él tiene las tierras sin trabajar y está
ga-nando más dinero que nunca con los pocos que siguen traba-jando. Con lo de
esta noche de Valentín, ya tiene usted una idea de la clase de tipo que es. Ese
que salió detrás de él es uno que era agente electoral cuando su padre, y
andaba con la ga-rrota en la mano cuando había elecciones. Una vez le pinchó a
uno, pero a los seis meses estaba en casa, más flamenco que nunca. Ahora le
guarda las espaldas a Heliodoro, porque créalo usted, a ese hombre un día le
dan un golpe.
Habíamos llegado a la puerta de casa.
-Bueno, usted ha llegado. Venga usted un día al molino. Es un
paseo que le gustará y además tengo un buen vinillo.
El tío Juan se alejó y yo me quedé con la mano sobre el
picapor-te. Sonaban las pisadas del tío Juan alejándose, isócronas, con un
ritmo de hombre sano y fuerte. Tratando de perseguir con el oído aquel ruido
que se alejaba, los otros ruidos de la noche cobraron vigor: en las charcas del
sucio arroyo que partía el cen-tro de la calle croaban alegres las ranas; del
fondo del barranco venía el chirrido sin fin de las chicharras. Se oían
saltitos y cha-puzones, zumbidos tenues de insectos nocturnos y chasquidos sabe
Dios de qué viejas vigas que se estremecían. Una luna blanca, metálica, dividía
la calle en dos bandas. Una profunda-mente negra en la que yo estaba, otra
agresivamente blanca que ponía luces en las lisas paredes de cal y chispas en
los cantos agudos. Dormía el pueblo y bajo aquella luz era hermoso. Escu-chando
en la calma de la noche, parecía sentirse el latido del pueblo dormido, como
una fuerza oculta tras las paredes blan-cas.
Dentro del caserón todos dormían también. En el comedor, el
fuego lanzaba sombras gigantes a las paredes y los dos perros eran dos manchas
negras con bordes rojos de sangre. Me senté entre ellos, en la hipnosis de ver
retorcerse las llamas.
Y era como si la casa estuviera vacía. Y yo.
La tela de araña
Capítulo II
La Puerta del Sol es el centro de Madrid, y la calle de Alcalá
que arranca allí en su lado noreste es la calle más importante de la ciudad,
aunque si intentáis recorrerla por primera vez no lo creeréis al principio. Su
entrada es estrecha como la de un calle-jón y allí se embotellan en las horas
de tráfico las dos corrientes de transeúntes que van y vienen en el espacio de
dos aceras de poco más de un metro de anchura. No podéis echaros al medio de la
calle, porque por allí se precipita una masa de automóviles compacta que sólo
se interrumpe cuando pasa un tranvía. Cuando dos tranvías coinciden en
direcciones opuestas, tapo-nan la calle por completo; tal es su ancho. Os
tenéis que resignar o dejaros arrastrar por la masa humana que va en vuestra
misma dirección y avanzar lentos con su movimiento. Os envolverá un olor
general de gasolina quemada de los coches al paso, y un olor de hierros
calientes de los tranvías; y más próximo, el olor humano de los que os rodean;
os puede tocar un mozo de cuer-da o una demi-mondaine al lado vuestro y se os
meterá por la nariz el olor a sudor agrio o el olor a heliotropo barato.
Cuando pasáis por la puerta de cada uno de los cafés que allí
existen os abofeteará la cara una bocanada espesa de humo de tabaco y multitud,
y más arriba os envolverán los humos de la sartén donde fríe sardinas en la
puerta de su establecimiento el tabernero del número cinco. Es inútil que
vayáis por la acera opuesta, porque allí hay también cafés congestionados y
otra taberna con otra sartén.
Pero las dos sartenes son el fin de vuestros trabajos. Cuando
rebasáis su altura, la calle y las aceras se ensanchan y podéis respirar
ampliamente. También los oídos descansan, porque mientras estáis en este trozo
de calle, el ruido es ensordecedor: campanas de tranvía, bocinas y cláxones,
vendedores ambulan-tes, pitidos del guardia que regula la circulación, las
conversa-ciones elevadas en tono para poderse entender y el patalear de la
muchedumbre, el trepidar de los tranvías y el chirriar de fre-nos de los
coches. Después, la calle es señorial: las aceras am-plias para una docena de
personas en fila, los tranvías perdidos en el centro de la calle y los
automóviles con sitio sobrado a ambos lados para pasar tres en fondo. Los
edificios son exten-sos y sólidos: piedra en la acera de la izquierda, en los
palacios de la vieja Aduana y de la Academia de San Fernando, cemen-to y hierro
en la acera opuesta. Os encontráis en una calle de bancos y oficinas y de
comercios lujosos, salpicada de clubs elegantes, de bares y cabarets, con luces
de neón centelleando en la noche. Al final de la calle están el edificio de
piedra del Banco de España a un lado, el palacio escondido entre jardines del
Ministerio de la Guerra al otro. Y en medio, una amplia plaza en el centro de
la cual hay una fuente con la diosa Cibeles en un carro triunfal tirado por dos
leones que lanza chorros de agua a lo alto. El pavimento de la plaza es gris
plata, los edifi-cios son blancos; el verde de los árboles y la luz del amplio
cielo envuelven y borran los detalles presuntuosos de la arquitectura. El paseo
no os tomará más de un cuarto de hora y habréis visto la calle de Alcalá.
Si cruzáis la plaza de la Cibeles, podréis seguir la calle de
Alca-lá durante una hora más, pero ya no es tal calle, tal como los madrileños
la entienden. Es una calle nueva que hemos visto nacer a continuación de la
otra y que por lo tanto no es para nosotros la misma. Ni aun la llamamos así.
Decimos: «calle de Alcalá arriba», para hacer claro que no hablamos de
«nuestra» calle de Alcalá.
En el invierno, los vientos de la sierra de Guadarrama barren la
calle y los transeúntes van rápidos. Pero en el buen tiempo, las anchas aceras
se convierten en paseo y los cafés sacan a ellas sus veladores de mármol. A la
puesta del sol se va acumulando allí una muchedumbre inmensa que pasea lenta
arriba y abajo entre el Banco de España y la calle de Sevilla por un lado, y
entre el Ministerio de la Guerra y la calle de Peligros por otro, sin entrar en
el cuello de la botella. En las mesas se forman las peñas de gente conocida,
gesticulantes y ruidosas, que a veces reúnen curiosos a su alrededor que
contemplan al torero, al polí-tico o al escritor de fama y escuchan sus
palabras. Los periódi-cos de la tarde llenan la calle de gritos y las gentes
esperan a los que se retrasan en salir. Después, poco a poco, se dispersan en
busca de la cena.
Durante el día la calle es calle de negocios y las gentes van
afa-nosas arriba y abajo haciendo girar las puertas de molino de los bancos con
un rebrillo de cristales. Y día y noche la calle tiene sus habitantes fijos que
parecen vivir allí, en sus aceras: toreros sin contrata, músicos sin orquesta,
cómicos sin teatro. Se cuen-tan sus miserias y sus dificultades y esperan la
llegada de un conocido más afortunado que les resuelva el problema de comer un
día más; trotacalles que entran y salen en el bar más cercano mirando recelosas
por si un policía las detiene en el trayecto; floristas con sus ramitos de
violetas o sus varitas de nardos, asaltando a los concurrentes de los bares y
restaurantes de lujo; el hombre sin piernas dentro de un carrito de madera que
hace andar con las manos y sobre el cual llueven las monedas todo el día; el
mendigo que nunca perdió una corrida de toros, buena o mala, y a quien saludan
ministros y hampones.
Muy tarde, en la madrugada, en los escalones de la puerta de la
iglesia de las Calatravas hay un bulto que duerme envuelto en un mantón; es una
mujer con un niño de pecho. La encontráis allí en invierno y en verano. La he
visto durante veinticinco años y es para mí el misterio mayor de la calle de
Alcalá. ¿Son una mujer y un niño fantasmas que nunca envejecen? ¿O es un feudo
que se transmite entre los mendigos de generación en generación?
En este trozo de la calle de Alcalá estaba mi oficina.
Mi despacho era el remate de una torreta en uno de los edificios
más elevados de la calle. Era como una especie de jaula de hie-rro y cristal
con sólo dos paredes de fábrica, una que daba al resto de la oficina y otra que
era la pared medianera de la casa inmediata. El techo era de cristal; grandes
losetas de cristal translúcido encajadas en una trabazón de vigas de acero; el
sue-lo era de cristal: baldosas más pequeñas encajadas en una red de varillas
de acero; y las dos paredes, una a la calle y otra a una terraza amplia,
paneles de vidrio enmarcados en viguetas de acero. En invierno, dos radiadores
enormes luchaban contra la atmósfera de frigorífico; en verano, la jaula
quedaba envuelta en lonas, se abrían los ventanales y la puerta de la terraza y
el aire circulaba libremente, contrarrestando el calor tórrido del sol sobre el
vidrio y el acero. Desde allí veía un cielo luminoso in-menso que empequeñecía
los blancos edificios y convertía en insectos la multitud allá abajo en la
calle.
Era una jaula sobre la ciudad; pero yo la llamaba el
confesona-rio. Allí se encerraban conmigo los inventores. Discutíamos tumbados
a medias o hundidos en los grandes sillones de cuero o inclinados sobre el
tablero de dibujo, y muchas veces era co-mo si yo fuera un confesor.
El inventor humilde, visionario, que venía con sus dibujos en
una cartera de cuero que compró especialmente para ellos -él, que nunca usó una
cartera semejante-, no acertaba a abrir su broche, y se dejaba caer en el
sillón:
-¿Quiere usted cerrar la puerta? Me volvía a María y le decía:
-¿Quiere usted dejarnos
solos, señorita? Ya le avisaré. -Se mar-chaba cerrando la puerta tras sí.
-Pues... yo he venido aquí, porque don Fulano -otro cliente- me
ha dicho que son ustedes de toda confianza y que uno puede hablar.
El hombre retorcía las frases, rehuyendo tener que mostrar sus
dibujos, temiendo que le robaran los millones que iba a ganar.
¡Qué trabajo costaba convencer a estos hombres de que su
in-vento no era invento y que el mundo lo conocía hacía ya mu-chos años! O que
su mecanismo reñía con los principios de la mecánica y no podía funcionar.
Unos, muy pocos, se conven-cían y se iban agobiados, destruidos; los había
matado, y me daban pena. Pero la mayoría me miraban con sus ojos febriles, con
lástima, con mucha lástima, y exigían que les solicitara la patente. ¡Yo no
podía comprender su genio! Pero ellos habían venido a mí, no a convencerme,
sino a que les obtuviera una patente. Después, ellos convencerían al mundo de
su invento. Y como una patente es un documento que se expide a todo el que la
solicita y paga los derechos al Estado, accedía. Se llenaban de júbilo y me
invitaban a comer; tenía que escucharles cómo se les ocurrió la idea, el
calvario que habían pasado y sus esperan-zas fantásticas. Porque el inventor
ingenuo cree que su invento va a revolucionar el mundo y tiene una aritmética
especial para su uso particular.
¡Oh, son modestos, muy modestos en sus ganancias! Pero no en su
invención.
-Imagine usted -me decían- que sólo uno entre mil de los
habi-tantes de España compre mi aparato. A cinco pesetas son cien mil pesetas.
Y luego, llévelo usted a América, con los millones de gente que hay allí.
¡Millones de dólares, mi amigo! -Porque América es La Meca del inventor.
Pero éstos eran los inocentes del confesonario. En aquellos
si-llones profundos de cuero se hundían más veces grandes figu-ras de la
industria y de los negocios y allí volcaban todo su po-der y todo su cinismo.
¡Los negocios son los negocios!
Un catedrático de la Universidad Central de Madrid, profesor de
química, descubrió un procedimiento para disolver las sales alcalino-térreas,
hasta entonces insolubles. La solución de este problema suponía una revolución
en varias industrias, y el in-ventor era consciente de ello. Para la obtención
de azúcar se tritura la caña o la remolacha y se produce una melaza que
con-tiene el azúcar en solución. De esta melaza se obtiene del 14 al 17 por 100
de azúcar contenido, porque la presencia de las sales alcalino-térreas impide
separar el resto. Nuestro cliente lograba separar del 85 al 92 por 100. Es
decir, se podía obtener cinco veces más azúcar y cinco veces más barato.
Cuando la patente estaba en trámite a través de varios países
del mundo, se presentó un día en el confesonario el gerente de una sociedad
alcoholera. Una sociedad que figuraba como es-pañola, pero que en realidad era
alemana y de hecho tenía el monopolio del alcohol industrial en España.
-Barea, quiero una copia de esa patente.
-Está en trámite y no puedo dársela sin orden del inventor.
Me mostró una carta del inventor autorizándome a darle una copia
y toda clase de detalles. La leí, y comenzamos a hablar:
-¿Qué opina usted de la patente?
-Creo que es genuina. Inglaterra la ha concedido y Alemania
también.
-Pero ¿usted cree que esto funciona?
-A mí me lo ha demostrado prácticamente en su laboratorio.
Industrialmente no sé, pero en el laboratorio es un juego de niños.
-Bien. Quiero que plantee usted un pleito de nulidad de esta
patente. -La sociedad era un viejo cliente nuestro.
-Lo siento, pero no
podemos hacerlo. Somos los agentes del inventor.
-Ya lo sé. Lo que quiero es que se encarguen ustedes del
asun-to. Es decir, de dirigir el asunto, no de figurar en él. Figurará el
abogado de la compañía. Pero el abogado no sabe una palabra de la ley de
patentes.
-Pero es un pleito perdido. La patente es sólida y real y no se
podrá anular.
-También lo sé. Pero... bueno. Le voy a explicar la situación.
Nosotros compramos a la Azucarera todos los residuos de la melaza para hacer
alcohol. El inventor ha firmado un contrato con la Azucarera, lo cual quiere
decir que las melazas van a te-ner un cinco por ciento de azúcar en lugar de un
ochenta y cin-co por ciento. Comprenderá usted que estamos en nuestro dere-cho
de defender nuestro negocio. En el momento que ponga-mos pleito a la patente,
la Azucarera suspende el contrato.
-Pero la patente no la anulan ustedes.
-¡Claro que no! Pero el inventor es un profesor de universidad y
nosotros tenemos millones. El pleito va a recorrer todas las ins-tancias, y va
a durar años. El abogado lo tenemos a sueldo en la casa. El único gasto son los
honorarios de ustedes y los dere-chos. La patente no la anulamos, pero al
inventor lo arruinamos.
No aceptamos el negocio, pero tuvimos que tomar la defensa del
cliente. El contrato con la Azucarera se anuló. Su fortuna personal, unas
doscientas mil pesetas heredadas de su familia, se consumió en pleitos. La
patente se mantuvo firme, pero la gran industria se rió al fin.
Durante cinco años he manejado los asuntos de este cliente y
jamás he visto un calvario semejante. Una firma holandesa se interesó por la
patente: explotaba el azúcar en las Indias neer-landesas. Cuando comprobó la
realidad de la patente, le ofreció cinco mil florines por todos los derechos.
El inventor rechazó indignado la proposición. Le replicaron que su único
interés era tener la patente como defensa, porque, ¿quién se iba a preocu-par
de llevarla a la práctica cuando lo que sobraba en el mundo era azúcar, y el
negocio estaba en crisis por exceso de produc-ción? Una entidad norteamericana
fue más brutal: «No sabemos qué hacer con el azúcar de Cuba, y ¿quiere usted
que le pague-mos dinero por el derecho de fabricar cinco veces más barato un
producto que no se vende?».
Personalmente, no me interesaba el inventor, pero me interesaba
el problema económico que planteaba esta patente. El azúcar en España era uno
de los artículos de primera necesidad más caros. Constituía en realidad el
monopolio de un trust que controlaba los precios de la remolacha y tenía
profundas ramificaciones en la política para mantener unos aranceles
prohibitivos al azúcar extranjero. Se pagaban precios de hambre al cultivador
arago-nés de remolacha y se marcaban precios exorbitantes a un con-sumidor que
carecía de la posibilidad de elección. Las clases pobres consideraban el azúcar
un artículo de lujo. Lo habían considerado siempre desde que España perdió la
isla de Cuba. Aún recordaba yo la parsimonia con que mi madre prodigaba la
cucharadita de azúcar en su café.
No era éste un caso aislado, ¡no! Mi confesonario ha visto
des-filar entre sus paredes de acero y cristal a docenas de tiburones de la
industria y de las finanzas, cada uno con su idea recóndita para acrecentar sus
millones, aun a costa de vidas humanas. A mi confesonario venían los hombres
que viajan a través de Eu-ropa en avión y firman contratos fantásticos entre
vuelo y vue-lo. Algunos ganan miles de pesetas por día. Costosos agentes de
amos que se ocupan en el incógnito, llegaban, impecable-mente vestidos, aunque
no siempre les sentaba bien la ropa; se instalaban en los mejores hoteles; eran
refinados en sus mane-ras; exquisitos, suaves y convincentes en sus tratos; y a
menudo increíblemente brutales y primitivos en sus diversiones después del
negocio. Los he visto vestidos y desnudos, en negocio y en juerga; porque era
mi trabajo ser el agente de estos agentes.
Tengo que hacer una aclaración: yo no creo que todo hombre de
negocios es un canalla. He conocido y conozco muchos indus-triales y
comerciantes honrados y sanos, con su defecto humano de querer ganar más y más.
No hablo de éstos, sino de los otros. De los comerciantes e industriales que
personalmente no exis-ten. De los que no se llaman Muller, Smith o Pérez, sino
que se esconden bajo un anónimo y se llaman la Deutsche A.G., la British Ltd. o
la Ibérica S.A., y que en la impunidad de este anónimo, sin que nunca se
encuentre al responsable, acaparan negocios, imponen precios y destruyen
países. Sus directores y sus agentes comerciales no tienen más que una
consigna: el di-videndo. Los concerns y los trusts no están interesados en que
sus agentes sean personas honradas, sino en que sean personas que sepan
aparecer como honradas legalmente. Si es necesario sobornar a un ministro para
que firme una ley, la sociedad da el dinero, pero es necesario que el agente
sepa hacer de forma tal que nunca pueda probarse que fue la sociedad quien
pagó.
Desde mi punto de observación del mecanismo económico, llegué a
conocer estas entidades que pueden regalar acciones liberadas a reyes
empobrecidos o avariciosos y hacer y deshacer ministros para pasar una ley de
la cual muchas veces no ya el país, sino ni aun los diputados de la Cámara se
enteran.
Pero son demasiado poderosas para que simples palabras las
hieran. Yo sabía quién pagó doscientas mil pesetas por el voto del más alto
tribunal de España en el año 1925, para que se re-solviera un pleito a su favor
en el que se discutía nada más ni nada menos que el que España pudiera o no
tener una industria aeronáutica propia. Sabía que los fabricantes de paños
catalanes estaban a merced de un concern de industrias químicas - las
Industrias Químicas Lluch- que figuraba como español pero que de hecho pertenecía
nada menos que a la I.G. Farben-Industrie. Sabía quiénes pagaron y quiénes
cobraron miles de duros para que el pueblo español no pudiera tener aparatos de
radio bara-tos, a través de una sentencia injusta. Y quiénes fueron los que a
través de la ceguera estúpida de un dictador de cuarto de banderas se
apoderaron del control de la leche en España, arruinaron a miles de
comerciantes honrados, arruinaron a los granjeros de Asturias y obligaron a
pagar al público leche más cara y sin valor nutritivo. Pero ¿qué podía hacer
yo?
Por el confesonario, por «mi confesonario», pasaban estos
hombres y estas cosas. Yo era una ruedecilla insignificante de la maquinaria,
pero la fuerza tenía que pasar a través de mí. No tenía derecho a pensar ni a
ver. Se me consideraba como un complemento de ellos, como uno más que estaba
haciendo su carrera. ¡Y se confesaban conmigo!
En la escuela me había visto entre el engranaje de un sistema
hipócrita de enseñanza que comerciaba con la inteligencia y la miseria para
atraer al internado a los hijos de los mineros ricos. En el ejército me había
visto entre el engranaje de los obreros de la guerra, maniatado por un código
militar y por un sistema que impedía probar nada, pero que permitía destruir
fácilmente a un sargento. Ahora me veía en otro engranaje, al parecer me-nos
brutal, pero mucho más sutil y eficaz. Podía rebelarme, pero ¿cómo?
A un juez no podéis ir a contarle que el gerente de una sociedad
alcoholera trata de despojar a un inventor de su trabajo y a una nación de
azúcar cinco veces más barato. Los jueces no están para eso. Los jueces están
para perseguiros a vosotros, porque habéis violado un secreto profesional y
esto es delito. Lo otro... lo otro son negocios y en negocios todo es legal. La
sociedad puede atacar una patente que cree nula; el inventor tiene el de-recho
legal de defenderse. Si no puede, si no tiene los millones necesarios para
enfrentarse con una sociedad anónima y para resistir cinco años de pleito, esto
no es culpa del juez ni de las leyes, es mala suerte del inventor.
Si yo planteo una denuncia semejante, el juez se ríe de mí y mi
jefe me pone en la calle. Pierdo mi prestigio de trabajador leal e inteligente
y se me cierran todas las puertas. Me muero de ham-bre bajo el dedo acusador de
la familia que me llama idiota. Puedo ir a la cárcel por calumnia. Por
calumniar a los que arre-bataron la nata de la leche a los niños de Madrid; por
calumniar a los que les arrebataron el azúcar; por calumniar a personas
decentes, honorables, que hacen negocios lícitos...
Estaba pensando todo esto mientras escuchaba al abogado de la
embajada alemana, Rodríguez Rodríguez. Me explicaba todo el proceso que
habíamos de seguir para atacar unas patentes sobre la fabricación de
rodamientos para ferrocarriles. Lo que se dis-cutía en este caso era obtener la
orden de compra de la Compa-ñía de Ferrocarriles del Norte para varios millares
de rodamien-tos especiales, un pedido que andaba por el millón de pesetas. Los
rodamientos eran creación de una sociedad francesa, pero el enemigo era la
compañía de ferrocarriles del Estado alemán, la Reichsbahngesellschaft.
Rodríguez Rodríguez era el prototipo de señorito de Madrid. Su
padre había sido abogado de la embajada y de muchos miembros de la industria
pesada alemana por muchos años, y él le había sucedido en el cargo. Su único
mérito como abogado era poseer el título de tal. Pero los alemanes utilizaban
esta cua-lidad en dos direcciones: una, para no llamar la atención sobre sus
pleitos, porque los pleitos llevados por grandes figuras del foro aparecen en
las páginas de los periódicos; otra, para utilizar a Rodríguez como un
instrumento en sus maquinarias. Rodrí-guez se envanecía con su posición. Su
último viaje a Berlín le tenía desquiciado. Había tenido un accidente de
automóvil y se había roto un brazo. Se deshacía en alabanzas a los hospitales y
los médicos alemanes. Además, le habían hecho miembro del Partido
Nacionalsocialista. Cuando acabó su consulta sobre el pleito me mostró una
fotografía que se había hecho en unifor-me.
-¿Qué le parece?
-Está usted magnífico. Pero dígame, Rodríguez, ¿a usted qué le
va ni qué le viene en esta cuestión de los nazis?
-Hombre, muchas cosas. En primer lugar, no me negará usted que
es una distinción. Pero aparte de eso, yo estoy convencido de las doctrinas de
Hitler. Vea usted lo que ha pasado en Espa-ña con lo de Asturias. Si no se
hubiera sentado la mano, a estas horas tendríamos un Lenin y seríamos vasallos
de Rusia.
-Puedo admitir que tenga usted sus ideas contra los socialistas
y hasta contra los republicanos, pero ¿no le parece a usted que así se
convierte en un vasallo de Hitler, lo cual es irse al otro ex-tremo?
-¡Por mí, encantado! ¡Qué más quisiéramos los españoles que los
alemanes nos civilizaran!
-Amigo Rodríguez, lo siento, pero no estamos de acuerdo. ¿Qué
pasa en Alemania? Mejor lo sabe usted que yo. Hemos trabajado juntos bastantes
años para saber lo que puede esperar-se de Junkers y Scherings y
Farben-Industries; y no me negará usted que son ellos los amos de Alemania.
-Mire usted, Barea. En este mundo no hay más que dos
posi-ciones: o que le coman a uno o comerse a los demás. Yo, natu-ralmente,
miro por mi porvenir, pero también por el de mi pa-tria.
-¡Y claro, se endosa usted un uniforme alemán!
-Pero estoy haciendo patria. Esto no es un disfraz. Es que
esta-mos trabajando para convertir a España en una nación fuerte.
-¿Quiénes están trabajando?
-Los alemanes y... un puñado de españoles, como yo, que nos
hacemos cargo de la realidad de los hechos. Crea usted que no soy yo solo el
único nazi que hay en España.
-No. Ya sé que desgraciadamente son bastantes. No sé si con
uniforme del Partido, pero sí de una manera parecida.
-Desde luego, el uniforme no se lo dan a todos, ni les hacen
miembros como a mí. Pero es que al fin y al cabo, ya es como si fuera un
súbdito alemán.
-Con la diferencia de que es usted español. Ya sé que le envían
a Alemania con pasaporte diplomático y cargado de recaditos de acá para allá.
Pero, francamente, Rodríguez, no creo que se haya metido usted en un buen
negocio.
-Ya nos lo dirá el tiempo. Y usted ya cambiará. No le quedará
otro remedio.
Se marchó Rodríguez y me fui a comer. Era sábado y por la tarde
cogí el autobús a Novés.
Un puentecillo en V invertida sobre un barranco húmedo, el fondo
tapizado de hierbas y plantas aromáticas, poblado de millares de ranas. El
resto del paisaje, la tierra parda de Castilla cortada en líneas paralelas por
los surcos del arado. Enfrente del puentecillo, la puerta del molino cubierta
por una parra enorme que trepaba por las paredes. El caserón, un manchón de cal
más blanco y más duro aún por el sol, por el fondo de tierra gris, por el marco
alegre de la parra y por la cinta verde del ba-rranco alargándose como una vena
por la que corriera sangre viva a través de los campos secos.
Cuando entrabais en el molino os encontrabais con un portalón
fresco en el que flotaba un polvillo blanco; en un rincón giraban interminables
dos piedras cónicas que machacaban grano para piensos. Humeaba el grano bajo la
presión de la piedra y se le-vantaba un vaporcillo tenue que respiraban
glotones dos burros pacientes en la puerta. A la izquierda había una división
de ta-blas con una ventana de cristales que era la oficina del tío Juan. El tío
Juan se reía de este título, porque el escribir le costaba un trabajo inmenso a
sus dedos asarmentados. ¡Era una buena broma! En los tiempos de su abuelo las
cuentas se llevaban en largas varillas de madera, cada saco de trigo molido una
muesca tallada con la navaja. Me mostraba riendo un brazado de estas varillas
brillantes del sobo de años y manos:
-Todavía para muchos de los de mi tiempo, llevo las cuentas así.
Pero ya tengo que hacer estos condenados libros.
De allí, por una puerta estrecha, se pasaba de golpe al molino.
Se elevaba a unos quince metros y tenía allá en lo alto unos grandes ventanales
de vidrio. Del techo bajo descendía un bos-que de vigas y tubos, de ruedas y
correas. No se había usado el hierro en la construcción, y todo era madera. El
polvo de trigo, a través de los años, se había ido depositando en los más
ínfi-mos rincones y había forrado cada pieza con su terciopelo blan-co. El todo
era como un bosque nevado. Las arañas habían es-carbado las alturas y habían
tejido sus telas de rincón a rincón y de viga a viga; el polvo blanco las había
tapizado y ahora eran como ramas de pino cargadas de nieve. Y el cristal de los
altos ventanales, también cubierto de este polvillo impalpable, dejaba pasar
una luz de sol de invierno que hacía sombras grises en la maquinaria. Con un
poco de imaginación, el ruido isócrono de los planchisters, meciendo la harina
en su cuna, parecía el ruido de las sierras de los leñadores del bosque.
-Aquí tiene usted nuestra pobreza.
-Ya es viejo esto, tío Juan.
-Mi abuelo hizo el molino. Debía de ser un hombre moderno en sus
tiempos, porque puso una máquina de vapor. Aún está.
Viendo la máquina de vapor, podía uno imaginar lo que pensa-rán
los hombres de dentro de mil años de nuestras concepciones mecánicas: una vieja
máquina, con un volante disforme, semien-terrada en la tierra y roja del orín
de medio siglo, roída por viento, arena y gotas de agua; resquebrajada, rugosa,
agrietada. Enterrada a medias como el esqueleto de un animal prehistórico que
surge a la superficie; con sus bielas como brazos rotos y los restos del enorme
pistón como el cuello de un gigante destruido y contrahecho por un cataclismo.
-Hace ya muchos años que tengo un motor eléctrico.
-;Y gana usted dinero?
-Se ganaba. De Torrijos y de Santa Cruz venían a moler aquí el
trigo. En tiempos, hasta de Navalcarnero y Valmojado. Esto era una bendición de
Dios. Luego Torrijos puso su molino y Naval-carnero el suyo. Navalcarnero es el
que me ha hecho más daño, porque está en la vía del tren. Pero lo que en
realidad nos ha matado es la política. Desde la dictadura acá, vive uno del
pue-blo y gracias. En fin, yo no me quejo. Ya voy para los setenta y cinco, los
chicos tienen su modo de vivir y aquí moriré en paz. -Se quedó el viejo
pensativo-: Si me dejan...
-Hombre, no creo que nadie se vaya a meter con usted. Y como
usted dice, cuando se tienen setenta y cinco años, pocos cam-bios se pueden ya
esperar.
-No sé, no sé. Los viejos a veces vemos muchas cosas, o mejor
dicho las sentimos. Tal vez es el miedo instintivo a morirse. Cuando el año
1933 los mozos se echaron al campo y destruye-ron los árboles y el poco ganado
que había y quemaron los paja-res y arrasaron las huertas, crea usted que no me
asusté mucho, porque aquello tenía que pasar. Luego vino lo de Asturias, y ya
parece que todos nos hemos vuelto locos. Esto acabará mal, muy mal. Y muy
pronto, don Arturo. La gente está muerta de hambre y ésta es mala consejera...
¿Qué le voy a contar del pueblo? Miseria y miseria. La media docena que pueden
dar trabajo, no lo dan. Unos por rabia, otros por miedo a Heliodoro. El campo
está abandonado y la gente no tiene qué comer. Don Ramón, que es un bendito...
-Dígame primero quién es don Ramón.
-Don Ramón es el tendero del pueblo. Tiene la tienda que habrá
usted visto detrás del casino, y es un buenazo, sólo que le ha dado por la
Iglesia y está espiritado. Pues bien, don Ramón es de lo mejor que había en el
pueblo, sin quitar que si podía le robaba a uno unos gramos en el peso; pero
cada vez que alguien llegaba a su casa: «Don Ramón, deme usted unas judías, o
un poco de bacalao y un pan, que ya se lo pagaré cuando el hom-bre eche a
trabajar», don Ramón alargaba el género y lo apun-taba. Si lo pagaban, bien,
pero muchas veces se quedaba sin cobrar. Cuando ocurría una desgracia -alguno a
quien se le mo-ría el hijo, la mujer o el marido-, cogía el lápiz y borraba la
cuen-ta:
«Fulana, no te apures, que eso está saldado. Así Dios me
per-done como al difunto». Pues bien, entre don Lucas por un lado y Heliodoro
por otro...
-¿Quién es don Lucas?
-El cura, que es de los de la cáscara amarga. Como iba
dicien-do, entre los dos le han convencido de no dar ni una miga de pan a los
pobres. El uno, que es pecado mortal ayudar a los enemigos de Dios, y el otro,
que hay que meter en cintura a estos granujas y si don Ramón los quiere ayudar,
él le meterá en cintura a don Ramón. Lo peor -agregó después de una larga
pausa- es que la gente se calla a todo. Se sientan por la mañana en la plaza,
en la muralla de la carretera, y se callan. Por la tarde se meten en el casino
de Elíseo y allí también se callan. Cuando el año 1933, algunos se acercaron al
molino; pero a mí me respe-tan y saben que en mi casa hay un cacho de pan para
el que le haga falta, y se marcharon. Pero la próxima vez que vengan, y
vendrán, no sé... Vendrán y muy pronto. Ya lo verá usted.
El pesimismo del tío Juan se disolvió en su orgullo de
propieta-rio. Cogió una jarra de barro de las viejas de Talavera, con flo-res
azules ingenuamente trazadas sobre un fondo de leche, y me llevó ante una
tinaja arrinconada en un cuartito fuera del mo-lino.
-Vamos a echar un trago.
Como éste no lo bebe usted en Ma-drid.
Bebimos despacio un vino áspero y frío que se deshacía en
bur-bujas moradas contra las paredes de la jarra. Nos pasábamos la jarra el uno
al otro y bebíamos en el mismo borde, como si fuera un rito ancestral de paz.
Aurelia aquel día estaba de mal humor. Después de comer nos
fuimos con los chicos a dar un paseo al fondo de las huertas. Había preparado
una merienda y comeríamos al lado de un ma-nantial que existe allí. Pero seguía
con la cara estirada. Al fin dijo:
-Es un aburrimiento este pueblo.
-¿Qué es lo que te pasa?
-Nada. Que parece que una pertenece a otra raza.
-Pero, bueno, ¿qué te ha ocurrido?
-Ocurrirme, nada. Pero ya lo ves. La ponen a una en cuarentena.
Porque aquí las buenas familias del pueblo ya se han enterado de que tú eres un
socialista y que no vas a misa y que te metes en el casino de Eliseo y,
naturalmente, a una en la calle: «Bue-nos días», cuando los dan. Y tú
comprenderás que no voy a hacer amistad con la gente del campo.
-¿Por qué no? Me parecería mucho mejor.
-Claro, a ti, sí. Yo creo que tú debías mantenerte en tu papel
y...
-¿Y qué? Ir a la tertulia del señor cura e invitar a la mujer de
Heliodoro, ¿no? Pues lo siento mucho, pero no. Tú puedes ha-cerlo si quieres,
pero yo no he venido aquí para hacer vida de sociedad.
-Claro; tú te vas el lunes temprano y aquí queda una toda la
semana...
Nos agriamos con la discusión y el resto del domingo lo pasé
pesado y aburrido. Cuando cogí el autobús el lunes por la ma-ñana, dormían aún
todos en la casa. Me marché con un senti-miento de liberación.
Inquietud
Capítulo III
Estaba terminando de firmar el correo del día. Era la hora más
agradable en el confesonario. El sol se había ocultado ya tras los edificios de
lo alto de la calle de Alcalá y la habitación reci-bía una brisa fresca que
hinchaba y hacía restallar de vez en cuando las cortinas de lona. Abajo, en la
calle, comenzaba a espesarse la gente en su paseo diario: a estas horas las
oficinas comenzaban a verter sus empleados en la calle. Subía el ruido de este
enjambre con un zumbar sordo, continuo, punteado por los gritos de los
vendedores de los primeros periódicos de la tarde, la nota aguda de las
campanas de los tranvías y el ladrar de los cláxones de automóviles. Era un
ruido que existía allí, constante, pero del cual ya no éramos conscientes a
fuerza de oírlo.
De pronto se hizo un silencio total, y la fuerza de este
silencio inesperado me dejó con la pluma en el aire. María paró su te-clear en
la máquina y los dos nos quedamos escuchando; dentro de la oficina, las otras
máquinas se habían quedado mudas tam-bién. Este silencio completo duró sólo un
momento: inmedia-tamente después estalló un disparo y un clamoreo ensordecedor
de la multitud. Entre los gritos, se oía el correr de las gentes en todas
direcciones y el chasquido de cierres metálicos bajados de golpe. Se oyeron dos
o tres disparos más y la nota musical de un cristal roto. Nos precipitamos a la
terraza.
Bajo nosotros, la calle estaba desierta en un ancho espacio y en
los bordes de este vacío súbito la multitud corría alocada, en-sanchándolo.
Frente a nuestra terraza, en la esquina del Fénix, un grupo de unas seis
personas se inclinaba sobre un bulto caído en la acera. Desde nuestra altura
sus movimientos daban una nota absurda a la escena. La calle se ensanchaba allí
bruscamen-te para recibir la Gran Vía y la calle de Caballero de Gracia, y
forma a modo de una amplia plaza, que ahora, con la excepción del grupo, se
encontraba vacía de vida con sólo unos coches parados en la postura de asombro
que les causó la deserción de sus ocupantes y un tranvía vacío también, preso
de los raíles. Los hombres del grupo nos parecían mudos y gesticulantes, como
marionetas diminutas; dos de ellos levantaron del suelo una figurilla más
diminuta aún doblada por la mitad; en la ace-ra, sobre el gris del asfalto
quedó una mancha negra y alrededor de ella un brazado de periódicos que el
viento de la esquina abrió en un revoloteo blanco. Llegó una camioneta abierta
llena de guardias de asalto que se descolgaron ágiles del vehículo, con sus
porras enarboladas como si fueran a atacar al grupo. Un taxi irrumpió en la
quietud de la explanada y en él desaparecie-ron de nuestra vista el herido y
los dos que le conducían: des-pués, el coche se alejó calle arriba. Los
guardias se establecieron en las bocacalles y en las puertas de los cafés. La
gente comen-zó a inundar la calle, formando grupos que los guardias disol-vían
bruscos.
Acabé de firmar y nos fuimos todos juntos escaleras abajo, pero
en el rellano del primer piso nos detuvo la policía. El Café de la Granja tiene
una puerta, conocida de pocos, que sale a esta es-calera, y la policía se había
instalado en el descansillo pidiendo la documentación y cacheando a todo el que
entraba o salía. Cuando llegamos al portal, encontramos a nuestra portera
sen-tada en una silla recobrándose de un ataque de nervios, atendi-da por su
marido y por un oficial de los guardias de asalto que tomaba notas en un
cuaderno. Había un intenso olor a éter. La mujer explicaba:
-Yo estaba a la puerta, viendo pasar la gente, hasta que
llegaron los vendedores de Mundo Obrero. «Ya vamos a tener jaleo como todas las
noches», me dije para mí, porque los señoritos de Fe se estaban paseando a la
misma puerta del café con su periódico y sus garrotas. Pero no pasó nada; los
chicos del Mundo Obrero subieron corriendo y voceando como siempre y los
señoritos comenzaron a pregonar a gritos Fe, pero nadie les hizo caso. Total,
parecía que no iba a pasar nada. Hasta que allí, en la esquina, se paró uno de
los del Mundo con otros a su lado y en seguida vino un grupo de cuatro o cinco
que tiraron los periódicos y comenzaron a pegarse. La gente echó a correr y uno
de los señoritos sacó algo del bolsillo y le pegó un tiro al chico de los
periódicos. Todos salieron corriendo y el pobre se quedó allí, solo, que no se
podía levantar.
Hasta entonces, casi todas las tardes se habían producido
inci-dentes similares: los falangistas esperaban la salida de Mundo Obrero e
inmediatamente comenzaban a vocear su revista Fe. Ninguno de los dos periódicos
era vendido por los profesiona-les, sino por voluntarios de ambos partidos. A
los pocos mo-mentos estallaban los incidentes a lo largo de la calle: bofetadas
y alguna que otra descalabradura y la acera llena de periódicos pisoteados y
rotos. Las gentes pusilánimes corrían atemoriza-das, pero en general para los
paseantes era un incitante espec-táculo, en el cual muchas veces se sentían
arrastrados a tomar parte activa. Pero lo de aquel día era ya más grave.
A la tarde siguiente comenzaron las señales de disturbio desde
las cinco y media: los obreros, que en general dejaban el trabajo a las cinco,
se habían dado cita allí. Se les veía llegar y pasearse en grupos con sus
taleguillos de la comida en la mano y exhibir-se provocativos entre las mesas
de la terraza del Aquarium, un lujoso café en el que se reunía la plana mayor
de Falange. Se había aumentado el número de guardias que obligaban a la gen-te
a circular sin detenerse y se veían grupos de falangistas cru-zándose con los
de obreros: se cambiaban miradas agresivas e insultos en voz baja, pero el
conflicto estaba en suspenso. Se esperaba la salida de los periódicos. Cuando
comenzaron los gritos de Mundo Obrero comenzaron los de Fe y durante unos
minutos ambos gritos resonaron a lo largo de la calle como un desafío, las
gentes de cada bando comprando ostentosamente su periódico. Al fin uno de los
grupos se disolvió a golpes, y fue la señal para que la calle entera se
convirtiera en un campo de batalla. Los guardias de asalto descargaban sus
porras sobre todo el que se ponía a su alcance y recibían la respuesta de
am-bos bandos.
En pocos momentos la superioridad numérica de los obreros fue
evidente, y un grupo de falangistas buscó refugio en el Aqua-rium. Saltaron
todos los cristales de la portada y las sillas y las mesas volaron en todas
direcciones convertidas en pedazos. Una camioneta de guardias de asalto volcó
su carga sobre los asaltantes y se entabló una batalla furiosa. La calle de
Alcalá se quedó otra vez desierta, con excepción de los guardias y de unos
cuantos transeúntes que pasaban rápidos.
Después de cenar me fui a la Casa del Pueblo. Había poca gen-te
en el café, pero unos cuantos amigos se agrupaban alrededor de dos mesas
juntas. Se comentaba lo ocurrido la noche antes y lo ocurrido aquella misma
noche. Uno de los concurrentes, hombre ya maduro, cuando se acabaron las
palabras exaltadas, dijo:
-Lo malo es que con todo esto estamos haciendo el caldo gordo a
los comunistas.
-Y qué, ¿te da miedo? -preguntó otro, burlón.
-A mí no me da miedo, pero lo que veo es que se nos están
me-tiendo en casa. Para los falangistas todos somos comunistas y claro es que
si nos dan de palos nos tenemos que defender; pero en lugar de esto,
recomendamos paciencia a la gente y se nos van en masa a los comunistas.
-Tú porque eres de los de Besteiro. Os creéis que con paños
calientes se puede arreglar esto y os equivocáis. Lo que estáis haciendo es
estúpido. Las derechas están todas unidas y noso-tros andamos cada uno por
nuestro lado; lo que es peor aún, tirándonos los trastos a la cabeza. ¡Lo que
está pasando es una vergüenza! - Puso sobre la mesa un puñado de periódicos-:
Lee esto. Todos los periódicos son nuestros, de la izquierda. ¿Y qué? Los
comunistas atacando a los anarquistas y éstos a aqué-llos, los dos a nosotros y
nosotros a ellos; y entre nosotros, Lar-go Caballero y Araquistain a Prieto, y
éste a los dos. De Bestei-ro no hablemos, porque no habla de revoluciones en la
calle y nadie le hace caso porque todos hablan de revolución, de «su
revolución». Yo digo, o nos unimos pronto o vamos a acabar aquí como en
Asturias con Gil Robles y Calvo Sotelo como dictadores y el Vaticano dictando.
-Me parece que eso va a ser difícil; se levantaría el pueblo,
co-mo cuando lo de Asturias.
-Y nos pasa lo que cuando Asturias o peor, ¿no? No creáis que
estoy hablando con la luna. Ese infeliz de Chapaprieta no se sostiene en el
Gobierno, y en cuanto le hagan dimitir, que le harán, al Botas no le queda más
salida que o dar el Gobierno a Gil Robles o disolver las Cortes. A esto no se
atreve porque le cuesta el puesto, ganen ellos las elecciones o las ganemos
noso-tros.
Chapaprieta, entonces presidente del Consejo, era simplemente
una transición para ganar tiempo. Un hombre sin partido políti-co y sin mayoría
en las Cortes, con la única tarea enfrente de él de hacer aprobar los
presupuestos. Gil Robles no podía des-aprovechar aquella ocasión para llevar la
situación a una crisis.
Nuestro compañero tenía razón; una ocasión mejor que aquélla no
podía presentarse a las derechas españolas, cuando las iz-quierdas estaban
completamente desunidas. No se trataba de una desunión entre republicanos,
socialistas y anarquistas, sino de una lucha intestina por la absorción de la
masa del país por cada uno de los grupos de izquierda. Así, Azaña arrastraba
tras él un núcleo importante de la clase media y no dudaba de con-vencer a una
gran parte de la clase obrera. La UGT controlaba un millón y medio de
trabajadores y la CNT unos cuantos milla-res más. Ambas luchaban por la
hegemonía de la clase trabaja-dora. Pero aún había más: la UGT estaba adherida
al Partido Socialista y la CNT al anarquismo de una manera oficial, aun-que
individualmente cada uno de sus miembros podía tener opiniones distintas. Y las
opiniones estaban divididas.
Los socialistas se dividían en tres grupos importantes: el de
Largo Caballero, que representaba la izquierda del partido; el de Indalecio
Prieto, que representaba el centro, y el de Besteiro, que representaba la
derecha con su teoría de evolución y refor-mismo. Estos tres grupos producían
la escisión constante dentro de la UGT. La CNT estaba igualmente dividida en
dos grupos: los partidarios de la acción directa, anarquistas, y los de la
ac-ción sindical. En ambos partidos y en ambas asociaciones se encontraban
partidarios y enemigos de la fusión de la UGT y la CNT. Y para terminar la
complejidad de la situación, el Partido Comunista comenzaba a desarrollarse y a
infiltrarse en el ala izquierda de la UGT y del Partido Socialista, creando
otro an-tagonismo doble, ya que comunistas y anarquistas eran enemi-gos
declarados.
Es muy español «quedarse ciego por saltarle un ojo al vecino».
Así, se daba la absurdidad de que los anarquistas se regocijaban de los
atentados de los falangistas contra los comunistas; y que éstos, a su vez,
hicieran todos los esfuerzos posibles para atacar a los anarquistas a través de
los medios de represión guberna-mentales.
Pero, seguramente, definiendo así la situación de las izquierdas
españolas cometo un grave error, el mismo que han cometido otros escritores
sobre cosas de España.
Estas divisiones, estas luchas intestinas, existen únicamente
entre los dirigentes y una minoría de afiliados aspirantes a diri-gentes o
simplemente fanáticos de sus ideales. El hombre de izquierda de la calle, en
general, pensaba de una manera distin-ta: la masa de izquierdas del país
abogaba por la unión y por el olvido de diferencias y rencillas; por
experiencia sabía que era el único camino para sostener la República y
transformar el Es-tado. La República había nacido porque se firmó un convenio
entre todas las izquierdas organizadas; en Asturias los obreros habían luchado
bajo el grito ¡UHP! (Unión de Hermanos Prole-tarios) y ahora, en la segunda
mitad de 1935, la masa del país sabía y sentía que, a menos de una unión
compacta, las dere-chas se apoderarían totalmente del poder y no sólo se
pudrirían en la cárcel los millares que en ella estaban, sino que entrarían
millares más.
Como consecuencia de esto, en medio de la polémica de los
partidos y agrupaciones oficiales se iba imponiendo el senti-miento de las
multitudes y poco a poco los líderes iban cedien-do en sus intransigencias y
respondiendo al instinto de conser-vación, porque las derechas, cada vez más,
presentaban un fren-te unido en sus dirigentes, en sus afiliados y en la masa
simpati-zante. Una prueba de esto eran mis experiencias de Novés. Una mañana de
domingo regresaba de un largo paseo a través de los campos que rodean Novés.
Siempre he encontrado un placer en recorrer los campos solitarios de Castilla.
No hay árboles, no hay flores, la tierra está seca, dura y gris, raramente se
ve la silueta de una casa, y cuando se cruza uno en su camino con un labriego,
el saludo se cambia con miradas recelosas y con gru-ñidos ásperos del perro del
caminante, el cual se abstiene de mordernos bajo el mandato brusco del amo.
Pero estos paisajes desolados bajo el sol de la canícula tienen majestad.
Los tres elementos son: sol, cielo y tierra, y los tres son
despia-dados. El sol es una llama viva sobre vuestra cabeza, el cielo un fanal
luminoso de cristal azul que reverbera, y la tierra una pla-nicie agrietada que
abrasa al contacto. No hay paredes que den sombra, techos o enramadas que dejen
descansar los ojos, fuen-te o arroyo que refresque vuestra garganta. El efecto
es como si estuvierais desnudos y sin defensa en las manos de Dios: o vuestro
cerebro se amodorra y se embrutece en una resignación pasiva, o adquiere toda
su potencia creadora, porque allí no hay nada que la distraiga y vuestro yo es
un «yo» absoluto que se os aparece más claro y más transparente.
El cigarrillo en la llanura desolada toma proporciones gigantes,
como una blasfemia en alta voz en la soledad de un templo va-cío; la llama de
la cerilla desaparece bajo la luz del sol y es me-nos llama que nunca; el humo
azul del cigarrillo traza espirales lentas, se acumula y engruesa en nubes
blanquecinas en la quie-tud del aire y cae frío a vuestros pies, casi
invisible. La tierra le absorbe. El aire le empuja hacia la tierra. La luz
disuelve el azul del humo contra el azul del cielo. Cuando tiráis la colilla,
la mancha blanca, humeante aún, es más vergonzosa que tirada sobre la alfombra
más rica. Queda allí diciendo a todos que habéis pasado. A veces es tan intenso
este sentimiento de cri-minal que teme dejar huellas de su paso, que he
recogido la colilla de la tierra, la he apagado contra la suela de mis zapatos
y la he guardado en mi bolsillo. Otras veces, cuando en mis paseos he tropezado
con una punta de cigarrillo abandonada en el campo, la curiosidad me ha llevado
a considerarla: si estaba húmeda aún, era señal que otra persona andaba cerca.
¿Quién sería? Una confección grosera me indicaba que era un campe-sino; un
cigarrillo hecho de fábrica, que era un hombre de ciu-dad. Unos bordes secos y
un papel ya amarillento, que el hom-bre había pasado por allí hacía días,
semanas, tal vez meses. Y cuando era así, respiraba más tranquilo, porque en
los paisajes desolados de Castilla renacen miedos instintivos y amáis la
so-ledad como una defensa.
Aquella mañana había paseado solo y volvía ágil de mente, con el
cerebro lavado pero con el cuerpo rendido y reseco. Me senté a uno de los
veladores que José ponía a la puerta del casino:
-Dame algo que esté fresco, José.
José trajo una botella de cerveza que sudaba bajo el sol. Se
apoyó en la mesa:
-¿Qué le parece el pueblo?
-¿Qué le voy a decir? A mí me parece bien. Me gustan los
pue-blos que aún no tienen nada de ciudad, tal vez porque estoy harto de
ciudad.
-Si viviera usted aquí toda la vida, como yo, estaría deseando
escapar.
Enfrente del casino la carretera descendía y un barandal de
piedra la bordeaba del lado del barranco. A lo largo del baran-dal estaban
recostados hasta una docena de hombres que me miraban silenciosos.
-¿Qué hacen ésos ahí, José?
-Esperando que caiga algo. ¡Como no caiga la luna! Sabe usted,
es la costumbre de siempre que los mozos que no tienen trabajo vienen aquí en
las mañanas y esperan que alguien les contrate por el día.
-Pero son las doce y es domingo. ¿Quién diablos los va a
con-tratar?
-Psch. Vienen por la costumbre y además porque como es do-mingo,
hoy vienen los señores a tomar vermut y a veces a al-guno de ellos se le antoja
algo y cae alguna perra; a veces hasta se atreven a pedirla. Alguna cosa tienen
que hacer los pobres, aunque bien merecido se lo tienen.
-Bien merecido, ¿el qué? ¿Morirse de hambre?
-Hombre, yo no digo morirse de hambre, porque al fin y al cabo
no tiene uno negras las entrañas, pero no está mal que aprendan un poco. Esto
les enseñará a meterse en repúblicas y querer arreglar el mundo. Porque usted
no sabe lo que era este pueblo cuando vino la República: hasta cohetes tiraron.
Y en seguida comenzaron a pedir cosas, hasta una escuela nueva; allí la tienen
a medio hacer todavía. Como no se la paguen ellos, me parece que la República
ya se la ha pagado.
Por la carretera apareció un jinete caballero, en un caballo
negro de costurones y mataduras. Una figura magra embutida en unos pantalones
ceñidos a las pantorrillas como un figurín del siglo XIX, americana redonda y
un sombrero redondo que en sus tiempos fue negro, pero que ahora era color de
ala de mosca. Quijotesco, viejo en los setenta, con pocos dientes pero con
cejas espesas sobre ojos negros vivos, una barbita de chivo y unos tufos
blancos bajo el sombrero. Se apeó del caballo, dejó caer las riendas sobre el
cuello del animal y llamó con la mano a uno de los mirones de la muralla. Un
hombre se despegó pere-zoso.
-Toma, llévale a casa.
El hombre cogió las riendas, tiró del caballo, pasó por delante
de la puerta de la farmacia y penetró en la puerta siguiente, a diez metros
escasos de donde estábamos sentados. El caballero vino hacia mí, golpeándose
las piernas con el latiguillo que lle-vaba en la mano.
-Hombre, ya tenía yo ganas de conocer al madrileño. Con su
permiso, me voy a sentar. - No esperó mi conformidad. Sim-plemente se sentó-.
Usted, ¿qué bebe? ¿Cerveza? José, dos cer-vezas. -Hubo una pausa y se me quedó
mirando-. Posiblemente, usted no sabe quién soy yo. Bien: soy el cómplices de
éstos -y señaló a los dos médicos que habían llegado entre tanto y se habían
sentado a otra mesa-, es decir, el boticario. Alberto de Fonseca y Ontivares,
licenciado en farmacia, doctor en química, propietario y muerto de hambre. Aquí
la gente no se pone en-ferma, y cuando se pone no tiene dinero. Y las fincas no
produ-cen más que pleitos. Ahora, cuénteme usted quién es.
El hombre tenía gracia. Le di unos cuantos detalles míos y de
mis actividades, y cuando le hablé de mi profesión me cogió del brazo:
-Tenemos que hablar. ¿Usted sabe lo que es el aluminio?
-Sí. No sé en qué grado le interesa a usted el aluminio y si mis
conocimientos serán bastantes.
-No importa, no importa.
Tenemos que hablar. He hecho un descubrimiento interesante y tenemos que
hablar. Usted tiene que aconsejarme.
No me agradaba mucho la perspectiva de tener en el pueblo a uno
de esos inventores chiflados, pero no era cosa de darle una mala respuesta.
Mientras, el hombre que se había llevado el ca-ballo había regresado y estaba
respetuosamente con la gorra en la mano a dos metros de nosotros. Don Alberto
se le quedó mirando:
-¿Qué esperas? Que te dé algo, ¿no? Bueno, mira, hoy es un gran
día. Toma un real, pero no te arregostes, ¿eh? ¿Qué llevas en el bolsillo de la
blusa?
El hombre enrojeció y bajó la voz:
-Un poco de pan que me ha dado doña Emilia para los chicos.
-Bueno, bueno. Buen provecho os haga.
Me levanté de la mesa. Don Alberto pretendía hablarme de su
descubrimiento, pero yo no había comido aún. La conversación quedó para más
tarde.
La tuvimos en la rebotica. Doña Emilia nos escuchaba movien-do
las agujas de hacer punto, las manos regordetas ágiles de acá para allá. El
resto de su figura eran grasas amorcilladas en repo-so. De vez en cuando miraba
a su marido por encima de los cristales de las gafas. El gato, dormilón, sobre
un viejo sillón de rep, abría de vez en cuando los ojos siguiendo las
inflexiones de voz de su amo. Unos ojos verdes con una rayita vertical negra.
La sala era oscura, no porque la luz no entrara libremente por una amplia
ventana a la calle sino porque todo en el cuarto era oscuro: cortinas y
alfombras púrpura, casi negras; los cuatro sillones haciendo juego en un color
de pasa oscurecido por los años; la pared empapelada en un azul casi negro con
dibujos dorados. Don Alberto explicaba:
-Como le he dicho esta mañana, yo soy un propietario. ¡Buenas
tierras nos dé Dios! Un campo, grande como un camposanto, lleno de pedruscos y
cuatro miserables casuchas en el lugar. Los inquilinos no pagan y la tierra es
erial. Pero la contribución cae cada año como un reloj. Gracias a que le queda
a uno algo más, y esta miseria de la botica, para ir viviendo. Como usted ha
visto, todas las mañanas, haga el tiempo que Dios quiera man-darnos, ensillo el
potro y nos vamos los dos a dar un paseo por esos campos.
¡Usted no sabe las veces que he pasado por mis tierras! Conque
un día me veo allí a un tipo de rodillas sobre la tierra, escarban-do. «¿Qué
hará ese así?», me pregunté. Me fui a él y le dije: «¿Qué se hace, amigo?», y
me contestó en mal cristiano: «Na-da, curioseando. ¿Sabe usted de quién son
estas tierras?». «Mías», le dije. «No es mala tierra, ¿no?», me contestó. «Sí,
para sembrar adoquines», le repliqué yo. Se me quedó mirando y luego cambió de
conversación: que era alemán, que le gustaba mucho España, en fin, una porción
de cosas, y por último que pensaba hacerse una casita en el campo y que el
paisaje le gus-taba mucho. Hace falta cara dura para decir esto, porque el
pai-saje es como la palma de mi mano. Yo le decía «amén» a todo, pensando:
«¿Qué se traerá este granuja entre manos?». Cuando le perdí de vista me volví a
mi tierra, cogí unos cuantos puña-dos de terrones y me encerré en la rebotica.
Mi amigo -dijo so-lemne don Alberto-, mis tierras son bauxita, ¡bauxita pura!
-No me dejó mostrar mi asombro. Cambió rápidamente del entu-siasmo a un gesto
de rabia y prosiguió-: Pero el alemán ese es un canalla. Por eso le he llamado
a usted.
Doña Emilia paró sus agujas, levantó la cabeza y, moviéndola de
un lado a otro, dijo:
-¡Qué razón tienes, Albertito!
-Ten calma, mujer, déjanos hablar. -Las agujas reanudaron su
vaivén isócrono y el gato volvió a cerrar sus ojillos verdes. Don Alberto
prosiguió-: Hace unas semanas se presentó aquí. Se había decidido a construir
una casa en este rincón del país «tan magnífico». Le gustaba mucho mi tierra y
como no era tierra de labor, suponía que se la vendería barata, porque él no
era muy rico. No me pude contener: «Conque una casita en el campo, ¿eh? Una casita
con chimeneas, ¿no?». Se me quedó mirando muy asombrado: «Sí, hombre, sí. No se
haga usted el tonto. ¿Usted cree que no sé a lo que viene? Afortunadamente aún
no he olvidado la poca química que aprendí». Mi alemán se echó a reír muy
campechano: «Bueno, nos podremos entender mejor. Usted comprenderá que estoy a
mi negocio y si usted no hubie-ra sabido lo que hay en sus tierras, hubiera
sido más económico para mí. Pero no importa. ¿Cuánto quiere usted por la
tierra?». Yo le contesté: «Cincuenta mil duros». Mi alemán se echó a reír y
dijo:
«Mire usted, no vamos a perder el tiempo. El yacimiento está
denunciado con arreglo a la ley de minas. Tenemos por tanto el derecho de
expropiar el terreno suyo y los que le rodean. Le propongo a usted pagarle
5.000 pesetas al contado y 20.000 en acciones liberadas de la sociedad que se
forme. Piénselo y verá cómo le conviene». Le dije rotundamente que se fuera al
dia-blo. Pero ahora me han mandado una citación para comparecer en juicio de
avenencia para la expropiación de la tierra. ¿Qué me aconseja usted que haga?
Estos granujas creen que se van a quedar con mi tierra por un mendrugo de pan.
¿Qué podía yo aconsejarle a este boticario pueblerino? Si había
alemanes en el asunto, indudablemente estaba detrás alguna firma importante de
Alemania, porque eran éstas las que paga-ban estas prospecciones en España, y
nadie mejor que yo cono-cía el poder y los medios de esta gente. Don Alberto
podía co-ger un puñado de pesetas, no muchas, o sostener un pleito, con la
consecuencia de que las pesetas que cobrara al fin no serían bastantes para
pagar a la curia. Desde luego, le habían entrampi-llado y no tenía escape. Le
expliqué la situación legal del asunto y le aconsejé que tratara de sacar la
mayor cantidad posible de dinero, y se dejara de pleitos. El hombre se indignó:
-Pero, ¡esos granujas vienen con sus manos limpias a robarnos lo
nuestro! Esto es la historia de España: estas gentes vienen aquí donde nadie
les llama y se apoderan de lo mejor. Ahí tiene us-ted Río Tinto, y la
Canadiense, y la Telefónica, y el petróleo y yo qué sé más. Mientras tanto,
nosotros muertos de hambre. Lo que hace falta es que el jefe tome esto entre
manos.
-¿El jefe? ¿Qué jefe?
-¿Quién va a ser? El hombre que va a salvar a España: don José
María Gil Robles. El hombre que tiene detrás de él a todas las personas
decentes de este país.
Uno de mis incurables defectos que me ha costado muchas
enemistades, es revertir en el curso de una conversación seria a mis reacciones
de chico de la calle y de soldado en África y dar libre suelta a mis
pensamientos, con la mayor franqueza y peor lenguaje. Contesté a don Alberto,
sonriéndome:
-¡Hombre! No creo que ese ratón de sacristía vaya a arreglar el
país.
Don Alberto se puso intensamente rojo, más rojo bajo su marco de
pelos blancos, se levantó y me fulminó con una mirada ira-cunda. Las agujas se
pararon en seco y el gato se levantó y se arqueó, haciendo crujir sus uñas en
el forro del sillón. Las pala-bras cayeron solemnes y melodramáticas:
-Comprenderá usted, don Arturo, que no podemos seguir cru-zando
la palabra usted y yo.
Me tuve que marchar, un poco avergonzado y disgustado con-migo
mismo por mi incongruencia. Pero aquella conversación trajo su secuela una
semana después.
Un día me paré a contemplar en detalle la torre de la iglesia,
construida en una esquina del edificio y a todas vistas indepen-diente de él.
Las fundaciones de la torre eran indudablemente romanas y los ladrillos
colocados sobre los sillares de piedra, muchísimos años después, eran árabes.
Sería curioso conocer las vicisitudes por las que había pasado la vieja torre,
fortaleza o atalaya, o lo que hubiera sido... Una voz gruesa me habló desde la
puerta de la iglesia:
-Qué, ¿curioseando? ¿No se atreve usted a entrar en la iglesia?
Aquí no nos comemos a nadie. -En la puerta de la iglesia estaba don Lucas, el
cura, mirándome un poco socarrón.
-Estaba viendo la mezcolanza que es esta torre. Pero, sí me
gus-taría ver la iglesia, si el cancerbero no se opone.
-El cancerbero no se opone. Ésta es la casa de Dios, y está
abierta a todos. Claro que si lo que le interesan son cosas viejas, va a
encontrar pocas; esto es un caserón.
La iglesia merecía el nombre de tal. Unas paredes lisas de cal y
canto, enjalbegadas, y a lo largo de ellas media docena de alta-res, cada uno
con un santo en tamaño natural, todos modelados en cartón piedra y decorados
con colores chillones. Una profu-sión de faldillas de altar, tiesas de almidón,
con grandes borda-dos, y sobre ellas candelabros de latón y floreros llenos de
flo-res de papel polvorientas. Un altar mayor con una Purísima de menor tamaño
con un fondo de estrellas prendidas a una tela azul. Dos confesonarios, uno a
cada lado del altar mayor, y detrás de la puerta de entrada un Cristo, con la
pililla del agua bendita a un lado y la pila bautismal al otro. Dos hileras de
ban-cos en medio de la nave y un par de docenas de sillas con asien-tos de paja
desperdigadas. Lo único bueno del recinto era su frescura.
-La verdad es que esto no vale mucho.
-Ahora le enseñaré el tesoro.
Me condujo a la sacristía: dos grandes cómodas con herrajes
plateados -seguramente lo de más valor en la iglesia-, una hor-nacina con un
Niño Jesús en talla antigua, un pupitre, un banco a lo largo de la pared, un
sillón frailero y unos cuantos utensi-lios del culto sobre las cómodas. En el
testero, un cuadro al óleo representando un san Sebastián de anatomía
feminoide. La pin-tura era de la segunda mitad del siglo pasado y pertenecía a
lo que yo llamo «escuela cromolitográfica».
El buen padre, llenito de carnes, tipo de campesino pulido por
el seminario, un poco cerduno por sus ojillos diminutos y la abundancia del
pelo, barba y vello, con labios gruesos y rojos y manos anchas, casi manazas,
se sentó en el sillón y me invitó a sentarme en el banco al lado del pupitre.
Sacó una petaca de cuero y liamos un cigarrillo. Dio unas chupadas y se me
quedó mirando:
-Ya he visto que no viene usted a la iglesia los domingos. Yo sé
que es usted un socialero y que se mezcla con la gentuza del pueblo. La verdad,
cuando se instalaron ustedes aquí y les vi a ustedes, a su señora y los niños,
me dije: «Parece buena gente. El Señor lo haga». Pero... parece que me he
equivocado.
No lo dijo insultante. La pausa después del «pero» fue para dar
énfasis a una sonrisa suave, casi diría evangélica, que presenta-ba excusas por
el atrevimiento. Después se quedó con las dos manos sobre la mesa, mirándome.
-Bien. Sí, es verdad que tengo ideas socialistas; también es
ver-dad que no voy a misa los domingos, ni van los míos; y también es verdad
que, si esto es ser «mala gente», pues somos mala gente.
-No se me sulfure usted, don Arturo. No quería molestarle, pero
al fin y al cabo uno puede comprender que cualquiera de estos palurdos del
campo no crean en Dios ni en el Diablo, pero en-contrar una persona que parece
inteligente en las mismas cir-cunstancias...
-El que yo no venga a la iglesia no quiere decir que no crea en
Dios...
-No me vaya usted a decir que es usted uno de esos herejes
protestantes. Lo sentiría infinito, porque no podría tolerarle en esta santa
casa ni un momento más.
-En esta santa casa que
según usted es la casa de Dios y por tanto la casa de todos, ¿no? No tenga
usted miedo, no soy he-reje, no me ha dado por cambiar de etiqueta. Lo que me
pasa es que me temo haber padecido demasiada religión en mi vida. Puede usted
estar tranquilo, me he criado en el seno de la Santa Madre Iglesia.
-Entonces, ¿por qué no viene usted a ella?
-Si le dijera la verdad, seguramente nos disgustaríamos los dos.
-Dígala, dígala. A mí me gustan las cosas claras y saber a qué
atenerme.
-Pues bien, yo no vengo a la iglesia porque en la iglesia están
ustedes y somos incompatibles. A mí me enseñaron una religión que, en doctrina,
era todo amor, perdón y caridad. Francamen-te, salvo muy contadas excepciones,
me he encontrado siempre con que los ministros de esta religión poseen todas
las cualida-des humanas imaginables, menos precisamente estas tres cuali-dades
divinas.
Don Lucas no lo tomó por lo trágico, sino por la tangente.
-Entonces, según usted, ¿qué deberíamos hacer? Por ejemplo, ¿qué
debería yo hacer? Mejor aún, ¿qué haría usted si estuviera en mi puesto?
-Me lleva usted a un terreno que cae en lo personal.
Posible-mente, usted es uno de los sacerdotes excepcionales de que hablaba
antes y que he conocido y conozco aún. Pero si quiere usted saber lo que yo,
sacerdote, haría en su puesto, es sencillo: dejaría de ser presidente de Acción
Católica, como creo que es usted, por cumplir la ley del maestro:
«Al César lo que es del César», y la otra orden que dice que «Su
reino no es de este mundo»; utilizaría el púlpito para ense-ñar la palabra de
Cristo y no para propaganda política, y trataría de convencer a unos y otros
para que vivieran en paz, para que los pobres no se murieran en la pared de la
carretera esperando el milagro de un mendrugo de pan, mientras que los ricos
dejan la tierra yerma y se juegan cada noche en el casino lo suficiente para
que no haya hambrientos en Novés.
Ahora sí que mi cura se había sentido herido. Se le quedaron los
labios blancuzcos y un poco temblorosos:
-No creo que usted pretenda enseñarme cuál es mi obligación.
Aquí, en este pueblo, lo que hay son muchos canallas y lo que hace falta es
palo, mucho palo. Ya sé que, para usted, nuestro jefe es un ratón de sacristía.
Pero quieran ustedes o no quieran, ustedes los revolucionarios que quieren
hundir a España en la miseria, ese hombre hará una España grande. Siento
decirle que usted y yo no podemos ser amigos. Usted ha venido a turbar la
tranquilidad de este pueblo. Lucharemos cada uno por nuestro lado y Dios dará
la razón al que la merezca.
Salí de la iglesia un poco pensativo. Era una declaración en
to-da la regla de guerra contra mí, que aún no me había mezclado en la vida del
pueblo. Era también una confirmación de la unión de las derechas españolas
contra la República.
Don Alberto era viejo monárquico. Heliodoro, un usurero sin
entrañas. A los dos médicos les tenía sin cuidado la Iglesia y la política.
Valentín se jugaba la hacienda. Los otros, simplemente por poseer tierras, se
creían en la obligación de estar contra los obreros. Ninguno de ellos tenía
ideales, ni políticos ni religio-sos, y sin embargo se unían como un solo
hombre, agresivos, para defender una política y un ideal. ¿Era, precisamente,
esta falta de convicciones lo que les permitía unirse? ¿Sería precisa-mente la
existencia de ideales lo que nos impedía unirnos a los hombres de izquierda?
La consecuencia lógica era que aquellos hombres se unían para
defender sus propiedades y su posición. Pero entonces, ¿por qué no se unían
entre sí los líderes de la izquierda que también tenían ya una posición? ¿Por
qué los hombres de la calle, los trabajadores y los labriegos o los mineros de
Asturias, o los ca-mareros de café, estaban siempre dispuestos a unirse, y sus
líde-res, no?
No era una pregunta más.
En aquellos días era una pregunta que se hacía toda España, hasta nuestros
enemigos.
Las elecciones
Capítulo IV
Inquietud e incertidumbre me hacían más echar de menos algo fijo
y seguro en las relaciones humanas. Pero hasta mi madre hacía ya tiempo que
había muerto.
-Había muerto -como ella decía a veces- «uncida al carro»,
tra-bajando sin descanso hasta los setenta y dos años, dando de lado la fatiga
que pudiera sentir para ayudar a mi hermana a través de sus numerosos partos;
haciéndose cargo de los peque-ños y del manejo de la casa; y hasta ayudándola
económica-mente, gestionando el que le dieran una portería en una casa de
vecinos para que todos pudieran tener casa gratis y sacrificando las míseras
propinas de los inquilinos para ayudar en los largos períodos en que mi cuñado
Agustín, un buen ebanista, se que-daba sin trabajo por las huelgas que se
sucedían unas a otras.
Hubo una época mala, antes de que yo mismo llegara a mi
rela-tiva prosperidad, en la que mi madre y Concha tuvieron que aceptar la
ayuda de instituciones de caridad: la reina María Cristina había fundado un
asilo para lavanderas, impelida, sin duda, por la visión de cientos de
infelices encorvadas a lo largo del río, que inevitablemente tenía que soportar
cada vez que iba o venía a los jardines de la Casa de Campo. Mi madre solicitó
la ayuda de las monjas que regían el establecimiento, no para ella, sino para
que proporcionaran ropa a los nietos. Existía también una institución oficial
llamada La Gota de Leche, donde las madres pobres podían obtener leche gratis y
asistencia médica. Concha tramitó su solicitud y le concedieron una ración
diaria de este producto, siempre caro y malo en Madrid, a cambio de guardar
cola diaria y pacientemente, mientras la abuela se cui-daba de la casa y de los
chicos. Recibían éstas y otras caridades después de trámites absurdos, en los
que se comprendían certi-ficados de estar casada por la Iglesia, figurar en las
listas de los que asistían a misa asiduamente o presentar el certificado del
cura de la parroquia de haber comulgado en Cuaresma. Nin-guno de estos
requisitos hacía más agradable recibir la caridad, sino sentirse humillados.
Pero mi madre nunca se sintió amar-gada por ello. Su amargura la compensaba el
orgullo de su ayu-da y se aguantaba con «las cosas de la vida» como ella las
lla-maba, con una resignación alegre y una esperanza escéptica. A mí me ponía
furioso la situación, y a veces, cuando me sentía en condiciones de ayudar
algo, injusto con mi hermana. Era natu-ral que mi madre ayudara a su hija. Pero
me hería y me dolía el alejamiento de mi madre hacia mi propia casa por su
incompati-bilidad con Aurelia. Aunque yo comprobara claramente el fra-caso y la
vacuidad de mi matrimonio, no aguantaba críticas de otros, ni aun de mi madre,
y muchísimo menos de mi hermana, mi hermano, o la mujer de éste y el marido de
aquélla, pues todos coincidían en detestar a la mujer que, al fin y al cabo,
era mi esposa.
Mi madre murió en 1931. Desde entonces había tenido poco
contacto íntimo con la familia. Pero ahora, cuando el fracaso de mi matrimonio
era un hecho irremediable y cuando sentía en los huesos el escalofrío del
cambio que se avecinaba, estreché más aún la vieja amistad con mi hermano y mi
cuñado. Cuando éramos muchachos habíamos sido amigos inseparables y, sin
necesidad de decírnoslo, nos comprendíamos perfectamente unos a otros. Las
mujeres -la mía, la de mi hermano y mi propia hermana- se detestaban cordialmente
y hacían todo lo posible para no encontrarse. Agustín, rechoncho y macizo,
lento en el hablar y lento, pero a la vez ágil en sus movimientos, con una vena
inagotable de sátira maliciosa a la vez que lleno de sentido
común, plácido y seguro, me daba un sentimiento de reposo y seguridad;
cuando hablaba era tan infalible como un típico San-cho Panza. Pero era muy
difícil para él salir con nosotros y dejar a Concha con los siete chicos que la
recargaban de trabajo y no la dejaban un momento en paz.
Fue así como Rafael, mi hermano, flaco, descolorido, ácido,
mucho más inquieto y escéptico que yo, se convirtió más y más en mi compañero
silencioso: cuando deshice mi casa en Madrid e instalé a la familia en Novés,
me cedió una alcoba en su casa. Para escapar de la atmósfera agria y espesa del
piso estrecho y de la charla insulsa de su mujer, cada noche después de la cena
nos marchábamos a dar un paseo a través de las calles, a pasar un rato en un
café o en un bar donde teníamos amigos, siempre para terminar en otro paseo más
o menos largo, enfrascados en una discusión acalorada y sin sentido o hundidos
en un silencio moroso. Algunas noches salía con María.
Pero mis relaciones con María atravesaban también un estado
crítico.
Cuando comencé a trabajar en la oficina, María era la menos
atractiva de las cuatro mecanógrafas. Tenía entonces diecisiete años, ojos y
cabellos negros y un cuerpo huesudo lleno de ángu-los. Su piel aceitunada tenía
el aspecto de sucia, el cuello era un pescuezo flaco y largo, el pecho liso.
Como compensación era vivaracha y activa, rápida de comprensión. Su educación
no era particularmente buena, pero mejor que la de las otras, sus en-tendederas
claras, y como tipista muy buena. La escogí como mi secretaria y trabajábamos
muy bien juntos.
La cara de María estaba ligeramente picada por la viruela, lo
que la hacía completamente infeliz y consciente de su defecto en todo momento.
Cuando yo comencé a contarle las dificulta-des de mi matrimonio y mis
esperanzas de encontrar aún
«la mujer», comenzó a encontrar consuelo para sus defectos,
porque yo le explicaba que no pensaba tanto en la belleza física como en el
mutuo entendimiento, la armonía entre dos, la fu-sión. En aquel tiempo no me
daba cuenta de que lo que estaba haciendo era seducir a la muchacha. La cara de
María le negaba el homenaje del piropo y no tenía contacto con hombres más que
conmigo. Supongo que yo tenía para ella la clase de fasci-nación que los
hombres maduros y «experimentados» tienen tan frecuentemente para las muchachas
jóvenes. Lentamente fue creciendo nuestra intimidad. Y durante estos años, la
muchacha huesuda se transformó en una mujer plena con un cuerpo her-moso.
Inevitablemente, terminamos en una relación íntima puesto que yo necesitaba
alguien a quien pudiera dar cariño y que entendiera mi lenguaje. La comunidad
de trabajo y su de-seo ardiente de satisfacerme en todo se convirtieron en un
susti-tuto del amor.
Éramos discretos en nuestras relaciones, pero no tratábamos de
escondernos. Eran un secreto a voces. En la verdadera tradición matrimonial
española, donde la mujer no se preocupaba mucho de que su marido tenga «un
asunto» mientras no le absorba para siempre o mientras no se produzcan hijos
ilegítimos, no tuve grandes dificultades con Aurelia. Ella no sentía que su
posición estuviera amenazada por la existencia de María y todo quedó reducido a
unas discusiones agrias de vez en cuando. Tampoco existían dificultades por
parte de la familia de María. Vivía con su madre, un hermano y una hermana,
ambos más jóvenes. La madre sabía nuestras relaciones, pero las ignoraba
silenciosa-mente, yo creo, porque consideraba que María era una mucha-cha que
nunca podría casarse y que por ello tenía derecho a sacar de la vida el mejor
partido que pudiera.
Al principio habíamos acordado que ambos quedábamos en completa
libertad, pero al cabo de seis años de relación se había desarrollado entre
nosotros una intimidad estrecha. Por mi par-te, aun no pudiendo decir que
estaba enamorado, estos seis años me habían dado alegría.
Ahora ya no estaba contento más: y ella tampoco. Un sábado por
la mañana, María me preguntó:
-¿Te vas esta tarde a Novés?
-Claro, como siempre.
-Ya estoy harta de este arreglo. Cada domingo me quedo sola y me
aburro. Mi hermana se va con sus amigas y yo no puedo salir con ellas,
-No veo por qué no.
-La mayoría de los domingos se van al baile. Si voy, tengo que
bailar, porque todo el mundo sabe que sé y me gusta y no pue-do pretender que
no sé o no quiero.
-Bueno, y ¿qué más quieres? Si te gusta, vete al baile y baila
todo lo que quieras, ya sabes que no me da celos. Pero no me puedo quedar aquí
los domingos y al fin y al cabo estamos jun-tos toda la semana. Por otra parte,
al principio ya habíamos dis-cutido esto y estábamos conformes.
María insistió en que me quedara en Madrid. No quería que me
quedara todos los domingos, pero sí de vez en cuando y parti-cularmente aquel
domingo. Me dio la sensación de que tenía algo en la mente y por último mandé
un aviso a Novés que no podía ir.
La noche del sábado nos fuimos juntos al teatro. María mostra-ba
mucho más interés en los detalles de la vida en Novés y en discutir la actitud
y comportamiento de mi mujer que en el es-pectáculo. El domingo acordamos
marcharnos de campo y nos fuimos al Escorial. Cuando estábamos tumbados en la
hierba, confrontados con la mole gigante de las montañas que rodean al
monasterio, María dijo de repente:
-Y ahora, ¿qué piensas hacer?
-¿Sobre qué? -La pregunta me había cogido por sorpresa y no
había provocado ninguna asociación mental, aunque habíamos discutido varias
veces durante el día mis relaciones matrimonia-les.
-Sobre Aurelia.
-Tú querrás decir qué puedo hacer. Lo único que puedo hacer es
divorciarme, pero no veo por qué. Para los chicos sería malo, porque estarían
peor que estando yo y a mí tampoco me benefi-ciaría mucho. Tendría que irme a
vivir de huésped o quedarme para siempre en casa de mi hermano. Viviría peor y
me costaría más caro. Todavía valdría la pena si hubiera encontrado «la mujer».
Lo dije sin pensar y mucho menos sin querer herirla. Había
ha-blado espontáneamente, como habíamos hablado durante años, sobre mis
problemas. María me miró y tenía los ojos arrasados en lágrimas:
-Entonces, yo no significo nada para ti...
-Pero, chiquilla, nuestro caso es completamente distinto.
-Claro que es diferente. Para ti un pasatiempo y para mí una
puerta cerrada. -Y se echó a llorar amargamente.
-Pero ¿qué es lo que quieres que haga? ¿Divorciarme e irme a
vivir contigo? ¿O que nos casemos?
Se limpió las lágrimas y se echó a reír:
-Pues claro, tonto.
-Pero ¿no ves que no puede ser? Ahora todo el mundo nos tole-ra
y cierra los ojos. Si nos fuéramos a vivir juntos te tratarían como una zorra.
Si nos casáramos te tratarían como la mujer que ha seducido a un hombre casado
y ha destruido una familia. Ni aun los tuyos estarían conformes, creo.
-No te preocupes de todas esas cosas. Yo soy mayor de edad y
puedo hacer lo que me dé la gana. Si no es más que eso, deja a la gente que
diga lo que quiera. A mí no me importa.
-Pero me importa a mí.
-¡Ves cómo no me quieres!
La conversación degeneró en una discusión hueca y falsa,
repe-tida al infinito. El regreso de la excursión lo hicimos con un humor
antagónico. Comprendía perfectamente la actitud de María y sus esperanzas, pero
no tenía intenciones de realizarlas. Un divorcio seguido de un nuevo hogar con
o sin el requisito previo de un matrimonio, no suponía más que el cambio de una
mujer por otra, con el futuro abierto a más chicos y al aburri-miento de la
vida de casado sin amor. María era perfecta mien-tras trabajara conmigo y
simpatizara con mis disgustos y pro-blemas personales; era perfecta como un
consuelo. Todo desa-parecería con un matrimonio. Perdería la secretaria y el
oyente cariñoso.
Indudablemente mi actitud era fría y egoísta. Me daba cuenta de
ello y me producía un escalofrío en la boca del estómago. Me daba disgusto mi
actitud y a la vez resentía la de ella. Había roto nuestro compromiso. Sí, ella
tenía razón a su manera, pero al mismo tiempo yo creía que la plena razón
estaba de mi parte. No era, simplemente, como si ella quisiera tener su hombre;
no, era que había llegado a la convicción de que su cariño hacia mí me haría
feliz aunque yo no estuviera enamorado, porque me sabía lleno de afección para
ella y que ya yo no tenía esperanza de encontrar jamás la mujer de quien yo
hablaba y con quien yo soñaba. Al fin y al cabo, ella sabía muy bien que yo
tenía treinta y ocho años, una edad en la cual un hombre comienza a ser
fa-talista o escéptico en cuestiones de amor.
Aún no era un escéptico, ni tampoco quería desprenderme de ella
o explotarla fríamente. Habíamos pasado un buen tiempo juntos, pero sabía que
el cambiarlo por una vida de convivencia destruiría nuestra amistad y nuestro
cariño, que habían nacido de la soledad, para convertirse en soledad a su vez.
Terminamos nuestra discusión pero el aire quedó tenso entre los
dos. María no repitió su demanda, pero intensificó sus atencio-nes conmigo
hasta los detalles más mínimos. Quería mostrarme que era una mujer perfecta no
sólo como amante sino también como ama de su casa. Su táctica era equivocada:
yo no tenía ningún interés en vivir con una buena ama de casa; lo único que
conseguía era irritarme y aburrirme. Me divertía, y a la vez me enfurecía, el
ver cómo María tendía a comportarse como si fué-ramos una pareja feliz de
burgueses. A menudo íbamos a bailar a un cabaret nocturno, pero ahora María
comenzaba a oponerse afirmando que debíamos obrar más discretamente.
-Si alguien nos ve aquí, van a creer que hay algo más detrás de
ello.
-Pero chiquita, no se iban a creer más que la verdad.
-Pero yo no quiero que la gente crea que soy una de esas
muje-res. Yo te quiero exactamente como si fueras mi marido.
Hacia fines de 1935 estaba en un estado de desesperación e
irritabilidad agudas. Evitaba el contacto con ambas mujeres y no podía escapar
de ninguna. Por aquella época comenzó la campaña electoral para las elecciones
próximas, y durante algu-nas semanas el excitamiento de las masas y el
conocimiento de lo que estaba en juego borraron de mi mente todos mis
proble-mas privados.
Cuando el primer ministro Chapaprieta presentó el presupuesto a
las Cortes, las derechas comenzaron una obstrucción sistemá-tica. Chapaprieta
tuvo que dimitir. El presidente de la Repúbli-ca, don Niceto Alcalá Zamora
-alias el Botas-, era un viejo zo-rro en política, un cacique de Andalucía que
durante la monar-quía se había mantenido en el poder manejando a su antojo las
elecciones en su distrito, y que en las últimas convulsiones del reinado de
Alfonso XIII se había pasado al partido republicano con armas y bagajes. La
dimisión de Chapaprieta ponía en peli-gro la posición del presidente. Gil
Robles mantenía la mayoría en las Cortes y el presidente tendría que recurrir a
él para for-mar gobierno. Y no era que Alcalá Zamora fuera opuesto a un
gobierno católico y de derechas, siendo él mismo un católico militante, sino
que prefería convertirse él en el Dollfuss de Es-paña a cederle este honor a
Gil Robles. Por otra parte, Gil Ro-bles había intentado ejercer presión sobre
Alcalá Zamora, un hecho que el viejo cacique no podía perdonar ni olvidar.
El presidente confió el encargo de formar gobierno a Portela
Valladares, un republicano independiente, siendo la idea que usaría todos los
recursos del poder gubernamental para preparar unas elecciones en favor de un
centro moderado -el grupo que Alcalá Zamora quería representar-, y el cual
podría así conver-tirse en una fuerza política dentro de las Cortes, en cuyas
ma-nos estaría decidir la mayoría de votos en una u otra dirección en cada
debate parlamentario.
Pero el truco era muy viejo y estaba desacreditado. Se había
usado con éxito para mantener la monarquía desde 1860. Pero ya el país había
dejado de ser indiferente a la política y estaba en plena efervescencia,
profundamente dividido en dos campos opuestos. El juego de Alcalá Zamora no
tenía la más pequeña probabilidad de éxito y en realidad nunca se planteó. Tan
pron-to como Pórtela Vallares presentó su nuevo gabinete se encon-tró atacado
por ambas, derechas e izquierdas, y tuvo que dimi-tir. En diciembre de 1935
Alcalá Zamora disolvió las Cortes y anunció la fecha del 16 de febrero de 1936
para celebrar las nuevas elecciones. Hubo que restablecer los plenos derechos
constitucionales de los ciudadanos y comenzó la batalla de pro-paganda. Las
derechas izaron la bandera del anticomunismo y comenzaron a aterrorizar a los
futuros electores con visiones horribles de lo que sería el país en caso de una
victoria de las izquierdas. Predecían el caos y dieron colorido a sus
prediccio-nes multiplicando los incidentes callejeros provocativos. Los
partidos de la izquierda formaron un bloque electoral. La lista de candidatos
comprendía todos los matices, desde los simples republicanos hasta anarquistas;
enfocaron su propaganda sobre las atrocidades que se habían cometido con los
prisioneros de izquierda después del levantamiento de Asturias y la petición de
una amnistía general.
Al mismo tiempo, sin embargo, las disensiones entre los
parti-dos de izquierda se agravaron. Su prensa dedicaba al menos tanto espacio
en atacarse mutuamente como en atacar a las de-rechas. Cada uno de ellos tenía
miedo de un golpe de Estado fascista y voceaba este miedo, proclamando a la vez
su tipo particular de revolución como la única solución posible. Largo
Caballero aceptó el título de «Lenin de España» y el apoyo de los comunistas.
Su grupo dijo a las masas que una victoria de las elecciones no sería la
victoria de un Estado democrático-burgués, sino de un Estado revolucionario.
Los anarquistas anunciaron también la victoria inminente de un Estado
revolu-cionario, no a imitación de la Rusia soviética, sino basado en los
ideales libertarios. Después de los años del bienio negro aquello era como una
intoxicación. La válvula de seguridad había sal-tado y cada simple individuo
estaba hundido en discusión y en tomar parte activa en la propaganda de sus
ideas.
Yo me mezclé en la batalla en Novés.
Elíseo me recibió con un grito de bienvenida cuando entré en el
casino de los pobres.
-Le estábamos esperando. Hemos decidido prepararnos para las
elecciones y queremos montar un comité electoral.
-Me parece una buena idea.
-Pero es que queremos que sea usted quien lo organice; nosotros
no entendemos de estas cosas y lo queremos hacer bien. Helio-doro y su pandilla
ya lo tienen todo organizado. Están prome-tiendo a la gente todo lo que hay
bajo el sol y a la vez amena-zándoles, si no se comportan como ellos quieren. Y
el hambre es mala consejera. Nosotros no podemos hacer nada, pero como usted
tiene amigos en Madrid, si nos ayuda vamos a hacer nuestros mítines y nuestra
propaganda. En fin, usted ya sabe lo que quiero decir.
Mis raíces estaban en Madrid y no en Novés, pero al mismo tiempo
no podía rehusar el tomar parte activa en lo que yo creía iba a ser un momento
decisivo para España y para nuestras es-peranzas socialistas. Aquella gente
necesitaba alguien que no se dejara intimidar por el cabo de la Guardia Civil o
a quien no se pudiera entrampillar en maniobras sucias; alguien que les salvara
de cometer tonterías o ilegalidades, dando así una ocasión a los contrarios. Al
mismo tiempo se me ocurrió que el sumergirme en las elecciones me
proporcionaría una satisfacción y un entre-tenimiento y me mantendría alejado
de las dos mujeres. Tam-bién vi, instantáneamente, que una victoria de la
derecha y has-ta posiblemente una victoria de la izquierda significaba tener
que abandonar el pueblo inmediatamente. Pero, de todas for-mas, Novés estaba
terminado para mí. Acepté la tarea.
Mi primer paso fue ponerme en contacto con Carlos y con
An-tonio.
Carlos Rubiera era un viejo miembro de las juventudes
socialis-tas a quien el Partido había propuesto como candidato en las
elecciones. En 1931 habíamos trabajado juntos para crear la Unión de Empleados
en Madrid; habíamos logrado un éxito en nuestro empeño y Carlos me había
lanzado en plena carrera política. Me había invitado muchas veces a convertirme
en un miembro activo del Partido Socialista o al menos a ocupar un cargo en la
directiva del sindicato. No había aceptado nunca porque no me atraía una carrera
política, pero habíamos mante-nido una buena amistad. Carlos tenía buenas
condiciones como orador y organizador.
Antonio era un comunista y un viejo amigo mío. Sabía cuan
honesto, pobre y estrecho de pensamiento era. Nunca había sido más que un
simple empleado con un sueldo insignificante, sin más perspectivas en la vida
que continuar siendo, como él decía, un «chupatintas» y mal llegar a no morirse
de hambre su madre y él. Pero en 1925 Antonio tuvo que ser recluido en un
sanatorio del Estado por tuberculoso, y su madre murió en la miseria. Cuando
Antonio reapareció en Madrid, curado y de-sesperado, la casa donde trabajaba le
admitió con menos sueldo «porque ya no tenía tantas obligaciones». Un sueldo
que le bas-taba escasamente para vivir y del que no hubiera podido soste-ner el
más insignificante vicio; pero fumar y beber lo había su-primido por su
enfermedad, y de las mujeres tenía miedo por la misma razón. Se convirtió en un
comunista -uno de los primeros en serlo en España-, y se entregó a su fe con el
celo de un faná-tico. En 1936 era una figura menor del Partido.
Rubiera y Antonio me proporcionaron propaganda impresa del
Frente Popular para Novés, me explicaron la organización de un comité electoral
y me prometieron enviar al pueblo unos cuan-tos oradores de izquierda. En la
tarde del sábado siguiente inaugurábamos el centro electoral del Frente Popular
en Novés. Aquella misma tarde, José me llamó y me invitó a entrar en su casa,
la parte trasera del casino de los ricos. Mientras su mujer atendía a los
parroquianos, José desempolvó una botella de coñac:
-Me tiene usted que perdonar el que le haya traído aquí, pero
tenemos que hablar a solas. Tengo que darle un buen consejo.
-Gracias, José, pero no recuerdo haberle pedido ninguno.
-No se me enfade, don Arturo. Es un consejo de amigo, los amigos
tienen que mostrarse en las ocasiones. Yo le considero mucho a usted y a su
familia y no puedo callarme la boca. Aun-que no es que tenga un interés
personal en ello, como digo. Yo a mi negocio y nada más, que es lo que me da de
comer. Pero yo conozco el pueblo y usted aquí es un forastero. Y no crea usted
que lo va a cambiar.
-Bueno, ¿y cuál es su consejo?
-Que no debería usted mezclarse en las elecciones. Deje usted a
la gente que se las arregle como pueda y no se meta a hacer el Quijote. Mire,
si se le mete en la cabeza liarse con la banda de Eliseo, lo único que le va a
quedar por hacer, en cuanto se ter-minen las elecciones, es coger el autobús y
no volver por aquí en su vida. Bueno, si le dejan ir...
-Eso será si las derechas ganan las elecciones.
-Psch. O las izquierdas. Usted se cree que las cosas van a
cam-biar aquí si ganan las izquierdas, y en esto está equivocado. Las cosas
seguirán como siempre. La tierra no van a dejar que se la quiten, de una manera
o de otra. Y donde hay dinero, siempre hay una solución. Nunca se sabe lo que
puede pasar. Después de todo, todos somos mortales.
-Bueno. Supongo que eso es todo lo que Heliodoro le ha
encar-gado decirme.
-Si lo quiere usted tomar así... Es verdad que me ha dicho que
se le debiera avisar a usted, pero que no estaba bien que él lo hiciera, Pero
el hacerlo yo es mi propia idea, porque lo estimo.
-Muchas gracias, José, pero me parece que no voy a cambiar de
idea. Puede ocurrir, como usted lo dice, que esto me cueste tener que marcharme
del pueblo. Pero no puedo abandonar a los míos.
-Bueno. Usted piénselo bien. Y en todo caso, pero esto es sólo
una idea mía, no se pasee usted mucho solo por la noche. La gente de aquí es
bastante bruta y en todas las elecciones ha ha-bido golpes.
Cuando referí esta conversación en el casino de Eliseo, se armó
un revuelo; y desde aquel momento cada vez que salía de no-che, me acompañaban
dos mocetones con sendos garrotes.
Me fui a Santa Cruz a ver al cabo de la Guardia Civil sobre los
requisitos legales. Me recibió con cara hosca:
-¿Y quién le ha mandado a usted meterse en todo este lío?
-Supongo que tengo un derecho para hacerlo, ¿no? Soy un ve-cino
de Novés y tengo el derecho de mezclarme en las cosas del pueblo.
-Bueno, bueno. Aquí están sus papeles. Yo me estaría quieteci-to
en casa, si estuviera en su pellejo, porque va a haber jaleo. No es que a mí me
importe. La cosa para mí es muy simple: mante-ner el orden, pasé lo que pase y
caiga el que sea. Así que ya está usted avisado. Vaya con Dios.
Carlos y Antonio mantuvieron su promesa. Cuatro oradores del
Frente Popular vendrían a Novés un domingo: uno de izquierda republicana, un
socialista, un comunista y un anarquista. Con la excepción del republicano, que
era ya un hombre maduro, todos los otros eran jovencillos, completamente
desconocidos en polí-tica. La noticia produjo una conmoción en el casino.
-Nos hace falta el salón de baile.
El salón de baile pertenecía a la taberna de la plaza donde
para-ba el autobús. Me fui a ver al propietario.
-Querríamos alquilar el salón para un mitin el domingo que
vie-ne.
-Pues se lo va a tener que pedir a Heliodoro, porque lo tiene
alquilado hasta las elecciones para los mítines de las derechas. Yo no puedo
hacer nada.
Heliodoro me recibió en su casa con toda la pompa de un gran
hombre de negocios, atrincherado detrás de una inmensa mesa de nogal y rodeado
de montañas de papeles.
Me contestó con una
sonrisita helada:
-Lo siento mucho, pero no puedo ayudarle. El salón lo necesito
yo.
Descorazonado, volví a casa de Eliseo. Celebrar el mitin en
medio de la plaza en pleno mes de enero era una locura. Pero Eliseo encontró la
solución:
-Son unos cerdos indecentes esa gentuza. Heliodoro no puede
alquilar el salón de baile, porque el salón está alquilado por el Ayuntamiento.
El Ayuntamiento le paga a Rufino - el taberne-ro- un tanto cada año, y el único
derecho que tiene es montar allí un bar cuando hay un baile. Así que no sé cómo
puede vol-verlo a alquilar.
Volví a Heliodoro. Se encrespó.
-Yo he alquilado el salón y tengo aquí el recibo. Si quiere
usted denunciar a Rufino o al Ayuntamiento, allá usted, pero a mí déjeme en
paz...
Me fui a ver al cabo y le expliqué la situación. Se encogió de
hombros. Aquello era un pleito que a él le tenía sin cuidado. Se me acabó la
paciencia:
-Mire. El otro día me dijo usted que estaba aquí para mantener
el orden, cayera el que cayera. El salón de baile es libre para toda la
población de Novés, porque paga para eso. El mitin no lo suspendo y el mitin se
va a celebrar en el salón de baile. Y usted puede arreglarlo como le dé la
gana, es decir, si no quiere usted que las cosas se salgan de madre. Además le
voy a decir: mañana me voy a avistar con los partidos que organizan el mitin y
les voy a explicar lo que está ocurriendo aquí. La responsabi-lidad va a caer
sobre usted, porque es suya la obligación de evitar que haya líos y disgustos.
El cabo de la Guardia Civil se achicó. En todas las ciudades y
pueblos de la provincia - una de las que más habían sufrido por las venganzas
de los propietarios durante el bienio negro, las gentes estaban inquietas y
nerviosas, prontas a estallar. El cabo vio claramente que se avecinaba un
conflicto del cual, en última instancia, le harían a él el responsable. Aquella
misma noche habló con Heliodoro; y Heliodoro me concedió el uso del salón de
baile.
-Esto es un favor especial que hago por consideración a usted y
al cabo. Yo tampoco quiero que haya jaleos que puedan pasar a mayores. Lo que
querernos es orden.
Durante estas semanas, iba casi todas las tardes a Novés y
re-gresaba a Madrid por la mañana temprano. Una de aquellas tardes, cuando
llegué a casa, Aurelia me alargó un sobre:
-Toma, esto ha traído José para ti. Y ya me ha contado todo lo
que está pasando. No sé quién diablos te manda a ti meterte en estas
elecciones.
El sobre contenía una comunicación del Círculo de Labradores de
Novés -el nombre oficial del casino de ricos-, informándome que la asamblea
general había acordado por unanimidad expul-sarme de su seno. Lo celebramos
aquella noche en casa de Eli-seo. El Círculo de Trabajadores de Novés me hizo,
también por unanimidad, socio honorario. Después nos fuimos todos juntos en la
noche a pegar los anuncios del mitin en paredes y vallas.
Amaneció un día espléndido, radiante de sol. La llanura en la
que se esconde Novés es uno de los sitios más fríos de España en invierno. Los
vientos directos de la sierra de Guadarrama y de Toledo la barren y hielan
hondo la tierra. Pero el pueblo, abrigado en el fondo del barranco, no sufre
estos soplos hela-dos, y en los días de sol las gentes prefieren estar en la
calle mejor que en sus casuchas miserables. El pueblo se anima de vida. Las
mujeres se sientan en sus sillas bajas de paja a las puertas de sus casas y
cosen y murmuran, mientras que los chi-quillos corretean alrededor, los hombres
forman grupos en la plaza y la gente joven se va de paseo a las huertas con las
ma-nos cogidas. Pero aquel domingo el pueblo cambió por comple-to su fisonomía.
Desde las primeras horas de la mañana comen-zaron a llegar gentes de los
pueblos de alrededor «para oír el mitin de los de Madrid». La calle principal
se llenó de campesi-nos y jornaleros, con sus mujeres y sus chiquillos,
gritándose saludos unos a otros, gesticulando y chillando excitados. El salón
de baile estaba decorado con carteles del Frente Popular y sus puertas abiertas
de par en par. Las gentes entraban y salían en un continuo peregrinaje, sin
agotar su curiosidad. A medio-día aparecieron unas cuantas mujeres con sillas
que alinearon a lo largo de las paredes, determinadas a no perder el
espectácu-lo, ni el asiento, aunque les costara horas de espera.
El salón de baile no era más que una vieja cuadra, convertida en
sala de fiestas por el simple procedimiento de construir en una de sus
extremidades una tarima de tablas y encuadrarla con una embocadura de percalina
roja. Una puertecilla lateral conducía desde el escenario al corral de la
taberna. Entre las tiras de per-calina, unas sábanas cosidas entre sí y
colgadas del techo ser-vían alternativamente como pantalla de cine o como telón
de boca cuando actuaba alguna compañía de cómicos de la legua. Cuando había
baile, la banda ocupaba la plataforma y las sába-nas desaparecían. En el otro
extremo del salón se había fijado a la pared y a las vigas del techo una
especie de balcón o «palco», al cual se ascendía por una escalera primitiva con
una cuerda por pasamanos. Unas veces estaba reservado para los huéspedes
distinguidos y otras para el proyector de cine. El suelo era de tierra
apisonada, reluciente de puro dura y pulida, y en el techo faltaban algunas
tejas por donde tenían paso libre el sol, la llu-via o la nieve.
Sobre la tarima pusimos una mesa para el presidente, con una
docena de sillas detrás formadas en semicírculo, y una mesa más pequeña al lado
para los oradores, ambas mesas cubiertas con una bandera republicana también de
percalina. El mitin comenzaría a las tres y habíamos arreglado que los oradores
comerían primero en mi casa. Algunos muchachos del pueblo se fueron barranco
arriba y se alinearon en la carretera para correr la voz cuando llegara el
coche con los oradores. Llegó el cabo con una pareja de guardias y tomaron
posiciones al lado exte-rior de las puertas del salón; después cargaron sus
carabinas con toda ostentación y cuidado.
-¡Caray! ¿Nos van ustedes a matar? -exclamó una vieja,
son-riendo.
El cabo no contestó, pero se le quedó mirando fijamente con ojos
apagados. Unos cuantos corrieron a casa de Eliseo y conta-ron el incidente.
-No os podéis imaginar con qué ojos ha mirado a la pobre mu-jer.
¿Creéis que vamos a tener jaleo?
Eliseo se metió en el interior y reapareció con una pistola que
se enfundó entre la faja, bajo los pliegues de la camisa.
El coche llegó a las doce y media, y fue recibido con un
clamo-reo histérico de cientos de gargantas. Heliodoro debía de estar bramando
de ira. Yo tuve que cerrar las puertas de mi casa para evitar una invasión.
El único de los oradores que conocía el pueblo era el
socialista, un miembro de la Federación de Trabajadores de la Tierra en Toledo.
Los otros tres procedían de Madrid. El republicano era un hombre rechoncho, con
tipo de empleado con pretensiones, dentro de la nitidez de su traje de misa de
domingo; hablaba despacio y con gran énfasis y era incapaz de decir una sola
sen-tencia sin nombrar y citar a don Manuel Azaña. El anarquista era un
camarero, joven, alegre y ágil, que parecía estar ensayán-dose para el mitin,
porque cada vez que abría la boca para ha-blar soltaba un torrente inagotable.
Pero en el comunista -un joven metalúrgico- tenía un competidor formidable con
sus pe-roraciones interminables salpicadas de citas de Marx y Lenin. Los cuatro
estaban un poquito nerviosos.
-Ahora, explícame cómo son las gentes de este pueblo -dijo el
comunista.
-Como las de todos los pueblos. Lo que más les interesa es la
tierra y la escuela.
-Esa es una de las cosas
que el Partido va a resolver lo primero. Vamos a organizar los Konsomols,
bueno, quiero decir los Kol-joses, en España como se ha hecho en Rusia, con
granjas mode-los, millares de vacas y lecherías modelo. En Ucrania...
Le corté en seco:
-Mira, me parece que aquí no vas a establecer lechería, ni aun
con cabras. En todo el pueblo no hay más que dos vacas y creo que en la vida
han visto la hierba.
-Entonces, ¿qué es lo que hay aquí?
-Unas cuantas huertas estupendas, unas tierras de trigo y un
cacique que es el amo de la mitad del pueblo.
-Bueno, le liquidamos y en paz. -Lo dijo tan simplemente como si
hubiera señalado una gallina en el corral para hacer un arroz.
-Lo que necesitamos aquí es democracia, democracia y
toleran-cia; sí, señor, democracia a caño libre -dijo el republicano-. Don
Manuel -Azaña- tiene razón. Don Manuel me dijo un día: «Es-tos pueblos
españoles, estos burgos podridos, necesitan escue-las, amigo Martínez, escuelas
y pan y la eliminación de los pará-sitos que viven en ellos».
-No se hagan ustedes ilusiones; nosotros los españoles somos
todos anarquistas, queramos o no. Esto no se arregla ni con so-cialismo ni con
comunismo, y tú -el anarquista se encaró con el republicano-, a ti no se te ha
perdido nada en esto. Lo que ne-cesitamos es una nueva sociedad no con
puntales, sino sentada sobre los sólidos cimientos de...
-Bueno, bueno... Lo primero es que yo no tengo ganas de oír
vuestros discursos dos veces; lo segundo, que la ropa sucia la debéis dejar
para lavarla en casa, y lo tercero que vamos a co-mer -dije. No las tenía todas
conmigo con lo que iba a pasar en el mitin, sobre todo cuando en la mesa la
conversación, mejor dicho la discusión, se enzarzó por los mismos derroteros.
Cuando entramos en la plataforma a través de la puertecilla del
corral, nos enfrentamos con una alfombra moviente de cabezas a nuestros pies y
un manchón de colorines no menos agitado contra la pared del fondo. No sé quién
había amontonado a las mujeres en el «palco», como una precaución «por si había
gol-pes», y las blusas y los pañuelos de cabeza llenos de colorines se
mezclaban alegremente. Los hombres estaban de pie y api-ñados; fuera se habían
quedado unos doscientos que no cabían ya. Las puertas del salón a la plaza
estaban abiertas de par en par, puertas cocheras inmensas a las que se asomaban
los retra-sados con los cuellos distendidos para no perder una palabra de los
discursos.
Teodomiro, el alcalde, una hechura de Heliodoro, estaba senta-do
en una de las sillas detrás de la mesa presidencial.
-Bueno, bueno, ¿qué hace usted aquí? -le pregunté.
-Represento la autoridad.
No se podía decir nada en contra. Dije unas palabras de
presen-tación y abrí el mitin. El comunista, como el más joven, tomó la
palabra. Comenzó explicando el programa del Frente Popular. Hablaba bien, con
algo de nerviosidad y grandes gestos, pero con fluencia y convicción. El
público, ya bien dispuesto de an-temano, bebía las palabras e interrumpía de
vez en cuando con aplausos. Y así, el orador encarriló su discurso sobre el
levan-tamiento de Asturias:
-... una de las grandes finalidades de esta alianza de las
izquier-das es liberar a nuestros prisioneros. Todos tenemos un preso a quien
libertar, un asesinato que vengar. En el nombre de los que fueron asesinados en
Oviedo...
Una ovación delirante le interrumpió. El alcalde se levantó de
su silla, manoteando, y comenzó a dar puñetazos en la mesa.
-¡Silencio! ¡Silencio!
-se hizo un silencio de sorpresa. ¿Qué iba a decir aquel fulano? Teodomiro se
volvió al comunista-: Si vuelve a mencionar Asturias, suspendo el mitin. Yo soy
aquí la autoridad.
Le dije al orador en voz baja que se limitara a la propaganda
del programa electoral y que se dejara de Asturias, mejor que per-der el mitin.
Pero Teodomiro, claramente, tenía sus instruccio-nes y estaba dispuesto a
llevarlas a cabo; desde aquel momento se dedicó a interrumpir al orador en cada
sentencia. Al fin logró desconcertar completamente al muchacho. El republicano
se inclinó hacia mí:
-Déjeme usted a mí el turno. Yo soy un zorro viejo en estas
cosas.
Le dije al comunista que terminara lo mejor que pudiera y el
hombrecillo de Azaña se enfrentó con el público ya tenso:
-Yo hubiera querido hablaros y explicaros mi opinión personal
que en muchos puntos coincide con la de mi compañero, a quien acabáis de oír.
Pero tenemos que respetar a las autorida-des como nuestro buen amigo el
alcalde, y como yo no quisiera que mis palabras fueran interpretadas por él en
mal sentido, voy a hablaros únicamente con las palabras de don Manuel Azaña,
con las mismas palabras que él pronunció en el gran mitin de Comillas,
reproducidas por la prensa y que hoy son ya históri-cas. Yo no creo que el
señor alcalde me va a negar este derecho.
-No, no. Desde luego -afirmó Teodomiro. -Bien, pues con la venia
de V. S., don Manuel Azaña en Comillas, dijo...: -Y el hombrecillo, que debía
tener una memoria fabulosa, comenzó a hilvanar pasajes del famoso discurso que
había movido toda España; pasajes que denunciaban crudamente la política de la
Iglesia, la opresión de Asturias, las torturas a que se había so-metido a los
presos políticos, los escándalos y corrupción de Lerroux y los suyos, aliados
de las derechas, las violencias co-metidas por los pistoleros de Falange. El
público rugía en aplau-sos a cada párrafo que apenas dejaban terminar.
Teodomiro estaba púrpura de rabia y consultaba al cabo de la guardia. El cabo
movía la cabeza; era imposible hacer nada contra aquello.
Subió a la plataforma el socialista, pero ya se había aprendido
la lección. Con fingida vergüenza le preguntó a Teodomiro:
-¿Supongo que no tendrá usted nada en contra de que yo cite las
palabras de don Francisco Largo Caballero?
Se había ganado la batalla. Hablaron el socialista y el
anarquis-ta, entre el entusiasmo desatado de las gentes, tanto porque los
oradores habían destruido una intriga clara del enemigo para impedir el mitin,
como por lo que habían dicho. Todos sabían que aquello no era tanto una derrota
de la pillería del alcalde, como de su amo Heliodoro y del cabo de la Guardia
Civil.
Al fin del mitin, algunos comenzaron a cantar la Internacional.
Me levanté:
-Antes de concluir este mitin quiero deciros unas palabras.
To-dos habéis visto lo que ha pasado y no creo que seáis tan tontos que no
hayáis visto lo que podía haber pasado. Si queréis que esto no termine de mala
manera, y supongo que no lo queréis, salid despacio, no cantéis, no deis
gritos, ni aquí ni fuera, no forméis grupos en la calle. Idos a casa o adonde
queráis; pero no deis lugar a ningún incidente.
-¿Usted quiere decir que yo he venido aquí para provocar
ja-leos? -chilló Teodomiro.
-Oh, no. Usted ha venido aquí precisamente para evitarlos. No
los ha habido durante el mitin, gracias a su intervención, y aho-ra yo no
quiero que los haya en la calle donde ni usted ni yo podemos intervenir. Y al
buen entendedor, amigo Teodomiro...
El mitin de Novés se hizo famoso en la región y en todos los
pueblos de alrededor se celebraron mítines similares. El Frente Popular tuvo
ancho campo en tierras de Toledo entre Santa Cruz y Torrijos.
Pero lo que había pasado
en Novés en pequeña escala, pasó a través de España y no siempre con los mismos
resultados. Du-rante el período conocido como el Bienio Negro, los partidos de
derechas se habían atrincherado en los pueblos y no habían escatimado, al
llegar las elecciones, ni las amenazas, ni las pro-mesas, ni el soborno. En las
ciudades sus esfuerzos fueron más pomposos, pero mucho menos efectivos y hasta
ridículos. En la Puerta del Sol, un cartel gigante, cubriendo completamente la
fachada de la casa existente entre la calle del Arenal y la calle Mayor,
mostraba a Gil Robles en triple del tamaño natural, diri-giendo la palabra a
una inmensa multitud que se extendía hasta el horizonte, con la leyenda: «Éstos
son mis poderes». Para sembrar la confusión entre los miembros de la
Confederación Nacional del Trabajo, publicaron carteles contra los comunistas
firmados y sellados con las iniciales CNDT, fácilmente confun-dibles con las
iniciales CNT del grupo anarquista. El cardenal Gomá, primado de España, publicó
una declaración en la que afirmaba que el mismo Papa le había pedido apelar a
los católi-cos españoles para que dieran sus votos a los partidos defenso-res
de la fe. Cuando llegó el día de las elecciones, las derechas se cuidaron de
conducir a las urnas a los asilados en institutos de beneficencia, a las monjas
de los conventos y a los criados de casa grande. En los barrios más pobres de
Madrid se paga-ban los votos, a veces hasta por cincuenta pesetas.
Las elecciones del 16 de febrero fueron una victoria del Frente
Popular. La cámara se formó con 265 diputados de izquierda, 64 del centro y 144
de derechas. El número mayor de votos recayó sobre Julián Besteiro, que no era
un político profesional y cuyas teorías no eran compartidas por la mayoría de
los obre-ros, pero que era el símbolo de las ansias del pueblo español por
cultura, decencia y desarrollo social progresivo.
Cuando se pasó la ola de entusiasmo, la masa de electores se
marchó a sus casas y los políticos reanudaron su lucha por el poder. El Frente
Popular comenzó a desintegrarse después de la primera sesión de las Cortes.
Nadie escuchó ni nadie hizo caso a la voz del pueblo.
Novés sufrió un cambio: los puestos públicos se dieron a los que
tenían amistad y contacto con el diputado elegido en Torri-jos, centro del
distrito electoral. Sí, era un diputado del Frente Popular. Pero los hombres
que se reunían en el casino de pobres no eran amigos de él; habían hecho su
papel y nada más. Helio-doro dejó caer sobre los nuevos administradores el peso
de su poder económico. No hubo más trabajo que el que antes hubo para los que
esperaban a lo largo de la muralla el día entero.
-Lo gordo va a venir ahora y no tardando mucho -me dijo el tío
Juan.
-No se hacen tortillas sin romper huevos.
Quince días después de las elecciones me trasladaba a Madrid con
toda mi familia.
El combustible
Capítulo V
Había encontrado un piso amplio y barato en la calle del Ave María,
una calle que está a medio kilómetro de la Puerta del Sol y que sin embargo
pertenece al barrio obrero más viejo de la ciudad. Me gustaba porque estaba
cerca del centro y de mi ofi-cina. Pero me atraía además por ser una de las
calles que con-ducen a Lavapiés, el barrio donde había pasado mi niñez. Mi
madre había vivido tres calles más abajo. Mi vieja escuela, la escuela Pía,
estaba tan cerca que en la noche oía dar las horas al reloj de su torre que
durante años me había marcado la hora de entrar en clase. Cada rincón, cada
esquina y cada calle alrede-dor tenían un recuerdo para mí y allí vivían aún,
en sus hacina-das casas de vecinos, viejos amigos míos.
A mi mujer no le agradó mucho el sitio. Admitía que el piso
tenía la ventaja de su tamaño, muy importante para los cuatro chicos, pero
todos los demás vecinos no eran más que obreros y ella consideraba que nosotros
pertenecíamos a una categoría social más alta que la de los que nos rodeaban.
Tal vez, lo único que yo quería era volver a mis raíces.
En la misma mañana que el camión con nuestros muebles llegó a la
nueva casa, nos encontramos Ángel y yo.
Los hombres que habían venido con el camión comenzaron a
descargar y a transportar los muebles escaleras arriba. Uno de ellos era
distinto de los otros cuatro, todos ellos fuertes y musculosos como verdaderos
mozos de carga. Aquél era un hombre en los cuarenta, pequeño y ancho de
hombros, con una cara redonda móvil como la de un simio. Trabajaba más
inten-samente que los otros, sonriéndose todo el tiempo y mostrando unos
dientes podridos y negros de tabaco. Guiaba a los otros, colocando cada mueble
en su sitio exacto, hacía caras a los chi-cos y contaba chistes para animar su
trabajo, botando incansa-ble de acá para allá como una pelota de caucho.
Cuando terminaron, di al chófer del camión un billete de cinco
duros para que se lo repartieran. Cuando el hombrecillo se lanzó a recoger su
duro, el chófer se le quedó mirando:
-¿Y por qué tengo yo que darte el duro?
-Anda, ¿por qué va a ser? ¿A ver si no he trabajado tanto como
los otros?
-¿Y quién te ha pedido que trabajaras? Si el señor te ha
llama-do, que te pague él.
-Yo he creído que venía con ustedes -dije.
-¡Ca!, no, señor. Y nosotros hemos creído que era alguien de la
familia.
-Bueno. Voy a explicar lo que ha pasado. Pero ¿hay quien me dé
un pitillo? -Le di un cigarrillo, lo encendió parsimonioso y dijo-: Pues, yo
soy Ángel. Por aquí todos me llaman Angelillo. No tengo para fumar y no tengo
trabajo; y no porque no quiera trabajar, sino porque no lo hay. He visto el
camión con los mue-bles y me he dicho:
«Vamos a echar una mano, algo caerá, aunque no sea más que un
vaso de vino». Ahora, si vosotros no queréis soltar los cuar-tos, mala suerte.
Y no tengo nada que pedirle a este señor por-que a quien he quitado un rato de
trabajo ha sido a vosotros y sois vosotros los que me deberíais pagar. Pero si
no os da la gana, buen provecho os haga. ¡Salud!
Escupió en la acera ruidosamente y echó a andar desdeñoso. Le
llamé:
-No se marche así, hombre. La verdad es que podía haber
pre-guntado antes, pero, en fin, ya veremos si ha quedado algo.
Se marchó el camión. Tenía ganas de beber algo e invité a Án-gel
en el bar que había en el piso bajo de la casa. En la puerta me preguntó:
-¿A usted le gusta el vino?
-Sí, me gusta.
-Pues entonces vamos a la taberna del 11, que tienen un vino que
es bueno; esto, si a usted le da lo mismo. En el bar le co-bran cuarenta
céntimos por un vaso de cerveza y por la misma cantidad me bebo yo cuatro vasos
de vino que caben lo mismo y que me gusta más. Y además le voy a decir una
cosa: tengo ganas de beberme un vaso de vino. No lo he catado hace meses.
Fuimos a la taberna, le di un duro a Ángel, y me contó su
histo-ria.
Vivía en una calle inmediata, la calle de Jesús y María, como
portero de una mísera casa de vecinos. Estaba casado pero, afortunadamente, no
tenía chicos. Había comenzado a trabajar como un chico de recados en una
farmacia cuando era casi ni-ño; después había ascendido a ayudante en el
laboratorio y por último había terminado como empleado en uno de los grandes
almacenes de productos químicos.
-Y así, hace dos años tuve unas palabras serias con uno de los
jefes porque le dije que yo no tenía intención de ir a misa. Bueno, me dieron
la patada. Y desde entonces he estado sin trabajo.
-¡Caray! ¿Por no ir a misa?
-Esto es lo que le iba a contar. La historia es que, después de
lo de Asturias, metieron en el almacén el Sagrado Corazón, en medio de la nave
grande. Y nos dijeron que el día de la entro-nización teníamos que ir todos y
tener una vela. Nos echaron a ocho a la calle. Después, cada vez que pedía
trabajo en alguna parte y pedían informes, estos cerdos escribían diciendo que
me habían tenido que despedir porque era uno de los de Asturias. Lo que pasó es
que, cuando la huelga de Asturias, el sindicato nos dijo que no fuéramos a
trabajar y me quedé en casa dos días. Por quien lo siento más es por la mujer,
que las está pa-sando peor que yo. Ahora la quiero mandar con su familia, que
tiene tierras en la provincia de Burgos y están bien. Y yo me voy a coger mi certificado
de «los de Asturias» y me van a te-ner que dar trabajo y pagarme este tiempo.
Era uno de los proyectos del Frente Popular la readmisión de los
despedidos durante las represalias de octubre de 1934.
Al día siguiente apareció Ángel en casa:
-He venido porque con la mudanza le va a hacer falta arreglar
una porción de cosas en el piso. Le puedo instalar la luz y pin-tarle las
habitaciones, ir a la compra o llevarme los chicos de paseo. Me han sido
ustedes simpáticos.
Durante unas pocas semanas Ángel empleó el tiempo arrancan-do el
viejo papel de las paredes, rellenando agujeros con yeso y pintando las
habitaciones. Cuando terminó, continuó viniendo: ayudaba a la mujer en la casa
y se llevaba los chicos al Retiro. Los niños se habían encariñado con él, a mí
me atraía el hombre y él pagaba prodigando sobre mí el afecto de un ayuda de
cá-mara, viejo en la familia. Era un madrileño clásico, criado en la calle,
listo, despreocupado y despierto como un pájaro, siempre contento y siempre
alerta. En unas semanas se había hecho un sitio en la peña que cada noche se
reunía en el bar de Emiliano.
Yo también me había hecho un sitio allí. No podía invitar a
amigos a casa en la atmósfera helada de mi «hogar»; tampoco quería quedarme
metido allí en un aislamiento irritante o en disputas faltas de sentido;
tampoco quería salir cada noche con María. Pero necesitaba estar con gentes que
no exigieran cosas de mí cuando había terminado el trabajo de mi oficina, un
tra-bajo complicado y muchas veces repelente. Cada noche, des-pués de cenar,
Rafael venía a buscarme y bajábamos al bar de Emiliano a tomar café. Allí nos
reuníamos con Fuñi-Fuñi. Había sido compañero de colegio de Rafael y yo le
conocía desde que era un niño. Le habían puesto el mote en la escuela, porque
al respirar hacía un ruido con la nariz -fu-fu-, como un perro cuando olfatea
excitado, y a cada segunda palabra que decía repetía el ruidillo; como
complemento, cada vez que levantaba la cabeza estornudaba irremediablemente. Su
nariz era un pego-tito, con dos agujeros frontales en medio de una cara de
luna, y por aquel embrión de apéndice nasal le era imposible respirar
propiamente. Era terriblemente corto de vista y llevaba unos cristales gruesos
en los bordes, llenos de circulitos brillantes; el óptico se había visto
forzado a idear un puente en sus gafas, ancho y aplastado, que pudiera sostener
estos cristales en aque-lla nariz no existente. Tenía los labios gruesos y
carnosos, abul-tados, y sin duda para disimular al menos el labio superior, se
había dejado crecer un bigote de pelos cortos, gruesos y eriza-dos como púas de
erizo. El conjunto de su cara de luna, con aquella nariz, aquellas gafas y la
franja de púas enhiestas, le hacía parecer uno de esos pescados grotescos que a
veces se mezclan en una caja de pescado y que nadie se atreve a comer, ni aun a
dar al gato.
Fuñi-Fuñi vivía cerca de nosotros y venía cada noche al bar,
para enredarse en una discusión política con Manolo, el hijo de nuestro
portero. Fuñi-Fuñi era un verdadero intelectual, casi un escolar, y un
anarquista, imbuido de teoría política y de filoso-fía abstracta; Manolo era un
mecánico con simpatías comunis-tas, que se tragaba cada libro sobre el marxismo
que caía en sus manos y lo digería a su manera. Rafael y yo nos solíamos sentar
con ellos y Ángel se arrimaba a nosotros.
Durante muchas noches Ángel había escuchado muy quieto y muy
atento la discusión, perdido a veces en el laberinto de nombres y citas que no
le decían nada. Algunas veces interrum-pía a Fuñi-Fuñi:
-¿Quién es ese tío de quien estás hablando?
Y Fuñi-Fuñi le explicaba paciente quién fue Kant, o Engels, o
Marx, o Bakunin, mientras Ángel le escuchaba haciendo gestos y rumiando
palabras. Inesperadamente, una noche se levantó, golpeó la mesa con la mano
abierta y dijo:
-Bueno, ahora me toca hablar a mí. Todo eso que estáis
discu-tiendo un día y otro y todas esas historias que estáis contando, no son
más que cuento. Yo soy un socialista. Sí, señor, un so-cialista. Y no he leído
en mi vida a ese Marx ni a ese Bakunin, ni me interesan un pito. Yo soy un
socialista por la misma razón que tú eres un anarquista y Manolo un comunista:
porque esta-mos hartos hasta la coronilla de esta cochina vida. Un buen día te
pare tu madre, sin que tú te enteres de lo que ha pasado. Y cuando te empiezas
a enterar de dónde estás, de lo primero que te enteras es de que padre está sin
trabajo, madre esperando un hermanito y el puchero vacío. Te mandan a la
escuela a que los frailes te den de comer de limosna, y en cuanto te empinas un
poco, antes de que sepas mal leer te dicen que eres ya un hom-brecito y te
ponen a trabajar. El maestro te da cuatro perras gordas y los oficiales no te
dan nada, y lo que te enseñan es: «Tú, chaval, tráete un vaso de agua».
«Llévate esos cubos.» «Te voy a dar una patada...» A veces te la dan. Cuando
llegas a hombre, ganas un duro, cinco cochinas pesetas. ¿Y qué pasa? Se te sube
la torería a la cabeza, te encaprichas de una fulana, te casas, tienes chicos y
de la noche a la mañana te quedas sin trabajo. ¿Y qué vas a hacer? La mujer a
fregar suelos, los chicos al colegio de frailes por la sopa y tú a dar vueltas
por la calle y a blasfemar de la madre que te parió. Pues por todo esto es por
lo que soy un socialista, por esta leche agria que durante cuarenta años de su
vida se ha tenido que tragar Angelito García, un servidor de Dios y ustedes. Y
ahora os voy a decir una cosa. Callaros ya con Bakunin y Marx y toda esa
gentuza. ¡UHP! ¿Sabéis lo que quiere decir?: Unión de Hermanos Proletarios.
Igual, igual que aquellos tíos de Fuenteovejuna: todos a una. Esto es lo que
cuenta. Lo que contáis vosotros son pamplinas que sólo sirven para revolverle a
uno los sesos y darnos patadas en las espinillas unos a otros. Y mientras, los
otros nos sacuden de firme.
El fuego retórico de Ángel y sus manoteos habían atraído a otros
parroquianos y teníamos un corro alrededor de la mesa. Cuando acabó, le dieron
una ovación cerrada y desde aquella noche se convirtió en el orador más popular
de todas las taber-nas del barrio. Allí se encaraba con la gente y exponía sus
pla-nes:
-Los curas, ¿que qué haría yo con los curas? Muy sencillo. Los
curas pueden ir y decir su misa y el que quiera que la oiga o que se confiese o
que le den la extremaunción. A mí no me importa nada eso, porque allá cada uno
con sus creencias. Pero ni un céntimo del Estado, y además, pagar contribución
como los albañiles. Tantas misas, tantas pesetas... ¿Los ricos? Yo no les iba a
hacer nada a los ricos. Si alguno se hincha de ganar dinero porque vale para
ello, que lo disfrute. Pero cuando se muera, todo el dinero y todas las
propiedades al Estado. Nada de eso de las herencias y de los señoritos vagos. Y
el ser rico, limitado. Más allá de una cantidad, ni un céntimo, porque lo que
hay que arreglar en esta cuestión de los ricos es el dinero, no los hom-bres. El
que gane dinero con su trabajo que se lo gaste o que lo meta en un cajón, pero
nada de eso de vivir cortando el cupón y chupando de los intereses. El Estado a
mirar por los negocios y se acabó el chupar del bote. ¿Me entendéis lo que
digo? Algo así como lo que tienen en Rusia. Allí le dan a uno de esos
sta-janovitas, o como se llamen, cien mil rublos de premio, pero tiene que
seguir stajanoviando porque allí no hay bonos del Tesoro ni acciones de la
Telefónica. Aquí le das a uno cien mil duros, los mete en el banco, vive de la
renta y tira el martillo a la lata de la basura. Esto es lo que hay que
arreglar.
Ángel me trataba como si fuera mi escudero y mi nodriza al mismo
tiempo. Lo que nunca supo es cuánto apoyo moral me daba. Sus absurdidades y sus
disparates cuando trataba de ba-rrer de golpe todas las complicaciones
intelectuales y políticas eran un estímulo, porque detrás de ello estaba su
lealtad sólida y su sentido común junto con la creencia de que tarde o
tem-prano todos los trabajadores del mundo se unirían y arreglarían el mundo
sólidamente. Daba la impresión de ser, él y esto, inevitable e indestructible.
Muchas tardes, antes de irme a cenar, salía de la oficina con
Navarro, nuestro dibujante, y nos íbamos juntos a tomar un aperitivo a la
taberna del Portugués. A veces, veía allí, en un rincón, a mi viejo amigo Pla,
ahora ya irremediablemente viejo e irremediablemente chupatintas para lo que le
quedara de vida, melancólico y dormilón de vino. Escuchaba a Navarro sus
pro-blemas, pensando a la vez en los míos, y a veces me asustaba el futuro
mirando a Pla.
Navarro había soñado con ser un artista y se había convertido en
un dibujante del Instituto Topográfico. Su paga de emplea-do del Estado era una
miseria y por las tardes se dedicaba a hacer dibujos de propaganda comercial o
dibujos mecánicos para nuestras solicitudes de patente. No sabía nada de
topogra-fía, de publicidad o de mecánica, pero había aprendido a dibu-jar
correctamente, igual que un aprendiz de zapatero aprende a clavar hileras de
clavos en las suelas. Sus dibujos eran perfec-tos, pero había que confrontarlos
pieza a pieza, porque a él no le decía nada una rueda dentada o un tornillo
menos.
Estaba casado y tenía dos hijos de dieciséis y veinte años. Su
trabajo le permitía mantener su casa en un nivel desahogado y dar a los hijos
una carrera. Su mujer regía la casa y a la vez es-taba enteramente bajo la
influencia de su padre confesor, un jesuíta, y de su hermano, un capitán de la
Guardia Civil. Entre ellos, los tres, manejaban la casa y los hijos, quienes ya
desde pequeños se habían dado cuenta de que el padre no pintaba nada y que la
familia -su familia- era la madre con un apellido ilustre, el tío con unos
bigotes espléndidos y un puesto en el Ministerio de la Gobernación, y la sombra
del cura sobre todos. Los dos estudiaban en el colegio jesuita del Paseo de
Areneros y eran el problema más grave del pobre Navarro.
-No sé qué puedo hacer con los chicos, Barea. Su tío los ha
me-tido en Falange y ahora van con sus porras en el bolsillo, ar-mando bronca a
los estudiantes de la Universidad. En la escue-la los dejan que vayan a la
Universidad con el pretexto de que oigan conferencias, pero de verdad para que
se metan en jaleo. ¿Usted qué haría, Barea?
-Mira, Juanito -a Navarro podía hablarle con franqueza y hasta
brutalmente-, para decirte la verdad, tú no eres capaz de hacer la única cosa
que solucionaría tu problema. Y lo peor de todo es que tú eres el que vas a
pagar el pato a fin de cuentas.
-Pero, bueno, ¿qué es lo que yo puedo hacer? Dígame qué pue-do
hacer.
-Mira, coger una estaca y liarte a palos con el capitán, con el
padre confesor y con tu mujer y romperles unas costillas. Y después liarte con
los niños.
-Eso es una barbaridad que ni usted mismo haría.
-Sí, seguramente soy un bárbaro y tal vez por eso no tengo yo un
lío semejante al tuyo. Pero no tiene remedio; eres muy flojo y eso no hay quien
lo solucione.
-¡Pero yo no quiero que los chicos se metan en política! Desde
que su tío volvió de Villa Cisneros, adonde le mandaron por meterse en la
revuelta de agosto, les ha estado llenando la cabe-za de heroicidades. Y un día
se van a meter en algo gordo. Pero ¿qué puedo hacer yo, Arturo, dígame?
Su único consuelo era beber un vaso de vino en el Portugués, y
ver todas las películas de Walt Disney que se presentaban en Madrid. Como uno
de sus pocos amigos íntimos, tal vez el úni-co, iba a menudo a su casa y
conocía la atmósfera de insolencia, absoluta y fría, en la cual este hombre
tolerante y sencillo estaba condenado a vivir. Su mujer eternamente citaba a su
hermano o al padre confesor: «Pepe me ha dicho...» o «el padre Luis me ha
dicho...». Navarro sufría el martirio de un ansia sin esperanza de un hogar
donde pudiera sentarse en su sillón en medio de su familia y envolverse en
cariño y alegría.
Una mañana se presentó inesperadamente en la oficina con una
cara descompuesta. Precisaba hablarme.
Unos días antes se había desarrollado en la Universidad una
verdadera batalla entre los estudiantes de la derecha y de la izquierda. Había
comenzado a puñetazos, como siempre, pero había terminado a tiros y un
estudiante había muerto. Aparte de eso, había bastantes heridos. Una de las
noches siguientes, Na-varro había estado trabajando en su casa hasta muy tarde
en la noche y se le terminaron las cerillas; buscó una caja en los bolsi-llos
del hijo mayor y encontró allí una matraca, hecha de una bola de plomo, atada
con una cuerda a un mango de madera. La bola estaba manchada de sangre seca. En
la mañana, poco después de irse el muchacho a la escuela, la policía había
venido a buscarle. Ahora estaba refugiado en casa de su tío. Navarro estaba
desesperado.
-Naturalmente, la policía le va a encontrar, más tarde o más
temprano. Y lo que es peor, los otros le tendrán ya señalado y en cuanto puedan
lo matan. Porque cada uno tiene una lista de los más destacados del otro bando.
-¡Bah! No te preocupes; ésas son cosas de muchachos -le dije sin
convicción.
-¿Cosas de muchachos? ¡Tonterías! Cosas de hombres ya ma-duros.
Gentes como su tío y los sotanas que incitan a los mu-chachos y los convierten
en carne de cañón, para que se maten unos a otros y les hagan el caldo gordo a
ellos. Y sabe Dios si hasta meterán al pequeño en jaleo. Si las derechas ganan
un día, ya le han prometido a Luis que le van a hacer no sé qué, para que tenga
una manera de vivir. Claro, al capitán le harán co-mandante y al padre Luis,
canónigo, supongo. Y el que se traga los disgustos soy yo.
Su madre está encantada
de las hazañas del niño; el tío dice que es un héroe y su hermanito me ha
traído una carta de los Reverendos Padres, diciendo que lamentan mucho lo que
ha pasado -yo no sé todavía lo que ha pasado-, pero que debemos tener
paciencia, porque todo es en servicio de Dios y de Espa-ña. ¡Y aquí estoy yo,
su padre, hecho un cornudo!
Estaba pensando que Navarro era incapaz de cambiar el curso de
su vida porque su propio carácter y las circunstancias le te-nían atado de pies
y manos, y me daba una lástima casi desde-ñosa. De pronto me encontré
preguntándome a mí mismo si yo no me hallaba en el mismo caso. ¿Es que se
resolvía algo en la vida si se dejaba uno llevar por las cosas tal como
vinieren? ¿No era tal vez mejor rebelarse de una vez y al menos saber que si
uno se estrellaba era por su propia falta?
Todo era indicaciones de que cada cosa iba a derrumbarse o a
estallar irremediablemente. El país iba de cabeza a una catástro-fe. Aunque las
derechas habían perdido puestos en el Parlamen-to, habían ganado en el sentido
de que todos sus partidarios estaban ahora dispuestos a batallar contra la
República en todos los terrenos posibles. Y estaban en buena posición para
hacerlo: las derechas podían contar con la mayor parte del ejército, el clero,
el capital interno y extranjero, y el soporte desvergonzado de Alemania. Era
una cuestión de tiempo.
Mientras tanto, los partidos republicanos estaban sujetos a la
presión del país que exigía se llevaran a la práctica las reformas prometidas
en la campaña electoral, y cada partido explotaba esta exigencia para atacar a
los otros, acusándolos de obstruc-ción. Alcalá Zamora había sido destituido
como presidente de la República y Azaña había sido nombrado en su sustitución.
Esto había privado a la República de uno de sus cerebros más constructivos. El
País Vasco y Cataluña dificultaban aún más la situación por sus exigencias
particulares. Los trabajadores des-confiaban de un Gobierno en el que no había
ni aun socialistas de los más moderados, y que se mantenía contemporizando con
unos y con otros. Los debates de las Cortes no eran más que discusiones interminables
de la situación, discusiones que las derechas utilizaban hábilmente. Gil
Robles, doblemente derro-tado, por sus pretensiones disparatadas de la jefatura
y por el fracaso de su estrategia electoral, había sido eliminado como jefe de
las derechas y cedido el puesto a Calvo Sotelo.
Tan pronto como el Gobierno abrió el debate sobre el Estatuto
del País Vasco, Galicia, Valencia, Castilla la Vieja, y hasta León, solicitaron
en turno su autonomía. Cuando llegó el mo-mento de reintegrar en sus puestos de
trabajo a los obreros y empleados que fueron destituidos durante el movimiento
de Asturias, algunas de las firmas afectadas simplemente cerraron y otras se
negaron terminantemente a readmitir a los despedi-dos. Ángel había pedido su
readmisión, pero aún seguía sin trabajo. Las huelgas se producían incesantes en
todo el país y circulaban los rumores más fantásticos. Todo el mundo espera-ba
un levantamiento de las derechas y los obreros se preparaban para una
contrarreacción violenta.
Entre las altas esferas de la administración y de la justicia,
la obstrucción era abiertamente cínica. Un falangista de veintitrés años que
disparó contra el diputado socialista Jiménez de Asúa fue absuelto, aunque
había matado al agente de policía que es-coltaba al diputado. La absolución se
dictó por el tribunal fun-dándose en que era un deficiente mental que padecía
infantili-dad, nada más que un chiquillo a quien su padre, un alto oficial del
ejército, acostumbraba a dar munición de pistola «para que fundiera las balas e
hiciera soldaditos de plomo con ellas, una cosa que le mantenía entretenido y
quieto».
Día tras día, en mi contacto con el Ministerio de Trabajo y con
nuestros clientes iba tropezando con indicaciones claras de lo que se
preparaba.
Cuando yo era niño, la Puerta de Atocha era el límite este de
Madrid. Más allá no había más que los muelles del ferrocarril en los cerros
bajos que eran el límite del parque del Retiro. Algu-nas veces, cuando mi madre
quería escapar en verano del calor tórrido de la buhardilla, preparaba una cena
fría y nos íbamos, calle de Atocha abajo, a aquellos descampados, a sentarnos
en la hierba seca de las cuestas y cenar allí, bajo el frescor de los árboles
del Retiro. Era un sitio de placer de gente pobre: doce-nas de familias de
trabajadores acampaban como nosotros cada noche.
En aquella época, la basílica de Atocha -nunca terminada- y el
Ministerio de Obras Públicas estaban en vías de construcción. Los lecheros de
Madrid mandaban allí sus rebaños de cabras a ramonear entre los montones de
materiales de construcción. Mi imaginación infantil estaba hondamente
impresionada por las excavaciones inmensas, los cimientos de piedra y cemento y
los enormes pilares tirados en el campo que iban a convertirse en el nuevo
ministerio. Las esculturas de Querol que rematarían el frontispicio yacían en
piezas por las laderas, medio envueltas en arpillera: patas de caballo o
cuerpos de mujer gigantes, serrados en trozos como víctimas de un crimen
monstruoso.
No puede adjudicarse un gran mérito artístico al edificio. Fue
proyectado hacia 1900 y es un amontonamiento enorme de elementos dóricos,
romanos y egipcios, todos mezclados tra-tando de construir un monumento y
consiguiendo sólo un case-rón desproporcionado. Pero a mis ojos de niño era una
obra ciclópea que duraría siglos.
En los sótanos de este edificio he pasado una gran parte de mi
vida. Y un día vería las columnas gigantes de la entrada, que habían llenado
mis ojos infantiles, saltar en astillas, heridas por una bomba.
Cuando el enorme edificio se convirtió en Ministerio de
Traba-jo, oficina de patentes se instaló en el sótano. Por quince años, casi
diariamente, estuve yendo a aquellos claustros enlosados y oficinas de techo de
cristal. Los campos en los que había cena-do y corrido a mis anchas, treinta
años antes, se habían conver-tido en calles con pretensiones de ser modernas.
Un poco más allá, bloques de piedra blanca reposaban aún en la tierra, ya medio
enterrados por su propio peso, al pie de la fea torre blan-ca y roja de la
basílica, todavía en construcción; y alrededor, mujeres fatigadas de trabajo,
como mi madre lo fue, se senta-ban en las tardes en los bancos del jardín
polvoriento.
El cargo de director general de la oficina de patentes era un
puesto político que cambiaba con cada gobierno. El trabajo descansaba sobre
tres jefes de sección cuyo puesto era fijo y con los cuales tenía que resolver
todos los asuntos de nuestra oficina, en las breves horas en que recibían.
Don Alejandro, jefe del departamento, era flaco, reseco, con
ojos azules brillantes, nariz y labios flacos. Su dignidad impe-cable escondía
una astucia inteligente y activa que siempre es-taba dispuesta a jugar a
cualquiera una mala faena, si en ello no había peligro. Don Fernando, jefe de
la sección de patentes, era un hombre gordo y alegre con una panza bamboleante,
siempre muy ocupado, siempre con mucha prisa y siempre demasiado tarde; tenía
cara de luna y un apetito salvaje que flatulencia y acidez, ahogadas en
bicarbonato, amargaban constantemente. Su favor no era cosa que se comprara,
pero una caja de botellas de champán le ablandaban, y una carta de un diputado
que le llamara «mi querido amigo» le derretía. De joven había sido un empleado
temporero, en la época en la que los políticos nom-braban y dejaban cesantes a
los empleados, cuando cada cam-bio de gobierno representaba cientos de cesantes
y una batalla para los pretendientes a las vacantes dejadas. Desde entonces
había vivido en un santo temor y asombro de los políticos, y aún le perduraba.
Don Pedro, jefe de la
oficina de marcas de comercio, era un hombrecillo frágil y delgado, con una
cabeza pequeñita, cuyo pelo estaba cortado al rape, salvo un tupé, parecido al
flequillo revuelto de un chico travieso. Tenía una vocecilla suave y agu-da a
la vez, completamente femenina. Procedía de una familia rica y era
profundamente religioso, sin vicio grande o chico, metódico, meticuloso en los
más ínfimos detalles, la única per-sona en toda la oficina, y posiblemente en
todo el ministerio, que llegaba a la oficina a la hora de entrada y no la
abandonaba hasta algo después de la hora de salida. Era incorruptible e
in-sensible a la presión política. Únicamente un sacerdote podía hacerle
cambiar una decisión, porque un sacerdote era para él un ser infalible.
Entre estos tres hombres tenía que conducir y manejar los
in-tereses de un millar de clientes. Tenía que recordar que don Alejandro
admiraba a los alemanes hasta el punto de tener sus hijos educándose en el
colegio alemán, que don Fernando cedía a los halagos de un diputado, y que don
Pedro obedecía ciega-mente a la Iglesia. Podía obtener resultados asombrosos
utili-zando hábilmente unos cuantos billetes de banco para los em-pleados, una
carta amable de un personaje alemán, de un políti-co o de un prominente padre.
Y sabía por experiencia directa que la oficina de patentes era sólo un ejemplo,
y no de los peo-res, de la administración española.
Había tenido, por ejemplo, el caso del representante de una
firma extranjera que había venido especialmente a Madrid por avión desde su
país para hacer efectivo el pago de motores su-ministrados por su firma a la
aviación española. La cuenta as-cendía a cien mil pesetas y estaba aprobada por
el Ministerio de Hacienda. Nuestro cliente creía que sólo tenía que presentarse
para recibir el dinero. Le tuve que explicar minuciosamente to-dos los trámites
que había que seguir y fórmulas que llenar para que le marcaran la fecha de
pago, y explicarle que aún había veteranos de la guerra de Cuba que no habían
cobrado sus ha-beres porque no les había llegado el turno. Y ante su urgencia y
desesperación le tuve que explicar que, seguramente, todo se arreglaría con una
buena comisión. Nuestro cliente se marchó en el siguiente avión de pasajeros
con su dinero disminuido en cinco mil pesetas, precio de la comisión dada a un
director ge-neral. Algunas veces, mientras esperaba en las salas del
ministe-rio, pensaba las razones que existían para este estado de cosas y las
consecuencias que resultaban. La mayoría de los empleados del Estado procedían
de la clase media modesta y se estacaban en esta clase, tratando de llegar a un
ideal de independencia y desahogo que nunca alcanzaban, viviendo para ello una
vida de apariencias que no bastaba a cubrir sus escasos ingresos. Habían
experimentado el peso de las influencias y habían encontrado que era mucho más
fácil y más conveniente ceder a la presión que resistir, aceptar una propina
que rechazarla indignado, por-que la resistencia y la indignación sólo servían
para arriesgar el traslado a algún rincón olvidado de provincias. Si eran
inde-pendientes, como en el caso de don Pedro, estaban encadena-dos tal vez aún
más por su educación y su clase, doblemente sumisos a las reglas morales de sus
consejeros espirituales en medio de esta corrupción general.
¿Cómo podían estos administradores ser otra cosa que enemi-gos
abiertos de la República que amenazaba a sus bienhechores y consejeros y aun su
propia situación precaria en la maquinaria del Estado?
Al otro lado estaban los clientes.
Estaba, por ejemplo, don Federico Martínez Arias. Era el
geren-te de una fábrica de artículos de goma en Bilbao. Era un viejo cliente
nuestro que había hecho conmigo gran amistad. Él mis-mo de origen humilde,
había logrado escalar una posición segu-ra en la sociedad de Bilbao; era el
cónsul de dos o tres repúbli-cas hispanoamericanas. En España se había hecho
rico, en Nor-teamérica se hubiera hecho millonario. Acostumbraba tener conmigo
discusiones interminables sobre problemas sociales y económicos. Estaba muy
influido por las ideas de Taylor y Ford y mezclaba estas ideas con una buena
dosis de feudalismo pa-ternal muy español.
-Yo soy de los que creen y dicen siempre que un obrero debe
estar bien pagado. En nuestra factoría pagamos los mejores jor-nales que se
pagan en Bilbao.
Pero detrás de la paga, quería organizar y vigilar a los
trabaja-dores; darles casas decentes, ciudades decentes, comodidades, escuelas,
cultura, recreo, pero todo ello bajo las leyes y el con-trol de la fábrica.
-Los obreros son incapaces de regirse por sí mismos; no tienen
las cualidades necesarias para ello. Son como niños que hay que llevar de la
mano para que no tropiecen... El trabajador no nece-sita más que una casa
decente, buena comida, un poco de di-versión y la seguridad de que tiene la
vida segura.
-Pero en su opinión, don Federico, debe aceptar esto como se lo
den y no empezar a discutir y a pensar.
-Pero si es que tampoco quiere. Mire usted lo que Ford hizo con
sus miles de trabajadores. ¿Qué sindicato les ha dado nunca tanto como Ford?
No, el trabajo debería estar organizado por el Estado y el obrero ser una parte
del mecanismo de la nación.
-¡Por Dios, don Federico!, ¿se ha vuelto usted nazi?
-No. Pero admiro a los alemanes. Es una maravilla lo que ese
hombre, Hitler, ha realizado. Un hombre así es lo que nos hace falta en España.
Pero no era ni un fanático político ni un fanático religioso.
Creía en la misión divina del líder como cabeza de la familia nacional, un
concepto muy católico y muy español. Creía también en la sumisión de los
siervos: «Aun si el jefe se equivoca, ¿qué pasa-ría a un ejército si los
soldados comenzaran a discutir?».
-Si los soldados comenzaran a discutir, podría pasar que no
tuviéramos guerras, don Federico -le decía yo.
-Admitido. ¿Y a qué conduciría eso? La vida es lucha; hasta las
briznas de hierba agujerean la piedra para poder crecer. Lea usted a Nietzsche,
amigo Barea.
-Pero usted mismo se llama un cristiano.
- Sí, ya sé. Pacifismo y todas esas zarandajas. «Paz en la
tierra»; sí, pero acuérdese de lo que sigue: «a los hombres de buena voluntad».
No va usted a decirme, creo, que esos socialistas y comunistas que predican la
revolución roja son hombres de buena voluntad...
Un día don Federico vino a la oficina y después de hablar sobre
sus registros en trámite, me dijo:
-He vuelto, más que nada, a llevármele conmigo a Bilbao.
-Pues, ¿qué pasa? -No me chocó lo dicho, porque nuestros
ne-gocios me obligaban a veces a marcharme sin pérdida de mo-mento al otro
extremo del país.
-No pasa nada. Es que quiero que se venga usted a trabajar
conmigo. Aquí nunca llegará usted a nada. Le ofrezco un pues-to de apoderado en
nuestra fábrica; mil pesetas al mes, para empezar, y comisión.
La oferta era tentadora. El salario era alto con relación a como
los salarios se pagaban en España, y el porvenir que presentaba el puesto
muchísimo mejor que el que ofrecía mi oficina. Signi-ficaba, verdaderamente,
salvar la última barrera entre mi nivel de vida y la clase alta. Apoderado de
la Ibérica de Bilbao, po-día significar el ser aceptado en la sociedad
bilbaína, uno de los grupos más poderosos de España. Podía significar un futuro
próspero. Significaba, también, el renunciar, de una vez para siempre, a todo
lo demás, es decir, a todo sobre lo cual aún te-nía sueños utópicos, pero ¿no
me había prometido a mí mismo convertirme en un buen burgués y dejarme de
tonterías?
No conocía entonces, como
después iba a saber, que este inci-dente fue uno de los momentos más críticos
de mi vida. En realidad, fue únicamente la voz de mi instinto lo que me
impi-dió aceptar.
-Don Federico, me temo que no puedo aceptar su proposición.
¿Sabe usted que yo soy casi un comunista?
Don Federico abrió la boca asombrado.
-De todas las cosas absurdas que he oído en mi vida, ésta es la
más grande. ¿Usted una especie de comunista? No diga tonte-rías. Haga la maleta
y véngase a Bilbao conmigo. Bueno, ya sé que no puede usted venir mañana.
Dígale a su jefe que busque otro para su puesto, le dejo tres meses para ello.
Y le pago a usted el sueldo desde hoy para que pueda arreglar confortable-mente
la mudanza. No me conteste nada ahora. Tan pronto co-mo vuelva a Bilbao le voy
a escribir una carta oficial y entonces me contesta.
Vino la carta, una carta formal de negocios, y yo la contesté en
mi mejor estilo comercial. No acepté.
Unos pocos días más tarde, uno de los amigos íntimos de don
Federico, don Rafael Soroza, propietario de un importante de-pósito de dolomía,
vino a la oficina. Me golpeó el hombro:
-Así que ¿se viene usted con nosotros a Bilbao?
-No, señor. Me quedo aquí.
-Pero, hombre, mi querido amigo, usted es un idiota, y no trato
de ofenderle. Precisamente en estos días...
-¿Qué pasa con estos días?
-En estos días necesitamos hombres como usted.
Se lanzó en una disertación sobre política y economía. Mientras
le escuchaba, estaba recordando a don Alberto de Fonseca y Ontivares, el
boticario de Novés. El hombre que tenía delante de mí me parecía un caso
paralelo, con un final distinto.
Soroza estaba en el final de los cincuenta, grandote de cuerpo,
expansivo y alegre; pero en la última mitad de su vida, los ne-gocios habían
venido a poner su nota discordante. Procedía de una familia patriarcal de las
montañas de Asturias. Aunque su padre le había obligado a estudiar leyes, y
seguir la carrera de abogado, a la muerte de su padre se había encerrado en su
aldea y se había dedicado a labrar sus tierras. Un día los prospectores
alemanes llegaron a ellas.
Poca gente conoce con qué meticulosidad organizada han
in-vestigado el suelo español los agentes de Alemania durante veinte años. Y
pocos conocen que existen docenas de socieda-des, aparentemente de constitución
genuinamente española, que sirven de pantalla para los más poderosos concerns
alemanes, algunas veces no tanto para hacer negocios como para impedir que
otros los hagan.
Los alemanes encontraron dolomía en una de las propiedades de
don Rafael Soroza y trataron de hacer con él el mismo truco que con tanto éxito
habían hecho con el boticario de Novés. Pero, por pura casualidad, aquella
tierra estaba denunciada co-mo coro minero, porque dentro de ella había una
mina de car-bón abandonada y los derechos eran propiedad de la familia Soroza.
Los alemanes establecieron una compañía limitada, nombraron a don Rafael
director gerente, y don Rafael comen-zó a ganar dinero sin saber cómo. Alemania
consumía carga-mentos enteros de dolomía.
-Usted no puede imaginar la cantidad de magnesia que se con-sume
en el mundo. Hay millones que sufren indigestión. Los alemanes compran toda la
magnesia que puedo sacar y ahora me piden aún mayores cantidades. Es, además,
un aislante per-fecto y lo van a usar para refrigeradores y para proteger las
tu-berías en las fábricas de hielo. Es mejor que el amianto. Tene-mos que sacar
una patente.
Don Rafael registraba patentes inocuas que protegían, o
pre-tendían proteger, el derecho al uso de la magnesia como un aislante
térmico. La Rheinische Stahwelke, la I. G. Farben-Industrie y la
Schering-Kahlbaum nos enviaban, desde Alema-nia, sus patentes para la
extracción de magnesio de la dolomía y el uso de este metal para fines
mecánicos. Las más importantes firmas alemanas trabajaban intensamente en la
aplicación del magnesio y sus aleaciones en los motores de explosión para
aeroplanos. La materia prima venía de España y la barrera de patentes impedía
su explotación industrial. Sin los alemanes, don Rafael no hubiera tenido
comprador para su magnesia. Cuando don Rafael terminó su discurso sobre
economía y polí-tica, le dije:
-Total, que se ha vuelto usted falangista.
-¡Ah, no, Barea! Más, mucho más. Soy un miembro del Partido
Nacionalsocialista alemán. Sabe usted, mis socios son alemanes y se me ha
autorizado a ser un miembro, aun siendo extranjero. ¿Qué le parece, Barea?
-Que se ha metido usted en un buen lío, don Rafael.
-No diga tonterías, hombre. La causa está haciendo progresos a
pasos de gigante. En uno o dos años tenemos el fascismo aquí y entonces seremos
una nación como debe ser. Tal como van las cosas, esto no dura un año más,
acuérdese de lo que digo... Y ahora, cuénteme, ¿cuándo se marcha usted con don
Federico? Porque usted tiene que ser de los nuestros.
-La verdad es que me quedo en Madrid. El clima de Bilbao no es
bueno para mí, y al fin y al cabo tengo una buena posición aquí...
-Eso sí que lo siento, pero, en fin, usted sabe mejor que nadie
lo que le conviene.
No me atrevía a decirle que yo era un socialista como había
hecho con don Federico. Se hubiera desmayado. Pero ¿qué diablos tenía él que
hacer con el Partido Nazi alemán? En el caso de Rodríguez, que se había pasado
toda su vida en la em-bajada alemana, podía entenderlo, pero en el suyo, ¡un
labrador asturiano!
Él mismo me proporcionó la respuesta cuando me llamó a su
oficina en Madrid para resolver algunos asuntos pendientes.
-Me marcho mañana y quería dejar esto resuelto antes. -Y con
alegría infantil agregó-: Tengo huéspedes en casa, ¿sabe?
-¿Van ustedes a cazar osos?
En las montañas donde vivía don Rafael se encuentran osos aún.
-¡Nada de eso, hombre! Me han mandado unos cuantos mucha-chos
alemanes que están estudiando geología, minas, topogra-fía, esas cosas, y
vienen con ellos también algunos ingenieros que tienen interés en ver si hay un
sitio para un aeródromo. Es una lástima que tengamos la República, porque
créame, con la ayuda de los alemanes y con lo que nosotros tenemos, éste po-día
ser un gran país.
-Usted no ha salido muy mal con ellos.
-No, no me quejo. Pero así son las cosas en España. Estamos
andando sobre millones y no nos enteramos. España es el país más rico del
mundo.
-¡Hum! Sí, y mire usted cómo anda la gente y cómo vive.
-Pero ¿por qué, dígame, Barea? La falta es de un puñado de
sinvergüenzas que se han hecho los amos del país. Acuérdese de lo que hicieron
con el pobre Primo de Rivera y cómo no le dejaron hacer lo que él quería. Pero
esto no va a durar mucho. Vamos a terminar con todos estos masones, comunistas
y judíos de un plumazo, don Arturo, de un plumazo. Ya verá.
-Me parece que no va usted a encontrar judíos en España ni para
un plumazo como no los invente, don Rafael.
-¡Ah! Ya los encontraremos, Barea.
La chispa
Capítulo VI
Don Manuel Ayala nos había telegrafiado para que fuéramos a
buscarle al aeródromo de Barajas. Le estábamos esperando mi jefe y yo.
Un Douglas de los utilizados en las líneas de París y de
Barce-lona estaba en el campo, destacándose de los viejos Fokker que le
rodeaban. Me fui hacia él y me puse a estudiar los detalles de su fuselaje.
Pero había algo en el fondo de mi mente que me impedía disfrutar de mi examen y
me hacía sentir molesto. No acertaba la causa de aquel nerviosismo, porque la
aviación ha sido uno de mis mayores entusiasmos. Para encontrarla tuve que
hacer un esfuerzo.
Todo lo que yo conocía de la teoría de aerodinámica lo debía a
mi trabajo en el pleito de Junkers contra Ford en el cual había intervenido por
nuestro cliente Junkers. Hacía ya tiempo que habían pasado por mis manos las
patentes de Junkers y Heinkel. ¿Tras de qué andaría ahora esta gente?
Cuando el capitán don Antonio Barberán me había llevado con él
en una vieja «chocolatera», como llamaban a los aviones re-mendados que había
en Marruecos, y cuando me había explica-do, entusiasta, sus planes para un
vuelo transatlántico, aún la aviación era maravillosa.
Me acordaba del primer aeroplano que había visto volar en mi
vida y de mi entusiasmo, como un chiquillo que era entonces. Primero, había
sido la larga caminata, hirviendo en excitación, hasta los llanos de Getafe,
para esperar la llegada de Vedrines, el primer hombre que voló de París a
Madrid. Después, las tres tardes en que me escapé a través de los campos hasta
el veló-dromo de Ciudad Lineal, hasta que en la última el tiempo, quie-to y
lleno de sol, permitió a Domenjoz demostrarnos lo que era un looping-the-loop.
Me hubiera gustado volar en aquel Dou-glas a Barcelona por encima de la Costa
Brava de Cataluña y de sus aguas transparentes, y contemplar desde lo alto la
luz del sol temblando y escondiéndose tras las cimas de las lejanas montañas,
encapuchados por una cabalgata de nubes.
Se me paró la fantasía y se enfocaron mis memorias borrosas:
Pasó en los veinte, cuando Junkers construyó un aeroplano
cua-trimotor para realizar con él la vuelta al mundo y a la vez obte-ner
contratos de las compañías aéreas que, justamente entonces, se estaban
planeando en varios países del mundo. Junkers era nuestro cliente y los
alemanes trataban de obtener la concesión de una base aérea comercial en
Sevilla, donde se había cons-truido la torre para el anclaje de los zepelines.
España podía ser un punto clave en la red de comunicaciones con América. Se
habían realizado muchas intrigas y muchas jugadas complicadas por la industria
de varios países, y una de ellas había sido el pleito que Junkers había
planteado a Ford por las patentes que protegían la colocación de las alas bajo
el fuselaje.
Mi antiguo jefe y yo habíamos tenido que ir al aeródromo de
Getafe a la llegada del cuatrimotor Junkers a Madrid en su viaje de propaganda.
Se había preparado una recepción oficial con asistencia del Rey. Cuando
aterrizó el monstruo, un poquito más tarde del tiempo señalado, el Rey y su
séquito militar ins-peccionaron el aparato detalladamente; el Rey insistió en
volar en un vuelo de prueba y hubo que desarrollar un defecto mecá-nico -y
diplomático- para evitarlo. Después, mientras las forma-lidades oficiales y el
vino de honor seguían su curso, un inge-niero alemán tomó en sus manos explicar
las características del aparato a los oficiales que formaban la comisión de
compras en el caso de llegar a formularse un contrato, y mi jefe y yo los
acompañamos, en nuestra calidad de representantes de las pa-tentes.
El hombre tenía el título de Doktor, pero su nombre no se que-dó
en mi memoria. Era pequeño y delgadito, con pelo de arena de puro rubio, y
afeitado, con gruesos cristales de miope cabal-gando en el puente de una nariz
colgante. Sus manos eran enormes. Recordaba haber pensado al verlas que
parecían las manos depiladas de un gorila; cuando movía los dedos huesu-dos,
las articulaciones parecían saltar fuera de su asiento y ad-quirir formas
contorsionadas y extrañas.
Primero, escondió estas manos suyas debajo de los faldones de su
levita y así nos llevó a través de la cabina donde estaban alineados los
lujosos sillones para los pasajeros. Después nos llevó a través de pasillos
como túneles que terminaban en las cabinas de los motores, y por último nos
llevó a la cabina de los pilotos, separada de la de los pasajeros por una doble
puerta corredera.
La cabina de los pilotos tenía la forma de una semiesfera
alar-gada, formando la parte curva de la proa del avión. La pared exterior
estaba construida de una armadura de duraluminio y paneles de cristal. Los
asientos de los pilotos se elevaban en el centro de esta cúpula tumbada como
suspendidos en el aire, y suministraban una vista completa en todas
direcciones. Aquí, el Doktor hizo reaparecer sus manos y comenzó a explicar en
es-pañol:
-Ahora que ya han visto ustedes el aparato -cortó las alabanzas
con dos manotones-, les voy a mostrar algo que es mucho más interesante. -Con
agilidad sorprendente saltó entre la armadura del suelo encristalado y comenzó
a destornillar algunos rema-ches cilindricos colocados en el cruce de las
barras de aluminio. Debajo aparecieron huecos roscados brillantes de aceite-:
Como ven ustedes, basta desatornillar los falsos remaches para descu-brir estos
zócalos roscados, en los cuales se pueden atornillar en unos segundos las patas
de una ametralladora: éste y éste, son para el asiento del ametrallador. Se
quita este panel de cristal y el cañón de la ametralladora sale por la
abertura. Aquí y aquí, en los dos lados, pueden colocarse otras dos
ametralladoras de manera que el aeroplano puede atacar y defenderse de otros
aviones. Y ahora, señores, vengan conmigo. Hay más. -Echó a correr delante de
nosotros, brincando con pasitos cortos, y se detuvo en medio de la cabina de
pasajeros. Aquí nos enseñó cómo las patas de los sillones estaban atornilladas
al piso-: Se los puede quitar todos en dos minutos y dejar esto vacío. En su
lugar se atornilla todo el equipo para transportar tropas o, si es necesario,
para almacenar bombas y los instrumentos para lan-zarlas. Aquí, esto son las
compuertas para lanzarlas... Ahora les voy a enseñar dónde se colocan las
grandes bombas. Aquí, ¿ven ustedes?, aquí. -Debajo de las alas gigantes, volvió
a desatorni-llar los soportes para las bombas. Brincaba en las puntas de los
pies y hacía castañetear los dedos huesudos, mientras repetía entusiasmado el
procedimiento-: ¡Eh! ¿Qué les parece? En una sola hora podemos transformar los
aviones de una línea comer-cial en cualquier aeropuerto de Alemania, pongamos
en Berlín, y venir a bombardear Madrid. Diez horas después de una decla-ración
de guerra podemos bombardear la capital enemiga. Y si somos nosotros los que
declaramos la guerra, cinco minutos después de la declaración. Ja, ja! ¡Esto es
Versalles!
El viejo y famoso piloto de globos que estaba con nosotros, y
que yo conocía muy bien, se volvió a mí y murmuró:
-Este tío es tan repugnante como una araña. Dan ganas de
espa-churrarlo de un pisotón. Me alegró mucho entonces que el con-trato del
ejército español no fuera a parar a manos de Junkers, a pesar de la convincente
demostración que el macabro doctor había dado a los oficiales del Estado Mayor.
Había conseguido dar por
olvidado el incidente, pero había cambiado mis ideas sobre el futuro de la
aviación y había enve-nenado el placer que sentía cuando volaba. Ahora mismo me
molestaba. Después había venido la guerra de Abisinia, y en Alemania hoy estaba
Hitler. Era tan fácil lanzar bombas sobre ciudades indefensas: se desatornillan
unos falsos remaches y se atornillan las patas de las ametralladoras o las
perchas para las bombas...
Yo mismo me tuve que decir que me estaba volviendo mórbido.
Aquel Douglas con su sobrio confort inglés no era más que un vehículo de lujo,
hecho para convertir el volar en un placer.
El aeroplano de Sevilla trazó un círculo sobre el campo y
aterri-zó. Fuimos al encuentro de nuestro cliente. No venía solo y en el primer
momento no reconocí a su acompañante. Hacían una pareja cómica los dos
zanqueando a través del campo.
Don Manuel Ayala era corto y cuadrado, en la mitad de los
sesenta, tostado y disecado por el sol, con una nariz de punta afilada en una
cara llena de surcos y arrugas, ojos brillantes de ratón tras unos lentes de
oro de vieja forma, colgantes de un cordón de seda al ojal de la solapa, y un
bigote blanco, teñido de tabaco, pesado y tosco. Me parecía enorme, hasta que
com-probé que sólo sus extremidades eran grandes: manos y pies fuera de
proporción, que resultaban deformes, y una cabeza pesada bamboleando entre dos
hombros anchísimos. La cara era una cara áspera, de campesino, afeitada, pero
azuleante de las raíces de la barba. Lo que le hacía irresistiblemente cómico
era el traje. Era como si un gigante hubiera estado gravemente en-fermo en un
hospital, hubiera perdido sus carnes y saliera ahora a la calle por primera vez
en sus viejas ropas. Colgaban perdidas alrededor de él, como en la cruz de
palos de un espantapájaros. Pero andaba con pasos firmes, seguros y enérgicos.
Le reconocí de pronto. Nunca le había visto en mi vida fuera de
sus ropas talares. Era el hermano de nuestro cliente, el jesuita padre Ayala.
Cada vez que don Manuel Ayala venía a Madrid me pedía que fuera
su acompañante. Había vivido sesenta años de su vida encerrado en un pequeño
pueblo de la provincia de Huelva y nunca había ido más lejos de Sevilla en
excursiones cortas y tímidas. Administraba todas las tierras heredadas de su
padre y vendía sus productos, pero aparte de eso hacía la vida de un recluso.
Criaba vinos exquisitos que cuidaba con sumo cuidado, y a su vejez, de repente,
decidió lanzarlos al mercado. Alguien le dio una introducción para nosotros y
nosotros nos encarga-mos de crearle una serie de marcas, etiquetas y modelos de
en-vases para sus vinos y sus coñacs. Era alegre y locuaz, bona-chón y un poco
cínico hacia sí mismo. Consideraba su defecto de convertirse en un cosechero famoso
como un capricho repen-tino de la vejez, y estaba resuelto a salirse con la
suya, lo mismo que le empujó a tomar el avión de Sevilla la primera vez que
vino a Madrid.
-A mi edad, ya no se tiene miedo de nada. ¿Por qué no probar a
volar y quedarme con las ganas? Lo único que siento es que me estoy haciendo
viejo, ahora que comienzan estas cosas tan in-teresantes.
Sentía admiración y orgullo por su hermano, el jesuita, que era
tan sagrado y tan importante que nada podía decirse de él. En 1930, el año
antes de proclamarse la República, me había lleva-do con él, por primera vez, a
ver a su hermano en la residencia de los padres, en la calle de Cedaceros. Me
había sido repulsivo el padre Ayala. Era sucio y grasiento, el hábito pringoso,
sus zapatones enormes, con gruesas suelas, sucios de siempre, las uñas de sus
dedos planos ribeteadas de negro. No podía ver dentro de su mente, pero conocía
la fuerza del hombre: en aquella época, era él quien manejaba los hilos que
iban a termi-nar en el Palacio Real, en las Cortes, en los salones de la
aristo-cracia y en los cuartos de banderas de las guarniciones más
im-portantes. Pero él nunca aparecía en público. Sabía que estaba viviendo,
ahora que se había disuelto la Compañía, en una casa de vecinos de Sevilla, en
compañía de otros dos padres, todos vistiendo de paisano. ¿Por qué este hombre,
inesperadamente, se metía en el avión con su hermano y le acompañaba a Ma-drid?
¿Qué nueva tela de araña estaba tejiendo? Cuando llega-mos a la puerta de la
oficina, el padre Ayala nos abandonó y don Manuel hizo sus excusas:
-El pobre hombre está muy preocupado con lo que va a pasar.
-Siguió explicando mientras el ascensor nos elevaba al piso-: Saben ustedes,
cuando la República disolvió la Orden, mi her-mano se fue a Sevilla y tomó un
cuartito con otros dos herma-nos. Todavía viven allí haciendo vida comunal. Hay
cientos como ellos en España. Al principio, naturalmente, la mayoría de ellos
dejaron el país, pero han ido volviendo poco a poco. Aho-ra las cosas van a
cambiar y su sitio es aquí, ¿no les parece?
Cuando hubimos terminado nuestra charla de negocios, don Manuel
me invitó a comer con él, «porque mi hermano me ha abandonado y usted conoce
los buenos rincones».
El viejo era profundamente religioso, vivía una vida de
celibato, y dudo mucho que jamás hubiera tenido contacto con mujeres; pero
tenía debilidad por un buen plato y buen vino. Cuando nos habíamos instalado en
uno de esos «rincones» que a él le gusta-ban, don Manuel me preguntó:
-¿Y qué? ¿Cómo van en Madrid las cosas de la política?
-Por lo que a mí me parece, confieso que soy muy pesimista. Los
grupos de la izquierda no hacen más que pelearse unos con otros y las derechas
están dispuestas a destruir la República. Ahora, a algún idiota se le ha
ocurrido la idea de nombrar a Azaña presidente e inmovilizar así a un hombre,
tal vez el úni-co, que podía haber gobernado el país en esta situación.
-Sí, es verdad, sí. Y una gran ventaja para nosotros. Créame,
Largo Caballero y Prieto y todos ésos, no tienen importancia. El único hombre
peligroso es Azaña. Azaña tiene odio a la Iglesia y es el hombre que más daño
nos ha hecho. Ahora le hemos sacado los dientes. De otra manera, hubiera sido
preciso elimi-narle antes de hacer nada.
-Caramba, don Manuel, ése es un lado suyo que no conocía, que se
le pasara por la cabeza que hubiera que matar a alguien.
-No yo, claro, no. Yo soy incapaz de matar una mosca. Pero tengo
que admitir que ciertas cosas pueden ser necesarias. Ese hombre es la ruina de
España.
-La ruina de su España, querrá usted decir.
-¡Hombre de Dios! Y de la suya también. Porque no me irá us-ted
a decir que está del lado de esa canalla comunista.
-Tal vez no, pero tampoco estoy del lado de los falangistas.
Mire, don Manuel, yo no creo en la monarquía. Estoy por la República con toda
mi alma.
-¡Psch! A mí no me da frío ni calor, república o monarquía. Ahí
tiene usted a Portugal, con una república ideal. Un hombre inte-ligente a la
cabeza, y la Iglesia respetada y en el sitio que le corresponde. Eso es lo que
yo quiero.
-Habla usted como si fuera su hermano.
-¡Ah, si pudiera usted oír a mi hermano! Y yo estoy de acuerdo
con él. ¡Comunismo!
¿Usted no sabe que la Compañía de Jesús resolvió la cuestión
social hace ya siglos? Lea usted la historia, amiguito, léala. Allí verá usted
lo que las misiones en América hicieron, particular-mente en el Paraguay. La
Compañía administró el país y no había ni un solo hambriento. Ni uno, entérese.
Los indios nunca han sido tan felices como entonces. Cuando uno de ellos
nece-sitaba una manta se le daba, dada, no vendida. Los padres has-ta les
buscaban mujer si querían casarse. No les hacía falta dine-ro, no.
Aquello era un paraíso y
una administración modelo.
-Y una mina de oro para los santos padres, supongo.
-No sea usted un demagogo. Usted sabe que los padres hacen voto
de pobreza y la Compañía no tiene nada.
-No va usted a negar que tienen influencia, aún hoy.
-Yo no voy a negar nada. Pero tampoco va usted a negar que la
Compañía tiene muchos enemigos y que las pobres gentes tie-nen que defenderse.
-Se calló y se quedó un momento pensati-vo-. Si sólo le hubieran hecho caso a
mi hermano, cuando se lo dijo a tiempo... pero nadie le quería escuchar. Cuando
don Al-fonso dijo que se marchaba y que dejaba el sitio a la República, mi
hermano aconsejó en contra de ellos. Con unos pocos regi-mientos todo se
hubiera arreglado en un par de días. Bueno, pues, usted vio lo que pasó.
-Ya sé que su hermano tiene buenos contactos.
-¡Oh, no, no! Mi hermano nunca dejó la residencia, más que para
dar un paseo. Pero los padres le consultaban, porque, aun-que yo, que soy su
hermano, no debía decirlo, es un gran talen-to. Pero siempre un hombre simple.
Usted lo conoce. ¿No cree que tengo razón?
Era verdad. El padre Ayala nunca cambió. Otros hombres de la
Compañía podían lanzarse en el mundo, él no. Presentaba su fachada basta y su
gesto desdeñoso y conservaba su poder os-curo. Le contesté a don Manuel que sí,
que estaba de acuerdo con él. Se expansionó en el placer de la digestión.
-Los buenos tiempos están detrás de la esquina, amigo Barea. Más
cerca de lo que usted se cree. Ahora tenemos los medios y tenemos el líder.
Este Calvo Sotelo es un gran hombre. Es el hombre de la España del futuro, de
un futuro muy próximo.
-¿Usted no cree que tendremos otro alzamiento militar como en
1932?
-¿Y por qué no? Es un deber patriótico. Antes de tener el
co-munismo hay que ir a las barricadas. Pero no será necesario. La nación en
pleno está con nosotros y toda la basura se barrerá de un simple escobazo. Tal
vez ni aun eso hará falta. Calvo Sotelo será el Salazar de España.
-Sí, mucha gente está convencida de que esto va a explotar de la
noche a la mañana. Pero si la derecha se echa a la calle, me parece que van a
quedar pocos para contarlo. El país no está con ellos, don Manuel.
-Si usted llama a toda esa canalla el país, no. Pero tenemos el
ejército y la clase media, las dos fuerzas vivas del país. Y Aza-ña no se va a
deshacer de ellos con una sonrisa, como hizo en agosto de 1932.
-Entonces, de acuerdo con usted, don Manuel, vamos a tener un
gobierno paternal, al estilo paraguayo o portugués, para agosto de 1936.
-Si Dios lo quiere, Barea. Y lo querrá.
Acabamos la comida, bromeando amablemente, porque nin-guno de
los dos queríamos ir más allá en mostrar nuestros pen-samientos al otro. Nunca
he vuelto a ver a los dos hermanos.
El lunes mandé a mi hija mayor a pasar unas vacaciones a las
montañas en compañía de Lucila, la mujer de Ángel, que iba a pasar una
temporada con su familia cerca de Burgos, mientras Ángel estaba sin trabajo.
Era el 13 de julio de 1936. Cuando los despedí en el autobús, me marché
directamente, con mi cartera de papeles, al ministerio. Los despachos de la
oficina de paten-tes estaban vacíos. Un grupo numeroso se amontonaba a la
puerta del despacho de don Pedro. Don Pedro estaba gesticu-lando y vociferando
detrás de su mesa, los ojos llenos de lágri-mas. Pregunté a uno de los
empleados:
-¿Qué diablos pasa aquí?
-¡Dios! ¿No te has enterado? Han matado a Calvo Sotelo.
Muchos de los empleados pertenecían a la derecha,
particular-mente cuatro o cinco mecanógrafas, hijas de «buenas familias», y un
grupo más numeroso aún de similares hijos de buena fami-lia, algunos de los
cuales eran miembros de la Falange. Todos estaban ahora alrededor de don Pedro,
haciendo coro a sus la-mentaciones por el asesinato del líder político.
-¡Es un crimen contra Dios! Un hombre tan inteligente, tan
bueno, un cristiano semejante, un caballero, muerto como un perro rabioso...
-Ya les vamos a arreglar las cuentas. Les va a quedar poco
tiempo para alegrarse. Lo único que queda que hacer es echarse a la calle
-contestaba el coro.
-¡No, no, por Dios! No más sangre, no es cristiano. Pero Dios
castigará a los asesinos.
-Sí, Dios los va a castigar, pero nosotros le vamos a echar una
mano -replicó un muchacho muy joven.
Me marché a la calle. Aquel día no había nada que hacer en la
oficina de patentes.
Las nuevas me habían cogido de sorpresa, como habían cogido a
toda la ciudad. Sin embargo, era obvio que el asesinato de Calvo Sotelo era la
respuesta al asesinato del teniente Castillo de los guardias de asalto. La
única cuestión era si aquello iba a convertirse en la mecha que incendiaría el
barril de pólvora. ¡Y mi hija en el autobús camino de Burgos! Si lo hubiera
sabido a tiempo, hubiera impedido el viaje. Aunque tal vez estaría mejor en un
pueblecito pequeño y perdido que en Madrid, si las cosas comenzaban a ponerse
graves. ¿Un pueblecito pequeño? Ya había visto lo que podía pasar en Novés. Y
la única cosa que conocía acerca de la familia de Lucila era que estaban en
buena posición y considerados como gente importante en su pueblo, lo cual no
era exactamente una garantía si se levantaban las gentes del campo. Me fui
hacia la Glorieta de Atocha sin saber qué hacer.
La ancha plaza estaba convertida en un hormiguero. No por el
asesinato de Calvo Sotelo, sino por las preparaciones para la verbena de San
Juan. Los materiales para las cien y una diver-siones de la verbena estaban
tirados sobre los adoquines. Había las simples armazones de tabla para los
puestos de chucherías o el círculo de raíces de acero para el tiovivo. Una
hilera de hom-bres agarrados a un cable levantaban lentamente un mástil del que
colgaba, como la tela de un paraguas sin varillas, una lona circular. Dos
mecánicos, chorreando grasa, ajustaban y marti-lleaban una vieja máquina de
vapor. Los hombres estaban en camiseta, con los brazos desnudos, sudando a
chorros bajo el sol de julio. Los caballos de madera pintarrajeados de
colorines crudos, en piezas, mostrando sus tornillos y sus rotos, se
amon-tonaban revueltos entre tablas y vigas. Los carricoches de los feriantes
dejaban escapar un hilito de humo de sus chimeneas raquíticas, y la alambrista
zascandileaba en chambra con los pechos caídos, atendiendo la comida y ayudando
a los artistas convertidos ahora en carpinteros. De los carretones y de
camio-netas surgían, sin descanso, cajas y cajas o piezas de mecanis-mos
misteriosos. Una muchedumbre de chiquillos y mirones contemplaba el montaje de
las barracas, estáticos y molestos como moscas.
Madrid se estaba preparando para su diversión. ¿Quién pensaba en
Calvo Sotelo?
Me equivocaba. A nadie se le ocultó lo que su muerte
significa-ba. El pueblo de Madrid sentía el miedo que sienten los solda-dos en
vísperas de salir para el frente. Nadie sabía dónde o cuándo comenzaría el
ataque, pero todo el mundo sabía que había llegado la hora. Mientras los
feriantes montaban los caba-llitos del tiovivo, el Gobierno había decretado el
estado de aler-ta. Los obreros de la construcción afiliados a la CNT se
declara-ron espontáneamente en huelga, y algunos miembros de la UGT que pretendieron
seguir trabajando fueron agredidos. El Go-bierno cerró todos los locales de los
grupos de derecha, sin dis-tinción, y arrestó a cientos de personas
pertenecientes a ellos. Cerró también los ateneos libertarios y arrestó
asimismo a cien-tos de sus miembros. Era claro que trataba de evitar un
conflic-to.
En la calle de Atocha me encontré a mi amigo comunista,
An-tonio, con otros cuatro.
-¿Dónde vais?
-Estamos de vigilancia.
-No seáis estúpidos, lo único que vais a hacer es conseguir que
os lleven a la comisaría. Ese compañero tuyo no puede ir mos-trando más
claramente que lleva una pistola, como no se la ponga en la mano.
-Pero tenemos que estar en la calle para ver lo que pasa.
Tene-mos que proteger el «radio». -El radio era el domicilio social del Partido
en el barrio y Antonio era su secretario general-. Y ni aun sabemos si la
policía lo va a cerrar o no. Desde luego, no hemos dejado a nadie allí.
-Lo que tenéis que hacer es poner un puesto en la verbena.
An-tonio abrió la boca asombrado:
-¡Oye, esto no es una broma! ¿Sabes?
-Lo que yo te digo tampoco, no seas idiota. Es muy sencillo.
Comprad unos cuantos juguetes baratos en un almacén, unas cuantas cajas para
armar un tenderete, poner una manta encima y los juguetes, e instalaros en la
verbena. Yo conozco un taber-nero allí que os dejará usar el teléfono toda la
noche, porque no cierra mientras dure la verbena. Y así podéis estar en la
calle y tener todas las informaciones y todos los contactos que os dé la gana,
sin llamar la atención a nadie.
Aceptaron mi plan y yo mismo les ayudé a realizarlo. Aquella
misma tarde Antonio instalaba un puesto de juguetes baratos al lado de la verja
del jardín Botánico. Los miembros del radio, que constituían los piquetes de
vigilancia y los enlaces, iban y venían, se paraban a manosear los juguetes y
pasaban las noti-cias. La primera noticia sensacional llegó a mitad de la
tarde: el Partido Socialista, todos los sindicatos pertenecientes a la UGT y el
Partido Comunista habían concluido un pacto de asistencia mutua y se habían
comprometido a soportar al Gobierno de la República. Antonio estaba lleno de
entusiasmo y de impacien-cia detrás de sus juguetes:
-¿Por qué no ingresas en el Partido?
-Porque no sirvo para aguantar disciplinas, ya lo sabes.
-Pero ahora necesitamos gente.
-Ya lo pensaré. Primero vamos a ver qué pasa.
Ninguno dudaba que las derechas llevarían a cabo un alzamien-to.
Mi hermano Rafael y yo nos fuimos a la verbena aquella noche, arrancamos a
Antonio del lado de sus juguetes y nos sentamos en los veladores que había
puesto en el paseo mi ami-go el tabernero. La verbena no estaba aún en pleno
apogeo y había poca gente en ella, aunque sí una gran abundancia de grupos de
policía, de guardias de asalto y de obreros. El públi-co, el verdadero público
de verbena, se veía claramente que tenía miedo de aglomeraciones.
-El problema más grande -dijo Antonio- son los anarquistas de la
CNT. Son capaces de hacer causa común con la derecha, o al menos abstenerse.
-No digas estupideces.
-No las digo. Pero dime tú a mí quién puede entender que se
declaren en huelga hoy mismo y la emprendan a tiros con la gente de la UGT. Ya
hemos tenido que proteger a algunos compañeros para que pudieran volver a casa
esta tarde; y en la Ciudad Universitaria es peor. Particularmente desde que el
Go-bierno ha sido lo bastante idiota para cerrar sus ateneos. No es que a mí me
gusten los anarquistas, me agradaría suprimirlos a todos, pero de todas formas,
no nos podemos permitir el lujo de que se pasen a los fascistas.
-No tengas miedo. ¿Lo hicieron cuando Asturias? Cuando lle-gue
la hora de los golpes, si es que llega, estarán con nosotros.
-Tú eres un optimista y, además, me temo que tienes una
debi-lidad por los anarquistas. Yo me mantuve firme en mi esperan-za.
Aquella semana se fue pasando en una tensión increíble. El
fu-neral de Calvo Sotelo se convirtió en una demostración de la derecha y
terminó en un tiroteo entre ellos y los guardias de asalto. En las Cortes, Gil
Robles hizo un discurso a la memoria de Calvo Sotelo que fue descrito
oficialmente como una decla-ración de guerra. Prieto pidió a Casares Quiroga
armar a los obreros y el ministro se negó. Las detenciones y las agresiones se
multiplicaban en todos los barrios de Madrid. Los obreros de la construcción
pertenecientes a la UGT siguieron trabajando en la Ciudad Universitaria con la
protección de la policía, porque la CNT seguía sus agresiones contra ellos.
Lujosos automóviles, con sus equipajes cubiertos cuidadosamente para no llamar
la atención, abandonaban la ciudad en gran número por las carre-teras que
conducían al norte. La gente rica comenzaba a mar-charse de Madrid y de España.
El jueves se desataron los rumores. Circulaban las historias más
fantásticas y los periódicos de la noche les daban más fuerza. Oficialmente
nada pasaba en España. No era cierto que se hu-biera sublevado el ejército en
Marruecos, ni que hubiera habido ningún levantamiento militar en el sur de
España. La frase que se usaba para calmar a las gentes era tan equívoca como
los ru-mores en sí: «El Gobierno tiene la situación dominada». Para aumentar
aún el efecto, la radio comenzó a repetir la misma cantilena. Y el efecto,
naturalmente, fue contrario. Si nada pa-saba, ¿por qué tanto nerviosismo?
Exteriormente, Madrid pare-cía estar disfrutando de su veraneo: en el calor
asfixiante, las gentes vivían más en la calle, durante la noche, que en sus
casas caldeadas como hornos. Las terrazas de los cafés, las puertas de bares y
tabernas, los portales de las casas de vecinos, las plazas públicas, todo
estaba abarrotado de público que hablaba, co-mentaba, disputaba y se pasaba de
unos a otros los rumores o las noticias. Aún, a pesar de toda la tensión,
sobrevivía una subcorriente de optimismo vago.
En la noche del viernes -el 17 de julio-, nuestra peña en el bar
de mi casa estaba concurridísima. A las once de la noche, la calle del Ave
María parecía estar desbordada. Los balcones de las casas estaban abiertos de
par en par y las voces de los apara-tos de radio surgían de ellos en tumulto.
Cada bar tenía su alta-voz al máximo. Las gentes, sentadas en los veladores,
sostenían sus conversaciones a gritos. En los portales había grupos de vecinas
charlando y los chiquillos jugaban en bandadas en me-dio de la calle. Pasaban
taxímetros llevando obreros de las mili-cias de vigilancia y sus frenos
chirriaban cada vez que se dete-nían a la puerta de un bar, para cambiar más
noticias y refres-carse con un vaso de algo.
Los altavoces comenzaron a vocear las noticias y la calle se
su-mergió en silencio, escuchando.
-El Gobierno tiene la situación en sus manos.
Era un efecto extraño el oír la frase proclamada en un coro
des-afinado a lo largo de la calle y a diferentes alturas. No había dos voces
que fueran la misma y que hablaran al unísono. Lle-gaban al oído
entrechocándose y repitiéndose unas a otras. Un altavoz en un piso cuarto, allá
al fondo de la calle, se quedó solo y último, gritando en silencio la palabra
«manos».
-En las nuestras tenía que dejarlo -gruñó Fuñi-Fuñi.
-Para que nos pudierais
fusilar a gusto, ¿no? -saltó Manolo.
-Nosotros, los anarquistas, somos tan antifascistas como lo
seáis vosotros, o mejores. Nosotros llevamos luchando por la revolu-ción en
España cerca de un siglo y vosotros habéis empezado ayer. Y ahora, cuando las
cosas están así, seguís mandando a trabajar a los albañiles como un rebaño de
corderos y permitís que el Gobierno os niegue armas.
¿Qué es lo que habéis creído? ¿Que los fascistas os van a subir
el jornal en la Ciudad Universitaria porque habéis sido unos buenos chicos? ¡Ya
estáis frescos! Los albañiles a trabajar y...
-Nosotros lo que tenemos es disciplina. ¿Qué quieres, que les
demos a los otros un pretexto para que puedan decir que somos nosotros los que
se han echado a la calle? Deja a los fascistas que lo hagan, y ya verás lo que
pasa.
-Sí, sí, déjaselo a ellos y ya verás lo que pasa cuando se te
ha-yan metido en casa, mientras tú estás conduciendo el camión cargado de
cemento para sus trabajos públicos.
-Claro, mientras, si vosotros seguís pegando tiros a los
nuestros, los fascistas no se van a meter en casa, supongo. ¡Vaya una lógica la
tuya!
-Lo único lógico sobre todo esto es que vosotros aún no os
ha-béis enterado de que ha llegado la hora de hacer la revolución.
-Naturalmente que no nos hemos enterado. Lo que ha llegado es la
hora de defendernos cuando nos ataquen. Después que los hayamos deshecho por
habernos atacado, entonces podemos hacer la revolución.
-No estoy de acuerdo.
-Muy bien. Seguid matando albañiles.
Al día siguiente, el sábado 18 de julio, el Gobierno anunció
abiertamente que había habido insurrecciones en muchas de las provincias,
aunque reafirmando «tener en la mano la situación». Noticias y rumores, en una
mezcolanza indescriptible, se suce-dían unos a otros: Marruecos estaba en las
manos de Franco; los moros y la Legión Extranjera estaban desembarcando en
Sevi-lla; en Barcelona se batallaba en las calles; en provincias se ha-bía
declarado la huelga general; la marina estaba en manos de los rebeldes -no,
estaba en manos de los marinos que habían tirado al mar a los oficiales-. En la
Ciudad Lineal unos pocos falangistas habían intentado apoderarse de la estación
de radio de la marina, o, según otros rumores, se habían apoderado de los
estudios de cinematografía en la Ciudad Lineal y tenían allí su cuartel
general.
Bajo esta avalancha de informes contradictorios, el pueblo
reaccionó a su manera:
-Dicen que... pero yo no lo creo. ¿Qué pueden hacer cuatro
ge-nerales? En cuanto saquen las tropas a la calle, los mismos sol-dados los
fusilan.
-Bien, a mí me han contado que... pero, me pasa lo que a ti, no
lo creo. Todo son cuentos de viejas. A lo mejor unos cuantos señoritos se han
emborrachado y se han sublevado en Villa Cis-neros.
Villa Cisneros era donde el Gobierno republicano había
depor-tado a los promotores del levantamiento militar de agosto de 1932; una
base militar en la costa oeste de África.
A la caída de la tarde ya no era un rumor, sino un hecho
concre-to y admitido, que se habían sublevado varias guarniciones en las
provincias y que se luchaba en las calles de Barcelona. Pero el Gobierno «tenía
la situación en su mano».
Mi hermano y yo bajamos al bar de Emiliano para tomar café rápidamente.
Nuestros amigos estaban reunidos.
-Sentaos aquí -gritó Manolo.
-No. Nos vamos a la Casa del Pueblo a ver qué se dice allí.
Estábamos a punto de marcharnos, cuando la radio interrumpió la
música y la voz que ya conocíamos bien dijo bruscamente:
-Se ordena a todos los miembros de los sindicatos y grupos
políticos que se darán a continuación que se presenten inmedia-tamente en el
domicilio de su asociación. -El speaker comenzó a detallar sindicatos y
partidos políticos. Enumeró todos los grupos de izquierdas. El bar estaba en
tumulto. Unos pocos sacaron pistolas de sus bolsillos.
-¡Ahora sí va de verdad! Y a mí no me pillan descuidado.
Después de dos minutos el bar estaba vacío. Rafael y yo
regre-samos a casa, a decir a las mujeres que seguramente no aparece-ríamos en
toda la noche, y volvimos a la calle. Fuimos al domi-cilio de la Unión de
Empleados. Allí no hacían más que anotar los nombres de los que se presentaban
y decirnos que esperára-mos. Decidimos marcharnos a la Casa del Pueblo después
de dar nuestro nombre.
Cuando volvimos a encontrarnos en la calle, se me hizo un nu-do
en la garganta.
Muchos miles de trabajadores se encontraban en aquel momen-to en
camino para presentarse en sus sindicatos, y la mayoría de sus organizaciones
tenían el domicilio en la Casa del Pueblo. Desde los distritos más lejanos de
la capital las casas vomitaban hombres, todos marchando en la misma dirección.
En el tejado de la Casa del Pueblo lucía una bombilla roja que era visible
desde todas las buhardillas de Madrid.
Pero la Casa del Pueblo estaba en una calle estrecha y corta,
perdida en un laberinto de calles también cortas y estrechas, y a medida que la
multitud se espesaba se hacía más y más difícil llegar al edificio. Al
principio, muchachos de la juventud socia-lista exigían el carnet a la puerta;
después, en las dos esquinas de la calle. Hacia las diez de la noche estos
centinelas guarda-ban las entradas de las bocacalles a doscientos metros del
edifi-cio y dentro de este radio se apiñaban miles de personas. Todos los
balcones abiertos y cientos de aparatos de radio voceaban las noticias:
Las derechas estaban en abierta insurrección. El Gobierno se
tambaleaba.
Rafael y yo nos sumergimos sin parar en la masa viva de la
mu-chedumbre. Queríamos llegar hasta el cuartito donde la ejecuti-va del
Partido Socialista tenía la oficina. Las escaleras y los pasillos estrechos de
la casa estaban bloqueados. Parecía impo-sible avanzar o retroceder un paso.
Pero los obreros, con sus trajes de trabajo, al ver nuestras ropas,
preguntaban:
-¿Dónde quieres ir, compañero?
-A la ejecutiva.
Se aplastaban contra la pared y nos deslizábamos trabajosamen-te
entre ellos, cuando nos ensordeció un grito tremendo, un rugido:
-¡Armas! ¡Armas!
El grito era recogido y repetido en oleadas. A veces se oía la
palabra completa, la mayoría una cacofonía de aes. De repente la multitud soltó
el grito en un solo ritmo y comenzó a repetir acompasadamente:
-¡Armas! ¡Armas! ¡Armas!
Después del tercer grito hacía una pausa y recomenzaba. El
triple grito rebotaba a lo largo de corredores y escaleras y se ensanchaba en
la calle. Los techos vibrantes dejaban caer una finísima lluvia de polvo. A
través de las ventanas abiertas, con un impacto macizo, llegaba el grito de
cien mil gargantas:
-¡Armas!
La Llama
Capítulo VII
Después de comer me sentía embotado y dormilón, por la co-mida y
por la noche pasada sin dormir. Era agradable descansar con la cabeza sobre los
muslos de María y relajarse como un animal satisfecho, la vista perdida hacia
arriba a las copas de los pinos, a los jirones de cielo azul que se veían a
través de sus ramas. María comenzó a jugar con mis pelos revueltos y a ha-cerme
cosquillas en el cuello. Del fondo de mi cansancio y somnolencia surgió una ola
rápida de deseo. El olor de resina se adhería a la piel. Después nos quedamos
lado a lado, por al-mohada y colchón las agujas de pino amontonadas allí por el
viento.
-Déjame dormir un poquito, ¿quieres? -supliqué.
-No, no quiero. Cuéntame qué pasó anoche.
-No pasó nada. Déjame dormir y luego te lo contaré.
-Pero no quiero que te duermas. Dime qué pasó. ¿Qué quieres que
haga yo si te duermes? ¿Aburrirme contemplando la hier-ba?
-Duérmete un poco también.
-No te dejo dormir. Mira, si quieres nos vamos dando un paseo
hasta el pueblo, despacito, cuando sea un poco más tarde, y nos quedamos por la
noche en la posada. Pero ahora no te dejo dormir.
Nos enzarzamos en una discusión estúpida y sin sentido. Mis
nervios estaban de punta por la excitación de la noche pasada, por la desgana
vaga que siempre me invadía después de un con-tacto sexual, por la visión
borrosa, distorsionada y persistente de lo ocurrido en las últimas veinticuatro
horas, por pura ham-bre de sueño. Me levanté.
-Está bien. Ahora mismo nos vamos a la estación. Yo me vuel-vo a
Madrid; tú, si quieres, vienes, y si no, te quedas.
Descendimos a través del bosque de pinos, silenciosos y con las
caras largas. El escurrirse en la alfombra de agujas de pino es alegre; pero
aquella tarde, cada resbalón en la cuesta se conver-tía en un reniego. El
escurrirnos y encontrarnos sentados de golpe nos ponía furiosos. Y teníamos que
descender del monte por más de una hora hasta que llegáramos al pueblecito en
la hondonada de los cerros.
-Hasta las cinco no hay tren. Vamos a tomar una cerveza.
En el bar había poca gente: cuatro o cinco parejas de
excursio-nistas como nosotros y cuatro guardias civiles jugando a las cartas,
con el correaje suelto y las guerreras desabrochadas. Nos miraron y siguieron
con su partida. Al cabo de unos minutos, uno de ellos se volvió y dijo
paternal:
-Estamos de morros, ¿eh? Bah, no tomarlo en serio.
Un hombre joven que estaba en un rincón se levantó y vino hacia
nosotros. No le había visto, porque su mesa estaba en lo más oscuro del cuarto
y yo aún estaba cegado por el sol.
-¿Qué haces aquí, Barea?
-Pues ya lo ves. Pasando el domingo en el campo. ¿Y tú?
-Yo estoy aquí por un mes o dos, para descansar un poco. Hoy
casi estaba a punto de haberme ido a Madrid, con las cosas que están pasando,
pero la mujer dijo que le parecía una tontería y creo que tiene razón. Unos
pocos gritos por lo de Calvo Sotelo y después, nada. La última noche,
escuchando la radio, sí creía que iba a ser en serio, pero esta mañana comenzó
a venir gente con sus meriendas y sus botas, para pasar el día como todos los
domingos. Igual que tú. Sí, desde luego han venido muchos menos.
-Chico, la verdad, no sé qué decirte. Anoche yo también creía
que la cosa iba en serio. Hoy no sé qué pensar. Estábamos pen-sando, la chica y
yo, pasar la noche aquí, pero hemos tenido bronca y me voy en el tren de las
cinco.
-Quédate.
-¿Para qué? Si estuviera solo me quedaría por charlar un rato
contigo. Pero prefiero marcharme a pasar la noche con una cara de mal humor al
lado en la almohada. Y de todas maneras, es-toy desazonado, con los nervios
tensos...
-Te puedes venir a casa si quieres.
-No, gracias. Me voy a las cinco.
Uno de los guardias civiles nos estaba mirando todo el tiempo.
No me llamó la atención, porque Hernández era conocido como un socialista y en
un pueblecito de la sierra todo el mundo lo sabía. Cada año iba a echar un
remiendo a sus pulmones, que no eran muy fuertes; su trabajo -era impresor-no
era muy bueno para su salud y todos los años alquilaba una cabaña de leñado-res
entre los pinos, para él, la mujer y los chicos.
Cuando María y yo nos levantamos a las cuatro y media para irnos
a la estación, el cabo de la Guardia Civil se levantó de su silla y comenzó a
abotonarse la guerrera. Mientras se abotonaba, me fui a la mesa de Hernández a
decirle adiós.
-¿Te vas de verdad?
-Sí. Anda, vente a Madrid conmigo.
-Me gustaría ir. Pero no voy hasta que no me llamen. Ya saben
dónde estoy. Mientras no me llamen, la cosa no es muy seria.
El cabo de la Guardia Civil había salido delante de nosotros, y
ya en la carretera, se volvió a mí:
-¡La documentación!
Miró dos veces mi cédula personal, que a la vez que es el
do-cumento de identidad muestra también la categoría de los in-gresos del
propietario. Vi claramente que esto le impresionaba y le sorprendía. Se me
quedó mirando dudoso:
-¿Cómo es que conoce usted a Hernández?
-Nos conocemos desde que éramos chiquillos -mentí.
-¿Lleva usted armas?
-No.
-Con su permiso. -Me pasó las manos a lo largo del cuerpo-. Está
bien, pueden ustedes marcharse.
Veinticuatro horas más tarde la Guardia Civil se hizo dueña del
pueblecito serrano. En la madrugada sacaron a Hernández de su cabaña y le
fusilaron en la carretera. Pero esto lo supe -y supe también que seguramente
había escapado yo a un destino seme-jante- algunas semanas más tarde. Aquel
día, María y yo trepa-mos el camino retorcido que lleva a la diminuta estación
de ferrocarril, abroquelados en un silencio moroso.
La línea del ferrocarril corre sobre una cornisa de la sierra
entre dos túneles, y el pueblecillo descansa en el fondo de un circo de cerros
cuajados de pinos. En el fondo del valle, rodeando el pueblo, hay praderas,
donde pastaban unas cuantas vacas. Visto desde lo alto de la estación, le
invadía a uno una honda sensa-ción de paz. Las vacas sentadas rumiaban
perezosas, el aire se movía suave, saturado de esencia de pino, el cielo azul
encen-dido de sol estaba en calma, ausente el viento. Cuando una de las vacas
levantaba la cabeza, el aire transmitía hasta nosotros el sonido suave y claro
de su esquila.
El cantinero de la estación dijo:
-Temprano se vuelven ustedes.
-Sí, pero más tarde el
tren viene atestado de gente.
-¿Y cómo van las cosas en Madrid? -Como si Madrid estuviera a
cientos de kilómetros. Los chiquillos del cantinero, agarrados a su pantalón,
nos miraban con ojos asombrados. Sonreí:
-Un poquillo revuelto.
El tren, un tren que venía de Segovia, llevaba pocos viajeros.
Las gentes que habían ido de Madrid a la Sierra no habían abandonado aún el
placer de la alfombra de agujas de pino. En nuestro compartimento, un
matrimonio ya viejo, provincianos acomodados, nos miraron interrogadores. Al
cabo de un ratito, el hombre me ofreció un cigarrillo:
- ¿Han venido ustedes de Madrid esta mañana?
-Sí, señor.
-¿Estaba la cosa muy revuelta?
-Bueno, más el ruido que las nueces. Como usted ha visto, la
gente ha venido a la Sierra como todos los domingos.
Se volvió a la mujer:
-Ves cómo yo tenía razón. Estas mujeres se asustan en seguida.
Un cambio de gobierno y nada más.
-Tal vez tienes razón. Pero yo no me voy a quedar tranquila
hasta que no esté con Pepe.
¿No le parece a usted? -Se volvió a María en busca de apoyo y
comenzó a contarle acerca de su hijo, que estudiaba en la Uni-versidad y que,
¡Dios nos ampare!, se había metido en la políti-ca con las izquierdas y hasta
estaba en una sociedad que habían fundado.
-Y no hay quien le haga estar quieto.
Las mujeres siguieron charlando y yo me aislé en mi rincón y
comencé a revivir en mi mente los hechos de la noche anterior.
Rafael y yo habíamos conseguido abrirnos paso a través de la
multitud hasta el cuartito en que, al final de un corredor estre-cho, se
encontraba la secretaría del Partido Socialista. Estaban allí Carlos Rubiera,
Margarita Nelken, Puente y tres o cuatro más que conocía sólo de vista,
peleándose con el torrente de gente, con las llamadas telefónicas, con los
gritos y con las no-tas escritas que llegaban hasta ellos, revoloteando de mano
en mano a través de los pasillos. Carlos Rubiera me vio:
-Hola. ¿Qué te trae por aquí?
-He venido a ver si sirvo para algo.
-Mira, has venido a tiempo. Vete ahí con Valencia y ayúdale. -Me
señaló un oficial con uniforme de Ingenieros, que estaba sentado a una mesita-.
Tú, Valencia, aquí hay alguien que te puede ser útil.
Nos estrechamos las manos y Valencia preguntó:
-¿Has estado en el ejército?
-Cuatro años en Marruecos, sargento de Ingenieros. Somos del
mismo cuerpo.
-Bien. Al presente, yo me he hecho cargo del mando aquí.
Te-nemos a Puente con sus muchachos de las milicias y un diluvio de
voluntarios. Lo malo es que no tenemos armas ni municiones y que la mayoría de
los muchachos no han tenido un fusil en las manos en toda su vida. A todos los
hemos metido en el salón de la terraza. Vamos a ver qué dice Puente. -Puente
era el jefe de las milicias socialistas.
Me divertía ver el contraste entre los dos: Valencia era un tipo
perfecto de oficial, delgado y erguido, el uniforme ajustado como un guante.
Una cara larga y ovalada, ojos grises, una nariz recta y fina y una boca
generosa. Debía estar en el principio de los cuarenta. La masa gris de sus
cabellos, hebras negras y blan-cas mezcladas y peinadas hacia atrás en suaves
ondas, daba una seriedad a su cabeza que los ojos alegres y la boca desmentían.
Era imposible no sentir su energía profunda.
Puente, un panadero de profesión, debía ser unos diez años más
joven, aunque su cara, fresca y redonda, hacía difícil afirmar su edad. Pero
las líneas de esta cara eran borrosas y duras. Llevaba un traje dominguero que
no se acoplaba al cuerpo fuerte y sóli-do. Daba la impresión de que estaría
muchísimo mejor en una camiseta sin mangas, exhibiendo los músculos desnudos y
el pecho velludo.
Puente nos condujo a Rafael y a mí, a través de los abarrotados
pasillos y escaleras, hasta el salón-terraza. Allí se podía respirar. Era una
sala de reuniones con ventanas francesas abiertas a una terraza sobre el
edificio. No se había permitido llegar allí a na-die que no perteneciera a las
milicias y no había más que unas cincuenta personas formando grupos. En cada
grupo había uno que tenía un fusil, mientras que todos los otros le metían
prisa para que lo soltara, porque cada uno de ellos lo quería tener en sus
manos un instante, encarárselo y apretar el gatillo, antes de dárselo a otro.
Puente se subió a la tarima, dio unas palmadas y esperó a que todos se
agruparan alrededor:
-Los que no sepan manejar un fusil, ¡a la izquierda! -gritó.
-¿Nos van a dar armas? -gritaron unos cuantos.
-Más tarde. Ahora escuchad. El amigo Barea ha sido sargento en
África. Os va a explicar cómo funciona un fusil. Y vosotros -se volvió al grupo
de la derecha que conocía el manejo del ar-ma-, veniros conmigo. Vamos a
relevar a los compañeros que están en la calle.
Se marchó con ellos y nos quedamos allí, en la plataforma,
Ra-fael y yo, enfrentados con treinta y dos caras curiosas. Pensé si se me
habría olvidado el mecanismo de un Máuser después de doce años. Cogí uno de los
fusiles y comencé a desmontarle en piezas sin decir una palabra. Era un viejo
Máuser de 1886. Mis dedos encontraron instintivamente la vieja práctica. El
tapete rojo de la mesa quedó cubierto en unos momentos de piezas aceitadas.
-Si hay entre vosotros alguno que sea mecánico, que se arrime a
la mesa. -Salieron cinco-. Os voy a explicar cómo ajustan las piezas unas con
otras. A vosotros os va a ser más fácil entender-lo que a los demás; y después,
vosotros lo vais a explicar en grupos de dos o tres, no más. Mientras tanto, mi
hermano y yo vamos a explicar a los demás la teoría de tiro.
Rafael se marchó con ellos a la terraza y yo me quedé con los
mecánicos. Al cabo de media hora los mecánicos estaban en condiciones de
explicar a los otros. Al final, Rafael se quedó con sólo dos que parecían
incapaces de sostener un fusil dere-cho:
-Te ha tocado el pelotón de los torpes -le dije al oído. Me
aso-mé a la barandilla de la terraza.
El piso al otro lado de la calle, a unos diez metros de mí,
tenía los balcones abiertos de par en par y todas las luces encendidas, y podía
ver la escena como si estuviera dentro de las habitacio-nes: una era el
comedor, con una lámpara de cristal con flecos, colgando en medio, sobre la
mesa; la otra, que debía de ser la sala, era similar, con la única diferencia
de que la mesa estaba cubierta con un tapete verde oscuro, con flores bordadas,
y en lugar de simples sillas, las sillas estaban tapizadas y había una butaca,
todo cubierto de fundas grises. Una mujer recogía los restos de la cena de la
primera habitación; en la segunda, el propietario del piso, en mangas de
camisa, estaba apoyado de codos en la barandilla del balcón. En el piso bajo,
igualmente iluminado, la familia estaba alrededor de la mesa terminando la
cena. Al fondo se adivinaban las alcobas. Todo igual, y todo distinto, cada
cuarto con su propia personalidad. Cada uno con la voz de un aparato de radio,
diciendo las mismas frases y la misma música, con un tono distinto. Después,
todos los cuartos de la casa, iluminados, abiertos, gritando sus voces y su
música, todos idénticos, sobre la ola de cabezas de la multitud en la calle. De
esta masa oscura subía una oleada caliente que olía a sudor. Algunas veces, un
soplo de brisa suave dispersaba esta bocanada y por unos momentos la terraza
olía a árboles y flores. El ruido era tan intenso que el edificio vibraba bajo
los pies. Como si estuviera temblando. Cuando la radio interrumpía su música y
los cientos de altavoces gritaban:
«¡Atención! ¡Atención!», se oía caer el silencio sobre la
multi-tud con un murmullo sordo que rodaba sobre las cabezas y que iba a morir
a lo lejos a través de las calles del barrio. Después no se oían más que toses
y carraspeos, hasta que alguien comenta-ba una de las noticias con una broma o
una blasfemia. Una voz enérgica gritaba: «¡Silencio!», y cien voces repetían la
orden, ahogando los demás ruidos por unos segundos. Cuando se ter-minaba la
información, el ruido renacía más ensordecedor que nunca.
A medianoche, el Gobierno había dimitido. Se estaba formando un
nuevo gobierno. Sobre mi cabeza una voz dijo:
-Son todos unos hijos de perra.
Miré hacia arriba. En la cima del tejado ondeaba una bandera
roja, casi invisible contra la oscuridad del cielo. Encima de ella, la luz
roja. De vez en cuando, el ondear de la bandera hundía un pliegue en la luz
roja y el paño se iluminaba como una llama. En un rincón de la terraza, una
escalera de hierro de las llama-das de caracol se elevaba hacia el tejado. En
algún sitio de la cima se iluminaba a veces la brasa de un cigarrillo. Subí por
la escalerilla. En el punto más alto, en una plataforma abierta que dominaba
los tejados, encontré a un muchacho de las milicias.
-¿Qué haces tú aquí?
-Estoy de guardia.
-¿Van a venir por los tejados?
-Puede.
-¿Quién crees tú que va a venir por los tejados?
-Los fascistas, ¿quiénes van a ser?
-Pero desde aquí no se ve nada.
-Sí, ya lo sé. Pero tenemos que tener cuidado. Imagínate lo que
pasaría si nos pillaran por sorpresa.
La plataforma de hierro se elevaba en la oscuridad. Debajo
es-taba la masa del edificio crudamente iluminada. El cielo estaba claro
espolvoreado de estrellas chispeantes, pero no había luna. Alrededor de
nosotros centelleaban los reflejos de las luces de Madrid que iban disolviendo
a lo lejos en la oscuridad. Las lámparas de las casas de los barrios extremos
se cortaban a tra-vés de la noche en hileras paralelas de luces que chispeaban
como las estrellas. El ruido de la calle llegaba a nosotros amor-tiguado por la
masa del edificio.
Sólo veinte escalones, y parecía un nuevo mundo. Dejé los co-dos
sobre la barandilla y me quedé allí un largo rato, inmóvil.
Después nos llamaron para una cena de madrugada. De alguna parte
habían obtenido cordero asado, pan caliente y unas bote-llas de vino para la
guardia. Comimos y charlamos. La multitud estaba de nuevo pidiendo armas.
Puente me dijo:
-Tenemos veinte fusiles y seis cartuchos para cada fusil. Es
to-do lo que hay en casa.
-Pues estamos lucidos.
-Bueno. Ahora se va a arreglar todo definitivamente. Supongo que
darán el Gobierno a los socialistas. De todas maneras, tiene que arreglarse
hoy. Los fascistas están en Valladolid y vienen a Madrid. Pero no digas nada a
los muchachos.
Volví a la terraza mientras Puente inspeccionaba a sus hombres.
La larga espera comenzaba a fatigar a la muchedumbre. Algu-nos, sentados en los
pasillos y en las escaleras, dormían; mu-chos, recostados contra la pared,
cabeceaban. Trepé a la plata-forma y vi llegar el amanecer con un reflujo claro
en el horizon-te.
Los altavoces comenzaron de nuevo:
-¡Atención! ¡Atención! Se ha formado un nuevo Gobierno.
El speaker hizo una pausa y comenzó a leer la lista de nombres.
Las gentes hurgaban en sus bolsillos en busca de un trozo de papel y una punta
de lápiz. Todos los dormidos se habían des-pertado y preguntaban:
-¿Qué ha dicho, qué ha dicho?
El speaker seguía con su letanía de nombres. Era un Gobierno
nacional, dijo; y entonces, el nombre de Sánchez Román rebotó sobre las cabezas
como el de un ministro sin cartera. Fue impo-sible oír más. La multitud estalló
en un rugido:
-¡Traidores! ¡Traidores! -Y sobre las oleadas de insultos y
mal-diciones estalló el grito de «¡Armas!» nuevamente. El rugido crecía y se
extendía infinito. En las escaleras y en los corredo-res, la multitud quería
moverse, levantarse, subir, bajar, hacer algo. El edificio oscilaba como si
fuera a partirse en mil pedazos y hundirse en una nube de polvo.
Estalló un nuevo grito:
-¡A la Puerta del Sol! -La sílaba «sol» restallaba en el aire.
La masa espesa de la calle se movía, se aclaraba. La Casa del Pue-blo derramaba
en la calle un chorro sin fin de gritos.
-¡Sol! ¡Sol! -Todavía restallaba el grito en el aire, pero ya
más lejano. La muchedumbre se había dispersado debajo de mí. La luz del día
llenaba despacio la calle con un resplandor pálido, casi azul. La Casa del
Pueblo estaba vacía. Los primeros rayos del sol nos sorprendieron con Puente y
sus milicianos, solos en la terraza. Sobre los tejados, en su balcón de hierro,
el centinela lanzaba una sombra larga y contorsionada que se tendía en las
tejas.
-¿Qué vamos a hacer? -le pregunté a Puente.
-Esperar órdenes.
Abajo, en la calle, unos pocos grupos discutían acaloradamente y
hasta nosotros llegaban frases sueltas.
-¿No crees que debíamos ir a la Puerta del Sol? -pregunté.
-No. Nuestras órdenes son esperar. Tenemos que mantener la
disciplina.
-Pero no bajo este Gobierno.
Los milicianos se hicieron eco de mis palabras. Uno de ellos se
echó a llorar abiertamente. Le dije a Puente:
-Lo siento, pero no puedo remediarlo. Yo he venido aquí esta
noche por mi propia voluntad para ayudar en lo que pudiera. Estaba dispuesto a
ir a cualquier parte, contigo o con otro, a hacer lo que fuera necesario. Pero
no estoy dispuesto a servir a las órdenes de un Sánchez Román. Tú sabes, tan
bien como yo, lo que quiere decir que él sea un ministro. Quiere decir que este
Gobierno va a tratar de hacer un arreglo con los generales. Me voy. Lo siento.
Nos estrechamos la mano. No fue una cosa fácil. Los milicianos
se volvieron, y algunos de ellos dejaron sus fusiles contra la baranda de la
terraza:
-Nosotros nos vamos también.
Puente comenzó a gritarles y al fin recogieron los fusiles,
menos dos de ellos que marcharon escaleras abajo tras Rafael y yo. Íbamos a
través de la casa vacía. De vez en cuando alguna per-sona se cruzaba en los
pasillos o en las escaleras, como un fan-tasma. Nos bebimos una taza de café
hirviendo en el bar y nos marchamos a la calle. Un barrendero estaba regando
las losas y en el aire colgaba un olor de amanecer lluvioso. Del centro de
Madrid, de la Puerta del Sol, llegaba un clamor inmenso, un mugido sordo que
hacía vibrar el aire y que aumentaba a medi-da que nos acercábamos. En la
esquina de una calle una taberna estaba abierta, a la puerta una mesa con una
cafetera sobre un hornillo de carbón de encina, un barreño lleno de agua,
tazas, vasos y platos y una hilera de botellas. Nos detuvimos para to-mar otra
taza de café y una copa de coñac. La radio en la taber-na interrumpió su
musiquilla:
-¡Atención! ¡Atención! -El tabernero aumentó el volumen del
aparato-. Se ha formado un nuevo Gobierno. El nuevo Go-bierno ha aceptado la
declaración de guerra del fascismo al pueblo español.
Uno de los milicianos que había venido con nosotros desde la
Casa del Pueblo, dijo:
-Ahora está todo bien. ¡Salud! -y se volvió sobre sus pasos,
agregando-: ¡Pero con esos republicanos en el Gobierno nunca sabe uno!
Cuando llegamos a la Puerta del Sol, la muchedumbre se había
dispersado y se comenzaban a abrir los bares. Los grupos, que seguían sus
discusiones en las aceras, fueron entrando en ellos, en busca de un desayuno.
Un sol espléndido brillaba sobre las casas; el día iba a ser caliente. Pasaban
taxis abarrotados de milicianos, muchos de ellos llevando banderas con la
inscrip-ción UHP. Los autobuses de los domingos comenzaban a ali-nearse para
llevar las gentes al campo. Al lado de uno, el cobra-dor voceaba:
-¡Puerta de Hierro! ¡Puerta de Hierro!
Comenzaban a hacer su aparición grupos de muchachos y mu-chachas
y familias completas que trepaban a los autobuses con sus mochilas a la
espalda.
-¡Vaya una nochecita! ¡En cuanto lleguemos al campo, me tum-bo y
no quiero saber más! -exclamó uno, dejándose caer en el asiento.
-Mira -le dije a Rafael-, dile a Aurelia que no voy a ir a casa
hasta esta noche, ya tarde. Cuéntale lo que quieras, dile que tengo que hacer
en el sindicato, lo que te dé la gana. Voy a es-perar a María aquí y me voy a
la Sierra. Ya tengo bastante con lo que ha pasado.
Esto fue lo que pasó en la noche del 18. La noche pasada,
aun-que ahora parecía infinitamente lejos. La conversación de los otros seguía
su zumbido. Yo estaba cansado, disgustado con lo ocurrido durante el día,
disgustado con María, disgustado conmigo, sin ganas de ir a casa y encerrarme
allí, con mi mujer como remate.
Así llegamos a Madrid. Las gentes tomaban los tranvías por
asalto y elegimos ir andando. Volvían los primeros autobuses repletos de
excursionistas al Manzanares. Fuera de la estación se había producido un atasco
en el tráfico y un guardia con cas-co blanco trataba de resolverlo con grandes
gritos, pitadas de su silbato y remolino de manos enguantadas. Había camiones
lle-nos de gentes gritando a pleno pulmón. Un automóvil lujosísi-mo cargado de
maletas trataba de deslizarse silenciosamente en sentido contrario.
-¡Se marchan! ¡Se marchan! ¡Adiós, señoritos! ¡Buen viaje!
-gritaban los camiones convertidos en tribuna. El enorme coche los cruzó en
silencio; la carretera fuera de Madrid estaba libre. Pero los gritos no habían
sido amenazadores, sino burlones; las gentes encontraban divertido el que
alguien escapara de Ma-drid, lleno de miedo.
La alegría no duró más que hasta lo alto de la cuesta de San
Vicente. Allí, piquetes de milicianos pedían la documentación en cada esquina.
La policía había cerrado cada bocacalle que conducía al Palacio Real. Se veía
poca gente y marchando de prisa todos. Pasaban más coches con emblemas de los
partidos pintados en las carrocerías y con la inscripción UHP, que desfi-laban
a gran velocidad. Los transeúntes los saludaban con el puño en alto. Una
columna de humo espesa se elevaba lenta-mente al fondo de la calle de Bailen.
Un aparato de radio, a través de una ventana abierta, nos dijo, al pasar, que
Franco había pedido a Azaña la rendición sin condiciones. El Gobierno
republicano había contestado con una declaración de guerra formal. Unas cuantas
iglesias ardían.
Acompañé a María a su casa y me apresuré a marcharme a la mía.
Las calles alrededor de Antón Martín estaban abarrotadas de
gente y llenas de un humo denso y agrio. Olía por todas partes a madera quemada
y a metal caliente. La iglesia de San Nicolás estaba ardiendo. Vi los
ventanales de la cúpula saltar explosi-vos, y chorros de plomo incandescente
deslizarse por el tejado. La media naranja era una bola gigantesca de fuego
furioso, cru-jiendo y retorciéndose bajo las llamas. Por un instante, el
incen-dio pareció extinguirse y la enorme cúpula se abrió con una grieta roja.
Las gentes se dispersaron gritando:
-¡Se hunde!
Se hundió la cúpula con un chasquido y un golpazo sordo,
tra-gada por las paredes exteriores de la iglesia. De dentro brincó a lo alto
una masa silbante de polvo, cenizas, humo y chispas. De pronto, entre esta nube
de cataclismo, surgió la figura de un bombero en lo alto de una escala que se
balanceaba en el aire, perdido el apoyo de la cúpula; el hombre, en lo alto,
seguía di-rigiendo el chorro de agua de su manga sobre los puestos del mercado
de la calle de Santa Isabel y las paredes del cinema a espaldas de la iglesia.
Era como si Arlequín se hubiera quedado de repente solo en la escena, ridículo
y desnudo. Las gentes aplaudían, no sé si al derrumbamiento de la cúpula o a la
figuri-lla grotesca allá en lo alto. El fuego seguía rugiendo sordamente dentro
de las paredes de piedra.
Entré en la taberna de Serafín. Toda la familia estaba agrupada
en la trastienda, la madre y una de las hermanas completamente histéricas, y la
taberna estaba llena de gente. Serafín corría de los clientes a su madre y
hermana y de éstas a aquéllos, tratan-do de atender a todos, su cara redonda
empapada de sudor, dando, atontado, tropezones a cada paso.
-¡Arturo, Arturo! ¡Esto es terrible! ¿Qué va a pasar aquí? Han
quemado San Nicolás y todas las otras iglesias de Madrid: San Cayetano, San
Lorenzo, San Andrés, la escuela Pía...
-¡Bah! No te apures -interrumpió un parroquiano con pistola a la
cintura y un pañuelo rojo y negro liado al cuello-. Sobran tantas cucarachas.
El nombre de la escuela Pía me había impresionado: mi vieja
escuela estaba ardiendo. Me fui rápidamente, calle del Ave María abajo, y me
encontré a Aurelia y los chicos en la calle, mezclados con los vecinos. Me
recibieron a gritos:
-¿Dónde has estado?
-Trabajando todo el día. ¿Qué es lo que pasa aquí?
Veinte vecinos comenzaron a la vez a darme explicaciones: los
fascistas habían disparado sobre las gentes desde las torres de las iglesias y
las gentes las habían asaltado. Todo estaba ardien-do...
El barrio entero olía a quemado y caía una lluvia finísima de
cenizas. Quería verlo yo mismo.
La iglesia de San Cayetano era una masa de llamas. Cientos de
personas vecinas de las casas adyacentes habían sacado a la calle sus muebles y
los habían amontonado lejos del incendio que amenazaba sus hogares. Guardaban
sus propiedades y con-templaban silenciosas el incendio. Una de las torres
gemelas comenzó a oscilar. La multitud gritó: si la torre caía sobre sus casas,
sería el fin. El bloque de piedra y ladrillo se estrelló en mitad de la calle.
Enfrente de la iglesia de San Lorenzo, una multitud frenética
aullaba y danzaba casi en las mismas llamas.
La escuela Pía estaba
ardiendo por dentro. Parecía como si hubiera sido sacudida por un terremoto. La
larga fachada de la calle del Sombrerete, con sus cien ventanas
correspondientes a las clases y a las celdas de los padres, estaba lamida por
las len-guas de fuego que surgían a través de las rejas. La fachada principal
estaba derruida, una de las torres caída, el atrio de la iglesia demolido. Por
una puertecilla lateral -la entrada de los chicos pobres- bomberos y milicianos
entraban y salían sin ce-sar. El resplandor del fuego interno en el enorme
edificio brilla-ba a través de cada orificio.
Un grupo de milicianos y de guardias de asalto surgió
soste-niendo una camilla improvisada -unas tablas sobre una escalera de mano- y
sobre las tablas, envuelta en mantas, una figurilla de la que sólo era visible
la cara de cera y el mechón de pelo blan-co. Un viejecillo miserable, temblón,
los ojos llenos de terror: mi antiguo maestro, el padre Fulgencio. La multitud
abrió paso en silencio y los hombres le metieron en una ambulancia. Debía tener
entonces más de ochenta años. Una mujeruca gorda dijo detrás de mí:
-Lo siento por el pobre padre Fulgencio. Le he conocido desde
que era una chiquilla. ¡Y pensar que ahora el pobre tiene que pasar por todo
esto! Valía más que se hubiera muerto. El pobre hombre hace ya muchos años que
estaba paralítico. Algunas veces le subían al coro en una silla para que
pudiera tocar el órgano, porque las manos las tenía bien, pero de la cintura
para abajo estaba ya muerto. No sentía ni aunque le pincharan con alfileres. Y,
¿sabe usted?, todo esto ha pasado porque los jesui-tas se hicieron amos de la
escuela. Porque antes, y créame a mí que las sotanas me hacen vomitar, todos
aquí en el barrio que-ríamos a los padres.
-El padre Fulgencio fue mi maestro de química -le dije.
-Entonces usted sabe lo que quiero decir, porque de eso debe de
hacer ya mucho tiempo. Bueno, no quiero decir que es usted un viejo. Pero debe
hacer sus buenos veinte años.
-Veintiséis.
-Ve usted, no estaba tan equivocada. Bueno, como le iba
di-ciendo, hace algunos años, no me acuerdo bien si fue antes o después de la
República, la escuela cambió que no la conocía nadie. - El fuego seguía
crepitando dentro de la iglesia. El edi-ficio no era más que una cáscara
agrietada. La mujer seguía entusiasmada y verbosa-: Los escolapios, ¿sabe
usted?, eran buena gente, y ya le digo que no me gustan las sotanas, pero
fueron y se juntaron a una de esas asociaciones de las escuelas católicas, algo
que lo llamaban así, que todo estaba manejado por los jesuitas. Usted se
acordará cómo era cuando el padre prefecto venía a la plaza de Lavapiés y nos
daba perras y hasta mi madre iba y le besaba la mano. Pero todo esto se acabó
cuando vinieron los jesuitas. ¡Empezaron eso que llaman la ado-ración de Dios!
Se ponían a hacer la instrucción en el patio con fusiles, que todos los veíamos
desde los balcones. Y luego, aunque no lo crea, esta mañana empezaron con una
ametralla-dora en la torre esa que han tirado, y se oía en todo el barrio.
-¿Y han herido a alguien? -pregunté.
-A cuatro o cinco aquí en Mesón de Paredes y en la calle de
Embajadores. Uno se quedó muerto en la acera y a los otros se los llevaron en
seguida.
Me fui a casa profundamente emocionado. Sentía un peso en la
boca del estómago como si quisiera llorar sin poder. Surgían visiones de mi
infancia y tenía la sensación de sentir y de oler cosas que había querido y
cosas que había odiado. Me senté en el balcón de casa sin ver la gente que
pasaba por la calle o que se enracimaba en grupos, hablando a gritos. Traté de
aclarar el conflicto dentro de mí. Me era imposible aplaudir la violencia.
Estaba convencido de que la Iglesia en España era un daño que había que
corregir, pero a la vez me rebelaba contra esta des-trucción estúpida. ¿Qué
habría ocurrido a la biblioteca del cole-gio con sus viejos libros iluminados,
con sus manuscritos úni-cos? ¿Qué habría ocurrido a las salas de física y de
historia na-tural, tan espléndidas, tan escasas en España? ¡Y toda la rique-za
destruida en material de enseñanza! ¿Era posible que estos curas y estos
señoritos de la Falange hubieran sido realmente tan estúpidos como para creer
que el colegio iba a ser una forta-leza contra un pueblo enfurecido?
Había visto demasiado de sus preparaciones para no creer que
habían usado las iglesias y los conventos como almacenes de guerra. Pero a
pesar de ello, odiaba la destrucción, tanto como odiaba a los que habían
llevado al pueblo a ella. Por un momen-to pensé dónde estaría el padre Ayala y
si le satisfacía el resul-tado de su silencioso trabajo.
¿Qué hubiera ocurrido si nuestro antiguo padre prefecto hubiera
abierto de par en par las puertas de la iglesia y del colegio y se hubiera
quedado él allí, bajo el dintel, frente a frente al popula-cho, erguido, con su
cabeza alta, con sus cabellos de plata azo-tados al viento? ¡Oh!, no le
hubieran atacado, estaba seguro.
Más tarde aprendí que esta ilusión mía no era vana: el cura
pá-rroco de la iglesia de la Paloma -la más popular de todo Ma-drid- había
puesto las llaves de la iglesia en manos de las mili-cias, y su iglesia y las
obras de arte que encerraba fueron salva-das y respetadas, aunque demolieron
los santos de cartón pie-dra y se llevaron los candeleros de latón para hacer
cartuchos. Y lo mismo pasó con San Sebastián, con San Ginés y con do-cenas de
otras iglesias que se habían mantenido intactas, algu-nas de ellas en espera de
las bombas que iban a caer.
Pero aquella tarde me sentía agobiado. La lucha estaba
entabla-da, era mi propia lucha, y sin embargo me sentía repelido y frío hasta
el tuétano.
Rafael me llevó al puesto de Antonio en la verbena. Aún seguía
viniendo gente y muchos de los recreos funcionaban. Antonio estaba excitadísimo
y a punto de retirar el tenderete. La guarni-ción del Cuartel de la Montaña
había hecho fuego de ametra-lladora sobre un camión cargado de muchachos de la
juventud socialista que volvían de Puerta de Hierro cantando. La policía había
tendido un cordón alrededor del cuartel que, al parecer, era el cuartel general
de la insurrección en Madrid.
-Tenemos que ir allí -dijo Antonio.
Me negué. Allí no había nada que yo pudiera hacer. Había visto
bastante y estaba muerto de cansancio. Rafael se marchó con Antonio y yo me
volví a casa. Dormí cuatro horas y me desper-té exactamente a las cuatro de la
mañana, cuando ya era com-pletamente de día. En la calle las gentes hablaban y
disputaban. Me vestí y bajé a la calle. En la plaza de Antón Martín estaba
parado un taxi, mientras los hombres bebían leche en la lechería del cuñado de
Serafín. Entré y me bebí dos vasos de leche fría, casi helada.
-¿Adónde vais?
-Al Cuartel de la Montaña. La cosa se está poniendo seria allí.
-Me voy con vosotros.
En la plaza de España, los guardias de asalto detuvieron el
co-che. Me fui andando hacia la calle de Ferraz.
El cuartel, en realidad tres diferentes cuarteles, forma un
edifi-cio inmenso en la cima de un cerro bajo. En su frente hay un ancho glacis
en el cual tiene cabida para ejercicios conjuntos un regimiento. Esta terraza
se une a la calle de Ferraz por una pen-diente rápida en uno de sus extremos, y
en el opuesto se corta bruscamente sobre la estación del ferrocarril del Norte.
Un grueso parapeto de piedra corre a todo lo largo de una pared vertical de
cinco o seis metros, sobre una explanada inferior que separa el cuartel de los
jardines de la calle de Ferraz. Por la par-te posterior, el edificio domina la
ancha avenida del Paseo de Rosales y los campos que rodean la ciudad al
suroeste y al nor-te. El Cuartel de la Montaña es una fortaleza.
De la dirección del cuartel llegaba un crepitar de disparos de
fusil. En la esquina de la plaza de España y la calle de Ferraz un grupo de
guardias de asalto estaba cargando sus carabinas al abrigo de una pared. Entre
los árboles y los bancos del jardín había una multitud de gente tumbada o en
cuclillas. Surgía de ellos una oleada furiosa de tiros y gritos que se
extendían a lo lejos, hacia el cuartel, por otros a quienes yo no podía ver.
De-bía haber un círculo de millares alrededor del edificio. La acera opuesta a
los jardines, batida por las ventanas del cuartel, esta-ba desierta.
Un aeroplano, volando a gran altura, venía hacia el cuartel. La
gente gritaba:
-¡Es uno de los nuestros!
El día antes, el domingo -aquel domingo en que muchos nos hemos
ido al campo, pensando disipada la tormenta-, grupos de oficiales en los dos
aeródromos cercanos a Madrid habían in-tentado sublevarse, pero habían sido
sometidos por fuerzas lea-les.
La máquina voló en una curva amplia y comenzó a descender, hasta
que me fue imposible verla más. Unos momentos después temblaba la tierra y el
aire. Después de dejar caer sus bombas, el avión se alejó. La multitud se
volvió loca de júbilo, muchos de los que estaban en los jardines se enderezaron
manoteando y tirando al aire las gorras. Un hombre estaba haciendo una pirue-ta
cuando se desplomó. El cuartel disparaba, y el tableteo de las ametralladoras
se impuso sobre todos los ruidos.
Un grupo compacto, chillando y gritando, apareció en el otro
extremo de la plaza de España. Cuando el grupo llegó a nuestra esquina, vi que
en medio de él llegaba un camión con un cañón de setenta y cinco milímetros. Un
oficial de asalto comenzó a dar órdenes para descargar el cañón. La gente no
escuchó. Cientos de personas se lanzaron sobre el camión como si fueran a
devorarlo y lo hicieron desaparecer bajo su masa, como desa-parece un trozo de
carne podrida bajo un enjambre de moscas. Y en un momento el cañón estaba en
tierra, sostenido a pulso, por brazos y hombros.
Se enderezó el oficial en lo alto y gritó pidiendo silencio:
-Ahora, tan pronto como yo haya disparado, tenéis que arrastrar
el cañón tan de prisa como podáis, y ponerle allí. -Señalaba el otro extremo de
los jardines-. Pero no os vayáis a matar voso-tros mismos... Tenemos que
hacerles creer que tenemos muchos cañones. Y los que no vayan a ayudar que se
quiten de en me-dio.
Disparó el cañón, y antes de que hubiera terminado su retroceso
la masa de gente lo hacía rodar con estrépito doscientos metros más allá.
Volvió a estallar el cañón y a recomenzar su rodar loco sobre el empedrado,
dejando tras él un reguero de hombres brincando sobre un pie y gritando de
dolor; las ruedas pasaban sobre los pies de los hombres. Una rociada de
ametralladora se estrelló inmediata a nosotros. Me refugié en los jardines y me
dejé caer dentro de un grueso tronco de árbol, justamente al lado de dos
obreros tumbados en el césped.
¿Por qué diablos estaba yo allí y qué pintaba sin una mala arma
en mis manos?
Uno de los dos hombres delante de mí se enderezó sobre sus
hombros. Tenía empuñado con ambas manos un revólver y apo-yaba el cañón contra
el tronco del árbol. Era un revólver anti-guo y enorme, con cañón niquelado y
un punto de mira como una espuela. El tambor con los cartuchos era un bulto
deforme sobre las dos manos agarrotadas en la culata. El hombre arrimó
peligrosamente la cara al arma y tiró trabajosamente del gatillo. Le sacudió
una explosión violenta y una oleada de humo espeso y agrio hizo un halo sobre
su cabeza. Su compañero le sacudió un hombro:
-Ahora déjame tirar un tiro.
La explosión casi me hizo saltar sobre mis pies. Estábamos a
doscientos metros del cuartel y el frente del edificio estaba oculto por la
masa de árboles del jardín. ¿A quién creían estar tirando aquellos dos locos?
El que había disparado se volvió:
-No me da la gana. El revólver es mío. El otro blasfemó:
-¡Déjame tirar un tiro, por tu madre!
-No me da la gana. Ya te lo he dicho. Si me matan, el revólver
es tuyo. Si no, te conformas con mirar.
Se volvió el otro. Tenía una navaja en la mano, la hoja casi tan
grande como un machete, y la levantó sobre el trasero de su amigo:
-¡Déjame el revólver o te pincho! -Y comenzó a clavar la punta
del arma en las carnes del otro. El hombre saltó y chilló:
-¡Tú, que me has pinchado de verdad!
-¡Para que veas! O me dejas el revólver o te hago un agujero.
-Toma, aquí lo tienes. Pero sujétalo bien, porque da coces,
-¿Te crees que soy un idiota?
Como si estuviera siguiendo un rito, el hombre se levantó sobre
sus codos y engarfió la culata con ambas manos, tan ceremonio-sa y
deliberadamente que casi parecía una plegaria. El cañón niquelado se elevaba
lentamente.
-Bueno, ¡acaba ya! -gritó el propietario del revólver. El otro
volvió la cabeza:
-Ahora te esperas, es mi turno. Les tengo que enseñar yo a
es-tos hijos de mala madre. Otra vez nos sacudió la explosión y otra vez nos
hizo carraspear el humo acre que se pegaba a la tierra a nuestro alrededor.
Las explosiones de los morteros y el tableteo de las
ametralla-doras seguían en el cuartel. De cuando en cuando, el cañón rugía a
espaldas nuestras, una bala hacía zumbar el aire y la ex-plosión resonaba en la
distancia. Miré al reloj: las diez. ¡Era imposible!
Se hizo un silencio seguido por una explosión de alaridos. A
través de la confusa batahola se iban formando las palabras:
-¡Se rinden! ¡Bandera blanca!
Los hombres se iban incorporando. Por vez primera me fijé que
había muchas mujeres también. Todos echaron a correr en di-rección al cuartel.
Me arrastraban y corrí con ellos.
Podía ver ahora la doble escalera de piedras en el centro del
parapeto. Era una doble masa negra de gentes vociferando que se empujaban unos
a otros hacia lo alto. En la explanada supe-rior, otra masa densa de seres
humanos bloqueaba la escalera.
Un furioso tableteo de ametralladora cortó el aire. Con un grito
sobrehumano, la multitud trató de dispersarse. El cuartel vomi-taba metralla
por todas sus ventanas. Volvieron a sonar los mor-teros, ahora más cercanos,
con trallazos secos. Duró unos breves minutos, entre la ola de gritos más
horrible que nunca.
¿Quién dio la orden de ataque?
Una masa sólida y viva de cuerpos se movió hacia adelante como
una catapulta, hacia el cuartel, hacia la cuesta de entrada de la calle Ferraz,
hacia la escalera de piedra en la pared, hacia la pared misma. La multitud era
ahora un solo grito. Las ame-tralladoras funcionaban sin cesar.
Y así, en un instante, todos supimos, sin verlo, sin que nadie
nos lo dijera, que el cuartel había sido asaltado. La ola de gritos y de
disparos sonaba ahora dentro del edificio. Las figuras de las ventanas
desaparecían en un instante y otras se veían repasar como relámpagos. En una de
las ventanas apareció un miliciano, que levantó un fusil en alto y lo lanzó
sobre la multitud que respondió con un rugido de alegría salvaje. Me encontraba
su-mergido en una parte de la masa que me llevaba hacia el cuartel. La
explanada estaba sembrada de cuerpos, muchos de ellos retorciéndose y
arrastrándose en su propia sangre. Me encontré de pronto en el patio del
cuartel.
Las tres hileras de galerías que se abren sobre el patio
cuadrado estaban llenas de figuras que corrían, gritaban y gesticulaban,
agitando fusiles en lo alto y llamando con voces inaudibles a sus amigos abajo.
Un grupo perseguía a un soldado que corría alocado de terror, pero sacudiendo
de su lado a todo el que se cruzaba en su camino. Tropezó y cayó. El grupo se
cerró sobre él. Cuando se disolvió, no se veía nada desde donde yo estaba.
En la galería más alta apareció un hombre gigantesco, llevando
en las manos, sostenido en alto, un soldado que agitaba el aire con las
piernas. El gigante gritó:
-¡Allá va eso!
Y lanzó el soldado al espacio. Cayó dando vueltas en el aire
como una muñeca de trapo y se estrelló en las piedras con un golpe sordo. El
gigante levantó los brazos:
-¡Voy por otro! -aulló.
A la puerta del almacén se había formado el grupo mayor. Los
fusiles estaban allí. Uno tras otro surgían milicianos, con su fusil en alto,
casi danzando de entusiasmo. De pronto hubo un nue-vo empujón hacia la puerta
del almacén:
-¡Pistolas! ¡Pistolas!
El almacén comenzó a vomitar cajas negras que pasaban de mano en
mano por encima de las cabezas. Cada caja contenía una pistola Máuser
reglamentaria -Astra calibre 9-, un cargador de repuesto, una baqueta y un
destornillador. En unos momen-tos las piedras del patio estaban salpicadas de
manchones blan-co y negro -porque el interior de las cajas era blanco- y de
pape-les pringosos de grasa. La puerta del almacén seguía escupiendo pistolas.
Se dijo que en el Cuartel de la Montaña había cinco mil pistolas
Astra. No lo sé. Lo que sí sé es que aquel día las cajas vacías, blanco y
negro, salpicaban todas las calles de Madrid. Lo que no se encontró, sin
embargo, fueron municiones para las pisto-las. Los guardias de asalto habían
logrado apoderarse de ellas.
Salí del cuartel. Cuando había sido soldado -un recluta
desti-nado a Marruecos- había estado algunas semanas en aquel mis-mo cuartel.
Hacía dieciséis años.
Eché una ojeada al salir al cuarto de banderas, abierto de par
en par. Estaba lleno de oficiales, todos muertos, yaciendo en una confusión
bárbara, unos con los brazos caídos sobre la mesa, otros sobre el suelo,
algunos sobre el cerco de las ventanas. Al-gunos de ellos eran muchachos, casi
niños.
Fuera, en la explanada, bajo un sol deslumbrante, yacían cientos
de cadáveres. En los jardines todo estaba quieto.
La calle
Capítulo VIII
El martes por la mañana -el día después del asalto del cuartel-
me fui a la oficina y tuve una conferencia con mi jefe, para acordar lo que
íbamos a hacer en aquella situación. Decidimos que la oficina seguiría
funcionando y el personal seguiría vi-niendo por las mañanas, como hasta
entonces. Incluso tratamos de reorganizar el trabajo para el día, pero tuvimos
que dejarlo porque las comunicaciones postales estaban totalmente disloca-das.
Había unos documentos que presentar en el ministerio y decidí ir. Los metí en
una cartera y me marché.
Dos pisos más abajo de nosotros estaba la oficina central de
Petróleos Porto-Pí, S.A., una compañía montada por Juan March después de la
organización del monopolio de petróleo, sin otro fin que reclamar del Estado
compensaciones fantásticas por supuestas propiedades petrolíferas. La puerta
estaba abierta y dentro vi dos milicianos con fusil colgado al hombro y
pisto-las al cinto, revolviendo en los cajones. Uno de ellos se volvió y me
vio.
-Pasa -dijo.
Entré. El miliciano se fue a la puerta y la cerró. Después se
diri-gió a mí:
-¡Hala, pájaro! ¿Qué te trae aquí? -Empuñó la pistola y se
que-dó con ella apuntando al suelo-. Bueno, deja la carterita esa tan mona que
llevas y levanta las manos.
Ni miró si llevaba armas, sino simplemente fue vaciando uno por
uno mis bolsillos sobre una de las mesas. Después, lo prime-ro que le llamó la
atención fue mi cartera personal. Comenzó a mirar uno a uno los papeles que
había dentro. Mientras tanto, el otro miliciano se apoderó de la cartera de
documentos:
-Me parece que os habéis tirado una plancha -dije.
-Tú te callas y hablas cuando te pregunten.
-Bueno. Supongo que se podrá fumar. Ya me diréis cuándo habéis
terminado.
No había encendido el cigarrillo cuando el hombre me puso bajo
la nariz el carnet de la UGT.
-¿De quién es esto?
-Supongo que es mío.
-No me vas a decir, con esa cara, que tú eres uno de los
nues-tros.
-Sí, lo voy a decir. Ahora lo que no sé es si lo vais a creer o
no.
-Yo no me trago cuentos de vieja. ¿Y de quién es esta cédula
personal?
-Supongo que también es mía. Se volvió a su compañero:
-¿No te decía yo que ésta era una buena ratonera? Ya hemos
cogido un pájaro. Fíjate, cédula de cien pesetas, como los mar-queses, y un
carnet de la UGT. ¿Qué te parece a ti?
-Puede ser, aunque me parece un poco difícil. Pero deja eso un
momento y fíjate en lo que he encontrado aquí.
Cuando acabaron de manosear documentos oficiales y tratar de
descifrar los complicados dibujos de una instalación para la producción de aire
líquido, reanudaron su interrogatorio:
-Ahora nos vas a explicar quién eres tú y qué son todos estos
dibujos.
Les di una explicación somera. Me bajaron al portero que estaba
lívido de miedo, pero que les confirmó todo lo que les había dicho.
-Me parece que tenemos que subir a echar una ojeada a esa
ofi-cina.
Subimos en el ascensor y
los metí en el confesonario.
-Y ahora, ¿qué es lo que queréis saber?
-Bueno, queremos saber qué clase de oficina es y qué gente hay
aquí.
-Os los voy a presentar, será lo mejor. -Le dije a María-: Anda,
diles a todos que vengan.
-Tú no te mueves -le dijo uno de ellos y apretó el timbre de mi
mesa. Carlitos, nuestro ordenanza, se presentó.
-¡Hola, chaval! Tú eres el botones, ¿no? Escucha, les vas a
decir a todos los que haya aquí, como si te lo hubiera mandado éste, que
vengan. ¿Tú sabes quién es éste?
-Claro que lo sé. A vosotros os han dado el número cambiado.
Vinieron todos los empleados y formaron en círculo alrededor de
nosotros.
-Ahora puedes hacer las presentaciones -dijo el que había
asu-mido el mando.
-Lo mejor que pueden hacer, para acabar antes, es enseñar su
carnet del sindicato. La única persona aquí que no lo tiene es este señor, que
es uno de los socios de la firma.
Los dos milicianos aceptaron al fin los hechos, aunque
clara-mente se les veían las ganas de registrar la oficina. Antes de marcharse,
nos soltaron su última flecha:
-Está bien, pero volveremos. Este negocio hay que incautarlo. Se
han acabado los patronos, así que tú -dirigiéndose a nuestro jefe- te puedes ir
buscando el coscurro por otra parte.
Se estaba haciendo tarde para llegar al ministerio. La oficina
de patentes se cerraba a la una y no existían taxis. Bajé las escale-ras con
los milicianos. Ahora se volvían amistosos.
-Sabes, chico, con ese traje que llevas como esnob y con la
cé-dula que te traes, pues nos habíamos creído que eras un falan-gista. No te
creas, que llevan también carnets de los sindicatos en el bolsillo. Y luego,
vienes y te cuelas en esa cueva de ladro-nes...
-Estaba mirando porque me chocaba que hubiera alguien den-tro.
Lo peor es que se me ha hecho tarde para ir al ministerio con estos papelotes.
-No te apures; te llevamos nosotros en un vuelo.
Fuera había un automóvil y dos milicianos con pistolas del
Cuartel de la Montaña en el cinto. Cuando nos vieron aparecer, se echaron a
reír:
-¿Habéis hecho pesca?
-No, es uno de los nuestros, que le vamos a llevar a su
ministe-rio.
Aquélla fue mi primera experiencia en un auto incautado, con un
conductor nombrado por su propia y sola autoridad. Arran-camos con un salto
brusco y nos disparamos calle de Alcalá abajo en desafío abierto a todas las
regulaciones del tránsito. Los transeúntes levantaban el puño cerrado y
nosotros todos, incluso el chófer, lo devolvíamos de manera idéntica. El coche
respondía con una curva violenta que el chófer rectificaba con un tirón a la
rueda del volante que producía una curva opuesta que nos lanzaba unos contra
otros. No había nada que hacer, más que esperar el momento en que el coche
desbocado se es-trellara contra otro coche o camión, igualmente loco, de los
que nos cruzaban, desbordantes de milicianos que nos saludaban a gritos, con
sus puños también en alto; o el momento en que nos meteríamos en la acera,
aplastaríamos a dos o tres transeúntes y terminaríamos contra una farola. Pero
no nos pasó nada. Cru-zamos el paseo del Prado a través de un laberinto de
armazones y tablas de las barracas de la verbena, unas abandonadas y otras a
medio desmontar.
Cuando llegamos al ministerio, mis compañeros decidieron que
echarían una mirada, para ver qué era aquello. Ellos no habían vis9to un
ministerio en su vida.
La guardia de asalto no dejaba entrar en el edificio más que a
las personas con pase, y cuando los milicianos comenzaron a subir la amplia
escalera de mármol pegados a mí, un cabo les gritó:
-¿Dónde vais vosotros?
-Vamos con éste.
-¿Van con usted?
-Parece.
-¿Llevan pase?
-No.
-Entonces no pueden entrar. Que llenen una hoja aquí y que
esperen a que les den autorización.
-Bueno, chicos, si os dejan, ya sabéis dónde me encontraréis.
-Me despedí con un sentimiento de triunfo infantil.
En el Registro todo estaba revuelto. Una docena de empleados de
las diferentes agencias de patentes estaban en el salón, pero detrás de las
ventanillas no había nadie. Unos pocos de los em-pleados se habían unido a los
demás en el hall y discutían los últimos sucesos. Uno de los del Registro me
vio y me dijo:
-Si traes algo para nosotros, dámelo y le daré entrada. No es mi
trabajo, pero no ha venido nadie. El único que está ahí es don Pedro.
-Yo creía que hubiera preferido quedarse en casa.
-No le conoces. Anda, ve a verle.
Don Pedro estaba enterrado entre montañas de papeles,
traba-jando febril.
-¡Hola, Barea! ¿Quería usted algo de mí?
-Nada, don Pedro. Saludarle. Me han dicho que estaba usted aquí
y he entrado a darle los buenos días. La verdad es que no esperaba verle hoy
aquí.
-¿Qué quería usted que hiciera? ¿Esconderme? Nunca he hecho daño
a nadie y nunca me he mezclado en política. Naturalmen-te, tengo mis opiniones,
como usted sabe bien, Barea.
-Sí. Sé qué opiniones tiene usted y precisamente ahora me
pare-cen un poco peligrosas.
-Conformes, lo son. Pero si uno tiene la conciencia limpia, no
se tiene miedo. Lo que yo creo que estoy es asombrado y horrori-zado. Estas
gentes no respetan nada. Uno de los sacerdotes de San Ginés vino a casa y allí
está aún, aterrorizado y temblando, haciendo morir de miedo a mi hermana. Y
todas esas iglesias ardiendo... No creo, Barea, que apruebe usted esto, aunque
pertenece a las izquierdas.
-No lo apruebo, pero tampoco apruebo que las iglesias se hayan
convertido en depósitos de armas, ni que los Caballeros Cristia-nos se hayan
reunido para conspirar con pretexto de la adora-ción nocturna.
-Estaban forzados a defenderse.
-También nosotros, don Pedro.
Una vez más nos enzarzamos en discusión, cuidadosos de no herir
uno a otro en sus sentimientos, sin esperanza de llegar a un acuerdo y, sin
embargo, tratando de obrar como si aún las dis-cusiones sirvieran para algo. La
verdad es que no ponía mucho interés en la discusión. Conocía de memoria todos
sus argumen-tos, lo mismo que él conocía los míos. En realidad, estaba
pen-sando del hombre en sí.
Su fe religiosa era fuerte, y su integridad tan completa que no
cabía en su cabeza, ni podía admitir ni aun la posibilidad de que alguien,
profesando la misma fe, tuviera una moral más baja que la suya. Era un hombre
sencillo como un niño, que después de la muerte de sus padres se había
refugiado en una vida casi mo-nacal con sus hermanas. Incluso tenía una capilla
privada en su casa que le mantenía alejado del contacto con las sacristías
donde se hacía política.
Había algo más que yo conocía sobre él: en 1930, un empleado de
una de las oficinas de agentes de patentes había contraído tuberculosis. Ganaba
doscientas pesetas al mes, estaba casado y tenía dos niños. La enfermedad le
confrontó con un problema insoluble: dejar de trabajar o solicitar una cama en
uno de los sanatorios del Estado significaba el hambre para su familia. Siguió
trabajando, mientras la enfermedad se desarrollaba rápi-damente, y llegó un
momento en que le fue imposible ir más a la oficina. Durante tres meses, la
firma en la que estaba emplea-do le pasó el sueldo íntegro; después le
despidió. Los emplea-dos del ministerio y los de otras agencias hicimos
entonces una colecta para ayudarle, y a mí me tocó pedir a los tres jefes de
negociado su contribución. Unos días más tarde, me llamó don Pedro a su
despacho y me mandó cerrar la puerta. Me preguntó cuánto dinero habíamos
recogido, y cuando le dije que cuatro-cientas pesetas, exclamó: «Eso es pan
para hoy y hambre para mañana». Le expliqué que no podíamos hacer lo que
hubiera sido necesario, meterle en un sanatorio y mantener a la familia
mientras se curaba. Don Pedro me dijo que todo estaba arregla-do, incluyendo la
recomendación para el sanatorio, que evitaría todo el trámite legal; él se
encargaría de pagar por ello; y yo iba a decirle a la mujer que entre todos
nosotros habíamos hecho un acuerdo para pagarle doscientas pesetas al mes,
mientras estu-viera en el sanatorio curándose. «Por eso le he llamado a usted,
para que lo arreglemos entre los dos sin que nadie se entere.»
Se arregló como don Pedro quería. El muchacho se curó y ahora
vivía con su familia en el norte de España. Ni él ni su mujer supieron nunca lo
que había pasado. Cuando al muchacho le dieron de alta en el sanatorio, don
Pedro lloró de alegría.
Y ahora, ¿cómo podía yo discutir con este hombre a quien
res-petaba inmensamente, aunque no estuviera conforme con sus ideas políticas?
La discusión languidecía miserablemente. Por fin don Pedro se levantó de la
silla y me alargó la mano:
-Yo no sé lo que va a pasar aquí, Barea, pero pase lo que
pase...
-Si algo le pasa a usted, llámeme. Me marché a la calle.
Las milicias de trabajadores habían ocupado todos los cuarteles
de Madrid y los soldados habían sido licenciados. La policía había arrestado a
cientos de personas. Las noticias de provin-cias eran aún contradictorias.
Después de una batalla encarni-zada, Barcelona había quedado en manos de la
República, así como Valencia. Pero la lista de las provincias en las cuales los
insurrectos habían ganado por sorpresa era larga. Cruzando la plaza de Atocha
iba pensando qué resolución adoptaría el mi-nistro de la Guerra. ¿Una movilización
general? El general Cas-tello estaba considerado como un republicano leal, pero
¿se atrevería a armar al pueblo? ¿Se atrevería el mismo presidente Azaña a
firmar el decreto?
Los milicianos habían tendido un cordón a través de la calle de
Atocha, frente al hospital de San Carlos:
-No se puede pasar, compañero. Están tirando desde la
buhar-dilla. Métete detrás de la esquina. -Se oyó un disparo de fusil. Dos
milicianos en la acera de enfrente contestaron, uno con un Máuser, otro con una
pistola. En el portal de la casa donde yo estaba había un puñado de personas y
dos milicianos más.
-Creo que puedo pasar, arrimado a la pared.
-Como quieras. ¡Allá tú! ¿Llevas documentos?
Le enseñé el carnet de la UGT y me dejó pasar. En el tejado se
entabló un tiroteo. Me mantuve pegado a la pared y me quedé allí cuando cesó.
Del portal de la casa donde se habían oído los disparos salió un grupo de
hombres. Dos de ellos llevaban el cuerpo inerte de un muchacho de unos
dieciséis años. Llevaba la cabeza sangrando, pero iba vivo aún. Se quejaba:
-¡Madre! ¡Madre!...
En las cercanías de la plaza de Antón Martín todo el barrio de
Lavapiés estaba revuelto. En muchos tejados sonaban disparos. Los milicianos
estaban cazando tiradores -«pacos», los llama-ban- sobre los tejados y a través
de las buhardillas. Alguien contaba que en la calle de la Magdalena habían
matado a tres falangistas, pero la gente no mostraba mucha alarma. Hombres,
mujeres y chicos de las casas de vecindad, todos estaban en la calle, todos
mirando a lo alto, todos gritando y chillando.
Una voz fuerte gritó una orden que oí por primera vez:
-¡Cerrad los balcones!
La calle resonó con el golpeteo de las vidrieras de balcones y
ventanas. Algunos se quedaron abiertos y la gente comenzó a señalarlos con el
dedo:
-¡Señora Maña! -gritó alguien, una y otra vez. Al cabo de un
poco se asomó una mujer gorda al balcón-. ¡Cierre usted el bal-cón en seguida!
-La mujer cerró sin decir una palabra.
Las gentes se fueron calmando. Las casas presentaban sus
fa-chadas herméticas. Un chiquillo comenzó a chillar:
-¡Ahí hay una ventana abierta!
A la altura de un piso tercero había una ventana abierta de par
en par, en la que se agitaba lentamente una cortina. Un mili-ciano gruñó:
-¡Cualquier hijo de mala madre nos puede soltar un tiro tras la
cortina!
La cortina seguía flameando indiferente y provocativa. El
mili-ciano se situó en la acera de enfrente, cargó el Máuser y apuntó. Las
madres agarraban chicos y se retiraban del hombre, que se quedó solo en medio
del claro y disparó. Sonó una cascada de cristales rotos. Uno de los milicianos
entró en la casa y salió con una mujeruca, reseca y jorobada por los años, que
ahuecaba una mano sobre una oreja. Los hombres le gritaban:
-¿Quién vive en aquel cuarto, señora Encarna?
Cuando al fin entendió lo que le decían contestó muy seria:
-¡Anda! ¿Y para eso me habéis llamado con tanta prisa? Ésa es la
ventana de la escalera. Los fascistas viven en el primero y malos bichos que
son.
Después de unos segundos, los balcones del primero estaban
abiertos, y un miliciano aparecía en uno de ellos:
-¡Aquí no hay nadie, se han escapado!
Comenzaron a caer del piso muebles y vajilla a través de los
balcones. Abajo las gentes amontonaban los muebles en una pira.
Los altavoces interrumpieron su música -en aquellos días los
aparatos de radio funcionaban día y noche sin parar- y los gru-pos gritaron
pidiendo silencio. Cesó la lluvia de muebles. El Gobierno estaba hablando:
«El Gobierno, a punto de terminar con la sedición criminal
pro-vocada por los militares traidores a su país, pide que el orden, ahora a
punto de ser restablecido, se mantenga enteramente en las manos de la fuerza
pública y de esos elementos de las aso-ciaciones obreras que, sujetas a la
disciplina del Frente Popular, han dado tantas pruebas heroicas de acendrado
patriotismo.
»El Gobierno se da perfecta cuenta de que elementos fascistas, a
despecho de su derrota, tratan de solidarizarse con otros ele-mentos turbios en
un esfuerzo para desacreditar y deshonrar a las fuerzas leales del Gobierno y
al pueblo, mostrando un fervor revolucionario que se traduce en incendios,
vandalismo y sa-queo. El Gobierno ordena a todas sus fuerzas, militares o
civi-les, que contengan estos disturbios donde quiera que se pro-duzcan y que
se dispongan a aplicar la máxima severidad de la ley contra los que cometan
tales ofensas.»
Se quedaron allí los
muebles, desparramados sobre el empe-drado, y los milicianos montaron guardia
alrededor. Las gentes discutiendo acaloradamente en corros mostraban su
optimismo: la insurrección estaba vencida y ahora sabrían las derechas lo que
era gobernar en socialista. La calle sombría, con sus balco-nes cerrados, se
iluminaba ahora y se llenaba de alegría.
A la entrada de la calle de la Magdalena aparecieron tres
ca-miones abarrotados de milicianos en pie que gritaban rítmica-mente:
«¡UHP! ¡UHP! ¡UHP!».
La calle recogió el grito con los puños en alto. Cuando uno de
los camiones se detuvo y los milicianos se apearon, la muche-dumbre los rodeó.
Muchos de ellos llevaban fusil y cartucheras del ejército; había también
algunas mujeres en traje de hombre, con simples «monos» de mecánico.
-¿De dónde venís?
-Hemos tenido un día espléndido, les hemos dado un palizón a los
fascistas que no se les va a olvidar en su vida; venimos de la Sierra, los
fascistas están en Villalba, pero me parece que no les van a quedar riñones
para venir a Madrid. Cuando volvíamos, nos hemos cruzado con muchos soldados
que iban para allá.
-Pero ¿cómo es que os han dejado venir? -preguntó una mujer
hombruna a uno de los milicianos que parecía ser su marido, un albañil por las
huellas en su traje, mediados los cuarenta y un poquito más que alegre.
-¡Anda ésta! Mirad lo que dice. ¿Y quién nos lo iba a impedir?
Cuando hemos visto que pronto se iba a hacer de noche, pues todos hemos dicho
que era hora de venirse a casita a dormir, para que no les diera miedo a las
señoras de estar solas. Algu-nos se han quedado allí, pero ésos lo han sabido
entender, se han llevado la mujer con ellos. Después de la cena las calles
estaban llenas de gente, huyendo del calor de sus casas y discu-tiendo,
optimistas aún, la declaración del Gobierno y el inme-diato fin de la revuelta.
Rafael y yo nos fuimos a recorrer los puntos de reunión más populares del
barrio. Quería ver a la gen-te.
Fuimos primero al Café Cantante de la calle de la Magdalena. Es
un viejo café, famoso en el siglo pasado, cuando por él des-filaban
generaciones de cantaores y bailarines gitanos; sus suce-sores eran ahora
«artistas nacionales y extranjeros» que después del furor del cake-walk, la
rumba y la machicha, practicaban más y más abiertamente la exhibición
pornográfica. Sus precios eran muy baratos y siempre estaba lleno de una masa
de clientes más o menos ingenuos, obreros y empleadillos en su mayor par-te, que
se tomaban un café y se entusiasmaban con el primitivo espectáculo, rodeados de
una corte de prostitutas con sus chu-los en acecho y la policía nunca muy
lejos.
Aquella noche unas doscientas personas bloqueaban la puerta
tratando de entrar. Dos milicianos con el fusil al hombro guar-daban la puerta
y pedían la documentación. Rafael y yo nos empeñamos en entrar y lo conseguimos
sin esfuerzo: el matón que oficiaba de portero y coleccionaba los billetes de
entrada nos saludó con un untuoso:
-¡Salud, camaradas, pasen! -que forzó a la vez a los dos
milicia-nos de guardia a no pedirnos documentos.
Rafael murmuró:
-¡Éste nos ha tomado por dos de la secreta!
El destartalado salón estaba abarrotado de parejas de hombres y
mujeres sudorosos, que se balanceaban y empujaban en un intento fútil de seguir
la música estridente de una banda toda metal y saxofones. Sobre las cabezas se
espesaba una nube azu-lada que el polvo convertía casi en gris. Olía como un
vagón de ovejas a quienes se hubiera rociado con agua de colonia barata.
Hombres y mujeres estaban en su mayoría vestidos con «mo-nos», como si fuera un
uniforme, y de casi todos los cinturones pendía una pistola. Las grandes
pistolas Astra del Cuartel de la Montaña lanzaban reflejos azules de su
pavonado y chispas lívidas de la boca niquelada de los cañones.
Cuando se calló la banda, la multitud aulló por más. La banda
comenzó a tocar el Himno de Riego, el himno nacional de la República. La masa
comenzó a cantar la popular parodia:
Don Simeón tenía tres gatos, les daba de comer en un plato, por
la noche les daba turrón. Vivan los gatos de don Simeón...
Cuando terminó el himno recrudeció el escándalo. La banda se
lanzó a ejecutar una Internacional fantástica, con tambores y platillos y
cencerros de jazz-hand. Se callaron todos, levantaron el puño cerrado y
comenzaron a cantar religiosamente:
Arriba los pobres del mundo, en pie los esclavos sin pan...
Un hombretón sudoroso, con pelo negro rizado y cayéndole sobre
las orejas y el cuello, un pañuelo negro y rojo anudado a la garganta, se
empinó sobre los otros y vociferó:
-¡Viva la FAI!
Al grito de guerra de los anarquistas, pareció por un instante
que aquello se iba a convertir en una batalla campal. El aire se espesó de
insultos. Los pañuelos negros y rojos se agrupaban al fondo de la sala y dedos
nerviosos comenzaron a alargarse ha-cia los cinturones y los bolsillos de
atrás. Las mujeres chillaban como ratas acorraladas y se agarraban a sus
parejas. La Interna-cional se ahogó como si la estrangulara un puño gigante.
Un hombrecillo ridículo, con un absurdo frac de camarero, ha-bía
saltado sobre el tablado de la música y chillaba desespera-damente, mientras el
bombo del jazz detrás de él servía de mar-co para sus contorsiones de simio y
punteaba sus palabras con golpes sordos y retumbantes. Se calló el escándalo un
momento y el hombrecillo se hizo oír con una voz aguda y rasposa:
-¡Camaradas! -debió de pensar que era mejor no hacer uso
úni-camente de esta apelación comunista, porque paró y siguió-: ¡Compañeros!
Aquí hemos venido todos a pasar un buen rato y no olvidemos que todos somos
hermanos en la batalla contra el fascismo, todos somos hermanos trabajadores.
¡UHP!
Se estremeció el salón cuando la multitud repitió las tres
mági-cas letras en un ritmo seco. La banda la emprendió con un fox-trot furioso
y las parejas se lanzaron en un remolino desenfre-nado. Había más sitio para
bailar ahora, muchos se habían mar-chado. Íbamos abriéndonos paso hacia la
puerta Rafael y yo cuando una masa de carnes, desbordante de un mono, se
en-ganchó a mi brazo, con unos pechos opulentos casi a la altura de mis hombros
y una ola de esencia barata asfixiante.
-Anda, salao, págame algo de beber. Estoy seca.
La había visto muchas noches haciendo la carrera en la plaza de
Antón Martín. Me solté el brazo:
-Chica, has llegado tarde. Estábamos mirando por un amigo que no
está aquí y nos tenemos que marchar.
-Me voy con vosotros.
No me atreví a rechazar a la mujer violentamente. Una frase
malintencionada podía desatar fácilmente un ataque de esos milicianos tan temperamentales,
sobre todo con la ropa que ves-tíamos Rafael y yo. La mujer no se separó de
nosotros hasta que llegamos a la plaza de Antón Martín. La metimos en el bar
Zaragoza, le pagamos una cerveza y desapareció absorbida por un grupo delirante
de hombres y mujeres medio borrachos, sal-picado de pistolas y pañuelos rojos y
negros.
Cruzamos la calle y entramos en la taberna de Serafín. La
ta-bernita estaba llena, pero pasamos a la trastienda. Allí las caras eran
familiares.
El viejo señor Paco, el carpintero, estaba allí enjaezado en un
correaje militar completamente nuevo y un fusil entre las rodi-llas, enfrentado
con un auditorio pendiente de sus palabras:
-Como os digo, hemos tenido un día espléndido en la Sierra. Un
verdadero día de campo, como si hubiéramos ido a matar conejos. Cerca de
Villalba, un plantón de los de asalto nos paró en mitad de la carretera y nos
mandó a lo alto de un cerro entre piedras y matas, con un cabo y dos guardias.
La mujer me había hecho una tortilla y Serafín me había llenado la bota por la
ma-ñana, así que todo estaba de primera. Lo peor ha sido que nos hemos tostado
todos, allí entre las piedras y el sol cayendo de plano. Pero ni un fascista ha
asomado las narices y hemos pasa-do un día estupendo. Sonaron algunos tiros
hacia la carretera y una vez me pareció oír una ametralladora muy lejos. El
cabo nos dijo que nos había dejado allí de puesto para que no se nos
es-cabulleran por los barrancos sin verlos, pero a él le habían dicho que la
cosa estaba seria por el lado de Buitrago. Y eso ha sido todo. Hemos comido
espléndidamente, se me ha pelado la nariz con el sol y nos hemos dado el gran
día. La mayoría nos hemos venido por la tarde. El teniente de los guardias
quería que nos quedáramos, pero yo le he dicho que no éramos soldados. Que se
quedaran ellos, que para eso les pagaban.
-¿Vas a volver mañana, Paco?
-A las seis si Dios quiere. Bueno, es un decir, porque este
señor ya no pinta nada.
Había un individuo en el corro a quien yo no había visto nunca.
Olía a gasolina y tenía ojos grises, fríos, y labios delgados. Dijo:
-Mejor lo hemos pasado nosotros. Hemos hecho una limpieza.
-¿Has estado cazando fascistas por los tejados?
-Eso es para los chicos. Nosotros hemos estado despachando
billetes para el otro barrio en la Casa de Campo. Billetes de ida sólo. ¡Como
corderitos! Un tiro en la nuca y en paz. No tene-mos muchas municiones para
gastarlas. -Mientras hablaba, su mano derecha subrayaba con amplios gestos cada
frase. Me corrió un escalofrío a lo largo del espinazo.
-Pero eso ahora es cosa del Gobierno, ¿no? Se me quedó mi-rando
con sus ojos sucios:
-Compañero, el Gobierno somos nosotros.
Mientras íbamos hacia casa, hablamos de él, Rafael y yo. Si esta
clase de gentes se hacían los amos, iba a haber una matanza horrorosa. Había
que esperar que el Gobierno interviniera... Nos miramos uno a otro y nos
callamos.
Cuando llegamos a la esquina y dos milicianos nos pararon para
pedir los documentos, sonó un disparo en el fondo de la calle del Ave María, el
ruido de gritos, carreras, otro tiro y un grito final. Resonaron otra vez las
carreras, alejándose, y la calle se quedó en silencio. Los dos milicianos no
sabían qué hacer. Uno de ellos se volvió a nosotros:
-¿Vamos a ver?
La calle estaba desierta pero se sentía a las gentes cuchichear
detrás de las puertas de los portales. Uno de los milicianos car-gó el fusil y
el otro le imitó. Los cerrojos resonaron estrepitosa-mente. En el fondo de la
calle alguien gritó:
-¡Alto! -y los milicianos respondieron al grito.
Dos sombras arrimadas a la pared se fueron acercando a noso-tros
y avanzamos hacia ellos. Antes de que nos llegáramos a encontrar, vimos al
muerto.
Estaba caído a través del arroyo, un agujerito negro en la
frente, un almohadón de sangre bajo la cabeza. Los dedos crispados de las manos
se contraían convulsivos. El cuerpo dio una sacudida espasmódica y quedó
rígido. Nos inclinamos sobre él, y uno de los milicianos encendió una cerilla y
la aproximó a su boca. La llamita ardió serena iluminando la cara contraída y
los ojos vi-driados. El pañolón negro y rojo, liado al cuello, parecía una
herida más. Era el mismo que había gritado «¡Viva la FAI!» en el café de la
Magdalena.
Uno de los milicianos dijo filósofo:
-Uno menos. -Otro fue a telefonear. Tres montaron guardia
alrededor del cadáver. Los portales comenzaron a abrirse y se fueron
aproximando caras curiosas, discos grises en la penum-bra.
No podía dormir. El calor me sofocaba y a través del balcón
abierto entraban los ruidos de la calle y la música de la radio. Me levanté y
me senté en pijama al balcón.
No podía seguir evadiéndome.
Cuando fui el sábado a la Casa del Pueblo, lo hice porque
que-ría servir en las filas de las formaciones antifascistas en lo que fuera
más útil. Sabía que lo que faltaba y necesitábamos ante todo eran oficiales y
grupos básicos de hombres entrenados, que pudieran dirigir y organizar las
milicias. Estaba dispuesto a presentarme voluntario para un trabajo semejante,
explotando mis odiadas experiencias de Marruecos. Pero cuando Azaña había
nombrado aquel Gobierno de Martínez Barrio con Sán-chez Román como un negociador
discreto, un Gobierno tan claramente marcado para llegar a un acuerdo con los
rebeldes, y cuando el comandante de las milicias socialistas había dicho a sus
hombres que aceptaran aquello con disciplina, mientras las masas rugían con
furia y forzaban al presidente a rectificar den-tro de una hora, me había
sentido incapaz de someterme a esta clase de ciega disciplina política.
Durante tres días con sus noches me había rozado con la masa de
milicianos, de los que se llamaban a sí mismo milicianos y se aceptaban como
tales. Esto era una parodia trágica de una or-ganización militar en la cual yo
no quería tomar parte.
Pero no podía continuar al margen de los acontecimientos.
Sen-tía el deber y tenía la necesidad de hacer algo. El Gobierno ha-bía
declarado que el levantamiento estaba sofocado, pero era evidente que lo
contrario era la verdad. La batalla no había co-menzado aún. Aquello era
guerra, guerra civil, y una revolución. No podía ya terminar hasta que el país
se hubiera convertido en un Estado fascista o en un Estado socialista. No tenía
que elegir entre ellos. La elección estaba para mí hecha durante toda mi vida.
O vencía una revolución socialista, o yo estaría entre los vencidos.
Era obvio que los vencidos, fueran los que fueran, serían
fusila-dos o encerrados en una celda de cárcel. La vida burguesa a la cual
había intentado resignarme y contra la cual había estado luchando entre mí, se
había terminado el 18 de julio de 1936. Me encontrara entre los vencedores o
los vencidos, había em-prendido una nueva vida.
Estaba de acuerdo con la declaración de Prieto en
Informacio-nes: «Aquello era guerra, y una guerra larga».
Una nueva vida significaba esperanza. La revolución, que era la
esperanza de España, era también mi propia esperanza de una vida más llena, más
clara y más lúcida.
Me liberaría de las dos mujeres. En alguna parte sería útil. Me
encerraría a solas con el trabajo que fuera, como tras las mura-llas de una
fortaleza. Porque el Gobierno tendría que tomar las cosas en su mano.
Pero suponiendo que no fuera así, suponiendo que revolución
significaba el derecho de matar impunemente, ¿dónde íbamos a parar? ¿Nos íbamos
a matar unos a otros por una palabra, por un grito, por un ademán? Entonces la
revolución, la esperanza de España, se iba a convertir en la orgía sangrienta
de una minoría brutal. Si el Gobierno era demasiado débil, tenían que ser las
organizaciones políticas las que tomaran el mando y organizaran la lucha.
Indudablemente estaba
bajo la impresión de lo que había visto aquella misma noche en el barrio de
Lavapiés. Había visto la masa de prostitutas, ladrones, chulos y pistoleros en
un frenesí desatado. No era aquélla la masa que había asaltado el Cuartel de la
Montaña, simples cuerpos humanos con un espíritu de lucha, desnudos contra las
ametralladoras. Esto era la espuma de la ciudad. No lucharían, ni llevarían a
cabo ninguna revolu-ción. Lo único que harían sería robar, destruir y matar por
puro placer. Tenía que encontrar a mi pueblo. Esta carroña había que barrerla
antes de que infestara todo. Necesitábamos un ejército. Mañana, hoy, me iría a
ver a Rubiera. Volveríamos a trabajar juntos otra vez, como habíamos hecho años
antes, y haríamos algo útil.
Durante un rato me adormilé en el balcón. Uno de los chicos, en
la alcoba, detrás de mí, comenzó a llorar. Me puse a pensar qué pasaría a mis
hijos. La oficina tendría que interrumpir el trabajo. ¿De qué iba a vivir la
gente sin trabajo? Tenía medios para sostenerme unos meses, pero ¿qué pasaría a
los que el día 18 habían cobrado la última semana de jornal?
Un claxon ladraba impaciente, abajo en la calle. Estaba
amane-ciendo. El chiquillo lloraba más fuerte. La puerta de nuestra casa se
abrió y salió Manolo, el hijo de nuestra portera, con co-rreaje y fusil. Le
llamé:
-¿Dónde vais?
-A la Sierra con éstos. Vamos a tirar unos cuantos tiros.
¿Quie-res venir?
El camino estaba lleno de milicianos en mono azul que ahora era
ya uniforme. Muchos de ellos llevaban la estrella de cinco puntas de los
comunistas. Había tres muchachas.
El camión se marchó calle abajo con sus ocupantes cantando a voz
en cuello. En un piso de abajo se abrió una puerta y llegó hasta mi balcón el
olor de café recién hecho. Me vestí y bajé al bar de Emiliano. El encargado,
que era un hermano de Emili-ano, tenía los ojos enrojecidos, hinchados de
sueño.
-Esto es una vida de perros. Aquí tenía que estar Emiliano y
hacerse él las cosas. Mañana me voy al frente.
Comenzaron a entrar los primeros clientes, el sereno, los
mili-cianos de guardia en la calle, los mozos de la panadería, un chó-fer:
-¡Salud!
-¡Salud!
Una banda de gorriones picoteaba entre las junturas de los
ado-quines y se encaramaba en las buhardillas de los balcones. De uno de los
balcones más altos surgía la clara llamada de una codorniz: ¡Pal-pa-lá!
La calle estaba desierta, inundada de luz y de paz.
La caza del hombre
Capítulo IX
El trabajo en nuestra oficina estaba prácticamente paralizado.
La firma estaba enfrentada con el problema de continuar traba-jando en el
vacío, o cerrar y correr el riesgo de incautación por uno de los comités
obreros. Porque, por aquel entonces, estos comités habían comenzado a
apoderarse de los negocios priva-dos, fábricas y casas de vecinos en todos los
casos en que se sabía que los propietarios simpatizaban con las derechas, o
cuando los propietarios habían abandonado sus oficinas o sus edificios, bien
por ser realmente culpables de conspiración con los rebeldes o simplemente por
miedo. En estas emergencias, los empleados y los obreros formaron comités de
casa que con-tinuaron el trabajo; pero otros comités se formaron también por
los sindicatos e impusieron su control sobre firmas cuyos pro-pietarios eran
sospechosos.
Este movimiento era un acto de autodefensa contra un colapso
económico. Pero se produjeron muchos casos de mala fe y de puro robo, porque el
sistema se desarrolló sin orden ni concier-to. Sin embargo, con todas sus
faltas y todos sus errores, evitó que el hambre estallara en Madrid en una
semana y que surgiera un mercado negro.
Nuestro jefe decidió que mantener el negocio, aun sin producir,
era un mal menor. Al mismo tiempo, parecía que la situación se iba a resolver
por sí sola, por razones ajenas a él: el mismo día 18, un empleado de la
oficina desapareció, sin que ni aun su propia familia supiera dónde estaba.
Otros dos de los emplea-dos, que eran oficiales de la reserva, se presentaron
en el Minis-terio de la Guerra y los destinaron fuera de Madrid. Nuestros dos
empleados alemanes habían desaparecido. Habíamos que-dado tres hombres y cuatro
mujeres, sin contar a Carlitos, el botones, y a mí mismo. Acordamos que la
oficina estaría abierta de diez a doce. No había más dificultades, ya que el
negocio de patentes nada tenía que hacer con la guerra y su única mercan-cía
eran papeles, una cosa que no tenía interés para ninguno de los grupos obreros
que se habían lanzado a incautarse de nego-cios cuyos productos tenían un valor
inmediato.
Mi hermano Rafael estaba al frente del almacén de una gran casa
de perfumería al por mayor. Su jefe era un autócrata inteli-gente odiado por la
totalidad del personal, y dentro de las vein-ticuatro horas siguientes al
asesinato de Calvo Sotelo cruzó la frontera con toda su familia. El personal se
hizo cargo del alma-cén, con el apoyo del Partido Comunista al cual pertenecían
la mayoría de los empleados, y trató de continuar el negocio del que dependía
su vida. Como me sobraba tiempo, iba a menudo allí y observaba cómo se
desarrollaba la nueva organización; pero lo mismo ocurría en centenares de
almacenes y tiendas de Madrid.
Simultáneamente, cada sindicato y cada partido comenzó a
organizar su propia milicia. Fue la época en que surgían batallo-nes de
milicianos con nombres rimbombantes tomados de los cuadernos de novelas de
indios y cow-boys, tales como Los Leones Rojos o Las Águilas Negras.
Fue aquélla también la época de los vales. Cada grupo, cada
batallón, cada sindicato, hacía vales, les estampaba un sello de caucho y los
presentaba a canjear por artículos de comer o be-ber, de uso personal o
material de guerra.
Una mañana, dos milicianos, con el fusil en bandolera y el
pa-ñuelo negro y rojo de los anarquistas atado al cuello, se presen-taron en el
almacén de mi hermano y le alargaron, como encar-gado, un vale que decía:
Vale por:
5.000 máquinas de
afeitar.
5.000 barras de jabón
de afeitar.
100.000 hojas de afeitar
(de buenas marcas).
5.000 botellas de
agua colonia de marca.
10 damajuanas de cincuenta
litros de agua colonia para barberías.
1.000 kilos de jabón
de tocador.
Mi hermano se negó a aceptar el vale:
-Lo siento, pero no os puedo dar lo que pedís. Y a propósito,
¿para quién es todo esto?
-Puedes mirar el sello: para las Milicias Anarquistas del
Círculo de Bellas Artes... ¿Qué quieres tú decir, que no nos vas a dar lo que
pedimos? Bueno, eso es una broma.
-No hay bromas, compañeros. Un vale así yo no lo acepto, co-mo
no lo autorice el Ministerio de la Guerra.
-Está bien. Entonces, vente con nosotros.
El que en aquellos días le llevaran a uno al Círculo de Bellas
Artes suponía correr el riesgo de amanecer a la mañana siguien-te en la Casa de
Campo con un tiro en la nuca. Los dos milicia-nos estaban solos, mientras que
en el almacén había hombres de sobra con una pistola en el bolsillo. Mi hermano
dijo a los dos milicianos que esperaran y llamó por teléfono al Círculo de
Be-llas Artes. Allí no sabían nada del vale y le pidieron a mi her-mano que
llevara a los dos milicianos al Círculo y el vale con ellos. Los llevaron a la
fuerza y resultó que los dos individuos habían intentado un robo en gran
escala. Los anarquistas los fusilaron aquella noche.
Pero los vales corrientes había que aceptarlos, y comenzaron a
amontonarse sobre la mesa de mi hermano papeles mojados que nadie se hacía
responsable de ellos. El único dinero que llegaba a manos del cajero era el
procedente de las órdenes escasas de los comerciantes al por menor que seguían
con su negocio y que, como ya no podían comprar a crédito, mandaban un
mu-chacho con el dinero en mano a comprar algún artículo que no tenían en
existencia y que alguien había pedido; alguien que también hubiera entrado en
la tienda con el dinero en la mano.
La comida comenzó a escasear de una manera alarmante.
Y entonces ocurrió que los mismos sindicatos y grupos que
ha-bían hecho obligatorio el aceptar sus vales, se encontraron con que no
podían rehusar el dar de comer a sus propios miembros. Se habían hecho cargo de
la mayoría de los hoteles, cafés y restaurantes de Madrid y la única solución
era, cuando un miembro del grupo quería una comida, darle un vale en turno y
mandarle a uno de los restaurantes. Pero a medida que sueldos y jornales
comenzaron a desaparecer, el vale de comida se con-virtió en algo más valioso
aún que el dinero.
Al principio las gentes se apretaban en las mesas lo mejor que
podían, después las mesas se alinearon unas a otras en largas hileras y se
convirtieron en mesas comunales. Las gentes se iban sentando a medida que
llegaban, tratando de encontrar un sitio lo más cerca posible de la puerta de
la cocina para que la comi-da llegara aún caliente y no deshecha de hundir el
cazo en los grandes calderos. La comida se distribuía a la una en punto. No se
daba pan y algunos traían en su bolsillo panecillos o trozos de pan que a veces
cambiaban por cigarrillos, también escasos. Mientras duraba la comida, pasaba
una larga fila de mujeres y chiquillos con pucheros que recogían la comida para
las casas. El menú era, invariablemente, arroz, patatas y carne, cocidos
juntos, pero la ración era limitada.
Albacete estaba en las
manos del Gobierno, y como conse-cuencia las comunicaciones con Valencia
estaban aseguradas; Valencia volcaba sobre Madrid arroz y patatas, y los
sindicatos se hacían cargo de estos envíos, cada organización apoderándo-se de
cuanto podía y distribuyéndolo entre los restaurantes co-munales que estaban
bajo su control. Como almacenes comen-zaron a utilizarse las iglesias
desiertas, y el olor a cera e incienso se cambió pronto por el olor de tienda
de comestibles sucia que cada atrio echaba en bocanadas a la calle.
En la oficina de mi hermano el personal se distribuía el dinero
a partes iguales al fin de cada mes y los vales de comida diaria-mente. Pero
sus existencias de género desaparecían rápidamen-te y comenzaron a
desesperarse.
El Gobierno era impotente ante este caos, porque no había un
solo grupo que aceptara sus órdenes.
Los partidos políticos estaban divididos en grupos locales y los
sindicatos en grupos profesionales, así como en grupos locales. Todos estos
grupos centrales y derivados habían montado su centro de alimentación comunal,
con sus propios comedores, aprovisionamiento y almacenes; y habían montado
también su propio batallón de milicianos, su propia policía, su propia pri-sión
con sus ejecutores y su lugar especial para las ejecuciones. Todos, con
excepción de la UGT, hacían propaganda para atraer nuevos miembros. Las paredes
de Madrid estaban cubier-tas de carteles: «¡Afíliate a la CNT!». «¡Ingresa en
el Partido Comunista!» «¡Incorpórate al POUM!» Los republicanos, sim-plemente,
no figuraban para nadie. La gente acudía en masa a los centros de organización,
se hacían introducir por uno o dos miembros y obtenían un carnet.
Los verdaderos fascistas encontraron útil este sistema.
Eligieron los grupos que eran menos rigurosos en sus exigencias e ingresa-ron
en gran número. Algunos pagaron grandes sumas por car-nets con fecha de dos o
tres años antes. Con todo este soporte, los fascistas conducían sus propios
coches y los usaban para salvar a sus amigos y para matar a sus enemigos. Los
criminales se acogieron al mismo procedimiento: formaron su propia «poli-cía» y
se dedicaron con toda impunidad a robar y matar. No había nadie seguro. Las
embajadas y los consulados, después de amparar a sus conciudadanos, comenzaron
a recibir refugia-dos; algunos de estos representantes diplomáticos lo
convirtie-ron en una especie de negocio de hostelería en gran escala y hasta
llegaron a comprar casas para este fin.
Simultáneamente con todo este caos, miseria y cobardía, la otra
cosa que estaba viva detrás de los retumbantes nombres de Los Leones Rojos y
Las Águilas Negras comenzó a tomar forma. Se suprimieron las excursiones de
milicianos a la Sierra y se co-menzaron a establecer posiciones en las
montañas. Oficiales leales se lanzaron a la tarea de construir un ejército.
Cada grupo podía crear los batallones que quisiera, pero las armas, las pocas
armas que existían, estaban ahora en las manos del Ministerio de la Guerra; se
distribuían a las milicias voluntarias, pero, en cambio, éstas tenían que
aceptar el mando del Ministerio de la Guerra si querían existir. Y al mismo
tiempo, los partidos y los sindicatos entablaron una competencia para mostrarse
unos a otros como modelos de disciplina y de valor.
El ejército rebelde, a las órdenes del general Mola, fue
rechaza-do más allá de Villalba; se reconquistó Toledo; se atacó Zara-goza a
través de la provincia de Huesca; se hizo un desembarco en Baleares y se llevó
a cabo un ataque por sorpresa sobre la misma Ceuta. Pero aunque había
entusiasmo de sobra, aún no existía cohesión. El orgullo de cada partido
parecía mucho más fuerte que el sentimiento de defensa común. La victoria de un
batallón anarquista se restregaba en la cara de los comunistas, y la victoria
de una unidad comunista se lamentaba y desvirtuaba por los otros. La derrota de
un batallón se volvía en ridículo para el grupo político a que pertenecía.
Hasta cierto punto esto fortalecía el espíritu de lucha de las unidades
aisladas, pero también creaba un semillero de resentimiento mutuo que
perju-dicaba las operaciones militares en su conjunto y anulaba un mando
unificado.
Me había ido a ver a Antonio, el comunista, y a Rubiera, el
so-cialista. Le dije a Antonio que quería trabajar pero que no que-ría ingresar
en la milicia del Partido; y los líderes de la Unión de Empleados me dijeron
que les podía ayudar en la organización del batallón de empleados. En
desesperación, acepté la tarea. Dudaba mucho de la respuesta de los
trabajadores de cuello planchado.
Nos dieron una casa del barrio de Salamanca que había sido
requisada y que tenía un campo de tenis donde se podía instruir a cincuenta
voluntarios a la vez. La instrucción teórica la dába-mos en el inmenso hall
todo en mármol, sostenido por preten-ciosas columnas dóricas, en el cual
habíamos alineado bancos de una escuela cercana, junto con la tarima del
profesor, un encerado y un mapa de España enormes... El Ministerio de la Guerra
nos dio dos docenas de fusiles y un cargador para cada fusil.
Formé los primeros en un pelotón en el campo de tenis y co-mencé
a explicarles el manejo del fusil. Ante mí tenía una doble fila de caras
anémicas surgiendo de cuellos planchados, aquí y allá una cabeza burda en lo
alto de un blusón de dril o de la guerrera de una librea. La mayoría de los
voluntarios eran em-pleados, pero había algunos ordenanzas y mozos. Unos eran
demasiado jóvenes y otros demasiado viejos. Muchos tenían gafas que les hacían
brillar los ojos y sus caras aparecían nervio-sas.
Después de los dos primeros minutos de instrucción, uno de los
reclutas salió de la fila y dijo:
-Bueno, mira, todo eso que estás contando son historias. Lo
único que necesitamos saber es cómo se tira con un fusil y, lue-go, que nos den
el fusil y nos digan dónde hay que ir. Aquí no hemos venido a jugar a los
soldados como en el cuartel.
Suspendí la instrucción y los llevé a todos al hall. Me subí a
la plataforma:
-Bueno, mirad. Todos queréis un fusil y todos queréis ir al
fren-te para empezar a dispararlo cuanto antes y matar fascistas. Pe-ro ninguno
queréis aprender un poco de instrucción militar. Muy bien, vamos a suponer que
ahora mismo os doy un fusil a cada uno, os meto en un par de camiones y os
planto en un pico de la Sierra, enfrente del ejército de Mola, con sus
oficiales y sargentos que están acostumbrados a mandar y con sus solda-dos que
están acostumbrados a obedecer órdenes y que saben lo que cada orden significa.
¿Qué haríais? Supongo que cada uno comenzaría a pegar tiros y manejárselas como
mejor le pa-reciera. ¿Es que creéis que los hombres con quienes os vais a
enfrentar son conejos? Y aun suponiendo que fuerais a cazar conejos, no me vais
a negar que para ir una partida de diez o doce, es necesario saber lo que se
hace para no acabar matándo-se unos a otros.
Volvimos al campo de tenis y continuamos la instrucción. Pero
las interrupciones eran constantes:
-Estamos perdiendo el tiempo -exclamaba uno-, todos sabemos cómo
tirarse al suelo cuando hace falta.
Ocurría lo mismo con cada nueva tanda de voluntarios. A pesar de
todo, poco a poco comenzó a formarse una unidad, aunque aún no teníamos más que
las dos docenas de rifles que pasaban de pelotón a pelotón. Fue el principio
del batallón La Pluma.
Durante aquellos días, Ángel, prácticamente, vivía en mi piso.
Desde que se marchó su mujer, ayudaba a Aurelia en la casa, con los chicos o
con la compra, igual que lo había hecho en las primeras semanas. Conocía tanta
gente en el barrio, en el que había nacido y vivido, que siempre encontraba
algo para comer. Un día apareció empujando un carrito de mano con dos sacos de
patatas y seguido por una cola de mujeres. Se paró a la puer-ta de casa y
comenzó a gritar:
-Ponerse en cola, ¡todas!
Las mujeres se alinearon obedientes y Ángel sacó, como por arte
de magia, un peso:
-Ahora, un kilo para cada una y ¡tener cuidado vosotras de que
nadie se meta dos veces en la cola!
Cuando desaparecieron las patatas del primer saco, Ángel abrió
el segundo y miró a lo largo de la interminable cola:
-Bueno, muchachas, a mí también me hacen falta patatas. Éstas
son para mí. -Pesó diez kilos y los puso en el primer saco. -Y ahora, vamos a
terminar las que quedan, hasta donde lleguen.
Ángel se iba por las patatas al mercado de los Mataderos, don-de
se descargaban los trenes de aprovisionamiento. Con su charla viva, se hizo
amigo de los encargados de distribuir las patatas a los verduleros
establecidos.
-Yo también soy un verdulero, aunque venda en la calle -decía.
Era con lo que se ganaba la vida, y la gente de Lavapiés tenía
también derecho a comer patatas.
-Mira, compañero. Ahora mismo le estás dando patatas a un
frutero del barrio de Salamanca para que pueda dar de comer a los señoritos y a
los fascistas; y a mí, ¿no me vas a dar dos sa-cos?
Un día, los anarquistas en la calle de la Encomienda intentaron
apoderarse de los dos sacos de patatas, pero las mujeres se amo-tinaron contra
ellos y el final fue que Ángel obtuvo la protec-ción de los anarquistas.
Después llegaron los días en que ni aun Ángel encontraba
pata-tas, por la sencilla razón de que no llegaban más patatas a Ma-drid.
Aurelia se llevó un día los niños a casa de sus padres para quedarse allí.
Cuando iba a salir de casa, sin saber qué hacer, Ángel me dijo:
-Si quiere usted, véngase conmigo a casa.
Le acompañé a la calle de Jesús y María. La calle empieza en la
plaza del Progreso, con una serie de casas para gente algo aco-modada y en los
primeros cincuenta metros sus habitantes son pequeños comerciantes, altos
empleados y obreros especializa-dos. En toda esta extensión la calle está
pavimentada con ado-quines de pórfido perfectamente colocados; pero allí
termina y cambia su fisonomía: el empedrado se convierte en canto re-dondo, las
casas son escuálidas y raquíticas y la gente que vive allí son simples
jornaleros y prostitutas de lo más bajo. Las mu-jeres se pasan el día en el
umbral de las puertas llamando a los transeúntes y llenando la calle con sus
querellas frecuentes.
Ángel vivía en el piso bajo en una pequeña casa de vecinos,
incrustada entre los prostíbulos. Su piso era una simple habita-ción grande y
destartalada, convertida en comedor, alcoba y cocina por unos simples tabiques
de panderete. En la alcoba no había más que una cama de matrimonio y una
mesilla de noche; el comedor estaba idénticamente desnudo; la cocina tenía el
tamaño de la alcoba. La luz y el aire entraban allí a través de la puerta y de
una ventana enrejada, ambas abiertas a un patio de cuatro metros cuadrados, en
el que había un retrete para los dos inquilinos del piso y bajo una fuente para
todos los inquilinos de la casa. El cuarto, abandonado ahora, olía a moho y
orines. Esperé, mientras Ángel se cambiaba de ropa en la alcoba.
De pronto, una explosión bamboleó la casa. Ángel salió
peleán-dose con la americana. Fuera, en la calle, sonaban alaridos y carreras
de gentes que huían despavoridas. A unos cuantos me-tros de la casa, varias
mujeres yacían en el suelo gritando. Una de ellas se arrastraba sobre un
vientre del que desbordaban las entrañas. Las paredes de las casas y los
adoquines de la calle estaban salpicados de sangre. Ahora, todos corríamos
hacia los caídos.
En el último edificio de la parte ancha de la calle había una
clí-nica de la Gota de Leche, para asistir a las embarazadas. A aquella hora
había una larga cola de mujeres, muchas de ellas llevando un niño, que
esperaban la distribución diaria de leche. Unos metros más abajo, las
prostitutas ejercitaban el comercio. Una bomba había caído en medio de la calle
y sus cascos ha-bían rociado por igual a las embarazadas y a las prostitutas.
Una mujer se enderezó sobre un muñón sangriento que había sido un brazo, dio un
grito y se dejó caer pesadamente. Inmediato a mí había un montón revuelto de
faldas y enaguas, entre las que sobresalía una pierna doblada en un ángulo
absurdo sobre el vientre hinchado. Se me fue la cabeza y me puse a vomitar en
medio de la calle. Un miliciano al lado mío blasfemó y comenzó a vomitar;
comenzó a temblar y estalló de pronto en carcajadas. Alguien me dio un vaso
lleno de coñac que bebí automática-mente. Ángel había desaparecido. Ahora
algunos hombres se afanaban en recoger a los heridos y los muertos y meterlos a
toda prisa en la clínica. Un hombre asomó la cabeza en la puerta de la clínica,
una cabeza de pelo blanco y gafas sobre una blusa blanca roja de sangre, pateó
y gritó:
-¡No hay sitio para más! ¡Llevarlos a la calle de la Encomienda!
De la plaza del Progreso llegaban también gritos. Ángel estaba a
mi lado sin que yo supiera de dónde había surgido, con el traje y las manos
manchados de sangre.
-¡En la plaza del Progreso ha caído otra bomba!
Llegaban grupos de gente corriendo calle abajo en franca huida,
y pares de hombres llevando entre ellos un cuerpo, y mujeres con un chico en
brazos gritando y llorando. No veía más que brazos y piernas y manchas de
sangre en remolinos y la calle giraba ante mis ojos.
-¡A Encomienda, a Encomienda! ¡Allí han tirado otra!
El remolino de brazos y piernas, envuelto en gritos, desapareció
por la calle de la Esgrima.
Volvimos a la casa de Ángel y nos lavamos. Ángel se mudó otra
vez. Cuando salimos de la casa, los vecinos nos contaron que un aeroplano había
volado bajo sobre Madrid desde el sur al norte, regando de bombas el camino.
Había dejado un rastro de sangre desde la Puerta de Toledo a Cuatro Caminos.
Por accidente o porque el piloto se guiara él mismo por los espacios abiertos
entre las calles, la mayoría de las bombas habían caído en las plazas públicas
y muchos chiquillos habían sido las vícti-mas.
Esto fue el 7 de agosto de 1936. Aquella tarde y aquella noche,
los fascistas recomenzaron a disparar desde balcones y buhardi-llas. Se
hicieron centenares de detenciones y aquella noche se ejecutó en masa a los
sospechosos.
Cuando fui a casa por la tarde me encontré una llamada de
An-tonio. El radio estaba organizando piquetes para pintar aquella misma noche
todos los faroles con color azul y organizar la su-presión de luces que
pudieran servir de guía a los aviones. Fui-mos los tres, Rafael, Ángel y yo.
Trabajábamos en pequeños grupos, cada grupo protegido por dos milicianos
armados; pero era casi imposible organizar la supresión de luces en Madrid en
el mes de agosto. Las casas cerradas eran asfixiantes y en los lugares públicos
era imposible estar con los cierres echados. Hubo que llegar a un compromiso.
Las habitaciones con balcón o ventana se quedarían a oscuras y las únicas
habitaciones alumbradas serían las interiores, y esto sólo con velas. Las
gen-tes se echaron a la calle como todas las noches, pero eran casi invisibles
en la oscuridad, masas negras sin forma, de las que salían voces y a intervalos
las chispas cegadoras de un encen-dedor, o la brasa roja de un cigarrillo que
delineaba un grupo de cabezas.
Llegaron algunos camiones llevando milicianos procedentes de la
Sierra y del frente de Toledo y lanzaron sus faros sobre la multitud; las
gentes aparecían lívidas y como desnudas. Se alzó un grito unánime:
-¡Apagad los faros! -Chirriaron los frenos y los camiones
des-cendieron despacio entre el ruido de sillas arrastradas y algunos botijos
rotos. La luz roja de la trasera de los camiones brillaba como ojos malignos
inyectados de sangre. En la oscuridad pa-recía como si monstruos de pesadilla
se deslizaran, prontos a saltar.
A medianoche todo el barrio estaba sumergido en completa
oscuridad. En la calle de la Primavera nos detuvimos bajo un farol que había
sido olvidado. Uno de nosotros gateó, mientras otro le alargaba una brocha
empapada en azul. Sonó un disparo y una bala se estrelló contra la pared detrás
del farol. Alguien había disparado contra nosotros desde una de las casas de
en-frente. Los que tomaban el fresco en la calle se retiraron a toda prisa al
abrigo de los portales. Hicimos salir a todos los inquili-nos de las cuatro
casas de donde el disparo podía haber salido. El portero y los vecinos los iban
identificando. Separamos de los otros los que habían estado en la calle y
comenzaron a regis-trar cada piso. Todos los inquilinos querían venir y
acompañar-nos a sus casas; todos querían aparecer inocentes y al mismo tiempo
tenían miedo de que cualquier extraño se hubiera refu-giado en su domicilio.
Buscamos a través de buhardillas y de desvanes llenos de telarañas y muebles
viejos, subimos y baja-mos escaleras, nos llenamos de polvo y suciedad, nos
golpea-mos contra vigas o nos hicimos rotos con viejos clavos. A las cuatro
habíamos terminado; estábamos sucios y dormidos, era de día y no habíamos
encontrado el «paco». Alguien trajo una jarra llena de café hirviendo y una
botella de aguardiente. Be-bimos con ansia.
Uno de ellos dijo:
-Este pájaro ha salvado el pellejo.
Como si fuera una respuesta, Ángel exclamó:
-Vámonos a Mataderos a ver los que han liquidado esta noche.
Al principio me negué a ir, pero de pronto accedí. Era más
fácil. Le di a Ángel un puñetazo en el costado y le dije:
-Eres un animal, sobre todo después de las escenas de ayer.
-Precisamente. Vamos, y se le va a quitar el amargor de boca de
los chiquillos despanzurrados ayer. ¿Se acuerda usted de la mujer preñada con
la pierna doblada sobre el ombligo? Pues aún estaba viva y parió en la clínica.
Después se murió. Parió un chico. Y ahora nadie la conoce en el barrio, ni
saben quién es...
Las ejecuciones habían atraído mucho más público del que yo
hubiera imaginado. Había familias enteras con sus chicos, exci-tados y aún
llenos de sueño. Milicianos cogidos del brazo de muchachas, novias o mujeres, y
bandadas de chiquillos. Todos yendo Paseo de las Delicias abajo, todos en la
misma dirección. A la entrada del mercado y de los Mataderos, en la Glorieta,
se agolpaba un verdadero gentío. Mientras carros y camiones car-gados de
legumbres iban y venían, piquetes de milicianos se mezclaban con los curiosos y
pedían la documentación a quien se les antojaba.
Detrás de los Mataderos había una larga pared de ladrillo y una
avenida con arbolillos resecos, no agarrados aún en la tierra arenosa, bajo el
sol despiadado. La avenida corría a lo largo del río y el paisaje era árido y
frío con la desnudez del canal de cemento, de la arena y de los parches de
hierba seca, amarilla.
Los cadáveres yacían entre los arbolillos. Los curiosos iban de
uno a otro y hacían observaciones humorísticas; un comentario piadoso hubiera
provocado sospechas.
Había esperado los cadáveres y su vista no me impresionó. Ha-bía
unos veinte, ninguno profanado. Había visto cosas peores en Marruecos y el día
antes. Pero me impresionó terriblemente la brutalidad colectiva y la cobardía
de los espectadores.
Llegaron los camiones de la limpieza del Ayuntamiento de Ma-drid
que venían a recoger los cuerpos. Uno de los chóferes dijo:
-Ahora vamos a regar esto y lo vamos a dejar como la patena para
el baile de esta noche. -Se echó a reír, pero sonaba a mie-do.
Alguien nos dejó montar en un coche hasta Antón Martín y nos
fuimos a desayunar al bar de Emiliano. Sebastián, el portero del número siete,
estaba allí con un fusil arrimado a la pared.
Cuando nos vio, dejó el vaso de café sobre el platillo y
comen-zó a explicar con gestos extravagantes:
-¡Vaya una noche! Estoy reventado. ¡Once me he cargado hoy!
Ángel le preguntó:
-¿Qué has estado haciendo? ¿De dónde vienes?
-De la Pradera de San Isidro. He estado allí con los compañeros
del sindicato y nos hemos llevado unos cuantos fascistas con nosotros. Luego
han venido otros amigos de otros grupos y les hemos echado una mano para acabar
antes. Creo que hemos suprimido más de ciento esta vez.
Se me contrajo la boca del estómago. Aquí había alguien a quien
yo conocía casi desde que era niño. Le conocía como un hombre alegre y
trabajador, enamorado de sus chiquillos y de los chiquillos de los demás;
seguramente un poco rudo, con pocas luces, pero honrado y decente. Y aquí
estaba convertido en un asesino.
-Pero, Sebastián, ¿quién le ha metido a usted en semejante
co-sa? -Empleé intencionalmente el «usted» en lugar del «tú» que todos
usábamos.
Me miró con los ojos llenos de vergüenza:
-Pues, mire usted, don Arturo... -no se atrevió a hablarme como
me había hablado durante veinte años-, no va usted a empezar con
sentimentalidades. Al menos así lo espero. Tenemos que acabar con todos esos
cerdos fascistas.
-No es eso lo que le pregunto, Sebastián. Lo que le pregunto es
¿quién lo ha metido a hacer esas cosas?
-Nadie.
-Entonces, ¿por qué las está usted haciendo?
-Bueno, alguien tiene que hacerlas, ¿no? No dije nada, y
co-menzó a tartamudear:
-La verdad es... la verdad es, para decirle la verdad en
confian-za, es así: ¿usted sabe? Hace un año o cosa así, eché a trabajar con
una recomendación de la CEDA que me había dado el ca-sero. Y como después de
las elecciones de febrero ya no me hacía falta la recomendación, pues volví al
sindicato, claro. Los compañeros todos me tomaban el pelo porque había
perteneci-do a la CEDA, y decían que me había vuelto un reaccionario y otras
cosas. Y así, un día, pues se llevaban a unos fascistas para darles el paseo y
fue uno y dijo: «Tú, Sebastián, tú que siempre andas hablando de matar
fascistas, vente con nosotros, ahora tienes la ocasión». Y se puede usted
imaginar el resto, estaba entre la espada y la pared, porque era lo uno o lo
otro, o yo me cargaba a uno de esos pobres diablos o los compañeros se me
echaban encima y a lo mejor me daban el paseo a mí. Desde entonces he seguido
yendo y cuando hay algo que hacer, pues me avisan... -Se interrumpió, se quedó
pensativo y movió la cabeza lentamente-: Lo peor de todo, sabe usted, es que
acaba uno tomándole gusto.
Se quedó callado, con la cabeza gacha. Era repugnante y
lasti-moso. El hermano de Emiliano se bebió de un golpe un vaso de coñac y
blasfemó. Yo solté otra palabrota.
Después dije:
-Sebastián, le he conocido toda mi vida y siempre me ha
mere-cido usted respeto. Pero ahora le digo, y puede denunciarme si quiere, que
en mi vida volveré a cruzar la palabra con usted.
Sebastián levantó los ojos de un perro azotado, llenos de agua.
El hermano de Emiliano blasfemó de nuevo y estrelló el vaso de coñac contra el mostrador:
-¡A la calle! ¡Fuera de aquí!
Se marchó trompicando, los hombros hundidos. Ninguno vol-vió a
verle más. Días más tarde supimos que se había ido al frente. Le mataron de un
balazo, en una buhardilla, frente al Alcázar de Toledo.
Aquella misma mañana, hacia las once, vino a verme a la oficina
una mujer de media edad, enlutada. Venía llorosa y agitada:
-Soy la hermana de don Pedro. Le han arrestado esta mañana. He
venido a verle a usted, porque me ha dicho que tratara de verle si le pasaba
algo... No sé dónde le han llevado. Lo único que sé es que los hombres que
vinieron por él eran comunistas y se lo llevaron en un coche.
Me fui a ver a Antonio y le expliqué el caso. Me dijo:
-Si yo estuviera en tu pellejo, no me metería en ese asunto. Por
lo que tú me cuentas es un derechista, y todo el mundo lo sabe. Así que ni Dios
le puede ayudar.
-Mira, si no se le puede salvar, mala suerte, pero hay que
inten-tarlo, y me tienes que ayudar tú.
-Te ayudaré a encontrarlo si es verdad que le han detenido los
nuestros, pero yo no me meto en nada más. Tengo ya bastantes quebraderos con
esa cuestión.
Encontramos en qué tribunal estaba don Pedro y nos fuimos allí
juntos. Nos dejaron ver la denuncia. Quien la hubiera escrito, conocía el
ministerio bien; describía en gran detalle cómo don Pedro había obrado el día
del asesinato de Calvo Sotelo, expli-caba su religiosidad y que tenía una
capilla en su casa y termi-naba afirmando que allí había un cura escondido.
Después agregaba, como una posdata, que era un hombre rico y que po-seía una
colección de monedas que valía mucho dinero.
-Como ves, camarada, no hay nada que hacer. Todo esto es verdad
-me dijo el que me había enseñado los papeles-. Mañana le damos el paseo.
Tomé una bocanada honda de aire y dije:
-Le acusáis de pertenecer a las derechas. Es verdad. Es verdad
también que es un católico ferviente y un hombre rico, si es que esto es
delito, y que tiene una colección de monedas de oro. Pero nada de esto creo que
es un crimen.
-No lo es. Sabemos que el fulano que le ha denunciado es un hijo
de mala madre y que ha puesto eso de la colección para hacernos ir por él. Pero
no te apures. Le podremos dar un paseo, pero no somos ladrones.
-Lo sé, y si no, no estaría trabajando con vosotros. Pero
enton-ces, como ves, lo único que queda en la denuncia es la historia de que
tiene un cura oculto en su casa. No me extraña. Le creo capaz de esconderme a
mí si los fascistas anduvieran buscán-dome. Pero dime, ¿es que el cura ese está
mezclado en la rebe-lión?
-¡Puah! No lo creo. Es un cura de San Ginés que le ha dado
pánico y se ha metido en un agujero como un conejo, pero no creo que el hombre
valga ya para nada, tiene más de setenta años y no puede con la sotana.
-Entonces tienes que admitir que no era ningún crimen
escon-derle. Y ahora voy a contarte yo otra cosa que ese hombre, a quien vais a
dar el paseo, ha hecho. -Y le conté la historia de don Pedro y el muchacho
tísico-. Como ves, sería un crimen fusilar a un hombre semejante -terminé.
A don Pedro le pusieron
en libertad aquella tarde. Me fui a ver a Antonio para decírselo.
-Lo sabía ya. Y tú no puedes figurarte las cosas que me han
preguntado sobre ti. Tampoco parece que han podido encontrar nada contra el
viejo y le han soltado. Es una lástima que no podamos investigar cada caso así,
pero es imposible, ¡créeme!
Se calló y después de un largo silencio dijo:
-¿Tú sabes que yo actúo como defensor en uno de esos
tribuna-les? Vente conmigo esta tarde como si fueras un testigo. Tene-mos media
docena de casos para resolver hoy. Personalmente, yo creo que el Gobierno debía
tener la mano en todo esto. El día de las bombas no hubo ni tribunales, se
fusiló a todos los que se detuvo. No había quien escuchara razones. Lo mismo
que pasó en Badajoz cuando cogieron los fascistas y fusilaron en la plaza de
toros a todo el que cogieron. Antes todavía se podían arreglar algunos casos,
pero se va haciendo más difícil cada día. Lo peor de este trabajo que yo he
cogido es que a la larga empiezan a sospechar de ti por defender a los otros y
tra-tar de que las cosas se hagan decentemente. Al final, creo que no voy a ir,
y allá hagan ellos lo que les dé la gana.
Me llevó a una de las iglesias más populares de Madrid, que se
había convertido en una prisión y un tribunal. El tribunal se había instalado
en la rectoría y la prisión en la cripta. La iglesia se abría a una calle
estrecha y sucia, pero la rectoría, a espaldas de la iglesia, estaba embebida
entre dos edificios modernos en una de las grandes calles de la ciudad.
Entramos por una puer-tecilla estrecha y seguimos a lo largo de un pasillo
interminable con techo, piso y paredes de piedra, oscuro, negro, húmedo y
opresivo. El pasillo torcía en ángulo recto y de pronto nos en-contramos frente
a un amplio patio, embaldosado, con dos al-fombras de césped bien cuidado en el
centro e hileras de tiestos de flores a lo largo de las paredes. Frente a
nosotros estaba el ventanal policromado de la pared posterior de la iglesia. El
sol se estrellaba sobre el mosaico de cristales montados en la arma-dura de
plomo y la vidriera estaba llena de destellos de luz. Chispas de azul, verde,
rojo y púrpura caían sobre las losas, la hierba y las paredes del patio, y la
piedra se moteaba de verde y la hierba de rojos. A medida que andábamos, cada
cristal nos lanzaba a los ojos en turno su propio color en toda su pureza.
Había una vieja parra que cubría la pared de la rectoría cuajada de hojas
verdes y de uvas verde dorado; y había una bandada de gorriones que brincaba
desvergonzadamente ante nuestros pies.
El miliciano de guardia estaba sentado en una silla de lona a la
sombra, fumando y mirando los pájaros.
Subimos Antonio y yo una escalera estrecha y nos encontramos en
una habitación que debió haber sido el despacho del párroco. Cerca del balcón
había un misal abierto sobre un alto atril. La mitad de su página estaba
cubierta por una inmensa Q rodeada de arabescos dorados. El libro estaba
impreso en una vieja letra, pero las iniciales de cada capítulo y de cada
versículo estaban pintadas a mano, las de los capítulos con oro, las de los
versícu-los solamente en rojo. A mi espalda una voz dijo:
-Se prohíbe llevarse el misal.
Un miliciano estaba sentado en un sillón tapizado, tras una
me-sa vieja y sólida cubierta con un paño verde. Era un muchacho de unos
veintitrés años con hombros anchos, una sonrisa amplia y dientes grandes,
blancos como leche.
-Tú no sabes cuántos golosos tiene el misal ese. Pero ahí hace
bonito, ¿no? Uno de nuestros camaradas sabe cantar misa y a veces lo hace para
nosotros.
Mientras charlábamos entró otro, un hombre de unos cuarenta años
con un fiero bigote, dientes negros y roídos y unos ojos grises chispeantes. Su
«¡salud!» sonó más como el gruñido de un perro que como un saludo, e
inmediatamente comenzó a jurar, mostrando una riqueza inagotable de blasfemias.
Cuando hubo desahogado su mal humor, se dejó caer en una silla y se nos quedó
mirando.
-Bueno -dijo al cabo-, hoy nos cargamos a todos los fascistas
que tenemos aquí. Es una lástima que no sean más que media docena; hoy me
gustaría tener seis docenas.
-¿Qué mosca te ha picado hoy, Manitas? -preguntó el miliciano
joven.
Miré las manos del hombre. Eran enormes, con dedos nudosos y
uñas anchas, largas como palas, ribeteadas de negro.
-Me puedes llamar Manitas y lo que te dé la gana, pero si cojo
yo hoy a uno de esos perros sarnosos y le pego una bofetada, le descuajo la
cabeza. ¿Tú sabes a quién hemos encontrado hoy en la pradera cuando nos
estábamos contando? A Lucio, el leche-ro, tan frío como su abuelo. Le habían
pegado un tiro en la nuca que le había salido por la nuez. Os podéis imaginar
la que se ha armado. Uno de los camaradas más antiguos convertido en fiambre
bajo nuestras narices; le habían metido en la boca una de esas pelotas de goma
de los chicos para que no pudiera hacer chistes. Y por todo lo que sabemos,
seguramente nosotros mis-mos nos lo hemos cargado, porque habíamos estado
ayudando a otros camaradas a despachar su lote. Alguien nos está toman-do el
pelo. Con que nos fuimos a ver a la madre de Lucio y nos dijo que ayer por la
tarde le habían venido a buscar unos cama-radas en un coche del Partido y que
no había vuelto. Nos debió de ver algo en la cara, porque se empeñó en que le
teníamos que contar lo que había pasado. Hubo que decírselo y... bueno, de esto
no quiero hablar más. Ahora tenemos que avisar a todos los camaradas para que
estén sobreaviso y no se dejen coger en la trampa y tenemos que ver si los
cogemos nosotros a ellos. Y aquí, ¿qué ha habido?
-Tres nuevos.
-No es mucho. Bueno, cuando queráis, nos metemos con los de hoy.
El miliciano joven, Manitas y un tercero, serio y taciturno, se
constituyeron ellos mismos en Tribunal del Pueblo, con Antonio como defensor.
Dos milicianos trajeron el primer prisionero, un muchacho de veintidós años, la
ropa de buen corte llena de polvo y telarañas y los párpados enrojecidos.
-¡Acércate, pajarito, que no te vamos a comer! -bromeó Mani-tas.
El miliciano en el sillón sacó una lista del cajón de la mesa y
leyó en voz alta el nombre y las circunstancias del acusado; pertenecía a la
Falange, varios camaradas le habían visto ven-diendo periódicos falangistas y
en dos ocasiones había tomado parte en riñas callejeras. Cuando le habían
arrestado encontra-ron sobre él una matraca de plomo, una pistola y un carnet
de la Falange.
-¿Tienes algo que decir en tu defensa? -preguntó el que hacía de
juez.
-Nada. Me habéis cogido, mala suerte. -Y el prisionero se
vol-vió a encerrar en su silencio desdeñoso, la cabeza caída, frotán-dose las
manos una contra otra. El Manitas se echó adelante en su silla:
-Está bien. Llevárosle y traeros otro.
El que trajeron después era un hombre con el cabello gris, en el
borde de los cincuenta, con la cara contraída por el miedo. An-tes de que el
juez comenzara a hablar, dijo.
-A mí me vais a matar, pero yo soy un hombre honrado. He
trabajado toda mi vida y todo lo que tengo me lo he ganado con mi propio
trabajo. Yo no me he mezclado nunca en política.
El Manitas se levantó de la silla con un movimiento amenaza-dor
y por un momento creí que iba a pegar al hombre:
-Tú te callas, ¡perro sarnoso!
El juez buscó entre los papeles. Junto con ellos había una
carte-ra de la que se apoderó Antonio, vaciándola de su contenido. El juez
dijo:
-Estáte quieto, Manitas... Mira, tú. Aquí no matamos a nadie si
no es necesario. Pero tienes que explicar unas cuantas cosas, porque aquí
tenemos una denuncia concreta. Lo primero que dice es que tú eres un carca.
-Soy un católico, pero eso no es un crimen. También hay curas
que son republicanos.
-Sí, es verdad, hay algunos, aunque yo no me fiaría de ellos ni
la uña del dedo. Pero la denuncia dice también que tú has dado dinero a la
CEDA.
-Eso es una mentira.
-Tercero: uno de tus sobrinos viene a menudo a tu casa y es un
falangista y uno de los peores.
-No lo voy a negar. Pero ¿qué tengo yo que ver con ello? ¿No
tenéis ninguno de vosotros un pariente que sea de derechas?
Antonio, mientras, había estado mirando y comparando papeles de
la cartera. Me hizo una seña para que me pusiera a su lado, mientras el acusado
explicaba que tenía una tienda en la Con-cepción Jerónima, que él nunca había
salido de su tienda, que nunca se había metido en política...
Antonio me alargó silenciosamente dos papeles, uno la denun-cia,
el otro un pagaré por diez mil pesetas, vencido hacía ya meses.
-La misma letra -susurré, y Antonio afirmó con la cabeza.
-Por esto es por lo que quería que miraras. -Se volvió e
inte-rrumpió el chorro de palabras del prisionero-: Vamos a ver. Ex-plícame qué
es esto. -Y le alargó el pagaré.
-Pero esto no tiene nada que explicar, ni tiene nada que ver con
política. Le he prestado el dinero a un viejo amigo mío que es-taba en un
apuro. Esperaba que se hubiera arreglado, pero no ha servido de nada, es un
tarambana y simplemente se gastó el dinero. Y ya ni me acordaba de ello. Así,
se ha quedado olvi-dado en la cartera con otros papeles viejos.
-Tenemos que comprobar esto. ¿Dónde vive tu amigo? - Cuan-do dio
las señas, Antonio dijo a los dos milicianos que se lo llevaran. Después puso
los dos papeles encima de la mesa, lado al lado-: Tenemos que aclarar esta
historia. Hay que traer en seguida a este fulano. Ya sabéis que yo estoy en
contra de las denuncias anónimas. Si alguien tiene algo que denunciar, que se
presente y que lo diga cara a cara. Y no que lo que estamos ha-ciendo es
matando gente que no ha hecho nada o que son sim-plemente unos beatos o unos
idiotas.
El juez aprobó, mientras Manitas murmuraba algo. Para dar tiempo
a que trajeran al denunciante, siguieron con los demás prisioneros. Después
llegaron dos milicianos conduciendo entre ellos al hombre cuya dirección había
dado el detenido. Era jo-ven aún, delgado, con cara cansada, los pies y las
manos tem-blonas. Antonio le puso debajo de los ojos la denuncia:
-Tú has escrito esto, ¿no? El hombre tartamudeó:
-Sí... sí... Porque yo soy un buen republicano, uno de
vosotros... -Se le afirmó un poco la voz--. Y ese hombre es un fascista
pe-ligroso, camaradas.
-Oye, tú, aquí no somos camaradas, ni cosa que se lo parezca. A
mí me han dado a mamar mejor leche que a ti -gruñó Manitas.
Antonio desdobló el pagaré y preguntó:
-Y este papel aquí, «camarada», ¿nos quieres explicar qué es?
El hombre no pudo responder. Temblaba y le castañeteaban los
dientes. Antonio mandó por el prisionero y esperó hasta que los dos estuvieron
frente a frente. Entonces dijo:
-Bueno, aquí tienes al que te ha denunciado.
-¿Tú, Juan? ¿Por qué? ¿Qué tienes tú contra mí? Tú tampoco te
mezclas en política. Y yo he sido para ti como un padre. Aquí tiene que haber
un error, señores... Pero, a ver, déjame ver... pero es tu letra... -De repente
gritó, sacudiendo al otro por un brazo-:
¡Contesta!
El denunciante levantó la cara lívida con labios morados que
temblaban sin dejarle articular palabra. El otro soltó su brazo y se nos quedó
mirando. Nadie dijo una palabra. Entonces se levantó Manitas y dejó caer su
mano sobre el hombro del de-nunciante, que brincó, y dijo:
-Te la has liado, amigo.
-¿Qué van ustedes a hacer con él? --preguntó el prisionero.
-¿Con éste? Nada, meterle una bala en los sesos, nada más - dijo
Manitas-. El cerdo este debe de tener la sangre más negra que la sotana del
cura. -Y señaló con un pulgar sucio hacia la sotana de seda colgada detrás de
la puerta.
El juez se levantó:
-Bueno, ahora que esto está claro, usted está libre. Éste se
que-da aquí...
-Pero ustedes no le pueden matar por esto. Después de todo es a
mí a quien ha denunciado, y yo le perdono, para que Dios me perdone.
-Esto es cuenta nuestra; no se preocupe.
-No, no. Es cuenta mía. Yo no me puedo marchar de aquí hasta que
no me prometan ustedes que no le va a pasar nada.
-Bueno, mira -interrumpió Manitas-, no seas imbécil y lárgate de
aquí más que a prisa. Nos has pillado en la hora tonta y no hagas que nos
arrepintamos y os demos el paseo a los dos. ¡Eh, vosotros! ¡Llevaros a éste y
encerrarle abajo!
Los dos milicianos se llevaron al denunciante, pero el hombre a
quien había denunciado se negaba a marcharse. Imploró y su-plicó ante el
tribunal y al final se dejó caer de rodillas sobre la alfombra:
-Lo pido, caballeros, por sus propias madres, por sus hijos,
¡por lo que más quieran en el mundo! Me remordería la conciencia toda mi vida.
-Este fulano debe ir al teatro más a menudo de lo que conviene
-chilló Manitas y le cogió de un codo, levantándole sin ningún esfuerzo-:
¡Hala!, arrea y vete a casa y si quieres te vas a rezar paternosters pero
déjanos en paz. ¡Se acabó!
Me asomé al balcón y vi al hombre tomar la calle arriba
tamba-leándose. Varias personas de las casas vecinas se quedaron mi-rándole;
después miraban la puerta de la rectoría y cuchichea-ban entre ellas. Una mujer
ya vieja le gritó:
-Te has salvado por un pelo, ¿eh?
El hombre la miró vacilante, en verdad, como un borracho.
El sexto prisionero era un comerciante de carbones domiciliado
en la misma calle. Un hombre primitivo con una fuerza física tremenda y con una
cara brutal, congestionada. El juez le gritó:
-Con que tú has estado pagando dinero a Gil Robles, a la CE-DA,
¿eh?
-¿Quién, yo? -El carbonero abrió sus ojos enlegañados-. ¡Anda!,
¿para eso me habéis traído aquí? Yo no tengo nada que ver con ese granuja. A mí
me han metido aquí porque alguno me quiere mal, pero yo no tengo nada que ver
con esos piojosos. Yo soy un republicano viejo, por estas cruces -y estampó un
beso sono-ro sobre los dos pulgares cruzados. El juez puso un recibo sobre la
mesa:
-Entonces esto, ¿qué es?
El carbonero cogió el papel entre sus dedazos y comenzó a
de-letrear trabajosamente:
-«Confederación Española de Derechas Autónomas. CEDA.» ¿Qué
diablos es esto?
«Diez pesetas.» -Se nos quedó mirando idiotamente con la boca
abierta-. Pues no sé qué decir. Resulta que los he gastado. Pero para decir
verdad, pues, un pobre fulano como yo, no sabe mu-cho de libros y esas cosas y,
pues, cuando he visto esos sellos y lo de «Confederación», pues me he dicho:
«El seguro». Y aho-ra resulta que estos ladrones me han sacado dos duros del
bolsi-llo, y encima me han metido en todo este lío.
-Tú te das cuenta de que te podemos dar el paseo por dar dine-ro
a la CEDA.
-¡Anda, Dios! Pero ¿cuántas veces os voy a decir la misma co-sa?
¡Vosotros estáis peor de la cabeza!
El Manitas le dio un medio en un costado que le hizo volverse y
encararse furioso con él:
-Tú, mírame a los ojos y contesta: ¿sabías o no sabías que ese
dinero era para la CEDA?
-Otra vez. Pero ¿cómo lo voy a repetir? Si os lo digo yo, es
co-mo el Evangelio. Me han robado esos dos duros, tan seguro como mi nombre es
Pedro. ¡Y así permita Dios se lo gasten en médico y botica!
-Tú hablas mucho de Dios -gruñó el Manitas.
-Según se tercia, muchacho. Es bueno tenerle a mano, unas ve-ces
para decirle algo feo y otras veces por si ayuda un poco.
Cuando le dijeron al carbonero que estaba libre, replicó:
-Bueno, eso ya lo sabía yo. La parienta se quedó llorando como
una Magdalena cuando me echasteis mano, pero yo le dije que no se apurara, que
a mí no me ibais a dar el paseo. Todo el ba-rrio me conoce hace veinte años y
ninguno os va a decir que me ha visto rozarme con los curas. Y fui el primero
que votó por la República. Bueno, chicos, no os apuréis, todos metemos la pata
de vez en cuando. ¡Hala, veniros conmigo y bebemos un vaso abajo!
Le oímos bajar, haciendo crujir la escalera bajo sus zapatones.
-Esto es todo por hoy -dijo el juez.
-Hoy me la habéis jugado de puño. De seis, se han escapado dos.
Pero al menos nos ha quedado el soplón ese. Esta noche le voy a arreglar yo las
cuentas -dijo el Manitas. Antonio y yo bajamos a la nave de la iglesia, una
gran nave de piedra que nos envolvió en frescura. La luz formaba charcos de
sombra oscura y destellos de colores sobre las baldosas. Alguien estaba
can-tando flamenco en lo alto, hundido en la oscuridad; se oía el tintinear del
metal. Un miliciano encaramado en el altar mayor iba recogiendo candelabros y
echándolos a otro miliciano situa-do al pie del altar; éste los dejaba caer en
un montón informe de ornamentos de metal.
-Esto es para hacer cartuchos -me dijo Antonio.
La madera de los altares estaba desnuda y los altares aparecían
descarnados. Las imágenes mutiladas, tiradas por tierra, habían perdido su
respetabilidad. Viejas estatuas de madera, apolilla-das, mostraban caras
desnarigadas. De algunos trajes de colori-nes surgía la estopa impregnada de
escayola. De la barandilla dorada frente al altar mayor pendía un cepillo de
limosnas, la tapa cerrada por un grueso candado, la caja deshecha a
marti-llazos. Un Niño Jesús se erguía sobre uno de los últimos escalo-nes del altar,
pero el Niño no era más de una bola azul celeste con un par de pies diminutos
encima que se prolongaban en dos palos desnudos, para sostener una cabeza de
chiquillo rubio, hecha en cartón piedra, los ojos de cristal azules. De otro
palo, unido al primero, surgía una manita regordeta y rosada, el pul-gar
doblado sobre la palma, los otros cuatro dedos elevados en signo de bendición.
La túnica había desaparecido, pero alguien había colgado en el armazón de palo
una vieja gabardina y ha-bía convertido la imagen en un espantapájaros, con la
rubia ca-beza infantil caída a un lado, sonriendo bobamente.
-Ponle un cigarrillo en la boca, para que parezca un buen
prole-tario -dijo el miliciano que estaba al pie del altar-. ¡Imagínate las
perras que les han sacado a las beatas, con la ayuda del angeli-to! Pero si una
de ellas le hubiera levantado las faldas y se hu-biera encontrado los palos de
escoba se hubiera desmayado. ¿No te parece?
Pensé en toda la
escenografía de la iglesia de San Martín, co-mo yo la había visto cuando niño:
la imagen del santo sacada de su nicho en la víspera de su festividad; el
paisaje rural del fondo con su cerco de bombillas, sostenido contra tablas y
cajas de pescado vacías prestadas por el pescadero de la calle de la Luna; el
cura renegando del olor de pescado, mientras las bea-tas de turno cubrían estas
cajas con trapos y sábanas en la sa-cristía; la gran cortina carmesí, ribeteada
de cordones dorados, elevada de una cuerda sobre el altar mayor y disimulando
cui-dadosamente en sus pliegues dos agujeros que los ratones ha-bían roído en
el curso de los años. Y el desmontar de todo el escenario al final de la
novena, en una lluvia de polvo y telara-ñas, mientras el santo reposaba en el
suelo como un maniquí desnudo en un escaparate vacío.
Poco a poco iba reconociendo las piezas del escenario en la
iglesia saqueada. Allí estaban las escalerillas de pino, apolillado ya, que
habían sostenido las velas de los votos. El sagrario abierto con la pintura
desconchada como cuarto desalquilado de una casa diminuta. Olía a cera rancia y
a madera podrida. El espacio vacío tras la hornacina dorada donde había estado
el Niño Jesús, estaba festoneado de telarañas.
Pero por encima de toda aquella chatarra surgían inaccesibles
las columnas de piedra sosteniendo las bóvedas inmensas, oscu-ro todo por el
humo y los años. El órgano se elevaba como un castillo a través de la nave y el
crucero. Y la última luz de la tarde se filtraba por la cristalería de la
linterna allá en lo alto de la cúpula.
La amenaza
Capítulo X
El batallón La Pluma, el batallón de los chupatintas, estaba
or-ganizado; tenía sus oficiales y sus cuadros que absorbían los nuevos
reclutas; no tenía aún ni armas ni equipo. Gregorio, uno de mis compañeros de
oficina, fue convertido en capitán, prin-cipalmente por su experiencia en
entendérselas con empleados del ministerio, lo cual le hacía especialmente apto
para enten-dérselas con los oficiales del Ministerio de la Guerra. Allí arriba
iba día tras día, para volver siempre con las manos vacías y que-jarse de que
sólo los anarquistas conseguían sacar armas de los depósitos del ministerio,
porque llamaban a los oficiales «fascis-tas y traidores» y los amenazaban con
darles el paseo si no les daban armas.
Mi propio trabajo como organizador e instructor estaba
termi-nado. El par de horas en la oficina se había convertido en una visita de
rutina. Odiaba el estar dando vueltas por Madrid sin hacer nada, como otros
muchos millares, levantando un puño cerrado cuando pasaba un camión cargado de
milicianos gri-tando «¡Viva tal!» o «¡Muera cual!» con la multitud que
salu-daba el paso del cadáver de un miliciano caído, envuelto en un paño rojo;
y teniendo miedo constante de un error, de una de-nuncia o de un «paco».
En la taberna de Serafín estábamos un día hablando de un ami-go
que había caído en el frente de Toledo. Serafín me preguntó si le conocía.
-Desde que yo era así de alto -dije, y levanté la mano estirada
para indicar la altura de un muchacho. Dos minutos más tarde entraron dos
milicianos armados, seguidos de un hombrecillo que me señaló a ellos. Los
milicianos me agarraron de los brazos y dijeron:
-¡Echa p'alante!
Tuve suerte de que estaba rodeado de gentes que me conocían de
toda la vida. En el curso de las explicaciones resultó que el hombrecillo me
había denunciado por haber hecho el saludo falangista.
Una mañana, Navarro, nuestro dibujante, vino a buscarme con la
cara descompuesta. Habían arrestado a sus dos hijos y los habían llevado al
Círculo de Bellas Artes; el más joven había vuelto a casa a medianoche, puesto
en libertad porque aún no tenía dieciséis años. No sabía nada de lo que hubiera
pasado a su hermano mayor. ¿Podía yo hacer algo? Me fui a ver a Fuñi-Fuñi y
discutí el caso con él, pero sin ocultarle mi pesimismo, pues el muchacho se
había mezclado en las refriegas de la Uni-versidad y probablemente había herido
a alguien. Pero al menos podíamos tratar de averiguar qué había sido de él.
Fuñi-Fuñi averiguó lo ocurrido: el estudiante había sido fusilado la noche
antes en la Casa de Campo; la familia podía tratar de encontrar y recoger el
cadáver, pero lo más fácil era que ya estuviera ente-rrado en un cementerio
cualquiera. Se lo dije al padre. Después no volví a verle en muchos días. Se me
ocurrió entrar en la ta-berna del Portugués y allí estaba Navarro, borracho. Me
senté a su mesa y por un largo rato no hablamos. Al fin me miró y dijo:
-¿Qué puedo hacer yo, Barea? Yo no pertenezco a las derechas,
como tú sabes. Yo pertenezco a los tuyos. Pero los tuyos me han matado un hijo.
¿Qué puedo hacer yo? - Enterró la cara entre los brazos cruzados y se echó a
llorar. Los hombros se le sacudían convulsos, como si alguien le estuviera
golpeando en las mandíbulas por debajo del velador. Me levanté despacito y me
marché sin que me viera.
Ángel se convirtió en mi guardián:
-Usted es demasiado confiado y le dice a cualquiera lo que le
viene a la boca –declaró rotundo-. Mire lo que pasó con Sebas-tián. Si se le
hubiera ocurrido denunciarle a su pandilla, le ha-brían mandado al otro barrio.
Me acompañaba a la oficina por las mañanas y me esperaba en el
portal pacientemente. Cuando encontraba a alguien y enta-blaba una
conversación, desaparecía de mi vista, pero no del alcance de mi voz. Cada vez
que trataba de quitármelo de en-cima replicaba:
-No quiero marcharme. Usted parece mucho un señorito y un día se
lo cargan; pero no si está Angelito.
En desesperación me llevé a Ángel conmigo un día que fui a
visitar a Antonio para preguntarle si había algo que yo pudiera hacer. En uno
de los cuartos del radio había miles de libros ti-rados por el suelo.
-Los muchachos en la Sierra nos han pedido libros y hemos hecho
limpieza en las bibliotecas de algunos fascistas -dijo An-tonio.
-Déjame hacerte una selección. No creo que todos estos libros
sean buenos para mandarlos a los milicianos del frente.
A nadie parecía preocuparle aquello y me enterré con Ángel en
aquella ola de libros. Había algunas raras ediciones y libros de texto que
pusimos aparte y que, más tarde, unos fueron salva-dos y otros útiles. Pero al
cabo de una semana los libros estaban clasificados y otra vez estaba sin nada
que hacer.
Me acordé entonces de una patente por una granada de mano de
mecanismo muy simple que había pasado por mis manos y cuyo inventor, un buen
mecánico, llamado Fausto, era un viejo amigo mío. Cuando estalló la
insurrección, la Fábrica de Armas de Toledo había comenzado su fabricación en
serie. Ésta era la clase de arma que necesitábamos ahora. Me fui a buscar a
Faus-to y le pregunté qué había sido de su invento.
-En realidad no lo sé. Los oficiales de la fábrica que estaban
con ello han desaparecido: ahora hay allí un comité de trabaja-dores y nadie
sabe nada de nada. He estado allí un día y salí asqueado.
-¿Quieres que trate de ponerlo en marcha?
Estaba encantado, pero escéptico. Hablé con Antonio, que se
había mostrado mucho más accesible a mí, y me presentó al comandante Carlos,
del 5.° Regimiento.
El Partido Comunista había dado el primer gran paso hacia la
formación de un ejército, organizando el 5.° Regimiento no como una milicia
suelta, sino como un cuerpo articulado y dis-ciplinado. Los voluntarios acudían
a él en masa. La idea pren-dió entre las gentes fuera de los grupos políticos,
porque parecía algo alejado de la ambición y propaganda de los partidos. En
aquellos últimos días de agosto, el 5.° Regimiento era ya, simul-táneamente, un
mito y una realidad.
Su comandante, Carlos, procedía de algún sitio de Europa
cen-tral, a lo que me pareció, pero había vivido muchos años en América y
hablaba un español perfecto. Le mostré un modelo de la granada, le expliqué sus
posibilidades, y cuando me mar-ché lo hice con una autorización para
coleccionar los cientos de granadas que debía de haber fabricadas en Toledo y
estudiar las posibilidades de reanudar su producción. Me acompañó a tra-vés del
vasto edificio que servía de cuartel. Vi reclutas hacien-do la instrucción que
se movían y actuaban como soldados re-gulares, y así lo dije, profundamente
impresionado. El coman-dante Carlos movió la cabeza descontento. Me quería
enseñar un taller para hacer granadas de mano que habían montado unos cuantos
mineros asturianos; no pertenecía al 5.° Regimien-to, pero abastecía a todos
los frentes.
En el taller todos los hombres estaban dedicados a cortar tubos
de hierro y rellenar las piezas con dinamita y mechas cortas. Por todas partes
íbamos tropezando con cartuchos de dinamita, bombas ya llenas y colillas aún
encendidas, todo en una mezco-lanza infernal. Me sentí completamente
inconfortable.
-Pero, Carlos, esto va a
volar de un momento a otro.
-Pues no puedo hacer nada. Hacen lo que les da la gana y no
admiten razones. Son voluntarios, no están bajo la disciplina de nadie y nadie
puede convencerlos de que están locos, porque dicen que llevan manejando
dinamita en las minas toda su vida y que nadie les va a dar lecciones ahora.
Dejamos el taller a las once de la mañana. Aquella misma
ma-ñana, poco después de las once y media, una explosión enorme sacudió el
barrio de Salamanca. El taller de granadas de mano desapareció.
Unos días más tarde, Fausto y yo nos íbamos a la Fábrica de
Armas de Toledo en un coche que nos prestó el Partido Comu-nista. La ciudad de
Toledo estaba en manos del Gobierno, pero el Alcázar estaba mantenido por una
fuerza importante de cade-tes, falangistas y guardias civiles con sus familias,
bajo el man-do del coronel Moscardó. Tenía municiones y víveres en abun-dancia,
y la vieja fortaleza, con defensas construidas en la roca viva, desafiaba el
armamento de las milicias. La batalla se man-tenía desde el principio de la
rebelión. Las milicias habían ocu-pado todos los edificios que dominaban el
Alcázar y habían emplazado una batería fuera de la ciudad en la otra orilla del
río Tajo. Todos los asaltos habían fracasado. Por aquellos días el Gobierno
había ofrecido el perdón a los rebeldes si se rendían, y éstos habían rechazado
la oferta. Se hablaba de un nuevo asalto final. Se hablaba también del avance
hacia Toledo de una columna enemiga que había tomado Oropesa.
Cuando llegamos a la Fábrica de Armas, en el fondo del valle, lo
único que sabíamos era que un comité de obreros se había hecho cargo de los
talleres; pero, en el momento que estuvimos allí, se nos hizo perfectamente
claro a los dos que lo único que allí existía era una atmósfera de sospecha
mutua. Nadie sabía «nada de nada», nadie estaba dispuesto a tomar una
resolución. Fausto sabía en qué parte de la fábrica estaban almacenadas las
granadas. Efectivamente, las encontramos, pero el hombre que tenía a su cargo
el almacén dijo:
-No os las podéis llevar sin una orden del Ministerio de la
Gue-rra, aprobada por el Comité de Obreros.
-Bueno, no te apures, ya vamos a arreglar eso -dijo Fausto-. Lo
importante es que sigáis produciéndolas.
-Bueno... la cuestión es que estamos produciendo ya algo.
Este «algo» era algo que consumía material y justificaba el pago
de jornales: estaban produciendo miles de tornillos para la gra-nada y seguían
produciéndolos sin parar; y miles de metros de alambre se estaban convirtiendo
en muelles y agujas de percu-sión por millares; pero ninguna otra pieza de la
granada, ni aun el explosivo.
-Tuvimos que matar al técnico que hacía el explosivo -dijo el
«responsable»-. Por sabotaje. Primero, se negó rotundamente a darnos el
explosivo para cargar cartuchos de fusil y tuvimos que confiscarle todas las
existencias que tenía en almacén. Carga-mos los cartuchos y explotaban los
fusiles. Al final, le fusila-mos.
-Pero, hombre, claro. Si metéis en un cartucho de fusil
mitrami-ta que es con lo que se cargan las granadas, salta en pedazos el fusil
-dijo Fausto.
El hombre se encogió de hombros:
-Compañero, ya te he dicho que los fusiles reventaban y ¡esto es
sabotaje!
Antes de marcharnos, deprimidos y desesperanzados, el hom-bre
nos hizo un gesto misterioso y nos invitó a ir con él a un rincón del edificio
central. Nos mostró un interruptor eléctrico:
-¿Eh? ¿Qué os parece esto? Si los fascistas vienen, no se van a
llevar una mala sorpresa. Bajas la palanca y ya está: ni uno de los talleres se
queda en pie. Los tenemos todos minados, con una carga de dinamita. Pero,
claro, esto es un secreto. En el coche, dijo Fausto:
-No sabe uno si reír o llorar. Tendremos que fabricar la granada
en Madrid. Carlos puede ayudar. Vamos a dar una vuelta por Toledo.
Estábamos en el fondo del valle abrasado de sol. El Tajo
ronro-neaba en la presa de la fábrica de electricidad. Los álamos bor-deaban la
carretera con sus hojas verde claro y sus sombras frescas, y en la orilla del
río había gentes merendando, bebien-do y riendo. La roca ingente que soporta
sobre sí la ciudad pre-sentaba sus flancos leonados, salpicados aquí y allá por
el ver-dor de jaras y matorrales, y su cima bordeada por la corona de las
viejas murallas. A lo lejos, en el otro lado del río, un enjam-bre de
hombrecillos se dispersaron y dejaron ver la silueta de un cañón de juguete, la
boca cubierta por una vedija de humo al-godonoso. Algo cruzó el aire con un
maullido largo. Después nos llegó una explosión, apagada por otra detrás de las
mura-llas. El eco de las dos explosiones retumbó entre la roca desnu-da de la
garganta estrecha que cruza el puente de Alcántara.
Ahora comenzábamos a oír el chasquido de los disparos de fusil
en lo alto de la ciudad, pero sonaban sólo como cohetes de ver-bena.
Fuimos hasta la esquina de Zocodover, la plaza del mercado en
Toledo. Sillas rotas, árboles con las ramas desgajadas, barras de hierro
retorcidas, el quiosco de la banda en ruinas, harapos y papeles viejos
dispersos acá y allá, las fachadas de las casas llenas de costurones, agujas
agudas de cristal colgando del marco de las ventanas, el balcón de un hotel
colgando en el aire sujeto por un hierro roñoso. En medio de la plaza, nadie,
como si allí no existiera más que un vacío silencioso. En los quicios de las
puertas y detrás de las esquinas, milicianos y guardias de asalto en uniformes
azules se agazapaban en posiciones ridícu-las, vociferando y gesticulando,
disparando, gritando órdenes, soplando furiosos en silbatos estridentes; todos
a cubierto del fuego del Alcázar. Algunas veces, una bocanada de humo, co-mo si
detrás de la ventana estuviera sentado un fumador, surgía de la fachada rosada
del Alcázar; pero era imposible oír el dis-paro entre los cientos de disparos
ininterrumpidos de la muche-dumbre al pie de la fortaleza. Era como la visión
de una película sonora en la que fotografía y sonido no sincronizan: el actor
abre la boca para hablar y, mientras, oís la voz de la mujer que le escucha con
los labios cerrados.
-Vámonos de aquí -gruñó Fausto. Más tarde dijo-: Si esto es un
símbolo, la guerra está perdida.
Pasábamos coches y camiones requisados. Los milicianos y
mi-licianas iban en plena juerga: reían, cantaban, se achuchaban, los hombres
bebiendo de las botas empinadas, las muchachas ha-ciéndoles cosquillas en los
sobacos para que se atragantaran. Otra vez volvían a sonar los disparos como
cohetes de verbena y el cañón al otro lado volvía a decorarse con su copo de
algo-dón. Al día siguiente veríamos en los periódicos una miliciana guapa
montada a caballo sobre el cañón.
Cerca de Getafe, una avioneta estaba haciendo acrobacias en el
aire, una mosca dorada por el sol, brillantes el cuerpo y las alas. La gente se
detenía a contemplarla y el tráfico de la carretera estaba interrumpido; un
rosario de coches cargados con milicia-nos cerraba el camino. Fausto hizo sonar
el claxon de nuestro coche.
-¡Vete al diablo! ¿Tienes prisa? -gritó un miliciano y continuó
después apoyado contra su camión, contemplando el aeroplano.
Cuando llegamos al puente de Toledo tuvimos que ceder el paso a
uno de los camiones de la limpieza que venía de la Pra-dera de San Isidro.
Fausto me miró:
-¿Tú crees que llevan algo? Me parece muy tarde.
Era uno de los camiones que recogían los cuerpos de los
fusila-dos y los llevaban a los cementerios.
Fausto aceleró el coche y sobrepasamos el camión. Sus puertas de
hierro estaban cerradas. Botó en un bache y dentro de sus entrañas vacías
resonaron las barras de hierro sueltas. Iba vacío. Me limpié algunas gotas de
sudor de la frente.
Antonio me había dejado un recado en casa: quería verme tan
pronto como fuese posible. Me lo encontré en el radio, muy ocupado, rodeado de
milicianos que acababan de llegar de la Sierra. Me preguntó rápido:
-¿Tú sabes inglés?
Se volvieron los milicianos y me miraron curiosos:
-Bueno, no lo hablo, pero lo leo y lo traduzco fluentemente, si
esto os sirve para algo.
-Vete al cuarto de al lado y habla con Nicasio. Cuando entré, el
otro me dijo:
-Antonio me ha dicho que tú querías hacer algún trabajo. El
Ministerio de Estado necesita gente que entienda el inglés. Así que si
quieres... -Escribió una nota y llamó a alguien-: Toma. Vete allá y pregunta
por Velilla: es un cantarada del Partido y te dirá lo que tienes que hacer.
El Ministerio de Estado estaba custodiado por guardias de
asal-to. Tuve que esperar en el portalón enorme, donde el sargento de guardia
había instalado una mesa. Las puertas macizas de hierro estaban cerradas con la
excepción de la mitad de una de ellas. Parecía la oficina de registro de una
cárcel. Al cabo de un rato llegó un hombre joven con gafas ribeteadas de concha
tan anchas como un antifaz, encima un remolino furioso de pelo. Vino derecho a
mí con la mano extendida:
-Tú eres Barea, ¿no? -Me quitó la nota de los dedos y la rompió
sin mirarla-: Necesitan gente que conozca idiomas en el depar-tamento de
prensa.
-Conozco francés bien, pero no hablo ni una palabra de inglés.
Desde luego, sí lo puedo traducir.
-No te hace falta más. Vamos a ver al jefe de la sección.
Una simple lámpara de despacho lanzaba un círculo de luz so-bre
un montón de papeles y un par de manos blancas y fofas. Detrás del cono
luminoso de la lámpara aparecían dos discos pálidamente brillantes adheridos a
un manchón blanco ahueva-do que se movía en la sombra. De pronto vi la figura
completa de la cabeza, un cráneo lívido y calvo provisto de gafas ahuma-das con
armadura de concha. Las manos blanduchas se restre-gaban una contra otra
silenciosamente. De entre los labios sur-gió una lengua de punta triangular que
se curvó hacia arriba en busca de las ventanillas de la nariz. En aquella luz
parecía ne-gra.
Velilla me introdujo a don Luis Rubio Hidalgo, quien me invitó a
sentarme, cambió la posición de la pantalla cónica en forma tal que el cuarto,
él mismo y sus ojos, de párpados pesados sin pestañas, se hicieron visibles, y
comenzó a explicar.
Era el jefe de la Sección de Prensa y Propaganda del Ministerio
de Estado. Su departamento incluía la censura de los despachos de prensa
extranjera y quería que me incorporara a ellos como censor de los telegramas y
conferencias telefónicas que los co-rresponsales mandaban a sus periódicos. El
trabajo se hacía du-rante el día en el ministerio y durante la noche en el
edificio de la compañía Telefónica, desde medianoche hasta las ocho de la
mañana. Para este trabajo nocturno me necesitaba. Podía empe-zar al día
siguiente. El salario era cuatrocientas pesetas al mes. Me llevarían a trabajar
cada noche en uno de los coches del ministerio. Le bastaba con que yo supiera
traducir inglés.
Acepté el trabajo, que me parecía interesante. Pero me
desagra-daba mi nuevo jefe y así se lo dije a Velilla:
-Nadie le quiere -me contestó-, pero es el hombre de confianza
de Alvarez del Vayo, el ministro. Nosotros no tenemos ninguna confianza en él.
En la sección tenemos dos camaradas y debe-mos procurar que todo esto pase a
nuestras manos. Ven a verme tanto como puedas. Tendrás que unirte a nuestra
célula. Ahora ya somos once. -Se marchó a toda prisa envuelto en una mezcla
atrayente de simple buena fe y enrevesados argumentos. Para él la guerra
estaría terminada en unas semanas y España se conver-tiría en una República
soviética. Me parecía la idea completa-mente absurda, pero el hombre era
simpático y me atraía la idea de trabajar con él.
Cuando le conté toda la historia a Ángel, que me estaba
espe-rando a la puerta del ministerio, comenzó a murmurar. Todo eso significaba
que tendría que salir a medianoche, y a esa hora los milicianos disparaban a
todo bicho viviente, porque les daba miedo; además, era la hora en que se
paseaban los automóviles fantasmas de Falange disparando a diestra y siniestra.
Pero él se encargaría de cuidar de mí. Cuando le expliqué que todas las noches
me recogerían en un coche oficial y lo que él tenía que hacer era cuidar de mi
mujer y los chicos, volvió a murmurar, para, al final, sentirse orgulloso.
Todos los amigos en el bar de Emiliano se sintieron intrigados y contentos por
mi nuevo traba-jo. Se convirtió en el tópico de todas las conversaciones, hasta
que el tema se agotó, sin perder la importancia de que uno de nuestro grupo
estaba trabajando nada menos que con el minis-tro de Estado. Después siguieron
las discusiones políticas, aho-ra con más autoridad que nunca.
Unos pocos días antes, Largo Caballero se había hecho cargo del
Gobierno. Manolo resumió la situación, afirmando:
-Ahora es cuando se va a hacer algo. Es un Gobierno de guerra y
se acabó el pasear los fusiles por Madrid; los fusiles al frente y nada de
postinear calle arriba y calle abajo con el fusil al hombro. ¡Prieto les va a
enseñar algo a esos fantoches! -Prieto había sido nombrado ministro de la
Guerra.
-Sí, sí -dijo Fuñi-Fuñi-, ten cuidado tú. Se te han acabado los
viajecitos a Toledo.
-Pero yo estoy incorporado a un batallón, sólo que aún no nos
han dado armas. Tan pronto como las den, yo soy el primero en ir.
-Bueno, bueno. Pero se acabó Toledo, ¿eh? -insistió el otro, y
como todas las noches, comenzaron a pincharse mutuamente con indirectas. La diversión
se interrumpió de pronto por un ruido lejano que se aproximaba rápidamente:
motocicletas, clá-xones y sirenas. Nos levantamos todos. Una motocicleta de
asalto se lanzó calle abajo, el escape de la moto abierto y la si-rena sonando
incesante. En aquellos días, cuando Madrid no tenía aún un sistema de alarma
para las incursiones aéreas, la alarma se daba por estos motoristas con sirenas
montadas en las máquinas.
Las mujeres y los chicos que había en la casa bajaron para
refu-giarse en la cueva del bar de Emiliano. Los hombres nos que-damos en el
salón. Se bajaron los cierres metálicos y unas cuan-tas mujeres chillaron,
asustadas por el estrépito. Después todos nos calmamos y comenzamos a hablar en
voz baja, sin dejar de escuchar todos los ruidos de fuera. El ronroneo de los
aviones se oía muy alto, yendo y viniendo, para volver sobre nuestras cabezas y
quedarse allí suspendidos. En la cueva un chiquillo comenzó a llorar, otros le
imitaron, algunas mujeres gritaban con rabia histérica. Arriba en el salón,
alumbrados con sólo una vela, los hombres nos mirábamos.
Dejó de oírse el zumbido de los aviones por un largo rato.
Al-guien levantó el cierre metálico y nos volcamos en la calle. To-do estaba
muy quieto, la noche oscura, tachonada de estrellas. Las gentes se marcharon a
sus casas, a convencerse de que nada había pasado, pero pronto comenzaron a
volver los hombres. Nadie tenía ganas de dormir. Después las mujeres comenzaron
a bajar detrás de los maridos, los chicos con ellas; los chicos -decían- tienen
miedo de que vuelvan los aviones. Al amanecer la calle estaba llena de gentes y
las casas vacías. Algunos recién venidos trajeron noticias de otros barrios de
la ciudad: en Cua-tro Caminos y Tetuán habían caído unas bombas y había mu-chas
víctimas. Nosotros no habíamos oído las bombas. Poco después del amanecer, llegaron
los milicianos amigos de Mano-lo. ¿No había dormido? Tampoco ellos.
-¡Hala!, vente. ¡Allí te echas una siesta! -Se marcharon calle
abajo cantando la Internacional.
Por la tarde trajeron a Manolo muerto. Mientras dormían su
siesta en el borde de la carretera, un avión había volado sobre ellos y había
dejado caer una bomba cerca del camión. Manolo tenía un agujero diminuto en
medio de la frente. No se había despertado; dormía plácidamente, un poco pálido
de la noche en vela.
Los fascistas habían entrado en Talavera de la Reina.
Aquella tarde, a las seis, me fui al Ministerio de Estado y don
Luis me presentó a mis futuros compañeros de trabajo. Me leí todos los
despachos que los periodistas habían mandado el día antes y él me explicó los
principios de la censura. Me dio un pase oficial autorizándome a circular
libremente por Madrid de día y de noche, y una tarjeta de identidad. A las doce
menos cuarto un coche vino a buscarme a casa. Todos los vecinos asis-tieron a
mi marcha.
Me sentía entusiasmado y libre. Durante el día había estado
explicando la nueva situación a Aurelia y a María. Me había explicado a mí
mismo y a las dos mujeres, una después de otra, que tenía que trabajar de noche
y dormir de día. Me sería impo-sible salir más por las tardes con María. Y no
tendría que pe-learme más con la oficiosidad pesada de la otra, como me había
ocurrido desde que habían empezado los ataques aéreos. Al amanecer había
discutido mi futuro trabajo con Aurelia, quien había visto inmediatamente la
desventaja en que la colocaba la nueva situación y había tratado de convencerme
de «no mez-clarme en estos líos». Por la tarde había ido a ver a María; esta-ba
enfadada porque no había ido a la oficina durante la mañana y tenía sus dudas
sobre el nuevo arreglo, pero lo aceptó con buen espíritu: me separaba más de mi
casa, coincidía con su opinión de que una victoria inevitable del Gobierno, y
la revo-lución social que sería su consecuencia inmediata, producirían mi
separación final de Aurelia y mi conformidad a vivir juntos. Encontraba natural
que yo quisiera tomar una parte activa en la lucha. Su propio hermano menor
acababa de incorporarse vo-luntario a un batallón. Así que mi nuevo puesto le
traía nuevas esperanzas. Yo me encerraría en la fortaleza que me iba a
pro-porcionar mi trabajo.
El coche me llevaba a través de calles desiertas, en una
oscuri-dad rayada por líneas de luz filtrándose a través de junturas de
vidrieras y cierres de tabernas. Era un Madrid nuevo, escalo-friante. En el
curso de nuestro corto viaje, cinco veces nos die-ron el «¡Alto!» los
milicianos, nos cegaron con sus linternas y revisaron nuestros papeles. El pase
oficial del Ministerio de Estado no impresionaba a nadie; cuando al fin les
mostré el carnet de la UGT, uno de los milicianos dijo:
-¿Por qué no has empezado por enseñar esto, compañero?
¡Mi-nistros! ¿A mí qué... me importan los ministros?
El último control fue a la puerta de la Telefónica. En la calle
de Valverde era muy oscuro para ver más que las paredes de ce-mento
prolongándose hacia el cielo. Un guardia de asalto me condujo desde la puerta
al cuarto de guardia, donde un teniente examinó los documentos del ministerio;
después me pasó al Comité Obrero de la Telefónica.
El comité había
establecido un control inmediato a la puerta en el hall de entrada: era un
pequeño mostrador como un púlpito y, entronizado detrás de él, un hombre rudo,
muy moreno, sin afeitar, con el cuello envuelto en un tremendo pañuelo blanco y
rojo, atado con un nudo flojo.
-Y tú, ¿qué quieres, compañero? -Echó a un lado, sin mirarlos,
los documentos oficiales-. Está bien. Ya los han visto esos que entienden de
papelotes. Lo que yo pregunto es, ¿a qué vienes tú aquí?
-Cómo puedes ver, vengo a censurar los despachos de los
pe-riodistas extranjeros.
-Y tú, ¿a qué organización perteneces?
-A la UGT.
-Bueno. Dentro encontrarás uno de los tuyos. Es medio tonto, así
que no cuenta. Es entre nosotros como tenemos que arreglar esta cuestión de los
extranjeros. Todos ellos son fascistas. Así que ya sabes: el primero que se
desmande me lo traes a mí, o simplemente me llamas. Y ándate con pies de plomo
cuando se ponen a chapurrear en su lengua. No sé por qué los dejan hablar en su
lengua. Si quieren mandar información, que la manden, pero que lo hagan en
español, y si quieren, que paguen un tra-ductor nuestro. Y no que lo único que
hacen es subir y bajar, metiendo bulla con su inglés o lo que sea y sin que
nadie sepa si te están llamando hijo de zorra. Bueno, tu oficina está en el
piso quinto y estos dos te van a acompañar.
En el ascensor, una muchacha bonita y alegre nos condujo a los
milicianos y a mí hasta el piso quinto. Fuimos a lo largo de un interminable
pasillo, lleno de revueltas, con puertas a cada lado, y penetramos en la última
de todas. El cuartito estrecho olía a cera como una iglesia, y la oscuridad en
que estaba sumergido se atenuaba sólo por un resplandor violeta. Sobre la mesa
se destacaba un círculo de luz blanca, cruda. El reflejo violeta y el olor a
cera procedían de que la bombilla estaba envuelta en un papel carbón en lugar
de la pantalla. El censor de turno, un hombre alto y huesudo, se levantó y me
saludó. En el otro ex-tremo del cuarto se movieron dos sombras: el ordenanza y
el ciclista; uno, la cara de luna, lisa, de un viejo ayuda de cámara; el otro,
la cara flaca y oscura, con ojos vivos, de un limpiabotas.
Me sumergí de lleno en el trabajo y por muchas noches me
ab-sorbí completamente en él. La organización era sencilla: los pe-riodistas
tenían su propia sala de trabajo en el piso cuarto, escri-bían sus
informaciones en duplicado y las sometían al censor. Una copia se devolvía al
corresponsal, sellada y visada, y la otra se mandaba a la sala de conferencias,
con el ordenanza. Cuando se establecía la comunicación telefónica con París o
Londres, el corresponsal leía en alta voz su despacho, mientras otro censor
sentado a su lado escuchaba y, a la vez, a través de micrófonos, oía la
conversación accidental que pudiera cruzarse. Un conmu-tador le permitía cortar
instantáneamente la conferencia. Si el periodista quería transmitir su
información por telégrafo o ra-dio, nuestro ciclista llevaba la copia censurada
a las oficinas de la Transradio.
Las grandes agencias americanas y Havas tenían grupos de
co-rresponsales que trabajaban por relevos y producían despachos cortos, lo que
ellos llamaban snaps, en un chorro continuo. Los periódicos más importantes de
Inglaterra y América tenían co-rresponsales especiales. La mayoría de los
periodistas hablaban inglés, pero había un número de ellos franceses y
latinoamerica-nos.
El trabajo de mi compañero y el mío era entendérnoslas con todos
ellos. Él conocía el inglés coloquial, en cambio yo conocía mucho más inglés
técnico y literario que él. Su francés era muy escaso, el mío mejor. Pero ni él
ni yo habíamos trabajado nunca con periodistas. Nuestras órdenes eran más que
simples: ¡tenía-mos que suprimir todo lo que no indicara una victoria del
Go-bierno republicano!
Los corresponsales se
peleaban contra esta ley con toda su energía, su inteligencia y su técnica.
Perea y yo acumulábamos nuestros conocimientos, llamábamos a menudo a uno de
los censores de conferencias que había vivido muchos años en los Estados
Unidos, consultábamos los diccionarios buscando do-ble sentido a algunas
frases, y al final cortábamos todo lo que nos resultaba dudoso. Al principio
pensé que pronto tendría una visión clara del trabajo y podría convertirlo en
algo positivo. Pero ocurrió todo lo contrario. Conforme transcurría el otoño,
las fuerzas republicanas sufrían derrotas tras derrotas y los pe-riodistas
realizaban los máximos esfuerzos para pasar sus infor-maciones: los franceses
usaban libremente argot; americanos e ingleses, slang, trataban de sorprender
al censor de conferencias y mezclar insinuaciones repentinas en sus
conversaciones y sa-ludos con los editores, al otro lado del hilo, o trataban
de inter-calar rápidamente palabras sueltas en sus textos.
En septiembre, la batalla más importante se libró por la
conquis-ta del Alcázar de Toledo. La columna del coronel Yagüe avan-zaba por el
valle del Tajo y se acercaba a Toledo. Las fuerzas del Gobierno trataban de
tomar la fortaleza antes de que la co-lumna de socorro llegara. Parte del
Alcázar había sido volado, pero los defensores se mantenían en las ruinas y las
defensas construidas en las rocas. El 20 de septiembre -y recuerdo la fecha por
ser la de mi nacimiento- se mandaron a Toledo tan-ques de la distribución de
gasolina a los garajes y se inundaron las cuevas del Alcázar con petróleo,
prendiéndole fuego des-pués. El intento fracasó. El mismo día una columna de
volunta-rios, bien equipada, llegó de Barcelona y desfiló por las calles de
Madrid aclamada por la multitud: los hombres venían a en-frentarse con la
columna de Yagüe.
Al mismo tiempo, el Gobierno trataba de suprimir los tribunales
terroristas, creando una nueva forma, legalizada, de tribunales populares, en
los cuales un miembro del cuerpo jurídico actuaría como juez, y delegados de
las milicias como asesores: se autori-zaba a las milicias de vigilancia a
investigar y detener fascistas, pero únicamente a las debidamente autorizadas,
para eliminar así el terror de la caza del hombre. Pero la ola de miedo y odio
estaba aún creciendo y el remedio era peor que la enfermedad.
La orden oficial para la censura fue: dejar pasar únicamente las
informaciones en las que apareciera que el Alcázar estaba a pun-to de rendirse,
la columna de Yagüe detenida en su avance, y los tribunales populares un
dechado de justicia. Me sentí con-vencido de que la política que se seguía con
la censura y las noticias oficiales era estúpida. Pero cuando me enfrenté con
los periodistas, me encorajinó la seguridad cínica con que daban nuestra
derrota por cierta y trataban de infiltrar sensaciones en sus despachos; como
consecuencia, me dediqué a cumplir las órdenes oficiales con una furia salvaje,
como si, suprimiendo frases aquí o allá, estuviera suprimiendo un hecho real
cuya idea me era odiosa.
Cuando iba por las tardes al Ministerio de Estado para recibir
mis órdenes para la noche, tenía generalmente un rato de charla con don Luis,
que parecía haberme tomado afecto. Me solía contar historias de cómo los
«extremistas» le habían amenazado en diversas ocasiones por haber dejado pasar
una noticia desfa-vorable, o cómo se le había mezclado en conflictos porque un
corresponsal había mandado información a través de la valija diplomática de su
embajada. Todos tenían sospechas de él, y tenía miedo de que un día le cogieran
y le dieran el paseo. Es-taba en buenas relaciones con los comunistas -al fin y
al cabo, yo estaba allí porque ellos me habían recomendado- y don Julio, el
ministro, que era quien le apoyaba, estaba también protegido por ellos. Pero los
anarquistas...
Solía terminar cada una de sus peroraciones abriendo el cajón de
su mesa y mostrándome una pistola:
-Pero antes de que me cojan, me cargo a uno de ellos ¡por lo
menos! Bueno, de todas maneras, usted tenga mucho cuidado y no deje pasar nada,
y sobre todo, tenga usted mucho cuidado con su compañero que es flojo, ¡muy
flojo!
En la última semana de septiembre, Fausto, el inventor de la
granada de mano, vino un día a sacarme de mi sueño diurno. Tenía una orden del
Ministerio de la Guerra para recoger las granadas almacenadas en la Fábrica de
Armas de Toledo, pero no tenía medios de transporte. Los cientos de coches y
camio-nes que circulaban por Madrid, sin finalidad alguna, estaban en las manos
de los milicianos, y el ministerio no podía hacer nada sobre ellos. Cada grupo
de milicias estaba dispuesto a recoger granadas para su propia unidad, pero no
para el Ministerio de la Guerra.
-Si Prieto se entera de ello, las bombas se recogen -dije yo.
-Sí. Pero la cuestión es cómo llegar a Prieto antes de que los
fascistas lleguen a Toledo. De todas maneras, yo me voy ahora allí a ver qué
puedo hacer y, si quieres, vente conmigo.
Me fui con él. La carretera estaba atestada de coches y
milicia-nos en ambas direcciones. Algunos gritaban que el Alcázar se había
rendido, otros que lo haría de un momento a otro. Cerca de Toledo, se espesaba
la multitud. La roca estaba coronada de explosiones. Las ambulancias pasaban
lentas por el puente y el pueblo las saludaba con los puños en alto. Nos
dirigimos a la fábrica, pero inmediatamente dimos de lado toda esperanza. Los
camiones de la fábrica estaban preparados para transportar a Madrid todas las
existencias de tubo de latón y las estampa-doras para fabricar cartuchos.
Fausto se desesperó. Ninguno de los dos estábamos de humor para volver a
Toledo. Le propuse que volviéramos a Madrid por el camino de Torrijos, para que
pudiéramos detenernos en Novés.
En Torrijos, las calles estaban atascadas por carros y coches.
Los habitantes estaban cargando en ellos ropas, colchones y muebles, dándose
prisa unos a otros y gritando:
-¡Que vienen los fascistas!
Un viejo a quien le pregunté, me replicó:
-Vienen los fascistas y nos van a coger. Ayer nos tiraron
bom-bas desde los aviones y mataron a mucha gente, y esta mañana les oíamos los
cañonazos. ¡Usted no sabe la gente que ha pasa-do ya por aquí! De todos los
pueblos, hasta de Escalonilla, que no está más que a media hora.
Novés estaba casi vacío. Unas mujeres corrían aún por las
ca-lles. Los dos casinos estaban cerrados. Le dije a Fausto que guiara al
molino del tío Juan. Allí nos encontramos al viejo atando unos bultos con la
ayuda de dos de sus mozos. Se asombró al verme:
-¿Qué hace usted por aquí? Ya puede usted darse prisa, porque
los fascistas se echan encima. Esta noche nos vamos nosotros a Madrid.
-Bueno, entonces no vendrán tan de prisa -dije yo.
-Mire, don Arturo, esos fulanos están ya en la carretera. Aquí
tiraron unas bombas hace dos días. Mataron las dos vacas del pueblo, a la
Demetria, al chico y al marido. La gente dice que esta mañana ya han visto
moros de descubierta en la carretera de Extremadura. Créame lo que le digo: si
no se dan prisa, no pasan. Ya nos encontraremos en Madrid y le contaré lo que
ha ocurrido aquí. Ha sido algo horrible.
Dejamos Novés en dirección de la Puebla de Montalbán y cuando
llegamos a la carretera de Extremadura, desierta, Fausto miró arriba y abajo,
paró el coche y dijo:
-Bien, aquí estamos. ¿Qué hacemos? ¿Nos volvemos a Toledo?
-Yo creo que el camino a Madrid aún está libre. Vamos para
adelante, pero pisa el acelerador. No me gusta esta calma.
La carretera estaba desierta, pero también estaba regada de
montones de trapos, ropas y correajes, gorros, mantas, vasos y platos de estaño
y fusiles; las cunetas aparecían más y más lle-nas de estos despojos. En la
distancia sonaron disparos de fusil y ametralladora y en la dirección de Toledo
oímos la explosión de cinco bombas. Fausto guiaba a toda velocidad. Comenza-mos
a pasar milicianos sentados en la cuneta, descalzos, las bo-tas o las
alpargatas al lado de los pies desnudos. Después co-menzamos a sobrepasar a
otros, marchando aún, trabajosamen-te, la mayoría de ellos sin fusil, en mangas
de camisa o camise-ta, las caras y los pechos desnudos rojos de sol y de
sofoco. Nos gritaban que les dejáramos montar y nos cubrían de insul-tos al no
detenernos. Íbamos esperando un tiro por la espalda de un momento a otro. Por
último, la carretera se convirtió en una masa humana. Milicianos cojeando,
mezclados con campe-sinos que marchaban llevando del ronzal la mula o el burro
en el que iban la mujer y los chicos, o conduciendo un carro de la-branza
cargado de bultos y de utensilios, la familia encaramada en lo alto sobre los
colchones. Así llegamos a Navalcarnero.
Un oficial y unos pocos guardias de asalto habían formado un
cordón a través de la carretera. Paraban a los milicianos huidos, les hacían
entregar las armas y los mandaban alinearse en la plaza. El pequeño
destacamento tenía una única ametralladora, montada en la plaza, y que contenía
el pánico. Los vecinos de Navalcarnero estaban cargando sus carros y cerrando
sus casas.
Detuvieron también nuestro coche. Fausto y yo nos apeamos y
explicamos al oficial el objeto de nuestro viaje. La cara del ofi-cial era una
máscara estriada de polvo y sudor. Teníamos sim-plemente que ir al Ministerio
de la Guerra -explicaba Fausto- para que los camiones del ejército se
encargaran de recoger el material antes de que se apoderaran de ello los
fascistas.
En aquel momento, un grupo de milicianos con fusiles rompió a
través de la multitud y por un instante estuvo a punto de rom-per también el
cordón de guardias. El oficial nos dejó con la palabra en la boca y se subió al
techo de nuestro coche:
-¡Alto! ¡Atrás, o disparo la máquina! Escuchad...
-Cállate tú ya, con tantos mandos, ¡voceras! O nos dejas pasar o
pasamos por reaños - gritó uno de los milicianos.
El oficial replicó:
-Bueno, vais a pasar, pero escuchadme primero.
Los milicianos desarmados comenzaron a agruparse alrededor del
coche. Fausto murmuró:
-¡Si escapamos con bien de ésta, hemos nacido hoy!
Pero el oficial hablaba bien. Llamó a los milicianos cobardes,
en su propia cara, y les hizo ver qué vergüenza sería llegar a Ma-drid en el
estado que estaban; les lanzó los peores insultos por haber tirado los fusiles
en la cuneta y terminó explicándoles que podían reorganizarse en Navalcarnero y
esperar allí hasta que llegaran las fuerzas de relevo que habían salido de
Madrid. Al final gritó:
-Y nada más. Los que tengan algo de hombre que se queden, los
otros se pueden marchar. Pero al menos nos tienen que dejar sus fusiles, para
que podamos defendernos. Un clamor delirante ahogó sus últimas palabras. Había
vencido.
El oficial saltó a tierra e inmediatamente organizó piquetes que
fueran a recoger de la carretera todos los fusiles que fuera posi-ble. Después
se volvió a nosotros:
-Ahora podéis marcharos, camaradas.
Era casi de noche cuando llegamos a Madrid. Habíamos dejado
atrás la vanguardia de carros con los fugitivos a la altura de Alcorcón. Me fui
directamente al Ministerio de Estado y hablé con Rubio Hidalgo:
-No se apure -dijo-, el avance de los fascistas se ha contenido
y el Alcázar no pasa de esta noche. Unos pocos milicianos se han asustado y
nada más. Lo más importante es que esta noche no deje usted pasar ninguna
noticia de esta clase. Mañana por la mañana habrá buenas noticias; ya verá
usted.
Aquella noche tuve que sostener una verdadera batalla con los
periodistas. Uno de ellos, un presuntuoso jovencillo francés que trabajaba para
Le Petit Parisién, intentó tantos trucos y escan-dalizó tanto que tuve que
amenazarle con arresto. De aquella noche no recuerdo más que esto: que
enronquecí a fuerza de gritar y que en alguna ocasión eché mano a la pistola en
señal de amenaza. En la mañana ya no fue posible ocultar por más tiempo que los
fascistas habían avanzado hasta Maqueda en la carretera de Extremadura, un
pueblecito más cercano a Madrid que La Puebla, por donde habíamos pasado unas
horas antes, y hasta Torrijos en la carretera de Toledo. La columna en la
carre-tera de Extremadura amenazaba Madrid y la otra amenazaba Toledo. El
Gobierno disimuló estas noticias coronándolas con el anuncio oficial del
rendimiento del Alcázar. Esto hubo que desmentirlo oficialmente horas después.
Algunos días después, el 27 de septiembre, los rebeldes
entra-ron en Toledo. La Fábrica de Armas no fue volada y los rebel-des la
ocuparon intacta.
El trabajo de la censura se convirtió en una pesadilla sin fin.
Mi Colega en el turno de noche tuvo un ataque de pánico tan grande que dimitió.
Me quedé solo, trabajando desde las nueve de la noche a las nueve de la mañana
y apenas sabiendo lo que hacía. Cuanto más se aproximaban a la capital las
fuerzas de Franco, más crípticos eran los despachos de los periodistas, y más
exigentes sus maneras. Con la amenaza y el miedo cada día mayores, una nueva
ola de asesinatos sacudió la ciudad. La situación alimenticia se agravó y llegó
un momento en que úni-camente los restaurantes comunales suministraban comida.
A las once de la noche la circulación por las calle quedaba estric-tamente
prohibida y era peligroso, aun con pase, andar por ellas. El 30 de septiembre el
Gobierno decretó la incorporación de todas las milicias al ejército regular,
pero este ejército no existía aún. Comía en la cantina de la Telefónica o en un
café cercano y Ángel recogía la comida para mi familia. Por la noche, bajo mis
ventanas resonaban los disparos de los «pacos». Aquellas noches vivía sobre
todo a fuerza de coñac y café puro.
Cuando cruzaba la calle en las mañanas temprano, veía aún la
procesión de huidos que llegaban de los pueblos de alrededor, con sus mulas,
sus carros y sus perros huesudos y amarillentos. Viajaban de noche por miedo a
ser bombardeados de día. A los primeros que llegaban se les acomodó en casas
grandes que habían sido incautadas, los últimos tuvieron que acampar al aire
libre en los paseos de la ciudad. Se amontonaron los colchones bajo los árboles
de la Castellana y Recoletos, y las mujeres gui-saban en fogatas encendidas
sobre las losas de las aceras. Cam-bió el tiempo y la lluvia torrencial
comprimió a los refugiados en las casas ya llenas.
El tío Juan, el molinero de Novés, vino a verme una mañana. Me
lo llevé a un café y comenzó a contarme su historia, en su modo lento y
ecuánime:
-Yo tenía razón, don Arturo. Los viejos nos equivocamos pocas
veces. ¡Las cosas que han pasado! Cuando estalló la revuelta, nuestra gente se
volvió loca. Arrestaron a todos los ricos del pueblo y a todos los que habían
trabajado con ellos; a mí tam-bién. Me dejaron fuera después de un par de
horas. Los mucha-chos sabían que yo no me había mezclado jamás en política y
que en mi casa siempre había un pedazo de pan para el que lo necesitara.
Además, a mi chico le dio la ventolera de hacerse guardia de asalto, y por eso
yo era también un republicano para ellos. Bueno, montaron un tribunal en el
Ayuntamiento y los fusilaron a todos, hasta al cura. A Heliodoro le fusilaron
el pri-mero. Pero los enterraron a todos en tierra sagrada. El único que se
escapó con el pellejo fue José, el del casino, porque muchas veces les daba una
pesetilla a los pobres que no tenían nada que comer. ¡Siempre es bueno encender
una vela a Dios y otra al Diablo! Y así, las familias de los fusilados se
marcharon del pueblo y al principio la gente quería repartirse las tierras;
des-pués quería trabajarlas en común. Total, que no se ponían de acuerdo y no
había dinero. Se incautaron de mi molino, pero naturalmente, no había grano que
moler y lo mismo pasaba en los otros pueblos. Unos cuantos de los jóvenes se
marcharon a Madrid con las milicias, pero la mayoría de nosotros nos que-damos
y fuimos viviendo con lo poco de las huertas y lo que se había encontrado en
las casas de los ricos. Cuando los rebeldes comenzaron a venir cerca, todos los
otros pensaron que ellos no tenían nada que temer y se quedaron la mayoría.
Unos pocos más se marcharon cuando cayeron las bombas que le conté, pero usted
sabe qué apegado está uno a su casa y a la tierra de uno, y muchos se quedaron.
Hasta que la gente de otros pue-blos que venían huyendo pasaron por allí, y
comenzaron a con-tar que los fascistas, cuando entraban en un pueblo, fusilaban
a los hombres y cortaban el pelo al rape a las mujeres... Con una cosa y otra,
al final, todos decidimos marcharnos, pero esto fue en el último momento, el
día que usted pasó por allí. Cuando salimos, los fascistas estaban ya en
Torrijos y en Maqueda y habían cortado la carretera a Madrid; así que nos
tuvimos que meter a través de los campos. Nos cazaban como a conejos, y al que
cogían le volaban los sesos; a las mujeres las hacían volver a culatazos al
pueblo. Después, los moros vigilaban por los cam-pos y cuando cogían una mujer
que no fuera muy vieja la tum-baban en los surcos y ya puede usted imaginarse
el resto. Eso le hicieron a una muchacha que servía en casa de don Ramón. La
tumbaron en un campo labrado y llamaron a los otros, porque la chica era guapa.
¡Once de ellos, don Arturo! Marcial, uno de los mozos del molino, y yo,
estábamos escondidos en unas ma-tas viéndolo. A Marcial le entró tanto miedo
que se ensució en los pantalones. Pero después se atrevió a venir conmigo y la
recogimos. Ahora está en el hospital General, pero aún no saben si saldrá bien
o no. Porque, ¿sabe usted?, no podíamos llevarla a cuestas todo el camino y
tuvo que andar a través de los campos con nosotros por dos días, hasta que
llegamos a Illescas y desde allí la trajeron a Madrid en un carro... Yo estoy
bien aquí, con algunos de la familia, y a otros les pasa lo mismo. Pero hay
algo que yo quisiera que viera usted con sus propios ojos, porque es horrible.
Es el sitio donde han metido a los más pobres del pue-blo que no tenían a nadie
aquí, ni dónde ir.
Después de comer en la cantina de la Telefónica, el tío Juan me
obligó a acompañarle, aunque estaba rendido de cansancio. Me condujo a través
de un inmenso portal de mármol, con colum-nas dóricas, y entramos en un enorme
hall. Cuando abrió la mampara, el olor de excremento y orines nos abofeteó.
-Pero esto ¿qué es, tío Juan?
-No me lo pregunte. Pura miseria. Todos los retretes están rotos
o atascados. Las gentes nunca habían visto un sitio como éste en su vida y no
sabían qué hacer con ello, así que lo han roto todo... Ya , le dije que era
horrible.
En una de las salas del palacio, una verdadera horda de
muje-res, chiquillos y viejos, sucios, haraposos y malolientes, vivían en medio
de un revoltijo de colchones tirados por el suelo, ori-nales, cacharros de
cocina y piezas absurdas de mobiliario. Una mujer lavaba unos pañales en una
palangana; el agua sucia rebo-saba el recipiente y empapaba uno de los
colchones, en el que un viejo, indiferente, con el pantalón desabrochado,
fumaba mirando al techo. Tres mujeres regañaban alrededor de una me-sa. La tapicería
verde-azulado colgaba en tiras de las paredes, la chimenea de mármol tenía
rotas las esquinas y los altorrelieves, el hogar de la chimenea estaba
convertido en basurero. Dos chiquillos pequeños berreaban sin que nadie hiciera
caso, y un tercero estaba sentado en un rincón, cogido frenéticamente a un
perrucho escuálido que ladraba y aullaba sin cesar. En el rincón más lejano
sobresalía una cama de hierro, pintada de negro, una cabra atada a una de sus
patas.
Mientras contemplaba aquello, el tío Juan dijo:
-Todo esto es el pueblo de Novés. ¿No lo reconoce usted? Bueno,
ya le he dicho que eran los más pobres y no creo que usted los tratase nunca:
eran demasiado pobres para atreverse a hablarle a usted. En otros cuartos hay
gentes de otros pueblos vecinos, tres o cuatro. Como siempre pasa, se odian
unos a otros y siempre andan de peleas, por si unos tienen mejor sitio que los
otros, o un lavabo o un retrete. Acaban destruyendo todo para que los otros no
lo disfruten y de eso están rotos los espejos, las tazas de los retretes y las
cañerías de agua. Ahora ya no tienen más agua que la del estanque del jardín
que, afor-tunadamente, tiene un surtidor en medio.
-Pero ¿es que nadie puede poner esto en orden? Al fin y al
ca-bo, alguien tiene que haberlos traído aquí.
-¡Ca!, no. Nadie. Cuando llegaron con los burros y los carros,
unos milicianos los cogieron en medio de la calle y los metieron aquí. Lo único
que hacen es darles vales para la comida, pero nadie se preocupa más de ellos.
Recuerdo que fue precisamente aquel día que Franco se pro-clamó
a sí mismo el Caudillo, el dictador de España.
Durante los días siguientes, las caravanas de bestias y carros,
con hombres, mujeres y chiquillos encaramados en lo alto de sus ajuares y
agotados de cansancio, no cesaron. Se organizaron a toda prisa batallones de
milicianos que se mandaban a todos los frentes. Cada día llegaban noticias de
cómo los rebeldes, extendiéndose como una invasión de langosta, avanzaban sobre
Madrid por todos lados, desde la sierra de Gredos y el valle del Alberche
pasando por Aranjuez a través de Sigüenza, hasta la sierra de Guadarrama.
Muchos pensaban que la guerra termina-ría rápidamente. Si ¡os rebeldes cerraban
el anillo, si cortaban la comunicación con Albacete y Barcelona, Madrid estaba
perdi-do.
El 13 de octubre, Madrid escuchó por primera vez el ruido del
cañón.
Yo había perdido ya toda esperanza de llegar a una mejor
com-prensión de la manera de trabajar de los periodistas extranjeros y ganar
así alguna influencia sobre ellos. Los periodistas, sus informaciones, la vida
de noche en la Telefónica, la vida de día en la ciudad, se convertían en una
rápida sucesión de visiones, unas claras, otras borrosas, pero todas tan
fugaces que era im-posible fijar la atención en ninguna de ellas. Ya se me
hacía imposible descifrar las hojas escritas a mano que algunos perio-distas
sometían a la censura; parecían ser hechas ilegibles de propio intento. Al
final di la orden de que cada información tenía que estar escrita a máquina, lo
cual ayudó un poco. Uno de los franceses hizo de ello su excusa para marcharse,
pero cuando protestaba ruidosamente contra mi «despotismo», vi claramente que
lo que tenía era miedo. Era una excepción. Mientras mutilaba sus informaciones,
siguiendo las órdenes que se me daban, no podía por menos de admirar el valor
personal de los corresponsales, aunque me enfureciera su indiferencia. Se
marchaban a las primeras líneas, arriesgando hasta las balas de un miliciano
xenófobo o la captura por los moros en las fluctua-ciones de un combate, para
conseguir unas pocas líneas de in-formación militar, mientras no les dejábamos
pasar los artículos sensacionales que hubieran querido escribir, y que a veces
escri-bían y pasaban dentro de una inviolable valija diplomática.
Me veía a mí mismo, sentado allí, en la oscuridad, detrás del
cono de luz lívida, trabajando a ciegas, cuando todo el mundo creía que yo
sabía lo que estaba pasando. No sabía nada más que el anillo alrededor de
Madrid se cerraba más y más y que no estábamos equipados para hacer frente a la
amenaza. Era difícil sentarse quieto. Algunas veces, cuando pasaba al lado de
un grupo de periodistas, ligeramente borrachos, que habían es-tado la noche
entera tratando amablemente de engañarme -y posiblemente lo habían conseguido-,
me entraban ganas de pro-vocar una bronca con ellos. Lo que para nosotros era
vida o muerte, para ellos no era más que una historia. Algunas veces, cuando
los anarquistas del Control de Obreros, abajo en el hall, me repetían que todos
estos periodistas eran fascistas y traido-res, simpatizaba con sus creencias.
La noche que uno de ellos, extendido a lo largo sobre un jergón en la sala de
conferencias, roncaba su borrachera mientras esperaba que su llamada llegara,
sentí un verdadero odio, recordando cómo a cada momento nos aguijoneaba con su
seguridad de que Franco entraría en breve en la ciudad.
Me era imposible ser amistoso con María cuando llamaba al
teléfono y me preguntaba cuándo y dónde nos podíamos reunir. Nuestras vidas
habían llegado a un punto muerto. Los ataques aéreos eran un hecho casi diario.
El 30 de octubre, un solo avión mató cincuenta niños en una escuela en Getafe.
El Sindi-cato de la Construcción comenzó a mandar a sus hombres a cavar
trincheras alrededor de Madrid y a construir nidos de ametralladoras y
barricadas de cemento en las calles. Las calles ya no se llenaban más con refugiados
de los pueblos, sino de los suburbios de la ciudad, y las noches estaban
punteadas de ca-ñonazos. Se mandaron unidades de choque elegidas para man-tener
las trincheras en los bordes de la capital y los milicianos huyeron ante los
tanques. La Pasionaria los reunió en las afueras e hizo un esfuerzo supremo
para inculcarles un coraje nuevo. La CNT -los anarquistas- enviaron dos
ministros al Gabinete de Guerra. Los periodistas escribían, sin cesar,
informaciones di-ciendo que estábamos perdidos, y nosotros tratábamos, sin
ce-sar, de evitar que lo hicieran.
En la noche del 6 de noviembre, cuando fui al ministerio a
reci-bir órdenes, Rubio Hidalgo me dijo:
-Barea, cierre la puerta y siéntese ahí. ¿Sabe usted? Todo está
perdido.
Estaba ya tan acostumbrado a sus declaraciones dramáticas que no
me causó impresión y le repliqué:
-¿De verdad? ¿Qué es lo que pasa ahora? -Me fijé entonces en que
la chimenea estaba llena de papeles quemados y que sobre la mesa había otros
empaquetados limpiamente y agregué-: ¿Es que nos vamos?
Se limpió la calva brillante con un pañuelo de seda, paseó su
lengua púrpura y puntiaguda por sus labios y dijo lentamente:
-Esta noche, el Gobierno se traslada a Valencia. Mañana Franco
entrará en Madrid. - Hizo una pausa-. Lo siento, amiguito, no se puede hacer
nada. ¡Madrid se rendirá mañana!
Pero Madrid no se rindió el 7 de noviembre de 1936.
Segunda
parte
When the senses Are shaken, and the soul is dri-ven to madness,
Who can stand? When the souls of the oppressed Fight in the troubled air that
rages, who can stand?
[... Cuando a los sentidos
Se sacude y el alma se hunde en la locura,
¿Quién aguanta? Cuando las almas de los opri-midos
Luchan en el turbio aire furioso, ¿quién aguan-ta?]
WILLIAM BLAKE
Madrid
Capítulo I
El sitio de Madrid comenzó en la noche del 7 de noviembre de
1936; terminó dos años, cuatro meses y tres semanas después, simultáneamente
con el fin de la guerra.
Cuando Luis Rubio Hidalgo me dijo que el Gobierno se mar-chaba y
que Madrid caería al día siguiente, no supe qué decir. ¿Qué podía haber dicho?
Sabía, tan bien como otro cualquiera, que los fascistas estaban en las afueras.
Las calles estaban aba-rrotadas de gentes que, en desesperación, marchaban a
enfren-tarse con su enemigo en las puertas de su ciudad. Se luchaba en el
barrio de Usera y en las orillas del Manzanares. Nuestros oí-dos estaban llenos
constantemente con las explosiones de bom-bas y morteros, y algunas veces nos
llegaban los estallidos del fusil o el tableteo de las ametralladoras. Pero
ahora, ¡el así lla-mado Gobierno de Guerra se marchaba -huía- y el jefe de la
Sección de Prensa extranjera del Ministerio de Estado estaba convencido de que las
fuerzas de Franco entrarían!... Estaba desconcertado, mientras trataba de
mantener toda mi correc-ción. El cajón en el que tenía una melodramática
pistola estaba abierto a medias.
-Nosotros nos vamos mañana también -continuó-; naturalmente, el
personal de plantilla. Me gustaría mucho podérmelo llevar a Valencia conmigo,
pero comprenderá usted que no puedo ha-cerlo. Espero, mejor dicho, el Gobierno
espera que se mantenga usted en su puesto hasta el último momento.
Se interrumpió, movió de lado su cara lisa y le rebrillaron sus
gafas ahumadas. Tenía que decir algo, porque él había hecho esta pausa.
-Oh, sí, naturalmente.
-Bien. Ahora voy a explicarle la situación: como ya le he dicho,
el Gobierno sale esta noche para Valencia, pero nadie lo sabe. Se han dejado
instrucciones escritas en pliego cerrado al general Miaja para que él pueda
negociar la rendición con la menor efu-sión de sangre posible. Pero, como le
digo, es en pliego cerrado que no debe abrir hasta que el Gobierno ya no esté
aquí, y él mismo no sabe nada de esto. Ahora se dará usted cuenta de la
responsabilidad que le confiamos. Es absolutamente necesario mantener secreto
el traslado del Gobierno, para que no estalle el pánico. Lo que tiene usted que
hacer es ir a la Telefónica, tomar el servicio como todos los días y no dejar
pasar ni la alusión más pequeña. Yo me voy por la mañana temprano con el
perso-nal de la oficina y con los periodistas extranjeros que no pueden
arriesgar el que Franco los pille aquí, cuando entre. Dormiré en el hotel Gran
Vía, frente a la Telefónica, y si es necesario, pue-de usted llamarme allí en
la noche.
-Pero, si se lleva usted a los periodistas, tienen que saber lo
que pasa.
-No que se marcha el Gobierno. Desde luego, se pueden figurar
algo. Ya les hemos dicho que la situación es muy grave y que de un momento a
otro el Gobierno les puede pedir que se mar-chen, para no correr riesgos, y
darles coches para que lleguen a Valencia. Algunos se quedarán, pero esto no
importa. Ya les he dicho, además, que no tendrán las facilidades de nuestra
censu-ra, porque son los militares los que se van a hacer cargo de ello, y que
el servicio en la Telefónica se va a suprimir. Los que se quedan son los
corresponsales que están seguros en sus embaja-das aquí, que no arriesgan nada,
y que estarán muy contentos de asistir a la entrada de las tropas.
-Así, ¿usted está seguro de que entran?
-Pero, querido, ¿qué cree usted que puede hacer media docena de
milicianos? Dígame: ¿qué pueden hacer contra el Tercio, los moros, la
artillería, los tanques, la aviación, los técnicos alema-nes? ¿Qué pueden
hacer? Claro que no puedo decirle que van a entrar mañana mismo en Madrid, pero
no hace más diferencia que, cuanto más tarde entren, más víctimas habrá. Bueno,
y ahora lo que quiero decirle: puede usted dejar pasar la noticia de que, como
una medida de precaución, el Gobierno ha eva-cuado a los corresponsales
extranjeros; esto ya lo sabe todo el mundo. Mañana se proclamará que el
Gobierno ha decidido trasladarse a Valencia para continuar la guerra desde un
punto estratégico, libre de todas las dificultades que se presentan a la
organización de una guerra cuando la administración está en la línea de fuego.
-Y mañana, ¿qué tengo yo que hacer?
-No tiene usted que hacer nada. A las nueve, cuando se acabe su
turno, cierra usted la oficina, se va a casa, y haga usted lo que le parezca
mejor para salvar el pellejo, porque nadie sabe lo que puede pasar. Le voy a
dejar el sueldo del ordenanza y de los dos ciclistas, y mañana por la mañana
les paga usted y les dice que se marchen donde quieran. Le voy a dejar algún
dine-ro para usted, para que si las cosas vienen mal se pueda bandear un poco.
Me dio ochocientas pesetas -dos meses de salario- y después se
levantó muy solemne y me alargó la mano como si estuviéramos en un funeral. No
podía decirle nada de lo que sentía y bajé la vista para no enfrentarme con la
suya. Encima de la mesa, una hilera de fotografías con brillo de seda me
mostraban una suce-sión de niños muertos.
Pregunté estúpidamente:
-¿Qué va usted a hacer con esas fotografías?
-Quemarlas, y los negativos también. Queríamos haberlas usado
para propaganda, pero conforme están las cosas, al que le cojan ahora con estas
fotos le vuelan los sesos en el sitio.
-Entonces, ¿no se las lleva usted?
-No estoy loco, y además, ya tengo bastantes papelotes... -y
comenzó a explicarme algo que yo no escuchaba. Conocía aque-llas fotografías.
Se habían tomado en el depósito de cadáveres al cual se habían llevado los
cadáveres de los niños de la escue-la de Getafe que un Junkers, volando bajito,
había bombardea-do una semana antes. Se les había puesto en fila y se les había
prendido un número en las ropitas para identificarlos. Había un chiquitín con
la boca abierta de par en par en un grito que nunca acabó. Me pareció como si
Rubio Hidalgo, en su miedo, estu-viera asesinando de nuevo a estos niños
muertos:
-¡Déjeme usted llevármelas!
Se encogió de hombros. Recogió las fotografías como las cartas
de una baraja y me alargó una caja con los negativos:
-Si quiere usted arriesgar el pellejo, es cuenta suya.
Camino de casa me concentré en resolver cómo iba a salvar
aquellas fotografías. Habría lucha. Sabía, sin pensarlo mucho, que el pueblo de
Madrid se defendería, a navajazos si era nece-sario. No entrarían los otros tan
sencillamente como aquella cara fría de huevo cocido creía y afirmaba con una
sonrisa miedosa. Pero podían entrar, probablemente entrarían y entonces
comen-zarían las denuncias, las detenciones, los registros y los
fusila-mientos. Verdaderamente, tener aquellas fotografías en casa era firmar la
propia sentencia de muerte. Pero no podía dejar que se perdieran; las caras de
aquellos niños asesinados tenía que ver-las el mundo.
En casa encontré, esperándome, a mi hermano, a mi cuñado y a sus
siete chicos. Agustín, imperturbable y tranquilo como siem-pre, contó su
historia. Aquella mañana, su barrio -el barrio obre-ro al otro lado del puente
de Segovia- había sido atacado por los fascistas. Habían huido, como todos los
vecinos, y habían cruzado el puente bajo las balas. Las tropas fascistas
estaban ahora establecidas en la orilla opuesta del Manzanares y se
for-tificaban en la Casa de Campo. Su casa era un montón de rui-nas. Habían
salvado unas cuantas ropas y la cabeza de la má-quina de coser. Por el momento
se meterían todos en casa de mi hermano Rafael, porque Concha lo prefería a
estar con Aurelia, mi mujer.
No discutimos; era absurdo hacer ningún plan definitivo, cuan-do
dentro de veinticuatro horas podíamos estar todos en la misma situación. Les
encargué, sin decir lo que pasaba, que prepararan unas cuantas cosas ligeras y
estuvieran dispuestos a escapar en cualquier momento. Me fui a la Telefónica.
Me encontré a los corresponsales en una excitación salvaje,
es-perando sus conferencias, pasando las últimas noticias de la lucha en los
barrios extremos, ayudándose unos a otros si una llamada venía cuando el que la
había pedido estaba ausente. Las mesas del cuarto de los periodistas estaban
llenas de pape-les, tazas sucias, jarras de café, bebidas de todas clases;
todos los teléfonos parecían sonar al mismo tiempo y todas las máqui-nas de
escribir pataleaban furiosas. Nadie hizo referencia a la marcha del Gobierno.
Desde la ventana de mi oficina oía, en la oscuridad de la calle,
al pueblo marchando en busca del enemigo, chillando y cantan-do, automóviles
disparados con las bocinas incansables; y en el fondo, detrás de los ruidos de
la calle, los ruidos del ataque, disparos de fusil, de ametralladoras, de
cañón, explosiones de morteros y de bombas. Me senté a censurar los despachos.
Hacia las dos de la mañana alguien trajo la noticia de que los
fascistas habían cruzado tres de los puentes sobre el Manzana-res, el de
Segovia, el de Toledo y el del Rey, y que se peleaba cuerpo a cuerpo dentro de
las tapias de la cárcel Modelo. Esto significaba que estaban dentro de la
ciudad. Me negué a pasar la noticia mientras no tuviera una confirmación
oficial, y me marché a la sala de conferencias para advertir a los censores en
los micrófonos. El americano, enorme -dos metros de altura y más de cien kilos
de peso-, que había estado bebiendo sin cesar toda la noche, se enfureció
conmigo: Franco había entrado en Madrid y él se lo iba a comunicar a su
periódico, por buenas o por malas. El censor de la República se había
terminado. Me cogió de las solapas y me sacudió como un pelele. Saqué la
pis-tola, y se lo llevaron dos milicianos. Se dejó caer en una de las camas de
campaña y comenzó a roncar instantáneamente. Cuando el último corresponsal hubo
mandado su último despa-cho, el censor del teléfono y yo nos quedamos solos en
la in-mensa sala con aquel bulto informe roncando ruidosamente. Todos los
nervios los teníamos concentrados en el oído. Escu-chábamos el ruido creciente
de la batalla; el americano dormía su whisky estrepitosamente. Alguien le había
echado encima una manta gris y sus dos pies, enormes, calzados con zapatos de
gruesas suelas, sobresalían quietos y erectos como los pies de un cadáver.
No hablábamos. Teníamos los dos los mismos pensamientos y lo
sabíamos.
La Gran Vía, la ancha calle en la que está la Telefónica,
condu-cía al frente en línea recta; y el frente se aproximaba. Lo oía-mos.
Estábamos esperando oírlo de un momento a otro bajo nuestras ventanas, con sus
tiros secos, su tableteo de máquinas, su rasgar de granadas de mano, las
cadenas de las orugas de sus tanques tintineando en las piedras. Asaltarían la
Telefónica. Para nosotros no había escape. Era una ratonera inmensa y nos
cazarían como a ratas. Teníamos una pistola y unos cuantos cartuchos cada uno.
Trataríamos de abrirnos camino a tiros a través de los corredores y las
escaleras que conocíamos tan bien. Si perdíamos, mala suerte. Pero no
esperaríamos a que nos mataran ellos fríamente. Nos defenderíamos hasta lo que
pudié-ramos.
Un muchacho joven,
diminuto, el repórter en Madrid de la agencia Fabra, entró en el cuarto, con
una cara lívida que se contraía en muecas. Me llevó en silencio a un rincón y
balbuceó:
-Barea, ¡el Gobierno ha huido a Valencia!
-Ya lo sé. No te asustes y cállate. Lo sé desde las seis de la
tar-de, y no podemos hacer nada.
Se echó a temblar y a hipar, a punto de estallar en lágrimas. Le
rellené con coñac, como se rellena una botella vacía, mientras lloriqueaba
sobre la suerte de sus hijos. Vomitó y se quedó dormido al lado del americano.
El ruido de la batalla había disminuido. Abrimos las ventanas
que daban a la Gran Vía. Era un amanecer gris. Mientras la nie-bla fría
penetraba en la habitación, una nube densa, azulada, de humo de tabaco y de
calor humano se escapaba en oleadas por la parte alta de las ventanas.
Me fui a dar una vuelta a través de los diferentes despachos. La
mayoría de los periodistas se habían ido, unos pocos dormían en camas de
campaña. Su cuarto estaba saturado de humo frío y vapores alcohólicos: abrí una
de las ventanas, silenciosamente. Los cuatro censores de los aparatos estaban
ahora todos des-piertos, esperando su relevo. Las muchachas de los cuadros eran
ya las del turno matinal y tenían los labios recién pintados y los cabellos aún
húmedos. Los ordenanzas nos trajeron café negro, espeso, de la cantina y
echamos un chorro de coñac en cada taza.
Uno de los censores del teléfono, un hombre canoso y quieto,
deshizo un pequeño cucurucho de papel y sacó dos terrones de azúcar:
-Los últimos -dijo.
Al otro lado de la calle, a la puerta del hotel Gran Vía, había
una hilera de automóviles. Decidí ir a despedir a Rubio Hidal-go. Los
vendedores de periódicos comenzaban a vocear las primeras ediciones de la
mañana. Ya no era un secreto que el Gobierno se había ido a Valencia. Madrid
quedaba bajo el mando militar y se encargaría de su defensa una entidad de
nueva creación: la junta de Defensa de Madrid.
-Y ahora, ¿qué, don Luis? -pregunté a mi jefe-. Madrid no ha
caído.
-No importa. Usted haga lo que yo le he dicho ayer. El trabajo
se ha terminado, ahora ocúpese de usted mismo. Deje usted a la junta de Defensa
que monte su censura con unos cuantos ofi-ciales, mientras dure. Madrid caerá
mañana o pasado. Espero que no habrán cortado el camino de Valencia, pero no
estoy muy seguro. La cosa se ha terminado. -Estaba muy pálido y los músculos
bajo la gruesa piel blancuzca se contraían a veces.
Volví a la Telefónica, pagué a Luis el ordenanza y a Pablo el
ciclista, y les dije lo que me había dicho Rubio Hidalgo. Luis, un viejo
ordenanza del ministerio, ceremonioso y un poco un-tuoso en sus maneras, pero
por dentro un hombre inteligente, resignado y simple, empalideció:
-Pero, ¡a mí no me pueden echar así! Yo pertenezco al personal
del ministerio, soy un empleado de la plantilla del Estado y tengo mis
derechos.
-Bueno. ¿Qué te voy a decir, Luis? Vete al ministerio y trata de
resolver las cosas, pero no creo que nadie te haga caso. Se han marchado
simplemente, Luis, y te han dejado en tierra. -Yo mismo me sentía desesperado-.
Yo por lo menos me voy a casa. El trabajo aquí se acabó.
Mientras aún zascandileaba por allí, vino un censor de teléfonos
y me dijo que monsieur Delume había pedido su llamada de todas las mañanas a
París e insistía en mandar su despacho.
-Nosotros -me dijo el hombre- no tenemos ninguna orden de
suprimir las conferencias de prensa, pero ¿cómo les voy a dejar a los
periodistas hablar con el extranjero y sus despachos sin censurar? ¡Y ahora tú
dices que has cerrado la oficina! ¿No crees que debíamos de suprimir las
conferencias?
Traté de explicarle el caso de Rubio Hidalgo, pero a medida que
hablaba iba tomando una determinación: yo había entrado en la censura no como
empleado del Estado, sino como un vo-luntario de la guerra contra los
fascistas. La prensa extranjera, nuestro contacto con el mundo exterior, no
podía seguir reci-biendo noticias sin control alguno, pero tampoco se la podía
silenciar. La censura militar, de la que Rubio Hidalgo había hablado vagamente,
no existía. Los militares tenían cosas más urgentes que atender. A lo mejor, lo
único que podían hacer los militares era forzar a los periodistas a usar otros
medios, como sus embajadas, y esto era aún peor. A pesar de lo que Rubio
Hidalgo hubiera dicho, sólo los que estaban defendiendo Ma-drid, fueran quienes
fueran, tenían el derecho de ordenarme abandonar mi puesto.
Me interrumpí en medio de una frase y dije al hombre:
-Vamos a hablar con los demás, las cosas no se pueden dejar así.
Formé consejo con los cuatro censores de teléfonos que eran
empleados de la compañía Telefónica, pero a quienes se había dado órdenes de
ponerse a disposición del Ministerio de Esta-do, y decidimos que yo me iría al
ministerio y, si era necesario, a las nuevas autoridades que se encargaban de
la defensa de Madrid, y obtendría instrucciones oficiales. Mientras tanto,
ellos censurarían los despachos de prensa lo mejor que pudie-ran. Recogí los
sellos de la censura y me fui con Luis y Pablo al Ministerio de Estado.
Los patios encristalados del ministerio estaban llenos de
grupos, gritando y gesticulando. En medio del grupo más numeroso, Faustino, el
majestuoso portero mayor, llevaba la voz cantante, mientras el sargento de
guardias de asalto encargado de la cus-todia del edificio, escuchaba aburrido:
-Las órdenes que yo tengo son éstas, y las he recibido del señor
subsecretario -gritaba Faustino-. Tengo que cerrar y ustedes se marchan ahora
mismo a la calle. -Hizo sonar un manojo de lla-ves enorme, como un sacristán al
anochecer para echar a las beatas rezagadas.
-¿Qué es lo que pasa aquí? -pregunté.
El torrente de explicaciones fue tal que no entendía una palabra
y me tuve que volver a Faustino. Titubeó en contestarme. Era claro lo que
pasaba por su mente: yo allí era un don nadie, ni aun tan siquiera un empleado
de la «casa», mientras que él era el portero mayor del ministerio más
importante de España, el poder detrás del trono de cada ministro y mejor
afirmado que ellos; el dictador de escaleras abajo en el viejo palacio. Pero
también era verdad que su mundo se había hundido, que se fusilaba a la gente,
que... y decidió contestarme.
-Pues bien, mire usted, señor. La cosa es que esta mañana me
llamó por teléfono el señor subsecretario de Estado y me dijo que el Gobierno
se había ido a Valencia, y que él se marchaba en aquel momento; y que lo que yo
tenía que hacer era cerrar el ministerio y decir al personal que se volviera a
sus casas a me-dida que fueran llegando.
-¿Le ha mandado a usted una orden escrita para que cerrara el
ministerio? -pregunté. Era claro que esto no se le había ocurrido a ninguno.
-No, señor. Es orden personal del subsecretario.
-Perdone. Hace un momento ha dicho usted mismo que había sido
una orden por teléfono.
-¡No me va usted a decir que yo no conozco su voz!
-Tampoco me va usted a decir que no puede imitarse una voz en el
teléfono. -Me volví al sargento en tono de mando-: Bajo mi responsabilidad,
usted queda encargado de que no se cierre el ministerio hasta que no haya una
orden escrita de una autori-dad superior. Se cuadró:
-De todas formas yo no me hubiera ido, aunque se hubiera
ce-rrado el edificio, porque yo no he recibido órdenes de mis supe-riores. Pero
lo que usted me dice me parece bien. No se apure, esto no se cierra mientras yo
esté aquí.
Me volví para ver lo que los otros decían.
Éramos unos veinte, todos de pie en medio del patio embaldo-sado
y frío: diez de ellos, empleados del ministerio con sus cue-llos planchados,
duros, completamente absurdos en el Madrid de los milicianos; cinco o seis
ordenanzas en uniformes azules galoneados con oro; y media docena de obreros de
la imprenta del ministerio. Menos en cinco de estas caras, en todas las otras
vi claramente una incrédula confianza mezclada con miedo; no era difícil de
entender el porqué. El ministerio, esta pieza de la maquinaria del Estado en la
cual alguno de ellos había gastado su vida entera, había desaparecido de la
noche a la mañana. Podían creer en las realidades de la guerra, la revolución,
el peligro en que estaba Madrid, la amenaza de Franco y sus tro-pas, pero no
podían creer que el edificio del Estado se derrum-bara de golpe y en su
derrumbamiento enterrara sus sueldos, su posición social, la base misma de su
existencia. Estos emplea-dos modestos, clase media sin más lustre que su título
de em-pleado del Estado, la mayoría de ellos sin creencias políticas, habían
visto la tierra bajo sus pies. No pertenecían a ningún sindicato... ¿Dónde iban
a ir, qué podían hacer? Se encontraban de golpe en medio de la calle, sin un
grupo que los soportara, incapacitados de pedir protección contra el riesgo de
que los fusilaran. Se quedaban sin hogar y sin esperanzas si se cerraba el
ministerio. Por su parte, el ejército rebelde podía entrar en la ciudad aquel
mismo día y se les encontraría como empleados de la República hasta el último
momento. Era muy tarde para de-cidirse por uno de los dos bandos.
Mi intervención les daba una esperanza nueva y les salvaba de
responsabilidad futura. Si Franco tomaba Madrid, sería yo, el revolucionario,
quien se había apoderado del ministerio por la fuerza bruta y les había
obligado a seguir trabajando. Si Madrid resistía, se encontrarían entre los
valientes que se habían queda-do, que habían resistido sin abandonar su puesto,
y nadie les discutiría sus derechos como fieles sirvientes de la República.
Gritaron todos su aprobación. Estaban dispuestos a soportar mi
proposición. Faustino se marchó lentamente, regruñendo entre sí, sacudiendo
airado su manojo de llaves.
Torres, un joven impresor, se ofreció a acompañarme a la junta
de Defensa, pero ni él ni yo, ni nadie, sabía dónde estaba. Al fin nos
decidimos a recurrir a Wenceslao Carrillo, un viejo líder socialista que los
dos conocíamos y que era el subsecretario del Ministerio de la Gobernación.
Como nos figurábamos, aún es-taba en Madrid y en su oficina del ministerio, un
cubículo de piedra, húmedo y frío, apestando a papeles apolillados y a moho.
Había en la ridículamente pequeña habitación unas dos docenas de personas y el
aire era irrespirable. Carrillo se pasea-ba furioso entre el enjambre de
empleados y oficiales de asalto. El viejo socialista, que rebosaba siempre un
optimismo sanguí-neo y saludable alrededor suyo, era indudable que aquella
ma-ñana estaba de mal humor, sus ojos ribeteados de rojo de una noche en vela y
su cara congestionada. Como siempre, hablaba brusco, pero sin sus guiños
picaros:
-Bueno, y vosotros dos, ¿qué queréis?
Le explicamos la situación en el Ministerio de Estado: no se
podía cerrar el ministerio y la censura mientras estuvieran en Madrid las
embajadas y los periodistas extranjeros. Por el mo-mento yo había evitado que
se cerrara, pero me hacía falta una orden oficial, algo, en fin, que
regularizara la situación:
-¿Y qué queréis que yo le haga? Todos estamos en el mismo lío.
Se han marchado y aquí se queda Wenceslao para dar la cara a lo que venga. ¡Así
se los lleve el diablo a todos ellos juntos! Claro que a mí no me han dicho una
palabra de que se marcha-ban, porque si me lo hubieran dicho... Bueno, mirad,
arregladlo entre vosotros mismos como podáis. Id a la junta de Defensa.
-Pero ¿dónde está la junta de Defensa?
-¿Y yo qué demonios sé dónde está? El amo es Miaja y Miaja anda
por ahí pegando tiros. Y si no, lo mejor que podéis hacer es ir al Partido y
que os den allí instrucciones. No fuimos al Partido Socialista, que era lo que
Carrillo pretendía. Yo había perdido toda mi confianza en su capacidad de
asumir la autori-dad y responsabilidad en una situación difícil, y mi compañero
Torres, un viejo miembro de las juventudes socialistas, hacía poco que se había
unido a los comunistas. Nos fuimos al comité provincial del Partido Comunista.
Allí nos dijeron que la junta de Defensa no estaba aún constituida, pero que
Frades, uno de los destacados en el Partido, sería secretario del Comité
Ejecu-tivo de la junta. Frades nos explicó que nuestro caso no podía resolverse
hasta que la junta existiera de hecho; debíamos vol-ver a verle al día
siguiente, y mientras tanto lo mejor era que no abandonáramos el ministerio. No
discutió lo que yo había he-cho, ni yo tampoco le pedí su opinión. Era obvio
que ningún puesto de importancia en Madrid debía abandonarse.
Regresamos Torres y yo tan absortos en nuestro problema
in-mediato y el peligro probable de que hubiera elementos fascis-tas entre el
personal del ministerio, que olvidamos la batalla que seguía furiosa a menos de
cuatro kilómetros de nosotros. Luis, mi ordenanza en la Telefónica, me preparó
una cama provisional en la sala de prensa del ministerio con uno de los enormes
diva-nes color Corinto que allí había. Se había enfundado en su uni-forme de
ordenanza e iba y venía con la suavidad y tacto de un perfecto sirviente,
aunque debajo de su apariencia suave estaba terriblemente excitado: don Luis le
había querido echar a la calle como se echa un perro viejo con sarna, y yo le
había salva-do de la miseria; «le había salvado la vida» era lo que decía él.
Estaba convencido de que se aprobaría oficialmente lo que ha-bía hecho y de que
se me nombraría. Yo pensaba que también era posible que me dieran cuatro tiros,
pero estaba demasiado exhausto para preocuparme. Telefoneé al control de la
Telefóni-ca y les pedí que se encargaran de censurar las conferencias aquella
noche. Después me dormí como un leño.
Al día siguiente Torres y yo fuimos al palacio del banquero Juan
March, en el cual la Junta de Defensa estaba instalando sus oficinas. Frades me
alargó un papel con la cabecera impresa: «Junta de Defensa de Madrid.
Ministerio de la Guerra. Este Consejo de Defensa decreta que, hasta nueva orden
de este mismo Consejo de Defensa, la totalidad del personal del Minis-terio de
Estado se mantendrá en sus puestos. El Secretario: Frades Arondo. Madrid, 8 de
noviembre de 1936. Sellado por el Comité Ejecutivo de la Junta». Aún conservo
el documento.
Cuando volvimos al ministerio, el orondo Faustino vino a mí con
gran secreto:
-El señor subsecretario está en su despacho.
-Bueno, déjele allí. ¿No se había ido a Valencia?
-¡Oh, sí! Pero se le ha estropeado el coche.
-Ya le veré más tarde. Ahora, hágame el favor de pasar aviso a
todo el personal de reunirse en el despacho de prensa.
Cuando todos los empleados estaban reunidos, les mostré la orden
de la junta y les dije:
-Creo que lo que se debería hacer ahora es formar
inmediata-mente un comité del Frente Popular que tome sobre sí la
res-ponsabilidad de lo que se hace. Y aparte de esto, cada uno de-be quedarse
en su puesto hasta que haya órdenes concretas de Valencia.
Torres, que era joven e ingenuo, quiso hacer las cosas en gran
estilo. Le mandó a Faustino que abriera el salón de embajado-res, y dispuso:
-Como la mayoría de vosotros no pertenece a ninguna
organiza-ción, nos vamos a reunir en el salón de embajadores únicamente los que
estamos afiliados a alguna.
Éramos nueve, los seis impresores, dos empleados y yo. Torres
asumió la presidencia. Era chiquitín y flaco y su cuerpecillo insignificante se
hundió demasiado hondo en el muelle sillón del ministerio.
El salón de embajadores es una larga habitación, casi
comple-tamente llena por la enorme mesa central. Las paredes están tapizadas de
brocado rojo y gualda, las sillas tienen respaldos curvados y dorados, asientos
tapizados de rojo, y las garras en que rematan sus patas se hunden
profundamente en la gruesa alfombra floreada. Sobre la mesa, frente a cada
sillón, hay una carpeta de cuero con el escudo de España estampado en oro.
Torres, en mangas de camisa, se encaró con nosotros, los tres chupatintas venidos
a menos y los cinco impresores en blusa azul:
-¡Camaradas!...
La enorme sala nos empequeñecía y nos hacía borrosos; para
contrarrestar este sentimiento, manteníamos la discusión a puros gritos. Cuando
salimos, la alfombra estaba salpicada de ceniza de cigarrillos y los brocados
impregnados de humo frío de ta-baco malo. Mientras desfilábamos, Faustino entró
y comenzó a abrir los balcones para purificar el santuario; pero nosotros
está-bamos contentos. Habíamos formado un Comité del Frente Popular, del cual
era presidente Torres y yo secretario. Y ha-bíamos fundado también la Unión de
Empleados del Ministerio de Estado. Una hora más tarde se había adherido todo
el per-sonal.
El sargento de los guardias de asalto me llamó a su cuarto, y,
cuando entré, cerró la puerta con gran cuidado:
-Ahora, ¿qué vamos a hacer con el tío ese?
-¿Con qué tío?
-Con el subsecretario. Yo creo que debería suprimírsele.
-Hombre, no sea usted bruto.
-Yo puedo ser un bruto, pero ese fulano es un fascista. ¿Sabe
usted lo que le ha pasado? Tenía miedo de pasar a través de Tarancón, porque
allí están los anarquistas, y por eso se ha vuel-to a Madrid. ¿Usted no conoce
la historia? Pues todo Madrid la conoce ya. En Tarancón, los anarquistas
estaban esperando al Gobierno y a todos los peces gordos que se escaparon la
otra noche, y querían fusilarlos a todos. El único que tuvo reaños para
enfrentarse con ellos fue nuestro propio ministro, don Ju-lio, pero los hubo
que se escaparon sin ponerse más que el pija-ma y yo creo que alguno hasta se
ensució en él.
Me fui a ver al subsecretario de Estado. Los ojos del señor
Ureña estaban dilatados detrás de sus gafas, la cara tenía un ligero tinte
verdoso como el de los cirios de las iglesias. Me ofreció una silla.
-No, muchas gracias.
-Como usted quiera.
-Quería únicamente decirle que tengo esta orden de la junta de
Defensa, de acuerdo con la cual el ministerio no puede cerrarse.
-Bueno, lo que usted diga. -No había duda de que el hombre
estaba temblando de miedo y su mente llena de visiones de piquetes de
ejecución.
-Esto es todo lo que quería comunicarle.
-Bien, bien. Pero yo tengo que salir esta tarde para Valencia.
-Yo no tengo nada en
contra. Usted es el subsecretario de Es-tado y yo no soy más que un temporero
en la censura. Supongo que usted tiene sus órdenes directas del Gobierno. La
única cosa que yo tengo que decirle es que este ministerio no se cie-rra. Lo
demás no me importa.
-Oh, bien, entonces todo está bien. Muchas gracias.
El señor Ureña se marchó aquella tarde y Madrid no volvió a
verle. Torres me dio una orden firmada del Comité del Frente Popular
ordenándome hacerme cargo del departamento de prensa. En la oficina de censura
estaba sentado un hombre ya maduro con un mechón de pelo blanco, el periodista
Llizo, un hombre bien educado y de una honradez absoluta, que me reci-bió con
una exclamación de alivio:
-Gracias a Dios que esto comienza a arreglarse. ¿Usted sabe lo
que los periodistas han mandado ayer sin nadie que lo censura-ra?
-¡Pero los censores de teléfonos se habían encargado de ello!
-Sí, puede ser, y parece que lo han hecho durante la noche. Pero
durante el día, la mayoría de los periodistas hacían sus llamadas desde aquí y
telefoneaban sus despachos en la sala de prensa, porque les era mucho más
cómodo. Y como antes nosotros cen-surábamos en el aparato, naturalmente, la
Telefónica ha conec-tado las llamadas y no se ha preocupado de nada más, en la
seguridad de que nosotros estábamos todavía haciendo la cen-sura. O tal vez
todo el mundo se ha hecho un lío. De todas ma-neras, ¡mire usted lo que se ha
mandado al mundo ayer!
Miré el montón de papeles y se me revolvió el estómago. Los
sentimientos contenidos de muchos periodistas se habían vol-cado allí. Había
textos que no disimulaban, entre malicias, la alegría de que Franco estuviera,
como ellos decían, dentro de la ciudad. Las gentes que leyeran aquellos
despachos en otros países estarían convencidos de que los rebeldes habían ya
con-quistado Madrid y que la última resistencia, floja y desorgani-zada,
terminaría inmediatamente. Había también informaciones justas y sobrias, pero
la visión general que surgía de aquella odiosa mezcolanza era la de una
confusión terrible -algo de esto había en verdad-, sin que apareciera la
llamarada de valor y determinación de luchar que existía también y que era, en
la jerga del periodismo, la «historia real». Nunca me he convenci-do tan
completamente como entonces de la necesidad absoluta de una censura de guerra,
leyendo aquellas informaciones llenas de malicia y de embustes, y dándome
cuenta del daño que nos hacían en el extranjero. Era una derrota que se la
debíamos al hombre a quien el miedo había llevado a desertar.
El mismo día, un hombre vestido de luto, escuálido, con cara de
enfermo del estómago, vino a verme:
-Mire usted, yo soy el delegado del Estado en la compañía
Transradio. He oído que usted había arreglado las cosas aquí y he venido a ver
qué me aconseja. Sabe usted, yo tengo que cen-surar todos los radios que se
mandan al extranjero, menos los que mandan ustedes ya censurados, claro, y la
mayoría de estos radios proceden de las embajadas. Como usted pertenece al
Ministerio de Estado y todo el mundo se ha marchado, he pen-sado que usted me
podría ayudar. Francamente, yo no sé qué hacer, yo no soy un hombre muy
enérgico. -Se estiró la corbata y me alargó un paquete de telegramas. Le
expliqué que yo no tenía autoridad para intervenir en sus asuntos y traté de
con-vencerle de que fuera a la junta de Defensa.
-He estado allí. Me dijeron que siga haciendo la censura como
siempre. Pero, ahora pasan cosas... ¿qué voy a hacer yo con esto? - Escogió uno
de los telegramas dirigido a «S. E. el Gene-ralísimo Franco. Ministerio de la
Guerra. Madrid». Era un pom-poso mensaje de felicitación al conquistador de
Madrid, firma-do por el presidente de una de las más pequeñas repúblicas
lati-noamericanas.
-Bueno, eso es fácil -le dije-. Devuélvalo con la nota corriente
en el servicio:
«Desconocido en las señas indicadas».
Pero si este telegrama no era importante desde el punto de vista
de la censura, había otros, en clave, de embajadores y legislado-res cuyo
partidismo por Franco era indudable. Había radios para y de españoles con la
dirección de embajadas extranjeras, donde estaban refugiados, cuyo texto dejaba
ver claramente las más ingenuas combinaciones bajo simples mensajes familiares.
El remitente más prolífico era Félix Schleyer, el comerciante alemán que yo
sabía era uno de los agentes nazis más activos, pero que gozaba de una
extraterritorialidad espuria como admi-nistrador de la legación de Noruega en
ausencia del ministro, que residía en San Juan de Luz.
Para ayudar al pobre interventor del Estado en la radio y para
evitar algo de aquel desastre, tomé a mi cargo decidir extraofi-cialmente qué
despachos debía mandar y cuáles retener. Pero no me hacía ilusiones: no
estábamos en condiciones de enfren-tarnos con las cosas que habían abandonado
los que así se mar-charon sin mirar atrás. Pero tampoco podía yo hacer lo que
ellos y rehuir la responsabilidad, aunque me consumiera la furia de mi
impotencia y la ira contra los burócratas que habían huido con pánico, sin
dejar nada previsto para la continuidad de su trabajo, seguros de la rendición
de Madrid. El caso de los ra-diotelegramas, aunque no me concerniera
directamente, me ponía claramente de relieve que esto mismo había ocurrido en
cada oficina del Estado, y que los que se habían quedado en Madrid tenían que
montar, como yo, servicios de emergencia que seguirían forzosamente las leyes
de una defensa revolucio-naria, pero no las leyes de precedencia.
Reorganicé la censura de prensa extranjera con los cinco
em-pleados que Rubio Hidalgo había dejado abandonados. Algu-nos de los
periodistas nos mostraron inmediatamente un resen-timiento hosco; el
restablecido control les irritaba abiertamente.
-Ahora mandarán por las valijas diplomáticas todo el veneno que
tienen dentro -dijo uno de los censores.
Lo que había montado era una estructura raquítica. Estábamos
aislados, sin instrucciones y sin información oficial, y sin nin-guna autoridad
consultiva con excepción de la junta de Defen-sa, y la junta de Defensa tenía
otras preocupaciones que el ocu-parse de la censura de prensa extranjera. Nadie
sabía por cierto a qué departamento pertenecíamos y yo no conseguía obtener
comunicación telefónica con Valencia. Sin embargo, me sentía orgulloso de
mantener el servicio.
A nuestro alrededor, Madrid estaba sacudido por una exalta-ción
febril: los rebeldes no habían entrado. Los milicianos se felicitaban unos a
otros y a sí mismos en las tabernas, borrachos de vino y de fatiga, dando un
escape a sus miedos y a sus exci-taciones con unos cuantos vasos, antes de
volver a la esquina o a la barricada improvisada que aún persistía. Aquel
domingo, el interminable 8 de noviembre, desfiló por el centro de la ciudad una
formación militar compuesta de extranjeros en uniforme, equipados con armas
modernas: la legendaria Brigada Interna-cional, que había sido entrenada en
Albacete, venía en ayuda de Madrid. Después de las noches del 6 y del 7, cuando
Ma-drid se había quedado sola en su resistencia desesperada, la llegada de
estos antifascistas de países lejanos era una ayuda increíble. Antes de que
terminara el domingo, circulaban ya por Madrid historias de la bravura de los
batallones internacionales en la Casa de Campo; de cómo «nuestros» alemanes
habían resistido la metralla de las máquinas de los «otros» alemanes que iban
en vanguardia de las tropas de Franco; de cómo nues-tros camaradas alemanes se
habían dejado aplastar por estos mismos tanques alemanes antes que retirarse.
Estaban llegando tanques rusos, cañones antiaéreos, aeroplanos y camiones
llenos de munición. Se corría el rumor de que los Estados Unidos es-taban
dispuestos a vender armas al Gobierno. Queríamos creer-lo. Esperábamos todos
que, ahora, a través de la defensa de Madrid -¿qué mejor voto?-, el mundo se
enteraría al fin de por qué luchábamos. La censura de prensa extranjera en
Madrid era una parte de esta defensa; o al menos entonces yo lo creía así.
Una de aquellas mañanas, los cañones de sitio que los rebeldes
habían emplazado comenzaron su bombardeo diario del amane-cer. Lo llamábamos
«el lechero». Estaba dormido en un sillón en el ministerio cuando me despertó
una serie de explosiones en la vecindad. Las granadas estaban cayendo en la
Puerta del Sol, en la plaza Mayor, en la calle Mayor, a trescientos metros
esca-sos del edificio donde yo estaba. De pronto, las gruesas paredes
temblaron, pero la explosión y destrucción por la que esperaban mis nervios no
llegó, como debía, segundos después. En algún sitio, en los pisos altos, se
oían gritos y carreras, y gente medio vestida se volcaba escaleras abajo.
Faustino envuelto en una vieja bata, su mujer en enaguas y chambra, con sus
pechos blanduchos restallando, un grupo de guardias de asalto en mangas de
camisa, los pantalones desabrochados. En el patio, más al sur, se amansaba una
nube de polvo nacida en el techo.
Un obús había tocado el edificio, pero no había estallado.
Ha-bía pasado a través de las viejas gruesas paredes y se había tumbado a
descansar a través del umbral del dormitorio de los guardias. La madera del
piso estaba humeante aún y en la pared de enfrente había un roto. Una hilera de
volúmenes del diccio-nario Espasa-Calpe había brincado en un remolino de hojas
sueltas. Era una granada de 24 centímetros, tan grande como un recién nacido.
Después de conferencias sin fin aquí y allá, vino un artillero del parque de
artillería y desmontó la espoleta; el obús vendrían a recogerlo después.
Los guardias transportaron el enorme proyectil, ahora
inofensi-vo, al patio. Alguien tradujo la tira de papel que se había
encon-trado en el hueco entre la espoleta y el corazón de la bomba. Decía en
alemán: «Camaradas: no temáis. Los obuses que yo cargo no explotan. -Un
trabajador alemán». Se abrieron de par en par las grandes puertas de hierro y
sobre una mesa coloca-mos el obús, para que todos lo vieran. Vinieron miles a
contem-plar el obús y la tira de papel escrita en caracteres góticos. Aho-ra
que los obreros alemanes nos ayudaban íbamos a ganar la guerra. «¡No pasarán,
no pasarán!» Un avión, deslumbrante en la luz del sol como un pájaro de plata,
volaba muy alto sobre nuestras cabezas. Las gentes se lo señalaban unos a
otros: «¡Uno de los nuestros! Un ruso. ¡Viva Rusia!». El avión trazó una curva
airosa, descendió sobre los tejados y dejó caer un rosario de bombas en el
centro de la ciudad. La multitud se dispersó por un momento y volvió a
conglomerarse para restau-rar su fe, contemplando sobre la mesa el obús muerto,
los guar-dias de asalto haciendo centinela.
Me fui a casa y recogí las fotografías de los niños asesinados
en Getafe. Me las llevé al Partido Comunista para que se usaran en carteles de
propaganda.
En la mañana del 11 de noviembre, Luis vino a decirme que dos
extranjeros me estaban aguardando en la oficina de Rubio Hidalgo.
Cuando entré en el cuarto oscuro y mustio, con las señales
to-davía vivas de la huida reciente, me encontré con un hombre aún joven, de
facciones enérgicas, móviles y bien coloreadas, gafas de concha y un tupé de
pelos castaños rizados sobre la frente, paseándose de arriba abajo, y una mujer
pálida y frágil, con labios desdeñosos y un moño de pelo ratonil, recostada
contra la mesa. No tenía la más mínima idea de quiénes podían ser. Periodistas,
no, desde luego. El hombre golpeó un manojo de papeles sobre la mesa y dijo en
mal español, con un acento gutural:
-¿Quién es el responsable de todo esto? Tú, supongo, ¿no? - Hizo
la pregunta en un tono agresivo que me revolvió. Contesté agrio:
-¿Y quién eres tú?
-Mira, camarada. Éste es el camarada Kolzov de Pravda e
Izvestia. Venimos del Comisariado de Guerra y queremos saber algunas cosas
sobre ti. -Ella hablaba con un marcado acento francés. Miré el montón de
papeles. Eran los despachos de prensa mandados sin el sello de la censura el 7
de noviembre.
El ruso se volvió a mí y gritó:
-Esto es una vergüenza. Quien quiera que sea el responsable de
esta clase de sabotaje, merece que le fusilen. Los hemos visto en el
comisariado cuando alguien del ministerio los llevó para que se enviaran a
Valencia. ¿Eres tú quien ha dejado a los pe-riodistas decir estas cosas? ¿Tú
sabes lo que has hecho?
-Lo único que sé es que soy yo quien ha evitado que esto
si-guiera pasando -repliqué-. Nadie se ha preocupado de ello, y tú me parece
que también te has enterado un poco tarde. -Y co-mencé a explicar toda la
historia, menos molesto por la manera imperativa de Kolzov que satisfecho de
que al fin alguien se ocupara de nuestro trabajo. Terminé diciéndole que hasta
en-tonces estaba encargado de la censura sin autoridad alguna, con excepción de
la mía y la del improvisado Comité del Frente Popular, consistente en nueve
personas.
-La autoridad de quien tú dependes es el Comisariado de Gue-rra.
Vente con nosotros y Susana te dará una orden del comisa-riado.
Me llevaron en un coche al Ministerio de la Guerra donde
en-contré que la mujer, a quien llamaban Susana, estaba actuando como
secretaria responsable del Comisariado de Guerra de Ma-drid; aparentemente sin
más razón que el haber mantenido su cabeza firme, porque hasta entonces no
había sido más que una mecanógrafa. Grupos de oficiales de las milicias
entraban y salían, gentes entraban violentamente gritando que no les había
llegado el armamento que les estaba destinado; y tal hombre, Kolzov, se
mezclaba en cada discusión y gritaba con toda la autoridad de su vitalidad y de
su arrogancia.
Me alegraba caer bajo el Comisariado de Guerra. Álvarez del
Vayo, que era mi jefe supremo en su calidad de ministro de Estado, había sido
nombrado comisario general. Aún no le co-nocía personalmente, pero estaba bien
predispuesto por el sen-timiento popular hacia él; había sido el primero de los
ministros que había vuelto a Madrid y había hecho contacto con el frente de
batalla de la ciudad sitiada. Todo el mundo narraba cómo él solo se había
enfrentado con el grupo de anarquistas de Taran-cón como un hombre. Las gentes
recordaban que era él quien había dicho la verdad acerca de nuestra guerra a
los diplomáti-cos, reunidos en Ginebra. Esperaba que, en las condiciones del
estado de sitio, la censura de prensa extranjera se mantendría libre de
interferencias de la burocracia del Ministerio de Estado emboscada en la
retaguardia de Valencia.
La orden escrita que recibí del Comisariado de Guerra el 12
noviembre decía así: Teniendo en cuenta el traslado a Valencia del Ministerio
de Estado y de la necesidad indispensable de que el departamento de prensa de
dicho ministerio continúe funcionando en Madrid, el comisario general de Guerra
ha de-cidido que el dicho departamento de prensa dependerá de aho-ra en
adelante del comisario general de Guerra y, por otra parte, que Arturo Barea
Ogazón será responsable del mismo, con la obligación de rendir un informe de
sus actividades al comisario general de Guerra.
En la tarde de aquel mismo día, Rubio Hidalgo llamó desde
Valencia. Venía a Madrid para arreglar las cosas. Informé al comisariado. Me
dijeron que no le dejara tocar un solo papel y que le llevara al Ministerio de
la Guerra; ya se encargarían ellos de él.
-¿Y suponiendo que no
quiera ir?
-Te lo traes entre dos guardias de asalto.
Hasta entonces había rehusado utilizar el despacho de Rubio. Era
una habitación dispuesta para el jefe de sección que podía sentarse allí con
todos los honores de su cargo, sin que le moles-tara el trabajo de otros. Por
otra parte, odiaba el olor de la habi-tación. Pero cuando Rubio Hidalgo llegó
de Valencia, le recibí en su propio despacho, sentado a su mesa, e
inmediatamente le transmití la orden del Comisariado de Guerra. Palideció más
de lo que era y guiñó sus ojos ganchudos:
-Bueno, vamos.
En el comisariado escuchó en silencio la reprimenda agria y
cruda; después puso sus cartas sobre la mesa. Él era el jefe de prensa del
Ministerio de Estado; el Comisariado de Guerra te-nía que oponerse a cualquier
acción desorganizada y brutal, puesto que reconocía la autoridad del Gobierno y
su propio jefe era un miembro de él. La posición legal de Rubio era inatacable.
Se acordó que la Oficina de Prensa y Censura en Madrid segui-ría dependiendo de
él en su calidad de jefe de prensa. Estaría bajo el Comisariado de Guerra en
Madrid para las instrucciones inmediatas, y, a través del comisariado, bajo la
junta de Defen-sa. El Departamento de Prensa del Ministerio de Estado segui-ría
pagando los gastos de la oficina de Madrid, los despachos censurados se seguirían
enviando a Rubio Hidalgo. Estuvo sua-ve y convincente.
Cuando volvimos al ministerio discutió conmigo los detalles del
servicio: las reglas generales para la censura sobre cuestiones militares me
serían dadas por las autoridades de Madrid. Acor-damos que el servicio debía
trasladarse en bloque a la Telefóni-ca. Los periodistas pedían el cambio; la
mayoría de ellos vivían en hoteles cercanos a la Telefónica y encontraban muy
inconve-niente el ir y venir todos los días al ministerio a través de un Madrid
salpicado de cañonazos. Teníamos también el interés de liberar a los censores
de la Telefónica de su trabajo eventual como censores de prensa y en organizar
los turnos de trabajo con nuestro escaso personal. Rubio prometió mandarme
desde Valencia otro censor. Se marchó con apreciaciones entusiastas para el
trabajo arduo que habíamos hecho y con acendradas protestas de amistad. Me
quedé convencido de que me odiaba, aún mucho más que yo a él.
Cuando nos hubimos instalado en la Telefónica, me fui por unas
horas. Era mi primer descanso desde el 7 de noviembre. Tenía el cerebro
acorchado y quería respirar un poco de aire. Ir a casa no había ni que
pensarlo. Me marché Gran Vía abajo, hacia el barrio de Arguelles y el paseo de
Rosales, el barrio que había sido casi demolido por el bombardeo concentrado en
los primeros días de sitio, cuando los tanques alemanes de los re-beldes se
preparaban trepar hasta la plaza de España. Habían comenzado a subir la cuesta
de San Vicente, pero habían sido rechazados cuando casi llegaban a ver la
estatua de bronce de don Quijote. Toda la parte de Argüelles alrededor del
paseo de Rosales y de la calle de Ferraz, que debía haber sido la brecha
abierta en la muralla de defensa, estaba entonces evacuada y declarada zona de
guerra, como parte frente.
Se había disipado la niebla de la noche anterior y el cielo era
despiadadamente azul. Contemplé cada brecha y cada agujero en el Cuartel de la
Montaña. Los jardines al pie estaban pelados y sucios. Algunos de los agujeros
servían de marco al sol en los patios. El edificio era ahora una cáscara vacía
y silenciosa que recibía los ruidos del frente y los devolvía amplificados y
terri-bles. El tableteo de las ametralladoras allá abajo repercutía en las
galerías del cuartel.
Hasta aquí llegaban los signos de vida humana, el ruido de
gen-tes en algún rincón abandonado del cuartel, compañías de mili-cianos
marchando por las avenidas hacia el frente, centinelas de guardia en puertas
rotas. Quise seguir en dirección al paseo de Rosales, pero un soldado me hizo
retroceder.
-No se puede pasar, compañero, está barrido por las
ametralla-doras.
Seguí por la calle paralela, la calle de Ferraz. Estaba
desierta. Conforme avanzaba, la calle muerta se iba apoderando de mí. Había
casas absurdamente intactas, lado a lado de montones inmensos de basura y
escombro. Había casas cortadas limpia-mente por un hachazo gigante que
mostraban sus entrañas como una casa de muñecas abierta. En los pocos días que
habían transcurrido, las nieblas habían estado trabajando en silencio: habían
pelado el papel de las paredes y lo habían convertido en largas tiras pálidas que
flameaban al viento. Un piano caído sobre su cojera mostraba sus dientes
blancos y negros. Se ba-lanceaban las lámparas del comedor con las pantallas
pretencio-sas de faldillas bordadas, ahogadas de vigas desnudas. Detrás de una
ventana flanqueada de erizados cuchillos de roto cristal, un espejo intacto,
desvergonzado, reflejaba un diván que deja-ba escapar sus intestinos.
Pasaba bares y tabernas: uno cuyo piso había sido tragado por la
boca oscura y aún hambrienta de la cueva, otro con las pare-des intactas, pero
el mostrador de cinc arrugado, el reloj en la pared, una retorcida masa de
ruedas y muelles y una cortinilla roja agitándose delante de nada. Entré en una
taberna que no estaba herida, sólo abandonada. Sillas y banquetas continuaban
alrededor de las mesas pintadas de rojo, las botellas y los vasos estaban aún
como los dejaron los parroquianos. En la pila del mostrador, el agua era espesa
y llena de lodo en el fondo. Por la boca de un frasco de vino, cuadrado,
renegrido de posos secos de vino, apareció lentamente una araña, se afirmó
sobre el bor-de con sus dedos peludos y se me quedó mirando.
Me marché de prisa, casi corriendo, perseguido por el grito y
por la mirada de las cosas muertas. Los carriles del tranvía, arrancados del
pavimento de piedra, retorcidos en rizos convul-sos, me cerraban el paso, como
serpientes llenas de furia. La calle no tenía fin.
En la Telefónica
Capítulo II
Cuando se corre peligro de muerte se tiene miedo: antes, en el
momento o después. También, en el momento crítico de peligro, se sufre el
fenómeno que yo llamaré de «visibilidad». La per-cepción de todos los sentidos
y de todos los instintos se aguza hasta un límite que permite «ver» -es decir,
profundizar- en lo más hondo de la propia vida. Pero cuando el peligro de
muerte adquiere caracteres permanentes por un largo período de tiempo y no es
personalmente aislado, sino colectivo, o se cae en la bravura insensata o en el
embrutecimiento pasivo; o la visibili-dad subsiste y se aguza más y más aún,
como si fuera a romper las fronteras entre la vida y la muerte.
Aquellos días del mes de noviembre de 1936, todos y cada uno de
los habitantes de Madrid estaban en constante peligro de muerte.
El enemigo estaba en las puertas y podía irrumpir de un mo-mento
a otro; los proyectiles caían en las calles de la ciudad. Sobre sus tejados se
paseaban los aviones impunes y dejaban caer su carga mortífera. Estábamos en
guerra y en una plaza sitiada. Pero la guerra era una guerra civil, y la plaza
sitiada, una plaza que tenía enemigos dentro. Nadie sabía quién era un ami-go
leal; nadie estaba libre de la denuncia o del terror, del tiro de un miliciano
nervioso o del asesino disfrazado que cruzaba ve-loz en un coche y barría una
acera con su ametralladora. Los víveres no se sabía qué mañana habrían dejado
de existir. La atmósfera entera de la ciudad estaba cargada de tensión, de
desasosiego, de desconfianza, de miedo físico, tanto como de desafío y de voluntad
irrazonada y amarga de seguir luchando. Se caminaba con la muerte al lado.
Noviembre era frío y húmedo, lleno de nieblas, y la muerte era
sucia.
La granada que mató a la vendedora de periódicos de la esqui-na
de la Telefónica lanzó una de sus piernas al centro de la ca-lle, lejos del
cuerpo. Noviembre recogió aquella pierna, la refre-gó con sus barros y la
convirtió de pierna de mujer en un pinga-jo sucio de mendigo.
Los incendios chorreaban hollín diluido en humedad: un líqui-do
negro, seboso, que se adhería a las suelas, trepaba a las ma-nos, a la cara, al
cuello de la camisa y se instalaba allí persisten-te.
Los edificios destripados por las bombas exhibían las
habita-ciones rotas, mojadas por la niebla, sus muebles y sus ropas hin-chados,
deformes, desfilando los colores en una mezcla sucia, como si la catástrofe
hubiera ocurrido años hacía y las ruinas hubieran quedado allí abandonadas. Por
los cristales rotos de las casas en pie de los vivos entraba la niebla
algodonosa y fría.
Tal vez os habéis asomado en la noche al brocal de uno de esos
viejos pozos en el fondo de los cuales dormita el agua. Dentro está todo negro
y en silencio y es imposible ver el fondo. Tie-nen un silencio opaco que sube
de la tierra, de lo profundo, oliendo a moho. Si habláis, os responde un eco
bronco que sur-ge de lo hondo. Si persistís en mirar y en escuchar, acabaréis
por oír el andar aterciopelado de las alimañas por sus paredes. Una cae de
súbito al agua, y entonces el agua recoge una chispa de luz de alguna parte y
os ciega con un destello fugaz, lívido, metálico; un destello de cuchillo
desnudo. Os retiráis del brocal con un escalofrío.
Era esta misma la impresión que se recibía al mirar a la calle
desde las ventanas altas de la Telefónica. A veces se desgarraba el silencio de
ciudad muerta lleno de estos ruidos pavorosos: el pozo estallaba en alaridos,
ráfagas de luz cruzaban las calles acompañando el aullido de las sirenas
montadas sobre las mo-tocicletas, y el bordoneo de los aviones llenaba el
cielo.
Comenzaba la hecatombe de cada noche; temblaba el edificio en
sus raíces, tintineaban sus cristales, parpadeaban sus luces. Se sumergía y
ahogaba en una cacofonía de silbidos y explosio-nes, de reflejos verdes, rojos
y blanco-azul, de sombras gigantes retorcidas, de paredes rotas, de edificios
desplomados. Los cristales caían en cascadas y daban una nota musical casi
alegre al estrellarse en los adoquines.
Estaba en el límite de la fatiga. Había establecido una cama de
campaña en el cuarto de censura de la Telefónica y dormía a trozos en el día o
en la noche, despertado constantemente por consultas o por alarmas y
bombardeos. Me sostenía a fuerza de café negro, espeso, y coñac. Estaba
borracho de fatiga, café, coñac y preocupación.
Había caído de lleno sobre mí la responsabilidad de la censura
para todos los periódicos del mundo y el cuidado de los corres-ponsales de
guerra en Madrid. Me encontraba en un conflicto constante con órdenes dispares
del ministerio en Valencia, de la junta de Defensa o del Comisariado de Guerra;
corto de perso-nal, incapaz de hablar inglés, ante una avalancha de periodistas
excitados por una labor de frente de batalla y trabajando en un edificio que
era el punto de mira de todos los cañones que se disparaban sobre Madrid y la
guía de todos los aviones que volaban sobre la ciudad.
Miraba los despachos de los periodistas tratando de descubrir lo
que querían decir, cazando palabras a través de diccionarios pedantes para
descifrar el significado de sus frases de doble sentido, sintiendo y
resintiendo la impaciencia y la hostilidad de sus autores. No los veía como
seres humanos, sino como muñecos gesticulantes y chillones, manchones borrosos
que surgían de la penumbra, vociferaban y desaparecían.
Hacia la medianoche sonó el alerta y salimos al pasillo que en
un rincón, al lado de la puerta, ofrecía un resguardo contra los vidrios
proyectados por las explosiones. Continuamos allí ter-minando de censurar unos
despachos a la luz de nuestras lám-paras de bolsillo.
Por el extremo opuesto del pasillo vino hacia nosotros un grupo
de personas.
-¿Es que no pueden parar estos periodistas ni en los alertas? -
regruñó alguien.
Era una partida de periodistas que acababa de llegar de
Valen-cia. Alguno de ellos ya había estado en Madrid hasta la mañana del siete.
Nos saludamos en la penumbra. Entre ellos venía una mujer.
El alerta pasó pronto y entramos en el despacho. La lámpara,
envuelta en papel morado, me impedía ver bien las caras y entre esto y la
llegada de otros periodistas con despachos urgentes sobre el bombardeo, tenía
una impresión confusa de quiénes habían venido. La mujer se sentó frente a mí
al otro lado de la mesa: una cara redonda, con ojos grandes, una nariz roma,
una frente ancha, una masa de cabellos oscuros, casi negros, alrede-dor de la
cara, y unos hombros anchos, tal vez demasiado an-chos, embutidos en un gabán
de lana verde, o gris, o de algún color que la luz violada hacía indefinido. Ya
había pasado de los treinta y no era ninguna belleza. ¿Para qué demonios me
mandaban a mí una mujer de Valencia? Ya era bastante compli-cado con los
hombres. Mis sentimientos, todos, se rebelaban contra ella.
Tenía que consultar frecuentemente el diccionario, no sólo por
mi escaso inglés, sino también por el slang o jerga periodística y las palabras
nuevas que creaba la guerra a cada momento con su armamento jamás usado. La
mujer me miraba curiosa. De pron-to cogió uno de los despachos del montón y
dijo en francés:
-¿Quieres que te ayude, camarada?
Le alargué silenciosamente una página llena de una cantidad de
«camelos». Me malhumoró y me hizo sospechar ligeramente el ver la rapidez y
facilidad con la que recorría las líneas con sus ojos, pero tenía que quitarme
de encima un montón enorme de despachos y la consulté varias veces. Cuando nos
quedamos solos le pregunté:
-¿Por qué me has llamado «camarada»? Me miró con gran asombro:
-¿Por qué me ha llamado «camarada»?
-No creo que lo diga por los periodistas. Algunos de ellos son
fascistas declarados.
-Yo he venido aquí como una socialista y no como corresponsal de
un periódico.
-Bueno -dije displicente-, entonces, camaradas. -Lo dije de
ma-la gana; aquella mujer iba a crear complicaciones.
Comprobé y respaldé sus documentos; la mandé alojada al Gran
Vía, el hotel exactamente enfrente de la Telefónica, y pedí a Luis el ordenanza
que la acompañara a cruzar la oscura calle. Se marchó a lo largo del pasillo,
tiesa y terriblemente se-ria, embutida en su severo gabán. Pero andaba bien.
Una voz detrás de mí dijo: «¡Ahí va un guardia de asalto!».
Cuando volvió Luis, exclamó:
-¡Eso es una mujer para usted!
-¡Caray! ¿Le ha gustado, Luis? -pregunté asombrado.
-Es una gran mujer, don Arturo. Tal vez demasiado buena para un
hombre. Y vaya una idea. ¡Venir a Madrid precisamente ahora! No sabe ni cinco
palabras de español, pero si la dejan sola por la calle no se pierde, no. Ya
tiene reaños esa mujer.
Al día siguiente vino a la censura a que le diera un
salvocon-ducto y tuvimos una larga conversación en nuestro francés
con-vencional. Habló francamente de ella misma, ignorando o tal vez no
enterándose de mi antagonismo: era una socialista aus-tríaca con dieciocho años
de lucha política detrás de ella; había tomado parte en la revolución de los
trabajadores de Viena en febrero de 1934 y en el movimiento ilegal que siguió;
después había escapado a Checoslovaquia y vivido allí con su marido como una
escritora política. Había decidido venir a España cuando estalló la guerra.
¿Por qué? Bueno, a ella le parecía que era la cosa más importante para los
socialistas que ocurría en el mundo y quería ayudar. Había seguido los
acontecimientos en España a través de los periódicos socialistas españoles, los
cua-les descifraba con la ayuda de sus conocimientos del francés, del latín y
del italiano. Tenía un grado universitario como eco-nomista y socióloga, pero
por muchos años se había dedicado sólo a trabajo de educación y propaganda en
el movimiento obrero.
«¡Buena pieza me había caído en suerte! ¡Revolucionaria,
inte-lectual y sabihonda!», pensé para mis adentros.
Y desde el momento que había decidido venir a España, pues, aquí
estaba. Dios sabía cómo: con dinero prestado, con la excu-sa de que algunos
periódicos de la izquierda, en Checoslova-quia y en Noruega, le habían
prometido tomarle los artículos para informaciones telefónicas, nada más que
unas cuantas car-tas que mandara, pero sin darle un sueldo, ni menos aún dinero
de presentación. La embajada en París la había mandado al de-partamento de
prensa y éste había decidido pagarle los gastos de estancia. Rubio Hidalgo se
la había llevado a Valencia con su convoy, pero, puesto que Madrid no había
caído, ella se ha-bía empeñado en que al menos tenía que haber un periodista de
izquierda en Madrid, y exigió volver. Escribiría sus artículos y serviría como
una especie de secretaria-mecanógrafa a unos periodistas franceses e ingleses
que estaban dispuestos a pagarle bien. Así que todo lo tenía arreglado. Se
había puesto a la dis-posición del Departamento de Prensa y Propaganda y se
consi-deraba ella misma como bajo nuestra disciplina.
Un discurso bonito. No sabía qué hacer con ella: o sabía
dema-siado o estaba loca como una cabra. Su historia, a pesar de to-das sus
cartas de presentación, me parecía un poco fantástica.
Entró en el cuarto un periodista danés, regordete y alegre, que
había venido con ella desde Valencia. Quería que le censurara un largo artículo
para Politiken. Lo sentía mucho, yo no podía censurar nada en danés, tendría
que someterme un texto en francés o en inglés. Se puso a hablar con la mujer y
ésta recorrió con la mirada las cuartillas escritas a máquina y se volvió a mí:
-Es un artículo sobre los bombardeos de Madrid. Déjeme que lo
lea por usted. Ya he censurado otros artículos de él en danés cuando estaba en
Valencia. Sería muy difícil para él y para su periódico si tuviera que
traducirlo al inglés o al francés y des-pués retraducirlo allí.
-Pero yo no puedo pasar un idioma que no entiendo.
-Llame a Valencia a Rubio Hidalgo y ya verá cómo me deja
hacerlo. Al fin y al cabo es en nuestro propio interés. Luego volveré y ya me
dirá lo que Rubio le ha dicho.
No me hizo mucha gracia su insistencia, pero le di cuenta a
Ru-bio Hidalgo en el curso de la conferencia que teníamos siempre a mediodía.
Me encontré con que no sabía pronunciar el nombre de la mujer, pero no había
otra mujer periodista en Madrid. Y con la mayor sorpresa por mi parte, Rubio
Hidalgo dio inmedia-tamente su conformidad y preguntó:
-¿Y qué está haciendo Ilsa?
-No lo sé exactamente. Va a escribir unos artículos, dice, y
pa-rece que va a escribir los despachos de Delmer y Delaprée, para sacar algún
dinero.
-Ofrézcale un puesto en la censura. La paga corriente,
trescien-tas pesetas al mes, más el hotel. Puede sernos muy útil. Conoce muchos
idiomas, y es muy inteligente. Sólo que es un poco im-pulsiva, y confiada.
Propóngaselo hoy mismo.
Cuando la invité a que se convirtiera en un censor, dudó por
unos momentos. Después dijo:
-Sí. No es bueno para nuestra propaganda que ninguno de
voso-tros no pueda hablar con los periodistas en su lenguaje profe-sional.
Acepto.
Comenzó aquella misma noche. Trabajamos juntos, uno enfren-te
del otro, sentados a cada lado de la amplia mesa. La sombra de la pantalla caía
sobre nuestros perfiles y sólo cuando nos inclinábamos sobre los papeles nos
veíamos uno al otro la punta de la nariz y la barbilla, distorsionadas y
planas, por el contraste del cono de luz contra las sombras. Trabajaba
rapidísimamente. Podía ver que los periodistas estaban encantados y se
enzarza-ban en rápidas conversaciones con ella como si fuera uno de los suyos.
La situación me molestaba. Una vez, dejé el lápiz y me quedé mirándola, absorta
en lo que leía. Debía de ser una cosa divertida porque la boca se curvaba en
una sonrisa suave.
«Pero... tiene una boca deliciosa», me dije a mí mismo. Y me
asaltó de pronto una curiosidad irresistible por verla en detalle.
Aquella noche charlamos por largo rato sobre los métodos de
propaganda del Gobierno republicano, tal como los veíamos a través de las
reglas de la censura, que le había explicado, y tal como ella había visto el
resultado en el extranjero. Las dificul-tades terribles que atravesábamos, sus
causas y sus efectos te-nían que suprimirse en las informaciones de prensa. Su
punto de vista era que aquello era una equivocación catastrófica, porque así se
convertían nuestras derrotas y nuestras querellas internas en algo
inexplicable; nuestros éxitos perdían su importancia y nuestros comunicados
sonaban a ridículo, dando así a los fas-cistas una victoria fácil en su
propaganda.
Me fascinaba el sujeto. Por mi experiencia personal con
propa-ganda escrita, aunque esta experiencia nunca había sido más que desde un
ángulo puramente comercial, creía también que nuestro método era completamente
ineficaz. Tratábamos de conservar un prestigio que no poseíamos y estábamos
perdiendo la posibilidad y la ocasión de una propaganda efectiva.
Los dos, ella y yo, veíamos con asombro que ambos queríamos la
misma cosa, aunque nuestras fórmulas fueran diferentes y sus raíces de origen
absolutamente distintas. Acordamos que trata-ríamos de convencer a nuestros
superiores de que cambiaran sus tácticas, ya que para ello estábamos en una
posición clave en la censura de prensa del Madrid sitiado.
Ilsa no se marchó a dormir al hotel. Confesó que la noche antes,
cuando los Junkers habían sembrado sus bombas incendiarias, la había disgustado
encontrarse sola en el cuarto del hotel, ais-lada e inútil. Le ofrecí la
tercera cama de campaña que teníamos en la habitación y me alegré que aceptara.
Desde aquel momen-to comenzó adormir a ratos y censurar a ratos, lo mismo que
hacía yo, mientras Luis roncaba suavemente en su rincón.
Al día siguiente trabajamos sin cesar, charlando en cada rato
que teníamos libre. Rafael me preguntó qué era lo que podía hablar con ella sin
cansarme. Manolo le dijo que su conversa-ción debía de ser fascinante porque me
tenía atontado. Luis movía la cabeza afirmativamente con el aspecto de quien
posee un secreto. Cuando se marchó, para escribir sus propios artícu-los en
compañía de algunos periodistas ingleses, me quedé in-quieto e impaciente. Las
noticias del frente eran malas. El ruido de las trincheras había golpeado los
cristales de nuestras venta-nas todo el día.
A medianoche me eché en la cama de campaña bajo la ventana e
Ilsa se hizo cargo de la censura de los despachos de madru-gada.
No podía dormir. No sólo porque no dejara de entrar y salir
gente, sino porque estaba en ese estado de agotamiento nervio-so que le hace a
uno girar en un círculo vicioso, sin descanso posible, mental y físicamente.
Durante las noches pasadas no había dormido por los bombardeos y hasta me había
tocado hacer de bombero cuando comenzaron a caer bombas incendia-rias en uno de
los patios de la Telefónica. Ahora estaba repleto de café puro y coñac. El no
dormir me provocaba una irritación sorda que iba en aumento. Ilsa se levantó de
la mesa y se dejó caer en la otra cama puesta a lo largo de la pared de
enfrente y se durmió casi inmediatamente. Era la hora más quieta, entre las
tres y las cinco. A las cinco vendría uno de los corresponsales de las agencias
con su crónica interminable de cada mañana. Me sumergí en un estupor
semilúcido.
A través de mis sueños comencé a oír un ronroneo tenue y muy
lejano, que se acercaba rápidamente. Así que, ¿tampoco iba a dormir aquella
noche porque venían los aviones? A través de la penumbra púrpura del cuarto vi
que Ilsa abría los ojos. Los dos nos incorporamos, la cabeza descansando sobre
una mano, me-dio tumbados, medio sentados, frente a frente:
-Al principio me creía que era el ascensor -dijo. Los grandes
ascensores habían estado zumbando sin cesar al otro lado del pasillo.
Los aeroplanos estaban trazando círculos sobre nosotros y el
sonido se aproximaba más y más. Descendían, bajo y delibera-damente, trazando
una espiral alrededor del rascacielos que era el edificio. Escuchaba
estúpidamente el doble zumbido de sus hélices, una nota alta y una baja:
«Dor-mir-dor-mir-dor-mir...».
Ilsa preguntó:
-¿Qué hacemos?
«¿Qué hacemos?» Así, con la voz fría. ¿Es que esta mujer se cree
que esto es una broma? La cabeza me seguía martilleando con la estúpida frase,
acompasada a los motores: «... dor-mir-dor-mir...». Y ahora la pregunta idiota:
«¿Qué hacemos?». ¿Se iría a arreglar la cara esta mujer? Había abierto su
bolsillo y ha-bía abierto una polvera. Contesté bruscamente:
-¡Nada!
Seguimos escuchando el ruido de los motores girando sobre
nosotros, inexorable. Aparte de esto había un silencio profundo. Los ordenanzas
debían de haberse ido al refugio de los sótanos; todo el mundo debía de haberse
ido al refugio. ¿Qué hacíamos allí nosotros, escuchando y esperando?
La explosión me levantó al menos dos centímetros sobre el
col-chón. Por un momento quedé suspendido en el aire. Las corti-nas negras de
las ventanas ondearon furiosas hacia el interior de la habitación y dejaron
caer de entre sus pliegues una cascada de vidrios rotos sobre la cama. El
edificio, que yo no había sen-tido vibrar, parecía ahora enderezarse
lentamente. De la calle subía una algarabía de gritos y cristales rotos. Se oyó
caer blan-damente una pared, y se adivinaba en su ¡plof! sordo la oleada de polvo
invadiendo la calle. Ilsa se levantó y se sentó en el borde de mi cama.
Comenzamos a hablar, no recuerdo de qué. De algo. Necesitábamos hablar, sentir
la sensación de refugio de animales amedrentados. Por las ventanas entraba en
bocana-das la niebla húmeda oliendo a yeso. Sentía el deseo furioso de poseer
allí mismo a aquella mujer. Nos envolvimos en los gaba-nes. El ruido de los
aviones había cesado y se oían algunas ex-plosiones muy lejos. Luis asomó a la
puerta su cara asustada:
-Pero ¿se han quedado ustedes aquí, los dos solos? ¡Qué locura,
don Arturo! Yo me marché a los sótanos y después me sacaron de allí con un
grupo para recoger gente cuando aún estaban cayendo las bombas. Así que tal vez
han estado ustedes acerta-dos en quedarse aquí. Pero yo no creía que les dejaba
solos, creía que, como todos, también ustedes venían abajo, natural-mente
que...
Seguía y seguía con su charla nerviosa y espasmódica. Entró uno
de los corresponsales de las agencias con el primer despa-cho sobre el
bombardeo. Comunicaba en él que una casa de la calle de Hortaleza, a veinte
metros de la Telefónica, había que-dado totalmente destruida. Ilsa se sentó
inmediatamente a la mesa para censurar la noticia y su cara quedó iluminada por
el débil fulgor que pasaba a través del papel carbón gris-púrpura que envolvía
la bombilla. El papel se requemaba lentamente y olía a cera, con el olor de una
iglesia donde acabaran de apagar-se las velas del altar mayor. Me fui con el
periodista al piso do-ce, para ver los fuegos verdosos que rodeaban la
Telefónica. Amanecía una mañana de sol y nos asomamos a las ventanas. La calle
de Hortaleza estaba cerrada por milicianos en el trozo bajo nuestras ventanas.
Los bomberos estaban removiendo los escombros. Los balcones se llenaban de
gentes que enrollaban las persianas y corrían las cortinas. Los balcones y el
cerco de las ventanas estaban llenos de vidrios rotos. Alguien comenzó a barrer
un montón brillante hacia la calle y los cristales cayeron en una cascada de
campanitas. De pronto, en cada balcón y en cada ventana aparecieron las figuras
de un hombre o de una mujer, adormilados y armados de una escoba, y los
cristales rotos comenzaron a llover sobre ambas aceras. El espectáculo era
irresistiblemente cómico. Me recordaba la famosa escena de Sous les toits de
París, cuando en cada ventana aparece una figura humana y se incorpora al coro.
Los cristales tintineaban alegres sobre las baldosas y las gentes que barrían
cambiaban bromas con los milicianos en la calle que se refugiaban en los
portales.
Contemplaba aquello como algo lejano a mí. Mi mal humor se-guía
aumentando. Tendría ahora que encontrar otra habitación para oficina, porque no
había ni que pensar en tener nuevos cristales para las ventanas.
A las diez de la mañana llegó Aurelia, determinada a
conven-cerme de que me fuera un rato con ella a casa; no había ido por allí al
menos en una semana. Ella lo había arreglado ya para que los chicos se quedaran
con los abuelos y nosotros estuviéramos solos en la casa. Por dos meses, o más,
no habíamos estado so-los. Me repelió la proposición y nuestras palabras se
volvieron agrias. Sacudió la cabeza en dirección a Ilsa y dijo:
-Claro, ¡como estás en buena compañía!...
Le dije que lo que tenía que hacer era marcharse con los niños
fuera de Madrid. Me contestó que lo que yo quería era desha-cerme de ella. Y en
verdad, a pesar de la preocupación seria que me causaban los niños dentro de
los múltiples peligros de la ciudad, sabía que no se engañaba mucho. Traté de
prometerle que iría a verla al día siguiente.
A mediodía nos habíamos instalado en el piso cuarto en una
enorme sala del consejo. Disponía de una mesa inmensa en me-dio del cuarto y de
cuatro mesas de oficina, una al lado de cada ventana. Alineamos nuestras camas
de campaña a lo largo de la pared del fondo y una cuarta en un rincón. Las
ventanas se abrían a la calle de Valverde, frente a frente al campo de
bata-lla. La mesa de consejo tenía la cicatriz de un shrapnel; la casa enfrente
de nosotros había perdido una esquina de un cañona-zo; el tejado de la
siguiente estaba roído por el incendio; está-bamos en el ala de la Telefónica
más expuesta al fuego de arti-llería, desde los cerros azules de la Casa de
Campo. Reempla-zamos con cartones algunos cristales rotos y colgamos colcho-nes
en las ventanas delante de las mesas en las que íbamos a hacer la censura. Los
colchones podrían absorber la metralla, pero nada de aquello detendría una bala
de cañón.
Estábamos alegres mientras hacíamos nuestros preparativos. La
gran sala era amplia y clara comparada con el cuarto que había-mos abandonado.
Decidimos que iba a ser nuestra oficina per-manente.
Ilsa y yo nos fuimos juntos a almorzar en uno de los
restauran-tes que aún funcionaban en la Carrera de San Jerónimo; estaba cansado
de la comida de la cantina y no tenía ganas de sentar-me con periodistas en el
comedor del Gran Vía para escuchar una conversación en inglés que no entendía.
Mientras pasába-mos el cráter profundo que había dejado una bomba que voló la
cañería central del gas y la estación del metro, Ilsa se colgó de mi brazo.
Cruzábamos la anchura de la Puerta del Sol, cuando alguien me tiró del brazo
libre:
-¿Puedes hacer el favor, un momento?
A mi lado estaba María, con la cara descompuesta. Rogué a Ilsa
que me aguardara y me separé unos pasos con María, que inme-diatamente estalló:
-¿Quién es esa mujer?
-Una extranjera que está trabajando con nosotros en la censura.
-No me cuentes historias. Ésa es tu querida. Y si no lo es, ¿por
qué se cuelga del brazo? Y mientras, a mí me dejas sola, ¡como un trapo viejo
que se tira a la basura!
Mientras trataba de explicarle que para un extranjero el cogerse
del brazo no significaba nada, se desató en un torrente de insul-tos y se echó
a llorar; y así, llorando, se marchó calle de Carre-tas arriba.
Cuando volví a reunirme con Ilsa tuve que explicarle la
situa-ción: le conté brevemente mi fracaso en mi matrimonio, mi es-tado mental
entre las dos mujeres y mi huida de ambas. No hizo comentario alguno, pero vi
en sus ojos el mismo asombro y dis-gusto que había sorprendido en ellos aquella
mañana durante mi bronca con mi mujer. Durante la comida me sentí dispuesto a
provocarla y enfadarla, queriendo romper la corteza de su cal-ma; después tuve
que cerciorarme de que no había destruido la franqueza con que nos hablábamos,
y hablé sobre todo de la tortura de ser un español y no poder hacer nada para
ayudar a su propio pueblo.
A medianoche, después de
una tarde en la que habíamos teni-do que soportar el peso mayor de la censura,
con muy poca ayuda de los otros poscensores, nuestra fatiga se hizo
intolera-ble. Decidí que desde el día siguiente la censura se cerraría en-tre
la una de la madrugada y las ocho de la mañana, salvo para casos urgentes e
imprevistos. Era una liberación el pensar que no tendríamos más que leer a
través de largas y fútiles informa-ciones estratégicas a las cinco de la
mañana. Era imposible se-guir trabajando dieciocho horas al día.
Mientras uno de los otros censores cabeceaba sobre su mesa, Ilsa
y yo tratamos de dormir en nuestras camas de campaña. A través de las ventanas
llegaban en oleadas los trallazos de los disparos de fusil y el tableteo de las
ametralladoras del frente. Era frío y húmedo y era muy difícil escapar del
pensamiento de que estábamos en la línea de tiro de los cañones. Charlamos y
charlamos bajito, como si nos quisiéramos sostener el uno al otro. Así me quedé
dormido por unas pocas horas.
No recuerdo mucho del día siguiente: estaba atontado por falta
de sueño, por exceso de café y coñac, y por desesperación. Me movía en una
semilucidez de los sentidos y del cerebro. No hubo bombardeo y las noticias del
frente eran malas; Ilsa y yo trabajamos juntos, charlamos juntos e hicimos
juntos grandes silencios. Es lo único que recuerdo.
A medianoche Luis hizo las tres camas y zascandileó alrededor
del cuarto. Había escogido para él la cama del rincón: colgó en una silla al
lado su chaqueta galoneada, se quitó las botas y se envolvió en las mantas.
Ilsa y yo nos tumbamos en nuestras camas, a medio metro una de otra, y
comenzamos a charlar baji-to. De vez en cuando miraba al censor de turno, un
perfil pálido bajo el cono de luz. Hablábamos de lo que había pasado en
nuestras mentes, a ella durante los largos años de lucha revolu-cionaria y derrota,
a mí en los cortos pero interminables meses de nuestra guerra.
Cuando el censor se marchó a la una, eché el cerrojo a la puerta
y apagué las luces, con excepción de la de la mesa del censor con su pantalla
de papel carbón. Luis roncaba pacíficamente. Me metí en la cama. Fuera del
círculo de luz gris-púrpura sobre la mesa y de la diminuta isla roja que
marcaba frente a ella nuestra única estufa eléctrica, el cuarto estaba en la
oscuridad. La niebla se filtraba por las ventanas, mezclada con los ruidos del
frente, y formaba un halo malva alrededor de la lámpara. Me levanté y arrimé mi
cama a la de ella. Después, era la cosa más natural del mundo que se
entrelazaran nuestras manos.
Me desperté al amanecer. El frente estaba silencioso y la
habi-tación quieta. La niebla se había espesado y el halo de la lámpa-ra sobre
la mesa se había convertido en un globo gris-púrpura translúcido y encendido.
Podía ver las siluetas de los muebles. Cuidadosamente retiré el brazo y envolví
a Ilsa en sus mantas. Después retiré la cama a su sitio. Una de sus patas de
hierro rechinó sobre el entarimado, dado de cera, y me quedé en sus-penso. Luis
continuaba respirando rítmicamente, apenas sin un ronquido. Rehaciéndome de mi
susto, me enrollé bien ceñido en mis mantas y me volví a dormir. En la mañana,
la parte más extraordinaria de mi experiencia fue su naturalidad. No tenía el
sentimiento de haber conocido por primera vez a una mujer, sino de haberla conocido
de siempre. «De siempre» no en el curso de mi vida, sino en el sentido
absoluto, antes y fuera de esta vida mía. Era una sensación semejante a la que
sentimos algunas veces cuando paseamos las calles de una vieja ciudad: llegamos
a una placita silenciosa y de golpe sabemos; sabemos que hemos vivido allí, que
lo hemos conocido siempre, que lo único que ha pasado es que ha vuelto a
nuestra vida real, y nos sentimos tan familiarizados con las baldosas llenas de
musgo como ellas lo están con nosotros. Sabía lo que ella iba a hacer y cómo
sería su cara, igual que conocemos algo que es parte de nuestra propia vida,
algo que hemos visto sin necesidad de mi-rarlo.
Volvió del lavabo de las
muchachas telefonistas con la cara fresca, un poco de polvo adherido a la piel
húmeda, y cuando Luis se marchó en busca de nuestro desayuno, nos besamos
alegremente, como un matrimonio feliz.
Tenía una sensación inmensa de liberación y me parecía ver las
gentes y las cosas con ojos distintos, en una luz diferente, ilu-minados por
dentro. Habían desaparecido mi cansancio y mi disgusto. Era una sensación
etérea, como si estuviera bebiendo champán y riendo con la boca llena de
burbujas que estallaran con cosquilieos y se escaparan traviesas a través de
mis labios.
Vi que ella había perdido su seriedad y severidad defensivas.
Sus ojos verde-gris tenían una luz alegre luciendo en lo más hondo. Cuando Luis
puso el desayuno sobre una de las mesas, se detuvo y la miró. En la seguridad
de que no entendía espa-ñol, me dijo:
-Hoy está más bonita.
Se dio cuenta de que hablaba de ella:
-¿Qué dice Luis de mí?
-Que hoy estás más bonita. -Se ruborizó y se echó a reír. Luis
nos miró al uno y al otro y cuando nos quedamos solos me dijo:
-¡Que sea enhorabuena, don Arturo!
Lo dijo sin ironía y sin malicia. En su mente simple, Luis había
visto claramente lo que yo aún no conocía con mi cerebro: que ella y yo nos
pertenecíamos el uno al otro. Con toda su devo-ción profunda hacia mí, a quien
consideraba el salvador de su vida, se decidió simple y claramente a
convertirse en el ángel guardián de nuestros amores. Pero no dijo una palabra
más co-mo comentario.
Era verdad que en aquel momento yo no sabía lo que él había
visto instantáneamente. Mientras todos mis sentidos e instintos habían visto y
sentido que aquélla era «mi mujer», toda mi ra-zón se rebelaba contra ello. A
medida que el día avanzaba, me enredaba más y más en uno de esos diálogos
mentales, cuida-dosamente formulados, que se originan en una batalla razonada
contra los propios instintos: «Bueno, ya te has metido de lleno... Ya te has
liado con otra mujer... Tanto querer escaparte de tu propia mujer y de una
querida de años que sabes que te quiere, para meterte de cabeza con la primera
mujer que se te cruza, a quien hace cinco días que conoces y que no sabes quién
es. Ni aun tan siquiera habla tu idioma. Ahora te vas a encontrar con ella todo
el día sin escape posible. ¿Qué vas a hacer? Eh, ¿qué vas a hacer? Porque desde
luego no vas a decir que estás enamorado de ella. En tu vida te has enamorado
de nadie».
Me quedé frente a frente de Ilsa, la miré a la cara y exclamé
con la voz de duda con la que uno se plantea los problemas que no puede
resolver:
-Mais je ne t'aime pas!
Se sonrió y dijo con la voz con que se apacigua a los niños:
-Claro que no, querido. Aquello me enfadó.
Por aquellos días comenzaron a visitar a Ilsa, y a tener largas
conversaciones con ella, miembros de la Brigada Internacional que la habían
conocido en su vida anterior o que habían oído hablar de ella. Un día vino
Gustav Regler, un alemán con una cara llena de arrugas y pastosa como la de un
cómico, con altas botas, una pelliza pesada forrada por dentro con piel de
carne-ro, y un cuerpo vibrante de puros nervios. Ilsa se había echado encima de
su cama para descansar un rato y yo estaba censu-rando en mi mesa. Regler se
sentó al pie de la cama y comenzó a hablar. Yo los miraba. La cara de ella se
animaba llena de amistad hacia el hombre. Mientras hablaba, él puso una mano
sobre el hombro de ella, después la dejó descansar sobre una de sus rodillas.
Me estaban entrando unas ganas locas de liarme a patadas con él.
Cuando se marchó con una
inclinación de cabeza completa-mente casual en mi dirección, me levanté y me
fui a ella:
-Ése quiere acostarse contigo -dije.
-No exactamente. Mira, la Columna Internacional está metida de
lleno en ello y él no es un soldado. Trata de escaparse de sus nervios
pretendiendo que lo que él necesita es una mujer, y, claro, yo estoy aquí.
-Eres libre de hacer lo que te dé la gana -dije rudamente, y me
senté en el borde de la cama. Por un momento puse mi frente sobre su hombro,
después me enderecé y dije furiosamente-: Pero yo no estoy enamorado de ti.
-No. Ya lo sé. Deja que me levante. Yo me haré cargo del turno,
ahora me siento descansada. Tú, échate un rato y duer-me.
Durante la noche escuchábamos el anillo de explosiones de los
morteros. En los amaneceres grises y sucios nos asomábamos a la ventana y
escuchábamos cómo el horizonte de ruidos se apa-gaba. Uno de los hombres del
Control Obrero vino y me mostró un fusil mexicano: México había mandado miles
de fusiles. Los aviones de caza que volaban sobre nuestras cabezas procedían de
Rusia. En la Casa de Campo estaban luchando camaradas franceses y alemanes y se
dejaban matar por nosotros. En el Parque del Oeste se estaba atrincherando el
batallón vasco. Ha-cía mucho frío y los cristales de nuestras ventanas estaban
sal-picados de agujeros diminutos. Los periodistas extranjeros co-municaban los
avances lentos, pequeños y costosísimos de las fuerzas de Madrid, y los avances
de los sitiadores, también pe-queños y comprados a alto precio. Pero dentro de
nosotros ha-bía una esperanza alegre, por debajo y por encima del miedo, de la
amenaza, de la suciedad y de la cobardía mísera que nos acompañaban
inevitablemente. Estábamos juntos en el miedo, en la amenaza y en la lucha. Y
las gentes eran mucho más senci-llas y mucho más llenas de cariño los unos para
los otros. No valía la pena presumir, porque había muy pocas cosas que
real-mente importaran. Estas noches de batalla, estos días de trabajo machacón
y aburrido nos estaban enseñando -por un tiempo muy corto, desgraciadamente- a
marchar alegremente, lado a lado con la muerte, y a creer que a través de ello
resucitaríamos a una vida nueva.
Habían transcurrido veinte días del sitio y defensa de Madrid.
El sitio
Capítulo III
Se había terminado el ataque y había comenzado el sitio.
Una escalera estrecha llevaba desde el último piso de la
Telefó-nica a la azotea de su torre cuadrada. Desde allí la ciudad se alejaba,
el aire se hacía más transparente, los sonidos se perci-bían más claros. En los
días de calma soplaba una brisa suave, y en los días de viento, estar allí
semejaba estar en el puente de un barco barrido por una galerna. La torre tenía
una galería cu-yos cuatro lados hacían frente a los cuatro puntos del compás y
desde allí se podía mirar, apoyado sobre la balaustrada de ce-mento.
Al norte aparecían las crestas agudas del Guadarrama, una
mu-ralla que cambiaba sus colores con la marcha del sol, de un azul profundo
hasta un negro opaco. Cuando sus rocas reflejaban los rayos del sol, se llenaba
de luz; a la caída de la tarde se inunda-ba de cobres e índigos; y cuando la
ciudad, ya en tinieblas, en-cendía su luz eléctrica, los picos más altos
brillaban aún incan-descentes.
El frente comenzaba allí y seguía en curvas, invisibles,
rodean-do simas y barrancos perdidos en la lejanía. Después se torcía hacia el
oeste, siguiendo los valles y doblándose hacía la ciu-dad. Se veía primero
desde el ángulo de la galería entre su lado norte y su lado oeste; no era más
que unas pequeñas vedijas de humo y unas chispas de las granadas que
explotaban, que no parecían más que chupadas de un cigarrillo. Después, el
frente se iba acercando a lo largo del arco brillante del Manzanares que lo conducía
más hacia el sur, hasta los pies de la ciudad misma. Desde la altura de la
torre el río aparecía sólido y quie-to, mientras la tierra a ambos lados se
sacudía en convulsiones. Se la veía y se la oía moverse. Nacían en ella
vibraciones que llegaban subterráneas hasta el rascacielos, y allí trepaban las
vigas de acero y subían, amplificadas, hasta vuestros pies con el tremor de
trenes que pasaran lejanos. Los sonidos os llegaban a través del aire, desnudos
y directos, zumbidos y explosiones, tableteos de ametralladora, restallar seco
de fusiles. Se veían las llamaradas en la boca de los cañones y se veían
oscilar los árbo-les de la Casa de Campo, como si hubiera monstruos que se
rascaran contra sus ramas. Se veían figurillas diminutas como hormigas que
moteaban las arenas del río. Después surgían rá-fagas de silencio que os
obligaban a mirar el paisaje, tratando de adivinar el secreto de aquella
quietud súbita, hasta que la tierra y el aire temblaban en espasmos y la
quietud brillante del río se rompía en arrugas de luz temblona.
Desde la torreta, el frente parecía mucho más cercano que la
calle al pie del edificio. Cuando os inclinabais sobre el parapeto para mirar a
la Gran Vía, la calle era un cañón profundo y estre-cho y desde su fondo
profundo el vértigo tiraba de vosotros. Pero cuando mirabais recto, frente a
vosotros, todo era paisaje y la guerra dentro de él se extendía delante de
vuestros ojos co-mo sobre el tablero de una mesa, como si pudierais alcanzarla
y tocarla. Era desconcertante ver el frente tan cerca, dentro de la ciudad,
mientras la ciudad en sí permanecía intangible y sola bajo su caparazón de
tejados y torres, gris, roja y blanca, cuar-teada por el laberinto de grietas
que eran sus calles. A veces los cerros al otro lado del río escupían
nubecillas blancas y el mo-saico de tejados se abría en cascadas de humo, de
polvo y de tejas, cuando aún resonaba en vuestros oídos el ulular de las balas
cruzando sobre vuestra cabeza. Porque todas parecían pasar por encima de la
torre de la Telefónica. Entonces, el pai-saje con sus bosques oscuros, con sus
campos verdes, con su río brillante y los manchones amarillos de sus arenas, se
fundía con las tejas rojas, con las torres grises, con el blancor de las
azo-teas, con la calle a vuestros pies, y os encontrabais sumergidos en el
corazón de la batalla.
Los pisos encima del piso octavo estaban abandonados. El
as-censor, cuando subía al piso trece, lo hacía generalmente vacío; allí no
había nadie más que unos pocos artilleros que mantenían un puesto de
observación. Las botas de los hombres resonaban en el entarimado de los grandes
salones con un ruido hueco. Un obús había atravesado dos pisos y el agujero era
el brocal de un pozo hondo, de paredes erizadas de varillas y vigas retorcidas
y rotas, que colgaban paralíticas.
La muchacha que manejaba el ascensor, sentada en una banque-ta
como un pájaro, era guapa y alegre:
-No me gusta subir hasta aquí -me decía-. Está tan solo que
siempre creo que el ascensor va a seguir subiendo y se va a dis-parar al aire
en lo alto.
Desde allí se dejaba uno caer en Madrid como una piedra entre
las paredes del hueco del ascensor, que se estrechaban rápidas sobre uno,
envuelto en el encierro de las puertas metálicas, en el olor de grasa, de metal
caliente y de pintura al duco.
La ciudad estaba tensa y viva, palpitando como una herida
pro-funda de navaja de la que surge la sangre a borbotones y en cuyos labios
los músculos se retuercen con dolor y con todo el vigor de la vida.
Bombardeaban el centro de Madrid y este centro desbordaba de
gentes que hablaban, chillaban, se empujaban y se mostraban uno a otro que
estaban aún vivos. Grupos de milicianos -ya co-menzábamos a llamarlos soldados-
venían del frente o marcha-ban al frente, vitoreados y vitoreando. Algunas
veces la multi-tud rompía en un himno o una canción que inundaba las calles. A
veces chirriaba y campaneaba el acero sobre las piedras cuando pasaba un tanque
con su torreta abierta y una figura pequeña surgiendo de la abertura, las manos
puestas sobre la tapa, como un muñeco de caja de sorpresa, escapando de un
puchero gigante. A veces pasaba uno de los grandes cañones y se paraba en la
esquina de la calle para que las gentes pudieran tocar con sus dedos su pintura
gris y se convencieran de que era real. A veces era una ambulancia, un gran
camión, pródigo de cruces rojas sobre círculos de leche, que pasaba y dejaba
detrás de sí un surco lleno de silencios; hasta que la motocicleta que tejía su
camino entre coches y gente y explosiones desgarraba el silencio. Alguien
gritaba: «¡Vas a llegar tarde!» y el tumulto de la multitud estallaba de nuevo.
Todo era centelleante como una película sobre la pantalla,
cen-telleante y espasmódico. La gente hablaba a gritos y reía a car-cajadas.
Bebían a tragos sonoros con gran estrépito de vasos. Los pasos en la calle
resonaban fuertes, firmes y rápidos. A la luz del día todo el mundo era un
amigo, por la noche cada uno podía ser un enemigo. Toda amistad tenía un tinte
de borrache-ra. La ciudad había intentado lo imposible y había surgido del
intento triunfante y en un trance.
¡Oh, sí! El enemigo estaba allí, a las puertas, a dos kilómetros
de este rincón de la Gran Vía. A veces una bala perdida de fusil hacía un
orificio estrellado en el cristal de un escaparate. Bueno, ¿qué? Si no habían
entrado el 7 de noviembre, ¿cómo iban a poder entrar ahora? Cuando las granadas
caían en la Gran Vía y en la calle de Alcalá, comenzando en el extremo más
cercano al frente y trazando la «Avenida de los Obuses», hasta la estatua de la
diosa Cibeles, las gentes se refugiaban en los portales de la acera que
consideraban más segura y contem-plaban las explosiones a veinte metros de
distancia. Había quie-nes venían de los barrios lejanos a ver de cerca cómo era
un bombardeo y se marchaban contentos y orgullosos con trozos de metralla,
todavía calientes, que conservaban como un re-cuerdo.
La miseria de todo ello no se exhibía. La miseria estaba
escon-dida en cuevas y sótanos, en los refugios improvisados del me-tro, en los
hospitales sin instrumentos y sin medicinas para en-frentarse con un flujo
constante e interminable de heridos. Las casas frágiles de los distritos
obreros se derrumbaban como casas de naipes al soplo furioso de las
explosiones; como las destruidas, donde se amontonaban las gentes. Miles de
refu-giados de los pueblos y de los suburbios eran empaquetados cada día en edificios
vacíos, cada día miles de mujeres y niños salían en camiones, evacuados en
convoy a la costa levantina. La tenaza del sitio se cerraba más y más; y más
batallones de las Brigadas Internacionales, que ya eran dos, se volcaban en las
brechas. A pesar de todo, el entusiasmo que nos había arrastra-do, por encima
de nuestros miedos y de nuestras dudas, no falló nunca. Éramos Madrid.
En nuestro nuevo cuarto de la censura, la vida se iba
normali-zando poco a poco. Nos mirábamos y nos veíamos ojerosos, flacos,
sucios, pero sólidos y humanos. Los periodistas recién llegados trataban a los
que estaban allí como veteranos, e Ilsa, la única mujer, se había convertido en
una heroína. Los guardas de la Telefónica habían cambiado su nota: algunos de
los ex-tranjeros se habían cambiado en camaradas de la noche a la mañana. Otros
estaban aún bajo sospecha, como el americano enorme, que un día desapareció del
cuadro silenciosamente y fue sustituido por un hombre de un calibre diferente
que inspi-raba confianza y respeto.
A Ilsa se le concedía el derecho de ciudadana de la Telefónica
por la mayoría de los hombres y se la rodeaba de un murmullo hostil por la
mayoría de las mujeres. Yo la había dejado defini-tivamente entendérselas con
los periodistas de habla inglesa, no sólo porque sus energías estaban frescas y
yo estaba agotado, sino también porque tenía que admitir que ella estaba
haciendo lo que yo nunca podría hacer: manejando la censura con mucha
imaginación y criterio; mejoró las relaciones con los correspon-sales extranjeros
e influyó en su manera de informar. Algunos de los empleados de la censura
resintieron esto y tuve que apo-yarla con toda mi autoridad, hasta que a través
de Luxana, en el Comisariado de Guerra, vino una aprobación oficial del Estado
Mayor por el que pasaban las copias de los despachos antes de ser enviadas a
Valencia. Pronto el método de Ilsa tuvo que su-frir una dura prueba:
La Alemania nacionalsocialista había reconocido oficialmente al
general Franco y había enviado al general Von Paupel como enviado especial a
Burgos. La mayoría de los ciudadanos ale-manes habían sido evacuados por su
embajada, y la embajada se había cerrado en Madrid. Pero no había declaración
de gue-rra, sólo una intervención alemana a guisa de apoyo técnico y
estratégico de los rebeldes.
En un día gris de noviembre, nuestra policía registró la
embaja-da alemana en Madrid y confiscó armas y papeles allí existen-tes.
Técnicamente, era una violación del derecho de extraterri-torialidad, pero los
corresponsales extranjeros que habían sido testigos del registro sometieron
despachos detallando con ex-trema veracidad y detalle los vínculos entre la
embajada y el cuartel general de la quinta columna. Sólo que, de acuerdo con
las órdenes estrictas, teníamos que suprimir estos despachos y toda referencia
a la investigación policíaca, a no ser que Valen-cia publicara un comunicado
oficial. Los corresponsales estaban furiosos y nos acribillaban con preguntas y
consultas. Se iba haciendo tarde y tenían miedo de no alcanzar el cierre de sus
periódicos. Llamé al Comisariado de Guerra, pero allí estaba sólo Michael
Kolzov y me dijo que me esperara a que se diera una declaración oficial.
Ilsa estaba furiosa y mucho más disgustada que los periodistas.
Cuando se pasó otra hora de espera, me cogió aparte y me pidió que le dejara
pasar los despachos en el orden que habían sido presentados. Los firmaría con
sus iniciales para que la responsa-bilidad cayera sobre ella y estaba preparada
a enfrentarse con la situación que se presentara por haber desobedecido una
orden concreta, y que no podía por menos de ser una grave responsa-bilidad.
Pero de ninguna manera estaba dispuesta a consentir que la buena voluntad de
los corresponsales se trocara en anta-gonismo, ni a dejar que los alemanes
monopolizaran la prensa del mundo con su versión. Un poco melodramática
exclamó:
-Yo no soy responsable ante los burócratas de vuestra oficina de
Valencia, sino ante la causa de los trabajadores; y no estoy dispuesta a
permitir, si de mí depende, que se cometan errores como éste.
Me negué a que tomara sola la responsabilidad y entre los dos
dimos curso a los despachos sobre el registro de la embajada.
Ya tarde en la noche me llamó Kolzov al teléfono y se desató
furiosamente, amenazándonos a Ilsa y a mí con un consejo de guerra. Pero en la
mañana siguiente volvió a llamar y retiró todo lo dicho: sus propios superiores
-que no sé quiénes eran- estaban encantados con los resultados de nuestra
insubordinación. Ru-bio, hablando desde Valencia, tomó la misma actitud, aunque
haciendo hincapié en la seriedad de la decisión de Ilsa tomada en «su manera
impulsiva», como él lo llamaba. Por lo tanto, ella se había salido con la suya,
y consciente del hecho estaba dis-puesta a sacar ventaja de ello en el futuro.
Después de la primera semana de bombardeo de Madrid, cuan-do sus
incidentes eran aún nuevos, los corresponsales comenza-ron a irritarse por las
restricciones impuestas a sus informacio-nes del frente. Ilsa mantenía que
debíamos proporcionarles nuevo material, siguiendo el principio de que hay que
alimentar a los animales que se tiene en la jaula; pero con excepción de
nuestra oficina nadie tenía contacto con ellos. De los militares no podía
esperarse que dejaran pasar más que lo que hacían. Los periodistas, por otra
parte, buscaban la noticia sensacional y no les interesaba el aspecto social de
nuestra lucha; o si les in-teresaba, lo convertían en propaganda cruda de
izquierdas para lectores ya convencidos o en propaganda de derechas, en
fan-tasmas amenazadores que asustaran a sus burgueses lectores. No podíamos
sugerirles temas determinados, pero deberíamos facilitarles el poder escribir
algo de la historia de Madrid. Era nuestra oportunidad, ya que éramos nosotros
los que estábamos en el sitio más indicado para ello.
Un día que Gustav Regler vino del frente con botas altas de
cuero, muy flamante en su nuevo cargo de comisario político en la XII Brigada
-la primera de las Brigadas Internacionales-, se lanzó en un apasionado
discurso en alemán con Ilsa como audi-torio. Ilsa le escuchó atentamente y
después se volvió hacia mí:
-Tiene razón. La Brigada Internacional es la cosa más
importan-te que ha pasado durante años en el movimiento obrero y sería una
inspiración tremenda para los trabajadores de todas partes, si supieran
bastante sobre ello. Piensa en esto: mientras sus go-biernos están organizando
la no intervención... Gustavo está dispuesto a llevar a los periodistas a su
cuartel general y a hacer que el general Kleber los reciba. Pero no sirve de
nada, si des-pués nosotros no dejamos pasar sus historias. Yo estoy dispues-ta
a hacerlo.
Era otro paso audaz y tuvo también un éxito inmediato. Los
corresponsales, comenzando por Delmer, del Daily Express de Londres, y Louis
Delaprée, de Paris- Soir, regresaron con im-presiones de lo mejor que existía
en las Brigadas Internaciona-les genuinamente impresionados y llenos de
historias y de noti-cias que llenarían las primeras planas. Habíamos echado a
rodar la bola.
Sin embargo, después de una semana o cosa así resultó que sólo
las Brigadas aparecían en los despachos de prensa, como si ellos solos fueran
los salvadores de Madrid. Ilsa comenzaba a tener sus dudas; el éxito de su idea
amenazaba destruir su finalidad. Yo estaba furioso, porque me parecía injusto
que se olvidara al pueblo de Madrid, a los soldados improvisados de los frentes
de Carabanchel, del Parque del Oeste y de Guadarrama, sim-plemente porque no
existía una propaganda organizada que los mostrara al mundo. Aun antes de
recibir instrucciones del Esta-do Mayor en Madrid y del Departamento de Prensa
de Valen-cia, comenzamos Ilsa y yo a restringir los despachos sobre las
Brigadas. A mí me produjo el incidente un sentimiento amargo de aislamiento
entre nosotros, los españoles, y el resto del mun-do.
En estos días Regler me pidió, como el único español con quien
tenía contacto, que escribiera algo para publicarlo en el periódi-co del frente
de su Brigada. Escribí una mezcolanza de alaban-zas convencionales e
impresiones personales. Di rienda suelta al miedo instintivo que había tenido
al principio, de que las uni-dades internacionales fueran algo semejante al
Tercio, desespe-rados dispuestos a jugarse la vida, sí, pero al mismo tiempo
bár-baros y brutales, y a mi alegría al comprobar que en ellas exis-tían
hombres a los que sólo movía una fe política limpia y el afán de un mundo sin
matanzas como la nuestra.
Aunque aún conversábamos en francés, Ilsa comenzaba a leer
español con facilidad y se encargó de traducir al alemán lo que había escrito.
Se metió de lleno a dar una versión de ello y de pronto exclamó:
-¿Sabes que tú podrías escribir? Bueno, es decir, si suprimes
todas las frases pomposas, que me recuerdan el barroco de las iglesias de los
jesuitas, y escribes en tu propio estilo. Hay aquí cosas muy malas y cosas muy
buenas.
Yo le dije:
-Pero ¡yo siempre había querido ser un escritor! -tartamu-deando como un colegial, encantado
con ella y con su juicio.
Nunca se publicó el artículo, porque no era lo que el comisario
político quería, pero el incidente tuvo para mí una importancia doble:
desenterrar mi vieja ambición y, admitiendo mi resenti-miento suprimido contra
los extranjeros, sentirme liberado de él. Aquel día se me puso esto mismo
claramente de relieve a través de una caricatura: el líder socialista
austríaco, Julio Deutsch, a quien se había hecho general por el Ejército
Repu-blicano español, en honor de las milicias de trabajadores de Viena que él
había ayudado a organizar y que habían sostenido la primera batalla en Europa
contra el fascismo, vino a visitar a Ilsa. Estaba recorriendo la zona con su
intérprete Rolff y le ha-bía dado no sólo un coche, sino también la escolta de
un capi-tán de las milicias como comisario político y guía. Mientras los dos
primeros hablaban con Ilsa, tratando -como estaba viendo con furia- de
convencerla de que abandonara Madrid y sus pe-ligros, el guía español comenzó a
charlar conmigo y lo primero que el hombre me dijo fue que «aquellos dos eran
espías, por-que siempre estaban hablando en su galimatías en lugar de ha-blar
como cristianos». El hombre estaba realmente preocupado y excitado:
-Ahora dime tú, compañero, ¿qué se les ha perdido a éstos en
España? No puede ser nada bueno. Te digo que son espías. Y la mujer esa seguro
que lo es también.
El hombre me hizo estallar de risa, y traté de explicarle un
poco las cosas, pero mientras le estaba hablando me encontré yo mismo
contemplándome en un espejo: yo también era uno de esos españoles como él.
Delante de mí estaba Ángel con el uniforme típico de los
mili-cianos, un mono azul encima de varias capas de jerséis llenos de rotos, un
gorro con orejeras en cuyo frente estaba clavada una estrella roja de cinco
puntas, un fusil en la mano y un enorme cuchillo envainado en la cintura; todo
ello, y él también, lleno de barro seco, menos la cara alegre, partida en dos
por una son-risa de oreja a oreja:
-¡La madre de Dios! Ya creía yo que no iba a encontrarle nunca
en este laberinto. Sí, señor, aquí estoy yo y no me he muerto, ni me han
matado, ni nada. Y más fuerte que un roble.
-Angelillo, ¿de dónde
sales tú?
-De por ahí, de alguna parte de un agujero. -Señaló por encima
del hombro con el pulgar en una dirección indefinida-. Me es-taba aburriendo en
la clínica y como las cosas se estaban po-niendo serias, pues me marché. Ahora
soy un miliciano, pero de los de verdad, ¿eh?
A mediados de octubre, Ángel había sido destinado como ayu-dante
a la farmacia de uno de los primeros hospitales de guerra. El 6 de noviembre
desapareció de allí y nunca había vuelto a oír de él. La verdad es que creía
que lo habían matado aquella no-che.
-Sí, señor. En la tarde del 6 de noviembre me marché al Puente
de Segovia y, ¿para qué contarle?, la paliza que les dimos, ellos a nosotros,
los moros, los legionarios, los tanques y la repano-cha. El fin del mundo. Por
poco nos matan a todos y yo me creí varias veces que ya me habían matado.
-Bueno, pero te han dejado.
-Sí. Bueno..., no lo sé, porque la verdad es que no estoy muy
seguro. Sólo ahora comienzo a darme cuenta. Alguien vino ayer y me dijo:
«Angelillo, te van a hacer cabo». Y le dije: «Arrea, ¿por qué?», y el otro
dice: «Yo qué sé; te han hecho cabo y nada más». Yo estaba pensando que se
había colado o que era una broma, porque que yo supiera no estábamos en el
cuartel, sino en un agujero en la tierra, cavando como locos para conver-tirlo
en trinchera. Y entonces empecé a darme cuenta de las cosas. El Tercio y la
Guardia Civil estaban dos casas más allá, mirándonos por las troneras y
asándonos a tiros y allí estaba yo. No me había muerto. Y le digo a un
camarada, bueno, un ve-cino de la misma calle que se llama Juanillo: «Oye, tú,
¿qué día es hoy?». Se me pone a contar con los dedos y a rascarse la cabeza y
me dice: «Pues, chico, no lo sé. ¿Y para qué te hace falta saberlo?».
-Angelillo, me parece que estás un poco curda.
-¡Ca, no lo creas, no estoy borracho! Lo que pasa es que tengo
miedo. No he bebido más que tres o cuatro vasos con los ami-gos y luego me he
dicho: «Me voy a ver a don Arturo; bueno, si no lo han matado». Su señora me
dijo que no salía usted de aquí, y aquí me he venido. Pero esto no quiere decir
que no me gustaría beberme un vaso con usted o los que se tercien... Bueno, más
tarde. Y como decía antes, no tengo nada que con-tar. Nada. Explosiones y
explosiones desde el 6, hasta hoy que hemos terminado la trinchera; y no es que
se hayan callado, ca, siguen tirando, pero ahora es diferente. Antes nos
cazaban a la espera, como a conejos en medio de la calle, detrás de la esqui-na
y hasta dentro de las casas. Pero ahora tenemos un hotel, palabra.
-Pero ¿dónde estás ahora?
-Al otro lado del Puente de Segovia, y en un par de días en
Navalcarnero; ya lo verá. Y a usted, ¿cómo le va?
Tan difícil era para mí como para él el contar lo que había
pasa-do. El tiempo había perdido su significado. El 7 de noviembre me parecía
una fecha muy remota y al mismo tiempo me parecía que había sido el día antes.
Cosas vistas y hechas se me apare-cían en destellos, pero sin guardar relación
alguna con el orden cronológico de los acontecimientos. No podíamos contar las
cosas que habíamos vivido, ni Ángel ni yo, sólo podíamos re-cordar incidentes.
Ángel había pasado todos esos días matan-do, sumergido en un mundo de
explosiones y blasfemias, de hombres muertos y abandonados, de casas
derrumbándose. No recordaba nada más que el caos y unos pocos momentos lúcidos
en los cuales algo impresionaba su memoria.
-La guerra es una cosa estúpida -dijo-, en la que no sabe uno lo
que está pasando. Claro que algunas cosas se saben. Por ejem-plo, una mañana un
guardia civil asomó la cabeza detrás de una tapia y traté de cargármelo. No me
estaba mirando a mí, sino a algo o alguien que había a mi derecha. Se arrodilló
fuera de la pared y se echó el fusil a la cara; yo disparé y el hombre cayó
como un saco con los brazos abiertos, y yo dije: «Toma, por cerdo». En este
momento alguien al lado mío dijo: «Vaya un ojo que tengo... ¿eh?». Y yo le
contesté: «Me parece que te has colado esta vez». Bueno, pues, por si lo había
matado él o yo, terminamos a bofetadas allí mismo. Desde entonces vamos siempre
juntos y tiramos por turno; le llevo tres de ventaja. Pero hablando de otras
cosas, doña Aurelia me ha contado un mon-tón de historias, que ella no puede
seguir así, que usted se ha liado aquí con una extranjera, que va a hacer una
barbaridad un día... ¡Ya sabe usted cómo son las mujeres!
Presenté Ángel a Ilsa. Se entusiasmó de golpe, me guiñó los ojos
dos o tres veces y se lanzó a contarle historias sin fin en su más rápido y
castizo madrileño. No entendía ella mucho, unas palabras aquí y allí, pero le
escuchaba con la mayor apariencia de interés, hasta que me harté de la comedia
y me lo llevé al bar de la Gran Vía, al otro lado de la calle. Estábamos
bebiendo Tío Pepe cuando comenzaron a caer obuses.
-¿Les da esto muy a menudo?
-Todos los días y a cualquier hora.
-¡Caray, me vuelvo a mi trinchera! Allí tenemos mejores
moda-les. No me hace maldita la gracia venir con permiso y que me hagan
piltrafas aquí... Y hablando de la guerra, ¿qué dicen las gentes aquí sobre
ello? Aunque de todas maneras esto se acaba en unos días. Con la ayuda de
Rusia, no dura ni dos meses. Se están portando. ¿Ha visto usted los cazas? En
cuanto tengamos unos pocos más de ellos, se les acabó el cuento a los alemanes
amigos de Franco. Ésta es una de las cosas que yo no puedo entender. ¿Por qué
tienen que mezclarse estos italianos y ale-manes en nuestras cuestiones, si a
ellos no les hemos hecho na-da?
-Yo creo que están defendiendo su propio lado. ¿O no te has
enterado aún de que esto es una guerra contra el fascismo?
-Anda, ¿que no me he enterado? Y por si se me olvida, me lo
están recordando a morterazos a cada minuto. No crea usted que soy tan estúpido
como todo eso. Naturalmente que entien-do que todos los generalotes del otro
lado se dan la lengua con los generalotes alemanes e italianos, porque son
lobos de la misma carnada. Pero lo que no entiendo es por qué los otros países
se quedan tan quietos, mirando los toros desde la barrera. Bueno, sí, lo puedo
entender en los de arriba que son los mis-mos en todas partes, alemanes o
italianos, ingleses o franceses. Pero hay millones de trabajadores en el mundo,
y en Francia tienen un gobierno de Frente Popular, y... bueno, ¿qué es lo que
están haciendo?
-Mira, Angelillo, confieso que yo tampoco lo entiendo. No me
hizo caso y siguió:
-Yo no digo que nos tienen que mandar el ejército francés,
so-mos bastantes para terminar con todos estos hijos de mala ma-dre. Pero al
menos nos debían dejar comprar armas. De esto usted no sabe nada, porque está
aquí, pero donde nosotros es-tamos, nos estamos peleando a puros puñetazos y
esto es la pura verdad. A lo primero, no teníamos apenas un fusil y te-níamos
que guardar cola para coger el fusil del primero que ma-taran. Después, los
mexicanos, y Dios los bendiga, nos manda-ron unos fusiles, pero luego resultó
que nuestros cartuchos eran un poco grandes para ellos y se atascaron. Después
se nos die-ron granadas de mano, o al menos las llamaban así. Eran unos canecos
como cantimploras para llevar agua en una excursión y las llamaban bombas
Lafitte; había que sacarles un alambre co-mo una horquilla de mujer, tirarlas y
salir corriendo, porque le explotaban a uno en las narices. Después nos dieron
cachos de cañería llenos de dinamita que había que encenderlos con la colilla
del cigarro; y así todo. Y mientras, en el otro lado, nos asan a morterazos que
ni Dios se entera cuándo le caen a uno encima.
¿Ha visto usted un mortero de los suyos? Es como un tubo de
chimenea con un punzón en el fondo. Ponen el tubo en un án-gulo y dejan caer
dentro una bomba pequeñita que tiene alas para que vuele bien. El punzón les
agujerea el trasero y salen tubo arriba como un cohete y te caen encima de la
cabeza. Y no se puede hacer nada como no se pase uno el día mirando a lo alto,
porque le caen a uno encima sin hacer ningún ruido. Lo único que se puede hacer
es cavar la trinchera en ángulos y me-terse en los rincones. Matan a uno, pero
no la hilera de todos, como hacían al principio.
-Bueno, calla un poco y descansa. Parece que te han dado cuerda
como a un reloj.
-Es que cuando se lía uno a hablar de estas cosas, se le
enciende la sangre. Yo no digo que los franceses no hayan hecho nada, porque
nos han mandado algunas ametralladoras y la gente dice que unos cuantos
aeroplanos viejos también, pero la cuestión es que no tienen riñones para hacer
las cosas cara a cara, como Dios manda. Si Hitler le manda aviones a Franco,
¿por qué no nos los pueden mandar ellos a nosotros y con más derecho? Después
de todo, les estamos defendiendo a ellos tanto como nos defendemos nosotros
mismos.
Verdaderamente yo resentía las mismas cosas y podía decir lo
mismo, aún mejor, pero le recordé que teníamos a Rusia y a la Brigada
Internacional.
-Bueno, sí. No los echo en saco roto, pero la Rusia soviética
tiene la obligación de ayudarnos más que nadie. Estaría bueno que Rusia se
encogiera de hombros y dijera:
«Allá cuidados, a mí no me importa nada»
-Los rusos podían haberlo dicho. Al fin y al cabo están muy
lejos de nosotros y no creo que tengan malditas las ganas de meterse en una
guerra con Alemania.
-A mí no me cuente historias que usted mismo no cree, don
Arturo. Rusia es un país socialista y tiene la obligación de ayu-darnos, porque
para eso somos socialistas; comunistas, si usted quiere, da igual. Y en cuanto
a que Alemania le declara la gue-rra, Hitler es un perro ladrador que se le
pega un cascotazo en las narices y sale corriendo con el rabo entre las
piernas... Y ahora me tengo que marchar. Ya me he acostumbrado a los
morterazos, pero esto de los cañonazos aquí no me gusta. Sobre todo en mitad de
la calle, que le matan a uno como a un co-chino. ¡Salud!
Se había formado un convoy de coches para llevarse a Valencia a
las familias de los empleados del Ministerio de Estado. Aure-lia y los chicos
se iban con ellos y fui a despedirlos.
Aquello era mejor. Los chicos estarían seguros. Aurelia quería
que me fuera con ellos a toda costa y los últimos días habían sido una batalla
constante llena de discusiones tontas. Desde el principio ella estaba
convencida de que la «mujer de los ojos verdes» - como ella llamaba a Ilsa- era
la causa de mi actitud; pero aún tenía mucho menos miedo de la extranjera, que
a su manera de ver no era más que una aventura pasajera, que de María, que en
cuanto se quedara sola conmigo en Madrid se haría el ama de la situación. Se
empeñó en que debería llevar a ella y a los chicos a los sótanos de la
Telefónica que se habían convertido en refugio de cientos sin domicilio. La
había llevado a que viera aquella miseria, ruidosa y maloliente, y le había
ex-plicado por qué no quería meter los chicos allí; pero aunque desistió de la
idea, siguió con su empeño de que yo tenía que irme a Valencia con ellos como
habían hecho los demás em-pleados del ministerio. Para ella yo quería quedarme
solo en Madrid para estar más libre en mis juergas. Cuando me estaba
despidiendo de los niños, me lo repitió una vez más.
Me volví a la Telefónica. En la estrecha calle de Valverde había
una cola interminable de mujeres y chiquillos, empapados por la llovizna fría
de la madrugada, pataleando para entrar en calor, abrazados a paquetes
deformes. Cuatro camiones de evacua-ción, con unas tablas atravesadas de lado a
lado por asiento, esperaban para llevárselos. Pero no, éstos esperaban entrar
en la Telefónica. Precisamente cuando yo entraba en el edificio, sur-gía de él
la fila de evacuados, mujeres, niños, viejos con las caras verdosas, con las
ropas arrugadas oliendo a churre de ove-jas, con los mismos bultos y paquetes
que las gentes que espe-raban fuera, con los mismos chiquillos asombrados, con
los mismos chillidos y gritos y blasfemias y bromas. Gatearon a los camiones y
se acomodaron como pudieron en una masa com-pacta de cuerpos miserables,
mientras los chóferes ponían en marcha los motores fríos y catarrosos.
Ahora comenzaban a entrar las mujeres de la cola entre los
cen-tinelas de la puerta, una a una, vergonzosas y chillonas. La fuerza de la
corriente me arrastró, pasado el Control Obrero, escaleras abajo hacia los
sótanos, a través del laberinto de pasi-llos llenos de cables. Delante y detrás
de mí se empujaban las madres, peleándose por apoderarse de un sitio libre.
Voces chi-llonas gritaban: «¡Madre, aquí, aquí!». Se abrían los paquetes de
ropa y vomitaban ropas de cama sucia en un rincón milagrosa-mente libre, y
mientras los ocupantes de los jergones a uno y otro lado blasfemaban furiosos
de la invasión. Inmediatamente, las ropas mojadas de la llovizna, con la
calefacción del sótano, comenzaban a humear y el aire agrio y denso se hacía
más agrio, más denso, más sofocante.
«¿Cuándo comemos, madre?», gritaban docenas de chiquillos
alrededor de mí. Porque los refugiados tenían hambre.
A codazos me abrí camino escaleras arriba y volví al cuarto
frío, gris, enorme, donde Ilsa estaba sentada en su cama de campa-ña, oyendo
las quejas de tres personas a la vez, discutiendo y respondiendo con una
paciencia que no podía comprender. Me volví hacia los ordenanzas y estaban
renegando como yo.
Rubio me llamó desde Valencia y me dijo que tenía que
incor-porarme a la oficina allí. Le dije que no. Estaba a las órdenes de la
junta de Madrid. Se conformó y me dio una larga lista de instrucciones. Media
hora más tarde llamaba Kolzov y me daba otra larga lista de instrucciones.
Comencé a gritar furioso en el teléfono: ¿qué órdenes eran las que tenía que
obedecer? Ellos decían una cosa. Valencia otra. Ninguno de ellos, ni Valencia
ni Madrid, dieron una solución. Era yo el que tenía que resolver en contra de
uno de ellos.
En la desesperación cogí a Delmer, el único corresponsal inglés
con quien me había encariñado, y me lo llevé a ver a dos amigos míos, dos
clowns, Pompoff yTeddy, que actuaban en el teatro Calderón. Él sacó un artículo
de la visita, yo un alivio de mis desesperaciones. Después hablé durante horas
con Delaprée sobre literatura francesa y sobre la estupidez de la violencia
como argumento. No me ayudó mucho. Seguía irritándome el ver a Ilsa aconsejando
y ayudando a un recién llegado después de quince horas de trabajo, gastando su
última onza de energía en una conversación idiota, volviéndose después a mí con
la cara caída de cansancio y desesperación y sumiéndose en un silencio
interminable.
No dormí. A las cuatro de la mañana, sin saber qué hacer,
fas-cinado por las visiones de la mañana, bajé al segundo sótano, dormido bajo
la luz de unas pocas bombillas y bajo la vigilancia de unos guardias. El
silencio estaba lleno de ronquidos, gruñi-dos, toses y palabras de pesadilla.
Los hombres de la guardia jugaban a las cartas.'! Me dieron un vaso de coñac;
estaba ca-liente y olía a sueño. Los pasillos estaban llenos del olor de car-ne
humana cociéndose en sus propios sudores, del olor de una gallina clueca; y el
coñac olía a eso, y tenía el mismo calor.
Me quedé después un largo rato asomado a la ventana, lavando mis
pulmones con aire frío. No podía dormir, estaba embrujado. Quería gritar a los
generales que se llamaban ellos mismos «sal-vadores del país» y a los
diplomáticos que se llamaban a sí mismos «salvadores del mundo» que vinieran.
Yo los cogería y los encerraría en los sótanos de la Telefónica. Los pondría
allí en los jergones de esparto, húmedos de nieblas de noviembre, los arroparía
en mantas de soldados, pocas, y los haría vivir y dormir en dos metros
cuadrados de pasillo, sobre un piso de cemento, entre mujeres hambrientas y
trastornadas de histeria que habían perdido su hogar y que aún escuchaban
explotar las bombas y retemblar la tierra profunda que rodeaba el cemento,
pugnando por romperle. Los dejaría allí un día, dos días, mu-chos, que se
empaparan en miseria, que se impregnaran de su-dor y de piojos de pueblo, y que
aprendieran historia, historia viva, la historia de esta guerra miserable y
puerca, la guerra de cobardías, de los sombreros de copa brillantes bajo los
candela-bros de Ginebra, la guerra de generales traidores asesinando a su
propio pueblo fríamente y cobardemente. ¡Ah! Arrancarles a tirones sus bandas
militares, las levitas y los sombreros de copa de las recepciones, arrancarles
a tirones sus cascos de pluma, sus espadas, sus bastones con puño de oro.
Vestirlos de pana tiesa, de dril azul o blanco, como los campesinos, o los
mineros o los albañiles, y luego, bien churretosos de miseria, tirarlos en
medio de las calles del mundo con barba de tres días, con ojos pitarrosos de
sueño...
No podía pensar en matarlos o en destruirlos. Matar es
mons-truoso y estúpido. Aplastar un insecto bajo la suela del zapato es
repugnante: tiene un casquido y un churretón de vida que hace vomitar. Un
insecto vivo es una maravilla que se puede contemplar horas y horas.
Todo a mi alrededor era destrucción, repugnante y asquerosa como
una araña pisada; y era la destrucción de un pueblo; la destrucción bárbara de
un rebaño de gentes, azotadas por el hambre, por la ignorancia y por el miedo
de ser, sin saber por qué, espachurradas, destruidas.
Me ahogaba el sentimiento de impotencia personal frente a la
tragedia. Era amargo pensar que yo era un entusiasta de la paz, amargo
pronunciar la palabra pacifismo. Me había convertido en un beligerante. No
podía cerrar los ojos y cruzarme de brazos mientras se asesinaba impunemente a
mi propio país, sin más finalidad que el de que unos pocos se hicieran los amos
y escla-vizaran a los supervivientes. Sabía que había fascistas de buena fe,
admiradores del pasado glorioso, soñadores de imperios que desaparecieron para
siempre, conquistadores que se creían en una cruzada; pero no eran más que la
carne de cañón del fas-cismo. Los otros, los otros, los herederos de la casta
que había regido España durante siglos, los que yo había conocido mane-jando la
guerra en Marruecos, con su corrupción estupenda, con sus glorias retiradas,
cebándose en latas de sardinas podridas, en sacos de judías llenos de gusanos:
esto era lo que había que combatir. No era una cuestión de teorías políticas,
sino de vida o muerte. Había que luchar contra los enterradores; los Franco,
los Sanjurjo, los Mola, los Millán Astray, que ahora coronaban su hoja de
servicios cañoneando su propio país para hacerse amos de esclavos y a la vez
convertirse para ello en esclavos de otros amos. Oh, ¿cómo un general puede
tener tan poca ver-güenza de sí mismo?
Teníamos que combatirlos. Para ello tendríamos que bombar-dear
Burgos y sus torres, Córdoba y sus jardines, Sevilla y sus patios llenos de
flores. Teníamos que matar para ganar el dere-cho de vivir.
Quería llorar a gritos.
Un obús había matado a la vendedora de periódicos en la puer-ta
de la Telefónica. Ahora estaba allí su chiquita, una niña aún pequeñita y
morena que zascandileaba saltando como un go-rrión entre las mesas del bar
Miami y del Café Gran Vía, ven-diendo cigarrillos y cerillas. Apareció en el
bar con un trajecillo negro de satén:
-¿Qué haces?
-Nada. Desde que mataron a mamá, pues vengo aquí... Ya esta-ba
acostumbrada desde chiquitita.
-¿Te has quedado sola?
-No. Estoy con la abuelita. Nos dan vales de comida en el
co-mité y ahora nos van a llevar a Valencia. -Se empinó hacia un soldado altote
de las Brigadas-: ¡Viva Rusia! -La voz era aguda y clara.
No. No podía pensar en términos políticos, en términos de
par-tido o de revolución. No podía escapar al pensamiento de que era un crimen
el lanzar granadas contra carne humana y de la necesidad mía, mía, del
pacifista, del enamorado de san Fran-cisco, de ayudar a la tarea de terminar
con esta cría de Caín. Luchar es como sembrar; sembrar para crear una España en
la cual el artículo de la Constitución de la República que decía: «España
renuncia a la guerra», fuera verdad real. Lo otro -perdonar-, lo pudo decir
Cristo. San Pedro sacó la espada.
Más allá, el frente estaba vivo y nos mandaba el eco de sus
ex-plosiones. Había allí miles de hombres que pensaban vagamente como yo, que
luchaban y que confiaban de buena fe en la victo-ria; ingenuos, bárbaros,
rascándose piojos en las trincheras, ma-tando y muriendo, soñando: soñando en
un futuro sin hambre, con escuelas y limpieza, sin señores y sin casas de
préstamos, un mundo lleno de sol. Yo estaba con ellos. Pero no podía dormir.
¡Qué difícil es dormir!
Cuando en el propio cerebro se amontonan todas las visiones y
emociones, pensamientos y contrapensamientos; cuando día y noche las bombas
sacuden las paredes, y el frente se acerca más y más; cuando el sueño es escaso
y el trabajo largo, difícil y lleno de contradicciones, la mente se refugia en
la fatiga del cuerpo. Yo no trabajaba bien. Sólo era claro y seguro cuando
estaba con Ilsa, pero en cuanto me quedaba solo me sentía inse-guro hasta de
ella. Ella no sufría la guerra civil en su propia sangre como yo; ella
pertenecía a los otros, a los que van a lo largo del camino fácil de la acción
política. En las tardes bebía vino y coñac para azotar mi cansancio. Contaba
historias a gri-tos hasta que desahogaba mi propia excitación. Regañaba con los
periodistas que me parecía trataban a los españoles mucho más como «nativos»
que los demás lo hacían. Cada día pedía instrucciones concretas para nuestro
trabajo a Valencia y al Comisariado de Guerra; cada vez me contestaban, Rubio
Hi-dalgo que estaba en Madrid en contra de sus órdenes, Kolzov y sus amigos que
no hiciera caso y que eran ellos los que manda-ban. Cuando llamó María, le
contesté furioso; después me la llevé de paseo, porque había tanto dolor por
todas partes que yo no quería causar un dolor más.
Ilsa me miraba con sus ojos quietos llenos de reproche, pero no
me preguntaba nada sobre mi vida privada. Yo hubiera querido que me preguntara,
hubiera querido estallar. Mantenía el trabajo de la oficina con manos firmes, y
yo estaba lleno de dudas.
Así llegó el día en que Rubio Hidalgo me dijo por teléfono que
tenía que comprender que estaba bajo la autoridad del ministe-rio y no de la
Junta de Defensa. En el Comisariado de Guerra me dijeron lo contrario. Llamé a
Rubio Hidalgo otra vez. Me dio órdenes estrictas de incorporarme a Valencia. Yo
sabía que me odiaba y que no quería más que una oportunidad para desti-tuirme
del trabajo que yo le había usurpado, pero estaba cansa-do. Terriblemente
cansado. Iría a Valencia y se terminaría aque-llo, cara a cara. En el fondo de
mi mente estaba también el de-seo de terminar con esta situación ambigua.
La junta se negó a darme el salvoconducto para ir a Valencia,
porque mi trabajo era en Madrid y Valencia no tenía nada que ver con ello.
Rubio Hidalgo no tenía poderes para darme un salvoconducto. Estaba en un
callejón sin salida.
Y así, una tarde me encontré con mi amigo Fuñi-Fuñi, el
anar-quista, entonces uno de los responsables del Sindicato de Transportes me
ofreció un salvoconducto y un sitio en un coche para ir a Valencia al día
siguiente. Lo acepté. Ilsa apenas co-mentó. Aquel mismo día ella había
rechazado una nueva invita-ción de Rubio Hidalgo para ir a Valencia.
El 6 de diciembre abandoné Madrid, sintiéndome como un de-sertor
dispuesto a lanzarme en una batalla peor aún.
Retaguardia
Capítulo IV
El coche que me llevó a Valencia pertenecía a la FAI y condu-cía
a tres líderes de las milicias anarquistas. Uno de ellos, Gar-cía, era el
comandante del frente de Andalucía. Aunque sabían que yo no era un anarquista y
aunque les había dicho que había colaborado con los comunistas, me aceptaron
como un amigo, puesto que sus compañeros en Madrid me habían proporciona-do el
uso de su coche. Y yo los acepté desde el principio por-que no se mordían la
lengua para censurar a los hombres que abandonaron Madrid vergonzosamente a su
destino. Estaba convencido de que los que se habían escapado a Valencia el 7 de
noviembre, ahora hacían todo lo posible para volver a apode-rarse del mando de
la capital, pero sin tener que volver a ella. Yo era uno de los testigos principales
de su cobardía y de su falta de sentido de responsabilidad y era obvio que
tratarían de deshacerse de mí de una manera impecable. Era por lo que se me
llamaba a Valencia; y era también por lo que yo iba.
Comencé a hablar de los problemas que me atormentaban. Gar-cía
escuchó cuidadosamente y sus preguntas sutiles me empuja-ron a hablar más y
más. Era un consuelo. Les conté la historia tal como yo la había visto, la
censura antes del 7 de noviembre, el funcionamiento de la oficina en la
Telefónica, el papel de la junta de Defensa, las órdenes de Valencia, la
confusión, la ne-gligencia, la fatiga de esta batalla estúpida. El camino a
Valen-cia es largo, y yo hablé y hablé, para aclarar mi mente, para
desahogarme, mientras García escuchaba y hacía preguntas. Cuando llegamos a la
ciudad, fuimos directamente a un bar para comer algo y para beber un vaso
juntos antes de separar-nos. Y fue únicamente entonces cuando García dijo:
-Bueno, compañero, ahora dame las señas del fulano ese. Esta
noche le vamos a hacer una visita.
-Caray, ¿para qué?
-Ah, no te preocupes, aquí en Valencia a veces la gente
desapa-rece de la noche a la mañana. Se los llevan a Malvarrosa, al Grao o a la
Albufera, se ganan un tiro en la nuca y el mar se los lleva. Bueno, algunas
veces los devuelve porque le dan asco.
Lo dijo con la cara tan seria como la había tenido durante todo
el viaje. Me asusté:
-No creo que merezca ni aun eso. Primero, no creo que Rubio sea
un traidor a la República. Ha trabajado muchos años con Álvarez del Vayo,
¿sabes? Además, es uno de los pocos que conocen algo sobre la prensa
extranjera. Perderíamos una ayuda y provocaríamos un escándalo fuera. Y por
último, esto es una cuestión mía, personal. García se encogió de hombros:
-Bueno, como quieras. Tú te lo guisas y tú te lo comes, pero yo
te digo que un día te va a pesar. Conozco el tipo y por causa de ellos vamos a
perder la guerra. ¿O tú crees que nosotros no sa-bemos las cosas que la censura
deja pasar? Ese hombre es un fascista y ya le tenemos marcado hace mucho
tiempo. Además, le hemos avisado más de una vez. Tú podrás decir lo que
quie-ras, pero a ése le damos el paseo más tarde o más temprano. Aquello me
liberó de mi resentimiento apasionado contra el ministerio. Yo sabía demasiado
bien que la censura de prensa extranjera cometía muchos más disparates por
suprimir que por dejar pasar, noticias o comentarios. Veía ahora qué lejos
estaba también de estos anarquistas y de sus sentimientos, a pesar del
resentimiento y de la indignación que nos unía.
Fui solo a la oficina de prensa.
Era temprano en la
mañana. Brillaba el sol en un cielo sin nu-bes. Después de las nieblas y de los
vientos de Madrid, el aire de Valencia era como un vino fuerte. Marchaba
despacio a tra-vés de un mundo extraño en el que la guerra no existía más que
en unos carteles antifascistas, enormes, y en los uniformes de milicianos
paseantes. Las calles estaban abarrotadas de gentes y de automóviles, las
gentes bien vestidas, orgullosas y chillonas, con tiempo y dinero a su disposición.
Las terrazas de los cafés estaban llenas. Una banda de música tocaba una marcha
en una plaza. Los vendedores de flores llevaban manojos de claveles blancos,
rojo y rosa. Los puestos del mercado estaban llenos de comida, pavos y
gallinas, bloques de turrón, uvas, naranjas, granadas, dátiles, piñas. Me
asaltó un limpiabotas y le dejé que puliera mis zapatos con polvo de Madrid.
Las granadas no zumbaban en el aire, no. Pasó un camión lleno de evacuados de
Madrid, y brinqué. Quería hablar a los chiquillos asombrados, tan asombrados
como yo. La oficina de prensa se había instala-do en un viejo palacio. Sorbí la
suntuosa y sucia escalera de mármol y me encontré en un hall con las paredes
tapizadas de brocado, descolorido por los años; desde allí, un ordenanza me
mandó a través de un laberinto de pasillos en el que se encade-naban
habitaciones llenas de máquinas de escribir, de multico-pistas, de sellos de
caucho, de montañas de papel. Las gentes no me reconocían, ni yo conocía a la
mayoría de ellas. Como un paleto di vueltas de un lado a otro hasta que
Peñalver me en-contró y me saludó como si fuera un resucitado de entre los
muertos. Peñalver había sido ordenanza en Madrid.
-Tiene usted que vivir en casa mientras esté en Valencia -me
dijo-. No se encuentra una habitación, y además su hermano duerme con nosotros.
Voy a decirle a don Luis que está usted aquí.
Me recibió con toda solemnidad, como la verdadera cabeza del
departamento a pesar de que la pompa era escuálida y llena de desorden. Afable,
pulido, ni frío ni caluroso, los ojillos de lagar-to escondidos a medias detrás
de las gafas ahumadas, la punta oscura de su lengua paseándose veloz por sus
labios. Y yo no dije nada de lo que pensaba decir cuando abandoné la
Telefó-nica. En Madrid había planeado perfectamente cómo enfren-tarme con sus
palabritas suaves; aquí, en Valencia, él estaba en su propio campo, y yo no era
más que un Quijote loco, incapaz de someterme, de conformarme o de tomar la
decisión salvaje que me había ofrecido el anarquista García.
Rubio Hidalgo me dijo blandamente que lo sentía mucho, pero que
no tenía tiempo aquella mañana para discutir conmigo la situación; que me
marchara a ver la ciudad y que volviese al día siguiente. Me marché. En la
valla de un solar estaban mirándo-me los ojos abiertos de los niños asesinados
en Getafe, las cari-tas trágicas cuyas fotografías yo había salvado. Un cartel
de propaganda. Un llamamiento eficaz a todos. Me lo había imagi-nado diferente,
tal vez porque era yo el que pudo haberlos ase-sinado por segunda vez y había
escogido darles vida nueva.
No sabía qué hacer conmigo.
Por la tarde me fui a ver a mis hijos y a Aurelia en el
pueblecillo donde estaban alojados. El ferrocarril de vía estrecha que me llevó
allí era tan lento como un carro de mulas. El pueblo estaba bajo la
administración de un comité de anarquistas que había requisado las casas más
grandes para alojar a los refugiados de Madrid. Encontré a Aurelia en una vieja
casa solariega de vigas gruesas y paredes de piedra y yeso desconchadas,
grandes salas enladrilladas, un número fantástico de escaleras, un jardín hú-medo
y sombrío y una huerta llena de ortigas con un puñado de manzanos y naranjos.
No había allí más que madres con sus hijos, veintidós familias, componiendo un
ciento de personas. El comité había requisado camas y ropas de cama y había
con-vertido en dormitorios las habitaciones mayores. Parecía un hospital o una
de esas viejas posadas que tienen dormitorios comunales.
En la sala donde estaba Aurelia se alineaban diez camas a lo
largo de las dos paredes principales. Ella y los tres niños com-partían dos
camas de matrimonio a cada lado de un balcón por el que entraba un sol cegador.
La habitación estaba encalada y muy limpia, las cuatro madres que allí estaban
parecían llevarse muy bien. En el próximo cuarto de hora descubrí que entre los
distintos dormitorios existía un antagonismo de grupo feroz. Las mujeres no
tenían nada que hacer, más que limpiar la habi-tación, preocuparse de sus
chicos y cotillear entre ellas. El comi-té proporcionaba leche para los chicos
y la comida para todos. Una de las mujeres que estaba en el dormitorio de
Aurelia, cuyo marido había sido muerto en los primeros días de la lucha,
esta-ba atendida totalmente por el comité y recibía cada día una lluvia de
regalos de la gente del pueblo ropas para los niños, flores, dulces.
Los chiquillos se habían adaptado felices al medio extraño que
los rodeaba y jugaban todos en la huerta. Aurelia exhibió su marido a través de
los dormitorios, «un marido que era algo en el Ministerio de Estado». Ya tarde
me preguntó:
-¿Qué planes tienes para esta noche?
-Me vuelvo a Valencia en el último tren. Peñalver me deja una
cama en su casa. En cuanto pueda vendré otra vez a veros.
-No. Esta noche te quedas aquí. Ya lo he arreglado todo.
-Pero aquí no tengo sitio.
-Te digo que sí. Ya lo he arreglado yo. Las mujeres se van
dor-mir a otro dormitorio esta noche, en cuanto sus chicos se que-den dormidos,
y nosotros nos quedamos solos.
-Quédate, papá...
Me subía a la garganta una repugnancia infinita y al mismo
tiempo una ola de cariño y de piedad. Habíamos perdido la casa en Madrid,
habíamos perdido todo lo que hace agradable la vida; me rodeaban los chicos, me
tiraban del pantalón, no me dejaban ir. Los ojos de Aurelia suplicaban. Me
quedé.
Pero aquella noche no dormí. Mentir es muy difícil.
El cuarto inmenso estaba alumbrado por dos lámparas de petró-leo
cuyo resplandor llenaba el cuarto de sombras. Al alcance de mi mano los niños
dormían plácidamente en la otra cama. Aure-lia lado a lado de mí. Estaba
mintiendo cada momento que es-taba allí. Había mentido a los niños pretendiendo
una armonía con su madre que no existía. Había mentido a la madre, min-tiendo
una ternura que estaba muerta y que ya no era más que repulsión física. Había
mentido a Ilsa, allá en Madrid. Me men-tía a mí mismo construyéndome, una a
una, justificaciones fal-sas de por qué estaba en una cama donde no quería
estar, don-de no debía estar, donde no podría estar más.
En la mañana tomé el primer tren a Valencia y dormí en el
compartimiento cerrado y asfixiante, hasta que los otros viaje-ros me
despertaron. Me fui a la casa de Peñalver y me acosté hasta la hora de comer.
Por la tarde Rubio Hidalgo me repitió que no tenía tiempo y que dejaríamos el
hablar para el día si-guiente. Al día siguiente se había ido a Madrid. Cuando
volvió, me enteré por otros que había nombrado a Ilsa la cabeza oficial de la
oficina de Madrid. No me dijo nada, sólo que hablaríamos y arreglaríamos mi
situación un día u otro. Esperé sin forzar las cosas; esperé un día y otro.
Otra vez Rubio Hidalgo se marchó a Madrid en un viaje urgente. Cuando volvió
era abiertamente hostil hacia mí, con un tono insolente en su voz. Tuvimos una
bronca agria, pero al fin me callé y esperé. Mi batalla, tan clara en Madrid,
en Valencia era sin esperanza y sin finalidad; en Valencia estaba solo y
desesperado.
Se pasó una semana, lenta y tensa. El cielo estaba
uniforme-mente claro, las noches uniformemente pacíficas, la vida de la ciudad
inalterablemente divertida y alegre. Cada noche, mi anfitrión Peñalver, con su
cara tallada a escoplo, sacaba después de cenar una baraja y una botella de
aguardiente. Mi hermano Rafael, que había ido a Valencia después de la
evacuación de su familia, se sentaba, silencioso y serio. A medianoche,
Peñal-ver se iba a la cama un poquitín borracho. Yo seguía sin poder dormir.
Iba coleccionando historias de unos y otros: con el peso de
Madrid en mi mente, trataba de entender el proceso de organi-zación de la
guerra. Pero mientras estaba esperando, desocupa-do y excedente, no podía
encontrarme con las gentes que sin duda estaban entonces trabajando febriles.
No veía más que los emboscados, los peces chicos de la burocracia tratando de
justi-ficar su existencia para sentirse seguros en su refugio, los em-pleados
insignificantes del Ministerio de Estado que habían salido de Madrid, porque se
lo habían mandado o porque tenían miedo. No tenían nada que hacer y criticaban
y contaban histo-rias llenas de malicia. A veces esta malicia se volvía contra
no-sotros, los que nos habíamos quedado en Madrid, los «locos» que habían
echado las cosas a perder. Me hablaban así porque estaban convencidos de que yo
había venido a Valencia para quedarme, después de intrigas sin fin para escapar
de aquel infierno. Según ellos, los altos empleados del Estado estaban muy
disgustados de que los que habían organizado la defensa de Madrid se portaran
como si ellos fueran héroes y los eva-cuados oficialmente a Valencia cobardes.
«Tiene usted que admitir que esas gentes se han arrogado poderes que no
te-nían», me dijo alguien muy redicho. «Sí, porque ustedes habían dado a Madrid
por perdido», contesté. Pero era claro que, dije-ra lo que dijera, caería en el
vacío, porque sonaba hueco y de-clamatorio. Me acordaba del anarquista García
con un senti-miento inquieto, mezcla de camaradería y de odio; caía en lar-gos
silencios, escuchaba y miraba.
Me contaron que Rubio Hidalgo había afirmado que me iba a mandar
a la censura de correos de Valencia «para que me pu-driera allí» y que no se me
permitiría volver a Madrid. Me con-taron que había contado indignado cómo yo
había usurpado su sillón en el ministerio. Decían que a Ilsa la dejarían en
Madrid hasta que las cosas se arreglaran, si antes «no metía la pata hasta el
corvejón». Rubio la manejaría perfectamente, porque no era más que una
extranjera sin nadie que la garantizara y sin ningún conocimiento de España, y
tendría que depender de él. Otros me contaron que políticamente era sospechosa
y que se la ex-pulsaría de España en seguida, si continuaba siendo tan
amisto-sa con los periodistas extranjeros. De todas formas, Ilsa se ha-bía
convertido en una leyenda.
Visitaba a mis chicos regularmente pero no volví a quedarme otra
noche en el pueblo. Después de un altercado serio no hablé más con Aurelia y
ella sabía que todo había terminado definiti-vamente.
Me sentaba con mi hermano en la terraza de un bar, atontado por
el ruido. Me iba a la playa a contemplar las gentes revolo-tear alrededor de
los restaurantes de moda o me quedaba con-templando las enormes sartenes en la
cocina al aire libre de La Marcelina, donde se cocían las paellas bajo
guirnaldas de maris-cos rojo-cromo y trozos de pollos dorados a la sartén. El
arroz que yo había comido días y días en Madrid había sido una masa rojiza como
vomitona de borracho. Sobre las plataformas de tabla elevadas en la arena de la
plaza, frente al mar, donde las mesas se pedían con anticipación, las mujeres
evacuadas de Madrid mantenían una batalla furiosa de lujo exhibicionista con
sus colegas valencianas. Se derrochaban fortunas en mantener una alegría
ficticia, una seguridad que nadie tenía. Infinidad de gentes se habían hecho
ricas de la noche a la mañana, contra el fondo de los cartelones gigantes que
pedían sacrificios para ganar la guerra y para salvar Madrid.
Las oficinas estaban invadidas por una legión de nuevos
orga-nizadores: Peñalver, un ordenanza del Ministerio de Estado toda su vida,
se despertó una mañana con una idea: crear un batallón ciclista. Los reclutas
serían los ordenanzas ciclistas de los innumerables ministerios. No irían al
frente, claro. Se entre-narían y organizarían para cuando hicieran falta. Él
tenía bici-cleta y sabía montar en ella; sus dos hijos eran ciclistas del
De-partamento de Prensa. Comenzó a divulgar la idea en otras ofi-cinas, y al
cabo de unos pocos días apareció en casa vestido con un flamante uniforme de
capitán, una orden escrita autorizán-dole a organizar el batallón ciclista y
otra orden autorizándole los gastos necesarios. Desde aquel momento comenzó a
pensar en abandonar el ministerio en cuanto tuviera reclutas bastantes. ¡Y las
bicicletas que iba a comprar! Bueno, por el momento tenía su sueldo de capitán.
Me enteré de que había muerto Louis Delaprée. Durante los
últimos días de mi estancia en Madrid había tenido una cues-tión seria con su
periódico, Paris-Soir, porque éste se había ne-gado a publicar una información
sobre los bombardeos de Ma-drid y la matanza de mujeres y niños, con el título,
prestado de Zola, J'accuse. Cuando yo me había despedido de él, estaba sentado
en mi cama de campaña, la cara más pálida que nunca, un tapaboca color ladrillo
alrededor del cuello. Me dijo que iba a tener unas palabras serias con sus
amigos del Quai d'Orsay sobre la conducta abiertamente fascista del consulado
francés: «Odio la política, como usted sabe, pero yo soy un hombre libe-ral y
un humanista».
Se marchó a Francia por avión. Iban con él un corresponsal de la
agencia Havas y un delegado de la Cruz Roja Internacional que había estado
investigando el asesinato de prisioneros en la cárcel Modelo al principio de
los bombardeos de Madrid. No lejos de la ciudad, el aeroplano francés fue
atacado y ametra-llado por un avión desconocido. Hizo un aterrizaje forzoso. El
hombre de Havas perdió una pierna, el delegado de la Cruz Roja resultó ileso,
el piloto lleno de cardenales, y Louis Dela-prée murió en un hospital de Madrid
con una muerte lenta y dolorosa. Se corrían rumores de que el avión atacante
era un avión republicano, pero el mismo Delaprée lo negó en sus horas
interminables de agonía lúcida. Yo tampoco podía creerlo.
Para atender al entierro, fue por lo que Rubio Hidalgo se había
ido a Madrid sin avisar a nadie, con una corona de flores fres-cas en el coche.
Cuando volvió me contaron esto y todas las historias acerca de la situación de
Ilsa y de mi destierro inme-diato en la censura de correos.
Venían a Valencia los periodistas para un descanso, y sus
ala-banzas efusivas de Ilsa me asustaron mucho más que los rumo-res. La veía
expuesta a la envidia, enredándose ella misma en una telaraña de reglas
burocráticas que no conocía ni podía co-nocer, lejos de mí, sola.
Comencé a escribirle una carta en francés, en forma de un
dia-rio; una cosa rígida y artificial que era más una justificación de mí mismo
estúpida. Como había entrado en la censura con la recomendación del Partido
Comunista y había tomado las rien-das de este servicio el 7 de noviembre con su
aprobación, me fui un día a la secretaría general que se había instalado en
Va-lencia y pedí una entrevista con una de las primeras figuras. Me dijo que
toda la confusión que existía en la censura tenía que aclararse por el
Gobierno, que todos teníamos que soportar y que apoyar la reorganización de la
maquinaria del Estado que estaba en marcha, que yo indudablemente tenía razón,
pero que debía esperar una decisión oficial. Me resigné a esperar. Todo aquello
era muy razonable y yo no era más que un intruso.
Llegó entonces una carta de Ilsa contestando una nota que yo le
había enviado pidiéndole que viniera a Valencia. Iba a venir en unos días,
después de Navidad, con un permiso corto que le había ofrecido Rubio Hidalgo.
Tenía la esperanza de que yo volvería a Madrid con ella. Luis, nuestro
ordenanza, me daría más detalles sobre ello, pues le mandaba al día siguiente a
Va-lencia para que pasara unos días con su mujer y su hijita. Fui al ministerio
a preguntar si esperaban algún coche de Madrid, pero no había llegado ninguno
ni tenían noticias. Volví al atardecer y alguien dijo que había oído de un
coche que había sufrido un accidente cerca de Valencia, y que dos periodistas y
un orde-nanza del ministerio estaban heridos, pero no sabían quiénes eran. Los
habían llevado al hospital.
El hospital de Valencia era un edificio enorme de aspecto
con-ventual, con salas abovedadas, paredes de piedra fría, rincones oscuros
donde se ocultaba a los moribundos, y una baldosa con el nombre de un santo
encima de la puerta de cada sala. El piso, de losas de piedra o de viejas
baldosas de barro cocido, resona-ba con el pataleo de una multitud habladora y
gesticulante; ha-bía en el aire un tintineo constante de cristal y loza y el
olor del ácido fénico lo impregnaba todo. La guerra había invadido el hospital
destruyendo el viejo orden. No había nadie que pudie-ra oponerse a la voluntad
de los visitantes y éstos habían inva-dido el hospital, se habían instalado en
sillas y a los pies de las camas, a veces la familia entera, y hablaban y
discutían incan-sables con enfermos y heridos. Bajo las bóvedas, el zumbido era
como el de una colmena gigante. Las enfermeras y los orde-nanzas se habían
vuelto groseros y estaban exasperados. Se abrían paso a empujones sin hacer
caso a preguntas. Por fin pu-de encontrar un periodista inglés; no tenía más
que unas contu-siones y aquella noche iba a dormir al hotel. Me pidió que me
ocupara de Susana, que era con quien había venido; ella tenía una brecha en la
frente y la habían tenido que coser. Susana me dijo que Luis estaba gravemente
herido, pero no podía decirme dónde le habían llevado. Nadie sabía dónde
estaba, ni aun si estaba en el hospital. Alguien me guió a uno de los lechos
es-condidos en los rincones de las bóvedas; el lecho estaba vacío, deshecho y
sucio de haber sido recién ocupado. Luis o había muerto o aquello era un error.
Me lancé a través de un laberinto de pasillos, en los que estaban las
dependencias del hospital, y le encontré, al fin, tendido sobre una camilla a
la puerta de la sala de rayos X.
La ternura de su cara fue tan intensa cuando me vio que la
emoción se me subió a la garganta. Vi instantáneamente que no tenía salvación.
De la comisura de los labios le caía un hilito fino de baba mezclada con
sangre, sus encías eran verdosas y parecían haberse contraído dejando los
dientes desnudos, la piel era cenicienta y las piernas estaban insensibles y
paraliza-das. Lo único que vivía eran los ojos, los labios y los dedos. El
doctor me dejó entrar con él y en silencio, en lo oscuro, me se-ñaló las sombras
que se dibujaban en la pantalla fluorescente: la columna vertebral, rota en su
mitad, dos de las vértebras sepa-radas una de otra tres o cuatro centímetros.
Después me senté a la cabecera de su cama. Luis hacía esfuer-zos
por hablar y por último consiguió decir:
-La carta. En mi chaqueta. -En la guerrera del uniforme que
colgaba a los pies de la cama encontré un sobre abultado-. Aho-ra todo está
bien. ¿Sabe usted que me voy a morir? -Se sonrió y la sonrisa se transformó en
mueca-. Tiene gracia, yo que tenía tanto miedo de las bombas. ¿Se acuerda usted
aquella noche del bombardeo? Quiere uno escaparse de la muerte y se cae de boca
en sus brazos. Así es la vida. Lo siento por mi chica, no por mi mujer. -
Acentuó el «no»-. Ella se quedará muy contenta y yo también. Deme usted un
pitillo, ¿quiere?
Le encendí un cigarrillo y se lo puse entre los labios. De vez
en cuando sus dedos se cerraban lentos y torpes alrededor del ci-garrillo, lo
retiraban de la boca y hablaba:
-Don Arturo, no deje perder esa mujer. Yo tenía razón. Es una
gran mujer. ¿Se acuerda usted la noche que llegó a Madrid? Y está enamorada de
usted. Hemos hablado, ya sabe hablar espa-ñol. Bueno, por lo menos, nos hemos
entendido los dos muy bien. Ella está enamorada de usted y usted lo está de
ella. Lo sé. Hay muchas cosas que ahora las veo claramente: dicen que hasta que
uno no está a punto de morirse no se ven. No la pier-da, sería un crimen, por
ella y por usted. Llegará el 26. Van ustedes a ser muy felices los dos y un día
se acordarán del po-bre Luis. Tiene usted la carta, ¿no? Es lo que me
preocupaba todo el tiempo, que me la quitaran.
La agonía de la peritonitis es horrible. El vientre levanta la
sá-bana hinchándose lenta e inexorablemente. Las entrañas se tri-turan bajo la
tremenda presión y al final surgen expulsadas por la boca, en una masa
repugnante de sangre y excremento, llena de burbujas que estallan soltando gas
fétido. La mujer de Luis no pudo soportarlo y se marchó. Me quedé solo con él
largas horas limpiándole incesantemente los labios. Hasta el último momento,
sus ojos estuvieron vivos, llenos de resignación y de cariño. Me dijo adiós,
muy bajito, atragantado de espumas.
Ilsa llegó a Valencia el 26 de diciembre. La sección de prensa
llenó de flores su cuarto en el hotel, porque era una «heroína». Estaba rendida
de fatiga, pero fuerte y llena de alegría. Cuando me reuní con ella, todas las
cosas en el mundo volvieron a su sitio.
La mañana siguiente, cerca de mediodía, su amigo Rolf vino a
buscarme en el smoking room del hotel: un agente de la policía política había
venido a buscarla y se la había llevado detenida. Había encontrado a Rolf y le
había encargado que me avisara y que avisara a Rubio Hidalgo.
Veía el Paseo de los Mataderos con sus arbolillos raquíticos y
polvorientos, con los cuerpos desplomados en la luz gris del alba; me resonaban
en los oídos las risitas nerviosas de los cu-riosos, las blasfemias horrendas
de los cínicos. Recordaba a la vieja a quien había visto, tirando de la mano de
un chiquillo adormilado y metiendo un trozo de churro en la boca entre-abierta
del hombre muerto. Veía al Manitas reclamando más víctimas a quienes dar el
paseo. Veía a Ilsa ante un tribunal de hombres capaces de creer cualquier cosa
de un extranjero y me la figuraba extendida en la playa, el mar mojándole los
pies. El reloj del salón batía los segundos lentamente. Tenía una pistola.
Todos teníamos pistolas.
Llamé a la oficina de prensa y pregunté por Rubio Hidalgo. No me
dejó hablar. Le habían informado; haría todo lo que estuvie-ra en su poder y
averiguaría qué había pasado. Sí, le contesté, era mejor que lo averiguara
pronto. Me dijo que vendría inme-diatamente al hotel. Había otros extranjeros a
mi alrededor: Rolf había traído a Julio Deutsch, el austríaco, que la conocía
bien. Creo que él llamó al secretario de Largo Caballero. Llegó Rubio y se
apoderó del teléfono. Puse la pistola sobre la mesa, ante mí. Todos me miraron
como pensando si me habría vuelto loco y me dijeron que me calmara.
Yo les contesté que no se preocuparan; aparecería o no aquella
noche, pero si no, había otros que iban a morir también en Va-lencia, y puse
dos cargadores llenos lado a lado de la pistola. Rubio llamó al ministerio.
De pronto me dijeron que todo se había aclarado: no había sido
más que una denuncia estúpida y dentro de un rato estaría allí. No les quería
creer. El reloj seguía marchando lentamente. Lle-gó dos horas más tarde,
sonriendo y muy dueña de sí. Yo no podía hablarle. Los otros se agruparon a su
alrededor y ella les contó su historia con gusto e ironías. El agente que la
había de-tenido le había hecho algunas preguntas en el camino que ha-cían;
claro que se la había denunciado como una espía trotskis-ta. No le habían hecho
ninguna acusación concreta pero su amistad con el líder socialista Otto Bauer
había pesado mucho. Mientras dos personas la estaban interrogando -en una forma
muy insegura y torpe, dijo, lo cual la hacía sentirse el ama de la situación, y
ésta más ridicula que peligrosa-, el teléfono había comenzado a sonar. Después
de la primera llamada le habían preguntado si quería comer algo; después de la
tercera o cuarta le habían presentado una comida verdaderamente suntuosa;
después de la sexta o séptima le habían preguntado su opinión sobre un tal
Leipen que, aparentemente, era quien la había de-nunciado, un periodista
insignificante de Centroeuropa que por un tiempo había trabajado con Rubio
Hidalgo y a quien yo no había llegado a conocer. Ella les había dicho la
verdad, que le consideraba un tipo escurridizo, pero nada más. Al final la
ha-bían tratado muy cariñosamente, como una amiga de la familia.
No importaba que no se hubiera dado cuenta del peligro que había
corrido. Había vuelto salva. Me quedé con ella.
Aquella noche, la luna sobre Valencia brillaba como plata
fun-dida. Hay en Valencia jardines y fuentes, anchos paseos flan-queados de
palmeras, viejos palacios e iglesias. Por miedo a los aviones, todo estaba
sumido en la oscuridad y la luna era aque-lla noche la reina de la ciudad. El
disco pequeño y brillante ro-daba en un cielo de terciopelo azul- negro
salpicado de llamitas blancas, temblonas, y la tierra era un campo de negro y
plata.
Después de cenar nos fuimos a pasear a través de los trozos de
luz y de sombra. El aire estaba lleno del olor de la tierra húme-da y fría, de
las raíces sedientas chupando ansiosas el jugo fres-co, de aliento de árboles,
de flores abriéndose en lo oscuro o bajo la caricia de la luna. Paseamos entre
las columnatas de palmeras cuyas hojas anchas crujían como pergaminos; y la
are-na crujiente bajo nuestros pies arrancaba chispas a la luna como si el
mundo se hubiera vuelto de vidrio. Hablábamos bajito para que la luna no se asustara
y cerrara los ojos y dejara ciego al mundo.
No sé lo que decíamos. Cosas hondas como las que se murmu-raban
en noches nupciales. No sé cuánto duró nuestro paseo. El tiempo había perdido
su compás y se había quedado quieto, mirándonos marchar fuera de su órbita. No
sé por dónde fui-mos: jardines, luna, arena, fuentes saltarinas, crujidos de
hojas secas en estanques de sombra; y seguíamos, las manos entrela-zadas, sin
cuerpos, persiguiendo el murmullo de una canción de cuna.
Por la mañana nos fuimos hacia el mar, hablando seriamente de la
lucha que nos esperaba hasta que volviéramos a nuestros puestos en Madrid y
volviéramos a trabajar juntos. Pasamos el Cabañal, blanco, con sus casitas de
obreros y pescadores, y donde la playa se curva, lejos de hombres y casas, nos
sentamos en la arena. Era amarilla y fina, caliente como una piel humana. El
mar y el cielo eran dos tonos distintos de un mismo azul sua-ve que se fundían
en un resplandor lejano, sin líneas que los dividiera. El mar quieto lanzaba a
la playa ondas dormidas que llevaban granos de arena en sus crestas de cristal.
La arena ca-balgaba sobre las crestas alegremente como legión de enanitos
traviesos, hasta que la onda se rompía sobre ellos con un chas-quido leve y los
dejaba alineados en hileras inmóviles, en rizos que eran la huella de los
labios del mar.
Tenía mi cuello sobre su brazo desnudo, piel sobre piel, y
sentía las corrientes que corrían bajo ambas pieles, fuertes o imperiosas como
las fuerzas bajo la azul superficie del agua.
-No sé más dónde acabo yo y dónde empiezas tú, como si fué-ramos
uno.
Era una paz profunda. No necesitábamos hablar de nosotros
mismos. No habíamos dicho más que unas pocas frases: ella tenía que escribir a
su marido y decirle que su matrimonio se había terminado. Yo tenía que arreglar
mis cuestiones privadas con el menor daño posible para los que estaban
envueltos en ellas.
-Tú, ¿sabes que vamos a producir daño a los otros y a nosotros
mismos, para poder ser felices? Y esto siempre se paga.
-Lo sé.
Pero todo parecía fuera de nuestra vida juntos, la única vida
que podíamos sentir. Todas las cuestiones complicadas, revuel-tas,
inescapables, que vislumbraba y conocía tan bien dentro de mi cerebro no
pertenecían a mí, se referían a otro. Le conté co-sas de mi infancia y de mi
madre: la delicia con que enterraba mi cabeza entre sus muslos y sentía sus
dedos ligeros acariciar mis cabellos. Aquello sí era yo. Pertenecía a mi mundo
junto con la sonrisa de Ilsa, con las conchas pequeñitas que estaba ella desenterrando
de la arena blancas como leche, tostadas como pan de campesinos, rosa agudo
como pezones de mujer, suaves y pulidas como escudos, rizadas y abiertas en
abanicos perfectos. Teníamos hambre y nos fuimos a una tabernita en el borde de
la playa, zanqueando lentos por la arena. Nos senta-mos en el balconcillo de
madera, una baranda frente al mar, y hablamos de Madrid. El camarero nos trajo
una cazuela de ba-rro colmada de arroz, amarillo de azafrán, y nos señaló dos
lan-gostinos extendidos encima:
-De parte de aquellos camaradas.
Se levantó un hombre con tipo de pescador de una mesa en el
rincón opuesto; se quitó la gorra y dijo:
-Pensábamos que la camarada extranjera debería probar la real
cosa. Hace un ratito que hemos cogido esos langostinos, así que no pueden estar
más frescos.
El arroz olía a mar. Bebimos con él un vino rojo, áspero,
tam-bién vivo.
-¿No ha empezado hoy el año?
-Faltan aún tres días.
-¿Sabes? Es extraño, pero es sólo hoy cuando he visto que
po-demos compartir una vida limpia, a la luz del día, alegres; una vida normal.
-¿Es que siempre me vas a decir lo mismo que estoy pensando?
Era hermoso sentirse infantil. Me sentía fuerte como nunca. Nos
volvimos a la playa cogidos de la mano como niños, y co-mo niños cogimos más
conchas oro y rosa. Cuando volvíamos a la ciudad, en el tranvía abarrotado y
ruidoso, las conchas en los bolsillos de Ilsa sonaban como castañuelas.
El frente
Capítulo V
Le oí decir a un corresponsal extranjero: «Con esta pandilla de
la no intervención las cosas se han movido de Madrid a Valen-cia. Claro que
todo depende de si Madrid resistirá o no -he oí-do decir que los nacionalistas
van a reanudar su ofensiva contra la carretera de La Coruña-, pero nosotros
tenemos que estar en contacto con el gobierno de Valencia».
Era verdad: Madrid estaba en guerra, pero Valencia estaba en el
mundo. El trabajo laborioso de reorganización administrativa y el tráfico
diplomático se habían impuesto; era necesario, aunque alimentara a parásitos.
Sin embargo, yo no podía convertirme en una parte de ello sin perder los
últimos restos de mi fe. Tenía que volver a Madrid. Quería tener una parte en
el manejo de la propaganda extranjera, pero desde allí. Significaba que tendría
que aprender cómo ejercer influencia sobre el mundo exterior, convirtiendo lo
que para nosotros era vida y muerte desnudas en materia prima para la prensa.
Significaba también que tenía que volver a Madrid, no en oposición a los
«conductos oficia-les» del Departamento de Prensa, sino en armonía con ellos.
Esto último era lo más difícil de resolver dentro de mí mismo.
Me revolvía contra ello, aun creyendo en el diagnóstico de Ilsa: se sentía
completamente desamparada al pensamiento de tener que volver a enfrentarse con
las autoridades españolas, ella, sola, a la cabeza de una oficina clave, sin el
conocimiento más mínimo de las regulaciones oficiales. Y quería que fuera yo
esta figura y que la ayudara a coleccionar los hechos que ella misma iba a
suministrar a los periodistas en busca de material. Me pa-recía que valía la
pena hacerlo. En Valencia me había sumergido en la lectura de periódicos
extranjeros y me había forzado a observar sus métodos de información. Ilsa
confiaba en que Julio Álvarez del Vayo, con su experiencia periodística, vería
clara-mente su punto, pero a la vez estaba muy en dudas si la amistad del
ministro hacia ella sería bastante para contrarrestar el odio venenoso que me
tenía el jefe de prensa. Yo era escéptico, pero estaba dispuesto a dejarla
intentar su acción.
De repente todos los obstáculos desaparecieron de la noche a la
mañana. Estaba esperando en una antesala del ministerio cuan-do Ilsa salió de
tener una entrevista con don Julio, con una ex-presión vacante que le sentaba
extrañamente, y me dijo que Rubio Hidalgo nos esperaba a los dos. Nos recibió
con mucho cariño y me dijo que me mandaba a Madrid como jefe de la censura de
prensa extranjera, con Ilsa como mi segundo. Igno-rando mi asombro, continuó
suavemente con los detalles; se nos aumentaba ligeramente el sueldo; se nos
pagarían los gastos de estancia; y no había mucho más que decirme; yo ya
conocía los trucos mejor que nadie e Ilsa parecía haber embrujado a los
pe-riodistas extranjeros en una actitud constructiva, sólo que ten-dría que
protegerla de un exceso de afectuosidad e indulgencia a las que era muy
inclinada. Estaba bien que hubiera entrado en el despacho con mi cara oficial
porque no podía comprender el cambio. Ilsa parecía conocer algo de lo que había
pasado detrás de las cortinas, porque charloteó con una animación estudiada,
mencionó de pasada que estaba contenta de que Rubio hubiera realizado lo
impracticable de su plan de mandar sus censores de Valencia a Madrid por turnos
mensuales, y al final expresó su preocupación por el nombramiento del
comandante Hartung. ¿Es que iba a ser nuestro jefe o un oficial de enlace con
el Esta-do Mayor?
¿Quién diablos era aquel comandante Hartung?
-Ese hombre no tiene nada que hacer con ustedes -dijo Rubio-.
Usted, Barea, tiene la responsabilidad del servicio en Madrid junto con Ilsa y
los dos van a trabajar bajo mí directamente. Estoy seguro de que lo haremos aún
mejor que antes. Yo le voy a mandar paquetes de comida y las cosas que
necesiten. Y aho-ra lo siento, pero tienen ustedes que salir para Madrid mañana
mismo.
Todo estaba arreglado: el coche, las raciones de petróleo, los
salvoconductos, los papeles del ministerio, hasta cuarto reser-vado en el Gran
Vía. No podía ser que siguiéramos durmiendo en camas de campaña en la oficina.
Necesitábamos descansar. Esta vez el trabajo se haría funcionar «sobre ruedas».
Le di to-das las contestaciones que esperaba de mí. Me dio unos golpe-citos en
el hombro y nos acompañó a la puerta deseándonos buena suerte.
Ni aun Ilsa sabía exactamente lo que había pasado, pero al
me-nos había cogido un hilo en aquel enredo: un austríaco, llamán-dose a sí
mismo «el comandante Hartung», había aparecido en la Telefónica el día de
Nochebuena, mandado a Madrid con coche oficial para alguna misión indefinida.
Había hablado pro-fusamente de la necesidad de una oficina de prensa militar,
colocándose él mismo en el papel de oficial jefe de publicidad con el Estado
Mayor de Madrid, haciendo hincapié en sus in-mensos conocimientos periodísticos
y presumiendo de su amis-tad con el ministro. Ilsa le había considerado un
presuntuoso divertido y no le había tomado en serio. Ahora estaba en Va-lencia,
al parecer a punto de ir a Madrid con un nombramiento en su bolsillo de algo
relacionado con la prensa. Rubio Hidalgo había visto en él una amenaza para su
propia oficina y había echado mano de nosotros para enfrentarnos con él y
resolverle el problema. Así, aunque sin ningún mérito por parte nuestra, el
camino para nuestro trabajo juntos se había abierto de golpe.
El camino de Madrid a Valencia había sufrido cambios profun-dos
en las cuatro semanas escasas que habían transcurrido des-de que yo había
pasado por él: había menos puestos de control en la carretera, muchos de los
centinelas que ahora existían te-nían un aire mucho más firme y revisaban
nuestros papeles es-crupulosamente. Los cruces de carreteras más importantes
esta-ban en las manos de los guardias de asalto. Sobrepasamos bas-tantes
vehículos militares y una unidad de tanques ligeros que iban camino de Madrid.
El aire de los cerros era fresco y vigori-zante pero al anochecer, cuando
llegábamos a las llanuras altas, el viento mordía en la piel. Desde los altos
de Vallecas los blan-cos rascacielos de la ciudad surgían de la oscura neblina
que la envolvía y el frente retumbaba a lo lejos. Nuestro coche se lan-zó
cuesta abajo cruzando los pilares de cemento de las calles con barricadas y de
pronto nos encontramos en casa: en la Tele-fónica.
Dos días más tarde los rebeldes lanzaron dos ataques, uno en Las
Rozas contra la carretera de La Coruña, que era el contacto con El Escorial, y
el otro en el sector de Vallecas contra la ca-rretera de Valencia. Capturaron
Las Rozas y penetraron pro-fundamente en el borde noroeste de la ciudad. Una
nueva ava-lancha de gentes en huida invadieron las calles y los túneles de las
estaciones del metro. Las Brigadas Internacionales contuvie-ron la brecha
abierta en Las Rozas. El Gobierno intentaba orga-nizar una evacuación en gran
escala de los combatientes a la costa del Mediterráneo. Oíamos el rugido
creciente de la batalla a través de las ventanas de la Telefónica durante
nuestras horas de trabajo, y a través de las ventanas de nuestro cuarto en el
hotel, durante las escasas horas de sueño. Aquellos días eran días de hambre y
de frío. Los camiones que llegaban a la ciu-dad traían material de guerra, no
comestibles. Apenas quedaba carbón y los cartones que sustituían a los
cristales rotos de las ventanas no defendían contra las heladas crueles. Un
día, una manta espesa de niebla helada se tendió sobre la ciudad y apa-gó los
ruidos. El bombardeo se suspendió. La ofensiva estaba rota. Fue únicamente
entonces cuando miré a mi alrededor y comencé a darme cuenta de las cosas.
Mientras había estado ausente, los periodistas extranjeros
ha-bían tomado como garantizado que la oficina de censura no era sólo para
censura, sino para ayudarlos a ellos personalmente. Gente de las Brigadas
Internacionales iban y venían, nos mos-traban sus cartas y charlaban un rato
con gentes que hablaran su idioma. Corresponsales que no tenían ayudantes que
se encar-garan de recogerles material venían y cambiaban impresiones e
información con nosotros. Nuestra oficina proveía a los recién venidos con cuarto
en el hotel y con vales para gasolina. Ilsa había establecido relaciones
oficiales con Servicios Especiales, un departamento de la policía militar que a
petición nuestra daba salvoconductos a los periodistas extranjeros para que
visi-taran algunos sectores del frente. Los comisarios políticos de las
Brigadas Internacionales nos visitaban como cosa natural y nos suministraban
información que podíamos pasar a los periodis-tas.
El general ruso Goliev, o Goriev, que estaba agregado al Estado
Mayor del general Miaja como consejero, y a la vez como jefe de los
destacamentos de tanquistas y técnicos rusos enviados al frente de Madrid,
mandaba regularmente por Ilsa en las madru-gadas y discutía con ella los
problemas corrientes de prensa. Su apreciación por el trabajo de ella había
fortalecido su posición precaria, y a la vez había neutralizado la enemistad de
algunos comunistas extranjeros que la consideraban indeseable por su actitud
crítica y por su independencia de ellos. Algunas noches, cuando el oficial
ruso, infantilmente orgulloso de su puesto de ayudante del Gobierno, venía a
buscar a Ilsa, me marchaba con ella.
El general ruso me perturbaba y me impresionaba. Era rubio, alto
y fuerte, con pómulos salientes, los ojos azules frígidos, la cara una
superficie de calma con una alta tensión debajo de la piel. No se interesaba
por las gentes a no ser que se le forzara a considerarlos como individuos. Y
entonces era seco en sus co-mentarios. Su español era bueno, su inglés
excelente; su capaci-dad de trabajo ilimitada, al parecer. Era muy mirado y
correcto en su trato con los oficiales españoles, pero rudo y frío en su discusión
de los problemas españoles en las cosas que le ata-ñían, las únicas que tocaba,
es decir, militarmente. Vivía, comía y dormía en un cuarto que no era más que
un sótano sombrío y húmedo. Allí fue donde vi al comandante de los tanquistas,
un mongol con la cabeza prolongada como una bala de fusil, siem-pre con un mapa
cubierto por celofán bajo el brazo, y a los ofi-ciales de la embajada
soviética; y Goliev se entendía con ellos rápida y -a juzgar por el tono-
bruscamente. Después se enfren-taba con nosotros y concentraba toda su atención
en los pro-blemas de prensa y propaganda. Nunca intentó darnos órdenes, pero se
veía claramente que esperaba que sus consejos se siguie-ran; al mismo tiempo
aceptaba una tremenda cantidad de discu-sión y contradicción de Ilsa, porque,
según dijo un día, conocía su trabajo y no era un miembro del Partido.
Todas las mañanas escrutaba los despachos de prensa censura-dos
el día anterior, antes de que fueran enviados a Valencia por un correo del
Ministerio de la Guerra. Algunas veces no estaba de acuerdo con nuestro
criterio, y al decírnoslo, explicaba pun-tos de información militar valuables
de los que deberíamos te-ner cuidado, pero en general su atención se centraba
mucho más en las corrientes de opinión extranjeras que revelaban los
co-rresponsales y mucho más particularmente los de los periódicos conservadores
y moderados. El cambio de tono que se hacía notar en ellos, de una abierta
animosidad hacia la República a una honesta información, le había impresionado.
Mostraba una predilección por los sobrios artículos del New York Times
escri-tos por el corresponsal Herbert Matthews y por los del Daily Express que
escribía Sefton Delmer. Los despachos de este último le divertían tanto por su
espíritu burlón bajo el que se disimulaba una finura de intención
cuidadosamente dosificada, como por lo errático de su mecanografía. Pero hacia
los infor-mes mandados por corresponsales del Partido no podía evitar un
absoluto desdén.
De vez en cuando Goliev tanteaba las ideas políticas de Ilsa,
las cuales encontraba inexplicablemente tan próximas y tan lejanas a las suyas
propias, y le llevaban a quedarse mirando a Ilsa co-mo se contempla un bicho
raro. Una vez, después de una de estas miradas, dijo:
-No puedo acabar de entenderte. Yo no podría vivir sin mi
car-net del Partido.
A mí no me hacía mucho caso; me había clasificado como un
revolucionario romántico y emocional, bastante útil en un senti-do, pero
completamente irrazonable e intratable. No dudo que desde este punto de vista
tenía razón. Era tan honesto y decen-te sobre ello que acabé aceptando sus
maneras y correspon-diéndole de una forma idéntica, con mi silencioso
escrutinio de este nuevo ser, el oficial del Ejército Rojo, de ideas simples,
fuerte, rudo, lejos de mi alcance. Me parecía un hombre caído de Marte. Era,
poco más o menos, de mi misma edad y muchas veces trataba de imaginarme cuáles
habían sido sus experiencias en 1917.
Unas puertas más allá en el mismo pasillo del subterráneo, y en
un mundo absolutamente distinto, estaba el general Miaja. Las operaciones eran
dirigidas por el Estado Mayor y él, nominal-mente el comandante en jefe, tenía
poco que decir en su pla-neamiento. Y, sin embargo, era mucho más que una
figura de-corativa. En aquel período, cuando el papel de la Junta de De-fensa
se había reducido y la nueva administración aún no fun-cionaba, actuaba como
gobernador de Madrid y tenía en sus manos una gran parte del poder
administrativo, aunque no hi-ciera gran uso de él. Tenía la cazurrería lenta de
un campesino gallego que no quiere mezclarse en cosas más allá de su
enten-dimiento, y sabía absolutamente su propio valor como un sím-bolo de la
resistencia de Madrid. Sabía que estaba en su mejor cuando podía expresar los
sentimientos de los hombres en las trincheras y en la calle, en las palabras
crudas y rudas que eran su mutuo lenguaje; y estaba en su peor cuando se
mezclaba en el juego de la política o de los problemas estratégicos.
Miaja era bajo, panzudo, la cara roja, la nariz larga y carnosa
con unas gafas inverosímiles que convertían sus ojos en ojos de rana. Le
gustaba beber cerveza tanto o más que beber vino. Cuando la censura de prensa
extranjera, que ni entendía ni que-ría entender, cayó bajo su autoridad por la
ley marcial y el esta-do de sitio, lo consideraba «como una pejiguera que le
había caído encima». Con Ilsa, que escapó a su antipatía hacia todos los
intelectuales por sus curvas y sus buenos ojos, nunca sabía cómo comportarse. A
mí me trataba como un buen muchacho. Muchas veces disfrutábamos bebiendo
juntos, maldiciendo juntos de intelectuales y políticos y compitiendo en el
peor len-guaje cuartelero, en cuyo uso encontraba escape del florido lenguaje a
que le obligaba su dignidad oficial. En tanto que «no le metiera en líos con
esos fulanos de Valencia», estaba dis-puesto a sostener las razones mías contra
viento y marea dentro de su reino de Madrid.
El patio del Ministerio de Hacienda, en el cual estaba la
entrada a los sótanos, estaba ahora limpio de los legajos que se amonto-naban
allí en los días de noviembre. Entonces, cuando se insta-laron a toda prisa
allí los servicios del Estado Mayor, se mar-chaba literalmente sobre un
empedrado de documentos empa-pados de lluvia y hollín: proyectos económicos,
borradores de presupuestos, planes de reformas de la contribución,
certifica-dos del Tesoro ya amarillentos y cruzados con sellos de NULO que
habían perdido el color, miles de pliegos con estadísticas agrarias, recibos,
instancias, minutas..., todo fechado cien y más años hacía. Era el contenido,
con millones de insectos y ratas, de las bóvedas que ahora se habían convertido
en habitaciones confortables, a veces hasta lujosas, protegidas de los
bombar-deos. En lugar de toda esta basura el patio ahora hormigueaba con autos,
camiones, motocicletas y a veces un tanque ligero ruso que acababa de llegar de
un puerto mediterráneo. El olor de moho y de nidos de ratas que aún se pegaba a
las baldosas, a las que el sol nunca llegaba, se mezclaba ahora con un olor
pes-tífero de grasa quemada, de petróleo y bencina, de pintura y metal
calientes.
En el primer piso del feo edificio se habían instalado las
ofici-nas del Gobierno Militar de Madrid, la Auditoría de Guerra y los
Servicios Especiales. Estos últimos estaban en manos de un grupo de anarquistas
que se habían apoderado de la abandona-da oficina cuando la maquinaria
gubernamental se había ido a Valencia. Nunca en mi vida he tropezado con una
autoridad policíaca que tratara de una manera tan meticulosa ser justa y no
abusar de su poder; y sin embargo, algunos de sus agentes eran primitivos y mal
educados, con mucho del tipo de agente provocador, utilizando viejos y
románticos métodos de espiona-je con una brutalidad truculenta, extraña en
absoluto a las ideas de sus jefes temporales. Pero éstos sabían imponerse.
El hombre que se entendía con las cuestiones relativas a
extran-jeros era Pedro Orobón, cuyo hermano había sido famoso entre los
colaboradores del gran anarquista Durruti. Pedro era peque-ño, moreno y
delgado, con unos ojos inteligentes, tristes y ama-bles en una fea cara de
simio, con una sonrisa infantil y manos nerviosas. Carecía absolutamente de
egoísmo, siendo un cre-yente ascético con un sentido de justicia incorruptible
y ardien-te que le clasificaba en el mismo tipo que ha dado a España un cardenal
Cisneros y un Ignacio de Loyola. Franco, generoso y abierto a la amistad en
tanto que fuerais de su confianza, estaba dispuesto a fusilar a su más íntimo
amigo si le encontraba cul-pable. Era un sentimiento que se tenía
constantemente a su la-do; pero también se sabía que estaba dispuesto a
pelearse con todas sus energías contra cualquier castigo que creyera injusto,
que era incapaz de acusar a alguien antes de estar convencido de su
culpabilidad, y aun así, antes de haber agotado todos los medios que pudieran
servir para justificarle. Para él, un aristó-crata tenía un derecho moral de
ser fascista, porque su medio ambiente le había moldeado en un sentido
determinado al que le era muy difícil escapar. ¿Fusilarlos? No. Pedro les
hubiera dado un pico y una pala y les hubiera hecho ganarse el pan con las
manos y los músculos pensando que era posible que la lec-ción que les diera
esta forma de vivir podía abrir sus mentes a los ideales del anarquismo. Pero
un trabajador convertido en fascista, o un traidor pretendiendo pasar por
revolucionario, no tenían redención posible y se sentenciaban ellos mismos.
Tenía respeto por las convicciones de otros y estaba dispuesto a cola-borar con
todos los militantes antifascistas, Ilsa y él se tenían mutua confianza, yo era
un amigo. Aunque él mismo trabajaba como una parte de la máquina de guerra sin
atenuar sus ideas, le preocupaba mucho la participación en el Gobierno de
anarquis-tas como ministros, porque temía las tentaciones del poder y el efecto
que tendrían sobre sus ideales.
Muy pronto iba a tener ocasión de estar agradecido a la
escru-pulosa rectitud de Orobón. Hartung, el austríaco cuya vaga promoción
había obligado a Rubio Hidalgo a mandarnos a Ma-drid a toda prisa, se había
presentado con documentos que le acreditaban como un jefe de prensa del
ejército en operaciones en el frente central. Se presentó desbordante de
palabras y de entusiasmo y nos explicó sus planes: desde luego, él se las
en-tendería con el Estado Mayor, nuestra oficina tendría a su dis-posición una
caravana de automóviles y todo lo que se necesita-ra, se reorganizarían todos
los servicios, y yo no sé cuántas co-sas más. Cuando se le acabó el chorro,
desapareció. Inmediata-mente comenzamos a oír que andaba exhibiéndose en todas
partes con un uniforme de comandante de artillería recién sali-do de la
sastrería, haciendo discursos grandilocuentes e insi-nuaciones nebulosas,
dejando a todo el mundo perplejo y des-confiado. Cuando enfrenté el asunto con
Rubio Hidalgo en nuestra conferencia telefónica, me dijo que no me preocupara
de él, que no era más que un loco y un granuja y que los papeles que exhibía
carecían de valor. Al mismo tiempo, los periodistas comenzaron a hacer
preguntas embarazosas sobre el tipo.
Algunos días más tarde se presentaron en la oficina dos agentes
de la policía militar y preguntaron a Ilsa cuáles eran sus relacio-nes con un
compatriota suyo que se hacía llamar el comandante Hartung; cuando yo intervine
y les expliqué lo que había pasa-do nos dijeron que les acompañáramos los dos.
En Servicios Especiales nos encontramos con nuestros amigos anarquistas
desconcertados y preocupados, pero ridiculizando la idea de que estábamos
detenidos, aunque, eso sí, no podíamos abando-nar el edificio. Nos pasaron a un
salón destartalado donde se estaba formando una colección de gentes a quienes
se había visto hablando o alternando con Hartung: un agregado de la embajada
soviética, el corresponsal de un periódico suizo, una periodista noruega y el
profesor Haldane. El ruso se paseaba en silencio de arriba abajo, la noruega
estaba asustada, y el profe-sor Haldane se sentó a una mesa de despacho y
comenzó a re-volver en los cajones. Encontró en ellos diplomas en blanco,
firmados por Su Graciosa Majestad Alfonso XIII, y Haldane comenzó a llenar los
blancos y a concederse títulos y nombra-mientos. Ilsa explicó a Hilda, una
chica alemana que trabajaba como secretaria de Orobón, que aquel gigante
panzudo, vestido con un chaquetón de cuero, era un hombre de ciencia famoso, un
premio Nobel y un gran amigo de la República. Hilda le in-vitó azorada a pasar
a su despacho. Salió Haldane al cabo de un rato, gruñón y malhumorado, y nos
endilgó una larga arenga en inglés, el resumen de la cual era que no se habían
dignado ame-nazarle con fusilarle en la mañana, sino que se les había ocurri-do
ofrecerle, de todas las cosas imaginables, ¡una taza de té!
De los comentarios reservados de nuestros amigos, saqué en claro
que Orobón y sus colegas estaban resistiendo la presión del juez militar
especial que nos quería meter a todos en prisión como sospechosos de
complicidad con un espía extranjero. El juez, un oficial del ejército, masón, y
con fuerte prejuicio contra socialistas y extranjeros, encontraba, como
justificación de esta orden draconiana, que todos los que habían tenido trato
con Hartung eran extranjeros con la única excepción mía. El jefe de Servicios
Especiales se oponía a esta justicia sumaria contra gentes que habían probado
su lealtad más claramente que el propio juez y contra periodistas cuyo único
delito era haber encontrado a Hartung en el hotel. Al fin Orobón llamó por
telé-fono al general Goliev y dejó a Ilsa hablar con él. Después yo hablé
brevemente con el general Miaja, quien me dijo que el juez era amigo suyo y que
él no podía intervenir en materias judiciales, pero que de todas maneras iba a
intervenir para que se aclarara la cuestión y no nos detuvieran más tiempo.
Cuando me hicieron pasar a presencia del juez tuve la sensación
de haber caído en una trampa. En la habitación, un salón tapi-zado con brocado
ya descolorido por los años, reinaba un coro-nel impecable entronizado en un
viejo sillón forrado de rojo y cargado de dorados, detrás de una mesa enorme
abarrotada de papeles, y al lado suyo, como secretaria, una muchacha muy guapa,
perfectamente maquillada y peinada por manos profe-sionales, vestida con
pantalones de montar. En tonos secos el juez me hizo una serie de preguntas,
mientras la muchacha to-maba nota, con risitas guasonas intercaladas. ¿Cuáles
eran mis relaciones con Hartung? Le conté que no lo había visto más que una vez
en mi capacidad de oficial. El coronel estalló como si estuviera en el patio de
un cuartel de caballería:
-¡A mí no me venga con cuentos! ¡Usted está aliado con una
manada de cochinos fascistas extranjeros! ¡Pero yo sé cómo entendérmelas con
todos ustedes...!
Bien, el hombre agotó mi paciencia. Cuando le estaba gritando a
pleno pulmón que él era un fascista enmascarado tras un uni-forme, sonó el
teléfono y el coronel comenzó a repetir como un muñeco de guiñol:
-Sí, mi general... Naturalmente, mi general... A sus órdenes, mi
general.
Me miraba mientras y veía claramente que a cada momento estaba
más asustado del teléfono y de mí, que no aguardaba más que el teléfono callara
para reanudar mi explosión. Cuando dejó el auricular, y antes de que yo
hablara, comenzó a presen-tarme sus excusas, con las frases más escogidas: tal
vez todo aquello no era más que un error, tal vez Hartung no era más que un
lunático peligroso, un hombre que no ha dormido en toda la noche y que devora
todo lo que le dan. «Hasta esa porquería de arroz que los milicianos comen»,
remató con una mueca de as-co.
Después, el interrogatorio de Ilsa duró unos pocos minutos en
los cuales el juez, ya repuesto de su susto, trató de hacerla de-clarar que
Hartung había sido promovido a una posición clave por Alvarez del Vayo y Rubio
Hidalgo, que tenían razones no muy claras para hacerlo. Para Ilsa fue fácil
rechazar estas insi-nuaciones torpes. Haldane salió chasqueando la lengua,
enfun-dándose en su chaquetón de cuero y encasquetándose el casco de acero,
procedente de la última guerra, como si fuera el yelmo de Mambrino. La noruega
estaba a punto de estallar en lágri-mas. El ruso desapareció silenciosamente.
Volvimos todos a la Telefónica. Se había terminado el incidente. Rubio Hidalgo
estaba muy afectuoso durante días en nuestras conversaciones diarias: no había
habido escándalo y todo se había arreglado bien. Sin embargo, yo sabía que sin
la negativa de Servicios Especiales de meternos a todos en prisión sin más
averiguacio-nes, y sin la intervención de arriba, hubiéramos podido ser
en-trampillados en un lío sin fundamento, pero peligroso, y tritura-dos entre
los engranajes de una maquinaria hostil a todo aquello por que luchábamos.
Me llamaron del hospital de sangre en que se había convertido el
hotel Palace. Un miliciano herido quería verme. Se llamaba Ángel García.
Me quedé convencido de que Ángel estaba en peligro de muer-te.
En mis pensamientos le veía condenado, como todos los hombres sencillos de
buena fe parecen condenados cuando la lucha es desigual. El día era sucio y
nublado. El ruido de la batalla en el sector sur de la ciudad llegaba en
ráfagas de viento frío. Me llevé a Ilsa conmigo, un poco temeroso de
enfrentarme a solas con un Ángel moribundo.
Nos lo encontramos tendido boca abajo sobre una cama, salpi-cado
de barro y de sangre seca, mal cubierto con una camisa hecha jirones. Pensé que
era el fin. Volvió la cabeza y se echó a reír, los ojillos chispeantes de
granujería. Un vendaje ancho y sucio le envolvía de la cintura hasta los
muslos, y otro, el pecho a la altura de los omóplatos.
-Bueno, ahora que han venido ustedes, esto está mejor. Aquí está
Angelillo recién nacido, porque ha nacido hoy. Estos hijos de zorra de moros me
han querido violar. Había visto casos de éstos en Marruecos y me dio una
náusea. Pero Ángel estalló en risas. Sus dientes, que debían brillar en su cara
color caoba, es-taban más negros que nunca de tabaco.
-¡Ca!, se cuela usted, don Arturo; no es por ahí. ¿Qué se ha
creído usted de Angelillo? Es que esos tíos me han fusilado por el trasero, con
perdón de Ilsa. ¡Y vaya un tiro de zumbas! Verá usted, la cosa ha pasado así:
hicimos anoche un ataque contra un nido de ametralladora que nos estaba dando
la lata y, claro, se liaron a rociarnos de balas que no nos podíamos despegar
del suelo como si fuéramos lapas, con la cabeza metida en el barro, que todavía
lo tengo pegado a los morros, ¿no? Pues así, y a pesar de que estaba apretado
contra el suelo cuanto podía, una bala me pegó en el hombro, me rozó el
espinazo y me atravesó un carrillo del trasero sin tocar más que carne. Ni un
hueso roto. Bueno, si no me hubiera aplastado tanto contra el suelo, valien-te
que soy, me habrían hecho un túnel desde el hombro a los talones. Pero por esta
vez se han quedado con las ganas.
Yo estaba atragantándome de risa un poco histérica. Claro, ¿qué
otra herida podían haberle hecho a Ángel? La herida era como él. Ángel era
indestructible. ¿Condenado? Tontería, esta-ba más vivo que yo. Apestaba a
barro, a sudor, a sangre, a ácido fénico, pero estaba allí, guiñándome los
ojos, pataleando sobre su tripa, contando el refugio que se había construido
contra los morteros en su trinchera de Carabanchel, y qué borrachera iba a
coger el primer día que saliera a la calle, porque el trasero no tiene nada que
ver con emborracharse, ¿no es verdad? Ni con otras cosas tampoco.
Un muchacho muy joven, tendido en una cama opuesta a la de
Ángel, comenzaba a irritarse con la verborrea de éste. Se lanzó en una tirada
amarga y violenta. Le habían herido cerca del Jarama y su herida no era una
broma. Su unidad, la brigada número 70, había sido mandada al frente sin apoyo
alguno de los tanques y sin armas automáticas, nada más que porque ellos eran
de la CNT, mientras que la brigada vecina, que era comu-nista, tenía de todo.
-Hemos atacado tres veces, compañero, y los fascistas nos han
sacudido de firme. La tercera vez hemos cogido la posición, pero no nos
hubiéramos quedado en ella si no hubiera sido por demostrar a esos granujas
quiénes somos nosotros. Nos han jugado una mala pasada, pero ya vamos a
saldarla un día a tiros con ellos.
Ángel se enfadó y torció la cabeza para enfrentarse con el
mu-chacho:
-Tú, ¡idiota! Yo soy un comunista y no dejo que se nos insulte.
Si hay que andar a tiros, nosotros también sabemos zumbar.
-Yo no me refería a ti, sino a los mandones vuestros. Los que
pagamos siempre somos los pobres como tú y como yo y como muchos que se han
quedado criando hierba.
-Qué mandones ni qué ocho cuartos -replicó Ángel-. A mí no me
toma el pelo ningún mandón. Ahí tienes lo que me ha pasa-do con mi capitán. Ha
sido mi vecino por más de diez años y es más joven que yo; lo han hecho capitán
y ahora empieza a ha-blar de la disciplina del Partido y de la disciplina del
ejército, porque somos un ejército, dice, y de qué sé yo cuántas cosas más.
Bueno, tiene razón, todos somos soldados ahora, pero a mí no me da la gana de
dársela. Con que, empiezan a asarnos a morterazos y nos dice que dejemos las
chozas que habíamos hecho y que nos metiéramos en la trinchera. ¿Y sabes lo que
le dije? Que a mí no me enterraban vivo y que la trinchera es mala para el
reuma. Y le dije: «Mira, tú, cuando te daba miedo el padre confesor ya era yo
un socialista y un comunista, o lo que sea, y a mí no me mandas». Se me puso
muy serio: «¡Cabo Gar-cía!» y me dijo que me metiera en un refugio contra los
morte-ros, aunque fuera en el mismo infierno. «Un refugio, ¿eh? Pues me voy a
hacer uno.» Me cogí un montón de puertas de las ca-sas en escombro y un montón
de somieres. Dentro de mi choza puse las puertas de pie, derechas como si
fueran vigas, quité el techo de la choza, y encima de las puertas de canto hice
un te-cho de puertas tumbadas. Luego até los somieres para que no se escaparan
y ya está. Bueno, mi capitán decía que me había vuel-to loco.
-¿Y no lo estabas, Angelillo?
-¡Vamos! Parece mentira que usted no lo entienda. Es una
cues-tión de balística. Mire:
ahora cuando un mortero me cae encima del tejado, mientras estoy
durmiendo, pues cae sobre los muebles y bota. Y pasa una de las dos cosas; o
explota en medio del aire, y a mí eso no me importa, o vuelve a caer y sigue
botando como una pelota de goma hasta que se le acaba la cuerda y se queda
durmiendo en un somier. Y ya está. Por la mañana lo único que hay que hacer es
recoger el mortero y mandárselo a ellos otra vez. Como ves, para que aprendas,
he obedecido a mi capitán, disciplina y todo el cuento, pero he conservado mi
libertad y no me entie-rran vivo en la trinchera. Los otros han empezado a
buscar col-chones y puertas. Y ahora, ¿qué me cuentas de los mandones? Nosotros
somos un ejército revolucionario. -Se retorció sobre su tripa-: ¡Eso para que
hables de la carne de cañón!
Ilsa y yo no podíamos contener la risa cuando volvíamos a
nuestra oficina:
-A Ángel se le podría convertir en un símbolo como el Buen
Soldado Schwejk -dijo Ilsa. Y me fue contando sobre el famo-so libro del
rebelde soldado checo que aún no conocía. Pero teníamos que seguir censurando
despachos vacíos de sentido acerca de escaramuzas y bombardeos, escritos por
gentes que no conocían a Ángel ni a los suyos.
¡Y cómo lo hacían!
Un famoso periodista inglés que acababa de llegar escribió una
«historia humana» para el departamento de Londres de la agen-cia España.
Contaba la historia de Gloria, una de las muchachas de los ascensores, que
había mostrado un valor excepcional manejando el ascensor y evacuando gentes de
los últimos pisos mientras los cascos de metralla caían sobre el techo del
vehícu-lo. Era una de las historias clásicas de la Telefónica, pero tuvo que
describir a Gloria, que era rubia, como una morena de pelo endrino, con una
rosa tras de la oreja «porque los lectores de Londres piden un poco de color
local y no quieren que se les robe su idea de Carmen».
Mientras, el periodista estaba tiritando embutido en su gabán de
lana... Herbert Matthews me alargó al mismo tiempo que una crónica la cuenta
que quería pasar a su editor y que incluía los gastos por el tratamiento de
sabañones; y para demostrarme que aquello no era una clave, me mostraba sus
dedos amorcillados, llenos de úlceras, y con uno de ellos, un sabañón púrpura
desca-radamente instalado en la punta de su nariz melancólica.
Fue aquel mismo día cuando el doctor Normal Bethune, el jefe
dictatorial de la Unidad Canadiense de Transfusión de Sangre, entró dando
grandes zancadas, seguido de sus ayudantes, to-dos jóvenes y todos tímidos.
Ilsa tenía que ir con él en seguida. En el piso donde estaban alojados habían
encontrado un mon-tón de documentos escondidos. Pero la mayoría estaban en
alemán e Ilsa tenía que verlos. Se marchó con ellos y volvió horas después con
un paquete de cartas y de fichas. El fichero era el de los miembros del Frente
de Trabajo Alemán en Ma-drid: empleados de la Siemens Halske, la Siemens
Schuckert, la AEG y otras grandes firmas alemanas. Las cartas eran la
co-rrespondencia entre mi antiguo conocido el abogado Rodríguez Rodríguez y sus
amigos en Alemania; entre ellas estaba la foto-grafía que me había enseñado un
día tan orgulloso, presumien-do de su sitio de honor entre los nazis. Ilsa
tradujo la carta de un alto oficial nazi, en la que defendía a Rodríguez
Rodríguez contra la crítica de que un católico no debía pertenecer al Parti-do.
Aquello era una cosa natural, ya que Falange correspondía en España al
movimiento nazi en las condiciones de la vida española. Una porción de viejos
incidentes de mi vida anterior en la oficina aparecían ahora claros; aquello era
parte del mate-rial que probaba la red que los nazis tenían tendida sobre
Espa-ña. Pero Bethune consideraba los documentos como su presa. En un uniforme
de campaña inmaculado, sus cabellos grises rizados tendidos hacia atrás sobre
su cabeza larga y estrecha, balanceándose ligeramente sobre la punta de los
pies, estaba allí, reclamándolos como su tesoro. Él, en persona, se los
lleva-ría a Álvarez del Vayo en su ambulancia del servicio de trans-fusión. Él
no sabía nada del inquilino del piso. Cuando se insta-ló allí estaba vacío.
Regresé a la oficina perturbado por una hora de conversación con
María. Me había pedido, con una ternura impresionante, que al menos saliera con
ella un ratito todos los días, ya que tenía miedo de perder lo único que tenía
valor en su vida. Se negaba a aceptar mi unión con Ilsa; volvería a ella; al
final yo mismo vería quién valía más; no podía ser que yo estuviera enamorado
de una extranjera o que ella lo estuviera de mí. Pero, aunque yo sabía que
estaba desesperadamente sola, no era para mí ya más que una extraña que me
llenaba de lástima. ¿Cómo terminar aquello?
En la Telefónica, Ilsa estaba tensa y excitada. Su marido había
llamado desde París. Por una coincidencia desafortunada, nun-ca había recibido
su carta desde Valencia en la cual le había explicado el fin de su matrimonio.
En el teléfono lleno de at-mosféricos, y en un francés exacto, Ilsa le había
contado lo que le pasaba, porque no quería hablar con él ni un momento con
pretensiones falsas; pero la crueldad de ello la había conmovido profundamente.
Apenas si me habló. El muchacho que estaba de turno como censor se quedó
mirándola a través de sus gafas y moviendo su cabeza caballuna a un lado y a
otro:
-No podía evitar el oírlo -me dijo-, y en la forma que lo ha
he-cho es una de esas cosas que se leen en las novelas. Nunca he creído que
pudiera pasar en la vida real. Debe de ser una gran cosa, pero yo no podría
hacerlo.
Aquella noche volvió a telefonear a París y decidió ir allí en
avión. La embajada española arregló el que tuviera un asiento reservado: iría a
discutir asuntos de propaganda, y a la vez a entrevistarse con su marido y
dejar la situación definitivamente resuelta.
Me entró un pánico tremendo, pero no tenía derecho a pedirle
nada. Me parecía que en el momento en que saliera de España la arrastraría la
otra vida. Sus muchos amigos y su trabajo polí-tico serían fuerzas suficientes
para ello. Tenía además una afec-ción profunda por Kulcsar, su marido, que
estaba entonces tra-bajando como consejero en la embajada española en Praga.
Tampoco podía imaginar, en mi cerebro español, que una mujer fuera capaz de ir
a encontrarse con su marido para decirle en su cara que todo estaba terminado y
que se había unido a otro hombre. ¿O es que mi vida llena de líos y mi humor
triste ha-bían llegado a cansarla? ¿Es que mi experiencia del amor era
exclusivamente mía y no de los dos? ¡Por qué es tan difícil enamorarse, aunque
sea tan fácil! No es una cosa que parezca verdad en la vida. ¿Se marchaba
dejándome? No tenía derecho a preguntarle nada.
Se marchó al día siguiente, sola en un pequeño coche. Tenía
miedo por ella y miedo de París. La Telefónica se convirtió en un cascarón
vacío y el trabajo en una cosa sin sentido. No dor-mía, si antes no me
rellenaba de coñac. Mi cabeza no hacía más que girar alrededor de las mil y una
posibilidades de que ella no volviera, en contra de la única sola de que lo
hiciera. Los ata-ques del enemigo en el suroeste de Madrid eran anuncio de un
nuevo ataque para cortar la comunicación con Valencia. Podía volver y el
chófer, conociendo el cambio en el frente, tomar una de las transversales cerca
del Jarama y caer de boca en las líneas fascistas. Podía volver y matarla uno
de los obuses que enton-ces llovían sobre la ciudad. Lo más fácil era que no
volviera nunca y me quedara solo.
Volvió, al cabo de seis interminables días. Mi bienvenida fue
pobre porque la emoción me había dejado exhausto. Su chófer me contó una larga
historia, de cómo había obligado al gober-nador militar de Alicante a darle un
coche oficial y cómo ha-bían obtenido gasolina contando a los guardias de los
depósitos que era la hija de un embajador ruso; ¿no estaba chalada aquella
mujer haciéndose conducir toda la noche a través de ventiscas de nieve en La
Mancha y con todos los garajes cerrados? La última gasolina la había obtenido
en El Toboso, como si fuera el símbolo final de la quijotada. Ilsa había
obtenido una promesa de su marido de que se conformaría con un divorcio tan
pronto como ella lo pidiera después de terminarse la guerra en España. Había
comprobado que estaba segura de sí misma, pero aún tenía la esperanza de que
aquello no sería más que un enamora-miento pasajero. Las reacciones del mundo
exterior la habían deprimido profundamente: en lugar de tratar de entender el
espíritu de Madrid, que la prensa de izquierda ensalzaba en grandes titulares,
muchísima gente se preocupaba tan sólo de saber si era verdad que los
comunistas se habían apoderado de todos los puestos de mando. Sin embargo, más
y más escritores políticos querían venir a Madrid y nosotros tendríamos que
ser-virles de guía; hasta yo mismo tendría que hacer algo de trabajo
periodístico para la agencia España de París hasta que manda-ran un
corresponsal nuevo.
No tenía mucho tiempo para arreglar mis asuntos personales,
porque la ola de peligro y de trabajo aumentaba una vez más. Pero estaba
decidido a obtener mi divorcio de Aurelia y a plan-tear claramente la situación
con María; la tortura y la alegría que me había proporcionado el viaje de Ilsa
me hacían imposible el continuar un lío de relaciones forzadas, falsas y sin
sentido. No era bastante el que Aurelia no fuera mi mujer más que de nom-bre,
ni que mi contacto con María se hubiera quedado reducido a una hora de charla
en un café o a un paseo en la calle. Hasta ahora la gente aceptaba y respetaba
mi vida con Ilsa, porque lo habíamos elevado por encima del nivel de un affaire
vulgar con nuestra completa franqueza y naturalidad; pero sabía que esta
indulgencia romántica no iba a durar indefinidamente y que iba a llegar un día
en el que surgirían las dificultades o las situacio-nes equívocas. No hablé de
esto con Ilsa; era mi propio proble-ma aunque para ella no existiera y sólo
resintiera mi debilidad. Pero precisamente cuando había hecho acopio de coraje
para romper con María definitivamente, María vino llorosa a contar-me la muerte
de su hermano más joven en el frente y me faltó el valor de producir un nuevo
dolor. Seguí saliendo con ella un día sí y otro no, para dar un paseo y tomar
un café juntos, odiándome a mí mismo, lleno de resentimiento contra ella,
tra-tando de ser tan cariñoso como era posible dentro de la cruel-dad de todo
aquello.
Un día, en mi desesperación, llevé conmigo a María para
inves-tigar el daño que había hecho un solo avión Junkers volando bajito sobre
las casuchas de Vallecas en la tarde del 20 de enero y dejando caer un rosario
de bombas en una placita donde las mujeres estaban cosiendo al sol y los chicos
jugando a su alre-dedor. Había encontrado al padre de tres niños asesinados
allí y pensaba que podía hacer lo que los periodistas nunca hacían, porque
estas incursiones ya no tenían importancia para ellos. La casita del hombre
-que era un vendedor ambulante de pescado- había sido destruida por siete
bombas pequeñas. La mujer había caído muerta en la puerta con el niño de pecho
agarrado al seno. Las dos chicas mayores habían sido muertas en el acto. Un
chiquillo, a quien habían amputado el pie en el hospital Ge-neral, de cuatro
años, tenía su cuerpecito cubierto con más de cien heridas de metralla
pulverizada. El chico mayor con los oídos sangrando, reventados por la
explosión, lo había llevado a cuestas a la casa de socorro. Fuimos a visitar al
chiquillo, a quien habían amputado el pie en el hospital General, y a escu-char
la historia de labios del padre, Raimundo Mallanda Ruiz, mientras el niño nos
escuchaba con los ojos muy abiertos y la mirada opaca.
Me había imaginado que ésta sería una buena historia para
ilus-trar las consecuencias de la no intervención, pero indudable-mente yo no
entendía una palabra de lo que se vendía en el mercado extranjero, ni lo que la
opinión pública extranjera que-ría saber.
María no vio lo que yo vi; su solo interés estaba en retenerme.
Y su indiferencia acabó de destruir mi intento de encontrar una base de amistad
en una comunión de ambos en la experiencia que todos sufríamos. La persuadí de
que tratara de encontrar trabajo fuera de Madrid, aun dándome cuenta de que lo
tomaba como una injuria final.
Febrero fue un mes duro y amargo. Mientras se desarrollaba la
batalla del Jarama, y mientras los periodistas más escépticos discutían las
posibilidades de la rendición de Madrid en cuanto se cortara su comunicación
con Valencia, los rebeldes y sus auxiliares italianos tomaron Málaga. Madrid
estaba sufriendo hambre y los túneles del metro, al igual que los sótanos de la
Telefónica, estaban abarrotados por miles de refugiados. Todos sabíamos que en
la retirada de Málaga, la masa de huidos hacia el norte no tenía más defensa
contra las bombas y las ametralla-doras de los aviones que los perseguían que
la cuneta de la ca-rretera, o lanzarse a través de los campos. No había
entonces grandes bombardeos aéreos sobre Madrid, sólo como un re-cuerdo
constante unas cuantas bombas lanzadas en los barrios obreros de las afueras.
El bombardeo de cañón seguía sin des-canso. La mayoría de nosotros cruzábamos
la Gran Vía corrien-do inmediatamente después de estallar una granada; y nunca
he olvidado mis furias con Ilsa por su tranquilidad en cruzar a paso normal
mientras yo esperaba por ella a la puerta del bar, con-tando los segundos antes
de que estallara el obús siguiente.
El horizonte de Madrid estaba lleno de explosiones y llamara-das
de tres puntos del compás: sur, este y oeste. En el sector del sureste, las
Brigadas Internacionales habían detenido el avance del enemigo sobre el Jarama
a un precio terrible. Uno de los voluntarios ingleses, con brazos de simio y
frente estrecha, un cargador de los muelles, vino a ver a Ilsa y a contarle la
muerte de los amigos que le habían llevado alguna vez a la Telefónica: el
arqueólogo de Cambridge y el joven escritor. Le dejó una fotografía de sí
mismo, una fotografía de quinto campesino, muy estirado, la mano en el respaldo
de un sillón de terciopelo.
De pronto el aire se llenó con los primeros olores de la
primave-ra. El viento barría rápido las nubes blancas a través de un cielo
brillante y los chaparrones arrancaban todos los perfumes de una tierra nueva.
Los ruidos de batalla que llegaban hasta nosotros del oeste,
explosiones sordas de mortero y tableteo de ametralladoras, se habían hecho
gratos a nuestros oídos. Sabíamos que allí, en la cuesta detrás de la cárcel
Modelo, donde cuatro meses antes Miaja había levantado un puñado de voluntarios
desesperados contra la invasión de los moros, estaba el batallón vasco del
comandante Ortega, que había reconquistado palmo a palmo el Parque del Oeste y
seguía empujando al enemigo.
El comandante Ortega, un hombre huesudo con una cara como
tallada en encina pero movible como hecha de caucho, había organizado su sector
tan bien y estaba tan orgulloso de ello, que nos gustaba mandarle periodistas y
visitantes extranjeros que querían echar una ojeada al frente. Claro es que
estábamos obli-gados a conocer lo que queríamos que otros vieran.
Un día, después de una comida estilo vasco, interminable,
sun-tuosa, y rematada por media hora de canciones con sus oficiales más
jóvenes, nos condujo a través de un túnel estrecho. Surgi-mos en lo que habían
sido los jardines del parque, en el laberin-to de trincheras bien cuidadas que
atravesaba los viejos paseos enarenados. Los árboles estaban desgajados y
rotos, pero las nuevas hojas comenzaban a surgir de sus muñones. En las
trin-cheras en zigzag los soldados se ocupaban pacíficamente en aceitar y pulir
piezas metálicas. Unos pocos se habían metido en refugios y allí dormían, leían
o escribían. De vez en cuando se oía un silbido agudo y un ¡plof! blando, y
otra flor estrellada con pétalos de astillas blancas surgía en uno de los
troncos os-curos.
De pronto nos encontramos en la primera línea de trincheras. La
trinchera estaba sorprendentemente seca y limpia, como nos mostró Ortega lleno
de orgullo profesional. En los sitios donde el agua del cerro había hecho
reguera, la tierra estaba cubierta con tablas y puertas de las casas
bombardeadas en el paseo de Rosales. A través de las troneras del parapeto me
asomé al fren-te y eché una ojeada al borde terroso de la trinchera opuesta en
el que de vez en cuando explotaban nubecillas de polvo.
Allí estaba el enemigo escasamente a cien metros de nosotros:
moros, falangistas, legionarios, italianos, un puñado de alema-nes, y reclutas
forzosos de los campos de la vieja Castilla. Al fondo se elevaban los edificios
de la Ciudad Universitaria, in-mensos, llenos de cicatrices de cañón. Detrás
del agujero roto de una ventana alta, bajo el tejado del edificio de ladrillo
de la facultad de medicina, pasó una figurilla como un muñeco; ta-bleteó una
ametralladora en nuestra trinchera, pero no pude ver dónde iban los
proyectiles. El sol rebrillaba en una revuelta del río.
Con la ciudad a espaldas nuestras y los robustos vascos y
galle-gos y asturianos envolviéndonos en sus chistes, el enemigo per-día
importancia. Había que reírse. Estábamos seguros allí, la ciudad estaba segura,
la victoria era segura también.
Ortega nos enseñó un mortero primitivo. La bomba se disparaba
por un muelle de ballesta, al igual que una catapulta. El vasco a cargo del
mortero se dispuso a disparar:
-Ya que han venido los camaradas, vamos a tener cohetes -dijo-.
Vamos a hacerles cosquillas, veréis cómo se enfadan.
Al segundo intento el proyectil salió volando sin ruido y un
segundo más tarde nos sacudía una explosión seca. El frente se desató en una
furia violenta, El chasquido de los disparos de fusil se corría a lo largo de
los parapetos, una ametralladora comenzó a funcionar a nuestra derecha, los
edificios de la Ciu-dad Universitaria se unieron al concierto. Dentro de mi
cabeza zumbaban en un pitido agudo mis oídos. Habíamos desatado el poder oculto
de los explosivos y ya no estábamos más seguros.
Diez días más tarde, las divisiones blindadas italianas
desenca-denaron una gran ofensiva en la llanura terrosa de la Alcarria, al
noreste de Madrid. Sus tanques arrollaron nuestras posiciones; tomaron Brihuega
y Trijueque, se situaron ante Torija, cerca de Guadalajara. Era un intento de
cortar nuestro saliente norte y cerrar la carretera a través de Alcalá de
Henares, que se había convertido en esencial para Madrid, ya que la carretera
de Va-lencia sólo era accesible por caminos laterales.
El general Goliev tomó la retirada fríamente. Hablaba como si
detrás de él estuvieran para maniobrar los espacios inmensos de Rusia. Yo no
creo que mucha gente en Madrid percibió la gra-vedad de la situación. Los
periodistas extranjeros sabían que ésta era la primera acción en campo abierto
de las fuerzas italia-nas en España. ¡Esto sí que eran grandes noticias! Pero
cuando comunicaron que las fuerzas italianas blindadas y de infantería
constituían la vanguardia de las fuerzas rebeldes, se estrellaron contra la
censura de sus propios editores: había que conservar la comedia de la no
intervención. De repente, nuestro servicio de censura y los corresponsales
extranjeros se encontraban siendo colaboradores de Inglaterra, Francia y los
Estados Unidos.
Herbert Matthews tuvo una conferencia y después una
conver-sación con sus editores, en la cual el hombre al otro lado del hilo
telefónico, alguien sentado en una oficina en París, le dijo:
-No hable usted siempre de italianos. Usted y los periódicos
comunistas son los únicos que usan esa historia de propaganda.
Matthews, atado por nuestras regulaciones de censura, se calló;
después vino a mi mesa con los labios contraídos y me sometió un cable que
quería mandar a Nueva York:
-Si no tenían confianza
en su información objetiva, dimitía de su cargo.
La respuesta del New York Times fue que nadie creía que él
quisiera hacer propaganda, pero que podía haberse dejado llevar de los amaños
de la propaganda oficial de la República.
Herbert Matthews triunfó en su batalla. Pero cuando semanas más
tarde leía yo en qué forma varios periódicos ingleses, ame-ricanos y franceses
habían publicado las informaciones que no-sotros habíamos censurado en Madrid,
me encontré con que la mayoría de ellos habían cambiado las frases «tanques
italianos», «infantería italiana», etc., por fuerzas, tanques e infantería
«na-cionalistas», de manera que desaparecía la evidencia vergonzo-sa de una
guerra internacional.
De la noche a la mañana se cambiaron las tornas: los cazas
re-publicanos suministrados por Rusia -aquellos «ratas» y «mos-cas» que nos
parecían tan maravillosos- cayeron sobre las fuer-zas de avance. Una unidad
anarquista entrampilló una gran formación italiana y la aniquiló. Las Brigadas
Internacionales se incorporaron al frente. Los altavoces del batallón Garibaldi
lla-maban a los italianos del otro lado. Después avanzaron en un bloque los
antifascistas italianos y alemanes, lado a lado con las unidades españolas.
Recuperaron Trijueque y Brihuega, captu-raron más de mil prisioneros, todos
italianos, y capturaron el correo y los documentos del Estado Mayor. Gallo, el
comisario comunista de las Brigadas Internacionales, y Pietro Nenni, el
socialista italiano que estaba en todas partes con su camaradería efusiva, nos
trajeron los giros postales que los soldados manda-ban a sus familiares en
Italia, diarios manchados de sangre, car-tas aún sin censurar, sellos de correo
italiano, documentos y registros sin fin. Todo esto lo repartimos entre los
corresponsa-les que querían una prueba irrefutable de la veracidad de sus
informaciones. El Comisariado de Guerra llevó a los periodistas a través de los
pueblos reconquistados. Y sus informaciones después de la victoria de
Guadalajara eran tales que no podían ya ser desmentidas o distorsionadas. Se
había vuelto en una victoria de propaganda para nosotros.
La línea del frente se estabilizó al noreste, mucho más lejos de
lo que había estado antes de la derrota italiana, aunque las espe-ranzas de un
avance hasta Aragón no cristalizaron. Después de Guadalajara, Madrid no estaba
ya aislado; el semicírculo de los sitiadores no amenazaba ya en convertirse en
un anillo cerrado. Comenzó una corriente constante de visitantes. Ya nadie
ha-blaba de la caída de Madrid. La reorganización de las autorida-des civiles
adquirió impulso. Rubio en el teléfono era más es-tricto. Llegaron delegaciones
extranjeras a quienes llevábamos a visitar Argüelles, o los Cuatro Caminos, o
las ruinas del Palacio de Liria y, si se atrevían, a través de las trincheras
de Ortega. Presentaban sus credenciales a Miaja, visitaban una u otra de las
fábricas modelo bajo el control de los trabajadores, una u otra de las escuelas
para adultos y los hogares para huérfanos, y se marchaban.
Una de las delegaciones que tuvimos que conducir estaba
pre-sidida por el socialdemócrata Friedrich Adler, entonces secreta-rio de la
Internacional Socialista. Le era odiosa la existencia de un Frente Popular y la
colaboración con los comunistas. No nos hizo ni una pregunta. Su silencio era,
sin duda, la manera suya de desaprobar a los defensores de Madrid. Los
muchachos so-cialistas, todos del ala derecha del Partido, que la Junta de
Ma-drid había designado con gran tacto como su compañía, me preguntaron quién
era aquel viejo antipático y por qué parecía un muerto andando. Se marchó
dejando tras él un sentimiento de hostilidad, el único resultado efectivo de su
visita. Vinieron más periodistas y más escritores. Llegó Ernest Hemingway; Hans
Kahle, de las Brigadas Internacionales, le llevó a los cam-pos de batalla de
Guadalajara; con Joris Ivens se lanzó a produ-cir la película Spanish Earh, su
secretario, el ex torero Sidney Franklin, aparecía en todas las oficinas
pidiendo permisos, sal-voconductos, gasolina y charlando incansable. Llegó
Martha Gellhorn y Hemingway la presentó en laTelefónica:
«That's Marty». «... Ésta es Martita, tratarla bien, que escribe
para Collier's. ¿Sabe? Una circulación de un millón...» O de medio millón, o de
dos millones, no recuerdo, ni me importaba; todos nos habíamos quedado absortos
mirando la figura elegan-te rematada por un halo de cabellos rubios, que se
movía en la oficina oscura y revuelta con el movimiento de caderas que sólo
conocíamos del cine.
Convites en el bar del Gran Vía, convites en el bar Miami,
con-vites en el bar del hotel Florida. Aparte de algunos «veteranos» de Madrid,
embebidos en el trabajo, tales como George Seldes y Josephine Herbst, los
periodistas y los escritores extranjeros se movían en un círculo de ellos, con
una atmósfera suya, ro-deados de un coro de hombres de las Brigadas
Internacionales, de españoles ansiosos de noticias y de prostitutas atraídas
por el dinero abundante y fácil.
Marzo se había convertido en abril. Hacía calor en las calles
cuando no soplaba el viento duro de la Sierra. En las tardes las calles se
llenaban de paseantes y los cafés rebosaban con gentes que cantaban y reían,
mientras a lo lejos las ametralladoras sol-taban escupitinajos, como si el
frente estuviera lleno de rabia. La amenaza de los bombardeos aéreos parecía no
existir.
Había comenzado los trámites de mi divorcio después de obte-ner
un consentimiento de mala gana de Aurelia. Estaba inquie-to. El trabajo no
pesaba mucho. Habíamos hecho nuestra parte, pero ahora todo parecía vacío y
falto de sentido. La propagan-da se había apoderado del cliché del «Madrid
heroico» y todo se había convertido en fácil y monótono, como si la guerra
-nuestra guerra- se hubiera detenido de pronto y no siguiera cre-ciendo en
amplitud y alcance infernales.
Cada vez que Ángel venía a verme en uno de sus permisos, medio
borracho, narrador de nuevos trucos inventados en las trincheras, o de
aventuras amorosas siempre fracasadas, o de sus hambres por tener su mujercita
al lado, me servía de consue-lo. Agustín, mi cuñado, me consolaba también
cuando me con-taba la vida en la casa de vecindad y en los talleres. Llevé a
Ilsa a la taberna de Serafín, donde me había sentido como en casa desde
muchacho, y me alegró el que congeniara con el panade-ro y el carnicero y el
prestamista, que eran mis amigos; o que el cliente desconocido, un obrero, le
alargara espontáneamente un puñado de bellotas «porque le gustaba su cara».
Todo aquello era real, las otras cosas no. Así, mi propia vida comenzaba a
aclararse.
Una tarde de abril, cuando Ilsa por primera vez había sustituido
su cazadora de cuero, tan militar, por una falda y una chaqueta grises, me la
llevé de paseo a través de las calles más viejas, más estrechas y más
retorcidas y le mostré la Cava Baja, donde es-peraba la diligencia para ir a
Brunete cuando niño, o el autobús a Noves cuando hombre. Le enseñé rincones
típicos y fuentes centenarias escondidas en callejas solitarias y antiguas,
cuyas baldosas conocía una a una. Cuando pasábamos por las plazue-las quietas
llenas de sol o por los callejones hundidos en som-bra, las mujeres se asomaban
a las puertas para mirarnos y cu-chichearse unas a otras su comentario, que
podía adivinar pala-bra por palabra.
En lo alto de las Vistillas, al lado de un cañón emplazado hacia
el frente, nos quedamos contemplando el panorama inmenso, desde el Viaducto,
medio destruido a través de la calle de Se-govia, hasta las márgenes del río y
más allá, hasta los cerros de la Casa de Campo, donde estaba el enemigo. Me
veía yo mis-mo, chiquitín, trotando lado a lado de mi madre, ella subiendo
lentamente la cuesta, cargada de la fatiga de un día entero la-vando en el río.
Comencé a contarle historias de mi niñez.
La lesión
Capítulo VI
Valencia nos había enviado para que tuviéramos cuidado de ella,
y la sirviéramos de guía, una delegación de políticos ingle-ses, todos ellos
mujeres. Venían acompañadas de un guía, Si-món, de la agencia España, con su
cara de actor viejo y sus ma-neras de galán de comedia de fin de siglo; pero
Valencia se preocupaba mucho de ellas. Había entre ellas tres diputadas de la
Cámara de los Comunes, la duquesa de Atholl, Eleanor Rathbone y Ellen
Wilkinson; y con ellas Dame Rachel Crowdy, una dama de la alta sociedad
interesada en obras de beneficen-cia. A Ilsa le tomó bastante tiempo y trabajo
el meter en mi ca-beza sus nombres, sus títulos, sus filiaciones políticas, y
sobre todo qué interés tenían en venir a Madrid. La verdad es que no me sentía
muy atraído por el flujo incesante de turistas que no cesaban de llegar a
Madrid desde que la victoria de Guadalaja-ra había debilitado el cerco, con muy
buenas intenciones indu-dablemente, pero casi siempre egocéntricos. Y al mismo
tiempo, día a día aumentaba la presión de la burocracia, que recobraba
crecientes sus fueros. Presentía un cambio inminente, y esta moda de las
visitas formaban parte de ello.
Dejé al cuidado de Ilsa el contacto personal con las visitantes
y planeé una excursión a través de Madrid, en las líneas más ob-vias: una
introducción al general Miaja en las bóvedas de su cueva mohosa; una excursión
a través del barrio de obreros de Cuatro Caminos y Tetuán con sus casitas
destrozadas, y del barrio de Argüelles con sus ruinas vacías; el domingo por la
mañana, asistencia al servicio religioso de la iglesia protestante de
Calatrava, con su párroco, un hombre ingenuo y modesto, y su grupo de jóvenes
milicianos entonando himnos; una ojeada al frente desde algún sitio
relativamente seguro; una recepción oficial dada por Miaja; una visita por la
duquesa - sin ninguno de nosotros acompañándola- al bombardeado palacio del
duque de Alba, donde podía comprobar y desaprobar las declaracio-nes hostiles
que el Grande de España había hecho a la prensa. El bombardeo de cañón, que en
los últimos días se había hecho muy intenso, daría carácter y ruido a la cosa.
Lo primero fue la visita de introducción a Miaja. Las cuatro
mujeres esperaron en la antesala muy excitadas, mientras noso-tros convencimos
al general para que las recibiera. Le gustaba tener una oportunidad de gruñir a
las exigencias de la mucha gente que venía a saludarle. Dos veces preguntó a
Ilsa quiénes diablos eran aquellas mujeres y dos veces me dijo a mí por qué
diablos no le llevaba chicas guapas o al menos gentes sensatas que nos mandaran
armas y municiones.
-Si se empeñan en convertirme en una estrella de varíeté, lo
menos que podían hacer era traerme regalos, una ametralladora o un avión. Yo
les daría mi foto firmada y todo.
Se sometió al fin a regañadientes y escuchó sus discursos
corti-tos -en los que lo único inteligible para él era lo de «Defensor de
Madrid»-, mirándose la punta de la nariz por debajo de las gafas y replicando
con gruñidos bruscamente amables. Ilsa tra-ducía con un desparpajo que me hacía
sospechar estaba ponien-do abundantemente de su propia cosecha.
Al final Miaja gruñó:
-Bueno, dígales que vengan para un té mañana por la tarde, ya
que os empeñáis en que son tan importantes. Y que se vayan al diablo. Ah, y
dilas que no esperen Bollerías, que estamos en guerra. ¡Salud!
Me sentía casi tan agrio
como él. No podía tomar parte en la conversación entre ellas pero me daban
tentaciones de pregun-tarles descaradamente si no podían haber hecho algo sobre
la no intervención sin venirse de juerga a Madrid. Por otra parte, me
molestaban constantemente las zalemas y gazmoñerías de Si-món. Cuando
paseábamos por una callejuela de Cuatro Cami-nos, donde lo único que quedaba de
una hilera de casas era el esqueleto roto de sus paredes, una vieja se abalanzó
sobre noso-tros, dramática de gesto y sobria de palabras, empeñada en
mostrarnos dónde había estado su cocina. Simón estaba tan encantado como un
guía gitano que ha logrado que un turista inglés crea que se ha enamorado de él
una «bailaora». Induda-blemente, yo no era justo con todos ellos y lo mejor que
podía hacer era proporcionar como contrapunto mi figura de español silencioso y
serio.
El cañoneo estaba aumentando en intensidad y las granadas
regaban la «Avenida de los Obuses». Cuando regresábamos en los coches, flotaban
en el aire vedijas de humo gris en toda la longitud de la calle de Alcalá y las
gentes se refugiaban en los portales del así llamado «lado seguro». Metimos a
nuestros huéspedes a toda prisa en el hotel Gran Vía. Quería que las se-ñoras
tuvieran el almuerzo con nosotros en nuestro cuarto, en el que se había
convertido la antesala en comedor, porque quería evitarlas el recibir una
imagen del Madrid que existía en la at-mósfera cosmopolita y chillona del
comedor general. Pero ellas preferían ver la vida tal como era en el comedor
subterráneo y tuve que cambiar los preparativos. Los corresponsales
extranje-ros se levantaron de la larga mesa en la que se sentaban cada día con
sus amigos de las Brigadas y escogieron sus víctimas entre los visitantes: una
multitud de soldados, prostitutas y ma-dres ansiosas, que se habían refugiado
allí con sus chicos, zas-candileaban de un lado a otro, chillando, bromeando,
comiendo y bebiendo mientras esperaban que amainara el bombardeo. A través de
las claraboyas del sótano llegaban las explosiones y a veces bocanadas de humo
acre que eran impotentes para impo-nerse al ruido y al olor que reinaba en el
comedor. Sí, la comida fue un éxito.
Después del café puro llevé el grupo al hall de entrada;
estába-mos citados con el comandante Ortega para ver el frente desde su puesto
de observación artillero y nuestros dos coches estaban esperando fuera. En el
hall había una nube ligera de humo y una multitud aún más apiñada. El gerente
del hotel luchaba por llegar hasta mí:
-Don Arturo, venga usted un momento. En su cuarto ha esta-llado
fuego y los bomberos están arriba apagándolo. Debe de haber sido un obús.
Mientras comíamos, había oído la campana de los bomberos, pero
no me había preocupado.
Nos abrimos paso a empujones entre los curiosos que obstruían
las escaleras y el pasillo. Nuestro cuarto estaba lleno de tizones. En el
armario y en una de las paredes, las huellas de las llamas; las sillas tiradas
por el suelo. Dos bomberos estaban recogiendo una manga y un tercero arrancaba
a tirones una cortina aún humeante.
A simple vista se veía que ninguna granada había caído en el
cuarto, pero sobre la mesa reposaba un casco de metralla, gran-de, cortado en
triángulo, que aún estaba caliente, bastante para no poder sostenerlo en la
mano. Debía de haber entrado al rojo y, antes de caer, prendido fuego a la
cortina. No había pasado más. En una mesita había un plato con dos huevos que
estaban intactos. Mis cigarrillos habían desaparecido. El mantel estaba hecho
jirones y unos cuantos platos rotos. La mesa debía estar puesta para Ilsa y
para mí como todos los días. Los zapatos de Ilsa que estaban bajo la ventana,
ocultos por la larga cortina, eran un montón miserable de trozos de cuero
retorcidos y cha-muscados en postura torturante. En ropas y cojines había
man-churrones de hollín y agua sucia. No había sido nada de impor-tancia.
Ilsa se quedó mirando lastimosamente al montón de cadáveres de
sus zapatos quejándose de que era un par azul, nuevecito, que le gustaban
tanto, y no servía para nada ya. Las inglesas comenzaron a besarla con mucho
entusiasmo, porque eran ellas las que le habían salvado la vida con su
presencia. ¿No había dicho ella misma que si no hubiera sido por su visita
habría es-tado comiendo en aquella misma mesa cuando el casco de me-tralla
había entrado en la habitación?
Oí a Ilsa replicar que no parecía hubiera sido tan serio, aunque
hubiéramos estado allí. Pero las mujeres seguían mostrando su gran preocupación
por ella, mientras yo permanecía en silencio. No había sido nada. Los conduje a
todos de nuevo al portal del hotel. El portero me dijo que nuestros chóferes
estaban espe-rando con los autos a la vuelta de la esquina en la calle de la
Montera, donde era más seguro. Habían hecho bien, desde lue-go, en no correr un
riesgo inútil durante el bombardeo de me-diodía.
El sol deslumbraba en la calle y en el aire quieto se elevaban
lentamente nubecillas rizadas de humo tenue. Sonaban algunas explosiones sordas
a lo lejos en la misma Gran Vía. Me adelanté un poco a las mujeres para buscar
los coches. Llegando a la misma esquina me abofeteó una bocanada de humo ácido,
ya familiar. Con el rabillo del ojo vi algo extraño y viscoso pegado en el
cristal del escaparate de la compañía del Gramófono. Se estaba moviendo. Me
acerqué a ver lo que era.
Contra la luna estaba aplastado y aún contrayéndose convulsivo
un trozo de materia gris, del tamaño del puño de un niño. A su alrededor,
pequeñas gotas temblonas de la misma sustancia habían salpicado el cristal. Un
hilillo de sangre acuosa se desli-zaba por el cristal abajo, surgiendo de la
pella de sesos, con sus venillas rojas y azules, en la que los nervios rotos
seguían agi-tándose como finos látigos.
No sentí más que estupor. Miraba la piltrafa pegada al cristal y
contemplaba absorto sus movimientos de autómata. Todavía viva. Una piltrafa de
hombre. Una piltrafa de un cerebro hu-mano.
Como un autómata también, cogí el brazo de la vieja dama que iba
a mi lado y cuya cara rosada y simple estaba palideciendo, y la forcé a dar
unos pasos para ayudarla a escapar de allí. En el empedrado de la esquina había
una cicatriz nueva, blanca y gris, donde el obús había roto las piedras. El
puesto de la vieja de los periódicos. Me paré.
¿Qué estaba haciendo? Estaba hueco por dentro, vacío, sin
sen-saciones. No parecía haber ruido alguno de la calle en el vacío que me
rodeaba. Me forcé a escuchar. Alguien me estaba lla-mando. Ilsa se había cogido
a mi brazo y estaba diciendo con una voz áspera y urgente:
-Arturo, ven. Sal de ahí. ¡Arturo!
Allí estaban aquellas extranjeras. Sí, teníamos que llevarlas a
algún sitio. Ilsa estaba sosteniendo a la más pesada, llena de cabellos grises.
El coche estaba justamente delante de mí. Pero mis pies estaban pegados a la
tierra y cuando traté de levantar-los me escurrí. Miré hacia abajo, a aquellos
pies míos, tan leja-nos. Estaban estancados en un charco de sangre medio
coagu-lada que se agarraba desesperadamente a ellos.
Dejé a Ilsa empujarme dentro del coche, pero nunca he sabido
quién más iba en él. Creo que una vez froté las suelas de mis zapatos en la
alfombra del coche y sé que no dije nada. Tenía el cerebro paralizado.
Estúpidamente, miraba a través de la venta-nilla del coche y veía edificios y
gentes que pasaban. Nos pa-ramos y estábamos a la puerta de un edificio alto de
muchos pisos, en uno de los cuales Ortega había montado su observato-rio con el
telémetro del que estaba tan orgulloso. Él mismo es-taba allí para hacer los
honores. Sus muchachos me estaban gas-tando bromas, porque me había convertido
en el guía de una duquesa. Todo era normal y era fácil contestar las bromas.
Nos condujeron al último piso. Las anchas ventanas dominaban un gran sector del
frente y de la ciudad. Uno después de otro, nuestros huéspedes miraron a través
del telémetro y dejaron a Ortega que les mostrara el emplazamiento de los
cañones enemigos, las trincheras camufladas, los edificios blancos y rojos de
la Ciudad Universitaria, las llamaradas y el humo de una batería disparando, y
el sitio donde caían sus granadas. Mientras los llevaban al balcón para
explicarles las líneas del frente, me dediqué a mirar por el telémetro.
Estaba enfocado sobre un edificio bajo envuelto en bocanadas de
humo blanco. Lo estaban bombardeando y me quedé pen-sando y tratando de
averiguar cuál era el objetivo. Ajusté el telémetro, y en el campo de visión
del aparato apareció clara-mente la capilla del cementerio de San Martín. El
mismo sitio donde yo había jugado cientos de veces mientras el tío José estaba
allí en sus visitas oficiales. Veía el viejo edificio de ladri-llo, los patios,
las galerías blancas con sus hileras de nichos. Una de las vedijas de humo se
disolvió y vi el orificio que la bala había hecho en la gruesa pared.
Como si hubiera estado mirando en uno de esos globos de cris-tal
mágicos, las imágenes de mi niñez se me aparecían en el marco de los objetivos
del telémetro:
El viejo cementerio con sus patios llenos de sol. Las hileras de
rosales cuajados de flores. El viejo capellán y el sepulturero con su enjambre
de chiquillos, poco más o menos de mi misma edad. El traslado de viejos cuerpos
porque el cementerio estaba clausurado. Mi tío José inspeccionando la
decoración de la ca-pilla antes del funeral. Los huesos de color gris
extendidos cui-dadosamente en una sábana tan blanca que parecía azul. Los
huesos apolillados e incógnitos echados en las fogaratas de ho-jas secas de los
jardineros, junto con las tablas roídas de los ataúdes destripados. Yo mismo
cazando mariposas y lagartijas entre las trepadoras y los cipreses.
-Nos tenemos que marchar -murmuró Ilsa en mi oído.
A través del balcón veía las calles llenas de sol y de gentes, y
en los campos abiertos de Amaniel, verdes con el verdor de la hierba de
primavera, una mancha oscura, las copas de los cipre-ses envueltos en otra nube
blanca, todo muy lejos, infinitamente pequeño. Teníamos que ir al té que Miaja
daba a las damas in-glesas.
El general había invitado a algunas personas del Ministerio de
Propaganda para que le ayudaran con las extranjeras. En uno de los grandes
sótanos habían preparado una merienda suntuosa. Las paredes estaban húmedas y
desconchadas, pero los orde-nanzas aparecieron con ramos de flores y sirvieron
el exótico té con sonrisas burlonas. Mientras yo mantenía un tiroteo de bro-mas
con los oficiales, Ilsa actuaba como intérprete en la conver-sación entre el
general y la duquesa, suavizando preguntas y respuestas.
-¿Qué le importa a ella de los instructores rusos para nuestros
pilotos? Dile que no nos hacen falta los rusos, que nos sobran muchachos con
reaños para volar. ¿Por qué no le interesan?
-Oh, Ilsa, me figuro lo que dice. Ya sé cómo hablan los
genera-les, por mi propio marido -decía la duquesa alegremente.
Cuando trajeron bebidas, Miaja levantó su vaso y dijo en su
mejor francés:
-¡Por la paz!
La duquesa replicó:
-Y por la libertad, porque la paz puede costar muy cara.
-¡Salud! -gritó Ellen Wilkinson desde el otro extremo de la
me-sa.
Cuando nuestros huéspedes se fueron al hotel Florida,
trabaja-mos unas cuantas horas en la Telefónica y después cruzamos al hotel
Gran Vía para dormir. Nos habían dado un par de nuevas habitaciones en la misma
ala del edificio que las anteriores. Es-tábamos muy cansados, pero mientras
Ilsa deseaba escapar de más ruido, yo tenía que alternar aún. Simón había
invitado a unos cuantos americanos y alemanes de las Brigadas en otro piso del
hotel y me tuve que ir con él. No había allí nadie que me agradara. El comandante
Hans era todo lo que yo imaginaba como la encarnación del oficial prusiano en
toda su crudeza; Simón estaba sobando a una rubia platinada con piel de bebé y
una boca dura. Estaban bebiendo una mezcla absurda de lico-res, blasonando su
rudeza y sin pensar ninguno de ellos de la guerra como nuestra guerra, como el
dolor y la tortura de Espa-ña, sino como soldadesca. Bebí y estallé en una
tirada que sólo una persona, un crítico americano de cine cuyo nombre nunca he
sabido, escuchó con simpatía. Les grité que habían venido a España para sus
propios fines, no animados por una fe, y que no nos estaban ayudando; que ellos
podrían ser muy cultos y muy pulidos y nosotros bárbaros, pero que al menos
sabíamos y sen-tíamos lo que estábamos haciendo. De pronto se apagó mi
in-dignación. Era un completo extranjero entre gentes que tenían todo el
derecho a rechazarme, como yo los rechazaba a ellos. Me marché y al lado de
ella encontré reposo.
Me desperté a las ocho de la mañana. Ilsa dormía profunda-mente
y no quería despertarla. Quería bañarme y me encontré con que el jabón, las
toallas, los cepillos de dientes y las cosas de afeitar se habían quedado en
nuestro antiguo cuarto de ba-ño. Me fui allí a recogerlas.
Nuestro viejo cuarto estaba inundado de sol. Olía aún a humo y a
cuero quemado y en el suelo había charcos de agua sucia con hollín. Era una
mañana espléndida. Al otro lado de la calle, la fachada lisa de la Telefónica,
bajo el sol, tenía una blancura cegadora. Me asomé a la ventana y miré a la
calle para ver si no estaban regando el empedrado y liberando el olor de tierra
mo-jada en la mañana que tanto me gustaba. Sonó una explosión en el extremo más
lejano de la calle. El bombardeo de la mañana -«el lechero», como lo llamábamos
con doble sentido- había acudido puntual como todos los días. Había poca gente
en la «Avenida de los Obuses». Me quedé mirando, perezosamente, a una mujer que
cruzaba la calle un poco más arriba. ¿Era Ilsa? Sabía que no. Ilsa estaba
durmiendo en el cuarto de al lado, pero esta mujer era tan semejante a ella, la
misma estatura, el mismo cuerpo, el mismo traje verde oscuro, que vista así, de
espaldas, daba la impresión de ser ella. Estaba mirando a la mu-jer, tratando
de adivinar su cara, cuando el silbido agudo de una granada desgarró el aire.
Se estrelló contra la fachada del teatro Fontalba, encima de la taquilla de
venta de localidades, y explotó. La mujer se tambaleó, y cayó lentamente sobre
sus piernas blandas; una mancha oscura comenzó a agrandarse a su alrededor. Uno
de los guardias de asalto, de centinela en la puerta de la Telefónica, corrió
hacia ella, dos hombres surgieron de debajo de mi ventana y cruzaron la calle
corriendo; entre los tres la recogieron. Se doblaba el cuerpo y se escurría
bajo sus manos. Le colgaban sueltos los cuatro remos, como si le hubie-ran roto
las articulaciones con un martillo.
Volví a nuestro cuarto y me encontré a Ilsa mirando a través de
la ventana, envuelta en su bata. La miré y mi cara debía de ser muy extraña,
porque vino hacia mí y me dijo:
-¿Qué te pasa?
-Nada.
Sonó otro silbido y mis ojos siguieron instintivamente la
direc-ción del sonido. Había en el frente de nosotros, en el chaflán de la
Telefónica, una ventana en el quinto piso que tenía echadas las persianas. Sus
tablillas se curvaron hacia dentro y saltaron en astillas; una sombra oscura,
fantasmal, penetró por el orificio y casi instantáneamente las tablillas
astilladas se abombaron hacia fuera. Me tiré al suelo y arrastré a Ilsa
conmigo; estábamos en la línea de la metralla y de los cascotes proyectados por
la explo-sión. Sentado en el suelo tuve un ataque de náusea, una con-tracción
violenta del estómago, como cuando comencé a vomi-tar ante los cadáveres del
Desastre de Melilla, aunque en aquel momento no me acordaba de ello. Me
acurruqué en un rincón, temblando, incapaz de controlar mis músculos, que
habían ad-quirido vida propia. Ilsa me bajó del brazo a lo más hondo del
vestíbulo del hotel, en un rincón oscuro detrás de las cabinas del teléfono. Me
dieron a beber un par de copas de coñac y se me quitó el temblor. Desde el
rincón oscuro donde estaba sen-tado veía, a través de la oscuridad del
vestíbulo, la puerta de entrada al hotel. El sol brillaba en los cristales y
lamía las made-ras de las puertas giratorias. Era como encontrarse en el fondo
de una cueva abierta a los campos, como despertar de una pe-sadilla vivida
dentro de las paredes de una alcoba extraña. En tal momento mi conjunta vida
sufrió una distorsión.
Los otros no se enteraron. Hasta Ilsa creyó que únicamente
es-taba sufriendo un efecto pasajero del choque del día antes. El grupo de
visitantes ingleses se había marchado y reanudamos la fatigosa rutina de cada
día; lo único fue que me negué a comer más en nuestra habitación, como era el
deseo de Ilsa, e insistí en que nos incorporáramos a la mesa ruidosa de los
periodistas, donde yo nunca hablaba mucho y donde las gentes estaban
acostumbradas a mi cara seria.
Cuando subimos a nuestra habitación antes de reanudar el
tra-bajo, vi un orificio chiquitín en el cartón que reemplazaba uno de los
cristales de la ventana y encontré, incrustado en la pared opuesta, un trozo de
metralla, agudo como una aguja.
Estábamos arreglando nuestros libros en una estantería al lado
de la ventana, las gentes paseaban y discutían en la calle; todo estaba lleno
de luz, el color y el olor de la primavera. El cielo era azul profundo y la
piedra de las fachadas estaba caliente de sol.
El guardia de asalto a la puerta de la Telefónica piropeaba a
cada muchacha que pasaba a su lado, y desde mi ventana era fácil ver que había
alguna que cruzaba la calle nada más que por pasar cerca de él y oír lo que el
mocetón murmuraba en los oí-dos femeninos. La puerta giratoria de la Telefónica
giraba in-cansable detrás de él y el reflejo de sus vidrieras lanzaba puña-dos
de luz a través de la sombra del edificio.
Tres personas estaban cruzando la Gran Vía, un soldado y dos
muchachas. Una de las muchachas vestía de negro y llevaba un paquete envuelto
en papel color de rosa, luminoso y alegre con-tra el fondo de luto. Ilsa dijo
que la muchacha andaba como un animalito joven y yo le expliqué:
-Si una mujer anda así, nosotros decimos que es «una buena
jaca», porque se mueve con la soltura y la gracia de un caballito.
Silbó entonces el proyectil, y tuve la sensación de que había
pasado a pocos metros de nosotros, a la altura de nuestras caras. El soldado se
tiró él mismo al suelo, estirado a lo largo, las ma-nos cruzadas sobre la
cabeza. La granada estalló enfrente de él con una llamarada y una nube de humo
negro. El guardia de asalto desapareció como si se lo hubiera tragado la pared.
Las dos muchachas cayeron como dos sacos vacíos.
Estaba agarrado al alféizar de la ventana, la boca llena de
vómi-to, y veía a través de una nube cómo las gentes corrían con los dos
cuerpos. La calle se quedó desierta y el paquete de color rosa yacía allí en
medio de manchas oscuras. Nadie lo recogió. La calle estaba alegre, llena de
primavera, inhumanamente indi-ferente.
Era la hora en que comenzaba nuestro turno de la tarde.
Cru-zamos la calle a la otra esquina de la Telefónica.
Me senté a mi mesa y me quedé mirando los raquíticos despa-chos
de los periodistas que no tenían nada que contar, salvo que el cañoneo de
Madrid seguía con la misma intensidad y mono-tonía, Ilsa se paseaba nerviosa a
través de la sala, perdida por una vez su serenidad. De pronto se sentó a una
de las máquinas de escribir y comenzó a teclear con gran velocidad. Cuando
terminó, llamó a Ilsa Wolf -la periodista alemana que regía la emisora de radio
de la UGT y que radiaba diariamente en varios idiomas-. Para distinguirla de
ella, a Ilsa se la llamaba entonces: «Ilsa la de la Telefónica».
Hablaban en alemán y no me interesaba, pero cuando terminó, se
levantó Ilsa, cogió su abrigo y dijo:
-Tengo que hacer algo, si no, no voy a olvidar el paquete rosa.
Tengo que hablar a mis propios trabajadores, en mi país aún muchos recuerdan mi
voz; y he dicho a Ilsa que hoy me tiene que dejar hablar a mí en lugar de ella.
Me di cuenta inmediata de lo que se proponía. Había muchos
proyectiles que no explotaban y todos estábamos convencidos firmemente de que
existía sabotaje en las fábricas alemanas que surtían a Franco. Ilsa iba a
gritar a los trabajadores austríacos. Bien pocos de ellos la escucharían.
Cuando se marchó a la calle me quedé allí, escuchando el ruido de las
explosiones.
Había muy poco que hacer y me obsesionaba trazar el curso de las
granadas. El trozo de metralla que había incendiado la corti-na de nuestra
ventana había seguido una curva tal que induda-blemente la hubiera herido en la
cabeza si hubiéramos comido, como era usual, en nuestro cuarto. El trozo
diminuto de metra-lla que unas pocas horas antes había taladrado el cartón de
la ventana y se había hundido profundamente en la pared opuesta, había seguido
una trayectoria en medio de la cual se hubiera encontrado la cabeza de Ilsa si
hubiéramos comido allí como ella quería. Se multiplicaban en mi cabeza las
imágenes de ella como la mujer que había sido herida en la mañana, sentada a
nuestra mesa con la cabeza agujereada...
Entraban y salían los periodistas y yo hablaba tanto, o mejor,
tan poco, como siempre; al final dije al viejo Llizo que se hiciera cargo de
ellos y me puse a escribir un cuento.
No recuerdo bien la historia; para un psiquiatra hubiera sido de
interés. Como en un sueño, mezclaba cosas vistas y visiones: el escaparate de
la compañía del Gramófono, la exhibición de los discos negros con su perro
blanco, las orejas alertas, resaltando en sus etiquetas alegres; la luna del
escaparate reflejando el pa-so de los transeúntes, una multitud de fantasmas
vivos sin vida; los discos negros encerrando en sus surcos una multitud de
vo-ces fantasmas; todo sin realidad. La única cosa real sobre ellos, en la
superficie transparente del cristal, era una piltrafa de cere-bro palpitante,
vivo aún, las antenas de sus nervios rotos agi-tándose furiosos, en un grito
sin voz a una multitud sorda. Des-pués, detrás del cristal del escaparate,
colocaba a la mujer, ya-cente, un orificio en su sien, la comisura de los
labios modelan-do una sonrisa suave, como una interrogación, muy serena y
quieta en su muerte. No, no era ninguna historia.
Cuando volvió Ilsa, fatigada, pero ya tranquila, aún estaba
te-cleando. Le alargué las páginas que había escrito. Cuando llegó a la
descripción de la mujer, me miró asustada y dijo sin pensar-lo:
-Pero ¡aquí me has matado a mí!
Le quité las páginas escritas y las rompí en infinitos pedazos.
Seguía el trabajo rutinario pero ahora teníamos un huésped a
quien yo quería y respetaba, John Dos Passos, que hablaba de nuestros
campesinos con una comprensión gentil y profunda, mirándonos a uno y a otro con
sus ojos castaños, inquisitivos. Aquella tarde nos ayudó mucho a escapar de
nosotros mismos. Veía a Ilsa seguir mis gestos con una ansiedad reprimida y
con-ducir la conversación de tal manera que yo pudiera recaer en el contacto
normal con personas.
Mucho después me enteré de que John había mencionado este
encuentro en una de sus descripciones en Journeys between wars. Dice así:
«En la gran oficina quieta encontráis a los censores de prensa,
un español cadavérico y una mujer austríaca, regordeta, de voz agradable...
Ayer mismo la mujer austríaca encontró que un casco de metralla había provocado
un incendio en su habitación y que todos sus zapatos se habían quemado, y el
censor había visto convertirse, bajo sus ojos, una mujer en pulpa sangrienta...
No es sorprendente que el censor sea un hombre nervioso; pare-ce mal nutrido y
falto de sueño. Habla como si entendiera, pero sin sacar ningún placer personal
de ello, la importancia de su posición como guardián de estos teléfonos que son
el lazo de unión con países técnicamente en paz, en los cuales la guerra se
desarrolla aún con créditos en oro en cuentas corrientes, en con-tratos de
municiones, en conversaciones sobre sofás de tercio-pelo en antecámaras
diplomáticas, en lugar de con granadas de seis pulgadas y pelotones de
ejecución. No da la impresión de ser muy complaciente sobre ello. Pero es duro
para uno, que es más o menos un agente libre de un país en paz, hablar de
mu-chas cosas con hombres que están encadenados a los bancos de galera de la
guerra.
»Es un descanso huir de los cuadros de mando del poder y pa-sear
de nuevo en las calles soleadas.»
Pero yo estaba encadenado a mí mismo y dividido dentro de mí
mismo.
Cuando yo tenía siete años, iba a la escuela una mañana; de
pronto vi un hombre que daba la vuelta a una esquina de la calle y corría
velozmente en mi dirección. Detrás de él sonaban gritos y carreras de una
multitud para mí aún invisible. El trozo de calle donde yo estaba se encontraba
vacío, con la excepción del hombre y yo. Sonó una explosión. Vi la gorra del
hombre saltar en el aire y volar con ella trozos negros de algo envuelto en una
llamarada. No vi más; después me encontré en la Casa de Soco-rro, rodeado de
gentes que me echaban por la garganta agua con un olor penetrante. Cuando tenía
nueve años, estaba un día sentado en el balcón de la casa de mis tíos leyendo
un libro. De pronto oí un golpazo sordo en la calle. En la acera de enfrente
yacía el cuerpo de una mujer, estrellado contra las losas. Tenía los ojos
cubiertos con un pañuelo blanco que se iba volviendo rojo y que después se
convertía en negro. Sus faldas estaban recogidas por encima de los tobillos y
atadas con un cordón verde de cortina. Una de las borlas del cordón colgaba en
el borde de la acera. El balcón comenzó a oscilar y la calle a girar bajo mis
ojos.
Cuando tenía veinticuatro años y vi aquel cuarto en el cuartel
de la Guardia Civil de Melilla, en el que parecía que los hom-bres muertos,
colgantes sobre el borde de las ventanas o senta-dos en los rincones, se
hubieran salpicado unos a otros con su propia sangre, como los muchachos se
salpican de agua en una piscina de verano, vomité. Con el olor de los cadáveres
profa-nados, tirados en los campos, metido eternamente en mi nariz, me quedé
sin poder volver a soportar la vista de la carne cruda por tres años. Y ahora
todo volvía de golpe.
Escuchaba con el conjunto de mi cuerpo por el silbido de un obús
o el zumbido de un avión entre los mil ruidos de la calle; mi cerebro trabajaba
febrilmente tratando de eliminar todos los sonidos que no eran hostiles y de
analizar todos los que conte-nían una amenaza. Tenía que luchar incesantemente
dentro de mí mismo contra esta obsesión, porque amenazaba cortar el hilo de lo
que estuviera haciendo, escuchando o diciendo. Las gen-tes y las cosas
alrededor de mí se borraban y contorsionaban en formas fantasmales, tan pronto
como perdían el contacto direc-to conmigo. Me aterrorizaba estar en una
habitación solo y me aterrorizaba estar en la calle entre las gentes. Cuando
estaba solo, me sentía como un niño abandonado. Era incapaz de subir solo a
nuestro cuarto en el hotel, porque esto suponía tener que cruzar solo la Gran
Vía y porque después era incapaz de enfren-tarme a solas con el cuarto. Cuando
estaba en la habitación, me quedaba mirando la fachada blanca de la Telefónica,
con los orificios de sus ventanas cubiertos de ladrillos o enmascarados con
cortinas negras y sus docenas de cicatrices de granadas. Lo odiaba y me
fascinaba. Pero no podía soportar más el mirar ha-cia abajo, hacia la calle.
Aquella noche me dio una fiebre alta y, aunque no había comi-do,
vomité jugos amargos en convulsiones espasmódicas. Al día siguiente mi boca se
llenaba del líquido agrio al sonido de una motocicleta, de un tranvía, del
chillido de un freno, de las sire-nas de alarma, del zumbido de los aviones, de
la explosión de granadas. Y la ciudad estaba llena de estos ruidos.
Me daba perfecta cuenta de lo que me estaba pasando, y lucha-ba
desesperadamente contra ello: tenía que trabajar y no tenía derecho a mostrar
nerviosismo o miedo. Estaban los otros, ante los que yo tenía que mostrarme
sereno si quería que ellos estu-vieran serenos. Me acogí al pensamiento de que
tenía el deber de no mostrar miedo, y de esta manera me encontré obsesiona-do
con otra clase de miedo: el miedo de tener miedo.
Aparte de Ilsa y de mi cuñado Agustín, al cual había
incorpo-rado a la oficina como ordenanza en el puesto de Luis, todos sabían tan
sólo que no me encontraba bien y que parecía tener un humor especialmente
sombrío. El bombardeo era cada vez más continuo.
Los mismos periodistas pedían un traslado de la oficina de
cen-sura a un sitio más seguro; a petición suya habíamos instalado teléfonos
para las conferencias en el piso bajo del edificio, pero aun así tenían que
andar y cruzar constantemente la Gran Vía y esto se había convertido en un
peligro innecesario e irrazonable. Ilsa era casi la única persona que defendía
nuestra estancia allí: había tomado cariño a los muros de la Telefónica y se
sentía una parte integrante de ella. Pero la situación se había hecho imposible
de mantener hasta por ella misma.
En el hotel cambiamos nuestro cuarto a la espalda del edificio,
donde nuestras ventanas daban a un patio interior, estrecho como una chimenea,
que recogía y amplificaba todos los ruidos. Sufría ataques de fiebre y ataques
de vómito y ni dormía ni comía. Por un día entero hice la censura en el rincón
oscuro del hall del hotel, mientras Ilsa la hacía sola en la Telefónica. Fue
ella quien obtuvo de Rubio Hidalgo la autorización para cam-biar la censura al
edificio del Ministerio de Estado. Algunos de los periodistas pedían que el
traslado se hiciera a uno de los barrios más quietos y casi totalmente seguros
contra el bombar-deo, pero esto hubiera tomado mucho tiempo y una complicada
instalación de cables. En el Ministerio, el cuarto de prensa y el de censura tenían
aún las instalaciones y sus muros eran de gruesa piedra, aunque el edificio
estaba dentro del alcance de los cañones y en el borde de su habitual campo de
tiro.
La Telefónica había sido tocada por más de ciento veinte
gra-nadas, y aunque dentro de sus paredes no había caído ni una sola víctima en
todo este tiempo, los periodistas y los censores teníamos el presentimiento de
un desastre inevitable.
El primero de mayo, la Oficina de Prensa Extranjera y la
censu-ra volvieron al Ministerio de Estado en la plaza de Santa Cruz. Durante
algunos días aguardé, sin moverme de mi rincón en el hall del hotel, que la
mudanza quedara terminada, luchando contra mí mismo y perdido dentro de mí. Por
entonces ignoraba que Ilsa cruzaba la calle bombardeada y trabajaba durante
ocho días en el piso cuarto de la Telefónica, con la convicción abso-luta de
que estaba condenada a ser matada allí. Y en mi igno-rancia y mi egoísmo, la
dejé incluso que fuera ella quien colec-cionara todos los documentos
importantes y los llevara al minis-terio, ayudada por Agustín.
El día después de haber dejado definitivamente la Telefónica, un
obús penetró por una de las ventanas de la desierta oficina y explotó sobre la
mesa central. Unos pocos minutos después de las cinco. Todas las tardes, a las
cinco en punto, Ilsa se había hecho cargo del servicio y se había sentado a esa
misma mesa a trabajar.
El Ministerio de Estado
está construido alrededor de dos grandes patios enlosados y techados con
cristales, y separados uno de otro por la monumental escalera de piedra que
conduce a los pisos superiores, arrancando de la triple entrada del edifi-cio.
Dos amplias galerías abovedadas, una sobre otra, flanquean ambos
patios. La galería superior tiene el piso de madera ence-rada y su barandilla
es dorada; la galería al nivel de la calle es de pura piedra, y su piso, de
grandes losas que resuenan sobre el hueco de los sótanos inmensos. Nuestras
oficinas se abrían a esta galería. El edificio en su conjunto es de piedra y
ladrillo con paredes enormes. Dos torres, con tejados de pizarra cerrán-dose en
agudos prismas, lo coronan. Es una isla entre calles viejas y silenciosas,
cerca de la plaza Mayor, la de los autos de fe y de las viejas corridas de
toros, y cerca también de la ruido-sa Puerta del Sol. Debajo del edificio se
abre un laberinto de sótanos y pasillos abovedados que datan de viejos tiempos.
El ministerio está lleno de dignidad, como un viejo
diplomáti-co, frío e indiferente, con sus piedras que parecen sudar en los días
de lluvia y sus pesadas rejas de hierro cerrando sus venta-nas. Sus sótanos
fueron en un tiempo las prisiones de la cárcel de la Corte. El centro de los
patios y los huecos de sus pilares están llenos de esculturas ramplonas,
justificación de las pen-siones que el Estado pagaba a artistas bien
recomendados para que fueran a estudiar a Roma. El efecto es incongruente y
estú-pido.
Ilsa y yo nos instalamos en uno de los cuartos pequeños. La
censura se estableció en su antiguo sitio y la oficina de Rubio Hidalgo se
abría solamente en ocasiones solemnes. Olía a moho. Para evitar a los
periodistas el riesgo de los bombardeos a me-diodía, organizamos una especie de
cantina y comedor; los or-denanzas traían la comida -una pobre comida- del
hotel Gran Vía en uno de los coches oficiales. Cuando el bombardeo se corría
hacia nosotros y las explosiones resonaban en la plaza Mayor, utilizábamos la
bóveda de la escalera a los sótanos, un refugio perfecto con quince pies de
piedra y mortero sobre nuestras cabezas.
El ruido y el jaleo de la mudanza me habían arrancado de mi
atontamiento. Lejos de la fachada deslumbrante de la Telefóni-ca, uno de los
elementos de mi obsesión había desaparecido, pero no habían desaparecido los
otros como yo esperaba secre-tamente que ocurriera. Me encerraba a veces en la
librería del ministerio establecida en los sótanos, y escuchaba desde allí el
sonido de los tacones de Ilsa en las losas de la galería. Podía obligarla a
estar en el edificio, pero no a que estuviera conmigo, porque tenía que
realizar el trabajo de dos, ahora que yo no tra-bajaba. Se divertía
zascandileando por el ministerio, contenta porque los periodistas estaban a su
gusto y porque la alegraba hacer nuestro cuartito habitable; ella, y el
espíritu de Agustín, lleno de un sentido común alegre y constante, me
impidieron caer en una melancolía peligrosamente cercana a algo muchísi-mo
peor.
Al cabo de unos pocos días, cuando vi que tampoco podía dormir
allí, pedí al médico del ministerio que me reconociera y me diera alguna droga
que me ayudara. Me dio una medicina a base de opio. Ilsa pensaba que la mejor
cura era batallar men-talmente contra la obsesión y vencerla, pero no entendía
que simplemente no pudiese dormir. Aquella noche me metí en la cama temprano,
tambaleándome de exhaustación y de falta de sueño, y me tomé la dosis ordenada
por el médico.
Me hundía en un pozo profundo. Se disolvían las líneas del
cuarto. Agustín no era más que una sombra que se movía entre paredes amarillas
sin fin que se perdían a su vez en abismos oscuros. La luz era un resplandor
débil que se iba apagando lentamente. Mi cuerpo perdió el sentido de peso y
comenzó a flotar. Me hundía en el sueño.
Me invadió un terror infinito. Ahora, en aquel mismo momento,
iba a comenzar el bombardeo. Y yo estaría allí atado en la ca-ma, incapaz de
moverme, de protegerme. Los otros se irían a los sótanos y me dejarían solo
allí. Comencé a luchar desesperada-mente. La droga había obrado sobre los
nervios motores y no podía moverme. Mi voluntad no quería someterse, no quería
dormir ni dejarme que yo durmiera. Dormir era correr peligro de muerte. El
cerebro me gritaba órdenes urgentes: «¡Muévete, sal de la cama, chilla!». La
droga continuaba su ataque. Me sacu-dían olas de náuseas profundas dentro de
mí, como si las entra-ñas se hubieran desintegrado de mi cuerpo y se agitaran
furio-samente, buscando su liberación con manos, no, con garras y dientes
propios. Alguien estaba hablando encima de mi cabeza, pegado a mí, tratando de
explicarme algo, pero yo estaba muy lejos, aunque veía las sombras de sus
cabezas enormes inclina-das sobre mí. Me sentía lanzado en abismos sin fin,
cayendo en el vacío sin llegar nunca, con una presión horrible en el estóma-go;
y al mismo tiempo tratando de empujar hacia arriba con todo mi cuerpo y
resistir la caída y el choque final en el invisi-ble fondo del abismo. Me
estaba despedazando; mis miembros se convertían en masas algodonosas y deformes
y desaparecían de mi vista, aunque aún seguían estando allí; y yo estaba
tra-tando de recuperar estos brazos y estas piernas, estos pulmones y estas
entrañas mías que se estaban disolviendo. Caras fantas-males y manos
monstruosas y sombras flotantes se apoderaban de mí, me levantaban y me dejaban
caer, me llevaban más y más lejos. Y yo sabía que en aquel mismo momento iban a
co-menzar las explosiones. Me sentía muriéndome de desintegra-ción de mi
cuerpo, con sólo un cerebro inmenso dejado a solas que acumulara todas sus
energías contra esta muerte, contra esta disolución del cuerpo a que estaba
unido.
Nunca he sabido si aquella noche estuve en el umbral de la
muerte o de la locura. Tampoco Ilsa ha sabido nunca si ella me vio marchar
inevitablemente hacia uno de los dos fines.
Lentamente mi voluntad iba siendo más fuerte que la droga. Al
amanecer estaba completamente despierto, envuelto en sudor frío, mortalmente
agotado, pero triunfante y capaz de pensar y moverme. A la caída de la tarde
sufrí un nuevo ataque, en el que me revolqué sobre la cama, luchando por
retener mis senti-dos, mientras Ilsa, que no se atrevía a dejarme solo,
contestaba las preguntas de dos visitantes polacos, antipáticos, sentados a la
mesa que había en el cuarto. Veía sus caras distorsionadas haciendo muecas y
trataba de no llorar. Parece, sin embargo, que lo hice.
La parte peor de mi experiencia, y de todas las fases de la
expe-riencia a que me llevó el choque, fue que todo el tiempo me daba perfecta
cuenta del proceso y de su mecanismo. Sabía que estaba enfermo y lo que tengo
que llamar anormal: mi «yo» estaba luchando contra un segundo yo, rechazando el
rendirse a él, dudando a cada momento de tener la energía necesaria para
vencer; y prolongando así la batalla, dudaba si el otro yo que producía este
miedo abyecto de destrucción no tenía realmente razón. Para poder vivir entre
los otros, tenía que suprimir esta duda.
Cuando me levanté y reanudé el trabajo, me sentí completa-mente
aparte de los demás, que a mí me parecían anormales por su incapacidad de
compartir mis propias angustias. No podía librarme de la introspección, porque
estaba obligado a mantener un control consciente sobre mí mismo, y esta
autoobservación constante me hacía observar a los demás desde un nuevo ángu-lo.
Perdí mi interés en el trabajo de la oficina que los otros
seguían en las líneas marcadas, manteniendo una resistencia pasiva y creciente
contra los dictados de la oficina de Valencia. Lo que ocupaba toda mi
imaginación era el entender los impulsos que movían en nuestra guerra a otras
gentes y entender el curso de la guerra en sí.
Me parecía a mí que a cada individuo le impulsaban a la lucha
cosas pequeñas impensadas e irrazonables, cosas que respon-dían sólo a
emociones hondas e indefinidas.
Una partícula de materia
gris palpitante había puesto en movi-miento dentro de mí una cadena de
pensamientos y emociones ocultos. ¿Qué era lo que animaba a los otros? No lo
que decían en palabras ordenadas y escogidas, sino lo otro.
Unos pocos días después de haberme recobrado de mi pesadi-lla,
escribí mi primer cuento sobre un miliciano en una trinchera que estaba allí
porque los fascistas habían destruido la máquina de coser de su mujer, porque
aquél era su puesto y, finalmente, porque una bala perdida había aplastado una
mosca que a él le gustaba observar en un trocito de parapeto alumbrado de sol.
Se lo di a Ilsa y vi que la emocionaba. Si hubiera dicho que no era bueno, creo
que nunca hubiera intentado volver a escribir, porque hubiera significado que
no era capaz de tocar las fuentes escondidas de las cosas. Pero esto fue sólo
un ligero consuelo. No podía desprenderme de la visión de la guerra que había
sur-gido de mi estupor. Nuestra guerra había sido provocada por un grupo de generales
que, a su vez, estaban manejados por los sectores de las derechas españolas más
fanáticamente determi-nados a luchar contra cualquier desarrollo del país que
fuera una amenaza para su casta. Pero los rebeldes habían cometido el error de
recurrir a ayudas exteriores y convertir una guerra civil en una escaramuza
internacional. España, su pueblo y su Go-bierno, no existían más en una forma
definida; eran el objeto de un experimento en el cual los países partidarios de
un fascismo internacional y los países partidarios de socialismo o comunis-mo
tomaban parte activa, mientras los demás países nos con-templaban como
espectadores vitalmente interesados. Lo que estaba ocurriendo era un claro
preludio del rumbo futuro de Europa y posiblemente del mundo.
Los espectadores favorecían a uno u otro de los dos
combatien-tes; sus clases directoras se inclinaban del lado del fascismo
internacional; parte de sus trabajadores y de sus intelectuales se inclinaban
más o menos claramente hacia un socialismo interna-cional. Una guerrilla
ideológica de ambos bandos combatía en Europa y América. Reclutas para las
Brigadas Internacionales venían de todos los países, y todos los países se
negaban a ven-der a la República española las armas que necesitaba. La razón
que se daba era que se quería evitar una guerra internacional. Sin embargo,
algunos grupos tenían la esperanza de que España provocaría la guerra entre
Alemania y Rusia y muchos tenían curiosidad por ver enfrentarse la fuerza de
las dos ideologías políticas, no en el campo de la teoría, sino en el de
batalla.
Me parecía, sin duda alguna, que las clases directoras de
Euro-pa esperaban mantenerse como dueñas de la situación después de una derrota
del comunismo y una debilitación del fascismo, que podía entonces ser explotado
y usado ventajosamente por ellas. Así, su papel era proteger al fascismo contra
el peligro de perder su guerra definitivamente en España, porque el fascismo
era para ellos un mal menor o, mejor aún, un beneficio en po-tencia. Esto se
traducía en la no intervención, en la capitulación del Gobierno de la República
en manos de la Rusia soviética, y en la de los rebeldes en las manos de
Alemania e Italia.
No podíamos ganar la guerra. Los hombres de Estado de la Rusia
soviética no iban a ser tan estúpidos como para llevar su intervención a un
punto en que constituyera peligro de guerra contra Alemania, en una situación
en la que Rusia se encontra-ría abandonada por todos y Alemania disfrutaría del
apoyo de las clases directoras y la ayuda de las industrias pesadas de to-dos
los demás países. Muy pronto los rusos nos dirían: «Lo sen-timos mucho, no
podemos hacer más por vosotros, arreglároslas como podáis». Estábamos
condenados de antemano. Y sin em-bargo continuábamos una lucha feroz.
¿Por qué?. No teníamos otra solución. Ante España no había más
que dos caminos: la terrible esperanza, peor aún que deses-peración, de que
estallara una guerra europea y obligara a al-guno de los otros países a
intervenir contra la Alemania de Hitler; y la desesperada solución de
sacrificarnos nosotros mis-mos para que otros pudieran ganar tiempo y hacer sus
prepara-tivos, y así, cuando un día llegara el fin del fascismo, tener el
derecho de pedir nuestra compensación. En cualquiera de los dos casos teníamos
que pagar con la moneda de nuestra sangre y la destrucción bárbara de nuestro
propio suelo. Era por esto que muchos miles, que se enfrentaban en el frente
con la muer-te, luchaban con un credo y una convicción política, con fe y con
esperanza de victoria.
Cuando llegué a alcanzar estas conclusiones, se convirtieron en
tortura intelectual para mí. No tenía nada con que suavizarlas. Veía, con el
pensamiento, irse amontonando sin fin los cadáve-res, extenderse la destrucción
sin descanso, y tenía que aceptar-lo como inevitable, como necesario, como algo
en lo que yo tenía que tomar parte, aunque me faltara el consuelo de una fe
ciega en un credo o la esperanza en el destino. En aquel punto, se me hacía
muchísimo más intolerable que nunca el ver que existía tan poca unidad en
nuestro lado. Entre los líderes de la lucha, la idea de salvar la República
como base de un gobierno democrático había desaparecido; cada grupo se había
vuelto monopolista e intolerable. Por un corto tiempo había olvidado la
atmósfera que existía fuera del frente de Madrid. Ahora nos llegaban noticias
de batallas en las calles de Barcelona entre los antifascistas. Los empleados
del Estado que nos llegaban de Valencia eran estrictamente minuciosos en sus
etiquetas políti-cas. Nosotros, los que habíamos tratado de mantener Madrid en
los días de noviembre, estábamos fuera de lugar, y se estaba convirtiendo en
peligroso para nosotros el expresar nuestros sentimientos.
Pero aún había muchísimos hombres como Ángel, como los
milicianos vergonzosos y torpes que nos traía al ministerio a que conocieran a
Ilsa y a mí; muchachos que llegaban con un ramo de rosas, lastimosamente
estranguladas entre sus dedazos; mu-chachos que habían llegado de los olivares
de Andalucía y sur-gido de chozas de adobes para luchar por la República y que
me pedían les leyera los versos de García Lorca, a ellos que no sabían leer.
Había aún los hombres que encontrábamos cuando llevaba a Ilsa a la tabernita de
Serafín en las tardes de calma: trabajadores quietos, fatalistas, gruñones e
inalterables. Había gentes como la muchacha que se asomaba a la portería de
pie-dra e invitaba a las gentes a refugiarse allí, porque su abuelito había
hecho lo mismo hasta que una granada le había matado en la puerta del portal, y
era su deber seguir en el puesto del caído.
Yo quería gritar. Gritarles a ellos y al mundo entero sobre
ellos. Si quería seguir luchando contra mis nervios y mi cabeza cons-ciente sin
descanso de mí y de los otros, tenía que hacer algo más en esta guerra que
simplemente vigilar la censura de las noticias para unos periódicos que cada
día eran más indiferen-tes.
Seguí escribiendo y comencé a hablar por radio.
La voz de Madrid
Capítulo VII
Al estallar la guerra civil, las estaciones españolas de radio,
las semioficiales así como las numerosas particulares que existían, cayeron en
las manos de grupos políticos y fueron usadas para su propaganda exclusiva, es
decir, no para una propaganda ge-neral de la República, sino para la política
de cada grupo y a veces de cada sección. El resultado fue una confusión
tremen-da, afortunadamente poco difundida, porque muy pocas de las
transmisiones se oían en el extranjero y ninguna de ellas, sin excepción, en
toda España. Cuando el Gobierno consiguió al fin imponer su autoridad al menos
en parte, comenzó aceptando este estado de cosas como un mal menor, para
después, poco a poco, ir imponiendo su autoridad y terminar por decretar el
cierre de todas las estaciones de partido y el funcionamiento único de
transmisiones bajo el control oficial. Una mañana, el interventor del Estado en
la Transradio, el mismo burócrata tímido y vergonzante que me había hecho
resolverle sus pro-blemas sobre los radiotelegramas en los primeros días del
sitio, se presentó en el ministerio para confrontarme con un nuevo
rompecabezas.
El Estado español tenía adquirido un derecho contractual para
usar, durante ciertas horas del día, el transmisor de la compañía Transradio,
la estación de onda corta EAQ. Este servicio estaba bajo la administración y
autoridad de un delegado del Go-bierno, pero el interventor no sabía a qué
ministerio pertenecía. Hasta ahora, un reducido grupo de locutores había estado
ra-diando los comunicados oficiales en español, portugués, fran-cés, inglés y
alemán y coleccionando recortes de la prensa diaria para rellenar sus
boletines. Pero desde el decreto de organiza-ción de la radio, el delegado del
Gobierno había dejado de pa-gar sus salarios a los locutores y ahora sólo
existían el locutor español y el portugués que seguían actuando.
El interventor no tenía nada que hacer con las emisoras de
ra-dio; pero le preocupaba este abandono de una de las mejores armas de que la
República disponía, y había discutido el asunto con los miembros del Comité
Obrero que coincidían con su punto de vista. Había que hacer algo. Si no, la
única estación de onda corta que había en Madrid, capaz de llegar a todos los
rincones del mundo, tendría que cesar, al menos en lo que se refería a la
propaganda. Los locutores no podían sostenerse. El portugués estaba medio
muerto de hambre y con enormes agu-jeros en las suelas de sus zapatos. Él, el
interventor, había inten-tado discutir el caso con uno de los secretarios de la
junta de Madrid en el Ministerio de la Gobernación y con sus propios
superiores, las autoridades del servicio de correos, pero en el momento en que
se habían enterado que las emisiones de la EAQ estaban destinadas a países
extranjeros, habían dejado de interesarse. En el fondo, decían, la propaganda
extranjera era un lujo inútil. No sabían nada de ello ni les interesaba, y de
to-das formas, con cuestiones extranjeras quien se entendía era el Ministerio
de Estado. A ellos, que los dejaran en paz. El Minis-terio de Estado estaba en
Valencia, y «yo sé -decía el interven-tor- lo imposible que es ir a Valencia y
conseguir nada para Madrid». Pero ahora que yo estaba establecido oficialmente
en el Ministerio de Estado, ¿no podía intentar algo?
No conocía yo la situación mucho mejor que el interventor.
Miaja, como gobernador general de Madrid, era el llamado a intervenir, pero me
parecía completamente inútil el acercarse al general con este intrincado
problema, aunque compartía la opi-nión del interventor de que había que hacer
algo. Lo único que se me ocurrió en el apuro del momento fue que el locutor
por-tugués viniera a comer a nuestra cantina y si no tenía dónde ir, que
durmiera en un diván en uno de los despachos vacíos del ministerio, bien cubiertos
de fundas polvorientas. Le dije al interventor que me mandara al portugués y le
prometí tratar de encontrar solución al problema.
Estaba contento de tener algo concreto de que ocuparme. La
censura funcionaba ahora con leyes fijas. Tenía la ayuda de un nuevo censor,
una muchacha canadiense rubia platino, que no me merecía ninguna confianza. En
la oficina de Valencia, Ru-bio Hidalgo iba dejando cada día más las riendas en
manos de un nuevo asistente, la comunista Constancia de la Mora, que trataba
todas nuestras peticiones a favor de los periodistas con un desdén consistente
y aburrido. Había más «turistas» cada día, y cada día llegaban más «enviados
especiales» que hacían visitas relámpagos al frente de Madrid. Al general
Goliev le habían enviado al frente de Vizcaya. El cañoneo seguía día y noche; y
mis pesadillas también.
Vino a verme el portugués Armando, altivo, sin afeitar, un
ar-mazón esquelético cubierto de nervios vibrantes, el traje arru-gado
lastimosamente. Su nariz huesuda y ganchuda y los dien-tes solitarios en su
boca abierta no contaban. Tenía unos ojos vivos e inteligentes bajo una frente
abombada, y sus manos, largas y flacas, subrayaban la palabra con gestos
enérgicos y rotundos. Me habló sin interrupción de los crímenes políticos que
se estaban cometiendo por indiferencia y corrupción mental y se apoderó de mi
imaginación con su descripción de lo que podía hacerse si la estación de radio
se usaba para una propa-ganda intensiva sobre América. Cuando le enfrenté con
su si-tuación personal, rechazó todas mis proposiciones con un orgu-llo
salvaje; él no pedía limosna, se le debía el sueldo de tres meses y no tenía
por qué aceptar mi caridad ni la de nadie. Si se moría de hambre, mejor, sería
una prueba clara de sabotaje ofi-cial. Al final Ilsa le cogió por su cuenta, y
acabó sentándose a mi lado en nuestro comedor improvisado, donde los
periodistas y los visitantes ocasionales comían juntamente con los censores,
los ciclistas y los ordenanzas.
Puede ser que la coincidencia de indignación encendida,
incan-sable y voceada a gritos, de las cosas tal como eran, con mis propios
pensamientos, nos convirtiera en amigos. Aprendí de Armando no sólo todas las
posibilidades, sin explotar aún, de la estación EAQ, sino también la necesidad
de una dirección y de una censura de las emisiones. Había ya ocurrido -y ahora
me daba cuenta de cómo- que periodistas a quienes se había impe-dido enviar una
noticia, porque estaba prohibido por las autori-dades militares, habían
protestado violentamente y habían pro-bado que la misma información se había
radiado al mundo ente-ro.
Entre los visitantes regulares a la oficina había un periodista
español, a quien llamaré Ramón; estaba agregado al cuartel ge-neral de Miaja,
que le utilizaba como una especie de secretario privado y agente de publicidad.
Expliqué a Ramón todo este desbarajuste de la radio y él comprendió
inmediatamente que yo entendía debía intervenir el general, pero que no sabía
cómo enfrentarme con él. Dos días más tarde me llamó Miaja:
-Bueno, tú, ¿qué historia es ésa de la radio que me cuenta éste?
Vosotros estáis siempre tratando de que os saque de vuestros líos y un día os
voy a meter a todos en un calabozo.
Ramón me guiñó un ojo. Después de mi explicación simple y
directa, el general limpió sus gafas cuidadosamente y llamó a su ayudante:
-Tú, hazle a Barea uno de esos papeluchos. Desde hoy se hace
cargo de la censura de la radio. Y sabes, muchacho, ¡te la has cargado por
tonto!
Comencé a hablarle de la propaganda extranjera, de la estación
EAQ y de las posibilidades que había en ello. Miaja me cortó en seco y Ramón
sacó dos botellas de cerveza de la alcoba. La cuestión se había terminado. Sin
embargo, unos pocos días más tarde me llamó de nuevo. Miaja me alargó un
«papel» con su firma, nombrándome su delegado en la estación EAQ con ple-nos
poderes.
Mi tarea más inmediata era encontrar qué departamento oficial
debía pagar a los locutores. Llamé al delegado del Gobierno -sobre quien me
encontraba ahora más elevado-, y le pedí que me rindiera cuentas de su
administración. Nunca volvió a apa-recer por mi despacho. El Comité Obrero me
había llevado un paquete de cartas de simpatizantes de ultramar en las que se
incluían pequeñas donaciones y cuyo dinero había desapareci-do. Esto era una
cuestión policíaca, y puse en sus manos los documentos y las noticias que tenía
del delegado. Pero la poli-cía no estaba ya en manos de mis amigos anarquistas:
Pedro Orobón había sido matado por un casco de shrapnel, y la jefa-tura
tolerante, humana y justa de su amigo Manuel había sido reemplazada por un
nuevo sistema, mucho más impersonal y mucho más político, bajo un joven
comunista.
Seguía sin saber qué ministerio tenía que pagar a los locutores
y el reemplazo de algunas lámparas especiales que la estación necesitaba
urgentemente. Rubio Hidalgo, a quien planteé la cuestión en una de nuestras
esporádicas conferencias telefóni-cas, me hizo ver perfectamente claro que no
le parecía bien que me hubiera mezclado en algo fuera de la órbita de la
oficina. Las emisiones de radio eran una cuestión del Ministerio de Pro-paganda
que tenía un delegado en Madrid, don José Carreño España. Le mandé una
comunicación a don José y no recibí contestación alguna.
En vista de esto, convoqué una especie de consejo de guerra
entre el interventor del Estado, el Comité Obrero y los dos lo-cutores. Les
dije que no había resuelto aún la cuestión financie-ra. Yo creía en la
importancia de su trabajo. Si ellos no querían seguir radiando, en vista de las
dificultades y del desamparo oficial, nada tenía que decir. Pero si estaban
dispuestos a seguir hasta que yo encontrara una fórmula -y estaba seguro de
encon-trarla-, yo haría todo lo que pudiera. Los locutores podían co-mer en
nuestra cantina -ya que el problema de la comida, sin ello, les sería
insoluble-, y les ayudaría en los programas. Ilsa encontraría amigos en las
Brigadas Internacionales para hablar en idiomas extranjeros.
Aunque absolutamente escépticos, acordaron seguir trabajando.
Estaban demasiado enamorados de su estación para abandonar-la.
Y entonces, por pura casualidad, resolví el problema del pago de
los locutores: Carreño España y yo nos encontramos un día, inesperadamente, en
el despacho del general Miaja, y el general nos presentó el uno al otro. Cogí
la ocasión por los pelos:
-Me alegro mucho de saber que al fin y al cabo es usted una
persona real.
-¿Qué quieres decir con eso? -gruñó Miaja. Don José preguntó lo
mismo en muy repulidas palabras.
-Porque cuando se le escriben a usted comunicaciones oficiales,
no se digna ni contestar.
Salió a relucir toda la historia y los tres acordamos que todo
había sido un error de la oficina. El delegado en Madrid del Ministerio de
Propaganda declaró pomposamente que serían honrados todos los compromisos
contraídos, y yo me encontré satisfecho y con un nuevo «amigo» en los círculos
oficiales.
Durante aquellas semanas el frente de Madrid carecía de interés
militar. Hemingway tenía que encontrar material para sus artícu-los recurriendo
a investigar las reacciones de sus amigos en el mundo de los toreros y
manteniéndose en contacto con la colo-nia rusa del hotel Gaylord. Cuando
charlábamos en el patio del ministerio rodeados de las académicas esculturas,
que le pro-porcionaban material inagotable para sus chistes, podía apreciar qué
cerca estaba de entender las bromas de doble sentido en el idioma castellano, y
qué lejos -a pesar de su innegable deseo de lograrlo- de conseguir hablar con
nosotros de hombre a hombre. Delmer (que estaba profundamente disgustado con
nosotros porque no habíamos conseguido, ni de Valencia ni de Carreño España,
que se le autorizara a usar su cámara fotográfica) y Herbert Matthews se
marcharon de visita al frente de Aragón y volvieron asqueados del sector que
cubrían las unidades del POUM. Muchos de los corresponsales continuaban en
Madrid, porque en su opinión más tarde o más temprano iba a pasar al-go. Pero
lo que pasó fue que se hundió el frente del norte. Nos habíamos vuelto
egocéntricos en Madrid: pensábamos que la retaguardia -«la retaguardia
podrida»- de Valencia y Barcelona pertenecía a otro mundo que ni aun nos molestábamos
en tratar de entender. Pero Bilbao estaba luchando, Asturias estaba lu-chando,
y éstos sí nos parecía que eran como iguales a nosotros. Y Bilbao cayó.
La primera noticia la tuve a través de los periodistas, cuyos
edi-tores en París y Londres les pedían información sobre las reac-ciones de
Madrid a las noticias que se acababan de radiar por el otro lado. No sabíamos
nada oficialmente. Había rumores, sí, pero teníamos orden estricta de no
publicar nada con excepción de los comunicados oficiales; hasta ahora ninguno
de ellos ha-blaba de la caída de Bilbao, sino al contrario, de su victoriosa
defensa. Éste era el último comunicado que teníamos aquel mismo día, aunque
esto fuera humillante y estúpido. Me fui a ver a Miaja y le expuse mi opinión
de que aquel comunicado no podía darse y que en la emisión de la noche a
América teníamos que enfrentarnos con el hecho de la caída de Bilbao y no
contar una victoria que nos ponía en ridículo; y si no decíamos nada, el
silencio sería aún peor, y dañaría muchísimo más la categoría moral en que se
nos tenía que la caída de Bilbao en sí misma. Miaja estaba de acuerdo conmigo,
pero se negaba a tomar una decisión. Las órdenes tenían que venir de Valencia,
él no podía asumir la responsabilidad; y además él no sabía cómo dar la noticia
porque él no podía dar un parte oficial. Le propuse que me dejara escribir una
charla sobre el tema y someterla a su aprobación antes de radiarla.
-No sé cómo diablos te las vas a arreglar para que no nos
perju-dique -dijo Miaja-, pero escribe lo que quieras. Siempre tengo tiempo de
romperlo y dejar a Valencia que se las arregle como pueda.
Escribí una charla. Como vehículo de la noticia, la hice como
dirigida a un famoso capitán de barco inglés que había roto el bloqueo de
Bilbao para llevar socorros a la ciudad y que todo el mundo conocía como Potato
Jones. Le contaba que Bilbao ha-bía caído, le explicaba lo que esto significaba
para España, nuestra España, y lo que significaría cuando la reconquistára-mos;
le contaba que nosotros estábamos luchando y que no nos quedaba tiempo para
llorar por Bilbao. Miaja leyó aquello, dio un puñetazo en la mesa y me ordenó
que radiara la charla. Lla-mó al editor del único periódico que se publicaba en
Madrid al día siguiente, por ser lunes, y le ordenó que imprimiera el texto. Y
así, de esta forma, fue como Madrid se enteró de la caída de Bilbao.
Fue la primera vez que hablé por un micrófono. En el cuartito
estrecho que se había convertido en estudio se apiñaba el per-sonal de la
estación y la guardia del edificio, y pude ver que los había emocionado. Yo
mismo tenía un nudo en mi garganta y el sentimiento de que se había confiado en
mis manos una fuerza inmensa. Dije al Comité Obrero que cada día daría una
charla después de las noticias para América Latina a las dos y cuarto de la
noche. El locutor me había anunciado como introducción a la charla como Una Voz
Incógnita de Madrid y esto es lo que quería seguir siendo; aquél sería mi
nombre en la radio.
Tenía ahora el día lleno
con doble trabajo, ya que tenía que consultar todo lo que se daba en Madrid por
la radio. Hacía el trabajo mecánicamente, escuchando siempre las explosiones de
las granadas. Cuando arreciaba y se aproximaba el bombardeo, bajaba a las
bóvedas de la biblioteca y escribía allí. Los nuevos periodistas que iban y
venían constantemente, apenas se con-vertían para mí en personas reales. Sin
embargo, recuerdo al joven danés Vindin.
Llegó a Madrid lleno de proyectos, haciendo chistes sobre su
propio padre, un periodista también, que había huido de Ma-drid durante los
bombardeos aéreos de noviembre; él no tenía miedo a las bombas. Se me presentó
una mañana temprano, tembloroso y mentalmente destruido, después de haber visto
a un muchachito ser destrozado por un obús en la Gran Vía. Que-ría un refugio
seguro, quería volver a Valencia inmediatamen-te... Le conté mi experiencia,
para darle ánimo con un sentido de camaradería en nuestra desgracia y conseguí
calmarle. Pero el hombre no estaba de suerte. Aquella tarde se lo llevaron
al-gunos periodistas a recorrer Madrid, con el único resultado de verse metido
en el centro de una disputa a tiros, en un famoso bar de Madrid; y al huir de
ello, poner los pies en la calle en el preciso momento en que uno de los coches
fantasmas de la quinta columna pasaba con un tableteo de ametralladoras. Tuve
que devolverle a toda prisa a Valencia.
Recuerdo también al comunista alemán George Gordon, marti-rizado
e inutilizado en cuerpo y espíritu por los nazis; trabajaba en la agencia
España y pronto comenzó a exigir gente con una disciplina política más estricta
que nos sustituyeran a Ilsa y a mí; la razón era que nos negábamos a concederle
privilegios de prioridad en las noticias y no escuchábamos sus consejos de cómo
debíamos tratar a los periodistas de «la prensa burguesa». Yo le encontraba un
tipo pegajoso, con una lengua viperina, una mirada huidiza, movimientos
amanerados y carencia de interés o calor humano. No le concedí mucha
importancia, pero en esto me equivoqué. De todas formas, cada día me apartaba
más de él y del círculo de obreros extranjeros pertenecientes al Partido que se
agrupaban a su alrededor, y me inclinaba más y más a la compañía de gentes que
sabía eran genuinas.
Torres, el muchacho impresor que había fundado conmigo el Comité
del Frente Popular en el ministerio, recurrió a nosotros con sus dificultades.
Le habían hecho secretario de la célula comunista, pero él sabía su ignorancia
y su incapacidad y por ello venía a Ilsa a que le resolviera sus problemas.
Ilsa, después de recordarle que ella no pertenecía al Partido y que además no
era persona grata para él, comenzaba a explicarle lo que en su opinión debería
hacer y cuál debía ser la línea del Partido. A Torres nunca le pareció extraño
ser guiado por ella, en tanto que esta ayuda facilitaba su trabajo, y nunca
admitió que estaba obrando en contra de la disciplina del Partido. Pero a mí me
vino con otros problemas:
Estaba casado. Él no tenía el coraje de romper su matrimonio
como yo lo había hecho, aunque era infeliz y estaba enamorado de otra mujer. Yo
le daba envidia. Quería hablar conmigo de estos grandes problemas de la
relación entre hombres y mujeres. Venía a contarme también sus miedos de los
miembros de la quinta columna que él creía existían entre los empleados del
ministerio. Tuve que llevarle la contraria. En el edificio no había quedado
nada que fuera de interés para el enemigo, y las gentes de quien él sospechaba
eran un puñado de viejos empleados llenos de miedo, sirvientes fieles de la
vieja casta, tales como el portero mayor Faustino, que me honraba con su
reverencia me-jor y con una mirada llena de bilis pero era incapaz de tomar
parte activa, y menos tan peligrosa, en la contienda. Un día Torres llegó muy
excitado y estalló:
-Eh, para que te fíes y hables tanto de los viejos chupatintas
llenos de miedo... En San Francisco el Grande, los guardias de asalto han
cogido a uno que estaba mandando mensajes por heliógrafo a los rebeldes en la
Casa de Campo, dando tironcitos a la cuerda de una persiana y diciéndoles los
movimientos de nuestras fuerzas. ¡Y si vieras al tipo! Un murciélago asustado
lleno de verrugas. Y, ¿sabes?, lo peor de todo es que el tesoro de arte de San
Francisco está bajo nuestra custodia -yo soy uno de los del Comité de Control-,
y habíamos creído que podíamos confiar, como tú dices, en estos viejos beatos
que toda su vida se la han pasado mirando y cuidando de ello. No, no podemos
confiarnos en nadie que no sea de los nuestros.
Me dio la lata para que fuera con él y viera los tesoros de
arte-sanía del viejo monasterio que desde hacía medio siglo era un monumento
nacional. Era su responsabilidad ante el pueblo, y esta responsabilidad y el
sentimiento de que era algo suyo pe-saba sobre él. Pero su problema inmediato
era saber qué pensa-ba yo de ello. ¿Era verdad que aquello era arte?
Había comenzado a salir de nuevo a la calle, amaestrándome en el
arte de comportarme como los demás. Por la noche tenía que hablar al mundo
exterior como La Voz de Madrid, y para ello tenía que ser uno de tantos en
Madrid. Con Ilsa, me quedaba grandes ratos en la taberna de Serafín escuchando
sus historias del barrio. Me llevó a la cueva del prestamista, donde él y sus
amigos y familia dormían en los anaqueles enormes y vacíos donde en tiempos se
acumulaban los colchones empeñados, para dormir sin miedo a las granadas. Había
hecho un agujero a la cueva de la tienda vecina que estaba vacía y aquello era
el dormitorio de las mujeres, que dormían en catres de tijera. Sera-fín tenía
un chichón en la frente que nunca disminuía de tama-ño ni de color y que era la
fuente de bromas inagotables: cada vez que en sueños brincaba por una explosión
en la calle, se golpeaba con la cabeza contra el anaquel, y cada vez que
salta-ba de su cama para ir a la calle a ayudar en las ruinas dejadas por una
bomba, se daba un segundo trastazo. Su miedo y su valentía, juntos, le
mantenían el chichón floreciente.
Conté esta historia en la radio, igual que conté la historia de
los barrenderos que al salir el sol lavaban las manchas de sangre; la de los
conductores de tranvías que hacían sonar sus campanas nerviosamente pero
seguían entre las bombas; la de la muchacha del cuadro de la Telefónica
llorando de miedo hasta que sus narices y sus ojos eran morcillas, pero
manteniéndose en su sitio mientras los cristales de las ventanas saltaban a su
alrededor en pedazos por las explosiones; la de las viejas mujerucas, senta-das,
cosiendo a la puerta de sus casas en un pueblo del frente donde me había
llevado Pietro Nenni en su coche; la de los chiquillos peleándose por recoger
las espoletas aún ardiendo en la calleja detrás del ministerio y jugándoselas
después con una baraja diminuta. Creía y creo que todas aquellas historias que
yo conté al final de cada día, eran historias de un pueblo vi-viendo en aquella
mezcla de miedo y valor que llenaba las calles y las trincheras de Madrid.
Compartía todos sus miedos, y su valor me servía de alivio. Tenía que vocearlo.
Para que pudiera ir cada noche a la estación de radio, Miaja
había puesto a la disposición mía y de Ilsa un coche -uno de los pequeños
Balillas incautados en Guadalajara- y un chófer. Des-pués de la una, cuando la
censura estaba ya cerrada, nos recogía y nos llevaba a través de calles
estrechas donde los centinelas nos pedían santo y seña. La estación estaba en
la calle de Alca-lá, en el edificio del Fénix, en el que los pisos más altos
tenían estudios modernos y bien equipados. Pero los bombardeos ha-bían hecho
estas habitaciones inhabitables, y las oficinas y el estudio se habían
instalado en los sótanos como Dios había da-do a entender:
Se bajaba una escalera estrecha de cemento y se encontraba uno
en un pasillo sucio y estrecho, húmedo y empapado de olor de un retrete sin
puerta que allí había, con sus cañerías goteando y su cisterna siempre
estropeada, los baldosines blancos rotos, y los sanos, llenos de dibujos
obscenos. A lo largo del corredor se abrían celdas que en tiempos eran cuartos
trasteros de los pisos o depósitos de carbón; cada uno de ellos tenía una reja
que se abría al nivel de la acera en la calle de Alcalá. Uno de estos cuartos
trasteros se había limpiado y convertido en oficina y el siguiente en estudio,
por el simple medio de colgar en las pare-des mantas del ejército para aislarlo
de los ruidos. Contenía una mesa doble para discos de gramófono, un cuadro de
interrupto-res y un micrófono colgado de cuerdas.
El cuarto convertido en oficina tenía media docena de sillas y
dos grandes pupitres de escritorio, viejos y llenos de manchones de tinta e
inscripciones a punta de raspador. En medio de la habitación, una estufa
redonda de hierro ardía constantemente, aun en pleno verano, porque los sótanos
chorreaban humedad. En el resto de los sótanos dormían el portero y su familia,
los electricistas, unos cuantos empleados de la compañía Transradio, los
milicianos, dos guardias de asalto que consti-tuían la guardia del edificio y
una caterva de chiquillos que nadie sabía de dónde habían salido. Los sótanos
estaban llenos de vapor de agua, coloreado y espeso con el humo de los
ciga-rrillos. El pasillo, los cuartuchos vacíos y los llenos, todo estaba
atiborrado de jergones rellenos de paja de esparto. A veces to-do se llenaba de
huéspedes desconocidos. Y todos hablaban, chillaban, ahogando los lloros de los
chicos y los gritos de sus juegos. Las paredes de cemento estaban en una
vibración cons-tante. A veces era necesario cortar la transmisión un momento y
mandar a alguien dando gritos a través del corredor, para que, a fuerza de
gritar, impusiera silencio.
En el fondo del pasillo se abría un agujero semejante a la boca
de un pozo, con una escalera de caracol que llevaba a una ca-verna más honda,
de diez pies cuadrados, construida en cemen-to macizo; allí era donde mi amigo,
el interventor, tenía su ofi-cina. Bajo la pantalla de cristal verde que cubría
su lámpara, aparecía como un fantasma cadavérico, con su armazón esque-lética y
sus ropas grandes y colgantes; y el silencio repentino y que existía detrás de
las gruesas paredes y de la tierra honda en la que estaban embebidas, le hacían
a uno sentirse como si hu-biera penetrado en una tumba. Allí me sentaba con el
secretario del Comité Obrero, un hombre flaco de La Mancha con los huesos de
los pómulos puntiagudos y ojillos diminutos, y pla-neábamos nuestros programas.
Primero leíamos las cartas diri-gidas a La Voz de Madrid. Llegó una de un viejo
minero espa-ñol, emigrante en los Estados Unidos. Decía -y creo que re-cuerdo
exactamente las palabras de esta carta tan simple y tan cruda-: «Cuando tenía
trece años bajé a la mina a picar carbón en Peñarroya. Ahora soy sesenta y tres
años viejo, y aquí estoy, picando carbón en Pensilvania. Lo siento que no puedo
escribir como los señores, pero en mi pueblo, al marqués y al cura no les
gustaba mucho que fuéramos a la escuela. Decía: ¡A trabajar, vagos! Dios os
bendiga a vosotros que estáis luchando por una vida mejor y Él maldiga a todos
los que no quieren dejar vivir al pueblo».
Mientras leía mi charla nocturna, la población entera del sótano
se amontonaba en el estudio de las mantas. Los hombres pare-cían sentir que
ellos tenían una parte en lo que yo decía, porque hablaba su mismo lenguaje, y
cuando acababa se volvían críti-cos rigurosos de mi charla. El ingeniero que
estaba en la esta-ción emisora, controlando el volumen, se sentía obligado a
lla-mar al teléfono y decirme en crudas palabras si le había revuelto las
tripas de emoción o de rabia, porque no me había atrevido a decir la verdad.
Los más simples entre todos tenían una predi-lección por denuncias bíblicas de
los poderes satánicos del enemigo; muchos sufrían la fascinación de los trozos
más cru-dos de realismo que me atrevía a lanzar por el micrófono, y que ellos
nunca creían se podían decir en alta voz. Los escribientes encontraban mi
estilo crudo y desprovisto de florilegios del lenguaje, asombrándoles que
pudiera hilvanar cada oración, fácilmente, sin titubeos intelectuales. Y la
verdad es que yo no tenía método ni teoría: trataba simplemente de expresar lo
que sentía y lo que otros sentían, en el lenguaje que a mí me parecía más
claro, y, a través de ello, obligar a las gentes de nuestros países hermanos a
ver bajo la superficie de nuestra lucha.
El hombre cuyas reacciones eran la mejor guía para mí era el
sargento al mando de la guardia del ministerio. Se había entre-gado a mí
completamente, con la lealtad ciega de un viejo ma-yordomo, siguiendo las
órdenes de su antecesor, el sargento que se había solidarizado conmigo el 7 de
noviembre. Conven-cido de que yo era un hombre condenado por la quinta
colum-na, se negaba a perderme de vista en cuanto oscurecía y me acompañaba
cada noche a la estación de radio, con su pistola montada, lleno de orgullo silencioso
e infantil. En el estudio se sentaba en el rincón más próximo al micrófono,
mirando ame-nazador a los demás y muy sensible a las miradas de ellos. Te-nía
una cara plana y llena de arrugas, como esculpida en una losa carcomida de
vientos, y sus ojos eran color de agua. Des-pués de unas semanas de escucharme,
un día entró en mi cuar-to, se atragantó, se le llenaron los ojos de agua y me
alargó un puñado de papeles: allí había escrito él todas las cosas malas que
había hecho en su larga vida de guardia civil. Quería que yo lo leyera y que lo
convirtiera en una charla y que se lo contara al mundo, como una penitencia
para que él pudiera quedarse en paz. Su carácter de letra era idéntico al del
viejo minero que me había escrito desde Pensilvania.
El nuevo Gobierno de la República, bajo la presidencia del
doc-tor Negrín, llevaba ya algún tiempo en el poder. El propio Ne-grín había
hecho un discurso por radio, sobrio y serio, como todos los que había de
pronunciar después. Se corrían rumores de que Indalecio Prieto había hecho una
limpieza a fondo y había reorganizado el Estado Mayor. Se había estrechado la
disciplina en el ejército, se había reducido el carácter político de sus
unidades y se había restringido el papel de los comisarios políticos. Había
movimientos de tropas en los sectores al oeste de Madrid, por las carreteras de
la costa llegaba un chorro cons-tante de material de guerra, se veían muchos
más aviones vo-lando sobre la ciudad y los corresponsales de guerra comenza-ban
a llegar de Valencia. Me llamaron del cuartel general y me dieron órdenes
estrictas:
Prieto estaba en Madrid, pero había que mantenerlo en secreto.
Tan pronto como comenzaran las operaciones, la censura no dejaría pasar más
informaciones sobre la guerra que el comuni-cado oficial. Todos los telegramas
o radios privados o diplomá-ticos se retendrían varios días sin cursar. A los
corresponsales no se les permitiría ir al frente.
Las operaciones comenzaron en el calor tórrido de julio.
Entra-ron en acción las brigadas de Líster, el Campesino e Internacio-nales. Se
había entablado la batalla por Brunete. El ataque re-publicano, soportado, por
primera vez, por fuerzas aéreas, avan-zó en el oeste de Madrid en un intento de
cortar las líneas enemigas, flanquearlas y forzar la evacuación de sus
posiciones en la Ciudad Universitaria. Todo parecía iniciarse bien, pero de
pronto la ofensiva se paralizó. A pesar del notable mejoramien-to técnico,
nuestras fuerzas eran demasiado débiles para poder seguir aumentando su presión
sobre el enemigo antes de que éste recibiera refuerzos. Después de un avance
victorioso, vino una derrota: Brunete y Quijorna, tomados con grandes
sacrifi-cios, se perdieron de nuevo, y en el proceso quedaron comple-tamente
arrasados.
Torres y yo gateamos la escalera retorcida y llena de telarañas
que llevaba a la cima de la torre oeste del ministerio. Desde los tragaluces
nos asomamos al panorama de tejados y al campo de batalla. Allá, a lo lejos en
la llanura, muy lejos para ver con nuestros ojos detalle alguno, todo era una
masa de humo y pol-vo, desgarrada por relámpagos; y de esa base oscura se
elevaba al cielo una enorme columna de humo. La nube de guerra se bamboleaba y
estremecía, y mis pulmones vibraban a compás de la vibración ininterrumpida del
cielo y de la tierra. Un polvillo fino se desprendía de las viejas vigas de la
torre y se quedaba bailoteando en el rayo de sol que entraba por el tragaluz. A
nuestros pies, en la plaza de Santa Cruz, las gentes pasaban marchando a sus
asuntos, y en el tejado de enfrente un gato blanco y negro surgió de detrás de
una chimenea, se quedó mi-rándonos, se sentó y comenzó a lamerse sus patas y
lavarse sus orejas.
Estaba tratando de contener el ansia de vómito que me subía del
estómago a la boca. Allí, bajo aquella nube apocalíptica, estaba Brunete. En mi
imaginación reveía el pueblo pardo, con sus casas de adobe enjalbegadas, su
laguna sucia y fangosa, sus campos desolados de terrones secos, blanqueados de
sol, duros como piedras, el sol implacable cayendo sobre las eras, el polvi-llo
de la paja triturada agarrándose a mi garganta con sus finas agujas. Me reveía
como un muchacho andando a lo largo de su calle única, la calle de Madrid,
entre el tío José y sus hermanos, él en su traje de alpaca y ellos en sus
pantalones de pana cru-jientes, todos ellos llevando consigo su olor de tierra
seca y de sudor secado por el sol y el polvo. A pesar de sus muchos años en la
ciudad, el tío José tenía la piel y el olor de un campesino de Castilla la
seca.
Allí, detrás de aquella nube negra, llena de relámpagos, Brunete
estaba siendo asesinado por los tanques llenos de ruidos de hierros, por las
bombas llenas de gritos delirantes. Sus casitas de adobe se convertían en
polvo, el cieno de su laguna salpica-ba todo, sus tierras secas sufrían el
arado de las bombas y la simiente de la sangre. Todo esto me parecía un símbolo
de nuestra guerra: el pueblo perdido haciendo historia con su des-trucción,
bajo el choque de los que mantienen todos los Brune-tes de mi patria áridos,
secos, polvorientos y miserables como siempre han sido, y de los otros que
sueñan con transformar los pueblos grises de Castilla, de España toda, en
hogares de hom-bres libres, limpios y alegres. Para mí era también un punto
per-sonal: la tierra de Brunete contiene algunas de las raíces de mi sangre y
de mi rebelión. Su herencia seca y dura ha batallado siempre dentro de mí
contra el calor alegre que he recibido co-mo herencia en la otra rama de mi
sangre, del otro pueblo de mi niñez, Méntrida, con sus viñas, sus cerros
verdes, sus arroyos lentos y cristalinos en la sombra de las alamedas;
Méntrida, una mota más allá de la llanura, lejos de la nube siniestra, pero
pri-sionera ya de los hombres que estaban convirtiendo los campos de España en
ruinas yermas.
En las noches, un día tras otro, gritaba en el micrófono lo que
sentía en aquella torre que daba al frente.
Los periodistas, tan cercanos al foco de la guerra e
imposibili-tados sin embargo de informar sobre la batalla, estaban furiosos y
persistentes. Mandaban los comunicados del ejército y la aviación, pero se
enfadaban conmigo y yo me enfadaba con ellos, porque cumplía las órdenes que me
daban y no les dejaba decir más. Al principio de la ofensiva, las
preocupaciones eran claramente necesarias. Los radiotelegramas que el
interventor puso sobre mi mesa, y los cuales se retrasaron cuatro días,
con-tenían muchos mensajes que eran altamente sospechosos. El agente alemán
Félix Schleyer, administrador aún de la embaja-da noruega, había enviado una
oleada de telegramas privados: una cantidad increíble de gentes con dirección
diplomática im-pecable sufrían desgracias de familia. Pero una vez que las
ope-raciones estaban en pleno desarrollo, yo veía que era en nuestro propio
interés el dejar a los periodistas en libertad de mandar sus propias
informaciones y visitar el frente. Fui a ver a Indale-cio Prieto al Ministerio de
la Guerra y después de una acalorada discusión obtuve una mayor amplitud de las
reglas. Sin embar-go, mis relaciones con los periodistas habían sufrido por
nuestra irritación mutua y seguían sufriendo. Notaban que los permisos, que
antes se despachaban rápidamente, ahora se concedían con una lentitud
exasperante, sin que ellos tuvieran idea, ni yo pu-diera contarles, de la
batalla constante entre nuestra oficina y la vieja burocracia que renacía. Para
ellos, la causa de sus dificul-tades radicaba en mí y yo no trataba ni de
explicarles la situa-ción ni de calmarlos, aunque sabía que se habían quejado
direc-tamente a Prieto y a la oficina de Valencia, y que las gentes de Valencia
estaban muy contentas de ello, George Gordon regre-só de su viaje a Valencia
hinchado de importancia política, y me obligó a pararle los pies de una manera
más que ruda. Rubio Hidalgo apareció por medio día; insistió en que el contrato
temporal con la muchacha canadiense no debía prolongarse, porque había dejado
cursar un despacho donde se le llamaba a Prieto, el ministro, roly-poly,
«gordin-flón», lo cual en su opi-nión era contrario a la dignidad nacional;
expuso un plan para establecer a un periodista español -conocido sobre todo por
su feudo con el corresponsal del Times- como director de la pro-paganda en
Madrid por prensa y radio. Me encontró más refrac-tario que nunca a estas
combinaciones y acabó nuestra confe-rencia peor aún, cuando se permitió hacer
observaciones sobre la mala impresión que causaban mi divorcio y mis relaciones
con Ilsa.
Era evidente que más de una campaña, de tipo político y
perso-nal, se había puesto en marcha. Estaba demasiado agotado para preocuparme
de ello, o, tal vez, secretamente me alegraba.
Cuando se terminó la ofensiva, mi divorcio llegó a su fase final
y, terminado el Congreso Internacional de Escritores Antifas-cistas, con sus
intelectuales exhibiéndose presuntuosos en el escenario de Madrid en lucha y
dedicándose a discutir allí el comportamiento político de André Gide, me
sumergí en una especie de estupor.
María venía aún una vez por semana con súplicas y con amena-zas,
hasta lograr llevarme a un estado de rabia y disgusto en que rompía brutalmente
con ella. No volvió, pero durante un tiempo escribió cartas anónimas a Ilsa y a
mí. La madre de Aurelia, que reconocía la parte que había tenido su hija en la
destrucción de nuestro matrimonio, tomó la costumbre de visitarnos a los dos
regularmente. Cuando vino la primera vez, los empleados del ministerio
observaban tras las puertas entreabiertas para no per-der el escándalo que sin
duda iba a armar, y cuando se encon-traron con que la buena mujer formaba una
amistad con su ex hijo político y su futura esposa, tuvieron un choque más
inten-so, porque aquello era aún más revolucionario y emocionante. El censor de
la cara caballuna no cesaba de repetirme: «Esto sigue siendo más que nunca como
una novela extranjera. Nunca hubiera pensado que gentes españolas podían obrar
así». Los escuchaba a todos y, con excepción de preparar mis charlas de radio,
ni les contestaba ni hacía nada.
Por aquel tiempo, gentes que no tenían conmigo más que un
contacto superficial comenzaron a darme consejos sobre mi error en tratar de
casarme con una extranjera en lugar de seguir-la teniendo como mi querida. En
tanto que habían creído que un español había «conquistado» a una mujer
extranjera, sus sentimientos masculinos se habían sentido halagados, pero
aho-ra se alarmaban porque se escapaba de su código y creían que iba a cometer
una inmoralidad. Coincidían con las insinuaciones de Rubio y me llenaban de
repugnancia, una excusa adicional para desdeñar los rumores que llegaban a mí
sobre mi debilidad creciente, mis ataques de furia y mi salud insegura.
Aquellos rumores casi me halagaban, y los favorecía. Sólo cuando veía el
disgusto de Ilsa y su preocupación, y cuando Torres, o el viejo sargento, o
Agustín, o Ángel, o los viejos amigos de la taberna de Serafín me mostraban su
fe en mí, conseguía el impulso ne-cesario para obrar en contra
espasmódicamente.
Mientras estaba aún en
las angustias de esta crisis, Constancia de la Mora vino en su primera visita a
Madrid. Yo sabía que, virtualmente, se había apoderado del control del
Departamento de Censura de Valencia y que Rubio no era de su agrado; que era
una organizadora eficiente, muy la aristócrata que se había unido a la
izquierda por su propia voluntad y que había mejora-do muchísimo las relaciones
entre la oficina de Valencia y la prensa. Sabía que estaba respaldada por el
Partido Comunista y que tenía que haber encontrado irritante que nosotros, en
Ma-drid, obráramos invariablemente como si fuéramos indepen-dientes de la
autoridad de ellos, o de ella. Buena moza, llena de carnes, con grandes ojos
negros; con los modales imperiosos de una matriarca, con la simplicidad de
pensamientos de una pen-sionista de convento y la arrogancia de una nieta de
Antonio Maura, inevitablemente tenía que chocar conmigo, como yo con ella. Sin
embargo, cuando nos aconsejó, a Ilsa y a mí, que nos tomáramos unas largas
vacaciones que bien nos habíamos mere-cido, estaba dispuesto a creer en sus
buenas intenciones. Ver-daderamente tenía que descansar y dormir; y por otra
parte que-ría saber qué era lo que las gentes de Valencia querían hacer con
nosotros.
Ilsa era pesimista. Había desarrollado la teoría de que nosotros
nos habíamos convertido en meros supervivientes de los días iniciales de la
revolución, ya que habíamos fracasado en adap-tarnos nosotros mismos a los
cambios sufridos por la adminis-tración. No estaba dispuesta -menos que yo aún-
a entregar su independencia de juicio y sus maneras antiburocráticas, pero
había comenzado a creer que para nosotros ya no había sitio y que habíamos ido
más allá de nuestra posición. Ella sabía que yo había hecho llegar a
conocimiento de los poderes que fueran mi insubordinación, mi impaciencia y mi
desesperación, mien-tras ella había sobrepasado la acogida y el uso que de ella
ha-bían hecho como una extranjera, sin partido que la respaldara. Rechacé sus
aprensiones, no porque las creyera infundadas, sino porque me tenía sin cuidado
que fueran ciertas.
El general Miaja me pidió que nombrara un censor de la radio que
se hiciera responsable durante nuestra ausencia; me dio una autorización para
usar el coche y el chófer durante nuestras va-caciones como «la única ventaja
que vas a sacar por meterte en líos» y nos dio salvoconductos de libre
circulación.
El camino a Valencia no era ya más la carretera directa a través
del puente de Arganda que habíamos recorrido en enero. Te-níamos que ir dando
un amplio rodeo a través de Alcalá de He-nares, escalar rojos cerros pelados y
alcanzar la carretera blanca y abrasadora después de horas sin fin. La mayor
parte del tiem-po fui dormido sobre un hombro de Ilsa. Una vez, nuestro co-che
se paró para dejar pasar una larga reata de mulas, burros y caballos,
miserables, sarnosos, llenos de esparavanes. El polvo y las moscas se
amontonaban en sus rozaduras abiertas y en sus úlceras; las agotadas bestias
parecían llevar sobre sus lomos toda la maldad y todas las desgracias del
mundo. Le pregunté al gitano que se arrimó a nuestro guardabarros, para
apalearlas y no dejar que chocaran con el coche en su ceguera de fatiga:
-¿A dónde lleváis esta colección?
-¿Esto? Esto es carne para Madrid. Danos un pitillo, camarada.
En los cerros, el espliego estaba en flor -una neblina azul- y,
cuando descendimos al valle, el arroyo estaba bordeado por macizos de adelfas
rosa y rojo. La hondonada de Valencia nos envolvió en un calor húmedo y
pegajoso, en ruido y en olor de multitud. Nos presentamos en la oficina de
Rubio. Estuvo ex-tremadamente cortés:
-Si nos hubieran dicho que llegaban esta tarde, hubiéramos
pre-parado unas flores para recibirla, Ilsa... No, no vamos a discutir nada
sobre el trabajo. Ustedes se marchan y se toman sus vaca-ciones... ¿Cuáles son
sus señas? ¿Altea? Un sitio precioso, y no se preocupen de la oficina de
Madrid. Ya nos cuidaremos de todo, ustedes ya han hecho lo suyo.
Después de dormir malamente en el cuarto asfixiante e infesta-do
de mosquitos del hotel, nos escapamos a la calle en la maña-na luminosa y
caliente. La ciudad estaba alegre y abarrotada de gente. Dejé a Ilsa, mientras
iba a ver a mis chicos y a acelerar los últimos trámites de mi divorcio con el
juez local, lo cual significaba gastar un puñado de pesetas en engrasar las
ruedas de la justicia y, también, que tenía que endurecerme ante el sen-tido de
injusticia que sentía hacia los niños. Yo mismo me asombraba de encontrarme tan
indiferente. Aurelia se había ido a la peluquería y me quedé a solas con ellos
durante horas. Hu-biera querido llevarme a la niña pequeña, pero sabía que no
po-díamos llegar a un acuerdo su madre y yo.
Cuando regresé a Valencia me encontré a Ilsa en el café donde
habíamos quedado citados, hablando muy seria con el mismo agente de policía que
la había detenido en enero. Era un hom-bre fuertote con una cara vivaz de
arrugas profundas, que se encaró conmigo antes de que yo pudiera decir nada:
-Lo siento que te liaras con Ilsa, me hubiera gustado llegar el
primero y probar mi suerte. Pero no importa; es precisamente porque me gusta
que quiero contaros algo como un amigo.
Y nos contó con todo lujo de detalles, y de acuerdo con sus
informaciones más o menos oficiales, que Rubio y Constancia no tenían
intenciones de dejarnos volver a nuestro puesto en Madrid. Constancia había ya
nombrado a nuestro sucesor, una secretaria de la Liga de Intelectuales
Antifascistas que había recomendado María Teresa León. «Sabéis, estas mujeres
espa-ñolas detestan que una mujer extranjera adquiera influencia. Y por otra
parte, las dos son miembros nuevos del Partido y llenas de entusiasmo.» Había
contra nosotros muchas quejas y muchas denuncias. Ilsa, por ejemplo, había
dejado pasar un artículo para un periódico socialista de Estocolmo en el cual
se criticaba la eliminación del Gobierno de los miembros de los sindicatos
socialistas y anarquistas, y esto se presentaba como una prueba de sus
simpatías políticas contra el comunismo. Algunos de los comunistas alemanes que
estaban trabajando en Madrid (y en seguida yo pensé en George Gordon) mantenían
que era una trotskista, pero esta campaña había sido desmentida por los mismos
rusos. El viejo enemigo de Ilsa, Leipen, estaba bombar-deando a las autoridades
con denuncias de ella, en las cuales aconsejaba que no se la dejara salir de
España, porque conocía demasiada gente entre el socialismo internacional.
Aurelia aprovechaba el ir cada mes a la oficina a cobrar mi paga, que yo había
dejado íntegra para ella, para desatarse en incriminaciones y abusos. En total,
lo mejor que podíamos hacer era poner en movimiento a todos nuestros amigos y
marcharnos de Valencia cuanto antes, porque el estar en Valencia no era sano
para noso-tros.
Poco podíamos hacer en contra de esta información confiden-cial.
¿Qué podíamos probar en contra? ¿Cómo podíamos luchar contra esta acumulación
de antipatías y odios personales, intri-gas políticas, y las leyes inflexibles
de la maquinaria del Estado durante una guerra civil? Nuestro amigo, Del Vayo,
había deja-do de ser ministro de Estado; su sucesor, un político de la
iz-quierda republicana, poseído de su «importante papel», no sabía nada de
nosotros; pedirle explicaciones a Rubio era infantil, y yo no estaba muy seguro
de no explotar de mala manera. Sólo informamos a unos amigos que estaban en una
posición sufi-cientemente alta para obrar en el caso de que desapareciéramos de
la noche a la mañana. Lo único que podíamos hacer era tener calma por el
momento y volver a Madrid a nuestro puesto, tan pronto como nos hubiéramos
recuperado un poco. Nos fuimos a Altea.
La carretera a lo largo de la costa roqueña de Levante -la Costa
Brava- nos condujo a través de cerros llenos de terrazas labra-das al pie de
montañas yermas y azules; a través de pueblos con nombres sonoros -Gandía y
Oliva, Denia y Calpe-; a través de gargantas y barrancos tapizados de hierbas
aromáticas, en una sucesión de casas de labor blanqueadas con cal y rematadas
por el rojo de sus tejas rizadas. En la primera viña paré el coche. El viejo
guarda del campo vino a nosotros, miró la matrícula del coche y carraspeó:
-¿De Madrid, eh? ¿Cómo van las cosas por allí?
Le dio a Ilsa un racimo enorme de uvas verde-oro, unos toma-tes
y unos pepinos. Pasamos a través de pueblecitos, rebotando sobre sus cantos de
río, mirando las mujerucas en su luto eterno sentadas en sillas bajas de paja
delante de las cortinas ondulan-tes que cerraban las puertas de las casas;
figuras inmóviles, a su lado una caja de madera llena de barras de jabón
verdoso que las gentes de allá fabricaban con los posos del prensado de la
aceituna y sosa cáustica. En Madrid no había jabón.
A la caída de la tarde llegamos a la pequeña posada de Altea,
puesta al lado de la carretera, con un portal amplio oliendo a limpio, grandes
aparadores y armarios lustrosos de cera, sillas de paja trenzada y brisa fresca
del mar libre a su espalda. Nues-tra alcoba, chiquitita, estaba abierta a él y
llena de su olor, mez-clado con el olor del jardín y el de la tierra recién
regada; pero fuera no se veía más que una neblina oscura, agua y aire juntos,
un cielo negro espolvoreado de estrellas puesto encima, y una hilera de luces
balanceándose suavemente en la oscuridad azul. Los hombres de Altea estaban
pescando. Aquella noche dormí.
Altea es casi tan viejo como el cerro en que se asienta; ha sido
fenicio, griego, romano, árabe y español. Sus casas con azoteas blancas, y
paredes lisas traspasadas de agujeros que son venta-nas, trepan cerro arriba en
una espiral que sigue las huellas de las mulas y caballos con sus escalones de
piedra ya roída y pu-lida por los siglos. La iglesia tiene una torre esbelta,
que fue minarete de mezquita, y una media naranja de tejas azules. Las mujeres
marchan desde sus casas silenciosas y oscuras, cuesta abajo, a la orilla del
mar donde los hombres están remendando sus redes, y llevan en equilibrio sobre
sus cabezas los cántaros de agua, unos cántaros de vientre pomposo, base
estrecha y cuello grácil, viejas ánforas en forma, que los alfareros siguen
reproduciendo sólo para Altea con la misma línea creada hace dos milenios. El
viejo puerto mediterráneo no tiene hoy comer-cio, pero las velas latinas de los
pescadores de Altea llegan aún a las costas de África en viajes de pesca y de
contrabando. Al-rededor del cerro crecen los olivos y los granados y en sus
lade-ras de roca sobresalen las terrazas de tierra, subida allí a lomo de
burro, en las que crecen vegetales. La carretera de la costa es nueva y a sus
dos lados ha nacido un nuevo pueblo, más rico y menos apegado a la tierra que
el viejo pueblo del cerro, orgullo-so de su comisaría, sus tabernas y sus
hoteles y los chalets de gente rica de otras ciudades. El pueblo en el cerro se
ha queda-do aislado y más solo, más solo que nunca. Después de todos los cambios
sufridos a través de las edades, hoy se ha converti-do en inmutable.
Sentía el choque de esta paz y esta inmutabilidad en la médula
de mis huesos. Me hacía dormir por las noches y pensar reposa-damente durante
el día. Allí se ignoraba la guerra. Para lo único que la guerra servía allí era
para aumentar el valor de las reda-das de peces.
¿Política? Unos pocos jóvenes, completamente locos, se habían
marchado voluntarios al principio, y si un día hubiera una movi-lización, sería
una injusticia. Política y políticos eran siempre lo mismo, unos cuantos
caciques y unos cuantos generales peleán-dose por ser los amos y cada uno de
ellos a chupar lo que pue-da. Había en Altea partidarios de la derecha y de la
izquierda, y al principio había habido unas cuantas peleas, pero ahora todos
estaban en paz. Si los otros, los fascistas, venían, Altea seguiría viviendo
exactamente como ahora que estaban los republicanos. Algunas veces, el viento
llevaba al pueblo el ruido de los caño-nes navales o la sorda explosión de las
bombas. Así, era mejor no salirse de las aguas del puerto cuando se iba de
pesca o dejar el pescar para la noche de mañana. De todas maneras, el precio
del pescado subía cada día.
A pocos kilómetros de Altea la guerra golpeaba la costa. En la
cima del Peñón de Ifach - el «Pequeño Gibraltar»- había un puesto de
observación naval en las mismas ruinas del viejo faro fenicio. Los hombres de
las Brigadas Internacionales, manda-dos al hospital de Benisa para recuperarse
de sus heridas y de su agotamiento, venían allí cada día en autobuses, para
bañarse en una de las tres pequeñas ensenadas que había al pie de la roca,
donde el agua no llegaba al cuello. Cuando no íbamos a la playa africana de
Benidorm, con su fondo de montañas azules, sus palmeras y sus escarabajos
peloteros que dejaban la huella de sus patitas en la arena, nos íbamos al Peñón
de Ifach, a casa de Miguel, a quien yo llamaba el Pirata, porque era como uno
de aquellos piratas libres y cínicos, héroes de cuentos.
Vendía vino y guisaba comidas en una choza, abierta a los
cua-tro vientos, que no consistía más que en grandes mesas de ma-deras de pino,
bancos de lo mismo a lo largo de ellas y esteras de esparto colgadas de una
armazón de palos, para proteger las mesas contra el sol. Decía que la idea de
aquello la tenía de los bohíos de Cuba. Tenía los ojos azulgris, la mirada
lejana y la piel dorada. Ya había dejado de ser joven, pero era fuerte, lleno
de movimientos de gato. La primera vez que entramos en la sombra fresca del
merendero, nos miró de arriba abajo. Des-pués, como confiriéndonos un honor,
sacó una jarra llena de vino, sudosa de frescor, y bebió con nosotros. Miró a
Ilsa y de pronto le ofreció un paquete de cigarrillos noruegos. Entonces los
cigarrillos eran muy escasos.
-Tú eres extranjera -dijo-. Bueno. Ya veo que eres de los
nues-tros.
Lo afirmó así, simplemente. Después nos llevó a la cocina
hu-mosa y nos presentó a su mujer, joven, con ojos oscuros, y nos mostró al
hijo en la cuna. Una chiquilla de cinco años, fuertota, nos seguía en silencio.
La mujer continuó sentada al lado de la chimenea de campana, sin decir nada,
mientras él explicaba:
-Mira, esta camarada ha venido de muy lejos para luchar con
nosotros. Sabe muchas cosas. Más que yo. Ya te he dicho que las mujeres pueden
saber también cosas y que nos hacen falta mujeres. Aquí tienes la prueba.
No le gustaba; miraba a Ilsa con una hostilidad quieta, y con
asombro a la vez, como si fuera un monstruo extraño.
Salimos de la cocina, trajo otra jarra de vino y se sentó:
-Mira -dijo a Ilsa-, yo sé por qué has venido aquí. No lo puedo
explicar. Tal vez tú puedes. Pero hay muchos como nosotros en el mundo. Cuando
nos encontramos por primera vez, nos en-tendemos. Camaradas o hermanos. Creemos
las mismas cosas. Yo hubiera sabido en qué crees tú aunque no hubieras hablado
una palabra de español. - Bebió su vino con ceremonia-: ¡Salud!
-Miguel, ¿qué eres?
-Un socialista. Pero ¿importa eso algo?
-¿Crees que vamos a ganar esta guerra?
-Sí. Pero no ahora, seguramente. ¿Qué es la guerra? Habrá otras
guerras, y al final ganaremos. Habrá un tiempo en que todos serán socialistas,
pero muchos tendrán que morir antes.
Íbamos a verle cada vez que me sentía ahogado por la paz
dor-milona de Altea. Nunca me contó mucho de él mismo. Con su padre había sido
pescador nocturno a lo largo de aquellas cos-tas, en una lancha con una
linterna en la proa. Después se había ido a Nueva York. Había estado veinte
años en el mar. Ahora se había casado, porque el hombre debe clavar sus raíces
en la tierra alguna vez. Tenía lo que quería y sabía lo que estaba mal en el
mundo. Yo era muy nervioso, debía sentarme al sol y pes-car con una caña. Me
prestó una él mismo. Aquel día cogí un pez, uno solo, de escamas plata y azul,
y sin reírse le echó en un cubo lleno de peces vivos aún del mar,
resplandecientes con todos los colores del arco iris. Él mismo nos iba a hacer
la co-mida. Coció los peces hasta que el agua «les sacó su jugo». Y con aquel
agua nos hizo un arroz, sin nada más que esto, el jugo del mar. Nada más. Nos
lo comimos llenos de alegría, bebiendo juntos vino rojo.
-¿Aprendiste a guisarlo cuando eras pirata, Miguel?
-Ya no hay piratas -replicó.
Llegó el autobús cargado de hombres de las Brigadas
Interna-cionales. Algunos tenían sus brazos o sus piernas en escayola, otros
tenían cicatrices aún a medio cerrar que exponían al sol y al aire del mar,
sentándose en la arena húmeda, bordeada de flores con blancura y sal y olor
dulzón. A mediodía, cuando el aire temblaba bajo el sol, entraban en tropel
bajo el entoldado y gritaban pidiendo vino y comida. Miguel los servía
silencioso. Si tenía que poner orden, tenía siempre a mano un juramento en su
propio idioma. A última hora de la tarde muchos estaban medio borrachos y
discutían. Había un francés más ruidoso y provocativo que los demás, y Miguel
le dijo que se marchara fuera, él y sus amigos. Los otros se marcharon, pero el
francés se revolvió y echó mano al bolsillo de atrás del pantalón. Mi-guel se
agachó, le cogió por la cintura y le tiró a través de una abertura de la
cortina de esparto, como si hubiera sido un mu-ñeco. Volvió a entrar una hora
más tarde. Miguel le miró de través y le dijo en voz bajita:
-Márchate...
El hombre no volvió a aparecer. Pero sentados a una mesa había
unos cuantos viajeros de paso que habían sido testigos de la escena. Uno de
ellos, una mujer con la cara de un loro, dijo tan pronto como se marchó el
autobús:
-Ahora decidme a mí, ¿qué pintan estos extranjeros aquí? Se
podían haber quedado en su casa y no venir aquí a chupar a cuenta nuestra.
Otra mujer que estaba sentada con ella replicó:
-¡Pero mujer! Nos ayudaron a salvar Madrid. Yo lo sé muy bien,
porque estaba allí.
-Bueno, ¿y qué? -replicó la mujer hostil. Miguel se volvió:
-Esos hombres han luchado. Están con nosotros. Usted no. El
marido de la mujer-loro preguntó precipitadamente:
-¿Cuánto le debo?
-Nada.
-Pero hemos tenido...
-Nada. ¡Fuera de aquí!
Se marcharon acoquinados. Comenzaron a llegar unos cuantos
viejos de las casitas blancas de la playa de Calpe, como hacían todas las
tardes. Se sentaron en taburetes a lo largo de las este-ras colgadas, frente al
mar, ahora que se había ido el sol. La punta encendida de sus cigarrillos
trazaba signos cabalísticos en el aire oscuro.
-Esta guerra... y van a venir aquí también -murmuró uno.
Miguel, con la cara encendida por el resplandor de su cerilla y
convertida en bronce pulido, preguntó:
-¿Y qué harías, abuelo?
-¿Qué puede hacer un hombre viejo como yo? Nada. Me haría tan
pequeño que no me verían.
-Si realmente vienen, ¿qué puede uno hacer? -dijo otro-. Ellos
vienen y se van, nosotros tenemos que quedarnos aquí... ¿Sa-bes? Miguel, hay
gentes en Calpe que están esperando que lle-guen los fascistas y tú estás en la
lista negra.
-Ya lo sé.
-¿Qué vas a hacer si vienen? -pregunté yo.
Me cogió del brazo y me arrastró a un barracón detrás del
en-toldado. Había dos grandes barriles de petróleo:
-Si vienen -dijo Miguel-, nadie más será libre aquí. Yo meteré a
la mujer y a los chicos en mi lancha y quemaré todo esto. Subiré a la roca y
encenderé fuego donde dicen que hace siglos ardía, para decirles que huyan a
todos mis hermanos de la costa. Pero un día volveré.
Enfrente de la cortina, ahora negra y llena de crujidos, la
brasa de los cigarrillos era una cadena de chispas rojas. Fuera, en el mar, las
linternas de los pescadores eran otra cadena de chispas blancas, ondulante.
Estaba todo quieto. Saltó un pez al pie de la playa y la llenó de plata.
La próxima vez que fui a visitar a Rafael, recibí una carta
certi-ficada: Rubio Hidalgo me informaba oficialmente de que su departamento
nos había concedido, a Ilsa y a mí, permiso ilimi-tado «para que nos
recobráramos física y mentalmente», des-pués de lo cual se nos confiaría
trabajo útil en Valencia. Al mismo tiempo, como yo había cogido sin permiso del
departa-mento de Madrid un coche para mis vacaciones, me serviría devolverlo
inmediatamente a Valencia.
Le contesté mandando nuestra dimisión de todo trabajo con el
Ministerio de Estado y participándole que volvíamos a Madrid al puesto que el
general Miaja nos había confiado y del cual nos había dado el permiso de
vacación. En cuanto al coche, era propiedad del Ministerio de la Guerra y nos
había sido ofreci-do, con su chófer, por el propio general Miaja, a quien se lo
devolveríamos, porque el Departamento de Prensa no tenía nin-gún derecho sobre
él. Y en cuanto a su ofrecimiento de permiso ilimitado con sueldo, no podíamos
aceptarlo, porque no podía-mos aceptar limosna de la República por un trabajo
que no ha-cíamos.
Sentía un dolor hondo en el fondo de las entrañas.
La caída
Capítulo VIII
Volvíamos a Madrid. El dolor sordo que se había apoderado de mí
no me abandonaba. Delante de nosotros, como una especie de burla de la guerra y
de los que luchaban, se desarrollaba el conjunto del paisaje español: la
llanura de las salinas, deslum-brantes en su blancura, al borde del
Mediterráneo azul; el bos-que de palmeras de Elche sumergido en la calima de
mediodía; las casas morunas, ciegas de ventanas y cegadoras en sus blan-cos de
cal, tendidas en las dunas desnudas y amarillas, con on-dulaciones de olas
petrificadas; pinos y encinas nudosas aga-rrados desesperadamente entre rocas,
increíblemente solitarios bajo la cúpula infinita del cielo; la alfombra
espléndida de los campos y huertas, bien regados, teñidos de verdes,
extendién-dose alrededor de las casas viejas, escuálidas y destartaladas,
salpicadas de torres chatas, de Orihuela; un río lento, con muje-res alineadas
a lo largo de sus orillas, golpeando enérgicas las ropas sobre piedras planas;
más cerros desnudos y blanqueados, con sombras azules en sus barrancos como
heridas; la profundi-dad inmensa del cielo encendido convirtiéndose lentamente
en una incandescencia de azul suave. La huerta, verde esmeralda, de la llanura
murciana, con la roca de basalto de Monteagudo penetrando fantástica en el aire
ámbar de la tarde y mantenien-do en lo alto un castillo de cuento de hadas,
lleno de troneras, erizado de torres; y al fin, la ciudad de Murcia en sí,
palacios barrocos y agitaciones de zoco moruno, envuelta en el cre-púsculo
íntimo y cálido.
Las únicas camas que pudimos lograr en el hotel, rebosante de
gentes, fueron dos catres en un cuartucho sin ventilación. Las tres galerías
abiertas que rodeaban la enorme escalera estaban llenas de las voces
estridentes de hombres y mujeres borrachos. El restaurante estaba invadido por
una multitud apiñada de soldados, granjeros ricos y negociantes de víveres; la
comida y el vino eran excelentes, pero los precios terriblemente caros. Era
fácil distinguir a los verdaderos murcianos, que miraban con odio a estos
pájaros de paso. Estaban en pequeños grupos; los huertanos de la vieja casta de
propietarios rurales, inquietos, malhumorados y silenciosos; los grupos más
numerosos de los huertanos nuevos, hombres que habían sido explotados
misera-blemente toda su vida y habían llegado, a fuerza de sacrificios crueles,
a convertirse a su vez en explotadores implacables y que ahora realizaban
ganancias fabulosas en la escasez; y por último los grupos de los trabajadores,
torpes, ruidosos, alar-deando descaradamente de la libertad que habían ganado,
ex-hibiéndose con sus pañuelos negros y rojos de anarquistas como para asustar
con ellos a los amos odiados. Era una atmósfera de alegría forzada y falsa, con
una subcorriente de desconfianza mutua, de tensión eléctrica, de disfrute
desesperado. Pero la guerra no existía más que en los uniformes, y la
revolución con-sistía únicamente en la exhibición deliberada del dinero y el
poder, recientemente adquiridos, por los que hasta entonces no habían sido más
que el proletariado de Murcia.
Odiaba el sitio y creo que Ilsa llegó a asustarse del ambiente.
No dormimos más de un par de horas en la atmósfera asfixiante de nuestra alcoba
improvisada y nos marchamos de madrugada. Nuestro chófer, Hilario, movió la
cabeza cuando salimos de la ciudad:
-Esto es muchísimo peor que Valencia. ¡Y la comida que están
desperdiciando! Pero ¿qué se puede esperar de estos murcianos traicioneros?
Porque para el resto de España, el murciano tiene fama de ser
traicionero e hipócrita.
A través de cerros y laderas cubiertas de hierbas secas donde
pastaban ovejas, llegamos a las tierras altas ya en Castilla. Grandes nubes en
vedijas blancas, marchando lentamente hacia el oeste, vertían sombras errantes
sobre los cerros cónicos pela-dos que surgían del llano. No había árboles, sólo
unos pocos pájaros: maricas paseándose en la carretera, cornejas planeando
perezosas sobre la tierra. Ningún ser humano. La llanura se teñía a trozos de
amarillos y ocres, de grises de pies de elefante, de rojos de ladrillo viejo,
de blancos polvorientos, muy raramente de verde. En estos campos inmensos de
soledad yo no quería gritar ni llorar: se sentía uno demasiado pequeño.
Pasamos la ciudad de Albacete convertida en cuartel feo, cen-tro
de suministros de guerra y de las Brigadas Internacionales: cuarteles, casas
estucadas, avenidas de árboles blanquecinos de polvo, tráfico militar, montones
de chatarra, basura de guerra. Entramos en las tierras de don Quijote, en La
Mancha. La ca-rretera blanca, bordeada por los postes del telégrafo, se
exten-día en una línea recta sin fin a través de viñedos ondulantes, con sus
negras uvas cubiertas de polvo espeso. Un horno de cal mostraba en el corte de
la cantera la capa delgada de tierra fértil color ceniza oscuro, no más gruesa
de un palmo, sobre la cal blanca y sin vida. El sol quemaba fieramente y la
boca se llena-ba y sabía a polvo y ceniza. Pero por largas horas no
encontra-mos ni un pueblo, ni un mal ventorro al borde del camino, hasta llegar
a La Roda.
Era día de mercado. Mujeres tiesas y rígidas, vestidas en trajes
negros polvorientos, estaban sentadas inmóviles tras cajones y tenderetes
conteniendo cintas y botones baratos, o detrás de cestas de fruta. Todas
parecían viejas antes de tiempo y, sin embargo, sin edad definida, quemadas por
el sol despiadado, los hielos y los vientos, en una semejanza desconcertante,
me-nos las más roídas por su trabajo desesperado, con la tierra seca. Contra el
fondo de sus casas de adobes descoloridos formaban como un friso de negros,
castaños y amarillos de pergamino. Ninguna de ellas parecía interesada en
vender sus mercancías. No se dignaban ni hablar. Sus ojos oscuros, semicerrados
contra la luz, perseguían a Ilsa con un interés lleno de rabia. Cuando
conseguimos comprar un kilo de las uvas moradas que una de ellas vendía, nos
pareció haber ganado una victoria sobre su silencio hostil.
Decidí tomar una carretera secundaria y transversal que nos
llevara de La Roda a la carretera de Valencia, donde podíamos encontrar un
sitio en el cual nos dieran de comer. En La Man-cha no había esperanza de
encontrar comida. Pero después de haber recorrido un kilómetro, el coche
comenzó a hundirse en el polvo blanco y profundo donde las ruedas no agarraban;
tuvi-mos que seguir a no más de diez kilómetros por hora. Al menos había algo
de concreto a qué culpar por nuestras desventuras: mi testarudez insistiendo en
seguir un camino transversal contra el consejo del chófer. Nuestra reacción fue
estallar en bromas infantiles que mostraban qué honda había sido nuestra
depre-sión. Nos parecía cómico ir más lentos que un ciclista que corría
haciendo equilibrios sobre el polvo.
Llegamos a un sitio donde había árboles, bosquecillos de pinos
y, entre ellos, escondido, un aeródromo con «moscas», los pe-queños aeroplanos
de caza que nos habían suministrado los ru-sos. Después, un molino diminuto en
el centro de un río y tie-rras labradas. Allí había vida, y poco importaba que
lo primero que Hilario tuvo que hacer al llegar a Motilla del Palancar fuera ir
a casa del herrero y remendar una ballesta del coche. Me llevé a Ilsa a las
eras, donde el viento dibujaba remolinos con la paja que allí quedara, y
después a una posada donde nos dieron huevos fritos y jamón en una cocina
enlosada, con una chime-nea de campana abierta al cielo. El sol caía a través
de su em-budo sobre el hogar de ladrillos escrupulosamente barridos y el vasar
de la chimenea tenía la alegría de los botijos de barro rojo y las jarras de
loza con flores azules. En la cuadra picoteaban grano las gallinas. Nos
quedamos mirándolas: Madrid, ham-briento, estaba muy cerca de allí.
Después nos alcanzó un convoy de tanques que iba al frente y
otro que venía de allí en una mezcolanza de tropas, cañones y bagajes. La
carretera de Valencia quedó bloqueada con las dos corrientes y tuvimos que
parar largo rato. Aquella noche dor-mimos en Saelces en viejas camas, con
montones de colchones de lana y sábanas sucias de meses. Cenamos un guiso de
carne-ro que apestaba a sebo. Pero en compensación, el ventero regaló a Ilsa un
tomate enorme que pesaba más de un kilo, el orgullo de su huerta y, según su
frase, «mejor que jamón». Llevando en la mano, como un trofeo, aquella bola
roja y deslumbrante, en-tramos en el ministerio a la mañana siguiente.
Rosario, la muchacha pálida e inhibida que había sido nombra-da
jefe de la censura y del Departamento de Prensa en mi lugar, se quedó
completamente desconcertada al vernos, pero nos recibió con cortesía y procuró
ayudarnos lo mejor posible. Una vez más, las gentes nos espiaban detrás de las
puertas entre-abiertas. El viejo Llizo vino bravamente a decirme cuánto sentía
que nuestro trabajo común, que había comenzado en aquel inol-vidable 7 de
noviembre, se hubiera terminado; él no cambiaría su opinión sobre mí o sobre
Ilsa, «que ha hecho de la censura una oficina de importancia diplomática». Mi
viejo sargento me estrujó la mano y masculló algo sobre lo que él haría con
estos hijos de mala madre. Pero él se quedaba a mis órdenes. A pesar de esto,
no me hacía ilusiones ni disminuía las dificultades con que nos íbamos a
enfrentar. Agustín abrió nuestro cuarto:
-He tenido que tenerlo cerrado con llave estos últimos días,
Rubio quería simplemente tirar todas vuestras cosas Se había corrido una
historia, que la policía os había detenido porque os habíais apoderado del
coche; y desde luego, ninguno de ellos creía que ibais a volver a Madrid. Ahora
Rosario está llamando a Valencia para contarles que estáis de vuelta y ya
veréis: no van a dejar a los periodistas que te hablen, y mucho menos a Ilsa.
Me presenté a Miaja. Reanudaríamos nuestro trabajo con la radio, pero ya
habíamos dejado de ser empleados del Ministerio de Estado. Le conté la historia
del coche, del que habían queri-do hacer una trampa para cazarnos. Miaja gruñó
enérgicamente; le asqueaba todo aquel lío. Tenía que tener mucho cuidado,
porque esos fulanos de Valencia son capaces de todo:
-Nosotros, los de Madrid, no somos para ellos más que mierda,
muchacho.
Había hecho bien con el coche y el coche se quedaba con
noso-tros mientras trabajáramos en la radio; con la radio no habría
dificultades, al menos por ahora. El hablaría a Carreño España. Pero debía
ganarme al nuevo gobernador de Madrid:
-Sí, muchacho, ya me han destituido de ser gobernador y me han
dejado tan a gusto. La gente se estaba volviendo demasia-do formal: esa
chiquilla, Rosario, no vale gran cosa como mujer, ¿eh?, ha sido acreditada
oficialmente ante mí, ante el goberna-dor civil, ante Carreño España, y ante yo
no sé quién más, con toda la pompa y todos los honores. Va a tener todas las
facili-dades que tú no has tenido, pero para eso posee una colección preciosa
de nombramientos oficiales, todos en orden. Los pe-riodistas encontrarán que
pueden recurrir a ella para todo.
Tendría que mirar las cosas despacio y obrar cautelosamente; si
podía. Lo malo era que no iba a poder.
Después de su sermón, Miaja me invitó a beber con él. Lo dejé
con el mismo peso, frío y nauseabundo, en la boca del estóma-go. Sí, nuestra
posición era extremadamente precaria. Aún era el censor de la radio de Madrid y
responsable de la estación EAQ por orden del general Miaja, pero ni el mismo
Miaja creía que sus órdenes se iban a mantener mucho tiempo más. El he-cho de
que no tenía sueldo, ni gastos, posiblemente me daría algún tiempo más en que
pudiera trabajar, pero era indudable que nadie iba a respaldarme. Ilsa no era
más que mi ayudante voluntario en lenguajes que yo no comprendía, con
conocimien-to y aprobación de Miaja, pero sin nombramiento alguno. Se-guiría
haciendo el trabajo que había comenzado, es decir, la reorganización de las
emisiones en idiomas extranjeros, hasta el momento en que uno de los
ministerios decidiera convertirlo en un trabajo pagado. Podía ir a ver al nuevo
gobernador civil de Madrid. Pero me faltaba el estómago para ir mendigando un
favor, cuando yo había creado algo en lo que creía y que estaba dando frutos
espléndidos. Cientos de cartas de ultramar llega-ban para La Voz Incógnita de
Madrid, algunas abusivas, otras simples, la mayoría de ellas emocionantes; y
todas mostraban que aquellas gentes escuchaban ávidamente algo personal y
humano, que se salía de la rutina. Estaba convencido de haber escogido la
manera adecuada de hablarles. Pero estaba deter-minado a no mover un solo dedo
por mí. Si «ellos» -toda esa gente que estaba recreando una burocracia rígida-
tenían tan poco interés en la esencia del trabajo, lo mejor que podían hacer
era echarme abiertamente, como nos habían echado a Ilsa y a mí de la censura.
No hablaba a nadie sin que me fuera absolutamente necesario y,
naturalmente, no hice las cosas más fáciles para quienes querían ayudarme. El
día después de nuestra llegada, nos fuimos al hotel Victoria en la plaza del
Ángel, donde el Ministerio de Propaganda tenía unas cuantas habitaciones
reservadas; mien-tras trabajáramos para ellos (y el trabajo se amontonó
inmedia-tamente después de nuestra llegada), nos tendrían que pagar la comida y
el alojamiento. Como no existía oficina para la censu-ra de la radio, me quedé
en un cuarto vacío del Ministerio de Estado, esperando que me desalojaran de
allí de un día a otro, aunque nunca lo hicieron. De mala gana, Rosario nos
confirmó que tendríamos que seguir haciendo la censura de la radio. Lo hizo de
mala gana, porque nuestra presencia en el ministerio creaba una gran dificultad
para ella. Los corresponsales vetera-nos, muchos de los cuales estaban ausentes
al tiempo de nuestro despido, tenían bastante experiencia en su trabajo para
mante-nerse en los mejores términos con las nuevas autoridades, pero seguían
buscando a Ilsa como una colega, para discutir con ella las noticias; los
censores venían a escondidas a pedirnos conse-jo; y nos hacíamos cargo de los
huéspedes extranjeros para arreglar el que hablaran por radio. Era una división
entre la au-toridad oficial y la intelectual, dificilísima de sostener por
am-bas partes.
Rosario hizo cuanto pudo para asegurarme en la plaza: me llevó a
un banquete dado por el gobernador civil de Madrid, espe-rando que yo arreglara
con él la cuestión de la radio y pudiera tener una oficina propia, lejos de la
censura de prensa. El día antes había estado yo en el frente de Carabanchel, y
aquel día había estado luchando contra el sentimiento de náuseas cada vez que
una granada había sacudido el ministerio. Me ardía la mente y me ahogaba la
rabia contra aquella multitud llena de reverencias que se movía con remilgos de
aristócrata, del buffet a las mesitas puestas a lo largo de la pared: todos muy
afanosos en desprenderse del último olor de la «canalla» ruda, piojosa y
desesperada que había cometido tantas atrocidades y que, inci-dentalmente, había
defendido Madrid, cuando los otros lo abandonaron.
El gobernador civil era un socialista, bien alimentado y bien
dispuesto, que estaba preparado a facilitarme el camino cuando Rosario me
presentó a él. Pero yo no quería facilidades. Me bebí unas copas de vino, que
ni me calentaron ni me enfriaron mi mente excitada, y en lugar de explicar el
caso sobre la radio, me desaté en una arenga desesperada e incoherente, en la
cual mezclé las ratas que había visto en la trinchera de Carabanchel, las
gentes sencillas y estúpidas que creían que la guerra se esta-ba haciendo para
asegurarles su felicidad y su paz futura, y me lancé en acusaciones contra los
burócratas insensibles y reaccio-narios. Quería ser «imposible», y fui
imposible. Yo pertenecía a las gentes imposibles e intratables, no a los
administradores untuosos. Cada vez que me encontraba con los ojos angustiados
de Ilsa, gritaba más. Sentía que si cesaba de gritar, me echaría a llorar como
un niño azotado. Era un consuelo saber que era yo quien me estaba rompiendo el
cuello y no dejar que otros me lo rompieran. Después, a las dos y cuarto de la
madrugada me enfrenté con el micrófono en la cueva forrada de mantas y
des-cribí la trinchera de Carabanchel en la que nuestros hombres se habían
instalado desalojando a la Guardia Civil de ella. Descri-bí los refugios
apestados a través de los cuales me había llevado Ángel, la carroña podrida del
burro encajada por fuerza entre los sacos terreros destripados, las ratas, los
piojos, y las gentes que allí vivían y luchaban. El secretario del Comité de
Obreros, aquel hombre agrio de La Mancha que hacía pensar en las muje-res
enlutadas y trágicas de la plaza del mercado de La Roda, se sonrió levemente y
me dijo:
-Hoy, casi has hecho nueva literatura.
Mi viejo sargento carraspeaba y parpadeaba sin cesar, y el
inge-niero de Vallecas, a cargo del control, llamó al teléfono para decirme que
por una vez había hablado como si tuviera reaños.
Me sentía triunfante y alegre. Cuando salimos en la noche llena
de estrellas, con su quietud puntuada por las explosiones de las granadas,
nuestro coche no quería arrancar y los cuatro de noso-tros, el sargento,
Hilario, Ilsa y yo, le empujamos cuesta abajo en la desierta calle de Alcalá,
cantando a voz en cuello el refrán de La cucaracha: La cucaracha, la cucaracha,
ya no puede ca-minar porque le faltan, porque no tiene, las dos patitas de
atrás...
Hubo noches en las cuales el éxito rotundo de una emisión
am-biciosa, o de una nueva serie de charlas en inglés o italiano, me hicieron
creer por un corto tiempo que se nos dejaría seguir con un trabajo que era
claramente útil. Carreño España se había avenido a cubrir nuestros gastos
básicos y a dejar al portugués Armando que comiera en el hotel Victoria, ya que
no tenía casa ni quien pudiera guisar para él. El pan era muy escaso en Ma-drid
entonces y lo mejor que el hotel podía proporcionar era sopa y lonchas delgadas
de corned-beef. En las raras ocasiones en que había carne, no podía evitar el
recuerdo de la procesión de mulas y burros enfermos a lo largo de la carretera
de Valen-cia: «Carne para Madrid».
Pero en el ministerio, en las escasas horas en que trabajábamos
allí para hacer la censura de la radio, el aire estaba cargado de tensión.
Torres, fiel y preocupado, me reprochaba que hubiera perdido la
ocasión de convertirnos en empleados del Estado regulares, con todos los
derechos de nuestro sindicato. Al mismo tiempo co-menzó a hacer alusiones a los
peligros que nos amenazaban. El sargento, como un perro grande y torpe, no
sabía cómo demos-trar su fidelidad; un día nos trajo solemnemente una
invitación del cuartel de los guardias de asalto, nos llevó religiosamente a
través de cada habitación y taller, y llenó los brazos de Ilsa de las flores
llamadas «dragones», amarillos, salmón y escarlata. Nos avisó también de
conspiraciones vagas y siniestras contra nosotros. Llizo trató de enseñar a
Ilsa la manera andaluza de tocar la guitarra y se excusaba a cada momento de no
estar más con nosotros, por no enfrentarse con la oposición de su jefe.
Un día, George Gordon vino, muy dulzón, y me dijo -su espa-ñol
era muy bueno- que se me podía permitir mantener la radio si estaba dispuesto a
acercarme al Partido en la forma debida, aunque él pensaba que ya era un poco
tarde. Por mucho tiempo habíamos estado haciendo lo que nos daba la gana y esto
era una cosa peligrosa que se prestaba a muchas interpretaciones, o, ¡tal vez,
a ser interpretado correctamente! La joven canadiense por la cual Ilsa había
peleado con uñas y dientes, cuando la muchacha estaba sin trabajo y en
situación difícil, recurría a toda clase de expedientes para no tener que
saludarnos. La mu-jer australiana de nuestro locutor inglés, una joven
comunista que Constancia había mandado de Valencia a petición nuestra, fue al
menos decente: nos hizo ver perfectamente claro que para ella nosotros éramos
herejes, peligrosos, como si tuviéramos lepra. Los de más experiencia entre los
corresponsales estaban perturbados con lo que pudiera pasar, pero no extrañados
de vernos en desgracia, porque cosas semejantes estaban pasando todos los días.
Algunos de ellos pidieron a Ilsa que les ayudara en su trabajo, lo cual nos
ayudaba financieramente y muchos de ellos se hicieron personalmente más amigos
que nunca lo habían sido. Ernest Hemingway, a su regreso de Valencia, dijo con
un ceño de preocupación:
-No entiendo una palabra de lo que pasa, es un lío indecente.
Y nunca cambió su actitud para con nosotros, en contraste con
gentes muchísimo menos importantes, españoles y no españoles. Se estaba cerrando
una tupida red sobre nosotros, lo sabíamos y nos teníamos que estar quietos.
Al final, después de semanas de una lucha sorda e intangible, un
corresponsal inglés se sintió en la obligación de avisar a Ilsa, quien en los
primeros tiempos había arriesgado su posición por defenderle a él de
acusaciones políticas que hubieran tenido serias consecuencias. Le explicó lo
que se estaba planeando: George Gordon estaba pidiendo a los periodistas que no
tuvie-ran tratos con nosotros, porque éramos sospechosos y estába-mos bajo
vigilancia de la policía. La historia que había contado a los visitantes
extranjeros, ignorantes de la situación, para man-tenerlos efectivamente aparte
de nuestro contacto, contenía detalles fantásticos: Ilsa era, o bien una
trotskista y por lo tanto una espía, o había cometido actos imprudentes, pero
de todas maneras se la arrestaría de un momento a otro, y lo menos que le
podría pasar era que la expulsaran de España mientras que yo estaba de tal
manera complicado con ella que durante mis char-las por la radio se cortaba la
transmisión y yo seguía hablando delante de un micrófono desconectado sin darme
cuenta de ello.
Lo absurdo e imaginario de estos detalles no podía disminuir la
realidad de nuestro peligro. Yo sabía de sobra que si algunas gentes
pertenecientes a los grupos comunistas extranjeros que-rían deshacerse de Ilsa
por razones políticas o personales, se unirían con los españoles que, con razón
o sin ella, me odiaban, y a través de ellos encontrarían los medios de utilizar
la policía política.
Durante aquellos días, el bombardeo de Madrid aumentó en
intensidad después de un período flojo. Hubo una noche en la que los servicios
de bomberos y socorro dieron el parte de haber caído más de ochocientos obuses
en diez minutos. El jugo de la náusea no abandonaba mi boca, pero no sabía si
estaba produ-cido por una recaída de mi choque nervioso o por la rabia
de-sesperada e impotente de lo que nos estaba pasando. Me sentía otra vez
enfermo, temeroso de estar solo y temeroso de estar entre la multitud, obligando
a Ilsa a bajar al refugio de los sóta-nos del hotel y odiándolo a la vez,
porque allí no podía oír las explosiones y sí sólo sentir la vibración de la
tierra.
Y no sabía cómo protegerla. Estaba muy quieta, con una cara
finamente dibujada y unos ojos grandes, serenos, que me herían más que un
reproche. Con su realismo y con todo su poder de frío análisis, ella misma se
veía perdida, pero no lo decía; y esto era lo peor. Todos sus amigos trataban
de demostrarle que no estaba sola. Torres trajo unos amigos suyos, una pareja,
para que le hicieran compañía por las tardes; él, un capitán en un regi-miento
de Madrid, y su mujer, Luisa, la organizadora de un grupo de las mujeres
antifascistas. La muchacha, llena de vita-lidad y deseosa de aprender, se
sentía feliz de poder hablar con otra mujer sin las subcorrientes de envidia y
celos que envene-naban su amistad con las mujeres españolas de su misma edad, e
Ilsa estaba contenta de ayudarla, escuchándola y dándole su opinión. Luisa
había organizado un taller de costura y de arre-glos de ropa para los soldados
en el mismo edificio que las ofi-cinas del regimiento, y se torturaba cuando
veía que su marido gastaba bromas a una de sus oficialas que era muy guapa. Se
encontraba cogida entre las viejas leyes de conducta y las nue-vas, mitad
pensando que, como un macho, su hombre tenía que seguir el juego con las otras
mujeres, y mitad esperando que él y ella pudieran ser amigos completos y
amantes. Las mujeres vie-jas de la casa de vecindad donde vivían le decían que
no la quería él mucho cuando la dejaba ir sola por las tardes a sus mítines de
Partido; y Luisa nunca estaba cierta de si no tenían un fondo de razón.
-A ti te lo puedo contar -decía-, porque eres una extranjera. Si
fueras española, tratarías de quitármelo. Estoy segura de que me quiere y que
quiere que trabaje con él. Tú sabes que a veces pasa así. Arturo te quiere
mucho, ¿no? -Y miraba a Ilsa llena de esperanza de aprender el secreto.
En las tardes vacías, Ilsa se sentaba al enorme piano del hotel
y cantaba canciones para los camareros y para mí. Tenía una voz grave, sin
educar, amplia y suave cuando no la forzaba, y a mí me gustaba oírla cantar
Schubert. Pero los anarquistas entre los camareros se sintieron felices de que
sabía cantar su himno, después de no oír más que la Intenacional y el Himno de
Riego, y era obligado que accediera a sus peticiones. Después, cuando nos
sentábamos en el comedor, los camareros nos contaban his-torias de todos los
recién llegados. Recuerdo una delegación americana que produjo un revuelo
porque una de las mujeres, la humorista Dorothy Parker, se sentó a la mesa con
un sombrero color ciclamen que tenía la forma de un pilón de azúcar,
segu-ramente el único sombrero existente aquel día en Madrid. El camarero se
inclinó hacia mí y me dijo bajito:
-¿Qué crees tú que le pasa que no se puede quitar el sombrero? A
lo mejor tiene la cabeza como un pepino puesto de punta.
Pero los días eran largos. El trabajo que Ilsa tenía que hacer
para la radio no bastaba a llenarlos, ni a agotar sus energías. Comenzó a
traducir al alemán y al inglés algunas de mis charlas y a coleccionar material
de propaganda, y todavía proporciona-ba a muchos periodistas, que venían a
verla, comentarios sobre los acontecimientos o su visión de la situación
política. Parecía ser imposible para ella el no ejercer su influencia
intelectual en una forma u otra, pero todo aquello tenía que volverse en su contra.
Cortada de la censura, rechazada por todos los que te-mían contagiarse de la
infecciosa enfermedad de caer en des-gracia, aún tenía una gran influencia
sobre la propaganda ex-tranjera de Madrid, lo que no era ningún secreto.
Torres me trajo recado de un amigo suyo que era capitán de
guardias de asalto en la sección política de la policía. Me ofre-cía uno de sus
jóvenes agentes como protección para que vigila-ra a Ilsa, que corría el riesgo
de ser detenida bajo un pretexto u otro y «que le dieran el paseo». El capitán,
a quien conocí en-tonces por primera vez, era un comunista; el muchacho
policía, que desde entonces acompañó a Ilsa cada vez que salía a la calle y que
hacía guardia a la puerta del hotel cuando estaba dentro, había ingresado
también en el Partido Comunista; y ¡era de los comunistas de donde amenazaba a
Ilsa el peligro! Los dos policías estaban furiosos por la idea de que con
intrigas complicadas de «unos cuantos extranjeros y unos cuantos buró-cratas
semifascistas» -como ellos decían-, se tratara de hacer daño a alguien que
había pasado por la gran prueba de noviem-bre en 1936, fuera miembro del
Partido o no. Era curioso el ver cómo la creciente antipatía contra los
«extranjeros metijones» desaparecía en el caso de Ilsa, a quien consideraban
como uno de ellos y atada a ellos a través de la terrible experiencia de la
primera defensa de Madrid. Era tan
amargo tener que aceptar esta protección, que no podía discutirse sobre ello; y
era aún peor el pensar en la posibilidad que tratábamos de evitar. Lu-chaba por
no pensar en ello y no podía hablar de ello abierta-mente con Ilsa, para no
descubrirle mis miedos. Ella seguía quieta, más quieta que nunca, y a mí me
ahogaban la rabia y la desesperación. Cuando se marchaba con Pablo -el policía-
ha-blando del libro que John Strachey había publicado sobre el fascismo y el
cual ella le había prestado en la reciente traduc-ción española, me sentía de
alguna manera más aliviado. El mu-chacho estaba dispuesto a luchar por ella. Cuando
regresaban, regresaba con ellos todo lo absurdo y falto de sentido de la
situación.
¿Qué podía hacer? Traté de hacer algo. Fui a ver a Miaja y le
expliqué la situación. Y Miaja me contestó que nadie tenía nada personalmente
en contra mía, pero que había gente que estaba dispuesta a inutilizar a Ilsa y
que yo era un estorbo para lograr-lo; si no me mezclaba más con ella no había
duda de que se me protegería y ascendería. No se atrevió a ir más lejos con su
con-sejo. Me fui a ver a Antonio, mi viejo amigo, que por entonces había
llegado a un puesto importante en la secretaría provincial del Partido
Comunista. Se azoró profundamente al verme y comenzó a murmurar recuerdos sobre
los tiempos de Asturias en que yo le había protegido escondiéndole en mi propia
casa. Él seguía siendo mi amigo y lo sería siempre... y, hablando co-mo tal,
francamente, ¿por qué se me había ocurrido divorciar-me? ¿Era necesario? Yo
siempre había tenido mis líos antes, sin dar escándalo. Lo que había hecho con
el divorcio no era una buena cosa en alguien recomendado por el Partido para un
puesto tan importante como la censura. Y en cuanto a aquella mujer extranjera
-él no sabía nada oficialmente, pero había oído que algunos camaradas alemanes
o austríacos, de todas maneras gentes que la conocían-, la consideraban una
especie de trots-kista, aunque esto no se había podido probar porque ella era
demasiado inteligente para dar ningún paso en falso dentro de España. Era la
dificultad: era demasiado inteligente para poder tener confianza en ella. Y yo
me había dejado coger por ella. Debía dejarla; al fin y al cabo no era más que
mi querida.
Le pregunté si ésta era la opinión y el consejo oficial del
Parti-do. Lo negó ansiosamente: no, no era más que su opinión y un consejo de
buen amigo. Le contesté de mala manera y después me alegré de no haberme dejado
llevar del impulso de abofe-tearle; me di cuenta de que, en su manera estúpida,
en realidad estaba asustado e infeliz y trataba honestamente de ayudarme. Pero
en aquel momento no lo creía así.
Hasta entonces había encontrado mi consuelo en las charlas que
radiaba noche tras noche. En ellas olvidaba el lado personal de las cosas que
bullían en mi cabeza y hablaba del pueblo que encontraba en casa de Serafín, en
las calles, en las tiendas, en el frente o en el jardincito de la plaza de
Santa Ana, donde los obuses no conseguían echar a las parejas de enamorados, ni
a las viejas haciendo calceta, ni a los gorriones. Pero cuando las noches se
volvieron frías, en uno de los primeros días del mes de octubre, se presentó en
la oficina, preguntando por mí, un hombre que traía instrucciones escritas de
Valencia: era el nue-vo censor y responsable de la radio.
Era un comunista alemán llamado Albin, a mis ojos muy pru-siano,
algo como un puritano inquisidor a juzgar por su cara huesuda. Con Ilsa
escasamente se dignó ser cortés: escuchó su información sobre las emisiones
extranjeras que estaban anun-ciadas, hizo sus notas y se marchó. Hablaba un
español bueno, pero recortado y seco. «Haría el favor de someterle mi próxima
charla, ¿no?» Lo hice y la aprobó. Di dos charlas más antes de preguntarle si
iba a seguir dándolas o no, para aclarar la situa-ción. Si hubiera dicho que
sí, seguramente hubiera seguido, porque estaba enamorado de mi trabajo. Pero me
replicó fría-mente que se había acordado suprimir las charlas de La Voz
Incógnita de Madrid.
Algunos días más tarde se
presentaron dos agentes de policía a registrar nuestra habitación, mientras
Ilsa aún estaba en el lecho. Pablo, su guardián, subió inmediatamente y les
dijo claramente que estaba allí porque su sección estaba dispuesta a que se nos
tratara con toda legalidad, ya que ellos nos garantizaban. Los agentes habían
llevado con ellos a un muchacho alemán flacu-cho y azorado que debía traducir
cada papel que encontraran escrito en alemán o francés. Mientras lo hacía, nos
dirigía a Ilsa y a mí miradas agonizantes, contorsionando brazos y piernas en
gestos lastimosos. Los documentos, que ilustraban la clase de trabajo que Ilsa
y yo habíamos hecho durante el sitio, impresio-naron y desconcertaron a los
agentes. Se llevaron algunos de mis manuscritos, la mayoría de nuestra
correspondencia, todas las fotografías y mi copia de una fábula mexicana
Rin-rin, re-nacuajo, un poema que me había entusiasmado oyéndolo recitar
durante la visita de los mexicanos intelectuales a Madrid, pocas semanas antes.
Pero el presidente Azaña había hecho famosa la frase de «los sapos que croaban
en sus charcas» y ¡seguramente la fábula contenía un doble sentido político! Se
llevaron tam-bién un ejemplar de Paralelo 42 de John Dos Passos, porque estaba
dedicado a nosotros por el autor y Dos Passos se había declarado en favor de
los anarquistas y del POUM catalanes. Y esto era sospechoso. Me confiscaron la
pistola y el permiso de uso de armas. Pero después ya no sabían qué hacer. No
se atre-vían a arrestarnos. La denuncia que estaban investigando apun-taba a
graves conspiraciones organizadas por Ilsa, pero encon-traban nuestros
antecedentes impecables, todos los documentos hablando en nuestro favor, y a
mí, un viejo y ejemplar republi-cano. Además, no querían tener disgustos con
otro grupo de policía. Miraron a Pablo, nos miraron a nosotros, y decidieron
que lo mejor era que bajáramos a comer juntos y después ya verían lo que
hacían. Al final de la comida nos estrecharon las manos y se marcharon.
Se había aclarado la nube amenazadora y el anticlímax nos ha-cía
reír. No era fácil que en adelante usaran ya la policía para deshacerse de
Ilsa. Yo presenté una queja airada contra los de-nunciantes y no escatimé mis
opiniones sobre las personas que sospechaba estaban detrás de todo. En aquella
comida, mien-tras charlábamos amistosamente con los agentes, había visto a
George Gordon enrojecer y rehuir el mirarnos de frente. Un par de días más
tarde hizo un movimiento como si fuera a saludar-nos y le volvimos la espalda.
Quería alegrarme un poco. Me llevé a Ilsa a la vuelta de la esquina del hotel,
al colmado Villa Rosa, donde el viejo camarero Manolo me recibió como un hijo
perdido que vuelve, examinó escrupulosamente a Ilsa, le dijo que yo era un
calavera, pero no de los genuinos, y que ella era la mujer exacta para meterme
en cintura. Se bebió con nosotros un chato de manzanilla, temblándole el pulso,
porque la guerra le había hecho viejo de golpe. No tenía comida bastante, tenía
hambre. Cuando le di unas cuantas latas de conservas que nos había dado un
amigo de las Brigadas, se mostró tan humilde-mente agradecido que me daban
ganas de llorar. Por la tarde fuimos a casa de Serafín y nos sumergimos en la
atmósfera cá-lida de los viejos amigos. Vinieron con nosotros, «para
celebrar-lo», Torres, Luisa y su marido. Pensaban todos que nuestras
dificultades se habían terminado y en breve tendríamos otra vez trabajo en
Madrid.
Pero Agustín, que cada día venía a visitarnos, le gustara a
Rosa-rio o no, me dijo brutalmente que tenía que marcharme de Ma-drid. En tanto
que nos quedáramos allí, habría gente que lo re-sentiría. Las intrigas no
siempre iban por caminos oficiales y a lo mejor se encontraba uno un tiro
detrás de una esquina; por otra parte, no íbamos a tener un guardia de
vigilancia para siempre. Además, en su opinión, yo me estaba volviendo loco
allí.
Sentía en los huesos que tenía razón. Pero aún no quería dejar
Madrid. Me sentía atado a él con todas mis fibras, aunque dolo-rosamente.
Estaba escribiendo una historia sobre Ángel. Si no me dejaban hablar más por la
radio, hablaría a través de la letra impresa. Creía que podía hacerlo. Mi
primer cuento -la historia del miliciano y su mosca- había sido publicado en el
Daily Ex-press de Londres y lo que habían pagado por ello me había
des-concertado, conociendo cómo se pagaba a los escritores españo-les. Me daba
cuenta de que la historia se había publicado sobre todo porque Delmer se había
entusiasmado con ella y le había dado la ocasión de hacer una crónica suya,
presentándola: «Es-ta Historia Se Escribió Bajo Los Obuses Por El Censor De
Ma-drid», en grandes tipos y con un irónico comentario sobre el censor que
había perdido sus inhibiciones de escritor censuran-do sus despachos. Pero de
todas maneras, mi cuento había lle-gado a gentes que tal vez, a través de él,
tendrían una visión de la mente de «tal pobre bruto», el miliciano. Quería
seguir, pero lo que quería decir tenía sus raíces en Madrid. No iba a dejarlos
que me echaran, y no podía marcharme antes de que se disipara de mi cabeza la
niebla roja de ira que me invadía cada vez que miraba a Ilsa, aunque tuviera el
consuelo de que estaba viva, libre y conmigo. Toda mi violencia interna surgía
a la superficie cuando la veía aún amarrada a su galera y aún azotada por la
actitud repugnante de gentes de su mismo credo. Y aún tan serena.
El hombre que me ayudó más entonces, como me había ayuda-do a
través de todas las semanas infernales que habían pasado antes, fue un
sacerdote católico, y de todos a quienes he encon-trado a través de nuestra
guerra, es el hombre para quien guardo mi mayor amor y respeto: don Leocadio
Lobo.
No recuerdo cómo fue que llegáramos a hablar por primera vez. El
padre Lobo vivía también en el hotel Victoria, y poco des-pués de instalarnos
nosotros allí, se convirtió en un concurrente habitual a nuestra mesa,
juntamente con Armando. La confian-za mutua entre él e Ilsa fue instantánea y
profunda; yo sentí inmediatamente la gran atracción de un hombre que había
su-frido y aún seguía creyendo en los seres humanos con una fe simple y grande.
Sabía, porque yo mismo se lo había contado, que yo no era un católico
practicante, sabía que me había divor-ciado y que vivía con Ilsa «en pecado
mortal» y que intentaba casarme con ella en cuanto el divorcio fuera firme. No
le ahorré mis discursos violentos sobre la clerecía política en complicidad con
los poderes ocultos, ni mis discursos sobre la ortodoxia estúpida que me habían
inculcado en mi edad escolar y me ha-bían obligado a rechazar violentamente.
Nada de esto pareció afectarle, ni impresionarle, ni menos aún cambiar su
actitud hacia nosotros, que era la de un amigo cariñoso y cálido.
No llevaba sotana, sino un traje de alpaca negra que acentuaba
su aspecto sacerdotal. Sus facciones regulares y bien modeladas habían sido
surcadas por sus pensamientos y luchas; su cara tenía un sello de profundidad
íntima que le colocaba aparte, aun en sus momentos de mayor expansión. Era una
de esas gen-tes que os dan la impresión de que sólo dicen lo que es su ver-dad
interior y no están dispuestos a hacerse cómplices de lo que creen una mentira.
Me parecía una reencarnación del padre Joa-quín, el sacerdote vasco que había
sido mi mejor amigo durante mi niñez. Curiosamente, el origen de ambos era
similar: el padre Lobo, al igual que el padre Joaquín, era el hijo de simples
cam-pesinos, de una madre que había parido muchos hijos y que había trabajado
sin descanso toda su vida. A él también le ha-bían mandado al seminario, niño
aún, bajo la protección de los señores, porque en la escuela era un chiquillo
que descollaba y porque sus padres se alegraban de verle escapar de la miseria
de ellos. Él también había dejado el seminario con la ambición, no de vestir la
púrpura, sino de ser un sacerdote cristiano al lado de los que tienen hambre y
sed de pan y de justicia.
Su historia era bien conocida en Madrid. En lugar de quedarse en
una parroquia elegante, eligió una parroquia de obreros po-bres, rica en
rebelión y blasfemias. No dejaron de blasfemar por él, pero le querían porque
pertenecía a su pueblo. Al principio de la rebelión había tomado su lado, el
lado del Gobierno repu-blicano y había continuado su ministerio. Durante los
más sal-vajes días de agosto y septiembre había ido, de día o de noche, a oír
la confesión o a dar la comunión a quien se lo pidiera. La única concesión que
hizo fue suprimir la sotana para no provo-car incidentes. Había una historia
famosa de que una noche dos anarquistas llamaron a la casa donde estaba
viviendo, con sus fusiles montados y un coche a la puerta. Preguntaron por el
cura que vivía allí. El amo de la casa negó que allí hubiera cura al-guno.
Insistieron amenazadores y el padre Lobo salió de su habitación.
-Sí, aquí hay un cura y soy yo. ¿Qué pasa?
-Pues, hala, echa a andar con nosotros. Pero antes métete en el
bolsillo una de tus hostias.
Sus amigos le imploraron que no saliera. Dijeron a los
anarquis-tas que Lobo estaba garantizado por el Gobierno, que no permi-tirían
que saliera, que iban a llamar a la policía. Al final, uno de los anarquistas
dio dos patadas en el suelo, blasfemó furiosa-mente y dijo:
-¡Re... tales! ¡No le va a pasar nada! Lo que pasa es que la
vieja, mi madre, se está muriendo y no quiere marcharse al otro barrio sin
confesarse con uno de éstos. Es una desgracia para mí, pero ¿qué puedo hacer
más que llevarme a éste?
Y el padre Lobo se marchó en el coche con los anarquistas, en
una de aquellas madrugadas grises en las que se fusilaba a la gente contra la
pared.
Mucho más tarde se fue durante un mes a vivir en las
trinche-ras, entre los milicianos. Volvió agotado y profundamente conmovido.
Muy pocas veces le oí hablar de sus experiencias en las trincheras. Una noche
exclamó: «¡Qué brutos, Dios mío, pero qué hombres!».
Tenía su propia batalla mental. Lo que le hería más hondo no era
la furia desatada contra las iglesias y los curas por gentes brutales,
enloquecidas y llenas de rencores, sino el conocimien-to de la culpabilidad de
su propia casta, la clerecía, en la exis-tencia de esta brutalidad y en la
ignorancia y la miseria abyectas que existían en el fondo de ellos. Debía ser
infinitamente duro para él el saber que los príncipes de su Iglesia estaban
haciendo lo mejor para mantener a su pueblo oprimido, que estaban ben-diciendo
las armas de los generales y los señores, y los cañones que bombardeaban
Madrid.
El Gobierno le había dado una tarea que no era precisamente una
canonjía: la de investigar los casos de miseria entre clérigos escondidos.
Pronto se vio confrontado con que algunos sacer-dotes, cuyo «asesinato» por los
rojos se había voceado en todas las propagandas, venían a ampararse en él,
sanos y salvos, pi-diendo ayuda.
A mí me hacía falta un hombre a quien pudiera hablar de lo más
profundo de mi mente. Don Leocadio era el más humano y el más comprensivo.
Sabía que no iba a contestar mis quejas con admoniciones o consuelos ñoños. Y
así, volqué sobre él todos los pensamientos túrgidos que atascaban mi mente. Le
hablé de la ley terrible que nos hacía herir a otros cuando no queríamos hacer
daño. Aquí estaba el caso de mi matrimonio y su termina-ción: yo había herido a
la mujer con quien no podía compartir mi vida, y había herido a los chicos
porque odiaba el tener que vivir con aquella mujer que era su madre. Al
encontrar a mi verdadera mujer, Ilsa, no había podido evitar hacer el daño
fi-nal. Le conté que yo e Ilsa nos pertenecíamos uno al otro, nos
complementábamos, sin superioridad de uno sobre otro, sin saber el porqué, sin
quererlo saber tampoco, simplemente por-que para los dos aquello era la única
verdad de nuestra vida. Pero esta nueva vida que no podíamos rechazar, ni
escapar a ella, significaba dolor, porque no podíamos ser felices sin causar
daño a otros.
Le hablé de la guerra, repugnante porque enfrentaba a hombres de
la misma sangre unos contra otros, en una guerra de dos Caínes. Una guerra en
la cual sacerdotes eran fusilados en las afueras de Madrid y sacerdotes daban
su bendición al fusila-miento de pobres labradores, hermanos del propio padre
de don Leocadio. Millones como yo, que amaban sus gentes y su pue-blo, estaban
destruyendo, o ayudando a destruir, aquel pueblo y aquellas gentes tan suyas. Y
lo peor era que ninguno de noso-tros tenía el derecho de permanecer neutral.
Yo había creído, y aún creía, en una España libre con un pueblo
libre. Había querido que esto llegara sin derramamientos de sangre, a fuerza de
trabajo y de buena voluntad.
¿Qué podía hacer si esta esperanza, este futuro se estaba
des-truyendo? Tenía que luchar por ello. Y así, ¿tenía que matar a otros? Sabía
que la mayoría de los que estaban luchando con las armas en la mano, matando o
muriendo, no pensaban en ello, sino estaban animados por las fuerzas desatadas
de su propia fe. Pero yo estaba obligado a pensar, para mí esta matanza era un
dolor agudo que no podía olvidar ni calmar. Cuando oía el ruido de la batalla,
no veía más que españoles muertos en am-bos lados. ¿A quién tenía que odiar?
¡Ah, sí!, a Franco, a Juan March, a sus generales y monigotes partidarios y a
los que ci-mentaban negocios sobre la sangre, a las gentes privilegiadas del
otro lado. Pero entonces tenía que odiar también a ese Dios que les había dado
a ellos callos en el corazón que les permitía organizar la matanza, y que me
torturaba a mí con la tortura de odiar el matar, y que dejaba mujeres y niños
sufrir su raquitismo y sus jornales de hambre, para acabar despedazándolos con
obuses y bombas. Estábamos cogidos todos en un mecanismo monstruoso que nos
trituraba entre sus ruedas dentadas; y si nos rebelábamos, toda la violencia y
todo el odio se volvía en contra nuestra, arrastrándonos a la violencia.
Me sonaba en los oídos como si hubiera pensado y dicho las
mismas cosas cuando era niño. Me excitaba yo mismo hasta llegar a una fiebre,
hablando sin parar, con rabia, dolor y protes-ta. El padre Lobo me escuchaba
pacientemente, diciendo sólo de vez en cuando:
-¡Despacio, despacio!
Es posible que en mi memoria estén mezcladas respuestas que yo
me daba a mí mismo en las horas quietas en que me sentaba al balcón y me
quedaba mirando las ruinas de la iglesia de San Sebastián, partida en dos por
una bomba, con palabras que el padre Lobo me dijo. Puede ser que
insensiblemente le haya convertido en el otro «yo» de mis diálogos internos sin
fin. Pe-ro así es como yo recuerdo lo que él me dijo:
-Y tú, ¿quién eres? ¿Quién te da a ti el derecho de erigirte en
juez universal? Lo único que tú quieres es justificar tu miedo y tu cobardía.
Tú eres bueno, pero quieres que todos sean buenos también, para que el ser
bueno no te cueste ningún trabajo y sea un placer. Tú no tienes el coraje de
predicar en lo que crees en medio de la calle, porque te fusilarían. Y como una
justificación de este miedo, echas la culpa a los otros. Tú crees que eres
de-cente y que piensas limpiamente, e intentas contármelo a mí y a ti mismo,
afirmando que lo que pasa a los otros es culpa tuya y los dolores que tú sufres
también. Todo eso es una mentira. La falta es tuya. Te has unido a esta mujer,
a Ilsa, contra todo y contra todos. Vas con ella del brazo por las calles y la
llamas «mi mujer». Y todos pueden ver que es verdad, que estáis ena-morados uno
de otro y que juntos sois completos. Ninguno de nosotros nos atrevemos a llamar
a Ilsa tu querida, porque vemos que es tu mujer. Es verdad que habéis hecho
daño a otros, a tus gentes, y es justo que sufras por ello. Pero ¿te das cuenta
de que también has sembrado una buena semilla? ¿Te das cuenta de que cientos de
gentes que desesperan de encontrar jamás lo que se llama amor os miran y
aprenden a creer que existe y es verdad, y que pueden tener esperanza? Y esta
guerra. Tú dices que es repugnante y sin sentido. Yo no. Es una guerra bárbara
y terrible con infinitas víctimas inocentes. Pero tú no has vivido en las
trincheras como yo. Esta guerra es una lección. Ha arran-cado a España de su
parálisis, ha sacado a las gentes de sus casas donde se estaban convirtiendo en
momias. En nuestras trincheras, los analfabetos están aprendiendo a leer y
hasta a hablar y están aprendiendo lo que significa hermandad entre hombres.
Están viendo que existe un mundo y una vida mejores que deben conquistar y
están aprendiendo también que no es con el fusil con lo que lo tienen que
conquistar, sino con la vo-luntad. Matan fascistas, pero aprenden la lección de
que no se ganan guerras matando, sino convenciendo. Podemos perder esta guerra,
pero la habremos ganado. Ellos aprenderán también que pueden someternos, pero
no convencernos. Aunque nos derroten, seremos los más fuertes, mucho más
fuertes que nun-ca, porque se nos habrá despertado la voluntad. Todos tenemos
nuestro trabajo que hacer, así que haz el tuyo en lugar de hablar de un mundo
que no te sigue. Sufre y aguántate, pero no te encierres en ti mismo y
comiences a dar vueltas dentro. Habla y escribe lo que tú creas que sabes, lo
que has visto y pensado, cuéntalo honradamente con toda tu verdad. No hagas
progra-mas en los que no crees, y no mientas. Di lo que has pensado y lo que
has visto y deja a los demás que, oyéndote o leyéndote, se sientan arrastrados
a decir su verdad también. Y entonces dejarás de sufrir ese dolor de que te
quejas.
En las noches claras y frías de octubre me parecía a veces como
si estuviera conquistando mi cobardía y mis miedos, pero en-contraba muy
difícil escribir lo que pensaba. Me es difícil aún. Encontré, sin embargo, que
podía escribir la verdad de lo que había visto y que había visto mucho. Cuando
el padre Lobo vio una de mis historias exclamó:
-¡Qué bárbaro eres! Pero sigue, es bueno para ti y para
nosotros.
Una tarde llamó a nuestra puerta y nos invitó a que fuéramos a
su cuarto para mostrarnos una sorpresa. En el cuarto estaba uno de sus
hermanos, un obrero quieto, y un labrador de su pueblo. Yo sabía que cada vez
que alguno de su pueblo venía a Madrid le traían vino para consagrar y vino
para beber, y pensé que iba a invitarnos a un vaso de vino añejo. Pero nos
condujo a su cuarto de baño. Un pavo enorme estaba allí, sosteniéndose
tor-pemente sobre los baldosines, hipnotizado por la luz eléctrica. Cuando se marchó
el campesino, hablamos de estas gentes sen-cillas que venían a ofrecerle lo
mejor que tenían, sin pensar si era absurdo o no sepultar un pavo vivo en el
cuarto de baño de un hotel de lujo.
-No es fácil para nosotros el entenderlos -dijo el padre Lobo-.
Cuando se logra, se tiene la base de arte como el de Bruegel o Lorca. Sí, como
Lorca. Escuchad. -Cogió un ejemplar de la edición de guerra del Romancero
gitano y comenzó a recitar:
Y que yo me la llevé al río creyendo que era mozuela, pero tenía
marido...
Leía con una voz llena de macho, sin titubear sobre las frases
del amor físico crudo, sólo comentando:
-Esto es bárbaro, pero es tremendo.
A mí me pareció entonces mucho más un hombre, y mucho más un
sacerdote de hombres y de Dios que nunca.
En las semanas peores, cuando hacía falta algún coraje para
mostrarse con nosotros en público, prolongaba su estancia du-rante horas en
nuestra mesa, consciente del soporte moral que nos proporcionaba. Sabía mucho
más de lo que pasaba entre bastidores con referencia a nosotros que nosotros
mismos, pero nunca descubrió lo que había oído a otros. Sin embargo, yo no dudé
de sus palabras cuando, después de haber llegado a la crisis máxima la campaña
contra nosotros, nos dijo un día:
-Ahora escucha la verdad, Ilsa. A ti no te quieren aquí. Sabes
demasiado, conoces mucha gente y haces sombra a los otros. Eres demasiado
inteligente y aquí no estamos aún acostumbra-dos a mujeres inteligentes. Tú no
puedes evitar el ser como eres, así que te tienes que marchar; y te tienes que
llevar contigo a Arturo, porque te necesita y porque os pertenecéis uno al
otro. En Madrid ya no podéis hacer nada bueno, como no sea el esta-ros quietos
sin hacer nada como ahora, y ¡aun así! Pero esto no es bueno para ti, porque tú
quieres trabajar. Así que marcharos.
-Lo sé -replicó ella-. La única cosa que ahora puedo hacer por
España es no dejar a la gente de fuera convertir mi caso en un arma contra el
Partido Comunista, no porque yo quiera a los comunistas, que no los quiero
aunque haya trabajado con ellos, sino porque esto sería un arma contra España y
contra Madrid. Es por lo que me estoy quieta y no muevo ni un dedo por mí y por
lo que digo a mis amigos que no hagan escándalo.
¡Tiene gracia! La única cosa que puedo hacer es no hacer nada.
Lo dijo secamente. El padre Lobo la miró lentamente y
respon-dió:
-Perdónanos, Ilsa. Somos tus deudores.
Así, el padre Lobo fue quien nos convenció de que debíamos abandonar
Madrid. Cuando lo acepté, quise que lo hiciéramos en seguida, para sentirlo
menos. Otra vez era un día de noviem-bre, gris y lleno de niebla. Agustín y
Torres fueron a despedir-nos. El camión de guardias de asalto, con tablas
desnudas por asientos, rebrincaba en el empedrado de las afueras. Aquella
mañana los obuses eran escasos.
El padre Lobo nos había mandado a casa de su madre, en un
pueblecito cerca de Alicante. En su carta le pedía ayudarme a mí, su amigo, y a
«mi mujer, Ilsa». No quería chocar a su madre y había puesto -dijo- la verdad
esencial. Cuando me enfrenté con su madre, la vieja mujer pesada ya, con los
cabellos grises, que no podía leer -su marido descifró la carta del hijo-, y
miré su cara sencilla y curtida, comprobé con gratitud la fe que don Leocadio
había puesto en nosotros. Su madre era una mujer muy buena.
Frente a frente
Capítulo IX
La guerra allí no existía. Existían tan sólo los cerros azules
al fondo, la media luna de la playa ancha y profunda a nuestros pies y el agua
azul al frente. La carretera estrecha que corría a lo largo de la costa estaba
alfombrada de arena fina. Al lado de la carretera, donde la tierra comienza a
ser firme y las caracolas raras, habían surgido casitas de madera, mitad fonda
y mitad taberna. Porque en tiempos de paz, San Juan de la Playa era un sitio de
veraneo. Un kilómetro más allá estaba el pueblecito donde vivían los padres del
padre Lobo con su hija inválida, envueltos en una quietud a la que prestaban
calor los hijos y hermanos, todos trabajando en la guerra. Para la madre, toda
la vida se encontraba alrededor de su hijo el sacerdote.
Fueron ellos quienes nos mandaron a su amigo Juan, el
propie-tario de una de estas fondas y uno de los más famosos cocine-ros de
arroz entre Alicante y Valencia. Nos alquiló un cuartito abierto al mar y nos
dio la libertad de su casa y su cocina. De él aprendí a hacer una paella. Ilsa
arregló con Juan que daría lec-ciones a sus dos hijas, lo cual nos permitiría
vivir muy económi-camente. Nos quedaba poco dinero. Secretamente, siempre he
sospechado que Juan tenía la esperanza de que yo era un aristó-crata disfrazado
y huido, pues a pesar de sus protestas de repu-blicano, no muy calurosas, uno
de sus temas favoritos era expli-carme con nostalgia los tiempos de los
«señores» en que podía desplegar la cualidad de sus guisos con el mayor
esplendor del servicio de mesa que daba a sus paellas el último toque.
Los días de noviembre en la costa de Alicante eran calientes,
llenos de calma y de sol. En las tardes, cuando el agua comen-zaba a estar
fría, nos dejábamos secar en la arena cálida y con-templábamos los suaves rizos
del agua sobre la playa. Algunas veces tendía cordeles, pero nunca llegué a
pescar nada. Cuando comenzaba a surgir del horizonte del mar la sombra de la
noche en los lentos crepúsculos, nos íbamos a lo largo del borde del mar -y los
chiquillos del pueblecito también-, pescando los di-minutos cangrejos de playa
que denuncian su presencia por los bultos que forman en la arena recién mojada.
Comencé a dormir en las noches. Durante el día, Juan me dejaba trabajar en el
co-medor o en el emparrado frente al mar. Pasaban pocas gentes y el único otro huésped
en la casa trabajaba en una factoría para el montaje de aviones en Alicante,
Comencé a pensar en un libro que quería escribir -mi primer libro-
coleccionando histo-rias primitivas de gente primitiva en la guerra, tales como
las que había urdido para mis charlas de radio. Pero primero tenía que reparar
la máquina de escribir portátil que Sefton Delme había desechado, inutilizada
después de su esfuerzo de apren-der a escribir a máquina. Cuando la quiso
tirar, le pedí que me la diera y se rió a carcajadas con la idea de que alguien
pudiera volver a utilizarla después de haberla martirizado con sus dedos
enormes.
Ahora era nuestra mayor riqueza, pero no escribía aún y yo
odiaba escribir a mano; era demasiado lento para seguir el curso de mis ideas.
Sobre la mesa más grande de pino fregado que había bajo el
emparrado, desmonté la máquina, extendí sus mil y una piezas, las limpié y
remendé y fui sin prisa reconstruyendo el mecanis-mo. Era un buen trabajo. Me
parecía estar oyendo a mi tío José:
«Cuando yo tenía veinte años comencé a escribir. En aquel
tiempo, sólo la gente rica usaba plumillas de acero. Los demás teníamos aún
plumas de ave, y antes de aprender a escribir, tuve que aprender cómo cortarlas
con un cortaplumas. Pero eran demasiado finas para mis dedos, y me hice una
pluma gruesa de un trozo de caña.»
Yo también tenía que cortar mi pluma antes de escribir mi
pri-mer libro, aunque la mía era mucho más complicada que la del tío José. Pero
yo también estaba a punto de comenzar a apren-der a escribir.
En aquellos primeros días era completamente feliz, sentado al
sol, envuelto en la luz, el olor y el sonido del mar, reconstru-yendo y
remendando un mecanismo complicado -¡cómo me fascinaba la maquinaria!-, mi
cerebro embebido en el laberinto de piezas frágiles, y en la visión de un
libro, el primer libro, que iba tomando forma en el fondo de mi mente.
En una noche plateada, llena de cantos de grillos y croar de
ranas, oí el zumbido pesado de aviones acercándose y alejándo-se, para volver a
acercarse. No hubo más que tres explosiones sordas, la última de las cuales
sacudió la casita. A la mañana siguiente supimos que una de las bombas
arrojadas por los Ca-pronis -había visto uno de ellos brillar como una gigante
mari-posa de plata en la luz de la luna- había caído en Alicante en un cruce de
calles, derrumbando una docena de casas de adobe, y matando a unos cuantos
trabajadores pobres que vivían en ellas. La segunda bomba había caído en un
campo desierto. La terce-ra había caído en la huerta de un viejo. Había
destruido sus plantas de tomate y no había matado más que una rana que quedó
despatarrada en el borde del cráter. La risa estúpida del mecánico de aviación
ante la idea de una bomba matando una rana, me puso furioso. El jardín herido
se había apoderado de mí. No podía concebir que fuera materia de indiferencia,
y me-nos de burla, el herir cosa viva alguna. El total de la guerra es-taba
simbolizado allí en los árboles y las plantas arrancados por una bomba, en la
rana muerta por la contusión. Ésta fue la pri-mera historia que escribí con la
máquina ya curada.
En la cuarta semana de nuestra estancia en San Juan de la Playa
nos despertó una llamada pesada a nuestra puerta. Abrí, vi la cara asustada de
Juan, y dos hombres le empujaron a un lado y llenaron el marco de la puerta:
-Policía. Aquí están nuestros carnets. ¿Es esta señora una
aus-tríaca llamada Ilsa Kulcsar? ¿Sí? Pues haga el favor de vestirse y salir.
Aún no había salido el sol y el mar estaba plomizo. Nos mira-mos
unos a otros sin decir nada y nos vestimos de prisa. Una vez fuera, uno de los
agentes preguntó a Ilsa:
-¿Tiene usted un marido en Barcelona?
-No -dijo asombrada.
-¿No? Bueno, pues aquí tenemos una orden de Barcelona para que
la llevemos a su marido, Leopoldo Kulcsar, que la reclama.
-Si el nombre es Leopoldo Kulcsar, efectivamente es mi marido
legal, de quien estoy separada. Ustedes no tienen derecho a obligarme a que
vaya con él, si es que realmente está en Barce-lona.
-Bueno, nosotros no sabemos nada más que tenemos la orden de que
se venga con nosotros; y si no quiere venir, pues no te-nemos más remedio que
llevarla detenida. Ahora usted verá si quiere venir o no.
Antes de que Ilsa contestara, dije:
-Si la arrestan, me tienen que arrestar a mí también.
-¿Y usted quién es?
Se lo expliqué y les mostré mi documentación. Se marcharon a
discutir a solas el nuevo problema. Cuando volvieron a entrar, uno dijo:
-El caso es que no tenemos órdenes... Ilsa interrumpió:
-Me voy con ustedes, pero únicamente si él me acompaña.
El segundo agente gruñó:
-Que se venga. Si tenemos que arrestarla a ella, tendríamos que
arrestarle a él también. Nos dieron el tiempo justo para liquidar cuentas con
Juan, dejarle encargado de nuestro equipaje y pre-parar una maleta pequeña.
Después nos metieron en el coche que esperaba fuera.
-No te apures -dijo Ilsa-, como es Poldi quien ha empezado la
caza, es indudable que debe haber un error estúpido.
Lo que sí era indudable era que ella no entendía lo que estaba
pasando. Había leído el sello y mirado los carnets de los poli-cías, y sabía
que estábamos en manos del famoso y temible SIM (Servicio de Inteligencia
Militar). Aquella historia sobre el ma-rido de Ilsa no era más que una
pantalla. El intento que había fracasado en Madrid se intentaba ahora a través
de una agencia mucho más poderosa, en un sitio donde la ayuda de otros era
completamente imposible. Lo único que me asombraba era que no nos hubieran
registrado. Yo tenía en el bolsillo una pistola pequeña que Agustín me había
dado al salir de Madrid.
Nos llevaron a lo largo de la carretera de la costa hacia
Valen-cia. Después de la primera media hora, los dos agentes comen-zaron a
preguntarnos sobre nuestros asuntos, con una simpatía reservada. Discutimos la
marcha de la guerra. Uno de ellos dijo que era socialista. Nos preguntaron
dónde podíamos tener una comida decente y les propuse ir a casa de Miguel en el
Peñón de Ifach. Con asombro mío nos llevaron allí. Miguel los miró agrio,
escudriñó la cara serena de Ilsa, arrugó el entrecejo y me preguntó qué
queríamos comer. Nos preparó una gallina frita con arroz a la marinera y se
sentó a nuestra mesa. Fue una co-mida increíblemente normal. Cuando bebíamos
despacio el úl-timo vaso de vino, uno de los agentes dijo:
-¿No escucháis nunca la radio? Durante días se ha dado un
mensaje a la camarada para que se pusiera en contacto con su marido.
Me quedé pensando lo que hubiéramos hecho si lo hubiéramos oído,
pero ¿quién escucha los mensajes de la policía al final de las noticias?
Mucho más humanizados por la comida y el sol, volvimos todos al
coche. Miguel nos estrechó la mano y dijo:
-¡Salud y suerte!
Me adormilé, agotado por mis propios pensamientos y por la
imposibilidad de hablar libremente con Ilsa. Ella estaba disfru-tando con el
viaje, y cuando llegamos a un naranjal, los agentes pararon el coche para que
pudiera cortar una rama cargada de frutos en los tres colores, verde, amarillo
y oro. La llevó a Bar-celona. No podía entender su alegría. ¿Es que no se daba
cuen-ta del peligro? O, si era verdad que el marido legal de ella esta-ba
detrás de todo aquello, ¿no se daba cuenta de que podía querer sacarla a la
fuerza de España y, posiblemente, deshacerse de mí también?
De pronto, cuando ya estábamos cerca de Valencia y la tarde
estaba cayendo, el más rudo de los agentes dijo:
-Si entramos en Valencia antes que sea de noche, seguro que nos
van a largar otro servicio. Vamos a dar la vuelta alrededor de la Albufera; a
la camarada extranjera le va a gustar.
Me quedé rígido en mi asiento y no dije nada. La Albufera de
Valencia es la laguna en la cual se habían arrojado los cadáveres de los
asesinados en los días caóticos y violentos de 1936. Su nombre me hacía
estremecer. Cautelosamente metí la mano en el bolsillo y quité el seguro de la
pistola. En el momento que pararan y nos ordenaran bajar, comenzaría a disparar
a través del bolsillo y no íbamos a ser los únicos muertos. Miraba los
movimientos más insignificantes de los guardianes. Pero el uno iba adormilado y
el otro charlaba sin parar con Ilsa, señalándole los patos, los campos de
arroz, las redes de los pescadores, ex-plicándole la vida de los pueblos y el
tamaño de la laguna ancha y poco profunda, con su barro rojizo tiñendo las
aguas. Y el coche seguía a un paso igual.
Habíamos pasado ya varios sitios que hubieran sido un lugar
ideal para una ejecución rápida sin testigos. Si querían hacerlo, tenían que
darse prisa. Estábamos ya al final de la Albufera.
Volví a echar el seguro de la pistola y la dejé caer en el fondo
del bolsillo. Cuando saqué la mano la tenía agarrotada, y me estremecí.
-¿Estás cansado? -dijo Ilsa.
Cuando llegamos a Valencia era ya de noche y nos llevaron al
domicilio del SIM. Nos dejaron esperando en una sala sucia, con agentes
cuchicheando detrás de nosotros. Telefonearon a Barcelona, donde se había
trasladado recientemente con el Go-bierno la oficina central; regresaron
después y comenzaron a hacernos preguntas abruptas, y volvieron a desaparecer.
Al fin uno de ellos dijo, dudoso:
-Dicen que tú tienes que ir a Barcelona con ella. Pero no
en-tiendo una palabra de qué se trata. Vamos a ver, explícamelo tú.
Traté de hacerlo, de una manera breve y simple. Se me queda-ron
mirando con desconfianza. Me daba cuenta de que hubie-ran querido retenernos en
Valencia para investigar; pero cuando le pregunté si estábamos detenidos o no,
me contestó:
-Libres. Sólo que tendréis que ir bajo observación, como os
quieren allí tan urgentemente.
Abandonamos Valencia poco después de medianoche en un coche
distinto. El agente que nos había llevado a través de la Albufera vino a
despedirse y a decirnos que sentía mucho no le enviaran a él, pues hubiera sido
como unas vacaciones. Pero cuando me senté en el coche me di cuenta de que
nuestra carte-ra de mano con los documentos había desaparecido, a pesar de que
nos habían afirmado que todas nuestras cosas estaban en el nuevo coche. Volví a
la oficina, pregunté a los chóferes, pero todos negaron haberla visto. La
cartera contenía mis manuscri-tos y la mayoría de los documentos que
comprobaban nuestro trabajo en Madrid. Su pérdida significaba que habíamos
perdi-do nuestra mejor arma de defensa, que podíamos necesitar ur-gentemente en
Barcelona, el asiento ahora de las oficinas del Estado, con la nueva burocracia
para la que éramos desconoci-dos, y con los viejos enemigos.
Cuando el coche se detuvo a la puerta del SIM en Barcelona, era
tan temprano que ninguno de los jefes había llegado aún. Nadie sabía qué hacer
con nosotros. Por razones de seguridad nos llevaron a otra sala y pusieron en
la puerta un guardia abu-rrido. Ilsa estaba segura de que las cosas se iban a
aclarar rápi-damente. Yo no sabía qué pensar.
¿Estábamos o no estábamos detenidos? Tratamos de pasar el tiempo
hablando sobre el edificio, muy pequeño para ser un palacio, demasiado grande
para ser la casa de gente rica sim-plemente, con su patio de azulejos, sus
gruesas alfombras en los pasillos, sus viejos braseros de copa y sus vitrales
en colores mostrando un escudo de armas, pero modernos.
Entró un hombre bruscamente. Ilsa se levantó y gritó:
«¡Pol-di!». El hombre se quitó el sombrero, me lanzó una mirada sombría y besó
la mano a Ilsa con un gesto exageradamente ceremonioso y cortés. Ella dijo unas
cuantas palabras agrias en alemán y él se echó para atrás asombrado, casi
tropezando. Más tarde ella me explicó que le había preguntado a él: «¿Por qué
tienes que mandarme detener?», y que esta acusación le había desconcertado.
Únicamente entonces, Ilsa nos presentó el uno al otro, en
fran-cés, sin decir más que los nombres. Yo incliné la cabeza y él se dobló por
la cintura en una reverencia teatral. No hablamos ni nos estrechamos la mano.
Su marido legal. Unos ojos febriles e intensos, hundidos en las
órbitas y rodeados de ojeras profundas, me estaban mirando fijamente. La frente
era amplia y alta, poderosamente abomba-da, más grande aún por su calva
incipiente; la cabeza sentaba bien sobre unos hombros anchos; era delgado, poco
más joven que yo y ligeramente más bajo de estatura. En su tipo, con bue-na
presencia. Tenía las mandíbulas rígidamente cerradas for-mando una boca
amargada cuyo labio superior quedaba reduci-do a un dibujo borroso. Sus
cabellos escasos parecían muertos. Le contemplé en detalle, como él me estaba
contemplando a mí.
Después se volvió a ella y se sentó a su lado en un sofá largo,
forrado de terciopelo. El guardia le había saludado y se había ido. Estábamos
solos los tres. Mientras ellos dos se enzarzaban en una conversación animada en
alemán, me fui a la ventana y me puse a contemplar el patio, a través de los
cristales del vitral, primero, a través de uno amarillo, luego de otro azul,
por fin de uno rojo. Las tapias llenas de sol y las sombras bajo las arcadas
adquirían, con cada color, profundidades y perspectivas inespe-radas. Durante
unos cuantos minutos no pensé en cosa alguna.
Era difícil para mi mentalidad española el abarcar y asimilar la
situación. Para mí, aquel hombre nunca había sido real. Ilsa era mi mujer. Pero
ahora, él, el marido legal, estaba en el mismo cuarto hablando con ella, y yo
tenía que aquietar mis nervios. ¿Qué iba a hacer, por qué había venido a
España, por qué nos había buscado a través del SIM, por qué el guardia le había
saludado tan respetuosamente?
Los dos estaban hablando agriamente, aunque sus voces se
mantenían en un tono bajo. Una pregunta brusca, una respuesta brusca; no
estaban de acuerdo.
La pared opuesta me estaba lanzando a la cara el calor del sol.
El frío que se había apoderado de mí en la madrugada se estaba disipando sin
dejar detrás más que un gran cansancio, la fatiga de toda una noche sin dormir
y de un viaje de veinticuatro ho-ras, ¡vaya un viaje! La habitación se volvía
ahora pesada e invi-taba al sueño con sus cortinas, sus tapices y sus gruesas
alfom-bras. No tenía parte en su conversación ininteligible. Lo que me hacía
falta era un café, un coñac y una cama. ¿Había venido este hombre a reclamar a
su mujer y llevársela consigo? La cues-tión es si ella quiere ir con él; y no
quiere. Sí, pero él es el mari-do legal, es un extranjero que puede reclamar la
ayuda de las autoridades españolas para llevarse a su mujer; basta simple-mente
con que le nieguen la estancia en España y entonces, ¿qué? Protestaríamos. ¿A
quién? ¿Con qué fundamentos lega-les? No había podido protegerla de
persecuciones ni aun en Madrid. Trataba todos los argumentos en un diálogo
articulado conmigo mismo. Pero sus voces ya no eran agrias. Dominaba ella, le
estaba convenciendo con su voz cálida que era tan cari-ñosa, perdido el acento
frío que tenía antes. A esta hora el sol habría calentado ya el mar en la playa
de San Juan. ¡Meterse en el agua y después dormirse en la arena!
Se levantó Ilsa y vino hacia mí:
-¡Nos vamos!
-¿Adonde?
-Al hotel de Poldi. Ya te explicaré después.
Cuando salimos del edificio, los guardias a la puerta saludaron.
Ilsa se colocó entre él y yo. De nuevo comenzó a hablar en ale-mán, pero Ilsa
le interrumpió:
-Ahora vamos a hablar en francés, ¿no?
El resto del camino lo hicimos en silencio. El hotel estaba
lleno de gentes conversando entre las que había media docena de periodistas que
conocíamos. Estaba muy consciente de mi esta-do impresentable. Poldi nos
condujo a su habitación y explicó a Ilsa dónde estaban sus cosas de lavarse y
afeitarse, sin hablarme a mí. En medio de la habitación había un tremendo cofre
y Pol-di comenzó a explicar a Ilsa sus ventajas abriendo cajones y
compartimentos, tirando de la barra con los ganchos de colgar ropas, todo muy
complicado y funcionando malamente. Cuan-do nos dejó solos, Ilsa dijo en un
tono maternal que me moles-tó:
-El pobre chico, es siempre el mismo. Cualquier tontería de lujo
barato, como ésta, le hace completamente feliz, como a un niño con un juguete
nuevo.
Le dije malhumorado que no me interesaban cofres de imita-ción,
y la agobié a preguntas. Mientras nos lavábamos y cepillá-bamos, me fue
explicando la situación: había venido a Barcelo-na con una misión oficial que
aún no había comprendido bien; pero había venido también por ella, dispuesto a
llevársela a la fuerza si no estaba dispuesta a marcharse con él. La razón era
que no sólo había oído rumores de la campaña política contra ella, sino también
historias sobre mí que le habían creado in-quietudes por ella: que yo era un
borracho confirmado, con un montón de hijos ilegítimos, y que la estaba
arrastrando al arroyo conmigo. Había intentado usar su título de marido legal
para llevársela contra su voluntad -tal como yo había pensado-, no con la
ilusión de que reanudara la vida conyugal con él, sino para salvarla y para que
pudiera recuperarse en otro ambiente más sano y más pacífico. La forma en que
se nos había deteni-do en San Juan de la Playa obedecía al hecho de que no
había podido lograr nuestra dirección en Madrid (una cosa extraña, puesto que
la conocían bastantes personas oficiales y privadas), y así se había visto
forzado a utilizar la ayuda de la radio y de la policía; y los policías del
SIM, naturalmente, habían interpre-tado la cosa a su manera. Aparentemente
había abandonado su proyecto original, después de verla llena de calma, segura
de sí misma, más alegre y feliz que nunca la había conocido, a pesar de todas
las dificultades. Ahora quería discutir la situación conmigo y quería ayudarnos
a los dos. Terminó triunfalmente:
-¡Y aquí tienes la situación, a pesar de todos tus miedos! Ya te
había dicho que era incapaz de jugarme una mala partida.
No estaba muy convencido; conozco demasiado bien la fuerza de
los instintos posesivos. Pero cuando nos sentamos los tres para almorzar y vi
más del hombre, comencé a modificar mis ideas. Ilsa era tan perfectamente
natural en su actitud hacia él, tan amistosa y desprendida, que él dejó caer su
arrogancia de-mostrativa hacia mí, contra la cual yo no tenía defensa posible,
ya que él tenía su derecho de proteger su propio orgullo lo me-jor que pudiera.
Le encontraba a la vez abierto y receloso. Un pequeño incidente rompió el hielo
entre los dos: no teníamos cigarrillos y era casi imposible obtenerlos en
Barcelona. Poldi pidió un paquete de cigarrillos al camarero, con un tono
impera-tivo que no produjo más efecto que una sonrisa desdeñosa y un
encogimiento de hombros. Había hablado con el mismo acento presuntuoso de un
muchacho que aún no ha aprendido a dar órdenes ni propinas y que tiene miedo de
que el camarero vea su ignorancia a través de su barniz de hombre de mundo.
Inter-vine, charlé un rato con el hombre, rematamos con unas bromas y al final
tuvimos cigarrillos, una buena comida y buen vino. Esto impresionó enormemente
a Poldi, tanto que me era fácil adivinar sus sueños de adolescente y su
juventud difícil. Dijo pensativo:
-Parece que tienes un don que nunca he podido tener.
Me di cuenta de que sus maneras señoriales no eran más que una
frágil armadura para cubrir su inseguridad interna.
Sin embargo, ahora que ya me había aceptado como un hombre, era
sencillo y digno hablando de Ilsa conmigo. Para él era el ser humano más
importante en el mundo, pero sabía, definitiva-mente, que la había perdido, al
menos por este período de su vida. No quería perderla totalmente. Tendría su
vida conmigo, ya que yo parecía ser capaz de hacerla feliz, y tendría a la vez
la devoción y la amistad de él. Y si yo le faltaba, tendría que en-tendérmelas
con él.
Más tarde -continuó Poldi-, trataría de arreglar un divorcio,
aunque sería una cosa dificilísima. Estaban casados según las leyes de Austria
y los dos eran fugitivos del fascismo austríaco. Mientras tanto, él se daba
cuenta de que no estábamos hacien-do trabajo alguno práctico para la guerra,
principalmente porque habíamos manejado de mala manera nuestras relaciones
oficia-les. Habíamos estado locos en hacer en Madrid trabajo de pro-paganda
importante sin asegurar antes todos los nombramientos necesarios y los
emolumentos correspondientes. Él sabía que Ilsa era una romántica, pero sentía
mucho encontrar que yo fue-ra un romántico también. Ella tendría que marcharse
de España hasta que se extinguiera la campaña contra ella; aunque eran sólo
unas pocas personas las que estaban detrás de ello, nuestras querellas con la
burocracia nos habían aislado y dado mala fa-ma. Él nos ayudaría a conseguir
todos los documentos necesa-rios a los dos, ya que ella no quería irse sin mí,
y fuera de Espa-ña encontraríamos trabajo abundante. Ilsa era muy necesaria
para ello, y en cuanto a mí, él estaba dispuesto a aceptar la eva-luación que
ella hacía de mi trabajo. Se daba cuenta ahora de que nos había hecho daño
haciendo intervenir al SIM, una or-ganización para la que todo el mundo era
sospechoso, pero él se encargaría de disipar todo recelo y dudas sobre nuestra
situa-ción y rescataría los documentos que nos habían quitado.
Aquella misma tarde trató de hacerlo. De regreso a los cuarteles
del SIM, Poldi volvió a adquirir la actitud ostentosa que yo había notado con
tanto disgusto la primera vez. Pidió a uno de los jefes del SIM que nos dieran
documentos que demostraran que la organización no tenía nada en contra nuestra,
aunque nos hubiera traído forzosamente a Barcelona; pero el hombre, un muchacho
flaco y pálido, no hizo más que prometerle que se ocuparía de ello. Por otra
parte, telefoneó urgentemente a Va-lencia pidiendo que mandaran nuestra cartera
con su contenido intacto, pero sin hacer hincapié en su confiscación
silenciosa. Sin un documento que mostrara por qué estábamos en Barcelo-na, nos
sería imposible encontrar alojamiento; en consecuencia, el jefe del SIM dijo que
nos mandaría con un agente al hotel Ritz, donde nos darían una habitación.
Prefería que nos quedá-ramos allí, porque así sabría dónde encontrarnos si nos
necesi-taba. Con esta observación final, el ofrecimiento se convertía en una
orden que demostraba, a pesar de las explicaciones de Pol-di, que el hombre
intentaba que el departamento investigara a fondo sobre nosotros, ya que
incidentalmente se había enterado de nuestra existencia. En consecuencia nos
condujeron al Ritz, que acababa de abrirse de nuevo al público, con sus
suntuosas alfombras rojas y todas las ceremonias meticulosas de tiempo de paz,
pero con comida escasa y luz más escasa aún; allí nos dieron una habitación
sobre el jardín de verano. No teníamos con nosotros ni un cepillo de dientes.
El resto del día fue una serie de conversaciones y silencios, de
esperas y de paseos al lado de ellos, de un ir y venir, como el de un perrillo
atado a una cuerda. Cuando aquella noche cerramos la puerta de nuestra
habitación, estábamos demasiado agotados para hablar o para pensar, aunque
sabíamos que se nos acababa de empujar a través del dintel de una nueva etapa
en nuestra vida. Este hombre ¿había dicho que yo iba a dejar España, a desertar
de nuestra guerra, para poder trabajar de nuevo? Me parecía una equivocación y
una locura. Tendría que pensar so-bre ello cuando las cosas se normalizaran un
poco.
Estaba demasiado cansado para poder dormir. Las vidrieras del
balcón estaban abiertas de par en par y una luz pálida llenaba el cuarto
extraño. Mis oídos se esforzaban en identificar un tenue zumbido lejano; al fin
decidieron que era el ruido del mar. Un gallo cantó en alguna parte en la noche
y otros le respondieron, cercanos y estridentes, lejanos y fantasmales. La
cadena de desafíos y réplicas parecía interminable a través de las terrazas de
Barcelona.
Siguieron diez días de vida irreal en los cuales Poldi estuvo en
Barcelona y su presencia regía todas nuestras acciones. Tenía conversaciones
conmigo, se marchaba a dar largos paseos con Ilsa mientras yo me quedaba
pensando con asombro en mi falta de celos o resentimiento, arreglaba
entrevistas con oficiales, diplomáticos o políticos, nos llevaba al SIM para
exigir una vez más nuestros salvoconductos, ya que la maleta había
desapare-cido pero seguíamos sin documentos que justificaran nuestra estancia
en Barcelona. Todos aquellos días trataba de entender su manera de pensar y
organizar la mía; trataba de encontrar tierra firme bajo mis pies para poder
quedarme y trabajar con mi propio pueblo; y tenía otra vez que pelearme con mi
cuerpo y mis nervios cada vez que sonaban las sirenas o pasaba una mo-tocicleta
petardeando la calle.
Cuando Poldi discutía asuntos internacionales, me fascinaba por
sus conocimientos y visión. Estaba convencido de que las organizaciones
socialistas revolucionarias, estrechamente uni-das, eran las únicas fuerzas
capaces de enfrentarse con el fas-cismo internacional donde quiera que brotara,
y que el campo de batalla más importante de esta lucha era aún la clase obrera
de Alemania, aunque fuera en el frente de España donde se batallaba más
intensamente. Estaba poniendo todas sus energías en su trabajo como secretario
de Jiménez de Asúa, el embajador de España en Praga, y sus amigos arriesgaban
sus vidas para cruzar la frontera y dar información de las bombas y granadas
nuevas que se estaban fabricando en Alemania para su ensayo en España. Pero
servir a la República española era sólo una par-te de la gran guerra que se
echaba encima, de la batalla gigante, en la que Francia e Inglaterra tendrían
que aliarse con la Rusia soviética a pesar del juego asesino y suicida de la no
interven-ción que sostenían ahora. Le dijo a Ilsa rotundamente que, en su
opinión, había desertado del frente de lucha principal para sumergirse
completamente en la guerra en España y dejar caer todo su trabajo por el
socialismo alemán y austríaco. Estaba conforme en que ella había hecho bien en
no movilizar a nin-guno de sus amigos socialistas -Julio Deutsch, Pietro Nenni
u otros- cuando la campaña contra nosotros era peligrosa, porque la sucia
intriga podía haberse aumentado y convertido en una lucha entre socialistas y
comunistas por gentes siempre opuestas a la colaboración entre los dos grupos,
una condición en la cual Ilsa y él creían entonces.
Lo escuchaba y me asombraba: me acordaba de que me había
mostrado la pistola que estaba dispuesto a usar contra mí si lo hubiera creído
necesario para salvar a Ilsa; y ahora estaba con-forme en que hacía bien en
arriesgar la vida antes que hacer un daño imaginario a un principio político.
Los dos hablaban fá-cilmente, usaban el mismo lenguaje, las mismas
abreviaciones de pensamiento, las mismas asociaciones y citas; los veía tan
completamente acordes en cada cosa que se refería a sus ideales sociales y políticos,
que me sentía dejado fuera, casi hostil a su lógica analítica.
Pero una tarde, cuando Ilsa y Poldi discutían la finalidad de su
socialismo, Ilsa declaró su creencia en el individuo humano como el valor
final. Poldi, a esto, exclamó:
-Siempre me ha parecido que nuestras filosofías chocan. Lo que
acabas de decir significa que estamos divorciados espiritual-mente.
Sonó la frase tan pomposa que no pude evitar el hacer un chiste
tonto; pero me di cuenta en el acto de que aquello le había heri-do
profundamente. A pesar de nuestras diferencias de lógica y lenguaje mentales,
yo me encontraba unido a Ilsa, precisamente en el punto en que existía un
abismo entre ella y Poldi. Había ocurrido lo mismo que cuando él me había
dicho: «Ilsa es bas-tante difícil de manejar, ¿no?», y yo había negado
asombrado, hiriéndole y haciéndole celoso como ningún hecho físico podía hacerle.
Porque lo que él quería era dominarla y poseerla y pre-cisamente este hambre de
poder y dominación era lo que había destruido su matrimonio.
Mirándome a mí mismo encontraba que mi vida me había hecho odiar
todo lo que fuera poder y posesión, tanto, que mi única ambición era libertad y
unión espontánea. Y era precisamente en esto en lo que chocábamos con él Ilsa y
yo. Poldi había teni-do una niñez proletaria como la mía, odiaba el mundo tal
como estaba organizado y se había convertido como yo en un rebelde. Pero su
odio de poder y posesión le había convertido en un obsesionado de ello; no se
había desarrollado por encima de las heridas infligidas a su confianza en sí
mismo. Lo vi con piedad y repugnancia el día en que, al fin, nos dieron los
salvoconduc-tos del SIM. Había pasado un mal rato: Ordóñez, el intelectual
socialista que se había convertido en jefe de la organización, estuvo jugando
con nosotros a través de un largo interrogatorio, con sus sonrisas equívocas y
la crueldad de un anormal. Pero al fin ordenó a su secretario que preparara los
papeles inmediata-mente, y nos los entregó. Poldi estaba en el mismo despacho,
hojeando un montón de papeles relacionados con su misión oficial, material
acerca de los líderes extranjeros del POUM catalán que habían sido arrestados
bajo la sospecha de un com-plot internacional. Habló Ordóñez, grandilocuente,
como cada vez que hablaba dentro de aquel edificio, dio una orden a un agente,
y se enterró de nuevo y teatralmente en los papeles. El agente regresó con una
mujer grande y maciza, y Poldi comen-zó a interrogarla en alemán con un tono
que hizo a Ilsa moverse inquieta en su silla. Yo también reconocí el tono:
Poldi se esta-ba escuchando a sí mismo, como un juez, frío y grande; una
ambición verdaderamente peligrosa. Me alegré de poder contes-tar negativamente
a Poldi cuando me preguntó si había visto a la mujer en Madrid.
Se cortó entonces la luz eléctrica. Alguien encendió una vela
que lanzaba contra las paredes del cuarto manchones amarillos y sombras
inmensas. La casa se tambaleó sobre sus cimientos: había caído un rosario de
bombas. Sentí temblarme las manos, y luché por retener el vómito que me llenó
la boca. Otro agente trajo otra mujer prisionera, una mujer menuda, con
facciones tensas y amargadas y los ojos oscuros, dilatados, de un animal
perseguido. Se dirigió a Ilsa:
-Tú eres Ilsa. ¿No te acuerdas de mí, hace doce años en Viena?
Se estrecharon las manos e Ilsa se quedó rígida en su silla.
Poldi comenzó a interrogar, un fiscal perfecto en un tribunal revolu-cionario,
en el que nuestra presencia parecía desvergonzada. Estaba pensando en cómo le
debía sonar su voz en sus propios oídos. Indudablemente aquello era la
realización de un sueño o tal vez lo que había imaginado en prisión, cuando le
habían arrestado por su participación en la huelga general de Austria contra la
otra guerra, y no era más que un muchacho incierto, ambicioso e imaginativo.
Ahora estaba ejerciendo lo que conce-bía su deber, y lo terrible era que su
poder sobre los otros le proporcionaba un placer. En la luz amarillenta sus
ojos estaban hundidos como las órbitas de una calavera.
Cuando salimos del edificio -que yo pensaba no quería volver a
ver en mi vida-, empleó un largo rato en explicar a Ilsa por qué él ya no
consideraba a aquella mujer una socialista. Se me esca-paban los detalles de
ello; no sentía simpatía ni por el POUM ni por su persecución, y Poldi tenía
indudablemente sus razones, pero por muy cuidadosos o convincentes que pudieran
ser sus argumentos, era evidente que había en él un trazo de locura.
Seguramente lo había también en mí. El mío nacía en el odio y el miedo a la
violencia, el suyo parecía empujarle a sueños fan-tásticos de poder. Pesaba
tanto esta impresión sobre mí que no presté mucha atención a sus planes para el
trabajo de Ilsa y mío en el extranjero. No tenía simpatía alguna con mi manera
de mirar los problemas de la guerra; para él, yo no era más que un sentimental.
Si quería encontrarme trabajo, era tanto porque esto le daba un sentido de
poder como por su creencia de que yo era un buen propagandista. Era yo quien
tenía que encontrar mi propio camino.
Como consecuencia de estas reflexiones, cada vez que Poldi nos
llevaba a presentarnos a los nuevos jefes de los diversos ministerios, me
dedicaba al juego de clasificarlos. Lo que más me chocaba en la mayoría de
ellos era que pertenecían a un mismo patrón: jóvenes ambiciosos (o miedosos,
tal vez) perte-necientes a la clase media alta que se habían declarado
comu-nistas, no como lo habíamos hecho en Madrid, porque nos pare-cía el
partido de los trabajadores revolucionarios, sino porque unirse a ellos era unirse
al grupo más fuerte y tener parte en su poder disciplinado. Habían saltado por
encima del socialismo humanista y habían adquirido una máscara de eficiencia y
rude-za. Admiraban a Rusia por su poder, no como una promesa de una nueva
sociedad, y su actitud me daba escalofríos. Trataba de ver dónde podía yo
encajar en aquella maquinaria y no con-seguía más que torturarme al ver que
nada de lo que yo podía dar se utilizaba en la guerra. Lo único que encontraba
que podía hacer era escribir el libro de Madrid que había planeado. Yo no era
más que un recipiente que debía vaciarse de lo que tenía dentro.
Cuando se marchó Poldi hacía un frío terrible. Parecía muy
en-fermo y se quejaba de dolores; decía que padecía de antiguo del estómago y
se había empeorado con la manera de vivir en Barcelona, acostándose tarde,
comiendo irregularmente, man-teniéndose a coñac y café -como yo había hecho-
para fustigar sus energías. Antes de irse me habló una vez más de Ilsa: la
encontraba ahora como había sido antes de que él destruyera su alegría y su
simplicidad, y estaba contento de ello. En el futuro, estaríamos muchas veces
juntos los tres, «porque si no fuera por Ilsa, él y yo hubiéramos sido muy
buenos amigos». No creía yo así las cosas, pero estaba bien que él lo creyera.
Entre nosotros no quedó el odio.
Me quedé solo, cara a cara conmigo mismo.
En aquellos días sombríos de diciembre se multiplicaron los
bombardeos aéreos de Barcelona, y en enero de 1938 se hicie-ron aún peores. Las
tropas del Gobierno habían iniciado un ata-que en el frente de Aragón, y
Barcelona era el centro de abaste-cimientos. Los aviones italianos tenían poco
camino que reco-rrer desde las islas Baleares. Se remontaban alto, paraban sus
motores a gran distancia sobre el mar, planeaban sobre la ciu-dad, soltaban sus
bombas y huían. El primer aviso era la concu-sión de una bomba más o menos
distante; después, la ciudad se quedaba a oscuras; mucho más tarde sonaban las
sirenas. Volví a caer en las garras de mi obsesión; en el momento en que me
despertaba no podía continuar en nuestra habitación. En la ca-lle, cada ruido
inesperado o confuso me sacudía y me producía la humillación del vómito. Al
principio me quedaba durante horas en el hall del hotel, escuchando los ruidos
de la calle, mirando a las gentes, en una ansiedad perpetua. Después des-cubrí
que en el bar instalado en el sótano podía charlar con los camareros y
refugiarme bajo gruesas paredes; y por último des-cubrí allí un cuartito
diminuto, fuera de uso, que el director del hotel se avino a dejarme libre para
que pudiera trabajar allí. Me instalé con mi máquina de escribir y trabajé días
y noches con una excitación febril, rayando en histeria. En todo caso, cuando
había un bombardeo aéreo estaba en un refugio y podía a la vez ocultarme de las
gentes. En el techo del cuarto se abría una pe-queña reja que salía a la altura
de la acera en la calle y única-mente por allí me llegaban los ruidos del mundo
exterior. Hu-biera querido dormir allí por la noche; durante el día me dormía a
ratos en un diván forrado de terciopelo que existía allí, en sueños cortos
llenos de pesadillas de las cuales me recobraba después de beber un vaso de
vino. Bebía y fumaba mucho. Te-nía miedo de volverme loco.
Cuando no podía trabajar más porque las palabras se volvían
borrosas, salía de mi cubículo y me mezclaba con las gentes en el bar. Se
juntaban allí una colección abigarrada de oficiales del ejército y altos
empleados, junto con periodistas extranjeros y españoles, huéspedes extranjeros
del Gobierno, traficantes in-ternacionales, esposas distinguidas y prostitutas
de lujo. El rui-do, las bebidas, las discusiones y la vista de la gente me
salvaba de la melancolía mortal en que me sumergía tan pronto como me detenía
en el trabajo.
Algunas veces, pero raramente, salía e iba a hablar con gentes
que conocía en alguno de los departamentos de la organización de guerra. Tenía
aún la esperanza de que podía ser útil y de que podía curarme dentro de España;
sin embargo, un hombre como Frades, que había trabajado conmigo en Madrid en
los días de noviembre -¡qué lejos estaban aquellos días en esta ciudad de
negocios y burócratas, donde el ansia de lucha se había enfria-do!-, me dijo
que todo aquello era muy triste y que lo mejor que podía hacer era publicar mi
libro y ver qué pasaba después. Ru-bio Hidalgo se había ido a París como jefe
de la agencia Espa-ña, y en Barcelona le había sustituido Constancia de la
Mora, a quien yo no podía ni soñar el hablar de mis problemas. La ma-yor
autoridad ahora en el Ministerio de Estado era el señor Ureña, que
indudablemente no había olvidado mi actuación el 7 de noviembre; Álvarez del
Vayo -cuya esposa había mostrado una gran amistad a Ilsa- no había vuelto aún a
hacerse cargo del ministerio, y en todo caso estaba más obligado a asistir a
otros que a mí. No encontraba una sola persona a la que pudiera ha-blar
honradamente, como lo había hecho al padre Lobo.
El Gobierno y la maquinaria de guerra trabajaban como nunca
habían trabajado: ahora había un ejército y una administración eficientes, dos
cosas necesarias para mantener una guerra mo-derna aunque sea en pequeña
escala. Pero el ansia de libertad, los esfuerzos desesperados por construir una
vida social nueva y mejor, se habían destruido totalmente. Mi cerebro se
confor-maba, mis instintos se rebelaban furiosos.
Fui a una tienda a comprarme una boina. El propietario me
con-tó, muy contento, que el negocio comenzaba a mejorar; se había dicho a las
esposas de los empleados oficiales que debían vol-ver a llevar sombrero, como
una buena propaganda de que se habían terminado para siempre los tiempos
turbulentos de la chusma proletaria.
Y todo aquello era verdad. Tal vez los hombres que no querían
darme trabajo tenían razón. La única esperanza para España, la nueva España,
era sostenerse hasta que las potencias no fascis-tas se avinieran a vendernos
armas por ser su vanguardia; o has-ta que se encontraran forzadas a luchar en
la gran guerra que se aproximaba a grandes zancadas. En estos planes no había
sitio para soñadores, ni tampoco sitio o tiempo para revivir la prema-tura
fraternidad de Madrid. Aquí, en la Barcelona de 1938, yo no podía hablar a
nadie en la calle como a un amigo o un her-mano. Organizaron una exposición de
Madrid, con enormes bombas vacías, con retorcidos cascos de metralla, con
cientos de espoletas, con fotografías de ruinas, de hogares infantiles y de
trincheras. Las caritas dormidas de los niños asesinados en Getafe volvieron a
mirarme. Pero Madrid estaba muy lejos.
Nuestras tropas habían conquistado Teruel. Los corresponsales
volvían del frente con historias de muerte en el fuego y en la nieve. Nuestra
amiga noruega Niní Haslund, organizadora de la ayuda internacional, nos contó
historias de niñas temblorosas en un convento bombardeado y de viejas mujeres
que lloraban cuando se les daba pan. Me comenzaba a abrumar un sentido de
inferioridad: nuestros soldados estaban muriendo en las ca-lles de Teruel.
Estábamos destruyendo nuestras propias ciuda-des y matando a nuestros propios
hombres porque no había otra solución contra el horror de vivir en la
esclavitud fascista. Yo debería estar en el frente, y no era ni aun capaz de
trabajar en Barcelona cuando había un bombardeo. Era un inútil físico y mental,
acurrucado en una cueva en lugar de estar ayudando a los niños o a los hombres.
Sabía que no podía remediar mis defectos físicos, ni mi mano
estropeada, ni mi corazón lesionado, ni las cicatrices del tejido de mis
pulmones. Sabía también que no tenía el deseo de matar. Pero era un buen
organizador y propagandista y no trabajaba en ninguna de las dos cosas. Podía
haber sido menos rígido, más elástico en mis relaciones con la burocracia; al
fin y al cabo ha-bía sabido manejarla bien en el servicio de patentes, con
benefi-cio para la industria pesada que yo odiaba. Y ahora, en el gran
conflicto, había puesto por delante del trabajo mis odios y mis aversiones. Yo
mismo me había expulsado del puesto que había escogido en la guerra. Sin mi
intransigencia y mi individualis-mo, Ilsa y yo podríamos estar aún haciendo un
trabajo que ho-nestamente creíamos hacer mejor y menos egoístamente que otros.
¿O habían sido mis nervios los que me habían traiciona-do? ¿Me hubiera impedido
al fin seguir hablando como La Voz de Madrid la hiel amarga que me inundaba la
boca? Me había refugiado en una enfermedad mental para no tener que
enfren-tarme cara a cara con las cosas que mis ojos veían y que a los otros
parecían pasar inadvertidas?
Lentamente, en espasmos, estaba terminando el libro que in-cluía
algo del Madrid que yo había visto. En las noches escu-chaba los gallos
desafiándose unos a otros de azotea en azotea. Cuando Ilsa me dejaba solo en
nuestra alcoba, me sentía ataca-do por todos los terrores, un paria, y cuando
volvía buscaba refugio en su calor. Dormía muy poco. Mi cerebro giraba, como
una mula ciega encadenada a una noria.
Después de un período de enfrentarme con la guerra y con la
futura guerra, mis pensamientos volvían invariablemente a mí mismo. Ya no
controlaba las emociones que me regían; su trama se había deshilachado. Tenía
miedo de la tortura que precede a la muerte, del dolor, de la mutilación de la
putrefacción en vivo y del terror que me producían en las entrañas. Tenía miedo
de la destrucción y le la mutilación de otros, porque era una prolon-gación de
mi propio terror y de mi propio dolor. Un bombardeo aéreo era todo esto,
aumentado por el derrumbamiento de las paredes, el huracán de la onda
explosiva, la imagen de los pro-pios miembros arrancados del ,cuerpo vivo de
uno. Maldecía mi memoria, fiel y gráfica, y mi imaginación entrenada
técnica-mente, que me presentaba los explosivos, los edificios y los cuerpos
humanos en acción y en reacción como en una película lenta. Sucumbir a este
terror de la mente sería caer en la locura, y este pensamiento me aterrorizaba.
El que las sirenas comenzaran a sonar y el peligro imaginario se
convirtiera en real, era un profundo alivio. Obligaba a Ilsa a que se levantara
y bajáramos al bar en el sótano. Nos sentábamos allí con otros huéspedes, todos
en pijama o bata, mientras los antiaéreos ladraban y las explosiones sacudían
el edificio. Al-gunas veces se me llenaba la boca de vómito, pero aun esto era
un consuelo, porque todo era real, no imaginario. Después de un bombardeo me
quedaba siempre profundamente dormido.
Después, en la mañana, bajaba al cuartucho que olía a moho y me
sentaba a la máquina. Por un tiempo corto se me clarificaba el cerebro y
pensaba. ¿Era verdad que tenía que abandonar Es-paña para no volverme loco y
poder volver a trabajar? No creía en los planes de Poldi ni en sus
negociaciones. Las cosas se desarrollarían por sí mismas, y a medida que cada
situación concreta se produjera nos enfrentaríamos con ella. Mientras tanto,
las fundaciones del edificio futuro estaban allí, firmes, reales e indestructibles:
mi unión con Ilsa. Poldi lo había visto igual que lo habían visto María y
Aurelia, igual que el padre Lobo lo había aceptado. Al menos en aquello no
había proble-ma, y me agarraba desesperadamente a esta simple realidad.
En la tarde del 29 de enero -un sábado-, el gerente del hotel
bajó al bar a buscar a Ilsa: alguien la esperaba en el hall. Des-pués de un
rato, un camarero me dijo: «Creo que era la policía» y subí corriendo. Estaba
sentada en el hall con uno de los agen-tes del SIM y su cara estaba color
ceniza. Me alargó un tele-grama: «Poldi murió de repente el viernes. Sigue
carta». Firma-ba un nombre que no conocía. El agente había venido para estar
seguro de que no se trataba de una clave. Ilsa explicó cuidado-samente la
situación y contestó llanamente a los comentarios locuaces del agente sobre los
traficantes internacionales que había en el hotel. Después bajamos al bar, ella
rígida delante de mí, y nos reunimos con el padre Lobo, que estaba con
nosotros. Había conocido a Poldi, le había considerado un hombre
fun-damentalmente bueno y grande, y sin embargo había visto que Ilsa no le
pertenecía. Ahora la consolaba gentilmente.
Se pasó una noche entera sentada en la cama peleándose consi-go
misma. Yo no podía hacer más que acompañarla. Se creía responsable de la muerte
de él, porque pensaba que su manera de vivir desde que ella le había dejado
había minado su salud. Pensaba que no se había preocupado de sí mismo,
precisamente porque ella se había ido de su lado y porque había intentado
encontrar una finalidad en la vida distinta de sus sentimientos hacia ella.
Esto fue al menos lo que me dijo, aunque no habló mucho. No era más fácil para
ella el que no sintiera remordi-mientos, sino sólo pena de haberle herido
mortalmente y de haber perdido una amistad profunda y vieja. Habían tenido
buenos ratos en su vida en común. Pero ella conocía el fracaso de él, porque
ella no había podido amarle, y esto le angustiaba. Era el precio que tenía que
pagar.
A las tres de la mañana hubo un bombardeo. No bajamos al bar.
Las bombas cayeron muy cerca. Unas pocas horas más tarde Ilsa cayó en un sueño
inquieto; me levanté, me vestí y bajé al hall. Las mujeres de la limpieza no
habían terminado aún y ten-dría que esperar para poder trabajar. Me quedé en el
hall. Un inglés joven -el segundo oficial de un barco inglés que había sido
hundido por bombas italianas, según me contó el gerente del hotel- se paseaba
de arriba abajo y de abajo arriba como un oso en una jaula. Tenía los ojos de
un animal amedrentado y la mandíbula le colgaba floja. Se paseaba en el hall en
dirección opuesta a la mía y cada vez que nos cruzábamos nos mirábamos uno a
otro. Aquella mañana de domingo era maravillosamente azul. Ilsa había prometido
actuar como intérprete para uno de sus ingleses amigos, Henry Brinton, durante
una interviú con el presidente Aguirre, del país vasco. Bajó, muy rígida y
pálida, se bebió el desayuno -una infusión de manzanilla sin pan, porque la
situación alimenticia de Barcelona se agravaba por días- y me dejó solo. Tenía
bastante ya de mirar los paseos del inglés y bajé a mi refugio. Mi colección de
cuentos estaba terminada, pero quería revisarla y corregirla. Iba a titular el
libro Valor y miedo.
Media hora más tarde sonaban las sirenas, simultáneamente con la
primera explosión. Me fui corriendo al mostrador del bar; se me contraía el
estómago y el camarero me llenó un vaso de coñac. El joven inglés bajaba las
escaleras temblándole las pier-nas; en el último descansillo -un triángulo
estrecho- se paró y se recostó contra la pared. Me fui a él. Le castañeteaban
los dien-tes. Le obligué a sentarse en uno de los escalones y le traje un vaso
de coñac. Comenzó a contarme en una laboriosa mezcla de francés e inglés: las
bombas habían caído en la cubierta del bu-que y había visto a sus hombres
hechos pedazos ante sus ojos dos días antes. Aquello le había dado un choque...
e hipó con-vulso.
Un tremendo desgarro y aullido sacudió el edificio, seguido del
derrumbe de paredes contra las paredes que nos encerraban. De la cocina
llegaban chillidos agudos. Una segunda explosión nos tambaleó a nosotros y a la
casa. El oficial inglés y yo nos bebi-mos el resto del coñac. Veía temblar mi
mano y bailotear la su-ya. El camarero, que había corrido escaleras arriba,
volvió y dijo:
-La casa de al lado y la de detrás de nosotros están hundidas.
Vamos a hacer un agujero en el tabique de la cocina con el só-tano de al lado,
porque se oye gritar a gente en el otro lado de la pared.
E Ilsa estaba en la calle.
Apareció una horda de cocineros en mandiles blancos corriendo
por el pasillo. El blanco estaba salpicado del pimentón de los ladrillos. El
alto gorro blanco del chef estaba apabullado. Con-ducía un grupo de mujeres y
chiquillos con los trajes desgarra-dos y llenos de polvo. Lloraban y gritaban
todos; los acababan de recoger a través de un agujero en el tabique. La casa
entera había caído sobre ellos. Había dos más que estaban aún aprisio-nados en
los escombros. Una mujerona ya madura y gorda se cogió el vientre con las dos
manos y comenzó a reír en tremen-das carcajadas. El oficial inglés se quedó
mirándola con los ojos azules dilatados. Yo sentí que mi control, también, se
me esca-paba. Separé al oficial bruscamente de un codazo y abofeteé a la mujer.
Se le cortó la risa y se me quedó mirando asombrada.
Poco a poco fueron desapareciendo las mujeres y los chiquillos.
El inglés, mientras, se había bebido una botella entera de vino y ahora estaba
caído a través de una mesa, roncando, con la cara contraída dolorosamente. El
camarero me preguntó:
-¿Dónde está tu compañera?
No lo sabía. Tenía los oídos llenos de explosiones. Estaría
allí, en la calle, o muerta. Estaba en un estupor. A través de las cla-raboyas
del techo llegaban las campanadas del servicio de in-cendios y penetraba una
lluvia finísima de yeso. Olía igual que el derribo de una casa vieja. ¿Dónde
estaba Ilsa? La pregunta me golpeaba el cráneo, pero no intentaba contestarla.
Era un murmullo semejante al del latir de mi sangre en las sienes.
¿Dónde estaba Ilsa?
Bajaba las escaleras acompañada de Brinton y parecía años más
vieja que el día antes. En nuestro cuarto encontramos roto sólo un cristal del
balcón, pero la casa al otro lado del jardín del ho-tel había desaparecido. El
jardín estaba lleno de persianas retor-cidas como serpientes, muebles rotos,
tiras de papel pintado y una gran lengua de escombros desbordados. Ilsa se
quedó mi-rando aquello y después se desplomó. Había estado en la calle durante
el bombardeo y no se había asustado mucho; después había piloteado a Brinton
durante su interviú con Aguirre; había una mimosa en flor en el jardín del
presidente, y una bala de un antiaéreo clavada en la acera. Después, el chófer
le había dicho que las bombas habían caído en el Ritz y, volviendo, se había
hecho fuerte contra lo peor que podía encontrar. Había ayuda-do a matar a
Poldi. Ahora pensaba que me había dejado solo para que me mataran o me volviera
loco. Me di cuenta entonces de que yo también la había dado por muerta a causa
de la muer-te de Poldi, pero sin admitirlo.
Aquella noche el ruido de pico y pala, los gritos de los
trabaja-dores desescombrando, entraban en nuestro cuarto mezclados con el canto
de los gallos. Recuerdo que aquella tarde llegó una delegación inglesa -lord
Listowel y John Strachey, entre ellos- y fue conducida al montón de escombros
que rodeaba el hotel, donde los hombres trabajaban bajo la luz de las lámparas
de acetileno para recoger a los enterrados. Creo recordar que los periodistas
hablaban mucho de una misa pública que el padre Lobo había dicho aquella mañana
y que Nordahl Grieg -el escri-tor noruego que fue derribado en un avión inglés
durante un raid sobre Alemania seis años más tarde- me contó cómo las escuadras
de salvamento habían entrado en un cabaret donde estaba él bebiendo, y habían obligado
a todos los juerguistas a ayudar a desescombrar. Pero no me acuerdo de nada
sobre mí mismo. Los días siguientes se pasaron en una niebla. Mi libro estaba
terminado, Ilsa estaba viva, yo estaba vivo. Era claro que tendría que
abandonar mi país si no quería volverme loco. Tal vez lo estaba ya; pensé sobre
esta posibilidad lleno de indife-rencia.
Todo lo que hicimos en aquellas semanas de febrero fue hecho por
Ilsa y sus amigos. Acabó la traducción alemana de mis his-torias y las vendió a
un traficante holandés en tabaco y otras cosas, por dinero contante; con él
pagamos la cuenta del hotel. El manuscrito español de Valor y miedo fue
aceptado, con gran asombro mío, por Publicaciones Antifascistas de Cataluña.
Una refugiada alemana -una muchacha que había sido secretaria de escritores de
izquierda, había huido del régimen nazi, había pasado hambre en España y estaba
sufriendo de un choque ner-vioso que la convertía en un peligro en los refugios
públicos- había obtenido una visa de entrada en Inglaterra porque Ilsa había
convencido a Brinton de que la ayudara, y al ministro de Gran Bretaña en
Barcelona de que se ocupara de ello; y en su gratitud, la muchacha había cogido
mi manuscrito y se lo había llevado a los editores a quienes ella conocía. No
me quedaba más que firmar el contrato. Era bueno saber que algo de mí
so-breviviría.
Como no era útil para el servicio activo, se me concedió un
permiso para abandonar el país, pero tenía que pasar a través de complicados
trámites oficiales. Nos ayudó Julius Deutsch, nos ayudó Del Vayo, nos ayudaron
yo no sé cuántos a llenar los requisitos innumerables, necesarios para obtener
nuestros pasa-portes y el visado de salida. En las contadas ocasiones en que no
tenía más remedio que salir a la calle, mi única preocupación era cómo no
vomitar. Cuando volvía al hotel, caía en un ador-milamiento sordo o me
enzarzaba en cualquier discusión inter-minable con alguien que hubiera en el
bar. Pero no creo que la gente en general se diera cuenta de que estaba
batallando con-tra una destrucción mental. Docenas de veces le decía a Ilsa que
era inútil empeñarnos en batallar contra las circunstancias, y cada vez me
repetía que si queríamos, sobreviviríamos, y de-bíamos quererlo porque teníamos
muchas cosas que hacer en el mundo. Cuando me sentía derrotado y me sumergía en
mi mo-dorra, se enfurecía desesperadamente conmigo y convertía en posible lo
imposible. Mi debilidad la obligaba a sacarse ella misma de su propio infierno;
le daba tanto trabajo que llegaba a olvidar sus miedos por mí. Porque ella,
también, creía que me estaba volviendo loco y era incapaz de ocultar su miedo a
mis ojos agudizados.
Había sabido por varias cartas que Poldi había muerto de una
enfermedad incurable de los riñones, que ya había afectado su cerebro y que le
habría destruido lenta y dolorosamente, si hu-biera vivido, en lugar de morir
rápidamente; supo por su madre que había regresado de Barcelona muy
tranquilizado, casi feliz, orgulloso de ella, amistoso hacia mí y determinado a
rehacer su propia vida. Esto la liberó de su sentido de responsabilidad por su
muerte y la dejó con el conocimiento de la herida que le ha-bía infligido.
Decía que su muerte había terminado su juventud, porque la había enseñado que
no era más fuerte que las circuns-tancias de la vida, como ella creía
secretamente. Pero mi propia enfermedad estaba extrayendo de ella sus reservas
más profun-das de energía. Como ella decía, estaba realizando el milagro del
barón de Münchhausen; sacarse del pozo tirándose de la propia coleta. Pero todo
esto yo lo contemplaba entonces a tra-vés de una niebla de apatía.
Hubo sin embargo una cosa, una simple cosa, que hice solo:
arreglé los documentos y di los pasos necesarios para nuestro matrimonio. Una
semana antes de abandonar Barcelona y Es-paña, nos casamos legalmente ante un
cáustico juez catalán que, en lugar de una plática, nos dijo:
-Uno de ustedes es una
viuda, el otro un divorciado. ¿Qué les puedo decir yo que no sepan ustedes
mejor? Ustedes saben a fondo lo que hacen. ¡Buena suerte!
Cuando bajábamos las escaleras retorcidas del juzgado, pensaba
que una simple formalidad me aliviaba el corazón, sin que nada se hubiera
alterado. Pero estaba bien que no tuviéramos que luchar más para que se nos
reconociera el derecho de vivir jun-tos.
Fuera, en la calle llena de sol y vacía, un viento de primavera
temprana me azotó la cara.
No hay cuartel
Capítulo X
El reloj de la iglesia española dio las doce campanadas de
me-dianoche justamente cuando el oficial de aduanas levantaba su sello de
caucho de la almohadilla pegajosa de tinta. Lo apretó contra la página abierta
de mi pasaporte y al mismo tiempo el reloj francés, al otro lado de la
frontera, lanzó su respuesta. Si hubiéramos llegado a La Junquera cinco minutos
más tarde, podían habernos hecho volver, porque mi permiso de salida de España
expiraba el 22 de febrero y aquellas campanadas eran el fin de aquel día.
Hubiera tenido que regresar a Barcelona y so-licitar una prolongación del
permiso. No hubiera tenido fuerzas para ello. Mejor reventar en Barcelona.
Nuestros soldados ha-bían perdido otra vez Teruel, estaban siendo rechazados a
tra-vés de los campos helados. ¿Por qué tenía yo que huir de una imaginada
locura?
El oficial estaba estampando el pasaporte de Ilsa.
Ella era quien había encontrado el coche que nos condujera, uno
de los coches de la embajada británica. Por días sin fin ha-bía sido imposible
encontrar otro vehículo, La última semana había estado sacudida por los
bombardeos y el hambre. No ha-bía pan en Barcelona, ni tampoco tabaco para
calmar el vacío consciente en el propio estómago. La mañana antes de partir
habíamos pasado los puestos de pescado de la Rambla de las Flores, yendo al
puerto en una busca desesperada de cigarrillos para mí; había en uno de ellos
un montón raquítico de bogas, esos pececillos que pueden pescarse a millares al
lado de los muelles, y sobre ellos un trozo de cartón sostenido por un
alam-bre: «1/4 de kilo, 30 Pts». La paga de un miliciano eran 300 pesetas al
mes, y para muchos era el único ingreso de sus fami-lias. Durante las horas de
camino en que había visto flamear delante de mis ojos la bandera británica,
enhiesta sobre el ra-diador del enorme coche, había pensado varias veces en el
mi-serable montoncito de pescado con su banderita de cartón.
El oficial de aduanas estaba ahora cerrando las correas de
nues-tras tres maletas.
El hombre había manejado mis manuscritos, hechos paquetes
precintados por el sello de la censura del Ministerio de Estado, con un cuidado
y un respeto exquisitos; indudablemente creía que iba a Francia en alguna
misión misteriosa, por el prestigio de aquellos sellos y por haber llegado en
un automóvil de la policía. Porque a cincuenta kilómetros de la frontera,
nuestro hermoso coche británico nos había dejado en el borde de la carretera
con una biela fundida, las gentes del garaje más cer-cano eran impotentes para
arreglar aquello. Me había vuelto a sentir derrotado por el destino, me había
visto a mí mismo co-mo uno de aquellos soldados huyendo de Teruel, condenado
por el fuego y la nieve; pero el propietario del garaje había lla-mado por
teléfono a la policía del pueblo más cercano, la magia de la bandera inglesa,
del acento extranjero de Ilsa y del paque-te lleno de sellos les había
impulsado a ofrecerse a llevarnos a la frontera en su destartalado coche. El
azar ciego nos recogía de lo que él mismo había provocado.
Así llegamos a La Junquera cinco minutos antes de mediano-che,
después de un viaje entre dos hileras apretadas de árboles surgiendo de la
oscuridad bajo el cono de luz de los faros, y a través de pueblos dormidos,
donde a veces los escombros de las casas demolidas por las bombas llenaban la
carretera. Era verdad que estaba abandonando mi país.
Después, estábamos entre las dos barreras, en la tierra de
nadie, un carabinero a un lado, un gendarme al otro. La carretera fran-cesa
estaba bloqueada por camiones pesados, sin luces, inmóvi-les, vueltos de
espalda a la frontera española: no armas para España, pensé. Cruzamos la
frontera. El gendarme miró por encima nuestros pasaportes y nos dirigió a la
Aduana. Tuve que llevar en dos veces nuestras maletas y la máquina de escribir;
Ilsa esperó por mí en el lado de España. Era una cuesta pina y ella no podía
ayudarme. De uno de los camiones brincó a la carretera helada un puñado de
naranjas, alegres en su liberación; dos de ellas pasaron a mi lado, rodando
ráudas, de vuelta a España.
Cuando entré en la oficina de aduanas, estrecha y desnuda, me vi
envuelto en humo de tabaco y en el tufo de una estufa de hierro encendida al
rojo. Dos hombres dormitaban detrás del mostrador, envueltos en capotes. Uno de
ellos se movió, estiró los brazos, bostezó y de pronto me dirigió una mirada
aguda:
-Acaba de entrar de España, ¿eh? -y me alargó una petaca
rebo-sante de tabaco negro cortado en hebras finas. Di unas chupa-das
hambrientas al cigarrillo antes de volver a la claridad helada de la noche. No
había lámparas encendidas en la calle, al igual que en España; La Junquera
había sido bombardeada un par de noches antes y Le Perthus estaba al lado
peligrosamente cerca.
Ilsa estaba hablando al centinela español, pero yo no me sentí
con ganas de prolongar la conversación. Cogí la pesada maleta, ella cogió la
máquina de escribir y volvimos la espalda a Espa-ña. El centinela nos gritó:
-¡Salud!
-¡Salud!
Subimos la empinada cuesta sin hablar.
No había posibilidad de dormir aquella noche en Le Perthus,
porque los chóferes de los camiones que traían naranjas de Es-paña habían
ocupado hasta el último rincón posible. Ahora sen-tía no haber cogido una de
aquellas naranjas; estábamos sedien-tos y hambrientos. El oficial de aduanas,
un francés ya viejo con unos bigotes espesos y lacios, negros y blancos,
amarillos de nicotina, sugirió que un vecino suyo podría llevarnos en su coche
a Perpiñán. Nos hubiera dejado pasar la noche en la ofi-cina, pero a la una la
cerraban. Pensé del dinero escaso que te-níamos, de la noche helada, y decidí
hablar con el vecino. Des-pués de unos minutos de llamar a una puerta y
helarnos en su umbral, nos abrió un hombre gordo, adormilado, vestido con unos
pantalones desabrochados y una camiseta sin mangas. Sí, nos llevaría a
Perpiñán, pero primero echaríamos un trago. Sacó una botella de vino tinto y
tres vasos:
-¡Por la República española! -brindó.
Mientras se vestía, él y el oficial me agobiaron a preguntas
so-bre la guerra. Después, el oficial de aduanas dijo:
-Yo estuve en la otra guerra, ¡mierda, miseria y piojos! Y ahora
nos están empujando a otra. Mi chico tiene justamente la edad. -De una cartera
panzuda y grasienta sacó la fotografía de un muchacho espigado embutido en un
uniforme mayor que él-. Aquí está. Ese Hitler está revolviendo las cosas y la
segunda guerra va a ser peor que la primera. Me da lástima de ustedes, en lo
que les han metido. Nosotros no queremos guerras, lo que queremos es vivir en
paz, todos, aunque no se viva muy bien. Pero estos políticos, todos debían
estar ahorcados. ¿Usted qué es?
-Un socialista.
-Bueno, yo también, si me entiende usted lo que digo. Pero la
política en general es una basura. Si me matan al chico... No nos hemos peleado
para tener otra guerra, pero si se empeñan les vamos a tener que romper los
huesos otra vez. Sólo que, es lo que yo digo, ¿por qué no pueden dejar a la
gente vivir en paz?
Cuando llegamos a Perpiñán eran cerca de las tres. Las calles
estaban desiertas, pero el alumbrado encendido. Mirábamos con asombro las
farolas que exhibían sus focos tan desvergonzada-mente. La luz de una de ellas
penetraba en el cuarto de nuestro hotel. Correr la cortina era como dejar la
luz fuera, desampara-da en el frío de la noche.
Ilsa se había quedado dormida instantáneamente con el sueño del
agotamiento. Ya me había advertido que una vez que estu-viéramos en Francia,
era su turno el dejarse caer. Toda la noche, a través de mi sueño, escuchaba
los ruidos de la calle. A las siete estaba completamente despierto y no podía
soportar más el estar encerrado en una habitación. Las paredes se me caían
encima. Me vestí sin ruido y me marché a la calle, llena ya de gentes que iban
a su trabajo y de un sol pálido de helada. Una muchacha con un delantalito
blanco, una faldita negra corta y medias de seda, tan bonita como la doncella
de una comedia, estaba ordenando los anaqueles del escaparate de una
panade-ría: bollitos y barras, cruasanes y bizcochos, panes grandes de pan
blanco sobre bandejas de madera color oro tostado, como si también las hubieran
dorado al horno. El aire llevaba hacia mí la fragancia del pan fresco y
caliente, como el olor de una mujer empapada de sol. La vista y el olor del pan
me hicieron sentir-me furiosamente hambriento, voluptuosamente hambriento.
-¿Puede usted darme algunos cruasanes? -pregunté a la mucha-cha.
-¿Cuántos quiere, monsieur?
-Todos los que quiera, media docena...
Me miró con unos ojos claros, amistosos, llenos de compasión.
-¿Ha llegado usted de España? Le daré una docena, se los va a
comer todos.
Me comí algunos en la calle y volví a nuestro cuarto con el
res-to. Ilsa estaba aún profundamente dormida. Puse uno de los cruasanes en la
almohada al lado de su nariz. El olor la desper-tó.
Íbamos por la calle perezosamente, disfrutando el placer de ver
las gentes y las tiendas, aunque nuestro paseo tenía una finali-dad urgente.
Íbamos al banco donde Poldi había depositado dinero a nombre de Ilsa, como
parte de un dinero nuestro que él había necesitado al marcharse de España. La
cantidad sería lo suficiente para permitirnos ir a París y tener dos o tres
semanas de descanso, sin preocupaciones financieras inmediatas. El fu-turo nos
parecía simple y claro. Lejos de los bombardeos me recuperaría inmediatamente.
Mientras tanto, trabajaríamos en París para nuestro pueblo. A ella la aguardaba
escribir innume-rables artículos; a mí, historias humanas. Después volveríamos
a España, a Madrid, y todo acabaría bien. Teníamos que estar en Madrid a la hora
de la victoria, y estaríamos. Lo único que aún le dolía a Ilsa era que no
habíamos podido quedarnos en Ma-drid, como era nuestro deber y nuestro derecho.
Pero en ninguno de los bancos de Perpiñán había un depósito a
nombre de Ilsa. Poldi debía de haberlo olvidado; en sus últimos días, parece
que su cerebro no funcionaba bien.
Contamos y recontamos nuestro dinero. Al cambio oficial
ha-bíamos salido de España con cuatrocientos francos. No era bas-tante ni para
dos billetes de tercera a París, ni para estar una semana en el hotel de
Perpiñán. Nos sentíamos estupefactos, sin saber qué hacer. ¿Qué podíamos
vender? No teníamos más que unas cuantas prendas de vestir bastante usadas,
papeles y un viejo mantón filipino. ¿La máquina de escribir? Pero entonces nos
quedábamos sin nuestra herramienta de trabajo.
Dejé a Ilsa en el hotel, buscando refugio en el sueño, y bajé a
beber algo al patio del hotel. Cuando vi a Sefton Delmer senta-do allí en el
centro de un ruidoso grupo, me sentí molesto. No quería que se enterara de
nuestra situación. Pero él tomó nuestra estancia en Perpiñán como una cosa
natural y comenzó a hablar únicamente del nuevo coche que había venido a buscar
para sustituir el viejo Ford de dos asientos, desgastado por la guerra, que
había pasado por última vez a través de la frontera antes de licenciarlo. Miré
con él el nuevo coche y escuché sus viejas ha-zañas y pensé si el viejo
veterano estaría destinado como la má-quina de escribir, que ahora era mía, a
morir en la basura. Sentía una amargura y envidia secretas y pregunté a Delmer
qué le iba a pasar al coche. Bueno, su colega Chadwick, que era quien había
traído el nuevo coche desde París, se iba a quedar con él: ese tipo que está
ahí, el de la cabeza apepinada. En un par de horas volvía a París en él.
Temblando de excitación, le pregunté, tan casualmente como pude,
si creía que Mr. Chadwick tendría por casualidad sitio para nosotros en el
coche. Teníamos poco equipaje y queríamos ir a París. Sí, había el sitio justo
si no nos importaba ir incómo-dos. Le dije que no nos importaba y corrí a
despertar a Ilsa, orgulloso como si le hubiera jugado una mala partida al
destino. A las cinco de la tarde estábamos en camino de París, donde nuestro
conductor tenía que estar al día siguiente a mediodía.
El viaje fue nuestra salvación y mi pesadilla. En la luz del
cre-púsculo, cada curva del camino sobre el llano era una amenaza de
destrucción súbita. Me sentía aterrorizado de la posibilidad de un accidente
estúpido y malicioso, de cada torsión de los engranajes del mecanismo
triturador de la vida. Cuando co-menzamos a trepar al Plateau Central (en el
mapa parecía el camino más corto a París), la carretera estaba helada y el
coche patinaba en cada curva cerrada. Chadwick era un chófer exper-to y decidido
y yo tenía bastante disciplina de viajero de auto-móvil para decirle nada, pero
tenía a veces que apretarme contra Ilsa para calmar mi temblor. Con la misma
gráfica claridad con la que había imaginado muchas veces el curso y efecto de
un obús, imaginaba ahora el patinazo, el choque y la mutilación cruel. Paramos
una vez en una taberna aislada para confortarnos un poco y cenar rápidamente.
Perdimos el camino y volvimos a encontrarlo. El hielo se convirtió en nieve
crujiente. Seguíamos sin detenernos, a toda velocidad, mientras yo apretaba el
brazo de Ilsa con mis dedos.
Poco antes del amanecer, cuando nos encontrábamos cerca de
Clermont-Ferrand, Chadwick detuvo el coche. Estaba agotado y necesitaba
descansar algo como una hora. Ilsa se incrustó en el hueco detrás del asiento,
bajo la curva baja del techo del co-che. Chadwick se quedó dormido sobre la
rueda del volante. Yo traté de hacer lo mismo en un rincón, ahora que tenía más
sitio. El frío me agarrotaba, me tenía que mover, no podía dor-mir. Abrí la
portezuela cuidadosamente y me fui a pasear por la carretera.
Era un amanecer gris, frío y húmedo. La tierra estaba
profun-damente helada. Unos cuantos árboles a lo largo de la carretera no eran
más que esqueletos retorcidos. En la cima de un cerro cercano, una alta
chimenea de ladrillo se enseñoreaba sobre los edificios negros de una fábrica y
vomitaba oleadas de humo espeso. Pasaban a mi lado los obreros en sus
bicicletas, primero sueltos, después en enjambres; sus luces rojas punteaban un
camino lateral que iba a la fábrica. De pronto, el alarido de una sirena rasgó
el aire; de la base de la chimenea surgió un pulmón espeso de vapor blanco que
se enroscaba en la neblina. Me es-tranguló la náusea cuando no estaba preparado
para ello. Vomi-té en medio de la carretera y me quedé allí helado, temblando,
empapado en sudor, castañeteándome los dientes.
¿Es que no había cura para mí? Había estado allí, mirando la
chimenea, viendo surgir el chorro de vapor blanco antes de que llegara a mí el
sonido; debía saber que el silbido de la sirena iba a llegar a mí; sabía que lo
único que significaba era la hora de entrada al trabajo y no el aviso de un
bombardeo. Sabía que estaba en Francia, en la paz. Y sin embargo era el muñeco
de mi cuerpo y de mis nervios. Hasta que no pasó media hora, no desperté a los
otros. Chadwick gruñó un poco porque le había dejado dormir más allá de las
seis; le dije que me daba lástima despertarle, tan agotado como estaba. No
podía decirle que me hubiera dado vergüenza el que me hubiera visto pálido y
tem-blón.
Hacía una mañana fría y soleada cuando entramos en París.
Chadwick, todo prisas, nos dio la dirección de un hotel barato en Montparnasse
y nos fuimos allí en un taxi. El ruido de la ciudad me desconcertaba. En broma,
dije a Ilsa:
-Hotel Delambre, rue Delambre. Si lo pronuncias como en
es-pañol, es hotel del hambre y la calle del hambre.
Lo fueron: hotel del Hambre, calle del Hambre, era nuestro
destino.
La pequeña alcoba en el tercer piso olía a guiso pobre y a calle
sucia. Sus paredes estaban cubiertas con un papel pintado con rosas rojas y
malva descoloridas que parecían repollos sobre el fondo gris azulado; un lecho,
desvergonzado de puro grande, llenaba la mitad de la habitación; un armario
amarillo que crujía pero no cerraba, una mesa vieja de oficina, un lavabo de
esmal-te blanco con grifos niquelados, ambos surtiendo agua fría a pesar de sus
leyendas, era el resto. Madame, la mujer del pro-pietario, debía de haber sido
una gran moza. Ahora era formi-dable, con unos ojos negros taladrantes y una
boca de labios finos apretados. Su marido tenía un bigote flojo de foca y un
corpachón blanducho; en cuanto tenía la ocasión, se escapaba de la portería y dejaba
a la mujer que hiciera guardia detrás de la mampara de cristal. Era más barato
alquilar el cuarto por mes; pero después de pagar un mes adelantado nos quedó
dinero bastante para comer tres días. Los pequeños restaurantes del barrio
ofrecían comida a siete francos y medio, con pan a dis-creción incluido en el
menú. Después de España, y una vez que nuestra primera hambre se había
apaciguado, una comida al día nos parecía bastante. Calculábamos que podíamos
vivir con veinte francos al día. Para irnos sacando adelante teníamos al-gunas
pocas cosas -nuestros relojes, mi estilográfica, el mantón filipino- que
podíamos empeñar en el Monte de Piedad, por cantidades lo suficientemente
pequeñas para darnos la seguri-dad de recuperarlas. Y yo iba a comenzar a ganar
dinero inme-diatamente.
Me fui a la embajada de España. El canciller, Jaime Carner, me
recibió con mucha simpatía y no menos escepticismo, me dio una carta de
presentación para dos periódicos de izquierda, pero me avisó que encontraría
dificilísimo el romper el círculo encantado de las peñas literarias sin estar
apoyado fuertemente, bien por un partido político o por alguno de los
escritores con-sagrados. Sabía que no podía contar con ello.
Vincéns, al principio el agregado de prensa, después la cabeza
de la Oficina de Turismo Española -una de las principales agen-cias de
propaganda-, nos invitó a comer, lo cual era bienvenido, y me dio otra carta de
presentación para otro periódico de iz-quierda.
El profesor Dominois, que había sido un amigo de Poldi -un
socialista francés, un partidario ciego de la República española y un experto
en la política de Centroeuropa-, nos citó en el Café de Flore, se dejó caer de
un taxi, su chaleco manchado y tripu-do a medio abrochar, sus lentes de oro
colgando de un cordón de seda negra, su cartera de ministro vomitando
papelotes, y, con un entusiasmo y una buena voluntad tremendos, comenzó a
desarrollar ante nosotros fantásticos planes de nuestro futuro trabajo de propaganda,
¡en la embajada de España!
Con un paquete de traducciones defectuosas de mis historias
sobre Madrid me fui a visitar a los editores. Algunas de estas historias fueron
aceptadas, para perecer sur le marbre, la mesa de componer, que es el
cementerio de todas las contribuciones sin importancia. Algunas fueron
publicadas; y dos ¡me las paga-ron! Las pruebas de una historia, con todos los
sellos de La Nouvelle Revue Française que la había aceptado, impresionó tan
profundamente a nuestra patrona que pudimos obtener de ella crédito por una quincena...
Ilsa tenía más suerte: colocó algunos artículos de ella y algunas traducciones
de mis cuentos en periódicos suizos socialistas que pagaban puntualmente, aunque poco. Más tarde encontramos una
muchacha sueca que, llena de entusiasmo (porque reconoció en Ilsa a la heroína
de una charla por radio que había dado una periodista sueca a su retorno de
Madrid), tradujo dos historietas de Valor y miedo, y las historias,
milagrosamente, fueron publicadas y pagadas. La suma total de nuestros
esfuerzos en las primeras semanas co-menzaba a parecer importante. Nos decíamos
a nosotros mis-mos y uno al otro que solos, sin ayuda de nadie, habíamos
obli-gado a leer a gentes de fuera sobre nuestra guerra, precisamente cuando ya
comenzaban a sentirse cansados de ella y que para los mismos periódicos no
tenía importancia. Pero aunque había consumido todas nuestras energías
combinadas el hacer tanto, era sin embargo muy poco, poquísimo, para lo que
había que hacer, y no satisfacía nuestra ansia de trabajar, ni nos propor-cionaba
más que un poquito de dinero ocasionalmente. Muy pronto nos vimos entrampados
con el hotel, encadenados a un sitio en el que odiábamos hasta el mismo aire,
sin contar las minúsculas hormigas rubias que invadían nuestro cuarto a
milla-res. A menudo pasábamos hambre.
Ilsa no estaba en mejores condiciones que yo de hacer trabajo
sistemático. Por las tardes estaba febril y casi inmovilizada por dolores
reumáticos; media hora de paseo la agotaba hasta casi hacerla llorar. Cuando
llegamos a Francia, me había pedido que le diera tiempo para recuperar sus
fuerzas. Ahora me ponía fu-rioso y deprimido el ver que tenía que ir ella en
busca de trabajo o de un amigo que nos prestara una pequeña suma para poder ir
sosteniéndonos. Encontró algunas lecciones, pero ninguno de sus discípulos
podía pagar más que sumas modestas; uno de ellos no podía pagar más que un café
con leche y un bollo cada vez que recibía una lección de inglés. Yo encontré un
centro de traducciones que pagaba un franco por cada cien palabras, con un
mínimum garantizado de tres francos. Tenía centenares de traductores esperando
en sus listas, sobre todo para traduccio-nes del y al alemán, pero
ocasionalmente le mandaban a Ilsa textos cortos para traducir al francés de uno
de los idiomas es-candinavos y a mí me daban trabajo en español. La mayoría de
ellos eran anuncios o instrucciones para usar productos; no va-lían más de
cinco francos, lo bastante para comprar pan y que-so. Pero una vez me dieron el
texto de una patente para traducir al español. Cuando comencé a escribir, una
de las palancas de los tipos se rompió. Era casi un desastre, porque la patente
era lo suficientemente larga para asegurarnos la comida caliente de lo menos
cinco días. Me senté a pensar una solución, mientras Ilsa trataba de dormir. En
un sentido me llenaba de excitación el tener que entendérmelas con una
adversidad puramente me-cánica. Cuando al fin encontré mi gran invento y
arreglé la pa-lanca sustituyéndola con cuerda de piano, me sentí feliz duran-te
días. Aún siento orgullo de ello; y la palanca aún sigue fun-cionando.
Sin embargo, por muchos días en semanas interminables, vivía-mos
exclusivamente de pan y café negro. Hasta que pudimos comprar una estufilla de
alcohol, una cacerola y una sartén, sin detenernos a pedir permiso a Madame
para guisar en nuestro cuarto. La doncella, una semiprostituta que limpiaba la
habita-ción, nos había dicho que Madame no permitía que se lavaran platos en el
lavabo y éramos demasiado conscientes de nuestra deuda para atrevernos a pedir
favores. Pero unos pocos días consecutivos de dieta de pan y café en el
mostrador del bar -donde era más barato, y más claro, que en el salón-, nos
debili-taba demasiado. Ninguno de nosotros dos nos habíamos recu-perado de los
efectos de los tiempos de privación en España, y cuando mi estómago estaba
vacío, mi cerebro funcionaba más febrilmente aún, a la vez que me sentía
apático. A menudo me parecía más razonable quedarme en la cama dormitando que
salir a la calle y empeñar el reloj una vez más o tratar de obtener cinco
francos de gentes que tenían poco más que nosotros mis-mos, pero a quienes era
aún preferible pedir que a gente que vivía una vida normal y confortable. Había
sido mucho más fácil pasar hambre en España, al igual que todo el mundo y por
una razón que valía la pena, que tener hambre en París por no encontrar trabajo
y no tener dinero, mientras las tiendas des-bordaban de comida. Algunas veces
Ilsa tenía un arranque de valor desesperado y se iba a pedir ayuda a alguno de
sus ami-gos en buena posición, temerosa de que la avergonzaran. Pero tenía tanto
miedo de encontrarse con la mirada hostil de Ma-dame y de que le preguntara
cuando pensábamos pagar la renta del cuarto, que generalmente era yo quien
espiaba y se escurría a escondidas a través de la maldita vidriera con su
timbre des-templado, en busca de dinero al menos para pan y cigarrillos. Si
esperaba bastante en la esquina de nuestra calle fuera del Café du Dome, era
seguro que viera a alguien a quien conocía de España o uno de los refugiados
amigos de Ilsa, gentes pobres como nosotros, pero siempre dispuestas a dar
parte de lo que tuvieran, tan fácil y naturalmente como en Madrid los
camare-ros y yo hacíamos un fondo común de cigarrillos en los días de escasez,
seguros de que a cada uno le llegaba su turno de dar y de tomar.
Si la única persona a quien encontraba tenía suficiente dinero
para pagarme un café en el recién abierto y deslumbrante bar del du Dome, me
quedaba allí agradecido, aceptaba un cigarri-llo del camarero y escuchaba sus
historias; cruzaba bromas con la muchachita alemana que pretendía ser la única
modelo «con un trasero a lo Renoir», miraba descaradamente a los turistas
ingleses y americanos que venían a echar una ojeada a la vida bohemia, y me
volvía al hotel, derrotado, para no volver a salir hasta ya entrada la noche.
Cuando tenía suerte, me llevaba a Ilsa, protegiéndola con mi cuerpo al cruzar
la vidriera del portal, y nos íbamos a comer salchichas cocidas al bar, con un
humor alegre y travieso porque Madame no nos había dicho nada y porque
estábamos aún vivos, no enterrados en nuestra alcoba maloliente.
A Ilsa no le agradaba estar en el bar. El ruido la ponía
inquieta. En general se enzarzaba en conversación con la florista de la puerta,
una mujer imperiosa, gruesa y frescachona con la que discutía sus flores y los
artículos de L'Humanité, o se iba a la vuelta de la otra esquina, a una
tiendecilla de libros usados a la que se entraba por una puertecilla estrecha
pintada de azul chi-llón; allí, la mujer del lánguido y bonito propietario, una
mucha-cha diminuta con ojos negros siempre rodando en guiños pica-ros y el pelo
teñido de un rubio amarillo, le dejaba husmear en-tre los libros y llevarse uno
alquilado por un franco, o en días de riqueza comprar uno, en la seguridad de
que pagaría la mitad de precio cuando lo devolviera. En la tienda de libros se
cultivaba el surrealismo, en la guisa primitiva de la absurdidad, con ju-guetes
de cartón metidos en la caja de un loro o colgando del techo enfrente de un
daguerrotipo de la época del terciopelo, los pantalones ceñidos, levita y
sombrero de copa. Pero había buenos libros. Lo único realmente surrealista para
mí eran los dos gatos: una gata enana siamesa y un enorme gato negro per-sa que
estaba castrado y que se sentaba inmóvil, mientras la gata, en celo, se
revolcaba por el suelo en su frenesí, exhibién-dose frente a él y acabando por
atacarle furiosa.
Mientras las mujeres hablaban, me aburría en la trastienda; no
lo remediaba ni aun la lectura de André Gide, que me parecía hermosa, pero con
una austeridad irreal, remota y fría. Prefería moverme en la calle o en el bar
entre las gentes. Era una escena inagotable.
Cada día, exactamente al oscurecer, llegaba al bar del Dome un
hombre chiquitín y ocupaba uno de los taburetes al extremo del mostrador en
herradura. Llevaba siempre el mismo traje oscuro brillante sobre su cuerpecito
redondo y el mismo sombrero hon-go, descolorido, en su cabecilla redonda, como
remate de una cara también redonda, sin más rasgos que un bigote
verdadera-mente francés. Parecía un viejo empleado de confianza de uno de esos
notarios a la antigua de provincias, que viven en casas centenarias, ya un poco
ruinosas, y tienen un despacho sombrío y polvoriento, donde los legajos se
amontonan en cada rincón atados con balduque rojo descolorido y donde una tribu
de ratas crece y se multiplica feliz y respetable, sometida a una dieta de
papeles amarillentos y de migajas de pan y queso.
El hombrecillo levantaba el índice, lenta y deliberadamente, lo
doblaba en gancho y llamaba con él al camarero dentro de la herradura del bar.
El camarero acudía y ponía un vaso lleno de un líquido incoloro enfrente del
hombrecillo, dejaba caer dentro unas pocas gotas de una botella, y una nube
verde amarillenta se elevaba del fondo en el fluido transparente hasta que todo
ello quedaba teñido. Era pernod. El hombrecillo colocaba un codo sobre el
mostrador, doblaba su mano hacia fuera en ángu-lo recto, descansaba la barbilla
en la mano y se sumergía en la contemplación del líquido verdoso. De repente se
arrancaba de su meditación; su cabeza se liberaba con una sacudida, su brazo se
extendía rígido, su índice señalaba acusador en el vacío, sus ojos surgían hacia
fuera y rodaban en sus órbitas en una revisión rápida de los clientes acodados
al mostrador del bar. Hasta que sus ojos y su dedo se detenían y apuntaban
directamente a la cara de alguien. La víctima solía hacer gestos y sonreír, y
en-tonces el índice acusador trazaba signos en el aire, afirmativos y
negativos, preguntando y persuadiendo, mientras las facciones vacías del
hombrecillo se contraían en una serie de muecas rá-pidas ilustrando la retórica
del dedo. Pero su cuerpo se mante-nía inmóvil y las palabras y exclamaciones
que formaban sus labios nunca se convertían en sonidos. La gesticulante cabeza
parecía uno de esos juguetes de goma que consisten en una ca-beza que se
deforma y gesticula cuando se le aprieta el cuello. De pronto se interrumpía la
actuación, el hombrecillo bebía un traguito de su pernod y volvía a sumergirse
en meditación por unos cuantos minutos, para reanudar su soliloquio en una
clave distinta, con el mismo vigor mudo.
Se pasaba así horas, sin moverse jamás de su asiento, agitando
de tiempo en tiempo su dedo para pedir otro pernod. Las gen-tes le embromaban y
trataban de hacerle hablar, pero nunca he oído salir una palabra de sus labios.
Cuando sus ojos miraban directamente a los vuestros, os dabais cuenta de que no
os veían. Eran las ventanas de una casa vacía; dentro de la piel de su cuerpo
no había nadie.
Pero yo había perdido ya mi miedo de volverme loco. Mi
en-fermedad había sido miedo de destrucción y miedo de la lucha dentro de mí
mismo. Era una enfermedad que atacaba igual-mente a todos los demás, a no ser
que estuvieran vacíos de pen-samiento y de voluntad, muñecos gesticulantes como
el hom-brecillo del bar. Cierto, los otros se habían construido más de-fensas
que yo, o poseían mayores poderes de resistencia, o ha-bían vencido en la lucha
abriéndose un camino a una claridad mayor. Pero yo podría también abrirme mi
propio camino a una claridad, y al fin podría ayudar a otros en su batalla si
lograba trazar mi enfermedad mental -esta enfermedad que no era úni-camente
mía- hasta sus raíces más profundas.
En aquellas ruidosas tardes de verano, cuando estaba solo entre
extranjeros, me daba cuenta de que no podía escribir más ar-tículos ni más
historias de propaganda, sino dar forma y expre-sar mi visión de la vida de mi
propio pueblo, y que para aclarar esta visión tenía primero que entender mi
propia vida y mi pro-pia mente.
En la guerra conmigo mismo no existía liberación, ni excusa, ni
cuartel. Esto sí lo sabía.
¿Cómo podía haberlo, cuando la guerra que galopaba sobre mi país
quedaba empequeñecida por las fuerzas que se alineaban para otra guerra,
amenazando mortalmente toda libertad del espíritu?
El tronar de los aviones de pasajeros llevaba siempre consigo la
amenaza; me recordaban sin cesar el Junkers gigante, cuyos sillones tapizados
era tan fácil sustituir por los aparatos lanza-bombas. Esperaba que las bombas
alemanas cayesen sobre Pa-rís. Entonces, las asociaciones de todos serían las
mismas que las mías.
Cada jueves, las sirenas de París bramaban durante un cuarto de
hora, comenzando a mediodía. Mucho antes de que comenzara este ensayo de
alarma, me preparaba para su choque, aunque nunca llegara a evitar que el jugo
amargo de la náusea me llena-ra la boca. Una vez esperaba un tren en la
plataforma del metro, hablando tranquilamente con Ilsa, cuando vomité
inesperada-mente; y sólo en plena arcada me di cuenta del ruido del tren que
pasaba sobre nuestras cabezas. En las bóvedas brillantes, cubiertas de azulejos
blancos, de la estación de Chátelet, me obsesionó la visión de la multitud
entrampillada allí durante un bombardeo aéreo combinado con un ataque con gas.
Miraba los grandes edificios calculando su potencial resistencia a las bom-bas.
Estaba sentenciado a una realización constante del choque que se
avecinaba, en su forma física, y estaba sentenciado a sentir la impotencia y la
violencia turbia de sus víctimas y de sus lucha-dores dentro de mi propia
mente. Pero de estas cosas no podía hablar a nadie más que a Ilsa.
Los franceses que conocía apenas si disimulaban su impacien-cia,
llena de miedos, hacia la lucha en España; resentían el escri-to en la pared,
porque aún se agarraban a su esperanza de paz para ellos mismos. Los refugiados
políticos de Austria, a quie-nes encontraba a través de Ilsa, estaban
desconcertados por los acontecimientos de su país, recientemente ocupado por
Hitler, y de la amenaza que se cernía sobre Checoslovaquia; pero aun así
encontraban refugio en sus doctrinas de grupo, en sus ambicio-nes y en sus
querellas. Uno solo entre ellos, el joven Karl Czer-netz, se daba cuenta de que
el socialismo internacional tenía mucho que aprender del caso histórico que
ofrecía el cuerpo sangrante de España y nos agobiaba con preguntas acerca de
los movimientos de masas, los partidos políticos, los factores sociales y
psicológicos de nuestra lucha; los demás parecían tener sus opiniones hechas.
En cuanto a los españoles con quie-nes me encontraba en lugares oficiales o
semioficiales, deberían estar sacudidos por nuestra guerra como yo lo estaba,
pero de lo único que tenían miedo era de desviarse de la línea oficial o del
Partido que les proporcionaba tan buen refugio. Yo era mucho más extranjero, o
al menos tanto para ellos como para los otros, aunque estaba muy lejos de
gloriarme de este aislamiento que limitaba mi radio de acción. La alternativa,
sin embargo, era peor, porque significaba tener que chalanear con mi
indepen-dencia de pensamiento y de expresión a cambio de una ayuda condicional
y de una etiqueta de partido que hubiera sido una mentira.
Aun en mis propios oídos mis intenciones sonaban locamente
audaces: obligar a gentes extrañas a ver y entender bastante de la sustancia
humana y social de nuestra guerra, para que se die-ran cuenta de la medida en
que estaba encadenada a su propia guerra, latente aún, pero que se acercaba
irremisible. Mientras trataba de controlar y definir mis reacciones mentales,
fue na-ciendo en mí la convicción de que los conflictos internos detrás de
estas reacciones torturaban no sólo a mí, el individuo, sino también las mentes
de innumerables españoles como yo; y que también torturarían las mentes de
innumerables hombres a tra-vés del mundo en el momento en que el conflicto los
absorbie-ra.
Si otros no sentían la urgencia de buscar la causa y el
encade-namiento de causas, yo la sentía. Si ellos se contentaban con hablar de
la culpabilidad del fascismo y del capital y de la vic-toria final del pueblo,
yo no. No era bastante; estábamos todos remachados a la misma cadena y teníamos
que luchar todos para liberarnos de ella. Me parecía que podía entender mejor
lo que estaba pasando a mi pueblo y a nuestro mundo si descubría las fuerzas
que me habían forzado a mí, el hombre solo, a sentir, actuar, errar y luchar
como lo había hecho.
Comencé a escribir un libro sobre el mundo de mi niñez y
ju-ventud. Al principio lo quería titular Las raíces, y describía en él las
condiciones sociales entre los trabajadores de Castilla al comienzo del siglo,
en los pueblos y en los barrios pobres que yo había conocido. Pero me encontré
escribiendo demasiadas declaraciones y reflexiones, que creía necesario
suprimir porque no brotaban de mi propia experiencia ni de mi propio ser.
Traté de limpiar la pizarra de mi mente, dejándola vacía de todo
razonamiento, y tratar de retroceder a mis orígenes, a las cosas que había
olido, visto, palpado y sentido, y cuáles de estas co-sas me habían forjado con
su impacto.
Al principio de mi vida consciente me encontré con mi madre. Con
sus manos roídas por el trabajo, hundiéndose en el agua helada del río. Con sus
dedos suaves enredándose en mis cabe-llos revueltos. El viejo puchero, tapizado
de negro, en el que ella cocía y recocía su café de posos. En el fondo de mi
memo-ria encontré la pintura del arco, para mí inmenso, visto desde el río, del
puente del Rey, con el coche real, escoltado por los jine-tes vestidos de
blanco y rojo, pasando sobre nuestras cabezas; las lavanderas golpeando la ropa
con sus palas; los chiquillos pescando pelotas de goma en el agua negra y
maloliente de la alcantarilla de Madrid; y la voz de la mujer asturiana que
canta-ba:
Por debajo del puente no pasa nadie, tan sólo el polvo que lleva
el aire...
Así empecé. Titulé el libro La forja, y lo escribí en el idioma,
las palabras y las imágenes de mi niñez. Pero tomó mucho tiempo escribirlo
porque tenía que ahondar profundamente en mí mis-mo.
Por aquella época tuvimos un golpe de buena fortuna: Ilsa ganó
una libra esterlina, que valía 180 francos al cambio de aquella semana.
Compramos la estufilla de alcohol y la sartén de que tanto habíamos hablado, y
dos platos, dos tenedores, dos cu-charas y un cuchillo. Yo me acordaba del olor
y del crepitar de la sartén de mi madre en la buhardilla y me puse a tratar de
ha-cer guisos españoles para nosotros. Eran guisos de pobre, pero a mí me
sabían a mi país: sardinas fritas, patatas, albondiguillas, todo frito en un
aceite cantarín, aunque no fuera aceite de oliva. No había guisado en mi vida,
pero me acordaba de los movi-mientos de las manos de mi madre: «Ahora, ella
cogía esto y hacía así...».
Era algo de alquimia y de magia blanca. Mientras freía sardinas
frescas y hermosas delante de la chimenea negra y fuera de uso, hablaba a Ilsa
sobre la buhardilla, el pasillo, la escalera, la calle, los ruidos y los olores
de Lavapiés. Se imponían y apagaban los ruidos y olores de la rue Delambre.
Después, antes de volver a sentarme a la máquina, me tiraba a lo largo de la
alfombra, la cabeza en el regazo de Ilsa y sus dedos entre mis cabellos, y
escuchaba su voz cálida.
Al final de nuestra calle se abría una plaza en la que se
instalaba el mercado del barrio. Nos íbamos allí juntos a buscar vegetales para
una ensalada y el pescado más barato que hubiera en el mármol de los
pescadores. Muchas veces nos salvábamos de otro día de hambre gracias a los
calamares, que muy poca gente compraba y que el pescadero estaba siempre
dispuesto a vender por unos céntimos. Su aspecto era repugnante: feos, sucios y
escurridizos. Pero les arrancaba paciente sus varias capas de piel hasta que no
quedaba más que la carne fresca llena de reflejos de nácar; preparaba una salsa
deliciosa con su propia tinta, acei-te, laurel, ajo y vinagre, y cocinaba en
ella lentamente las tiras de carne blanca. El cuarto entero olía como la cocina
de Miguel al pie del Peñón de Ifach. Otros días Ilsa tenía un ataque
nos-tálgico e insistía en preparar por una vez un plato vienés, bajo mis ojos
críticos. Tarde en la noche, cuando ya no me atrevía a teclear en la máquina,
temeroso de las quejas de otros huéspe-des, nos íbamos a dar un paseo hasta
Saint-Germain-des-Prés, a mirar la luminosidad azul del cielo y mantener
intacta la frágil burbuja de nuestra alegría.
Cuando teníamos un poco más de dinero del que necesitábamos para
el día, perdíamos la cabeza. En lugar de gastarlo cuidado-samente, celebrábamos
cada pequeña victoria con un nuevo desafío a nuestra existencia, pagándonos una
comida completa en un verdadero restaurante -doce francos-, con una botella de
vino barato incluida en el precio. Usualmente nos sentábamos bajo el toldo a
tiras del restaurante Boudet en el bulevar Ras-pail, porque me gustaba la
mezcla de sus clientes, estudiantes americanos ruidosos, disecados chupatintas
parisienses y fami-lias provincianas apaletadas, a la busca de París; y porque
me gustaba mirar el espacioso bulevar con su aire de aristócrata en decadencia
y la hilera de cuadros -puestas de sol, lilas en flore-ros azules, doncellas
vergonzosas con mejillas rosadas- que se exponían en la acera opuesta. También,
porque Boudet daba un buen cubierto por ocho francos o platos sustanciosos a la
carta, y eran generosos con su pan blanco que circulaba libremente en cestos
llenos y vueltos a llenar inmediatamente por las camare-ras.
En las tardes bochornosas, cuando me ahogaban las cuatro
pa-redes de nuestro cuarto y quería ver gentes y luces, oír voces anónimas y
sentir el ligero fresco del crepúsculo, íbamos a Boudet aunque todo nuestro
capital no fuera más que cinco francos. Pedíamos un solo plato, rechazábamos
dolorosamente la garrafa de vino que la camarera ponía automáticamente sobre la
mesa, y nos adueñábamos de uno de los cestos de pan que estuviera bien lleno.
Pero al principio del verano nos ocurrió un día que cuando pedíamos un plato de
macarrones para el uno y otro plato para el otro -una combinación que nos
permitía hacer comida de dos platos, dividiendo nuestra ración respectiva-, la
camarera, una mujer ya madura de abundantes carnes, se inclinó sobre nosotros y
dijo:
-Deben ustedes comer más, esto no es bastante.
Ilsa se quedó mirando la cara amistosa de la mujer y dijo:
-No importa mucho. Hoy no podemos gastarnos más dinero. Otro día
tal vez.
Pero la próxima vez que volvimos a pedir un solo plato, la
ca-marera se plantó, sólida y firme, y dijo:
-Les voy a traer dos cubiertos; hoy hay un buen menú. Madame me
ha dicho que tienen ustedes crédito y que pueden comer lo que quieran.
Me fui a dar las gracias a Madame, balbuceando como un
cole-gial. Estaba sentada detrás de su registradora, en un traje negro, con un
gato blanco y negro al lado; pero al contrario de la ma-yoría de las
propietarias de restaurantes francesas atrincheradas en la caja, no era
llamativa ni su escote pródigo, ni tampoco llevaba su traje de satén negro
ceñido como un guante a un cuerpo encorsetado. Era pequeña, delgada y
vivaracha, rápida de frase, como una madre con muchos chicos. ¡Oh, sí, todo
estaba arreglado!
¡Que no sabía cuándo y si podría pagar! No importa, ya
paga-ríamos. Interrumpió mis francas explicaciones de nuestra situa-ción
financiera: nosotros cenaríamos a crédito todo lo que nos hiciera falta y
pagaríamos cuando tuviéramos dinero. Quien arriesgaba su dinero era ella, y era
muy dueña de hacerlo.
Comenzamos a racionar nuestras visitas a Boudet; pero aun así,
íbamos bastante a menudo cuando no teníamos dinero para guisar en nuestro
cuarto o cuando queríamos animarnos un po-co. Hacia el fin de septiembre
habíamos acumulado una deuda de casi seiscientos francos. El cariño cálido de
las dos mujeres no cambió nunca, ni nunca asumieron un aire protector. Algu-nas
veces íbamos a comer allí para confortarnos en su acogida tan llena de calor
humano. Cuánto me ayudó a mí a seguir tra-bajando sin la preocupación del
momento próximo en que ten-dría que salir a escondidas a la caza de unas
monedas, no puedo decirlo. Pero era, ciertamente, mi ambición secreta pagar un
día mi deuda moral -la deuda en dinero la pagué, absurdamente, con dos mil
francos ganados en la lotería, con el único vigésimo que compré en Francia y
que compré con una desesperación cínica, con mis últimos diez francos, un día
gris y lluvioso- y pagarla públicamente, ante el mundo, en letras impresas,
como ahora lo hago.
Aquel septiembre, azul y oro, fue el septiembre de Munich.
Durante semanas, los franceses alrededor nuestro habían estado
discutiendo la posibilidad de una paz pagada a cualquier precio, pagada por
otros que no fueran ellos. Comenzaron a mirar de mala manera a los extranjeros
que personificaban un aviso des-agradable del futuro y la amenaza de
complicaciones políticas. Comenzaba a extenderse el despectivo insulto, sale
métèque. Fuera cual fuera su origen, su alcance era claro y hería por la
espalda a todos los extranjeros que no fueran ingleses o ameri-canos. Oí una
vez a un borracho escupir un «¡puerco negro!» en la cara amarillagris de un
mulato que llevaba en su solapa dos cintas, condecoraciones preciadas de la
última guerra. Los tra-bajadores, cuyas conversaciones escuchaba en los
bistrots, esta-ban inseguros y confundidos; ¿por qué tenían ellos que pelear
por una burocracia que se volvía fascista o por un gobierno de grandes
negocios? Mirad a España. España mostraba claramen-te lo que ocurría al pueblo
que arriesgaba sus vidas por defen-der su libertad: «¿No es verdad, español?».
Era para mí muy difícil contestar aquello; su odio a la guerra no era mayor que
el mío; desconfiaba de su Gobierno tanto como ellos. Lo que dije-ra acerca de
la necesidad de luchas por un orden social mejor, se había dicho tantas veces
que sonaba a hueco; la palabra liber-tad sonaba irónica.
Un número cada vez mayor de refugiados solicitando en la
Pre-fectura de Policía la prolongación mensual o bimensual de su permiso de
estancia recibían la respuesta de que tenían que abandonar el país en ocho
días. En la esquina del Café du Do-me oía las historias de muchos que
abandonaban París y se iban a pie por las carreteras, huyendo al sur, antes de
que los arresta-ran y los obligaran a cruzar la carretera belga o la alemana,
abandonados al destino.
Los republicanos españoles también tropezábamos con el
anta-gonismo oficial. Los ejércitos de Franco habían cortado la Es-paña leal en
dos partes que disminuían rápidamente, y el grueso de sus fuerzas amenazaba
Cataluña. Cuando, a nuestra vez, tuvimos que ir a la prefectura (a pie, porque
teníamos el dinero justo para pagar los derechos de prolongación), discutimos
so-briamente lo que haríamos si nos negaban el permiso de estar más tiempo en
el país. ¿Volver a España -mi libro casi termina-do, mi salud casi
restablecida- con la seguridad de que no nos darían trabajo? Teníamos una
invitación para ir a Inglaterra e Ilsa hablaba de marcharnos como si fuera
nuestro propio país. Pero ¿cómo podíamos encontrar en ocho días el dinero
necesa-rio para el viaje? Era un callejón sin salida. Después, cuando el
empleado aburrido nos prolongó el permiso sin el más ligero comentario, bajamos
las escaleras cogidos de la mano como chiquillos que salen de la escuela; pero
me flaqueaban las pier-nas.
En las tardes, las gentes se agrupaban en los bulevares,
espe-rando, después leyendo y comentando, las últimas noticias de la última
edición de Paris-Soir. Hitler había hablado. Chamber-lain había hablado. ¿Y qué
con Checoslovaquia? Era guerra o no guerra. En nuestro barrio, una de las
tiendas de comestibles apareció cerrada: el propietario se había ido a
provincias con toda su familia. Al día siguiente, dos tiendas más de la rue
De-lambre estaban cerradas porque sus propietarios se habían ido con su familia.
Era una pesadilla el pensar lo que iba a ocurrir en este París si estallaba la
guerra; lo primero, sería el caos en el suministro de víveres, porque las
gentes no tenían más pensa-miento que escapar de las bombas. Era amargo, a la
vez que confortante, pensar de nuestra gente en Madrid que aún seguía
resistiendo, cuando se acercaba al fin su segundo año de sitio.
El 14 de julio, cuando la ciudad crepitaba con las explosiones
de los fuegos artificiales de la fiesta y el cielo estaba lleno de luces de
color, me había ido a una estación del metro porque no podía soportar el ruido
y la trepidación de la tierra; en la calle las gentes habían cantado y bailado,
en un esfuerzo cansino y pobre de recuperar la alegría de una victoria por la
libertad que ya estaba medio olvidada. Ahora, cuando sabía que el peligro era
real y no una fantasía de mi cerebro, podía soportarlo, por-que la guerra era
inevitable y una guerra contra el agresor en aquel momento salvaría a España,
la vanguardia medio destrui-da del mundo. Y si había guerra, lo mejor era estar
en el centro de ella y tomar parte. Los franceses comenzarían metiendo a todos
los extranjeros en campos de concentración, pero después nos admitirían a
nosotros, que éramos los veteranos de su pro-pia guerra. Me parecía a mí,
entonces, que estaba recuperando el control de mí mismo. Había aprendido muchas
lecciones.
El día en que aparecieron los grandes anuncios movilizando
varias quintas francesas y ensuciando fachadas y paredes con su fealdad, el
propietario del hotel Delambre me invitó a entrar en su sala de recibir:
-Como usted ve, esto significa guerra. Si el resto de su deuda
no está pagado el domingo, me voy a la policía. No podemos mantener extranjeros
que no tienen dinero. En todo caso, ya he hablado sobre usted a la policía. El
lunes cierro el hotel y nos vamos a mi tierra. A París lo van a bombardear
inmediatamente; es la ciudad que primero van a bombardear.
Ilsa estaba en cama con un ataque de gripe. Me fui a pasear por
las calles de París sin idea alguna de dónde ir. En la Puerta de Orléans, una
masa compacta de automóviles particulares, car-gados al máximo con maletas y
bultos, avanzaba lentamente, estorbándose unos a otros en su afán de escapar
cuanto antes de la ciudad. Las estaciones del ferrocarril estaban sitiadas por
multitudes silenciosas, malhumoradas y tensas. Hileras comple-tas de tiendas
estaban cerradas a piedra y lodo. Aquello era pánico en el borde de desatarse
incontrolable.
Volví a nuestro cuarto para ver a Ilsa y tratar de preparar algo
de comida. Lo único que teníamos eran unas pocas patatas y medio pan infestado
en todos sus poros por las pequeñas hor-migas rojas que resistían cualquier
intento de echarlas de su mesa de banquete. Volví a la calle y le pedí al
camarero del Dome que me diera un vaso de vino que me bebí de un trago. Volví a
llenarlo sin decir palabra mirando por encima de mi hombro, distraído, la
avalancha de coches en el bulevar, gran-des automóviles con enormes maletas
amontonadas en sus tra-seras.
-¡Los cerdos! Para nosotros, el cuartel y ellos... Bien,
tendremos que cortarles el cuello a muchos, como hicieron ustedes en Es-paña.
Alguien me golpeó el hombro:
-Caramba, caramba, Barea, ¿qué haces aquí? ¿Dónde está Ilsa? Ven
a ver mi coche nuevo. Pero ¿dónde está Ilsa? ¿Y cómo va la vida?
Era Miguel, el cubano rico que se había ido al Madrid sitiado
por curiosidad, por simpatía y por la necesidad de escapar de su propia vida
vacía. En España solía decir que quería a Ilsa como si fuera una hermana suya;
ahora insistía en verla inmediata-mente. Se asustó de la miseria de nuestra
habitación y de nues-tras caras consumidas, y me llenó de reproches por no
haber pensado en él en París durante los pasados meses en que había derrochado
el dinero. Como si fuera un castigo por mi constan-te miedo de un destino
ciego, cruel y sin sentido, este encuen-tro casual nos salvó de una policía
hostil. Miguel nos dio el di-nero necesario para liquidar totalmente nuestro
hotel. Teníamos dónde ir. Una periodista noruega había dejado su piso al
cuida-do de unos íntimos amigos nuestros, refugiados de Hitler, y les había
dado el derecho de alquilar habitaciones para ayudarse a vivir; y hacía tiempo
que nos habían ofrecido una habitación increíblemente clara, limpia y alegre,
que no habíamos podido aceptar por estar atados por nuestra deuda en el hotel.
Nos mu-damos al día siguiente, aunque el dueño nos pidió de pronto que nos
quedáramos. Se había firmado el pacto de Munich y ya no creía necesario
abandonar el hotel que, sin nosotros, se que-daba casi vacío.
Munich destruyó la última esperanza de España. Era claro, sin
duda posible, que ningún país de Europa movería un solo dedo para ayudarnos
contra Hitler y sus amigos españoles. Rusia tendría que retirar completamente
su ayuda, que ya era mísera; una intervención descarada de su parte
significaría que el con-junto de Europa se levantaría contra Rusia y la
destruiría. El sacrificio de Checoslovaquia y la vergonzosa sumisión de las
grandes potencias al ultimátum de Hitler no había provocado una ola de ira y
desprecio para el dictador, sino una ola mons-truosa de miedo, miedo crudo de
guerra y destrucción que ati-zaba el deseo de desviar la guerra y la
destrucción sobre las cabezas de otros.
Los franceses con quienes hablaba eran brutalmente francos. Eran
gente ordinaria, con pequeños sueldos y pocas ambiciones, tratando de acumular
ahorros para su vejez, odiando hasta el recuerdo de la última guerra. Estarían
encantados si, después de Checoslovaquia, fuera posible lanzar a la furia del
dictador con-tra otro país que le hiciera frente y a quien pudiera aplastar,
dejando así tranquila a Francia. Porque Francia era inocente. Francia quería
vivir en paz con el mundo entero. La Francia verdadera repudiaba a los
políticos culpables, los buitres de guerra, los socialistas activos, los
comunistas, los rojos españo-les que intentaban arrastrar a Europa en su
guerra. La Francia verdadera, la que había firmado el pacto de Munich.
También yo, por unas pocas semanas, me sentía culpable del
alivio de que la guerra hubiera sido propagada y me forcé a mí mismo a olvidar
el olor a putrefacción en el país que aún -¿por cuánto tiempo?- nos daba
hospitalidad. Era también una alegría tan grande encontrarse en la nueva
habitación; aprender cómo tres francos podían producir una comida para Truddy,
nuestra generosa y trabajadora patrona; escribir a placer, poder pensar sin que
los miedos le golpearan a uno el cerebro. Era la primera vez desde que habíamos
llegado a París que podía dejar a Ilsa descansar tanto como quisiera. Muy
pronto comenzó a trabajar de nuevo con su antigua energía, forzándome a evocar
los más brillantes colores y los dolores más agudos de mi niñez, sacán-dolos
del fondo de lo más secreto de mi mente y dándoles for-ma en mi libro.
El otoño sumergió a París en un reflejo de oro. Después de
co-mer, solíamos irnos al jardín del Luxemburgo, lentamente, co-mo dos
convalecientes, para sentarnos allí en un banco donde diera el sol. Teníamos
que ir pronto, porque los bancos se llena-ban rápidamente con niñeras,
chiquillos y ancianos. No hablá-bamos mucho, porque el hablar de lo que llenaba
nuestros pen-samientos era provocar pesadillas. Era mejor sentarse quietos y
mirar la danza de las hojas muertas de los castaños en la aveni-da moteada de
sol.
En el banco opuesto al nuestro vino a sentarse una pareja ya
vieja, ella chiquitita y vivaracha, golpeando la arena del paseo con la contera
de su bastón; él, tieso y huesudo, con una perilla blanca y bigotes también
blancos, puntiagudos y cuidadosa-mente encerados. Antes de permitirla sentarse,
limpió el banco meticulosamente con su pañuelo de seda. Llevaba ella un traje
de seda bordada y él llevaba un bastón con puño de plata bajo el brazo, como el
bastón de mando de un oficial. Hablaban uno a otro con un murmullo suave, con
inclinaciones corteses de cabeza. Cuando ella movía sus dedos, que surgían
libres de los mitones de encaje, parecían las alas de un pájaro sacudiéndose de
las gotas de lluvia.
Ilsa dijo:
-Cuando seamos tan viejos como ellos, podríamos ser lo mismo.
Sería bonito. Tú de todas maneras te convertirías en un viejo flaco y yo voy a
hacer todo lo posible por convertirme en una viejecilla pequeña y arrugadita.
Nos iremos de paseo por las tardes a un jardín, y nos calentaremos al sol,
contándonos histo-rias de los viejos tiempos y las cosas horribles que pasaron
cuando éramos jóvenes.
-Pero ¿cómo te vas a convertir tú en una vieja pequeñita?
-Igual que otras lo hacen. Mi madre, por ejemplo, era de joven
tan redondita como yo...
-No te creo.
-Bueno, para su estatura. Es verdad, era regordeta y ahora se
está haciendo una cosa frágil y arrugada muy agradable, aunque la verdad es que
lo sé más que nada por sus fotografías...
El hombre se levantó, se quitó el sombrero y alargó su mano
derecha:
-Mira, ¡ahora van a bailar un minué!
Pero el viejo se inclinó, besó la punta de los dedos de la dama
y se marchó lentamente, paseo abajo, su bastón de plata bajo el brazo. Los
dedos de ella, escapándose de los mitones negros, se movieron como las alas de
un pájaro que no puede volar.
-¡Oh, pero eso no me lo harás a mí! -exclamó Ilsa; y los ojos se
le humedecieron.
-Claro que lo haré. Me iré al café y me sentaré con los amigos y
tú te puedes quedar con todo el jardín para ti. -Pero entonces vi que una gota
se había estrellado en su falda y se extendía en un círculo: parpadeé como si
los ojos se me hubieran llenado de polvo. Sin ninguna razón. Le tuve que contar
historias de hadas como a los niños, hasta que las comisuras de sus labios se
arru-garon en sonrisas y se ahondaron en las dos interrogaciones que me hacen
feliz.
Recibí un paquete de libros de España; Valor y miedo se había
publicado. Pero pensé que los editores no podrían mandar ejemplares a Madrid,
que era la cuna del libro: Madrid estaba cortado de Barcelona. Leí lo que había
escrito con el sonido de las bombas en mis oídos; todavía me gustaba algo de
ello, aun-que ahora la mayoría me parecía ingenuo. De todas formas me alegraba
y me enorgullecía pensar que había sacado algo simple y claro del torbellino de
la guerra.
Uno de los primeros ejemplares que regalé -el primero de todos
fue para Ilsa- fue para Vicente, el dependiente de uno de los fruteros
españoles. Su patrón, como la mayoría de los fruteros españoles de París, no
tenía ninguna inclinación hacia los repu-blicanos que querían intervenir el
negocio de exportación, favo-recer las cooperativas, aumentar los jornales de
los trabajadores españoles y reducir así los beneficios suyos. Y por idénticas,
pero opuestas razones, todos sus dependientes eran pro-republicanos. Vicente me
había invitado a la buhardilla donde vivía con su esposa, una francesa, tipo
clásico de la buena ama de casa; me había llevado después a los grandes
almacenes del mercado -Les Halles-, donde cargadores y dependientes espa-ñoles
manejaban la fruta y los vegetales que venían de Valencia y de las Canarias; y
me contó su miedo secreto de que Francia llevara la misma marcha que España,
camino de un fascismo o de una guerra civil. Cuando le di mi libro, se sintió
tan orgullo-so como si le hubiera hecho partícipe de nuestra guerra. Me
arrastró a un pequeño café cerca del mercado donde se reunían todos los
españoles. Solían recoger dinero para ayuda de la Es-paña republicana; la
mayoría de ellos eran comunistas.
Los hombres estaban chillando y jurando, fumando y bebiendo,
discutiendo a gritos la marcha del mundo, con tanto entusiasmo como las gentes
en la taberna de Serafín durante los meses an-tes de la guerra. Ninguno de
ellos admitía que las cosas pudie-ran ir mal en España; en Francia, sí; Francia
iba al desastre, por-que los franceses no tenían reaños, pero los españoles
iban a enseñar al mundo... Repasaron las páginas de mi libro, miraron en él en
busca de palabras que les confirmaran sus opiniones, me dieron cachetes en la
espalda. Sí, aún hablaba el mismo len-guaje que ellos, pero mientras me
encontraba entre ellos a mis anchas, pensaba en el otro libro, el que estaba
escribiendo para tratar de explicarme a mí mismo por qué estábamos condenados a
ir de actividades locas a pasividades suicidas, de fe a violen-cia, de
entusiasmo a pesimismo. Y la escena me desconcertaba.
Otro de los ejemplares fue una especie de soborno de nuestro
portero. El administrador de la casa donde vivíamos -un edifi-cio enorme,
moderno, con calefacción central y alquileres exor-bitantes- estaba irritado
contra nosotros, los habitantes de nues-tro piso, porque todos éramos
extranjeros. Una vez vino a visi-tarnos y trató de provocar una bronca. Estaba
entonces vivien-do allí un matrimonio noruego y el administrador dijo que
aque-llo no le gustaba. «Las autoridades harían muy bien en tener a los extranjeros
bajo la vigilancia más estricta en estos tiempos turbulentos en los que se
dedicaban a provocar conflictos.» Tuvimos la suerte de que el portero se puso
de nuestra parte y le dio los mejores informes de nosotros, afirmándole que ya
tenía él mucho cuidado de qué gentes vivían en la casa. Naturalmen-te, a
primero de mes, su propina era sagrada, porque era para nosotros más importante
el mantenerle a nuestro lado que el comer. Y sobre mí recaía, además, el hacer
lo que para él era tanto o más esencial que la propina: escucharle. Solía
hacerse el encontradizo conmigo en el patio y comenzaba a contarme la historia
de su mala suerte. Había perdido una pierna en la otra guerra, los pulmones no
estaban fuertes, su mujer no tenía sim-patía para sus ambiciones fracasadas,
tenía que beberse un vasi-to de vino para consolarse.
-Los tiempos son malos... ¡Los políticos, monsieur! Si yo
hubie-ra querido ensuciarme...
-Me empujaba en la portería y me confrontaba con un diploma
colgado en la pared-.
¿Ve usted? Yo estaba destinado para la judicatura. Sí, señor.
Aunque ahora no sea más que un simple portero, soy un hombre con educación, con
un título. Pero ¡la maldita guerra! -Ésta era la señal para remangarse la
pernera del pantalón y enseñarme su pierna artificial, rosada como la de una
muñeca-: Aquí me tiene usted, pudriéndome. Esta maldita pierna se llevó mis
últimos mil francos. Me duele cuando pienso lo que yo podría ser. -Éste era el
momento en que esperaba ser invitado a un vaso de vino en el bistrot de al
lado. Si me desentendía, comprendía que an-daba mal de dinero y me invitaba él
a mí, para no perder la oca-sión de exhibir su desdicha y solicitar la
admiración y la compa-sión del oyente. Hacia el fin de mes, cuando se había ya
bebido todas las propinas de todos los inquilinos del inmenso edificio, saltaba
sobre mí cuando entraba o salía y comenzaba a hablar con los ojos suplicantes
de un perro sediento. Solía exhibir un libro lleno de recortes de periódicos,
describiendo las batallas en las que había estado como un soldado forzoso; al
final abría el estuche donde tenía su Croix de Guerre. La cruz había
des-gastado ya el terciopelo del estuche. Ante ella, invariablemente,
exclamaba-: Y ahora, ¿qué me dice usted?
Cuando le di mi libro, lo sopesó ceremoniosamente en sus ma-nos
y dijo:
-¡Ah, la libertad del pueblo! Pero, perdóneme que lo diga,
so-mos nosotros los franceses los que hemos traído la libertad a este mundo.
Fue con nuestra sangre que se firmó la liberación de... -Se calló, se retorció
el bigote que inmediatamente volvió a caerse blandamente en su sitio, y
agregó-: Bueno, usted sabe lo que quiero decir. -Su mujer le estaba mirando con
el asombro y los ojos castaño oscuro de una vaca.
A medida que pasaba el tiempo, nuestro portero comenzó a hablar
de ciertas dificultades, no muy claras, con el administra-dor. El caso era que,
en realidad, había muchos extranjeros en París. Esto no quería decir nada
contra nosotros como indivi-duos, pero él no creía que nos prolongarían el
alquiler del piso después del primero de marzo. El verdadero inquilino no
estaba nunca allí en persona y muchos de los vecinos no creían que era justo
que en la casa hubiera un centro de gentes extranjeras. Al fin y al cabo
teníamos muchos amigos que nos visitaban, ¿no? ¿No sería mejor si volviéramos a
España?
En vísperas de Navidad comenzó el colapso del frente en las
orillas del Ebro. El camino de Barcelona estaba abierto. Madrid aún se
sostenía. El enemigo no lanzó ningún ataque sobre la ciudad sitiada; la dejó en
las garras del hambre y del aislamien-to. Niní Haslund vino de su trabajo de
ayuda a los niños en España y nos habló de la desesperación de las madres, de
su desesperación sorda, furiosa, sin esperanza. Pero nadie estaba dispuesto a
rendirse.
París estaba ahora oscuro, lleno de nieblas y frío. Estábamos
solos en el piso, porque nuestros patrones se habían ido a pro-vincias,
luchando su propia batalla con la miseria. Había termi-nado mi nuevo libro,
trabajando a ratos cuando la máquina no estaba esclava de mis traducciones o de
las copias que Ilsa ha-cía de manuscritos incorrectos de otras gentes, que era
lo que nos ayudaba a vivir. Pero cuando estuvo terminada la primera versión
cruda de La forja, me descorazoné. Me parecía insolen-te esperar que aquello
llegaría y emocionaría a un público que lo único que quería era escapar de sus
miedos y de las luchas so-ciales de su propio mundo. Seguramente, nunca se
imprimiría. ¡Había oído tan a menudo que nadie quería oír hablar de lo que
pasaba en España! Así, mi contribución a la batalla iba a ser estéril; porque
escribir era para mí parte de la lucha, parte de nuestra guerra contra la vida
y la muerte, y no sólo una expre-sión de mí mismo. Había luchado para fundir
forma y visión, pero mis frases eran crudas porque había tenido que salirme de
los ritmos convencionales de nuestra literatura, para poder evo-car los sonidos
y las imágenes que me habían formado a mí y a tantos de mi generación.
¿Lo había conseguido? No estaba seguro. Era otra vez más un
aprendiz, tenía que aprender a contar mi propia verdad. Las concepciones de
arte de los escritores profesionales no me ayu-daban; apenas me interesaban. Un
escritor francés me había llevado dos veces a una peña literaria, pero las
manifestaciones de los reunidos, girando exclusivamente alrededor de un maître
aquí y otro allá, me llenaban de un aburrimiento asombrado y un disgusto
vergonzoso. Ahora me deprimía pensar que no per-tenecía a grupo alguno y que
esto podía otra vez condenarme a una solitaria inactividad; y sin embargo, era
imposible obrar sobre las creencias de otros y no sobre las mías propias, a no
ser que quisiera perder la virtud que existiera en mí.
Cuando estaba más deprimido, un español a quien no conocía me
visitó. Había leído el manuscrito de La forja, como lector de la editorial
francesa a quien lo había sometido, y quería discutir-lo conmigo. El hombre era
un hombre débil, dividido dentro de sí mismo, con sus raíces en la vieja España
y su mente atraída por la nueva, asustado del dolor que el choque final de las
dos ideologías había producido en él y en los demás. No le gustaba mucho mi
manera de escribir, porque, como él decía, le asustaba mi brutalidad; pero
había recomendado la publicación del libro porque encontraba que contenía
fuerza de liberar cosas que él, y otros como él, mantenían cuidadosamente
enterradas dentro de ellos. Vi su excitación, el alivio que mi libertad de
lenguaje le había proporcionado, y vi con asombro que me envidiaba. El editor
retuvo el libro y nunca dio una respuesta. Pero no impor-taba mucho. Otro
hombre había dicho que el libro era una cosa viva.
En los últimos días del año 1938, cayó sobre París una tremen-da
helada. Las cañerías se helaron en muchas casas. Tuvimos suerte, porque la
calefacción central de nuestra casa siguió fun-cionando. Y cuando un joven
polaco, con quien había hecho amistad -estaba en camino de convertirse en un
talentoso escri-tor realista de buena prosa francesa, restringida por la
influencia de André Gide-, me llamó para preguntarme si no podíamos recogerle a
él y a su esposa de la prisión en que se había conver-tido su casa inundada,
helada y sin agua corriente, me alegré de poder invitarle a pasar las Navidades
con nosotros. A la mañana siguiente, dos agentes de policía se presentaron en
el piso pre-guntando por nuestros huéspedes. No habían informado a la comisaría
de su distrito de que iban a pasar la noche fuera del domicilio en que estaban
registrados; y no se los llevaron dete-nidos gracias a que el joven polaco
poseía documentos de haber servido en el ejército y estar sujeto a
movilización. Todo esto, en un pomposo lenguaje oficial y en las peores maneras
posi-bles. Y a nosotros se nos avisó severamente que no dejáramos dormir en
nuestra casa a extranjeros sin conocimiento de la po-licía, siendo extranjeros
nosotros mismos. Nuestros huéspedes tendrían que presentarse ante la prefectura
y esto se tendría en cuenta contra ellos. No, no podían quedarse hasta que se
deshe-laran las cañerías sin un permiso especial de la comisaría de su
distrito.
Cuando salí a la calle aquel día, mi portero me invitó a entrar
en la portería.
-Lo siento mucho, pero tenía que comunicar a la policía que
había gentes extranjeras en su cuarto toda la noche sin que se me hubieran dado
sus documentos. ¿Sabe usted?, si yo no lo hubiera hecho, alguien hubiera ido
con el cuento. Hasta el ad-ministrador está en contra mía con todas estas
historias. Ya le he dicho que las cosas se estaban poniendo difíciles y ¡cada
uno tiene que mirar por sí mismo!
Unos pocos días más tarde me encontré con un muchacho vas-co a
quien conocía ligeramente del bar del Dome. Me contó que la policía le había
pedido sus documentos tres veces en una sola noche, la última cuando estaba con
una amiguita en un hotel meublé. Tenía un salvoconducto del Gobierno de Franco
que su padre -un famoso fabricante de San Sebastián- había obtenido para él a
fin de que escapara de la guerra.
El documento no tenía validez más que para la policía de
fron-tera en Irún, pero viéndolo, uno de los agentes de la policía francesa le
había dicho: «Usted perdone, contra usted no va nada, pero ¿sabe?, es hora que
limpiemos Francia de todos los rojos». Cuando fuimos a la prefectura para pedir
la prolonga-ción de nuestros récépissés, el oficial nos sometió a un largo
interrogatorio. ¿No éramos refugiados? No, teníamos pasapor-tes legales del
Gobierno de la República y podíamos volver a España. Pero ¿no sería mejor que
nos registráramos como refu-giados? Porque volver a España no íbamos a volver,
¿no? No, no queríamos registrarnos como refugiados; insistíamos en nuestro
derecho como ciudadanos españoles. Al fin, malhumo-rado, nos dijo que,
quisiéramos o no, tendríamos que registrar-nos muy pronto como refugiados y
entonces se revisaría nuestro caso. Pero por aquella vez, nos prolongaría el
permiso de estan-cia.
En el pasillo escuálido y maloliente me encontré con varios
es-pañoles que esperaban su turno. Me contaron que a la mayoría se les había
expulsado de París y se les había ordenado fueran a las provincias del norte de
Francia. Entonces vi una cara fami-liar:
-Parece que el pobre está desesperado -dije.
-Anda, ¿no sabes que le arrestaron y le han tenido encerrado
unos cuantos días, precisamente por haber sido un ministro de la Generalitat de
Cataluña?
Era Ventura i Gassols, el poeta catalán a quien el París
intelec-tual había festejado unos pocos años antes. Se escurrió escaleras
abajo, como un animal perseguido.
Todo el edificio gris
olía a podre.
¿Cómo había sido tan estúpido para creer que esta gente, estos
agentes y sus amos, nos iban a admitir para cooperar en la gue-rra que se
echaba encima de Francia? No. Estaban preparando la Línea Maginot de su casta,
y nosotros éramos sus enemigos. Intentarían usar la guerra como su instrumento.
Al final, la gue-rra los devoraría a ellos, y a su país, pero primero seríamos
noso-tros los que pagaríamos el precio. Pero yo no quería ser carne de cañón de
un fascismo francés. No quería que nos cogieran en una trampa, derrotados dos
veces.
Si queríamos vivir y luchar, y no pudrirnos y ser cazados como
alimañas, teníamos que abandonar Francia, huir de la ratonera. Huir a
Inglaterra -un esfuerzo desesperado podría proporcio-narnos el dinero, aunque
hubiera que pedirlo a amigos otra vez-, y quedarnos allí. No a la América
latina, porque nuestra guerra iba a resolverse en Europa, pero sí fuera de esta
podredumbre.
Allí mismo, dentro de las desconocidas paredes, olientes a moho,
de la prefectura, me asaltó la urgencia de escapar donde hubiera libertad.
Los ruidos de la gran ciudad, amortiguados por los gruesos
muros, me golpeaban en el fondo del cerebro, y los horrores de la destrucción
estúpida volvían a volcarse sobre mí. El agente de la policía se inclinó y
dijo:
-Pasaportes, hagan el favor.
Mientras buscaba en mi bolsillo, sentía que la frente y las
pal-mas de las manos se me cubrían de sudor. El miedo de las últi-mas semanas,
cuando la jauría cazaba en plena furia, lo sentía en los tuétanos. Y aquél era
nuestro último encuentro con la policía francesa.
El hombre miró por encima de los documentos y puso su sello de
caucho en ambos pasaportes. Después nos los devolvió, nos dio las gracias muy
atento, y cerró la puerta del compartimento con exquisito cuidado. Las ruedas
del expreso sonaban isócro-nas. Ilsa y yo nos mirábamos uno a otro en silencio.
Esta vez pertenecíamos al grupo de los afortunados; las leyes y los trata-dos
internacionales estaban aún del lado nuestro. La visión de miles y miles de los
otros, de los desgraciados, llenaba el com-partimento hasta nublar mi vista.
Desde el fin de enero la frontera española era un dique roto a
través del cual una ola de refugiados y soldados en derrota inundaba Francia.
El 26 de enero Barcelona había caído en ma-nos de Franco. En la misma fecha
comenzó el éxodo en todas las ciudades y pueblos de la costa. Mujeres,
chiquillos, hombres y bestias, marcharon a lo largo de los caminos, a través de
cam-pos helados, sobre la nieve mortal de las montañas. Sobre las cabezas de
los huidos, los aviones sin piedad; un ejército borra-cho de sangre empujando
detrás; una pequeña banda de solda-dos luchando aún para contenerlo,
retirándose sin cesar y lu-chando cara al enemigo, para que pudieran salvarse
algunos más. Pobres gentes con petates míseros, gentes más afortunadas en
coches sobrecargados abriéndose camino en las carreteras congestionadas, y a
las puertas de Francia una cola sin fin de fugitivos agotados, esperando que
les dejaran entrar y estar seguros. Seguros en los campos de concentración que
esta Francia había preparado para hombres libres: alambradas de espino,
centinelas senegaleses, abusos, robo, miseria y las prime-ras oleadas de
refugiados admitidos, encerrados entre el alam-bre en rebaños como borregos,
peor aún, sin techo sobre sus cabezas, sin abrigo contra los vientos helados de
un febrero cruel.
¿Es que Francia estaba ciega? ¿Es que los franceses no veían que
un día -muy pronto- iban a llamar a estos mismos españoles a luchar por la
libertad de su Francia? ¿O es que Francia había renunciado de antemano a su
libertad?
La cubierta del pequeño
barco estaba casi desierta. El mar es-taba revuelto y la mayoría de los
pasajeros había desaparecido; Ilsa se había tumbado en una cabina. Un inglés
flaco y despreo-cupado se había sentado sobre una de las escotillas, los pies
colgando, y parecía disfrutar con la espuma que el viento le lanzaba a la cara.
Yo, y dos marineros, nos habíamos refugiado de la furia del viento contra uno
de los mamparos. Nos ofre-cíamos unos a otros cigarrillos y charlábamos.
Comencé a ha-blar, a hablar, tenía que hablar. Hablé de la lucha en España, y
me llenaron de preguntas. Al final me dejé llevar de la ira que me abrasaba y
volqué sobre ellos todas mis quejas contra Fran-cia.
-¿Es que vosotros, los franceses, estáis ciegos o es que ya
habéis renunciado a ser libres?
Los dos hombres me miraron gravemente. Uno de ellos tenía ojos
claros, azules y una cara fresca de muchacho rubio; el otro tenía ojos negros,
profundos, facciones talladas rudamente por el mar y un pecho desnudo lleno de
vello fuerte. Los dos habla-ron a la vez, de un tirón, casi con idénticas
palabras:
-Oh, no. Nosotros lucharemos. Los otros son los que no
lucha-rán. -Y en su énfasis sobre las palabras «los otros» marcaban el abismo
profundo entre las dos Francias. El viejo agregó:
-Mire, amigo, no se vaya amargado de Francia. Aún lucharemos
juntos. Detrás de nosotros, la costa de Dieppe se fundía en la bruma del mar.
Otoño 1944.
Rose Farm House,
Mapheclusham, Oxfordshire.

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