© Libro No. 633. La forja de un rebelde, I. La forja .Barea,
Arturo. Colección E.O. Marzo 1 de 2014.
Título original: © Arturo Barea. La forja de un
rebelde, I. La forja
Versión Original: © Arturo Barea. La forja de un rebelde, I. La forja
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© Edición, reedición y
Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Arturo Barea
La forja de un rebelde, I
La forja
La forja de un rebelde
La forja
© 1951 Arturo Barea y
Herederos de Arturo Barea
ÍNDICE
Prólogo
PRIMERA PARTE
Capítulo I
Capítulo II -El
Café Español
Capítulo
III - Rutas de Castilla
Capítulo
IV - Tierras de pan
Capítulo
V - Tierras de vino
Capítulo
VI - Antesala de Madrid
Capítulo
VII - Madrid
Capítulo VIII -
El colegio
Capítulo IX - El
Teatro Real
Capítulo X - La
Iglesia
SEGUNDA PARTE
Capítulo I - La
muerte
Capítulo II -
Iniciación al hombre
Capítulo III -
Retorno al colegio
Capítulo IV -
Trabajo Capítulo
V - El testamento
Capítulo VI -
Futuro
Capítulo VII -
Capitalista
Capítulo VIII -
Proletario
Capítulo IX -
Revisión de la infancia
Capítulo X -
Rebelde
A
dos mujeres:
la señora Leonor (mi madre)
e Ilsa (mi mujer)
Primera parte
Capítulo I.
Los
doscientos pantalones se llenan de viento y se inflan. Me parecen hombres
gordos sin cabeza, que se balancean colgados de las cuerdas del tendedero. Los
chicos corremos entre las hileras de pantalones blancos y repartimos azotazos
sobre los traseros hinchados. La señora Encarna corre detrás de nosotros con la
pala de madera con que golpea la ropa sucia para que escurra la pringue. Nos
refugiamos en el laberinto de calles que forman las cuatrocientas sábanas
húmedas. A veces consigue alcanzar a alguno; los demás comenzamos a tirar
pellas de barro a los pantalones. Les quedan manchas, como si se hubieran
ensuciado en ellos, y pensamos en los azotes que le van a dar por cochino al
dueño.
Por
la tarde, cuando los pantalones están secos, ayudamos a contarlos en montones
de diez hasta completar los doscientos. Los chicos de las lavanderas nos
reunimos con la señora Encarna en el piso más alto de la casa del lavadero. Es
una nave que tiene encima el tejado doblado en dos. La señora Encarna cabe en
medio de pie y casi da con el moño en la viga central. Nosotros nos quedamos a
los lados y damos con la cabeza en el techo. Al lado de la señora Encarna está
el montón de pantalones, de sábanas, de calzoncillos y de camisas. Al final
están las fundas de las almohadas. Cada prenda tiene un número, y la señora
Encarna los va cantando y tirándolas al chico que tiene aquella docena a su
cargo. Cada uno de nosotros tenemos a nuestro lado dos o tres montones, donde
están los «veintes», los «treintas» o los «sesentas». Cada prenda la dejamos
caer en su montón correspondiente. Después, en cada funda de almohada, como si
fuera un saco, metemos un pantalón, dos sábanas, un par de calzoncillos y una
camisa, que tienen todos el mismo número. Los jueves baja el carro grande, con
cuatro caballos, que carga los doscientos talegos de ropa limpia y deja otros
doscientos de ropa sucia.
Son
los equipos de los soldados de la Escolta Real, los únicos soldados que tienen
sábanas para dormir.
Todas
las mañanas pasan por el puente del Rey los soldados de la escolta, a caballo,
rodeando un coche abierto, donde va el príncipe y a veces la reina. Primero
sale del túnel un caballerizo que avisa a los guardias del puente y éstos
echan a la gente. Después pasa el coche con la escolta, cuando el puente ya
está vacío. Como somos chicos y no podemos ser anarquistas, los guardias nos
dejan en el puente cuando pasan. No nos asustan los soldados de la escolta a
caballo, porque estamos hartos de ver sus pantalones.
El
príncipe es un niño rubio con ojos azules, que nos mira y se ríe, poniendo cara
de bobo. Dicen que es mudo y que se pasea en la Casa de Campo entre un cura y
un general con bigotes blancos, que le acompañan todos los días. Estaría mejor
aquí, en el río, jugando con nosotros. Además, le veríamos en pelota cuando nos
bañamos, y sabríamos cómo es un príncipe por dentro. Pero parece que no le
dejan. Una vez se lo dijimos al tío Granizo, el dueño del lavadero, porque él
tiene confianza con el guarda mayor de la Casa de Campo que a veces habla con
el príncipe. El tío Granizo nos lo prometió y luego nos dijo que el general no
le dejaba.
Estos
militarotes son todos igual. A casa de mi tío José va un general que estuvo en
las Filipinas. Se trajo de allí a un chino muy viejo que me quiere mucho, un
bastón de una madera de color rosa, que él dice que es la espina de un pescado
que llaman manatí y mata a quien dan un palo con ella, y una cruz que no es
una cruz, es una estrella verde con muchos rayos. La lleva en todas partes:
bordada en el chaleco y en la camisa, y además en un botón de esmalte en la
solapa de la americana.
El
general, cuando va a casa, gruñe carraspeando y me pregunta «si soy un
hombrecito». En seguida me empieza a regañar: «Niño, estáte quieto, los
hombrecitos no hacen esto». «Niño, deja el gato, ya eres un hombre.» Me suelo
sentar entre las piernas de mi tío y ellos charlan de política y de la guerra
de los rusos y los japoneses. La guerra acabó hace años, pero al general le
gusta hablar de ella, porque ha estado en China y en el Japón. Cuando hablan de
esto, los escucho, y cada vez que oigo cómo los japoneses les zumbaban a los
rusos, me alegro. Tengo una rabia loca a los rusos. Tienen un rey muy bestia
que es el zar, y un jefe de policía que se llama Petroff, «el capitán Petroff»,
y es un bárbaro que lleva a la gente a latigazos. Todos los domingos, mi tío me
compra las Aventuras del capitán Petroff.
Le tiran muchas bombas, pero no le matan. Cuando no hablan de la guerra, me
aburro y me pongo a jugar, tumbado en la alfombra del comedor.
Este
general que va con el príncipe debe de ser igual. Es el que le va a enseñar a
hacer la guerra cuando sea rey, porque todos los reyes necesitan saber cómo
hacer la guerra. El cura le enseña a hablar. Esto no lo entiendo, porque si es
mudo, no sé cómo va a hablar; puede que hable por ser príncipe, porque de los
mudos que yo conozco ninguno habla más que por señas y no será por falta de
curas.
Me
estoy aburriendo porque no baja ninguna pelota y nos hace falta una para jugar
esta tarde. Es muy sencillo pescar una pelota.
Delante
de la casa del tío Granizo hay un puentecillo de madera, hecho con dos rieles
del tren atravesados y cubiertos de tablones, con su barandilla y todo, pintado
de verde. Allí pasa un río negro que sale de un túnel debajo del puente del
Rey; este túnel y este río son la alcantarilla de Madrid. Todas las pelotas que
pierden los chicos en las calles de Madrid, porque se les cuelan por las bocas
de las alcantarillas, bajan flotando, y nosotros, desde lo alto del puente, las
pescamos con una manga hecha de un palo largo y la alambrera vieja de un
brasero. Una vez cogí una de goma pintada de colorado. Al otro día, en el
colegio, me la quitó Cerdeño y, como es mayor que yo, me tuve que callar. Ahora
que le costó caro: le metí una pedrada desde lo alto de la corrala; ha llevado
una venda tres días y le han tenido que coser los sesos con hilo. Claro que no
sabe quién ha sido; pero, por si se entera, llevo siempre una piedra de puntas
en el bolsillo, y como me quiera pegar, le van a coser otra vez.
Antonio,
el cojito, se cayó una vez desde el puentecillo y por poco se ahoga. Le sacó el
señor Manuel, el mozo del lavadero, y le apretó la tripa con las dos manos.
Comenzó a echar agua sucia por la boca; luego le dieron té y aguardiente. El
señor Manuel, como es un borrachín, se bebió un trago grande de la misma
botella, porque se había mojado los pantalones y decía que tenía frío.
Nada,
que no baja ninguna pelota; me voy a comer, que me está llamando mi madre. Hoy
comeremos al sol sobre la hierba. Esto me gusta más que los días que no hay sol
y hace frío; entonces comemos dentro de la casa del tío Granizo. Es una taberna
con un mostrador de estaño y unas mesas redondas que todas están cojas: se cae
la sopa y además el brasero da un tufo inaguantable. No es un brasero, es un
anafre muy grande, con una lumbre en medio y con los pucheros de todas las
lavanderas alrededor. El puchero de mi madre es pequeño, porque no somos más
que dos, pero el puchero de la señora Encarna parece una tinaja. Son nueve y
tienen por plato una palangana pequeña. Se sientan todos alrededor y van
metiendo la cuchara por turnos. Cuando llueve y comen dentro, se sientan en dos
mesas y reparten la comida entre la palangana y una cazuela de barro muy grande
que el tío Granizo tiene para guisar caracoles los domingos. Porque los
domingos no hay lavadero y el tío Granizo guisa caracoles; por la tarde bajan
hombres y mujeres a bailar aquí y meriendan caracoles y vino. Un domingo nos
convidó a mi madre y a mí, y yo me hinché de comer. Los caracoles se cogen
aquí mismo entre la hierba, sobre todo después que ha llovido, cuando salen a
tomar el sol. Nosotros, los chicos, los cogemos, les pintamos la cáscara de
colores y jugamos con ellos a las carreras de caballos.
El
cocido sabe aquí mejor que en casa: se pica una sopa de pan muy delgadita y
luego se vierte encima el caldo del cocido, amarillo de azafrán. Se come uno la
sopa, luego los garbanzos, y por último la carne, con tomates cortados por la
mitad, espolvoreados de sal. De postre, la ensalada: unas lechugas jugosas con
un cogollo muy tierno, como no las hay en Madrid. Las cría el tío Granizo aquí,
al lado de la alcantarilla, porque dice que con el agua de la alcantarilla
crecen mejor; y es verdad. Esto parece que es una porquería, pero también se
echa la basura en los campos y las gallinas se la comen. Sin embargo, el pan y
las gallinas están muy ricos.
Las
gallinas y los patos conocen la hora de la comida. En cuanto han visto que mi
madre volcaba la banca han comenzado a venir. Debajo de la banca había una
lombriz muy grande y muy larga, y un pato la ha visto en seguida. Se la ha
comido igual que me como yo los fideos gordos: la ha dejado colgando del pico y
después la ha sorbido, haciendo «paff» y ¡adentro! Después se ha picoteado las
plumas del cuello como si le hubieran quedado migas y ha esperado a que le
eche un cacho de pan. No se lo doy en la mano, porque es muy bruto: pica los
dedos y, como tiene el pico muy duro, hace daño. Con la banca boca abajo como
mesa, comemos los dos, mi madre y yo, sentados en el suelo. Mi madre tiene las
manos muy pequeñitas; y como toda la mañana desde que salió el sol ha estado
lavando, los dedos se le han quedado arrugaditos como la piel de las viejas,
con las uñas muy brillantes. Algunas veces las yemas se le llenan de las
picaduras de la lejía que quema. En el invierno se le cortan las manos, porque
cuando las tiene mojadas y las saca al aire, se hiela el agua y se llenan de
cristalitos. Le salta la sangre como si la hubiera arañado el gato. Entonces se
da glicerina en ellas y se curan en seguida.
Cuando
acabemos de comer vamos a hacer la carrera de autos París-Madrid con las
carretillas de llevar la ropa. Le hemos quitado cuatro al señor Manuel, sin que
se entere, y las tenemos escondidas en la Pradera. No quiere que juguemos con
ellas, porque pesan mucho y dice que nos vamos a romper una pierna; pero es muy
divertido. Tienen una rueda de hierro delante que chirría al rodar; uno de
nosotros se monta encima y otro empuja a todo correr, hasta que se cansa;
entonces vuelca de repente la carretilla y el que va encima se cae. Una vez hicimos
así el choque de trenes y el cojito se machacó un dedo. El pobre es un
desgraciado: su padre le dio un palo y le dejó cojo; como he dicho, se cayó de
la alcantarilla; como es cojo y no desgasta más que una bota, su madre le hace
ponerse las dos botas del mismo par, una cada día, para que las desgaste por
igual. Cuando le toca la del pie izquierdo, que es el que le falta, se queda
cojo de los dos pies y tiene mucha gracia verle correr colgado de las muletas.
Yo
he visto la carrera París-Madrid en la calle del Arenal, en la esquina de la
calle donde vive mi tío. Habían puesto muchos guardias para que no atropellaran
a la gente, pero no los dejaron llegar corriendo hasta la Puerta del Sol como
ellos querían. La meta estaba en el puente de los Franceses, y allí se espachurraron
cuatro o cinco autos. Yo no había visto nunca un auto de carrera, porque los
que hay en Madrid parecen coches sin caballos; pero éstos son diferentes. Son
muy bajitos y muy largos y el hombre va metido dentro, tumbado, y sólo se le ve
la cabeza, con una gorra de pelos y unas gafas grandes con cristales, como las
de los buzos. Los autos llevan unos tubos muy grandes y por allí van soltando
explosiones como cañonazos, con mucho humo que huele muy mal. Los periódicos
decían que habían corrido a noventa kilómetros por hora. El tren a Mentrida,
que no está más que a treinta y siete kilómetros de Madrid, tarda desde las
seis de la mañana hasta las once, así que no tiene nada de extraño que se hayan
saltado los sesos en el camino.
A
mí me gusta correr así. En el barrio tenemos los chicos un auto. Es un cajón
con cuatro ruedas y las dos de delante tienen un guía con una cuerda. En él
bajamos corriendo la cuesta de la calle de Lepanto, que es muy larga. Cuando
llegamos abajo, con la velocidad seguimos corriendo por el asfalto de la plaza
de Oriente. El único peligro es que abajo, en la esquina, hay un farol; Manolo,
el chico del tabernero, se pegó un día contra este farol y se rompió un brazo.
Pegaba muchos gritos, pero no debió de ser una cosa muy grave, porque le
pusieron el brazo en escayola y sigue montando en el auto. Sólo que ahora tiene
miedo: cuando llega al final de la cuesta, frena con el pie contra la acera.
La
pradera donde hacemos la carrera de autos se llama el paseo de la Virgen del
Puerto. Es una pradera toda llena de hierba, con muchos álamos y castaños de
Indias. A los álamos les arrancamos la corteza y debajo les queda una mancha
verde clara que parece que suda; los castaños dan unas bolas llenas de pinchos
que tienen dentro las castañas, pero no se pueden comer, porque duelen las
tripas. Nosotros, cuando cogemos algunas, las escondemos en el bolsillo, y
cuando vemos que otro está agachado se la tiramos al trasero. Los pinchos se le
clavan y le hacen saltar. Una vez partimos una por la mitad y metimos la
cáscara, partida en dos, debajo del rabo de un burro que estaba comiendo hierba
en la pradera. El burro corría por todas partes soltando coces y no se dejaba
coger ni por el amo.
No
sé por qué llaman a esto la Virgen del Puerto. Claro que hay una virgen en una
ermita pequeñita. Vive allí un cura muy gordo que algunas veces viene a pasear
por la alameda y se sienta debajo de un árbol. Vive con una muchacha muy guapa
que las lavanderas dicen riendo que es su hija, pero que él dice es su sobrina.
Un día le he preguntado al cura por qué se llama la Virgen del Puerto y me ha
dicho que por ser la virgen de los pescadores, y cuando éstos naufragan, rezan
y se salvan; o si se ahogan, van al cielo. No sé por qué la tienen en Madrid y
no la llevan a San Sebastián, donde hay mar y pescadores. Yo los he visto hace
dos años cuando me llevó el tío en el verano. Aquí en el Manzanares no hay
lanchas, ni pescadores, ni se puede ahogar nadie, porque el agua llega a mi
cintura en lo más hondo.
Parece
que la virgen la tienen aquí para todos los gallegos que hay en Madrid. En
agosto, los gallegos y los asturianos vienen a la Pradera y cantan y bailan al
son de las gaitas; meriendan y se emborrachan. Sacan la virgen en procesión por
la Pradera y van detrás tocando sus gaitas. Los chicos del hospicio bajan
también y tocan la música en la procesión. Éstos son unos chicos sin padre ni
madre; los tienen allí asilados y les enseñan a tocar música. Cuando no tocan
bien la trompeta, el que les enseña les da un puñetazo en ella y les rompe
todos los dientes. He visto a uno que no los tenía, pero que tocaba muy bien el
cornetín; sabía hasta tocar las coplas de la jota solo. Se callaban todos los
demás y entonces él, con la trompeta, cantaba la jota y la gente aplaudía.
Saludaba y luego las mujeres y algunos hombres le daban perras a escondidas,
para que el director de la banda no lo viera y se las quitara. Cuando tocan así
en las procesiones, les pagan. Los cuartos se los guarda el profesor, y a
ellos no les dan más que las sopas de ajo del hospicio. Además tienen piojos, y
los ojos con una enfermedad que se llama tracoma, que es como si se los
hubieran untado con grasa de salchicha; algunos tienen calvas de tiña en la
cabeza.
A
muchos de ellos les echó su madre a la Inclusa cuando eran de pecho. Ésta es
una de las
cosas por que yo quiero mucho a mi madre. Cuando murió mi padre, éramos cuatro
hermanos y yo tenía dos meses. Le aconsejaban a mi madre -según me ha contado-
que nos echara a la Inclusa, porque con los cuatro no iba a poder vivir. Mi
madre se marchó al río a lavar ropa. Los tíos nos recogieron a mí y a ella; los
días que no lava en el río hace de criada en casa de los tíos y guisa, friega y
lava para ellos; por la noche se va a la buhardilla donde vive con mi hermana
Concha.
A
mi hermano José -el mayor- le daban de comer en la Escuela Pía. Cuando tuvo
once años se lo llevó a trabajar a Córdoba el hermano mayor de mi madre, que
tiene allí una tienda. A mi hermana le dan de comer en el colegio de monjas, y
mi otro hermano, Rafael, está interno en el Colegio de San Ildefonso, que es
para los chicos huérfanos que han nacido en Madrid.
Yo
voy a la buhardilla dos días por semana, porque mi tío dice que tengo que ser
como mis hermanos y no creerme el señorito de la casa. No me importa; me
divierto más que en casa de mis tíos, porque aunque mi tío es muy bueno, mi tía
es una vieja beata muy gruñona que no me deja en paz. Por las tardes me hace ir
al rosario con ella a la iglesia de Santiago y esto es ya demasiado rezo. Yo
creo en Dios y en la Virgen, pero me paso el día rezando: a las siete de la
mañana, todos los días, la misa en el colegio. Antes de la clase, a rezar;
después, la clase de religión y moral; antes de salir de clase, a rezar otra
vez. Por la tarde, al volver a clase, y al salir, vuelta a rezar y después,
cuando estoy tan contento jugando en la calle, me llama la tía y me hace ir al
rosario; también me hace rezar por la noche y por la mañana, al acostarme y al
levantarme. Cuando voy a la buhardilla, ni voy al rosario ni rezo por la mañana
ni por la noche.
Ahora
en el verano, como no hay colegio, estoy en la buhardilla los lunes y los
martes, que son los días que mi madre baja al río, y me voy con ella para pasar
el día en el campo.
Cuando
mi madre acabe de recoger la ropa, nos iremos a casa por la Cuesta de la Vega.
Me gusta el camino, pues pasamos bajo el Viaducto, un puente de hierro muy
grande que cruza por encima de la calle de Segovia. Desde allá arriba se tira
la gente para matarse. Yo sé dónde hay una losa en la acera de la calle de
Segovia que está partida en cuatro pedazos, porque se tiró uno y pegó con la
cabeza. La cabeza se hizo una torta y la piedra se rompió. Han grabado una cruz
pequeñita para que se sepa. Cuando paso por debajo del Viaducto, miro a lo alto
por si se tira alguno, porque no tendría gracia que nos aplastara a mi madre y
a mí. Todavía si cayera encima del talego que lleva el señor Manuel, no se
haría mucho daño, porque es un talego muy grande, más grande que un hombre.
Como yo hago la cuenta de la ropa con mi madre, sé lo que cabe: veinte sábanas,
seis manteles, quince camisas, doce camisones, diez pares de calzoncillos, en
fin, una enormidad de cosas. El señor Manuel, el pobre, cuando llega a lo alto
de la buhardilla, se tiene que agachar para entrar por la puerta. Deja caer el
saco despacito para que no estalle, y se queda arrimado a la pared respirando
muy de prisa y cayéndole el sudor por la cara. Mi madre le da siempre un vaso
de vino muy lleno y le dice que se siente. Si bebiera agua, se moriría, porque
se le cortaría el sudor. Se bebe el vaso de vino y luego saca un montón de
colillas del bolsillo y un librillo de papel de fumar de hojas muy grandes, y
se hace con las colillas un cigarrillo muy gordo y muy mal hecho. Una vez le
robé a mi tío un puro con sortija y se lo traje. Él le contó a mi madre y ésta
me regañó. Luego mi madre se lo contó a mi tío y éste también me regañó, porque
no se deben robar las cosas; después me dio un beso y me llevó al cine, porque
dijo que tenía buenos sentimientos; y en realidad no sé si he hecho bien o mal
dándole el puro al señor Manuel. Aunque creo que he hecho bien, porque el
hombre se alegró mucho; se lo fumó un día, después de comer, y luego se guardó
la colilla; la picó y se hizo cigarrillos con ella. Ahora, algunas veces, el
tío me da alguno de sus cigarros para que se los dé al señor Manuel. Antes, no
me los daba.
El
Viaducto está hecho todo en hierro, igual que la torre Eiffel de París, pero
claro que no es tan alto. La torre Eiffel es una torre de hierro muy grande,
que hizo un ingeniero francés en París, para una exposición que hubo allí
cuando yo nací. De esto estoy muy bien enterado, porque mi tío tiene La Ilustración y allí está la torre y
el retrato del ingeniero, un señor con una barba muy grande como todos los
franceses. Luego, parece que cuando se acabó la exposición no pudieron
desatornillar la torre, y la han dejado allí hasta que se hunda. El día que se
hunda, se caerá sobre el Sena, el río que pasa por París, y hundirá muchas
casas. Parece que las gentes de París tienen mucho miedo y algunos se han
mudado para que no les aplaste.
Al
Viaducto, el mejor día le pasa lo mismo y se hunde, porque cuando pasan los
soldados a caballo por él, les hacen ir al paso y aun así se mueve el piso del
puente. Se pone uno en medio y sube y baja como si hubiera un terremoto. Mi tío
dice que si no se cimbreara así, se hundiría: pero es claro que si se cimbrea
demasiado se romperá, y esto es lo que va a pasar cualquier día. No me gustaría
que me pillara debajo, porque al que pille le mata, pero sería bonito verlo
hundirse. El año pasado el Día de Inocentes, el ABC, que trae unas fotos muy buenas, trajo una con el Viaducto
hundido. Era una broma de inocentes, pero mucha gente fue a verlo, porque como
estaba retratado creyeron que era verdad. Se enfadaron mucho con el periódico,
pero creo que les pasó lo que a mí, que se enfadaron porque no era verdad.
Arriba,
a lo largo de la barandilla de cada lado, se pasea una pareja de guardias para
que la gente no se tire. Así, cuando alguno se quiere tirar, tiene que esperar
a que sea de noche y muy tarde; y cuando los guardias están dormidos, se tira.
Hasta que se duermen los guardias, los pobres deben aburrirse horriblemente,
dando vueltas por las calles sin poderse matar. Luego tienen que gatear por la
barandilla. Los viejos no se pueden tirar por el Viaducto, porque no pueden
gatear. Se ahorcan o se tiran al estanque grande del Retiro. De aquí los sacan
casi siempre y les aprietan la tripa, como al cojito, para que echen el agua y
no se ahoguen.
Mi
madre dice que se matan porque no tienen dinero para comer, pero yo no me
mataría. Robaría un pan y saldría corriendo. Como soy un chico no me pueden
llevar a la cárcel. Y si no, ¡que trabajen! ¿No trabaja mi madre y es una
mujer? El señor Manuel, que ya es muy viejecillo, trabaja también subiendo los
sacos de ropa, a pesar de que tiene una quebradura por la que se le salen las
tripas. Una vez llevó a casa un talego y, cuando llegó arriba, se puso muy
malo. Mi madre le echó en la cama y le bajó los pantalones; estaba muy asustada
y llamó a la señora Pascuala la portera-, y entre las dos, muy de prisa, le
quitaron del todo los pantalones y las bragas. Tiene una tripa muy negra llena
de pelos casi todos blancos, y en sus partes le salía un bulto como el de los
bueyes. Mi madre y la señora Pascuala, con los puños, le metieron el bulto
dentro de la tripa y encima le pusieron el braguero, un cinturón que tiene una
almohada para tapar el agujero por donde se salen las tripas, y se lo apretaron
muy bien. Luego, el señor Manuel se vistió y se tomó una taza de té con una
copita de aguardiente. La señora Pascuala me dio un par de cachetes porque
había estado mirando sin que ellas se dieran cuenta, y me dijo que estas cosas
no deben verlas los niños. Pero yo me alegro, pues si un día se le salen las
tripas al señor Manuel y estoy yo solo, ya sé cómo metérselas. Lo malo es si un
día se le salen en la calle, porque entonces se muere.
Pues
bien, el señor Manuel, con su tripa rota y fumando colillas, no quiere
morirse. Está siempre tan alegre, juega conmigo, me lleva a caballo y me dice
que tiene unos nietos como yo en Galicia. Fuma colillas para poder ir a verlos
todos los años. Mi tío le proporciona un billete que llaman de caridad, y va
sin pagar casi nada. Cuando vuelve, le trae a mi tío manteca en una tripa
redonda que es la vejiga de la orina de los cerdos.
Una
manteca muy rica que luego meriendo yo, untada en pan y espolvoreada con
azúcar. Una vez le he preguntado por qué no se suicidaba, y me ha dicho que se
quiere morir allí, en Galicia. No sé si algún verano se suicidará allí, pero no
lo creo. Además, me dijo que todos los que se suicidan van al infierno; y esto
también lo dicen todos.
La
buhardilla está en la calle de las Urosas, en una casa muy grande. Abajo están
las cocheras donde hay más de cien coches de lujo y todos los caballos. El jefe
de las cocheras es un viejo que tiene una nariz aplastada muy rara; mi madre
dice que tenía el vicio de hurgarse las narices como yo, y una vez, por
andarse con las uñas sucias, se le pudrió la punta de la nariz. Tuvieron que
cortársela y del trasero le sacaron un cacho de carne y se la cosieron allí.
Una vez, para hacerle rabiar, le pregunté si era verdad que llevaba el trasero
cosido a la nariz, y me tiró un calzo de los coches, que es un tarugo de madera
muy grande que ponen bajo las ruedas para que los coches no se vayan cuesta
abajo. Pero el calzo no me dio y se coló por la ventana en la imprenta de
enfrente. Dio en uno de esos armaritos donde tienen los cajones con las letras
y tiró un cajón entero. Se mezclaron las A
y las T y todos los chicos de la
vecindad nos sentamos allí a separarlas en montoncitos.
El
portal de la casa es tan grande que podemos jugar en él al paso y a las bolas,
cuando no está la señora Pascuala. La portería es muy pequeñita, debajo de la
escalera, y la escalera es tan grande como el portal. Tiene ciento un escalones
y yo los bajo de tres en tres. Algunas veces bajo montado en la barandilla,
pero una vez se me fue la cabeza y me quedé colgando por la parte de afuera en
el piso segundo. No se enteró nadie, pero me dio un susto que parecía que se me
iba a romper el corazón y me temblaban las piernas. Si me caigo, me hubiera
pasado lo que al botijo.
En
la buhardilla no hay fuente y hay que bajar por el agua a la cochera. Mi madre
había comprado un botijo muy grande, y cuando yo bajaba por el agua, me pesaba
mucho; tenía que subir parándome en todos los descansillos. Un día, desde el
segundo, lo dejé caer al portal y explotó como una bomba. Desde aquel mismo
sitio por poco me caigo yo. Ahora, cuando paso, me separo de la barandilla.
Arriba
hay una ventana redonda muy grande, con cristales, como esas ventanas grandes
de las iglesias. Cuando estalló el polvorín en Carabanchel todos los cristales
se cayeron rotos escalera abajo. Era muy pequeño, pero me acuerdo que mi madre
me bajó en brazos a la calle corriendo, porque no sabía lo que pasaba. La gente
estaba por entonces muy asustada, porque hacía muy pocos años que había caído
un gran bólido cerca de Madrid. Luego hubo una erupción enorme en un volcán que
hay en Italia, que se llama el Vesubio, y además vino el cometa Halley. Luego
hubo un terremoto en San Francisco de California, un pueblo mucho mayor que
Madrid, y otro terremoto en Messina. Mucha gente creía que, al acabarse el
siglo XIX, se tenía que acabar el mundo. Yo he visto el cometa Halley, pero no
me daba miedo; al contrario, era muy bonito. Desde la plaza de Palacio le
veíamos el tío y yo, como una bola de fuego que corría muy de prisa en el cielo
con una cola de chispas. Mi tía no venía, porque le daba mucho miedo. Tenía encendidas
todas las velas de una virgen que guarda en casa, y todas las noches rezaba
allí; al acostarnos, cerraba muy bien las maderas de los balcones y mi tío le
preguntaba si tenía miedo de que entrara allí el cometa. También había
explotado en Santander un barco cargado de dinamita, el Machichaco, que voló media población. Una viga de hierro atravesó
dos casas y se quedó clavada. El Sucesos publicó
un dibujo en colores de la explosión, donde se veían los trozos del barco y las
piernas y los brazos por el aire. Enfrente de esta ventana grande de la
escalera empieza el pasillo donde están todas las buhardillas. La primera es la
de la señora Pascuala, la portera, que es también la más grande, pues tiene
siete habitaciones; después, la de la señora Paca, y enfrente la de la señora
Francisca, que no tiene más que una habitación, como todas las demás. Paca y Francisca es el mismo
nombre, pero una cosa es la señora Paca y otra la señora Francisca; la señora
Francisca es una señora muy vieja que se quedó viuda hace muchos años; como no
tenía dinero, se puso a vender cosas para los chicos en la plaza del Congreso:
cacahuetes, avellanas, cajas de sorpresas, bengalas, en fin, un montón de
cosas de cinco y diez céntimos, pero a pesar de esto sigue siendo una señora.
La otra, la señora Paca, es una mujerona gruesa que siempre anda en chambra
por la que se le transparentan los pechos con unos botones muy negros. Un día
he visto que le salían unos pelos largos a través de la tela de la chambra, y
desde entonces, cuando veo los pelos del tocino me acuerdo de ella. No me
importa mucho, porque no me gusta el tocino; si no, me daría asco comerlo.
Siempre anda pegando voces, y la señora Pascuala, que también sabe chillar, le
ha dicho que va a echarla a la calle. Es también lavandera, pero no va al
lavadero del tío Granizo, sino a unos lavaderos que hay en la ronda de Atocha,
donde no hay río y se lava en unas pilas de cemento que llenan de agua con
grifo. Una vez he estado allí, no me gustó; parecía una fábrica con las pilas
llenas de la colada, el humo flotando por encima y las mujeres apelotonadas,
unas al lado de otras, chillando como locas. Además, no había sol ni hierba y
la ropa olía que apestaba. El tendedero, que es donde están las cuerdas para
colgar las ropas lavadas, es un solar que hay detrás de las pilas. Los golfos
saltan la valla del solar y roban las ropas. Claro que en el río también se la
llevan a veces, pero como es campo, tienen miedo, porque las mujeres los corren
a pedradas y siempre los cogen. Total, en el río, frente a la Casa de Campo,
hay lavanderas decentes; desde el puente de Toledo abajo y en los lavaderos de
las Rondas las lavanderas son unas tías.
El
pasillo da la vuelta y viene un trozo muy largo que tiene treinta y siete
metros. Los he medido yo con el metro de goma de mi madre, uno por uno. En el
rincón hay una ventanita pequeña por la que entra el sol, y en medio otra
grande, en el techo. Cuando llueve entra agua por la grande; si hace mucho aire
y da de cara, también entra la lluvia por la pequeña, y así, cuando llueve, se
forman dos charcos en el pasillo. En las buhardillas también, cuando falta una
teja; entonces el agua cala el techo y se forman goteras. Cuando esto pasa,
ponemos un cacharro para que caigan las gotas allí. El piso es de ladrillos,
igual que en las buhardillas; mejor dicho, son unas baldosas de barro de
ladrillo, pero más grandes. En el invierno son muy frías, pero nuestra
buhardilla tiene una estera rellena de paja debajo y se puede jugar en el
suelo.
En
el pasillo está la buhardilla nuestra que tiene el número 9; al lado está la
buhardilla de la polvorista, una mujer que hace cohetes y garbanzos de pega
para los chicos. Los vecinos dicen que sabe fabricar bombas y que es una
anarquista. Tiene muchos libros y es muy buena. Una noche vino la policía y se
marchó sin detenerla; aunque a nosotros nos despertaron, porque le registraron
la casa y lo tiraban todo.
En
la buhardilla siguiente viven la señora Rosa y su marido. Él es guarnicionero y
ella es muy miope; no ve a siete en un burro. Son los dos muy pequeñitos y muy
delgados y se quieren mucho. Siempre hablan en voz muy baja y apenas se les
siente. Querrían mucho tener un niño y su casa siempre es el refugio de todos
nosotros cuando hay golpes. La señora Rosa se pone en la puerta y no deja
entrar a nadie ni nos deja salir a nosotros hasta que no le han prometido que
ya no nos pegan. Es una mujer con una cara muy pequeñita y muy blanca; tiene
los ojos azules muy claros, con unas pestañas rubias que casi no se le ven.
Lleva unas gafas de cristales gordos, y mi madre dice que ve muy bien en la
oscuridad. Cuando le mira a uno, sus ojos parecen los ojillos de un pájaro.
Después hay una buhardilla, la más pequeña de todas. Allí vive una mujer vieja
que se llama Antonia y nadie sabe nada de ella, porque nadie la trata. Pide
limosna por las calles y vuelve a las once de la noche, un poquito antes de
que cierren el portal. Siempre viene hablando sola, borracha de aguardiente. Se
encierra y empieza a hablar con su gata. Una vez vomitó en la escalera y la señora Pascuala
se la hizo fregar de arriba abajo.
Al
final del pasillo vive la cigarrera. Trabajan ella y su hija juntas y hacen los
cigarrillos para la reina Victoria. Unos cigarrillos muy largos con una
boquilla de cartón que meten dentro, pegada con un pincelito untado de goma que
mojan en un tarro lleno de polvo. Esto luego lo chupa la reina. Es un tarro de
cristal verde. A fuerza de escurrir el pincel en el borde, se caen las gotas de
goma por fuera y se quedan duras, como las gotas de cera de los cirios de la
iglesia. Cuando se acaba la goma en el tarro, la señora María rasca los pegotes
de goma de fuera, los mete dentro y echa un poco de agua caliente; un día que
no tenía agua caliente, echó caldo del puchero y tuvo que tirar todo, porque se
le manchaban de grasa los pitillos.
Luego,
en un rincón, está el retrete; un cuarto donde me da miedo ir de noche, porque
hay unas cucarachas gordas que salen de allí y se van por el pasillo a comer en
los cubos de la basura que todas las vecinas dejan en la puerta de la
buhardilla. En el verano, cuando están las puertas abiertas, se las siente
andar por el pasillo, haciendo un ruidito como cuando se estrujan papeles. En
casa no entran porque mi madre ha clavado en el borde de la puerta una tira de
linóleo -eso que usan para los suelos en las casas ricas- y no pueden pasar.
Pero en casa de la señora Antonia, la borracha, entran muchas, porque su puerta
está al lado del retrete y no tiene linóleo; su gata se las come y es una cosa
que da asco. Al masticarlas suena como cuando se parten los cacahuetes.
De
la cochera suben ratas muy gordas por la escalera y a veces llegan hasta las
buhardillas. En la cochera tienen muchas ratoneras y perros de los que llaman
ratoneros. Por las mañanas sacan las ratoneras a la calle; a veces, con cuatro
o cinco ratas. Unas veces abren las ratoneras en medio de un corro que hacemos
los chicos y los vecinos, y sueltan los perros, que las cazan y las matan.
Otras veces las rocían con petróleo y las queman dentro de las ratoneras que
son de alambre, pero esto lo hacen pocas veces porque la calle se llena de muy
mal olor con el humo de los pelos quemados. Una vez, una rata mordió a un perro
en el hocico y se escapó; al perro desde entonces le falta un cacho de nariz.
Es el perro del señor Paco, el que tiene el trasero cosido a la nariz. Ahora,
como los dos están iguales, los obreros de la imprenta los llaman «los chatos».
Hemos llegado a casa y mi madre está muy cansada. Abajo, en la lechería, le
dan un cacharro para subir la leche y que no tenga que volver a bajar, y en
cuanto llegamos a la buhardilla se pone a hacer la cena. Vamos a comer patatas
fritas con sardinas y un huevo, y luego un poco de café, yo con leche, mi madre
puro y abrasando; no sé cómo lo puede tomar así. Mientras ella hace la cena, me
siento a leer Los hijos del capitán
Grant, de Julio Verne. De vez en cuando me levanto de la silla y quito a mi
madre unas patatas de las que ha acabado de freír. Después fríe las sardinas
que huelen muy bien; pero no me deja robarle una, porque hay pocas.
El Café
Español
Capítulo II
Cuando mis tíos llegan
al portal desde el tercer piso, yo he bajado ya, corriendo, las escaleras, he
dado un portazo a la vidriera, contestado con una blasfemia del portero; he llegado,
corriendo, hasta la puerta del Café Español, le he anunciado a Ángel que bajo
en seguida, y he regresado a tiempo para que mi tía me coja de la mano, y
recorro con ellos, muy modoso, el mismo camino.
Encima
del portal hay un farol de gas, de llama libre, que parece una raja de melón
chiquita. En la acera, un poco más abajo, una boca de riego, sin tapa, desborda
su agua. Le doy un pisotón, ajustando la suela del zapato a la boca circular.
El agua revienta en chispas que salpican las medias de mi tía y la ponen furiosa.
Es una noche clara, con una luna de hoja de lata pulida que alumbra las calles
de blanco y negro. En la calle del Arenal hay nuevos faroles de gas con mechero
de camisa, y es como si toda la calle estuviera llena de luna. En nuestra
calle, los antiguos faroles se ven en la acera blanca de luna como cerillas
amarillentas; en la acera sin luna, como rincones temblorosos de luz.
Cuando
llegamos a la esquina, Ángel deja de gritar sus periódicos con su voz ronca y
se acerca a nosotros para dar las «buenas noches» a mis tíos, la gorra en la
mano, al aire la cabeza apepinada de pelos largos y lacios, haciendo gestos de
viejo. Da el periódico a mi tío que, como siempre, le regala la perra chica de
vuelta. Ángel y yo nos guiñamos los ojos: estamos de acuerdo en cómo y cuándo
nos reuniremos para jugar.
A
mi tía le irrita que juegue con Ángel, y a su madre le molesta durante las
horas de venta, porque deja de vocear los periódicos. Nuestros mejores ratos
son las noches que bajo al café antes de que salga el Heraldo. Cuando llega el periódico húmedo y oliente de la
imprenta, ya he arrancado a mi tía el permiso de acompañar a Ángel, después de
haberla llevado al último grado del mal humor. Mi tío termina la discusión diciéndole
invariablemente: «Deja al chico que corra por ahí». Yo salgo corriendo, mientras
ella le gruñe a mi tío todos sus temores de que me atropelle un coche o me
pierda, y toda su repugnancia de que me vean con un chiquillo vendedor de periódicos,
que, al fin y al cabo, es un chico de la calle, un golfo, que sabe Dios qué
cosas me podrá enseñar.
Ángel
coge el mazo de periódicos, y mientras su madre se queda voceando en la puerta
del café, nosotros emprendemos la excursión a través de las calles del barrio,
casi solitarias. Vamos corriendo porque ha de aprovecharse el tiempo y
vocearle antes de que los competidores lleguen. De los portales van saliendo
criadas que nos gritan en la noche: «¡Aquí, el Heraldo!», y Ángel y yo corremos, cruzando las calles de pared a
pared y volviendo veinte veces sobre nuestros pasos. Los clientes fijos esperan
el periódico en sus casas. Ángel penetra en los portales y sube corriendo las
escaleras, mientras yo espero abajo. De otros portales siguen saliendo criadas
que llaman al Heraldo y entonces voy
yo, que me he quedado con el brazado de periódicos. Si yo tuviera que vender
periódicos, me daría vergüenza, pero como no soy yo quien vende, esto me
divierte. La mayoría de las criadas me conocen y saben nuestra amistad, pero
las nuevas me ponen una cara asustada al encontrarse con un vendedor de
periódicos con cuello almidonado, chalina de seda, blusita de marinero con
bordados de oro y zapatos brillantes de charol. Este es el traje obligado por
mi tía para bajar al café, donde todos los que se reúnen son señores, y es uno
de los motivos de su oposición a que vaya con Ángel. Durante el día, cuando
bajo a la calle a jugar, vestido con el delantal de dril y las alpargatas, no
le enfada que juegue con Ángel, vestido con su americana grande, una americana vieja de
hombre, arreglada, que le regaló un cliente, de bolsillos caídos por el peso de
la calderilla, que arrastran por el suelo cuando se agacha.
La
vuelta al barrio por la noche es una aventura. Cuando vamos corriendo, saltan
de pronto los gatos que atraviesan la calle como balas, asustados de nuestra
carrera y de las palmadas que damos para hacerlos correr más. Gatean por la
pared y se cuelan de cabeza en sus casas por las ventanas. En las esquinas hay
montones de basura, y alrededor de ellos perros flaquísimos que nos miran,
regruñen y nos hacen desviarnos. A veces salen corriendo detrás de nosotros y
nos tenemos que parar y asustarlos a pedradas. En la escalera de piedra de la
iglesia de Santiago los golfos preparan su alcoba: los chicos van trayendo los
carteles de los teatros, arrancados de las vallas, que les sirven de colchón.
Los hombres están sentados en los escalones esperando que los chicos hagan la
cama. A veces forman un corro apretado y en cada esquina se pone uno de los
chicos de guardia. Están jugando a las cartas, y los chicos les avisan si
vienen los guardias o el sereno. Otras veces tienen en el suelo un periódico
lleno de comida que les han dado en alguna casa, y se la comen entre todos,
metiendo los dedos o cucharas de rabo corto, de cárcel o de cuartel. En
invierno encienden una hoguera con paja y con tablas que arrancan de las
vallas de los solares. Se sientan alrededor, y muchas veces el sereno o la
pareja de guardias viene a calentarse un rato. Cuando llueve mucho, alguien les
abre la verja de la iglesia y duermen en el atrio. Nosotros no nos paramos
nunca con ellos, porque muchas veces roban chicos.
Los
lecheros pasan al galope de su caballo, sonando los cántaros de leche. Y nos
parecen los vaqueros americanos de los cuentos. A veces, nos encontramos con el
viático. Delante va el cura con la capa bordada, y al lado el sacristán con un
gran farol cuadrado. Detrás, una hilera de vecinos, siempre muchas viejas, con
una vela encendida en la mano. También van los golfos que estaban en la puerta
de la iglesia. Luego se guardan el cacho de vela que les han dado y lo venden
al cerero de enfrente de la iglesia, para gastárselo en vino. Así que, cuando
alguno se está muriendo en el barrio, ellos se alegran mucho. También roban la
madera de la valla de los solares. La arrancan y la llevan a un horno de bollos
que hay en la calle del Espejo. El dueño la aprovecha para encender el horno y
les da montones de «escorza», que son todos los bollos y bizcochos que se
rompen. Como todo el mundo sabe que son los golfos quienes se llevan la madera
de las vallas, los chicos del barrio la arrancamos también y la llevamos al
mismo horno. Luego ellos son los que se llevan la culpa.
Hoy
ya ha salido el Heraldo y no hay
aventuras. Es una lástima, porque la noche está hermosísima.
Entre
la puerta de entrada del café y la segunda puerta interior que da al salón, hay
un espacio cuadrado de unos dos metros de lado. Contra una de las paredes, un
armario rojo con vidrieras, lleno de cajas de cerillas, de cigarros puros, de
cajetillas y de mazos de palillos. En la parte baja hay dos tableros, donde se
amontonan los periódicos. Los cristales de la puerta de entrada están cubiertos
de periódicos ilustrados y de cuadernos de novelas para chicos. La señora
Isabel, la madre de Ángel, se sienta en una sillita baja, entre el armario y la
puerta exterior. En aquel rincón prepara la comida con una lamparilla de alcohol,
remienda los pantalones de Ángel o las camisas de ella, cuenta los periódicos y
fabrica los palillos, desgastando, una a una, astillitas de madera con una
navaja muy afilada que saca unas virutas pequeñitas como queso rallado. Aunque
no cabe apenas en el rincón, cuando vienen a verla su hija mayor y su yerno,
con un niño de pecho y dos de la mano, se meten todos allí para no estorbar el
paso. Y caben. Es un manojo de nervios la madre de Ángel, y cuando está sola,
no para de hacer gestos, de hablar consigo misma y de blasfemar. Cuando se pone
furiosa, parece un gato rabioso, y entonces Ángel no entra por allí, para
evitarse una paliza.
Cuando
pasamos ante ella, nos saluda y me da un montón de cajas de cerillas, con
fototipia, para mi colección. En nuestra mesa -una mesa de mármol blanco,
circular, alrededor de la cual pueden sentarse doce personas- está ya la
mayoría de la tertulia. Don Rafael, el arquitecto, que tiene la manía de limpiar
sus lentes con un pañuelo que lleva en el bolsillo del pecho de la americana.
Cuando discute, el pañuelo y las gafas están constantemente entre su bolsillo,
su nariz y sus manos. Don Ricardo -el maestro Villa-, director de la Banda
Municipal de Madrid, bajito y tripudo y siempre alegre; todos toman café con
leche menos él, que bebe cerveza. Don Sebastián, el padre de Esperancita, una
niña que juega con Ángel y conmigo. Don Emilio, el párroco de la iglesia de
Santiago, un señor gordo lleno de pelos -en los dedos de las manos le hacen
ricitos que parecen manchas de tinta-, que me pincha los carrillos cuando me da
un beso. Doña Isabel y su hermana doña Gertrudis: su criada, porque cuando se
quedó viuda, su hermana la recogió en su casa y la mantiene. Doña Isabel se
viste con trajes de seda de colores y lleva siempre un boa de piel o de pluma.
Su hermana va vestida de luto. Doña Gertrudis grande con unas plumas de
colores, que las llaman «lloronas». Cuando habla y mueve la cabeza, las plumas
bailan como las de un plumero. La cara de doña Isabel es redonda, llena de
bolsas de pellejo. Se da muchos polvos blancos y encima colorete, y se pinta
también los labios y los ojos. Tiene un escote redondo muy grande con la
pechuga al aire; y la garganta la forma un saco como el buche de las palomas.
Doña Gertrudis tiene la cara como un cirio, larga y amarilla. Las dos viven en
el mismo piso que mis tíos. Y por último, Modesto y Ramiro, el pianista y el
violinista del café, los dos ciegos. Tocan muy bien y les han dado un premio en
el Conservatorio. En el café les pagan un duro diario, la cena y el café con
leche. El más inteligente de los dos es Ramiro, el violinista. Sabe andar
entre las mesas sin guiarse con el bastón, y cuando va hasta el piano, nadie
diría que es ciego. Conoce a todo el mundo por la voz y por la manera de andar,
y con los dedos distingue las monedas falsas. Yo le quiero mucho, pero cuando
se quita las gafas negras me da miedo, porque tiene los ojos como la clara del
huevo, sin niñas. Claro que lleva las gafas para no asustar a la gente. Tiene
unas manos pequeñas y regordetas que parece le registran a uno. Algunas veces
me llama y me pasea las manos por la cabeza, por la cara y por el cuerpo. Y con
las yemas de los dedos, me toca las pestañas, la nariz, los labios, las orejas,
el cuello, el pelo, y me da la impresión de que tiene en la punta de los dedos
ojos pequeñitos que me van mirando la piel de cerca. Después me dice muy
convencido que soy muy guapo, y le creo porque no se equivoca nunca. Yo tengo
dos chalinas de seda iguales, una es azul y otra roja, las dos con redondelitos
blancos; pues Ramiro sabe con los dedos cuándo llevo una u otra.
Modesto
tiene los ojos vacíos y lleva dos ojos de cristal que, cuando le miran a uno,
molestan porque no se mueven. Es muy serio, mientras que Ramiro es muy alegre.
Es alto y delgado. Y parecen un don Quijote y un Sancho Panza ciegos. Me
acaricia muchas veces, pero nunca me mira con las manos.
Mi
tía se sienta al lado de don Emilio, el cura, y empieza a hablarle de la
Iglesia. Los demás hombres están hablando de política y mi tía no deja a don
Emilio hablar con ellos. A todas las cosas que le dice le contesta: «Sí, doña
Baldomera; no, doña Baldomera», hasta que al fin mi tía le deja y se pone a
hablar con doña Isabel de las vecinas de la casa. Mientras, prepara mi taza de
café. Ésta es una combinación de mi tía para ahorrarse los cuartos. El camarero
pone un vaso a mi tío y otro a mi tía, y dos copas para agua. A mí me pone una
taza muy gorda de las que se usan para el chocolate. Luego viene Manolo, el
echador, con sus cafeteras grandes, y llena los vasos de mi tío y de mi tía. A
mi tío le echa café solo y a mi tía leche sola. Después, en las copas del agua
echa un poco de café y un poco de leche en cada una. Y mi tía le da una perra
gorda. En seguida mi tía, con las
dos copas y los dos vasos, se pone a mezclarlo todo, y cuando está por igual,
llena mi taza de café con leche y les quedan a ellos los vasos llenos. Cuando
acaba de hacer la mezcla, me tomo de un trago el café y me voy con Esperancita,
que está ya detrás de mi silla, tirándome pellizcos para que nos vayamos a
jugar. Nos disparamos a través del laberinto de veladores, de sillas y de divanes.
Unos divanes de terciopelo rojo, puestos a lo largo de la pared, sobre los que
nos gusta correr a cuatro patas en la calle que forman su respaldo y el borde
de la mesa. Algunas veces nos damos con una mesa y nos hacemos un chichón. Nos
ponemos de pie en los divanes y asomamos la cara a los espejos de la pared.
Después se queda marcada en los divanes la suela de nuestros zapatos, y el
señor Pepe, el camarero, viene a regañarnos. Empezamos a dar palmadas para
quitar las manchas y salen nubes de polvo, y en el terciopelo rojo las manos se
quedan marcadas en colorado con el blanco del polvo alrededor. El señor Pepe se
enfada más y quita el polvo con el paño, sin golpear. Otras veces pasamos las
uñas a contrapelo y dibujamos letreros y caras que luego se borran alisando el
pelo con la palma de la mano. Al dibujar, los pelillos raspan el dedo como si
le lamiera un gato; al borrar se convierten en el lomo del gato.
Cuando
no nos mira el amo del café que está detrás del mostrador nos filtramos por la
escalerilla que lleva a los billares. Abrimos la puerta de paño verde y
entramos despacito en el salón. Veo hoy la escena con ojos que entonces no
tenía. El salón enorme, lleno de ventanales en tres de sus lados, con sus arcos
voltaicos, deslumbrantes en su globo de cristal alambrado, con su
chisporrotear de carbones y el chirriar de sus mecanismos, susto de mariposas;
y la luz amarilla de los viejos faroles de gas de la calle de Vergara, con sus
llamas de raja de melón y su soplo silbante. Las ocho mesas macizas de sombras
cuadradas, espesas, bailoteantes a los reflejos cambiados de las luces,
chispeantes de barniz, dormidas en el verde secante de sus tableros forrados de
paño. Las sombras largas de los ventanales con sus cruces negras, de ángulos
rotos, tendidas por el suelo, reptantes por las mesas y las paredes. Todo
dormido, en el silencio. Tan sonoro que, al hablar en voz baja, se levantaba el
murmullo de sus rincones. Nos sobrecogíamos un momento, temerosos, en el umbral
de la puerta de paño que se cerraba blandamente a nuestras espaldas. Y oíamos,
en el fondo del inmenso salón, las blandas patas que huían. La visión de las
bolas de la mesa más cercana, brillantes en su cajón abierto a un costado, nos
animaba a proseguir la aventura. El sonido de las primeras cogidas rompía la
pesadez del ambiente y diluía nuestra tensión. Arrebatábamos las bolas de los
bolsillos triples de las mesas y las volcábamos entre risas en la mesa central,
la más grande, la madre de todas las mesas. Corríamos alrededor de ella,
agarrando al pasar sus patas de elefante, las manos perdidas en el mar vivo de
bolas que corrían sobre el tapete verde con reflejos blancos y rojos y sonar de
huesos de sus cabezas calvas.
El
incendio de todos los focos del salón encendidos de golpe; la mancha negra,
espesa, de los bigotes gordos y puntiagudos del dueño nos sorprendía
encaramados en lo alto de la pradera verde. Nos inmovilizaba, mientras las
bolas terminaban sus carreras chocando con las vecinas, cuando nosotros
quisiéramos hacerlas callar y que se estuvieran tan quietas como nosotros.
Saltábamos de la mesa como monos huidos. Bajábamos de tres en tres la estrecha
escalera que habíamos subido de puntillas, perseguidos por los denuestos del
ogro. Caíamos en el salón con la cara roja de la excitación y del miedo.
Ha
venido mi madre. Cuando vamos hacia nuestra mesa, Esperancita echa a correr y
se esconde detrás de la cortina roja que tapa la vidriera de entrada. Yo entro
detrás de ella a prenderla y, a través de los cristales, veo a mi madre
hablando con la madre de Ángel y con el señor Pepe. Como Esperancita está también
en el secreto de las cosas, nos ponemos rápidamente de acuerdo: salimos de
detrás de la cortina, ella delante, corriendo en dirección a la otra puerta
del café que está allá abajo, al lado del mostrador. Esperancita desaparece
detrás de esta otra cortina y yo también, pero en vez de quedarnos allí salimos
corriendo a la calle y volvemos por el exterior a la entrada donde están los
periódicos. Todavía está mi madre allí. Nos besamos y nos abrazamos y le cuento
atropelladamente la astucia de que nos hemos valido para venir a darle un beso,
sin que lo vea mi tía. Y nos volvemos otra vez corriendo por el mismo camino,
para seguir correteando por el salón, como si no hubiera pasado nada.
Una
vez más le explico a Esperancita:
-¿Tú
sabes? Mi tía se enfada mucho cuando me ve besar a mi madre, porque quiere que
sólo la bese a ella y que no quiera a mi madre. Cuando se enfada, me dice que
soy un desgraciado, porque es ella quien me mantiene, y después regaña a mi madre,
diciéndole que parece que tiene miedo de que me roben. Así que mi madre y yo,
cuando nos queremos besar, nos escondemos.
Entretanto
mi madre ha entrado y se ha sentado al lado de mi tía. Pepe ha traído un vaso y
su platillo de azúcar y entonces voy a la mesa, nada más que para darle un
golpecito en el hombro, decirle «¡hola!» y robarle un terrón de azúcar. Inmediatamente
me marcho de nuevo a jugar. Mi tía se queda satisfecha.
En
una mesa cercana hemos encontrado un juego de dominó y nos ponemos a hacer
construcciones con las fichas. Desde aquí veo a mi madre tomando su café
silenciosamente y a mi tía discutiendo con doña Isabel, seguramente aún sus
chismes de vecinos. Mi madre es una mujer pequeñita, un poquito redonda, rápida
en sus movimientos. La piel muy blanca, los ojos grises, como los gatos, y el
pelo castaño, con muy pocas canas en las sienes, disimula sus cincuenta años y
pico. Viste una falda negra, una blusa de percal gris, y lleva un pañuelo de
rayas en la cabeza y un delantal también de rayas en la cintura. Mi tía es una
señora de sesenta años, vestida con un traje negro de flores bordadas, cubierto
el pelo, completamente blanco, con un velo negro. Tiene una cara de vieja como
de porcelana fina y presume del color de sus carrillos, que es natural, y de
la finura de sus manos que parecen de seda. Pero mi madre tiene las manos tan
finas como ella y aún más pequeñitas. Esto algunas veces le da rabia a mi tía,
que se unta crema en las manos y se da limón y glicerina, y le dice a mi madre
que no comprende cómo, trabajando, puede tener las manos así. Mi tía es la
señora y mi madre la criada, igual que doña Isabel y su hermana. Ahora viene a
tomar café con nosotros, después de recoger la mesa de la cena en casa de los
tíos, ha fregado los cacharros y ha barrido el comedor y la cocina. Algunas
veces interviene en la conversación de los demás, porque todos la quieren mucho
y le hacen preguntas, pero en general se queda callada y busca la ocasión de
irse a charlar con la madre de Ángel y el señor Pepe.
A
las once de la noche se deshace la reunión, y nos volvemos a casa, mi tía y yo
delante, mi tío y mi madre detrás. Se ha adelantado la marcha y nos hemos
quedado sin jugar con Ángel, que termina a esta hora su venta y nos mira
marcharnos con la cara triste, porque ahora se queda solo hasta que cierren el
café.
Mañana
tenemos que madrugar mucho, pues por la tarde mis tíos y yo nos vamos al pueblo
a pasar el verano. Aunque el coche no sale hasta la tarde, mi tía necesita
preparar todas sus maletas y la merienda antes del mediodía. No nos dejará
parar en toda la mañana con sus impaciencias. Claro que, como siempre, mi madre
es la que tendrá que aguantarla, porque mi tío me llevará a ver la parada y no
volveremos hasta la hora de comer. Éste es el sistema que tiene los domingos
para no oírla.
Cuando
llegamos a casa mi gato y yo nos tomamos juntos mi leche en la mesa del
comedor, como todas las noches. Mi tío se sienta enfrente de nosotros, mientras
mi tía anda en la alcoba inmediata al comedor, arreglando la lamparilla que
servirá para tener luz toda la noche y a la vez para alumbrar a la Virgen que
tiene allí. Entonces se me ocurre decirle a mi tío:
-Como
nos vamos mañana, esta noche yo quiero dormir con mi madre. Mi tío me contesta:
-Bueno,
acuéstate con ella.
Mi
tía estalla, saliendo de la alcoba:
-El
niño se acostará en su cama como todas las noches.
-Pero
¡mujer! -dice mi tío.
-No
hay mujer, ni hay pero. El niño duerme mejor solo.
-Pero
si el chico se va mañana y quiere dormir con su madre, ¿por qué no le has de
dejar? ¿No duerme otras veces con nosotros porque se te antoja a ti? Y me
parece que dormirá peor con dos que con uno -responde mi tío.
Mi
tía se encrespa y empieza a chillar:
-Pues,
he dicho que no, y que no. Al niño no se le ocurre dormir con su madre; eso
son cosas de ella, que ya lo habrá aleccionado.
Y
agrega, llamando a mi madre a voces:
-¡Leonor,
Leonor! El niño duerme en su cama, porque ¡lo mando yo! Son ya muchos mimos y
este niño está demasiado consentido.
Mi
madre, que ignora la causa de estas voces, se le queda mirando asombrada, y
responde:
-Bueno,
ya tiene la cama preparada.
Mi
tía, ante el tono tranquilo de mi madre, se deja caer en una silla. Se pone a
llorar copiosamente sobre la mesa:
-Os
habéis propuesto matarme a disgustos. Estáis todos de acuerdo para hacerme
sufrir. Hasta tú -se vuelve a mi tío-. Eres cómplice de ellos. Claro, tú dices
que sí y ya la cosa no tiene remedio. Os habéis puesto de acuerdo los tres y,
mientras, una tiene que aguantarse y callar.
Mi
madre me coge de un brazo, nerviosa de rabia, y me dice:
-Anda,
despídete de los tíos hasta mañana y vete a la cama. Mi tía vuelve a estallar:
-Eso,
¡ya está todo arreglado! Pues el niño no se va a la cama. Hoy se acuesta
conmigo. Mi tío suelta un puñetazo en la mesa y se levanta furioso:
-¡Esta
mujer está loca y nos va a volver locos a todos!
Yo
reacciono violentamente y me agarro a las faldas de mi madre chillando:
-¡Yo
me quiero acostar con mi madre esta noche!
El
llanto y los gritos de mi tía recrudecen y por último se sale con la suya,
ayudada de mi madre, que me empuja hacia ella, conteniendo su excitación.
Ya
en la alcoba, yo lloro, abandonado de mi madre y odiando a mi tía, que se
empeña en desnudarme entre lágrimas y pellizcos, alternando explosiones de
cariño que me llenan la cara de babas y lágrimas, con arrebatos de furia en los
que me zarandea. Mi tío acaba de perder la poca paciencia que le queda y le
manda callarse enérgicamente. Nos metemos en la cama, yo entre los dos, y allí
empieza mi tía a rezar el rosario y yo tengo que acompañarla. Mi tío lee el Heraldo a la luz de una vela sobre la
mesilla de noche. Como siempre, antes de llegar al segundo diez del rosario, mi
tía se queda dormida con la boca entreabierta, dejando ver el agujero de los
dos dientes de arriba que le faltan, y que están en un vaso en la mesilla de
noche. Al cabo de un ratito, me vuelvo despacio hacia mi tío y le digo en voz
baja:
-Ya
se ha dormido. Yo me quiero ir con mi madre.
Mi
tío se pone un dedo en la boca y me dice, también bajito, que me espere. Apaga
la luz y nos quedamos los dos despiertos en la semioscuridad de la lamparilla
que hace unas sombras miedosas en el lecho. Al cabo de un rato grande, mi tío
me coge con mucho cuidado, me deja en el suelo, y me da un beso y me dice que
me vaya sin meter ruido.
Me
voy despacio por el pasillo a la alcoba de mi madre que está al lado de la
cocina, y entro allí a oscuras, tocando la ropa de la cama y diciéndole que soy
yo, para que no se asuste. Me dice muy nerviosa que me vuelva. Pero yo le
cuento cómo me ha ayudado el tío a salir, y entonces me deja un sitio en la
cama. Y yo me quedo, hecho una bola, de espaldas a ella, en el hueco de sus
brazos. El gato salta y empuja con la cabeza el embozo para meterse dentro como
todas las noches. Los tres nos quedamos así, muy callados para dormirnos.
Sobre
el cogote me cae una gota, y el gato me lame la cara.
Rutas de Castilla
Capítulo III
Hoy
nos vamos al pueblo. Todos los años, cuando llegan mis vacaciones, vamos al
pueblo, mejor dicho, a los pueblos. Primero vamos a Brunete, mis tíos y yo,
porque ellos han nacido allí. También mi padre era de allí. Estamos quince días
o cosa así, y después mis tíos me acompañan a Méntrida, de donde es mi madre.
Me quedo con mi abuela y los hermanos de mi madre un mes. Después mi madre va
dos o tres días para ver a su familia y me recoge. Tomamos el tren para Madrid,
pero yo me quedo en Navalcarnero, donde mi otra abuela, la de mi padre, me
espera en la estación. Mi madre sigue a Madrid pero yo me quedo en Navalcarnero
unos quince días. Después, mi abuela me lleva a Madrid. Llegamos a finales de
septiembre y al día siguiente, o dos días después, vuelvo al colegio. Éste es
mi veraneo, menos una vez que fui con mis tíos a San Sebastián.
Para
ir a Brunete no hay tren. Se va en un coche como las diligencias antiguas; un
coche con seis mulas pintado de amarillo y rojo. Delante va el cochero y el
mozo de mulas y a su lado caben dos personas más. Algunas veces van tres, y
entonces el mozo se monta en una de las mulas de delante. Detrás del pescante
va el coche propiamente dicho, donde caben ocho personas. Los chicos como yo
pagan la mitad y no tienen derecho a sentarse. Han de ir en las rodillas de los
de su familia, hasta que en alguno de los pueblos por donde pasa el coche queda
un sitio libre. Esto ocurre casi siempre en Villaviciosa. Arriba van los
equipajes y ocho asientos de madera, numerados, en dos bancos, que se llaman la
«baca». También llevan un saco con los colores nacionales donde van las cartas
para estos pueblos.
El
coche sale de la Cava Baja, de una posada muy antigua que se llama de San
Andrés. La Cava Baja es como una calle del siglo XVII que se hubiera quedado
enquistada en la ciudad. Comienza en la plaza de Puerta Cerrada, donde como
único recuerdo de los tiempos viejos queda una cruz de piedra monumental, cuyo
origen se ignora, pero que la tradición afirma se levantó en memoria de los
miles que allí fueron ahorcados, en uno de aquellos patíbulos de la Edad Media.
Y termina en la plaza de la Morería, entre varias cárceles del Santo Oficio y
el antiguo patíbulo de la plaza de la Cebada, donde quemaron a millares de
herejes y ahorcaron a hombres célebres en la historia, como Riego. Sin
embargo, la calle es alegre y encierra dentro de sí un mundo.
Se
multiplican en ella las posadas centenarias con sus portalones grandes de
vigas de madera, sus patios enormes para los carros y sus techados para las
mulas, llenos de estiércol, de tiestos de flores y de gallinas desvergonzadas;
con sus escalerillas de madera, pulidas por el pasar de las manos de diez generaciones;
con sus tabernitas al lado del portal, donde se beben los vinos directamente
de los pellejos tripudos, tumbados en un tablero y atadas sus bocas con una lía
de esparto, cuyo otro extremo se sujeta a una escarpia de la pared, para que la
boca del pellejo quede siempre alta y no rezume el vino. Sus parroquianos,
carreteros y campesinos, saben desbocar los pellejos y beber a chorro en ellos
los vinos broncos de 15 y 18 grados, que dejan la garganta seca de tanino y los
labios morados de color. Son sus clientes pueblerinos, mujeres de sayas
incontables y pomposas, muchachas quemadas del sol de las eras, con sus trajes
de fiesta en sedas de colores rabiosos, y hombres cachazudos, con pantalón de
pana que cruje al andar y zamarra de paño gordo con vueltas de piel de oveja;
sobre la camisa deslumbrante de blanca, la faja negra, bolsillo que guarda un
pañuelo verde, grande como vela de barco, una navaja ancha y corva como cuerno
de toro, un pedernal, un eslabón y un cordel gordo de yesca, que con la petaca
mugrienta y el librillo de papel de fumar como un breviario, constituyen los
utensilios de fumar. En la punta interior de la faja hay un nudo que encierra
el bolsillo que guarda las monedas de plata del viaje; un bolsillo de lana de
colores, a punto de media, que cierra un cordel más largo que el hombre, que
ata y reata la boca del saco y se enrolla sobre ella misma convirtiéndose en
ovillo.
Cuando
yo era niño, era para mí motivo de asombro ver estos labriegos, sentados a la
mesa de encina, con el jarro de flores azules de Talavera lleno de vino,
desliarse la faja y dejar sus calzones caídos, desatar el nudo que encerraba el
tesoro, deshacer las vueltas del cordel, y arrancar con sus uñas los nudos
finales para volcar sobre la mesa el importe de la transacción.
El
huésped desliaba su faja múltiples veces, sin salir de la calle, porque allí se
encuentran todas las industrias que surten los pueblos:
El
almacén de hierro, de techo agobiante, donde se compra el hierro en barras para
forjar herraduras y la reja de arado en bruto, que luego se aguza en la fragua
a golpes de macho.
El
fabricante de harneros, con sus tambores de agujeros para simientes de todos
los tamaños, que fabrica en su misma tienda con un arte heredado.
El
tonelero con sus puertas abiertas, en mangas de camisa, ajustando las duelas a
golpe de mazo y con su fogata encendida en mitad de la calle para cerrar un
tonel.
El
pastelero, que conserva el arte misterioso de los caramelos pegajosos, de
rojos, azules y verdes de veneno, las tortas macizas y negras de puro
tostadas, las galletas diminutas que entran centenas en un kilo, y los turrones
de almendra y de miel que arrancan los dientes de las encías.
El
comerciante de cuadros con marcos y flores dorados y cromos de santos y
purísimas con caras dulzonas y trajes azules y rojos; con paisajes maravillosos
que contienen el río, el bosque, la montaña con nieve, el molino de viento, la
carreta de bueyes, la casita con chimenea humeante y un senderito donde suele haber
un niño con una cesta que viene hacia el espectador.
La
tienda de loza, con sus potes vidriados y sus decoraciones barrocas e ingenuas
de flores policromas y formas rebuscadas; con floreros, azucareros y vasos de
cristal bañados en purpurina, con líneas azules y rojas y leyendas de
«Recuerdo» en góticas viejas, contrahechas.
El
botero, que fabrica las botas de vino con pieles de gato y los pellejos con
pieles de cabra, y que aparece tripudo en la puerta de su taller, sudando,
entre sus piernas la panza negra de un pellejo inflado que rasca con una
cuchilla para arrancarle los pelos, sus brazos membrudos tatuados de la pez que
usa para bañar las tripas del pellejo.
El
cordelero, con su tienda olorosa de cáñamo, donde flota un polvillo que hace
llorar los ojos y carraspear, y donde el patrón, hombre seco, de pulmones
roídos, termina siempre sus tratos en la taberna de enfrente, para arrancar de
su garganta los pelillos de la mercancía que le dan sed eterna.
El
talabartero, con su arte primitivo de guarnicionero, trenzando la paja para
formar los collarones para burros y muías, alegres de campanillas de bronce
diminutas o de cascabeles gordos como nueces doradas; cosiendo los cueros
sujetos en las tenazas de palo que oprime con las rodillas, en un movimiento
rítmico de sus brazos que se abren en cruz, anudando los hilos cruzados de la
costura; o tejiendo las cinchas de cuerda, de colores vivos, o los cabezales
con floripondios de lana roja que agitarán orgullosos los animales.
El
tendero en su tienda menuda, abarrotada de bacalao seco y de sardinas
prensadas, sardinas en cuba, que forman círculos plateados en toda la tienda,
que huele a cala de barco pesquero.
El
lencero, que vende los paños gordos y las sábanas tiesas de lino crudo, que se
vuelven blancas con los años y el sol, y que vende las blusas de seda baratas,
con brillos de acero, y las faldas de flores chillonas, las pellizas con mangas
y cuello de «caracul» de oveja, los mantones de lana pesados y peludos, que
abrigan a las mujeres y a sus crías, las camisetas y los calzoncillos de paño
amarillo que protegen al hombre en los duros inviernos de Castilla.
De
la calle salían los coches a los pueblos limítrofes de Madrid, mediada la
tarde, para terminar su viaje en el último pueblo del trayecto, a la luz de la
luna. Y en la hora de las despedidas, la calle se llenaba de labriegos cargados
de fardos y herramientas y rodeados de sus deudos: las hijas -criadas de servir
en Madrid- y los hijos -soldados-. Era un mundo de risas de la gente moza y de
llantos de chicos y viejos, en un coro de blasfemias y de picardías como sólo
ya se podían encontrar allí, o en los libros tan viejos como la calle. Los
padres compraban al hijo mozo su primer cigarro puro por ser soldado -es decir,
ya hombre- y le regalaban la petaca profunda que su abuelo les dio en ocasión
semejante. Había alguna criadita con el vientre inflado que aguantaba en un
rincón de la taberna de la posada las iras desatadas de la madre y la mano dura
del padre ante la «deshonra». Se enseñaban unos a otros, con miedo y con
murmullos de voz, el portalón de piedra de la casa del Santo Oficio: un dintel
de la puerta de tres bloques de granito, dos de pie y el tercero atravesado
sobre ellos como un monumento druídico, con una leyenda en el frontispicio de
saludo al Ave María, un anagrama primitivo y una fecha en números arábigos
-1642- y una caja de portal de losas cuadradas grandes como ruedas de molino,
entre las cuales, de pie en el muro, se habían encontrado incrustadas dos
momias de mujeres en hábito monjil. Como vieja hidrópica, la casa había
abombado sus muros y se esperaba verla estallar de un momento a otro y parir
sus muertos en mitad de la calle.
Una
hora antes de que salga el coche, estamos ya en la posada mis tíos y yo,
sentados en un rincón de la taberna, con dos maletas y una cesta al lado. La
cesta lleva la merienda y una provisión de agua, porque, luego, no hay en el
camino más que agua de pozo. Mi tío ha sacado del bolsillo su grueso reloj de
plata que tiene una llavecita diminuta, y ha mostrado la hora a mi tía.
-¿Ves
cómo eres una testaruda? Falta aún cerca de una hora.
-Bueno,
pero yo ya estoy tranquila.
Yo
me he ido a la puerta de la posada donde está el coche, aún sin las mulas, con
sus ruedas llenas de pegotes de barro de la carretera. En la acera, arrimados a
la pared, están ya esperando la mayoría de los viajeros, con sus cestas y sus
alforjas repletas de paquetes. Todos son gente de pueblo: un hombre gordo al
que las alforjas hacen más gordo aún; una viejecita renegrida; una mujerona
gorda y además preñada, con una muchacha y una niña; y unos cuantos hombres y
mujeres. No puedo saber cuáles van al coche y cuáles han bajado a despedir a
sus parientes. Por el portalón de la posada van sacando las mulas dos a dos y
enganchándolas al coche. Las de varas entran a reculones en su sitio y quedan
sujetas con una gran cantidad de correas a la lanza del coche. Es curioso ver
la dificultad que todos los animales tienen para andar hacia atrás.
En
cuanto las mulas están enganchadas, el techo se llena de todas las maletas y de
todos los paquetes, y la gente empieza a entrar en el coche. Como es natural,
mi tía es de los primeros y quiere que subamos también mi tío y yo. Mi tío
acaba dejándola allí dentro que gruña, y nos vamos a la pastelería a comprar
caramelos para mis primos del pueblo. Compramos muchos caramelos de menta,
verdes, que destiñen y manchan los dedos como si fueran pintura y que escuecen
en la boca de fuertes que son. Pero a la gente del pueblo son los que más le
gustan. Compramos también un kilo de «paciencias», unas galletas redondas,
pequeñitas, del tamaño de una peseta, de las que entran muchísimas en un kilo;
nos dan una bolsa grande llena. Llevamos a mi tía los paquetes y vuelve a
gruñimos para que nos metamos dentro, de miedo que el coche se vaya y nosotros
nos quedemos en Madrid. Mi tío no le hace caso y nos volvemos a la taberna a
beber cerveza con limón.
Entre
toda la gente que hay allí, mi tío es el único señor de Madrid. Todo el mundo
viste traje de campo menos nosotros: mi tío lleva su traje de alpaca negra, su
camisa de cuello y pechera duros y su sombrero hongo. La tía lleva su traje
bordado y su mantilla negra. Yo, mi traje marinero. Mi tío ha tenido una bronca
esta mañana con mi tía por los trajes. Él quería llevarse una americana y un
pantalón viejos que tiene e irse con una gorra y unas zapatillas en el coche, y
que yo llevara mi delantal y mis alpargatas. Pero ella ha empezado a protestar
y a decir que «gracias a Dios no somos unos pordioseros». Como siempre, se ha
salido con la suya. Mi tío está gordo y se ha tenido ya que meter un pañuelo de
seda, para que el sudor no le moleste con el cuello duro. De vez en cuando se
quita el sombrero y se limpia el sudor de la calva. Con los puños duros de la
camisa, la pechera también dura, y además el cuello, reniega de lo que él
llama «las estupideces de tu tía». La verdad es que, si yo fuera él, iría como
me diera la gana y si se enfadaba, ya se contentaría. Pero él es un buenazo
que, por no disgustarla, le aguanta todas sus exigencias.
Por
último, montamos en el coche. Acoplarse dentro es un problema. Los asientos
están ya llenos, menos el sitio de mi tío, y tenemos que pasar entre medio de
todos para llegar allí. Yo me quedo entre las piernas de él y esperamos que el
coche se ponga en marcha. Dentro, el calor es inaguantable, todos apretados en
el coche, tan bajo que las cabezas de las personas sentadas dan en el techo.
Arriba, están atando los bultos y cargando los que faltan, y cada pisotón del
mozo nos llena de polvo y parece que se van a hundir las tablas.
El
coche va lleno y el mozo de mulas ha tenido que montarse en la primera mula de
la izquierda, porque el cochero lleva a su lado a tres mujeres apretadas como
sardinas. Además, en el estribo se han puesto de pie dos hombres, que van hasta
Campamento y que han pagado dos reales por ir allí.
Bajamos
la cuesta de la calle de Segovia, chirriando el coche: la cuesta es tan pina
que los frenos aprietan hasta que no ruedan las ruedas, y aun así el coche se
echa encima de las mulas. Algunas veces ha volcado en mitad de la calle y no se
ha podido hacer el viaje. Al final cruzamos el puente de Segovia y empezamos a
subir la carretera de Extremadura que también es muy pendiente. En el puente de
Segovia termina Madrid y empieza el campo. Esto del campo es una manera de
decir, porque no hay más, a los lados de la carretera, que unos arbolitos secos,
sin hojas, llenos de polvo, unos campos de hierba amarilla con manchones negros
de lumbres, y unas cuantas casitas de traperos, hechas de chapa, con montones
de basura a la puerta que huelen hasta la misma carretera.
Dentro
del coche, mi tía ha hecho lo de siempre. Cuando el coche ha empezado a andar,
se ha persignado y ha comenzado a rezar el rosario. Tiene un rosario de madera
de olivo, de Palestina, del Huerto de los Olivos, bendecido por el Papa; tiene
otro que es de plata; y otro aún de una piedra que se llama ágata. Éste lo
trajo una vez que fue a Lourdes, en Francia, y tiene una cruz con un cristal en
medio, que se mira por él y se ve la virgen en la caverna.
La
carretera está llena de baches y de polvo; así que el coche da barquinazos y el
polvo que entra por las ventanillas forma una nube dentro. Cuando se mueven los
dientes, se mastica la arena. Pero el sol da de lleno y no se pueden cerrar las
ventanillas, porque entonces nos ahogaríamos. Una de las mujeres se ha mareado
ya y se ha puesto de rodillas en el asiento, para sacar la cabeza por la
ventanilla y vomitar. Cuando no vomita, la cabeza le baila en la ventanilla
como si fuera la cabeza de un pelele. Cuando lleguemos, habrá echado fuera el
forro de las tripas, porque no hace veinte minutos que hemos salido de Madrid y
aún tenemos viaje para más de cuatro horas. Yo empiezo a tener hambre, porque
no he merendado con la prisa de llegar al coche y no tener asiento. Se lo digo
a la tía, y se enfada. Me dice que me espere a que termine el rosario; y le
falta más de la mitad. Enfrente de mí va el hombre gordo. Ha sacado una libreta
con una tortilla dentro que huele muy bien. Va cortando trozos con la navaja y
se los va comiendo, y a mí, de verle, me entra un hambre feroz. De buena gana
le pediría un cacho. Vuelvo a pedir la merienda a mi tía, pero ahora en voz
alta. Si no me da de merendar, seguro que este hombre me da un cacho de
tortilla. Quiero enfadarla y que no me dé la merienda, porque lleva pan y
chocolate y lo que yo quiero es tortilla. Mi tía se enfada, me da un pellizco
en el muslo, y no me da de merendar. El hombre gordo corta una rebanada de pan
muy grande y un cacho de tortilla que parece medio ladrillo, y me los da. Mi
tío deja que los coja y, además, le regaña a mi tía. «Siempre tienes que hacer
el ridículo.» Entonces mi tía saca el pan y el chocolate, pero ahora no los
quiero. La tortilla está estupenda y el hombre me da además unas rajas de chorizo.
Me sabe mejor porque me he salido con la mía, y además me ha dado la razón mi
tío. Mi tío saca la bota del vino que llevamos para la cena, coge también un
cacho de tortilla, y comemos y bebemos los tres. Los dos hombres se ponen a hablar
de mí. El hombre cree que mi tío es mi padre.
Nos
cuenta que tiene un hijo mayor que yo, que está estudiando en Madrid para
abogado, pero que no ha aprobado en los exámenes y ha tenido que quedarse
estudiando para volver a examinarse en septiembre. Mi tío le cuenta que yo soy
muy buen estudiante, y el hombre replica que su chico es un golfo que le cuesta
todo el dinero que gana labrando el campo. Entonces comienzan los dos a hablar
de la cosecha del año. El hombre tiene muchas tierras en un pueblo cerca de
Brunete y conoce a todos los de mi familia y conoció al padre y a los abuelos
de mi tío.
Con
el enfado de la merienda, mi tía ha empezado a contar a la mujer que va
enfrente con la niña los disgustos que yo le doy. No quiero escuchar, porque
entonces yo tendría que contestarle y contar las latas que me da ella a mí.
Estamos bajando la cuesta del río Guadarrama, un río que le pasa lo que al
Manzanares, que no tiene agua, nada más que arena y un arroyito entre juncos.
La cuesta baja dando vueltas desde Móstoles hasta el río y luego hay que cruzar
un puente de madera muy viejo, donde la gente tiene que apearse para que el
coche no pese y el puente no se hunda. Después viene otra cuesta larga que
termina en Navalcarnero.
Cuando
se pasa por Móstoles, se encuentra en la plaza un monumento en construcción,
lleno de andamios y tapado con una tela blanca. Es una estatua que están
haciendo al alcalde de Móstoles para inaugurarla el año que viene, que es el
centenario de la guerra de la Independencia. El alcalde de Móstoles fue un
alcalde que había cuando Napoleón quiso apoderarse de España. Era un tío viejo
con una capa de paño de color café, con esclavinas, un sombrero grande de alas
redondas y una vara muy alta. Cuando se enteró que los franceses estaban en
Madrid, llamó al pregonero y le dio un bando para que se lo leyera a los del
pueblo. En este bando él -el alcalde de Móstoles- declaraba la guerra «al
Napoleón». Claro que era una tontería que un pueblo tan pequeñito quisiera
hacer la guerra con los ejércitos de Napoleón. Pero si Napoleón hubiera ido a
Móstoles y el alcalde le hubiera cogido por su cuenta, seguro que le mata a
palos con su vara de alcalde.
En
mi Historia de España hay un dibujo
de él leyendo el bando, y también un retrato de Napoleón con su casaca de militar,
con las solapas blancas, el pantalón también blanco y la mano metida entre los
botones de la casaca. El padre Joaquín, un vasco muy grande, que es mi profesor
de historia, nos cuenta que Napoleón no pudo apoderarse de España porque hubo
mucha gente como el alcalde de Móstoles, que no le tuvo miedo:
en
Madrid fueron dos tenientes de artillería, Daoiz y Velarde, que cogieron un
cañón y se pusieron a la cabeza del pueblo. En Zaragoza fue una mujer, Agustina
de Aragón, que empezó a animar a los hombres y a tirar cañonazos contra los
franceses. En Bailen se reunieron todos los garrochistas, que son los pastores
que guardan los toros bravos y que van a caballo con una garrocha, y se fueron
a buscar a los coraceros que llevaban lanzas muy grandes de hierro. Además,
llevaban una coraza de hierro plateado y un casco, también de hierro, con
muchas plumas. Los vaqueros no llevaban más que la chaqueta puesta y los
sombreros cordobeses, y eran muchos menos. Bueno, pues les dieron una paliza a
los coraceros de Napoleón, que un inglés que vino a España a ayudarnos, y que
se llamaba Wellington, se asustó y luego no le creían en su tierra cuando lo
contaba.
Mi
abuela, la madre de mi madre, era muy pequeñita cuando las tropas de Napoleón
anduvieron por estos pueblos. Para que no la mataran, porque los franceses
mataban a los chicos con las bayonetas, clavándoselas en el trasero, la
metieron en una cesta y la bajaron al pozo de la casa que tiene dentro una
mina. La dejaron allí y su madre bajaba a darle de mamar cuando no la veían. Mi
abuela tiene ahora más de 99 años. Nosotros, yo y mis hermanos, le llamamos «la
abuela chica», porque es una viejecita arrugada, con la cara y las manos llenas
de manchas color café. A la otra abuela la llamamos «la abuela grande», porque
es mucho más alta que un hombre y muy grande. Ahora la encontraremos en
Navalcarnero.
Cuando
llegamos a Navalcarnero, mi abuela Inés nos está esperando. Hay allí una
posada y el coche cambia las mulas. Mientras, la gente cena en la posada, bien
las cosas que lleva o bien la comida que hacen allí. Nosotros tenemos merluza
frita rebozada y chuletas empanadas con pimientos fritos, y como nos hemos
comido la tortilla del hombre gordo, mi tío le invita. Tenemos también café
puro que ha traído mi tío en una botella envuelta en muchos periódicos y que
todavía está caliente.
Mi
abuela se sienta con nosotros, teniéndome a mí en sus rodillas. Se está allí
como en un sillón. Mi tía y ella se ponen a hablar. Y como siempre, acaban
regañando, porque las dos son contrarias. Cuando eran chicas, han jugado juntas
en el pueblo, y se llaman de tú y se dicen lo que les viene a la boca. Mi tía
es una beata y mi abuela es atea. Cuando las dos eran chicas, de doce años o
así, sus padres las mandaron a Madrid a ser criadas de servir. Mi abuela estuvo
en muchas casas hasta que se casó. Mi tía, en una sola. Mi tía come pizquitas y
mi abuela traga como está tragando el hombre gordo, que no parece se haya
comido la tortilla y la libreta. Mientras tanto discuten de mí.
-Buena
falta le hace al chico tomar un poco el aire y salir de tus faldas. Con tanto
cura y tanto rezo, le estáis atontando. Mírale la cara de gilí que tiene. Menos
mal que estará conmigo unos días y yo le espabilaré -dice mi abuela.
-Pues
al niño no le falta nada -se encrespa mi tía-. Lo que tiene son muchas
picardías y por eso no engorda. Porque en la educación no sé qué puedes decir.
Claro que tú quisieras que el chico fuera un descreído como tú. Más valía que
pensaras que eres una vieja, como yo, y que si sigues así irás al infierno.
-Mejor,
más caliente. Además, mira: al infierno va toda la gente de buen humor y al
cielo todas las beatas aburridas como tú. Y francamente, prefiero la gente
divertida. Tú no hueles más que a cera.
-¡Jesús,
Jesús! Tú siempre dices blasfemias y acabarás muy mal.
-¡Recorcho!
Las blasfemias sólo las digo cuando me pisan un callo o me pillo un dedo contra
una puerta, porque, al fin y al cabo, una es una mujer y no un carretero. Lo
que no soy ni quiero que sea el chico es un espiritado como tú, que no sabes
salir de las faldas de curas y sacristanes.
A
mi tía le entra el hipo y entonces mi abuela se siente completamente feliz.
Acaban haciendo las paces y mi abuela le dice finalmente:
-Mira,
Baldomera, yo sé que tú eres muy buena y que el chico está muy bien con
vosotros. Pero le estáis volviendo idiota. Tú reza lo que quieras, pero déjale
al chico que juegue. ¡Verdad -agrega dirigiéndose a mí- que tú lo que quieres
es jugar!
Para
no disgustar más a mi tía, le digo que me gusta mucho la iglesia. Y entonces
ella explota:
-¡Tú
lo que eres es un marica! -y me zarandea entre sus brazos y sus pechos, como si
estuviera en un colchón que me fuera a aplastar. Me callo, dolorido, pero se me
caen dos lagrimones. Entonces mi abuela pierde la cabeza, me coge en brazos, me
besa, me estruja y me sacude como un muñeco. Por último, me hace prometer que
iré a Navalcarnero en septiembre y que no me he enfadado con ella.
Me
lleva al mostrador de la taberna, me llena los bolsillos de alcahueses y
torrados, me abruma con sus preguntas rápidas, y sólo se calma cuando le afirmo
repetidas veces que no me he enfadado, pero que yo no soy un marica. Y que, si
vuelve a llamármelo, no iré más a Navalcarnero.
Llegamos
a Brunete a las diez de la noche, yo completamente rendido y con ganas de
acostarme.
El
pueblo es un grupo de casas que hacen unas sombras muy negras con la luna, o
paredes muy blancas que brillan con la misma luz de la luna. En las puertas de
las casas están las gentes tumbadas en el suelo, tomando el fresco, algunos
charlando y la mayoría durmiendo. Cuando salimos del coche y vamos a través del
pueblo hasta la casa del tío Hilario -el hermano de mi tío José-, las gentes se
levantan a saludarnos y algunos nos dan bollos de aceite y aguardiente. Yo no
tengo gana, lo único que tengo es sueño. El sereno del pueblo viene, saluda a
mi tío dándole un cachete en la espalda, y me acaricia diciendo:
-¡Está
ya hecho un hombre!
Después
se empina como los gallos, se pone una mano al lado de la boca y grita:
-¡La
once... y serenoooo...!
Tierras de pan
Capítulo IV
Encima
de la cabecera hay una ventanita cuadrada por la que entra un chorro de sol
lleno de moscas. La habitación huele a pueblo: un olor de granos secos del sol,
que viene del granero abierto frente a mi cuarto, de retamas quemadas en la
cocina, de estiércol de la cuadra, del vaho pegajoso del gallinero, y de las
paredes de adobes de la casa, retostadas del sol y cubiertas de una blanca capa
de cal. Me visto y bajo la escalera maciza, de troncos labrados con la azuela.
La
planta baja de la casa es una sala enorme, empedrada de pequeños cantos de río.
Al lado del portalón están las aguaderas de madera, con sus ocho cántaros
panzudos, de barro blanco, sudoso, cubiertos con una cortina de tela blanca que
tiene en medio iniciales de un palmo de altas, bordadas en hilo rojo. En el
centro de la sala, la mesa, de tablones completos, blanca de fregarla con
arena. Alrededor de ella pueden comer toda la familia y todos los criados, unos
veinte. En su tablero se vierten las semillas para escogerlas. Y otras veces
sobre una manta, que sólo cubre una esquina, la tía Braulia plancha la ropa de
la casa. A lo largo de las paredes hay una multitud de sillas de paja trenzada,
una cómoda pesada, de caoba, y un arcón de cubierta redonda, forrado de piel
con pelo rubio y grandes clavos dorados, con una cerradura que parece el aldabón
de una puerta. Sobre el arcón, colgado en la pared, el reloj de cuco, sus pesas
de latón colgando de las cadenas doradas, su péndola corriendo de un lado a
otro sin tropezar nunca con la pared, su esfera de madera con sus cuatro
esquinas llenas de ramitos de flores, y encima la ventanita del cuco, un
pajarito de madera que canta las horas y las medias. Cuando la manilla va a
llegar a las horas, se para y parece que encuentra una china en el camino. De
repente da un brinco sobre la esfera, y entonces se cae de golpe una de las
pesas, que baja muy de prisa hacia el suelo y hace rodar toda la maquinaria,
que suena como una caja de clavos. El cuco se asusta del ruido, abre la puerta
de su casita y empieza a cantar, haciendo reverencias y asomando la cabeza
para ver si la pesa se estrellará contra el suelo. Cuando ha cantado la hora,
se mete dentro y cierra su puerta hasta la media, en que sale una vez sólo, a
dar un solo grito, con bastante mala gana, como si le molestaran para una cosa
que no tiene importancia.
El
reloj de cuco me recuerda siempre al sereno del pueblo y el sereno del pueblo
al reloj de cuco. Durante toda la noche se pasea el sereno por las calles del
pueblo con un farol, mirando al reloj de la torre de la iglesia y al cielo.
Cada vez que el reloj da la hora, él la canta y dice el tiempo que hace: «¡Las
dos y... sereno! ¡Las dos y... nublado! ¡Las dos y... lloviendo!». Cuando hay
sequía y las gentes del pueblo temen perder la cosecha, si el sereno canta la
hora y llueve, los vecinos se despiertan unos a otros y se asoman a los
portalones para mojarse ellos también. Algunos se van a sus campos, para ver si
es verdad que en ellos cae el agua y no sólo en los de los vecinos.
En
el fondo de la sala está el hogar, con su despensa a un lado y la puerta de la
cuadra al otro. Es un redondel de losas con los bancos de piedra a los lados y
una chimenea de campana encima, tapizada de humo, con un agujero arriba por el
que se ve el cielo. En la pared están colgados los cacharros, unos antiguos
cacharros de cobre y de hierro, las jarras de Talavera blancas y azules y los
hierros de la cocina. El reborde de la chimenea es un vasar ancho lleno de
platos, escudillas y cazuelas, con una gran fuente redonda puesta de canto en
medio, que parece un sol. Es una fuente de barro amarillo verdoso, con flores
de un azul sucio y un reborde azul metálico ancho como un dedo. Es el cacharro
más viejo de la cocina, y en el culo tiene un signo raro como un tatuaje y en
letras viejas, azules, dice: «Talavera 1742». Las cosas de metal las limpia la
tía Braulia con ceniza de estiércol que hace lejía, y el hierro parece de plata
y el cobre de oro. La lumbre es un montón muy grande de estiércol encendido por
dentro, de día y de noche. Si se mete dentro la badila, se ve una bola de
fuego, roja como una granada... Se sopla en ella con un fuelle grande,
metiendo allí dentro su pico de hierro, y sale una llama. Encima se echa retama
que arde con la llama y sobre ella se coloca la sartén de tres patas para hacer
los guisos. Después, se cierra el agujero con la badila y queda sólo el montón
amarillo de estiércol, humeante, con los pucheros alrededor donde se cuece la
olla lentamente. Dentro de la campana de la chimenea están colgados los
chorizos rojos y las morcillas negras, que así se resecan y se curan al humo.
Cuando
bajo, la tía Braulia está sola, sentada en una silla baja al lado del fuego. Lo
primero que hace es afirmar que tengo hambre y que me va a preparar el desayuno
en seguida. Ésta es una manía de todos cuando vengo al pueblo. Se empeñan en
que tengo que comer mucho y tengo que engordar. Pero en Brunete hay muchas
menos cosas que en Madrid. No hay más fruta que las uvas de parra, que aún no
se pueden comer. Carne no hay más que de cordero y la de cerdo de la matanza
conservada en adobo y curada al humo. Así que la comida me la sé de memoria:
por la mañana el desayuno de huevos fritos, a mediodía la olla con garbanzos,
tocino, chorizo y carne de carnero, y por la noche las patatas guisadas con
carne y bacalao. Viene algunas veces un hombre con un burro que trae de Madrid
dos o tres cajas de sardinas y de merluza. Pero en el verano no puede venir
porque el pescado se pudre en el camino. El único pescado que hay son las
sardinas de cuba de la tienda, unas sardinas resecas, con los ojos y la panza
amarillos de aceite, y el bacalao. Verduras no hay. Porque Brunete está en una
llanura seca, sin árboles y sin agua, donde no crece más que trigo, cebada,
garbanzos y algarroba. Hay que ir a buscar el agua con burros a tres kilómetros
del pueblo, a un barranco -que es una grieta en el campo- que se pierde a lo
lejos, camino de la sierra.
Para
comer, prefiero Méntrida y Navalcarnero, pero más Méntrida. En Méntrida hay
muchos árboles frutales y muchas huertas. Hay también caza -perdices y
conejos-, y en un río cercano, el Alberche, se pescan peces muy ricos y
anguilas. De Madrid trae pescado el tren y en el pueblo hay siempre uvas muy
buenas, tomates riquísimos, pepinos, lechugas; y además hay un sitio que se
llama Valdehiguera, donde se encuentran cientos de higueras muy antiguas que
dan unos higos gordos con la carne encarnada, que se llaman melares y son como
miel. Cada familia tiene dos o tres higueras, y, cuando yo voy allí, en todas
las casas me invitan a ir a coger los higos por la mañana temprano, que es
cuando están fríos de la noche. Todas estas cosas las hay en Méntrida, porque el
pueblo está en un valle por el que corre un arroyo que va al Alberche. Hay además
una alameda llena de álamos y de huertas a lo largo de todo el arroyo. Aquí, en
Brunete, los pocos pozos que hay son muy hondos y dan un agua salada. En
Méntrida hay pozos en todas las casas y en muchas de ellas tienen que hacer una
reguera desde el pozo a la calle, porque en invierno el agua se sale por
encima del brocal. Además, el agua es muy fría y muy buena.
Navalcarnero
es aún diferente. Está en lo alto de un cerro y en el pueblo realmente no hay
nada, pero los campos, como caen todos a la orilla del Guadarrama, producen
también uvas, frutas y cosas de huerta. Además, como está muy cerca de Madrid,
hay casi todas las cosas que se encuentran allí.
Sin
embargo, quien más presume con la comida es la tía Braulia. En Brunete la
mayoría de la gente sólo come una cebolla con pan por las mañanas cuando se van
al campo, un gazpacho a mediodía y la olla por la noche, pero hecha sólo con
garbanzos y un cacho de tocino. El tío Hilario, que es el marido de la tía
Braulia y el hermano mayor de mi tío José, es ahora uno de los más ricos del
pueblo.
Eran seis hermanos y todos se libraron de ser
soldados, menos el más pequeño que era mi tío José. Entonces los soldados estaban
ocho años en el cuartel. Cuando se marchó de quinto era, como todos, un patán
que no sabía leer ni escribir. Como eran muchos hermanos, la familia era muy
pobre y no comía más que los garbanzos con tocino, y éstos, los peores, porque
los otros, los escogidos, se pagaban más. En el cuartel aprendió a leer y
escribir; y mientras tanto se murieron sus padres y los hermanos trabajaron las
tierras todos juntos y se casaron. Con las mujeres y los chicos, que empezaron
a nacer en seguida, aunque el tío José les había dejado su parte de tierra,
estaban todos muertos de hambre. En aquel tiempo, algunas veces, por no tener
dinero para alquilar mulas y burros para la labranza, tiraban del arado los
hombres y las mujeres. La tía Braulia ha tirado muchas veces. Mientras tanto,
mi tío José que no pensaba volver a arar, se había hecho sargento y, cuando se
licenció, se colocó en el Ministerio de la Guerra, porque tenía muy buena
letra y sabía muchas cuentas. Empezó a ahorrar dinero para prestarlo a sus
hermanos, que ya no tuvieron que pedir dinero prestado al usurero del pueblo,
pagándole una peseta por cinco. Cuando recolectaban el trigo tampoco se lo
vendían al usurero, sino que mi tío se encargaba de vendérselo en Madrid. Las
ganancias se las repartían entre todos. Así pudieron comprar mulas y ya vivían
bien. Después, cuando la guerra de Cuba, mi tío había prestado algún dinero a
otros del pueblo y un día se presentó allí, reunió a todos los parientes y a
los más viejos del pueblo, y les dijo que si le dejaban el trigo él se lo
vendía a todos en Madrid para el ejército, mucho más caro que como se lo pagaba
el usurero. Entonces se hicieron ricos y mi tío les dio dinero suficiente para
que se compraran más tierras y más mulas. Así, la mitad de las tierras del
pueblo eran de los hermanos de mi tío. Todos trabajaban bajo las órdenes del
tío Hilario, pero mi tío era el que mandaba. La otra mitad de las tierras del
pueblo eran de la otra gente del pueblo que estaba entrampada con el usurero.
El
usurero es un pariente lejano, don Luis Bahía, que se marchó de niño del
pueblo y después se hizo millonario con los jesuitas. Era su administrador y mi
tío decía que él no tenía dinero, y que lo que prestaba era dinero de los
jesuitas, que así se apoderaban de las tierras del pueblo.[1]
Yo
le conozco de Madrid, porque se trata con mi tío José, y algunas veces he ido a
su despacho, pero es un hombre que me da miedo. Es un viejo calvo, con una
cabeza grande y una nariz de pico de loro muy carnosa, que le mira a uno frío.
La piel la tiene completamente amarilla, de cera, y viste siempre trajes
negros, con unos manguitos también negros hasta por encima del codo, y un gorro
redondo de seda con una borla. El despacho está empapelado en verde oscuro y
el balcón tiene visillos de crochet también verdes, de manera que, como todo
está oscuro, su cara parece la cabeza de un bicho en un rincón. En Méntrida vi
un sapo muy grande entre las hierbas del arroyo y me acordé de él.
Me
como los huevos fritos y la longaniza que me ha preparado la tía Braulia para
desayunar y me voy a las eras. El pueblo es una calle única por la que pasa la carretera.
Los campos, segados ya, están amarillos de la raíz seca de las espigas, y en
un sitio donde sube un poco la tierra están las eras. Son unas plazoletas
empedradas con cantos redondos que se barren muy bien antes de echar sobre
ellas las espigas.
Sobre
la alfombra circular de espigas da vueltas, arrastrado por una mula, el trillo,
una tabla gorda llena de pedernales cortantes, que pasa sobre el trigo y
separa el grano de la paja. Los chicos se montan sobre la tabla del trillo, uno
para conducir y todos para jugar. Nos empujamos unos a otros para hacernos
perder el equilibrio sobre la plancha en movimiento y caer en el colchón de
espigas. El único peligro es caer por la parte delantera de la tabla y que el
trillo le pase a uno por el cuerpo. A uno de mis primillos le pasó esto y tiene
la espalda llena de rayas, como si fuera un tatuaje de los indios. Más allá,
los hombres voltean la paja y el trigo triturados, lanzándolos contra el aire
para que éste se lleve la paja y quede sólo el grano. Los chicos pasamos
corriendo a través de la nube de paja, manoteando con los ojos cerrados, para
llenarnos de agujas pequeñitas que se clavan en la piel y no dejan dormir.
Después nos revolvemos en los montones de trigo limpio y se nos llenan los
oídos, la boca y las narices de los granos duros que se meten también entre los
calcetines y en los bolsillos. Claro que estas cosas no me ocurren más que a
mí, porque mis primos tienen la piel curtida del aire y el sol y el polvo, y
las pajas no les hacen ningún efecto. Tampoco tienen calcetines, ni alpargatas,
porque casi todos van descalzos, y menos aún bolsillos en el delantal como yo.
Llevan una camisa y un pantalón atado con un cordel, y el pantalón es de los
de «trampa». Pero lo que más me molesta es el sol. Los primeros días, la piel
se me pone roja y se me pelan la nariz y los carrillos y voy cambiando pellejos
como las culebras, hasta que, cuando vuelvo a Madrid, estoy casi tan negro como
mis primos. Pero nunca como el tío Hilario.
El
tío Hilario es un viejo alto y reseco, de huesos muy grandes. Tiene una cabeza
completamente calva, llena de jorobas, con un lobanillo en todo lo alto que
parece una ciruela, pero la piel de la calva es tan oscura que no se le nota la
falta de pelo. En el cogote la piel es gorda y seca y está dividida en arrugas
profundas que parecen cortadas por un cuchillo. Se afeita los jueves y los
domingos, como los curas, y entonces, la parte que le han afeitado parece que
se la han frotado con papel de lija, porque está mucho más blanca que el resto
de la cabeza. Algunas veces coge una de mis manos -que son muy finas y delgadas-
y la pone sobre una de las suyas que son grandes y anchas, con las uñas
aplastadas, y se asombra. Suele apretarme la mano entre las dos suyas, y
entonces pienso que, con los callos que tiene en las palmas, si se frotara sus
manos, me despellejaría completamente la mía. El mango del arado tiene la
madera reluciente como el pasamanos barnizado de la escalera de casa, y esto lo
ha hecho el tío Hilario a fuerza de frotar sus callos sobre el mango.
A
las doce suena la campana de la iglesia avisando el mediodía. Entonces nos
volvemos todos a la casa a comer. Cuando llegamos, la tía Braulia ha puesto ya
la mesa con una fuente muy honda en medio en la que vierte la olla, un puchero
de hierro que tiene más de cien años. A fuerza de quemarse en la lumbre, parece
enteramente de barro negro. A cada lado de la mesa hay un porrón grande de vino
y sólo a mis tíos y a mí nos han puesto vasos. Los demás beben en los porrones
a chorro. Igual hacen con la comida; a los chicos les ponen una fuente para los
seis que son, y allí van metiendo la cuchara. Las personas mayores comen todas
en la fuente grande, pero como estamos nosotros, han puesto platos para
nosotros tres y para el tío Hilario y la tía Braulia. Sus hijos y los criados
comen lo que hemos dejado después de servirnos.
Después
de comer no se puede trabajar por el calor que hace, y todos se echan un rato a
dormir la siesta. Unos se tumban simplemente en las piedras del portal que
está muy fresco, porque las puertas de la calle y de la cuadra están cubiertas
con una cortina gorda que no deja pasar el sol, pero sí una corriente de aire.
Aunque parezca mentira, un sitio fresco son los bancos de piedra al lado de la
lumbre. Por el agujero de la chimenea sale una corriente de aire muy fuerte, y
alrededor de la lumbre parece que hay un ventilador. A las dos, los hombres
vuelven al campo, pero a mí me dejan en la casa porque hace demasiado sol y yo
no estoy acostumbrado. Así que no me despiertan hasta las cinco, que me
despierto yo solo.
En
el portal están mis tías y tres mujeres más, contándose todas las historias del
pueblo desde
que ellas eran chicas. Me gustaría poder irme a jugar, pero mis primos ahora
están trabajando y además da miedo salir a la calle. Como no hay ningún árbol
en el pueblo y las casas son todas blancas, la calle es un horno y no se puede
ni tocar las piedras. Así que me dedico a recorrer toda la casa.
En
el granero, que aquí llaman «sobrado», hay tres montones de trigo, de cebada y
de algarroba, que llegan hasta las vigas del techo. Hay unas telarañas grandes
y espesas, y durante un rato me entretengo cazando moscas. Después de
arrancarles las alas, las echo en las telas de araña. La mosca se enreda en la
tela, y entonces la araña asoma la cabeza en su agujero. Al cabo de un momento
sale corriendo, con su cuerpo como un garbanzo negro, sostenido en el aire por
las patas que parecen alambres doblados. Rodea la mosca con todas las patas y
se la lleva. Cuando sale corriendo por la tela, me parece que va a saltar sobre
mí y me va a morder. Entonces, me da asco y miedo y con una escoba empiezo a
romper las telas de araña. De una de ellas cae al suelo una araña grande,
amarilla, con el cuerpo como una almeja cocida, que se pone a correr por las
tablas y por último viene hacia mis pies. La aplasto de un pisotón y bajo
corriendo la escalera del sobrado. Abajo, froto la suela del zapato contra las
piedras del hogar y todavía salen cachos de patas peludas que se mueven.
En
el portal, en las vigas del techo, hay nidos de golondrinas. Me subo en una
silla puesta sobre el arcón, para ver de cerca uno de estos nidos. No comprendo
cómo se los pueden comer los chinos, porque son como un pucherito de barro muy
duro. Dentro está lleno de pajitas de trigo. A las golondrinas no se les hace
daño, porque se comen los bichos del campo, y porque cuando crucificaron a
Cristo fueron a quitarle las espinas de la cabeza con el pico. En el invierno
se van al África y vuelven en el verano. Un año mi tío cogió una y le puso un
hilito de plata en una pata, y al año siguiente volvió. Después no volvió más.
Debió de morirse, porque las golondrinas viven poco tiempo. Pero las cigüeñas
viven mucho. Esto de la golondrina lo hizo mi tío por la historia de la cigüeña
del pueblo.
En
lo alto de la iglesia hay un nido de cigüeñas que parece un montón de leña. Una
vez, un cura muy viejo que había en el pueblo, y que coleccionaba insectos del
campo, cogió una cigüeña y le puso en una pata un anillo grande de cobre con
un letrero que decía «España». Al año siguiente, la cigüeña trajo otro anillo
de plata en la otra pata, con un letrero que nadie sabía leer, pero que, según
un profesor que vino de Madrid a verlo, era árabe y decía «Estambul», que es
una provincia de Turquía. Después, el cura cada año ataba al anillo una cintita
con los colores nacionales y la cigüeña volvía con una cintita roja. La cigüeña
murió en Brunete y el cura guardó en la sacristía los dos anillos y siete
cintitas coloradas.
Pero
hay también en Brunete otros pájaros, aunque ninguno de ellos se come. Hay
maricas, que son unos pájaros blancos y negros que gustan de salir y pasear por
la carretera y andan como si fueran mujercitas. Y hay grajos, que son unos
cuervos pequeños que vienen en bandadas, dando unos gritos: «¡ca-ca-ca!».
Vienen cuando han tirado alguna mula muerta al barranco y se la comen. Porque
en el pueblo, cuando se muere alguna mula o algún burro, le llevan al barranco
de la fuente y le tiran en un sitio que está hondo. Está muy lejos de la fuente
del pueblo, pero una vez he ido allí y está lleno de esqueletos blancos de
burros y mulas. Los grajos se quedan alrededor del barranco y charlan. Parecen
viejas criticonas. Cuando se acerca alguien allí, se levantan volando y se
ponen a dar vueltas por encima de la cabeza de uno, dando gritos hasta que se
marchan. Son pájaros de mal agüero.
Los
otros pájaros que hay son los murciélagos. Vienen al atardecer y empiezan a
volar por las calles del pueblo y a tropezar con las paredes porque son
blancas. Los chicos los cazamos con un mantel, o con un trapo blanco atado
entre dos palos que se extienden por encima de la cabeza. Los murciélagos
pegan contra la tela y entonces se juntan los dos palos y se les coge dentro.
Después, se les clava por las alas a la pared. Tienen unas alas como una tela
de paraguas peluda, que se rompe sin echar sangre, como un pingajo, y el cuerpo
parece el de un ratón, pero con un hociquillo de cerdo y orejas puntiagudas
como las del demonio. Cuando se arropan en sus alas, parecen viejas envueltas
en su mantón, y cuando duermen colgados de las vigas, parecen los niños pequeñitos
que traen las cigüeñas en el pico. Cuando los han clavado en la pared, los
hombres encienden un pitillo y los hacen fumar. El murciélago se emborracha
con el humo y hace gestos raros con la nariz y con la tripa, y los ojillos se
les llenan de agua. Nos reímos mucho. Pero cuando los veo así, clavados en la
pared, borrachos de humo, me dan lástima y les encuentro algo de niño colgando
de las mantillas con la tripilla al aire. Una vez les quise explicar lo que en
el colegio me habían enseñado: que los murciélagos se comían los insectos del
campo; pero se rieron mucho y me contaron que eran unos bichos muy malos que,
cuando la gente está dormida, le chupan la sangre, mordiéndola detrás de la
oreja. Una muchacha se murió así; bueno, no se murió. Se fue quedando blanca,
blanca, sin sangre, y nadie sabía lo que tenía, hasta que una noche le
encontraron un murciélago en la cama y en la oreja una gotita de sangre.
Quemaron el murciélago y las cenizas se las dieron a la chica en ayunas,
mezcladas con vino. Y se puso buena. Por eso matan todos los murciélagos que
pueden.
Pero
después, cuando se cansaron de martirizarle, un mozo le arrancó de la pared de
un manotón y el pobre bicho se quedó caído en la reguerita de piedras, moviendo
las alas de trapo, rotas, y haciendo gestos con su hociquillo, y yo no pude
creer que fuera capaz de matar a nadie.
Brunete
es un pueblo aburrido. No hay campos con árboles, ni con frutas, ni con flores,
ni con pájaros, y los hombres y los chicos son callados y brutos. Sólo ahora,
cuando han cogido el trigo y han ganado dinero, se divierten con las fiestas.
Pero, aun así, son las fiestas más pobres que yo conozco. En la plaza se ponen
unos feriantes con puestos de cosas de perra gorda, alumbrados con farolitos de
aceite o con velas. Y como la gente no compra, todo lo rifan a perra chica, que
es la única manera de vender sus cacharros. Viene un polvorista que desde el
atrio de la iglesia tira todas las noches, desde las diez hasta las doce,
quince o veinte cohetes; y sólo el último día quema unos «árboles», cinco o
seis, como final. Lo único que les divierte son los toros.
Y
en esto demuestran lo brutos que son.
La
plaza del pueblo es casi cuadrada, con piso de tierra, lleno de baches; en
medio, una farola de hierro sobre un pedestal de piedra. Alrededor de la plaza
instalan los carros de todos, las varas del uno a caballo en el piso del otro,
y atados con cuerdas para que no se separen. Queda así una barrera que rodea la
plaza y un pasillo con el piso desigual de todos los carros. El pasillo se
llena de gente. Los mozos y los chicos se meten debajo entre las ruedas, donde
a veces penetra la cabeza del toro, y desde allí salen a torearle o miran.
En
la plaza hay un callejón sin salida, donde se abre la puerta del corral del
carnicero del pueblo, y allí se encierran los toros. Lo llaman «el callejón del
Cristo».
La
fiesta comienza el primer día de feria con lo que llaman el «toro del
aguardiente», porque le sueltan casi al amanecer, cuando la gente se toma la
copita de aguardiente de la mañana. Los carros se llenan de mujeres, de viejos
y de chicos que gritan pidiendo la salida del toro, un choto que sirve para
que le toreen los muchachos.
Al
principio el animalito embiste y revuelca a los mozos. Pero después, como es
tan chico, los mozos le sujetan de los cuernos, le tiran al suelo, le pegan
con las botas gordas y con las varas, y a las once de la mañana el animal se
tambalea sobre sus patas y ya no embiste; huye de la banda de mozos y chicos,
que ya se atreven a bajar todos a la plaza, y se acula contra las ruedas de los
carros. Entonces, allí le pinchan con las navajas y los viejos le acercan la
lumbre del puro al culo, para que el bicho embista ciego de rabia. Así, hasta
las doce. Nosotros estamos en el balcón del Ayuntamiento con el alcalde, el médico,
el boticario y el cura. El alcalde y el cura, que son dos hombres gordos, se
ríen a carcajadas y se golpean los hombros uno al otro, llamándose la atención
sobre los detalles.
A
las cuatro de la tarde empiezan los toros de verdad. Primero, los mozos del
pueblo torean dos novillos, corridos ya en otros pueblos, resabiados, que tiran
a la gente contra los carros como si quisieran vengar al becerro de por la
mañana. Los tienen mucho tiempo en la plaza, hasta que ya no hay más mozos que
se atrevan a torearlos, y entonces los vuelven a meter en el corral y sueltan
al toro de muerte. Para matarle, ha venido una cuadrilla de muletillas, que son
los aprendices de torero que van toreando por los pueblos, muertos de hambre.
Como no son del pueblo, el Ayuntamiento ha comprado un toro grande y viejo con
unos cuernos enormes, que tiene la cabeza más alta que ninguno de los
«maletas». Cuando sale a la plaza, los pobres se asustan de ver aquella mole. Y entonces la gente
del pueblo comienza a gritar y algunos mozos saltan al ruedo armados de varas,
amenazándoles.
Es
triste ver a los muchachos vestidos con trajes de luces incompletos y
remendados, descoloridos, saltadas las lentejuelas doradas, dar carreritas
cortas hasta la cabeza del toro y sacudirle en los morros con la capa para
salir huyendo y trepar a la farola, porque de las ruedas de los carros les
echan a palos. Pero esto no tiene importancia. El cornetín de la banda de música
toca a banderillas y entonces la gente ruge de alegría. Aquí no cabe dar
carreritas al toro, hay que clavarle las banderillas y para ello llegar a los
cuernos del toro. Además, los maletas saben que la ganancia está allí y en la
suerte de matar.
Es
costumbre brindar cada par de banderillas a uno de los ricos del pueblo. Si se
ponen bien, es decir, si se clavan en lo alto del morrillo del toro, el rico se
suelta dos y a veces cinco duros, y la gente llena de perras gordas y alguna
que otra peseta la capa que pasean delante de los carros para hacer la colecta.
Si no las clava, no hay dinero, y si todos los banderilleros fallan, suele
haber piedras en lugar de monedas.
La
figura flaca y hambrienta del torerillo se sitúa en el otro extremo de la
plaza, con la cara pálida, mirando con recelo a sus espaldas donde están las
varas de los mozos, algunas de ellas con clavos y aun con navajas en la punta,
y con pánico delante de él, a la fiera hasta cuyos cuernos ha de llegar, para
allí levantar los brazos, sacar el vientre y el pecho en un estirón, y clavar
los palitroques, sin que los cuernos le claven a él.
Y
queda la suerte de matar: el «maestro» suele ser un chaval de diecisiete o
dieciocho años, más suicida que sus compañeros, con cara de iluminado. Ha de
poseer toda una ciencia infusa para torear en los pueblos. Si matara al toro de
una estocada seca y le hiciera rodar sin puntilla, la gente se consideraría
estafada. Debe torear al toro con la muleta largo rato, y después entrar a
matar varias veces, muchas veces, pero con ciencia y valor. No dando pinchazos
en las costillas o en los brazos del toro, sino volcándose sobre los cuernos; y
cuando ya ha demostrado perfectamente su valor y ha hecho gritar de miedo diez
veces a las mujeres, entonces debe coger la estocada, hasta la mano si puede
ser, hiriendo al toro en los pulmones para que se quede allí en la plaza, de
pie sobre sus cuatro patas abiertas, vomitando chorros de sangre negra en
golpetones bruscos, para derrumbarse por último con la tripa al aire y las
patas agitándose en el vacío.
Entonces
la gente se vuelve loca de entusiasmo y llueven las monedas de plata y los
cigarros puros y los cachos de longaniza y las botas de vino destapadas, que
vomitan vino
sobre la gente, a sacudidas como el toro su sangre, y que el maletilla está
obligado a beber para calmar su sed y para hacer volver el color a su cara.
Para
cuando el toro taladra la carne joven, hay una puerta pequeña en la casa del
Ayuntamiento con un letrero que dice: «Enfermería». Dentro hay una mesa de pino
fregada con arena y lejía, y unos barreños con agua caliente. En un rincón
sobre una silla de paja, la maleta del médico con unos cuantos hierros viejos,
y por si acaso, las cuchillas y la sierra del carnicero. Sobre la mesa de pino
se deja en pelota al mozo y se le cura como se puede, taponando la herida con
pelotones de algodón, empapados en yodo como bizcochos y comprimidos con los
dedos, y se cose el desgarro con agujas gordas e hilos de seda de ovillo,
trenzados, gruesos, que fabrican las viejas del pueblo, igual que los
cordoncillos para los partos. Después se tiende al herido en un colchón sobre
un carro y se le envía a Madrid, a través del camino lleno de sol y de polvo.
De
niño, callado, subido en la silla donde estaba la caja del médico, yo he visto
una vez una cura atroz, de éstas, a un muchachito con la cabeza colgando fuera
de la mesa, los ojos vidriados y el pelo goteando sudor, cuyo traje de luces
se había rasgado a punta de navaja para operar un boquete en el muslo donde
cabía la mano del médico.
Cuando
acaban los toros, se baila y se bebe.
Tierras de vino
Capítulo V
El
eje es una barra cuadrada de hierro que atraviesa el carro de lado a lado. Como
no tiene ballestas, todos los baches y todos los cantos de la carretera son
golpes secos que sacuden los huesos. El tío José y el tío Hilario van en los
dos extremos de delante y se cambian las riendas de la mula de vez en cuando.
En los dos asientos de detrás vamos mi tía y yo. El carro es una tartana
pequeña con dos asientos laterales de madera, forrados con una estera de
esparto, y un techo curvado de cañas, cubierto por fuera de lona blanca.
Delante y detrás lleva cortinas, también de lona. Vamos hasta Méntrida. El tío
Hilario se volverá hoy mismo con el carro para dormir en Brunete.
Cuando
se llega a lo alto de la cuesta, se encuentra la casilla de peones camineros y
al lado un pozo cubierto de un techo cónico. En la pared blanqueada de cal se
abre una ventana con una verja de hierro. Dentro está el cubo con la cadena, y
el pozo sirve para que beban todos los que pasan por el camino. Después
comienza la cuesta abajo. Desde allí, desde lo alto, se ve el pueblo. Detrás,
quedan los campos amarillos y grises de terrones secos, sin árboles y sin agua;
y allí comienza la tierra verde. Desde los montes del Escorial que se ven
morados allá a lo lejos, hasta los montes de Toledo, que terminan la media
herradura de montañas del fondo, la tierra es completamente verde. Verde de
árboles y verde de huertas. Las tierras de trigo ponen manchas amarillas y las
de viñas manchas blancas moteadas de verde: la tierra de las viñas es más
blanca y más arenosa que la tierra de trigo. Entre las cepas, en muchos
campos, hay olivos, que son como macetas grandes de un verde pálido entre el
verde vivo de la viña.
Méntrida
está rodeada de cerros, todos ellos agujereados, que forman las bodegas. Porque
Méntrida, al contrario de Brunete que es tierra de pan, es tierra de vino.
Cuando se miran los cerros desde lejos, parecen llenos de agujeros negros. Cada
agujero tiene una puertecita de encina con un candado y en la puerta una
ventanilla cuadrada, pequeña, con dos hierros cruzados por la que respira el
vino que está dentro de tinajas tripudas, metidas en nichos en la pared.
Cuando se acerca la nariz a una de estas ventanas, el cerro huele a borracho.
Las
calles del pueblo están en la ladera de los cerros. En medio se forma un
barranco que atraviesa el pueblo y sirve de alcantarilla. Dentro del pueblo
hay un cerro y en lo alto está la iglesia. Se llega hasta allí por una calle
que no pueden subir los carros. Cuando se termina la cuesta, se desemboca en
una plaza que es el atrio de la iglesia. Allí está la casa de mi abuela, y para
llegar hasta ella tenemos que rodear casi todo el pueblo. Es una casita que,
vista desde la plaza, tiene un piso; y vista desde la cuesta, tiene dos. Si
entráis por la puerta de la plaza, la casa tiene sótano. Si se entra por la
puerta de la cuesta, la casa tiene dos pisos. Así que nunca se sabe cuál es el
piso de encima. La puerta de la cuesta está siempre cerrada, y la puerta de la
plazoleta es una puerta de trampilla, encima de la cual, atravesado en la
pared, hay un letrero, con una bota de mujer muy alta, con muchos botones, que
dice: «Zapatero».
El
zapatero es mi tío Sebastián, un viejecillo pequeño y arrugado -pero no tanto
como mi abuela-, que está casado con la tía Aquilina, la hermana de mi madre.
El tío Sebastián se dedica a hacer y a componer calzado, aunque ya el pobre
trabaja muy poco, padece fatiga. Con ellos viven mi abuela y la hija de los
tíos, mi prima Elvira, con su marido Andrés y sus dos niños, mucho más pequeños
que yo. Ahora viven también allí mis dos hermanos, Rafael y Concha.
Cuando
el carro para en la plazoleta delante de la puerta, salen todos: mis dos
hermanos corriendo a ver a los tíos y a ver qué les traen de Madrid. Los dos
primillos pataleando, como dos bichos raros; uno de ellos es un chico que se
llama Fidel, muy flaco, tripudo y cabezota, amarillo, con unas orejas sin
sangre, que parecen de cera; y el otro, una chica que se llama Angelita,
haciendo sonar en chirridos las articulaciones de las botas y el corsé de
hierro que lleva puesto. Sus padres: él un hombre fuerte, y ella una mujer
siempre enferma, que cojea por una úlcera que tiene en una pierna. La tía
Aquilina y el tío Sebastián salen cogidos del brazo, dos viejecitos alegres,
siempre contentos. Y por último la abuela Eustaquia con su traje negro, su
garrota nudosa, sus ojos grises, su nariz y su barbilla casi tocándose, con la
piel de pergamino oscuro arrugada como un higo seco. El año que viene cumplirá
cien años, si no se muere antes. Pero seguramente enterrará a todos. A las
cinco de la mañana ya está barriendo la casa, haciendo la lumbre y preparando
el desayuno. No puede estar quieta un momento y zascandilea de un piso a otro,
haciendo sonar el tacón de su garrota y no dejando dormir a nadie. En cuanto
ve que tenemos los ojos abiertos, nos echa de la cama, llamándonos holgazanes y
diciendo que la cama se ha hecho sólo para dormir. Hay que levantarse de prisa
y corriendo, porque si no se corre el riesgo de que le dé a uno un trastazo con
la garrota.
Mis
tíos dormirán hoy aquí, y mañana a las seis de la mañana irán en el tren a
Madrid. Como se les considera unos señores de Madrid, hoy el día es
aburridísimo. No salimos de casa. Mis hermanos están vestidos de limpio y la
tarde entera se la pasan las personas mayores mandándonos por turno que nos
estemos quietos y que no demos guerra. Nosotros estamos deseando echar a correr
y desaparecer de allí. Como no podemos, estallan entre nosotros cuatro o cinco
broncas que se terminan dándoles unos cachetes a mis hermanos, porque claro es
que tienen ellos la culpa. Nadie se atrevería a pegarme delante de mi tía.
Pero
mi hermana me da un pellizco y me dice muy bajito:
-Mañana
te voy a hinchar los morros. Ahora te puedes aprovechar de que está aquí tu
tiíta.
Yo
me aprovecho contando en voz alta la amenaza, lo que le vale unos cachetes más
a mi hermana. Por último acaban por echar a los dos a la calle, para que nos
dejen en paz. Yo me quedo en la casa muy enfadado por no haber podido ir con
ellos y a la vez contento de que todo el mundo me defienda.
Andrés
es maestro albañil, y le cuenta a mi tío el desarrollo que va tomando su
trabajo. Mi tío Sebastián está sentado en su banquillo de zapatero y no hace
más que toser y gruñir. Como me quiere mucho y yo le quiero mucho a él, me voy
a su lado y le pregunto qué le pasa:
-Esta
maldita tos me ahoga -me dice entre dos hipos-, y tu tía se empeña en no
dejarme fumar, que es lo único que me calma la tos. -Y agrega-: ¡Como si para
los años que le quedan a uno de vida importara mucho!
Me
voy al tío José y le digo:
-Dame
un pitillo para el tío Sebastián.
Protestan
todos, pero les convenzo de que los pitillos del tío, que son unos pitillos muy
suaves de Cuba, no le pueden hacer daño, y le dejan fumar. Se le calma la tos y
entonces me tienen que dar la razón. El tío José le da un paquete de
cigarrillos. Se los va fumando con hambre uno detrás de otro, y a la caída de
la tarde le da un ataque violentísimo de tos, no sé si porque se le han acabado
ya los pitillos y quiere más, o porque se los ha fumado tan de prisa.
A
la mañana siguiente bajamos a la estación a despedir a los tíos. La estación
está a una legua del pueblo, y vamos en la tartana del tío Neira, que es el
encargado del correo y de llevar y traer a los viajeros a la estación. Tiene
también una posada y carros para llevar vinos a Madrid. Tenemos que levantarnos
casi de noche, porque el tren pasa a las seis y media, así que el viaje a la
estación lo hacemos amaneciendo.
Verdaderamente,
tengo ya ganas de que se marchen los tíos. Me gustaría que se quedara el tío
solo, pero la tía es inaguantable. Al mismo tiempo tengo miedo, porque mis
hermanos se van a cobrar los golpes de ayer. A última hora, mi tía nos comienza
a hacer recomendaciones a mí y a la tía Aquilina: sobre la comida del «niño»,
lo que le gusta al «niño», lo que le sienta mal, la ropa que se tiene que
poner, que vaya a misa los domingos, que rece por las noches y por las
mañanas, que tenga mucho cuidado que no me aplaste un carro, que no me muerda
un perro... Yo creo que cuando el tren se va se quedan todos tan contentos de
verla perderse, todavía dando recomendaciones desde la ventanilla del vagón.
Cuando
volvemos al pueblo, el tío Neira nos para en la carretera al lado de una
huerta que tiene, y nos trae un montón de pepinos, tomates y cebollas dulces,
moradas. De las alforjas del carro saca pan, longaniza y una bota de vino.
Desayunamos allí en la huerta. Los pepinos y los tomates están fríos de la
madrugada y da gusto comerles, espolvoreados de sal. Si mi tía me viera,
pondría el grito en el cielo, porque ya me he comido cinco o seis pepinos y
creería que me iba a morir de repente.
Apenas
hemos vuelto a la casa, cuando entra mi tía Rogelia, la otra hermana de mi
madre, muy excitada:
-¡Parece
mentira que no hayáis ido por casa! Una cosa es que usted no pueda ver a Luis
-dice,
encarándose con su madre- y otra que no le dejen al chico ir a ver a su tía.
Le
explican que la culpa no es de ellos. Que mis tíos no han salido en toda la
tarde de casa y que acabamos de despedirlos para Madrid; yo hubiera ido hoy
mismo a ver a toda la familia. Mi tía Rogelia, que es una mujer regordeta,
fuerte y enérgica, me coge de la mano y dice imperativamente:
-Bueno,
pues entonces, se viene a comer conmigo.
La
tía Aquilina protesta, diciendo que ya tiene preparada la comida, pero no valen
razones. Yo me alegro, porque la casa del tío Luis es maravillosa. Nos vamos
trotando a través del pueblo, parándonos en cada casa, para exhibirme mi tía a
no sé cuántos parientes y no sé cuántas vecinas. Cuando llegamos a la casa, el
tío Luis está rodeado de mozos del pueblo, aguzando rejas de arado, y no
interrumpe el trabajo. Tenemos que dar la vuelta al corro de hombres, con
cuidado de que no nos dé en la cabeza uno de los martillos que cada uno tiene.
Entramos en la casita que está en el fondo. Allí no hay más que mis dos primas
que están arreglando la casa y que me abrazan y me besan. Mi tía saca unos
bollos y después de comerme un par, me escapo a la fragua.
El
tío Luis con sus dos hijos, Aquilino que tiene diecinueve años y Feliciano que
tiene dieciséis, es el herrero del pueblo. Un hombretón alto y gordo, con un
mandil de cuero y los brazos remangados, muy blancos de piel, pero siempre
tiznados de negro. En una mano las tenazas largas con el hierro al rojo, cogido
en la punta, y en la otra el martillo pequeño, con el que lleva el compás de
los machos que manejan Aquilino y los mozos y con el que, de vez en cuando,
golpea él solo el hierro caliente y le transforma. Esto era para mí lo
maravilloso.
Metía
en la fragua un trozo de hierro, y Feliciano y yo tirábamos a compás de la
cadena del fuelle -un fuelle en el que cabíamos los dos- que soplaba en el
carbón y hacía salir el trozo de hierro encendido, blanco, echando chispitas a
los lados. Colocaba el hierro sobre el yunque; y entonces, los mozos golpeaban
con los machos pesados, uno tras otro, aplastando y estirando el hierro que
hacía saltar trozos encendidos y se ponía primero rojo y después morado. El tío
Luis movía las tenazas para ponerlo en el punto exacto. De repente daba unos
golpecitos en el pico del yunque que sonaba como una campana, y empezaba a
martillar él solo el trozo de hierro que cambiaba de forma, se curvaba, se
afinaba por las puntas y se convertía en una herradura. Al final, en la curva
de la herradura sacaba un pellizco de hierro que se convertía en el reborde
para el casco que llaman «callo». Con otras tenazas cogía el punzón y, entonces,
Aquilino de cada golpe de macho hacía un agujero para los clavos. Siempre hacía
siete agujeros, porque decía que encontrarse una herradura con siete agujeros
era la fortuna; y el tío Luis quería repartir la fortuna a todo el mundo.
El
tío Luis pertenecía a una raza de hombres que casi ha desaparecido: era
artesano y señor. Enamorado de su oficio, para él el hierro era algo vivo y
humano; a veces le hablaba. Le encargaron una vez la verja y las rejas del
palacio -así llamaban a la casa de los más ricos hacendados del pueblo-. En
medio de la fachada, sobre la puerta, había de colocarse la obra maestra, una
verja volada para un ventanal grande como un balcón. Aquella reja no la cobró,
para tener el derecho de soltar su fantasía sobre el martillo y labrarla a su
gusto. Volcó en ella toda una teoría de hojas y lanzas enroscadas a los
barrotes redondos, tal vez bajo la influencia de sus visitas a la reja de la
catedral de Toledo, que conocía en todos sus detalles.
En
lo físico era castellano viejo, de estómago de bronce. Se levantaba con el alba
y «mataba el gusanillo» con un vasito de aguardiente hecho por él mismo, en una
alquitara de cobre llena de remiendos, con el orujo de sus uvas, con las que se
hacía su vino. Y se ponía a trabajar. A las siete desayunaba, en general un
conejo guisado, dos palomas o algo así por el estilo, y una gran fuente de
ensalada. Seguía machacando hierro hasta el mediodía y cuando sonaban las
campanadas de las doce, aunque el hierro estuviera recién salido de la fragua,
paraba el trabajo para comer. O bien era el cocido castellano, empedrado de
tocino, chorizo, jamón, trozos de gallina, huesos de vaca con tuétano ancho y
grasiento, o los guisos copiosos de carne y patatas en que se encontraban más
tajadas que otra cosa. Su medio melón de postre -y en Méntrida el melón
corriente es de dos kilos- o su kilo de uvas o su fuente de tomates abiertos. A
las cinco merendaba, una merienda tan sólida como el desayuno, tal vez para
abrir el hambre a la cena, tan copiosa como la comida. Durante el día, la
cuartilla de vino rojo y espumoso estaba al lado del yunque y evitaba a su
dueño probar el agua, que, según su decir, «criaba ranas».
Tenía
una tierra de trigo, un trozo de huerta, un trozo de viña y seis higueras. En
el curso del año, encontraba tiempo y manera de labrar sus tierras, moler su
trigo, hacer su vino y secar higos al sol para el invierno. La casa siempre era
una despensa enorme. Para aumentar sus riquezas y regalarse el paladar, solía
salir de noche y regresar en las primeras horas del día con dos o tres conejos
en el zurrón o con la cesta de mimbres llena de peces aún vivos del Alberche.
Se
casó con tía Rogelia en contra de la opinión de las dos familias, porque
entonces era un semimuerto de hambre. Se pusieron los dos a trabajar como
burros para convertirse en los de posición más desahogada de la familia. La
mujer, pequeña de estatura pero fuerte de cuerpo, hizo frente, con una
actividad y una alegría inagotable, a la tarea que le había caído encima. Sólo
preparar la comida para él, parecía un milagro. Pero ella atendía la comida y
la casa, las gallinas y los cerdos, el amasar el pan y cuidar los cuatro chicos
que, para no perder el tiempo en parirlos, nacían todos en un rato. Nunca se
acostó mi tía para parir. Cuando su vientre avanzaba, seguía como siempre
lavando, fregando y guisando, incansable. De repente le decía al marido: «Tú, ya
está eso aquí». Se echaba en la cama, mientras él salía a llamar a una vecina
que entendía de esas cosas. Al día siguiente, un chocolate y un buen caldo de
gallina, espeso como si tuviera harina, la ponían de pie y seguía guisando y
fregando como si tal cosa.
Era
una pareja feliz que nunca tuvo problemas. Ella se bastó siempre para calmar
las exigencias del macho forzudo; y en sus años mozos, cuando los dos solos
levantaron a pulso la herrería, no era raro que se cerrara la puerta y la
pareja se hiciera sorda a las llamadas de los clientes. Cuando volvían a abrir
él encuadraba la puerta con su figura maciza y se sonreía socarronamente de las bromas de los
vecinos. Solía plantar su manaza ancha en el hombro redondo de ella, en un
cachete rudo, y guiñando un ojo decía a su interlocutor: «Mírala, tan pequeña
y redonda, pero ¡tal como la pimienta!». Cuando salgo a la fragua, el corro de
hombres sigue golpeando la ancha hoja de hierro del arado y Feliciano tira sin
cesar de la cadena del fuelle, para que una segunda reja esté a punto cuando
acaben con aquélla. Como sé que ahora no existo para nadie, me agarro yo
también a la cadena, acompasando mis tirones a los de Feliciano, que con la
mano libre me da un cachete y me dice: «¡Hola, madrileño!». No habla más, porque
creo que en su cabeza no caben tres palabras juntas. Es el más bruto de toda la
familia. Cuando acaban con la reja que hemos calentado, mi tío empuña con una
mano la cuartilla de vino y llena un vaso gordo y grande con el que corre la
ronda a todos los mozos, que se van secando los labios uno detrás de otro con
el dorso de la mano sucia. Por último bebe él y después llena el vaso para
largármelo a mí:
-¡Ven
acá, gorrión! -Es su primer saludo. Me levanta con una mano sobre el yunque-.
Toma, bebe, que lo que te hace falta es un poco de sangre -dirigiéndose a los
mozos, agrega-: No sé qué leche les dan a los chicos en Madrid que están
espiritados. Mirad qué pantorrillas tiene. -Me coge entre el pulgar y el índice
una pierna que yo creo que se va a chascar-. Debías pasar las vacaciones de
aprendiz aquí en la fragua. Y menos faldas. Entre viejas y curas van a
convertirte en una marica constipada.
Me
bebo entero el vaso de vino, como un hombre. Un vino seco y fuerte que hace
subir el calor. Aquilino, en un alarde cariñoso, me baja del yunque haciéndome
voltear sobre su cabeza como un pelele. Me deja en el suelo sofocado del susto
y del vaso de vino.
-Esta
tarde -me dice- voy a comprarte una cocota de peón y te voy a hacer una punta
retorneada.
Éste
es uno de los orgullos de Aquilino: hacer puntas de peón; y todos los chicos
del pueblo andan detrás de él. De un cachito de hierro hace una punta que, por
un lado, tiene una espiga cuadrada muy larga que se hunde al rojo en la madera,
y por el otro queda la punta del peón. Las hace en forma de bellota y
retorneadas, que son cilíndricas con gargantas trazadas con la lima. No es tan
fácil hacer una punta de peón. Ha de clavarse en la madera exactamente en el
centro para que el peón, cuando baile, se quede «dormido». Si no,
«escarabajea» y cuando se le coge en la mano, agujerea la palma.
En
casa del tío Luis no me aburro nunca. Al lado de la puerta tiene el banco con
su tornillo de hierro para sujetar las piezas y una pared llena de
herramientas. El suelo está lleno de recortes de hierro y basta coger uno,
sujetarse en el banco y ponerse a limar. Me gusta mucho la mecánica y cuando
sea mayor seré ingeniero. Me pongo a limar para hacer una rueda, después de
haber dibujado una circunferencia en un cacho de chapa con el compás de puntas
de hierro. Entonces llegan mis hermanos. Entran en la casa a saludar a mi tía y
en busca del bollo que nunca falta; y salen casi en seguida para cogerme mi
hermana del brazo y decirme:
-Anda,
vente con nosotros que nos vamos a jugar. Ya se lo he dicho a la tía.
La
herrería está en el límite del pueblo. Desde allí se salva la cuesta pina de un
barranco diminuto y se encuentra uno en pleno campo. La Concha emprende la
ascensión y yo detrás. Está flacucha, con el pelo recogido en un moño chiquitín
sobre el cogote. Las faldillas dejan ver las piernas tostadas que se estiran en
cuerdas por el esfuerzo. Detrás de mí viene Rafael, silencioso y torvo. Cuando
llegamos a lo alto, seguimos la linde de un campo segado que bordea el
barranco, separado de él por una muralla de zarzas.
Yo
conozco a mis hermanos mejor de lo que ellos creen. La tormenta va a venir
sobre mí y la Concha me gritará y me zarandeará a su gusto. Si contesto,
entonces acabaremos a golpes y saldré perdiendo. Soy el más pequeño y el más
flojo. Si la dejo que se desahogue, no me pegará a sangre fría. Así pasa.
Cuando llegamos a la explanada, donde está el grupito de árboles viejos y
el pocillo del manantial que corre por el arroyo abajo a través de todo el
pueblo, la Concha se vuelve y me coge del brazo:
-¡Bueno!
Ya está aquí el niño mimado. Pero ahora se acabaron las tías y los sobrinos.
Aquí no hay faldas para esconderse. Tú. ¿Te has creído que porque nosotros
estamos en la buhardilla y tú en la casa de tus tíos, vestido de señorito,
somos menos que tú? Pues, para que te enteres, no eres más que nosotros. El
hijo de la señora Leonor la lavandera, y te voy a hinchar los morros para que
lo aprendas.
Me
sacude como un trapo y me asa los brazos a pellizcos. Yo me callo con la cabeza
baja. Rafael, con las manos en los bolsillos, nos contempla a los dos. La
Concha se excita más aún.
-Mírale,
como una gallina -bueno, como lo que es-. Ahora chillas poco, ¿no? Ahora eres
la mosquita muerta. Razón tiene la abuela Inés que dice que eres un jesuita
falso. ¡Anda, atrévete a pegarme! Yo soy una chica. ¡Anda, atrévete!
Y
me mete los puños cerrados a la altura de los ojos.
-¿Le
sacudo? -pregunta Rafael.
La
Concha me mira de arriba abajo con desprecio.
-¿Para
qué? ¿No ves que es un marica?
El
insulto cae sobre el insulto de la abuela que aún no he olvidado, y entonces
lo veo todo rojo. Los tres rodamos por el suelo a patadas, a puñetazos y a
mordiscos. Al cabo de un rato nos separa a manotazos un hombre que nos sujeta a
mi hermana y a mí uno de cada lado, mientras nos cambiamos patadas detrás de
él. Rafael se ha quedado tan tranquilo y mira al hombre rencorosamente. La
Concha le da un pisotón en el pie calzado con alpargatas, y el hombre suelta
una blasfemia y le pega un cachete en los sesos. Momentáneamente he encontrado
un aliado, y yo le doy a Concha una patada en las espinillas. Los dos nos
soltamos del hombre y nos agarramos otra vez: yo de su pelo, ella de mi cuello.
Me lleno los dedos de pelos, mientras ella me clava las uñas.
Uno
debajo de cada brazo, pateando en el aire, el hombre nos lleva a la herrería.
Rafael detrás, sin abrir la boca. Entramos todos, y el hombre explica a mi tío:
-Toma,
ahí te traigo a estos dos gatos rabiosos.
El
tío Luis nos mira cachazudo. Tenemos los dos la cara y las piernas llenas de
arañazos y nos miramos rabiosamente, con los ojos bajos.
-¡Os
habéis puesto guapos! -se vuelve a Rafael y agrega-. Y tú, ¿qué dices, pasmao?
-Yo
nada.
-Ya
lo veo que no dices nada. Los dos contra el más pequeño, ¿no? ¡Sois unos
valientes!
-¡Y
él es un asqueroso! -exclama mi hermana.
-Éstos
lo que tienen es envidia, porque estoy con los tíos.
-Bueno,
esto lo arreglo yo -dice el tío Luis-. Ahora mismo estáis haciendo las paces.
Ya os habéis calentado y estáis en paz. La primera vez que os peguéis, os voy a
sacudir un azotazo a cada uno que vais a andar cojos una semana.
En
el pilón del agua, donde se templa el hierro, nos lavamos la cara. El tío Luis
me coge una pierna y sobre el desgarrón de la rodilla me pega una telaraña
espesa:
-Esto
chupa la sangre y cura, déjala.
Y
queda allí la plasta de tejido, llena de polvo y de sangre que se espesa como
el barro. Comemos todos juntos un guiso de conejos, con salsa oscura y fuerte
de ajos y de laurel, cocidos con vino, y la comida es la paz. De allí salimos
todos amigos, yo el amo, porque tengo un duro en el bolsillo, y la plaza y las
calles de alrededor están llenas de puestos. Un duro son muchas perras gordas
y todo lo que allí se vende no cuesta más que diez céntimos. Además, como mucha
gente del pueblo me conoce y sabe que he venido de Madrid, me llaman y me compran
cacahuetes, avellanas y torraos y me llenan los bolsillos del delantal y del
pantalón. La Concha quiere zarzamoras y se llena la boca y las manos de manchas
moradas. Después, se queda como una tonta con las manos pringadas, abiertos los
dedos, sin poder sacar el pañuelo del bolsillo para limpiarse, por miedo de
manchar el trajecillo blanco que lleva. Por último, se lava en un charco de
agua que hay al lado de la plaza y se seca con el pañuelo. Rafael se hincha de
nueces frescas que se venden con la cáscara verde, para que pesen más y puedan
dar menos; y yo como unas peras pequeñitas que se llaman «de San Juan». Pero
los dos tenemos una idea, para la cual nos estorba la Concha: queremos fumar
cigarrillos de anís y de cacao, igual que hacen los hombres con el tabaco. Si
se lo decimos a la Concha, se lo contará después a la tía Aquilina y ésta nos
regañará. Por último tengo una solución, después de haber pensado en dar
esquinazo a esta antipática que no nos deja en paz. Venden unos petardos
pequeñitos que explotan muy fuerte, y dan cincuenta por diez céntimos. Propongo
comprar un ciento y a la Concha le parece muy bien. Nos iremos a dar sustos a
la gente encendiéndolos en la calle y tirándolos dentro de los portales de las
casas. Pero, claro, después de comprarlos hay que encenderlos para que
estallen. Cada petardo tiene una mecha que es un trozo de cuerda empapado de
pólvora. Si compramos cerillas, hay que comprar varias cajas; entonces, yo
propongo, inocentemente, comprar pitillos de anís y encender los petardos con
la lumbre del pitillo. Compramos una cajetilla que tiene diez pitillos, y
Rafael le pide lumbre a un mozo que se la da, riéndose de él. Después
encendemos nosotros en el cigarrillo de Rafael, porque, como la Concha también
quiere tirar petardos, ha encendido un cigarrillo, mejor dicho, se lo he
encendido yo y después ella lo lleva escondido en la mano y de vez en cuando
chupa, de cara a la pared para que no la vean. El anís pica en la garganta y en
los ojos y hace toser, pero nosotros fumamos como los hombres. Empezamos a
tirar petardos dentro de los portales. En algunos, donde Rafael o la Concha,
que conocen a la gente, dicen que vive una «tía tal», encendemos los tres
juntos y tiramos dentro los tres a la vez. Cuando estalla el primero, salen las
mujeres corriendo a ver qué es lo que pasa, y entonces estallan los otros dos y
se asustan más. Nosotros nos reímos detrás de la primera esquina, dispuestos a
salir corriendo si vienen detrás de nosotros.
Pero
las chicas son siempre idiotas. Porque hemos pasado por una calle donde no
había nadie, la Concha se ha puesto el pitillo en la boca, y cuando iba
echando más humo, ha salido una tía cotilla y nos ha visto a los tres. Le ha
dado un manotón a Concha que ha tirado el pitillo, ha armado un escándalo, llamándola
cochina, guarra, golfa y yo no sé cuántas cosas más, y la ha agarrado del
brazo, para llevarla a casa y contárselo a la tía Aquilina. La tía metijona
lleva a la Concha llorando y queriendo soltarse, y nos llama a nosotros para
que vayamos con ella. También nos insulta y nos dice que somos unos golfos
indecentes. Al pasar por las casas se lo cuenta a las mujeres que se encuentra,
y todas se ponen a chillar y a sacudir a la Concha y a gritarnos a nosotros.
Rafael va pensando en meterle un cascotazo en la cabeza a la tía bruja y
descalabrarla. Cuando llegan a casa de la tía se meten dentro y nosotros oímos
desde la placita cómo chilla la Concha, pero no entramos. Después sale la tía
Aquilina y nos manda entrar. No queremos, pero tenemos que entrar, y la arma
con nosotros. La tía Aquilina empieza a pescozones, sobre todo con Rafael y con
la Concha, porque dice que ellos tienen la culpa. De repente ve los bolsillos
de Rafael llenos de cosas y le dice:
-¿Dónde
tienes los pitillos? Ya estás sacando todo lo que tienes en los bolsillos, que
lo vea yo.
Rafael,
que a veces tiene muy mala idea, mete mano a los bolsillos y empieza a sacar
avellanas, torraos y nueces; y cuando la tía se pone a chillar:
-¡Los
pitillos, los pitillos! ¿Dónde están los pitillos?
Saca
un puñado de pitillos, mezclados con un puñado de petardos, y los tira sobre
la lumbre. Mi tía no se entera de lo que es y le grita:
-¡Todos! ¡Tíralos todos!
Y
Rafael tira todos los petardos en la lumbre, y yo también. Mi tía, indignada
sigue chillando:
-¡Esta
noche os vais a quedar sin ver los fuegos artificiales!
Mientras
tanto se prenden las mechas de los petardos y ¡se arma una horrorosa! Empiezan
a sonar estampidos y a saltar la ceniza y la paja encendida por toda la
habitación. La abuela sale corriendo de su sillita baja, tirando un ovillo de
lana, con el que está haciendo unos calcetines.
Una
sartén que está en la lumbre se llena de ceniza. Las chispas caen sobre las
sillas y sobre las cortinillas del vasar y la tía no sabe lo que pasa. Se
quedan las dos mujeres pegando gritos, el tío Sebastián que se ha dado cuenta,
riéndose a carcajadas detrás de la mesita de zapatero, y nosotros salimos
corriendo de la casa. Hasta la noche no volvemos.
Está
la mesa puesta para cenar y todo el mundo muy serio. Nadie nos dice una
palabra: sólo la «abuela chica» da vueltas gruñendo, y nosotros la miramos de
reojo, por si nos sacude con la garrota. Nos sentamos a la mesa y mi tía saca
la cena:
-Para
los golfos no hay cena esta noche -dice. Y nos alarga un cacho de pan a cada
uno, agregando-: ésta es vuestra cena.
Nos
quedamos muy callados los tres. Yo tengo una rabia loca. Nunca me han dejado
sin comer, y se me llenan los ojos de lágrimas de rabia. Pero no quiero llorar.
Las lágrimas se me caen por la cara abajo, y entonces la tía Aquilina, que me
mira cómo se me caen las lágrimas, comienza a echarme en el plato
albondiguillas.
-Por
esta vez pase; es la fiesta del pueblo y no tengo ganas de enfadarme, pero...
-Y nos suelta un sermón mientras nos va llenando los platos.
El
tío Sebastián se ríe, y dice:
-En
medio de todo, los chicos han tenido gracia.
Las
dos, la tía y la abuela, se vuelven como avispas a él:
-Eso
es, ¡defiéndelos todavía!
Y
se arma una bronca violenta contra el pobre tío que no sabe dónde meterse con
el chaparrón de las dos. Mientras, nosotros acabamos de cenar y nos vamos. Los
tres de acuerdo, le compramos al tío Sebastián una cajetilla de dieciocho
céntimos y un librillo de papel de fumar. Cuando empieza la pólvora, como todos
han bajado a la barandilla de piedra que da sobre la plaza, se la damos a
escondidas. Me siento en sus rodillas y me da un beso, mientras miramos
estallar los cohetes en el cielo. De repente, le dice a la tía:
-Ten
cuidado del niño, que me voy al retrete.
Cuando
vuelve, vuelve con su cigarrillo en la boca diciendo que se lo han dado unos
amigos y que un día es un día. La tía gruñe, pero le deja en paz. La brillan
los ojillos de alegría al viejo y nos mira, guiñándonos y riéndose a espaldas
de la tía.
La
plaza está llena de mozos bailando, y en la plazoleta de la iglesia, donde
estamos nosotros, está el polvorista, un valenciano gordo, con su blusa negra,
su sombrero redondo y un cigarrillo puro en la boca. Con la mano izquierda coge
un cohete, gordo como una vela, y le aplica la brasa del cigarrillo con la
derecha. Sale un chorro de chispas y de pronto abre los dedos y el cohete sube
pitando. Todos los chicos que hacemos corro alrededor de él miramos al cielo y
le vemos estallar allá arriba, en bengalas de colores. El cohete, ya vacío,
cae, echando las últimas chispas, y rebota sobre las casas del pueblo. Un año,
una se prendió fuego así.
Hoy
es el día de la virgen, y desde por la mañana temprano la tía nos está poniendo
a todos los trajes de fiesta. Claro es que yo tengo el traje más bonito del
pueblo, porque todos tienen trajes de Madrid, pero es un traje barato que les
han comprado hecho y que les
sienta muy mal. Además la tela está tiesa, y no saben moverse dentro de él. La
Concha tiene también un traje barato de Madrid, muy tieso de almidón, y con una
trenza y su lazo azul grande, está verdaderamente ridícula. Tienen unos zapatos
gordos, los de Rafael con una puntera de metal dorado, que les cuesta trabajo
andar con ellos, y los dos miran con envidia mi traje azul de marinero y mis
zapatos de charol. La Concha me llama «señorito» y se las arregla para darme un
pisotón, que me araña todo el zapato. Yo le tiro de la trenza y le deshago el
lazo de seda y armamos una bronca. Después salimos todos con el tío Sebastián a
ver la subasta de las andas de la virgen.
De
la iglesia sacan la virgen con un manto de terciopelo bordado y muchas luces
alrededor, sobre unas andas de madera, llena de cabezas de angelitos pintadas
con colores de verdad. En la puerta de la iglesia paran la virgen y entonces el
alcalde, con su capa y su vara de puño de oro, dice:
-Como
todos los años, se van a subastar las andas de Nuestra Señora. El que ofrece
más dinero, coge uno de los seis sitios que hay para llevar la virgen a hombros
hasta la ermita que está en Berciana, un monte a una legua del pueblo. Todos
los ricos del pueblo, y los que han hecho una promesa, empiezan a pujar. Lo
más interesante son los puestos delanteros. Uno grita:
-¡Cuarenta
reales!
-¡Cincuenta!
-grita otro en seguida.
Después,
cuando ya no quedan más que dos o tres, el alcalde va diciendo:
-Dan
ciento cincuenta reales. ¿No hay quien dé más?
A
las dos o tres veces que lo dice, otro ofrece ciento setenta y cinco, y así van
subiendo despacio, hasta que no quedan más que dos que se empeñan en llevar la
virgen. Entonces toda la gente está pendiente de ellos, a ver cuál se siente el
más importante del pueblo.
-Doscientos
cincuenta reales -dice uno muy orgulloso.
-Trescientos
-contesta el otro de golpe.
-¡Puñales!
¡Trescientos cincuenta! ¡Si crees que te la vas a llevar tú! -replica el
primero. Al final se pelean por llevar la virgen, soltando blasfemias e
insultándose furiosos. Luego el cura se guarda los cuartos.
Cuando
han terminado la subasta, empieza la procesión a Berciana, la virgen delante y
el cura detrás revestido con una capa de oro y rezando en latín. Detrás del
cura van el alcalde, el juez, el médico, el maestro y en dos hileras todos los
vecinos del pueblo que quieren llevar una vela encendida. Detrás, todos los
restantes del pueblo en grupo, los hombres con el sombrero en la mano, las
mujeres con el pañuelo en la cabeza. Los hombres y las mujeres van con sus
mejores trajes, la mayoría con el traje de boda que a unos se les ha quedado
pequeño y a otros un poco grande. Lo más divertido son los chicos y las chicas.
A los chicos los han vestido de hombres con trajes de pana y camisa de cuello
con una chalina; un sombrero de paja en la cabeza y zapatones gordos en los
pies. Las chicas llevan vestidos de colores chillones, todos muy almidonados,
dejando ver debajo las enaguas muy blancas y también muy tiesas de almidón y
las puntillas de las bragas que les llegan a las rodillas; en la cabeza un lazo
de seda también de color vivo y en los pies medias hechas a punto de aguja,
muy gordas, y zapatones de puntera metálica. Ni unos ni otros pueden moverse,
acostumbrados a ir con un delantalito o con unos calzones cortos, y descalzos o
con alpargatas. Así que a mitad del camino a la mayoría de los chicos van
tirándoles de la mano sus padres y tropezando con las piedras del camino.
Cuando
se llega al arroyo Berciana, la procesión cruza por el agua en lugar de pasar
por el puentecillo de madera, no sé si porque tienen miedo de que se hunda o
por sacrificio hacia la virgen. Se van descalzando todos y remangándose los
pantalones y las faldas. La mayoría de los chicos no se vuelven a calzar y
muchas personas mayores tampoco. Siguen a la procesión con el par de botas en
la mano, la vela en la otra. Algunos dicen que van descalzos porque han hecho
la promesa de subir así hasta la ermita, pero la verdad es que les aprietan las
botas.
La
ermita está en lo alto de un cerro al que se sube desde el arroyo, y abajo es
todo un prado de hierba corta lleno de encinas. Mientras dicen la misa dentro
de la ermita, con la mayoría de la gente fuera porque no cabe, comienzan a
llegar del pueblo carros, mulas y burros cargados, y se instalan en la pradera.
La gente que viene dentro descarga, y de los carros, o de los serones, salen
sartenes y cazuelas, conejos, gallinas, corderos, pichones... Uno ha traído un
ternerito atado a la zaga del carro con la piel color canela y el morro blanco,
que no quiere andar y tira de la cuerda que lleva atada a los cuernos. Algunos
se han traído hasta sillas y las van poniendo en corro sobre la hierba. Los
mejores sitios son a la sombra de las encinas; y entre los árboles atan una
cuerda y cuelgan una manta para tener sombra. Fuera de los árboles comienzan a
instalar las cocinas, con cazuelas de barro, los platos, los vasos y la sartén.
Los pellejos y las botas de vino se quedan recostados a la sombra de los
árboles para que no se calienten y algunos hacen hoyos en el suelo para
enterrarlos cerca del arroyo y que estén más frescos.
Cuando
acaba la misa, se vuelca la gente sobre la pradera. Lo primero que hacen es
catar el vino de todos, bebiendo a chorro en las botas o llenando jarras de los
pellejos, y después se dedican, chicos y grandes, a recoger leña entre los
encinares. Los hombres y las mujeres cortan ramas con hachas pequeñas y los
chicos llevamos los brazados de leña cada uno a su lumbre. Al poco tiempo hay
cien hogueras ardiendo en el campo y por todas partes se ven volar plumas de
gallinas o de pichón. En las ramas de los árboles hay colgados corderos y
conejos que los hombres, en mangas de camisa, desuellan. Sobre los manteles se
han puesto platos con rajas de salchichón y longaniza, con aceitunas y
pepinillos, con tomates cortados por la mitad llenos de sal y aceite, y todos
van picando y bebiendo tragos de vino. Los chicos nos metemos por todas las
«mesas» y vamos cogiendo aquí y allá lo que más nos gusta, y bebiendo a
escondidas en las jarras. Pronto, todo el valle huele a carne asada y a humo
de tomillo y de retama, y la gente empieza a tener hambre y a meter prisa a
los cocineros.
Yo
me acuerdo de la descripción de las bodas de Camacho el rico, en Don Quijote de la Mancha, y me parece
que de pronto va a aparecer en lo alto de uno de los cerros, a caballo, en Rocinante,
con Sancho Panza detrás relamiéndose al olor. Los chicos del polvorista van
vendiendo cohetes que estallan como tiros en lo alto. De Madrid han venido
algunos barquilleros -muchachitos gallegos que hacen el viaje a pie- y la gente
hace corro alrededor de ellos, jugando y dando cachetes a los chicos que
queremos también tirar a la rueda.
Los
perros parece que se han enterado también de la fiesta, y se les encuentra por
todas partes. Perros de pueblo, con la cabeza baja y la cola metida entre las
piernas, que se arriman cautelosamente a las fogatas. En un sitio les echan un
hueso y en otro les dan un cantazo o un palo. Dan una huida y se acercan a otro
grupo. A veces se reúnen dos o tres al lado de una lumbre y se sientan muy
tiesos con los hocicos levantados, sin perder de vista las manos de la mujer
que guisa. Cuando les echan algo, lo coge el más listo y los otros le gruñen.
La
«abuela chica» ha venido en el carro con el tío Luis y estamos reunidas las
dos familias. En total somos quince y la abuela se pone a contarnos que un año
se reunieron todos sus hijos y algunos ya con sus nietos. Había más de cien
personas. La abuela ha tenido dieciocho hijos, de los que viven catorce. El
hijo mayor tiene ya biznietos y vino de Córdoba a la fiesta con más de veinte
personas. Mi abuela estaba casada con un sastre, y como no ganaban bastante
dinero para mantener a todos, los fueron mandando por el mundo a medida que crecían.
Las chicas a Madrid a servir. Los chicos, unos a Madrid y otros a Andalucía.
Uno se fue a Barcelona y otro a América, pero ninguno de éstos ha vuelto al
pueblo nunca y nadie los conoce más que por retratos. El de Barcelona es un
hombre con una barba negra muy grande y un sombrero hongo, que parece un agente
de policía secreta, y el de América es un hombre seco, con la cara afeitada,
que parece un cura. La abuela no ha salido nunca del pueblo más allá de Madrid,
y para eso, cuando ha ido, no ha querido montar en el tren y ha habido que
llevarla en un carro. El tren dice que es cosa de los demonios y se morirá sin
subir a él. Aquilino ha montado un columpio entre dos árboles y muchos han
puesto columpios igual. Las mozas suben a ellos y los mozos las empujan para
que suban a lo más alto, pegando gritos y enseñando las pantorrillas. Los mozos
se divierten viéndoselas y se dan unos a otros codazos en los costados,
guiñándose los ojos y diciéndose: «¿Has visto? Está güena la moza, ¿no?». Se
ríen mucho y a veces las pellizcan en las piernas y en el trasero. Unas se ríen
y chillan y otras se enfadan. Después de comer, cuando todos tienen la tripa
llena y han bebido bastante, las pellizcan más y ellas se enfadan menos. De
aquí salen los noviazgos y también las broncas. A media tarde, todo el mundo
está un poco bebido. Los hombres maduros se han tumbado a dormir la siesta, con
el pantalón desabrochado a medias, y los mozos se tumban al lado de las mozas
que están sentadas a su lado, pero no se duermen; ellas les acarician la cabeza
y a veces les dan una bofetada, porque ellos les han tocado las piernas o un
pecho. Cuando se les empieza a pasar la pesadez de la digestión, comienza el
baile, y bailan hasta la noche. Muchas parejas se van a pasear detrás de los
cerros.
Andrés
le grita a una pareja que se va, muy agarrados de la cintura, que no beban agua
del arroyo ¡que se hincha la tripa! y se ríen todos.
El
tío Luis ha dormido su siesta y se despierta con la boca seca, según dice. Para
refrescarla se come una fuente de ensalada y media docena de bollos de aceite,
macizos y harinosos. Con la ensalada y los bollos se bebe dos jarras grandes de
vino. Después me coge debajo del brazo como si fuera un pelele y nos vamos a
dar una vuelta. Remontamos los cerros. El valle con toda la romería se pierde
de vista y los campos están solos. A lo lejos se ve la sierra de Guadarrama,
con sus crestas blancas de nieve, y las torres del Monasterio del Escorial. De
pronto el tío Luis, que viene detrás de mí, lanza un grito salvaje:
-¡Huh,
huh, huuuuh!
Me
vuelvo asustado. De un barranco sale una pareja corriendo, ella con la blusa
desabrochada, él con la americana colgando de una mano. El tío Luis se ríe, las
manos en los costados, moviéndose la tripa con la risa. Me coge a caballo en
sus hombros y se lanza a correr por los barrancos, dando aullidos. De los
rincones y de las matas salen parejas, huyendo hacia el valle, perseguidos por
nuestros gritos y nuestras risas.
Cuando
volvemos al corro, el tío Luis me baja de sus hombros, empuña una jarra llena y
vuelve a estallar en su risa, que salpica de vino. Todos se han vuelto hacia
él. Entonces coge en sus brazos la figura redonda de la tía Rogelia y la
espachurra un beso en la cara. Después la levanta en el aire, estirado, con sus
manos en alto, como si la fuera a tirar a lo lejos.
-¡Huh,
huh, huuuuuh! -grita y retumban su pecho y sus hombros.
Al
grito se calla todo el valle, y el eco responde detrás de los cerros, ya
oscuros.
Antesala de Madrid
Capítulo VI
¡Qué
bien se está aquí! La cabeza entre las rodillas de mi madre. En la blandura de
los muslos a través de la tela suave del delantal de hilo, mirando las llamas
que hacen figuritas en el aire. Mi madre pela patatas al lado de la lumbre y
habla con la abuela. Le va contando su vida en casa de los tíos, sus apuros y
sus trabajos, los celos de mi tía con ella por mí. Y yo le miro la cara de
abajo arriba sin que ella me vea. La cara alumbrada del rojo de las llamas. La
cara cansada de trabajo y de pena. Entierro la cabeza entre el delantal como
los gatos. Quisiera ser gato. Saltaría encima de las faldas y me haría una
bola. Estoy cansado de todos: cansado de mi tía, cansado del colegio, cansado
de las gentes estúpidas que no ven en mí más que el niño; y yo sé que soy más
que ellos, y veo las cosas, y me las trago, y me las aguanto. Subir encima de
las faldas, hacerse una bola, dormitar, oyendo hablar a mi madre sin escucharla
sintiendo su valor y el calorcillo de las llamas y el olor de la retama. Quedarme
allí, quieto, ¡muy quieto!
-¡Este
niño es un aburrido! Anda, vete a jugar con tus hermanos.
-No
tengo gana.
Me
enrosco más sobre mí mismo, buscando más contacto aún. Mi madre me acaricia los
pelos revueltos, el remolino de «malo» de la coronilla; sus dedos distraídos me
acarician la cabeza, pero yo los siento dentro. Cuando para la mano, la cojo y
la miro. Tan pequeñita, tan fina, desgastada por agua del río, con sus deditos
afilados y sus yemas picadas de la lejía y sus venas azules torcidas, nerviosas
y vivas. Vivas de calor y de sangre, vivas de movimiento, rápidas, dispuestas a
correr y a saltar, a frotar enérgicas, a acariciar suaves. Me gusta pegarlas a
mis carrillos y frotarme contra ellas, me gusta besar la punta de sus dedos y
mordisquearlas, aquí, que no tengo que esconderme detrás de una puerta para
dar un beso a mi madre, mientras mi tía me grita:
-Niño,
¿dónde estás?
-Aquí
en la cocina.
-¿Qué
haces?
-He
venido a orinar.
Y
mi madre, mientras, hace sonar los cacharros y yo doy un portazo a la puerta
del retrete.
¿Qué
derechos tiene ella sobre mí? Si me mantiene, mi madre es su criada. ¿Por qué
no ha tenido hijos? Lo que tiene es envidia de que ella no tiene hijos, y
quisiera quitarme a mi madre. Mi tío, no. Mi tío me quiere, pero no me quisiera
quitar a mi madre. ¿Por qué no será él mi padre? Una vez lo dijo en broma, pero
yo creo que es verdad. También él está harto de mi tía, con sus rezos y sus
rarezas. Una vez dijo mi tía enfadada:
-¡Qué
ganas tengo ya de morirme, a ver si os dejo en paz!
-Bueno
-contestó mi tío-, si te mueres, nos casamos, Leonor, y yo me hago el papá del
niño. ¿Qué te parece, Leonor, aceptas mi blanca mano?
Esto
se lo dijo riendo a mi madre y mi madre contestó riendo:
-Bueno,
lo iré pensando para cuando llegue el día.
¡Señor!
¡La que se armó! Mi tía llorando a lágrima viva abrazada a mí; yo llorando
también. Mi tío furioso por la estupidez de mi tía. Mi madre tratando de
calmarla y soportando los insultos de ella:
-¡Desagradecida!
¡Ése es el pago que me dais todos! Eso quisierais, que reventara para quedaros
a gusto los tres -y cosas por el estilo. Nos quedamos sin cenar, no fuimos al
café. Y nos acostamos antes de las diez. Al día siguiente todos estábamos de
morros.
Ahora
aquí, en el pueblo, estamos solos. A veces la cojo y la lleno de besos
furiosos.
«Déjame,
zalamero», me dice; y me empuja para separarme de ella. Pero yo veo que es
feliz y que todo lo que aguanta a mi tía es por mí, para que yo esté bien y sea
el día de mañana ingeniero, porque el tío me pagará la carrera y yo quiero ser
ingeniero; todo le parece poco para mí, porque yo la beso y yo la quiero y
ella me besa y ¡me quiere más que a nadie! Cuando yo sea hombre, no bajará más
al río y seré rico para que ella esté bien y tenga todos sus gustos, y se haga
una abuelita como la abuela chica, una abuelita chiquitita y arrugada con un
traje negro, de vieja, donde yo meteré la cabeza cuando esté cansado de
trabajar.
Poco
dura lo bueno. Mi madre ha venido anteayer y mañana nos vamos, yo a
Navalcarnero y ella a Madrid a seguir trabajando.
Como
el tren para un cuarto de hora en la estación arrastro a mi madre a ver la
locomotora. Es una locomotora belga pequeñita, pintada de verde, casi cuadrada.
No vale nada. Yo he ido en una locomotora grande. El tío José tiene un primo
que es maquinista en la estación del Norte y lleva el expreso de París. Un día
nos llevó al tío y a mí en una máquina sola hasta Segovia. Una máquina tan
grande que me tuvieron que subir en brazos para llegar arriba, donde van el
maquinista y el fogonero. Y desde allí salimos corriendo solos con el ténder,
sin pararnos en ninguna estación. El fogonero echaba carbón por la boca abierta
del hogar, que soltaba llamas, y atravesábamos el campo con la vía delante y
detrás libre, sin nadie, brincando sobre los rieles, y a veces, corriendo sobre
ellos, sin sentirlos, como si fuéramos por el aire. Mi tío contaba que, una
vez, un maquinista, para no chocar contra otro tren, le dio vueltas a la
manivela tan fuerte que se metió la manivela por la tripa. Salvó el tren, pero
se quedó muerto, clavado allí en el freno. Hay también termómetros y manómetros
y tubos de nivel con grifos pequeñitos y la cadena de pito, una cadena de
hierro que se tira de ella y el vapor silba que se queda uno sordo del ruido.
Todos los grifos escurren agua o aceite. Había uno que goteaba mucho y yo le
quise cerrar. Salió un abanico de aceite caliente que nos manchó a todos.
Cuando cruzábamos un puente de hierro, todo bailaba: la vía, el puente y la
máquina; y yo quería que corriera más para que pasáramos el puente antes de que
se hundiera. Después volvimos en un tren, pero me aburrió el viaje dentro del
vagón.
El
tren es también pequeñito, como la máquina. Los vagones son «cajas de cerillas»
con asientos de madera sucios, llenos de gente de los pueblos que lleva
alforjas, cestas, gallinas atadas por las patas a las que tiran debajo de los
bancos. Llevan a veces conejos, con la tripa abierta, enseñando los riñones
morados, y barrilitos de vino o cestas llenas de huevos metidos en paja. A
veces, cuando llegamos a una estación, vemos por el camino que viene del pueblo
a los viajeros corriendo por la carretera y haciendo señas para que espere el
tren. Y el jefe de la estación les espera. Entran con los bultos y se dejan
caer en los asientos, sudando de la carrera, con sus cestas y sus alforjas.
Navalcarnero
es la estación más importante de la línea. Tiene un muelle con el techo de cinc
y tres vías para hacer maniobras. Al lado de la estación está la fábrica de
harinas, y un trozo de vía sale de la estación y se mete en la fábrica, haciendo
una curva y pasando por debajo de la puerta de hierro. Cuando la puerta está
cerrada, hace un efecto raro. Si se equivocaran de aguja, nosotros entraríamos
con el tren y todo a través de la verja y nos meteríamos en la fábrica.
La
abuela Inés está en la estación esperándonos. Hemos venido la Concha, mi madre
y yo. Hasta fin de mes mi hermana y yo nos quedaremos aquí. Cuando se va el
tren con mi madre, mi abuela nos coge a cada uno a un lado, nos pasa un brazo
por encima de los hombros, de manera que su mano cae delante de nuestro pecho y
así, pegados a ella, nos vamos hacia el pueblo. Las manos de mi abuela son
grandes como las de un hombre y su brazo es una mole. Con razón la llamamos la «abuela
grande». Pesa más de cien kilos y es más alta que casi todos los hombres. Tiene
una fuerza enorme y come y bebe como un gañán. Cada vez que va a Madrid, mi tía
la invita a comer y ella dice que no. Se va sola, o con uno de nosotros, a casa
de Botín, que es un restaurante muy antiguo de Madrid, y manda asar un
cochinillo. Se lo come -si no vamos nosotros- ella sola, con una fuente grande
de lechuga y un litro de vino. Con el tío Luis haría una gran pareja.
Navalcarnero es distinto de los otros pueblos. Está muy cerca de Madrid y
además es cabeza de partido. Así que en el pueblo hay muchos señoritos. Son
señoritos que no pueden ser señoritos en Madrid, pero que son señoritos en el
pueblo. El pueblo está dividido en dos gentes: unos que visten como en Madrid y
otros que van con blusa y pantalón de pana. Hay mujeres con sombreros y con
mantilla, y luego, las mujeres del pueblo con refajos, delantal y pañuelo en la
cabeza. Hay también un casino de pobres que es una taberna muy grande llena de
moscas, y un casino de ricos, que es una especie de café con mesas de mármol.
En la iglesia, en medio, hay dos hileras de bancos, y delante de ellas un grupo
de sillas.
En
los bancos se sientan los señoritos y en las sillas las señoras. En el resto de
la iglesia se colocan los demás, los labradores y los pobres. Sobre las losas
de piedra, los labradores que tienen dinero colocan una estera redonda de
esparto y en ella una silla con asiento de paja, para la mujer. Los pobres se
arrodillan sobre las piedras.
Estas
cosas las sé, porque aunque mi abuela no me lleva nunca a la iglesia, yo voy
algunas veces. Los domingos me dice la abuela:
-¿Qué,
quieres ir a misa?
Le
suelo contestar que sí por dos cosas: una porque si no fuera sería un pecado, y
otra, porque ir solo me causa una sensación rara. La misa en Navalcarnero es
distinta a todas las demás: en el colegio, la oímos juntos todos los chicos y
llenamos la iglesia; con mi tía estoy esclavo de ella y de sus caprichos y se
pasa el tiempo diciéndome que me esté quieto, que me arrodille, que me
levante, que no tosa, que no estornude, que esté con las manos quietas, que la
distraigo en su devoción.
Aquí
es otra cosa. Me voy solo, aunque algunas veces hay vecinas de mi abuela que
quieren que vaya con ellas, pero ya sé lo que son las viejas. Me quedo ante la
puerta de la iglesia, un patio con verja, y veo entrar a la gente. Cuando ya
han entrado todos, entro yo solo. Toda la gente está agrupada al lado del altar
mayor, y yo entro despacito y me quedo detrás, en la parte última de la
iglesia, entre las columnas. Tengo siempre miedo de que me llame alguna de las
viejas y me haga arrodillarme a su lado. La iglesia tiene el piso, las columnas
y el principio de las paredes de piedra, y el resto blanqueado de cal. En medio
hay una araña en forma de pera, llena de cristales que, cuando entra el sol,
brillan como si fueran diamantes. No sé por qué, la araña que cuelga de una
cuerda muy larga, en medio de la media naranja, casi siempre se balancea muy
despacio de un lado a otro; y me divierte verla moverse y llenarse de chispas
de colores, cuando cruza delante del chorro de sol que entra por las ventanas
de la cúpula. En la entrada de la iglesia hay un Cristo desnudo, muy flaco,
amarillo, casi verde. Las manchas de sangre son ya negras porque hace muchos
años que no lo han vuelto a pintar. Sus partes las tiene tapadas con un delantalito
de terciopelo morado con el fleco de oro. Hay gentes que miran por debajo. Los
pies tienen los dedos pelados de besuquearlos las mujeres, y se ven los nudos
de la madera. Tiene un nudo negro en el dedo gordo del pie izquierdo que parece
un callo. La cabeza la tiene caída, como si le hubieran roto el cuello, y
tiene una barba sucia de color chocolate, con telarañas entre los pelos y la
garganta. De los ojos le caen unas lágrimas que parecen churretones de cera de
una vela. Lo único bonito son los ojos, unos ojos azules de cristal que siempre
están mirando la punta pelada de los pies.
Al
lado está la pila de agua bendita, con un charco debajo en el que los patanes
meten las alpargatas haciendo ¡plof... ! y las señoritas tienen mucho cuidado
de no pisar y se empinan desde el borde para meter los dedos en la pila. La
gente fina mete la punta de dos dedos y los campesinos meten la mano entera. De
eso se forma el charco.
Hay
una virgen de plata maciza. Tiene tamaño natural y abajo una luna, muchas nubes
y muchas cabezas de angelitos con alas de pichón. Dicen que pesa cuatrocientas
arrobas. Una vez he visto a dos viejas untando con Sidol a la virgen y
sacándole brillo con un trapo. Le habían dejado los carrillos y la barbilla brillantes como el cristal
pero en los ojos y en la boca se había quedado el blanco del Sidol y la vieja
se empeñaba en limpiarlo escupiendo en un pañuelo y frotándole los ojos a la
virgen igual que se les quitan las legañas a los chicos. La otra vieja frotaba
las cabezas de los angelitos con rabia, como si quisiera darles azotes. Pero no
tenían trasero.
Arriba,
en el coro, hay un órgano con el teclado en una caja de madera muy vieja, que
parece uno de los organillos que tocan por las calles. Debajo de las teclas
tiene dos fuelles, como dos libros viejos abiertos, sobre los que pedalea el
organista. A veces, pisa uno de los libros a destiempo y cuando aprieta la
tecla con los dedos, en lugar de sonar el órgano, suena el aire, como en las
tripas de las mulas. De repente se corta el soplo y entonces una de las flautas
del órgano da un maullido desafinado.
Aparte
de esto, la iglesia es un caserón frío donde sólo se está cómodo en el verano.
Además, tiene calaveras de verdad. Cuando se muere alguien, se dice la misa de
difuntos, y entonces, en medio de la iglesia, ponen un túmulo cubierto con un
paño, ponen una calavera y dos tibias enlazadas. La calavera y las tibias son
de verdad. En la sacristía hay un arcón muy viejo y muy grande y dentro un
montón de calaveras y huesos que ya no pesan nada de apolillados que están.
Parecen de cartón. Y cuando hay misa de difuntos se escoge un cráneo y dos
huesos largos. Cuando se ha muerto un rico, la calavera la escoge el cura; el
sacristán le raspa la tapa de los sesos y la unta de aceite para que brille.
Cuando se rompe alguna, la arreglan con un pegote de cera. Cuando no hay misas
de difuntos y no están el cura ni el sacristán, los chicos, que somos amigos de
los monaguillos, jugamos con los huesos en el jardincito que hay detrás de la
iglesia. Navalcarnero es un pueblo que a mí me gusta menos que Méntrida. Está
en lo alto de un cerro y tiene una calle ancha que le atraviesa, que es la
carretera que va de Madrid a Extremadura. A un lado, la carretera baja en
cuesta en dirección a Madrid y al otro, baja también en cuesta en dirección a
Valmojado. Cuando se ha bajado una de las dos cuestas se encuentran árboles,
pero en todo el cerro donde está Navalcarnero no hay más árboles que los del
paseo de la estación, que son pequeños y flacuchos, muchos de ellos rotos. Las
laderas están llenas de campos de trigo que ahora están pelados y secos, y de
viñas de racimos negros. El trigo ya está recogido y las uvas las están
recogiendo ahora para hacer el vino. Por el mismo paseo de la estación vienen
los carros, grandes y pesados, cargados con cestos de uvas tan altos como un
hombre. Las uvas del fondo se espachurran y los carros van goteando manchas
rojas, gordas, que con el polvo de la carretera se hacen bolas moradas. El
vino se hace pisando las uvas en el lagar, que es un pilón redondo de piedra o
de cemento, con un agujero por el que cae el mosto a la cueva. Hay dos o tres
casas donde se usan prensas a brazo y una casa donde las uvas se prensan con
una prensa hidráulica; y todos los
del pueblo van a verla.
Cuando
llegamos a casa de mi abuela, nos está esperando su hermana, la tía Anastasia,
que es tan grande como ella, pero mucho más pesada, porque tiene más años y las
piernas hinchadas del reuma. Son dos hermanas inseparables, que no pueden
estar nunca juntas, porque las dos son unas mandonas. La tía Anastasia vive en
el piso de encima y la abuela en el piso bajo. Cuando regañan, la tía sube la
escalera recta, de madera, haciéndola crujir con su peso, da un portazo que
retiembla toda la casa y caen abajo cachitos de cal del techo; y en dos o tres
días no se hablan. Después, o la abuela sube y aporrea la puerta gritando a su
hermana que se ha terminado la bronca, o su hermana baja y entra en la sala,
diciéndole que no tiene vergüenza de no haber subido en tres días, y que
aunque se muriera no se le movería la conciencia para subir a darle un vaso de
agua. Así es que para hacer las paces tienen que regañar primero media hora.
También
están dos pupilos de mi abuela. Cuando se murió mi padre, que era el último
vivo de los veinticinco hijos que había tenido, y mi madre se quedó en casa de
mis tíos, la abuela se fue de ama de gobierno de un propietario de
Navalcarnero, el señor Molina, que se había quedado viudo con cuatro chicos.
Como ella también estaba viuda hacía muchos años, allí se quedó. Y cuando se
murió el viudo, la nombró en el testamento tutora de los chicos. Los cuatro son
una calamidad. El mayor, Fernando, tiene veinte años y no sale en todo el día
del Casino. Tiene una querida en el pueblo y está medio tísico. El siguiente,
Rogelio, tiene quince años y es un vicioso. No sabe más que hablar de las
chicas y hacer cochinerías. A pesar de eso, se le ha metido en la cabeza que se
va a hacer fraile en el Monasterio del Escorial y se pasa el día con el cura
del pueblo. Antonio, el pequeño, está encanijado y parece que tiene joroba de
tan metida que tiene la cabeza entre los hombros. Los ojos los tiene pequeñitos
y ribeteados de rojo y siempre con alguna pomada amarilla untada en ellos. La
chica, Asunción, tuvo la viruela de niña y tiene la cara roída. Los bordes de
las ventanillas de la nariz parece que se los han picado los pájaros.
Lo
primero que hace la abuela cuando llegamos a casa es señalarnos a cada uno su
cuarto: la Concha dormirá en la misma cama que Asunción y yo en la misma cama
que Rogelio. La casa de mi abuela es la casa de las camas. En cada cuarto hay
una cama de hierro muy grande con dos o tres colchones encima y para subir a
ellas hay que montarse en una silla. Cuando mi abuela se acuesta en la suya, la
Asunción y mi hermana la empujan de atrás y yo me río de verla en camisa
blanca, tan grande como es, que parece un colchón más. Cuando cae en la cama,
chirrían todos los muelles. Son unos muelles en espiral más estrechos por en
medio, que se aplastan chillando.
Después
nos vamos todos a la casa que tenía el señor Molina, donde ahora están pisando
la uva. Hay una rueda de hombres y mujeres con los pies descalzos que van dando
vueltas en el lagar pataleando los racimos y salpicándose las pantorrillas de
mosto. Nosotros nos metemos también, pero yo salgo en seguida porque me
pinchan en los pies los rabos de las uvas. Los otros se quedan allí y yo me voy
con la abuela.
Atravesamos
el pueblo y salimos al camino de Valmojado. La abuela anda con pasos largos y
hasta que no salimos fuera de las casas no comienza a andar despacio. La
carretera se hunde entre dos paredes de tierra, y nos sentamos allá en lo alto,
viendo pasar debajo de nosotros los carros de uvas. Entonces la abuela comienza
a hablar sola:
-Ya
me voy haciendo vieja, y éstos -«éstos» son los chicos del señor Molina- no me
interesan. Mi hermana se tiene que morir antes que yo y entonces no quedaréis
más que vosotros. Seréis propietarios. Como tú sabes, hay dos casas mías en el
pueblo y os pasará lo que a mí, tendréis que poner tejas nuevas todos los años
y no os pagarán el alquiler. ¡Luego dicen que hay Dios! ¡Lo que hay es una m...
!
Se
vuelve a mí y se echa a reír:
-¡Le
estoy pervirtiendo al angelito! Si me oyera tu tía, nos pegábamos. Pero, mira,
por mucho que te digan tu tía y todos los curas de alrededor, Dios no existe
más que en el cepillo de las iglesias. Pero, bueno, ya lo verás, porque no
podrás desmentir la sangre. Tu padre fue uno de los sargentos de Villacampa y
no le fusilaron por milagro. Y yo una vez eché escaleras abajo a un cura que se
empeñaba en rematar al único tío que te quedaba. Cuando tu madre se quedó
viuda, lo único que Dios hizo por ella fue dejarla en un hotel con dos duros en
el bolsillo y tu padre fiambre en la cama. Después se conoce que le dio lástima
y la convirtió en criada y en lavandera; le proporcionó una buhardilla y unos
curas y unas monjas que les dieran la sopa a tus hermanos. ¡Y todavía hay que
dar gracias a Dios!
Cuando
habla tan seria, la abuela me da tristeza. Yo quiero creer en Dios y en la
Virgen pero las cosas que dice son verdad. Si Dios todo lo puede ha podido
tratarnos mejor, porque mi madre es muy buena. Verdaderamente que a mi abuela
debía haberla tratado peor, porque siempre está renegando; sin embargo es rica
y no le falta nada. La abuela se ha callado y cambia la conversación.
-Tú
a lo que has venido aquí es a divertirte y no a oír sermones. Pero no olvides
nunca que los curas son unos sinvergüenzas.
Me
vuelve a coger de la mano y regresamos al pueblo, ella dando zancadas y yo
trotando detrás. En la plaza, me da dos pesetas y me dice:
-Vete
por ahí; cuando oigas dar las doce, te vienes a casa a comer.
Y
se va por la calle abajo, por en medio del arroyo, tiesa, regruñendo
-blasfemando- yo creo.
Aquí,
en la plaza de Navalcarnero, hay una casa que es mía. Mejor dicho, que lo será
cuando se muera la abuela. Tiene tres pisos y abajo forma soportales con vigas
gordas de madera, sebosas de apoyarse en ellas los mozos. Cada viga tiene abajo
una base de piedra cuadrada y el techo de los soportales es también de vigas
ahumadas. El carnicero tiene allí su tienda con una vaca destripada, cubierta a
medias por un paño blanco con manchas de sangre; y en unas escalerillas de
mármol que salen en la acera tiene trozos de carne, de hígado y de bofe en
fuentes de porcelana blanca. En una de ellas está entero el corazón de la
vaca. La chica del carnicero espanta las moscas con un plumero de tiras largas
de papel de colores y en el fondo de la tienda hay un cerdo entero colgado
cabeza abajo, con un cubo de hojalata enganchado en los colmillos en el que
gotea la sangre de los morros. Me llama el carnicero:
-¿Qué
hay, madrileño; has venido a la vendimia?
Cuando
entro en la tienda, tropiezo con el cerdo que se bambolea pesado en el gancho
y me da con su lomo grasiento. Le empujo con la mano y me da asco su carne de
tocino.
-Entra,
entra, que te voy a dar algo para que te lo fría la abuela.
Y
me da tres morcillas gordas, negras, relucientes de grasa, que manchan el papel
de periódico en que las envuelve, haciendo que se vean las letras de dentro. Me
llevo el paquete blanducho, caliente, que me da repugnancia oprimir con la
mano, y aún tengo que soportar un beso del carnicero y otro de la mujer, los
dos tan gordos y tan pringosos como el cerdo y las morcillas. La chica que
está en la puerta y que es una muchacha muy guapa, con la cara muy fina, me
acaricia la cabeza, pero no me da un beso. Me voy de la carnicería como si
estuviera lleno de grasa por todas partes.
Al
lado está la taberna y allí me convidan a caramelos y a un refresco de menta.
La taberna huele a vino, a la pez de los pellejos y al sudor y al tabaco de
los hombres que están bebiendo en el mostrador de estaño. Los que me conocen
aclaran a los demás que soy el nieto de la tía «Inés». Uno de ellos no sabe
quién es, y el tabernero dice:
-¡Puah,
cuando tenía veinte años, buena moza que era! Andábamos todos detrás de ella y
ella andaba a torniscones con todos nosotros. Ninguno puede decir que la
pellizcó nunca un pecho. Antes que alargaras la mano, te había soltado una bofetada
de cuello vuelto que te quedabas atontado. Se casó con el tío Vicente, que
tenía un taller de carros aquí en la carretera. Era un buenazo, pequeñín, que
le gustaban las buenas carnes y tirar poco del cepillo. Cuando se casaron la
Inés se plantó en el taller y Vicente trabajaba como si estuviera a jornal. No
es que le dijera nada, pero se sentaba en una silla a coser y el tío Vicente
no levantaba la cabeza de sus tarugos. Así es que el taller comenzó a subir
como la espuma. Pero todo era poco. La Inés se lió a parir un chico cada año,
mejor dicho, cada diez meses, y menos mal que se le fueron muriendo uno detrás
de otro, porque si no, llena el pueblo. ¡Buena coneja! Cuando empezaban a
hacerse viejos, Vicente se murió como un pajarico, yo creo que porque ya no
podía con tanta mujer.
La
campana de la iglesia da el toque de mediodía y los hombres se van cada uno
por su lado a comer. El viejo me da recuerdos para la abuela y me repite su
cantinela:
-¡Buena
estaba la moza!
Después
de la siesta, la Concha se va con la Asunción a ver a las amigas y yo me voy
con Rogelio. Salimos a través del pueblo y bajamos por en medio de los campos
segados, siguiendo las veredas de las lindes, hacia el arroyo Guadarrama.
Rogelio me dice:
-Verás
cómo nos vamos a divertir. Todos los chicos nos reunimos en el río.
Cuando
llegamos al arroyo, donde el agua no llega a los tobillos, nos encontramos
siete u ocho muchachos, como los parió su madre, revolcándose en la arena que
abrasa y chapoteando en los charcos de agua. Están todos negros como tizones
del sol y nos reciben salpicándonos de agua y de tierra. Nos desnudamos
Rogelio y yo mezclándonos entre los demás. Yo debo ser una cosa rara con el
cuerpo tan blanco entre todos estos negritos. Rogelio es el mayor de todos y
tiene ya el vientre con vello negro. Entre los demás chicos hay algunos a los
que ya comienza a salirles el vello y se muestran muy orgullosos de tener
pelos como los hombres. Cuando nos cansamos de jugar y de correr, Rogelio los
reúne a todos en un corro y saca de la americana la fotografía de una mujer
desnuda que me enseña antes que a los demás, diciéndome:
-Me
la ha regalado Fernando. Dice que ha sido una novia suya, pero yo no le creo
porque es un mentiroso.
Yo
tampoco lo creo, porque la fotografía es la de una artista desnuda como se ven
muchas en Madrid, con un pie encima de una banqueta, para enseñar los muslos,
una camisa bordada, medias negras y un moño en lo alto de la cabeza. La
fotografía corre de mano en mano entre todos los chicos y miramos a Rogelio que
se le ha hinchado su miembro y se lo acaricia con una mano. Los mayores se
ponen igual. A mí no me hace ningún efecto y a los otros chicos tampoco. Pero
nos parece ridículo no ser como los mayores y nos manoseamos como ellos. Nos
reímos, pero estamos nerviosos y nos miramos unos a otros para ver lo que le
pasa a cada uno. Cuando los mayores llegan al final, se burlan de nosotros que
no podemos hacer como los hombres. Cuando nos vestimos, estamos todos muy
cansados y muy tristes.
De
regreso al pueblo, los chicos nos juramentamos unos con otros para no decírselo
a nadie y Rogelio afirma que le romperá la cara al que diga algo. Al mismo
tiempo nos explica lo que es la mujer y a mí me suben golpes de sangre a la
cara de vergüenza y de sofoco. Ya en las calles del pueblo, cuando los chicos
se van separando uno a uno, Rogelio me confía:
-Esta
noche nos vamos a divertir nosotros solos.
Tengo
una mezcla tremenda de vergüenza de lo ocurrido esta tarde y de miedo y de
curiosidad de lo que Rogelio quiere hacer esta noche. Estoy distraído y no me
atrevo a mirar a nadie a la cara y menos a la abuela. Mientras cenamos, se da
cuenta y me pregunta si estoy malo. Le digo que no, pero me he debido poner
terriblemente encarnado, porque me arde la cara. Ella se levanta, me pone una
mano en la frente y dice:
-Tienes
mucho calor. En cuanto pase un rato te vas a la cama, porque debes de estar muy
cansado del viaje.
Cuando
acabamos de cenar, Fernando, el mayor, dice que se va al Casino y la abuela
arma una bronca. Para calmarla nos coge a Rogelio y a mí y dice que nos va a
llevar con él, porque no va más que a tomar café y que volveremos en seguida.
Como es muy temprano la abuela nos deja, y nos explica su combinación:
-Vosotros
venís conmigo y tomáis lo que queráis. Luego yo me iré a ver a la novia y
vosotros le decís a Inés que me ha venido a buscar el tío Paco y que me he ido
con él para arreglar lo de las uvas.
Yo
creía que íbamos a tomar café en el salón de las mesas de mármol, pero Fernando
sigue hasta el fondo y comienza a subir una escalerilla empinada de madera. Me
explica, antes de que yo le pregunte:
-El
salón es el bar para el público. Los socios tenemos otro salón arriba.
El
salón de arriba es tan grande como el salón de abajo y hay en él dos mesas de
billar con los paños remendados, varios veladores redondos de mármol y unas
mesas cuadradas con un tapete verde, donde juegan algunos a las cartas. En el
fondo del salón hay un grupo grande de gente agrupada alrededor de una mesa
sobre la que hay dos lámparas con pantallas verdes, colgadas del techo, y en
la que suena ruido de dinero. Fernando va derecho allí.
La
mesa tiene también un tapete verde y hay dos hombres sentados uno a cada lado
sobre asientos altos. Uno tiene una baraja y otro unos montones muy grandes de
dinero y de billetes delante de él. Rogelio me explica:
-Están
jugando al monte. Ése de la baraja es el banquero y éste de los cuartos el que
paga. Verás. El banquero tiene cuatro cartas sobre la mesa y cada uno apuesta
lo que quiere a una carta. Después, la primera de las cuatro cartas que sale de
la baraja ha ganado y los demás han perdido.
El
banquero extiende las cuatro cartas y dice:
-¡Juego!
Todos
se apresuran a poner pesetas y duros al lado de cada carta. Después dice:
-¡No
va más!
Y
empieza a sacar cartas de la baraja hasta que sale una de las cuatro. Entonces,
el otro recoge casi todos los cuartos y da a los que tenían su dinero en
aquella carta tantas monedas como han puesto. Fernando ha perdido dos duros.
Cuando el banquero vuelve a poner cartas encima de la mesa, pone otros dos. Y
sigue así, perdiendo duros. De pronto se vuelve a nosotros y nos dice que
tomemos café. Rogelio llama al camarero y nos dan unos vasos de café muy malo.
Fernando sigue perdiendo y Rogelio le dice que deje de jugar, pero él no le
hace caso. De repente me llama:
-Tú,
madrileño. ¡Ven aquí!
Me
pone delante un montón de dinero, me sienta en sus rodillas y cuando vuelven a
poner las cartas sobre la mesa, me dice:
-Coge
el dinero que quieras y ponlo al lado de la carta que más te guste.
Hay
un caballo de espadas y yo cojo una peseta y la pongo en una esquina. Fernando
me dice:
-No
tengas miedo, pon duros, todo lo que te dé la gana.
Y
entonces cojo el montón de duros, cuatro o cinco, y lo pongo al lado del
caballo. Toda la mesa me mira, pero yo sé que el caballo va a salir. Muchos que
ya habían jugado quitan su dinero de las cartas elegidas y lo ponen al lado
del mío. El banquero dice de mala gana:
-¿Hemos
terminado? ¡No va más!
Vuelve
la baraja y hay un caballo. A Fernando le pagan tres veces lo que ha puesto y
el banquero tiene que pagar a todo el mundo de muy mal humor. Entonces se
vuelve a Fernando:
-Mira,
los niños no pueden jugar.
Todos
protestan, pero el hombre se empeña en que yo no puedo jugar o que retira las
cartas y deja que los demás sigan jugando. Nos quedamos en una mesita aparte
Rogelio y yo, aburridos.
Al
cabo de un rato muy largo vienen a nuestra mesa Fernando y un hombre gordo que no conozco. Se ponen a hablar de tierras, de
viñas y de pagarés. El hombre gordo le dice a Fernando que le ha dado mucho
dinero ya y que es un menor. Fernando le dice:
-Pero
¿a usted qué le importa? Si yo le firmo a usted con una fecha en la que ya soy
mayor de edad, no hay engaño.
El
hombre gordo replica:
-Y
si te mueres antes, ¿qué pasa? Porque tienes una cara de tísico que no hay por
dónde cogerte.
-No
tenga usted cuidado, que no me muero. Bicho malo nunca muere -agrega riéndose.
El gordo saca del bolsillo unos billetes y un papel sellado. Fernando firma y
el gordo le da los billetes. A mí me choca que el papel no tiene nada escrito.
Fernando le dice al hombre:
-Me
fío en su palabra, ¿eh?
-¿Cuándo
te he engañado yo?
Fernando
vuelve a la mesa de juego y el hombre se pone a explicarnos:
-Tú
eres el nieto de Inés, ¿no? Estás hecho un hombre. Toma para que te compres
algo - y me da un duro-. ¿Te da envidia? -agrega, dirigiéndose a Rogelio-.
Toma, otro para ti. Fernando es un buen chico. Teníamos que arreglar esto de
las uvas y ya está arreglado. Su padre era una buena persona -le pone una mano
en el hombro a Rogelio-. Buenos duros hemos ganado tu padre y yo, chaval; pero,
cuando se llevó a la Inés a su casa, se acabó. Me tomó hincha, porque tu abuela
me ha tenido siempre rabia -me dice a mí- y acabamos regañando tu padre y yo.
Le tenía bien cogido el pan.
Rogelio
se le queda mirando a la cara:
-Deme
usted cinco duros -le dice de pronto. Yo le miro asustado.
-¿Para
qué quieres tú cinco duros, mocoso?
-Me
da usted cinco duros o se lo cuento a la Inés que usted le da dinero a
Fernando. Yo no soy como éste -dice mirándome a mí-. O me da usted los cuartos
o se lo digo a la Inés. Todo el mundo sabe que presta usted dinero y luego se
queda con las tierras.
-Niño,
estas cosas no se dicen. Hay que respetar a las personas mayores. Toma, toma
otro duro y cállate. Y tú también -me dice a mí-. Toma un duro y no le cuentes
nada a la abuela.
Se
levanta de mal humor y le arranca a Fernando de la mesa. Comienzan a discutir,
primero en voz baja, después alzando la voz:
-¡El
que con niños se acuesta, ensuciado amanece! -dice el hombre-. Si no hubieras
traído los mocosos aquí. Sobre todo el nietecito. Tu hermano al fin y al cabo
se le da un duro y se calla, pero de la sanguijuela esa no me fío. En cuanto
llegue a su casa se lo contará a su abuela y tendremos bronca.
Fernando
dice:
-No
tenga usted cuidado. Él, ¿qué sabe?
Vuelve
a nosotros y nos manda a casa: -Ya sabéis, me he quedado comprando uvas.
Cuando salimos a la calle Rogelio me dice:
-Al
tío éste siempre le saco un duro. Es un truco. Pero no le digas nada a Inés,
porque entonces nos quita los cuartos.
Yo
le prometo callarme y atamos los duros en el pañuelo para que no suenen. Cuando
llegamos a casa, la abuela refunfuña porque Fernando no ha venido y nos vamos a
acostar.
Tenemos
una alcoba enjalbegada de cal, con vigas cruzadas en el techo. Una cama enorme,
un orinal tan grande como la cama debajo de ella, dos sillas y un arcón
curvado. Hay una ventana grande a la calle con reja de hierros llena de hojas.
El cuarto está frío y las sábanas, húmedas. El piso es de losas de tierra y
está helado, chorreando agua. Nos desnudamos de prisa y gateamos a la cama,
tan alta como nosotros. Dentro de las sábanas nos vamos calentando. Después de
un rato, el calor de la manta es insoportable. Rogelio me pregunta:
-¿Tienes
calor?
-Estoy
casi sudando -respondo.
-Vamos
a quitarnos la ropa -y se quita el calzoncillo y la camiseta, quedándose en
cueros.
A
mí me da vergüenza, pero si nos hemos bañado en cueros, ¿por qué no desnudarme
ahora? Nos quedamos los dos desnudos dentro de la cama. Rogelio se arrima a
mí. Le arde la piel. Me pasa la mano por el cuerpo y me dice:
-Estás
fresco.
Y
comienza a acariciarme el sexo. Le quito la mano, pero insiste.
-Anda,
hombre, no seas tonto, verás cómo te gusta.
Me
dejo hacer, aturdido de vergüenza, ardiendo. De repente no sé lo que me pasa.
Me vuelvo loco de rabia y comienzo a pegarle en los costados furiosamente,
mientras él, excitadísimo, continúa sin soltarme. Salto de la cama. A los pies
he dejado la correa, colgada de los hierros, y con ella le golpeo furioso en la
cabeza, en los riñones, en los muslos, en la tripa. Chilla y se revuelca en la
cama. Encima de un ojo le cae un hilito de sangre. La abuela viene en camisa
con una palmatoria en la mano, unas zapatillas grandes en los pies. Nos pilla,
él revolcándose en la cama, yo pegando ciego de ira, de rabia y de asco. Me da
dos bofetadas la abuela y me caigo en un rincón llorando. Después, ella en
camisa, nosotros en cueros, vienen las explicaciones. Rogelio calla sentado en
una silla. Yo hablo, hablo mezclando las cosas:
-Mira,
abuela, éste es un guarro. Me ha tocado y quiere hacer cochinerías. Y su
hermano juega. Y todos los chicos del pueblo hacen cochinerías. Tiene una
tarjeta postal de una mujer en cueros...
Lloro
y saco los duros del bolsillo de mi pantalón que voy a buscar a tientas a la
alcoba, hipando. La abuela coge los cuartos y me lleva a su cama, me arropa,
me mete en el hueco de su tripa y me duermo. A Rogelio le ha dado un puntapié
en las nalgas desnudas y la zapatilla ha salido volando por el aire. Yo me he
reído entre mis lágrimas. Me despierta el ruido de la puerta. Vuelve Fernando.
Está amaneciendo y la abuela le chilla desde la cama. Fernando viene borracho.
-Bueno,
bueno, Inés. Déjame en paz. Lo que tengo es sueño.
Se
sienta en la mesa del comedor, se bebe una copa de aguardiente y se duerme
sobre el tablero. La abuela se levanta en camisa, le coge en brazos y le lleva
a su alcoba. Es una cosa rara, a la media luz de la mañana, ver a mi abuela,
tan grande, en camisa blanca hasta los pies, llevando a Fernando en los brazos como
un pelele. Le oigo caer en la cama como un costal y después ronca que se le oye
en toda la casa. Por la calle pasa un carro que hace temblar los vidrios de las
ventanas. El carretero va cantando y mi abuela vuelve a la cama, me coge entre
sus brazos, apoya mi cabeza en su pecho y comienza ella también a canturrear.
Madrid
Capítulo VII
Madrid
huele mejor. No huele a mulas, ni a sudor, ni a humos, ni a corrales sucios con
el olor caliente del estiércol y de las gallinas. Madrid huele a sol por las
mañanas. El gato se queda en una esquina del balcón encima de un cuadrado de
alfombra, asoma la cabeza a la calle por encima del borde de la tabla puesta de
canto contra la barandilla y después se sienta y se duerme. De vez en cuando,
entreabre los ojos de oro y me mira. Los vuelve a cerrar y sigue durmiendo.
Dormido, mueve las ventanillas de la nariz, oliendo las cosas.
Cuando
riegan la calle sube hasta el balcón el olor fresco de la tierra mojada, como
cuando llueve. Cuando sopla el aire del norte, huelen los árboles de la Casa de
Campo. Cuando no hay aire y el barrio está quieto, entonces huelen las maderas
y los yesos de las casas viejas, las ropas limpias tendidas en los balcones,
los tiestos de albahaca. Los muebles viejos de nogal y de caoba sudan la cera y
se les huele por los balcones abiertos, mientras las mujeres limpian. Debajo de
casa hay una cochera de lujo y por las mañanas sacan los coches de charol a las
calles y los riegan y los cepillan, y huelen. Los caballos blancos y castaños,
color canela, salen a pasear tapados con una manta y huelen a pelo caliente.
Al
lado de casa está la plaza de Oriente con su caballo de bronce en medio y sus
reyes de piedra alrededor. Con sus dos pilones de mármol llenos de agua y de
ranas, de sapos cabezotas y de peces. Y a los lados hay dos jardines. La plaza
entera huele a árbol, a agua, a piedra y a bronce. Más allá, enfrente, está el
palacio con su explanada cuadrada -la plaza de Armas- tapizada de arena y
desnuda de árboles, con sus hileras de balcones. Dentro de la plaza reina el
sol desde que sale hasta que se pone, y es como una playa sin mar. Dos cañones
miran al campo y un soldado se pasea entre ellos, de día y de noche, con su
correaje blanco y sus cartucheras barnizadas. Los balcones están en una galería
de bóvedas de piedras espesas, y después de cruzar la llanura de la plaza llena
de sol, se siente en ellas el frío de las cuevas. El aire fresco del Campo del
Moro y de la Casa de Campo entra soplando por los balcones para refrescar la
arena de la plaza.
Asomado
al balcón todo es verde. De espaldas al balcón, todo es amarillo. Verdes los
campos y los bosques, amarillos los granos de arena y los bloques de piedra.
Hay un reloj, tan viejo que sólo tiene una manilla, porque, cuando le hicieron,
los hombres no contaban aún los minutos. Encima un campanil pequeñito con la
sonería del reloj y sus martillos colgados al aire, dispuestos siempre a
golpear las horas. Debajo del reloj, las garitas de piedra gruesa con rendijas
por ventanas y su techo como un colador. Las tres puertas grandes por las
cuales no pasa nadie. Sólo entran a veces los embajadores y los reyes de fuera.
Entonces, los soldados que están en las garitas para que no pase nadie, los
dejan entrar y presentan el fusil recto.
Sobre
la cabeza de los centinelas charlotean las golondrinas. Hay millares. Todos los
rincones de las cien ventanas de la fachada tienen un nido, dos o tres, pegados
unos a otros, con su agujerito, como si fueran bolsos. Tantos hay que las
golondrinas que vinieron más tarde, porque nacieron después, tuvieron que
amasar sus nidos en las bóvedas de las dos galerías de piedra. En las tardes
de verano, cuando cae el sol, aturden con su vuelo rápido de vaivén. Vuelven
mil veces al nido donde también chillan las crías con las cabezas fuera del
agujero de la bolsa esperando, con el pico abierto, el pasar de la madre que
les deja el insecto como si fuera un beso.
Una
vez al día, a las once en punto, entran los soldados atravesando la plaza a
paso lento,
todos de gala. Los de infantería con sus cuatro gastadores delante, las palas y
los picos niquelados a la espalda, después los tambores, las cornetas y la
banda de cobres dorados brillantes al sol y su jefe en medio, tieso, a caballo,
con sus cruces y su espada, la bandera detrás. La caballería con sus corazas
de metal plateado o sus dolmanes de piel; sus cascos de metal o sus gorros de
pelo con una calavera en medio. Los últimos los dos cañones con sus ocho
caballos de ancas cuadradas, sus carritos de hierro cargados de balas y sus
bocas tapadas con una mordaza de cuero lustrado con betún. Enfrente, están las
hileras de los soldados que salen. Las dos banderas se reverencian a través de
la plaza vacía y los jefes a caballo cruzan lentos para reunirse en medio,
emparejarse y contarse al oído el secreto de los que pueden entrar y salir de
palacio. Se saludan con sus espadas desnudas llevadas a la frente y bajadas a los
pies llenando de relámpagos la plaza. Después, los que salen de guardia cruzan
de nuevo la plaza como lo hicieron los que entran, y se pierde en las calles el
ruido de sus cornetas. Las gentes vuelven a llenar la plaza, y los soldados
juegan con las niñeras y con los chicos.
De
noche se queda la plaza vacía, se cierran chirriando las puertas pesadas de
hierro, se duermen los pájaros y todo se vuelve blanco con la luz de la luna.
Desde fuera de la verja, a través de la plaza inmensa se oyen los pasos de los
centinelas en las losas de piedra de las puertas. Fuera, en las anchas aceras
de la calle de Bailén, los focos deslumbran a los centenares de mariposas que
suben de los jardines.
Nuestro
barrio -porque éste es nuestro barrio- se extiende aún por un dédalo de
callejas antiguas hasta la calle Mayor. Son calles estrechas y retorcidas, como
las hacían, no sé por qué, nuestros abuelos. Tienen nombres pintorescos:
primero los santos, Santa Clara, Santiago; después nombres heroicos, Luzón,
Lepanto, Independencia; finalmente los de fantasía: Espejo, Reloj, Escalinata.
Estas calles son las más viejas y las más retorcidas, las que sirven mejor para
jugar a «justicias y ladrones». Tienen solares con vallas rotas y ruinas
dentro, casas viejas con portales vacíos, patios de piedra con árboles
solitarios, placitas más pequeñas que la calle. Se retuercen y se enroscan
favorables al escondite y a la huida.
En
ella jugamos al «te veo». El que se queda espera a oír el grito de la banda que
se dispersa por las callejas:
-¡Te
veooo!
Echa
a correr y detrás de él van surgiendo de los portales los chicos agazapados en
los rincones:
-¡Traspasado,
no visto y salvo!
Sigue
corriendo, husmeando como perro de caza todos los huecos hasta que encuentra
alguno, sorprendido en cuclillas o detrás de alguna puerta carcomida:
-¡Visto!
A
veces los dos gritos coinciden y surge la discusión que acaba a trompazos entre
los dos.
Tenemos
nuestro barrio y nuestra ley. A veces invade nuestro terreno la banda de un
barrio vecino y entonces se defiende el terreno a pedradas que rebotan en las
esquinas. La guerra suele durar días y cuesta chichones y escalabraduras.
Después, los atacantes se cansan y nos dejan en paz. Otras veces somos nosotros
los que atacamos un barrio vecino, porque son unos cobardes o porque han
pegado a uno de los nuestros que ha pasado por ahí. Lo que hay en nuestro
barrio es nuestro.
Son
nuestros los agujeros de la calle donde se juega a las bolas. La barandilla de
la plaza donde se juega a la parva. Las ranas y los sapos -«cabezotas» los
llamamos- del estanque de la plaza de Oriente. El derecho sobre las tablas de
las vallas de los solares que nos cambian por bizcochos rotos en el horno de
la pastelería de la calle del Espejo. Es nuestro el derecho de cazar mariposas
en los focos de la calle del Arenal, el de romper farolas a pedradas y el de
saltar los escalones de la escalinata de la iglesia de Santiago o hacer fogatas
en la plaza de Ramales. Ésta es la ley.
Los
consejos se celebran en la puerta de la yesería. Pablito es el hijo del yesero
y el amo de la puerta. Nos sentamos allí todos y nos pintamos los pantalones de
blanco del yeso caído de los sacos. Pablito es muy rubio, muy flaco, muy chico.
Pero es el peor de todos. Eladio, el chico del tabernero de la calle de la
Independencia, es el más fuerte y el más bruto. Entre los dos suelen resolver
todos nuestros problemas y organizar los juegos o las travesuras. A veces se
anulan el uno al otro.
En
la calle de Lemus hay un solar con la valla rota. Dentro están las cuevas de
una casa derribada de las que nadie se cuida. Un día, Eladio nos desafía a
todos:
-Yo
me meto dentro. Para vencerme me tengo que dar por vencido. Pero si le
escalabro a alguno, ¡que no se queje! También me podéis escalabrar a mí.
Pasa
la valla por uno de sus rotos y se pierde entre las cuevas en las que crece la
hierba y se amontonan los ladrillos y la basura de los que se meten a ensuciar
allí. Y nosotros planeamos el asalto. Él es el «Vivillo»[2]. Nosotros la Guardia
Civil.
Cuando
intentamos entrar por los huecos de la valla, nos recibe el diluvio de piedras
de Eladio, que golpean las tablas, y retrocedemos para aprovisionarnos de
cascotes. La gente se cruza de acera con miedo de recibir una pedrada y nos
chilla. Eladio se defiende heroicamente en sus agujeros, y cada vez que entramos
en el solar tenemos que volver a salir porque tira a dar, con todas sus tuerzas
de hijo de tabernero gallego o asturiano.
Pablito
se sienta detrás de la valla y se pone a pensar. Las aventuras de Dick Navarro
le dan la solución. Encendemos a toda prisa una fogata en la calle y envolvemos
piedras en papeles. Cuando arden bien las tiramos a Eladio que nos llama
cobardes para incitarnos a entrar. El solar está lleno de papeles, de trapos,
de paja, de basuras que los vecinos tiran allí, y pronto empieza a haber
hogueras por todas partes. Unos tiramos piedras con papeles encendidos y otros
solamente piedras en un diluvio que contesta Eladio, rabioso, a ladrillazos,
saltando entre las llamas.
Por
último entramos en grupo cerrado, los bolsillos llenos de piedras, con tablas
de la valla encendidas.
Eladio
se rinde y los vecinos nos echan a puntapiés. Las ruinas comienzan a
incendiarse y el carnicero, el carbonero, el lechero y el tabernero sacan cubos
de agua y los vuelcan de prisa. Tenemos agujeros de chispas en los delantales.
Eladio chilla en la esquina a los vecinos:
-¡Calzonazos!
¡Hijos de zorra!
Todas
las piedras que llevamos en los bolsillos granizan sobre los vecinos y el
barrio entero se convierte en un escándalo de abrir y cerrar puertas y
balcones, persiguiéndonos. El panadero francés de la calle del Espejo nos
persigue con una garrota y le da un palo a «Antoñeja», el más infeliz de todos.
Al
día siguiente, las ruinas están llenas de barro y de humos. Los panes del
francés reciben una carga de boñigas de caballo. Con las manos llenas de
estiércol cogidas en las cuadras de la casa donde yo vivo, hemos llegado en
pandilla y las hemos volcado sobre los panecillos amontonados en el mostrador.
El
francés coge a un chico y le da una paliza con una vara de retama de las que
usa para cocer el pan. Entonces la madre arma un escándalo terrible y baja con
un cuchillo para matar al francés. Todas las mujeres del barrio, y algunos
hombres, quieren asaltar la panadería.
-¡Un
gabacho! ¡Se atreve a pegar a mi hijo!
Los
chicos apedreamos furiosamente la tienda. La gente nos aplaude. Ya nadie se
acuerda del solar. Una vieja le dice a un hombre:
-¿Sabe
usted? Me contaba mi padre, que en gloria esté el pobre, que los franceses
clavaban a los chicos del colegio con la bayoneta en la tripa y los paseaban
así por la calle.
No
perdió la parroquia, porque hacía el mejor pan del barrio. Pero durante semanas
tuvo que aguantar el manoseo de los panecillos.
-¡Jesús!
¡Este pan está crudo! ¡Está quemado! Yo quiero un pan bien cocido.
La
paz vino con una carreta cargada de retama para el horno. La retama está llena
de bellotitas que bailan como perinolas. Los chicos asaltamos el carro de
retamas olientes y pegajosas y elegimos varas y nos llenamos los bolsillos de
bellotas resinosas. El hombre nos dejó hacer pacientemente y los chicos volvimos
a comprar los panecillos calientes de la merienda y a reconocer nuestra culpa.
Faltan
unos días para que empiecen las clases y estos días los paso enteros con el tío
José. Por la mañana coge su bastón de puño de plata -tiene otro de puño de
oro-, cepilla su sombrero hongo de fieltro sedoso con un cepillo chiquito, de
cerdas muy finas, pasándole suavemente por la copa abombada y por las alas
duras y curvadas en el borde. Nos vamos despacio por el sol calle de Campomanes
arriba y hablamos. Me cuenta historias de cuando él era niño. Para mí es
imposible imaginármelo como niño y creo que siempre debió ser tal como le veo
hoy.
-Cuando
yo era como tú ya me ganaba el pan. A los ocho años yo era como esos niños que
has visto en Brunete. Gateaba a las ancas de un burro y bajaba por agua a la
fuente. Llevaba la comida a mi padre y a mis hermanos mayores, allá, a las
tierras donde estaban labrando, y me ocupaba de que el botijo tuviera siempre
agua fresca. No podía, claro es, llevar el arado, pero llevaba el trillo en la
era, y arrancaba las hierbas del campo con una escarda. Segaba y ataba los
haces de espigas que me dejaban en montón los hombres. En la noche me
levantaba a la luz de las estrellas y salía al corral. El caldero del pozo era
tan grande que casi podía yo sentarme dentro de él y estaba siempre sobre el
brocal. Yo le dejaba caer dentro y luego le subía dando contra las paredes.
Pesaba tanto que a veces temía que la cuerda me levantara en el aire y me
metiera en el pozo. Cuando llegaba el caldero a la altura del brocal, tiraba de
él para sentarle en el borde y desde allí, inclinándolo, llenaba los cubos de
agua para las bestias que volvían la cabeza dentro de la cuadra esperándome.
Cuando hacía mucho frío, recogía mi manta de las piedras del hogar y me tumbaba
al lado de las mulas hasta el amanecer.
Cuando
yo le escuchaba me parecía esta vida una vida maravillosa de niño, un juego.
Sabía hablar de los hombres y de las cosas despacio, con la lentitud inexorable
del castellano viejo acostumbrado a ver pasar las horas con la tierra plana
delante de él y forzado a buscar la ciencia en la hierba que se mueve, en el
insecto que salta.
-Cuando
todavía era niño, ya trabajaba como hombre. Comíamos mal, éramos muchos y el
padre separaba los garbanzos amarillos de ictericia y los negros para comer.
Para sembrar quedaban los buenos y de ellos salían garbanzos rosados con el
pellejo como la piel seca de un hombre. La mejor comida era el gazpacho fresco
en el verano y las patatas cocidas de la cena. Ninguno de mis hermanos fue
soldado, pero yo sí y entonces, a los veinte años, empecé a hacer lo que ahora
haces tú: empecé a estudiar. Tenía los dedos gordos y duros de callos y lloraba
de rabia de no poder escribir. Se me escapaban de los dedos los manguilleros
hasta que me hice uno para mí. Entonces aún no se usaban manguilleros como tú
los conoces, más que entre las gentes ricas. Se hacían las plumas de plumas de ave
que había que aprender a cortar con la navaja; y con ellas yo no podía
escribir. También escribíamos con cañas cortadas como plumas. De una caña
gorda me hice una pluma que no se me escapaba ya de los dedos. Pero aunque
estudié mucho, nunca he podido llegar a saber ni la mitad de lo que tú sabes
hoy. Aprendí los números, pero nunca hubiera podido aprender el álgebra
-agregando como para sí mismo-: ¿Cómo se pueden sumar las letras?
-Es
muy fácil, tío -contesto-. Igual que se suman los números se suman las letras.
-Y comienzo, orgulloso, a darle una lección de álgebra elemental. Me escucha,
pero no me comprende. Hace esfuerzos para seguir mis razonamientos y yo casi me
enfado de que no comprenda cosas tan sencillas. Me suelta la mano y lleva la
suya a mi hombro, acariciándome el cuello:
-Es
inútil. Contra esto no podemos nada, ni tú ni yo. Lo que no se aprende de
muchacho, no se aprende de machucho. Parece como si los sesos se endurecieran.
La
plaza del Callao está llena de puestos de libros. Todos los años, cuando van a
empezar las clases, hay feria de libros y Madrid se llena de puestos. Donde más
hay es aquí, que es el barrio de los libreros, y en la Puerta de Atocha. Aquí
llenan la plaza y en la Puerta de Atocha, el paseo del Prado. A mi tío y a mí
nos gusta recorrer los puestos y buscar gangas. Cuando no hay ferias, entramos
en las librerías de la calle de Mesonero Romanos, de la Luna y de la Abada. La
mayoría son barracones de madera en los solares. En la esquina de la calle de
la Luna y de la calle de la Abada está la librería mayor. Es una barraca de
madera, pintada de verde, tan grande como una cochera. El dueño, un viejo, es
amigo de mi tío y, como él, fue labrador; se lían a hablar de sus tiempos y de
la tierra. Yo, mientras, revuelvo todos los libros y hago un montón con los que
me gustan. Son baratos. La mayoría valen diez o quince céntimos. Cuando mi tío
ve el montón se enfada siempre, pero yo sé que el librero no me dejará que me
vaya sin ellos, ni dejará que mi tío separe la mitad. Si no me los compra, él
me los regala. Lo único que hace a veces es quitar libros que no debo leer,
según dice. Lo malo es que luego estos libros no puedo vendérselos. Cuando los
he leído se los llevamos y se los dejamos gratis. También compro yo libros en
la calle de Atocha, pero éstos me los vuelven a comprar por la mitad de lo que
me cuestan.
Hay
un escritor valenciano que se llama Blasco Ibáñez, que ha hecho todos estos
libros. Los curas de mi colegio dicen que es un anarquista muy malo, pero yo no
lo creo. Un día dijo que en España no se leía porque la gente no tenía bastante
dinero para comprar libros. Debe de ser verdad, porque los libros del colegio
cuestan muy caros. Entonces dijo: «Yo voy a dar de leer a los españoles». Y en
la calle de Mesonero Romanos puso una tienda y empezó a hacer libros. Pero no
los libros de él, porque dice que eso no le interesa a nadie, sino los libros
mejores que se encuentran en el mundo. Y todos valen, nuevos, treinta y cinco
céntimos. La gente los compra a millares y cuando los ha leído los vende a los
puestos de libros viejos, y allí los compramos los chicos y los pobres. Así yo
he leído ya a Dickens y a Tolstoi, a Dostoievsky, a Dumas, a Víctor Hugo, a
muchos otros.
En
seguida le han imitado: la Casa Calleja, que hace todos los libros de colegio y
todos los cuentos de niños, ha hecho otra colección que se llama La Novela de Ahora, enfrente de la de
Blasco que se llama La Novela Ilustrada. En
esta colección han publicado muchas cosas de aventuras de Mayne Reid, de Salgari
y también de los clásicos españoles. Y se hacen la competencia los dos, pero
la mayoría de la gente compra todas las semanas las dos colecciones. A los
catalanes les ha dado envidia y la casa Sopena ha empezado a hacer unos tomos
muy gordos con papel muy malo, pero con una portada con muchos colorines. La
gente los compra menos, porque hay pocos que puedan gastarse una peseta que
cuestan. Los albañiles, que son los que más ganan ahora, por la huelga que ha
hecho Pablo Iglesias, que es otro revolucionario como Blasco, ganan sólo cuatro
pesetas el que más, es decir, los oficiales, y siete reales los peones. Así que
claro, muchos compran libros en los puestos de viejo, pero sólo los de quince
céntimos.
Como
el camino de casa al colegio es largo, yo llevo siempre dos o tres novelas para
leer y para cambiarlas con los otros chicos. Pero tenemos que tener cuidado con
los curas del colegio. Cuando nos cogen alguna Novela Ilustrada nos la rompen. Sólo podemos llevar las Novelas de Ahora y los cuadernos de
aventuras de diez céntimos. Con esto me ha pasado una cosa muy graciosa:
En
las dos colecciones se ha publicado la misma obra de Balzac, pero en La Novela Ilustrada se titulaba Eugenia Grandet y en la de Ahora, Los avaros de provincias. Se las
llevé al padre Vesga, que es el más carca de todos los curas nuestros, y le
dije si también tenía que romper aquella Novela
Ilustrada que era la misma que la otra. Se puso conmigo hecho una fiera, me
castigó y se quedó con los dos libros. Después se puso de pie en la tarima y,
dando puñetazos en la mesa y en los dos libros, nos explicó:
-Aquí
tienen ustedes cómo envenenan a los niños. Sí, señores, para que la gente
confunda la edición de la Casa Calleja, que todos ustedes conocen como una casa
cristiana que nunca se permite publicar porquerías como Blasco Ibáñez en su
Novelita Ilustrada que el Santo Padre ha excomulgado, se atreve a copiar la
misma obra cambiándola de nombre. ¡No, señores! No se puede comprar un solo
libro de La Novela Ilustrada, sea el
que sea, porque es dar armas a Satanás. Y si desgraciadamente en su casa ven
ustedes libros como éste, deben decírselo a sus padres y deben romperlos. Aun
cuando sus padres se enfaden.
En
este momento, el cura se transformó en furia y yo creo que si Blasco Ibáñez
hubiera estado allí, le hubiera matado. Habló de él como de un ser terrorífico
que asesinaba a las gentes. Después se volvió hacia mí:
-Usted
-el usted sólo lo empleaba el padre Vesga cuando estaba muy irritado- estará
quince días de rodillas en la clase. Eso le enseñará a no leer estos libros.
Después
vamos a la oficina de mi tío que está en la iglesia de San Martín, en la misma
calle de la Luna. Antes esta iglesia tenía un cementerio en Amaniel, en el que
se enterraba a los que pertenecían a la cofradía de San Martín. Después, el
Estado acordó cerrar este cementerio y no permitir más enterramientos porque ya
estaba lleno. Entonces muchas gentes que tenían allí sus muertos empezaron a
sacarlos y a llevárselos a otros cementerios, para que el día que se murieran
ellos les pudieran enterrar juntos. Mi tío lleva la oficina del cementerio y
allí van a pedir que les dejen sacar a su padre o a su madre o a su abuelo y
llevárselos a otra parte. Esto cuesta mucho dinero, porque en cuanto se quiere
tocar a un muerto, todo el mundo cobra. Hay que pagar derechos al Estado, al
Ayuntamiento de Madrid, los derechos del cementerio de donde se saca y los del
a donde se lleva, los derechos de la parroquia de San Martín, los de la
parroquia donde vivan los que quieren sacar y cada una de las parroquias por
las que pasen los restos, el entierro, el médico forense que va a ver abrir la
sepultura, y además la propiedad de la nueva sepultura. Así que para sacar un
cuerpo hay que gastarse más de mil duros. Al tío José, para que arregle de
prisa el montón de papeles que hay que reunir, le dan propinas hasta de
quinientas pesetas. Luego él se encarga de ir al Ayuntamiento, a los
cementerios y a las parroquias para arreglarlo todo.
Cuando
no hay colegio yo le acompaño y oigo muchas conversaciones que me llaman la
atención. La mayoría de los traslados se hacen a los cementerios de San Isidro
y San Lorenzo. En el cementerio de San Lorenzo hay un capellán muy gordo y muy
alegre que siempre que llegamos nos dice:
-Qué
hay, Pepe, ¿cuántos inquilinos nuevos me traes? Después saca una botella de
vino rancio y unas galletas:
-Vamos
a echar un trago a la salud de los difuntos. -Se llena su vaso primero, se lo
bebe, chasca la lengua y le da un manotón en la espalda a mi tío, agregando-:
Del bueno, ¿eh? Del que uso yo para decir misa. Aquí nunca faltan viejas locas
que se lo regalen a uno. Se sacuden las tres pesetas del responso y para que
tenga más eficacia la recomendación del difunto se traen unas botellitas de vez
en cuando.
Cuando
nos vamos, la botella está vacía, aun cuando mi tío y yo sólo nos hemos bebido
un vasito.
La
oficina de mi tío está en el fondo de un pasillo muy oscuro que hay en la
iglesia y que da a un jardín abandonado hace muchos años. Está lleno de plantas
raras que nacen entre la hierba y se enredan en los pies. Algunas se han subido
a los árboles y a las paredes, así que los árboles y las paredes están llenos
de hojas. En medio hay un pilón redondo que debió de ser una fuente. El agua de
lluvia se queda allí en la taza y ha podrido la piedra. De dentro de la taza
salen plantas que caen por los bordes y llegan al suelo. Y del suelo, algunas
plantas se han agarrado a éstas y han subido hasta la taza. Así que no se sabe
cuáles son las que van de la tierra a la taza o de la taza a la tierra. En la
primavera se llena de flores por todas partes. En las paredes, en los árboles y
en la taza salen campanillas blancas y moradas con pistilos amarillos. Salen
amapolas rojas y naranja. Nacen unas rosas de un rojo muy fuerte pero que son
muy difíciles de coger porque tienen pinchos como cuernos. Cuando llueve, se
llena el jardín de caracoles. Salen millares. Nunca he comprendido de dónde
salen y dónde se meten. Hay lagartos verdes de un palmo de largo y desde la
ventana de la oficina vemos cruzar las ratas del tamaño de garitos. La iglesia
está llena de ratas. Ahora, en el otoño, los árboles se empiezan a poner
amarillos y las hojas se amontonan en el jardín. Cuando se anda por él suenan
como papeles. Después, cuando llueve, se pudren y el piso del jardín está
siempre blando como una alfombra. Los árboles son muy viejos y muy grandes y
tienen pájaros a cientos. Todos los pájaros del barrio, porque aquí no entran
los chicos. Sólo entro yo y un cura muy viejo que lleva muchos años en la
iglesia y al que le gusta sentarse en el jardín a rezar en su breviario. En el
invierno se sienta al sol y muchas veces se duerme. Como la tela negra se pone
muy caliente, las lagartijas se le suben a veces a las rodillas. Cuando se
despierta y las ve, las acaricia y ellas levantan la cabeza como si le miraran
a la cara.
Una
vez hubo un nuevo cura párroco que quiso arreglar el jardín y el cura viejo
daba voces en la sacristía y levantaba su garrota en el aire:
-¡Puñales!
-gritaba-, como me toque el jardín lo muelo a palos.
Como
era tan viejo le dejaron el jardín como él quería. Siempre que me ve a mí, me
llama y me cuenta la historia.
-Estúpidos
-dice-, que creen que lo van a hacer mejor que Dios. Estaría esto bonito con
unas vereditas de chinas y unos arbolitos con el pelo cortado, como si viniera
el barbero por las mañanas. Porque todos estos jardineros no quieren más que
enmendar la plana al Señor. Y cortan las hojas de los árboles para que
parezcan tartas de confitería. A ti, ¿qué te parece? -me pregunta a mí.
-Para
mí es el mejor jardín del mundo, ¿sabe usted?, padre Cesáreo. Aquí puedo andar
por la hierba y coger las flores que me da la gana. Pero en el Retiro, donde
hay árboles cortados como usted dice, no se puede pisar la hierba ni coger una
flor, porque si va uno solo el guarda le da un palo en las costillas, y si va
con una persona mayor, a ésta le cuesta un duro de multa. Además, hay alambres
de espino que en cuanto se distrae uno, se le clavan en las pantorrillas. Por
eso sólo me gusta ir al campo en la Moncloa, que puede correr por la hierba y
hay flores y piñas, y venir aquí al jardín éste.
Pero
no todos los curas son como éste. En la sacristía regañan por las misas y por
ver a quién
le toca salir al confesonario. Hay un cura muy grande que tiene muy mal genio y
que le gusta tanto jugar a las cartas, que los días que le toca su guardia se
mete en la oficina de mi tío a jugar al tresillo. Siempre anda dando cachetes a
los monaguillos y regañando con todo el mundo. Hasta regaña con las mujeres que entran en
la sacristía, a llevar velas: si la vela es delgada, la coge con la punta de
los dedos y dice:
-Señora,
esto es un fideo. O hay poca devoción o hay pocos cuartos. Aunque siempre será
poca devoción; porque para perifollos y polvos, para eso no falta.
Si
la vela es gorda, se enfada lo mismo:
-¿Dónde
quiere usted que metamos esta estaca? Claro, compran ustedes un cirio gordo
para que dure muchos días en el altar luego enseñárselo a todas las vecinas:
¿ve usted aquel cirio que está tan alto y los demás tan chiquitines? Pues es
mío. Y así se dan ustedes postín y cotillean un poco. Lo que se gastan ustedes
en cera lo podían dejar para la iglesia que buena falta le hace.
Lo
más gracioso es que de esta manera saca cuartos a todo el mundo. Después enseña
el duro o las dos pesetas a los otros curas les grita:
-¿Ven
lo idiotas que son ustedes? A esta gente hay que tratarla a patadas. Ustedes
mucho «doña fulana» por aquí y «doña fulana» por allá, mucho besuqueo de
manos, pero dinero poco. Para ordeñar a las vacas hay que apretarles las ubres.
Después
se guarda él el dinero y los demás curas no se atreven a decirle nada. Don
Rafael, que es un cura muy pequeñito y muy tímido, se atrevió un día a decirle
que una de esas limosnas debía ser para el dinero de todos. Lo miró de arriba
abajo como si le fuera a pegar y sacó el duro de la sotana. Lo enseñó en la
palma de la mano y dijo:
-Este
duro me lo he ganado yo y el que quiera duros que los gane. No estaría mal que
yo les llenara los bolsillos a ustedes. ¡Nequaquam! -agregó y se volvió a
guardar el duro en la sotana. En la iglesia hay un sillero que sirve de
portero y de guarda de la sacristía y de las oficinas; durante las misas recorre
la iglesia entre la gente con un cepillo para que cada uno eche en él la perra
chica de la silla. Es un buen oficio. Mucha gente le da diez céntimos para que
le guarde una silla con reclinatorio y otros le dan recados y cartas para las
novias y la propina es entonces una o dos pesetas. Él coge la carta, y cuando
viene la novia a oír misa, va a cobrarle la silla, le guiña un ojo y se la da.
Ella le da otra propina. El dinero lo sacan los curas del cepillo en la
sacristía abriendo un candado que tiene, pero el sillero sisa siempre. Tiene
una ballena de corsé y le pone un pegotito de pez caliente en la punta. Le mete
por la ranura del cepillo y deja que se enfríe dentro la pez. Así se pegan las
monedas y las va sacando una a una.
Por
la tarde, cuando el tío sale de la oficina, vamos al cine del Callao. Este cine
es una barraca muy grande de madera y de lona. En la puerta tiene un órgano con
muchos tambores, flautas y cornetas, y unas figuras vestidas de pajes, que dan
vueltas sobre un pie, hacen una reverencia con la cabeza y tocan un instrumento
con las manos. Una tiene un tambor, otra una lira de timbres y otra una
pandereta. Encima de todas hay otra con una batuta que dirige la música. Detrás
está la maquinaria con un cajón muy alto en el que está una tira de papel muy
grande, llena de agujeros, que va pasando por un peine y cayendo en otro cajón
que hay al lado. Cuando pasa por el peine, que también está lleno de agujeros,
el aire entra por el agujero del papel y hace sonar un instrumento del órgano.
Dentro
está lleno de bancos de madera y en el fondo está el telón y el explicador. El
explicador es un hombre muy gracioso que va explicando la película y que hace
chistes con las cosas que aparecen en la pantalla. La gente le aplaude mucho,
sobre todo con las películas de Toribio. Toribio le llama la gente, pero es un
francés que se llama André Deed y que siempre hace cosas de risa. También hay
películas de Pathé de animales y de flores, donde se ve cómo viven los
bichos y cómo crecen las flores. Una vez he visto un huevo de gallina, con su
clara y su yema muy grandes que llenaban el telón. Se empezaba a mover
despacito y a cambiar de forma. Primero salía como un ojo y luego se iba
formando el pollito, hasta que ya estaba formado y picaba el huevo, lo rompía
y salía con un cacho de cascara pegado atrás. También se ve a los reyes en las
carreras de caballos y otras películas de los reyes que hay en el extranjero y
de otras personas.
El
dueño del cine, que ya nos conoce, es un hombre muy bueno que ha estado muchos
años en Francia. Se llama Gimeno y a los chicos les cobra, los jueves por la
tarde que no hay colegio, cinco céntimos por entrar. Cuando ve que algún chico
da vueltas alrededor del órgano sin entrar, le pregunta:
-¿Por
qué no entras?
-No
tengo cuartos -dice el chico.
Lo
mira y si no es un golfillo le dice:
-Anda,
pasa.
Otros
chicos que no tienen cuartos se los piden a la gente que pasa por allí, y
muchos por una perra chica les compran el billete de entrada. Así que los
jueves se llena el cine de chicos; los pasillos también, donde se ponen de pie
los que ya no caben en los bancos. Las personas mayores no quieren ir los
jueves por el escándalo que se arma, porque todos los chicos chillan y alborotan.
Pero el señor Gimeno es el día que más disfruta. Lo mismo le pasa al
explicador, los jueves es el día que hace más chistes y cuenta más historias
disparatadas.
Vamos
también, a veces, a otros sitios de Madrid: al Retiro cuando hay música o a los
jardines del Buen Retiro que están delante del Retiro. Allí también hay música
y casi todos los veranos viene un circo de fieras. Hay un domador español que
dicen es el mejor del mundo; se llama Malleu y tiene un león que nadie se
atreve a entrar en su jaula. En el circo de Parish había otro domador y Malleu
le ofreció mil pesetas si entraba en la jaula de su león. No se atrevió a
entrar y todo el mundo iba a ver a Malleu. También vamos al circo de Parish,
pero sólo cuando no hay cosas peligrosas, porque una vez se mató una muchacha
que se llamaba Mina-Alis que daba la vuelta en un círculo de madera montada en
un automóvil y mi tío no quiere que vaya a ver matarse a nadie.
Es difícil volver atrás.
Si se mira al cielo, se ven cabalgatas de
nubes que amasa el aire, sin cansarse de darles forma. O se ve sólo un fanal
azul que vibra con el sol. De noche es igual, aunque el sol se ha escondido y
son las estrellas y la luna las únicas que alumbran: invisibles, de día y de
noche, en este cielo cabalgan las ondas.
De toda la tierra se tiran voces y
canciones al aire, a voleo, mezcladas, amasadas como las nubes por el viento.
Un hilo de cobre tendido sobre el tejado de una casa los recoge todos, y se
estremece su cuerpecillo delgado de alambre al choque. Hay un ánodo y un
cátodo. Se tiran uno a otro estas voces y estos cantos tal como vienen,
mezclados en oleadas, y la mano paciente del que escucha va regulando el saltar
loco de los electrones para aislar una voz o una partitura. Pero siempre hay un
fondo de ruido que domina a todos. Una onda más tenaz que las demás que se oye
siempre.
Madrid viejo, mi Madrid de niño, es una
oleada de nubes o de ondas. No sé. Pero, sobre todos los blancos y los azules,
sobre todos los cantos, sobre todos los sones, sobre todas las ondas, hay un leit motiv: AVAPIÉS
Madrid
terminaba allí entonces. Era el fin de Madrid y el fin del mundo. Con ese
espíritu crítico del pueblo que encuentra la justa palabra, que ya hace dos mil
años se llamaba la voz de Dios -Vox
populi, vox Dei-, el pueblo había bautizado los confines del barrio. Había
las «Américas» y había además el «Mundo Nuevo». Y efectivamente, aquél era otro
mundo. Hasta allá navegaba la civilización, llegaba la ciudad. Y allí se
acababa.
Allí
empezaba el mundo de las cosas y de los seres absurdos. La ciudad tiraba sus
cenizas y su espuma allí. La nación también. Era un reflujo de la cocción de
Madrid del centro a la periferia y un reflujo de la cocción de España, de la
periferia al centro. Las dos olas se encontraban y formaban un anillo que
abrazaba la ciudad. En aquella barrera viva sólo entraban los iniciados, la
Guardia Civil y nosotros, los chicos. Barrancos y laderas de espigas
eternamente amarillas, siempre secas y siempre ásperas. Humos de fábrica y
regueros de establos malolientes. Pegujales de tierra aterronada, negra y
podrida, arroyos sucios y grietas resecas, árboles epilépticos y espinos y
cardos hostiles, perros flacos de costillas en punta, palos de telégrafo
polvorientos, con las tazas de cristal rotas, cabras comedoras de papel viejo,
botes de conserva vacíos y roñosos, chozas hundidas de rodillas en la tierra.
Gitanos con las patillas en hacha, gitanas de faldas de colorines manchadas de
mugre, mendigos de barbas y piojos espesos, chiquillos todo trasero y todo
tripa con los cagajones chorreando en los muslos y el botón del ombligo
saliente en la bomba morena de la panza. Se llamaba el Barrio de las Injurias.
Era
el punto más bajo de la escala social que empezaba en la plaza de Oriente, en
el palacio con sus puertas abiertas a los cascos de plumas y a los escotes
embrillantados, y terminaba en Avapiés, que escupía el detritus final al otro
mundo, a las Américas, al Mundo Nuevo.
Avapiés
era, por tanto, el fiel de la balanza, el punto crucial entre el ser y el no
ser. Al Avapiés se llegaba de arriba o de abajo. El que llegaba de arriba había
bajado el último escalón que le quedaba antes de hundirse del todo. El que
llegaba de abajo había subido el primer escalón para llegar a todo. Millonarios
han pasado por el Avapiés antes de cruzar la Ronda y convertirse en mendigos
borrachos. Traperos, cogedores de colillas y de papeles sucios de gargajos y de
pisotones, subieron el escalón del Avapiés y llegaron a millonarios. Así que
en Avapiés se encuentran todos los orgullos: el de haber sido todo y no querer
ser nada, el de no haber sido nada y querer ser todo.
En
este choque de fuerzas tremendas y absurdamente crueles la vida no sería
posible. Pero las dos olas no llegan nunca a estrellarse. Entre ellas se
interpone una playa compacta y serena que absorbe los dos choques y los
convierte en corrientes que fluyen y refluyen. El Avapiés entero es un bloque
de trabajo.
En
sus casas construidas como galerías de cárcel, con sus pasillos abiertos al
aire y su retrete común, una puerta y una ventana por celda, viven el albañil,
el herrero, el carpintero, el vendedor de periódicos, el ciego de la esquina,
el arruinado, el trapero y el poeta. Y en el patio empedrado de cantos
redondos, con una fuente goteante en medio, se cruzan todas las lenguas del
mismo idioma: la atildada del señor, la desgarrada del chulo, el argot del
ladrón y el mendigo, la rebuscada del escritor en cierne. Se oyen las
blasfemias más horribles y las frases más delicadas.
Todos
los días, durante muchos años de mi vida de niño, he bajado desde las puertas
del Palacio Real a las puertas del Mundo Nuevo y he subido a la inversa. A
veces he entrado en el palacio y he visto en las galerías de mármol flanqueadas
de alabarderos el desfile de los reyes y príncipes y grandes de España. Y a
veces he entrado en los confines del mundo de nadie, más allá del Mundo Nuevo,
y he visto a los gitanos en cueros al sol matando sus piojos arrancados, uno a
uno, de sus pelos por los dedos negros de la madre o de la hermana; a los
traperos separando del montón de basura el montón de comida para ellos y para
sus bestias y los restos vendibles que proporcionaban unos céntimos de
ganancia.
Y
me he batido a pedradas con las crías de gitanos y traperos o he jugado
ceremonioso al marro y a las cuatro esquinas con los niños de blusas bordadas,
pelos rizados y cuellos blancos con chalina de seda.
Si
resuena el Avapiés en mí, como fondo sobre todas las resonancias de mi vida,
es por dos razones:
Allí
aprendí todo lo que sé, lo bueno y lo malo. A rezar a Dios y a maldecirle. A
odiar y a querer. A ver la vida cruda y desnuda, tal como es. Y a sentir el
ansia infinita de subir y ayudar a subir a todos el escalón de más arriba. Ésta
es una razón.
La
otra razón es que allí vivió mi madre. Pero esta razón es mía.
El Colegio
Capitulo VIII
A las siete en punto de la mañana empieza la misa. Se
pasa lista desde las siete menos cuarto a las siete y los chicos vamos entrando
en la iglesia en los minutos intermedios. Cuando sólo faltan dos minutos, un
minuto, treinta segundos, entramos en aluvión. El reloj de la torre, tan
grande, nos deja ver cuál es el último momento en que hay que suspender el
juego y entrar. En el invierno, entramos antes, porque en la corrala las
piedras están cubiertas de hielo y la fuente tiene carámbanos alrededor.
Dentro
de la iglesia, a partir del último escalón del altar mayor y de su barandilla
de hierro con pasamanos de bronce, se forman las filas. A medida que vamos
entrando, cada uno se coloca en el último sitio y el cura que está al lado de
cada fila, le hace una cruz en la lista. De izquierda a derecha del altar, se
forman primero las filas de los niños pobres por clases: «Carteles», «segunda
de leer», «tercera de leer», «primera, segunda y tercera de escribir». Seis
clases que reúnen seiscientos chicos. Después, por una puerta lateral de la
iglesia sale otra fila de chicos, los de paga, que se van dividiendo también en
hileras de clases: las seis clases de los seis años del bachillerato y dos
clases de párvulos, unos internos y otros medio pensionistas que comen en el
colegio pero duermen en sus casas. En total catorce filas y catorce curas para
guardarlas. Mil doscientos o mil quinientos niños.
A
las seis de la mañana los ochenta curas del colegio oyen misa en su capilla y
salen de allí en fila de a dos. Cuando se acaba la misa de los chicos, entramos
todos en el colegio en filas de a dos y así entramos en cada clase. A media
mañana y a media tarde formamos filas de a dos y salimos a los patios a jugar.
Después de jugar volvemos a formar en filas dobles y a volver a la clase.
Cuando se acaban las clases, en el claustro se forman filas por calles y
salimos del colegio de dos en dos, cada calle con un cura, que no nos suelta
hasta que estamos lejos del edificio. Después los curas vuelven al colegio por
las calles del Avapiés y se reúnen en una fila de dos para comer. Por la noche
cenan así y después rezan en la capilla antes de acostarse.
Se
prohíbe adelantarse unos a otros en la fila. Los amigos que se encuentran
separados porque no llegaron a misa a la misma hora tienen que ir corriendo
puestos con la complicidad de todos y si los ve el cura les da un cachete y los
manda al último puesto. Tampoco los curas pueden saltar puestos: los más viejos
forman los primeros y los últimos son los que aún no han cantado misa y sólo
sirven para enseñar a leer a los niños pobres, más chicos y más torpes, que
todavía se ensucian en la clase.
En
la parada en el Palacio Real es lo mismo: los soldados van en las filas,
delante el capitán, los sargentos y los cabos. Los primeros son los gastadores,
los soldados más viejos y por último los quintos que no saben llevar el paso y
a los que ya no llega la música, a los que ya no mira la gente. En la cárcel Modelo
de Madrid, salen a pasear los presos y a comer y a oír misa en filas de a dos.
Y primero van los más viejos, los últimos los chicos, los «micos» como los
llaman ellos. En las procesiones van primero en las dos hileras los canónigos
gordos de bonete morado, después los de bonete azul y por último los simples
curas de bonete negro. Detrás, los señores de las cofradías más gordos y más
viejos con sus escapularios y sus velas. Después los jóvenes, luego las beatas
viejas y después las jóvenes, detrás los niños y las niñas que tienen
uniforme, y por último los de las escuelas pobres con sus delantales limpios,
sus lazos y sus velas rotas.
En
la taquilla del Teatro Real, se forma la cola de uno en uno y los que tienen
dinero compran los primeros puestos y se quedan delante. Si alguien intenta
ganar puestos, lo impiden los guardias, igual que en la procesión los curas que
recorren las filas impiden que se adelanten los niños, y los sargentos y los
capitanes impiden que un soldado avance medio paso más que otro.
Lo
primero que se aprende es a estar en fila, en silencio: ¡Orden! ¡Silencio!,
gritan en todas las filas curas, capitanes y carceleros. El puesto adquirido
en la fila es un privilegio. El número uno, sea el cabo de gastadores, el
canónigo de sotana morada y cruz de amatistas, el ladrón veterano y el chico
espabilado, se siente orgulloso y va con la cabeza alta mirando a la gente de
la calle y de los balcones. Los últimos, el curilla que acaba de lograr un
puesto en una parroquia humilde de Madrid, el recluta que forma por primera vez
con el regimiento, el último de la clase, el aprendiz de ladrón que cogieron
robando un pañuelo, van en la cola con la cabeza gacha contemplando la espalda
del penúltimo, seguros de que nadie los ve, porque ellos no ven a nadie.
Antes
que aprender la letra a se aprende a
estar en fila, callado. Luego se aprende a leer. Tan estúpidamente como se leen
las muestras de las tiendas al pasar por la calle, o los anuncios luminosos
mecánicamente, sin saber lo que dicen, enterándose de ello no obstante, y
sometiéndose a ir donde el anuncio indica cuándo hacen falta las pastillas
para la tos o la entrada del cine, igual, se coge un puesto en la fila de la
vida y mecánicamente se sigue detrás de los que van delante y delante de los
que van detrás sin rebelarse. Pobres de los que intentan ganar puestos. El
orden que todos los demás mamaron en la escuela, en la iglesia, en el cuartel,
en la cárcel y en la tienda de comestibles donde compran las salchichas,
estalla. Todos se sienten cura, furriel, carcelero y guardia, y a empujones y
patadas le vuelven a su sitio en nombre del orden. Como soy el primero de la
clase, soy el primero en las filas. Le veo al cura decir la misa y le oigo
todos sus latines. Pero para no perder el privilegio tengo que entrar antes
que ninguno y jugar menos que ninguno. Cuando me entretengo me recibe el cura
con la cara fosca y me regaña:
-¿No
te da vergüenza venir ahora?
Me
apunta en el cuaderno el número catorce o quince de la fila y en vez de entrar
en la clase con el número uno entro con el catorce y tengo que disputar a los
trece de adelante el puesto, porque el puesto en la iglesia se cuenta igual que
el saber en la clase. Así, aunque yo fuera tan listo como soy, si llegara el
último a misa sería siempre el último en clase.
Pero
ahora estoy en una condición excepcional. Mejor dicho: estamos tres, Cerdeño,
Sastre y yo. No tenemos fila. Nos quedamos detrás de todos en un grupito donde
nadie nos ve ni nos mira y donde podemos hablar de rodillas, sentándonos sobre
los talones de las botas, con los mil chicos delante y los catorce curas de
pie, sobresaliendo con sus sotanas negras sobre las cabezas de los chicos.
Los
tres somos niños pobres. Los tres hemos ganado matrículas de honor en el
Instituto de San Isidro y el colegio nos seguirá enseñando el bachillerato
gratuitamente. Como sólo hay clases de bachillerato para los niños ricos,
estamos en las mismas clases que ellos, pero como los niños pobres no se pueden
mezclar con los ricos porque sería mal ejemplo y como tampoco podemos ya
mezclarnos con los pobres porque no pertenecemos a sus clases, y además los
pobres y los ricos están en pisos distintos del colegio, no tenemos fila ni
puesto en las filas. Oímos la misa aparte y salimos a la calle solos. A la hora
del recreo, los niños ricos no juegan con nosotros y jugamos solos los tres.
En
la clase somos los tres primeros por el derecho de las matrículas y nadie
puede quitarnos de allí, aunque todos están contra nosotros; pero nosotros
estamos contra todos. Cuando uno de nosotros se ve en un apuro, los otros dos,
con la cabeza baja leyendo el libro, le apuntan bajito o le escriben en un
papel la respuesta. Le basta bajar los ojos y leer o escuchar. Cerdeño, que es
también hijo de una viuda, sigue comiendo la comida que el colegio da a los
niños pobres. Pero los chicos pobres que comen en el colegio se burlan y ha
dejado de bajar a comer. El padre Joaquín que está de semana para dar la comida
ha notado las faltas y le ha preguntado por qué no va. Entonces nos enteramos
que lleva tres días sin comer, y el padre Joaquín acuerda que le den a él solo
la comida en la cocina. Sale ganando porque el cocinero le da también un
puchero lleno de comida para su casa.
Ya
no podemos jugar más en la corrala. Los chicos pobres nos consideran de otra
casta, nos rechazan en sus juegos. Aun a veces han intentado pegar a alguno de
nosotros, pero como siempre vamos tres nos defendemos. Lo peor es para Cerdeño
y para Sastre; yo no vivo en el barrio como ellos. No sólo no les dejan jugar
los chicos de su calle, sino que hasta sus madres tienen broncas con las
vecinas porque las otras dicen que se han vuelto señoritos. Algunas comadres
agregan «qué sabe Dios por qué estará el niño con los niños ricos». De los tres
soy el que menos siente el cambio y el que antes hace contacto con los de paga.
El
primero que viene a mí es un chico fuerte, el más fuerte de la clase y el más
torpe. Es hijo de un dueño de minas asturiano. Su padre quiere que sea médico.
Pero el pobre no puede aprender nada. Viene hacia nosotros tres en el recreo y
me llama a un lado:
-Mira,
yo necesito saber cómo te las arreglas tú para estudiar. Estoy harto de que me
castiguen y necesito saberlo. En cambio nadie se meterá contigo y jugarás con
nosotros, porque yo haré que te dejen los demás.
Yo
le contesto la verdad: -Pues mira, no te lo puedo decir, porque yo no estudio.
Abre
los ojos y se pone encarnado de rabia, porque cree que me burlo de él y tengo
que explicárselo:
-Es
verdad, yo no necesito estudiar. Si leo un libro o una lección una sola vez, se
me queda en la cabeza y ya no se me vuelve a olvidar. Cuando el padre Pinilla
explica la lección de matemáticas para mañana», la comprendo y no necesito
coger el libro. Yo creo que esto de aprender o no, es como nacer jorobado, que
no tiene remedio.
-Tienes
razón. Mi padre se empeña en que yo sea médico y por eso me ha metido aquí
interno. Tenemos dos horas de estudio por la mañana y dos por la noche y yo me
leo veinte veces la lección y me la escribo y llego a aprendérmela de memoria
con puntos y comas. Pero no entiendo una sola palabra. Verás -y me dice de
memoria sin equivocarse en una frase la lección completa sobre las ecuaciones
de primer grado. Cuando acaba, agrega mitad triste y mitad orgulloso-: Ves, me
la sé toda, pero no sé absolutamente nada, porque no comprendo qué quieren
decir estas letras. Y claro, luego ponen los problemas y no sé cómo
resolverlos. Igual me pasa con todo. Después, a fin de curso me dan suspenso y
viene mi padre y me pega en la sala de visitas y me deja aquí sin llevarme al
pueblo. En el colegio, como tú sabes, me quedo casi siempre sin postre en la
comida y sin recreo. Y yo no tengo la culpa.
Por
él empezamos los tres a jugar con todos. Yo le enseño geografía dibujándole los
mapas y geometría cortándole en cartulina los sólidos. Tiene mucha habilidad
en las manos y aprende así fácilmente.
El
colegio está al final de la calle de Mesón de Paredes en el Avapiés. Es un
antiguo convento de frailes que hace cincuenta años se quedó vacío porque hubo
una revolución y a todos los frailes les cortaron el pescuezo. Después vinieron
los escolapios y pusieron allí el colegio que se llama Escuela Pía de San
Fernando. No son frailes como los demás. Son curas que viven juntos y se
dedican a la enseñanza, pero cada uno puede entrar y salir sin dar cuentas a
nadie. Lo único que hacen es no dejar entrar a las mujeres en los claustros
donde viven.
Cada cura tiene un cuarto con una ventana,
dividido en un despacho y una alcoba y amueblado a su gusto. Los hay muy
religiosos como el padre Vesga que duerme en una tarima de madera con un banco
chiquitito de almohada y se pone un traje de saco y un cilicio para dormir. Los
hay presumidos como el padre Fidel que tiene muebles de caoba y un reloj grande
de péndulo con esfera luminosa.
El
padre Joaquín tiene el despacho casi desnudo de cosas; no tiene más que la
mesa, los libros en una estantería de pino y un atril para el papel de música,
porque le gusta tocar el oboe. Tiene abierta la ventana de día y de noche y ha
acostumbrado a los pájaros a que entren y salgan. Les da de comer en el cuarto
y a veces le ensucian los papeles de la mesa hasta cuando está escribiendo.
Pero no se enfada nunca. Cuando se pone a tocar el oboe vienen los pájaros y
las palomas y se ponen en el marco de la ventana a escuchar. No le gustan más
que los bichos y los libros y cuando no está en el colegio se le encuentra
siempre en los puestos de libros viejos del Prado o en la casa de fieras. Es un
vasco muy grande con la cabeza pequeñita, como todos los vascos, y un cuerpo
gigante. Cuando pega a algún chico le da con la punta de los dedos en la cabeza
y es como si le diera con los nudillos. Es nuestro profesor de geografía y de
historia. Los chicos lo queremos mucho porque es muy bueno y además en el
recreo juega siempre con nosotros en lugar de pasearse con los otros curas o de
rezar en el breviario. Se quita la sotana, se queda en mangas de camisa y se
pone a jugar a la pelota o a tirar a la cuerda. Entre todos los chicos de la
clase no podemos muchas veces arrastrarle a él solo. Cuando volvemos a la clase
vuelve muy colorado, sudando; se sienta a la mesa y dice:
-Bueno,
ahora se han acabado los juegos.
Y
nos cuenta la historia del rey que se murió por jugar a la pelota y beberse un
vaso de agua fría. Así que con él se aprende sin enterarse, porque todo lo
explica como si fueran cuentos.
El
padre Pinilla es el profesor de matemáticas. Pero ha aprendido las matemáticas
cuando yo. Cuando un cura de los que quieren ser escolapios está a punto de
cantar misa o acaba de cantarla, le mandan a uno de los colegios y allí empieza
a dar clase a los párvulos para enseñarles a leer. Cuando ya ha terminado sus
estudios de la carrera de cura, se pone a estudiar para enseñar otras cosas y a
medida que aprende le van pasando de clase hasta que llega a las últimas.
Cuando al padre Pinilla le hicieron profesor de matemáticas, estudiaba en su
cuarto los mismos libros que nosotros para poder darnos la lección. Los curas
no necesitan ser maestros para enseñar. Así que el rector manda a un cura que
se encargue de la clase de matemáticas o de otra y él se las compone como
puede. Por esto, una vez ha ocurrido que yo, que tengo mucha facilidad para las
matemáticas, sabía resolver un problema que él no podía resolver. Entonces,
le dio mucha rabia y estuvo enfadado conmigo cuatro o cinco días.
El
padre Vesga es un pobre tipo pequeñito, delgado, con la cabeza cana rapada
siempre al cero. Todo en él es pequeñito; tiene un cuaderno de notas en papel
cuadriculado del tamaño más pequeño que hay, con un lapicero chiquitín que
acaba en una punta como un alfiler y siempre está anotando cosas. Tiene un
reloj de bolsillo, que es un reloj pequeño de señora, de plata. Lleva unas
gafas antiguas de cristales ovalados también pequeñitos y anda a pasitos
cortos sin meter nunca ruido. Por las mañanas se levanta al amanecer y recorre
los claustros buscando trozos de papel, colillas o rincones de polvo para
regañar a los criados que hay en el colegio. Después se va a la iglesia y hace
lo mismo con los monaguillos. Por último, se suele estar confesando viejas
beatas que son las únicas que se confiesan con él. Siempre anda solo porque los
chicos no queremos subir a su cuarto y los demás curas tampoco van a verle ni
quieren tener conversaciones con él. Dicen que es jesuita y que muchas tardes
va a la iglesia de los jesuitas de la calle de la Flor, donde tienen el
convento, y allí cuenta todo lo que se hace en el colegio.
Las confesiones suyas son siempre muy largas y
muchas veces le oímos hablar en voz baja muy de prisa, aunque no se le entiende,
como si regañara. A una de las viejas que confiesa, le oímos decir un día muy
enfadado:
-Hoy
no le doy a usted la comunión y besará usted cien veces las piedras del altar
mayor.
La
pobre vieja estuvo delante de todos los chicos subiendo y bajando, dando besos
a los tres escalones del altar mayor más de media hora y se marchó llorando
porque no podía comulgar.
Esto
de hacer las cosas por cientos de veces es una de sus manías. Es el profesor
de religión y nos hace aprender de memoria las lecciones sin olvidar una
palabra. Cuando nos toma la lección, abre el libro y va leyendo lo que
decimos; cuando nos saltamos una palabra, nos la manda escribir cien veces.
Cuando nos saltamos más de tres, nos hace escribir cien veces la lección. Se
empeñó en que teníamos que aprender el credo en latín. Al día siguiente nos
equivocamos todos y nos mandó escribirlo cincuenta veces. Los chicos acordamos
no hacerlo. Cuando vio al día siguiente que no le llevábamos escrito ninguno,
nos puso en fila y nos tuvo en el claustro escribiendo en el suelo a gatas,
hasta que casi de noche vino el padre prefecto y nos encontró allí a todos
tirados por las piedras. Nos mandó a casa y le soltó una bronca formidable.
Al
hijo del tabernero de la calle de Mesón de Paredes le pegó su padre una paliza,
porque creyó que se había ido a las pedreas del Mundo Nuevo. De rabia se trajo
tres chinches gordas de dibujo de las que emplea su padre para clavar los
carteles de toros en la taberna y se las puso en el sillón al padre Vesga.
Cuando se sentó pegó un brinco y se tuvo que arrancar las tres tachuelas. Se
puso morado de rabia, que no podía hablar, y preguntó luego quién había sido.
Nos callamos todos, pero el chico se levantó muy serio y le dijo:
-He
sido yo.
-Tú, tú, ¿y por qué? -y
le zarandeaba como un muñeco. El chico le contestó también muy rabioso:
-Porque
es usted un tío ladrón; por culpa suya me ha dado ayer mi padre una paliza.
Como me toque usted, le juro, por éstas, que le pego una pedrada que le mato,
en cuanto le vea en la calle.
El
padre Vesga llamó al tabernero. En la sala de visitas el tabernero le dio una
mano de bofetadas al chico, diciéndole al padre Vesga que si quería le podía
matar a palos, porque era un golfo que no podía hacer carrera de él.
El
padre Vesga volvió con el chico a la clase y todos estábamos muy asustados.
Tenía el chico los carrillos y las orejas muy coloradas y un labio roto,
saliéndole la sangre. Le dejó al lado de la tarima y nos soltó un discurso:
-Ahí
tienen ustedes al réprobo, que su propio padre tiene que repudiar como la mala
semilla. Un verdadero hijo de Satanás, indigno de estar entre los seres
humanos... -Y así siguió media hora.
Se
quedó pensando qué iba a hacer con él y todos nosotros en silencio, callados de
miedo. De repente, se levantó y cogió dos carteras de las más grandes que
encontró entre los chicos y las llenó de libros. Le puso los brazos en cruz y
en cada mano le colgó una de las carteras. Se quitó un alfiler de la sotana y
se puso detrás de él. Como las carteras pesaban mucho, el chico bajaba los
brazos y cada vez que los bajaba el cura le pinchaba con el alfiler en los
sobacos. El chico se puso a llorar y acabó por tirar las carteras y decir que
no le daba la gana de cogerlas. Entonces el padre Vesga cogió el puntero y
empezó como loco a darle palos. Se abrió la puerta y entró el padre prefecto.
Vio todo aquello y preguntó a los chicos qué pasaba. Se puso muy serio y se
sentó en la mesa del profesor. Cuando se enteró de todo, nos mandó salir al
patio y se encerró con el cura. No hubo clase aquel día y al día siguiente el
padre Vesga no decía una palabra. Estaba con cara de malas pulgas. En cuanto
uno se equivocaba en la lección, decía muy frío:
-Para
mañana escrita doscientas veces -y lo anotaba en su librito.
Después,
los criados les contaron a los mayores que el padre prefecto le había castigado
a hacer penitencia en la iglesia, solo, de rodillas en medio del altar con los
brazos en cruz y que le había dicho que si no estaba conforme, podía pedir el
traslado a otro colegio, porque él estaba harto de jesuitas.
Al
padre prefecto le quieren todos los chicos y todo el barrio. Es un viejecito
muy tieso con el pelo blanco rizado en caracoles. Las mujeres del barrio
vienen a contarle todos sus apuros. Unas para que le den la comida en el
colegio al chico, porque no tienen dinero. Otras para que le den ropa. Algunas
le cuentan en confesión sus disgustos con el marido y, entonces, él se va por
la tarde a visitarlos en las casas de vecindad y les suelta un sermón a los
maridos, porque se emborrachan o porque le pegan a la mujer. Casi todos los
disgustos son porque el marido se gasta el jornal en la taberna y pega a la
mujer y a los hijos. También porque las hijas jóvenes se escapan con el novio.
Entonces los coge a los dos muchachos y los casa. Así que cuando va por la
calle del Avapiés, le saluda todo el mundo y hasta las verduleras que siempre
están blasfemando, vienen a besarle la mano. Y se queda sin los cuartos que
lleva porque todos vienen a pedirle algo. El padre Fidel es el profesor de
gramática y de filosofía. Es un hombre muy joven y muy cariñoso, pero muy
nervioso. A veces parece que le dan venas de loco: coge a un chico y le
acaricia y le besa. Otras se queda mirando sin ver y durante media clase no
hacemos nada. Nos dice:
-A
estudiar -y se queda con los codos en la mesa sin saberse qué piensa.
Una
temporada le dio por darse unos paseos tremendos y otra por encerrarse en su
cuarto con llave. Algunas veces he subido yo y parecía que había llorado.
Cuando se pone así le tiemblan el labio inferior y las manos, que las tiene muy
largas y muy finas. Muchas veces tiene fiebres que le queman. Hablando un día
el portero con uno de los criados, decía éste:
-El
padre Fidel está loco. Ahora le ha dado por dormir sin colchón de lana y
duerme sobre el colchón de muelles.
-No
está loco, lo que pasa es que necesita una buena tía. En cuanto haga lo que el
padre Pinilla, se le quita eso.
El
padre Pinilla salía algunas veces vestido de cura y en otra casa se vestía de
paisano y decían que se iba de juerga por las noches.
La
verdad es que la mayoría de los curas parece que están algo locos. Hay dos o
tres muy jóvenes que parecen atontados y no saben ni hablar, porque tartamudean
y se ponen colorados. El año pasado tuvieron que quitarle a uno los hábitos
porque tocaba sus partes a los chicos. Al padre Joaquín le da la manía de los
animales. Al padre Fulgencio con el órgano. Coge dos o tres chicos para que
subamos a darle a los fuelles del órgano y se pasa horas enteras tocando, unas
veces cosas tristes muy largas y otras como si se pegara con las teclas.
Entonces, los chicos nos asomamos a la puerta del cuarto de los fuelles y le
vemos dando brincos en la banqueta del órgano, sudando, con los pelos
alborotados. De repente se levanta, da un portazo y se va por los claustros andando
muy de prisa y hablando solo.
En
la entrada de la calle de Mesón de Paredes vive la señora Segunda. Casi todas
las mañanas, cuando yo bajo al colegio, está desayunando en el cafetín del
Manco. Cuando entro a darle los buenos días, todos los parroquianos me miran
con extrañeza de que la salude y la bese. Porque la señora Segunda es una pobre
de pedir limosna y además le falta la nariz por un cáncer que se la ha comido y
se le ven los huesos de dentro de la cabeza. En el cafetín no entran los chicos
vestidos como yo, porque es el café de los mendigos. Se abre a la caída de la
tarde y se cierra hacia las diez de la mañana. Tienen allí mismo también una
fábrica de churros donde compra todo el barrio y las churreras que luego los
revenden por las esquinas. Está lleno de veladores de mármol con bancos de
madera y tiene dos cafeteras grandes para la leche y el café. El café, que
llaman «recuelo», lo hacen con los posos de los cafés de Madrid que compran
para eso y la leche no sé con qué la harán, pero desde luego no debe de ser
leche. Venden también baratos los churros que se rompen y bollos rotos de la
pastelería de más arriba. Llenan el mostrador de platos, cada uno con una
ración de cachos de churro que llaman «puntas» o con cachos de bollo que se
llaman «escorza». A la caída de la tarde empiezan a entrar los mendigos y
algunos gallegos de la plaza de la Cebada que se ganan la vida subiendo los
serones de fruta a hombros a las fruterías de Madrid. Para poder ganarse la
vida así, lo hacen más barato que los carros que cobran dos reales. Y por un
real o treinta céntimos van corriendo y atropellando a la gente por las calles,
con uno o dos serones que pesa cada uno cincuenta kilos, a veces hasta el
barrio de Salamanca. La gente no se enfada cuando tropiezan a alguien, porque
los pobres van reventando con el peso y la prisa y no ven. Además, van
corriendo y no se pueden parar porque tienen una manera de llevar el peso tan
grande que les hace andar de prisa y sentir menos la carga. Allí en el cafetín
cenan un vaso de recuelo con puntas que les cuesta diez céntimos. Luego, sobre
las mesas de mármol cuentan las perras que han ganado en el día, y hacen
montones de colillas a las que van quitando el papel para dejar el tabaco solo.
Los que no tienen casa se toman una o dos copitas de aguardiente de cinco
céntimos que llaman «petróleo» y el amo les deja que se duerman sobre el mármol
de la mesa. A las diez de la noche en el invierno, como no pueden dormir en los
portales, porque llueve o hace mucho frío, está lleno todo el café, pegados
unos a otros y durmiendo sobre los hombros o sobre las mesas. De vez en cuando
la policía entra y registra a todos, pero casi nunca se lleva a nadie detenido,
porque ni el Manco ni los pobres dejan que se meta allí ningún ladrón.
La
señora Segunda algunas veces me convida a un vaso de recuelo, y aunque no me
gusta lo tomo por no disgustarla. Ella tiene cuidado de la Concha, mi hermana,
que va al colegio de monjas que está en la misma calle más abajo que el mío.
Como mi madre está en el río o en casa de mis tíos, a mediodía la Concha se
queda sola. Mi madre muchos días le da a la señora Segunda para que haga la
comida para ella y para mi hermana, y así comen las dos y mi hermana no anda
por la calle. Mi madre también le guarda a la señora Segunda cosas de comer
para que ella pueda cenar y vivir, porque, aunque pide limosna, como a la gente
le da repugnancia acercarse a ella, saca muy poco y no lo suficiente para
comer. Vive allí mismo al lado del cafetín, en una casa muy grande, donde le
han dejado una habitación que es el hueco que hace el primer tramo de la
escalera en el portal. Allí no cabe más que la cama y una hornilla de barro
donde guisa.
Sin
embargo es muy buena y a todos nosotros nos quiere mucho. Como tiene la nariz
así, le da reparo darnos besos y se pone muy contenta cuando entramos en su
casa y la besamos nosotros. A mí no me importa besarla en un carrillo pero me
da asco que me bese ella. Cuando lo hace me aguanto, porque, si no, le da mucha
pena y se pone a llorar. Tiene la monomanía de la limpieza y a pesar de que la
ropa que tiene es muy mala, porque son ropas viejas que le dan, las cose muy
despacito con puntadas pequeñas y con remiendos que no se ven, y luego la lava
y la plancha casi todos los días. Las sábanas que tiene son de cachos de trapos
que ella recoge por las calles, cosidos unos a otros, pero las tiene siempre
azules de puro blancas.
Es
religiosa pero va a la iglesia de protestantes que hay en la misma casa. No es
que sea protestante,
porque ella va a rezar a la iglesia, pero dice que le gusta subir allí, porque
Dios está en todas partes y además el cura protestante que hay la socorre de
vez en cuando, aunque no mucho, porque los protestantes no tienen dinero. Yo
tengo curiosidad de ver una iglesia protestante que además no comprendo que
esté en un piso. La señora Segunda me sube y presenta al cura.
Voy
con miedo, porque los curas de mi colegio hablan muy mal del colegio
protestante y dicen que el que entra allí se condena; allí no van más que los
hijos de los anarquistas, que luego salen anarquistas ellos también y tiran
bombas como se la tiraron al rey. Esto no lo entiendo, porque, según la geografía,
en Alemania y en Inglaterra y en otros países, todos son protestantes. Arriba
hay un salón con bancos y con pupitres donde dan clase gratuita a los niños, y
en este mismo salón rezan los domingos, tocando un órgano pequeñito que tienen
al lado de la mesa del cura. El cura es un señor viejo con barba blanca,
vestido de paisano, pero con un cuello duro como el de los curas. Me da unos
caramelos y me enseña una historia natural con láminas en colores muy bonitas.
Como tengo mucha curiosidad le pregunto:
-¿Es
verdad que ustedes no creen en la virgen ni en los santos?
Se
sonríe y me dice que soy muy pequeño para explicarme estas cosas.
Después
me da un montón de estampitas con dibujos de la vida de Cristo y los Evangelios
de san Juan, san Mateo y san Lucas. Me da muchas y me dice que puedo
repartírselas a los amiguitos.
Les
cuento a los amigos del colegio que he estado en el colegio protestante y nos
repartimos las estampas entre todos. Cuando Cerdeño está leyendo una, dentro de
las hojas de un libro, viene por detrás el padre Vesga, de puntillas sin que se
le oiga. Alarga la mano de pronto, coge la estampa y se pone a leerla.
¡Dios
mío, la que se arma! Se le ponen los labios blancos y temblando de rabia, se
pone morado y patalea en la tarima. No puede hablar y tartamudea. Esto le pasa
siempre que tiene rabia por algo:
-¿Quién
le ha dado a usted esta porquería? -pregunta.
-Me
la ha dado Barea, padre -contesta Cerdeño.
-Venga
usted aquí, Barea -lo dice muy despacio, masticando las palabras-. ¿Quién le ha
dado a usted esto?
-Un
señor en la calle -respondo. No quiero decir que he estado en la iglesia
protestante porque sé lo que va a pasar.
-¡Un
señor, un señor! ¡Me supongo que no se las habrá dado un burro! Pregunto,
¿quién, cuándo, cómo, dónde?
Entonces
se me ocurre una mentira, mitad verdad. Yo sé que los domingos en la escuela
protestante hay unos hombres y unas mujeres que en la calle reparten estampitas
como éstas y venden libritos con los Evangelios y la Biblia.
-Me
las ha dado en la calle de Mesón de Paredes un señor que las repartía, y como
he visto que eran los Evangelios, las he guardado.
-¡Esto
son esos canallas de protestantes! ¡Los Evangelios! ¿A esto llamas tú los
Evangelios?
-Sí,
señor; ahí dice: Evangelio de san Lucas, de san Mateo.
-¡Esto
no son los Evangelios! -y daba puñetazos en la mesa-. Esto son escritos de
Satanás. Es una vergüenza que esto se tolere en España. Bueno, tú no tienes la
culpa, pero de hoy en adelante, cuando os den una estampita de éstas
-¡estampita del diablo!- me la traéis sin leerla. ¿Eh? ¡Sin leerla! Y al que yo
le pille una estampita lo voy a echar del colegio; vengan todas las estampitas
que tengan ustedes.
Una
a una van saliendo las estampas y la rabia del padre es cada vez mayor. Cada
chico tiene dos o tres. Pero como ninguno se atreve a decir que se las he dado
yo, todos cuentan
lo mismo, menos los internos que dicen que se las hemos dado nosotros; el padre
reúne un montón de estampas en la mesa y se echa las manos a la cabeza:
-¡Señor,
Señor! Hay que atajar el mal de raíz.
Al
día siguiente, vemos que el padre Vesga se ha encargado de la fila de Mesón de
Paredes. Cuando llegamos a Cabestreros, donde se rompe la fila, sigue en
dirección a la plaza del Progreso siempre formados y hasta la esquina de la
plaza no manda romper filas. Así sigue un día y otro, hasta que sin que ninguno
nos demos cuenta, un día empieza a llenarse la cola de hojitas.
Un
jorobado, con la cabeza acalabazada, se ha metido entre la fila y las va
repartiendo a los chicos. El padre Vesga se da cuenta de pronto, cuando empieza
a ver papelitos en las manos de todos y coge al jorobado del pescuezo. De un
manotón le tira las hojas al suelo, le pega una bofetada y le insulta a gritos.
Se arremolina la gente y los guardias que hay en la calle de la Encomienda
vienen corriendo. Unos dan la razón al cura y otros al jorobado. Empiezan a
insultarse y a pegarse y al padre Vesga y al jorobado también les quieren
pegar. Los guardias cogen al padre en medio de ellos y así le acompañan hasta
el colegio.
Al
día siguiente, la fila tuerce en la calle de Cabestreros y no pasamos por el
colegio protestante. Ahora, la lleva el padre Joaquín. Pero el domingo, cuando
salimos de misa, en las mismas puertas del colegio, hay cinco hombres jóvenes
repartiendo hojitas entre las filas y a las personas que pasan. Uno de ellos
se llega al padre Joaquín y le da un montón diciéndole con guasa:
-Para
los niños, padre, son palabras de Jesús.
El
padre Joaquín se lía a cachetes con él y entonces, como siguen saliendo chicos
de la iglesia, se rompen todas las filas; vienen más curas y se pegan los curas
y los protestantes. Los chicos empezamos a pedradas con ellos, y por último
salen los cinco corriendo por la cuesta arriba. El carnicero de enfrente va detrás
de ellos con un cuchillo en la mano.
-¡Hijos
de tal! ¡Venir aquí a meteros con unos pobres curas y con los chicos! ¡Meteos
con los hombres, canalla!
Su
hijo está interno en la misma clase mía y es uno de los más brutos pero tiene
un uniforme de paño de seda y bordados de oro de verdad. El carnicero vuelve
soplando, con el cuchillo en la mano y el delantal sucio de sangre:
-Pasen
ustedes, padres, pasen ustedes. ¡Estos salvajes! Siéntense que les daré una
copita de coñac por el susto. ¡De buena se han librado! ¡Si pillo a uno, le
rajo las tripas!
¡Meterse
con unos pobres curas que no pueden defenderse!
El
padre Joaquín, que es un guasón, le da unas palmadas en la espalda gorda que
suena a tocino y le dice:
-Hermano,
hermano, repórtese. Está usted blasfemando, y aunque Dios se lo perdonará por
la buena intención, están los niños delante. Además no somos tan pobrecitos,
también sabemos defendernos.
Con
su manaza le da otro cachete que le tambalea,
-Perdone,
padre, perdone. ¡La indignación! ¡Que Dios me perdone!
Quisieron
quitar el colegio protestante. Pero un político de los socialistas, Azcárate,
lo impidió. No volvieron a dar más hojitas en la calle y pusieron dos guardias
en el portal cada vez que ellos decían su misa los domingos. La reina madre,
María Cristina, y el Nuncio de Su Santidad, hicieron todo lo posible por cerrar
la escuela, pero como la reina era inglesa y María Cristina ya no era reina,
parece que hubo unos ingleses que protestaron y no la cerraron.
Los
curas nos miran los libros, hoja por hoja, para encontrar las estampas de los
protestantes; los chicos nos las vendemos a cincuenta «güitos [3] cada una o a diez bolas.
De los tres, el que ha conseguido hacer más amistad con los demás chicos de la
clase -con los chicos ricos- he sido yo. Tengo mejores ropas que Sastre y
Cerdeño, aunque a ellos, desde que han subido a las clases de arriba, los mandan
de casa mejor vestidos. Además, ellos viven en el Avapiés en casas de
corredor, y yo vivo en un barrio rico y conozco muchas cosas que ellos no conocen.
Algunas veces me echan en cara que me separo de ellos para estar con los otros.
Y esto no es verdad. Lo que pasa es que, en realidad, yo puedo alternar con los
chicos ricos y ellos no, porque siguen siendo golfillos de calle de barrios
bajos. Tratando con los chicos ricos, me encuentro más entre los de mi igual.
Cuando trato con ellos dos, me molesta siempre que no se dan cuenta que ya no
estamos en las clases de abajo y que no se puede hablar ni hacer las mismas
cosas.
Se
presentan con los bolsillos llenos de espigas verdes y se ponen a comerlas en
clase, contando que han estado ayer en la pedrea con los de la Ronda, contra
los chicos del Mundo Nuevo. Que vino la Guardia Civil a caballo y que entonces
se unieron todos los chicos, que eran más de doscientos, y apedrearon a la
Guardia Civil. Otro día Cerdeño se presenta con las manos negras y el padre
Joaquín le dice que por qué no se las había lavado. Entonces explica que el día
antes, que fue domingo, ha estado en la estación de las Pulgas en la rebusca.
La estación de las Pulgas es una estación que hay en la línea de circunvalación,
donde se unen los trenes de la estación del Norte con los del Mediodía. Los
chicos del barrio y las mujeres bajan
allí a los depósitos de carbón con cestillos y buscan entre la escoria de las
locomotoras los trozos de carbón que no han ardido. También roban los que
pueden, y después los emplean en casa o los venden. Cerdeño va allí porque le
divierte.
A
lo mejor, para comer algo a las once, los dos se traen unas gallinejas que son
las tripas de vaca, que fríen con sebo en puestos de la calle, metidas en un
cacho de pan. Cuando se ponen a comer apestan con el olor de la grasa. Tampoco
hay quienes les quite el vicio de hablar como en el Avapiés y sueltan toda
clase de palabrotas.
Para
mí es muy difícil, porque cuando estoy con ellos, me encuentro más a gusto,
pero ellos me miran ya como distinto; y cuando estoy con los otros, me
encuentro más agradablemente, pero éstos saben que no soy como ellos y que soy
el hijo de una lavandera; que estoy con ellos sólo porque he sacado los premios
y los curas me pagan los estudios gratis. Así es que para insultarme, me ha
ocurrido que los ricos me han llamado el hijo de lavandera y los pobres me han
llamado el señorito.
Lo
más gracioso es que hay muchos chicos pobres que no son pobres y muchos chicos
ricos que no son ricos. En las clases gratuitas se encuentran hijos de tenderos
del barrio cuyos padres tienen negocios muy buenos y en las clases de arriba
hay hijos de empleados del Estado que para que ellos puedan estar en el colegio
presumiendo con los ricos, los padres se quedan casi sin comer. Estos son los
que más presumen de pobres y de ricos.
Es
domingo y, cuando se ha acabado la misa, he subido con el padre Joaquín a su
cuarto para recoger unos libros que me va a dejar. Después bajamos a los
claustros del primer piso donde se reúnen las familias de los internos tras la
misa para venir a verlos hasta la hora de comer. Le toca hoy al padre Joaquín
recibir a las familias y darles cuenta de lo que cada uno hace.
Nieto,
el chico asturiano, está con su padre, un hombre ancho y fuerte con cara de
perro pachón. Nieto me llama y nos acercamos el padre Joaquín y yo a los dos.
-Mira,
papá -dice-, éste es Barea.
Su
padre me mira de arriba abajo con unos ojillos grises que chispean detrás de
las cejas peludas:
-¡Ah!
Sí, éste es el hijo de la lavandera de que me has hablado. ¡Podías aprender de
él, que buenos cuartos me cuestas, para que luego seas más burro que el hijo de
la lavandera!
Nieto
se queda completamente pálido y yo siento que me pongo rojo. El padre Joaquín
me pone una mano encima de la cabeza y le empuja de un brazo a Nieto,
diciéndonos a los dos:
-Andad,
idos un poco por ahí.
Se
vuelve muy serio al padre de Nieto y le dice:
-Aquí,
son los dos iguales, mejor dicho, aquí el hijo de la lavandera es más que el
hijo de un dueño de minas que paga trescientas pesetas al mes.
Da
media vuelta y se marcha tranquilamente sin volver la cabeza. El viejo se
queda mirándole y después llama a su hijo. Se ponen los dos a discutir en el
banco.
Yo
paso por delante de ellos y le digo al chico:
-Hasta
mañana, Nieto. -Y sigo andando sin saludar a su padre. En la puerta está el
padre
Joaquín
que no me dice nada. Yo tampoco: le beso la mano y me voy.
Cuando
bajo las escaleras del portal no las veo, porque se me llenan los ojos de agua.
Lo que ha hecho el padre Joaquín es contra la regla del colegio, donde no se
puede tratar mal a la gente de dinero. Si lo supieran se quedaría solo contra
todos los curas. Por ser así, toca el oboe para los pájaros y les habla.
Yo
también me quedo solo como él. Porque somos distintos de los demás.
El Teatro Real
Capítulo IX
Don
Enrique está pintando, pero no puede verse lo que pinta. Tiene un blusón que le
llega hasta los pies, unas alpargatas y los pelos blancos revueltos,
alborotados; parece que se ha vuelto loco. Tiene una hilera de cubos, de los
que usan los albañiles para llevar el agua, llenos de pinturas de todos los
colores, como leche teñida, menos uno que está lleno de leche, que es el color
blanco. En cada cubo, una brocha que parece una escoba y unos pinceles largos
que parecen los hijos de la brocha alrededor de la madre. En el suelo hay una
tela enorme clavada en la tierra con clavos gordos y tirante de cola. Don
Enrique saca la brocha de uno de los cubos y en la tela tendida deja unos manchones
largos o sacude la brocha llenándola de borrones. Después la tela, con unas
tablas clavadas detrás, es un castillo o un bosque. Esto nosotros ya lo
sabemos: cuando están llenos de chocolate y de pimentón, un castillo. Cuando
hay mucho blanco y mucho azul, el mar.
Mientras
él pinta, nosotros jugamos en el escenario, haciendo resonar las tablas huecas.
En el escenario se puede correr, saltar y jugar a la pelota. Más allá del borde
de terciopelo rojo con la concha del apuntador en medio también en rojo, con
sus letras bordadas, está el teatro. Como no tiene ventanas, el teatro es un
agujero negro lleno de rayas redondas que se pierde allá arriba en el fondo,
donde hay dos cuadraditos de luz que parecen dos ojos.
Nicasio,
el chico del conserje, por cuya amistad entramos en el teatro como en nuestra
casa, salta sobre el borde de la concha y grita a la sala:
-¡Eh!
La
sala responde con su voz hueca:
-«¡Eh!»
-Nos echamos a reír a carcajadas y la sala se ríe con nosotros, mandándonos las
carcajadas del fondo de los palcos o de debajo de las butacas; allá arriba, en
el techo, pintado, se ríe bajito. Nadie sabe cómo nosotros de qué manera
resuena el teatro. Allá en los agujeros de la entrada general, a la altura del
tejado, tan lejos del escenario, que las personas se ven chiquitas, se oyen
los ruidos más pequeños. Cuando el teatro está lleno de gente, entonces se
calla para que la gente pueda oír y ya no se ríe con nuestras carcajadas. Ni se
burla del maestro de coros como en los ensayos repitiendo sus grititos de
italiano chiquitín. Porque el maestro de coros es un viejecillo, de voz
cascada, que se encarama en una banqueta cuadrada que tiene el órgano colocado
detrás de bastidores, se entierra detrás del librote de la partitura y allí,
como los monos de las barracas, comienza a gesticular y a chillar:
-¡Uno,
dos, tres! ¡Ahora! -Y abre los brazos y los cierra con una palmada, sacudiendo
la cabeza a riesgo de que se le caigan las gafas. Cuando el coro desafina, se
vuelve loco. Brinca en el asiento, hasta casi ponerse de pie; se le sale la
nuez del cuello flaco como el de un pájaro pelado:
-¡No!
¡Noooooo! ¡Puñeta!
Algún
corista se queda con la boca abierta, tragándose la nota a mitad de camino.
-¡Otra
vez! ¡Atención! ¡Uno, dos, tres! -¡Plaffl, suena la palmada.
Arriba,
en el techo, se ríe el teatro devolviendo una cascada de palmas. Cuando acaba
el ensayo, recoge su sombrerito hongo, un sombrero de niño, le pasa la manga
por la copa para abrillantarle la grasa que tiene, se estira los faldones de
la americana que siempre son largos, porque los sastres no saben hacer
americanas tan pequeñas, y sale trotando por los pasillos como un muñequín a
quien se le ha dado toda la cuerda. Agustín el carpintero, que corre en los
entreactos con su martillo grande y la boca llena de clavos, le empuja y le
grita:
-¡Quítese! ¡Algún día le
voy a pisar sin querer y le espachurro! Una vez contestó de malas pulgas:
-¡Soy
tan hombre como usted!
Agustín
le cogió con una mano por la entrepierna y lo levantó por encima de su cabeza,
así, a caballo sobre su mano. Arriba bailoteaba el maestro y las chicas del
coro y del cuerpo de baile se reían a gritos, haciendo bailotear los pechos y
la tripa debajo de la malla. Porque desde el público parece que van en cueros,
pero van metidas dentro de mallas de algodón. La primera bailarina las tiene
de seda. Algunas que tienen poco pecho tienen dos almohaditas de algodón en la
malla, y cuando están colgadas en el cuarto de las coristas, estas mallas
parecen cuerpos de mujer escurridos a los que hubieran dejado los pechos sin retorcer.
Cuando
se visten se tienen que quedar desnudas para meterse la malla y por eso hay un
letrero que prohíbe la entrada allí. Pero las noches de función van señorones
con sombreros de copa y éstos entran al cuarto de las coristas aunque estén
desnudas. Luego, cuando se acaba la función, se las llevan a cenar. Una vez,
uno se casó con una de ellas.
Todos
los pasillos están en una rotonda como los radios de una rueda. La rotonda
tiene un diván de terciopelo en medio y un tiesto grande lleno de flores. Allí
están los cuartos de los mejores artistas. Cuando hay función regia a veces
viene el rey a verlos y entonces la rotonda se llena de policías que miran de
mala manera a todo el mundo y de militares en traje de gala que vienen detrás
del rey.
A
Anselmi, como es muy elegante, le alegran mucho estas visitas, pero a Titta
Ruffo, que dicen fue carretero, le enfadan. Una noche llegaron los policías y
empezaron todos a decir: «¡Que viene el rey!». Echaron a todo el mundo, menos a
las coristas y a las visitas que eran duques o cosa así y tenían sombrero de
copa. Y todos se quedaron muy callados esperando la llegada del rey. Conque, va
Titta Ruffo y con el vozarrón que tiene y. la puerta del cuarto abierta empieza
a cantar:
-¡Mierda!
¡Miieerda! ¡Miieerda! ¡Mierdaaaa!
Nadie
se atrevía a decirle nada y él venga a cantar todo lo fuerte que podía. Al rey
no le debió de gustar, porque después el comisario regio que tiene el teatro le
preguntó si no podía cantar otra cosa.
-Sabe
usted -le dijo Titta Ruffo-, es una palabra que va muy bien para ensayar la
voz. Tiene el mi, el re y el la.
Y
desde entonces, antes de salir a cantar llenaba de «mierdas» todos los pasillos
del Real. Cuantos más sombreros de copa había, más «mierdas» soltaba.
Porque
a todos los que tienen sombrero de copa les toma el pelo. Le llenan el cuarto,
le llaman maestro, le llevan flores, le piden retratos y no le dejan ni a sol
ni a sombra. Ahora ha hecho una cosa con mucha gracia: aunque vive en el Hotel
de Rusia, no le gusta la comida del hotel y un día el maestro de coros le llevó
a la taberna del padre de Eladio, que se llama Eladio también. La mujer guisa
muy bien para los cocheros de punto y Titta Ruffo se metió allí y se hinchó de
los guisos de los cocheros. Desde entonces se iba a comer allí. Los señores de
sombrero de copa le invitaron un día a comer donde él quisiera y los metió a
todos en casa de Eladio a comer cocido. Vinieron muchos autos y coches con
corona de marqués y de duque en la puerta y se metieron en la taberna con los
cocheros y los coristas. La madre de Eladio y su padre no sabían qué hacer con
toda aquella gente. Todos los del barrio hicieron un corro alrededor de la
puerta de la taberna, y fue una juerga verles comer cocido a todos los señorones,
haciendo ascos, con los frascos de vino tinto encima de las mesas.
Cuando
canta Titta Ruffo, nosotros nos metemos detrás de uno de los bastidores,
sentados en el suelo, sin movernos para que no nos echen, y le oímos cantar el Rigoletto, Payasos, el Hamlet. En Rigoletto sale de jorobado con una peluca blanca y la cara de viejo
y nadie le podría reconocer, porque parece que ha sido jorobado toda su vida.
Los Payasos lo canta con la cara
pintada como los clowns y en el Hamlet es un rey de Dinamarca con un
manto de armiño de verdad, lleno de colitas negras. Este traje se lo compró
para darle en los morros a la gente.
La
primera vez que cantó Payasos, salió
al escenario con un traje de tela barata, hecha de remiendos de colores. El
director le llamó la atención. Todo el mundo sacaba trajes de seda magníficos.
Los artistas de su fama no podían escatimar los cuartos para vestirse. Titta
Ruffo le dijo:
-La
obra son unos payasos de pueblo y no creo que llevaran trajes de seda. Yo no
soy un figurín de modas, sino un artista y visto mi papel.
Pero
empezaron todos a decir que era un tacaño y un miserable.
-Al
fin y al cabo, un carretero -dijo uno un día y Titta Ruffo se enfadó.
Cuando
cantó el Hamlet, sacó el manto de
piel a la rotonda y todos se apretujaban para verle y tocar la piel. De pronto
salió Titta Ruffo y dijo:
-¿Qué?
¿Les gusta la capa del carretero? -Y se la puso encima del traje de terciopelo
con encajes y bordados y la cadena de oro macizo. Desde entonces nadie volvió a
decir una palabra y él seguía cantando Payasos
con su traje de percal lleno de remiendos.
Es
un efecto tremendo oír cantar al lado de uno. Conforme estoy sentado detrás del
bastidor, los cantantes vienen a veces y desde allí cantan lo que en el teatro
llaman canciones internas. Los veo de abajo arriba, con sus trajes de seda,
cantando y mirando al director de orquesta a través de una rendija en la decoración.
La voz vibra de tal manera que se ven todas las carnes del cantante bailotear y
quedarse temblando en las notas agudas. Hay dos excepciones: Titta Ruffo y
Massini Pieralli. Cuando cantan no vibran ellos, vibra todo lo que hay al lado
de ellos. Vibro yo y si pongo una mano en la madera de la armadura de la
decoración, también la madera está vibrando. Les sale y les entra el aire en el
pecho como en un fuelle de fragua, y es sólo la garganta lo que suena. Al lado
de ellos, se les mira la boca y no se oye salir de ella ningún sonido, pero
después suena todo, así que se les ve articular las palabras con los labios,
con la lengua y con los dientes y quien las pronuncia es el escenario, la decoración,
los telares, la orquesta, el público, la sala, el teatro todo, hasta la luz de
la batería parece que suena. Esto lo llaman en el teatro emisión de voz.
Una
vez Titta Ruffo, hablando de esto, se fue al fondo del escenario y desde allí
pegó un grito que dicen es el grito que dan los pastores de los Alpes. Le
veíamos todos abrir la boca de par en par y chillar. Le veíamos, pero no le
oíamos. Después, el teatro entero, que estaba vacío, se puso a chillar y
parecía que se iba a partir el techo y las columnas y a caerse la lámpara del
centro. Cuando ya no se oía nada, todavía el teatro sonaba. Otro día en el Café
Español cogió una cucharilla y golpeó una hilera de copas. Lo repitió y al
mismo tiempo que pasaba la cucharilla por las copas, como una uña por los
dientes de un peine, pegó un grito. Todas las copas repitieron el grito y se
les rompió el cuello. Se cayeron los conos de cristal sobre el mármol del
mostrador con sonidos de campanas. Anselmi, el tenor, es lo contrario de Titta
Ruffo. Éste es bajo y cuadrado con pelo negro y fuerte, las manos recias; aquél
es más bien alto y todo él es redondo como una mujer. Tiene la voz dulce, tan
dulce que a veces no se sabe si canta él o si sólo toca la orquesta. Y es como
las mujeres, guapo, el pelo rizado; se unta cremas y pastas en la cara y sus
trajes parecen trajes de señora. Dicen en el teatro que las mujeres de la
aristocracia le escriben cartas para que vaya a verlas, pero dicen también que
él no quiere nada con las mujeres porque se pierde la voz. Vive pendiente de su
garganta, siempre arropado en una bufanda y siempre haciendo gárgaras y lavándosela con
un pulverizador. Cuando sale a cantar, todo el mundo está pendiente de que no
haya puertas abiertas que hagan corriente de aire.
Esto
es también curioso. En el teatro no se mueve un pelo de aire. Cuando se levanta
el telón con la sala llena, entonces la boca del escenario es un huracán. Todo
el frío del escenario, de los telares y de los cuatro focos, se mete de golpe
en la sala. Las noches de gala en que las butacas están llenas de señoras con
el escote muy abierto, se les ve ponerse las manos en los pechos porque se
hielan. Por las puertas de la plaza de Isabel II que están en el fondo del
escenario entra el frío de la noche y sale el calor de la sala. Los pobres que
duermen allí se agrupan para recibir este aire caliente.
Las
noches de función los mendigos esperan que se acabe la representación para
abrir las portezuelas de los coches y pedir diez céntimos. Salen los señores de
frac y chistera con la pechera de la camisa llena de botones de brillantes y
las mujeres con sus capas de piel, sus trajes de seda con la cola recogida con
la mano izquierda y sus zapatos de raso plateado. El mendigo con las barbas
piojosas les tiene abierta la puerta del coche con una mano y con la otra les
hace la reverencia con un pingajo que es la gorra o la boina pringosa. Cuando
se paran a hablar en la misma puerta del coche, el mendigo con la cabeza al
aire, sin gabán, se muere de frío, y patalea con sus alpargatas las piedras de
la acera. Después, los mendigos se reúnen todos debajo de los arcos inmensos de
la plaza de Isabel II, donde ya tienen preparadas sus camas de periódicos y
paja. Cuentan sus perras gordas y a veces se las juegan a la luz de las farolas
cuadradas de hierro del teatro.
Hay
un mendigo célebre entre todos. Es un viejo seco, de pelo y barbas blancas
envuelto en un gabán largo, raído en los bordes, los zapatones torcidos en las
puntas, que se abren como la boca de un pez, dejando asomar los dedos. Él no
abre portezuelas de coche. Se coloca lejos de la puerta de salida en lo oscuro
y espera a las parejas que no van en coche, porque viven cerca o porque
quieren tomar algo en el café antes de irse a acostar. Nadie le ve. De pronto
sale del hueco negro donde está escondido y agarra del brazo al señor:
-Caballero,
deme usted un duro que no he comido. -Lo dice con una voz hueca que parece
salirle del estómago vacío, como de una caja.
A
veces, muy pocas, le dan el duro o una peseta. Si le dan el duro hace una
reverencia con su sombrero hongo que casi barre el suelo y sigue a la pareja un
buen trecho deseándole toda clase de felicidades. Si le dan una peseta o, lo
que es más frecuente, diez céntimos, extiende la mano derecha con la moneda en
la palma y dice orgullosamente:
-¡Una
peseta! Caballero, usted se ha equivocado. Con una peseta no puede comer un
hombre. Se habrá gastado usted doce duros en una butaca, habrá pagado reventa,
y pretende usted que yo coma con una peseta.
Se
golpea el pecho con la mano izquierda y como lo tiene lleno de huesos retumba
como un tabique. Así, a veces le dan más y otras le echan con mal humor.
Entonces se pone a chillar mostrando a todos cómo son los caballeros:
-¿Esto
es un caballero? -grita-. ¡Mucha chistera y mucha señora y una peseta para que
coma uno judías y reviente! ¡Pues yo también soy un caballero!
Cuando
no le dan nada, sigue detrás tirando del brazo y de los faldones del gabán del
hombre, bajando la tasa. Del duro pasa a las dos pesetas, de las dos pesetas a
una, de allí a los dos reales, al real y a la perra gorda. Y cuando todo es
inútil, porque el hombre calla y sigue, o a lo más le dice: «Perdone por Dios,
hermano», entonces suelta su último recurso. Después de un rato de silencio,
lejos ya del teatro, de repente para al hombre, se quita el sombrero y dice:
-Caballero,
hace un rato que le he suplicado lo menos que un hombre puede pedir para cenar.
No ha creído usted oportuno darme nada y, ¡qué vamos a hacerle! ¡Paciencia! No
es la primera noche que no ceno. Pero... un pitillo, un pitillo, no me lo
negará usted.
Le
dan el pitillo, y a veces consigue en este último momento la peseta que no ha
logrado antes. En la alcoba de los arcos del Teatro Real le llaman el Marqués,
y él afirma que lo fue. Cuando está borracho, cuenta historias y le escuchan
los mendigos, los chicos de la calle y la gente que pasa. Los bomberos, que
tienen un puestecillo de socorro allí mismo, le convidan a vino o a café
caliente y a veces le emborrachan sólo por oírle sus historias.
Las
columnas de piedra que sustentan los arcos tienen pedestales anchos, en cuyos
ángulos se puede uno sentar. Allí se sienta el Marqués y empieza su historia.
Le han dado los restos de la cena los bomberos de guardia, ha bebido unos
tragos de vino, un vaso de café y los cocheros le han convidado a una copa de aguardiente.
Tiene los ojos llorosos y la nariz roja de frío y de vino.
-Cuando
me casé, hice el viaje de novios a Venecia. Me casé con una gran mujer. No voy
a decirles cómo se llamaba, porque los nombres no hacen el cuento. Entonces se
viajaba en diligencia y tardamos dos meses de Madrid a Italia. Todavía no había
en el mundo esta porquería de los autos soltando truenos y oliendo a demonios.
Buenos caballos y malos caminos. Pero se vivía.
Y
cuenta durante una hora su viaje a Italia y sus amores. Los mendigos se sientan
a los pies de él, y, detrás los cocheros en pie, le escuchan bebiendo sorbos de
café en el pitorro de las cafeteras.
Es
un arte beber café como lo hacen los cocheros. Y el café sabe distinto. En una
bandeja de metal blanco les trae el camarero dos cafeteras, una llena de café
puro y otra de leche, una grande y otra pequeña, abrasando porque si no, no
estaría bien. Y sobre la bandeja van echando café a la leche y leche al café
pasándole de una a otra cafetera por el pitorro que cada una de ellas tiene,
hasta que el líquido de las dos tiene el mismo color. Entonces se lo van
bebiendo a sorbitos por el pitorro, poniendo los labios en él, chupando y
pasándoselo uno a otro.
El
señor Encinas es un viejo de pelo y bigotes blancos, con la cara redonda roja y
llena de venitas moradas que en los carrillos parece que le van a estallar.
Todas las noches que hay función llega a las nueve a la taberna del señor
Manolo, se toma dos vasos de vino tinto y luego cruza al Café Español, pasando
entre las mesas, con sus pasitos de hombre gordo de piernas cortas. Es el
número uno de la claque del teatro. Oyó cantar a Gayarre y a la Patti y se
emociona cuando habla de ello. Cuenta muchas veces la historia de la avispa:
Una
noche, cantaban Gayarre y la Patti un dúo al lado de la concha y Gayarre estaba
con la boca abierta soltando notas. La Patti le miraba y se reía sin poder
contener la risa y el público miraba a todas partes buscando de qué se reía la
cantante. De pronto Gayarre hizo un gesto muy raro, cortó la nota, tosió y
escupió en el escenario, y empezó también a reírse. Hubo que parar la función.
La mitad del público se reía y la otra mitad pateaba. Entonces la Patti se fue
a la boca del escenario y explicó lo que había ocurrido. Una avispa se había
metido entre los dos y, cada vez que Gayarre abría la boca, la avispa parecía
que iba a meterse dentro hasta que una de las veces que Gayarre respiró se
tragó la avispa.
Le
gusta tanto la música al señor Encinas que a los cuarenta años -como él decía-
tomó clases de solfeo. Y después siempre va con un rollo de papel de música que
compra de viejo en la calle de la Montera y sigue las óperas con sus papeles
encima de las rodillas, moviendo la mano derecha como si dirigiera la orquesta.
La
claque se reúne en la tertulia del Café Español. El jefe de la claque es un
italiano, antiguo cantante, ya sin voz a fuerza de beber y fumar, que se llama
Gurius. Tiene la cara arrugada de las pinturas y todo el mundo dice de él que
es capaz de sacar leche de un ladrillo, porque a todo el mundo saca dinero. No
sólo dinero, sino todo lo que necesita para vivir. Tiene una manera especial de
pedir las cosas. Coge a un cantante en la calle y le abraza y le besa
ruidosamente: «¡Mio caro, carissimo!». Y
se pone a hablar en italiano a toda velocidad sin dejarle al otro abrir la
boca. De repente se separa dos pasos de él, le mira de arriba abajo y le dice:
-Chico,
¿sabes que tenemos la misma estatura y el mismo cuerpo?
-Sí
-contesta el otro.
-Entonces,
seguro que tienes algún traje para mí, que no esté muy estropeado, porque uno
tiene que ir decente.
Al
día siguiente tiene el traje, porque es el jefe de la claque y puede estropear
a un artista. De esta manera se hace con botas, sombreros, camisas. Cuando
tiene sed, es mucho más sencillo.
Hay
una colección de muchachos que esperan todos los días para ver si pueden entrar
por la claque y Gurius, claro es que los conoce a todos, elige al más inocente
y le da unas palmaditas en la espalda.
-¿Qué
hay, muchacho?
El
muchacho se siente orgulloso de que haya reparado en él y contesta, a veces con
la cara colorada:
-Ya
ve usted, señor Gurius, esperándole a usted, a ver si queda algún sitio y puedo
entrar.
-Bueno,
bueno, vamos a ver si queda alguna tarjeta esta noche. Voy a tomar un refresco
a casa de Manolo y vengo en seguida -le coge del brazo y le dice-: ¿Oyó usted
anteanoche el Rigoletto. - y se lo
lleva con él a la taberna. Cuando se ha hartado de beber le deja pagar y no
vuelve a acordarse de él en toda la noche. Sin embargo, gana mucho dinero. Los
cantantes le pagan para que no les estropee sus canciones. Cuando no se encuentran
bien o cuando tienen miedo a una nota, se ponen de acuerdo con Gurius. Entonces
Gurius coloca a uno de confianza en una buena localidad y, cuando el cantante
está subiendo la nota y llega al agudo y se va a ahogar, el otro se levanta
del asiento y suelta un ¡bravo! formidable y toda la claque estalla en una
tempestad de aplausos. Nunca se sabe si el cantante ha dado la nota o no.
La
gente que no tiene dinero y le gusta la música, paga dos pesetas al mes por ser
de la claque. Gurius ha arreglado dos turnos para los dos abonos. Como todos
los sitios los tiene siempre suscritos, ha hecho otros dos turnos de aspirantes
que también pagan sus dos pesetas y entran por turno en lugar de los que faltan
de los fijos. Después ha hecho otros dos grupos de suplentes, que entran cuando
no hay bastantes fijos ni aspirantes. También pagan sus dos pesetas.
Cuando
canta un artista de fama, vienen los seis grupos a ver si pueden entrar, y
entonces los que tienen cinco duros entran, aunque no sean de ninguno de los
grupos. En la taberna de Manolo hay un ayudante de Gurius que cobra los cinco
duros y uno más de propina para él. Entonces le da una tarjeta escrita al
hombre y le dice al oído lo que tiene que hacer. El hombre entra en el Café
Español y se abre paso entre los ciento que hay alrededor de Gurius.
-¿El
señor Gurius?-pregunta. Gurius se levanta muy atento de detrás de la mesa de
mármol donde está pasando lista y cobrando los cuartos.
-¡Servitore! -Le traigo a usted esta
tarjeta de parte de don Manuel.
-Con permiso. Siéntese
usted un momento. ¿Cómo está don Manuel? Cuando tiene sed, que es casi siempre,
agrega:
-¿Quiere
usted tomar algo? -Y se vuelve al camarero-: Pepe, tráeme una copita de coñac.
Y al señor lo que quiera.
Se
pone a leer la tarjeta calándose las gafas y dando tiempo a que el camarero
vuelva. Entonces echa mano al bolsillo y se pone a buscar los cuartos, mientras
el otro paga.
-Caramba,
no se moleste usted, esto es cuenta mía. Lo que siento es que no sé si le voy a
poder servir a don Manuel, porque es usted el tercero que viene esta noche.
Claro, las noches de gala tengo recomendaciones hasta de ministros. En fin, a
don Manuel no me puedo negar.
Después
vienen el recomendado de don Antonio, de don Juan, de don Pedro y se repite la
misma escena. Las tarjetas que quedan se las reparte a los veteranos de la
claque. Cuando alguno protesta, le dice:
-Haga
usted lo que éstos, busque usted algún amigo diputado o senador y le dará una
tarjeta, porque usted comprenderá que yo tengo que estar a bien con todo el
mundo.
Esta
noche hay entradas para todos. Es una función de relleno con artistas de
segunda categoría y sólo la mitad de la orquesta, pero el señor Encinas no
falta. Esta noche trae un tambor. Un tambor de llaves de aros niquelados, lo
que se llama redoblante. Lo trae debajo de la capa y lo deja sobre uno de los
veladores del café.
-Lo
prometido es deuda -dice-. Me he traído el tambor y corno esta noche hay sesión
«infantil» van ustedes a oír un concierto.
La
tertulia se llena de parroquianos. Hay artistas del Real que hoy no trabajan,
hay policías de servicio, cocheros de los abonados, parroquianos de los
habituales, camareros y hasta el cocinero con su gorro blanco como un merengue.
En medio de todos se coloca el señor Encinas pasándose por el hombro la correa
ancha con el gancho que sujeta el tambor que le sale de la tripa como una
mesita pequeña, haciendo redobles y filigranas. Todos aplauden y él repite,
sin cansarse. Cuando acaba se limpia la cabeza redonda con un pañuelo verde,
enorme, y limpia también los dos palillos, como si sudaran de haber golpeado
el parche. Después se pone a aflojar los tornillos del tambor, uno por uno,
explicando:
-Hay
que aflojarle, porque estos instrumentos son muy delicados. Aquí en el café
hace un aire muy seco y en la calle mucha niebla. Si se les saca del calor a la
humedad, se corre el riesgo de que se rompa el parche.
Modesto,
el pianista ciego, le pregunta al señor Encinas:
-Pero
¿cómo le ha dado a usted por aprender a tocar el tambor y no otro instrumento
cualquiera?
-¡La
técnica, amigo mío, la técnica! -contesta el señor Encinas-. Yo nací para la
música, pero como usted sabe, no he podido aprender música hasta que no he sido
viejo y me he podido permitir el lujo de pagarme unas lecciones. Mientras tanto
he estado chupando tinta toda mi vida. Cuando he aprendido música, ya había
echado panza de estar todo el día sentado en una silla haciendo facturas y
ahora se me ha planteado el problema. Me hubiera gustado tocar el violín, pero
mire usted mis manos -y enseña dos
manos que son dos bolsas con cinco morcillitas cortas-. Tampoco podía aprender
el piano, porque no llego a la octava. Así que sólo me quedaban los
instrumentos de viento, pero para esto hace falta embocadura. Esto tampoco lo
podía ya aprender, porque se me saldrían las muelas -y con un gesto rápido se
saca la dentadura postiza de la boca-, así que me decidí por el tambor. Ahora
estoy ahorrando para comprarme un xilofón que se toca lo mismo. Algunos salen
de la tertulia riéndose y a mí me dan ganas de pegarles. Yo quiero mucho al
señor Encinas. Sabe hacer con hojas de papel ranas y pájaros y saltamontes,
camellos, mariposas y matracas. Nos coge a los chicos y en un momento nos llena
la mesa del café de figuritas y nos cuenta cuentos. No sé por qué si el pobre
tiene su manía con el tambor se han de reír de él.
Entre
los que se ríen está el comisario jefe de la policía de escolta del rey. Es un
tío bruto que conocemos todo el barrio. Lleva siempre un bastón de cartas. Con
las barajas viejas se hacen estos bastones: con un sacabocados se cortan
redondeles de las cartas a martillazos y se les hace un agujero en medio para
pasarles un alambre de acero. Así se hace una barra que es el bastón. Luego,
con papel de lija llena de rayitas. Estos bastones cimbrean mucho y pueden matar a uno.
El
comisario una vez mató un perro con su bastón y por esto le tenemos odio todo
el barrio. Iba una mañana con su puro en la boca y su sombrero hongo de medio
lado, muy chulo como va siempre. Iba dando con la punta del bastón a los pobres
que estaban durmiendo en los bancos de la plaza de Oriente. Se despertaban y
salían corriendo para que no los detuviera o les diera un bastonazo como hacía
a veces. Había una señora que había bajado su perrito a la plaza a mear por la
mañana. El perro se conoce que se asustó de ver a aquel hombre pegando a la
gente y le ladró furioso. Y entonces el comisario le dio un palo. La mujer
empezó a chillar el perro le ladró más y le quiso morder. El tío se volvió
loco y empezó a palos con el perro y a insultar a la mujer. Como el perro era
un perrito blanco, pequeño, le mató. Luego se subió encima y le pateó las
tripas. El pobre perro se quedó allí, con la boca abierta llena de sangre negra
y la tripa manchada de barro de los zapatones; y la pobre mujer lloraba y le
besaba. Dicen que es capitán, y si lo es, debe andar siempre a palos con los
soldados, como cuenta mi tío que hacía con ellos un sargentón muy malo que
tenían.
También
ha estado oyendo al señor Encinas Titta Ruffo, que hoy no canta y ha venido al
café con unos amigos. Cuando salimos todos de la tertulia, Ramiro y Modesto se
van a tocar. Y todo el mundo se sienta en su mesa para escucharlos. Titta Ruffo
va de una mesa a otra saludando a los conocidos. Yo me subo a la tarima del
piano, porque me divierte ver los martillitos golpear las cuerdas. Es un piano
de cola muy grande, con la tapa levantada y las tripas al aire. Ramiro abre la
caja de su violín y se coloca en el hombro el instrumento, metiendo entre él y
la barbilla un pañuelo de seda blanco doblado, que tiene para eso y que de
tanto usarlo tiene ya un hoyo como una almohadilla. Deja el violín sujeto con
la barba y el hombro y unta el arco de resina. Titta Ruffo viene a mi lado y mira el papel de música, en tipos
Braille, que Modesto está repasando con la punta de los dedos. Ramiro no
necesita repasar los papeles porque tiene buena memoria.
Empiezan
a tocar el prólogo de Payasos. En el
Café Español se tocan muchas óperas, porque todos los parroquianos van al Real.
Entonces Titta Ruffo se sube a la tarima, al lado de Modesto. Y Modesto dice,
sin dejar de tocar:
-Buenas
noches, don José.
Porque
mi tío José tiene a veces la costumbre de subirse a la tarima cuando está
tocando.
De
repente, Titta Ruffo, que se ha sonreído y no ha contestado a Modesto, abre la
boca y se pone a cantar: lo sono il
prologo...
Como
cuando apagan la luz en el teatro, el café queda en silencio. Modesto y Ramiro
han puesto cara de asombro y parece que los dos ciegos quieren mirar. Saben
quién es, pero quisieran verle la cara. Siguen tocando, escuchándose a sí
mismos para no equivocarse y escuchando el trueno de voz de Titta Ruffo que
hace bailar las copas, las cucharillas, los espejos y los globos de luz. Ha
puesto una mano encima del teclado y con la otra se ha deshecho el nudo de la
corbata y ha saltado el botón del cuello duro. Muy tieso, sigue cantando, y en
la calle las ventanas se llenan de caras con la nariz aplastada contra el
cristal, formando redondeles blancuzcos. Algunos abren la puerta y entran de
puntillas, y se van colocando de pie al lado de las mesas, donde no estorban.
La mayoría son cocheros. La pareja de guardias del teatro también ha entrado y
está al lado de la puerta con sus capotes azules y el casco en la mano.
Los
parroquianos están en las mesas, todos muy quietos. Unos con la cabeza entre
las manos, otros con la copa de café en el aire y hasta las parejas de novios
se han quedado mirando, con las caras serias, recostados en los divanes, con el
brazo pasado por la espalda. Cuando Titta Ruffo llega al final, verdaderamente
es como si se hubiera corrido el telón. Suena todo, los aplausos y los gritos
de la gente, las copas y las cucharillas, las conversaciones y el patalear de
los camareros que ahora corren para llegar a donde iban cuando se quedaron
parados.
Ramiro
y Modesto no saben qué hacer. Le buscan las manos a tientas y cada uno le coge
una, sacudiéndosela con las dos suyas. Los ojos serenos de Modesto parece que
van a llorar, Titta Ruffo baja de la tarima, atraviesa entre las mesas,
levantándose la gente al paso y, lleno de vergüenza, se sienta en la mesa
nuestra al lado del maestro Villa, para no tener que atravesar el café hasta su
mesa, que está allá en el fondo.
Francamente,
a mí no me ha gustado Titta Ruffo cantando en el café. Tiene una voz tan aguda
que me hacía daño en los oídos y lo prefiero en el escenario del Real que es
tan grande. Pero Modesto y Ramiro, que no pueden ir al Real porque no tienen
dinero y además porque tienen que trabajar aquí todas las noches para no
perder su duro, están tan contentos que, como yo les quiero tanto, de buena
gana le besaba a Titta Ruffo. Después, durante muchos días, cuando Titta Ruffo
está tomando café en su mesa, al lado del mostrador, la gente mira por las
ventanas, le ve, entra y llena el café. Y todos se quedan mirando esperando
que vuelva a cantar. No saben que él había cantado aquella noche sólo para los
dos ciegos.
La Iglesia
Capítulo
X
Una
vez al mes, todos los que hemos hecho ya la primera comunión confesamos y
comulgamos. Los curas se reparten por la iglesia, y los mil chicos nos repartimos
entre los curas, según nuestro gusto, porque nadie nos puede obligar a confesar
con el cura que no queremos. Hay curas como el padre Joaquín y el padre Fidel
que forman las colas más grandes, así que se puede ver cuáles son los curas que
más quieren los chicos, con sólo mirar el tamaño de las filas. A medida que se
van confesando se van agrupando en el altar mayor en las filas por clases, para
rezar la penitencia y después oír la misa y comulgar. La iglesia está llena de
chicos que van a un lado y otro y llena de murmullos de los rezos y de las
suelas de los zapatos. El padre prefecto se pasea por la iglesia para poner
orden.
Todos
los meses ocurre lo mismo; el padre Vesga se queda sólo con seis u ocho chicos
a los que ha comprometido para que se confiesen con él; aunque confiesa más
despacio que ningún otro de los curas, se queda solo antes que los demás
terminen. Entonces el padre prefecto empieza a recorrer las filas y a preguntar
quién quiere ir allí. Como todos le queremos mucho, va recogiendo chicos que
forman una nueva fila con el padre Vesga. Hoy lo ha hecho conmigo, como me da
igual, voy.
El
padre Vesga me pasa un brazo por el hombro y acerca su cabeza a la mía.
Comenzamos la confesión. Van desfilando preguntas sobre los mandamientos y yo
estoy orgulloso de poder contestar a todo.
-¿Amas
a Dios? ¿Vas a misa los domingos? ¿Quieres a tus padres? ¿Mientes?
Llegamos
al sexto mandamiento. Todos los padres preguntan si hacemos cosas feas o no.
Como todos sabemos lo que son cosas feas, decimos sí o no, casi siempre sí,
porque todos las hacemos o creemos hacerlas.
-Mira,
hijo, eso no se hace. Es un pecado y además es muy malo. Los niños se vuelven
tísicos y se mueren.
Nos mandan rezar unos
padrenuestros de penitencia y en paz. Pero el padre Vesga es distinto:
-¿Tú
sabes lo que dice el sexto mandamiento, hijo mío?
-Sí,
padre. El sexto no fornicar.
-Explícame
lo que es fornicar.
-No
sé y no puedo explicarlo. Sé que es una cosa mala entre hombres y mujeres, pero
no sé más. -El padre Vesga comienza a ponerse serio.
-No
se puede mentir en el santo tribunal de la penitencia. Me dices que sabes lo
que es el sexto mandamiento y ahora te desdices, diciendo que no sabes lo que
es fornicar.
-Fornicar,
padre, es... cosas que hacen los hombres y las mujeres y que son pecado.
-¡Hola,
hola! Cosas que hacen los hombres y las mujeres. ¿Y qué hacen los hombres y las
mujeres, sinvergüenza?
-No
lo sé, padre, yo no he fornicado nunca.
-¡Estaría
bonito, mocoso! No te pregunto si has fornicado o no, pregunto si sabes lo que
es fornicar.
-No
lo sé. Los chicos dicen que fornicar es hacer hijos los hombres a las mujeres.
Cuando están casados no es pecado; cuando no están casados sí lo es.
-Pero
yo, lo que necesito saber es que me digas cómo hacen los hijos los hombres y
las mujeres.
-¡Yo
qué sé! Se casan, duermen juntos y tienen hijos. Pero yo no sé más.
-No
sabes más, ¿eh? El niño es un inocentón, no sabe más. Pero sí sabrás tocarte
tus partes.
-Algunas
veces, padre.
-Pues
eso es fornicar. -Sigue un discurso del que no entiendo una palabra, mejor
dicho, que me arma un lío horroroso. Las mujeres son el pecado. Por una mujer
se perdió el género humano y todos los santos sufrieron tentaciones del malo.
Les aparecían las mujeres desnudas, con los senos al aire, moviéndose
lúbricamente. Y ya el demonio no perdona ni a los niños. Viene a quitarles el
sueño y a enseñarles mujeres desnudas que les turban su pureza.
Sigue
y sigue durante media hora y me habla de pelos sueltos, de senos temblantes, de
caderas lascivas, del rey Salomón, de bailes obscenos, de las mujeres de las
esquinas, en un torrente de palabras furiosas del que resulta que la mujer es
un saco de porquería y de maldad y que los hombres se acuestan con ellas y van
al infierno. Cuando me separo del cura para rezar la penitencia, no puedo
rezar. Tengo la cabeza llena de mujeres desnudas y de curiosidad por saber lo
que hacen con los hombres.
Pero
nadie lo sabe. Pregunto a mi madre, a mi tío, a la tía y me contestan con cosas
raras a mis preguntas: ¿qué es fornicar? ¿Cómo se hacen los niños? ¿Por qué se
quedan preñadas las mujeres? Unos me dicen que los niños no pueden hablar de
eso y otros que es pecado. Algunos me llaman sinvergüenza.
En
los puestos de libros de la calle de Atocha encuentro un libro que me lo
explica todo. Cuenta cómo se acostaban un hombre y una mujer y todas las cosas
que hacían. El libro da la vuelta a la clase y todos lo leen. Para que no los
vea el cura, se van al retrete a leerlo y a ver las estampas, donde están el
hombre y la mujer juntos, fornicando. Yo leo el libro muchas veces y me da
placer. Cuando veo tarjetas de mujeres desnudas me pasa lo mismo.
Ahora
ya sé por qué la Virgen tuvo al niño Jesús sin hacer cochinerías con san José.
Sin hacerlas, el Espíritu Santo la dejó preñada. Pero como mi padre y mi madre
se acostaban juntos, me tuvieron a mí y por eso mi madre no es virgen. Lo que
no sé es por qué mis tíos no tienen niños. Porque se acuestan juntos; pero,
puede ser que como la tía es tan beata, no hagan cochinerías y por eso no los
tengan. Sin embargo ellos dicen que hubieran querido tenerlos. Por otra parte
Dios dijo: «Creced y multiplicaos». Esto ya no lo entiendo.
El
padre Vesga dice que es pecado acercarse a las mujeres. En la iglesia de San
Martín, don Juan, que es un cura muy bueno que hay allí, estaba un día en la
sacristía con una mujer. La tenía sentada encima de él y las manos metidas en
la blusa. Cuando entré yo se pusieron muy colorados los dos y el cura vino a
decirme que me marchara que la estaba confesando. Se lo conté al tío José y me
dijo que los niños no hablaban de esas cosas y que no se me ocurriera
contárselo a la tía.
Los
hombres dicen cosas a las mujeres en la calle y hay mujeres que llaman a los
hombres en las esquinas para que se acuesten con ellas y les paguen. Yo me armo
un lío tremendo y no sé lo que es bueno y lo que es malo.
Aparte
de esto hay otras cosas que no entiendo. La iglesia de San Martín está llena,
como todas, de cepillos donde dice: «Para las ánimas del purgatorio», «Para el
culto», «Para los pobres». Los curas abren todas las tardes los cepillos, sacan
los cuartos, hacen cartuchos de un duro con las perras gordas y de medio duro
con las perras chicas, se los reparten y se ponen a jugar al julepe o al
tresillo en la sacristía. Un día don Tomás perdió todos los cuartos que le
habían tocado y cinco duros suyos que sacó de debajo de la sotana. Cuando se
levantó de la mesa dijo:
-¡Hoy
las ánimas benditas me han hecho la santísima!
Cogió
la botella del vino de consagrar y se bebió un vaso grande de vino rancio.
-Hay que pasar la vida a tragos -dijo y se
marchó.
Los
muertos son sagrados y el cementerio es tierra bendita. En el cementerio de San
Martín, los muros de los nichos están en ruinas y se salen las cajas con los
huesos. El capellán y los guardas cogen las tablas podridas y encienden
lumbres. Muchas veces echan los huesos también, porque arden como madera de
apolillados que están. Luego, cuando vienen a desenterrar un cadáver para
trasladarlo, el cura se pone la capa bordada y va con el hisopo y los
sepultureros cavan con mucho cuidado para no romper la caja. Sacan los huesos,
los ponen en un paño blanco cariñosamente, el cura empieza a leer latines y el
sacristán a contestarle. Rocía los huesos con agua bendita y se los llevan a
enterrar a otra parte, Todo porque los parientes de aquel difunto han tenido
dinero para sacarle de allí. Los demás sirven para hacer fogatas y les parten
los huesos a martillazos para echarlos al fuego.
Hay
días que se muere más gente que otros. Llegan las mujeres a la sacristía para
que les digan una misa por el alma de su marido y de su padre, y les apuntan
en un libro y les cobran las tres pesetas de la misa.
-Mañana
a las once -dice.
Después
vienen otros a encargar otra misa; la anota el cura, cobra las tres pesetas:
-Mañana
a las once -dice.
A
veces se reúnen tres o cuatro familias, cada una en un rincón, a escuchar la
misa que han pagado para su difunto. Cuando el cura hace la ofrenda, saca un
papelito donde están los nombres de los tres difuntos y los lee uno detrás de
otro, para que se repartan la misa.
Encargaron
un día una misa de funeral que valía doscientas cincuenta pesetas. La decían
tres curas, un túmulo negro en medio de la iglesia, y dio la casualidad de que
aquel mismo día vinieron a encargar tres misas de difuntos a la misma hora.
-Mañana
a las diez -dijo el cura a todos.
A
las diez se llenó la iglesia de gente y todos oyeron la misa de difuntos
cantada. Después, en vista de que no salían las misas rezadas, las tres
familias fueron entrando una por una en la sacristía a preguntar. El cura les
contestaba:
-¿Han
asistido ustedes a la misa de funeral?
-Sí,
señor -contestaron todos.
-Pues
ésta era la misa por su difunto. Dio la casualidad de que se reunieron ustedes
varias familias a la misma hora y como no disponíamos de sacerdotes para dar
gusto a todos, acordamos decir una misa solemne para todas las familias. Con
esto han salido ustedes ganando.
Las
gentes se iban tan contentas por el pasillo de la sacristía.
-¿Quién
se lo iba a decir al pobre Juanito? Ya ves, hija, hasta después de muerto ha
tenido la suerte de que le dijeran un funeral por tres pesetas.
¡Misterios!
¡Todos son misterios en la religión! Se paseaba un santo por la orilla del mar
y estaba un niño en la playa. Tenía una concha, la llenaba de agua del mar y la
vertía en un hoyo en la arena.
-Niño,
¿qué haces? -preguntó el santo.
-Voy
a verter el mar en este hoyo -contestó el niño.
-Eso
es imposible -le dijo el santo-, ¿cómo quieres que quepa el agua del mar en un
hoyo tan pequeño? Es imposible.
-Más
imposible es averiguar por qué Dios es uno y trino -contestó el niño-, y tú te
empeñas en averiguarlo.
En
esto comprendió el santo que hablaba con un ángel que le había enviado el
Señor.
A
mí no me interesa por qué Dios es uno y tres a la vez. Pero me pregunto qué
necesidad tiene de ser tres y uno para ser Dios. Sólo sirve para darnos a
nosotros la lata.
-¿Cuántos
dioses hay? -pregunta el profesor.
-Uno.
-Sí,
uno, pero no es eso.
-Tres.
-Sí,
tres..., pero tampoco es eso.
Únicamente
se puede contestar que hay «tres dioses, Padre, Hijo y Espíritu Santo, pero un
solo Dios verdadero». Con esto se queda contento el profesor, pero yo no sé
cuál es el Dios verdadero, ni ellos tampoco.
Mi
tía quería tener la bendición del Papa. Por diez pesetas le dieron una
bendición que servía para ella; la colocó en un cuadro. Y unos años más tarde,
por cien pesetas le dieron otra que servía para ella y para todos los miembros
de su familia hasta la quinta generación. Quitaron la vieja del cuadro y la
tiraron a la basura. Pusieron la nueva en el marco, y ahora yo estoy bendito
por León XIII.
Cuanto
más estudio religión más problemas tengo. Lo peor es que no puedo hablar con
nadie de ellos, porque los profesores se enfadan y me castigan. Un día, dando
la lección de historia sagrada llegamos a la historia de Josué que detuvo la
marcha del Sol hasta terminar la batalla; yo pregunté al padre Vesga cómo podía
ser aquello. Según el profesor de geografía, el Sol está quieto y la Tierra
anda, y por lo tanto no se podía parar el Sol. El padre Vesga me contestó de
mal humor:
-No
debe usted hacer preguntas indiscretas. Esto está en los libros santos y debe
bastarle. La fe mueve las montañas y detiene el Sol. Si tuviera usted fe
comprendería estas cosas que son claras como la luz del día.
Después
le pregunté al padre Joaquín. Me puso una mano en la cabeza y me dijo muy
risueño:
-¿Qué
quieres que yo te diga, hijo? En los tiempos antiguos pasaban cosas muy raras.
Tú sabes que antes hablaban los animales y todo el mundo les entendía.
Seguramente el Sol andaba en la época de Josué.
El
padre Fidel fue más claro.
-Mira
-me dijo-, no se paró el Sol, se paró la Tierra. Pero parecía que se había
parado el Sol, igual que cuando vas en el tren parece que andan y que se paran
los palos del telégrafo. Cuando se escribió la Biblia los hombres todavía no
sabían que era la Tierra la que andaba y veían andar al Sol, como le vemos
nosotros. Por eso pusieron que fue el Sol el que se paró, pero se paró la
Tierra.
-Pero,
padre, la Tierra según la física no puede pararse, porque todos saldríamos
disparados y la Tierra ardería si se parara de golpe.
Se
me quedó mirando muy serio y agregó:
-¡Hombre!
¿Tú crees que se paró de golpe? Se paró poco a poco, como se para un tranvía.
Anda, déjame que tengo mucho trabajo.
Poco
a poco voy viendo que no soy yo sólo el que quiere saber la verdad de Dios y de
la religión. Los libros que voy leyendo hacen las mismas preguntas. La Iglesia
los excomulga, pero no les contesta. Sobre estos libros sólo puedo hablar con
el padre Joaquín que no se enfada ni me los quita. Discutimos muchas veces. Una
sola vez me ha convencido. Estaba yo sentado en su mesa y él estaba delante del
atril, con el oboe en la mano y los pájaros en el alero de la ventana. Se puso
a mirar afuera, al patio y al cielo, como si no mirara a nadie, y empezó a
hablar, no conmigo, como si hablara solo.
-Ninguno
sabemos nada de nada. Lo único cierto es que existimos. Que existen la Tierra
y el Sol y la Luna y las estrellas y los pájaros y los peces y las plantas y
todo, y que todo vive y muere. Una vez tuvo que ser la primera, nació la
primera gallina o el primer huevo; no lo sé. El primer árbol y el primer
pájaro. Alguien los hizo. Después todo marcha con una ley. Los mundos se mueven
por un camino trazado siglos y siglos y los hombres y todos los seres nacen y
mueren unos detrás de otros con una ley. A esto llamo yo Dios, en el que creo;
el que ordena esto. Después de Dios sólo creo en la bondad.
Se
calló y me dio un libro para que lo leyera:
-Toma,
lee esto. Y cree en lo que te dé la gana. Aunque no creyeras en Dios, si eres
bueno es como si creyeras.
Me
dio la vida de san Francisco de Asís.
Tengo
una caja de zapatos con agujeros en la tapa para que respiren los gusanos que hay
dentro. Son gusanos de seda. Los tengo chinos, que tienen el cuerpo con manchas
café oscuro, y blancos. Cuando les echo las hojas de morera se quedan tapados.
Después empiezan a trepar y roen los bordes de la hoja haciendo curvas con las
patas agarradas al canto de la hoja, moviendo la cabeza de arriba abajo y
cortando con los dos dientes morenos que tienen en la punta de la cabeza. A
medida que comen, sueltan pelotillas cilíndricas. De vez en cuando arrugan la
frente entre los dos ojillos negros, y una línea azulada que tienen a lo largo
del cuerpo ondula como si pasara por ella un río de sangre, del rabo a la
cabeza. Entonces cambian de postura y buscan otro sitio en la hoja donde roen.
A veces, royendo se encuentran dos, hocico frente a hocico. Levantan la cabeza
y parece que se miran y se dicen algo. Uno de ellos mueve las arrugas de su
frente y cambia de sitio. Yo los cojo con la mano. Están blandos y templados.
Se me enroscan al dedo con sus patas peludas y parece que curiosean mi piel llenos
de extrañeza de que haya hojas de árbol así. Ven la caja debajo, se hacen una
bola y se dejan caer para seguir comiendo.
Si
les dejo una hoja de otro árbol entre las hojas de morera la dejan sin morder.
Pasan por ella y se van a las otras. La conocen, la huelen y la ven. Entonces,
¿me conocen, me ven y me huelen a mí? ¿Saben quién soy, y cómo soy? Cuando los
miro en la caja y levantan la cabeza, parece que me están mirando. Entonces
cojo uno, le pongo a lo largo del dedo y le paso la punta de otro dedo por el
cuerpo tan blando y tan suave. Se estira y levanta la cabeza y las patas de
delante. Arruga su frente muy deprisa. Le dejo en la caja y se pone de nuevo a
comer. De vez en cuando levanta la cabeza para mirarme.
Después
se meten en un rincón de la caja, se agarran con sus patas al cartón y empiezan
a dar vueltas a su cabeza, soltando un hilito de baba por la boca. Se van
quedando pequeñitos, y la seda los va envolviendo hasta que ya no se les ve más
que como una sombra que sigue moviendo la cabeza dentro del huevecillo del
capullo. Por último se queda el capullo, amarillo o blanco, allí, agarrado al
rincón de la caja. He roto cada día un capullo para verlos dentro. La piel se
les ha puesto dura y parecen de cuerno, de color moreno, como un hueso de
aceituna, llenos de anillos, con el hocico y sus dos dientes negros. Dormidos
completamente, sin despertar. Moviendo tan sólo un poquitín los anillos.
Después les salen patas de verdad, una cabeza y alas. Se vuelven blancos, con
unos cuernecitos peludos en la cabeza, como medias lunas de seda. Hacen un
agujero en el capullo y salen al paño blanco que les tengo preparado en el
fondo de la caja. Las hembras agitan las alas muy deprisa y dan vueltas. El
macho viene, y los dos se unen por la cola. Se quedan pegados horas. Se llena
el vientre de la hembra como una bola y riega el paño blanco de huevecitos
diminutos, amarillos, casi dorados, que se vuelven negros. Y se mueren, las
mariposas. Se quedan en la caja, secas, las alas pegadas al cuerpecito, como si
hubieran sudado antes de morirse.
Debajo
de los montones de sábanas guardo el paño blanco, lleno de millares de
huevecitos. La tía mete entre la ropa blanca manzanas que se secan y arrugan
como cara de vieja. Al año siguiente, el paño blanco huele a manzanas y de cada
huevecito sale un pelo negro que se convierte en un gusano.
Me
siento en el balcón con la caja de zapatos al sol, para que los gusanos estén
calientes. Tengo al lado un montón de libros y los voy cogiendo uno a uno para
repasarlos. Está cerca junio y tengo que examinarme a la vez de dos cursos de
bachillerato. Luego, hacer oposiciones a las matrículas de honor. Todos me
empujaban. Los curas del colegio me fuerzan y casi se ocupan exclusivamente de
mí en la clase, preguntándome todo de mil maneras distintas. El tío me promete
la carrera de ingeniero si termino el bachillerato así. Mi madre, la pobre, me
acaricia la cabeza y me ruega que haga un esfuerzo. Ella no puede hacer nada
por mí, pero los tíos lo harán todo si yo soy bueno. La tía me viste con traje
de fiesta y me lleva de visitas. Me enseña a los amigos como un fenómeno, y los
señores de cabeza calva y las viejas como ella me hacen preguntas idiotas:
-Muy
bien, muy bien, Arturito. Cuéntanos qué estudias.
Un
día me dio tanta rabia doña Isabel, con preguntas de éstas, que comencé a
hablar muy de prisa de los logaritmos, del binomio de Newton, de las curvas
parabólicas, y a mezclar fórmulas de álgebra en camelo, llenas de «aes» y de
«zetas» y de signos y de cifras fantásticas. Doña Isabel me miraba con los ojos
abiertos y la boca caída. Me paré de repente y le dije muy serio:
-¡No
sé más!
-Qué
maravilla, doña Baldomera, ¡qué maravilla de niño! Igual que mi marido. Cuando
el pobre se ponía a hacer números, era algo maravilloso. De memoria sumaba,
¿sabe usted? ¡Sumaba de memoria! Este niño llegará lejos. Como hubiera llegado
el pobre Juan si hubiera vivido.
Me
hubiera puesto a llamarla estúpida, vieja cerda, zorra, animal, no sé cuántas
cosas. Le hubiera arrancado la cola de pelo postizo que se ponía por moño y le
hubiera frotado la cara llena de crema color manteca amasada con polvos con un
estropajo de agua de fregar.
¡El
porvenir! Seré ingeniero, para que todos estén contentos, pero sobre todo para
que mi madre no lave y no sea más la criada de nadie. Todos son muy buenos
conmigo; y todos hacen conmigo la caridad. A cambio de eso, yo me siento cansado,
sin ganas de comer ni de jugar. Sólo quiero ver, ver las cosas y los seres,
como los veía san Francisco.
El
gato se sienta encima de mis piernas. Mira a la caja de gusanos, a los libros,
me mira a mí, con sus ojos dorados. Los entorna, y se hace una bola entre sus
patas con el rabo azotándole el hocico y ronronea. Creo que me entiende y sabe
todas las cosas. Yo le entiendo también, pero cuando se queda así mirándome y
mirando las cosas, no sé lo que va a decir. No dice nada, pero se ve en sus
ojos que tiene la cabeza llena de ideas como yo. Para no pensar se duerme.
Igual me pasa a mí, que muchas veces me entra un sueño invencible y me duermo
en la alfombra del comedor o en el balcón a lo largo.
Los
dos perros de la cochera son blancos y muy vivos. Los he visto recién nacidos,
cuando eran como un puño y ellos me conocen y me quieren. Cuando bajo a la
calle, vienen a mí, meneando la cola, ladrando y saltando. En el café les
recojo en cuclillas y meten su hocico negro en los bolsillos del delantal para
sacar el azúcar. El gato se ha asomado al balcón y entre los hierros me ve
jugando con los perros. Cuando subo, el gato no quiere jugar conmigo. Está
enfadado. Entonces abro el aparador y saco la bolsa de galletas. Comemos los
dos juntos, yo sentado en el suelo y él entre mis rodillas. Hacemos las paces.
Luego mi tía se enfada, pero no tiene razón, la tenemos el gato y yo.
La
gente se asombra de lo que hace Malleu con sus leones, en los jardines del Buen
Retiro, pero yo no. Tiene una jaula de hierro redonda muy grande y llena de
taburetes de madera. Salen todos los leones y cada uno se sienta en su taburete
con la cabeza alta, mirándole. Malleu es un hombre alto, seco, con los ojos
verdes y el pelo rizado como si fuera un cubano. Les habla y los leones le
entienden. Rugen y la gente cree que le van a morder. Pero Malleu sabe, y yo
también, que es que los leones le contestan. Después trabajan saltando y
corriendo por la jaula. El más grande abre la boca y Malleu mete la cabeza
dentro. Parece que le van a comer, porque saltan a él y alargan las patas de
dedos gordos con uñas torcidas. Pero es que quieren jugar. Porque Malleu no
les pega.
Yo
le he visto darles de comer. Les da de comer él mismo. Un mozo lleva una
carretilla con trozos de carne y él va entrando en las jaulas. Coge un trozo de
carne en la punta de un tenedor muy grande y se lo da. Después les rasca la
melena encima de los ojos, y les da puñetazos suaves en la cabeza. Los leones
rugen bajito y a veces se tiran panza arriba al suelo. Entonces les rasca la
tripa. Cuando no hace caricias a un león -yo lo he visto-, el león viene
rugiendo detrás de él, regañándole porque le ha olvidado.
Después,
cuando Malleu sale de la jaula, acaricia a los niños y nos pregunta si nos
gustan los leones. Nos lleva a ver unos leoncitos pequeños que tiene, como
pellos de lanas. Le mordisquean las manos y le arañan. Algunos chicos metemos
las manos entre los hierros y les acariciamos. No nos hacen nada, pero se
enfadan cuando un hombre quiere tocarlos. Enseñan los dientes, gruñen y sacan
las uñas.
-¡Hermano
lobo! ¡Hermana piedra! -dice san Francisco...
He
plantado en un pote vacío de pimientos, judías, y en otro, garbanzos. Los
quiero ver crecer y revuelvo la tierra todos los días para sacarlos y los
vuelvo a meter. Se han abierto y han sacado un tallo como un cuerpecito blanco.
Luego les empiezan a crecer raicillas y, por último, les salen hojas verdes.
Crecen como si me entendieran y quisieran darme gusto enseñándome cómo son y
cómo crecen. Doy martillazos a un cacho de hierro y se pone caliente, como si
le doliera.
Cuando
se acaban los exámenes y tengo las matrículas de honor, me llevan al médico.
Estoy flaco, no tengo apetito. Sólo quiero leer y dormir y ver los bichos. El
médico me escucha el pecho y dice:
-No
tiene nada. La edad. Está en el crecimiento. Lo mejor sería mandarle a un
pueblo y darle un reconstituyente.
Voy
a Méntrida, a correr por la alameda y a tomar cucharadas de aceite de hígado de
bacalao, negro y espeso, que me hacen vomitar tanto que dejan de dármelo. Tengo
uno de los prospectos del colegio donde dice que la enseñanza es tan buena que
en el curso final del año, el colegio ha obtenido tantas y tantas matrículas de
honor. La tía Aquilina se lo enseña a las vecinas del pueblo. -Es mi sobrino,
¿sabe usted? El hijo de Leonor que ha salido muy listo.
Las mujeres me llenan de
bollos y de vasitos de vino rancio para que me ponga fuerte. Pero los mejores
médicos son el tío Luis, el maestro del pueblo y san Francisco.
El
tío Luis, cuando le cuentan mis estudios me coge, pone su manaza en mi hombro,
y dice:
-Bueno
y ¿qué? ¿Has venido a tirar del fuelle? Porque a ti lo que te hace falta son
buenas tajadas y moverte. Vente mañana y te enseñaré el oficio.
Tiró
de la cadena del fuelle, machaco y limo trozos de hierro en el tornillo del
banco. Me tizno la cara y las manos de negro, voy de caza con el tío a la caída
de la tarde. Me atiborra de comida y de tragos de vino, pero me da rabia y casi
lloro, porque con mis brazos flacos no puedo levantar el martillo más pequeño.
-¡Puñales!
-dice el tío Luis-. A este chico lo que le hace falta es menos colegio y más
jugar. Se va a quedar tísico y entonces veremos para qué sirve tanto estudio y
tanta leche.
Después
se va a cazar perdices y conejos para mí. Cuando no los hay mata un pichón. La
tía Rogelia hace un caldo con él y luego me lo como yo solo. Tengo mucho
apetito y el tío Luis se divierte viéndome comer. Los conejos y las perdices
saben a hierba del monte.
La
tía Aquilina me llevó al maestro del pueblo. Es un viejecillo muy simpático y
muy alegre. La tía le comenzó a explicar. Él la escuchaba y leyó el anuncio del
colegio. Después me puso la mano en la cabeza.
-¡Pobrecillo,
pobrecillo! Y a ti, ¿qué te gusta?
Le
conté que iba a ser ingeniero. Que me gustaban mucho los bichos y las plantas.
Le hablé de san Francisco y se sonrió. Me daba mucha confianza hablar con él,
porque me escuchaba muy atento, sin hablar, mirándome y mirándome, como si
quisiera saber lo que tenía dentro. Cuando acabé de hablar me dijo:
-Mañana
me vienes a buscar por la mañana. Nos vamos a ir a cazar mariposas.
Aquí
estamos, en la alameda, el maestro y yo. Yo no sé cazar las mariposas, pero él con
la manga de gasa en la punta de un palo corre detrás de ellas y las coge al
vuelo. Después las saca con la punta de los dedos, con mucho cuidado, y las
mete en una caja redonda de hojalata. Luego me enseña los lagartos, los
galápagos y los camaleones. Nos quedamos mirando cómo las cigarras verdes se
secan al sol y se escapan de la «camisa» volando, dejando en el suelo la
envoltura con el dibujo de las patas, de las alas y de la cabeza.
Me
va explicando los bichos uno a uno. Coge un lagarto y me explica cómo son, lo
que comen y cómo viven; después, cuando yo creo que le va a meter en la caja de
hojalata, le pasa un dedo por la cabeza. El lagarto cierra los ojillos, como si
le diera placer. Luego abre la mano y le suelta. El lagarto se queda allí,
brillando verde al sol y, en lugar de saltar al suelo, se sube por la manga y
se agarra al hombro, meneando el rabo largo como un látigo. El maestro sigue
con el lagarto encima, que a veces le mete el hocico en el pelo del cogote.
Cuando
nos volvemos al pueblo, en la linde de la alameda, el maestro coge al lagarto
con la mano, le pone en el suelo, le rasca el lomo y le dice:
-Anda,
márchate, que nos vamos. A tu casa.
El
lagarto se queda inmóvil en la hierba y después se va despacito con la cabeza
levantada sobre sus patas de delante. Como con el maestro un cocido pobre, con
un cacho de carne, otro de tocino, sin chorizo y sin principio, en unas
cazuelas amarillas y verdes de barro viejo. Muy bien guisado. La escuela tiene
un corral y las migas de la comida las sacude allí la mujer del maestro, una
viejecita callada y limpia. Se las comen las gallinas y los pájaros que
conocen ya la hora y vienen todos los días.
El
cura del pueblo da una lección de doctrina a los mozos y a las mozas los
domingos por la tarde y tienen todos que ir, porque si no se enfada el cura, y
luego todo son dificultades con el alcalde y
con las casas que les dan trabajo para segar y vendimiar. El maestro quiso
abrir una escuela para los mozos y las mozas por la tarde, todos los días, para
que aprendieran a leer y a escribir, porque casi ninguno de ellos sabe. El cura
se enfadó mucho y el alcalde le cerró la escuela.
El
maestro quedó sólo para enseñar a leer a los niños. Es lo único que puede
hacer, porque de los siete a los nueve años ya se los llevan a trabajar al
campo; en la época del verano se llevan hasta a los chiquitines de cinco y seis
años a coger espigas, de las que se caen al suelo, y a arrancar cebollas en
las matas. Se dedica a coger bichos en la alameda y tiene una colección de
cajas llenas de mariposas y de insectos y algunos pájaros disecados. Los
vecinos le traen sus canarios y sus reclamos de perdiz cuando están malos o se
les rompe una pata y él los cura.
Le
he llevado la historia de san Francisco. La había leído ya. Lo único que me ha
dicho es que por haber sido así, le hicieron santo. Pero que los santos ya se
han acabado. Cuando voy a la alameda solo, me siento en la hierba y miro.
Después de esta un rato quieto, todos los animales se mueven como si yo no
existiera y me divierto en verlos jugar o trabajar mientras pienso.
Hasta
ahora he creído en Dios, tal como me lo han enseñado todos. Los curas y la
familia. Como un señor muy bueno que todo lo mira y todo lo resuelve bien. La
virgen y los santos le van recordando y pidiendo cosas para los que rezan a
ellos en sus necesidades. Pero ahora ya no puedo evitar el comparar todas las
cosas que veo con esta idea de un Dios absolutamente justo, y me asusto de no
encontrar su justicia por ninguna parte. Indudablemente es muy bueno el que yo
esté con los tíos y pueda llegar a ser ingeniero, pero mi madre tiene que lavar
en el río, ser la criada de mis tíos y además dejar a mi hermana con la señora
Segunda y a mi hermano interno en un colegio de caridad, porque si no, ni aun
trabajando como trabaja podría mantener a todos. Hubiera sido mucho más
sencillo que no hubiera muerto mi padre. A mí me dan carrera, a cambio de que
me vuelva loco con los libros y saque matrículas de honor para los anuncios del
colegio, porque si no las sacara, no me enseñarían gratis. Entonces sería como
todos los demás chicos.
Dios
premia a los buenos. El pobre Ángel se levanta a las cinco de la mañana con las
alpargatas rotas a vender periódicos y después duerme en la puerta del teatro
desde las doce de la noche que acaba la venta, para poder vender el primer
puesto de la cola. El y su madre no ganan apenas para comer trabajando todo el
día. En cambio, don Luis Bahía se ha quedado con la mitad de Brunete, echando
de las tierras que eran suyas a los pobres a quienes había prestado. No sólo no
le castiga Dios sino que, cuando va a San Martín, todos los curas le quieren
mucho y le consideran como una buenísima persona porque encarga misas y
novenas. Lo que a mí me ocurre en el colegio, pasa en todas partes. Los únicos
buenos son los que tienen dinero y todos los demás son malos. Cuando protestan
les dicen que tengan paciencia, que ganarán el cielo y que no importa nada lo
malo que se pasa en esta vida. Al contrario, que es un mérito, y son dignos de envidia; pero yo no veo
que, para ganar el cielo, los ricos se metan a pobres.
Quiero
saber, saber mucho más, porque es la única posibilidad de llegar a ser rico y,
cuando se es rico, se tiene todo, hasta el cielo.
Pagando,
los curas dicen misas y dan millones y millones de indulgencias. Si se muere un
pobre y Dios le condena al Purgatorio a cien mil años y su viuda no puede
pagar más que una misa de tres pesetas, no tiene más que dos o tres mil días de
indulgencia. Pero si se muere un rico y paga un funeral de primera clase,
aunque Dios le condene a millones de años de Purgatorio, se reúnen tres curas,
le dicen una misa cantada con órgano y todo y le dan una indulgencia plenaria.
Al día siguiente de morirse ya está en el cielo. El que tiene miles de pesetas
para ir a Lourdes, puede ser que esté cojo y vuelva andando. Pero si no puede
ir a Lourdes, entonces se queda cojo toda la vida, porque la virgen no hace
milagros más que con los que van allí.
Cuando
los pobres van con las ropas rotas enseñando la carne porque no tienen otras,
no les dejan entrar en la iglesia a rezar, y si se empeñan, llaman a los
guardias y les llevan detenidos. Luego tienen los arcones en la sacristía
llenos de ropas buenas para los santos y de alhajas y visten a las imágenes de
madera y les ponen brillantes y terciopelos. Todos los curas salen como en el
Teatro Real con sus trajes de oro y plata, las luces encendidas, sonando el
órgano y cantando los coros; mientras cantan, los sacristanes pasan los
cepillos. Cuando acaban, cierran la iglesia y los pobres se quedan a dormir en
la puerta en cueros. Dentro está la virgen, todavía con la corona de oro y el
manto de terciopelo, bien calentita porque la iglesia está alfombrada y las
estufas aún encendidas. El Niño Jesús tiene unas bragas bordadas con oro y un
manto también de terciopelo, con su corona de brillantes. En la puerta hay una
pobre a quien mi madre le compró una vez diez céntimos de leche caliente, porque
nos enseñaba el pecho arrugado sin leche, y el niño llorando con las
nalgas al aire. Se sentó allí, en la puerta de la iglesia de Santiago en una
cama de papeles y le decía a mi madre: -Dios se lo pague, mujer.
Mi
madre subió a la casa y le bajó un mantón viejo que ella se ataba a la cintura
para lavar en el invierno, y con él hizo la mujer un paquete al niño, porque
iban a dormir allí toda la noche. La mujer se taparía con los carteles de los
teatros.
Al
día siguiente me llevó a la novena mi tía y me decía que la virgen estaba muy
hermosa con el manto, la corona y las luces. Yo me acordaba de la pobre de la
noche antes. Cuando salimos, se lo conté a mí tía.
-Hijo
-me dijo-, hay muchos desgraciados. Pero Dios sabe por qué lo hace. A lo mejor
era una mala mujer. Seguramente no tendrá teta porque se emborrachará.
La
novena era en honor de Nuestra Señora la Santísima Virgen de la Leche y del
Buen Parto.
La
alameda está llena de animales que han ido viniendo despacito mientras pienso
y no hacen caso de mí. Hay dos lagartos que juegan al sol, en la hierba,
moviendo sus colas y sacándose la lengua. Hay ranas que saltan en el arroyo y
se persiguen unas a otras. Hay un camino negro de hormigas que van y vienen
llevando granitos al hormiguero. Los escarabajos han rodeado una boñiga y
están haciendo bolas. Cada macho y cada hembra van juntos empujando su bola,
que a veces se les cae encima. Todos juegan y todos trabajan igual.
Quisiera
ser como ellos y que todas las personas fueran como ellos. Pretendo hablar de
estas cosas con el tío Luis y me escucha tratando de comprenderme. Cuando
acabo de explicarle, me dice:
-Mira,
todo eso son monsergas que te han metido en la cabeza. Dios se dedicó a hacer
el mundo. Cada vez que hacía una bolita con la tierra y la sacaba ardiendo del
horno, le daba un papirotazo y la echaba al aire a rodar. De vez en cuando se
entretenía en hacer personas y bichos; apagaba una bolita y los dejaba encima
para que crecieran. Se quedaba mirando crecer a todos los bichos y los enseñaba
a vivir. Un día se cansó de todos estos mundos, entre ellos la Tierra, los
cogió y de un puntapié los tiró al aire. Después se echó a dormir y nadie ha
vuelto a saber de él una palabra.
Claro
que esto lo dice para burlarse de mí. Pero yo me disgusto, porque él no
comprende que a mí me hace falta Dios.
Regreso
a Madrid, sigo yendo a la iglesia en el colegio y con mi tía. Pero ya no puedo
rezar.
Segunda
parte
La muerte
Capítulo I
Por
la mañana el tío tiene la costumbre de afeitarse. En camiseta, cuelga un
espejo en un clavo hundido en la madera del balcón. En el cierre de la falleba
ata el ojal del cuero de suavizar y sobre la mesa del comedor pone la
bacinilla del agua caliente, la brocha, las navajas y unas hojas de papel
cortado en cuadraditos, para quitar la espuma de jabón. Tiene unas navajas
alemanas, grabadas en la hoja, con tres muñecos cogidos de la mano, como si
cantaran en un coro. Las hojas están curvadas hacia adentro -vaciadas- y bailan
en las cachas de cuero, tan delgadas que parece van a romperse. De las hojas
sale un rabito curvado, como rabo de perro, en el que se apoya el dedo, dejando
que el mango quede al aire, tieso.
Se
llena la cara de jabón, un jabón que raspa él mismo de un bloque grande, y
después coge la navaja en ángulo y comienza a afeitarse. La navaja suena en los
pelos duros del cuello, y en la curva de la hoja se van amontonando las oleadas
de espuma en rizos blancos, manchados de las rayitas negras de los pelos
cortados. Cuando el montón es demasiado grande, limpia la hoja con un trozo de
papel. Como por las mañanas entra el sol por el balcón, a veces da sobre el
papel; y las burbujas de la espuma, de blancas se convierten en nácar. Me
entretengo en arrancar las hojas de los dos o tres calendarios -aún con la fecha
del día antes- que hay en la casa, y cuando da el sol en la espuma, hago un
tubo con la hoja arrancada, lo hundo en la espuma y soplo despacito. Sube una
catarata de pompas que se inflan y temblotean. Levanto una en la punta del
tubo. Se pone azul, roja, morada, verde y naranja con la luz del sol. Hasta que
estalla y me escupe en la nariz sus gotitas. A veces, en lo alto de la esfera
hay un pelillo de barba que desde allí resbala hasta abajo, como si se cayera.
Le
miro afeitarse, empinado el cuello muy serio ante el espejo. Me parecen un
misterio sus pelos. ¿Por qué le salen pelos? ¿Por qué no tienen pelos las
mujeres? A mí me saldrán un día pelos como ésos, pero a mi hermana no. A las
chicas no les salen pelos. En camiseta, con los brazos arremangados, se
desprende del tío un olor. Es el olor del hombre.
Está
el tío José con la cabeza echada hacia atrás, la garganta tirante, mirando con
el fondo del ojo. La navaja va de abajo arriba, cortando pelos y sonando.
¡Riss! ¡Riss! Se corta el ruido un momento y salta la sangre, brillante, por
encima de la espuma blanca. Corre por el cuello abajo y forma un río con
arroyitos en la camiseta. El tío se queda con la mano caída, la navaja colgando
como rota, y con la otra mano se toca la herida. Un corte como una boca
pequeñita. Se le ve el ruido del vómito: ¡Glú! ¡Glú! y salen bultitos de sangre
de los labios que se convierten en un chorrito que cae por entre el vello
canoso y la camiseta. El tío José deja la navaja en la mesa y se sienta en la
mecedora. Se deja caer y entonces, por primera vez, veo cuánto pesa. Tiene la
cara amarilla, de color de cera de iglesia, el pelo pegado a las sienes, la
calva llena de gotitas, el bigote caído, los labios morados.
Llama
a tu madre -me dice.
Mi
madre se asusta de la cara amarilla y del arroyito rojo que ha llenado la
camiseta de estrías. Mi tía está en misa.
-No
te asustes, mujer, no es nada. Me he cortado y la vista de la sangre me ha
mareado. Le lava mi madre. Le saca la camiseta a través de los brazos flojos y
se queda con el pelo, velludo y canoso, al aire. En el surco del pecho hay un
brillo de sudor que se convierte en gotas. Un vaso de coñac. El tío se queda en
la mecedora, respirando despacio, la boca entreabierta, acariciando mi cabeza,
yo sentado en el brazo curvado del asiento. Estas mecedoras las hacen en Viena
con ramas de árbol metidas en agua hirviendo. Cuando la madera cuece, se
ablanda y la doblan, dándole todas las formas que quieren.
El
té hirviendo y el coñac le reaniman y yo le veo en la cara y en la calva volver
las gotitas de sangre que ponen la piel roja. Una tira de tafetán tapa el corte
que ya no sangra, y nada se ve. Cuando vuelve la tía, el tío le cuenta el corte
que se ha hecho, como una cosa sin importancia.
Me
voy a la cocina y le pregunto bajito a mi madre:
-Madre,
¿se morirá el tío?
-Tonto,
¿no ves que no ha sido nada? Mucha gente se marea cuando ve la sangre y el tío
se ha mareado.
Pero
yo sé que está muerto. No sé lo que es morirse, pero sé que está muerto. Mi
gato, el Conejo, también sabe que
está muerto. Le he mirado y se lo he dicho. Ha maullado muy bajito, como un
quejido, abriendo la boca despacio, como si fuera a bostezar. Le he apretado la
cabeza contra mí y me ha mirado con sus ojos amarillos. Después se ha ido al
balcón, se ha sentado en las patas de atrás y, tieso, ha comenzado a mirar a
lo lejos con los ojos entornados.
El
tío se ha ido a la oficina, como todos los días, y yo me he quedado en el
balcón, porque hoy es fiesta y no voy al colegio. El gato está conmigo, en un
cuadradito de alfombra, hecho la rosca. De vez en cuando levanta la cabeza, y huele el aire y mira como si
esperara. Dentro de la casa, mi madre y mi tía limpian y se oye sonar de
cacharros. Hasta el balcón llega el olor de comida.
Por
la esquina de la calle da vuelta un coche de punto y el gato y yo nos
levantamos a mirar. El caballo sube el trozo de cuesta despacio y se para en la
puerta de la casa. Salen un hombre y un cura. Entran en el portal de prisa.
Salen con el señor Gumersindo, el portero, y el cochero baja del pescante.
Entre los cuatro sacan del coche al tío José. El techo negro del coche se inclina
con el peso de todos y parece un espejo negro al sol, dándome reflejos en la
cara. Entre los cuatro, le meten dentro y yo abro la puerta y me tiro escaleras
abajo.
Voy
mirando y subiendo de espaldas los escalones delante del grupo. ¡Cómo pesa el
tío! Doblada la barriga y las piernas, la cabeza colgando, los brazos caídos,
la camisa desabrochada y llena de sudor, la boca entreabierta con un poquito de
espuma. Ronca, soplando la espuma como si subiera él a los cuatro a cuestas, en
vez de ser ellos los que le suben. Los ojos entreabiertos, blancos a medias,
con la niña escondida en los sesos. Arriba ya, le echan en la cama -¡cómo
pesa!-. La tía chilla y llora, mi madre corre a la cocina por agua caliente,
por té, por yo no sé qué. Yo le cojo una mano que se dobla entre las mías como
un guante vacío. El gato está contra mis piernas, dando vueltas, inquieto. Le
sacan las botas entre todos. Y los pantalones, la chaqueta, el chaleco, la
camisa; y cuando le han sacado los calcetines le van levantando para sacar la
ropa de debajo de él y dejarle sobre la sábana de abajo en calzoncillos y
camiseta. Después le tapan hasta el cuello y allí se queda la cabeza, como la
cabeza de san Pedro, con su calva y sus pelos canos alrededor, sudando y
roncando. El gato salta a los pies de la cama y se sienta mirándole serio. Así
se queda, sin que nadie se atreva a echarle de allí. Yo le voy a echar y me
mira. Le dejo. Mi madre le quiere echar y, sin volverse, eriza los pelos y bufa bajito, como
si no quisiera despertar al tío. Enseña los colmillos y la lengua roja.
¿Qué
es una angina de pecho? Nadie lo sabe o no lo quiere decir.
Por
la tarde, cuando se va el sol y aún no se ha encendido la lámpara en la sala,
se reúnen las vecinas, sentadas en corro, calladas.
-Porque
Dios le devuelva la salud, o lo que más le convenga -dice una.
-Padre
nuestro que estás en los cielos...
Vamos
rezando todos bajito para que no nos oiga, mientras la tía, hundida en el
sillón, deja caer las lágrimas por su cara. Yo rezo. Pero, ¡cómo rezo! ¡Me
tienen que oír Dios y la Virgen y los santos todos! Cuando se callan las
vecinas, yo sigo rezando bajito a escondidas, para que no me vean. ¡Me tiene
que oír Dios!
Se
llena la alcoba de olores fuertes de botica, de pisadas de puntillas, de ruido
de tazas y frascos contra el mármol de la mesilla. Don Tomás, el médico, sale y
dice en voz baja, a todos y a nadie:
-¡Qué
hombre! Es de hierro. Otro se hubiera muerto ya.
Después
se queda agarrado a la muñeca del tío, tomándole el pulso. El tío comienza a
abrir los ojos, a mirarnos a todos y alarga una mano y la pasa por encima de mi
cuello. Nos pasamos la noche así. Él dormido respirando hondo, con su fuerte
mano en mi cuello y yo resistiendo. Si me duermo, se muere, me repito. Como no
consiguen quitarme de allí, mi madre me da café espeso y un poquito de
aguardiente. Cuando me despierto, estoy de pie, caído sobre la almohada,
envuelto en una manta, la mano del tío sobre el cuello. Mi madre está sentada a
los pies de la cama en una silla baja y mi tía dormida en el sillón. Por el
balcón entra la luz del amanecer. Me duelen todos los huesos y mi madre me coge
arropado en la manta y me tumba en mi cama. Comienza a quitarme los zapatos,
pero no sé si me los llega a quitar, porque me hundo en lo negro. Después
vienen los días mejores. El tío José se levanta de la cama y anda por la casa
despacito, en zapatillas. Pero los tres sabemos, el gato, él y yo: está
muerto.
Un
día comenzó a andar en la cómoda y me llamó:
-Toma
-me dijo-. Mi reloj de plata con las dos llavecitas. Te las he atado con un
cordel para que no se pierdan. Los gemelos, el bastón de puño de oro, la
sortija. -Se la sacó del dedo, donde bailaba, porque se había quedado muy
flaco-. Dáselo a tu madre y que lo guarde para ti. -Después me dio un beso.
Se
lo llevé a mi madre.
-¿Por
qué te ha dado esto el tío? -me preguntó.
-No
sé. Me ha dicho que lo guardes para mí, para cuando sea mayor. -Yo no quería
decirle que estaba muerto. Ella fue a mi tío.
-¿Por
qué le ha dado usted esto al niño?
-Mira,
Leonor, a ti te lo puedo decir. Nunca más lo llevaré. Lo sé. Estoy muerto. -Y
lo decía serenamente, con sus ojos grises mirándonos a mi madre, a mí y al
gato. Como avergonzado de morirse.
-No
diga usted tonterías. Se repondrá usted pronto, porque es muy fuerte y está muy
sano.
-Tal
vez me quieres engañar o no lo ves, como no lo ve el médico. Pero, es verdad.
Yo sé que me quedan muy pocos días de vida. Lo siento aquí. -Se golpeaba el
pecho suavemente-. Mira, el niño también lo sabe, ¿verdad? -y me miró a mí.
Cuando el gato levantó la cabeza mirándole, agregó-: Y el gato también. Los niños
y los animales sienten lo que no sentimos nosotros.
Por
la noche, bajé por la leche y en la cochera aullaba un perro, como aúllan
cuando hay muerto. El señor Pedro le apretaba la boca para que no se le oyera.
-Cállate,
¡condenado!
Volvía
con el cacharro de la leche acordándome de lo que había dicho el tío. También
los perros lo sabían. Estaba ya en la cama y se tomó el vaso de leche caliente,
con las gotas de medicina que olían tan fuerte. Me senté en la cama, y me
habló sin que yo supiera lo que me decía. Después de cenar solo, bajo la
lámpara que se reflejaba en el hule de la mesa como un sol amarillo, me
acostaron y antes le di muchos besos en la cara que pinchaba de pelos de barba.
Le habían dejado en mi cama para que pudiera estar tranquilo y yo dormía en la
habitación del fondo, al lado, en una cama improvisada.
El
gato se subió a la cama conmigo, abrió el embozo de las sábanas y se durmió
ronroneando. Nos dormimos los dos.
Me
despertó el gato, desperezándose dentro de la cama y maullando bajito. Por
debajo de la puerta de la alcoba del tío entraba una tira de luz y todo estaba
en silencio. El gato y yo escuchamos. De repente se llenó la casa de gritos.
Alrededor
de la mesa del comedor se han sentado todos los parientes directos. Preside mi
tía y yo al lado de ella. Están: el tío Hilario con su calva caoba y su tomate
maduro en medio de la calva. La tía Braulia, con sus catorce sayas verdes,
amarillas y negras de los trajes de fiesta. El tío Basilio, hermano del tío,
con su cabezota y su corpachón metido en un traje de paño negro, espeso, que
huele a naftalina. La tía Basilia, hermana de mi tía, viejecilla arrugada,
chiquitita y gruñona, de bigote canoso de pelos sueltos, como los bigotes
recortados de un gato, y su marido, el tío Anastasio, imponente en su traje
negro, con tipo de capitán retirado, de bigotes embetunados y cejas gordas
también charoladas. La abuela Inés, por voluntad expresa de mi tía que la ha
mandado llamar, para que la ayude, porque ella entiende de estas cosas, ya que
es la administradora de los bienes del señor Molina. Por último, el padre
Dimas, como consejero espiritual de mi tía y último confesor del tío.
Mi
abuela y el cura están codo a codo. Los dos gordos y los dos grandes. El cura
pertenece a la raza de gordos blanduchos llenos de rollos de grasa en todas
partes: en las múltiples barbillas, en las bolsas de los ojos, en las muñecas,
en el pecho, en el estómago y en la panza enorme que le mantiene tirante la
sotana, como un globo hinchado. Mi abuela pertenece a la raza de gordos de
huesos grandes, macizos, que nunca se llenan de carne, con su mandíbula pesada,
su nariz ancha y larga, sus brazos enormes, en la muñeca y en el codo los nudos
de los huesos, que se salen de la piel. El cura es todo untuosidad y la abuela
es agria y pincha como los erizos. Don Dimas no la conoce aún, ni puede
imaginar que en una familia tan cristiana exista un enemigo tan irreconciliable
de las sotanas.
El
tío Hilario coloca sobre la mesa su mano martirizada de tierra y pregunta:
-Bueno,
mujer, y tú, ¿qué piensas ahora?
-Para
eso os he reunido. Para que me aconsejéis. Yo tengo una idea.
-Me
choca -interrumpe mi abuela que está desazonada con la compañía del cura y no
sabe cómo estallar.
-Déjame
hablar, Inés -y prosigue-. Como afortunadamente el pobre Pepe ha dejado lo
suficiente para que no me falte nada y yo no tengo a nadie en el mundo, fuera
del niño - me da tres o cuatro besos rociados de lágrimas-, he pensado
retirarme a una Santa Casa donde las hermanas recogen señoras como yo de
pensionistas, y el niño que entre en un colegio.
El
padre Dimas se mira cariñosamente las uñas de sus manos cruzadas sobre la
barriga. Los paletos se miran unos a otros sin acabar de comprender muy bien lo
que ha dicho. El tío Anastasio se retuerce nervioso el bigote. La abuela Inés
se levanta pesadamente de su silla y desde allá arriba, donde tiene los ojos,
mira las cabezas de todos y se encara con su víctima, la tía:
-Mira,
Baldomera. Antes he dicho que me chocaba que tuvieras una idea y ahora lo
repito. ¿De dónde te ha venido a ti esa idea?
-Es
un consejo del padre Dimas -contesta la tía con la cabeza baja.
-¡Ah!
¡Vamos! ¿Con que ésas tenemos, padre Morcilla?
-Señora...
-comienza el padre, rojo por el insulto.
-¡Qué
señora, ni qué cuernos! A mí no me venga usted con ungüentos de esos que le
sobran. Usted cree que yo me mamo el dedo. Mira, Baldomera, tú no sabes quién
es esta gentuza y yo sí. Te metes en el convento, te tratan muy bien; el
reverendo padre, que ves aquí, te visitará todos los días piadosamente. Al niño
le cuidarán muy bien en el colegio, que por lo que dices no es el colegio donde
está. ¿Verdad?
-No.
Había pensado llevarle al colegio de Areneros.
-Exacto.
El padre Morcilla «había pensado» llevarle al colegio de Areneros y ya está
toda la combinación: al niño se le convierte en jesuita y a la tía se le hace
que deje un testamento a favor del niño como heredero único. Después, todo se
queda en casa, ¿verdad, padre Morcilla?
El
cura se levanta a su vez, chispeándole sus ojillos de cerdo.
-Doña
Baldomera, yo me retiro. Esto es intolerable. Mi sagrado ministerio me impide
discutir con una mujerzuela. Ignoraba que en esta casa cristianísima hubiera
personas semejantes.
Mi
abuela le agarra de un brazo al padre y se lo tritura con sus dedazos:
-Pues
claro que su Reverencia Ilustrísima se había creído que aquí no había más que
idiotas, como esta pobre. Pero se ha equivocado, estoy yo. El chico no va al
colegio de jesuitas, porque yo soy su abuela y no me da la gana. Baldomera se
irá al convento si quiere, porque yo no soy su abuela ni su madre, que si lo
fuera, con todas las canas que tiene le daba unos buenos azotes. Y lo de
«mujerzuela», padre «embutido», es la primera y única vez que se lo permito, y
esto por respeto al difunto. Porque la próxima vez, le pongo a usted los
carrillos de doble tamaño.
La
parentela ha comprendido perfectamente que se trata de captar a la tía y de que
desherede a todos. Por la fama de don Luis Bahía conocen ya lo que son los
jesuitas, y todos apoyan a la abuela calurosamente, mientras el padre Dimas se
envuelve en su manteo que llena la habitación de remolinos de viento. La abuela
le abre cuidadosamente la puerta. Cuando va bajando la escalera, no puede
contener su rabia:
-¡Hala,
hala! ¡Vete a tu agujero, cucaracha!
Y pega un portazo que
bailan las copas del aparador sonando como campanitas. Mi tía está asustada:
-Pero
¡mujer! ¿Qué has hecho?
-¿Que
qué he hecho? Pues mira, aguantarme las ganas de liarme a bofetadas con el tío
ese. Bueno, se acabó. Ahora se puede hablar en familia, sin padres postizos.
-Vosotros,
¿qué me aconsejáis? -pregunta mi tía.
El
tío Hilario, cachazudo, toma la palabra el primero:
-Yo
creo, salvo el mejor parecer de todos -«todos» es mi abuela que le está mirando
muy seria-, que lo que debías hacer era venirte una temporada con nosotros al
pueblo hasta que se te pase la pena. Luego, te puedes quedar allí,
tranquilamente. De nada tienes que preocuparte. Las chicas te harán de todo y
estarás como una reina. El Arturo, pues si es tu gusto, que siga estudiando y
los veranos puede ir a verte.
El
tío Anastasio deja de retorcer su bigote, apoya una mano en el borde de la
mesa, cruza una pierna sobre la otra rígida y comienza a acariciarse la
barbilla:
-Difiero
de extremo a extremo con esa opinión. Claro que tú necesitas calor y cariño
alrededor de ti. Pero tú no puedes meterte en un pueblo. Tú necesitas
distracciones, moverte, salir, ver la gente. Con nadie mejor que con tu hermana
y tu sobrina, que es tu ahijada -recalca-. Entre nosotros, ya sabes cómo vas a
estar. A Arturo, le das a su madre lo que sea para que siga estudiando y a
casa puede ir siempre que quiera. No digo que duerma allí, porque no hay
comodidades, pero el día entero lo puede pasar contigo, si es tu gusto.
La
abuela se calla, mirando a unos y a otros, y todos quedan en silencio. La tía
espera que la abuela hable, y como no lo hace, se vuelve a ella, tímidamente, y
le dice: -Y tú, ¿qué me aconsejas, mujer?
-¿Yo?
¿Que qué te aconsejo yo? Pues mira, te lo voy a decir, porque si no lo digo
reviento. Y al que le pique que se rasque. Lo que te aconsejo es que no seas
idiota. El difunto te ha dejado cuartos para que vivas bien. Te estás en tu
casita con el chico, como has estado toda la vida, tienes a Leonor que te hará
las cosas, y haces lo que te dé la gana sin dar cuentas a nadie. ¿Es que eres
tan estúpida que no comprendes lo que quiere toda esta gentuza? El cura,
aislarte del chico y de la familia. La familia, aislarte del chico y de los
otros parientes, y todos, entérate bien, todos, sacarte los cuartos. El coro
de voces protesta:
-¡Inés!
¡Que nosotros lo que queremos es su bien! -¡Vosotros lo que queréis son los
cuartos! Si el difunto la hubiera dejado con un trapo alante y otro atrás,
veríamos quién era el guapo que la metía en casa, vieja, beata y gruñona como
es. De todos los que estamos aquí, pueda ser que la única que la cogiera fuera
yo, que todavía me sobra un cacho de pan para repartirlo con ella. Mira
-agregó, volviéndose a mi tía-, déjate de consejos de familia. La familia y
los trastos viejos, lejos. Aconséjate de quien no tenga nada que ver contigo y
verás lo que te dice: que te estés en tu casa y que eches los cordones a la
bolsa contra los pedigüeños que te van a caer encima como las moscas a la miel.
¿Tú sabes lo que es ser una buenaza como tú, que de puro buena eres tonta, con
treinta mil duros, en una familia de hambrientos? Ya lo sabrás, ya.
El
tío Hilario protesta muy digno:
-Aquí
nadie ha pretendido quitarle nada.
-Sí,
¿verdad? ¿Cuánto le debes tú a Pepe? Porque ya le deberás más de los mil duros.
Y claro, en cuanto te has enterado de la muerte de tu hermano, has venido con
los cuartos, por si le hacían falta a Baldomera de momento. Por eso le he
tenido yo que dar ayer mil pesetas para que pagara gastos sin preocuparse de
nada.
El
tío Hilario se sienta confuso, gruñendo:
-Así
no se puede discutir.
-Pues
claro que no. Así lo único que se puede hacer, si se tiene vergüenza, es coger
la puerta y marcharse.
-Eso
es faltar -contesta el tío Hilario.
-Pues
aguantarse. La verdad siempre duele. Y la verdad es que todos habéis venido,
como los cuervos, al olor del muerto, a ver la tajada que os lleváis.
La
tía Baldomera ha roto a llorar y a gritar y la abuela termina la discusión con
la mejor receta:
-Bueno,
se acabó la cuestión. Y tú deja de llorar ya, que el difunto no va a volver
porque llores. Vamos a rezar un padrenuestro, por si le aprovecha -y también
le rezaré, aunque no creo en esas cosas-, y cada mochuelo a su olivo.
La
tía comienza el padrenuestro, mitad riendo, mitad llorando. Cuando se quedan
solas las dos viejas, se abrazan llorando. De repente la abuela se separa de
ella, abre el balcón de par en par y dice:
-Que
entre aire. Aquí huele a podrido.
Las
oleadas de aire fresco se llevan el olor de sudores y el humo frío de los
cigarros en nubes lentas, azules a la luz de la lámpara, que se estiran al
salir.
La
vida diaria es monótona. Por la mañana temprano, mi tía, aguzada su
religiosidad, se va a la iglesia y no vuelve hasta las once o cosa así. Mi
madre arregla las cosas de la casa y por la tarde se marcha a la buhardilla. Mi
tía y yo nos quedamos solos. Yo leyendo en la mesa del comedor, ella
dormitando en la mecedora, con el gato en la falda. Allá a las once o las doce
se despierta sobresaltada, mira el reloj y nos acostamos juntos los tres: mi
tía, el gato y yo.
Se
ha recrudecido su cariño hacia mí y sus celos hacia mi madre. No nos deja
solos un momento. Los jueves y los domingos, para que no me vaya con ella,
sale conmigo a la plaza de Oriente o a la plaza de Palacio, se sienta en un
banco y siempre encuentra una vieja a quien contar la historia del tío y
soltarle unas lágrimas. En una de las buhardillas de casa vive la señora
Manuela, que tiene un puesto de refrescos en la plaza de Oriente y muchas veces
vamos allí. Mi tía se toma un refresco y cambia con la señora Manuela el
recuerdo de sus maridos respectivos.
Desde
que se ha muerto el tío, los parientes sienten un cariño ciego por la tía. Los
de Brunete vienen casi todos los meses. La tía les ha roto todos los recibos de
las deudas con el tío José. ¡El año ha sido tan malo para ellos! Cuando vienen,
le traen unas gallinas y unas docenas de huevos gordos y frescos. Cuando se van
se llevan cincuenta o cien duros. Su hermana viene a hacerle compañía muchas
tardes y otras viene su hija, Baldomerita, la ahijada de mi tía, que la llena
de besos y de abrazos. Como ella no los volverá a llevar, porque el luto no se
lo quitará «hasta que el Señor se la lleve con Pepe», un día le regala los
pendientes de oro y brillantes, otro la cadena de oro. Otro el alfiler de
pecho. Otro las sortijas. Así van desapareciendo las alhajas, las peinetas de
concha de carey altas, las mantillas nudosas de bordado espeso, el mantón de
Manila de chinos de marfil, los trajes de seda bordada. Cuando llega su santo o
una fiesta, siempre están mal de dinero y no pueden celebrarlo, y la tía saca
un billete grande que mete a la sobrina en el escote, dobladito en dobleces
pequeños. A la caída de la tarde, cuando mi madre se ha marchado o está a punto
de marcharse, vienen la tía Eulogia y su hija Carmen, sobrinas de mi tía en el
mismo grado que mi madre y yo. Siempre encuentran algo que arreglar en la casa,
algo que coser, algo que planchar. Van sacándole los billetes de cien pesetas,
uno a uno, entre halagos y mimos.
Todos
se dedican a lo mismo: a mimarme y a acariciarme y a desprestigiar a mi madre,
fomentando la fobia de mi tía. La situación entre mi madre, mi tía y yo es cada
vez más tensa. Los motivos más mínimos producen discusiones tan punzantes como
agudas. La tía llora en el comedor y mi madre llora en la cocina. Un día se
acaba todo:
-Mire
usted, tía, esto no puede seguir así. Usted y yo no nos entendemos. Ha sido
usted muy buena con nosotros, pero esto se ha terminado. Yo me voy a la
buhardilla; usted tiene ahora quien la sirva con mucho gusto y todos viviremos
en paz.
-¿Y
el niño? ¿Qué vas a hacer del niño?
-De
eso, usted verá lo que dispone.
Yo
no pinto nada en esta discusión y ninguna de las dos pregunta mi parecer.
-Si
tú no quieres estar en casa, yo no te voy a obligar. El niño se puede quedar
para que termine el preparatorio y luego veremos, si Dios me da salud, que
haga la carrera como quería su tío.
-Entendidas
-dice mi madre-. Usted busca a quien quiera y cuando me avise, dejo la casa.
Por
la tarde, la tía Eulogia y Carmen se disponen a venir desde el día siguiente:
-Pues
no faltaba más, mujer. Ya verás cómo estás atendida por nosotras. Ni al niño ni
a ti os faltará nada.
La
tía Basilia habla con la tía seriamente:
-¿Cómo
se te ocurre, mujer? Salir de Málaga y entrar en Malagón. Echas a Leonor y
tomas a Eulogia. No has escarmentado bastante. Ésas vienen a chupar. Tú lo que
debes hacer es vivir con nosotros, que al fin y al cabo soy tu hermana. Si es
por el chico, como no tenemos casa bastante y esta casa es muy grande, podemos
venir a vivir nosotros contigo.
Pero
mi tía no quiere tener en casa al tío Anastasio y se resuelve por la tía
Eulogia. La Carmen dormirá en la casa y su madre vendrá por las mañanas y se
irá por las noches., Todas las conversaciones son delante de mí. Nadie se
recata para hablar. ¿Por qué? Mi tía me va a hacer ingeniero. ¿Qué más quiero?
Tampoco les preocupo yo. Una vez dentro de casa, ellas se las arreglarán para
echarme, más tarde o más temprano.
Mi
madre recoge todas sus ropas y el señor Manuel viene por el baúl grande,
pesado. Cuando se va escalera abajo, mi madre entra en el comedor.
-Bueno,
tía, me marcho. Que lo pase usted muy bien. Cuando necesite usted algo, me
llama por el niño.
Entonces
yo, estallándome las lágrimas por dentro, digo: -Por mí no podrá avisarte,
porque yo me voy contigo. -Me vuelvo a mi tía furioso-: Mi madre no se queda
aquí y yo tampoco. Me voy a la buhardilla y se guarda usted los cuartos y la
carrera, que yo sé trabajar. Si no ha tenido usted hijos, se aguanta, pero yo
no dejo a mi madre. Usted se queda con su Baldomerita y su Carmencita y les da
usted todo lo que quiera, las mantillas y los cuartos, porque es usted una tía
egoísta. Mi madre ha sido la criada de usted doce años. Eso es lo que ha sido,
para que usted se llene la boca de que la ha mantenido a ella y a mí de limosna,
porque estábamos muertos de hambre. Y ahora vienen estas piojosas y les da el
dinero, que lo he visto yo, y las alhajas y los trajes y todo porque le dan
coba y la besuquean.
Hay
en mí todas las iras; la de ver despreciada a mi madre, la de perder la
carrera, la de ver gentes extrañas saquear la casa, y nadie puede hacerme
callar.
-Cuente
usted los cuartos. Sí -agrego mirando a mi tía-, los cuartos que tiene usted en
la cartera del armario. Donde tiene usted las cinco mil pesetas y los
resguardos del banco. Cuéntelos usted y verá que le falta. Luego dirán que se
lo ha llevado mi madre, pero yo sé quién los ha cogido.
En
la cocina meten ruido con los cacharros la tía Eulogia y su hija. Mi tía,
descompuesta, va al armario. Faltan quinientas pesetas.
-¿Lo
ve usted? Tenía razón mi abuela que es usted una estúpida. ¿Sabe usted quién
se los ha quitado?
Me
traigo de la cocina a la Carmen, agarrada del brazo: -¡Ésta, ésta se los ha
llevado ayer! Lo he visto yo, aquí escondido -me meto detrás de una cortina-. Y
su madre estaba mirando a ver si se movía usted de la butaca. ¡Anda, di que es
mentira!. Carmen, que es poco mayor que yo, una niña también, rompe a llorar.
-¿Has
sido tú? -pregunta mi tía.
-Sí, señora. Yo no sabía;
me lo ha dicho mi madre. Yo cojo a mi madre del brazo:
-¡Vámonos!
¡Ahí se queda usted bien enterada!
Nos
vamos, mi madre asombrada, yo temblando de rabia y de excitación, cayéndoseme
las lágrimas. En la calle ya, mi madre me va besando. La tía llama desde el
balcón:
-¡Leonor!
¡Leonor! ¡Arturito!
Doblamos
la primera esquina de la calle de la Amnistía y nos vamos despacio, sin
hablarnos, por las calles llenas de sol, hasta la buhardilla. Allí mi madre se
pone a arreglar las ropas del baúl. Yo la miro, sentado, sin decir nada. Se
interrumpe y me dice suavemente:
-Habrá
que ir a casa de la tía por tu ropa.
-Que
se la meta donde le quepa -contesto furioso.
Y
me tumbo en la cama grande de hierro donde duerme mi madre, llorando, con la
cara metida en las almohadas que se mojan, sacudido de espasmos. Mi madre tiene
que cogerme y darme cachetes, porque no puedo hablar. La señora Pascuala, la
portera, me da una taza de tila con aguardiente; y me quedo allí tumbado como
un fardo.
-Lo
mejor es acostarle -dice la señora Pascuala.
Y
entre las dos me van desnudando. Me dejo hacer, mirando el cuadrado de sol que
entra por la ventana. Después me quedo dormido.
Mi
madre baja conmigo al colegio, para despedirme de los padres. Van viniendo uno
a uno y hablando con ella. El último es el padre rector, que se une al padre
prefecto y a nosotros.
-Es
una lástima -dice-. Este niño está particularmente dotado. Mire usted, nosotros
comprendemos su situación. Le daremos al chico los estudios y la comida, porque
a nosotros también nos conviene, y es una lástima que se pierda.
-Pero
hay que vestirle, padre -dice mi madre.
-Mujer,
ya arreglaremos eso. No le va a faltar ropa al chico.
Mi
madre está inclinada a dejarme en el colegio. Ha aguantado a mi tía tantos
años, que ¿qué no haría ella por mí? El padre rector corta la discusión:
-Mire
usted. Al chico le tomamos nosotros como un interno más. Donde comen ciento,
comen ciento uno. La ropa y los libros, ya lo arreglaremos. No se preocupe
usted.
¿Y
yo? ¿Yo no soy nadie? ¿Dispone todo el mundo de mí a su antojo? Todos quieren
hacer conmigo la limosna y luego aprovecharse. Me tengo que meter en el
colegio, estudiar como un burro, para que luego los curas hagan sus anuncios
para atraer a los padres como el de Nieto, que me llamarán hijo de lavandera.
-Yo quiero trabajar -digo de repente. -Bueno, bueno -dice el padre rector-. Tú
no te preocupes de nada, que nada te va a faltar.
-¡No
quiero más limosnas! ¿Cree usted que no lo sé? Llorando me salen las palabras a
chorro: ya sé lo que es ser el hijo de la lavandera; sé lo que es que le
recuerden a uno la caridad; sé lo que son los anuncios del colegio y lo que es
fregar mi madre el suelo en casa de mi tía, sin cobrar sueldo. Sé lo que son
los ricos y los pobres. Sé que soy un pobre y no quiero nada de los ricos. De
la cocina del colegio me suben una taza de té y el padre rector me da de
palmaditas en la espalda. Me tienen que dejar tumbado un largo rato en uno de
los divanes de terciopelo de la sala de visitas. Los padres van viniendo a
verme y a hacerme una caricia. El padre Joaquín se sienta a mi lado, me
levanta y comienza a preguntarme qué me pasa. Le respondo exaltado y entonces
me da cachetes en las manos y me dice:
-No,
no. Despacito, como si te estuvieras confesando. El padre rector empuja a mi
madre al otro extremo de la sala y quedamos allí los dos solos. Le cuento todo
al cura que tiene mis manos entre sus manos grandes y me sigue dando en ellas
golpecitos cariñosos, que me incitan a seguir. Cuando acabo, me dice:
-Tienes
razón. -Se vuelve al padre rector y a mi madre.
Agrega
muy serio-: No se puede hacer nada. A este niño le han estropeado entre unos y
otros. Lo mejor es dejarle que vea la vida.
Cuando
nos vamos, me machaca la mano entre la suya, en un apretón como el de los
hombres, y me dice:
-A
ser valiente, ¿eh? Que ya eres un hombre.
Subimos
la cuesta de Mesón de Paredes, mi madre pensativa, yo orgulloso; ¡tengo razón!
Lo ha dicho el padre Joaquín.
Por
la tarde viene a la buhardilla la tía Basilia a ver a mi madre:
-Baldomera quiere ver al
chico -le dice. Antes que conteste mi madre, replico yo:
-Le
dice usted que no me da la gana. Y además, aquí a la buhardilla no tiene usted
que venir. Ya se ha salido con la suya de echarnos. Aquí no es la casa de la
tía. Aquí es mi casa y no quiero que entre usted ni nadie. Le dice usted a la
tía Baldomera que no voy porque no quiero. Que hay la misma distancia de aquí
a allí que de allí a aquí. ¡Si el pobre tío José levantara la cabeza! -Me ciega
otra vez la rabia y la cojo del brazo-:
¡Hala,
hala! ¡A la calle, tía bruja, cotilla, lameculos! ¡Hala! A sacar a su hermana
las joyas y el dinero y las ropas hasta que la deje en cueros. ¡Ladrona!
Pretende
empezar a chillar. Pero la señora Pascuala, que está enterada de todo y ha
venido al ruido de las voces, la coge del brazo:
-¡Márchese!
El chico tiene razón, sí, señora, mucha razón. Lo mejor que puede usted hacer
es marcharse. Y no me conteste usted, porque aquí soy yo la portera y no tolero
escándalos. ¿Se entera? ¡Tía hambrienta! ¡Lo que tienen ustedes los señoritingos
es hambre! ¡Pues no faltaba más! ¡Hala! ¡A la calle!
Y
la lleva delante de ella a lo largo del pasillo de las buhardillas, sin que la
tía Basilia se haya atrevido a decir una palabra. Si la dice, la señora
Pascuala le pega. ¡Con las ganas que tiene ella de coger por su cuenta una
señorona de éstas!
Entre
mi madre y la señora Pascuala acuerdan que debo entrar de chico en una buena
tienda. Con lo que sé, en cuanto pase el aprendizaje, seré un buen comerciante
y haré carrera. Dos días después, mi madre me lleva a una tienda de bisutería
de la calle del Carmen: La Mina de Oro. El dueño, don Arsenio, bonachón,
bajito y tripudo concierta con mi madre las condiciones:
-Trabajar,
hay que trabajar, pero el chico comerá como un príncipe. En mi casa se come
mejor que en la de muchos marqueses. Tendrá la comida, ropa limpia y la cama.
Diez pesetas al mes y las propinas.
Iniciación al hombre
Capítulo II
Cuando
el sereno se retira a dormir, a las seis y media de la mañana, da unos palos
con el chuzo en el cierre metálico de la tienda. Arnulfo y yo nos despertamos.
En el pasillo que forman las dos camas juntas, agachados, porque de pie damos
con la cabeza en el techo, nos metemos los pantalones y nos lavamos uno detrás
del otro en la palangana que hay a los pies de las camas. Bajamos, abrimos la
puerta de entrada y barremos la tienda y las trastiendas. Después yo cojo un
cubo de agua y una escalera. Voy limpiando los cristales uno tras otro. Hay
cinco escaparates con cristales por dentro y por fuera. Cuatro espejos dentro
de la tienda. Dos en la puerta de entrada. Una columna cuadrada forrada de
espejos. Un mostrador, que es vitrina, forrado de cristal. La tienda entera es
de cristal. En el cristal de los escaparates hay dedos marcados, manchones de
nariz de miope, polvo, rozaduras, todas las porquerías que la calle tira
durante el día contra las vidrieras. En los cristales del mostrador hay las
mismas manchas y además manchas del tarro de goma de pegar las etiquetas,
rayaduras de lápiz y de botones de bocamanga, manchones coloreados de las cajas
puestas encima.
Todo
tiene que quedar como un diamante. A las ocho don Arsenio baja, restregándose
los labios grasientos, con su primer puro recién encendido y comienza a
inspeccionar los cristales uno por uno, sin que ni una sola vez los encuentre
bien. Después, bajo su inspección, mientras da chupadas al puro, de pie en la
acera, contemplando su tienda, con una esponja lavo la portada de madera
barnizada. Mientras tanto, viene Rafael que es el dependiente mayor, y cuando
acabo de lavar la portada, don Arsenio nos manda a desayunar.
Arnulfo
y yo subimos al último piso de la casa, donde vive don Arsenio, y, allí, su
esposa doña Emilia y la criada nos sirven el desayuno, en la terraza si hace
buen tiempo o en el comedor si el tiempo es malo. En general el desayuno
consiste en un par de huevos fritos o en un filete o en un chorizo y un huevo
frito, con un tazón de café con leche.
Comer
bien es el orgullo de don Arsenio y a la vez la compensación del hambre que ha
pasado toda su vida, hasta que ha llegado a ser independiente. Todos sabemos ya
su historia, contada casi diariamente:
A
los cinco años era pastor en las montañas de León y se alimentaba de sopas de
ajo y leche agria. A los once, llegó a Madrid por la carretera, un pie tras
otro, agarrado a la mano de su hermano, para entrar los dos como dependientes
sin sueldo en La Palma -un establecimiento de la misma clase, el mejor de
Madrid, aún existente-, cuyo dueño era paisano y reclutaba el personal entre
los de su pueblo.
Las
sopas de ajo de León las cambió por garbanzos duros con tocino y patatas con
bacalao, régimen imperante en la alimentación de la dependencia de La Palma y
la libertad de los montes por el encierro de la trastienda de donde sólo tenía
derecho a salir una vez cada dos meses, para pasar una tarde de domingo con
una peseta en el bolsillo, máxima cantidad que el dueño autorizaba como gasto
de los chicos.
Veinte
años estuvo allí encerrado. Siguiendo la tradición del comercio, entonces
patriarcal, su amo le liquidó los ahorros y le avaló un crédito. Así puso esta
tienda que se había convertido en una mina de oro, con arreglo a su título
pomposo que era éste. Entonces se casó con doña Emilia, una cocinera conocida
tras el mostrador de La Palma, y los dos se dedicaron a engordar, cebándose de
lo más sabroso que encontraba en el mercado la experiencia de su mujer.
Así,
cada comida es una sorpresa en la que lo único seguro es no encontrar
garbanzos, ni judías, ni bacalao. Abundan los filetes cubiertos de patatas
fritas doradas, las rajas gordas de merluza, los conejos en salsa espesa, el
cordero y el cochinillo asados, las lonchas de jamón crudo, cocido o frito, los
pollos y las langostas. Cada comida tiene necesariamente tres platos y dos
postres. Doña Emilia baja a veces a la tienda a media tarde o a media mañana y
habla al oído de su esposo. A éste se le ilumina la cara redonda y cuando nos
quedamos solos, se encara conmigo:
-A
mediodía te vas a hinchar -me dice-. A ver si acabas de ser una lagartija. No
te digo lo que vas a comer, pero luego me dirás qué te ha parecido.
A
la media hora, vuelve a la carga, inquieto:
-¿Tú
sabes lo que vas a comer hoy?
-Yo
no, señor.
-Ya
lo sabrás, hombre, ya lo sabrás. Ten un poco de paciencia hasta la una. ¿Tienes
ya apetito?
-Un
poquillo, don Arsenio.
-Pues
prepárate; sobre todo no bebas agua ahora, que hincha el estómago y quita las
ganas de comer. ¡Hala! Muévete, arregla esas cajas. Trabajando viene el hambre.
Baja
de comer él con sus ojillos chispeantes y la cara enrojecida.
-Chicos,
a comer, que se enfría; luego me diréis -y nos guiña un ojo golpeándose la
tripa redonda-. ¡Cosa buena, ya veréis, ya veréis!
Arriba
nos espera un pollo entero para Arnulfo y para mí, media langosta, una fuente
de fruta cara y media tarta enorme llena de crema. Una botella de vino, una
taza de café. Arnulfo, que también ha venido medio muerto de hambre de un
pueblecillo de Valladolid y yo que tengo buen apetito, nos comemos todo y
bajamos congestionados. Nos metemos detrás del mostrador sin decir nada,
porque la regla de la casa es no hablar al amo si éste no le habla a uno, salvo
para las cosas del negocio.
Don
Arsenio, en esta hora en que no vienen clientes, está sentado en una silla,
envuelto en la masa de humo de su cigarro puro que se consume por las dos
puntas: por la que arde con una brasa que casi es llama por la constancia con
que chupa, y por la que tiene en la boca que los dientes van royendo en briznas
que don Arsenio escupe, con saliva color café. Don Arsenio nos mira
escrutador, para ver en nuestra cara el efecto de la comida.
-¿Qué,
sanguijuela -yo no soy más que «el chico», «la sanguijuela» o «la lagartija»-,
qué tal has comido?
-Muy
bien, don Arsenio.
-Muy
bien, muy bien. ¿Ya está todo dicho, no? Comerse un pollo como el que os habéis
comido, doradito, relleno de picado de jamón, y media langosta con un tazón de
mayonesa y la fruta y... el copón, ¿a eso lo llamas tú «muy bien»? Vamos a ver,
¿dónde has comido tú así hasta que has venido a casa?
-En
ninguna parte.
-Pues
¡porra!, si no has comido así en tu vida, ¿por qué no decirlo?
Un
día ha venido su hermano que es el dueño de una tienda igual en la calle del
Pez y se ha interesado por mí.
-Un
poquito flaco está -dice don Arsenio-, pero ya le cambiaremos. Que te cuente
cómo come, porque a pesar de estar tan flaco, es un sabañón que creo come más
que yo.
Como
tengo mucha facilidad para hablar, me pilla de humor y hago una descripción
fantástica de la comida, como nunca la ha oído don Arsenio ni nunca podría
hacerla. Primero me oye con asombro, y después se entusiasma.
-Este
chico tiene un pico de oro. Oyéndole se le abren a uno las ganas de comer. Te
voy a apuntar un duro en la libreta. Un duro que te regalo yo.
Saca
solemnemente de la caja la libreta de sueldos y propinas y me anota cinco
pesetas. Después, durante días me obliga a repetir a los amigos el discurso y
hasta yo creo que los trae a casa con este único fin.
Rafael
ha tenido que oírlo diez o doce veces, siempre con el mismo comentario:
-Vea
usted, Rafael, lo que se ha perdido. No puede uno enamorarse. Eso de «contigo
pan y cebollas» es un cuento. El domingo se vienen su mujer y usted a comer a
casa. Ya le diré yo a Emilia que prepare algo bueno.
El
domingo, Rafael y su mujer, una mujercita muy guapa, comen con nosotros. Comen
con verdadera hambre, y como estamos solos en la terraza, la mujer va llenando
el bolso, que ya trae vacío para eso, con todo lo que puede: trozos de carne,
de pescado, frutas, queso, galletas. Invariablemente, al final de la comida
doña Emilia sale con un paquete:
-María,
ahí le he puesto unas cosillas para cenar.
El
lunes Rafael soporta los comentarios de don Arsenio y al final, cuando nos
quedamos los tres solos, se queja:
-Si
este hombre me aumentara el sueldo con sólo lo que se gasta en convidarme, me
solucionaba el problema.
Porque
Rafael, el dependiente mayor, gana doce pesetas al mes, para vivir él, su mujer
y lo que venga, que ya está en camino. Así que el pobre, para no gastar, se
deja la barba que es negra, muy bonita, y se peina el pelo algo en melena. Su
mujer le recorta el pelo y la barba, y sólo va a la barbería cada dos o tres
meses, una vez. Para fumar, le guardamos las colillas de la tienda y luego las
lava con vinagre y las pone a secar al sol. Sin embargo, es un hombre muy
cariñoso que siempre está contento con todo el mundo. Sólo los ojos los tiene
tristes.
El
negocio de la tienda son, principalmente, los velos y los adornos de cabeza.
Además, vendemos cosas de mercería como botones, imperdibles, alfileres,
gemelos, cintas de seda y una enormidad de cosas. Lo que más se vende son velos
y unos botones nuevos que se llaman «a presión» que se cose la mitad a cada
lado del traje y luego se unen apretándolos uno contra otro. Se venden a
millares, pero don Arsenio está renegado porque tenía una gran cantidad de
corchetes que ya no los quiere nadie. Lo que más trabajo da son los velos.
Están
en cajas grandes, con treinta o cuarenta rollos, clasificados por dibujos, y
el día entero se lo pasa uno sacando y metiendo cajas, que son casi tan
grandes como yo y pesan mucho, y enrollando velos; porque las mujeres son
inaguantables. Tenemos unos libros con cantos de metal y en cada hoja un modelo
de velo. Pues las mujeres no pueden ver los velos en estos muestrarios. Hay que
sacar cajas y más cajas, desenrollar un trozo de cada rollo y dejarlo colgando
delante del mostrador. Cogen el rollo que más les gusta después de sobar el
velo y se van delante del espejo a ponérselo delante de la cara, para ver si
les va bien el dibujo y el color. Y así, con otro y con otro. Muchas salen de
su casa a lo que llaman ir de compras y miran y remiran, para no comprar al
final. Don Arsenio y Rafael ya las conocen a la mayoría de ellas y las tratan
lo peor que pueden, dejándolas solas sin atenderlas, hasta que se aburren y se
van. Casi toda la clientela de velos es gente rica del barrio de Salamanca, a
quien hay que llevar el velo a casa. De esto saco bastantes propinas que me
recoge don Arsenio y apunta en el libro de mi cuenta. Después, de la cuenta
compro lo que me hace falta para vestir y los domingos que salgo de paseo me da
dos pesetas para que me divierta.
La
clientela de adornos de cabeza está compuesta de todas las mujeres del barrio,
la mayoría mujeres de mala vida que llenan la calle poniéndose en las esquinas
del Carmen, de Mesonero Romanos, de la Abada y de Preciados en cuanto es de
noche y aun a veces de día. Cuando vienen los guardias, para que no las lleven
detenidas, corren y se avisan unas a otras. Así que no es raro ver de pronto
doce o quince mujeres corriendo y metiéndose en los portales, porque viene «la bofia». Pero yo creo que no tienen
muchas ganas de cogerlas, porque después de un rato que han salido corriendo,
viene una pareja de guardias y un policía con ellos, andando tranquilamente,
sin molestarse en correr.
Éstas
no vienen nunca a comprar a la caída de la tarde que es la hora en que vienen
las otras dientas, porque si viene alguna, don Arsenio la echa sin ninguna
consideración. Vienen por la mañana o después de comer, a veces desnudas con
sólo una bata. Don Arsenio, que a esta hora está por la parte de afuera del
mostrador, las toca el trasero y las pellizca. Rafael les toca los pechos y a
veces mete la mano por el escote, y cuando hay más de una se aprovecha Arnulfo.
Ellas se dejan hacer, porque así don Arsenio les rebaja los precios, pero lo
que no saben es que siempre les pide más caro por lo mismo. Cuando baja doña
Emilia y nos pilla en una de estas juergas, don Arsenio le da unos besos
sonoros, la abraza y le dice que no se enfade, porque hay que hacer así el
negocio. Arnulfo, que tiene diecisiete años, está loco con las mujeres. Cuando
nos vamos a acostar, me cuenta todas sus aventuras con las golfas del barrio y
luego la mayoría de las noches se masturba. Tiene la cara amarilla y una
tosecilla seca, y don Arsenio, algunas veces, le mira cuando tose y le dice que
se va a quedar tísico de tanto «tocar a misa».
Además
del comer, don Arsenio tiene la pasión del gramófono.
Una
vez estuvo en París con doña Emilia y de allí se trajeron un gramófono Pathé,
con una bocina muy grande de madera y otra de metal y una caja llena de
columnas y guirnaldas de bronce. Es el gramófono más grande que he visto en mi
vida y en él se pueden tocar discos de medio metro de diámetro que tienen
óperas enteras. Cuando cerramos la tienda, a las diez de la noche, monta el
gramófono en el mostrador y saca las cajas de discos. Tiene cientos de discos
de todas clases. Como la puerta de la tienda se ha quedado abierta y doña
Emilia no baja, porque se acuesta temprano, van viniendo los amigos que son los
comerciantes de al lado; el dueño de la tienda de alfombras, el tendero, el
relojero, el juguetero, y se sientan todos a escuchar. A las once o por ahí,
que ya pasa poca gente por la calle, las golfas se van agrupando en la puerta
para oír y a la vez llaman a los que pasan. Algunas veces le dicen al hombre
que se espere a que termine la pieza.
A
mí me gusta oír el gramófono aunque nos acostamos tarde, pero lo malo es el
sábado. Como al otro día no se abre la tienda, el sábado se reúnen todos los
amigos y se ponen a jugar al tresillo o al julepe. Arnulfo y yo nos quedamos
detrás del mostrador mirándoles. A mí me mandan por tabaco, por café, por
bocadillos o pastas, por cerveza, por coñac. Así se están hasta las cinco o las
seis de la mañana. Después de la una ya no me puedo tener de sueño. De
madrugada, suelen entrar el sereno y los guardias a que les den un café o una
copa y también entran las golfas que son clientes; gastan bromas con todos, se
dejan sobar y se comen las pastas y los bocadillos a cambio. El domingo no
tenemos obligación de levantarnos hasta la hora de comer. Comemos y nos vamos
de paseo hasta las nueve de la noche, que venimos a cenar y a acostarnos. Los
domingos me voy a la buhardilla con mi madre. Rafael está también en una tienda
de comestibles al lado de casa y la Concha está sirviendo en la misma calle.
Muchos domingos nos reunimos todos, y nos vamos juntos a merendar al campo.
Otras veces no sale mi madre, y Rafael y yo nos vamos al teatro o al cine. Rafael
fuma ya y yo fumo alguno que otro pitillo cuando voy con él, pero no me gusta
el tabaco y además estoy tan delgado que me da miedo que me dañe el pecho.
Mi
tía Baldomera, a los pocos días de empezar yo a trabajar, estuvo en la
buhardilla. Cuando se enteró que estaba en una tienda de chico, empezó a
llorar. Mi madre y ella hicieron las paces y muchos domingos va a la
buhardilla. Los domingos que no va, vamos Rafael y yo a su casa. Rafael me
espera abajo, porque mi tía no quiere que vaya con él. Yo estoy un rato con
ella y le saco un duro para ir al cine. Me lo da siempre a condición de que no
vaya con Rafael. Siempre llora y quiere que salga de la tienda y vuelva a vivir
con ella. Pero yo le digo que eso se ha terminado, que no necesito nada y que
estoy muy contento de trabajar. Ella no quiere que sea chico de tienda y que
friegue los cristales. Mientras esté allí la tía Eulogia, yo no vuelvo.
Cuando
voy este domingo a casa, hay una novedad. Ha venido la tía a decir a mi madre
que ha echado a la tía Eulogia porque estaba ya harta de que la robara, y que
volviéramos a casa mi madre y yo. Mi madre le ha contestado que ella irá todos
los días a hacerle la casa y la comida como antes y que yo, ella no se mete en
nada y me deja en libertad de hacer lo que quiera. Nos pasamos la tarde
hablando mi madre y yo, y no voy a ver a mi tía, porque no sé qué decirle.
El
lunes por la mañana, mi tía se presenta en la tienda. Don Arsenio cree que es
un cliente, porque no está enterado de la historia, y cuando le pregunta lo que
desea, se echa a llorar, se sienta en una silla y dice:
-Vengo
a por el niño.
Don
Arsenio se queda de piedra y cree que se le ha metido una loca en la casa.
-¿A
por el niño? -pregunta.
-Sí,
señor, a por el niño. Sabe usted, ha sido una locura. Afortunadamente, el niño
no lo necesita, porque en casa no le falta nada.
-Sí,
señora, sí, tiene usted razón. Cálmese, eso no será nada. Veremos de arreglarlo
lo mejor posible.
-¿Dónde está el niño? ¿Es
que ha salido? Don Arsenio pierde la paciencia:
-Pero
¿qué niño, ni qué ocho cuartos, señora?
Cuando
bajo de desayunar me encuentro a don Arsenio furioso, escuchando la historia de
mi tía, y a mi tía llena de lagrimeos. Rafael y Arnulfo se están divirtiendo a
cuenta de los dos detrás del mostrador y yo me siento completamente ridículo.
Le doy un beso.
-¿A
qué ha venido usted aquí? -le pregunto.
-¿Esta
señora es tu tía? -me pregunta don Arsenio.
-Sí,
señor. -Comienzo a contarle la historia a grandes rasgos pero me interrumpe.
-Bueno,
ya lo sé. Me lo ha contado ella tres veces ya. Ahora, ¿qué pasa? Porque las
visitas al personal -dice pomposo. - están prohibidas en las horas de trabajo
salvo casos urgentes.
-¿Qué quiere usted que yo
le haga? Ella es así. Yo no sé a qué ha venido. Mi tía se serena entonces:
-Mira,
hijo, he0venido a por ti. Ya te habrá contado tu madre que hemos hecho las
paces. Ya se ha marchado Eulogia, que bien harta estaba de ella; y lo que me ha
robado, hijo, ¡lo que me ha robado! Si siguen más en casa, no dejan ni los
clavos. Ahora te vienes conmigo y si quieres trabajar ya te buscaremos una cosa
buena. Todo menos ser tendero. Anda, coge tus cosas, despídete de estos señores
y vámonos, que salgamos de aquí. ¡Señor! ¡Señor! ¡Pobrecillo, lo que habrá
padecido!
Don
Arsenio estalla al verse tratado despectivamente: -Oiga usted, señora... ¡o lo
que sea! El ser tendero, como usted dice, es una profesión muy honrada. Y aquí
no nos comemos a los chicos. Seguramente que, con todo su postín, no le dará
usted de comer como come en mi casa.
-Habrá
que ver lo que da usted de comer a la dependencia. -¡Mejor que le daría usted,
señora! ¡Hemos terminado! Entérese bien de lo que voy a decir. El chico lo ha
traído aquí su madre y a mí no me importan las historias de familia. El chico
no sale de aquí mientras su madre no venga a por él y él quiera marcharse. Yo
no sé quién es usted ni me importa, pero el chico es un menor que está a mi
cuidado y aquí mando yo. De manera, señora, que por la puerta se va a la calle.
Sigue
una escena de abrazos, sollozos y besos. Mi tía mete mano al bolsillo y saca un
billete de cinco duros.
-Toma,
hijo, para que te compres lo que te haga falta. Don Arsenio le devuelve el
billete:
-El
chico no necesita nada, señora. Tiene él su dinero ahorrado y no le hacen falta
limosnas para engatusarle. Y márchese usted ya porque yo no necesito que
vengan clientes y encuentren aquí plañideras.
Cuando
se marcha, consigo calmar a don Arsenio, asegurándole una y otra vez que mi
tía está chiflada y que yo no me quiero ir de la tienda para volver otra vez a
su casa. Mi afirmación de que en su casa se come mejor que en casa de mi tía
le deja completamente satisfecho. El domingo le digo a mi tía que sigo en la
tienda porque estoy bien y me gusta.
Se
pasan unas semanas tremendas. Cuando salgo por la mañana a limpiar los
cristales de la tienda, se presenta mi tía con dos o tres churros en la mano,
con mucho miedo de encontrarse con don Arsenio. Me da muchos besos, me da la
lata con volver a casa y se queda allí al pie de la escalera gritándome a cada
momento que me voy a caer y me voy a matar, que me van a salir sabañones del
agua fría, que podía estar aún durmiendo en mi cama tranquilamente, que comeré
poco, que me acostaré tarde, que tal y que cual. Como todos los chicos de todas
las tiendas están a esta hora limpiando como yo, todo el mundo me toma el pelo.
Acabo por decírselo a don Arsenio y el hombre baja una mañana temprano, le arma
un escándalo y la echa. No vuelve, pero a los dos o tres días, cuando voy a
llevar un velo a la calle de Ferraz, me la encuentro en la esquina. Desde entonces,
se pasa los días detrás de las esquinas y cuando menos lo espero está a mi
lado. Llega a convertirse en una verdadera pesadilla. Al mismo tiempo me da
lástima y también quisiera dejar la tienda por otra cosa mejor. En la tienda se
han enterado de que viene a buscarme y todos me gastan bromas, hasta las golfas
de la calle que, como siempre están en las esquinas, ya la conocen.
El
gramófono resuelve la cuestión:
Don
Arsenio ha organizado un concierto en la terraza de su casa para esta noche, y,
después de comer, nos dice a Arnulfo y a mí:
-Subidnos
el gramófono. Tú -le dice a Arnulfo-, subes la caja; y tú -a mí-, la bocina.
Pero con mucho cuidado que no se os caiga por la escalera.
Cuando
salgo por la estrecha puerta de la tienda, la bocina tropieza con la luna del
escaparate. No pasa nada, pero don Arsenio que está de mal humor, no sé por
qué, viene a mí hecho una fiera; me da un cachete en el cogote y grita:
-¡Estúpido!
¡Hijo de zorra! -Es una palabra que dice muchas veces-. ¿No tienes ojos en la
cara?
Me
revuelvo al cachete y al insulto. Entro de nuevo en la tienda y, furioso, le
grito en la cara:
-A
mí no me pega usted, ¡cerdo cebado! ¡El hijo de zorra lo es usted y toda su
familia!
¡Métase
el gramófono donde le quepa! -Y tiro contra el suelo la bocina.
A
los cinco minutos estoy en la calle perseguido por las voces de don Arsenio.
Me
quedan dos caminos: ir a casa, a la buhardilla, contar a mi madre lo que me ha
pasado y buscar otra tienda. O marcharme a casa de la tía, pero esto sería
claudicar. Son las tres y media. A esta hora mi madre está en casa de la tía.
Me voy allí. La tía se pone contentísima de verme y cree que he ido a algún
recado cerca y he subido a verla. No le digo nada. Me meto en la cocina con mi
madre y le cuento lo que ha pasado:
-Bueno,
no te apures, buscaremos otra tienda.
Pero,
claro es, mi madre tiene que contárselo a mi tía.
Aquella noche me quedo a dormir con ella. Tumbado en mi
cama dorada, miro el techo plano, brillante de estuco, tan alto sobre mi
cabeza. En la buhardilla, los pies de mi cama rozan el techo inclinado de yeso
que mancha de blanco las barras verde sucio.
Retorno al colegio
Capítulo III
El
alto armario de roble está todavía lleno de las ropas del otro. Los dos trajes
de marinero, el azul y el blanco, en sus perchas curvadas. Los pantalones
cortos cerrados en la rodilla por una goma que deja la huella roja en la piel.
La hilera de delantales de dril rayados en cuadraditos diminutos. Las pecheras
de piqué color crema. Los cuellos almidonados planos. Las chalinas de seda.
Las gorras escocesas y la boina de bajar a la calle. La cartera roja del
colegio.
La
tía va sacando prendas y colocándolas sobre la cama. Las conozco todas una a
una, como se conocen las cosas que hemos llevado sobre el cuerpo, pero me
parecen cosas ajenas, cosas de otro.
-¿Qué
hacemos con todo esto? -me pregunta mi tía.
Desde
la superioridad de mi traje de «hombre» a medida, impecable, sin más arruga
que el bulto del reloj de plata del tío, amarrado a una cadena de oro barbada,
le contesto:
-¡Bah!
No faltará algún chico que lo necesite.
La
tía va doblando las prendas una por una y metiéndolas en el cajón de abajo del
armario, prodigando las bolas de naftalina entre pliegue y pliegue.
-Lo
guardaremos. Por si hace falta -dice mi tía.
¿Creerá
que voy a volver a ponerme estas ropas? Me miro en el espejo grande de la sala,
un espejo que llega al techo, de marco dorado, ligeramente inclinado en
reverencia hacia el suelo. Con el sombrero flexible, tengo más estatura que
muchos hombres, solamente estoy muy delgado y la cara es de niño.
-Me
voy -digo a mi tía.
-A
ver dónde vas y lo que haces. No tardes.
-Voy
a ver a los amigos y vengo pronto.
Comienzo
a bajar la escalera silbando a pleno pulmón, como siempre. En el piso siguiente
me callo. ¿Está bien que baje silbando y dando brincos, como cuando bajaba a
jugar a la calle con el pan de la merienda en la mano? El señor Gumersindo, el
portero, me coge en el portal y me para.
-Está
muy guapo el señorito.
Se
acabó el «Arturito» que era yo para el portero. Ahora soy el señorito. Calle
arriba, busco a mis amigos de la calle. Están en la plaza de Ramales en un
grupo, jugando al paso, discutiendo si uno de ellos -Pablito el yesero- ha
pisado o no la raya y debe quedarse. Mi llegada corta la discusión. Tengo que
contar mis aventuras de dependiente de la tienda y mi próxima entrada en un
banco como empleado. Todos los chicos me escuchan entusiasmados. Cuando se
cansan, el que se quedaba en el juego coge una china y lleva sus dos manos a la
espalda; después de unos manejos a escondidas, me presenta los dos puños cerrados:
-¿Juegas?
-me dice.
De
buena gana jugaría. Pero ¿cómo se puede jugar dentro de un traje de hombre, con
un reloj de plata en el bolsillo y una cadena de oro cruzada sobre el chaleco?
-No
-le contesto. Después agrego, suavizando la negativa-: Con esta ropa, no se
puede saltar al paso.
Me
quedo un rato mirándoles brincar, un poco azorado, sintiéndome ridículo y
acabo por marcharme con un «hasta luego», que en realidad es «hasta nunca».
Bajo a la plaza de Oriente, llena de sol, y me meto en la plaza de la Armería.
La cruzo entera hasta los balcones de la Casa de Campo. En la plaza juegan chicos
mucho mayores que yo, con sus pantorrillas al aire, sus blusas y sus
delantales. Pero yo ya no puedo jugar. Soy ya un hombre y debo tener seriedad.
Dentro de unos meses estaré trabajando en un banco. Porque las oposiciones, no
tengo ninguna duda que las ganaré.
Está
todo arreglado: don Julián, el empleado del banco que va al Café Español, me
recomienda a los directores. Él es uno de los jefes de Bolsa y lleva treinta
años en el banco. Los directores le quieren mucho y basta que yo haga bien el
examen de ingreso. Para esto me falta aprender algunas cosas de contabilidad
muy fáciles y esto está también arreglado. La Escuela Pía tiene una clase de
comercio para los chicos pobres y desde el lunes voy a ir a ella.
Con
la tía, las cosas se han arreglado como si no hubiera pasado nada. Mi madre va
por la mañana y se marcha por la noche. Podría dormir en casa de la tía porque
la Concha y Rafael están trabajando internos, pero no quiere. Dice que tiene su
cama y que no la deja otra vez, y yo creo que tiene razón.
Digo
que no ha pasado nada y han pasado muchas cosas. Ahora soy yo el que manda.
Cuando quiero salir a la calle, no tengo que preguntar si puedo ir a jugar.
Cojo el sombrero y digo:
-Me
voy.
No
tengo que abrir el aparador a escondidas para comerme las galletas y luego
dejar la puerta abierta con migas en el suelo, para que crea la tía que la ha
abierto el gato y se las ha comido. Ahora abro el aparador, pongo tres o cuatro
galletas en un plato y me las como. Después me echo un vasito de vino rancio y
me lo bebo. La tía me mira entusiasmada. Cuando salgo a la calle me pregunta si
llevo algún dinero por si me hace falta algo, y siempre tengo dos o tres
pesetas en el chaleco. Antes, para sacarle una peseta había que contarle una
historia.
Voy
a ver a Ángel. Aquí en los balcones de Palacio no hago nada contemplando como
un tonto el Campo del Moro y la Casa de Campo. Es la hora de calma en el café.
Ángel está solo sentado en el rincón de la entrada, preparando el papel no vendido
del día anterior para devolverlo a los corredores. Cuando me ve, parece que se
pone triste.
-Hola,
Arturo, ¿qué haces? -me pregunta.
Tengo
prisa por contarle toda la historia de lo que me ha pasado. La tienda, mi tía,
el banco, don Julián. Me escucha callado, con su mueca de vejete. Cuando
acabo, me golpea el hombro con su mano, negra de la calderilla y de la tinta de
los periódicos.
-Ya
no vocearemos más el Heraldo por la noche.
Del
fondo del armario saca un montón de novelas y me las alarga.
-Escoge
las que no hayas leído.
Voy
pasando los cuadernos de Novelas Ilustradas y apartando los que no tengo. Ángel
no hace más que mirarme.
-Bueno.
Mira. Me voy a llevar éstas. Luego subes a casa y escoges las que tú quieras
de las mías.
-Yo
no subo a tu casa, porque a tu tía no le va a parecer bien. -Sí, tonto, verás
-le digo-. Desde esta noche subes a casa el periódico porque te lo he mandado
yo. Y te quedas un rato conmigo. Ya lo arreglaré yo con la tía. Sale Pepe el
camarero y se asombra al verme:
-¡Caramba,
Arturito! Cuánto tiempo sin verte. Pero ya estás hecho un hombre. -Me mira de
arriba abajo-. Y doña Baldomera, ¿cómo está?
-Bien.
La pobre, siempre con su tristeza por la muerte del tío. -Pobre don José. Era
muy buena persona su tío. ¡Cómo pasa el tiempo! Cuando vino usted por primera
vez al café, era de mantillas y yo no tenía canas. Claro que ya no volverán
ustedes por aquí, pero tú sí vendrás a saludar a los viejos amigos. Manuel, mi
chico, ya le conoces, está tan hombre como usted. Él solo, con su madre,
defiende ya la tabernita.
-Pero
hombre, Pepe -le digo mitad alegre y mitad avergonzado-, ¿cómo me va usted a
llamar, de tú o de usted?
-No
sé, sabe usted. La costumbre. Claro, uno está acostumbrado a ver al Arturito y
así de pronto, no se hace uno a la idea.
-Pero
yo sigo siendo el mismo. Y quiero que me siga llamando de tú.
El
viejo me da un abrazo, besándome en la boca con su bigote cano, como todas las
noches cuando venía con mi tío, pero mucho más cariñosamente. Después se ha
sentado en la banqueta de Ángel, y con el paño blanco que lleva en el brazo se
ha restregado los ojos.
Me
marcho con mis novelas bajo el brazo. No quiero ir a casa aún. Quiero ver el
barrio, los chicos, y... ¿por qué no decirlo? Quiero jugar.
Desde
la plaza de Isabel II me vuelvo a casa despacio.
-¿Qué
te pasa, hijo? -me pregunta la tía-. Tienes cara disgustada.
-Nada,
no me pasa nada.
Me
siento en una silla a leer una de las novelas. El gato está en su cuadrado de
alfombra, sentado, mirándome. El resto del balcón está vacío. No puedo seguir
la lectura. Me levanto y me voy a mi alcoba. Del cajón de abajo del armario
saco unos pantalones cortos. Me desnudo y me los pongo; me quedo en mangas de
camisa y salgo así al comedor, notando en las pantorrillas la frescura del
aire.
-Me
he quitado el traje para no arrugarle -explico a mi tía.
Y
me tumbo a lo largo en el balcón, el libro entre el gato y yo. Mis pelos
rozando la cabeza del gato que alarga la pata y golpea rápido la hoja del
libro cuando la vuelvo. Tiene ganas de jugar y se tumba, con su panza blanca al
aire. Entre sus cuatro patas meto mi cabeza y me alborota todos los pelos que
le hacen cosquillas.
Del
balcón de enfrente, me llama doña Emilia:
-¡Arturito!
¿Ya has vuelto, rico?
El
gato salta y se escapa. Y a mí me da vergüenza de mis juegos de niño. Le
contesto rápidamente, me meto dentro y cierro el balcón. Después, lentamente,
me vuelvo a vestir el traje de hombre y sigo leyendo, sentado en la mesa del
comedor, sin enterarme de lo que dice el libro.
La
dase de comercio dura desde las diez de la mañana hasta las once y media, y por
la tarde hay otra hora de taquigrafía. La clase de la mañana la da el padre
Joaquín, la de la tarde un taquígrafo del Senado. Voy antes de las diez y busco
al padre Joaquín en su cuarto, abierto como siempre a los cuatro vientos con su
atril y sus pájaros alrededor de la ventana. Está leyendo.
-Entra
-contesta a mis golpecitos en la puerta-. ¡Ah! ¿Eres tú? -Se levanta y me da un
abrazo-. Qué, ¿tienes muchas ganas de estudiar otra vez? Eso no te será
difícil. En un par de meses estás al corriente. Vas a bajar a clase para que
sigas a los demás, pero yo te enseñaré todo esto fuera de las horas de clase,
de una manera mucho más rápida que a los chicos. Y luego a trabajar y a ganar
la vida. Porque ya eres un hombre, ¿eh?
Bajamos
juntos a clase. Cuando entramos, los chicos, como siempre, se ponen de pie.
-Sentarse
-dice el padre Joaquín.
Vamos
hasta la tarima y allí, dirigiéndose a todos, les dice:
-Desde
hoy tenéis un nuevo compañero que muchos de vosotros ya conocéis. Viene con nosotros
un poco de tiempo para estudiar la contabilidad, porque ya está trabajando y lo
necesita. Correrse todos un puesto para que pueda sentarse aquí. Como sabéis,
en esta clase no hay primero ni último, pero hay que dejarle el primer puesto
porque se lo merece.
Quedo
allí, en el extremo del primer banco, y comienza la lección. Una lección casi
enteramente dedicada a ponerme al corriente de la marcha del curso, para que
pueda seguir a los demás. Me es muy fácil coger el hilo general, hojeando el
método que me ha dado el padre Joaquín. Los chicos me miran y cuchichean entre
ellos. Muchos miran el sombrero colgado en la percha con las gorras y las
boinas de los demás. Ninguno me habla. Son todos chicos pobres del barrio. A
algunos los conozco, pero cuando intento hablar con ellos, se cierran como las
almejas y me contestan con un ¡hola! y con «síes» y «noes».
Cuando
acaba la clase, subo con el padre Joaquín a su cuarto y charlamos un poco.
-¿Qué
te parece? -me pregunta.
-¿Qué
quiere usted que le diga? -Me cuesta trabajo hablar. Estoy de pie al otro lado
de la mesa, con mi sombrero entre las manos. El padre Joaquín se levanta, da la
vuelta a la mesa, me pone una mano en el hombro y me atrae suavemente hacia él.
-Vamos a ver, cuéntame. ¿Qué te pasa?
-No
lo sé. Es una cosa muy rara. Todo me parece distinto. Hasta las piedras del
claustro que las conozco una a una. Todos me parecen otros: los chicos, usted,
el colegio. Hasta la calle de Mesón de Paredes. Cuando he bajado esta mañana
era una calle distinta. Veo a los hombres, a las mujeres, a los chicos, las
casas, todo, absolutamente todo, distinto. No sé cómo. No sé explicarlo.
Entonces
el padre Joaquín se me queda mirando un poco, de frente, en los ojos.
-Pues
claro, hombre, claro que ves todo distinto. Pero todo es igual. El que es
distinto eres tú. Mírate. ¿Qué llevas en los bolsillos? A ver, enséñamelo.
-Insiste ante mi extrañeza-. Sí, hombre, sí, enséñame todo lo que llevas en
los bolsillos.
Voy
sacando, confuso, el pañuelito de seda del bolsillo del pecho, la cartera de
piel nuevecita, el reloj de plata, el pañuelo doblado, dos pesetas, un lápiz
automático, un cuadernito de apuntaciones. No hay más.
-¿No
llevas más?
-No,
señor.
-¡Caramba!
¿Y qué has hecho de las bolas y del peón? ¿No llevas chapas, ni cajas de
cerillas, ni fototipias, ni cordeles para jugar a justicias y ladrones? ¿No
llevas ningún bolsillo roto, ni te faltan botones, ni llevas manchas de tinta
en las manos?
Debo
de tener una cara muy ridícula. Él va recogiendo burlón todas las cosas, una
por una, me las va metiendo en los bolsillos:
-El
pañuelito de seda para estar guapo. ¿Qué, ya miras a las chicas? La cartera
para guardar los cuartos. Todavía no hay billetes dentro, pero ya vendrán.
Tiempo requieren las cosas. El reloj de plata, para saber la hora. Ya no hace
falta mirar los relojes de las tiendas y bajar corriendo la calle porque se
hace tarde. Ni esperar la campanada de la torre.
Me
pone las dos manos en los hombros, sus dos manos grandes de hombrón vasco, y me
mira otra vez, cara a cara.
-¿Te
has enterado de lo que ha pasado ya?
-Sí,
señor -le digo.
-Si
vas a ver al padre Vesga -agrega burlón-, te dirá que has perdido el estado de
pureza. Yo te digo simplemente que has dejado ya de ser niño.
En
la compañía de mi tía y de mi madre, el padre Joaquín se convierte en la única
persona con la que puedo hablar y discutir. De lo que menos hablamos es de
contabilidad, que me resulta una cosa sencillísima. Muchas veces salimos
juntos a rebuscar libros en el Prado o a ver los museos y hablamos; hablamos
como si fuéramos un padre y un hijo carnales. Un día me dice el padre Joaquín:
-Mañana
hay comunión. Tú, ¿has dejado ya la costumbre de comulgar todos los meses?
-Sí,
señor.
-Claro,
es lógico. De todas maneras, si quieres, puedes comulgar mañana.
Al
día siguiente voy al colegio y bajo a la iglesia con el padre Joaquín.
-¿Qué
has pensado? -me dice.
-Voy
a comulgar -le contesto.
-Si quieres, espérame
allí para confesarte. Cuando me coge en el confesonario me dice:
-Bueno,
cuéntame tus pecados.
-¿Qué
voy a contarle a usted?
¿Qué
voy a contarle a este hombre que conoce mis últimos pensamientos, como no los
conoce mi madre, ni aun yo mismo, porque muchas veces es él quien me los
aclara?
-También
es verdad -contesta-. Vamos a rezar los dos un padrenuestro por el alma de tu
tío.
Después
desayunamos en su cuarto un chocolate espeso con bollos y un vaso de limonada.
Cuando
vuelvo a casa, todo está lleno de luz.
A
excepción del padre Joaquín, me encuentro aislado de todos los demás. Es una
cosa que veo claramente. Todos los conocidos han dejado de tratarme como niño,
pero ninguno quiere tratarme como hombre. Yo comprendo que hay muchas cosas de
las que no pueden hablar conmigo, pero yo necesito hablar y que me hablen,
enterarme de las cosas. Los mayores no se enteran de que, conmigo, hacen el
ridículo. Si llego yo cuando están hablando de mujeres, se callan y cambian de
conversación, para que yo no me entere porque soy un chico. No saben que estoy
enterado de todo lo que pueden contar. Arnulfo me contaba en la trastienda, con
todos los detalles, hasta los más mínimos, sus relaciones con todas las golfas
del barrio y sé más de esto que muchos que se callan cuando llego. La gente es
toda ella hipócrita o bruta. ¿No lo ven que estoy solo? Necesito jugar. He
comprado un montón de herramientas y estoy construyendo una máquina de vapor
pequeñita. Me hago mis dibujos y mis piezas en chapa de latón. He comprado un
tratado de máquinas de vapor y copio los dibujos. Es un libro antiguo y las
máquinas son de hace treinta años. Pero me basta porque lo que yo quiero hacer
es una máquina muy sencilla. La tía se enfada conmigo porque me mancho las
manos y le ensucio la casa. Los domingos me voy al Rastro a comprar las piezas
que me hacen falta.
El Rastro está en el barrio del colegio. Desde la plaza
de Cascorro hasta el Mundo Nuevo, hay una cuesta muy empinada que se llama la
Ribera de Curtidores. Muy cerca está el matadero y las pieles de todas las
reses que se comen en Madrid vienen a parar aquí a las fábricas de curtidos. A
ambos lados de la calle hay fábricas de éstas, que son unas construcciones de
cuatro y cinco pisos de vigas de madera, abiertas por todos los lados. En las
vigas cuelgan las pieles a secar por el aire y el sol que entra por todas
partes Hay en el barrio un olor acre de la carne podrida de las pieles, que se
agarra a la garganta. En las aceras de la calle se ponen los vendedores de
cosas viejas y allí se encuentra de todo, menos lo que se busca.
Todas
las cosas viejas que se desechan de las casas, allí se venden. Hay ropas
usadas de hace cincuenta años, faldas con su miriñaque de mimbre, ya podrido,
dentro. Uniformes de la época de Fernando VII, muebles, cuadros, alfombras,
tapices, instrumentos de música abollados, cacharros de todas clases, estuches
de cirugía roñosos, bicicletas viejas con las ruedas torcidas, relojes
absurdos, verjas de hierro, lápidas de sepulturas con el nombre carcomido,
coches viejos con las ruedas rotas o un agujero en el techo por el que cae el
sol sobre el resto de terciopelo del asiento, gatos, perros y loros disecados,
saliéndoseles las tripas de paja, anteojos de larga vista de un metro de largo
que se cierran como un acordeón, brújulas de barco, armas de Filipinas,
decoraciones y cruces viejas del pecho de algún general, libros, papeles,
tinteros de cristal gordo o de barro vidriado. Hierro viejo, mucho, mucho
hierro viejo: barras retorcidas que nadie sabrá decir qué fueron, aros, tubos,
piezas de máquinas pesadas, ruedas dentadas descomunales que dan escalofrío de
pensar en la mano triturada por sus dientes, yunques con la nariz rota, rollos
de alambre llenos de ocre de la roña, herramientas: limas desgastadas con los
dientes embotados de limaduras, martillos de formas inverosímiles, tenazas de
labios carcomidos, alicates con la pata rota, escoplos desbocados, cinceles,
taladros, barrenas, escuadras. Hay alimentos: chorizos cubiertos de moho,
galletas apolilladas, tocino vivo, quesos acartonados, dulces que lloran goterones
de miel como pus, gallinejas que se fríen en sartenes llenas de sebo, churros
resecos, chocolates torcidos ablandados por el calor, mariscos, cangrejos de
río pataleando cieno, bollos barnizados, manzanas bañadas en caramelo rojo
como sangre viva. Centenares de puestos. Millares de personas a ver y a
comprar; Madrid entero se pasea en el Rastro, los domingos por la mañana.
Allá
abajo, en la Ronda, entre las Américas y el Mundo Nuevo, están los puestos más
miserables, los puestos donde compran los miserables. La Flor de Cuba se llama
un puesto: es un tablero de dos metros de largo y uno de ancho. En medio hay
un montón enorme de tabaco. Tabaco negruzco y maloliente obtenido de las
colillas de Madrid. A los lados del montón hay, a la derecha, hileras de
paquetes de cigarrillos liados en papel grueso, con una cintura verde chillón.
A la izquierda, en hileras simétricas, docenas de colillas de puros, con su
faja puesta, clasificados por tamaño y por calidades. Los precios son varios:
una buena colilla de caruncho, con su faja acreditando su procedencia
auténtica, puede valer hasta cincuenta céntimos. Detrás del puesto está un
gitano, viejo, ochentón, con patillas de plata en la cara, y a su lado tres
mujeres en cuclillas que lían cigarrillos con una rapidez pasmosa. El tabaco
del montón se vende al peso: dos reales el cuarterón. El establecimiento está
siempre lleno por la parte de delante de compradores, por la de atrás de
vendedores, golfillos de Madrid que llegan con su bote con su saco lleno de
colillas, ya limpias de papel -requisito obligado para la compra-, a
vendérselas al viejo. Con sus manos, que no se distinguen entre el tabaco por
tener el mismo color, pesa cuarterones a unos y a otros. A unos les paga un
real por cuarterón, a otros les cobra dos por la misma cantidad. Los botes se
vacían en la cúspide del montón y le mantienen siempre pleno.
Entre
tanta porquería me siento feliz, porque el Rastro es un museo inmenso de cosas
y de gentes absurdas. De aquí va saliendo poco a poco mi máquina de vapor.
Los
jueves me voy al cine solo. Los domingos, con Rafael. Los libros, el cine, la
máquina de vapor, el padre Joaquín y la clase constituyen todo mi mundo. A mi
tía la acompaño algunas veces a dar un paseo y una vez al mes, en coche, al
cementerio a renovar las flores de la tumba del tío y a rezar allí un rosario
con ella. Ya no hay disgustos con mi madre, pero la tía va perdiendo poco a
poco la cabeza, y la memoria. Se va volviendo tonta.
A
fin del verano serán los exámenes en el banco. Don Julián viene de vez en
cuando a casa y me explica cosas que luego me preguntarán. Lo que he aprendido
en el colegio no me sirve para nula. En el banco tienen formas distintas de
hacer las cuentas para abreviar y todo se vuelven trucos y combinaciones que
nada tienen que ver con la regla de tres y con la de interés. Pero todo son
cosas sencillas y si todo es así, en cuanto esté en el banco y vean cómo puedo
calcular me pondrán un buen sueldo. Entonces, mi madre no bajará más al río.
A
las seis y media me presento en el banco. Un ordenanza viejo que está allí
sentado llama a don Julián, y con él subo una escalera alfombrada de rojo, con
varillas doradas sujetando la alfombra. Arriba hay un pasillo con linóleo
encerado en el que se escurren los pies y unas barreras de madera gruesa a los
lados. Detrás de las barreras hay unos empleados a cual más
raro. Tipos como yo no los he visto en mi vida. Uno muy rubio, con el pelo casi
ceniza, una pipa en los labios, oliendo a tabaco inglés, un monóculo clavado en
el ojo derecho que le levanta la ceja sobre la otra. Un tipo bajito, con el
pelo entrecano y una calva en la entrada de la cabeza, bigote negro que se ve
es teñido y una perilla a la francesa. Una señora vieja, delgada, de muñecas
finísimas, que escribe a máquina con una rapidez increíble. Un ordenanza
impecable con las iniciales C. E. bordadas en oro sobre el uniforme azul. El
ordenanza nos mete en uno de los recintos que forman las barreras de madera: un
recinto donde hay seis o siete mesas, cada una con su máquina de escribir
encima.
Después
viene un señor con redingote color café, gafas de oro pendientes de una cinta
de seda atada al ojal, perilla francesa cana y una pipa de ámbar larga en la
que arde un cigarrillo. Don Julián y él se saludan y hablan en francés muy de
prisa. El señor viene a mí y me pregunta cuál de las máquinas que hay allí
conozco mejor. Me decido por una Underwood. Entonces, coge el borde de la mesa,
da un tirón de él y la máquina se vuelca, se cae para atrás y se hunde. A la
vez, sale un tablero y la mesa queda completamente plana. La máquina ha desaparecido como en un juego de prestidigitación.
Debajo hay un tablero inclinado y de la máquina ya no se ve nada. Entonces
aprendo la primera palabra francesa que ya me perseguirá toda la vida: dossier.
El señor de la perilla y los lentes de oro coge una carpeta amarilla, llena de
hojas dentro, y dice en mal español:
-Vamos
a hacer el dossier.
Nombre,
apellidos, padre, madre, estudios, fecha de nacimiento, etc. Después, más
hojas con los problemas que he de resolver escritos a máquina con un espacio
debajo para las operaciones. Me quedo solo allí haciendo números. Don Julián y
el francés que, luego me entero, es el jefe del negociado de Acreditados, se
pasean por el pasillo de linóleo. Después me dictan un párrafo en la máquina de
escribir. Después, otro párrafo a mano. Luego me dan una hoja llena de
anotaciones que es un informe comercial de una casa de Lugo. Se trata de
redactar con estas notas un informe completo.
Cuando
acabo, don Julián viene conmigo hasta casa. En el camino me da palmaditas en
el hombro.
-Les
has gustado mucho, sólo la letra no es muy buena; pero esto se puede arreglar
pronto.
En
la Puerta del Sol tomamos un vermut. Pica el agua de seltz. Me la bebo con
ansia, porque tengo la boca seca y estoy aún deslumbrado de aquellos salones y
aquellos globos de luz lechosa. Allí voy a trabajar yo? Me siento lleno de
orgullo.
Cuando
llegamos a casa, don Julián afirma a mi tía que puedo contar con la plaza.
Tres
días después, recibo una carta -la primera carta- comunicándome la dirección
del banco -Crédit Étranger, capital 50. 000. 000 de francos- que don Arturo
Barea pasará a prestar sus servicios el próximo 1 de agosto de 1911.
Me
faltan aún tres meses para cumplir catorce años, pero soy ya empleado de una de
las primeras casas de banca del mundo.
Trabajo
Capítulo IV
De
pie alrededor de la mesa, vamos clasificando rápidamente la correspondencia con
arreglo a las iniciales en rojo que marcan el negociado a que va destinada cada
carta. De vez en cuando, Medrano se vuelve hacia la mesa de los jefes y un
nuevo montón de cartas sustituye al ya clasificado. Está prohibido hablar,
pero de todas formas hablamos bajito los tres, Gros, Medrano y yo. Nadie puede
saber si hablamos del trabajo.
-¿Por
quién has entrado aquí? -me pregunta Medrano.
-Por
el jefe de la Bolsa -contesto.
-A
mí me ha recomendado el cajero, que es amigo de casa hace muchos años. ¿Dónde
has estudiado?
-Yo
en la Escuela Pía. ¿Y tú?
-Casi
igual. En los salesianos de la Ronda. Por lo menos aquí no nos dan la lata con
sus misas y sus rosarios. Aunque el señor Zabala, el jefe de correspondencia
-el que está en medio de los tres-, es un jesuita. Lleva un escapulario debajo
de la camisa y todos los domingos va a la misa de la calle de Cedaceros, donde
tienen la residencia los jesuitas. El otro es igual, el señor Riñón, el
chiquitín, ése que está a la derecha y que es el jefe de la sección española.
Al único que se puede tratar es al otro, al jefe de extranjero, el señor
Berzotas. Claro, como ha viajado mucho, ya no hace caso de curas ni de frailes.
-¿Cómo
has dicho que se llama?
-El
señor Berzotas. Sabe jugar al tenis. Los sábados y los domingos se va a un
campo que tienen los ingleses. Quiere hacer una sociedad deportiva con los
empleados.
En
este momento, el señor Berzotas me llama:
-Mande
usted, señor Berzotas -le digo atentamente. Se pone instantáneamente rojo y se
me queda mirando muy serio. Los empleados que hay más cerca se sonríen y yo me
azoro. -¿Con que Berzotas, eh? ¿Quién te ha dicho a ti que yo me llamo Berzotas?
La
costumbre del colegio de no denunciar a nadie, me obliga a replicar en el acto:
-Nadie.
Se lo he oído a los empleados.
-Aquí
-me dice muy serio- no hay ningún berzotas, porque cuando hay alguno se le pone
en la calle y en paz. Yo me llamo Manuel Berzosa.
Cuando
ve mi azoramiento, y que casi se me saltan las lágrimas, me golpea el hombro.
-Bueno,
no te apures. Berzosa tiene también algo de coliflor. Mira, este señor, Míster
Ciernan, me llama «Birchosas» desde el primer día y no hay manera de hacerle
cambiar. Me da un paquete de cartas para repartir y vuelvo a la mesa malhumorado
con Medrano.
-No
te lo tomes tan en serio. Aquí nos gastamos bromas todo el día. Ya verás. Y el
que se cabrea, peor.
La
segunda broma viene mediada la tarde. Gros me dice mientras manipula con los
copiadores de cartas y con el montón de paños húmedos para copiar:
-Vete
al váter y tráete llenos dos cubos que hay allí. Vuelvo del váter con dos cubos
de agua rebosantes que me salpican el pantalón, porque pesan más que yo. Gros
se lava las manos minuciosamente en uno y Medrano en el otro. Después me dice:
-Te
los puedes llevar ya. -Y los dos se echan a reír.
Yo
hago de tripas corazón, cojo los cubos otra vez y al pasar al lado de Gros hago
oscilar uno de ellos. Le lleno de agua el pantalón desde más arriba de la
rodilla. Se vuelve furioso. -Perdona, ha sido una broma -le contesto-. Y si te
cabreas, peor. Acabamos los tres riendo a carcajadas que provocan la salida de
las barbas sucias del señor Zabala, que nos regaña con su voz atiplada. Después
me enseñan la técnica de copiar cartas. Se pone una hoja de tela
gruesa y tupida, húmeda, se vuelve encima una hoja del papel de seda del
copiador y después se coloca la carta encima. La humedad pasa a través del
papel, bajo la presión de las prensas de bolas doradas que llenan las mesas de
copiar, y la carta queda copiada. Muy sencillo, pero hay que aprender la
técnica. Cuando el paño está muy húmedo, la carta se convierte en un borrón;
cuando está muy seco, no se copia. Además, con las cartas escritas a máquina el
punto de humedad es distinto de las cartas a mano.
Después
de quince días es todo lo que he aprendido: el grado de humedad necesario para
que una carta se copie.
Estoy
verdaderamente desilusionado. El día que vine a trabajar por primera vez,
mientras esperaba al jefe de personal que había de destinarme, pensaba que
dentro de pocos minutos estaría sentado en una de aquellas mesas, escribiendo a
máquina o haciendo cálculos. Estos cálculos maravillosos que se hacen en un
banco. Por si acaso, me cercioraba de que me había traído media docena de
plumas de pata de gallo. Son las plumas con que escribo mejor, aunque a veces
dejan caer borrones. Don Julián vino a verme y me dijo:
-Te
van a llevar a la sección correspondencia. Estarás muy bien. Así que, a
trabajar y a ver cómo nos portamos.
¡A
la sección correspondencia! ¡A escribir cartas del banco! Seguro que me darán
una máquina de escribir. La mayoría de las que veo son Underwood o Yost. Las
dos las conozco muy bien. Ya verán cómo soy capaz de escribir. Tengo uno de los
campeonatos de velocidad de la casa Yost en máquina ciega de doble teclado.
Cuando
vino el jefe de personal, un señor imponente, con su chaqueta de trencilla, sus
botines de paño blanco, su barba entrecana y sus gafas de oro, le seguí
orgulloso. Me presentó al señor Zabala:
-Ahí tienes un nuevo -le
dijo. El señor Zabala llamó a Gros:
-Tú
enséñale a éste para que os ayude.
Me
cogieron entre Gros y Medrano. Los tres estamos de pie al lado de una mesa de
pino pintada de negro, llena de desconchones y cortaduras, de manchas de tinta
y de goma, armados cada uno de una plegadera, cortando sobres, sacando las
cartas de dentro y colocándolas en un montón que pasa a la mesa del señor
Zabala.
-Ten
cuidado -me dijo Gros- de no romper ninguna carta al cortar el sobre. El Barbas
se pone furioso.
-¿Le
llamáis el Barbas?
-Se
lo llama todo el mundo. Además, le da más rabia que si le llamaran hijo de mala
madre.
Después,
emparejado con uno o con otro, me pasé el día subiendo y bajando escaleras. En
cada negociado dejábamos la correspondencia y recogíamos la que estaba
contestada. Todo el día subiendo y bajando escalones de cuatro en cuatro. ¡Todo
era urgente! Por la tarde, a copiar los cientos de cartas escritas por todos
los negociados de la casa. Después, a meter las cartas en sus sobres,
cerrarlos, lacrar los certificados y marcharnos a cenar. Eran las diez menos
cuarto de la noche. No cené apenas, me dejé caer en la cama como un plomo. La
tía me decía:
-Está
cansado. ¡Pobrecillo! Hala, acuéstate.
En
quince días me he convertido en un técnico de la copia y en el corredor más
ágil del banco. Somos en el banco unos sesenta chicos, todos meritorios sin
sueldo. Estamos sin sueldo un año y después pasamos a ser empleados. Pero para
llegar a empleado hay que hacer méritos. Cada año hay sólo dos o tres plazas
de empleado entre las trescientas de la casa. Cincuenta y siete meritorios van
a la calle en el curso del año, mientras van entrando, uno a uno,
otros cincuenta y siete que los sustituyen para cumplir su año de meritorio.
Los otros tres se quedan ya con plaza fija. Mi única manera de hacer méritos es
ser el más rápido de los meritorios, cosa fácil con mis piernas largas, y ser
simpático a todo el mundo. Además, copio las cartas maravillosamente. En esto
ya se han fijado los tres jefes y cada vez que hay una carta importante, me
llaman para que la copie sin hacer ningún borrón, ni ninguna sombra del paño
húmedo. Salen en las hojas del copiador como si estuvieran impresas allí. Gros
y Medrano me envidian esta facilidad. De todas formas no se puede uno distraer
ni un momento. A un chico lo puede poner en la calle cualquiera, hasta un
empleado de alguna categoría. Por otra parte, como necesitan despedir cincuenta
y siete en el año, el jefe de personal, el señor Corachán, se dedica a la caza
de los chicos y de los empleados que fuman en los retretes. Parece un fantasma.
Sale de detrás de los rincones. Se esconde en los váteres y surge de repente,
sorprendiendo a los empleados. Anda con suelas de goma y se para en silencio
detrás de uno, escuchando. De pronto le pone la mano en el hombro y le dice:
-Suba
usted a verme a mi despacho.
Le
llamamos la Mosca, y cuando aparece por un pasillo los empleados se corren en
voz baja la voz de alarma unos a otros:
-¡Ahí
va esa mosca!
Los
que están hablando se callan y comienzan a escribir muy de prisa. Los que leen
el periódico a escondidas, doblado dentro de una carpeta, tosen, cierran la
carpeta con aire indiferente, la meten en el cajón y se ponen a escribir. Pero
como todos los departamentos están sólo separados por barreras de madera de un
metro de altas y por mamparas de cristal, desde todas partes espía a la gente.
A veces viene a Correspondencia, que está en el primer piso y tiene una
barandilla que cae sobre el hall donde están los negociados del piso bajo, y
desde allí se pone a mirar a los empleados uno por uno. Luego baja, saca los
periódicos de los cajones y distribuye las broncas. Cuando está inclinado
sobre la barandilla, dan ganas de darle un empujón para que se caiga de cabeza
abajo.
Pero
a quien persigue con ensañamiento es al pobre Pla. Cuando desde arriba ve su
silla vacía, baja de prisa, se sienta en ella, saca el reloj de oro y le pone
encima de la mesa. Cuando vuelve Pla, se lo encuentra allí.
-Señor
Pla -le dice con voz campanuda, para que todos le oigan-, hace doce minutos
justos de este reloj que estoy sentado esperándole. Y vaya usted a saber cuánto
tiempo hacía que faltaba usted de su puesto.
-Señor
Corachán, he ido un momento al váter.
-¿A
esto llama usted un momento? Un cuarto de hora de trabajo perdido. Además,
aquí se viene con todas las necesidades hechas. Pero usted toma el váter por un
jardín para recrearse. Viene usted apestando a tabaco. -Después se levanta, se
estira el chaqué, cierra la tapa del reloj de oro con un ¡clac! seco y agrega-:
Siéntese y que no vuelva a ocurrir. Esto es intolerable.
Pla
le mira con sus ojillos de miope, brillantes detrás de los ladrillos de las
gafas, balbuceando, porque Pla, además de miope, cuando está enfadado o azorado
tartamudea terriblemente. Sus manos como bolas en el extremo de sus brazos
cortos, unas manos que no saben dónde estar, se apoyan en su tripa, porque todo
Pla es una bola sudosa, y sus excusas salpican de saliva los papeles de la
mesa. Cuando cae una de estas gotas de lluvia sobre un impreso en tinta de
copiar, se forma un redondelito morado.
Aunque
Pla se queda todas las noches hasta las nueve o las diez, abrumado de trabajo
porque tiene a su cargo atender a todos los clientes del mundo que juegan a la
lotería española, el señor Corachán le vigila a la hora de entrada y viene a
restregarle el reloj por las narices y a insultarle.
La
mayoría de los empleados no se tratan con Pla más que para burlarse de su
ceguera y de su tartamudez, y los grandes amigos suyos somos los chicos. A mí,
como a todos, me larga el discurso que es su obsesión:
-Tú
eres nuevo, ¿verdad? ¿Cómo te llamas? Bueno, bueno -agrega sin esperar a que le
conteste-, ve aprendiendo. Aquí tienes tu porvenir. Fíjate: un año sin sueldo,
sesenta chicos como tú, tres plazas al año y a los doce años de estar en la
casa, noventa pesetas al mes como gano yo.
Otras
veces hace cálculos fantásticos:
-Hay
en Madrid veinte bancos; a cincuenta meritorios cada uno son un millar. En
España habrá un promedio de doscientos bancos con veinte meritorios cada uno,
son cuatro mil chicos; hay millares de casas de comercio que tienen meritorios
sin sueldo; así que hay millares de chicos que trabajan, no ganan nada y además
quitan de trabajar a los hombres.
-Pero,
Pla -le digo yo-, es el aprendizaje. -¿Es aprendizaje? Es la explotación
sistemática del chico. Está muy bien estudiada. Cuando lleves aquí siete u ocho
meses, un día te pondrán en la calle; si entonces vas a otro banco y cuentas
que has estado aquí ocho meses y te han despedido, no te admiten. Si te callas,
tienes que estar otro año de meritorio, para correr el riesgo de que te
despidan a los ocho meses. Y te encuentras en la misma situación. Si buscas
trabajo en una oficina particular, te dirán que aquel negocio no es un negocio
de banco y que si quieres puedes entrar de meritorio, para que aprendas sus
particularidades. La única posibilidad de romper este círculo vicioso es
aprovechar ahora y pedir trabajo mientras estás trabajando en el banco. Así sí
es fácil encontrar una casa que te dé cinco o seis duros de sueldo al mes.
-Pero
yo quiero ser empleado de banco.
-Bueno.
Pues entonces prepárate a tener paciencia.
Todos
tenemos la misma ilusión de llegar a ser empleados del banco y alcanzar un
puesto bueno. Vemos a los altos empleados y nos conocemos su historia: don
Julián es hoy el jefe de Bolsa y gana cerca de mil pesetas al mes. Entró como
yo, de meritorio. El cajero, que lleva treinta años en la casa, igual, y así
otros varios. Pero la mayoría de los que tienen sueldos mejores son
precisamente los que no han sido meritorios, sino que han entrado ya de
empleados. Ahora, que todos tienen una especialidad. Unos saben idiomas y
otros son técnicos que saben cómo emplear el dinero del banco para que produzca
intereses y beneficios. Así, por ejemplo, el señor Tejada.
El
señor Tejada es el apoderado de Bolsa y está por encima de don Julián. Es el
único que puede dar órdenes en Bolsa, y don Julián lo único que hace es
cumplirlas y luego ocuparse de la correspondencia de los clientes. El señor
Tejada gana millones para el banco y le pagan muy bien. Es uno de los que ganan
más, casi tanto como el director. Yo puedo llegar a ser como él, porque es muy
sencillo. Una vez don Julián me explicó cómo se hacen las especulaciones y el
juego de Bolsa. El banco no puede nunca perder. Los que pierden son los
bolsistas que tienen poco dinero y los clientes. Además, al banco le dan aviso
de las cosas antes de que nadie las sepa, en telegramas cifrados que traduce
don Julián.
El
juego de Bolsa consiste en apostar si el valor de unas acciones o del papel
del Estado va a subir o a bajar a fin de mes. Esto es muy sencillo cuando el
banco tiene muchas acciones en su cartera, porque entonces es él el que gana
siempre. Acepta todas las ofertas que le hacen, sean al alza o a la baja, y
cuando llega al fin de mes, mira las compras que ha hecho. Si le conviene que
suban los valores, pide comprar más, ofreciendo un precio mayor. Como la
mayoría lo tiene en sus cajas o ya comprometido, en Bolsa hay muy pocos
valores, y los mismos bolsistas se encargan de comprarlo para revendérselo al
banco. Así que a fin de mes el precio está mucho más alto y al banco tiene que darle, el que
compró a principio de mes, mucho más barato a la fuerza o pagarle la
diferencia. Entonces el papel baja, pero como el banco ya lo tiene vendido a un
precio más alto, se guarda la diferencia. Así se arruina mucha gente, pero el
banco gana dinero.
Hay
otro negocio que es mucho mejor. Este negocio lo hace mucho el Banco Urquijo,
que es de los jesuitas, y el Banco de Vizcaya, que parece lo es también. Unos
industriales piensan montar una fábrica. Necesitan cinco millones, pero no
tienen este dinero. Entonces, si al banco le parece bueno el negocio, adelanta
el dinero y se hace una emisión de acciones que el mismo banco pone a la venta
al público. Si el público cubre la emisión, el banco se guarda la comisión del
préstamo y el corretaje de la emisión. Si no se cubre, el banco se guarda las
acciones que no se han vendido y cuando la fábrica está ya en marcha, entonces
hace subir las acciones y la gente las compra. El banco se guarda la
diferencia. Muchas veces ocurre que el negocio es malo, y cuando el banco ya ha
vendido sus acciones, el negocio se hunde y los accionistas no ven un céntimo,
porque los bancos ya saben que aquellas acciones no pueden comprarse. De esta
manera parece que estos dos bancos son los dueños de los servicios públicos de
Madrid y de casi todas las industrias de Bilbao.
El
otro negocio grande es la cartera. Hay mucha gente que para no tener el dinero
en casa lo lleva al banco, que lo guarda en seguridad y paga un interés pequeño
al año. Con este dinero que no es del banco, el banco hace préstamos a los
comerciantes; las letras de cambio que tienen las llevan al banco para que se
las cobre y por esto pagan una comisión. Pero como el banco no les paga hasta
que no se ha cobrado la letra y ellos necesitan el dinero en seguida, cuando
llevan las letras piden el descuento de ellas. Entonces el banco les cobra el
descuento y además el corretaje. Como el descuento es el cuatro por ciento y el
dinero que emplea no es suyo, resulta que por cada cien pesetas por las que
paga tres años, cobra cuatro pesetas cada vez que le llevan una letra de cien a
descontar. En el año le llevan millares de ellas.
Para
esto tienen un servicio de informes y saben el crédito que necesita cada
comerciante. En el negociado de informes tienen trabajando a señoritas que
copian los informes a máquina y hacen cientos de ellos todos los días. Les
pagan dos pesetas diarias y muchos días trabajan hasta doce horas, sin levantar
la vista de la máquina de escribir. Hay también señoritas en el negociado de
títulos, pero éstas están mucho peor, aunque ganan lo mismo. Como yo llevo la
correspondencia a todos los negociados, las veo todos los días. A veces me dan
caramelos.
Abajo,
en los sótanos, hay unas habitaciones que son todo en acero. Las paredes, el
techo y el suelo. Las mesas y las sillas. Las puertas son unas verjas de
hierro, y por las noches cierran otra puerta gruesa de acero que tiene muchos
cerrojos y muchos botones con números que hay que combinar para que la puerta
se abra. No hay ventanas y sólo se puede trabajar con luz artificial. Allí
están las señoritas. Trabajan guardando y ordenando los títulos que depositan
los clientes. Además, cortan los cupones de todos los títulos cuando llega su
vencimiento para cobrarlos, y preparan las facturas para el cobro de todos los
cupones que se pagan en España. Así que pasan el día con las tijeras en la mano
o contando paquetes de cien cupones y relacionándolos uno por uno en las
facturas de cobro. Como no hay aire y todo es de hierro, la atmósfera es
sofocante. Las chicas están todas pálidas y a la señorita Magdalena, que es la
que lleva más años allí, le tienen que dar todos los meses tres o cuatro días
de permiso. El único hombre que hay es el jefe, el señor Perahíta, un hombre
gordo, muy gordo y muy bonachón. Pero a éste parece que no le hace efecto
trabajar allí, porque cada vez está más gordo y más colorado. En la puerta de
entrada al negociado hay un motor de ascensor, y el olor de la grasa entra en
la habitación y se agarra a la garganta.
Además
de éste, hay otros negociados especiales; están las cajas de alquiler, otra
habitación de acero con una puerta muy gruesa. Dentro está lleno de cajas como
armarios y cada cliente tiene la llave de uno de los cajones de estos armarios.
La mayoría son joyeros de alrededor, porque este es el barrio de las joyerías.
Por la noche vienen con los estuches llenos de joyas y las guardan allí. Pero
hay también otros clientes que guardan allí sus joyas, sus títulos y su dinero.
Hay uno que tiene muchas barras de oro y muchas monedas también de oro. Cuando
abre la caja, toda ella brilla por dentro de amarillo. Las monedas y las barras
están en pilas. Una vez nos dejó ver una barra que había venido de China y
estaba llena de letras chinas en relieve. Pesaba, lo menos, un cuarto de kilo.
Viene también una señora vieja que tiene allí sus billetes, y que todas las
mañanas a las diez viene por el dinero que le hace falta para el día. Abre su
caja y mira a todos lados para que nadie sepa el dinero que tiene. Cuando hay
alguien al lado abriendo otra caja, se espera a que se marche. Una vez el
cajero del banco le dijo que por qué no daba el dinero al banco y así podría
ella retirar el que le hiciera falta siempre que quisiera y que, además de
ahorrarse el gasto de la caja, ganaría el interés. Le contestó que todos los
bancos quiebran un día u otro y no hubo manera de convencerla. Siempre le pide
a Antonio, el jefe de los ordenanzas, que la acompañe, porque tiene miedo de
que pueda haber alguien en el sótano que la robe y la mate cuando abra la caja.
Este
Antonio es peor aún que el señor Corachán. Siempre está detrás de los
ordenanzas, que son chicos como nosotros, y además nos espía a nosotros y se lo
cuenta al señor Corachán. Así que le tenemos todos verdadero asco, hasta los
empleados, porque como ellos han sido meritorios, saben que es un tiralevitas.
Delante de él nadie habla y él tiene odio a todos los empleados. A veces un
ordenanza o un cobrador se examina y logra entrar como empleado en el banco.
Entonces Antonio no vuelve a dirigirle la palabra. Vive en el mismo banco, y
por las noches vigila a los serenos hasta las doce o la una, paseándose por los
pasillos en silencio, con zapatos con suela de goma como el señor Corachán.
Como a los serenos los tiene hartos, un día le han gastado una broma que por
poco se muere del susto:
Uno
de los serenos, el señor Juan, se ha escondido en un rincón y, cuando ha pasado
Antonio, de puntillas para que no le oyeran, de repente ha hecho funcionar los
timbres de alarma y le ha apuntado con el revólver a Antonio, que estaba en el
fondo del pasillo oscuro.
-¡Alto
o disparo! -le gritaba-. ¡Los brazos arriba! -Antonio estaba de espaldas y se
quería volver-. ¡No se vuelva o hago fuego!
-Pero,
Juan -gritaba Antonio lleno de miedo-, que soy yo, Antonio.
-Cállese
o le pego un tiro.
Como
todos estaban compinchados, le tuvieron de cara a la pared con los brazos en
alto más de media hora, hasta que vinieron los otros serenos con los guardias
de la calle de Alcalá, que también traían el revólver en la mano. Nosotros
estábamos velando y nos corrimos una juerga viéndole salir lleno de miedo,
rodeado de todos con el revólver en la mano. El señor Juan le decía muy serio:
-Pues
se ha salvado usted de un tiro por milagro. Yo que veo una sombra negra que va
despacito sin meter ruido, me dije, ladrón tenemos. Si llega usted a correr o a
hacer un movimiento extraño, lo dejo seco.
Al
día siguiente se reía todo el banco de él, hasta en la dirección. El señor
Carreras, el subdirector, que es muy guasón, le pidió explicaciones delante de
todos para reírse.
Poco
a poco van desapareciendo todos los chicos que entraron cuando nosotros, y nos
vamos quedando sólo los tres. Es una coincidencia que seamos tres como en la
escuela Pía, y tengo la superstición que los tres vamos a ser empleados. Se va
acercando Navidad y entonces sabremos cómo marcha la cosa. Tenemos
buenas esperanzas porque nos han puesto dos chicos nuevos para que les
enseñemos el trabajo, y ahora somos cinco. Esto significa que a dos de nosotros
nos van a trasladar de negociado. Si nos fueran a echar, lo habrían hecho y no
estaríamos preparando a otros dos. Ahora que, como sólo enseñamos a dos,
indudablemente a uno de los tres o le dejan allí o le echan. Así que los tres
tenemos miedo. Cada uno hemos preguntado a los que nos han recomendado al
banco y todos nos han dado buenas esperanzas, pero ¡vaya usted a saber lo que
harán!
El
día de Nochebuena estamos todos pendientes de los sobres que han traído a las
mesas de los jefes de negociado. Unos sobres amarillos, dentro de los cuales va
la gratificación de Nochebuena, el sueldo del mes y, en algunos casos, el
papelito donde constan las dos cantidades: tiene una nota escrita que puede ser
el ascenso, o un aviso de la dirección de no estar satisfechos con el empleado.
Así que todo el mundo está impaciente y nervioso por ver su suerte.
El
señor Zabala va llamando a los empleados uno por uno, con su voz campanuda. A
algunos les felicita antes de que abran el sobre. Todos le dan las gracias a él
y le felicitan las Pascuas. Van abriendo los sobres y se reúnen en grupos a
comentar, unos contentos porque les han hecho un buen aguinaldo o el ascenso,
otros disgustados. Recalde se ha puesto a dar puñetazos en la mesa y a decir
barbaridades. El señor Zabala se levanta de la silla y grita:
-¿Qué
pasa, señor Recalde? Venga usted aquí.
Viene
Recalde con el sombrero encasquetado en la cabeza y sigue dando puñetazos en la
mesa de Zabala:
-¡Esto
es una mala faena! Es el tercer año que se hace esto conmigo. No lo aguanto
más.
¡Se
pueden ir al diablo el banco y todos los jesuitas como usted! Yo trabajo aquí
y nadie puede decir nada de mi trabajo; pero claro, ¡al reverendo padre
capuchino se le ha puesto en las barbas que yo no puedo tener querida! ¡Yo
tengo lo que me da la gana!
El
señor Zabala, encarnado de rabia y tirándose nerviosamente de la barba, grita:
-¡Cállese
usted, o será peor! ¡Cállese, le digo!
-¡No
me da la gana! ¡Chillo porque quiero y porque me voy de esta pocilga!
Sale
dando zancadas y portazos por el pasillo adelante. Un grupo de empleados rodea
al señor Zabala y le consuela, dándole coba. Otro grupo, los descontentos,
comentan en una mesa y dan la razón a Recalde.
Los
últimos somos nosotros. A los tres nos han dado cinco duros de gratificación
para cada uno, y en la nota nos destinan, a Gros y a mí al archivo, a Medrano
como auxiliar de corresponsal. Los tres estamos locos de alegría porque esto
es ya la segundad de llegar a empleados y acordamos ir a tomar un vermut a la
taberna del Portugués, que está en la calle de la Cruz.
Allí
está Pla. Un Pla desconocido. Tartamudo como nunca, con los ojillos medio
llorosos detrás de las gafas, convidando a todo el mundo, mostrando a todos su
papel y los billetes que le han dado. Un Pla feliz que nos abraza a los tres.
-Tomad
lo que queráis, pago yo. Tú, chico -dirigiéndose al del mostrador-, da de beber
a éstos y a todo el que quiera. -Después comienza a contar otra vez su suerte
para que lo oigamos nosotros:
-La
abuela se va a poner loca de alegría. -La abuela es su madre, una viejecita
muy simpática que a veces viene a buscarlo-·. Yo que abro el sobre con la mala
gana de todos los años, diciéndome: «Como siempre, no se habrán acordado de
ti», y voy y me encuentro dentro un montón de billetes y la nota que dice:
«Desde el 1 de enero, jefe del archivo con 175 pesetas al mes». El doble de lo
que gano, menos un duro.
-Nosotros
vamos al archivo con usted -le decimos, enseñándole nuestras notas.
Vuelven
los abrazos y vuelve otro convite. Luego le convidamos nosotros. Han entrado
más empleados del Crédit y Pla tiene delante una hilera de copas. Todo el mundo
le convida y él convida a todo el mundo. Acabará borracho perdido con la
alegría. Nosotros nos vamos a casa. Pla me ha emocionado. Yo también quiero ver
la cara de alegría que pondrá la «abuela», como él dice, y la tía, cuando
reciban la noticia.
Todos
los que estamos en el archivo tenemos nuestra ilusión Pla es feliz, Gros y yo
somos felices. Antonio Álvarez, el otro chico que hay en el archivo, es también
feliz: le han dado cien pesetas de gratificación y ya gana quince duros al mes.
Lleva sólo cuatro años en el banco. El porvenir es nuestro. Trabajamos como
bestias de día y de noche.
Al
anterior jefe del archivo le han despedido porque hacía «nidos». Es decir,
cogía los montones de correspondencia y, en vez de clasificarla y meter cada
carta en su dossier, la escondía por los rincones. Luego faltaban las cartas.
Un día cogieron un nido y le pusieron en la calle. Cuando entramos nosotros hay
millares de cartas sin clasificar. Cada día encontramos un nuevo nido. Hay que
poner aquello al corriente y archivar la correspondencia del día. Trabajamos
desde las siete de todas las noches. Cuando nos vamos a casa, tenemos los dedos
pelados del polvillo del papel, estriado de tinta seca en granos microscópicos.
¿A
quién se le puede haber ocurrido nombrar a Pla jefe del archivo? ¡Seguramente a
Corachán! Aquí está el pobre miope con sus gafas como ladrillos, los cristales
llenos de redondelitos de luz de la bombilla encendida de día y de noche
encima de su cabeza, tumbado sobre el mostrador. Con la nariz rozando el
montón de cartas descifra firmas y membretes, horas y horas. Luego le dan unos
dolores de cabeza horribles. A media noche nos suben el café y Pla se lo bebe
puro con ansia. Un café espeso lleno de achicoria y de cola de pescado que deja
manchas negras en el mostrador del archivo. Del bolsillo saca una botellita
pequeña llena de coñac barato. Esto le quita el dolor de cabeza. Después no
duerme, y por las mañanas da vueltas como un búho atontado, hasta que a las
once el bocadillo de quince céntimos de queso y un traguito de vino le reaniman.
Trabajamos todos ciegamente y Pla nos quiere como si fuéramos hijos suyos.
Tenemos que coger un cachito de su queso, un sorbo de vino, una chupada de su
cigarrillo que siempre tiene encendido debajo del mostrador del archivo. Su
figurilla redonda se esconde allí, da una chupada muy honda, manotea en el aire
para que el humo no salga y surge con una cara muy seria de chico malo, que ha
hecho una travesura.
El
mostrador se tiende a todo lo largo del archivo, más de treinta metros, y allí
vienen durante todo el día empleados de todos los negociados del banco a buscar
antecedentes. Así que además de archivar tenemos que atender todas las
peticiones. La dirección y el negociado de acreditados son los únicos a quienes
hay que llevar los dossieres cuando los necesitan. El negociado de acreditados
es la aristocracia del banco. Allí van todos los extranjeros ricos que traen
cartas de crédito, y también los clientes millonarios que no deben guardar
cola para cobrar un cheque, como los tenderos y otros cuentacorrentistas. El
negociado tiene una escalera aparte para él solo, una escalera con una
alfombra gruesa en lugar de linóleo como las otras, con una barandilla toda
dorada. Los empleados llevan todos chaqueta y hay un salón de revistas
extranjeras, con sillones enormes de cuero. A veces el salón está lleno de
millonarios. Hay un empleado que es inglés, con su monóculo clavado en el
ojo, que fuma constantemente tabaco rubio que huele de una manera especial.
Porque en este negociado dejan fumar a los empleados, que la mayoría son
extranjeros, y si no los dejaran fumar no vendrían a trabajar a Madrid y se
quedarían en París o en Londres.
Así
que resulta que hasta en las gentes que tienen dinero hay categorías. Y no es
porque no haya cuentacorrentistas que tienen mucho dinero. Es simplemente por
categoría social.
Así, hay un Juan Pérez que tiene dos millones de pesetas y cobra guardando cola
abajo en el hall; y un excelentísimo señor marqués de X, que apenas si tiene
cien mil pesetas en cuenta corriente, que figura en acreditados y viene con
muchas ínfulas a cobrar un cheque de quinientas pesetas y a fumarse los puros
que hay en el salón. Mientras todos le llaman señor marqués por arriba, señor
marqués por abajo, Juan Pérez está sentado en un banco de madera al lado de la
caja, esperando a que el pagador llame su número: el 524.
Y
aún hay clientes que son más: son los directores de las grandes sociedades de
España o del extranjero. A éstos los reciben, en los salones de la dirección,
el propio señor Michaud, el director, o el señor Carreras. Hay uno, el señor
Mazorra, que es uno de los mejores bolsistas de España. Siempre gana. El banco
trató durante mucho tiempo de sacarle los cuartos como a otros, pero cuando se
convenció de que no sólo no podía, sino que a veces era él quien engañaba al
banco, se pusieron de acuerdo. El banco le avisa cuando hay buenos negocios a
la vista y don Carlos avisa al banco cuando tiene noticias él. A veces el señor
Tejada y él plantean un negocio juntos, por millones, y luego se reparten las
ganancias. Así ha pasado en el negocio del Banco Hispano.
El
Banco Hispano; en poco tiempo, se ha llevado casi toda la clientela de los
demás bancos. Un día resolvieron hundirle y se pusieron de acuerdo todos los
bancos, hasta en el extranjero, para hacer bajar las acciones y provocar
pánico. Efectivamente, hubo un pánico tal que la gente hacía cola para retirar
su dinero a todo lo largo de la calle de Sevilla. Cuando no tuvo más dinero
para pagar, recurrió a los otros bancos, y éstos, hasta el Banco de España, se
negaron a prestarle sobre los valores que tenía en cartera. Así que a las once
de la mañana tuvo que suspender pagos. La gente que pudo retirar el dinero se
metía en el Crédit y abría cuenta allí. Pero el Hispano tenía dinero de sobra
para pagar y no quebró. Muchos se arruinaron en la baja, pero don Carlos y el
Crédit, que habían aprovechado para comprar acciones a bajo precio, se
hincharon.
El
1 de agosto, al año justo, me nombraron empleado con sueldo: veinticinco
pesetas al mes. Es muy poco, pero ya no tengo miedo de que me echen a la calle.
Portándome bien, iré ascendiendo poco a poco y llegaré a tener un buen puesto.
Al mismo tiempo, me destinan al negociado de cupones, con Perahíta como jefe,
y voy a estar muy bien. El banco se ha convencido de que en las cajas no se
puede trabajar, porque todos se ponen malos, y ha cubierto un patio interior
con una montera de cristales para convertirle en habitación. Allí van a poner
el negociado con las señoritas, tres empleados y Perahíta como jefe.
Hasta
que esté convertido el patio en habitación, trabajo en las cajas de hierro. La
escalerilla que conduce al departamento termina precisamente en la puerta del
patio, donde los albañiles ponen el techo de hierro y cristal y pintan las
paredes de color crema. Cuando subimos de la cueva metálica tan fría y siempre
alumbrada por bombillas, asomamos la cabeza al nuevo cuarto; es la esperanza de
todos. Con su techo y su piso de cristal, con sus paredes claras, con el sol en
lo alto a mediodía, es un contraste violento con la cueva, y nos sentimos
felices pensando que vamos a trabajar allí. Les preguntamos a los albañiles y a
los pintores:
-¿Falta
mucho?
-Dos
o tres días y el tiempo de secarse la pintura -responden.
Todos
están muy contentos, menos yo. Los dos cuartos me han llenado de reflexiones:
si me hubieran destinado a este negociado hace un año, me hubiera pasado este
año entre sus paredes de hierro. Seguramente no lo hubiera podido resistir.
Ahora, en estos pocos días, noto una opresión en el pecho, y cuando salgo a la
calle de Alcalá me parece el aire distinto; a veces casi me marea. Los puntitos
rojos de las bombillas me duran mucho tiempo delante de la vista y veo
bailotear manchas cuando salgo a la luz del día.
Durante
este año no hubiera cobrado nada, y si me hubiese puesto enfermo, me habrían
despedido. Ahora, después de un año de meritorio, tragando polvo en el archivo
y corriendo por las escaleras, gano cinco duros al mes, menos de una peseta
diaria. Me espera así otro año y luego seguiré la marcha de todos: al otro año
me subirán a 37, 50 pesetas al mes, un año más tarde a cincuenta. Cuando tenga
veinte años, si tengo suerte, ganaré cien pesetas al mes y seré soldado.
Mientras, mi madre tendrá que seguir lavando ropa en el río para poder vivir.
Uno
de los primeros días que estamos en el nuevo negociado, llega un ordenanza y
dice:
-Señor
Barea. Lo llaman a la dirección. El señor Corachán.
Me
miran todos asustados y yo me asusto también. Estas llamadas son siempre de
mal agüero. Subo al último piso con una flojedad de piernas y un acelerar del
corazón. Lo más malo que puede pasar es que me despidan no sé por qué. Pero no
se pierde gran cosa; total, cinco duros al mes. Entro en el salón enorme de sillones
de cuero profundos y mesas de ministro con carpetas de piel y tinteros de
ágata. Al lado de una ventana está el señor Corachán leyendo unos papeles. Veo
claramente que no hace nada, ni aun lee; solamente se da importancia. Por fin
levanta la cabeza, me mira, coge un dossier, lo hojea y me pregunta
pomposamente:
-¿Usted
es el empleado don Arturo Barea, del negociado de cupones?
-Sí,
señor -respondo.
-Bien.
Pues mire usted -pausa-, la dirección ha acordado -pausa-, claro es, en vista
de sus buenos antecedentes que constan en el dossier -pausa-, no e-char-le a
us-ted a la ca- lle -deletrea las sílabas dando golpecitos con el lápiz en la
palma de la mano.
-¿Por
qué? -pregunto.
-¡Tiene
usted -estalla iracundo- una letra infame! ¡Esto es intolerable! ¿Usted cree
que se puede estar en un banco, ser empleado de un banco, escribiendo patas de
araña como usted hace? ¡Debería darle vergüenza! ¡La dirección no puede tolerar
esto un día más! Ya lo sabe usted: tiene usted un mes de plazo, únicamente un
mes, para reformar su letra. De lo contrario, está usted despedido. Bien
entendido que como le aviso a usted con un mes de anticipación, el banco se
considera desligado desde ahora mismo de la obligación de pagarle el mes de
indemnización que establece el Código en caso de despido. ¡Puede usted
retirarse!
-Pero,
¡don Antonio... !
-¡Ni
media palabra más! ¡La dirección no puede discutir con usted ¡Cállese y
márchese! Me dan ganas de pegar a la bestia barbuda que tengo delante, con la
barbilla temblona de ira y los ojos desorbitados tras los lentes de oro que le
bailotean en la nariz.
Mientras
mi madre pela en la cocina las patatas para la cena -la tía está en el rosario-
le voy contando lo ocurrido. Lloro de rabia. Los dedos suaves dejan de pelar
patatas y se pierden entre mis pelos.
El testamento
Capítulo V
El
despacho de don Primo, el notario, con sus paredes de madera moldurada,
impresiona a todos los parientes pueblerinos que se van sentando en círculo
alrededor de la amplia mesa del notario. Muchos de ellos se sientan en el mismo
borde de la silla. El sombrero redondo en las manos sobre las piernas, los
hombres; las mujeres, con sus dos manos extendidas sobre la falda, cogiendo
puñaditos de tela por el nerviosismo. He venido tantas veces a este despacho y
he hablado con don Primo en tantas ocasiones, que no me intimida ni el
despacho, ni la figura severa del notario con su traje negro, sus gafas de oro,
su cabeza aristocrática. Cuando he llegado con mi madre y con la abuela Inés,
me ha acariciado.
No
sé por qué, todos los que han venido a oír la lectura del testamento, se miran
con odio. Se han dividido en grupos: el tío Hilario con su mujer y las chicas;
el tío Basilio con la suya y los suyos; la tía Basilisa con el tío Anastasio,
que no se atreve a fumar y mastica la punta de una colilla de puro que huele
que apesta; Baldomera al lado con su cara de monja boba. La tía Eulogia y la
Carmen; el tío Julián -un sobrino segundo como yo- con su mujer y tres chicos
pequeños agarrados a ellos. ¿Para qué habrán traído a los chicos?
Están
todos con el cuello alargado oyendo leer a don Primo. Cada vez que suena el
nombre de alguno, se cambia su cara, con la satisfacción de que no le han
olvidado. Los otros le miran de medio lado, con la rabia de que es uno más a
repartir.
El
blanco de las iras soy yo: resulta que los tíos hicieron un testamento en vida
de los dos, dejando toda su fortuna al que quedara, para que pudiera disponer
libremente de ella, y, a la vez, repartiendo lo que quedara a la muerte del
segundo en dos partes iguales. De cada una de estas partes había dispuesto cada
uno de ellos como mejor le pareció a favor de sus parientes, y así resulta que
soy yo el único que figura en los dos testamentos. Los parientes del tío
heredan de su mitad y los de la tía de la mitad suya. Todos consideran que como
eran sus hermanos o sus sobrinos directos, tienen más derecho que yo que soy su
sobrino segundo Así, cuando aparezco en el segundo testamento, el murmullo de
todos interrumpe la lectura. Don Primo se les queda mirando in terrogante:
-¿Tienen
ustedes alguna observación que hacer? Se levantó el tío Hilario:
-Si
yo no he entendido mal, ese mocoso hereda dos veces
-Exactamente
-contestó don Primo-. Una por José y otra por Baldomera.
-Pues
a eso no hay derecho, ¡porra! Porque uno es el hermano de los difuntos, de su
propia sangre, y no hay derecho a que venga un extraño y se lleve los cuartos.
El
tío Anastasio, con su puro girando en los labios, intervino
-¡Eso es! ¡Y no lo
consentiremos! ¡Se recurrirá a la justicia! Don Primo se sonrió:
-Me
parece que Pepe les conocía muy bien a todos ustedes Cuando se hicieron estos
testamentos, por indicación suya, se agregó una cláusula que voy a leerles:
«Es
nuestra voluntad que aquel de los herederos que pretendiera promover pleitos
con motivo de este nuestro testamento, pie da, por sólo este hecho, todo
derecho a la herencia, que pasará a engrosar proporcionalmente las partes de
los demás herederos.
La
abuela Inés se levanta muy seria de su silla, se encara con los dos y dice:
-¿Qué,
ponemos pleito?
-A
usted nadie le ha dado vela en este entierro -dice severo el «comandante».
-Claro
que no, hombre. Ha sido al «mocoso» a quien le han dado dos cirios. Y como da
la casualidad que soy su abuela, le sostengo las manitas para que no se le
caigan. ¿Pasa algo?
Aparte
de mí, todos se sienten vejados por el testamento. Resulta que herederos no
hay más que los parientes directos -los hermanos- y yo. Pero después han dejado
mandas a todos los sobrinos y, claro es, los que tienen más chicos más recogen.
El tío Anastasio, que no tiene más que a Baldomera, y la tía Eulogia con solo
la Carmen y la Esperanza, se enfadan con el tío Hilario, éste con el tío
Basilio que tiene cuatro chicos, y todos con el tío Julián, que no es heredero
pero tiene mandas él, su mujer y sus cinco chicos y se lleva más que alguno de
los herederos. De casa del notario salimos todos enemigos.
Las
llaves de la casa de los tíos las tiene mi madre y, con la desconfianza de que
se lleve algo, todos vienen detrás de nosotros y allí nos reunimos. La puerta
ha quedado abierta y van entrando por grupos.
La
habitación donde estuvo expuesto el cadáver de la tía sigue desnuda, oliendo
aún a flores y a cadaverina en un olorcillo sutil y pegajoso. En los baldosines
hay algunas manchas de cera. Parece que de un momento a otro va a salir de la
alcoba su figurilla de porcelana andando a pasitos menudos.
Se
van sentando todos alrededor de la mesa. Absolutamente todos. Parece que si no
se sentaran allí perderían su derecho. La abuela Inés se incrusta en la
mecedora, debajo del reloj. Para hacer entrar su trasero entre los dos brazos
curvados ha de hacer fuerza. Cuando por fin alcanza el asiento de paja trenzada,
suspira de satisfacción. Mi madre se sienta a su lado en la silla baja donde
cosía la tía al lado del balcón hasta que se acababa la luz del día. Yo me
tumbo en el suelo sobre la alfombra. Me repugna sentarme en la mesa al lado de
los otros. Así, a lo largo en el suelo, mirando a todos de abajo arriba, me
siento mejor. Don Julián ha hablado con Corachán, y el banco me ha dado diez
días de permiso.
Parece
que el banco no existe. Aquí tumbado a la larga me vuelvo a sentir niño y acabo
metiendo la cabeza entre los muslos de mi madre. Tiene una falda negra que
huele al apresto de tela nuevo y que cruje a cada movimiento de mi cabeza.
Habla uno de los albaceas y explica de lo que se trata. Hay que hacer el
inventario de todo lo que hay en la casa, darle un valor, todos de acuerdo, y
dividirlo después en lotes para repartirlo entre los herederos. Hay once
lotes. Nueve herederos a un lote cada uno y yo tengo dos. Aquí empiezan las
disputas. Como los lotes han de ser por la suma del valor en pesetas es difícil
ponerse de acuerdo sobre los muebles grandes. Al fin, como nadie sabe a quién
le van a tocar las cosas, los precios bajan a cantidades ridículas para pagar
poco a Hacienda. Pero de pronto Fuencisla dice:
-Yo
tengo capricho por llevarme la virgen. Carmen contesta inmediatamente:
-Eso
mismo pensaba yo.
-No
hay dificultad -dice el albacea-; si todos están conformes, se valora la virgen
y se adjudica a una de ustedes, descontándola de su lote.
La
virgen pasa a la mesa del comedor. Está dentro de una caja de madera, con su
puerta detrás y su llavecita de plata. Delante, un cristal. La figura es de un
medio metro, con el Niño en brazos, las dos con unas llamitas doradas clavadas
en el pelo. La virgen con una capa bordada y el Niño dejando colgar otra capita
de terciopelo con flecos de oro.
-Bueno -dice el albacea-,
¿en cuánto tasamos esto? Se callan todos.
-¿Les
parece bien cincuenta pesetas?
Asienten
todos despacio, como un grave problema. El tío Anastasio, con la colilla de su puro ya encendida, calla,
se llega a la mesa, abre la puertecita de detrás y apoya un dedo en la cara de
madera de la virgen. Chupetea el puro mientras cierra la puerta y todos le
miran extrañados. Se vuelve al albacea muy serio:
-¿Y
dice usted que el valor de la virgen se descontará del lote de una de estas
dos?
-Claro
-contesta-, si los demás están conformes en que sea para ella.
-Yo
no me opongo a que se les adjudique la virgen -dice engoladamente el tío
Anastasio-, pero no puedo tolerar que una talla del siglo XII, bueno, o del que
sea - rectifica viendo la cara de asombro del albacea-, se adjudique por diez
duros. Esta virgen vale lo menos quinientas pesetas y me quedo corto. Porque no
me van ustedes a negar que es una talla en madera.
Vuelve
a abrir la puertecita y da golpecitos con los nudillos a la cara de la virgen,
que suena como un tarugo.
-Madera,
sí señores, madera policromada, ¡auténtica! ¡De estas vírgenes se encuentran ya
pocas!
La
abuela Inés, desde el respaldo de su butaca, regruñe:
-¡Y
de las otras también!
-Yo
-dice el albacea-, nada tengo que oponer. Si quieren ustedes que la virgen
valga quinientas pesetas, como si quieren que valga mil. Lo que hay que aclarar
primero es a cuál de las dos -titubea antes de adjudicar títulos- señoritas se
le va a dar.
Las
dos contestan a la vez disputándose la virgen, pero protestando del precio.
Quinientas pesetas son cien duros. Durante un rato hay una algarabía de voces.
Por último el albacea impone silencio, proponiendo una solución:
-Vamos
a poner la virgen en subasta entre estas dos señoritas -ahora le sale la
palabra de golpe-. Cuando lleguemos al final, la que gane se queda con la
virgen si los demás están conformes. Si no, pasa al inventario en un lote y al
que le toque se la lleva.
Fuencisla
no puede contenerse:
-Yo,
los diez duros que decía usted los doy, aunque no sea más que por la memoria de
la pobre tía que la tenía en tanta estima.
-¡Claro!
¡En diez duros te la vas a llevar! -replica Carmen-. ¡Veinte doy yo, señor!
Están
las dos en pie alrededor de la mesa, como dos gatas furiosas, la virgen en
medio con su sonrisa boba. Se tiran a la cara las pujas como pedradas.
Congestionada, roja de rabia, Carmen da el golpe final:
-Ochocientas
pesetas -brama.
Fuencisla
rompe a llorar. La tía Braulia la pellizca un brazo finalmente para que no suba
la tasa. Carmen pasea sus miradas por todos:
-Sí,
señor. ¡Ochocientas pesetas y no me vuelvo atrás! -Chilla en jarras, como una
chula del Avapiés, como lo que es.
La
abuela Inés rompe a reír a carcajadas, meneándosele los pechos y la tripa que
desborda los brazos de la mecedora. Carmen se encara con ella:
-¿Qué
pasa? ¿Le molesta a usted? Porque yo hago de mi dinero lo que me da la gana.
La
abuela se ríe a carcajadas y no puede contestar. Tose, hipa, lagrimea. Cuando
se calma, aún entre risas, le dice:
-No,
hija, no. No me cabreo. Te puedes llevar la virgen y decirle misas. Te vas a
ensuciar en ella más veces que le vas a rezar. Y para que te consueles, te diré
que, cuando aún no habías nacido tú, Pepe la compró en el Rastro un domingo
por dos duros y aun se la subieron a casa.
Al
día siguiente comienza la disolución de la casa. Los parientes de Brunete
llegan con sus carros de labor, las mulas uncidas con un yugo de madera al
cuello, la lanza del carro sobresaliendo entre ellas. Los carros tienen
todavía restos de paja en su suelo y las mallas de esparto que sirven para
sujetar la paja. Van cargando muebles y rompiendo porcelanas en la
escalera. El tío Julián viene con sus chicos y dos carros de mano. Cuando echan
a andar ya cargados, los carritos se bambolean perdido el equilibrio. Nosotros
somos los últimos. Los muebles grandes los hemos vendido porque en la
buhardilla no caben. Nos hemos quedado con mi cama, tres colchones de lana,
unos cubiertos y las ropas que nos han tocado. El resto son unos billetes que
mi madre ha guardado en su bolsillo negro de ir a la compra. El tío Anastasio
ha vendido todo. Se ha guardado los billetes y le ha dicho a su mujer y a
Baldomerita:
-Andando.
En
la esquina las ha dejado solas y las dos han venido con nosotros, escoltando
un carrito que empuja el señor Manuel. Viven al lado nuestro en la plaza del
Ángel. La tía Basilisa comienza a hablar:
-¡Una
vergüenza, hija, una vergüenza! ¡Los hombres! ¿Y qué vas a hacer? Yo bien
hubiera querido guardar algunas cosas de mi hermana. Pero ahí le tienes, se ha
guardado los cuartos y se ha marchado. Después dirá que sus negocios, y no
veremos un céntimo. Menos mal que una ha guardado algo, antes de que muriera
Baldomera, que si no... Claro es que cuando se cobre el dinero de la herencia,
no pasará esto. Quiera o no quiera, se meterá en el banco, para cuando se case
la niña. -Hace una pausa larga mientras cruzamos la plaza Mayor, dando la
vuelta al revés porque están arreglado el asfalto. Después vuelve a su tema:
-Te digo, hija, que es un infierno esto. Gracias a la portería. Un mes con
otro, son cuarenta o cincuenta duros. Pero él, desde que le jubilaron con sus
doce duros al mes, se ha arreglado la vida. Por la mañana va a leer el
periódico y a liar sus pitillos. Después de comer se va al café. Por la noche
cena y se va a la taberna a jugarse los cuartos. A primeros de mes tengo que
estar con cien ojos, para que no se lleve nada de los recibos de los
inquilinos. De esto no veremos un céntimo. Y no protestes, porque entonces se
vuelve loco, y comienza a aporrear los muebles y a gritar: «¡Treinta años de
trabajo honrado y estas mujeres se enfadan porque uno se toma un vermut con los
amigos! ¡Pero aquí soy yo el amo!». Ya le conoces, Leonor. Después se va con la
criada por ahí. Porque aunque ya es viejo, se acuesta con la que puede.
¡Una
vergüenza, hija, una vergüenza! En la misma escalera las soba y las monta en el
ascensor. Él se mete dentro con ellas, «porque no saben hacerle marchar». ¡Sí,
sí, para tocarlas a gusto!
Cuando
nos despedimos de ella, nos dice: -¡Bueno, que vengáis por casa! -y se va del
brazo de Baldomera, renqueando con su reuma.
En
la buhardilla, el señor Manuel va dejando la cama desarmada, los colchones,
las ropas y los paquetes pequeños; la buhardilla se llena. La señora Pascuala
ha venido a ver y va hundiendo las manos en la lana de los colchones, palpando
las sábanas, sopesando los cubiertos de plata. Yo me pongo a armar mi cama de
barras doradas que se burla de las otras dos camas de hierro pintadas de verde,
con muelles chirriantes. Después, sólo después, me pongo a desarmar la cama
vieja pequeña, llena de tornillos oxidados, que se queda allí en un rincón donde
se junta el techo con el suelo, como un esqueleto verde. La cama de mi madre,
su cama de matrimonio de hierros curvados en la cabecera y en los pies, con dos
placas planas en cada una de las cuales hubo pintado un santo, recibe los dos
colchones grandes. La mía, su colchón. Y en el rincón del techo y el suelo
quedan los colchones de Pascuala.
-¿Qué
va usted a hacer de eso? -pregunta la señora Pascuala.
-No
sé. Habrá que dárselos a alguien.
El
señor Manuel se rasca la calva y lía su pitillo de colillas gordo y torcido
como troncos de árbol.
-¿Lo
va usted a regalar, Leonor? -dice.
-Hombre,
para venderlo no sirve.
Se
vuelve a rascar la calva y rechupetea el cigarro que ha encendido con la
serpiente de su yesca.
-Es
que... ¡verá usted! Uno... -se le atragantan las palabras- hace ya años que...
¡Bueno! Usted sabe que tengo una patrona que me deja una habitación. Pero por
diez reales al mes no se pueden pedir comodidades. Tengo un petate que me lo he
arreglado yo, pero que no es un colchón. De cama ni hablar. Ni cuando voy al
pueblo tengo cama. Unos buenos montones de hojas de maíz y ¡tan a gusto! Pero,
si lo va usted a tirar, a regalar, mejor dicho; antes yo. ¿No tengo razón,
Leonor? Además -afirma de repente ya asegurado de sí mismo-, un convenio: yo
me llevo la cama y los colchones y a cambio le subo a usted la ropa tres
semanas a mitad de precio. No digo gratis porque si me quedo sin ese ingreso
fijo, las cosas van a ir mal. ¿Qué le parece?
Se
queda mirando a mi madre ansiosamente, esperando su respuesta. Mi madre se
sonríe, como sabe ella sonreír a veces. Se vuelve a mí:
-Ahí
tiene usted al heredero, que disponga él lo que quiera.
Y
el señor Manuel me mira con los ojos de un perro que teme le abandone su amo.
Yo soy ya un señorito empleado en un banco. Él hace ya muchos meses que no se
atreve a besarme ni a llamarme de tú. Le infundo respeto y sé que habla de mí a
todas las lavanderas como de un fenómeno: «El hijo de la Leonor, ¿sabe?,
empleado de un banco, hecho un señorito». Chupetea el pitillo maloliente y me
mira, me mira. ¡Cómo me mira!
-Señor
Manuel -le digo muy serio-, vamos a hacer un trato. Le regalo la cama y el
colchón, pero con la condición siguiente:
No
me deja acabar:
-Diga,
diga, lo que quiera. Uno, aunque viejo, está para servirle. Llevo con su madre
quince años, los mismos que tiene usted, y que diga ella...
-Le
regalo la cama, pero tiene que dejar de llamarme de usted.
Parece
que al pronto no comprende lo que digo. Después me coge, me zarandea con sus
manazas de gallego fuerte, me estruja, me besa la cara ruidosamente,
quitándose el pitillo de la boca de un manotón; me pone las manos en los
hombros, me encuadra delante de él y se pone a llorar.
Hay
que darle una copita de aguardiente. Después hace dos viajes para llevarse los
hierros viejos verdes y los colchones de borra, llenos de remiendos. Nos
quedamos mi madre y yo solos, arreglando la casa. De vez en cuando entra una
vecina a enterarse y a ver la cama, que es una joya en la buhardilla. A la
caída de la tarde viene la señora Segunda.
Mi
madre va escogiendo en las ropas las prendas que no le valen y se las va dando
una a una. A la luz de la lámpara de petróleo, la señora Segunda las va
cogiendo y haciendo exclamaciones. Hay camisas de la tía, justillos, faldas,
enaguas, refajos. Mi madre se reserva lo mejor y le da el resto. Coge una
chaqueta de paño grueso, de invierno, color café oscuro, con un roto tremendo
sobre el pecho.
-No
sé para qué le valdrá esto, Segunda -dice mi madre sacando una mano por el
agujero-. La tía lo guardaba todo.
La
señora Segunda levanta en alto la chaqueta con su roto que deja pasar la luz:
-Para
Toby, hija, para Toby. El pobrecillo tiene mucho frío en el invierno, cuando
vamos a pedir. Le voy a hacer una manta. ¡Toby! ¡Toby!
El
perro se levanta perezosamente de al lado del brasero, olfatea la prenda y
menea el rabo. La señora Segunda se empeña en ponerle la chaqueta a Toby por
encima del lomo, las mangas colgando a rastras por el suelo, y Toby se está
quieto meneando su rabo por debajo de la tela. Le lame las manos y vuelve a
tumbarse bajo la mesa al calor.
En
la buhardilla, nuestra vida se ha normalizado. Mi madre sigue lavando los lunes
y los martes. Yo voy al Crédit a mis horas. Los domingos vienen mis hermanos.
Durante la semana yo leo y mi madre cose a la luz de la lámpara. Los
domingos, a veces vamos al cine; por la tarde, porque a las ocho, Rafael y la
Concha tienen que volver a la tienda y a la casa. Yo me he convertido en un
personaje. La señora Pascuala me sigue tuteando pero me mira con un respeto en
el que hay algo de envidia por su hijo Pepe que no logra servir para nada.
Fuera, en todas partes, me llaman de usted. Me tomo mi vermut y me fumo mis
pitillos de vez en cuando. Dentro de poco cogeré unos miles de pesetas de la
herencia de los tíos. Soy el amo y me siento el amo de la casa y de todos. Nos
van llegando las noticias de los demás herederos: En Brunete, parece que las
dos familias, la del tío Hilario y la del tío Basilio, andan a la greña. A la
muerte del tío, los dos han querido coger el mando de la comunidad que él había
establecido. El tío Hilario por más viejo, el tío Basilio por más joven con sus
hijos varones. Han comenzado a regañar a causa de los muebles que cada uno ha
llevado. A pesar de que el reparto fue por sorteo, con el valor que ellos
mismos marcaron, ahora se echan en cara que un mueble vale más que otro y que a
los dos los han estafado. La gente del pueblo visita las dos casas y en las dos
dice que los muebles son mejores que los de la otra. Total, que acordaron no
trabajar más juntos las tierras. Pero cuando ha llegado el momento de
repartirse las tierras que habían comprado desde que el tío José se encargó de
ellos, de repartirse las mulas y los aperos de labranza, la cosecha que había
en el granero y hasta los cántaros de llevar el agua a los trabajadores,
entonces ha estallado la bronca. Las mujeres se han tirado del pelo y los
hombres se han dado de estacazos. Por último, han recurrido a pleitear sobre el
derecho de cada uno a las tierras y han recurrido a don Luis Bahía, para que
les preste dinero a cuenta de la herencia del tío, para los gastos del pleito.
El
tío Julián es también un caso con gracia. Toda su vida ha sido un carpintero
constructor de carros, trabajando en un taller de la Ronda de Toledo. Aprendió
el oficio con mi abuelo y después vino a Madrid como oficial, a medias con el
amo del taller. Viven él y sus chicos -siete- en una casa de corredor de la
calle del Tribulete. Cuando se han repartido los muebles, le tocó el aparador y
la mesa. Son dos muebles de encina tallada, grandes, pesados. Se los llevaron a
la casa, una casa que tiene cuatro habitaciones pequeñas -un comedor, dos
alcobas y una cocina, el retrete está en el pasillo para todos los vecinos del
piso-, y claro es que ni el aparador ni la mesa cabían en aquella casa. Pero
los metieron, y para andar por la casa tienen que ir de costado entre la mesa y
la pared. Al aparador le han quitado el cuerpo de arriba donde se ponían los
vasos, las copas, las tazas y las bandejas. La parte de abajo la han metido en
la alcoba del matrimonio. Y la de arriba la han colgado de unas escarpias en
la cocina.
El
tío Julián tiene dos hijas ya mayores, una de ellas a punto de casarse. Ésta
pidió los dos muebles para su casa. La otra hermana protestó porque también
tiene novio, y por último el tío Julián tuvo que coger a las dos, liarse a
bofetadas y meter los muebles en su casa como ha podido.
La
historia del tío Anastasio es más simple. Con el dinero de los muebles se fue a
jugar a un club que llaman El Bilbaíno en la calle de Peligros. Y ganó. Ganó
unos miles de pesetas. Se presentó en su casa con regalos para la tía Basilisa
y para Baldomerita. Durante un mes o cosa así, han vivido todos tan a gusto en
pleno lujo. Teatro, cine, caprichos, alhajas baratas. Después el tío Anastasio
ha empezado a quedarse sin dinero. Ha empeñado las alhajas que había regalado a
las dos mujeres. Después, las alhajas que la tía había regalado a Baldomera, el
mantón de Manila, las mantillas, todo. Cuando se ha acabado, ha empezado a
empeñar las cosas de la casa y todo ha terminado en que un día ha venido a
casa la tía Basilisa, llorando, a pedirle a mi madre cinco duros.
El
padre de la Carmen, el marido de la tía Eulogia, es un hombre que vino de niño
de Galicia. Un verdadero gigante. Ganó dinero de joven y puso una carbonería en
el Mundo Nuevo, donde ganaba mucho. Después empezó a beber. Como era tan fuerte
no se
emborrachaba nunca, y para emborracharse, porque le daba vergüenza que los
amigos se emborracharan y él no, se bebía enteras las botellas de aguardiente.
Se arruinó y tuvieron que cerrar la carbonería. Entonces, ya viejo, entró de
mozo en una tienda de muebles de lujo, la mejor de Madrid, para llevar los
muebles que compraban los clientes. Tenía un compañero tan grande como él y a
los dos les habían comprado unas libreas muy lujosas. En unas andas de
terciopelo rojo llevaban los muebles a pulso, una correa ancha de cuero pasada
por los hombros. La gente se volvía en las calles para mirar a aquellos dos
hombretones, verdaderos gigantes, llevando muebles pesadísimos como si fueran
plumas. Una vez llevaron así un piano y la gente se paraba en el borde de las
aceras. Acompasaban el paso y el mueble iba balanceándose como en una cuna.
Tenía un buen sueldo y buenas propinas, pero todo se lo gastaba en beber. Un
día le llevaron a casa con un ataque de delirium tremens. No se murió por lo
fuerte que era, pero quedó inútil en la cama, bailándole las manos sin parar.
Para que no se muriera, el médico le daba todos los días tres copitas de
aguardiente, porque decía que si se le cortaba el alcohol de golpe se moriría
en seguida.
Cuando
vio todos los muebles y todas las ropas que les habían tocado en la herencia,
una mañana que la tía Eulogia se había marchado de la casa y se había quedado
él solo, se tiró de la cama. Como vive en la calle del Peñón, a espaldas del
Rastro, llamó a un vecino que es comerciante allí y le vendió todos los muebles
y las ropas de la herencia y algunas de la casa. Luego llamó a un chico de la
vecindad y le mandó subir un frasco grande de aguardiente -dos litros-, se
metió en la cama y se lo bebió. Se volvió loco. La primera que vino fue
Esperancita, la hermana menor de Carmen. Se lo encontró en cueros con una
garrota en la mano rompiendo los muebles. La quiso matar y la chica salió dando
gritos por los corredores de la casa. En aquel momento llegó la tía Eulogia. Le
dio un estacazo en un hombro que casi le rompió un brazo. Y si le pilla la
cabeza, la mata. Tuvieron que entrar todos los vecinos y atarle con cuerdas
como un paquete. Tres días ha durado con la camisa de fuerza puesta, atado a la
cama y echando espuma por la boca. Mi madre fue a verle un día antes de
morirse. Yo fui al entierro. La casa está destrozada. Lo único que ha quedado
intacto es la virgen encima de la cómoda, con una lamparilla de aceite dentro
que llenaba el cristal de vaho y hacía manchas de humo en el techo.
Hace
un domingo espléndido y he querido bajar a la Escuela Pía a ver al padre
Joaquín. Hemos estado charlando hasta la hora de comer y después he comido en
el refectorio de los padres, con ellos. Cuando subía a media tarde la calle de
Mesón de Paredes, he entrado a ver a la señora Segunda. Toby me ha recibido en
el portal con sus patas sucias y su pelambrera de lana gris que me deja lleno
el pantalón de pelos blancos. Está cómico con su manta de paño, rebordeada de
una trencilla verde y atada al cuello y por debajo de la tripa. La señora Segunda
se está vistiendo para salir a pedir y me enseña sus ropas con orgullo.
De
una chaquetilla de la tía llena de abalorios negros se ha hecho una chaqueta.
Ha descosido los abalorios y han quedado manchas simétricas que parecen un
bordado. La falda es una vieja falda de seda rameada de fondo mate y flores
brillantes, ya agrisada por los años. De una mantilla vieja se ha hecho un
velustrín que le tapa casi toda la frente y parte de la nariz horrible. Así
vestida, con su silla de tijera y el Toby con su manta, se sienta en la plaza
del Progreso. Parece una señora venida a menos, y como no se le ven apenas los
agujeros de la nariz, las gentes le dan mucha más limosna. Me va enseñando las
prendas una a una y explicándome: -Gracias a tu madre, todo el mundo me mira
de manera distinta. Con el velo y el traje de seda y como no se me ve la cara,
la gente tiene lástima, más que antes, y ya no les doy asco. Al Toby le estoy
enseñando a tener un platillo entre los dientes y estar sentado. Se está algunos
ratos quieto, pero luego el pobre se cansa. Es una lástima. Para que se esté
así, me tomo el café sin azúcar en el cafetín, y luego se la voy dando a él a
cachitos. Pero el pobre es muy viejo y se cansa de estar con el platillo entre
los dientes. Es lástima, porque cuando está así nos dan mucha más limosna.
Hasta los hombres dejan una perra en el platillo y acarician al perro. Me
enseña cuatro sábanas nuevas que ha hecho con los cachos de tela blanca que mi
madre le ha dado. Los trozos blancos están unidos unos a otros con puntas
diminutas, todo blanco, todo planchado.
-Toca,
toca -me dice-. Las he metido en lejía porque había unos cachos más blancos que
otros. Pero ahora, gracias a la lejía y al añil, todos están igual y tan finos
que da gusto dormir en ellos.
De
los pares de medias viejas ha hecho medias enteras cortando trozos y
uniéndolos a punto de media. De todos los recortes pequeñitos de telas ha
hecho una manta para el perro, cosiéndolos como las hojas de las flores sobre
un trozo de arpillera.
Y
como era necesario alegrar la casa, ahora que tiene ropas nuevas y gana más
dinero, ha pintado de azul la loncha de queso que es su cuarto debajo de la
escalera. Un azul de yeso con añil que me llena las mangas de la americana para
completar la obra de las patas de Toby en el pantalón.
Los
lunes y los martes tomo el tranvía en la misma puerta del Crédit y bajo a comer
al río. Me siento orgulloso de que me vean las lavanderas, y mi madre se pone
muy contenta, también de orgullo. Para que no me manche la ropa, me pone un
blusón del Laboratorio Municipal, porque lava las ropas del doctor Chicote y de
todos los médicos del laboratorio. Así puedo sentarme a comer en la hierba con
la banca patas arriba por mesa y sacarle lombrices al pato. Ahora ya no me da
miedo su pico duro, y aun algunas veces se lo cojo entre los dedos y lo sujeto.
Gruñe como un cerdo y bate las alas con rabia. Después sale corriendo,
meneándose como una mujer gorda de piernas torcidas.
El
señor Manuel se ha empeñado en que vaya a su casa: una chabola de madera y
algunos ladrillos, donde vive una viuda que es la dueña y donde él tiene una
alcoba de paredes de tablas con las rendijas tapadas con papel pegado con
engrudo. En las paredes ha puesto hojas de revistas con retratos de políticos,
de toreros y de bailarinas. El piso, que era de tierra, lo ha ido cubriendo de
baldosines de los escombros y es un mosaico de todos los colores. Hay
baldosines blancos de retrete, azules, negros y blancos de mármol, ladrillos
hidráulicos rojos y con florecitas y redondeles de todas clases.
-Lo
que más trabajo me ha costado ha sido poner este piso plano -me dice-, pero en
fin, ahora está decente. Sólo me faltan dos cachos grandes de cristal para la
ventana.
La
«ventana» es un agujero cuadrado en las tablas, en el que ha puesto el marco de
un cuadro. Un marco dorado lleno de flores y hojas despintadas. Medio marco
tiene dos trozos de cristal pegados uno a otro con masilla de vidriero. La otra
mitad la tapa un papel engrasado. El marco está montado sobre dos goznes y
tiene un gancho que lo cierra. Cuando abre la ventana entra el sol. Cuando está
cerrada entra sólo por la mitad del cristal, y el señor Manuel quiere la otra
mitad para que el sol entre sin que tenga que abrir la ventana porque es muy
friolero.
-Mira,
la cama, tu cama -me dice.
La
cama está desconocida. El señor Manuel la ha pintado de amarillo, un amarillo
rabioso tirando a verde, lleno de churretones. Un amarillo que chilla en la
habitación sobre la policromía de los baldosines. En la cabecera de la cama
hay una estampa de la virgen del Perpetuo Socorro llena de llamas, rodeada de
condenados que alargan los brazos para que los saque del infierno. Un cajón
cubierto con una tela blanca es la mesilla de noche con una puertecita que es
la tapa del cajón sujeta con dos tiras de cuero y un gancho como el de la
ventana. Dentro, un orinal sin asa, grande, con flores verdes y en el fondo un
ojo pintado y un letrero que dice con faltas de ortografía: «Te veo».
Encima
de la cama, un colchón gordo con dos sábanas, una manta de piezas y una colcha
también amarilla.
-Qué,
¿te gusta? -me dice el señor Manuel-. Cuando no estoy en casa, la señora -la
dueña de la choza- se mete aquí y se tumba en la cama a dormir la siesta. La
pobre con su reuma de vivir veinte años aquí, en la orilla del río en un
camastro tendido en el suelo, me tiene envidia. Ya me ha dicho que cuando me
muera la cama es para ella. Pero se va a morir ella antes y me voy a quedar yo
con la chabola. Todavía estoy fuerte, sólo esta maldita hernia. Pero no me
atrevo a operarme. Bueno que se muera uno cuando le llegue la hora, pero no que
le mate un matasanos.
Se
calla y pasa la mano por encima de la colcha, como en una caricia.
-¿Sabes?
Desde que tengo cama de señorito, trabajo más. Tengo una cosa para ti.
Del
fondo del baúl lleno de trapos, de periódicos antiguos, de libros faltos de
tapas y de hojas, recogidos sabe Dios dónde, saca un trapo blanco liado como
una venda sucia. Lo desenvuelve sobre la mesilla de noche y del último pliegue
saca una monedita de oro diminuta. Una moneda de oro de diez pesetas de cuando
el rey era niño. Un centén. Pequeño y luciente como un céntimo nuevo.
-Para la cadena de tu reloj. Es lo único que me queda de
tiempos mejores, cuando se ganaban onzas. Tenía el capricho de conservarla,
pero ya ¿para qué le vale a uno? Y tengo que llevarme el centén envuelto en un
papel de fumar áspero de los que él gasta para hacerse sus estacas de colillas.
Cuando
subo el paseo de San Vicente desenvuelvo la monedita de oro y la miro en
detalle. Es tan pequeña que tendré que ponerle un arillo para poder colgarla
de la cadena.
La
verdad es que de todos los herederos, los más felices son los más pobres:
nosotros, la señora Segunda y el señor Manuel. Claro que estos dos no eran
herederos, pero les ha tocado parte de la herencia.
La
Cuesta de San Vicente es medio kilómetro de verja de hierro sobre una base de
piedra berroqueña. La verja del Campo del Moro, el jardín de Palacio, donde
nadie puede entrar, porque los soldados que hay de centinela le pegarían un
tiro al que entrara. Cuando yo era niño, aprovechaba el subir esta cuesta al
lado de mi madre para hacer pitos con los «güitos». Es muy sencillo, se coge un
hueso de albaricoque y se frota sobre la piedra a la vez que se anda. Se va
desgastando hasta que se hace un agujero de bordes planos en uno de los
extremos del hueso. Entonces con un alfiler se saca la almendra y queda así el
hueso vacío. Se sopla fuerte en los bordes del agujero y se produce un pitido
que se oye muy lejos. Si frotara el centén sobre la piedra se desgastaría
también el canto. Le paso un poco suavemente. No se nota el desgaste, pero allí
en la piedra ha quedado una rayita muy fina. Una rayita de oro.
¿A
quién se le ocurre frotar una moneda de oro contra las piedras? ¿Es que todavía
soy un niño? ¡Una moneda de oro! Ya no las hay en España. Antes las llevaba la
gente en el bolsillo, como ahora llevamos nosotros las pesetas. Después, sólo
las tienen guardadas los ricos y también el Banco de España en unas cajas de
acero bajo tierra. Las tiene allí para que la gente admita los billetes de
banco. Dicen que por los cimientos del banco pasa un antiguo arroyo, que se
llamaba el arroyo de San Lorenzo, y que las cajas del oro están debajo del
agua. Si hubiera un fuego o un robo en el banco, los serenos abrirían unas
puertas y el río entero se volcaría sobre las cajas. Pero nada de esto me
interesa. Me gustaría más coger un martillo y machacar el centén para ver si
es verdad que se puede hacer una hoja de muchos metros con cinco gramos de oro
a fuerza de darle martillazos. Luego pegaría la hoja de oro en la pared y
tendría una pared de oro en la buhardilla. Indudablemente soy un chico aún.
En
la plaza de San Gil, que ahora se llama plaza de España, están jugando al peón
y la gente
ha formado un corro alrededor. Son cuatro muchachos, casi hombres, mucho
mayores que yo: el que menos tendrá diecisiete años. Han hecho en la arena un
redondel muy grande y en medio tiran cada uno una perra chica. Después, uno
tras otro hacen bailar el peón, le cogen con la mano y tratan de sacar las
perras fuera del círculo con la punta del peón. Como son ya hombres, el trompo
baila con mucha fuerza. Bueno, no son hombres, son golfos, porque los hombres
no juegan al peón y los chicos no se juegan los cuartos. Pero tampoco son
golfos: a un lado del redondel del juego hay un montón de libros. Son
estudiantes de derecho de la Universidad que está aquí cerca de la calle
Ancha. Son hombres, pero como están aún estudiando, tienen el derecho de ser
chicos; el derecho de jugar al peón, de jugar al paso en esta misma explanada;
de correr unos detrás de otros, chicos y chicas, ya hombres y mujeres, y jugar.
La gente les mira y se divierte con ellos. «¡Bah! ¡Son estudiantes, tienen
derecho!» Y los viejos de barba blanca que vienen a tomar el sol a la plaza
forman el corro alrededor del peón o se ponen en fila a lo largo del juego del
paso para celebrar sus habilidades. ¿Qué cara pondría Corachán si nosotros,
Medrano, Gros y yo, nos pusiéramos a jugar al peón aquí y pasara él por la
calle? Nos despediría. Nos diría con su voz campanuda que unos empleados del
Crédit Étranger no son ni niños ni golfos para jugar al peón en la vía pública.
Sin embargo, el hijo de Corachán estudia derecho en esta misma Universidad.
Tiene ahora veinte años. ¿Vendrá aquí a jugar al peón?
Después
de comer vienen la Concha y Rafael. La Concha está sirviendo en casa del doctor
Chicote, Rafael está de chico en una tienda de la calle de Atocha. Como es
además día 2, traen la paga. Ayer cobré yo. Sobre la mesa, mi madre pone todos
los cuartos y empieza a hacer cuentas y montoncitos; ¡poco dinero hay! Los
cinco duros míos, seis de Rafael, ocho de la Concha. Total, noventa y cinco
pesetas.
-Nueve
pesetas para el recibo de la casa. Dos pesetas para Pascuala.
Las once pesetas quedan
en un montoncito. Éste es el dinero más sagrado para mi madre: pagar la casa.
-Cinco
pesetas para la Sociedad.
Por
estas cinco pesetas tenemos todos derecho a médico, botica y entierro.
-Diez
pesetas para pagar la colada.
Mi
madre se interrumpe y empieza a contar con los dedos sus deudas. Al final hace
otro montoncito de catorce pesetas. Nosotros tres la miramos sin decir nada,
esperando que acabe de disminuir el montón grande. Por último dice:
-Nos
queda esto hasta el día 8 que cobre yo en el laboratorio.
Quedan
treinta y una pesetas. Entonces empezamos nosotros. La Concha la primera:
-Yo
necesito ropa. Un corsé, una camisa y unas medias.
-No
eres tú nadie -exclama Rafael-. Yo necesito calzado y una blusa.
-Y
yo zapatos -digo.
-Claro,
el señorito necesita zapatos. Tiene dos pares ya, pero necesita otro.
-Claro,
dos pares pero son de color y no puedo llevarlos con el luto de la tía.
-Te
los tiñes.
-¡Eso!
¿Y tú presumiendo de tetitas con el corsé?
Nos
enzarzamos los tres de palabras. Mi madre pretende calmarnos sin conseguirlo.
Al final saca de su bolsillo una peseta, la une al montón y hace tres
montoncitos de ocho pesetas cada uno. Y uno más para ella.
-¡Bueno!
No hay más.
Rafael
se embolsa sus ocho pesetas. La Concha se queda con ellas en la mano.
-¿Qué
hago yo con esto?
-Mira
-dice mi madre-, sacas unas pesetas del Monte y compras lo que te haga falta.
Los
tres tenemos una libreta de ahorros en el Monte de Piedad y esto siempre es
motivo de
discusión. Rafael y yo la tenemos de una vez que nos dieron premios en el
colegio. Pero no se puede sacar el dinero hasta que seamos mayores de edad. La
Concha abrió una cuando empezó a trabajar y es la única que puede sacar los
cuartos cuando quiere. Mi libreta tiene ya más de mil pesetas con los ingresos
que fue haciendo el tío José. La de Rafael tiene más de quinientas y la de la
Concha, durante los primeros años que trabajó, como no se necesitaba su sueldo,
subió a cerca de mil quinientas pesetas. Después, cada vez que en casa ha
habido apuros se ha recurrido a su cartilla y a estas fechas tiene doscientas o
trescientas pesetas nada más. Así que cada vez que se habla de tocar su
cartilla, se pone hecha una fiera.
-¡Para
eso se pasa una la vida trabajando! Para luego no poderse comprar lo que le
hace falta. Pues no hay derecho. Ellos tienen sus cuartos bien seguros y yo
tengo que hacer frente a todo. Desde la muerte del tío José no se ha hecho más
que sacar dinero de mi cartilla para que ése sea un señorito chupatintas: y
yo, mientras, fregando platos.
-¡Eso
es envidia! -exclamo yo.
-¿Envidia?
¿De quién? ¿De ti? Si vas a ser más desgraciado que ninguno. Nosotros somos
pobres y no nos da vergüenza. ¡Los hijos de la señora Leonor la lavandera! Pero
tú eres el señorito que te da vergüenza decir que tu madre lava en el río y que
vives en una buhardilla. ¿A que sí? Yo he traído aquí, a casa, a mis compañeras
y a mis amigas, porque a mí no me da vergüenza que vengan a casa. Pero tú,
¿cuándo has traído a un amigo? ¿Un señorito del banco, a que sepan que vives en
una buhardilla y que tu madre lava ropa?
Por
lo mismo que tiene razón, me pongo furioso. Claro es que en el Crédit no saben
que soy hijo de una lavandera y que vivo en una buhardilla. Tal vez me echaran
a la calle. Allí no quieren pobres. Se exige ir bien vestido y tener una casa
decente. Las familias de los empleados son personas que visten con sombrero y
gabán. ¡Estaría bonito que se presentaran allí la Concha con su traje de criada
de casa grande, Rafael con su blusa de tendero, mi madre con un pañuelo a la
cabeza y su delantal! Pero esto no lo comprende la Concha. Cuando hablo,
tratando de hacerla ver el porvenir que me espera cuando sea un empleado que
gane mucho dinero y mi madre no baje al río y tengamos una casa con su lámpara
de comedor en medio y luz eléctrica, se ríe en mis narices, me sacude por los
hombros y me chilla:
-¡Idiota!
Lo que serás tú es un muerto de hambre toda tu vida. Un chupatintas. Un
señorito de pan pringado. -Se ríe a carcajadas. De pronto se pone seria y me
grita-: ¡Un esclavo de cuello duro! ¡Eso es lo que vas a ser!
Y
me vuelve la espalda, se sienta en una silla y se echa a llorar.
Rafael
y yo vamos a la calle. Compramos una cajetilla de cincuenta y encendemos un
pitillo. Tomamos café y una copa de coñac. Cogemos el tranvía y nos vamos a
Cuatro Caminos a merendar cordero asado y beber vino tinto. Cuando volvemos a
casa, nos hemos gastado las dieciséis pesetas de los dos. Rafael me dice:
-No
importa. Tengo las propinas y mañana le pediré al amo un duro, pero no le digas
nada a madre.
Al
día siguiente, cuando me levanto por la mañana para ir al Crédit, la madre, que
me ha cepillado la ropa, como todos los días, me da dos pesetas.
-Toma,
para que lleves algo, por si tienes un compromiso.
No
me pregunta qué he hecho de las ocho pesetas del domingo. Y bajo avergonzado
las escaleras de casa.
Futuro
Capítulo VI
Tengo
ansia de algo. ¿De qué? No lo sé. Ansia de correr, de saltar, de tirar piedras,
de trepar a los árboles. De sentarme en una sombra y mirar, mirar, sin pensar
en nada. Mirar a lo lejos. Llenarme la cabeza de campo. Llenármela de aquellos
grupos de árboles, casi una mancha negra de puro verde, que se ve a lo lejos.
Llenármela de amarillo, de aquellas praderas del Pardo que dicen utiliza el Rey
de España para experimentar cultivos. Entre ellas hay un cuadrado árido y en
medio un pozo artesiano que hace brincar el agua a diez metros. Llenarme esta
cabeza mía de nieve y de piedras, de la nieve y de la piedra que se ven al
fondo en la sierra de Guadarrama. Encerrarme en la buhardilla, solo, mi madre
en el río o no importa dónde. Dar la vuelta a la llave para que no venga la
señora Pascuala y me vea sin hacer nada. Llenarme la cabeza de nada. Me meto
entre los pinos de la Moncloa. Los pinos están en cuestas rápidas y sus agujas
han tapizado el suelo. Las gentes prefieren el parque del Oeste, jardín inglés
de hierba recortada y arena fina. Parece que cuidan la hierba barberos con
máquinas de cortar el pelo, gigantes que rapan la tierra y le dejan patillas.
Le han sacado la raya en medio: un riachuelo con lecho de cemento y bordes de
trozos de roca llenos de agujeros como esponjas petrificadas; con cascadas que
son escalones de escalera. El arroyo salta en los escalones y se ríe de las
gentes que le miran estúpidamente desde lo alto -alto de dos metros- de los
puentecillos rústicos. Una mamá dice a su niño que se asoma al barandal de
palos cruzados: «Niño, no te asomes, te puedes caer y ahogarte». ¡Y hay diez
centímetros de agua! De la mamá se ríe el niño, que quisiera mojarse los pies
en el arroyo, se ríe el arroyo y se ríen los peces. El niño ve en el arroyo un
caudal de agua donde chapotear y revolcarse, alargando la mano a los pececillos
dormidos, a estos pececillos imbéciles del Retiro que han trasplantado al
arroyo. Tan tontos que no se atreven a seguir la corriente y marcharse río
abajo al Manzanares, porque tienen miedo al agua. Tan tontos que se quedan en
cada piso del riachuelo, girando en el cuadrado de cemento y comiendo las
migas de pan que caen desde los puentecillos. La madre tiene visiones de
Niágara desbordante: «Niño, te vas a ahogar». Se ríen el niño y el arroyo, pero
al final se enfadan, porque quisieran jugar juntos.
Odio
el parque del Oeste. Le odio. Le odio sus praderitas simétricas. Odio sus
paseítos estrechos de arena y de piedrecitas pequeñas, redondas, con las que
juegan las chicas a los cantillos. Odio las casitas rústicas, los puentecillos
falsos de madera, las márgenes de roca, de cara feroz que yo podría arrancar y
tirar al arroyo. Odio el arroyito, barnizada de cemento su tripa, con su fuente
de origen, una boca de hierro fundido con un letrero en relieve que dice:
«Canal de Isabel II».
Más
allá está la Moncloa. Campo libre. Crece la hierba y las ortigas entre ella.
Hay barrancos y fuentes, manantiales que tienen por caño una teja que debió
clavar allí en la tierra algún pastor, y que ya los años y el agua han tapizado
de verde, de un terciopelo verde donde al beber se hunden los labios. Hay
fuentes donde el agua salta de la piedra como un borbotón de puchero que
hierve. Donde hay que beber haciendo cuenco con la mano y sorbiendo el caldo
del puchero de la tierra. Hay fuentes que son hoyos planos como un cristal. En
el fondo sudan agua, el sudor de la tierra. Y el sudor desborda y sale del
borde del hoyo y sigue entre la hierba, perdido, sin que nadie lo vea. Cuando
se bebe en estos hoyos, la tierra se ofende y sus posos suben y manchan el
cristal con el amarillo del cieno. Cuando dejas de beber se calma poco a poco y
el cristal reaparece.
Hay
un árbol aquí y otro allá. Millares de árboles sueltos. Unos en lo alto de los
cerros con
el cuerpo torcido a fuerza de aguantar el soplo del viento. Otros rectos y
fuertes. Otros en el fondo de barrancos, agarradas sus raíces a las cuestas
para no caerse, sacando sus dedos fuera de la tierra, para hincar sus uñas en
ellas. Hay matojos que son brazadas de especias que llenan el aire de olor. Y
hay la alfombra de agujas de pino blanda y escurridiza donde da placer
sentarse, tumbarse, revolcarse. La suela de mis alpargatas es de cáñamo y el
cáñamo se pule con las agujas de los pinos. Desde lo alto de la cuesta, como
sobre patines, se desliza uno, escurriéndose sobre las agujas de los pinos, y
corre cuesta abajo hasta que pierde el equilibrio y se sienta en las agujas que
se clavan en las posaderas. Los pinos se ríen, tú también, y riéndote te
frotas. Y te quedas allí, donde has caído, sentado entre los pinos de corteza
acuarteronada. Los domingos, cuando salgo de casa a las seis de la mañana, tomo
un café puro en la Puerta del Sol, donde hay un café que no cierra ni de día ni
de noche. El café que me dan, negro, espeso, sabe a juerga. En el café se
reúnen gentes distintas a las gentes que se ven durante el día en Madrid. Primero
los juerguistas. Los hay borrachos de toda una noche de vino, con la boca seca
y el cerebro febril de no dormir: «Un café puro, sin azúcar», dicen. Los hay
serenos, apresurados. Han dormido con una mujer toda la noche y van a casa con
los ojos hinchados de sueño y de fatiga. Tienen que lavarse de prisa y
corriendo, cepillarse la ropa, rehacer el nudo de la corbata y marcharse a la
oficina o al taller. Después, profesionales: el sereno, el repartidor de
telegramas, el camarero, el vendedor de periódicos, el barrendero. Se beben el
café y la copita de coñac o de aguardiente barato para «matar el gusanillo».
Después, nosotros, los madrugadores. Muchos que van a coger un tren y llegan
con sus maletas o se apean del coche que queda en la puerta para calentarse el
cuerpo. Con ellos suelen llegar viejecitas, asustadas del viaje y de este Madrid
de madrugada, que se beben su café a sorbitos porque quema, mirando impacientes
el reloj. Otros que vienen en pandillas, chicos y chicas de mi edad o poco más.
Van al Retiro, a la Moncloa, al parque del Oeste, a jugar y a pasar el día. Son
novios y novias principiantes. Se beben el café, empujándose, gastándose
bromas, riéndose de los borrachos muertos de sueño. Vienen frescos de acostarse
temprano, la cara lavada. Los chicos empujan a las chicas contra el mostrador y
se les ven las ganas de estrujarlas allí mismo. Los menos son los solitarios,
que son viejos o niños casi hombres, como yo.
Los
viejos se irán despacio calle de Alcalá arriba hasta el Retiro, se sentarán en
un banco y mirarán a los jóvenes jugar como bestezuelas libres. Hablarán con
otro de su quinta y recordarán sus tiempos de juventud. O tejerán palabras con
alguna viejecilla sola, que, como ellos, va a mirar divertirse a los jóvenes,
a gozar con ello y a murmurar. Los semihombres, seminiños, como yo, nos vamos
más lejos: a los pinos de la Moncloa, con un paquetito en el bolsillo que es la
merienda de media mañana, la tortilla de dos huevos en un panecillo, la chuleta
empanada. Con una botella pequeña que cabe en el bolsillo de dentro de la
americana y que contiene un vasito de vino para después; un libro en otro
bolsillo para leer bajo los pinos. Luego, no leemos. Miramos. Miramos las
bandadas de jóvenes que saltan, corren y se persiguen detrás de los árboles.
Quisiéramos estar allí con ellos, besar y que nos besaran; pero nos da
vergüenza. Y los despreciamos desde lo alto del trono de nuestro pino y de
nuestro libro. Todavía no nos admite esta sociedad de chicos jóvenes. Los
viejos sí; nos dan consejos, nos acarician la cabeza. Pero ¡los jóvenes! Los
jóvenes se ríen de nosotros. Ellos nos llaman «mocosos», ellas nos rechazan
porque somos «críos»; o bien nos acogen maternalmente y nos besuquean como
falsas madres, para ponerse excitadas ellas, porque los jóvenes no las quieren
y no quedamos más que nosotros, los semihombres, los seminiños.
Como
no se puede leer con estas imágenes que turban, hay que pensar. Los domingos,
en la Moncloa, me dedico a pensar. A veces odio tanto el pensar que al domingo siguiente no voy a la
Moncloa. Bajo al colegio, busco al padre Joaquín y no sé qué decirle. Después,
poco a poco, comienzo a hablar y todos los domingos repletos de ideas y de
pensamientos se vuelcan allí. A veces se ríe el padre de las cosas que le cuento.
A veces me manda callar y entonces coge el oboe. Suben las palomas del corral y
vienen los pájaros del tejado del colegio. Me manda callar cuando le hablo de
mujeres; entonces se pone a tocar como si tuviera rabia, hasta que con los
chillidos del oboe y los de los pájaros se calma. Cuando le hablo de la madre,
escucha y escucha, horas enteras. Un día ha sacado de un cajón un retrato, el
retrato de su madre. Una vasca nariguda, tiesa y seca, con un pañuelo anudado
en punta de la cabeza. Detrás, el padre, más alto que ella, también seco,
grande, con ojos chicos, un azadón bajo la mano derecha. Al fondo, una casita
con un balcón corrido a lo largo de la pared.
-Ahora
tienen una casona -me ha dicho. Después ha mirado la celda llena de libros y de
pájaros, con el atril estirado como un esqueleto al sol; ha mirado como si le
faltara algo.
-Tienen
una casona. Y una vaca. Mi padre trabaja con sus setenta. Aquí más abajo. No
se ve. Delante de la casa hay un valle. Allí planta maíz el viejo. Luego, la
madre lo fríe en la sartén cuando yo voy a verles. -Se calla y mira sin ver-.
Se abre el maíz como una flor blanca, con un estallido. Cuando vuelvo a Madrid,
la madre me mete unas mazorcas en la maleta. ¿Dónde podría yo aquí hacer flores
de maíz? -Y da la vuelta a la celda con la mirada.
Después
se levanta pesadamente, con su corpachón de elefante, se va a la ventana y me
arrastra, una mano en la espalda empujándome. Se asoma al patio inmenso del
colegio, donde discuten las palomas y las gallinas.
-Pero
tú serás un hombre -me dice. No sé qué tiene su frase de misterio, de figuras
calladas, de casita, de padres y madres; de niños, de mujer. Algo que no es
esto, la celda numerada con el patio por horizonte. Alguien que no es él con su
sotana. Siento su envidia hacia mí, por algo que aún yo no sé. Salgo del colegio,
triste por él y por mí, y en muchos domingos no vuelvo.
Un
día me contó:
-Tú
no sabes por qué soy cura. Los padres -los vascos dicen siempre «los padres»,
no «mis padres»- eran pobres. Cuatro hermanas tenía cuando nací. Parece que
comía mucho, más que el padre. Salí listillo en la escuela y el cura del
pueblo, que se fijó en mí, le dijo un día a mi madre: «¡Buen canónigo hará
Joaquín!». Era yo un chico cuadrado que a los ocho años hacía astillas con el
hacha del padre que se pesaría sus tres kilos. Sacos de castañas llevaba ya al
hombro que pesarían un medio quintal. El cura meneaba la cabeza cada vez que el
padre me llevaba al campo. «¿Joaquín -porque el padre también se llamaba
Joaquín-, quieres que le hagamos curilla?» Y así fue. A los once años me
mandaron a Deusto. Salí de allí a los veintitrés para cantar misa en el pueblo.
La madre lloraba y el padre me abrazó cuando me quité la casulla. «Ya eres un
hombre, como yo te quería», me dijo. Los padres de Deusto querían que me
quedara con ellos para la enseñanza, pero me daban asco sus sotanas raídas y
sus zapatones viejos. No podía ser jesuita. Me vine con los escolapios. Aquí
se puede vivir; es uno libre y hay chicos a quienes enseñar.
Le
escuchaba y le veía rodeado de chicos, pero no como cura. De chicos que eran
hijos suyos, pataleando en la tierra. A él le veía como a su padre, con un
azadón. Con un traje de pana -¿por qué de pana?-, crujiendo al andar su
corpachón de hombre fuerte y grande. Abrazando con un solo brazo -¿por qué un
solo brazo?- a una mujer fuerte y colorada con un pañuelo rojo en la cabeza.
Dando un manotón a un chico sucio de mocos. Se marchaba a cavar la tierra.
¡Uuuh! ¡Uuuh! Es el grito del tío Luis, yo a caballo en sus espaldas. ¡Qué bien
gritaría el padre Joaquín! Si se asomara ahora a la ventana y gritara ¡uh!
¡uh! se llenarían las ventanas de cabezas de curas. El padre Vesgase quejaría
al rector.
-¿Y
si tuviera usted hijos, padre Joaquín?
Se
lo he preguntado a bocajarro y le miro a la cara, para ver la cara que pone.
Parece que le he dado un puñetazo. Tuerce la boca para abajo. Se le caen las
manos, pesadas, a lo largo de la sotana. Mira al atril, al oboe y a la ventana.
Mira afuera, a la pared de enfrente. No. Más lejos. Mira allá, lejos, detrás de
la pared, detrás de lo que hay detrás de la pared.
-¡Yo
no puedo tener hijos!
A
veces, los hombres parece que hablan hacia adentro. Las palabras no salen de la
boca, suenan dentro. En el estómago, en el pecho, en la carne, en los huesos; y
resuenan allí. Hablan para ellos, para ellos solos, pero no hablan ellos. Se
les oye todo su cuerpo. Así hablaba el tío José cuando afirmaba a mi madre que
se moría. Así hablaba ahora el padre Joaquín. Después, sigue:
-Pero tengo uno. Se
despierta:
-No
me hagas caso. A veces... ¡está uno tan solo! Me refería al Niño Jesús. Cuando
yo canté mi primera misa, estaba enamorado del Niño Jesús. Hasta le veía en
sueños. Me ha durado toda la vida. Por eso... me he dedicado a la enseñanza.
Está
mintiendo y, como no sabe mentir, al mirarle él sabe que yo comprendo su
mentira y se calla.
De
la corteza del pino se hacen piraguas. Se arranca un trozo, uno de esos trozos
llenos de arrugas profundas, metiendo los dedos en lo hondo de la arruga y
tirando. Son trozos de madera porosa, blanda, que se dejan trabajar con la
navaja como un trozo de queso. Primero se corta en forma de cigarro puro, ancho
en medio, afilado en las puntas. Después se saca la panza de la quilla, redonda
o aguda con dos planos curvos, combados, unidos por una arista central. Por
último, se ahueca la parte superior. Se dejan trozos de madera en medio que
forman los bancos de remar y donde se sientan los indios desnudos con sus remos
planos. Y la charca donde la barca flota se convierte en una selva del Brasil o
del Canadá, con orillas verdes llenas de serpientes o con márgenes heladas
donde aúllan los lobos. Yo he hecho barcas de éstas en las mañanas de domingo y
las he hecho flotar en una charca de la Moncloa o seguir el cauce de un arroyo
de diez centímetros de ancho. Saltando en el «rápido» que formaban dos piedras
en el cauce. Siempre venía un niño, surgido no sé de dónde, que seguía la barca
en silencio.
-¿Me
la das?
-Para
ti.
Se
quedaba con la barca. La seguía arroyo abajo. Llamaba a sus padres o a sus
amiguitos para que la vieran.
-Me
la ha dado un señor.
Me
sentaba recostado contra un pino. Furioso contra el chico. ¿Por qué ha venido a
reclamar su derecho de niño? ¿Por qué ha venido a avergonzarme de mi juego y a
reclamar su derecho? «¿Me la das?» Se la tengo que dar, porque es suya. ¿Cómo
podría yo seguir jugando con la barca de corteza de pino, si soy ya el «señor
que regala barcas»?
¿El
niño o el hombre? ¡Me gusta tanto jugar con las barcas! ¡Me gustan tanto las
piernas de las muchachas que saltan a la comba delante de mí!
Un
hombre, sí. Soy un hombre. Tengo ya una categoría. Empleado del Crédit. Mi
madre trabaja en el río. Es necesario que deje de trabajar allí. No quiero
verla más subir los lunes y los martes diciendo: «Anda, baja por leche, estoy
cansada». No quiero oler más la ropa sucia que se amontona en casa durante la semana
y que huele agria, como un vinagre de vino podrido, no quiero ver más al señor
Manuel, pegado a la pared al lado de la puerta, con su frente chorreando
sudor de los cien escalones, dejando escurrir el talego de dos metros para que
no estalle. No quiero contar más las sábanas y los calzoncillos de don Fulano y
arreglar las cuentas.
No
quiero ir más con ella, por las tardes, a llevar los talegos de ropa limpia y
recoger los de ropa sucia, esperando en el portal de las casas a que ella baje.
«No me han pagado», me dice. Cuando entramos en la calle mi madre visita al
panadero: «Juanito, deme un pan... mañana se lo pagaré». Después, en la tienda
de comestibles: «Antonio, deme dos kilos de patatas y un cuarto de bacalao...
mañana se lo pagaré». Así se hace la cena. Los señores no han pagado su ropa
sucia de sudor y de cagarrutas en los calzoncillos faltos de botones. La
lavandera no ha pagado su cena. Mi madre está contenta porque le fían. Yo estoy
rabioso porque tiene que pedir y porque los señorones no le han pagado. Ceno
porque mi madre está tan alegre de que yo pueda cenar, aunque no le han pagado
los señores, que no podría dejar de cenar. Después se hace su café. Su lujo. Un
café hecho en un puchero culotado como pipa de viejo holandés, donde los posos
se amontonan días y días. Mi madre echa una pulgarada de polvo nuevo y hierve
el agua que se tiñe más con los posos viejos que con el café reciente. Se lo
bebe abrasando, a sorbitos. A veces dice: «Sin mi poquito de café, no podría
vivir». Lo bebe también en el río. Lleva café y té una mujer que, como ella, es
viuda con hijos. Una mujer que baja en invierno y en verano a las siete de la
mañana y abre la espita de la cafetera o de la tetera y por cinco céntimos da
un vaso de cristal lleno de café hirviendo o de té, con un trocito de limón
flotando. A veces las lavanderas le suelen decir: «Señora Luisa, mañana le
pagaré». Se va tan contenta de que le deban. Perra chica a perra chica, un día
se sienta en un montón de ropa sucia y dice: «Me deben diez duros». Yo veo la
tragedia formidable de esta mujer que baja a las siete de la mañana cargada con
sus cafeteras grandes como cubos, a quien se deben, perra chica a perra chica,
¡mil perras chicas! Pero a mi madre no le ha pagado don Fulano y también debe
ella cuatro tazas de café.
¡Le
han faltado veinte céntimos!
No
gano más que cinco duros, pero ganaré más. Y ganarán Rafael y la Concha. Rafael
no sé. La Concha sí. La Concha se siente como yo, esclava de una obligación. Se
resigna a ser criada y a fregar platos y barrer salas. Quiere ser más y
trabaja, trabaja como una burra. Rafael no. Rafael se siente rebelde contra
todo y contra todos. Se ha marchado de la tienda y cuando mi madre le ha
querido meter en otra ha salido de casa y no ha vuelto. Sólo yo sé dónde está.
Duerme en la calle, en los bancos del Prado. Un maricón le ha dado un día
quince pesetas. Después de haber cogido el dinero, le ha pegado y ha salido
corriendo. Por la noche, cuando he ido a buscarle, me ha dicho:
«Vente
a cenar conmigo». Hemos comido unas tajadas grandes de bacalao frito en una
taberna de la calle de la Libertad. «Vente a casa», le he dicho yo. «Madre no
hace más que llorar. » Se ha callado, ha mordido el bacalao y el panecillo,
abriendo mucho la boca para coger más, con hambre, y me ha contestado: «No. No
quiero ser tendero». Se ha marchado por la calle de Alcalá arriba y yo me he
ido a casa. Con la tajada de bacalao, no tenía ganas de cenar. Mi madre ha
cenado en silencio. Entre sorbo y sorbo de café, ha levantado la cabeza, la
lámpara de petróleo en medio de los dos, y me ha preguntado: -¿Le has visto?
He
inclinado la cabeza dentro de la taza. -Sí -le he dicho.
No
he dicho más y ella no me ha preguntado más. ¿Cómo le puedo decir que tiene
rota su blusa blanca de tendero que ya es color chocolate? ¿Cómo le puedo decir
que esta noche ha cenado porque le ha sacado los cuartos a un maricón?
-Dice
que no vuelve a casa porque no quiere ser tendero -le digo.
Se
calla. Mira la llama de la lámpara. Se mira las manos, sus manos roídas por la
lejía.
-Dile
que venga. Si no quiere ser tendero que sea otra cosa. Todo menos que sea un golfo.
Se
refugia de nuevo en la llama de la lámpara, blanca, roja, amarilla y negra de
humo.
-¡Dile
que venga! ¡Le perdono! Pero esto no se lo digas. Que venga como si no hubiera
pasado nada.
Cuando
vuelve Rafael, porque yo le traigo, se acuesta. Cuando viene mi madre, está
dormido. Cuando se despierta, está la cena lista. Le llama mi madre suavemente.
-¡Rafael!
¡Rafael!
Abre
unos ojos borrachos de cama blanda. Comemos en silencio los tres, y cuando se
acaba la cena, Rafael se levanta el primero:
-Me
voy -dice.
-No
vuelvas tarde -dice mi madre. Y me guiña un ojo. Me levanto y le digo:
-Me
voy contigo.
Mi
madre me da un duro junto con la llave de la casa.
-No
vengáis tarde.
Tomamos
café en la calle. Arriba en la buhardilla se ha quedado mi taza llena, por no
abandonar a Rafael. Nos vamos al cine. Cuando salimos nos bebemos unos vasillos
de vino en la calle de Preciados. Después tomamos el camino de casa. Rafael
viene despacio, a remolque. En la calle de Carretas le digo:
-Ya
llevará dormida un buen rato.
Y
nos acostamos los dos juntos en mi cama de hierros dorados.
Se
escapa de vez en cuando y se va por ahí, solo, dando vueltas a las esquinas,
buscando algo. Después, el doctor Chicote le ha recomendado en la fábrica de
cervezas del Águila. Como es verano trabaja ahora hasta las doce de la noche.
Gana mucho, seis pesetas diarias. Trabaja como obrero moviendo barriles de un
lado para otro. Llega a casa a las doce y media o la una, se cae en la cama a
veces con el pantalón puesto, y se duerme, roncando fuerte, hasta las seis.
Algunos días bajo con él a la fábrica que está en las afueras de Madrid, al
lado de la estación de las Delicias. Vemos amanecer y tomamos una taza de té
con aguardiente en la puerta de la fábrica. Después, cuando suena a las siete
el pito de la fábrica, soltando un chorro de vapor blanco, él se mete dentro
con los doscientos obreros como él. Yo subo despacio el paseo de las Delicias,
haciendo tiempo hasta las nueve que entro en el banco. A veces voy a casa y
desayuno allí. Mi madre me da el café con leche, con un trozo de mantequilla, y
me pregunta:
-¿Y
Rafael?
Como
si no le hubiera visto desde hace días.
-Se
ha quedado en la fábrica -le contesto.
-Parece
que está más tranquilo. ¡Dios lo haga!
Desde
que murió la tía, ninguna de sus relaciones ha seguido el trato con nosotros.
Hasta don Julián ha dejado ya de tratarme como sobrino de doña Baldomera. He
pasado a ser para él un empleado del Crédit, peligroso, porque se siente con la
responsabilidad de mi conducta. Cuando he empezado a trabajar en el negociado
de cupones, he ido a su despacho y le he dicho:
-Don
Julián, me han destinado a cupones.
Me
ha mirado desde detrás de las gafas y se ha rascado el bigotito.
-Bien,
bien, a ver cómo se porta usted Espero que no me dejará en ridículo.
Es la primera vez que me
ha llamado de usted. La primera y la definitiva. Desde entonces soy para él el
señor Barea.
¡Le
odio! ¡Es un cerdo! ¡Un tiralevitas! Con sus veinte años de banco tiembla
delante de cada jefe. Le da vergüenza de mí. ¿Qué ha sido él? Un infeliz como
yo, huérfano, muerto de hambre. Le recogió su abuela entre el canario, el loro
y el cura que llenan su casa.
Todos
los días va aún a casa de la abuela. En el bolsillo lleva bombones para el
loro, y la abuela se ríe cuando el loro coge los bombones; le besa al nieto y
le da un billete de vez en cuando. Cuando no está la abuela o el loro está solo
en la cocina, don Julián se quita el alfiler negro de la solapa de la americana,
le pincha al loro a través de los hierros de la jaula y le llama ladrón, el
loro grita y ha aprendido la frase. Cuando don Julián entra en la casa y el
loro está allí, le suele gritar con voz ronca:
-¡Ladrón!
¡Ladrón!
Tiene
razón el loro. ¡Ladrón, cornudo, cerdo, puerco, esclavo! ¡Todo, todo!
Pero
no es él sólo. Es el Crédit entero. Aquel miedo de meritorio de que le echaran
a uno a la calle antes de terminar el año de trabajo gratis, se aumenta entre
los hombres, ya empleados hechos y derechos. Los hacen cobardes. Cuentan los
pitillos que se fuma uno, si tiene alguna amiga, si va a misa o no, si llega tarde,
si se equivoca en el trabajo, si va a la taberna del Portugués.
Se
lo cuentan el empleado inferior al superior, éste al más alto, el otro al jefe,
el jefe al señor Corachán, todos para hacer méritos. El señor Corachán un día
llama a un empleado:
-Sabemos
que va usted a la taberna.
El
hombre baja las escaleras de la dirección con las piernas flojas. Aquella
Nochebuena no habrá aumento de sueldo.
A
Pla le llamó un día Corachán:
-La dirección está
informada de que va usted a la taberna. Pla se le quedó mirando con sus ojillos
de miope y contestó:
-¡Claro!
Hay dos razones.
-¿Dos
razones para emborracharse? ¿Cuáles?
-Para
emborracharme no, porque nunca me he emborrachado. Dos razones para que la
dirección sepa que voy a la taberna. Una, que hay muchos tiralevitas que van
con cuentos. Otra, que con lo que gano para mantenernos mi madre y yo sólo puedo
beber vino de perra gorda. ¡Todavía no me llega para beber chatos de manzanilla
en Villa Rosa como hace usted! Corachán se tragó la alusión. En Nochebuena le
subieron el sueldo a Pla. ¿Para que pudiera beber manzanilla o para que se
callara?
Además,
¡las mujeres! En el negociado hay cuatro y somos dos hombres. A excepción de
una, Enriqueta, que es una muchacha de veinte años, las otras son viejas y
feas. Hay días que es un infierno. Antonio y yo somos los únicos que contamos,
porque Perahíta es un hombre ya maduro y casado. ¡Pero nosotros! Hay días que
nos miman las mujeres más que a chiquillos. Antonio les toca los muslos y los
pechos y se ríen. A mí vienen al lado y me dictan números. Se echan encima del
pupitre, dejando los pechos sobre el tablero, se recuestan en mi hombro, me
excitan y por último alargo las manos.
-¡Sinvergüenza!
-me chillan.
Perahíta
se ríe de ellas y de mí y pone paz. Yo tengo que dar excusas. Enriqueta huele
fuertemente. Un día se ha levantado la blusilla por la manga semicorta y me ha
dicho:
-¿Huele
mucho? Pues me lavo todos los días. ¡Mire usted!
Me
ha enseñado una axila llena de ricitos negros espesos, con un olor caliente. He
metido la nariz dentro y he tocado con la punta de los dedos. Cuando he subido
del retrete, me ha mirado con sus ojos rientes y se ha puesto colorada. Yo
sentía también que me ponía colorado y no podía sumar.
Un
día hemos bajado juntos a la caja de hierro donde estaba antes el negociado.
Íbamos a recoger los cupones de la deuda. Hemos empezado a abrir cajas y a
sacar paquetes. Estaba ella subida en una de las banquetas de hierro blanco,
como de clínico. Olía y tenía las medias tirantes en las piernas. Le he acariciado
una pantorrilla despacio y seguido hacia arriba. Nos hemos besado,
ella en lo alto de la banqueta, yo abajo en el suelo, con las piernas blandas,
la cara ardiendo. Hemos subido uno detrás de otro, juntos no hubiéramos podido
subir de vergüenza. Después nos acariciamos mutuamente, hasta delante de los
demás. Viene al lado del pupitre alto, donde yo escribo, y me dicta. Yo hundo
mi mano bajo sus faldas. Me dicta números absurdos y yo hago como que escribo
con la mano derecha.
Estas
cosas me dan placer y me dan asco. Una vez le he dicho que venga conmigo, aquí
a la Moncloa. Me ha contestado muy seria:
-Oiga
usted, yo soy una muchacha decente.
¿Una
muchacha decente, que un día hemos ido al cine y ha empleado el tiempo en
tocarme de arriba abajo sin hartarse?
¿Por
qué tienen que ser vírgenes las mujeres cuando se casan?
Porque
ella misma me lo ha dicho. No podemos estar juntos sin que pierda su
virginidad. Y tendrá que casarse un día. Esto que hacemos son cosas de chicos,
juegos sin importancia ni peligro. «Y además -me ha dicho-, figúrate que me
quedara preñada. Porque aunque eres un chico aún, ya puedes tener hijos. »
¿Qué
voy a contestar a esto? Nada. Sólo puedo aprovecharme en los rincones donde
ella viene a buscarme. He querido dejar de hacer estas cosas y se ha enfadado
de tal manera que ha sido imposible.
Creo
que Pla tiene razón. En el banco no puede esperarse nada hasta pasados muchos
años, cuando ya se han convencido, no de que uno sabe trabajar, sino de que
está sometido totalmente. ¡Trabajar! El trabajo en el banco está de tal manera
estudiado que cualquier empleado puede ser despedido en el acto, sin ningún
trastorno. Es trabajo de rutina: llenar impresos, siempre con las mismas
palabras. Hacer mecánicamente los mismos descuentos y las mismas sumas. Ni
Antonio ni yo sabemos francés, alemán o inglés. Sin embargo, todos los días abonamos
a los clientes de Francia, de Alemania y de Inglaterra sus cupones, empleando
sus idiomas para llenar los huecos de los impresos. El cliente pensará en la
organización formidable del banco que puede escribirle en inglés, que tiene un
empleado que sabe inglés, exclusivamente para escribirle a él. Medina sabe
inglés. Ha estudiado en Inglaterra y ha vivido allí de niño. Se pasa el día en
un taburete muy alto, copiando con una hermosa letra en las hojas de uno de
los diarios del banco. Un trabajo estúpido de copiar que le lleva horas y
horas. Su inglés le sirve para comprar revistas ilustradas en el quiosco de la
Puerta del Sol y dejárnoslas ver para que sepamos que sabe inglés. Un día el
director pasó por su mesa y vio una de estas revistas. La hojeó y le preguntó a
Medina:
-¿Sabe
usted inglés?
-Sí,
señor director.
Se
enzarzaron en una conversación en inglés. Cuando se marchó el director, Medina
estaba muy contento.
-Ahora
me trasladarán -decía. Tres días después le llamó Corachán.
-La
dirección está informada de que pierde usted el tiempo de trabajo leyendo
revistas inglesas. -Después agregó-: Teníamos previsto ascender a usted en
junio, pero en estas condiciones es imposible.
Medina
bajó tan rabioso que se le saltaban las lágrimas. Los empleados comenzaron a
tomarle el pelo:
-Do
you speak English? -le preguntaban todos.
Al
cabo de unas semanas se quedó con el mote: «Spiquinglis», y los meritorios que
entran nuevos el primer día le llaman el señor Piquingris, entre las risas de
todos.
Se
aguanta, como nos aguantamos todos.
-Si
tuviera dinero para irme a Inglaterra -dice a veces.
¡Dinero!
¡Dinero! Es la clave de todo. Pero para mí no habrá esta preocupación. Don
Primo está ya liquidando la herencia de los tíos y dentro de poco nos dará a
cada uno nuestra parte. Me tocarán unas diez mil pesetas. Con esto se puede
hacer lo que se quiera y puedo mandar a paseo al Crédit y al cerdo de Corachán
sin preocuparme. Con este dinero podremos vivir. He hablado con mi madre de
ello, porque quiero que deje de ir al río. Me ha dicho que cuando cojamos las
pesetas, ya hablaremos de lo que se va a hacer. Tiene mucho miedo del dinero.
Don Primo, como sabe que andamos muy mal, la llamó un día al despacho y le dijo
que si quería dinero a cuenta, podía pedir lo que le hiciera falta. Pero ella
no quiso. Los de Brunete vienen un día sí y otro no a pedirle dinero. El tío
Anastasio ha ido ya varias veces a pedir quinientas pesetas y se las ha dado. Y
todos los otros han ido cogiendo pellizcos a cuenta. Pero mi madre se ha negado
rotundamente. Después ha dicho a don Primo que tenía que hablarle y ha hecho una
cita con él una mañana, mientras yo estaba trabajando. Cuando le he preguntado
a qué había ido, me ha dicho que necesitaba preguntarle algunas cosas y no me
ha dado más explicaciones.
Cuando
cobre el dinero, yo la convenceré. Con diez mil pesetas podríamos vivir tres
años sin que ella trabajara y yo podría estudiar. Mejor aún, podríamos tomar
alguna tienda en traspaso y vivir de ella. Claro que se corre el riesgo de
perder el dinero, pero hay muchas tiendas que son seguras. Trabajaríamos los
tres hermanos en la tienda y yo podría estudiar y llegar a ser ingeniero.
Entonces la lavandera va a pasar a ser doña Leonor y tendrá una criada para que
le haga la casa.
Cuando
vuelvo a casa entro en la Granja Agrícola, una granja de experimentación que
tienen los ingenieros agrónomos en la Moncloa. Está llena de jaulas con conejos
y gallinas, de establos con vacas y cerdos de todas las razas. Tienen un
colmenar y un criadero de gusanos de seda. Me dan un paquete de hojas de morera
frescas y cuando llego a casa me divierto viendo a mis gusanos asaltarlas. La
Concha se ríe de mí por los gusanos, porque es cosa de chiquillos y yo soy ya
un hombre. Me llego a avergonzar y estuve a punto de regalarlos. Pero después,
en la granja me han convencido de lo contrario. No es cosa de chicos. La
industria de la seda fue una de las mayores de España en tiempos y se perdió.
Uno de los profesores me ha enseñado las razas que hay, cómo se cuidan las
enfermedades que tienen, cómo se saca la seda. Me ha dado un folleto y tengo
derecho a que me den «simiente» gratis y a que me compren los capullos al peso,
antes de que se abran y salgan las mariposas. Tal vez fuera un buen negocio
criar gusanos de seda y entonces sería yo quien se reiría de la Concha.
Podríamos irnos a Méntrida, que hay morera en la alameda, y criar gusanos y
gallinas. Esto con diez mil pesetas se puede hacer y sobra dinero para vivir un
año. Cuando quisiéramos venir a Madrid, como está cerca, no habría ningún
inconveniente.
Le
cuento todas estas cosas al profesor de la escuela un domingo, cuando voy por
la morera. Me escucha muy amable, me pide detalles sobre mi familia y cuando le
he explicado todo me dice:
-Hijo
mío. Todo eso es muy bonito, pero eres menor de edad y habrá que conformarse
con lo que tu madre quiera. Y ella no querrá meterse en estos berenjenales que
necesitan mucha experiencia y mucho dinero.
Entonces,
¿mi madre va a hacer del dinero lo que le dé la gana? Soy un menor. Cada vez
que uno tiene algo suyo, es un menor. Pero los demás son siempre mayores y
tienen el derecho de cogerle a uno lo que es suyo, porque es menor. Para
trabajar uno es ya hombre. La familia tiene el derecho de cobrar lo que uno ha
ganado, como le ha pasado a Gros que su padre se ha presentado en el banco para
que no le pagaran a él, porque un mes se ha gastado algo de la paga. Hasta para
comprar le miran a uno los años. Hace años me viste el mismo sastre. El último
traje no quise hacérmelo allí y le dije a mi madre que me diera el
dinero que yo me lo compraría. Fui a un sastre de la calle de la Victoria. El
buen señor me miró de arriba abajo, me enseñó las telas y cuando le dije que me
tomara medida, me rogó muy atento que les dijera a mi papá o a mi mamá que
fuesen conmigo a la tienda.
-Sabe
usted, no podemos servir a menores.
Volví
con mi madre. El sastre se puso muy atento con nosotros, sacó la pieza de tela,
se la enseñó a mi madre. Discutieron el precio entre ellos, como si yo no
existiera. Al final mi madre me dijo:
-¿Te
gusta?
-Sí
-contesté.
-Bueno, tómele usted
medida. El sastre se armó del metro:
-¿Quiere
usted hacer el favor de quitarse la americana?
-No
me da la gana. Métase el traje donde le quepa. El único derecho que tengo como
menor es éste: no hacerme el traje y mandarle a usted a paseo.
El
disgusto de mi madre fue tremendo y luego lo sentí. Pero yo necesitaba decirle
al tío aquel lo que me parecía.
Fui
solo al sastre antiguo y me hice un traje a mi gusto.
Capitalista
Capítulo VII
Una
de las cosas imperdonables en el banco son las faltas de asistencia. Le he
dicho a Perahíta que necesitaba un día libre para ir a casa del notario, que
nos ha citado para liquidar la herencia de los tíos. Al día siguiente me ha
llamado Corachán:
-Su
jefe me informa que necesita usted un día de permiso para asuntos personales.
-Sí,
señor.
Me
mira un ratito despacio como si quisiera estudiarme en detalle. Como salga con
una de las suyas, me voy del banco. Estoy harto del tío este. Después vuelve a
hablar, recalcando cada palabra:
-¿Y
se puede saber qué «asuntos personales» le exigen al señor perder un día de
trabajo? -Lo dice sílaba tras sílaba, acariciándose la barba con la mano
semicerrada y mirándome con ojuelos entornados.
-Tengo
que recoger una herencia. -También se lo digo yo silabeando.
-¡Ah!
Una herencia. ¡Caramba! ¡Caramba... ! Entonces, ¿nos deja usted?
-¿Dejarles?
¿El qué? ¿El banco? No, señor. Seguiré trabajando.
-¡Ah!
Vamos. Entonces es una herencia pequeña. ¿Cuánto va usted a cobrar?
-No
lo sé exactamente. Dos, tres, cuatro o cinco mil duros.
-No
está mal. No está mal. -Se acaricia de nuevo la barba-. Y para cobrar cinco mil
duros, suponiendo que todo esto no sea un cuento, ¿necesita usted un día
entero? ¿Es que le van a pagar a usted en calderilla?
Me
azoro completamente. ¿Cómo le explico yo a este tío, alto jefe de un banco,
donde se tiene la costumbre de manejar millones, que coger unos miles de
pesetas y llevarlos a la buhardilla de una lavandera es un acontecimiento que
impide trabajar durante el día? Aquí los billetes de mil pesetas no me causan
emoción alguna, pero pensar que mañana habrá en la buhardilla un paquetito de
ellos y que tendremos que quedarnos allí los dos, mi madre y yo, para que no
nos roben, hasta que acordemos lo que vamos a hacer, me produce una emoción
intensa. Vendrá la señora Pascuala a mirar los billetes grandes a la luz de la
lámpara. «Señora Leonor, déjeme usted ver uno. » Después irán viniendo las
vecinas de las buhardillas, una a una, y mirarán el billete, cogiéndole con
miedo con la punta de los dedos. Comienzo a indignarme contra este viejo gruñón
que está aquí riéndose de mí.
-Supongo
que no me pagarán en calderilla.
El
tono de mi voz, áspero, le hace levantar la cabeza y mirarme la cara.
Doctoralmente, fríamente, me dice:
-¿Y
quién me demuestra a mí que todo esto no es una historia para marcharse mañana
de juerga con los amiguitos o con una amiguita?
Saco
la carta de cita de don Primo. La lee despacio. La dobla y me la devuelve.
-¡Bien!
¡Bien! Mañana a las diez en la calle de Campomanes. ¡Bueno! Vendrá usted a
firmar y después se marcha. Tiene usted libre la mañana. Por la tarde
comprobaré yo mismo si ha venido usted. Puede usted retirarse.
Le
cuento a Perahíta la entrevista y se ríe de mi indignación. Se ríe con sus dos
manos gordas, de uñas aplastadas, agarradas a la mesa, como si temiera que la
bola de caucho de su cuerpo se escapara de la silla y se cayera. La risa le
hace rebrincar en la silla y aprieta los dedos sobre el tablero, hasta que las
uñas se le ponen blancas del esfuerzo. Después, me golpea la espalda:
-Bueno,
hombre, no te apures. Mañana por la tarde no vienes.
-¿Me
da usted el permiso? -pregunto.
-Yo
no, hijo. ¡Cualquiera se pone frente de Corachán! Pero mañana es la Ascensión y
no hay oficina.
Nos
echamos a reír los dos y con nosotros todo el negociado.
Enriqueta
viene con unos paquetes de cupones y se coloca a mi lado. Comenzamos a hablar:
-¿Hereda
usted mucho? -Y me da un pellizco en un costado-. ¡Ladrón! -Dice en voz baja-:
¡Qué calladito lo tenías!
-¡Psch!
Cuatro o cinco mil duros; tal vez seis mil.
Magdalena
suspira a la cifra y me mira con rabia. Con rabia de solterona pobre y fea.
Calzada deja de escribir facturas. «Treinta mil pesetas», dice. Los dos estamos
en el secreto: es el hijo de un portero que remienda zapatos en un tugurio
debajo de una escalera de casa pobre. Yo soy un hijo de lavandera. Se imagina
lo que son para nosotros treinta mil pesetas, pensando en lo que serían treinta
mil pesetas para él. Treinta mil pesetas debajo del quinqué donde trabaja su
padre, machacando suela, con las gafas colgando en la punta de la nariz. Seguro
que se lavaba las manos negras de polvo de suelas viejas antes de tocar un
billete. Perahíta dice:
-Seis
mil duros no es mucho, pero le hacen a uno independiente. Siempre es bueno
tener algo cuando se queda uno sin trabajo o cuando viene una enfermedad. Nunca
se sabe. Mil duros teníamos nosotros ahorrados y gracias a ello se pudo salvar
la Eloísa. Tres mil pesetas me cobró el médico por operarla del riñon. Tan
bien que ha quedado. No me pesa. Sin los mil duros, estaría viudo a estas
horas.
¿Qué
haría este hombre gordo sin la Eloísa que le cepilla la ropa y le plancha los
pantalones? Continúa la historia:
-Después,
otra vez hemos empezado a hacer el «gato». En dos años ya tenemos tres mil
pesetas. ¡Cuesta trabajo reunir mil duros! Pero, en fin, algo es algo, para
otra operación ya hay. Por lo menos estamos tranquilos.
Me
echo a reír y me miran todos.
-Me
río porque, como siga usted ahorrando, a ese paso se quedan su mujer y usted
sin riñones en ocho años.
Y
estallan las risas de todos.
Volvemos
a reunimos -por última vez en la vida- todos los herederos. Don Primo va
entregando a cada uno una hoja de papel con la liquidación para que firmen el
«recibí» y después les da el dinero. No se marchan, se quedan allí a ver lo que
los otros cobran por si el notario les engaña. A medida que van deletreando los
papeles de la liquidación, van estallando las broncas. La primera es la tía
Braulia. Se va a la mesa con la liquidación en la mano e interrumpe a don Primo
que está pagando al tío Julián:
-Oiga
usted, señor, ¿me quiere usted leer esto? Porque una no sabe de letras.
-Un
momento, señora. -Don Primo termina con el tío Julián, coge la liquidación y
comienza a leer-: Entregado a don Enrique González, a petición: 500 pesetas.
Entregado a don Hilario González, a petición: 750 pesetas. Entregado... -Siguen
así una hilera de peticiones hasta seis-. Liquidado: 1. 753 pesetas.
La
tía Braulia escucha muy atenta. Cuando acaba el notario, dice:
-Bueno,
en resumen, ¡la nada entre dos platos! Que éste -le fusila a su marido con un
dedo negro- se ha ido comiendo los cuartos. Y mientras, una en la higuera.
¡Para eso querías venir a Madrid!
Se
pone en jarras, aumentando el volumen de sus cuatro o cinco sayas y refajos y
mira con desafío al tío Hilario.
-Bueno,
mujer, yo te explicaré. Aquí no vas a dar un escándalo.
-Pues
claro que lo voy a dar. ¡Hasta en el pueblo me van a oír desde aquí!
Esta
bronca es la señal de todas las demás. Cada mujer se pone a revisar sus cuentas
y cada una encuentra un desfalco de su marido. El tío Anastasio llega a la mesa
y firma la liquidación de su mujer y de Baldomerita. El notario va extendiendo
los billetes sobre la mesa, uno a uno; el tío alarga la mano muy digno:
-No
se moleste en contar, no vale la pena.
Agarra
el paquete de billetes de la mano de don Primo y se los mete en el bolsillo con
la liquidación. La tía Basilisa protesta.
-¡Bueno! ¡Bueno! ¡Pero
vamos a ver! El tío Anastasio se encrespa:
-¡Vamos
a ver! ¡Vamos a ver! Aquí no se ve nada. En casa arreglaremos todo; o tú te
crees que yo soy como éstos, que voy a dar escándalo en casa de este señor. ¡A
Dios gracias no soy un gañán! Uno tiene su educación y sabe comportarse delante
de la gente. ¡A casa!
La
tía Braulia le corta el paso:
-¡Gañán!
¡Gañán! A mucha honra, señorito de mierda. Usted ha hecho lo que el mío,
arramblar con los cuartos y ahora se pone muy chulo para que los demás no nos
enteremos. ¡Usted es un sinvergüenza como todos los hombres! ¡Eso, eso es lo
que es usted!
La
tía Basilisa rompe a llorar, la tía Braulia también. Se abrazan llorando. El
tío Hilario y el tío Basilio se miran con odio. Los chicos del tío Julián
comienzan a llorar también. Don Primo se enfada y da un puñetazo en la mesa:
-¡Puñeta!
¡Que están ustedes en mi casa!
Se
quedan todos en silencio y entonces nos llama a mi madre y a mí. Firmamos la
liquidación los dos. Don Primo pone en la mesa un billete de cien pesetas,
otro, otro, y cuenta hasta diez billetes. Miran todos a ver qué pasa y miro yo
asombrado de ver que el notario ha dejado de poner billetes sobre la mesa.
Después saca otra liquidación.
-Es
lo mejor que hemos podido comprar. Aquí están las pólizas y la liquidación.
Firme usted aquí. El niño no hace falta que firme, porque esto es bajo su
responsabilidad de tutora.
Mi
madre firma trabajosamente con sus patas de mosca. Después, don Primo le da un
resguardo del Banco de España. Los conozco muy bien, porque los manejo todos
los días.
-Aquí
tiene usted el resguardo del depósito.
Mi
madre mete los billetes en un portamonedas. Dobla el resguardo en pliegues y
lo guarda en el pecho. Me coge de la mano.
-Despídete
de don Primo -dice.
Igual,
igual que cuando tenía ocho años y me llevaban de la manita. Me dan ganas de
llorar. La tía Basilisa se acerca a mi madre:
-¿Qué
has hecho, Leonor?
-Nada,
me he aconsejado de don Primo y como yo no soy más que la tutora del chico,
pues él se ha encargado de comprar papel del Estado. Me ha separado mil pesetas
para arreglarnos un poco y lo demás para cuando sea hombre, que haga lo que
quiera.
-¿Mucho,
mucho? -pregunta el tío Anastasio.
-Al
cambio que tiene ahora la Deuda Interior -dice don Primo-, le hemos podido
comprar doce mil quinientas pesetas nominales.
Fuencisla,
al oír doce mil pesetas, se vuelve hecha una furia:
-Entonces,
ha hecho usted trampa, ¡tío ladrón! -le dice a don Primo.
Nos
quedamos todos suspensos. El tío Anastasio planta una manaza en la mesa y dice:
-Hay
que aclarar eso, ¿eh?
Don
Primo, con su traje negro, sus gafas de oro y su barbita, los mira como si
quisiera empezar
a bofetadas:
-Señora
-dice con la voz ronca-, le perdono a usted el insulto, porque al fin y al cabo
nadie está obligado a saber. He dicho doce mil quinientas pesetas nominales y
ustedes se asustan de la cantidad. El papel de la Deuda está a sesenta y nueve
por ciento y la gente deseando vender, porque no es un papel de especulación.
Los
paletos han hecho corro alrededor de la mesa y le miran con los ojos muy
abiertos.
«El
papel», «la Deuda», «el sesenta y nueve por ciento». ¿Qué quiere decir este
tío?
-Bueno,
menos retórica -dice el tío Hilario-, las cosas claras. Este mocoso (así se te
reviente el lobanillo, ¡tío ladrón!) se lleva más de dos mil duros y nosotros
una miseria.
¿Por
qué?
A
las tres de la tarde salimos de la notaría, después de una explicación
minuciosa de las particiones, de lo que es papel de la Deuda, de por qué
sesenta y nueve pesetas valen cien. En la esquina de la calle nos decimos todos
¡adiós! Un adiós lleno de rencores. El grupo de los parientes de Brunete, con
sus hombres en traje de pana, faja y sombrero redondo, sus mujeres de faldas
pomposas y pañuelo de colorines a la cabeza y sus chicos pataleantes dentro de
las botas duras, se va plaza adelante, discutiendo a gritos. La gente vuelve la
cabeza para seguir mirándolos, después que los han rebasado.
Mi
madre y yo nos vamos calle del Arenal arriba hacia la Puerta del Sol. Voy al
lado de ella, pero separado de ella. No la he cogido del brazo, como siempre
que vamos juntos por la calle. Voy a su altura a medio metro de distancia.
Vamos callados los dos. Ella con sus pasos menudos de mujer pequeña y
nerviosa; yo alargando las zancas de mis piernas largas, andando la mitad que
ella en el mismo espacio. Voy lleno de resentimientos. Comienzan contra unos y
otros y acaban contra mi madre. No se escapa nadie. Los parientes por su
fiscalización desconfiada, minuciosa, contando los céntimos, comprobando las
sumas, haciéndose explicar diez veces la diferencia entre sesenta y nueve y
ciento. Manoseando los recibos, la póliza, el resguardo, con las caras
contraídas de ira. Don Primo de acuerdo con mi madre, para hacer los dos lo que
les ha dado la gana, sin contar conmigo y sin que yo sepa una palabra. No me
parece mal que el dinero esté en el banco, me parece mal que se haya hecho a
mis espaldas. «El niño no hace falta que firme. » ¿Para qué? El niño es un niño
y ellos son personas mayores que hacen lo que quieren de los niños. Los hacen
trabajar y se guardan los cuartos, compran papel de la Deuda o compran un traje
y se quedan tan tranquilos. El niño ya será un hombre y cuando lo sea podrá
protestar si quiere. ¡No! ¡No! y ¡no! ¡En cuanto lleguemos a casa se va a armar
la gorda! Le voy yo a decir a mi madre las cuatro verdades. Si soy un niño, que
me manden al colegio, me eduquen y me mantengan. Si soy un hombre, que me
traten como tal. Y si no soy ninguna de las dos cosas, entonces que se vayan
todos al diablo, pero sin jugar conmigo como si fuera el gato.
Tengo
deseos de fumarme un pitillo para matar la nerviosidad.
Llevo
cigarrillos en el bolsillo, mi madre sabe que fumo, pero nunca he fumado
delante de ella y no me atrevo a sacar uno. ¡Mejor! ¡Si se enfada, mejor! En la
Puerta del Sol me decido, saco un pitillo y lo enciendo. Mi madre me mira y
sigue marchando a pasitos cortos, como si no hubiera pasado nada. Comienzo a
enfadarme de que no me diga nada. Podría regañarme y así podría yo estallar.
Necesito chillar, discutir, echar fuera lo que llevo dentro.
En
la calle de Carretas me pregunta, al fin:
-¿Qué
vas pensando?
-Nada
-le digo.
-Así
te ahorras un trabajo -me contesta.
-Claro,
cuando los demás piensan por uno, ¡para qué hay que pensar!
-¿Por
qué dices eso?
-¿Por
qué? Tan bien lo sabe usted como yo. -Me paro y me encaro con ella-. Que ya
estoy harto de ser el «niño», ¿se entera usted?
Volvemos
a caer en un silencio moroso y así llegamos a casa.
Como
yo había supuesto, la señora Pascuala viene con nosotros a través del pasillo y
entra en la buhardilla cuando abrimos la puerta:
-¿Qué?
¿Se ha arreglado todo bien, Leonor? Mi madre suspira, se quita el pañuelo negro
de la cabeza, se sienta en una silla:
-Todo
está arreglado. Ya tenía ganas de acabar con esta historia. Le digo a usted
que si no fuera por el chico... Se vuelve la gente loca en cuanto ve un
billete. Yo creía que se iban a pegar en la misma notaría. ¿Para qué? Para
luego coger una miseria que no le saca a una de pobres. Ya ve usted, los
hermanos del tío José han trabajado treinta años juntos. El tío José les ha
vendido el trigo, les ha prestado el dinero para mulas y para tierras; y los
hermanos y sus hijos se miran con ganas de darse de puñaladas. Los otros igual.
Hasta éste -me señala a mí-, ahí le tiene usted furioso porque he hecho lo que
me ha parecido mejor para él. Hasta los chicos ven un billete y se vuelven locos.
Muchas fatigas he pasado para sacarlos adelante a los cuatro, usted lo sabe,
Pascuala, pero prefiero mi cocido y mi café recolado. Así he vivido toda mi
vida y así quisiera morirme; con que me dejen morir en mi cama tranquilamente,
sin ir al hospital, me conformo. No es mucho pedir. -Yo no he dicho nada
-contesto malhumorado. -Tú no has dicho nada. ¿Te crees que no tengo ojos en la
cara? Vienes todo el camino como un monaguillo, separado de una. Luego, el
«señorito» enciende un pitillo en la Puerta del Sol, con todo el descaro del
mundo. ¿Qué creías, que iba a chillarte? No, hijo, no; puedes fumar todo lo que
quieras. Ahora, vamos a ver, ¿qué te pasa?
-¿Que
qué me pasa? Pues eso; que estoy harto ya de ser el niño y el chiquillo y de
que se disponga de lo mío sin contar conmigo. ¿Quién le ha mandado a usted
comprar papel del Estado? Usted tendrá sus ideas sobre el dinero, pero yo
también tengo las mías. Y al fin y al cabo el dinero es mío y de nadie más. -¿Y
cuáles son tus ideas sobre el dinero? - Eso no le importa a nadie. Usted ha
debido de coger el dinero, puesto que a mí no me lo dan por menor. Pero después
los dos hubiéramos visto lo que se hacía con él. Y no que, sin contar con
nadie, se pone usted de acuerdo con el notario, y compra papel del Estado. ¿Y
usted qué sabe del papel del Estado? En todo caso lo puedo saber yo que estoy
en un banco y precisamente en el negocio donde se manejan los títulos. ¡Papel
de la deuda perpetua!
Tan
siquiera hubiera usted comprado amortizable, podría uno tener la suerte de que
saliera premiado un título. ¡Pero papel de la deuda interior que nadie lo
quiere! ¡Y todavía cree usted que soy un chiquillo que no entiende nada de
nada!
-¡Pues
claro que lo creo! ¡Tonto! -Y su mano me acaricia los pelos revueltos. Los
dedos se van enredando en la cabeza y me van aflojando los nervios-. ¡Claro que
lo creo! Mira: hasta que seas mayor de edad, yo soy tu tutora. Esto no es que
tenga el derecho de hacer lo que me da la gana. Es que tengo la responsabilidad
de administrar tus bienes y la obligación de darte cuenta de lo que he hecho el
día que seas mayor de edad. Ahora no podemos gastar los cuartos en lo que tú
quieras. Luego, cuando seas un hombre, vendrías a decirme: «¿Dónde está mi
dinero?». Cuando yo te dijera: «Te lo gastaste», me contestarías: «¿Yo? Yo no
me lo podía gastar porque era un niño. Se lo habrá gastado usted que era la
única que podía disponer de ello». Y hasta podrías llevarme a la cárcel por ladrona.
¡No! El dinero se quedará en el banco hasta que tú mismo puedas dar la orden de
sacarlo y entonces te lo gastas en lo que quieras, en negocios o en mujeres.
¡Y
buen provecho te haga! Yo nada necesito. Toda mi vida he sido pobre y me moriré
pobre. Tú tienes una vida por delante, yo soy ya vieja.
Los
dedos en el pelo, las últimas palabras, me disuelven todas las iras y los ojos
se me llenan
de agua.
-¿Ves
cómo eres un chiquillo y un tonto? -me dice.
Me
limpia la cara como cuando era niño, me da un beso en la frente. Saca un
billete de cien pesetas. Me lo da:
-Toma,
para que convides a los amigos y te compres lo que quieras, pero no hagas
ninguna tontería.
La
señora Pascuala suspira:
-¡Ay!
¡Los hijos, Leonor, los hijos! ¡Lo que padece una por ellos! ¿Y ahora qué van a
hacer ustedes?
-¿Que
qué vamos a hacer? Pues nada, seguir como siempre.
-Yo
creí que se mudarían ustedes. Me había dicho, cuando el chico de la Leonor coja
los cuartos se mudarán. Una lo siente porque al fin y al cabo son dieciséis
años de vivir juntos, pared por medio.
-Pues
claro que nos mudaremos -digo yo-. Yo no quiero seguir en la buhardilla.
-Mira,
hijo. Vamos a ser razonables. Con este dinero -señala el resguardo-, no somos
ni más ricos ni más pobres. Te renta un día con otro cinco reales. ¿Y tú crees
que con cinco reales más o menos vamos a salir de apuros? ¡No! Aquí pagamos
nueve pesetas al mes y no tenemos trampas. En un piso nos gastaríamos tu renta
y algo más. Acabaríamos por entramparnos y luego, ¿qué? Cuando ganes más,
cuando tus hermanos ganen más, entonces veremos a ver lo que se hace. Pero hoy,
tú sabes que entre nosotros no ganamos más que lo justo para vivir como
vivimos. Lo único que me gustaría sería si quedara vacía una buhardilla como la
de la cigarrera o la de la señora Paca. La pediría para vosotros que ya vais
siendo maypres, y si la Concha viene un día a casa, no podemos vivir en la
misma habitación. Eso sí, porque en junto serían veinte pesetas al mes y las
podemos pagar.
-Bueno
-transijo-, pero yo quiero una cosa y ésa sí se hace.
-Tú
dirás.
-Quiero
instalar una luz eléctrica en la buhardilla. Ya estoy harto de quemarme las
cejas con el quinqué para poder leer un rato.
Queda
aprobada la instalación de la bombilla y yo me encargo de avisar a la compañía.
Una bombilla clavada en medio del techo torcido de la buhardilla, con un cordón
muy largo, para que pueda alumbrar encima de la mesa y que yo pueda enganchármela
a la cabecera de la cama y leer acostado, con un casquillo con llave, para
apagarla sin tener que levantarme.
Al
día siguiente, en el banco, tengo que convidar a todos. El ordenanza nos trae a
escondidas dos botellas de manzanilla y unos pasteles. Nos los comemos entre
todos con la puerta del negociado cerrada para que no nos vean. Después, la
habitación huele a vino y tenemos que abrir la puerta y la montera de
cristales del techo para que la corriente de aire se lleve el olor.
Perahíta
me dice:
-¿Cuánto
has cobrado por fin?
-No
mucho. Un piquillo.
-Bueno,
guarda el secreto. No te vamos a pedir nada. Aparte que no nos lo ibas a dar.
-Treinta
mil pesetas -digo.
-¡Caramba!
¿A eso llamas tú un piquillo? ¡Seis mil duros! Ya estarás contento. Mira que si
se muriera así un pariente todos los días.
-No
estaría mal.
Claro
que estaría mal que se me muriera un pariente así todos los días. Si el tío
José no se hubiera muerto, yo no tendría el dinero, pero estaría mucho mejor.
No estaría en la buhardilla. Ni estaría aquí por una miseria. Estaría
estudiando y sería ingeniero. ¿Pero quién explica esto? Es necesario que todos
vean que está uno contento, muy contento, que es rico, muy rico, y que se
pueden ir muriendo todos los parientes y dejando herencias.
Al
único que le cuento la verdad es a Pla. Nos tomamos los dos solos unos vasitos
de manzanilla en casa del Portugués.
-Has
hecho bien -me dice-. Veinte mil duros debías haber dicho que tenías de
herencia. Te hubiera llamado el director, te hubieran felicitado y te hubieran
subido el sueldo. Seguro. De todas maneras te lo subirán, verás. En cuanto
sepan que tienes dinero, te darán un empujoncito.
No
se equivoca Pla. Me suben el sueldo a doce duros y medio. Los compañeros rabian
un poco. Antonio me dice muy triste, porque su sobre no tiene más que una
gratificación pequeña, sin ningún aumento:
-¿Ves?
Siempre lo mismo. Hemos hecho el mismo trabajo tú y yo todo el año. Yo llevo
más tiempo que tú y tengo más derecho. Bueno, pues te suben el sueldo a ti que
no lo necesitas.
Llego
a la buhardilla tan contento con la noticia. Ahora sí nos podremos mudar. Está
mi madre sola, cosiendo a la luz del quinqué al que le quedan pocas horas de
lucir. Le doy la nota y muchos besos en la nuca que le hacen cosquillas. Me
siento a sus pies en una silla baja y meto la cabeza en sus faldas. ¡Al fin
comienzan a ir bien las cosas!
-Ahora
nos podríamos mudar, madre.
Los
dedos finos, pequeñitos, comienzan a revolverme el pelo.
-¿Sabes?
A Rafael lo han despedido hoy. Pero todo se arreglará. El doctor Chicote me va
a dar la ropa del servicio de desinfección. La señora Paca se viene de ayudante
conmigo y entre las dos, a medias, lavaremos la ropa. Porque tú verás, no
trabajando Rafael, son seis pesetas menos todos los días. Y sabe Dios cuándo
encontrará trabajo, sin tener ningún oficio...
La
escucho mirándola desde aquí, desde sus rodillas.
-Mañana
a las diez vendrá el hombre de la luz -le digo.
Allí,
donde está en el techo el redondel de humo de la lámpara, clavarán un taco de
madera y de él colgará el flexible con la bombilla. El casquillo tendrá una
llave, y cuando yo acabe de leer apagaré la luz.
Proletario
Capítulo VIII
Rafael
trabaja. Por fin ha empezado un oficio, el mismo que el mío. Empleado. Ha
entrado en las oficinas del Fénix Agrícola, una compañía de seguros en la que
están asegurados todos los caballos, todas las mulas y todos los burros que
existen en España. Para colocarse ha servido de mucho la herencia. Con mil
pesetas que separó mi madre, nos hemos comprado ropa de vestir y de cama que
era lo que nos hacía más falta. Con su traje nuevo Rafael se ha presentado con
una recomendación en las oficinas del Fénix y le han admitido. Allí no hay
meritorios. Todo el mundo entra con seis duros de sueldo al mes. Una peseta
diaria. Es la tasa invariable. De los seis duros que son treinta pesetas y de
la hora de salida que son las seis y treinta, los empleados han hecho un
chiste: le llaman la compañía de las seis treinta. Porque en las dos cosas
tienen una seriedad inalterable. Treinta pesetas para todo el mundo. Las seis y
treinta exactas para salir. A esa hora se vuelcan en la calle los cuatrocientos
empleados de la casa. De ellos sólo unos veinte tienen sueldos mayores. Sin
contar, claro es, los directores, que ganan miles de pesetas al año.
La
compañía necesita empleados solamente para llenar formularios: formularios de
pólizas, de reseñas de caballerías, de recibos a pagar, de cuotas a cobrar.
Sólo exige que se sepa leer y escribir y calcular el tanto por ciento de las
primas.
Cientos
de miles de animales tienen marcado el lomo con el dibujo esquemático del
Fénix. Los gitanos llaman al hierro la Palomita, y cuando van a robar una
bestia, si está marcada con la palomita la dejan, porque saben que no podrían
marchar diez kilómetros por la carretera sin encontrarse a la Guardia Civil
que, ante un caballo que lleva en el lomo la palomita y dos gitanos que llevan
al caballo, no puede pasarse sin la curiosidad de pedir la guía. Y ¡claro! Se
puede robar un burro, un caballo o una mula, pero es mucho más difícil robar
también la guía de la maldita sociedad, que ha encontrado un truco para
reventar a los pobres gitanos que se ganan la vida honradamente.
Porque
es un truco. La compañía ha inventado «la palomita» y «el hierro». Cuando un
propietario asegura una bestia, el agente de la compañía le estampa un hierro
al rojo en las ancas con la palomita. Después extiende una filiación en la que
consta desde la altura del animal hasta los dientes que le faltan, y ya no se
puede comprar ni vender este bicho sin hacer constar en la guía el cambio de
propietario. Ni tampoco se puede ir a lomos de él sin el riesgo de que la
Guardia Civil exija la prueba de que es el propietario, la prueba que es la
guía.
El
odio de los gitanos a la Guardia Civil es tradicional. Pero el odio a la
palomita es mucho mayor. Cuando en Sevilla o en Córdoba -tierras de ganado- se
le menta a un gitano la palomita, toca madera y a veces se persigna:
-Compare,
¡no gaste usted bromas!
Pues
para llenar guías, pólizas y recibos, la defensora del robo de animales ha
montado un sistema administrativo perfecto: empleados a treinta pesetas al mes.
Para tener agentes propagandistas, otro: el importe de la primera prima para
ellos. ¡Y se acabó! Los altos jefes se encargarán de ir despidiendo a los
empleados que se aburren de ganar treinta pesetas al cabo de dos o tres años y
de ir admitiendo los nuevos empleados que vienen a ganar lo mismo. Eso sí, a
los que despiden les pagan un mes de indemnización con arreglo al Código de
Comercio artículo cuatrocientos y pico. Es una casa seria: se trabaja ocho
horas justas y cumple el Código. Pero no paga más que treinta pesetas al mes.
Una
peseta de Rafael, dos pesetas diez céntimos mías, una peseta veinticinco
céntimos de renta del dinero de los tíos, dos pesetas cincuenta céntimos que
viene a ganar mi madre con la ropa, trabajando ahora toda la semana, son
nuestros ingresos. La Concha no cuenta, porque lo que gana lo precisa para
ella.
Cuando
mi madre se va al río por las mañanas, deja puesto el cocido en la hornilla de
barro. La señora Pascuala viene de vez en cuando y le echa una mirada. Entre
ella y Santa María de la Cabeza, «abogada del puchero» (en España hay santos
abogados de cada actividad de la vida), se van cociendo los garbanzos, la
carne y el tocino, amarillos de azafrán. A mediodía, Rafael y yo comemos juntos
y solos. Los primeros días se ocupaba la señora Segunda. Un día dejó de venir
y, como vivía cerca de casa, fuimos a ver qué le pasaba. Estaba echada en la
cama, con las sábanas más blancas que nunca, con su camisa de noche cerrada por
una cinta en el cuello rizado -herencia de la tía Baldomera-, con el Toby
tumbado a los pies en la manta de trochos.
-¿Qué
le pasa a usted?
Rafael
y yo no cabíamos de pie en la habitación. Encima de la cabeza nuestra resonaban
las pisadas de los que subían y bajaban la escalera.
-Nada,
hijos, que me voy a morir.
-¿Por
qué? ¿Qué tiene?
-Nada,
no tengo nada.
-¿Ha
venido el médico?
-Sí,
ha venido el médico. Ha dicho que me lleven al hospital. Yo le he dicho que no.
«Es que aquí no se puede usted curar. » Se ha callado y luego me ha dicho:
«También es verdad». Quería venir todos los días, pero no hace falta.
Habla
tan tranquilamente como si fuera a irse al teatro esta noche.
-Lo
siento por Toby. Pero hay un ciego en el cafetín que le tomará para lazarillo y
es un buen hombre. Tú, Arturo, le conoces: es el Pecoso, un hombre honrado,
aunque sea pobre. Cuando me muera, dale el perro.
Por
la noche volvimos con mi madre y estuvimos un rato con ella. Después nos fuimos
Rafael
y yo al cine y a las doce y media regresamos a recoger a mi madre.
-Marchaos
a casa a dormir, yo me quedo -nos dijo.
Nos
quedamos nosotros también. En el portal, porque los tres no cabíamos en el
camaranchón. De vez en cuando salíamos a la calle de Mesón de Paredes y nos
tomábamos una copita. A las cuatro de la mañana se murió.
Para
que no fuera en el furgón municipal envuelta en una sábana, pagamos el
entierro. Un entierro de tercera con dos caballos negros escuálidos y una caja
pintada a brocha con negro de humo y cintas de algodón en los bordes de la
tapa. Fuimos solos Rafael y yo hasta el Este. Al regreso, en las Ventas merendamos
chuletas y morcillas asadas, con Toby atado con una cuerda a nuestro lado. Toby
dejó de comer y se murió de pena unos días más tarde. El Pecoso no pudo
obligarle a comer, aunque le llegó a comprar un fílete entero y a dárselo en el
cafetín, delante de todos los mendigos que no comían carne, pero que le
ayudaban a convencer al perro a comerla, sin conseguirlo. Por último frieron
el filete en la sartén de los churros y se lo comieron partido en trocitos
entre todos.
-¡Idiota!
-dijo uno de ellos al perro-. ¡Con lo rico que está!
Por
la noche, cuando venimos después de darnos un paseo por la calle de Alcalá para
ver las chicas, mi madre está terminando la cena. Ella ha comido al mediodía
otro cocido con la señora Paca. A veces la señora Paca cena con nosotros,
porque se siente mejor en casa, alrededor de la mesa, los cuatro con la
bombilla encima de la cabeza.
-Hija,
se me cae la casa encima. Si me encierro allí sola, necesito beber un poquito
para dormirme.
Aquí
sólo se toma una copita de aguardiente después del café que hace mi madre. Bajo la amenaza de que nos
vamos a la calle a tomar café la hemos convencido de que no recueza los posos y
ahora hace café nuevo todos los días. Entre once y media y doce nos vamos a
acostar. A veces, a mi madre y a la señora Paca les gusta que les lea algo y
escuchan hasta que la señora Paca comienza a dar cabezadas. Mi madre no se
duerme nunca. Otras noches Rafael y yo nos vamos al cine o a dar un paseo y
ellas se quedan charlando; suele venir la señora Pascuala y cuando volvemos
las encontramos allí a las tres.
A
la salida del banco y a la salida del Fénix nos reunimos con los amigos. Poco a
poco hemos ido haciendo una selección. Del Crédit han quedado Calzada, Pla y
Medrano. Del Fénix vienen Julián, un muchachote fuerte muy alegre, y Álvarez,
un pequeñín que no puede estarse quieto. En el saloncillo de dentro de la
taberna nos sentamos alrededor de dos mesas y charlamos, mientras nos comemos
el pescado frito caliente, recién sacado de la sartén. Comentamos el sistema de
empleados del Fénix y el sistema de meritorios de los bancos. Se van relatando
casos.
A
dos pasos de aquí vive un hombre que se ha hecho rico con los chicos. Montó en
la calle de Alcalá un negocio que se llama Continental Express para llevar
cartas y recados urgentes a domicilio. Y todo el negocio descansaba sobre unas
docenas de chicos con una guerrera colorada y una gorra, colgada una carterita
al hombro, que atravesaban Madrid de día y de noche. No les pagaba nada, sólo
las propinas, pero los había que sacaban diez y doce pesetas de ellas. Para
entrar de chico en el Continental había recomendaciones hasta de ministros.
Cuando entraban les daban la americana y la gorra del que había dejado la plaza
vacante y ¡a correr! Después el negocio vino a menos, porque casi todos los
estancos lo copiaron y tomaron un chico o dos, al que no le pagan nada si el
estanco tiene mucha clientela, o le pagan dos reales. Hoy Madrid está lleno de
chicos de éstos, con su carterilla al hombro, montados en los topes de los
tranvías o jugándose a las «chapas» las propinas en medio de la calle.
No
ha sido el único. Un procurador estableció una agencia de informes comerciales
y pronto se hizo una clientela formidable. Despachaba cientos de informes al
día. Ponía anuncios en los periódicos: «Se desean meritorios que sepan escribir
a máquina». Tenía cerca de cincuenta chicos trabajando sin parar. Se paseaba
entre ellos con las manos a la espalda como el maestro de una escuela y de vez
en cuando repartía cachetes entre los chicos que no trabajaban lo de prisa que
él quería. Después amplió «el negocio»: cuando admitía un chico, exigía una
garantía de quinientas pesetas para responder de su honradez. Por último tuvo
que intervenir la policía y cerrar la casa.
Con
las chicas ocurre lo mismo y aún más. De poco tiempo a esta parte las chicas
comienzan a trabajar en oficinas y en tiendas en una cantidad cada vez mayor.
No se han atrevido a tomar chicas meritorias y en todas partes les dan sueldos
pequeños de diez duros al mes. Pero con ellas sustituyeron a los empleados y
a los dependientes. Porque con chicos solos no puede llenarse una oficina o una
tienda, pero con mujeres y chicos sí. La dependencia de los bazares se ha visto
poco a poco en la calle. Había dependientes que llevaban treinta años en la
casa y ganaban cincuenta o sesenta duros al mes. Por término medio ganaban
cuarenta duros y podían sostener una casa modesta. Ahora toda la dependencia es
de muchachas. Muy guapas, con un uniforme negro de satén y un delantalito
chiquitín, que venden cuatro veces más que los dependientes antiguos. La que
más, cobra quince duros al mes. Del antiguo personal no queda más que un viejo
con gorro negro que se pasea por las salas y aterroriza a las chicas
despidiéndolas a la menor falta o las manosea cuando están sacando cajas de
algún rincón, sin derecho a que protesten.
Como
éste es un barrio lleno de oficinas, la taberna tiene una clientela casi
exclusivamente compuesta de empleados y dependientes. Cada día es mayor el
número de
parroquianos que llega a contar a los conocidos que le han puesto en la calle.
Si son jóvenes, todavía tienen esperanza, pero como tengan más de treinta años,
pueden renunciar completamente a encontrar trabajo. Uno de ellos nos cuenta en
medio del saloncillo:
-En
los anuncios del Liberal venía hoy un buen anuncio. «Se necesita un contable.
Empleo fijo. » Aunque ya sé que ninguna oficina se abre hasta las nueve por lo
menos, me fui allí a las ocho y media. Estaban ya cinco antes que yo. Era un
almacén de productos de cirugía de un alemán en la calle de las Infantas. A
las diez había lo menos doscientos desde la puerta del primer piso hasta la
mitad de la calle. Nos mandaron entrar a los diez primeros y nos sentamos en
unos bancos en el recibimiento. Al lado hay una habitación con un mostrador en
medio y allí se metió el dueño de la casa con el primero. Un alemán con la
cabeza afeitada como el trasero de un niño. Le empezó a preguntar su nombre,
dónde había trabajado, etc. El hombre contestaba en voz baja pero, aun así, le
oíamos todo lo que decía. «Hable usted más alto», le dice el tío ladrón aquel.
Después se sentó a una mesa y comenzó a dictarle cálculos, asientos de
diario, problemas de interés compuesto, cambios de monedas, ¡la Biblia! El
hombre trabajaba bien. Se veía que era un empleado que conocía el oficio. El
alemán de vez en cuando le miraba lo escrito por encima del hombro. A la media
hora, cuando acabó, le dijo:
-Bien,
me gusta. Comprobaremos sus informes y, si son buenos, se quedará usted en
casa. -AI otro se le alegraron los ojos. El alemán agregó-: ¿Cuánto quiere
usted ganar?
-Lo
que la casa tenga por costumbre pagar por el puesto.
-No,
no, en mi casa no quiero empleados que estén a disgusto desde el primer día;
usted diga cuáles son sus aspiraciones.
-Pues
mire usted, como contable de una casa así, de la importancia de la suya, no
estaría mal unos setenta duros al mes.
-¿Trescientas
pesetas? ¡Usted está loco! ¡Trescientas pesetas! No, amigo mío, éste es un
negocio modesto, no un banco que puede permitirse el lujo de tirar el dinero.
Lo siento que no podamos llegar a un acuerdo. A ver el segundo.
-Señor,
aunque fuera algo menos me podría quedar.
-No,
no, de ninguna manera, no puedo tomarle a usted. Estaría usted a disgusto desde
el primer día y no quiero gente descontenta. A los tres meses tendría que
aumentarle el sueldo o se marcharía usted. Yo soy muy serio en mis tratos. El
empleo es fijo pero no hay aumentos.
Se
volvió al segundo con su risita:
-¿Usted
también tendrá pretensiones?
-Con
treinta duros me arreglaría: llevo sin trabajar tres meses.
Entonces
el sexto, un muchacho muy fino con lentes de oro, se levantó:
-Yo
soy perito mercantil y poseo el francés y el alemán, cosa que a usted puede
interesarle. A Dios gracias no necesito el sueldo para vivir. Así que con tener
para mis pequeños vicios, no preciso más.
El
alemán le hizo un examen rapidísimo.
-La
plaza está cubierta -nos dijo a todos-. Y usted desde mañana puede venir a
trabajar. Le daré cien pesetas al mes y ya veremos más adelante cómo van las
cosas.
El
que llevaba tres meses sin trabajar, va y me dice al oído:
-A
ese ladrón le parto yo la cara.
Conque,
bajamos juntos las escaleras y cuando llegamos a la calle, va y le dice al
perito mercantil que iba tan orgulloso:
-¿Conque
usted es perito?
-Sí,
señor.
-Usted
lo que es, es un hijo de zorra -y con la frente le ha dado un cabezazo en medio
de la
nariz que le ha partido las gafas y le ha dejado tirado en el suelo echando
sangre como un cerdo-. Lo que es tú, mañana no trabajas.
Ha
salido a todo correr y al otro le han tenido que llevar a la casa de socorro.
Si los demás hubiéramos tenido reaños, habríamos subido al almacén y
hubiéramos tirado por la ventana al alemanote ese.
Enfrente
del Banco Hispano están construyendo una casa y los albañiles vienen a comer a
la taberna y a tomarse sus copas cuando dejan el trabajo. Uno de ellos ha
estado escuchando la historia y entonces ha dicho en voz alta:
-¡Muy
bien hecho! ¡Les está a ustedes merecido por calzonazos! ¿A que no se atreve
nuestro patrón a tomar un oficial por cuatro pesetas? Ni encuentra en Madrid un
albañil que trabaje por ese jornal. Lo que pasa es que ustedes quieren ser
señoritos y no quieren ser trabajadores. Les da a ustedes vergüenza decir que
tienen hambre, porque visten como los señorones. Y luego el que más y el que
menos no come en casa por llevar corbata. Claro que para poder comer, buenas
huelgas nos ha costado y buenos palos de la policía y de los guardias. Pero
ustedes los señoritos, ¿cómo van a declararse en huelga ni van a ir con el
cuello planchado a que les den de palos en la Puerta del Sol?
¡Les
está bien empleado, por calzonazos! ¡He dicho!
-Y
muy bien dicho, sí, señor -exclama Pla-. Somos unos cabrones. -Se golpea el
pecho furioso.
Yo
creo que tiene un poco de vino sobrante. -Unos cabrones, pero yo no. Yo tengo
mi carnet de la Casa del Pueblo, compañero. -Y saca un cuadernito rojo del
bolsillo-. ¿Y para qué sirve? Somos muy pocos y además en cuanto se enteran los
jefes que estamos afiliados a un sindicato, nos ponen en la calle. ¡No podemos
ni hacer una sociedad! ¡Sí, señor! En Madrid, donde todo el mundo es empleado,
tenemos que asociarnos en Oficios Varios, porque no somos bastantes para formar
un sindicato. ¡Y cualquiera va a hacer propaganda con los tiralevitas que hay!
A las veinticuatro horas a la calle; ¿y quién te defiende entonces? El
sindicato no puede y los otros sindicatos no van a mantenerte.
Pla
y el albañil se lían a discutir y a beberse copas de vino. Cuando nos vamos se
quedan allí, acodados al mostrador.
Al
día siguiente, cuando salimos a mediodía, nos vamos juntos Pla y yo. Él vive en
la calle de Relatores, al lado de nuestra calle, y muchas veces coincidimos.
-Enséñame
el carnet de la Casa del Pueblo -le digo.
-Estas
cosas no se pueden contar a nadie -me dice.
Y
saca de la cartera el carnet, un cuadernito pequeño lleno de cupones de dos
pesetas.
«UGT.
Oficios Varios», dice el sello de caucho.
-No
te creas que soy yo sólo. Estamos afiliados muchos. En el Crédit por lo menos
diez, que yo sepa. Pero, claro, de todas maneras somos muy pocos. Todavía no
somos bastantes para formar un sindicato separado y nos meten en Oficios Varios
con todos los que no tienen oficios determinados o tienen un oficio del que hay
muy poca gente. También hay dependientes de comercio. Realmente, por ahora, el
único beneficio que sacamos es la sociedad de socorros.
Como
le miro interrogante, prosigue:
-Es
el único beneficio y además la excusa con los patronos. Algunas veces vale y
otras no. Tenemos una Sociedad de Asistencia Médica que se llama Mutualidad
Obrera, que es la mejor que hay en España. Te dan todo: los mejores médicos, la
botica y el sanatorio para operarte. Hasta un socorro si pierdes el jornal por
estar enfermo. Pero para ser socio tienes que estar afiliado a la UGT. Así, si
se enteran que estoy afiliado, puedo decir que estoy para tener derecho a la
sociedad de médico y botica. Pero ya llegaremos. Tarde o temprano, tendremos
nuestra sociedad y entonces les vamos a arreglar las cuentas a
estos tíos. Ya lo saben ellos. Para evitarlo han hecho una Sociedad Católica,
pero no se afilia nadie. Aquí se afiliarían muchos, si no tuvieran tanto
miedo. Porque en cuanto le pillan a uno el carnet, le ponen en la calle y no
vuelve a encontrar trabajo. Cuando piden tus referencias, contestan que eres
un buen empleado, pero que es un «socialero» y un rebelde afiliado a la Casa
del Pueblo. Y con esto basta para que te mueras de hambre. Conozco un empleado
de la casa Pallarés que le despidieron después de quince años de trabajo por
ser afiliado al Sindicato. En otra casa donde pidió trabajo, le dijo el jefe:
-¿Conque
usted es socialista?
-Yo,
no, señor.
-Pues
la casa Pallarés me dice que está usted afiliado a la Casa del Pueblo.
-Sí,
señor, estoy afiliado porque... Y le iba a contar la historia de la Mutualidad.
El otro le interrumpió:
-¡Basta!
¡Basta! No necesito explicaciones. ¿Usted cree que yo puedo tener en mi casa un
empleado que no cree en Dios y que va por las calles con una bandera colorada
dando gritos contra el Gobierno? ¡Mi casa no es nido de anarquistas! Métase
usted a albañil y dedíquese a poner bombas. Ésta es una casa decente.
Durante
días he pensado sobre estas cosas. Claro que sé lo que son los socialistas.
Pero todo esto son cuestiones de política que no me interesan. En el Congreso
se pelean todos los días, Maura, Pablo Iglesias y Lerroux, y por las paredes de
las casas se escribe con brea: «¡Maura no!». A veces, debajo, escriben con
almagre: «¡Maura sí!». Los que escriben «no» son obreros. Los que escriben
«sí», señoritos. A veces se encuentran los dos grupos con sus botes de pintura.
Se los tiran a la cabeza y se dan de bofetadas. A la caída de la tarde, cuando
la calle de Alcalá está llena de gente paseando, suele aparecer un grupo de
señoritos que comienzan a gritar: «¡Maura sí!». En seguida se forma un grupo de
obreros y de estudiantes que empieza a gritar: «¡Maura no!». La gente sale
corriendo y muchos aprovechan para marcharse sin pagar de las terrazas de los
cafés. Los guardias dan cargas, pero nunca pegan a los señoritos.
Lerroux
tiene en la calle de Relatores, donde vive Pla, un círculo que le llaman de los
Jóvenes Bárbaros, y aquí es donde más se grita. Los mauristas vienen a la
puerta a chillar y salen a palos. Luego Lerroux va al círculo, echa un discurso
y dice que hay que capar a los curas y preñar a las monjas. La gente se
calienta con estos discursos y se va en manifestaciones a la Puerta del Sol.
Nunca llegan allí. En la calle de Carretas les esperan los guardias y a sablazo
limpio los disuelven.
Los
socialistas hacen huelgas todos los días. Unas veces son los panaderos, otra
los albañiles, otra los tipógrafos. Los meten en la cárcel, les dan de palos,
pero luego al final se salen con la suya. Son los únicos que trabajan ocho
horas al día y los únicos que cobran el jornal que piden. Allí no hay
meritorios y los chicos como yo que trabajan ganan desde el primer día 2, 50
pesetas diarias. A la cabeza de todos está Pablo Iglesias, un tipógrafo ya
viejo, que dice todas las verdades que se le ocurren en el Congreso. Los
obreros le llaman el Abuelo. Le han metido en la cárcel no sé cuántas veces,
pero él sigue empeñado en que todos los obreros sean socialistas.
Yo
sería socialista de buena gana, pero la cuestión es saber si soy un obrero o
no. Esto parece muy sencillo, pero no lo es. Indudablemente, si cobro por
trabajar, soy un obrero, pero no soy obrero más que en esto. Los mismos obreros
nos llaman «señoritos» y no quieren nada con nosotros. Claro que tampoco
podríamos nosotros ir por la calle con los obreros, ellos con su blusa y sus
alpargatas y nosotros con nuestro traje a medida, las botas brillantes y el
sombrero.
Le
convenzo a Pla para que me lleve a la Casa del Pueblo, y un día que va a pagar
la cuota, voy con él. Es un edificio todo lleno de habitaciones muy pequeñas
que son las secretarías. Allí dentro hay uno o dos compañeros detrás
de una mesa y un cobrador, con unas hojas de cupones y el taleguillo de los
cuartos. Por todas partes se oye sonar dinero y los pasillos están llenos de
obreros que en muchos sitios forman cola delante de la puerta de su secretaría
y van entrando uno a uno a recoger sus cupones.
-Hoy
es sábado -me dice Pla- y casi todas las sociedades cobran una cuota semanal.
Hay sociedades muy fuertes. Los albañiles deben de tener millones. Con este
dinero aguantan luego las huelgas, y ayudan a los otros cuando están en huelga.
También ayudan a los que no tienen trabajo, pero hay muy pocos, porque en la
construcción no falta trabajo nunca.
Luego
me lleva a ver los dos salones, el grande y el chico. En el grande hay una
reunión de tipógrafos de Rivadeneyra, una casa editorial muy grande que hay en
el paseo de San Vicente. Hay más de trescientos. Uno de los que están en la
presidencia se levanta y sale al borde del estrado. El presidente hace sonar
una campanilla y se callan todos.
-Compañeros
-dice-, se pone a votación el ir o no a la huelga. Los que estén conformes con
la huelga que se levanten.
En
una ola de ruido de bancos y de pies, se levantan muchos de golpe. Después se
levantan otros poco a poco. Por último quedan cuatro o cinco sentados. Los
demás los miran y se van levantando. En el primer banco se queda uno sentado,
solo.
-Queda
aprobada la huelga por unanimidad.
-Pido
la palabra -dice el que está sentado.
Sube
al estrado y empieza a pegar gritos: él no está conforme con la huelga. Las
huelgas no sirven para nada. Hay que obrar de otra manera; hay que ir a la
acción directa. Hay que cargarse a unos cuantos patronos, hay que prender fuego
a los talleres. Parece que se ha vuelto loco. Todos los demás están callados y
cuando se levanta un murmullo, la campanilla lo calla. Hay un grupo que se
siente arrastrado por el orador. Al final, todo rojo, dice «he terminado» y se
bebe de golpe un vaso grande de agua.
Otro
pide la palabra para responder.
-Aquí
-dice- no somos anarquistas. Somos personas honradas que queremos trabajar
honradamente. No necesitamos matar a nadie. En cuanto a romper las máquinas,
las máquinas son de los trabajadores y son sagradas. -Se enardece de pronto y
grita- Si yo le viera al compañero o a otro compañero levantar un martillo para
romper mi Minerva,
¡le
machacaba los sesos!
Los
trescientos hombres empiezan a aplaudir y a gritar:
-¡Bravo!
El
anarquista se queda en su banco regruñendo.
Después
vamos a ver el teatro. La Casa del Pueblo tiene un teatro, donde dan funciones,
hacen cine y tienen los mítines. Por los pasillos no tropezamos más que con
blusas blancas y azules. Cuando nos abren la puertecilla que lleva al escenario
del teatro, uno de la cola dice:
-¡Arrea,
tenemos turistas!
Se
ríen todos y yo me avergüenzo de mi traje a medida, de mis botas y de mi
sombrero. Me vuelvo al que ha hablado y le chillo:
-¡Qué
turistas ni qué cuernos! Trabajadores como tú, tal vez más que tú.
-Perdona,
compañero -me dice-. Me he colado, pero como aquí no suelen venir
«señoritos», mejor dicho,
compañeros con traje de señoritos... Entonces me dejo llevar de un impulso
violento:
-Pues
a pesar del traje y de las manos finas y de todo lo que queráis, ¡obreros! ¡Y
qué obreros! Un año de meritorios, cinco duros al mes, doce, catorce horas de
trabajo...
Y
suelto un discurso lleno de todos los rencores. Cuando acabo, otro de la cola
dice:
-¡Bien
por el chaval!
-¡Qué
chaval ni qué narices! ¡Tan hombre como tú o más! Un viejo me golpea la
espalda:
-No
te cabrees. No han querido ofenderte. Desde el momento que trabajas eres un
hombre.
Cuando
deshacemos el laberinto de pasillos para salir a la calle, voy mirando con
desafío a todas las blusas blancas y azules que encuentro. Quisiera que me
volvieran a llamar «señorito» para meterles en el salón grande a todos y
chillarles lo que somos nosotros, los «señoritos empleados», porque veo claramente
que ellos no comprenden y nos desprecian. Creen que el ser empleado es tener un
sitio caliente en el invierno y un ventilador en el verano; leer el periódico
y cobrar a fin de mes.
Antes
de marcharme, me doy de alta en Oficios Varios.
Revisión de la infancia
Capítulo IX
¡Buena
mujer! Si ando un poco más rápido, la alcanzo y le veré la cara. A lo mejor es
fea. Pero de espaldas está bien. ¡Cómo se le marca bajo la falda! Tiene los
muslos algo abombados por detrás. Se le nota al andar cuando una pierna se
queda atrás y la otra va hacia adelante. ¡Bien mueve las caderas! ¡Claro, hombre,
claro! ¡No seas imbécil! Es como la otra, igual que la otra. Y ésta que viene
de frente, también. Dicen que cuando somos jóvenes nos gustan las mujeres
gordas y debe de ser verdad. Por lo menos ayer no me equivoqué. Me gustaba más
la Mafia que las otras, muchachitas más jóvenes, pero delgadas. Había una muy
bonita, con unos ojos azules y cara de virgen. Le gustaba yo también, pero a mí
me gustaba más la Maña. Un poco gruesa, no puedo negarlo, pero de carne dura y
blanca. ¿Qué diría la tía Baldomera si viviese? Jesús! Jesús! Si alguien le
contara que Arturito se había acostado con una mujer. Con una de esas mujeres
malas. La Maña tiene una camisita corta de color de rosa que no llega a los
muslos. El bordado de la camisa le monta sobre las ancas. Parecen las ancas de
un caballito joven y gordo. ¡Pues no digo nada la cara del padre Vesga si lo
supiera! «Ha perdido usted la pureza», me diría. ¿La tenía él? Su manía con el
sexto mandamiento... Yo creo que a veces no podía más en el tablero aquel que
tenía por cama. Ahora me doy cuenta de por qué miraba así a las mujeres.
Iba
a confesarse con él una tendera de la calle de Mesón de Paredes, alta y con un
pecho formidable. Con lo chiquitín que era el padre Vesga, se debía sentir
aplastado en el cajón del confesonario. Cuando acababan, ella se iba a rezar la
penitencia al lado de las filas de los chicos, a la derecha del altar. El
padre salía colorado del calor de dentro del cajón aquel y se ponía detrás de
ella. Le miraba las caderas y los ricitos de la nuca. Daba vueltas entre las
manos al bonete de cuatro puntas. ¡Plaff! Un bonetazo a un chico.
-Toma,
para que hables.
La
otra volvía la cabeza y sonreía.
-No
sea usted malo -le decía.
El
chico se quedaba llorando silenciosamente. Después era una lluvia de bonetazos
a lo largo de la fila. Se levantaba la tía aquella y se iba despacio meneando
las caderas.
-Adiós,
padre -le decía bajito cuando pasaba al lado de él; y le besaba la mano.
-El
Señor sea contigo, hija.
Miraba
a la cola de la fila, para ver si los chicos oían la misa o jugaban y se
sentaban sobre los talones. Pero la miraba a ella, tan alta meneando la grupa
como una mula, a un lado y a otro. Después solía ponerse de rodillas al lado
del altar y rezar y golpearse el pecho.
Se
abría la sotana y se golpeaba la carne con el puño cerrado. Yo creo que a veces
se arañaba, porque una vez tenía rota la cadena del reloj de señora.
¿Cómo
hubiera estado el padre Vesga, con su sotana, entre los muslos de la Maña? Unos
muslos fuertes de aragonesa. La tía ha visto que era la primera vez que estaba
con una mujer y se ha aprovechado de mí. Bueno, ¿qué importa? Pero sería curioso
ver al padre Vesga, acostumbrado a dormir en las tablas, metidito en los muslos
de la Maña, en la cama blanda de somier, frotándole ella los pechos por la
cara, porque con lo chiquitín que era no llegaría más arriba. La Maña es muy
alta, más alta que yo, y yo soy más alto que la mayoría de los hombres.
El
tío José, si lo supiera, me diría muy serio:
-Hombre,
yo no digo que no hagas esas cosas; todos las hemos hecho. Pero mira dónde te metes y sobre todo que
no se entere tu tía.
Me
daría un duro los domingos, me guiñaría un ojo y se reiría bajito. Cuando
éramos niños -bueno, cuando yo era niño, porque él ya tenía la calva y el
bigote blanco- venía de la oficina con El Imparcial, yo me tumbaba en la alfombra
del comedor a leer y él se tumbaba al lado mío. Primero se sentaba en el suelo,
después se tendía a lo largo.
-Pepe
-gritaba la tía-, ¿estás loco? -Tú cállate, mujer.
Me
enseñaba las letras de los titulares: la b y la a, ba. A las tres y media me
decía:
-Vamos
al cine, que empieza a las cuatro -y salía yo de la mano de él, todavía en
falditas, con mi gabán de «ministro» lleno de botones de nácar grandes, llenos
de iris. Así aprendí a leer.
Otro
que no se enfadaría es el tío Luis. ¡Que no se enfadará! Porque él no se ha
muerto aún. Cuando venga a Madrid tengo que contárselo. A lo mejor pega un ¡uh!
de los suyos. Me dirá: «Aprovecha, hijo, aprovecha, que luego se hace uno
viejo. Ya ves, yo ya tengo reuma y casi no me puedo mover. Cuando tenía tu
edad. ¡Uh! Bien me aprovechaba de las mozas». ¡Buen punto! También Andrés. Como
su mujer está mala, siempre con su pierna supurando, cuando viene a Madrid le
dice a mi madre: «No me esperéis a dormir, duermo en la posada». ¿En la posada?
En la «posada del amor». Tengo que ir a ver esa obra. La echan en el Eslava y
salen mujeres desnudas. Es una posada donde todo el que entra se pone cachondo.
Mira cómo van esos dos novios del brazo; ¡seguro que van cachondos los dos! ¡Y
esto de Enriqueta se ha acabado! Si quiere que se acueste conmigo, si no, hemos
terminado. Con un duro tengo mujer. No quiero más cine. Claro, ahora me doy
cuenta; bien se aprovechaba mi prima. Tenía yo entonces ocho o nueve años. Trabajaba
ella como criada en una casa de la calle Vergara. Los señores se iban de paseo
después de comer y se quedaba sola en la casa. Me guardaba dulces y bombones.
Era una casa llena de bombones y dulces. ¿O los compraba mi prima para que yo
fuera? Me daba también naranjas y plátanos. Subía yo allí sobre las cuatro de
la tarde. Mi prima estaba siempre en camisa.
-Me
has despertado -me decía. Me daba bombones y fruta y se volvía a echar.
-Siéntate aquí, estoy muy
cansada. Quítate el delantal si quieres y échate un poco. Jugábamos en la cama
haciéndonos cosquillas los dos. Se ponía nerviosa y se frotaba contra mí.
Después se tumbaba a lo largo, panza arriba, cansada.
Me
gustaba el calor de su carne, su olor, tirarle de los ricillos del sobaco. Un
día le tiré de los ricillos del sexo.
-Mete
la mano aquí, verás qué calentito está -me dijo-. Las mujeres no somos como
vosotros. ¿A ver cómo la tienes tú ya?
Aquel
día, para hacerme cosquillas, me daba besos en el miembro. Se echó a reír a
carcajadas.
-Mira
cómo se pone.
Se
puso a caballo sobre mí y se frotaba la tripa contra la mía. No fue más allá.
Después se quedó caída encima de mí. Desde aquel día se divertía excitándome y
frotándose después contra mí.
Éste
es el secreto de todos. Ya he entrado yo en el secreto. ¡Ya no quiero más
Enriqueta! Ahora podía venir mi prima a restregarse conmigo. ¡Guarra! Se
aprovechaba de que yo era un niño. ¡Pero no! Tenía razón. No podía acostarse
con nadie sin ser una zorra y se consolaba así. ¿Por qué no puede todo el mundo
hacer lo que le da la gana? Me gustaría acostarme con las chicas y a ellas les
gustaría acostarse conmigo, pero no puede ser. Los hombres tienen las zorras
para eso; las mujeres tienen que esperar a que las case el cura o meterse a
zorras. Y claro, mientras, también se ponen excitadas. La que se excita mucho
se tiene que echar a la calle. Sería mucho más bonito que todo el mundo se
acostara con quien le diera la gana. ¿Por qué no?
Claro
que entonces yo no sabría quién es mi padre, y mi madre sería una que se habría
acostado con todo el mundo.
Es
curioso, nunca me he imaginado a mi madre así; como una mujer que se ha
acostado con un hombre y ha hecho lo mismo que la Maña conmigo. Y sin embargo
es indudable, si no se hubiera acostado con mi padre, yo no hubiera nacido, ni
los otros hermanos: Rafael, la Concha, José. ¡José! Ya tiene veintidós años.
Seguro que aún no se ha acostado con ninguna mujer. Entre todas las primas
solteronas y beatas, no le dejan salir de casa más que para acompañarlas. Decía
en la última carta que la prima Elvira se quería casar con él. Seguro que se
restriegan en camisa. Elvira dirá que está mala y subirá José a verla a la
alcoba.
-Pasa, pasa, tú, no
importa -le dirá y se pondrán los dos cachondos. Como ya no podrán aguantarse,
ella le quiere cazar a él.
A
lo mejor, con las ganas de mujer que él tendrá, lo consigue. Porque, ¿dónde va
a ir? A él le falta el valor para ir a una casa de mujeres y coger una para
acostarse con ella. Además, esto en Córdoba no puede hacerse como en Madrid. En
Córdoba se conocen todos y al día siguiente todo el mundo sabría que José había
estado en la casa de la fulana.
Me
he metido a filósofo. Ya hablo de las cosas de la vida. ¿Por qué no tengo
derecho a pensar en la vida? ¿Por qué aún no tengo veintiún años y no puedo
disponer de mis bienes? ¡Mierda! ¿Qué es la vida? El obturador de una máquina
fotográfica. Aprietas el disparador: ¡paf! ¡Instantánea! No has visto nada; un
relampaguito que cruza. Como las pantorrillas de ésta que sube al tranvía. ¡Un
relámpago! ¿Las tiene feas o bonitas? No sé, pero hoy me gustan todas las
pantorrillas. Bueno, vamos a dejar las mujeres. ¿Qué es la vida? Esto es más
interesante.
Desde
aquí arriba, desde la cuesta que hace la calle de Alcalá, veo la vida. Mañana
de domingo. La iglesia de las Calatravas, con sus vendedores de periódicos
católicos, sus ciegos, sus viejas mendicantes, sus chiquillos a la caza de
coches para abrir la portezuela y pedir la perra chica. Con sus hileras de
señoritas «bien» paseando al lado de los señoritos «bien» que se inclinan hacia
ellas y les hablan detrás de los pelos rizados de las orejas. Cuando les dicen
algo agradable, menean los pendientes que cuelgan como gotas, igual que los
caballos menean las orejas cuando pasa un automóvil. Los tranvías con sus
¡tan! ¡tan! y sus panzas amarillas y rojas llenos de anuncios, las casas
macizas de piedra con sus ventanas abiertas o cerradas. Las vías de hierro del
tranvía entre los adoquines cuadrados con brillos de mica. Las aceras de
asfalto negro, blanco o de polvo de suela de zapatos, moteado de colillas. Las
mesas redondas de mármol, blancas como la leche o veteadas de negro. El reloj
del Banco de España, señor grave que canta las horas, con una campana como un
caldero. ¡Plam! ¡Plam!... La diosa Cibeles con su cara seria y sus leones
aburridos, escupiendo agua por todas partes. Leones acuáticos. ¿Dónde está el
Sahara para estos leones? Una noche, Pedro de Répide abrigó a la diosa Cibeles
con su capa española de paño de color café bien tostado y así amaneció. En las
narices, tenía la diosa carámbanos de hielo y sudaba bajo la capa. A Pedro de
Répide le costó una multa. ¿Quién le manda a él abrigar a las estatuas? Y allá
arriba, en la calle de Alcalá, los tres arcos y su inscripción latina:
«Carolus Rex»... ¿Esto es la vida?
Claro
que en París, en Londres, en Pekín, hay una calle como ésta y un hormiguero
como éste que se pasea o va a misa. Dicen que los chinos, en sus templos,
tienen muchos tejados puntiagudos y en cada punta una campanita de plata y aun
de oro que suena con el aire. Delante de la puerta, colgado sobre tres maderos,
un gong de bronce, viejísimo, con más de mil años... Cuando van a decir la
misa, la misa china claro está, el más viejo de los bonzos -los sacerdotes
chinos se llaman «bonzos»- sale con su mazo de madera y golpea el gong.
Suena a lo lejos como una cascada de ¡ploms! temblorosos. Los chinos vienen a
pasitos cortos, saltando sobre la punta de los pies, con las manos metidas en
las mangas y la bolita del gorro bailando, suben las escaleras del templo a
saltitos menudos. Se arrodillan y doblan la tripa una y mil veces, delante del
Buda serio de ombligo pulido. Luego queman papelitos que son las oraciones.
Algo así como cuando el padre Vesga me mandaba escribir cien veces el credo.
Los chinos se hacen viejos, con coletas retorcidas y bigotes largos que les
caen a los lados de la cara en puntas lacias. Una cosa rara. En todos los
dibujos que he visto y en las fotografías, he encontrado chinos que tenían
bigote blanco y las barbas blancas, pero nunca un chino con la coleta blanca.
Tampoco he visto chinas con el pelo blanco.
Después,
hay muchas más cosas en el mundo. Los trenes salen a su hora en punto, con sus
viajeros puntuales y sus maquinistas y sus jefes de estación también
puntuales. El jefe toca el pito y el tren se marcha. Hay los puertos con sus
barcos arrimados a las piedras y las gentes subiendo por una escalerita de
madera, cargados con sus maletas y dando besos a los que no se embarcan. Suena
una campana y retiran la escalera. Suena el pito del barco y echa a andar. Unos
se quedan quietos en tierra agitando sus pañuelos y otros asomados a la
barandilla del barco. Todo el mundo tiene un pañuelo limpio cuando sale un
barco, un pañuelo sin mocos, porque la gente criticaría que se sacara un
pañuelo lleno de mocos para despedir a uno que se va.
¿Es
esto la vida?
Correr
por la calle de Alcalá en Madrid, o por otra calle en París, en Londres o en
China. Subir al tren, montar en barco. Oír misa o quemar papelitos en un altar
delante de la Virgen o de la panza de Buda. Voltear campanas grandes de
catedral o golpear gongs de bronce con un mazo o dejar al viento agitar las
campanitas.
¿La
vida es esto?
Los
viejos y las personas mayores enseñan a los niños lo que es la vida. Yo acabo
de dejar de ser niño. Ya trabajo y ya me acuesto con las mujeres, pero aún
tengo la escuela pegada al culo, como los pollos el cascarón del huevo. Nos
sentaremos aquí en este banco, en el Retiro. Voy a repasar lo que me han
enseñado los viejos sobre lo que es la vida. ¡Atrás, atrás! Piensa. Mira a lo
lejos.
¿Qué
pedís, gorriones? No tengo migas en el bolsillo. No deis vueltas alrededor de
mí. Esto es serio y vosotros sois unos sinvergüenzas. Dejadme ver si me
acuerdo de cuando era pequeñito como vosotros y así encuentro todo lo que los
mayores me han enseñado sobre la vida.
Me
decía mi abuela... Pero, no. ¡Antes de que te dijeran nada! ¿Dónde estabas tú?
Antes de que supieras lo que te hablaban, ¿dónde estabas?
La
primera vez era una mañana. Nevaba, copos gordos, como moscardones blancos que
cayeran atontados de lo alto. Mi madre me vestía con falditas y medias de lana
que se ataban a la cintura con cintas blancas, unas cintas llenas de nudos. Me
ponía las botas, de muchos botones, y salíamos a la calle, yo en brazos
abrigado en su mantón. Un mantón de pelos largos, como la piel de una oveja sin
esquilar. Calentito, sacando la nariz del hueco del mantón. Por encima salía
una columna de humo cada vez que yo echaba el aire por la boca. Me divertía
soplar, y soplando hacía un cucurucho de aire gris que se perdía en la calle
como el humo de un cigarro. El tranvía tenía en el trole unos churretones de
hielo. En una puerta grande había dos soldados y un brasero muy grande lleno de
carbón encendido. Un soldado pisaba el borde de una manta negra y otro había
cogido el otro borde de la manta y la subía y la bajaba como un abanico. El
aire daba en el brasero y el carbón estallaba en un chorro de chispas que se
llevaba el aire calle abajo y las estrellaba contra la nieve. Sonaban
chirriantes, dando gritos contra el dolor del frío. Entonces, sentí frío en los
pies. Porque una de las botas era negra y otra marrón. Mi madre miró las
botas y se rió como yo. Nos quedamos un poco al calor del brasero y se reían
los soldados, mi madre y yo, mientras las botas goteaban por la nieve
derretida. Cuando acabaron de escurrir, mi madre hizo un paquete con los dos
pies dentro del mantón y seguimos calle abajo, mientras nos daba la nieve en la
cara.
Éste
es mi primer recuerdo claro de la infancia. Luego, hay un agujero negro del que
van saliendo todos, no sé cuándo, no sé cómo. Los tíos, los hermanos, la
buhardilla, la señora Pascuala... Un día vinieron y se plantaron aquí en la
vida, en mi vida. Entonces me llenaron la vida de «síes» y de «noes».
-No
hagas esto -decía uno.
-No
lo hagas -decía otro.
Una
vez estábamos en un teatro, no sé cuál. No me acuerdo más que del terciopelo
del asiento, igual que el de los divanes del Café Español, y del escenario
encendido donde cantaban hombres y mujeres. Yo tenía ganas de mear.
-Tío,
quiero mear.
Mi
tío meneó la cabeza.
-Bueno,
ven conmigo.
-¿Qué
le pasa al niño? -preguntó mi tía.
-Quiere
mear.
-Que
se espere. Arturito, aguántate.
-Mujer,
es un niño.
Me meé en la butaca de
terciopelo rojo y con los zambombazos de la música no se oía el chorrito.
Cuando
cayó el telón, me dijo mi tío:
-Vamos.
-Ya
no hace falta -le contesté.
Me
regañaron los dos durante muchos días.
Entonces, todos empezaron
a enseñarme cuándo se debe y cuándo no se debe mear y lo otro. Cuándo se debe
hablar; cuándo se debe estar callado.
-¡Los
hombres no lloran! -me decían cuando lloraba.
Luego, cuando alguien se
moría, venían llorando los hombres y las mujeres a contarlo a casa.
-¡No
se chilla! ¡Los niños no blasfeman!
Luego
las personas mayores se chillaban unas a otras y la mayoría blasfemaba contra
Dios y la Virgen. El tío también hablaba mal y decía a veces cosas feas. Hasta
los padres del colegio; el padre Fulgencio, el del órgano, era el profesor de
química. Llenaba de fórmulas el encerado, tomaba unas probetas, mezclaba sales
y ácido, explicaba la lección y al final decía:
-¿Se
han enterado ustedes?
Resultaba
que casi nadie se había enterado. Daba puñetazos en la mesa:
-¡Puñeta! Hay que
enterarse. Para qué estoy yo aquí haciéndome la puñeta, enseñándoles a ustedes
para que no se enteren.
Había un chico medio
tonto en la clase, también hijo de un ricachón, no sé quién. Un día el padre
Fulgencio se encaró con él.
-¿Se
ha enterado usted? -le dijo.
-¡Puñeta! No, señor
-contestó el muchacho. El padre Fulgencio le dio una bofetada:
-¿Qué es esto de hablar
mal? ¿Quién le ha enseñado a usted esa palabrota? ¡Puñeta con los niños éstos!
Subió un día al órgano y
apretó una tecla sin que sonara el tubo. Paró de tocar y empezó a apretar la
tecla. El órgano hacía ¡paff! con un soplo muy largo, pero nada más. Dejó de tocar y nos marchamos
todos por el claustro: delante él, detrás nosotros. Se encontró a otro cura:
-¿Está
usted de mal humor, hermano Fulgencio? -Sí -contestó-, un fa, una puta de tecla
que no suena.
Con
tinta china dibujamos en la amarilla tecla de marfil su nombre: puta. El padre
Fulgencio
se volvía loco de rabia:
-¿Quién ha hecho esto?
Sinvergüenzas... -y aporreaba la tecla. El tubo gordo como un brazo le
contestaba: ¡paff!
Me
enseñaron el catecismo y la historia sagrada, esto ante todo. Me enseñaron a
leer y después me enseñaron que no debía leer más que lo que ellos me dejaran.
Me enseñaron a contar, a sumar, a restar, a retorcer los números y las letras,
a hacer signos de más y de menos, de menos-más y de más-menos, raíces,
potencias, logaritmos. A dibujar letras, hermosas letras, letra inglesa la
llaman, con sus gruesos y sus perfiles, dibujada despacito con la mano bien
puesta, el brazo bien puesto, el cuerpo bien puesto, bien puesto en la silla,
el papel bien puesto. Después en el Crédit: «¡Esta letra no vale! ¡El
descuento se calcula así! ¡El interés se calcula así! ¡Las libras se calculan
así!». Y las posturas para la letra inglesa y las reglas de tres no sirven para
nada. La historia sagrada tampoco, el catecismo menos.
«Sé
bueno -me decían todos-, no te pegues con los niños. » Un día subí a casa con
un ojo negro de un puñetazo. Me cogió toda la familia. «¡Cagón! ¡Marica! ¡Te
has dejado pegar! ¡Haberle saltado los sesos con una piedra! ¡Haberle pateado
las tripas!» Cuando volví a la calle, busqué al chico. Me daba lástima porque
era un pequeñajo y además me había pegado en el ojo jugando, casi sin querer.
Me lié a puñetazos con él, en la cara, sobre todo en los ojos para que se le
pusieran tan negros como el mío. Le caía un hilillo de sangre por la nariz. Le
tiré al suelo y le pateé y le di patadas en las costillas y en los riñones. Gritaba,
y vino el padre de Pablito el yesero y nos separó. Me dio una bofetada, me
cogió del suelo y me subió a casa, el otro chico delante de mí sangrando, con
el traje roto. ¡La que se armó! El tío José me dio una bofetada, la tía
pellizcos, mi madre unos azotes formidables. Me chillaban todos, llamándome
salvaje y no sé cuántas cosas. Al chico le llenaron de dulces, de galletas y de
perras. Se marchó riendo y llorando y yo hubiera pegado a todos.
-Ése
es el que me ha hinchado el ojo. ¡Le he pegado porque vosotros me lo habéis
dicho! Le he pateado las tripas y le he roto la cara porque me lo habéis
mandado.
¡Ahora
me pegáis a mí y le dais galletas a él! -Y lloraba tumbado en la alfombra del
comedor.
El
tío me dijo:
-Pero,
hombre, ¡hay que pegar con medida!
Y
así me han enseñado a respetar a las personas mayores. El señor Corachán es una
persona mayor y un «señor». Un día me cogió de las orejas y me llamó golfo. Me
callé, pero le hubiera pateado las tripas a él también.
Todos
ellos me han enseñado a vivir. Nada de lo que me han enseñado sirve para vivir.
¡Nada!
¡Absolutamente nada! ¡Ni aun sus números y su historia sagrada! Me han
engañado. La vida no es lo que enseñan ellos, es otra cosa. Me han engañado y
ahora tengo yo que aprender, solo, lo que es la vida. Pla me ha enseñado más
que todos ellos. El tío Luis con sus burradas, el señor Manuel con su inocencia
de campesino, mi prima con sus cachonderías, la Maña con su camisita corta. Los
otros, los que educan niños para hacerlos «hombres», ¿qué me han enseñado? Sólo
el padre Joaquín una vez me dijo que creyera lo que me pareciera bien; y aun
esto le costó trabajo, como si traicionara un secreto.
¿Para
qué calentarse la cabeza?
Pero
yo quisiera saber lo que es la vida. Mi madre, de niña no sé lo que fue. De
joven, criada; después se casó y mi padre ganaba apenas para ir viviendo; se
murió mi padre y fue peor con cuatro chicos. Sin los tíos tal vez nos
hubiéramos muerto de hambre los cinco. ¡Hala! A lavar ropas al río, cagarrutas
de ricos que pueden pagar una lavandera.
¡Los
ricos! ¿Qué son los ricos?
Tú,
gorrión, ¿sabes lo que son los ricos? Sí, seguramente los que te echan migas,
no de pan, sino de bollos. Estos son los ricos para ti. En cuanto pase una
mujer vendiendo bollos te voy a comprar uno y a echártelo en migas. Luego dirás
que soy rico. Los ricos son los que echan migas de bollo a los pájaros como tú
y migas de pan a los pobres como mi madre. ¿Sabes? Escucha, idiota, no te
marches volando, el bollo vendrá después. El señor Dotti, el millonario a
quien mi madre lava la ropa, está casado. Su mujer le decía a mi madre un día:
-Leonor,
¿sabe usted cuánto nos hemos gastado este año en juguetes para los niños?
Tienen dos.
-No,
señora -contestó mi madre.
-Veinticuatro
mil reales, seis mil pesetas; y aún no están contentos, ya ve usted, Leonor.
Mi madre le dijo:
-Señora,
con ese dinero vivía yo un año sin tener que ir al río. Me dieron todos los
juguetes del año anterior, tantos que tuve que tomar el tranvía tres veces para
ir por ellos. Tuvimos juguetes todos: una locomotora que andaba, para mí.
Tenía una lamparilla de alcohol por caldera: se le echaba agua y andaba como
las de verdad. Soldados de plomo a cientos. Automóviles con portezuelas que se
abrían y se cerraban, muñecas que decían «papá» y «mamá». La Concha vino de
fregar platos y se llevó las muñecas. Ya trabajaba pero aún era una niña. En
los ratos libres les hizo trajes de punto.
¿Para
qué compraron muñecas a dos chicos? La señora Dotti le dijo a mi madre: «Se les
han antojado y ¿qué va a hacer una?». Luego se aburrieron de ellas y las
tiraron. Todavía están los juguetes en un rincón de la buhardilla, detrás de
los libros. Pero no quiero jugar con ellos. Ya no soy un niño. A veces me divierte
jugar con un giróscopo grande que tengo y hacerle girar en el borde de una copa
o correr a lo largo de una cuerda que atraviesa la buhardilla.
Eso
es ser rico. El señor Dotti tiene teléfono en su casa. Tiene dos casas, una en
Madrid, otra en Barcelona. Todas las mañanas llama a Barcelona cuando está en
Madrid, a Madrid cuando está en Barcelona. Le contestan que no hay novedad y se
va a la Bolsa. Gana unos miles de duros y se vuelve a casa. Se viste de chaqué
o de levita y convida a la gente para que vengan a su casa a tomar el té. Los
niños se lavan, se peinan y besan la mano a las señoras que vienen a la casa. A
uno de ellos, a Alejandro, un día le han castigado a no comer en la mesa en
una semana. Venía su padre de la Bolsa muy contento porque había ganado muchas
pesetas. Abre la puerta con el llavín, se quita el sombrero y se le ocurre ir a
la cocina. Alejandro estaba allí en el suelo con la perra al lado -una perra
muy hermosa que tienen- y entre los dos se estaban comiendo el cocido de la
perra. Porque allí en casa de Dotti les hacen a los perros un cocido cada día,
con su carne, su chorizo y sus garbanzos. Alejandro se iba a la cocina todas
las mañanas y se comía el cocido con la perra. Mi madre cuando se enteró le
dijo a la suya:
-Déjele usted que se
venga a la buhardilla; verá qué pronto se harta de cocido. Esto les pasa a los
ricos.
Un
día en la plaza Mayor había unos albañiles comiendo bajo los soportales su
cocido amarillo de azafrán, como el que hace mi madre en el río. Pasó un coche
de lujo y se paró. Se apearon un señor y una señora muy elegantes y él le dijo
a uno de los albañiles:
-Véndame
su comida.
El
albañil se le quedó mirando y le dijo:
-No
me da la gana.
-Hombre -le dijo el
otro-, mi señora está encinta y se le ha antojado comer cocido. El albañil
contestó:
-Pues
que se aguante.
La
mujer del albañil le hizo darles el cocido. Se llevaron al coche todos los
cacharros con la comida y le dieron diez duros al albañil. Le decía el albañil
a su mujer:
-Yo
no se lo hubiera dado, a ver si le salía un chico con una olla en la barriga.
¿Es
esto la vida? ¿Un rico que puede gastarse seis mil pesetas en juguetes, hablar
con
Barcelona
por teléfono para saber si hay novedad, comprar el cocido de un albañil?
¡Quieto,
gorrión! ¿De dónde han salido los granos de trigo? Mira las hormigas en hilera,
andando de espaldas, tirando cada una de un grano. Y a ti, gorrión, ¿no te da
vergüenza comerte el grano de trigo que llevan con tanto trabajo y tal vez
comerte la hormiga que se quedará pegada al grano, agarrada con sus dientes
negros y secos? ¿De dónde han sacado un grano de trigo, aquí en el Retiro? Tal
vez de la comida de los patos. ¿Tengo o no tengo razón para quitarte el grano
de trigo del piso? A lo mejor te espera el gorrioncito en el nido, para comerse
la hormiga y el grano que tú le llevarías. En la plaza de Palacio yo he visto
venir a las golondrinas con las moscas y los bichos que cazaban gritando como
ellas gritan, y volcarlos en el pico abierto de los golondrinitos, un pico
cuadrado, abierto de par en par, nunca lleno. Tal vez tienen razón y derecho al
grano y a la hormiga. ¿Es esto la vida? ¿Quitarse la comida unos a otros?
¿Comerse unos a otros?
¡Anda,
gorrión! Ahí tienes un niño con un bollo que quiere darte de comer. ¡Tonto!
¿Por qué corres y te vuelas? Así. Come así. Más cerca de él. Mira cómo se ríe,
cogiendo las migas con las puntas de los dedos y queriendo que vengas a ellos a
picar. Esa miga más gorda es para que te animes a ir por ella. ¿Es esto la
vida, dar por el placer de dar?
¿Coger
por el placer de coger?
Se
pasean las gentes. Las niñeras con los chicos delante para que no se pierdan,
gritándoles cuando se alejan. Los novios pegados a las novias. Las viejas
haciendo calceta con sus agujas largas de acero que mueven ágiles con brillos
de espadas. Cuando se levantan cojean del reuma, pero ahora hacen correr los
dedos como prestidigitadores. Gritan los nietos que cogen paletadas de arena y
las vuelcan en el cubo de hojalata, pintado de colores brillantes. ¡Qué triste
está ése en el carrito de ruedas de goma, levantando las manos y los pies,
queriendo correr, caído en los colchoncitos que no le dejan gatear por la
tierra! Ya llora. ¡Idiota, madre idiota! Sácale de ahí, de esa caja de hule
negro con ruedas de alambre; tiéndele en el suelo, panza arriba o panza abajo;
déjale que arañe la tierra y que coja hormigas con los dedos y que chapotee en
el barro y se ensucie la cara con tiznones negruzcos. ¿No ves que llora por
eso? Papá enciende un cigarro, lee el periódico:
-¿No
puedes hacer callar a ese niño?
-¿Qué
quieres que haga yo?
-Dale
teta, verás cómo se calla.
Se
sienta la señora en la silla de hierro calado que ha sudado perras gordas
durante años y saca un pecho. Un pecho flacucho con un pezón negro y largo que
desde aquí parece que tiene pelos. No lo quiere el chico. ¡Claro que no lo
quiere! Quiere clavar los dedos en el barro y hacer pelotillas de mugre con la
palma de la mano. Llora y llora y la madre no le entiende. ¡Bestia! ¡Animal!
¿Por qué le pegas, por qué le zarandeas? «Cállate, cállate. » ¿Y qué? ¿Crees
que te entiende? ¡Basta! Le tiendes en el cochecillo como a un saco. Se te ve
en la cara que, si pudieras, le tirarías contra el suelo, lejos, como se tira
una rana muerta, agarrándola de una pata, estrellándole para no oírle llorar.
«Ves cómo eres una estúpida», dice papá, y tiene razón. Pero tú eres tan
estúpido como ella.
¿Es
esto vivir?
El
paseo que bordea el estanque está vacío de gente. Cae el sol y quema la arena.
¿Por qué no bañarse en el sol? ¿Por qué no ir por aquí por donde no marcha
nadie? Hay lanchas en el estanque grande con gente remando en ellas, pero el
vapor donde los niños van a dar vueltas al cuadrado de agua, está anclado. ¿Anclado?
No, atado con unas maromas, ridículamente anclado. Aquí no hay mareas. Ahora
tiene sus banquitos limpios. Cuando se llena de chicos pueden sacar la mano
fuera y meterla en el agua sin temor a que les muerda ningún tiburón. Las
mamas creen que están en el mar y se marean y se vomitan en sus mantillas
negras. El mozo del embarcadero, el que grita los números de las barcas que
llevan la media hora del alquiler, las coge del brazo, les da una taza de té,
les saca una peseta de propina y presume andando de pie sobre las barcas, sin
caerse, como un marino de verdad.
-Ve
usted, señora, es sencillo, la costumbre, nada más que la costumbre.
Pero
yo soy ya hombre y esto es la vida. Esto, todo esto. Bueno, ¡mejor! ¡Esto es la
vida! ¡La vida es así! Un día echaré de comer a los peces o a los gorriones,
otro vomitaré en un barco y otro pescaré peces o cazaré pájaros. Sí, señor, hay
que gruñir a los niños pequeños para que no lloren. ¿Le dan un coche y llora?
Un coche con ruedas de goma. Debía de ser rico el matrimonio aquel. Un día yo
tendré un hijo; pero mi mujer no tendrá un pezón tan negro como el de esa
mujer. ¿Cómo se puede casar un hombre rico con una mujer que tiene un pezón
negro? A lo mejor, la rica es ella y entonces, claro, él tiene razón. ¿Qué
importa un pezón negro, si se es rico? Porque lo único que cuenta es ser rico.
¡Ser rico! Esto es vivir.
Pero
tal vez no. En la buhardilla no somos ricos, pero somos felices.
¡Hombre!
Mira dónde viene el padre Joaquín. Habrá venido a pasear después de la misa.
Verdaderamente es un tipo de hombre. Me gustaría ser así: alto, fuerte,
cuadrado, como dicen que son todos los vascos. Le sienta bien la sotana, sin
tripa, con el pecho abombado. A casi todos los curas, la hilera de botones de
la sotana -¿cuántos botones, treinta o cuarenta?- les hace una curva que se
hunde bajo la barba y sobresale sobre la tripa en puntos brillantes. A éste no.
Le salen en el pecho y se hunden en la tripa, para seguir rectos hacia abajo,
hasta las piernas que parecen querer romper la sotana al andar. No sé quién
viene con él. Una señora con un niño de la mano. No está mal el chico. Muy
serio para su edad, pero fuerte, mucho más fuerte que yo.
Con
mi sombrero en la mano ando al lado del padre Joaquín. La mujer y el niño van
detrás de nosotros.
-¿Te
paseas, Arturo? , -Sí. Me ha dado uno de mis arrechuchos. Pensaba.
-¿En
qué pensabas?
-Psch.
No sé. En tonterías. En la vida, en la muerte, en los bichos. Me he reído con
un gorrión y con un chico en un cochecito con ruedas de goma. Yo qué sé. Mi
madre dice que es el crecimiento. Yo no sé lo que es. Y además...
-¿Además...
qué?
-Nada;
no. Nada...
Me
he puesto colorado. Lo siento en la cara. Pero cómo le digo que me he acostado
con una mujer por primera vez en mi vida y que tenía una camisita corta...
El
padre Joaquín me pasa la mano sobre la cabeza, como otras veces. Se vuelve a
los otros, a la mujer y al niño, tan serios los dos.
-Acercaos
-dice.
Coge
a la mujer de la mano, tira de ella hacia mí. Coloca su otra mano ancha y
grande, con pelitos rubios en los artejos, sobre el hombro del chico y tira de
él. Los lleva delante de mí y los tres, ella, el chico y yo, estamos suspensos,
porque va a pasar algo. Algo tremendo.
-Mi mujer, mi hijo -dice
simplemente-. Éste es Arturo.
Seguimos
los cuatro a lo largo del estanque, todo el paseo lleno de sol, callados, sin
decir una palabra, mirando las aguas cuadradas, para no ver que nos miramos
unos a otros. Vamos despacio y el paseo es largo, interminable.
Al final me voy con un
saludo torpe, tropezando conmigo mismo. Y no me atrevo a volver la cabeza, para
no verlos a los tres mirándose, mirándome.
Rebelde
Capítulo X
Está
todo arreglado. Los cuatro hombres dormiremos aquí, en la vieja buhardilla.
Rafael y yo, como otras veces, juntos en mi cama dorada. El tío Luis y Andrés
en la cama de matrimonio de mi madre, con sus hierros pintados de verde y sus
santos despintados a la cabecera y a los pies, en los dos óvalos de chapa roída
de los años y de los insecticidas. Las mujeres, la Concha y mi madre, dormirán
en la otra buhardilla, en la de la señora Francisca. La señora Francisca se
murió y dejó unas sartenes negras, unos pucheros también negros, un cesto de
mimbre con alcahueses, caramelos y bengalas de las que vendía a los chicos de
la plaza del Progreso. Como su buhardilla estaba pared por medio de la nuestra,
nos quedamos con ella y heredamos: un poco de ropa vieja, los cacharros de
guisar, los de vender y un catre con un colchón de lana negra. Nadie se
presentó a recoger «la herencia» y convertimos el catre en astillas y
repartimos todo lo demás entre la comunidad de las buhardillas.
Rafael
y yo dormimos en esta buhardilla. Durante el día sirve de cocina, porque en un
rincón, debajo del tejado, hay un hornillo con chimenea. A la vez es el taller
de la Concha. Se marchó de casa del doctor Chicote y, no queriendo ser más
criada, ha aprendido, pagándoselo, el oficio de planchadora. Siendo la madre
lavandera, es fácil tener clientela, y el día se lo pasa con sus planchas
calientes en el rincón del tejado, frotando telas sobre una mesa de pino
cuadrada, de más de tres metros de largo, que llena el centro de la buhardilla.
Las mujeres duermen solas, nosotros también -aunque algunas veces no dormimos
en casa, aprovechando la independencia-, y a la vez estamos todos juntos.
En
la antigua buhardilla han quedado, además de las dos camas, la mesa redonda
que construyó mi padre, los cacharros y las ropas. Toda nuestra riqueza. Hoy,
por razones de las dimensiones de las camas, Miguel y yo dormiremos en la
antigua buhardilla y las mujeres en la nuestra.
Han
venido el tío Luis y Andrés juntos, pero con finalidades distintas: Andrés
viene para ir a Toledo a pasar tres días de vacaciones con su hijo Fidel que
está allí de seminarista. Elvira, su mujer, se ha quedado en Méntrida, con su
pierna supurante, tendida en la cama. El tío Luis ha venido como otras veces,
a comprar hierro para hacer herraduras. Hierro en barras, negro, dulce, hierro
que no ha probado el fuego desde que salió del crisol. Cuando el tío Luis
compra hierro, siempre me recuerda cuando le veía probar el vino: entonces
recorría las bodegas subterráneas de Méntrida y con un cacillo sacaba un poco
de vino de la tinaja, lo suficiente para mediar el vaso recién lavado. Le
miraba al trasluz, bebía un sorbito «para enjuagarse la boca», chascaba la
lengua, se callaba, enjugaba el vaso y probaba otra tinaja. De repente cogía el
vaso con los dedos y lo metía en la tinaja como si fuera el cacillo, le sacaba
lleno hasta los bordes y se lo bebía de un golpe; y otra vez y otra. El dueño
del vino le preguntaba:
-¿Qué
te parece, Luis?
-Esta
tinaja, sangre de Cristo; lo demás puedes tirarlo.
Con
el hierro es lo mismo: en los almacenes de la Cava Baja entra agachando su
corpachón y pide hierro, simplemente «hierro». Como todos le conocen, le sacan
las barras largas de dos y cuatro metros. Las sopesa, les pasa la yema del dedo
por encima, las golpea con un nudillo haciéndolas sonar y las deja caer en el
montón; hasta que llega a un montón en el que se queda con la barra suspendida
en el aire y dice: «¿Cuánto?». Cuando cierra el trato, con sus manos dobla las
barras de un dedo de gruesas, hace un atado con ellas y se las
lleva al hombro, como si fuera a ir directo de la Cava Baja a Méntrida a forjarlas. A
veces, dice palmeando las barras: «¡Oro fino!».
Rafael
y yo montamos el tablero intermedio de la mesa, para caber los seis. Mi madre
saca uno de sus manteles blancos y prepara la mesa. A las ocho vendrán los dos
de sus negocios. Andrés llega cargado de paquetes. Golosinas y ropa para el
chico. El tío Luis llega con un solo paquete que empuña como una maza. Golpea
con él la mesa y se echa a reír:
-Suena
duro, ¿eh?
Quita
los papeles y sale un jamón seco, curado, duro como si fuera madera.
-Trae
un cuchillo, Leonor.
Lo
corta por la mitad, dejando al aire la carne casi morada, de la que saca una
tira para cada uno. Mi madre protesta:
-¡Pero,
hombre, déjelo para el pueblo!
-Mira, mira, come y
calla, que mañana no sabemos lo que va a pasar. Después se llena un vaso de
vino hasta el borde y se lo bebe.
-¡Ahora,
a cenar!
El
principio de la cena es todo silencios por el hambre que ha despertado la
loncha de jamón y por no saber cómo empezar. El tío Luis comienza, encarándose
conmigo:
-Bueno,
y tú, ¿qué?
-Trabajando.
-Éste
ya ha solucionado la vida -dice Andrés-, ha tenido más suerte que mi chico, que
tendrá que pasarse nueve años en el seminario.
El
tío Luis chasca con los dientes una chuleta, se limpia los labios grasientos
con el revés de la mano y se vuelve a Andrés:
-Mira
que, si dentro de nueve años, el chico te colgara los hábitos y se marchara
detrás de unas faldas, estaría gracioso.
-Si
me hace eso el chico, le mato. Después que se ha pasado uno la vida
sacrificándose por él, que me colgara los hábitos y se fuera de golfo, sin
oficio ni beneficio a los veintiún años, le mataba.
-¡Ta,
ta, ta! ¿A qué llamas tú sacrificios? Porque el seminario no te cuesta un
céntimo. La carrera se la dan gratis con tal de tener un curita más, porque los
necesitan. Y tú te has quitado una boca de casa y ahora tienes hasta ahorros.
-Pero
¿y el sacrificio de separarse de un hijo once años para que pueda ser un
hombre?
-¿Para
que pueda ser un hombre? ¡Vamos, tú crees que yo soy idiota! Será para que sea
un cura, pero no un hombre. Porque los curas, aunque sean hombres, no pueden
funcionar como tales. Y eso es lo que has hecho tú. Cuando tu chico sea mayor,
será hombre o será cura, pero lo que nunca será es cura y hombre.
-Bueno,
Luis, contigo no se puede discutir.
-Claro
que no, ¿no ves que yo soy muy bruto? Tan bruto que no me quedo con nada que me
haga daño dentro del cuerpo. Yo al pan le llamo pan y al vino, vino.
Para
apoyar la frase, rebaña el plato con un migote de pan que le llena la boca y se
bebe otro vaso lleno de vino. Después, con el plato limpio, planta los dos
codos en la mesa y prosigue:
-Mira:
ni ésta -se encara con mi madre- ni tú tenéis razón. Os da la manía de todos
los muertos de hambre que queréis que el chico sea un príncipe de la Real Casa.
Ahí le tienes -me señala a mí con un dedo-, tan finito, tan guapo, con la cara
tan blanca, con su cuello almidonado, su corbata de seda, su traje elegante,
con dos pesetas de sueldo, viviendo en una buhardilla y su madre lavando ropa.
Le han enseñado a que tenga vergüenza de que su madre es una lavandera.
-Yo
no tengo vergüenza de que mi madre sea lavandera -respondo.
-¿Sí?
¿Cuántos amigos tuyos del banco vienen aquí, a casa, de visita? Me pongo
colorado y no contesto.
-¿Lo
ves? -le dice a Andrés-. Igual que tú. ¿A que no dice tu chico en el seminario
que es el hijo de un albañil, ni tú eres capaz de presentarte en Toledo con la
blusa blanca? En Leonor, la cosa tiene excusas porque es una mujer y por otras
muchas cosas. Pero tú, que puedes decir que eres tan rico como yo, no tienes
perdón de Dios, si es que ese tío existe. A cada uno lo suyo. Mis chicos
machacan hierro y cuando sean hombres harán lo que les dé la gana, pero
siempre tendrán con qué ganarse el pan sin avergonzarse de ser herreros como su
padre. Y para ser ricos, ten por seguro que si no son idiotas, serán más ricos
que tú y que tu hijo aunque llegue a canónigo.
-Precisamente,
lo que yo no quiero -dice Andrés un poco ronco- es que mi hijo tenga que llevar
cubos en una obra, amasar yeso y pintar paredes con cal a pleno sol. Yo lo
hago por su bien y algún día me lo agradecerá.
-Y
cuando pase una chica guapa y le entren ganas de mujer, se ensuciará en su
padre por debajo del hábito.
-Mira,
mira, el chico no es tonto y cuando tenga ganas de una mujer se acostará con
ella.
-Eso,
precisamente eso. Y lo que habrás hecho es un hipócrita o un desgraciado. Mi
chico, Aquilino, que ya le gustan las mozas, está machacando hierro en la
fragua y cuando pasa una le dice: «¡Güena estás!». Y si la otra se deja, lo más
que pasa es que al otro día le pesa un poco más el macho. Pero luego trabaja
con muchas más ganas y come como el diablo y va con la cabeza muy alta porque
no tiene de qué avergonzarse. A éste -por mí-, afortunadamente, le pasará lo
mismo. Pero será un señorito chupatintas que se casará con alguna tísica con
sombrerito y rabiarán de hambre con treinta duros al mes.
-Entonces,
según tú, no tiene uno que preocuparse de que los chicos lleguen a ser más que
uno.
-Más
que lo que es uno, sí. Pero no distintos a como uno es. Hoy yo tengo todo,
tengo la mujer, los chicos y la fragua, todos con salud, gracias a Dios. Además
tiene uno su cachito de tierra de trigo, su trozo de huerta, su cerdo, su vino
y sus higos para postre. Pues todo eso ya lo tienen mis chicos, y después, que
se lo aumenten con su trabajo como me lo he aumentado yo. En mi casa no hay ni
Dios, ni rey, ni Roque; allí no manda nadie más que yo y a mí no me manda
nadie. ¿Y para qué quiero ser más rico, si no me manda nadie y tengo todo lo
que necesito?
-Entonces,
¿qué debería haber hecho yo? -dice mi madre, que ha escuchado callada y quieta
a los dos hombres.
-¿Tú?
Bastante has hecho con sacarlos adelante y no hacerlos curas. Ahora son ellos
los que te tienen que sacar a ti.
-Pues
yo trabajo como una burra -dice la Concha.
-¿Y
qué te has creído, rica? Yo trabajo como un caballo y eso es lo que nos toca en
este mundo, trabajar como bestias. Pero, por lo menos, que le dejen a uno el
derecho de dar coces de vez en cuando -dice el tío Luis.
Rafael
levanta la cabeza, hasta ahora gacha, y dice:
-En
total, que la única verdad es que a los pobres nos toca aguantarnos. Usted,
como tiene todo solucionado, es feliz. Pero yo
le
ponía a hacer facturas en mi oficina y que a fin de mes le dieran seis duros.
-¿Y
sabes lo que haría? Cogería la gorra y la puerta. Tú lo que te pasa es que te
encuentras muy cómodo en tu oficina y no quieres trabajar. Vente conmigo a
Méntrida a machacar con el macho y yo te enseño el oficio y te mantengo. Claro
que te vas a poner negro, sin que te valga lavarte, y te van a salir callos en
las manos.
Hasta
ahora no he querido mezclarme en la discusión porque conozco que estoy a punto de estallar. Pero ahora,
unos y otros plantean las cosas, para mí, mal; e intervengo:
-Yo
creo que ninguno tiene razón. Usted, tío Luis, está enamorado de su oficio y
ha vivido a gusto con él. Pero sus hijos no podrán vivir con el oficio suyo. Y
usted lo sabe. Se acabaron las herraduras forjadas a mano y se acabaron las
rejas hechas a martillo. Conmigo ha visto usted en la Cava Baja las herraduras
hechas de acero estampado por medidas como los zapatos, que ya en el pueblo
sólo le han dejado a los viejos amigos como clientes. Pregúntele usted a
Andrés, que ya es maestro de obras y ha construido casas, cuántas rejas le ha
encargado a usted. Le dirá que las compra hechas en Madrid, más baratas que el
hierro que usted compra para las herraduras.
-Donde
estén unas herraduras forjadas puestas a fuego sobre el casco de un caballo,
que se quite todo lo demás. Eso es como las botas a medida -exclama el tío Luis
golpeando la mesa.
-Exacto
-le respondo-. El tío Sebastián, cuando tenía treinta años, calzaba al pueblo
entero. ¿Y hoy? Se conforma con poner medias suelas y gracias, porque cuestan
menos unas alpargatas de goma y duran más que medias suelas a un zapato viejo.
-Eso
es lo que digo yo -grita Andrés.
-No,
no es eso lo que dices tú. Porque yo soy un chupatintas, pero al fin y al cabo
es un trabajo. Pero tu hijo es un cura en cierne, y eso no es ningún oficio.
Además que escribir se hará toda la vida, pero el ser cura se acabará muy
pronto. Está la gente harta de mantener vagos que berrean en latín.
-Eso
es insultar, pero aparte de ello, siempre habrá religión.
-¿Tú
la tienes? -le pregunto directamente a Andrés.
-Hombre,
yo te diré, a mí no me da ni frío ni calor. Y cuando se tercia soltar una
palabrota, la suelto porque es un desahogo.
-Entonces,
¿por qué haces a tu hijo cura? Tú no crees en Dios o te tiene sin cuidado. Pero
al chico le haces cura para que explote a los demás con ese Dios en que tú no
crees. Y lo que es peor, le dejas sin oficio, y, como dice el tío Luis, le
quitas de ser hombre. -Bueno, bueno, todo eso son retóricas. Cada uno hace lo
que le parece mejor, y mi chico hará lo que me dé a mí la gana. Porque para eso
soy su padre y tengo derecho.
-Tú
no tienes ningún derecho. Los padres no tienen ningún derecho. -Andrés y el tío
Luis me miraban asombrados. Mi madre se mira las manos. Rafael levanta la
cabeza de nuevo y me mira de costado. La Concha pone los puños sobre la mesa
como si me fuera a pegar. Y entonces hablo a todos mirándolos circularmente:
Sí. No me miréis todos. Los padres no tienen ningún derecho. Los hijos estamos
aquí porque ellos nos han traído, por gusto suyo. Y deben aguantarse con lo que
ha sido su gusto. Yo no he pedido a mi madre que me trajera al mundo y no puedo
reconocerle ningún derecho sobre mí, como el que tú pides sobre tu hijo. Si yo
tuviera padre y me dijera lo que tú has dicho, le mandaría a paseo. Cada uno
reacciona a su manera. Andrés dice: -Eres un sinvergüenza. El tío Luis:
-Si fueras hijo mío, te
rompería una pata para que anduvieras derecho. La Concha:
-¿Entonces
madre nos debía haber tirado a la Inclusa? Rafael: -¡Ele!
Después
de todos, mi madre dice pausadamente: -Sí. Tener hijos es un placer que se paga
bien caro. Entonces es la visión tumultuosa de la casa de los tíos, y de la
ropa sucia, y de las manos picadas de lejía y de su aguantar callado y humilde,
siempre con una sonrisa en la boca. Los besos en la cocina y tras las cortinas
del Café Español. El pelear con los céntimos. El dejarse caer fatigada en una
silla. El hundir sus dedos en mis pelos revueltos, mi cabeza en sus rodillas.
Todo esto se viene de golpe y me quita la razón. No los gritos, ni las
protestas de los otros que chillan y discuten. -Vámonos, Rafael.
Nos
vamos escaleras abajo y, ya en la calle, Rafael me dice:
-Has
estado bueno.
Me
indigno y hablo, hablo sin parar, a lo largo de calles y calles.
Convenciéndole de que no he tenido razón hacia mi madre y que él y yo y la
Concha, los tres, tenemos la obligación de quitarla del río, del lavar ropa,
del partir hielos, del tostarse al sol, del volver a casa fatigada. Aunque haya
que romper el mundo.
Rafael
me deja hablar y al final me dice:
-Pues
nada. Mañana pedimos que nos suban el sueldo a los dos, a ti en el banco, a mí
en el Fénix. Les hablamos a los directores de la «mamá» lavandera y verás cómo
nos dan un buen sueldo para mantenerla...
La
operación más simple de la aritmética es sumar y la más difícil también. Sumar
diez o doce hojas llenas de columnas de cincuenta líneas de seis o siete cifras
cada una es más difícil que manejar la regla de cálculo y la tabla de
logaritmos. Al final, siempre falta o sobra un céntimo o un millar y ha de volverse
a comenzar desde el principio. Así, sumando, yo no me entero de lo que dice el
ordenanza y contesto: «Voy», mecánicamente. Al cabo de un rato vuelve, me da
en el hombro y me dice:
-Le
está a usted esperando Corachán. Se lo he dicho hace ya un rato y se le ha
olvidado. Con este sobresalto subo corriendo las escaleras, porque los
empleados no tenemos derecho a usar el ascensor, que está reservado sólo para
los clientes y los jefes. ¿Qué me querrá el tío éste? Me hace esperar el
ordenanza un buen rato en la sala de visitas de la dirección. Lo aprovecho para
calmar mi agitación y para pensar qué me querrá este hombre. Desde luego, nada
bueno. Pero, en fin, sea lo que sea, pronto lo sabré. Estoy sentado en un
sillón de cuero cuyo asiento se hunde y oscila. Me divierto un rato dejándome
llevar de atrás a adelante, de adelante atrás, en un movimiento de vaivén. En
la mesa barnizada en medio del salón hay una cajita de plata. La abro y está
llena de cigarrillos rubios. Titubeo un momento y por último cojo un puñado de
ellos y los guardo en el bolsillo de la americana. El ordenanza me abre la
puerta del despacho y me anuncia.
Don
Antonio, como siempre, está leyendo minuciosamente una carta y emplea en ello
un montón de minutos. Finalmente la firma y se digna levantar la cabeza y
mirarme detrás de las gafas:
-¿Usted
es el empleado del negociado de cupones que ha roto una luna anteayer?
-Sí,
señor -le contesto.
-Bien,
bien. Por esta vez, vistos sus antecedentes, no se toma ninguna medida
enérgica. La dirección ha acordado descontar el importe de la luna de su
sueldo. Son 37, 50 pesetas. Puede usted retirarse.
Bajo
las escaleras despacio y me meto en los váteres a fumarme uno de los
cigarrillos rubios, pensando en la injusticia.
Hace
menos de un mes que se cubrieron todas las mesas con lunas de cristal. Las
mesas, en su mayoría, tienen un tablero central forrado de hule rojo o verde y
un marco ancho de madera barnizada alrededor. Directamente sobre este marco
pusieron las lunas y, claro, han quedado en hueco en el centro. Los cupones
que mandamos fuera, a provincias o al extranjero, se sellan por el dorso con
las iniciales de la sucursal para evitar que los roben y se puedan negociar.
Sellamos millares de cupones con un sello de metal y hay días en que sólo se
oye en el negociado el ruido del sello golpeando el tampón y los cupones.
Cuando pusieron las lunas, pedí una plancha de goma, porque veía que la iba a
romper. Me contestaron que no era necesario y seguía sellando sobre el cristal.
Anteayer la luna se convirtió en una estrella. Pusieron una nueva y yo no me
había vuelto a preocupar del asunto. Ahora sale este tío con que tengo que
pagarla. Bueno, se pagará, pero no sello más cupones en tanto que no me den
una plancha de goma.
Cuando
bajo al negociado están todos pendientes de lo que ha ocurrido y la historia de
la luna recorre inmediatamente todo el banco. Como el banco está lleno de lunas
y de sellos, el malhumor es general, porque todos piensan que más tarde o más
temprano les pasará a ellos lo mismo; Pla me llama a los retretes -«la
tertulia»- y me lo encuentro allí rodeado de seis o siete, envueltos en el humo
de los pitillos, uno de ellos de guardia en la escalera por si baja Corachán.
-Tú
-me dice-, ven aquí y cuéntanos lo que ha pasado.
Refiero
la historia de la entrevista y del descuento de la luna. Pla se indigna:
-Son
unos ladrones. Tienen las lunas aseguradas y encima nos las cobran cuando se
rompen. Hay que protestar de esto.
-Sí.
¿Pero cómo? -dice otro-. Porque no vamos a subir en comisión a la dirección a
protestar, para que nos echen a la calle.
-Pues
algo hay que hacer. Si les dejamos pasar ésta, podemos prepararnos a pagar
cristales rotos. Además, a esta gentuza hay que enseñarle los dientes. Mira lo
que ha pasado con el 1 de mayo. Se han aguantado y no han dicho media palabra.
Hacía
ya años que se había reconocido la ley, la Fiesta del Trabajo, el 1 de mayo.
Este día por la mañana se hacía una manifestación que atravesaba Madrid y
llevaba a la presidencia del Consejo de Ministros un escrito con las
reivindicaciones obreras. Los patronos consideraban esta fiesta como un
insulto que se les hacía y recurrían a todos los medios para obligar a trabajar
el día 1. El día 2 era fiesta nacional en conmemoración de la lucha del 2 de
mayo de 1808 durante la guerra de la Independencia contra las tropas de
Napoleón. Y oponían una fiesta a la otra para negar la primera. Así, solamente
los oficios de jornaleros la celebraban, pero se trabajaba en todas las demás
profesiones, particularmente en el comercio y en la banca.
Aquel
año habíamos acordado que los sindicatos que había en cada banco no fueran a
trabajar y se incorporaran a las manifestaciones, pasara lo que pasara.
Seguramente nos echarían a la calle, pero entonces El Socialista haría una
campaña intensa, puesto que estábamos dentro de la ley. Fuimos un centenar
aproximadamente, de todos los bancos de Madrid, dándonos valor mutuamente y
amenazándonos con represalias al que traicionara. Cuando la manifestación
recorrió la calle de Alcalá, donde están los bancos, el grupo de señoritos de
cuello duro que llamaba tanto la atención desapareció por las calles laterales.
Sólo cruzamos unos pocos, pero fue suficiente para que se supiera, y el día 3
fuimos todos a trabajar pensando en el despido inmediato.
Nadie
dijo nada. Cabanillas -el que años más tarde llegaría a ser director del
Heraldo de Madrid- tuvo que renunciar a publicar el artículo que tenía
preparado contra el Crédit. Un artículo furioso en el que describía las iras
del capitalismo francés, despidiendo a unos empleados que estaban dentro de la
ley, por no ir a trabajar, y cerrando el banco el día 2 y llenando de colgaduras
e iluminación los balcones para celebrar la derrota de Napoleón en una casa
francesa.
Nos
sentimos llenos de orgullo del éxito, de vergüenza por la deserción en la calle
de Alcalá y de miedo latente a las represalias que vendrían más tarde, una a
una, sobre todos. Para que nos fueran despidiendo uno a uno, poco a poco, valía
más que nos hubiéramos decidido a atravesar todos la calle de Alcalá con la
cabeza alta entre los trabajadores. Claro que, cuando se preguntaba a cada uno
individualmente, resultaba que ninguno se había separado un instante de las
filas, sólo para tomar un vermut o para hacer una necesidad urgente.
A
los retretes van bajando empleados y el grupo se engrasa hasta casi llenar el
espacio libre entre los urinarios y las cabinas. El cuerpecillo rechoncho de
Pla está sumergido en medio, gritando cada vez más rabioso:
-¡Hay
que hacer algo! ¡Tenemos que armar la gorda! ¡Si no, somos unos cobardes! Uno
de los moderados encuentra una solución:
-Es
muy sencillo. Pagamos entre todos la luna y aquí no ha pasado nada. Así, cada
vez que se rompa una luna, con pagar cada uno diez céntimos tenemos resuelta la
cuestión. Nadie se va a arruinar.
-Tú
lo que quieres es evitarte compromisos.
-Claro,
hombre, bastante comprometidos estamos ya. Todavía si nos hubieran despedido a
todos el 3 de mayo, nos mantendría la Casa del Pueblo y hasta nos hubiera
tenido que readmitir el banco. Pero ahora el primero que chille va a la calle;
y ¿de qué va a comer?
-¡Lo
que somos es unos cochinos! -exclama Pla. De repente dice-: ¡Ya está resuelto!
- No hay manera de sacarle una explicación-. Esperadme un momento aquí -dice.
Y sale corriendo escaleras arriba para volver con un pliego de papel blanco en
el que ha escrito una cabecera a máquina: «Como el Crédit con 250. 000. 000 de
francos no tiene dinero para pagar un cristal de seis duros, los empleados
tienen el gusto de pagarle».
Contra
la pared estampa su firma llena de curvas revueltas.
-¡El
que no firme esto es un cabrón!
Se
va llenando el pliego de firmas perezosamente. Uno pretende escurrir el bulto.
Pla le coge de la americana:
-Tú,
¿dónde vas?
-Arriba.
-¿Has
firmado?
-No.
No he firmado.
-¿Y
tú estás sindicado? Tú firmas. Firmas por encima de la cabeza de Dios. Los que
no son compañeros nuestros no tienen la obligación de firmar, pero tú firmas o
te quito el carnet a bofetadas. ¡Cabrón!
Firma
el miedoso con letra temblona. Después, el pliego comienza a circular por los
negociados a escondidas. Hasta que en el negociado de cartera, cuando ya tiene
más de cien firmas, se apodera de él uno de los jefes y lo sube a la dirección.
¿Qué va a pasar aquí? Nos damos ánimos unos a otros: «A todos no nos van a
echar a la calle», nos decimos. Se pasan las horas en tensión, pendientes todos
de la escalera de la dirección cada vez que baja un ordenanza. Casi terminada
la tarde, me mandan a subir a ver a Corachán. Esta vez no hay espera en el
saloncillo. Entro directamente en el despacho. Está bajo la lámpara que hace
brillar la luna de su mesa de ministro, hojeando un dossier, el mío
probablemente. Me deja esperar un rato en pie delante de la mesa:
-¿Usted
es el empleado del negociado de cupones que ha roto la luna?
-Sí,
señor.
-La
dirección del banco ha acordado no descontar a usted el importe de la luna,
porque la casa, afortunadamente, no lo necesita. Pero como estas cosas no
pueden quedar sin sanción, se le pondrá a usted una nota en el dossier.
-Una
nota, ¿de qué?
-¿De
qué va a ser? Una nota de mal empleado. Porque a mí no va usted a convencerme
que una luna se rompe así, con un sello. Una luna que tiene casi un dedo de
gruesa. -Y coge entre el pulgar y el índice el borde de la luna de su mesa-.
Ésta sólo se rompe jugando, como la ha roto usted. Al fin y al cabo son ustedes
unos críos todavía. Pero yo no soy tonto.
-Usted
no es tonto -replico fuera de mí-. ¡Usted es imbécil! ¡Con la bola secante, que
es de madera -cojo el secante y lo levanto sobre la luna de la mesa-, rompo yo
la luna de su mesa, su cabeza y la de su puñetera madre! A usted lo que le ha
molestado es esa lista. Pues sí, señor, es una vergüenza que el banco me quite
la mitad de mi sueldo para pagar una luna que está asegurada. Son ustedes unos
ladrones y unos canallas...
Carreras,
el subdirector, me coge del brazo por detrás, suave, pero firme:
-¿Te
has vuelto loco?
-Sí,
me he vuelto loco de asco y de rabia y de desprecio. Este tío con su chaqué,
que se esconde en los retretes para cazar empleados fumando y justifica así el
sueldo que gana y el puesto en la dirección. ¡Este tío es un cerdo y el banco
una pocilga!
Salgo
dando portazos y gritando por las escaleras.
Ya
en mi mesa, extiendo mi recibo del sueldo hasta el día y le exijo a Perahíta
que pida un certificado de trabajo.
-Un
certificado limpio, de mis tres años de trabajos forzados. Le dice usted a
Corachán que si me lo niega me voy de aquí a la Casa del Pueblo, porque estoy
sindicado. -Y agito delante de sus narices el carnet.
El
cajero me coge el recibo:
-Yo
no puedo pagar este recibo sin la visa de la dirección.
-Pues
suba por él.
-Suba
usted o no le pago.
-Mire
usted -le digo con la voz concentrada y baja-, yo no quiero perjudicarle a
usted. Llame usted a Corachán por teléfono, haga usted lo que quiera, pero
págueme, porque o me paga o se va a armar aquí el escándalo más grande del
mundo delante de todos los clientes que hay.
Se intimida el hombre y
me paga medio mes: 37, 50 pesetas. Perahíta baja conciliador:
-He
hablado con Corachán. No hace falta que te marches. Basta que le presentes tus
excusas y seguirás en la casa sin nota en el dossier.
-¿Pero
usted ha creído que yo voy a subir de nuevo esa escalera a lamer la mano del
tío ese? ¿Y para qué? ¿Para que mi madre siga lavando en el río? No, hombre,
no. ¡Soy yo muy hombre para eso! Me guardo mi certificado de dimisionario y
tomo el camino de la puerta. El inmenso hall del banco está lleno de mesas
cubiertas de lunas que brillan como diamantes bajo los globos lechosos de la
luz eléctrica.
La
calle de Alcalá está llena de ruidos. Los vendedores de periódicos pasan con
paquetes enormes bajo el brazo, gritando; la gente les arrebata el papel de las
manos. Ha estallado la guerra europea.
En
casa, mi madre me escucha sentada en su silla baja, la labor caída de las
manos, las manos sobre la falda. Le voy contando con pesadumbre lo que ha
pasado. Al final, trago saliva y termino:
-Me
he marchado del Crédit.
Nos
quedamos en silencio. Y sus dedos juguetean en mis cabellos enredándolos y
desenredándolos. Al cabo de un ratito me dice:
-Ves
como todavía eres un niño.
Fin
del volumen primero de
“La
Forja de un Rebelde” (La Forja)
[1] A la muerte de
don Luis Bahía, se promovió un pleito ruidosísimo en España, por impugnación de
su testamento, en el que legaba más de treinta millones a la Compañía de Jesús.
(N. del A.)
[2] Bandido célebre
de principios de este siglo.
[3] Los huesos de
los albaricoques que utilizan los niños en España para jugar.

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