© Libro No. 659. Eugenia de Franval, historia trágica, Diálogos y otros Relatos Del Marques
de Sade. Antología GMM. Colección E.O. Marzo 22 de 2014.
Título original: © Eugenia de Franval, historia trágica, Diálogos y otros Relatos Del Marques
de Sade. Antología GMM. Colección E.O. Marzo 22 de 2014.
Versión Original: © Eugenia de Franval, historia trágica, Diálogos y otros Relatos Del Marques
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© Edición, reedición y
Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
EUGENIA DE FRANVAL,
HISTORIA TRÁGICA, DIÁLOGOS Y OTROS
RELATOS
DEL MARQUES DE SADE
ANTOLOGÍA
GMM
CONTENIDO
DIALOGOS ENTRE UN SACERDOTE Y UN MORIBUNDO.
CUENTOS Y FABULAS
EL FINGIMIENTO FELIZ (O LA FICCION
AFORTUNADA)
EL MARIDO COMPLACIENTE
EL PRECEPTOR FILOSOFO
EUGENIA DE FRANVAL. HISTORIA TRÁGICA
HAGASE COMO SE ORDENA
DIALOGOS ENTRE UN
SACERDOTE Y UN MORIBUNDO
MARQUES DE SADE
El
Sacerdote
Llegado
el instante fatal en que el velo de la ilusión sólo se desgarra para dejar al
hombre reducido al cuadro cruel de sus errores y sus vicios, ¿no te
arrepientes, hijo mío, de los múltiples desordenes a los que te condujo la
humana debilidad y fragilidad?
El
Moribundo
Sí, amigo
mío, me arrepiento.
El
Sacerdote
Pues
bien, aprovecha estos remordimientos felices para obtener del cielo, en este
corto intervalo, la absolución general de tus faltas, y piensa que es por la
mediación del santísimo sacramento de la penitencia que te será posible
obtenerla del Eterno.
El
Moribundo
No nos
comprendemos.
El
Sacerdote
¡Cómo!
El
Moribundo
Te he
dicho que me arrepentía.
El
Sacerdote
Así lo
oí.
El Moribundo
Sí, pero
sin comprenderlo.
El
Sacerdote
¿Qué
interpretación?….
El
Moribundo
Esta….
Creado por la naturaleza con inclinaciones ardorosas, con pasiones fortísimas,
únicamente colocado en este mundo para entregarme a ellas y para satisfacerlas,
y estos efectos de mi creación no siendo más que necesidades relativas a las
primeras vistas de la naturaleza, o, si lo prefieres, sólo derivaciones
esenciales de sus proyectos sobre mí, todos en razón de sus leyes, sólo me
arrepiento de no haber reconocido bastante su omnipotencia, y mis únicos
remordimientos sólo se refieren al mediocre uso que hice de las facultades
(criminales según tú, según yo muy simples) que ella me había dado para
servirla. La he resistido algunas veces, de eso me arrepiento. Cegado por tus
sistemas absurdos, con ellos combatí toda la violencia de los deseos que había
recibido de una inspiración más que divina, de eso me arrepiento. Coseché sólo
flores cuando pude hacer una amplia cosecha de frutos… Estos son los justos
motivos de mi pesar. Estímame en algo para no atribuirme otros.
El
Sacerdote
¡A dónde
te arrastran tus errores, a dónde te conducen tus sofismas! Prestas a la cosa
creada todo el poder del creador. ¿No ves que esas desdichadas tendencias que
te extravían no son más que efectos de la naturaleza corrompida, a la cual
atribuyes toda la potencia?
El
Moribundo
Amigo, me
parece que tu dialéctica es tan falsa como tu espíritu. Quisiera que razonaras
más exactamente o que me dejaras morir en paz. ¿Qué entiendes por creador, y
qué entiendes por naturaleza corrompida?
El
Sacerdote
El
Creador es el dueño del universo, es él quien lo ha hecho todo, lo ha creado
todo, y quien conserva todo por un simple efecto de su omnipotencia.
El
Moribundo
Es un
gran hombre, sin duda. Pues bien, dime por qué este hombre, que es tan
poderoso, ha hecho sin embargo, según tú, una naturaleza corrompida.
El
Sacerdote
¿Cuál
hubiera sido el mérito de los hombres si Dios no les hubiere dejado su libre
arbitrio, y qué mérito hubiesen tenido para disfrutarlo si no hubiera habido en
la tierra la posibilidad de hacer el bien y la de evitar el mal?
El
Moribundo
Así,
pues, tu dios ha querido hacerlo todo oblicuamente sólo para tentar o probar a
su criatura. ¿No la conocía pues, no sospechaba pues el resultado?
El
Sacerdote
Sin duda
que la conocía, pero una vez más quería dejarle el mérito de la elección.
El
Moribundo
¿Para
qué, desde el momento que sabía el partido que tomaría y sólo dependía de él,
ya que le proclamas tan omnipotente, y sólo dependía de él, repito, el hacerla
tomar el bueno?
El
Sacerdote
¿Quién
puede comprender los designios inmensos e infinitos de Dios con respecto al
hombre, y quién puede comprender todo lo que vemos?
El
Moribundo
Aquel que
simplifica las cosas, amigo mío, sobre todo aquel que no multiplica las causas
para mejor enredar los efectos. ¿Para qué necesitas una segunda dificultad
cuando no puedes explicar la primera, y desde el momento en que es posible que
la naturaleza, haya hecho por sí sola lo que le atribuyes a tu dios, por qué
quieres buscarle un amo? La causa de que no comprendas es quizá lo más simple
del mundo. Perfecciona tu física y comprenderás mejor la naturaleza, depura tu
razón y entonces no tendrás necesidad de tu dios.
El
Sacerdote
¡Desdichado!
Sólo te creía sociniano, tenía armas para combatirte, pero veo claramente que
eres ateo, y desde el momento en que tu corazón se niega a la inmensidad de las
pruebas auténticas que recibimos cada día de la existencia del creador, no
tengo nada más que decirte. No se le da luz a un ciego.
El
Moribundo
Amigo
mío, admite un hecho, de los dos, el más ciego es seguramente aquel que se pone
una venda que el que se la arranca. Tú edificas, inventas, multiplicas, yo
destruyo, simplifico. Tú agregas error sobre error, yo los combato. ¿Cuál de
los dos es el ciego?
El
Sacerdote
¿No
crees, pues, en Dios?
El
Moribundo
No. Y
esto por una simple razón. Es perfectamente imposible creer en lo que no se
comprende. Entre la comprensión y la fe deben existir conexiones inmediatas; la
comprensión es el primer alimento de la fe; cuando la comprensión no actúa
muere la fe, y ésos que en tal caso pretendieran tenerla, mienten. Te desafío a
que creas en el dios que me predicas – ya que no sabrías demostrármelo, ya que
no está en ti el definírmelo, y, por lo tanto, no lo comprendes – y desde el
momento en que no lo comprendes no puedes suministrarme de él ningún argumento
razonable, pues, en una palabra, todo lo que está por encima de los límites del
espíritu humano es quimera o inutilidad. Si tu dios no puede ser más que una u
otra cosa, en el primer caso sería un loco si creyera en él; un imbécil, en el
segundo. Amigo mío, pruébame la inercia de la materia y te concederé el
creador. Pruébame que la naturaleza no se basta a sí misma y te prometo
suponerle un dueño. Hasta entonces, nada esperes de mí, sólo me rindo a la
evidencia y sólo la recibo de mis sentidos; dónde ellos se detienen allí mi fe
queda sin fuerzas. Creo en el sol porque lo veo, lo concibo como el centro de
reunión de toda la materia inflamable de la naturaleza, su marcha periódica me
complace sin asombrarme. Es una operación de física, acaso tan simple como la
de la electricidad, pero que no nos está permitido comprender. ¿Qué necesidad
tengo de ir más lejos? ¿Cuándo me hayas levantado los andamios de tu dios por
encima de esto, qué habré avanzado? ¿No necesitaré hacer tanto esfuerzo para
comprender al obrero como el gastado en definir la obra? Por consiguiente, no
me has prestado ningún servicio con la edificación de tu quimera, has turbado
mi espíritu sin iluminarlo, y debo odiarte en vez de agradecerte. Tu dios es una
máquina que fabricaste para que sirva a tus pasiones, y la has hecho mover a tu
capricho, pero desde el momento en que incomoda los míos permíteme que la haya
derribado. En el instante en que mi alma débil tiene necesidad de calma y de
filosofía no vengas a espantarla con tus sofismas, que la asustarían sin
convencerla, que la irritarían sin hacerla mejor. Amigo mío, esta alma es lo
que la naturaleza quiso que fuera, es decir, el resultado de los órganos que ha
querido formarme en razón de sus designios y de sus necesidades; y como ella
tiene una necesidad igual de vicio y de virtud, cuando quiso llevarme hacia el
primero así lo ha hecho, cuando ha querido la segunda, me ha inspirado deseos
por ella, y me ha entregado a ambos de igual modo. Busca sus leyes como única
causa de nuestra inconsecuencia humana, y no busques a sus leyes más principios
que su voluntad y su necesidad.
El
Sacerdote
Así pues,
todo es necesario en el mundo.
El
Moribundo
Seguramente.
El
Sacerdote
Pues, si
todo es necesario, todo está, pues, regulado.
El
Moribundo
¿Quién
dice lo contrario?
El
Sacerdote
¿Y quién
pudo arreglarlo todo como está si no es una mano omnipotente y sabia?
El
Moribundo
¿No es
necesario que la pólvora se inflame cuando se le aplica el fuego?
El
Sacerdote
Sí.
El
Moribundo
¿Y qué
sabiduría encuentras en eso?
El
Sacerdote
Ninguna.
El
Moribundo
Es
posible, pues, que haya cosas necesarias sin sabiduría, y posible, por
consiguiente, que todo derive de una causa primera, sin que haya razón ni
sabiduría en esta primera causa.
El
Sacerdote
¿A dónde
quieres llegar?
El
Moribundo
A
probarte que todo puede ser lo que es y lo que no es, sin que ninguna causa
sabia y razonable lo conduzca, y que efectos naturales deben tener causas
naturales, sin que haya necesidad de suponerle otras antinaturales, como lo
sería tu dios, ya que él mismo tendría necesidad de explicación sin suministrar
ninguna. Y, por consiguiente, desde que tu dios no es bueno para nada, es
perfectamente inútil; y como hay gran probabilidad de que todo lo inútil es
nulo y de que todo lo nulo es la nada, así pues, para convencerme de que tu
dios es una quimera no tengo necesidad de otro razonamiento fuera del que me
suministra la certeza de su inutilidad.
El
Sacerdote
Sobre
este pie me parece innecesario hablarte de religión.
El
Moribundo
¿Por qué
no? Nada me divierte tanto como la prueba del exceso de fanatismo y de la
imbecilidad humana sobre este punto. Son extravíos tan prodigiosos que el
cuadro, aunque horrible, a mi juicio es siempre interesante. Responde con
franqueza, y, sobre todo, destierra el egoísmo. Si fuera tan débil que me
dejara sorprender por tus ridículos sistemas de la existencia del ser que hace
necesaria la religión, ¿bajo cuál forma me aconsejarías que le rindiera culto?
¿Quisieras que adoptara los desvaríos de Confucio mas bien que los absurdos
Brahama? ¿Qué adorara a la gran serpiente de los negros, al astro de los
peruanos o al dios de los ejércitos de Moisés? ¿A cual de las sectas de Mahoma
quisieras que me rindiese? ¿Qué herejía de los cristianos es, a tu juicio,
preferible? Cuidado con tu respuesta.
El
Sacerdote
¿Puede
ser dudosa?
El
Moribundo
Dila,
pues, egoísta.
El
Sacerdote
No, sería
amarte tanto como a mí si te aconsejara lo que yo creo.
El
Moribundo
Y es
querernos muy poco el escuchar semejantes errores.
El
Sacerdote
¿A quien
pueden cegar los milagros de nuestro divino redentor?
El
Moribundo
A quien
no vea en él sino al más ordinario de todos los bribones y al más vulgar de
todos los impostores.
El
Sacerdote
¡Dios, le
escucháis sin descargar vuestra ira!
El
Moribundo
No, amigo
mío, todo está en paz porque tu dios, sea por impotencia, sea por razón, o, en
fin, por lo que tú quieras, en un ser al que admito por un momento sólo por
condescendencia a ti, o, si lo prefieres, para prestarme a tus pequeños
designios, porque ese dios, repito, si existiera como tienes la locura de
creerlo, no puede, para convencernos, haber tomado los medios tan ridículos
como los que tu Jesús supone.
El
Sacerdote
¡Cómo,
las profecías, los milagros, los mártires, no son pruebas!
El
Moribundo
¿Cómo
quieres, en buena lógica, que pueda recibir como prueba aquello que necesita
probarse? Para que la profecía sea una prueba sería necesario, primeramente,
que yo tuviera la certidumbre completa de que ha sido hecha; pues, al
consignársela en la historia sólo tiene para mi la fuerza de los otros hechos
históricos, dudosos en sus tres cuartas partes; y si a esto agrego la
apariencia más que verdadera de que me han sido transmitidos por historiadores
interesados, estaría, como lo ves, más que en mi derecho para dudar de ellos.
¿Quién me asegura, por otra parte, que esa profecía no ha sido hecha con
posterioridad, que no ha sido el efecto de la combinación de la más simple
política como la de concebir un reino feliz bajo un rey justo, o la de la
helada en invierno? Y si esto es así, ¿cómo quieres que la profecía, al tener
tanta necesidad de ser probada, pueda convertirse en prueba? Con respecto a tus
milagros, ellos tampoco se me imponen. Todos los bribones los han hecho, y
todos los tontos los han creído. Para persuadirme de la verdad de un milagro
tendría necesidad de estar muy seguro de que el acontecimiento que tú llamas de
esa manera fuera absolutamente contrario a las leyes de la naturaleza, pues
sólo lo que está fuera de ella puede pasar por milagro. ¿Y quién la conoce
bastante para atreverse a afirmar cuál es precisamente el punto en que se
detiene y cuál es el que infringe? Bastan dos cosas para acreditar un
pretendido milagro, un titiritero y unas mujerzuelas. Vamos, no busques jamás
un origen distinto para los tuyos. Todos los nuevos sectarios los han hecho, y,
lo que es más singular, todos encontraron imbéciles para creerles. Tu Jesús no
ha hecho algo más singular que Apolonio de Tiana, y, sin embargo, nadie ha
pensado en tomar a éste por un dios. En cuanto a tus mártires, éste es el más
débil de tus argumentos, sólo falta él entusiasmo y la resistencia para hacer
mártires, y mientras la causa opuesta me ofrezca tantos como la tuya, jamás
estaré lo suficientemente autorizado para creer a la una mejor que la otra,
sino muy inducido, en cambio, a suponer despreciables a ambas. ¡Amigo mío! Si
fuera verdad que existe el dios que predicas, ¿tendría necesidad de milagro,
mártir o profecía para establecer su imperio? Y si, como dices, el corazón
humano fuera su obra, ¿no sería ése el santuario que hubiera elegido para su
ley? Esta ley igual, pues emanaría de un dios justo, se encontraría de manera
irresistible grabada igualmente en el corazón de todos, y, de un extremo al
otro del universo, todos los hombres, al ser semejantes por ese órgano
delicado, igualmente serían semejantes por el homenaje que rendirían al dio5
que le hubiera dado este corazón, no tendrían más que una manera de amarlo, más
que una manera de adorarlo y servirlo y tan imposible les sería desconocer ese
dios como resistir a la inclinación secreta de su culto. ¿En vez de eso, no veo
en el universo tantos dioses como países; tantas maneras de servir a esos
dioses como diferentes cabezas o diferentes imaginaciones hay? Esta
multiplicidad de opiniones, en la cual físicamente me es imposible elegir,
¿sería, a tu juicio, la obra de un dios justo?. Vamos, predicante, ultrajas a
tu dios al presentármelo de esta manera. Déjame negarlo completamente, pues si
existiera, entonces le ultrajaría menos mi incredulidad que tus blasfemias.
Vuelve a la razón, predicante, tu Jesús no vale más que Mahoma, Mahoma, menos
que Moisés, y estos tres, menos que Confucio, quien, sin embargo, dictó algunos
buenos principios mientras que los otros tres disparataban. Pero, en general,
todos éstos no son más que impostores, de los cuales el filósofo se ha burlado,
y a los cuáles la canalla ha creído, y a los cuales la justicia hubiera debido
ahorcar.
El
Sacerdote
¡Ay de
mí, sólo lo hizo con uno!
EI
Moribundo
Era el
que más lo merecía. Sedicioso, turbulento, calumniador, bribón, libertino,
grosero,farsante y malvado peligroso, poseía el arte de engañar al pueblo y
mereció, por lo tanto, el castigo de un reino en el estado en que se encontraba
entonces el de Jerusalem. Fueron muy prudentes al deshacerse de él, y es quizás
el sólo caso en que mis máximas, extremadamente dulces y tolerantes por lo
demás, admiten la severidad de Temis. Excuso todos los errores, salvo aquellos
que pueden ser peligrosos para el gobierno en que se vive. Los reyes y sus
majestades son las únicas cosas que se me imponen, las únicas que respeto, pues
quien no ama a su país y a su rey, no Es digno de vivir.
El
Sacerdote
Pero, en
fin, admitirás algo después de esta vida, es imposible que tu espíritu no se
haya complacido, algunas veces, en atravesar la espesura tenebrosa de la suerte
que nos espera. ¿Qué sistema puede ser más satisfactorio que el de una multitud
de penas para quien vivió mal y el de una eternidad de recompensas para quien
vivió bien?
El
Moribundo
¿Cuál,
amigo mío? El sistema de la nada nunca me ha espantado: es consolador y simple.
Todos los otros son obra del orgullo, sólo éste lo es de la razón. Por lo
demás, no es ni espantosa ni absoluta esa nada. ¿No tengo ante mi vista el
ejemplo de las generaciones y regeneraciones de la naturaleza? Nada perece,
amigo mío, nada se destruye en el mundo. Hombre hoy, gusano mañana, pasado
mañana mosca, ¿no es siempre existir? ¿Y por qué quieres que me recompensen por
virtudes cuyo mérito no tengo, o me castiguen por crímenes cuyo dueño no he
sido? ¿Puedes conciliar la bondad de tu pretendido dios con este sistema, y
puede él haber querido crearme para darse el placer de castigarme, y esto sólo
a consecuencia de una elección de la que no he sido dueño?
El
Sacerdote
Lo eres.
El
Moribundo
Sí, según
tus prejuicios. Pero la razón los destruye. Y el sistema de la libertad humana
sólo fue inventado para fabricar el de la gracia que llegó a ser tan favorable
a tus desvaríos. ¿Qué hombre en el mundo, si viera el patíbulo junto al crimen,
lo cometería si fuera libre de no cometerlo? Una fuerza irresistible nos
arrastra, y ni por un instante somos dueños de determinarnos por nada que no
esté del lado hacia el cual nos inclinamos. No hay una sola virtud que no sea
necesaria a la naturaleza; y, reversiblemente, ni un solo crimen del que no
tenga necesidad, y toda su ciencia consiste en el perfecto equilibrio en que
mantiene a ambos. ¿Podemos ser culpables del lado hacia el que nos arroje?
Tanto como la avispa que clava su aguijón en tu piel.
El
Sacerdote
Así,
pues, ¿los crímenes más grandes no deben inspirarnos ningún espanto?
El
Moribundo
No he
dicho eso. Basta que la ley lo condene y que la cuchilla de la justicia lo
castigue para que nos inspire la aversión o el terror, pero desde que
desdichadamente se haya cometido, hay que saber tomar su partido y no
entregarse a estériles remordimientos. Su efecto es vano, pues no pudo
preservarnos de él; nulo, pues no lo repara. Es absurdo, pues, entregarse a los
remordimientos, y más absurdo aun temer el castigo en el otro mundo si somos
bastante dichosos de haber escapado al castigo de éste. Dios no quiera que vaya
con esto a estimular el crimen, hay que evitarlo tanto como se pueda, pero es
por la razón que es necesario huirle, y no por falsos temores que no consiguen
nada, y cuyo efecto se destruye tan rápido en una alma firme. La razón amigo
mío- sí, sólo la razón debe advertirnos que perjudicar a nuestros semejantes no
puede jamás hacernos felices, y nuestro corazón, que contribuir a su felicidad
es la mas grande que la naturaleza nos haya acordado en la tierra. Toda moral
humana Se encierra en esta sola frase: hacer a los demás tan felices como uno
mismo desea serlo, y no causarles nunca. un mal que no quisiéramos recibir.
Estos son, amigo mío, estos son los únicos principios que debemos seguir y no
hay necesidad de religión ni de dios para apreciados y admitirlos: Sólo se
necesita un buen corazón. Pero siento que me debilito, predicante, abandona tus
prejuicios sé hombre, sé humano, sin temor y sin esperanza, abandona tus dioses
y tus religiones. Todo esto sólo es bueno para poner cadenas en las manos de
los hombres, y el solo nombre de todos estos horrores ha hecho verter más
sangre en la tierra que todas las otras guerras y plagas juntas. Renuncia a la
idea del otro mundo, no lo hay, pero no renuncies al placer de ser feliz y de
hacer la felicidad en éste. Esta es la única manera que te ofrece la naturaleza
rara duplicar o extender tu existencia. Amigo mío, la voluptuosidad siempre fue
el más querido de mis bienes, le he ofrecido incienso toda mi vida, y quiero
terminarla en sus brazos. Mi fin se aproxima. Seis mujeres más bellas que el
día están en el cuarto vecino, las reservaba para este momento. Toma de ellas
tu parte, trata de olvidar en su seno, a ejemplo mío, todos los vanos sofismas
de la superstición y todo los imbéciles errores de la hipocresía.
NOTA
El
moribundo llamó, las mujeres entraron y el predicante se convirtió en sus
brazos en un hombre corrompido por la naturaleza, por no haber sabido explicar
lo que era la naturaleza corrompida.
CUENTOS
Y FABULAS DEL MARQUES DE
SADE
LA FLOR DEL CASTAÑO
Se supone, yo no lo afirmaría, pero algunos eruditos nos lo
aseguran, que la flor del castaño posee efectivamente el mismo olor que ese
prolífico semen que la naturaleza tuvo a bien colocar en los riñones del hombre
para la reproducción de sus semejantes.
Una tiema damisela, de unos quince años de edad, que jamás había
salido de la casa paterna, se paseaba un día con su madre y con un presumido
clérigo por la alameda de castaños que con la fragancia de las flores
embalsamaban el aire con el sospechoso aroma que acabamos de tomarnos la
libertad de mencionar.
-¡Oh! Dios mío, mamá, ese extraño olor- dice la jovencita a su
madre sin darse cuenta de dónde procedía-. ¿Lo oléis, mamá ... ? Es un olor que
conozco.
-Callaos, señorita, no digáis esas cosas, os lo ruego.
-¿Y por qué no, mamá? No veo que haya nada de malo en deciros
que ese olor no me resulta desconocido y de eso ya no me cabe la menor duda.
-Pero, señorita…
-Pero, mamá, os repito que lo conozco: padre, os ruego que me
digáis qué mal hago al asegurarle a mamá que conozco ese olor.
-Señorita -responde el eclesiástico, acariciándose la papada y aflautando
la voz-, no es que haya hecho ningún mal exactamente; pero es que aquí nos
hallamos bajo unos castaños y nosotros los naturalistas admitimos, en botánica,
que la flor del castaño...
-¿Que la flor del castaño ... ?
-Pues bien, señorita, que huele como cuando se eyacula.
UN OBISPO EN EL ATOLLADERO
Resulta bastante curiosa la idea que algunas personas piadosas
tienen de los juramentos. Creen que ciertas letras del alfabeto, ordenadas de
una forma o de otra, pueden, en uno de esos sentidos, lo mismo agradar
infinitamente al Eterno como, dispuestas en otro, ultrajarle de la forma más
horrible, y sin lugar a dudas ese es uno de los más arraigados prejuicios que
ofuscan a la gente devota.
A la categoría de las personas escrupulosas en lo que respecta a
las "b" y a las "f" pertenecía un anciano obispo de
Mirepoix que a comienzos de este siglo pasaba por ser un santo; cuando un día
iba a ver al obispo de Pamiers su carroza se atascó en los horribles caminos
que separan esas dos ciudades: por más que lo intentaron los caballos no podían
hacer más.
-Monseñor exclamó al fin el cochero a punto de estallar-,
mientras permanezcáis ahí mis caballos no podrán dar un paso.
-¿Y por qué no? -contestó el obispo.
-Porque es absolutamente necesario que yo suelte un juramento y
Vuestra Ilustrísimo se opone a ello; así, pues, haremos noche aquí si Ella no
me lo permite.
-Bueno, bueno contesto el obispo, zalamero, santiguándose-,
jurad, pues, hijo mío, pero lo menos posible.
El cochero blasfema, los caballos arrancan, monseñor sube de
nuevo... y llegan sin novedad.
¡QUE ME ENGAÑEN SIEMPRE ASI!
Hay pocos seres en el mundo tan libertinos como el cardenal
de..., cuyo nombre, teniendo en cuenta su todavía sana y vigorosa existencia,
me permitiréis que calle. Su Eminencia tiene concertado un arreglo, en Roma,
con una de esas mujeres cuya servicial profesión es la de proporcionar a los
libertinos el material que necesitan como sustento de sus pasiones; todas las
mañanas le lleva una muchachita de trece o catorce años, todo lo más,, pero con
la que monseñor no goza más que de esa incongruente manera que hace, por lo
general, las delicias de los italianos, gracias a lo cual la vestal sale de las
manos de Su Ilustrísimo poco más o menos tan virgen como llegó a ellas, y puede
ser revendida otra vez como doncella a algún libertino más decente. A aquella
matrona, que se conocía perfectamente las máximas del cardenal, no hallando un
día a mano el material que se había comprometido a suministrar diariamente, se
le ocunió hacer vestir de niña a un guapísimo niño del coro de la iglesia del
jefe de los apóstoles; le peinaron, le pusieron una cofia, unas enaguas y todos
los atavíos necesarios para convencer al santo hombre de Dios. No le pudieron
prestar, sin embargo, lo que le habría asegurado verdaderamente un parecido
perfecto con el sexo al que tenía que suplantar, pero este detalle preocupaba
poquísimo a la alcahueta... «En su vida ha puesto la mano en ese sitio
comentaba ésta a la compañera que la ayudaba en la superchería-; sin ninguna
duda explorará única y exclusivamente aquello que hace a este niño igual a todas
las niiñas del universo; así, pues, no tenemos nada que temer ... »
Pero la comadre se equivocaba. Ignoraba sin duda que un cardenal
italiano tiene un tacto demasiado delicado y un paladar demasiado exquisito
como para equivocarse en cosas semejantes; comparece la víctima, el gran
sacerdote la inmola, pero a la tercera sacudida:
-¡Per Dio santo! -exclama el hombre de Dios-. ¡Sono ingannato,
quésto bambino ragazzo, mai non fu putana!
Y lo comprueba... No viendo nada, sin embargo, excesivamente
enojoso en esta aventura para un habitante de la ciudad santa, Su Eminencia
sigue su camino diciendo tal vez como aquel campesino al que le sirvieron
trufas en lugar de patatas: «¡Qué me engañen siempre así!» Pero cuando la
operación ha terminado:
-Señora -dice a la dueña-, no os culpo por vuestro error.
-Perdonad, monseñor.
-No, no, os repito, no os culpo por ello, pero si esto os vuelve
a suceder no dejéis de advertírmelo, porque... lo que no vea al principio lo
descubriré más adelante.
MARQUES DE SADE - EL
FINGIMIENTO FELIZ (O LA FICCION AFORTUNADA)
Hay
muchísimas mujeres que piensan que con tal no llegar hasta el fin con un
amante,
pueden al menos permitirse, sin ofender a su esposo, un cierto comercio de
galantería, y a menudo esta forma de ver las cosas tiene consecuencias más
peligrosas que si su caída hubiera sido completa. Lo que le ocurrió a la
marquesa de Guissac, mujer de elevada posición de Nimes, en el Languedoc, es
una prueba evidente de lo que aquí proponemos como máxima.
Alocada,
aturdida, alegre, rebosante de ingenio y de simpatía, la señora de Guissac
creyó que ciertas cartas galantes, escritas y recibidas por ella y por el barón
Aumelach, no tendrían consecuencia alguna, siempre que no fueran conocidas y
que si, por desgracia, llegaban a ser descubiertas, pudiendo probar
su
inocencia a su marido, no perdería en modo alguno su favor. Se equivocó...
El señor
de Guissac, desmedidamente celoso, sospecha el intercambio, interroga a una
doncella, se apodera de una carta, al principio no encuentra en ella nada que
justifique sus temores, pero si mucho más de lo que necesita para alimentar sus
sospechas, coge una pistola y un vaso de limonada le irrumpe como un poseso en
la habitación de su mujer...
- Señora,
he sido traicionado -le ruge enfurecido-; leed este billete: él me lo aclara,
ya no hay tiempo para juzgar, os concedo la elección de vuestra muerte.
La
marquesa se defiende, jura a su marido que está ,equivocado, que puede ser, es
verdad, culpable de una imprudencia, pero que no lo es, sin lugar a duda, de
crimen alguno.
- ¡Ya no
me convenceréis, pérfida! -le contesta el marido furibundo-, ¡ya no me
convenceréis!
Elegid rápidamente o al instante esta arma os privará de la luz
del día.
La
desdichada señora de Guissac, aterrorizada, se decide por el veneno; toma la
copa y lo bebe.
-
¡Deteneos! le dice su esposo cuando ya ha bebido parte-, no pereceréis sola;
odiado
por vos, traicionado por vos, ¿qué querríais que hiciera yo en el mundo?
-y tras
decir esto bebe lo que queda en el cáliz.
- ¡Oh,
señor! -exclama la señora de Guissac-. En terrible trance en que nos
habéis
colocado a ambos, no me neguéis un confesor ni tampoco el poder abrazar por
última vez a mi padre y a mi madre.
Envían a
buscar enseguida a las personas que esta desdichada mujer reclama, se arroja a
los brazos de los que le dieron la vida y de nuevo protesta que no es
culpable
de nada. Pero, ¿qué reproches se le pueden hacer a un marido que se cree
traicionado y que castiga a su mujer de tal forma que él mismo se sacrifica?
Sólo queda la desesperación y el llanto brota de todos por igual.
Mientras
tanto llega el confesor...
- En este
atroz instante de mi vida -dice la marquesa- deseo, para consuelo de
mis
padres y para el honor de mi memoria hacer una confesión pública y empieza a
acusarse en voz alta de todo aquello que su conciencia le reprocha desde que
nació.
El
marido, que está atento y que no oye citar al barón de Aumelach, convencido
de que en
semejante ocasión su mujer no se atrevería a fingir, se levanta rebosante de
alegría.
¡Oh, mis
queridos padres! -exclama abrazando al mismo tiempo a su suegro y a su suegra-,
consolaos y que vuestra hija me perdone el miedo que la he hecho pasar, tantas
preocupaciones me produjo que es lícito que le devuelva unas cuantas. No hubo
nunca ningún veneno en lo que hemos tomado, que esté tranquila; calmémonos
todos y que por lo menos aprenda que una mujer verdaderamente honrada no sólo
no debe cometer el mal, sino que tampoco debe levantar sospechas de que lo
comete.
La
marquesa tuvo que hacer esfuerzos sobrehumanos para recobrarse de su estado; se
había sentido envenenada hasta tal punto que el vuelo de su imaginación le
había ya hecho padecer todas las angustias de muerte semejante. Se pone en pie
temblorosa, abraza a su marido; la alegría reemplaza al dolor y la joven esposa
bien escarmentada por esta terrible escena, promete que en el futuro sabrá
evitar hasta la más pequeña apariencia de infidelidad. Mantuvo su palabra y
vivió más de treinta años con su marido sin que éste tuviera nunca que hacerle
el más mínimo reproche.
Marqués de Sade - El
marido complaciente
Toda
Francia terminó por saber que el príncipe de Bauffremmont tenía más o menos los
mismos gustos del cardenal del que acabamos de hablar. Le habían concedido por
esposa a una señorita muy novata, a la que, según la costumbre, no habían
aleccionado hasta la víspera.
- Sin más
explicación – dijo la madre -, porque la decencia no me permite entrar
en
ciertos detalles, hay una sola cosa que debo recomendarte, hija mía; desconfía
de las primeras proposiciones que te haga tu marido, y dile con
firmeza:
no, señor, de ningún modo es por allí por donde se posee a una mujer
honesta;
por cualquier otro lado, tanto como le guste, pero por allí no, por cierto...
Se
acuestan, y por principio de pudor y honestidad que no le habían siquiera
sospechado, el príncipe, queriendo hacer las cosas en regla por lo menos la
primera vez, ofrece a su mujer sólo los castos placeres del himeneo pero la
jovencita
bien instruida, se acuerda de la lección:
- ¿Por
quién me toma, señor? – le dice -, ¿se pensó usted que yo consentiría en tales
cosas? Por cualquier otro lado, tanto como le guste, pero por allí no, por
cierto...
- Pero,
señora...
- No,
señor, es en vano, nunca va a conseguir que consienta.
- Pues
bien, señora, hay que satisfaceros – dijo el príncipe, apoderándose de
los
altares que le eran caros -; me disgustaría mucho que se dijera que alguna
vez quise
desagradarle.
Y que
vengan ahora a decirnos que no vale la pena instruir a las chicas sobre lo que
deberán dar algún día a sus maridos.
MARQUES DE SADE - EL
PRECEPTOR FILOSOFO
De todas
las ciencias que se inculcan a un niño cuando se trabaja en su educación, los
misterios del cristianismo, aun siendo sin duda una de las materias más
sublimes de esta educación, no son, sin embargo, las que se introducen con
mayor facilidad en su joven espíritu. Persuadir, por ejemplo, a un muchacho de
catorce o quince años de que Dios padre y Dios hijo no son sino uno, que el
hijo es consustancial a su padre y que el padre lo es al hijo, etc., todo esto,
por necesario que sea no obstante para la felicidad de la vida es más difícil
de hacer comprender que el álgebra y cuando se quiere tener éxito, uno se ve
obligado a emplear ciertas equivalencias físicas, ciertas explicaciones
materiales que, por desproporcionadas que sean, facilitan, sin embargo, a un
muchacho la comprensión de la misteriosa materia.
Nadie
estaba tan plenamente convencido de este método como el padre Du Parquet,
preceptor del condesito de Nerceuil, que tenía unos quince años de edad y el
rostro más hermoso que fuera posible contemplar.
- Padre
-decía día tras día el joven conde a su preceptor-, de verdad que la
consustancialidad está por encima de mis fuerzas, me es absolutamente
imposible concebir que dos personas puedan convertirse en una sola: aclaradme
ese misterio, os lo suplico, o ponedlo al menos a mi alcance.
El
virtuoso eclesiástico, deseoso de tener éxito en su educación, contento de
poder facilitar a su discípulo todo aquello que un día pudiera hacer de él un
hombre de provecho, ideó un procedimiento bastante satisfactorio para allanar
las
dificultades que hacían cavilar al conde, y este procedimiento, tomado de la
naturaleza
necesariamente, tenía que resultar bien. Hizo venir a su casa a una
jovencita
de trece a catorce años y tras asesorarla convenientemente la unió a
su joven
discípulo.
Y bien
-le pregunta-, amigo mío, ¿entendéis ahora el misterio de la
consubstancialidad? ¿Comprendéis ya con menos dificultad que es posible que dos
personas se conviertan en una sola?
-Oh, Dios
mío, claro que sí, padre -responde el encantador energúmeno-; ahora lo entiendo
todo con una facilidad sorprendente. No me extraña que ese misterio
constituya,
según se dice, toda la alegría de los seres celestiales, pues es agradabilísimo
divertirse haciendo de dos uno solo.
Algunos
días más tarde el joven conde rogó a su preceptor que le diera otra lección,
pues pretendía que había aún algo en el misterio que no comprendía bien y que
no podría explicarse más que celebrándolo una vez más en la forma en que ya lo
había hecho. El complaciente clérigo, a quien esta escena divertía
probablemente
tanto como a su alumno, hace volver a la muchachita y la lección vuelve a
empezar, pero esta vez el clérigo, singularmente emocionado por el delicioso
panorama que ofrecía a sus ojos el guapo muchacho de Nerceuil
consubstanciándose con su compañera, no pudo resistirse a intervenir en la
explicación de la parábola evangélica y las bellezas que con ese motivo
recorren sus manos acaban por inflamarle totalmente.
Me parece
que esto va demasiado de prisa -exclama Du Parquet, agarrando al
condesito
por la cintura-, excesiva elasticidad en los movimientos, por lo que resulta
que no siendo tan íntima la conjunción no refleja adecuadamente la imagen del
misterio que hay que demostrar aquí... Si nos ponemos, exacto de esta forma
-prosigue el pícaro, obsequiando a su joven discípulo con lo mismo que éste
ofrece a la muchacha.
¡Ah! Dios
mío, ¡que me hacéis daño, padre! -exclama el muchacho-. Y además esta ceremonia
me parece inútil. ¿Qué otra cosa me enseña sobre el misterio?
-¡Oh
diablos! -contesta el eclesiástico, balbuceando de placer-. ¿Pero no ves, amigo
mío, que te lo enseño todo de una vez? Esto es la Trinidad, hijo mío…
Hoy te
estoy explicando la Trinidad, cinco o seis lecciones más y serás doctor de la
Sorbona.
EUGENIA DE FRANVAL
Historia trágica
D. A. F. Marqués de Sade
(Colaboraron
en la revisión de este texto: Marta Sancho, Raquel Sandoz, Loreto
Paredes y Héctor Montecino)
(c) Proyecto
Espartaco 2000 – 2001
(http://www.espartaco.cjb.net)
El único
motivo que nos mueve a escribir esta historia es la instrucción de la humanidad
y el mejoramiento de su modo de vida. Es de desear que todos los lectores
descubran el enorme peligro que siempre corren aquellos que hacen lo que
quieren para satisfacer sus deseos. Que puedan convencerse que la buena
crianza, las riquezas, el talento y las dotes naturales sólo sirven para
desviar al individuo cuando la limitación, la buena conducta, la sabiduría y la
modestia no están allí para sostenerlos o utilizarlos de la mejor manera: éstas
son las verdades que vamos a llevar a la acción. Que no sean perdonados los
detalles poco naturales del horrible delito que nos veremos obligados a
relatar; ¿acaso es posible que estas desviaciones sean detestables si uno tiene
la valentía de presentarlas abiertamente?
Es raro
que en un mismo ser todo armonice para conducirlo a la prosperidad; si ha sido
favorecido por la naturaleza, la fortuna le niega sus dones; si la fortuna es
liberal con sus favores, la naturaleza lo trata mal; pareciera que la mano del
Cielo deseara mostrarnos que en cada individuo, como en sus acciones más
sublimes, las leyes del equilibrio son las primeras del Universo, las que
simultáneamente regulan todo lo que pasa, todo lo que vegeta y respira.
Franval,
que vivía en París, donde había nacido, poseía, además de una renta de
400.000
libras, la más hermosa figura, el rostro más agradable y los más variados
talentos; pero por debajo de este exterior atractivo yacían ocultos todos los
vicios, y lamentablemente aquellos cuya adopción e indulgencia habitual
conducen tan rápidamente al delito. La imaginación más libre que nadie pudiera
detallar era el primer defecto de Franval; hombres de su calidad no se
enmiendan, la declinación del poder los empeora; cuanto menos puedan hacer,
tanto más emprenden; cuanto menos logran, tanto más inventan; cada edad acarrea
nuevas ideas, y la saciedad, lejos de enfriar su ardor, sólo prepara el camino
para refinamientos más fatales.
Como
decíamos, Franval poseía en cantidad todas las amenidades de la juventud, todos
los talentos que la realzan, pero puesto que mostraba el mayor desdén por las
obligaciones morales y religiosas, fue imposible que sus tutores le hicieran
adoptar ninguno de ellos.
En un
siglo en que los libros más peligrosos están en manos de los niños como en
las de
sus padres y
maestros, cuando la temeridad de
la contumacia se considera filosofía, la falta de creencia,
fortaleza y la licencia, imaginación, el ingenio del joven Franval era recibido
con risa, poco después se lo reprendía por el mismo, y finalmente se lo
elogiaba. El padre de Franval, gran partidario del ergotismo de moda, era el
primero en impulsar a
su hijo para
que pensara seriamente en estos
asuntos; él mismo
le facilitaba todos los trabajos que pudieran corromperlo más
rápidamente; ¿qué maestro
hubiera
osado, después de esto, inculcarle principios diferentes a los de la casa donde
estaba obligarlo a agradar?
Pero
Franval perdió a sus padres cuando todavía era muy joven, y a la edad de
diecinueve años un viejo tío, quien murió poco después, le asignó al arreglar
su casamiento, todas las posesiones que algún día iban a pertenecerle.
Monsieur
de Franval, con semejante fortuna, pronto encontraría una esposa; un número
infinito de candidatas se presentó personalmente, pero puesto que él solicitó
al tío de entregarle solamente un niña más joven que él, y con la menor
cantidad posible de gente que la rodeara, el anciano pariente, para satisfacer
a su sobrino, hizo recaer su elección sobre cierta mademoiselle de Farneille,
hija de un financista, quien sólo tenía su madre, todavía joven, pero con
60.000 libras de renta; la niña tenía quince años y poseía la más deliciosa
fisonomía de París en aquel tiempo... uno de esos rostros virginales, en los
que la inocencia y el encanto se funden en los trazos delicados del amor y las
gracias... delgado cabello rubio flotaba hasta más abajo de su cintura, enormes
ojos azules que expresaban ternura y modestia, una figura estilizada, flexible
y grácil, con una piel color de lila y la frescura de la. rosas, talentosa, de
vívida imaginación, pero con cierto aire de tristeza, algo de esa suave
melancolía que lleva al amor por los libros y la soledad; atributos éstos que
la naturaleza sólo parece otorgar a los individuos a quienes su mano conduce a
la desdicha, como para hacerla menos amarga, a través de la sobria y
emocionante voluptuosidad que ellos experimentan al sentirla, y que los hace
preferir las lágrimas al goce frívolo de la felicidad, mucho menos efectivo y
penetrante.
Madame de
Farneille, quien contaba con treinta y dos años cuando su hija casó, también
era espiritual y atractiva, pero quizá demasiado reservada y severa; puesto que
ansiaba la felicidad de su única hija, consultó a París entero acerca de esta
unión; y dado que ya no tenía parientes y sus únicos consejeros eran algunos de
los viejos amigos para quienes todo era indiferente, la gente la convenció de
que el joven que se ofrecía a su hija, era, sin lugar a dudas el mejor que
podría encontrar en París, y que cometería una locura imperdonable si no
consentía la unión; por lo tanto ésta se celebró, y los jóvenes, que eran lo
suficientemente ricos para tener su propia casa, se instalaron en ella de
inmediato.
En el
corazón del joven Franval no había cabida para los vicios de la frivolidad, es
decir, el desasosiego y la estupidez que impiden que un hombre se desarrolle
plenamente antes de los treinta años. Se conocía a sí mismo perfectamente,
gustaba del orden y era perfectamente capaz de llevar adelante una casa.
Franval poseía todas las cualidades necesarias para este aspecto del placer de
la vida. Sus vicios, de una especie totalmente diferente eran antes bien los
errores de la madurez que la incoherencia de la juventud... astucia,
intriga..., malicia, bajeza, egoísmo, mucha diplomacia y ardid, mientras que
todo estaba oculto no sólo por las gracias y talentos ya mencionados sino
también por la
elocuencia,
el ingenio infinito y por el aspecto exterior más seductor. Este es el hombre
que vamos a estudiar.
Mademoiselle
de Farneille, quien, de acuerdo con la usanza, sólo había conocido a su marido
a lo sumo un mes antes de atarse a él, engañada por su falso brillo, había
quedado prendada con él; los días no eran lo suficientemente largos para el
placer de contemplarlo, lo idolatraba, y las cosas habían llegado a alcanzar el
punto en que la gente hubiera temido por esta joven persona si algún obstáculo
se hubiera interpuesto entre ella y el casamiento, en el que ella decía
encontrar la única felicidad de la vida.
En cuanto
a Franval, tenía ideas filosóficas acerca de las mujeres, como acerca de todas
las cosas de la vida, y consideró a esta exquisita persona con absoluta
frialdad.
“La mujer
que nos pertenece – solía decir –, es una especie de individuo a quien la
costumbre ha subordinado a nosotros; debe ser gentil y sumisa... muy recatada,
no es que me lleguen los prejuicios de la deshonra que una mujer puede traernos
cuando imita nuestra licencia, pero a uno
no le agrada la idea de ver que
alguien contemple la remoción de nuestros derechos; todo el resto es inmaterial
y no agrega nada a la felicidad.”
Cuando un
marido piensa de
esta suerte, es
fácil profetizar que
no son precisamente rosas las que
se reservan a la desdichada niña que se une a él.
Madame de
Franval, honorable, sensible y bien educada, se anticipaba por amor a los
deseos del único hombre en el mundo que la ocupara; llevó las cadenas durante
los primeros años sin sospechar su esclavitud, no le resultaba difícil ver que
sólo estaba sembrando en el campo del matrimonio, pero era muy feliz con lo que
le daban, y sus únicos cuidados y mejores atenciones tenían por finalidad que
durante los breves momentos concedidos a su afecto, Franval pudiera por lo
menos encontrar todo lo que ella consideraba necesario para la felicidad de su
amado esposo.
La mejor
prueba de todas, sin embargo, que Franval no excluyó de sus obligaciones, fue
que durante el primer año de matrimonio su mujer, que entonces tenía dieciséis
años, dio a luz una niña más hermosa aún que su madre, y a quien su padre
llamó, de inmediato... Eugenia, simultáneamente horror y milagro de la
naturaleza,
Monsieur
de Franval, quien, tan pronto como la niña nació, trazó sin duda sobre ella los
más detestables designios, la separó inmediatamente de su madre. Hasta la edad
de siete años, Eugenia fue confiada a los cuidados de mujeres de quienes
Franval estaba seguro, que limitaron su dedicación a formar una buena
complexión y enseñarle a leer, tuvieron buen cuidado de no darle conocimientos de religión o principios morales, acerca de los cuales, una
niña de su edad debe ser instruida.
Madame de
Farneille y su hija, muy sorprendidas por esta conducta, se la reprocharon a
Monsieur de Franval; él respondió flemáticamente que puesto que sus planes eran
hacer feliz a su hija, no quería forzarla con fantasías que sólo logran
atemorizar a la gente sin serles útiles; que una cuya única necesidad era
aprender a agradar, podía prescindir de esas tonterías, cuya existencia
imaginaria, al perturbar la calma de su vida, no le daría ninguna verdad moral
adicional ni gracia física. Tales observaciones provocaron enorme desagrado en
madame de Farneille, quien, al mismo tiempo que se alejaba de los placeres de
este mundo, pensaba cada vez más en el paraíso. La devoción es una debilidad
que depende de la edad y la salud. Cuando las pasiones se hallan en su cumbre,
el futuro que uno cree muy distante generalmente no preocupa, pero cuando su
lengua es menos viva, cuando nos acercamos al final... cuando todos nos
abandona, volvemos a refugiarnos en el seno de Dios que oímos mencionar en la
niñez, y, si de acuerdo con los filósofos estas últimas ilusiones son tan
fantásticas como las otras, por lo menos, no son tan peligrosas.
Como la
suegra de Franval ya no tenía parientes, poca reputación, y a lo sumo, como ya
dijimos, unos pocos amigos casuales... quienes evitaban asumir
responsabilidades si se los ponía a prueba, al tener que luchar en contra de un
yerno joven y bien
ubicado, imaginó sensatamente
que era más
simple mantener las apariencias que tomar medidas estrictas
con un hombre que arruinaría a la madre y encerraría a la hija si se atrevían a
enfrentarlo; madame de Franval sólo aventuró unas pocas observaciones y guardó
silencio cuando vio que con esto no lograba nada.
Franval,
seguro de su superioridad, al ver que era temido, pronto renunció a todos los
escrúpulos en lo concerniente a todo, y a la vez que se contentaba con algunas
reticencias, simplemente a causa del público, se encaminó directamente a su
horrible objetivo.
Tan
pronto como Eugenia tuvo siete años, Franval la llevó a su mujer, y esta madre
amante, que no había visto a la niña desde que la había puesto en el mundo, al
no poder llenarla de caricias, la retuvo dos horas apretada contra su pecho,
cubriéndola de besos y bañándola con sus lágrimas. Quería saber qué talentos
poseía, pero Eugenia no tenía ninguno salvo leer de corrido, una salud robusta
y ser angelicalmente hermosa. Madame de Franval volvió a sumirse en la
desesperación al darse cuenta que era verdad que su hija no tenía la menor idea
de los primeros principios religiosos.
“¿Qué es
esto, señor? – le dijo a su marido –, acaso la estáis formando sólo para este
mundo? ¿No os dignaréis reflexionar que sólo vivirá en él por un momento, como
nosotros, y luego se sumergirá en la eternidad, que será sin duda fatal si la
priváis de aquello que pueda hacerle gozar allí de un destino feliz a los pies
del Ser que le dio la vida?”
“Si
Eugenia nada sabe, madame – contestó Franval –, si estas máximas se le ocultan
cuidadosamente, no podría ser infeliz; puesto que si son verdaderas, el Ser
Supremo es demasiado justo como para castigarla por su ignorancia, y si son
falsas,
¿para qué
mencionárselas? En cuanto a las otras necesidades de su educación, tened
confianza en mí, os lo ruego; a partir de hoy seré su maestro y, os aseguro que
dentro de pocos años, vuestra hija habrá dejado atrás a los niños de su edad.”
Madame de
Franval trató de insistir invocando la elocuencia del corazón para que apoyara
a la de la razón, mientras derramaba algunas lágrimas; pero Franval, que no se
dejaba conmover, ni tan siquiera pareció notarlas; hizo que retiraran a Eugenia
y dijo a su esposa que si de alguna manera consideraba contraproducente la
educación que él esperaba dar a su hija, o si le sugería principios diferentes
a aquellos que él se había propuesto inculcarle, la privaría del poder de ver a
la niña, y enviaría a ésta a uno de sus castillos del que nunca volvería a
salir. Madame de Franval que se había acostumbrado a la sumisión, guardó
silencio, imploró a su marido que no la separara de tan preciado tesoro, y
prometió, mientras lloraba, no inmiscuirse en forma alguna en la educación que
se le estaba preparando.
A partir
de ese momento, mademoiselle de Franval fue ubicada en una hermosa dependencia
contigua a la de su padre, con una gobernanta muy inteligente, una
subgobernanta, una camarera y dos niñas de su edad, quienes estaban allí sólo
para solaz. Se le pusieron maestros de escritura, dibujo, poesía, historia
natural, declamación, geografía, astronomía, anatomía, griego, inglés, alemán,
italiano, junto con instructores para el manejo de armas, baile, equitación y
música Eugenia se levantaba todos los días a la siete de la mañana; cualquiera
fuera la estación corría por el jardín mientras comía un enorme trozo de pan de
centeno, que formaba su desayuno; entraba a las ocho, pasaba un momento en la
dependencia de su padre. mientras éste jugaba con ella o le enseñaba algunos
juegos de sociedad; hasta las nueve se preparaba para el trabajo; a esa hora
llegaba el primer maestro y recibía a otros cinco antes de las dos de la tarde.
Comía por separado con sus dos amigas y la principal gobernanta. La comida
consistía de verduras, pescado, pasteles y frutas, nunca carne, sopa, vino,
licores o café Desde las tres hasta las cuatro, Eugenia volvía a salir al
jardín para jugar una hora con sus amiguitas, jugaban juntas al tenis, juegos
de pelota, de bolos, de raqueta y volante, o a las carreras; usaban ropa cómoda
según la estación; nada apretaba sus cinturas, nunca se ceñían con esos
ridículos corsés, que son tan perjudiciales para el estómago como para el
pecho, y que al obstaculizar la respiración de una persona joven terminan por
dañar los pulmones. De cuatro a seis mademoiselle de Franval recibía más
maestros; y como no todos podían hacer su aparición en veinticuatro horas, los
restantes venían en el día siguiente. Tres veces por
semana, Eugenia iba
al teatro con
su padre; se
sentaba en una
caja emparrillada que le alquilaban por todo el año. A las nueve
regresaba a la casa y cenaba sólo frutas y verduras. De diez a once, cuatro
veces por semana, Eugenia jugaba con las mujeres, leía algunas novelas y luego
se acostaba. Los otros tres días, cuando Franval no cenaba afuera, Eugenia iba
a su dependencia y empleaba el tiempo en lo que Franval denominaba sus
“lecturas”. Durante este tiempo, él le inculcaba a la niña sus máximas
sobre
moral y religión; por un lado le mostraba lo que algunas personas pensaban
sobre estos asuntos y por otro le exponía lo que él aceptaba personalmente.
Como
tenía mucho ingenio, una inteligencia vivaz y pasiones despiertas, es fácil
juzgar el progreso que tales ideas tuvieron en la mente de Eugenia; pero como
el objeto del indigno Franval
no era solamente
fortalecer la mente,
sus lecturas rara
vez terminaban sin despertar las emociones; y este hombre horrible había
descubierto con tanta habilidad los medios de complacer a su hija, la seducía
con tanto arte, tan imprescindible se hacía en su instrucción y recreo, con
tanto ardor se anticipaba a todo lo que pudiera complacerla, que Eugenia, en
medio de los más brillantes círculos, no encontraba a nadie tan atractivo como
su padre, y aún antes que este último se explicara, la inocente y débil
criatura había acumulado en su joven corazón todos los sentimientos de amor,
gratitud y afecto, que necesariamente deben conducir al más ardiente deseo;
para ella, Franval era el único hombre en el mundo, sólo distinguía a él, se
rebelaba ante la idea de que algo pudiera separarla de él, le hubiera dado no sólo
su honor, sus encantos – puesto que estos sacrificios hubieran parecido
demasiado leves para el conmovedor objeto de su idolatría – sino también su
sangre, hasta su vida, si este tierno compañero de su alma lo hubiera pedido.
No era
éste el caso en cuanto concernía a los sentimientos de mademoiselle de
Franval para con
su digna y
desdichada madre. Astutamente
su padre le dijo
que madame de Franval, al ser su esposa, le exigía mucha atención, lo
cual hacía a veces imposible que él pudiera hacer por su querida Eugenia todo
lo que sus sentimientos le dictaban; había descubierto el secreto de inculcar
en el corazón de la joven mucho más odio y celo que los respetables y
afectuosos sentimientos que podía despertar madre semejante.
“Amigo
mío, hermano mío – solía decir Eugenia a su padre, quien no quería que su hija
empleara otras expresiones para con él –, ...esa mujer a quien llamáis vuestra
esposa, esa criatura, quien, según vos, me trajo al mundo, debe ser muy
exigente, puesto que al quereros siempre a su lado, me priva de la felicidad de
pasar mi vida con vos... Lo veo claramente, la preferís a vuestra Eugenia. Por
lo que a mí respecta, nunca amaré nada que aparte de mi vuestro corazón.”
“Mi
querida amiga – contestaba Franval –, no, nadie en el mundo logrará adquirir
derechos tan poderosos como los vuestros; los lazos que existen entre esa mujer
y vuestro mejor amigo son la consecuencia de la costumbre y las convenciones
sociales; los observo a la luz filosófica, y nunca lograrán afectar a los que
nos unen... siempre seréis la preferida, Eugenia; seréis el ángel y la luz de
mis días, el núcleo de mi alma y el propósito de mi existencia.”
"¡Oh, cuán
dulces son esas
palabras! – contestaba
Eugenia –, repetidlas
a, menudo, amigo mío...
Si supierais cuán
placenteras son para
mí vuestras manifestaciones de
ternura.”
Tomaba la
mano de Franval y la apretaba contra su corazón. “Sí, sí, las siento todas
aquí” – proseguía.
“Vuestras tiernas
caricias me lo
confirman” – agregaba
Franval, mientras la tomaba entre sus brazos... Y de esta
forma, sin el menor remordimiento, el traidor completaba la seducción de la
desgraciada niña.
Sin
embargo, Eugenia llegaba ya a su decimocuarto año, el momento en que
Franval
deseaba consumar su crimen. Y así lo hizo. ¡Estremezcámonos!
En el
mismo día en que llegó a esta edad o mejor dicho, cuando completó su décimo
cuarto año, ambos estaban en el campo, sin parientes presentes ni nadie q«e los
molestara. Aquel día, el Conde, habiendo hecho vestir a su hija como las
vírgenes que en el pasado se consagraban en el templo de Venus, la condujo, a
las once de la mañana a un salón
voluptuosamente decorado, donde
la luz del día entraba
tamizada por cortinas de gasa y
los muebles estaban sembrados de flores, En el centro se erigía un trono de
rosas; Franval condujo a su hija hacia él.
“Eugenia”, le dijo mientras la sentaba
en él, sed hoy reina de mi
corazón y dejadme que os adore sobre mis rodillas”.
“Adoradme,
hermano mío, cuando todo os lo debo, cuando me criasteis y educasteis! Dejadme antes bien que caiga a vuestros pies,
es el lugar que me corresponde, y frente a vos, el único a que aspiro.”
“¡Oh, tierna Eugenia! ; dijo el Conde mientras se
sentaba a su lado sobre los almohadones sembrados de flores que iban a servir a
su trabajo, “si es verdad que me debéis algo, si realmente los sentimiento que
guardáis para conmigo son tan sinceros
como decís, ¿conocéis la forma de convencerme de los mismos?'’
¿Cómo,
hermano mío? Decídmela de inmediato que comprenderé.”
“Todos
esos encantos, Eugenia, con que la naturaleza os ha dotado tan
generosamente, todas las
atenciones con que
os ha embellecido,
deben serme sacrificados de
inmediato.”
“¿Pero qué me pedís? ¿No sois acaso el amo de todo?
¿No os pertenece vuestra creación, puede alguien que no seas vos disfrutar de
muestra obra?”
“Tened en
cuenta los prejuicios de los hombres...” “De ninguna manera me los habéis
ocultado.”
“Por lo
tanto, no quiero ir en contra de ellos sin vuestro consentimiento.” "¿No
los despreciáis tanto como yo?”
“Ciertamente, mas
no quiero tiranizaros,
y mucho menos seduciros; quiero recibir los favores que persigo, por
amor. Sabéis como es el mundo, no os he ocultado ninguno de sus atractivos.
Esconder los hombres a vuestra vista, no dejaros ver a nadie excepto a mí,
hubiera significado una decepción indigna de mí; si existe en el universo un
ser a quien preferís a mí, nombradlo de inmediato, iré hasta el fin del mundo
para encontrarlo y conducirlo a vuestros brazos sin tardía. En realidad es
vuestra felicidad la que persigo, ángel
mío, vuestra felicidad mucho más
que la propia. Los dulces placeres que podéis otorgarme nada
significarían si no fueran el precio
de vuestro amor. Por lo tanto, decidid vos, Eugenia. Ha llegado el
momento en que habéis de ser sacrificada, debéis serlo. Pero vos misma debéis
nombrar al hombre que llevará a cabo el sacrificio, rechazo los placeres que
ese titulo me asegura si no los recibo de vuestro corazón, y si no soy yo a
quien, preferís, siempre seré digno de vuestros sentimientos si os traigo a
aquel a quien podáis amar. Si no he podido cautivar vuestro corazón, por lo
menos habré merecido vuestro afecto; y seré el amigo de Eugenia al no haber
podido ser su amante.”
“Seréis
todo, hermano, seréis todo”, dijo Eugenia, ardiente de amor y deseo. '”¿A quién
queréis que me sacrifique, si no es al único hombre que adoro? ¿Qué otro ser en
el universo puede ser más digno que vos de estos pobres encantos que deseáis...
y que vuestras manos ardientes ya acarician
con vehemencia? ¿No veís en el fuego que me consume que estoy tan
ansiosa como vos de experimentar el placer de que me habláis. Ah, tomadme,
tomadme, hermano amante, mi mejor amigo, haced de Eugenia vuestra víctima; sacrificada
por vuestras caras manos, siempre será victoriosa.”
El
ardiente Franval, quien, de acuerdo con su carácter, se había armado de tanta
delicadeza para seducirla con más fineza, pronto aprovechó la credulidad de su
hija, y con todos los obstáculos puestos de lado, tanto por los principios con
los que había nutrido a esa alma abierta
a todo tipo de impresiones, como por el arte con el que la había
cautivado en el último momento, completó su pérfida conquista, e impunemente
destruyó la virginidad que por naturaleza
y derecho, era su responsabilidad defender.
Varios
días pasaron en mutua embriaguez. Eugenia, quien tenía la edad suficiente
como para conocer
los placeres del
amor, era alentada
por sus métodos
y se abandonaba a él con entusiasmo. Franval la inició en todos los misterios del amor y
proyectó todas sus rutas; cuanto más aumentaba su adoración, tanto más
esclavizaba su
conquista
Ella hubiera deseado recibirlo en mil templos al mismo tiempo, mientras lo
acusaba de no permitir que su
imaginación se extraviara lo suficiente;
creía que él le ocultaba algo. Se lamentó de su corta edad e ingenuidad que
quizá no la hicieran lo suficientemente seductora; y si pedía más instrucción era para
que ningún medio de excitar a su amante fuera desconocido por ella.
Regresaron
a París, pero los placeres criminales que habían embriagado a este hombre
perverso, habían dado demasiados goces deliciosos a sus facultades físicas y
morales como para
que la inconstancia
que generalmente destruía
todas sus otras intrigas, rompiese los lazos de ésta.
Se enamoró desesperadamente, y esta pasión peligrosa condujo inevitablemente al
más cruel abandono de su esposa... ¡Ay, pobre víctima! Madame de Franval, que a
la sazón tenía treinta y un años, estaba en la cumbre de su belleza; un aire de
tristeza que era inevitable si se consideran las penas que la consumían, la
hacía aún más intrigante; bañada en lágrimas, aplastada por la melancolía, con
el cabello suelto flotando descuidadamente sobre su pecho de alabastro, con los
finos labios apretados amorosamente sobre el retrato del infiel tirano, parecía
esas hermosas vírgenes que Miguel Ángel pintaba sumidas en la pena: sin embargo
todavía ignoraba lo que iba a completar su tormento. La forma en que Eugenia
era educada, las cosas esenciales que le hacían ignorar, o que solo le eran
mencionadas para que las odiara; su certeza de que estas obligaciones,
despreciadas por Franval, nunca serían permitidas a su hija; el corto tiempo
que le permitían ver a su hija, el temor que esta educación poco común que le
estaban brindando la conduciría tarde o temprano al delito, la extravagancia de
Franval, su dureza de todos los días para con ella... ella que sólo se ocupaba
de anticiparse a sus deseos, que no conocía otros encantos excepto aquellos que
pudieran interesarle o complacerlo; hasta ese momento habían sido las únicas
causas de su aflicción. ¡Qué pena iría a hender esta alma sensible y amante
cuando se enterara de todo!
Sin
embargo, la educación de Eugenia continuaba: deseaba continuar con sus maestros
hasta que tuviera dieciséis años, y sus talentos, su conocimiento extensivo,
las gracias que se desarrollaban en ella día a día todo esclavizaba a Franval
más y más; era fácil de ver que nunca había amado a nadie como amaba a Eugenia.
En la
vida interna de mademoiselle de Franval nada había cambiado excepto los
horarios de lectura; las discusiones íntimas con su padre se hicieron más
frecuentes y se prolongaban hasta entrada la noche. Sólo la gobernanta de
Eugenia estaba informada de esta intriga y ellos confiaban en ella lo
suficiente como para no temer indiscreciones de su parte. También hubo algunos
cambios en las comidas de Eugenia: ahora las tomaba con sus padres.
En una
casa como la de Franval, esto hizo que Eugenia se encontrara con otras
personas, y que
fuera deseada como
esposa. Varias personas
solicitaron su mano. Franval, que
estaba seguro del corazón de su hija, no había pensado que fuera necesario
temer
estos acercamientos, pero no contó con que la lluvia de propuestas hiciera que
todo fuera revelado.
Durante
una conversación con su hija, favor tan deseado por madame de Franval, la
afectuosa madre informó a Eugenia que monsieur de Colunce quería casarse con
ella.
“Conocéis
a ese hombre, hija mía – dijo madame de Franval – ; os ama, es joven y
atractivo; será rico, espera vuestro consentimiento... solo vuestro
consentimiento, hija mía... ¿qué debo responder?”
Eugenia,
algo sorprendida, se ruborizó y respondió que por el momento no tenía la menor
prisa por casarse, pero que su padre podía ser consultado; los deseos de ella
no se opondrían a los suyos.
Madame
de Franval consideró que esta respuesta
era honesta, esperó pacientemente algunos días, y cuando encontró la ocasión de
mencionársela a su marido, le comunicó las intenciones de la familia del joven
Colunce y las que él mismo había expresado, a lo que agregó la respuesta de la
hija.
Es fácil
de imaginar que Franval sabía todo, pero logró ocultarlo sin mostrar demasiado
autocontrol.
“Madame –
le dijo secamente a su mujer –, os pido seriamente que no involucréis a Eugenia
en todo esto; el cuidado con que me habéis visto retirarla de vuestro lado, os
habrá facilitado la tarea de reconocer cuánto he querido que todo lo que le
concierna, nada tenga que ver con vos. Os renuevo mis órdenes a este
respecto... ¿no las olvidaréis, imagino?”
“¿Pero
cuál deberá ser mi respuesta, señor, puesto que es a mí a quien se han
dirigido?”
“Diréis
que aprecio el honor que me ofrecen, y que mi hija tiene defectos que datan de
su nacimiento y dificultan el matrimonio.”
“Pero
señor, esos defectos no son reales; ¿por qué. queréis que me preocupe por ellos
y por qué privar a vuestra única hija de la felicidad que puede hallar en el
matrimonio?”
“¿Acaso
esos lazos os han 'hecho feliz, madame?”
“No todas
las mujeres cometen los errores que yo sin duda he cometido, al no lograr
cautivaros (y con un suspiro) o de lo contrario, no todos los esposos se
asemejan a vos.”
“Esposas...
falsas, celosas, dominantes, coquetas o pías... Esposos, pérfidos, infieles,
crueles o déspotas, en una cáscara de
nuez están todos los individuos del mundo, madame; no esperéis encontrar un
fénix.”
“Y sin
embargo, todos se casan.”
“Sí, los
tontos o los holgazanes; nadie se casa nunca, dijo un filósofo, excepto cuando
no sabe lo que hace, o cuando no sabe lo que hacer.”
“¿Entonces
hay que dejar que el mundo llegue a su fin?”
“Se
podría hacer eso; nunca es demasiado tarde para exterminar una planta que sólo
produce veneno.”
“Eugenia
no os estará agradecida por esta severidad excesiva para con ella.” “¿Acaso
este casamiento parece complacerla?”
“Ha dicho
que vuestros deseos son órdenes.”
“Pues
bien, madame, mis deseos son que abandonéis este matrimonio.”
Y
monsieur de Franval se retiró, no sin antes prohibir a su esposa en los más
severos términos, que volviera a hablar de ello.
Madame de
Franval no pudo evitar repetir a su madre la conversación que acababa de
mantener con su esposo, y madame de Farneille, más sutil y más acostumbrada a
los efectos de las pasiones que su atractiva hija, sospechó de inmediato que
algo anormal estaba sucediendo.
Eugenia
veía rara vez a su madre; a lo sumo un par de horas durante los acontecimientos
sociales, y siempre en presencia de Franval. Por lo tanto, madame de Farneille
que deseaba ver más claro, solicitó a su yerno que le enviara a la nieta un día
y la dejara con ella toda una tarde para curarla, según dijo, de una jaqueca
que la aquejaba; Franval respondió duramente que nada temía Eugenia tanto como
los vapores, que la llevaría adonde era solicitada pero que no se quedaría
mucho tiempo en ese lugar, puesto que estaba obligada a ir de allí a una clase
de física, curso que seguía con toda asiduidad.
Fueron a
casa de Madame de Farneille, quien no pudo ocultar a su yerno su sorpresa por
el rechazo de la mano ofrecida.
“Creo –
dijo – que no tendréis ningún temor en permitir a vuestra hija que me convenza
ella misma del defecto que según vos, debe eximirla del matrimonio.”
“Ese
defecto puede sea real o no, Madame – dijo Franval algo sorprendido por la
determinación de su suegra –, pero el hecho es que me costaría mucho casar a mi
hija y soy todavía demasiado joven para semejante sacrificio; cuando ella tenga
veinticinco años, hará lo que desee; pero hasta entonces, no puede contar
conmigo de ninguna manera.”
“¿Y vuestros
sentimientos, Eugenia,
siguen siendo los
mismos?” – preguntó
Madame de
Farneille.
“Sólo
difieren en un aspecto, Madame – dijo Mademoiselle de Franval con mucha firmeza
– mi
padre me permitirá casarme cuando tenga veinticinco
años, y yo os aseguro, madame, a vos y a mi padre, que
nunca aprovecharé un permiso... que, según mi punto de vista, sólo contribuiría
a mi infelicidad.”
“A
vuestra edad, Miss, nadie piensa correctamente – dijo Madame de Farneille – y
hay algo fuera de lo común en todo esto que ciertamente debo descubrir.”
“Os insto
a que lo hagáis, Madame – agregó Franval mientras se llevaba a su hija
–, acaso
sea bueno que empleéis a vuestro clérigo para que penetre hasta el corazón del
problema, y cuando todos vuestros poderes se hayan ejercido al máximo y
finalmente sepáis la respuesta, me haréis el favor de confirmarme si hago bien
o mal al oponerme al casamiento de Eugenia.”
El
sarcasmo que reve1ò Franval por el consejero eclesiástico de Madame de
Farneille estaba dirigido a una loable persona que no cabe presentar, puesto
que el progreso de los acontecimientos pronto lo hará entrar en la acción.
Este era
el director espiritual de Madame de
Farneille y su hija, uno de los hombres más virtuosos de Francia:
honrado, benevolente, recto y sabio. Monsieur de Clervil, lejos de tener todos
los vicios de su investidura, poseía sólo amables y útiles cualidades. Un apoyo
digno de confianza de los pobres, amigo sincero de los opulentos, consolador de
los desdichados, esta valiosa figura tenía todos los dones para que una persona
sea querida y todas las virtudes que hacen al hombre sensible.
Cuando lo
consultaron, Clervil contestó como hombre de buen sentido que antes de tomar
posición en el asunto, era necesario conocer las razones de Monsieur de Franval
para oponerse al casamiento de su hija; y aunque Madame de Farneille hizo
algunas ob-servaciones que podían suscitar sospechas sobre la intriga que
lamentablemente existía, el prudente clérigo rechazó esas ideas y al mismo
tiempo que las catalogaba de insultantes para con Madame de Franval y su
esposo, agregò indignado que no estaba de acuerdo con ellas.
“El
delito es una cosa tan penosa, Madame – decía a veces este honrado individuo
– ;
Parece cosa tan probable que una persona bien conducida pueda exceder
voluntariamente los límites de la modestia y las restricciones de la virtud,
que sólo con extrema repug-nancia me decido a atribuir esas faltas; rara vez
debemos sospechar el vicio; Tales sentimientos son a
menudo el resultado de nuestro amor
propio, casi siempre la salida de
una comparación oculta de las profundidades de nuestra mente; nos apresuramos a
admitir el mal para poder descubrir que somos mejores. Si pensáis seriamente
acerca de ello, no sería mejor, madame, que los errores secretos nunca fueran
develados, antes que inventar errores ilusorios con prisa imperdonable y de
esta suerte arruinar sin motivo, a cierta gente que sólo ha cometido los
errores que nuestro orgullo les atribuyen Además, (no es cierto acaso que todo
se beneficia con este principio No es infinitamente menos importante castigar
el delito que evitar que se expanda Si se lo deja en la oscuridad que procura,
no es tan bueno como si fuera abolido El escándalo logrará expandirlo, no hay
duda de ello, la descripción del mismo encenderá las pasiones de aquellos que
son proclives al mismo tipo de errores; la ceguera inevitable del delito
aumenta las esperanzas del culpable de ser más feliz que el que ha sido
reconocido como tal; no le han dado una lección sino un consejo, y se abandona
a excesos que quizá nunca hubiera osado permitirse sin el escándalo imprudente
que erróneamente sé considere justicia... y que no es más que una severidad mal
entendida o vanidad disfrazada.”
La única
decisión que se tomó, por lo tanto, en el primer encuentro fue la de verificar
precisamente el porqué de la negativa de Franval ante el matrimonio de su hija,
y porque Eugenia compara la misma forma de pensar: se decidió no hacer nada
antes de dilucidar estos motivos.
‘Pues
bien, Eugenia – dijo Franval a su hija aquella tarde –, ya veis que quieren
separarnos; ¿ Acaso lo lograrán, mi niña? ¿Serán capaces de cortar los vínculos
más caros de mi vida?”
“Jamás...,
jamás; ) No temáis, querido amigo( Esos lazos me son tan caros como a vos; De
ninguna manera me habéis decepcionado; mientras los anudabais siempre me
explicasteis que eran contrarios a la costumbre; No temo infringir prácticas
que, al cambiar de un lugar a otro, no pueden ser de ninguna manera sagrada; Yo
deseaba esos lazos y los tejí sin remordimiento, no temáis entonces que los
rompa.”
“Ay,
quién sabe Colunce es más joven que yo
Posee todo lo necesario para atraeros; no consideráis, Eugenia, el
residuo de error que sin duda os enceguece; La madurez y la luz de la razón
disiparán el prestigio y pronto llevarían a las lamentaciones, me culparéis por
ellas, y yo nunca me perdonaré haber sido el causante.”
“No –
sigui6 Eugenia con
firmeza –, no,
estoy decidida a
quereros a vos solamente; me consideraría la más infeliz
de las mujeres si tuviera que aceptar un
esposo...
yo – prosiguió amorosamente –. ¿ Podría yo unirme a un extraño quien, al no
tener dobles razones para amarme, limitaría sus sentimientos y deseos?... Si
por ventura fuera abandonada y despreciada por él, ¿qué sería de mí después?
¿Sería una remilgada beata o una ramera?
Oh, no,
no, prefiero ser vuestra amante, amigo mío. Sí, os amo demasiado como para
verme constreñida a representar ese infame papel en sociedad... Pero, ¿Cuál es
la razón de tanta confusión? – prosiguió Eugenia amargamente –. ¿Sabéis cuál
es, amigo mío? ¿Quién es? ¡Vuestra esposa! Sólo ella... Sus celos
insaciables... No lo dudéis, ésas son las únicas causas de la desdicha que nos
amenaza... ¡Ay! No la culpéis: todo es simple... todo es comprensible... todo
es posible cuando se trata de reteneros. ¿Qué no emprendería yo si estuviera en
su lugar y alguien quisiera robarme vuestro corazón? ”
Franval,
extrañamente conmovido, abraz6 a su hija repetidas veces, y ésta, aún más
animada por esas caricias criminales, a la vez que desarrollaba los más atroces
pensamientos enérgicamente, se atrevió a decir a su padre, con desvergüenza
imperdonable, que la única forma de ser menos observados era conseguir a la
madre un amante. Este plan agradó a Franval; pero, puesto que era mucho más
maligno que su hija y quería preparar imperceptiblemente su joven corazón para
los peores sentimientos de odio hacia su madre que en él quería sembrar, le
contestó que consideraba demasiado leve esa venganza, y que había mil otros
modos de contrariar a una mujer que molesta al esposo.
Algunas
semanas pasaron, durante las cuales Franval y su hija decidieron finalmente el
primer plan concebido para provocar la desesperación de la virtuosa mujer
de ese
monstruo, en la
creencia, ciertamente atinada,
que antes de
adoptar procedimientos más indignos, debían tratar por lo menos de
brindarle un amante; esto no sólo permitiría material para todos los otros
métodos sino que, si resultaba, obligaría a madame de Franval a no inmiscuirse
en las faltas de los demás, puesto que la suya propia también sería revelada.
Para llevar a cabo este proyecto, Franval estudió a todos los hombres jóvenes
de su conocimiento, y después de meditar largamente, descubrió que sólo Valmont
podría serle útil.
Valmont
tenía treinta años, era elegante, ingenioso, imaginativo, sin principios de
ninguna especia, y como resultado de ello, especialmente capacitado para el
papel que iban a ofrecerle. Franval lo invitó a cenar una noche y cuando se
levantaron de la mesa, le habló a solas.
“Amigo
mío – le dijo –, siempre os he considerado digno de mí; ha llegado el momento
de probarme que no estoy equivocado: os pido una prueba de vuestros
sentimientos... pero se trata de una prueba nada
“¿De qué
se trata? ¡Explicas, hombre, y nunca dudéis de mi ansiedad para serviros!”
"¿Qué
pensáis de mi mujer?'’
“Es
deliciosa; y si no fuerais su esposo, largo tiempo hubiera sido su
amante."
‘Vuestra
observación es muy considerada, Valmont. Pero no me conmueve.” “¿Por qué no?”
“Temo que
voy a sorprenderos... precisamente por-que me estimáis, precisamente porque soy
el esposo de Madame de Franval, os pido que seáis su amante.”
¡Habéis
enloquecido!”
“No, pero
soy caprichoso... me habéis conocido así desde hace mucho tiempo... quiero
apesadumbrar la virtud y desearía que fuerais vos quien le tendiera la trampa.”
“¡Qué
idea atroz!”
“No
agreguéis una sola palabra; ésta es una obra maestra del razonamiento.” “¿Pero,
realmente queréis que...?”
“Sí, lo
quiero, lo pido, y dejaré de consideraros amigo mío si me negáis este favor...
os cuidaré... tratar de satisfacer vuestras necesidades... Será ventajoso para
vos; y, cuando esté seguro de mi destino, si es necesario me arrojaré a
vuestros pies por vuestro servicio.
“Franval,
no podéis engañarme; hay algo muy raro en todo esto... nada haré a menos que lo
digáis todo.”
“Sí... yo
creo que tenéis ciertos escrúpulos, creo que todavía no sois lo suficientemente
inteligente como para poder comprender todo lo que está involucrado... apuesto
que tenéis prejuicios, que todavía sois un caballero. Os estremeceréis como un
niño cuando os lo diga todo, y nada aceptaréis hacer.”
¨! Yo,
estremecerme! Me sorprende vuestra
manera de juzgarme; debéis saber, amigo mío, que no hay aberraci6n en el
mundo... ni una sola, por más irregular que sea, que pueda turbarme un solo
instante.”
“Valmont,
¿habéis observado a Eugenia?”
“!Vuestra
hija!”
“O mi
amante, si preferís” “Ah, villano, os comprendo.”
“Es la
primera vez en mi vida que os descubro inteligente.”
“¿Pero
cómo es esto? Decidme francamente, estáis enamorado de vuestra hija?”
“¡Sí, amigo mío,
como Lot! ¡Siempre
sentí tanto respeto
por las sagradas
escrituras,
siempre estuve tan convencido que uno puede ganar el paraíso sí emula a sus
héroes! ¡Ah, amigo mío!
La locura de Pigmalión ya
no me sorprende... ¿acaso el universo todo no está
lleno de estas debilidades? ¿No fue necesario comenzar de esta manera para
poblar el mundo? ¿Y si no era malo entonces, por qué debería serlo ahora?¡Qué
absurdo! ¿No puede atraerme una mujer bonita por-que cometí el error de traerla
al mundo ¿Es que lo que debe unirme a ella y más estrechamente puede
convertirse en motivo para separarla de mí ¿Debo mirarla fríamente porque se me
asemeja, porque es mi carne y mi sangre, porque en ella se han unido todas las
razones para el más ardiente de los amores?... ] Ah, qué ergotismo... cuán
ridículo! Dejemos para los tontos estas restricciones absurdas, no han sido
hechas para almas como las nuestras, el dominio de la belleza y los derechos
sagrados del amor nada saben de los fútiles convencionalismos humanos; su
influjo los aniquila como los rayos del sol purifican la tierra de
las nieblas que
de noche la
rodean. Enterremos con el pie
estos atroces prejuicios que
siempre han sido hostiles a la felicidad, si en alguna oportunidad
prevalecieron sobre la razón, fue, a expensas de los placeres más seductores...
desprendiéndolos para siempre.”
“Me
habéis convencido – contestó Valmont – y estoy absolutamente de acuerdo con vos
que Eugenia debe ser una amante deliciosa, es aún más hermosa que su madre, y
aunque no posee, como vuestra esposa, la languidez que hace presa del corazón
tan voluptuosamente, tiene una picardía que abruma, que parece dar por tierra
con toda posibilidad de resistencia; si la madre parece ceder, la hija exige;
lo que la primera permite, la segunda ofrece; y yo encuentro que esto es más
atractivo.
“Sin
embargo, yo os ofrezco a la madre, no a Eugenia. “¿Qué razones os llevan a
hacerlo?”
“Mi
esposa es celosa, se interpone en mi camino, me critica, quiere arreglar un
casamiento para Eugenia, debo lograr que ella tenga faltas para poder ocultar
las mías propias; por lo tanto, debéis tenerla... divertías con ella cierto
tiempo... y traicionadla después...
debo sorprenderla en
vuestros brazos, castigarla,
a través de
este
descubrimiento
debo conseguir la paz para ambas partes y vuestros errores mutuos... pero nada
de amor, Valmont, manteneos frío, esclavizadla, y no os dejéis dominar; si los
sentimientos entran en el asunto mis planes se verán arruinados.”
“No temáis,
sería la primera vez en que una mujer me conmueve.”
Nuestros
dos villanos llegaron por lo tanto a un arreglo, y sé resolvió que en pocos
días Valmont tendría a Madame de Franval en sus manos, con permiso para hacer
lo que deseara con tal de obtener el éxito... incluso el reconocimiento del
amor de Franval, como medio más poderoso para hacer que esta honesta mujer se
decidiera por la venganza.
Eugenia,
a quien se confió este plan, lo encontró muy divertido; la infame criatura
llegó a decir que si Valmont tenía éxito sería necesario, para que su felicidad
fuera lo más completa posible, para sentirse segura de la caída de su madre,
que viera que la virtuosa heroína cedía a las placenteras delicias que tan
severamente condenaba.
Finalmente
llegó el día en que la más formal y desgraciada de las mujeres no sólo iba a
recibir el más doloroso golpe, sino que iba a ser ultrajada por su temible
esposo, abandonada... entregada por él al hombre por quien consentía en ser
deshonrado... ¡Qué locura! ¡Cuánto desprecio
por todos los
principios! ¡Con qué
fin puede crear
la naturaleza corazones tan depravados como éstos! Algunas
conversaciones preliminares habían decidido el procedimiento; pero Valmont era
muy amistoso con Franval por la esposa de éste como para poder imaginar que
corría algún peligro si se quedaba solo con él. Los tres estaban en la sala
cuando Franval se puso de pie.
“Debo
irme – dijo –, negocios importantes me llaman... es como dejaros con vuestra
gobernanta, Madame – añadió con una sonrisa –, si quedáis con Valmont se
comporta tan bien... pero si se extralimita, debéis decírmelo, no me gusta lo
suficiente como para cederle mis derechos...”
Y el
desvergonzado se retiró.
Después
de hacer algunas observaciones triviales acerca de la broma de Franval, Valmont
dijo haber notado un cambio en su amigo durante los últimos seis meses.
“No he
osado preguntarle la razón – prosiguió –, pero parece desdichado.”
“Lo que
es cierto – contestó Madame de Franval-es la terrible infelicidad que causa a
quienes lo rodean.”
“¿Qué me
decís? ¿Acaso mi amigo os ha tratado malamente?"
“! Sí
sólo fuera eso mi preocupación!”
“Por
favor, contadme, conocéis mi ardor y mi fidelidad imperecedera.”
“Una
serie de conflictos Horribles... corrupción moral, errores de toda clase...
¡podríais
creerlo! Nos han ofrecido el matrimonio más ventajoso para nuestra hija... no
lo quiere...”
Y en ese
momento, el artificioso Valmont desvió la mirada, con el aspecto del hombre que
comprende... suspira... y no osa explicarse.
“¿Cómo es
esto, señora – dijo Madame de Franval –, ¿no os sorprende lo que acabo de
decir? Vuestro silencio es muy extraño.
“Ah,
madame, ¿no es mejor guardar silencio que decir algo que pueda desesperar a la
persona que uno ama?”
“¿Cuál es
el enigma? Explicaos, os lo ruego.”
“Cómo no
estremecerme si debo abriros los ojos", dijo Valmont, mientras tomaba
impetuosamente la mano de la encantadora mujer.
“Oh,
señor – prosiguió Madame de Franval con animación – ; no agreguéis una palabra
más, o de lo contrario, explicaos, insisto... me estáis poniendo en una
situación terrible.”
“Menos terrible
que el estado
al que me
habéis reducido” –
dijo Valmont, mientras miraba a
la mujer que trataba de seducir con los ojos llenos de amor.
“¿Pero
qué significa todo esto, señor? Primero me alarmáis y me hacéis desear una
explicación, después osáis decirme cosas que ni debo ni puedo tolerar, alejáis
de mí los medios de enterarme por vos de lo que tan cruelmente me atormenta.
Hablad, señor, o me dejaréis sumida en la desesperación.”
“Entonces
seré más claro, puesto que lo pedís, madame, y aunque me cueste romperos el
corazón... os diré las razones de la negativa de vuestro esposo a aceptar a
monsieur de Colunce... Eugenia...”
“¿Pues
bien?”
“Bien,
Madame, Franval la adora; actualmente es más su amante que su padre, y
preferiría morir antes que abandonar a Eugenia.”
Madame de
Franval oyó esta explicación fatal y tuvo un vahído que le hizo perder los
sentidos; Valmont se apresuró a socorrerla.
"Ya
veís, madame – prosiguió –, el precio del consentimiento que pedís... Por nada
del mundo podría yo...”
“Dejadme,
señor, dejadme – dijo Madame de Franval en un estado difícil de describir –
;después de un golpe tan violento necesito estar sola un momento.”
“¿Y
queréis que os deje sola en ese estado? Siento vuestra pena demasiado como para
no solicitar vuestro permiso para compartirla. Os he infligido una herida
dejadme que la cure.”
“¡Franval
enamorado de su hija, Dios mío! ¿La criatura que tuve de él, es ella quien
ocupa su corazón en esta forma tan atroz! ¿ Terrible crimen, ah, señor! ¿Acaso
es posible? ¿Estáis absolutamente seguro?”
“Si todavía
tuviera alguna duda
acerca de ello,
madame, hubiera guardado silencio, hubiera preferido cien
veces no deciros nada que contrariaras en vano; por vuestro esposo recibí las
pruebas de esta infamia, me lo confió todo; pero sea lo que sea, no perdáis la
calma, os lo ruego; estudiemos la forma de quebrar esta intriga, los medios
dependen de vos...”
“Decídmelos
de inmediato... este delito me horroriza.”
“Un
esposo con el carácter de Franval, madame, no vuelve a ganarse con la virtud;
vuestro esposo tiene poca fe en el sabio comportamiento de las mujeres. él
sostiene que por orgullo y temperamento, las cosas que hacen para reservarse a
nosotros tienen por fin satisfacerse antes que complacernos o esclavizarnos...
Perdonadme, madame, pero no puedo ocultaros que yo creo lo que él; nunca vi que
las virtudes hicieran que una mujer destruyera los vicios del esposo; conductas
más o menos similares a la de Franval lograrían impresionarlo más y os lo
devolverían más satisfactoriamente; los celos darían buenos resultados, sin
duda, y cuántos corazones han cambiado por este método constantemente
infalible; vuestro esposo, al ver que esa virtud, a la que está acostumbrado, y
que tiene el descaro de menospreciar, se debe más a la reflexión que al
descuido, aprenderá a apreciarla en vos, cuando descubra que sois capaz de
ceder... ;él imagina y .se atreve a decir que si nunca tuvisteis un amante es
porque nunca fuisteis atacada; probable que sólo depende de vos para que esto
pase... ; vengaos por sus errores y desprecio; quizá causéis plaño, si se
consideran vuestros austeros principios, pero
¡cuántos
males habréis evitado! ¡Qué esposo habréis convertido! Y por un pequeño
ultraje a la
diosa que respetáis,
¡qué adorador habréis
devuelto a su
templo! Ah, madame, apelo a
vuestro corazón. Con el comportamiento que me atrevo a aconsejaros,
ganaréis
a Franval para siempre, lo cautivaréis; sí, madame, me atrevo a decíroslo,
elegid entre quedaros sin marido, o no vaciléis más.”
Madame de
Franval, muy sorprendida por estas palabras, guardó silencio cierto tiempo;
luego habló, recordando las miradas de Valmont y sus primeras observaciones.
“Señor –
le dijo con agudeza –, si yo aceptara el consejo que me dais, ¿en quién creéis
que debería ficharme para contrariar más a mi marido?”
“¡Ah! –
gritó Valmont sin descubrir la celada que le tendían –, querida y divina
amiga... en el hombre que más os ama en este mundo, en quien os ha adorado
desde que os conoció, y que os jura que moriría por VOS...”
“¿Partid,
señor, partid! – dijo entonces Madame de Franval imperativamente – y nunca más
aparezcáis ante mí; habéis descubierto la trampa; sólo acusáis a mi esposo de
culpas... que es incapaz de haber cometido sólo para aseguraros que vuestra
traicionera seducción sea más exitosa; comprended que aunque fuera culpable,
los métodos que me sugerís son tan repugnantes que no los emplearía jamás; los
errores de un marido nunca pueden justificar los de una esposa; para ella esos
errores deben ser motivo de una mejor conducta, para que Dios justo y eterno
pueda encontrarla en las ciudades atormentadas que están a punto de sufrir los
efectos de su ira, y si puede, apartar de ellas las llamas que van a
devorarlas.”
Con estas
palabras, Madame de Franval se retiró v después de llamar a los sirvientes de
Valmont, lo obligó a irse, muy avergonzado por los primeros pasos que había
dado.
A pesar
de que la atractiva mujer había descubierto los propósitos ocultos del amigo de
Franval, las cosas que éste había dicho coincidían tan bien con sus propios
temores y los de su madre, que decidió ponerse manos a la obra para convencerse
de la hiriente verdad. Fue a ver a Madame de Farneille, le contó lo que había
sucedido y regresó, decidida a proceder como sigue a continuación.
Siempre
se ha dicho, y es verdad, que no tenemos peores enemigos que nuestros propios
sirvientes; siempre son celosos y envidiosos y aparentemente tratan de
alivianar sus cargas atribuyéndonos faltas que nos colocan por debajo de ellos
y permiten que su vanidad, por lo menos por cierto tiempo, nos domine de la
manera en que el destino les ha negado.
Madame de
Franval logró sobornar a una de las mujeres de Eugenia; la garantía del pago,
un futuro placentero y la apariencia de una buena acción, todo influyó sobre
esta esbirra y ésta decidió, a partir de la noche siguiente, poner a Madame de
Franval en un puesto desde donde no podría seguir poniendo en duda su mala
fortuna.
Llegó el
momento. La desdichada madre fue conducida a una pequeña habitación contigua a
la dependencia donde todas las noches su infiel esposo violaba al mismo tiempo
los vínculos de su casamiento y el Paraíso. Eugenia estaba con su padre;
todavía ardían algunas velas en un rincón para iluminar el delito... el altar
estaba preparado, y la victima se ubicó, el alto sacerdote la siguió... Madame
de Franval no tenía otro apoyo que su propia desesperación, su amor herido, su
valentía... Abrió la puerta e irrumpió, se acercó al incestuoso y se postró
frente a él.
“Oh –
gritó dirigiéndose a Franval –, me rompéis el corazón, no merecía de vos este
trato, vos a quien todavía adoro sin importarme los intuitos que de vos recibo,
ved mis lágrimas, y no me rechacéis; os pido que salvéis a esta niña desdichada
quien, engañada por su debilidad y seducida por vos, cree encontrar la
felicidad en medio de la culpa y el delito... Eugenia, Eugenia, ¿queréis clavar
una espada en el seno que os dio la vida? ¡No sigáis siendo cómplice de un
delito cuyo horror os han ocultado! Venid, apuraos, mis brazos están dispuestos
a recibiros. Mirad a vuestra desgraciada madre, de rodillas frente a vos, que
os ruega no ultrajar el honor y la naturaleza. Pero si ambos me rechazáis –
prosiguió la acongojada madre, mientras se apoyaba un puñal sobre el corazón –,
por este medio me apartaré de la herida que estáis tratando de infligirme; os
salpicaré con mi sangre y sólo sobre mi cuerpo lastimado podréis consumar
vuestros delitos,”
Que el
alma endurecida de Franval pudiera resistir este espectáculo, los que están
empezando a conocer a este villano podrán creerlo, pero que Eugenia no haya
cedido de ninguna manera es inconcebible.
“Madame –
dijo la corrompida niña, con la mayor indiferencia –, confieso que no considero
razonable de vuestra parte, que hagáis una escena absurda frente a vuestro
esposo; ¿acaso no puede él hacer lo que quiera? Y si él aprueba lo que yo hago,
¿qué derecho tenéis de criticar? ¿Acaso nosotros criticamos vuestras
indiscreciones con Monsieur de Valmont? ¿Molestamos vuestros placeres? Respetad
los nuestros, de lo contra-rio no os sorprenda que yo sea la primera en intuir
sobre vuestro marido para que tome las medidas que os fuercen a hacerlo.”
En ese
momento, Madame de Franval perdió los estribos; Toda su ira se volvió contra
esa criatura indigna que podía permitirse hablarle así, y, furiosa, se arrojó
sobre ella... Pero el odioso y cruel Franval, mientras tomaba a su esposa de
los pelos, la arrastró furioso lejos de su hija y fuera de la habitación, y la
arrojó por las escaleras de la casa, hasta que cayó desvanecida y sangrante a
la puerta de una de las mujeres, quien, habiéndose despertado con el horrible
ruido, se apresuró a separar a su ama de la furia del tiránico Franval, quien
ya había bajado para despachar a su desventurada víctima... Fue llevada a sus
habitaciones, la encerraron y la cuidaron, mientras el monstruo que con tanta
rabia la había tratado, volvía al lado de su detestable compañera para pasar la
noche tan tranquilamente como si no hubiera descendido por debajo del nivel de
la más
fiera de
las bestias, con crímenes tan execrables, que tanto podrían humillarlo... tan
horribles, en realidad, que nos sonrojamos ante la necesidad de revelarlos.
Se habían
terminado las ilusiones para la desdichada Madame de Franval; ni una sola más
podía permitirse; era demasiado obvio que el corazón de su esposo, es decir, la
posesión más querida de su vida, le había sido robado.¿y por quién? Por quien
tanto respeto le debía... y quien le había hablado con la mayor insolencia;
también había sospechado que toda la intriga de Valmont era meramente una
horrible trampa con el propósito de tentarla y si no lo lograban, atribuirle
errores, inundarla con ellos, para contrarrestar y justificar los errores
infinitamente más serios que otros osaban cometer en su perjuicio.
Nada era
más seguro que esto. Al enterarse Franval del fracaso de Valmont, lo había
comprometido a reemplazar la verdad por la impostura y la indiscreción... a
hacer correrla versión que él era
el amante de Madame de
Franval y se había decidido
falsificar cartas repugnantes que probarían de la manera menos equívoca
posible, la existencia de esa relación a la que la desventurada mujer se había
negado a prestarse.
Sin embargo,
Madame de Franval,
desesperada y físicamente
herida, cayó enferma; su bárbaro
esposo, que se negó a verla y ni se dignó preguntar por su salud, partió con
Eugenia para el campo, con el pretexto que había fiebre en la casa y que no
quería exponer a su hija a la misma.
Valmont
se presentó varias veces a la puerta de Madame de Franval durante su
enfermedad, sin que lo admitieran una sola vez; encerrada con su querida madre
y Monsieur de Clervil, no quería ver a nadie; con-solada por tan dilectos
amigos, que estaban acostumbrados a tener cierta ascendencia sobre ella, volvió
a la vida gracias a sus cuidados y después de seis semanas ya estaba en
condiciones de ver gente. Entonces Franval volvió con su hija a París e hizo
algunos arreglos con Valmont para proveerse de armas iguales a las que Madame
de Franval y sus amigos parecían a punto de levantar en su contra.
El
villano Franval fue a ver a su esposa tan pronto como consideró que ella
estaría dispuesta a recibirlo.
“Madame –
le dijo fríamente –, no podréis poner en duda la consideración que he
demostrado por vuestra salud; no puedo ocultaros el hecho que es la responsable
de la reticencia de Eugenia; está decidida a haceros los peores cargos en lo
que concierne a la forma en que la habéis tratado, a pesar de estar convencida
del respeto que una hija le debe a su
madre; tampoco puede olvidar que la
madre la pone en la peor de las posiciones al arrojarse sobre
ella con un puñal en la mano; impaciencias de este tipo, madame, podrían
dirigir los ojos del gobierno hacia vuestra conducta y algún día herir vuestra
libertad y vuestro honor.”
“No
estaba preparada para esa recriminación, señor – contestó madame de Franval
–; y
cuando mi hija, seducida por vos, se convierte simultáneamente en culpable de
incesto, adulterio, licencia y la más odiosa ingratitud hacia la persona que la
trajo al mundo... sí, lo admito, no imaginaba que después de este complejo de
horrores todavía tuviera que escuchar quejas; se necesitan todos vuestros
artificios y maldad, señor, para excusar el crimen con tanta audacia y acusar a
una persona inocente.
"No
desconozco, señora, que los pretextos de vuestra escena eran las odiosas
sospechas que osáis tener en mi contra, pero la fantasía no justifica los
delitos; lo que pensasteis es falso, pero lo que vos habéis hecho,
desgraciadamente, es demasiado real. Estáis sor-prendida por los reproches que
mi hija os dirigió por lo que respecta a vuestra irregular conducta, después
que todo París lo ha hecho; este estado de cosas es muy conocido... las
pruebas, lamentablemente son tan irrefutables, que quienes hablan serán
culpables de imprudencia, pero no de calumnia.”
“¿Yo,
señor? – dijo la honorable mujer mientras se ponía de pie indignada –, ¿yo
una intriga con
Valmont? ¡Dios mío,
y vos lo
decís! – Y
rompió a llorar–
¡Desagradecido!
Este es el premio por mi afecto... la recompensa por haberos amado tanto, no os
basta con ultrajarme tan cruelmente, para vos no es suficiente seducir a mi
hija, sino que todavía osáis justificar vuestros delitos atribuyéndome otros
que personalmente considero más terribles que la muerte...”
Se calmó
nuevamente: “Decís tener pruebas de esta intriga, señor, sacadlas, exijo que se
las haga públicas, os forzaré a mostrarlas a todos, si rehusáis mostrármelas a
mí.”
“No,
madame, no las mostraré a todos; un esposo generalmente no anuncia cosas de
esta especie; las deplora y las esconde tan cuidadosamente como pueda; pero si
vos lo pedías, madame, no me negaré a mostraros esas pruebas... – Sacó una
billetera de su bolsillo– Sentaos – dijo –, esto debe verificarse con calma, la
excitación y el enojo harían daño sin convencerme; calmaos, os lo ruego, y
discutamos esto fríamente.”
Madame de
Franval, perfectamente convencida de su inocencia, no sabía qué pensar de estos
preparativos, y su sorpresa, unida al miedo, la mantuvo en un estado frenético.
“Ante
todo, madame – dijo Franval :mientras vaciaba uno de los lados de la billetera
–, aquí está toda vuestra correspondencia con Valmont durante los últimos seis
meses. No acuséis a ese joven de imprudencia o indiscreción: es demasiado
honorable como para fallaras en este sentido. Pero uno de sus sirvientes, cuya
astucia supera a la de su amo, descubrió el secreto para traerme estos
preciosos monumentos de vuestra ejemplar conducta y vuestra eminente virtud.”
Señaló las cartas y las expandió sobre la mesa.
“Permitidme
– prosiguió – que seleccione dentro de lo normal en una mujer excitada... por
un hombre muy atractivo, una carta que me parece más decisiva que las otras...
Es ésta, madame: “Mi aburridor esposo cena esta noche en su ‘petite maison’ en
las afueras de la ciudad con esa horrible criatura... que es imposible que yo
haya traído al mundo; venid, querido, y consoladme de todas las penas que esos
dos monstruos me causan... ¿Pero qué digo, acaso no me están haciendo ahora el
mejor de los favores, y esta intriga no evitará que mi marido note la nuestra?
Dejemos que estreche los vínculos tanto como quiera, y que no trate de romper
los que me atan al único hombre en el mundo que realmente he adorado».
“¿Pues
bien, madame?”
“Señor,
os admiro – contestó madame de Franval – ; cada día aumenta la increíble estima
que merecéis, y por grandes que sean las cualidades que en vos he descubierto
hasta el presente, admito que desconocía que poseíais las de falsificador e
infamador.”
“¿Lo
negáis, entonces?”
“En
absoluto, sólo quiero ser convencida; nombraremos jueces expertos, y si
consentís, pediremos la más sereva pena para cualquiera de nosotros que sea
hallado culpable.”
“Eso se
llama descaro; bueno, prefiero eso a la pena... Prosigamos. Que tengáis un
amante, madame – dijo Franval mientras vaciaba la otra mitad de la billetera –,
con vuestra cara bonita y un ‘aburridor esposo’, nada podría ser más simple,
pero que a vuestra edad mantengáis un amante, y a mis expensas, es algo que
espero me permitiréis no hallar tan sencillo... Sin embargo, aquí hay pagarés,
o cuentas pagadas por vos, firmadas por vos, a nombre de Valmont, que suman
100.000 escudos; os ruego que miréis estos documentos” – agregó el monstruo sin
permitir que ella los tocara...
A Zaide,
joyero.
Páguese
el cheque adjunto por la suma de veintidós mil libras, a monsieur de
Valmont,
por arreglo con él
FARNEILLE
DE FRANVAL
“A Jamet,
vendedor de caballos, seis mil libras... es la yunta de bayos, orgullo de
Valmont y admiración de todo París... sí, madame, hay sumas que llegan a
trescientos mil ciento ochenta y tres libras, diez soles, de lo cual me debéis
más de un tercio y cuyo resto 'habéis pagado honradamente... ¿Bien, madame?”
“Señor,
este fraude es demasiado burdo como para provocarme la menor preocupación; sólo
pido una cosa para confundir a quienes inventan estas cosas en mi
contra... que las
personas a quienes
parece ser que
yo he pagado
esas sumas se presenten, y que juren que he tenido algún
trato con ellos.”
“Lo
harán, madame, no lo pongáis en duda; creéis que ellos mismos me hubieran
informado de vuestra conducta si no estuvieran decididos a sostener sus
declaraciones? Uno de ellos os hubiera denunciado hoy, si yo no hubiera
intervenido...”
Amargas
lágrimas salieron entonces de los hermosos ojos de la infeliz; su valentía ya
no la sostenía, se sumió en una desesperación repentina, unida a ciertos
síntomas peligrosos, golpeó la cabeza
contra las columnas de mármol que la
rodeaban y se magulló la cara.
“Señor –
gritó al arrojarse a los pies de su esposo – deshaceos de mí por medios menos
lentos y horribles; puesto que mi existencia restringe vuestra vida de pecado,
destruídla de inmediato... no me hagáis caer tan lentamente en la tumba... ¿Soy
culpable de haberos amado? ¿De haberme rebelado en contra de quien me robó tan
cruelmente vuestro corazón? Castigadme, 'bárbaro, sí, tomad esa arma – dijo al
arrojarse sobre la espada del esposo –, tomadla, y atravesadme el seno sin
merced; pero por lo menos dejadme morir mereciendo vuestra estima, dejadme
llevar a la tumba como único consuelo, la certeza de que me creéis incapaz de
los infames crímenes de que me acusáis... que para ocultar los vuestros...”
Estaba
postrada, a los pies de Franval, con las manos sangrantes y heridas por la hoja
desnuda que había tratado de tomar para ponerla sobre su pecho; e] hermoso
pecho estaba desnudo, el cabello caía en desorden y estaba humedecido por las
copiosas lágrimas; nunca tuvo la pena un aspecto más patético y expresivo,
nunca había sido más emocionante, atractiva y noble.
“No, madame –
dijo Franval, oponiéndose –, no
quiero vuestra muerte
sino vuestro castigo; comprendo
vuestro arrepentimiento, vuestras
lágrimas no me sorprenden, estáis furiosa por haber sido
descubierta, esta actitud vuestra me complace, me hace profetizar una mejora,
que se precipitará sin duda, por el destino a que os someto.
“Basta,
Franval – gritó la desventurada mujer –, no habléis de vuestro deshonor, no
digáis al público que sois culpable de perjuicio, falsificación, incesto y
calumnia... Queréis deshaceros de mí, huiré de vos, buscaré un lugar tranquilo
donde hasta vuestro recuerdo escapará de mí... seréis libre, cometeréis
vuestros pecados con impunidad... sí, os olvidaré... si puedo, hombre cruel, o
si vuestra imagen no puede borrarse de mi corazón, si sigue persiguiéndome en
mi remota oscuridad... no la borraré, infiel, eso
sería más
de lo que yo podría hacer, no, no la borraré, sino que me castigaré por mi
ceguera, y confinaré al horror de la tumba el cuerpo culpable que tanto os
amó.”
Con
estas. palabras, últimos estallidos de un alma exhausta por la enfermedad, la
desventurada se desvaneció y quedó inconsciente. Las frías sombras de la muerte
se expandieron sobre la hermosa piel, algo afectada por la desesperación; no
era más que una masa sin vida, aunque era imposible que la gracia, la modestia
y todos los encantos de la virtud la abandonaran. El monstruo salió para ir a
festejar con su hija, el terrible triunfo que el vicio, o antes bien la maligna
niña, osaba enfrentar a la inocencia y la desdicha.
Estos
detalles complacieron infinitamente a la execrable Eugenia, quien hubiera
deseado verlo todo
personalmente... el horror debía
ser llevado adelante,
Valmont hubiera debido triunfar sobre la severidad de su madre, Franval
hubiera debido sorprenderlos haciendo el amor. Si todo esto hubiera sucedido,
¿qué medios de justificarse le hubieran quedado a la víctima? ¿Y no era
necesario quitarle todos los medios? Así era Eugenia.
Sin
embargo, la desventurada esposa de Franval, quien sólo podía confiarse a su
madre, pronto le narró sus razones para estar apenada; fue entonces cuando
madame de Farneille imaginó que la edad, status y reputación personal de
monsieur de Clervil pudieran ejercer alguna influencia sobre su yerno; nada hay
tan confiado como la desgracia;
ella informó al digno
eclesiástico lo mejor que
pudo, de la
licencia de Franval, lo convenció de lo que nunca había querido creer,
lo instó a usar con semejante villano la persuasiva elocuencia que llega más al
corazón que a la mente; le pidió que después de hablar con el pérfido Franval
consiguiera una entrevista con Eugenia, con la cual emplearía todos los medios
posibles para explicar a la infeliz el abismo que se extendía a sus pies, y, de
ser posible, devolverla a su madre y a la virtud.
Cuando
Franval supo que Clervil iba a solicitar una entrevista con él y su hija, trazó
un plan con ésta, y cuando estuvo pronto, hicieron saber al director espiritual
de madame de Farneille que estaban dispuestos a recibirlo. La crédula madame de
Franval creyó que la elocuencia de este guía espiritual todo lo lograría la
gente desgraciada se aferra ávidamente a las fantasías, y para encontrar los
placeres que la realidad les niega, logran artificiosamente todas las ilusiones
posibles.
Clervil
llegó; eran las nueve de la mañana; Franval lo recibió en la dependencia donde
estaba acostumbrado a pasar las noches con su hija; lo había decorado con la
mayor elegancia imaginable, dejando al mismo tiempo cierto aspecto de desorden
que revelaba sus placeres criminales... Eugenia, que estaba muy cerca, podía
oírlo todo, para poder estar mejor preparada para la entrevista que le estaba
destinada.
Dijo
Clervil: “Me atrevo a presentarme ante vos con un enorme temor de molestaros,
señor; la gente de mi profesión resulta generalmente tan cargosa a la gente que
como vos gasta su vida en los placeres de este mundo, que me reprocho haber
cedido a los deseos de madame de Farneille y haber solicitado vuestro permiso
para hablaros un momento.”
“Sentaos,
señor, y mientras os expreséis en el lenguaje de la justicia y la razón, nunca
temáis aburrirme.”
“Sois
adorado por una mujer llena de encantos y virtudes y pe os acusa, señor de
hacerla muy infeliz; puesto que sólo tiene a su favor su inocencia y falta de
capacidad para el engaño, puesto que sólo tiene a su madre para escuchar sus
quejas, y puesto que os adora todavía, a pesar de vuestros errores, no os
resultará difícil imaginar su situación!”
“Preferiría
que fuéramos directamente al tema, señor, tengo la impresión que os vais por
las ramas; ¿cuál es el objeto de vuestra misión?”
“Haceros felices
a los dos, de ser posible.”
“Por lo
tanto, si ya soy feliz como soy, ¿no tendríais nada que decirme?” “Señor, es
imposible encontrar la felicidad en el delito.”
“Estoy de
acuerdo con vos; pero el que a través del estudio profundo y la reflexión
madura ha logrado alcanzar un estado mental en el que nada malo sospecha de
nada y puede observar las acciones humanas con la más absoluta calma y las
considera a todas el resultado necesario de algún poder que a veces es
benevolente y a veces perverso pero siempre autoritario, que nos inspira
acciones que los hombres ya aprueban, ya condenan pero que nada contraría o
molesta, estaréis de acuerdo conmigo, señor, que un hombre puede ser igualmente
feliz comportándose como yo, como vos en la carrera que habéis elegido: la
felicidad es una abstracción, es un producto de la imaginación; es una forma de
conmoverse que depende exclusivamente de nuestra forma de ver y sentir; aparte
de la satisfacción de nuestras necesidades, no existe la forma de hacer a los
hombres igualmente felices; todos los días se ven individuos felices por algo
que a los demás disgusta; por lo tanto, no hay una felicidad determinada,
ninguna puede existir para nosotros excepto la que nosotros mismos labramos
como consecuencia de nuestra formación y principias!”
“Lo sé,
señor, pero si la mente nos engaña, la conciencia nunca nos deja extraviamos, y
es en este libro que la naturaleza escribe todas nuestras obligaciones.”
“¿Y no
hacemos lo que deseamos con esta conciencia artificial? La costumbre la
modifica, la conciencia para nosotros es como cera moldeable que adquiere
cualquier forma en nuestras manos; si ese libro fuera tan infalible como decís,
¿no tendría el hombre una conciencia variable? De un extremo del mundo al otro,
¿no significarían todas las acciones lo mismo para él? ¿Y es ése el caso?
¿Acaso el hotentote tiembla ante lo que asusta al francés? ¿Y este último no
hace cosas a diario que serían castigadas en el Japón? No, señor, no, nada es
real en el mundo, nada que merezca ser alabado o acusado, nada que merezca ser
recompensado o castigado, nada que sea injusto en un lugar v legítimo a
quinientas leguas; no existe el mal real ni el bien constante.”
“No lo
creáis, señor, la virtud no es una ilusión; no es cuestión de saber si algo es
bueno en un lugar o malo un poco más lejos, para poder definirlo precisamente
como delito o virtud, y estar seguro de encontrar en ello la felicidad como
resultado de la propia elección; la única felicidad del hombre sólo puede
estribar en la más completa sumisión a las leyes del país; debe respetarlas o
arruinarse, no existe un punto medio entre la violación de las mismas y la
felicidad. En otras palabras, no es de estas cosas que surgen los males que nos
sobrecogen: cuando nos abandonamos a ellas, cuando son prohibidas, es por el
mal que estas cosas, buenas o malas en sí mismas, pueden provocar a las
convenciones sociales de la región donde habitamos. Ciertamente no hay nada de
malo en preferir caminar por los bulevares que por los Champs Elysées; pero si
se promulgara una ley que prohibiera los bulevares a los ciudadanos, quien
violara esta ley se reservaría una serie interminable de desventuras, aunque
sólo hubiera hecho algo muy simple al violarlas; pero la costumbre de violar
leyes comunes, pronto conduce a la violación de otras más importantes, y de un
error al otro, el hombre llega a delitos que se castigan en todos los países
del mundo, y que inspiran temor entre todas las criaturas razonables que
pueblan el mundo en los dos hemisferios. Aunque no existe una conciencia
universal de la humanidad, hay una nacional, que se relaciona con la existencia
que recibimos de la naturaleza, y donde su mano traza nuestras obligaciones con
letras que no podemos borrar sin correr peligro. Por ejemplo, señor, vuestra
familia os acusa del incesto; cual sea el ergotismo que uséis para justificar
vuestro delito y mitigar sus 'horrores, por más plausibles que sean los
razonamientos que uséis en este asunto, cualquiera sea el apoyo que tengan de
ejemplos tomados de países vecinos, se ha probado que este delito, que para
algunas razas no lo es, es definitivamente peligroso en ciertos países donde
queda prohibido por ley; no es menos cierto que puede llevar a las más
deplorables consecuencias y delitos que se hacen necesarios luego de este
primer delito, delitos, repito, que deben inspirar el horror de la humanidad.
Si os hubierais casado con vuestra hija orillas del Ganges, donde tales matrimonios
son permitidos, hubierais cometido un mal pequeño; bajo un gobierno que prohíbe
ese tipo de alianzas, al ofrecer semejante espectáculo al público, a una mujer
que os adora, y a quien esta deslealtad conduce a la tumba, cometéis sin duda
una acción impactante, un delito que tiende a romper los vínculos más sagrados
de la naturaleza, los que, al ligar a vuestra hija al ser que le dio la vida,
deberían hacer de este hombre el más digno de respeto y más sagrado, en su
opinión. Forzáis a esta niña a despreciar obligaciones vitales, la hacéis odiar
a la persona que la llevó en el vientre; sin daros cuenta estáis fabricando
armas que
pueden dirigirse en vuestra contra; no le presentáis ningún sistema de
pensamiento, le estáis inspirando principios por los cuales se os condena; y si
algún día os amenaza con quitaros la vida, vos mismo habréis afilado el puñal.”
“Vuestra
forma de razonar – contestó Franval –, tan diferente al que usa la gente de
vuestra profesión puede inclinarme en primera instancia a la confidencia,
señor; podría negar vuestra acusación; la franqueza con que me quito la máscara
frente a vos os obligará, igualmente espero, a creer en las malas acciones de
mi esposa, cuando emplee para describirlas, la misma verdad con que reconozco
las mías. Sí, señor, amo a mi hija, es mi amante, mi mujer, mi hermana y
confidente, mi amiga, el único bien que tengo sobre la tierra, tiene todos los
derechos que pueden obtener el homenaje de mi corazón, y todo lo que tengo se
lo debo; estos sentimientos durarán tanto como mi vida; por lo tanto debo
justificarlos, sin duda, puesto que no puedo renunciar a ellos. La obligación
de un padre para con una hija es, y estaréis de acuerdo conmigo, hacerla lo más
feliz posible; si no lo logra, ha fallado; si triunfa, queda protegido de todo
reproche. Yo ni seduje ni forcé a Eugenia, no lo olvidéis; de ninguna manera le
oculté el mundo, le he descrito las rosas del matrimonio junto con las espinas
que la gente en él encuentra; después me ofrecí a ella, le permití que
escogiera libremente, tuvo mucho tiempo para reflexionar; no vaciló en ningún
momento; protestó que sólo podía encontrar felicidad en mí; ¿acaso me equivoqué
al darle, para hacerla feliz, aquella que con pleno conocimiento de los hechos,
ella parecía preferir sobre todas las cosas?”
“Vuestros
argumentos nada justifican, señor; no 'deberíais permitir que vuestra hija
viera que el ser a quien no puede preferir sin ser culpable se pudiera
transformar en el objeto de su felicidad; por más hermoso que parezca un fruto,
¿,no os arrepentiríais de ofrecerlo a alguien si estuvierais seguro que la
muerte acecha dentro de su pulpa? No, señor, no sólo os habéis involucrado en
esta desventurada conducta, y habéis hecho de vuestra hija la cómplice y la
víctima; estas acciones son perdonables... y esa mujer virtuosa y sensible,
cuyo pecho herís a vuestro placer, ¿qué daño os ha hecho, qué mal, oh, hombre
injusto... que no sea adoraros?”
“Eso es
lo que quería preguntaros, señor, y espero que en este sentido confiéis en mí;
!tengo algún derecho a esperarlo, después de la franca manera en que me habéis
visto aceptar las acusaciones que me habéis hecho!”
Entonces
Franval mostró a Clervil las cartas falsificadas y los cheques que le atribuía
a su esposa, mientras le aseguraba que nada era más genuino que esos papeles y
las intrigas de madame de Franval con el hombre a quien estaban dirigidos.
Clervil
lo sabía todo.
“Pues
bien, señor – le dijo con firmeza –, tenía razón al deciros que un error
considerado en primer término algo inofensivo, si nos acostumbramos a ir más
allá de
sus
límites, pude llevarnos a los peores excesos en el delito y el mal. Habéis
comenzado por una acción a la que no le dais mayor importancia, y ya veis todas
las infamias que puede haceros cometer para justificarla u ocultarla...
Creedme, señor, arrojemos estos documentos calumniosos e imperdonables al fuego
y olvidémoslos por completo, os lo ruego.”
“Estos
papeles son genuinos, señor.” “Son falsos.”
“Podéis
dudarlo; ¿es eso suficiente como para contradecirme?”
“Permitidme,
señor; sólo cuento con vuestra palabra de que son genuinos, y no interesa mucho
sustentar vuestra acusación; mi creencia que esos papeles son falsos se debe a
las palabras de vuestra esposa y si fueran genuinos, también a ella le
interesaría decírmelo; es así como yo considero todo este asunto señor... El
interés por sí mismo subyace a todo lo que los hombres hacen, y es el motivo
más importante de todas sus acciones; siempre que lo descubro, la tea de la
verdad brilla para mí; esta regla nunca me engañó, la he seguido cuarenta años;
y además, ¿la virtud de vuestra esposa no podría abolir esta terrible calumnia
ante todos? ¿Acaso alguien con su franqueza, su candor, el amor ardiente que
todavía siente por vos podría permitirse una conducta tan atroz? No, señor, no,
esos no son de ninguna manera el punto de partida del pecado; puesto que
conocéis tan bien los resultados deberíais conocer cómo conducir mejor los
motivos.”
“¡Eso es
injurioso, señor!”
“Perdonadme,
la injusticia, la calumnia y la conducta licenciosa me rebelan hasta tal punto
que no siempre
puedo controlar la
agitación en que
esos horrores me sumergen; quememos estos papeles, señor,
os lo pido nuevamente... quemémoslos, por vuestro honor y paz espiritual.”
‘Nunca
pensé, señor – dijo Franval –, que alguien que ejerce vuestro ministerio
pudiera convertirse tan fácilmente en excusador y protector de la mala conducta
y el adulterio; mi esposa está ajando mi reputación me está arruinando, os lo
puedo probar;
¡sois tan
ciego en lo que a ella concierne que preferís acusarme y considerarme
calumniador antes que ver en ella una mujer infiel y libertina! Pues bien,
señor, la ley decidirá; todos los tribunales de Francia se estremecerán con mi
acusación, presentaré todas las pruebas, haré pública la deshonra que sufro, y
entonces veremos si seguís siendo lo
suficientemente amable o estúpido
como para proteger a esa vergonzosa
criatura en mi contra.
“Voy a
retirarme, señor – dijo Clervil mientras se ponía de pie – Nunca creí que la
perversidad de vuestra mente pudiera causar tanto deterioro en las cualidades
de vuestro
corazón,
y que, cegado por una injusta venganza pudierais ser capaz de sustentar a
sangre fría ciertas cosas que suelen conducir
a la locura .. Ah, señor, hasta qué punto me convence todo esto más que nunca
que cuando un hombre ha fracasado en la más sagrada de sus obligaciones, de
inmediato se permite abolir todas las otras... Si por medio de la reflexión
cambiáis de idea, condescended a hacérmelo saber, señor, y siempre encontraréis
en vuestra familia y en mí, amigos dispuestos a aceptaros...¿Me permitiréis que
vea un momento a vuestra hija?”
“Sí
señor, y os exhorto a persuadirla por métodos más elocuentes o recursos más
efectivos para ofrecerle esas verdades luminosas en las que yo tuve la
desgracia de ver solamente oscuridad y ergotismo.”
Clervil
entró en las dependencias de Eugenia. Lo estaba esperando, vestida con el
deshabillé más seductor y elegante; una indecencia similar, debida a la
indulgencia y al pecado, reinaba vergonzosamente en
sus miradas y
gestos, y la
pérfida niña que arruinaba las gracias que la embellecían
a pesar de todo, personificaba a aquellas que incitan al vicio y rechazan la
virtud. Puesto que no es propio de una niña adentrarse en los profundos
detalles de un filósofo como Franval, Eugenia se limitó a ciertas
superficialidades; y gradualmente llegó a la extrema provocación; pero pronto
vio que su arte para la seducción era inútil y que un hombre tan virtuoso como
aquel no podía caer entre sus redes; se soltó hábilmente las prendas que
ocultaban sus encantos y apareció en el mayor desorden antes que Clervil
pudiera reaccionar.
“(Miserable)
– se puso a gritar a voz en cuello – ¡Sacad a este monstruo de aquí! Y por
favor, que mi padre no se entere de nada. ¡Dios mío! Yo esperaba de él un
consejo piadoso... y el miserable ataca mi modestia... Ved – dijo a los
sirvientes que acudieron a sus gritos –, ved en qué estado me ha puesto este
hombre; éstos son los que amorosamente sostienen la divinidad que ultrajan;
escándalo, libertinaje, seducción, ése es su modo de vida, y nosotros,
engañados por su falsa virtud, estúpidamente seguimos reverenciándolos!”
Clervil
se enfureció por esta reacción, pero logró ocultar su agitación; se apartó con
calma de la muchedumbre que lo rodeaba.
Dijo
tranquilamente: “Que el cielo perdone a esta desventurada niña... que logre
mejorarla, y que nadie en su casa ataque su virtud más de lo que yo hice... mi
intención no era destruirla sino darle nueva vida a su corazón.
Este fue
el resultado que obtuvieron madame de Farneille y su hija de las negociaciones
en que tanto habían confiado. Lejos estaban de darse cuenta del deterioro que
el pecado produce en las mentes de los villanos; ciertas cosas que a otros
mejoran, a ellos los empeoran, y en las mismas lecciones de la sabiduría
descubren estímulo para el mal.
A partir
de aquel momento, el antagonismo se hizo más intenso en ambos bandos;
Franval y
Eugenia vieron claramente que tenían que convencer a madame de Franval de sus
malas acciones en forma que no le quedaran dudas; y madame de Farneille y su
hija, planearon seriamente raptar a Eugenia. Mencionaron el plan a Clervil,
pero éste se negó a participar de hechos tan violentos; según dijo, ya
demasiado lo habían utilizado en aquel asunto como para ser capaz de nada que
no fuera implorar que las partes culpables fueran perdonadas, cosa esta que
hacía con insistencia, y se negó a prestarse para cualquier tipo de servicio o
mediación. ¡Qué sentimientos sublimes! ¿Por qué será tan rara esa nobleza entre
la gente de su profesión? ¿O por qué sufría tanto este ejemplar excepcional?
Comencemos por las tratativas de Franval.
Valmont
reapareció.
"Sois
un tonto – le dijo el amante de Eugenia –, no merecéis ser mi alumno; y os
apalearé ante los ojos de París si en segunda instancia no os conducís en forma
más satisfactoria con mi esposa; debéis tomarla, amigo mío, pero realmente
tomarla, mis propios ojos deben convencerse de su derrota... en otras palabras,
debo privar a esa detestable criatura de todos los medios de excusa y defensa.”
“¿Y qué
pensará si se resiste?”
“Usaréis
la violencia... Me encargaré de que esté sola... Asustadla, amenazadla,
¿qué
importa eso? Consideraré cada medio de que os valgáis para el triunfo como un
servicio que me hacéis.”
“Escuchad
– dijo entonces Valmont –, acepto vuestra sugerencia y os doy mi palabra que
vuestra esposa cederá, pero os exijo una condición, y nada haré si me la
negáis; los celos no deben tener cabida en nuestros arreglos, como bien sabéis;
por eso os pido que me permitáis
disfrutar de un cuarto de hora con
Eugenia... no podéis imaginar cómo me
comportaré cuando haya tenido el placer de estar un momento con vuestra
hija...”
“Pero
Valmont...”
“Comprendo
vuestros temores; pero
si creéis que
soy vuestro amigo
no los excuso, sólo aspiro al
placer de ver a Eugenia a solas y conversar con ella un momento.
"Valmont
– dijo Franval algo sorprendido –, ponéis un alto precio a vuestros servicios;
conozco, como vos, lo absurdo de los celos, pero adoro a la niña y prefiero
entregar mi fortuna antes que sus favores.”
“No
aspiro a ellos, calmaos.”
Franval
podía ver claramente que entre sus relaciones no había ninguna persona que
pudiera servirle como Valmont, y estaba ansioso porque no se le escapara de
entre las manos.
“Pues
bien – le dijo algo enojado –, os repito que vuestros servicios son costosos,
si os comportáis como espero os demostraré mi reconocimiento.”
“Oh, el
reconocimiento sólo es el precio de los ser vicios honrosos; y nunca lo
sentiréis por los que voy a realizar por vos; antes bien, nos disputaremos
antes de que pasen dos meses... Vamos, amigo mío, sé como está hecho un
hombre... sus errores... y fracasos...y las consecuencias que traen; colocad a
esta criatura la peor de todas, en la situación que queráis y podré predecir el
resultado con los datos que me dais. Quiero que me paguéis de antemano, o nada
haré.”
“Acepto”
– dijo Franval.
“Bueno –
contestó Valmont –, todo depende ahora de vuestros deseos, actuaré cuando me lo
pidáis.”
*‘Necesito
algunos días para prepararme – dijo Franval –, pero dentro de cuatro, como
máximo, estaré con vos.”
Monsieur
de Franval había criado a su hija de manera de estar seguro que ningún exceso
de modestia la haría negarse a participar en los planes arreglados con su
amigo; pero era celoso, Eugenia lo sabía; lo adoraba tanto como él la quería, y
admitió, cuando supo lo que iba a pasar, que este tete-a-tete podría tener
consecuencias que ella temía. Franval, que creía conocer a Valmont lo
suficiente como para estar seguro que él sólo buscaba en todo esto un placer
intelectual y no una pasión, alejó los temores de su hija lo mejor que pudo y
se hicieron los preparativos.
En ese
momento, Franval se enteró por los sirvientes por él pagados en la casa de su
suegra, que Eugenia estaba en grave peligro y madame de Farneille estaba a
punto de obtener una orden para detenerla. Franval no dudó que el complot era
obra de Clervil; abandonó por un
momento los planes
con Valmont y
se dedicó de
lleno a desembarazarse del
desdichado eclesiástico en quien veía el instigador de todo. Gastó algo de
dinero, puso esa arma poderosa en todos los vicios en muchas manos distintas; y
finalmente seis fieles villanos estuvieron de acuerdo en llevar a cabo sus
órdenes.
Una
noche, cuando Clervil, quien a menudo cenaba en cada de madame de Farneille,
salía solo y a pie, fue rodeado y apresado... le dijeron que eran órdenes del
gobierno. Le entregaron una orden de captura, lo introdujeron en un coche de
posta y lo llevaron a toda prisa al calabozo de un castillo apartado, propiedad
de Franval en las profundidades de las Ardenas. El desdichado fue entregado al
encargado de este lugar
acusado
de criminal que había tratado de quitar la
vida a su amo; y se tomaron precauciones para evitar que la desgraciada
víctima, cuyo único error había sido su indulgencia para quienes tan cruelmente
lo habían ultrajado, pudiera volver a ver nuevamente la luz del día.
Madame de
Farneille estaba desesperada. No dudaba que su yerno era el culpable de este
hecho; los esfuerzos
necesarios para encontrar
a Clervil atrasaron
los preparativos para el rapto de Eugenia; con pocas amistades y crédito
se hacía muy difícil encarar ambos objetivos simultáneamente, pero la violenta
acción de Franval lo hizo necesario. Sólo pensaban en el guía espiritual, pero
toda búsqueda fue vana; el villano había trazado tan buenos planes que fue
imposible hallar nada: Madame de Franval no osó hacer muchas preguntas a su
marido, no se habían hablado desde la última escena, pero cuando los propios
intereses son grandes, se destruyen las consideraciones; finalmente halló el
coraje necesario para preguntarle a su tiránico esposo si tenía la intención,
además de todos los malos designios que sobre ella pesaban, de privar a su
madre del único amigo que tenía en el mundo. El monstruo se defendió; su
hipocresía lo llevó a ofrecerse para realizar una búsqueda personalmente; al
ver que para prepararle el terreno a Valmont debía suavizar el corazón de su
esposa prometiéndole hacerlo todo por hallar a Clervil, prodigó sus lascivas
caricias a esta pobre crédula, y le aseguró que por más infiel que le fuera, se
le hacía imposible no adorarla en lo más profundo de su corazón, y madame de
Franval, siempre dispuesta a la reconciliación y las dulces actitudes, también
complacida por las cosas que la acercaban al hombre que le era más caro que la
vida misma, condescendió a todos los deseos de su infiel esposo, y los
compartió, sin osar aprovechar el momento, como hubiese debido hacerlo para
obtener de él por lo menos una mejor conducta, que no sumiera a su infeliz
esposa en un abismo de tormento y horror. Pero si hubiera tratado, ¿hubieran
sido fructíferas sus tentativas?
¿Acaso
Franval, que era tan engañoso en todas las acciones de su vida hubiera sido más
sincero en aquella, que según él, era sólo atrayente en 'bien de sus ventajas
materiales? No hay duda que lo hubiera aceptado todo por el sólo placer de
romper todas sus promesas, quizá hubiera llegado a querer que la gente le
exigiera juramentos, para poder agregar los atractivos del perjurio a su
horrible goce.
Franval,
que estaba a la sazón muy a sus anchas sólo pensaba en contrariar a los demás;
se comportaba de esta forma vengativa, desenfrenada e impetuosa cuando se
sentía molestado; deseaba volver a tener su tranquilidad a todo precio, y para
obtenerla adoptaba el único medio que haría que la perdiera nuevamente. Si la
obtenía empleaba todas sus facultades morales y físicas para perjudicar a los
demás; por eso siempre es- taba agitado, tenía que anticiparse a las astucias
que forzaba a los demás a emplear, o de lo contrario, usar-las personalmente
contra los demás.
Todo fue
arreglado para satisfacer a Valmont, y el ête-à-tête duró casi una hora en las
dependencias de Eugenia.
Allí, en
una habitación decorada, Eugenia, sobre un pedestal, representaba a una joven
salvaje agotada por la caza, que se recostaba contra el tronco de una palmera,
las ramas de la cual ocultaban una cantidad infinita de luces arregladas de tal
manera que iluminaban los encantos de la hermosa niña destacándolos con el arte
más fino. El pequeño teatro donde estaba de pie la estatua animada, estaba
rodeado por un canal, de un metro ochenta de ancho y lleno de agua que hacía
las veces de barrera a la joven salvaje y evitaba que nadie se le acercara por
ninguno de los lados; en el borde de este foso estaba ubicado el sillón de
Valmónt, al cual había atada una cuerda de seda. Si tiraba de la misma, podía
hacer girar el pedestal de forma de poder ver el objeto de su adoración de
todos lados, y tal era la postura del mismo que de cualquier forma que se lo
hiciera girar, siempre ofrecía un aspecto agradable. Franval, oculto detrás de
una decoración de hojas, podía observar simultáneamente a su amante y a su amigo,
y la contemplación, como se había arreglado en el último encuentro debía durar
media hora... Valmont se ubicó... estaba embriagado; nunca, dijo, habían
aparecido ante sus ojos tantos encantos. Cedió al éxtasis que lo embargaba, la
cuerda se movía incesantemente para ofrecerle a cada instante una nueva
atracción. No sabía cuál adorar, cuál preferir;
¡todo lo
que con Eugenia se relacionaba era tan hermoso! Sin embargo, los minutos
corrían, se van tan rápidamente en esas circunstancias. Sonó la hora, Valmont
se entregó y una nube de incienso se elevó rápidamente de los pies de la diosa
cuyo santuario le estaba prohibido. Una cortina de gasa descendió, había
llegado el momento de partir.
“¿Estáis
satisfecho?” – dijo Franval al unirse a su amigo.
“Es una
criatura deliciosa –
contestó Valmont – ;
pero Franval, aceptad mi consejo, no os arriesguéis a algo parecido
con otro hombre, y felicitaos por los sentimientos de mi corazón que os
aseguran contra todo peligro.”
“Mi
respuesta es – contestó Franval seriamente –, actuad lo más pronto posible.”
“Mañana prepararé a
vuestra esposa... es
necesaria una corta
conversación
preliminar...
cuatro días después, podéis contar conmigo.” Ambos se hicieron promesas
recíprocas y se separaron.
Pero era
de esperar que después de semejante encuentro, Valmont no quisiera traicionar a
madame de Franval o permitirle a su amigo una conquista que provocaba su
envidia... Eugenia le había causado una impresión tan profunda que no podía
renunciar a ella; estaba decidido a tenerla por esposa, cualquiera fuera el
costo. Al meditarlo cuidadosamente, con tal de no ser rechazado por la intriga
de Eugenia con su padre, estaba seguro que su suerte sería la de Colunce, y
estaba igualmente justificado para aspirar a la misma alianza; por eso pensó
que al presentarse como pretendiente no podía ser rechazado y que si actuaba
con energía, para lograr romper los vínculos incestuosos de Eugenia,
prometiendo a la familia que triunfaría en esto, no podía dejar de obtener el
objeto de
su admiración... después de una pelea con Franval, con la esperanza que su
propia valentía y astucia le permitirían ser el triunfador. Veinticuatro horas
fueron suficientes para estas reflexiones y Valmont, con la cabeza llena de
estas ideas, fue a ver a madame de Franval. Ella había sido prevenida; debemos
recordar que durante la última entrevista con su esposo, casi se habían
reconciliado, o, antes bien, al haber cedido a los insidiosos artificios de su
infiel esposo, no podía negarse a ver a Valmont. Había discutido por el asunto
de las cartas, las palabras e ideas de Franval; pero este último, quien ya no
parecía interesarse por nada, le había asegurado con firmeza que la forma más
segura de dar la impresión que todo era falsa o ya no existía, era ver a su
amigo como de costumbre; si se negaba a hacerlo, le había dicho, estaría
justificando sus sospechas; la mejor prueba que una mujer puede presentar de su
honor era seguir viendo en público al hombre a quien se había mencionado como
ligado a ella; todo esto era engañoso, madame de Franval lo sabía
perfectamente, pero esperaba obtener una explicación de Valmont; su deseo de
tenerla, sumado a su ansiedad por no disgustar a su esposo, le había hecho
olvidar todo lo que desde un punto de vista racional, hubiera debido evitar que
viera al joven. Valmont llegó y Franval los dejó precipitadamente, solos, como
en la última ocasión: las explicaciones serían animadas y largas; Valmont, como
poseído por sus ideas, cortó por lo sano y fue al grano.
“Madame –
se apresuró a decir –, no me sigáis considerando el mismo hombre que se cubrió
de culpa ante vuestros ojos la última vez que habló con voz; en aquella
oportunidad yo era el cómplice de las malas acciones de vuestro esposo, hoy
vengo a hacer una buena acción; pero confiad en mí, señora; os ruego aceptar mi
palabra de honor que no vengo a mentiros ni a imponerme ante vos, de ninguna
manera.”
Luego
admitió la historia de las cartas y documentos falsificados, y le rogó que lo
perdonara por haberse prestado, previno a madame de Franval de los nuevos
horrores que ahora se le exigirían, y para probar su franqueza, admitió sus
sentimientos por Eugenia, divulgó lo que había tenido lugar, y le dijo que
había decidido poner fin a todo aquello, raptar a Eugenia de manos de Franval y
llevarla a Picardía, a una de las propiedades
de madame de
Farneille, si ambas
damas le permitían
hacerlo y le prometían como recompensa la mano de la
niña que rescataría de la perdición.
Las
confesiones de Valmont parecían tan veraces, que madame de Franval no pudo
evitar dejarse convencer; Valmont era un partido excelente para su hija;
¿después del comportamiento de Eugenia podía esperar tanto? Valmont se
responsabilizó por todo, era el único medio de terminar con el modo de vida
horrible y criminal que era la desesperación de madame de Franval; ¿no podría
esperar además un cambio en los sentimientos de su esposo después del desenlace
de la única intriga que realmente podría resultar peligrosa para ella y para
él? Estas consideraciones la decidieron, aceptó, pero con la condición que
Valmont le diera la palabra que no se batiría a duelo con su esposo, que se
iría al extranjero después de haber devuelto a Eugenia a madame de Farneille y
se quedaría allí hasta que Franval se consolara de la pérdida de su amor
ilícito y consintiera al casamiento.
Valmont
se encargó de todo; madame de Franval, por su parte, respondía por la reacción
de su madre, le aseguró que no se opondría a los planes que juntos estaban
trazando y Valmont se retiró después de volver a excusarse ante madame de
Franval por haber sido capaz de actuar en su contra en todo lo que el
des-honroso marido le había pedido. Madame de Farneille fue informada de todo y
partió para Picardía al día siguiente, mientras Franval, arrastrado por el
perpetuo torbellino de placer. Que confiaba plenamente en Valmont, y ya no
temía a Clervil, cayó en la trampa que había sido preparada con la misma
facilidad que tan a menudo esperaba ver en los demás, cuando él, a su vez
quería tenderles un lazo.
Durante
los últimos seis meses, Eugenia, quien ya tenía diecisiete años había salido
sola muy a menudo o con unas pocas compañeras. Un día antes que Valmont, según
el arreglo hecho con su amigo, debiera atacar a madame de Franval, Eugenia
salió absolutamente sola para ver una nueva obra de la Comédie Française y de
allí partió para reunirse con su padre en una casa donde habían decidido
encontrarse, de allí irían a otra donde cenarían... Apenas había salido su
carruaje del Faubourg Saint-Germain, cuando diez enmascarados detuvieron los
caballos, abrieron las puertas, tomaron a Eugenia y la precipitaron en un coche
de posta, al lado de Valmont, quien, a la vez que hacía cuanto podía para
sofocar sus gritos, arrancó a toda prisa, y estuvo en las afueras de París en
muy poco tiempo.
Lamentablemente,
había sido imposible desembarazarse de los sirvientes de Eugenia y su carruaje,
lo cual provocó que Franval fuera informado inmediatamente. Valmont había
contado con la inseguridad de Franval en cuanto a la dirección que había tomado
y con las dos o tres horas que necesitaría para partir. Bastaba con que llegara
a la propiedad de madame de Farneille, porque allí dos mujeres de confianza y
un coche de posta estarían esperando para llevar a Eugenia la frontera, y a un
escondrijo desconocido hasta por Valmont, quien debería partir de inmediato a
Holanda y volvería para casarse con la joven, tan pronto como madame de
Farneille le hiciera saber que ya no había obstáculos; pero el destino hizo que
estos planes fallaran, a causa de los horribles designios del villano Franval.
Cuando
Franval se enteró, no perdió ni un momento, fue hasta la posta más próxima y
averiguó para qué rutas se habían alquilado caballos desde las seis de la
tarde. A las siete había partido un coche cerrado para Lyon y a las ocho un
coche había salido a Picardía; Franval no vaciló, el carruaje para Lyon no le
interesaba de manera alguna, pero un coche que se dirigía a la provincia donde
madame de Farneille poseía tierras... ése debía ser, sería una locura dudarlo;
de inmediato hizo atar a su carruaje los ocho mejores caballos de la posta,
hizo que sus sirvientes eligieran jacas, compró y cargó pistolas mientras
ataban los caballos, y salió con la velocidad de una flecha adonde el amor, la
desesperación y la venganza lo conducían. Mientras cambiaba caballos en Senlis
supo que el coche que perseguía acababa de salir... Franval ordenó partir a la
velocidad del rayo; dio alcance al coche, sus sirvientes y él mismo, con las
pistolas en la mano, detuvieron el postillón de Valmont, y el impetuoso
Franval, al reconocer a su adversario, le voló los sesos antes de que pudiera
defenderse, arrancó a Eugenia del coche en estado inconsciente, de un salto
trepó en el suyo, y estuvo de regreso en París antes de las diez de la mañana.
Sin importarle mucho lo que había ocurrido. Franval sólo prestaba atención a
Eugenia... ¿Acaso el traicionero Valmont no había tratado de sacar partido de
las circunstancias? ¿Seguía siéndole fiel Eugenia y no había sido mancillada su
culposa alianza? Mademoiselle de Franval tranquilizó a su padre. Valmont sólo
le había esbozado sus planes y lleno de esperanzas de casarse pronto con ella,
se había abstenido de desecrar el santuario ante el cual quería presentar un
homenaje inmaculado; las palabras de Eugenia tranquilizaron a Franval... Pero
su mujer... ¿estaba al tanto de aquellas maquinaciones? Eugenia, que había
tenido tiempo de descubrirlo, le aseguró que todo era obra de la madre, a quien
aplicó numerosos adjetivos odiosos, y que el encuentro fatal, durante el cual
Franval había estado seguro que Valmont se preparaba para servirle tan bien,
había sido sin duda aquel durante el cual lo habían traicionado de la manera
más vergonzosa.
“Ah –
dijo Franval, furioso –, por qué no habrá tenido mil vidas... todas se las
hubiera arrancado... una después de la otra... ¡Y mi esposa! ...cuando yo
trataba de calmarla... fue la primera en engañarme... la criatura que todos
consideran tan amable... ese ángel de
virtud! Ah, traidora,
traidora, pagarás caro
tu crimen... mi
venganza necesita sangre, y si es necesario iré a succionarla con mis
propios labios de tus pérfidas venas... Calmaos, Eugenia – prosiguió Franval,
en forma violenta –, sí, calmaos, necesitáis reposo, descansad algunas horas,
yo me encargaré de esto.”
Sin
embargo, madame de Farneille había apostado espías a lo largo del camino y
pronto fue informada de todo lo que había pasado; como sabía que su nieta había
sido traída y Valmont había sido muerto, regresó a París de inmediato. Furiosa
reunió a sus consejeros; le dijeron que el asesinato del Valmont pronto pondría
a Franval en sus manos; el crédito de éste, del que tanto temía, desaparecería
instantáneamente, y que pronto volvería a asumir el control de su hija y de
Eugenia; pero le aconsejaron que evitara la publicidad, y en caso de incurrir
en una acción legal destructiva, obtener una orden que pusiera a su yerno bajo
arresto. Franval fue informado de inmediato de este consejo y de las
consecuencias que de él se seguirían; también se enteró que el asunto era del
conocimiento del público y que su suegra estaba esperando su ruina para
aprovechar la situación. Se apresuró a ir a Versalles, vio al ministro, le dijo
todo, y recibió el consejo de ocultarse de inmediato en la propiedad que poseía
en Alsacia, en el límite con Suiza. Franval volvió en seguida y, decidido a
llevar a cabo su venganza, a castigar la traición de su mujer y de retener la
posesión de cosas lo suficientemente queridas por madame de Farneille como para
que ésta no osara, por lo menos desde el punto de vista legal, actuar en su
contra, decidió partir para Valmor, la propiedad adonde el ministro le había
aconsejado ir, en compañía de su esposa e hija ...¿pero madame de Franval
aceptaría? ¿al sentirse culpable de la traición que había conducido a todos
estos acontecimientos, se atrevería a alejarse tanto? ¿Osaría confiarse a la
protección de un marido ultrajado? Franval experimentaba cierta ansiedad por
todo esto; para descubrir cuáles eran sus límites, se encaminó a las
dependencias de su esposa. Ella ya estaba al tanto de todo.
“Señora –
le dijo fríamente
–, con vuestra
arrojada indiscreción me
habéis arrojado a un abismo de infortunio; critico los resultados y sin
embargo apruebo la causa, que sin duda alguna es el amor que sentís por mí y
por vuestra hija, y puesto que los primeros errores fueron cometidos por mí,
debo olvidar los que siguieron. Querida y amante mía de mi vida – prosiguió,
mientras se arrojaba a sus pies –, ¿aceptaríais una reconciliación que nada en
el futuro podrá perjudicar? He venido a ofrecérosla y éste es mi alegato...”
Entonces
colocó frente a ella los papeles falsificados que se pretendía fuera la
correspondencia con Valmont.
“Quemadlo
todo, querida amiga, os lo ruego – continuó el traidor con lágrimas fingidas –,
y olvidad lo que los celos me hicieron hacer, desterremos la amargura que hay
entre nosotros; estaba equivocado, lo confieso; pero quién sabe si Valmont,
para triunfar en sus intenciones, no me acusó más de lo que merezco ante
vuestros ojos... Si se atrevió a decir que pude dejar de quereros... que no
habéis sido siempre la criatura más preciosa y estimable del mundo para mí;
¡ah, ángel querido, si me ha acusado de tales calumnias, qué bien hice al
privar al mundo de semejante tramposo e impostor!”
“Señor –
dijo madame de Franval llorando –, ¿es posible concebir las atrocidades de que
me hicisteis víctima? ¿Cómo podéis esperar que tenga confianza en vos después
de tantos horrores?”
“¿Quiero
que me sigáis queriendo, mujer amante y amable! Acusad a mi mente de mis
faltas, pero con-venceos que mi corazón, sobre el cual siempre habéis reinado,
nunca fue capaz de traicionaros..., sí, quiero que sepáis que cada error sólo
ha servido para acercarme más a vos... ¡Cuanto más me alejaba de mi cara
esposa, menos posibilidades veía de volver a encontrarla; ni los placeres ni
los sentimientos pudieron igualar a aquellos que mi inconstancia me hizo
perder, y en los brazos mismos de su imagen, lamentaba la realidad... Oh, amada
y divina amiga, ¿dónde pudiera encontrar un alma como la vuestra? ¿Los favores
que en vuestros brazos se encuentran? Sí, abjuro de mis errores... sólo para
devolver a vuestro corazón herido el amor tan injustamente destruido por las
malas acciones... de cuyo recuerdo abjuro también.”
¿Era
posible que madame de Franval se resistiera a las amorosas observaciones de un
hombre a quien todavía adoraba? ¿Puede uno odiar a una persona a quien ha amado
profundamente? ¿Una mujer atractiva con alma sutil y sensata puede quedarse
impávida cuando ve a sus pies al hombre que tan caro le ha sido, bañado en
lágrimas? Los sollozos la invadían...
“Yo –
dijo, mientras apretaba las manos del esposo contra su corazón...–, ¡yo, que
nunca dejé de adoraros, oh, hombre cruel! Yo soy la dueña del corazón que
rompéis. Ah. El Cielo es mi testigo, de todos los látigos con los que me habéis
castigado, el temor de haber perdido vuestro amor o de que sospecharais de mi,
se hizo el más doloroso de todos... Y más aún, ¿quién elegisteis para
ultrajarme? ¡A mi hija! Con sus manos me habéis hendido el corazón... ¿queréis
forzarme a odiarla, cuando la naturaleza la hizo tan cara para mi existencia?”
“Ah –
dijo Franval ardientemente –, quiero que volváis a quererla, quiero que abjure,
de rodillas como yo lo hago, de su desvergüenza y malas acciones... que pueda
ser perdonada, como yo. Ahora los tres sólo debemos pensar en nuestra
felicidad. Os devolveré a vuestra hija... devolvedme a mi esposa... y huyamos.”
“!Huir,
Dios mío!”
“Se habla
de extravagancias... Mañana podré estar arruinado... Mis amigos, el ministro,
todos me han aconsejado hacer un viaje a Valmor... ¿os dignaréis acompañarme,
amor mío? ¿En el momento en que me postro para pedir vuestro perdón me
romperéis el corazón negándoos?”
“Me
asustáis, este asunto...”
“!Es
considerado como asesinato, no como duelo!”
“!Oh,
cielos! ¡Y yo soy la causa! Impartid vuestras órdenes: haced lo que queráis
conmigo, amado esposo... Si es necesario os seguiré hasta el fin del mundo...
¡Oh, soy la más infeliz de las mujeres!”
“Decid en
cambio la más afortunada, puesto que cada momento de mi vida lo dedicaré a
transformar en flores las espinas sobre las que camináis... ¿Acaso un desierto
no es suficiente cuando uno está enamorado? Además, esto no durará para
siempre; mis amigos han sido informados y actuarán.”
“Y mi
madre... quisiera verla...”
“Ah, no
lo hagáis, querida amiga, tengo pruebas seguras que está incitando a los padres
de Valmont... que ella mismo persigue mi caída...”
"Es
incapaz de hacerlo; dejad de imaginar esos horrores; su alma está hecha para el
amor y no conoció el engaño... nunca la habéis apreciado, Franval... ¿Por qué
no habéis podido amarla
como yo! Con
ella hubiéramos encontrado
felicidad en este mundo. Era el ángel de
paz ofrecido por el cielo para enmendar los errores de vuestro modo de vida,
vuestra injusticia rechazó su amor, que siempre estuvo dispuesto a aceptar
vuestro afecto, y por medio de la indiscreción y el capricho, la ingratitud y
la licencia, os habéis privado de la mejor y más afectuosa amiga que la
naturaleza creó para vos: ¿no podré verla?”
“No, os
ruego seriamente que no lo hagáis... ¡Los minutos son de oro! Le escribiréis y
le diréis de mi arrepentimiento... Quizá ceda a mi remordimiento... quizá algún
día recupere su estima y amor; todo se arreglará, volveremos... Volveremos para
gozar entre sus brazos de su perdón y afecto... Pera ahora, partamos,
querida... debemos hacerlo en una hora y los carruajes nos esperan.”
Madame de
Franval estaba asustada y ya no osaba responder; se preparó para la partida:
los deseos de Franval eran órdenes para ella. El traidor se apresuró a hablar
con su hija y la llevó ante la madre; la engañosa criatura se postró frente a
ella en la misma forma en que lo había hecho su padre: lloró, imploró su perdón
y lo obtuvo. Madame de Franval la abrazó ¡es tan difícil olvidar que una es
madre, por mucho que un hijo la haya herido!... La voz de la naturaleza es tan
importante en un alma sensible, que una sola lágrima de esas sagradas criaturas
es suficiente para hacernos olvidar los errores y equivocaciones por ellas
cometidos.
Partieron
para Valmor. La gran prisa con que se vieron obligados a viajar justificó, ante
los ojos de madame de Franval, siempre crédula y ciega, los pocos sirvientes
que llevaron con ellos. El crimen evita los ojos de los demás... les teme;
puesto que sólo puede haber seguridad en el secreto, los criminales se rodean
de misterio cuando quieren actuar.
En el
campo, se cumplieron todas las promesas; atención constante, consideración,
respeto y ternura por un lado... el amor más violento por el otro, toda esta
lascivia sedujo a la desventurada madame de Franval... Lejos de todo, separada
de su madre, viviendo en las profundidades de una horrible soledad, se sentía
feliz porque tenía, según decía, el amor de su esposo y porque su hija, quien
siempre estaba a su lado, sólo se ocupaba de complacerla.
Las
dependencias de Eugenia y su padre ya no estaban contiguas; Franval se alojaba
en el extremo del castillo y Eugenia cerca de su madre; y en Valmor el decoro,
la buena conducta y la modestia reemplazaron en forma sorprendente todas las
licencias de la capital. Todas las noches Franval visitaba a su esposa, y en
medio de la inocencia, la candidez y el amor, el bribón se atrevía a alimentar
esperanzas con su vil conducta. Este villano era lo suficientemente cruel como
para no desarmarse con las ardientes caricias que le prodigaba permanentemente la más
sensible de las mujeres, y en la
misma antorcha del amor, él encendió la de la venganza.
Es fácil
imaginar, sin embargo, que la atracción que Franval sentía por Eugenia no había
disminuido. A la mañana, mientras su madre se arreglaba, Eugenia se encontraba
con su padre en un rincón remoto del jardín, y de él obtenía la información
necesaria sobre la manera de conducirse de un día para otro, y también los
favores que lejos estaba de dejar enteramente en manos de su rival.
Apenas
hacía una semana que estaban en aquella casa cuando Franval supo que la familia
de Valmont había iniciado las acciones en su contra, y que el asunto iba a ser
tratado con extrema seriedad; era imposible, aparentemente, hacerlo pasar por
duelo, lamentablemente había habido
demasiados testigos; además,
también le dijeron
a Franval, madame de Farneille estaba a la cabeza de los enemigos de su
yerno, y quería completar su caída privándolo de la libertad o forzándolo a
abandonar Francia, para volver a tener a su lado a los dos seres adorados que
estaban separados de ella.
Franval
mostró aquellas cartas a su esposa; ella de inmediato tomó la pluma para calmar
a su madre y para describirle la felicidad de que, gozaba desde que la
desventura había calmado el corazón de su infeliz esposo; además le aseguró a
su madre que seria inútil persuadirla de volver a París con su hija, que ella
estaba decidida a no salir de Valmor hasta que se hubieran arreglado los
asuntos de su esposo y que si la malicia de sus enemigos o lo absurdo de los
fueros lo hacían pasible de una sentencia que pudiera dañar su reputación,
estaba decidida a escapar de Francia con él.
Franval
agradeció a su esposa; pero como no estaba dispuesto a esperar lo que le estaba
destinado, le dijo que iría a pasar algún tiempo en Suiza, que dejaría a
Eugenia con ella, y rogó a las dos no salir de Valmor hasta que el futuro fuera
más claro; que volvería, pasara lo que pasara, para estar veinticuatro horas
con su querida esposa para decidir juntos la forma de llegar a París, si nada
lo impedía, o de lo contrario, de vivir seguros en algún lugar.
Una vez
tomadas estas decisiones, Franval, que no había olvidado que la imprudencia de
su esposa con Valmont era una de las causas de sus impedimentos, y que sólo
pensaba en la venganza, dijo a su hija que esperaría por ella del otro lado de
la propiedad. Se encerró con ella en un pequeño pabellón y después de hacerle
jurar la obediencia más ciega a todo lo que le dijera, la besó y habló como
sigue:
“Vais a
perderme, hija mía... Quizá para siempre...” Eugenia rompió a llorar.
“Calmaos,
ángel mío – le dijo –, el remedio para nuestra felicidad depende de vos, y en
Francia o en otra parte podremos ser felices, o casi, como lo fuimos. Espero,
Eugenia, que estaréis plenamente convencida que vuestra madre es la única causa
de todo nuestro infortunio, sabéis que no he olvidado la venganza; si se la he
ocultado a mi esposa, conocéis los motivos, los habéis aprobado, me habéis
ayudado con vuestro prudente silencio; el final ha llegado, Eugenia; debemos
actuar, vuestra paz espiritual depende de ello, y lo que vamos a emprender me
asegura la mía para siempre; me comprendéis, espero, y sois demasiado
inteligente para alarmaros por un momento por lo que os sugiero... Sí, hija
mía, debemos actuar, debemos hacerlo de inmediato y sin sentir remordimientos,
y vos debéis llevar a cabo el hecho. Vuestra madre trató de haceros infeliz, ha
empeñado el amor que exige, ha perdido sus derechos al mismo; desde entonces,
ella es para vos como cualquier otra mujer, se ha transformado en vuestra más
mortal enemiga; las leyes de la naturaleza que están inscritas en nuestro
corazón nos dictan
que debemos desembarazarnos primeramente,
si podemos, de aquellos que conspiran contra nosotros,
estas leyes sagradas que nos dirigen e inspiran, no nos hacen amar a otras
personas más que a nosotros mismos... Nosotros primero, los otros después, ésa
es la ley de la naturaleza; como resultado, no queda respeto ni consideración
para los otros cuando demuestran que nuestra infelicidad o caída es lo único
que desean; actuar de otra manera, hija mía, significaría preferir los
otros a nosotros mismos, y sería
absurdo. Dediquémonos ahora a los motivos que deben determinar la acción que os
aconsejo llevar a cabo.
“Yo estoy
forzado a partir de todas maneras, sabéis por qué; si os dejo con esta mujer,
será convencida por su madre y dentro de va mes os llevará de regreso a París;
puesto que el reciente escándalo os impedirá casaros, podéis estar segura que
las dos crueles mujeres se impondrán sobre vos para poneros en un convento
donde lloraréis para siempre vuestra debilidad y las delicias que hemos
perdido. Vuestra abuela, Eugenia, es quien ha iniciado juicio en mi contra,
quien se ha unido a mis enemigos para completar mi caída; ¿acaso esas acciones
pueden tener otro objetivo que no sea volver a ganaros y acaso podría tomaros
sin encerraros? ¡Cuanto más se deteriora mi posición, más poder y crédito
consiguen nuestros torturadores! Pero no debemos dudar que vuestra madre se
halla a su cabeza, no debemos dudar que se sumará a ellos tan pronto como yo
parta; pero sólo desean arruinarme para hacer de vos la más desdichada de las
mujeres; por lo tanto, debemos debilitarlos sin tardanza, y su más importante
fuente de energía terminará con la desaparición de madame de Franval. Si
actuamos de otra manera y os llevo conmigo, vuestra madre se enojará y se unirá
a su madre de inmediato a partir de ese momento, Eugenia, no habrá paz para
nosotros, nos buscarán y perseguirán en todas partes, ni un solo país tendrá el
derecho de ofrecernos un lugar de re-poso, ni un refugio sobre la faz de la
tierra se volverá sagrado o inviolable a los ojos de los monstruos cuya rabia
nos perseguirá; ¿desconocéis hasta qué punto esas armas odiosas del despotismo
y la tiranía pueden llegar, cuando están pagadas con oro y dirigidas por el
mal? Si vuestra madre muere, por el contrario, madame de Farneille, quien la
ama más que a vos, y que de todo participa por su bien, al ver privado a su
grupo del único ser que a él la liga, abandonará todo y ya no incitará a mis
enemigos o los levantará en mi contra. Después de eso, una de los alternativas
prevalecerá: o se arregla el asunto Valmont, y nada nos impedirá volver a
París; o de lo contrario se decidirá en mi contra y nos veremos forzados a
partir al extranjero pero por lo menos estaremos protegidos de los ataques de
la Farneille, quien, mientras nuestra madre siga con vida, sólo se ocupará de
nuestra desdicha porque, una vez más, cree que la felicidad de su hija sólo
puede alcanzarse en nuestra caída.
“Desde
cualquier punto de vista que miréis nuestra situación, comprenderéis que madame
de Franval perturba nuestra paz espiritual, y su detestable existencia es el
mayor obstáculo a nuestra felicidad.
“Eugenia,
Eugenia –Franval prosiguió con ardor mientras tomaba la mano de su hija entre
las suyas...–, querida Eugenia, me amáis, ¿acaso por temor a un hecho esencial
para nuestros intereses, queréis perder para siempre al hombre que os adora?
Oh, querida y adorada Eugenia, tomad una decisión, sólo podéis conservar a uno
de vuestros padres; os veis forzada al parricidio, ahora sólo os basta escoger
el corazón que vuestro puñal criminal atravesará; o vuestra madre debe perecer,
o debéis renunciar a mí... ¡Qué digo, tendréis que matarme!... ¡Oh! ¿Podría yo
vivir sin vos?... ¿Creéis que me es posible existir sin mi Eugenia? ¿Podría
resistir el recuerdo de los placeres de que gocé en vuestros brazos?... ¿Esos
deliciosos placeres perdidos para mis sentidos para siempre? Vuestro crimen,
Eugenia, vuestro crimen es el mismo en ambos casos; o destruís a una madre que
os odia y que sólo vive para provocar vuestra desdicha, o deberéis asesinar a
un padre que sólo existe para vos. Elegid, elegid, Eugenia, y si soy yo a quien
condenáis, no vaciléis, desagradecida niña, hended sin piedad a este corazón
cuyo único error fue amaros demasiado. bendeciré los golpes que provengan de
vuestra mano y mi último suspiro será para adoraros.”
Franval
guardó silencio para escuchar la respuesta de su hija; pero profundos
pensamientos parecían hacerla vacilar... Finalmente se arrojó a los brazos de
su padre.
“Oh, vos,
a quien toda mi vida amaré –gritó–, ¿podéis poner en duda mi decisión?
¿Podéis
sospechar que me falta valentía? Poned de inmediato un arma entre mis manos, y
la que está proscrita por sus propios hechos horribles, y la necesidad de
vuestra seguridad, pronto caerá bajo mis golpes; instruidme, Franval, decidme
lo que he de hacer, puesto que esto es esencial para vuestra paz espiritual,
actuaré durante vuestra ausencia, os
informaré de todo; pero
pase lo que
pase... tan pronto como vuestro enemigo sea destruido, no
me dejéis sola en este castillo, insisto... venid y llevadme o decidme dónde
puedo unirme a vos.”
“Adorada
hija –dijo Franval, mientras abrazaba a ese monstruo a quien había seducido
demasiado–, sabía que encontraría en vos todos los sentimientos de amor y
determinación necesarios para nuestra felicidad... Tomad esta caja... La muerte
duerme en ella...”
Eugenia
tomó la caja fatal y tranquilizó a su padre; se tomaron otras decisiones; se
arregló que ella esperaría los resultados del juicio, y que el crimen
proyectado tendría lugar o no, según qué se decidiera a favor o en contra de su
padre. Se separaron, Franval vio a su esposa, llevó su audacia e hipocresía al
punto de llorar amargamente frente a ella hasta que recibió la caricia inocente
y emocionada de este ángel celestial. Luego, cuando se llegó al acuerdo que
ella se quedaría definitivamente en Alsacia con su hija, cual fuera el
resultado de la acción legal, el villano montó su caballo y partió, lejos de la
inocencia y la virtud que habían sido tan mancilladas por sus pecados.
Franval
se estableció en Basilea, para estar a salvo de la acción judicial que se
podría tomar en su contra y al mismo tiempo quedar lo más cerca posible de
Valmor, de forma que aunque se notara su ausencia, sus cartas pudieran mantener
a Eugenia en el estado de ánimo que él quería. Había unas veinticinco leguas de
Basilea a Valmor, pero las comunicaciones eran lo suficientemente fáciles,
aunque atravesaban la Selva Negra, para que él recibiera noticias de su hija
una vez por semana. En caso de emergencia, Franval había llevado consigo
grandes sumas de dinero, pero más en billetes que en plata. Dejémoslo que se
instale en Suiza y volvamos a su esposa.
Nada
podía ser más puro y sincero que las intenciones de esta notable mujer; había
prometido a su esposo permanecer en la propiedad campestre hasta que aquél le
diera nuevas órdenes; nada podría hacerle cambiar de idea, se lo repetía a
Eugenia todos los días... Lamentablemente, Eugenia estaba demasiado lejos para
sentir la confianza que esta honrosa madre debía inspirarle; todavía compartía
con Franval una actitud injusta – sentimiento que mantenía vivo en sus cartas–
e imaginaba que no podía tener enemigo en el mundo que fuera peor que su madre.
Sin embargo, no había nada que esta última no hiciera para vencer la invencible
lejanía que la desagradecida niña conservaba en el fondo de su corazón; la
madre la abrumaba de caricias y amor, afectuosamente le participaba sus
esperanzas de un pronto regreso de Franval, empleando amabilidad y cumplidos al
punto de agradecerle a veces a Eugenia y permitirle todo el mérito de la feliz
conversión; luego expresaba su desconsuelo por haber sido la causa inocente de
las nuevas desgracias que acechaban a Franval; lejos de acusar a Eugenia, se
culpaba a ella misma y, a la vez que la apretaba contra su pecho, le preguntaba
llorando si alguna vez podría perdonarla... Eugenia se resistía a estas
observaciones angelicales, aquel corazón perverso ya no escuchaba a la voz de
la naturaleza, el vicio había bloqueado todos los caminos que hubieran podido
conducir a él... Se apartaba fríamente de los brazos de su madre, la miraba con
los ojos algo salvajes, y pensaba, para darse coraje: Cuán falsa es esta
mujer... cuán traicionera... me abrazó de la misma forma el día que me raptó.
Pero estos injustos reproches eran sólo el abominable ergotismo con que los
criminales se sostienen, cuando quieren acallar la voz de la obligación. Cuando
había raptado a Eugenia, por el bien de su felicidad y su propia paz espiritual
y en interés de la virtud, madame de Franval había logrado ocultar su acción,
tales fingimientos sólo son desaprobados por la persona culpable a quien
engañan, no ofenden al virtuoso. Eugenia soportaba todo el afecto de madame de
Franval porque quería cometer un horrible hecho y de ninguna manera a causa de
los errores de una madre que ciertamente ninguno había cometido en contra de su
hija.
Casi al
terminar el primer mes en Valmor, madame de Farneille escribió a su hija que el
juicio en contra de su esposo se estaba poniendo extremadamente serio, y que
dado que existía el peligro que fuera condenado, el regreso de madame de Franval
y Eugenia se hacía necesario, tanto para impresionar al público, que decía las
peores cosas, como para unirse a ella para solicitar un arreglo que pudiera
desarmar a la justicia y tratar a la parte culpable sin sentenciarlo a muerte.
Madame de
Franval, que había decidido no guardar secretos a su hija, le mostró la carta
de inmediato; Eugenia miró fijamente a su madre y le preguntó con frialdad,
¿qué actitud pensaba tomar al recibir tan tristes noticias?
“No lo sé
– replicó madame de Franval –, en realidad, ¿qué finalidad tiene que nos
quedemos aquí? ¿No será mil veces más útil a mi esposo que aceptáramos el
consejo de mi madre?”
“Vos
estáis a cargo, madame –contestó Eugenia–, yo me limitaré a hacer lo que
digáis, y os obedeceré.”
Pero
madame de Franval, al darse cuenta por el tono de su hija que esta decisión no
le agradaba, dijo que seguiría esperando, que volvería a escribir, y que
Eugenia podía estar segura que si no cumplía con los deseos de Franval, era
sólo por la certeza que podría serle más útil en París que en Valmor.
Otro mes
pasó durante el cual Franval no cesó de escribir a su esposa e hija, ni de
recibir de ellas las cartas más complacientes, puesto que veía en las de la
primera una perfecta obediencia a sus deseos, y en las de la segunda la más
completa determinación a ejecutar el crimen proyectado, tan pronto como los
acontecimientos lo exigieran, o tan pronto como madame de Franval pareciera
ceder a las demandas de su madre; “por qué
–decía
Eugenia en sus cartas– si nada veo en vuestra esposa salvo rectitud y
honestidad, y los amigos que vigilan vuestros asuntos en París logran arreglar
los asuntos satisfactoriamente, depositaré en vuestras manos la tarea que me
habéis confiado, y la llevaréis a cabo vos mismo cuando estemos juntos, si
consideráis que es el momento oportuno, a menos que me ordenéis actuar en
cualquier caso, y lo halláis indispensable, entonces asumiré toda la
responsabilidad, de ello podéis estar seguro.”
Franval
concedió su aprobación en su respuesta a todo lo que la hija le dijo, y ésa fue
la última carta que recibió de ella y la última que escribió. El siguiente
correo no trajo ninguna; Franval estaba ansioso; en el próximo correo no tuvo
mejor suerte, se desesperó, y puesto que su agitación natural no le permitía
seguir esperando, trazó el plan de ir a Valmor personalmente para conocer la
causa de los atrasos que tan cruelmente lo atormentaban. Montó a caballo,
seguido de un fiel criado; debía arribar dos días más tarde, muy adentrada la
noche para que nadie lo reconociera; a la entrada de los bosques que rodean el
castillo de Valmor, que se unen a la Selva Negra hacia el este, seis hombres
armados detuvieron a Franval y a su lacayo; le exigieron su talega; los delincuentes
estaban bien informados, sabían con quién estaban hablando, sabían que Franval,
que estaba pasando por dificultades, nunca se desplazaba sin dinero y una gran
cantidad de oro... El criado ofreció resistencia y cayó sin vida al lado de su
caballo; Franval, con la espada en la mano, se apeó, se precipitó sobre los
desdichados, hirió a tres de ellos y se vio rodeado por los restantes; le
robaron cuanto tenía, y aunque no lograron arrancarle el arma, los ladrones
huyeron tan pronto como lo despojaron; Franval los siguió, pero ellos eran
veloces como el viento a pesar del botín y los caballos y fue imposible saber
qué dirección habían tomado.
Era una
noche horrible, soplaba el viento norte y había granizo... todos los elementos
parecían haberse desencadenado en contra de este hombre... Hay casos en que la
naturaleza se rebela ante los crímenes del hombre que persigue y desea
abrumarlo, antes de volver a tomarlo para sí, con todos los flagelos que tiene
en su poder... Franval, medio desnudo, pera sosteniendo todavía en la mano su
espada, salió de este lugar fatal lo mejor que pudo y se encaminó hacia Valmor.
No conocía muy bien los alrededores de una propiedad que sólo había conocido
recientemente, y se perdió entre los oscuros senderos del bosque
que le eran totalmente desconocidos...
Muerto de cansancio y dolor... devorado por la ansiedad, torturado por la
tormenta, se arrojó al suelo y allí aparecieron en sus ojos las primeras
lágrimas que derramaba en su vida...
“Soy un
desgraciado –gritaba–, ahora todo se combina para aplastarme... para hacerme
sentir remordimientos... la mano de la desventura hace que éstos penetren mi
alma; engañado por los placeres de la prosperidad, nunca los tuve en cuenta...
¿Oh, vos, a quien tan penosamente he ultrajado, vos que quizá en este momento
ya os habréis convertido en víctima de mi furia bárbara!... Esposa adorada...
el mundo se glorificó con vuestra existencia, ¿todavía cuenta con ella? ¿La
mano del cielo ya ha terminado con mis horribles empresas? ¡Eugenia! Hija
demasiado crédula... indignamente seducida por mis horribles artificios..., ¿la
naturaleza ha calmado vuestro corazón? ¿Han terminado ya los crueles efectos de
mi ascendencia y vuestra debilidad? ¿Ha llegado el momento? ¿Ha llegado el
momento, justo cielo?”
De
repente, el plañidero y majestuoso sonido de varias campanas que sonaban
lúgubremente hacia las nubes, se sumó el horror de su destino... Se alarmó y
sintió miedo.
“¿Qué
oigo? –gritó, mientras se ponía de pie...–. Bárbara niña... ¿es la muerte? ¿Es
la venganza? ¿Son ésas las furias del infierno que llegan a completar su
trabajo? ¿Qué me dicen esos sonidos? ¿Dónde estoy? ¿Los oigo? Oh, cielo,
completa el castigo de mi culpa...”
“Dios
todopoderoso –gritó al postrarse–, déjame que sufriente sume mi voz a las
de los
que te imploran
en este momento...
mira mi remordimiento
y Tu poder, perdóname por haberte descuidado... y
dígnate concederme los deseos... ¡Los primeros deseos que me atrevo a
presentarte! Ser Supremo... protege la virtud, protege a quien tiene de Ti la
más hermosa imagen en éste mundo; que esos sonidos, ¡ay!, esos melancólicos
sonidos, no sean los que temo.”
Y
Franval, que estaba perdido, sin saber lo que hacía ni adónde iba, mientras
profería palabras incoherentes, se encaminó por el sendero que ante él se
extendía. Luego oyó a alguien, volvió en sí, prestó atención... Era un
jinete...
“Quien
seáis –gritó Franval, mientras se dirigía hacia él...–, quien quiera que seáis,
compadeceos de un hombre desdichado a quien la pena descarría .. Estoy
dispuesto a matarme... Decidme, ayudadme, si sois un hombre que puede
conmiserarse... Dignaos salvarme de mí mismo.”
“¡Cielos!
–replicó una voz harto conocida por Franval –, ¡qué, vos aquí... Cielos,
alejaos!”
Y
Clervil... era él, era aquel digno mortal que había escapado de las cadenas de
Franval, a quien el destino enviaba hacia el desventurado, en el momento más
triste de su vida... Clervil se apeó del caballo y se lanzó a los brazos de su
enemigo.
“¿Sois
vos, señor? –preguntó Franval mientras estrechaba al sacerdote contra su
pecho–, ¿sois vos, ante quien debo reprocharme tan horribles hechos?”
“Calmaos,
señor, calmaos; me estoy liberando de las desgracias que hasta hoy me rodearon,
ya no recuerdo cuales me trajeron, si el Cielo me permite seros útil... y os
seré útil, en una forma cruel, sin duda, pero necesaria... Sentémonos...
echémonos a los pies de este ciprés,
sólo sus dolientes
hojas pueden hacer
ahora una corona
que os convenga... ¡Oh, querido
Franval, cuántas desgracias debo narraros! Llorad, amigo querido, las lágrimas
os aliviarán, y todavía debo exprimir lágrimas más amargas de vuestros ojos...
Los días de placer han terminado... para vos han desaparecido como un sueño,
sólo os quedan los días de sufrimiento.”
“Señor,
os comprendo... esas campanas...”
“Llevarán
a los pies del Ser Supremo... el homenaje y votos de los acongojados habitantes
de Valmor, a quienes el Eterno solo permite conocer un ángel para compadecerse
de él...”
Franval
volvió la punta de la espada contra su pecho y a punto estuvo de terminar con
su vida. Pero Clervil evitó este furioso hecho.
“No, no,
amigo mío –gritó–, no debéis morir sino hacer buenas acciones. Escuchadme,
tengo mucho que deciros, y se necesita calma para escucharlo.”
“Hablad,
señor, os escucho; enterrad lentamente el puñal en mi corazón, corresponde que
yo sea atormentado en la misma forma que traté de hacerlo con los demás.”
“Seré
breve en lo que me concierne, señor –dijo Clervil–. Después de algunos meses de
horrible prisión en la que me sumergisteis, tuve la suerte de poder influir a
mi carcelero; me abrió las puertas; le pedí esconder con el mayor cuidado la
injusticia que os habíais permitido en mi contra. No hablará de ello, señor,
querido Franval, nunca hablará de ello.”
“Oh,
señor.”
“Escuchadme,
os repito, tengo muchas otras cosas que contaros. Una vez que volví a París,
supe de vuestra huída... vuestra partida... compartí las lágrimas de madame de
Farneille... Eran más sinceras de lo que podréis creer; me uní a esta digna
mujer para influir sobre madame de Franela para que nos entregara a Eugenia, su
presencia era más necesaria en París que en Alsacia... Le habíais prohibido
salir de Valmor... os obedeció, nos mandó estas órdenes, nos habló de su
renuncia a desobedeceros; vaciló tanto como pudo... fuiste condenado a muerte,
Franval, esa condena pesa sobre vos. Vas a ser decapitado, como si fuerais
asaltante de caminos: ni los ruegos de madame de Farneille ni la dedicación de
vuestros parientes y amigos pudieron apartar de vos la espada de la justicia;
habéis sucumbido, estáis destruido para siempre... arruinado... vuestras
pertenencias han sido embargadas...
–Franval se enfureció por segunda vez–. “Escuchadme señor, escuchadme,
os pido como reparación de vuestros crímenes, os ruego en nombre del Cielo que
vuestro arrepentimiento puede todavía desarmar. En aquel momento escribimos a
madame de Franval, le dijimos todo; su madre le informó que como su presencia
se hacía indispensable, me enviaba a Valmor para ayudarla a decidir una partida
definitiva; partí inmediatamente después que la carta; pero
lamentablemente llegó antes
que yo; era
demasiado tarde cuando
arribé... vuestro horrible
complot había tenido gran éxito; encontré a madame de Franval moribunda...
¡Oh, señor,
qué mujer ruin!
Pero vuestro estado
actual me conmueve,
dejo de reprocharos vuestros
crímenes. Escuchadlo todo. Eugenia no podía soportar aquello su
arrepentimiento, cuando yo llegué se evidencia en lágrimas y amargos
sollozos... Oh, señor, cómo puedo describiros los crueles efectos de esas
situaciones... Vuestra esposa moribunda... desfigurada por las convulsiones y
el sufrimiento... Eugenia, por una vez con sentimientos naturales, profería
horribles gritos, se acusaba, invocaba la muerte y deseaba quitarse la vida a
los pies de aquellos a quienes imploraba, y se aferraba al pecho de su madre,
trataba de recibirla con su aliento, calentarla con sus lágrimas, conmoverla
con sus remordimientos; ese fue, señor, el terrible espectáculo que encontraron
mis ojos cuando entré en vuestras dependencias, madame de Franval me reconoció... me
apretó las manos...
las mojó con
sus lágrimas, pronunció
algunas palabras que escuché con dificultad, apenas podían oírse a causa
de las palpitaciones provocadas por el veneno... se excusó ante mí... imploró
al cielo por vos... sobre todas las cosas rogó por el perdón de su hija... Ya
veis, bárbaro, los últimos pensamientos, los últimos votos de aquella que
destruíais fueron por vuestra felicidad. Le brindé todos mis cuidados; impartí
órdenes entre vuestros sirvientes, llamé a los más renombrados médicos... traté
de consolar a vuestra Eugenia; conmovido por su horrible estado, pensé que no
podía negarle consuelo; pero fracasé; vuestra esposa expiró entre temblores e
indescriptibles tormentos... en ese último momento, señor, puede presenciar uno
de los repentinos efectos del
remordimiento que hasta
ese momento había
desconocido. Eugenia se precipitó sobre su madre y murió con ella;
creímos que sólo se había desvanecido... No, todas sus facultades se habían
extinguido; sus órganos habían sido absorbidos por la situación y habían sido
aniquilados al mismo tiempo, había muerto realmente, de remordimiento, de pena
y desesperación... Si, señor, las habéis perdido a ambas; y las campanas que
todavía tañen son en honor simultáneamente a dos criaturas, ambas creadas para
vuestra felicidad, a quienes vuestros crímenes han hecho víctimas de su apego a
vos, y sus imágenes, manchadas de sangre, os perseguirán hasta la tumba,
”¿Oh,
querido Franval, estaba equivocado cuando os urgí en el pasado para que
salierais del abismo adonde vuestras pasiones os arrojaban; y vais a acusar y
despreciar a aquellos que se ponen de parte de la virtud? ¿Se equivocan al
pagar tributo en su santuario cuando ven el pecado rodeado de tantos problemas
y flagelos?”
Clervil
guardó silencio. Miró a Franval; lo vio petrificado por la pena; sus ojos
estaban fijos y las lágrimas caían en ellos, pero sus labios carecían de
expresión. Clervil le preguntó por qué estaba casi desnudo, y Franval le
explicó brevemente.
“Señor
–gritó este generoso mortal–, cuán feliz soy, aún en medio de los horrores que
me rodean, de poder por lo menos mitigar vuestro estado. Iba a veros a Basilea.
Iba
a deciros
todo, iba a ofreceros lo poco que poseo... aceptadlo, os lo ruego; no soy rico,
lo sabéis, pero aquí hay cien luises, son mis ahorros y todo lo que poseo... os
ruego que...
“Generoso
hombre –gritó Franval mientras abrazaba las rodillas de este raro amigo–, ¿me
los dais? Cielo, ¡acaso necesito algo
después de las pérdidas que he sufrido!
Y vos, a quien tal mal he tratado... vos acudís en mi ayuda.”
“¿Debemos
recordar los insultos cuando la desgracia abruma a quien nos ha insultado? La
venganza que en este caso se le debe infligir, es consolarlo; ¿y por qué
abrumarlo nuevamente cuando sus reproches nos despedazan?... Señor, es la voz
de la naturaleza; podéis ver claramente que la sagrada adoración de un Ser
Supremo no la contradice como solíais imaginar, puesto que el consejo que uno
inspira es la sagrada ley de la otra.”
“No
–replicó Franval mientras se ponía de pie– ; no, señor, ya nada necesito; al
dejarme el Cielo esta última posesión –dijo mientras señalaba su espada–, me
enseña el uso que de ella debo hacer... –la observó– es la misma, sí, querido y
único amigo, es la misma arma que mi angelical esposa tomó una vez para hundir
en su pecho, cuando la abrumada con mis horrores y calumnias... es la misma...
quizá encuentre todavía en ella alguna
huella de su
sangre sagrada... la
mía propia deberá
borrarla... sigamos caminando...
hasta llegar a un chalet donde pueda confiaros mis últimos deseos... y luego
nos separaremos para siempre.”
Siguieron
caminando. Buscaron un atajo que pudiera llevarlos a alguna casa... La noche
todavía envolvía los bosques oscuros... se escuchaban cánticos melancólicos, la
luz tenue de las teas dispersó de repente la oscuridad y tiñó todo de un brillo
de horror que sólo podía ser concebido por almas sensibles; el sonido de las
campanas aumentó; a estos sonidos penosos, que todavía se oían apenas, se sumó
el trueno que hasta ese momento había guardado silencio, y fundió sus rugidos
con los fúnebres sonidos. El rayo que siguió al trueno, y que eclipsó por un
momento la luz siniestra de las antorchas, parecía disputar con los habitantes
de la tierra el derecho de conducir a la tumba a la mujer acompañada por ese
cortejo; todo inspiraba horror, todo era desolación... parecía el luto eterno
de la naturaleza.
“¿Qué es
eso?” –gritó Franval, emocionado.
“Nada” –contestó Clervil, mientras lo
tomaba de la mano y
lo desviaba del sendero.
“¿Nada?
Me engañáis, quiero ver qué es eso.” Se apresuró... vio un ataúd:
“¿Dios
mío! –gritó–, es ella, es ella, que Dios me permita volver a verla...”
A pedido
de Clervil, quien vio que era imposible calmar a aquel infeliz, los sacerdotes
se alejaron en silencio... Pero Franval se arrojó sobre el ataúd, sacó de él
los tristes restos que tan profundamente había ofendido; tomó el cuerpo entre
sus brazos, lo depositó al pie
de un árbol,
y se tendió
sobre él llevado
por el delirio
de la desesperación.
“Oh, vos
–gritó fuera de sí–, cuya vida extinguí con mis bárbaros hechos, criatura que
todavía idolatro, mirad a vuestro esposo que se atreve a rogar a vuestros pies
que lo perdonéis; no creáis que lo hago para reviviros, no, es para que el Dios
Eterno, conmovido por vuestras virtudes, pueda condescender a perdonarme como
os perdona... necesitáis derramamiento de sangre querida esposa, la necesitáis
para ser vengada... lo seréis... mirad mis lágrimas, y mi arrepentimiento, voy
a seguiros, sombra adorada...
pero
¿quien recibirá mi alma asesina si no intercedéis por mí? Rechazado por Dios
como por vos misma, queréis que sea condenado a terribles tormentos en el
infierno, cuando me arrepiento tan sinceramente de mis pecados? Perdonadlos,
corazón amado, y ved ahora como los vengo.”
Con estas
palabras, Franval escapó de Clervil y atravesó su cuerpo dos veces con la
espada que sostenía; su sangre impura cubrió a la víctima y más pareció
envilecerla que vengarla.
“Oh,
amigo mío –le dijo a Clervil–, me muero, pero en medio del remordimiento...
Hablad a los que quedan, de mi deplorable final y de mis crímenes, decidles que
es así como el esclavo
melancólico de las
pasiones debe morir,
el que ha
sido lo suficientemente bajo
como para sofocar
en su corazón
el clamor del
deber y la naturaleza. Permitidme compartir el ataúd
de mi desventurada esposa, sin mi remordimiento también lo hubiera merecido,
pero todo esto me hace digno de él, y yo lo pido. Adiós.”
Clervil
ejecutó los deseos del infeliz, el cortejo se puso nuevamente en camino; pronto
un lugar de descanso eterno engulló para siempre a los esposos que habían
nacido para amarse, hechos para la felicidad, y que hubieran podido gozar de
ella sin remordimiento si el crimen y sus temibles desórdenes, bajo la mano
culpable de uno de ellos, no hubiera transformado en serpiente todas las rosas
de su vida.
El
honrado eclesiástico pronto hizo llegar a París los horribles detalles de las
distintas catástrofes. Nadie se inmutó por la muerte de Franval, su vida había
traído tantos trastornos, pero su esposa fue lamentada muy amargamente ¿acaso
pudiera haber otra criatura más preciosa y atractiva ante los ojos del mundo,
que ésta que sólo había valorado, respetado y cultivado las virtudes terrenas
para encontrar, a cada paso, desventuras y penas.
D. A. F.
Marqués de Sade
MARQUES DE SADE - HAGASE
COMO SE ORDENA
- Hija
mía -dice la baronesa de Fréval a la mayor de sus hijas, que iba a casarse al
día siguiente-, sois hermosa como un ángel; apenas habéis cumplido vuestro
decimotercer año y es imposible ser más tierna y más encantadora; parece como
si el mismísimo amor se hubiera recreado en dibujar vuestras facciones, y sin
embargo os veis obligada a convertiros mañana en esposa de un viejo picapleitos
cuyas manías son de lo más sospechosas... Es un compromiso que me desagrada
extraordinariamente, pero vuestro padre lo quiere. Yo deseaba hacer de vos una
mujer de elevada posición, pero ya no es posible; estáis destinada a cargar
toda vuestra vida con el ingrato título de presidenta... Lo que más me
desespera es que no llegaréis a serlo más que a medias... El pudor me impide
explicaros esto, hija mía..., pero es que esos viejos tunantes, que acostumbran
a juzgar al prójimo sin saber juzgarse a si mismos, tienen caprichos tan
barrocos, habituados a una vida en el seno de la indolencia... Esos bribones se
corrompen desde que nacen, se hunden en el libertinaje, y arrastrándose en el
impuro fango de las leyes de Justiniano y de las obscenidades de la capital,
como la culebra que no levanta la cabeza más que de cuando en cuando para
devorar insectos, sólo se les ve salir de él a base de reprimendas o de alguna
detención. Así, pues, escuchadme, hija mía, y manteneos erguida..., porque si
inclináis la cabeza de esa forma complaceréis extraordinariamente al señor
presidente, y no me extrañaría que os la pusiera a menudo mirando a la pared...
En una
palabra, hija mía, se trata de lo siguiente: negad rotundamente a vuestro
marido lo
primero que os proponga; estamos convencidos de que esa primera
proposición
será, sin la menor duda, de lo más indecente e intolerable...
Conocemos
sus gustos; hace ya cuarenta años que, llevado de convicciones
totalmente
ridículas, ese maldito pícaro afeminado tiene la costumbre de tomarlo todo
única y exclusivamente por detrás. Así, pues, hija mía, vos os negaréis, ¿me
oís?, y le contestaréis: «No, señor, por cualquier otro sitio que os guste,
pero por ahí, de ninguna manera.»
Dicho
esto, se ponen a engalanar a la señorita De Fréval; la arreglan, la bañan,
la
perfuman. Llega el presidente, con el pelo ensortijado como un querubín,
empolvado hasta los hombros, gangoso, chillón, balbuciendo leyes y diciendo
cómo tiene que ser el Estado. Gracias al arreglo de su peluca, de su traje
ajustado, de sus carnes prietas y restallantes, apenas se le calcularían
cuarenta años, aunque tenía cerca de sesenta. Aparece la novia, él le hace unas
carantoñas y en los ojos del leguleyo se puede ya leer toda la depravación de
su alma. Al fin llega el momento... la desnuda, se acuestan y por una vez en su
vida, el presidente, bien por tomarse un poco más de tiempo para educar a su
discípula o bien por temor a los sarcasmos que podrían ser fruto de las
indiscreciones de su mujer, no piensa más que en cosechar placeres legítimos. Pero
la señorita De Fréval ha sido bien educada. La señorita De Fréval, que se
acuerda de que su mamá le ha aconsejado que rechazara con toda firmeza las
primeras proposiciones que le fueran a hacer, no desperdicia la ocasión y le
dice al presidente:
- No,
señor por mucho que queráis no ha de ser así; por cualquier otro sitio que
os guste,
pero por ahí, de ninguna manera.
- Señora
-contesta el presidente estupefacto-, debo protestar... estoy haciendo
un
esfuerzo... en realidad es una virtud.
- No,
señor, por más que insistáis nunca accederé a eso.
- Muy
bien, señora, hay que teneros contenta -responde el picapleitos, tomando
posesión
de su enclave predilecto-. Mucho sentiría disgustaros y más en vuestra
noche de
bodas, pero tened cuidado, señora, pues en el futuro, por mucho que me lo
roguéis, ya no podréis hacer que varíe mi rumbo.
- Me
parece muy bien, señor -contesta la joven, buscando la postura-, no temáis
que no os
lo he de pedir.
-
Entonces, ya que así lo queréis, adelante -contesta el hombre de bien, mientras
se acomoda-. En nombre de Ganímedes y de Sócrates, hágase como se ordena!

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